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EL GRAN INQUISIDOR // FEDOR DOSTOIEWSKI

Escrito por imagenes 06-11-2007 en General. Comentarios (1)

EL GRAN INQUISIDOR // FEDOR DOSTOIEWSKI                                   ENLACE



Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Señor, dignaos, aparecérosnos!", que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra.
Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.
No se trata de la venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años.
Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen.
El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para que pueda verte!" Una escama se desprende de sus ojos, y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que Él!"
Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.
–¡Él resucitará a tu hija! –le grita el pueblo a la desconsolada madre.
El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño.
Pero la madre profiere:
–¡Si eres Tú, resucita a mi hija!
Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).
La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama, llora.
En el mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.
Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.
–¡Prendedle!– les ordena a sus esbirros, señalando a Cristo.
Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa, y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición. Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda. Muere el día, y una noche de luna una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede. De pronto, en las tinieblas se abre la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor en persona solo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. El anciano se detiene a pocos pasos del umbral y, sin hablar palabra, contempla, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lenta mente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:
–¿Eres Tú, en efecto?
Pero, sin esperar la respuesta prosigue
–No hables, calla. ¿Qué podías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Porqué has venido a molestarnos? … Bien sabes que tu venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto te sorprenda... Y el anciano, mudo y pensativo sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave. –El Espíritu terrible e inteligente – añade, tras una larga pausa –, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia. ¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?...
Si no el texto, el sentido de la primera pregunta es el siguiente: "Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en panes todas esas piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad correr, en pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y contestaste que "no so1o de pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!" Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que so1o hay hambrientos. "Dales pan si quieres que sean virtuosos." Esa será la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos – huyendo aún de la persecución, del martirio –, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!" Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca – ¡nunca! – sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad; débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?... Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que – ¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirarles! – nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.
Como ves, la primera de las tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario, vago, conjetural, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien, ¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿,No se te alcanzaba que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección, y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos – haciéndoles felices – : el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.
Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!", no bajaste. Entonces, tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que deseaba de él era una creencia libre, no violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no los transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.
La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que, en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección y que eran doce mil por cada generación. Su número no es corto, si se considera que supone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfechos del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre. Pero no olvides que se trata só1o de algunos miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos con Él... ; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo – ¡ocho siglos! – que no estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlan, los Gengis Kan que recorren la tierra como un huracán devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?
Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia –los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia–; pero la bestia acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra "Misterio". Y entonces, sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú temes de tus elegidos, pero son una minoría: nosotros les daremos el reino y la calma a todos. Y aun de esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuántos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las revueltas y matanzas originadas por la libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo. La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios, a cansarlos con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros –los más–, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!"
No se les ocultará que el pan –obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno– que reciben de nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en partes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad – no, como Tú, el orgullo. Les probaremos que son débiles niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero conque facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos pecar – ¡su naturaleza es tan flaca!–. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.
Todos los millones de seres humanos serán así, felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del mal. Morirán en paz, pronunciando tu nombre, y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la "copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los humildes.
Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será un hecho.
Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.
El inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice: "¡Vete y no vuelvas nunca... , nunca! Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad. El preso se aleja.

LA METAMORFOSIS. Franz Kafka

Escrito por imagenes 04-11-2007 en General. Comentarios (0)

