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Alejandro Dumas - La Hermosa Vampirizada

 

Alejandro Dumas - La Hermosa Vampirizada




      Yo soy polaca, nacida en Sandomir,vale decir en un país donde las
     leyendas se tornan artículos de fe, donde creemos en las tradiciones de
     familia como y —acaso más que— en el Evangelio. No hay castillo entre
     nosotros que no tenga su espectro, ni una cabaña que no tenga su genio
     familiar. En la casa del rico como en la del pobre, en el castillo como en
     la cabaña, se reconoce el principio amigo y el principio enemigo.
      A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten. Entonces se
     escuchan ruidos tan misteriosos en los corredores, rugidos tan horrendos
     en las antiguas torres, sacudidas tan formidables en las murallas, que los
     habitantes huyen de la cabaña como del castillo, y aldeanos y nobles
     corren a la iglesia en procura de la cruz bendita o de las santas
     reliquias, únicos resguardos contra los demonios que nos atormentan. Pero
     otros dos principios más terribles aún, más furiosos e implacables, se
     encuentren allí enfrentados: la tiranía y la libertad.
      El año 1825 vio empeñarse entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las
     cuales creyérase agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se
     agota la sangre de una familia entera. Mi padre y mis dos hermanos,
     rebelados contra el nuevo zar, habían ido a alinearse bajo la bandera de
     la independencia polaca, postrada siempre, siempre renacida. Un día supe
     que mi hermano menor había sido muerto; otro día me anunciaron que mi
     hermano mayor estaba mortalmente herido; y por fin, después de una jornada
     angustiosa, durante la cual yo había escuchado aterrorizada el tronar
     siempre más cercano del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de
     soldados de a caballo, residuo de tres mil hombres que él comandaba.
     Había venido a encerrarse en nuestro castillo con la intención de
     sepultarse bajo sus ruinas. Mientras no temía nada por él, temblaba por
     mí. Y en efecto, para él era único riesgo la muerte, porque estaba
     segurísimo de no caer vivo en manos del enemigo; pero a mí me amenazaba la
     esclavitud, el deshonor, la vergüenza. Mi padre escogió diez hombres entre
     los cien que le quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de cuanto
     dinero y objetos preciosos poseíamos y, recordando que —en ocasión de la
     segunda división de Polonia— mi madre, casi niña aún, había encontrado un
     asilo inaccesible en el monasterio de Sabastru, situado en medio de los
     montes Cárpatos, le ordenó conducirme a aquel monasterio que abriría a la
     hija, como hacía tiempo a la madre, sus hospitalarias puertas.
      A despecho del gran amor que mi padre alimentaba por mí, nuestros saludos
     no fueron largos. Según todas las probabilidades, los rusos debían llegar
     el día siguiente a la vista del castillo, por lo que no había tiempo que
     perder. Me puse de prisa un vestido de amazona, con el que solía acompañar
     a mis hermanos en la caza. Me trajeron ensillado el mejor caballo de la
     cuadra; mi padre me puso en los bolsillos del arzón sus propias pistolas,
     obras maestras de las fábricas de Tula, me abrazó y dio la orden de
     partida.
     Durante aquella noche y el día siguiente recorrimos veinte leguas,
     costeando uno de esos ríos sin nombre que desembocan en el Vístula. Esta
     primer doble etapa nos había sustraído al peligro de caer en manos de los
     rusos. El sol se dirigía al tramonto, cuando vimos brillar las nevadas
     cimas de los Cárpatos.
      Hacia la noche del día siguiente llegamos a su pie: al fin, en la mañana
     del tercer día, comenzamos a avanzar por una de sus gargantas. Nuestros
     Cárpatos no se parecen a los fértiles montes de vuestro occidente. Cuanto
     la naturaleza tiene de extraordinario y grandioso se presenta allí en toda
     su majestad. Sus tempestuosas cumbres se pierden en las nubes cubiertas de
     eternas nieves; sus inmensos bosques de abetos se inclinan sobre el terso
     espejo de lagos que por su vastedad semejan mares; y de aquellos lagos,
     jamás navecilla alguna ha surcado sus ondas, jamás redes de pescadores
     turbaron su cristal profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en
     tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo escuchar un canto moldavo al
     que contestan los gritos de los animales selváticos: y cantos y gritos van
     a desvelar algún solitario eco, atónito de que un ruido cualquiera le haya
     revelado su propia existencia. Por millas y millas se viaja allí bajo la
     umbría bóveda de los bosques entrecruzados de las inesperadas maravillas
     que la soledad nos descubre a cada instante, y que hacen pasar nuestro
     ánimo del estupor a la admiración. Ahí doquiera hay peligro, y el peligro
     se compone de mil riesgos diversos; pero no se tiene tiempo para
     atemorizarse, tan sublimes son aquellos riesgos. Aquí hay alguna cascada a
     la que dio origen imprevistamente la licuefacción de los hielos y que,
     saltando de roca en roca, invade de pronto el angosto sendero que se
     recorre, trazado por el paso de las fieras en fuga y del cazador que las
     persigue; allí hay árboles minados por el tiempo, que se desprenden del
     suelo y se derrumban con horrible estrépito semejante al de un terremoto;
     en otra parte, en fin, son los huracanes los que os envuelven de nubes, en
     medio de las cuales se ve centellear, extenderse y contorsionarse el
     relámpago, como sierpe inflamada. Luego, tras de haber superado aquellas
     moles agrestes, aquellos bosques primitivos, tras de encontraros en medio
     de gigantescas montañas y bosques interminables, os veis ante inmensos
     páramos, como mares que tienen también sus ondas y sus tempestades, áridas
     y gibosas estepas, donde la vista se pierde en un horizonte sin límite.
     Entonces no es terror lo que experimentáis, sino una triste y profunda
     melancolía, de la cual nada hay que pueda distraeros, porque el aspecto de
     la región, por lejos que se alargue vuestra mirada, es siempre el mismo.
     Ascended o descended las cien veces iguales pendientes, buscando en vano
     un camino trazado: al hallaros tan perdidos en aquel aislamiento, en medio
     de desiertos, os creéis solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se
     convierte en desolación. Os parece inútil caminar más adelante, porque no
     veis una meta para vuestros pasos; no encontráis una aldea, ni un
     castillo, ni una cabaña, ni en suma vestigio de humana morada. Sólo de
     cuando en cuando, como una tristeza más en aquella región melancólica, un
     pequeño lago sin cañas, sin arbustos, dormido en el fondo de un barranco,
     casi otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre las
     cuales se levantan al acercaros algunas aves acuáticas de gritos
     prolongados y discordantes. Rodead ese lago, trasponed el collado que está
     delante de vosotros, descended a otro valle, superad otra colina, y así
     sucesivamente, hasta que hayáis llegado a los comienzos de la cadena de
     montes que van siempre disminuyendo más. Pero si al concluir esa cadena os
     volvéis hacia el mediodía, la región recobra un carácter majestuoso, se os
     presenta una naturaleza más grandiosa y descubriréis otra cadena de
     montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica vegetación, toda
     cubierta de espesos bosques, toda surcada de arroyos: con la sombra y con
     el agua renace también la vida en aquella comarca; se escucha ya el tañido
     de la campana de una ermita, y sobre el flanco de aquella montaña se ve
     serpentear una caravana. Por fin, a los últimos rayos del sol poniente se
     perciben desde lejos, a guisa de bandada de pájaros blancos, apoyándose
     las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece se hubieran
     agrupado en cierto modo para defenderse de un asalto nocturno; pues con la
     vida ha vuelto el peligro: aquí no se luchará con osos y lobos, como en
     aquella altas montañas, sino con hordas de bandidos moldavos.
     Entretanto nos acercábamos a nuestra meta. Diez días de camino habían
     transcurrido sin ningún incidente. Ya distinguíamos la cumbre del monte
     Pion, que se eleva sobre toda aquella familia de gigantes, y sobre cuya
     vertiente meridional está situado el convento de Sabastru al cual yo me
     trasladaba. Tres días más, y nos hallábamos al término de nuestro viaje.
     Eran los últimos días de julio. Habíamos tenido una jornada muy cálida, y
     hacia las cuatro respirábamos con ansioso deleite las primeras brisas del
     atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres ruinosas de
     Niantzo. Bajábamos a una llanura que empezábamos a ver a través de una
     hendidura de la montaña.
      Desde el sitio donde estábamos, ya podíamos seguir con la vista el curso
     del Bistriza, de riberas esmaltadas de bermejeantes viñedos y de altas
     campánulas de flores blancas. Bordeábamos un abismo en cuyo fondo corría
     el río, que en aquel lugar tenía apenas forma de torrente, y nuestras
     cabalgaduras tenían escaso espacio para caminar dos de frente. Nos
     precedía un guía, quien, inclinado de flanco sobre la grupa de su caballo,
     cantaba una canción morlaca, cuyas palabras seguía con singular atención.
     El cantor era también al mismo tiempo el poeta. Necesitaría ser uno de
     aquellos montañeses para poder expresarnos la melancolía de su canción con
     su salvaje tristeza, con toda su profunda sencillez. Las palabras de la
     canción eran poco más o menos las siguientes:
     "¡Ved allí ese cadáver en la palude de Stavila, donde corriera tanta
     sangre de guerreros! No es un hijo de Iliria, no; es un feroz bandido, que
     después de haber engañado a la gentil María, robó, exterminó, incendió.
     "Rauda como el relámpago una bala ha venido a atravesar el corazón del
     bandido; un yatagán le ha tronchado el cuello. Pero, oh misterio, después
     de tres días, su sangre, tibia aún, riega la tierra bajo el pino tétrico y
     solitario y ennegrece el pálido Ovigan.
     "Sus ojos turquíes brillan siempre; huyamos, huyamos: guay de quien pase
     por la palude cerca de él: ¡es un vampiro! El feroz lobo se aleja del
     impuro cadáver, y el fúnebre buitre huye al monte de calvo frontis."
