EL RETRATO DE DORIAN GRAY
EL RETRATO DE DORIAN GRAY // OSCAR WILDE
Oscar Wilde
El retrato de Dorian Gray
La novela es considerada actualmente una de las mejor escritas en lengua inglesa, y sin duda, convirtió póstumamente a Wilde en el autor más traducido a otras lenguas después de Shakespeare
Prefacio
El artista es creador de belleza.
Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte.
El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la
belleza. La forma más elevada de la crítica, y también la más rastrera, es una modalidad de
autobiografía.
Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elegantes, lo que
es un defecto. Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus cultivados. Para
ellos hay esperanza.
Son los elegidos, y en su caso las cosas hermosas sólo significan belleza.
No existen libros morales o inmorales.
Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.
La aversión del siglo por el realismo es la rabia de Calibán al verse la cara en el espejo.
La aversión del siglo por el romanticismo es la rabia de Calibán al no verse la cara en un espejo.
La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en
hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Incluso las cosas que
son verdad se pueden probar.
El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable
amaneramiento de estilo.
Ningún artista es morboso. El artista está capacitado para expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son, para el artista, los instrumentos de su arte.
El vicio y la virtud son los materiales del artista. Desde el punto de vista de la forma, el modelo de
todas las artes es el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el modelo es el talento del
actor.
Todo arte es a la vez superficie y símbolo.
Quienes profundizan, sin contentarse con la superficie, se exponen a las consecuencias.
Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.
Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida.
La diversidad de opiniones sobre una obra de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y que está
viva. Cuando los críticos disienten, el artista está de acuerdo consigo mismo.
A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para
hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente.
Todo arte es completamente inútil.
OSCAR WILDE
Capítulo 1
El intenso perfume de las rosas embalsamaba el estudio y, cuando la ligera brisa agitaba los árboles del
jardín, entraba, por la puerta abierta, un intenso olor a lilas o el aroma más delicado de las flores rosadas
de los espinos.
Lord Henry Wotton, que había consumido ya, según su costumbre, innumerables cigarrillos,
vislumbraba, desde el extremo del sofá donde estaba tumbado -tapizado al estilo de las alfombras persas-
, el resplandor de las floraciones de un codeso, de dulzura y color de miel, cuyas ramas estremecidas
apenas parecían capaces de soportar el peso de una belleza tan deslumbrante como la suya; y, de cuando
en cuando, las sombras fantásticas de pájaros en vuelo se deslizaban sobre las largas cortinas de seda
india colgadas delante de las inmensas ventanas, produciendo algo así como un efecto japonés, lo que le
hacía pensar en los pintores de Tokyo, de rostros tan pálidos como el jade, que, por medio de un arte
necesariamente inmóvil, tratan de transmitir la sensación de velocidad y de movimiento. El zumbido
obstinado de las abejas, abriéndose camino entre el alto césped sin segar, o dando vueltas con monótona
insistencia en torno a los polvorientos cuernos dorados de las desordenadas madreselvas, parecían hacer
más opresiva la quietud, mientras los ruidos confusos de Londres eran como las notas graves de un
órgano lejano.
En el centro de la pieza, sobre un caballete recto, descansaba el retrato de cuerpo entero de un joven de
extraordinaria belleza; y, delante, a cierta distancia, estaba sentado el artista en persona, el Basil
Hallward cuya repentina desaparición, hace algunos años, tanto conmoviera a la sociedad y diera origen
a tan extrañas suposiciones.
Al contemplar la figura apuesta y elegante que con tanta habilidad había reflejado gracias a su arte, una
sonrisa de satisfacción, que quizá hubiera podido prolongarse, iluminó su rostro. Pero el artista se
incorporó bruscamente y, cerrando los ojos, se cubrió los párpados con los dedos, como si tratara de
aprisionar en su cerebro algún extraño sueño del que temiese despertar.
-Es tu mejor obra, Basil -dijo lord Henry con entonación lánguida-, lo mejor que has hecho. No dejes
de mandarla el año que viene a la galería Grosvenor. La Academia es demasiado grande y demasiado
vulgar. Cada vez que voy allí, o hay tanta gente que no puedo ver los cuadros, lo que es horrible, o hay
tantos cuadros que no puedo ver a la gente, lo que todavía es peor. La galería Grosvenor es el sitio
indicado.
-No creo que lo mande a ningún sitio -respondió el artista, echando la cabeza hacia atrás de la curiosa
manera que siempre hacía reír a sus amigos de Oxford-. No; no mandaré el retrato a ningún sitio.
Lord Henry alzó las cejas y lo miró con asombro a través de las delgadas volutas de humo que, al salir
de su cigarrillo con mezcla de opio, se retorcían adoptando extrañas formas.
-¿No lo vas a enviar a ningún sitio? ¿Por qué, mi querido amigo? ¿Qué razón podrías aducir? ¿Por qué
sois unas gentes tan raras los pintores? Hacéis cualquier cosa para ganaros una reputación, pero, tan
pronto como la tenéis, se diría que os sobra. Es una tontería, porque en el mundo sólo hay algo peor que
ser la persona de la que se habla y es ser alguien de quien no se habla. Un retrato como ése te colocaría
muy por encima de todos los pintores ingleses jóvenes y despertaría los celos de los viejos, si es que los
viejos son aún susceptibles de emociones.
-Sé que te vas a reír de mí -replicó Hallward-, pero no me es posible exponer ese retrato. He puesto en
él demasiado de mí mismo.
Lord Henry, estirándose sobre el sofá, dejó escapar una carcajada.
-Sí, Harry, sabía que te ibas a reír, pero, de todos modos, no es más que la verdad.
-¡Demasiado de ti mismo! A fe mía, Basil, no sabía que fueras tan vanidoso; no advierto la menor
semejanza entre ti, con tus facciones bien marcadas y un poco duras y tu pelo negro como el carbón, y
ese joven adonis, que parece estar hecho de marfil y pétalos de rosa. Vamos, mi querido Basil, ese
muchacho es un narciso, y tú..., bueno, tienes, por supuesto, un aire intelectual y todo eso. Pero la
belleza, la belleza auténtica, termina donde empieza el aire intelectual. El intelecto es, por sí mismo, un
modo de exageración, y destruye la armonía de cualquier rostro. En el momento en que alguien se sienta
a pensar, todo él se convierte en nariz o en frente o en algo espantoso. Repara en quienes triunfan en
cualquier profesión docta. Son absolutamente imposibles. Con la excepción, por supuesto, de la Iglesia.
Pero sucede que en la Iglesia no se piensa. Un obispo sigue diciendo a los ochenta años lo que a los
dieciocho le contaron que tenía que decir, y la consecuencia lógica es que siempre tiene un aspecto
delicioso. Tu misterioso joven amigo, cuyo nombre nunca me has revelado, pero cuyo retrato me fascina
de verdad, nunca piensa. Estoy completamente seguro de ello. Es una hermosa criatura, descerebrada,
que debería estar siempre aquí en invierno, cuando no tenemos flores que mirar, y también en verano,
cuando buscamos algo que nos enfríe la inteligencia. No te hagas ilusiones, Basil: no eres en absoluto
como él.
-No me entiendes, Harry -respondió el artista-. No soy como él, por supuesto. Lo sé perfectamente. De
hecho, lamentaría parecerme a él. ¿Te encoges de hombros? Te digo la verdad. Hay un destino adverso
ligado a la superioridad corporal o intelectual, el destino adverso que persigue por toda la historia los
pasos vacilantes de los reyes. Es mucho mejor no ser diferente de la mayoría. Los feos y los estúpidos
son quienes mejor lo pasan en el mundo. Se pueden sentar a sus anchas y ver la función con la boca
abierta. Aunque no sepan nada de triunfar, se ahorran al menos los desengaños de la derrota. Viven como
todos deberíamos vivir, tranquilos, despreocupados, impasibles. Ni provocan la ruina de otros, ni la
reciben de manos ajenas. Tu situación social y tu riqueza, Harry; mi cerebro, el que sea; mi arte,
cualquiera que sea su valor; la apostura de Dorian Gray: todos vamos a sufrir por lo que los dioses nos
han dado, y a sufrir terriblemente.
-¿Dorian Gray? ¿Es así como se llama? -preguntó lord Henry, atravesando el estudio en dirección a
Basil Hallward.
-Sí; así es como se llama. No tenía intención de decírtelo.
-Pero, ¿por qué no?
-No te lo puedo explicar. Cuando alguien me gusta muchísimo nunca le digo su nombre a nadie. Es
como entregar una parte de esa persona. Con el tiempo he llegado a amar el secreto. Parece ser lo único
capaz de hacer misteriosa o maravillosa la vida moderna. Basta esconder la cosa más corriente para
hacerla deliciosa. Cuando ahora me marcho de Londres, nunca le digo a mi gente adónde voy. Si lo
hiciera, dejaría de resultarme placentero. Es una costumbre tonta, lo reconozco, pero por alguna razón
parece dotar de romanticismo a la vida. Imagino que te resulto terriblemente ridículo, ¿no es cierto?
-En absoluto -respondió lord Henry-; nada de eso, mi querido Basil. Pareces olvidar que estoy casado,
y el único encanto del matrimonio es que exige de ambas partes practicar asiduamente el engaño. Nunca
sé dónde está mi esposa, y mi esposa nunca sabe lo que yo hago. Cuando coincidimos, cosa que sucede a
veces, porque salimos juntos a cenar o vamos a casa del Duque, nos contamos con tremenda seriedad las
historias más absurdas sobre nuestras respectivas actividades. Mi mujer lo hace muy bien; mucho mejor
que yo, de hecho. Nunca se equivoca en cuestión de fechas y yo lo hago siempre. Pero cuando me
descubre, no se enfada. A veces me gustaría que lo hiciera, pero se limita a reírse de mí.
-No me gusta nada cómo hablas de tu vida de casado, Harry -dijo Basil Hallward, dirigiéndose hacia la
puerta que llevaba al jardín-. Creo que eres en realidad un marido excelente, pero que te avergüenzas de
tus virtudes. Eres una persona extraordinaria. Nunca das lecciones de moralidad y nunca haces nada
malo. Tu cinismo no es más que afectación.
-La naturalidad también es afectación, y la más irritante que conozco -exclamó lord Henry, echándose
a reír.
Los dos jóvenes salieron juntos al jardín, acomodándose en un amplio banco de bambú colocado a la
sombra de un laurel. La luz del sol resbalaba sobre las hojas enceradas. Sobre la hierba temblaban
margaritas blancas.
Después de un silencio, lord Henry sacó su reloj de bolsillo.
-Mucho me temo que he de marcharme, Basil -murmuró-, pero antes de irme, insisto en que me
respondas a la pregunta que te he hecho hace un rato.
-¿Cuál era? -dijo el pintor, sin levantar los ojos del suelo.
-Lo sabes perfectamente. -No lo sé, Harry.
-Bueno, pues te lo diré. Quiero que me expliques por qué no vas a exponer el retrato de Dorian Gray.
Quiero la verdadera razón.
-Te la he dado.
-No, no lo has hecho. Me has dicho que hay demasiado de ti en ese retrato. Y eso es una chiquillada. -
Harry-dijo Basil Hallward, mirándolo directamente a los ojos-, todo retrato que se pinta de corazón es un
retrato del artista, no de la persona que posa. El modelo no es más que un accidente, la ocasión. No es a
él a quien revela el pintor; es más bien el pintor quien, sobre el lienzo coloreado, se revela. La razón de
que no exponga el cuadro es que tengo miedo de haber mostrado el secreto de mi alma.
Lord Henry rió.
- Y, ¿cuál es ...? -preguntó.
-Te lo voy a decir -respondió Hallward; pero lo que apareció en su rostro fue una expresión de
perplejidad. -Soy todo oídos, Basil -insistió su acompañante, mirándolo de reojo.
-En realidad es muy poco lo que hay que contar, Harry -respondió el pintor-, y mucho me temo que
apenas lo entenderías. Quizá tampoco te lo creas.
Lord Henry sonrió y, agachándose, arrancó de entre el césped una margarita de pétalos rosados y se
puso a examinarla.
-Estoy seguro de que lo entenderé -replicó, contemplando fijamente el pequeño disco dorado con
plumas blancas-; y en cuanto a creer cosas, me puedo creer cualquiera con tal de que sea totalmente
increíble.
El aire arrancó algunas flores de los árboles, y las pesadas floraciones de lilas, con sus pléyades de
estrellas, se balancearon lánguidamente. Un saltamontes empezó a cantar junto a la valla, y una libélula,
larga y delgada como un hilo azul, pasó flotando sobre sus alas de gasa marrón. Lord Henry tuvo la
impresión de oír los latidos del corazón de Basil Hallward, y se preguntó qué iba a suceder.
-Es una historia muy sencilla -dijo el pintor después de algún tiempo-. Hace dos meses asistí a una de
esas fiestas de lady Brandon a las que va tanta gente. Ya sabes que nosotros, los pobres artistas, tenemos
que aparecer en sociedad de cuando en cuando para recordar al público que no somos salvajes. Vestidos
de etiqueta y con corbata blanca, como una vez me dijiste, cualquiera, hasta un corredor de Bolsa, puede
ganarse reputación de civilizado. Bien; cuando llevaba unos diez minutos en el salón, charlando con
imponentes viudas demasiado enjoyadas y tediosos académicos, noté de pronto que alguien me miraba.
Al darme la vuelta vi a Dorian Gray por vez primera. Cuando nuestros ojos se encontraron, me noté
palidecer. Una extraña sensación de terror se apoderó de mí. Supe que tenía delante a alguien con una
personalidad tan fascinante que, si yo se lo permitía, iba a absorber toda mi existencia, el alma entera,
incluso mi arte. Yo no deseaba ninguna influencia exterior en mi vida. Tú sabes perfectamente lo
independiente que soy por naturaleza. Siempre he hecho lo que he querido; al menos, hasta que conocí a
Dorian Gray. Luego..., aunque no sé cómo explicártelo. Algo parecía decirme que me encontraba al
borde de una crisis terrible. Tenía la extraña sensación de que el Destino me reservaba exquisitas alegrías
y terribles sufrimientos. Me asusté y me di la vuelta para abandonar el salón. No fue la conciencia lo que
me impulsó a hacerlo: más bien algo parecido a la cobardía. No me atribuyo ningún mérito por haber
tratado de escapar.
-Conciencia y cobardía son en realidad lo mismo, Basil. La conciencia es la marca registrada de la
empresa. Eso es todo.
-No lo creo, Harry, y me parece que tampoco lo crees tú. Fuera cual fuese mi motivo, y quizá se tratara
orgullo, porque he sido siempre muy orgulloso, conseguí llegar a duras penas hasta la puerta. Pero allí,
por supuesto, me tropecé con lady Brandon. «¿No irá usted a marcharse tan pronto, señor Hallward?»,
me gritó. ¿Recuerdas la voz tan peculiarmente estridente que tiene?
-Sí; es un pavo real en todo menos en la belleza -dijo lord Henry, deshaciendo la margarita con sus
largos dedos nerviosos.
-No me pude librar de ella. Me presentó a altezas reales, a militares y aristócratas, y a señoras mayores
con gigantescas diademas y narices de loro. Habló de mí como de su amigo más querido. Sólo había
estado una vez con ella, pero se le metió en la cabeza convertirme en la celebridad de la velada. Creo que
por entonces algún cuadro mío tuvo un gran éxito o al menos se habló de él en los periódicos
sensacionalistas, que son el criterio de la inmoralidad del siglo XIX. De repente, me encontré cara a cara
con el joven cuya personalidad me había afectado de manera tan extraña. Estábamos muy cerca, casi nos
tocábamos. Nuestras miradas se cruzaron de nuevo. Fue una imprudencia por mi parte, pero pedí a lady
Brandon que nos presentara. Quizá no fuese imprudencia, sino algo sencillamente inevitable. Nos
hubiésemos hablado sin necesidad de presentación. Estoy seguro de ello. Dorian me lo confirmó después.
También él sintió que estábamos destinados a conocernos.