LA METAMORFOSIS // FRANZ KAFKA                 enlace



Capítulo I

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se
encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto". Estaba tumbado sobre su
espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre
abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya
protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo.
Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le
vibraban desamparadas ante los ojos. «¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un sueño.
Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía
tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas.
Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños
desempaquetados – Samsa era viajante de comercio –, estaba colgado aquel cuadro, que
hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado.
Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa” de piel, que estaba allí,
sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el
cual había desaparecido su antebrazo.
La mirada de Gregor se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso se oían
caer gotas de lluvia sobre la chapa del alfeizar de la ventana – le ponía muy
melancólico.
«¿Qué pasaría – pensó – si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?»
Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del
lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado.
Aunque se lanzase con mu cha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a
ba lancear sobre la espalda.
Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y
sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo
que antes nunca había sentido. «iDios mío!», pensó.
«iQué profesión tan dura he elegido! Un día sí y otro también de viaje. Los esfuerzos
profesionales son mucho mayores que en el mismo almacén de la ciudad, y además se
me ha endosado este ajetreo de viajar, el estar al tanto de los empalmes de tren, la
comida mala y a deshora, una relación humana constantemente cambiante, nunca
duradera, que jamás llega a ser cordial.
¡Que se vaya todo al diablo!» Sintió sobre el vientre un leve picor, con la espalda se
desli zó lentamente más cerca de la cabecera de la cama para poder levantar mejor la
cabeza; se encontró con que la parte que le picaba estaba totalmente cubierta por unos
pequeños puntos blancos, que no sabía a qué se debían, y quiso palpar esa parte con una
pata, pero inmediatamente la retiró, porque el roce le producía escalofríos. Se deslizó de
nuevo a su posición inicial.
«Esto de levantarse pronto», pensó, «le hace a uno desvariar. El hombre tiene que
dormir. Otros viajantes viven como pachás”. Si yo, por ejemplo, a lo largo de la mañana
vuelvo a la pensión para pasar a limpio los pedidos que he conseguido, estos señores
todavía están sentados tomando el desayuno.
Eso podría intentar yo con mi jefe, en ese momento iría a parar a la calle. Quién sabe,
por lo demás, si no sería lo mejor para mí. Si no tuviera que dominarme por mis padres,
ya me habría despedido hace tiempo, me habría presentado ante el jefe y le habría dicho
mi opinión con toda mi alma. ¡Se habría caído de la mesa! Sí que es una extraña
costumbre la de sentarse sobre la mesa y, desde esa altura, hablar hacia abajo con el
empleado que, además, por culpa de la sordera del jefe, tiene que acercarse mucho.
Bueno, la esperanza todavía no está perdida del todo; si alguna vez tengo el dinero
suficiente para pagar las deudas que mis padres tienen con él – puedo tardar todavía
entre cinco y seis años – lo hago con toda seguridad. Entonces habrá llegado el gran
momento, ahora, por lo pronto, tengo que levantarme porque el tren sale a las cinco», y
miró hacia el despertador que hacía tictac sobre el armario. «¡Dios del cielo!», pensó.
Eran las seis y media y las manecillas seguían tranquilamente hacia delante, ya había
pasado incluso la media, eran ya casi las menos cuarto. ¿Es que no habría sonado el
despertador?» Desde la cama se veía que estaba correctamente puesto a las cuatro,
seguro que también había sonado. Sí, pero... Cera posible seguir durmiendo tan
tranquilo con ese ruido que hacía temblar los muebles? Bueno, tampoco había dormido
tranquilo, pero quizá tanto más profundamente. ¿Qué iba a hacer ahora? El siguiente
tren salía a las siete, para cogerlo tendría que haberse dado una prisa loca, el muestrario
todavía no estaba empaquetado, y él mismo no se encontraba especialmente espabilado
y ágil; e incluso si consiguiese coger el tren, no se podía evitar una reprimenda del jefe,
porque el mozo de los recados habría esperado en el tren de las cinco y ya hacía tiempo
que habría dado parte de su descuido. Era un esclavo del jefe, sin agallas ni juicio. ¿Qué
pasaría si dijese que estaba enfermo? Pero esto sería sumamente desagradable y
sospechoso, porque Gregor no había estado enfermo ni una sola vez durante los cinco
años de servicio. Seguramente aparecería el jefe con el médico del seguro, haría
reproches a sus padres por tener un hijo tan vago y se salvaría de todas las objeciones
remitiéndose al médico del seguro, para el que sólo existen hombres totalmente sanos,
pero con aversión al trabajo. ¿Y es que en este caso no tendría un poco de razón?
Gregor, a excepción de una modorra realmente superflua des pués del largo sueño, se
encontraba bastante bien e incluso tenía mucha hambre. ¡Mientras reflexionaba sobre
todo esto con gran rapidez, sin poderse decidir a abandonar la cama – en este mismo
instante el.despertador daba las siete menos cuarto –, llamaron caute losamente a la
puerta que estaba a la cabecera de su cama. Gregor – dijeron (era la madre) –, son las
siete menos cuarto. ¿No ibas a salir de viaje? ¡Qué dulce voz! Gregor se asustó, al
contestar, escuchó una voz que, evidentemente, era la suya, pero en la cual, como des de
lo profundo, se mezclaba un doloroso e incontenible piar, que en el primer momento
dejaba salir las palabras con clari dad para, al prolongarse el sonido, destrozarlas de tal
forma que no se sabía si se había oído bien. Gregor querría haber contestado
detalladamente y explicarlo todo, pero en estas circunstancias se limitó a decir: – Sí, sí,
gracias madre, ya me levanto. Probablemente a causa de la puerta de madera no se
notaba desde fuera el cambio en la voz de Gregor, porque la madre se tranquilizó con
esta respuesta y se marchó de allí. Pero merced a la breve conversación, los otros
miembros de la familia se habían dado cuenta de que Gregor, en contra de todo lo
esperado, estaba todavía en casa, y ya el padre llamaba suavemen te, pero con el puño, a
una de las puertas laterales. – iGregor, Gregor! – gritó –. ¿Qué ocurre? – tras unos
instantes insistió de nuevo con voz más grave –.¡Gregor, Gregor! Desde la otra puerta
lateral se lamentaba en voz baja la hermana. – Gregor, ¿no te encuentras bien?,
¿necesitas algo? Gregor contestó hacia ambos lados: – Ya estoy preparado – y, con una
pronunciación lo más cuidadosa posible, y haciendo largas pausas entre las palabras, se
esforzó por despojar a su voz de todo lo que pudiese llamar la atención. El padre volvió
a su desayuno, pero la hermana susurró: Gregor, abre, te lo suplico – pero Gregor no
tenía ni la menor intención de abrir, más bien elogió la precaución de ce rrar las puertas
que había adquirido durante sus viajes, y esto incluso en casa. Al principio tenía la
intención de levantarse tranquilamente y, sin ser molestado, vestirse y, sobre todo,
desayunar, y des pués pensar en todo lo demás, porque en la cama, eso ya lo veía, no
llegaría con sus cavilaciones a una conclusión sensata. Recordó que ya en varias
ocasiones había sentido en la cama algún leve dolor, quizá producido por estar mal
tumbado, do lor que al levantarse había resultado ser sólo fruto de su imagi nación, y
tenía curiosidad por ver cómo se iban desvaneciendo paulatinamente sus fantasías de
hoy. No dudaba en absoluto de que el cambio de voz no era otra cosa que el síntoma de
un buen resfriado, la enfermedad profesional de los viajantes. Tirar el cobertor era muy
sencillo, sólo necesitaba inflarse un poco y caería por sí solo, pero el resto sería difícil,
especial mente porque él era muy ancho. Hubiera necesitado brazos y manos para
incorporarse, pero en su lugar tenía muchas pati tas que, sin interrupción, se hallaban en
el más dispar de los movimientos y que, además, no podía dominar. Si quería do blar
alguna de ellas, entonces era la primera la que se estiraba, y si por fin lograba realizar
con esta pata lo que quería, enton ces todas las demás se movían, como liberadas, con
una agitación grande y dolorosa. «No hay que permanecer en la cama inútilmente», se
decía Gregor. Quería salir de la cama en primer lugar con la parte inferior de su cuerpo,
pero esta parte inferior que, por cierto, no había visto todavía y que no podía imaginar
exactamente, demostró ser difícil de mover; el movimiento se producía muy despacio, y
cuando, finalmente, casi furioso, se lanzó hacia adelante con toda su fuerza sin pensar
en las consecuencias, había calculado mal la dirección, se golpeó fuertemente con la
pata trasera de la cama y el dolor punzante que sintió le enseñó que precisa mente la
parte inferior de su cuerpo era quizá en estos momentos la más sensible.
Así pues, intentó en primer lugar sacar de la cama la parte superior del cuerpo y volvió
la cabeza con cuidado hacia el borde de la cama.
Lo logró con facilidad y, a pesar de su anchura y su peso, el cuerpo siguió finalmente
con lentitud el giro de la cabeza.
Pero cuando, por fin, tenía la cabeza colgando en el aire fuera de la cama, le entró
miedo de continuar avanzando de este modo porque, si se dejaba caer en esta posición,
tenía que ocurrir realmente un milagro para que la cabeza no resultase herida, y
precisamente ahora no podía de ningún modo perder la cabeza, prefería quedarse en la
cama.
Pero como, jadeando después de semejante esfuerzo, seguía allí tumbado igual que
antes, y veía sus patitas de nuevo luchando entre sí, quizá con más fuerza aún, y no
encontraba posibilidad de poner sosiego y orden a este atropello, se decía otra vez que
de ningún modo podía permanecer en la cama y que lo más sensato era sacrificarlo todo,
si es que con ello existía la más mínima esperanza de liberarse de ella.
Pero al mismo tiempo no olvidaba recordar de vez en cuando que reflexionar serena,
muy serenamente, es mejor que tomar decisiones desesperadas.
En tales momentos dirigía sus ojos lo más agudamente posible hacia la ventana, pero,
por desgracia, poco optimismo y ánimo se podían sacar del espectáculo de la niebla
matinal, que ocultaba incluso el otro lado de la estrecha calle.
«Las siete ya», se dijo cuando sonó de nuevo el despertador, «las siete ya y todavía
semejante niebla», y durante un instante permaneció tumbado, tranquilo, respirando
débilmente, como si esperase del absoluto silencio el regreso del estado real y cotidiano.
Pero después se dijo: «Antes de que den las siete y cuarto tengo que haber salido de la
cama del todo, como sea. Por lo demás, para entonces habrá venido alguien del almacén
a preguntar por mí, porque el almacén se abre antes de las siete.» Y entonces, de forma
totalmente regular, comenzó a balancear su cuerpo, cuan largo era, hacia fuera de la
cama.
Si se dejaba caer de ella de esta forma, la cabeza, que pretendía levantar con fuerza en
la caída, permanecería probablemente ilesa. La espalda parecía ser fuerte, seguramente
no le pasaría nada al caer sobre la alfombra.
Lo más difícil, a su modo de ver, era tener cuidado con el ruido que se produciría, y que
posiblemente provocaría al otro lado de todas las puertas, si no temor, al menos
preocupación.
Pero había que intentarlo. Cuando Gregor ya sobresalía a medias de la cama – el nuevo
método era más un juego que un esfuerzo, sólo tenía que balancearse a empujones – se
le ocurrió lo fácil que sería si alguien viniese en su ayuda. Dos personas fuertes –
pensaba en su padre y en la criada – hubiesen sido más que suficientes; sólo tendrían
que introducir sus brazos por debajo de su abombada espalda, descascararle así de la
cama, agacharse con el peso, y después solamente tendrían que haber soportado que
diese con cuidado una vuelta impetuosa en el suelo, sobre el cual, seguramente, las
patitas adquirirían su razón de ser.
Bueno, aparte de que las puertas estaban cerradas, ¿debía de ver dad pedir ayuda? A
pesar de la necesidad, no pudo reprimir una sonrisa al concebir tales pensamientos.
Ya había llegado el punto en el que, al balancearse con más fuerza, apenas podía
guardar el equilibrio y pronto tendría que decidirse definitivamente, porque dentro de
cinco minutos se rían las siete y cuarto, en ese momento sonó el timbre de la puerta de
la calle.
«Seguro que es alguien del almacén», se dijo, y casi se quedó petrificado mientras sus
patitas bailaban aún más deprisa.
Du rante un momento todo permaneció en silencio. «No abren», se dijo Gregor,
confundido por alguna absurda .esperanza. Pero entonces, como siempre, la criada se
dirigió, con naturalidad y con paso firme, hacia la puerta y abrió.
Gregor sólo necesitó escuchar el primer saludo del visitante y ya sabía quién era, el
apoderado en persona. ¿Por qué había sido con denado Gregor a prestar sus servicios en
una empresa en la que al más mínimo descuido se concebía inmediatamente la mayor
sospecha? ¿Es que todos los empleados, sin excepción, eran unos bribones? ¿Es que no
había entre ellos un hombre leal y adicto a quien, simplemente porque no hubiese
aprove chado para el almacén un par de horas de la mañana, se lo co miesen los
remordimientos y francamente no estuviese en condiciones de abandonar la cama? ¿Es
que no era de verdad suficiente mandar a preguntar a un aprendiz – si es que este
«pregunteo» era necesario? ¿Tenía que venir el apoderado en persona y había con ello
que mostrar a toda una familia inocente que la investigación de este sospechoso asunto
solamente podía ser confiada al juicio del apoderado? Y, más como consecuencia de la
irritación a la que le condujeron estos pen samientos que como consecuencia de una
auténtica decisión, se lanzó de la cama con toda su fuerza.
Se produjo un golpe fuerte, pero no fue un auténtico ruido. La caída fue amortigua da
un poco por la alfombra y además la espalda era más elásti ca de lo que Gregor había
pensado; a ello se debió el sonido sordo y poco aparatoso.
Solamente no había mantenido la ca beza con el cuidado necesario y se la había
golpeado, la giró y la restregó contra la alfombra de rabia y dolor. – Ahí dentro se ha
caído algo – dijo el apoderado en la ha bitación contigua de la izquierda.
Gregor intentó imaginarse si quizá alguna vez no podría ocurrirle al apoderado algo
parecido a lo que le ocurría hoy a él; había al menos que admitir la posibilidad.
Pero, como cruda respuesta a esta pregunta, el apoderado dio ahora un par de pasos
firmes en la habitación contigua e hizo crujir sus botas de charol.
Desde la habitación de la derecha, la hermana, para advertir a Gregor, susurró: Gregor,
el apoderado está aquí. « Ya lo sé», se dijo Gregor para sus adentras, pero no se atrevió
a alzar la voz tan alto que la hermana pudiera haberlo oído.
– Gregor Dijo entonces el padre desde la habitación de la derecha –, el señor apoderado
ha venido y desea saber por qué no has salido de viaje en el primer tren.
No sabemos qué debe mos decirle, además desea también hablar personalmente con
tigo, así es que, por favor, abre la puerta.
El señor ya tendrá la bondad de perdonar el desorden en la habitación. – Buenos días,
señor Samsa – interrumpió el apoderado amablemente. – No se encuentra bien – dijo la
madre al apoderado mien tras el padre hablaba ante la puerta –, no se encuentra bien,
créame usted, señor apoderado.
¡Cómo si no iba Gregor a perder un tren! El chico no tiene en la cabeza nada más que el
negocio.
A mí casi me disgusta que nunca salga por la tarde; aho ra ha estado ocho días en la
ciudad, pero pasó todas las tardes en casa. Allí está, sentado con nosotros a la mesa y lee
tranqui lamente el periódico o estudia horarios de trenes.
Para él es ya una distracción hacer trabajos de marquetería. Por ejemplo, en dos o tres
tardes ha tallado un pequeño marco, se asombrará usted de lo bonito que es, está
colgado ahí dentro, en la habita ción; en cuanto abra Gregor lo verá usted enseguida.
Por cier to, que me alegro de que esté usted aquí, señor apoderado, no sotros solos no
habríamos conseguido que Gregor abriese la puerta; es muy testarudo y seguro que no
se encuentra bien a pesar de que lo ha negado esta mañana. – Voy enseguida – dijo
Gregor, lentamente y con precau ción, y no se movió para no perderse una palabra de la
con versación. – De otro modo, señora, tampoco puedo explicármelo yo dijo el
apoderado –, espero que no se trate de nada serio, si bien tengo que decir, por otra parte,
que nosotros, los comer ciantes, por suerte o por desgracia, según se mire, tenemos
sencillamente que sobreponernos a una ligera indisposición por consideración a los
negocios. – Vamos, ¿puede pasar el apoderado a tu habitación? – preguntó impaciente
el padre. – No – dijo Gregor. En la habitación de la izquierda se hizo un penoso
silencio, en la habitación de la derecha comenzó a sollozar la hermana.
¿Por qué no se iba la hermana con los otros? Seguramente acababa de levantarse de la
cama y todavía no había empezado a vestirse; y ¿por qué lloraba? ¿Porque él no se
levantaba y de jaba entrar al apoderado?, ¿porque estaba en peligro de perder el trabajo
y porque entonces el jefe perseguiría otra vez a sus padres con las viejas deudas? Estas
eran, de momento, preocu paciones innecesarias.
Gregor todavía estaba aquí y no pensa ba de ningún modo abandonar a su familia.
De momento ya cía en la alfombra y nadie que hubiese tenido conocimiento de su
estado hubiese exigido seriamente de él que dejase entrar al apoderado.
Pero por esta pequeña descortesía, para la que más tarde se encontraría con facilidad
una disculpa apropiada, no podía Gregor ser despedido inmediatamente. Y a Gregor le
parecía que sería mucho más sensato dejarle tranquilo en lugar de molestarle con lloros
e intentos de persuasión.
Pero la verdad es que era la incertidumbre la que apuraba a los otros y ha cía perdonar
su comportamiento. – Señor Samsa – exclamó entonces el apoderado levantan do la voz
–.¿Qué ocurre? Se atrinchera usted en su habita ción, contesta solamente con sí o no,
preocupa usted grave e inútilmente a sus padres y, dicho sea de paso, falta usted a sus
deberes de una forma verdaderamente inaudita.
Hablo aquí en nombre de sus padres y de su jefe, y le exijo seriamente una ex plicación
clara e inmediata. Estoy asombrado, estoy asombra do. Yo le tenía a usted por un
hombre formal y sensato y aho ra de repente parece que quiere usted empezar a hacer
alarde de extravagancias extrañas. El jefe me insinuó esta mañana una posible
explicación a su demora, se refería al cobro que se le ha confiado desde hace poco
tiempo.
Yo realmente di casi mi palabra de honor de que esta explicación no podía ser cier ta.
Pero en este momento veo su incomprensible obstinación y pierdo del todo el deseo de
