IMAGENES . ENLACES

LA VISIÓN DEL EDÉN ---- Howard Fast

LA VISIÓN DEL EDÉN ---- Howard Fast

LA VISIÓN DEL EDÉN

Howard Fast








Estabanen órbita; el viaje había terminado. Habían cruzado el vacío, habíansalvado todos los abismos del tiempo y la imaginación, habían sondeadolo insondable, y habían pasado por los siete círculos del infierno.Estaban cuerdos, aunque habían rozado las fronteras mismas de lalocura. Sonreían, aunque habían conocido las simas de la aflicción ylas tentaciones del suicidio; y estaban vivos, aunque habían enfrentadolas distintas muertes que esperan en el espacio ilimitado.

Habíantenido un miedo y un terror indescriptibles, y ahora podían hablar deese miedo y de ese terror. Eran siete, tres mujeres y cuatro hombres, yhabían vivido cinco años interminables, encerrados en aquella naveestelar. Estaban a muchos años luz de la Tierra; la nave habíaatravesado las curvas y las trampas extrañas del espacio, alterando ydeformando los cálculos y la geometría conocidos por los hombres, yhabía llegado a la otra orilla del espacio, donde las estrellas searracimaban como uvas en las vides de otoño. Los siete tripulanteshabían cumplido su tarea, habían hecho lo que nadie en la Tierra habíahecho hasta entonces. Y ahora estaban en una órbita silenciosa yondulante, sobre un planeta tan azul, tan verde y tan hermoso como elque habían dejado atrás.

Ahora podían recordar y podíanjactarse. Se sentían muy seguros de sí mismos, como era de esperar.Ahora, en el cuarto de oficiales se miraban mutuamente de un ciertomodo. Lo habían hecho.

Todas las palabras que podían decirseahora eran en verdad inútiles. En cinco años se habían dicho todas laspalabras, se habían puesto a prueba todas las reacciones, se habíanderramado todas las lágrimas. Ahora sólo importaba la realidad actual,el planeta que tenían debajo, bañado por la luz del sol, lavado por elaire, y adornado con ríos, lagos y lagunas. Era la prueba del universolo habían arriesgado todo para demostrar que la vida no se limitaba alplaneta Tierra y el sistema solar, sino que era parte de la lógica deluniverso. La realidad actual era un planeta poco mayor que la Tierra,quizá de menor densidad, con una atmósfera de nitrógeno y oxígenorespirable, y con agua y vida vegetal en abundancia. Su día era detreinta y dos horas; su año de unos cuatrocientos quince días. Su sol,semejante al que alumbraba la Tierra, y de casi un millón y medio dekilómetros de diámetro, se encontraba en aquel momento a 179.000.921kilómetros del planeta. Había once planetas en el sistema; peroprimeramente tenían que examinar aquel; los otros diez podían esperar.

Lanave recorría su órbita en cinco horas y dieciséis minutos, y ya habíacumplido ocho revoluciones. Aquella era una reunión final en el cuartode oficiales donde se discutirían los distintos puntos de vista. Seríauna reunión breve y luego descenderían.

Briggs, el piloto y tan capitán como cualquier otro en la nave, miró a todos y dijo:

—Ya no queda mucho de que hablar, a menos que alguien pueda alegar algún motivo para no descender.

—Haytoda clase de motivos —contestó la doctora Frances Rhodes—. Microbios,gérmenes, virus, radiaciones; y ninguno es suficiente. —La doctorasonrió, y en aquel momento pareció hermosa, con el rostro iluminado,como los demás, por el resplandor de la hazaña—. Descenderíamos aunquefuese una colonia de leprosos, ¿no es así?

Hubieran descendidoaunque hubiese lava hirviente allá abajo, pues habían soportado todo elconfinamiento que es posible soportar, y habían sentido la desnudezvertiginosa del espacio vacío.

—No me preocupan los microbios —dijo Carrington, el agrónomo—. No es miedo a la enfermedad. Ni a la radiaciones. Es otra cosa.

