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AIRE FRIO

Escrito por imagenes 07-02-2010 en General. Comentarios (0)

 

 

HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT

AIRE FRIO

 

Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué

tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y

repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día

otoñal. Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo hacen al

mal olor, y soy el último en negar esta impresión. Lo que haré está relacionado

con el más horrible hecho con que nunca me encontré, y dejo a tu juicio si ésta

es o no una explicación congruente de mi peculiaridad.

Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la

oscuridad, el silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media

tarde, en el estrépito de la metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar

albergue con una patrona prosaica y dos hombres fornidos a mi lado. En la

primavera de 1923 había adquirido un almacén de trabajo lúgubre e

desaprovechado en la ciudad de Nueva York; y siendo incapaz de pagar un

alquiler nada considerable, comencé a caminar a la deriva desde una pensión

barata a otra en busca de una habitación que me permitiera combinar las

cualidades de una higiene decente, mobiliario tolerable, y un muy razonable

precio. Pronto entendí que sólo tenía una elección entre varias, pero después de

un tiempo encontré una casa en la Calle Decimocuarta Oeste que me asqueaba

mucho menos que las demás que había probado.

El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a

finales de los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que

manchaba y mancillaba el esplendor descendiendo de altos niveles de opulento

buen gusto. En las habitaciones, grandes y altas, y decoradas con un papel

imposible y ridículamente adornadas con cornisas de escayola, se consumía un

deprimente moho y un asomo de oscuro arte culinario; pero los suelos estaban

limpios, la lencería tolerablemente bien, y el agua caliente no demasiado

frecuentemente fría o desconectada, así que llegué a considerarlo, al menos, un

sitio soportable para hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de nuevo.

La casera, una desaliñada, casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me

molestaba con chismes o con críticas de la última lámpara eléctrica achicharrada

en mi habitación del tercer piso frente al vestíbulo; y mis compañeros inquilinos

eran tan silenciosos y poco comunicativos como uno pudiera desear, siendo

mayoritariamente hispanos de grado tosco y crudo. Solamente el estrépito de

los coches en la calle de debajo resultaban una seria molestia.

Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño.

Un anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de

que había estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo.

Mirando alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente la

mojadura procedía de una esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por detener

el asunto en su origen, corrí al sótano a decírselo a la casera; y me aseguró que

el problema sería rápidamente solucionado.

El Doctor Muñoz, lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de

, tiene arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse - cada

vez está más enfermo - pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su enfermedad -

todo el día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en calor. Se hace sus

propias faenas - su pequeña habitación está llena de botellas y máquinas, y no ejerce

como médico. Pero una vez fue bueno - mi padre en Barcelona oyó hablar de él - y tan

sólo le curó el brazo al fontanero que se hizo daño hace poco. Nunca sale, solamente al

tejado, y mi hijo Esteban le trae comida y ropa limpia, y medicinas y productos

químicos. ¡Dios mío, el amoniaco que usa para mantenerse frío!

La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi

habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había

manchado y abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera sobre

mí. Nunca había oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de un

mecanismo a gasolina; puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me

pregunté por un momento cuál podría ser la extraña aflicción de este hombre, y

si su obstinado rechazo a una ayuda externa no era el resultado de una

excentricidad más bien infundada. Hay, reflexioné trivialmente, un infinito

patetismo en la situación de una persona eminente venida a menos en este

mundo.

Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que

súbitamente me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación

escribiendo. Lo médicos me habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía

que no había tiempo que perder; así, recordando que la casera me había dicho

sobre la ayuda del operario lesionado, me arrastré escaleras arriba y llamé

débilmente a la puerta encima de la mía. Mi golpe fue contestado en un inglés

correcto por una voz inquisitiva a cierta distancia, preguntando mi nombre y

profesión; y cuando dichas cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta

contigua a la que yo había llamado.

Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más

calurosos del presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando en

un gran aposento el cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en este

nido de mugre y de aspecto raído. Un sofá cama ahora cumpliendo su función

diurna de sofá, y los muebles de caoba, fastuosas colgaduras, antiguos cuadros,

y librerías repletas revelaban el estudio de un gentilhombre más que un

dormitorio de pensión. Ahora vi que el vestíbulo de la habitación sobre la mía -

la "pequeña habitación" de botellas y máquinas que la Sra. Herrero había

mencionado - era simplemente el laboratorio del doctor; y de esta manera, su

dormitorio permanecía en la espaciosa habitación contigua, cuya cómoda

alcoba y gran baño adyacente le permitían camuflar el tocador y los

evidentemente útiles aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda alguna, era un hombre

de edad, cultura y distinción.

La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía

un atavío formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque

sin expresión altiva, estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos

anticuados espejuelos protegían su ojos oscuros y penetrantes, una nariz

aquilina que daba un toque árabe a una fisonomía por otra parte Celta. Un

abundante y bien cortado cabello, que anunciaba puntuales visitas al

peluquero, estaba airosamente dividido encima de la alta frente; y el retrato

completo denotaba un golpe de inteligencia y linaje y crianza superior.

A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío,

sentí una repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su

pálido semblante y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para

este sentimiento, incluso estas cosas habrían sido excusables considerando la

conocida invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que

me alienaba; de tal modo el frío era anormal en un día tan caluroso, y lo

anormal siempre despierta la aversión, desconfianza y miedo.

Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita

habilidad del médico que de inmediato se manifestó, a pesar del frío y el estado

tembloroso de sus manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una

mirada, y las atendió con destreza magistral; al mismo tiempo que me

reconfortaba con una voz de fina modulación, si bien curiosamente cavernosa y

hueca que era el más amargo enemigo del alma, y había hundido su fortuna y

perdido todos sus amigos en una vida consagrada a extravagantes

experimentos para su desconcierto y extirpación. Algo de fanático benevolente

parecía residir en él, y divagaba apenas mientras sondeaba mi pecho y

mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del pequeño laboratorio.

Evidentemente me encontraba en compañía de un hombre de buena cuna, una

novedad excepcional en este ambiente sórdido, y se animaba en un inusual

discurso como si recuerdos de días mejores surgieran de él.

Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender como

respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer mis

pensamientos de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo

su consuelo cuidadoso sobre mi corazón débil insistiendo en que la voluntad y

la sabiduría hacen fuerte a un órgano para vivir, podía a través de una mejora

científica de esas cualidades, una clase de brío nervioso a pesar de los daños

más graves, defectos, incluso la falta de energía en órganos específicos. Podía

algún día, dijo medio en broma, enseñarme a vivir - o al menos a poseer algún

tipo de existencia consciente - ¡sin tener corazón en absoluto!. Por su parte,

estaba afligido con unas enfermedades complicadas que requerían una muy

acertada conducta que incluía un frío constante. Cualquier subida de la

temperatura señalada podría, si se prolongaba, afectarle fatalmente; y la

frialdad de su habitación - alrededor de 55 ó 56 grados Fahrenheit - era

mantenida por un sistema de absorción de amoníaco frío, y el motor de gasolina

de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi habitación.

Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío

lugar como discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le

pagaba con frecuentes visitas; escuchando mientras me contaba investigaciones

secretas y los más o menos terribles resultados, y temblaba un poco cuando

examinaba los singulares y curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes.

Finalmente fui, puedo añadir, curado del todo de mi afección por sus hábiles

servicios. Parecía no desdeñar los conjuros de los medievalistas, dado que creía

que esas fórmulas enigmáticas contenían raros estímulos psicológicos que,

concebiblemente, podían tener efectos sobre la esencia de un sistema nervioso

del cuál partían los pulsos orgánicos. Había conocido por su influencia al

anciano Dr. Torres de Valencia, quién había compartido sus primeros

experimentos y le había orientado a través de las grandes afecciones de

dieciocho años atrás, de dónde procedían sus desarreglos presentes. No hacía

mucho el venerable practicante había salvado a su colega de sucumbir al hosco

enemigo contra el que había luchado. Quizás la tensión había sido demasiado

grande; el Dr. Muñoz lo hacía susurrando claro, aunque no con detalle - que los

métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios, aunque envolvía

escenas y procesos no bienvenidos por los galenos ancianos y conservadores.

Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta

pero inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había

insinuado. El aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era

hueca y poco clara, su movimiento muscular tenía menos coordinación, y su

mente y determinación menos elástica y ambiciosa. A pesar de este triste

cambio no parecía ignorante, y poco a poco su expresión y conversación

emplearon una ironía atroz que me restituyó algo de la sutil repulsión que

originalmente había sentido.

Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias exóticas

y el incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de un faraón

sepultado en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda

de aire frío, y con mi ayuda amplió la conducción de amoníaco de su habitación

y modificó la bomba y la alimentación de su máquina refrigerante hasta poder

mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados, y finalmente incluso en

28 grados; el baño y el laboratorio, por supuesto, eran los menos fríos, a fin de

que el agua no se congelase, y ese proceso químico no lo podría impedir. El

vecino de al lado se quejaba del aire gélido de la puerta contigua, así que le

ayudé a acondicionar unas pesadas cortinas para obviar el problema. Una

especie de creciente temor, de forma estrafalaria y mórbida, parecía poseerle.

Hablaba incesantemente de la muerte, pero reía huecamente cuando cosas tales

como entierro o funeral eran sugeridas gentilmente.

Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar de

eso, en mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los extraños

que le rodeaban, y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y atender

sus necesidades diarias, embutido en un abrigo amplio que me compré

especialmente para tal fin. Asimismo hice muchas de sus compras, y me quedé

boquiabierto de confusión ante algunos de los productos químicos que pidió de

farmacéuticos y casas suministradoras de laboratorios.

Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de

su apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el

aroma en su habitación era peor - a pesar de las especias y el incienso, y los

acres productos químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en

tomar sin ayuda. Percibí que debía estar relacionado con su dolencia, y me

estremecía cuando reflexioné sobre que dolencia podía ser. La Sra. Herrero se

apartaba cuando se encontraba con él, y me lo dejaba sin reservas a mí; incluso

no autorizaba a su hijo Esteban a continuar haciendo los recados para él.

Cuándo sugería otros médicos, el paciente se encolerizaba de tal manera que

parecía no atreverse a alcanzar. Evidentemente temía los efectos físicos de una

emoción violenta, aún cuando su determinación y fuerza motriz aumentaban

más que decrecía, y rehusaba ser confinado en su cama. La dejadez de los

primeros días de su enfermedad dio paso a un brioso retorno a su objetivo, así

que parecía arrojar un reto al demonio de la muerte como si le agarrase un

antiguo enemigo. El hábito del almuerzo, curiosamente siempre de etiqueta, lo

abandonó virtualmente; y sólo un poder mental parecía preservarlo de un

derrumbamiento total.

Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza,

los cuáles sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después

de su muerte, transmitió a ciertas personas que nombró - en su mayor parte de

las Indias Orientales, incluyendo a un celebrado médico francés que en estos

momentos supongo muerto, y sobre el cuál se había murmurado las cosas más

inconcebibles. Por casualidad, quemé todos esos escritos sin entregar y

cerrados. Su aspecto y voz llegaron a ser absolutamente aterradores, y su

presencia apenas soportable. Un día de septiembre con un solo vistazo, indujo

un ataque epiléptico a un hombre que había venido a reparar su lámpara

eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál recetó eficazmente mientras se

mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño que parezca, había pasado

por los horrores de la Gran Guerra sin haber sufrido ningún temor.

Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa

brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora se

rompió, de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación

refrigerante de amoníaco. El Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y trabajé

desesperadamente para reparar el daño mientras mi patrón maldecía en tono

inánime, rechinando cavernosamente más allá de cualquier descripción. Mis

esfuerzos aficionados, no obstante, confirmaron el daño; y cuando hube traído

un mecánico de un garaje nocturno cercano, nos enteramos de que nada se

podría hacer hasta la mañana siguiente, cuando se obtuviese un nuevo pistón.

