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RIMAS // BEQUER

Escrito por imagenes 25-10-2007 en General. Comentarios (0)

 

RIMAS

 

Gustavo Adolfo Bécquer

 

~ ~ ~

 

I

 

 

Yo sé un himno gigante y extraño

que anuncia en la noche del alma una aurora,

y estas páginas son de ese himno

cadencias que el aire dilata en las sombras.

 

Yo quisiera escribirle, del hombre

domando el rebelde, mezquino idioma,

con palabras que fuesen a un tiempo

suspiros y risas, colores y notas.

 

Pero en vano es luchar, que no hay cifra

capaz de encerrarle; y apenas, ¡oh, hermosa!,

si, teniendo en mis manos las tuyas,

pudiera, al oído, cantártelo a solas.

 

 

 

 

II

 

 

Saeta que voladora

cruza, arrojada al azar,

y que no se sabe dónde

temblando se clavará;

 

hoja que del árbol seca

arrebata el vendaval,

sin que nadie acierte el surco

donde al polvo volverá;

 

gigante ola que el viento

riza y empuja en el mar,

y rueda y pasa, y se ignora

qué playa buscando va;

 

luz que en cercos temblorosos

brilla, próxima a expirar,

y que no se sabe de ellos

cuál el último será;

 

eso soy yo, que al acaso

cruzo el mundo sin pensar

de dónde vengo ni a dónde

mis pasos me llevarán.

 

 

III

 

 

Sacudimiento extraño

que agita las ideas,

como huracán que empuja

las olas en tropel.

 

Murmullo que en el alma

se eleva y va creciendo

como volcán que sordo

anuncia que va a arder.

 

Deformes siluetas

de seres imposibles;

paisajes que aparecen

como al través de un tul.

 

Colores que fundiéndose

remedan en el aire

los átomos del iris

que nadan en la luz.

 

Ideas sin palabras,

palabras sin sentido;

cadencias que no tienen

ni ritmo ni compás.

 

Memorias y deseos

de cosas que no existen;

accesos de alegría,

impulsos de llorar.

 

Actividad nerviosa

que no halla en qué emplearse;

sin riendas que le guíen,

caballo volador.

 

Locura que el espíritu

exalta y desfallece,

embriaguez divina

del genio creador...

 

Tal es la inspiración.

 

*

 

Gigante voz que el caos

ordena en el cerebro

y entre las sombras hace

la luz aparecer.

 

Brillante rienda de oro

que poderosa enfrena

de la exaltada mente

el volador corcel.

 

Hilo de luz que en haces

los pensamientos ata;

sol que las nubes rompe

y toca en el zenít.

 

Inteligente mano

que en un collar de perlas

consigue las indóciles

palabras reunir.

 

Armonioso ritmo

que con cadencia y número

las fugitivas notas

encierra en el compás.

 

Cincel que el bloque muerde

la estatua modelando,

y la belleza plástica

añade a la ideal.

 

Atmósfera en que giran

con orden las ideas,

cual átomos que agrupa

recóndita atracción.

 

Raudal en cuyas ondas

su sed la fiebre apaga,

oasis que al espíritu

devuelve su vigor...

 

Tal es nuestra razón.

 

Con ambas siempre en lucha

y de ambas vencedor,

tan sólo al genio es dado

a un yugo atar las dos.

 

 

IV

 

 

No digáis que, agotado su tesoro,

de asuntos falta, enmudeció la lira;

podrá no haber poetas; pero siempre

¡habrá poesía!

 

Mientras las ondas de la luz al beso

palpiten encendidas,

mientras el sol las desgarradas nubes

de fuego y oro vista;

 

mientras el aire en su regazo lleve

perfumes y armonías,

mientras haya en el mundo primavera,

¡habrá poesía!

 

Mientras la ciencia a descubrir no alcance

las fuentes de la vida,

y en el mar o en el cielo haya un abismo

que al cálculo resista,

 

mientras la humanidad siempre avanzando

no sepa a dó camina,

mientras haya un misterio para el hombre,

¡habrá poesía!

 

Mientras se sienta que se ríe el alma,

sin que los labios rían;

mientras se llore, sin que el llanto acuda

a nublar la pupila;

 

mientras el corazón y la cabeza

batallando prosigan,

mientras haya esperanzas y recuerdos,

¡habrá poesía!

 

Mientras haya unos ojos que reflejen

los ojos que los miran,

mientras responda el labio suspirando

al labio que suspira,

 

mientras sentirse puedan en un beso

dos almas confundidas,

mientras exista una mujer hermosa,

¡habrá poesía!

 

 

V

 

 

Espíritu sin nombre,

indefinible esencia,

yo vivo con la vida

sin formas de la idea.

 

Yo nado en el vacío,

del sol tiemblo en la hoguera,

palpito entre las sombras

y floto con las nieblas.

 

Yo soy el fleco de oro

de la lejana estrella,

yo soy de la alta luna

la luz tibia y serena.

 

Yo soy la ardiente nube

que en el ocaso ondea,

yo soy del astro errante

la luminosa estela.

 

Yo soy nieve en las cumbres,

soy fuego en las arenas,

azul onda en los mares

y espuma en las riberas.

 

En el laúd, soy nota,

perfume en la violeta,

fugaz llama en las tumbas

y en las ruïnas yedra.

 

Yo atrueno en el torrente

y silbo en la centella,

y ciego en el relámpago

y rujo en la tormenta.

 

Yo río en los alcores,

susurro en la alta yerba,

suspiro en la onda pura

y lloro en la hoja seca.

 

Yo ondulo con los átomos

del humo que se eleva

y al cielo lento sube

en espiral inmensa.

 

Yo, en los dorados hilos

que los insectos cuelgan

me mezco entre los árboles

en la ardorosa siesta.

 

Yo corro tras las ninfas

que, en la corriente fresca

del cristalino arroyo,

desnudas juguetean.

 

Yo, en bosques de corales

que alfombran blancas perlas,

persigo en el océano

las náyades ligeras.

 

Yo, en las cavernas cóncavas

do el sol nunca penetra,

mezclándome a los gnomos,

contemplo sus riquezas.

 

Yo busco de los siglos

las ya borradas huellas,

y sé de esos imperios

de que ni el nombre queda.

 

Yo sigo en raudo vértigo

los mundos que voltean,

y mi pupila abarca

la creación entera.

 

Yo sé de esas regiones

a do un rumor no llega,

y donde informes astros

de vida un soplo esperan.

 

Yo soy sobre el abismo

el puente que atraviesa,

yo soy la ignota escala

que el cielo une a la tierra,

 

Yo soy el invisible

anillo que sujeta

el mundo de la forma

al mundo de la idea.

 

Yo, en fin, soy ese espíritu,

desconocida esencia,

perfume misterioso

de que es vaso el poeta.

 

 

VI

 

 

Como la brisa que la sangre orea

sobre el oscuro campo de batalla,

cargada de perfumes y armonías

en el silencio de la noche vaga,

 

Símbolo del dolor y la ternura,

del bardo inglés en el horrible drama,

la dulce Ofelia, la razón perdida,

cogiendo flores y cantando pasa.

 

 

VII

 

 

Del salón en el ángulo oscuro,

de su dueña tal vez olvidada,

silenciosa y cubierta de polvo

veíase el arpa.

 

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas

como el pájaro duerme en las ramas,

esperando la mano de nieve

que sabe arrancarlas!

 

¡Ay! -pensé-; ¡cuántas veces el genio

así duerme en el fondo del alma,

y una voz, como Lázaro, espera

que le diga: «¡Levántate y anda!».

 

 

 

VIII

 

 

Cuando miro el azul horizonte

perderse a lo lejos,

al través de una gasa de polvo

dorado e inquieto,

 

me parece posible arrancarme

del mísero suelo

y flotar con la niebla dorada

en átomos leves

cual ella deshecho.

 

Cuando miro de noche en el fondo

oscuro del cielo

las estrellas temblar como ardientes

pupilas de fuego,

 

me parece posible a do brillan

subir en un vuelo

y anegarme en su luz, y con ellas

en lumbre encendido

fundirme en un beso.

 

En el mar de la duda en que bogo

ni aun sé lo que creo;

sin embargo estas ansias me dicen

que yo llevo algo

divino aquí dentro.