dar la cara en lo más mínimo por usted, y su posición no es, en absoluto, la más segura.
En prin cipio tenía la intención de decirle todo esto a solas, pero ya que me hace usted
perder mi tiempo inútilmente no veo la ra zón de que no se enteren también sus señores
padres. Su ren dimiento en los últimos tiempos ha sido muy poco satisfacto rio, cierto
que no es la época del año apropiada para hacer grandes negocios, eso lo reconocemos,
pero una época del año para no hacer negocios no existe, señor Samsa, no debe existir. –
Pero señor apoderado – gritó Gregor fuera de sí, y en su irritación olvidó todo lo demás
–, abro inmediatamente la puerta. Una ligera indisposición, un mareo, me han impedido
levantarme.
Todavía estoy en la cama, pero ahora ya estoy otra vez despejado. Ahora mismo me
levanto de la cama. ¡Sólo un momentito de paciencia! Todavía no me encuentro tan bien
como creía, pero ya estoy mejor. ¡Cómo puede atacar a una persona una cosa así! Ayer
por la tarde me encontraba bastante bien, mis padres bien lo saben o, mejor dicho, ya
ayer por la tarde tuve una pequeña corazonada, tendría que habérseme notado.
¡Por qué no lo avisé en el almacén! Pero lo cier to es que siempre se piensa que se
superará la enfermedad sin tener que quedarse. ¡Señor apoderado, tenga consideración
con mis padres! No hay motivo alguno para todos los reproches que me hace usted;
nunca se me dijo una palabra de todo eso; quizá no haya leído los últimos pedidos que
he enviado.
Por cierto, que en el tren de las ocho salgo de viaje, las pocas horas de sosiego me han
dado fuerza. No se entretenga usted, señor apoderado; yo mismo estaré enseguida en el
almacén, tenga usted la bondad de decirlo y de saludar de mi parte al jefe.
Y mientras Gregor farfullaba atropelladamente todo esto, y apenas sabía lo que decía, se
había acercado un poco al arma rio, seguramente como consecuencia del ejercicio ya
practica do en la cama, e intentaba ahora levantarse apoyado en él.
Quería de verdad abrir la puerta, deseaba sinceramente dejarse ver y hablar con el
apoderado; estaba deseoso de saber lo que los otros, que tanto deseaban verle, dirían
ante su presencia. Si se asustaban, Gregor no tendría ya responsabilidad alguna y podría
estar tranquilo, pero si lo aceptaban todo con tranquili dad entonces tampoco tenía
motivo para excitarse y, de hecho, podría, si se daba prisa, estar a las ocho en la
estación.
Al prin cipio se resbaló varias veces del liso armario, pero finalmente se dio con fuerza
un último impulso y permaneció erguido; ya no prestaba atención alguna a los dolores
de vientre, aunque eran muy agudos.
Entonces se dejó caer contra el respaldo de una silla cercana, a cuyos bordes se agarró
fuertemente con sus patitas. Con esto había conseguido el dominio sobre sí, y en
mudeció porque ahora podía escuchar al apoderado.
¿Han entendido ustedes una sola palabra? – preguntó el apoderado a los padres –.¿O es
que nos toma por tontos? – ¡Por el amor de Dios! – exclamó la madre entre sollo zos –,
quizá esté gravemente enfermo y nosotros le atormen tamos. ¡Grete! ¡Grete! – gritó
después. ¿Qué, madre? – dijo la hermana desde el otro lado. Se co municaban a través
de la habitación de Gregor –. Tienes que ir inmediatamente al médico, Gregor está
enfermo.
Rápido, a buscar al médico. ¡Acabas de oír hablar a Gregor? – Es una voz de animal –
dijo el apoderado en un tono de voz extremadamente bajo comparado con los gritos de
la madre. – ¡Anna! iAnna! – gritó el padre en dirección a la cocina, a través de la
antesala, y dando palmadas –.¡ Ve a buscar inmediatamente un cerrajero! Y ya corrían
las dos muchachas haciendo ruido con sus faldas por la antesala ¿cómo se habría vestido
la hermana tan deprisa? – y abrieron la puerta de par en par.
No se oyó cerrar la puerta, seguramente la habían dejado abierta como suele ocurrir en
las casas en las que ha ocurrido una gran desgracia.
Pero Gregor ya estaba mucho más tranquilo. Así es que ya no se entendían sus palabras
a pesar de que a él le habían parecido lo suficientemente claras, más claras que antes,
sin duda como consecuencia de que el oído se iba acostumbrando.
Pero en todo caso ya se creía en el hecho de que algo andaba mal respecto a Gregor, y
se estaba dispuesto a prestarle ayuda. La decisión y seguridad con que fueron tomadas
las primeras disposiciones le sentaron bien.
De nuevo se consideró incluido en el círculo humano y esperaba de ambos, del médico
y del cerrajero, sin distinguirlos del todo entre sí, excelentes y sorprendentes resultados.
Con el fin de tener una voz lo más clara posible en las decisivas conversaciones que se
avecinaban, tosió un poco esforzándose, sin embargo, por hacerlo con mucha
moderación, porque posiblemente incluso ese ruido sonaba de una forma distinta a la
voz humana, hecho que no confiaba poder distinguir él mismo.
Mientras tanto en la habitación contigua reinaba el silencio. Quizá los padres estaban
sentados a la mesa con el apoderado y cuchicheaban, quizá todos estaban arrimados a la
puerta y escuchaban.
Gregor se acercó lentamente hacia la puerta con la ayuda de la silla, allí la soltó, se
arrojó contra la puerta, se mantuvo erguido sobre ella – las callosidades de sus patitas
estaban provistas de una substancia pegajosa – y descansó allí, durante un momento, del
esfuerzo realizado. A continuación comenzó a girar con la boca la llave, que estaba
dentro de la cerradura.
Por desgracia, no parecía tener dientes propiamente dichos ¿con qué iba a agarrar la
llave? –, pero, por el contrario, las mandíbulas eran, desde luego, muy poderosas, con su
ayuda puso la llave, efectivamente, en movimiento, y no se daba cuenta de que, sin
duda, se estaba causando algún daño, porque un líquido parduzco le salía de la boca,
chorreaba por la llave y goteaba hasta el suelo.
– Escuchen ustedes – dijo el apoderado en la habitación contigua –, está dando la vuelta
a la llave. Esto significó un gran estímulo para Gregor; pero todos de bían haberle
animado, incluso el padre y la madre. «iVamos Gregor! – debían haber aclamado –.
¡Duro con ello, duro con la cerradura!» Y ante la idea de que todos seguían con expecta
ción sus esfuerzos, se aferró ciegamente a la llave con todas las fuerzas que fue capaz de
reunir. A medida que avanzaba el giro de la llave, Gregor se movía en torno a la
cerradura, ya sólo se mantenía de pie con la boca, y, según era necesario, se colgaba de
la llave o la apretaba de nuevo hacia dentro con todo el peso de su cuerpo. El sonido
agudo de la cerradura, que se abrió por fin, despertó del todo a Gregor. Respirando
profun damente dijo para sus adentros: «No he necesitado al cerraje ro», y apoyó la
cabeza sobre el picaporte para abrir la puerta del todo. Como tuvo que abrir la puerta de
esta forma, ésta estaba ya bastante abierta y todavía no se le veía.
En primer lugar tenía que darse lentamente la vuelta sobre sí mismo, alrededor de la
hoja de la puerta, y ello con mucho cuidado si no quería caer torpemente de espaldas
justo ante el umbral de la habitación. Todavía estaba absorto en llevar a cabo aquel
difícil movi miento y no tenía tiempo de prestar atención a otra cosa, cuando escuchó al
apoderado lanzar en voz alta un «¡Oh!» que sonó como un silbido del viento, y en ese
momento vio tam bién cómo aquél, que era el más cercano a la puerta, se tapaba con la
mano la boca abierta y retrocedía lentamente como si le empujase una fuerza invisible
que actuaba regularmente.
La madre – a pesar de la presencia del apoderado, estaba allí con los cabellos
desenredados y levantados hacia arriba de haber pasado la noche – miró en primer lugar
al padre con las ma nos juntas, dio a continuación dos pasos hacia Gregor y, con el
rostro completamente oculto en su pecho, cayó al suelo en me dio de sus faldas, que
quedaron extendidas a su alrededor.
El padre cerró el puño con expresión amenazadora, como si qui siera empujar de nuevo
a Gregor a su habitación, miró insegu ro a su alrededor por el cuarto de estar, después se
tapó los ojos con las manos y lloró de tal forma que su robusto pecho se estremecía por
el llanto.
Gregor no entró, pues, en la habitación, sino que se apoyó en la parte intermedia de la
hoja de la puerta que permanecía cerrada, de modo que sólo podía verse la mitad de su
cuerpo y sobre él la cabeza, inclinada a un lado, con la cual miraba hacia los demás.
Entre tanto el día había aclarado; al otro lado de la calle se distinguía claramente una
parte del edificio de enfren te, negruzco e interminable era un hospital'º , con sus
ventanas regulares que rompían duramente la fachada.
Toda vía caía la lluvia, pero sólo a grandes gotas, que se distinguían una por una, y que
eran lanzadas hacia abajo aisladamente so bre la tierra. Las piezas de la vajilla del
desayuno se extendían en gran cantidad sobre la mesa porque para el padre el desayu no
era la comida principal del día, que prolongaba durante ho ras con la lectura de diversos
periódicos.
Justamente en la pa red de enfrente había una fotografía de Gregor, de la época de su
servicio militar, que le representaba con uniforme de te niente, y cómo, con la mano
sobre la espada, sonriendo des preocupadamente, exigía respeto para su actitud y su
unifor me.
La puerta del vestíbulo estaba abierta y, como la puerta del piso también estaba abierta,
se podía ver el rellano de la es calera y el comienzo de la misma, que conducía hacia
abajo.
Bueno dijo Gregor, y era completamente consciente de que era el único que había
conservado la tranquilidad , me vestiré inmediatamente, empaquetaré el muestrario y
saldré de viaje. ¿Queréis dejarme marchar? Bueno, señor apoderado, ya ve usted que no
soy obstinado y me gusta trabajar, viajar es fa tigoso, pero no podría vivir sin viajar.
¿Adónde va usted, se ñor apoderado? ¿Al almacén? ¿Sí? ¿Lo contará usted todo tal
como es en realidad? En un momento dado puede uno ser in capaz de trabajar, pero
después llega el momento preciso de acordarse de los servicios prestados y de pensar
que después, una vez superado el obstáculo, uno trabajará, con toda seguri dad, con más
celo y concentración. Yo le debo mucho al jefe, bien lo sabe usted.
Por otra parte, tengo a mi cuidado a mis padres y a mi hermana. Estoy en un aprieto,
pero saldré de él. Pero no me lo haga usted más difícil de lo que ya es. ¡Póngase de mi
parte en el almacén! Ya sé que no se quiere bien al viajante. Se piensa que gana un
montón de dinero y se da la gran vida.
Es cierto que no hay una razón especial para meditar a fondo sobre este prejuicio, pero
usted, señor apoderado, usted tiene una visión de conjunto de las circunstancias mejor
que la que tiene el resto del personal; sí, en confianza, incluso una visión de conjunto
mejor que la del mismo jefe, que, en su condición de empresario, cambia fácilmente de
opinión en perjuicio del empleado.
También sabe usted muy bien que el viajante, que casi todo el año está fuera del
almacén, puede convertirse fácilmente en víctima de murmuraciones, casualidades y
quejas infundadas, contra las que le resulta absolutamente imposible defenderse, porque
la mayoría de las veces no se entera de ellas y más tarde, cuando, agotado, ha terminado
un viaje, siente sobre su propia carne, una vez en el hogar, las funestas consecuencias
cuyas causas no puede comprender.
Señor apoderado, no se marche usted sin haberme dicho una palabra que me demuestre
que, al menos en una pequeña parte, me da usted la razón. Pero el apoderado ya se había
dado la vuelta a las primeras palabras de Gregor, y por encima del hombro, que se
movía convulsivamente, miraba hacia Gregor poniendo los labios en forma de morro, y
mientras Gregor hablaba no estuvo quieto ni un momento, sino que, sin perderle de
vista, se iba deslizando hacia la puerta, pero muy lentamente, como si existiese una
prohibición secreta de abandonar la habitación.
Ya se encontraba en el vestíbulo y, a juzgar por el movimiento repentino con que sacó
el pie por última vez del cuarto de estar, podría haberse creído que acababa de quemarse
la suela.
Ya en el vestíbulo, extendió la mano derecha lejos de sí y en dirección a la escalera,
como si allí le esperase realmente una salvación sobrenatural.
Gregor comprendió que, de ningún modo, debía dejar marchar al apoderado en este
estado de ánimo, si es que no quería ver extremadamente amenazado su trabajo en el
almacén.
Los padres no entendían todo esto demasiado bien: durante todos estos largos años
habían llegado al convencimiento de que Gregor estaba colocado en este almacén para
el resto de su vida, y además, con las preocupaciones actuales, tenían tanto que hacer,
que habían perdido toda previsión.
Pero Gregor poseía esa previsión. El apoderado tenía que ser retenido, tran quilizado,
persuadido y, finalmente, atraído. iE1 futuro de Gre gor y de su familia dependía de
ello! ¡Si hubiese estado aquí la hermana! Ella era lista; ya había llorado cuando Gregor
toda vía estaba tranquilamente sobre su espalda, y seguro que el apoderado, ese
aficionado a las mujeres, se hubiese dejado lle var por ella; ella habría cerrado la puerta
del piso y en el vestí bulo le hubiese disuadido de su miedo.
Pero lo cierto es que la hermana no estaba aquí y Gregor tenía que actuar. Y sin pen sar
que no conocía todavía su actual capacidad de movimiento, y que sus palabras
posiblemente, seguramente incluso, no ha bían sido entendidas, abandonó la hoja de la
puerta y se deslizó a través del hueco abierto.
Pretendía dirigirse hacia el apodera do que, de una forma grotesca, se agarraba ya con
ambas ma nos a la barandilla del rellano; pero, buscando algo en que apoyarse, se cayó
inmediatamente sobre sus múltiples patitas, dando un pequeño grito.
Apenas había sucedido esto, sintió por primera vez en esta mañana un bienestar físico:
las patitas tenían suelo firme por debajo, obedecían a la perfección, como advirtió con
alegría; incluso intentaban transportarle hacia donde él quería; y ya creía Gregor que el
alivio definitivo de todos sus males se encontraba a su alcance; pero en el mismo
momento en que, balanceándose por el movimiento reprimi do, no lejos de su madre,
permanecía en el suelo justo enfrente de ella, ésta, que parecía completamente sumida
en sus propios pensamientos, dio un salto hacia arriba, con los brazos exten didos, con
los dedos muy separados entre sí, y exclamó: – ¡Socorro, por el amor de Dios, socorro!
Mantenía la cabeza inclinada, como si quisiera ver mejor a Gregor, pero, en
contradicción con ello, retrocedió atropella damente; había olvidado que detrás de ella
estaba la mesa puesta; cuando hubo llegado a ella, se sentó encima precipita damente,
como fuera de sí, y no pareció notar que, junto a ella, el café de la cafetera volcada, caía
a chorros sobre la alfombra. – iMadre, madre! – dijo Gregor en voz baja, y miró hacia
ella.
Por un momento había olvidado completamente al apode rado; por el contrario, no
pudo evitar, a la vista del café que se derramaba, abrir y cerrar varias veces sus
mándibulas al vacío. Al verlo la madre gritó nuevamente, huyó de la mesa y cayó en los
brazos del padre, que corría a su encuentro. Pero Gre gor no tenía ahora tiempo para sus
padres.
El apoderado se encontraba ya en la escalera; con la barbilla sobre la barandilla miró de
nuevo por última vez.
Gregor tomó impulso para al canzarle con la mayor seguridad posible.
El apoderado debió adivinar algo, porque saltó de una vez varios escalones y desa
pareció; pero lanzó aún un «iUh!», que se oyó en toda la esca lera.
Lamentablemente esta huida del apoderado pareció des concertar del todo al padre, que
hasta ahora había estado rela tivamente sereno, pues en lugar de perseguir él mismo al
apoderado, o, al menos, no obstaculizar a Gregor en su persecu ción, agarró con la
mano derecha el bastón del apoderado, que aquél había dejado sobre la silla junto con el
sombrero y el ga bán; tomó con la mano izquierda un gran periódico que había sobre la
mesa y, dando patadas en el suelo, comenzó a hacer retroceder a Gregor a su habitación
blandiendo el bastón y el periódico.
De nada sirvieron los ruegos de Gregor, tampoco fueron entendidos, y por mucho que
girase humildemente la cabeza, el padre pataleaba aún con más fuerza. Al otro lado, la
madre había abierto de par en par una ventana, a pesar del tiempo frío, e inclinada hacia
fuera se cubría el rostro con las manos.
Entre la calle y la escalera se estableció una fuerte corriente de aire, las cortinas de las
ventanas volaban, se agitaban los periódicos de encima de la mesa, las hojas sueltas
revoloteaban por el suelo. El padre le acosaba implacablemente y daba silbi dos como
un loco. Pero Gregor todavía no tenía mucha prác tica en andar hacia atrás, andaba
realmente muy despacio.
Si Gregor se hubiese podido dar la vuelta, enseguida hubiese es Tado en su habitación,
pero tenía miedo de impacientar al pa dre con su lentitud al darse la vuelta, y a cada
instante le ame nazaba el golpe mortal del bastón en la espalda o la cabeza.
Finalmente, no le quedó a Gregor otra solución, pues advirtió con angustia que andando
hacia atrás ni siquiera era capaz de mantener la dirección, y así, mirando con temor
constante mente a su padre de reojo, comenzó a darse la vuelta con la mayor rapidez
posible, pero, en realidad, con una gran lenti tud.
Quizá advirtió el padre su buena voluntad, porque no sólo no le obstaculizó en su
empeño, sino que, con la punta de su bastón, le dirigía de vez en cuando, desde lejos, en
su movimiento giratorio. ¡Si no hubiese sido por ese insoportable silbar del padre! Por
su culpa Gregor perdía la cabeza por completo.
Ya casi se había dado la vuelta del todo cuando, siempre oyendo ese silbido, incluso se
equivocó y retrocedió un poco en su vuelta. Pero cuando por fin, feliz, tenía ya la
cabeza ante la puerta, resultó que su cuerpo era demasiado ancho para pasar por ella sin
más.
Naturalmente, al padre, en su actual estado de ánimo, ni siquiera se le ocurrió ni por lo
más remoto abrir la otra hoja de la puerta para ofrecer a Gregor espacio suficiente.
Su idea fija consistía solamente en que Gregor tenía que entrar en su habitación lo más
rápidamente posible; tampoco hubiera permitido jamás los complicados preparativos
que necesitaba Gregor para incorporarse y, de este modo, atravesar la puerta.
Es más, empujaba hacia adelante a Gregor con mayor ruido aún, como si no existiese
obstáculo alguno. Ya no sonaba tras de Gregor como si fuese la voz de un solo padre;
ahora ya no había que andarse con bromas, y Gregor se empotró en la puerta – pasase lo
que pasase.
Uno de los costados se levantó, ahora estaba atravesado en el hueco de la puerta, su
costado estaba herido por completo, en la puerta blanca quedaron marcadas unas
manchas desagradables, pronto se quedó atascado y solo no hubiera podido moverse, las
patitas de un costado estaban colgadas en el aire, y temblaban, las del otro lado
permanecían aplastadas dolorosamente contra el suelo.
Entonces el padre le dio por detrás un fuerte empujón que, en esta situación, le produjo
un auténtico alivio, y Gregor penetró profundamente en su habitación sangrando con
intensidad. La puerta fue cerrada con el bastón y a continuación se hizo, por fin, el
silencio.