El moribundo ermitaño estaba furioso y alarmado, hinchado hasta

proporciones grotescas, parecía que se iba a hacer pedazos lo que quedaba de

su endeble constitución, y de vez en cuando un espasmo le causaba chasquidos

de las manos a los ojos y corría al baño. Buscaba a tientas el camino con la cara

vendada ajustadamente, y nunca vi sus ojos de nuevo.

La frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la

mañana el doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el

hielo que pudiese obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía

de mis viajes, a veces desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada

del baño, dentro podía oír un chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la

orden de "¡Más, más!". Lentamente rompió un caluroso día, y las tiendas

abrieron una a una. Pedí a Esteban que me ayudase a traer el hielo mientras yo

conseguía el pistón de la bomba, o conseguía el pistón mientras yo continuaba

con el hielo; pero aleccionado por su madre, se negó totalmente.

Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de

la Octava Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una

pequeña tienda donde le presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de

encontrar un pistón de bomba y contratar a un operario competente para

instalarlo. La tarea parecía interminable, y me enfurecía tanto o más

violentamente que el ermitaño cuando vi pasar las horas en un suspiro, dando

vueltas a vanas llamadas telefónicas, y en búsquedas frenéticas de sitio en sitio,

aquí y allá en metro y en coche. Sobre el mediodía encontré una casa de

suministros adecuada en el centro, y a la 1:30, aproximadamente, llegué a mi

albergue con la parafernalia necesaria y dos mecánicos robustos e inteligentes.

Había hecho todo lo que había podido, y esperaba llegar a tiempo.

Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa estaba en una

agitación completa, y por encima de una cháchara de voces aterrorizadas oí a

un hombre rezar en tono intenso. Había algo diabólico en el aire, y los

inquilinos juraban sobre las cuentas de sus rosarios como percibieron el olor de

debajo de la puerta cerrada del doctor. El vago que había contratado, parece,

había escapado chillando y enloquecido no mucho después de su segunda

entrega de hielo; quizás como resultado de una excesiva curiosidad. No podía,

naturalmente, haber cerrado la puerta tras de sí; a pesar de eso, ahora estaba

cerrada, probablemente desde dentro. No había ruido dentro a excepción de

algún tipo de innombrable, lento y abundante goteo.

En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que

un temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró

una forma de dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre.

Previamente habíamos abierto las puertas de todas las habitaciones de ese

pasillo, y abrimos todas las ventanas al máximo. Ahora, con las narices

protegidas por pañuelos, invadimos temerosamente la odiada habitación del

sur que resplandecía con el caluroso sol de primera hora de la tarde.

Una especie de oscuro, rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño

a la puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un

terrorífico charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y

cegata, sobre un trozo de papel embadurnado como si fuera con garras que

hubieran trazado las últimas palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía al

sofá y desaparecía.

Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo que no me atrevo decir.

Pero lo que temblorosamente me desconcertó estaba sobre el papel pegajoso y

manchado antes de sacar una cerilla y reducirlo a cenizas; lo que me produjo

tanto terror, a mí, a la patrona y a los dos mecánicos que huyeron

frenéticamente de ese lugar infernal a la comisaría de policía más cercana. Las

palabras nauseabundas parecían casi increíbles en ese soleado día, con el

traqueteo de coches y camiones ascendiendo clamorosamente por la abarrotada

Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en ese momento las creía. Tanto

las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas acerca de las cuáles es

mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el olor del amoníaco,

y que aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria corriente de aire

frío.

El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí. No hay más hielo - el

hombre echó un vistazo y salió corriendo. Más calor cada minuto, y los tejidos

no pueden durar. Imagino que sabes - lo que dije sobre la voluntad y los

nervios y lo de conservar el cuerpo después de que los órganos dejasen de

funcionar. Era una buena teoría, pero no podría mantenerla indefinidamente.

Había un deterioro gradual que no había previsto. El Dr. Torres lo sabía, pero la

conmoción lo mató. No pudo soportar lo que tenía que hacer - tenía que

meterme en un lugar extraño y oscuro, cuando prestase atención a mi carta y

consiguió mantenerme vivo. Pero los órganos no volvieron a funcionar de

nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera - conservación - pues como se

puede ver, fallecí hace dieciocho años.

SELECCIÓN DE POEMAS DE CLARK ASHTON SMITH EN CASTELLANO

Escrito por imagenes 04-02-2010 en General. Comentarios (1)

 

 

SELECCIÓN DE POEMAS DE CLARK ASHTON SMITH EN CASTELLANO

 

 

 

El Canto Del Los Seres Libres


Gato montés, hermano del alma,
indómito seas, sin cadenas;
no sigas senda alguna de los hombres,
y hazte fuerte en vistillas y malezas.

Halcón del cielo, compañero alado,
salvo para cazar, nunca desciendas;
y como en una atalaya, anídate en riscos
que circunden anchas torrenteras.

Gran cárabo, noctámbulo conmigo,
en claustro cavernoso de cipreses,
vela los secretos escondidos
a quien no ve la luz en las tinieblas.

 

¿Dónde Duermes, Eldorado?


Vida mía, en tu alteza
Nunca olvides nuestro amor;

En tu dulce gentileza
No rechaces mi dolor.

Por siempre desterrado
De las playas del placer

Y de la magia del ayer.
¿Dónde duermes, Eldorado?

Nunca olvides este amor
En las tardes más triunfales...

Y recuerda el gran calor
Y los altos robledales;

Y recuerda nuestro mar
Soñoliento en la lejana

Dicha de una edad pagana...
No rechaces mi pesar.

 

Lo Ignoto

Las bóvedas del tiempo y del abismo
no conocen otro ejemplar de tu beldad;
y ningún escultor es capaz de cincelar
la esencia de tu forma y de tu faz.

Atraídos por un engañoso magnetismo,
buscamos y no hallamos tu fugaz
palacio... y el farol del ocultismo
no te ha revelado en tu magnitud.

¿Te escondes en la noche estrellada?
¿o moras en el átomo profundo?
¿Descubierta, serás pira humeante?,
¿o llama nueva de un mundo inaudito?...

