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LEYENDAS DE NUESTRA AMERICA

LEYENDAS DE NUESTRA AMERICA

 

 

Leyendas de Argentina

Cómo Tupá hizo crecer el maíz

La piedra movediza del Tandil

La elección del rey de los pájaros

La flor del lirolay

Leyendas de Bolivia

Cómo la Virgen permitió que prepararan aloja

La cueva de las brujas

Leyendas de Colombia

El día en que el Sol se apagó en el cielo

De la niña Edelmira, que supo conseguir parte del tesoro de Suesca

Las tres princesas de las nueces de coco

Leyendas de Costa Rica

La lucha entre el águila y la serpiente

Yanique, el príncipe nahua

Leyendas de Chile

Cómo las cotorras llegaron a los toldos de los araucanos

Del árbol pehuén, que empezó a andar

Leyendas de Ecuador

Aloila y su chinchilla

El zorro plateado y la gúllineta

Leyendas de México

La princesa de las alas de mariposa

Los dos amantes

Leyendas de Paraguay

El nacimiento de irupé o la rosa del agua

El secreto del samuchú

 

 

 

__COMO TUPA HIZO CRECER EL MAIZ_

 

__

Todo el país de los guaraníes sufría de una gran sequía. Los dos ríos que

pasaban por la región ya casi no llevaban agua y los peces habían muerto. Ya

no se extraía alimento. Ya no valía la pena arrojar atarrayas.

Los cazadores regresaban de la selva sin haber encontrado qué cazar. Los

pantanos se habían secado y los pájaros se habían ido por falta de agua.

Era la primera vez que los guaraníes aguantaban hambre. Le habían rogado a

Tupá que les mandara la lluvia, pero el cielo continuaba azul, y el Sol ardía y

quemaba lo poco verde que todavía se podía encontrar en los rincones

sombríos.

La tierra se había endurecido, y ahora se abría bajo las pisadas de los

hombres, que salían de la región en busca de comida. Pero en todas partes se

veía la misma miseria.

Muchos murieron. «Tupá no ayudará», decían los que quedaban,

desesperados. Entre éstos había dos guerreros solteros que marchaban

adelante de los demás.

A Avatí y Ñandé, que así se llamaban los guerreros, les daba lástima el llanto

de los niños, y estaban dispuestos a arriesgar su vida para salvarlos.

Un día estaban discutiendo las necesidades de los suyos, y nuevamente

aseguraron: «Daríamos nuestra vida para aliviar el hambre de nuestros

hermanos».

Apenas pronunciaron estas palabras, apareció ante ellos un hombre

desconocido, que les dijo: «Escuché sus palabras. Si hablaban en serio, Tupá

les ayudará. El me mandó a la Tierra a buscar a un hombre que esté dispuesto

a dar su vida por los demás; de su cuerpo nacerá la planta que les dará de

comer a todos. Crecerá en todas partes, si los hombres la cultivan cerca de sus

pueblos, y sus frutos se podrán guardar para tiempos de sequía. Con esta mata

divina ya no habrá miseria entre los guaraníes».

Al oír esto, ambos jóvenes se levantaron y dijeron: «Moriremos, si Tupá lo ha

dispuesto así».

«No es necesario que mueran ambos», contestó el desconocido. «Uno debe

quedar vivo y buscar un sitio al lado del río, cerca del pueblo. Allí aflojará la

tierra y enterrará a su amigo. De su cuerpo nacerá la planta de Tupá, que le

dará vida eterna por haberse sacrificado por los demás».

Los amigos buscaron el lugar y se dieron la mano. Ambos deseaban salvar a

su pueblo, pero Avatí fue el elegido por Tupá, y le tocó la muerte. Ñandé alistó

la tierra, y llorando lo enterró. Todos los días fue a visitarlo y a regar la tierra

con agua del río, y las palabras de Tupá se cumplieron. De la tierra salió un

vástago que Ñandé jamás había visto, y la planta creció, floreció y dio sus

primeros frutos, frutos en abundancia.

Entonces Ñandé llamó a su gente, le mostró la planta y le contó lo que había

sucedido. Cuando terminó su cuento, apareció aquel desconocido y exclamó:

«Ñandé les dijo la verdad: Avatí vivirá para siempre mientras ustedes siembren

los granos secos de esta mata y cuiden los surcos. Tupá mandará la lluvia y

nunca volverá a haber hambre entre los guaraníes».

Los hombres se inclinaron ante el mensajero de Tupá y luego empezaron a

festejar el acontecimiento, bailando, cantando y alabando a su creador, y desde

entonces crece el maíz y los nutre a todos con sus frutos deliciosos.

 

 

 

LA PIEDRA MOVEDIZA DEL TANDIL

-----.

 

Hace mucho tiempo Sol y Luna se habían unido en matrimonio. Habían creado

la pampa y regado las semillas del pasto; habían hecho llegar las nubes grises

para que lloviera en abundancia y crecieran las plantas.

¡Qué hermosa había quedado aquella pradera llena de flores! Tenía, incluso,

algunos árboles en la planicie; eran ombúes majestuosos, que permitían

orientarse en ese mar verde que era la pampa.

En ese momento todavía no había hombres sobre la Tierra, pero después,

cuando nacieron sus hijos, Sol y Luna los llevaron al hermoso jardín que ellos

habían cultivado.

Después crearon a los animales para que acompañaran a sus hijos, y aunque

les dieron permiso de cazarlos para que tuvieran comida en abundancia,

también les encargaron su cuidado.

Y los hijos de Sol y Luna aprendieron a manejar el arco y la flecha, y

aprendieron a usar el fuego para calentarse y para preparar sus comidas.

Cuando cazaban se movían con agilidad; corrían, saltaban y se escondían. Sus

toldos eran fáciles de armar y les prestaban abrigo, y también podían

transportarlos de un lugar a otro cuando se cansaban de una región, o cuando

ya no encontraban qué cazar ni qué comer.

Los hijos de Sol y Luna conocían toda la pampa, la dominaban, y eran felices

en las tierras que les habían regalado sus padres.

Sol y Luna habían vivido al lado de sus hijos y sus nietos por algún tiempo, y

les habían transmitido sus conocimientos y su sabiduría. Mas un día, se dieron

cuenta de que los hijos ya no los necesitaban, y entonces decidieron regresar

al cielo, no sin antes prometerles que les mostrarían la cara todos los días: Sol

los vigilaría de día y Luna de noche.

Pasaron los siglos y todo seguía igual. Los hijos de Sol y Luna no conocían

necesidades; la tierra les daba de todo. Y ellos, a su vez, bendecían a sus

padres y les agradecían tanta bondad, hasta que un día sucedió algo extraño;

¡algo que los habitantes de la pampa jamás habían visto! El Sol

resplandeciente se puso pálido y poco a poco fue perdiendo su color. ¿Qué

habla pasado? El terror se apoderó de los hombres y de los animales. Y

entonces se dieron cuenta de que un puma, conocido también como el león de

la pampa, se habla subido al cielo. Había perseguido a Sol durante todo el día,

y ahora estaba listo para agredirlo; ahora, en el preciso momento en que Sol

quedaba atrapado entre el cielo y la tierra, antes de desaparecer.

El puma abrió sus fauces, dejó entrever sus feroces dientes, y ya iba a atacar,

cuando los hijos del Sol acudieron en su ayuda.

Miles de flechas volaron hacia el cielo, y una de ellas atravesó a la fiera. El

puma cayó a la tierra, estremecido de dolor y herido de muerte. Nadie se

atrevía a acercarse para matarlo del todo. Mientras tanto, Sol, ya recuperado

del terror que le había causado el ataque del puma, volvió a mostrar su cara en

todo su esplendor, y antes de hundirse detrás del horizonte, enrojeció de

orgullo al recordar la valentía de sus hijos.

Luna, al salir, buscó por todas partes al animal que había tratado de darle

muerte a su esposo, hasta que lo divisó abajo. El puma no había muerto, sino

que seguía golpeando la arena con la cola y rugiendo que daba miedo.

Entonces Luna empezó a tirarle piedras a la fiera, tapándola por completo. Fue

así como se formaron las colinas del Tandil. La última piedra que arrojó Luna

cayó encima de una flecha y por eso sigue moviéndose. Parece que el animal

tampoco murió, porque en el momento en que Sol se levanta, la piedra

empieza a temblar.

El puma quiere atacarlo de nuevo; se levanta, luego se calma, y más tarde se

mueve otra vez. Y así continúa haciéndolo hasta hoy ...

¿Qué más se puede decir para probar que la leyenda es la pura verdad y que

así sucedió?

Un día, hace mucho tiempo, todos los pájaros se reunieron para elegir rey.

Todos se creían capaces de ocupar tan alta dignidad, y cada cual habló de sus

virtudes y de lo que haría cuando fuese rey.

Después de mucho hablar, el majestuoso cóndor levantó la voz y dijo: «Si

continuamos así no llegaremos a ningún acuerdo. Sugiero que cada familia se

aparte y elija su representante. Haremos que estos representantes luchen entre

sí, y así sabremos cuál de ellos es el más capaz y el más fuerte».

La propuesta del cóndor fue aceptada, y de inmediato comenzaron a oírse

aletazos, unos poderosos y otros suavecitos, disputas furiosas y el gorjeo de

los pajaritos. Pasado un rato, se inició la lucha entre los elegidos.

El gran cóndor no quiso someterse a la prueba. «No deseo ser rey de

ustedes», manifestó; «a mí todo el mundo me respeta sin ser monarca. Los

hombres me retratan en sus templos y palacios y nadie disputa mi majestad en

las alturas de las cordilleras. ¡Que se elija el rey de las llanuras! Yo actuaré

como árbitro para que todo se haga en orden. ¡Empecemos con los más

pequeños!»

Pronto se vio que aunque entre las aves pequeñas había algunas

hermosísimas, que cantaban con voz dulce y suave, no tenían nada que les

permitiera destacarse:

volaban despacio y su dímínuto pico no les servía para defenderse. Era

evidente que sólo la fuerza y la agilidad contarían en esa prueba.

Ya sólo luchaban las aves de rapiña: los halcones, los halietos, los buitres y las

águilas, pues los pájaros bondadosos habían huido. Al cabo de un buen rato,

muchas se hallaban heridas y cubiertas de sangre y, al encontrarse solas y sin

quién les ayudara, tuvieron que retirarse, arrastrándose por sus propios

medios. La competencia por fin había terminado.

El águila venció, y el cóndor la proclamó rey de las llanuras. Se había

disputado el título con el halcón, pero éste también había caído herido de

muerte, y no hubo nadie que aclamara al águila como rey. Todos los pájaros se

habían marchado ya. No, no es cierto, no todos; los tordos todavía estaban allí.

Asustados al ver aquella sangrienta y cruel lucha, se habían escondido y

habían escuchado la proclamación del cóndor. Pero en vez de aclamar al

águila, como debía ser, procedieron a humillarla y a burlarse de ella. «Usted es

un rey muy extraño. ¡Su gente le tiene miedo y se ha ido! Ciertamente, su pico

es poderoso, pero a usted le falta bondad y sabiduría. Los gobernantes como

usted no duran en el poder. ¡Nadie los quiere y a nadie le gusta la tiranía!»

Al escuchar esto el águila se enfureció. Tal vez le parecía que los tordos tenían

razón y no quería oír más. Les pidió a sushijos que espantaran a los tordos, y

luego hizo una reunión para encontrar la manera de salvar su dignidad.

Algunos halcones que por allí andaban y a quienes el águila había sabido

conquistar, nombrándolos ministros de su majestad, participaron en la reunión

e hicieron la siguiente propuesta: «Los tordos mayores son difíciles de atrapar,

y habrá que esperar a que mueran, pero a los pequeños los podemos matar en

sus nidos; así castigaremos la falta de respeto de sus padres. ¡Cómo se

callarán y afligirán los viejos cuando vean morir a sus hijos!»

El águila aceptó y autorizó a los halcones para que quemaran los nidos de los

tordos.

La medida tuvo éxito. Cuando los tordos vieron que sus nidos ardían, trataron

de salvar a sus hijos, pero sus esfuerzos fueron en vano; sólo lograron cubrirse

de hollín y teñirse de negro, un color que jamás perdieron después de esa

lucha por sus hijos.

Sin embargo, aunque muchos torditos murieron, no todos fueron exterminados,

y los que quedaron supieron defenderse de la maldad del águila: ya no

construyeron sus propios nidos, sino que comenzaron a escoger los nidos de

otros pájaros para dejar sus huevos entre los de ellos. Así aseguraban la vida

de sus hijos, pues los padrastros los criaban como si fueran propios. Además,

apenas los torditos crecían y hacían contacto con los otros tordos, se ponían a

hablar mal del águila y a contar las barbaridades que había cometido. Y así han

seguido y seguirán burlándose de ella. Por eso el águila nunca pudo gozar de

su reino y jamás fue reconocida como rey de los pájaros.

Dicen que en tiempos pasados había una flor milagrosa en nuestro país, la flor

del lirolay. Era una flor de color rojo encendido, que florecía a la medianoche y

que al abrir sus pétalos dejaba ver una perla que resplandecía con una luz

amarillenta.

Sin embargo, muy pocos lograban verla en todo su esplendor, pues sólo los

que tenían un corazón puro y los que pensaban en el bienestar de los demás la

podían encontrar.

Pero sucedió que una vez un príncipe la encontró. Era el hijo más joven del rey

Asportuma, que gobernaba en el vasto territorio de los incas, y sus reinos se

extendían por montañas y llanuras, de mar a mar.

Asportuma había sido un rey bueno y caritativo, pero ahora pasaba los días

lleno de tristeza. No podía ver lo que hacía su pueblo, pues había perdido la luz

de sus ojos.

-Un día apareció un anciano ante las puertas del palacio y les pidió a los

guardias que lo dejaran pasar, pues traía un remedio para la vista del rey. Los

guardias, aunque pensaron que era poco lo que el pobre hombre podía hacer

en favor de su rey, lo dejaron entrar y lo llevaron ante él. El viejo se arrodilló, y

mirándolo a los ojos le dijo: «Majestad, usted puede curarse con la milagrosa

flor del lirolay, pero tengo que advertirle que es muy difícil encontrarla. Sólo la

ven las personas buenas y generosas, y para encontrarla tienen que ir a las

montañas por donde se levanta el Sol».

Los tres hijos del rey habían escuchado las palabras del anciano, y decidieron

ir en busca de la flor. El rey los abrazó, y le prometió la corona a aquél que la

encontrara. Los muchachos marcharon juntos, subieron las montañas y

pasaron por desiertos llenos de piedras y de hielo, hasta que al fin vieron las

llanuras a sus pies. Entonces resolvieron separarse, tomando cada uno un

camino distinto, y quedaron en que volverían a encontrarse cuando la Luna

estuviera llena por tercera vez.

El mayor llegó a un país que se llamaba Jujuy. Le preguntaba a todo el mundo

si conocía esa flor milagrosa que se llamaba lirolay, pero nadie pudo darle

razón. Y así pasaron los meses hasta que el príncipe decidió regresar.

El segundo había llegado a un territorio que se llamaba Tucumán. Este también

le preguntaba a la gente que encontraba en las aldeas y pueblos si conocía

una flor llamada lirolay, pero nadie le supo decir nada, porque, además de no

saber hablar con la gente humilde, tenía una manera orgullosa de preguntar.

En eso se parecía mucho a su hermano mayor, que ya se creía rey. Así que

este príncipe también se cansó, y decidió regresar.

El más joven llegó a un país llamado Salta. Este muchacho era distinto de sus

hermanos; sonreía y sabía hablar con la gente humilde. A todos les contaba

que su padre había perdido la vista, y ellos, al oírlo, adivinaban que el hijo

amaba a su padre y que el rey, al igual que el hijo, debía de ser un hombre

bueno y generoso. Así que todos trataron de ayudarlo. Lo llevaron a donde los

médicos que entendían algo de plantas medicinales, pero ninguno conocía el

nombre de aquella flor. Sin embargo, el joven no se cansó y siguió buscándola.

Un día decidió abandonar el territorio donde vivía aquella gente, pues

recordaba que una anciana le había hablado de Pacha Mamma, la madre de la

Tierra, y también había oído hablar de un altar que estaba muy escondido en la

selva, entre grandes piedras. Estas piedras, según el cuento, habían sido

amontonadas en honor de aquella diosa de la vida y de la fertilidad.

Después de mucho buscar, el joven encontró el sitio deseado, y colocó encima

de las piedras todo lo que llevaba: sus panes de maíz, las hojas de coca que lo

habían mantenido con vida, y, finalmente, el poncho de lana de llama que lo

había abrigado. A continuación, se puso a rezar, pidiéndole ayuda a la diosa de

estos territorios. De pronto se le apareció Pacha Mamma: era una mujer de

extraña belleza, llena de vida, de ojos risueños. Se quedó mirándolo como lo

hacía su madre, y el joven sintió que era igual a ella, que también era de

descendencia celestial, según le habían dicho.

«¡Hijo mío!», le dijo con voz suave y melodiosa, «sé que andas en busca de la

flor del lirolay. Tú la encontrarás. Sigue por este camino y penetra más y más

en la selva. No pienses en otra cosa, y repítete en todo momento que tienes

que llevarle a tu padre la flor del lirolay. No podrás dormir durante todos estos

días, porque sólo a la medianoche, cuando la flor esté abriendo sus pétalos,

lograrás verla».

El muchacho estaba arrodillado ante la señora, con la cabeza inclinada.

Cuando la levantó, Pacha Mamma había desaparecido. Al principio el

muchacho creyó que se trataba de un sueño, pero estaba seguro de haber

visto a la diosa, y al acercarse al altar encontró una canasta de deliciosos

alimentos: bizcochos de maíz y natas, frutas frescas y una bebida fuerte y

dulce que lo animó a seguir adelante.

