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EL LADRÓN __ GUY DE MAUPASSANT

Escrito por imagenes 08-04-2012 en General. Comentarios (11)

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EL LADRÓN __ GUY DE MAUPASSANT

EL LADRÓN
GUY DE MAUPASSANT


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—Si se lo cuento, no me van a creer.
—Cuéntelo de todos modos.
—Lo haré. Pero antes desearía dejar bien sentado que mi historia es verdadera en todos sus puntos, por más inverosímil que parezca. Sólo los pintores no se sorprenderían, especialmente los viejos, porque han conocido esa época en que el espíritu burlón prevalecía de tal modo que estaba presente aun en las circunstancias más graves.
Y el viejo artista se sentó a horcajadas en una silla.
Esto ocurría en el comedor de un hotel de Barbizon.
El artista continuó:
—Esa noche habíamos cenado en la casa del pobre Sorieul, ya fallecido, el más entusiasta de todos. Éramos sólo tres: Sorieul, yo y Le Poittevin, creo; pero no me atrevo a afirmar que fuera él. Hablo, claro está, del pintor de marinas, Eugéne Le Poittevin, muerto también, y no del paisajista, sibarita y lleno de talento.
»Decir que habíamos cenado en casa de Sorieul, significa que todos estábamos un poco ebrios. Sólo Le Poittevin había conservado su cordura, algo enturbiada es cierto, pero todavía lúcida. Entonces éramos jóvenes. Echados sobre la alfombra, discutíamos sobre toda clase de temas en la pequeña habitación que lindaba con el estudio del pintor. Sorieul, con la espalda en el suelo y las piernas sobre una silla, hablaba de batallas, discutía acerca de los uniformes del Imperio; súbitamente se puso de pie, sacó del gran armario de accesorios un traje completo de húsar, y se vistió con él. Después conminó a Le Poittevin a vestirse de granadero. Como éste se resistiera, lo acorralamos y, después de haberlo desvestido, lo introdujimos en un inmenso uniforme, en el que casi desapareció.
»Yo mismo me disfracé de coracero. Y Sorieul nos mandó hacer un ejercicio complicado. Después gritó:
»—Ya que esta noche somos veteranos, bebamos como veteranos.
»Preparamos un ponche que fue encendido y bebido; luego, por segunda vez, la llama se elevó sobre la vasija llena de ron. Y cantamos a plena voz antiguas canciones, canciones que hace muchos años entonaban los viejos soldados del ejército.
»De pronto Le Poittevin, que a pesar de todo era dueño de sí, nos hizo callar; después de un silencio que duró algunos instantes, dijo a media voz:
—Estoy seguro de que alguien está andando por el taller.
»Sorieul se puso de pie como pudo y gritó:
—¡Un ladrón! ¡Qué oportunidad! —y en seguida comenzó a cantar La Marsellesa.
»Después se precipitó sobre una panoplia y nos armó, según correspondía a nuestros uniformes. A mí me tocó una especie de mosquete y un sable; Le Poittevin recibió un gigantesco fusil con bayoneta, y Sorieul, no encontrando lo que necesitaba, cogió una pistola de fuste que deslizó en su cintura, y comenzó a blandir un hacha de abordaje. Luego abrió con precaución la puerta del altillo y el ejército entró en el territorio sospechoso.
»Cuando llegamos al centro de la vasta habitación, repleta de telas inmensas, de muebles, de objetos curiosos e inesperados, Sorieul nos dijo:
»—Yo me nombro general. Celebremos un consejo de guerra. Tú, el coracero, cortarás la retirada del enemigo, es decir, cerrarás con llave la puerta. Tú, el granadero, serás mi escolta.
»Ejecuté la orden recibida; después, me reuní con el grueso de las tropas, que efectuaba un reconocimiento.
»En el momento en que iba a unirme a ellos detrás de un gran biombo, estalló un enorme estruendo. Me lancé hacia allí, llevando una vela en la mano. Le Poittevin acababa de atravesar, de un golpe de bayoneta, el pecho de un maniquí al cual Sorieul cortó la cabeza a hachazos. Una vez reconocido el error, el general ordenó:
»—Seamos prudentes —y las operaciones recomenzaron.
»Después de veinte minutos habíamos registrado todas las esquinas y rincones del altillo, sin éxito; entonces, Le Poittevjn tuvo la idea de abrir un inmenso ropero. Era oscuro y profundo; yo estiré el brazo con que sostenía la luz y retrocedí, estupefacto: allí estaba un hombre, un hombre vivo, que me había mirado.
»Inmediatamente cerré el ropero con dos vueltas de llave, y celebramos un nuevo consejo.
»Las opiniones estaban muy divididas. Sorieul quería encerrar al ladrón, Le Poittevin sugería asediarlo por hambre. Yo propuse hacer saltar el armario con pólvora.
»El consejo de Le Poittevin prevaleció, y mientras él montaba guardia con su gran fusil, nosotros fuimos a buscar el resto del ponche y las pipas; después, nos instalamos ante la puerta cerrada y bebimos por el prisionero.
»Al cabo de media hora, Sorieul dijo:
»—Bueno, yo quisiera ver al prisionero de cerca. ¿Por qué no nos apoderamos de él por la fuerza?
»Yo grité: “¡Bravo!” Cada uno se lanzó sobre sus armas; la puerta del ropero fue abierta y Sorieul, provisto de su pistola, que no estaba cargada, se precipitó el primero.
»Los demás le seguimos, gritando. Se armó un tumulto impresionante en medio de la oscuridad, y después de cinco minutos de una lucha insólita, sacamos a la luz a una especie de viejo bandido de cabellos blancos, sórdido y miserable.
»Le atamos de pies y manos; después lo sentamos en un sofá. El no dijo una sola palabra.
»Entonces Sorieul, presa de una borrachera solemne, se volvió hacia nosotros:
»—Ahora vamos a juzgar a este miserable.
»Yo estaba tan borracho que esta propuesta me pareció completamente natural.
»Le Poittevin fue encargado de defender al prisionero, y yo de presentar la acusación.
»Fue condenado a muerte por unanimidad, salvo una excepción: la de su defensor.
»—Ahora lo ejecutaremos —dijo Sorieul. Pero un escrúpulo le asaltó—: Este hombre no debe morir privado del socorro de la religión —dijo—. ¿Y si fuéramos a buscar a un sacerdote? —Se objetó que era muy tarde. Entonces Sorieul me propuso que yo cumpliera esa función, y exhortó al criminal a confesarse ante mí.
»El hombre llevaba ya cinco minutos observándolo todo con ojos desorbitados, preguntándose seguramente con qué clase de gente se había topado. Entonces dijo con una voz hueca, quemada por el alcohol:
»—Sin duda estaréis bromeando.
»Pero Sorieul lo obligó a arrodillarse, y por temor a que sus padres hubieran olvidado bautizarlo, volcó sobre su cráneo un vaso de ron..
»Después dijo:
»—Confiésate ante este señor; tu última hora ha llegado.
»Desesperado, el viejo granuja se echó a gritar: “’Socorro!” con tal fuerza que hubo que amordazarlo para no despertar a todos los vecinos. Entonces el hombre se echó al suelo, rodando y retorciéndose, golpeando los muebles y rompiendo las telas. Al fin Sorieul, impacientado, gritó:
»—¡Terminemos con él! —Y viendo al miserable echado en el suelo, oprimió el gatillo de su pistoleta. El gatillo cayó con un chasquido seco. Imitando el ejemplo, yo disparé a mi vez. Mi fusil, que era a piedra, lanzó unas chispas que me sorprendieron.