-Y, ¿cómo describió lady Brandon a ese joven maravilloso? -preguntó su amigo-. Sé que le gusta dar
un rápido resumen de todos sus invitados. Recuerdo que me llevó a conocer a un anciano caballero de
rostro colorado, cubierto con todas las condecoraciones imaginables, y me confió al oído, en un trágico
susurro que debieron oír perfectamente todos los presentes, los detalles más asombrosos. Sencillamente
huí. Prefiero desenmascarar a las personas yo mismo. Pero lady Brandon trata a sus invitados
exactamente como un subastador trata a sus mercancías. O los explica completamente del revés, o cuenta
todo excepto lo que uno quiere saber.
-¡Pobre lady Brandon! ¡Eres muy duro con ella, Harry! -dijo Hallward lánguidamente.
-Mi querido amigo, esa buena señora trataba de fundar un salón, pero sólo ha conseguido abrir un
restaurante. ¿Cómo quieres que la admire? Pero, dime, ¿qué te contó del señor Dorian Gray?
-Algo así como «muchacho encantador, su pobre madre y yo absolutamente inseparables. He olvidado
por completo a qué se dedica, me temo que..., no hace nada... Sí, sí, toca el piano, ¿o es el violín, mi
querido señor Gray?» Ninguno de los dos pudimos evitar la risa, y nos hicimos amigos al instante.
-La risa no es un mal principio para una amistad y, desde luego, es la mejor manera de terminarla -dijo
el joven lord, arrancando otra margarita.
Hallward negó con la cabeza.
-No entiendes lo que es la amistad, Harry -murmuró-; ni tampoco la enemistad, si vamos a eso. Te
gusta todo el mundo; es decir, todo el mundo te deja indiferente.
-¡Qué horriblemente injusto eres conmigo! -exclamó lord Henry, echándose el sombrero hacia atrás
para mirar a las nubecillas que, como madejas enmarañadas de brillante seda blanca, vagaban por la
oquedad turquesa del cielo veraniego-. Sí; horriblemente injusto. Ya lo creo que distingo entre la gente.
Elijo a mis amigos por su apostura, a mis conocidos por su buena reputación y a mis enemigos por su
inteligencia. No es posible excederse en el cuidado al elegir a los enemigos. No tengo ni uno solo que sea
estúpido. Todos son personas de cierta talla intelectual y, en consecuencia, me aprecian. ¿Te parece
demasiada vanidad por mi parte? Creo que lo es.
-Coincido en eso contigo. Pero según tus categorías yo no debo de ser más que un conocido.
-Mi querido Basil: eres mucho más que un conocido. -Y mucho menos que un amigo. Algo así como
un hermano, ¿no es cierto?
-¡Ah, los hermanos! No me gustan los hermanos. Mi hermano mayor no se muere, y los menores
nunca hacen otra cosa.
-¡Harry! -exclamó Hallward, frunciendo el ceño.
-No hablo del todo en serio. Pero me es imposible no detestar a mi familia. Imagino que se debe a que
nadie soporta a las personas que tienen sus mismos defectos. Entiendo perfectamente la indignación de la
democracia inglesa ante lo que llama los vicios de las clases altas. Las masas consideran que embriaguez,
estupidez e inmoralidad deben ser exclusivo patrimonio suyo, y cuando alguno de nosotros se pone en
ridículo nos ven como cazadores furtivos en sus tierras. Cuando el pobre Southwark tuvo que presentarse
en el Tribunal de Divorcios, la indignación de las masas fue realmente magnífica. Y, sin embargo, no
creo que el diez por ciento del proletariado viva correctamente.
-No estoy de acuerdo con una sola palabra de lo que has dicho y, lo que es más, estoy seguro de que a
ti te sucede lo mismo.
Lord Henry se acarició la afilada barba castaña y se golpeó la punta de una bota de charol con el
bastón de caoba.
-¡Qué inglés eres, Basil! Es la segunda vez que haces hoy esa observación. Si se presenta una idea a un
inglés auténtico (lo que siempre es una imprudencia), nunca se le ocurre ni por lo más remoto pararse a
pensar si la idea es verdadera o falsa. Lo único que considera importante es si el interesado cree lo que
dice. Ahora bien, el valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad de la persona que la
expone. En realidad, es probable que cuanto más insincera sea la persona, más puramente intelectual sea
la idea, ya que en ese caso no estará coloreada ni por sus necesidades, ni por sus deseos, ni por sus
prejuicios. No pretendo, sin embargo, discutir contigo ni de política, ni de sociología, ni de metafísica.
Las personas me gustan más que los principios, y las personas sin principios me gustan más que nada en
el mundo. Cuéntame más cosas acerca de Dorian Gray. ¿Lo ves con frecuencia?
-Todos los días. No sería feliz si no lo viera todos los días. Me es absolutamente necesario.
-¡Extraordinario! Creía que sólo te interesaba el arte. -Dorian es todo mi arte -dijo el pintor
gravemente-. A veces pienso, Harry, que la historia del mundo sólo ha conocido dos eras importantes. La
primera es la que ve la aparición de una nueva técnica artística. La segunda, la que asiste a la aparición
de una nueva personalidad, también para el arte. Lo que fue la invención de la pintura al óleo para los
venecianos, o el rostro de Antinoo para los últimos escultores griegos, lo será algún día para mí el rostro
de Dorian Gray. No es sólo que lo utilice como modelo para pintar, para dibujar, para hacer apuntes. He
hecho todo eso, por supuesto. Pero para mí es mucho más que un modelo o un tema. No te voy a decir
que esté insatisfecho con lo que he conseguido, ni que su belleza sea tal que el arte no pueda expresarla.
No hay nada que el arte no pueda expresar, y sé que lo que he hecho desde que conocí a Dorian Gray es
bueno, es lo mejor que he hecho nunca. Pero, de alguna manera curiosa (no sé si me entenderás), su
personalidad me ha sugerido una manera completamente nueva, un nuevo estilo. Veo las cosas de
manera distinta, las pienso de forma diferente. Ahora soy capaz de recrear la vida de una manera que
antes desconocía. «Un sueño de belleza en días de meditación». ¿Quién ha dicho eso? No me acuerdo;
pero eso ha sido para mí Dorian Gray. La simple presencia de ese muchacho, porque me parece poco más
que un adolescente, aunque pasa de los veinte, su simple presencia... ¡Ah! Me pregunto si puedes darte
cuenta de lo que significa. De manera inconsciente define para mí los trazos de una nueva escuela, una
escuela que tiene toda la pasión del espíritu romántico y toda la perfección de lo griego. La armonía del
alma y del cuerpo, ¡qué maravilla! En nuestra locura hemos separado las dos cosas, y hemos inventado
un realismo que es vulgar, y un idealismo hueco. ¡Harry! ¡Si supieras lo que Dorian es para mí!
¿Recuerdas aquel paisaje mío, por el que Agnew me ofreció tanto dinero, pero del que no quise
desprenderme? Es una de las mejores cosas que he hecho nunca. Y, ¿por qué? Porque mientras lo pintaba
Dorian Gray estaba a mi lado. Me transmitía alguna influencia sutil y por primera vez en mi vida vi en un
simple bosque la maravilla que siempre había buscado y que siempre se me había escapado.
-¡Eso que cuentas es extraordinario! He de ver a Dorian Gray.
Hallward se levantó del asiento y empezó a pasear por el jardín. Al cabo de unos momentos regresó.
-Harry -dijo-, Dorian Gray no es para mí más que un motivo artístico. Quizá tú no veas nada en él. Yo
lo veo todo. Nunca está más presente en mi trabajo que cuando no aparece en lo que pinto. Es la
sugerencia, como he dicho, de una nueva manera. Lo encuentro en las curvas de ciertas líneas, en el
encanto y sutileza de ciertos colores. Eso es todo.
-Entonces, ¿por qué te niegas a exponer su retrato? -preguntó lord Henry.
-Porque, sin pretenderlo, he puesto en ese cuadro la expresión de mi extraña idolatría de artista, de la
que, por supuesto, nunca he querido hablar con él. Nada sabe. No lo sabrá nunca. Pero quizá el mundo lo
adivine; y no quiero desnudar mi alma ante su mirada entrometida y superficial. Nunca pondré mi
corazón bajo su microscopio. Hay demasiado de mí mismo en ese cuadro, Harry, ¡demasiado de mí
mismo!
-Los poetas no son tan escrupulosos como tú. Saben lo útil que es la pasión cuando piensan en
publicar. En nuestros días un corazón roto da para muchas ediciones.
-Los detesto por eso -exclamó Hallward-. Un artista debe crear cosas hermosas, pero sin poner en ellas
nada de su propia existencia. Vivimos en una época en la que se trata el arte como si fuese una forma de
autobiografía. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza. Algún día mostraré al mundo lo que es
eso; y ésa es la razón de que el mundo no deba ver nunca mi retrato de Dorian Gray.
-Creo que estás equivocado, pero no voy a discutir contigo. Sólo discuten los que están perdidos
intelectualmente. Dime, Dorian Gray te tiene mucho afecto?
El pintor reflexionó durante unos instantes.
-Me tiene afecto -respondió, después de una pausa-; sé que me tiene afecto. Es cierto, por otra parte,
que lo halago terriblemente. Hallo un extraño placer en decirle cosas de las que sé que después voy a
arrepentirme. Por regla general es encantador conmigo, y nos sentamos en el estudio y hablamos de mil
cosas. De cuando en cuando, sin embargo, es terriblemente desconsiderado, y parece disfrutar
haciéndome sufrir. Entonces siento que he entregado toda mi alma a alguien que la trata como si fuera
una flor que se pone en el ojal, una condecoración que deleita su vanidad, un adorno para un día de
verano.
-En verano los días suelen ser largos, Basil -murmuró lord Henry-. Quizá te canses tú antes que él. Es
triste pensarlo, pero sin duda el genio dura más que la belleza. Eso explica que nos esforcemos tanto por
cultivarnos. En la lucha feroz por la existencia queremos tener algo que dure, y nos llenamos la cabeza de
basura y de datos, con la tonta esperanza de conservar nuestro puesto. La persona que lo sabe todo: ése es
el ideal moderno. Y la mente de esa persona que todo lo sabe es una cosa terrible, un almacén de
baratillo, todo monstruos y polvo, y siempre con precios por encima de su valor verdadero. Creo que tú
te cansarás primero, de todos modos. Algún día mirarás a tu amigo, y te parecerá que está un poco
desdibujado, o no te gustará la tonalidad de su tez, o cualquier otra cosa. Se lo reprocharás con amargura,
y pensarás, muy seriamente, que se ha portado mal contigo. La siguiente vez que te visite, te mostrarás
perfectamente frío e indiferente. Será una pena, porque te cambiará. Lo que me has contado es una
historia de amor, habría que llamarla historia de amor estético, y lo peor de toda historia de amor es que
después tino se siente muy poco romántico.
-Harry, no hables así. Mientras viva, la personalidad de Dorian Gray me dominará. No puedes sentir lo
que yo siento. Tú cambias con demasiada frecuencia.
-¡Ah, mi querido Basil, precisamente por eso soy capaz de sentirlo! Los que son fieles sólo conocen el
lado trivial del amor: es el infiel quien sabe de sus tragedias.
Lord Henry frotó una cerilla sobre un delicado estuche de plata y empezó a fumar un cigarrillo con un
aire tan pagado de sí mismo y tan satisfecho como si hubiera resumido el mundo en una frase.
Los gorriones alborotaban entre las hojas lacadas de la enredadera y las sombras azules de las nubes se
perseguían sobre el césped como golondrinas. ¡Qué agradable era estar en el jardín! ¡Y cuán deliciosas
las emociones de otras personas! Mucho más que sus ideas, en opinión de lord Henry. Nuestra alma y las
pasiones de nuestros amigos: ésas son las cosas fascinantes de la vida. Le divirtió recordar en silencio el
tedioso almuerzo que se había perdido al quedarse tanto tiempo con Basil Hallward. Si hubiera ido a casa
de su tía, se habría encontrado sin duda con lord Goodboy, y sólo habrían hablado de alimentar a los
pobres y de la necesidad de construir alojamientos modelo. Todos los comensales habrían destacado la
importancia de las virtudes que su situación en la vida les dispensaba de ejercitar. Los ricos hablarían del
valor del ahorro, y los ociosos se extenderían elocuentemente sobre la dignidad del trabajo. ¡Era
delicioso haber escapado a todo aquello! Mientras pensaba en su tía, algo pareció sorprenderlo.
Volviéndose hacia Hallward, dijo:
-Acabo de acordarme.
-¿Acordarte de qué, Harry?
-De dónde he oído el nombre de Dorian Gray.
-¿Dónde? -preguntó Hallward, frunciendo levemente el ceño.
-No es necesario que te enfades. Fue en casa de mi tía, lady Agatha. Me dijo que había descubierto a
un joven maravilloso que iba a ayudarla en el East End y que se llamaba Dorian Gray. Tengo que
confesar que nunca me contó que fuese bien parecido. Las mujeres no aprecian la belleza; al menos, las
mujeres honestas. Me dijo que era muy serio y con muy buena disposición. Al instante me imaginé una
criatura con gafas y de pelo lacio, horriblemente cubierto de pecas y con enormes pies planos. Ojalá
hubiera sabido que se trataba de tu amigo.
-Me alegro mucho de que no fuese así, Harry.
-¿Por qué?
-No quiero que lo conozcas.
-¿No quieres que lo conozca?
-No.
-El señor Dorian Gray está en el estudio -anunció el mayordomo, entrando en el jardín.
-Ahora tienes que presentármelo -exclamó lord Henry, riendo.
El pintor se volvió hacia su criado, a quien la luz del sol obligaba a parpadear.
-Dígale al señor Gray que espere, Parker. Me reuniré con él dentro de un momento.
El mayordomo hizo una inclinación y se retiró.
Hallward se volvió después hacia lord Henry.
-Dorian Gray es mi amigo más querido -dijo-. Es una persona sencilla y bondadosa. Tu tía estaba en lo
cierto al describirlo. No lo eches a perder. No trates de influir en él. Tu influencia sería mala. El mundo
es muy grande y encierra mucha gente maravillosa. No me arrebates la única persona que da a mi arte
todo el encanto que posee: mi vida de artista depende de él. Tenlo en cuenta, Harry, confío en ti -hablaba
muy despacio, y las palabras parecían salirle de la boca casi contra su voluntad.
-¡Qué tonterías dices! -respondió lord Henry, con una sonrisa.
Luego, tomando a Hallward del brazo, casi lo condujo hacia la casa.
Capítulo 2
Al entrar, vieron a Dorian Gray. Estaba sentado al piano, de espaldas a ellos, pasando las páginas de
Las escenas del bosque, de Schumann.
-Tienes que prestármelo, Basil -exclamó-. Quiero aprendérmelas. Son encantadoras.
-Eso depende de cómo poses hoy, Dorian.
-Estoy cansado de posar, y no quiero un retrato de cuerpo entero -respondió el muchacho, volviéndose
sobre el taburete del piano con un gesto caprichoso y malhumorado. Al ver a lord Henry, se le colorearon
las mejillas por un momento y procedió a levantarse-. Perdóname, Basil, pero no sabía que estuvieras
acompañado.
-Te presento a lord Henry Wotton, Dorian, un viejo amigo mío de Oxford. Le estaba diciendo que eres
un modelo muy disciplinado, y acabas de echarlo todo a perder.
-Excepto el placer de conocerlo a usted, señor Gray -dijo lord Henry, dando un paso al frente y
extendiendo la mano-. Mi tía me ha hablado a menudo de usted. Es uno de sus preferidos y, mucho me
temo, también una de sus víctimas.
-En el momento actual estoy en la lista negra de lady Agatha -respondió Dorian con una divertida
expresión de remordimiento-. Prometí ir con ella el martes a un club de Whitechapel y lo olvidé por
completo. íbamos a tocar juntos un dúo..., más bien tres, según creo. No sé qué dirá. Me da miedo ir a
visitarla.
-Yo me encargo de reconciliarlo con ella. Siente verdadera devoción por usted. Y no creo que
importara que no fuese. El público pensó probablemente que era un dúo. Cuando tía Agatha se sienta al
piano hace ruido suficiente por dos personas.
-Eso es una insidia contra ella y tampoco me deja a mí en muy buen lugar -respondió Dorian, riendo.
