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La Edad Media // UNA INTERPRETACION

LA EDAD MEDIA // UNA INTERPRETACION    (link)





...recorrer una parte del camino no significa equivocanse de camino...


Transcurrió una semana sin que Sofia supiera nada más de Alberto Knox. Tampoco recibió más postales del Líbano, pero hablaba constantemente con Jorunn de las que habían encontrado en la Cabaña del Mayon ,Jorunn estaba muy nerviosa, pero al no suceder nada más, el susto iba quedando olvi­dado entre los deberes y el badmington.
Sofia repasó las cartas de Alberto muchas veces para ver si encontraba algo que pudiera arrojar alguna luz sobre Hilde y todo lo que tenía que ver con ella. De esa forma también tuvo la oportunidad de digerir la filosolía de la antigüedad. Ya no le costaba ningún trabajo distinguir entre Demócrito y Sócrates, Platón y Aristóteles.
El viernes 25 de mayo estaba en la cocina haciendo la co­mida para su madre, a punto de volver del trabajo. Eso era lo acordado para los viernes. Ese día preparaba una sopa de sobre de pescado, con albóndigas y zanahorias. Muy sencillo.
Había empezado a soplar el viento. Mientras removía la sopa, Sofia se volvió hacia la ventana y miró fuera. Los abedules se balanceaban como espigas de trigo.
De repente algo golpeó el cristal de la ventana. Sofia se volvió de nuevo y descubrió un trozo de cartón pegado en el vi­drio.
Se acercó a la ventana y vio que era una postal. A través del cristal pudo leer: «Hilde Moller Knag c/o Sofia Amundsen...».
Justo lo que había pensado. Abrió la ventana y recogió la postal. ¿Habría llegado volando desde el Libano?
También esta postal tenía fecha del viernes 15 de junio.
Sofía quitó la cacerola de la placa y se sentó junto a la mesa de la cocina. La postal decía:

Qurida Hilde. No sé si esta postal te llegará el día de tu cunípleaños. Espero que así sea o que si no, al menos, no hayan transcurrido demasiados días. Que transcurra una semana o dos para Sofia no sig­nifica necesariamente que transcurra tanto tiempo para nosotros. Yo volveré a casa la víspera de San Juan. Entonces nos sentaremos juntos en el balancín mirando al mar Hilde. Tenemos tantas cosas de qué hablar.
Abrazos de tu papá, que a veces se deprime por ese conflicto de mil años entre judíos, cristianos y musulmanes: constantemente me obligo a mi mismo a recordar que esas tres religiones tienen sus raíces en Abraham. ¿Rezarán entonces al mismo Dios? Pues no. En este sitio Cain y Abel aún no han terminado su pelea.

P D. ¿Puedo acaso decirte que des recuerdos a Sofia ? Pobre chica, aún no entiende el porqué de las cosas. ¿Lo entiendes tú, quizás?

Sofia se inclinó sobre la mesa. Estaba agotada. Desde luego que no entendía nada. ¿Lo entendería Hilde?
Si el padre de Hilde le enviaba saludos a Sofia, signifi­caba que Hilde sabía más de Sofia que Sofia de Hilde. Todo re­sultaba tan complicado que Sofia volvió a las cacerolas.
Una postal que se posa en la ventana así como así. Correo aéreo, en el verdadero sentido de la palabra.
En cuanto hubo vuelto a poner la cacerola en la placa, sonó el teléfono.
Ojalá fuera papá. Si volviera a casa le contaría todo lo que le había sucedido en las últimas semanas. No, sería Jorunn o mamá... Sofia corrió hasta el aparato.
-Sofia Amundsen.
-Soy yo -dijo alguien al otro lado del teléfono.
Sofía estaba segura de tres cosas: no era papá. Pero era una voz de hombre. Estaba además convencida de que había oído exactamente la misma voz en otra ocasión.
-¿Quién es? -preguntó.
-Soy Alberto.
-Ah...
Sofia no sabía qué contestar. Se acordaba de la voz del vi­deo sobre Atenas.
-¿Estas bien?
-Pues si...
-Pero a partir de ahora no habrá más cartas. Tenemos que vernos personalmente, Sofia. Empieza a urgir, ¿sabes?
-¿Porqué?
-Estamos a punto de ser cercados por el padre de Hilde.
-¿Cómo cercados?
-Por todos los lados, Sofia. Ahora tenemos que colabo­rar.
-¿Cómo...?
-Aunque no serás de mucha ayuda hasta que se haya ha­blado de la Edad Media. Deberemos hacer el Renacimiento y el siglo XVII también. Además Berkeley juega un papel clave.
-De ése había un cuadro en la Cabaña del Mayor ¿verdad?
-Si. Quizás sea precisamente sobre él sobre el que se li­bre la batalla.
-Suena como a una especie de guerra.
-Lo llamaría más bien una lucha espiritual. Tendremos que llamar la atención de Hilde y conseguir que se ponga de nuestra parte, antes de que su padre vuelva a Lillesand.
-No entiendo nada.
-Bueno. quizás los filósofos te abran los ojos. Búscame en la Iglesia de María mañana de madrugada a las cuatro. Pero ven sola, hija mía.
-¿Tendré que ir en plena noche?
Clic.
-¡Oiga!
¡Qué tío más malo! ¡Había colgado! Sofia volvió co­rriendo a la .......................................................................................................

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