Entonces Le Poittevin pronunció gravemente estas palabras:
»—¿Tenemos derecho a matar a este hombre?
»Sorieul, estupefacto, respondió:
»—¡Pero si lo hemos condenado a muerte!
»Le Poittevin le respondió:
»—No se fusila a los civiles; este hombre debe ser entregado al verdugo. Es necesario conducirlo al cuerpo de guardia.
El argumento nos pareció concluyente. Cogimos al hombre, y como no podía andar, lo colocamos, fuertemente amarrado, sobre una tabla de madera que Le Poittevin y yo nos encargamos de transportar, mientras Sorieul, armado hasta los dientes, cerraba la marcha.
»Frente al puesto de guardia, el centinela nos detuvo. Llamó a su jefe que nos reconoció, y como solía ser testigo de nuestras farsas diarias, de nuestras bromas, de nuestros inverosímiles inventos, se limitó a reír y rechazó a nuestro prisionero.
»Sorieul insistió; entonces el soldado nos invitó severamente a volver a nuestras casas sin hacer ruido.
»La tropa se puso en camino y regresó al altillo. Yo pregunté:
—¿Qué haremos con el ladrón?
Le Poittevin, enternecido, afirmó que debía estar muy cansado. En efecto, tenía un aspecto agonizante, atado de aquel modo, amordazado y ligado a la tabla.
»Yo me sentí invadido por un arrebato de piedad, una compasión de borracho, y, quitándole la mordaza, le pregunté:
»—Dígame, compañero, ¿cómo se encuentra?
»El gimió:
»—¡Ya no aguanto más, cielos! Entonces Sorieul se sintió paternal. Lo liberó de todas sus ataduras lo hizo sentarse, lo tuteó, y, para reconfortarlo, nos pusimos los tres a preparar rápidamente un nuevo ponche. El ladrón, tranquilo en su sofá, nos contemplaba. Cuando la bebida estuvo pronta, le tendimos un vaso; le hubiéramos sostenido con gusto la cabeza; por fin, brindamos.
»El prisionero bebió como todo un regimiento. Pero viendo que el día amanecía, se puso de pie y con mucha serenidad nos dijo:
—Me veo en la obligación de dejaros, pues es hora de que regrese a casa.
»Nos quedamos desolados; quisimos retenerle un poco más, pero él se negó a permanecer más tiempo.
Entonces le estrechamos la mano y Sorieul, con su vela, iluminó el vestíbulo, diciéndole:
—Tenga cuidado con el escalón de la puerta trasera.