     De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego y el silbar de una
     bala. La canción quedó interrumpida, y el guía, herido de muerte,
     precipitóse al abismo, mientras su caballo se detenía temblando y
     tendiendo la inteligente testa hacia el fondo del precipicio, donde
     desapareciera su dueño. Al mismo tiempo, se levantó por los aires un grito
     estridente, y sobre los flancos de la montaña vimos aparecer una treintena
     de bandidos: estábamos completamente rodeados. Cada uno de los nuestros
     empuñó un arma, y bien que tomados inopinadamente, mis acompañantes, como
     que eran viejos soldados avezados al fuego, no se dejaron intimidar, y se
     pusieron en guardia. Yo misma, dando el ejemplo, empuñé una pistola, y
     conociendo bien cuán desventajosa era nuestra situación, grité:
     ¡Adelante!, y di con la espuela a mi caballo que se lanzó a toda carrera
     hacia la llanura. Pero teníamos que vérnosla con montañeses que brincaban
     de roca en roca como verdaderos demonios de los abismos, que aun saltando,
     hacían fuego, manteniendo a nuestros flancos la posición tomada. Por lo
     demás, nuestro plan había sido previsto. En un punto donde el camino se
     ensanchaba y la montaña se allanaba un poco, aguardaba nuestro paso un
     joven a la cabeza de diez hombres a caballo. Cuando nos vieron, pusieron
     al galope sus cabalgaduras, y nos asaltaron de frente, mientras aquellos
     que nos perseguían bajaban saltando en gran cantidad, y cortada de tal
     modo nuestra retirada, nos rodeaban por todas partes.
     La situación era grave y sin embargo, acostumbrada desde niña a las
     escenas de guerra, pude apreciarla sin que se me escapara una sola
     circunstancia. Todos aquellos hombres, vestidos de pieles de carnero,
     llevaban inmensos sombreros redondos, coronados de flores naturales al
     modo de los húngaros. Cada uno de ellos manejaba un largo fusil turco, que
     agitaban vivamente luego de haber disparado, dando gritos salvajes, y en
     la cintura portaba un sable corvo y dos pistolas. Su jefe era un joven de
     apenas veintidós años, de tez pálida, de ojos negros y cabellos
     ensortijados y cayéndole sobre las espaldas. Vestía la casaca moldava
     guarnecida de piel y ajustada al cuerpo por una faja con listas de oro y
     seda. En su mano resplandecía un sable corvo, y en su cintura relucían
     cuatro pistolas. Durante la lucha daba gritos roncos e inarticulados que
     parecían no pertenecer al habla humana, y sin embargo eran una eficaz
     expresión de sus deseos, pues a aquellos gritos obedecían todos sus
     hombres, ora echándose a tierra boca abajo para esquivar nuestras
     descargas, ora levantándose para disparar a su vez, haciendo caer a
     aquellos de nosotros que aún estaban de pie, matando a los heridos,
     haciendo en suma de la lucha una carnicería. Yo había visto caer uno
     después del otro los dos tercios de mis defensores. Cuatro estaban aún
     ilesos y se apretaban a mi alrededor, no pidiendo una gracia que tenían la
     certidumbre de no conseguir, y pensando sólo en vender la vida lo más cara
     que fuese posible. Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que
     los anteriores, tendiendo la punta de su sable hacia nosotros. En verdad
     aquella orden significaba que debía rodearse nuestro último grupo de un
     cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de un golpe vimos
     apuntarnos todos aquellos largos mosquetes.
     Comprendí, que había llegado la hora final. Alcé los ojos y las manos al
     cielo, murmurando una última plegaria, y aguardé la muerte. En ese
     instante vi, no descender sino precipitarse de peña en pena, un joven que
     se detuvo enhiesto sobre una roca que dominaba la escena, semejante a una
     estatua en un pedestal, y, extendiendo la mano hacia el campo de batalla,
     pronunció esta sola palabra: "¡Basta!" Todas las miradas se volvieron a
     esa voz, y cada uno pareció obedecer al nuevo amo. Sólo un bandido apuntó
     de nuevo su fusil e hizo el disparo. Uno de nuestros hombres dio un grito;
     la bala le había roto el brazo izquierdo. Se volvió al punto para lanzarse
     sobre el que le hiriera, pero aún no había hecho cuatro pasos su caballo,
     que un relámpago brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó
     herido por una bala en la cabeza... Tantas y tan diversas emociones habían
     acabado mis fuerza; me desvanecí. Cuando recobré los sentidos, me hallé
     acostada sobre la hierba, con la cabeza apoyada en las rodillas de un
     hombre, de quien no veía sino la mano blanca y cubierta de anillos
     rodeándome el cuerpo, mientras ante mí estaba parado, de brazos cruzados y
     la espada bajo la axila, el joven jefe moldavo que dirigiera el asalto
     contra nosotros. "Kostaki", decía en francés y con gesto autoritario el
     que me sostenía, "haced que vuestros hombres se retiren de inmediato, y
     dejadme el cuidado de esta joven. "Hermano, hermano", respondió aquel a
     quien eran dirigidas tales palabras, y que parecía contenerse con
     esfuerzo, "cuídate de no cansar mi paciencia; yo os dejo el castillo,
     dejadme a mí el bosque. En el castillo vos sois el amo, pero aquí yo soy
     todopoderoso. Aquí me bastaría una sola palabra para obligaros a
     obedecerme". "Kostaki, yo soy el mayor; lo que quiere decir que soy amo en
     todas partes, así en el bosque como en el castillo, allá y aquí. Como a
     vos, me corre por las venas la sangre de los Brankovan, sangre real que
     tiene el hábito de mandar, y yo mando." "Mandad a vuestros servidores,
     Gregoriska, no a mis soldados." "Vuestros soldados son bandidos,
     Kostaki... bandidos que haré ahorcar en las almenas de nuestras torres si
     no me obedecen al instante." "Bien, probad de darles una orden."
     Sentí entonces que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba
     suavemente mi cabeza sobre una piedra.
     Le seguí ansiosa con la mirada, y pude examinar a aquel joven, que cayera,
     por así decirlo, del cielo en medio de la refriega, y que yo había podido
     ver apenas, estando desmayada, mientras aparecía a punto en escena. Era un
     joven de veinticuatro años, de alta estatura y con dos grandes ojos
     celestes y resplandecientes como el relámpago, en los que se leía una
     extraordinaria decisión y firmeza. Los largos cabellos rubios, indicio de
     la estirpe eslava, le caían sobre las espaldas como los del arcángel
     Miguel, circundando dos mejillas rubicundas y frescas; sus labios
     realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de
     perlas. Vestía una especie de túnica de velludo negro, calzones ceñidos a
     las piernas y botas bordadas; en la cabeza tenía un gorro puntiagudo
     ornado de una pluma de águila; en la cintura portaba un cuchillo de caza,
     y al hombro una pequeña carabina de dos caños, cuya precisión había
     aprendido a apreciar uno de los bandidos. Extendió la mano, y con ese
     gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano. Pronunció algunas
     palabras en lengua moldava, las cuales parecieron causar profunda
     impresión sobre los bandidos. Entonces, a su vez, habló en la misma lengua
     el joven jefe, y me pareció que su discurso estaba lleno de amenazas y de
     imprecaciones. A aquel largo y vehemente discurso el hermano mayor
     contestó con una sola palabra. Los bandidos se sometieron; hizo un gesto,
     y los bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los bandidos se reunieron
     detrás de nosotros.
     "¡Bien! Sea, pues, Gregoriska", dijo Kostaki volviendo a hablar en
     francés. "Esta mujer no irá a la caverna, pero no por ello será menos mía.
     La encuentro hermosa, la he conquistado yo y la quiero yo." Así diciendo,
     se lanzó él hacia mí, y me levantó entre sus brazos. "Esta mujer será
     llevada al castillo y entregada a mi madre, yo no la abandonaré", dijo mi
     protector. "¡Mi caballo!", gritó Kostaki en lengua moldava. Varios
     bandidos se apresuraron a obedecer, condujeron a su señor la cabalgadura
     pedida... Gregoriska miró en torno, asió las bridas de un caballo sin
     dueño, y saltó a la silla sin tocar los estribos. Kostaki, bien que me
     tenía aún apretada entre sus brazos, montó en la silla casi tan ágilmente
     como su hermano, y partió a todo galope. El caballo de Gregoriska pareció
     haber recibido el mismo impulso y fue a ponerse pegado al flanco y al
     pescuezo del corcel de Kostaki. Extraño de verse eran aquellos dos
     caballeros que volaban el uno junto al otro, taciturnos, silenciosos, sin
     perderse de vista un solo instante, aun cuando aparentaran no mirarse, y
     se entregaban por entero a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los
     llevaba a través de bosques, rocas y precipicios.
     Tenía la cabeza caída, y esto me permitía ver los bellos ojos de
     Gregoriska fijos en mí. Kostaki lo advirtió, me levantó la cabeza, y ya no
     vi más que su tétrica mirada devorándome. Bajé los párpados, pero en vano;
     a través de su velo, veía no obstante siempre aquella mirada
     relampagueante que me penetraba hasta las vísceras y me punzaba el
     corazón. Entonces me acaeció una extraña alucinación; parecíame ser la
     Leonora de la balada de Bürger, llevada por el caballo y el caballero
     fantasmas, y cuando sentí que se me cerraban abrí los ojos amedrentada,
     tan persuadida estaba de ver alrededor mío sólo cruces rotas y tumbas
     abiertas. Vi algo un poco más alegre; era el patio interno de un castillo
     moldavo construido en el siglo décimocuarto.
     Kostaki me dejó resbalar a tierra, bajando casi en seguida después que yo;
     pero, por rápido que hubiera sido su acto, Gregoriska le había precedido.
     Como lo dijera, en el castillo él era el amo. Al ver llegar a los dos
     jóvenes y a la extranjera que llevaban con ellos, acudieron los
     servidores; pero, aunque dividieron sus diligencias entre Kostaki y
     Gregoriska, aparecía claro que los mayores miramientos, el respeto más
     profundo eran para el segundo. Se aproximaron dos mujeres, Gregoriska les
     dio una orden en lengua moldava, y con la mano me indicó que la siguiera.
     La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que yo no vacilé
     absolutamente en obedecerle. Cinco minutos después me encontraba en una
     cámara que, aun cuando pudiera parecer desnuda y triste a una persona de
     menos fácil contentamiento, era sin embargo evidentemente la más hermosa
     del castillo. Una gran habitación cuadrada, con una especie de diván de
     sayal verde, asiento de día, lecho de noche. Había también allí cinco o
     seis sillones de encina, un inmenso cofre, y en un ángulo un trono
     semejante a una gran silla de coro.