¿o luz del cielo en faros terrenales?...
¿o fuego fatuo de los tremedales?

 

La Isla Del Náufrago


Huérfano de naufragio
estoy en una tierra sin jardín,
sin campos cultivados,
una isla que el volcán ha desolado
en parte, y los salvajes han invadido,
dominando ahora su mitad mayor,
las frutas y el pescado son su botín.
Ellos me sitian y me retienen
lejos de los bananos y del mar:
En este lugar
no tengo más que la desnuda roca,
en donde crecerán
un día los líquenes, cuyas hojas

mañana tras mañana no pueden
marchitar...

Ninguna vela
blanquea los verdinegros mares...
¿En tal islote,
puedo sobrevivir con los otros insulares?

 

Memoria Roja

Este recuerdo vuelve todavía
de un jardín de amaranto más retinto:
los lagos del ocaso, coloreando
mi desvarío como un vino tinto;
y los rubíes, hundidos talismanes,
en tus profundos ojos de jacinto.

Un esplendor de bermellón bañaba
las hiedras y las flores fúnebres;
y de tus labios yo bebí la sangre
que de un dios manaba fuera del ciprés (1);
y de mi corazón llovía la vida,
la esencia de sanguinos árboles...

Pero la noche vino a apagar
los mágicos rubíes y el fuego rojo
con el licor del dios... En vano busco
aquella claridad en cielo y ojos...
hallando ya en símbolos y palabras
la orilla del río Leteo (2) y flojo.

 

Los Poetas


Somos los dueños
De todos los sueños
De la noche o del día.
Y siempre entonamos
Esta melodía:

El mundo es el suyo,
El sol es el tuyo,
La luna es la mía.

 

Dos Mitos Y Una Fábula

¿Dónde vais, guerreros orgullosos,
con cotas fulgentes como la luna?
- Salimos a matar al Basilisco (3),
en simas que sólo sus ojos alumbran.

¿A dónde vais, valientes marineros,
en un bajel tintado con los colores del otoño?
- Navegamos en busca de la verdina ribera,
postrer asilo de los Unicornios (4).

¿A dónde vais, innominados brujos,
con mantos más bermejos que el ocaso?
- Vamos a hallar de Salomón las Clavículas (5),
y a liberar a los genios encerrados.

 

 

NOTAS:

(1) La imagen del dios en el árbol es una clara referencia a Dionisios o Baco, personificación del desenfreno y el vino (el rojo licor del poema). Aunque la vid y los racimos son los símbolos más recurrentes a la hora de representar a esta divinidad, los griegos hacían sacrificios al "Dionisios del Árbol", pues éste, era también dios de los árboles. Se le representaba con frecuencia como un tocón de árbol envuelto en un manto, con una careta barbuda por cabeza y ramas que salían del cuerpo. En otras imágenes aparece con la cara roja y el cuerpo dorado, sosteniendo una varita con una piña en su extremo.

(2) El "Río del Olvido".

(3) El Basilisco: "El Besalís o Regulus es el rey de los reptiles; con una sola mirada mata al hombre. Mata con su aliento a las aves del cielo, y está tan lleno de veneno, que reluce. Si el hombre lo ve primero, no puede hacerle daño, y el Basilisco queda como único rey en la arena vacía".

De Bestiis.

"El fuego, soy yo; y por todas partes lo aspiro: de las nubes, de los guijarros, de los árboles muertos, del pelo de los animales, de la superficie de los pantanos. Mis temperatura mantiene a los volcanes".

Las Tentaciones de San Antonio. Gustave Flaubert.

 

(4) El Unicornio: "El Monoceros es un monstruo de horrible bramido, con el cuerpo semejante al de un caballo, pies como los de un elefante y cola como la de un ciervo. Del centro de su frente brota un cuerno de asombroso esplendor, hasta de cuatro pies de largo, tan afilado que perfora fácilmente todo aquello contra lo que carga. Ni uno sólo ha ido a parar vivo a las manos del hombre, y aunque es posible matarlos, no se les puede capturar".

Bestiario de Cambridge.

" Yo tengo pezuñas de marfil, dientes de acero, la cabeza de color púrpura, el cuerpo color de nieve y el cuerno de mi frente lleva el abigarramiento del arco iris".

Las Tentaciones de San Antonio. Gustave Flaubert.

(5) Eliphas Levi, en su Histoire de la Magie, dice a propósito de La Clavícula de Salomón: "Las tradiciones populares decían que el poseedor de Las Clavículas de Salomón puede conversar con los espíritus de todos los órdenes. Pues estas Clavículas, varias veces perdidas y otras tantas recobradas, no son otra cosa que los talismanes de los setenta y dos nombres y los misterios de las treinta y dos vías que el tarot reproduce jeroglíficamente. Con el auxilio de estos signos y por medio de sus combinaciones infinitas, se puede efectivamente llegar a la revelación natural y matemática de todos los secretos de la naturaleza y, en consecuencia, entrar en comunicación con la jerarquía completa de las inteligencias y de los genios". Lovecraft también citó a Eliphas Levi, en su novela El Caso de Charles Dexter Ward.

 

 

 

M.G.S.2

Escrito por imagenes 17-01-2010 en General. Comentarios (0)

 

M.G.S. 2










TOMBUCTÚ

Escrito por imagenes 16-01-2010 en General. Comentarios (0)

 

 

