POEMAS, ANGELES, DEMONIOS, VAMPIROS, CEMENTERIOS...

ULTIMAS IMAGENES // EN UN CEMENTERIO...// POEMAS, ANGELES DEMONIOS, Y VAMPIROS...   (link)

" EL SUEÑO DE LA RAZON, PRODUCE MONSTRUOS "
GOYA

 


NOCTURNO DE LA ESTATUA


Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
y el grito de la estatua desdoblando la esquina.
Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco,
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo.
Hallar en el espejo la estatua asesinada,
sacarla de la sangre de su sombra,
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una hermana imprevista
y jugar con las flechas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces
hasta oírla decir: «estoy muerta de sueño».

Historias de fantasmas // Charles Dickens

HISTORIAS DE FANTASMAS // CHARLES DICKENS          (link-enlaces)

Charles Dickens
Índice
El manuscrito de un loco
La historia del viajante de comercio
La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador

La historia del tío del viajante
El barón de Grogzwig
Una confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II

Para leer al atardecer
Juicio por asesinato
Fantasmas de Navidad
La novia del ahorcado

La visita del señor Testador
La casa hechizada. Los mortales de la casa




El manuscrito de un loco


¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo
habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y
hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas
sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me
agrada. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño colérico haya sido
temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco... cuyas cuerdas y hachas
fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco!
Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro... rechinar los
dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena,
pesada... y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música. ¡Un hurra
por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!
Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía
despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la
maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la
felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el
progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada
con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación
sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que
tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en
cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar,
señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco
predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.
Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches
son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches
inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da
frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y
oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la
noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la
vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre,
que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los
dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los
gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que
su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para
impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad... bien
que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo.
¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.
Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle
miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo
sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban. ¡Solía palmearme a mí
mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que
me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y
sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro
placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo
rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la
verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen
amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el
querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era
un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay,
era una vida alegre!
Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre
placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé
un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había
entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio
de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por
descubrir un fallo? La astucia del loco les había superado a todos.
Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me
alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos!
¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada
amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los
cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo
en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado
bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada
limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco
se daban cuenta de que la habían casado con un loco.
Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la
hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la
alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui
engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen
ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que
la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi
rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de
ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños
turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano
de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.
Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que
lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de
mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de
esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el
rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en
los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el
corazón cuando escribo esto... ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los
ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás
gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho
más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha
salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.
Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido;
durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca
conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho
tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que
lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no
había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal
cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro
pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba,
aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida
desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no
podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera
engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes,
me decidió. Resolví matarla.
Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era
una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose
en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo
colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la
astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El
placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la
abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!
Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me
susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi
mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi
esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté
suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los
rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas. Su rostro estaba tranquilo y
plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse
la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño
pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.
Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido.
Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me
acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza.
Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la
puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El
encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando
un grito tras otro, se dejó caer al suelo.
Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí
pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz
alta pidiendo ayuda.
Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento
perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había
perdido el sentido y desvariaba furiosamente.
Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en
finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su
lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con
otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y
famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo
que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana
abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con
un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido
hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde
me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien
que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera
escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!
Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los
orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella
cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo
aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía
sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron
de mis ojos.
Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y
perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la
alegría y el regocijo salvaje: que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en
casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dan do vueltas y más vueltas en un baile
frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se
apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba el sonido de la música y
contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que m, habría precipitado entre
ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasi que me
produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las
afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.
Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la
realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído
siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la
extraña confusión en la que se halla] mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente
se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban
de mí, mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba
como el viento, y les dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza
de un gigante. Mirad cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones.
Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con
muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera,
sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que
he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.
Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a
casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para
verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con
todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarle. Me dijeron
que estaba allí y subí presurosamente las escaleras. Tenía que decirme unas palabras.
Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas... por primera vez.
Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que
él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la
locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en
silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños
hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de
ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su
observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba
saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su
hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el
uniforme que llevaba puesto.
Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército... ¡un nombramiento comprado
con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que: más había tramado para
insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a
su hermana a casarse conmigo, y bien sabia que el corazón de aquélla pertenecía al
piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme e su degradación! Volví
mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.
Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre
valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. ~ acerqué la
mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía.
Sen que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.
—Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía—le dije—. Mucho.
Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con la mano el respaldo de la
silla; pero no dije nada.
—Es usted un villano —le dije—. Le he descubierto. Descubrí sus infernales
trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó
a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.
De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a
retroceder, pus mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.
Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y
los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.
—Condenado sea —dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él—. Yo la maté.
Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!
Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me
enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre
él.
Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y
yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía,
y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose
menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas
manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la
lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.
De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente,
gritándose unos a otros que cogieran al loco.
Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en
pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con
mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y les atacara con ella. Llegué a la
puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.
Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el
ruido de uno; pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia,
hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos
y riachuelos, por encima de cercas y d, muros, con gritos salvajes que escuchaban seres
extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste
horadaba el aire Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que
traspasaban las orillas y los se tos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una
velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con
un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en
esta celda gris a la qu raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos
rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ve
esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a veces puedo oír extraños
gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. N sé lo que son; pero no
proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las
primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e
inmóvil en c mismo lugar, escuchando la música de mi cadena d hierro, y viéndome
saltar sobre mi lecho de paja.
[De ThePickwick Papers]




La historia del viajante de comercio


Una tarde invernal, hacia las cinco, cuando empezaba a oscurecer, pudo verse a un
hombre en uj calesín que azuzaba a su fatigado caballo por el camino que cruza
Marlborough Downs en dirección Bristol. Digo que pudo vérsele, y sin duda habría sido
así si hubiera pasado por ese camino cualquier que no fuera ciego; pero el tiempo era tan
malo, y la noche tan fría y húmeda, que nada había fuera salve el agua, por lo que el
viajero trotaba en mitad del camino solitario, y bastante melancólico. Si ese día
cualquier viajante hubiera podido ver ese pequeño vehículo, a pesar de todo un calesín,
con el cuerpo de color de arcilla y las ruedas rojas, y la yegua hay y zorruna de paso
rápido, enojadiza, semejante a un cruce entre caballo de carnicero y caballo de posta de
correo de los de dos peniques, habría sabido in mediatamente que aquel viajero no podía
ser otra que Tom Smart, de la importante empresa de Bilsoi y Slum, Cateaton Street,
City. Sin embargo, comí no había ningún viajante mirando, nadie supo nada sobre el
asunto; y por ello, Tom Smart y su calesa de color arcilla y ruedas rojas, y la yegua
zorruna d paso rápido, avanzaron juntos guardando ..................................................................................................

JURAMENTO DE HIPÓCRATES

ANTIGUO JURAMENTO MEDICO DE HIPOCRATES  (link)




“Juro por Apolo médico, Higia y Panacea, y
por todos los dioses y diosas, a quienes
pongo por testigos, que cumpliré, lisa y
llanamente, con todas mis fuerzas e
inteligencia, el siguiente juramento y
obligación escrita:
Tendré a mi maestro de medicina en el
mismo lugar que a mis padres, partiré con el
mis haberes, y si necesario fuere, yo
proveeré a sus necesidades; a sus hijos, los
tendré como mis hermanos, y si ellos
quisieran aprender el arte de curar, se lo
enseñaré sin pago de ningún género y sin
obligación escrita; instruiré con preceptos,
con lecciones orales y con los demás medios
de enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro
y a los demás discípulos que se me unan por

convenio y juramento, conforme está
determinado en la ley médica, y a nadie mas.
Estableceré el régimen de los enfermos de la

manera que les sea más provechosa,
según mis facultades y mi entender, y

me abstendré de cometer todo mal y toda
injusticia.
A nadie daré veneno, y si alguno me propone semejante cosa, no tomaré en...........................................................................................................

Plantas Sagradas

PLANTAS "SAGRADAS"   (link)



Áloe

Género de las plantas pertenecientes a la familia de las Liliáceas, herbáceas a su vez y
pequeñas o bien en arbustos que pueden crecer hasta la altura de 20 metros. El Áloe
Socotrina, a la que nos referimos, alcanza generalmente de 1 a 1.75 metros de alto.
Se dice de esta planta, que un gnomo estaba en grave peligro, totalmente abatido,
cuando recibió socorro de un árabe que le puso a salvo. Entonces el gnomo ofreció una
recompensa a su salvador, y éste hubo de pedirle le diera a conocer una planta que
garantizara su larga existencia. Se separa el gnomo y a poco trajo el Áloe, por cuyo motivo
llaman a esta planta en muchos países la Planta de los Cien Años...
Los viajeros que van al Oriente, verán sobre las puertas de las casas turcas un Cuero
de Cocodrilo y una Planta de Áloe, ya que ambos, dicen, garantizan una larga vida.
El Áloe, dado en pequeñas dosis y preparado su extracto según las reglas Rosa Cruces,
es seguro que ofrece larga vida, pues es extraordinariamente microbicida y aumenta en gran
manera la actividad del hígado. Es nocivo darlo como lo ofrece la medicina oficial en forma de
aguardiente alemán. Puede entonces destruir órganos y partes delicadas de los intestinos...
La mayor parte de nuestros preparados tienen una muy pequeña de Áloe, por cuyo
motivo siempre son beneficiosos. En altas dosis, produce a menudo enfermedades de los
riñones, algunas de ellas incurables.



Apio

Existen varias especies de esta planta, aquí nos referimos al Apium Graveolens,
umbilífero, comestible y de flores pequeñas y blancas.
En la antigua Grecia, se cubrían las tumbas de los muertos con Apio, pues era creencia
general que esta Planta les llevaba nueva vida. Cuando tenían un enfermo, ya desahuciado,
lanzaban el aforismo siguiente: Apio Apiget, es decir para ese enfermo, no queda ya más que
el Apio y sólo él puede salvar. En las fiestas de Nemea, se coronaba a los vencedores con
guirnaldas de Apio y Rosas.
El Apio tiene Apiina, asparagina, azúcar, almidón y una substancia gelatinosa, a especie
de semen, donde radica el principio más activo que es el que aprovechamos.
El Apio es bueno para el estómago y los nervios. Preparamos un polvo de Apio que
debe mezclarse siempre con la sal, pues ésta hace daño a los riñones, y unidos prodigan
beneficios.
Con el extracto espagírico del Apio, se pueden curar todas las enfermedades de la
mujer.


Beleño

Nombre vulgar que se da a las plantas de la familia de los Hyosciamus, de origen
europeo importada de Brasil y otros países de América. Es de tallo cilíndrico y velloso con
hojas oblongas, sinuadodentadas y flores de color amarillo triste. El Beleño exhala un olor
fuertemente virulento y repugnante, sobre todo cuando es fresco.
La raíz de esta planta es venenosa y emética y se emplea en medicina y veterinaria, al
interior, como narcótico y al exterior como calmante resolutivo. Tiene también la propiedad de
dilatar la pupila. Su principio activo es conocido en química con el nombre de Hiosciamina,
que en medicina tiene ya algunas aplicaciones para sustituir a la belladona.
Crece alrededor de las aldeas y de las granjas, a orillas de los caminos, de las zanjas y
en los lugares pedregosos.
Por toda España y América se habla constantemente de personas ...................................................................................................

NOTICIAS VIH/SIDA

NOTICIAS VIH-SIDA    (link)







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Taller sobre Educación Sexual y SIDA impulsado por el MunicipioLa Auténtica .....................................................................................................

Reflexiones // No Ajahn Chah

 

 

REFLEXIONES // NO AJAHN CHAH (link)


Nacimiento y Muerte

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Una buena práctica es preguntarse con toda sinceridad: "¿Por qué nací?" Hágase esta pregunta durante la mañana, tarde y noche... todos los días.

2
Nuestro nacimiento y muerte son una sola cosa. No se puede tener uno sin el otro. Resulta curioso observar cómo, frente a la muerte, las personas están tan llorosas y tristes y frente al nacimiento tan felices y alegres. Es una falsa ilusión. Creo que si usted realmente quiere llorar, sería mejor hacerlo cuando alguien nace. Llore al principio, debido a que si no hubiese nacimiento no habría muerte. ¿Puede entender esto?

3
Uno creería que la gente podría apreciar cómo sería vivir en el vientre de una persona. ¡Qué incómodo debe ser! Sólo fíjese cuán duro es simplemente permanecer en una choza sólo por un día. Cierra todas las puertas y ventanas y ya se está sofocando. ¿Cómo sería vivir en el vientre de una persona durante nueve meses? Y sin embargo usted quiere aún meter la cabeza justo ahí, poner su cuello en la horca una vez más.

4
¿Por qué nacemos? Nacemos para no tener que nacer otra vez.

5
Cuando uno no comprende la muerte la vida puede ser muy confusa.

6
El Buda le enseñó a su discípulo Ananda a observar la impermanencia, a ver a la muerte en cada respiración. Debemos conocer la muerte; debemos morir de modo que podamos vivir. ¿Qué significa esto? Morir es llegar al final de nuestras dudas, de todas nuestras preguntas, y sólo estar aquí con la realidad presente. Usted nunca puede morir mañana; usted debe morir ahora. ¿Lo puede hacer? Si lo puede hacer, usted conocerá la paz de no hacerse más preguntas.

7
La muerte está tan cerca como nuestra respiración.

8
Si usted se ha entrenado adecuadamente no se sentirá atemorizado cuando caiga enfermo, ni alterado cuando alguien muere. Cuando vaya a hospitalizarse para un tratamiento, determine en su mente que si usted mejora, eso está bien, y que si usted muere, también está bien. Le garantizo que si los doctores me dijesen que tengo cáncer y que me voy a morir en unos pocos meses, les recordaría: "Tengan cuidado, por que la muerte está viniendo por ustedes también. Sólo es cuestión de quién se va primero y quién después." Los doctores no van a curar de la muerte ni impedirla. Sólo el Buda era ese tipo de doctor, entonces ¿por qué no seguimos adelante y usamos la medicina del Buda?

9
Si usted está asustado por la enfermedad, si teme a la muerte, entonces usted debería contemplar de dónde vienen. ¿De dónde vienen? Surgen del nacimiento. Por lo tanto, no se ponga triste cuando muere alguien —es sólo la naturaleza, y su sufrimiento en esta vida ha terminado. Si quiere ponerse triste, póngase triste cuando la gente nace: "Oh, no, aquí vienen otra vez. ¡Van a sufrir y morir otra vez!"

10
"El Que Sabe" sabe con claridad que todos los fenómenos son insubstanciales. De modo que "El Que Sabe" no se pone feliz o triste, no va detrás de condiciones cambiantes. Ponerse feliz, es nacer; apesadumbrarse es morir. Habiendo muerto, nacemos otra vez; habiendo nacido, morimos otra vez. Este nacimiento y muerte de un momento al siguiente es la interminable rueda girante del samsara.


El Cuerpo

11
Si el cuerpo pudiese hablar estaría diciéndonos todo el día; "Tú no eres mi dueño ¿sabes?". En realidad nos lo está diciendo todo el tiempo, pero en el idioma del Dhamma, de modo que no estamos capacitados para comprenderlo.

12
Las condiciones no nos pertenecen. Siguen su propio rumbo natural. No podemos hacer nada sobre la forma que tiene el cuerpo. Podemos embellecerlo un poco, hacer que luzca atractivo y limpio durante un tiempo, como las muchachas jóvenes que se pintan los labios y se dejan crecer las uñas, pero cuando llega la vejez todos estamos en el mismo barco. Así es el cuerpo. No lo podemos hacer de otra manera. Sin embargo, lo que podemos mejorar y embellecer es la mente.....................................................................................................

COPLAS A LA MUERTEDE SU PADRE // Jorge Manrique

COPLAS A LA MUERTE DE SU PADRE // Jorge Manrique     (link)


(1440-1478)


1.- Recuerde el alma dormida
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer ,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

2.- Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
e acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo non venido
por pasado.
Non se engañe nadi, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.

3.- Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos;
i llegados, son iguales
los que viven por sus manos
e los ricos.

4.- Dejo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
non curo de sus ficciones,
que traen yerbas secretas
sus sabores;
a Aquél sólo me encomiendo,
Aquél sólo invoco yo
de verdad,
que en este mundo viviendo,
el mundo non conoció
su deidad.

5.- Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino.....................................................................................

Hechizo // POEMA

HECHIZO // POEMA   (link)



Escucho sus voces del otro lado de las puertas
Caminan a mi lado, conocen mis deseos
Espero ansioso tu llegada

Fantasma oscuro, sombra de muerte
Los cuervos llegan a medianoche,
Fiesta en mi corazón

Eres tú la única invitada
Cava mi tumba joven amada,
Pero no me dejes caer.

Llena tu copa de mi sangre
Y tu boca con mi cuerpo
Vuela alto joven amada,
Pero no me dejes caer

Recorre los montes de la traición
Pero no me encierres en las celdas de Olvido
Uno por siempre en la noche.....................................................................................................

DICCIONARIO DEMONOLÓGICO

DICCIONARIO DEMONOLÓGICO  (link)




Oculto


Aarón: Mago griego que vivió en tiempos del emperador MANUEL COMNENO,
se dice que a favor de las CLAVÍCULAS DE SALOMÓN tenía a sus ordenes
algunas legiones de demonios, parece ser que también se dedicaba a la
nigromancia, pues en un aposento entapizado de negro en la casa donde hacia
sus trabajos se encontró un hombre que tenía los pies encadenados y el
corazón traspasado por un clavo, tales fueron al menos las acusaciones por las
cuales se le hizo desollar, después de haberle cortado la lengua.
Aamon: Uno de los tres demonios al servicio de Satachia, también conocido
como Mammon. Su nombre significa riquezas, induciendo a la avaricia.
Se dice que es regente de Inglaterra.
Abaddon: (El Destructor) en el libro de las Revelaciones, es el ángel o estrella
del abismo sin fondo que encadena a Satán por mil años. Se dice que fue el
ángel invocado por Moisés para que enviara las terribles lluvias que arrasaron
Egipto.
Según los demonógrafos, tal es el nombre que da SAN JUAN en su
APOCALIPSIS al rey de las langostas, algunos le miraban como el ángel
exterminador.
En muchos libros apócrifos, Abaddon es considerado una entidad demoníaca,
como en Ángel de la Muerte, como un demonio del Abismo.
Abadía: Juana, joven hechicera de la villa de SIBOURRE, en GASCUÑA,
estaba un día durmiendo en casa de su padre mientras se celebraban los
divinos oficios, un demonio aprovechándose de la ocasión la llevo a una
asamblea de brujas en cuya compañía se encontró al despertar, ella observo
que el diablo que presidía, tenia en su cabeza dos caras, a semejanza de
JANO y después de hacer unas cosas muy inocentes fue otra vez conducida a
su vivienda en el mismo carruaje que la había traído, al llegar a su casa se
encontró en el lugar de la puerta un relicario que el diablo había tenido la
precaución de quitarle del cuello cuando la arrebato, ella misma confeso todos
los hechos y no fue quemada porque renunció al oficio de hechicera.
Abaddona: (El Arrepentido) Uno de los Serafines rebeldes, más tarde se
arrepintió de su pecado contra Dios.
Abalan: Príncipe infernal poco conocido y perteneciente a la corte y séquito de
Paymon.
Abezi-Thibod: Uno de los príncipe infernales que rigen Egipto, quien luchó
contra Moisés y endureció el corazón del Faraón contra este.
De acuerdo al Testamento de Salomón, era hijo de Beelzebub.
Abigor: Gran duque de los infiernos, lo representan con la figura de un gallardo
caballero con lanza como estandarte y centro, es un demonio de clase
distinguida que responde muy bien sobre todo aquello que se le consulta
relacionado con los secretos de guerra, adivina el porvenir y enseña a los jefes
militares el modo de atraer la voluntad de los soldados, tiene a sus ordenes 70
legiones infernales.
Abismo: Tal es el nombre que la SAGRADA ESCRITURA da al infierno y al
tenebroso caos que precedía a la creación del mundo.
Abraxas: El más antiguo de los dioses, según ciertos sirios y persas, su
nombre está compuesto de las 7 letras griegas cuyo valor numérico es igual a
365.Los Basilidianos, herejes del siglo II, le hacían el jefe de 365 genios que
regían los días del año. Había enviado a Cristo a la tierra como un "espectro
benévolo". Su nombre ha dado al Abracadabra mágico llevado como filactería.
En demonología, ha pasado a ser un demonio coronado, con cabeza de gallo,
grueso vientre, pies de serpiente y cola raquítica, que lleva un látigo.
También conocido como Abracax.
Acham. Demonio de orden inferior qué es conjurado en jueves.
Abjuración: Formula de exorcismo por medio de la cual se ordena en nombre
de "DIOS" al espíritu maligno que diga o haga lo que se exige de él.
Adirael: Uno de los Ángeles caídos, al servicio de Beelzebub.
Addu: El Dios Babilónico de la Tormenta, también llamado Adad.
Adramelech: Presidente del alto consejo de los diablos, intendente del
guardarropa de Satán. Se le representa bajo forma de mula con torso humano
y cola de pavo real. En Sefarvaïm, en Asiría, se le consideraba el Dios Sol y se
quemaban niños en sus altares, en honor a esta Deidad.
De acuerdo a otros textos, Adramelech, en la jerarquía infernal, le corresponde
el octavo sitio en los diez Sephitots malignos del Árbol de la vida.
Adramelech. Diablo de Samaria. Gran canciller del Averno, intendente del
guardarropa del rey de los demonios y presidente del Alto Consejo Infernal.
Fue adorado en Sepharvaim, ciudad asiría, donde quemaban niños en sus
altares. Se presenta en forma de mula o de pavo.
Agalariept: Gran general del infierno, comandante de la segunda legión, tiene
el poder de descubrir todos los secretos.
Agares: Gran duque de la región oriental de los infiernos, dejase ver con las
facciones de un señor benéfico a caballo, de un cocodrilo o con un milano en el
puño, hace volver a la carga a los fugitivos del partido que protege y derrota al
enemigo, da dignidades, distribuye prelaturas, enseña todas las lenguas, hace
danzar a los espíritus de la tierra, este jefe de los demonios es de la orden de
los VERTUS y tiene bajo su mando 31 legiones de demonios.
Agatión: Demonio familiar que solo se deja ver al mediodía, apareciendo en
forma de hombre o bestia, algunas veces se deja encerrar en un talismán, en
una botella, en un anillo mágico.
Agathodemon. Adorado por los antiguos egipcios en forma de serpiente con
cabeza humana. Los dragones o serpientes alados venerados por los antiguos,
se llamaban agathodermones o genios buenos.
Agnan Demonio que tortura a los humanos, particularmente en tierras
americanas con apariciones y maldades. Adopta cualquier forma y en cualquier
lugar. Se apareció en Brasil y entre los tupinambos.
Agujas: Se pueden hacer aberraciones con simples agujas, comunicándolas
una virtud que les encanta a los magos negros, porque según QORNAMM, por
ejemplo, los magos y encantadores de magia negra trabajando con una aguja
con la que se ha cosido el sudario de un cadáver, pueden hacer impotentes a
unos recién casados, anudándoles la agujeta e impidiéndoles consumar el
matrimonio, esto no debería escribirse por temor de hacer nacer la idea de tal
expediente, tengan precaución.
Agramainio: El gran espíritu de la maldad, orado por Guiosue Carducci en su
himno a Satán ("Inno a Satána" 1863).
Agramon: Demonio del miedo.
Ahharu: En Demonología Asiría, se tratan de malvados vampiros.
Ahpuch. Diablo de los Mayas.
Ahriman Representa al espíritu del mal, es el Satán de la leyenda bíblica. Sin
embargo, no por eso deja de ser una divinidad. Ahriman o Ariman, era una
divinidad de los antiguo persas, Zoroastro afirma que es el principio del mal,
opuesto a Onomazes, que es el principio del bien. Los persas sentían tal horror
a este principio maligno que escribían sur nombre al revés. Comparte a medias
el imperio universal. El nombre primitivo de Ariman fue Aghro-Maynins, o
espíritu maléfico.
Aini: Poderoso Duque infernal que se representa de un hombre hermoso, con
tres cabezas, la primera como de serpiente, la segunda de hombre, con dos
estrellas en la frente, y la tercer cabeza, como de gato.
Monta una serpiente y carga un atizador flameante con el que causa
destrucción. Suele dar la respuesta verdadera, en cuanto a temas de
importancia.
Al Rinach. Demonio que se presenta en forma de lobo, con cola de serpiente,
echando llamas por la boca y que toma forma humana, sólo tiene de ésta el
cuerpo, con la cabeza de búho, y el pico deja ver unos dientes caninos muy
afilados. El más firme de los príncipes infernales, conoce el pasado y el futuro.
Manda sobre cuarenta legiones.
Alastor: Demonio severo, gran ejecutor de las sentencias del monarca infernal,
ocupando casi el mismo destino que NÉMESIS, ZOROASTRO le llama el
verdugo, ORÍGENES dice de él que es el mismo que ASAEL y otros le
confunden con el ángel exterminador, los antiguos le llamaban alastores a los
genios malévolos, PLUTARCO dice que CICERÓN, por odio contra AUGUSTO
había ideado matarse junto al hogar de este emperador para ser su alastor.
Albumazar: Astrólogo del siglo IX, nacido en el CORASAN, conocido
principalmente por su tratado astrológico, millares de años en el que afirma que
el mundo no ha podido ser creado sino que ocurrió, cuando se hallaron en
conjunción los 7 planetas en el 1er grado de ARIES y que finalizará cuando
estos 7 planetas (que en su día llegarán a 12) se reunirán en el último grado de
PISCIS, se han impreso en ALEMANIA varios tratados de astrología de este
autor, solo citaremos aquí TRASTATUS, FLORUM, ASTROLOGIAE.
Algol: Es el nombre que los astrólogos árabes han dado al diablo.
Alocer o Alocerio: Demonio poderoso y gran duque de los infiernos, se los
presenta vestido de caballero montado sobre un enorme alazán, tiene la
fisonomía de un león con la cara encendida y los ojos ardientes, habla con
gravedad, enseña los secretos de la astronomía y artes liberales y gobierna 36
legiones infernales.
Alopecia: Especie de conjuro con que se hechizaba a los que se quería dañar,
algunos autores dan el nombre de alopecia al arte de anudar la agujeta.
Alouqua: Un demonio femenino, que también es un súcubo y un vampiro, que
cansa a los hombres y los conduce al suicidio.
Amaimon: Uno de los cuatro espíritus que los magos miraban para presidir las
4 partes de universo, este gobierno está en el oriente.
Amduscias: Gran duque de los infiernos con figura de unicornio, sin embargo
cuando se le invoca se muestra con figura humana, da conciertos si se le pide,
se oye el sonido de las trompetas y otros instrumentos músicos sin verlos, los
árboles se inclinan a su voz y manda 29 legiones de diablos.
Amon O Aamon. Dios de la vida y reproducción, de los egipcios. Poderoso
demonio que se presente en forma de lobo, con cola de serpiente, echando
llamas por la boca y que si toma forma humana, sólo tiene de ésta el cuerpo,
con la cabeza de búho, y el pico deja ver unos dientes caninos muy afilados.
Toma de la figura humana sólo el cuerpo, pues la cabeza es la de un búho, con
dientes caninos muy afilados. Es el más firme de los demonios principales,
conoce el pasado y el futuro. Manda en 40 legiones.
Amudiel: Un ángel caído.
Amy Es uno de los príncipes de la jerarquía infernal, aparece en el infierno
rodeado de llamas, y en la Tierra enseña los secretos de la astrología. Manda
en 36 legiones. Está aguardando que transcurran 200 mil años, para volver a
ocupar su trono en el Cielo.
Anabrio. Uno de los siete príncipes infernales que un día se presentó a Fausto,
transformado como un perro blanco y negro, con orejas largas de cuatro razas.
Andras: Marques de los infiernos. Manda 30 legiones. Cabeza de mochuelo,
cuerpo desnudo de ángel alado, cabalga sobre un lobo negro y blande una
espada.
Ananel: Perteneciente al Orden de los Arcángeles, enseñó a pecar a los seres
humanos.
Anatolio: Filosofo platónico, maestro de JAMBILICO y autor de un tratado de
simpatías y antipatías del que FABRICIO ha conservado algunos fragmentos
en su biblioteca griega.
Aneberg: Demonio de las minas, un día mato de un soplo a 12 trabajadores
que abrían una mina de plata, cuya guarda estaba confiada a él, es un demonio
malo y terrible y se muestra principalmente en ALEMANIA, se dice que tiene la
figura de un caballo con un inmenso cuello y terribles ojos.
Angat: Nombre que se da al diablo en MADAGASCAR, donde es mirado como
un genio sanguinario y cruel, dicen que tienen la figura de una serpiente.
Apocalipsis: Revelaciones atribuidas generalmente a SAN JUAN
EVANGELISTA, estas visiones las tuvo en PADMOS de donde era obispo, esta
obra ha excitado en todos los tiempos la curiosidad general, todos han
pretendido explicarla encontrando en ella, unos, la alquimia, otros la astrología
y los demás el álgebra, el mismo NEWTON la ha comentado sin menoscabar
su gloria, muchos han sacado de ella excelentes comparaciones, aquélla fiera
de siete cabezas y diez cuerpos que representa a DIOCLECIANO, según
BOUSSET, y a TRAJANO, según GROTIUS, un predicador dijo que aquélla
fiera correspondía a LUIS XIV, los católicos afirmaban que se trataba del Rey
de Inglaterra, no es fácil acordarse de todas las suposiciones que se han
querido dar a este nombre, un escritor contemporáneo se ha permitido decir
que NAPOLEÓN era la fiera de las siete cabezas y M. SUBIRA, habiéndose
puesto al abrigo del nuevo testamento, porque las luces del siglo le parecían
contrarias a las buenas costumbres, ha dicho que había encontrado en el
cálculo, la llave del APOCALIPSIS y que iba en busca del nombre de la fiera,
compuso con sus partidarios una sociedad apocalíptica que se ...............................................................................................................

Un cuento de amor

UN CUENTO DE AMOR   (link)




Cuando caminaba en la oscuridad, atento a las amenazas del bestiario de la
vida, caí en un profundo sueño de años de cansancio... Cuando la humanidad
parecía la única enemiga del amor, la suerte se compadeció de este moribundo
corazón que lloraba, solo, lo que nunca fue. Porque él sólo era un triste
escudero de su señor, Sir Handsome, noble de la corte de su majestad corazón
de león Rey Ricardo y quien se convertiría en Lord al regreso de la guerra
santa.
Sir siempre aconsejaba a Sam, su escudero, y aunque no fueran amigos, eran
caballeros fieles y compañeros. Sir no citaba adornadas frases, el hablaba con
la verdad de los hombres comunes, pues realmente apreciaba al cabizbajo
muchacho.
Nadie ha encontrado jamás la felicidad empuñando una espada, ni ganando
botines de saqueos crueles, nunca envidies mi armadura, porque yo en verdad
envidio al campesino que vela por su familia toda su vida –dijo el noble
Caballero-.
Pero el escudero no podía evitar mirar el horizonte con tristeza.
Pero no es eso lo que envidio de vos, mi señor. Pues aunque alguna vez mi
sueño fue convertirme en un Caballero con vuestra temple, en verdad nunca
conocí el amor. Porque nunca me emborraché en besos, ni dormí bajo los
brazos de una mujer... – explicó el joven Sam-.
Y el Caballero, porque en verdad quería a su escudero, habló con la verdad..........................................................................................................

26 CUENTOS PARA PENSAR // Jorge Bucay

26 CUENTOS PARA PENSAR // JORGE BUCAY                (link)




COMO CRECER?

Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.
El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.
Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.
La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una fresia, floreciendo y más fresca que nunca.
El rey preguntó:
¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?
No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresias. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: "Intentaré ser Fresia de la mejor manera que pueda".
Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mirate a vos mismo.
No hay posibilidad de que seas otra persona.
Podes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por vos, o podes marchitarte en tu propia condena...

ANIMARSE A VOLAR

..Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:
-Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.
-Pero yo no sé volar – contestó el hijo.
-Ven – dijo el padre.
Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.
-Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo, y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las alas y volarás...
El hijo dudó.
-¿Y si me caigo?
-Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre.
El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.
Los más pequeños de mente dijeron:
-¿Estás loco?
-¿Para qué?
-Tu padre está delirando...
-¿Qué vas a buscar volando?
-¿Por qué no te dejas de pavadas?
-Y además, ¿quién necesita?
Los más lúcidos también sentían miedo:
-¿Será cierto?
-¿No será peligroso?
-¿Por qué no empiezas despacio?
-En todo casa, prueba tirarte desde una escalera.
-...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?
El joven escuchó el consejo de quienes lo querían.
Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó...
Desplegó sus alas.
Las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra...
Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:
-¡Me mentiste! No puedo volar. Probé, y ¡mira el golpe que me di!. No soy como tú. Mis alas son de adorno... – lloriqueó.
-Hijo mío – dijo el padre – Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen.
Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar.
Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo.
Si uno quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre.

EL BUSCADOR

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador
Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco esa alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente para quien su vida es una búsqueda.
Un día un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó Kammir, a lo lejos. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada… Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspaso el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos eran los de un buscador, quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción … “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla decía “Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terrible mente conmocionado. Este hermoso lugar, era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
- No ningún familiar – dijo el buscador - ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de chicos?.
El anciano sonrió y dijo: -Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una libreta, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda que fu lo disfrutado…, a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo. ¿ Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?…¿Una semana?, dos?, ¿tres semanas y media?… Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana? … ¿y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? …, ¿y el casamiento de los amigos…?, ¿y el viaje más deseado…?, ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano…?¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿horas?, ¿días?… Así vamos anotando en la libreta cada momento, cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.

EL ELEFANTE ENCADENADO

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enrome bestia hacia despliegue de su tamaño, peso y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas clavada a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía 5 o 6 años yo todavía en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: -Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta. Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde muy, muy pequeño. Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no se escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...

EL OSO

Esta historia habla de un sastre, un zar y su oso.
Un día el zar descubrió que uno de los botones de su chaqueta preferida se había caído.
El zar era caprichoso, autoritario y cruel (cruel como todos los que enmarañan por demasiado tiempo en el poder), así que, furioso por la ausencia del botón mandó a buscar a su sastre y ordenó que a la mañana siguiente fuera decapitado por el hacha del verdugo.
Nadie contradecía al emperador de todas la Rusias, así que la guardia fue hasta la casa del sastre y arrancándolo de entre los brazos de su familia lo llevó a la mazmorra del palacio para esperar allí su muerte.
Cuando, cayo el sol un guardiacárcel le llevó al sastre la última cena, el sastre revolvió el plato de comida con la cuchara­ y mirando al guardiacárcel dijo – Pobre del zar.
- El guardiacárcel no puedo evitar reírse - ¿Pobre del zar?, dijo pobre de ti tu cabeza quedará separada de tu cuerpo unos cuantos metros mañana a la mañana.
- Si, lo sé pero mañana en la mañana el zar perderá mucho más que un sastre, el zar perderá la posibilidad de que su oso la cosa que más quiere en el mundo su propio oso aprenda a hablar.
- ¿Tú sabes enseñarle a hablar a los osos?, preguntó el guardiacárcel sorprendido.
- Un viejo secreto familiar... – dijo el sastre.
Deseoso de ganarse los favores del zar, el pobre guardia corrió a contarle al soberano su descubrimiento:
¡¡El sastre sabía enseñarle a hablar a los osos!!
El zar se sintió encantado. Mandó rápidamente a buscar al sastre y le ordenó:
-¡¡Enséñale a mi oso a hablar nuestro gustaría complaceros pero la verdad, es que enseñar a hablar a un oso es una ardua tarea y lleva tiempo... y lamentablemente, tiempo es lo que menos tengo...
-El zar hizo un silencio, y preguntó ¿cuánto tiempo llevaría el aprendizaje?
- Bueno, depende de la inteligencia del oso... Dijo el sastre.
- ¡¡El oso es muy inteligente!! – interrumpió el zar
– De hecho es el oso más inteligente de todos los osos de Rusia.
-Bueno, musitó el sastre... si el oso es inteligente... y siente deseos de aprender... yo creo... que el aprendizaje duraría... duraría... no menos de...... DOS AÑOS.
El zar pensó un momento y luego ordenó:
- Bien, tu pena será suspendida por dos años, mientras tanto tú entrenarás al oso. ¡Mañana empezarás!
- Alteza - dijo el sastre – Si tu mandas al verdugo a ocuparse de mi cabeza, mañana estarán muerto, y mi familia, se las ingeniará para poder sobrevivir. Pero si me conmutas la pena, yo tendré que dedicarle el tiempo a trabajar, no podré dedicarme a tu oso... debo mantener a mi familia.
- Eso no es problema – dijo el zar – A partir de hoy y durante dos años tú y tu familia estarán bajo la protección real. Serán vestidos, alimentados y educados con el dinero de la corte y nada que necesiten o deseen, les será negado... Pero, eso sí... Si dentro de dos años el oso no habla... te arrepentirás de haber pensado en esta propuesta... Rogarás haber sido muerto por el verdugo... ¿Entiendes, verdad?.
- Sí, alteza.
- Bien... ¡¡Guardias!! - gritó el zar –Que lleven al sastre a su casa en el carruaje de la corte, denle dos bolsas de oro, comida y regalos para sus niños. Ya... ¡¡Fuera!!.
El sastre en reverencia y caminando hacia atrás, comenzó a retirarse mientras musitaba agradecimientos.
- No olvides - le dijo el zar apuntándolo con el dedo a la frente – Si en dos años el oso no habla... – Alteza... -
...Cuando todos en la casa del sastre lloraban por la pérdida del padre de familia, el hombre pequeño apareció en la casa en el carruaje del zar, sonriente, eufórico y con regalos para todos.
La esposa del sastre no cabía en su asombro. Su marido que pocas horas antes había sido llevado al cadalso volvía ahora, exitoso, acaudalado y exultante...
Cuando estuvo a solas el hombre le contó los hechos.
- Estás LOCO – chilló la mujer – enseñar a hablar al oso del zar. Tú, que ni siquiera has visto un oso de cerca, ¡Estás, loco!
Enseñar a hablar al oso... Loco, estás loco...
- Calma mujer, calma. Mira, me iban a cortar la cabeza mañana al amanecer, ahora... ahora tengo dos años... En dos años pueden pasar tantas cosas en dos años.
En dos años... – siguió el sastre - se puede morir el zar... me puedo morir yo... y lo más importante... por ahí el ¡¡oso habla!!

EL TEMIDO ENEMIGO

La idea de este cuento llegó a mí escuchando un relato de Enrique Mariscal. Me permití, partir de allí prolongar el cuento transformarlo en otra historia con otro mensaje y otro sentido. Así como está ahora se lo regalé una tarde a mí amigo Norbi.
Había una vez, en un reino muy lejano y perdido, un rey al que le gustaba sentirse poderoso. Su deseo de poder no se satisfacía sólo con tenerlo, él, necesitaba además, que todos lo admiraran por ser poderoso, así como la madrastra de Blanca Nieves no le alcanzaba con verse bella, también él necesitaba mirarse en un espejo que le dijera lo poderoso que era.
Él no tenía espejos mágicos, pero contaba con un montón de cortesanos y sirvientes a su alrededor a quienes preguntarle si él, era el más poderoso del reino.
Invariablemente todos le decían lo mismo:
-Alteza, eres muy poderoso, pero tú sabes que el mago tiene un poder que nadie posee: Él, él conoce el futuro.
( En aquel tiempo, alquimistas, filósofos, pensadores, religiosos y místicos eran llamados, genéricamente “magos”).
El rey estaba muy celoso del mago del reino pues aquel no sólo tenía fama de ser un hombre muy bueno y generoso, sino que además, el pueblo entero lo amaba, lo admiraba y festejaba que él existiera y viviera allí.
No decían lo mismo del rey.
Quizás porque necesitaba demostrar que era él quien mandaba, el rey no era justo, ni ecuánime, y mucho menos bondadoso.
Un día, cansado de que la gente le contara lo poderoso y querido que era el mago o motivado por esa mezcla de celos y temores que genera la envidia, el rey urdió un plan:
Organizaría una gran fiesta a la cual invitaría al mago y después la cena, pediría la atención de todos. Llamaría al mago al centro del salón y delante de los cortesanos, le preguntaría si era cierto que sabía leer el futuro. El invitado, tendría dos posibilidades: decir que no, defraudando así la admiración de los demás, o decir que sí, confirmando el motivo de su fama. El rey estaba seguro de que escogería la segunda posibilidad. Entonces, le pediría que le dijera la fecha en la que el mago del reino iba a morir. Éste daría una respuesta, un día cualquiera, no importaba cuál. En ese mismo momento, planeaba el rey, sacar su espada y matarlo. Conseguiría con esto dos cosas de un solo golpe: la primera, deshacerse de su enemigo para siempre; la segunda, demostrar que el mago no había podido adelantarse al futuro, y que se había equivocado en su predicción. Se acabaría, en una sola noche. El mago y el mito de sus poderes...
Los preparativos se iniciaron enseguida, y muy pronto el día del festejo llegó...
...Después de la gran cena. El rey hizo pasar al mago al centro y ante le silencio de todos le preguntó:
- ¿Es cierto que puedes leer el futuro?
- Un poco – dijo el mago.
- ¿Y puedes leer tu propio futuro, preguntó el rey?
- Un poco – dijo el mago.
- Entonces quiero que me des una prueba - dijo el rey -
¿Qué día morirás?. ¿ Cuál es la fecha de tu muerte?
El mago se sonrió, lo miró a los ojos y no contestó.
- ¿Qué pasa mago? - dijo el rey sonriente -¿No lo sabes?... ¿no es cierto que puedes ver el futuro?
- No es eso - dijo el mago - pero lo que sé, no me animo a decírtelo.
- ¿Cómo que no te animas?- dijo el rey-... Yo soy tu soberano y te ordeno que me lo digas. Debes darte cuenta de que es muy importante para el reino, saber cuando perdemos a sus personajes más eminentes... Contéstame pues, ¿cuándo morirá el mago del reino?
Luego de un tenso silencio, el mago lo miró y dijo:
- No puedo precisarte la fecha, pero sé que el mago morirá exactamente un día antes que el rey...
Durante unos instantes, el tiempo se congeló. Un murmullo corrió por entre los invitados.
El rey siempre había dicho que no creía en los magos ni en las adivinaciones, pero lo cierto es que no se animó a matar al mago.
Lentamente el soberano bajó los brazos y se quedó en silencio...
Los pensamientos se agolpaban en su cabeza.
Se dio cuenta de que se había equivocado.
Su odio había sido el peor consejero.
- Alteza, te has puesto pálido. ¿Qué te sucede? – preguntó el invitado.
- Me siento mal - contestó el monarca – voy a ir a mi cuarto, te agradezco que hayas venido.
Y con un gesto confuso giró en silencio encaminándose a sus habitaciones...
El mago era astuto, había dado la única respuesta que evitaría su muerte.
¿Habría leído su mente?
La predicción no podía ser cierta. Pero... ¿Y si lo fuera?...
Estaba aturdido
Se le ocurrió que sería trágico que le pasara algo al mago camino a su casa.
El rey volvió sobre sus pasos, y dijo en voz alta:
- Mago, eres famoso en el reino por tu sabiduría, te ruego que pases esta noche en el palacio pues debo consultarte por la mañana sobre algunas decisiones reales.
- ¡ Majestad!. Será un gran honor... – dijo el invitado con una reverencia.
El rey dio órdenes a sus guardias personales para que acompañaran al mago hasta las habitaciones de huéspedes en el palacio y para que custodiasen su puerta asegurándose de que nada pasara...
Esa noche el soberano no pudo conciliar el sueño. Estuvo muy inquieto pensando qué pasaría si el mago le hubiera caído mal la comida, o si se hubiera hecho daño accidentalmente durante la noche, o si, simplemente, le hubiera llegado su hora.
Bien temprano en la mañana el rey golpeó en las habitaciones de su invitado.
Él nunca en su vida había pensado en consultar ninguna de sus decisiones, pero esta vez, en cuánto el mago lo recibió, hizo la pregunta... necesitaba una excusa.
Y el mago, que era un sabio, le dio una respuesta correcta, creativa y justa.
El rey, casi sin escuchar la respuesta alabó a su huésped por su inteligencia y le pidió que se quedara un día más, supuestamente, para “consultarle” otro asunto... (obviamente, el rey sólo quería asegurarse de que nada le pasara).
El mago – que gozaba de la libertad que sólo conquistan los iluminados – aceptó...
Desde entonces todos los días, por la mañana o por la tarde, el rey iba hasta las habitaciones del mago para consultarlo y lo comprometía para una nueva consulta al día siguiente.
No pasó mucho tiempo antes de que el rey se diera cuenta de que los consejos de su nuevo asesor eran siempre acertados y terminara, casi sin notarlo, teniéndolos en cuenta en cada una de las decisiones.
Pasaron los meses y luego los años.
Y como siempre... estar cerca del que sabe vuelve el que no sabe, más sabio.
Así fue: el rey poco a poco se fue volviendo más y más justo.
Ya no era despótico ni autoritario. Dejó de necesitar sentirse poderoso, y seguramente por ello dejó de necesitar demostrar su poder.
Empezó a aprender que la humildad también podía ser ventajosa empezó a reinar de una manera más sabia y bondadosa.
Y sucedió que su pueblo empezó a quererlo, como nunca lo había querido antes.
El rey ya no iba a ver al mago investigando por su salud, iba realmente para aprender, para compartir una decisión o simplemente para charlar, porque el rey y el mago habían llegado a ser excelentes amigos.
Un día, a más de cuatro años de aquella cena, y sin motivo, el rey recordó.
Recordó aquel plan aquel plan que alguna vez urdió para matar a este su entonces más odiado enemigo
Y sé dio cuenta que no podía seguir manteniendo este secreto sin sentirse un hipócrita.
El rey tomó coraje y fue hasta la habitación del mago. Golpeó la puerta y apenas entró le dijo:
- Hermano, tengo algo que contarte que me oprime el pecho
- Dime – dijo el mago – y alivia tu corazón.
- Aquella noche, cuando te invité a cenar y te pregunté sobre tu muerte, yo no quería en realidad saber sobre tu futuro, planeaba matarte y frente a cualquier cosa que me dijeras, porque quería que tu muerte inesperada desmitificara para siempre tu fama de adivino. Te odiaba porque todos te amaban... Estoy tan avergonzado...
- Aquella noche no me animé a matarte y ahora que somos amigos, y más que amigos, hermanos, me aterra pensar lo que hubiera perdido si lo hubiese hecho.
Hoy he sentido que no puedo seguir ocultándote mi infamia.
Necesité decirte todo esto para que tú me perdones o me desprecies, pero sin ocultamientos.
El mago lo miró y le dijo:
- Has tardado mucho tiempo en poder decírmelo. Pero de todas maneras, me alegra, me alegra que lo hayas hecho, porque esto es lo único que me permitirá decirte que ya lo sabía. Cuando me hiciste la pregunta y bajaste tu mano sobre el puño de tu espada, fue tan clara tu intención, que no hacía falta adivino para darse cuenta de lo que pensabas hacer, - el mago sonrió y puso su mano en el hombro del rey. – Como justo pago a tu sinceridad, debo decirte que yo también te mentí... Te confieso hoy que inventé esa absurda historia de mi muerte antes de la tuya para darte una lección. Una lección que recién hoy estás en condiciones de aprender, quizás la más importante cosa que yo te haya enseñado nunca.
Vamos por el mundo odiando y rechazando aspectos de los otros y hasta de nosotros mismos que creemos despreciables, amenazantes o inútiles... y sin embargo, si nos damos tiempo, terminaremos dándonos cuenta de lo mucho que nos costaría vivir sin aquellas cosas que en un momento rechazamos.
Tu muerte, querido amigo, llegará justo, justo el día de tu muerte, y ni un minuto antes. Es importante que sepas que yo estoy viejo, y que mi día seguramente se acerca. No hay ninguna razón para pensar que tu partida deba estar atada a la mía. Son nuestras vidas las que se han ligado, no nuestras muertes.
El rey y el mago se abrazaron y festejaron brindando por la confianza que cada uno sentí en esta relación que habían sabido construir juntos...
Cuenta la leyenda... que misteriosamente... esa misma noche... el mago... murió durante el sueño.
El rey se enteró de la mala noticia a la mañana siguiente... y se sintió desolado.
No estaba angustiado por la idea de su propia muerte, había aprendido del mago a desapegarse hasta de su permanencia en el mundo.
Estaba triste, simplemente por la muerte de su amigo.
¿Qué coincidencia extraña había hecho que el rey pudiera contarle esto al mago justo la noche anterior a su muerte?.
Tal vez, tal vez de alguna manera desconocida el mago había hecho que él pudiera decirle esto para quitarle su fantasía de morirse un día después.
Un último acto de amor para librarlo de sus temores de otros tiempos...
Cuentan que el rey se levantó y que con sus propias manos cavó en el jardín, bajo su ventana, una tumba para su amigo, el mago.
Enterró allí su cuerpo y el resto del día se quedó al lado del montículo de tierra, llorando como se llora ante la pérdida de los seres queridos.
Y recién entrada la noche, el rey volvió a su habitación.
Cuenta la leyenda... que esa misma noche... veinticuatro horas después de la muerte del mago, el rey murió en su lecho mientras dormía... quizás de casualidad... quizás de dolor... quizás para confirmar la última enseñanza del maestro.