Lord Henry se lo quedó mirando. Sí; no había la menor duda de que era extraordinariamente bien
parecido, con labios muy rojos debidamente arqueados, ojos azules llenos de franqueza, rubios cabellos
rizados. Había algo en su rostro que inspiraba inmediata confianza. Estaba allí presente todo el candor de
la juventud, así como toda su pureza apasionada. Se sentía que aquel adolescente no se había dejado
manchar por el mundo. No era de extrañar que Basil Hallward sintiera veneración por él.
-Sin duda es usted demasiado encantador para dedicarse a la filantropía, señor Gray -lord Henry se
dejó caer en el diván y abrió la pitillera.
El pintor había estado ocupado mezclando colores y preparando los pinceles. Parecía preocupado y, al
oír la última observación de lord Henry, lo miró, vaciló un instante y luego dijo:
-Harry, quiero terminar hoy este retrato. ¿Me juzgarás terriblemente descortés si te pido que te vayas?
Lord Henry sonrió y miró a Dorian Gray.
-¿Tengo que marcharme, señor Gray? -preguntó.
-No, por favor, lord Henry. Ya veo que Basil está hoy de mal humor, y no lo soporto cuando se
enfurruña. Además, quiero que me explique por qué no debo dedicarme a la filantropía.
-No estoy seguro de que deba decírselo, señor Gray. Se trata de un asunto tan tedioso que habría que
hablar en serio de ello. Pero, desde luego, no saldré corriendo después de haberme dicho usted que me
quede. ¿No te importa demasiado, verdad Basil? Me has dicho muchas veces que te gusta que tus
hermanas tengan a alguien con quien charlar.
Hallward se mordió los labios.
-Si Dorian lo desea, claro que te puedes quedar. Los caprichos de Dorian son leyes para todo el mundo,
excepto para él.
Lord Henry recogió su sombrero y sus guantes.
-Eres muy insistente, Basil, pero, desgraciadamente, debo irme. Prometí reunirme con una persona en
el Orleans. Hasta la vista, señor Gray. Venga a verme alguna tarde a Curzon Street. Casi siempre estoy
en casa a las cinco. Escríbame cuando decida ir, sentiría mucho perderme su visita.
-Basil -exclamó Dorian Gray-, si lord Henry Wotton se marcha, me iré yo también. Nunca despegas
los labios cuando pintas, y es muy aburrido estar de pie en un estrado y tratar de parecer contento. Pídele
que se quede. Insisto.
-Quédate, Harry, para complacer a Dorian y para complacerme a mí -dijo Hallward, sin apartar los ojos
del cuadro-. Es muy cierto que nunca hablo cuando estoy trabajando, y tampoco escucho, lo que debe de
ser increíblemente tedioso para mis pobres modelos. Te suplico que te quedes.
-¿Y qué va a ser del caballero que me espera en el Orleans?
El pintor se echó a reír.
-No creo que eso sea un problema. Siéntate otra vez, Harry. Y ahora, Dorian, sube al estrado y no te
muevas demasiado ni prestes atención a lo que dice lord Henry. Tiene una pésima influencia sobre todos
mis amigos, sin otra excepción que yo.
Dorian Gray subió al estrado con el aspecto de un joven mártir griego, e hizo una ligera mueca de
descontento dirigida a lord Henry, que le inspiraba ya una gran simpatía. ¡Era tan distinto de Basil!
Producían un contraste muy agradable. Y tenía una voz muy bella.
-¿Es cierto que ejerce usted una pésima influencia, lord Henry? -le preguntó al cabo de unos instantes-.
¿Tan mala como dice Basil?
-Las buenas influencias no existen, señor Gray. Toda influencia es inmoral; inmoral desde el punto de
vista científico.
-¿Por qué?
-Porque influir en una persona es darle la propia alma. Esa persona deja de pensar sus propias ideas y
de arder con sus pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados, si es que los pecados existen,
son prestados. Se convierte en eco de la música de otro, en un actor que interpreta un papel que no se ha
escrito para él. La finalidad de la vida es el propio desarrollo. Alcanzar la plenitud de la manera más
perfecta posible, para eso estamos aquí. En la actualidad las personas se tienen miedo. Han olvidado el
mayor de todos los deberes, lo que cada uno se debe a sí mismo. Son caritativos, por supuesto. Dan de
comer al hambriento y visten al desnudo. Pero sus almas pasan hambre y ellos mismos están desnudos.
Nuestra raza ha dejado de tener valor. Quizá no lo haya tenido nunca. El miedo a la sociedad, que es la
base de la moral; el miedo a Dios, que es el secreto de la religión: ésas son las dos cosas que nos
gobiernan. Y, sin embargo...
-Vuelve la cabeza un poquito más hacia la derecha, Dorian, como un buen chico -dijo el pintor,
enfrascado en su trabajo, sólo consciente de que en el rostro del muchacho había aparecido una expresión
completamente nueva.
-Y, sin embargo -continuó lord Henry, con su voz grave y musical, y con el peculiar movimiento de la
mano que le era tan característico, y que ya lo distinguía incluso en los días de Eton-, creo que si un
hombre viviera su vida de manera total y completa, si diera forma a todo sentimiento, expresión a todo
pensamiento, realidad a todo sueño..., creo que el mundo recibiría tal empujón de alegría que
olvidaríamos todas las enfermedades del medievalismo y regresaríamos al ideal heleno; puede que
incluso a algo más delicado, más rico que el ideal heleno. Pero hasta el más valiente de nosotros tiene
miedo de sí mismo. La mutilación del salvaje encuentra su trágica supervivencia en la autorrenuncia que
desfigura nuestra vida. Se nos castiga por nuestras negativas. Todos los impulsos que nos esforzamos por
estrangular se multiplican en la mente y nos envenenan. Que el cuerpo peque una vez, y se habrá librado
de su pecado, porque la acción es un modo de purificación. Después no queda nada, excepto el recuerdo
de un placer o la voluptuosidad de un remordimiento. La única manera de librarse de la tentación es
ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo
que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos
del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y sólo en el cerebro, donde se cometen los
grandes pecados. Usted, señor Gray, usted mismo, todavía con las rosas rojas de la juventud y las blancas
de la infancia, ha tenido pasiones que le han hecho asustarse, pensamientos que le han llenado de terror,
sueños y momentos de vigilia cuyo simple recuerdo puede teñirle las mejillas de vergüenza...
-¡Basta! -balbuceó Dorian Gray-; ¡basta! Me desconcierta usted. No sé qué decir. Hay una manera de
responderle, pero no la encuentro. No hable. Déjeme pensar. O, más bien, deje que trate de pensar.
Durante cerca de diez minutos siguió allí, inmóvil, los labios abiertos y un brillo extraño en la mirada.
Era vagamente consciente de que influencias completamente nuevas actuaban en su interior, aunque, le
parecía a él, procedían en realidad de sí mismo. Las pocas palabras que el amigo de Basil le había dicho,
palabras lanzadas al azar, sin duda, y caprichosamente paradójicas, habían tocado alguna cuerda secreta,
nunca pulsada anteriormente, pero que sentía ahora vibrar y palpitar con peculiares estremecimientos.
La música le afectaba de la misma manera. La música le había conmovido muchas veces. Pero la
música no era directamente inteligible. No era un mundo nuevo, sino más bien otro caos creado en
nosotros. ¡Palabras! ¡Simples palabras! ¡Qué terribles eran! ¡Qué claras, y qué agudas y crueles! No era
posible escapar. Y, sin embargo, ¡qué magia tan sutil había en ellas! Parecían tener la virtud de dar una
forma plástica a cosas informes y poseer una música propia tan dulce como la de una viola o de un laúd.
¡Simples palabras! ¿Había algo tan real como las palabras?
Sí; hubo cosas en su infancia que nunca entendió, pero que ahora entendía. La vida, de repente,
adquirió a sus ojos un color rojo encendido. Le pareció que había estado caminando sobre fuego. ¿Por
qué no lo había sabido antes?
Con una sonrisa sutil lord Henry lo observaba. Sabía cuál era el momento psicológico en el que no
había que decir nada. Estaba sumamente interesado. Sorprendido de la impresión producida por sus
palabras y, al recordar un libro que había leído a los dieciséis años, un libro que le reveló muchas cosas
que antes no sabía, se preguntó si Dorian Gray estaba teniendo una experiencia similar. Él no había
hecho más que lanzar una flecha al aire. ¿Había dado en el blanco? ¡Qué fascinante era aquel muchacho!
Hallward pintaba sin descanso con aquellas maravillosas y audaces pinceladas suyas que tenían el
verdadero refinamiento y la perfecta delicadeza que, al menos en el arte, proceden únicamente de la
fuerza. No había advertido el silencio.
-Basil, me canso de estar de pie -exclamó Gray de repente-. Quiero salir al jardín y sentarme. Aquí el
aire es asfixiante.
-Tendrás que perdonarme. Cuando pinto me olvido de todo lo demás. Pero nunca habías posado mejor.
Has estado completamente inmóvil. Y he captado el efecto que quería: los labios entreabiertos, y el brillo
en los ojos. No sé qué te habrá dicho Harry para conseguir esta expresión maravillosa. Imagino que te
halagaba la vanidad. No debes creer una sola palabra de lo que diga.
-Desde luego no me halagaba la vanidad. Tal vez por eso no he creído nada de lo que me ha dicho. -
Reconozca que se lo ha creído todo -dijo lord Henry, lanzándole una mirada soñadora y lánguida-. Saldré
al jardín con usted. Hace un calor horrible en el estudio. Basil, ofrécenos algo helado para beber, algo
que tenga fresas.
-Por supuesto, Harry. Basta con que llames; en cuanto venga Parker le diré lo que quieres. He de
trabajar el fondo; me reuniré después con vosotros. No retengas demasiado tiempo a Dorian. Nunca me
he sentido tan en forma para pintar como hoy. Va a ser mi obra maestra. Ya lo es, tal como está ahora.
Lord Henry salió al jardín y encontró a Dorian Gray con el rostro hundido en las grandes flores del
lilo, bebiendo febrilmente su perfume fresco como si se tratase de vino. Se le acercó y le puso una mano
en el hombro.
-Está usted en lo cierto al hacer eso -murmuró-. Nada, excepto los sentidos, puede curar el alma, como
tampoco nada, excepto el alma, puede curar los sentidos.
El muchacho se sobresaltó, apartándose. Llevaba la cabeza descubierta, y las hojas del arbusto le
habían despeinado, enredando las hebras doradas. Había miedo en sus ojos, como sucede cuándo se
despierta a alguien de repente. Le vibraron las aletas de la nariz y algún nervio escondido agitó el rojo de
sus labios, haciéndolos temblar.
-Sí -prosiguió lord Henry-; ése es uno de los grandes secretos de la vida: curar el alma por medio de
los sentidos, y los sentidos con el alma. Usted es una criatura asombrosa. Sabe más de lo que cree saber,
pero menos de lo que quiere.
Dorian Gray frunció el ceño y apartó la cabeza. Le era imposible dejar de mirar con buenos ojos a
aquel joven alto y elegante que tenía al lado. Su rostro moreno y romántico y su aire cansado le
interesaban. Había algo en su voz, grave y lánguida, absolutamente fascinante. Sus manos blancas,
tranquilas, que tenían incluso algo de flores, poseían un curioso encanto. Se movían, cuando lord Henry
hablaba, de manera musical, y parecían poseer un lenguaje propio. Pero lord Henry le asustaba, y se
avergonzaba de sentir miedo. ¿Cómo era que un extraño le había hecho descubrirse a sí mismo? Conocía
a Hallward desde hacía meses, pero la amistad entre ambos no lo había cambiado. De repente, sin
embargo, se había cruzado con alguien que parecía descubrirle el misterio de la existencia. Aunque, de
todos modos, ¿qué motivo había para sentir miedo? Él no era un colegial ni una muchachita. Era absurdo
asustarse.
-Sentémonos a la sombra -dijo lord Henry-. Parker nos ha traído las bebidas, y si se queda usted más
tiempo bajo este sol de justicia se le echará a perder la tez y Basil nunca lo volverá a retratar. No debe
permitir que el sol lo queme. Sería muy poco favorecedor.
-¿Qué importancia tiene eso? -exclamó Dorian Gray, riendo, mientras se sentaba en un banco al fondo
del jardín.
-Toda la importancia del mundo, señor Gray.
-¿Por qué?
-Porque posee usted la más maravillosa juventud, y la juventud es lo más precioso que se puede
poseer.
-No lo siento yo así, lord Henry.
-No; no lo siente ahora. Pero algún día, cuando sea viejo y feo y esté lleno de arrugas, cuando los
pensamientos le hayan marcado la frente con sus pliegues y la pasión le haya quemado los labios con sus
odiosas brasas, lo sentirá, y lo sentirá terriblemente. Ahora, dondequiera que vaya, seduce a todo el
mundo. ¿Será siempre así?... Posee usted un rostro extraordinariamente agraciado, señor Gray. No frunza
el ceño. Es cierto. Y la belleza es una manifestación de genio; está incluso por encima del genio, puesto
que no necesita explicación. Es uno de los grandes dones de la naturaleza, como la luz del sol, o la
primavera, o el reflejo en aguas oscuras de esa concha de plata a la que llamamos luna. No admite
discusión. Tiene un derecho divino de soberanía. Convierte en príncipes a quienes la poseen. ¿Se sonríe?
¡Ah! Cuando la haya perdido no sonreirá... La gente dice a veces que la belleza es sólo superficial. Tal
vez. Pero, al menos, no es tan superficial como el pensamiento. Para mí la belleza es la maravilla de las
maravillas. Tan sólo las personas superficiales no juzgan por las apariencias. El verdadero misterio del
mundo es lo visible, no lo que no se ve... Sí, señor Gray, los dioses han sido buenos con usted. Pero lo
que los dioses dan, también lo quitan, y muy pronto. Sólo dispone de unos pocos años en los que vivir de
verdad, perfectamente y con plenitud. Cuando se le acabe la juventud desaparecerá la belleza, y entonces
descubrirá de repente que ya no le quedan más triunfos, o habrá de contentarse con unos triunfos
insignificantes que el recuerdo de su pasado esplendor hará más amargos que las derrotas. Cada mes que
expira lo acerca un poco más a algo terrible. El tiempo tiene celos de usted, y lucha contra sus lirios y sus
rosas. Se volverá cetrino, se le hundirán las mejillas y sus ojos perderán el brillo. Sufrirá horriblemente...
¡Ah! Disfrute plenamente de la juventud mientras la posee. No despilfarre el oro de sus días escuchando
a gente aburrida, tratando de redimir a los fracasados sin esperanza, ni entregando su vida a los
ignorantes, los anodinos y los vulgares. Ésos son los objetivos enfermizos, las falsas ideas de nuestra
época. ¡Viva! ¡Viva la vida maravillosa que le pertenece! No deje que nada se pierda. Esté siempre a la
busca de nuevas sensaciones. No tenga miedo de nada... Un nuevo hedonismo: eso es lo que nuestro
siglo necesita. Usted puede ser su símbolo visible. Dada su personalidad, no hay nada que no pueda
hacer. El mundo le pertenece durante una temporada... En el momento en que lo he visto he comprendido
que no se daba usted cuenta en absoluto de lo que realmente es, de lo que realmente puede ser. Había en
usted tantas cosas que me encantaban que he sentido la necesidad de hablarle un poco de usted. He
pensado en la tragedia que sería malgastar lo que posee. Porque su juventud no durará mucho, demasiado
poco, a decir verdad. Las flores sencillas del campo se marchitan, pero florecen de nuevo. Las flores del
codeso serán tan amarillas el próximo junio como ahora. Dentro de un mes habrá estrellas moradas en las
clemátides y, año tras año, la verde noche de sus hojas sostendrá sus flores moradas. Pero nosotros nunca
recuperamos nuestra juventud. El pulso alegre que late en nosotros cuando tenemos veinte años se vuelve
perezoso con el paso del tiempo. Nos fallan las extremidades, nuestros sentidos se deterioran. Nos
convertimos en espantosas marionetas, obsesionados por el recuerdo de las pasiones que nos asustaron en
demasía, y el de las exquisitas tentaciones a las que no tuvimos el valor de sucumbir. ¡Juventud!