 

 

IX

 

Besa el aura que gime blandamente

las leves ondas que jugando riza;

el sol besa a la nube en occidente

y de púrpura y oro la matiza;

la llama en derredor del tronco ardiente

por besar a otra llama se desliza;

y hasta el sauce, inclinándose a su peso,

al río que le besa, vuelve un beso.

 

 

X

 

 

Los invisibles átomos del aire

en derredor palpitan y se inflaman,

el cielo se deshace en rayos de oro,

la tierra se estremece alborozada.

Oigo flotando en olas de armonías,

rumor de besos y batir de alas;

mis párpados se cierran... -¿Qué sucede?

¿Dime? -¡Silencio! ¡Es el amor que pasa!

 

 

XI

 

 

-Yo soy ardiente, yo soy morena,

yo soy el símbolo de la pasión,

de ansia de goces mi alma está llena.

¿A mí me buscas?

-No es a ti, no.

 

-Mi frente es pálida, mis trenzas de oro:

puedo brindarte dichas sin fin,

yo de ternuras guardo un tesoro.

¿A mí me llamas?

-No, no es a ti.

 

-Yo soy un sueño, un imposible,

vano fantasma de niebla y luz;

soy incorpórea, soy intangible:

no puedo amarte.

-¡Oh ven, ven tú!

 

 

 

XII

 

 

Porque son, niña, tus ojos

verdes como el mar, te quejas;

verdes los tienen las náyades,

verdes los tuvo Minerva,

y verdes son las pupilas

de las hourís del Profeta.

 

El verde es gala y ornato

del bosque en la primavera;

entre sus siete colores

brillante el Iris lo ostenta,

 

las esmeraldas son verdes;

verde el color del que espera,

y las ondas del océano

y el laurel de los poetas.

 

*

 

Es tu mejilla temprana

rosa de escarcha cubierta,

en que el carmín de los pétalos

se ve al través de las perlas.

 

Y sin embargo,

sé que te quejas

porque tus ojos

crees que la afean,

pues no lo creas.

Que parecen sus pupilas

húmedas, verdes e inquietas,

tempranas hojas de almendro

que al soplo del aire tiemblan.

 

*

 

Es tu boca de rubíes

purpúrea granada abierta

que en el estío convida

a apagar la sed con ella,

 

Y sin embargo,

sé que te quejas

porque tus ojos

crees que la afean,

pues no lo creas.

Que parecen, si enojada

tus pupilas centellean,

las olas del mar que rompen

en las cantábricas peñas.

 

*

 

Es tu frente que corona,

crespo el oro en ancha trenza,

nevada cumbre en que el día

su postrera luz refleja.

 

Y sin embargo,

sé que te quejas

porque tus ojos

crees que la afean:

pues no lo creas.

Que entre las rubias pestañas,

junto a las sienes semejan

broches de esmeralda y oro

que un blanco armiño sujetan.

 

 

Porque son, niña, tus ojos

verdes como el mar te quejas;

quizás, si negros o azules

se tornasen, lo sintieras.

 

 

XIII

 

[Imitación de Byron]

 

Tu pupila es azul y, cuando ríes,

su claridad süave me recuerda

el trémulo fulgor de la mañana

que en el mar se refleja.

 

Tu pupila es azul y, cuando lloras,

las transparentes lágrimas en ella

se me figuran gotas de rocío

sobre una vïoleta.

 

Tu pupila es azul, y si en su fondo

como un punto de luz radia una idea,

me parece en el cielo de la tarde

una perdida estrella.

 

 

 

XIV

 

 

Te vi un punto y, flotando ante mis ojos,

la imagen de tus ojos se quedó,

como la mancha oscura orlada en fuego

que flota y ciega si se mira al sol.

 

Adondequiera que la vista clavo,

torno a ver las pupilas llamear;

mas no te encuentro a ti, que es tu mirada,

unos ojos, los tuyos, nada más.

 

De mi alcoba en el ángulo los miro

desasidos fantásticos lucir;

cuando duermo los siento que se ciernen,

de par en par abiertos sobre mí.

 

Yo sé que hay fuegos fatuos que en la noche

llevan al caminante a perecer;

yo me siento arrastrado por tus ojos,

pero adónde me arrastran, no lo sé.

 

 

 

XV

 

 

[Tú y yo.

Melodía.]

 

Cendal flotante de leve bruma,

rizada cinta de blanca espuma,

rumor sonoro

de arpa de oro,

beso del aura, onda de luz:

eso eres tú.

 

Tú, sombra aérea, que cuantas veces

voy a tocarte te desvaneces

¡como la llama, como el sonido,

como la niebla, como el gemido

del lago azul!

 

En mar sin playas onda sonante,

en el vacío cometa errante,

largo lamento

del ronco viento,

ansia perpetua de algo mejor,

¡eso soy yo!

 

Yo, que a tus ojos, en mi agonía,

los ojos vuelvo de noche y día;

yo, que incansable corro y demente

¡tras una sombra, tras la hija ardiente

de una visión!.

 

 

 

 

XVI

 

 

[Serenata]

 

Si al mecer las azules campanillas

de tu balcón,

crees que suspirando pasa el viento

murmurador,

sabe que, oculto entre las verdes hojas,

suspiro yo.

 

Si al resonar confuso a tus espaldas

vago rumor,

crees que por tu nombre te ha llamado

lejana voz,

sabe que, entre las sombras que te cercan,

te llamo yo.

 

Si se turba medroso en la alta noche

tu corazón,

al sentir en tus labios un aliento

abrasador,

sabe que, aunque invisible, al lado tuyo,

respiro yo.

 

 

 

XVII

 

 

 

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,

hoy llega al fondo de mi alma el sol,

hoy la he visto... La he visto y me ha mirado...

¡Hoy creo en Dios!

 

 

 

XVIII

 

 

 

Fatigada del baile,

encendido el color, breve el aliento,

apoyada en mi brazo,

del salón se detuvo en un extremo.

 

Entre la leve gasa

que levantaba el palpitante seno,

una flor se mecía

en compasado y dulce movimiento.

 

Como en cuna de nácar

que empuja el mar y que acaricia el céfiro,

tal vez allí dormía

al soplo de sus labios entreabiertos.

 

¡Oh, quién así -pensaba-

dejar pudiera deslizarse el tiempo!

¡Oh, si las flores duermen,

qué dulcísimo sueño!

 

 

 

XIX

 

 

 

Cuando sobre el pecho inclinas

la melancólica frente,

una azucena tronchada

me pareces.

 

Porque al darte la pureza

de que es símbolo celeste,

como a ella te hizo Dios

de oro y nieve.

 

 

 

XX

 

 

 

Sabe, si alguna vez tus labios rojos

quema invisible atmósfera abrasada,

que el alma que hablar puede con los ojos,

también puede besar con la mirada.

 

 

 

XXI

 

 

 

-¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul,

¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía... eres tú.

 

 

 

XXII

 

 

 

¿Cómo vive esa rosa que has prendido

junto a tu corazón?

Nunca hasta ahora contemplé en el mundo

junto al volcán la flor.

 

XXIII

 

 

[A ella. No sé...]

 

Por una mirada, un mundo;

por una sonrisa, un cielo;

por un beso... ¡Yo no sé

qué te diera por un beso!

 

 

 

XXIV

 

 

 

[Dos y uno]

 

Dos rojas lenguas de fuego

que a un mismo tronco enlazadas

se aproximan y, al besarse,

forman una sola llama.

 

Dos notas que del laúd

a un tiempo la mano arranca,

y en el espacio se encuentran

y armoniosas se abrazan.

 

Dos olas que vienen juntas

a morir sobre una playa

y que al romper se coronan

con un penacho  de plata.

 

Dos jirones de vapor

que del lago se levantan

y, al juntarse allá en el cielo,

forman una nube blanca.

 

Dos ideas que al par brotan;

dos besos que a un tiempo estallan,

dos ecos que se confunden;

eso son nuestras dos almas.

 

 

XXV

 

 

 

Cuando en la noche te envuelven

las alas de tul del sueño

y tus tendidas pestañas

semejan arcos de ébano,

por escuchar los latidos

de tu corazón inquieto

y reclinar tu dormida

cabeza sobre mi pecho,

diera, alma mía,

cuanto posea:

¡la luz, el aire

y el pensamiento!

Cuando se clavan tus ojos

en un invisible objeto

y tus labios ilumina

de una sonrisa el reflejo,

por leer sobre tu frente

el callado pensamiento

que pasa como la nube

del mar sobre el ancho espejo,

diera, alma mía,

cuanto deseo:

¡la fama, el oro,

la gloria, el genio!