LA ALEGORIA DEL CARRUAJE

Un día de octubre, una voz familiar en el teléfono me dice: -Salí a la calle que hay un regalo para vos.
Entusiasmado, salgo a la vereda y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo, justo frente a la puerta............................................................................................................

H. P. LOVECRAFT // EL TERRIBLE ANCIANO

EL TERRIBLE ANCIANO // H. P. LOVECRAFT   (link)






Fue la idea de Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva hacer una visita al Terrible Anciano. El anciano vive a solas en una casa muy antigua de Walter Street próxima al mar, y se le conoce por ser un hombre extraordinariamente rico a la vez que por tener una salud extremadamente delicada... lo cual constituye un atractivo señuelo para hombres de la profesión de los señores Ricci, Czanek y Silva, pues su profesión era nada menos digno que el latrocinio de lo ajeno.
Los vecinos de Kingsport dicen y piensan muchas cosas acerca del Terrible Anciano, cosas que, generalmente, le protegen de las atenciones de caballeros como Mr. Ricci y sus colegas, a pesar de la casi absoluta certidumbre de que oculta una fortuna de incierta magnitud en algún rincón de su enmohecida y venerable mansión. En verdad, es una persona muy extraña, que al parecer fue capitán de clipper de las Indias Orientales en su día. Es tan viejo que nadie recuerda cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos saben su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del jardín delantero de su vieja y nada descuidada residencia conserva una extraña colección de grandes piedras, singularmente agrupadas y pintadas de forma que semejan los ídolos de algún lóbrego templo oriental. Semejante colección ahuyenta a la mayoría de los chiquillos que gustan burlarse de su barba y cabello, largos y canosos, o romper las ventanas de pequeño marco de su vivienda con diabólicos proyectiles. Pero hay otras cosas que atemorizan a las gentes mayores y de talante curioso que en ocasiones se acercan a hurtadillas hasta la casa para escudriñar el interior a través de las vidrieras cubiertas de polvo. Estas gentes dicen que sobre la mesa de una desnuda habitación del piso bajo hay muchas botellas raras, cada una de las cuales tiene en su interior un trocito de plomo suspendido de una cuerda, como si fuese un péndulo. Y dicen que el Terrible Anciano habla a las botellas, llamándolas por nombres tales como Jack, Scar-Face, Long Tom, Spanish Joe, Peters y Mate Ellis, y que siempre que habla a una botella el pendulito de plomo que lleva dentro emite unas vibraciones precisas a modo de respuesta. A quienes han visto al alto y enjuto Terrible Anciano en una de esas singulares conversaciones no se les ocurre volver a verlo más. Pero Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no eran naturales de Kingsport. Pertenecían a esa nueva y heterogéneas estirpe extranjera que queda al margen del atractivo círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y no vieron en el Terrible Anciano otra cosa que un viejo achacoso y prácticamente indefenso, que no podía andar sin la ayuda de su nudoso cayado, y cuyas escuálidas y endebles manos temblaban de modo harto lastimoso. A su manera, se compadecían mucho del solitario e impopular anciano, a quien todos rehuían y a quien no había perro que no ladrase con especial virulencia. Pero los negocios, y, para un ladrón entregado de lleno a su profesión, siempre es tentador y provocativo un anciano de salud enfermiza que no tiene cuenta abierta en el banco, y que para subvenir a sus escasas necesidades paga en la tienda del pueblo con oro y plata españoles acuñados dos siglos atrás.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del once de abril para efectuar su visita. Mr. Ricci y Mr. Silva se encargarían de hablar con el pobre y anciano caballero , mientras Mr. Czanek se quedaba esperándoles a los dos y a su presumible cargamento metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto al verja del alto muro posterior de la finca de su anfitrión. El deseo de eludir explicaciones innecesarias en caso de una aparición inesperada de la policía aceleró los planes para una huida sin apuros y sin alharacas.
Tal como lo habían proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a la obra por separado con objeto de evitar cualquier malintencionada sospecha a posteriori. Los señores Ricci y Silva se encontraron en Waltter Street junto a la puerta de entrada de la casa del anciano, y aunque no les gustó cómo se..............................................................................................................

CUENTOS FANTASTICOS DEL XIX // ANTOLOGIA - ENSAYO

ENSAYO SOBRE LOS CUENTOS FANTASTICOS DEL XIX   (link-enlace)




Italo Calvino

LO FANTASTICO VISIONARIO

ENSAYO



El cuento fantástico es uno de los productos más característicos de la narrativa del siglo XIX y, para nosotros, uno de los más significativos, pues es el que más nos dice sobre la interioridad del individuo y de la simbología colectiva. Para nuestra sensibilidad de hoy, el elemento sobrenatural en el centro de estas historias aparece siempre cargado de sentido, como la rebelión de lo inconsciente, de lo reprimido, de lo olvidado, de lo alejado de nuestra atención racional. En esto se ve la modernidad de lo fantástico, la razón de su triunfal retorno en nuestra época. Notamos que lo fantástico dice cosas que nos tocan de cerca, aunque estemos menos dispuestos que los lectores del siglo pasado a dejarnos sorprender por apariciones y fantasmagorías, o nos inclinemos a gustarlas de otro modo, como elementos del colorido de la época.
El cuento fantástico nace entre los siglos XVIII y XIX sobre el mismo terreno que la especulación filosófica: su tema es la relación entre la realidad del mundo que habitamos y conocemos a través de la percepción, y la realidad del mundo del pensamiento que habita en nosotros y nos dirige. El problema de la realidad de lo que se ve ‑caras extraordinarias que tal vez son alucinaciones proyectadas por nuestra mente; cosas corrientes que tal vez esconden bajo la apariencia más banal una segunda naturaleza inquietante, misteriosa, terrible‑ es la esencia de la literatura fantástica, cuyos mejores efectos residen en la oscilación de niveles de realidad inconciliables.
Tzvetan Todorov, en su Introduction à la littérature fantastique (1970), sostiene que lo que distingue a lo «fantástico» narrativo es precisamente la perplejidad frente a un hecho increíble, la indecisión entre una explicación racional y realista, y una aceptación de lo sobrenatural. El personaje del incrédulo positivista que interviene a menudo en este tipo de cuentos, visto con compasión y sarcasmo porque debe rendirse frente a lo que no sabe explicar, no es, sin embargo, refutado por completo. El hecho increíble que narra el cuento fantástico debe dejar siempre, según Todorov, una posibilidad de explicación racional, a no ser que se trate de una alucinación o de un sueño (buena tapadera para todos los pucheros). En cambio, lo «maravilloso», según Todorov se distingue de lo «fantástico» por presuponer la aceptación de lo inverosímil y de lo inexplicable, como en las fábulas o en Las mil y una noches (distinción que se adhiere a la terminología literaria francesa, donde «fantastique» se refiere casi siempre a elementos macabros, tales como apariciones de fantasmas de ultratumba. El uso italiano, en cambio, asocia más libremente fantástico a fantasía; en efecto, nosotros hablamos de lo fantástico ariostesco, mientras que según la terminología francesa se debería decir «lo maravilloso ariostesco»).
El cuento fantástico nace a principios del siglo XIX con el romanticismo alemán, pero ya en la segunda mitad del XVIII la novela «gótica» inglesa había explorado un repertorio de motivos, de ambientes y de efectos (sobre todo macabros, crueles y pavorosos) que los escritores del Romanticismo emplearon profusamente. Y dado que uno de los primeros nombres que destaca entre éstos (por el logro que supone su Peter Schlemihl) pertenece a un autor alemán nacido francés, Chamisso, que aporta una ligereza propia del XVIII francés a su cristalina prosa alemana, vemos que también el componente francés aparece como esencial desde el primer momento. La herencia que el siglo XVIII francés deja al cuento fantástico del Romanticismo es de dos tipos: por un lado, la pompa espectacular del «cuento maravilloso» (del féerique de la corte de Luis XIV a las fantasmagorías orientales de Las mil y una noches descubiertas y traducidas por Galland) y, por otro, el estilo lineal, directo y cortante del «cuento filosófico» volteriano, donde nada es gratuito y todo tiende a un fin.
Si el «cuento filosófico» del siglo XVIII había sido la expresión paradójica de la Razón iluminista, el «cuento fantástico» nace en Alemania como sueño con los ojos abiertos del idealismo filosófico, con la declarada intención de representar la realidad del mundo interior, subjetivo, de la mente, de la imaginación, dándole una dignidad igual o mayor que a la del mundo de la objetividad y de los sentidos, Por tanto, ésta también se presenta como cuento filosófico, y aquí un nombre se destaca por encima de todos: Hoffmann.
Toda antología debe trazarse unos límites e imponerse unas reglas; la nuestra se ha impuesto la regla de ofrecer un solo texto de cada autor: regla particularmente cruel cuando se trata de elegir un solo cuento que represente todo Hoffmann. He elegido el más conocido (porque es un texto, podríamos decir, «obligatorio», El hombre de la arena ..........................................................................................................

EL HOMBRE DE ARENA // Hoffmann //CUENTOS SIGLO XIX

EL HOMBRE DE ARENA // E.T.A. HOFFMANN // ANTOLOGIA CUENTOS XIX   (link-enlace)



(Der Sandmann, 1817)

 
 
EL HOMBRE DE ARENA

Nataniel a Lotario

SIN duda estaréis inquietos porque hace tanto tiempo que no os escribo. Mamá estará enfadada y Clara pensará que vivo en tal torbellino de alegría que he olvidado por completo la dulce imagen angelical tan profundamente grabada en mi corazón y en mi alma. Pero no es así; cada día, cada hora, pienso en vosotros y el rostro encantador de Clara vuelve una y otra vez en mis sueños; sus ojos transparentes me miran con dulzura, y su boca me sonríe como antaño, cuando volvía junto a vosotros. ¡Ay de mí! ¿Cómo podría haberos escrito con la violencia que anidaba en mi espíritu y que hasta ahora ha turbado todos mis pensamientos? ¡Algo espantoso se ha introducido en mi vida! Sombríos presentimientos de un destino cruel y amenazador se ciernen sobre mí, como nubes negras, impenetrables a los alegres rayos del sol. Debo decirte lo que me ha sucedido. Debo hacerlo, es preciso, pero sólo con pensarlo oigo a mi alrededor risas burlonas. ¡Ay, querido Lotario, cómo hacer para intentar solamente que comprendas que lo que me sucedió hace unos días ha podido turbar mi vida de una forma terrible! Si estuvieras aquí, podrías ver con tus propios ojos; pero ciertamente piensas ahora en mí como en un visionario absurdo. En pocas palabras, la horrible visión que tuve, y cuya mortal influencia intento evitar, consiste simplemente en que, hace unos días, concretamente el 30 de octubre a mediodía, un vendedor de barómetros entró en mi casa y me ofreció su mercancía. No compré nada y le amenacé con precipitarle escaleras abajo, pero se marchó al instante.
Sospechas sin duda que circunstancias concretas que han marcado profundamente mi vida, conceden relevancia a este insignificante acontecimiento, y así es en efecto. Reúno todas mis fuerzas para contarte con tranquilidad y paciencia algunas cosas de mi infancia que aportarán luz y claridad a tu espíritu. En el momento de comenzar te veo reír y oigo a Clara que dice: «¡son auténticas chiquilladas!» ¡Reíros! ¡Reíros de todo corazón, os lo suplico! Pero ¡Dios del cielo!, mis cabellos se erizan, y me parece que os conjuro a burlaros de mi en el delirio de la desesperación, como Franz Moor conjuraba a Daniel[1]. Vamos al hecho en cuestión.
Salvo en las horas de las comidas, mis hermanos y yo veíamos a mi padre bastante poco. Estaba muy ocupado en su trabajo. Después de la cena, que, conforme a las antiguas costumbres, se servía a las siete, íbamos todos, nuestra madre con nosotros, al despacho de nuestro padre, y nos sentábamos a una mesa redonda. Mi padre fumaba su pipa y bebía un gran vaso de cerveza. Con frecuencia nos contaba historias maravillosas, y sus relatos le apasionaban tanto que debaja que su pipa se apagase; yo estaba encargado de encendérsela de nuevo con una astilla prendida, lo cual me producía un indescriptible placer. También a menudo nos daba libros con láminas; y permanecía silencioso e inmóvil en su sillón apartando espesas nubes de humo que nos envolvían a todos como la niebla. En este tipo de veladas, mi madre estaba muy triste, y apenas oía sonar las nueve, exclamaba: «Vamos niños, a la cama... ¡el Hombre de Arena está al llegar...! ¡ya le oigo!» Y, en efecto, se oían entonces retumbar en la escalera graves pasos; debía ser el Hombre de Arena. En cierta ocasión, aquel ruido me produjo más escalofrío que de costumbre y pregunté a mi madre mientras nos acompañaba:
‑¡Oye mamá! ¿Quién es ese malvado Hombre de Arena que nos aleja siempre del lado de papá? ¿Qué aspecto tiene?
‑No existe tal Hombre de Arena, cariño ‑me respondió mi madre‑. Cuando digo: viene el Hombre de Arena, quiero decir que tenéis que ir a la cama y que vuestros párpados se cierran involuntariamente como si alguien os hubiera tirado arena a los ojos.
La respuesta de mi madre no me satisfizo y mi infantil imaginación adivinaba que mi madre había negado la existencia del Hombre de Arena para no asustarnos. Pero yo le oía siempre subir las escaleras.
Lleno de curiosidad, impaciente por asegurarme de la existencia de este hombre, pregunté a una vieja criada que cuidaba de la más pequeña de mis hermanas, quién era aquel personaje.
‑¡Ah mi pequeño Nataniel! ‑me contestó‑, ¿no lo sabes? Es un hombre malo que viene a buscar a los niños cuando no quieren irse a la cama y les arroja un puñado de arena a los ojos haciéndoles llorar sangre. Luego, los mete en un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en el nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos.
Desde entonces, la imagen del Hombre de Arena se grabó en mi espíritu de forma terrible; y, por la noche, en el instante en que las escaleras retumbaban con el ruido de sus pasos, temblaba de ansiedad y de horror; mi madre sólo podía entonces arrancarme estas palabras ahogadas por mis lágrimas: «¡El Hombre de Arena! ¡El Hombre de Arena!» Corría al dormitorio y aquella terrible aparición me atormentaba durante toda la noche.
Yo tenía ya la edad suficiente como para pensar que la historia del Hombre de Arena y sus hijos en el nido de la luna creciente, según la contaba la vieja criada, no era del todo exacta pero, sin embargo, el Hombre de Arena siguió siendo para mí un espectro amenazador. El terror se apoderaba de mí cuando le oía subir al despacho de mi padre. Algunas veces duraba su ausencia largo tiempo; luego, sus visitas volvían a ser frecuentes; aquello duró varios años. No podía acostumbrarme a tan extraña aparición, y la sombría figura de aquel desconocido no palidecía en mi pensamiento. Su relación con mi padre ocupaba cada vez más mi imaginación, la idea de preguntarle a él me sumía en un insuperable temor, y el deseo de indagar el misterio, de ver al legendario Hombre de Arena, aumentaba en mí con los años. El Hombre de Arena me había deslizado en el mundo de lo fantástico, donde el espíritu infantil se introduce tan fácilmente. Nada me complacía tanto como leer o escuchar horribles historias de genios, brujas y duendes; pero, por encima de todas las escalofriantes apariciones, prefería la del Hombre de Arena que
dibujaba con tiza y carbón en las mesas, en los armarios y en las paredes bajo las formas más espantosas. Cuando cumplí diez años, mi madre me asignó una habitación para mí solo, en el corredor, no lejos de la de mi padre. Como siempre, al sonar las nueve, el desconocido se hacía oír, y había que retirarse. Desde mi habitación, le oía entrar en el despacho de mi padre, y poco después, me parecía que un imperceptible vapor se extendía por toda la casa. La curiosidad por ver al Hombre de Arena de la forma que fuese crecía en mí cada vez más. Alguna vez abrí mi puerta, cuando mi padre ya se había ido, y me deslicé en el corredor; pero no pude oír nada, pues siempre habían cerrado ya la puerta cuando alcanzaba la posición adecuada para poder verle. Finalmente, empujado por un deseo irresistible, decidí esconderme en el gabinete de mi padre, y esperar allí mismo al Hombre de Arena.
Por el semblante taciturno de mi padre y por la tristeza de mi.................................................................................................................

CUENTOS DEL SIGLO XIX //HISTORIA DEL ENDEMONIADO PACHECO // Jan Potocki

HISTORIA DEL ENDEMONIADO PACHECO // Jan Potocki  (link-enlace)



(Histoire du démoniaque Pacheco, 1805)

 

FINALMENTE, desperté de verdad. El sol quemaba mis párpados, que apenas si podía abrir. Entreví el cielo y me di cuenta de que me hallaba al aire libre. Pero el sueño pesaba aún sobre mis ojos, y aunque ya no dormía, todavía no estaba despierto del todo. Veía desfilar ante mí imágenes de suplicios, sucediéndose unas tras otras. Me sentí horrorizado, y me incorporé rápidamente.
¿Cómo expresar con palabras el horror que sentí en ese momento? Me encontraba bajo la horca de Los Hermanos. Pero los cadáveres de los dos hermanos de Zoto no colgaban al aire, sino que yacían junto a mí. Lo que quiere decir que había pasado la noche con ellos. Me hallaba sentado sobre trozos de cuerdas, restos de ruedas y de esqueletos humanos, y sobre horrorosos harapos que la podredumbre había separado de ellos.
Pensé un momento que quizá no estaría aún bien despierto y que aquello era un horrible sueño. Cerré los ojos y busqué en mi memoria dónde había estado la víspera. En ese instante sentí como si las garras de un animal se hundiesen en mi costado, y vi a un buitre que se había arrojado sobre mí y que devoraba a uno de mis compañeros de lecho. El dolor que me causaban sus garras era tan intenso que logró despertarme del todo. Junto a mí se encontraban mis ropas, y me apresuré a vestirme. Ya vestido, quise salir de la tapia que rodeaba la horca, pero vi que la puerta se hallaba cerrada, y a pesar de mi esfuerzo no logré romperla. Tuve, pues, que trepar por la triste muralla y, apoyándome en una de las columnas de la horca, me puse a contemplar la comarca que desde allí se divisaba. Fácilmente pude orientarme. Me hallaba a la entrada del valle de Los Hermanos, no lejos de las orillas del Guadalquivir.
Mientras observaba el paisaje, vi cerca del río a dos viajeros, uno de los cuales preparaba un almuerzo, mientras el otro sujetaba con la brida los caballos. Me alegró tanto ver a aquellos hombres que mi primer movimiento fue gritarles: «¡Agur, agur!». Lo que en español quiere decir «hola» o «buenos días».
Al ver que alguien les saludaba desde lo alto de la horca, los viajeros parecieron indecisos un instante, pero en seguida montaron en sus caballos, los pusieron a galope tendido y tomaron el camino de Los Alcornoques. Fue inútil que les gritara para que se detuviesen. Cuanto más les gritaba, más golpes de espuela daban a sus caballos. Cuando les perdí de vista decidí abandonar aquel sitio. Salté a tierra, pero con tan mala fortuna que me hice daño en una pierna.
Cojeando un poco, logré llegar a la orilla del Guadalquivir, y me acerqué al sitio donde los viajeros habían abandonado su almuerzo; era lo que yo necesitaba, pues me encontraba agotadísimo. El almuerzo se componía de chocolate, que cocía aún, sponhao mojado en vino de Alicante, pan y huevos. Después de reparar mis fuerzas, me puse a pensar en lo que me había ocurrido durante la noche. Guardaba todavía un recuerdo algo confuso de ello pero lo que sí recordaba perfectamente era haber dado mi palabra de honor de guardar el secreto, y estaba firmemente decidido a cumplirla. Esto resuelto, lo único que tenía que hacer, por el momento, era decidir qué camino había de tomar, y me pareció que las leyes del honor me obligaban más que nunca a atravesar Sierra Morena.
Quizá el lector se sorprenda de verme tan preocupado por mi honor y tan poco por los sucesos de la víspera. Pero esta manera de pensar era consecuencia de la educación que había recibido, como podrá verse por la continuación de mi relato. Por el momento, sigo con el de mi viaje.
Tenía gran curiosidad por saber lo que los demonios habrían hecho de mi caballo, que había dejado en Venta Quemada. Y como además estaba en mi camino, decidí pasar nuevamente por la Venta. Tuve que recorrer a pie todo el valle de Los Hermanos y el de la Venta, lo que no dejó de fatigarme. Estaba deseando encontrar mi caballo, y, en efecto, lo hallé en la misma cuadra donde lo dejé. Parecía animado, bien cuidado y limpio. No podía imaginarme quién se había ocupado de él, pero como ya había presenciado tantas cosas extraordinarias, no me llamó mucho la atención. Me habría puesto inmediatamente en camino si la curiosidad no me hubiese empujado a recorrer de nuevo el interior de la Venta. Encontré el cuarto donde había dormido la noche que llegué por vez primera, pero no pude hallar el salón donde vi a las bellas africanas. Cansado de buscarlo, renuncié a ello, y montando en mi caballo continué mi camino.
Cuando desperté bajo la horca de Los Hermanos, el sol se encontraba en su punto más alto. Como había tardado más de dos horas en llegar a la Venta, después de hacer dos leguas más, tuve que pensar en buscar una posada, pero, al no encontrar ninguna, decidí continuar mi camino. Por fin vi a lo lejos una capilla gótica y una cabaña que parecía ser la vivienda de un ermitaño. Aunque se hallaba alejada del camino principal, como empezaba a tener hambre, no dudé en dar ese rodeo con tal de conseguir algo de comer. Cuando llegué a la cabaña, até el caballo a un árbol y llamé a la puerta de la ermita. La abrió un religioso de rostro venerable, que me abrazó con paternal ternura, y me dijo: ‑Entrad, hijo mío, daos prisa. No os conviene pasar la noche fuera; temed al demonio. El Señor nos ha retirado su mano.
Di las gracias al ermitaño por su bondad y le confesé que estaba muerto de hambre.
‑Pensad primero en vuestra alma, hijo mío ‑me contestó‑. Pasad a la capilla y arrodillaos ante la cruz. Me cuidaré de vuestra hambre, pero sólo podréis hacer una comida frugal, la que corresponde a un ermitaño.
Entré en la capilla y me puse a rezar de verdad, pues era ........................................................

EL BARRIL DE AMONTILLADO // Edgar Allan Poe

EL BARRIL DE AMONTILLADO // Edgar Allan Poe  (link-enlace)





Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de
Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme.
Vosotros, que conocéis tan bien la naturaleza de mi
carácter, no llegaréis a suponer, no obstante, que
pronunciara la menor palabra con respecto a mi
propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un
punto establecido definitivamente. Pero la misma
decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de
peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar,
sino castigar impunemente. Una injuria queda sin
reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador.
Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar
a entender a quien le ha agraviado que es él quien se
venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra,
di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena
voluntad hacia él. Continué, como de costumbre,
sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que
mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de
arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros
aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y
aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un
entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero
talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo
se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la
ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a
los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y
piedras preciosas, Fortunato, como todos sus
compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en
cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a
esto, yo no difería extraordinariamente de él. También
yo era muy experto en lo que se refiere a vinos
italianos, y siempre que se me presentaba ocasión
compraba gran cantidad de estos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del
Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva
cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre
estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy
ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su
cabeza con un sombrerillo cónico adornado con
cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber
estrechado jamás su mano como en aquel momento.
-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un
encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene
usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo
que llaman amontillado, y tengo mis dudas.
- ¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril?
¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-,
e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se
tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle.
No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la
ocasión.
-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de pagarlo.
-¡Amontillado!
-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba
ahora a buscar a Luchesi. El es un buen entendido. El
me dirá...
-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del
jerez.
-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar
puede competir con el de usted.
-Vamos, vamos allá.
-¿Adónde?
-A sus bodegas.
-No mi querido amigo. No quiero abusar de su
amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso.
Luchesi...
-No tengo ningún compromiso. Vamos.
-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso
alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son
terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de
salitre.
-A pesar de todo, vamos. No importa el frío.
¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no
sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un
antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi
roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo.
Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para
celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había
dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente,
dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por
la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo
sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de
ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a
Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse
a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje
que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga
y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara
precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los
últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro,
sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los
Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de
su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.
-¿Y el barril? -preguntó.
-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos
blancos festones que brillan en las paredes de la
cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas,
que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
-¿Salitre? -me preguntó, por fin.
-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene
usted esa tos?
-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!
¡Ejem!...!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta
pasados unos minutos.
- No es nada -dijo por último.
- Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud
es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado,
admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido
en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí
respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted
enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad.
Además, cerca de aquí vive Luchesi...
-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me
matará. No me moriré de tos.
-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi
intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar
precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la
humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se
hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas
en el húmedo suelo.
-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.
Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo.
Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los
cascabeles sonaron.
-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan
en torno nuestro.
-Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro
camino.
-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa
familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a
una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el
talón..........................................................................................................

Historias de fantasmas // Charles Dickens

HISTORIAS DE FANTASMAS // CHARLES DICKENS  (link-enlace)


Índice
El manuscrito de un loco
La historia del viajante de comercio
La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador

La historia del tío del viajante
El barón de Grogzwig
Una confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II

Para leer al atardecer
Juicio por asesinato
Fantasmas de Navidad
La novia del ahorcado

La visita del señor Testador
La casa hechizada. Los mortales de la casa




El manuscrito de un loco


¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo
habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y
hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas
sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me
agrada. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño colérico haya sido
temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco... cuyas cuerdas y hachas
fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco!
Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro... rechinar los
dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena,
pesada... y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música. ¡Un hurra
por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!
Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía
despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la
maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la
felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el
progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada
con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación
sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que
tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en
cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar,
señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco
predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.
Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches
son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches
inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da
frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y
oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la
noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la
vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre,
que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los
dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los
gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que
su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para
impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad... bien
que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo.
¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.
Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle
miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo
sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban. ¡Solía palmearme a mí
mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que
me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y
sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro
placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo
rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la
verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen
amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el
querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era
un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay,
era una vida alegre!
Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre
placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé
un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había
entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio
de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por
descubrir un fallo? La astucia del loco les había superado a todos.
Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me
alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos!
¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada
amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los
cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo
en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado
bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada
limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco
se daban cuenta de que la habían casado con un loco.
Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la
hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la
alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui
engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen
ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que
la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi
rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de
ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños
turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano
de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.
Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que
lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de
mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de
esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el
rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en
los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el
corazón cuando escribo esto... ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los
ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás
gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho
más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha
salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.
Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido;
durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca
conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho
tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que
lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no
había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal
cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro
pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba,
aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida
desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no
podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera
engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes,
me decidió. Resolví matarla.
Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era
una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose
en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo
colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la
astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El
placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la
abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!
Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me
susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi
mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi
esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté
suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los
rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas. Su rostro estaba tranquilo y
plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse
la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño
pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.
Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido.
Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me
acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza.
Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la
puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El
encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando
un grito tras otro, se dejó caer al suelo.
Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí
pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz
alta pidiendo ayuda.
Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento
perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había
perdido el sentido y desvariaba furiosamente.
Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en
finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su
lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con
otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y
famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo
que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana
abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con
un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido
hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde
me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien
que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera
escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!
Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los
orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella
cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo
aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía
sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron
de mis ojos.
Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y
perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la
alegría y el regocijo salvaje: que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en
casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dan do vueltas y más vueltas en un baile
frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se
apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba el sonido de la música y
contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que m, habría precipitado entre
ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasi que me
produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las
afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.
Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la
realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído
siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la
extraña confusión en la que se halla] mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente
se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban
de mí, mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba
como el viento, y les dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza
de un gigante. Mirad cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones.
Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con
muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera,
sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que
he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.
Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a
casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para
verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con
todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarle. Me dijeron
que estaba allí y subí presurosamente las escaleras. Tenía que decirme unas palabras.
Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas... por primera vez.
Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que
él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la
locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en
silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños
hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de
ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su
observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba
saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su
hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el
uniforme que llevaba puesto.
Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército... ¡un nombramiento comprado
con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que: más había tramado para
insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a
su hermana a casarse conmigo, y bien sabia que el corazón de aquélla pertenecía al
piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme e su degradación! Volví
mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.
Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre
valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. ~ acerqué la
mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía.
Sen que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.
—Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía—le dije—. Mucho.
Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con la mano el respaldo de la
silla; pero no dije nada.
—Es usted un villano —le dije—. Le he descubierto. Descubrí sus infernales
trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó
a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.
De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a
retroceder, pus mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.
Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y
los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.
—Condenado sea —dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él—. Yo la maté.
Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!
Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me
enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre
él.
Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y
yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía,
y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose
menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas
manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la
lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.
De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente,
gritándose unos a otros que cogieran al loco.
Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en
pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con
mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y les atacara con ella. Llegué a la
puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.
Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el
ruido de uno; pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia,
hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos
y riachuelos, por encima de cercas y d, muros, con gritos salvajes que escuchaban seres
extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste
horadaba el aire Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que
traspasaban las orillas y los se tos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una
velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con
un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en
esta celda gris a la qu raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos
rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ve
esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a veces puedo oír extraños
gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. N sé lo que son; pero no
proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las
primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e
inmóvil en c mismo lugar, escuchando la música de mi cadena d hierro, y viéndome
saltar sobre mi lecho de paja.
[De ThePickwick Papers]




La historia del viajante de comercio


Una tarde invernal, hacia las cinco, cuando empezaba a oscurecer, pudo verse a un
hombre en uj calesín que azuzaba a su fatigado caballo por el camino que cruza
Marlborough Downs en dirección Bristol. Digo que pudo vérsele, y sin duda habría sido
así si hubiera pasado por ese camino cualquier que no fuera ciego; pero el tiempo era tan
malo, y la noche tan fría y húmeda, que nada había fuera salve el agua, por lo que el
viajero trotaba en mitad del camino solitario, y bastante ......................................................................................................

IMAGENES MUNDOS FANTASTICOS

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MALKAVIAN


La calle estaba desierta, era demasiado tarde, incluso para él...acostumbrado a moverse a tan
tardía hora... debido a su profesión de detective privado... A esa hora es donde los fieles
esposos por el día, deciden salir a divertirse, echar una canita al aire¨... sinceramente, todo
eso le pone enfermo... Su profesión...su vida... todo le da asco, hay noches en las que desea
morir...
Los recuerdos volvieron a su mente el maldito dia en que recibió esa extraña llamada... Cientos
de preguntas como leones a una carnaza de antemano preparada... Esa voz... tan familiar... con
un leve acento británico, le recordaba demasiado a la de su Eloise...
Pero no podia ser... por mucho que en su mente, su esposa siguiera con vida, la realidad era muy
distinta... Practicamente la vio morir... Sufrio su dolor... rogó al cielo reunirse con ella,
pero no sucedió, sus suplicas no encontraron respuesta... Nadie acudio para librarle de sus
pesares, nadie...
Mira el reloj aprovechando la parpadeante luz de una farola... Casi se queda ciego en el
intento... Aun no era la hora, aun no eran las tres de la mañana... Asi que decidio sentarse en
las gastadas escaleras de la iglesia... a esperar... ¿ Que otra cosa podia hacer?
Busca la cajetilla de tabaco entre su gastada cazadora vaquera... y se lleva uno a los labios,
encendiendolo después con su corriente mechero... El humo llena su boca, pasando a sus pulmones,
caliente... delicioso... Y lo expulsa lentamente, fijandose como en la oscura noche, desaparece
con asombrosa rapidez gracias al viento... Y se da cuenta del frio que hace, y de que nada mas
que la curiosidad le retiene alli...
Pero casi sin poder evitarlo, su mente comienza a recordar a su ya fallecida esposa... La
recuerda idealizandola, como es logico... Recuerda su cabello rubio, tan rizado... Sus ojos
verdes, jaspeados con tonos dorados, que le daban una mirada casi gatuna... Aquel andar
maravilloso... su sonrisa, tan perfecta... esos labios carnosos que tantas veces habia retenido
entre los suyos... Era imposible no enamorarse de Eloise... como tambien es imposible olvi-
darla...
Mira el cigarrillo que tiene entre sus dedos, tras darle una ultima calada, lo tira observando
como las chispas salen de el al rozar el suelo... poco a poco la llama se va extinguiendo...para
luego morir, dejando solo el reguero de humo en el aire... Todo mientras el recuerda a su
Eloise...
Comienza a tener mas frio... abrigandose como puede decide levantarse de las escaleras...
finamente hablando, piensa, se le esta congelando el culo... asi que se dirige a la puerta de la
iglesia, donde por el dia, los mendigos se dedican a pedir a la salida del oficio... Hey ! Es su
dia de suerte.... se agacha y recoje una moneda de 25 centavos dejada a la mano de dios ante la
puerta de la iglesia... Cuando se levanta contemplando la moneda, repara en que no esta solo...
Al pie de las escaleras, una dama de apariencia angelical, le observa... Parpadea confuso, no es
posible... es... es ella... su amada Eloise... esta ante el...
Balbucea incoherentes palabras antes de poder dar un paso, y la dama sonrie... sonrie aun
mirandole...mientras extiende la mano para que se acerque...sigue tan bella como antaño...
Y el no puede evitar acercarse, tomar su mano entre las suyas para observar que esta helada... y
la besa con fervor casi religioso, como harian muchos al contemplar la estatua de la virgen...
pero para el, Eloise, es lo mas preciado que existe... Y ahora que sabe que no ha muerto... todo
podra ser como antes...
La mujer sonrie, cerrando los ojos al sentir su contacto... sus pulcras y cuidadas uñas rozan el
dorso de la mano de su amado... y luego, alza su barbilla, levantando la mirada... Haciendo que
por fin sus ojos se miren fijamente... pero ya no sonrie, en su cabeza, un dilema se debate...
¿seguir el consejo de su amor ? ¿ Dejarse llevar por lo que dicta su, ya muerto, corazon? O por
el contrario... ¿ Amarle en silencio...dejar que sus labios se junten, por apenas un instante en
el tiempo eterno, para luego desaparecer, sin dejar rastro tras de si...? No sabe que hacer...
Le ama, pero no quiere condenarle... Ademas, tiene demasiadas cosas que explicarle... Sabe que
la naturaleza de su amado, es ya de por si preguntona... Espera casi con impaciencia las
preguntas... que efectivamente, no tardan en llegar...
¿ Como... como es posible...? Mi dulce Eloise... estabas muerta... ellos lo dijeron... no quedaba
nada... O eres una imagen... Sí, eso ha de ser, eres una imagen producto de mi imaginacion...
En los labios de la mujer se dibuja, poco a poco, una sonrisa de travesura... Su amado ha
reaccionado tal y como ella esperaba... Los años no pasan en vano... Con voz apagada, casi en un
susurro, contesta a su pregunta... Cuando decian, todo tiene solucion menos la muerte, se
equivocaban... No es cierto...mirame a mi... yo estoy muerta, y sin embargo camino, siento,
contemplo las cosas, admiro las maravillas... acumulo odio... amor, deseo...pasion... y sobre
todo, pienso... pienso en porque me cuesta tanto venir a verte... y hallo la respuesta sin ni
siquiera molestarme en buscarla... Porque te amo... y haga lo que haga, decida lo que decida,
perdere a mi unico amor... a ti...
La mano de la mujer se desliza por la mejilla de su compañero...acariciandola suavemente...
rozandola con tanta ternura como le es posible... Sabe que de lo que haga esa noche, dependera
todo su futuro, tanto en la eternidad, como en la vida normal... Pero el hombre parece no
entenderla... Toma su mano con fuerza y la aprieta...Eloise... mi niña, mi amor... Tienes que
contarme que ha pasado... asi podre ayudarte... sabes que te amo, que pase lo que pase siempre
te amare... quiero estar contigo como lo estabamos antes, siempre juntos... no quiero llevar la
vida que llevo ahora... sin ti a mi lado, ya no soy nadie...
Ella no puede reprimir un gesto doloroso, que asoma a su rostro sin casi poder evitarlo... Le
ama, cierto, pero... ¿ Sacrificara toda la vida del hombre que ama, por la eternidad a su
lado?... Cain lo prohibió en su dia... y tenia toda la razón del mundo... Pero no sabe que
hacer... se encuentra en un dilema moral... moral y etico...
Tiene miedo de perder, por causa de la muerte, todo lo que ama, pero tambien tiene miedo de
perder, por darle la vida eterna, por condenarlo a vivir en las sombras, en la oscuridad, por
tiempo inimaginable...
Y le abraza... le abraza rodeandole con sus frios brazos... le quiere proteger, le quiere
ayudar... Pero sigue indecisa en sus pensamientos...
El hombre se deja abrazar... respirando el suave perfume de su cabello... acariciandolo, para
luego bajar por su espalda... El fino vestido deja traspasar la frialdad de su piel, y mas en una
noche tan poco calurosa como esa... La respiracion del hombre forma vaho ante su rostro... sin
embargo, no puede evitar percatarse de que su esposa no lo forma... Se separa para mirarla al
rostro... Esta palida, hasta casi rozar lo extremo... y esta demasiado fria... como un tempano...
y sus labios, tan rojos, resaltan aun mas esta palidez, bajo la inquietante y parpadeante luz de
una farola...
Amor mio... no eres tu quien habla...no son tus labios los que quiero besar... ni esas manos las
que quiero acariciar... ¿ Que eres? ¿ En que te has convertido...? Temo por nuestro amor, que va
mas alla de la muerte... Temo que se desate el odio... al descubrir que eres...
Y ella le mira fijamente... ¡ Por dios cuanto le ama! No puede expresarlo con palabras... Y sin
embargo, debe hacerlo... debe hacerlo para demostrarselo... para que vea lo que esta dispuesta a
hacer por el...Toma su mano y la acaricia... sus ojos aun fijos en los de el, sus bocas a escasos
centimetros... la respiracion del hombre azota su rostro , mientras que nada azota el de él...
pues la mujer esta visto que no respira...
Mi vida... te amo, te amo mas de lo que nadie ha sabido hacerlo nunca... pero estoy en una
situacion comprometida... si deseo conservarte a mi lado para siempre, ese amor que dices sentir
por mi, se perderá... y si por el contrario, me voy sin mediar palabra... siempre me quedara en
el corazon la idea de que pudo suceder... Aconsejame ahora, objetivamente aunque sea, pero dime
algo... Pues te quiero...y si te pierdo, nada tengo...
Y se quedan asi, el uno mirando al otro... sus labios parecen tener vida propia... quieren
besarse, pero ninguno de los dos hace nada por acercarse... Quizá el precio que haya que pagar
sea demasiado alto... Al mirar los ojos del joven, la mujer comprende que no entiende, que si
quiere saber su opinion, por muy parcial que sea, debera contarselo... y tiene miedo de hacerlo,
pues despues, al dejarle marchar, sera demasiado peligroso para los otros vastagos... Y la sola
idea de que vayan a por el, le horroriza...
Te amo, Eloise... pero te fuiste de mi lado... aunque no se porque... y ahora vuelves, y de
nuevo, no se a que atenerme... pues si vienes para quedarte, bien recibida seas, mas si vienes
para irte, dejando de nuevo mi corazon desolado, mejor que borres de mi memoria este dulce
encuentro, pues recordarlo seria demasiado doloroso...
Tras un minuto de silencio, que se hace eterno a oidos del joven, la mujer parece reaccionar...
Aparta la vista de los ojos de su amado y la deja vagar por el parque de la iglesia... Curiosa
coincidencia... se encuentran en una iglesia... donde se conocieron... o quizá no es coincidencia
, quizá fue el subconsciente el que actuo por ellos, dejandoles una señal, por pequeña que sea,
por estupida que parezca... Alli fue donde se juraron amor eterno... Donde se prometieron amarse
y respetarse... en la salud y en la enfermedad... y, efectivamente, hasta que la muerte les
separase... Pero... ¿ Se cambiarian los votos ahora que ni la muerte pueden separarles? Y de ser
asi... ¿Estarian dispuestos a aceptarlos ? Todo depende de cada persona, la eternidad puede
hacerse demasiado tediosa para pasarla con una sola persona...
Cuando paso...bueno... cuando el e... Esto es demasiado complicado para contartelo... y mas
ahora, en esta situacion... pero debes saberlo, debes conocer lo que paso y darme tu opinion...
porque yo te dare donde elegir... luego podras venir conmigo, o irte... separarnos, pero esta
vez, para siempre... tendras la oportunidad que yo no tuve... Tendras la oportunidad de elegir
tu destino, tu futuro...
La noche en la que me atropellaron... Bueno... no sali tan mal parada como esperaba... Alguien
me recogio del lugar del e justo cuando sucedió... o poco despues, ahora mismo no lo recuerdo
bien... Pues bien... Me recogio una persona que no queria que muriese, pero que no me dio a
elegir mi futuro... Dijo que lo sabia todo de mi, que llevaba tiempo observando mis movimien-
tos... que le interesaba la manera en la que hablaba, la manera que tenia de ayudar a las
personas...
Y dijo que lo que mas le impresionaba, eran las ganas que tenia de vivir... Debes saber, cielo,
que yo estaba muy mal herida... casi al borde de la muerte... los dolores eran terribles... y la
herida del pecho no paraba de sangrar... Pero a mi angel salvador no parecia importarle en
absoluto... En vez de curar la herida, coloco sus labios sobre mi pecho bebiendo de mi...
sorbiendo mi sangre... y luego continuaba hablando... como si lo que estuviese haciendo fuera lo
mas normal del mundo... pero no lo era... al menos, no para mi...
Poco a poco, el tema se fue desviando... me explico lo que era, porque bebia de mi... y los
poderes que tenia, poder sobre el bien y el mal, sobre la vida y la muerte... sobre la razon y
la ciencia... Poderes que yo siempre desee, el poder... el don de la eternidad, el don de poseer
vida y juventud eterna... Si, se por tu cara que piensas que estoy loca... Pero pronto, quizá
mas pronto de lo que debieras, lo entiendas, y quiza despues me odies por ello, ruego a dios que
no sea asi...
Me explico que era un vástago, un... si, un vampiro.. Me explico tambien que yo seria su
chiquilla, que tendira al igual que el, la vida eterna... y que mis heridas no importarian...
que eso seria lo de menos... Pero yo estaba demasiado debil para negarme... y porque no decirlo,
no se si de tener la oportunidad, lo habria hecho... La vida es demasiado hermosa para
desperdiciarla... Asi que no me negué, pero tampoco le di mi consentimiento... Diciendo esto
parece que quiero expirar mis culpas, y no es asi...creeme cielo, no es asi...
Y apenas unas horas despues del e, cuando supongo todos me dabais por muerta, volvia a nacer...
El abrazo, asi se llama al acto de convertir a un humano en vastago... se llevo a cabo en la mas
absoluta privacidad... Y mi aprendizaje, bastante largo porque no decirlo, ha tenido lugar estos
años, durante los cuales, no se me ha permitido salir para nada en absoluto mas que para
alimentarme... y para eso, iba acompañada... Por eso no he podido acercarme a ti, por mas que
piense cada noche en ti.. recuerde tus caricias, tus labios, tus palabras de amor susurradas a
mi oido cuando el dia despuntaba en nuestra ventana... Cuando tu brazo, que cada noche me
abrazaba con mas fuerza, acariciaba mi pecho desnudo, rozandolo cariñosamente... recuerdo eso y
siento envidia por el pasado... y cada vez te amo con mas fervor si eso es posible... ¿que tienes
que decir ?... espero ansiosa un si que tal vez no llegue.. espero tambien que, como en los
viejos tiempos, durmamos abrazados el uno al otro... sin temor a que la mañana no llegue... en
este caso la noche, sabiendo que el otro estara ahi... Dime, mi dulce amor, que contestas...
El hombre parece pensar, la mira tan fijamente que mas bien parece una estatua... Harto de su
vida desde que ella se fue, ahora no sabe que contestar... Le da la oportunidad de volver con
ella, esta vez, para siempre... Una parte de si mismo dice...¨ Tonto, pero ¿porque dudas ? Ha
venido solo por ti, porque aun te ama... vas a dejarla escapar ¨ Mientras que otra parte de su
ser, la mas cuerda de las dos le reprocha ¨ Contemplar la luz de las estrellas junto a la mujer
que amas puede ser lo mas maravilloso existente... pero debes saber que sin esa mujer, en ese
mundo no seras nadie... tu ves lo que decides... ¨ Asi que esta indeciso de nuevo, la ama, si
para que negarlo... pero ¿lo dara todo por ella ? ¿ La ama hasta ese punto? No esta seguro... de
lo unico que esta seguro es de que ella ha vuelto por el... Y eso merece cualquier intento...
pagar cualquier precio, por alto que sea, con tal de darse una nueva oportunidad... Pero debe
pensarlo mas a fondo... el tiene esa oportunidad... ella no la tuvo... Y si no lo hace... y si
se va por donde ha venid... siempre pesara en su memoria lo que pudo ser... Y no podra vivir con
ello, no podra vivir pensando que pudo recuperar el amor de su amada... eternamente...
El frio cada vez es mayor... El hombre tirita mirandola... Es tan hermosa... parece un angel...
eso es... un angel... con ese largo vestido blanco... casi transparente que realza su esbelta
figura... Y esos labios... de color coralino... No puede dejar de mirarla... Nunca dejara de
amarla... Pero duda entre irse o quedarse para siempre en el tiempo eterno a su lado...
Morirá el deseo ... Pero no el deseo de permanecer junto que une a nuestro corazon... Para
nosotros, los cainitas, hay algo mejor que el o... Pero eso deberias descubrirlo por ti mismo...
He estado esperando tanto tiempo. Mi angel... mi amado... Noche tras noche queria salir a
buscarte... Tenerte conmigo... a mi lado, abrazada... a ti... sentir tus manos en las mias... tu
sangre recorriendo mis labios... Y no te tenia... Y sufria en silencio... pues el aprendizaje es
duro... Durante todo este tiempo, he tenido que ocultarte del mundo... Pues si sabian de tu
existencia, si sabian que amaba a alguien, acabarian contigo...
Una lágrima de sangre recorre la palida mejilla de Eloise... yendo a morir a sus labios... no se
molesta siquiera en lamerla... Solo mira, contempla fijamente a su amado... En espera de ese si
que tanto ansia... de que le diga, llevame contigo... pero el hombre no pronuncia palabra... En
el fondo le comprende, dejar su vida por ella... Dejarlo todo para estar a su lado... Eso es
demasiado pedir...
Al cabo de unos minutos... que parecen perpetuos... el hombre comienza a hablar...
Eloise... eres mi vida, lo fuiste antaño y lo sigues siendo ahora... Me pides algo demasiado
facil... dejar la vida que llevo... Vida que aborrezco... a cambio de estar con la unica mujer
que jamas amé... Asi que mi respuesta es si... Llevame contigo... enseñame el mundo bajo la luz
de las estrellas... Enseñame a recuperar el tiempo perdido, a estar a tu lado, esta vez, sin que
la muerte nos separe...
Los ojos del hombre son ya llorosos... Pero aun asi, aun empañados en lagrimas, no puede dejar
de admirarla... De acariciar su mano, de besarla.. La ama, da su vida por ella... Lo da todo, y
sin rechistar... pues eso es amor... y ambos lo saben...
La mujer acaricia su rostro... bajando las manos por su cuello, acerca sus labios a este y lo
besa suavemente, mientras habla en susurros, alentandole, murmurando palabras de consuelo...
indicandole que debe aferrarse a la vida...1
Escuchame bien, Gerard... puede que esta sea la leccion mas importante que te enseñe nunca...
debes aferrarte a la vida... debes pensar que quieres vivir... Voy a sacarte tu sangre, para
mezclarla despues con la mia... estaremos unidos en cuerpo y alma... para siempre...
Y muerde lentamente su cuello... extrayendo su sangre... saciandose de su vida... bebiendo su
juventud... y recuerda antes de caer en el delirio... que le ama, mas alla de todas las cosas...
mas alla del bien y el mal... mas alla de lo etéreo y lo tangible... Y cierra los ojos mientras
la sangre recorre su cuerpo... siente los gemidos de su amado... siente los ultimos suspiros...
y escucha como el corazon, poco a poco, deja de latir... apagandose en su vivir... y antes de
que esto suceda... se detiene... Acaricia su cabello con suma dulzura... humedo ya por el sudor
de su frente... y se rasga la muñeca... de su rostro escapa una mueca dolorosa... pero no le
importa... Ella tambien lo daria todo por el...
Acercandola a su boca, le incita a beber, a alimentarse de ella, las dos sangres en una...
alianza imposible de romper... Siente como la sangre escapa de su cuerpo, como el hombre bebe
incesantemente... como se sacia... quizá en venganza de su desaparecida sangre... Deja escapar
un gemido de sus labios...
Gerard... detente... ahora... le dice... y el hombre obedece a duras penas... sintiendo como
todo resquicio humano escapa de su cuerpo al mismo tiempo casi que la muñeca de sus labios... Y
se abrazan, amandose a su manera... lo peor ya ha pasado... o eso piensan... Y se quedan
abrazados en aquellas escaleras... donde el azar, o el subconsciente les ha llevado... el lugar
donde una vez se reunieron para darse el ¨ si quiero ¨ y donde ahora, tras tanto tiempo, han
vuelto para decirselo de nuevo... aunque en distinta manera...
Y se amaran mas alla de toda regla, si lo eterno lo permite, si los vastagos les aceptan.. y si
no, lucharan... lucharan por seguir adelante... lucharan como ya han luchado hasta ahora...
Tu eres mi muerte dulce, Gerard... Y asi sellaron su nombre, nombre por el que le conocerian
para siempre...