¡Juventud! ¡No hay absolutamente nada en el mundo excepto la juventud!
Dorian Gray escuchaba, los ojos muy abiertos, asombrado. El ramillete de lilas se le cayó al suelo. Una
sedosa abeja zumbó a su alrededor por un instante. Luego empezó a trepar con dificultad por los globos
estrellados de cada flor. Dorian Gray la observó con el extraño interés por las cosas triviales que tratamos
de fomentar cuando las más importantes nos asustan, o cuando nos embarga alguna nueva emoción que
no sabemos expresar, o cuando alguna idea que nos aterra pone repentino sitio a la mente y exige nuestra
rendición. Al cabo de algún tiempo la abeja alzó el vuelo. Dorian Gray la vio introducirse en la
campanilla de una enredadera. La flor pareció estremecerse y luego se balanceó suavemente hacia
adelante y hacia atrás.
De repente, el pintor apareció en la puerta del estudio y, con gestos bruscos, les indicó que entraran en
la casa. Dorian Gray y lord Henry se miraron y sonrieron.
-Estoy esperando -exclamó Hallward-. Vengan, por favor. La luz es perfecta; tráiganse los vasos.
Se levantaron y recorrieron juntos la senda. Dos mariposas verdes y blancas se cruzaron con ellos y, en
el peral que ocupaba una esquina del jardín, un mirlo empezó a cantar.
-Se alegra de haberme conocido, señor Gray-dijo lord Henry, mirándolo.
-Sí, ahora sí. Me pregunto si me alegraré siempre.
-¡Siempre! Terrible palabra. Hace que me estremezca cuando la oigo. Las mujeres son tan aficionadas
a usarla. Echan a perder todas las historias de amor intentando que duren para siempre. Es, además, una
palabra sin sentido. La única diferencia entre un capricho y una pasión para toda la vida es que el
capricho dura un poco más.
Al entrar en el estudio, Dorian Gray puso una mano en el brazo de lord Henry.
-En ese caso, que nuestra amistad sea un capricho -murmuró, ruborizándose ante su propia audacia;
luego subió al estrado y volvió a posar.
Lord Henry se dejó caer en un gran sillón de mimbre y lo contempló. El roce del pincel sobre el lienzo
era el único ruido que turbaba la quietud, excepto cuando, de tarde en tarde, Hallward retrocedía para
examinar su obra desde más lejos. En los rayos oblicuos que penetraban por la puerta abierta, el polvo
danzaba, convertido en oro. El intenso perfume de las rosas parecía envolverlo todo.
Al cabo de un cuarto de hora Hallward dejó de pintar, miró durante un buen rato a Dorian Gray, y
luego durante otro buen rato al cuadro mientras mordía el extremo de uno de sus grandes pinceles y
fruncía el ceño.
-Está terminado -exclamó por fin; agachándose, firmó con grandes trazos rojos en la esquina izquierda
del lienzo.
Lord Henry se acercó a examinar el retrato. Era, sin duda, una espléndida obra de arte, y el parecido
era excelente.
-Mi querido amigo -dijo-, te felicito de todo corazón. Es el mejor retrato de nuestra época. Señor Gray,
venga a comprobarlo usted mismo.
El muchacho se sobresaltó, como despertando de un sueño.
-¿Realmente acabado? -murmuró, bajando del estrado.
-Totalmente -dijo el pintor-. Y hoy has posado mejor que nunca. Te estoy muy agradecido.
-Eso me lo debes enteramente a mí -intervino lord Henry-. ¿No es así, señor Gray?
Dorian, sin responder, avanzó con lentitud de espaldas al cuadro y luego se volvió hacia él. Al verlo
retrocedió, las mejillas encendidas de placer por un momento. Un brillo de alegría se le encendió en los
ojos, como si se reconociese por vez primera. Permaneció inmóvil y maravillado, consciente apenas de
que Hallward hablaba con él y sin captar el significado de sus palabras. La conciencia de su propia
belleza lo asaltó como una revelación. Era la primera vez. Los cumplidos de Basil Hallward le habían
parecido hasta entonces simples exageraciones agradables, producto de la amistad. Los escuchaba, se reía
con ellos y los olvidaba. No influían sobre él. Luego se había presentado lord Henry Wotton con su
extraño panegírico sobre la juventud, su terrible advertencia sobre su brevedad. Aquello le había
conmovido y, ahora, mientras miraba fijamente la imagen de su belleza, con una claridad fulgurante
captó toda la verdad. Sí, en un día no muy lejano su rostro se arrugaría y marchitaría, sus ojos perderían
color y brillo, la armonía de su figura se quebraría. Desaparecería el rojo escarlata de sus labios y el oro
de sus cabellos. La vida que había de formarle al alma le deformaría el cuerpo. Se convertiría en un ser
horrible, odioso, grotesco. Al pensar en ello, un dolor muy agudo lo atravesó como un cuchillo, e hizo
que se estremecieran todas las fibras de su ser. El azul de sus ojos se oscureció con un velo de lágrimas.
Sintió que una mano de hielo se le había posado sobre el corazón.
-¿No te gusta? -exclamó finalmente Hallward, un tanto dolido por el silencio del muchacho, sin
entender su significado.
-Claro que le gusta -dijo lord Henry-. ¿A quién podría no gustarle? Es una de las grandes obras del arte
moderno. Te daré por él lo que quieras pedirme. Debe ser mío.
-No soy yo su dueño, Harry.
-¿Quién es el propietario?
-Dorian, por supuesto -respondió el pintor.
-Es muy afortunado.
-¡Qué triste resulta! -murmuró Dorian Gray, los ojos todavía fijos en el retrato-. Me haré viejo,
horrible, espantoso. Pero este cuadro siempre será joven. Nunca dejará atrás este día de junio... ¡Si fuese
al revés! ¡Si yo me conservase siempre joven y el retrato envejeciera! Daría..., ¡daría cualquier cosa por
eso! ¡Daría el alma!
-No creo que te gustara mucho esa solución, Basil -exclamó lord Henry, riendo-. Sería bastante
inclemente con tu obra.
-Me opondría con la mayor energía posible, Harry -dijo Hallward.
Dorian Gray se volvió para mirarlo.
-Estoy seguro de que lo harías. Tu arte te importa más que los amigos. Para ti no soy más que una
figurilla de bronce. Ni siquiera eso, me atrevería a decir.
El pintor se lo quedó mirando, asombrado. Dorian no hablaba nunca así. ¿Qué había sucedido? Parecía
muy enfadado. Tenía el rostro encendido y le ardían las mejillas.
-Sí -continuó el joven-: para ti soy menos que tu Hermes de marfil o tu fauno de plata. Ésos te gustarán
siempre. ¿Hasta cuándo te gustaré yo? Hasta que me salga la primera arruga. Ahora ya sé que cuando se
pierde la belleza, mucha o poca, se pierde todo. Tu cuadro me lo ha enseñado. Lord Henry Wotton tiene
razón. La juventud es lo único que merece la pena. Cuando descubra que envejezco, me mataré.
Hallward palideció y le tomó la mano.
-¡Dorian! ¡Dorian! -exclamó-, no hables así. Nunca he tenido un amigo como tú, ni tendré nunca otro.
No me digas que sientes celos de las cosas materiales. ¡Tú estás por encima de todas ellas!
-Tengo celos de todo aquello cuya belleza no muere. Tengo celos de mi retrato. ¿Por qué ha de
conservar lo que yo voy a perder? Cada momento que pasa me quita algo para dárselo a él. ¡Ah, si fuese
al revés! ¡Si el cuadro pudiera cambiar y ser yo siempre como ahora! ¿Para qué lo has pintado? Se
burlará de mí algún día, ¡se burlará despiadadamente!
Los ojos se le llenaron de lágrimas ardientes; retiró bruscamente la mano y, arrojándose sobre el diván,
enterró el rostro entre los cojines, como si estuviera rezando.
-Esto es obra tuya, Harry -dijo el pintor con amargura.
Lord Henry se encogió de hombros.
-Es el verdadero Dorian Gray, eso es todo.
-No lo es.
-Si no lo es, ¿qué tengo yo que ver con eso?
-Deberías haberte marchado cuando te lo pedí -murmuró.
-Me quedé cuando me lo pediste -fue la respuesta de lord Henry.
-Harry, no me puedo pelear al mismo tiempo con mis dos mejores amigos, pero entre los dos me
habéis hecho odiar la más perfecta de mis obras, y voy a destruirla. ¿Qué es, después de todo, excepto
lienzo y color? No voy a permitir que un retrato se interponga entre nosotros.
Dorian Gray alzó la rubia cabeza del cojín y, con el rostro pálido y los ojos enrojecidos por las
lágrimas lo miró, mientras Hallward se dirigía hacia la mesa de madera situada bajo la alta ventana con
cortinas. ¿Qué había ido a hacer allí? Los dedos se perdían entre el revoltijo de tubos de estaño y pinceles
secos, buscando algo. Sí, el largo cuchillo apaletado, con su delgada hoja de acero flexible. . Una vez
encontrado, se disponía a rasgar la tela. Ahogando un gemido, el muchacho saltó del diván y, corriendo
hacia Hallward, le arrancó el cuchillo de la mano, arrojándolo al otro extremo del estudio.
-¡No, Basil, no lo hagas! -exclamó-. ¡Sería un asesinato! -Me alegro de que por fin aprecies mi obra,
Dorian -dijo fríamente el pintor, una vez recuperado de la sorpresa-. Había perdido la esperanza.
-¿Apreciarla? Me fascina. Es parte de mí mismo. Lo noto.
-Bien; tan pronto como estés seco, serás barnizado y enmarcado y enviado a tu casa. Una vez allí,
podrás hacer contigo lo que quieras -cruzando la estancia tocó la campanilla para pedir té-. ¿Tomarás té,
como es lógico, Dorian? ¿Y tú también, Harry? ¿O estás en contra de placeres tan sencillos?
-Adoro los placeres sencillos -dijo lord Henry-. Son el último refugio de las almas complicadas. Pero
no me gustan las escenas, excepto en el teatro. ¡Qué personas tan absurdas sois los dos! Me pregunto
quién definió al hombre como animal racional. Fue la definición más prematura que se ha dado nunca. El
hombre es muchas cosas, pero no racional. Y me alegro de ello después de todo: aunque me gustaría que
no os pelearais por el cuadro. Será mucho mejor que me lo des a mí, Basil. Este pobre chico no lo quiere
en realidad, y yo en cambio sí.
-¡Si se lo das a otra persona, no te lo perdonaré nunca! -exclamó Dorian Gray-; y no permito que nadie
me llame pobre chico.
-Ya sabes que el cuadro es tuyo, Dorian. Te lo di antes de que existiera.
-Y también sabe usted, señor Gray, que se ha dejado llevar por los sentimientos y que en realidad no le
parece mal que se le recuerde cuán joven es.
-Me hubiera parecido francamente mal esta mañana, lord Henry.
-¡Ah, esta mañana! Ha vivido usted mucho desde entonces.
Se oyó llamar a la puerta, entró el mayordomo con la bandeja del té y la colocó sobre una mesita
japonesa. Se oyó un tintineo de tazas y platillos y el silbido de una tetera georgiana. Entró un paje
llevando dos fuentes con forma de globo. Dorian Gray se acercó a la mesa y sirvió el té. Los otros dos se
acercaron lánguidamente y examinaron lo que había bajo las tapaderas.
-Vayamos esta noche al teatro -propuso lord Henry-. Habrá algo que ver en algún sitio. He quedado
para cenar en White's, pero sólo se trata de un viejo amigo, de manera que le puedo mandar un telegrama
diciendo que estoy enfermo o que no puedo ir en razón de un compromiso ulterior. Creo que sería una
excusa bastante simpática, ya que contaría con la sorpresa de la sinceridad.
-¡Es tan aburrido ponerse de etiqueta! -murmuró Hallward-. Y, cuando ya lo has hecho, ¡se tiene un
aspecto tan horroroso!
-Sí -respondió lord Henry distraídamente-, la ropa del siglo XIX es detestable. Tan sombría, tan
deprimente. El pecado es el único elemento de color que queda en la vida moderna.
-No deberías decir cosas como ésa delante de Dorian, Harry.
-¿Delante de qué Dorian? ¿El que nos está sirviendo el té o el del cuadro?
-De ninguno de los dos.
-Me gustaría ir al teatro con usted, lord Henry -dijo el muchacho.
-Venga, entonces; y tú también, Basil.
-La verdad es que no puedo. Será mejor que no. Tengo muchísimo trabajo.
-Bien; en ese caso, iremos usted y yo, señor Gray.
-Encantado.
El pintor se mordió el labio y, con la taza en la mano, se acercó al cuadro.
-Me quedaré con el verdadero Dorian -dijo tristemente.
-¿Es ése el verdadero Dorian? -exclamó el original del retrato, acercándose a Hallward-. ¿Soy
realmente así? -Sí; exactamente así.
-¡Maravilloso, Basil!
-Tienes al menos el mismo aspecto. Pero él no cambiará -suspiró Hallward-. Eso es algo.
-¡Qué obsesión tienen las personas con la fidelidad! -exclamó lord Henry-. Incluso el amor es
simplemente una cuestión de fisiología. No tiene nada que ver con la voluntad. Los jóvenes quieren ser
fieles y no lo son; los viejos quieren ser infieles y no pueden: eso es todo lo que cabe decir.
-No vayas esta noche al teatro, Dorian -dijo Hallward-. Quédate a cenar conmigo.
-No puedo, Basil.
-¿Por qué no?
-Porque he prometido a lord Henry Wotton ir con él.
-No mejorará su opinión de ti porque cumplas tus promesas. Él siempre falta a las suyas. Te ruego que
no vayas.
Dorian Gray rió y negó con la cabeza.
-Te lo suplico.
El muchacho vaciló y miró hacia lord Henry, que los contemplaba desde la mesita del té con una
sonrisa divertida.
-Tengo que ir, Basil -respondió el joven.
-Muy bien -dijo Hallward; y, alejándose, depositó su taza en la bandeja-. Es bastante tarde y, dado que
tienes que vestirte, será mejor que no pierdas más tiempo. Hasta la vista, Harry. Hasta la vista, Dorian.
Ven pronto a verme. Mañana.
-Desde luego.
-¿No lo olvidarás?
-¡No, claro que no! -exclamó Dorian.
-Y..., ¡Harry!
-¿Sí, Basil?
-Recuerda lo que te pedí cuando estábamos esta mañana en el jardín.
-Lo he olvidado.
-Confío en ti.
-Quisiera poder confiar yo mismo -dijo lord Henry, riendo-. Vamos, señor Gray, mi coche está ahí
fuera, le puedo dejar en su casa. Hasta la vista, Basil. Ha sido una tarde interesantísima.
Cuando la puerta se cerró tras ellos el pintor se dejó caer en un sofá y apareció en su rostro una
expresión de sufrimiento.
Capítulo 3
A las doce Y media del día siguiente lord Henry Wotton fue paseando desde Curzon Street hasta el
Albany para visitar a su tío, lord Fermor, un viejo solterón, cordial pero un tanto brusco, a quien en
general se tachaba de egoísta porque el mundo no obtenía de él beneficio alguno, pero al que la buena
sociedad consideraba generoso porque daba de comer a la gente que le divertía. Su padre había sido
embajador en Madrid cuando Isabel II era joven y nadie había pensado aún en el general Prim, pero
abandonó la carrera diplomática caprichosamente por el despecho que sintió al ver que no le ofrecían la
embajada de París, puesto al que creía tener pleno derecho en razón de su nacimiento, de su indolencia,
del excelente inglés de sus despachos y de su desmesurada pasión por los placeres. El hijo, que había
sido secretario de su padre, y que presentó también la dimisión, gesto que por entonces se consideró un
tanto descabellado, sucedió a su padre en el título unos meses después, y se consagró a cultivar con
seriedad el gran arte aristocrático de no hacer absolutamente nada. Aunque poseía dos grandes casas en
Londres, prefería vivir en habitaciones alquiladas, que le causaban menos molestias, y hacía en su club la
mayoría de las comidas. Se preocupaba algo de la gestión de sus minas de carbón en las Midlands, y se
excusaba de aquel contacto con la industria alegando que poseer minas de carbón otorgaba a un caballero
el privilegio de quemar leña en el hogar de su propia chimenea. En política era conservador, excepto
cuando los conservadores gobernaban, periodo en el que los insultaba sistemáticamente, acusándolos de
ser una pandilla de radicales. Era un héroe para su ayuda de cámara, que lo tiranizaba, y un personaje
aterrador para la mayoría de sus parientes, a quienes él, a su vez, tiranizaba. Era una persona que sólo
podía haber nacido en Inglaterra, y siempre afirmaba que el país iba a la ruina. Sus principios estaban
anticuados, pero se podía decir mucho en favor de sus prejuicios.