 

Cuando enmudece tu lengua

y se apresura tu aliento

y tus mejillas se encienden

y entornas tus ojos negros,

por ver entre sus pestañas

brillar con húmedo fuego

la ardiente chispa que brota

del volcán de los deseos,

diera, alma mía,

por cuanto espero,

la fe, el espíritu,

la tierra, el cielo.

 

 

 

XXVI

 

 

 

Voy contra mi interés al confesarlo;

no obstante, amada mía,

pienso, cual tú, que una oda sólo es buena

de un billete del Banco al dorso escrita.

No faltará algún necio que al oírlo

se haga cruces y diga:

-Mujer al fin del siglo diecinueve,

material y prosaica... ¡Boberías!

Voces que hacen correr cuatro poetas

que en invierno se embozan con la lira;

¡Ladridos de los perros a la luna!

Tú sabes y yo sé que en esta vida

con genio es muy contado el que la escribe,

y con oro cualquiera hace poesía.

 

 

 

XXVII

 

 

 

[Duerme]

 

Despierta, tiemblo al mirarte;

dormida, me atrevo a verte;

por eso, alma de mi alma,

yo velo mientras tú duermes.

 

Despierta, ríes, y al reír tus labios

inquietos me parecen

relámpagos de grana que serpean

sobre un cielo de nieve.

 

Dormida, los extremos de tu boca

pliega sonrisa leve,

suave como el rastro luminoso

que deja un sol que muere.

¡Duerme!

 

Despierta, miras y al mirar tus ojos

húmedos resplandecen

como la onda azul en cuya cresta

chispeando el sol hiere.

 

Al través de tus párpados, dormida,

tranquilo fulgor vierten,

cual derrama de luz, templado rayo,

lámpara transparente.

¡Duerme!

 

Despierta, hablas y al hablar vibrantes

tus palabras parecen

lluvia de perlas que en dorada copa

se derrama a torrentes.

 

Dormida, en el murmullo de tu aliento

acompasado y tenue,

escucho yo un poema que mi alma

enamorada entiende.

¡Duerme!

 

Sobre el corazón la mano

me he puesto porque no suene

su latido y de la noche

turbe la calma solemne.

 

De tu balcón las persianas

cerré ya porque no entre

el resplandor enojoso

de la aurora y te despierte.

¡Duerme!

 

 

 

XXVIII

 

 

 

Cuando entre la sombra oscura,

perdida una voz murmura

turbando su triste calma,

si en el fondo de mi alma

la oigo dulce resonar,

dime: ¿es que el viento en sus giros

se queja, o que tus suspiros

me hablan de amor al pasar?

 

Cuando el sol en mi ventana

rojo brilla a la mañana,

y mi amor tu sombra evoca,

si en mi boca de otra boca

sentir creo la impresión,

dime: ¿es que ciego deliro,

o que un beso en un suspiro

me envía tu corazón?

 

Y en el luminoso día

y en la alta noche sombría,

si en todo cuanto rodea

al alma que te desea,

te creo sentir y ver,

dime: ¿es que toco y respiro

soñando, o que en un suspiro

me das tu aliento a beber?

 

 

XXIX

 

 

 

Sobre la falda tenía

el libro abierto;

en mi mejilla tocaban

sus rizos negros;

no veíamos letras

ninguno creo;

mas guardábamos ambos

hondo silencio.

¿Cuánto duró?  Ni aun entonces

pude saberlo.

Sólo sé que no se oía

más que el aliento,

que apresurado escapaba

del labio seco.

Sólo sé que nos volvimos

los dos a un tiempo,

y nuestros ojos se hallaron

¡y sonó un beso!

 

*

 

Creación de Dante era el libro;

era su Infierno.

Cuando a él bajamos los ojos,

yo dije trémulo:

-¿Comprendes ya que un poema

cabe en un verso?

Y ella respondió encendida:

-¡Ya lo comprendo!

 

[La bocca mi baciò tutto tremante.]

[Dante, Commedia, Inf., V., 136.]

 

 

 

XXX

 

 

 

Asomaba a sus ojos una lágrima

y a mi labio una frase de perdón;

habló el orgullo y se enjugó su llanto,

y la frase en mis labios expiró.

 

Yo voy por un camino; ella, por otro;

pero, al pensar en nuestro mutuo amor,

yo digo aún: -¿Por qué callé aquel día?

Y ella dirá: -¿Por qué no lloré yo?

 

 

 

XXXI

 

 

 

Nuestra pasión fue un trágico sainete

en cuya absurda fábula

lo cómico y lo grave  confundidos

risas y llanto arrancan.

 

Pero fue lo peor de aquella historia

que al fin de la jornada

a ella tocaron lágrimas y risas

y a mí, sólo las lágrimas.

 

 

 

XXXII

 

 

 

Pasaba arrolladora en su hermosura

y el paso le dejé;

ni aun a mirarla me volví y, no obstante,

algo a mi oído murmuró: -Esa es.

 

¿Quién reunió la tarde a la mañana?

Lo ignoro; sólo sé

que en una breve noche de verano

se unieron los crepúsculos, y... fue.

 

 

XXXIII

 

 

 

Es cuestión de palabras y, no obstante,

ni tú ni yo jamás,

después de lo pasado, convendremos

en quién la culpa está.

 

¡Lástima que el Amor un diccionario

no tenga donde hallar

cuándo el orgullo es simplemente orgullo

y cuándo es dignidad!.

 

XXXIV

 

 

 

Cruza callada, y son sus movimientos

silenciosa armonía:

suenan sus pasos, y al sonar recuerdan

del himno alado la cadencia rítmica.

 

Los ojos entreabre, aquellos ojos

tan claros como el día;

y la tierra y el cielo, cuanto abarcan,

arden con nueva luz en sus pupilas.

 

Ríe, y su carcajada tiene notas

del agua fugitiva;

llora, y es cada lágrima un poema

de ternura infinita.

 

Ella tiene la luz, tiene el perfume,

el color y la línea,

la forma engendradora de deseos,

la expresión, fuente eterna de poesía.

 

¿Qué es estúpida? ¡Bah!  Mientras callando

guarde oscuro el enigma,

siempre valdrá lo que yo creo que calla

más que lo que cualquiera otra me diga.

 

 

 

XXXV

 

 

 

¡No me admiró tu olvido!  Aunque de un día,

me admiró tu cariño mucho más;

porque lo que hay en mí que vale algo,

eso... ni lo pudiste sospechar.

 

 

 

XXXVI

 

 

 

Si de nuestros agravios en un libro

se escribiese la historia,

y se borrase en nuestras almas cuanto

se borrase en sus hojas.

¡Te quiero tanto aún! ¡Dejó en mi pecho

tu amor huellas tan hondas,

que sólo con que tú borrases una,

las borraba yo todas!

 

 

 

XXXVII

 

 

 

Antes que tú me moriré; escondido

en las entrañas ya

el hierro llevo con que abrió tu mano

la ancha herida mortal.

 

Antes que tú me moriré; y mi espíritu,

en su empeño tenaz,

se sentará a las puertas de la muerte,

esperándote allá.

 

Con las horas los días, con los días

los años volarán,

y a aquella puerta llamarás al cabo...

¿Quién deja de llamar?

 

Entonces, que tu culpa y tus despojos

la tierra guardará,

lavándote en las ondas de la muerte

como en otro Jordán;

 

allí donde el murmullo de la vida

temblando a morir va,

como la ola que a la playa viene

silenciosa a expirar;

 

allí donde el sepulcro que se cierra

abre una eternidad,

todo cuanto los dos hemos callado,

allí lo hemos de hablar.

 

 

 

 

XXXVIII

 

 

 

Los suspiros son aire y van al aire.

Las lágrimas son agua y van al mar.

Dime, mujer, cuando el amor se olvida,

¿sabes tú adónde va?

 

XXXIX

 

 

 

¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable ,

es altanera y vana y caprichosa;

antes que el sentimiento de su alma,

brotará el agua de la estéril roca.

 

Sé que en su corazón, nido de sierpes,

no hay una fibra que al amor responda;

que es una estatua inanimada..., pero...

¡es tan hermosa!

 

 

XL

 

 

 

Su mano entre mis manos,

sus ojos en mis ojos,

la amorosa cabeza

apoyada en mi hombro,

Dios sabe cuántas veces

con paso perezoso

hemos vagado juntos

bajo los altos olmos

que de su casa prestan

misterio y sombra al pórtico.