 

EL MUNDO DEBE SABER QUE PASA EN CHILE

EL MUNDO DEBE SABER QUE PASA EN CHILE   (link-enlace)

 

"En el valle de San Félix, el agua más pura en Chile corre por ríos alimentados por 2 glaciares, donde existe el más precioso recurso (agua). Grandísimos depósitos de oro, plata y otros minerales han sido encontrados bajos los glaciares. Para llegar hasta ellos será necessario quebrar y destruir los glaciares -algo nunca concebido en la historia del mundo- y hacer 2 grandísimos huecos, cada uno tan grande como una montaña, uno para la extracción y otro para el deshecho de la mina. El proyecto se llama PASCUA LAMA. La compañía se llama Barrick Gold. La operación esta siendo planeada por una multinacional de la cual es miembro George Bush padre.
http://www.barrick.com/
El gobierno Chileno ha aprobado el proyecto para que empiece este año 2006. La Única razón por la cual no ha empezado aún, es porque los campesinos han obtenido un aplazamiento. Si destruyen los glaciares, no solamente destruirán la fuente de un agua specialmente pura, pero Contaminarán permanentemente los 2 ríos de tal forma que nunca volverán a ser aptos para consumo por humanos o animales debido al uso de cianuro y ácido sulfúrico en el proceso de extracción. Hasta el último gramo de oro será enviado a la multinacional en el extranjero y ni uno le quedará a la gente a quien le pertenece esta tierra. A ellos solo les quedará el agua envenenada y las enfermedades consiguientes. Los campesinos llevan bastante tiempo peleando por su tierra, pero no han podido recurrir a la TV por una prohibición del Ministerio del Interior. Su única esperanza para frenar este proyecto es obtener ayuda de la justicia internacional. El mundo debe enterarse de lo que esta pasando en Chile. El lugar por donde empezar a cambiar el mundo es nuestro lugar. Circula este mensaje entre tus amigos de esta forma: Por favor copie este texto y péguenlo a un mensaje nuevo, añadiendo su firma y enviándolo a todas las personas en su archivo de direcciones. Se ruega a las personas, que quieran hacer voz de su queja, dirijirse a : nopascualama@yahoo.com _ para que sea remitido al gobierno Chileno
"No a la mina abierta Pascua Lama en la cordillera andina sobre la Frontera entre Chile-Argentina. Pedimos al gobierno Chileno que no autorice el proyecto Pascua Lama para proteger la totalidad de 2 glaciares, la pureza del agua de los valles de San Félix y El Tránsito, la calidad de la tierra cultivable en la Región de Atacama y la calidad de vida de la gente afectada de la Región.

EL LOCO // GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

 

GIBRÁN KHALIL GIBRÁN   (link-enlace)

EL LOCO
(1918)


Me preguntáis como me volví loco. Así sucedió:

Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras -si; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas-; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:
-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!
Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:
-Miren! ¡Es un loco!
Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro, y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!
Así fue que me convertí en un loco.
Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.
Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.

DIOS

En los días de mi más remota antigüedad, cuando el temblor primero del habla llegó a mis labios, subí a la montaña santa y hablé a Dios, diciéndole:
-Amo, soy tu esclavo. Tu oculta voluntades mi ley, y te obedeceré por siempre jamás.
Pero Dios no me contestó, y pasó de largo como una potente borrasca.
Y mil años después volví a subir a la montaña santa, y volví a hablar a Dios, diciéndole:
-Creador mío, soy tu criatura. Me hiciste de barro, y te debo todo cuanto soy.
Y Dios no contestó; pasó de largo como mil alas en presuroso vuelo.
Y mil años después volví a escalar la montaña santa, y hablé a Dios nuevamente, diciéndole:
-Padre, soy tu hijo. Tu piedad y tu amor me dieron vida, y mediante el amor y la adoración a ti heredaré tu Reino. Pero Dios no me contestó; pasó de largo como la niebla que tiende un velo sobre las distantes montañas.
Y mil años después volví a escalar la sagrada montaña, y volví a invocar a Dios, diciéndole:
-¡Dios mío!, mi supremo anhelo y mi plenitud, soy tu ayer y eres mi mañana. Soy tu raíz en la tierra y tú eres mi flor en el cielo; junto creceremos ante la faz del sol.
Y Dios se inclinó hacia mí, y me susurró al oído dulces palabras. Y como el mar, que abraza al arroyo que corre hasta él, Dios me abrazó.
Y cuando bajé a las planicies, y a los valles vi que Dios también estaba allí.

AMIGO MÍO

Amigo mío... yo no soy lo que parezco. Mi aspecto exterior no es sino un traje que llevo puesto; un traje hecho cuidadosamente, que me protege de tus preguntas, y a ti, de mi
negligencia.
El "yo" que hay en mí, amigo mío, mora en la casa del silencio, y allí permanecerá para siempre, inadvertido, inabordable.
No quisiera que creyeras en lo que digo ni que confiaras en lo que hago, pues mis palabras no son otra cosa que tus propios pensamientos, hechos sonido, y mis hechos son tus propias esperanzas en acción.
Cuando dices: "El viento sopla hacia el oriente", digo: "Sí, siempre sopla hacia el oriente"; pues no quiero que sepas entonces que mi mente no mora en el viento, sino en el mar.
No puedes comprender mis navegantes pensamientos, ni me interesa que los comprendas. Prefiero estar a solar en el mar.
Cuando es de día para tí, amigo mío, es de noche para mí; sin embargo, todavía entonces hablo de la luz del día que danza en las montañas, y de la sombra purpúrea que se abre paso por el valle; pues no puedes oír las canciones de mi oscuridad, ni puedes ver mis alas que se agitan contra las estrellas, y no me interesa que oigas ni que veas lo que pasa en mí; prefiero estar a solas con la noche.
Cuando tú subes a tu Cielo yo desciendo a mi infierno. Y aún entonces me llamas a través del golfo infranqueable que nos separa: " ¡Compañero! ¡Camarada!" Y te contesto:
" ¡Compañero! ¡Camarada!, porque no quiero que veas mi Infierno. Las llamas te cegarían, y el humo te ahogaría. Y me gusta mi Infierno; lo amo al grado de no dejar que lo visites. Prefiero estar solo en mi Infierno.
Tu amas la Verdad, la Belleza y lo Justo, y yo, por complacerte, digo que está bien, y simulo amar estas cosas. Pero en el fondo de mi corazón me río de tu amor por estas entidades. Sin embargo, no te dejo ver mi risa: prefiero reír a solas.
Amigo mío, eres bueno, discreto y sensato; es más: eres perfecto. Y yo, a mi vez, hablo contigo con sensatez y discreción, pero... estoy loco. Sólo que enmascaro mi locura. Prefiero estar loco, a solas.
Amigo mío, tú no eres mi amigo. Pero, ¿cómo hacer que lo comprendas? Mi senda no es tu senda y, sin embargo, caminamos juntos, tomados de la mano.

EL ESPANTAPÁJAROS

-Debes de estar cansado de permanecer inmóvil en este solitario campo- dije en día a un espantapájaros.
-La dicha de asustar es profunda y duradera; nunca me cansa- me dijo.
Tras un minuto de reflexión, le dije:
-Es verdad; pues yo también he conocido esa dicha. -Sólo quienes están ...........................................................................................................

HERMAFRODITA // ANDRÓGINO

HERMAFRODITA //- // ANDRÓGINO   (link-enlace)

HERMAFRODITA


Cierto día Afrodita y Hermes se miraron intensamente. Y descubrieron que se amaban.
Tan fuerte fue la atracción que sintieron, como poco duradero fue su encuentro. Pero de su unión nació un hijo, a quien sus padres llamaron Hermafrodito, fundiendo en uno sus nombres griegos.
Terminada su aventura, la diosa comenzó a sentirse acusada de un nuevo adulterio. Y viendo en su hijo un testimonio vivo de su traición, decidió separarse de él. Lo entregó al cuidado de las ninfas del monte Ida para que lo criaran y lo educaran.
Al cumplir 15 años, Hermafrodito abandonó a sus niñeras y se dispuso a recorrer las tierras griegas. Era tan bello como su divina madre pero no había heredado de ella su ardor amoroso. Ante lo encantos femeninos y perspectivas de aventuras, tímidamente bajaba los ojos y se retiraba.....................

 

ANDRÓGINO


Andrógino es el término con el cual se refiere a las personas en las cuales sus rasgos externos no son propios ni del sexo masculino ni femenino, entrando así en un término medio.
El término fue mencionado por primera vez por Platón, que en su obra El Banquete menciona a un ser especial que reunía en su cuerpo el sexo masculino y el femenino y/o masculino-masculino y femenino-femenino.....................

RELIGIÓN EN LA ANTIGUA " GRECIA " /-/DIOSES

RELIGIÓN EN LA ANTIGUA " GRECIA " // DIOSES  (link-enlace)

 :

Los griegos eran politeístas, es decir, adoraban a muchos dioses. Ellos creían que esas divinidades vivían en el Monte Olimpo, estos, eran representados con forma humana: luchaban, protegían y se vengaban. Pero se diferenciaban en algo con, los humanos, era que ellos eran eternamente jóvenes.
Para venerarles, los griegos construyeron templos en su nombre.
Dioses y sus atributos:

NOMBRE - ATRIBUTO

ZEUS
Rey del panteón helénico, dios del cielo y la naturaleza. Padre de los hombre

HERA
Esposa de Zeus, protectora del matrimonio y la familia

HESTIA
Hermana de Zeus, protectora del hogar y las virtudes domésticas. Diosa del fuego sagrado

POSEIDÓN
Hermano de Zeus, dios de los mares y las fuentes

PALAS ATENEA
Hija de Zeus, diosa guerrera, protectora de las artes y las ciencias, simbolizaba la inteligencia

APOLO
Hijo de Zeus, el dios más bello; identificado con el sol, inspirador de poetas y músicos

ARTEMISA
Hija de Zeus, identificada con La Luna, diosa de la caza, símbolo de castidad

ARES
Hijo de Zeus, dios de la guerra, se complacía con el hambre y la peste

HEFAISTOS
Hijo de Zeus, dios del fuego y la industria

AFRODITA
Esposa de Hefaistos; la diosa mas bella, símbolo del amor

HERMES
Hijo de Zeus, dios del comercio y de la navegación

DEMETER
Hermano de Zeus, dios de la tierra fecunda y de la agricultura

Estos eran los doce principales dioses para los griegos, estos habitan el monte Olimpo y formaban una gran familia.

Aparte de estos dioses, había otras divinidades que inspiraban a los poetas y a los artistas, las Nueve Musas, ellas eran:
..................................................................................................................

CRONICAS MARCIANAS // Ray Bradbury

CRONICAS MARCIANAS // RAY BRADBURY // MITOS Y LEYENDAS DE LA CIENCIA-FICCION

(link-enlace)

 

ENERO DE 1999..................El verano del cohete
FEBRERO DE 1999.............Ylla
AGOSTO DE 1999...............Noche de verano
AGOSTO DE 1999...............Los hombres de la Tierra
MARZO DE 2000.................El contribuyente
ABRIL DE 2000...................La tercera expedición
JUNIO DE 2001...................Aunque siga brillando la luna
AGOSTO DE 2001...............Los colonos
DICIEMBRE DE 2001.........La mañana verde
FEBRERO DE 2002.............Las langostas
AGOSTO DE 2002...............Encuentro nocturno
FEBRERO DE 2003..............Intermedio
ABRIL DE 2003....................Los músicos
JUNIO DE 2003.....................Un camino a través del aire
2004-2005...............................La elección de los nombres
ABRIL DE 2005.....................Usher II
AGOSTO DE 2005.................Los viejos
SEPTIEMBRE DE 2005.........El marciano
NOVIEMBRE DE 2005..........La tienda de equipajes
NOVIEMBRE DE 2005..........Fuera de temporada
NOVIEMBRE DE 2005...........Los observadores
DICIEMBRE DE 2005.............Los pueblos silenciosos
ABRIL DE 2026.......................Los largos años
AGOSTO DE 2026...................Vendrán lluvias suaves
OCTUBRE DE 2026.................El picnic de un millón de años

 

EN LOS DIAS QUE CORREN, LA "CIENCIA-FICCION", ASI COMO MUCHOS DE SUS AUTORES, SE CONVIRTIERON LOS VISIONARIOS DEL FUTURO, LLEGANDO A VER EN ELLOS, UNOS "MITOS Y LEYENDAS", QUE CON EL PASO DEL TIEMPO, SE HAN IDO ACUMULANDO A NUESTRA VIDA, PASANDO DE SER "HISTORIAS DE CIENCIA -FICCION", A HISTORIAS COTIDIANAS CONTEMPORANEAS ; ¿ QUE HAN SIDO, VISIONARIOS?, O LOS PRECURSORES DE IDEAS NO ACORDES CON SU TIEMPO, A CAUSA DE UNA CIENCIA EN VIAS DE CRECIMIENTO, LLEGANDO LOS CIENTIFICOS A LLEVAR ESAS IDEAS A LA VIDA COTIDIANA, SEGUN LOS ADELANTOS DE ESA MISMA CIENCIA; EN SI TODO UN LOGRO PARA LA HUMANIDAD, A LA VEZ QUE UN TENEBRE AVISO, CONOCIENDO POR ESA MISMA "CIENCIA-FICCION", QUE EL HOMBRE TIENE COMO FIN LA DESTRUCCION DE LA HUMANIDAD...

 

 

 

...................................................................................................................... El señor K, impasible, tocó una columna. Fuentes de vapor y agua caliente brotaron del cristal. El frío desapareció de la habitación.
- Luego - dijo Ylla -, ese hombre de nombre tan raro, Nathaniel York, me dijo que yo era hermosa y... y me besó.
- ¡Ah! - exclamó su marido, dándole la espalda.
- Sólo fue un sueño - dijo Ylla, divertida.
- ¡Guárdate entonces esos estúpidos sueños de mujer!
- No seas niño - replicó Ylla reclinándose en los últimos restos de bruma química.
Un momento después se echó a reír.
- Recuerdo algo más - confesó.
- Bueno, ¿qué es, qué es?
- Ylla, tienes muy mal carácter.
- ¡Dímelo! - exigió el señor K inclinándose hacia ella con una expresión sombría y dura -. ¡No debes ocultarme nada!
- Nunca te vi así - dijo Ylla, sorprendida e interesada a la vez -. Ese Nathaniel York me dijo... Bueno, me dijo que me llevaría en la nave, de vuelta a su planeta. Realmente es ridículo.
- ¡Si! ¡Ridículo! - gritó el señor K -. ¡Oh, dioses! ¡Si te hubieras oído, hablándole, halagándolo, cantando con él toda la noche! ¡Si te hubieras oído!
- ¡Yll!
- ¿Cuándo va a venir? ¿Dónde va a descender su maldita nave?
- Yll, no alces la voz.
- ¡Qué importa la voz! ¿No soñaste - dijo el señor K inclinándose rígidamente hacia ella y tomándola de un brazo - que la nave descendía en el valle Verde?
¡Contesta!
- Pero, si...
- Y descendía esta tarde, ¿no es cierto?
- Sí, creo que sí, pero fue sólo un sueño.
- Bueno - dijo el señor K soltándola -, por lo menos eres sincera. Oí todo lo que dijiste mientras dormías. Mencionaste el valle y la hora.
Jadeante, dio unos pasos entre las columnas, como cegado por un rayo. Poco a poco recuperó el aliento. Su mujer lo observaba como si se hubiera vuelto loco. Al fin se levantó y se acercó a él.
- Yll - susurró:
- No me pasa nada.
- Estás enfermo.
- No - dijo el señor K con una sonrisa débil y forzada -. Soy un niño, nada más. Perdóname, querida. - La acarició torpemente. - He trabajado demasiado en estos días. Lo lamento. Voy a acostarme un rato.
- ¡Te excitaste de una manera!
- Ahora me siento bien, muy bien. - Suspiró. - Olvidemos esto. Ayer me dijeron algo de Uel que quiero contarte. Si te parece, preparas el desayuno, te cuento lo de Uel y olvidamos este asunto.
- No fue más que un sueño.
- Por supuesto - dijo el señor K, y la besó mecánicamente en la mejilla -. Nada más que un sueño.
Al mediodía, las colinas resplandecían bajo el sol abrasador.
- ¿No vas al pueblo? - preguntó Ylla.
El señor K arqueó ligeramente las cejas.
- ¿Al pueblo?
- Pensé que irías hoy.
Ylla acomodó una jaula de flores en su pedestal. Las flores se agitaron abriendo las hambrientas bocas amarillas. El señor K cerró su libro.
- No - dijo -. Hace demasiado calor, y además es tarde.
- Ah - exclamó Ylla. Terminó de acomodar las flores y fue hacia la puerta -. En seguida vuelvo - añadió.
- Espera un momento. ¿A dónde vas?
- A casa de Pao. Me ha invitado - contestó Ylla, ya casi fuera de la habitación.
- ¿Hoy?
- Hace mucho que no la veo. No vive lejos.
- ¿En el valle Verde, no es así?
- Sí, es sólo un paseo - respondió Ylla alejándose de prisa.
- Lo siento, lo siento mucho. - El señor K corrió detrás de su mujer, como preocupado por un olvido. - No sé cómo he podido olvidarlo. Le dije al doctor Nlle que viniera esta tarde.
- ¿Al doctor Nlle? - dijo Ylla volviéndose.
- Sí - respondió su marido, y tomándola de un brazo la arrastró hacia adentro.
- Pero Pao...
- Pao puede esperar. Tenemos que obsequiar al doctor Nlle.
- Un momento nada más.
- No, Ylla.
- ¿No?
El señor K sacudió la cabeza.
- No. Además la casa de Pao está muy lejos. Hay que cruzar el valle Verde, y después el canal y descender una colina, ¿no es así? Además hará mucho, mucho calor, y el doctor Nlle estará encantado de verte. Bueno, ¿qué dices?
Ylla no contestó. Quería escaparse, correr. Quería gritar. Pero se sentó, volvió lentamente las manos, y se las miró inexpresivamente.
- Ylla - dijo el señor K en voz baja -. ¿Te quedarás aquí, no es cierto?
- Sí - dijo Ylla al cabo de un momento -. Me quedaré aquí.
- ¿Toda la tarde?
- Toda la tarde.
Pasaba el tiempo y el doctor Nlle no había aparecido aún. El marido de Ylla no parecía muy sorprendido. Cuando ya caía el sol, murmuró algo, fue hacia un armario y sacó de él un arma de aspecto siniestro, un tubo largo y amarillento que terminaba en un gatillo y unos fuelles. Luego se puso una máscara, una máscara de plata, inexpresiva, la máscara con que ocultaba sus sentimientos, la máscara flexible que se ceñía de un modo tan perfecto a las delgadas mejillas, la barbilla y la frente. Examinó el arma amenazadora que tenía en las manos. Los fuelles zumbaban constantemente con un zumbido de insecto. El arma disparaba hordas de chillonas abejas doradas. Doradas, horribles abejas que clavaban su aguijón envenenado, y caían sin vida, como semillas en la arena.
- ¿A dónde vas? - preguntó Ylla.
- ¿Qué dices? - El señor K escuchaba el terrible zumbido del fuelle - El doctor Nlle se ha retrasado y no tengo ganas de seguir esperándolo. Voy a cazar un rato. En seguida vuelvo. Tú no saldrás, ¿no es cierto?
La máscara de plata brillaba intensamente.
- No.
- Dile al doctor Nlle que volveré pronto, que sólo he ido a cazar.
La puerta triangular se cerró. Los pasos de Yll se apagaron en la colina. Ylla observó cómo se alejaba bajo la luz del sol y luego volvió a sus tareas. Limpió las habitaciones con el polvo magnético y arrancó los nuevos frutos de las paredes de cristal. Estaba trabajando, con energía y rapidez, cuando de pronto una especie de sopor se apoderó de ella y se encontró otra vez cantando la rara y memorable canción, con los ojos fijos en el cielo, más allá de las columnas de cristal.
Contuvo el aliento, inmóvil, esperando.
Se acercaba.
Ocurriría en cualquier momento.
Era como esos días en que se espera en silencio la llegada de una tormenta, y la presión de la atmósfera cambia imperceptiblemente, y el cielo se transforma en ráfagas, sombras y vapores. Los oídos zumban, empieza uno a temblar. El cielo se cubre de manchas y cambia de color, las nubes se oscurecen, las montañas parecen de hierro. Las flores enjauladas emiten débiles suspiros de advertencia. Uno siente un leve estremecimiento en los cabellos. En algún lugar de la casa el reloj parlante dice: «Atención, atención, atención, atención...», con una voz muy débil, como gotas que caen sobre terciopelo.
Y luego, la tormenta. Resplandores eléctricos, cascadas de agua oscura y truenos negros, cerrándose, para siempre.
Así era ahora. Amenazaba, pero el cielo estaba claro. Se esperaban rayos, pero no había una nube.
Ylla caminó por la casa silenciosa y sofocante. El rayo caería en cualquier instante; habría un trueno, un poco de humo, y luego silencio, pasos en el sendero, un golpe en los cristales, y ella correría a la puerta...
- Loca Ylla - dijo, burlándose de sí misma -. ¿Por qué te permites estos desvaríos?
Y entonces ocurrió.
Calor, como si un incendio atravesara el aire. Un zumbido penetrante, un resplandor metálico en el cielo.
Ylla dio un grito. Corrió entre las columnas y abriendo las puertas de par en par, miró hacia las montañas. Todo había pasado. Iba ya a correr colina abajo cuando se contuvo. Debía quedarse allí, sin moverse. No podía salir. Su marido se enojaría muchísimo si se iba mientras aguardaban al doctor.
Esperó en el umbral, anhelante, con la mano extendida. Trató inútilmente de alcanzar con la vista el valle Verde.
Qué tonta soy, pensó mientras se volvía hacia la puerta. No ha sido más que un pájaro, una hoja, el viento, o un pez en el canal. Siéntate. Descansa.
Se sentó.
Se oyó un disparo.
Claro, intenso, el ruido de la terrible arma de insectos.
Ylla se estremeció. Un disparo. Venía de muy lejos. El zumbido de las abejas distantes. Un disparo. Luego un segundo disparo, preciso y frío, y lejano.
Se estremeció nuevamente y sin haber por qué se incorporó gritando, gritando, como si no fuera a callarse nunca. Corrió apresuradamente por la casa y abrió otra vez la puerta.
Ylla esperó en el jardín, muy pálida, cinco minutos.
Los ecos morían a los lejos.
Se apagaron.
Luego, lentamente, cabizbaja, con los labios temblorosos, vagó por las habitaciones adornadas de columnas, acariciando los objetos, y se sentó a esperar en el ya oscuro cuarto del vino. Con un borde de su chal se puso a frotar un vaso de ámbar.
Y entonces, a lo lejos, se oyó un ruido de pasos en la grava. Se incorporó y aguardó, inmóvil, en el centro de la habitación silenciosa. El vaso se le cayó de los dedos y se hizo trizas contra el piso.
Los pasos titubearon ante la puerta.
¿Hablaría? ¿Gritaría; «¡Entre, entre!»?, se preguntó
Se adelantó. Alguien subía por la rampa. Una mano hizo girar el picaporte.
Sonrió a la puerta. La puerta se abrió. Ylla dejó de sonreír. Era su marido. La máscara de plata tenía un brillo opaco.
El señor K entró y miró a su mujer sólo un instante. Sacó luego del arma dos fuelles vacíos y los puso en un rincón. Mientras, en cuclillas, Ylla trataba inútilmente de recoger los trozos del vaso.
- ¿Qué estuviste haciendo? - preguntó.
- Nada - respondió él, de espaldas, quitándose la máscara.
- Pero... el arma. Oí dos disparos.
- Estaba cazando, eso es todo. De vez en cuando me gusta cazar. ¿Vino el doctor Nlle?
- No.
- Déjame pensar. - El señor K castañeteó fastidiado los dedos. - Claro, ahora recuerdo. No iba a venir hoy, sino mañana. Qué tonto soy.
Se sentaron a la mesa. Ylla miraba la comida, con las manos inmóviles.
- ¿Qué te pasa? - le preguntó su marido sin mirarla, mientras sumergía en la lava unos trozos de carne.
- No sé. No tengo apetito.
- ¿Por qué?
- No sé. No sé por qué.
El viento se levantó en las alturas. El sol se puso, y la habitación pareció de pronto más fría y pequeña.
- Quisiera recordar - dijo Ylla rompiendo el silencio y mirando a lo lejos, más allá de la figura de su marido, frío, erguido, de mirada amarilla.
- ¿Qué quisieras recordar? - preguntó el señor K bebiendo un poco de vino.
- Aquella canción - respondió Ylla -, aquella dulce y hermosa canción. Cerró los ojos y tarareó algo, pero no la canción. - La he olvidado y no se por qué. No quisiera olvidarla. Quisiera recordarla siempre.
Movió las manos, como si el ritmo pudiera ayudarle a recordar la canción. Luego se recostó en su silla.
- No puedo acordarme - dijo, y se echó a llorar.
- ¿Por qué lloras? - le preguntó su marido.
- No sé, no sé, no puedo contenerme. Estoy triste y no sé por qué. Lloro y no sé por qué.
Lloraba con el rostro entre las manos; los hombros sacudidos por los sollozos.
- Mañana te sentirás mejor - le dijo su marido.
Ylla no lo miró. Miró únicamente el desierto vacío y las brillantísimas estrellas que aparecían ahora en el cielo negro, y a lo lejos se oyó el ruido creciente del viento y de las aguas frías que se agitaban en los largos canales. Cerró los ojos, estremeciéndose.
- Sí - dijo -, mañana me sentiré mejor.


AGOSTO DE 1999

Noche de verano



La gente se agrupaba en las galerías de piedra o se movía entre las sombras, por las colinas azules. Las lejanas estrellas y las mellizas y luminosas lunas de Marte derramaban una pálida luz de atardecer. Más allá del anfiteatro de mármol, en la oscuridad y la lejanía, se levantaban las aldeas y las quintas. El agua plateada yacía inmóvil en los charcos, y los canales relucían de horizonte a horizonte. Era una noche de verano en el templado y apacible planeta Marte. Las embarcaciones, delicadas como flores de bronce, se entrecruzaban en los canales de vino verde, y en las largas, interminables viviendas que se curvaban como serpientes tranquilas entre las lomas, murmuraban perezosamente los amantes, tendidos en los frescos lechos de la noche. Algunos niños corrían aún por las avenidas, a la luz de las antorchas, y con las arañas de oro que llevaban en la mano lanzaban al aire finos hilos de seda. Aquí Y allá, en las mesas donde burbujeaba la lava de plata, se preparaba alguna cena tardía. En un centenar de pueblos del hemisferio oscuro del planeta, los marcianos, seres morenos, de ojos rasgados y amarillos, se congregaban indolentemente en los anfiteatros. Desde los escenarios una música serena se elevaba en el aire tranquilo, como el aroma de una flor.

En uno de los escenarios cantó una mujer.

El público se sobresaltó.

La mujer dejó de cantar. Se llevó una mano a la garganta. Inclinó la cabeza mirando a los músicos, y comenzaron otra vez.

Los músicos tocaron y la mujer cantó, y esta vez el público suspiró y...................................................................................................................

HERBERT WEST, REANIMADOR (REANIMATOR) // H. P. Lovecraft

HERBERT WEST, REANIMADOR // H.P. LOVECRAFT (link-enlace)




I. DE LA OSCURIDAD


De Herbert West, amigo mío durante el tiempo de la universidad y
posteriormente, no puedo hablar sino con extremo terror. Terror que no se debe
totalmente a la forma siniestra en que desapareció recientemente, sino que tuvo
origen en la naturaleza entera del trabajo de su vida, y adquirió gravedad por
primera vez hará más de diecisiete años, cuando estábamos en tercer año de
nuestra carrera, en la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic de
Arkham. Mientras estuvo conmigo, lo prodigioso y diabólico de sus experimentos
me tuvieron completamente fascinado, y fui su más íntimo compañero. Ahora que
ha desaparecido y se ha roto el hechizo, mi miedo es aún mayor. Los recuerdos y
las posibilidades son siempre más terribles que la realidad.
El primer incidente horrible durante nuestra amistad supuso la mayor
impresión que yo había llevado hasta entonces, y me cuesta tenerlo que repetir.
Ocurrió, como digo, cuando estábamos en la Facultad de Medicina, donde West
se había hecho ya famoso con sus descabelladas teorías sobre la naturaleza de la
muerte y la posibilidad de vencerla artificialmente. Sus opiniones, muy
ridiculizadas por el profesorado y los compañeros, giraban en torno a la naturaleza
esencialmente mecanicista de la vida, y se referían al modo de poner en
funcionamiento la maquinaria orgánica del ser humano mediante una acción
química calculada, después de fallar los procesos naturales. Con el fin de
experimentar diversas soluciones reanimadoras, había matado y sometido a
tratamiento a numerosos conejos, cobayas, gatos, perros y monos, hasta
convertirse en la persona más odiada de la Facultad. Varias veces logró obtener
signos de vida en animales supuestamente muertos; en muchos casos, signos
violentos de vida; pero pronto se dio cuenta que la perfección, de ser
efectivamente posible, comportaría necesariamente toda una vida dedicada a la
investigación. Así mismo, vio claramente que, puesto que la misma solución no
actuaba del mismo modo en diferentes especies orgánicas, necesitaba disponer
de sujetos humanos si quería lograr nuevos y más especializados progresos. Y
aquí es donde chocó, con las autoridades universitarias, y le fue retirado el
permiso para efectuar experimentos, nada menos que por el propio decano de la
Facultad de Medicina, el sabio y bondadoso doctor Allan Halsey, cuya obra en pro
de los enfermos es recordada por todos los vecinos antiguos de Arkham.
Yo siempre me mostré excepcionalmente tolerante con los trabajos de
West, y a menudo hablábamos de sus teorías, cuyas derivaciones y corolarios
eran casi infinitos. Sosteniendo con Haeckel que toda vida es un proceso químico
y físico, y que la supuesta «alma» es un mito, mi amigo creía que la reanimación
artificial de los muertos podía depender sólo del estado de los tejidos; y que, a
menos que se hubiese iniciado una verdadera descomposición, todo cadáver
totalmente dotado de órganos era susceptible de recibir mediante el adecuado
tratamiento, esa condición peculiar que se conoce como vida. West comprendía
perfectamente que el más ligero deterioro de las células cerebrales ocasionadas
por un período letal, incluso fugaz, podía dañar la vida intelectual y psíquica.
Al principio, tenia esperanzas de encontrar un reactivo capaz de restituir la
vitalidad antes de la verdadera aparición de la muerte, y solo los repetidos
fracasos en animales le habían revelado que eran incompatibles los movimientos
vitales naturales y los artificiales. Entonces se procuró ejemplares
extremadamente frescos y les inyectó sus soluciones en la sangre,
inmediatamente después de la extinción de la vida. Tal circunstancia volvió
enormemente escépticos a los profesores, ya que entendieron que en ningún caso
se había producido una verdadera muerte. No se pararon a considerar la cuestión
detenida y razonablemente.
Poco después que el profesorado le prohibiese continuar sus trabajos, West
me confió su decisión de conseguir ejemplares frescos de una manera o de otra, y
reanudar en secreto los experimentos que no podía realizar abiertamente. Era
horrible oírle hablar sobre el medio y manera de conseguirlos; en la Facultad
nunca tuvimos que ocuparnos nosotros de conseguir ejemplares para las prácticas
de anatomía. Cada vez que mermaba el depósito, dos negros de la localidad se
encargaban de subsanar este déficit sin que se les preguntase jamás su
procedencia. West era por entonces un joven, delgado y con gafas, de facciones
delicadas, pelo amarillo, ojos azul pálido y voz suave; y era extraño oírle explicar
cómo la fosa común era relativamente más interesante que el cementerio
perteneciente a la Iglesia de Cristo dado que casi todos los cuerpos de la Iglesia
de Cristo estaban embalsamados; lo cual, evidentemente, hacía imposibles las
investigaciones de West.
Por entonces era yo su ferviente y cautivado auxiliar, y le ayudé en todas
sus decisiones; no sólo en las que se referían a la fuente de abastecimiento de
cadáveres, sino también en las concernientes al lugar adecuado para nuestro
repugnante trabajo. Fui yo quien pensó en la granja deshabitada de Chapman, al
otro lado de Meadow Hill; allí habilitamos una habitación de la planta baja como
sala de operaciones y otra como laboratorio, dotándolas de gruesas cortinas, a fin
de ocultar nuestras actividades nocturnas. El lugar estaba retirado de la carretera,
y no había casas a la vista; de todos modos, era necesario extremar las
precauciones, ya que el más leve rumor sobre extrañas luces que cualquier
caminante nocturno hiciese correr podía resultar catastrófico para nuestra
empresa. Si llegaban a descubrirnos, acordamos decir que se trataba de un
laboratorio químico.
Poco a poco equipamos nuestra siniestra guarida científica, con materiales
comprados en Boston o sacados a escondidas de la facultad —materiales
cuidadosamente camuflados, a fin de hacerlos irreconocibles, salvo para unos ojos
expertos—, y nos proveímos de palas y picos para los numerosos enterramientos
que tendríamos que efectuar en el sótano. En la facultad había un incinerador,
pero un aparato de ese género era demasiado costoso para un laboratorio
clandestino como el nuestro. Los cuerpos eran siempre un engorro... incluso los
minúsculos cadáveres de cobaya de los experimentos secretos que West
realizaba en su habitación de la pensión donde vivía.
Seguíamos las noticias necrológicas locales como vampiros, ya que
nuestros ejemplares requerían condiciones determinadas. Lo que queríamos eran
cadáveres enterrados poco después de morir y sin preservación artificial alguna;
preferiblemente, exentos de malformaciones morbosas y, desde luego, con todos
los órganos. Nuestras mayores esperanzas estaban en las víctimas de accidentes.
Durante varias semanas no tuvimos noticias de ningún caso apropiado, aunque
hablábamos con las autoridades del depósito y del hospital, fingiendo representar
los intereses de la facultad, si bien con no demasiada frecuencia en todos los
casos, de manera que quizás necesitáramos quedarnos en Arkham durante las
vacaciones, en que sólo se impartían las limitadas clases de los cursos de verano.
Al final nos sonrió la suerte; pues un día nos enteramos que enterrarían en la fosa
común un caso casi ideal: un joven y fornido obrero que se había ahogado el día
anterior en Summer's Pond; lo enterrarían sin dilaciones ni embalsamamientos,
por cuenta de la ciudad. Esa tarde localizamos la nueva sepultura, y decidimos
empezar a trabajar poco después de la medianoche.
Fue una labor repugnante la que acometimos en la oscuridad de las
primeras horas de la madrugada, aun cuando en aquella época no teníamos ese
horror especial a los cementerios que nuestras experiencias posteriores nos
despertó. Llevamos palas y lámparas de petróleo porque, si bien ya habían
linternas eléctricas entonces, no eran tan satisfactorias como esos aparatos de
tungsteno de hoy día. El trabajo de exhumación fue lento y sórdido —podía haber
sido horriblemente poético, si en vez de científicos hubiésemos sido artistas—; y
sentimos alivio cuando nuestras palas chocaron con madera. Una vez que la caja
de pino quedó enteramente al descubierto, West bajó y quitó la tapa, sacó el
contenido y lo dejó apoyado. Me incliné, lo agarré, y entre los dos lo sacamos de
la fosa; a continuación trabajamos denodadamente para dejar el lugar como antes.
La empresa nos puso algo nerviosos; sobre todo, el cuerpo tieso y la cara
inexpresiva de nuestro primer trofeo; pero nos las arreglamos para borrar todas las
huellas de nuestra visita. Cuando quedó aplanada la ultima paletada de tierra,
metimos el ejemplar en un saco de lienzo y emprendimos el regreso hacia la
granja del viejo Chapman, al otro lado de Meadow Hill.
En una improvisada mesa de disección instalada en la vieja granja, a la luz
de una potente lámpara de acetileno, el ejemplar no ofrecía un aspecto demasiado
espectral. Había sido un joven robusto y poco imaginativo, al parecer un tipo
saludable, y plebeyo —constitución ancha, ojos grises y cabello castaño—; un
animal sano, sin complejidades psicológicas, y probablemente con unos procesos
vitales de lo más simple y sanos. Ahora bien, con los ojos cerrados, parecía más
dormido que muerto; sin embargo, la prueba experta de mi amigo disipó en
seguida toda duda al respecto. Al fin teníamos lo que West siempre había
deseado: un muerto verdaderamente ideal, apto para la solución que habíamos
preparado con minuciosos cálculos y teorías; a fin de utilizar en el organismo
humano. Nuestra tensión era enorme. Sabíamos que las posibilidades de lograr un
éxito completo eran remotas, y no podíamos reprimir un miedo horrible a las
grotescas consecuencias de una posible animación parcial. Nos sentíamos
especialmente aprensivos en lo que se refiera a la mente y a los impulsos de la
criatura, ya que podía haber sufrido un deterioro en las delicadas células
cerebrales con posterioridad a la muerte. Por lo que a mí respecta, aún
conservaba una curiosa noción tradicional del «alma» humana, y sentía cierto
temor ante los secretos que podía revelar alguien que regresaba desde el reino de
los muertos. Me preguntaba qué visiones pudo presenciar este plácido joven, si
volvía plenamente a la vida. Pero mi expectación no era excesiva, ya que
compartía casi en su mayor parte el materialismo de mi amigo. Él se mostró más
tranquilo que yo al inyectar una buena dosis de su fluido en una vena del brazo del
cadáver, y vendar inmediatamente el pinchazo.
La espera fue espantosa, pero West no perdió el aplomo en ningún
momento. De cuando en cuando, aplicaba su estetoscopio al ejemplar, y
soportaba filosóficamente los resultados negativos. Al cabo de unos tres cuartos
de hora, viendo que no se producía el menor signo de vida, declaró decepcionado
que la solución era inapropiada; sin embargo decidió aprovechar al máximo esta
oportunidad, y probar una modificación de la fórmula, antes de deshacerse de su
macabra presa. Esa tarde habíamos cavado una sepultura en el sótano, y
tendríamos que llenarla al amanecer, pues aunque habíamos puesto cerradura a
la casa, no queríamos correr el más mínimo riesgo para que se produjera un
desagradable descubrimiento. Además, el cuerpo no estaría ni medianamente
fresco a la noche siguiente. De modo que trasladamos la solitaria lámpara de
acetileno al laboratorio contiguo —dejando a nuestro mudo huésped a oscuras
sobre la losa— y nos pusimos a trabajar en la preparación de una nueva solución,
tras comprobar West el peso y las mediciones casi con fanático cuidado.
El espantoso suceso fue repentino y totalmente inesperado. Yo estaba
vertiendo algo de un tubo de ensayo a otro, y West se encontraba ocupado con la
lámpara de alcohol —que hacía las veces de mechero Bunsen en ese edificio sin
instalación de gas—, cuando de la habitación que habíamos dejado a oscuras
brotó la más horrenda y demoníaca sucesión de gritos jamás oída por ninguno de
los dos. No habría sido más espantoso el caos de alaridos si el abismo se hubiese
abierto para liberar la angustia de los condenados, ya que en aquella cacofonía
inconcebible se concentraba el supremo terror y desesperación de la naturaleza
animada. No podían ser humanos —un hombre no es capaz de proferir gritos
así—; y sin pensar en el trabajo que estábamos realizando, ni en la posibilidad que
lo descubrieran, saltamos los dos por la ventana más próxima como animales
despavoridos, derribando tubos, lámparas y matraces, y huyendo alocadamente a
la estrellada negrura de la noche rural. Creo que gritamos mientras corríamos
frenéticamente hacia la ciudad; aunque al llegar a las afueras adoptamos una
actitud más contenida... lo suficiente como para pasar por un par de juerguistas
trasnochadores que regresaban a casa después de una francachela.
No nos separamos, sino que nos refugiamos en la habitación de West, y allí
estuvimos hablando, con la luz de gas encendida, hasta que amaneció. A esa hora
nos habíamos serenado un poco discurriendo teorías plausibles y sugiriendo ideas
prácticas para nuestra investigación, de forma que pudimos dormir todo el día, en
lugar de asistir a clases. Pero esa tarde aparecieron dos artículos en el periódico,
sin relación alguna entre sí, que nos quitaron el sueño. La vieja casa deshabitada
de Chapman había ardido inexplicablemente, quedando reducida a un informe
montón de cenizas; eso lo entendíamos, ya que habíamos volcado la lámpara. El
otro, informaba que habían intentado abrir la reciente sepultura de la fosa común,
como si hubiesen hurgado en la tierra vanamente y sin herramientas. Esto nos
resultaba incomprensible, ya que habíamos aplanado muy cuidadosamente la
tierra húmeda.
Y durante diecisiete años, West anduvo mirando por encima del hombro, y
quejándose que le parecía oír pasos detrás de él. Ahora ha desaparecido.