TOMBUCTÚ

    
     El bulevar, ese río de vida, bullía en el polvo de oro del sol poniente. Todo el cielo estaba rojo, cegador; y, por detrás de la Madeleine, una inmensa nube arrebolada arrojaba sobre toda la larga avenida un oblicuo diluvio de fuego, vibrante como el vapor de una fogata.
     La muchedumbre, alegre, palpitante, caminaba bajo aquella bruma encendida y parecía en una apoteosis. Los rostros estaban dorados; los sombreros negros y los trajes tenían reflejos de púrpura; el charol de los zapatos lanzaba llamas sobre el asfalto de las aceras.
     Ante los cafés, multitud de hombres tomaban bebidas brillantes y coloreadas que parecían piedras preciosas fundidas en el cristal.
     Entre los parroquianos vestidos con trajes ligeros y oscuros, dos oficiales con uniforme de gala hacían bajar todos los ojos con el deslumbramiento de sus entorchados. Charlaban, alegres sin motivo, entre aquella gloria de vida, entre la radiante irradiación de la tarde; miraban a la muchedumbre, los hombres lentos y las mujeres apresuradas que dejaban tras sí un perfume intenso y turbador.
     De repente un enorme negro, vestido de negro, ventrudo, con un chaleco de dril recargado de dijes, con la cara tan reluciente como si le hubieran sacado brillo, pasó ante ellos con aire triunfal. Sonreía a los transeúntes, sonreía a los vendedores de periódicos, sonreía hacia el cielo resplandeciente, sonreía a París entero. Era tan alto que sobrepasaba todas las cabezas; y, a su paso, todos los papanatas se volvían para contemplarlo de espaldas.
     Pero de pronto divisó a los oficiales y, atropellando a los bebedores, se lanzó hacia ellos. En cuanto estuvo ante su mesa, clavó en ellos sus ojos brillantes y encantados, y las comisuras de la boca le subieron hasta las orejas, descubriendo unos dientes blancos, claros como una luna creciente en un cielo negro. Los dos hombres, estupefactos, contemplaban a aquel gigante de ébano, sin entender su alegría.
     Exclamó, con una voz que hizo reír a todas las mesas:
     «Bueena tarde, mi teeniente.»
     Uno de los oficiales era jefe de batallón, el otro coronel. El primero dijo:
     «No lo conozco a usted, caballero; ignoro lo que pretende de mí.»
     El negro prosiguió:
     «Yo querer mucho a ti, teeniente Vedié, sitio Bézi, muucha uvaa, buscaba yo.»
     El oficial, completamente desconcertado, miró fijamente al hombre, buscando en el fondo de sus recuerdos; y bruscamente exclamo:
     «¿Tombuctú?»
     El negro, radiante, se golpeó el muslo lanzando una risa de una violencia inverosímil y berreando:
     «Sí, sí, ya, mi teeniente, reconoce Tombuctú, ya, bueena tarde. »
     El comandante le tendió la mano riéndose también con toda su alma. Entonces Tombuctú se puso serio. Cogió la mano del oficial y, con tanta rapidez que el otro no pudo impedirlo, se la besó, según la costumbre negra y árabe. Confuso, el militar le dijo con voz severa:
     «Vamos, Tombuctú, no estamos en África. Siéntate ahí y dime cómo es que te encuentro aquí.»
     Tombuctú hinchó la barriga y, tartamudeando, de lo deprisa que hablaba:
     «Ganado mucho dinero, muucho, gran estaurante, comido bien, prusianos, yo, muucho robado, muucho, cocina francesa, Tombuctú, coociner del Emperadó, doscientos mil francos a mí. ¡Ja, ja, ja, ja!»
     Y reía, retorciéndose, chillando con una alegría loca en la mirada.
     Cuando el oficial, que entendía su extraño lenguaje, lo hubo interrogado cierto tiempo, le dijo:
     «Bien, hasta la vista, Tombuctú, hasta pronto.»
     El negro se levantó al punto, estrechó, esta vez, la mano que le tendían, y, sin dejar de reír, gritó:
     «Bueena tarde, bueena tarde, mi teeniente.»
     Y se marchó, tan contento que gesticulaba al andar y lo tomaban por un loco.
     El coronel preguntó:
     «¿Quién es ese animal?»
     El comandante respondió:
     «Un buen chico y un valiente soldado. Voy a contarle lo que sé de él; es bastante divertido.»
    
    
     Ya sabe que al comienzo de la guerra de 1870 estuve encerrado en Beziéres, que ese negro llama Bézi. No estábamos sitiados, sino bloqueados. Las líneas prusianas nos rodeaban por todas partes, fuera del alcance de nuestros cañones, y ya no disparaban sobre nosotros, sino que pretendían rendirnos por hambre.
     Yo era entonces teniente. Nuestra guarnición estaba compuesta por tropas de todo tipo, restos de regimientos destrozados, fugitivos, merodeadores separados de los cuerpos de ejército. Teníamos de todo, incluso doce turcos (1) llegados una noche no sé cómo, no sé por dónde.
     Se habían presentado en las puertas de la ciudad, agotados, andrajosos, hambrientos y borrachos. Me los encomendaron.
     Pronto comprendí que eran rebeldes a toda disciplina, siempre estaban fuera y siempre achispados. Probé con la prevención, e incluso con el calabozo, no conseguí nada. Mis hombres desaparecían durante días enteros, como si se los hubiera tragado la tierra, y después reaparecían borrachos como cubas. No tenían dinero. ¿Dónde bebían? ¿Y cómo, y con qué?
     La cosa empezaba a intrigarme vivamente, tanto más cuanto que aquellos salvajes me interesaban con su risa perpetua y su carácter de niños traviesos.
     Me di cuenta entonces de que obedecían ciegamente al más alto de todos, ése que usted acaba de ver. Los gobernaba a su antojo, preparaba sus misteriosas empresas como jefe todopoderoso e indiscutido. Mandé que viniera a verme y lo interrogué. Nuestra conversación duró unas tres horas, pues me costaba mucho trabajo entender su sorprendente algarabía. El pobre diablo, por su parte, hacía esfuerzos inauditos para que lo entendiera, inventaba palabras, gesticulaba, sudaba con el esfuerzo, se enjugaba la frente, resoplaba, se detenía y volvía a empezar bruscamente cuando creía haber encontrado un nuevo método para explicarse.
     Adiviné al final que era hijo de un gran jefe, de una especie de rey negro de las cercanías de Tombuctú. Le pregunté su nombre. Respondió algo así como Chavajaribujalijranafotapolara. Me pareció más sencillo ponerle el nombre de su tierra: «Tombuctú. » Y, ocho días después, nadie en la guarnición lo llamaba de otra manera.
     Pero sentíamos una curiosidad loca por saber dónde el ex-príncipe africano encontraba bebida. Lo descubrí de un modo singular.
     Estaba yo una mañana en las murallas, estudiando el horizonte, cuando divisé en un viñedo algo que se movía. Se aproximaba la época de la vendimia, las uvas estaban maduras, pero no pensé en nada de eso. Creí que un espía se acercaba a la ciudad, y organicé una expedición en regla para atrapar al merodeador. Tomé yo mismo el mando, tras haber obtenido la autorización del general.
     Había mandado salir, por tres puertas diferentes, tres pequeñas tropas que debían reunirse cerca del viñedo sospechoso y rodearlo. Para cortarle la retirada al espía, uno de esos destacamentos tenía que marchar durante una hora, por lo menos. Un hombre que había quedado de observación en la muralla me indicó por señas que el ser divisado no había salido del campo. Avanzábamos con mucho sigilo, arrastrándonos, casi tumbados entre los surcos. Por fin, llegamos al punto designado; despliego bruscamente a mis soldados, que se lanzan al viñedo, y encuentran…, a Tombuctú, andando a cuatro patas entre las cepas y comiendo uvas, o mejor dicho dando dentelladas a las uvas como un perro que come sus sopas, con toda la boca, pegado a la planta, arrancando el racimo con los dientes.
     Quise que se levantara; ni pensarlo, y comprendí entonces por qué se arrastraba así sobre manos y rodillas. Cuando lo enderezaron sobre sus piernas, osciló unos segundos, extendió los brazos y cayó de bruces. Tenía la mayor borrachera que yo había visto nunca.
     Nos lo llevamos sobre dos rodrigones. No cesó de reír durante todo el camino gesticulando con brazos y piernas.
     Ese era todo el misterio. Mis mozos bebían de la misma uva. Después, cuando estaban borrachos a más no poder, se dormían allí mismo.
     En cuanto a Tombuctú, su amor al viñedo sobrepasaba toda medida, era increíble. Vivía allí dentro como los tordos, a quienes por lo demás odiaba con un odio de rival celoso. Repetía sin cesar:
     «Lo toordo comido tooda la uva, ¡sinvegüeenza!»
    