No le fue fácil penetrar en aquella selva. Tuvo que luchar contra las

enredaderas y la vegetación que le cerraban el paso, pero no se dio por

vencido. Al fin llegó a un lago en el cual desembocaban algunos arroyos que

llevaban agua pura de los montes, y allí vio a una linda muchacha que se

estaba refrescando la frente. «¿Me puedes decir dónde puedo encontrar la flor

del lirolay?», le preguntó.

«Al otro lado del río», le respondió; «pero quédate conmigo, soy la dueña de

estos territorios y las aguas me obedecen».

El príncipe se sintió tentado. ¡Qué bella era aquella niña! Mas recordó que su

padre lo esperaba y le pidió a la joven que lo dejara pasar, pues no podía

demorarse. Debía atravesar el lago para proseguir, y al principio no le pareció

peligroso; pero al meterse entre las aguas, comenzó a hundirse. A lo lejos oía

las carcajadas de la muchacha, pero entonces le pidió ayuda a Pacha Marnma

y así pudo salvarse y seguir adelante.

El trayecto siguiente era todavía más difícil. Las enredaderas lo ahogaban y le

parecía oír voces por todos lados. «¿Qué selva será ésta?», se preguntaba, y

entonces se le ocurrió gritar: «Estoy buscando la flor del lirolay. ¿Es por aquí

por donde se encuentra?» Una voz le contestó:

«Sí, en esta selva florece esa flor; pero ¿por qué no te quedas con nosotras?

Somos las dueñas de la selva». Y al buscar de dónde provenía la voz, vio a

unas hermosas niñas de cabellos negros adornados con flores, que lo miraban

tiernamente. Nuevamente el joven se sintió tentado, mas cerró los ojos para no

dejarse convencer. Se liberó y quedó otra vez solo; se caía y se enredaba en la

vegetación continuamente, y tenía la impresión de que las niñas se burlaban de

él. «Pacha Mamína, no me desampares», gritaba en su desolación. Y sucedió

que apenas pronunció el nombre de la diosa, se acabaron sus penas y una luz

suave y bella alumbró a su alrededor.

La luz salía de una flor de pétalos rojos que llamaba al joven a su lado. Con

manos temblorosas la tomó y vio que ahora ella lo guiaba, y que el camino se

le abría sin tener que hacer ningún esfuerzo.

Sus hermanos lo estaban esperando, cuando por fin llegó al sitio en donde se

habían separado, cuatro meses antes; mas éstos no se alegraron cuando lo

vieron. No podían aceptar que el más joven hubiera encontrado la flor del

lirolay. No dijeron nada, pero comenzaron a urdir un plan para deshacerse de

él.

«Nuestro hermano menor será el rey. Tendremos que obedecerle a un

muchacho. No podremos tolerar esto», dijeron. Y decidieron quitarle la flor para

llevársela a su padre, y dividir el reino entre ellos, siempre que lograran

deshacerse del hermano menor.

El joven no sospechaba nada. Estaba feliz con su flor. La llevaba como una

vela, cuidándola y acariciándola continuamente.

Una noche, después de pasar el alto de la cordillera, y habiendo acampado a

orillas de un río, los hermanos mayores agarraron al menor, mientras dormía, y

lo echaron al agua.

Después, tomaron la flor, se la llevaron al padre y la colocaron sobre su rostro,

haciéndole recobrar la vista. El rey les dio las gracias a sus hijos mayores, pero

no podía ocultar la pena que sentía por la pérdida del hijo menor. Los mayores

le habían dicho que lo habían perdido de vista al bajar la cordillera.

El rey lanzó entonces una proclama por todos sus territorios, ofreciendo una

gran recompensa a quien supiera algo del principe menor y le trajera noticias

de él. «El precio que he pagado por recobrar mi salud ha sido demasiado

caro», les decía a sus súbditos.

El hijo menor realmente había desaparecido. Las aguas del río lo habían

arrastrado hasta una laguna llena de cañas. Pero Pacha Mamm.a se había

enterado de lo sucedido y vino en ayuda del muchacho, a quien había tomado

mucho cariño. El joven volvió a respirar al ser sacado de las olas, pero no se

despertó. La diosa lo dejó dormir entre las cañas que se mecían con el viento.

Por esos días pasó por allí un pastor que venía a cortar una caña para hacer

una flauta. Cuál no sería su asombro cuando, al empezar a tocarla, escuchó

una voz que cantaba:

No me toques, pastorcito,

ni me dejes de tocar.

Mis hermanos me mataron

por la flor del lirolay

El pastor metió la flauta debajo del poncho y se encaminó al palacio. Los

guardias lo dejaron pasar cuando les dijo que tenía noticias del príncipe. Se

arrodilló ante el rey y le dio la flauta para que la hiciera sonar.

No me toques, padre mío,

ni me dejes de tocar.

Mis hermanos me mataron

por la flor del lirolay.

Cuando el rey escuchó la voz de su hijo y supo lo que había pasado, llamó a

sus hijos mayores y los obligó a tocar la f lauta.

«¿Para qué servirá?», le preguntaron,

pero pronto oyeron la voz de su hermano que cantaba:

No me toquen, hermanitos,

ni me dejen de tocar,

porque ustedes me mataron

por la flor del lirolay.

Cuando la flauta dejó de sonar, los hermanos confesaron lo que habían hecho

y le rogaron al rey que los perdonara. Pero éste no les contestó sino que les

ordenó que lo siguieran hacia la laguna, donde el pastor había encontrado

aquella caña que cantaba con la voz del príncipe. Una vez allí, y mientras

sostenía en sus manos la f lor del lirolay, el rey les pidió a sus hijos que

cortaran la caña y la sacaran a la orilla.

Al anochecer encontraron al príncipe. Todavía respiraba, pero tenía los ojos

cerrados. Entonces el rey le puso la flor milagrosa en el rostro, y su hijo recobró

la vida. Se levantó y abrazó a su padre.

No recordaba lo que había pasado.

«Ya recobraste la vida de tus ojos. Gracias a Pacha Marnma, gracias a las

selvas de Salta», fueron sus primeras palabras.

Una vez en palacio, contó sus aventuras. Nadie se dio cuenta de que los

hermanos mayores habían desaparecido. El padre y el hijo pasaron toda la

noche juntos, y cuando empezó a aclarar se acordaron de la flor del lirolay.

Volvieron al sitio donde el rey se la había puesto al príncipe en la cara, pero no

pudieroi i e, icontrarla. Tampoco volvieron a oír de los príncipes hermanos.

Nadie sabe si ellos se llevaron la flor cuando huyeron del reino o si lograron

atravesar la cordillera, pues el invierno estaba por empezar jamás se sabrá.

Pero el rey Asportuma y su hijo menor vivieron felices durante muchos, muchos

años, y cuando el príncipe, después de la muerte de su padre, se convirtió en

rey, gobernó con bondad y sabiduría, como lo había aprendido de su padre.

El Sol calentaba todo el día. La sequía era tremenda, las quebradas ya no

tenían agua y por las noches el viento soplaba fuertemente secando hasta la

última brizna de pasto. Los niños estaban enfermos de hambre, y las madres

reflejaban en sus caras demacradas la angustia que les producía pensar en la

suerte que les esperaba a sus pobres hijos. Pronto sus barriguitas se inflarían y

la muerte se los llevaría.

Muchas de las familias habían abandonado sus casas y sus sembrados para

marcharse a otros lugares. El viento se llevaba los tejados de paja y las puertas

abiertas de las casas crujían.

En la pequeña iglesia de barro, ubicada entre las abandonadas casas, el cura

párroco estaba solo. Los quechuas ya no se acercaban a la iglesia; habían

perdido la esperanza de que el taita Dios los socorriera. Nadie acudía cuando

el cura celebraba la misa ni cuando le pedía a San Isidro que les ayudara.

Un domingo el cura tocó la campana para llamar a misa, y nadie acudió. Todos

se habían marchado a las montañas a ofrecerles en sacrificio a los antiguos

dioses sus últimos granos de maíz, el último sorbo de chicha, sus preciadas

pieles de jaguar y hasta sus ponchos. Pero no había señales de que los dioses

fueran a compadecerse.

Tanto el cura como los quechuas sabían que Dios no iba a enviar las lluvias,

pues habían gastado el maíz fabricando chicha y se la habían tomado sin dejar

nada. El cura se sintió culpable por no haber pensado en el castigo que su

conducta podría traer, pues él también se había embriagado con los hombres

del pueblo. No volvió a salir de la iglesia; pasaba todo el día pidiéndole a Dios

que lo perdonara. y que mandara la lluvia. También invocaba a la Virgen

diciéndole: «Virgencita, ten compasión de nosotros y de los niños; ellos no

tomaron chicha». Delante de los altares les pedía a todos los santos perdón

para él y para su pueblo.

A veces se arrodillaba y se quedaba dormido un rato; al despertar, seguia

pidiéndole a Dios que tuviera compasión. Fue en una de esas ocasiones.

cuando sucedió el milagro- la madre de Jesús bajó del altar -así lo contó el

sacerdote- y le dijo que los había perdonado y que les iba a mandar lluvia, pero

que les prohibía que volvieran a usar el maíz para fabricar chicha. Le dio al

padre una ramita que él no conocía, y le explicó que era la planta que mejor se

daría en esas alturas.

«Siémbrala», le dijo. «Cuando crezca les dará frutos para que preparen

bebidas. El maíz deben usarlo solamente para alimentar a los hombres y a los

animales».

Cuando el cura despertó encontró una mata junto a él: era la algarroba.

Tomándola en las manos salió del templo. Ya se oía en ese momento el ruido

de las gotas de lluvia que caían sobre la tierra, y las gentes, reunidas en la

plaza, dejaban que la lluvia las mojara.

El padre les contó el milagro; sembraron la mata, y con el tiempo creció y dio

frutos grandes como habichuelas, que servían para hacer ricas bebidas. Desde

entonces los quechuas volvieron a rezar y a alabar a la madre de Dios nuestro

Señor por el milagro que les había hecho.

Hacían fiestas para recolectar la cosecha, y durante ellas bailaban al compás

de flautas y tambores, vestían sus mejores ropas y los hombres se ponían las

pieles de jaguar para demostrar su valentía, y máscaras y plumas como

adorno.

Colocaban los frutos en grandes ollas de barro, y para la Navidad y el Año

Nuevo preparaban con ellos aloja, bebida que tomaban en honor a la Virgen.

En el sur de Bolivia se cuentan muchas leyendas que se asemejan al paisaje,

que es grandioso y áspero, lleno de abismos y de rocas.

Hace muchos, muchos años, en las cercanías de Tarija, en un pueblito perdido

en las montañas altas, existían unas brujas que se reunían en las cuevas de

Salamanca. ¡Oigamos cómo fue posible desterrarlas!

Sentado en su burrito, el joven Juan de Dios se acercaba a la plaza de

mercado y a la iglesia, cuyas puertas estaban abiertas porque se acababa de

celebrar la misa de las cinco. La gente ya había salido, y el cura párroco, el

padre Cabrera, estaba parado en el portón dándole algunas instrucciones al

sacristán, porque al día siguiente, que era domingo, pensaba hacer una

procesión.

Juan de Dios esperó a que el cura se desocupara. Se quitó el gorro de la

cabeza, pero no se sentó en la escalera, aunque parecía muy cansado y

preocupado.

«¿Qué te pasa, Juan? ¿Quieres hablar conmigo?», le preguntó el cura.

«Sí, padre, si tiene tiempo me gustaría hacerle una consulta», le contestó Juan,

pero no pudo seguir. Las palabras se le quedaron entre los dientes.

«Dime de qué se trata a ver si te puedo ayudar», le dijo el cura, quien conocía

a toda la gente de la parroquia, pues hacía años que vivía entre ellos y con el

tiempo había adquirido sabiduría y bondad.

«Reverendo padre, yo no sé qué hacer con mi novia, con Eufrosina. Usted

sabe que nos íbamos a casar dentro de cuatro semanas, pero ella ha

cambiado, ya no quiere verme y no me explica por qué».

Juan había inclinado la cabeza, porque las lágrimas brotaban de sus ojos y

estaba avergonzado.

«Eufrosina es una muchacha buena, hijo, ella no te abandonará», trató de

consolarlo el cura. «Siempre hay disgustos entre los novios, pero eso no quiere

decir nada».

«Es que no se trata de eso, padre. Su merced sabe que ella es muy bonita.

Muchos han querido conquistarla, pero ella me eligió a mí. Usted recordará que

don Deluterio también pensaba hacerla su mujer. Claro que él es el hombre

más rico M pueblo, y la mamá de Eufrosina estaba más que contenta, pero a

ella le pareció demasiado viejo y demasiado gordo. Además, a Eufrosina no le

gusta estar metida en esa tienda, donde todos se emborrachan».

«Sin embargo», continuó el joven, «Eufrosina ha vuelto últimamente a recibir

las atenciones de don Deluterio. Dicen que la mamá la convenció de que yo no

era buen partido, pues conmigo tendría que trabajar en los campos y sembrar

papa y maíz. Pero yo no creo que ésa sea la razón, porque a Eufrosina le

gustan el campo y los animales, y también le gusta tejer; y, como su merced

sabe, tenemos mucha lana y un buen telar. No, no creo que sea eso del

trabajo... es que la mamá, por lo menos así dicen, fue a consultar a Urutaura la

hechicera, la que vive cerca de la quebrada de Salamanca. Dicen que ella y

sus compañeras le hicieron brujerías y que le dieron algo de beber para que

me olvidara... ¿Su merced cree que por eso Eufrosina me dejó?»

El cura enrojeció y le dijo:

«No me hables de brujas. Las brujas no existen y menos en este pueblo. Pero

tienes razón; algo raro le pasa a tu novia. Es cierto que Eufrosina anda con la

tal Urutaura, con esa mujer que nunca va a misa. Yo mismo las vi la semana

pasada. Iban a la tienda de don Deluterio».

Al cura no le gustó el asunto. Estimaba a la familia de Juan, eran campesinos

trabajadores y de buenas costumbres. Se iba a interesar por el problema, y así

se lo comunicó al muchacho; le prometió ir a la casa de Eufrosina, y le aseguró

que, todo se iba a arreglar.

El lunes por la tarde, el cura salió en su mula para cumplir lo prometido. Llegó a

la casa de Eufrosina, se desmontó y observó que la hija y la madre estaban

arando su pequeño campo en la pendiente de la montaña.

«Aquí hay mucha pobreza», pensó el cura. «A eso se debe que la madre

quiera casar a la hija con el hombre más rico del pueblo».

Eufrosina, al ver al cura, se acercó corriendo.

«Buenas tardes», le dijo el cura. «Pasaba por estos lados y quería saludarlas.

¡Qué buena moza estás, Eufrosina! ¡Cuando te cases con Juan de Dios, serán

la pareja más bonita del pueblo!»

Eufrosina se ruborizó al oír las palabras del cura; entró en la casa, y regresó

poco después con unas arepas y un jarrito de leche.

«Sírvase, reverendo padre, las preparé hoy mismo. ¡Están fresquitas y

sabrosas!»

La madre se acercó despacio; saludó al cura y le pidió a la hija que se retirara.

«Menos mal que ella saldrá de esta mugre y esta pobreza, padre. Es

demasiado bonita para esta vida. Se casará con Deluterio».

«Yo no sabía eso», dijo el cura fingiendo sorpresa. «¿Acaso no era Juan de

Dios el novio de Eufrosina?»

«No, eso se acabó», contestó la madre, y no quiso decir más.

El párroco se despidió, y se encaminó a la casa de Urutaura, pero al llegar no

encontró a nadie. La tarde estaba cayendo, y el camino al pueblo era largo. El

cura temía la bajada de la pendiente.

Anochecía rápidamente. Ya no se distinguían bien las piedras y los huecos de

la bajada. «Será mejor que espere a que salga la Luna», pensó. «Estoy bien

abrigado e iré más seguro con más luz».

Se desmontó y se sentó cerca de unos arbustos que lo resguardaban del viento

frío que empezaba a bajar de las montañas; se puso a reflexionar sobre la

suerte de la muchacha cuando se casara con ese tendero viudo que les había

dado tan mala vida a sus dos mujeres anteriores.

«¡Qué fuerza tiene el dinero!», exclamó. «Y esa madre está dispuesta a

sacrificar a su hija para conseguirlo».

Con estos pensamientos el párroco se durmió; cuando se despertó, la Luna ya

había salido y el cielo estaba lleno de estrellas.

La noche era tranquila, pero el cura oyó algunas voces que lo asustaron.

Entonces recordó que estaba al lado de la quebrada de Salamanca, cerca del

lugar donde el muchacho había dicho que vivían las brujas. Pero ¿qué era lo

que murmuraban aquellas voces?

«¡Ya no creemos en Jesucristo, ya no creemos en Dios!», les oyó decir.

«¡Virgen santísirna!», exclamó el sacerdote. «¡Esto es serio!»

Tomó su rosario y la cruz y se acercó. ¡Qué cuadro tan horrible se presentaba

ante sus ojos! La cueva de Salamanca estaba alumbrada por una hoguera, y

alrededor dé *ella bailaban unas mujeres viejas y feas. Llevaban las faldas

largas y oscuras que usaban las campesinas de Bolivia, y se abrigaban con

ponchos que les ocultaban el pelo y la mitad de la cara.

El cura tembló de pavor. Ahora volvía a oír aquellas voces que había oído

antes:

«¡Muy buen trabajo cumpliste, Urutaura, muy buen trabajo! Dos veces más

tienes que jurar ante nosotras, y entonces serás una de las brujas de

Salamanca. Podrás volar con nosotras, e ir a bailar a orillas del lago Titicaca,

con las vestimentas preciosas que se hacen en el infierno. ¡Ja, ja, ja, ja ... !