II. EL DEMONIO DE LA PESTE


Jamás olvidaré aquel espantoso verano, hace dieciséis años, en que, como
un demonio maligno proveniente desde las moradas de Eblis, se propagó el tifus
solapadamente por toda Arkham. Muchos recuerdan ese año por dicho azote
satánico, ya que un auténtico terror se cernió con membranosas alas sobre los
ataúdes amontonados en el cementerio de la Iglesia de Cristo; sin embargo, hay
un horror mayor aún que data de esa época: un horror que sólo yo conozco, ahora
que Herbert West ya no está en este mundo.
West y yo hacíamos trabajo de postgraduación en el curso de verano de la
Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, y mi amigo había adquirido
gran notoriedad debido a sus experimentos encaminados a la revivificación de los
muertos. Tras la matanza científica de innumerables bestezuelas, la .................................................................................................................

VIH/SIDA , JULIO 2007

 

VIH-JULIO 2007-SIDA
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ALGERNON BLACKWOOD // EL WENDIGO

EL WENDIGO // ALGERNON BLACKWOOD  (link-enlace)

(admirador de lovecraft)


I

Aquel año se organizaron numerosas partidas de caza, pero apenas si se llegó a descubrir rastro alguno; los alces parecían excepcionalmente tímidos aquella temporada y los chasqueados Nemrods regresaron al seno de sus respectivas familias formulando las mejores excusas que se les ocurrieron. El doctor Cathcart, como otros muchos, regresó sin un solo trofeo. Pero trajo, en cambio, el recuerdo de una experiencia que, según confiesa, vale por todos los alces cazados en su vida. Y es que Cathcart, de Aberdeen, aparte de los alces, estaba interesado en otras cosas; entre ellas, en las extravagancias de la mente humana. Sin embargo, esta singular historia no figura en su libro La Alucinación colectiva por la sencilla razón de que (así lo confesó una vez a un colega suyo) vivió los hechos demasiado de cerca para poder opinar con entera objetividad... Además de él y de su guía Hank Davis, iban el joven Simpson, su sobrino, que era estudiante de teología y visitaba por primera vez los apartados bosques del Canadá, y el guía de éste, Défago. Joseph Défago era un franco-canadiense que había huido de su originaria provincia de Quebec años antes, y había conseguido trabajo en Rat Portage, cuando el Canadian Pacific Railway estaba en construcción. Era un hombre que, además de sus incomparables conocimientos sobre bosques y monte bajo, sabía cantar viejas canciones de viajeros y narrar emocionantes historias de caza. Por otra parte, era profundamente sensible al encanto singular que posee la naturaleza salvaje y solitaria de ciertos parajes, y sentía por esa soledad una especie de pasión romántica que rayaba en lo obsesivo. La vida de los bosques le fascinaba. De ahí, sin duda, la certera perspicacia con que era capaz de desentrañar sus misterios. Fue Hank quien lo escogió para esta expedición. Hank lo conocía ya, y tenía plena confianza en él. Y él le correspondía del mismo modo, «como buen compadre». Tenía un vocabulario salpicado de juramentos pintorescos, aunque totalmente carentes de significado, y la conversación entre los dos fornidos cazadores a menudo subía de tono. Hank trataba de paliar esta riada de exabruptos por respeto a su viejo «patrón de caza», el doctor Cathcart -a quien llamaba «Doc», según costumbre del país-, y también porque sabía que el joven Simpson era ya « medio cura». Con todo, Défago tenía un defecto y solo uno, a juicio suyo, y era que, como franco-canadiense, daba muestras de lo que Hank definía como «un maldito carácter»; esto significaba, al parecer, que a veces se comportaba como genuino tipo latino y tenía arrebatos de sordo mal humor en los que nadie en el mundo era capaz de sacarle una palabra. Hay que decir que Défago era imaginativo y melancólico, y por lo general, las estancias demasiado largas en la «civilización» parecían originarle esos accesos, ya que le bastaban unos pocos días en despoblado para curarse por completo. Estos eran, pues, los cuatro expedicionarios que se encontraban en el campamento durante la última semana del mes de octubre de aquel «año de alces tímidos», en la región de selvática espesura que se extiende, abandonada y solitaria, al norte de Rat Portage. También estaba Punk, un cocinero indio que siempre había acompañado al doctor Cathcart y a Hank en sus cacerías de años anteriores. Su trabajo consistía únicamente en permanecer en el campamento, pescar y preparar las tajadas de carne de venado y el café. Iba vestido con las ropas usadas que le daban sus amos y, aparte su cabello negro y espeso y su tez oscura, con aquella indumentaria de ciudad se parecía tanto a un piel roja como un blanco disfrazado de negro a un africano auténtico. A pesar de eso, Punk poseía aún los instintos de su raza moribunda: su silencio reservado y su gran resistencia. Y también sus supersticiones. El grupo, sentado alrededor del fuego, se sentía desanimado aquella noche porque había pasado una semana sin descubrir un solo rastro de alce. Défago había cantado su canción y había comenzado uno de sus relatos. Pero Hank, de mal humor, le recordaba tan a menudo que «lo estás contando mal, no fue así», que el «francés» se hundió finalmente en un hosco silencio del que nada probablemente podría sacarle ya. El doctor Cathcart y su sobrino estaban cansados, después del día agotador. Punk estuvo fregando los platos y rezongando para sus adentros bajo el sombrajo de ramas, donde más tarde acabó por dormirse. Nadie se molestaba en reavivar el fuego que lentamente se consumía. Allá arriba, las estrellas brillaban en un cielo completamente invernal; y hacía tan poco viento, que comenzaban ya, solapadamente, a helarse las orillas del lago que se extendía a sus espaldas. El silencio de la inmensidad del bosque se desplegaba en torno para envolverlos. De pronto, lo quebró inesperadamente la voz nasal de Hank: -Deberíamos intentarlo por otra zona, Doc -exclamó con energía mirando a su patrón-. Por aquí ya se ve que no tenemos maldita la suerte. -Vale -dijo Cathcart, que era hombre de pocas palabras-. Buena idea. -Claro que es buena -continuó Hank con confianza-. ¿Qué tal si, para variar, diésemos una batida hacia el oeste, por el camino de Garden Lake? Aún no hemos explorado esa zona solitaria. -De acuerdo. -Y tú, Défago, te llevas al señorito Simpson en la canoa, cruzas el remanso, pasas el Lago de las Cincuenta Islas, y haces un buen ojeo por la orilla sur. El año pasado estaba aquello lleno de alces, y por lo que llevamos visto hasta ahora, puede que también lo esté ahora, nada más que para fastidiarnos. Défago, con los ojos clavados en el fuego, no dijo nada. Probablemente estaba ofendido aún por la interrupción de su relato. -Por esa parte no se ha visto ningún alce este año, ¡me apuesto mi último dólar! -añadió Hank con énfasis. Miraba a su patrón con astucia-. Mejor sería recoger la tienda y alejarnos un par de noches -concluyó, como si el asunto estuviera definitivamente decidido. A Hank se le reconocía una gran competencia para organizar cacerías, y era el encargado de esta expedición. Para todo el mundo estaba claro que Défago no aprobaba el plan, pero su silencio parecía dar a entender algo más que una simple desaprobación. Por su sensitivo rostro atezado cruzó una curiosa expresión, como un fugaz resplandor de llamas, que no pasó desapercibido para los tres hombres que estaban allí. -Me parece que tiene miedo por alguna razón -comentaría Simpson más tarde, una vez solos su tío y él en la tienda que compartían. El doctor Cathcart no replicó inmediatamente, aunque pareció interesarse y tomar nota mentalmente de la observación. La expresión de Défago le había causado una pasajera inquietud, sin motivo aparente a la sazón. Pero Hank, como era natural, fue el primero en observarla; y lo extraño fue que, en lugar de irritarse o ponerse furioso por la falta de interés del otro, comenzara inmediatamente a gastarle bromas. -Me parece a mí que no hay ninguna razón especial para que vayamos allí este año -dijo, con cierta ironía en el tono-; ¡al menos, no la razón que quieres dar a entender! El año pasado fue el incendio lo que contuvo a la gente. Este año me parece que... que la gente ya no quiere ir. ¡Eso es todo! -su actitud trataba de ser alentadora. Joseph Défago alzó los ojos un momento, y luego los bajó otra vez. Una ráfaga de viento se deslizó por el bosque avivando los rescoldos y levantando llamas pasajeras. El doctor Cathcart observó nuevamente el semblante del guía, y tampoco esta vez le agradó su expresión. Le traicionaba su mirada. Por un instante, vio en aquellos ojos el destello de un hombre verdaderamente asustado. Esto le inquietó más de lo que le habría gustado admitir. -¿Hay indios peligrosos en esa dirección? -preguntó con una sonrisa conciliadora, en tanto que Simpson, demasiado soñoliento para percatarse de estas sutilezas, se marchaba a la cama con un prodigioso bostezo- ¿o... o pasa algo? -añadió, cuando su sobrino ya no podía oírle. Hank le miró con menos franqueza que de costumbre. -Está asustado -exclamó, fingiendo buen humor-. está asustado por algún cuento de hadas que le han contado. Eso es todo, ¿eh, viejo? -y le dio amistosamente en el pie que tenía más cercano al fuego. Défago alzó los ojos con rapidez, como si le hubieran interrumpido algún sueño, de un sueño que, sin embargo, no le había abstraído de todo lo que pasaba a su alrededor. -¿Asustado…? ¡Ni hablar! -contestó con desafiadora animación-. No hay nada en el bosque que pueda asustar a Joseph Défago, ¡que no se te olvide! -y la natural energía con que habló, hizo imposible saber si contaría toda la verdad, o sólo una parte. Hank se volvió hacia el doctor. Iba a añadir algo, cuando se detuvo bruscamente y miró en torno. Justo detrás de ellos, en la oscuridad, había sonado un ruido que les hizo estremecer a los tres. Era el viejo Punk, que había abandonado su yacija mientras hablaban y ahora estaba de pie, un poco más allá del círculo de luz, escuchando lo que decían. -Ahora no, Doc -susurró Hank haciendo un guiño- ; más adelante, cuando no haya moros en la costa. Y poniéndose en pie de un salto, le dio al indio una manotada en la espalda y exclamó sonoramente: -¡Acércate al fuego y calienta un poco esa sucia piel colorada que tienes! -lo arrastró hacia el fuego y echó más leña-. Ha sido muy buena la comida que nos has preparado antes -continuó cordialmente, como si quisiera encauzar los pensamientos del hombre por otros derroteros- y no sería de cristianos dejarte ahí, de pie, enfriándote el pellejo, mientras nosotros estamos aquí bien calentitos. Punk avanzó, y se calentó los pies, sonriendo ante la verbosidad del otro, que comprendía sólo a medias, pero no dijo nada. El doctor Cathcart, viendo que era imposible proseguir la conversación, siguió el ejemplo de su sobrino y se metió en la tienda, dejando a los tres hombres que siguieran fumando alrededor de las renovadas llamas del fuego. No es fácil desnudarse en una tienda pequeña sin despertar al compañero, y Cathcart, hombre duro y de sangre ardorosa a pesar de sus cincuenta años, hizo al raso lo que Hank habría descrito como «una temeridad». Mientras se desnudaba observó que Punk había regresado a su yacija, y que Hank y Défago seguían charlando junto al fuego. Era la típica escena convencional del Oeste: el fuego de campamento iluminaba sus rostros con luces y sombras. Défago, con el sombrero echado y los mocasines, parecía representar el papel de malvado; Hank, con el rostro despejado y sin sombrero, encogiéndose de hombros con indiferencia, podía ser el héroe justo y desengañado; y el viejo Punk, escuchando oculto en la oscuridad, proporcionaba la atmósfera de misterio. El doctor sonrió al darse cuenta de los detalles. Pero al mismo tiempo sintió en su interior como si algo muy hondo -no sabía qué- le oprimiera un poco, como si un soplo casi imperceptible de advertencia hubiera rozado la superficie de su alma, desapareciendo antes de poderlo captar. Probablemente se debía a la «expresión asustada» que había observado en los ojos de Défago. «Probablemente»... porque de no ser a esto, no sabía a qué atribuir esta sombra de emoción fugitiva que escapaba a su fina capacidad de análisis. Le dio la impresión de que acaso hubiera problemas con Défago. No le parecía un guía tan seguro como Hank, por ejemplo... aunque no sabía exactamente por qué. Antes de zambullirse en la tienda donde Simpson dormía ya ruidosamente, observó un poco más a los dos hombres. Hank juraba como un africano loco en una sala de fiestas; pero sus juramentos eran de «afecto». Los pintorescos denuestos brotaban libremente, ahora que dormía la causa de sus anteriores represiones. Luego pasó el brazo cariñosamente por encima del hombro de su camarada y se marcharon juntos hacia las sombras donde tenían la tienda. Punk siguió su ejemplo también, un momento después, y desapareció entre sus malolientes mantas, en el otro extremo del claro. El doctor Cathcart se retiró a su vez. La fatiga y el sueño luchaban en su mente contra una oscura curiosidad por averiguar qué había al otro lado de las Cincuenta Islas, que tanto parecía atemorizar a Défago... Se preguntaba también por qué la presencia de Punk impidió a Hank terminar lo que había empezado a decir. Después, el sueño le venció. Mañana lo sabría. Se lo contaría Hank mientras caminaran en pos de los alces huidizos. Un profundo silencio descendió sobre el pequeño campamento, tan atrevidamente instalado ante las mismas fauces de la selva. El lago brillaba como una lámina de cristal negro bajo las estrellas. Picaba el aire frío. En las brisas nocturnas que surgían silenciosas de las profundidades del bosque, con mensajes de lejanas cordilleras y de lagos que comenzaban a helar, flotaban ya unos perfumes fríos y desmayados que anunciaban la llegada del invierno. El hombre blanco, con su olfato embotado, jamás habría podido adivinarlos; la fragancia del fuego de leña le habría ocultado, en un centenar de millas a la redonda, la viveza de ese olor a musgo, a corteza de árbol y a marisma seca. Incluso Hank y Défago, ligados íntimamente al espíritu de los bosques, habrían olfateado en vano... Pero una hora más tarde, cuando todos estuvieron dormidos como troncos, el viejo Punk salió a gatas de entre sus mantas y se escurrió como una sombra hasta la orilla del lago, en silencio, como únicamente un indio sabe moverse. Después levantó la cabeza y miró a su alrededor. La espesa negrura hacía casi imposible toda visibilidad; pero, como los animales, poseía él otros sentidos que la oscuridad no era capaz de anular. Escuchó, y luego olfateó el aire. Se quedó quieto, inmóvil como un arbusto. Al cabo de unos cinco minutos, estiró de nuevo la cabeza y olfateó el aire una y otra vez. Un prodigioso hormigueo de nervios le corrió por el cuerpo al oler el aire penetrante. Luego, se sumergió en la negrura como sólo hacen los animales y los hombres salvajes, y regresó finalmente, deslizándose bajo el ramaje, hasta su lecho. Poco después de dormirse, el cambio de viento que había presentido agitaba blandamente el reflejo de las estrellas en el lago. Procedía de las lejanas montañas de la región situada al otro lado del Lago de las Cincuenta Islas, venía en la dirección que había observado él, pasaba por encima del campamento dormido y cruzaba, como un murmullo apagado y suspirante, apenas perceptible, por entre las copas de los árboles inmensos. Con él, por los desiertos senderos de la noche, aunque demasiado tenue aún para los agudos sentidos del indio, cruzó un olor ligerísimo, muy particular y extrañamente inquietante; un olor de algo raro... absolutamente desconocido. El franco-canadiense y el hombre de sangre india se agitaron intranquilos en su sueño, aunque ninguno de los dos se despertó. Luego, el espectro de aquel olor innominado se alejó para perderse entre las regiones remotas del bosque deshabitado.

II

Por la mañana, antes de que saliera el sol, el campamento estaba ya en plena actividad. Había caído una ligera capa de nieve durante la noche, y el aire era frío y penetrante. Punk había cumplido con sus deberes matinales, ya que el olor del café y del tocino frito llegaba hasta las tiendas. Todo el mundo estaba de buen humor. -¡El viento ha cambiado! -gritó Hank a Simpson y a su guía, que se hallaba a bordo de la pequeña canoa-. ¡Hay que cruzar el lago en línea recta! ¡Estupendos rastros nos va a dejar la nieve! Si hay algún alce olisqueando por allí, tal como viene el viento, no os va a ver hasta teneros encima. ¡Buena suerte, Monsieur Défago! -añadió alegremente, dándole por una vez la pronunciación francesa al nombre- ¡Bonne chance! Défago le deseó lo mismo, de buen humor al parecer, sin acordarse para nada de su silencioso enfado de la noche anterior. Antes de las ocho, el viejo Punk se encontraba solo ........................................................................................................

EL MITO DE VENUS Y ADONIS

VENUS Y ADONIS , MITO // MITOLOGIA GRECO-ROMANA  (link-enlace)





El mito de Adonis lo recoge Hesíodo de procedencia siria. El nombre de "Adonis" deriva de una palabra semita que en hebreo significa "señor".(Adonay)
Tías, rey de Siria, tenía una hija, Mirra, de cuya belleza estaba tan orgulloso que solía decir que ni la propia diosa de la belleza era tan hermosa como ella.
La diosa del amor y la belleza, Afrodita/Venus, en venganza, impulsó a Mirra a desear en incesto a su propio padre, lo que logró, inconsciente de sus actos, llevó a cabo con la ayuda de su nodriza Hipólita, durante doce noches.
Al fin, cuando su padre se dio cuenta de quié era su amante, la persiguió para matarla, armado con un cuchillo.
Mirra, ante el inminente peligro, imploró la protección de los dioses, que, para protegerla, la convirtieron en el árbol que, por ella, se llama "mirra". Cuando cae la mirra del árbol, en realidad son las lágrimas de la princesa Mirra las que caen.
A los nueve meses, un jabalí hendió sus colmillos en el árbol de la mirra y de él surgió un bellísimo niño. Adonis.
Venus, enternecida por el niño, lo recogió y se lo entregó a Perséfone/Prosérpina, diosa de los infiernos, para que lo criara.
Cuando Adonis creció, quiso Venus recuperarlo para ella, pero Prosérpina no lo consentía, por lo que tuvo que intervenir Zeus/Júpiter, dios supremo y padre de las dos diosas. Su decisión fue que Adonis viviese un tercio del año con cada una de ellas y que el resto lo pasara donde él quisiera. Adonis vivía junto a Venus siempre que le era posible.
Adonis, muy aficionado a la caza, murió pronto a causa de la herida de un jabalí, impulsado por los celos de Ares/Marte, dios de la guerra, y amante de Venus...........................................................................................................

DANZA DE LA MUERTE // Anonimo

DANZA DE LA MUERTE // ANONIMO                (link-enlace)



Aqui comiença la dança general, en la qual tracta como la Muerte avisa a todas las criaturas que paren mientes en la breviedad de su vida e que della mayor cabdal non sea fecho que ella meresce. E asimesmo les dize e requiere que vean e oyan bien lo que los sabios pedricadores les dizen e amonestan de cada dia, dandoles bueno e sano consejo que pugnien en fazer buenas obras porque hayan complido perdon de sus pecados. E luego siguiente mostrando por espiriencia lo que dize, llama e requiere a todos los estados del mundo que vengan de su buen grado o contra su voluntad. Començando dize ansi:

 

LA MUERTE:
Yo so la Muerte cierta a todas criaturasque son y seran en el mundo durante;demando y digo: «O homne, por que curasde vida tan breve en punto pasante?Pues non hay tan fuerte nin rezio giganteque deste mi arco se pueda anparar,conviene que mueras quando lo tirarcon esta mi frecha cruel traspasante.
Que locura es esta tan magnifiesta,que piensas tu, homne, que el otro morra,e tu quedaras, por ser bien compuestala tu complision e que durara?Non eres cierto si en punto vernasobre ti a desshora alguna corrupcionde landre o carbonco, o tal inplisionporque el tu vil cuerpo se dessatara.
O piensas por ser mancebo valienteo niño de dias que a lueñe estaree fasta que liegues a viejo impotentela mi venida me detardare?Avisate bien que yo llegarea ti a deshora, que non he cuydadoque tu seas mancebo o viejo cansado,que qual te fallare, tal te levare.
La platica muestra seer pura verdataquesto que digo sin otra fallencia;la sancta escriptura con certenidadda sobre todo su firme sentenciaa todos diziendo: «Fazed penitencia,que a morir habedes non sabedes cuando;si non, ved el frayre que esta pedricando,mirad lo que dize de su grand sabiencia».
EL PEDRICADOR:
Señores honrrados, la sancta escripturademuestra e dize que todo homne nadogostara la muerte maguer sea dura,ca traxo al mundo un solo bocado;ca papa o rey o obispo sagrado,cardenal o duque e conde excelente,el emperador con toda su genteque son en el mundo morir han forçado.
Señores, punad en fazer buenas obras,non vos fiedes en altos estados,que non vos valdran thesoros nin doblasa la Muerte que tiene sus laços parados.Gemid vuestras culpas, dezid los pecadosen quanto podades con satisfacion,si queredes haver complido perdonde aquel que perdona los yerros pasados.
Fazed lo que digo, non vos detardedes,que ya la Muerte encomiença a ordenaruna dança esquiva, de que non podedespor cosa ninguna que sea escapar,a la qual dize que quiere levara todos nosotros lançando sus redes.Abrid las orejas que agora oiredesde su charambela un triste cantar.
LA MUERTE:
A la dança mortal venit los nascidosque en el mundo soes de cualquiera estado,el que non quisiere a fuerça e amidosfazerle he venir muy toste parado:pues que ya el frayre vos ha pedricadoque todos vayaes a fazer penitencia,el que non quisiere poner diligencia,por mi non puede ser mas esperado.
Primeramente llama a su dança a dos donzellas
A esta mi dança traxe de presenteestas dos donzellas que vedes fermosas.Ellas vinieron de muy malamenteoir mis canciones, que son dolorosas,mas no les valdran flores e rosasnin las composturas que poner solian:de mi si pudiesen partirse querrian,mas non puede ser, que son mis esposas.
A estas e a todos por las aposturasdare fealdad, la vida partida,e desnudedad por las vestiduras;por siempre jamas muy triste aborrida,e por los palacios dare por medidasepulcros escuros de dentro fedientes,e por los manjares gusanos royentesque coman de dentro su carne podrida.
E porque el sancto padre es muy alto señorque en todo el mundo non ay su par,desta mi dança sera guiador,desnude su capa, comience a sotar;non es ya tiempo de perdones darnin de celebrar en grande aparato,que yo le dare en breve mal rato:dançad, padre sancto, sin mas detardar.
EL PADRE SANCTO:
Ay de mi, triste, que cosa tan fuerte!Y yo que tractava tan grand perlazia,haver de pasar agora la muertee non me valer lo que dar solia.Beneficios e honrras e grand señoria,tove en el mundo pensando vevir;pues de ti, Muerte, non puedo fuir,valme Ihesuchristo, e tu Virgen Maria!
LA MUERTE:
Non vos enojedes, señor padre sancto,de andar en mi dança que tengo ordenada;non vos valdra el bermejo manto,de lo que fezistes habredes soldada.Non vos aprovecha echar la cruzada,proveer de obispados nin dar beneficios:aqui moriredes sin fer mas bollicios.Dançad imperante con cara pagada.
EL EMPERADOR:
Que cosa es esta que a tan sin pavorme lleva a su dança a fuerça sin grado?Creo que es la Muerte, que non ha dolorde homne que sea ............................................................................................................


LEYENDAS DEL TEMPLE -BAPHOMET

LEYENDAS DEL TEMPLE // BAPHOMET    (link-enlace)




1.- El fin de la Orden del Temple

El viernes 13 de octubre de 1307 se desarrolló la mayor operación policial de la Edad Media y, posiblemente, de la toda la Historia. Felipe IV de Francia, apodado "el Hermoso", puso en marcha una audaz maniobra que significaría el fin de una de las más grandes órdenes de caballería de todos los tiempos: la Orden del Temple. Esa mañana, al amanecer, prácticamente todos los edificios de Francia habitados por Templarios fueron asaltados por las tropas del rey y sus ocupantes detenidos. La torre del Temple de París y el Maestre templario eran los objetivos principales. Sorprendentemente, los Templarios, hábiles guerreros y feroces luchadores, no opusieron resistencia y se rindieron de inmediato. El Rey había ganado la partida con más facilidad de la esperada.

Aunque más allá de las fronteras francesas la situación distó mucho de ser parecida, la orden estaba decapitada. Con los principales dirigentes en prisión, la posibilidad de reorganizarse y defenderse se volvía prácticamente inviable. A partir de este momento dio comienzo un controvertido proceso que duraría siete largos años. Muchos templarios fueron enviados a la hoguera, y un número mayor torturados y encerrados en lóbregas prisiones. El 18 de marzo de 1314 se juzgó a los cuatro últimos dirigentes de la orden. Dos de ellos, de los cuales uno era el Maestre, fueron quemados vivos y los otros dos condenados a cadena perpetua. Esto representó el finiquito real de la Orden del Temple, aunque dos años antes había dejado de existir oficialmente en un Concilio celebrado en Vienne. Se encargó de ello el Papa Clemente V, mediante la bula Vox in excelso.

Los templarios fueron acusados de muchísimos cargos divididos en 127 artículos. Entre ellos destacan los de herejía, idolatría o sodomía. Se acusa a los Caballeros del Temple de renegar de Jesús, de asegurar que es un falso profeta, de escupir sobre la cruz, de adorar a ídolos, de entregarse a la homosexualidad y darse besos obscenos, de omitir intencionadamente las palabras de consagración durante la misa y de todo tipo de crímenes imaginables. La historia posterior ha debatido largamente sobre la falsedad o veracidad de estas acusaciones, dando lugar a dos posturas claramente enfrentadas. Una se decanta por la total inocencia de los acusados, dando por sentado que toda la operación responde únicamente a la ambición y codicia de Felipe IV, empeñado en destruir a la Orden del Temple y apoderarse de sus innumerables bienes. La otra postura navega entre diversas opiniones, desde que lo ven indicios inciertos de culpabilidad, a los que no dudan en tachar a los templarios de cátaros, gnósticos o incluso satánicos, desencadenando las más variadas fantasías.

Parece admitido que los procesos judiciales llevados a cabo contra el Temple son nulos de pleno derecho, ocasionalmente tergiversados y alevosamente parciales, incluso aquellos que prescindieron de la tortura. Sin embargo no podemos olvidar que muchos caballeros templarios confesaron sin coacción o amenazas de por medio. Hermanos de muy distintos lugares, que no fueron torturados ni fue ejercida con ellos violencia alguna, dieron confesiones similares. ¿Fue entonces todo ello una invención de los inquisidores? No parece probable. Algo de cierto debe haber, ya que los mismos templarios reconocieron algunos "excesos", sin que halla trascendido exactamente el qué. Hoy en día, no podemos descartar la homosexualidad como algo puramente fantasioso y ajeno a algunos miembros de una Orden militar y estrictamente masculina sometidos al celibato y a un duro régimen disciplinario, pero tampoco parece plausible que afectara a la totalidad de la comunidad ni que fuera lo suficientemente grave para conllevar la disolución de la organización.

Algunas de las acusaciones, como la de escupir en la cruz o la renegación de Cristo, es posible que formaran parte de algún ritual o ceremonia de iniciación. De hecho, así fueron descritas por muchos de los templarios interrogados, quienes afirmaban hacerlo "de palabra pero no de corazón". A título personal, no encontramos factible que la Orden entera cayera en la herejía, máxime cuando se trataba del mayor ejército de la Cristiandad, al servicio del Papa y de la Iglesia.. Es un hecho bien conocido el que muchos templarios, una vez capturados por los sarracenos, eran ejecutados por negarse a renegar de su fe y abrazar el Islam.

Pudiera ser en todo caso, como apuntan algunos historiadores, que se tratara únicamente de prácticas impuestas por un núcleo secreto dentro de la orden, pero difícilmente que abarcara a todos sus miembros, algunos de los cuales promulgaron su inocencia reiteradamente. Hemos visto antes como los Templarios podrían haber amalgamado creencias paganas y cristianas, dando lugar a una religión propia, pero la conclusión que sacamos es que hacia el siglo XIV, lo que posiblemente alguna vez había sido un componente iniciático habría dejado paso a una práctica carente de significado real que los Templarios ya no eran capaces de asimilar, que llevaban a cabo sin saber muy bien a que se correspondía esa simbología, y que la mayoría de los caballeros mantenía una fe cristiana sincera y pura. Cuando nos ocupemos de otras leyendas de la Orden del Temple veremos una teoría que intenta dar explicación a este hecho.

Mientras tanto, sería demasiado largo exponer aquí, aunque fuera de forma somera, todos los hechos del proceso e investigar la veracidad de todos los cargos de las acusaciones. Muchas son de gran interés y merecerían un capítulo aparte cada una de ellas, pues su investigación se presenta de una gran complejidad. Nos conformaremos pues con profundizar en la que, a priori, parece más apasionante para la mayoría de los investigadores que se ocupan de la causa templaria: la supuesta adoración por los monjes-guerreros de un misterioso ídolo que ha pasado a la posterioridad con el nombre de "Baphomet".


2.- El ídolo que nadie encontró

En dos artículos del acta de acusación a la Orden del Temple encontramos que los templarios fueron acusados de adorar a ídolos con forma de cabeza humana. Especificamente, en el artículo 47 del Acta de Acusación, se menciona claramente: "En todas las provincias del Temple hay ídolos, que son unas cabezas muy singulares. Algunas de estas cuentan con tres caras, otras una sola, y unas terceras son una calavera [...] Se postraban para adorar a un ídolo que consideraban su Dios, el Salvador que vendría a brindarles el descanso eterno, asegurando que esa cabeza era capaz de protegerlos de todo mal, que proporcionaría a la orden los mayores tesoros y que podía conseguir que florecieran los árboles y que germinara el trigo en las tierras más secas [...] Por lo general, los Templarios se ataban con cuerdas esos ídolos al cuerpo, ocultos bajo sus camisas y en contacto permanente con la piel. Sus preceptores les habían enseñado que debían llevarlos continuamente, hasta cuando dormían por la noche".........................................................................................................

MITOLOGIA GRECO-ROMANA // INTRODUCCIÓN

INTRODUCCION A LA MITOLOGIA GRECO-ROMANA (link -enlace)





Grecia y Roma compartieron unas mismas raíces indoeuropeas, que, en religión, se reconocen en la común creencia en un dios supremo del cielo y en el culto a la fertilidad terrestre y animal.
Todo ello es reflejo del medio agrario y ganadero centroeuropeo de donde provenían los pueblos indoeuropeos que se establecieron en la península Helénica y en la península Itálica, o por donde pasaron en su camino hacia sus asientos definitivos.
La vida en las comunidades centroeuropeas estaba, en efecto, completamente ligada a la fertilidad de la tierra y el ganado, y se regía por una fuerte autoridad paterna. Uno y otro aspecto constituyeron el eje central de sus creencias, que miraban, por una parte, al gran padre de los hombres (y de los distintos dioses, cuando surgieron), y, por otra, a la gran madre de la naturaleza.
Debido a la diversidad de contactos, en un principio cada pueblo fue enriqueciendo y conformando, por separado, sus propias creencias religiosas; pero la vecindad de la Magna Grecia hizo que, tan pronto como Roma salió de sus fronteras ciudadanas, topase de lleno con la civilización griega, muy superior entonces.
A partir de ese momento, la influencia cultural y religiosa de Grecia fue en aumento, hasta formarse una religión sin fronteras entre los dos pueblos. Este proceso culminó en el dominio político de Roma, que hizo suya toda la cultura griega.
Vamos, pues, a hacer una semblanza de esta mitología sin fronteras, que vivían y conocían en común griegos y romanos al final de la República y comienzos del Imperio.
Para su mejor seguimiento, acompañan a esta exposición un índice alfabético de los dioses y héroes que en ella se mencionan y un cuadro sinóptico de la genealogía de todos ellos.

I. COSMOGONÍA

1. Estado primordial. Primeras potencias elementales

En el principio existía el Caos -el Vacío primordial-, anterior a la existencia organizada. Después surgieron los reinos de la oscuridad: el Tártaro -el sombrío Cimiento del mundo-, el Érebo -el oscuro Infierno- y la negra Noche. Como primer elemento visible, ámbito apropiado para acoger a los demás seres, surgió la Tierra; y, como principio vital indispensable en la organización y multiplicación de dichos seres, Eros -la Atracción y Cohesión cósmicas-.

2. Primeras generaciones

Hijos de la Noche son toda una serie de abstracciones de signo negativo, entre las que se encuentran la Muerte, el Sueño y la Discordia. De la Tierra nacieron el Mar -el elemento masculino en su aspecto impetuoso, el oleaje-, las Montañas, agradable morada de las Ninfas, y el Cielo, tan grande como ella misma, para que la protegiera por todas partes y pudiera servir de asiento seguro para los demás seres.

3. Interviene Eros en la "procreación"

La Noche engendró de Erebo al Éter -el más esplendoroso y más puro Brillo, localizado en la parte más alta del cielo- y a Hémera -la Luz del Día-, que ocupa en el cielo la parte más cercana a la superficie terrestre -toda la luz se acababa de separar así de la oscuridad con la que se confundía en el Caos-.
La Tierra, por su parte, tuvo hijos del Tártaro, del Mar y del Cielo.

3.1.
Del Tártaro engendró al monstruoso Tifón, el insolente temido por todos los dioses, pues por su talla y fuerza superaba a todos los demás hijos de la Tierra, era mayor que todas las montañas y su cabeza tocaba el cielo. De Tifón nacerían otros seres monstruosos, entre los que destaca Cerbero, perro de tres cabezas, guardián del imperio de los muertos.-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

La escuela de Lovecraft o la dialéctica de la ambigüedad

UNA PEQUEÑA INTRODUCCION A UN GRAN MAESTRO : LOVECRAFT (link-enlace)




Ocurre a menudo con los autores malditos, relegados durante años (con frecuencia hasta bastante después de su muerte), que cuando de un modo u otro son «descubiertos» todo el mundo intenta apropiárselos.
Despreciado durante mucho tiempo por la crítica oficial como un mediocre discípulo de Poe, y hoy universalmente reconocido como uno de los maestros indiscutibles de la literatura fantástica, tanto los exegetas de la ciencia ficción como los pontífices del «realismo fantástico» y los oráculos de la cultura de la droga reclaman a Lovecraft como ilustre precursor; gnósticos, teósofos y ocultistas lo alinean en sus filas, y la escuela psicoanalítica junguiana ve en su narrativa la ilustración literaria de sus postulados. Y lo más curioso es que puede que todos tengan razón, al menos en parte. Incluso sus detractores, aunque no quienes le ignoraron o desestimaron la importancia de su obra.
Pues en la narrativa lovecraftiana hay un tal cúmulo de elementos heterogéneos, con frecuencia contradictorios, que, personalmente, dudo mucho que se pueda dar de ella una interpretación unívoca, como a menudo se ha intentado.
De los numerosos estudios sobre Lovecraft y su escuela —la mayoría superficiales, meramente descriptivos o divagatorios, y hasta tendenciosos— debo recomendar vivamente al lector interesado en profundizar en el tema (pese a lo antiestratégico que resulta hacer propaganda de la competencia) los extensos prólogos de Rafael Llopis a su antología de los Mitos de Cthulhu y al ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter (ambos publicados por Alianza Editorial).
La alusión no es del todo desinteresada, ya que las conclusiones de Llopis me servirán de excelente pretexto para ilustrar mi tesis sobre la ambigüedad lovecraftiana.
A lo largo de sus análisis, Llopis compara acertadamente la típica estructura narrativa lovecraftiana con los ritos iniciáticos y las experiencias psicodélicas; sostiene que la lectura de Lovecraft comporta una liberación de la necesidad reprimida de vivir experiencias fantásticas, por lo que su efecto es psicológicamente saludable, y que, gracias a su capacidad «evocadora de lo arquetípico», la obra de Lovecraft resulta básicamente progresiva. Afirma, además, que al manifestarse y liberarse a través del arte, se evita que esta reprimida tendencia hacia lo numinoso cristalice en mitos o en actitudes ideológicas irracionalistas, y que los cuentos de Lovecraft no comportan una evasión de la realidad puesto que no pretenden hacernos creer que lo que en ellos se narra es real.
Si bien en general estoy bastante de acuerdo con Llopis, opino que algunas de sus afirmaciones entrañan más de un equívoco, por lo que creo conveniente, si no refutarlas, al menos matizarlas:
La no pretensión de verosimilitud no es condición suficiente para determinar la índole no evasiva de una obra. Varias de las consideraciones de Llopis sobre la narrativa lovecraftiana podrían aplicarse, por ejemplo, a los tebeos de Superman; tampoco en éstos se pretende convencernos de que exista un superhombre volador, y constituyen asimismo una forma «artística» de gratificar el ansia de experiencias fantásticas. Sin embargo, los tebeos de Superman son básicamente evasivos, alienantes y reaccionarios, en función del esquema de valores que proponen y de su defensa implícita de la moral vigente.
Del mismo modo, en la narrativa lovecraftiana abundan los elementos reaccionarios, en la medida en que refleja y fomenta determinados prejuicios (los raciales y los clasistas, por ejemplo), en la medida en que propugna solapadamente una determinada concepción ético-estética («Nulla estética sine ética»), en función de su maniqueísmo subyacente. (Todo esto es especialmente cierto si por «narrativa lovecraftiana» entendemos no sólo la obra del propio Lovecraft, sino también la de sus seguidores.)
Es verdad que, tal como afirma Llopis, una lectura «distanciada» de Lovecraft puede resultar a la vez reveladora, liberatoria y revulsiva, y por ende beneficiosa. Pero también la visión «distanciada» de un spaghetti-western, un spot publicitario o el más tópico filme de terror puede ser revulsiva, sin que ello impida que dichos productos sean básicamente evasivos, y que de hecho, a gran escala, cumplan una función alienante...............................................................................................................

Los Mitos de Cthulhu // INTRODUCCION // LOVECRAFT - DERLETH

INTRODUCCION A : " LOS MITOS DE CTHULHU " // LOVECRAFT - DERLETH (LINK-ENLACE)




«Todas mis historias —escribió H. P. Lovecraft—, por inconexas que parezcan, se basan en el saber o leyenda fundamental de que este mundo estuvo habitado en un tiempo por otra raza que, al practicar la magia negra, perdió su posición establecida y fue expulsada, pero que vive en el exterior, dispuesta siempre a tomar posesión de esta Tierra nuevamente.» Cuando tal esquema se hizo evidente a los lectores de Lovecraft, particularmente en los relatos que siguieron a la publicación de La llamada de Cthulhu, en Weird Tales, febrero de 1928, los corresponsales y colegas de Lovecraft denominaron al conjunto «los Mitos de Cthulhu», aunque el propio Lovecraft nunca lo designó así.
Es innegable que existe en la concepción de Lovecraft una similitud fundamental con los mitos cristianos, especialmente con el de la expulsión de Satanás del Paraíso y el poder del mal. Pero cualquier examen de las historias de los Mitos revela también ciertos paralelos no imitativos con otros esquemas míticos y con obras de otros escritores, particularmente de Poe, Ambrose Bierce, Arthur Machen, lord Dunsany y Robert W. Chambers, que proporcionaron a Lovecraft claves muy provechosas, aunque él sólo admitió haber sacado de lord Dunsany la «idea del panteón artificial y el fondo mítico representado por Cthulhu, Yog-Sothoth, Yuggoth, etc.»; no obstante, lo único que sacó de la obra de lord Dunsany fue la idea, ya que ninguna de las principales figuras de los Mitos tiene existencia en los escritos de Dunsany, si bien aparecen ocasionalmente nombres de lugares dunsanianos en los cuentos de Lovecraft.
Tal como Lovecraft concibió las deidades o fuerzas de sus Mitos, estaban, inicialmente, los Dioses Arquetípicos, ninguno de los cuales, salvo Nodens, Señor del Gran Abismo, es designado con su nombre; estos Dioses Arquetípicos eran deidades benévolas, representaban las fuerzas del bien y vivían en o cerca de Betelgeuse, en la constelación de Orion, decidiéndose muy raramente a intervenir en la incesante lucha entre los poderes del mal y las razas de la Tierra. Estos poderes del mal eran conocidos como los Primigenios o Primordiales, aunque esta última denominación es aplicada en la ficción, especialmente a la manifestación de uno de los Primordiales en la Tierra. A diferencia de los Arquetípicos, los Primordiales son citados por sus nombres y hacen espantosas apariciones en algunos de los cuentos. Por encima de ellos está el dios ciego e idiota Azathoth, «ciego amorfo de la más baja confusión que blasfema y burbujea en el centro de toda infinitud». Yog-Sothoth, el «Todo-en-lo uno y Uno-en-el-todo», comparte el dominio de Azathoth y no está sujeto a las leyes del tiempo y el espacio. Nyarlathotep, que es probablemente el mensajero de los Primordiales, el Gran Cthulhu, que mora en R'lyeh, la ciudad que se oculta en las profundidades del mar; Hastur el Innombrable, semihermano de Cthulhu, que ocupa el aire y los espacios interestalares, y Shub-Niggurath, «el cabrón negro de los bosques con sus mil jóvenes», completan la lista de los Primordiales, tal como fue concebida originalmente. Los paralelos en la ficción macabra son evidentes, ya que Nyarlathotep corresponde al elemento terreno, Cthulhu al elemento acuático, Hastur al aéreo, y Shub-Niggurath es la concepción lovecraftiana del dios de la fertilidad.
A este grupo original de Primordiales, Lovecraft añadió posteriormente otras muchas deidades, aunque por lo general de .................................................................................................................