Cuando lord Henry entró en la habitación de su tío lo encontró vestido con una tosca chaqueta de caza,
fumando un cigarro habano y refunfuñando mientras leía The Times.
-Vaya, Harry -dijo el anciano caballero-, ¿qué te ha hecho salir tan pronto de casa? Creía que los
dandis no se levantaban hasta las dos y que no aparecían en público hasta las cinco.
-Puro afecto familiar, tío George, te lo aseguro. Quiero pedirte algo.
-Dinero, imagino -respondió lord Fermor, torciendo el gesto-. Bueno; siéntate y cuéntamelo todo. En
estos tiempos que corren los jóvenes se imaginan que el dinero lo es todo.
-Sí -murmuró lord Henry, colocándose mejor la flor que llevaba en el ojal de la chaqueta-; y cuando se
hacen viejos no se lo imaginan: lo saben. Pero no quiero dinero. Sólo las personas que pagan sus facturas
necesitan dinero, tío George, y yo nunca pago las mías. El crédito es el capital de un segundón, y se vive
agradablemente con él. Además, siempre me trato con los proveedores de Dartmoor y, en consecuencia,
nunca me molestan. Lo que quiero es información: no información útil, por supuesto; información
perfectamente inútil.
-Te puedo contar todo lo que contiene cualquier informe oficial, aunque quienes los redactan hoy en
día escriben muchas tonterías. Cuando yo estaba en el cuerpo diplomático las cosas iban mucho mejor.
Pero, según tengo entendido, ahora les hacen un examen de ingreso. ¿Hay que extrañarse del resultado?
Los exámenes, señor mío, son pura mentira de principio a fin. Si una persona es un caballero, sabe más
que suficiente, y si no lo es, todo lo que sepa es malo para él.
-El señor Dorian Gray no tiene nada que ver con el mundo de los informes oficiales, tío George -dijo
lord Henry lánguidamente.
-¿El señor Dorian Gray? ¿Quién es? -preguntó lord Fermor, frunciendo el espeso entrecejo cano.
-Eso es lo que he venido a averiguar, tío George. Debo decir, más bien, que sé quién es. Es el nieto del
último lord Kelso. Su madre era una Devereux, lady Margaret Devereux. Quiero que me hables de su
madre. ¿Cómo era? ¿Con quién se casó? Trataste prácticamente a todo el mundo en tu época, de manera
que quizá la hayas conocido. En el momento actual me interesa mucho el señor Gray. Acaban de
presentármelo.
-¡Nieto de Kelso! -repitió el anciano caballero-. El nieto de Kelso... Claro... Conocí muy bien a su
madre. Creo que asistí a su bautizo. Era una joven extraordinariamente hermosa, Margaret Devereux, y
volvió loco a todo el mundo escapándose con un joven que no tenía un céntimo, un don nadie, señor mío,
un suboficial de infantería o algo por el estilo. Ya lo creo. Lo recuerdo todo como si hubiera sucedido
ayer. Al pobre infeliz lo mataron en un duelo en Spa pocos meses después de la boda. Una historia muy
fea. Dijeron que Kelso se agenció un aventurero sin escrúpulos, un animal belga, para que insultara en
público a su yerno; le pagó, señor mío, para que lo hiciera; le pagó y luego aquel individuo ensartó al
suboficial como si fuera un pichón. Echaron tierra sobre el asunto, pero, cielo santo, Kelso comió solo en
el club durante cierto tiempo después de aquello. Recogió a su hija, según me contaron, pero la chica
nunca volvió a dirigirle la palabra. Sí, sí, un asunto muy feo. Margaret también se murió, en menos de un
año. De manera que dejó un hijo, ¿no es eso? Lo había olvidado. ¿Cómo es el chico? Si es como su
madre debe de ser bien parecido.
-Es bien parecido -asintió lord Henry.
-Espero que caiga en buenas manos -prosiguió el anciano-. Heredará un montón de dinero si Kelso se
ha portado bien con él. Su madre también tenía dinero. Le correspondieron todas las propiedades de
Selby, a través de su abuelo. Su abuelo odiaba a Kelso, lo consideraba un tacaño de mucho cuidado. Y no
se equivocaba. Fue a Madrid en una ocasión cuando yo estaba allí. Cielo santo, logró que me
avergonzase de él. La reina me preguntaba quién era el noble inglés que siempre se peleaba con los
cocheros por el precio de las carreras. Menuda historia. Pasé un mes sin aparecer por la Corte. Confío en
que tratara a su nieto mejor que a los cocheros de alquiler.
-No lo sé -respondió lord Henry-. Imagino que al chico no le faltará de nada. Todavía no es mayor de
edad. Sé que Selby es suyo: lo sé porque me lo ha dicho él. Y.., ¿su madre, entonces, era muy hermosa?
-Margaret Devereux era una de las criaturas más encantadoras que he visto nunca, Harry. Qué la
impulsó a comportarse como lo hizo es algo que nunca entenderé. Podría haberse casado con quien
hubiera querido. Carlington estaba loco por ella. Pero era una romántica. Todas las mujeres de esa
familia lo han sido. Los hombres no valían nada, pero, cielo santo, las mujeres eran maravillosas.
Carlington se declaró de rodillas. Me lo dijo él mismo. Margaret Devereux se rió de él, y no había por
entonces una chica en Londres que no quisiera pescarlo. Y, por cierto, Harry, hablando de matrimonios
estúpidos, ¿qué es esa patraña que me cuenta tu padre de que Dartmoor se quiere casar con una
americana? ¿Es que las chicas inglesas no son lo bastante buenas para él?
-Ahora está bastante de moda casarse con americanas, tío George.
-Yo apoyo a las mujeres inglesas contra el mundo entero, Harry -dijo lord Fermor, golpeando la mesa
con el puño.
-Todo el mundo apuesta por las americanas.
-No duran, según me han dicho -murmuró su tío. -Las carreras de fondo las agotan, pero son
inigualables en las de obstáculos. Lo saltan todo sin pestañear. No creo que Dartmoor tenga la menor
posibilidad.
-¿Quiénes son sus padres? -gruñó el anciano-. ¿Acaso los tiene?
Lord Henry negó con la cabeza.
-Las jóvenes americanas son tan inteligentes para esconder a sus padres como las mujeres inglesas para
ocultar su pasado -dijo lord Henry, levantándose para marcharse.
-Serán chacineros, supongo.
-Eso espero, tío George, por el bien de Dartmoor. Me dicen que la chacinería es una de las profesiones
más lucrativas de los Estados Unidos, después de la política.
-¿Es bonita esa muchacha?
-Se comporta como si fuese hermosa. La mayoría de las americanas lo hacen. Es el secreto de su
encanto.
-¿Por qué no se quedan en su país? Siempre nos están diciendo que es el paraíso de las mujeres.
-Lo es. Ésa es la razón de que, como Eva, estén tan excesivamente ansiosas de abandonarlo -dijo lord
Henry-. Adiós, tío George. Gracias por darme la información que quería. Me gusta saberlo todo sobre
mis nuevos amigos y nada sobre los viejos.
-¿Dónde almuerzas hoy, Harry?
-En casa de tía Agatha. He hecho que me invite, junto con el señor Gray, que es su último protégé.
-¡Umm! Dile a tu tía Agatha, Harry, que no me moleste más con sus empresas caritativas. Estoy harto.
Caramba, la buena mujer cree que no tengo nada mejor que hacer que escribir cheques para sus estúpidas
ocurrencias.
-De acuerdo, tío George, se lo diré, pero no tendrá ningún efecto. Las personas filantrópicas pierden
toda noción de humanidad. Se las reconoce por eso.
El anciano caballero gruñó aprobadoramente y llamó para que entrara su criado.
Lord Henry atravesó unos soportales de poca altura para llegar a Burlington Street, y dirigió sus pasos
en dirección a la plaza de Berkeley.
Aquélla era, por tanto, la historia familiar de Dorian Gray. Pese a lo esquemático del relato, le había
impresionado porque hacía pensar en una historia de amor extraña, casi moderna. Una mujer hermosa
que se arriesga a todo por una loca pasión. Unas pocas semanas de felicidad sin límite truncadas por un
crimen odioso, por una traición. Meses de silenciosos sufrimientos, y luego un hijo nacido en el dolor. La
madre arrebatada por la muerte, el niño abandonado a la soledad y a la tiranía de un anciano sin corazón.
Sí; unos antecedentes interesantes, que situaban al muchacho, que le añadían una nueva perfección, por
así decirlo. Detrás de todas las cosas exquisitas hay algo trágico. Para que florezca la más humilde de las
flores se necesita el esfuerzo de mundos... Y, ¡qué encantador había estado durante la cena la noche
anterior, cuando, la sorpresa en los ojos y los labios entreabiertos por el placer y el temor, se había
sentado frente a él en el club, las pantallas rojas de las lámparas avivando el rubor despertado en su rostro
por el asombro! Hablar con él era como tocar el más delicado de los violines. Dorian respondía a cada
toque y vibración del arco... Había algo terriblemente cautivador en influir sobre alguien. No existía otra
actividad parecida. Proyectar el alma sobre una forma agradable, detenerse un momento; emitir las
propias ideas para que las devuelva un eco, acompañadas por la música de una pasión juvenil; transmitir
a otro la propia sensibilidad como si se tratase de un fluido sutil o de un extraño perfume; allí estaba la
fuente de una alegría verdadera, tal vez la más satisfactoria que todavía nos permite una época tan
mezquina y tan vulgar como la nuestra, una época zafiamente carnal en sus placeres y enormemente
vulgar en sus metas... Aquel muchacho a quien por una extraña casualidad había conocido en el estudio
de Basil encarnaba además un modelo maravilloso o, al menos, se le podía convertir en un ser
maravilloso. Suyo era el encanto, y la pureza inmaculada de la adolescencia, junto a una belleza que sólo
los antiguos mármoles griegos conservan para nosotros. No había nada que no se pudiera hacer con él. Se
le podía convertir en un titán o en un juguete. ¡Qué lástima que semejante belleza estuviera destinada a
marchitarse!... ¡Y Basil? Desde un punto de vista psicológico, ¡qué interesante era! Un nuevo estilo
artístico, un modo nuevo de ver la vida, todo ello sugerido de manera tan extraña por la simple presencia
de alguien que era todo eso de manera inconsciente; el espíritu silencioso que mora en bosques sombríos
y camina sin ser visto por campos abiertos, mostrándose, de repente, como una dríade, y sin temor,
porque en el alma que la busca se ha despertado ya esa singular capacidad a la que corresponde la
revelación de las cosas maravillosas; las simples formas, los simples contornos de las cosas que se
estilizaban, por así decirlo, adquiriendo algo semejante a un valor simbólico, como si fuesen a su vez el
esbozo de otra forma más perfecta, a cuya sombra dotaban de realidad: ¡qué extraño era todo! Recordaba
algo parecido en la historia del pensamiento. ¿No fue Platón, aquel artista de las ideas, quien lo había
analizado por vez primera? ¿No había sido Buonarotti quien lo esculpió en el mármol multicolor de una
sucesión de sonetos? Pero en nuestro siglo era extraño... Sí; trataría de ser para Dorian Gray lo que él, sin
saberlo, había sido para el autor de aquel retrato maravilloso. Trataría de dominarlo; en realidad ya lo
había hecho a medias. Haría suyo aquel espíritu maravilloso. Había algo fascinante en aquel hijo del
Amor y de la Muerte.
De repente, lord Henry se detuvo y contempló las casas que lo rodeaban. Se dio cuenta de que había
dejado atrás la de su tía y, sonriendo, volvió sobre sus pasos. Cuando entró en el vestíbulo, un tanto
sombrío, el mayordomo le hizo saber que los comensales ya se habían sentado a la mesa. Entregó el
sombrero y el bastón a uno de los lacayos y pasó al comedor.
-Tarde como de costumbre -exclamó su tía, reprendiéndolo con un movimiento de cabeza.
Lord Henry inventó una excusa banal y, después de acomodarse en el sitio vacío al lado de lady
Agatha, miró a su alrededor para ver a los invitados. Dorian Gray le hizo una tímida inclinación de
cabeza desde el extremo de la mesa, apareciendo en sus mejillas un rubor de satisfacción. Frente a él
tenía a la duquesa de Harley, una dama con un carácter y un valor admirables, muy querida por todos los
que la conocían, y con las amplias proporciones arquitectónicas a las que los historiadores
contemporáneos, cuando no se trata de duquesas, dan el nombre de corpulencia. A su derecha estaba
sentado sir Thomas Burdon, miembro radical del Parlamento, que seguía a su líder en la vida pública y a
los mejores cocineros en la privada, cenando con los conservadores y pensando con los liberales, según
una regla tan prudente como bien conocida. El asiento a la izquierda de la duquesa estaba ocupado por el
señor Erskine de Treadley, anciano caballero de considerable encanto y cultura, que había caído sin
embargo en la mala costumbre de guardar silencio, puesto que, como explicó en una ocasión a lady
Agatha, todo lo que tenía que decir lo había dicho antes de cumplir los treinta. A la izquierda de lord
Henry se sentaba la señora Vandeleur, una de las amigas más antiguas de su tía, santa entre las mujeres,
pero tan terriblemente poco atractiva que hacía pensar en un himnario mal encuadernado.
Afortunadamente para él, la señora Vandeleur tenía a su otro lado a lord Faudel -una mediocridad muy
inteligente, de más de cuarenta años y calva tan rotunda como una declaración ministerial en la Cámara
de los Comunes-, con quien conversaba de esa manera tan intensamente seria que es el único error
imperdonable, como él mismo había señalado en una ocasión, en el que caen todas las personas
realmente buenas y del que ninguna de ellas escapa por completo.
-Estamos hablando del pobre Dartmoor, lord Henry -exclamó la duquesa, haciéndole, desde el otro
lado de la mesa, un gesto amistoso con la cabeza-. ¿Cree usted que se casará realmente con esa joven tan
fascinante?
-Creo que la joven está decidida a pedir su mano, duquesa.
-¡Qué espanto! -exclamó lady Agatha-. Alguien debería tomar cartas en el asunto.
-Me han informado, de muy buena tinta, que su padre tiene un almacén de áridos -dijo sir Thomas
Burdon con aire desdeñoso.
-Mi tío ha sugerido y a que se trata de chacinería, sir Thomas.
-¡Áridos! ¿Qué mercancías son ésas? -preguntó la duquesa, alzando sus grandes manos en gesto de
asombro y acentuando mucho el verbo.
-Novelas americanas -respondió lord Henry, mientras se servía una codorniz.
La duquesa pareció desconcertada.
-No le haga caso, querida -susurró lady Agatha-. Mi sobrino nunca habla en serio.
-Cuando se descubrió América... -intervino el miembro radical de la Cámara de los Comunes,
procediendo a enumerar algunos datos aburridísimos. Como todas las personas que tratan de agotar un
tema, logró agotar a sus oyentes. La duquesa suspiró e hizo uso de su posición privilegiada para
interrumpir.
-¡Ojalá nunca la hubieran descubierto! -exclamó-. A decir verdad, nuestras jóvenes no tienen ahora la
menor oportunidad. Es una gran injusticia.
-Quizá, después de todo, América nunca haya sido descubierta -dijo el señor Erskine-; yo diría más
bien que fue meramente detectada.
