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EL ALQUIMISTA // HOWARD P. LOVECRAFT

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EL ALQUIMISTA // HOWARD P. LOVECRAFT link-enlace







El viejo castillo de mis antepasados se yergue allá en lo alto, apoyado sobre la verde cumbre de un
rollizo monte, en cuyas laderas radica, en su parte más baja, un bosque de antiquísimos y nudosos
árboles. Durante muchos siglos, las almenas han dominado desde su rígido trazado el campo nunca
cultivado que las rodea. Sus muros han servido de morada y fortaleza a la presuntuosa casa cuyo
linaje es mucho más antiguo que las musgosas paredes del castillo. Sus torres inmemoriales,
oscurecidas por el paso de las generaciones y averiadas por la inexorable zapa del tiempo supieron
ser durante el feudalismo uno de los más temibles e inexpugnables reductos fortificados en toda
Francia. Desde su interior fueron desafiados barones, condes e incluso reyes, sin que jamás el
enemigo pudiera poner los pies dentro del castillo.
Mas todo ha cambiado desde aquellos años de gloria. Algo así como una pobreza a veces
indistinguible de la miseria, aliada a un orgullo también ancestral que condena cualquier intento de
mitigarla entregándose a actividades comerciales o manuales, ha determinado que los herederos de
nuestra familia no hayan podido conservar las propiedades de acuerdo con su antiguo brillo.
Derrumbes en las paredes, la agreste vegetación en los parques, el foso convertido en una irregular y
polvorienta hendidura del terreno, los suelos hundidos, los podridos revestimientos de madera, las
tapicerías reducidas a mugrientos jirones que cuelgan de algunos sitios, todos éstos son apenas
algunos datos que balbucear; la triste historia de una grandeza perdida. El tiempo fue abatiendo una
a una las cuatro grandes torres; finalmente sólo quedaron las maltrechas ruinas de una de ellas. Allí
debieron ubicarse los escasos descendientes de quienes en mejores tiempos, fueran los más
poderosos señores de aquellas tierras.
Precisamente en una de esas inmensas y oscuras cámaras de la devastada torre fue donde yo,
Antoine, el último de los desdichados condes de C., nací hace noventa años. Pasé los primeros años
de mi vida entre esos muros, en los bosques laberínticos, en los barrancos siempre amenazadores, en
las grutas que se abrían al pie de la ladera.
No conocí a mis padres. Mi padre murió un mes antes que yo naciera, como consecuencia del
desprendimiento de una gran piedra de uno de los muros del castillo. Tenía treinta y dos años. Mi
madre murió como consecuencia del parto, a los pocos días de mi nacimiento. Por lo tanto mi
crianza y educación quedó obligadamente en manos del único servidor que quedaba en la casa: era
un anciano de gran fidelidad e inteligencia, cuyo nombre, si mal no recuerdo, era Pierre. Yo era hijo
único y la soledad que esta circunstancia siempre comporta se vio aumentada en mi caso por el
celoso cuidado que tuvo mi padre adoptivo por apartarme de los hijos de los campesinos que vivían
en modestas moradas que se diseminaban de tanto en tanto por las llanuras que rodeaban al monte.
Recuerdo haberle oído a Pierre que dicha prohibición se debía a que la nobleza de mi cuna impedía
que alternara con semejante plebe. Sin embargo, supe mucho después que el verdadero propósito
que guiaba al criado consistía en evitar que llegaran a mis oídos las historias acerca de la terrible
maldición que, infinitamente contada, ampliada y modificada, ocupaba las noches de los campesinos
reunidos en torno al fuego.
Condenado a la soledad y librado a mi albedrío, pasé toda mi niñez escudriñando los viejos y
musgosos tomos que abarrotaban la biblioteca del castillo y .......................................................................................(continua)

ENCERRADO CON LOS FARAONES // H. P. LOVECRAFT

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ENCERRADO CON LOS FARAONES // H. P. LOVECRAFT          link-enlace