Gene Ling, la segunda piloto, y Premio Nobel, movió la cabeza afirmativamente. Era una china delgada y cortés de San Francisco.

—Sí, otra cosa —dijo—. No hay océanos.

—Ni desiertos —añadió Carrington.

—Ni luces en las ciudades por la noche —dijo Gluckman, el ingeniero.

—Si hay ciudades —dijo McCaffery.

—Lasnoches son claras con la luz de las estrellas —reflexionó Briggs—.Quizá duerman de noche. Esto tiene que ser diferente. No lo olvidemos.

—Acaso ellos nos vean —dijo Laura Shawn, la bióloga—. ¿Por qué no nos llaman, no nos hacen señales, no suben hasta nosotros?

—¿Ellos?

—Con el telescopio parece el país de las hadas —observó con afectación Phillips, el segundo ingeniero—. No me gusta.

—¿Qué fue de su infancia, Phillips?

—No me gusta.

—¿Armas? —preguntó Gluckman.

—Supongo que sí —dijo Briggs, inquieto—. Armas blancas en todo caso.

—¿En el país de las hadas? —sonrió Laura Shawn.

Laconversación no era fácil ni agradable, y Briggs comprendió que siseguía así podía concluir con una nota de histeria. Se asían a larealidad muy débilmente y la reunión era inútil y se hacía demasiadolarga.

—Descenderemos —dijo—. Todos a sus puestos.

Losotros sintieron alivio, pues no deseaban seguir hablando. Fueron a suspuestos, y la nave del espacio descendió por su trayectoriaelectromagnética hasta que los tensores antigravitatorios flotaron atreinta centímetros sobre la superficie del planeta. Los tripulantesabrieron luego las cámaras de aire, y salieron.


El aire eradulce como la miel. Al sol la temperatura era cálida y agradable, y ala sombra había veintidós grados. Habían descendido en una anchapradera de unos quinientos acres, con un césped verde de doscentímetros y medio de altura, que parecía cuidadosamente recortado.Pero cuando examinaron las briznas, descubrieron que el césped crecíanaturalmente. Un arroyo cruzaba la pradera, zigzagueando perezosamente,y a lo largo de sus orillas había un millón de flores rojas, azules,amarillas. Las abejas zumbaban, y en el aire flotaba la fragancia delas flores, y aquí y allá crecía un árbol cargado con frutos dorados oazules. Aguas abajo, a un kilómetro, se alzaba un puente afiligranado.

Habíanestado cinco años en la nave, y al principio se contentaron con mirar yrespirar. Luego algunos se sentaron en el césped. Todos lloraron unpoco, como podía esperarse. Si hubiesen tenido que enfrentar algopeligroso, horroroso, o increíble, hubieran reaccionado de otro modo.Pero aquella belleza y aquella paz eran casi insoportables. Lloraron, yse sintieron un poco mejor.

Pasearon un poco, pero la mayorparte del tiempo estuvieron tendidos en el césped, escuchando el soplode la suave brisa. Nadie decía nada y nadie quería decir nada. Pasómedia hora y al fin Briggs dijo:

—No podemos quedarnos aquí.

—¿Por qué no? —preguntó Laura Shawn.

Todospensaban, como Briggs, que ese mundo era un sueño o una ilusión, o queestaban muertos. Pensaban que ese mundo era como una burbuja queestallaría de pronto, y Briggs dijo:

—Gluckman y Phillips, suban a la nave y sígannos.

Losotros cinco echaron a caminar, seguidos por la nave espacial queflotaba en. una red magnética. Fueron hacia el puente afiligranado deencaje de cristal, y cruzaron el río. Una senda de luz danzante y colorllevaba a una colina. Del otro lado había un jardín, y en el centro deljardín un edificio, un castillo de sueño o de país de hadas, parecido arisas de niños. Pero si el edificio se parecía a risas de niños, eljardín era como los sueños de los niños de las ciudades, cuando sueñancon jardines. Mientras Briggs llevaba a los tripulantes por un senderosinuoso, el jardín —de casi dos kilómetros cuadrados— parecía abrirseen innumerables brazos de encantamiento y maravilla. Era un jardín defuentes; de una salía agua dorada, de otra agua roja, de una terceraagua verde, de una cuarta un arco iris de colores; y había centenaresde fuentes, adornadas con niños que bailaban y reían, tallados en unapiedra del color de las aguas. Era un jardín de escondrijos y rinconesde secreta delicia, con bancos hermosos y cómodos. Era un jardín desetos verdes, amarillos y azules, de macizos de flores y maravillosospájaros, y era un jardín de surtidores.