     Una tarde fueron a buscarme. Se distinguía en la llanura algo que venía hacia nosotros. Yo no había cogido mi anteojo y veía mal. Hubiérase dicho una gran serpiente que se desenrollaba, un convoy, ¡yo qué sé!
     Envié unos hombres al encuentro de aquella extraña caravana que pronto hizo una entrada triunfal. Tombuctú y nueve de sus compañeros traían sobre una especie de altar, hecho con sillas de campaña, ocho cabezas cortadas, sangrientas y expresivas. El décimo turco tiraba de un caballo a la cola del cual habían atado otro, y otros seis animales más los seguían, sujetos de la misma manera.
     He aquí lo que me contaron. Al salir a los viñedos, mis africanos habían visto de repente un destacamento prusiano que se acercaba a un pueblo. En lugar de huir, se habían escondido; después, cuando los oficiales echaron pie a tierra ante una posada para tomar algo fresco, los once mozos se lanzaron, pusieron en fuga a los ulanos que se creyeron atacados, mataron a los dos centinelas, y además al coronel y los cinco oficiales de su escolta.
     Ese día abracé a Tombuctú. Pero me di cuenta de que le costaba andar. Lo creí herido; se echó a reír y me dijo:
     «Yo, poovisione pal país.»
     Y es que Tombuctú no hacía la guerra por la gloria, sino por la ganancia. Todo lo que encontraba, todo lo que le parecía de valor, todo lo que brillaba, sobre todo, se lo metía en el bolsillo. ¡Y qué bolsillo! Un pozo sin fondo que empezaba en las caderas y terminaba en los tobillos. Habiendo retenido un término de la tropa, lo llamaba «mis alforjas», ¡y eran unas auténticas alforjas, en efecto!
     De modo que había arrancado los galones de los uniformes prusianos, el cobre de los cascos, los botones, etc., arrojándolo todo en sus «alforjas», que estaban llenas hasta rebosar.
     Todos los días precipitaba en su interior cualquier objeto brillante que cayera en sus manos, pedazos de estaño o piezas de plata, lo cual le daba a veces un aspecto infinitamente gracioso.
     Contaba con llevarse todo al país de los avestruces, de los cuales parecía hermano aquel hijo de rey torturado por la necesidad de tragar los cuerpos brillantes. Si no hubiera tenido sus alforjas, ¿qué habría hecho? Sin duda los hubiera engullido.
     Todas las mañanas su bolsillo estaba vacío. Tenía, pues, un almacén general donde se amontonaban sus riquezas. Pero, ¿dónde? No pude descubrirlo.
     El general, advertido de la gran hazaña de Tombuctú, mandó en seguida enterrar los cuerpos que habían quedado en el pueblo vecino, para que nadie descubriera que habían sido decapitados. Los prusianos regresaron al día siguiente. El alcalde y siete vecinos notables fueron fusilados en el acto, en represalia, como denunciantes de la presencia de los alemanes.
    
     Llegó el invierno. Estábamos agotados y desesperados. Ahora nos batíamos a diario. Los hombres, hambrientos, no podían andar. Sólo los ocho turcos (habían matado a tres) seguían gordos y relucientes, vigorosos y siempre dispuestos a luchar. Tombuctú incluso engordaba. Me dijo un día:
     «Tu muucha hambre, yo buena carne.»
     Y en efecto, me trajo un excelente filete. Pero ¿de qué? Ya no nos quedaban bueyes, ni carneros, ni cabras, ni asnos, ni cerdos. Era imposible procurarse un caballo. Reflexioné sobre todo esto tras haber devorado mi carne. Entonces me asaltó un horrible pensamiento. ¡Aquellos negros habían nacido en una tierra donde se come a los hombres! ¡Y caían diariamente tantos soldados en torno a la ciudad! Interrogué a Tombuctú. No quiso responder. No insistí, pero a partir de entonces rechacé sus presentes.
     Me adoraba. Una noche, la nieve nos sorprendió en las avanzadas. Estábamos sentados en el suelo. Yo miraba compasivo a los pobres negros tiritando bajo aquel polvo blanco y helado. Como tenía mucho frío, empecé a toser. Al punto sentí que algo caía sobre mí, como una grande y cálida manta. Era el capote de Tombuctú, que él me echaba sobre los hombros.
     Me levanté y, devolviéndole su prenda:
     «Quédatelo, hijo mío; lo necesitas más que yo.»
     El respondió:
     «No, mi teeniente, pa ti, yo no necesitar, yo calieente, calieente. »
     Y me contemplaba con ojos suplicantes.
     Proseguí:
     «Vamos, obedece, quédate con el capote, te lo mando.»
     El negro entonces se levantó, desenvainó el sable, que sabía conservar afilado como una hoz, y, sosteniendo con la otra mano su ancho capote que yo rechazaba:
     «Si tu no queeda abrigo, yo coorto; nadie abrigo.»
     Lo hubiera hecho. Yo cedí.
    