 

*

 

Y ayer... un año apenas,

pasado como un soplo,

con qué exquisita gracia,

con qué admirable aplomo,

me dijo al presentarnos

un amigo oficioso:

-¡Creo que en alguna parte

he visto a usted! ¡Ah, bobos,

que sois de los salones

comadres de buen tono,

y andabais allí a caza

de galantes embrollos:

qué historia habéis perdido,

qué manjar tan sabroso

para ser devorado

sotto voce en un coro

detrás del abanico

de plumas y de oro...!

 

*

 

Discreta y casta luna,

copudos y altos olmos,

paredes de su casa,

umbrales de su pórtico,

callad, y que el secreto

no salga de vosotros.

Callad, que por mi parte

yo lo he olvidado todo;

y ella... ella, no hay máscara

semejante a su rostro.

 

 

XLI

 

 

 

Tú eras el huracán, y yo la alta

torre que desafía su poder.

¡Tenías que estrellarte o que abatirme...!

¡No pudo ser!

 

Tú eras el océano; y yo la enhiesta

roca que firme aguarda su vaivén.

¡Tenías que romperte o que arrancarme...!

¡No pudo ser!

 

Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados

uno a arrollar, el otro a no ceder;

la senda estrecha, inevitable el choque...

¡No pudo ser!

 

 

XLII

 

 

 

Cuando me lo contaron sentí el frío

de una hoja de acero en las entrañas;

me apoyé contra el muro, y un instante

la conciencia perdí de dónde estaba.

 

Cayó sobre mi espíritu la noche,

en ira y en piedad se anegó el alma.

¡Y entonces comprendí por qué se llora,

y entonces comprendí por qué se mata!

 

Pasó la nube de dolor.... Con pena

logré balbucear breves palabras...

¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo...

Me hacía un gran favor... Le di las gracias.

 

 

XLIII

 

 

 

Dejé la luz a un lado, y en el borde

de la revuelta cama me senté,

mudo, sombrío, la pupila inmóvil

clavada en la pared.

 

¿Qué tiempo estuve así?  No sé; al dejarme

la embriaguez horrible del dolor,

expiraba la luz y en mis balcones

reía al sol.

 

Ni sé tampoco en tan horribles horas

en qué pensaba o qué pasó por mí;

sólo recuerdo que lloré y maldije,

y que en aquella noche envejecí.

 

 

XLIV

 

 

 

Como en un libro abierto

leo de tus pupilas en el fondo.

¿A qué fingir el labio

risas que se desmienten con los ojos?

¡Llora!  No te avergüences

de confesar que me quisiste un poco.

¡Llora!  Nadie nos mira.

Ya ves; yo soy un hombre... y también lloro.

 

 

XLV

 

 

 

En la clave del arco ruinoso

cuyas piedras el tiempo enrojeció,

obra de cincel rudo campeaba

el gótico blasón.

 

Penacho de su yelmo de granito,

la yedra que colgaba en derredor

daba sombra al escudo en que una mano

tenía un corazón.

 

A contemplarle en la desierta plaza

nos paramos los dos;

-Y ese -me dijo- es el cabal emblema

de mi constante amor.

 

¡Ay! Es verdad lo que me dijo entonces;

verdad que el corazón

lo llevará en la mano..., en cualquier parte...

pero en el pecho, no.

 

 

XLVI

 

 

 

Me ha herido recatándose en las sombras,

sellando con un beso su traición.

Los brazos me echó al cuello y por la espalda

partióme a sangre fría el corazón.

 

Y ella prosigue alegre su camino,

feliz, risueña, impávida. ¿Y por qué?

Porque no brota sangre de la herida.

Porque el muerto está en pie.

 

XLVII

 

 

 

Yo me he asomado a las profundas simas

de la tierra y del cielo,

y les he visto el fin o con los ojos

o con el pensamiento.

 

Mas ¡ay!, de un corazón llegué al abismo

y me incliné un momento,

y mi alma y mis ojos se turbaron:

¡Tan hondo era y tan negro!

 

 

XLVIII

 

 

 

Como se arranca el hierro de una herida

su amor de las entrañas me arranqué;

aunque sentí al hacerlo que la vida

¡me arrancaba con él!

 

Del altar que le alcé en el alma mía,

la voluntad su imagen arrojó;

y la luz de la fe que en ella ardía

ante el ara desierta se apagó.

 

Aún para combatir mi firme empeño

viene a mi mente su visión tenaz...

¡Cuánto podré dormir con ese sueño

en que acaba el soñar!

 

 

 

XLIX

 

 

 

Alguna vez la encuentro por el mundo,

y pasa junto a mí;

y pasa sonriéndose, y yo digo:

-¿Cómo puede reír?

 

Luego asoma a mi labio otra sonrisa,

máscara del dolor,

y entonces pienso: -Acaso ella se ríe,

como me río yo.

 

 

L

 

 

 

Lo que el salvaje que con torpe mano

hace de un tronco a su capricho un dios,

y luego ante su obra se arrodilla,

eso hicimos tú y yo.

 

Dimos formas reales a un fantasma,

de la mente ridícula invención,

y hecho el ídolo ya, sacrificamos

en su altar nuestro amor.

 

 

LI

 

 

 

De lo poco de vida que me resta

diera con gusto los mejores años,

por saber lo que a otros

de mí has hablado.

 

Y esta vida mortal, y de la eterna

lo que me toque, si me toca algo,

por saber lo que a solas

de mí has pensado.

 

 

LII

 

 

 

Olas gigantes que os rompéis bramando

en las playas desiertas y remotas,

envuelto entre la sábana de espumas,

¡llevadme con vosotras!

 

Ráfagas de huracán que arrebatáis

del alto bosque las marchitas hojas,

arrastrado en el ciego torbellino,

¡llevadme con vosotras!

 

Nube de tempestad que rompe el rayo

y en fuego ornáis las sangrientas orlas,

arrebatado entre la niebla oscura,

¡llevadme con vosotras!.

 

Llevadme, por piedad, a donde el vértigo

con la razón me arranque la memoria.

¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme

con mi dolor a solas!.

 

 

 

LIII

 

 

 

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán.

Pero aquellas que el  vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha a contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres...

¡esas... no volverán!.

 

Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y otra vez a la tarde aún más hermosas

sus flores se abrirán.

Pero aquellas, cuajadas de rocío

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer como lágrimas del día...

¡esas... no volverán!

 

Volverán del amor en tus oídos

las palabras ardientes a sonar;

tu corazón de su profundo sueño

tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido...; desengáñate,

¡así... no te querrán!

 

 

LIV

 

 

 

Cuando volvemos las fugaces horas

del pasado a evocar,

temblando brilla en sus pestañas negras

una lágrima pronta a resbalar.

Y, al fin, resbala y cae como gota

de rocío al pensar

que cual hoy por ayer, por hoy mañana,

volveremos los dos a suspirar.

 

 

LV

 

 

 

Entre el discorde estruendo de la orgía

acarició mi oído,

como nota de música lejana,

el eco de un suspiro.

 

El eco de un suspiro que conozco,

formado de un aliento que he bebido,

perfume de una flor que oculta crece

en un claustro sombrío.

 

Mi adorada de un día, cariñosa,

-¿En qué piensas?- me dijo.

-En nada... -En nada, ¿y lloras? -Es que tengo

alegre la tristeza y triste el vino.

 

 

LVI

 

 

 

Hoy como ayer, mañana como hoy,

¡y siempre igual!

Un cielo gris, un horizonte eterno

y andar... andar.

 

Moviéndose a compás, como una estúpida

máquina, el corazón.

La torpe inteligencia del cerebro,

dormida en un rincón.

 

El alma, que ambiciona un paraíso,

buscándole sin fe,

fatiga sin objeto, ola que rueda

ignorando por qué.

 

Voz que, incesante, con el mismo tono,

canta el mismo cantar,

gota de agua monótona que cae

y cae, sin cesar.

 

Así van deslizándose los días,

unos de otros en pos;

hoy lo mismo que ayer...; y todos ellos,

sin gozo ni dolor.

 

¡Ay, a veces me acuerdo suspirando

del antiguo sufrir!

Amargo es el dolor, ¡pero siquiera

padecer es vivir!