LETANIAS DE SATAN - CHARLES BAUDELAIRE

LETANIAS DE SATAN // CHARLES BAUDELAIRE                    (LINK-ENLACE)






¡Oh, tú, el más sabio y el más bello de los ángeles,
dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas!

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!


Oh, príncipe del exilio, a quien se le ha hecho un agravio,
y que, vencido, siempre te levantas más fuerte,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!


Tú que lo sabes todo, gran rey de las cosas subterráneas,
sanador familiar de las angustias humanas,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!


Tú que, lo mismo a los leprosos que a los parias malditos,
enseñas por el amor el gusto del Paraíso,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!


Tú que de la muerte, tu vieja y fuerte amante,
engendras la esperanza -¡una loca encantadora!

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!


Tú que haces al proscrito esta mirada calma y alta
que condena todo un pueblo alrededor del patíbulo,......................................................................................................

LA LLAMADA DE CTHULHU // H. P. Lovecraft

LA LLAMADA DE CTHULHU // LOVECRAFT (LINK-ENLACE)




(Título original: The Call of Cthulhu)


Howard Phillips Lovecraft (1890-1937), maestro indiscutible de la literatura macabra y figura central de los Mitos, nació y pasó la mayor parte de su vida en Providence, Rhode Island. Solitario y enfermizo desde su juventud, se orientó hacia la lectura, la astronomía y, evidentemente, la literatura fantástica, creando a su alrededor un círculo de admiradores y seguidores literarios que consitituirían algo menos que una secta, pero algo más que un mero grupo de autores y lectores con gustos comunes.Si el ciclo de relatos escritos por Lovecraft y sus continuadores se denomina precisamente los Mitos de Cthulhu y no de otra forma, se debe en gran medida a la siguiente narración, que se puede considerar la iniciadora del ciclo, puesto que en ella se perfilan definitivamente los parámetros que presidirían el desarrollo de la narrativa lovecraftiana.





I. El horror en arcilla

Lo más piadoso del mundo, creo, es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de negros mares de infinitud, y no estamos hechos para emprender largos viajes. Las ciencias, esforzándose cada una en su propia dirección, nos han causado hasta ahora poco daño; pero algún día el ensamblaje de todos los conocimientos disociados abrirá tan terribles perspectivas de la realidad y de nuestra espantosa situación en ella, que o bien enloqueceremos ante tal revelación, o bien huiremos de esta luz mortal y buscaremos la paz y la seguridad en una nueva edad de tinieblas.
Los teósofos han sospechado la tremenda magnitud del ciclo cósmico del que nuestro mundo y el género humano constituyen efímeros incidentes. Han insinuado extrañas pervivencias en términos que helarían la sangre, si no quedaran enmascaradas por un optimismo complaciente. Pero no es de ellos de quienes me llegó la fugaz visión de evos prohibidos que me hace estremecer cuando me vuelve a la memoria y enloquecer cuando sueño con ella. Esa visión, como todas las visiones de la verdad, surgió como un relámpago al encajar accidentalmente las piezas separadas, en este caso, un artículo de un periódico atrasado y las notas de un profesor ya fallecido. Espero que nadie más llegue a encajar estas piezas; ciertamente, si vivo, no facilitaré jamás intencionadamente un eslabón a tan horrible cadena. Creo que el profesor también trató de guardar silencio respecto de la parte que él sabía, y que habría destruido sus notas de no sobrevenirle súbitamente la muerte.
Empecé a enterarme del asunto en el invierno de 1926-27, con la muerte de mi tío abuelo George Gammell Angell, profesor honorario de lenguas semíticas de la Universidad de Brown, Providence, Rhode Island. El profesor Angell era ampliamente conocido como una autoridad en epigrafía, y había sido consultado frecuentemente por directores de prominentes museos; así que muchos recordarán su fallecimiento a los noventa y dos años. Localmente, el interés aumentó debido a la oscura causa de su muerte. El profesor murió cuando regresaba del barco de Newport; se derrumbó súbitamente, como declaró un testigo, tras recibir un empujón de un marinero negro que surgió de una de esas casuchas oscuras y extrañas de la empinada cuesta que constituye un atajo desde el muelle a la casa del difunto en Williams Street. Los médicos no pudieron descubrir ninguna causa visible, aunque concluyeron, después de una perpleja deliberación, que la causa del desenlace debió de ser un oscuro fallo del corazón provocado por el rápido ascenso de una cuesta tan pronunciada para un hombre de tantos años. En aquel entonces no encontré ninguna razón para disentir del dictamen, pero recientemente me inclino a dudarlo... y más que a dudarlo.
Como heredero y testamentario de mi tío abuelo, pues murió viudo y sin hijos, era natural que revisase yo sus papeles con cierto detenimiento; así que con ese motivo me llevé toda la serie de archivos y cajas a mi casa de Boston. Gran cantidad del material que he logrado ordenar lo publicará más adelante la Sociedad Americana de Arqueología; pero había una caja que me pareció enigmática por demás y no me sentía decidido a enseñarla a nadie. Estaba cerrada, y no encontré la llave hasta que se me ocurrió examinar el llavero personal que el profesor llevaba siempre en el bolsillo. Entonces, efectivamente, logré abrirla; pero fue para encontrarme tan sólo con un obstáculo aún más grande y hermético. Pues ¿qué podían significar el extraño bajorrelieve en arcilla y las notas y apuntes y recortes del periódico que contenía? ¿Se había vuelto mi tío crédulo de las más superficiales imposturas? Decidí buscar al excéntrico escultor que ocasionó esta supuesta turbación de la paz espiritual del anciano.
El bajorrelieve era un tosco rectángulo de unos dos centímetros de espesor, y una superficie de doce por quince centímetros, de origen moderno evidentemente. Sus dibujos, no obstante, no eran modernos ni mucho menos, tanto por su atmósfera como por lo que sugerían; pues, aunque los desvaríos del cubismo y del futurismo son muchos y extravagantes, no suelen reproducir esa misteriosa regularidad que encierra la escritura prehistórica. Y ciertamente, escritura parecía aquella serie de trazos; aunque mi memoria, pese a estar muy familiarizada con los papeles y colecciones de mi tío, no lograba identificar en ningún sentido aquel tipo de escritura en particular, ni descubrir su más remoto parentesco.
Sobre estos supuestos jeroglíficos había una figura de evidente carácter representativo, aunque su ejecución impresionista impedía hacerse una idea sobre su naturaleza. Parecía una especie de monstruo, o símbolo representativo de un monstruo, de una forma que sólo una imaginación enferma podría concebir. Si digo que a mi imaginación algo extravagante le sugirió imágenes de un pulpo, un dragón y una caricatura humana, no sería infiel a la naturaleza del diseño. Una cabeza pulposa, tentaculada, coronaba un cuerpo grotesco y escamoso, dotado de unas alas rudimentarias; pero era el contorno general lo que lo hacía más estremecedor. Detrás de la figura, un vago bosquejo de arquitectura ciclópea servía de fondo.
El escrito que acompañaba a esta rareza, aparte del montón de recortes de periódico, estaba redactado con la más reciente letra del profesor Angell, sin la menor pretensión literaria. El principal documento, al parecer, era el que llevaba por título «EL CULTO DE CTHULHU», escrito cuidadosamente en caracteres de imprenta para evitar la lectura errónea de palabra tan insólita. Dicho manucristo estaba dividido en dos secciones; la primera se titulaba: «1925. Sueño y obra ejecutada en sueños, de H. A. Wilcox; Thomas St., 7; Providence, R. L.»; y la segunda: «Informe del Inspector John R. Legrasse; Bienville St., 121; Nueva Orleáns, La., a la A. A. Mtg., 1928. Notas sobre la misma, y declaración del profesor Webb». Los demás escritos eran todos anotaciones breves; algunas, referencias a extraños sueños de distintas personas; otras, citas de libros teosóficos y revistas (en particular, La Atlántida y la Lemuria perdida, de W. Scott-Elliott), y el resto, comentarios sobre pasajes de textos mitológicos y antropológicos como La rama dorada, de Frazer y El culto de las brujas en la Europa occidental, de Margaret Murray. Los recortes de periódicos aludían ampliamente al desencadenamiento de una extremada enfermedad mental y accesos de locura o manía colectiva en la primavera de 1925.
La primera mitad del manucristo principal relataba una historia muy curiosa. Parece ser que el 1 de marzo de 1925, un joven delgado, moreno y de aspecto neurótico y excitado había ido a visitar al profesor Angell, con el singular bajorrelieve de arcilla, entonces excesivamente húmedo y fresco. Su tarjeta ostentaba el nombre de Henry Anthony Wilcox, y mi tío le había reconocido como el hijo más joven de una excelente familia ligeramente conocida suya, el cual había estudiado recientemente escultura en la Escuela de Bellas Artes de Rhode Island y había vivido solo en la Residencia Fleur-de-Lys, próxima a dicha institución. Wilcox era un joven precoz de reconocido genio pero de gran excentricidad, y había llamado la atención desde niño por las extrañas historias y singulares sueños que acostumbraba relatar. Decía de sí mismo que era «físicamente hipersensible», pero la gente seria de la antigua ciudad comercial le tenía simplemente por «raro». No relacionándose nunca mucho con sus semejantes, se había ido alejando gradualmente de la visibilidad social, y ahora sólo era conocido de un reducido grupo de estetas de otras ciudades. El Círculo Artístico de Providence, deseoso de preservar su conservadurismo, lo había considerado un caso perdido.
En esta visita, decía el manucristo del profesor, el escultor recabó precipitadamente los conocimientos arqueológicos de su anfitrión para que identificase los jeroglíficos del bajorrelieve. Hablaba en un tono altisonante y pomposo que delataba afectación y le enajenaba toda simpatía; y mi tío le contestó con cierta sequedad, pues el evidente frescor de la tablita presuponía cualquier cosa menos que se relacionara con la arqueología. La respuesta del joven Wilcox, que impresionó a mi tío hasta el punto de recordarla después y consignarla al pie de la letra, fue de una naturaleza tan fantásticamente poética, que debió simbolizar su conversación entera, y que más tarde he observado como característicamente suya. Dijo:
—Es reciente, en efecto, pues la hice anoche mientras soñaba extrañas ciudades; y los sueños son más antiguos que la taciturna Tiro, la contemplativa Esfinge o la ajardinada Babilonia.
Y entonces comenzó a relatar esa peregrina historia que, súbitamente, brotó de su memoria dormida, acaparando febrilmente el interés de mi tío. Había habido un ligero temblor de tierra la noche antes, el más fuerte que se había notado en Nueva Inglaterra desde hacía años, y la imaginación de Wilcox se había visto hondamente afectada. Una vez en la cama, había tenido un sueño sin precedentes sobre ciudades ciclópeas de gigantescos sillares y monolitos que se erguían hasta el cielo, que rezumaban un limo verdoso e irradiaban un aura siniestra de latente horror. Los muros y pilares estaban cubiertos de jeroglíficos, y desde algún lugar indeterminado de la parte inferior había brotado una voz que no era voz, sino una sensación caótica que sólo la fantasía podía transmutar en sonido, pero que él intentó traducir en una impronunciable confusión de letras: Cthulhu fhtagn.
Este galimatías fue la clave del recuerdo que excitó y turbó al profesor Angell. Interrogó al escultor con minuciosidad científica y examinó casi con frenética intensidad el bajorrelieve en el que el joven se había sorprendido a sí mismo trabajando, muerto de frío y en pijama, cuando, paulatinamente, se despertó desconcertado. Mi tío atribuyó a su avanzada edad, dijo después Wilcox, su lentitud en reconocer los jeroglíficos y el dibujo. Muchas de sus preguntas parecieron sin sentido a su visitante, en especial las que pretendían relacionarle con cultos o sociedades extrañas; y Wilcox no logró comprender las repetidas promesas de silencio que le ofreció a cambio de que admitiese su afiliación a alguna sociedad religiosa mística o pagana de ámbito mundial. Cuando el profesor Angell se convenció de que el escultor ignoraba por completo todo culto o sistema de ciencia críptica, asedió a su visitante con peticiones de que le tuviese al corriente sobre sus nuevos sueños. Su petición produjo cierto fruto, pues a partir de la primera entrevista, el manucristo registraba diarias visitas del joven, durante las cuales le contaba fragmentos espantosos de nocturnas fantasías cuyo contenido se relacionaba siempre con algún terrible escenario ciclópeo de oscura y rezumante piedra, con una voz o llamada subterránea que gritaba monótonamente en forma de enigmáticos impulsos sensitivos imposibles de describir. Los dos sonidos más frecuentemente repetidos son los que podrían transcribirse por las palabras Cthulhu y R'lyeh.
El 23 de marzo, proseguía el manucristo, Wilcox dejó de acudir; y al preguntar por él en la residencia, el profesor se enteró de que le había dado una oscura especie de fiebre y había regresado a casa de su familia en Waterman Street. Había empezado a gritar por la noche, despertando a varios otros artistas que vivían en el edificio, y desde entonces alternaba su estado entre períodos de inconsciencia y de delirio. Mi tío telefoneó inmediatamente a la familia, y a partir de entonces siguió el caso de cerca, acudiendo frecuentemente al despacho del doctor Tobey de Thayer Street, el médico que le atendía. La mente febril del joven repetía con insistencia, al parecer, cosas extrañas, y el médico se estremecía cada vez que hablaba de ellas. No sólo repetía lo que había soñado al principio, sino que aludía a un ser gigantesco que tenía «millas de estatura» y caminaba o avanzaba pesadamente. En ningún momento describió a este ser completamente, pero por las palabras frenéticas que el doctor Tobey recordaba, el profesor se convenció de que debía ser la misma criatura monstruosa que había tratado de representar en su escultura. Cada vez que el joven aludía a este ser, añadió el doctor, era invariablemente preludio de una recaída en el letargo. Su temperatura, cosa rara, no era muy superior a la normal; pero su estado parecía deberse más a una fiebre violenta que a un trastorno mental.
El 2 de abril, a eso de las tres de la tarde, cesaron súbitamente todos los síntomas de enfermedad en Wilcox. Se incorporó en la cama, asombrado de encontrarse en su casa, completamente ignorante de cuanto le había sucedido en sueños o en la realidad desde la noche del 22 de marzo. Declarado sano por el médico, regresó a su residencia a los tres días; pero ya no le sirvió de ninguna ayuda al profesor Angell. Con su recuperación desaparecieron todos sus sueños extraños, y tras una semana de anotar observaciones triviales sobre visiones completamente ordinarias, mi tío dejó de consignar sus nocturnas figuraciones.
Aquí terminaba la primera parte del manuscrito, pero las alusiones a ciertas notas dispersas me dieron mucho que pensar... tanto, que sólo el arraigado escepticismo que entonces constituía mi filosofía puede explicar mi persistente desconfianza con respecto al artista. Las notas a que me refiero describían los sueños de diversas personas durante el mismo período en que el joven Wilcox había tenido sus extrañas visiones. Mi tío, al parecer, había iniciado rápidamente una dilatada encuesta entre casi todos los amigos a quienes podía interrogar sin pecar de indiscreto, pidiéndoles que le contasen sus sueños y le facilitasen los detalles de cualquier visión excepcional que hubiesen tenido anteriormente. La información recibida era muy variada; pero, en definitiva, debió de recibir más respuestas de las que un hombre corriente habría podido manejar sin ayuda de un secretario. No conservó la correspondencia original, pero sus notas constituían una síntesis de lo más completa y significativa. Las gentes corrientes y hombres de negocios —la tradicional «sal de la tierra» de Nueva Inglaterra— dieron un resultado casi completamente negativo, aunque aparecieron casos, dispersos aquí y allá, de inquietantes aunque imprecisas impresiones nocturnas, siempre entre el 23 de marzo y el 2 de abril, período del delirio del joven Wilcox. Los hombres de ciencia no se sintieron muy afectados, si bien cuatro de los casos describían vagas visiones de extraños paisajes, y uno de ellos atribuía el miedo a algo anormal.
Fue de los artistas y poetas de quienes recibió las respuestas más interesantes, y comprendo el pánico que se habría desencadenado, de haber podido ellos mismos comparar notas. Dado que no existían las cartas originales, deduje que el compilador les había hecho ...........................................................................................................

EL REGRESO DEL BRUJO // Clark Ashton Smith

EL REGRESO DEL BRUJO // CLARK ASHTON SMITH // LOS MITOS DE CTHULHU

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(Título original: The Return of the Sorcerer)

Clark Ashton Smith (1893-1961) nació en Auburn, California, y además de producir una extensa obra narrativa, fue poeta, pintor y escultor de marcada orientación fantástica.
El regreso del brujo, un pequeño clásico a menudo incluido en antologías de cuentos fantásticos y terroríficos, es uno de los más estremecedores relatos sobre magia negra jamás escritos, y aunque su conexión con los Mitos es un tanto indirecta, su inclusión en la presente antología está más que justificada, como comprobará el lector inmediatamente.






Me encontraba sin trabajo desde hacía varios meses, y mis ahorros estaban peligrosamente próximos al agotamiento. Así que me llevé una gran alegría al recibir respuesta favorable de John Carnby, invitándome a que presentara mis informes personalmente. Carnby había puesto un anuncio pidiendo un secretario, especificando que los interesados debían enviar previamente una relación de sus aptitudes por carta, y yo había escrito solicitando la plaza.
Carnby, evidentemente, era un intelectual solitario que sentía aversión a tomar contacto con una larga lista de desconocidos y había elegido el modo de eliminar de antemano, si no a todos los descartables, por lo menos a gran número de ellos. Había especificado los requisitos de manera exhaustiva y escueta, y éstos eran de naturaleza tal que excluían aun a las personas normalmente bien instruidas. Entre otras cosas se necesitaba conocer el árabe, y por fortuna yo poseía cierto dominio de esta rara lengua.
Encontré su casa, de cuya situación tenía una vaga idea, al final de una avenida de las afueras de Oakland. Era una casa grande de dos plantas, a la sombra de añosos robles, oscurecida por una frondosa y exuberante piedra, entre setos de ligustro sin podar y una maleza que lo había ido invadiendo todo durante muchos años. Estaba separada de sus vecinos, a un lado por un solar vacío y cubierto de hierba, y al otro por una maraña de parras y árboles que rodeaban las negras ruinas de una mansión quemada.
Aparte de su aspecto de prolongado abandono, había algo lúgubre y triste en el lugar; algo inherente a la silueta de la casa, a las furtivas y oscuras ventanas, a los mismos perfiles deformados de los robles y a la extrañamente invasora maleza. De algún modo, mi entusiasmo menguó un tanto al entrar en el terreno y avanzar por un camino sin limpiar, hasta la puerta principal.
Cuando me encontré en presencia de John Carnby, mi júbilo disminuyó aún más; no habría podido dar una razón concreta de este escalofrío premonitorio, de la oscura, lúgubre sensación de alarma que experimenté, y del precipitado hundimiento de mi alegría. Puede que influyera en mí, tanto como el hombre mismo, la oscura biblioteca en que me recibió: una estancia cuyas sombras mohosas jamás podrían ser disipadas por el sol o las luces de una lámpara. Efectivamente, debía de ser esto; pues John Carnby era casi exactamente la clase de persona que yo me había imaginado.
Tenía todo el aspecto de un sabio solitario que ha dedicado pacientes años a algún tema de investigación erudita. Era delgado y encorvado, con la frente abultada y una mata de pelo gris; y la palidez de la biblioteca se reflejaba en sus mejillas cavernosas y bien afeitadas. Pero junto a esto, denotaba un medroso encogimiento que indicaba algo más que la timidez normal de una persona de vida retirada, y una incesante aprensión que se delataba en cada mirada de sus ojos febriles y ojerosos, en cada movimiento de sus huesudas manos. Con toda probabilidad, su salud se había visto gravemente deteriorada por el exceso de trabajo, y no pude por menos de preguntarme cuál sería la naturaleza de los estudios que le habían convertido en una temblorosa ruina. Sin embargo, tenía algo —quizá la anchura de sus hombros inclinados, y el decidido perfil aguileño de su rostro— que daba la impresión de haber gozado en otro tiempo de gran fuerza y un vigor no enteramente agotados.
Su voz fue inesperadamente profunda y sonora.
—Creo que se quedará usted, señor Ogden —dijo, tras unas cuantas preguntas formularias, casi todas relativas a mis conocimientos lingüísticos, y en particular a mi dominio del árabe—. Sus obligaciones no serán muy pesadas; pero necesito a alguien que esté disponible en cualquier momento en que yo lo necesite. Así que deberá vivir conmigo. Puedo darle una habitación cómoda, y le garantizo que mis guisos no le envenenarán. Trabajo a menudo de noche; espero que no le resulte demasiado enojosa la irregularidad del horario.
Sin duda debería haber experimentado una inmensa alegría ante la seguridad de que el puesto de secretario iba a ser para mí. Pero en vez de eso, sentí una confusa, irracional renuencia, y una vaga ..............................................................................................................

Ubbo-Sathla // Clark Ashton Smith

UBBO-SATHLA // CLARK ASHTON SMITH // LOS MITOS DE CTHULHU (LINK-ENLACE)





(Título original: Ubbo-Sathla)

En esta ocasión Clark Ashton Smith entra de lleno en la mitología lovecraftiana para desarrollar uno de sus conceptos básicos: la existencia, en eras remotísimas, de civilizaciones terrestres prehumanas, y la concepción del tiempo como una dimensión que puede ser recorrida por inconcebibles fuerzas o entidades. Ubbo-Sathla, creación de C. A. Smith, sería retomado por Derleth y convertido en Padre de los Primigenios.






...Porque Ubbo-Sathla es el origen y el fin. Antes de que llegaran Zhothaqquah o Yok-Zothoth o Kthulhut de las estrellas, habitó los brumosos pantanos de la recién creada Tierra Ubbo-Sathla, masa sin cabeza ni miembros, engendrando los grises, amorfos reptiles originales, pavorosos prototipos de la vida terrena... Y toda la vida terrestre, se ha dicho, regresará finalmente, a través del gran círculo del tiempo, a Ubbo-Sathla.

El libro de Eibon

Paul Tregardis encontró el cristal lechoso entre un montón de cachivaches de todas las tierras y épocas. Había entrado en la tienda de curiosidades llevado de un impulso impremeditado, sin ningún fin concreto en su mente, aparte del de distraerse mirando y revolviendo en una mescolanza de objetos heterogéneos. Y andaba mirando al azar, cuando le llamó la atención un reflejo apagado de una de las mesas; sacó la rara piedra esférica de su atestado sitio entre un feo idolillo azteca, un huevo fósil de dinornis y un fetiche obsceno de negra madera del Niger.
El objeto era como del tamaño de una naranja pequeña y estaba ligeramente aplastado en los extremos, como un planeta en sus polos. Tregardis lo examinó con perplejidad; no le parecía un cristal ordinario, ya que era nebuloso y cambiante con un resplandor intermitente en su centro, como si se iluminase y se apagara desde el interior. Lo llevó junto a la ventana y lo examinó durante un rato sin poder determinar el secreto de esta extraña y singular alternancia. Su perplejidad no tardó en aumentar ante la incipiente sensación de que le resultaba vaga e indefinidamente familiar, como si hubiese visto dicho objeto anteriormente bajo circunstancias ahora enteramente olvidadas.
Llamó al dueño del establecimiento, un hebreo diminuto que tenía pinta de polvorienta antigualla y daba la impresión de estar inmerso en reflexiones mercantiles en alguna maraña de fantasías cabalísticas.
—¿Puede informarme sobre esto?
El marchante, con un gesto indescriptible, encogió a un tiempo los hombros y las cejas.
—Es muy antigua; creo que del paleógeno. No puedo decirle mucho porque tengo pocas referencias. La encontró un geólogo en Groenlandia, bajo una capa de hielo, en los estratos del Mioceno. ¿Quién sabe? Puede haber pertenecido a algún hechicero de la ...............................................................................................................

LA PIEDRA NEGRA // Robert E. Howard

LA PIEDRA NEGRA // ROBERT E. HOWARD // LOS MITOS DE CTHULHU

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(Título original: The Black Stone)

Robert E. Howard (1906-1936) nació y vivió en Texas, y empezó a escribir a muy temprana edad. Cultivó prácticamente todos los géneros de la narrativa de aventuras, aunque destacó especialmente en la llamada «fantasía heroica», creando personajes tan famosos como Conan y King Kull. Trastornado por la muerte de su madre, se suicidó a los treinta años.
En La piedra negra, la inclinación de Howard hacia la narrativa histórica y los ambientes bárbaros se une a la mítica lovecraftiana dando lugar a un relato estremecedor y sugestivo.





Dicen que los seres inmundos de los Viejos Tiempos acechan
en oscuros rincones olvidados de la Tierra,
y que aún se abren las Puertas que liberan, ciertas noches,
a unas formas prisioneras del Infierno.

Justin Geoffrey

La primera vez que leí algo sobre esta cuestión fue en el extraño libro de Von Junzt, aquel extravagante alemán que vivió tan singularmente y murió en circunstancias misteriosas y terribles. Quiso la suerte que cayese en mis manos su obra Cultos sin nombre, llamada también el Libro Negro, en su edición original publicada en Dusseldorf en 1839, poco antes de que al autor le sorprendiese su terrible destino. Los bibliógrafos suelen conocer los Cultos sin nombre a través de la edición barata y mal traducida que publicó Bridewell en Londres, en el año 1845, o de la edición cuidadosamente expurgada que sacó a la luz la Golden Goblin Press de Nueva York en 1909. Pero el volumen con el que yo me tropecé era uno de los ejemplares alemanes de la edición completa, encuadernado con pesadas cubiertas de piel y cierres de hierro herrumbroso. Dudo que haya más de media docena de estos ejemplares en todo el mundo hoy en día; primero, porque no se imprimieron muchos, y además, porque cuando corrió la voz de cómo había encontrado la muerte su autor, muchos de los que poseían el libro lo quemaron asustados.
Von Junzt (1795-1840) pasó toda su vida buceando en temas prohibidos. Viajó por todo el mundo, consiguió ingresar en innumerables sociedades secretas y llegó a leer un sinfín de libros y manuscritos esotéricos. En los densos capítulos del Libro Negro, que oscilan entre una sobrecogedora claridad de exposición y la oscuridad más ambigua, hay detalles y alusiones que helarían la sangre del hombre más equilibrado. Leer lo que Von Junzt se atrevió a poner en letra de molde, suscita conjeturas inquietantes sobre lo que no se atrevió a decir. ¿De qué tenebrosas cuestiones, por ejemplo, trataban aquellas páginas, escritas con apretada letra, del manuscrito en que trabajaba infatigablemente pocos meses antes de morir, y que se encontró destrozado y esparcido por el suelo de su habitación cerrada con llave, donde Von Junzt fue hallado muerto con señales de garras en el cuello? Eso nunca se sabrá, porque el amigo más allegado del autor, el francés Alexis Landeau, después de una noche de recomponer los fragmentos y leer el contenido, lo quemó y se cortó el cuello con una navaja de afeitar.
Pero el contenido del volumen publicado es ya suficientemente estremecedor, aun admitiendo la opinión general de que tan sólo representa una serie de desvaríos de un enajenado. Entre multitud de cosas extrañas encontré una alusión a la Piedra Negra, ese monolito siniestro que se cobija en las montañas de Hungría y en torno al cual giran tantas leyendas tenebrosas. Von Junzt no le dedicó mucho espacio. La mayor parte de su horrendo trabajo se refiere a los cultos y objetos de adoración satánica que, según él, existen todavía; y esa Piedra Negra representaría algún orden o algún ser perdido, olvidado hace ya cientos de años. No obstante, al mencionarla, se refiere a ella como a una de las claves. Esa expresión se repite muchas veces en su obra, en diversos pasajes, y constituye uno de los elementos oscuros de su trabajo. Insinúa brevemente haber visto escenas singulares en torno a un monolito, en la noche del 24 de junio. Cita la teoría de Otto Dostmann, según la cual este monolito sería un vestigio de la invasión de los hunos, erigido para conmemorar una victoria de Atila sobre los godos. Von Junzt rechaza esta hipótesis sin exponer ningún argumento para rebatirla; únicamente advierte que atribuir el origen de la Piedra Negra a los hunos es tan ilógico como suponer que Stonehenge fue erigido por Guillermo el Conquistador.................................................................................................

CLARO DE LUNA // GUY DE MAUPASSANT

CLARO DE LUNA // GUY DE MAUPASSANT  (link-enlace)






El padre Marignan llevaba con gallardía su nombre de guerra. Era un hombre alto,
seco, fanático, de alma exaltada, pero recta. Decididamente creyente, jamás tenía una
duda. Imaginaba con sinceridad conocer perfectamente a Dios, penetrar en sus
designios, voluntades e intenciones.
A veces, cuando a grandes pasos recorría el jardín del presbiterio, se le planteaba a su
espíritu una interrogación: "¿Con qué fin creó Dios aquello?" Y ahincadamente buscaba
una respuesta, poniéndose su pensamiento en el lugar de Dios, y casi siempre la
encontraba. No era persona capaz de murmurar en un transporte de piadosa
humildad: "¡Señor, tus designios son impenetrables!" El padre Marignan se decía a sí
mismo: "Soy siervo de Dios; debo, por tanto, conocer sus razones de obrar y adivinar
las que no conozco."
Todo le parecía creado en la naturaleza con una lógica absoluta y admirable. Los
principios y fines se equilibraban perfectamente. Las auroras se habían hecho para
hacer alegre el despertar, los días para madurar el trigo, las lluvias para regarlo, las
tardes oscuras para predisponer al sueño, y las noches para dormir. Las cuatro
estaciones correspondían totalmente a las necesidades de la agricultura; y jamás el
sacerdote sospecharía que no hay intenciones en la naturaleza, y que todo lo que
existe, al contrario de lo que él pensaba, se sometió a las duras necesidades de las
épocas, de los climas y de la materia.
Sin embargo, el padre Marignan odiaba a las mujeres, las odiaba inconscientemente y
las despreciaba por instinto. Repetía casi siempre las palabras de Cristo: "Mujer, ¿qué
hay de común entre tú y yo?" Y entonces añadía: "Se diría que el mismo Dios estaba
descontento de aquella creación suya." Para él, la mujer era la criatura doce veces
impura de que habla el poeta. Era el ser tentador que había arrastrado al pecado al..................................................................................................................

LOS DEVORADORES DEL ESPACIO // Frank Belknap Long

LOS DEVORADORES DEL ESPACIO // FRANK BELKNAP LONG // LOS MITOS DE CTHULHU (LINK-ENLACE)





(Título original: The Space Eaters)

Como señala el propio Derleth en su prólogo, existe un indudable paralelismo entre la mitología lovecraftiana y la cristiana, sobre todo en lo referente a la expulsión de los Primordiales (equivalente a la caída de los ángeles rebeldes) y a la secular lucha entre el Bien y el Mal. En el siguiente relato de F. B. Long, la conexión entre ambas mitologías se explicita abiertamente. Por otra parte, la narración es un claro homenaje a Lovecraft, hasta el punto de que roza la alusión directa.









1

El horror llegó a Partridgeville en forma de niebla impenetrable.
Toda aquella tarde, los espesos vapores del mar se habían arremolinado y remansado alrededor de la granja, y la humedad flotaba en la habitación en la que estábamos sentados. La niebla ascendía en espirales desde debajo de la puerta, y sus largos y húmedos dedos rozaban mi pelo hasta hacerlo gotear. Las ventanas de cuadrados cristales estaban cubiertas de una película espesa y perlada de humedad; el aire era pesado y denso e increíblemente frío.
Miré con tristeza a mi amigo. Se había vuelto de espaldas a la ventana, y escribía furiosamente. Era un hombre alto, delgado, algo cargado de espaldas y de hombros muy anchos. De perfil, su cara era impresionante. Tenía una frente extremadamente ancha, la nariz larga y la barbilla algo pronunciada; un rostro sólido, sensitivo, que sugería una naturaleza sobremanera imaginativa, reprimida por una inteligencia escéptica y auténticamente extraordinaria.
Mi amigo escribía relatos cortos. Lo hacía por placer, desafiando el gusto contemporáneo, y sus cuentos eran insólitos. Habrían encantado a Poe, y también a Hawthorne, a Ambrose Bierce o a Villiers de l'Isle Adam. Eran bosquejos de hombres anormales, de bestias anormales, de plantas anormales. Escribía sobre remotas regiones de imaginación y de horror, y los colores, ruidos y olores que se atrevía a evocar jamás se habían visto, oído ni olido bajo la cara familiar de la luna. Proyectaba sus creaciones sobre fondos estremecedores. Caminaban furtivas por entre los altos y solitarios bosques, subían a las agrestes montañas, bajaban vacilantes por las escalinatas de antiguas casas y andaban entre los bloques de los negros muelles corroídos.
Uno de sus cuentos, La casa del gusano, había inducido a un joven estudiante de la Universidad Midwestern a buscar refugio en un enorme edificio de ladrillo, donde a todos pareció natural que se sentase en el suelo y gritase a voz en cuello: «Mi bienamada es más pura que todas las lilas entre las lilas del jardín de las lilas.» Otro, Los corruptores, fue la causa de que recibiera ciento diez cartas indignadas de los lectores locales, cuando apareció en la Partridgeville Gazette.
Estaba yo mirándole todavía, cuando dejó de escribir súbitamente y sacudió la cabeza.
—No puedo —dijo—. Tendría que inventar un lenguaje nuevo. Y no obstante, puedo comprenderlo emocionalmente, intuitivamente, si quieres. Si al menos pudiese expresarlo en una frase, algo así como «el extraño reptar de su espíritu descarnado».
—¿Es algún nuevo horror? —pregunté.
Movió la cabeza negativamente.
—No es nuevo para mí. Lo conozco y lo siento desde hace años: es un horror absolutamente inconcebible para tu prosaico cerebro.
—Muchas gracias —dije.
—Todos los cerebros humanos son prosaicos —explicó—. No quería ofenderte. Son los sombríos terrores que acechan detrás y por encima de ellos, lo que es misterioso y espantoso. ¿Qué pueden saber nuestros pequeños cerebros de las vampiresas entidades que acaso acechan en dimensiones que están por encima de la nuestra, o más allá del universo de las estrellas? —Ahora me miraba con fijeza.
—¡Pero no puedes creer sinceramente en semejantes tonterías! —exclamé.
—¡Por supuesto que no! —sacudió la cabeza y rió—. Demasiado sabes que soy profundamente escéptico para creer en nada. He descrito meramente las reacciones de un poeta ante el universo. Si uno desea escribir historias espectrales y de verdad logra plasmar una sensación de horror, deberá creer en todo... y en cualquier cosa. Por cualquier cosa entiendo el horror que trasciende cualquier cosa, que es más terrible e imposible que nada. Debe creer que hay seres en el espacio exterior que pueden descender y cebarse en nosotros con una maldad capaz de destruirnos completamente: tanto corporal como espiritualmente.
»Pero ¿cómo podría describir esta monstruosidad del espacio exterior si no conoce su forma, tamaño y color?
»Es prácticamente imposible hacerlo. Eso es lo que yo he intentado... y he fracasado. Quizá algún día..., pero entonces, dudo que pueda conseguirlo. Aunque el artista puede insinuarlo, sugerirlo...
—¿Sugerir qué? —pregunté, un poco desconcertado.
—Sugerir un horror que es completamente extraterreno, que se deja sentir en términos que no tienen parangón alguno en la Tierra.
Yo aún estaba perplejo. El sonrió cansadamente, y explicó su teoría.
—Hay algo prosaico —dijo— aun en los mejores relatos clásicos de misterio y terror. La vieja señora Radcliffe, con sus subterráneos secretos y sus espectros ensangrentados; Maturin, con sus alegóricos héroes perversos del estilo de Fausto y sus llamas surgiendo de la boca del infierno; Edgar Poe, con sus cadáveres manchados de grumos de sangre y sus gatos negros, sus corazones delatores y sus Valdemares en descomposición; Hawthorne, con su divertida preocupación por los problemas y horrores derivados del mero pecado humano (como si los pecados humanos tuviesen algún significado para la maligna inteligencia de más allá de las estrellas). Luego, los maestros modernos: Algernon Balckwood, que nos invita al festín de los altos dioses y nos muestra a una vieja de labio leporino sentada ante un tablero mágico manoseando unas cartas manchadas, o un absurdo nimbo de ectoplasma emanando de algún estúpido clarividente; Bram Stoker con sus vampiros y hombres lobos, meros mitos convencionales residuos del folklore medieval; Wells, con sus vehículos, hombres peces del fondo del mar, damas de la luna; y el centenar de idiotas que escriben constantemente historias de fantasmas para revistas... ¿en qué han contribuido a la literatura de lo espantoso?..................................................................................................

LA NOCHE DE LOS LÁPICES // MARIA SEGANE -HECTOR RUIZ NUÑEZ

LA NOCHE DE LOS LAPICES // MARIA SEOANE - HECTOR RUIZ NUÑEZ      (link-enlace)

LA NOCHE
DE LOS
LÁPICES



A los chicos, siempre.
Ya todos los adolescentes que, como ellos,
se sienten comprometidos
con la solidaridad y la justicia,
y no consideran una utopía
proponer un mundo
donde sea más digno vivir.





LOS CHICOS



Francisco López Muntaner 16 años
secuestrado 16.9.76
desaparecido

María Claudia Falcone 16 años
secuestrada 16.9.76
desaparecida

Claudio de Acha 17 años
secuestrado 16.9.76
desaparecido

Horacio Ángel Úngaro 17 años
secuestrado 16.9.76
desaparecido

Daniel Alberto Racero 18 años
secuestrado 16.9.76
desaparecido

María Clara Ciocchini 18 años
secuestrada 16.9.76
desaparecida

Pablo Alejandro Díaz 18 años
secuestrado 21.9.76
reaparecido


Prólogo

Durante los días y meses de trabajo para este libro, los hemos acompañado. Conocimos a sus fami­lias, compañeros y amigos. Participamos de sus sue­ños y juegos. Compartimos su despertar político, la pasión por la justicia y la sensibilidad social que los impulsó a la lucha. Los vimos manifestarse por el bo­leto estudiantil secundario y enseñar a leer a los más pequeños en las villas miseria.

Los vimos crecer en la tormenta de años impiado­sos, bajo la ilegalidad de dictaduras. Escuchamos su rabia cuando, como dirigentes estudiantiles destacados, fueron perseguidos por el terrorismo de ultraderecha, la Triple A y las bandas del CNU, gestadas en el gobierno de Isabel Perón bajo el amparo de los minis­tros de Educación del régimen. Vivimos su desaliento ante la derrota de un proyecto y la desaparición de compañeros queridos. Su resistencia a dejarse vencer por el autoritarismo, a ceder conquistas que llevaban años.

Los vimos, con impotencia, marchar solos hacia la tragedia desde el 24 de marzo de 1976 cuando los mi­litares sediciosos comenzaron a instrumentar su secuestro, tortura y exterminio, como un requisito pre­vio para la implantación de la Doctrina de la Seguri­dad Nacional en la cultura. Vimos como se acuñaba La noche de los lápices en las oficinas de Inteligencia de la dictadura, con el apoyo de algunos educadores, para truncar un proyecto "peligroso" de ser humano y a la vez producir un escarmiento ejemplar para otros jóvenes.

Estuvimos en la noche del terrorismo de Estado. Vimos a Camps y a los hombres de la policía de la provincia de Buenos Aires violar sus domicilios, arrastrarlos desnudos, encerrarlos en campos de concentra­ción, torturarlos y negar a sus padres que estuvieran detenidos. Supimos de la complicidad en sus secues­tros y tormentos de la jerarquía de la Iglesia Católica, al menos por silencio. Conocimos el ocultamiento de la prensa sobre estos episodios, con lo que se contri­buyó a la ejecución del plan represivo.

Transparentes, los vimos tomarse las manos, darse aliento y amarse en el Pozo de Banfield. Vimos a sus carceleros burlarse de la solidaridad y la ternura. Escuchamos el llanto de los bebés que ayudaron a nacer durante el cautiverio. Presenciamos la escena de Pablo despidiéndose de los otros chicos que quedaban prisioneros, sabiendo —porque conocíamos el futuro— que sería un adiós definitivo.

Vimos a sus padres, hermanos y amigos partir al exilio. A sus familiares reclamarlos con desesperación, cosechando respuestas mentirosas de funcionarios militares, policiales, judiciales y eclesiásticos. Los vimos perderse en las tinieblas sin poder retenerlos, presin­tiendo, aunque intentando negar, su destino final.

Festejamos la reaparición de Pablo Díaz y su devo­ción por la memoria. Con la democracia recuperada, escuchamos la sentencia alentadora pero insuficiente de los jueces de la Cámara Federal en el juicio a las ex­juntas militares. En ese momento, decidimos que nuestro libro no tuviera epílogo porque aún no ha­bían sido dadas todas las respuestas.

Hoy, soñamos con los jóvenes que conocerán a nuestros chicos y los levantarán como bandera. Tam­bién sabemos que quien lea estas páginas no permane­cerá indiferente. Del impacto emocional por la revela­ción de la perversidad que asesinó a la adolescencia, podrá o no recuperarse. Nosotros, ya lo hemos incor­porado a nuestras vidas y jamás nos recuperaremos. Es nuestra fatalidad y nuestro privilegio.

María Seoane - Héctor Ruiz Núñez

Mayo 9, 1985


Sala de Audiencias del Palacio de Justicia, frente a la Plaza Lavalle, a las 16,35 del tercer jueves del juicio público a las ex-cúpulas militares. Dentro del recinto de diez metros por veinte había 323 perso­nas entre público, invitados y periodistas nacionales y extranjeros. Ninguno de los reos. Sobre el estrado delantero y de espaldas al vitreaux con la inscrip­ción Afianzar la Justicia, estaban sentados los seis jueces de la Cámara Federal: León Carlos Arslanian, Jorge Valerga Aráoz, Jorge Edwin Torlasco, Andrés D’Alessio, Guillermo Ledesma y Ricardo Gil Lavedra. Los ventiladores no dejaban de funcionar sobre las bandejas inferiores, mientras las cámaras de la tele­visión oficial registraban los gestos sin sonido de una historia que comenzaría a ser contada. En el costado izquierdo, frente a los jueces, el fiscal Julio César Strassera con su adjunto Luis Gabriel Moreno Ocampo. En el centro, el testigo.

Juez D’Alessio: Señor, usted ha sido citado a prestar declaración testimonial en esta causa que se sigue contra los integrantes de las tres primeras juntas militares, para determinar su responsabilidad con motivo de delitos que puedan haber cometido los integrantes de las fuerzas armadas de seguridad, o policiales bajo comando ..............................................................

SELECCION DE POEMAS // Andrés Recasens Salvo

 

Andrés Recasens Salvo

SELECCION DE POEMAS
 
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Cinco Nocturnos




I
Desde mi noche, tibio alero de las sombras,
Los veo a salvo,
Perseverantes,
Siempre en el medio, sin desgarros ni delirios;
Formal cortejo
Sujeto al siete
En cábala sin fin la esfera recorriendo.

Mientras yo, terco asido a rocas desprendidas,
Las manos dentro,
En las entrañas,
Buscando angustiado una imagen fugitiva;
En tanto falta
De aliento lenta
Va agrietándose la coraza en que me guardo.

Un viento ajeno
Entre sus alas
Ciegas trae susurros de nostalgias muertas,
Sus ecos caen
Sobre mi frente
Con el poder que da el tiempo a la fina gota
De horadar rocas,
Igual mi cuerpo
Por un vértigo abatido de sones y olas;
Vence al silencio
La pesadumbre
De un ronco fagot e inicio el regreso al yermo
Que abandonara
Mi sentimiento.

Aquí de nuevo;
Y en un instante
La esperanza rota al pie de insalvables muros.
Punzante acero!
Soberbia erguida
De espaldas a la luz, inerte masa helada!
Espacio atado!
Huida al viento
La risa muerta en noche estéril continuada!
Sueños mezquinos
De coros mudos...,
Los deseos atrapados como si fuesen
Gaviotas presas
En los sargazos.


La brisa plañidera que del sol la muerte
Va pregonando,
Cesó su duelo
Al oír mi queja de no encontrar la esencia
Que compartiera,
Por un instante,
La soledad de mi espíritu dolorido.

Entonces solo, qué importa si errado, el rostro
Aprisa envuelto,
Los pies heridos
Descansando en la sangre seca de un suspiro
Desvanecido,
Junto al perfume
De una rosa muerta en el hueco de mi mano.