Toma ahora las hierbas que trajimos de allí, para que las quemes en la alcoba

de Eufrosina, y no olvides decir los versos que te enseñamos». Y después

añadieron:

«Hay que mezclar la ceniza de las uñas y de los pelos de don Deluterio con la

sopa de la muchacha. No dejes de hacer lo que te hemos recomendado. Ya

sabes que el tendero nos está pagando con oro para que cumplas tu deber. El

día de la boda recibirás la escoba, con la cual podrás seguirnos a la gran

fiesta».

Con estas palabras, las viejas se montaron en los palos de sus escobas y se

fueron. La única que quedó allí fue la vieja Urutaura, que seguía bailando

alrededor del fuego y lanzaba gritos y risas que dejaron al cura con la piel de

gallina.

Entonces el cura decidió actuar. Tomó el crucifijo que siempre llevaba y se lo

mostró a la bruja. La aparición del diablo no la habría asustado tanto como la

del sacerdote. Huyó dentro de la cueva, pero el cura la siguió y allí le habló de

los tormentos del infierno, con tanta elocuencia, que la vieja se arrepintió y

cayó de rodillas; le pidió perdón y le juró que nunca volvería a reunirse con las

brujas ni trataría, con versos y pelos quemados, a la joven Eufrosina.

El cura se llevó a la vieja y la encerró' en la torre de la iglesia. Allí debía

quedarse durante tres meses sin ver a nadie y alimentarse con arepas y agua,

solamente, después de lo cual debía confesar sus pecados para poderla liberar

y permitirle retornar a su casa.

A la mañana siguiente el cura hizo llevar dos vigas a la quebrada de

Salamanca, y en la cueva erigió una cruz que espantó a todas las brujas y a los

espíritus malos que se habían reunido allí.

Don Deluterio tuvo que vender su tienda e irse del pueblo, pues al saberse lo

que había hecho, la gente no quiso volverle a comprar sus mercancías.

Juan volvió a conquistar a la bella Eufrosina, quien, aun después de casada,

jamás dejó de agradecerle al padre Cabrera todo lo que había hecho por salvar

su matrimonio con Juan de Dios.

Los gobernantes muiscas eran enemigos de todo lo malo. Siempre habían

respetado los consejos del gran Bochica, que había vivido entre ellos y les

había enseñado a manejar las tierras que les dio para vivir.

«Yo les ayudaré mientras sean laboriosos y honestos», les prometió antes de

despedirse; y así fue. Tan pronto como sembraban la semilla, él dejaba caer la

lluvia en abundancia, para que creciera, y luego hacía salir el Sol para que

calentara los días y pudieran recoger la cosecha. Y las cosechas eran

copiosas. Los hombres llevaban las mazorcas de maíz y las papas hasta los

altares, para que Bochica viera cuán agradecidos estaban.

La gente vivía en paz; parecía que la maldad había desaparecido, mas no era

cierto, sólo se había escondido; estaba oculta en las grietas oscuras y en los

abismos de las montañas; le tenía miedo a la luz del día -a la luz del Sol---, a

ese Sol que Bochica, el todopoderoso, había colocado en el cielo para que

alumbrara y calentara.

Una noche los espíritus de la envidia, de la discordia, de la furia y de la

infidelidad resolvieron reunirse. En ese entonces aún no se atrevían a mostrar

la cara de dia, y se preguntaban: «¿Por qué será que los hombres no pelean?

¿Por qué no se matan? ¿Por qué estarán tan contentos? ¡Trabajan todo el día!

¡Bregan con la tierra para sacar de ella su alimento! Le dan gracias a un dios

que nunca han visto. ¿Qué le agradecen, si están cosechando los frutos de su

propio esfuerzo? ¿Por qué bailan y cantan? ¡No hay nada que nosotros

podamos hacer en sus pueblos! ¡Esta paz no puede continuar!» Y después

agregaron:

«Tenemos que hablar con los gigantes de las montañas. Llevan dormidos

mucho tiempo debajo de los Andes, y ya es hora de que se hagan sentir».

Fue así como los espíritus del mal empezaron a cavar debajo de la tierra para

llegar a las cuevas donde los gigantes se encontraban dormidos, hasta que,

después de largas jornadas de trabajo, los encontraron.

Tuvieron que darles varias sacudidas, pero al fin lograron despertarlos. «¡Qué

bueno!», comentaban; «cada vez que los gigantes se mueven, todo tiembla a

su alrededor. Las casas de los hombres se derrumbarán, y éstos ya no

alabarán al gran Bochica. Pronto se darán cuenta de que nosotros somos más

poderosos que ellos».

Pero los gigantes no tenian ganas de moverse. Algunos ya les habían vuelto la

espalda a los espíritus y roncaban de nuevo. «Despierten», les decían éstos,

«a ustedes ya nadie los conoce ni los respeta. Los hombres los han olvidado y

se ríen de ustedes».

«Las palabras no los despertarán», dijo uno de los espíritus del mal. «Hay que

traerles algo muy rico de comer, y así escucharán».

Mientras unos prendían fuego, otros fueron a traer carne y maíz. «¿Qué es

esto?», exclamaron los gigantes, despertándose con el olor de la comida. Y se

sentaron a comer. ¡Cómo tragaban! Lomos enteros de carne y enormes arepas

desaparecían en minutos. Cuando terminaron, recordaron las palabras de los

espíritus, y bramaron: «¡Para trabajar necesitamos algo de beber! Tenemos

sed».

Entonces los espíritus del mal les hicieron llegar olladas llenas de chicha, que

los gigantes bebieron a grandes sorbos.

«¡No les den más!», gritó uno de los espíritus, «pues se volverán a dormir con

tanto trago». Pero no se durmieron. Al poco tiempo, uno de los gigantes

exclamó:

«*Qué quieren que hagamos? Nos han dado de comer y de beber, y queremos

agradecérselo».

«Queremos que nos demuestren su poder», contestaron los espíritus.

«Estamos ansiosos de que los hombres vuelvan a recordarlos. ¡Háganlos

temblar! ¡Abran este cerro del Tolirna sobre el cual estamos parados y dejen

salir el fuego!»

«Aquine, aquine... así será», gritaron los gigantes, levantando las primeras

rocas, y lanzándolas en todas las direcciones. Al instante se abrieron los

canales del fuego. Los chorros de lava comenzaron a ascender hacia el cielo, y

la tierra se estremeció. Los gigantes saltaban de alegría, y los espíritus del mal

no estaban menos contentos. La paz y el sosiego habían terminado para los

hombres, y sobre la Tierra reinaban el desorden y la miseria.

Pero el ruin trabajo de los gigantes no sólo había conmovido a los habitantes

de los valles y de las sabanas cerca del Tolima, sino también a los guardianes

celestiales, que miraban con asombro hacia la Tierra. ¿Qué estaba ocurriendo?

¿Por qué ardía la punta de aquella montaña? ¿Por qué huían los hombres

aterrorizados? ¿Quién estaba causando los terribles temblores que sacudían la

tierra? Mientras los guardianes celestiales se hacían estas preguntas, olvidaron

su tarea principal: cuidar el fuego que mantenía la luz del Sol. Dejaron apagar

las llamas que aclaraban el cielo y la Tierra, aumentando asi el terror que

sentían los hombres.

Los indígenas estaban convencidos de que había llegado el fin del mundo.

Bochica, mientras tanto, mandaba relámpagos y truenos para asustar a los

malhechores, pero, de repente se dio cuenta de que empezaba a oscurecer en

pleno día. El fuego del Sol se estaba apagando. «¿Dónde estarán los

guardianes?», se preguntaba desesperado.

Corno nadie respondía, él mismo corrió a echarle carbón de palo al fuego para

avivarlo, y llamó a los vientos para que volvieran a atizar la brasa. Estaba

furioso y no permitía que nadie se acercara a ayudarle.

Al fin logró que las llamas volvieran a fluminar. El Sol resplandecía de nuevo y

los hombres de la Tierra vieron renacer sus esperanzas.

Después de esta ardua labor, Bochica quedó exhausto. La barba y el pelo se le

habían chamuscado por haberse acercado demasiado a las llamas. La piel le

ardía terriblemente. Iracundo, llamó a los guardianes y les dijo: «Los expulsaré

del cielo por no haber cumplido sus obligaciones. Ahora tendrán la tarea de

vigilar el fuego del Sol desde la Tierra, y espero que esta calamidad no se

vuelva a repetir. Pero para qué no olviden lo que les he mandado a hacer, les

daré un cuerpo de pájaro con una cabeza roja y pelada, así como la tengo yo

después de haber atizado el fuego».

Fue así como Bochica creó a los cóndores, esas aves de majestuosas alas,

que en el momento en que fueron expulsados del cielo empezaron a dar

vueltas debajo de las nubes, cumpliendo así los deseos del dios. Sólo sus

polluelos dan una idea de cuán bellos eran antes de la maldición. Nacen con un

plumaje blanco y sedoso que les cubre todo el cuerpo, y que, temporalmente,

les hace recordar la vestimenta blanca que sus antepasados llevaban cuando

vigilaban el fuego del Sol desde el cielo.

Bochica, después de haber impuesto nuevamente el orden en el cielo y

habiendo contratado a otros guardianes para que cuidaran el fuego del Sol, se

ocupó del desorden que aún reinaba en la Tierra. Había que apagar ese

nefasto fuego que todavía brotaba de las entrañas del volcán del Tolima, así

que empezó a regar ceniza blanca del cielo para extinguirlo.

La ceniza cayó sobre los volcanes del Tolima, el Ruiz y Santa Isabel, formando

sobre ellos una capa blanca que todavía tienen. En las mañanas despejadas a

veces se puede ver.

Cuando los gigantes y los espíritus del mal vieron que el dios mismo se

ocupaba de imponer orden y tranquilidad sobre la Tierra, se volvieron a

esconder, atemorizados, en lo más profundo de las montañas.

Bochica les contó a los hombres cuáles habían sido las razones del desastre, y

ellos volvieron a creer en la bondad de su señor y le pidieron que mantuviera

siempre dormidos a los gigantes y alejadosr de sus tierras a los espíritus del

mal.

Durante muchos siglos Bochica así lo hizo. Sin embargo, parece que en

nuestros tiempos los espíritus del mal nuevamente han comenzado a obrar

tratando de despertar a los gigantes en las profundidades de las montañas.

Cuando por la noche empiezan a soplar los vientos fríos del páramo, la gente

de la Sabana de Bogotá cierra las puertas y les pone tranca. Se queda al lado

de la estufa para calentarse y tomar una sopa caliente, y ya nadie sale. Sólo los

perros y los borrachos andan por las calles después del atardecer.

Los perros y los borrachos no temen encontrarse con los «bultos»; no ven las

llamitas azules que bailan por los potreros; no viven en el mundo -real que está

lleno de terrores porque, por la noche, se despiertan los espíritus de los

gobernantes muiscas que vienen a ver qué está pasando en su país. Quieren

saber si sus gentes siguen trabajando y manteniendo llena de hortalizas sanas

y buenas aquella sabana.

Las personas temen encontrarse con los «bultos», pues muchas se volvieron

perezosas, olvidaron a sus antepasados y dejaron de respetarlos. Y hay

quienes dicen que estos espíritus son vengadores.

Hace muchos años, cerca de la laguna de Suesca vivía una familia numerosa

que tenia una casita y algunas tierras que se extendían hasta la orilla de dicha

laguna. El padre había muerto y era muy difícil para la madre sostener a la

familia sin la ayuda de un hombre. Sólo Edelmira, la hija mayor, estaba en

capacidad de ayudarle.

Edelmira recordaba muy bien la noche en que muno su padre; él había salido a

traer sal de una mina escondida que había pertenecido a los gobernantes

muiscas, pero que a la llegada de los españoles quedó en poder de los

habitantes de la región.

Edelmira había entendido muy bien lo que había dicho su padre antes de que

le diera la fiebre que después lo mató.

«Varios bultos me atacaron cuando venía de la mina». dijo. «Me roctearon y

me atropellaron; tuve que botar la sal que trala. Traté de correr, pero no pude.

Quedé paralizado. Creo que los señores están furiosos porque entramos en

aquella mina a sacar sal, como si fuera nuestra. ¿Qué piensan ustedes?»

Nadie supo responderle. Siguió hablando de su angustia y nadie pudo

calmarlo. La fiebre lo abrasaba. Murió dejando a su mujer sola con todos sus

hijos.

Desde ese entonces algunos vecinos siguieron viendo aquellos «bultos», y

nadie se atrevía a entrar en la mina. Tenían que comprar cara la sal.

Algunas noches, Edelmira oía gritar a su padre, pero cuando se despertaba no

sabía si era cierto o si lo había soñado. ¿Sería, acaso, que no le era posible

descansar en su tumba? ¡Que horror!

Con los primeros pesos que la familia pudo ahorrar hizo celebrar una misa por

el eterno descanso del difunto, pero para nada sirvió. Edelmira siguió oyendo la

voz de su padre, y la gente siguió viendo aquellos «bultos» que asustaban a

todos los que habitaban por los lados de la laguna.

¿No habría algún remedio? ¿Algo que se pudiera hacer para liberar a aquellas

almas de su terror, de su deseo maligno de atormentar a los demás?

Edelmira tenía que trabajar muy duro. Sembraba papa y maíz, y la madre y los

hermanos le ayudaban, pero muchas veces bregaba sola. Un buen día pensó

que tal vez si ayudaba a aquellos espíritus, su padre podría descansar en paz.

El cura había dicho que el agua bendita y la cruz liberaban a los espíritus, así

que decidió ir recogiendo agua bendita de la iglesia y, cuando tuviera

suficiente, rociar con ella todo el camino hasta la mina donde aparecían por la

noche aquellos «bultos».

Naturalmente tenía que hacerlo a escondidas, sin decirle nada a nadie, y

menos al cura. El había llegado de otra parte y no sabía nada de lo que pasaba

en Suesca. Rechazaba todas «esas creencias», y decía que eran cuentos, no

más.

Edelmira iba a misa de seis. Trataba de llegar temprano, cuando acababan de

abrir los portones; se acercaba llena de miedo a la pila y hundía una totumita

en el agua bendita, la sacaba con mano temblorosa y la ocultaba debajo del

pañolón. Después de la misa la llevaba cuidadosamente a su casa para echarla

en una ofta de barro que escondía detrás de los dos santicos que tenía en su

alcoba. Y la olla se iba llenando.

Un día la vio el cura sacando agua de la pila, pero como era tan poquita, no dijo

nada y se la dejó llevar. Seguramente pensó que la necesitaba para sus

siembras.

Finalmente, una noche, cuando Edelmira pensó que tenía suficiente agua, se

levantó y salió a regarla en el camino. ¡Qué raro se veía todo a esa hora!

Nunca había salido sola después del atardecer. Ningún «bulto» de los que

mencionaba la gente se acercaba; no se oían sino las ramas movidas por el

viento. Había sombras por todos los lados. La Luna se había escondido detrás

de las nubes, y todo estaba oscuro.

Edelmira dejaba caer el agua sobre el camino, gota a gota, mas, cómo se

acababa de rápido; ¡ni la tercera parte del camino había quedado regada! Todo

había sido en vano. Llorando, la niña regresó a su casa.

Al otro día, cuando estaba desherbando la plantación de papa, encontró una

figurita de oro. «¿Los "bultos" estarán agradecidos?», se preguntó.

«¡Seguramente quieren decirme que continúe!»

Llevó el tunjo a la casa, lo dejó junto a los santos, y empezó otra vez a reunir a

ua bendita hasta que la olla quedó llena de nuevo. Había puesto una marca en

el camino para saber hasta dónde había regado el agua la vez anterior. Las

rodillas le temblaban cuando empezó de nuevo. Las gotas caían mojando el

camino, pero esta vez los espíritus tampoco se dejaron ver, ni le alcanzó el

agua bendita. Tenía que hacer un tercer esfuerzo, «¡y lo haré!», prometió al

acostarse.

Pasaron las semanas. Cada mañana Edelmira traía agua de la iglesia hasta

que, por fin, se llenó la olla. Por tercera vez se escapó de la casa. Por tercera

vez recorrió aquel camino por el cual todo el mundo temía pasar. Con manos

temblorosas regó el agua por la última parte del camino, y esta vez sí le

alcanzó. Arrodillándose, rezó por todos aquellos espíritus y también por el alma

de su padre.

Cuando se levantó, vio algo raro: Delante de ella bailaba una llamita azul, una

llamita que jamás había visto antes. «¿Querrá mostrarme algo?», se preguntó.

Y siguió a la llama hasta la laguna de Suesca, a la tierra que pertenecía a su

madre. La llamita que iba adelante, se colocó en el agua, ondulando y bailando

sobre las olas.

La niña se puso a sacar piedras del agua y a amontonarlas en la orilla,

buscando el lugar que la llamita le había indicado. Después la llama se apagó,

y Edelmira regresó a su casa, llena de esperanza.

Al día siguiente volvió a la laguna con una pala. Se metió en el agua fría, y se

puso a cavar; arrojaba la tierra lejos. De repente, la pala tocó algo duro.

Edelmira se arrodilló y se puso a sacar tierra con las manos, hasta que palpó

algo que parecía una olla. Finalmente la pudo sacar, y ¡qué sorpresa! La ollita

era de oro y estaba llena de piedras preciosas, verdes y transparentes.

«Me quieren agradecer lo que hice por ellos», exclamó, y corrió hacia la casa

para contarle todo a su madre.

Las piedras verdes eran esmeraldas. Poco a poco la familia las fue vendiendo

en la gran ciudad, y pudo comprar más tierra, hacer una casa mejor y vivir sin

preocupaciones. La voz del padre no se volvió a oír por las noches. Edelmira

no solamente le había ayudado a él, sino también a aquellos «bultos» que

después de la tercera noche jamás volvieron a verse ni a asustar a la gente de

Suesca.