Capítulo II

Hasta la caída de la tarde no se despertó Gregor de su profundo sueño similar a una
pérdida de conocimiento. Seguramente no se hubiese despertado mucho más tarde, aun
sin ser molestado, porque se sentía suficientemente repuesto y descansado; sin embargo,
le parecía como si le hubiesen despertado unos pasos fugaces y el ruido de la puerta que
daba al vestíbulo al ser cerrada con cuidado.
El resplandor de las farolas eléctricas de la calle se reflejaba pálidamente aquí y allí, en
el techo de la habitación y en las partes altas de los muebles, pero abajo, donde se
encontraba Gregor, estaba oscuro.
Tanteando todavía torpemente con sus antenas, que ahora aprendía a valorar, se deslizó
lentamente hacia la puerta para ver lo que había ocurrido allí.
Su costado izquierdo parecía una única y larga cicatriz que le daba desagradables
tirones y le obligaba realmente a cojear con sus dos filas de patas. Por cierto, que una de
las patitas había resultado gravemente herida durante los incidentes de la mañana – casi
parecía un milagro que sólo una hubiese resultado herida –, y se arrastraba sin vida.
Sólo cuando ya había llegado a la puerta advirtió lo que le había atraído hacia ella, había
sido el olor a algo comestible, porque allí había una escudilla llena de leche dulce en la
que nadaban trocitos de pan.
Estuvo a punto de llorar de alegría porque ahora tenía aún más hambre que por la
mañana, e inmediatamente introdujo la cabeza dentro de la leche casi hasta por encima
de los ojos. Pero pronto volvió a sacarla con desilusión, no sólo comer le resultaba
difícil debido a su delicado costado izquierdo – sólo podía comer si todo su cuerpo
cooperaba jadeando –, sino que, además, la leche, que siempre había sido su bebida
favorita, y que seguramente por eso se la había traído la hermana, ya no le gustaba, es
más, se retiró casi con repugnancia de la escudilla y retrocedió a rastras hacia el centro
de la habitación.
En el cuarto de estar, por lo que veía Gregor a través de la rendija de la puerta, estaba
encendido el gas, pero mientras que, como era habitual a estas horas del día, el padre
solía leer en voz alta a la madre, y a veces también a la hermana, el periódico
vespertino, ahora no se oía ruido alguno. Bueno, quizá esta costumbre de leer en voz
alta, tal como le contaba y le escribía siempre su hermana, se había perdido del todo en
los últimos tiempos.
Pero todo a su alrededor permanecía en silencio, a pesar de que, sin duda, el piso no
estaba vacío. «iQué vida tan apacible lleva la familia!», se dijo Gregor, y, mientras
miraba fijamente la oscuridad que reinaba ante él, se sintiócansado; sin embargo, le
parecía como si le hubiesen despertado unos pasos fugaces y el ruido de la puerta que
daba al vestíbulo al ser cerrada con cuidado.
El resplandor de las farolas eléctricas de la calle se reflejaba pálidamente aquí y allí, en
el techo de la habitación y en las partes altas de los muebles, pero abajo, donde se
encontraba Gregor, estaba oscuro. Tanteando todavía torpemente con sus antenas, que
ahora aprendía a valorar, se deslizó lentamente hacia la puerta para ver lo que había
ocurrido allí.
Su costado izquierdo parecía una única y larga cicatriz que le daba desagradables
tirones y le obligaba realmente a cojear con sus dos filas de patas. Por cierto, que una de
las patitas había resultado gravemente herida durante los incidentes de la mañana – casi
parecía un milagro que sólo una hubiese resultado herida –, y se arrastraba sin vida.
Sólo cuando ya había llegado a la puerta advirtió lo que le había atraído hacia ella, había
sido el olor a algo comestible, porque allí había una escudilla llena de leche dulce en la
que nadaban trocitos de pan.
Estuvo a punto de llorar de alegría porque ahora tenía aún más hambre que por la
mañana, e inmediatamente introdujo la cabeza dentro de la leche casi hasta por encima
de los ojos. Pero pronto volvió a sacarla con desilusión, no sólo comer le resultaba
difícil debido a su delicado costado izquierdo – sólo podía comer si todo su cuerpo
cooperaba jadeando –, sino que, además, la leche, que siempre había sido su bebida
favorita, y que seguramente por eso se la había traído la hermana, ya no le gustaba, es
más, se retiró casi con repugnancia de la escudilla y retrocedió a rastras hacia el centro
de la habitación.
En el cuarto de estar, por lo que veía Gregor a través de la rendija de la puerta, estaba
encendido el gas, pero mientras que, como era habitual a estas horas del día, el padre
solía leer en voz alta a la madre, y a veces también a la hermana, el periódico
vespertino, ahora no se oía ruido alguno.
Bueno, quizá esta costumbre de leer en voz alta, tal como le contaba y le escribía
siempre su hermana, se había perdido del todo en los últimos tiempos. Pero todo a su
alrededor permanecía en silencio, a pesar de que, sin duda, el piso no estaba vacío.
«iQué vida tan apacible lleva la familia!», se dijo Gregor, y, mientras miraba fijamente
la oscuridad que reinaba ante él, se sintiómuy orgulloso de haber podido proporcionar a
sus padres y a su hermana la vida que llevaban en una vivienda tan hermosa.
Pero ¿qué ocurriría si toda la tranquilidad, todo el bienestar, toda la satisfacción, llegase
ahora a un terrible final? Para no perderse en tales pensamientos, prefirió Gregor
ponerse en movimiento y arrastrarse de acá para allá por la habitación.
En una ocasión, durante el largo anochecer, se abrió una pequeña rendija una vez en una
puerta lateral y otra vez en la otra, y ambas se volvieron a cerrar rápidamente;
probablemente alguien tenía necesidad de entrar, pero, al mismo tiempo, sentía
demasiada vacilación.
Entonces Gregor se paró justamente delante de la puerta del cuarto de estar, decidido a
hacer entrar de alguna manera al indeciso visitante, o al menos, para saber de quién se
trataba; pero la puerta ya no se abrió más y Gregor esperó en vano.
Por la mañana temprano, cuando todas las puertas estaban bajo llave, todos querían
entrar en su habitación, ahora que había abierto una puerta, y las demás habían sido
abiertas sin duda durante el día, no venía nadie y, además, ahora las llaves estaban
metidas en las cerraduras desde fuera. Muy tarde, ya de noche, se apagó la luz en el
cuarto de estar y entonces fue fácil comprobar que los padres y la hermana habían
permanecido despiertos todo ese tiempo, porque tal y como se podía oír perfectamente,
se retiraban de puntillas los tres juntos en este momento.
Así pues, seguramente hasta la mañana siguiente no entraría nadie más en la habitación
de Gregor; disponía de mucho tiempo para pensar, sin que nadie le molestase, sobre
cómo debía organizar de nuevo su vida.
Pero la habitación de techos altos y que daba la impresión de estar vacía, en la cual
estaba obligado a permanecer tumbado en el suelo, le asustaba sin que pudiera descubrir
cuál era la causa, puesto que era la habitación que ocupaba desde hacía cinco años, y
con un giro medio insconciente y no sin una cierta vergüenza, se apresuró a meterse
bajo el canapé, en donde, a pesar de que su caparazón era algo estrujado y a pesar de
que ya no podía levantar la cabeza, se sintió pronto muy cómodo y solamente lamentó
que su cuerpo fuese demasiado ancho para poder desaparecer por completo debajo del
canapé.
Allí permaneció durante toda la noche, que pasó, en parteinmerso en un semisueño, del
que una y otra vez le despertaba el hambre con un sobresalto, y, en parte, entre
preocupaciones y confusas esperanzas, que le llevaban a la consecuencia de que, de
momento, debía comportarse con calma y, con la ayuda de una gran paciencia y de una
gran consideración por parte de la familia, tendría que hacer soportables las molestias
que Gregor, en su estado actual, no podía evitar producirles.
Ya muy de mañana, era todavía casi de noche, tuvo Gregor la oportunidad de poner a
prueba las decisiones que acababa de tomar, porque la hermana, casi vestida del todo,
abrió la puerta desde el vestíbulo y miró con expectación hacia dentro. No le encontró
enseguida, pero cuando le descubrió debajo del canapé – ¡Dios mío, tenía que estar en
alguna parte, no podía haber volado! – se asustó tanto que, sin poder dominarse, volvió
a cerrar la puerta desde fuera.
Pero como si se arrepintiese de su comportamiento, inmediatamente la abrió de nuevo y
entró de puntillas, como si se tratase de un enfermo grave o de un extraño. Gregor había
adelantado la cabeza casi hasta el borde del canapé y la observaba.
¿Se daría cuenta de que se había dejado la leche, y no por falta de hambre, y le traería
otra comida más adecuada? Si no caía en la cuenta por sí misma, Gregor preferiría morir
de hambre antes que llamarle la atención sobre esto, a pesar de que sentía unos enormes
deseos de salir de debajo del canapé, arrojarse a los pies de la hermana y rogarle que le
trajese algo bueno de comer.
Pero la hermana reparó con sorpresa en la escudilla llena, a cuyo alrededor se había
vertido un poco de leche, y la levantó del suelo, cierto que no lo hizo directamente con
las manos, sino con un trapo, y se la llevó.
Gregor tenía mucha curiosidad por saber lo que le traería en su lugar, e hizo al respecto
las más diversas conjeturas. Pero nunca hubiese podido adivinar lo que la bondad de la
hermana iba realmente a hacer.
Para poner a prueba su gusto, le trajo muchas cosas donde elegir, todas ellas extendidas
sobre un viejo periódico. Había verduras pasadas medio podridas, huesos de la cena,
rodeados de una salsa blanca que se había ya endurecido, algunas uvas pasas y
almendras”, un queso que, hacía dos días, Gregor había calificado de incomible, un
trozo de pan, otro trozo de pan untado con mantequilla y otro trozo de pan untado con
mantequilla y sal.
Además añadió a todo esto la escudilla, que, a partir de ahora, probablemente estaba
destinada a Gregor, en la cual había echado agua.
Y por delicadeza, como sabía que Gregor nunca comería delante de ella, se retiró
rápidamente e incluso echó la llave, para que Gregor se diese cuenta de que podía
ponerse todo lo cómodo que desease.
Las patitas de Gregor zumbaban cuando se acercaba el momento de comer. Por cierto,
que sus heridas ya debían estar curadas del todo, ya no notaba molestia alguna, se
asombró y pensó en cómo, hacía más de un mes, se había cortado un poco un dedo y esa
herida, todavía anteayer, le dolía bastante. ¿Tendré ahora menos sensibilidad?, pensó, y
ya chupaba con voracidad el queso, que fue lo que más fuertemente y de inmediato le
atrajo de todo.
Sucesivamente, a toda velocidad, y con los ojos llenos de lágrimas de alegría, devoró el
queso, las verduras y la salsa; los alimentos frescos, por el contrario, no le gustaban, ni
siquiera podía soportar su olor, e incluso alejó un poco las cosas que quería comer.
Ya hacía tiempo que había terminado y permanecía tumbado perezosamente en el
mismo sitio, cuando la hermana, como señal de que debía retirarse, giró lentamente la
llave.
Esto le asustó, a pesar de que ya dormitaba, y se apresuró a esconderse bajo el canapé,
pero le costó una gran fuerza de voluntad permanecer debajo del canapé aún el breve
tiempo en el que la hermana estuvo en la habitación, porque, a causa de la abundante
comida, el vientre se había redondeado un poco y apenas podía respirar en el reducido
espacio.
Entre pequeños ataques de asfixia, veía con ojos un poco saltones, cómo la hermana,
que nada imaginaba de esto, no solamente barría con su escoba los restos, sino también
los alimentos que Gregor ni siquiera había tocado, como si éstos ya no se pudiesen
utilizar, y cómo lo tiraba todo precipitadamente a un cubo, que cerró con una tapa de
madera, después de lo cual se lo llevó todo.
Apenas se había dado la vuelta, cuando Gregor salía ya de debajo del canapé, se estiraba
y se inflaba. De esta forma recibía Gregor su comida diaria una vez por la mañana,
cuando los padres y la criada todavía dormían, y lasegunda vez después de la comida
del mediodía, porque entonces los padres dormían un ratito y la hermana mandaba a la
criada a algún recado.
Sin duda los padres no querían que Gregor se muriese de hambre, pero quizá no
hubieran podido soportar enterarse de sus costumbres alimenticias, más de lo que de
ellas les dijese la hermana; quizá la hermana quería ahorrarles una pequeña pena
porque, de hecho, ya sufrían bastante.
Gregor no pudo enterarse de las excusas con las que el médico y el cerrajero habían sido
despedidos de la casa en aquella primera mañana, puesto que, como no podían
entenderle, nadie, ni siquiera la hermana, pensaba que él pudiera entender a los demás,
y, así, cuando la hermana estaba en su habitación, tenía que conformarse con escuchar
de vez en cuando sus suspiros y sus invocaciones a los santos.
Sólo más tarde, cuando ya se había acostumbrado un poco a todo – naturalmente nunca
podría pensarse en que se acostumbrase del todo –, cazaba Gregor a veces una
observación hecha amablemente o que así podía interpretarse: «Hoy sí que le ha
gustado», decía, cuando Gregor había comido con abundancia, mientras que, en el caso
contrario, que poco a poco se repetía con más frecuencia, solía decir casi con tristeza:
«Hoy ha sobrado todo.» Mientras que Gregor no se enteraba de novedad alguna de
forma directa, escuchaba algunas cosas procedentes de las habitaciones contiguas, y allí
donde escuchaba voces una sola vez, corría enseguida hacia la puerta correspondiente y
se estrujaba con todo su cuerpo contra ella.
Especialmente en los primeros tiempos no había ninguna conversación que de alguna
manera, si bien sólo en secreto, no tratase de él.
A lo largo de dos días se escucharon durante las comidas discusiones sobre cómo se
debían comportar ahora; pero también entre las comidas se hablaba del mismo tema,
porque siempre había en casa al menos dos miembros de la familia, ya que seguramente
nadie quería quedarse solo en casa, y tampoco podían dejar de ningún modo la casa
sola.
Incluso ya el primer día la criada (no estaba del todo claro qué y cuánto sabía de lo
ocurrido) había pedido de rodillas a la madre que la despidiese inmediatamente, y
cuando, cuarto de hora después, se marchaba con lágrimas en los ojos, daba gracias por
el despido como por el favor más grande que pudiese hacérsele, y sin que nadie se lo pidiese hizo un solemne juramento de no decir nada a nadie.
Ahora la hermana, junto con la madre, tenía que cocinar, si bien esto no ocasionaba
demasido trabajo porque apenas se co mía nada. Una y otra vez escuchaba Gregor cómo
uno anima ba en vano al otro a que comiese y no recibía más contestación que:
«¡Gracias, tengo suficiente!», o algo parecido.
Quizá tam poco se bebía nada. A veces la hermana perguntaba al padre si quería tomar
una cerveza, y se ofrecía amablemente a ir ella misma a buscarla, y como el padre
permanecía en silencio, añadía, para que él no tuviese reparos, que también podía
mandar a la portera, pero entonces el padre respondía, por fin, con un poderoso «no», y
ya no se hablaba más del asunto.
Ya en el transcurso del primer día el padre explicó tanto a la madre como a la hermana
toda la situación económica y las perspectivas. De vez en cuando se levantaba de la
mesa y reco gía de la pequeña caja marca Wertheim*, que había salvado de la quiebra
de su negocio ocurrida hacía cinco años, algún do cumento o libro de anotaciones. Se
oía cómo abría el compli cado cerrojo y lo volvía a cerrar después de sacar lo que busca
ba.
Estas explicaciones del padre eran, en parte, la primera cosa grata que Gregor oía desde
su encierro. Gregor había creído que al padre no le había quedado nada de aquel
negocio, .al menos el padre no le había dicho nada en sentido contrario y, por otra parte,
tampoco Gregor le había preguntado.
En aquel entonces la preocupación de Gregor había sido hacer todo lo posible para que
la familia olvidase rápidamente el de sastre comercial que les había sumido a todos en la
más com pleta desesperación, y así había empezado entonces a trabajar con un ardor
muy especial y, casi de la noche a la mañana, ha bía pasado a ser de un simple
dependiente a un viajante que, naturalmente, tenía otras muchas posibilidades de ganar
dine ro, y cuyos éxitos profesionales, en forma de comisiones, se convierten
inmediatamente en dinero contante y sonante, que se podían poner sobre la mesa en
casa ante la familia asombra da y feliz.
Habían sido buenos tiempos y después nunca se habían repetido, al menos con ese
esplendor, a pesar de que Gregor, después, ganaba tanto dinero, que estaba en situación
de cargar con todos los gastos de la familia y así lo hacía. Se habían acostumbrado a
esto tanto la familia como Gregor, se aceptaba el dinero con agradecimiento, él lo
entregaba con gusto, pero ya no emanaba de ello un calor especial.
Solamente la hermana había permanecido unida a Gregor, y su intención secreta
consistía en mandarla el año próximo al conservatorio sin tener en cuenta los grandes
gastos que ello traería consigo y que se compensarían de alguna otra forma, porque ella,
al contrario que Gregor, sentía un gran amor por la música y tocaba el violín de una
forma conmovedora.
Con frecuencia, durante las breves estancias de Gregor en la ciudad, se mencionaba el
conservatorio en las conversaciones con la hermana, pero sólo como un hermoso sueño
en cuya realización no podía ni pensarse, y a los padres ni siquiera les gustaba escuchar
estas inocentes alusiones; pero Gregor pensaba decididamente en ello y tenía la
intención de darlo a conocer solemnemente en Nochebuena.
Este tipo de pensamientos, completamente inútiles en su estado actual, eran los que se le
pasaban por la cabeza mientras permanecía allí pegado a la puerta y escuchaba.
A veces ya no podía escuchar más de puro cansancio y, en un descuido, se golpeaba la
cabeza contra la puerta, pero inmediatamente volvía a levantarla, porque incluso el
pequeño ruido que había producido con ello, había sido escuchado al lado y había hecho
enmudecer a todos.
¿Qué es lo que hará? – decía el padre pasados unos momentos y dirigiéndose a todas
luces hacia la puerta; después se reanudaba poco a poco la conversación que había sido
interrumpida.
De esta forma Gregor se enteró muy bien – el padre solía repetir con frecuencia sus
explicaciones, en parte porque él mismo ya hacía tiempo que no se ocupaba de estas
cosas, y, en parte también, porque la madre no entendía todo a la primera – de que, a
pesar de la desgracia, todavía quedaba una pequeña fortuna, que los intereses, aún
intactos, habían hecho aumentar un poco más durante todo este tiempo.
Además, eldormía ni un momento, y se restregaba durante horas sobre el cuero.
O bien no retrocedía ante el gran esfuerzo de empujar una silla hasta la ventana, trepar a
continuación hasta el antepecho y, subido en la silla, apoyarse en la ventana y mirar a
través de la misma, sin duda como recuerdo de lo libre que se había sentido siempre que
anteriormente había estado apoyado aquí.
Porque, efectivamente, de día en día, veía cada vez con menos claridad las cosas que ni
siquiera estaban muy alejadas: ya no podía ver el hospital de enfrente, cuya visión
constante había antes maldecido, y si no hubiese sabido muy bien que vivía en la
tranquila pero central Charlottenstrasse, podría haber creído que veía desde su ventana
un desierto en el que el cielo gris y la gris tierra se unían sin poder distinguirse uno de
otra.
Sólo dos veces había sido necesario que su atenta hermana viese que la silla estaba bajo
la ventana para que, a partir de entonces, después de haber recojido la habitación, la
colocase siempre bajo aquélla, e incluso dejase abierta la contraventana interior.
Si Gregor hubiese podido hablar con la hermana y darle las gracias por todo lo que tenía
que hacer por él, hubiese soportado mejor sus servicios, pero de esta forma sufría con
ellos. Ciertamente, la hermana intentaba hacer más llevadero lo desagradable de la
situación, y, naturalmente, cuanto más tiempo pasaba, tanto más fácil le resultaba conseguirlo, pero también Gregor adquirió con el tiempo una visión de conjunto más
exacta.
Ya el solo hecho de que la hermana entrase le parecía terrible. Apenas había entrado, sin
tomarse el tiempo necesario para cerrar la puerta, y eso que siempre ponía mucha
atención en ahorrar a todos el espectáculo que ofrecía la habitación de Gregor, corría
derecha hacia la ventana y la abría de par en par, con manos presurosas, como si se
asfixiase y, aunque hiciese mucho frío, permanecía durante algunos momentos ante ella
y respiraba profundamente.
Estas carreras y ruidos asustaban a Gregor dos veces al día; durante todo ese tiempo
temblaba bajo el canapé y sabía muy bien que ella le hubiese evitado con gusto todo
esto, si es que le hubiese sido posible permanecer con la ventana cerrada en la
habitación en la que se encontraba Gregor.
Una vez, hacía aproximadamente un mes de la transformación de Gregor, y el aspecto
de éste ya no era para la hermana motivo especial de asombro, llegó un poco antes de lo
previsto y encontró a Gregor cuando miraba por la ventana, inmóvil y realmente
colocado para asustar.
Para Gregor no hubiese sido inesperado si ella no hubiese entrado, ya que él, con su
posición, impedía que ella pudiese abrir de inmediato la ventana, pero ella no solamente
no entró, sino que retrocedió y cerró la puerta; un extraño habría podido pensar que
Gregor la había acechado y había querido morderla. Gregor, naturalmente, se escondió
enseguida bajo el canapé, pero tuvo que esperar hasta mediodía antes de que la hermana
volviese de nuevo, y además parecía mucho más intranquila que de costumbre.
Gregor sacó la conclusión de que su aspecto todavía le resultaba insoportable y
continuaría pareciéndoselo, y que ella tenía que dominarse a sí misma para no salir
corriendo al ver incluso la pequeña parte de su cuerpo que sobresalía del canapé.
Para ahorrarle también ese espectáculo, transportó un día sobre la espalda – para ello
necesitó cuatro horas – la sábana encima del canapé, y la colocó de tal forma que él
quedaba tapado del todo, y la hermana, incluso si se agachaba, no podía verlo.
Si, en opinión de la hermana, esa sábana no hubiese sido necesaria, podría haberla
retirado, porque estaba suficientemente claro que Gregor no se aislaba por gusto, pero
dejó la sábana tal como estaba, e incluso Gregor creyó adivinar una mirada de gratitud
cuando, con cuidado, levantó la cabeza un poco para ver cómo acogía la hermana la
nueva disposición. Durante los primeros catorce días, los padres no consiguieron
decidirse a entrar en su habitación, y Gregor escuchaba con frecuencia cómo ahora
reconocían el trabajo de la hermana, a pesar de que anteriormente se habían enfadado
muchas veces con ella, porque les parecía una chica un poco inútil.
Pero ahora, a veces, ambos, el padre y la madre, esperaban ante la habitación de Gregor
mientras la hermana la recogía y, apenas había salido, tenía que contar con todo detalle
qué aspecto tenía la habitación, lo que había comido Gregor, cómo se había comportado
esta vez y si, quizá, se advertía una pequeña mejoría.
Por cierto, que la madre quiso entrar a ver a Gregor relativamente pronto, pero el padre
y la hermana se lo impidieron, al principio con argumentos racionales, que Gregor
escuchaba con mucha atención, y con los que estaba muy de acuerdo, pero más tarde
hubo que impedírselo por la fuerza, y si entonces gritaba.
«¡Dejadme entrar a ver a Gregor, pobre hijo mío! ¿Es que no comprendéis que tengo
que entrar a verle?» Entonces Gregor pensaba que quizá sería bueno que la madre
entrase, naturalmente no todos los días, pero sí una vez a la semana; ella comprendía
todo mucho mejor que la hermana, que, a pesar de todo su valor, no era más que una
niña, y, en última instancia, quizá sólo se había hecho cargo de una tarea tan difícil por
irreflexión infantil. El deseo de Gregor de ver a la madre pronto se convirtió en realidad.
Durante el día Gregor no quería mostrarse por la ventana, por consideración a sus
padres, pero tampoco podía arrastrarse demasiado por los pocos metros cuadrados del
suelo; ya soportaba con dificultad estar tumbado tranquilamente durante la noche,
pronto ya ni siquiera la comida le producía alegría alguna y así, para distraerse, adoptó
la costumbre de arrastrarse en todas direcciones por las paredes y el techo.
Le gustaba especialmente permanecer colgado del techo; era algo muy distinto a estar
tumbado en el suelo; se respiraba con más libertad; un ligero balanceo atravesaba el
cuerpo; y sumido en la casi feliz distracción en la que se encontraba allí arriba, podía
ocurrir que, para su sorpresa, se dejase caer y se golpease contra el suelo.
Pero ahora, naturalmente, dominaba su cuerpo de una forma muy distinta a como lo
había hecho antes y no se hacía daño, incluso después de semejante caída.
La hermana se dio cuenta inmediatamente de la nueva diversión que Gregor había
descubierto – dejaba tras de sí al arrastrarse por todas partes huellas de su substancia
pegajosa – y entonces se le metió en la cabeza proporcionar a Gregor la posibilidad de
arrastrarse a gran escala y sacar de allí los muebles que lo impedían, es decir, sobre todo
el armario y el escritorio, ella no era capaz de hacerlo todo sola; tampoco se atrevía a
pedir ayuda al padre; la criada no la hubiese ayudado seguramente, porque esa chica, de
unos dieciséis años, resistía ciertamente con valor desde que se despidió la cocinera
anterior, pero había pedido el favor de poder mantener la cocina constantemente cerrada
y abrirla solamente a una señal determinada, Así pues, no leque sólo Gregor era dueño y
señor de las paredes vacías, no se atrevería a entrar ninguna otra persona más que Grete.
Así pues, no se dejó disuadir de sus propósitos por la madre, que también, de pura
inquietud, parecía sentirse insegura en esta habitación; pronto enmudeció y ayudó a la
hermana con todas sus fuerzas a sacar el armario.
Bueno, en caso de necesidad, Gregor podía prescindir del armario, pero el escritorio
tenía que quedarse; y apenas habían abandonado las mujeres la habitación con el
armario, en el cual se apoyaban gimiendo, cuando Gregor sacó la cabeza de debajo del
canapé para ver cómo podía tomar cartas en el asunto lo más prudente y discretamente
posible.
Pero, por desgracia, fue precisamente la madre quien regresó primero, mientras Grete,
en la habitación contigua, sujetaba el armario rodeándolo con los brazos y lo empujaba
sola de acá para allá, naturalmente, sin moverlo un ápice de su sitio.
Pero la madre no estaba acostumbrada a ver a Gregor, podría haberse puesto enferma
por su culpa, y así Gregor, andando hacia atrás, se alejó asustado hasta el otro extremo
del canapé, pero no pudo evitar que la sábana se moviese un poco por la parte de
delante. Esto fue suficiente para llamar la atención de la madre.
Ésta se detuvo, permaneció allí un momento en silencio y luego volvió con Grete.
A pesar de que Gregor se repetía una y otra vez que no ocurría nada fuera de lo común,
sino que sólo se cambiaban de sitio algunos muebles, sin embargo, como pronto habría
de confesarse a sí mismo, este ir y venir de las mujeres, sus breves gritos, el arrastrar de
los muebles sobre el suelo, le producían la impresión de un gran barullo, que crecía
procedente de todas las direcciones y, por mucho que encogía la cabeza y las patas
sobre sí mismo y apretaba el cuerpo contra el suelo, tuvo que confesarse
irremisiblemente que no soportaría todo esto mucho tiempo.
Ellas le vaciaban su habitación, le quitaban todo aquello a lo que tenía cariño, el
armario en el que guardaba la sierra y otras herramientas ya lo habían sacado; ahora ya
aflojaban el escritorio, que estaba fijo al suelo, en el cual había hecho sus deberes
cuando era estudiante de comercio, alumno del instituto e incluso alumno de la escuela
primaria – ante esto no le quedaba ni un momento para comprobar las buenas
intenciones que tenían las dos mujeres, y cuya existencia, por cierto, casi había
olvidado, porque de puro agotamiento traba jaban en silencio y solamente se oían las
sordas pisadas de sus pies.
Y así salió de repente – las mujeres estaban en ese momen to en la habitación contigua,
apoyadas en el escritorio para to mar aliento –, cambió cuatro veces la dirección de su
marcha, no sabía a ciencia cierta qué era lo que debía salvar primero, cuando vio en la
pared ya vacía, llamándole la atención, el cua dro de la mujer envuelta en pieles, se
arrastró apresuradamen te hacia arriba y se apretó contra el cuadro, cuyo cristal le suje
taba y le aliviaba el ardor de su vientre.
Al menos este cuadro, que Gregor tapaba ahora por completo, seguro que no se lo
llevaba nadie. Volvió la cabeza hacia la puerta del cuarto de es tar para observar a las
mujeres cuando volviesen.
No se habían permitido una larga tregua y ya volvían; Grete había rodeado a su madre
con el brazo y casi la llevaba en vo landas. ¿Qué nos llevamos ahora? – dijo Grete, y
miró a su alre dedor. Entonces sus miradas se cruzaron con las de Gregor, que estaba en
la pared.
Seguramente sólo a causa de la presen cia de la madre conservó su serenidad, inclinó su
rostro hacia la madre, para impedir que ella mirase a su alrededor, y dijo temblando y
aturdida: – Ven, ¿nos volvemos un momento al cuarto de estar? Gregor veía claramente
la intención de Grete, quería llevar a la madre a un lugar seguro y luego echarle de la
pared. Bue no, ¡que lo intentase! Él permanecería sobre su cuadro y no re nunciaría a él.
Prefería saltarle a Grete a la cara.
Pero justamente las palabras de Grete inquietaron a la ma dre, se echó a un lado, vio la
gigantesca mancha parduzca so bre el papel pintado de flores y, antes de darse
realmente cuen ta de que aquello que veía era Gregor, gritó con voz ronca y estridente:
– ¡Ay Dios mío, ay Dios mío! – y con los brazos extendi dos cayó sobre el canapé,
como si renunciase a todo, y se que dó allí inmóvil.
–¡Cuidado Gregor! – gritó la hermana levantando el puño y con una mirada penetrante.
Desde la transformación eran estas las primeras palabras que le dirigía directamente.
Corrió a la habitación contigua para buscar alguna esencia con la que pudiese despertar
a su madre de su inconsciencia; Gregor tam bién quería ayudar – había tiempo más que
suficiente para sal var el cuadro –, pero estaba pegado al cristal y tuvo que des
prenderse con fuerza, luego corrió también a la habitación de al lado como si pudiera
dar a la hermana algún consejo, como en otros tiempos, pero tuvo que quedarse detrás
de ella sin ha cer nada; mientras que Grete revolvía entre diversos frascos, se asustó al
darse la vuelta, un frasco se cayó al suelo y se rom pió y un trozo de cristal hirió a
Gregor en la cara; una medici na corrosiva se derramó sobre él. Sin detenerse más
tiempo, Grete cogió todos los frascos que podía llevar y corrió con ellos hacia donde
estaba la madre; cerró la puerta con el pie.
Gregor estaba ahora aislado de la madre, que quizá estaba a punto de morir por su
culpa; no debía abrir la habitación, no quería echar a la hermana que tenía que
permanecer con la madre; ahora no tenía otra cosa que hacer que esperar; y, afli gido
por los remordimientos y la preocupación, comenzó a arrastrarse, se arrastró por todas
partes: paredes, muebles y techos, y finalmente, en su desesperación, cuando ya la
habita ción empezaba a dar vueltas a su alrededor, se desplomó en medio de la gran
mesa. Pasó un momento, Gregor yacía allí extenuado, a su alrede dor todo estaba
tranquilo, quizá esto era una buena señal. En tonces sonó el timbre.
La chica estaba, naturalmente, encerra da en su cocina y Grete tenía que ir a abrir. El
padre había llegado. ¿Qué ha ocurrido? – fueron sus primeras palabras.
El aspecto de Grete lo revelaba todo. Grete contestó con voz ahogada, sin duda apretaba
su rostro contra el pecho del padre: – La madre se quedó inconsciente, pero ya está
mejor. Gregor se ha escapado. – Ya me lo esperaba – dijo el padre –, os lo he dicho una
y otra vez, pero vosotras, las mujeres, nunca hacéis caso. Gregor se dio cuenta de que el
padre había interpretado mal la escueta información de Grete y sospechaba que Gregor
ha bía hecho uso de algún acto violento.
Por eso ahora tenía que intentar apaciguar al padre, porque para darle explicaciones no
tenía ni el tiempo ni la posibilidad. Así pues, Gregor se preci pitó hacia la puerta de su
habitación y se apretó contra ella para que el padre, ya desde el momento en que entrase
en el vestíbulo, viese que Gregor tenía la más sana intención de regresar
inmediatamente a su habitación, y que no era necesario hacerle retroceder, sino que sólo
hacía falta abrir la puerta e inmediatamente desaparecería.
Pero el padre no estaba en si tuación de advertir tales sutilezas.
– ¡Ah! – gritó al entrar, en un tono como si al mismo tiem po estuviese furioso y
contento. Gregor retiró la cabeza de la puerta y la levantó hacia el padre.
Nunca se hubiese imaginado así al padre, tal y como estaba allí; bien es verdad que en
los últimos tiempos, puesta su atención en arrastrarse por todas partes, había perdido la
ocasión de preocuparse como antes de los asuntos que ocurrían en el resto de la casa, y
tenía realmen te cpe haber estado preparado para encontrar las circunstan cias
cambiadas.
Aun así, aun así.
¿Era este todavía el padre? El mismo hombre que yacía sepultado en la cama, cuando,
en otros tiempos, Gregor salía en viaje de negocios? ¿El mismo hombre que, la tarde en
que volvía, le recibía en bata sentado en su sillón, y que no estaba en condiciones de
levantarse, sino que, como señal de alegría, sólo levantaba los brazos hacia él? ¿El
mismo hombre que, durante los poco frecuentes paseos en común, un par de domingos
al año o en las festividades más importantes, se abría paso hacia delante entre Gregor y
la madre, que ya de por sí andaban despacio, aún más despacio que ellos, envuelto en su
viejo abrigo, siempre apoyando con cui dado el bastón, y que, cuando quería decir algo,
casi siempre se quedaba parado y congregaba a sus acompañantes a su alrede dor? Pero
ahora estaba muy derecho, vestido con un rígido uniforme azul con botones, como los
que llevan los ordenan zas de los bancos; por encima del cuello alto y tieso de la chaqueta sobresalía su gran papada; por debajo de las pobladas ce jas se abría paso la
mirada, despierta y atenta, de unos ojos ne gros.
El cabello blanco, en otro tiempo desgreñado, estaba ahora ordenado en un peinado a
raya brillante y exacto.
Arrojó su gorra, en la que había bordado un monograma dorado, pro bablemente el de
un banco, sobre el canapé a través de la habi tación formando un arco, y se dirigió hacia
Gregor con el rostro enconado, las puntas de la larga chaqueta del uniforme echadas
hacia atrás, y las manos en los bolsillos del pantalón. Probablemente ni él mismo sabía
lo que iba a hacer, sin embargo levantaba los pies a una altura desusada y Gregor se
asombró del tamaño enorme de las suelas de sus botas.
Pero Gregor no permanecía parado, ya sabía desde el primer día de su nueva vida que el
padre, con respecto a él, sólo consideraba oportuna la mayor rigidez.
Y así corría delante del padre, se paraba si el padre se paraba, y se apresuraba a seguir
hacia delante con sólo que el padre se moviese. Así recorrieron varias veces la
habitación sin que ocurriese nada decisivo y sin que ello hubiese tenido el aspecto de
una persecución, como consecuencia de la lentitud de su recorrido.
Por eso Gregor permaneció de momento sobre el suelo, especialmente porque temía que
el padre considerase una especial maldad por su parte la huida a las paredes o al techo.
Por otra parte, Gregor tuvo que confesarse a sí mismo que no soportaría por mucho
tiempo estas carreras, porque mientras el padre daba un paso, él tenía que realizar un
sinnúmero de movimientos.
Ya comenzaba a sentir ahogos, bien es verdad que tampoco anteriormente había tenido
unos pulmones dignos de confianza. Mientras se tambaleaba con la intención de reunir
todas sus fuerzas para la carrera, apenas tenía los ojos abiertos; en su embotamiento no
pensaba en otra posibilidad de salvación que la de correr; y ya casi había olvidado que
las paredes estaban a su disposición, bien es verdad que éstas estaban obstruidas por
muebles llenos de esquinas y picos.
En ese momento algo, lanzado sin fuerza, cayó junto a él, y echó a rodar por delante de
él. Era una manzana; inmediatamente siguió otra; Gregor se quedó inmóvil del susto;
seguir corriendo era inútil, porque el padre había decidido bombardearle.
Con la fruta procedente del frutero que estaba sobre el aparador se había llenado los
bolsillos y lanzaba manzana tras manzana sin apuntar con exactitud, de momento. Estas
pequeñas manzanas rojas rodaban por el sueño como electrificadas y chocaban unas con
otras. Una manzana lanzada sin fuerza rozó la espalda de Gregor, pero resbaló sin
causarle daños.
Sin embargo, otra que la siguió inmediatamente, se incrustó en la espalda de Gregor;
éste quería continuar arrastrándose, como si el increíble y sorprendente dolor pudiese
aliviarse al cambiar de sitio; pero estaba como clavado y se estiraba, totalmente
desconcertado.
Sólo al mirar por última vez alcanzó a ver cómo la puerta de su habitación se abría de
par en par y por delante de la hermana, que chillaba, salía corriendo la madre en
enaguas, puesto que la hermana la había desnudado para proporcionarle aire mientras
permanecía inconsciente; vio también cómo, a continuación, la madre corría hacia el
padre y, en el camino, perdía úna tras otra sus enaguas desatadas, y cómo, tropezando
con ellas, caía sobre el padre, y abrazándole, unida estrechamente a él – ya empezaba a
fallarle la vista a Gregor –, le suplicaba, cruzando las manos por detrás de su nuca, que
perdonase la vida de Gregor.