I

El misterio atrae al misterio. Desde que mi nombre se ha difundido ampliamente unido a la ejecución de
proezas inexplicables, me he tropezado con relatos y sucedidos extraños que, dada mi profesión, la gente
ha relacionado con mis intereses y actividades. Unos han sido triviales e irrelevantes; otros,
profundamente dramáticos y absorbentes; otros han dado lugar a horribles y peligrosas experiencias;
otros, en fin, me han involucrado en extensas investigaciones científicas e históricas. He hablado y
seguiré hablando sin reparo de muchos de estos casos. Pero hay uno que no puedo contar sino con gran
renuencia, y sólo tras repetida insistencia por parte de los editores de esta revista, quienes han oído vagos
rumores sobre él por boca de varios miembros de mi familia.
El tema sobre el que he guardado silencio hasta ahora se relaciona con una visita no profesional que hice
a Egipto hace catorce años, y si lo he rehuido ha sido por diversos motivos. En primer lugar, soy contrario
a explotar determinados hechos inequívocamente reales, desconocidos para los miles de turistas que se
aglomeran alrededor de las pirámides, y que las autoridades de El Cairo ocultan con mucha diligencia, al
parecer, ya que no es posible que los ignoren por completo. En segundo lugar, me disgusta tener que
rememorar un incidente en el que mi fantástica imaginación debió de desempeñar un importante papel. Lo
que vi —o creí ver— no ocurrió, evidentemente, sino que debe considerarse más bien efecto de mis
lecturas sobre egiptología, entonces recientes, y de las lucubraciones sobre dicho tema que mi entorno
propició de manera natural. Tales estímulos imaginativos, aumentados por la emoción de un
acontecimiento real bastante terrible en sí mismo, provocó sin duda el horror culminante de esa noche malhadada, tan lejana ya.
En enero de 1910 había cumplido un compromiso profesional en Inglaterra y había firmado un contrato
para hacer una gira por unos teatros de Australia. Se me había concedido un amplio margen de tiempo
para efectuar el viaje, y decidí aprovecharlo al máximo con el recorrido que más me interesaba; así que,
acompañado de mí esposa, atravesé el Continente en dirección sur y embarqué en Marsella, en el vapor P.
& O. Malwa, rumbo a Port Said. Partiendo de allí, me proponía visitar los principales lugares históricos
del Bajo Egipto, antes de salir definitivamente para Australia.
El viaje fue agradable, y estuvo animado por los múltiples y divertidos incidentes que le suceden a un
ilusionista fuera de su trabajo. Me había propuesto ir de incógnito, a fin de viajar tranquilo; pero me sentí
impulsado a darme a conocer a causa de un colega, cuyos deseos de asombrar a los pasajeros con trucos
sencillos me incitaron a duplicar y superar sus proezas de una forma que destruyó por completo mi
anonimato. Cito este detalle por su consecuencia final —consecuencia que debí haber previsto antes de
revelar mi identidad al cargamento de turistas que estaba a punto de desparramarse por todo el valle del
Nilo—. Aquello significó pregonar mi identidad allá por donde iba privándonos a mi esposa y a mí del
apacible anonimato del que habíamos pretendido gozar. ¡En un viaje en pos de curiosidades, me vi
obligado a soportar a menudo que me examinasen también como una especie de curiosidad!
Ibamos a Egipto en busca de lo pintoresco y lo místicamente impresionante pero encontramos pocas cosas
de esta naturaleza cuando el barco atracó en Port Said y descargó su pasaje en los botes. Las dunas bajas
de arena, las boyas oscilantes en los bajíos y un aburrido pueblecito europeo sin nada de interés salvo la
gran estatua del gran De Lesseps, despertaron nuestra impaciencia por ver algo que valiese más la pena.
Tras algunas deliberaciones, decidimos ir a El Cairo y a las Pirámides, y luego dirigirnos a Alejandría
para coger el barco con destino a Australia, visitando antes los monumentos grecorromanos que la antigua
metrópoli pudiese ofrecer.
El viaje en tren fue bastante soportable, y duró sólo cuatro horas y media. Vimos gran parte del canal de
Suez, que seguimos hasta Ismailía, y más tarde pudimos saborear un poco del Antiguo Egipto, al
vislumbrar el canal de agua dulce restaurado del Imperio Medio. Luego, finalmente, vimos El Cairo
brillando en la creciente oscuridad, como una constelación parpadeante que se convirtió en resplandor
cuando nos detuvimos, en la gran Gare Centrale.
Pero otra vez nos esperaba el desencanto, ya que todo lo que vimos era europeo, salvo las indumentarias y
las multitudes. Un prosaico paso subterráneo nos condujo a una plaza rebosante de carruajes, coches de
alquiler, tranvías, y deslumbrantes luces eléctricas que brillaban en los altos edificios, en tanto que el
mismo teatro en el que en vano me pidieron que actuase —y al que más tarde fui como espectador—
había sido rebautizado poco antes con el nombre de «El Cosmógrafo Americano». Nos alojamos en el
Shepheard’s Hotel, al que llegamos en un taxi que recorrió veloz las calles anchas y elegantes; y en medio
del servicio perfecto de su restaurante, ascensores y lujos generalmente angloamericanos, el Oriente
misterioso y el pasado inmemorial parecían lejanísimos.