Gene Ling se inclinó para beber de un surtidor. La observaron, pero no trataron de impedir que bebiera.

—Es agua —dijo Gene Ling—, agua límpida y fría.

Bebieron todos. Ya no se cuidaban. Las defensas se derrumbaban con demasiada rapidez.

Gluckmandetuvo la nave estelar y los siete tripulantes entraron en la casa. Enseguida se oyó una música y todos se pararon, nerviosos.

—Es automática —insinuó McCaffery—. Una célula fotoeléctrica, quizá.

Aquellanerviosidad momentánea no podía resistirse a la música; un río sonoro yvibrante de bienvenida y seguridad, y de encantamiento, y de inocencia.Recorrieron el edificio acompañados por la música. Entraron en unavasta sala de espectáculos con una pantalla de plata en un extremo.Atravesaron corredores desiertos, y en las paredes había unas pinturascon niños que jugaban. Encontraron habitaciones con divanes y la músicalos invitó entonces al sueño; y reconocieron comedores, salas de juego,y aulas. Le parecía siempre que todo era allí como debía ser, y losrecuerdos terrestres parecían toscos y absurdos. Salieron del edificioy volvieron a la nave estelar.

Con las miras abiertas, la navedel espacio recorrió la superficie del planeta a treinta metros dealtura. Vieron jardines tan hermosos como el primero, y todavía máshermosos. Vieron bosques de árboles viejos y magníficos, y sendas decolor entre los árboles. Vieron grandes anfiteatros para cien milpersonas y otros más pequeños. Vieron edificios de vidrio y alabastro,de piedra rosada y piedra violeta, de cristal verde. Vieron grupos deedificios parecidos a la Acrópolis de la antigua Atenas; pero era comosi los atenienses hubiesen trabajado mil años más en busca de unabelleza última. Vieron lagos con barcas amarradas a los muelles, barcaspequeñas, para excursiones de recreo. Vieron pabellones, campos dejuego, glorietas, enramadas...

Pero en ninguna parte vieron un hombre, una mujer o un niño vivientes.

Porla noche, después de comer, se reunieron y conversaron. Fue unaconversación que se arrastró en circunloquios, dudas, y especulaciones.Habían viajado demasiado; el espacio los había envuelto, y aunque lanave estaba ahora a trescientos metros de altura, sobre un planeta tangrande como la Tierra, tenían la impresión de haber cruzado lasfronteras de la nada.

—Supongamos —dijo Carrington— que han tomado forma todos nuestros sueños.

—Todos los recuerdos y deseos de nuestra infancia —dijo Frances Rhodes.

—Han tomado forma —repitió Carrington—. ¿Quién sabe qué es o qué hace la fábrica del espacio?

—Hace cosas raras —dijo Gene Ling, la física.

—¿Quées el pensamiento? —insistió Carrington—. Un planeta así es un país dehadas, está hecho de la materia de los sueños, de todos los sueños quehemos traído de la Tierra; de todos los anhelos y deseos... es unacreación del pensamiento.

—¿Quién dijo «haremos de la Tierra un jardín»?

—Yono lo creo —declaró Briggs, quizá con demasiada aspereza, pues advertíaque estaba aceptando las absurdas teorías de los otros—. ¡No lo creo enabsoluto! Están ustedes cayendo en un galimatías metafísico. Laimaginación no crea planetas.

—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó Laura Shawn soñadoramente.

—¿Cómolo sé? Lo sé. Conozco la realidad y la sustancia de los sueños y larealidad y la sustancia de la materia, y son dos mundos diferentes.

