A TRAVÉS DE LAS PUERTAS DE LA LLAVE DE PLATA// LOVECRAFT - E. H. Price

A TRAVÉS DE LAS PUERTAS DE LA LLAVE DE PLATA // LOVECRAFT & PRICE (link-enlace)





I

En una inmensa sala de paredes ornadas con tapices de extrañas figuras y
suelo cubierto con alfombras de Boukhara de extraordinaria manufactura e increíble
antigüedad, se hallaban cuatro hombres sentados en torno a una mesa atestada de
documentos. En los rincones de unos trípodes de hierro forjado que un negro de
avanzadísima edad y oscura librea alimentaba de cuando en cuando, emanaban los
hipnóticos perfumes del olíbano, mientras en un nicho profundo, a uno de los lados,
latía acompasado un extraño reloj en forma de ataúd, cuya esfera estaba adornada
de enigmáticos jeroglíficos, y cuyas cuatro manecillas no giraban de acuerdo con
ningún sistema cronológico de este planeta. Era una estancia turbadora y extraña,
pero muy en consonancia con las actividades que se desarrollaban en ella. Porque
allí, en la residencia de Nueva Orleans del místico, matemático y orientalista más
grande de este continente, se estaba ventilando el reparto de la herencia de un
sabio, místico, escritor y soñador no menos eminente, que cuatro años antes había
desaparecido de este mundo.
Randolph Carter, que durante toda su vida había tratado de sustraerse al
tedio y a las limitaciones de la realidad ordinaria evocando paisajes de ensueño y
fabulosos accesos a otras dimensiones, desapareció del mundo de los hombres el 7
de octubre de 1928, a la edad de cincuenta y cuatro años. Su carrera había sido
extraña y solitaria, y había quienes suponían, por sus extravagantes novelas, que
habían debido sucederle cosas aún más extrañas que las que se conocían de él. Su
asociación con Harley Warren, el místico de Carolina del Sur cuyos estudios sobre la
primitiva lengua naakal de los sacerdotes himalayos tan atroces consecuencias
tuvieron, fue muy íntima. Efectivamente, Carter había sido quien -una noche
enloquecedora y terrible, en un antiguo cementerio- vio descender a Warren a la
cripta húmeda y salitrosa de la que nunca regresó. Carter vivía en Boston, pero
todos sus antepasados procedían de esa región montañosa y agreste que se
extiende tras la vetusta ciudad de Arkham, llena de leyendas y brujerías. Y fue allí,
entre esos montes antiguos, preñados de misterio, donde, finalmente, había
desaparecido él también.
Parks, su viejo criado, que murió a principios de 1930, se había referido a
cierto cofrecillo de madera extrañamente aromática, cubierto de horribles adornos
que había encontrado en el desván, a un pergamino indescifrable, y a una llave de
plata labrada con raros dibujos que contenía la arqueta. En torno a estos objetos, el
propio Carter había mantenido correspondencia con otras personas. Carter, según
dijo, le había contado que esta llave provenía de sus antepasados y que le ayudaría
a abrir las puertas de su infancia perdida, y de extrañas dimensiones y fantásticas
regiones que hasta entonces había visitado sólo en sueños vagos, fugaces y
evanescentes. Un día, finalmente, Carter había cogido el cofrecillo con su
contenido, y se había marchado en su coche para no volver más.
Más tarde habían encontrado el coche al borde de una carretera vieja y
cubierta de yerba que, a espaldas de la desolada ciudad de Arkham, atraviesa las
colinas que habitaron un día los antepasados de Carter, de cuya gran residencia
sólo queda el sótano ruinoso, abierto de cara al cielo. En un bosquecillo de olmos
inmensos había desaparecido en 1781 otro de los Carter, no muy lejos de la casita
medio derruida donde la bruja Goody Fowler preparaba sus abominables pociones,
tiempo atrás. En 1692, la región había sido colonizada por gentes que huían de la
caza de brujas de Salem, y aún ahora conserva una fama vagamente siniestra,
aunque debida a unos hechos difíciles de determinar. Edmund Carter había logrado
huir justo a tiempo del Monte de las Horcas, adonde le querían llevar sus
conciudadanos, pero todavía corrían muchos rumores acerca de sus hechizos y
brujerías. ¡Y ahora, al parecer, su único descendiente había ido a reunirse con él!
En el coche habían encontrado el cofrecillo de horribles relieves y fragante
madera, así como el pergamino indescifrable. La llave de plata no estaba. Se
supone que Carter se la había llevado consigo. Y no se tenían referencias del caso.
La policía de Boston había dicho que las vigas derrumbadas de la vieja morada de
los Carter mostraban cierto desorden, y alguien había encontrado un pañuelo en la
siniestra ladera rocosa cubierta de árboles que se eleva detrás de las ruinas, no
lejos de la terrible caverna llamada de las Serpientes.
Fue entonces cuando las leyendas que corrían por la región sobre la Caverna
de las Serpientes cobraron renovada vitalidad. Los campesinos volvieron a hablar
en voz baja de las prácticas impías a las que el viejo Edmund Carter el brujo se
había entregado en aquella horrible gruta, a lo que ahora venía a añadirse la
extraordinaria afición que el propio Randolph Carter había mostrado de niño por ese
lugar. Durante la infancia de Carter, la venerable mansión se había mantenido en
pie, con su anticuada techumbre de cuatro vertientes, habitada sólo por su tío
abuelo Christopher. El la había visitado con frecuencia, y había hablado de modo
especial sobre la Caverna de las Serpientes. Las gentes recordaban que más de una
vez se había referido a una grieta que había en un rincón ignorado de la cueva, y
hacían cábalas sobre el cambio que había experimentado a raíz de un día que pasó
entero dentro de la caverna, a los nueve años de edad. Esto había sucedido en
octubre, y desde entonces parecía haber adquirido una inusitada facultad de
predecir acontecimientos futuros.
La noche en que desapareció Carter, había llovido, y nadie pudo encontrar la
menor huella de los pasos que dio al bajar del coche. En el interior de la Caverna de
las Serpientes se había formado un barro líquido y viscoso, debido a las grandes
filtraciones de agua. Sólo los rústicos ignorantes murmuraron sobre ciertas huellas
que habían creído descubrir en el sitio donde los grandes olmos sobresalían por
encima de la carretera y en la siniestra pendiente próxima a la Caverna de las
Serpientes donde había sido encontrado el pañuelo. Pero, ¿quién iba a hacer caso
de aquellos rumores, según los cuales esas huellas eran idénticas a las que dejaban
las botas de puntera cuadrada que había usado Randolph Carter cuando era niño?
Esa historia era tan insensata como aquella otra de que habían visto las huellas
inconfundibles de las botas de Benjiah Corey, que según decían iban al encuentro
de las huellas pequeñas de la carretera. El viejo Benjiah Corey había sido el criado
del señor Carter cuando Randolph era muy joven, pero hacía treinta años que había
muerto.
Debieron ser esos rumores -añadidos a las manifestaciones que el propio
Carter había hecho a Parks y a otros sobre su suposición de que la labrada llave de
plata le ayudaría a abrir las puertas de su perdida infancia- los que indujeron a
ciertos investigadores ocultistas a declarar que el desaparecido había conseguido
dar la vuelta a la marcha del tiempo, regresando, a través de cincuenta y cuatro
años, a ese día de octubre de 1883 en que, siendo niño, había permanecido tantas
horas en la Caverna de las Serpientes. Sostenían que, cuando salió aquella noche
de la cueva, Carter había logrado de algún modo viajar hasta 1928 y volver. ¿Acaso
no sabía después las cosas que habrían de suceder más tarde? Y no obstante,
jamás se había referido a suceso alguno posterior a 1928.
Uno de estos sabios -un viejo excéntrico de Providence, Rhode Island, que
había mantenido una larga y estrecha correspondencia con Carter tenía una teoría
aún más complicada: decía que no sólo había regresado a la niñez, sino que había
alcanzado un grado de liberación aún mayor, pudiendo recorrer ahora a capricho
los paisajes prismáticos de sus sueños infantiles. Tras haber sufrido una extraña
visión, este hombre publicó un relato sobre la desaparición de Carter, en el que
insinuaba la posibilidad de que éste ocupase el trono de ópalo de Ilek-Vad, fabulosa
ciudad de innumerables torreones, asentada en lo alto de los acantilados de cristal
que dominan ese mar crepuscular en que los gnorri, barbudas criaturas provistas
de aletas natatorias, construyen sus singulares laberintos.
Fue este anciano, Ward Phillips, quien más enérgicamente se opuso al
reparto de los bienes de Carter entre sus herederos -todos ellos primos lejanosalegando
que éste aún seguía con vida en otra dimensión del tiempo, y que muy
bien podría ser que regresara un día. Contra este argumento se alzó uno de los
primos, Ernest K. Aspinwall, de Chicago, diez años mayor que Carter, que era un
abogado experto y combativo como un joven cuando se trataba de batallas
forenses. Durante cuatro años la contienda había sido furiosa; pero la hora del
reparto había sonado, y esta inmensa y extraña sala de Nueva Orleans iba a ser el
escenario del acuerdo.
La casa pertenecía al albacea testamentario de Carter para los asuntos
literarios y financieros: el distinguido erudito en misterios y antigüedades
orientales, Etienne-Laurent de Marigny, de ascendencia criolla. Carter había
conocido a De Marigny durante la guerra, cuando ambos servían en la Legión
Extranjera francesa, y en seguida se sintió atraído por él a causa de la similitud de
gustos y pareceres. Cuando, durante un memorable permiso colectivo, el erudito y
joven criollo condujo al ávido soñador bostoniano a Bayona, en el sur de Francia, y
le enseñó ciertos secretos terribles que ocultaban las tenebrosas criptas
inmemoriales excavadas bajo esa ciudad milenaria y henchida de misterios, la
amistad entre ambos quedó sellada para siempre. El testamento de Carter
nombraba como albacea a De Marigny, y ahora este estudioso infatigable presidía
de mala gana el reparto de la herencia. Era un triste deber para él porque, como le
pasaba al viejo excéntrico de Rhode Island, tampoco él creía que Carter hubiera
muerto. Pero, ¿qué peso podían tener los sueños de dos místicos frente a la rígida
ciencia mundana?
En aquella extraña habitación del viejo barrio francés, se habían sentado en
torno a la mesa unos hombres que pretendían tener algún interés en el asunto. La
reunión se había anunciado, como es de rigor en estos casos, en los periódicos de
las ciudades donde se suponía que pudiera vivir alguno de los herederos de Carter.
Sin embargo, sólo había allí cuatro personas reunidas escuchando el tic-tac singular
de aquel reloj en forma de ataúd que no marcaba ninguna hora terrestre, y el
rumor cristalino de la fuente del patio que se veía a través de las cortinas. A
medida que pasaban las horas lentamente, los semblantes de los cuatro se iban
borrando tras el humo ondulante de los trípodes que cada vez parecían necesitar
menos los cuidados de aquel viejo negro de furtivos movimientos y creciente
nerviosidad.
Los presentes eran el propio Etienne de Marigny, hombre enjuto de cuerpo,
moreno, elegante, de grandes bigotes y aspecto joven; Aspinwall, representante de
los herederos, de cabellos blancos y rostro apoplético, rollizo, y con enormes
patillas; Phillips, el místico de Providence, flaco, de pelo gris, nariz larga, cara
afeitada y cargado de espaldas; el cuarto era de edad indefinida, delgado, rostro
moreno y barbudo, absolutamente impasible, tocado de un turbante que denotaba
su elevada casta brahmánica. Sus ojos eran negros como la noche, llenos de fuego,
casi sin iris, y parecía mirar desde un abismo situado muy por detrás de su rostro.
Se había presentado a sí mismo como el swami Chandraputra, un adepto venido de
Benarés con cierta información de suma importancia. Tanto De Marigny como
Phillips -que habían mantenido correspondencia con él- habían reconocido
inmediatamente la autenticidad de sus pretensiones esotéricas. Su voz tenía un
acento singular, un tanto forzado, hueco, metálico, como si el empleo del inglés
resultara difícil a sus órganos vocales; no obstante, su lenguaje era tan fluido,
correcto y natural como el de cualquier anglosajón. Su indumentaria general era
europea, pero las ropas le quedaban flojas y le caían extraordinariamente mal, lo
cual, sumado a su barba negra y espesa, su turbante oriental y sus blancos
mitones, le daba un aire de exótica excentricidad.
De Marigny, manoseando el pergamino hallado en el coche de Carter, decía:
-No, no he podido descifrar una sola letra del pergamino. El señor Phillips,
aquí presente, también ha desistido. El coronel Churchward afirma que no se trata
de la lengua naakal, y que no tiene el menor parecido con los jeroglíficos de las
mazas de guerra de la Isla de Pascua. Los relieves del cofre, en cambio, recuerdan
muchísimo a las esculturas de la Isla de Pascua. Que yo recuerde, lo más parecido
a estos caracteres del pergamino (observen cómo todas las letras parecen colgar de
las líneas horizontales) es la caligrafía de un libro que poseía el malogrado Harley
Warren. Le acababa de llegar de la India, precisamente cuando Carter y yo
habíamos ido a visitarle, en 1919, y no quiso decirnos de qué se trataba.
Aseguraba que era mejor que no supiéramos nada, y nos dio a entender que acaso
su origen fuera extraterrestre. Se lo llevó consigo aquel día de diciembre en que
bajó a la cripta del antiguo cementerio, pero ni él ni su libro volvieron a la
superficie otra vez. Hace algún tiempo le envié aquí, a nuestro amigo el swami
Chandraputra, el dibujo de alguna de aquellas letras, hecho de memoria, y una
fotocopia del manuscrito de Carter. El cree que podrá aportar alguna luz sobre tales
caracteres después de realizar ciertas investigaciones y consultas. En cuanto a la
llave, Carter me envió una fotografía. Sus extraños arabescos no son letras, pero
parece como si perteneciesen a la misma tradición cultural que el pergamino.
Carter decía siempre que estaba a punto de resolver el misterio, aunque nunca
llegó a darme detalles. Una vez casi se puso poético hablando de todo este asunto.
Aquella antigua llave de plata, según decía, abriría las sucesivas puertas que
impiden nuestro libre caminar por los imponentes corredores del espacio y del
tiempo, hasta el mismo confín que ningún hombre ha traspasado jamás desde que
Shaddad, empleando su genio terrible, construyó y ocultó en las arenas de la
pétrea Arabia las prodigiosas cúpulas y los incontables alminares de Irem, la ciudad
de los mil pilares. Según escribió Carter, han regresado santones hambrientos y
nómadas enloquecidos por la sed, para hablar de su pórtico monumental y de la
mano esculpida sobre la clave del arco; pero ningún hombre lo ha cruzado y ha
vuelto después para decirnos que sus huellas atestiguan su paso por las arenas del
interior. Carter suponía que la llave era precisamente lo que la mano ciclópea
intentaba agarrar en vano. Lo que no sabemos es por qué razón no se llevó Carter
el pergamino lo mismo que la llave. Tal vez lo olvidaría, o quizá se abstuvo al
recordar que su amigo llevaba consigo un libro de parecidos caracteres al
descender a la cripta, y no regresó. O sencillamente, puede que no tuviera nada
que ver con la empresa que él pretendía llevar a cabo.
Al interrumpirse De Marigny, el anciano señor Phillips dijo con voz áspera y
chillona:
-Sólo podemos conocer los vagabundeos de Carter por nuestros propios
sueños. Yo he estado en lugares muy extraños en mis sueños, y he oído cosas muy
raras y significativas en Ulthar, al otro lado del río Skai. Parece que el pergamino
no debía de hacerle falta, ya que Carter, lo que pretendía era regresar al mundo de
los sueños de su niñez, y ahora es rey de Ilek-Vad.
El señor Aspinwall se puso aún más apoplético y farfulló:
-¿Por qué no hacen que se calle ese viejo loco? Ya hemos tenido bastantes
tonterías de ese tipo. El problema ahora es hacer el reparto, y ya es hora de que
nos pongamos a ello.
Por primera vez habló el swami Chandraputra con su voz singularmente
metálica y lejana:
-Señores, en todo este asunto hay algo más de lo que ustedes piensan. El
señor Aspinwall no hace bien en burlarse de la veracidad de los sueños. El señor
Phillips tiene una idea incompleta de la cuestión, quizá porque no ha soñado lo
suficiente. Por mi parte, he soñado muchísimo. En la India soñamos todos mucho, y
ésta parece ser también la costumbre de los Carter. Usted, señor Aspinwall, es
primo suyo por parte de madre, y por lo tanto no es Carter. Mis propios sueños, y
algunas otras fuentes de información, me han revelado ciertas cosas que todavía
siguen oscuras para ustedes. Por ejemplo, Randolph Carter dejó olvidado ese
pergamino que no pudo descifrar, pero le habría sido muy conveniente llevárselo.
Como ven ustedes, he llegado a enterarme de muchas cosas que le sucedieron a
Carter desde que, hace cuatro años, en el atardecer del siete de octubre, abandonó
su coche y se fue con la llave de plata.
Aspinwall soltó una risotada, pero los demás quedaron en suspenso, presos
de un renovado interés. El humo de los trípodes aumentaba, y el tic-tac
extravagante de aquel reloj en forma de ataúd pareció convertirse en los puntos y
rayas de algún mensaje telegráfico remoto y terrible, procedente de los espacios
exteriores. El hindú se echó hacia atrás, cerró los ojos casi por completo y siguió
hablando en su tono ligeramente forzado, aunque con fluidez. Y a medida que
hablaba, fue tomando forma ante su auditorio el cuadro de lo que había sucedido a
Randolph Carter.