Pero Edelmira y su madre guardaron para siempre su secreto.

Hace muchos siglos, en la ciudad de Pasto (así me lo contó mi bisabuela),

sucedió algo bastante raro. Pasto en ese entonces era un pueblito, y todo el

mundo se conocía.

Un domingo por la mañana, un joven estaba jugando enfrente de su casa,

mientras esperaba a sus padres para ir a misa. Hacía bailar un limoncito sobre

un tambor; lo hacía saltar hacia arriba y lo atrapaba una y otra vez.

limón la golpeó en la cabeza y después cayó al su elo. La anciana se sobó la

cabeza, luego se arregló el pañolón y gritó enfurecida: «Maldito seas. ¡Con uno

de los tres cocos del mundo te has de casar!»

El joven no supo qué hacer, y quedó completamente aturdido. Seguía oyendo

aquella voz y la maldición que no entendía. Así lo encontró su padre y le

preguntó: «¿Qué te pasó, hijo mío? Estabas tan alegre, ¡y ahora te veo tan

triste!» Entonces el muchacho le contó al padre lo que había pasado y repitió la

maldición de la desconocida anciana.

«Esto es grave», exclamó el padre. «Seguramente fue la bruja Mascucha, que

llega cada siete años a hacer algún mal. ¡Es muy poderosa! Nadie te puede

ayudar en este asunto. Tienes que buscar aquellos cocos, o la maldición te

perseguirá toda la vida».

La madre saco una mochila y le echó chicharrones que acababa de preparar, y

el padre trajo un botellón lleno de chicha. Luego le hicieron poner una ruana y

le dieron un machete para que se defendiera.

Por mala suerte, el limón saltó a un lado cuando pasaba por allí una anciana

coja, que el muchacho no conocía. El limón la golpeó en la cabeza y después

cayó al su elo. La anciana se sobó la cabeza, luego se arregló el pañolón y

gritó enfurecida: «Maldito seas. ¡Con uno de los tres cocos del mundo te has de

casar!»

El joven no supo qué hacer, y quedó completamente aturdido. Seguía oyendo

aquella voz y la maldición que no entendía. Así lo encontró su padre y le

preguntó: «¿Qué te pasó, hijo mío? Estabas tan alegre, ¡y ahora te veo tan

triste!» Entonces el muchacho le contó al padre lo que había pasado y repitió la

maldición de la desconocida anciana.

«Esto es grave», exclamó el padre. «Seguramente fue la bruja Mascucha, que

llega cada siete años a hacer algún mal. ¡Es muy poderosa! Nadie te puede

ayudar en este asunto. Tienes que buscar aquellos cocos, o la maldición te

perseguirá toda la vida».

La madre saco una mochila y le echó chicharrones que acababa de preparar, y

el padre trajo un botellón lleno de chicha. Luego le hicieron poner una ruana y

le dieron un machete para que se defendiera.

Al despedirse, el padre le dijo: «Hijo mío, que Dios te bendiga, y que la santa

Virgen te ampare. No olvides que con bondad y cariño se logran las cosas más

fácilmente. Estoy seguro de que podrás encontrar aquellos cocos. No te enojes

cuando algo no te resulte. Ten paciencia. Así conseguirás quitarte la maldición

de la anciana. Anda por las montañas; el Sol se levantará por tu lado derecho y

se pondrá por tu lado izquierdo. Al fin llegarás a la orilla del mar y, ahí,

encontrarás los cocos de los que habló la anciana».

El muchacho abrazó a sus padres y salió del pueblo. Se arrodilló ante el cuadro

de la Virgen, pero no esperó a oír las campanas que llamaban a misa. Sentía la

necesidad de salir de sus preocupaciones. No podía perder más tiempo. El

camino que tenía que tomar estaba lleno de piedras y pendientes difíciles de

superar. ¡Y cómo ardía el Sol! Cuando tenía sed, buscaba una quebrada de

agua limpia, que encontraba sin dificultad, pues el agua murmuraba y lo guiaba

hacia ella. Sólo por la noche, cuando hacía mucho frío, se tomaba un traguito

de la chicha de su botellón.

Pronto se le acabaron los chicharrones, y tuvo que comer plátanos, pedir

mazorcas y freír él mismo el maíz en el fuego que prendía para calentarse de

noche.

Las alpargatas que llevaba puestas se le acabaron antes de llegar a su destino,

y tuvo que seguir descalzo. Entonces sí quiso enojarse y maldecir, pero

recordó los consejos de su padre y se tranquilizó.

Así pasaron un verano y un invierno con mucha lluvia.

Por los caminos encontraba poca gente, y el joven se sentía solo y triste y le

pedía socorro a Dios.

Fue entonces cuando encontró una casita de barro al lado del camino; estaba

bien pintada y arreglada y por todos lados tenía flores y matas. El muchacho se

asombró, pues no había ningún pueblo cerca. Al asomarse vio una bella joven

con un muchachito en los brazos, y la saludó.

El joven le contó lo de la maldición por la cual tenía que buscar los tres cocos

del mundo, y le preguntó si iba por buen camino y si los encontraría.

La señora de la casa, que no era otra que la Virgen María, que había bajado

del cielo para ayudarle, lo hizo pasar y le ofreció comida.

Había preparado un buen pusandao que el muchacho comió con gusto, pues

no había probado nada bueno durante todo el viaje.

Después de la comida bebió un vaso de leche tibia, se levantó y dio las gracias.

«¿Dónde podré encontrar aquellos cocos del mundo?», le preguntó a la

bondadosa señora, que lo miraba con una sonrisa en los labios. «¿Su merced

no ha oído hablar de ellos? ¿Será cierto que los tengo que buscar a la orilla del

mar, como me dijo mi padre?»

La señora le puso la mano en la cabeza y le contestó: «Haz lo que tu padre te

aconsejó». Le acarició la cabeza y continuó: «Pronto verás el agua azul de los

mares y la arena de sus playas. Allí crecen las palmeras que dan cocos, y la

más alta de ellas tiene solamente tres. Los verás, si te paras debajo de ella. En

aquellos cocos están ocultas las tres princesas, a quienes la bruja que te

maldijo encerró. Tú las puedes sacar de los cocos y devolverles la vida, pero

necesitas tres cosas para la hazaña: un espejo, una peinilla de oro y un jabón

fino. Mientras no se hayan lavado la cara y se hayan peinado, no podrán seguir

su camino y acompañarte.

El muchacho había escuchado las explicaciones de la Virgen con toda

atención. Al principio se alegró de saber que ya estaba cerca del mar, pero

luego se puso triste porque no sabía dónde conseguir los tres objetos que eran

necesarios para lograr la salvación de las princesas.

«No puedo hacerlo, su merced, no tengo con qué comprar el espejo, la peinilla

y el jabón», le dijo, mientras le brotaban lágrimas al ver que todo había sido en

vano.

Entonces la Virgen abrió un cofre y sacó todo lo que el muchacho necesitaba, y

le dijo: «Eres un muchacho muy querido y sano. Nunca te he oído maldecir ni

decir palabras indecentes, y nunca te has quejado de tu mala suerte. Con tu

bondad y tu paciencia lograrás hacer lo que te has propuesto. ¡Vete con Dios!»,

le dijo, y le llenó la mochila con galletas y bocadillos y le empacó los regalos.

El muchacho se arrodilló ante la señora, le besó las manos y le prometió

portarse bien. Nuevamente le dio las gracias por todo lo que había recibido y se

marchó con buen ánimo. No miró hacia atrás, pero si lo hubiera hecho se

habría dado cuenta de que la casita había desaparecido y la Virgen había

vuelto al cielo de donde había bajado para socorrerlo.

Pasó por una región llena de arbustos y malezas, y sólo con el machete pudo

abrirse camino. Temía que las culebras lo atacaran, pero éstas desaparecían

cuando usaba el arma, y no quiso decir una mala palabra, pues pensó que

seguramente la señora perdería el interés en su hazaña si él no cumplía su

promesa.

Por fin vio ante él aquella playa extensa y aquel mar azul. Al oír el susurro de

las palmeras, con ansiedad buscó la más alta entre ellas. Miró hacia arriba y

distinguió los tres cocos grandes. ¿Cómo llegaría a esa altura? Abrazó el

tronco y con los pies desnudos empezó a trepar. «¡Me voy a marear!», pensó,

pero miró hacia arriba y siguió subiendo. Llegó, arrancó el primer coco y lo dejó

caer. Al tocar la arena, el coco se abrió y de él salió una princesa que empezó

a crecer ante sus ojos hasta alcanzar la altura humana. El corazón le latía

rápidamente al bajar; temió que todo fuera un sueño.

La princesa lo miró, y enseguida preguntó por el espejo, la peinilla y el jabón.

«Me diste de nuevo la vida, y quiero arreglarme para la boda», le dijo. El joven

corrió a sacar los regalos que la señora María le había dado, y se los alcanzó a

la muchacha; mas se dieron cuenta de que no había ni una gota de agua dulce

con la cual la muchacha pudiera lavarse la cara. Entonces corrieron hacia la

orilla del mar, pero el agua era salada y el jabón no daba espuma.

No me he podido arreglar;

no me sirve el agua de mar,

contigo no me he de casar.

¡Ay de mi, ¡qué pesar, qué pesar!

La princesa se tapó la cara con las manos, y entre lágrimas y sollozos se

convirtió en un pájaro blanco y carmelita, como el coco.

El muchacho se quedó mirando el pajarito que desaparecía en la lejanía. Se

había prendado de aquella bella princesa de pelo castaño. «Tengo que ver si

soy capaz de conquistar a la hermana», pensó, y se fue en busca de agua

dulce. Llevó el coco del cual había salido la princesa, pero era muy difícil

encontrar un arroyo. Al fin lo encontró. Se arrodilló a probar el agua, pues tenía

mucha sed. Luego se bañó y después llenó de agua la cáscara. Al regresar la

dejó al pie de la palmera, y trepó nuevamente. Se dio cuenta de que había un

mono tití que saltaba de un coco a otro. Tomó el segundo de los cocos y

sucedió lo mismo que con el anterior. Cuando la princesa llegó a su tamaño

normal, dijo: «¡Ay, qué bueno ver el Sol y sentir el aire fresco! ¡Gracias por

haberme ayudado! ¿Me trajiste los regalos para poder arreglarme para la

boda?»

El joven le dio el espejo y la peinilla, y ella, tomándolos, se puso a peinarse el

cabello; cuando se miraba en el espejo su blanco rostro enrojecía.

«Ahora alcánzame por favor el jabón y el agua», le rogó la princesa. «¡Quiero

liberarme de la maldición!»

El muchacho iba a darle el agua, pero el tití la había derramado; no quedaba ni

una gota. La princesa se puso a llorar.

No me he podido arreglar;

no me sirve el agua de mar,

contigo no me he de casar.

¡Ay de mí!, ¡qué pesar, qué pesar!

Y la princesa se convirtió en pájaro como su hermana. Voló hacia las montañas

y se perdió en la lejanía.

«Gracias a Dios que queda un coco en la palmera. La última princesa será mi

esposa, y me dirá a dónde se fueron sus hermanitas», pensó el muchacho.

Y nuevamente se fue a buscar agua. Esta vez la guardó bien, la tapó y puso

piedras alrededor del coco. Así era imposible voltearlo. Trepó a la palma y

cogió el último de los cocos del mundo.

La tercera princesa le pareció mucho más bella que sus hermanas. Ella

también saludó al muchacho y al Sol. También se alisó el cabello de color coco

y se sonrojó al mirarse en el espejo. Esta vez, cuando la princesa le pidió agua,

sí se la pudo ofrecer el joven.

Y la princesa se pudo arreglar bien. ¡Qué alegría! La maldición de la bruja se

había acabado para ambos. Se abrazaron llenos de emoción y se arrodillaron

para darle gracias a la Virgen.

La princesa entonces tomó las cáscaras del coco y dijo: «Gracias a Dios que

no las botaste». Echó la nuez a la mochila. «Tú no sabías que esta nuez no se

acabará nunca, ¿verdad? Nos alimentará hasta que lleguemos a casa de tus

padres. Y ya verás para qué servirán las cáscaras».

Luego cantó la princesa:

Sobre piedra y monte no he de caminar; necesito una mula para poder montar.

Apenas pronunció estas palabras, una de las cáscaras se transformó en mula.

Tomó la otra, y, al repetir los versos, también se convirtió en mula.

Qué alegría, ya no tenían que caminar, pues las mulas conocían el camino de

regreso. Al joven no se le hizo largo el viaje porque la princesa le contaba

muchas cosas. Ella era muy amable y muy sencilla, y como sabía preparar el

coco, éste siempre sabía diferente, así que al muchacho nunca le dio ni

hambre ni sed.

Una mañana, al despertarse, vieron que dos pajaritos se habían posado en los

hombros de la princesa. Y ahí se quedaron durante el resto del viaje. Cómo

cantaban y cómo se quedaban dormidos por la noche. Eran sus hermanas.

«Tenemos que buscar al rey de este país para que nos ayude a capturar a

aquella bruja», dijo la princesa. «Mis hermanas han de ser princesas otra vez o,

si no, me moriré de tristeza».

Y así sucedió. Llegaron a la ciudad de Popayán, con sus casas grandes y sus

iglesias majestuosas. Encontraron al rey, y la princesa le contó lo que les había

pasado. El rey se sorprendió. Hizo traer ropa hermosa para el joven, le dio una

espada y lo declaró caballero.

Luego llevó a la princesa para que la reina la conociera. Y la reina vertió

lágrimas por lo que había sucedido. les ordenó a sus costureras que hicieran

un vestido de novia para la princesa, y a los sastres, uno de novio para el

muchacho. Y entonces ambos se casaron en la catedral, y todas las campanas

repicaron.

Más tarde el rey acompañó a los esposos y a los dos pajaritos. El rey quería

hacer justicia, castigando a aquella bruja que vivía en el municipio de Pasto.

Los soldados del rey capturaron a la bruja Mascucha. Todo el pueblo les ayudó

a encontrarla. En la plaza se hizo una pila de leña para prender una hoguera.

Iban a quemar a la bruja, que a tantos había hechizado.

Y cuando las llamas alcanzaron a la maldita mujer, los dos pájaros se volvieron

princesas. ¡Qué alegría! Los hijos del rey se enamoraron de ellas y hubo otra

boda, más alegre y más suntuosa que la primera.

Las tres bellas princesas decidieron emprender un viaje para saludar a su

padre. Pasado un tiempo regresaron a Popayán, y desde entonces vivieron

muy felices con sus esposos.

El príncipe Narija estaba tratando de cazar un águila para hacer con sus

plumas un adorno para el día de la Fiesta del Sol. Desde lo alto de la cordillera

lanzaba sus flechas, pero el águila escapaba a ellas extendiendo sus

majestuosas alas.

El príncipe no sabía qué hacer; de pronto, vio algo que se acercó volando y

cayó al suelo, a sus pies. Narija se acercó a ver qué era, y ¡cuál no sería su

sorpresa cuando vio que era el águila, y que entre sus garras se movía el

cuerpo de una serpiente!

El reptil, que estaba enroscado en el cuello del águila, no la dejaba respirar, y

el príncipe se dio cuenta de que el águila iba a morir ahorcada si él no la

ayudaba. Entonces golpeó con su lanza la cabeza de la serpiente, y con las

manos retiró el cuerpo del reptil que estaba oculto entre el plumaje del águila.

La serpiente, al ver que había perdido su presa, atacó a Narija, pero el joven se

defendió dándole muerte con una piedra. Mientras tanto, el águila sacudió su

plumaje y se elevó hacia el cielo.

Sorprendido el príncipe Narija y sin saber qué hacer, decidió regresar al pueblo,

pues el Sol comenzaba a ocultarse y teñía el cielo de rojo.

Mientras andaba, Narija pensó que el color del cielo era igual al de la sangre de

la serpiente, y se preguntó: «¿Acaso con esto el gran Sol me agradece la

ayuda que le presté al águila?»

Al acercarse al templo vio que sus pensamientos se habían convertido en

realidad: En los muros del templo estaba grabada, por manos invisibles, la

imagen del águila y la serpiente.

Desde entonces el águila es para los nahuas y los aztecas símbolo de

grandeza, y la serpiente la fuerza de la tierra, que ataca y mata. Por ello, estos

pueblos jamás volvieron a cazar águilas para adornarse con sus plumas.

Hace ya muchos años, en la región de los nahuas se hablaba de las maravillas

del imperio de los aztecas, pero nadie había llegado hasta él.

Un día, el joven y apuesto príncipe Yanique, que también había oído hablar del

imperio azteca, decidió ir a conocerlo. Reunió entonces a veinte de sus mejores

soldados y emprendió el camino del Norte.

Nadie supo para dónde iban, pues se vistieron de campesinos. Viajaban de

noche y se escondían de día entre las rocas y los arbustos para que no los

vieran.

Cuando llegaron a la región de los aztecas se sorprendieron de lo que vieron,

pues nada de lo que les habían contado podía compararse con la realidad. Los

templos de los dioses se elevaban casi hasta el cielo, y sus paredes de piedra

estaban adornadas con tallas labradas por miles de artesanos. Amplias

escaleras conducían a las plazuelas de los sacrificios. En ninguna parte se veía

gente ociosa; todos estaban ocupados. Los campesinos trabajaban la tierra y

cultivaban maíz, batata y cacao, y recogían frutas y verduras que los nahuas no

conocían~, En los pueblos la gente hacía adornos de, plumas y fabricaba ollas

y vasijas. También había orfebres que trabajaban el oro y la plata.