—¿Y si nos hubiésemos salido de una curva del espacio pasando del mañana al ayer, eso sería real? —preguntó Gene Ling.

—Este planeta es real —insistió Briggs.

—¿Sin habitantes?

—¿Ni ciudades?

—¿Ni industria? Los palacios no nacen del aire. ¿O cree usted que sí, Briggs? ¿Dónde está la industria?

—¿Quiéncultiva la tierra? —preguntó Carrington, el agrónomo—. ¿Quién cuida unmillón de macizos de flores? ¿Quién abona el terreno? ¿Quién planta?¿Quién poda los setos?

—¿Y quién pinta esos murales con niños terrestres? ¿Quién talla esas estatuas de niños?

—¿Porqué han de ser niños terrestres? —preguntó Briggs lenta y tenazmente—.¿Por qué ha de ser el hombre una rareza de la Tierra, un accidente enun planeta, entre miles de millones de planetas? ¿Es el sol unaccidente?

—Yo juraría —dijo Carrington— que esos macizos de flores fueron atendidos ayer. ¿Dónde está esa gente?

—Si es que existe...

—Bueno,basta —interrumpió Briggs—. Sólo hemos visto un rincón de este mundo.Mañana veremos más. Ocho horas de sueño no nos vendrán mal, y quizádisipen estas telarañas metafísicas.



Llegó el díasiguiente, y a una velocidad de mil kilómetros por hora, la nave delespacio recorrió el planeta, a trescientos metros de altura. Lostripulantes miraron y vieron jardines, lagos, ríos dorados yserpeantes, palacios, y todos los lugares hermosos que el nombre habíaimaginado alguna vez, y otros que nunca había imaginado. Los observaronhasta que ya no soportaron más aquella resplandeciente abundancia. Alfin el sol se puso. Pero no vieron a ningún ser viviente. Era un mundodesierto.

Esa noche volvieron a conversar, y la conversación losllevó al borde de la locura, y Briggs les dijo que se callaran y sefueran a dormir. Briggs sabía que él mismo no estaba muy lejos delborde de la locura.

El tercer día, la nave del espacio se posó aorillas de un lago rodeado de casas de recreo y lugares de ensueño. Nose les ocurrían otros nombres para aquellos edificios. Phillips yGluckman se quedaron en la nave: Briggs llevó a los otros a un muelleque parecía de alabastro, y todos se subieron a una barca amarradaallí. Mientras se sentaban, la barca se animó con la música rara yencantada del planeta, una música que disipó temores y preocupaciones.Briggs vio que los otros sonreían.

—Podríamos quedarnos aquí —dijo Laura Shawn perezosamente.

Briggssabía lo que ella quería decir. Luego de cinco años en la nave estelartodos conocían los secretos de todos. Laura Shawn era fruto de lapobreza, la desdicha, y finalmente el divorcio. Sus triunfoscientíficos habían dejado atrás una serie de derrotas sentimentales.Nunca había sido feliz hasta entonces, y Briggs se preguntaba si algunode ellos lo había sido. Pero eran felices ahora, y él también, aunquehubiese querido conservar su escepticismo y su desconfianza. Ladesconfianza no era posible en aquel lugar.

Briggs se sentó altimón y movió una palanca. La barca no tenía hélice; se deslizó sobreel agua como si se moviera a sí misma, pero eso no los asombró, pues lanave del espacio era llevada por las olas y corrientes de magnetismo yde fuerza del universo. Briggs pensó que lo mismo sucedía con todos losmisterios y maravillas que había enfrentado alguna vez el hombre. Eranmilagros que no tenían explicación hasta que se descubría la causa,sencilla y evidente. El hombre se reía entonces de su temor y susuperstición anteriores. ¿Era aquel planeta más maravilloso oenigmático que la trama de fuerza que sostenía y ordenaba el universo?