Cápitulo III

La grave herida de Gregor, cuyos dolores soportó más de un mes – la manzana
permaneció empotrada en la carne como recuerdo visible, ya que nadie se atrevía a
retirarla –, pareció recordar, incluso al padre, que Gregor, a pesar de su triste y
repugnante forma actual, era un miembro de la familia, a quien no podía tratarse como
un enemigo, sino frente al cual el deber familiar era aguantarse la repugnancia y
resignarse, nada más que resignarse.
Y si Gregor ahora, por culpa de su herida, probablemente había perdido agilidad para
siempre, y por lo pronto necesitaba para cruzar su habitación como un viejo inválido
largos minutos – no se podía ni pensar en arrastrarse por las alturas –, sin embargo, en
compensación por este empeoramiento de su estado, recibió, en su opinión, una
reparación más que suficiente: hacia el anochecer se abría la puerta del cuarto de estar,
la cual solía observar fijamente ya desde dos horas antes, de forma que, tumbado en la
oscuridad de su habitación, sin ser visto desde el comedor, podía ver a toda la familia en
la mesa iluminada y podía escuchar sus conversaciones, en cierto modo con el
consentimiento general, es decir, de una forma completamente distinta a como había
sido hasta ahora.
Naturalmente, ya no se trataba de las animadas conversaciones de antaño, en las que
Gregor, desde la habitación de su hotel, siempre había pensado con cierta nostalgia
cuando, cansado, tenía que meterse en la cama húmeda.
La mayoría de las veces transcurría el tiempo en silencio.
El padre no tardaba en dormirse en la silla después de la cena, y la madre y la hermana
se recomendaban mutuamente silencio; la madre, inclinada muy por debajo de la luz,
cosía ropa fina para un comercio de moda; la hermana, que había aceptado un trabajo
como dependienta, estudiaba por la noche estenografía y francés, para conseguir, quizá
más tarde, un puesto mejor.
A veces el padre se despertaba y, como si no supiera que había dormido, decía a la
madre: «¡Cuánto coses hoy también!», e inmediatamente volvía a dormirse mientras la
madre y la hermana se sonreían mutuamente.
Por una especie de obstinación, el padre se negaba a quitarse el uniforme mientras
estaba en casa; y mientras la bata colgaba inútilmente de la percha, dormitaba el padre
en su asiento, completamente vestido, como si siempre estuviese preparado para el
servicio e incluso en casa esperase también la voz de su superior.
Como consecuencia, el uniforme, que no era nuevo ya en un principio, empezó a
ensuciarse a pesar del cuidado de la madre y de la hermana. Gregor se pasaba con
frecuencia tardes enteras mirando esta brillante ropa, completamente manchada, con sus
botones dorados siempre limpios con la que el anciano dormía muy incómodo y, sin
embargo, tranquilo.
En cuanto el reloj daba las diez, la madre intentaba despertar al padre en voz baja y
convencerle para que se fuese a la cama, porque éste no era un sueño auténtico y el
padre tenía necesidad de él, porque tenía que empezar a trabajar a las seis de la mañana.
Pero con la obstinación que se había apoderado de él desde que se había convertido en
ordenanza, insistía en quedarse más tiempo a la mesa, a pesar de que, normalmente, se
quedaba dormido y, además, sólo con grandes esfuerzos podía convencérsele de que
cambiase la silla por la cama.
Ya podían la madre y la hermana insistir con pequeñas amonestaciones, durante un
cuarto de hora daba cabezadas lentamente, mantenía los ojos cerrados y no se levantaba.
La madre le tiraba del brazo, diciéndole al oído palabras cariñosas, la hermana
abandonaba su trabajo para ayudar a la madre, pero esto no tenía efecto sobre el padre.
Se hundía más profundamente en su silla. Sólo cuando las mujeres le cogían por debajo
de los hombros, abría los ojos, miraba alternativamente a la madre y a la hermana, y
solía decir: «¡Qué vida ésta! ¡Esta es la tranquilidad de mis últimos días!», y apoyado
sobre las dos mujeres se levantaba pesadamente, como si él mismo fuese su más pesada
carga, se dejaba llevar por ellas hasta la puerta, allí les hacía una señal de que no las necesitaba, y continuaba solo, mientras que la madre y la hermana dejaban
apresuradamente su costura y su pluma para correr tras el padre y continuar ayudándole.
¿Quién en esta familia, agotada por el trabajo y rendida de cansancio, iba a tener más
tiempo del necesario para ocuparse de Gregor? El presupuesto familiar se reducía cada
vez más, la criada acabó por ser despedida.
Una asistenta gigantesca y huesuda, con el pelo blanco y desgreñado, venía por la
mañana y por la noche y hacía el trabajo más pesado; todo lo demás lo hacía la madre,
además de su mucha costura.
Ocurrió incluso el caso de que varias joyas de la familia, que la madre y la hermana
habían lucido entusiasmadas en reuniones y fiestas, hubieron de ser vendidas, según se
enteró Gregor por la noche por la conversación acerca del precio conseguido.
Pero el mayor motivo de queja era que no se podía dejar este piso, que resultaba
demasiado grande en las circunstancias presentes, ya que no sabían cómo se podía
trasladar a Gregor.
Pero Gregor comprendía que no era sólo la consideración hacia él lo que impedía un
traslado, porque se le hubiera podido transportar fácilmente en un cajón apropiado con
un par de agujeros para el aire; lo que, en primer lugar, impedía a la familia un cambio
de piso era, aún más, la desesperación total y la idea de que habían sido azotados por
una desgracia como no había igual en todo su círculo de parientes y amigos.
Todo lo que el mundo exige de la gente pobre lo cumplían ellos hasta la saciedad: el
padre iba a buscar el desayuno para el pequeño empleado de banco, la madre se
sacrificaba por la ropa de gente extraña, la hermana, a la orden de los clientes, corría de
un lado para otro detrás del mostrador, pero las fuerzas de la familia ya no daban para
más.
La herida de la espalda comenzaba otra vez a dolerle a Gregor como recién hecha
cuando la madre y la hermana, después de haber llevado al padre a la cama, regresaban,
dejaban a un lado el trabajo, se acercaban una a otra, sentándose muy juntas.
Entonces la madre, señalando hacia la habitación de Gregor, decía: «Cierra la puerta,
Grete», y cuando Gregor se encontraba de nuevo en la oscuridad, fuera las mujeres
confundían sus lágrimas o simplemente miraban fijamente a la mesa sin llorar.
Gregor pasaba las noches y los días casi sin dormir. A veces pensaba que la próxima
vez que se abriese la puerta él se haría cargo de los asuntos de la familia como antes; en
su mente aparecieron de nuevo, después de mucho tiempo, el jefe y el encargado; los
dependientes y los aprendices; el mozo de los recados, tan corto de luces; dos, tres
amigos de otros almacenes; una camarera de un hotel de provincias; un recuerdo amado
y fugaz: una cajera de una tienda de sombreros a quien había hecho la corte seriamente,
pero con demasiada lentitud; todos ellos aparecían mezclados con gente extraña o ya
olvidada, pero en lugar de ayudarle a él y a su familia, todos ellos eran inaccesibles, y
Gregor se sentía aliviado cuando desaparecían.
Pero después ya no estaba de humor para preocuparse por su familia, solamente sentía
rabia por el mal cuidado de que era objeto y, a pesar de que no podía imaginarse algo
que le hiciese sentir apetito, hacía planes sobre cómo podría llegar a la despensa para
tomar de allí lo que quisiese, incluso aunque no tuviese hambre alguna.
Sin pensar más en qué es lo que podría gustar a Gregor, la hermana, por la mañana y al
mediodía, antes de marcharse a la tienda, empujaba apresuradamente con el pie
cualquier comida en la habitación de Gregor, para después recogerla por la noche con el
palo de la escoba, tanto si la comida había sido probada, como si – y éste era el caso
más frecuente – ni siquiera había sido tocada. Recoger la habitación, cosa que ahora
hacía siempre por la noche, no podía hacerse más deprisa.
Franjas de suciedad se extendían por las paredes, por todas partes había ovillos de polvo
y suciedad. Al principio, cuando llegaba la hermana, Gregor se colocaba en el rincón
más significativamente sucio para, en cierto modo, hacerle reproches mediante esta
posición. Pero seguramente hubiese podido permanecer allí semanas enteras sin que la
hermana hubiese mejorado su actitud por ello; ella veía la suciedad lo mismo que él,
pero se había decidido a dejarla allí.
Al mismo tiempo, con una susceptibilidad completamente nueva en ella y que, en
general, se había apoderado de toda la familia, ponía especial atención en el hecho de
que se reservase solamente a ella el cuidado de la habitación de Gregor.
En una ocasión la madre había sometido la habitación de Gregor a una gran limpieza,
que había logrado solamente después de utilizar varios cubos de agua – la humedad, sin
embargo, también molestaba a Gregor, que yacía extendido, amargado e inmóvil sobre
el canapé –, pero el castigo de la madre no se hizo esperar, porque apenas había notado
la hermana por la tarde el cambio en la habitación de Gregor, cuando, herida en lo más
profundo de sus sentimientos, corrió al cuarto de estar y, a pesar de que la madre
suplicaba con las manos levantadas, rompió en un mar de lágrimas, que los padres – el
padre se despertó sobresaltado en su silla –, al principio, observaban asombrados y sin
poder hacer nada, hasta que, también ellos, comenzaron a sentirse conmovidos; el padre,
a su derecha, reprochaba a la madre que no hubiese dejado al cuidado de la hermana la
limpieza de la habitación de Gregor, a su izquierda, decía a gritos a la hermana que
nunca más volvería a limpiar la habitación de Gregor; mientras que la madre intentaba
llevar al dormitorio al padre, que no podía más de irritación, la hermana, sacudida por
los sollozos, golpeaba la mesa con sus pequeños puños, y Gregor silbaba de pura rabia
porque a nadie se le ocurría cerrar la puerta para ahorrarle este espectáculo y este ruido.
Pero incluso si la hermana, agotada por su trabajo, estaba ya harta de cuidar de Gregor
como antes, tampoco la madre tenía que sustituirla y no era necesario que Gregor
hubiese sido abandonado, porque para eso estaba la asistenta.
Esa vieja viuda, que en su larga vida debía haber superado lo peor con ayuda de su
fuerte constitución, no sentía repugnancia alguna por Gregor.
Sin sentir verdadera curiosidad, una vez había abierto por casualidad la puerta de la
habitación de Gregor y, al verle, se quedó parada, asombrada, con los brazos cruzacios,
mientras éste, sorprendido y a pesar de que nadie la perseguía, comenzó a correr de un
lado a otro. Desde entonces no perdía la oportunidad de abrir un poco la puerta por la
mañana y por la tarde para echar un vistazo a la habitación de Gregor.
Al principío le llamaba hacia ella con palabras que, probablemente, consideraba
amables, como: «¡Ven aquí, viejo escarabajo pelotero!» o «iMirad el viejo escarabajo
pelotero!».
Gregor no contestaba nada a tales llamadas, sino que permanecía inmóvil en su sitio,
como si la puerta no hubiese sido abierta.
¡Si se le hubiese ordenado a esa asistenta que limpiase diariamente la habitación en
lugar de dejar que le molestase inútilmente a su antojo! Una vez, por la mañana
temprano – una intensa lluvia golpeaba los cristales, quizá como signo de la primavera,
que ya se acercaba –, cuando la asistenta empezó otra vez con sus improperios, Gregor
se enfureció tanto que se dio la vuelta hacia ella como para atacarla, pero de forma lenta
y débil.
Sin embargo, la asistenta, en vez de asustarse, alzó simplemente una silla, que se
encontraba cerca de la puerta, y, tal como permanecía allí, con la boca completamente
abierta, estaba clara su intención de cerrar la boca sólo cuando la silla que tenía en la
mano acabase en la espalda de Gregor.
¿Con que no seguimos adelante? – preguntó, al ver que Gregor se daba de nuevo la
vuelta, y volvió a colocar la silla tranquilamente en el rincón.
Gregor ya no comía casi nada. Sólo si pasaba por casualidad al lado de la comida
tomaba un bocado para jugar con él en la boca, lo mantenía allí horas y horas y, la
mayoría de las veces, acababa por escupirlo.
Al principio pensó que lo que le impedía comer era la tristeza por el estado de su
habitación, pero precisamente con los cambios de la habitación se reconcilió muy
pronto.
Se habían acostumbrado a meter en esta habitación cosas que no podían colocar en otro
sitio, y ahora había muchas cosas de éstas, porque una de las habitaciones de la casa
había sido alquilada a tres huéspedes. Estos señores tan severos – los tres tenían barba,
según pudo comprobar Gregor por una rendija de la puerta – ponían especial atención
en el orden, no sólo ya de su habitación, sino de toda la casa, puesto que se habían
instalado aquí, y especialmente en el orden de la cocina. No soportaban trastos inútiles
ni mucho menos sucios. Además, habían traído una gran parte de sus propios muebles.
Por ese motivo sobraban muchas cosas que no se podían vender ni tampoco se querían
tirar.
Todas estas cosas acababan en la habitación de Gregor. Lo mismo ocurrió con el cubo
de la ceniza y el cubo de la basura de la cocina.
La asistenta, que siempre tenía mucha prisa, arrojaba simplemente en la habitación de
Gregor todo lo que, de momento, no servía; por suerte, Gregor sólo veía, la mayoría de
las veces, el objeto correspondiente y la mano que lo sujetaba.
La asistenta tenía, quizá, la intención de recoger de nuevo las cosas cuando hubiese
tiempo y oportunidad, o quizá tirarlas todas de una vez, pero lo cierto es que todas se
quedaban tiradas en el mismo lugar en que habían caído al arrojarlas, a no ser que
Gregor se moviese por entre los trastos y los pusiese en movimiento, al principio,
obligado a ello porque no había sitio libre para arrastrarse, pero más tarde con creciente
satisfacción, a pesar de que después de tales paseos acababa mortalmente agotado y
triste, y durante horas permanecía inmóvil.
Como los huéspedes a veces tomaban la cena en el cuarto de estar, la puerta permanecía
algunas noches cerrada, pero Gregor renunciaba gustoso a abrirla, incluso algunas
noches en las que había estado abierta no se había aprovechado de ello, sino que, sin
que la familia lo notase, se había tumbado en el rincón más oscuro de la habitación.
Pero en una ocasión la asistenta había dejado un poco abierta la puerta que daba al
cuarto de estar y se quedó abierta incluso cuando los huéspedes llegaron y se dio la luz.
Se sentaban a la mesa en los mismos sitios en que antes habían comido el padre, la
madre y Gregor, desdoblaban las servilletas y tomaban en la mano cuchillo y tenedor.
Al momento aparecía por la puerta la madre con una fuente de carne, y poco después lo
hacía la hermana con una fuente llena de patatas.
La comida humeaba. Los huéspedes se inclinaban sobre las fuentes que había ante ellos
como si quisiesen examinarlas antes de comer, y, efectivamente, el señor que estaba
sentado en medio y que parecía ser el que más autoridad tenía de los tres, cortaba un
trozo de carne en la misma fuente con el fin de comprobar si estaba lo suficientemente
tierna, o quizá; la madre y la hermana, que habían observado todo con impaciencía,
comenzaban a sonreír respirando profundamente.
La familia comía en la cocina. A pesar de ello, el padre,antes de entrar en ésta, entraba
en la habitación y con una sola reverencia y la gorra en la mano, daba una vuelta a la
mesa.
Los huéspedes se levantaban y murmuraban algo para el cuellc de su camisa. Cuando ya
estaban solos, comían casi en absolu to silencio. A Gregor le parecía extraño el hecho
de que, de to dos los variados ruidos de la comida, una y otra vez se escuchasen los
dientes al masticar, como si con ello quisieran mostrarle a Gregor que para comer se
necesitan los dientes y que,aún con las más hermosas mandíbulas, sin dientes no se
podía conseguir nada.
– Pero si yo tengo apetito – se decía Gregor; preocupa do –, pero no me apetecen estas
cosas. ¡Cómo comen los huéspedes y yo me muero! Precisamente aquella noche
¿Gregor no se acordaba de haberlo oído en todo el tiempo – se escuchó el violín.
Los hués pedes ya habían terminado de cenar, el de en medio había sa cado un
periódico, les había dado una hoja a cada uno de los otros dos, y los tres fumaban y
leían echados hacia atrás. Cuando el violín comenzó a sonar escucharon con atención,
se levantaron y, de puntillas, fueron hacia la puerta del vestíbulo, en la que
permanecieron quietos de pie, apretados unos junto a otros.
Desde la cocina se les debió oír, porque el padre gritó: ¿Les molesta a los señores la
música? Inmediatamente puede dejar de tocarse. – Al contrario – dijo el señor de en
medio –. ¿No desearía la señorita entrar con nosotros y tocar aquí en la habitación,
donde es mucho más cómodo y agradable? – Naturalmente – exclamó el padre, como si
el violinista fuese él mismo.
Los señores regresaron a la habitación y esperaron.
Pronto llegó el padre con el atril, la madre con la partitura y la herma na con el violín.
La hermana preparó con tranquilidad todo lo necesario para tocar.
Los padres, que nunca antes habían al quilado habitaciones, y por ello exageraban la
amabilidad con los huéspedes, no se atrevían a sentarse en sus propias sillas; el padre se
apoyó en la puerta, con la mano derecha colocada en tre dos botones de la librea
abrochada; a la madre le fue ofreci da una silla por uno de los señores y, como la dejó
en el lugar en el que, por casualidad, la había colocado el señor, permane cía sentada en
un rincón apartado.
La hermana empezó a tocar; el padre y la madre, cada uno desde su lugar, seguían con
atención los movimientos de sus manos; Gregor, atraído por la música, había avanzado
un poco hacia delante y ya tenía la cabeza en el cuarto de estar.
Ya apenas se extrañaba de que en los últimos tiempos no tenía consideración con los
demás; antes estaba orgulloso de tener esa consideración y, precisamente ahora, hubiese
tenido mayor motivo para esconderse, porque, como consecuencia del polvo que
reinaba en su habitación, y que volaba por todas partes al menor movimiento, él mismo
estaba también lleno de polvo.
Sobre su espalda y sus costados arrastraba consigo por todas partes hilos, pelos, restos
de comida... Su indiferencia hacia todo era demasiado grande como para tumbarse sobre
su espalda y restregarse contra la alfombra, tal como hacía antes varias veces al día.
Y, a pesar de este estado, no sentía vergüenza alguna de avanzar por el suelo impecable
del comedor.
Por otra parte, nadie le prestaba atención. La familia estaba completamente absorta en la
música del violín; por el contrario, los huéspedes, que al principio, con las manos en los
bolsillos, se habían colocado demasiado cerca detrás del atril de la hermana, de forma
que podrían haber leído la partitura, lo cual sin duda tenía que estorbar a la hermana,
hablando a media voz, con las cabezas inclinadas, se retiraron pronto hacia la ventana,
donde permanecieron observados por el padre con preocupación.
Realmente daba a todas luces la impresión de que habían sido decepcionados en su
suposición de escuchar una pieza bella o divertida al violín, de que estaban hartos de la
función y sólo permitían que se les molestase por amabilidad.
Especialmente la forma en que echaban a lo alto el humo de los cigarillos por la boca y
por la nariz denotaba gran nerviosismo.
Y, sin embargo, la hermana tocaba tan bien... Su rostro estaba inclinarlo hacia un lado,
atenta y tristemente seguían sus ojos las notas del pentagrama. Gregor avanzó un poco
más y mantenía la cabeza pegada al suelo para, quizá, poder encontrar sus miradas.
¿Es que era ya una bestia a la que le emocionaba la música? Le parecía como si se le
mostrase el camino hacia el desconocido y anhelado alimento. Estaba decidido a
acercarse hasta la hermana, tirarle de la falda y darle así a entender que ella podía entrar
con su violín en su habitación porque nadie podía recompensar su música como él
quería hacerlo.
No quería dejarla salir nunca de su habitación, al menos mientras él viviese; su horrible
forma le sería útil por primera vez; quería estar a la vez en todas las puertas de su
habitación y tirarse a los que le atacasen; pero la hermana no debía quedar se con él por