-Sí, sí, pero yo he visto especímenes de sus habitantes -respondió vagamente la duquesa-. He de
confesar que la mayoría de las mujeres son extraordinariamente bonitas. Y además visten bien. Compran
toda la ropa en París. Me gustaría poder permitírmelo.
-Dicen que cuando mueren, los americanos buenos van a París -rió entre dientes sir Thomas, que tenía
un gran armario de frases ingeniosas ya desechadas.
-¿De verdad? Y, ¿adónde van los malos? -quiso saber la duquesa.
-Van a los Estados Unidos -murmuró lord Henry.
Sir Thomas frunció el ceño.
-Me temo que su sobrino tiene prejuicios contra ese gran país -le dijo a lady Agatha-. He viajado por
todo el territorio, en coches suministrados por los directores, que son, en esas cuestiones,
extraordinariamente hospitalarios. Le aseguro que es muy instructivo visitarlos Estados Unidos.
-¿De verdad tenemos que ver Chicago para estar bien educados? -preguntó el señor Erskine
quejumbrosamente-. No me siento capaz de emprender ese viaje.
Sir Thomas agitó la mano.
-El señor Erskine de Treadley tiene el mundo en las estanterías de su biblioteca. A nosotros, los
hombres prácticos, nos gusta ver las cosas, no leer su descripción. Los americanos son un pueblo muy
interesante. Y totalmente razonable. Creo que es la característica que los distingue. Sí, señor Erskine, un
pueblo totalmente razonable. Le aseguro que los americanos no se andan por las ramas.
-¡Terrible! -exclamó lord Henry-. No me gusta la fuerza bruta, pero la razón bruta es totalmente
insoportable. No está bien utilizarla. Es como golpear por debajo del intelecto.
-No le entiendo -dijo sir Thomas, enrojeciendo considerablemente.
-Yo sí, lord Henry -murmuró el señor Erskine con una sonrisa.
-Las paradojas están muy bien a su manera... -intervino el baronet.
-¿Era eso una paradoja? -preguntó el señor Erskine-. No me lo ha parecido. Quizá lo fuera. Bien, el
camino de las paradojas es el camino de la verdad. Para poner a prueba la realidad, hemos de verla en la
cuerda floja. Cuando las verdades se hacen acróbatas podemos juzgarlas.
-¡Dios del cielo! -dijo lady Agatha-, ¡cómo discuten ustedes los hombres! Estoy segura de que nunca
sabré de qué están hablando. Por cierto, Harry, estoy muy enfadada contigo. ¿Por qué tratas de convencer
a nuestro Dorian Gray, una persona tan encantadora, para que renuncie al East End? Te aseguro que sería
inapreciable. A nuestros habituales les hubiera encantado oírle tocar.
-Quiero que toque para mí -exclamó lord Henry sonriendo. Cuando miró hacia el extremo de la mesa
captó como respuesta un brillo en la mirada de Dorian.
-Pero en Whitechapel la gente es muy desgraciada -protestó lady Agatha.
-Soy capaz de simpatizar con cualquier cosa menos con el sufrimiento -dijo lord Henry, encogiéndose
de hombros-. Hasta eso no llego. Es demasiado feo, demasiado horrible, demasiado angustioso. Hay algo
terriblemente morboso en la simpatía de nuestra época por el dolor. Debemos interesarnos por los
colores, por la belleza, por la alegría de vivir. Cuanto menos se hable de las miserias de la vida, tanto
mejor.
-De todos modos, el East End es un problema muy importante -señaló sir Thomas, con un grave
movimiento de cabeza.
-Muy cierto -respondió el joven lord-. Es el problema de la esclavitud, y tratamos de resolverlo
divirtiendo a los esclavos.
El político le miró con mucho interés.
-¿Qué cambio propone usted, en ese caso? -preguntó. Lord Henry se echó a reír.
-No deseo cambiar nada en Inglaterra, a excepción del clima -respondió-. Me basta y me sobra con la
contemplación filosófica. Pero como el siglo XIX se ha arruinado por un excesivo gasto de simpatía,
sugiero que se acuda a la ciencia para solucionarlo. La ventaja de las emociones es que nos llevan por el
mal camino, y la ventaja de la ciencia es que excluye la emoción.
-Pero tenemos gravísimas responsabilidades -aventuró tímidamente la señora Uandeleur.
-Sumamente graves -se hizo eco lady Agatha.
Lord Henry miró con detenimiento al señor Erskine.
-La humanidad se toma demasiado en serio. Es el pecado original del mundo. Si los cavernícolas
hubieran sabido reír, la historia habría sido distinta.
-No sabe cuánto me consuela oírle -gorjeó la duquesa-. Siempre me siento muy culpable cuando vengo
a ver a su querida tía, porque no me intereso en absoluto por el East End. En el futuro podré mirarla a la
cara sin sonrojarme.
-Sonrojarse es muy favorecedor, duquesa -señaló lord Henry.
-Sólo cuando se es joven -respondió ella-. Cuando una anciana como yo se sonroja, es muy mala señal.
¡Ah, me gustaría que me dijera usted cómo volver a ser joven! Lord Henry meditó unos instantes.
-¿Recuerda usted algún gran error que cometiera en sus primeros tiempos, duquesa? -preguntó
mirándola desde el otro lado de la mesa.
-Muchos, por desgracia -exclamó ella.
-Pues vuelva a cometerlos -dijo él con gravedad-. Para recuperar la juventud, basta con repetir las
mismas locuras.
-¡Deliciosa teoría! -exclamó ella-. He de ponerla en práctica.
-¡Una teoría peligrosa! -dijo sir Thomas, la boca tensa. Lady Agatha movió desaprobadoramente la
cabeza, pero la idea le pareció de todos modos divertida. El señor Erskine escuchaba.
-Sí -continuó el joven lord-; se trata de uno de los grandes secretos de la vida. En la actualidad la
mayoría de la gente muere de una indigestión de sentido común y descubre cuando ya es demasiado tarde
que lo único que nunca lamentamos son nuestros errores.
Se oyeron risas en torno a la mesa.
Lord Henry jugó con la idea, animándose cada vez más; la lanzó al aire y la transformó; la dejó
escapar y volvió a capturarla; la adornó con todos los fuegos de la fantasía y le dio alas con la paradoja.
El elogio de la locura, mientras lord Henry proseguía, se elevó hasta las alturas de la filosofía, y la
filosofía misma se hizo joven y, contagiada por la música desenfrenada del placer, vestida, cabría
imaginar, con su túnica manchada de vino y una guirnalda de hiedra, danzó como una bacante sobre las
colinas de la vida y se burló del plácido Sileno por su sobriedad. Los hechos huyeron ante ella como
asustados animalitos del bosque. Sus pies alabastrinos pisaron el enorme lagar donde sienta sus reales el
sabio Omar, hasta que el zumo rosado de la vid se elevó en torno a sus extremidades desnudas en oleadas
de burbujas moradas, o se deslizó en espuma por las negras paredes inclinadas de la cuba. Fue una
extraordinaria improvisación. Lord Henry sentía fijos en él los ojos de Dorian Gray, y saber que había
entre quienes lo escuchaban alguien a quien deseaba fascinar parecía dar mayor agudeza a su ingenio y
prestar colores más vivos a su imaginación. Se mostró brillante, fantástico, irresponsable. Encantó a sus
oyentes haciendo que se olvidaran de sí mismos, y que siguieran, riendo, la melodía de su caramillo.
Dorian Gray nunca apartó de él los ojos, y permaneció inmóvil como si estuviera encantado,
sucediéndose las sonrisas sobre sus labios, mientras el asombro, en el fondo de sus ojos, adoptaba una
pensativa gravedad.
Finalmente, cubierta con la librea de la época, la realidad entró en la estancia en forma de lacayo para
decir que a la duquesa la esperaba su coche. La noble señora se retorció las manos con fingida
desesperación.
-¡Qué fastidio! -exclamó-. He de marcharme. Tengo que recoger a mi marido en el club para llevarlo a
Willis's Rooms, donde debe presidir no sé qué absurda reunión. Si llego tarde se enfurecerá sin duda, y
no puedo exponerme a una escena con este sombrero. Es demasiado frágil. Una palabra dura acabaría
con él. No, he de irme, mi querida Agatha. Hasta la vista, lord Henry, es usted absolutamente delicioso y
terriblemente desmoralizador. Desde luego, no sabría qué decir sobre sus ideas. Tiene que venir a cenar
con nosotros una de estas noches. ¿El martes? ¿Está usted libre el martes?
-Por usted, duquesa, ¿de quién no prescindiría yo? -respondió lord Henry, con una inclinación de
cabeza. -¡Ah! ¡Muy amable y muy cruel por su parte! -exclamó la duquesa-; pero no se olvide de venir -y
abandonó la habitación seguida por lady Agatha y las otras damas. Cuando lord Henry se hubo sentado
de nuevo, el señor Erskine, dando la vuelta a la mesa, y colocándose a su lado, le puso una mano en el
brazo.
-Usted habla mucho de libros -dijo-; ¿por qué no escribe uno?
-Me gusta demasiado leerlos para molestarme en escribirlos, señor Erskine. Desde luego, me gustaría
escribir una novela, una novela que fuese tan encantadora y tan irreal como una alfombra persa. Pero en
Inglaterra no hay público más que para periódicos, libros de texto y enciclopedias. No hay en todo el
mundo personas con menos sentido de la belleza literaria que los ingleses.
-Me temo que tiene usted razón -respondió el señor Erskine-. Yo mismo tuve ambiciones literarias,
pero las abandoné hace mucho. Y ahora, mi joven y querido amigo, si me permite que le dé ese nombre,
¿le puedo preguntar si mantiene usted todo lo que nos ha dicho durante el almuerzo?
-He olvidado por completo lo que he dicho -sonrió lord Henry-. ¿Tan inmoral era?
-Sumamente inmoral. De hecho le considero extraordinariamente peligroso, y si algo le sucede a
nuestra buena duquesa le tendremos por responsable directo. Pero me gustaría hablar con usted sobre la
vida. La generación de la que formo parte es francamente aburrida. Algún día, cuando se canse de
Londres, venga a Treadley, expóngame su filosofía del placer mientras degustamos un excelente borgoña
que tengo la fortuna de poseer.
-Me encantará. Una visita a Treadley será un gran privilegio. Cuenta con un perfecto anfitrión y una
biblioteca igualmente perfecta.
-Su presencia le añadirá un nuevo encanto -respondió el anciano caballero, con una cortés inclinación-.
Y ahora tengo que despedirme de su excelente tía. Me esperan en el Atheneum. Es la hora en que
dormimos allí.
-¿Todos, señor Erskine?
-Cuarenta, en cuarenta sillones. Hacemos prácticas para una Academia Inglesa de las Letras.
Lord Henry rió, poniéndose en pie.
-Me voy al parque -exclamó.
Al atravesar la puerta, Dorian Gray le tocó en el brazo.
-Permítame ir con usted -murmuró.
-Creía que le había prometido a Basil Hallward que iría usted a verlo -respondió lord Henry.
-Prefiero ir con usted; sí, siento que debo ir con usted. Permítamelo. Y prometa hablarme todo el
tiempo. Nadie lo hace tan bien.
-¡Ah! Ya he hablado más que suficiente por hoy -dijo lord Henry, sonriendo-. Todo lo que quiero
ahora es mirar la vida. Puede usted venir y mirarla conmigo, si lo tiene a bien.
Capítulo 4
Cierta tarde, un mes después, Dorian Gray estaba recostado en un lujoso sillón, en la pequeña
biblioteca de la casa de lord Henry en Mayfair. Se trataba, en su estilo, de una habitación muy agradable,
con alto revestimiento de madera de roble color oliva, friso de color crema, techo de escayola y alfombra
de fieltro color ladrillo, sobre la que se habían extendido otras alfombras persas de seda, más pequeñas,
con largos flecos. En una diminuta mesa de madera de satín había una estatuilla obra de Clodion y, junto
a ella, un ejemplar de Les CentNouvelles, encuadernado para Margarita de Valois por Clovis Eve y
adornado con las margaritas que la reina había elegido como emblema. Algunos grandes jarrones de
porcelana azul con tulipanes de colores abigarrados ocupaban la repisa de la chimenea y, a través de los
emplomados rectángulos de cristal de la ventana, se derramaba la luz de color albaricoque de un día de
verano en Londres.
Lord Henry no había vuelto aún. Siempre se retrasaba por principio, ya que, en su opinión, la
puntualidad es el ladrón del tiempo. De manera que el muchacho parecía bastante enfurruñado mientras
con una mano distraída pasaba las páginas de una edición de Manon Lescaut, suntuosamente ilustrada,
que había encontrado en una de las estanterías. El solemne y monótono tictac del reloj Luis XIV le
molestaba. Una o dos veces pensó en marcharse.
Finalmente oyó pasos fuera y se abrió la puerta.
-¡Qué tarde llegas, Harry! -murmuró.
-Me temo que no se trata de Harry, señor Gray -respondió una voz muy aguda.
Dorian se volvió rápidamente, poniéndose en pie. -Le ruego me disculpe. Creí...
-Creyó usted que era mi marido. Soy sólo su mujer. Permítame que me presente. A usted lo conozco
bien por sus fotografías. Me parece que mi marido tiene diecisiete.
-No, lady Wotton, ¡no diecisiete!
-Dieciocho, entonces. Y los vi juntos la otra noche en la ópera -rió con nerviosismo mientras hablaba,
contemplándolo con sus ojos azules, un poco vagos, de nomeolvides. Era una mujer curiosa, cuyos
vestidos siempre daban la impresión de haber sido diseñados en la cólera y utilizados en la tempestad. De
ordinario estaba enamorada de alguien y, como su pasión nunca era correspondida, había conservado
todas sus ilusiones. Trataba de conseguir una apariencia pintoresca, pero sólo conseguía dar sensación de
desaseo. Se llamaba Victoria y tenía la manía perseverante de ir a la iglesia.
-Se trataba de Lohengrin, si no recuerdo mal.
-Sí, era mi querido Lohengrin. La música de Wagner me gusta más que ninguna otra. Es tan ruidosa
que se puede hablar todo el tiempo sin que otras personas oigan lo que se dice. Eso es una gran ventaja,
¿no le parece, señor Gray?
La misma risa, nerviosa y entrecortada, se escapó de los delgados labios, y sus dedos empezaron a
jugar con un abrecartas de carey.
Dorian sonrió y negó con la cabeza.
-Me temo que no estoy de acuerdo, lady Wotton. Nunca hablo cuando suena la música; al menos, si se
trata de buena música. Si la música es mala, es nuestro deber ahogarla con la conversación.
-¡Ah! Ésa es una de las ideas de Harry, ¿no es así, señor Gray? Siempre oigo las ideas de Harry de
labios de sus amigos. Es así como me entero de que existen. Pero no debe usted pensar que no me gusta
la buena música. La adoro, pero me da miedo. Me pone demasiado romántica. Sencillamente, venero a
los pianistas; dos a la vez, en algunas ocasiones, me dice Harry. No sé qué es lo que tienen. Quizá el ser
extranjeros. Todos lo son, ¿no es cierto? Incluso los que han nacido en Inglaterra se convierten en
extranjeros con el tiempo, ¿no le parece? ¡Qué habilidad la suya! Y para el arte, ¡qué excelente
cumplido! La hace sumamente cosmopolita, ¿verdad? ¿No ha estado usted nunca en alguna de mis
fiestas, señor Gray? Tiene que venir. No puedo permitirme orquídeas, pero no reparo en gastos con
extranjeros. ¡Hacen que la casa parezca tan pintoresca! ¡Pero aquí está Harry! Harry, vine buscándote
para preguntarte algo, no recuerdo qué, y encontré al señor Gray. Hemos tenido una conversación muy
agradable sobre música. Tenemos exactamente las mismas ideas. No; creo que nuestras ideas son
completamente distintas. Pero ha sido la simpatía personificada. Y me alegro mucho de haberlo
conocido.
-Espléndido, amor mío, espléndido -dijo lord Henry, alzando la doble media luna oscura de las cejas y
contemplando a ambos con una sonrisa divertida.
-Siento llegar tarde, Dorian. Fui en busca de una pieza de brocado antiguo en Wardour Street, y he
tenido que regatear durante horas para conseguirla. En los días que corren la gente sabe el precio de todo
y el valor de nada.