El día siguiente, no obstante, nos sumergió deliciosamente en una atmósfera de Las mil y una noches, y el
Bagdad de Harun-al-Rashid pareció revivir en las tortuosas callejas y el exótico horizonte de El Cairo.
Guiados por nuestro Baedeker, nos dirigimos hacia el este, pasando por los Jardines Ezbekiyeh,
recorrimos el Mouski en busca del barrio nativo, y no tardamos en caer en manos de un cicerone
vociferante que —pese a los incidentes que ocurrieron después— era ciertamente, maestro en su oficio.
No me di cuenta hasta después de que debía haber solicitado en el hotel un guía autorizado. Ese hombre,
un tipo afeitado, de voz extrañamente cavernosa y relativamente limpio, con aspecto de faraón, y que
decía llamarse «Abdul Reis el Drogman», parecía tener gran autoridad sobre los de su clase; sin embargo,
más tarde, la policía manifestó no conocerle, afirmando que reis es meramente un título que se emplea
para designar a cualquier persona con autoridad, mientras que «Drogman» no es, evidentemente, sino una
torpe modificación de dragoman, palabra que significa guía de grupos turísticos.
Abdul nos condujo por entre maravillas hasta entonces sólo vislumbradas en lecturas y sueños. La vieja
ciudad de El Cairo es en si misma un libro de cuentos y un ensueño: laberintos de estrechos callejones
impregnados de aromáticos secretos; balcones de arabescos y miradores que casi se tocan por encima de
las calles empedradas; torbellinos de tráfico oriental en medio de gritos extraños, restallar de látigos,
traqueteos de carros, tintineos de monedas y rebuznos de asnos; un calidoscopio de ropas, velos, turbantes
y faces multicolores; aguadores y derviches, perros y gatos, adivinos y barberos; y, por encima de todo, el
gimoteo de los mendigos agazapados en los rincones y el sonoro cántico de los muecines desde sus
minaretes delicadamente recortados sobre el cielo de un azul intenso e inalterable.
Los bazares, techados y más tranquilos, eran igualmente seductores. Especias, perfumes, bolas de
incienso, alfombras y cobres: el viejo Mahmud Suleimán permanecía sentado con las piernas cruzadas en
medio de sus botellas pegajosas mientras unos jóvenes charlatanes molían mostaza en el capitel ahuecado
de una antigua columna clásica, corintia, quizá de la vecina Heliópolis, donde Augusto acantonó una de
sus tres legiones egipcias. La antigüedad empezaba a mezciarse con el exotismo. A continuación vimos
todas las mezquitas y museos, y procuramos que nuestra orgía árabe no sucumbiera al encanto más oscuro
del Egipto faraónico que nos ofrecían los tesoros inapreciables de los museos. Este debía ser nuestro
clímax; así que, de momento, nos concentramos en las glorias sarracenas medievales de los califas cuyas
magníficas tumbas-mezquitas forman deslumbrantes y prodigiosas necrópolis en el borde del desierto
árabe.
Finalmente, Abdul nos llevó por la Sharia Mohamed Ah a la antigua mezquita del sultán Hassan, y a la de
Babel-Azab, flanqueada por torres, más allá de la cual el pasaje de empinadas paredes asciende hasta la
poderosa ciudadela que el propio Saladino hizo construir con piedras de olvidadas pirámides. Atardecía
ya cuando escalamos ese peñasco, dimos una vuelta alrededor de la moderna mezquita de Mohamed Alí,
y nos asomamos al vertiginoso antepecho, por encima de El Cairo místico..., místico y todo dorado, con
sus cúpulas labradas, sus etéreos minaretes y sus jardines resplandecientes.
Muy por encima de la ciudad se alzaba la gran cópula romana de un nuevo museo; y más allá —al otro
lado del Nilo enigmático y amarillo, padre de dinastías milenarias— acechaban las amenazadoras arenas
del desierto de Libia, onduladas, iridiscentes, perversas, llenas de arcanos aún más antiguos.
El rojo sol se hundía, trayendo el frío implacable de la noche egipcia; y mientras permanecía en equilibrio
en el borde del mundo como un dios antiguo de Heliópohis — Ra-Harakhte, el Sol del Horizonte—,
vimos recortarse contra su holocausto bermellón las negras siluetas de las pirámides de Gizeh, las tumbas
paleógenas veneradas mil años antes, cuando Tut-Ankh-Amon subió al trono en la lejana Tebas.
Comprendimos entonces que habíamos terminado con El Cairo sarraceno, y que debíamos saborear los
misterios más profundos del Egipto primordial: la negra Kem de Ra, Amón, Isis y Osiris.
A la mañana siguiente fuimos a visitar las pirámides; recorrimos en un coche Victoria la isla de Chizereh
con sus imponentes árboles lebbakh, cruzamos el pequeño puente inglés y pasamos a la margen
occidental. Seguimos por la carretera de la orilla, entre grandes hileras de árboles lebbakh, y pasamos el
parque zoológico hasta llegar al suburbio de Gizeh, donde después han construido un nuevo puente que
lleva a El Cairo. Luego, dirigiéndonos hacia el interior por el Sharia-el-Haram, cruzamos una región de
canales de inmóvil superficie y míseros poblados nativos, hasta que surgieron ante nosotros los objetos de
nuestro viaje, hendiendo las brumas del amanecer y creando réplicas invertidas en las charcas que había
junto a la carretera. En efecto, como dijo allí Napoleón a sus soldados, cuarenta siglos nos contemplaban.
La carretera ascendía ahora bruscamente, hasta que por último llegamos al lugar de transbordo entre la
estación del tranvía y el Hotel Mena House. Abdul Reis, que efectivamente nos había sacado entradas
para visitar las pirámides, parecía entenderse muy bien con los bulliciosos, vociferantes y mugrientos
beduinos que habitaban en un sórdido poblado de barro, a cierta distancia, y se dedicaban a asaltar
fastidiosamente a los viajeros, porque supo tenerlos decorosamente a raya y nos consiguió un excelente
par de camellos, montando él en un asno y asignando la conducción de nuestros animales a un grupo de
hombres y chicos que nos resultaron más caros que útiles. El trayecto que debíamos recorrer era tan
pequeño que casi no eran necesarios los camellos; pero no lamentamos añadir a nuestra experiencia esa
molesta forma de navegación por el desierto.
Las pirámides se elevan sobre una meseta rocosa, y constituyen casi el más septentrional de los
cementerios reales construidos en la vecindad de la desaparecida ciudad de Memfis, enclavada en la
misma margen del Nilo, algo al sur de Gizeh, y que floreció entre los años 3400 y 2000 a. C. La mayor de
las pirámides, que es la más próxima a la carretera, fue construida por el rey de Egipto Keops o Khufu
hacia 2800 a. C., y mide más de 450 pies de altura. Al sudoeste, y alineadas, están sucesivamente la
segunda pirámide, construida una generación después por el rey Kefrén —la cual, aunque ligeramente
más pequeña, da la impresión de ser mayor por encontrarse en un terreno más elevado—-, y la del rey
Micenno, notoriamente más pequeña, construida hacia 2700 a. C. Cerca del borde de la meseta, y al este
de la segunda pirámide, con un rostro probablemente modificado para hacer de él un retrato colosal de
Kefrén — su real restaurador—, se alza la monstruosa Esfinge: muda, sardónica, depositaria de un saber
anterior a la humanidad y al recuerdo.
En varios lugares se encuentran pirámides y restos de pirámides de importancia menor, y la meseta entera
está acribillada de tumbas de dignatarios de rango ligeramente inferior al de rey. Estas últimas estuvieron
señaladas originariamente por mastabas o construcciones de piedra en forma de banco alrededor de los
profundos fosos funerarios, como se descubrió en otros cementerios ménficos, y de las que constituye un
ejemplo la tumba de Perneb, que se encuentra en el Museo Metropolitano de Nueva York. En Gizeh, no
obstante, todas estas cosas visibles han desaparecido a causa del tiempo y del pillaje, y sólo los fosos
excavados en la roca, cegados por la arena o vaciados por los arqueólogos, siguen atestiguando su antigua
existencia. Conectada con cada tumba había una capilla en la que sacerdotes y parientes ofrecían
alimentos y oraciones al ka o principio vital del difunto, que jamás se alejaba del lugar de enterramiento.
Las tumbas pequeñas tienen sus capillas en el interior de sus superestructras de piedra o mastabas; pero
las capillas mortuorias de las pirámides donde descansan los faraones son templos separados, situados
cada uno de ellos al este de la pirámide correspondiente, y comunicados mediante un pasillo elevado con
una imponente capilla-entrada o propileo, situada en el borde de la meseta rocosa.
La capilla-entrada que conduce a la segunda pirámide, casi enterrada en la arena arrastrada por el viento,
se abre subterráneamente al sudeste de la Esfinge. Una persistente tradición la considera el «Templo de la
Esfinge», quizá con razón, si la Esfinge representa efectivamente al constructor de la segunda pirámide,
Kefrén. Existen en torno a la Esfinge inquietantes historias anteriores a Kefrén; pero fuera cual fuese su
rostro anterior, el monarca le dio el suyo para que los hombres pudiesen contemplar el coloso sin temor.
Fue en el gran templo-entrada donde se encontró la estatua de Kefrén esculpida en diorita, de tamaño
natural, actualmente en el Museo de El Cairo; una estatua que me dejó sobrecogido cuando la contemplé.
No sé si han excavado ya todo el edificio, pero en 1910 estaba enterrado en su mayor parte y la entrada
permanecía sólidamente cerrada durante la noche. Los alemanes estaban al cargo de las obras, que quizá
fueron interrumpidas por la guerra u otros motivos. Daría lo que fuese — en vista de mi experiencia, y de
ciertos rumores que corrían entre los beduinos, desmentidos o ignorados en El Cairo— - por saber qué ha
sucedido con cierto pozo que hay en una galería transversal donde se encontraron estatuas del faraón
curiosamente yuxtapuestas a estatuas de babuinos.
La carretera que recorrimos en camello esa mañana describía una curva cerrada, dejando a la izquierda la
construcción de madera del cuartel de la policía, la oficina de correos, el almacén de comestibles y las
tiendas, y se adentraba hacia el sur y el Oeste en una vuelta completa que remontaba la meseta rocosa y
nos situó frente al desierto, a sotavento de la gran pirámide. Pasada la ciclópea construcción, dimos la
vuelta por la cara este y nos asomamos a un valle de pirámides menores, más allá del cual centelleaba el
Nilo eterno; al Oeste temblaba el eterno desierto. Muy cerca se recortaban las tres pirámides principales,
desnuda la más grande de todo revoque exterior, mostrando sus enormes bloques de piedra, y las otras
con restos perfectamente adheridos de la capa protectora, aquí y allá, que en tiempos les diera un aspecto
suave y acabado.
A continuación bajamos hacia la Esfinge, y nos sentamos en silencio bajo el hechizo de esos ojos terribles
y ciegos. En el inmenso pecho de piedra distinguimos débilmente el símbolo de Ra-Harakhte, por cuya
imagen la Esfinge fue erróneamente considerada de una última dinastía; y aunque la arena cubría la
tableta que tiene entre sus grandes garras, recordamos lo que Tutmosis IV escribió en ella, y el sueño que
tuvo cuando era príncipe. Fue entonces cuando la sonrisa de la Esfinge nos pareció vagamente
desagradable y nos hizo pensar en las leyendas que hablaban de pasadizos subterráneos bajo la monstruosa
criatura, los cuales descendían más y más, a profundidades a las que nadie se atrevía a aludir, y que se
relacionaban con misterios anteriores al Egipto dinástico excavado y en siniestra conexión con la
persistencia de dioses anormales con cabeza de animal del antiguo panteón nilótico. Entonces también me
hice una pregunta peregrina cuyo espantoso significado no se reveló hasta muchas horas después.
Empezaban a alcanzarnos ahora otros turistas, y seguimos andando hacia el Templo de la Esfinge
hundidos en la arena, situado unas cincuenta yardas al sudeste, al que me he referido como la gran puerta
de acceso a la calzada que conduce a la capilla mortuoria de la segunda pirámide, en la meseta. Dicha
capilla se encontraba aún enterrada en s u mayor parte en la arena y, aunque desmontamos y bajamos por
un acceso moderno hasta un corredor de alabastro y un recinto de pilares, me di cuenta de que Abdul y el
encargado alemán no nos habían enseñado todo lo que había que ver.
Después efectuamos el habitual recorrido alrededor de la meseta de las pirámides, examinamos la
segunda pirámide y las curiosas ruinas de su capilla mortuoria, situada al este; la tercera pirámide, con sus
satélites en miniatura, al sur, y la ruinosa capilla oriental; las tumbas de las rocas y los panales de las
dinastías IV y V, y finalmente la famosa tumba de Campbell, cuyo pozo se hunde casi verticalmente unos
cincuenta y tres píes hasta un sarcófago siniestro que uno de nuestros camelleros limpió de la molesta
arena tras efectuar un vertiginoso descenso con una cuerda.
Entonces nos llegaron gritos procedentes de la Gran Pirámide, donde unos beduinos asediaban a un
grupo de turistas, ofreciéndose como los más rápidos en efectuar el ascenso y el descenso en solitario a la
cúspide. Dicen que el récord de subirla y bajarla está en siete minutos> aunque muchos vigorosos jeques e
hijos de jeques nos aseguraron que eran capaces de reducirlo a cinco, con el impulso previo de una buena
bakshish. No les dimos tal impulso, aunque dejamos que Abdul nos llevase hasta arriba, logrando así una
perspectiva, de una magnificencia sin precedentes, que abarcaba no sólo El Cairo lejano y centelleante,
con su ciudadela y su fondo de colinas color dorado violáceo, sino también todas las pirámides del área de
Memfis, desde Abu Roash, al norte, hasta Dashur al sur. La pirámide escalonada de Sakkara, que marca la
evolución de la baja mastaba a la verdadera pirámide destacaba clara y seductoramente en la lejanía
arenosa Cerca de este monumento de transición fue donde se des cubrió la famosa tumba de Perneb; más
de cuatrocientas millas al norte del valle rocoso de Tebas, donde duerme Tut-Ankh-Amon. Nuevamente
me obligó a guardar silencio una sensación de auténtico pavor. La contemplación de semejante
antigüedad, y los secretos que todos estos venerables monumentos parecían contener y cobijar me
llenaban de un respeto y un sentimiento de inmensidad que jamás me había inspirado cosa alguna.
Cansados por nuestro ascenso, y hartos de los fastidiosos beduinos, cuyo comportamiento parecía desafiar
todas las reglas del buen gusto, prescindimos del arduo pormenor de entrar en los angostos pasadizos
interiores de las pirámides, aunque vimos a varios de los turistas mas atrevidos disponiéndose a meterse a
rastras en el sofocante interior del más imponente monumento de Cheops. Cuando despedimos y pagamos
sobradamente a nuestra escolta local y regresamos a El Cairo con Abdul Reis bajo el sol de la tarde, casi
lamentamos no haber entrado también. Se murmuraban cosas fascinantes acerca de pasadizos inferiores
de la pirámide que no venían en las guías; pasadizos cuyas entradas habían sido condenadas apresuradamente
con bloques de piedra y ocultadas por ciertos arqueólogos poco comunicativos, quienes las habían
descubierto y empezado a explorar.
Naturalmente, tales rumores carecían de fundamento en su mayor parte, pero era curioso observar cuán
persistentemente se prohibía a los visitantes entrar en las pirámides por la noche, así como visitar las
madrigueras más bajas y la cripta de la gran pirámide. Quizá en este último caso era el efecto psicológico
lo que se temía: el efecto que puede producir en el visitante sentirse encajonado bajo un mundo
gigantesco de sólida albañilería, comunicado con la vida conocida a través de ese único pasadizo que sólo
le es posible recorrer a rastras, y que cualquier accidente o .............................................................................................(continua)

PROTOCOLO: MARAVIROC , HISTORIAL DE DATOS DE USO // VIH-SIDA

Escrito por imagenes 09-08-2007 en General. Comentarios (3)

 

COMUNICADO: Maraviroc, de Pfizer, el nuevo medicamento contra el VIH, reduce de forma considerable la carga vírica
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LOS ANGELES



-- Maraviroc, de Pfizer, el nuevo medicamento contra el VIH, reduce de forma considerable la carga vírica en combinación con una terapia en una amplia gama de pacientes sometidos a tratamiento

-- Se ha presentado el ensayo pivote en la 14 Conferencia sobre Retrovirus e Infecciones Oportunistas (CROI)

-- Maraviroc está en fase de aprobación acelerada en EE.UU. y Europa

En la principal reunión de investigación celebrada esta semana sobre el VIH/SIDA, Pfizer ha presentado los datos pivotes de su medicamento experimental, maraviroc, que combate al VIH de una forma completamente nueva. Un análisis de 24 semanas ha demostrado que cerca del doble de los pacientes que han recibido
maraviroc junto a un régimen de tratamiento optimizado han conseguido un nivel de virus no detectable en sangre frente a los que se han sometido a un régimen de tratamiento solo.

Los nuevos datos, presentados en la 14 Conferencia sobre Retrovirus e Infecciones Oportunistas (CROI), ha apoyado la aceleración del estudio de maraviroc en EE.UU. y Europa como tratamiento para los pacientes infectados con VIH que son "trópicos CCR5" - entradas en las células inmunológicas por un receptor conocido como CCR5. Un test se encarga de confirmar si un paciente está infectado con VIH trópico CCR5.

Además, los pacientes que han recibido maraviroc y que han optimizado su régimen de tratamiento experimentaron un aumento de sus células CD4 en casi el doble frente a los que recibieron un régimen optimizado como única terapia. Los efectos secundarios adversos en este grupo de pacientes tratados con maraviroc más un régimen optimizado fueron similares a los que recibieron sólo un régimen de tratamiento cuando se les ajustó la duración de la exposición.

"Los datos de los dos estudios idénticos han demostrado una consistencia destacable y un importante descenso en la carga vírica y los aumentos de las células CD4 cuando se añadió maraviroc al régimen de tratamiento óptimo estandarizado", comentó el doctor Howard Mayer, responsable global clínico de Pfizer para el programa de desarrollo de maraviroc, quien también presentó los resultados del ensayo.

En caso de que se apruebe, maraviroc se convertirá en el primer tipo de fármaco oral contra el VIH en diseñarse en más de una década, haciendo frente a las necesidades urgentes de los pacientes con VIH para este nuevo tipo de fármacos. Descubierto por los científicos de Pfizer en 1997, maraviroc es un medicamento oral que bloquea la entrada viral a células humanas. En lugar ......................................................................................( CONTINUA)

HISTORIAS QUE IGNORAMOS SOBRE LA MUERTE

Escrito por imagenes 08-08-2007 en General. Comentarios (1)

HISTORIAS QUE IGNORAMOS SOBRE LA "MUERTE" // ESCRITO ENCONTRADO EN LA NET, NAVEGANDO

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1 - La práctica de enterrar a los muertos podría datar de hace 350 000 años, tal y como quedó evidenciado en la fosa de Atapuerca (España) donde a 14 metros de profundidad se encontraron los fósiles de 27 homínidos de la especie Homo heidelbergensis, un posible antecesor del Neandertal y del humano moderno.

2 - Nunca digas morir, existen al menos 200 eufemismos para la muerte, incluyendo ·pasar a mejor vida·, ·criar malvas· y la mejor para un fanático de Star Trek: ·dormir con los Tribbles·.

3 - Desde 1951 ningún estadounidense ha muerto de viejo.

4 - Ese fue el año en que el gobierno eliminó esa clasificación de los certificados de defunción.

5 - La causa de muerte, en todos los casos, es la falta de oxígeno. Su reducción puede provocar súbitos espasmos musculares, o ·fase agónica·, derivada de la palabra griega ·agon·, o lucha.

6 - A los tres días de la muerte, las enzimas que una vez digerían tu cena comenzarán a devorarte. Las células fracturadas se convertirán en comida para las bacterias vivas del intestino, las cuales liberarán suficiente gas tóxico como para inflar al cadáver y forzar a los ojos a que se salgan de las órbitas.

7 - Hay tanto que reciclar: los enterramientos en Estados Unidos suponen el soterramiento de más de 3 millones de litros de fluidos para embalsamamiento – formaldehído, metanol y etanol – en el suelo cada año. Las cremaciones expulsan al aire dioxinas, ácido hidroclórico, dióxido de azufre y dióxido de carbono.

8 - Alternativamente, una empresa sueca llamada Promessa, puede desecar tu cuerpo en nitrógeno líquido, pulverizarlo con vibraciones de alta frecuencia, y sellar al polvo resultante en un ataúd biodegradable elaborado con harina de maíz. Afirman que este ·enterramiento ecológico· se descompone en 6 o 12 meses.

9 - Los zoroastrianos en la India abandonan en el exterior los cuerpos de los muertos para que sean devorados por los buitres.......................................................................................................

EL PUENTE DEL TROLL // Terry Pratchett

Escrito por imagenes 07-08-2007 en General. Comentarios (0)

EL PUENTE DEL TROLL // TERRY PRATCHETT       link-enlace


El viento soplaba en las montañas y llenaba el aire de diminutos cristales de hielo.
Hacia demasiado frío para nevar. Cuando el tiempo estaba así, los lobos bajaban a
los pueblos y, en el corazón de los bosques, los árboles explotaban al congelarse.
Cuando hacía un tiempo así, la gente sensata permanecía en sus Casas, frente al
hogar, y se contaban historias sobre héroes.
Eran un viejo caballo y un viejo jinete. El caballo parecía una tostadora empaquetada
al vacío; el hombre tenía el aspecto de que el único motivo por el que no caía de su
montura era que no podía reunir las fuerzas necesarias para ello. A pesar del
cortante viento helado, sólo iba vestido con una corta falda de piel y un vendaje
sucio en una rodilla.
Se quitó una empapada colilla de los labios y la aplastó contra la otra mano.
–Está bien, vamos a hacerlo –dijo.
–Para ti es muy fácil –contestó el caballo–. Pero ¿y si tienes uno de tus ataques de
vértigo? Y últimamente tienes la espalda fatal. ¿Cómo me sentiré, si nos devoran
porque tienes un tirón en la espalda en un mal momento?
–Eso no pasará –aseguró el hombre.
Se deslizó hasta las heladas piedras y sopló sobre sus dedos. Luego sacó del fardo
una espada con un filo que parecía una sierra mal conservada y asestó unos
mandobles en el aire con escasa convicción.
–Todavía conservo mi viejo estilo –comentó.
El hombre hizo una mueca y fue a apoyarse en un árbol.
–Juraría que esta maldita espada es más pesada cada día.
–Tendrías que volver a guardarla –le aconsejó el rocín–. Ya basta por hoy. ¡Hacer
estas cosas a tu edad! No está bien.
El hombre puso los ojos en blanco.
–Jodida subasta! Esto es lo que me pasa por comprar algo que perteneció a un mago
–maldijo, dirigiéndose al frío mundo en general– Te miré los dientes y los cascos,
pero no se me ocurrió escuchar.
–¿Quién crees que estaba pujando contra ti? –replicó el equino. Cohen el Bárbaro
siguió apoyado en el árbol. No estaba totalmente seguro de poder volver a
enderezarse.
–Debes de tener muchos tesoros escondidos –supuso el caballo–. Podríamos ir hacia
el Límite. ¿Qué te parece? Es bonito y hace calor. Un bonito y caluroso lugar, con
una playa, ¿eh? ¿Qué me dices?
–No hay ningún tesoro –declaró Cohen–. Me lo gasté todo. En bebida. Lo di todo. Lo
perdí.
–Debiste haber guardado algo para la vejez.
–Jamás pensé que llegaría a la vejez.
–Algún día morirás –dijo el caballo–. Podría ser hoy.
–Ya lo se'. ¿Por qué crees que he venido aquí?
El equino se giró y miró hacia el barranco. Allí, el camino era tortuoso y difícil de
seguir. Unos árboles jóvenes se abrían paso entre las piedras. El bosque estaba
apiñado a ambos lados. En unos años más, nadie sabría que allí había habido un
sendero. Por su aspecto, tampoco lo sabía nadie ahora.
–¿Has venido aquí a morir?
–No. Pero hay algo que siempre he querido hacer. Desde que era un muchacho.
–¿Ah, sí?
Cohen intentó incorporarse. Los tendones lanzaron mensajes candentes por sus
piernas.
–Mi padre... –chilló. Luego recuperó el control–. Mi padre me dijo... –Pugnó por
tomar aire.
–Hijo... –trató de ayudarlo el caballo.
–¿Qué?
–Hijo. Ningún padre llama a su chaval «hijo» a menos que esté a punto de impartirle
algo de su sabiduría. Todo el mundo lo sabe.
–Son mis recuerdos.
–Perdón.
–Me dijo: «Hijo...». Sí, vale. «Hijo, cuando venzas a un troll en combate singular,
podrás hacer cualquier cosa.»
El caballo parpadeó. Luego volvió a examinar el sendero entre los les hasta la
profundidad del barranco. Allí había un puente de piedra
Tuvo un horrible presentimiento.
Pateó nerviosamente el suelo con los cascos.
–Vamos hacia el Límite –insistió–, Es bonito y hace calor.
–No.
–¿Qué ganamos matando a un troll? ¿Qué conseguirás con eso?
–Un troll muerto. De eso se trata. En cualquier caso, no es necesario matarlo. Basta
con vencerlo. Uno contra uno. Mano a... troll. Si no lo intento, mi padre se revolverá
en la tumba.
–Me dijiste que te expulsó de la tribu cuando tenías once años.
–Lo mejor que pudo haber hecho jamás. Me enseñó a volar con las alas de otros.
Ven aquí, ¿quieres?
El caballo se puso a su lado. Cohen se agarró a la silla y se incorporó.
–Y tú quieres luchar hoy con un troll... –rezongó el equino.
Cohen rebuscó en el saco y extrajo la bolsa de tabaco. El viento sacudió el papel de
fumar mientras enrollaba un cigarrillo.
–Eso es –asintió.
–Y hemos hecho todo este camino para eso.
–Teníamos que hacerlo –dijo Cohen–. ¿Cuándo fue la última vez que viste un puente
con un troll debajo? Cuando yo era un chaval, había a cientos. Ahora hay más trolls..........................................................................................................

 

 

 

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