     Ocho días después, habíamos capitulado. Algunos de los nuestros habían podido escapar. Los demás iban a salir de la ciudad y entregarse a los vencedores.
     Me dirigía a la plaza de Armas, donde debíamos congregarnos, cuando me quedé asombrado ante un negro gigantesco vestido de dril blanco y tocado con un sombrero de paja. Era Tombuctú. Parecía radiante y se paseaba, con las manos en los bolsillos, ante una tiendecilla donde se exhibían dos platos y dos vasos.
     Le dije:
     «¿Qué estás haciendo?»
     Respondió:
     «Yo no sufrí, yo buen cocinero, yo hecho comer coronel, Argeel; yo comido pusianos, mucho roobado, muucho. »
     Helaba a diez grados. Yo tiritaba ante aquel negro vestido de dril. Entonces me cogió del brazo y me hizo entrar. Vi una muestra inmensa que iba a colgar ante la puerta cuando nos hubiéramos marchado, pues tenía cierto pudor.
     Y leí, trazado por la mano de algún cómplice, este reclamo:
    
     COCINA MILITAR DEL SEÑOR TOMBUCTU
     EX-COCINERO DE S.M. EL EMPERADOR
     Artista de París — Precios módicos
    
     A pesar de la desesperación que me roía el alma, no pude dejar de reírme, y dejé a mi negro entregado a su nuevo negocio.
     ¿No valía más eso que hacer que se lo llevaran prisionero?
     Acaba usted de ver que ha tenido éxito, el mozo. Beziéres, hoy, pertenece a Alemania. El restaurante Tombuctú es un comienzo de desquite.
    
 
    
    
      (1) Se llamaba así popularmente a los tiradores argelinos. Recibieron tal nombre en las campañas de Crimea, en el curso de las cuales los rusos, al ver sus ropas flotantes los tomaban por turcos y gritaban esa palabra.
    
    

LA TOS

Escrito por imagenes 16-01-2010 en General. Comentarios (0)

 

LA TOS


     Para Armand Silvestre
     Mi querido colega y amigo,
   
     Tengo una pequeña historia para usted, un cuentecillo anodino. Espero que le guste si es que llego a contarlo bien, tan bien como la persona que me lo contó.
     La tarea no es fácil en absoluto, ya que mi amiga es una mujer de espíritu imperecedero y de expresión libre. Yo nunca he tenido los mismos recursos. No puedo, como ella, dar este loco júbilo a las cosas que cuento; y, reducido a la necesidad de no utilizar palabras demasiado especiales, me declaro incapaz de encontrar, como usted, los delicados sinónimos.
     Mi amiga, que es además una mujer de teatro de gran talento, no me ha autorizado a hacer pública su historia.
     Así que me veo obligado a reservar sus derechos de autor por si ella  quisiera, un día u otro, escribir esta aventura ella misma. Lo haría mejor que yo, no lo dudo. Siendo mejor conocedora del tema, encontraría además mil detalles divertidos que yo no puedo inventar.
     Pero vea usted en que aprieto me encuentro. Necesitaría, desde la primera palabra, encontrar un vocablo similar, y  querría que fuese genial. La tos no es mi problema. Para entendernos, necesito un comentario o una perífrasis del estilo del abad Delille:
     —La tos de que se trata jamás procede de la garganta.
    