Yanique y sus compañeros aprendieron a fabricar ollas de barro, a trabajar en

los telares y a hacer adornos de plumas y metales.

Yanique negoció las semillas de los frutos desconocidos en su país y logró que

jóvenes artesanos se comprometieran a acompañarlos a la región de los

nahuas para enseñarles sus artes. Yanique les ofreció a cambio tierras para

que se quedaran a vivir con ellos.

No fue difícil convencer al jefe mayor de las maravillas que habían visto, pues

las telas y demás utensilios que traían y lo que habían aprendido lo

atestiguaba. Fue así como los artesanos aztecas instalaron talleres en tierras

de los nahuas y les enseñaron a trabajar y a sembrar las semillas traídas.

El pueblo nahua aprendía y progresaba cada vez más, hasta que un día los

chorotegas vieron con asombro lo que estaba pasando entre sus vecinos, los

nahuas, y pensaron: «Esa gente se está volviendo demasiado, poderosa. Hay

que tratar de dominarlos antes de que ellos nos dominen a nosotros».

Los sacerdotes chorotegas encendieron el fuego para saber la fecha de la

guerra, les consultaron a sus dioses y prepararon sus armas para el ataque.

Los nahuas fueron tomados por sorpresa, pero supieron defenderse. Yanique

dirigió el combate y alentó a sus guerreros para que continuaran la lucha, hasta

que los chorotegas tuvieron que retirarse.

Cuenta la leyenda que mientras todo esto pasaba, como los sacerdotes

chorotegas habían prendido el fuego de la guerra, la hija de la madrugada, que

desde el cielo lo había contemplado todo, se enamoró del príncipe nahua y se

escapó para conocerlo.

El príncipe había ido solo al templo después del combate para darles gracias a

los dioses, y al acercarse a la plazuela vio a una joven que en nada se parecia

a las mujeres que él conocía. Tenía la piel blanca y rosada, los ojos claros

como el cielo y los cabellos brillantes como el Sol. Yanique, deslumbrado ante

la belleza de la muchacha, se acercó y le preguntó de dónde venía.

Ella no ocultó la verdad y le confesó su amor. Entonces Yanique le dijo:

«Hoy mismo te llevaré a la casa de mi madre para que bendiga nuestro amor, y

serás la reina de mi pueblo».

Cuando regresaron al pueblo ya era de noche. Al viejo jefe no le parecía bueno

que su hijo se casara con una extranjera, pero consintió e hizo venir a los

sabios para anunciarles la unión de su hijo con la princesa azteca, pues así se

la había presentado Yanique.

Se hicieron todos los preparativos para la fiesta. Se amasaron panes, se

fabricaron adornos de plumas y collares de plata y oro, y la fiesta fue hermosa,

como las fiestas de los aztecas.

La princesa de los ojos azules estaba feliz de haber escogido a Yanique como

esposo, y al pueblo de los nahuas como familia. Pero en el cielo no se habían

conformado con la huida de la hija de la madrugada y decidieron mandar a una

de sus hermanas para que destruyera el matrimonio.

Habían pasado ya nueve meses desde la llegada de la niña celestial, y el

nacimiento del príncipe, hijo de Yanique, se acercaba. Las mujeres más

respetadas se habían reunido para ayudar a la madre. De repente, un viento

frío pasó sobre ellas. La princesa reconoció a su hermana y en sus ojos se

reflejó la angustia. Poco después dio a luz un hijo, pero ella jamás se levantó

del lecho.

Se dice que el príncipe Yanique jamás pudo olvidar a su joven esposa, y que

algún tiempo después empezó a luchar contra los chorotegas hasta

someterlos.

Cuenta la leyenda que el hijo de Yanique fue un gran gobernante y que tuvo la

protección de los seres celestiales, que eran su familia.

Los araucanos vivían antes en las regiones cálidas, en las cuales no se

conocían la nieve, ni el hielo, ni la oscuridad del invierno, ni la inclemencia de

los vientos helados y las tormentas. Sin embargo, los gobernantes Amancay y

Mutaquén decidieron que debían salir de sus comarcas y buscar otro lugar para

vivir. Alzaron sus toldos los subieron a los lomos de los guanacos, y se fueron

para el Sur. Pasó la Luna llena, la menguante y otra Luna llena, y todavía no

habían encontrado un sitio dónde establecerse.

Por último llegaron a una región montañosa llena de bosques, en los cuales era

muy difícil penetrar. Los troncos inmensos casi no los dejaban pasar, pero al fin

encontraron lagos de agua cristalina y pastos abundantes para los guanacos.

Armaron los toldos, los guerreros salieron de caza, y regresaron con zorros y

nutrias de piel suave y bella, animales distintos de los que estaban

acostumbrados a ver, y también, con el huemul fugaz, que era grande y que

hacía que la comida fuera buena y abundante. Las mujeres se dedicaron a hilar

la lana de los guanacos y a tejer vestidos nuevos. Todavía no sabían del frío

que estaba por venir, pero cuando la nieve y las tormentas llegaron, supieron

cómo abrigarse y cómo guardar comida para los meses de oscuridad.

Los hombres tenían que enfrentarse al puma, que bajaba de las montañas a

robarse los guanacos, la propiedad más valiosa de los araucanos. Como ellos

casi no podían salir de los toldos durante los meses de invierno, los guanacos

les daban leche y lana; por eso, nunca mataban a ninguno de estos animales, a

menos que fuese absolutamente necesario; además, se consideraba pecado

hacerlo.

Los araucanos vivían felices, y así pasaron los años. Ya nadie recordaba el

país de donde habían venido. Sólo en los cuentos se narraba la historia de la

gran marcha, de las comarcas que habían dejado, allá, donde el año pasaba

sin sentirse frío.

Los guerreros sabían usar armas, pero no había nadie contra quién pelear. Los

hombres se entrenaban luchando contra el puma y los gatos monteses. La paz

reinaba entre ellos. Se cuenta que fueron dos hermanos, Urutén y Amancá,

hijos del gobernante Amancay, quienes destruyeron la paz entre los araucanos.

Urutén y Amancá se enamoraron de la princesa Furuquená. Ambos hicieron

para ella un collar brillante de metal precioso, pero la princesa no le recibió la

joya a Urutén, pues amaba a Amancá.

Entonces los hermanos lucharon. Amancá logró vencer a Urutén, quien no

pudiendo soportar su derrota ni el rechazo de la princesa, decidió marcharse.

Se acordó de lo que les había oído contar a los bisabuelos y decidió buscar la

tierra de sus antepasados. No temía luchar contra los guerreros que se habían

apoderado de las comarcas del Norte.

Muchos jóvenes lo acompañaron. Urutén llevaba su rebaño, que era numeroso,

y sus armas. Las madres de los viajeros trataron de convencerlos de que era

mejor quedarse a buscar la paz, pero los jóvenes estaban decididos a

marcharse. Algunos llevaron a sus esposas.

Pasaron mucho tiempo buscando las tierras de sus antepasados, pero no

pudieron dar con ellas. Llegaron a lugares desolados y pobres, donde casi no

había árboles ni arbustos. Los animales no encontraban comida y fue

necesario matarlos. Sacaron las carnes de los guanacos y decidieron cruzar las

montañas, orientándose por el Sol al amanecer. Pensaron que no sería difícil

llegar al otro lado de los cerros, pero cada mañana otras montañas se alzaban

ante sus ojos.

Ya casi no tenían qué comer, y no había animales para cazar. Las rocas a su

alrededor se hallaban peladas por el viento y la sequía.

Muchos hombres se enfermaron por la altura, pero no quisieron regresar. Les

parecía más fácil proseguir.

Por último encontraron llanuras habitadas, pero los hombres que vivían allí

eran muy pobres y no hablaban el mismo lenguaje de ellos. Siguieron su

camino y no tardaron en llegar a unos ríos de agua limpia. ¿Habría sido aquélla

la región de sus antepasados? Encontraron allí a otros hombres, pero tampoco

entendieron su lenguaje.

Los guaraníes, el pueblo que habitaba esas tierras, los recibieron con respeto y

como a huéspedes.

Los araucanos se maravillaron de la riqueza de la comida. Los peces

abundaban en los rios, y en la selva había animales y frutos. Este pueblo no

conocía el frío ni el invierno. Se quedaron allí un buen tiempo. Aprendieron a

hablar con ellos; oyeron del gran Tupá, su dios, que les regalaba todo lo que

necesitaban.

«Vamos a llevarles a los nuestros lo que hay por aquí. Es necesario que sepan

que existe este paraíso al otro lado de las montañas», dijeron.

Urutén no quiso volver a las tierras araucanas. Se había enamorado de una

princesa guaraní, que le parecía más bella que aquella mujer que había

perdido; pero muchos jóvenes emprendieron el camino de regreso. Las

muchachas que los acompañaron, las que no tenían niños pequeños, llevaban

matas y semillas para sembrarlas en sus tierras, pero al llegar a las montañas

las plantas. murieron.

Fue duro el regreso; allí, en aquellas tierras lejanas, dejaban la mitad de sus

corazones.

Por fin llegaron a su tierra de origen y les contaron a sus familiares lo que les

había sucedido. Nadie, sin embargo, les creía lo que decían, pues era

imposible imaginar una vida sin invierno y sin frío.

«Están mintiendo. No existen pájaros de colores tan vivos ni frutos tan dulces

como ustedes dicen. Son mentiras, mentiras ... ».

Las muchachas lloraron de angustia. Los hombres se pusieron pálidos.

«No nos quedaremos. Verán que decimos la verdad». Y empezaron a

implorarle al gran Tupá que les ayudara. Y él, en su inmensa bondad, les

ayudó. Transformó a los viajeros en cotorras. Ahí estaban, ante los ojos

asombrados del pueblo, los pájaros de plumaje verde y rojo; sabían hablar,

sabían decir que regresarían al paraíso del Paraná, para volver, en la época

caliente del año, a las tierras araucanas, y contar lo que habían visto.

Desde entonces, las cotorras se encuentran al lado de los nevados del sur de

Chile. Pasan los meses de verano en las tierras araucanas y luego vuelven al

Norte.

Seguramente fueron ellas las que trajeron en su pico una planta de caña. De lo

contrario, ¿cómo se explica que esta planta tropical haya llegado al sur de la

cordillera?

Y a partir de entonces los araucanos ya no tuvieron que dividir el corazón entre

sus dos afectos, porque viajaban cada año de un lugar querido al otro.

En el sur de Chile el invierno llega en julio y agosto, con sus tormentas de nieve

y su frío intenso. Entonces la gente se reúne alrededor de la hoguera a contar

cuentos, y come nueces, uvas pasas y frutos del pehuén.

Al probar estos frutos, se suele recordar que entre los antepasados el pehuén

fue un árbol sagrado y que los hombres lo respetaban como amigo y protector.

Y a veces se empieza a hablar de él...

Hace muchos siglos, cuando los blancos no habían llegado a nuestras tierras,

los araucanos eran los dueños de estas regiones. Vivían en toldos hechos de

cuero, y no les gustaba permanecer en el mismo lugar todo el año. Para ellos

era fácil recoger sus pertenencias y buscar un sitio distinto, más agradable,

donde abundara el pasto para los guanacos y los hombres encontraran qué

cazar.

Pero en invierno, a pesar de que se abrigaban con las pieles de los zorros y de

las nutrias, que sabían curtir, sufrían a causa del frío. Por eso temían la época

de la niebla, de la nieve y de las tormentas. Los hombres confeccionaban los

abrigos y los zapatos, y las mujeres hilaban la lana de los guanacos y tejían la

ropa interior y las medias. Pero toda esta ropa no lograba espantar el frío, pues

los toldos eran livianos y el carbón de palo no calentaba lo suficiente.

Nuike se acurrucó cerca del brasero El fuego crepitaba, pero sus manos

estaban tiesas del frío. Era difícil hilar con los dedos helados. Estaba sola en el

toldo. A veces alzaba la cabeza para poder oír mejor, pero no oía nada.

Afuera caía la nieve. Su esposo Futa Viedyá no había regresado de las salinas

de las montañas altas, adonde iba a con seguir sal. Generalmente regresaba

antes de que empezara a nevar, pero este año el invierno había llegado más

temprano..

El hijo, el pequeño Viedyá, entró en el toldo; sacudió su abrigo y su gorro, que

estaban cubiertos de nieve, y dijo:

«Estoy triste, mamacita; no traigo noticias de mi taita. No pude subir la

pendiente, pues es imposible pasar a causa de la nieve».

Nuike se levantó. Ayudó al hijo a quitarse las prendas mojadas y tiesas y le

puso un saco suave de lana. Sin las pieles, se notaba que Viedyá era todavía

un niño. La madre lo miraba con cariño.

«No sé qué hacer; ¡no tengo a quién mandar en busca de tu padre!», le dijo.

«Sé que corre un gran peligro. Soñé con él y lo vi acosado por los jaguares y la

nieve».

«Déjame ir, mamacita», pidió el niño. «Déjame ir en busca de mi taita querido».

La madre no quería dejarse convencer, pero al fin arregló carne seca y un

cuero con chicha,'1e entregó a su hijo la ropa para que se abrigara y le

recomendó que siempre buscara un pehuén.

«El árbol te amparará del frío y de la soledad», le dijo. «Recuerda que debes

volver a mi toldo. No puedo perderlos a ambos, a ti y a mi esposo».

Viedyá salió a la madrugada. Las nubes oscurecían el cielo, el Sol no se dejaba

ver, y las montañas apenas se veían en la lejanía.

El joven, sin dejarse desanimar, se colocó unas tablitas debajo de las

alpargatas para poder andar mejor, y así logró subir las pendientes, buscando

el camino que había tomado su padre unas semanas antes.

Era muy difícil orientarse, pues ni el Sol ni las estrellas lo podían guiar, y en

ninguna parte veía hombres ni viviendas. Al parecer, todos se habían

encerrado a causa del frío.

Al caer la noche se hallaba tan cansado que casi no podía mover los pies, pero

recordó lo que sus padres le habían dicho: «Nunca duermas sobre la nieve

porque jamás volverás a despertar».

Su madre le había recomendado que se resguardara en un pehuén, de modo

que debía buscar uno. Encontró un árbol con un tronco fuerte y una copa llena

de hojas verdes; amontonó la nieve a su alrededor hasta que casi llegó a las

ramas, y se sentó dentro de su albergue, donde los vientos fríos ya no podían

alcanzarlo. Comió carne y bebió algo de chicha. Los ojos se le cerraban de

cansancio, pero el árbol se movía tirándole nieve a la cara para despertarlo.

Toda la noche Viedyá bebió chicha' y la compartió con el pehuén como su

madre le había enseñado. Al llegar la madrugada sintió que había recuperado

sus energías con el descanso.

Le agradeció al árbol su protección, le colgó el gorro en las ramas en muestra

de gratitud, y siguió su camino. Al llegar nuevamente la noche no pudo

encontrar otro pehuén para guarecerse. De repente, olió humo y divisó una

hoguera, alrededor de la cual descansaban unos guerreros de un pueblo

desconocido.

Los hombres lo dejaron acercar al fuego, pues venía solo y les ofreció

compartir su chicha con ellos. Después se acostó al lado de,la hoguera, y se

durmió enseguida. Tenía el cansancio de dos días de camino y no había

dormido la noche anterior.

Pero aquéllos que lo habían recibido con aparente amistad no eran buenos. Le

quitaron la comida, le robaron el cuero con chicha y los abrigos de piel y

procedieron a amarrarle las manos y los pies, y lo abandonaron al lado de la

hoguera, que ya se estaba apagando. Sólo le dejaron sus interiores de lana.

Viedyá despertó muerto de frío. Estaba tieso, temblaba y casi no podía

moverse. Estaba solo en la nieve. Se puso a sollozar y a llamar a su madre:

«Nuike, Nuike, ayúdame». Pero Nuike no podía oírlo ni sabía del peligro en que

se encontraba su hijo.

En ese momento Viedyá no pretendía ser un hombre grande y valiente. Era un

niño que no sabía qué hacer y tenía miedo.

Entonces su mirada se fijó en un pehuén que se encontraba a poca distancia

de él, y en su soledad y su desamparo le rogó al árbol que le ayudara. El árbol

entendió su súplica. Sacudió su copa y empezó a sacar sus raíces del suelo sin

que se dañaran. ¡El pehuén se movió! ¡Se puso a caminar y se acercó a Viedyá

que no podía creer lo que estaba viendo! El árbol extendió sus ramas sobre él

formando un toldo protector; lo ocultó para que no pudieran verlo los animales

salvajes, y a la vez lo abrigó del frío; y, al sacudirse, sus frutos caían sobre

Viedyá. El niño logró soltarse las manos y los pies, y comió los frutos dulces

que le calmaron el hambre y la sed. Luego el árbol lo arrulló con el murmullo de

sus hojas.

Mientras tanto Nuike no lograba calmar su preocupación. No podía dormir ni

hilar. El temor por el hijo y el esposo no la dejaban descansar. Cerraba los ojos

y las visiones de tragedia y muerte se apoderaban de ella. Futa-Viedyá, su

esposo, ya no estaba vivo. La nieve lo cubría, y no volvería jamás. Después

veía a su hijo desamparado, también acostado sobre la nieve pero todavía vivo.

Nuike no esperó más. Aunque no se acostumbraba que las mujeres salieran

solas, no vaciló. Se abrigó, tomó una lanza de su esposo para defenderse,

empacó comida y bebida y salió, abriéndose camino a través de la nieve.

Jamás dudó de la dirección que debía tomar. Cerraba los ojos y encontraba el

camino a ciegas. El amor por el hijo la guiaba. Cuando vio el gorro de Viedyá

colgado del pehuén y descubrió las huellas de unas alpargatas, supo que

pertenecían al muchacho porque eran pequeñas. Siguió adelante, y de repente

su mirada se fijó en un árbol caído. Se acercó al pehuén, retiró las ramas y

descubrió a su hijo que dormía bajo el toldo de las hojas.