la fuerza, sino por su propia voluntad; debería sentarse junto a él sobre el canapé,
inclinar el oído hacia él, y él deseaba confiarle que había tenido la firme intención de en
viarla al conservatorio y que, si la desgracia no se hubiese cruzado en su camino la
Navidad pasada – probablemente la Na vidad ya había pasado – se lo hubiese dicho a
todos sin preo cuparse de réplica alguna.
Después de esta confesión, la her mana estallaría en lágrimas de emoción y Gregor se
levantaría hasta su hombro y le daría un beso en el cuello, que, desde que iba a la tienda,
llevaba siempre al aire sin cintas ni adornos.
– iSeñor Samsa! – gritó el señor de en medio al padre, y se ñaló, sin decir una palabra
más, con el índice hacia Gregor, que avanzaba lentamente. El violín enmudeció, en un
principio el huésped de en medio sonrió a sus amigos moviendo la cabeza y, a
continuación, miró hacia Gregor.
El padre, en lu gar de echar a Gregor, consideró más necesario, ante todo, tranquilizar a
los huéspedes, a pesar de que ellos no estaban nerviosos en absoluto y Gregor parecía
distraerles más que el violín. Se precipitó hacia ellos e intentó, con los brazos abier tos,
empujarles a su habitación y, al mismo tiempo, evitar con su cuerpo que pudiesen ver a
Gregor.
Ciertamente se enfada ron un poco, no se sabía ya si por el comportamiento del pa dre,
o porque ahora se empezaban a dar cuenta de que, sin sa berlo, habían tenido un vecino
como Gregor. Exigían al padre explicaciones, levantaban los brazos, se tiraban
intranquilos de la barba y, muy lentamente, retrocedían hacia su habitación.
Entre tanto, la hermana había superado el desconcierto en que había caído después de
interrumpir su música de una forma tan repentina, había reaccionado de pronto, después
de que durante unos momentos había sostenido en las manos caídas con indolencia el
violín y el arco, y había seguido mirando la partitura como si todavía tocase, había
colocado el instrumen to en el regazo de la madre, que todavía seguía sentada en su silla
con dificultades para respirar y agitando violentamente los pulmones, y había corrido
hacia la habitación de al lado, a la que los huéspedes se acercaban cada vez más deprisa
ante la insistencia del padre.
Se veía cómo, gracias a las diestras ma nos de la hermana, las mantas y almohadas de
las camas vola ban hacia lo alto y se ordenaban.
Antes de que los señores hu biesen llegado a la habitación, había terminado de hacer las
ca mas y se había 'escabullido hacia afuera.
El padre parecía estar hasta tal punto dominado por su obstinación, que olvidó todo el
respeto que, ciertamente, debía a sus huéspedes.
Sólo les empujaba y les empujaba hasta que, ante la puerta de la habita ción, el señor de
en medio dio una patada atronadora contra el suelo y así detuvo al padre.
– Participo a ustedes – dijo, levantó la mano y buscaba con sus miradas también a la
madre y a la hermana – que, tenien do en cuenta las repugnantes circunstancias que
reinan en esta casa y en esta familia – en este punto escupió decididamente sobre el
suelo –, en este preciso instante dejo la habitación.
Por los días que he vivido aquí no pagaré, naturalmente, lo más mínimo; por el
contrario, me pensaré si no procedo con tra ustedes con algunas reclamaciones muy
fáciles, créanme, de justificar. Calló y miró hacia adelante como si esperase algo.
En efec to, sus dos amigos intervinieron inmediatamente con las si guientes palabras: –
También nosotros dejamos en este momento la habita ción. A continuación agarró el
picaporte y cerró la puerta de un portazo.
El padre se tambaleaba tanteando con las manos en dirección a su silla y se dejó caer en
ella. Parecía como si se preparase para su acostumbrada siestecita nocturna, pero la
profunda inclinación de su cabeza, abatida como si nada la sos tuviese, mostraba que de
ninguna manera dormía. Gregor ya cía todo el tiempo en silencio en el mismo sitio en
que le ha bían descubierto los huéspedes.
la decepción por el fracaso de sus planes, pero quizá también la debilidad causada por el
hambre que pasaba, le impedían moverse.
Temía, con cierto fundamento, que dentro de unos momentos se desencadenase sobre él
una tormenta general, y esperaba.
Ni siquiera se so bresaltó con el ruido del violín que, por entre los temblorosos dedos
de la madre, se cayó de su regazo y produjo un sonido retumbante.
queridos padres – dijo la hermana y, como introducción, dio un golpe sobre la mesa –,
esto no puede seguir así.
Si vosotros no os dais cuenta, yo sí me la doy. No quiero, ante esta bestia, pronunciar el
nombre de mi hermano, y por eso sola mente digo: tenemos que intentar quitárnoslo de
encima. hemos hecho todo lo humanamente posible por cuidarlo y acep tarlo; creo que
nadie puede hacernos el menor reproche.
– Tiene razón una y mil veces – dijo el padre para sus adentros. La madre, que aún no
tenía aire suficiente, comenzó a toser sordamente sobre la mano que tenía ante la boca,
con una expresión de enajenación en los ojos.
La hermana corrió hacia la madre y le sujetó la frente. El padre parecía estar enfrascado
en determinados pensamientos; gracias a las palabras de la hermana, se había sentado
más de recho, jugueteaba con su gorra por entre los platos, que desde la cena de los
huéspedes seguían en la mesa, y miraba de vez en cuando a Gregor, que permanecía en
silencio.
– Tenemos que intentar quitárnoslo de encima – dijo en tonces la hermana, dirigiéndose
sólo al padre, porque la ma dre, con su tos, no oía nada –.
Os va a matar a los dos, ya lo veo venir. Cuando hay que trabajar tan duramente como
lo ha cemos nosotros no se puede, además, soportar en casa este tormento sin fin.
Yo tampoco puedo más – y rompió a llorar de una forma tan violenta, que sus lágrimas
caían sobre el ros tro de la madre, del cual las secaba mecánicamente con las manos. –
Pero hija – dijo el padre compasivo y con sorprendente comprensión –.
¡Qué podemos hacer! Pero la hermana sólo se encogió de hombros como signo de la
perplejidad que, mientras lloraba, se había apoderado de ella, en contraste con su
seguridad anterior. – Si él nos entendiese... – dijo el padre en tono medio inte rrogante.
La hermana, en su llanto, movió violentamente la mano como señal de que no se podía
ni pensar en ello. – Si él nos entendiese... – repitió el padre, y cerrando los ojos hizo
suya la convicción de la hermana acerca de la imposibilidad de ello –, entonces sería
posible llegar a un acuerdo con él, pero así... – Tiene que irse – exclamó la hermana –,
es la única posi bilidad, padre.
Sólo tienes que desechar la idea de que se trata de Gregor. El haberlo creído durante
tanto tiempo ha sido nuestra auténtica desgracia, pero ¿cómo es posible que sea Gregor?
Si fuese Gregor hubiese comprendido hace tiempo que una convivencia entre personas y
semejante animal no es posible, y se hubiese marchado por su propia voluntad: ya no
tendríamos un hermano, pero podríamos continuar viviendo y conservaríamos su
recuerdo con honor.
Pero así esa bestia nos persigue, echa a los huéspedes, quiere, evidentemente, adue
ñarse de toda la casa y dejar que pasemos la noche en la calle. ¡Mira, padre – gritó de
repente –, ya empieza otra vez! Y con un miedo completamente incomprensible para
Gregor, la her mana abandonó incluso a la madre, se arrojó literalmente de su silla,
como si prefiriese sacrificar a la madre antes de perma necer cerca de Gregor, y se
precipitó detrás del padre que, principalmente irritado por su comportamiento, se puso
tam bién en pie y levantó los brazos a media altura por delante de la hermana para
protejerla. Pero Gregor no prentendía, ni por lo más remoto, asustar a nadie, ni mucho
menos a la hermana.
Solamente había empe zado a darse la vuelta para volver a su habitación y esto llama ba
la atención, ya que, como consecuencia de su estado enfer mizo, para dar tan difíciles
vueltas, tenía que ayudarse con la cabeza, que levantaba una y otra vez y que golpeaba
contra el suelo.
Se detuvo y miró a su alrededor; su buena intención pareció ser entendida; sólo había
sido un susto momentáneo, ahora todos le miraban tristes y en silencio.
La madre yacía en su silla con las piernas extendidas y apretadas una contra otra, los
ojos casi se le cerraban de puro agotamiento.
El padre y la hermana estaban sentados uno junto a otro, y la hermana ha bía colocado
su brazo alrededor del cuello del padre.
«Quizá pueda darme la vuelta ahora», pensó Gregor, y em pezó de nuevo su actividad.
No podía contener los resuellos por el esfuerzo y de vez en cuando tenía que descansar.
Por lo demás, nadie le apremiaba, se le dejaba hacer lo que quisiera. Cuando hubo dado
la vuelta del todo comenzó enseguida a retroceder todo recto... Se asombró de la gran
distancia que le separaba de su habitación y no comprendía cómo, con su debilidad,
hacía un momento había recorrido el mismo camino sin notarlo.
Concentrándose constantemente en avanzar con rápidez, apenas se dio cuenta de que ni
una palabra, ni una exclamación de su familia le molestaba. Cuando ya estaba en la
puerta volvió la cabeza, no por completo, porque notaba que el cuello se le ponía rígido,
pero sí vio aún que tras de él nada había cambiado, sólo la hermana se había levantado.
Su última mirada acarició a la madre que, por fin, se había quedado profundamente
dormida. Apenas entró en su habitación se cerró la puerta y echaron la llave.
Gregor se asustó tanto del repentino ruido producido detrás de él, que las patitas se le
doblaron. Era la hermana quien se había apresurado tanto.
Había permanecido en pie allí y había esperado, con ligereza había saltado hacia
adelante, Gregor ni siquiera la había oído venir, y gritó un «¡Por fin!» a los padres
mientras echaba la llave. «¿Y ahora?», se preguntó Gregor, y miró a su alrededor en la
oscuridad.
Pronto descubrió que ya no se podía mover.
No se extrañó por ello, más bien le parecía antinatural que, hasta ahora, hubiera podido
moverse con estas patitas.
Por lo demás, se sentía relativamente a gusto. Bien es verdad que le dolía todo el
cuerpo, pero le parecía como si los dolores se hiciesen más y más débiles y, al final,
desapareciesen por completo.
Apenas sentía ya la manzana podrida de su espalda y la infección que producía a su
alrededor, cubiertas ambas por un suave polvo. Pensaba en su familia con cariño y
emoción, su opinión de que tenía que desaparecer era, si cabe, aún más decidida que la
de su hermana.
En este estado de apacible y letárgica meditación permaneció hasta que el reloj de la
torre dio las tres de la madrugada. Vivió todavía el comienzo del amanecer detrás de los
cristales. A continuación, contra su voluntad, su cabeza se desplomó sobre el suelo y sus
orificios nasales exhalaron el último suspiro.
Cuando, por la mañana temprano, llegó la asistenta – de pura fuerza y prisa daba tales
portazos que, aunque repetidas veces se le había pedido que procurase evitarlo, desde el
momento de su llegada era ya imposible concebir el sueño en todo el piso –, en su
acostumbrada y breve visita a Gregor nada le llamó al principio la atención. Pensaba
que estaba allí tumbado tan inmóvil a propósito y se hacía el ofendido, le creía capaz de
tener todo el entendimiento posible.
Como tenía por casualidad la larga escoba en la mano, intentó con ella ha cer cosquillas
a Gregor desde la puerta.
Al no conseguir nada con ello, se enfadó y pinchó a Gregor ligeramente, y sólo cuando,
sin que él opusiese resistencia, le había movido de su sitio, le prestó atención. Cuando
se dio cuenta de las verdade ras circunstancias abrió mucho los ojos, silbó para sus aden
tras, pero no se entretuvo mucho tiempo, sino que abrió de par en par las puertas del
dormitorio y exclamó en voz alta ha cia la oscuridad: – ¡Fíjense, la ha diñado, ahí está,
la ha diñado del todo! El matrimonio Samsa estaba sentado en la cama e intentaba
sobreponerse del susto de la asistenta antes de llegar a com prender su aviso.
Pero después, el señor y la señora Samsa, cada uno por su lado, se bajaron rápidamente
de la cama, el se ñor Samsa se echó la colcha por los hombros, la señora Samsa apareció
en camisón, así entraron en la habitación de Gregor
Entre tanto, también se había abierto la puerta del cuarto de estar, en donde dormía
Grete desde la llegada de los huéspe des; estaba completamente vestida, como si no
hubiese dormi do, su rostro pálido parecía probarlo. ¿Muerto? – dijo la señora Samsa, y
levantó los ojos con gesto interrogante hacia la asistenta a pesar de que ella misma
podía comprobarlo, e incluso podía darse cuenta de ello sin necesidad de comprobarlo.
– Digo, aya lo creo! – dijo la asistenta y, como prueba, em pujó el cadáver de Gregor
con la escoba un buen trecho hacia un lado. La señora Samsa hizo un movimiento como
si quisie ra detener la escoba, pero no lo hizo.
– Bueno – dijo el señor Samsa –, ahora podemos dar gracias a Dios – se santiguó y las
tres mujeres siguieron su ejemplo. Grete, que no apartaba los ojos del cadáver, dijo: –
Mirad qué flaco estaba, ya hacía mucho tiempo que no comía nada, las comidas salían
tal como entraban.
Efectivamente, el cuerpo de Gregor estaba completamente plano y seco, sólo se daban
realmente cuenta de ello ahora que ya no le levantaban sus patitas, y ninguna otra cosa
distraía la mirada.
– Grete, ven un momento a nuestra habitación – dijo la se ñora Samsa con una sonrisa
malancólica, y Grete fue al dormi torio detrás de los padres, no sin volver la mirada
hacia el ca dáver.
La asistenta cerró la puerta y abrió del todo la ventana. A pesar de lo temprano de la
mañana, ya había una cierta ti bieza mezclada con el aire fresco.
Ya era finales de marzo. Los tres huéspedes salieron de su habitación y miraron
asombrados a su alrededor en busca de su desayuno; se habían olvidado de ellos:
¿Dónde está el desayuno? – preguntó de mal humor el señor de en medio a la asistenta,
pero ésta se colocó el dedo en la boca e hizo a los señores, apresurada y
silenciosamente, se ñales con la mano para que fuesen a la habitación de Gregor.
Así pues, fueron y permanecieron en pie, con las manos en los bolsillos de sus
chaquetas algo gastadas, alrededor del cadáver, en la habitación de Gregor.ya totalmente
iluminada.
Entonces se abrió la puerta del dormitorio y el señor Samsa apareció vestido con su
librea, de un brazo su mujer y del otro su hija. Todos estaban un poco llorosos; a veces
Grete apoyaba su rostro en el brazo del padre.
– Salgan ustedes de mi casa inmediatamente – dijo el señor Samsa, y señaló la puerta
sin soltar a las mujeres.
¿Qué quiere usted decir? ¿ijo el señor de en medio algo aturdido, y sonrió con cierta
hipocresía.
Los otros dos tenían las manos en la espalda y se las frotaban constantemente una contra
otra, como si esperasen con alegría una gran pelea que tenía que resultarles favorable. –
Quiero decir exactamente lo que digo – contestó el señor Samsa; se dirigió en bloque
con sus acompañantes hacia el huésped.
Al principio éste se quedó allí en silencio y miró ha cia el suelo, como si las cosas se
dispusiesen en un nuevo or den en su cabeza. – Pues entonces nos vamos – dijo
después, y levantó los ojos hacia el señor Samsa como si, en un repentino ataque de
humildad, le pidiese incluso permiso para tomar esta decisión.
El señor Samsa solamente asintió brevemente varias veces con los ojos muy abiertos. A
continuación el huésped se dirigió, en efecto a grandes pasos hacia el vestíbulo; sus dos
amigos lleva ban ya un rato escuchando con las manos completamente tranquilas y
ahora daban verdaderos brincos tras de él, como si tuviesen miedo de que el señor
Samsa entrase antes que ellos en el vestíbulo e impidiese el contacto con su guía.
Ya en el vestíbulo, los tres cogieron sus sombreros del perchero, saca ron sus bastones
de la bastonera, hicieron una reverencia en silencio y salieron de la casa.
Con una desconfianza completa mente infundada, como se demostraría después, el
señor Sam sa salió con las dos mujeres al rellano; apoyados sobre la ba randilla veían
cómo los tres, lenta pero constantemente, baja ban la larga escalera, en cada piso
desaparecían tras un deter minado recodo y volvían a aparecer a los pocos instantes.
Cuanto más abajo estaban tanto más interés perdía la familia Samsa por ellos, y cuando
un oficial carnicero, con la carga en la cabeza en una posición orgullosa, se les acercó
de frente y luego, cruzándose con ellos, siguió subiendo, el señor Samsa abandonó la
barandilla con las dos mujeres y todos regresaron aliviados a su casa.
Decidieron utilizar aquel día para descansar e ir de paseo; no solamente se habían
ganado esta pausa en el trabajo, sino que, incluso, la necesitaban a toda costa.
Así pues, se sentaron a la mesa y escribieron tres justificantes: el señor Samsa a su
dirección, la señora Samsa al señor que le daba trabajo, y Gre te al dueño de la tienda.
Mientras escribían entró la asistenta para decir que ya se marchaba porque había
terminado su tra bajo de por la mañana.
Los tres que escribían solamente asin tieron al principio sin levantar la vista; cuando la
asistenta no daba sañales de retirarse levantaron la vista enfadados. ¿gué pasa? –
preguntó el señor Samsa. La asistenta permanecía de pie junto a la puerta, como si
quisiera participar a la familia un gran éxito, pero sólo lo haría cuando se la interrogase
con todo detalle.
La pequeña pluma de avestruz colocada casi derecha sobre su sombrero, que, des de que
estaba a su servicio, incomodaba al señor Samsa, se ba lanceaba suavemente en todas
las direcciones.
¿Qué es lo que quiere usted? – preguntó la señora Samsa, que era, de todos, la que más
respetaba la asistenta. – Bueno contestó la asistenta, y no podía seguir hablan do de puro
sonreír amablemente –, no tienen que preocuparse de cómo deshacerse de la cosa esa de
al lado. Ya está todo arreglado.
La señora Samsa y Grete se inclinaron de nuevo sobre sus cartas, como si quisieran
continuar escribiendo; el señor Sam sa, que se dio cuenta de que la asistenta quería
empezar a con tarlo todo con todo detalle, lo rechazó decididamente con la mano
extendida. Como no podía contar nada, recordó la gran prisa que tenía, gritó
visiblemente ofendida: «¡Adiós a todos!», se dio la vuelta con rabia y abandonó la casa
con un portazo tremendo.
– Esta noche la despido dijo el señor Samsa, pero no re cibió una respuesta ni de su
mujer ni de su hija, porque la asis tenta parecía haber turbado la tranquilidad apenas
recién con seguida.
Se levantaron, fueron hacia la ventana y permanecie ron allí abrazadas. El señor Samsa
se dio la vuelta en su silla hacia ellas y las observó en silencio un momento, luego las
llamó: – Vamos, venid.
Olvidad de una vez las cosas pasadas y te ned un poco de consideración conmigo.
Las mujeres le obedecieron enseguida, corrieron hacia él, le acariciaron y terminaron
rápidamente sus cartas.
Después, los tres abandonaron el piso juntos, cosa que no habían hecho des de hacía
meses, y se marcharon al campo, fuera de la ciudad, en el tranvía.
El vehículo en el que estaban sentados solos es taba totalmente iluminado por el cálido
sol.
Recostados comó damente en sus asientos, hablaron de las perspectivas para el futuro y
llegaron a la conclusión de que, vistas las cosas más de cerca, no eran malas en
absoluto, porque los tres trabajos, a este respecto todavía no se habían preguntado
realmente unos a otros, eran sumamente buenos y, especialmente, muy pro metedores
para el futuro.
Pero la gran mejoría inmediata de la situación tenía que producirse, naturalmente, con
más facili dad con un cambio de piso; ahora querían cambiarse a un piso más pequeño y
más barato, pero mejor ubicado y, sobre todo, más práctico que el actual, que había sido
escogido por Gregor. Mientras hablaban así, al señor y a la señora Samsa se les ocurrió
casi al mismo tiempo, al ver a su hija cada vez más animada, que en los últimos
tiempos, a pesar de las calamidades que habían hecho palidecer sus mejillas, se había
convertido en una joven lozana y hermosa.
Tornándose cada vez más silenciosos y entendiéndose casi inconscientemente con las
miradas, pensaban que ya llegaba el momento de buscarle un buen marido, y para ellos
fue como una confirmación de sus nuevos sueños y buenas intenciones cuando, al final
de su viaje, fue la hija quien se levantó primero y estiró su cuerpo joven.