      No había que hablar de cortinas en las ventanas y en el lecho. A los
     costados de la escalera que llevaba a aquella cámara, erguíanse, dentro de
     nichos, tres estatuas de los Brankovan de tamaño superior al natural. Al
     poco rato trajeron nuestros bagajes, entre los cuales se encontraban
     también mis maletas. Las mujeres me ofrecieron sus servicios. Pero no
     obstante, reparando el desorden que lo sucedido causara en mi tocado,
     conservé mi vestimenta de amazona, la cual, más que cualquier otra,
     acordaba con el modo de vestir de mis huéspedes. Apenas había hecho los
     pocos cambios necesarios en mis ropas, cuando oí golpear levemente en la
     puerta.
      "Adelante", dije en francés, siendo esta lengua para nosotros los
     polacos, como sabéis, casi una segunda lengua materna. Entró Gregoriska.
     "¡Ah! señora, cuánto me complace que habléis francés." "Y yo también",
     respondí, "estoy contenta de saber esta lengua, porque de tal modo he
     podido, gracias a este hecho, apreciar toda la generosidad de vuestra
     conducta conmigo. En esa lengua vos me defendisteis de los designios de
     vuestro hermano, y en esa lengua os ofrezco yo la expresión de mi sincero
     reconocimiento". "Os lo agradezco, señora. Era cosa muy natural que me
     preocupara de una mujer que se encontraba en vuestra situación. Andaba de
     caza por los montes, cuando llegaron a mi oído algunas detonaciones
     anormales y continuas; comprendí que se trataba de un asalto a mano
     armada, y marché al encuentro del fuego, como decimos nosotros en términos
     guerreros. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero ¿sería tal vez demasiado
     atrevido si os preguntara, oh señora, por cuál motivo una mujer de alto
     linaje, como lo sois vos, se ha visto reducida a aventurarse en nuestros
     montes?" "Yo soy polaca", le contesté: "Mis dos hermanos sucumbieron, no
     ha mucho, en la guerra contra Rusia; mi padre, a quien dejé yo mientras se
     preparaba a defender su castillo, sin duda se les ha reunido ya a esta
     hora, y yo, huyendo por orden de mi padre, de todos aquellos estragos, iba
     en busca de refugio al monasterio de Sabastru, donde mi madre, en su
     juventud y en circunstancias semejantes, había encontrado asilo seguro."
     "Sois enemiga de los rusos, tanto mejor", dijo el joven; "este título os
     será poderosa ayuda en el castillo, y nosotros necesitaremos de todas
     nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara. Pero ante todo,
     señora, pues que yo sé quién sois vos, sabed también quiénes somos
     nosotros: el nombre de los Brankovan no os es desconocido, ¿verdad,
     señora?" Yo me incliné. "Mi madre es la última princesa de este nombre, la
     última descendiente del ilustre jefe mandado matar por los Cantimir, los
     viles cortesanos de Pedro I. Casó en primeras nupcias con mi padre, Serban
     Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre. Mi padre
     había sido educado en Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la
     civilización. Decidió hacer de mí un europeo. Partimos para Francia,
     Italia, España y Alemania. Mi madre —no le toca a un hijo, lo sé, narraros
     lo que os diré, pero, ya que por nuestra salvación es necesario que nos
     conozcamos bien, reconoceréis justos los motivos de esta revelación— mi
     madre, digo, que durante los primeros viajes de mi padre, mientras era yo
     aún niño, había tenido culpables relaciones con un jefe de parciales (que
     con tal nombre, agregó sonriendo Gregoriska, se llaman en este país a los
     hombres por quienes fuisteis agredida), cierto conde Giordaki Koproli,
     medio griego y medio moldavo, escribió a mi padre confesándole todo y
     pidiéndole el divorcio, apoyando su demanda en que no quería ella, una
     Brankovan, continuar siendo por más tiempo mujer de un hombre que se
     tornaba día a día más extranjero a su patria. ¡Ay! Mi padre no tuvo
     necesidad de dar su asentimiento a esa petición, que os podrá parecer
     extraña, pero entre nosotros es cosa muy natural. Él había muerto de un
     aneurisma que desde mucho tiempo le atormentaba, y la carta de mi madre la
     recibí yo. A mí ahora no me quedaba otra cosa que hacer votos sinceros por
     la felicidad de mi madre, y le escribí una carta, en la que le comunicaba
     estos votos míos junto con la noticia de su viudez. En aquella carta le
     pedía también permiso para poder continuar mis viajes, que me fue
     concedido. Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o
     Alemania para no encontrarme cara a cara con un hombre que aborrecía, y
     que no podía amar, quiero decir al marido de mi madre; cuando he aquí,
     que, de improviso, vine a saber que el conde Giordaki Koproli había sido
     asesinado, según decires, por los viejos cosacos de mi padre. Amaba yo
     demasiado a mi madre para no apresurarme a regresar a la patria,
     comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía encontrarse de tener
     junto a ella en tales circunstancias las personas que podían serle
     queridas. Aun cuando ella nunca se hubiera mostrado muy tierna conmigo,
     era su hijo. Una mañana llegué inesperadamente al castillo de mis padres.
     Allí encontré un joven, a quien al principio tomé por un extranjero, pero
     luego supe que era mi hermano. Era Kostaki, el hijo del adulterio,
     legitimado por un segundo matrimonio; Kostaki, la indomable criatura que
     visteis, para quien son leyes sólo sus pasiones, que nada tiene por
     sagrado aquí abajo fuera de su madre, que me obedece como la tigresa
     obedece al brazo que la ha domado, pero rugiendo por siempre, en la vaga
     esperanza de poder devorarme un día. En el interior del castillo, en el
     hogar de los Brakovan y de los Waivady, yo soy aún el amo; pero fuera de
     este recinto, en la abierta campiña, él se convierte en el salvaje hijo de
     los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea
     voluntad. Cómo hoy él y sus hombres hicieron para ceder, no lo sé; quizá
     por antigua costumbre, o por un resto de respeto que me tienen. Pero no
     quisiera arriesgar otra prueba. Permaneced aquí, no salgáis de esta
     cámara, del patio, del castillo en suma, y respondo de todo; si dais un
     paso fuera del castillo, no puedo prometeros otra cosa que hacerme matar
     por defenderos."
      "¿No podré entonces", dije yo, "según el deseo de mi padre, continuar el
     viaje hacia el convento de Sabastru?" "Obrad, intentad, ordenad, yo os
     acompañaré, pero quedaré en mitad del camino, y vos... vos ciertamente no
     alcanzaréis la meta de vuestro viaje." "Pero ¿qué hacer, entonces?"
     "Quedaros aquí, aguardar, tomar consejo de los hechos y aprovechar las
     circunstancias. Suponeos haber caído en una caverna de bandidos, y que
     sólo vuestro valor podrá sacaros del apuro, vuestra calma salvaros. Mi
     madre, a despecho de la preferencia que concede a Kostaki, hijo de su
     amor, es buena y generosa. Por otra parte, es una Brankovan, vale decir
     una verdadera princesa. La veréis: ella os defenderá de las brutales
     pasiones de Kostaki. Poneos bajo la protección de ella: sed cortés, os
     amará. Y en realidad (agregó él con expresión indefinible), ¿quién podría
     veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre os espera. No
     demostréis fastidio ni desconfianza: hablad polaco: aquí nadie conoce esta
     lengua; yo traduciré a mi madre vuestras palabras, y estáos tranquila, que
     sólo diré aquello que sea conveniente decir. Sobre todo ni una palabra de
     cuanto os he revelado: nadie debe sospechar que estamos de acuerdo. Vos no
     sabéis aún de cuanta astucia y disimulación es capaz el más sincero de
     entre nosotros. Venid."
      Le seguí por la escalera iluminada de antorchas de resina ardiendo,
     puestas dentro de manos de hierro que sobresalían del muro. Era evidente
     que aquella insólita iluminación había sido dispuesta para mí. Llegamos al
     comedor. Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta de aquella sala, y
     pronunciado en el umbral una palabra en lengua moldava, que después supe
     significaba la extranjera, vino a nuestro encuentro una mujer de alta
     estatura. Era la princesa Brankovan. Tenía cabellos blancos entrelazados
     alrededor de la cabeza, la cual estaba cubierta de un gorro de cibelina,
     ornado de un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie
     de túnica de brocado, el corpiño sembrado de piedras preciosas,
     sobrepuesta a una larga hopalanda de estofa turca, guarnecida de piel
     igual a la del gorro. Tenía en la mano un rosario de cuentas de ámbar, que
     hacía correr rápidamente entre los dedos. Junto a ella estaba Kostaki,
     vestido con el espléndido y majestuoso traje magiar, en el cual me pareció
     aún más extraño. Su traje estaba compuesto de una sobrevesta de velludo
     negro, de ancha mangas, que le caía hasta debajo de la rodilla, calzones
     de casimir rojo, y los largos cabellos de color negro tirando a azulado le
     caían sobre el cuello desnudo, rodeado solamente por la orla blanca de una
     fina camisa de seda. Me saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas
     palabras para mí ininteligibles.
      "Podéis hablar en francés, hermano mío", dijo Gregoriska; "la señora es
     polaca y comprende esta lengua".
      Entonces Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan
     incomprensibles para mí como las que pronunciara en moldavo; pero la
     madre, tendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los dos hermanos.
     Aparecía claro que intimaba a sus hijos que esperaran a que sólo ella me
     recibiera. Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de cumplimiento,
     al cual la movilidad de sus facciones daba un sentido fácil de explicarse.
     Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de ella, señaló con un gesto
     la casa toda, como diciendo que estaba a mi disposición, y, sentándose
     antes que los demás con benévola dignidad, hizo la señal de la cruz y
     pronunció una plegaria. Entonces cada uno ocupó su lugar propio,
     establecido por la etiqueta, Gregoriska cerca de mí. Como extranjera, yo
     había determinado que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su
     madre Smeranda. Así se llamaba la condesa. También Gregoriska había mudado
     de vestimenta. Llevaba él igualmente la túnica magiar y los calzones de
     casimir, pero aquélla de color granate y estos turquíes. Tenía colgada del
     cuello una espléndida condecoración, el nisciam del sultán Mahmud. Los
     otros comensales de la casa cenaban en la misma mesa, cada uno en el sitio
     que le correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o los
     servidores. La cena fue triste: Kostaki no me dirigió nunca la palabra, si
     bien su hermano tuvo siempre la atención de hablarme en francés. La madre
     me ofrecía de todo con sus propias manos con ese ademán solemne que le era
     natural; Gregoriska había dicho la verdad: era una verdadera princesa.