II

«Las colinas que se extienden más allá de la ciudad de Arkham están
impregnadas de extraña magia por algo, quizá, que el viejo hechicero Edmund
Carter invocaría de las estrellas, o que haría emerger de las más profundas criptas
de la tierra, cuando se refugió en aquellos parajes al huir de Salem en 1692. Tan
pronto como Randolph Carter volvió a las colinas, comprendió que se encontraba
cerca de las puertas que sólo unos pocos hombres temerarios y execrados han
logrado abrir a través de las titánicas murallas que separan el mundo y lo absoluto.
Presentía que aquí y ahora podría poner en práctica con éxito el mensaje,
descifrado meses antes, que se ocultaba en los arabescos de aquella enmohecida e
increíblemente antigua llave de plata. Ahora sabía cómo hacerla girar y cómo
alzarla bajo los rayos del sol poniente, y qué fórmulas ceremoniales debían
entonarse en el vacío, al dar la novena y última vuelta. En un lugar tan próximo al
vértice transdimensional y a la puerta mística, era imposible que la llave fallara en
la misión para la que había sido creada. Era seguro que Carter descansaría aquella
noche de su perdida niñez, por la que nunca había dejado de suspirar.
»Salió del coche con la llave en el bolsillo, y caminó cuesta arriba por la
serpeante carretera, adentrándose en el corazón de aquella comarca embrujada y
sombría. Cruzó las tapias de piedra cubiertas de enredadera, el bosque de árboles
amenazadores y ramaje retorcido, el huerto abandonado, la granja desierta de
rotas ventanas abiertas, y las ruinas sin nombre. A la hora del crepúsculo, cuando
las lejanas agujas de campanario de Kingsport relucían con resplandores rojizos,
sacó la llave, le dio las vueltas necesarias y entonó ...................................................................................

EL TERRIBLE ANCIANO // H. P. LOVECRAFT

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Fue la idea de Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva hacer una visita al Terrible Anciano. El anciano vive a solas en una casa muy antigua de Walter Street próxima al mar, y se le conoce por ser un hombre extraordinariamente rico a la vez que por tener una salud extremadamente delicada... lo cual constituye un atractivo señuelo para hombres de la profesión de los señores Ricci, Czanek y Silva, pues su profesión era nada menos digno que el latrocinio de lo ajeno.
Los vecinos de Kingsport dicen y piensan muchas cosas acerca del Terrible Anciano, cosas que, generalmente, le protegen de las atenciones de caballeros como Mr. Ricci y sus colegas, a pesar de la casi absoluta certidumbre de que oculta una fortuna de incierta magnitud en algún rincón de su enmohecida y venerable mansión. En verdad, es una persona muy extraña, que al parecer fue capitán de clipper de las Indias Orientales en su día. Es tan viejo que nadie recuerda cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos saben su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del jardín delantero de su vieja y nada descuidada residencia conserva una extraña colección de grandes piedras, singularmente agrupadas y pintadas de forma que semejan los ídolos de algún lóbrego templo oriental. Semejante colección ahuyenta a la mayoría de los chiquillos que gustan burlarse de su barba y cabello, largos y canosos, o romper las ventanas de pequeño marco de su vivienda con diabólicos proyectiles. Pero hay otras cosas que atemorizan a las gentes mayores y de talante curioso que en ocasiones se acercan a hurtadillas hasta la casa para escudriñar el interior a través de las vidrieras cubiertas de polvo. Estas gentes dicen que sobre la mesa de una desnuda habitación del piso bajo hay muchas botellas raras, cada una de las cuales tiene en su interior un trocito de plomo suspendido de una cuerda, como si fuese un péndulo. Y dicen que el Terrible Anciano habla a las botellas, llamándolas por nombres tales como Jack, Scar-Face, Long Tom, Spanish Joe, Peters y Mate Ellis, y que siempre que habla a una botella el pendulito de plomo que lleva dentro emite unas vibraciones precisas a modo de respuesta. A quienes han visto al alto y enjuto Terrible Anciano en una de esas singulares conversaciones no se les ocurre volver a verlo más. Pero Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no eran naturales de Kingsport. Pertenecían a esa nueva y heterogéneas estirpe extranjera que queda al margen del atractivo círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y no vieron en el Terrible Anciano otra cosa que un viejo achacoso y prácticamente indefenso, que no podía andar sin la ayuda de su nudoso cayado, y cuyas escuálidas y endebles manos temblaban de modo harto lastimoso. A su manera, se compadecían mucho del solitario e impopular anciano, a quien todos rehuían y a quien no había perro que no ladrase con especial virulencia. Pero los negocios, y, para un ladrón entregado de lleno a su profesión, siempre es tentador y provocativo un anciano de salud enfermiza que no tiene cuenta abierta en el banco, y que para subvenir a sus escasas necesidades paga en la tienda del pueblo con oro y plata españoles acuñados dos siglos atrás.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del once de abril para efectuar su visita. Mr. Ricci y Mr. Silva se encargarían de hablar con el pobre y anciano caballero , mientras Mr. Czanek se quedaba esperándoles a los dos y a su presumible cargamento metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto al verja del alto muro posterior de la finca de su anfitrión. El deseo de eludir explicaciones innecesarias en caso de una aparición inesperada de la policía aceleró los planes para una huida sin apuros y sin alharacas.
Tal como lo habían proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a la obra por separado con objeto de evitar cualquier malintencionada sospecha a posteriori. Los señores Ricci y Silva se encontraron en Waltter Street junto a la puerta de entrada de la casa del anciano, y aunque no les gustó cómo se reflejaba la luna en las piedras pintadas que se veían por entre las ramas en flor de los retorcidos árboles, tenían cosas en qué pensar más importantes que dejar volar su imaginación con manidas supersticiones. Temían que fuese una tarea desagradable hacerle soltar la lengua al Terrible Anciano para averiguar el paradero de su oro y plata, pues los viejos lobos marinos son particularmente testarudos y perversos. En cualquier caso, se trataba de alguien muy anciano y endeble, y ellos eran dos personas que iban a visitarle. Los señores Ricci y Silva eran expertos en el arte de volver volubles a los tercos, y los gritos de un débil y más que venerable anciano no son difíciles de sofocar. Así que se acercaron hasta la única ventana alumbrada y escucharon cómo el Terrible Anciano hablaba en tono infantil a sus botellas con péndulos. Se pusieron sendas máscaras y llamaron con delicadeza en la descolorida puerta de roble.
La espera le pareció muy larga a Mr. Czanek que se agitaba inquieto en el coche aparcado junto a la verja posterior de la casa del Terrible Anciano, en Ship Street. Era una persona más impresionable de lo normal, y no le gustaron nada los espantosos gritos que había oído en la mansión momentos antes de la hora fijada para iniciar la operación. ¿No les había dicho a sus compañeros que trataran con el mayor cuidado al pobre y viejo lobo de mar? Presa de los nervios observaba la estrecha puerta de roble en el alto muro de piedra cubierto de hiedra. No cesaba de consultar el reloj, y se preguntaba por los motivos del retraso. ¿Habría muerto el anciano antes de revelar dónde se ocultaba el tesoro, y habría sido necesario proceder a un registro completo? A Mr. Czanek no le gustaba esperar tanto a oscuras en semejante lugar. Al poco, llegó hasta él el ruido de unas ligeras pisadas o golpes en el paseo que había dentro de la finca, oyó cómo alguien manoseaba desmañadamente, aunque con suavidad, en el herrumbroso pastillo, y vio cómo se abría la pesada puerta. Y al pálido resplandor del único y mortecino farol que alumbraba la calle aguzó la vista en un intento por comprobar qué habían sacado sus compañeros de aquella siniestra mansión que se vislumbraba tan cerca. Pero no vio lo que esperaba. Allí no estaban ni por asomo sus compañeros, sino el Terrible Anciano que se apoyaba con aire tranquilo en su nudoso cayado y sonreía malignamente. Mr. Czanek no se había fijado hasta entonces en el color de los ojos de aquel hombre; ahora podía ver que era amarillos.
Las pequeñas cosas producen grandes conmociones en las ciudades provincianas. Tal es el motivo de que los vecinos de Kingsport hablasen a lo largo de toda aquella primavera y el verano siguiente de los tres cuerpos sin identificar, horriblemente mutilados —como si hubieran recibido múltiples cuchilladas—y horriblemente triturados —como si hubieran sido objeto de las pisadas de muchas botas despiadadas—, que la marea arrojó a tierra. Y algunos hasta hablaron de cosas tan triviales como el coche abandonado que se encontró en Ship Street, o de ciertos gritos harto inhumanos, probablemente de un animal extraviado o de un pájaro inmigrante, escuchados durante la noche por los vecinos que no podían conciliar el sueño. Pero el Terrible Anciano no prestaba la menor atención a los .....................................................................................................

MASONERIA // LOGIAS

MASONERIA // LOGIAS link-enlaces                    

LAS LOGIAS : SERVICIO O PODER
¿CONSPIRACION?
N.O.M.