EL RETRATO DE DORIAN GRAY

Escrito por imagenes 02-11-2007 en General. Comentarios (0)

EL RETRATO DE DORIAN GRAY // OSCAR WILDE


Oscar Wilde
El retrato de Dorian Gray

La novela es considerada actualmente una de las mejor escritas en lengua inglesa, y sin duda, convirtió póstumamente a Wilde en el autor más traducido a otras lenguas después de Shakespeare




Prefacio


El artista es creador de belleza.
Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte.
El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la
belleza. La forma más elevada de la crítica, y también la más rastrera, es una modalidad de
autobiografía.
Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elegantes, lo que
es un defecto. Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus cultivados. Para
ellos hay esperanza.
Son los elegidos, y en su caso las cosas hermosas sólo significan belleza.
No existen libros morales o inmorales.
Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.
La aversión del siglo por el realismo es la rabia de Calibán al verse la cara en el espejo.
La aversión del siglo por el romanticismo es la rabia de Calibán al no verse la cara en un espejo.
La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en
hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Incluso las cosas que
son verdad se pueden probar.
El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable
amaneramiento de estilo.
Ningún artista es morboso. El artista está capacitado para expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son, para el artista, los instrumentos de su arte.
El vicio y la virtud son los materiales del artista. Desde el punto de vista de la forma, el modelo de
todas las artes es el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el modelo es el talento del
actor.
Todo arte es a la vez superficie y símbolo.
Quienes profundizan, sin contentarse con la superficie, se exponen a las consecuencias.
Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.
Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida.
La diversidad de opiniones sobre una obra de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y que está
viva. Cuando los críticos disienten, el artista está de acuerdo consigo mismo.
A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para
hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente.
Todo arte es completamente inútil.