     Luego de la cena, Gregoriska se acercó a su madre, y le explicó en lengua
     moldava el deseo que yo debía tener de estar sola, y cuán necesario que
     sería el reposo después de las emociones de aquella jornada. Smeranda hizo
     un gesto de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como lo
     hubiera hecho con una hija suya, y me deseó buena noche en su castillo.
     Gregoriska no se había engañado: yo ansiaba ardientemente aquel instante
     de soledad. Agradecí por eso a la princesa, quien me condujo hasta la
     puerta, donde me esperaban las dos mujeres que antes ya me acompañaran en
     mi cámara. Saludado que hube a la madre y a los dos hijos, volví a mi
     aposento, de donde saliera una hora antes.
      El sofá estaba transformado en lecho. Otros cambios no se habían hecho.
     Agradecí a las mujeres: les hice comprender que me desvestiría sola, y
     ellas salieron en seguida con mil testimonios de respeto que querían
     significar tener órdenes de obedecerme en todo y por todo. Quedé sola en
     aquella inmensa cámara, que mi candela podía alumbrar apenas en parte. Era
     un singular juego de luces, una especie de lucha entre el resplandor
     trémulo de mi cirio y los rayos de la luna que pasaban a través de la
     ventana sin cortinados. Además de la puerta por la que entrara, y que caía
     sobre la escalera, habían otras dos en la cámara; pero sus gruesos
     cerrojos, que se cerraban por dentro, bastaban para tranquilizarme. Miré
     la puerta de entrada; también ella tenía medios de defensa. Abrí la
     ventana: daba sobre un abismo. Comprendí que Grigoriska había elegido
     aquella cámara calculadamente. De vuelta por fin a mi sofá, encontré sobre
     una mesita puesta junto a la cabecera una tarjeta doblada. La abrí y leí
     en polaco: Dormid tranquila: nada tenéis que temer mientras permanezcáis
     en el interior del castillo. Seguí el buen consejo, y como el cansancio
     vencía sobre las preocupaciones que me tenían desazonada, me acosté y en
     seguida me dormí.
       Desde aquel momento quedaba fijada mi permanencia en el castillo y tenía
     principio el drama que voy a narraros.
      Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno según su propia índole.
     Kostaki me confesó de improviso al día siguiente que me amaba, y declaró
     que sería suya y no de otro, y que me mataría antes que cederme a
     quienquiera que fuese. Gregoriska no me dijo nada, pero se mostró lleno de
     amor y de consideraciones conmigo. Para complacerme puso en práctica todos
     los medios de su refinada educación, todos los recuerdos de una juventud
     transcurrida en la más nobles Cortes de Europa. ¡Ay! No era cosa tan
     difícil pues ya el primer sonido de su voz me había acariciado el alma, y
     ya su primera mirada me había serenado el corazón. Al cabo de tres meses
     Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo le odiaba;
     Gregoriska aun no me había dicho una palabra de amor y yo sentía que
     cuando él lo deseara sería toda suya.
      Kostaki había renunciado a sus incursiones. Encerrado siempre en el
     castillo, había cedido momentáneamente el mando a un lugarteniente, quién
     de cuando en cuando venía a pedirle órdenes, y en seguida desaparecía.
     También Smeranda había concebido por mí una amistad apasionada, cuyas
     expresiones me causaban temor. Protegía ella visiblemente a Kostaki, y
     parecía celosa de mí más aún de lo que él lo fuera. Pero como no hablaba
     polaco ni francés, y yo no comprendía el moldavo, ella no tenía modo de
     insistir ante mí en favor de su hijo predilecto. Había sin embargo
     aprendido a decir en francés unas palabras que me repetía siempre cuando
     posaba sus labios en mi frente: —¡Kostaki ama a Edvige!...—
     Un día recibí una noticia horrible que colmó mi desventura. Los cuatro
     hombres sobrevivientes al combate habían sido puestos en libertad y
     regresado a Polonia, prometiendo que uno de ellos, antes de que pasaran
     tres meses, volvería para darme noticias de mi padre. En efecto, una
     mañana se presentó de nuevo uno de ellos. Nuestro castillo había sido
     tomado, incendiado, destruido, y mi padre se había hecho matar
     defendiéndolo. En adelante estaba sola en el mundo. Kostaki redobló sus
     insinuaciones, y Smeranda sus ternuras; pero esta vez aduje como pretexto
     mi duelo por la muerte de mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto
     más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre
     insistió al par y acaso más que él.
      Gregoriska me había hablado del poder que los moldavos tienen sobre sí
     mismos, cuando no quieren que otros lean en su corazón. Él era un vivo
     ejemplo de ello. Estaba segurísima de su amor, y sin embargo, si alguien
     me hubiera preguntado en qué prueba se fundaba tal certidumbre, me habría
     sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano
     tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Sólo los celos podían
     hacer clara a Kostaki la rivalidad del hermano, como sólo el amor que
     alimentaba yo por Gregoriska podía hacerme claro su amor. Sin embargo, lo
     confieso, me inquietaba mucho aquel poder de Gregoriska sobre sí mismo. Yo
     tenía fe en él, pero no bastaba; necesitaba ser convencida; cuando he aquí
     que una noche, de vuelta apenas en mi cámara, oí golpear levemente a una
     de las dos puertas que se cerraban por dentro. Por el modo de golpear
     adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué, preguntando quién estaba
     allí.
      "Gregoriska", contestó una voz cuyo acento no podía engañarme. "¿Qué
     queréis de mí?", le pregunté toda temblorosa. "Si tenéis fe en mí", dijo
     Gregoriska, "si me creéis hombre de honor, ¿me permitís una pregunta?"
     "¿Cuál?" "Apagad la luz como si os hubierais acostado, y de aquí en media
     hora, abridme esta puerta." "Volved dentro de media hora...", fue mi única
     respuesta.
       Apagué la luz, y aguardé. El corazón me palpitaba con violencia, pues
     comprendía yo que se trataba de un hecho importante. Transcurrió la media
     hora: oí golpear más levemente aún que la primera vez. Durante el
     intervalo había descorrido los cerrojos; no me quedaba pues sino abrir la
     puerta, Gregoriska entró, y sin que me dijera, cerré la puerta tras él y
     eché los cerrojos. Él permaneció un instante mudo e inmóvil, imponiéndome
     silencio con el gesto. Luego, cuando estuvo seguro de que ningún peligro
     nos amenazaba por el momento, me llevó al centro de la vasta cámara, y
     sintiendo, por mi temblor, que no habría podido sostenerme de pie, me
     buscó una silla. Me senté o más bien me dejé caer sobre el asiento.
      "¡Dios mío!", le dije; "¿qué hay de nuevo, o por qué tantas
     precauciones?" "Porque mi vida, que no contaría para nada, y acaso también
     la vuestra, dependen de la conversación que tendremos."
      Amedrentada, le aferré una mano. Se la llevó él a los labios, mirándome
     como si quisiera pedir excusas por tanta audacia. Bajé yo los ojos, era un
     tácito consentimiento.
      "Yo os amo", me dijo con aquella voz melodiosa como un canto; "¿me amáis
     vos?" "Sí", le respondí. "¿Y consentiréis en ser mi mujer?" "Sí."
      Llevó la mano a la frente con profunda expresión de felicidad. "Entonces,
     ¿no rehusaréis seguirme?" "Os seguiré doquiera." "Pues comprenderéis bien
     que no podemos ser felices sino huyendo de estos lugares."
      "¡Oh sí! Huyamos", exclamé. "¡Silencio", dijo él estremeciéndose,
     "¡Silencio!" "Tenéis razón." Y me le acerqué toda tremante. "Escuchad lo
     que he hecho", continuó Gregoriska; "escuchad por qué he estado tanto
     tiempo sin confesaros que os amaba. Quería yo, cuando estuviera seguro de
     vuestro amor, que nadie pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico,
     querida Edvige, inmensamente rico, pero como lo son los señores moldavos:
     rico en tierras, en ganados, en servidores. Ahora bien, he vendido por un
     millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado
     trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en
     oro, el resto en letras de cambio sobre Viena. ¿Os bastará un millón?" Le
     apreté la mano. "Me hubiera bastado vuestro amor, Gregoriska, juzgadlo
     vos." "¡Bien! Escuchad; mañana voy al monasterio de Hango para tomar mis
     últimas disposiciones con el superior. Él me tiene listos caballos que nos
     esperarán de las nueve de la mañana en adelante ocultos a cien pasos de
     castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo como hoy a vuestra cámara;
     como hoy apagaréis la luz; como hoy entraré yo en vuestro aposento. Pero
     mañana, en vez de salir solo vos me seguiréis, saldremos por la puerta que
     da sobre los campos, encontraremos los caballos, montaremos, y pasado
     mañana por la mañana habremos recorrido treinta leguas. —¡Oh! ¡Por qué no
     será ya pasado mañana!— ¡Querida Edvige!"
      Gregoriska me apretó sobre el corazón, y nuestros labios se encontraron.
     ¡Oh! Lo había dicho él, yo había abierto la puerta de mi cámara a un
     hombre de honor; pero comprendió bien que si no le pertenecía en cuerpo le
     pertenecía en alma. Transcurrió la noche sin que pudiera cerrar los ojos.
     Me veía huir con Gregoriska, me sentía transportada por él como ya lo
     había sido por Kostaki: sólo que aquella carrera terrible, espantable,
     fúnebre, se trocaba ahora en un apuro suave y delicioso, al que la
     velocidad del movimiento agregaba deleite, pues también el movimiento
     veloz tiene un deleite propio... Nació el día. Bajé. Parecióme que el
     ademán con que me saludó Kostaki era aún más tétrico que de costumbre. Su
     sonrisa era irónica y amenazadora. Smeranda no me pareció cambiada.