II

Niña, deja esa fiesta de máscaras bufas,
Deja esa ronda
De ágiles muslos,
De caprichos hartados que en tu piel se anidan;
Huye del bosque
De húmedos dedos
Que una danza de lirios de tus senos hurtan.

Niña, cierra tu puerta y que no entre la noche
A parir otra
Pena en tu lecho,
Cierra tu puerta y acoge en tu pecho abatido
Un soplo errante
De luna nueva,
Antes que llame al sol un gozo de palomas.

Cuidar deseo
La desventura
De tu cuerpo bajo el sosiego de una estrella,
Buscar los cisnes
Amedrentados
Que una jauría cruel acorraló en tus sueños,
Guardar tus pasos,
Tu boca herida
Que el frío acosa como al junco en el pantano,
Cubrir las llagas
Que cada aurora
Ciñe en tu piel al regresarte una congoja,
Mientras el alma
De bruces llora.

En una fuente
De plumas blancas
Verteré las notas tristes de tus latidos,
El tierno anhelo
Que acecha quedo
Cada vez que al rocío desampara el alba,
También tu llanto
Tenaz prendido
Como un clamor de hojas en la espalda del viento,
Así mis labios
Junto a los tuyos,
Al beber las imágenes de tus angustias,
Harán veloces
Huir las sombras.
Niña, entra a mi jardín a recoger las flores
Nacidas todas
esta mañana,
Ven y deja tu cuerpo yacer en la hierba,
Y goza el juego
De mil colores
Con el que festejan al sol las mariposas.

Niña, juntos iremos a buscar abrigo
Donde se oculta
El amor sereno,
Nos rendiremos al misterio de la vida
En un abrazo
De suave aliento,
Como una cópula de olas sobre la arena.




III

En la tibia oscuridad cosecho los cantos
Sembrados hondo,
Por manos tiernas,
Llegadas a mi cuna al lado de mis sueños,
Notas vertidas
Sobre los surcos
Que inadvertidos jugaron con la semilla.

Así, la rígida escolta de arcanos mitos,
En el principio,
Del umbral mismo,
Envolvió a mi espíritu con violento hechizo,
Y un solo anhelo,
Ansia demente,
Tras una sola flor impulsó a mi destino.

Desde hace mucho
Frente a la higuera
Cautivo espero que me entregue su secreto.
En este instante
Igual que siempre
La estéril muda en la piedra su sombra fija,
Y me señala
Desde sus ramas
Las únicas sendas de sus partidas hojas;
Encadenado
Mi ser vigila
Mientras se agrietan al estar mis ansias secas
Sin haber visto
Brotar su imagen.

Mis pies distantes
De vivas aguas
Que con su música respondan a mis dudas.
Dentro el silencio
Tiembla en la malla.
Rechazado el calor que ofrecerme quisieron
La rosa abierta,
El jazmín grato,
Los cabellos negros cuyo brillo mis labios
Morir dejaron
Al no besarlos,
Así olvidados están la cima y el abismo;
Sólo a la higuera
Su flor mendigo.
Mi cuerpo bajo el nacer y morir continuo
De las estrellas,
Fúnebre andante
De inmóviles horas sobre los nudos ciegos;
Dolida mi alma
Muere en los sueños
Que atesorara en la luna cuando era niño.

La nuca en la piedra, las manos al vacío,
Cortado el vuelo,
Quedó mi origen
Suspendido en mitad de la fatal quimera.
La flor acaso
Se dio un instante,
Cuando, entre un latido y otro, me quedé dormido.






IV

En un hueco de la furia se anida quieta
Una cadencia
De Nochebuena,
Mis manos juegan con la brisa que deshojan
Bronces batidos,
Cantos y rondas,
Mágica velada cubierta de guirnaldas.

Al costado de este instante, el mordiente fuego
Abre las sombras,
Y con su injuria
El cañón se lleva mis cantos y mis manos,
A un torbellino
De labios rotos
Gimiendo en los guijarros que abandonó el agua.

Arrima el niño
Su festiva ansia
A las ramas del árbol de sus regocijos,
Su candor cubre
Las verdes formas
Con un frescor de violetas en primavera.
Y el hombre atado
En la luneta
Ve al ciervo agonizar en la siniestra nube,
Respuesta amarga
A la insolencia
Que el sosiego del átomo quebró imprudente...
Donde el payaso
La araña teje...

La luz que brilla
Sea el lucero
Que su camino señaló a los Reyes Magos,
Y no el cohete,
Gema engastada
Furtivamente entre los frutos de nuestro huerto;
Pues habrá un tiempo
En que los hombres,
Ciegos, se arrastren en el lodo ensangrentado
En pos del cuye,
Ultimo guía
De los que huyan cavando el seno de la tierra...
El asno solo
Cuida el pesebre...



Viste la blanda piel un despiadado acero
Y un villancico
Entusiasmado
Quiere ser contrapunto de marchas guerreras,
Cuando la risa
En la batalla
Con una mueca de espanto perdió su esencia!

Tal vez como el invierno, este glaciar esconda
Un rumor de hojas
Y anhelo de alas
Bajo sus crueles contornos, mas, si de nuevo
El hongo crece
En Hiroshima,
Sólo un muñón tras la luna será la tierra!




V

En un comienzo, cuando el presente moría,
Y de la noche
Se liberaban
Las horas para en su fuga dar vida al tiempo,
Surgió del barro
El ser humano
Pleno de afanes mas la sien a un riel sujeta.

Apenas madurada en su boca la sonrisa,
Y la materia
Humedecida
Por su aliento abría su cofre de colores,
Sintió que el canto
De la inocente
Flauta a un rigor divino estaba sometido.

Ebrio primero
De conocerse,
Acoplar los gritos del alma y de la selva
Para llevarlos
A las estrellas,
Asombro de libertad en su frente presa.
Mas, pidió un Amo
Como mendiga
El nómade un pozo en la sequedad del yermo.
Marcó su anhelo
Milenaria huella,
Y la promesa fue parida entre lamentos
Que un agua triste
Sumió en las sombras.

Soy heredero,
Arena y piedra
Del templo donde hallaron amparo los rezos,
De los suspiros
Amortajados
Cuando el tedio prudente inmoló al infinito,
De los impulsos
Avasallados
Por una danza de empecinados fantasmas,
En las baldosas
De quietud negras,
Hasta sepultar la incógnita del martirio.
Olvidó el Arca
Salvar las flores!
Ah las fieras ráfagas de obstinadas voces!
Lucha enconada
Que ultrajó cuerpos,
Que en alivios de mármol transformó a la esencia,
Y a la fe exhausta
Llevó al exilio
Junto a los santos ecos que en las torres duermen.

Pero sé que el fin será igual al que voy huyendo,
Vendrá la peste
Y alzará su horca
En la que oscilará el cadáver de mis dudas,
Cuatro jinetes
Sobre mi tumba,
Y dará el perdón la ceniza de mis besos.





D i á l o g o s




Con el árbol


Incansable
hacedor de pájaros,
el blanco se llevó a tu verde jubiloso,
cómo esperas abrigarte con alientos
de plumas si también te abandonaron?

Fantasmal
racimo de oboes,
donde el rayo corrige noche a noche
su grabado y el viento gime sus acordes,
bajo un temblor de encajes negros.

Como tú,
fuí ternura brotada una mañana
con la alborada vertida a torrentes
sobre mis formas,
como tú,
vestí antaño imágenes distintas
que el tiempo
nutrió de encendidas horas,
igual que tú,
mis carcajadas de colores
resbalaron
por laderas y quebradas,
y la misma brisa
que impulsó a mi barca
llevó a tu origen
en su cesta de perfumes y alas,
para ser éxtasis
de la tierra germinada
con besos del aire,
sol, agua y luna................................................................................................................

Poesias De Mario Benedetti

POESIAS // MARIO BENEDETTI (link-enlace)



La buena tiniebla


Una mujer desnuda y en lo oscuro

genera un resplandor que da confianza

de modo que si sobreviene

un apagón o un desconsuelo

es conveniente y hasta imprescindible

tener a mano una mujer desnuda



entonces las paredes se acuarelan

el cielo raso se convierte en cielo

las telarañas vibran en su ángulo

los almanaques dominguean

y los ojos felices y felinos

miran y no se cansan de mirar




Preliminar del miedo




Por sobre las terrazas alunadas

donde se aman cautelosamente los gatos

y los brillos esquivan las chimeneas

creo que nadie sabe lo que yo sé esta noche

algo aprendido a pedacitos y a pulsaciones

y que integra mi pánico tradicional modesto



¿cómo desmenuzar plácidamente el miedo

comprender por fin que no es una excusa

sino un escalofrío parecido al disfrute

sólo que amarguísimo y si atenuantes?



los suicidas no tienen problemas al respecto

deciden derrotarse y a veces lo consiguen

entran en el miedo como en una piragua

sin remos y con rumbo de cascada

son los descubridores del alivio

pero la paz les dura una milésima



tampoco los homicidas se preocupan mucho

limitan el miedo a una coyuntura

desenvainan la furia o aprietan el gatillo

y todo queda así simplificado y yerto



pero los demás o sea los que venimos

tironeados por la maravilla

y perseguidos por el horror

los demás o sea los compinches de la duda

los candorosos los irresponsables

los violentos pero no tanto

los tranquilos pero no mucho

los deportados de la buena fe

los necesitados de alegría

los ambulantes y los turbados

los omisos de la vanguardia

los atrasados de la vislumbre



ésos qué haremos con el mundo

sino asediarlo a escaramuzas

desmenuzarlo con las uñas

extinguirlo con el resuello

desmantelarlo a mordiscones

hacerlo trizas con la mirada

dar cuenta de él con el amor

estrangularlo.



una mujer desnuda y en lo oscuro

una mujer querida o a querer

exorcisa por una vez la muerte.

BOLA DE SEBO // Guy de Maupassant

BOLA DE SEBO // GUY DE MAUPASSANT (link-enlace)



NOTA: UN RELATO SOBRE LA HIPOCRESIA DE LAS PERSONAS, Y LA INGRATITUZ.


Durante varios días los restos del ejército derrotado habían cruzado la ciudad. No era
tropa: eran hordas desbandadas. Los hombres tenían la barba larga y sucia, uniformes en
harapos, y avanzaban con paso blando, sin bandera, sin regimiento. Todos parecían
abrumados, extenuados, incapaces de un pensamiento o de una resolución. Caminaban
únicamente por costumbre y caían de fatiga en cuanto se detenían. Sobre todo, los
movilizados, gente pacífica, rentistas tranquilos, se doblaban bajo el peso del fusil; pequeños
voluntarios alertas, fáciles para el espanto y rápidos para el entusiasmo, prontos al ataque
como a la huida. Luego, en medio de ellos, algunos pantalones rojos, despojos de una
división diezmada en una gran batalla, artilleros sombríos alineados con esos infantes
diversos; y a veces, el casco brillante de un dragón de pie lerdo que seguía con dificultad la
marcha más liviana de los infantes.
Legiones de francotiradores con apodos heroicos: "los Vengadores de la Derrota",
"los Ciudadanos de la Tumba", "los Compartidores de la muerte", pasaban a su vez con
aspecto de bandidos.
Sus jefes, antiguos comerciantes en telas o en granos, ex vendedores de sebo o de
jabón, guerreros de circunstancias, ascendidos a oficiales por su peso o por el tamaño de sus
bigotes, cubiertos de armas, de franela y de galones, hablaban con voz retumbante, discutían
planes de campaña, y pretendían sostener, solos, la Francia agonizante sobre sus hombros de
fanfarrones, pero temían a veces a sus propios soldados, gente de horca y cuchillo, temerarios
hasta la exageración, saqueadores y libertinos.
Los prusianos iban a entrar en Rouen, se decía.
La guardia nacional, que desde hacía dos meses efectuaba reconocimientos muy
prudentes en los bosques vecinos, fusilando a veces a sus propios centinelas, y preparándose
al combate cuando un conejito se movía entre las malezas, ya había regresado a sus hogares.
Sus armas, sus uniformes, todo el equipo mortífero con el cual aterrorizaban otrora a tres
leguas a la redonda los límites de las rutas nacionales, había desaparecido súbitamente.
Los últimos soldados franceses acababan, en fin, de cruzar el Sena para llegar a Pont-
Audemer por Saint-Sever y Bourg-Achard; y caminando a la zaga, el general desesperado,
que no podía intentar nada con esos pingajos informes, desesperado él también ante la gran
catástrofe de un pueblo acostumbrado a vencer y desastrosamente vencido a pesar de su valor
legendario, se iba a pie entre dos oficiales de orden.
Luego, una paz profunda, una espera aterrada y silenciosa había caído sobre la ciudad.
Muchos burgueses barrigones, embotados por el comercio, esperaban ansiosamente a los
vencedores, temblando de que sus asadores o sus grandes cuchillos de cocina fueran
considerados como armas.
La vida parecía detenida; las tiendas estaban cerradas; la calle ...........................................................................................................

Voltaire. Diccionario Filosófico. // VAMPIROS

VAMPIRO // ESCRITO EN DICCIONARIO FILOSOFICO // VOLTAIRE   (link-enlace)

ESTAS TRES PAGINAS, SE PUEDEN ENCONTRAR EN UN DICCIONARIO FILOSOFICO, ESCRITO POR EL MISMO "VOLTAIRE" ; SIN SABER POR QUE CAUSA...


tomo VI, p. 180-183. [Traductor desconocido]


Vampiro


¿Es posible que haya vampiros en el siglo XVIII, después del reinado de Locke, de
Saftersbury, de Trenchard y de Collins? ¿Y en el reinado de d'Alembert, de Diderot, de Saint
Lambert y de Duclós se cree en la existencia de los vampiros, y el reverendo benedictino dom
Agustín Calmet imprimió y reimprimió la historia de los vampiros con la aprobación de la
Sorbona?
Los vampiros eran muertos que salían por la noche del cementerio para chupar la sangre a los
vivos, ya en la garganta, ya en el vientre, y que después de chuparla se volvían al cementerio y
se encerraban en sus fosas. Los vivos a quienes los vampiros chupaban la sangre, se quedaban
pálidos y se iban consumiendo; y los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los
colores y estaban completamente apetitosos. En Polonia, en Hungría, en Silesia, en Moravia,
en Austria y en Lorena, eran los países donde los muertos practicaban esa operación. Nadie oía
hablar de vampiros en Londres ni en París. Confieso que en esas dos ciudades hubo agiotistas,
mercaderes, gentes de negocios que chuparon a la luz del día la sangre del pueblo; pero no
estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupones no vivían en los cementerios,
sino en magníficos palacios.
¿Quién es capaz de creer que la moda de los vampiros la adquirimos de Grecia? No de la
Grecia de Alejandro, de [p. 181] Aristóteles, de Platón, de Epicuro y de Démostenes, sino de la
Grecia cristiana y por desventura cismática.
Hace mucho tiempo que los cristianos del rito griego creían que los cuerpos de los cristianos
del rito latino, que se enterraban en Grecia, no se pudrían, porque estaban excomulgados.
Creían precisamente lo contrario que nosotros los cristianos del rito latino, que creemos que los
cuerpos que no se corrompen son los que tienen impreso el sello de la bienaventuranza eterna, y
en cuanto se pagan a Roma cien mil escudos por la canonización de cada santo, tributamos a
éste la adoración de dulía.
Los griegos están convencidos de que sus muertos son hechiceros, y les dan el nombre de
broucolacas. Los muertos griegos van a las casas a chupar la sangre de los niños, a comerse la
cena de los padres y de las madres, a beberse el vino y a romper todos los muebles. Sólo puede
hacérseles entrar en razón quemándolos cuando los atrapan; pero se necesita tener la
precaución de no ponerlos en el fuego hasta después de haberles arrancado el corazón, que
debe quemarse aparte.
El célebre Tournefort, emisario que mandó a Levante Luis XIV, lo mismo que otros
aficionados, fue testigo de algunas jugarretas atribuidas a uno de los broucolacas y de la citada
ceremonia.....................................................................................................

CONSEJO DE SEGURIDAD DE O.N.U. ; O COMO LEGALIZAR UNA GUERRA

CONSEJO DE SEGURIDAD O.N.U. o COMO LLEVAR "DISIMULADAMENTE" " FUERZAS PROVISIONALES DE LAS NACIONES UNIDAS EN EL LIBANO" (FPNUL) ; AL FRENTE

(LINK-ENLACE)

 

 

Naciones Unidas S/RES/1701 (2006)
Consejo de Seguridad
Distr. general
11 de agosto de 2006

06-46506 (S) 110806 110806
*0646506*

Resolución 1701 (2006)

Aprobada por el Consejo de Seguridad en su 5511ª sesión,
celebrada el 11 de agosto de 2006

El Consejo de Seguridad,
Recordando todas sus resoluciones anteriores sobre el Líbano, en particular las
resoluciones 425 (1978), 426 (1978), 520 (1982), 1559 (2004), 1655 (2006), 1680
(2006) y 1697 (2006), así como las declaraciones de su Presidencia sobre la
situación en el Líbano, en particular las declaraciones de 18 de junio de 2000
(S/PRST/2000/21), de 19 de octubre de 2004 (S/PRST/2004/36), de 4 de mayo de
2005 (S/PRST/2005/17), de 23 de enero de 2006 (S/PRST/2006/3) y de 30 de julio
de 2006 (S/PRST/2006/35),..................................................................

 

....................................................15.000 efectivos en el Líbano meridional a medida que el ejército israelí se repliega
detrás de la Línea Azul y de pedir la asistencia de fuerzas adicionales de la Fuerza
Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (FPNUL) según sea necesario, para
facilitar la entrada de las fuerzas armadas libanesas en la región
y de reiterar su
intención de fortalecer las fuerzas armadas libanesas con el material que sea
necesario para permitirle cumplir sus funciones,

Consciente de sus responsabilidades en lo que respecta a ayudar a.....................

 

....................................................... todas las partes son responsables de velar por que no se
adopte ninguna medida contraria al párrafo 1 que pueda afectar negativamente
la búsqueda de una solución a largo plazo.................................................

.......................................despliegue una fuerza internacional para ayudarlo a ejercer su autoridad en todo el
territorio
, autoriza a la FPNUL a que tome todas las medidas necesarias y que
estime que están dentro de sus capacidades
en las zonas de despliegue de sus
fuerzas,
para asegurarse ..................................................................

 

S/RES/1701 (2006)
06-46506 5

 

 

GUERRA, DOLOR,SENTIMIENTOS,ODIO,QUIEN ES EL BUENO, Y QUIEN EL MALO, MATO, O MUERO...............................................

La verdadera historia de Laika //LA CARRERA ESPACIAL-SPUTNIK-2

UN MITO DE LA CARRERA ESPACIAL - LA PERRA LAIKA Y EL SPUTNIK 2  (link-enlace)

Una vez entró en órbita ésta se hallaba inquieta y nerviosa

"MURIO DE TERROR"

Casi un mes después de que la antigua Unión Soviética pusiese en órbita terrestre el satélite artificial Sputnik-1, esta país dio un buen golpe de efecto al lanzar el 3 de noviembre de 1957 su segundo satélite artificial, el Sputnik-2, con un ser vivo en su interior: la famosa perra Laika, de unos 6 Kg de peso.

El animal, un perro abandonado que vagaba por las calles de Moscú, fue capturado y preparado para la misión espacial. Los responsables de la misión consideraban -no equivocadamente- que los perros vagabundos eran capaces de sobrevivir en condiciones más difíciles que aquellos que tenían un hogar... y un viaje espacial no sería precisamente un camino de rosas. Para acostumbrarla al pequeño compartimento en el que volaría dentro del Sputnik-2, Laika -y otros dos perros candidatos, Albina y Mushka- fueron mantenidas en jaulas cada vez más pequeñas durante periodos de 15-20 días.

En realidad, el nombre original de Laika era Kudryavka ("Poco rizada") y su viaje estaría lleno de complicaciones: la cabina presurizada del Sputnik 2 le dejaba suficiente sitio para permanecer tumbada o en pie, pero el animal iba encadenado para evitar que la ausencia de gravedad le hiciese dar vueltas. Un sistema regenerador de aire le proveía de oxígeno y su comida y agua le era entregada en forma de gelatina. Nada más iniciar el viaje, las primeras lecturas de telemetría mostraron que durante el lanzamiento el pulso del animal animal se triplicó y que una vez entró en órbita ésta se hallaba inquieta y nerviosa; no obstante, comía su alimento. La URSS anunció que el animal se comportaba bien y que se encontraba en calma realizando su vuelo espacial y que en pocos días Laika volvería a la Tierra descendiendo a bordo de la cápsula del Sputnik 2 y posteriormente en paracaídas.

La realidad sería muy diferente.

Lamentablemente, no había manera posible de que este animal pudiese volver a la Tierra vivo, pues aún no se sabía cómo retornar una cápsula a la Tierra y que sobreviviese un ser vivo a bordo de ésta. Los ingenieros rusos planearon ........................................................................................................

ROBERTO JORGE SANTORO (1939-1977)

UNA PEQUEÑA BIOGRAFIA A UNA PERDIDA MAS... ROBERTO JORGE SANTORO (1939-1977)

(link-enlace)

Roberto Jorge Santoro nació en Buenos Aires el 17 de abril de 1939. Fundador de la revista literaria El Barrilete y de publicaciones como Gente de Buenos Aires y Papeles de Buenos Aires, tiene en su haber los siguientes títulos: Oficio desesperado (Ediciones Cuadernos del Alfarero, 1962); De tango y lo demás, fragmento (Editorial Barrilete, 1962); El último tranvía, plaqueta (Editorial Barrilete, 1963); Nacimiento en la tierra (Ediciones Cuadernos Australes, 1963); Pedradas con mi patria (Editorial Barrilete, 1964); De tango y lo demás (Editorial Barrilete, 1964); En pocas palabras, plaqueta (Ediciones Hechas a mano, 1967); Literatura de la pelota, recopilación sobre el tema del fútbol (Editorial Papeles de Buenos Aires, 1971); A ras del suelo (Editorial Papeles de Buenos Aires, 1971); Desafío (Editorial Gente de Buenos Aires, 1972); Uno más uno humanidad (Ediciones Dead Weight, 1970); En esta tierra lo que mata es la humedad (tragedia musical representada en Buenos Aires, 1972); En esta tierra (canciones; música de Raúl Parentella; canto Kiko Fernández; Music Hall, 1972, disco L.P.); Poesía en general (Editorial Papeles de Buenos Aires, 1973); Cuatro canciones y un vuelo (Editorial Gente de Buenos Aires, 1973); Las cosas claras (anti-libros "La trenza loca", 1973); Lo que no veo no lo creo (canciones; música y canto Jorge Cutello, 1974); No negociable, carpeta (Editorial Papeles de Buenos Aires, 1975); De Santoro (Homenaje a R. J. Santoro realizado en Madrid por poetas, escritores y artistas en general represaliados en Argentina, Ediciones del Rescate, 1979)..........................................................................................................

UNO MÁS UNO HUMANIDAD // POESIA ARGENTINA // SANTORO

UNO MAS UNO HUMANIDAD // SANTORO // POESIA ARGENTINA (link-enlace)



I
cuánta gente que equívoco caca da
que vive en las farmacias inyectándose ingle en la
epidermis
que viaja en los colectivos con un televisor portátil
qué de tardes con los mocasines puestos
y portafolios de sonetos sin poetas
de poetos sin sonetas
y ortafolpios
un vientre se independizó de una mujer y acusa en las
veredas
a las chicas que van a estudiar el piano
los fabricantes de cinturones están desesperados
porque una monja a las cuatro de la mañana descubrió
su sexo
y quiere besar a todo el mundo
un hombre con una bicicleta se subió a una chimenea
y tiene hambre
la puerta del baño trabaja incansablemente
y le han hecho juicio de desalojo a la esperanza
voy a tomar un café

II
mañana un general con viruela boba habrá de acuartelar
a mil conscriptos
porque una mosca le ensució el tintero de la guerra del
paraguay
y su esposa tendrá un hijo con un coronel
un forzudo canta un jingler
y en el décimo piso del ministerio dos empleados juegan
a la generala
mientras una mujer les muestra la bombacha a dos
cadetes
parece que van a tapizar el sillón de la presidencia...................................................................................................

UNO MAS UNO HUMANIDAD // PRÓLOGO subrealista // SANTORO

INTRODUCCION SUBREALISTA AL POEMA " UNO MAS UNO HUMANIDAD " // ROBERTO JORGE SANTORO  (LINK- ENLACE)





Ballet Balar Babel

De punch de match coatch de grill de room y park de gil ketchup del bridge sweater stop y chicle del spleen boutique ciudad con piedra de esmeril okay blue jean de nouvelle vague king size solong english school juliette miami beach cotización café dólar dolor de calle san martín el tango souvenir girl carnaval con hervidero bat turista bob bb no va al placé ir a mear banlon de orlón con filter del spray aturdidero chesterfield ingola sexual suprarrenal mamá cheyenne estúpido lorraine de malandrín showman de bélle époque coiffeur del chic cahier con boxer cinema street fotonovela del feto del caviar obrero rouge al rojo tridimensional que no se puede pie pelado piel de la verdad cocktails liquidación week end de company forfai payaso conexión del lucky strike ferretería teddy boy cartón good bye u.s.army boomerang del bang del fin del ring beat niks de pique al pique del pic-nic con loca maquinaria whiskería tramposo de la trampa de la trompa galería de vagina de oxford best seller time y también afónico concreto reto cretino con dodecafónico haute couture de la epidemia basura mocasín la misma anemia poxipol stock de coccinelle supermercado importado ortopédico rotograbado stereo curandero dedicado a la careta político de treta la retreta militar hay quien reta y quien retrete quien su rito de alcahuete quien decán quien the king también quien can con quién king kong ring side karting del clinch electric clan nylon service shampoo night club sport scotch no smoke fullback fulget del brek en rating va neón acrílico far west alergia streech transistor boite plastificado twist ikebana chez air line después de muchos más viene Gardel qué diantre cocaína occidental cuaresma gomapluma revolución social con alma chimpancé bolígrafo de jingler jungla jeep catch mon amour de fórmica y sketch de sexy jab y yes cowboy kermese merci compacto estabilizador chin chin televisión hotel con cinerama funcional ya no funciona el hombre va el crooner con el dial del rol del foul y el chef del jet con rimmel del palace y luego el strip tease pis short horóscopo del riel moloc del rock polietileno very well cantina rider digest music hall y rugby del deshabillé taxi de smack del chuick con lunch de coca cola flash ojotas wall street del cross del eximbank smocking del bistec chop navy thunderbird happy new year turf magazine camping champagne house baby doll lolitas hurlingam dancing hawaii draw back del pocker swing pullover cotillón estafa en la ciudad y coaxil ticket croupier pachanga y orthicón fue oil de la cave concesionario bossa nova del chalet ventosa dolce vita babel residencial gran olimpíada de snobs con alpargatas madison y dooping cha-cha-cha con looping fugazzetta y várices del link con seven-up inmobiliario y flet con yute del scrum grandes bailables laberintos complicación del pudridero con su gafe con las nenitas........................................................................................................

Julio Carreras // Cuentos cortos y relatos

CUENTOS CORTOS Y RELATOS // JULIO CARRERAS  (link-enlaces)





Arrepentimiento


-Padre, perdóneme: ¡he pecado!- exclamé, en un súbito rapto de compunción.
El sacerdote estaba inmóvil en su casilla de confesor, frente a mí.
-Tenga piedad de este miserable gusano... ¡no me niegue su absolución!-imploré. Los
ojos fríos del padre estaban fijos en mi rostro; pero nada me respondía.
-¡Oh!... ¡Qué torpe y perverso he sido, frágil hoja de alerce, juguete inerme en el
torbellino de mis innobles pasiones! ¡Violento y cruel, irreflexivo, temerario desafiador de
la ira de Dios!... El sacerdote ni se movía.
-¡Malhaya la hora en que permití a mi mano volar a la espada! ¡Malhaya mi sangre
española, heredera de endriagos milenarios! ¡Malhaya mi facilidad para la estocada!... Nada
me decía.
-Padre... ¿no ha de perdonarme? ¿Va a dejarme cargar por siempre con esta cruz en mi
conciencia? ¿Tan terrible fue mi pecado?...
Tal iba a ser mi destino, al parecer, pues el cura no modificó ni un ápice su fría
expresión. Me retiré, entonces, acongojado y llorando. Por desgracia, mi estocada había
sido demasiado certera. Su corazón, agujereado, ya no le daba vida para responder.
Hembra
Felipe estaba solo. Muy solo. Por eso le pareció un sueño cuando la muchacha aceptó
bailar con él. (Y más sueño le parecería luego, cuando aceptara ir a su rancho).
Nadie la conocía. Las escasas mujeres del poblado la miraron con odio. Y los hombres
lo miraron a él con envidia, cuando se la llevó. Necesitó dos tubos de ginebra para
animarse, pero lo hizo.
Nunca gozó Felipe deleites tan hondos y sostenidos como esa noche, en su cama. Entre
vahídos de placer le pidió, en la oscuridad: "¡quédate a vivir conmigo!" Ella aceptó.
En la rosada penumbra de la paloma Felipe recordó la noche pasada, y percibió el bulto
del cuerpo a su lado. Como quien constata la materialidad de su dicha estiró la mano. Tocó
una piel peluda. De un salto, se levantó.
El grito debe haber asustado al animal, pues abandonó la cama con la velocidad de un
relámpago.
Dando un brinco poderoso la mula salió por la ventana. Felipe, con la boca abierta, la
vio perderse, entre las retamas.
Sangre fría
Lo maté de un solo tiro.
Después, con mi cuchillo de caza, le corté la cabeza y la tiré hacia atrás; sin darme
vuelta a mirar dónde caía, pedí tres deseos.
Finalmente me fui a desayunar (café con leche con chipaquitos) al bar de la estación
YPF.
Me percaté recién, a través del vidrio sucio, que al salir había dejado desierta la sala de
videojuegos.


Amnesia


-Yo escribo para olvidar -sostenía un poeta amigo de mi padre.
Trataba de justificar así quizá sus faltas de ortografía.
Pues sus escritos prescindían fatalmente de puntos, comas, haches, acentos o distinción
alguna entre "ve" cortas o "be" largas.
Un libro apócrifo de Aldous Huxley
No existe lo fantástico: todo es real.

André Breton

En el comienzo hay alguien que parte, en un tren. Se describe la estación, y el andén. Es
de mañana en el primer párrafo. Lo cual no impide que el segundo comience con la
siguiente frase: La luna reina serenamente en un cielo violeta, sobre las nubes.
El argumento me cautiva. Trata de un hombre gusta de vivir del modo más agradable
que sea posible, viajar y gozar de las exposiciones de arte, del mejor licor y de las
diversiones. En las últimas páginas, descubrimos que el protagonista sufre un
desdoblamiento, por el cual, no es él quien goza de los placeres sino otro hombre, que
habita en su interior, y lo utiliza como vehículo de sus impulsos.
Entonces el personaje lleva sobre sus hombros la parte más pesada de los placeres del
otro: así, cuando quien habita dentro de él decide trasladarse de un lugar a otro, es él quien
debe sufrir el peso del camino, haciendo de caballo. Sin embargo, exteriormente se viste y
perfuma como si de verdad él fuera el otro.
Hoy, él y el otro van a salir a dar un paseo por el bosque, a caballo.
Meditando tristemente, da los últimos toques a sus brillantes botas y a sus breeches.
Comprende que de esa forma sólo está vistiendo al otro, que se ha posesionado de una
manera tiránica de su voluntad, no a sí mismo.
Trata de escapar y de mirarse, pero no puede, ya que una oftalmanía lo obliga a fijar su
vista en una mosca que se ha posado sobre una pared, y le es imposible apartar los ojos de
ella.
Afuera, se oye el gorjeo de los pájaros. Amanece.
En la cárcel de Córdoba, una tarde calurosa de 1980.

El tango que me llevó

Me fui a caminar por entre las callejuelas de Villa Siburu en busca de una casita
humilde para alquilar. Había dejado sólo por un momento a mis hijas, con ese objeto.
Mientras conversaba con una señora intuí que algo le sucedía a la más pequeña. Regresé
presuroso y la encontré llorando.
Había vomitado sobre el cubrecama donde durmiera, y el suelo.
Resignadamente limpié todo, asombrado interiormente por el modo en que mi hija
había percibido mi ausencia.
Cuando regresó Cecilia salí de nuevo tratando de hallar una peluquería.
Era una noche nublada. Mientras reflexionaba parado en una esquina acerca del camino
a seguir, me apoyé en el ventanal tapiado de una casa abandonada y me puse a cantar un
tango. De tras la pared me contestó el eco -eso creí, al principio. Me gustó el efecto, y una y
otra vez repetí frases del tema ("Vuelvo al Sur"), para provocar al eco. Me quedé pasmado,
ustedes se imaginarán, cuando habiéndome callado, el eco siguió cantando aquel tango que
iniciara, hasta agregar una estrofa completa.
En ese momento cruzaba por la esquina un agricultor, de quien me daba cuenta que
hacía tiempo me quería conocer. "Al sólo efecto de participarle" la rara situación, lo llamé.
Se acercó contento, pues la oportunidad de entablar relación se había presentado. Un
hombre robusto, seguramente de origen italiano, como de cuarenta años.
Me explicó que esto era un fenómeno frecuente, producto según él de que allí mismo
había muerto un estudiante de magia. Me invitó a su casa. En el umbroso living estaban a
mi lado, sobre unos fofos sillones, además de mi nuevo conocido su esposa y sus hijos,
todos ellos gente muy agradable.
Particularmente me agradó e inquietó la hija del agricultor, quien fijaba sus ojos azules
en mí todo el tiempo. No se molestaron cuando les dije que no gustaba de tomar nada, pero
me fue imposible eludir el disfrute de un par de masitas.
Cuando regresaba, cerca de la Terminal vi una peluquería abierta y me introduje. Antes
miré el reloj: la una y cuarto de la madrugada. No hallé al peluquero. Estaba por retirarme
cuando por una entrada lateral se presentó de un modo truculento un peluquero skin head.
Sólo para darme una tarjeta rosada, con los horarios de atención -que no incluían al
presente- y ofrecerme además los servicios de su esposa como hechicera.
Cecilia me dijo al llegar a casa que debía desconfiar de los hijos del agricultor. Según su
criterio, el "estudiante de magia" que reproducía mi voz desde el interior de la casona en
ruinas, era él. O ella, Cecilia sostenía que todos eran andróginos, pues manejaban de un
modo artero las energías de la tierra.
Recuerdo todos estos sucesos desde un siniestro bar, en la Costa del Marfil, mientras
cantan unos mariachis importados, y en la cabecera de mi mesa bromea con uno y otro esa
morena joven, flaca, sensual. Sé que no es ella, pues bajo de esa manifestación estoy
reconociendo la energía vital de la hija del agricultor, a quien conozco ya demasiado bien;
tiene la camisa abierta y escapan un poco sus pechos medianos y largos, morenos, duros.
Le indico esto pues supongo que no se dio cuenta y al advertirlo la molestará. Mas ella me
dice que no lo piense, por el contrario se siente muy cómoda así.
Ella ha logrado quitarme de mi casa, usando los ecos del tango.
Partido mi corazón, no atina sin embargo al regreso -aunque tampoco dispongo de un
centavo para ello. Compungido al extremo por mi suerte, no me queda otro camino,
entonces, que llorar.

La Paja del Ojo

Germán Loy tuvo la posibilidad de editar una revista perfecta. Púsole de nombre "La
Paja del Ojo" (por aquello de la vieja sentencia, y también porque sería un verdadero
eretismo para la visión). Polisémico sentido.
No crean que exagero. La revista era un regodeo para los ex-tetas. Los llevaba al límite.
En la tapa, verbigracia, solían alternarse los Rúbens, Boticelli, con las mejores fotos de
Drtikol, Vallejo, Deborah Tuberville: salpimentando, Boccioni, Aleksander Archipenko,
Giacomo Balla, Carlo Carrá, Rougena Zatkova... ¡para qué seguir! Todo en huecograbado,
papel ochenta quilos, cada número venía en caja de cartón.
El primer número detuvo los latidos de varios. De Leopoldo Marechal, incluía dos
poemas en cuerpo doce; Marinetti, un poema, Juan L. Ortiz, un poema. En ficción, contaba
con cuentos de Juan Bautista Zalazar, Diana María Noronha, y un inédito de Alberto
Moravia. Artículos: La influencia del barroco medieval en América, Alejo Carpentier,
Filosofía y Cultura, Luis Jorge Jalfen.
Era... cómo decir... como si a Marisa Berenson veinteañera le hubieran injertado el
talento de María Callas y la inteligencia de Marguerite Yourcenar.
En la Academia de Bellas Artes se formaron grupos para degustarla de consuno. La Paja
del Ojo salía trimestral. Se esperaba su llegada con ex, pec, tación.
Asesor visual: Carlos Alonso. Asesor literario: Juan José Arreola.
Diagramador: Fattoruso. Germán Loy estaba que no cabía en mí de gozo. El éxito había
sido rotondo.
Pero duró poco.
El problema empezó con la preocupación de los directivos de Bellas Artes (quienes,
obviamente, no eran artistas). Los alumnos se desviaban: gozaban. Esa inquietud fue
llevada al concejo deliberante, que en pleno consideró propicia la cuestión para aumentarse
las dietas. De allí pasó a la legislatura. Los di, puta, dos, luego de imitar el edificante
ejemplo de sus colegas conce, já, les -en lo referido a las dietas-, pasaron el asunto a
comisión, con lo cual se dio oportunidad de crear cinco nuevos cargos de secretarias y
taquígrafos. Finalmente el asunto fue a recalar en el Ministerio del Interior.
El impertérrito, previa consulta a la Suprema Corte, ordenó ipso pucho clausurar La
Paja del Ojo.
Razones: ningún Derecho, desde el Mosaico hasta el Romano, el Francés ni el
Johnsoniano, contemplaban en sus articuliados la posibilidad del orgasmo colectivo. Por
tanto, no existía. Y un hecho que no existe, no puede seguir sucediendo. Ergo: La Paja del
Ojo, no podía seguir saliendo.
Germán Loy se preguntaba, tristemente, si luego de haber beneficiado a tantos
legisladores no merecía se hubiera decretado algún arti (culito) ad-hoc. O al menos que,
personalmente, lo pensionaran por inhabilitación ex-tética. Y mientras esto pensaba, untaba,
con chimichurri, el panchito, que ofrecía al gusto popular en la bizarra esquina de
Sarachaga y Fragueiro.
Fernández, en junio de 1988........................................................................................................

EL AUXILIAR DE LA PARROQUIA // CHARLES DICKENS

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // EL AUXILIAR DE LA PARROQUIA // CHARLES DICKENS      (link-enlace)

CHARLES DICKENS(1812-1870)

 

El auxiliar de la parroquia
Un cuento de amor verdadero



Había una vez, en una diminuta ciudad de provincias bastante alejada de Londres, un hombrecito llamado Nathaniel Pipkin, que trabajaba en la parroquia de la pequeña población y vivía en una pequeña casa de High Street, a escasos diez minutos a pie de la pequeña iglesia; y a quien se podía encontrar todos los días, de nueve a cuatro, impartiendo algunas enseñanzas a los niños del lugar. Nathaniel Pipkin era un ser ingenuo, inofensivo y de carácter bondadoso, de nariz respingona, un poco zambo, bizco y algo cojo; dividía su tiempo entre la iglesia y la escuela, convencido de que, sobre la faz de la tierra, no había ningún hombre tan inteligente como el pastor, ninguna estancia tan grandiosa como la sacristía, ninguna escuela tan organizada como la suya. Una vez, una sola vez en su vida, había visto a un obispo... a un verdadero obispo, con mangas de batista y peluca. Lo había visto pasear y lo había oído hablar en una confirmación, y, en aquella ocasión tan memorable, Nathaniel Pipkin se había sentido tan abrumado por la devoción y por el miedo que, cuando el obispo que acabamos de mencionar puso la mano sobre su cabeza, él cayó desvanecido y fue sacado de la iglesia en brazos del pertiguero
*.
Aquello había sido un gran acontecimiento, un momento fundamental en la vida de Nathaniel Pipkin, y el único que había alterado el suave discurrir de su tranquila existencia, hasta que una hermosa tarde en que estaba completamente entregado a sus pensamientos, levantó por casualidad los ojos de la pizarra -donde ideaba un espantoso problema lleno de sumas para un ..................................................................................................................

LA PRUEBA DE AMOR // MARY SHELLEY

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // LA PRUEBA DE AMOR // MARY SHELLEY                        (link-enlace)

MARY SHELLEY (1797-1853)

 

La prueba de amor


Después de conseguir el permiso de la priora para salir unas horas, Angeline, interna en el convento de Santa Anna, en la pequeña ciudad lombarda de Este, se puso en camino para hacer una visita. La joven vestía con sencillez y buen gusto; su faziola le cubría la cabeza y los hombros, y bajo ella brillaban sus grandes ojos negros, extraordinariamente hermosos. Quizá no fuera una belleza perfecta; pero su rostro era afable, noble y franco; y tenía una profusión de cabellos negros y sedosos, y una tez blanca y delicada, a pesar de ser morena. Su expresión era inteligente y reflexiva; parecía estar en paz consigo misma, y era ostensible que se sentía profundamente interesada, y a menudo feliz, con los pensamientos que ocupaban su imaginación. Era de humilde cuna: su padre había sido el administrador del conde Moncenigo, un noble veneciano; y su madre había criado a la única hija de éste. Los dos habían muerto, dejándola en una situación relativamente desahogada; y Angeline era un trofeo que buscaban conquistar todos los jóvenes que, sin ser nobles, gozaban de buena posición; pero ella vivía retirada en el convento y no alentaba a ninguno.
Llevaba muchos meses sin abandonar sus muros; y sintió algo parecido al miedo cuando se encontró en medio del camino que salía de la ciudad y ascendía por las colinas Euganei hasta Villa Moncenigo, su lugar de destino. Conocía cada palmo del camino. La condesa Moncenigo había muerto al dar a luz su segundo hijo y, desde entonces, la madre de Angeline había residido en la villa. La familia estaba formada por el conde, que, salvo algunas semanas de otoño, estaba siempre en Venecia, y sus dos hijos. Ludovico, el primogénito, había sido enviado en edad temprana a Padua para recibir una buena educación; y sólo vivía en la villa Faustina, cinco años menor que Angeline.
Faustina era la criatura más adorable del mundo: a diferencia de los italianos, tenía los ojos azules y risueños, la tez luminosa y los cabellos color caoba; su figura ágil, esbelta y nada angulosa recordaba a una sílfide; era muy bonita, vivaz y obstinada, y tenía un encanto irresistible que empujaba a todos a ceder alegremente ante ella. Angeline parecía su hermana mayor: se ocupaba de ella y le consentía todos los caprichos; una palabra o una sonrisa de Faustina lo podían todo. «La quiero demasiado -decía a veces-, pero soportaría cualquier cosa antes que ver una lágrima en sus ojos.» Era propio de Angeline no expresar sus sentimientos; los guardaba en su interior, donde crecían hasta convertirse en pasiones. Pero unos excelentes principios y la devoción más sincera impedían que la joven se viera dominada por ellas.
Angeline se había quedado huérfana tres años antes, cuando había muerto su madre, y Faustina y ella se habían trasladado al convento de Santa Anna, en la ciudad de Este; pero un año más tarde, Faustina, que entonces tenía quince años, había sido enviada a completar su educación a un famoso convento de Venecia, cuyas aristocráticas puertas estaban cerradas a su humilde compañera. Ahora, a los diecisiete años, después de finalizar sus estudios, había vuelto a casa; y se disponía a pasar los meses de septiembre y octubre en Villa Moncenigo con su padre. Los dos habían llegado aquella misma noche, y Angeline había salido del convento para ver y abrazar a su amiga del alma.
Había algo muy maternal en los sentimientos de Angeline; cinco años es una diferencia considerable entre los diez y los quince años, y muy grande entre los diecisiete y los veintidós.
«Mi querida niña -pensaba Angeline, mientras iba andando-, debe de haber crecido mucho, e imagino que estará más hermosa que nunca. ¡Qué ganas tengo de verla, con su dulce y pícara sonrisa! Me gustaría saber si ha encontrado a alguien que la mimara tanto como yo en su convento veneciano... alguien que asumiera la responsabilidad de sus faltas y que le consintiera sus caprichos. ¡Ah, aquellos días no volverán! Ahora estará pensando en el matrimonio... Me pregunto si habrá sentido algo parecido al amor -suspiró-. Pronto lo sabré... estoy segura de que me lo contará todo. Ojalá pudiera abrirle mi corazón... detesto tanto secreto y tanto misterio; pero he de cumplir mi promesa, y dentro de un mes habrá acabado todo... dentro de un mes conoceré mi destino. ¡Dentro de un mes! ¿Lo veré a él entonces? ¿Volveré a verlo algún día? Pero será mejor que olvide todo eso y piense únicamente en Faustina... ¡mi dulce y entrañable Faustina!»
Angeline subía lentamente la colina cuando oyó que alguien la llamaba; y en la terraza que dominaba el camino, apoyada en la balaustrada, se hallaba la querida destinataria de sus pensamientos, la bonita Faustina, la pequeña hada... en la flor de la vida, sonriendo de felicidad. Angeline sintió un cariño aún mayor por ella.
No tardaron en abrazarse; Faustina reía con ojos chispeantes, y empezó a contarle todo lo sucedido en aquellos dos años, y se mostró obstinada e infantil, aunque tan encantadora y cariñosa como siempre. Angeline la escuchó con alegría, contemplando extasiada y en silencio los hoyuelos de sus mejillas, el brillo de sus ojos y la gracia de sus ademanes. No habría tenido tiempo de contarle su historia aunque hubiese querido, Faustina hablaba tan deprisa...
-¿Sabes, Angelinetta mía -exclamó-, que me casaré este invierno?
-Y ¿quién será tu señor esposo?
-Todavía no lo sé; pero lo encontraré en el próximo carnaval. Debe ser muy noble y muy rico, dice papá; y yo digo que debe ser muy joven, tener buen carácter y dejarme hacer lo que yo quiera, como siempre has hecho tú, querida Angeline.
Finalmente, Angeline se levantó para despedirse. A Faustina no le agradó que se marchara -quería que pasara la noche con ella-, y señaló que enviaría a alguien al convento para conseguir permiso de la priora. Pero Angeline, sabiendo que esto era imposible, estaba decidida a irse y convenció a su amiga de que la dejara partir. Al día siguiente, Faustina visitaría personalmente el convento para ver a sus antiguas amistades, y Angeline podría regresar con ella por la noche si lo permitía la priora. Una vez discutido este plan, las dos jóvenes se separaron con un abrazo; y, mientras bajaba con paso ligero, Angeline levantó la mirada y vio como Faustina, muy sonriente, le decía adiós con la mano desde la terraza. Angeline estaba encantada con su amabilidad, su hermosura, la animación y viveza de su conducta y de su conversación. Faustina ocupó al principio todos sus pensamientos, pero, en una curva del camino, cierta circunstancia le trajo otros recuerdos. «¡Oh, qué feliz seré si él demuestra haberme sido fiel! -pensó-. ¡Con Faustina e Ippolito, será como vivir en el Paraíso!»
Y luego rememoró cuanto había ocurrido en los dos últimos años. Del modo más breve posible, seguiremos su ejemplo.
Cuando Faustina partió para Venecia, Angeline se quedó sola en el convento. Aunque era una persona retraída, Camilla della Toretta, una joven dama de Bolonia, se convirtió en su mejor amiga. El hermano de Camilla vino a visitarla, y Angeline la acompañó al locutorio para recibirlo. Ippolito se enamoró desesperadamente de ella, y consiguió que Angeline le correspondiera. Todos los sentimientos de la joven eran sinceros y apasionados; sin embargo, sabía atemperarlos, y su conducta fue irreprochable. Ippolito, por el contrario, era impetuoso y vehemente: la amaba ardientemente y no podía tolerar que nada se opusiera a sus deseos. Decidió contraer matrimonio, pero, como pertenecía a la nobleza, temía la desaprobación de su padre. Mas era necesario pedir su consentimiento; y el anciano aristócrata, presa del temor y de la indignación, llegó a Este, ...................................................................................................................