 

 

LVII

 

 

 

Este armazón de huesos y pellejos,

de pasear una cabeza loca

se halla cansado al fin, y no lo extraño,

pues, aunque es la verdad que no soy viejo,

 

de la parte de vida que me toca

en la vida del mundo, por mi daño

he hecho un uso tal, que juraría

que he condensado un siglo en cada día.

 

Así, aunque ahora muriera,

no podría decir que no he vivido;

que el sayo, al parecer nuevo por fuera,

conozco que por dentro ha envejecido.

 

Ha envejecido, sí, ¡pese a mi estrella!

Harto lo dice ya mi afán doliente,

que hay dolor que al pasar, su horrible huella

graba en el corazón, si no en la frente.

 

 

 

LVIII

 

 

 

¿Quieres que de ese néctar delicioso

no te amargue la hez?

Pues aspírale, acércale a tus labios

y déjale después.

 

¿Quieres que conservemos una dulce

memoria de este amor?

Pues amémonos hoy mucho, y mañana

digámonos: -¡Adiós!

 

 

LIX

 

 

 

Yo sé cuál el objeto

de tus suspiros es;

yo conozco la causa de tu dulce

secreta languidez.

¿Te ríes?... Algún día

sabrás, niña, por qué.

Tú acaso lo sospechas,

y yo lo sé.

 

Yo sé cuándo tú sueñas,

y lo que en sueños ves;

como en un libro, puedo lo que callas

en tu frente leer.

¿Te ríes?... Algún día

sabrás, niña, por qué.

Tú acaso lo sospechas,

y yo lo sé.

 

Yo sé por qué sonríes

y lloras a la vez;

yo penetro en los senos misteriosos

de tu alma de mujer.

¿Te ríes? ... Algún día

sabrás, niña, por qué;

mientras tú sientes mucho y nada sabes,

yo, que no siento ya, todo lo sé.

 

 

 

LX

 

 

 

Mi vida es un erial,

flor que toco se deshoja;

que en mi camino fatal

alguien va sembrando el mal

para que yo lo recoja.

 

 

 

LXI

 

 

 

[Melodía.

Es muy triste morir joven, y no contar con una sola lágrima de mujer]

 

Al ver mis horas de fiebre

e insomnio lentas pasar,

a la orilla de mi lecho,

¿quién se sentará?

 

Cuando la trémula mano

tienda, próximo a expirar,

buscando una mano amiga,

¿quién la estrechará?

 

Cuando la muerte vidríe

de mis ojos el cristal,

mis párpados aún abiertos,

¿quién los cerrará?

 

Cuando la campana suene

(si suena en mi funeral)

una oración, al oírla,

¿quién murmurará?

 

Cuando mis pálidos restos

oprima la tierra ya,

sobre la olvidada fosa,

¿quién vendrá a llorar?

 

¿Quién en fin, al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo

quién se acordará?

 

 

LXII

 

 

 

[Al amanecer]

 

Primero es un albor trémulo y vago,

raya de inquieta luz que corta el mar;

luego chispea y crece y se dilata

en ardiente explosión de claridad.

 

La brilladora lumbre es la alegría,

la temerosa sombra es el pesar.

¡Ay! En la oscura noche de mi alma,

¿cuándo amanecerá?

 

 

LXIII

 

 

 

Como enjambre de abejas irritadas,

de un oscuro rincón de la memoria

salen a perseguirme los recuerdos

de las pasadas horas.

 

Yo los quiero ahuyentar. ¡Esfuerzo inútil!

Me rodean, me acosan,

y unos tras otros a clavarme vienen

el agudo aguijón que el alma encona.

 

 

LXIV

 

 

 

Como guarda el avaro su tesoro,

guardaba mi dolor;

quería probar que hay algo eterno

a la que eterno me juró su amor.

 

Mas hoy le llamo en vano y oigo, al tiempo

que le acabó, decir:

¡Ah, barro miserable, eternamente

no podrás ni aun sufrir!

 

LXV

 

 

 

Llegó la noche y no encontré un asilo;

y tuve sed ... ¡mis lágrimas bebí!

¡Y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos

cerré para morir!

 

¿Estaba en un desierto? Aunque a mi oído

de las turbas llegaba el ronco hervir,

yo era huérfano y pobre... El mundo estaba

desierto... ¡para mí!

 

 

 

LXVI

 

 

 

¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero

de los senderos busca;

las huellas de unos pies ensangrentados

sobre la roca dura;

los despojos de un alma hecha jirones

en las zarzas agudas,

te dirán el camino

que conduce a mi cuna.

 

¿Adónde voy?  El más sombrío y triste

de los páramos cruza,

valle de eternas nieves y de eternas

melancólicas brumas;

en donde esté una piedra solitaria

sin inscripción alguna,

donde habite el olvido,

allí estará mi tumba.

 

 

LXVII

 

 

 

¡Qué hermoso es ver el día

coronado de fuego levantarse,

y, a su beso de lumbre,

brillar las olas y encenderse el aire!

 

¡Qué hermoso es tras la lluvia

del triste otoño en la azulada tarde,

de las húmedas flores

el perfume aspirar hasta saciarse!

 

¡Qué hermoso es cuando en copos

la blanca nieve silenciosa cae,

de las inquietas llamas

ver las rojizas lenguas agitarse!

 

Qué hermoso es cuando hay sueño,

dormir bien... y roncar como un sochantre

y comer... y engordar...  ¡y qué desgracia

que esto sólo no baste!.

 

 

LXVIII

 

 

 

No sé lo que he soñado

en la noche pasada.

Triste, muy triste debió ser el sueño,

pues despierto la angustia me duraba.

 

Noté al incorporarme

húmeda la almohada,

y por primera vez sentí al notarlo,

de un amargo placer henchirse el alma.

 

Triste cosa es el sueño

que llanto nos arranca,

mas tengo en mi tristeza una alegría...

¡Sé que aún me quedan lágrimas!

 

 

 

LXIX

 

 

 

 

Al brillar un relámpago nacemos,

y aún dura su fulgor cuando morimos;

¡tan corto es el vivir!

 

La Gloria y el Amor tras que corremos

sombras de un sueño son que perseguimos;

¡despertar es morir!

 

[¡La vida es sueño!

Calderón.]

 

 

 

LXX

 

 

 

¡Cuántas veces, al pie de las musgosas

paredes que la guardan,

oí la esquila que al mediar la noche

a los maitines llama!

 

¡Cuántas veces trazó mi silueta

la luna plateada,

junto a la del ciprés, que de su huerto

se asoma por las tapias!

 

Cuando en sombras la iglesia se envolvía,

de su ojiva calada,

¡cuántas veces temblar sobre los vidrios

vi el fulgor de la lámpara!

 

Aunque el viento en los ángulos oscuros

de la torre silbara,

del coro entre las voces percibía

su voz vibrante y clara.

 

En las noches de invierno, si un medroso

por la desierta plaza

se atrevía a cruzar, al divisarme

el paso aceleraba.

 

Y no faltó una vieja que en el torno

dijese a la mañana,

que de algún sacristán muerto en pecado

acaso era yo el alma.

 

A oscuras conocía los rincones

del atrio y la portada;

de mis pies las ortigas que allí crecen

las huellas tal vez guardan.

 

Los búhos, que espantados me seguían

con sus ojos de llamas,

llegaron a mirarme con el tiempo

como a un buen camarada.

 

A mi lado sin miedo los reptiles

se movían a rastras;

hasta los mudos santos de granito

creo que me saludaban.

 

 

 

LXXI

 

 

 

No dormía: vagaba en ese limbo

en que cambian de forma los objetos,

misteriosos espacios que separan

la vigilia del sueño.

 

Las ideas que en ronda silenciosa

daban vueltas en torno a mi cerebro,

poco a poco en su danza se movían

con un compás más lento.

 

De la luz que entra al alma por los ojos

los párpados velaban el reflejo;

mas otra luz el mundo de visiones

alumbraba por dentro.

 

En este punto resonó en mi oído

un rumor semejante al que en el templo

vaga confuso al terminar los fieles

con un Amén sus rezos.

 

Y oí como una voz delgada y triste

que por mi nombre me llamó a lo lejos,

¡y sentí olor de cirios apagados,

de humedad y de incienso!

 

Entró la noche y del olvido en brazos

caí cual piedra en su profundo seno.

Dormí y al despertar exclamé: -¡Alguno

que yo quería ha muerto!