     Durante la colación, Gregoriska ordenó sus caballos. Parecía que Kostaki
     no pusiera ni la mínima atención en aquella orden. Hacia loas once,
     Gregoriska nos saludó, anunciando que estaría de regreso recién a la
     noche, y rogando a su madre que no le esperase a cenar: después, volvióse
     hacia mí y rogóme quisiera admitir sus excusas.
      Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta cuando dejó la cámara, y
     en ese momento le brotó de los ojos un tal relámpago de odio que me
     estremecí. Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día.  A nadie
     había confiado nuestros designios, a duras penas le hablé a Dios de ello
     en mis plegarias, y parecíame que todos los conocieran, que cada mirada
     puesta en mí pudiera penetrar y leer en lo íntimo de mi corazón... La cena
     fue un suplicio; hosco y taciturno, Kostaki, por costumbre, hablaba
     raramente: esta vez no dijo más que dos o tres palabras en moldavo a su
     madre, y siempre con tal acento que hacía estremecer. Cuando me levanté
     para subir a mi aposento, Smeranda, como de ordinario, me abrazó, y al
     abrazarme repitió aquella frase que desde ya ocho días no le saliera de la
     boca: ¡Kostaki ama a Edvige!
      Esta frase me siguió como una amenaza hasta mi cámara, y aun allí
     parecíame que una voz fatal me susurrase al oído: ¡Kostaki ama a Edvige!
     Ahora el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la
     muerte. Hacia las siete de la noche vi a Kostaki atravesar el patio. Se
     volvió para verme, pero me aparté para que no pudiera descubrirme. Estaba
     inquieta, pues por cuanto podía yo ver desde mi ventana, me parecía que él
     iba directamente hacia la caballeriza. Me arriesgué a correr los cerrojos
     de una de las puertas internas de mi cámara y pasar a la cámara vecina,
     desde donde podía ver todo lo que él estaba por hacer. Dirigíase, en
     efecto, hacia la caballeriza, y cuando hubo llegado a ella sacó él mismo
     su caballo favorito, ensillándolo de su propia mano con el cuidado de un
     hombre que da la mayor importancia a cada detalle. Vestía el mismo traje
     que cuando se me apareciera la vez primera, pero no llevaba otra arma que
     el sable. Cuando hubo ensillado el caballo, miró otra vez hacia la ventana
     de mi cámara. No habiéndome visto, saltó sobre la silla, se hizo abrir la
     misma puerta por la que saliera y debía volver su hermano, y se alejó a
     todo galope en dirección del monasterio de Hango. Se me apretó entonces
     terriblemente el corazón; un fatal presentimiento me decía que Kostaki iba
     al encuentro de su hermano. Estuve a la ventana hasta cuando pude
     distinguir el camino que, a un cuarto de legua de distancia del castillo,
     hacía un recodo a la izquierda y se perdía en el comienzo de un bosque.
     Pero la noche se tornaba cada vez más cerrada, y pronto no pude yo
     distinguir más el camino.
      Me quedé todavía.
      Finalmente, la inquietud que me atormentaba renovó, precisamente por
     exceso, mis fuerzas, y pues las primeras noticias, de uno o de otro
     hermano, debían llegarme en la sala inferior, bajé.
      Miré ante todo Smeranda. En la tranquilidad de su rostro advertí que no
     tenía ninguna aprensión; daba órdenes para la acostumbrada cena, y los
     cubiertos de los hermanos estaban en los lugares habituales. No me atreví
     a interrogar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiera podido dirigirme?
     En el castillo ninguno, excepto Kostaki y Gregoriska, hablaban las dos
     lenguas que yo sabía. Me sobresaltaba al mínimo rumor. Por costumbre, nos
     poníamos a la mesa a las nueve.
      Había bajado a la sala a las ocho y media, y seguía con la mirada la
     aguja de los minutos, cuyo avance era casi visible sobre el amplio
     cuadrante del reloj. La viajera aguja transitó la distancia que nos
     separaba del cuarto de hora.
      El cuarto golpeó, y las vibraciones resonaron profundas y tristes; en
     seguida, la aguja continuó su girar silencioso, y la vi recorrer de nuevo
     la distancia con la regularidad y la lentitud de la punta de un compás.
     Algunos minutos antes de dar las nueve parecióme oír el pataleo de un
     caballo en el patio. Lo oyó también Smeranda, y volvió el rostro hacia la
     ventana: pero la noche era demasiado oscura para poder distinguir objeto
     alguno. ¡Oh! Si me hubiera mirado en aquel momento, cuán presto habría
     adivinado lo que pasaba en mi corazón...
      Se había oído el patalear de un solo caballo, y era cosa muy natural,
     pues estaba yo bien segura de que habría regresado un solo caballero.
     ¿Pero cuál? Resonaron algunos pasos en la antecámara; pasos lentos, como
     los de un hombre que camina hesitando: cada uno de ellos me parecía
     transitarme el corazón. La puerta se abrió, y en la oscuridad vi
     delinearse una sombra.
      La sombra se detuvo un instante en la puerta; el corazón se me quedó en
     suspenso. La sombra avanzó, y a medida que entraba en el círculo de la
     luz, recobraba yo el aliento.
      Reconocí a Gregoriska. Algunos momentos más, y el corazón se me quebraba.
     Reconocí a Gregoriska, pero estaba pálido como un cadáver. Con sólo verle
     podíase adivinar que había acontecido algo terrible. "¿Eres tú, Kostaki?",
     preguntó Smeranda. "No, madre mía", contestó Gregoriska con sorda voz.
     "¡Ah, al fin!", dijo ella, "¿y desde cuándo acá toca a vuestra madre
     esperaros?" "Madre mía", dijo Gregoriska mirando la péndola, "apenas son
     las nueve". Y efectivamente en ese mismo momento sonaron las nueve. "Es
     verdad", dijo Smeranda. "¿Dónde está vuestro hermano?
     A pesar mío se presentó en mi mente el pensamiento de que Dios había hecho
     la misma pregunta a Caín. Gregoriska no contestó. "Nadie ha visto hasta
     ahora a Kostaki ?", preguntó Smeranda.
      El vatar, o sea el mayordomo, fue a informarse.
      "Hacia las siete", dijo él de regreso, "el conde ha estado en las
     caballerizas, ha ensillado con propia mano su caballo, y ha partido por el
     camino de Hango".
      En ese instante mis ojos se encontraron con los de Gregoriska. No sé si
     fue realidad o alucinación, pero me pareció notar una gota de sangre en
     medio de su frente. Me llevé lentamente el dedo a la frente indicando el
     punto donde creía yo ver aquella mancha, Gregoriska me comprendió: sacó el
     pañuelo, secándose. "Sí, sí", murmuró Smeranda, "habrá encontrado algún
     lobo u oso, y se habrá entretenido en perseguirlo. He aquí por qué un hijo
     hace esperar a su madre. ¿Dónde le habéis dejado, Gregoriska?" "Madre
     mía", respondió éste con voz conmovida pero firme, "mi hermano y yo no
     hemos salido juntos". "Bien", dijo Smeranda. "Vamos a la mesa, cada uno
     póngase en su lugar, y luego ciérrense las puertas; quien esté afuera,
     dormirá afuera."
      Las dos primeras partes de estas órdenes fueron estrictamente ejecutadas.
     Smeranda se puso en su lugar, Gregoriska se sentó a su diestra, yo a su
     siniestra. Después los servidores salieron para cumplir la tercera parte
     de las órdenes, es decir para cerrar las puertas del castillo. En ese
     momento mismo se escuchó un gran estrépito en el patio, y un servidor
     entró espantado diciendo:
      "Princesa, ha entrado en este instante al patio el caballo del conde
     Kostaki, solo y por entero cubierto de sangre". "¡Oh!", murmuró Smeranda
     levantándose pálida y amenazadora; "de tal modo volvió una noche al
     castillo el caballo de su padre".
      Dirigió una mirada a Gregoriska, no estaba pálido ya, estaba lívido. El
     caballo del conde Koproli, en efecto, había regresado una noche al
     castillo todo manchado de sangre, y una hora después los servidores
     encontraron y trajeron el cuerpo del amo cubierto de heridas. Smeranda
     tomó una antorcha de manos de un criado, acercóse a la puerta y abriéndola
     bajó al patio. El caballo, espantado, era retenido trabajosamente por tres
     o cuatro servidores que hacían toda clase de esfuerzos para
     tranquilizarlo, Smeranda se aproximó al animal, examinó la sangre que
     cubría la silla y vio una herida en su testuz.
      "Kostaki fue muerto de frente", dijo ella, "en duelo, y por un solo
     enemigo. Buscad su cuerpo, hijos míos, más tarde buscaremos al homicida".
      Así como el caballo había entrado por la puerta de Hango, todos los
     servidores se precipitaron afuera por ella, y se vieron sus antorchas
     perderse en la campiña y entrar en lo profundo del bosque, como en una
     hermosa noche de estío se ven centellear las luciérnagas en la llanura de
     Niza o de Pisa.