La mujer de Dennis Haggarty // WILLIAN M. THACKERAY

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // La mujer de Dennis Haggarty // WILLIAM M. THACKERAY                     (link-enlace)

WILLIAM M. THACKERAY (1811-1863)

 

La mujer de Dennis Haggarty


Había una odiosa irlandesa, conocida como la señora del mayor Gam, que frecuentaba hace unos años con su hija el Hotel Royal de Leamington. Gam había sido un distinguido oficial al servicio de Su Majestad, al que sólo la muerte y su encantadora esposa pudieron vencer. La viuda lloró la pérdida de su marido con el mejor bombasí que logró adquirir, y con una franja negra de al menos una pulgada alrededor de las enormes tarjetas de visita que dejaba en casa de sus amigos de la aristocracia y de la alta burguesía.
Algunos de nosotros, lamento decirlo, acostumbrábamos a llamarla señora del mayor Gammon
[1]; pues la respetable viuda tendía a hablar continuamente de sí misma y de su familia (de la suya propia, pues tenía en muy poco a la de su marido), así como de las maravillas de la mansión paterna, Molloyville, en el condado de Mayo. Era de los Molloy de esa región; y, aunque yo jamás había oído ese apellido, estoy convencido, después de escuchar las afirmaciones de la señora Gam, de que era la familia más antigua y más ilustre de aquella parte de Irlanda. Recuerdo que vino a visitar a su tía un joven de enormes patillas pelirrojas, con unos pantalones ajustados de nanquín, una chaqueta verde y un espantoso alfiler de corbata, que dos días después de llegar al balneario propuso matrimonio a la señorita S. o, en su defecto, un duelo a su padre; y que conducía un llamativo cabriolé tirado por un caballo rucio y otro bayo; y que fue presentado por su orgullosa tía como Castlereagh Molloy de Molloyville. A todos nos pareció el esnob más insufrible de la temporada, y nos alegramos mucho cuando un alguacil vino en su búsqueda.
Y es todo cuanto sé personalmente de la familia de Molloyville; pero, si alguien tropezaba en la casa con la viuda Gam y empezaba a charlar de cualquier tema, sabía que no tardaría en oír hablar de ella. Si alguien le aconsejaba que tomara guisantes en la cena, se apresuraba a responder:
-¡Caballero! Después de haber probado los guisantes de Molloyville, ¡cómo voy a comer otros! ¿No es cierto, querida Jemima? Siempre los comíamos en el mes de junio, cuando mi padre daba una guinea al jardinero jefe (en Molloyville, teníamos tres) y le enviaba, con sus saludos y un cuarto de guisantes, a casa de nuestro vecino, el querido lord Marrowfat. ¡Qué lugar tan encantador es Marrowfat Park! ¿No es así, Jemima?
Si pasaba un carruaje junto a la ventana, la señora del mayor Gammon decía invariablemente que en Molloyville tenían tres carruajes, «la calesa, el faetón y la silla volante». De igual modo, facilitaba el número y los nombres de todos los lacayos que allí servían; y, durante una visita al castillo de Warwick (pues aquella incansable mujer se sumaba a cuantas diversiones se organizaban en el hotel), nos dio a entender que el gran paseo a orillas del río era muy inferior a la avenida principal del parque de Molloyville. Entre nosotros, yo no habría sabido tantas cosas de la señora Gam y de su hija si en aquella época no hubiera estado cortejando a una joven cuyo padre se alojaba en el Royal, y al que atendía el doctor Jephson.
La Jemima que acabamos de mencionar era, naturalmente, la hija de la señora Gam, que siempre añadía tras su nombre: «Jemima, amor mío!», «Jemima, mi niña adorada!» o «Jemima, tesoro mío!». Los sacrificios que la señora Gam había hecho por su hija, según decía, eran asombrosos. Sólo Dios sabía, afirmaba, el dinero que había gastado en su educación, el tiempo que había pasado a su lado mientras se hallaba enferma, el amor ilimitado que le profesaba. Las dos solían entrar en la sala enlazadas por la cintura, y, durante la cena, la madre cogía la mano de la hija entre plato y plato; si sólo estaban presentes dos o tres caballeros jóvenes, besaba varias veces a su Jemima mientras servían el té.
En cuanto a la señorita Gam, si bien no era hermosa, he de decir en honor a la verdad que tampoco era fea No era ni lo uno ni lo otro. Tenía tirabuzones y una cinta en la frente; sabía cuatro canciones, que resultaban bastante tediosas dos meses después de conocerla; llevaba los hombros excesivamente descubiertos; gustaba de lucir innumerables fruslerías, anillos, broches, ferronniéres
[2] y frascos de sales, y siempre iba vestida, pensábamos, con mucha elegancia; a pesar de que la anciana señora Lynx señalaba que tanto a sus vestidos como a los de su madre les habían dado una y otra vez la vuelta, y que sus ojos apenas veían de tanto zurcir medias.
Esos ojos la señorita Gam los tenía muy grandes, aunque bastante débiles y enrojecidos, y solía mirar pestañeando a todos los solteros atractivos del lugar. Pero, aunque la viuda asistiera a todos los bailes, y alquilara una calesa para ir a las cacerías, y nunca faltase a la iglesia, y Jemima cantara allí con voz más potente que nadie excepto el pastor, y aunque probablemente cualquiera que se convirtiese en su feliz esposo sería invitado a disfrutar de los tres lacayos, de los tres jardineros y de los tres carruajes de Molloyville, lo cierto es que ningún caballero inglés había sido lo bastante audaz para pedir su mano. La anciana Lynx decía que, en los últimos ocho años, la pareja había visitado Tunbridge, Harrogate, Brighton, Ramsgate y Cheltenham; donde, al parecer, no había tenido mucha fortuna. La verdad es que la viuda tenía elevadas aspiraciones para su adorada hija; y como miraba con desprecio, al igual que muchos otros irlandeses, a quienes vivían del trabajo o del comercio; y como era una persona cuyos modales enérgicos, vestimenta y acento irlandés no agradaban demasiado a los apacibles caballeros ingleses que vivían en el campo, Jemima -fragante y delicada flor- seguía en manos de su madre, aunque tal vez algo lánguida y marchita.
En aquella época, el Regimiento 120 estaba acuartelado en Weedon y, en esa unidad, había un segundo cirujano llamado Haggarty, un individuo alto, flaco, fuerte y de huesos grandes, algo patizambo, de manos enormes y patillas pelirrojas, amén del hombre más recto que haya manejado jamás una lanceta. Haggarty como indica su apellido, era de la misma nacionalidad que la señora Gam y, por si esto fuera poco, el honrado muchacho tenía alguna de las peculiaridades de la viuda y presumía de familia casi tanto como ella. No sé de qué parte de Irlanda eran reyes; pero tenían que haber sido monarcas, pues eran los antepasados de muchos miles de familias hibérnicas. Con todo, era gente muy respetada en Dublín, «donde mi padre», afirmaba Haggarty, «es tan conocido como la estatua del rey Guillermo y donde, déjenme añadir, va de un lado a otro conduciendo su carruaje».
Por ese motivo, los más bromistas llamaban a Haggarty «el conductor de carruajes», y algunos preguntaron a su compatriota:
-Señora Gam, cuando abandonaba Molloyville para ir a los bailes del gobernador, y se alojaba en su casa de Fitzwilliam Square en Dublín, ¿coincidía a menudo con el famoso doctor Haggarty?
-¿Se refiere usted al cirujano Haggarty de Gloucester Street? ¡Ese negro papista! ¿Imagina usted que los Molloy se sentarían a la mesa con un individuo de su clase?
-¿Y por qué no? ¿Acaso no es el médico más famoso de Dublín y no va de un lado a otro conduciendo su carruaje?
-¡Ese pobre demonio! Tiene una botica, créanme, y manda a sus propios hijos con los medicamentos. Cuatro de ellos se enrolaron en el ejército, Ulick y Phil, y Terence y Denny, y ahora es Charles el que estudia medicina. Pero ¿por qué iba yo a saber algo de esas odiosas criaturas? Su madre era una Burke, de la ciudad de Burke, en el condado de Cavan, y dejó dos mil libras en herencia al cirujano Haggarty. Ella era protestante, ¡me sorprende que aceptara casarse con ese horrible y antipático boticario papista!.........................................................................................................

LA CUEVA DE MALACHI // ANTHONY TROLLOPE

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // EN LA CUEVA DE MALACHI // ANTHONY TROLLOPE                                   (link-enlace)

ANTHONY TROLLOPE (1815-1882)

 

La cueva de Malachi


En la costa norte de Cornualles, entre Tintagel y Bossiney, al borde del mar; vivía no hace mucho tiempo un anciano que se ganaba la vida recogiendo algas para venderlas como abono. Los acantilados de esa región son sobrecogedores y majestuosos, y las olas del norte golpean contra ellos con enorme violencia. Diría que es el paisaje más hermoso de acantilados de toda Inglaterra, aunque le superen en belleza muchos tramos de la costa oeste de Irlanda, y quizá también ciertos lugares de Gales y Escocia. Los acantilados deben ser escarpados, estar cortados a pico, y dejar de vez en cuando un pequeño paso desde su cima hasta la arena que hay en su base. El mar debe llegar, si no hasta ellos, muy cerca, y, sobre todo, sus aguas han de ser de color azul, pero no de esa tonalidad plomiza que nos resulta tan familiar en Inglaterra. En Tintagel se cumplen todos esos requisitos, excepto ese brillante color azul tan hermoso. Pero los acantilados son abruptos y escarpados, y la franja de arena, al subir la marea, es muy estrecha... tan estrecha que, con las mareas vivas, apenas hay sitio donde apoyar el pie.
Muy cerca de esa franja se hallaba la pequeña cabaña o el chamizo de Malachi Trenglos, el anciano que he mencionado antes. Pero Malachi, o el viejo Glos, como le llamaba la gente de los alrededores, no había construido su casa totalmente encima de la arena. Había en la roca una grieta enorme que formaba una garganta muy angosta, tan perfecta desde la cima hasta la base que dejaba suficiente espacio para que por ella discurriera un camino difícil y empinado. La abertura de esa grieta era tan ancha que Trenglos había podido construir en ella su morada, sobre un Cimiento de roca, y llevaba viviendo allí muchísimos años. Se decía que, en los primeros tiempos de su negocio, llevaba las algas hasta la cima del acantilado en un cesto que cargaba sobre las espaldas, pero que, últimamente, se había hecho con un burro, al que había entrenado para subir y bajar por el empinado sendero con un único canasto sobre sus lomos, pues las rocas no le permitirían llevar una alforja a cada lado; y para ese ayudante había construido junto a su vivienda un cobertizo, casi tan espacioso como el lugar dónde él residía.
Pero, con el paso de los años, el viejo Glos se procuró otra compañía, además de la del burro, o mejor dicho, la Divina Providencia le brindó otra ayuda; y lo cierto es que, de no haber sido así, el anciano se habría visto obligado a renunciar a su cabaña y a su independencia, y a ingresar en el asilo de Camelford. Padecía reumatismo, los años le habían encorvado hasta doblarlo, y poco a poco se veía incapaz de acompañar al burro en su camino de ascenso al mundo de la parte superior, o de ayudar siquiera a recoger las codiciadas algas de las olas.
En la época a la que hace referencia nuestra historia, Trenglos llevaba doce meses sin subir a lo alto del acantilado, y seis meses sin ocuparse de su negocio, salvo coger el dinero y guardarlo, si es que sobraba algo, y sacudir de vez en cuando el forraje del burro. El verdadero trabajo lo hacía todo Mahala Trenglos, su nieta.
Todos los granjeros de la costa y los pequeños tenderos de Camelford conocían a Mally Trenglos. Era una criatura de aspecto salvaje, casi sobrenatural, con el cabello negro y despeinado flotando al viento, de pequeña estatura, manos diminutas y brillantes ojos negros; pero la gente decía que era muy fuerte, y los niños de los alrededores aseguraban que trabajaba día y noche y que no conocía la fatiga. En cuanto a su edad, existían muchas dudas. Unos afirmaban que tenía diez años, y otros veinticinco, pero dejaremos que el lector sepa que, en aquella época, acababa de cumplir los veinte. Los ancianos hablaban bien de Mally por lo bondadosa que era con su abuelo; y afirmaban que, aunque le llevaba casi todos los días un poco de ginebra y de tabaco, jamás se compraba nada para ella. En lo que concierne a la ginebra..., nadie que conociera a la joven podría acusarla de interesarse por la bebida. Pero no tenía amigos y apenas conocía a nadie de su edad. Aseguraban que era maliciosa e irascible, que no tenía una palabra amable para nadie, y que era una pequeña arpía en todos los sentidos. Los muchachos no se interesaban por ella; pues, en cuanto a vestimenta, todos los días eran iguales para Mally. jamás se arreglaba los domingos. Generalmente, no llevaba medias, y no parecía preocuparse en absoluto de ejercer ninguno de esos atractivos femeninos de los que podría haber hecho gala si hubiera querido. Todos los días eran iguales para ella en lo que se refiere a indumentaria; y me temo que, hasta hace relativamente poco, todos los días eran iguales para ella en cualquier otro sentido. El anciano Malachi no había vuelto a entrar en una iglesia desde que empezó a vivir bajo el acantilado.
Sin embargo, en los dos últimos años, Mally se había sometido a las enseñanzas del pastor de Tintagel, y había acudido a misa los domingos; y con tanta frecuencia que nadie que conociera las peculiaridades de su residencia osaría echarle en cara su escasa puntualidad. Pero no se vestía de un modo diferente en esas ocasiones. Se quedaba en un asiento muy bajo de piedra, en la entrada de la iglesia, con la gruesa falda roja y la holgada chaqueta marrón, ambas de sarga, que llevaba todos los días; pues eran las prendas que se adaptaban mejor al trabajo duro y peligroso entre las aguas. El pastor había insistido en que fuera a misa, y Mally le había contado que no tenía ningún vestido para acudir a la iglesia. Él le había explicado que sería bien recibida con independencia de la ropa que llevara. La joven había creído en sus palabras, y se había presentado allí con un coraje digno de admiración, .....................................................................................................................

Quién mató a Zebedee? // WILKIE COLLINS

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // ¿ QUIEN MATO A ZEBEDEE ? // WILKIE COLLINS                                  (link-enlace)

WILKIE COLLINS (1824-1889)

 

 

Quién mató a Zebedee?

UNA INTRODUCCIÓN PARA MÍ

Cierto anochecer, antes de que el médico se marchara, le pregunté cuánto tiempo creía que me quedaba de vida. Me dijo que no era fácil saberlo, que podía morir antes de que él regresara por la mañana o vivir hasta finales de mes.
Al día siguiente estaba lo bastante vivo para pensar en la salvación de mi alma, y como era católico, pedí que me trajesen un sacerdote.
La historia de mis pecados, relatada en confesión, incluía haber faltado a mi deber y haber quebrantado las leyes de mi país. En opinión del sacerdote (y yo me mostré de acuerdo con él), tenía que reconocer públicamente mi culpa, si quería hacer acto de contrición como un buen católico inglés. Decidimos, por ese motivo, dividirnos el trabajo. Yo narré las circunstancias, mientras el reverendo padre cogía la pluma y modelaba la historia.
He aquí el resultado.

I

Cuando era un joven de veinticinco años, ingresé en el cuerpo de policía londinense. Después de casi dos años de cumplir con las severas y mal remuneradas tareas que caracterizan esa ocupación, me vi envuelto en la investigación oficial de mi primer caso serio y terrible... un caso nada menos que de asesinato.
Las circunstancias fueron las siguientes:
En aquella época, estaba destinado en una comisaría del norte de Londres, de la que, con su permiso, no daré más detalles. Cierto lunes me tocaba estar de guardia por la noche. Hasta las cuatro de la madrugada no ocurrió nada fuera de lo habitual. Era primavera y, entre el gas del alumbrado y el fuego de la chimenea, hacía demasiado calor en la oficina. Me dirigí a la puerta para respirar un poco de aire fresco, lo que sorprendió al inspector de servicio, un hombre muy sensible al frío. Caían unas gotas, y la humedad era tan desagradable que no tardé en volver junto a la lumbre. No creo que llevase más de un minuto sentado cuando alguien empujó violentamente la puerta giratoria. Una mujer completamente trastornada irrumpió en la habitación con un grito.
-¿Es ésta la comisaría? -preguntó.
Por una de esas bromas que gasta la naturaleza, nuestro inspector (por lo demás, un oficial excelente) tenía un temperamento ardiente bajo su constitución friolera.
-¡Válgame Dios! ¿Acaso no tiene ojos para verlo, mujer? -exclamó-. ¿Qué es lo que ocurre?
-¡Un asesinato! ¡Eso es lo que ocurre! -respondió ella con vehemencia-. Por el amor de Dios, vengan conmigo. Es en la casa de huéspedes de la señora Crosscapel, en el número catorce de Lehigh Street. ¡Una joven ha asesinado a su marido en plena noche! Con un cuchillo, señor. Dice que cree que lo ha matado mientras ella dormía.
Confieso que me asusté al oír sus palabras; y el tercer agente de servicio (un sargento) pareció, asimismo, impresionado. Ella era joven y muy bonita, incluso presa del terror, recién salida de la cama y vestida de cualquier forma, a toda prisa. En aquellos tiempos, me gustaban las mujeres altas... y, como suele decirse, ella era de mi tipo. Le acerqué una silla, y el sargento atizó el fuego. En cuanto al inspector, no había nada que pudiera alterarlo. La interrogó con la misma frialdad que si se tratara de un caso de robo de poca cuantía.
-¿Ha visto a la víctima? -preguntó.
-No, señor.
-¿Ya la esposa?
-No, señor. No me atreví a entrar en el dormitorio. Sólo conozco el crimen de oídas.
-¿De veras? Y ¿quién es usted? ¿Uno de los huéspedes?
-No, señor. Soy la cocinera
-¿Acaso la pensión no tiene dueño?
-Sí, señor. Está terriblemente asustado. Y la doncella ha ido en busca del médico. Los pobres criados tienen que hacerlo todo, por supuesto. ¡Ay! ¿Por qué pondría los pies en esa horrible casa?
La infortunada mujer rompió a llorar y temblaba de la cabeza a los pies. El inspector puso su declaración por escrito, y luego le pidió que la leyera y estampara su firma. Con este proceder, lo único que pretendía era que se le acercara lo suficiente para oler su aliento.
-Cuando las personas declaran algo extraordinario -me explicó después-, a veces uno se ahorra problemas cerciorándose de que no están bebidas. También he conocido a algunas que estaban locas... pero no es algo frecuente. Generalmente, lo leerás en su mirada.
La joven se levantó y escribió su nombre, Priscilla Thurlby. La prueba del inspector demostró que estaba sobria; y sus ojos -que sin duda eran de un hermoso color azul, además de dulces y afables, cuando no tenían aquella expresión de terror ni estaban enrojecidos por el llanto- le convencieron (tal como supuse) de que ella estaba en su sano juicio. Y lo primero que hizo fue poner el caso en mis manos. Comprendí que, ni siquiera entonces, creía que la historia fuera cierta.
-Vuelve con ella a la pensión -dijo-. Tal vez sea una estúpida broma, o una pelea más ruidosa de lo normal. Compruébalo personalmente, y escucha la opinión del médico. Si se confirma la gravedad del asunto, avísanos en seguida; y no dejes que nadie entre o salga de la casa hasta que lleguemos. ¡Un momento! ¿Sabes ya lo que has de decir si alguien quiere declarar algo por su cuenta?
-Sí, señor. Debo advertir a todos de que cualquier cosa que digan será puesta por escrito y podrá utilizarse en su contra.
-¡Muy bien! Un día de éstos llegarás a inspector. Y ahora, ¡señorita! -y, con estas palabras, se despidió de ella y la dejó a mi cargo.
Lehigh Street no estaba muy lejos... a unos veinte minutos andando desde la comisaría. Reconozco que pensé que el inspector había sido bastante duro con Priscilla. Era natural que la joven estuviera enfadada con él.
-¿Qué ha querido decir con eso de una broma? -exclamó-, ¡Ojalá estuviera tan asustado como yo! Es la primera vez que trabajo de criada, señor... y pensaba que había encontrado un lugar muy respetable.
Apenas hablé con ella; a decir verdad, estaba bastante nervioso por la misión que me habían encomendado. Al llegar a la casa, alguien abrió la puerta antes de que yo tuviera tiempo de llamar. Un caballero salió, y resultó ser el médico. Se detuvo nada más verme.
-Debe tener mucho cuidado, agente -dijo-. He hallado al hombre boca arriba, en la cama, muerto... con la navaja que le ha matado todavía clavada.
Al oír esto, sentí la necesidad de enviar a alguien a la comisaría. ¿Dónde podría encontrar a un mensajero de confianza? Me tomé la libertad de preguntar al doctor si no le importaría repetir sus palabras a la policía. La jefatura le venía casi de camino a casa. Accedió amablemente a mi petición.
La patrona (la señora Crosscapel) se reunió con nosotros mientras hablábamos. Aún era una mujer joven; y no parecía fácil de asustar, ni siquiera por un asesinato en la casa. Su marido estaba en el pasillo, detrás de ella. Tenía suficiente edad para ser su padre; y temblaba hasta tal punto de terror que cualquiera podría haber pensado que él era el culpable. Quité la llave de la puerta, después de asegurarme de que estaba bien cerrada.
-Nadie puede abandonar la pensión, ni entrar en ella, hasta que venga el inspector. Y ahora debo registrar el edificio para ver si se han forzado puertas o ventanas -señalé a la señora Crosscapel.
-Hay una llave en la puerta del patio -respondió ella-. Siempre está cerrada. Puede bajar conmigo y comprobarlo.
Priscilla nos acompañó. Su patrona le ordenó que encendiera el fuego de la cocina.
-A algunos de nosotros nos sentará bien una taza de té -comentó la señora Crosscapel.
Le dije que, dadas las circunstancias, se tomaba las cosas con mucha calma. Ella me repuso que la patrona de una casa de huéspedes no podía permitirse el lujo de perder los estribos, pasara lo que pasara.
Encontré la puerta del patio cerrada con llave, y las contraventanas de la cocina con el cerrojo echado. La cocina y la puerta trasera estaban, asimismo, atrancadas. No había nadie escondido en ningún lugar. Volví a subir las escaleras e inspeccioné el ventanal de la sala que daba a la fachada. De nuevo, unas contraventanas firmemente cerradas respondieron de la seguridad de la habitación. Oí una voz cascada a través de la puerta de la salita trasera.
-El agente puede entrar -dijo-, si promete no mirarme.
Me volví hacia la patrona en busca de alguna aclaración.
-Es mi huésped, la señorita Mybus -contestó-; una dama de lo más respetable que se aloja en esta planta.
Cuando entré en el cuarto, vi algo cuidadosamente enrollado en la colcha de la cama. La pudorosa señorita Mybus se había hecho invisible de ese modo. Una vez convencido de la seguridad de la parte baja de la casa, y con las llaves en mi bolsillo, me dispuse a subir al piso de arriba.
Mientras nos dirigíamos a las alturas, pregunté si habían recibido alguna visita el día anterior. Sólo habían venido dos personas, amigas de los huéspedes, y la señora Crosscapel las había despedido personalmente en la puerta. Mi siguiente pregunta estuvo relacionada con sus inquilinos. En la planta baja se alojaba la señorita Mybus. En el primer piso, y ocupando las dos habitaciones, el señor Barfield, un solterón que trabajaba en una oficina de comercio. Una planta más arriba, en el dormitorio que daba a la fachada, el señor John Zebedee, la víctima, y su mujer; en el cuarto del fondo, el señor Deluc, representante de una compañía de cigarros, y supuestamente un caballero criollo de La Martinica. En la buhardilla delantera, el señor y la señora Crosscapel; en la que daba al patio, la cocinera y la doncella. Y éstos eran los habitantes que tenía regularmente la pensión. Pregunté por las criadas.
-Dos muchachas excelentes -replicó la patrona-; de otro modo, no servirían en mi casa.
Llegamos al segundo piso, y encontramos a la doncella de guardia ante la puerta del dormitorio principal. No era tan agraciada como la cocinera y, como es natural, estaba muy asustada. Su señora le había ordenado que se quedará allí para avisar si la señora Zebedee, a la que tenían encerrada en el cuarto, se ponía violenta. Mi llegada liberó a la doncella de su responsabilidad. Corrió escaleras abajo para reunirse con su compañera en la cocina.
Pregunté a la señora Crosscapel cómo y cuándo se habían enterado del asesinato.
-Poco después de las tres -contestó-, me despertaron los gritos de la señora Zebedee. La encontré aquí en el rellano, y el señor Deluc, muy alarmado, intentaba tranquilizarla. Como duerme en la habitación contigua, sólo tuvo que abrir la puerta cuando sus gritos le despertaron. «¡Mi querido John ha sido asesinado! ¡Y yo soy la única culpable... lo maté dormida! », repitió una y otra vez con desesperación, hasta que cayó desvanecida. El señor Deluc y yo la llevamos de vuelta a su dormitorio. Los dos creíamos que la pobre criatura se había vuelto loca por culpa de alguna espantosa pesadilla. Pero cuando nos acercarnos a la cama... no me pregunte lo que vimos, el doctor ya se lo ha contado. Durante una época trabajé de enfermera en un hospital y me acostumbré a ver las cosas más horribles. Sin embargo, se me heló la sangre y la cabeza empezó a darme vueltas. En cuanto al señor Deluc, pensé que iba a desmayarse.
Después de oír esto, pregunté si la señora Zebedee había dicho o hecho algo extraño desde que era huésped de la señora Crosscapel.
-¿Acaso cree que no está en su sano juicio? -quiso saber la patrona-. Lo cierto es que cualquiera sería de su opinión... ante una joven que se acusa a sí misma de haber asesinado a su marido mientras estaba dormida. Lo único que puedo decir es que, hasta esta madrugada, jamás había conocido a una personita más pacífica, juiciosa y educada que la señora Zebedee. Recién casada, imagínese; y enamorada hasta los tuétanos de su infortunado esposo. Yo diría que, entre las gentes de su nivel social, eran una pareja modélica.
No quedaba nada más por decir en el rellano de la escalera. Abrimos la puerta y entramos en el cuarto.

II

Estaba en la cama, acostado boca arriba, tal como lo había descrito el médico. En el lado izquierdo de su camisa de dormir, justo sobre el corazón, la tela ensangrentada contaba su espantosa historia. Por lo que uno era capaz de juzgar, contemplando de mala gana aquel rostro sin vida, debía de haber sido un hombre muy guapo. Era una visión que acongojaría a cualquiera; pero creo que el momento más doloroso para mí fue cuando reparé en su desdichada mujer.
Estaba en el suelo, acurrucada en un rincón; una mujer pequeña y morena, vestida con elegancia de colores muy vivos. Su cabello negro y sus enormes ojos castaños parecían intensificar aún más la terrible palidez de su rostro. Nos miraba fijamente, como si no nos viera. Le hablamos, y no salió una sola palabra de sus labios. Si no se hubiera pellizcado sin cesar los dedos y no se hubiese estremecido de vez en cuando como si tuviera frío, cualquiera podría pensar que estaba muerta, al igual que su marido. Me acerqué a ella y traté de levantarla. La joven se echó hacia atrás con un grito que me dio escalofríos, y no por estentóreo, sino porque se acercaba más al gemido de un animal que al de un ser humano. Por muy tranquila y serena que se hubiera mostrado siempre ante la patrona de la casa de huéspedes, lo cierto es que ahora se encontraba fuera de sí. Es posible que me suscitara lástima, o que yo estuviera totalmente trastornado... lo único que sé es que no me pareció posible que fuera culpable. Incluso llegué a decir a la señora Crosscapel:
-No creo que lo hiciera ella.
Mientras pronunciaba estas palabras, alguien llamó a la puerta de la calle. Bajé en seguida las escaleras y dejé entrar (con gran alivio) al inspector, acompañado de uno de nuestros hombres.
Esperó a que yo le contara lo ocurrido, antes de subir, y expresó su conformidad con los pasos que había seguido.
-Todo parece indicar que alguien de la casa ha cometido el asesinato -comentó.
Y, después de decir esto, dejó al otro agente en la planta baja y subió conmigo al segundo piso.
Llevaba menos de un minuto en la habitación cuando descubrió un objeto que a mí me había pasado inadvertido.
Se trataba de la navaja con la que se había cometido el delito. El médico la había encontrado en el cuerpo de la víctima, la había extraído para examinar la herida y la había dejado en la mesilla de noche. Era una de esas navajas tan prácticas, que tienen una sierra, un sacacorchos y otros utensilios parecidos. La....................................................................................................................

POR FIN SE HACE JUSTICIA// ELIZABETH GASKELL

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ELIZABETH GASKELL (1810-1865)

 

 

Por fin se hace justicia


El doctor Brown era pobre y tenía que abrirse camino en la vida. Había ido a estudiar medicina en Edimburgo, y su entrega, aptitudes y buena conducta habían hecho que los profesores se fijaran en él. En cuanto lo conocían las damas de sus familias, la figura atractiva y los modales encantadores del joven le convertían en el favorito de todas; y quizá ningún otro estudiante recibía tantas invitaciones a veladas y bailes, o era elegido con tanta frecuencia para ocupar el lugar que había quedado vacante a última hora en una mesa. Nadie sabía quién era, o de dónde venía; pues no tenía familia cercana, como había explicado él en un par de ocasiones; así que ningún pariente de humilde cuna o baja condición podía importunarle. Cuando llegó a la universidad, estaba de luto por su madre.
Margaret, la sobrina del profesor Frazer, recordó esto a su tío una mañana en su estudio, mientras le contaba con voz suave y decidida que, la noche anterior, el doctor James Brown le había pedido que se casara con él... que ella había aceptado... y que él pensaba visitar al profesor Frazer (que, además de tío, era su tutor) esa misma mañana, a fin de obtener su consentimiento para el compromiso. El profesor fue absolutamente consciente, por la actitud de Margaret, de que su aprobación no era más que una mera formalidad, pues la joven ya había tomado la decisión; y había tenido más de una oportunidad para comprobar lo testaruda que ella podía llegar a ser. No obstante, corría la misma sangre por sus venas, y él defendía sus opiniones con el mismo empecinamiento. De ahí que, con frecuencia, tío y sobrina discutieran con cierta crudeza sin cambiar ni un ápice sus respectivas opiniones. Precisamente esta vez, el profesor Frazer no podía callarse.
-Entonces, Margaret, te instalarás discretamente como una mendiga, pues ese joven Brown apenas tiene dinero para poder contraer matrimonio; tú, que podrías ser lady Kennedy si quisieras.
-No podría, tío.
-¡No digas tonterías, niña! Sir Alexander es un hombre muy agradable... de mediana edad, si quieres... Pero supongo que una mujer obstinada tiene que salirse con la suya; aunque, si yo hubiera sabido que ese joven entraba en mi casa a hurtadillas para conseguir por medio de halagos que le quisieras, me habría asegurado de que estuviera a suficiente distancia para que tu tía no le invitara a cenar. Sí, puedes refunfuñar; pero ningún caballero habría venido a mi casa para conquistar el cariño de mi sobrina sin informarme antes de sus intenciones y pedirme permiso.
-El doctor Brown es un caballero, tío Frazer, piense lo que piense de él.
-Eso crees... eso crees. Pero, ¿a quién le importa la opinión de una jovencita locamente enamorada? Es un muchacho guapo y persuasivo, con buenos modales. Y no pretendo negar su talento. Pero hay algo en él que nunca me ha gustado, y ahora entiendo por qué. Y sir Alexander... ¡Está bien, está bien! Tu tía se sentirá decepcionada contigo, Margaret Pero siempre has sido una criatura obstinada. ¿Te ha contado alguna vez ese Jamie Brown quiénes eran sus padres, a qué se dedicaban o de dónde viene? Y no pregunto por sus antepasados, no tiene aire de haberlos tenido nunca; y tú, ¡una Frazer de Lovat! ¡Vergüenza debiera darte, Margaret! ¿Quién es ese Jamie Brown?
-James Brown, doctor en medicina por la Universidad de Edimburgo: un joven bueno e inteligente, a quien quiero con todo el alma -respondió Margaret, enrojeciendo.
-¡Vaya! ¿Te parece que es forma de hablar para una jovencita? ¿De dónde procede? ¿Quiénes son sus parientes? Si no me da suficiente información sobre su familia y sus perspectivas, le echaré fuera de esta casa, Margaret; puedes estar segura.
-Tío -sus ojos estaban llenos de lágrimas de indignación-, soy mayor de edad; usted sabe que es bueno e inteligente; de otro modo, no le habría invitado tan a menudo a su casa. Me caso con él, no con su familia. Es huérfano. No creo que siga en contacto con ningún pariente. No tiene hermanos ni hermanas. Me da igual su procedencia.
-¿Qué era su padre? -inquirió el profesor Frazer con frialdad.
-No lo sé. ¿Por qué he de husmear en los detalles de su familia, y preguntar quién era su padre, cuál era el nombre de soltera de su madre y cuándo se casó su abuela?
-Sin embargo, recuerdo haber oído a Margaret Frazer hablar en favor de una larga línea de respetables antepasados.
-Había olvidado los nuestros, supongo, cuando pronuncié esas palabras. Simon, lord Lovat, ¡un encomiable tío abuelo de los Frazer! Si las historias son ciertas, debería haber sido ahorcado por delincuente, y no decapitado como un caballero leal.
-¡Oh! Si estás decidida a ensuciar tu propio nido, he terminado. Que entre James Brown; me inclinaré ante él y le daré las gracias por dignarse contraer matrimonio con una Frazer.
-Tío -dijo Margaret, llorando a lágrima viva-, ¡no quiero que nos separemos enfadados! Los dos nos queremos mucho. Ha sido usted muy bueno conmigo, y la tía también. Pero he dado mi palabra al doctor Brown, y debo mantenerla. Le amaría aunque fuera el hijo de un campesino. No esperamos ser ricos; pero él tiene ahorrados algunos cientos de libras para empezar, y yo tengo mis cien libras anuales...
-Bueno, bueno, niña, ¡no llores! Lo has dispuesto todo, al parecer; así que me lavo las manos. Me eximo de cualquier responsabilidad. Le contarás a tu tía lo que has acordado con el doctor Brown sobre vuestra boda; y haré lo que desees en este asunto. Pero ¡que no entre ese joven a pedirme el consentimiento! Ni se lo daré, ni se lo quitaré. Las cosas habrían sido muy diferentes si se hubiera tratado de sir Alexander.
-¡Oh, tío Frazer! ¡No diga usted eso! Reciba al doctor Brown y, por lo menos... hágalo por mí... dígale que está de acuerdo. ¡Déjeme que sea un poco suya! Es tan triste decidir sola en un momento así, como si no tuviera familia y nadie se preocupara de mí.
Abrieron la puerta de golpe y anunciaron al doctor Brown. Margaret se marchó a toda prisa; y, antes de que pudiera darse ..........................................................................................................

EL VETO DEL HIJO // THOMAS HARDY

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THOMAS HARDY (1840-1928)

 

 

El veto del hijo



I
Para un hombre que lo contemplara por detrás, aquel pelo castaño era un prodigio y un misterio. Bajo el oscuro sombrero de castor, coronado de un penacho de plumas negras, los largos bucles, enroscados y trenzados como los juncos de un cesto, constituían un raro ejemplo, si bien algo rudimentario, de artístico ingenio. Uno podía entender que semejantes ondas y tirabuzones se hicieran para durar intactos un año, o por lo menos un mes de calendario; pero que fueran deshechos regularmente a la hora de acostarse, después de un único día de existencia, parecía un despilfarro innecesario de una obra tan lograda.
Y la pobre se había peinado sin ayuda de nadie. No tenía doncella, y era casi la única habilidad de la que podía vanagloriarse. Por eso se esmeraba tanto.
Se trataba de una joven dama inválida (aunque no en grado extremo) en una silla de ruedas; alguien la había subido a la parte delantera de un parterre de césped, muy cerca de un quiosco de música donde, en una cálida tarde del mes de junio, se celebraba un concierto. Éste tenía lugar en uno de los pequeños parques o jardines privados de las afueras de Londres, y estaba organizado por una asociación local con el fin de recaudar fondos para alguna sociedad benéfica. Hay mundos y mundos en la gran ciudad, y, a pesar de que nadie en las inmediaciones había oído hablar de esa sociedad benéfica, de esa banda o de ese parque, el recinto estaba lleno de un público interesado que sabía lo suficiente de todo aquello.
Mientras los compases se sucedían, eran muchos los oyentes que observaban a la dama de la silla de ruedas, cuyo peinado por detrás, a causa de su posición prominente, invitaba a ser examinado. Su rostro apenas resultaba visible, pero los cabellos ingeniosamente entrelazados que hemos mencionado antes, la blancura de sus orejas y de su nuca, y la curva de una mejilla que no era flácida ni amarillenta, hacían concebir la idea de que era realmente hermosa contemplada de frente. No es infrecuente que esa clase de expectativas se desvanezcan tan pronto como se descubre la realidad; y, en este caso, cuando la dama, al mover la cabeza, exhibió finalmente sus facciones, éstas no resultaron tan bellas como la gente a sus espaldas había supuesto, o incluso esperado... sin saber por qué.
Por un motivo (¡ay, con cuánta frecuencia se oye esa queja!): era menos joven de lo que habían imaginado. Y, sin embargo, era indudable que su rostro era atractivo y reflejaba buena salud. Sus detalles fueron revelándose cada vez que se volvía para hablar con un muchacho de doce o trece años que la acompañaba, y cuya gorra y chaqueta evidenciaban que era alumno de un conocido internado. Los espectadores más próximos podían oír que la llamaba «madre».
Cuando se acabó el recital y el público abandonó el lugar, fueron muchos los que pasaron junto a ella. Y casi todos volvieron la cabeza para observar de cerca a la interesante mujer, que continuó inmóvil en su silla hasta que el camino estuvo suficientemente despejado para avanzar sin obstáculos. Como si esperase sus miradas, y no le importara satisfacer su curiosidad, sus ojos se encontraron con los de algunos de sus observadores; y eran dulces, castaños y muy afectuosos, aunque de expresión algo triste.
Fue conducida fuera del parque, y siguió por la acera hasta desaparecer en la distancia, con el colegial a su lado. A algunas personas que la vieron alejarse y preguntaron quién era, se les respondió que se trataba de la segunda esposa del pastor de una parroquia vecina, y que era coja. Por lo general, todos creían que era una mujer con una historia... inocente, pero una historia de una u otra clase.
Mientras conversaba con ella, durante el trayecto de vuelta a casa, el muchacho, que caminaba a su lado, dijo que esperaba que su padre no les hubiera echado en falta.
-Seguro de que ha estado tan cómodo estas últimas horas que no nos ha echado en falta -respondió ella.
-Seguro que, querida madre, no seguro de que -exclamó el colegial con una impaciencia quisquillosa y casi cruel-. ¡Tendría que saberlo a estas alturas!
La madre se apresuró a corregir el error, y no pareció ofenderse por sus palabras, ni querer vengarse de él, como podía haber hecho, ordenándole que se limpiara la boca; pues estaba llena de migajas, debido a sus intentos disimulados de comer un trozo de pastel que llevaba escondido en el bolsillo. Después de esto, la hermosa mujer y el muchacho siguieron avanzando en silencio.
Esa cuestión gramatical estaba muy relacionada con su historia, y la dama cayó en una especie de ensueño, más bien melancólico, según todos los indicios. Era como si estuviera preguntándose a sí misma si había actuado sabiamente organizando su vida del modo en que lo había hecho.
En un remoto rincón del norte de Wessex, a cuarenta millas de Londres y cerca de la próspera ciudad de Aldbrickham, había un bonito pueblo con una iglesia y una rectoría que ella conocía bien, pero que su hijo nunca había visto. Era su aldea natal, Gaymead, y el primer suceso relacionado con su actual situación había ocurrido en ese lugar cuando sólo era una joven de diecinueve años.
Qué bien recordaba el primer acto de su pequeña tragicomedia, la muerte de la primera mujer de su reverendo esposo. Ésta ocurrió en un anochecer de primavera, y ella, que durante tantos años había ocupado el lugar de la difunta, en aquel entonces no era más que una criada de la rectoría.
Después de haber hecho todo lo posible por salvarla y de anunciar su muerte, la muchacha había salido en medio de la oscuridad para visitar a sus padres, que vivían muy cerca, y darles la triste noticia. Al empujar la verja blanca y mirar hacia los árboles que crecían al oeste, impidiendo ver la tenue luz del cielo nocturno, distinguió, sin sorprenderse demasiado, la figura de un hombre junto al seto.
-¡Ay, Sam! ¡Qué susto me has dado! -exclamó con picardía para salvar las apariencias.
Era un jardinero que conocía. Después de contarle los detalles de lo ocurrido, los dos jóvenes guardaron silencio, con ese estado de ánimo exaltado y sosegadamente filosófico que suele experimentarse cuando una tragedia se produce muy cerca, pero no se cierne directamente sobre los filósofos. No obstante, tenía mucho que ver con sus relaciones.
-Y ¿seguirás trabajando en la rectoría como hasta ahora? -preguntó Sam.
A ella no se le había ocurrido pensar en eso.
-¡Sí, supongo que sí! -contestó-. Imagino que todo seguirá igual...
El muchacho la acompañó a casa de su madre. No tardó en rodear la cintura de la joven con su brazo. Ella lo rechazó dulcemente; pero él insistió y ella acabó cediendo.
-Verás, querida Sophy, aún no sabes si continuarás allí. Es posible que necesites un hogar; algún día yo te ofreceré uno, pero todavía no estoy preparado.
-¡No tengas tanta prisa, Sam! Jamás he dicho que me gustaras; ¡eres tú el que me persigues!
-Pero sería absurdo que no probara suerte contigo, como los demás -exclamó el joven, inclinándose para darle un beso de despedida, pues habían llegado a casa de la madre.
-No, Sam; ¡de ningún modo! -protestó ella, tapándole la boca con su mano-. Deberías ser más serio en una noche como ésta.
Y le dijo adiós sin permitir que la besara o que entrase dentro.
El pastor que acababa de enviudar era por aquel entonces un hombre de unos cuarenta años, de buena familia y sin hijos. Había llevado una vida muy solitaria en aquel cargo eclesiástico, debido en parte a que ningún terrateniente residía en la zona; y la pérdida de su mujer no hizo sino reforzar su costumbre de huir de la observación de los demás. La gente lo vio aún menos que antes, y fue alejándose cada vez más del ritmo y alboroto de los movimientos que, en el mundo exterior, reciben el nombre de progreso. Muchos meses después de la muerte de su esposa, la organización de su hogar seguía siendo la misma de siempre; y la cocinera, las dos doncellas y el lacayo realizaban o no sus tareas, según les apetecía... sin que el vicario se diera cuenta. Más tarde comprendió que sus criados no parecían tener nada que hacer en su pequeña familia de un solo miembro. Y lo vio con tanta claridad que decidió reducir su número. Pero se le anticipó Sophy, la segunda doncella, quien una tarde le comunicó que deseaba abandonar su servicio.
-¿Y por qué motivo? -inquirió el pastor.
-Sam Hobson me ha pedido que me case con él, señor.
-Y tú... ¿quieres casarte?
-No mucho, señor. Pero así tendré un hogar. Y hemos oído que uno de nosotros tendrá que marcharse.
Un día o dos más tarde, la joven le dijo:
-No deseo irme todavía, señor, si a usted no le importa. Sam y yo nos hemos peleado.
Él levantó la cabeza para mirarla. Apenas la había observado hasta entonces, aunque a menudo había sido consciente de su dulce presencia en el cuarto. ¡Qué criatura tan silenciosa y delicada! !Parecía un gatito! Era la única de sus criadas a la que veía con frecuencia. ¿Qué haría si Sophy se marchaba?
Sophy no se marchó, aunque sí lo hizo una de sus compañeras, y todo volvió a ser como antes.
Cuando el señor Twycott, el vicario, se puso enfermo, Sophy se encargaba de subirle la comida, y un día, nada más salir de la habitación, éste oyó un ruido en la escalera. La joven se había resbalado con la bandeja, y se había torcido de tal modo el tobillo que no podía levantarse. Llamaron al médico del pueblo; el pastor mejoró, pero Sophy estuvo mucho tiempo impedida; y se le informó de que jamás podría volver a caminar demasiado ni tener una ocupación que le exigiera estar largo tiempo en pie. Tan pronto como la joven se sintió un poco mejor, habló a solas con el vicario.
Puesto que le prohibían andar y trajinar de aquí para allá, y lo cierto es que era incapaz de hacerlo, su deber era marcharse de la casa. Podría trabajar en algo que le permitiera estar sentada, y tenía una tía costurera.
El rector se había sentido profundamente conmovido por todo lo que ella había sufrido por su causa, y se apresuró a exclamar;
-¡De ningún modo, Sophy! Cojees o no cojees, no puedo consentir que te vayas. ¡Nunca más volverás a dejarme!
Se acercó a ella, y, aunque la joven jamás supo decir cómo había ocurrido, sintió los labios de él en su mejilla. Entonces le pidió que se casara con él. Sophy no le amaba exactamente, pero le profesaba un respeto rayano en la veneración. Aunque hubiera querido alejarse de él, difícilmente se habría atrevido a rechazar a un personaje tan venerable y augusto para ella; de modo que aceptó en el acto ser su esposa.
Así, pues, una hermosa mañana, mientras las puertas se hallaban abiertas para que la iglesia se ventilara, y los pájaros cantaban, revoloteaban y se posaban sobre las vigas maestras del tejado, se celebró una boda, de la que casi nadie tuvo noticia, en el reclinatorio donde los fieles reciben la comunión. El pastor y un clérigo vecino habían entrado por una puerta, y Sophy por otra, seguida de los dos testigos; y en breve salieron convertidos en marido y mujer.
El señor Twycott sabía perfectamente que, al dar ese paso, había cometido un suicidio social, a pesar del carácter sin tacha de Sophy; de ahí que hubiera tomado ciertas medidas. Había cambiado su beneficio eclesiástico con un compañero que se ocupaba de una parroquia al sur de Londres; y el matrimonio se trasladó allí tan pronto como pudo, abandonando su preciosa casa de campo, rodeada de árboles, arbustos y terreno de su propiedad, por una vivienda pequeña y polvorienta, en medio de una calle larga y recta, y el hermoso repicar de sus campanas por el estruendo más monótono y horrible que jamás haya torturado los oídos de un hombre. El vicario lo hizo por ella. Vivían, sin embargo, lejos de cuantos conocían su situación anterior; y se sentían mucho menos observados que en una parroquia rural.
Sophy la mujer era la compañera más encantadora que cualquier hombre podía tener, aunque Sophy la dama tenía sus defectos. Mostraba una habilidad innata por los pequeños refinamientos domésticos, siempre que estuvieran relacionados con los objetos y los buenos modales; pero en lo que llamamos cultura era menos intuitiva. Llevaba casada más de catorce años, y su marido se había preocupado mucho de su educación; pero ella seguía sin comprender muy bien algunos usos gramaticales, lo que no le granjeaba el respeto de las pocas personas que conocía. Lo que más le apenaba de esto era que su único hijo, en cuya educación no se había escatimado ni se escatimaría jamás el menor gasto, era ya lo bastante mayor para percibir esas deficiencias en su madre; y no sólo para verlas sino para sentirse irritado por su existencia.
De modo que vivió en la ciudad, y pasó las horas trenzando sus preciosos cabellos, hasta que sus mejillas, antaño como manzanas, se volvieron rosa pálido. Su pie jamás se había recuperado del todo tras el accidente, y se vio prácticamente obligada a dejar de andar. A su marido había llegado a gustarle Londres por su libertad y la intimidad de su vida hogareña; pero era veinte años mayor que Sophy y, últimamente, se veía aquejado de una grave enfermedad. Ese día, sin embargo, parecía encontrarse lo bastante bien para que ella acompañara a su hijo Randolph al concierto.