     Dormía  (mi amiga) al lado de un hombre amado. Era de noche, claro.
     A este hombre, ella lo conocía poco, o más bien, desde hacía poco. Estas cosas ocurren a veces, principalmente en el mundo del teatro. Dejemos que se asombren los burgueses. En cuanto a dormir al lado de un hombre poco importa que se le conozca poco o mucho, esto casi no modifica la manera de actuar en la intimidad del lecho. Si yo fuera mujer creo que preferiría los amigos nuevos. Deben de ser, en todos los aspectos, más amables que los asiduos.
     Hay, en eso que se da en llamar la gente correcta, una manera de ver diferente y que no es en absoluto la mía. Lo siento por las mujeres de ese mundo; pero yo me pregunto si la manera de ver modifica sensiblemente la de actuar...
     Así pues, ella dormía al lado de un nuevo amigo. Esto es algo delicado y difícil en exceso. Con un viejo compañero uno coge demasiada confianza, uno nunca se enfada, puede volver a sus viejas costumbres, dar patadas, invadir las tres cuartas partes del colchón, sacar toda la manta y envolverse dentro, roncar, refunfuñar, toser, digo toser a falta de algo mejor, o estornudar (¿qué piensa usted de estornudar como sinónimo?)
     Pero para llegar hasta aquí hacen falta al menos seis meses de intimidad. Y hablo de personas que son de un temperamento familiar. Las otras siempre guardan ciertas reservas, con las que yo, por mi parte estoy de acuerdo. Pero tal vez no todos tengamos la mima manera de sentir sobre esta materia. Cuando se trata de hacer un nuevo conocido, de una nueva cita, que podemos suponer sentimental, es necesario tomar algunas precauciones para no incomodarlo en el lecho, y para guardar un cierto prestigio,  poesía  y una cierta autoridad.
     Ella dormía. Pero de repente un dolor, interior, punzante, viajero, la recorrió. Éste comenzó en la cavidad del estómago y empezó a moverse hacia...hacia...hacia la parte inferior del pecho con un discreto ruido intestinal como de trueno.
     El hombre, el nuevo amigo, yacía tranquilo, de espaldas, con los ojos cerrados. Ella lo observaba por el rabillo del ojo, inquieta, indecisa.
     Se encuentra usted, amigo, en una sala de estreno, con un catarro en el pecho. Toda la sala ansiosa, anhelante en medio de un completo silencio; pero usted ya no escucha nada, espera, loco, un momento de rumor para toser. Hay, a lo largo de su garganta, unos cosquilleos, un picazón espantoso. En fin, ya no lo soporta más. Peor para los vecinos. Tose. Toda la sala grita: “¡a la calle!”.
     Ella estaba en la misma situación, obsesionada, torturada por unas ganas locas de toser. (Cuando digo toser, supongo que ustedes ya me entienden, traduzcan)
     Él parecía que dormía; respiraba tranquilo. Realmente dormía.
     Ella se dijo:
     —Tomaré mis precauciones. Intentaré simplemente respirar, suavemente, para no despertarle. E hizo como esos que esconden su boca bajo la mano y se esfuerzan por despejar su garganta, sin ruido, expectorando el aire con cuidado.
     Fuera porque lo hizo mal o bien porque el picor era demasiado fuerte, tosió.
     Al punto, perdió la cabeza. ¡Qué vergüenza si él se ha enterado! ¡Y qué riesgo!¡Oh! ¿Y si de casualidad no estuviese dormido?¿Cómo saberlo? Lo miró fijamente, y a la luz de la lamparita, creyó ver una sonrisa en su rostro que tenía los ojos cerrados. Entonces, si reía... pues.. no dormía,... y si no dormía...
     Intentó con la boca, realmente, causar un ruido semejante, para... confundir a su compañero.
     Éste no se parecía en absoluto.
     ¿Pero... dormía?
     Ella se giró, se movió, le empujó para cerciorarse.
     Él ni se movió.
     Entonces ella se puso a canturrear.
     El hombre no se movía.
     Volviéndose loca, lo llamó:
     — Ernest.
     Él no hizo ni un movimiento, pero respondió rápidamente:
     —¿Qué quieres?
     Ella se estremeció. Él no dormía; ¡Jamás había dormido!...
     Le preguntó:
     —¿Entonces, no duermes?
     Él murmuró con resignación:
     —Ya lo ves.
     Ella ya no sabía qué decir, enloquecida. Por fin, dijo:
     —¿No has escuchado nada?
     Él respondió, siempre inmóvil:
     —No.
     Ella sentía como le venían unas ganas locas de abofetearle, y, sentándose en la cama:
     —¿Sin embargo me ha parecido...?
     —¿Qué?
     —Que alguien andaba por la casa.
     Él sonrió. Indudablemente, esta vez ella lo había visto sonreír, y él dijo:
     —Déjame en paz, llevas media hora molestándome.
     Ella se estremeció.
     —¿Yo?...Eso es difícil de creer. Acabo de despertarme. Entonces, ¿no has escuchado nada?
     —Si.
     —¡Ah! ¡Al final sí que has escuchado algo!¿Qué?
     —Han...¡tosido!
     Ella dio un brinco y gritó exasperada:
     —¡Han tosido! ¿Dónde? ¿Quién ha tosido? Pero, ¿tú estás loco? ¡Respóndeme!
     Él comenzó a impacientarse.
     —Veamos, ¿se acaba de una vez esta monserga? Sabes perfectamente que fuiste tú.
     Esta vez ella se indignó, vociferando:
     —¿Yo? ¿Yo? ¿Yo? ¿Yo he tosido? ¿Yo? ¡Yo he tosido!¡Ah! Me insulta, me ofende, me menosprecia. Así que, ¡adiós! ¡Yo no me quedo al lado de un hombre que me trata así!
     E hizo un movimiento enérgico para salir de la cama.
     —Vamos a ver, estate tranquila. Soy yo el que ha tosido.
     Pero ella tuvo un nuevo arrebato de cólera.
     —¿Cómo? ¡Usted ha ...tosido en mi cama!... ¿a mi lado...mientras dormía? ¿Y lo confiesa?. Usted es innoble. Y usted creerá que yo estoy con hombres que... tosen a mi lado... ¿Pero, por quien me toma?
     Y se puso de pié sobre la cama, intentando saltar por encima para irse.
     Él la cogió tranquilamente por los pies y la hizo tenderse a su lado, y se reía, burlón y contento:
     —Vamos a ver, Rose, estate tranquila. Has tosido. Porque eras tú. Yo no me quejo, no me enfado; incluso estoy contento. Pero, vuelve a acostarte, diantre.
     Esta vez, ella se le escapó con un brinco y saltó a la habitación; y buscaba desesperadamente sus ropas, repitiendo:
     —Y usted cree que yo voy a permanecer al lado de un hombre que permite a una mujer... toser en su cama. Usted es innoble, querido.
     Entonces él se levantó y antes de nada, la abofeteó. Después, como ella se resistía, la acribilló a pescozones; y, tomándola después en brazos, la arrojó sobre la cama.
     Y como permanecía tendida, indolente y llorando contra la pared, él se volvió a acostar a su lado, y girando después su espalda hacia él,  tosió...tosió con un ataque de tos..., con silencios y reanudaciones.
     De repente, se puso a reír, pero a reír como una loca, gritando:
     —¡Qué divertido!¡Qué divertido!
     Y lo agarró bruscamente entre sus brazos, pegando su boca a la de él, murmurándole con sus labios:
     —Te quiero, gatito mío.
     Y ya no durmieron más... hasta la mañana.
    
     Esta es mi historia, mi querido Silvestre. Perdóneme esta incursión en su dominio. Hete aquí de nuevo una palabra impropia. No es “dominio” lo que habría que decir. Usted me divierte tan a menudo que no he podido resistir el deseo de arriesgarme un poco siguiendo sus pasos.
     Pero le quedará la gloria de habernos abierto, muy a lo grande, esta senda.