      Smeranda, como si hubiera estado segura de que la búsqueda no duraría
     mucho, aguardó enhiesta en la puerta. Ni una lágrima humedecía las
     mejillas de aquella madre desolada, sin embargo se veía que la
     desesperación rugía tempestuosa en lo profundo de su corazón... Gregoriska
     estaba detrás de ella, y yo cerca de Gregoriska. Al abandonar la sala,
     pareció querer ofrecerme su brazo, pero no se había atrevido a hacerlo. De
     ahí en cerca de un cuarto de hora se vio aparecer en el recodo del camino
     una antorcha, luego una segunda, una tercera, y finalmente distinguiéronse
     todas. Sólo que ahora, en vez de dispersarse estaban agrupadas en torno a
     un centro común. Ese centro era, como bien pronto se pudo advertir, unas
     parihuelas con un hombre tendido sobre ellas. El fúnebre cortejo avanzaba
     lentamente, pero al cabo de diez minutos, quienes le llevaban se
     descubrieron instintivamente la cabeza, y taciturnos entraron en el patio,
     donde fue depositado el cuerpo. Entonces, con un majestuoso gesto Smeranda
     ordenó se le abriera paso, y acercándose al cadáver puso una rodilla en
     tierra ante él, apartó los cabellos que le formaban un velo sobre el
     rostro, y estuvo contemplándolo largamente, sin derramar una lágrima. Le
     abrió luego la vestimenta moldava y apartóla camisa ensangrentada. La
     herida hallábase en la parte diestra del pecho. Debía haber sido hecha con
     una hoja recta y de dos filos. Recordé haber visto esa mañana misma al a
     costado de Gregoriska el largo cuchillo de caza que servía de bayoneta a
     su carabina. Busqué con los ojos el arma: no estaba ya allí. Smeranda se
     hizo llevar agua, mojó en ella su pañuelo y lavó la llaga. Una sangre pura
     y tibia todavía enrojeció los labios de la herida. El espectáculo que
     tenía bajo los ojos era a un tiempo atroz y sublime. Aquella vasta cámara
     ahumada por las antorchas de resina, aquellos rostros bárbaros, aquellos
     ojos centelleantes de ferocidad, aquellos ropajes singulares, aquella
     madre que, a la vista de la sangre aun cálida, calculaba cuánto tiempo
     hacía que la muerte arrebatara a su hijo, aquel profundo silencio
     interrumpido sólo por los sollozos de los bandidos cuyo jefe era Kostaki,
     todo eso, repito, tenía en sí algo de atroz y de sublime. Smeranda acercó
     sus labios a la frente de su hijo, y se levantó; en seguida, echándose a
     las espaldas las largas trenzas de blancos cabellos que se le había
     desunido:
      "¡Gregoriska!", dijo. Gregoriska se estremeció, sacudió la cabeza y
     saliendo de su atonía: "Madre mía", respondió.
      "Venid aquí, hijo mío, y escuchadme."
      Gregoriska obedeció, temblando, pero obedeció.
      A medida que se aproximaba al cuerpo de Kostaki, la sangre brotaba de la
     herida más abundante y más roja. Afortunadamente Smeranda no miraba más
     hacia aquel lado, pues a la vista de aquella sangre no habría tenido ya
     necesidad de buscar el asesino. "Gregoriska", dijo ella, "bien sé que
     Kostaki y tú no os mirabais con buenos ojos, bien sé que tú eres un
     Waivady por parte de tu padre, y él un Koproli por parte del suyo, pero
     por parte de vuestra madre sois ambos de la sangre de los Brankovan. Sé
     que tú eres un hombre de ciudad occidental y él un hijo de las montañas
     orientales; pero por el seno que os llevó a ambos, sois hermanos.
     ¡Pues bien! Gregoriska, quiero saber si mi hijo será llevado a yacer junto
     a la tumba de su padre sin que haya sido pronunciado el juramento, si yo
     en fin podré llorar tranquila, como mujer, descansando en vos, vale decir
     en un hombre, para el castigo". "Decidme, señora, el nombre del homicida,
     y ordenad; os juro que dentro de una hora, si vos lo exigís, habrá dejado
     de vivir." "¿Juráis so pena de mi maldición, lo habéis entendido, hijo
     mío? ¿Juráis que el asesino morirá, que no dejaréis piedra sobre piedra de
     su casa: que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su prometida
     perecerán por vuestra mano? Juradlo, y, al jurarlo, invocad sobre vos la
     cólera celeste, si faltáis a la sacra promesa. Si faltáis a esta sacra
     promesa, padeceréis la miseria, la execración de los amigos, la maldición
     de vuestra madre."
      Gregoriska extendió la mano sobre el cadáver, y: "¡Juro que el asesino
     morirá", dijo.
      A aquel singular juramento, cuyo verdadero sentido yo sola y el muerto
     quizá podíamos comprender, vi o creí ver cumplirse un horrendo prodigio.
     Los ojos del cadáver se abrieron, se fijaron sobre mi más vivos cual nunca
     los viera, y, como si aquella mirada hubiera sido palpable, sentí
     penetrarme hasta el corazón un hierro candente. No resistí tanto dolor, y
     me desvanecí.
      Cuando recobré los sentidos me encontré acostada sobre el lecho de mi
     cámara: una de las dos mujeres velaba cerca de mí. Pregunté dónde estaba
     Smeranda; me fue contestado que velaba junto al cuerpo de su hijo.
     Pregunté dónde estaba Gregoriska: se me dijo que en el monasterio de
     Hango.
      Ahora no era preciso huir: ¿no había muerto Kostaki? No se debía ya
     hablar de boda, ¿podía yo casarme con el fratricida? Transcurrieron así
     tres días y tres noches en medio de extraños sueños. En la vigilia y en el
     sueño veía siempre aquellos dos ojos vivos en ese rostro de muerto: era
     una visión horrenda. Kostaki debía ser sepultado al tercer día.
      Por la mañana me fue traído de parte de Smeranda un vestido completo de
     viuda. Me lo puse y bajé. La casa parecía vacía, todos estaban en la
     capilla. Me encaminé hacia ella, y al tiempo que trasponía su umbral, vino
     a mi encuentro Smeranda a quien no había visto desde hacia tres días.
      Hubierais dicho que era la imagen del Dolor. Con lento movimiento como el
     de una estatua, posó sobre mi frente sus helados labios, y con voz que
     parecía salir ya de la tumba, pronunció las habituales palabras; ¡Kostaki
     os ama!... No os podéis imaginar el efecto que produjeron en mi aquellas
     palabras. Esa protesta de amor expresada en presente en vez de en pasado,
     que decía os ama, y no ya os amaba; ese amor de ultratumba que venía a
     buscarme en la vida, hizo sobre mi corazón una impresión terrible. Al
     mismo tiempo apoderábase de mí un extraño sentimiento, tal como si fuera
     verdaderamente la mujer de aquel que había muerto, no la prometida del
     vivo. Aquel ataúd me atraía a mi pesar, dolorosamente, como la sierpe
     atrae al pajarillo por ella fascinado.
      Busqué con los ojos a Gregoriska; lo vi pálido y enhiesto contra una
     columna: miraba hacia lo alto. No sé decir si me vio. Los monjes del
     convento de Hango rodeaban el cuerpo cantando salmos del rito griego, a
     veces armoniosos, con frecuencia monótonos. También yo hubiera querido
     orar, pero la plegaria expiraba en mis labios; mi mente estaba tan confusa
     que parecíame antes bien presenciar un consistorio de demonios que una
     reunión de monjes. Cuando fue sacado el cuerpo de allí, quise seguirlo,
     pero desfallecieron mis fuerzas. Sentí doblárseme las piernas, y me apoyé
     en la puerta. Entonces Smeranda se me acercó e hizo una seña a Gregoriska.
     Este se aproximó. Smeranda me habló en moldavo:
      "Mi madre me ordena repetiros palabra por palabra lo que va a decir", me
     expresó Gregoriska.
      Smeranda habló de nuevo; cuando hubo terminado:
      "He aquí las palabras de mi madre", dijo él: "Lloráis a mi hijo, Edvige,
     vos le amabais, ¿verdad? Os agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de
     ahora en adelante tenéis una patria, una madre, una familia. Derramemos
     las muchas lágrimas debidas a los muertos, luego seamos de nuevo dignas
     ambas de aquel que ya no es... ¡yo su madre, vos su mujer! Adiós, tornad a
     vuestra cámara; yo acompañaré a mi hijo hasta su última morada; cuando
     regrese, me encerraré en mi estancia con mi dolor, y me volveréis a ver
     sólo cuando lo haya vencido; estad tranquila, mataré este dolor, porque no
     quiero que me mate a mí".
      A estas palabras de Smeranda, traducidas por Gregoriska, no pude
     responder sino con un gemido. Subí a mi cámara: el fúnebre cortejo se
     alejó, y lo vi desaparecer en el ángulo del camino. El convento de Hango
     estaba a sólo media legua de distancia del castillo en línea recta; pero
     los obstáculos del suelo hacían dar muchas vueltas al camino, de modo que
     se empleaban dos horas en recorrer aquel espacio. Era el mes de noviembre.
     Las jornadas habíanse tornado frías y breves, y a las cinco ya era noche
     oscura. Hacia las siete vi reaparecer las antorchas; el cortejo fúnebre
     había regresado. El cadáver reposaba en la tumba de sus padres; todo
     estaba concluido.
      Os dije ya en qué singular pesadilla vivía presa luego del fatal suceso
     que nos sumergiera a todos en el duelo, y sobre todo después que viera
     reabrirse y fijarse sobre mí los ojos cerrados del muerto. La noche que
     siguió, oprimida por las emociones experimentadas durante el día, estaba
     aún más triste. Escuchaba sonar todas las horas del reloj del castillo, y
     a medida que el tiempo fugitivo me acercaba al momento en que había muerto
     Kostaki, sentíame cada vez más desconsolada. Sonaron las nueve menos
     cuarto. Entonces se apoderó de mí una extraña sensación. Me corría por
     todo el cuerpo un terror, un estremecimiento que me helaba; luego una
     especie de sueño invencible entorpecía mis sentidos, oprimíame el pecho, y
     me velaba los ojos. Tendí el brazo y fui a caer de espaldas sobre el
     lecho. Sin embargo no había perdido totalmente los sentidos como para que
     no pudiera oír como unos pasos acercándose a mi puerta, después me pareció
     abrirse la puerta, en seguida no vi ni escuché más nada. Sólo sentí un
     vivo dolor en el cuello. Luego de lo cual caí en profundo letargo.
      Me desperté a medianoche; mi lámpara ardía aún; intenté levantarme, pero
     estaba tan débil que hube de repetir la tentativa dos veces. Finalmente
     logré superar mi debilidad, y como despierta sentía en el cuello el mismo
     dolor que experimentara en el sueño, me arrastré, apoyándome en el muro,
     hasta el espejo, y miré. Algo que semejaba la punzadura de un alfiler
     marcaba la arteria de mi cuello. Creí que algún insecto me hubiera picado
     durante el sueño, y como me sentía abatida por la extenuación, me acosté
     de nuevo y me dormí. A la mañana me desperté como de costumbre; pero
     entonces sentí una tal debilidad como la experimentara sólo una vez en mi
     vida, a la mañana siguiente de un día en que fuera sangrada. Me miré en el
     espejo, y me sorprendí de mi extraordinaria palidez. La jornada
     transcurrió triste y oscura; experimentaba yo una cosa singular; cuando me
     encontraba en un lugar sentía necesidad de quedarme allí: cualquier cambio
     de posición me fatigaba.