II
Cuando vislumbramos de nuevo a Sophy, está de luto por su marido.
El señor Twycott jamás se recuperó, y ahora yacía en un abarrotado cementerio al.................................................................................................................

EL MUNDO AVATAR: ANDY WARHOL

EL MUNDO AVATAR: ANDY WARHOL  (link-enlaces)



ERA EDO
XoX RETRO XoX
SCREEM -- DARK -- MURDER -- VIOLENCE
ART SURREALIST
xXx THE GAME xXx
ARTE RUSO
GOTH -- ¿BUSQUEDA?-- ¿¿IRREAL**REAL??
..........EN EL SUEÑO???
MAS MANGA
SOLO......DIBUJOS XXX MOVIL + RPG + ANIME

UN DIA UNICO // HENRY JAMES

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // UN DIA UNICO // HENRY JAMES

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HENRY JAMES (1843-1916)

 

 

Un dia único



El señor Herbert Moore, un caballero de renombre en el mundo científico, viudo y sin hijos, incapaz de conciliar sus costumbres sedentarias con el gobierno doméstico, había invitado a su única hermana a vivir con él y ocuparse de la casa. La señorita Adela Moore había accedido de buen grado a su propuesta, pues la muerte de su madre acababa de dejarla sin tutela formal. Tenía veinticinco años, y era un miembro muy activo de lo que ella y sus amigos llamaban sociedad. Se sentía casi como en casa en los mejores círculos de tres grandes ciudades, y había corrido la mayoría de las aventuras que esperan a una joven en el umbral de la vida. Se había prometido de forma bastante apresurada e imprudente, pero, al final, había conseguido romper el compromiso. Había pasado un verano o dos en Europa, y había viajado a Cuba con una buena amiga gravemente enferma de tuberculosis, que había fallecido en un hotel de La Habana. Aunque su belleza no era ni mucho menos perfecta, era sumamente atractiva, y tenía eso que a las jóvenes damas les gusta llamar un air, es decir, era alta y delgada, con un largo cuello, una pequeña frente y una bonita nariz. Incluso después de seis años de la mejor sociedad, su educación seguía siendo excelente. Poseía, además, una considerable fortuna, y tenía fama de ser inteligente sin detrimento de su amabilidad y amable sin detrimento de su ingenio. Todo esto, como reconocerá el lector, debería haberle asegurado un magnífico porvenir; pero lo cierto es que no le había importado abandonar tales perspectivas y enterrarse en el campo. Tenía la impresión de haber visto lo suficiente del mundo y de la naturaleza humana, y de que un período de aislamiento sería muy reconfortante. Había empezado a sospechar que, para una joven de su edad, era excesivamente juiciosa y madura... y, lo que es más, a sospechar que los demás sospechaban lo mismo. Como gran observadora de la vida y sus costumbres, siempre que se le presentaba la oportunidad, se creía en la obligación de organizar los resultados de su análisis y convertirlos en principios y normas de conducta. Se estaba volviendo -o eso argumentaba- demasiado impersonal, demasiado crítica, demasiado inteligente, demasiado contemplativa, demasiado justa. Una mujer no tenía derecho a ser tan justa. La compañía de la naturaleza, del inmenso cielo y de los bosques primigenios frenaría el desarrollo enfermizo de su imaginación. Pasaría el tiempo en medio del campo y se limitaría a vegetar; caminaría, montaría a caballo y leería los anticuados libros de la biblioteca de Herbert.
Encontró a su hermano instalado en un casa muy bonita, aproximadamente a una milla del pueblo más cercano, y a seis millas de otra población, sede de una pequeña pero antigua universidad, donde daba una clase semanal. Le había visto tan poco en los últimos años que era casi un desconocido para ella; pero no había ninguna barrera que romper. Herbert Moore era uno de los hombres más sencillos y pacíficos del mundo, y uno de los estudiosos más serios y perseverantes. Había tenido la vaga idea de que Adela era una joven amante de los lujos y que, de alguna forma, a su llegada, un séquito de animados acompañantes invadiría la casa. Pasaron seis meses juntos antes de que se percatara de que su hermana llevaba una vida casi ascética. Cuando transcurrieron seis meses más, Adela había recuperado una deliciosa sensación de juventud y naïveté. Aprendió, gracias a las enseñanzas de su hermano, a pasear -mejor dicho, a escalar, pues era una región de grandes colinas-, montar a caballo y herborizar. Un año después de su llegada, en el mes de agosto, recibió la visita de una vieja amiga, una joven de su edad que había pasado el mes de julio en un balneario y estaba a punto de casarse. Adela había empezado a tener miedo de haber caído en una rusticidad casi irrevocable y de haber perdido sus habilidades sociales, ese «conocimiento del mundo» que la había caracterizado en el pasado; pero una semana de conversaciones íntimas con su amiga bastó para convencerla de que no sólo no había olvidado cuanto había temido, sino que no había olvidado cuanto había esperado. Por esa razón, entre otras, la marcha de su amiga la dejó algo abatida. Se sentía sola e incluso un poco más vieja: había perdido otra ilusión. Laura Benton, a la que tenía en gran estima un año antes, le parecía ahora una personita muy baladí que hablaba de su enamorado con una ligereza casi indecorosa.
Entretanto, septiembre siguió lentamente su curso. Cierta mañana, el señor Moore desayunó muy deprisa y salió de casa para coger el tren a Slowfield, donde tenía que asistir a una conferencia que, según afirmó, no sabía si le permitiría volver a almorzar, o lo retendría hasta la noche. Era casi la primera vez, en sus meses de vida campestre, que Adela se quedaba sola unas horas. La presencia silenciosa de su hermano era bastante imperceptible; y, sin embargo, ahora que se había alejado, experimentó un extraño sentimiento de libertad: una vuelta a los primeros años de su infancia, cuando, debido a alguna catástrofe doméstica, dejaban que ella se las arreglara sola durante una larga mañana. «¿Qué podía hacer?», se preguntaba, con la sonrisa que reservaba para sus virginales monólogos. Era un buen día para trabajar, pero todavía mejor para ir alegremente de un lado a otro. ¿Se acercaría al pueblo y visitaría a un montón de vecinos aburridos? ¿Iría a la cocina y prepararía un budín para la cena? Sintió un deseo acuciante y delicioso de hacer algo ilícito, de jugar con fuego, de descubrir algún armario de ............................................................................................................

LA PUERTA DEL SEÑOR DE MALETROIT // ROBERT LOUIS STEVENSON

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // LA PUERTA DEL SEÑOR MALETROIT // ROBERT LOUIS STEVENSON                    (link-enlace)

ROBERT LOUIS STEVENSON (1850-1894)

 

 

La puerta del señor de Malétroit


Denis de Beaulieu no había cumplido aún veintidós años, aunque se consideraba ya un hombre maduro y un caballero muy dotado, por añadidura. Los muchachos se formaban muy rápido en aquella dura época de guerra. Y, cuando alguien ha participado en una batalla campal y en una docena de ataques, ha matado a un hombre de manera honorable y sabe un par de cosas sobre estrategia y sobre la humanidad, sin duda hay que perdonarle cierto alarde en la manera de andar. Al caer la tarde, después de ensillar su caballo con el debido cuidado, y de cenar con la debida calma, salió a hacer una visita, con muy buena disposición de ánimo. No era un modo de proceder muy sabio por parte del joven. Habría hecho mejor quedándose junto al fuego, o yéndose modestamente a la cama, ya que la ciudad estaba llena de tropas de Borgoña e Inglaterra, bajo un mando mixto y, aunque Denis tenía un salvoconducto, de poco le serviría en un encuentro fortuito.
Era septiembre del año 1429. El tiempo se había recrudecido; un viento variable, acompañado de un silbido agudo y cargado de lluvia, azotaba la comarca; las hojas caídas alborotaban por las calles. En algunos puntos se veía ya alguna ventana iluminada; el ruido de los soldados disfrutando con la cena llegaba a modo de ráfagas desde el interior, y era tragado y arrastrado por el viento. Empezaba a hacerse de noche rápidamente; la bandera de Inglaterra, que ondeaba en lo alto del chapitel, se volvía cada vez más tenue, en contraste con las nubes, que pasaban veloces; era ya tan sólo una pequeña mancha negra, como una golondrina en el caos tumultuoso y plomizo del cielo. Cuando cayó la noche, se alzó el viento y empezó a aullar bajo los arcos y a rugir entre las copas de los árboles del valle sobre el que se encontraba la ciudad.
Denis de Beaulieu anduvo deprisa, y muy pronto estaba ya llamando a la puerta de su amigo. Pese a que se había prometido quedarse sólo un rato para regresar pronto, el recibimiento de bienvenida fue tan agradable y le retrasaron tantas cosas que era ya bien pasada la medianoche cuando se despidió en el umbral de la puerta. Entretanto, el viento había vuelto a cesar; era una noche oscura como una tumba; ni una estrella, ni un centelleo de luz de luna se colaba por el dosel que formaban las nubes. Denis no era un buen conocedor de las intrincadas sendas de Chateau Landon; incluso a la luz del día había tenido algunas dificultades para encontrar el camino; ahora, en esta oscuridad absoluta, pronto se había perdido por completo. Sólo estaba seguro de una cosa: debía seguir subiendo la colina, ya que la casa de su amigo estaba situada en el extremo inferior, o a la cola, de Chateau Landon, mientras que la posada estaba en la parte superior, a la cabeza, bajo el gran chapitel de la iglesia. Con esta única pista, tropezaba y tanteaba a ciegas, ora respirando con más libertad, en lugares abiertos donde había un amplio retazo de cielo en lo alto, ora palpando la pared en lugares cerrados y sofocantes. Qué situación tan enigmática y misteriosa: estar así, sumergido en una negrura opaca, en una ciudad casi desconocida. Las posibilidades que abre el silencio son aterradoras. El contacto de la mano que explora con las frías barras de las ventanas causa en uno un sobresalto como si la mano hubiera tocado un sapo; las irregularidades del pavimento le ponen el corazón en la boca; una zona de oscuridad más densa amenaza con una emboscada o un abismo en el sendero; y, donde el aire es más claro, las casas adquieren una apariencia que aturde y extraña, como si quisieran desviarle a uno aún más de su camino. Para Denis, que tenía que regresar a su posada sin llamar la atención, este paseo suponía un verdadero peligro y le producía un verdadero malestar; iba cauteloso y valiente al mismo tiempo, y a cada esquina se detenía para observar.
Durante algún tiempo había estado recorriendo una senda tan estrecha que podía tocar una pared con cada mano, pero el camino empezó a abrirse y a descender bruscamente. Estaba claro que por ahí ya no iba en dirección a su posada; pero la esperanza de ver un poco más de luz le tentó a continuar hacia delante, para explorar. La senda terminaba en un terraplén con un muro con atalayas que ofrecía una vista entre las casas altas, como desde una aspillera, al valle oscuro e informe, varios centenares de pies más abajo. Denis bajó la vista y pudo observar unas pocas cimas de árboles oscilando y una única mota de resplandor allá donde el río daba a una presa. El tiempo estaba aclarando y el cielo se había iluminado, como si quisiera mostrar la silueta de las nubes más grandes y el contorno oscuro de las colinas. Según se adivinaba bajo aquella luz trémula e incierta, la casa que estaba a su izquierda tenía muy buena apariencia; estaba coronada con algunos pináculos y cumbres de pequeñas torres; desde el bloque principal se proyectaba de manera prominente la forma redondeada de la parte trasera de una capilla, que estaba bordeada con contrafuertes; la puerta estaba protegida bajo un porche enorme con figuras esculpidas, del que sobresalían dos grandes gárgolas. Las ventanas de la capilla brillaban a través de una intrincada tracería con una luz que parecía provenir de muchos cirios y que proyectaba los contrafuertes y el tejado puntiagudo en una oscuridad más intensa contra el cielo. No había duda de que se trataba de la residencia de alguna gran familia de los alrededores; y, como a Denis le recordaba a una casa que tenía en la ciudad, en Bourges, se quedó algún tiempo contemplándola y calibrando mentalmente la habilidad de los arquitectos y los miramientos de ambas familias.
Parecía no haber otro paso al terraplén que el sendero por el cual había llegado; así que sólo podía retroceder sobre sus pasos, aunque ahora, al menos, tenía una noción de sus inmediaciones, y esperaba, gracias a esto, dar con el camino principal para regresar rápidamente a la posada. No contaba con una serie de accidentes que harían de esta noche la más memorable de su vida, pues no había retrocedido más de cien ............................................................................................................

LA ESFINGE SIN SECRETO // OSCAR WILDE

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OSCAR WILDE (1854-1900)

 

 

La esfinge sin secreto


Un aguafuerte
Una tarde, tomaba mi vermú en la terraza del Café de la Paix, contemplando el esplendor y la miseria de la vida parisina y asombrándome del extraño panorama de orgullo y pobreza que desfilaba ante mis ojos, cuando oí que alguien me llamaba. Volví la cabeza y vi a lord Murchison. No nos habíamos vuelto a ver desde nuestra época de estudiantes, hacía casi diez años, así que me encantó encontrarme de nuevo con él y nos dimos un fuerte apretón de manos. En Oxford habíamos sido grandes amigos. Yo le había apreciado muchísimo, ¡era tan apuesto, íntegro y divertido! Solíamos decir que habría sido el mejor de los compañeros si no hubiese dicho siempre la verdad, pero creo que todos le admirábamos más por su franqueza. Me pareció que estaba muy cambiado. Daba la impresión de estar inquieto y desorientado, como si dudara de algo. Comprendí que no podía ser un caso de escepticismo moderno, pues Murchison era el más firme de los conservadores, y creía con la misma convicción en el Pentateuco que en la Cámara de los Pares; así que llegué a la conclusión de que se trataba de una mujer, y le pregunté si se había casado.
-No comprendo suficientemente bien a las mujeres -respondió.
-Mi querido Gerald -dije-, las mujeres están hechas para ser amadas, no comprendidas.
-Soy incapaz de amar a alguien en quien no puedo confiar -replicó.
-Creo que hay un misterio en tu vida, Gerald -exclamé-; ¿de qué se trata?
-Vamos a dar una vuelta en coche -contestó-, aquí hay demasiada gente. No, un carruaje amarillo no, de cualquier otro color... Mira, aquel verde oscuro servirá.
Y poco después bajábamos trotando por el bulevar en dirección a la Madeleine.
-¿Dónde vamos? -quise saber.
-¡Oh, donde tú quieras! -repuso-. Al restaurante del Bois de Boulogne; cenaremos allí y me hablarás de tu vida.
-Me gustaría que tú lo hicieras antes -dije-. Cuéntame tu misterio.
Lord Murchison sacó de su bolsillo una cajita de tafilete con cierre de plata y me la entregó. La abrí. En el interior llevaba la fotografía de una mujer. Era alta y delgada, y de un extraño atractivo, con sus grandes ojos de mirada distraída y su pelo suelto. Parecía una clairvoyante, e iba envuelta en ricas pieles.
-¿Qué opinas de ese rostro? -inquirió-. ¿Lo crees sincero?
Lo examiné detenidamente. Tuve la sensación de que era el rostro de alguien que guardaba un secreto, aunque fuese incapaz de adivinar si era bueno o malo. Se trataba de una belleza moldeada a fuerza de misterios... una belleza psicológica, en realidad, no plástica... y el atisbo de sonrisa que rondaba sus labios era demasiado sutil para ser realmente dulce.
-Bueno -exclamó impaciente-, ¿qué me dices?
-Es la Gioconda envuelta en martas cibelinas -respondí-. Cuéntame todo sobre ella.
-Ahora no, después de la cena -replicó, antes de empezar a hablar de otras cosas.
Cuando el camarero trajo el café y los cigarrillos, recordé a Gerald su promesa. Se levantó de su asiento, recorrió dos o tres veces de un lado a otro la estancia y, desplomándose en un sofá, me contó la siguiente historia:........................................................................................................

EL PADRE ESCRUPULOSO // GEORGE GISSING

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GEORGE GISSING (1857-1903)

 

 

El padre escrupuloso


Era día de mercado en la pequeña ciudad; a la una en punto, un grupo de aldeanos rodeaba la mesa de El Galgo, atraído por sus apetitosos olores y la espuma de su cerveza ambarina. En otro comedor menos espacioso, preparado para dar cabida a quienes no tenían sitio en el principal, se sentaban -además de tres clientes habituales- dos personas de aspecto muy diferente: un hombre de mediana edad, calvo, delgado, anodino, aunque de lo más respetable, a juzgar por su modales y por su vestimenta, y una joven, sin duda hija suya, de veintitantos años, casi treinta, cuyo sencillo vestido parecía armonizar con un rostro de serena belleza y unos ademanes tímidos no exentos de gracia. Mientras esperaban la comida, conversaban en voz baja; sus breves comentarios y exclamaciones hablaban de un largo paseo desde el balneario que había en la costa, a escasas millas. A su manera tranquila, parecían haber disfrutado, y era evidente que almorzar en una posada era para ellos una especie de aventura. La joven arregló con cierta torpeza el ramo de flores silvestres que había cogido, y lo colocó en un vaso de agua para que no perdiera su frescor. Cuando llegó una mujer con las viandas, padre e hija guardaron silencio; después de unos momentos de indecisión y de miradas mutuas, empezaron, algo nerviosos, a comer con apetito.
Apenas habían recobrado su modesta confianza cuando se oyó en la entrada una voz viril, canturreando alegremente, y los dos advirtieron la presencia de un joven alto, pelirrojo y cualquier cosa menos guapo, acalorado y sudoroso del sol del camino. Su chaqueta abierta dejaba ver una camisa azul de algodón sin chaleco, llevaba en la mano un viejo sombrero de paja, y una gruesa capa de polvo cubría sus botas. Cualquiera habría pensado que se trataba de un turista de los más ruidosos, y su potente «¡Buenos días!» al entrar sonó como una grave amenaza contra la intimidad; por otro lado, la rapidez con que se abrochó la chaqueta, así como la discreta elección de un lugar lo más alejado posible de los dos comensales a los que su llegada perturbaba, indicaba cierto tacto. Ambos habían respondido a su saludo con un murmullo casi inaudible. Con los ojos fijos en el plato, padre e hija hicieron caso omiso de él; el joven, sin embargo, se aventuró a hablar de nuevo.
-¡Menudo ajetreo tienen hoy! No queda un solo sitio en el otro comedor.
Su intención fue pedirles disculpas, y no se había dirigido a ellos con descortesía. Tras unos instantes de silencio, el hombre calvo y respetable respondió secamente:
-Estamos en un lugar público, que yo sepa.
El intruso se quedó callado. Pero miró a la joven en más de una ocasión y, después de cada escrutinio furtivo, su rostro vulgar mostraba cierta inquietud, una solicita preocupación. La única vez que miró al mudo progenitor fue arqueando las cejas de un modo despectivo.
No tardó en aparecer otro huésped, un campesino corpulento, que se dejó caer en una silla que crujía renegando de la ola de calor. El caminante de cabellos pelirrojos entabló conversación con él. Hablaron de la cerveza Estuvieron de acuerdo en que la local era extraordinariamente buena, y los dos encargaron una segunda pinta. ¿Qué sería de Inglaterra -decían ambos- sin su cerveza? ¡Deberían sentir vergüenza los miserables traficantes que aguaban o envenenaban esa noble bebida! ¡Y qué fría estaba! ¡Ah! ¡A la temperatura de la bodega! El joven pelirrojo propuso una tercera jarra.
Los dos hombres habían emprendido sólo a medias su feroz ataque a la comida y la bebida cuando padre e hija, tras intercambiar unos breves murmullos, se pusieron en pie para marcharse. Después de abandonar la habitación, la joven se dio cuenta de que había olvidado las flores; pero no se atrevió a regresar en su busca y, consciente de que a su padre no le agradaría hacerlo, se abstuvo de decirle nada.
-¡Qué lástima! -exclamó el señor Whiston (que era su respetable apellido), mientras se alejaban paseando-. Al principio parecía que nuestro almuerzo iba a ser realmente tranquilo y agradable.
-A mí me ha gustado, de todas formas -repuso su acompañante, que se llamaba Rose.
-La bebida, ¡qué hábito tan detestable! -añadió el padre con severidad (él había tomado agua, como siempre)-. Y la cerveza, ¡mira lo vulgar y grosera que vuelve a la gente!
El señor Whiston se estremeció. Rose, sin embargo, no parecía estar tan de acuerdo con él como otras veces. Miraba al suelo, y apretaba los labios con cierta firmeza. Cuando empezó a hablar, cambió de tema.
Eran londinenses. El señor Whiston trabajaba de delineante en el despacho de un editor geográfico; aunque sus ingresos eran modestos, había practicado siempre una rígida economía, y la posesión de un pequeño capital familiar le ponía a salvo de cualquier vicisitud. Profundamente consciente de los límites sociales, se sentía muy agradecido de que no hubiera nada vergonzoso en su empleo, que podía considerarse con justicia una profesión, y cultivaba su sentido de la respetabilidad tanto por el bien de Rose como por el suyo propio. Ella era su única hija; la madre de la joven había fallecido hacía algunos años. Todos sus parientes, tanto paternos como maternos, reivindicaban ser gente de buena familia, aunque sólo lo respaldara el más pequeño margen de independencia económica. La muchacha había crecido en un ambiente poco propicio al desarrollo intelectual, pero había recibido una educación bastante buena y la naturaleza la había dotado de inteligencia. Percibía la escrupulosidad de su padre y el verdadero cariño que éste le profesaba, lo que le impedía criticar abiertamente los principios que regían su existencia; de ahí su costumbre de meditar en soledad, algo que alentaba, al tiempo que combatía, la dulce timidez del carácter de Rose.
El señor Whiston rehuía la sociedad, temeroso siempre de no recibir el trato que merecía; en su fuero interno, mientras tanto,..........................................................................................................

AMY FOSTE // JOSEPH CONRAD

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JOSEPH CONRAD (1857-1924)

 

 

Amy Foster


Kennedy es un médico rural y reside en Colebrook, en la costa de Eastbay. El acantilado que se eleva abruptamente tras los tejados rojos de la pequeña aldea parece empujar la pintoresca High Street hacia el espigón que la resguarda del mar. Al otro lado de esa escollera, describiendo una curva, se extiende de manera uniforme, durante varias millas, una playa de guijarros, vasta y árida, con el pueblo de Brenzett destacando oscuramente en el otro extremo, una aguja entre un grupo de árboles; más allá, la columna perpendicular de un faro, no mayor que un lápiz desde la distancia, señala el punto donde se desvanece la tierra. Detrás de Brenzett, los campos son bajos y llanos; pero la bahía está muy protegida, y, de vez en cuando, un buque de gran tamaño, obligado por la mar o el mal tiempo, fondea a una milla y media al norte de la puerta trasera de la Posada del Barco en Brenzett. Un desvencijado molino de viento, que levanta en las cercanías sus aspas rotas sobre un montículo no más elevado que un estercolero, y una torre de defensa
*, que acecha al borde del agua media milla al sur de las cabañas de los guardacostas, resultan muy familiares para los capitanes de las pequeñas embarcaciones. Son las marcas náuticas oficiales para delimitar ese lugar de fondeo seguro que las cartas del Almirantazgo representan como un óvalo irregular de puntos con numerosos seises en su interior, sobre los que se ha dibujado un ancla diminuta y una leyenda que reza: «Barro y conchas».
Desde la parte más alta del acantilado se ve la imponente torre de la iglesia de Colebrook. La pendiente está cubierta de hierba y por ella serpentea un camino blanco. Subiendo por él, se llega a un ancho valle, no muy profundo, una depresión de verdes praderas y de setos que se funden tierra adentro con el paisaje de tintes purpúreos y de líneas ondeantes que cierran el panorama.
En ese valle que baja hasta Brenzett y Colebrook y asciende hasta Darnford, el mercado comarcal a catorce millas de distancia, ejerce de médico mi amigo Kennedy. Empezó su carrera como cirujano de la Armada, y después acompañó en sus periplos a un famoso viajero, en los días en que todavía quedaban continentes con tierras inexploradas en su interior. Sus escritos sobre la flora y la fauna le han dado cierta fama en los círculos científicos. Y ahora ocupa un puesto de médico rural... únicamente porque él quiere. Sospecho que su agudeza mental, al igual que un ácido corrosivo, ha destruido su ambición. Su inteligencia es de naturaleza científica, amante de la investigación, y hace gala de esa insaciable curiosidad que cree encontrar una partícula de verdad universal en cualquier misterio.
Hace muchos años, cuando volví del extranjero, me invitó a pasar unos días con él. Acepté encantado y, como no podía abandonar a sus pacientes para estar conmigo, me llevaba en sus visitas con él... y a veces recorríamos más de treinta millas en una sola tarde. Yo le esperaba en el camino; el caballo arrancaba jugosas ramitas y yo, sentado en lo alto del carruaje, podía oír las carcajadas de Kennedy a través de la puerta entreabierta de alguna casa. Tenía una risa franca y atronadora, más propia de un hombre que le doblara en tamaño, unos ademanes enérgicos, un rostro bronceado y unos ojos grises a los que no parecía escapárseles nada. Tenía la habilidad de hacer que las personas le abrieran su corazón, y una paciencia inagotable para escuchar sus historias.
Cierto día en que salíamos trotando de un pueblo bastante grande por un camino muy umbroso, divisé a nuestra izquierda una casa de ladrillo, con cristales romboidales en las ventanas, una enredadera al final del muro, un tejado de tablones y algunas rosas que trepaban por las desvencijadas celosías del diminuto porche. Kennedy se detuvo junto a la entrada. Una mujer, a pleno sol, tendía una manta mojada entre dos viejos manzanos. Y, mientras el caballo zaino y rabón de largo cuello intentaba mover la cabeza tirando bruscamente de su mano izquierda, enfundada en un grueso guante de piel de perro, el médico preguntó por encima del seto:
-¿Qué tal su niño, Amy?
Tuve tiempo de ver su rostro inexpresivo y colorado, no por efecto de la vergüenza sino como si sus mejillas hubieran sido enérgicamente abofeteadas, y reparar en su figura rechoncha y en sus cabellos castaños, poco abundantes y sin brillo, recogidos en un apretado moño por encima de la nuca. Parecía bastante joven. Con voz entrecortada, respondió tímidamente:
-Bien, gracias.
Nos pusimos nuevamente al trote.
-¿Es una de sus pacientes? -pregunté.
Y el médico, chasqueando distraídamente el látigo, masculló:
-Solía visitar a su marido.
-Parece una criatura muy simple -comenté con desgana.
-En efecto -dijo Kennedy-. Es terriblemente pasiva. Basta mirar esas manos enrojecidas al final de unos brazos tan cortos, y esos ojos castaños, saltones y poco despiertos, para comprender la inactividad de su cerebro... una inactividad que cualquiera habría creído eternamente a salvo de todas las sorpresas de la imaginación. Pero ¿quién está a salvo de ellas? En cualquier caso, ahí donde la ves, tuvo suficiente imaginación para enamorarse. Es la hija de un tal Isaac Foster, que de modesto granjero pasó a ser pastor, y cuyas desgracias comenzaron cuando huyó para casarse con la cocinera de su padre viudo, un rico ganadero apopléjico que, presa del furor; borró su nombre del testamento y, según dicen, profirió amenazas contra su vida. Pero este viejo asunto, suficientemente escandaloso para servir de argumento en una tragedia griega, tuvo su origen en la similitud de sus caracteres. Hay otras tragedias, menos escandalosas y de un patetismo mucho más sutil, que surgen de diferencias irreconciliables y de ese miedo a lo incomprensible que siempre se cierne sobre nuestras cabezas, sobre todas nuestras cabezas...
El caballo zaino, agotado, aminoró el paso; y el cerco del sol, completamente rojo en un cielo inmaculado, se apoyó confiado en la lisa superficie de una tierra de labranza cercana al camino, tal como se lo había visto hacer innumerables veces en el mar, allá en el lejano horizonte. El monótono color pardo de los campos arados brillaba con un tinte rosáceo, como si los terrones desmenuzarlos hubieran sudado en diminutas perlas de sangre el trabajo de incontables labradores. Un carro tirado por dos caballos avanzaba lentamente por la cima, dejando un pequeño bosque a su costado. Por encima de nuestras cabezas, se recortaba contra el horizonte sobre la luz rojiza del sol, triunfalmente grande, inmenso, como una cuadriga de gigantes tirada por dos parsimoniosos corceles de proporciones legendarias. Y la torpe silueta del hombre que caminaba penosamente delante del primer caballo se perfilaba sobre el infinito con heroica rusticidad. El extremo de su látigo se agitaba en las alturas, en medio del azul del cielo.
-Es la hija mayor de una familia muy numerosa -señaló Kennedy-. A los quince años, la enviaron a servir en una granja llamada New Barns. Yo era el médico de la señora Smith, la mujer del arrendatario, y fue allí donde conocí a la joven. La señora Smith, una mujer elegante de nariz aguileña, le hacía vestirse de negro todas las tardes. No sé qué me impulsó a fijarme en ella. Hay rostros que nos llaman la atención por una extraña falta de definición en sus rasgos, de igual modo que, caminando en medio de la niebla, miramos con atención una forma borrosa que, al final, puede ser algo tan poco singular e inesperado como un poste indicador. La única peculiaridad que percibí en ella fue su ligera vacilación a la hora de expresarse, una especie de tartamudeo inicial que desaparecía en cuanto pronunciaba la.................................................................................................................

LA BODA DE JOHN CHARRINGTON // E. NESBIT

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E. NESBIT (1858-1924)

 

 

La boda de John Charrington



Nadie pensó jamás que May Forster se casaría con John Charrington; pero él no opinaba lo mismo, y John Charrington tenía un modo extraño de conseguir cualquier cosa que se propusiera. Le pidió que se casara con él antes de ir a Oxford. Ella se echó a reír y le dijo que no. Se lo volvió a pedir la primera vez que regresó a casa. May se rió de nuevo, movió su preciosa cabeza rubia, y volvió a contestarle que no. La tercera vez que se lo pidió, ella dijo que se estaba convirtiendo en un hábito incorregible, y se rió más que nunca de él.
John no era el único hombre que quería casarse con May: era la belleza de nuestro círculo social, y todos estábamos más o menos enamorados de ella; era una especie de moda, como los corbatines de lazo o las capas de Inverness. Por eso nos sentimos tan molestos como sorprendidos cuando John Charrington entró en nuestro pequeño club local (recuerdo que celebrábamos nuestras reuniones en un desván encima del guarnicionero) y nos invitó a su boda.
-¿A tu boda?
-¿Bromeas?
-¿Quién es la afortunada? ¿Cuándo tendrá lugar?
John Charrington cargó su pipa y la encendió antes de contestar:
-Muchachos, lamento privaros de vuestra única diversión... Pero la señorita Forster y yo nos casaremos en septiembre.
-¿Bromeas?
-Le ha dado calabazas de nuevo y el pobre ha perdido el juicio.
-No -exclamé, poniéndome en pie-. Seguro que dice la verdad. Que alguien me dé una pistola... o un billete en primera clase hasta la última parada de Ningunaparte. Charrington ha embrujado a la única joven bonita en un radio de veinte millas. ¿Ha sido mesmerismo o un filtro de amor, Jack?
-Ni lo uno ni lo otro, sino una virtud que vosotros nunca tendréis: perseverancia, y el hecho de ser el hombre más afortunado del mundo.
Había algo en su voz que me hizo callar; y las bromas de los demás muchachos no lograron sonsacarle nada.
Lo más sorprendente fue que, cuando felicitamos a la señorita Forster, ella se puso roja como la grana y nos sonrió con aquellos graciosos hoyuelos en las mejillas, como si realmente estuviera enamorada de él y lo hubiese estado desde el principio. Juraría que era cierto. Las mujeres son criaturas muy extrañas.
Nos invitaron a todos a la ceremonia. En Brixham, todos los que son algo se conocen entre sí. Estoy convencido de que mis hermanas estaban más interesadas por el ajuar que la propia novia, y yo iba a ser el padrino. Se habló mucho del futuro enlace a la hora del té, y en nuestro pequeño club encima del guarnicionero; y todo el mundo se hacía la misma pregunta: ¿le amará ella?
Yo tampoco lo sabía a ciencia cierta en los primeros días de su noviazgo, pero, después de cierto atardecer de agosto, mis dudas se desvanecieron. Regresaba a casa desde el club a través del cementerio. Nuestra iglesia se encuentra en una colina donde crece el tomillo, y el césped a su alrededor es tan suave y tupido que las pisadas resultan inaudibles.
No hice el menor ruido al saltar el pequeño muro cubierto de liquen, y continué mi camino entre las tumbas. Recuerdo que oí la voz de John Charrington y vi a May al mismo tiempo. Estaba sentada sobre una lápida muy lisa, a escasa altura, con todo el esplendor del sol poniente en su lindo semblante. Su expresión disipaba, de una vez para siempre, cualquier duda acerca de su amor por él; una belleza, que no habría creído posible ni en un rostro tan hermoso como el suyo, parecía transfigurarla.
John estaba a sus pies, y fue su voz la que rompió el silencio del dorado atardecer de agosto.
-Mi amor, mi amor, !creo que volvería de entre los muertos si me lo pidieras!
Me apresuré a toser para indicarles mi presencia y, desterrando cualquier duda, continué andando por la sombra.
La boda iba a celebrarse a primeros de septiembre. Dos días antes, tuve que ir urgentemente a la ciudad por un asunto de negocios. El tren venía con retraso, por supuesto, ya que se trataba de la Compañía del Sudeste
* y, mientras esperaba malhumorado su llegada con el reloj en la mano, divisé a John Charrington y a May Forster. Paseaban del brazo por un solitario extremo del andén, mirándose a los ojos, indiferentes a la amable curiosidad de los mozos de estación.
Sin dudarlo un instante, como es natural, desaparecí en el despacho de billetes; y, hasta que el tren no se detuvo en la estación, no pasé de manera visible junto a la pareja con mi Gladstone
**, y elegí un rincón en un vagón de fumadores de primera clase. Hice como si no los hubiera visto. Me sentía orgulloso de mi discreción, pero, si John iba a viajar solo, yo deseaba su compañía. Y la tuve.
-Hola, viejo amigo -exclamó alegremente, metiendo su bolsa en mi vagón-. ¡Menuda suerte! ¡Y yo que esperaba un viaje de lo más aburrido!
-¿Dónde vas? -le pregunté, mirando discretamente hacia otro lado; no necesitaba ver a May para saber que la joven había llorado.
-A casa del anciano Branbridge -respondió, cerrando la portezuela y asomándose a la ventanilla para despedirse de su novia.
-¡Ojalá no fueras, John! -le oí decir en voz baja, con enorme seriedad-. Estoy segura de que va a ocurrir algo.
-¿Crees que yo permitiría que ocurriese algo que nos impidiera celebrar la boda pasado mañana?
-No vayas -le suplicó May, con una vehemencia que habría enviado primero mi bolsa y después a mí al andén. Pero ella no se dirigía a mí. Y John Charrington era diferente: rara vez cambiaba de opinión, y nunca sus decisiones.
Se limitó a acariciar las pequeñas manos sin guantes que se apoyaban en la portezuela del vagón.
-Tengo que hacerlo, May. El pobre viejo ha sido sumamente bondadoso conmigo y, ahora que está en su lecho de muerte, debo acudir a su lado; pero volveré a tiempo para... -el resto de su despedida se perdió en un murmullo y en las sacudidas y traqueteos del tren que arrancaba.
-¿Seguro que vendrás? -preguntó ella, al ver que nos movíamos.
-Nada me lo impedirá -replicó John Charrington; y el tren salió de la estación.
Criando la pequeña figura en el andén desapareció de su vista, se recostó en el rincón y guardó unos momentos de silencio.
Me explicó entonces que su padrino, del que era el único heredero, estaba muriéndose en Peasmarsh, a unas cincuenta millas; que había enviado a buscarlo, y él se había sentido obligado a ir.
-Seguramente estaré de vuelta mañana -afirmó-, y si no al día siguiente, con tiempo de sobra para la boda. ¡Es una suerte que en la actualidad no haya que levantarse en medio de la noche para contraer matrimonio!
-¿Y si fallece el señor Branbridge?
-¡Vivo o muerto, tengo intención de casarme el jueves! –repuso John, encendiendo un cigarro y desplegando el Times.
Nos dijimos adiós en la estación de Peasmarsh; él se bajó del tren, y le vi alejarse a caballo. Yo seguí hasta Londres, donde pasé la noche.
Cuando regresé al día siguiente, una tarde muy lluviosa, por cierto, mi hermana me recibió con estas palabras:
-¿Dónde está el señor Charrington?
-¡Sabe Dios! -respondí malhumorado. A todos los hombres, desde los tiempos de Caín, les han inquietado esa clase de preguntas.
-Pensé que sabrías algo de él -añadió ella-, como mañana vas a ser su padrino...
-¿Acaso no ha vuelto? -inquirí, pues había confiado en encontrarlo en casa.
-No, Geoffrey -mi hermana Fanny siempre sacaba conclusiones precipitadas, especialmente si éstas eran poco favorables para sus congéneres-, no ha vuelto y, es más, puedes estar seguro de que no lo hará. Escúchame bien, mañana no se celebrará ninguna boda.
No había nadie en el mundo que me sacara tanto de mis casillas como mi hermana Fanny...................................................................................................

EL MATRIMONIO DEL BRIGADIER // DOYLE

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // EL MATRIMONIO DEL BRIGADIER // ARTHUR CONAN DOYLE                            (link-enlace)

ARTHUR CONAN DOYLE (1850-1930)

 

El matrimonio del brigadier


Epílogo

Hablo, amigos míos, de unos días muy lejanos en los que apenas había empezado a edificar esa fama que ha vuelto tan célebre mi nombre. De los treinta oficiales de los Húsares de Conflans, nada hacía suponer que yo fuera superior en ningún sentido a los demás. Me resulta fácil imaginar cuán grande hubiera sido su sorpresa de haber sabido que el joven teniente Etienne Gerard estaba destinado a una carrera tan gloriosa, y que viviría para mandar una brigada y recibir de manos del emperador esa condecoración que puedo enseñarles cuando quieran, si me honran con su visita en mi pequeña vivienda campestre... ¿Conocen ustedes, supongo, la casita encalada con una parra en la entrada, en un prado a orillas del Garona?
Se ha dicho de mí que nunca he sabido lo que era el miedo. Sin duda lo han oído ustedes. Durante muchos años, por un orgullo estúpido, he dejado que corriera ese rumor sin desmentirlo. Sin embargo, ahora que soy viejo puedo permitirme el lujo de ser sincero. El hombre valeroso se atreve a decir la verdad. Sólo al cobarde le asusta admitir ciertas cosas. Así, pues, les confesaré que también soy humano, que también he sentido cómo se me helaba la sangre en las venas y se me erizaban los cabellos, que incluso he sabido lo que es correr hasta que mis piernas apenas podían sostenerme. ¿Acaso les escandaliza oírlo? Tal vez algún día les consuele saber, cuando su valor se encuentre al límite, que incluso Etienne Gerard supo lo que era el miedo. Les contaré ahora cómo sucedió, y cómo aquello me condujo al matrimonio.
En aquella época reinaba la paz en Francia y nosotros, los Húsares de Conflans, pasábamos el verano en un campamento militar a escasas millas de Les Andelys, un pueblo de Normandía. No es un lugar demasiado divertido, pero los miembros de la Caballería Ligera llenamos de alegría cualquier rincón que visitamos, de modo que pasamos una temporada muy agradable. Son muchos los años y los escenarios que se confunden en mi memoria, pero el nombre de Les Andel