NOTA: ESTE ARTICULO SE DIFERENCIA ENTRE TRES PARTES:
LA PRIMERA, MASONICA, ESCRITO POR MASONES.
UNA SEGUNDA, DIGAMOS CONTRARIA, DEFINIDA COMO ARIOS, Y NACIONALSOCIALISTAS.
Y UN BREBE COMENTARIO SOBRE "INWO": UN JUEGO DE ROLL, LLAMADO : " NUEVO ORDEN MUNDIAL ILUMINATIS "

los enlaces que encontraras en esta pagina, te llevaran a paginas masonicas, iluminatis , nuevo orden mundial , priorato de sion, asi como los enlaces que encontraras en esas mismas paginas, alli encontraras directrices, documentos, hasta las declaraciones de legalidad de asociacion, aun siendo sociedades secretas, entre otras muchas cosas, seguro que mas de una duda te resolvera, a la vez que creara otras...


1-Que es la Masoneria?
2-Historia de la Masoneria
3-La mujer en la Masonería. La Orden Masónica Mixta Internacional "El Derecho Humano"
4-Los principios de la Masoneria
5-La Masoneria y las ideologias
6-La Masoneria no es un grupo de presion
7-Los instrumentos de la Masoneria
8-Conclusion

1)
El afán de espiritualidad, entendido de formas muy diferentes, es una de las características de nuestro tiempo. Es frecuente el redescubrimiento o resurgimiento de antiguas escuelas de pensamiento, junto a la búsqueda de nuevas formas de entender y aplicar los ideales. Los problemas que se le plantean a la Humanidad tienden a ser semejantes en su raíz, aunque cambian las condiciones y los aspectos inmediatos. Todo ello debe tenerse presente para abordar la cuestión de qué es la Masonería

2)

Vamos a extendernos en el aspecto histórico de la Masonería, pues al hacerlo se abordan muchas cuestiones que aclaran principios confusos, malentendidos y calumnias, cuya clarificación es necesaria a fin de entender qué somos y qué pretendemos.

La cuestión del origen de la Masonería es algo compleja, pudiendo incluir varias contestaciones. Se dan unos orígenes míticos o simbólicos tanto en la organización de los Iniciados Egípcios, de los constructores del Templo de Salomón en Jerusalén, de los Misterios de Eleusis, etc... De esta manera, la enseñanza de las sociedades iniciáticas de la Antigüedad preparó, configuró y transmitió en gran medida el ideal, el simbolismo y la forma de trabajar de la Masonería.

Históricamente, las asociaciones de francmasones (obreros libres de la construcción) aparecen en las obras de las catedrales y monasterios medievales. El simbolismo del obrero libre en un mundo dominado por el criterio feudal del vasallaje era algo más que el material, simbolizaba el compromiso que cada participe de la obra aceptaba mediante la reflexión personal. De esta manera, mientras los Iniciados eran conscientes del significado profundo de palabras y símbolos, el mundo en el que se movían solía quedarse sólo con el aspecto externo de la cuestión. Para mejor explicar esta diferencia nos sirve el ejemplo de los alquimistas: éstos afirmaban poder convertir el plomo en oro mediante una maravillosa piedra que decían poseer, la piedra filosofal. Mientras que la sociedad solía entender esta piedra como algo real y mágico, los Iniciados simbolizaban con ella la Sabiduría, capaz de transformar la energía humana básica en fuerza constructiva, tanto en lo espiritual como en lo material.

Los francmasones, convencidos de que la obra material de la Catedral y la espiritual del perfeccionamiento humano sólo era realizable mediante individuos libres honrados y responsables, transmitían en sus reuniones "iniciáticas" conocimientos científicos y filosóficos, como se realizó en las sociedades iniciáticas de la Antigüedad. Se partía de la concepción de que el Universo se rige por leyes armónicas y complementarias, leyes que poco a poco pueden irse conociendo, y que este conocimiento filosófico y material puede aplicarse al ser humano, parte fundamental del Universo, a fin de armonizarlo y perfeccionarlo. Junto a ello se daba la transmisión gradual del conocimiento (los diferentes grados masónicos), y el aspecto de solidaridad o ayuda mutua entre todos ellos.
Con frecuencia se acusa a las corporaciones de francmasones medievales de haber sido meras instituciones gremiales de monopolio local del conocimiento. Aunque no dudamos de que ello fuera así en muchos casos, toda vez que cualquier obra humana está sujeta a fallos y a utilizaciones indebidas, la norma general no era ésa. Cuando un francmasón alcanzaba el grado de Maestro, es decir, capaz de crear por sí mismo, circulaba libremente por todas las logias, instruyendo a los aprendices y creando escuela. Por ello, los conocimientos arquitectónicos y simbólicos eran rápidamente extendidos -para los baremos de la época- por toda Europa. Eso sí, el conocimiento era transmitido solo a los iniciados, partiendo de la idea ya mencionada: para realizar la obra no era suficiente la simple habilidad artística o "científica", sino que a ello debía unirse el conocimiento filosófico y el desarrollo espiritual. No bastaba con ser un buen cantero o vidriero, sino que además se exigía ser libre, honrado y responsable.

El arte de construir grandes obras con sentido filosófico inició un decaimiento progresivo, y en el siglo XVIII permanece apenas un sentido de labor filosófica y de ayuda mutua entre los francmasones.

El 24 de junio de 1717 se reúnen los masones de Londres para celebrar el Solsticio de Verano, y constituyen la primera Gran Logia. Se trata del hito que marca la aparición de la Masonería Especulativa, cuya obra de construcción es simbólica,...................................................................................................

 

LOS ROSACRUCES- UNA SOCIEDAD SECRETA

LOS ROSACRUCES - UNA SOCIEDAD SECRETA      link-enlace




1.
Los orígenes: la leyenda y la historia


En 1614 y en 1615 la Hermandad de la Rosa-Cruz manifestó públicamente su existencia con tres obritas: la «Reforma Universal» (All-gemeine und General Reformation), la Fama Fraternitateis Rosae Crucis y la Confessio Fraternitatis, escritos cuyo autor fue verosímilmente J.V. Andreae (1586-1654) La Fama relataba la fundación de la Orden por el alemán Christian Rosenkreutz (designado con las iniciales C.R.C.), iniciado por los Sabios de Siria en el curso de un viaje a Oriente; también se encontraba en ella el relato del descubrimiento de la tumba de Rosenkreutz, en la cual los discípulos hallaron, además del cuerpo del Maestro que llevaba en la mano un libro simbólico escrito sobre pergamino, toda suerte de objetos rituales: «espejos de diversas virtudes, campanillas, lámparas encendidas (las famosas "lámparas perpetuas" de los Rosacruces), extraños cantos artificiales (¿una máquina parlante?)... » [1]. Tal es la leyenda que refiere el origen de la Hermandad y la historia de su fundador, «Cristián Rosacruz [o Rosa-Cruz]», que es, evidentemente, un personaje alegórico, y no el gentilhombre de raza germánica que según dicen dicen vivió de 1378 a 1485. Pero es necesario que el investigador estudie las fuentes reales del movimiento rosacrucista, tarea bastante difícil, pues los documentos seguros faltan a menudo, como todas las veces que se trata de buscar los orígenes de una tradición ocultista.

Hemos visto que, durante todo el Medioevo, a pesar de las hogueras y de la Inquisición, nunca cesó la fermentación intelectual: el esoterismo, cristiano o no, fue propagado por organizaciones iniciáticas, sociedades secretas que sintetizaban en teosofías sutiles corrientes de pensamiento de muy diverso origen. Hubo principalmente numerosas asociaciones de alquimistas, hermetistas, cabalistas. El Renacimiento había de acarrear condiciones ideales para el nacimiento de tales sociedades secretas: el ocaso del poderío de la Iglesia Católica permitía a la curiosidad intelectual, que ya no era frenada por el dogma, desarrollarse cada vez más, favoreciendo el gran progreso de las más heterodoxas doctrinas. Los viajes relacionaban cada vez más los adeptos de todos los países: Nicolás Barnaud (1535-1601) nos refiere cómo, desde 1589, viajó a través de toda Europa «para buscar a los aficionados a la química (es decir, a la alquimia) y comunicarles sus ideas políticas». En cuanto al célebre Paracelso, había de llegar a ser la gran autoridad para todos los autores rosa-crucistas, que utilizaron con abundancia sus doctrinas, aludiendo más de una vez a su profecía relativa a la llegada del Elías artista: «Dios permitirá -dijo- que se haga un descubrimiento de mayor importancia que debe quedar oculto hasta el advenimiento de Elías Artista... Y es la verdad, no hay nada oculto que no deba ser descubierto, por eso tras de mí vendrá un ser maravilloso, que no vive aún, y que revelará muchas cosas» (Ese Elías artista-decía el Rosa-Cruz Andreae- no es un individuo, sino un ser colectivo, que no es otro más que nuestra Hermandad misma.)

Los Rosacruces fueron «alquimistas que mezclaban cuestiones políticas y religiosas con sus doctrinas herméticas» (F.Hoefer). Fue en Alemania, medio propicio a las ideas de Reforma, donde nació dicha Sociedad secreta, muy al final del siglo XVI, si no muy al principio del siglo siguiente: la más antigua fecha a que podamos llegar es 1598, en la cual el alquimista Studion funda en Nuremberg una asociación denominada Militia Crucifera Evangelica, especia de arquetipo de la Rosa-Cruz, y cuyas teorías se hallan reunidas en una curiosa obra, intitulada Naometria(1604), que estudia «la medida del Templo místico», utilizando el símbolo de la Rosa y de la Cruz, y anunciando una «reforma general» y una «renovación de la Tierra». Observemos igualmente que se descubren todos los símbolos rosacrucistas en uno de los pentáculos del Amphitheatrum Sapientiæ Æternæ(1598) de H.Khunrath.

Los autores han acudido a veces al esoterismo musulmán, y asimismo a los Alumbrados españoles para dar cuenta del movimiento, pero lo esencial de la inspiración de los Rosacruces parece haber sido tomado en las teorías desarrolladas por los discípulos alemanes de Paracelso, conocidas con el nombre de Pansophia («Conocimiento Universal»), aun cuando se encuentran casi todos los vestigios de las doctrinas más o menos teosóficas y místicas. La Hermandad parece haberse constituido hacia 1600, sin que puedan darse detalles precisos: el juramento de respetar el secreto absoluto respecto de la Orden parece que fue bien seguido por los afiliados hasta 1614, fecha en la cual la Rosa-Cruz creyó conveniente manifestar su existencia al mundo. Sin embargo, parece que debe atribuirse un papel de primer plano a los alquimistas que odeaban a Rodolfo II de Habsburgo y otros soberanos, como el conde Mauricio de Hesse-Cassel. El pastor luterano J.V.Andreae fue quien habló en nombre de la Hermandad, cuya existencia había de intrigar durante tanto tiempo al público culto de entonces (así como por lo demás, al pueblo).

Antes de abordar el desarrollo y las doctrinas de la Hermandad, es conveniente investigar el significado profundo del símboloque ha dado su nombre a la Orden: el de la «Rosa-Cruz esencial».

La Rosa-Cruz es el símbolo formado por una rosa roja fijada en el centro de una cruz, también de color rojo, «pues ha sido salpicada por la sangre mística y divina de Cristo».

Ese símbolo, enarbolado - nos dice Robert Fludd (Summum Bonum) - por los Caballeros cristianos en tiempo de las Cruzadas, tiene doble significación: la Cruz representa la sabiduría del Salvador, el Conocimiento Perfecto; la Rosa es símbolo de la purificación, del ascetismo que destruye los deseos carnales, e igualmente el signo de la Gran Obra alquímica, es decir, la purificación de toda mácula, el acabado y perfección del Magisterio. Puede igualmente verse en ella la cosmogonía hermética, pues la Cruz (emblema masculino) simboliza la divina Energía creadora que ha fecundado a la matriz oscura de la substancia primordial (simbolizada por la Rosa, emblema femenino) y ha hecho pasar el universo a la existencia.


2.
Expansión del Rosicrucianismo


El movimiento de los Hermanos de la Rosa-Cruz alcanzó gran extensión en Alemania, donde sus adeptos más destacados fueron Andreae Mynsicht (llamado Madathanus), Gutman y Michael Maier (1568-1622). El gran místico Jacob Boheme (1574-1624), cuyas obras están salpicadas de alusiones a la «Piedra filosofal espiritual», al Cristo, «la santa Piedra angular de la Sabiduría» ( la misma expresión en el gran doctor del grupo, el inglés Robert Fludd), estuvo muy influido por esa mezcla de teorías teosóficas, cuya repercusión fue considerable [2]. Pero el rosicrucianismo enjambró fuera de su patria de origen: así el checo Comenio, uno de los principales jefes de la secta de los Hermanos moravios, autor de varias obras teosóficas en las que exhortaba a los hombres a que construyeran «un Templo de la Sabiduría según los principios, reglas y leyes del Gran Arquitecto, el propio Dios», marchó a Holanda, donde tuvo discípulos . (Los Países Bajos eran, por lo demás, un país ideal para adeptos, pues existía libertad de pensamiento casi completa.) Francia parece haber sido poco todada, aun cuando la Rosacruz tuvo sus afilidados, como Michel Potier y el cirujano Dabid de Planiscampy. La mayor expansión de la Orden se vio en Inglaterra, gracias a los esfuerzos del médico Robert Fludd (1574-1637). Fludd había viajado durante seis años por el continente (1598-1603), recorriendo Francia, Italia, España y Alemania hasta los confines de Polonia: estuvo en relaciones con Hermanos alemanes, y es hizo iniciar en los ritos y en las doctrinas de la Fraternindad. De vuelta a Inglaterra, Fludd fundó en Londres grupos que se extendieron rápidamente y es verosímil que fuera el Gran Maestro de la rama británica de la organización. Hacia 1650, la Rosa-Cruz estaba poderosamente organizada en Inglaterra. Ella fue la que debiá introducir en la Francmasonería el sistema de Altos Grados, llamados «Escoceses».