      Llegada la noche, me trajeron la lámpara; mis mujeres, según podía yo
     comprender por sus gestos, se ofrecieron a quedarse conmigo. Se lo
     agradecí y salieron. A la misma hora que la noche precedente experimenté
     los mismos síntomas. Quise levantarme entonces y pedir ayuda; pero no pude
     llegar a la salida. Oí vagamente dar las nueve menos cuarto; los pasos
     resonaron, abrióse la puerta, pero yo no veía ni escuchaba nada, y, como
     la noche anterior, caí de espaldas sobre el lecho. Como el día anterior
     experimenté un dolor en el mismo sitio. Como el día anterior me desperté a
     medianoche; pero más pálida y más débil aún. Al día siguiente renovóse la
     horrible pesadilla.
      Estaba decidida a bajar a la estancia de Smeranda por muy débil que me
     sintiera, cuando entró en la cámara una de mis mujeres y pronunció el
     nombre de Gregoriska. El joven la seguía. Intenté levantarme para
     recibirle; pero volví a caer en mi sillón. El dio un grito al verme, y
     quiso lanzarse hacia mí; pero tuve la fuerza de tender el brazo hacia él.
      "¿Qué venís a hacer aquí?, le pregunté. "¡Ay!", dijo él; "¡venía a
     deciros adiós! A deciros que abandono este mundo que me es insoportable
     sin vuestro amor y vuestra presencia; a anunciaros que me retiro al
     monasterio de Hango". "Gregoriska", le respondí, "estáis privado de mi
     presencias, pero no de mi amor. ¡Ay! Os amo siempre, y mi mayor pena es
     que este amor sea en adelante casi un delito". "Entonces, ¿puedo esperar
     que rogaréis por mí, Edvige? "Sí, pero no lo podré hacer por largo
     tiempo", repliqué yo con una sonrisa. "¿Por qué no? Pero en verdad os veo
     muy abatida, Decidme, ¿qué tenéis? ¿Por qué tan pálida?" "Porque... Dios
     tiene ciertamente piedad de mí, y a él me llama."
      Gregoriska se me acercó, tomóme una mano que no tuve fuerza de
     sustraerle, mirándome fijo al rostro: "Esa palidez no es natural. Edvige"
     me dijo; "¿cuál es la causa?" "Si os la dijera, Gregoriska, creeríais que
     estoy loca." "No, no, hablad, Edvige, os lo suplico; estamos en un país
     que no se parece a ningún otro país, en una familia que no se asemeja a
     ninguna otra familia. Decidme, decídmelo todo, os lo encarezco."
      Se lo narré todo: la extraña alucinación que me poseía a la hora en que
     Kostaki debió morir; ese terror, ese letargo, ese frío glacial, esa
     postración que me hacía caer de espaldas sobre el lecho, ese ruido de
     pasos que me parecía oír, esa puerta que creía ver abrirse, y finalmente
     ese agudo dolor en el cuello seguido de una palidez y de una debilidad
     siempre crecientes. Creía yo que mi relato parecería a Gregoriska un
     comienzo de locura, y lo terminaba con una cierta timidez, cuando por el
     contrario advertí que me prestaba gran atención.
      Cuando hube terminado de hablar, Gregoriska reflexionó un instante. "¿De
     manera —preguntó él— que os dormís cada noche a las nueve menos cuarto?"
     "Sí, por muchos que sean los esfuerzos que hago para resistir al sueño."
     "¿Y a esa misma hora creéis ver abrirse la puerta?" "Sí, aunque eche el
     cerrojo." ¿Y luego experimentáis un agudo dolor en el cuello?" "Sí, aunque
     sea apenas visible la señal de la herida". ¿Me permitís ver?" Doblé la
     cabeza hacia atrás. Examinó él la cicatriz. "Edvige —dijo Gregoriska
     después de un momento de reflexión—, ¿tenéis confianza en mí?" "¿Me lo
     preguntáis?", contesté. "¿Creéis en mi palabra?" "Como creo en el
     Evangelio." "¡Bien! Edvige, por mi fe, os juro que no tenéis ocho días de
     vida, si no consentís hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros." "¿Y si
     consiento?" "Si consentís, quizás os salvéis." "¿Quizás? Él se calló.
     "Suceda lo que fuere, Gregoriska", continué diciendo yo "haré cuanto me
     ordenéis hacer". "Escuchad entonces", dijo él. "y ante todo no os
     espantéis. En vuestro país, como en Hungría y en nuestra Rumania, existe
     una tradición". Temblé "porque esa tradición ya había vuelto a mi
     memoria". "¡Ah! ¿Sabéis lo que quiero decir?" "Sí", contesté, "en Polonia
     vi algunas personas padecer el horrendo hecho". "Queréis hablar del
     vampiro, ¿no es verdad?" "Sí, niña aún, me sucedió ver desenterrar en el
     cementerio de una aldea perteneciente a mi padre cuarenta personas muertas
     en quince días, sin que se hubiera podido en ninguna ocasión acertar con
     la causa de su muerte. Diecisiete de esos cadáveres expusieron todos los
     signos de vampirismo, es decir fueron encontrados frescos como si hubieran
     estado vivos; los otros eran sus víctimas". "¿Y qué se hizo para liberar
     de eso a la región?" "Se les clavó un palo en el corazón, y luego los
     quemaron." "Sí, así se acostumbra hacer; pero para nosotros eso no basta.
     Para libraros de vuestro fantasma antes quiero conocerlo, y ¡por Dios! lo
     conoceré. Sí, y si es preciso, lucharé cuerpo a cuerpo con él, quienquiera
     fuere." "¡Oh, Gregoriska!", exclamé espantada. Dijo: "Quienquiera que
     fuere", lo repito. Mas para llevar a buen fin esta terrible aventura, es
     necesario que consintáis en hacer todo lo que os exigiré." "Decid." "Estad
     pronta a las siete. Descended a la capilla, pero descended sola; es
     necesario que venzáis a toda costa vuestra debilidad, Edvige. Allí
     recibiremos la bendición nupcial. Consentídmelo, amada mía: para velar por
     ti. Luego subiremos de nuevo a esta cámara, y entonces veremos." "¡Oh!
     Gregoriska", exclamé, "¡si es él, os matará!" "No temáis, amada Edvige.
     Consentid solamente." "Sabéis bien que haré todo lo que queráis,
     Gregoriska." "Entonces, hasta luego a la noche." "Sí, haced lo que creáis
     más oportuno, y os secundaré yo cuanto mejor pueda; adiós."
      Se fue. Un cuarto de hora después vi a un caballero precipitarse a toda
     carrera por el camino del monasterio; era él.
       Apenas le hube perdido de vista, caí de rodillas y oré, oré como ya no
     se reza en vuestras tierras sin fe, y aguardé a las siete, ofreciendo a
     Dios y a los santos el holocausto de mis pensamientos; no me levanté sino
     al sonar las siete. Estaba débil como una moribunda, pálida como una
     muerta. Me eché sobre la cabeza un gran velo negro, descendí la escalera,
     apoyándome en el muro, y me dirigí a la capilla sin encontrar a nadie.
      Gregoriska me esperaba con el padre Basilio, prior del monasterio de
     Hango. Ceñía una espada santa, reliquia de un antiguo cruzado que
     asistiera a la toma de Constantinopla con Ville-Hardouin y Baldouin de
     Flandes. "Edvige", dijo él golpeando con la mano su espada, "con la ayuda
     de Dios, ésta romperá el encantamiento que amenaza vuestra vida. Acercaos
     pues resueltamente; este santo hombre, que ya ha recibido mi confesión,
     recibirá nuestros juramentos".
      Comenzó la ceremonia; quizá nunca otra fue más sencilla y a un tiempo más
     solemne. Nadie asistía al monje; él mismo nos puso sobre la cabeza las
     coronas nupciales. Vestidos ambos de luto, giramos en torno al altar con
     un cirio en la mano; luego el monje, tras de pronunciar las sacras
     palabras, agregó: "Idos ahora, hijos míos, y el Señor os dé fuerza y valor
     para luchar contra el enemigo del humano género. Armados de vuestra
     inocencia y defendidos por Su justicia, venceréis al demonio. Id, y
     benditos seáis".
      Besamos los libros santos y salimos de la capilla. Entonces por vez
     primera me apoyé en el brazo de Gregoriska, y parecióme que al contacto de
     aquel fuerte brazo, de aquel noble corazón, volvía a mis venas la vida.
     Estaba segura del triunfo, porque Gregoriska estaba conmigo; subimos a mi
     cámara. Sonaban las ocho y media.
      "Edvige", me dijo entonces Gregoriska "no tenemos tiempo que perder.
     ¿Quieres dormir, como de costumbre, para que todo suceda durante tu sueño,
     o bien permanecer desvelada y verlo todo?" "Junto a ti nada temo: quiero
     permanecer despierta y verlo todo."
      Gregoriska extrajo de su pecho un boj bendito, húmedo aún de agua santa,
     y me lo dio: "Toma entonces esta ramita", me dijo, "acuéstate en tu lecho,
     recita las preces de la Virgen y aguarda sin temor. Dios está con
     nosotros. Cuida ante todo de no dejar caer la ramita; con ella podrás
     ordenar aun en el infierno. No me llames, no des ningún grito; reza,
     confía y aguarda".
      Me acosté en el lecho. Crucé las manos sobre el seno, y puse sobre él la
     ramita bendecida. Gregoriska ocultóse tras del trono de que ya os hablé.
     Contaba yo los minutos, y de seguro mi esposo hacía lo mismo. Sonaron los
     tres cuartos. Vibraba aún el tañir del martillo, cuando me sentí presa del
     mismo entorpecimiento, del mismo terror y del mismo frío glacial de los
     días precedentes; acerqué a mis labios la rama bendita, y aquella primera
     sensación se desvaneció. Oí entonces muy claro el ruido de aquel conocido
     paso lento y medido que subía los peldaños de la escalera, y se aproximaba
     a la puerta. Luego la puerta se abrió despaciosamente, sin ruido, como
     empujada por sobrenatural fuerza, y entonces...
      La voz se apagó a medias, casi sofocada en la garganta de la narradora.