Todos nos reímos abiertamente cuando finalizó el narrador. Este se puso de pie, encendió su pipa y agregó, mirándonos de frente:
—Pero lo más curioso de mi historia es que es cierta.

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La chica más guapa de la ciudad

Escrito por imagenes 16-04-2010 en General. Comentarios (4)

 

 

 

 

 

La chica más guapa de la ciudad
Charles Bukowski


Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.

Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no las sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: "No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas... todo fachada y nada dentro..." Tenía un carácter rayando la locura; Un carácter que algunos calificaban de locura.

Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.

Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.

- ¿Tomas algo?
- Claro, ¿Por qué no?

No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión, Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.

- ¿Crees que soy bonita?- preguntó.
- Sé, desde luego. Pero hay algo más... algo más que tu apariencia...
- La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?
- Bonita no es la palabra, no te hace justicia.

Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentía repugnancia y horror.

Ella me miró y se echó a reír.

- ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?

Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.

-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.
- ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.
- Será mejor que la controles -me dijo el encargado.
- No te preocupes -dije yo.
- Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que querrá con ella
- No -dije-, a mí me duele.
- ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?
- Sí, me duele, de veras.
- De acuerdo, no lo volveré a hacer. Animo

Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.
Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:
- ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?
- Por la mañana -dije, y me di la vuelta.

Por la mañana me levanté, hice un par cafés y le llevé uno a la cama.
Se echó a reír.

- Eres el primer hombre que conozco que ha querido hacerlo por la noche.
- No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por que hacerlo.
- No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.

Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandeciente, toda resplandor... Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.

- Ven, amor.

Fui.

Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.

- ¿Cómo te llamas? -pregunté.
- ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.

Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.

- Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.

Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.

- ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?
- Lo sabía.

Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.

Telefoneo una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.

- Esos hijos de puta - decía-, sólo porque te pagan unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.
- La culpa la tienes tú por aceptar la copa
- Yo creía que se interesaba por mí, no sólo por mi cuerpo.
- A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.

Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.

- Vaya, cabrón, has vuelto.

Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nuca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.

- Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza....
- No, no seas tonto, es la moda.
- Estas chiflada.
- Te he echado de menos -dijo
- ¿Hay otro?
- No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.
- Sácate esos alfileres.
- No, es la moda.
- Me hace muy desgraciado.
- ¿Estás seguro?
- Sí, mierda, estoy seguro.

Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.

- Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.
- Vale -dije-, tengo mucha suerte.
- No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.
- Gracias.

Tomamos otra copa.

- ¿Qué andas haciendo? -preguntó.
- Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.
- A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.
- No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.
- Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso

Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.

Fuimos a casa y abrir una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa.. de aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi... Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.

- Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama
- Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?

La arrastré a la cama y la besé. Me empujo y se echo a reír:

- Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.
- Sí -dije-, no puedo parar de reír... Cass, zorra, te amo... deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.

Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.

Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.

- ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a disfrutar del banquete!

Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutiendo ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos muchos. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente "NO". La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.

Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fabrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dio el encargado.

- Siento lo de tu amiga.
- ¿El qué? -pregunté.
- Lo siento. ¿No lo sabías?
- No
- Suicidio, la enterraron ayer
- ¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?
- La enterraron las hermanas
- ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?
- Se cortó el cuello.
- Ya. Dame otro trago.

Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel "NO". Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿Por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad muerta a los veinte años.

Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé "¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!".

Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.

 

 

EL GRAN INQUISIDOR

Escrito por imagenes 12-04-2010 en General. Comentarios (2)

EL GRAN INQUISIDOR

FIODOR DOSTOIEVSKI

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Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Señor, dignáos, aparecérosnos!", que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra.

Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.

No se trata de la venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años.

Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen.

El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para que pueda verte!" Una escama se desprende de sus ojos, y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que Él!"

Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.

–¡Él resucitará a tu hija! –le grita el pueblo a la desconsolada madre.

El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño.

Pero la madre profiere:

–¡Si eres Tú, resucita a mi hija!

Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).

La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama, llora.

En el mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.

Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.

–¡Prendedle!– les ordena a sus esbirros, señalando a Cristo.

Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa, y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición.
Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda.
Muere el día, y una noche de luna una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede.
De pronto, en las tinieblas se abr la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor en persona solo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. E anciano se detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, con templa, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lenta mente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:

–¿Eres Tú, en efecto?

Pero, sin esperar la respuesta prosigue

–No hables, calla. ¿Qué podías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Porqué has venido a molestarnos?… Bien sabes que tu venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto te sorprenda...
Y el anciano, mudo y pensativo sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave.
–El Espíritu terrible e inteligente – añade, tras una larga pausa –, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?...

Si no el texto, el sentido de la primera pregunta es el siguiente: "Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en panes todas esas piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad correr, en pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y contestaste que "no so1o de pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!" Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que so1o hay hambrientos. "Dales pan si quieres que sean virtuosos." Esa será la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos – huyendo aún de la persecución, del martirio –, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!" Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca – ¡nunca! – sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad; débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?... Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que – ¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirarles! – nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.

Como ves, la primera de la tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario, vago, conjetural, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien, ¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿,No se te alcanzaba que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección, y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos – haciéndoles felices – : el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.

Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!", no bajaste. Entonces, tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que deseaba de él era una creencia libre, no violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no los transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.

La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que, en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección y que eran doce mil por cada generación. Su número no es corto, si se considera que supone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfechos del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre. Pero no olvides que se trata só1o de algunos miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos con Él... ; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo – ¡ocho siglos! – que no estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlan, los Gengis Kan que recorren la tierra como un huracán devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?

Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia –los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia–; pero la bestia acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra "Misterio". Y entonces, sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te de tus elegidos, pero son una mi noria: nosotros les daremos el re y la calma a todos. Y aun de esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuán tos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las re vueltas y matanzas originadas por la libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo. La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios, a causar los con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros –los más–, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!"

No se les ocultará que el pan –obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno– que reciben de nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en partes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad – no, como Tú, el orgullo . Les probaremos que son débiles niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con que facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos pecar – ¡su naturaleza es tan flaca!–. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.

Todos los millones de seres humanos serán así, felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del mal. Morirán en paz. pronunciando tu nombre, y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la "copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los humildes.

Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será un hecho.

Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.

El inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice: "¡Vete y no vuelvas nunca... , nunca! Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad. El preso se aleja.