La madre lo despertó, y él le contó lo que le había sucedido, y le habló del árbol

milagroso que lo había salvado.

Nuike se arrodilló ante el árbol y le dio las gracias por lo que había hecho por

su hijo. Después, ambos alzaron el árbol y lo llevaron al lugar del cual había

sacado sus raíces el día anterior, pues creían que deseaba seguir viviendo allí.

Cuando emprendieron el camino de regreso y echaron una mirada atrás para

despedirse del árbol, vieron que éste los seguía y los acompañaba, dándoles

protección y abrigo durante todo el camino.

El pehuén se quedó con ellos cuando finalmente llegaron al toldo. Viedyá

excavó el suelo, trajo tierra negra del bosque y plantó el árbol con cuidado,

derritiendo nieve para mojarle las raíces.

El pehuén siguió creciendo, y Viedyá decidió quedarse en ese lugar toda la

vida, cultivando la tierra al lado del árbol milagroso.

Todo lo que emprendió en ese lugar le trajo suerte y bienestar.

Aunque Nuike se cortó el pelo, como era costumbre en aquellos tiempos

cuando una mujer enviudaba, volvió a gozar de la vida cuando Viedyá encontró

con quien casarse y le construyó a la esposa una casa de troncos con techo de

paja.

Fue así como el pehuén les enseñó a los araucanos a quedarse en un solo sitio

y a vivir como campesinos.

Había llovido durante muchos días, y la cordillera de los Andes se hallaba

cubierta de nubes, que no permitían que el Sol saliera.

Los pequeños hijos del jefe de aquella comarca se hallaban en el monte,

buscando madera para hacer arcos y flechas.

Chilinquinga, que así se llamaba el mayor de los hermanos, le dijo al pequeño:

«Aloila, allá, al lado de la quebrada, encontraremos palos muy buenos para

nuestras flechas».

Pero Aloila no quería ir a la quebrada, pues ésta era peligrosa en la época de

lluvias; las aguas crecidas arrastraban árboles y piedras hacia el valle, y el

padre, el jefe, les había prohibido ir allá en invierno.

«Iré solo si tú no te atreves», dijo Chilinquinga, y se alejó hacia la quebrada.

Aloila se abrigó con su poncho y esperó, acurrucado, a que su hermano

regresara, pero al ver que no volvía, pensó: «Algo tiene que haberle pasado a

mi hermano. ¡Debo ir a buscarlo!» Y se puso a llamarlo, mientras corría hacia la

quebrada y su voz se perdía entre el ronco ruido de las aguas.

De pronto Aloila lo vio. Chil inquinga se hallaba encaramado en un tronco que

ya casi cubrían las aguas, y cobijaba con su poncho algo que se movía.

Chilinquinga se quitó el poncho y enroscó las piernas alrededor del tronco; con

mucho esfuerzo cortó una rama, la envolvió con el poncho y luego la tiró con

todas sus fuerzas para que su hermano la agarrara. Aloila la pudo asir, pero vio

cómo a su hermano lo arrastraba la corriente.

Gritó. Quiso tirarse al agua, pero todo fue en vano. Chilinquinga había

desaparecido. Llorando, Aloila corrió hacia el pueblo a contarle a su padre lo

que había pasado.

Cuando el jefe oyó la noticia, mandó a los hombres del pueblo a que buscaran

el cuerpo del niño. Quería darle sepultura cerca de sus antepasados.

Mientras tanto, Aloila, lleno de tristeza, entró en su casa. De pronto recordó que

aún cargaba el poncho de su hermano, y que en él se movía algo. Lo abrió y

encontró una pequeña chinchilla. Seguramente su hermano había muerto por

salvarla.

El niño tomó a la chinchilla, que apenas cabía en sus manos, y le dijo: «Serás

mi hermano y te quedarás conmigo». Después le consiguió un poco de leche

de llama y, acariciándola, la alimentó. La chinchilla se dejaba mimar, y miraba

al niño con sus pequeños ojos negros. Mientras tanto, la tristeza de Aloila

disminuía con las caricias que le prodigaba al pequeño animal.

Pero los hombres regresaron sin haber encontrado al hijo del jefe! Jamás

podría Chilinquinga unirse con sus antepasados ni ser respetado en el país de

los difuntos, pues había llegado allá sin sus armas y sin sus adornos.

Pasaron las semanas lluviosas del invierno y el Sol volvió a salir. La quebrada

disminuyó su caudal y el cielo se despejó nuevamente. Aloila, sin embargo, no

podía olvidar a su hermano y resolvió ir en su busca. No le diría nada a su

padre, pero llevaría a la chinchilla; estaba seguro de que le ayudaría a

encontrarlo.

Después de un día de camino, Aloila llegó a un lugar desconocido y se detuvo

para quitarse el poncho; el aire estaba lleno de fragancias y hacía mucho calor.

No había encontrado a nadie por el camino, pero ahora veía humo, y al

acercarse divisó una casa y una mujer.

Se acercó sin miedo, decidido a preguntar por su hermano, con la chinchilla en

el hombro, como se había acostumbrado a cargar el animal, mas la genté que

allí se encontraba no le permitió siquiera hablar; arrinconándolo, lo atacaron a

preguntas:

«¿Quién es tu padre?», indagaban todos a la vez, pero Aloila no entendía lo

que le preguntaban porque no conocía el idioma en que le hablaban. «Es un

espía», continuaron los otros, «lo, mandaron a espiarnos, como al otro. Quiere

saber de dónde sacamos el oro y la plata. No puede engañarnos».

Aloila fue llevado a una casa grande, donde lo ataron de pies y manos con un

lazo de fique. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver en

un rincón a su hermano, quien estaba atado en igual forma.

Aloila lloró de emoción al encontrar a su querido Chilinquinga, pero pronto su

alegría se vio empañada por la tristeza de saber que ahora ambos iban a morir,

y que sus padres jamás sabrían lo que les había pasado.

Pasada la media noche escucharon un ruido al otro lado de la pared, y algo

muy suave se acercó a Aloila: era la chinchilla que lo había buscado y

encontrado, y que ahora empezaba a morder con sus pequeños dientes el lazo

que amarraba las manos de Aloila. Cuando éstas le quedaron libres, el

muchacho procedió a soltarse los pies y a liberar a su hermano.

Aloila acarició a la chinchilla y en compañía de su hermano se acercó a la

puerta; el guardia dormía, y, aprovechando su sueño y la oscuridad de la

noche, huyeron hacia el monte y se escondieron entre los árboles. Al día

siguiente llegaron a su pueblo.

El jefe se sorprendió mucho al oír la historia de los niños, y para agradecerle a

la chinchilla lo que había hecho, le pidió al sacerdote que la consagrara como

uno de los animales sagrados del pueblo.

Por esto en algunas de las tumbas indígenas se encuentran chinchillas

modeladas en barro, como recuerdo de la fiel chinchilla de Aloila.

En las montañas de los Andes hay un animal pequeño, veloz y astuto, que

sabe esconderse muy bien. Su piel es sedosa y salpicada de diferentes

colores: amarillo, negro, carmelita y hasta blanco. Se trata del zorro plateado.

Un día, dice el cuento, un zorrito muy joven se enfrentó con una gallineta que

estaba acurrucada en su nido. La gallineta, al verlo, se asustó muchísimo, así

que se esponjó para parecer más grande. Pero el zorro, en vez de atacarla, la

saludó muy cortésmente:

«¿Cómo está su merced? ¿Cuándo espera sus pollitos? ¿Están ya para

nacer?»

La gallineta, temblando de pavor y con los ojos brillantes, se puso a silbar su

Uou-uuou, para espantar al enemigo, pero el zorro continuó hablándole, muy

tranquilo:

«Justamente, es por su voz por lo que he venido a visitarla. Además, ¡nos

parecemos tanto! Tiene usted, en su plumaje, los mismos colores de mi piel.

Mas... como le decía, es por su voz por lo que he venido... ¡Canta usted tan

bello! ¿No podría enseñarme? ¡Deseo tanto aprender!»

Al oír esto, la gallineta madre comenzó a recuperar la tranquilidad. ¿Sería

verdad lo que estaba oyendo? Sin duda el zorro tenía la barriga bien llena, de

otra forma no se tomaría la molestia de adquirir cultura. Así que contestó:

«Caballero, aprender a cantar no es tan fácil como parece, pero con mucho

gusto trataré de enseñarle. Observe usted mi pico. Notará que es bastante

delgado, muy fino y completamente pelado. Para cantar usted necesitará un

pico igual».

El zorro no sospechaba nada. Como todas las personas astutas, pensaba que

los demás eran tontos.

La gallineta continuó:

«Será necesario que usted le quite la piel a su boca».

El zorro, muy pensativo, contestó: «¡Conque debo quitarle la piel a mi boca!

Pues entonces empiece usted con la operación. Le prometo que no chillaré».

Poco a poco, la gallineta fue deshollejando la boca del zorro. La sangre

manchaba la yerba y el plumaje del ave, pero el zorro no se quejaba. Sentía

vergüenza de llorar de dolor. Al fin, comenzaron a vérsele los huesos; tenía la

boca pelada.

«Ahora sí puede cantar», lo animó la gallineta. «Haga Uuuu».

El zorro logró imitar el silbido. Estaba feliz. Mas el intenso dolor que sentía hizo

que corriera a meter al riachuelo su «pico», como llamaba a su boca adolorida.

Allí lo encontraron la gallineta y sus pollitos una semana más tarde. Había

muerto.

La gallineta les contó a sus hijitos la historia del zorro, y agregó: «Eso le pasa

al que quiere alcanzar lo humanamente imposible y se cree más inteligente que

los demás».

En las noches tibias, cuando el cielo se ve bordado de estrellas, el viento lleva

mariposas azules desde las orillas del mar hacia las montañas.

Los mexicanos las miran con cariño. Tal vez se acuerdan de la princesa Mirra,

que se convirtió en una mariposa de alas bordeadas de oro y anda buscando a

su hijo perdido.

Pero ¿quién es Mirra? ¿Quién conoce su historia?

Mirra fue la hija del gran rey azteca Acamapichtli. Acamapichtli la adoraba por

su belleza, por su piel delicada y suave, y porque en sus ojos se reflejaban la

luz de las velas y la luz del oro que adornaba su trono.

Un día una gran sequía agotó los campos del país. La gente sufría hambre y el

dios de las siembras y de las cosechas, para aplacar su ira, pedía que se le

entregaran las jóvenes más hermosas del país. Veinticuatro sacerdotisas,

todas niñas, esbeltas, sanas y bellas debía tener el dios a su servicio para que

las cosechas se dieran abundantes. Pero poco tiempo duraban las niñas en el

templo, pues cuando comenzaban a perder la juventud, el dios, que no quería

ver la vejez sino la belleza, las ocultaba en un monasterio al pie del templo.

Acamapichtli no quería separarse de Mirra, quien se encontraba entre las

jóvenes que debían ser enviadas al templo, pero el pueblo le rogó al rey que lo

hiciera, y la niña no opuso resistencia. Se puso los vestidos largos y los

adornos de plumas y turquesas que acostumbraban lucir las sacerdotisas,

empezó a aprender las danzas y los ritos del templo y prometió pasar su vida al

servicio del gran dios. Jamás había habido una doncella que lo hiciera con más

gracia y más devoción que ella.

Un día, un hacendado noble y joven, llamado Yariz, subió a lo alto de la

montaña para pedirle ayuda al gran dios de la siembra. Sus cosechas se

estaban secando y estaba desesperado.

El joven se arrodilló y trató de orar, pero el baile de Mirra no se lo permitió.

«No me dejes ceder a la tentación», le rogaba al dios días después, pero todo

fue en vano. El recuerdo de Mirra y su servicio sagrado no lo abandonaban, y

hasta en sueños la veía bailar.

El joven subía cada noche al monasterio y luego al templo. Esperaba el culto

que se celebraba antes del amanecer y volvía a bajar a la salida del Sol. No le

importaba ya que la lluvia hubiera empezado a caer, y no regresó a sus

haciendas.

La gente, sorprendida, empezó a cuchichear, y los sacerdotes del rey lo

llamaron para que explicara sus continuos paseos al templo. Entonces Yariz

reveló los sentimientos que lo llevaban a las alturas: «Quiero pedirles que me

concedan como esposa a la sacerdotisa Mirra. No puedo seguir viviendo sin

ella. El gran dios de la siembra ha hecho llover y estoy seguro de que no me la

negará».

Los sacerdotes no comprendieron el atrevimiento del noble Yariz. «¿No sabes,

acaso», le preguntaron, «que una sacerdotisa no debe casarse jamás? ¿No te

das cuenta de que pondrás en peligro todas las cosechas del reino? ¿No

sientes vergüenza ante la majestad del dios y de nuestro rey?»

«Quiero hablar con el padre de Mirra», contestó el joven. «Pertenezco a la

familia más poderosa de su reino y no soy menos que él».

Mas el rey lo recibió con cara severa. «Mirra ya no pertenece a esta tierra. Ella

debe servir al dios durante toda su vida», le contestó.

Yariz estaba desesperado. No podía dejar de pensar en Mirra y siguió

escalando la montaña para mirarla durante el servicio sagrado; sólo de noche

se atrevía a subir aquel camino que conducía al templo.

Una noche la sacerdotisa salió del templo y se encontró con el joven, que en

ese momento se aproximaba.

«No puedo seguir viviendo sin ti», le dijo Yariz, contándole sus sufrimientos y

expresándole su amor. La princesa lo escuchó con la cabeza inclinada.

Después lo tomó de la mano, lo llevó al templo, se arrodilló ante la imagen del

dios y le pidió perdón. «Deseo dejar el servicio del templo. No me castigues por

lo que hago, ni dejes de bendecir nuestras cosechas. Sé que soy mala y

desobediente, pero me duele el corazón y sé que moriría si no me dejaras ir».

Y al terminar su plegaria dejó su precioso vestido sobre las piedras y salió

corriendo del templo.

Yariz y Mirra sabían que jamás podrían dejarse ver en el reino de Acamapichtli,

así que huyeron al monte, escondiéndose de día y caminando de noche. Al fin

se detuvieron e hicieron una cabaña; ésta era muy pobre, pero no les

importaba.

Estaban felices de estar juntos. Yariz cazaba animales en el monte y se los

traía a Mirra, y ella preparaba la comida y lavaba la poca ropa que habían

llevado.

Pero su felicidad no iba a ser duradera. El rey envió cientos de soldados a

buscarlos y por fin los encontraron.

Yariz trató de defender a Mirra, pero al fin lo abatieron y cayó muerto. Eran

demasiados enemigos. A Mirra y al pequeño hijo que había nacido los hicieron

prisioneros y los llevaron al palacio de Acamapichtli.

El rey no pudo contener las lágrimas cuando vio a Mirra con su hijo en brazos.

Esta no había probado comida desde la muerte de Yariz, y sus ojos

expresaban una profunda tristeza.

«Separen al niño de su madre», ordenó el rey. «Lleven a la princesa a sus

aposentos y déjenla allí encerrada».

El rey pensó que el pueblo iba a olvidar a la princesa, pero no fue así. La

sequía amenazaba nuevamente las cosechas y no caía ni una gota de agua.

«El dios de las siembras está enojado porque la sacerdotisa infiel que lo

traicionó sigue con vida. Pedimos que la maten y le saquen el corazón»,

clamaba el pueblo.

Mas el rey no permitió que mataran a su hija; ordenó que la llevaran al

monasterio y la encerraran en una torre, que sólo tenía una pequeña ventana

por la cual no entraba mucha luz. El padre no quería que el Sol viera a su hija

otra vez, y Mirra tampoco se atrevía a mostrarle la cara. Al contrario, se

escondía en la oscuridad y sólo de noche se acercaba a la ventana y buscaba

en el cielo la única estrella que podía ver.

Mirra no comía; estaba pálida y delgada, y las mujeres que le traían el alimento

tenían que llevárselo nuevamente.

Una mañana sucedió algo inesperado. La princesa desapareció y los guardas

no pudieron encontrarla.

Buscaron por todas partes, mas lo único que encontraron fue una mariposa

posada sobre la ventana de la torre. Era la mariposa más grande y hermosa

que jamás habían visto: sus alas eran de un azul oscuro luminoso y llevaban un

borde de oro. Sin embargo, cuando trataron de atraparla, la mariposa huyó y

desapareció.

Al cabo del tiempo la mariposa volvió a dejarse ver. Venía de noche, con las

brisas del mar, entraba en las casas, buscaba las alcobas de los niños, miraba

sus rostros y salía otra vez.

«Mirra está buscando a su hijito», decían los mexicanos, y también decían que

para ayudar a Mirra las estrellas habían hecho sus alas del manto de la noche,

y luego las habían bordado con su luz. Y aún lo dicen, especialmente cuando

en las noches tibias las estrellas parecen contar el cuento de la desafortunada

princesa azteca.

Hace muchos siglos los aztecas gobernaban a México. Era un reino

majestuoso y los países vecinos tenían que contribuir para aumentar la riqueza

y el esplendor de la corte.

Entre los reyes vasallos estaba Tlaxcala, mas un día se reveló contra el gran

imperio. No quería que su pueblo siguiera pagando tributo ni empobreciendo su

comarca para enriquecer a otro país.

Pero ¿cómo se atrevía a sublevarse contra los más poderosos? Tlaxcala sabía

que su ejército estaba bien entrenado, que su general lo quería y que podía

confiar en él y en sus capacidades.