3.

Los Rosa-Cruces y la Francmasonería

La Hermandad de la ROSACRUZ tomó impulso, a mediados del siglo XVII, en la Francmasonería: sus adeptos hallaron refugio en los talleres masónicos, y luego de hacerse recibir como accepted Masons,«Masones aceptados», utilizaron el simbolismo de las Corporaciones de constructores para propagar sus enseñanzas; eran «Masones simbólicos», trabajando en «edificar el Templo invisible e inmaterial de la Humanidad». Modificando el ritual introduciéndole sus concepciones herméticas y cabalísticas, crearon el grado de Maestro con su ritual característico de iniciación, que hace revivir al recipiendario la muerte, la «pobredumbre» y la resurrección de Hiram (Véase Cap.V, § II); fueron ellos, igualmente, quienes introdujeron los Altos Grados, tan cargados de esoterismo cristiano, callados en las Constituciones de Anderson, pero que habían de reaparecer luego, en forma más o menos alterada. Así, puede decirse sin paradoja que la Francmasonería moderna ha copiado y continuado el esoterismo de los rosacruces, tomando de ellos sus más típicos símbolos herméticos, como el pelícano, el fénix que renace de sus cenizas, el águila bicéfala, etc.................................................................................................

EL MUNDO MEDIEVAL

EL MUNDO MEDIEVAL - EN UNA EPOCA OSCURA...

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1.
Introducción


Durante la Edad Media el esoterismo no dejó de caminar más o menos subterráneamente, a pesar de la lucha encarnizada emprendida por el Papado contra todas las herejías. Durante ese dilatado período,hubo gran número de organizaciones iniciáticas, algunas de las cuales trataban de mantenerse apartadas de las controversias teológicas, como el Compañonaje, otras eran francamente anticatólicas y depositarias de doctrinas heterodoxas. Doctrinas teosóficas de todas clases que se abrevaban en las más diversas fuentes, desempeñaron un gran papel: la Cábala o tradición hebraica; las doctrinas iluministas, en que reaparecen las antiguas tradiciones gnósticas; la alquimia y las especulaciones propiamente herméticas... Las corrientes ocultas de aquel período son aún muy mal conocidas, particularmente sus relaciones con las doctrinas orientalles: es conocido el papel desempeñado por las Cruzadas sobre el particular. (Sería interesante, en particular, estudiar los vínculos de la tradición hermética con el simbolismo utilizado por las órdenes de Caballería que se constituyeron en el momento de aquellas expediciones: los blasones usan abundantemente colores simbólicos,


2.
Las corporaciones


Entre las múltiples agrupaciones medievales, las más célebres son las Guildas o corporaciones de oficios, en las cuales existían ritos iniciáticos, y cuyos usos se perpetuaron hasta mucho después.

La más sabia de esas Guildas era la de los «Albañiles»[maçons], constructores de los palacios y de las catedrales, adeptos del Arte real que entonces era la arquitectura, y depositarios de antiguos secretos:

«Con todo derecho puede afirmarse que la geometría esotérica pitagórica se transmitió desde la antigüedad hasta el siglo XVIII, por un lado a través de las cofradías de constructores (que a la vez se transmitieron, de generación en generación, un ritual iniciático en que la geometría desempeñaba un papel preponderante), y por otro, por la Magia, por los rosetones de las catedrales y los pentáculos de los magos»

De esos «Maestros de Obra», de esa masonería operativa,nació la francmasonería especulativa. En cuanto al Compañonaje, cuyos diferentes «Deberes» rivales se repartían los picapedreros, los cerrajeros, los carpinteros, y que por lo demás subsiste hoy, numerosas novelas han popularizado las costumbres: los lazos y el bastón simbólicos; la «Vuelta a Francia»; los «cayennes», especies de mesones donde la «Madre» se ocupa del albergue y de la ropa de los compañeros...

El rasgo común de todas esas Hermandades es la existencia de signos de reconocimiento, de ritos iniciáticos de afiliación, de tradiciones que llegan a la más remota antigüedad, algunas de las cuales se encuentran en la Masonería moderna, como la célebre leyenda de la construcción del Templo de Jerusalén por Hiram.


3.
La leyenda del Grial

El Grial [o Graal] es el vaso sagrado, la copa que, según la leyenda, sirvió en la Cena, y en la cual José de Arimatea recogió la sangre y el agua que manaban de la herida que la lanza del centurión Longino hizo en el costado de Cristo; parece que el propio José de Arimatea transportó luego el Grial a Gran Bretaña. Dicho vaso sagrado, que contiene el «brevaje de la inmortalidad», aparece en gran número de leyendas medievales relativas a la «Búsqueda del Grial», es decir, a la busca de la Sabiduría perdida; todos conocemos la famosa Mesa Redonda construida por el Rey Arturo, siguiendo los planos del encantador Merlín, y destinada a recibir el Grial cuando uno de los doce caballeros llegara a conquistarlo, y lo llevara de Gran Bretaña a la Armórica. (La copa del Grial fue labrada por los ángeles en una esmeralda desprendida de la frente de Lucifer cuando éste cayó; confiado a Adán en el Paraíso terrenal, perdido después del pecado original, el Grial fue recobrado por Set, que pudo entrar al Paraíso terrenal, y luego por otros, antes de Cristo.) La pérdida del Grial es, en suma, la pérdida del Conocimiento, «perdido», o mejor, oculto y que se trata de volver a encontrar.

En esas tradiciones se entrevé un vínculo entre el esoterismo cristiano y la tradición céltica, es decir, druídica: sus orígenes son, por lo demás, bastante misteriosos. Todas esas leyendas parecen haber sido utilizadas por gran número de agrupaciones más o menos iniciáticas, y sin duda también por los albigenses...

Según Henri Martin , habría habido también una suerte de Orden de Caballería oculta, la Masenia del Santo Graal, cuyas huellas encontraba en una obra bastante posterior, el Titurel:

«Ya no es en la isla de Bretaña, sino en Galia, en los confines de España, donde se conserva el Grial. Un héroe llamado Titurel funda un templo para depositar el santo Vaso en él, y es el profeta Merlín quien dirige esta construcción misteriosa, pues fue iniciado por José de Arimatea, en persona en el plano del Templo por excelencia, del Templo de Salomón. La Caballería del Graal se convierte aquí en la Masenia, esto es, en una Francmasonería ascética, cuyos miembros se llaman Templistas, y aquí puede verse la intención de unir a un centro común, figurado por ese Templo ideal, la Orden de los Templarios y las numerosas cofradías de los constructores que entonces renuevan la arquitectura del medioevo. Esto nos permite entrever mucho de lo que podría llamarse la historia subterránea de aquellos tiempos, mucho más complejos de lo que se cree...»


4.
Los cátaros


Los cátaros (es decir: los «puros»), llamados también albigenses, porque eran particularmente numerosos en la región de Albi, son célebres sobre todo por la encarnizada lucha que la Iglesia y la Realeza emprendieron contra ellos, exterminándolos por todos los medios. Sus doctrinas, que se distinguen por su pesimismo, son bien conocidas: llevando al extremo la doctrina de los dos principios del Bien y del Mal, declaraban que el universo entero había sido creado por el Príncipe de las Tinieblas, y de ahí concluían en una moral ascética, que condenaba el casamiento, la generación, y la vida misma, mala en sí, puesto que aprisiona el alma luminosa en la materia tenebrosa... A decir verdad, únicamente los Perfectos estaban sujetos a estricto ascetismo; en cuanto a los simples Auditores, gozaban de una moral más suave. Paradójicamente, por lo demás, esos herejes eran, en cierto sentido, mucho más «optimistas» que la Iglesia: al hacer de la Tierra el «Reino de Satanás», los cátaros excluían el infierno del más allá, del mundo suprasensible y espiritual; al cabo de los tiempos, todos los espíritus, luego de pasar por gran número de reencarnaciones, quedarían salvados, toda la Luz librada de las Tinieblas. La literatura ocultista atribuyó a los cátaros toda clase de creencias esotéricas que les eran extrañas. No por eso dejaban de tener ceremonias y ritos iniciáticos, prácticas diversas que tenían por finalidad separar el espíritu de este mundo y librar el alma, cautiva de su cuerpo; algunos hasta querían conseguirlo bruscamente por la Endura, acto que consistía en dejarse morir de hambre; pero la mayoría se limitaba a los ritos iniciáticos propiamente dichos, que permitían alcanzar la iluminación espiritual por el ascetismo y diversas técnicas que permitían separar momentáneamente el alma del cuerpo. «Los cátaros - escribe Aroux - tenían ya en el siglo XII signos de reconocimiento, santo y seña, y una doctrina astrológica».

La «cruzada» empeñada contra los albigenses es demasiado conocida para que hablemos de ella. Sin embargo, debe señalarse que las doctrinas cátaras sobrevivieron a la degollina de sus sacerdotes. Los Trovadores, que habían demostrado ser auxiliares fervientes y devotos de la herejía albigense, siguieron propagando en su «gaya ciencia» las ideas proscritas por la Inquisición....................................................................................................

LAS RATAS EN LAS PAREDES // HOWARD P. LOVECRAFT

LAS RATAS EN LAS PAREDES // HOWARD P. LOVECRAFT


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El 16 de julio de 1923, precisamente después que el último obrero había terminado su tarea, me
mudé a Exham Priory. La restauración había implicado desmedidos trabajos, ya que de la
construcción original apenas si quedaba un montón de ruinas, pero como se trataba de la mansión
de mis antepasados no reparé en gastos. La finca había permanecido deshabitada desde épocas de
Jacobo I, cuando un drama de aspectos espantosamente trágicos, si bien en buena medida
comprensibles, se precipitó sobre el jefe de familia, sus cinco hijos y algunos criados. El tercer
hijo, antecesor mío por línea paterna, único sobreviviente del desdichado grupo familiar, debió
marcharse en medio de un clima de sospecha y terror.
Como el único heredero estaba acusado de asesinato, la finca fue a manos de la corona; el
legítimo dueño no hizo el menor esfuerzo por defenderse o recuperar la propiedad. Enloquecido
por un horror más substancial que el que podía emanar de su propia conciencia o de la ley,
obsesionado por expulsar de su memoria y de su vista aquella mansión, Walter de la Poer,
decimoprimer barón de Exham, se fue a Virginia para establecerse y fundar la familia que un
siglo después era conocida con el nombre de Delapore.
Exham Priory quedó abandonado y con el tiempo engrosó el inventario de propiedades de la
familia Norrys. La original arquitectura de la mansión la hizo objeto de continuados estudios;
constaba de torres góticas que se levantaban sobre una infraestructura sajona o románica con
cimientos que, por su parte, congregaban una mezcla de estilos: romano, druida o el címrico
originario, si es posible atenerse a las leyendas. Estos cimientos eran muy peculiares, ya que por
uno de los lados se unían a la sólida piedra de la ladera montañosa, desde cuya cima el priorato
vigilaba un valle solitario que se extendía por tres millas al oeste del pueblo de Anchester.
Los arquitectos y artistas se entretenían embelesados en el estudio de aquella extraña pieza de
épocas remotas, pero los lugareños la odiaban con oscura inquina. Era un odio que se arrastraba
desde hacía siglos, cuando aún moraban allí mis antepasados, y que perduraba hasta ahora,
cuando el abandono la había llevado a casi desaparecer tragada por el musgo y la vegetación.
Antes que pasara un día desde mi llegada, la gente de Anchester ya me había hecho saber que yo
era el descendiente de una familia maldita. No obstante, ya esta semana los obreros han hecho
desaparecer lo que quedaba de Exham Priory y ahora se afanaban por borrar las huellas de sus
cimientos. Siempre he estado al tanto de la historia real de mi estirpe familiar; sé muy bien que el
primero de mis antepasados norteamericanos se refugió en las colonias perseguido por una
atmósfera de extrañas sospechas. Los detalles, en cambio, se me escapan puesto que han sido
sepultados por la reticencia que sobre ellos mantuvo durante generaciones la familia Delapore.
Contrariamente a lo que les sucede a los colonos de las cercanías, es raro que nos vanagloriemos
de antepasados que participaron en las Cruzadas o de incluir en nuestra estirpe héroes medievales
o renacentistas; no se nos trasmitieron otras tradiciones que aquellas que contenía el sobre
lacrado que todo propietario latifundista legaba al primogénito antes que estallara la Guerra Civil
con la orden de una apertura estrictamente póstuma. Sólo nos enorgullecíamos en la familia con
las glorias alcanzadas luego de la emigración, esplendores de un linaje virginiano orgulloso y
honorable, aunque algo reservado y poco sociable.
Toda nuestra fortuna se perdió durante la guerra y la existencia familiar se vio profundamente
conmovida por el incendio de Carfax, morada de la familia al borde del río James. Mi anciano
abuelo murió entre las llamas y con él se consumió el sobre lacrado que nos ataba al pasado. Aún
hoy recuerdo el incendio; mis ojos de siete años contemplaban alterados a los soldados federales
vociferar, a las mujeres contorsionarse desvalidas y a los negros rezando y dando alaridos. Mi
padre era soldado del ejército y combatía en la defensa de Richmond; luego de infinitas
gestiones, mi madre y yo conseguimos trasponer las líneas enemigas y juntarnos con él.
Al finalizar la guerra, nos dirigimos al norte, de donde era oriunda mi madre, y allí me hice
grande y, a la larga, como corresponde a cualquier yanqui perseverante, me hice rico. Ni mi padre
ni yo nos enterarnos jamás del contenido del sobre testamentario. Por mi parte, atrapado por el
rutinario devenir de las actividades mercantiles de Massachusetts, perdí todo interés en los
misterios que, seguramente, ocultaba mi árbol genealógico. ¡Con cuánto alivio habría entregado
Exham Priory a los murciélagos, a las telarañas, al musgo y a la vegetación si hubiese tenido
aunque fuese una remota idea de lo que se escondía tras sus muros!
Mi padre falleció en 1904 y no dejó mensaje alguno para mí ni para mi hijo único, Alfred, un
chico de diez años y huérfano de madre. Fue precisamente Alfred quien produjo una moderada
revolución en la transmisión de la historia familiar. Pese a que yo sólo había conjeturado
esporádica y burlonamente con él sobre este tema, cuando fue enviado a Inglaterra en 1917,
como oficial de aviación, me escribía constantemente contándome algunas leyendas ancestrales.................................................................................................