-Me temo que he de irme -exclamó lady Wotton, rompiendo un silencio embarazoso con su repentina
risa sin sentido-. He prometido salir en coche con la duquesa. Hasta la vista, señor Gray. Hasta luego,
Harry. Imagino que cenas fuera. Yo también. Quizá te vea en casa de lady Thornbury.
-Imagino que sí, querida mía -lord Henry cerró la puerta tras ella, cuando, con el aspecto de un ave del
paraíso que se hubiera pasado toda la noche bajo la lluvia, salió revoloteando de la habitación, dejando
un leve olor a tarta de almendras; luego encendió un cigarrillo y se dejó caer en el sofá.
-Nunca te cases con una mujer con el pelo de color pajizo, Dorian -dijo después de lanzar unas cuantas
bocanadas de humo.
-¿Por qué, Harry?
-Porque son muy sentimentales.
-Pero a mí me gusta la gente sentimental.
-No te cases, Dorian. Los hombres se casan porque están cansados; las mujeres, porque sienten
curiosidad: unos y otras acaban decepcionados.
-Creo que no es probable que me case, Harry. Estoy demasiado enamorado. Ése es uno de tus
aforismos. Lo estoy poniendo en práctica, y hago todo lo que recomiendas.
-¿De quién te has enamorado? -preguntó lord Henry, después de una pausa.
-De una actriz -dijo Dorian Gray, ruborizándose. Lord Henry se encogió de hombros.
-Es un debut bastante corriente.
-No dirías eso si la vieras, Harry.
-¿Quién es?
-Se llama Sibyl Vane.
-Nunca he oído hablar de ella.
-Nadie ha oído. Pero todo el mundo oirá algún día. Es un genio.
-Mi querido muchacho, ninguna mujer es un genio. Las mujeres son un sexo decorativo. Nunca tienen
nada que decir, pero lo dicen encantadoramente. Representan el triunfo de la materia sobre la mente, de
la misma manera que los hombres representan el triunfo de la mente sobre la moral.
-¿Cómo puedes decir una cosa así, Harry?
-Mi querido Dorian, no es más que la verdad. Estoy analizando a las mujeres en el momento actual, de
manera que debo saberlo. No es un tema tan abstruso como yo pensaba. Descubro que, en último
extremo, sólo hay dos clases de mujeres, las corrientes y las que se pintan. Las primeras son muy útiles.
Si quieres conseguir una reputación de persona respetable, basta con invitarlas a cenar. Las otras mujeres
son sumamente encantadoras. Pero cometen un error. Se pintan con el fin de parecer jóvenes. Nuestras
abuelas se pintaban para tratar de hablar con brillantez. Rouge y esprit solían ir juntos. Ahora eso se ha
acabado. Siempre que una mujer pueda parecer diez años más joven que sus hijas, estará perfectamente
satisfecha. En cuanto a conversación, sólo hay cinco mujeres en Londres con las que merece la pena
hablar, y a dos de ellas no las recibe la buena sociedad. De todos modos, háblame de tu genio. ¿Cuánto
hace que la conoces?
-¡Harry, Harry! Tus opiniones me aterran.
-No te preocupes por eso. ¿Cuánto hace que la conoces?
-Unas tres semanas.
-Y, ¿cómo te tropezaste con ella?
-Te lo voy a contar, Harry; pero tienes que ser comprensivo. Después de todo, no me habría pasado si
no te hubiera conocido. Hiciste que sintiera un tremendo deseo de saberlo todo acerca de la vida. Durante
varios días, después de conocerte, algo especial me latía en las venas. Mientras estaba en el parque o me
paseaba por Picadilly, miraba a todas las personas con las que me cruzaba, preguntándome con tremenda
curiosidad cómo era su vida. Algunas personas me fascinaban. Otras me llenaban de horror. Venenos
exquisitos flotaban en el aire. Sentía pasión por las sensaciones... Bien, una tarde, hacia las siete, decidí
salir en busca de alguna aventura. Sentía que este Londres nuestro, tan gris y tan monstruoso, con sus
miríadas de personas, sus sórdidos pecadores y sus espléndidos pecados, tal como tú dijiste una vez, me
reservaba algo. Me imaginé mil cosas. La simple sensación de peligro me llenaba de gozo. Recordé lo
que me habías dicho en aquella maravillosa velada cuando cenamos juntos por vez primera, sobre el
hecho de que la búsqueda de la belleza es el verdadero secreto de la vida. No sé qué esperaba, pero salí a
la calle y me dirigí hacia el este, perdiéndome muy pronto en un laberinto de calles mugrientas y plazas
oscuras y sin hierba. A eso de las ocho y media pasé por delante de un absurdo teatrillo, con luces
brillantes y carteles chillones. En la entrada había un judío horroroso, con el chaleco más exótico que he
visto en mi vida y fumando un cigarro apestoso. El cabello le caía en bucles grasientos y en mitad de una
sucia camisa resplandecía un enorme diamante. «¿Un palco, milord?», dijo al verme, y se quitó el
sombrero con un aire fascinantemente servil. Había algo en él que me divirtió, Harry. ¡Era tan
monstruoso! Te vas a reír de mí, lo sé, pero entré y pagué nada menos que una guinea por un palco junto
al escenario. Todavía hoy sigo sin saber por qué lo hice; pero si no lo hubiera hecho, mi querido Harry,
me hubiera perdido la gran historia de amor de mi vida. Veo que te estás riendo. ¡Qué mal me parece!
-No me río, Dorian; al menos, no me río de ti. Pero no debes decir la gran historia de amor de tu vida.
Debes decir la primera. Siempre te querrán, y tú siempre estarás enamorado del amor. Una grande
passion es el privilegio de quienes no tienen nada que hacer. Ésa es la única utilidad de las clases ociosas
de un país. No tengas miedo. Te están reservadas aventuras exquisitas. Esto no es más que el principio.
-¿Tan superficial me consideras? -exclamó Dorian Gray, muy dolido.
-No; te creo muy profundo.
-¿Qué quieres decir?
-Mi querido muchacho, las personas que sólo aman una vez en la vida son realmente las personas
superficiales. A lo que ellos llaman su lealtad, y su fidelidad, yo lo llamo sopor de rutina o falta de
imaginación. La fidelidad es a la vida de las emociones lo que la coherencia a la vida del intelecto:
simplemente una confesión de fracaso. ¡Fidelidad! Tengo que analizarla algún día. La pasión de la
propiedad está en ella. Hay muchas cosas de las que nos desprenderíamos si no tuviéramos miedo de que
otros las recogieran. Pero no te quiero interrumpir. Sigue con tu historia.
-Bueno, me encontré sentado en un palquito espantoso, con un telón de lo más vulgar delante de los
ojos. Desde mi discreto escondite me dediqué a examinar la sala. Era un lugar perfectamente chabacano,
todo él cupidos y cornucopias, como una tarta nupcial de cuarta categoría. El paraíso y la platea estaban
bastante llenos, pero las dos primeras filas de descoloridas butacas se hallaban completamente vacías y
apenas había nadie en las mejores entradas del anfiteatro. Había mujeres vendiendo naranjas y refrescos
y se consumían grandes cantidades de frutos secos.
-Debía de ser como en los días gloriosos del drama británico.
-Precisamente, creo yo, y muy deprimente. Empezaba a preguntarme qué demonios estaba haciendo
allí, cuando me fijé en el programa. ¿Qué obra crees que representaban, Harry?
-Imagino que El joven idiota o Mudo pero inocente. A nuestros padres les gustaba ese tipo de obras,
según creo. Cuantos más años tengo, Dorian, más convencido estoy de que lo que era suficientemente
bueno para nuestros padres no lo es para nosotros. En arte, como en política, les grand-péres ont toujours
tort.
-La obra era suficientemente buena para nosotros, Harry. Se trataba de Romeo y Julieta. He de
reconocer que no me hizo mucha gracia la idea de ver representar a Shakespeare en un antro como aquél.
Pero sentí interés, de todos modos. Decidí presenciar al menos el primer acto. Había una orquesta
detestable, presidida por un hebreo joven sentado ante un piano desafinado que casi me echó del teatro;
pero finalmente se alzó el telón y comenzó la obra. Romeo era un caballero corpulento y con muchos
años a sus espaldas, cejas pintadas con negro de corcho, ronca voz de tragedia y silueta cíe barril de
cerveza. Mercutio era casi igual de siniestro. Lo interpretaba un cómico de la legua que había añadido al
texto chistes de su cosecha y mantenía relaciones sumamente amistosas con la platea. Los dos eran tan
grotescos como el decorado, que parecía salido de una barraca de feria. Pero, ¡Julieta! Imagínate una
muchachita de apenas diecisiete años, con un rostro como de flor, una cabecita griega con cabellos de
color castaño oscuro recogidos en trenzas, ojos que eran pozos violeta de pasión, labios como pétalos de
rosa. ¡La criatura más encantadora que había visto nunca! Una vez me dijiste que el patetismo no te
conmovía en absoluto, pero que la belleza, la simple belleza, podía llenarte los ojos de lágrimas. Te lo
aseguro, Harry, apenas veía a esa muchacha porque siempre tenía los ojos nublados por las lágrimas. ¡Y
su voz! No he oído nunca una voz semejante. Sólo un hilo al principio, con notas bajas y melodiosas, que
parecían caer una a una en el oído. Luego creció en volumen, y sonaba como una flauta o un lejano oboe.
En la escena del jardín tuvo todo el júbilo estremecido de los ruiseñores cuando cantan poco antes del
amanecer. Hubo momentos, más adelante, en los que alcanzó la desenfrenada pasión de los violines.
Sabes perfectamente cuánto puede afectarnos una voz. Tu voz y la de Sibyl Vane son dos cosas que
nunca olvidaré. Cuando cierro los ojos las oigo, y cada una dice algo diferente. No sé a cuál seguir. ¿Por
qué tendría que no amarla? La quiero, Harry. Para mí lo es todo. Voy a verla actuar día tras día. Una
noche es Rosalinda y la siguiente Imogen. La he visto morir en la penumbra de un sepulcro italiano,
recogiendo el veneno de labios de su amante. La he contemplado atravesando el bosque de las Ardenas,
disfrazada de muchacho, con calzas, jubón y un gorro delicioso. Ha sido la loca que se presenta ante un
rey culpable, dándole ruda para llevar y hierbas amargas que gustar. Ha sido inocente, y las negras manos
de los celos han aplastado su cuello de junco. La he visto en todas las épocas y con todos los trajes. Las
mujeres ordinarias no hacen volar nuestra imaginación. Están ancladas en su siglo. La fascinación nunca
las transfigura. Se sabe lo que tienen en la cabeza con la misma facilidad que si se tratara del sombrero.
Siempre se las encuentra. No hay misterio en ninguna de ellas. Van a pasear al parque por la mañana y
charlan por la tarde en reuniones donde toman el té. Tienen una sonrisa estereotipada y los modales del
momento. Son transparentes. ¡Pero una actriz! ¡Qué diferente es una actriz, Harry! ¿Por qué no me dijiste
que la única cosa merecedora de amor es una actriz?
-Porque he querido a demasiadas, Dorian.
-Sí, claro; gente horrible con el pelo teñido y el rostro pintado.
-No desprecies el pelo teñido y los rostros pintados. En ocasiones tienen un encanto extraordinario -
dijo lord Henry.
-Ahora quisiera no haberte contado nada sobre Sybil Vane.
-No hubieras podido evitarlo, Dorian. A lo largo de tu vida me contarás todo lo que hagas.
-Tienes razón, Harry; creo que estás en lo cierto. No puedo dejar de contarte las cosas. Tienes una
curiosa influencia sobre mí. Si alguna vez cometiera un delito, vendría a confesártelo. Tú lo entenderías.
-Personas como tú, los caprichosos rayos de sol de la vida, no delinquen. Pero, de todos modos, te
quedo muy agradecido por ese cumplido. Y ahora dime..., alcánzame las cerillas, como un buen chico,
gracias... ¿Cuáles son tus relaciones actuales con Sybil Vane?
Dorian Gray se puso en pie de un salto, las mejillas encendidas y los ojos echando fuego.
-¡Harry! ¡Sybil Vane es sagrada!
-Sólo las cosas sagradas merecen ser tocadas, Dorian -dijo lord Henry, con una extraña nota de
patetismo en la voz-. Pero, ¿por qué tienes que enfadarte? Supongo que será tuya algún día. Cuando se
está enamorado, empiezas por engañarte a ti mismo y acabas engañando a los demás. Eso es lo que el
mundo llama una historia de amor. Al menos, la conoces personalmente, imagino.
-Claro que la conozco. La primera noche que estuve en el teatro, el horrible judío viejo se presentó en
el palco después de que terminara la representación y se ofreció a llevarme entre bastidores y
presentármela. Consiguió enfurecerme, y le dije que Julieta llevaba muerta cientos de años y que su
cuerpo yacía en Verona, en una tumba de mármol. Por la mirada de asombro que me lanzó, creo que tuvo
la impresión de que había bebido demasiado champán o algo parecido.
-No me sorprende.
-Luego me preguntó si escribía para algún periódico. Le dije que nunca los leía. Pareció terriblemente
decepcionado al oírlo, y me confesó que todos los críticos teatrales le eran hostiles y que a todos se los
podía comprar.
-No me extrañaría que tuviera razón en eso. Pero, por otra parte, a juzgar por el aspecto que tiene la
mayoría, no deben de ser demasiado caros.
-Bien; pero él parece pensar que están por encima de sus posibilidades -rió Dorian-. Para entonces, sin
embargo, ya estaban apagando las luces del teatro y tuve que irme. El judío quiso que probara unos
cigarros de los que hizo grandes alabanzas. Pero decliné su ofrecimiento. A la noche siguiente, volví, por
supuesto. Al verme, me hizo una profunda reverencia y me aseguró que yo era un munificente protector
del arte. Es un ser insufrible, pero Shakespeare le apasiona. Ya me ha dicho, visiblemente orgulloso, que
sus cinco bancarrotas se debieron enteramente a «el Bardo», como insiste en llamarlo. Parece
considerarlo un timbre de gloria.
-Lo es, mi querido Dorian; un verdadero timbre de gloria. La mayoría de la gente se arruina por
invertir demasiado en la prosa de la vida. Arruinarse por la poesía es un honor. ¿Cuándo hablaste por vez
primera con la señorita Sybil Vane?
-La tercera noche. Había interpretado a Rosalinda. Me fue imposible no ir a verla. Le había lanzado
unas flores y ella me miró; al menos, imaginé que lo había hecho. El viejo judío insistió. Estaba decidido
a llevarme entre bastidores, de manera que acepté. Es curioso que no deseara conocerla, ¿no te parece?
-No; no me parece curioso.
-¿Por qué, mi querido Harry?
-Te lo diré en alguna otra ocasión. Ahora quiero saber más sobre esa chica.
-¿Sybil? ¡Tan tímida y tan amable! Hay algo infantil en ella. Abrió mucho los ojos con el más sincero
de los asombros cuando le dije lo que pensaba de su interpretación, y pareció no tener conciencia de su
talento. Creo que los dos estábamos bastante nerviosos. El judío viejo sonreía desde la puerta del
polvoriento camerino, diciendo frases rebuscadas sobre los dos, mientras Sibyl y yo nos mirábamos
como niños. El viejo insistía en llamarme «mylord», y tuve que explicar a Sybil que no era nada
parecido. Ella me dijo: «Más bien parece usted un príncipe. Le llamaré Príncipe Azul».
-A fe mía, Dorian, la señorita Sybil sabe cómo hacer cumplidos.
-No la entiendes, Harry. Me veía sólo como un personaje en una obra de teatro. No sabe nada de la
vida. Vive con su madre, una mujer apagada y fatigada que, con una túnica más o menos carmesí,
interpretó la primera noche a la señora Capuleto; una mujer con aspecto de haber conocido días mejores.
-Conozco ese aspecto. Me deprime -murmuró lord Henry, examinando sus sortijas.
-El judío me quería contar su historia, pero le dije que no me interesaba.
-Tuviste toda la razón. Siempre hay algo infinitamente mezquino en las tragedias de los demás.