Popocatépetl, como se llamaba el joven general de Tlaxcala, estaba seguro de

que podía vencer al enemigo. «Nuestras tropas no son numerosas, pero

lucharemos con entusiasmo porque estamos defendiendo nuestra patria contra

los invasores y protegiendo a nuestras mujeres y a nuestros hogares», decía.

Los ojos de Popocatépetl resplandecían al pronunciar estas palabras. Estaba

ansioso de demostrar su valentía y su fidelidad. Quería luchar y ganar fama,

quería regresar victorioso, quería que Tlaxcala lo estimara y lo considerara

como su igual.

Pero, ¿por qué estaba tan interesado Popocatépetl en conquistar la amistad de

su rey? No hay duda de que realmente lo amaba, pero también amaba a su

hija. El general se había enamorado de la princesa, a quien quería con todo el

corazón. Claro que esto era un secreto todavía. No sabía si podía atreverse a

revelarlo antes de salir al combate, aunque estaba seguro de que la princesa

había adivinado su amor. Los ojos de la joven reflejaban los mismos

sentimientos cuando él buscaba su mirada. Ella no lo había rechazado.

«Si tengo el valor de enfrentarme con el enemigo, tengo que tener el valor de

hablar con el padre de ella», se dijo, y fue así como un día le preguntó al rey si

podía tener la esperanza de conquistar a la princesa, si lograba la victoria.

El rey miró al general. El joven era el hombre más honesto y valiente que el rey

había conocido. Le estrechó la mano y le aseguró: «Así como pongo la suerte

de mi país en tus manos, así mismo te encomendaré la felicidad de mi hija».

El general, lleno de emoción, apenas pudo expresar su gratitud. Se puso al

frente de sus soldados y salió al combate.

Luchó con un valor ejemplar que llenó de entusiasmo a todos los hombres y les

permitió conquistar una victoria tras otra.

Durante el combate, Popocatépetl no había dejado volar sus pensamientos,

pero en el momento en que las tropas enemigas se retiraron empezó a soñar

con su novia, cuyos ojos le habían prometido la felicidad.

¡Cómo apuraba a sus soldados! ¡Cómo buscaba el camino más cercano para

regresar a la capital! Hasta que al fin un día entró en la ciudad. Mas no fue

recibido con júbilo. Los habitantes no lo esperaban con coronas de flores y

plumas, como era la costumbre cuando regresaban las tropas victoriosas, ni en

el palacio sonaron los tambores de la victoria.

Los guardias lo miraron y lo dejaron pasar sin decir una sola palabra. Alguna

desgracia había ocurrido. Popocatépetl recordó que su padre le había dicho:

«Hijo mío, es difícil encontrar en un solo camino el éxito, la fama y el amor».

Esto lo atemorizó; pero, sin embargo, entró en los aposentos del rey.

Este, dándole un abrazo, le agradeció la victoria conseguida, pero su cara

estaba triste y no reflejaba el gran triunfo de su país.

«Estamos de luto, Popocatépetl», exclamó. «En vano vienes en busca de tu

novia. Ixtacihuatl ya no está entre nosotros. La flor se marchitó antes de

tiempo. ¡Los dioses no quisieron que diera fruto vuestro amor! Ayer por la

noche murió, y hoy por la mañana la llevamos al templo sagrado».

El rey ocultaba el rostro. No quería que su general viera las lágrimas que salían

de sus ojos.

Popocatépetl se despidió. No pudo quedarse en el palacio. Quería estar junto a

su novia, aquélla que los dioses no le habían querido dar. Encontró la tumba en

el templo y no pudo retener el llanto. «No me dejaré robar el premio a mis

hazañas», exclamó. «Nadie me quitará a mi novia; ella me pertenece y yo a

ella».

Y moviendo la loza que cubría la tumba, tomó a la muchacha en los brazos y

empezó a subir la montaña, en cuya cima se hallaba el templo de los difuntos.

Cuando la aurora empezó a regar su luz rosada, Popocatépetl llegó a la

cumbre que estaba cubierta de nieve y que ahora se veía como bañada de

colores suaves. El joven acostó a su novia y se tendió a su lado; les rogó a los

dioses que los dejaran descansar para siempre. Y así fue. La princesa todavía

yace sobre la cima, tapada con un manto de nieve que se enciende de rosado

por la noche y por la mañana.

¿Y Popocatépetl? Los dioses lo recompensaron por su fidelidad. Lo llevaron al

cerro vecino y allá sigue sentado. Su orgullosa silueta todavía se ve. Desde las

alturas vigila el sueño eterno de su amada, y el Sol y el viento lo acompañan en

su guardia.

Los reyes de aquel tiempo han sido olvidados, pero la gente sigue recordando

a Popocatépetl y a Ixtacihuatl. Las montañas recibieron sus nombres y los

guardarán para siempre.

Al inicio del verano, las lomas de los cerros se llenan de campanillas rosadas.

Los jóvenes que quieren demostrar su amor van en busca de ellas y les llevan

un ramo a sus novias en señal de que las amarán tanto como Popocatépetl

amó a Ixtacihuatl.

Ñandé Yará, el gran espíritu, había decidido que Moratí y Pitá no fueran felices.

Pitá tenía fama de ser el guerrero más ágil y más atractivo de toda la comarca,

y su novia, Moratí, la muchacha más bella que en aquel entonces se conocía.

Los dos se querían mucho y se iban a casar.

Un día, un grupo de niñas y mujeres jóvenes caminaba a la orilla del río

Paraná. Cada una hablaba de su novio, y, para lucirse ante las demás,

describía las cualidades de su enamorado. No se podía negar que Moratí era

vanidosa y orgullosa: Decía que Pitá haría cualquier cosa por ella y que

siempre estaba listo a satisfacer todos sus deseos. Las mujeres se reían.

«¡Esas son palabras!», decían. «¿Quién te las creerá? Pídele que se meta al

rio y ¡verás que no lo hace!» Había llovido. Las aguas del Paraná estaban

amarillas y turbulentas, y el oleaje batía las orillas, Moratí, al oír los

comentarios de las mujeres, se enfureció. Corrió a llamar a su novio, lo trajo y

luego, quitándose su brazalete, lo tiró al río y exclamó: «Ellas dudan de tu

amor. Ve y recupera mi joya, Pitá querido». Pitá no lo pensó ni un momento. Se

lanzó a las aguas y se hundió en ellas. Pitá nadaba como un pez, pero ¿cómo

iba a encontrar el brazalete en esa agua tan turbia?

Moratí sonreía, y las mujeres la miraban con asombro. Habían callado. No la

comprendían. Todas miraban al río, buscando el cuerpo del nadador. ¿Dónde

estaba el atrevido? ¡Pitá tenía que volver! Pero las aguas no se partían.

Seguían corriendo, susurraban y llenaban el aire con su canto feroz.

Moratí se tapó los oídos y se quedó mirando el oleaje con los ojos fijos. No

podía moverse. Las demás mujeres corrieron a buscar ayuda. Al oscurecer,

Moratí volvió al pueblo. No podía llorar. Tenía la culpa. ¡Había mandado a Pitá

a la muerte! Nunca encontrarían su cuerpo. Las aguas se lo habían llevado

para siempre.

Cuando fue a consultar al gran sabio, no sabía qué hacer con su pena y su

soledad.

«Miremos las llamas de mi hoguera», le dijo a Moratí mientras echaba hierbas

al fuego y miraba el humo. Finalmente reveló sus pensamientos: «Pitá no está

muerto. Se enredó en las atarrayas de la ondina del Paraná, quien lo eligió

como novio y le hizo olvidar sus compromisos contigo».

Llorando, Moratí exclamó: «¿Qué puedo hacer para que vuelva? ¿Cómo lo

puedo liberar de ella?» El sabio le dijo: «Tienes que bajar al reino de la ondina.

Debes buscarlo allá. Cuando Pitá vea tu cara se acordará de ti y te amará de

nuevo».

Moratí no esperó a que llegara la mañana. Buscó una piedra bien pesada, la

tomó en sus manos y, cantándole a su novio, se adentró en las aguas.

La muchacha había ido sola, y únicamente por la mañana se supo lo que había

hecho. Todo el pueblo se reunió a la orilla del Paraná a esperar el regreso de

los novios. Esa noche se prendieron grandes hogueras que se reflejaban en las

aguas, y que poco a poco se fueron apagando.

A la madrugada del segundo día, cuando todos comenzaron a marcharse a sus

casas porque ya estaban cansados de mirar y vigilar, vieron algo claro y

desconocido que salía del agua. Era una flor de gran hermosura y delicioso

perfume. Sus pétalos estaban teñidos de rosado en el sitio donde rozaban el

agua, pero por dentro eran de un blanco puro. El centro de la flor también era

rosado y mezclado con un amarillo resplandeciente.

«En esta flor se han unido Pitá y Moratí», dijo el sabio del pueblo. «El gran

espíritu Ñandé Yará les regaló una vida eterna por su gran amor y por su

fidelidad. Irupé, o amor constante, será el nombre de esta flor que nos hará

recordar a la pareja».

Y así han sido y serán recordados Pitá y Moratí por todos los hombres y las

mujeres del Paraná.

Hace algún tiempo conocí a don Ramiro. Todavía llevaba bombachas y botas,

como las que usa la gente del campo en el Paraguay. A don Ramiro le gustaba

entretener a los amigos con sus cuentos. Cuando pasaba el mate de boca en

boca y cada uno tomaba un sorbito de agüita por la caña de plata, don Ramiro

comenzaba a hablar sin que nadie se lo hubiera pedido.

«De joven», empezó don Ramiro, «lo que más me gustaba era perderme en la

selva que se extiende entre los ríos Paraguay y Paraná. Llevaba mi escopeta y

mis anzuelos y jamás me faltó comida.

»Una tarde de diciembre, caliente y sofocante, decidí dedicarme a la pesca.

Estaba cerca del Paraná, que lleva sus aguas verdes hacia el Sur, aguas que

casi no ven el Sol, porque los árboles y las enredaderas no lo dejan penetrar.

La selva estaba silenciosa. Ya no se oían ni se veían los pájaros de vistoso

plumaje. Encontré un pequeño claro en la selva donde crecían orquídeas y un

samuchú. El árbol competía en belleza con las flores que había a su alrededor.

Me senté, dejé caer mi anzuelo al agua y enseguida se hundió. Saqué el primer

pez. ¡Qué bonito era! Sus escamas brillaban y daban visos de muchos colores.

Nunca había visto uno igual. Volví a sumergir el anzuelo y no tardó en picar el

otro. Y así pesqué más y más, hasta que me cansé. Hacía calor. Brillaban los

rayos del Sol, que estaba por ponerse, y los peces que estaban a mi lado; el

olor de las flores me adormecía.

»Creo que me dormí, o por lo menos empecé a soñar. Vi que el tronco del

samuchú se abría ante mis ojos y que de él salía una hermosa muchacha, que

se sentó a mi lado y colocó mi cabeza sobre su falda. Sonriéndome, me pasó

las manos por la frente, y me quitó el cansancio y el calor.

-Dime quién eres -le dije.

-¿Cómo? ¿No viste mi albergue de color bermejo? Soy Samuchú, la que cuida

los árboles de mi nombre, la que los hace crecer, la que ama a todos los

animales que viven a su alrededor -contestó-. He llamado a los peces y te he

llamado a ti, porque cada cien años me permiten salir de mis árboles para que

le revele mi historia a un hombre. Lo escojo bien, porque quiero que me

entienda, que oiga mi historia con asombro y luego se la cuente a otros, para

que se respeten mis árboles en la selva y no se tumben sin necesidad.

»Y dirigiéndose a los peces, les dijo:

-Ayúdenme a contar mi historia.

»La muchacha había hablado en guaraní, el idioma de los habitantes de la

selva, y en ese mismo idioma empezaron a charlar los hombres en que se

habían convertido los peces que había yo sacado del agua.

»Detrás de ellos vi unos toldos y escuché el sonido de tambores.

-¿Quién se ganará a la bella Samuchú como esposa? --dijeron-. Será difícil

conquistarla y satisfacer los deseos de su gran padre, nuestro jefe.

»De pronto, el sonido de unas flautas se mezcló con el clamor de los tambores

y apareció el jefe, el gran Augbaí, llevando de su mano a una muchacha. Todos

guardaron silencio y también la música se silenció, cuando el jefe empezó a

hablar:

-Esta es mi hija Samuchú. Ha llegado el momento de que tome esposo. Ella es

la última de los Augbaí, familia que por tanto tiempo gobernó el país de los

guaraníes. Su esposo debe ser digno ante Tupá, nuestro dios y señor/ para

que pueda gobernar a nuestro pueblo. Demos comienzo a las competencias

entre los jóvenes que quieren someterse a las pruebas previstas.

»Samuchú inclinó la cabeza y se sentó en una butaca al lado de su padre para

presenciar la lucha de los guerreros, quienes nadaron, corrieron, saltaron y

compitieron con arco y flecha, hasta que Samuchú alzó la mano y todo

desapareció delante de mis ojos.

»A mi lado estaba ella, sonriendo como en aquella escena que acababa de ver,

y volviéndose hacia mí, explicó:

-Las competencias siguieron durante más de tres días, después de lo cual

sucedió lo que verás ahora.

»Era como un teatro. Ante mis ojos volvieron a presentarse los actores del

cuadro anterior, sólo que en esta ocasión aparecían en un orden distinto. Ya se

habían destacado tres de los jóvenes, y el jefe Augbaí le dijo a su hija:

-Debes escoger a tu futuro esposo entre estos guerreros. Son los más valiosos

de nuestros pueblos. Los tres son dignos de ser elegidos y agradecerán tu

amor.

»Samuchú los miró fríamente. Después levantó los brazos y, dejando a su

padre y a los jóvenes a un lado, se acercó al río y exclamó en voz alta:

-Nuestro padre, el río Paraná, decidirá mi suerte. A él le pido que me escoja

esposo -dijo, y con estas palabras se sumergió en las aguas.

»El río empezó a murmurar y a levantar su oleaje. La niebla lo cubría todo, y no

se podía ver lo que estaba pasando.

»Los guaraníes estaban muertos de miedo, jamás se habían atrevido a llamar

al gran dios del no para que interviniera en un asunto personal. ¡Era un

atrevimiento que le costaría la vida a la bella hija del jefe! Pero las aguas se

volvieron a calmar y la niebla fue levantada por el viento. Samuchú salió del

agua, acompañada de un joven de aspecto extraño. Su piel blanca contrastaba

con sus ojos verdes, que eran del color del agua de la cual había salido. Su

pelo era amarillo como el maíz, algo que los guaraníes jamás habían visto.

-¿Qué extraño comportamiento es éste? --dijo el jefe-. ¿A quién me traes aquí?

-Este es el esposo que me eligió el gran Paraná -contestó Samuchú.

»Todos los guaraníes se inclinaron hacia las aguas del río, pero el jefe no

estaba satisfecho.

-Tendrá que someterse a las pruebas que acabamos de terminar. Que luche

con los tres guerreros más valientes. Si este desconocido no gana, deberá

morir, y tú con él. No permitiré que la sangre de los Augbaí se mezcle con una

que no sea digna de ellos, y preferiré que mueras con él.

»Y otra vez empezaron las competencias. Todos lucharon hasta el cansancio,

pues ninguno quería darse por vencido. Finalmente, el joven de color blanco

ganó, y el jefe cumplió su palabra y lo unió en matrimonio con su hija.

»Yo había presenciado todo esto como si hubiera sido uno de los guaraníes,

pero entonces la muchacha que estaba a mi lado levantó la mano y la visión

desapareció.

-La historia no ha terminado -dijo, y sus ojos negros se llenaron de lágrimas.

»Otra vez me hallé entre las personas del pueblo. Vi un toldo, y en el toldo a

Samuchú, que, horrorizada, descubrió a su esposo muerto. Había sido

asesinado a cuchillo, y su sangre manchaba el lecho.

»También este cuadro desapareció.

»La muchacha siguió contándome la historia de su vida:

-Mi padre parecía estar contento con la muerte del extranjero, como solía

llamarlo, y no se preocupaba por encontrar al asesino. Me dejó llorar, pero

pasados siete meses me ordenó elegir otro esposo entre los tres guerreros que

habían ganado las competencias en aquel entonces. No pude obedecer.

Nuevamente me eché a las olas del río, suplicándole al gran Paraná que me

ayudara.

»Vi cómo el dios salió de las aguas, tomó de la mano a Samuchú, y le dijo:

-Tú encontrarás paz y albergue aquí en las orillas de mi río. Te daré vida eterna

en los árboles que llevarán tu nombre. Cuidarás de ellos, y ellos de ti. Como no

tendrás un hijo propio, mis peces serán tus hijos. Cada cien años te permitiré

salir de tu casa del samuchú a contarle tu historia a un hombre, a quien podrás

ayudarle, si él desea sembrar tu árbol al lado de su casa.

»Así, mientras el río Paraná desaparecía, en todas partes empezaron a crecer

los árboles de los cuales había hablado el dios, y en cuya flor se mantenía la

belleza de Samuchú.

»Cuando me desperté, no hallé a la muchacha a mi lado. El árbol había

cerrado su tronco y el albergue había desaparecido. Pero los peces que

estaban a mi lado no habían muerto. Los volví a echar al río, y al llegar a mi

casa lo primero que hice fue sembrar un samuchú».

Don Ramiro terminó su cuento. El fuego se estaba apagando. La luz de la Luna

alumbraba las flores del samuchú que abrazaba el techo de la casa. Todos

sentíamos el aroma de aquellas flores y la dulce presencia de la hija del jefe

Augbaí.

Un día en que Elías trabajaba el campo con su mujer, le dijo: «Nuestro maizal

es muy pequeño; no produce suficiente para alimentarnos a todos; he resuelto

que nuestros hijos mayores salgan a buscar trabajo. Sólo se quedarán con

nosotros los dos pequeños, y así podrán ayudarnos a trabajar el campo cuando

sean mayores».