 

 

 

LXXII

 

 

 

PRIMERA VOZ

 

Las ondas tienen vaga armonía,

las violetas suave olor,

brumas de plata la noche fría,

luz y oro el día;

yo algo mejor;

¡yo tengo Amor!

 

SEGUNDA VOZ

 

Aura de aplausos, nube radiosa,

ola de envidia que besa el pie,

isla de sueños donde reposa

el alma ansiosa,

dulce embriaguez:

¡la Gloria es!

 

TERCERA VOZ

 

Ascua encendida es el tesoro,

sombra que huye la vanidad.

Todo es mentira: la gloria, el oro;

lo que yo adoro

sólo es verdad:

¡la Libertad!

 

 

Así los barqueros pasaban cantando

la eterna canción

y, al golpe del remo, saltaba la espuma

y heríala el sol.

 

-¿Te embarcas?, gritaban; y yo sonriendo

les dije al pasar:

-Yo ya me he embarcado; por señas que aún tengo

la ropa en la playa tendida a secar.

 

 

 

LXXIII

 

 

 

Cerraron sus ojos

que aún tenía abiertos,

taparon su cara

con un blanco lienzo,

y unos sollozando,

otros en silencio,

de la triste alcoba

todos se salieron.

 

La luz que en un vaso

ardía en el suelo,

al muro arrojaba

la sombra del lecho;

y entre aquella sombra

veíase a intérvalos

dibujarse rígida

la forma del cuerpo.

 

Despertaba el día,

y, a su albor primero,

con sus mil rüidos

despertaba el pueblo.

Ante aquel contraste

de vida y misterio,

de luz y tinieblas,

yo pensé un momento:

-¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

 

*

 

De la casa, en hombros,

lleváronla al templo

y en una capilla

dejaron el féretro.

Allí rodearon

sus pálidos restos

de amarillas velas

y de paños negros.

 

Al dar de las Ánimas

el toque postrero,

acabó una vieja

sus últimos rezos,

cruzó la ancha nave,

las puertas gimieron,

y el santo recinto

quedóse desierto.

 

De un reloj se oía

compasado el péndulo,

y de algunos cirios

el chisporroteo.

Tan medroso y triste,

tan oscuro y yerto

todo se encontraba

que pensé un momento:

-¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

 

*

 

De la alta campana

la lengua de hierro

le dio volteando

su adiós lastimero.

El luto en las ropas,

amigos y deudos

cruzaron en fila

formando el cortejo.

 

Del último asilo,

oscuro y estrecho,

abrió la piqueta

el nicho a un extremo.

Allí la acostaron,

tapiáronle luego,

y con un saludo

despidióse el duelo.

 

La piqueta al hombro

el sepulturero,

cantando entre dientes,

se perdió a lo lejos.

 

La noche se entraba,

el sol se había puesto:

perdido en las sombras

yo pensé un momento:

-¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

 

*

 

En las largas noches

del helado invierno,

cuando las maderas

crujir hace el viento

y azota los vidrios

el fuerte aguacero,

de la pobre niña

a veces me acuerdo.

 

Allí cae la lluvia

con un son eterno;

allí la combate

el soplo del cierzo.

Del húmedo muro

tendida en el hueco,

¡acaso de frío

se hielan sus huesos...!

 

* * *

 

¿Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿Todo es sin espíritu,

podredumbre y cieno?

No sé; pero hay algo

que explicar no puedo,

algo que repugna

aunque es fuerza hacerlo,

el dejar tan tristes,

tan solos los muertos.

 

 

 

LXXIV

 

 

 

Las ropas desceñidas,

desnudas las espaldas,

en el dintel de oro de la puerta

dos ángeles velaban.

 

Me aproximé a los hierros

que defienden la entrada,

y de las dobles rejas en el fondo

la vi confusa y blanca.

 

La vi como la imagen

que en leve ensueño pasa,

como rayo de luz tenue y difuso

que entre tinieblas nada.

 

Me sentí de un ardiente

deseo llena el alma;

como atrae un abismo, aquel misterio

hacia sí me arrastraba.

 

Mas ¡ay! que, de los ángeles,

parecían decirme las miradas:

-El umbral de esta puerta

sólo Dios lo traspasa.

 

 

 

LXXV

 

 

 

¿Será verdad que, cuando toca el sueño,

con sus dedos de rosa, nuestros ojos,

de la cárcel que habita huye el espíritu

en vuelo presuroso?

 

¿Será verdad que, huésped de las nieblas,

de la brisa nocturna al tenue soplo,

alado sube a la región vacía

a encontrarse con otros?

 

¿Y allí desnudo de la humana forma,

allí los lazos terrenales rotos,

breves horas habita de la idea

el mundo silencioso?

 

¿Y ríe y llora y aborrece y ama

y guarda un rastro del dolor y el gozo,

semejante al que deja cuando cruza

el cielo un meteoro?.

 

Yo no sé si ese mundo de visiones

vive fuera o va dentro de nosotros.

Pero sé que conozco a muchas gentes

a quienes no conozco.

 

 

 

LXXVI

 

 

 

En la imponente nave

del templo bizantino,

vi la gótica tumba a la indecisa

luz que temblaba en los pintados vidrios.

 

Las manos sobre el pecho,

y en las manos un libro,

una mujer hermosa reposaba

sobre la urna, del cincel prodigio.

 

Del cuerpo abandonado,

al dulce peso hundido,

cual si de blanda pluma y raso fuera

se plegaba su lecho de granito.

 

De la sonrisa última

el resplandor divino

guardaba el rostro, como el cielo guarda

del sol que muere el rayo fugitivo.

 

Del cabezal de piedra

sentados en el filo,

don ángeles, el dedo sobre el labio,

imponían silencio en el recinto.

 

No parecía muerta;

de los arcos macizos

parecía dormir en la penumbra,

y que en sueños veía el paraíso.

 

Me acerqué de la nave

al ángulo sombrío

con el callado paso que llegamos

junto a la cuna donde duerme un niño.

 

La contemplé un momento,

y aquel resplandor tibio,

aquel lecho de piedra que ofrecía

próximo al muro otro lugar vacío,

 

en el alma avivaron

la sed de lo infinito,

el ansia de esa vida de la muerte

para la que un instante son los siglos ...

 

*

 

Cansado del combate

en que luchando vivo,

alguna vez me acuerdo con envidia

de aquel rincón oscuro y escondido.

 

De aquella muda y pálida

mujer me acuerdo y digo:

-¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte!

¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!

 

 

Otras rimas del LIBRO DE LOS GORRIONES 

 

LXXVII

 

Dices que tienes corazón, y sólo

lo dices porque sientes sus latidos.

Eso no es corazón...; es una máquina,

que, al compás que se mueve, hace ruido.

 

LXXVIII

 

Fingiendo realidades

con sombra vana,

delante del Deseo

va la Esperanza.

Y sus mentiras,

como el fénix, renacen

de sus cenizas.

 

LXXIX

 

Una mujer me ha envenenado el alma,

otra mujer me ha envenenado el cuerpo;

ninguna de las dos vino a buscarme,

yo de ninguna de las dos me quejo.

 

Como el mundo es redondo, el mundo rueda;

si mañana, rodando, este veneno

envenena a su vez ¿por qué acusarme?

¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?