Briggsllevó la embarcación a través del lago, y luego a lo largo de la costa,y los edificios, uno tras otro, los saludaron con una música distinta.Al fin la barca entró en un canal bordeado de árboles florecidos, yllegaron a otro lago de agua clara con un fondo de rocas doradas, rojasy purpúreas, y peces dorados y plateados. Luego entraron en un ríozigzagueante, de aguas serenas, y cuando habían viajado dos kilómetrospor ese río, vieron al hombre.

Estaba de pie en undesembarcadero de piedra rosada y translúcida, en medio de un círculode bancos tallados, y los saludó casi con indiferencia.

—¿Será también una creación del pensamiento? —preguntó Briggs cáusticamente mientras acercaba la barca al muelle.

Llegaronal embarcadero y el hombre los ayudó a salir de la barca. Era un hombrealto y fornido, sonriente, de cabellos castaños, peinado como los pajesde otro tiempo en la Tierra. Tenía una edad madura indeterminada, yvestía una túnica azul liviana ceñida en la cintura.

—Acompáñenmepor favor, y pónganse cómodos —dijo con voz afectuosa y sonora y en uninglés impecable—. Lamento esos tres días de perplejidad que han pasadoustedes, pero yo tenía algo que hacer. Siéntense; podemos descansar unrato, y hablar sobre algunos problemas que tenemos en común.

Los cinco terrestres se habían quedado sin habla. Al fin Briggs pudo decir:

—¡Bueno! ¿Que diablos es esto?


—LlámenmeSmith —dijo el hombre—. No tengo nombre realmente, pero Smith lesfacilitará las cosas. No, no están soñando. Soy real. Ustedes sonreales. Este sitio es real. No hay motivo para temer, créanme. Y haganel favor de sentarse.

Se sentaron en los bancos translúcidos, y el hombre respondió a lo que ellos pensaban:

—No, no soy un hombre de la Tierra, sólo un hombre.

—Entonces usted lee el pensamiento —dijo Frances Rhodes en voz baja.

—Leo el pensamiento, si. Por esa razón, entre otras, hablo con tanta facilidad el idioma de ustedes.

—¿Y las otras razones? —pensó McCaffery.

—Hemos escuchado sus señales de radio durante muchos, muchísimos años. Yo estudio inglés.

—Y este planeta... —murmuró Briggs—. ¿Vive usted aquí solo?

—Nadievive aquí —dijo Smith sonriendo—, excepto los custodios. Y cuandosupimos que ustedes iban a descender, les pedimos que se fueran duranteun tiempo.

—¡En nombre de Dios! —exclamó Carrington—. ¿Qué lugar es este?

—Sólo lo que parece ser —Smith sonrió y sacudió la cabeza—. No hay misterio alguno. ¿Qué parece ser?

—Un jardín —contestó Laura Shawn—. El jardín de todos mis sueños.

—Entoncessueña usted bien, señorita Shawn. En su planeta tienen ustedes lugarescomo este, parques, campos de deportes. Esto es un parque, un campo derecreo para niños. Por eso no vive nadie aquí. Es un lugar para que losniños jueguen y aprendan un poco acerca de la vida y la belleza... Ennuestra cultura, la belleza no está separada de la vida.

—¿Qué niños?

—Losniños de la Galaxia —y Smith movió una mano hacia el firmamento—, haymuchos niños, y muchos campos de recreo y parques parecidos. Hoy no haynadie aquí; mañana habrá cinco millones de niños, pues vienen y se van,como en los parques de ustedes.

—Nuestros parques —pensó Briggs amargamente.

—No,no me burlo, piloto Briggs. Trato de responder a sus preguntas y a suspensamientos, y de relacionar estas cosas con las que ustedes conocen ycomprenden.

—¿Quiere usted decirnos que la Galaxia está habitada... por hombres?

—¿Porqué no? ¿Pueden creer de veras que el hombre sea un accidente?Dondequiera que hay vida, aparece con el tiempo el hombre. Y ahora viveen más de medio millón de planetas, y eso sólo en nuestra Galaxia. Ycrea lugares como este para los niños.

—¿Y quién es usted? —preguntó Carrington—. ¿Y por qué está aquí, solo?