La madre se opuso, pero el padre insistió. Así que la madre tejió lindos

ponchos de colores vivos, preparó chicha morada y amasó arepas para que

sus hijos pudieran comer y beber por el camino.

Los tres jóvenes se despidieron de sus padres y tomaron el camino que los lle7

varía a Lima. Habían oído que esta ciudad era muy grande y que en ella el

virrey había ordenado construir hermosas iglesias con torres muy altas y

altares cubiertos de oro y plata.

Los hermanos creían que allí encontrarían trabajo y además se harían muy

ricos.

La primera noche la pasaron en una posada al lado del camino. Al día siguiente

los dos hermanos mayores se despertaron muy temprano y decidieron

continuar solos, dejando atrás a Emiliano, el menor. «Es tan tonto que se deja

engañar fácilmente. No nos servirá para nada y tendremos que alimentarlo»,

dijeron.

Al menor no le sorprendió, cuando despertó, ver que sus hermanos se habían

marchado sin él. Siempre lo habían tratado mal y nunca lo habían llevado a

cazar con ellos. Pero él tampoco se había sentido a gusto en su compañía, y

en el pasado, cuando ellos salían, él solía dirigirse a la herrería del pueblo. Al

principio, sólo observaba al herrero, pero, poco a poco, había ido aprendiendo

a manejar las herramientas, y después el maestro le había encargado la

elaboración de pailas, adornos de plata y joyas que las niñas del pueblo

compraban. Y a Emiliano, el oficio de herrero le había parecido el más hermoso

del mundo, pues con sus manos podía producir cosas útiles y bellas.

Mientras recordaba todo esto, Emiliano salió al camino y tomó la determinación

de preguntarles a los indígenas si podía acompañarlos y ayudarles a llevar

carbón de palo a la gran ciudad; éstos aceptaron su oferta.

Al llegar a la ciudad, Emiliano miraba las calles de piedra, con sus grandes

casas e iglesias, y ante los portones de éstas se quedaba extasiado, sin

atreverse a seguir. Al fin, cobrando valor, se decidió a entrar en las iglesias

para ver los altares, y quedó asombrado al descubrir tanta riqueza y esplendor.

Al día siguiente preguntó por los talleres de los orfebres y recorrió las calles

buscando trabajo, pero todos le contestaron que no tenían nada para él.

¿Quién podía darle trabajo a un muchacho del campo que nadie conocía?

Emiliano comprendía la razón que habían tenido para no emplearlo, así que

tomó el camino de las montañas, alejándose de la ciudad. No entendía muy

bien por qué había elegido aquel camino, en el cual todo estaba desolado, pero

sin saberlo, Emiliano había tomado la ruta de los incas. Era un camino ancho;

las piedras estaban muy bien colocadas, de modo que él podía caminar

cómodamente.

Al atardecer, vio algo que resplandecía delante de sus pies. Era un pedazo de

oro, brillante y blando. Emiliano lo recogió y pensó: «¡Parece que la suerte me

acompaña, a pesar de todo!», y sacando sus herramientas, se puso a trabajar.

En ese momento se le acercó una figura alta, vestida de blanco, que parecía no

tocar el suelo.

Emiliano quiso huir pero el miedo no lo dejó mover. Entonces la figura se le

acercó y le dijo:

«Estás ante uno de los gobernantes del pueblo de los incas. Nosotros hemos

guardado muchos de nuestros tesoros para que los invasores jamás los

encuentren. Necesitamos un orfebre que trabaje los metales y elabore efigies

para alabar al Sol y a los demás dioses. Sé que eres muy honrado y que

podemos confiar en ti. ¿Quieres acompañarme?»

Emiliano se turbó y no supo qué decir, pero siguió a la figura, que lo guió hasta

un precipicio. En frente de ellos se elevaba una montaña muy alta, que de

repente empezó a abrirse. Los dos entraron en una cueva que estaba llena de

oro, plata y piedras preciosas.

Entonces el espíritu del Inca dijo:

«Aquí encontrarás todo lo que necesitas para tu trabajo; también tendrás

comida y vivienda. Cuando hayas terminado, recibirás una recompensa».

Y habiendo dicho estas palabras, desapareció.

Feliz, Emiliano trabajó sin descanso. Por fin podía demostrar que él sabía

trabajar el oro y la plata. Por las noches soñaba con las cosas maravillosas que

haría al día siguiente, y así, poco a poco, fueron amontonándose a su

alrededor las más lindas piezas y las más perfectas imágenes. Sus manos eran

cada día más hábiles y podían elaborar trabajos cada vez más finos.

Un día en que había terminado de trabajar todo el metal, nuevamente apareció

ante él el espíritu del Inca, y le dijo:

«Estamos satisfechos de tu trabajo; en recompensa, te regalo esta figurita de

oro con ojos de esmeralda. Si le frotas los ojos, todos tus deseos serán

cumplidos. Mas no debes contarle a nadie lo que has visto».

De nuevo se encontró el muchacho en el lugar en donde había hallado el

pedacito de oro, pero tenía en las manos la figurita con ojos de esmeralda, que

le demostraba que no había soñado. Frotó los ojos de la figurita y dijo:

«Deseo tener una orfebrería en la capital». Al instante fue trasladado a una

casa grande que tenía un taller con todas las herramientas que necesitaba.

Emiliano se puso a trabajar, y pronto todos venían a admirar su arte y a

comprar las piezas él creaba.

Pero un día tocaron a la puerta de su casa dos mendigos. Emiliano los

reconoció: eran sus hermanos; dejándolos pasar, les dio vestidos y comida y

los invitó a quedarse para que se recuperaran de todas sus desventuras.

Los hermanos se sorprendieron de la buena suerte del joven y, llenos de

curiosidad, le preguntaron cómo se había hecho tan rico. El les contó todo lo

que había pasado, y cómo había logrado lo que tenía.

Los hermanos no entendían por qué Emiliano no se había apoderado del

tesoro de los incas y por qué prefería seguir trabajando.

«Es el mismo tonto de siempre», dijeron. «Nosotros nos disfrazaremos de or

febres y el gran espíritu nos empleará; así podremos apoderarnos de los

tesoros».

Y así lo hicieron. Llevaron herramientas y plata para trabajar, tomaron el

camino que Emiliano les indicó y esperaron... pero no vieron ninguna figura que

volara, ni encontraron el lugar del que les había hablado su hermano.

Regresaron a la casa y siguieron viviendo a expensas de él; le exigían dinero

para gastarlo en la taberna con los amigos.

Como el trabajo del orfebre no era suficiente para el sostenimiento de los tres,

Emiliano tuvo que pedirle a la figurita que le diera más, y, habiéndolo

sorprendido, sus hermanos lo obligaron a revelarles el secreto.

Desde ese día los hermanos sólo pensaron en robarle a Emiliano la pequeña

figura.

Por fin, un día descubrieron el lugar en donde la guardaba, y le dieron unos

polvos para adormecerlo. El hermano mayor tomó la figurita y, frotándole los

ojos, le ordenó que trasladara a Emiliano a la selva más oscura en los límites

del virreinato, para que nunca pudiera regresar.

Cuando los hermanos vieron los poderes que tenía la joya, cada cual quiso ser

su dueño, y fue tal la lucha en que se enredaron, que terminaron matándose el

uno al otro.

La casa quedó desocupada durante algunos años, y, poco a poco los ladrones

se llevaron todo lo que había en ella, incluyendo la figurita de oro, que un día

fue vendida y jamás se supo que alguien volviera a utilizarla por sus poderes.

Después de muchos años llegó a la ciudad un viejecito de pelo gris. Era

Emiliano, que luego de viajar durante mucho tiempo, regresaba a la ciudad de

Lima. Recorrió las calles buscando su casa pero no pudo hallarla. Finalmente,

una ancianita lo reconoció y le contó todo lo que había sucedido.

Dicen que Emiliano regresó a buscar a sus amos, los incas, y cuentan que de

vez en cuando se oye el ruido de metales en las alturas de la cordillera, como

si alguien estuviera trabajando allí.

Lo que sí es cierto es que nadie ha encontrado jamás el tesoro de los incas.

Tupá, el dios guaraní, gobernaba el cielo y la Tierra. Desde las alturas miraba

las verdes planicies, las altas montañas, los mares azules, y se alegraba.

Había flores de todos los colores, pájaros de plumaje verde y rojo vivo,

animales de color amarillo, carmelita, negro, y hombres de piel morena.

Su mirada se fijaba en las cumbres blancas de las montañas y en las nubes, y

veía que este color no se repetía en ninguna de sus creaciones vivas.

«Quisiera ver un animal de color blanco; hace falta entre todos estos colores

fuertes», decía. Pero, ¿cómo lograrlo?

Un día en que el Sol ya se había ocultado y Tupá seguía sentado en su silla,

pensando y reflexionando, la Luna apareció en el cielo, bañando la Tierra con

su luz blanca. Al ver a Tupá sentado en su hamaca con la frente fruncida,

mandó a una de sus hijas a averiguar qué preocupaba al dios.

Apenas lo supo tomó una decisión. Ella misma le prestaría a Tupá su color

blanco resplandeciente para que pudiera crear un animal a su gusto.

Tupá le agradeció a la Luna su ayuda y con emoción formó una paloma grácil.

Cuando ésta empezó a moverse entre las manos del dios poderoso, la Luna la

bañó en su resplandor blanco.

«Ty será tu nombre», exclamó el dios, y la paloma, al oír su nombre, abrió con

su pico las manos del dios y voló hacia la Tierra, hacia las selvas que se hallan

entre los ríos Uruguay y Paraná.

El pájaro era feliz. Encontraba pepitas rojas y azules para comer y tenía agua

limpia para tomar y bañarse. Le gustaba acercarse a las casas de los hombres,

mirarlos y volar alrededor de sus pueblos. Allí encontraba los granos de maíz

que tanto le gustaban.

Los hombres aprendieron su nombre y se lo dieron a todo lo blanco. «¿De

dónde viniste, Ty?», le preguntaban. La paloma los oía, mas sin embargo vivía

triste porque en ninguna parte había un ser parecido a ella. Todos eran de

colores fuertes y resplandecientes; sólo ella era blanca.

«Regresaré al cielo y le pediré a Tupá que me cambie el plumaje y me lo llene

de color», se dijo la paloma mientras volaba hacia el cielo.

Llegó cansada y presentó su petición, pero le fue negada. «¿Cómo es que no

estás contenta? ¡Gasté toda una tarde y una noche para hacerte!», le dijo

Tupá, y la despidió. ¡El estaba orgulloso de haber hecho este animal!

«Me siento rechazada. No quiero vivir más. No tengo ganas de seguir sin color

en un mundo lleno de colores», sollozaba la paloma al volver a la Tierra.

Se escondió en la selva entre enredaderas, buscó una mata con espinas largas

y, estrellándose contra ella con toda su fuerza, se clavó una espina en el

pecho. La sangre manchó el plumaje de la paloma y ésta cayó al suelo sin

sentido.

Al atardecer la paloma despertó; ya no sangraba y fue a bañarse al río, pero la

mancha roja no se le quitaba. Ahora tenía dos colores. Era blanca y roja.

Los hombres y los animales supieron de los sufrimientos de la paloma y

aprendieron a quererla porque estuvo a punto de morir por tratar de tener

colores parecidos a los de los otros seres-vivientes de la Tierra.

De vez en cuando, a nuestro Señor le gusta venir a la Tierra. No revela su

nombre, pero va de país en país, para ver cómo se comportan los hombres y si

no han olvidado sus mandamientos.

Durante uno de esos viajes, el Señor llegó a nuestras tierras. Los caminos

estaban llenos de polvo y las distancias eran muy grandes; no había árboles y

el Sol calentaba en la llanura desde el amanecer hasta el atardecer.

El Señor estaba cansado, pero no decía nada. Fue San Pedro, su compañero

de viaje, quien exclamó: «Estoy muy cansado y me es imposible caminar más.

Es hora de que descansemos. Ahora entiendo por qué la gente de estos

pueblos siempre va a caballo y no a pie».

Miraron por todos lados, y pronto descubrieron un ranchito al lado del camino.

Allí vivían unos campesinos que, al verlos, los recibieron atentamente. La hija

corrió a sacar agua fresca de la olla de barro que guardaban para beber, pero

al darse cuenta de que los viajeros necesitaban bañarse, tomó dos chorotes y

se dirigió al arroyo para traer más agua.

Al poco rato, el puchero estuvo listo y comieron. Era la comida sencilla con que

se alimentaban los campesinos, pero se la ofrecieron a los peregrinos con

respeto y cariño. El Señor se sentía muy a gusto con esta familia y agradecido

por su gentileza. Una vez terminada la comida, la madre les tendió camas en el

piso sobre hojas de maíz, iguales a las de ellos. Todo estaba limpio y tenía olor

a tierra.

Nuestro Señor se acostó, descansó toda la noche, y se despertó muy contento.

San Pedro estaba esperándolo en la puerta para continuar el viaje, pero el

Señor tardaba: quería expresar su agradecimiento. Recogió una rama que

estaba en el suelo, la sembró delante del ranchito, la bendijo y les dijo a los

campesinos:

«Esta mata retoñará y se cubrirá de hojas verdes. Cosechen las hojas y

déjenlas secar al sol; con ellas podrán preparar una bebida que se llamará

mate, y que los refrescará y les dará ánimo. Tómenla con agrado, y al hacerlo

recuerden al viajero que vino de muy lejos y que estuvo contento en su casa».

Los campesinos hicieron lo que el Señor les dijo, y el bienestar y la suerte los

acompañó toda la vida. Los arbustos se multiplicaron, y en esta forma el

matrimonio pudo compartir el mate con sus vecinos, quienes le daban a cambio

carne y pieles.

Donde se bebía mate la gente estaba contenta y sana y gozaba de la vida.

«Fue un regalo del cielo que nos trajo el Señor», solían decir los campesinos,

cuando después del trabajo hacían circular el recipiente con mate y hablaban

de los tiempos pasados.

Se cuenta que hace muchos siglos, cuando los pueblos vivían apartados los

unos de los otros y los viejos les enseñaban a los jóvenes a hacer sus propias

armas, que como es de suponer, eran hechas de piedras, huesos, palos, fibras

de árboles y otros elementos que la naturaleza les daba, no existía la calandria.

Quién se imaginaría que este lindo pájaro gris, no más grande que una mano

extendida, con alas adornadas de azul y blanco y cuya voz saluda la mañana

con lindos trinos llenos de alegría, alguna vez fue un indio joven y esbelto, que

esperaba ser reconocido como adulto y guerrero.

Urijamo, que así se llamaba el joven, se preparaba para la gran fiesta en la cual

sería sometido a una prueba y consagrado como guerrero. Había tardado

mucho en terminar sus armas, pues se había entretenido en tocar una pequeña

flauta que él mismo había hecho de un pedazo de caña, y en la cual producía

diferentes y lindas melodías, imitando los cantos de las aves.

Finalmente Urijamo terminó de alistar su arco y sus flechas, y se puso a

practicar con ellos. Se sometería a la prueba porque la bella Oriú no lo quería

esperar más; lo iba a elegir como su pareja en el baile que se celebraría

después de la gran prueba.

Mas primero debía demostrar que sabía usar las armas, y entregarles al jefe y

a la asamblea de los sabios y ancianos del pueblo una gallineta, un pato y una

paloma.

Le quedaba una semana para cazarlos en las selvas del Orinoco. Tenía que ir

solo, pero él sabía prender fuego con un palo y unas piedras y preparar su

comida. Además, estaba seguro de que el Gran Espíritu le ayudaría a pasar la

prueba. Sin embargo, no fue así. Urijamo se presentó, pero la suerte no le fue

favorable y no pudo encontrar ninguno de los animales que debía cazar.

Lleno de furia le gritó al Gran Espíritu: «¿Por qué no quieres ayudarme? ¡Se

van a burlar de mí!» Y sacando una flecha se puso a disparar al cielo, matando

lo primero que veía.

Y así siguió; no recogía lo que cazaba, sólo quería demostrarle al Gran Espíritu

que él sabía usar las armas.

Todas sus flechas dieron en el blanco; los animales ensangrentados iban

cayendo, pero a Urijamo no le importaba cuántos mataba.

Al ver la forma en que Urijamo actuaba, el Gran Espíritu se enojó. ¿Cómo era

posible que se comportara así? ¿Acaso Urijamo no sabía que sólo se permitía

cazar lo que era necesario? ¿Por qué no respetaba las leyes de la naturaleza?

El Gran Espíritu se cansó de ver aquella matanza y dirigió los pasos del joven

hacia el gran pantano donde las aguas y el fango lo aprisionaron, impidiéndole

salir de allí.

Los pájaros, que se habían escondido para que no los matara, volvieron a salir

y lo rodearon. Cada cual cantaba su canción de alegría y se burlaba del

cazador cazado por el fango.

Cuando el Gran Espíritu vio que el joven perdía la vida, tomó su cuerpo y lo

convirtió en pájaro. Le dio los colores de los pájaros que lo rodeaban y le

permitió cantar todas las canciones que había escuchado antes de morir.

Así nació la calandria, pájaro de canto melodioso.

Al amanecer, cuando el baile estaba terminando y el Sol comenzaba a poner

un poco de luz en el cielo, los nuevos guerreros se fueron a descansar. De

pronto oyeron el canto de un pájaro que no habían visto antes, y pensaron que

era su amigo Urijamo, que regresaba tarde tocando su flauta. Pero su sorpresa

fue muy grande: sólo vieron un pajarito que no conocían; así que decidieron

llamarlo Urijamo. Con el tiempo este nombre se perdió y se le dio el de

calandria.

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