 

El manuscrito de un loco // Charles Dickens

Escrito por imagenes 23-10-2007 en General. Comentarios (0)

EL MANUSCRITO DE UN LOCO // CHARLES DICKENS   enlace





¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo abría
despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y
hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en
gruesas gotas sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin
embargo, ahora me agrada. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo
ceño colérico haya sido temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un
loco... cuyas cuerdas y hachas fueran la mitad de seguras que el apretón de un
loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco! Ser contemplado como un león salvaje a
través de los barrotes de hierro... rechinar los dientes y aullar, durante la noche
larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena, pesada... y rodar y
retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música.
¡Un hurra por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!
Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía
despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la
maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o
la felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas
observando el progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la
locura estaba mezclada con mi misma sangre y con la médula de mis huesos.
Que había pasado una generación sin que apareciera la pestilencia y que era yo
el primero en quien reviviría. Sabía que tenía que ser así: que así había sido
siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en cualquier rincón oscuro de una
habitación atestada, y veía a los hombres susurrar, señalarme y volver los ojos
hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco predestinado; y yo huía
para embrutecerme en la soledad.
Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches
son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches
inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me
da frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas
grandes y oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre
mi cama por la noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me
contaban que el suelo de la vieja casa en la que murió el padre de mi padre
estaba manchado por su propia sangre, que él mismo se había provocado en su
furiosa locura. Me tapaba los oídos con los dedos, pero gritaban dentro de mi
cabeza hasta que la habitación resonaba con los gritos que decían que una
generación antes de él la locura se había dormido, pero que su abuelo había
vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para impedir que
se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad... bien que lo
sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo.
¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.
Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido
tenerle miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de
entre ellos. Yo sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban.
¡Solía palmearme a mí mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba
engañando después de todo lo que me habían señalado y de cómo me habían
mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y sólo tenía miedo de que pudiera
enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro placer, cuando estaba a solas,
pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo rápidamente que mis amables
amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la verdad. Habría gritado de
éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen amigo pensando en
lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el querido amigo
que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era un loco
con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón.
¡Ay, era una vida alegre!
Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre
placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado.
Heredé un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido
engañada, y había entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras.
¿Dónde estaba el ingenio de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la
habilidad de los abogados, ansiosos por descubrir un fallo? La astucia del loco
les había superado a todos.
Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me
alababan!
¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos! ¡Y
el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada
amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una
hermana; y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi
una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados parientes, pues
pensaban
que su plan había funcionado bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba
sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada limpia, arrancarme los cabellos y dar
vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco se daban cuenta de que la
habían casado con un loco.
Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la
hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra
la alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi
astucia, fui engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos
bastante buen ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes
habría preferido que la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que
llegar vestida de novia a mi rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su
corazón pertenecía a un muchacho de ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar
una vez entre suspiros en uno de sus sueños turbulentos, y que me había sido
sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano de cabellos blancos y de
sus soberbios hermanos.
Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé
que lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto
sobresaltado de mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e
inmóvil en una esquina de esta celda, una figura ligera y desgastada de largos
cabellos negros que le caen por el rostro, agitados por un viento que no es de esta
tierra, y unos ojos que fijan su mirada en los míos y jamás parpadean o se
cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el corazón cuando escribo esto...
ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los ojos tienen un brillo
vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás gesticula o
habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho más
terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha
salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.
Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido;
durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas,
y nunca conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar
durante mucho tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi
parte, yo nunca pensé que lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el
esplendor en el que vivía; pero yo no había esperado eso. Ella amaba a otro y a
mí jamás se me había ocurrido pensar en tal cosa. Me sobrecogieron unos
sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro pensamientos que
parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba, aunque
odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida
desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía
que ella no podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su
muerte pudiera engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la
locura a sus descendientes, me decidió. Resolví matarla.
Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego.
Era una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco
convirtiéndose en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y
algún hombre cuerdo colgando y mecido por el viento por un acto que no había
cometido... ¡y todo por la astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero
finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El placer de afilar la navaja un día tras otro,
sintiendo su borde afilado y pensando en la abertura que podía causar un golpe
de su borde delgado y brillante!
Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo
me susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta
en mi mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me
incliné sobre mi esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las
manos. Las aparté suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho.
Había estado llorando, pues los rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre
las mejillas.
Su rostro estaba tranquilo y plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila
iluminó sus rasgos pálidos. Le puse la mano suavemente en el hombro.
Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño pasajero. Me incliné de nuevo hacia
delante y ella gritó y despertó.
Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido.
Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué,
pero me acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de
mirarme con fijeza. Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía
moverme. Ella se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y
apartó los ojos de mi rostro. El encantamiento se deshizo. Di un salto hacia
delante y la sujeté por el brazo. Lanzando un grito tras otro, se dejó caer al suelo.
Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa.
Oí pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y
grité en voz alta pidiendo ayuda.
Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento
perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla,
había perdido el sentido y desvariaba furiosamente.
Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en
finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a
su lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron
unos con otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más
inteligente y famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para
lo peor. Me dijo que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de
mí junto a una ventana abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una
mano sobre mi hombro. Con un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a
la calle. Habría sido divertido hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que
se marchara. Unos días más tarde me dijeron que debía someterla a algunas
limitaciones: debía proporcionarle alguien que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí
al campo abierto, donde nadie pudiera escucharme, y reí hasta que el aire resonó
con mis gritos!
Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los
orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de
aquella cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras
vivió. Todo aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo
blanco que tenía sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta
que las lágrimas brotaron de mis ojos.
Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto
y perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía
ocultar la alegría y el regocijo salvaje: que hervían en mi interior y que cuando
estaba a solas, en casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dan do vueltas y más
vueltas en un baile frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las
masas atareadas que se apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba
el sonido de la música y contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que
m, habría precipitado entre ellos y les habría despedazado miembro a miembro,
aullando en el éxtasi que me produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los
pies en el suelo y me clavaba las afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto
y nadie sabía aún que yo era un loco.
Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la
realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome
raído
siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo para separar entre lo
dos, por la extraña confusión en la que se halla] mezclados... Recuerdo de qué
manera finalmente se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y
sentir cómo se apartaban de mí, mientras yo hundía mi puño cerrado en sus
rostros blancos y luego escapaba como el viento, y les dejaba gritando atrás.
Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza de un gigante. Mirad cómo se curva
esta barra de hierro con mis furiosos tirones. Podría romperla como si fuera una
ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con muchas puertas; no creo que
pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera, sé que allá abajo hay
puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que he sido un loco
astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.
Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a
casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando
para verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese
hombre con todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon
despedazarle. Me dijeron que estaba allí y subí presurosamente las escaleras.
Tenía que decirme unas palabras. Despedí a los criados. Era tarde y estábamos
juntos y a solas... por primera vez.
Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que
él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de
la locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos
sentados en silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos
comentarios extraños hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un
insulto para la memoria de ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que
al principio habían escapado a su observación, había terminado por pensar que
yo no la había tratado bien. Deseaba saber si tenía razón al decir que yo pensaba
hacer algún reproche a la memoria de su hermana, faltando con ello al respeto a
la familia. Exigía esa explicación por el uniforme que llevaba puesto.
Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército... ¡un nombramiento comprado
con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que: más había
tramado para insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el principal
instrumento para obligar a su hermana a casarse conmigo, y bien sabia que el
corazón de aquélla pertenecía al piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme!
¡El uniforme e su degradación! Volví mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no
dije una sola palabra.
Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre
valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. Acerqué la
mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se
estremecía. Sen que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.
-Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía-le dije-. Mucho.
Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con la mano el respaldo de la
silla; pero no dije nada.
-Es usted un villano -le dije-. Le he descubierto. Descubrí sus infernales trampas
contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la
obligó a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.
De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a
retroceder, pus mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.
Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis
venas, y los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el
corazón.
-Condenado sea-dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él-. Yo la maté.
Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla! Me hice a un
lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me enzarcé
con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre
él.
Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida,
y yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual
a la mía, y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue
debatiéndose menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la
garganta oscura con ambas manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos
se le salían de la cabeza y con la lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté
todavía más.
De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente,
gritándose unos a otros que cogieran al loco.
Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse
en pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí
camino con mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y les atacara
con ella. Llegué a la puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba
en la calle.
Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía
el ruido de uno; pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la
distancia, hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos
entre los pantanos y riachuelos, por encima de cercas y d, muros, con gritos
salvajes que escuchaban seres extraños que venían hacia mí por todas partes y
aumentaban el sonido hasta que éste horadaba el aire Iba llevado en los brazos
de demonios que corrían sobre el viento, que traspasaban las orillas y los se tos,
y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una velocidad que me hacía
perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con un golpe
violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en
esta celda gris a la que raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna
con unos rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y
para que pueda ve esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a
veces puedo oír extraños gritos procedentes de partes distantes de este enorme
lugar. N sé lo que son; pero no proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les
presta atención. Pues desde las primeras sombras del ocaso hasta la primera luz
de la mañana, esa figura sigue en pie e inmóvil en c mismo lugar, escuchando la
música de mi cadena d hierro, y viéndome saltar sobre mi lecho de paja.