—¿Quéseré yo para ustedes? —se preguntó Smith—. Nosotros no tenemosgobiernos, no tenemos naciones. Yo podría ser un administrador. Y mehan enviado aquí para que los reciba y hable con ustedes. Los hemosobservado mucho tiempo. Si. observamos la Tierra desde hace muchotiempo.

—¿Para que hable con nosotros? —preguntó Frances Rhodes en voz baja.

—Sí.

—¿Acerca de qué? —preguntó a su vez Briggs.

—Acerca de la enfermedad de ustedes —contestó Smith con tristeza.


Había pasado una hora. Estaban sentados en silencio, mirándose y al fin Briggs dijo:

—Por favor, no nos compadezca. No pedimos compasión, ni de usted ni de ninguno de sus superhombres.

—No es compasión —replicó Smith—. Nosotros no sentimos compasión. Pena es una palabra más exacta.

—Evítenos también eso —dijo Gene Ling.

Carringtonse resistía a que la ira o la impaciencia perturbasen susrazonamientos. Quería demostrarle a Smith que podía razonardesapasionadamente, y dijo con calma y firmeza:

—Usted. Smith,nos pide que confesemos nuestra locura, y pide mucho. Usted haindicado, muy correctamente en mi opinión, que éramos ególatras yanticientíficos. Creíamos que la naturaleza limitaba al hombre a unoscuro planeta del borde de la Galaxia. Y yo le digo: es igualmenteanticientífico pretender que entre todas las razas humanas de todos losplanetas sólo los habitantes de la Tierra son mentalmente enfermos,sentimentalmente inestables, sí, dementes, aunque esta ha sido la únicapalabra que usted ha tenido la amabilidad de no emplear.

—Carrington, es inútil —dijo Briggs acremente—. Smith lee el pensamiento.

—Loque no cambia mis razones —le dijo Carrington a Smith—. Usted mencionanuestras guerras, nuestras matanzas en gran escala, nuestras armasatómicas, nuestra crónica de asesinatos y destrucciones. Pero esos sonlos errores particulares y despilfarradores de nuestra evolución.

—Sonpeculiares de su evolución —dijo Smith de mala gana—. Me desagradarepetir que ninguna otra raza humana en todo el universo tiene comoprincipal ocupación el homicidio. Sin embargo, así es. Solo en laTierra.

—Pero no todos somos asesinos —protestó Frances Rhodes—.Yo practico la medicina. Si usted conoce tan bien la Tierra, conocerála historia de la medicina...

—Practica la medicina y lleva un arma de fuego —dijo Smith encogiéndose de hombros.

—Para protegerme únicamente.

—¿Para protegerse? ¿De quién señorita Rhodes?

—Nosotros no sabíamos...

—Lo siento —suspiró Smith—. Lo siento.

—Ya dije que era inútil —dijo Briggs— Lee el pensamiento. Lo sabe. ¡Que Dios nos ayude, lo sabe!

—Sí, lo sé —convino Smith.

—Entonces,debe usted saber que nosotros no somos asesinos —insistió Carringtoncon la voz todavía tranquila—. Somos hombres de ciencia, somos personascivilizadas. Dice usted que somos supersticiosos, mentirosos,aficionados a los monstruos y lo obsceno. Habla usted de quinientosmillones de seres humanos que profesan el cristianismo, pero que no lopractican. Habla de los millones de personas que hemos matado en nombrede la libertad, de la fraternidad y de Dios. Habla de nuestra codicia,nuestra mezquindad, del modo como hemos pervertido el amor, el sexo yla belleza. ¿No comprende que somos seres conscientes, que los mejoresy más valientes de nosotros han luchado contra eso durante siglos?

—Lo comprendo —contestó Smith.

—Lee el pensamiento —repitió Briggs tercamente.

—Somoshombres de ciencia —continuó Carrington— Construimos la nave estelarque nos trajo aquí. Hemos vivido encerrados cinco años interminablespara conquistar las fronteras del espacio. Y ahora, cuando descubrimosun universo de hombres, y de hombres extraordinariamente capaces yadmirables, usted nos dice que esto no es para nosotros, que hemos devivir y morir en nuestra propia motita de polvo.