      Y entonces, continuó haciendo un esfuerzo, vi a Kostaki, pálido como se
     me apareciera en las parihuelas; los largos cabellos negros, cayéndole
     sobre las espaldas, goteaban sangre; vestía como de costumbre, pero tenía
     descubierto el pecho y dejaba ver su sangrante herida. Todo estaba muerto,
     todo era cadáver...carne, ropas, porte... solamente los ojos, aquellos
     terribles ojos, estaban vivos.
      Ante aquella aparición, ¡extraño es decirlo!, en vez de sentir
     duplicárseme el espanto, sentí crecerme el valor. Dios me lo enviaba de
     seguro para decidir mi situación y defenderme del infierno. Al primer paso
     que el espectro dio hacia mi lecho, le clavé intrépidamente los ojos en el
     rostro y le presenté la rama bendita. El espectro intentó avanzar, pero un
     poder más fuerte que él lo retuvo en el sitio. Se detuvo. "¡Oh", murmuró;
     "ella no duerme, lo sabe todo". Pronunció él estas palabras en lengua
     moldava, y sin embargo las comprendí yo como si hubieran sido pronunciadas
     en lengua por mí sabida.
      Estábamos así uno frente al otro, el fantasma y yo, sin que pudiera
     apartar mis miradas de las suyas, cuando con el rabillo del ojo vi a
     Gregoriska salir detrás del baldaquino, semejante al ángel exterminador y
     con la espada en el puño. Se hizo la señal de la cruz con la mano
     siniestra, y avanzó lentamente con la espada tendida vuelta hacia el
     fantasma; éste, al ver al hermano, desenvainó también el sable soltando
     una horrible carcajada; pero apenas su sable tocó el hierro bendito, el
     brazo le cayó inerte junto al cuerpo. Kostaki exhaló un suspiro de rabia y
     desesperación. "¿Qué quieres de mí?", preguntó al hermano. "En nombre del
     Dios verdadero y viviente", dijo Gregoriska, "conjúrote a que respondas."
     "Habla", dijo el espectro rechinando los dientes. "¿Te he tendido yo una
     emboscada?" "No." "¿Te he asaltado yo?" "No." "Te he herido yo?" "No." "Te
     arrojaste tú mismo sobre mi espada y tú mismo corriste al encuentro de la
     muerte. Luego, ante Dios y los hombres no soy culpable yo del delito de
     fratricidio; luego no has recibido una misión divina sino infernal; luego
     has salido de tu tumba no como una sombra santa sino como un espectro
     maldito, y volverás a tu tumba." "¡Con ella, sí!", exclamó Kostaki
     haciendo un supremo esfuerzo para apoderarse de mí. "¡Volverás allá
     solo!", exclamó a su vez Gregoriska; "esta mujer me pertenece".
      Y al pronunciar tales palabras tocó con la punta del hierro bendito la
     llega viva. Kostaki exhaló un grito como si le hubiera tocado una espada
     de fuego y, llevándose una mano al pecho, dio un paso atrás. Al mismo
     tiempo, Gregoriska, con un movimiento que parecía coordinado con el del
     hermano, dio un paso adelante; entonces, con los ojos fijos en los ojos
     del muerto, con la espada contra el pecho de su hermano, comenzó una
     marcha lenta, terrible, solemne. Era algo semejante al pasaje de don Juan
     y el comendador; el espectro retrocedía bajo la presión de la sacra
     espada, bajo la voluntad irresistible del campeón de Dios, que lo seguía
     paso a paso, sin pronunciar una palabra, ambos anhelantes, ambos lívidos
     del rostro, el vivo arrojando al muerto y obligándolo a abandonar el
     castillo, su anterior morada, para volver a la tumba, su morada futura...
     Os lo aseguro, a fe mía, ¡era cosa horrenda de verse! Y sin embargo, yo
     misma, movida por una fuerza superior, invisible, desconocida, sin saber
     lo que hacía, me levanté y los seguí. Bajamos la escalera, iluminados sólo
     por las ardientes pupilas de Kostaki. Atravesamos la galería y el patio, y
     luego traspusimos la puerta siempre con el mismo paso medido, el espectro
     retrocediendo, Gregoriska con el brazo tendido, yo detrás de ellos.
       Esta marcha fantástica duró una hora, pues era necesario volver el
     cadáver a su tumba; pero en vez de seguir el camino acostumbrado, Kostaki
     y Gregoriska atravesaron el terreno en línea recta, cuidándose poco de los
     obstáculos, que para ellos ya no existían; ante ellos el suelo se
     allanaba, los torrentes se secaban, los árboles se apartaban, las rocas se
     abrían. El mismo milagro se operaba para mí: sólo que el cielo me parecía
     todo cubierto de un negro velo, las lunas y las estrellas habían
     desaparecido y en medio de las tinieblas sólo veía resplandecer los ojos
     llameantes del vampiro. Llegamos de tal modo a Hango y pasamos a través
     del seto vivo de madroños que servía de cerco al cementerio. Apenas
     entrada, distinguí entre las sombras la tumba de Kostaki, junto a la de su
     padre, no sabía que estuviera allí y sin embargo la reconocí. Nada me era
     desconocido en aquella noche.
      Gregoriska se detuvo al borde de la fosa abierta. "Kostaki", dijo él,
     "aun no está todo terminado para ti, y una voz del cielo me avisa que se
     puede ser concebido el perdón si te arrepientes; ¿prometes retornar a la
     tumba?, ¿no salir de ella más?, ¿consagrar a Dios el culto que consagraste
     al infierno?". "¡No!", respondió Kostaki. "¿Te arrepientes?", preguntó
     Gregoriska. "¡No!" "Por última vez, ¿te arrepientes?" "¡No!" "Por última
     vez, ¿te arrepientes?" "¡Bien!" invoca la ayuda de Satanás, como invoco yo
     la de Dios, y veremos quién saldrá esta vez aún victorioso."
       Resonaron simultáneamente dos gritos; los hierros se cruzaron
     despidiendo centellas, y la lucha duró un minuto que me pareció un siglo.
     Kostaki cayó; vi alzarse la terrible espada de su hermano, introducírsela
     en el cuerpo, y clavar ese cuerpo sobre la tierra recién removida. Un
     último grito que nada tenía de humano se alzó por el aire. Acudí:
     Gregoriska estaba en pie, pero vacilante. Le di apoyo con mis brazos.
       "¿Estás herido?", le pregunté ansiosamente. "No", me respondió, "pero en
     tal duelo, querida Edvige, la lucha, no la herida, mata. He luchado con la
     muerte, y a ella pertenezco". "Amigo, amigo", exclamé, "aléjate de aquí y
     acaso vuelvas a la vida". "No, ésta es mi tumba, Edvige, pero no perdamos
     tiempo; toma un poco de esta tierra impregnada de su sangre y aplícala a
     la mordedura que te hizo; es el único medio que puede preservarte en el
     porvenir de su horrendo amor."
      Obedecí temblando. Me incliné para recoger aquella tierra sanguinosa, y
     al doblarme vi el cadáver clavado al suelo: la espada bendita le
     atravesaba el corazón, y una sangre oscura le brotaba abundante de la
     herida, como si hubiera muerto en aquel momento.
      Amasé un poco de tierra con la sangre, y apliqué a mi herida el espantoso
     talismán. "Ahora, mi adorada Edvige", dijo Gregoriska con voz semiapagada,
     "escucha bien mi último consejo. Abandona el país apenas te sea posible.
     Sólo la distancia es una seguridad para ti. El padre Basilio recibió hoy
     mi suprema voluntad y la cumplirá. "Edvige, un beso! ¡El último, el único
     beso! ¡Edvige, me muero!" Y así diciendo, Gregoriska cayó junto al
     hermano.
      En cualquier otra circunstancia, en medio de aquel cementerio, cerca de
     aquella tumba abierta, con aquellos dos cadáveres yaciendo uno junto al
     otro, hubiera enloquecido; pero como dije ya, Dios me había inspirado una
     fuerza igual a los acontecimientos, de los que él me hacía no sólo testigo
     sino también actriz. Mientras miraba a mi alrededor en busca de ayuda, vi
     abrirse la puerta del monasterio y avanzar los monjes de a dos conducidos
     por el padre Basilio, llevando cirios ardientes y cantando las preces de
     difuntos. El padre Basilio había llegado hacía poco al convento, y
     previendo lo sucedido, dirigíase al cementerio con toda la congregación.
     Me encontró viva cerca de los dos muertos. Una última convulsión había
     retorcido el rostro de Kostaki; Gregoriska en cambio estaba tranquilo y
     casi sonriente. Fue sepultado, como lo deseara él, junto al hermano, el
     cristiano junto al maldito. Smeranda, cuando tuvo noticia de la nueva
     desdicha, quiso verme, fue a buscarme al convento de Hango, y supo de mis
     labios cuanto había acontecido en aquella tremenda noche.
      Le referí todos los detalles de la fantástica historia, pero ella me
     escuchó, como ya me escuchara Gregoriska, sin mostrar estupor ni espanto.
     "Edvige", me contestó ella después de un instante de silencio, "por muy
     extraño que sea lo que me habéis narrado, dijisteis sólo la verdad. La
     estirpe de los Brankovan está maldita hasta la tercera y cuarta
     generación, porque un Brankovan mató a un sacerdote. El término de la
     maldición ha llegado, pues vos, aunque esposa, sois virgen, y en mí se
     extingue el linaje. Si mi hijo os ha dejado en herencia un millón,
     tomadlo. Después de mi muerte, salvo los píos legados que tengo la
     intención de hacer, recibiréis el resto de mis bienes. Y ahora seguid el
     consejo de vuestro esposo. Volveos lo más presto que podáis a aquellas
     tierras donde Dios no permite se cumplan tan horrendos prodigios. No
     necesito de nadie para llorar conmigo a mis hijos. Mi dolor quiere
     soledad. Adiós, no me tengáis ya en cuenta. Mi suerte futura me pertenece
     a mí sola y a Dios".
      Y luego de besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a
     encerrarse en el castillo de Brankovan.
      Ocho días después partí para Francia. Como lo esperara Gregoriska, mis
     noches no fueran turbadas ya por el terrible fantasma. Restablecióse mi
     salud, y de aquel suceso no me quedó otro recuerdo fuera de esta palidez
     mortal que suele acompañar hasta la tumba a toda humana criatura que haya
     sufrido el beso de un vampiro.

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