VAMPIROS

Escrito por imagenes 22-10-2007 en General. Comentarios (14)

VAMPIROS GOTICOS OSCUROS


Asanbosam: Asanbosam es un vampiro Africano. Son vampiros normales sólo que ellos tienen ganchos en lugar de pies. Mordiendo a sus víctimas en el dedo pulgar.
Alp: Este vampiro alemán es asociado con el boogeyman y el incubus, normalmente ronda por las noches y en los sueños de las mujeres. Las manifestaciones físicas de esta criatura pueden ser muy peligrosas. Siempre relacionados con las pesadillas, el Alp es masculino, algunas veces se transforma en el espíritu de un pariente recientemente difunto. Los niños pueden convertirse en Alp cuando una madre utiliza un "collar del caballo" para facilitar parto. Durante la edad media el Alp aparece en forma de gato, de cerdo, de pájaro u otro animal, incluyendo un perro del demonio de lechorus en Colonia, así conectando el hombre lobo dentro de esta leyenda. En todas sus manifestaciones el Alp se conoce por el uso de un sombrero. El espíritu puede volar como un pájaro, puede montar como un caballo y se le acredita con cierta actitud galante. El Alp bebe la sangre de los pezones de los hombres y de los niños pero prefiere la leche de las mujeres. Porque es de esta forma que el Alp toma control de los sueños.
Bichohindú: Vampiro indio o de la zona de Panamá, se caracteriza por tener un aguijón en la lengua con la que le quita la energía a las mujeres.
Incubus: Sin duda una de las formas más famosas de vampiros, la forma masculina del Succubus, el Incubus visita a mujeres en la noche, para hacerse su amante y atormentar sus sueños. Él posee todas las características del vampiro, cada noche visita a sus víctimas, para así poder drenar la vida y la fuerza de sus cuerpos con el deseo sexual extremo. Vampiros semejantes se han encontrado en comunidades gitanas y Eslavas y estos podían ser niños.
Lamia: Se supo de Lamias en la Roma antigua y Grecia. Son vampiros hembras, que a menudo aparecían mitad humano, mitad animal (a menudo la parte baja era una serpiente). Comen la carne de sus víctimas disfrutándolo tanto como cuando beben sangre. Se puede matar a un Lamia usando armas normales.
Mormo: Este vampiro de la mitología griega es sirviente de la diosa Hécate y se cree que viene del submundo.
Nosferatu: Nosferatu es otro nombre para el vampiro original, que se llama también vampire o vampyre.
Strigoii: Este es el vampiro Rumano. Strigoii es como mucho de los vampiros originales, pero les gusta atacar en bandadas. Se pueden matar por poner ajo en su boca o quitar su corazón.
Succubus: Este es un vampiro europeo. La manera de alimentarse es teniendo relaciones sexuales agotadoras con la víctima, alimentándose de la energía sexual. Ellos pueden asumir la apariencia de otras personas. A menudo visitarán a la misma víctima más de una vez. La víctima de un Succubus experimentará las visitas como sueños.


Tlaciques: Estas brujas Vampiros fueron encontradas entre los indios de Nahuatl en Méjico. Pueden convertirse en una bola de fuego o en un pavo, y en estas formas se pueden alimentar inadvertidamente.
Upier: Vampiro polaco bastante inusual, este vampiro se levanta a mediodía y regresa a descansar a medianoche. Se cree que tiene una lengua con púas y consume cantidades excesivas de sangre. La fascinación de esta criatura con sangre va mucho allá que la de otros vampiros
Varacolaci: Este vampiro rumano es considerado como uno de los más poderosos. Se dice que tiene la capacidad de causar eclipses lunares y solares. Pueden aparecer como un ser humano con la piel pálida y con la piel seca. Pueden transportarse astralmente.

La Leyenda de vampiro es uno de los mitos más arraigados de la cultura del siglo XX. Aunque existen leyendas de vampiros desde el principio de los tiempos ninguna ha tenido tanta relevancia como la del vampiro cárpato europeo.

A pesar que la cultura popular reconoce muchos tipos de vampiro podemos encontrar numerosas coincidencias tanto en sus poderes como en sus debilidades.
Comenzando por la definición, el vampiro es un ser inmortal, el "no muerto" que sobrevive al paso del tiempo alimentándose de la vida de otra persona, bien sea quitándole la energía o bebiendo su sangre.
La creencia de que los vampiros se alimentan de la sangre de los vivos es la más extendida, puesto que la sangre en todas las culturas simboliza la vida.
Para arrebatarle la vida a las personas el vampiro utiliza diversos métodos, el más conocido por todos es la típica mordedura en la yugular.
El vampiro tradicional posee unos enormes colmillos caninos que utiliza para morder a su víctima y así poder beber su sangre, pero existen otros métodos dependiendo del tipo de vampiro, en Centroeuropa también se habla de un vampiro que posee una lengua con aguijones con los cuales pincha a la víctima para después beber su sangre, también existen otros tipos que pueden robar la energía de una persona mientras duerme.
La persona mordida por una vampiro puede morir o simplemente convertirse en otro vampiro que tendrá para siempre una vinculación psíquica con el vampiro que lo mordió, por eso existe la creencia de que la persona mordida por un "no muerto" se convierte en vampiro.

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ANARCHY UNDERGROUND

Escrito por imagenes 22-10-2007 en General. Comentarios (2)

"LO MAS CUTRE DE LA RED"


Siempre hay alguna pagina en Internet, que se sale de lo normal, es el caso de donde he sacado estas imagenes,; esta recomendada en casi todas las paginas "satanicas" de la red, y sin embargo, no tiene nada que ver con ellos, tambien esta recomendada por Nazis, Comunistas, y un monton de colectivos, que nada tienen que ver unos con otros, es mas las formas de pensar, chocan unos con otros; he "omitido" una gran cantidad de imagenes, ya por soeces, o por que de alguna manera,rallan la ilegalidad; y aun asi, muchas de las imagenes, os pareceran "estramboticas, y hasta ofensivas", pero como dicen tiene que haber de todo...

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SERES FANTASTICOS FEMENINOS

Escrito por imagenes 20-10-2007 en General. Comentarios (16)

 

SERES FANTASTICOS FEMENINOS



Se denomina brujas a aquellas personas supuestamente dotadas de ciertas habilidades mágicas que emplean con la finalidad de causar daño, y brujería al conjunto de creencias, conocimientos prácticos y actividades de estas personas.






Un hada es una criatura fantástica y etérea, personificada generalmente en forma de mujer hermosa, que son protectoras de la naturaleza, producto de la imaginación, la tradición o las creencias y perteneciente a ese fabuloso mundo de los elfos, gnomos, duendes, sirenas y gigantes que da color a las leyendas y supersticiones de todos los pueblos primitivos. Se puede provocar el contacto con ellas desarrollando la visión etérea según las leyendas.




Las sirenas son seres fabulosos, originarios de la mitología griega y ampliamente extendidos en las narraciones fantásticas de la literatura occidental, cuya función y representación han variado con el tiempo. Aunque en su forma original eran seres híbridos de mujer y ave, la representación más común actualmente las describe como mujeres jóvenes con cola de pez.




Los duendes son seres mitológicos elementales de la naturaleza, guardianes de los bosques y de todos los seres vivos habitantes de ellos, especialmente plantas, animales y demás elementos naturales.













El unicornio es una criatura mitológica representada habitualmente como un caballo blanco, con patas de antílope, barba de chivo , y un cuerno en su frente.





En toda leyenda y en todo mito hay un ser mitológico o fantástico como se quiera llamar. Unos era buenos como los héroes, o los maestros, aunque otros se dedicaban a permanecer en la oscuridad de sus guaridas y servir a las fuerzas del mal. Hay algunos seres, que jamás podríamos a ver imaginado, con cuerpos totalmente deformados, mitad humano, mitad animal. Son seres que permanecen en la oscuridad de los submundos, debajo de la tierra y que algunas personas vieron no se si por suerte o por desgracia pero alguien les vio por eso durante años los demás hemos podido saber de su existencia.
Los elfos son criaturas míticas del folclore nórdico, que aparecen con frecuencia en la fantasía medieval.














En la mitología griega, una ninfa es cualquier miembro de un gran grupo de espíritus femeninos de la naturaleza, a veces unidos a un lugar u orografía particular. Las ninfas solían acompañar a varios dioses y diosas, y eran con frecuencia el objetivo de sátiros lujuriosos.
























Ondina.Criatura mágica del agua. Se dice que las Ondinas pueden presentarse en forma de ninfas; viven en los lagos y en los rios , bajo cuyas aguas danzan en el momento en que alguien se ahoga. Son de naturaleza tan peligrosa como seductora. Corresponden a las Náyades griegas.

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