EL PUENTE DEL TROLL // Terry Pratchett

EL PUENTE DEL TROLL // TERRY PRATCHETT       link-enlace


El viento soplaba en las montañas y llenaba el aire de diminutos cristales de hielo.
Hacia demasiado frío para nevar. Cuando el tiempo estaba así, los lobos bajaban a
los pueblos y, en el corazón de los bosques, los árboles explotaban al congelarse.
Cuando hacía un tiempo así, la gente sensata permanecía en sus Casas, frente al
hogar, y se contaban historias sobre héroes.
Eran un viejo caballo y un viejo jinete. El caballo parecía una tostadora empaquetada
al vacío; el hombre tenía el aspecto de que el único motivo por el que no caía de su
montura era que no podía reunir las fuerzas necesarias para ello. A pesar del
cortante viento helado, sólo iba vestido con una corta falda de piel y un vendaje
sucio en una rodilla.
Se quitó una empapada colilla de los labios y la aplastó contra la otra mano.
–Está bien, vamos a hacerlo –dijo.
–Para ti es muy fácil –contestó el caballo–. Pero ¿y si tienes uno de tus ataques de
vértigo? Y últimamente tienes la espalda fatal. ¿Cómo me sentiré, si nos devoran
porque tienes un tirón en la espalda en un mal momento?
–Eso no pasará –aseguró el hombre.
Se deslizó hasta las heladas piedras y sopló sobre sus dedos. Luego sacó del fardo
una espada con un filo que parecía una sierra mal conservada y asestó unos
mandobles en el aire con escasa convicción.
–Todavía conservo mi viejo estilo –comentó.
El hombre hizo una mueca y fue a apoyarse en un árbol.
–Juraría que esta maldita espada es más pesada cada día.
–Tendrías que volver a guardarla –le aconsejó el rocín–. Ya basta por hoy. ¡Hacer
estas cosas a tu edad! No está bien.
El hombre puso los ojos en blanco.
–Jodida subasta! Esto es lo que me pasa por comprar algo que perteneció a un mago
–maldijo, dirigiéndose al frío mundo en general– Te miré los dientes y los cascos,
pero no se me ocurrió escuchar.
–¿Quién crees que estaba pujando contra ti? –replicó el equino. Cohen el Bárbaro
siguió apoyado en el árbol. No estaba totalmente seguro de poder volver a
enderezarse.
–Debes de tener muchos tesoros escondidos –supuso el caballo–. Podríamos ir hacia
el Límite. ¿Qué te parece? Es bonito y hace calor. Un bonito y caluroso lugar, con
una playa, ¿eh? ¿Qué me dices?
–No hay ningún tesoro –declaró Cohen–. Me lo gasté todo. En bebida. Lo di todo. Lo
perdí.
–Debiste haber guardado algo para la vejez.
–Jamás pensé que llegaría a la vejez.
–Algún día morirás –dijo el caballo–. Podría ser hoy.
–Ya lo se'. ¿Por qué crees que he venido aquí?
El equino se giró y miró hacia el barranco. Allí, el camino era tortuoso y difícil de
seguir. Unos árboles jóvenes se abrían paso entre las piedras. El bosque estaba
apiñado a ambos lados. En unos años más, nadie sabría que allí había habido un
sendero. Por su aspecto, tampoco lo sabía nadie ahora.
–¿Has venido aquí a morir?
–No. Pero hay algo que siempre he querido hacer. Desde que era un muchacho.
–¿Ah, sí?
Cohen intentó incorporarse. Los tendones lanzaron mensajes candentes por sus
piernas.
–Mi padre... –chilló. Luego recuperó el control–. Mi padre me dijo... –Pugnó por
tomar aire.
–Hijo... –trató de ayudarlo el caballo.
–¿Qué?
–Hijo. Ningún padre llama a su chaval «hijo» a menos que esté a punto de impartirle
algo de su sabiduría. Todo el mundo lo sabe.
–Son mis recuerdos.
–Perdón.
–Me dijo: «Hijo...». Sí, vale. «Hijo, cuando venzas a un troll en combate singular,
podrás hacer cualquier cosa.»
El caballo parpadeó. Luego volvió a examinar el sendero entre los les hasta la
profundidad del barranco. Allí había un puente de piedra
Tuvo un horrible presentimiento.
Pateó nerviosamente el suelo con los cascos.
–Vamos hacia el Límite –insistió–, Es bonito y hace calor.
–No.
–¿Qué ganamos matando a un troll? ¿Qué conseguirás con eso?
–Un troll muerto. De eso se trata. En cualquier caso, no es necesario matarlo. Basta
con vencerlo. Uno contra uno. Mano a... troll. Si no lo intento, mi padre se revolverá
en la tumba.
–Me dijiste que te expulsó de la tribu cuando tenías once años.
–Lo mejor que pudo haber hecho jamás. Me enseñó a volar con las alas de otros.
Ven aquí, ¿quieres?
El caballo se puso a su lado. Cohen se agarró a la silla y se incorporó.
–Y tú quieres luchar hoy con un troll... –rezongó el equino.
Cohen rebuscó en el saco y extrajo la bolsa de tabaco. El viento sacudió el papel de
fumar mientras enrollaba un cigarrillo.
–Eso es –asintió.
–Y hemos hecho todo este camino para eso.
–Teníamos que hacerlo –dijo Cohen–. ¿Cuándo fue la última vez que viste un puente
con un troll debajo? Cuando yo era un chaval, había a cientos. Ahora hay más trolls..........................................................................................................

 

 

 

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HISTORIAS QUE IGNORAMOS SOBRE LA MUERTE

HISTORIAS QUE IGNORAMOS SOBRE LA "MUERTE" // ESCRITO ENCONTRADO EN LA NET, NAVEGANDO

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1 - La práctica de enterrar a los muertos podría datar de hace 350 000 años, tal y como quedó evidenciado en la fosa de Atapuerca (España) donde a 14 metros de profundidad se encontraron los fósiles de 27 homínidos de la especie Homo heidelbergensis, un posible antecesor del Neandertal y del humano moderno.

2 - Nunca digas morir, existen al menos 200 eufemismos para la muerte, incluyendo ·pasar a mejor vida·, ·criar malvas· y la mejor para un fanático de Star Trek: ·dormir con los Tribbles·.

3 - Desde 1951 ningún estadounidense ha muerto de viejo.

4 - Ese fue el año en que el gobierno eliminó esa clasificación de los certificados de defunción.

5 - La causa de muerte, en todos los casos, es la falta de oxígeno. Su reducción puede provocar súbitos espasmos musculares, o ·fase agónica·, derivada de la palabra griega ·agon·, o lucha.

6 - A los tres días de la muerte, las enzimas que una vez digerían tu cena comenzarán a devorarte. Las células fracturadas se convertirán en comida para las bacterias vivas del intestino, las cuales liberarán suficiente gas tóxico como para inflar al cadáver y forzar a los ojos a que se salgan de las órbitas.

7 - Hay tanto que reciclar: los enterramientos en Estados Unidos suponen el soterramiento de más de 3 millones de litros de fluidos para embalsamamiento – formaldehído, metanol y etanol – en el suelo cada año. Las cremaciones expulsan al aire dioxinas, ácido hidroclórico, dióxido de azufre y dióxido de carbono.

8 - Alternativamente, una empresa sueca llamada Promessa, puede desecar tu cuerpo en nitrógeno líquido, pulverizarlo con vibraciones de alta frecuencia, y sellar al polvo resultante en un ataúd biodegradable elaborado con harina de maíz. Afirman que este ·enterramiento ecológico· se descompone en 6 o 12 meses.

9 - Los zoroastrianos en la India abandonan en el exterior los cuerpos de los muertos para que sean devorados por los buitres.......................................................................................................

PROTOCOLO: MARAVIROC , HISTORIAL DE DATOS DE USO // VIH-SIDA

 

COMUNICADO: Maraviroc, de Pfizer, el nuevo medicamento contra el VIH, reduce de forma considerable la carga vírica
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LOS ANGELES



-- Maraviroc, de Pfizer, el nuevo medicamento contra el VIH, reduce de forma considerable la carga vírica en combinación con una terapia en una amplia gama de pacientes sometidos a tratamiento

-- Se ha presentado el ensayo pivote en la 14 Conferencia sobre Retrovirus e Infecciones Oportunistas (CROI)

-- Maraviroc está en fase de aprobación acelerada en EE.UU. y Europa

En la principal reunión de investigación celebrada esta semana sobre el VIH/SIDA, Pfizer ha presentado los datos pivotes de su medicamento experimental, maraviroc, que combate al VIH de una forma completamente nueva. Un análisis de 24 semanas ha demostrado que cerca del doble de los pacientes que han recibido
maraviroc junto a un régimen de tratamiento optimizado han conseguido un nivel de virus no detectable en sangre frente a los que se han sometido a un régimen de tratamiento solo.

Los nuevos datos, presentados en la 14 Conferencia sobre Retrovirus e Infecciones Oportunistas (CROI), ha apoyado la aceleración del estudio de maraviroc en EE.UU. y Europa como tratamiento para los pacientes infectados con VIH que son "trópicos CCR5" - entradas en las células inmunológicas por un receptor conocido como CCR5. Un test se encarga de confirmar si un paciente está infectado con VIH trópico CCR5.

Además, los pacientes que han recibido maraviroc y que han optimizado su régimen de tratamiento experimentaron un aumento de sus células CD4 en casi el doble frente a los que recibieron un régimen optimizado como única terapia. Los efectos secundarios adversos en este grupo de pacientes tratados con maraviroc más un régimen optimizado fueron similares a los que recibieron sólo un régimen de tratamiento cuando se les ajustó la duración de la exposición.

"Los datos de los dos estudios idénticos han demostrado una consistencia destacable y un importante descenso en la carga vírica y los aumentos de las células CD4 cuando se añadió maraviroc al régimen de tratamiento óptimo estandarizado", comentó el doctor Howard Mayer, responsable global clínico de Pfizer para el programa de desarrollo de maraviroc, quien también presentó los resultados del ensayo.

En caso de que se apruebe, maraviroc se convertirá en el primer tipo de fármaco oral contra el VIH en diseñarse en más de una década, haciendo frente a las necesidades urgentes de los pacientes con VIH para este nuevo tipo de fármacos. Descubierto por los científicos de Pfizer en 1997, maraviroc es un medicamento oral que bloquea la entrada viral a células humanas. En lugar ......................................................................................( CONTINUA)

ENCERRADO CON LOS FARAONES // H. P. LOVECRAFT

ENCERRADO CON LOS FARAONES // H. P. LOVECRAFT          link-enlace




I

El misterio atrae al misterio. Desde que mi nombre se ha difundido ampliamente unido a la ejecución de
proezas inexplicables, me he tropezado con relatos y sucedidos extraños que, dada mi profesión, la gente
ha relacionado con mis intereses y actividades. Unos han sido triviales e irrelevantes; otros,
profundamente dramáticos y absorbentes; otros han dado lugar a horribles y peligrosas experiencias;
otros, en fin, me han involucrado en extensas investigaciones científicas e históricas. He hablado y
seguiré hablando sin reparo de muchos de estos casos. Pero hay uno que no puedo contar sino con gran
renuencia, y sólo tras repetida insistencia por parte de los editores de esta revista, quienes han oído vagos
rumores sobre él por boca de varios miembros de mi familia.
El tema sobre el que he guardado silencio hasta ahora se relaciona con una visita no profesional que hice
a Egipto hace catorce años, y si lo he rehuido ha sido por diversos motivos. En primer lugar, soy contrario
a explotar determinados hechos inequívocamente reales, desconocidos para los miles de turistas que se
aglomeran alrededor de las pirámides, y que las autoridades de El Cairo ocultan con mucha diligencia, al
parecer, ya que no es posible que los ignoren por completo. En segundo lugar, me disgusta tener que
rememorar un incidente en el que mi fantástica imaginación debió de desempeñar un importante papel. Lo
que vi —o creí ver— no ocurrió, evidentemente, sino que debe considerarse más bien efecto de mis
lecturas sobre egiptología, entonces recientes, y de las lucubraciones sobre dicho tema que mi entorno
propició de manera natural. Tales estímulos imaginativos, aumentados por la emoción de un
acontecimiento real bastante terrible en sí mismo, provocó sin duda el horror culminante de esa noche malhadada, tan lejana ya.
En enero de 1910 había cumplido un compromiso profesional en Inglaterra y había firmado un contrato
para hacer una gira por unos teatros de Australia. Se me había concedido un amplio margen de tiempo
para efectuar el viaje, y decidí aprovecharlo al máximo con el recorrido que más me interesaba; así que,
acompañado de mí esposa, atravesé el Continente en dirección sur y embarqué en Marsella, en el vapor P.
& O. Malwa, rumbo a Port Said. Partiendo de allí, me proponía visitar los principales lugares históricos
del Bajo Egipto, antes de salir definitivamente para Australia.
El viaje fue agradable, y estuvo animado por los múltiples y divertidos incidentes que le suceden a un
ilusionista fuera de su trabajo. Me había propuesto ir de incógnito, a fin de viajar tranquilo; pero me sentí
impulsado a darme a conocer a causa de un colega, cuyos deseos de asombrar a los pasajeros con trucos
sencillos me incitaron a duplicar y superar sus proezas de una forma que destruyó por completo mi
anonimato. Cito este detalle por su consecuencia final —consecuencia que debí haber previsto antes de
revelar mi identidad al cargamento de turistas que estaba a punto de desparramarse por todo el valle del
Nilo—. Aquello significó pregonar mi identidad allá por donde iba privándonos a mi esposa y a mí del
apacible anonimato del que habíamos pretendido gozar. ¡En un viaje en pos de curiosidades, me vi
obligado a soportar a menudo que me examinasen también como una especie de curiosidad!
Ibamos a Egipto en busca de lo pintoresco y lo místicamente impresionante pero encontramos pocas cosas
de esta naturaleza cuando el barco atracó en Port Said y descargó su pasaje en los botes. Las dunas bajas
de arena, las boyas oscilantes en los bajíos y un aburrido pueblecito europeo sin nada de interés salvo la
gran estatua del gran De Lesseps, despertaron nuestra impaciencia por ver algo que valiese más la pena.
Tras algunas deliberaciones, decidimos ir a El Cairo y a las Pirámides, y luego dirigirnos a Alejandría
para coger el barco con destino a Australia, visitando antes los monumentos grecorromanos que la antigua
metrópoli pudiese ofrecer.
El viaje en tren fue bastante soportable, y duró sólo cuatro horas y media. Vimos gran parte del canal de
Suez, que seguimos hasta Ismailía, y más tarde pudimos saborear un poco del Antiguo Egipto, al
vislumbrar el canal de agua dulce restaurado del Imperio Medio. Luego, finalmente, vimos El Cairo
brillando en la creciente oscuridad, como una constelación parpadeante que se convirtió en resplandor
cuando nos detuvimos, en la gran Gare Centrale.
Pero otra vez nos esperaba el desencanto, ya que todo lo que vimos era europeo, salvo las indumentarias y
las multitudes. Un prosaico paso subterráneo nos condujo a una plaza rebosante de carruajes, coches de
alquiler, tranvías, y deslumbrantes luces eléctricas que brillaban en los altos edificios, en tanto que el
mismo teatro en el que en vano me pidieron que actuase —y al que más tarde fui como espectador—
había sido rebautizado poco antes con el nombre de «El Cosmógrafo Americano». Nos alojamos en el
Shepheard’s Hotel, al que llegamos en un taxi que recorrió veloz las calles anchas y elegantes; y en medio
del servicio perfecto de su restaurante, ascensores y lujos generalmente angloamericanos, el Oriente
misterioso y el pasado inmemorial parecían lejanísimos.
El día siguiente, no obstante, nos sumergió deliciosamente en una atmósfera de Las mil y una noches, y el
Bagdad de Harun-al-Rashid pareció revivir en las tortuosas callejas y el exótico horizonte de El Cairo.
Guiados por nuestro Baedeker, nos dirigimos hacia el este, pasando por los Jardines Ezbekiyeh,
recorrimos el Mouski en busca del barrio nativo, y no tardamos en caer en manos de un cicerone
vociferante que —pese a los incidentes que ocurrieron después— era ciertamente, maestro en su oficio.
No me di cuenta hasta después de que debía haber solicitado en el hotel un guía autorizado. Ese hombre,
un tipo afeitado, de voz extrañamente cavernosa y relativamente limpio, con aspecto de faraón, y que
decía llamarse «Abdul Reis el Drogman», parecía tener gran autoridad sobre los de su clase; sin embargo,
más tarde, la policía manifestó no conocerle, afirmando que reis es meramente un título que se emplea
para designar a cualquier persona con autoridad, mientras que «Drogman» no es, evidentemente, sino una
torpe modificación de dragoman, palabra que significa guía de grupos turísticos.
Abdul nos condujo por entre maravillas hasta entonces sólo vislumbradas en lecturas y sueños. La vieja
ciudad de El Cairo es en si misma un libro de cuentos y un ensueño: laberintos de estrechos callejones
impregnados de aromáticos secretos; balcones de arabescos y miradores que casi se tocan por encima de
las calles empedradas; torbellinos de tráfico oriental en medio de gritos extraños, restallar de látigos,
traqueteos de carros, tintineos de monedas y rebuznos de asnos; un calidoscopio de ropas, velos, turbantes
y faces multicolores; aguadores y derviches, perros y gatos, adivinos y barberos; y, por encima de todo, el
gimoteo de los mendigos agazapados en los rincones y el sonoro cántico de los muecines desde sus
minaretes delicadamente recortados sobre el cielo de un azul intenso e inalterable.
Los bazares, techados y más tranquilos, eran igualmente seductores. Especias, perfumes, bolas de
incienso, alfombras y cobres: el viejo Mahmud Suleimán permanecía sentado con las piernas cruzadas en
medio de sus botellas pegajosas mientras unos jóvenes charlatanes molían mostaza en el capitel ahuecado
de una antigua columna clásica, corintia, quizá de la vecina Heliópolis, donde Augusto acantonó una de
sus tres legiones egipcias. La antigüedad empezaba a mezciarse con el exotismo. A continuación vimos
todas las mezquitas y museos, y procuramos que nuestra orgía árabe no sucumbiera al encanto más oscuro
del Egipto faraónico que nos ofrecían los tesoros inapreciables de los museos. Este debía ser nuestro
clímax; así que, de momento, nos concentramos en las glorias sarracenas medievales de los califas cuyas
magníficas tumbas-mezquitas forman deslumbrantes y prodigiosas necrópolis en el borde del desierto
árabe.
Finalmente, Abdul nos llevó por la Sharia Mohamed Ah a la antigua mezquita del sultán Hassan, y a la de
Babel-Azab, flanqueada por torres, más allá de la cual el pasaje de empinadas paredes asciende hasta la
poderosa ciudadela que el propio Saladino hizo construir con piedras de olvidadas pirámides. Atardecía
ya cuando escalamos ese peñasco, dimos una vuelta alrededor de la moderna mezquita de Mohamed Alí,
y nos asomamos al vertiginoso antepecho, por encima de El Cairo místico..., místico y todo dorado, con
sus cúpulas labradas, sus etéreos minaretes y sus jardines resplandecientes.
Muy por encima de la ciudad se alzaba la gran cópula romana de un nuevo museo; y más allá —al otro
lado del Nilo enigmático y amarillo, padre de dinastías milenarias— acechaban las amenazadoras arenas
del desierto de Libia, onduladas, iridiscentes, perversas, llenas de arcanos aún más antiguos.
El rojo sol se hundía, trayendo el frío implacable de la noche egipcia; y mientras permanecía en equilibrio
en el borde del mundo como un dios antiguo de Heliópohis — Ra-Harakhte, el Sol del Horizonte—,
vimos recortarse contra su holocausto bermellón las negras siluetas de las pirámides de Gizeh, las tumbas
paleógenas veneradas mil años antes, cuando Tut-Ankh-Amon subió al trono en la lejana Tebas.
Comprendimos entonces que habíamos terminado con El Cairo sarraceno, y que debíamos saborear los
misterios más profundos del Egipto primordial: la negra Kem de Ra, Amón, Isis y Osiris.
A la mañana siguiente fuimos a visitar las pirámides; recorrimos en un coche Victoria la isla de Chizereh
con sus imponentes árboles lebbakh, cruzamos el pequeño puente inglés y pasamos a la margen
occidental. Seguimos por la carretera de la orilla, entre grandes hileras de árboles lebbakh, y pasamos el
parque zoológico hasta llegar al suburbio de Gizeh, donde después han construido un nuevo puente que
lleva a El Cairo. Luego, dirigiéndonos hacia el interior por el Sharia-el-Haram, cruzamos una región de
canales de inmóvil superficie y míseros poblados nativos, hasta que surgieron ante nosotros los objetos de
nuestro viaje, hendiendo las brumas del amanecer y creando réplicas invertidas en las charcas que había
junto a la carretera. En efecto, como dijo allí Napoleón a sus soldados, cuarenta siglos nos contemplaban.
La carretera ascendía ahora bruscamente, hasta que por último llegamos al lugar de transbordo entre la
estación del tranvía y el Hotel Mena House. Abdul Reis, que efectivamente nos había sacado entradas
para visitar las pirámides, parecía entenderse muy bien con los bulliciosos, vociferantes y mugrientos
beduinos que habitaban en un sórdido poblado de barro, a cierta distancia, y se dedicaban a asaltar
fastidiosamente a los viajeros, porque supo tenerlos decorosamente a raya y nos consiguió un excelente
par de camellos, montando él en un asno y asignando la conducción de nuestros animales a un grupo de
hombres y chicos que nos resultaron más caros que útiles. El trayecto que debíamos recorrer era tan
pequeño que casi no eran necesarios los camellos; pero no lamentamos añadir a nuestra experiencia esa
molesta forma de navegación por el desierto.
Las pirámides se elevan sobre una meseta rocosa, y constituyen casi el más septentrional de los
cementerios reales construidos en la vecindad de la desaparecida ciudad de Memfis, enclavada en la
misma margen del Nilo, algo al sur de Gizeh, y que floreció entre los años 3400 y 2000 a. C. La mayor de
las pirámides, que es la más próxima a la carretera, fue construida por el rey de Egipto Keops o Khufu
hacia 2800 a. C., y mide más de 450 pies de altura. Al sudoeste, y alineadas, están sucesivamente la
segunda pirámide, construida una generación después por el rey Kefrén —la cual, aunque ligeramente
más pequeña, da la impresión de ser mayor por encontrarse en un terreno más elevado—-, y la del rey
Micenno, notoriamente más pequeña, construida hacia 2700 a. C. Cerca del borde de la meseta, y al este
de la segunda pirámide, con un rostro probablemente modificado para hacer de él un retrato colosal de
Kefrén — su real restaurador—, se alza la monstruosa Esfinge: muda, sardónica, depositaria de un saber
anterior a la humanidad y al recuerdo.
En varios lugares se encuentran pirámides y restos de pirámides de importancia menor, y la meseta entera
está acribillada de tumbas de dignatarios de rango ligeramente inferior al de rey. Estas últimas estuvieron
señaladas originariamente por mastabas o construcciones de piedra en forma de banco alrededor de los
profundos fosos funerarios, como se descubrió en otros cementerios ménficos, y de las que constituye un
ejemplo la tumba de Perneb, que se encuentra en el Museo Metropolitano de Nueva York. En Gizeh, no
obstante, todas estas cosas visibles han desaparecido a causa del tiempo y del pillaje, y sólo los fosos
excavados en la roca, cegados por la arena o vaciados por los arqueólogos, siguen atestiguando su antigua
existencia. Conectada con cada tumba había una capilla en la que sacerdotes y parientes ofrecían
alimentos y oraciones al ka o principio vital del difunto, que jamás se alejaba del lugar de enterramiento.
Las tumbas pequeñas tienen sus capillas en el interior de sus superestructras de piedra o mastabas; pero
las capillas mortuorias de las pirámides donde descansan los faraones son templos separados, situados
cada uno de ellos al este de la pirámide correspondiente, y comunicados mediante un pasillo elevado con
una imponente capilla-entrada o propileo, situada en el borde de la meseta rocosa.
La capilla-entrada que conduce a la segunda pirámide, casi enterrada en la arena arrastrada por el viento,
se abre subterráneamente al sudeste de la Esfinge. Una persistente tradición la considera el «Templo de la
Esfinge», quizá con razón, si la Esfinge representa efectivamente al constructor de la segunda pirámide,
Kefrén. Existen en torno a la Esfinge inquietantes historias anteriores a Kefrén; pero fuera cual fuese su
rostro anterior, el monarca le dio el suyo para que los hombres pudiesen contemplar el coloso sin temor.
Fue en el gran templo-entrada donde se encontró la estatua de Kefrén esculpida en diorita, de tamaño
natural, actualmente en el Museo de El Cairo; una estatua que me dejó sobrecogido cuando la contemplé.
No sé si han excavado ya todo el edificio, pero en 1910 estaba enterrado en su mayor parte y la entrada
permanecía sólidamente cerrada durante la noche. Los alemanes estaban al cargo de las obras, que quizá
fueron interrumpidas por la guerra u otros motivos. Daría lo que fuese — en vista de mi experiencia, y de
ciertos rumores que corrían entre los beduinos, desmentidos o ignorados en El Cairo— - por saber qué ha
sucedido con cierto pozo que hay en una galería transversal donde se encontraron estatuas del faraón
curiosamente yuxtapuestas a estatuas de babuinos.
La carretera que recorrimos en camello esa mañana describía una curva cerrada, dejando a la izquierda la
construcción de madera del cuartel de la policía, la oficina de correos, el almacén de comestibles y las
tiendas, y se adentraba hacia el sur y el Oeste en una vuelta completa que remontaba la meseta rocosa y
nos situó frente al desierto, a sotavento de la gran pirámide. Pasada la ciclópea construcción, dimos la
vuelta por la cara este y nos asomamos a un valle de pirámides menores, más allá del cual centelleaba el
Nilo eterno; al Oeste temblaba el eterno desierto. Muy cerca se recortaban las tres pirámides principales,
desnuda la más grande de todo revoque exterior, mostrando sus enormes bloques de piedra, y las otras
con restos perfectamente adheridos de la capa protectora, aquí y allá, que en tiempos les diera un aspecto
suave y acabado.
A continuación bajamos hacia la Esfinge, y nos sentamos en silencio bajo el hechizo de esos ojos terribles
y ciegos. En el inmenso pecho de piedra distinguimos débilmente el símbolo de Ra-Harakhte, por cuya
imagen la Esfinge fue erróneamente considerada de una última dinastía; y aunque la arena cubría la
tableta que tiene entre sus grandes garras, recordamos lo que Tutmosis IV escribió en ella, y el sueño que
tuvo cuando era príncipe. Fue entonces cuando la sonrisa de la Esfinge nos pareció vagamente
desagradable y nos hizo pensar en las leyendas que hablaban de pasadizos subterráneos bajo la monstruosa
criatura, los cuales descendían más y más, a profundidades a las que nadie se atrevía a aludir, y que se
relacionaban con misterios anteriores al Egipto dinástico excavado y en siniestra conexión con la
persistencia de dioses anormales con cabeza de animal del antiguo panteón nilótico. Entonces también me
hice una pregunta peregrina cuyo espantoso significado no se reveló hasta muchas horas después.
Empezaban a alcanzarnos ahora otros turistas, y seguimos andando hacia el Templo de la Esfinge
hundidos en la arena, situado unas cincuenta yardas al sudeste, al que me he referido como la gran puerta
de acceso a la calzada que conduce a la capilla mortuoria de la segunda pirámide, en la meseta. Dicha
capilla se encontraba aún enterrada en s u mayor parte en la arena y, aunque desmontamos y bajamos por
un acceso moderno hasta un corredor de alabastro y un recinto de pilares, me di cuenta de que Abdul y el
encargado alemán no nos habían enseñado todo lo que había que ver.
Después efectuamos el habitual recorrido alrededor de la meseta de las pirámides, examinamos la
segunda pirámide y las curiosas ruinas de su capilla mortuoria, situada al este; la tercera pirámide, con sus
satélites en miniatura, al sur, y la ruinosa capilla oriental; las tumbas de las rocas y los panales de las
dinastías IV y V, y finalmente la famosa tumba de Campbell, cuyo pozo se hunde casi verticalmente unos
cincuenta y tres píes hasta un sarcófago siniestro que uno de nuestros camelleros limpió de la molesta
arena tras efectuar un vertiginoso descenso con una cuerda.
Entonces nos llegaron gritos procedentes de la Gran Pirámide, donde unos beduinos asediaban a un
grupo de turistas, ofreciéndose como los más rápidos en efectuar el ascenso y el descenso en solitario a la
cúspide. Dicen que el récord de subirla y bajarla está en siete minutos> aunque muchos vigorosos jeques e
hijos de jeques nos aseguraron que eran capaces de reducirlo a cinco, con el impulso previo de una buena
bakshish. No les dimos tal impulso, aunque dejamos que Abdul nos llevase hasta arriba, logrando así una
perspectiva, de una magnificencia sin precedentes, que abarcaba no sólo El Cairo lejano y centelleante,
con su ciudadela y su fondo de colinas color dorado violáceo, sino también todas las pirámides del área de
Memfis, desde Abu Roash, al norte, hasta Dashur al sur. La pirámide escalonada de Sakkara, que marca la
evolución de la baja mastaba a la verdadera pirámide destacaba clara y seductoramente en la lejanía
arenosa Cerca de este monumento de transición fue donde se des cubrió la famosa tumba de Perneb; más
de cuatrocientas millas al norte del valle rocoso de Tebas, donde duerme Tut-Ankh-Amon. Nuevamente
me obligó a guardar silencio una sensación de auténtico pavor. La contemplación de semejante
antigüedad, y los secretos que todos estos venerables monumentos parecían contener y cobijar me
llenaban de un respeto y un sentimiento de inmensidad que jamás me había inspirado cosa alguna.
Cansados por nuestro ascenso, y hartos de los fastidiosos beduinos, cuyo comportamiento parecía desafiar
todas las reglas del buen gusto, prescindimos del arduo pormenor de entrar en los angostos pasadizos
interiores de las pirámides, aunque vimos a varios de los turistas mas atrevidos disponiéndose a meterse a
rastras en el sofocante interior del más imponente monumento de Cheops. Cuando despedimos y pagamos
sobradamente a nuestra escolta local y regresamos a El Cairo con Abdul Reis bajo el sol de la tarde, casi
lamentamos no haber entrado también. Se murmuraban cosas fascinantes acerca de pasadizos inferiores
de la pirámide que no venían en las guías; pasadizos cuyas entradas habían sido condenadas apresuradamente
con bloques de piedra y ocultadas por ciertos arqueólogos poco comunicativos, quienes las habían
descubierto y empezado a explorar.
Naturalmente, tales rumores carecían de fundamento en su mayor parte, pero era curioso observar cuán
persistentemente se prohibía a los visitantes entrar en las pirámides por la noche, así como visitar las
madrigueras más bajas y la cripta de la gran pirámide. Quizá en este último caso era el efecto psicológico
lo que se temía: el efecto que puede producir en el visitante sentirse encajonado bajo un mundo
gigantesco de sólida albañilería, comunicado con la vida conocida a través de ese único pasadizo que sólo
le es posible recorrer a rastras, y que cualquier accidente o .............................................................................................(continua)

EL ALQUIMISTA // HOWARD P. LOVECRAFT

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El viejo castillo de mis antepasados se yergue allá en lo alto, apoyado sobre la verde cumbre de un
rollizo monte, en cuyas laderas radica, en su parte más baja, un bosque de antiquísimos y nudosos
árboles. Durante muchos siglos, las almenas han dominado desde su rígido trazado el campo nunca
cultivado que las rodea. Sus muros han servido de morada y fortaleza a la presuntuosa casa cuyo
linaje es mucho más antiguo que las musgosas paredes del castillo. Sus torres inmemoriales,
oscurecidas por el paso de las generaciones y averiadas por la inexorable zapa del tiempo supieron
ser durante el feudalismo uno de los más temibles e inexpugnables reductos fortificados en toda
Francia. Desde su interior fueron desafiados barones, condes e incluso reyes, sin que jamás el
enemigo pudiera poner los pies dentro del castillo.
Mas todo ha cambiado desde aquellos años de gloria. Algo así como una pobreza a veces
indistinguible de la miseria, aliada a un orgullo también ancestral que condena cualquier intento de
mitigarla entregándose a actividades comerciales o manuales, ha determinado que los herederos de
nuestra familia no hayan podido conservar las propiedades de acuerdo con su antiguo brillo.
Derrumbes en las paredes, la agreste vegetación en los parques, el foso convertido en una irregular y
polvorienta hendidura del terreno, los suelos hundidos, los podridos revestimientos de madera, las
tapicerías reducidas a mugrientos jirones que cuelgan de algunos sitios, todos éstos son apenas
algunos datos que balbucear; la triste historia de una grandeza perdida. El tiempo fue abatiendo una
a una las cuatro grandes torres; finalmente sólo quedaron las maltrechas ruinas de una de ellas. Allí
debieron ubicarse los escasos descendientes de quienes en mejores tiempos, fueran los más
poderosos señores de aquellas tierras.
Precisamente en una de esas inmensas y oscuras cámaras de la devastada torre fue donde yo,
Antoine, el último de los desdichados condes de C., nací hace noventa años. Pasé los primeros años
de mi vida entre esos muros, en los bosques laberínticos, en los barrancos siempre amenazadores, en
las grutas que se abrían al pie de la ladera.
No conocí a mis padres. Mi padre murió un mes antes que yo naciera, como consecuencia del
desprendimiento de una gran piedra de uno de los muros del castillo. Tenía treinta y dos años. Mi
madre murió como consecuencia del parto, a los pocos días de mi nacimiento. Por lo tanto mi
crianza y educación quedó obligadamente en manos del único servidor que quedaba en la casa: era
un anciano de gran fidelidad e inteligencia, cuyo nombre, si mal no recuerdo, era Pierre. Yo era hijo
único y la soledad que esta circunstancia siempre comporta se vio aumentada en mi caso por el
celoso cuidado que tuvo mi padre adoptivo por apartarme de los hijos de los campesinos que vivían
en modestas moradas que se diseminaban de tanto en tanto por las llanuras que rodeaban al monte.
Recuerdo haberle oído a Pierre que dicha prohibición se debía a que la nobleza de mi cuna impedía
que alternara con semejante plebe. Sin embargo, supe mucho después que el verdadero propósito
que guiaba al criado consistía en evitar que llegaran a mis oídos las historias acerca de la terrible
maldición que, infinitamente contada, ampliada y modificada, ocupaba las noches de los campesinos
reunidos en torno al fuego.
Condenado a la soledad y librado a mi albedrío, pasé toda mi niñez escudriñando los viejos y
musgosos tomos que abarrotaban la biblioteca del castillo y .......................................................................................(continua)

MANUAL DEL PERFECTO ATEO

SOBRE ESO QUE SE LLAMA DIOS (CON MAYUSCULAS)              link-enlace




Como este es un libro serio basado en las ciencias conocidas de todos (o en este caso desconocidas de casi todos), empezaremos por una de ellas: la filología, o sea el estudio de las lenguas; la filología es la ciencia que estudia las palabras, los idiomas que hablamos (no la lengua con la que hablamos). Según los filólogos la palabra ateo viene del griego a = sin y Theós = dios, es decir el que no tiene dios, o mejor dicho el que niega la existencia de dios.

¿De cual dios? ¿Del THEÓS griego, del DEUS latino o portugués, del GOD ingles y holandés del GUD escan-dinavo, del GOTT alemán, KAMI japonés, ALLAH turco, JÚMALA finlandés, DIEU francés, DIO italiano, BOG polaco o el BOKH ruso, del ILAH árabe o del brevísimo EL hebreo o del rumano DUMNEZEU o del DIOS español?. De todos un ateo niega la existencia de todo dios, sea quien sea.

Dicho lo cual aquí se podría terminar el libro: un perfecto ateo es el que no cree en dios y punto. Pero no: Un ateo que se respete debe conocer todo lo relacionado con el tal multicitado dios, aunque no crea en su existencia; conocer todas las creencias religiosas que han hecho los humanos sobre eso que llaman dios(con mayúsculas)...................................................................................CONTINUA

 

 

Una breve Antología del Ateismo

§ Napoleón Bonaparte.-
“¿Como se puede tener orden en un estado sin religión? La religión es un formidable medio para tener quieta a la gente...”.

§ Mark Twain.-
“Si Cristo volviera, seria todo... menos cristiano”.

§ Henryk Ibsen.-
“De chico creí en Dios, pero en cuanto logré unir dos pensamientos, se me olvido que existía. Creo que dios es una necesidad para mucha gente, lo que no demuestra que exista”.

§ Santo Tomas de Aquino.-
“No es evidente que Dios exista”.

§ Abraham Lincoln.-
“Mis primeras ideas sobre lo irrazonable del método cristiano de salvación y sobre el origen humano de las escrituras no han cambiado al paso de los años, ni creo que cambiaran”.

§ Carlos Marx.-
“La miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y por la otra la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de una criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación carente de espíritu. La religión es el opio del pueblo. La abolición de la religión en cuanto dicha ilusoria del pueblo, es necesaria para su dicha real”.

§ Engels.-
“La religión no es otra cosa que el reflejo fantástico que proyectan en la cabeza de los hombres aquellas fuerzas externas que gobiernan su vida diaria, un reflejo en que las fuerzas terrenales revisten la forma de poderes sobrenaturales”.

§ H. G. Wells.-
“Toda religión es un insulto a la dignidad mental del hombre, pero principalmente la religión católica, que ha elaborado dogmas contrarios a la razón humana”. “La iglesia católica es lo mas hostil que hay contra la libertad del hombre y la estimulación del bien: el mejor sistema organizado de la aberración y el prejuicio, la estupidez y la falacia. Yo creo que la religión católica es el enemigo número uno de la humanidad pensante”.

§ Miguel de Unamuno.-
¿Dios es macho o hembra?.

§ Adolfo Hitler.-
“El cristianismo es una religión para esclavos y tontos”.

§ Bertrand Russell.-
“Estoy persuadido de que Dios no creó al mundo, pero sí de que el mundo esta creando a Dios?”.

§ Fiodor Dostoyevsky.-
“Si tuviera necesidad de vivir muy tranquilo, sin preocuparme de la desgracia ajena, creería en Dios, pues así tendría la seguridad de que él se ocuparía de resolver las desgracias humanas, Desgraciadamente la misma existencia de la desgracia humana, de la injusticia y el dolo, me dicen que no hay tal Dios”.

§ John Adams.-
“Este mundo sería el mejor de todos los mundos posibles si no hubiera ninguna religión”.

§ Imanuel Kant.-
“la razón pura no puede probar la existencia de Dios”.

§ Galileo.-
“Contra todas las apariencias, en las que por otra parte estén todos aparentemente de acuerdo, avanzamos guiados por la razón. Y la razón nos pide pruebas que tarde o temprano, van y acaban con las apariencias. Bien lo dice el dicho popular las apariencias engañan, la
razón no engaña, pero es difícil que se imponga a las apariencias”.

§ Pierre Bayle.-
“Yo no puedo ser religioso ni creer en Dios. Prefiero la filosofía a la religión, pues no puedo poseer al mismo tiempo lo evidente y lo incomprensible”.

§ Jhon Milton.-
“Lo que me ha puesto a pensar en lo falso de la religión cristiana, es su nula tolerancia hacia las otras religiones. Dado que los dogmas cristianos no pueden ser tomados como la verdad, cualquier otra doctrina religiosa distinta a la oficial debería tener el mismo derecho a existir y practicarse, si así lo desearan los hombres”.

§ Thomas Jefferson.-
“Millones de seres humanos inocentes, hombres, mujeres y niños, desde la introducción del cristianismo, han sido torturados, asesinados, quemados, puestos en prisión, y sin embargo no hemos avanzado ni una pulgada hacia el consenso general. ¿Cuál ha sido el efecto de obligar a la gente a creer? Que la mitad de l humanidad vive engañada y la otra mitad vive en la hipocresía, con tal de que el error y la mentira no desaparezcan del mundo”.

§ Sigmun Freud.-“
Los sentimientos de amor y temor de dios, no tienen su origen en Dios, sino en los seres humanos. Son sentimientos de frustración dirigidos por el hombre a un ser imaginario que pretende sea su padre”.

§ Thomas Mann.-
“Si pensáramos que dios está al pendiente de la Tierra y sus habitantes, que se preocupa porque se respeten sus leyes y se haga su voluntad, debemos llegar a la conclusión de que Dios has sido derrotado por los hombres, ya que en la Tierra nadie hace su voluntad, ni respeta sus leyes. Creo que el hombre se ha creado un Dios absurdo, es decir a su imagen y semejanza...”.

§ Thomas Paine.-
“No creo en lo que enseña la iglesia judía, ni la iglesia de Roma, ni la turca, ni la iglesia de los protestantes, ni ninguna iglesia de las conocidas. Mi mente es mi única iglesia. Todas las religiones no son otra cosa que invenciones humanas para aterrorizar y mantener esclava a la humanidad y monopolizar el poder y el dinero”.

§ Lenin.-
“Dios es, histórica y cotidianamente, sobre todo, un complejo de ideas generadas por la bestialización del hombre y por la naturaleza que lo rodea, así como por el yugo de clase; ideas que sirven para afianzar la opresión y adormecer la lucha de clases. La impotencia de las clases explotadas en su lucha contra los explotadores, engendra la fe en una vida mejor mas allá de la muerte, tan inevitable como la impotencia en su lucha del salvaje contra la naturaleza engendra la fe en los dioses, los demonios, los milagros, etc. A aquel que trabaja y padece miseria toda su vida, la religión le enseña a ser humilde y resignado en la vida terrenal y a reconfortarse en el esperanza del premio celestial”.

§ David Hume.-
“Considerando imposible demostrar la existencia de Dios y de las vivencias religiosas, me inclino porque se utilice sin embargo la predicación de la moral religiosa en el pueblo, pese a que siglos de predicación no hayan dado mucho resultado positivo”.

§ Montaigne.-
“Si los milagros existen, es solo porque nos conocemos bastante la naturaleza y no porque sean auténticos o verídicos...”.

§ Maximo Gorki.-
“La búsqueda de dios es una ocupación inútil, pues no
hay nada que buscar donde nada existe. A los dioses no se les busca: se les crea...”.

§ Tomas A. Edison.- “La religión como se concibe en nuestros días, es una maldita farsa. Mi mente es incapaz de concebir una cosa tan absurda como la existencia del alma. No lo puedo creer simplemente...”.

§ San Ignacio de Loyola.- “Debemos estar siempre dispuestos a creer que lo blanco es negro, si así lo manda la jerarquía de la Santa Madre Iglesia...”.

§ Clarence Darrow.- “Creo que la religión es la creencia en Dios y la otra vida. Yo no creo en Dios igual que no creo en la Mother Goose...”.

§ Charles Chaplin.- “Por simple sentido común no creo en dios, en ninguno”.

§ Balzac.- “Podría existir un Dios, justo, noble, bondadoso e interesado en la humanidad, si así decidiéramos crearlo los hombres. Pero no nos serviría de nada: seria un dios idealizado, no humanizado”.

§ Bertolt Brech.- “Todos los individuos, en toda situación, bajo todos los cielos y con todas las filosofías, se esfuerzan obstinada e insistentemente en engañarse a sí mismos. Según su inteligencia, sus intentos eran mas bien débiles o más torpes; algunos no lo lograban consigo mismos, pero si con los demás; en tanto que a otros les ocurría inversamente. Pero siempre parecían los impulsos demasiado débiles para triunfar sin santificación. Cuando la masa hormigueante de los seres en el astro volante se hubo conocido y experimentado, su incomprensible abandono había inventado sudando a Dios, a quien nadie veía, de modo que ninguno pudiera decir que no lo
había o que no lo había visto...”.

§ Heine.- “Dejemos el paraíso a los ángeles y a los tontos”.

§ Albert Einsten.- “No puedo imaginarme a un dios que premia y castiga a los objetos de su creación, cuyos propósitos han sido modelados bajo el suyo propio; un Dios (para acabar pronto) que no es más que el reflejo de la debilidad humana. Tampoco creo que el individuo sobreviva a la muerte de su cuerpo: esos pensamientos no son más que pensamientos de miedo o egoísmo de lo mas ridículo...”.

§ H. L. Mencken.- “Yo creo que la religión, cualquier religión, no es mas que un estorbo para la humanidad. La fe en un dios tonto, es únicamente para tontos que no saben hacer uso de la razón”.

§ Laplace.- “Yo afortunada-mente no tengo necesidad de creer en dios”.
¿Quienes mas han sido ateos?,
Newton, Darwin, Goethe, Maquiavelo, Ralph Waldo Emerson, Josep Conrad, Walt Whitman, Poe, Jung, Rabelais, Voltaire, Marcel Proust, Lord Byron, Jean Cocteau, Andre Malraux, Rosa Luxemburgo, Chejov, Pavlov, William Faulkner, Juan Monet de Lamark, Benjamin Franklin, Omar Khayam, Francis Bacon, John Dewey, Albert Schwitzer, Spinoza, Schopenhauer, Miguel Servetius, Havelock, Ellis, Aldous Huxley, Camus, Nietzsche, Herbert Spencer, Giordano Bruno, Ionesco, Jean Genet, Maiakovski, Wilhelm Reich, James Joyce, Arthur Miller, Pablo Picasso, Ingmar Bergman, Diego Rivera, Isadora Duncan, Stravinsky, Matisse, el Bosco, Paul Gauguin, Arnold Tonybee, J. Jacobo Rosseau, Proust, Sartre, el Nigromante, Rabelais, Emil Zolá,
Benito Juárez, José Marti, Gramsci, Simone de Beauvoir, Bernard Shaw, Orwell, Harold Pinter, Franz Kafka, Bakunin, Ernest Hemingway, T. S. Elliot, Charles Lindenbergh................................................................................CONTINUA

" EL POETA MALDITO,... OLVIDADO... " // AMBROSE GWINET BIERCE (1842-1914)

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AMBROSE GWINET BIERCE (1842-1914)
UN PEQUEÑO RECUERDO...



La llegada de Ambrose Gwinet, el 24 de junio de 1842, no debió ser un acontecimiento excepcional para Marco Aurelio y Laura Bierce, sus padres. Otros nueve hijos ya congestionaban la cabaña de madera donde vivían, en Horse Cave, campo religioso de Meigs County, Ohio.

Poca y pobre fue la educación que pudo recibir en los primeros años, aparte lo aprendido en su trabajo como agricultor en la granja de su familia y en otras tres ocupaciones que se le conocen: aprendiz de imprenta, peón en un horno de ladrillos y mozo en una cantina.

Según parece, de aquella
infancia vivida en un ambiente presuntamente sórdido, conservó un odio imperecedero para con todos los suyos, de padres abajo, sin discriminación de grado de parentesco. Más tarde este sentimiento florecería en parricidios literarios exorcisantes:

“En las primeras horas de una mañana del mes de junio de 1872 asesiné a mi padre, hecho que, por entonces, causó en mi una profunda impresión”.


Se apartó de aquello cuando se incorporó al Instituto Militar de Kentucky, donde estuvo un año. El 9 de abril de 1861 se alistó como voluntario en el ejército de la Unión. La Guerra de Secesión consolidó su ya creciente misantropía. El espectáculo de una humanidad estúpida y cruel, que echa mano de cualquier medio con tal de masacrarse con eficacia, lo estremece. Llegado el momento, transferirá el escalofrío fijándolo en un libro alucinante: In the midst of life (Tales of soldiers and civilians)...................................................................................(continua)

DICCIONARIO DEL DIABLO // AMBROSE BIERCE

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Lexicógrafo del Demonio

La posteridad ha descuidado a este clásico de las letras norteamericanas que, en su tiempo, tuvo más renombre que el mismo Poe. Hoy, después de muchos años de sobria fama en su patria y de un par de imperceptibles tentativas de emigración a Francia, donde fue traducido en 1937 y 1947 sin consecuencias memorables, su gloria reverdece.
En 1952 Alain Bosquet escribió de él, y al final de una excelsa nómina de divos del humor negro —Swift, Sade, Lichtenberger, Petrus Borel, Poe, Lewis Caroll, Villiers de l'Isle Adam, Lautremont, Huysmans, Jarry...— puso esta frase: “Parece, sin embargo, que se nos ha olvidado agregar en esta lista al más brillante, al más sistemático, al más desconcertante de todos: Ambrose Bierce”. Después, dos nuevas ediciones de sus cuentos traducidos por Jacques Papy —“su Baudelaire” desde hace más de treinta años— otras dos del Diccionario —una con prólogo de Jean Cocteau— y la publicación en “Planète” de algunas de sus fábulas y cuentos, abrieron el camino a su conocimiento en el extranjero.

El mismo Bierce contó la historia de este libro en un breve prefacio que se reprodujo en la edición de 1935. Los primeros aforismos sulfurosos de que se compone aparecieron en un semanario en 1881, y su publicación continuó en forma esporádica y con largos intervalos hasta 1906.
Por entonces gran parte de la obra ya se había editado como libro con el título de Diccionario del cínico, “nombre —dice Bierce— que no tuve el poder de rechazar ni la alegría de aprobar”. Fueron los escrúpulos religiosos de los directores del último periódico en que apareció el trabajo la causa de ese título reprobado por el autor. El éxito provocó un alud de “libros del cínico”, “la mayoría de ellos solamente estúpidos, aunque algunos eran también tontos”. “Entre tanto, agrega Bierce, algunos de los esforzados humoristas del país se habían servido en parte del trabajo en la medida que convenía a sus necesidades, y muchas de sus definiciones, anécdotas y frases se habían hecho más o menos corrientes en el lenguaje popular. Esta explicación se ofrece no por orgullo de prioridad en bagatelas, sino para prevenir posibles cargos de plagio, lo cual no es una bagatela”.
El diccionario es la mejor carta de presentación que pudo haberse elegido. Bierce ha reñido genéricamente con el hombre y en este libro expone una por una las causas de su encono. Se muestra en él como un eximio tocador de llagas, y la humanidad se le ofrece desnuda, pletórica de pústulas, a este indefectible señalador de vicios, debilidades y taras. Desde temprano tuvo motivos suficientes para sobrellevar el mundo como un percance indeclinable, y en el transcurso de su vida no le fue difícil dar con más razones para exteriorizar su pesimismo vital, contraído a despecho de la admiración, de los halagos, de la gloria y también de los temores que suscitó en un largo período de su existencia.
Es por lo menos improbable que alguien o algo con radicación habitual en este planeta haya escapado a su anotación chirriante. La vida, a través del cristal birciano, aparece entenebrecida por el egoísmo, la mezquindad, la estupidez ilimitada y tantos otros atributos afines que la naturaleza prodigó sin regateos al género humano.
Toda la obra de Bierce es el fruto ácido de la desdicha, de una desdicha irreparable para la cual sólo hay dos caminos: la facilidad del alarido o la maceración del sarcasmo. Pero su dolor es demasiado hondo para tratarlo con la irrisoria terapia de la vociferación. “Y es sin duda —anotó Jacques Stenberg— en las filigranas de las fábulas y de las definiciones del diccionario donde el rostro de Ambrose Bierce apar