 

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AIRE FRIO

Escrito por imagenes 03-04-2010 en General. Comentarios (4)

 

HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT

AIRE FRIO

Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué

tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y

repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día

otoñal. Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo hacen al

mal olor, y soy el último en negar esta impresión. Lo que haré está relacionado

con el más horrible hecho con que nunca me encontré, y dejo a tu juicio si ésta

es o no una explicación congruente de mi peculiaridad.

Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la

oscuridad, el silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media

tarde, en el estrépito de la metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar

albergue con una patrona prosaica y dos hombres fornidos a mi lado. En la

primavera de 1923 había adquirido un almacén de trabajo lúgubre e

desaprovechado en la ciudad de Nueva York; y siendo incapaz de pagar un

alquiler nada considerable, comencé a caminar a la deriva desde una pensión

barata a otra en busca de una habitación que me permitiera combinar las

cualidades de una higiene decente, mobiliario tolerable, y un muy razonable

precio. Pronto entendí que sólo tenía una elección entre varias, pero después de

un tiempo encontré una casa en la Calle Decimocuarta Oeste que me asqueaba

mucho menos que las demás que había probado.

El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a

finales de los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que

manchaba y mancillaba el esplendor descendiendo de altos niveles de opulento

buen gusto. En las habitaciones, grandes y altas, y decoradas con un papel

imposible y ridículamente adornadas con cornisas de escayola, se consumía un

deprimente moho y un asomo de oscuro arte culinario; pero los suelos estaban

limpios, la lencería tolerablemente bien, y el agua caliente no demasiado

frecuentemente fría o desconectada, así que llegué a considerarlo, al menos, un

sitio soportable para hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de nuevo.

La casera, una desaliñada, casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me

molestaba con chismes o con críticas de la última lámpara eléctrica achicharrada

en mi habitación del tercer piso frente al vestíbulo; y mis compañeros inquilinos

eran tan silenciosos y poco comunicativos como uno pudiera desear, siendo

mayoritariamente hispanos de grado tosco y crudo. Solamente el estrépito de

los coches en la calle de debajo resultaban una seria molestia.

Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño.

Un anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de

que había estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo.

Mirando alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente la

mojadura procedía de una esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por detener

el asunto en su origen, corrí al sótano a decírselo a la casera; y me aseguró que

el problema sería rápidamente solucionado.

El Doctor Muñoz, lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de

mí, tiene arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse - cada

vez está más enfermo - pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su enfermedad -

todo el día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en calor. Se hace sus

propias faenas - su pequeña habitación está llena de botellas y máquinas, y no ejerce

como médico. Pero una vez fue bueno - mi padre en Barcelona oyó hablar de él - y tan

sólo le curó el brazo al fontanero que se hizo daño hace poco. Nunca sale, solamente al

tejado, y mi hijo Esteban le trae comida y ropa limpia, y medicinas y productos

químicos. ¡Dios mío, el amoniaco que usa para mantenerse frío!

La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi

habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había

manchado y abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera sobre

mí. Nunca había oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de un

mecanismo a gasolina; puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me

pregunté por un momento cuál podría ser la extraña aflicción de este hombre, y

si su obstinado rechazo a una ayuda externa no era el resultado de una

excentricidad más bien infundada. Hay, reflexioné trivialmente, un infinito

patetismo en la situación de una persona eminente venida a menos en este

mundo.

Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que

súbitamente me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación

escribiendo. Lo médicos me habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía

que no había tiempo que perder; así, recordando que la casera me había dicho

sobre la ayuda del operario lesionado, me arrastré escaleras arriba y llamé

débilmente a la puerta encima de la mía. Mi golpe fue contestado en un inglés

correcto por una voz inquisitiva a cierta distancia, preguntando mi nombre y

profesión; y cuando dichas cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta

contigua a la que yo había llamado.

Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más

calurosos del presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando en

un gran aposento el cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en este

nido de mugre y de aspecto raído. Un sofá cama ahora cumpliendo su función

diurna de sofá, y los muebles de caoba, fastuosas colgaduras, antiguos cuadros,

y librerías repletas revelaban el estudio de un gentilhombre más que un

dormitorio de pensión. Ahora vi que el vestíbulo de la habitación sobre la mía -

la "pequeña habitación" de botellas y máquinas que la Sra. Herrero había

mencionado - era simplemente el laboratorio del doctor; y de esta manera, su

dormitorio permanecía en la espaciosa habitación contigua, cuya cómoda

alcoba y gran baño adyacente le permitían camuflar el tocador y los

evidentemente útiles aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda alguna, era un hombre

de edad, cultura y distinción.

La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía

un atavío formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque

sin expresión altiva, estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos

anticuados espejuelos protegían su ojos oscuros y penetrantes, una nariz

aquilina que daba un toque árabe a una fisonomía por otra parte Celta. Un

abundante y bien cortado cabello, que anunciaba puntuales visitas al

peluquero, estaba airosamente dividido encima de la alta frente; y el retrato

completo denotaba un golpe de inteligencia y linaje y crianza superior.

A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío,

sentí una repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su

pálido semblante y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para

este sentimiento, incluso estas cosas habrían sido excusables considerando la

conocida invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que

me alienaba; de tal modo el frío era anormal en un día tan caluroso, y lo

anormal siempre despierta la aversión, desconfianza y miedo.

Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita

habilidad del médico que de inmediato se manifestó, a pesar del frío y el estado

tembloroso de sus manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una

mirada, y las atendió con destreza magistral; al mismo tiempo que me

reconfortaba con una voz de fina modulación, si bien curiosamente cavernosa y

hueca que era el más amargo enemigo del alma, y había hundido su fortuna y

perdido todos sus amigos en una vida consagrada a extravagantes

experimentos para su desconcierto y extirpación. Algo de fanático benevolente

parecía residir en él, y divagaba apenas mientras sondeaba mi pecho y

mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del pequeño laboratorio.

Evidentemente me encontraba en compañía de un hombre de buena cuna, una

novedad excepcional en este ambiente sórdido, y se animaba en un inusual

discurso como si recuerdos de días mejores surgieran de él.

Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender como

respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer mis

pensamientos de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo

su consuelo cuidadoso sobre mi corazón débil insistiendo en que la voluntad y

la sabiduría hacen fuerte a un órgano para vivir, podía a través de una mejora

científica de esas cualidades, una clase de brío nervioso a pesar de los daños

más graves, defectos, incluso la falta de energía en órganos específicos. Podía

algún día, dijo medio en broma, enseñarme a vivir - o al menos a poseer algún

tipo de existencia consciente - ¡sin tener corazón en absoluto!. Por su parte,

estaba afligido con unas enfermedades complicadas que requerían una muy

acertada conducta que incluía un frío constante. Cualquier subida de la

temperatura señalada podría, si se prolongaba, afectarle fatalmente; y la

frialdad de su habitación - alrededor de 55 ó 56 grados Fahrenheit - era

mantenida por un sistema de absorción de amoníaco frío, y el motor de gasolina

de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi habitación.

Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío

lugar como discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le

pagaba con frecuentes visitas; escuchando mientras me contaba investigaciones

secretas y los más o menos terribles resultados, y temblaba un poco cuando

examinaba los singulares y curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes.

Finalmente fui, puedo añadir, curado del todo de mi afección por sus hábiles

servicios. Parecía no desdeñar los conjuros de los medievalistas, dado que creía

que esas fórmulas enigmáticas contenían raros estímulos psicológicos que,

concebiblemente, podían tener efectos sobre la esencia de un sistema nervioso

del cuál partían los pulsos orgánicos. Había conocido por su influencia al

anciano Dr. Torres de Valencia, quién había compartido sus primeros

experimentos y le había orientado a través de las grandes afecciones de

dieciocho años atrás, de dónde procedían sus desarreglos presentes. No hacía

mucho el venerable practicante había salvado a su colega de sucumbir al hosco

enemigo contra el que había luchado. Quizás la tensión había sido demasiado

grande; el Dr. Muñoz lo hacía susurrando claro, aunque no con detalle - que los

métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios, aunque envolvía

escenas y procesos no bienvenidos por los galenos ancianos y conservadores.

Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta

pero inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había

insinuado. El aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era

hueca y poco clara, su movimiento muscular tenía menos coordinación, y su

mente y determinación menos elástica y ambiciosa. A pesar de este triste

cambio no parecía ignorante, y poco a poco su expresión y conversación

emplearon una ironía atroz que me restituyó algo de la sutil repulsión que

originalmente había sentido.

Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias exóticas

y el incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de un faraón

sepultado en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda

de aire frío, y con mi ayuda amplió la conducción de amoníaco de su habitación

y modificó la bomba y la alimentación de su máquina refrigerante hasta poder

mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados, y finalmente incluso en

28 grados; el baño y el laboratorio, por supuesto, eran los menos fríos, a fin de

que el agua no se congelase, y ese proceso químico no lo podría impedir. El

vecino de al lado se quejaba del aire gélido de la puerta contigua, así que le

ayudé a acondicionar unas pesadas cortinas para obviar el problema. Una

especie de creciente temor, de forma estrafalaria y mórbida, parecía poseerle.

Hablaba incesantemente de la muerte, pero reía huecamente cuando cosas tales

como entierro o funeral eran sugeridas gentilmente.

Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar de

eso, en mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los extraños

que le rodeaban, y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y atender

sus necesidades diarias, embutido en un abrigo amplio que me compré

especialmente para tal fin. Asimismo hice muchas de sus compras, y me quedé

boquiabierto de confusión ante algunos de los productos químicos que pidió de

farmacéuticos y casas suministradoras de laboratorios.

Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de

su apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el

aroma en su habitación era peor - a pesar de las especias y el incienso, y los

acres productos químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en

tomar sin ayuda. Percibí que debía estar relacionado con su dolencia, y me

estremecía cuando reflexioné sobre que dolencia podía ser. La Sra. Herrero se

apartaba cuando se encontraba con él, y me lo dejaba sin reservas a mí; incluso

no autorizaba a su hijo Esteban a continuar haciendo los recados para él.

Cuándo sugería otros médicos, el paciente se encolerizaba de tal manera que

parecía no atreverse a alcanzar. Evidentemente temía los efectos físicos de una

emoción violenta, aún cuando su determinación y fuerza motriz aumentaban

más que decrecía, y rehusaba ser confinado en su cama. La dejadez de los

primeros días de su enfermedad dio paso a un brioso retorno a su objetivo, así

que parecía arrojar un reto al demonio de la muerte como si le agarrase un

antiguo enemigo. El hábito del almuerzo, curiosamente siempre de etiqueta, lo

abandonó virtualmente; y sólo un poder mental parecía preservarlo de un

derrumbamiento total.

Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza,

los cuáles sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después

de su muerte, transmitió a ciertas personas que nombró - en su mayor parte de

las Indias Orientales, incluyendo a un celebrado médico francés que en estos

momentos supongo muerto, y sobre el cuál se había murmurado las cosas más

inconcebibles. Por casualidad, quemé todos esos escritos sin entregar y

cerrados. Su aspecto y voz llegaron a ser absolutamente aterradores, y su

presencia apenas soportable. Un día de septiembre con un solo vistazo, indujo

un ataque epiléptico a un hombre que había venido a reparar su lámpara

eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál recetó eficazmente mientras se

mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño que parezca, había pasado

por los horrores de la Gran Guerra sin haber sufrido ningún temor.

Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa

brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora se

rompió, de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación

refrigerante de amoníaco. El Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y trabajé

desesperadamente para reparar el daño mientras mi patrón maldecía en tono

inánime, rechinando cavernosamente más allá de cualquier descripción. Mis

esfuerzos aficionados, no obstante, confirmaron el daño; y cuando hube traído

un mecánico de un garaje nocturno cercano, nos enteramos de que nada se

podría hacer hasta la mañana siguiente, cuando se obtuviese un nuevo pistón.

El moribundo ermitaño estaba furioso y alarmado, hinchado hasta

proporciones grotescas, parecía que se iba a hacer pedazos lo que quedaba de

su endeble constitución, y de vez en cuando un espasmo le causaba chasquidos

de las manos a los ojos y corría al baño. Buscaba a tientas el camino con la cara

vendada ajustadamente, y nunca vi sus ojos de nuevo.

La frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la

mañana el doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el

hielo que pudiese obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía

de mis viajes, a veces desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada

del baño, dentro podía oír un chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la

orden de "¡Más, más!". Lentamente rompió un caluroso día, y las tiendas

abrieron una a una. Pedí a Esteban que me ayudase a traer el hielo mientras yo

conseguía el pistón de la bomba, o conseguía el pistón mientras yo continuaba

con el hielo; pero aleccionado por su madre, se negó totalmente.

Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de

la Octava Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una

pequeña tienda donde le presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de

encontrar un pistón de bomba y contratar a un operario competente para

instalarlo. La tarea parecía interminable, y me enfurecía tanto o más

violentamente que el ermitaño cuando vi pasar las horas en un suspiro, dando

vueltas a vanas llamadas telefónicas, y en búsquedas frenéticas de sitio en sitio,

aquí y allá en metro y en coche. Sobre el mediodía encontré una casa de

suministros adecuada en el centro, y a la 1:30, aproximadamente, llegué a mi

albergue con la parafernalia necesaria y dos mecánicos robustos e inteligentes.

Había hecho todo lo que había podido, y esperaba llegar a tiempo.

Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa estaba en una

agitación completa, y por encima de una cháchara de voces aterrorizadas oí a

un hombre rezar en tono intenso. Había algo diabólico en el aire, y los

inquilinos juraban sobre las cuentas de sus rosarios como percibieron el olor de

debajo de la puerta cerrada del doctor. El vago que había contratado, parece,

había escapado chillando y enloquecido no mucho después de su segunda

entrega de hielo; quizás como resultado de una excesiva curiosidad. No podía,

naturalmente, haber cerrado la puerta tras de sí; a pesar de eso, ahora estaba

cerrada, probablemente desde dentro. No había ruido dentro a excepción de

algún tipo de innombrable, lento y abundante goteo.

En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que

un temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró

una forma de dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre.

Previamente habíamos abierto las puertas de todas las habitaciones de ese

pasillo, y abrimos todas las ventanas al máximo. Ahora, con las narices

protegidas por pañuelos, invadimos temerosamente la odiada habitación del

sur que resplandecía con el caluroso sol de primera hora de la tarde.

Una especie de oscuro, rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño

a la puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un

terrorífico charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y

cegata, sobre un trozo de papel embadurnado como si fuera con garras que

hubieran trazado las últimas palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía al

sofá y desaparecía.

Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo que no me atrevo decir.

Pero lo que temblorosamente me desconcertó estaba sobre el papel pegajoso y

manchado antes de sacar una cerilla y reducirlo a cenizas; lo que me produjo

tanto terror, a mí, a la patrona y a los dos mecánicos que huyeron

frenéticamente de ese lugar infernal a la comisaría de policía más cercana. Las

palabras nauseabundas parecían casi increíbles en ese soleado día, con el

traqueteo de coches y camiones ascendiendo clamorosamente por la abarrotada

Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en ese momento las creía. Tanto

las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas acerca de las cuáles es

mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el olor del amoníaco,

y que aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria corriente de aire

frío.

El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí. No hay más hielo - el

hombre echó un vistazo y salió corriendo. Más calor cada minuto, y los tejidos

no pueden durar. Imagino que sabes - lo que dije sobre la voluntad y los

nervios y lo de conservar el cuerpo después de que los órganos dejasen de

funcionar. Era una buena teoría, pero no podría mantenerla indefinidamente.

Había un deterioro gradual que no había previsto. El Dr. Torres lo sabía, pero la

conmoción lo mató. No pudo soportar lo que tenía que hacer - tenía que

meterme en un lugar extraño y oscuro, cuando prestase atención a mi carta y

consiguió mantenerme vivo. Pero los órganos no volvieron a funcionar de

nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera - conservación - pues como se

puede ver, fallecí hace dieciocho años.

DEFINICIONES DE DEMONIOS

Escrito por imagenes 15-03-2010 en General. Comentarios (0)

Categoría:Demonios

 

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