—Sí, me temo que sea así.

—Todo menos compasión —dijo Laura Shawn.

Smithse puso de pie, abrió la túnica, dejó que se le deslizara del cuerpo alsuelo, y quedó desnudo ante ellos. Las mujeres, instintivamente,apartaron los ojos. Los hombres mostraron una incredulidadescandalizada. Smith recogió la túnica y se la puso.

—Ya ven ustedes —dijo.

Los cinco terrestres se quedaron mirándolo, comprendiendo quizá por primera vez.

—Entodo el universo —dijo Smith— sólo hay una raza de hombres que seavergüence de su propio cuerpo, y lo desprecie. Todos los demás andandesnudos, con orgullo y sin avergonzarse. Sólo la Tierra ha hecho de laimagen del hombre una maldición y una ignominia. ¿Qué mas puedo decir?

—¿Se proponen ustedes destruirnos? —preguntó Briggs.

Smith lo miró tristemente.

—Nosotros no destruimos, Briggs. No matamos.

—¿Entonces?

—Ustedestienen una cosa que nosotros no tenemos —dijo Smith lenta yamablemente—. Nosotros no la necesitamos, pero ustedes han tenido queinventarla. pues de otro modo la enfermedad hubiera acabado con ustedes.

—La conciencia —murmuró Gene Ling.

—Sí,la conciencia. Ella los ayudara. Vuelvan a la nave del espacio yregresen a la Tierra. Y luego decidan olvidar, cuando lo hayandecidido, nosotros los ayudaremos.

—Si decidimos olvidar —dijo Briggs.

—Si deciden olvidar —convino Smith.

—Denos alguna esperanza —suplicó Laura Shawn— No nos despida así, por favor Somos los primeros viajeros.

—Noson los primeros —replicó Smith, con una tristeza insoportable en lavoz—. Han venido otros de la Tierra, pero se destruyeron mutuamente,destruyendo también lo que habían aprendido. No son ustedes losprimeros, ni serán los últimos.

—¿Podemos esperar? —preguntó Laura Shawn.

—Todos los hombres esperan —dijo Smith—. Más que eso... no sé.


Lanave del espacio circundó el hermoso planeta, y los siete tripulantesse reunieron en la sala de oficiales. Gluckman y Phillips habían sidoinformados, y ahora todos discutían interminablemente el asunto. SóloBriggs callaba, hasta que al fin preguntó:

—¿Por qué no podemos recordar que Smith lee el pensamiento? Smith sabía.

—Yosoy egoísta —murmuró Laura Shawn entre lágrimas—. Es más fácilrenunciar a un futuro mejor para la humanidad que a mis propiosrecuerdos.

—¿Recuerdos de tres días de infancia? —dijo Briggsagriamente—. ¡Que se vaya al diablo! ¡Que se vaya al diablo esa malditautopía! ¡Que se vayan al diablo las estrellas! ¡Crearemos una atmósferaen Marte y le sacaremos el gas tóxico a Venus! ¡Que se vayan al diabloSmith y sus jardines! ¡Tenemos mucho que hacer! ¡En rumbo hediondohacia la Tierra, McCaffery, y los demás a la cama! ¡Mañana será otrodía!

Briggs, más que cualquiera de los otros, sabía cuánta razóntenía Smith, y durante horas humedeció la almohada con sus lágrimasantes de dormirse. Por la mañana se sintió mejor. La nave del espacioya había recorrido cien millones de kilómetros, en dirección a laTierra, y Briggs se sentía más animado.

Como los otros, sólorecordaba un desierto de soles ardientes, y ningún otro planeta, entoda la Galaxia, que los del sistema solar. Como los otros, sabía queregresaba a un lugar raro y de una inestimable singularidad: la Tierra,única morada del hombre.





FIN

Comentarios

No hay ningún comentario

Añadir un Comentario: