A TRAVÉS DE LAS PUERTAS DE LA LLAVE DE PLATA// LOVECRAFT - E. H. Price

Escrito por imagenes 01-08-2007 en General. Comentarios (3)

A TRAVÉS DE LAS PUERTAS DE LA LLAVE DE PLATA // LOVECRAFT & PRICE (link-enlace)





I

En una inmensa sala de paredes ornadas con tapices de extrañas figuras y
suelo cubierto con alfombras de Boukhara de extraordinaria manufactura e increíble
antigüedad, se hallaban cuatro hombres sentados en torno a una mesa atestada de
documentos. En los rincones de unos trípodes de hierro forjado que un negro de
avanzadísima edad y oscura librea alimentaba de cuando en cuando, emanaban los
hipnóticos perfumes del olíbano, mientras en un nicho profundo, a uno de los lados,
latía acompasado un extraño reloj en forma de ataúd, cuya esfera estaba adornada
de enigmáticos jeroglíficos, y cuyas cuatro manecillas no giraban de acuerdo con
ningún sistema cronológico de este planeta. Era una estancia turbadora y extraña,
pero muy en consonancia con las actividades que se desarrollaban en ella. Porque
allí, en la residencia de Nueva Orleans del místico, matemático y orientalista más
grande de este continente, se estaba ventilando el reparto de la herencia de un
sabio, místico, escritor y soñador no menos eminente, que cuatro años antes había
desaparecido de este mundo.
Randolph Carter, que durante toda su vida había tratado de sustraerse al
tedio y a las limitaciones de la realidad ordinaria evocando paisajes de ensueño y
fabulosos accesos a otras dimensiones, desapareció del mundo de los hombres el 7
de octubre de 1928, a la edad de cincuenta y cuatro años. Su carrera había sido
extraña y solitaria, y había quienes suponían, por sus extravagantes novelas, que
habían debido sucederle cosas aún más extrañas que las que se conocían de él. Su
asociación con Harley Warren, el místico de Carolina del Sur cuyos estudios sobre la
primitiva lengua naakal de los sacerdotes himalayos tan atroces consecuencias
tuvieron, fue muy íntima. Efectivamente, Carter había sido quien -una noche
enloquecedora y terrible, en un antiguo cementerio- vio descender a Warren a la
cripta húmeda y salitrosa de la que nunca regresó. Carter vivía en Boston, pero
todos sus antepasados procedían de esa región montañosa y agreste que se
extiende tras la vetusta ciudad de Arkham, llena de leyendas y brujerías. Y fue allí,
entre esos montes antiguos, preñados de misterio, donde, finalmente, había
desaparecido él también.
Parks, su viejo criado, que murió a principios de 1930, se había referido a
cierto cofrecillo de madera extrañamente aromática, cubierto de horribles adornos
que había encontrado en el desván, a un pergamino indescifrable, y a una llave de
plata labrada con raros dibujos que contenía la arqueta. En torno a estos objetos, el
propio Carter había mantenido correspondencia con otras personas. Carter, según
dijo, le había contado que esta llave provenía de sus antepasados y que le ayudaría
a abrir las puertas de su infancia perdida, y de extrañas dimensiones y fantásticas
regiones que hasta entonces había visitado sólo en sueños vagos, fugaces y
evanescentes. Un día, finalmente, Carter había cogido el cofrecillo con su
contenido, y se había marchado en su coche para no volver más.
Más tarde habían encontrado el coche al borde de una carretera vieja y
cubierta de yerba que, a espaldas de la desolada ciudad de Arkham, atraviesa las
colinas que habitaron un día los antepasados de Carter, de cuya gran residencia
sólo queda el sótano ruinoso, abierto de cara al cielo. En un bosquecillo de olmos
inmensos había desaparecido en 1781 otro de los Carter, no muy lejos de la casita
medio derruida donde la bruja Goody Fowler preparaba sus abominables pociones,
tiempo atrás. En 1692, la región había sido colonizada por gentes que huían de la
caza de brujas de Salem, y aún ahora conserva una fama vagamente siniestra,
aunque debida a unos hechos difíciles de determinar. Edmund Carter había logrado
huir justo a tiempo del Monte de las Horcas, adonde le querían llevar sus
conciudadanos, pero todavía corrían muchos rumores acerca de sus hechizos y
brujerías. ¡Y ahora, al parecer, su único descendiente había ido a reunirse con él!
En el coche habían encontrado el cofrecillo de horribles relieves y fragante
madera, así como el pergamino indescifrable. La llave de plata no estaba. Se
supone que Carter se la había llevado consigo. Y no se tenían referencias del caso.
La policía de Boston había dicho que las vigas derrumbadas de la vieja morada de
los Carter mostraban cierto desorden, y alguien había encontrado un pañuelo en la
siniestra ladera rocosa cubierta de árboles que se eleva detrás de las ruinas, no
lejos de la terrible caverna llamada de las Serpientes.
Fue entonces cuando las leyendas que corrían por la región sobre la Caverna
de las Serpientes cobraron renovada vitalidad. Los campesinos volvieron a hablar
en voz baja de las prácticas impías a las que el viejo Edmund Carter el brujo se
había entregado en aquella horrible gruta, a lo que ahora venía a añadirse la
extraordinaria afición que el propio Randolph Carter había mostrado de niño por ese
lugar. Durante la infancia de Carter, la venerable mansión se había mantenido en
pie, con su anticuada techumbre de cuatro vertientes, habitada sólo por su tío
abuelo Christopher. El la había visitado con frecuencia, y había hablado de modo
especial sobre la Caverna de las Serpientes. Las gentes recordaban que más de una
vez se había referido a una grieta que había en un rincón ignorado de la cueva, y
hacían cábalas sobre el cambio que había experimentado a raíz de un día que pasó
entero dentro de la caverna, a los nueve años de edad. Esto había sucedido en
octubre, y desde entonces parecía haber adquirido una inusitada facultad de
predecir acontecimientos futuros.
La noche en que desapareció Carter, había llovido, y nadie pudo encontrar la
menor huella de los pasos que dio al bajar del coche. En el interior de la Caverna de
las Serpientes se había formado un barro líquido y viscoso, debido a las grandes
filtraciones de agua. Sólo los rústicos ignorantes murmuraron sobre ciertas huellas
que habían creído descubrir en el sitio donde los grandes olmos sobresalían por
encima de la carretera y en la siniestra pendiente próxima a la Caverna de las
Serpientes donde había sido encontrado el pañuelo. Pero, ¿quién iba a hacer caso
de aquellos rumores, según los cuales esas huellas eran idénticas a las que dejaban
las botas de puntera cuadrada que había usado Randolph Carter cuando era niño?
Esa historia era tan insensata como aquella otra de que habían visto las huellas
inconfundibles de las botas de Benjiah Corey, que según decían iban al encuentro
de las huellas pequeñas de la carretera. El viejo Benjiah Corey había sido el criado
del señor Carter cuando Randolph era muy joven, pero hacía treinta años que había
muerto.
Debieron ser esos rumores -añadidos a las manifestaciones que el propio
Carter había hecho a Parks y a otros sobre su suposición de que la labrada llave de
plata le ayudaría a abrir las puertas de su perdida infancia- los que indujeron a
ciertos investigadores ocultistas a declarar que el desaparecido había conseguido
dar la vuelta a la marcha del tiempo, regresando, a través de cincuenta y cuatro
años, a ese día de octubre de 1883 en que, siendo niño, había permanecido tantas
horas en la Caverna de las Serpientes. Sostenían que, cuando salió aquella noche
de la cueva, Carter había logrado de algún modo viajar hasta 1928 y volver. ¿Acaso
no sabía después las cosas que habrían de suceder más tarde? Y no obstante,
jamás se había referido a suceso alguno posterior a 1928.
Uno de estos sabios -un viejo excéntrico de Providence, Rhode Island, que
había mantenido una larga y estrecha correspondencia con Carter tenía una teoría
aún más complicada: decía que no sólo había regresado a la niñez, sino que había
alcanzado un grado de liberación aún mayor, pudiendo recorrer ahora a capricho
los paisajes prismáticos de sus sueños infantiles. Tras haber sufrido una extraña
visión, este hombre publicó un relato sobre la desaparición de Carter, en el que
insinuaba la posibilidad de que éste ocupase el trono de ópalo de Ilek-Vad, fabulosa
ciudad de innumerables torreones, asentada en lo alto de los acantilados de cristal
que dominan ese mar crepuscular en que los gnorri, barbudas criaturas provistas
de aletas natatorias, construyen sus singulares laberintos.
Fue este anciano, Ward Phillips, quien más enérgicamente se opuso al
reparto de los bienes de Carter entre sus herederos -todos ellos primos lejanosalegando
que éste aún seguía con vida en otra dimensión del tiempo, y que muy
bien podría ser que regresara un día. Contra este argumento se alzó uno de los
primos, Ernest K. Aspinwall, de Chicago, diez años mayor que Carter, que era un
abogado experto y combativo como un joven cuando se trataba de batallas
forenses. Durante cuatro años la contienda había sido furiosa; pero la hora del
reparto había sonado, y esta inmensa y extraña sala de Nueva Orleans iba a ser el
escenario del acuerdo.
La casa pertenecía al albacea testamentario de Carter para los asuntos
literarios y financieros: el distinguido erudito en misterios y antigüedades
orientales, Etienne-Laurent de Marigny, de ascendencia criolla. Carter había
conocido a De Marigny durante la guerra, cuando ambos servían en la Legión
Extranjera francesa, y en seguida se sintió atraído por él a causa de la similitud de
gustos y pareceres. Cuando, durante un memorable permiso colectivo, el erudito y
joven criollo condujo al ávido soñador bostoniano a Bayona, en el sur de Francia, y
le enseñó ciertos secretos terribles que ocultaban las tenebrosas criptas
inmemoriales excavadas bajo esa ciudad milenaria y henchida de misterios, la
amistad entre ambos quedó sellada para siempre. El testamento de Carter
nombraba como albacea a De Marigny, y ahora este estudioso infatigable presidía
de mala gana el reparto de la herencia. Era un triste deber para él porque, como le
pasaba al viejo excéntrico de Rhode Island, tampoco él creía que Carter hubiera
muerto. Pero, ¿qué peso podían tener los sueños de dos místicos frente a la rígida
ciencia mundana?
En aquella extraña habitación del viejo barrio francés, se habían sentado en
torno a la mesa unos hombres que pretendían tener algún interés en el asunto. La
reunión se había anunciado, como es de rigor en estos casos, en los periódicos de
las ciudades donde se suponía que pudiera vivir alguno de los herederos de Carter.
Sin embargo, sólo había allí cuatro personas reunidas escuchando el tic-tac singular
de aquel reloj en forma de ataúd que no marcaba ninguna hora terrestre, y el
rumor cristalino de la fuente del patio que se veía a través de las cortinas. A
medida que pasaban las horas lentamente, los semblantes de los cuatro se iban
borrando tras el humo ondulante de los trípodes que cada vez parecían necesitar
menos los cuidados de aquel viejo negro de furtivos movimientos y creciente
nerviosidad.
Los presentes eran el propio Etienne de Marigny, hombre enjuto de cuerpo,
moreno, elegante, de grandes bigotes y aspecto joven; Aspinwall, representante de
los herederos, de cabellos blancos y rostro apoplético, rollizo, y con enormes
patillas; Phillips, el místico de Providence, flaco, de pelo gris, nariz larga, cara
afeitada y cargado de espaldas; el cuarto era de edad indefinida, delgado, rostro
moreno y barbudo, absolutamente impasible, tocado de un turbante que denotaba
su elevada casta brahmánica. Sus ojos eran negros como la noche, llenos de fuego,
casi sin iris, y parecía mirar desde un abismo situado muy por detrás de su rostro.
Se había presentado a sí mismo como el swami Chandraputra, un adepto venido de
Benarés con cierta información de suma importancia. Tanto De Marigny como
Phillips -que habían mantenido correspondencia con él- habían reconocido
inmediatamente la autenticidad de sus pretensiones esotéricas. Su voz tenía un
acento singular, un tanto forzado, hueco, metálico, como si el empleo del inglés
resultara difícil a sus órganos vocales; no obstante, su lenguaje era tan fluido,
correcto y natural como el de cualquier anglosajón. Su indumentaria general era
europea, pero las ropas le quedaban flojas y le caían extraordinariamente mal, lo
cual, sumado a su barba negra y espesa, su turbante oriental y sus blancos
mitones, le daba un aire de exótica excentricidad.
De Marigny, manoseando el pergamino hallado en el coche de Carter, decía:
-No, no he podido descifrar una sola letra del pergamino. El señor Phillips,
aquí presente, también ha desistido. El coronel Churchward afirma que no se trata
de la lengua naakal, y que no tiene el menor parecido con los jeroglíficos de las
mazas de guerra de la Isla de Pascua. Los relieves del cofre, en cambio, recuerdan
muchísimo a las esculturas de la Isla de Pascua. Que yo recuerde, lo más parecido
a estos caracteres del pergamino (observen cómo todas las letras parecen colgar de
las líneas horizontales) es la caligrafía de un libro que poseía el malogrado Harley
Warren. Le acababa de llegar de la India, precisamente cuando Carter y yo
habíamos ido a visitarle, en 1919, y no quiso decirnos de qué se trataba.
Aseguraba que era mejor que no supiéramos nada, y nos dio a entender que acaso
su origen fuera extraterrestre. Se lo llevó consigo aquel día de diciembre en que
bajó a la cripta del antiguo cementerio, pero ni él ni su libro volvieron a la
superficie otra vez. Hace algún tiempo le envié aquí, a nuestro amigo el swami
Chandraputra, el dibujo de alguna de aquellas letras, hecho de memoria, y una
fotocopia del manuscrito de Carter. El cree que podrá aportar alguna luz sobre tales
caracteres después de realizar ciertas investigaciones y consultas. En cuanto a la
llave, Carter me envió una fotografía. Sus extraños arabescos no son letras, pero
parece como si perteneciesen a la misma tradición cultural que el pergamino.
Carter decía siempre que estaba a punto de resolver el misterio, aunque nunca
llegó a darme detalles. Una vez casi se puso poético hablando de todo este asunto.
Aquella antigua llave de plata, según decía, abriría las sucesivas puertas que
impiden nuestro libre caminar por los imponentes corredores del espacio y del
tiempo, hasta el mismo confín que ningún hombre ha traspasado jamás desde que
Shaddad, empleando su genio terrible, construyó y ocultó en las arenas de la
pétrea Arabia las prodigiosas cúpulas y los incontables alminares de Irem, la ciudad
de los mil pilares. Según escribió Carter, han regresado santones hambrientos y
nómadas enloquecidos por la sed, para hablar de su pórtico monumental y de la
mano esculpida sobre la clave del arco; pero ningún hombre lo ha cruzado y ha
vuelto después para decirnos que sus huellas atestiguan su paso por las arenas del
interior. Carter suponía que la llave era precisamente lo que la mano ciclópea
intentaba agarrar en vano. Lo que no sabemos es por qué razón no se llevó Carter
el pergamino lo mismo que la llave. Tal vez lo olvidaría, o quizá se abstuvo al
recordar que su amigo llevaba consigo un libro de parecidos caracteres al
descender a la cripta, y no regresó. O sencillamente, puede que no tuviera nada
que ver con la empresa que él pretendía llevar a cabo.
Al interrumpirse De Marigny, el anciano señor Phillips dijo con voz áspera y
chillona:
-Sólo podemos conocer los vagabundeos de Carter por nuestros propios
sueños. Yo he estado en lugares muy extraños en mis sueños, y he oído cosas muy
raras y significativas en Ulthar, al otro lado del río Skai. Parece que el pergamino
no debía de hacerle falta, ya que Carter, lo que pretendía era regresar al mundo de
los sueños de su niñez, y ahora es rey de Ilek-Vad.
El señor Aspinwall se puso aún más apoplético y farfulló:
-¿Por qué no hacen que se calle ese viejo loco? Ya hemos tenido bastantes
tonterías de ese tipo. El problema ahora es hacer el reparto, y ya es hora de que
nos pongamos a ello.
Por primera vez habló el swami Chandraputra con su voz singularmente
metálica y lejana:
-Señores, en todo este asunto hay algo más de lo que ustedes piensan. El
señor Aspinwall no hace bien en burlarse de la veracidad de los sueños. El señor
Phillips tiene una idea incompleta de la cuestión, quizá porque no ha soñado lo
suficiente. Por mi parte, he soñado muchísimo. En la India soñamos todos mucho, y
ésta parece ser también la costumbre de los Carter. Usted, señor Aspinwall, es
primo suyo por parte de madre, y por lo tanto no es Carter. Mis propios sueños, y
algunas otras fuentes de información, me han revelado ciertas cosas que todavía
siguen oscuras para ustedes. Por ejemplo, Randolph Carter dejó olvidado ese
pergamino que no pudo descifrar, pero le habría sido muy conveniente llevárselo.
Como ven ustedes, he llegado a enterarme de muchas cosas que le sucedieron a
Carter desde que, hace cuatro años, en el atardecer del siete de octubre, abandonó
su coche y se fue con la llave de plata.
Aspinwall soltó una risotada, pero los demás quedaron en suspenso, presos
de un renovado interés. El humo de los trípodes aumentaba, y el tic-tac
extravagante de aquel reloj en forma de ataúd pareció convertirse en los puntos y
rayas de algún mensaje telegráfico remoto y terrible, procedente de los espacios
exteriores. El hindú se echó hacia atrás, cerró los ojos casi por completo y siguió
hablando en su tono ligeramente forzado, aunque con fluidez. Y a medida que
hablaba, fue tomando forma ante su auditorio el cuadro de lo que había sucedido a
Randolph Carter.

II

«Las colinas que se extienden más allá de la ciudad de Arkham están
impregnadas de extraña magia por algo, quizá, que el viejo hechicero Edmund
Carter invocaría de las estrellas, o que haría emerger de las más profundas criptas
de la tierra, cuando se refugió en aquellos parajes al huir de Salem en 1692. Tan
pronto como Randolph Carter volvió a las colinas, comprendió que se encontraba
cerca de las puertas que sólo unos pocos hombres temerarios y execrados han
logrado abrir a través de las titánicas murallas que separan el mundo y lo absoluto.
Presentía que aquí y ahora podría poner en práctica con éxito el mensaje,
descifrado meses antes, que se ocultaba en los arabescos de aquella enmohecida e
increíblemente antigua llave de plata. Ahora sabía cómo hacerla girar y cómo
alzarla bajo los rayos del sol poniente, y qué fórmulas ceremoniales debían
entonarse en el vacío, al dar la novena y última vuelta. En un lugar tan próximo al
vértice transdimensional y a la puerta mística, era imposible que la llave fallara en
la misión para la que había sido creada. Era seguro que Carter descansaría aquella
noche de su perdida niñez, por la que nunca había dejado de suspirar.
»Salió del coche con la llave en el bolsillo, y caminó cuesta arriba por la
serpeante carretera, adentrándose en el corazón de aquella comarca embrujada y
sombría. Cruzó las tapias de piedra cubiertas de enredadera, el bosque de árboles
amenazadores y ramaje retorcido, el huerto abandonado, la granja desierta de
rotas ventanas abiertas, y las ruinas sin nombre. A la hora del crepúsculo, cuando
las lejanas agujas de campanario de Kingsport relucían con resplandores rojizos,
sacó la llave, le dio las vueltas necesarias y entonó ...................................................................................