-Sybil es lo único que me interesa. ¿Qué más me da de dónde haya salido? Desde la cabecita a los
piececitos es absoluta y enteramente divina. Noche tras noche voy a verla actuar, y cada noche lo hace
mejor que la anterior.
-Imagino que ésa es la razón de que ya nunca cenes conmigo. Pensaba, y estaba en lo cierto, que quizá
tuvieras entre manos alguna curiosa historia de amor. Pero no se trata exactamente de lo que yo
imaginaba.
-Mi querido Harry, tú y yo almorzamos o cenamos juntos todos los días; y he ido varias veces a la
ópera contigo -dijo Dorian, abriendo mucho los ojos para manifestar su asombro.
-Siempre llegas terriblemente tarde.
-No puedo dejar de ver actuar a Sybil -exclamó-, aunque sólo presencie el primer acto. Siento
necesidad de su presencia; y cuando pienso en el alma maravillosa escondida en ese cuerpecito de marfil,
me lleno de asombro.
-Esta noche cenas conmigo, ¿no es cierto? Dorian Gray hizo un gesto negativo con la cabeza.
-Hoy hace de Imogen -respondió-, y mañana por la noche será Julieta.
-¿Cuándo es Sybil Vane?
-Nunca.
-Te felicito.
-¡Qué malvado eres! Sybil es todas las grandes heroínas del mundo en una sola. Es más que una sola
persona. Te ríes, pero yo te repito que es maravillosa. La quiero, y he de hacer que me quiera. Tú, que
conoces todos los secretos de la vida, dime cómo hechizar a Sybil Vane para que me quiera. Deseo dar
celos a Romeo. Quiero que todos los amantes muertos oigan nuestras risas y se entristezcan. Quiero que
un soplo de nuestra pasión remueva su polvo, despierte sus cenizas y los haga sufrir. ¡Cielos, Harry,
cómo la adoro! -iba de un lado a otro de la habitación mientras hablaba. Manchas rojas, como de fiebre,
le encendían las mejillas. Estaba terriblemente exaltado.
Lord Henry sentía un secreto placer contemplándolo. ¡Qué diferente era ya del muchachito tímido y
asustado que había conocido en el estudio de Basil Hallward! Había madurado, produciendo flores de
fuego escarlata. Desde su secreto escondite, el alma se le había salido al mundo, y el Deseo había
acudido a reunirse con ella por el camino.
-Y, ¿qué es lo que te propones hacer? -dijo finalmente lord Henry.
-Quiero que Basil y tú vengáis conmigo alguna noche para verla actuar. No tengo el menor temor al
resultado. Sin duda, reconoceréis su genio. Luego hemos de arrancarla de las manos de ese viejo judío.
Está atada a él por tres años, al menos dos años y ocho meses, desde el momento presente. Tendré que
pagarle algo, por supuesto. Cuando todo esté arreglado, la traeré a algún teatro del West End y la
presentaré como es debido. Enloquecerá al mundo como me ha enloquecido a mí.
-¡Eso es imposible, amigo mío!
-Lo hará. No sólo hay en ella arte, arte e instinto consumados; también tiene personalidad; y tú me has
dicho a menudo que son las personalidades, no los principios, lo que mueve nuestra época.
-Bien; ¿qué noche iremos?
-Déjame ver. Hoy es martes. Quedemos para mañana. Mañana interpreta a Julieta.
-De acuerdo. En el Bristol alas ocho; yo llevaré a Basil. -A las ocho no, Harry, te lo ruego. A las seis y
media. Hemos de estar allí antes de que se levante el telón. Has de verla en el primer acto, cuando conoce
a Romeo.
-¡Seis y media! ¡Qué horas! Sería como tomar una merienda-cena o leer una novela inglesa. Tiene que
ser a las siete. Ningún caballero cena antes de las siete. ¿He de ver a Basil de aquí a mañana? ¿O bastará
con que le escriba?
-¡El bueno de Basil! Hace una semana que no le pongo la vista encima. Me da muchísima vergüenza,
porque me ha enviado el cuadro con un magnífico marco, especialmente diseñado por él y, aunque estoy
un poco celoso del retrato por ser un mes más joven que yo, debo admitir que me maravilla verlo. Quizá
sea mejor que le escribas, no quiero estar a solas con él. Dice cosas que me fastidian. Se empeña en
darme buenos consejos.
Lord Henry sonrió.
-A la gente le encanta regalar lo que más necesita. Es lo que yo llamo el insondable abismo de la
generosidad.
-No, no; Basil es la mejor de las personas, pero un tanto prosaico. Lo he descubierto a raíz de
conocerte, Harry. -Basil, mi querido muchacho, pone en el trabajo todas sus mejores cualidades. La
consecuencia es que para la vida sólo le quedan los prejuicios, los principios y el sentido común. Los
únicos artistas encantadores que conozco son malos artistas. Los buenos sólo existen en lo que hacen y,
en consecuencia, carecen por completo de interés como personas. Un gran poeta, un poeta
verdaderamente grande, es la menos poética de todas las criaturas. Pero los poetas de poca monta son
absolutamente fascinantes. Cuanto peores son sus rimas, más pintoresco es su aspecto. El simple hecho
de haber publicado un libro de sonetos de segunda categoría hace a un hombre absolutamente irresistible.
Vive la poesía que es incapaz de escribir. Los otros escriben la poesía que no se atreven a poner por obra.
-Me pregunto si es realmente así, Harry -dijo Dorian Gray, derramando sobre su pañuelo un poco de
perfume de un gran frasco con tapón dorado que estaba sobre la mesa-. Debe de ser, si tú lo dices. Y
ahora tengo que marcharme. Imogen me espera. No te olvides de mañana. Hasta la vista.
Cuando Dorian Gray salió de la habitación, lord Henry cerró los ojos y empezó a pensar. Ciertamente,
pocas personas le habían interesado tanto como Dorian Gray, si bien la desmedida adoración del
muchacho por otra persona no le producía la menor punzada de fastidio ni de celos. Le agradaba, por el
contrario. Lo convertía en un objeto de estudio más interesante. Siempre le habían cautivado los métodos
de las ciencias naturales, pero no su materia habitual, que le parecía trivial y sin importancia. De manera
que había empezado por hacer vivisección consigo mismo y había terminado haciéndosela a otros. La
vida humana era lo único que le parecía digno de investigar. Comparado con eso, no había nada que
tuviera el menor valor. Aunque si se contemplaba la vida en su curioso crisol de dolor y placer, no era
posible cubrir el propio rostro con una máscara de cristal, ni evitar que los vapores sulfúricos alterasen el
cerebro y enturbiaran la imaginación con monstruosas fantasías y sueños deformes. Existían venenos tan
sutiles que para conocer sus propiedades había que enfermar con ellos. Y enfermedades tan extrañas que
era necesario padecerlas para entender su naturaleza. ¡Qué grande, sin embargo, la recompensa recibida!
¡Qué cosa tan maravillosa llegaba a ser el mundo entero! Percibir la peculiar lógica inflexible de la
pasión, y la vida del intelecto emocionalmente coloreada; observar dónde se encontraban y dónde se
separaban, en qué punto funcionaban al unísono y en qué punto surgían las discordancias: ¡qué gran
placer el así obtenido! ¿Qué importancia tenía el precio? Nunca se pagaba demasiado por las
sensaciones.
Sabía perfectamente -y la idea produjo un brillo de placer en sus ojos de ágata- que gracias a
determinadas palabras suyas, palabras musicales dichas de manera musical, el alma de Dorian Gray se
había vuelto hacia aquella blanca jovencita y se había inclinado en adoración ante ella. En gran medida
aquel muchacho era una creación suya. Había acelerado su madurez, lo que no carecía de importancia.
La gente ordinaria esperaba a que la vida les desvelase sus secretos, pero para unos pocos, para los
elegidos, la vida revelaba sus misterios antes de apartar el velo. Esto era a veces consecuencia del arte, y
sobre todo del arte de la literatura, que se ocupa de manera inmediata de las pasiones y de la inteligencia.
Pero de cuando en cuando una personalidad compleja ocupaba su sitio y asumía las funciones del arte, y
era, de hecho, a su manera, una verdadera obra de arte, porque, al igual que la poesía, la escultura o la
pintura, la vida cuenta con refinadas obras maestras.
Sí; el adolescente era precoz. Estaba recogiendo la cosecha todavía en primavera. Tenía dentro de sí el
latido y la pasión de la juventud, pero empezaba a reflexionar sobre todo ello. Era delicioso
contemplarlo. Con su hermoso rostro y su alma igualmente hermosa, era un motivo de asombro. Daba lo
mismo cómo terminara todo o cómo estuviese destinado a terminar. Era como una de esas figuras llenas
de encanto en una cabalgata o en una obra de teatro, cuyas alegrías nos parecen muy lejanas, pero cuyos
pesares despiertan nuestro sentido de la belleza, y cuyas heridas son como rosas rojas.
Alma y cuerpo, cuerpo y alma, ¡qué misteriosos eran! Había animalismo en el alma, y el cuerpo tenía
sus momentos de espiritualidad. Los sentidos podían refinarse y la inteligencia degradarse. ¿Quién podía
decir dónde cesaba el impulso carnal o empezaba el psíquico? ¡Qué superficiales eran las arbitrarias
definiciones de los psicólogos ordinarios! Y, sin embargo, ¡qué dificil pronunciarse entre las
afirmaciones de las distintas escuelas! ¿Era el alma un fantasma que habitaba en la casa del pecado? ¿O
el cuerpo se funde realmente con el alma, como pensaba Giordano Bruno? La separación entre espíritu y
materia era un misterio, y la unión del espíritu con la materia también lo era.
Empezó a preguntarse si alguna vez se conseguiría hacer de la psicología una ciencia tan exacta que
fuese capaz de revelarnos hasta el último manantial de la vida. Mientras tanto, siempre nos equivocamos
sobre nosotros mismos y raras veces entendemos a los demás. La experiencia carece de valor ético. Es
sencillamente el nombre que dan los hombres a sus errores. Por regla general los moralistas la consideran
una advertencia, reclaman para ella cierta eficacia ética en la formación del carácter, la alaban como algo
que nos enseña qué camino hemos de seguir y qué abismos evitar. Pero la experiencia carece de fuerza
determinante. Tiene tan poco de causa activa como la misma conciencia. Lo único que realmente
demuestra es que nuestro futuro será igual a nuestro pasado, y que el pecado que hemos cometido una
vez, y con amargura, lo repetiremos muchas veces, y con alegría.
Consideraba evidente que el método experimental era el único que le llevaría al análisis científico de
las pasiones; Dorian Gray, por su parte, era el sujeto soñado, y parecía prometer abundantes y preciosos
resultados. Su repentino e insensato amor por Sybil Vane era un fenómeno psicológico de interés nada
desdeñable. Sin duda, la curiosidad tenía mucho que ver con ello; la curiosidad y el deseo de nuevas
experiencias; no se trataba, sin embargo, de una pasión simple sino muy complicada. Lo que había en
ella de instinto adolescente puramente sensual había sido transformado gracias a la actividad de la
imaginación, transformado en algo que al muchacho mismo le parecía alejado de los sentidos y que era,
por esa misma razón, mucho más peligroso. Las pasiones sobre cuyo origen uno se engaña son las que
más tiranizan. Los motivos que mejor se conocen tienen mucha menos fuerza. Cuántas veces sucedía
que, al creer que se experimenta sobre otros, experimentamos en realidad sobre nosotros mismos.
Un golpe en la puerta sacó a lord Henry de aquella larga ensoñación. Su ayuda de cámara le recordó
que tenía que vestirse para cenar. Se levantó y miró hacia la calle. El ocaso había deshecho en dorados
escarlatas las ventanas altas de las casas de enfrente. Los cristales brillaban como láminas de metal al
rojo vivo. Arriba, el cielo era como una rosa marchita. Lord Henry pensó en su amigo, en aquella vida
coloreada por todos los fuegos de la juventud, y se preguntó cómo terminaría todo.
Cuando regresó a su casa, a eso de las doce y media, vio un telegrama sobre la mesa del vestíbulo. Al
abrirlo descubrió que era de Dorian Gray. Le anunciaba que se había prometido con la señorita Sibyl
Vane.
Capítulo 5
-Qué feliz soy, madre! -susurró la muchacha, escondiendo el rostro en el regazo de la marchita mujer,
de aspecto cansado, que, vuelta de espaldas a la luz demasiado estridente de la ventana, estaba sentada en
el único sillón que contenía su sórdida sala de estar-. Soy muy feliz -repitió-, ¡y tú también debes serlo!
La señora Vane hizo una mueca de dolor y puso las delgadas manos, con la blancura de los afeites,
sobre la cabeza de su hija.
-¡Feliz! -repitió como un eco-. Sólo soy feliz cuando te veo actuar. Sólo debes pensar en tu carrera. El
señor Isaacs ha sido muy bueno con nosotras, y le debemos dinero.
La muchacha alzó la cabeza e hizo un puchero.
-¿Dinero, madre? -exclamó-, ¿qué importancia tiene el dinero? El amor es más que el dinero.
-El señor Isaacs nos ha adelantado cincuenta libras para pagar nuestras deudas, y para vestir a James
como es debido. No debes olvidarlo, Sibyl. Cincuenta libras es mucho. El señor Isaacs ha tenido muchas
consideraciones con nosotras.
-No es un caballero, madre, y me desagrada mucho la manera que tiene de hablarme -dijo la
muchacha, poniéndose en pie y acercándose a la ventana.
-No sé cómo podríamos arreglárnoslas sin él -respondió la mujer de más edad con tono quejumbroso.
Sibyl movió la cabeza y se echó a reír.
-Ya no nos hace falta, madre. El príncipe azul gobierna ahora nuestras vidas -luego hizo una pausa.
Una rosa se agitó en su sangre, encendiéndole las mejillas. La respiración, acelerada, abrió los pétalos de
sus labios, que temblaron. Un viento meridional de pasión sopló sobre ella, moviendo los delicados
pliegues del vestido-. Le quiero -añadió con sencillez.
-¡Estúpida niña!, ¡estúpida niña! -fue la frase cotorril que recibió como respuesta. El movimiento de
unos dedos deformados, cubiertos de falsas joyas, dio un carácter grotesco a aquellas palabras.
La muchacha volvió a reírse. Su voz reflejaba la alegría de un pájaro enjaulado. Sus ojos retomaron la
melodía y le hicieron eco con su brillo: luego se cerraron por un momento, como para ocultar su secreto.
Cuando se volvieron a abrir, los velaba la niebla de un sueño.
La sabiduría de unos labios demasiado finos le habló desde el sillón desgastado, aconsejando
prudencia, con citas de ese libro sobre la cobardía cuyo autor se disfraza con el nombre de sentido
común. No la escuchó. Era libre en la cárcel de su pasión. Su príncipe, el príncipe azul, estaba con ella.
Había llamado a la memoria para reconstruirlo. Envió a su alma a buscarlo, y su alma volvió con él. Su
beso le quemaba de nuevo la boca. Su aliento le entibiaba los párpados.
La sabiduría cambió entonces de método y habló de espiar y descubrir. Aquel joven podía ser rico. En
caso afirmativo, había que pensar en el matrimonio. Contra la concha del oído de Sibyl se estrellaban las
olas de la prudencia mundana. Las flechas de la astucia pasaban sin tocarla. Vio que los finos labios se
movían, y sonrió.
De repente sintió la necesidad de hablar. El silencio lleno de palabras la desazonaba.
-Madre, madre -exclamó-, ¿por qué me quiere tanto? Sé que yo le quiero. Le quiero porque es la
imagen de lo que el mismo Amor debe ser. Pero, ¿qué ve él en mí? No soy digna de él. Y sin embargo,
aunque me veo tan por debajo de él, no siento humildad: siento orgullo, un orgullo terrible, pero no sé
explicar por qué. Madre, ¿querías a mi padre como yo quiero al príncipe azul? -la mujer de más edad
palideció bajo los polvos demasiado visibles que le embadurnaban las mejillas, y sus labios secos se
estremecieron en un espasmo de dolor. Sibyl corrió hacia ella, se abrazó a su cuello