OSCAR WILDE


Capítulo 1

El intenso perfume de las rosas embalsamaba el estudio y, cuando la ligera brisa agitaba los árboles del
jardín, entraba, por la puerta abierta, un intenso olor a lilas o el aroma más delicado de las flores rosadas
de los espinos.
Lord Henry Wotton, que había consumido ya, según su costumbre, innumerables cigarrillos,
vislumbraba, desde el extremo del sofá donde estaba tumbado -tapizado al estilo de las alfombras persas-
, el resplandor de las floraciones de un codeso, de dulzura y color de miel, cuyas ramas estremecidas
apenas parecían capaces de soportar el peso de una belleza tan deslumbrante como la suya; y, de cuando
en cuando, las sombras fantásticas de pájaros en vuelo se deslizaban sobre las largas cortinas de seda
india colgadas delante de las inmensas ventanas, produciendo algo así como un efecto japonés, lo que le
hacía pensar en los pintores de Tokyo, de rostros tan pálidos como el jade, que, por medio de un arte
necesariamente inmóvil, tratan de transmitir la sensación de velocidad y de movimiento. El zumbido
obstinado de las abejas, abriéndose camino entre el alto césped sin segar, o dando vueltas con monótona
insistencia en torno a los polvorientos cuernos dorados de las desordenadas madreselvas, parecían hacer
más opresiva la quietud, mientras los ruidos confusos de Londres eran como las notas graves de un
órgano lejano.
En el centro de la pieza, sobre un caballete recto, descansaba el retrato de cuerpo entero de un joven de
extraordinaria belleza; y, delante, a cierta distancia, estaba sentado el artista en persona, el Basil
Hallward cuya repentina desaparición, hace algunos años, tanto conmoviera a la sociedad y diera origen
a tan extrañas suposiciones.
Al contemplar la figura apuesta y elegante que con tanta habilidad había reflejado gracias a su arte, una
sonrisa de satisfacción, que quizá hubiera podido prolongarse, iluminó su rostro. Pero el artista se
incorporó bruscamente y, cerrando los ojos, se cubrió los párpados con los dedos, como si tratara de
aprisionar en su cerebro algún extraño sueño del que temiese despertar.
-Es tu mejor obra, Basil -dijo lord Henry con entonación lánguida-, lo mejor que has hecho. No dejes
de mandarla el año que viene a la galería Grosvenor. La Academia es demasiado grande y demasiado
vulgar. Cada vez que voy allí, o hay tanta gente que no puedo ver los cuadros, lo que es horrible, o hay
tantos cuadros que no puedo ver a la gente, lo que todavía es peor. La galería Grosvenor es el sitio
indicado.
-No creo que lo mande a ningún sitio -respondió el artista, echando la cabeza hacia atrás de la curiosa
manera que siempre hacía reír a sus amigos de Oxford-. No; no mandaré el retrato a ningún sitio.
Lord Henry alzó las cejas y lo miró con asombro a través de las delgadas volutas de humo que, al salir
de su cigarrillo con mezcla de opio, se retorcían adoptando extrañas formas.
-¿No lo vas a enviar a ningún sitio? ¿Por qué, mi querido amigo? ¿Qué razón podrías aducir? ¿Por qué
sois unas gentes tan raras los pintores? Hacéis cualquier cosa para ganaros una reputación, pero, tan
pronto como la tenéis, se diría que os sobra. Es una tontería, porque en el mundo sólo hay algo peor que
ser la persona de la que se habla y es ser alguien de quien no se habla. Un retrato como ése te colocaría
muy por encima de todos los pintores ingleses jóvenes y despertaría los celos de los viejos, si es que los
viejos son aún susceptibles de emociones.
-Sé que te vas a reír de mí -replicó Hallward-, pero no me es posible exponer ese retrato. He puesto en
él demasiado de mí mismo.
Lord Henry, estirándose sobre el sofá, dejó escapar una carcajada.
-Sí, Harry, sabía que te ibas a reír, pero, de todos modos, no es más que la verdad.
-¡Demasiado de ti mismo! A fe mía, Basil, no sabía que fueras tan vanidoso; no advierto la menor
semejanza entre ti, con tus facciones bien marcadas y un poco duras y tu pelo negro como el carbón, y
ese joven adonis, que parece estar hecho de marfil y pétalos de rosa. Vamos, mi querido Basil, ese
muchacho es un narciso, y tú..., bueno, tienes, por supuesto, un aire intelectual y todo eso. Pero la
belleza, la belleza auténtica, termina donde empieza el aire intelectual. El intelecto es, por sí mismo, un
modo de exageración, y destruye la armonía de cualquier rostro. En el momento en que alguien se sienta
a pensar, todo él se convierte en nariz o en frente o en algo espantoso. Repara en quienes triunfan en
cualquier profesión docta. Son absolutamente imposibles. Con la excepción, por supuesto, de la Iglesia.
Pero sucede que en la Iglesia no se piensa. Un obispo sigue diciendo a los ochenta años lo que a los
dieciocho le contaron que tenía que decir, y la consecuencia lógica es que siempre tiene un aspecto
delicioso. Tu misterioso joven amigo, cuyo nombre nunca me has revelado, pero cuyo retrato me fascina
de verdad, nunca piensa. Estoy completamente seguro de ello. Es una hermosa criatura, descerebrada,
que debería estar siempre aquí en invierno, cuando no tenemos flores que mirar, y también en verano,
cuando buscamos algo que nos enfríe la inteligencia. No te hagas ilusiones, Basil: no eres en absoluto
como él.
-No me entiendes, Harry -respondió el artista-. No soy como él, por supuesto. Lo sé perfectamente. De
hecho, lamentaría parecerme a él. ¿Te encoges de hombros? Te digo la verdad. Hay un destino adverso
ligado a la superioridad corporal o intelectual, el destino adverso que persigue por toda la historia los
pasos vacilantes de los reyes. Es mucho mejor no ser diferente de la mayoría. Los feos y los estúpidos
son quienes mejor lo pasan en el mundo. Se pueden sentar a sus anchas y ver la función con la boca
abierta. Aunque no sepan nada de triunfar, se ahorran al menos los desengaños de la derrota. Viven como
todos deberíamos vivir, tranquilos, despreocupados, impasibles. Ni provocan la ruina de otros, ni la
reciben de manos ajenas. Tu situación social y tu riqueza, Harry; mi cerebro, el que sea; mi arte,
cualquiera que sea su valor; la apostura de Dorian Gray: todos vamos a sufrir por lo que los dioses nos
han dado, y a sufrir terriblemente.
-¿Dorian Gray? ¿Es así como se llama? -preguntó lord Henry, atravesando el estudio en dirección a
Basil Hallward.
-Sí; así es como se llama. No tenía intención de decírtelo.
-Pero, ¿por qué no?
-No te lo puedo explicar. Cuando alguien me gusta muchísimo nunca le digo su nombre a nadie. Es
como entregar una parte de esa persona. Con el tiempo he llegado a amar el secreto. Parece ser lo único
capaz de hacer misteriosa o maravillosa la vida moderna. Basta esconder la cosa más corriente para
hacerla deliciosa. Cuando ahora me marcho de Londres, nunca le digo a mi gente adónde voy. Si lo
hiciera, dejaría de resultarme placentero. Es una costumbre tonta, lo reconozco, pero por alguna razón
parece dotar de romanticismo a la vida. Imagino que te resulto terriblemente ridículo, ¿no es cierto?
-En absoluto -respondió lord Henry-; nada de eso, mi querido Basil. Pareces olvidar que estoy casado,
y el único encanto del matrimonio es que exige de ambas partes practicar asiduamente el engaño. Nunca
sé dónde está mi esposa, y mi esposa nunca sabe lo que yo hago. Cuando coincidimos, cosa que sucede a
veces, porque salimos juntos a cenar o vamos a casa del Duque, nos contamos con tremenda seriedad las
historias más absurdas sobre nuestras respectivas actividades. Mi mujer lo hace muy bien; mucho mejor
que yo, de hecho. Nunca se equivoca en cuestión de fechas y yo lo hago siempre. Pero cuando me
descubre, no se enfada. A veces me gustaría que lo hiciera, pero se limita a reírse de mí.
-No me gusta nada cómo hablas de tu vida de casado, Harry -dijo Basil Hallward, dirigiéndose hacia la
puerta que llevaba al jardín-. Creo que eres en realidad un marido excelente, pero que te avergüenzas de
tus virtudes. Eres una persona extraordinaria. Nunca das lecciones de moralidad y nunca haces nada
malo. Tu cinismo no es más que afectación.
-La naturalidad también es afectación, y la más irritante que conozco -exclamó lord Henry, echándose
a reír.
Los dos jóvenes salieron juntos al jardín, acomodándose en un amplio banco de bambú colocado a la
sombra de un laurel. La luz del sol resbalaba sobre las hojas enceradas. Sobre la hierba temblaban
margaritas blancas.
Después de un silencio, lord Henry sacó su reloj de bolsillo.
-Mucho me temo que he de marcharme, Basil -murmuró-, pero antes de irme, insisto en que me
respondas a la pregunta que te he hecho hace un rato.
-¿Cuál era? -dijo el pintor, sin levantar los ojos del suelo.
-Lo sabes perfectamente. -No lo sé, Harry.
-Bueno, pues te lo diré. Quiero que me expliques por qué no vas a exponer el retrato de Dorian Gray.
Quiero la verdadera razón.
-Te la he dado.
-No, no lo has hecho. Me has dicho que hay demasiado de ti en ese retrato. Y eso es una chiquillada. -
Harry-dijo Basil Hallward, mirándolo directamente a los ojos-, todo retrato que se pinta de corazón es un
retrato del artista, no de la persona que posa. El modelo no es más que un accidente, la ocasión. No es a
él a quien revela el pintor; es más bien el pintor quien, sobre el lienzo coloreado, se revela. La razón de
que no exponga el cuadro es que tengo miedo de haber mostrado el secreto de mi alma.
Lord Henry rió.
- Y, ¿cuál es ...? -preguntó.
-Te lo voy a decir -respondió Hallward; pero lo que apareció en su rostro fue una expresión de
perplejidad. -Soy todo oídos, Basil -insistió su acompañante, mirándolo de reojo.
-En realidad es muy poco lo que hay que contar, Harry -respondió el pintor-, y mucho me temo que
apenas lo entenderías. Quizá tampoco te lo creas.
Lord Henry sonrió y, agachándose, arrancó de entre el césped una margarita de pétalos rosados y se
puso a examinarla.
-Estoy seguro de que lo entenderé -replicó, contemplando fijamente el pequeño disco dorado con
plumas blancas-; y en cuanto a creer cosas, me puedo creer cualquiera con tal de que sea totalmente
increíble.
El aire arrancó algunas flores de los árboles, y las pesadas floraciones de lilas, con sus pléyades de
estrellas, se balancearon lánguidamente. Un saltamontes empezó a cantar junto a la valla, y una libélula,
larga y delgada como un hilo azul, pasó flotando sobre sus alas de gasa marrón. Lord Henry tuvo la
impresión de oír los latidos del corazón de Basil Hallward, y se preguntó qué iba a suceder.
-Es una historia muy sencilla -dijo el pintor después de algún tiempo-. Hace dos meses asistí a una de
esas fiestas de lady Brandon a las que va tanta gente. Ya sabes que nosotros, los pobres artistas, tenemos
que aparecer en sociedad de cuando en cuando para recordar al público que no somos salvajes. Vestidos
de etiqueta y con corbata blanca, como una vez me dijiste, cualquiera, hasta un corredor de Bolsa, puede
ganarse reputación de civilizado. Bien; cuando llevaba unos diez minutos en el salón, charlando con
imponentes viudas demasiado enjoyadas y tediosos académicos, noté de pronto que alguien me miraba.
Al darme la vuelta vi a Dorian Gray por vez primera. Cuando nuestros ojos se encontraron, me noté
palidecer. Una extraña sensación de terror se apoderó de mí. Supe que tenía delante a alguien con una
personalidad tan fascinante que, si yo se lo permitía, iba a absorber toda mi existencia, el alma entera,
incluso mi arte. Yo no deseaba ninguna influencia exterior en mi vida. Tú sabes perfectamente lo
independiente que soy por naturaleza. Siempre he hecho lo que he querido; al menos, hasta que conocí a
Dorian Gray. Luego..., aunque no sé cómo explicártelo. Algo parecía decirme que me encontraba al
borde de una crisis terrible. Tenía la extraña sensación de que el Destino me reservaba exquisitas alegrías
y terribles sufrimientos. Me asusté y me di la vuelta para abandonar el salón. No fue la conciencia lo que
me impulsó a hacerlo: más bien algo parecido a la cobardía. No me atribuyo ningún mérito por haber
tratado de escapar.
-Conciencia y cobardía son en realidad lo mismo, Basil. La conciencia es la marca registrada de la
empresa. Eso es todo.
-No lo creo, Harry, y me parece que tampoco lo crees tú. Fuera cual fuese mi motivo, y quizá se tratara
orgullo, porque he sido siempre muy orgulloso, conseguí llegar a duras penas hasta la puerta. Pero allí,
por supuesto, me tropecé con lady Brandon. «¿No irá usted a marcharse tan pronto, señor Hallward?»,
me gritó. ¿Recuerdas la voz tan peculiarmente estridente que tiene?
-Sí; es un pavo real en todo menos en la belleza -dijo lord Henry, deshaciendo la margarita con sus
largos dedos nerviosos.
-No me pude librar de ella. Me presentó a altezas reales, a militares y aristócratas, y a señoras mayores
con gigantescas diademas y narices de loro. Habló de mí como de su amigo más querido. Sólo había
estado una vez con ella, pero se le metió en la cabeza convertirme en la celebridad de la velada. Creo que
por entonces algún cuadro mío tuvo un gran éxito o al menos se habló de él en los periódicos
sensacionalistas, que son el criterio de la inmoralidad del siglo XIX. De repente, me encontré cara a cara
con el joven cuya personalidad me había afectado de manera tan extraña. Estábamos muy cerca, casi nos
tocábamos. Nuestras miradas se cruzaron de nuevo. Fue una imprudencia por mi parte, pero pedí a lady
Brandon que nos presentara. Quizá no fuese imprudencia, sino algo sencillamente inevitable. Nos
hubiésemos hablado sin necesidad de presentación. Estoy seguro de ello. Dorian me lo confirmó después.
También él sintió que estábamos destinados a conocernos.
-Y, ¿cómo describió lady Brandon a ese joven maravilloso? -preguntó su amigo-. Sé que le gusta dar
un rápido resumen de todos sus invitados. Recuerdo que me llevó a conocer a un anciano caballero de
rostro colorado, cubierto con todas las condecoraciones imaginables, y me confió al oído, en un trágico
susurro que debieron oír perfectamente todos los presentes, los detalles más asombrosos. Sencillamente
huí. Prefiero desenmascarar a las personas yo mismo. Pero lady Brandon trata a sus invitados
exactamente como un subastador trata a sus mercancías. O los explica completamente del revés, o cuenta
todo excepto lo que uno quiere saber.
-¡Pobre lady Brandon! ¡Eres muy duro con ella, Harry! -dijo Hallward lánguidamente.
-Mi querido amigo, esa buena señora trataba de fundar un salón, pero sólo ha conseguido abrir un
restaurante. ¿Cómo quieres que la admire? Pero, dime, ¿qué te contó del señor Dorian Gray?
-Algo así como «muchacho encantador, su pobre madre y yo absolutamente inseparables. He olvidado
por completo a qué se dedica, me temo que..., no hace nada... Sí, sí, toca el piano, ¿o es el violín, mi
querido señor Gray?» Ninguno de los dos pudimos evitar la risa, y nos hicimos amigos al instante.
-La risa no es un mal principio para una amistad y, desde luego, es la mejor manera de terminarla -dijo
el joven lord, arrancando otra margarita.
Hallward negó con la cabeza.
-No entiendes lo que es la amistad, Harry -murmuró-; ni tampoco la enemistad, si vamos a eso. Te
gusta todo el mundo; es decir, todo el mundo te deja indiferente.
-¡Qué horriblemente injusto eres conmigo! -exclamó lord Henry, echándose el sombrero hacia atrás
para mirar a las nubecillas que, como madejas enmarañadas de brillante seda blanca, vagaban por la
oquedad turquesa del cielo veraniego-. Sí; horriblemente injusto. Ya lo creo que distingo entre la gente.
Elijo a mis amigos por su apostura, a mis conocidos por su buena reputación y a mis enemigos por su
inteligencia. No es posible excederse en el cuidado al elegir a los enemigos. No tengo ni uno solo que sea
estúpido. Todos son personas de cierta talla intelectual y, en consecuencia, me aprecian. ¿Te parece
demasiada vanidad por mi parte? Creo que lo es.
-Coincido en eso contigo. Pero según tus categorías yo no debo de ser más que un conocido.
-Mi querido Basil: eres mucho más que un conocido. -Y mucho menos que un amigo. Algo así como
un hermano, ¿no es cierto?
-¡Ah, los hermanos! No me gustan los hermanos. Mi hermano mayor no se muere, y los menores
nunca hacen otra cosa.
-¡Harry! -exclamó Hallward, frunciendo el ceño.
-No hablo del todo en serio. Pero me es imposible no detestar a mi familia. Imagino que se debe a que
nadie soporta a las personas que tienen sus mismos defectos. Entiendo perfectamente la indignación de la
democracia inglesa ante lo que llama los vicios de las clases altas. Las masas consideran que embriaguez,
estupidez e inmoralidad deben ser exclusivo patrimonio suyo, y cuando alguno de nosotros se pone en
ridículo nos ven como cazadores furtivos en sus tierras. Cuando el pobre Southwark tuvo que presentarse
en el Tribunal de Divorcios, la indignación de las masas fue realmente magnífica. Y, sin embargo, no
creo que el diez por ciento del proletariado viva correctamente.
-No estoy de acuerdo con una sola palabra de lo que has dicho y, lo que es más, estoy seguro de que a
ti te sucede lo mismo.
Lord Henry se acarició la afilada barba castaña y se golpeó la punta de una bota de charol con el
bastón de caoba.
-¡Qué inglés eres, Basil! Es la segunda vez que haces hoy esa observación. Si se presenta una idea a un
inglés auténtico (lo que siempre es una imprudencia), nunca se le ocurre ni por lo más remoto pararse a
pensar si la idea es verdadera o falsa. Lo único que considera importante es si el interesado cree lo que
dice. Ahora bien, el valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad de la persona que la
expone. En realidad, es probable que cuanto más insincera sea la persona, más puramente intelectual sea
la idea, ya que en ese caso no estará coloreada ni por sus necesidades, ni por sus deseos, ni por sus
prejuicios. No pretendo, sin embargo, discutir contigo ni de política, ni de sociología, ni de metafísica.
Las personas me gustan más que los principios, y las personas sin principios me gustan más que nada en
el mundo. Cuéntame más cosas acerca de Dorian Gray. ¿Lo ves con frecuencia?
-Todos los días. No sería feliz si no lo viera todos los días. Me es absolutamente necesario.
-¡Extraordinario! Creía que sólo te interesaba el arte. -Dorian es todo mi arte -dijo el pintor
gravemente-. A veces pienso, Harry, que la historia del mundo sólo ha conocido dos eras importantes. La
primera es la que ve la aparición de una nueva técnica artística. La segunda, la que asiste a la aparición
de una nueva personalidad, también para el arte. Lo que fue la invención de la pintura al óleo para los
venecianos, o el rostro de Antinoo para los últimos escultores griegos, lo será algún día para mí el rostro
de Dorian Gray. No es sólo que lo utilice como modelo para pintar, para dibujar, para hacer apuntes. He
hecho todo eso, por supuesto. Pero para mí es mucho más que un modelo o un tema. No te voy a decir
que esté insatisfecho con lo que he conseguido, ni que su belleza sea tal que el arte no pueda expresarla.
No hay nada que el arte no pueda expresar, y sé que lo que he hecho desde que conocí a Dorian Gray es
bueno, es lo mejor que he hecho nunca. Pero, de alguna manera curiosa (no sé si me entenderás), su
personalidad me ha sugerido una manera completamente nueva, un nuevo estilo. Veo las cosas de
manera distinta, las pienso de forma diferente. Ahora soy capaz de recrear la vida de una manera que
antes desconocía. «Un sueño de belleza en días de meditación». ¿Quién ha dicho eso? No me acuerdo;
pero eso ha sido para mí Dorian Gray. La simple presencia de ese muchacho, porque me parece poco más
que un adolescente, aunque pasa de los veinte, su simple presencia... ¡Ah! Me pregunto si puedes darte
cuenta de lo que significa. De manera inconsciente define para mí los trazos de una nueva escuela, una
escuela que tiene toda la pasión del espíritu romántico y toda la perfección de lo griego. La armonía del
alma y del cuerpo, ¡qué maravilla! En nuestra locura hemos separado las dos cosas, y hemos inventado
un realismo que es vulgar, y un idealismo hueco. ¡Harry! ¡Si supieras lo que Dorian es para mí!
¿Recuerdas aquel paisaje mío, por el que Agnew me ofreció tanto dinero, pero del que no quise
desprenderme? Es una de las mejores cosas que he hecho nunca. Y, ¿por qué? Porque mientras lo pintaba
Dorian Gray estaba a mi lado. Me transmitía alguna influencia sutil y por primera vez en mi vida vi en un
simple bosque la maravilla que siempre había buscado y que siempre se me había escapado.
-¡Eso que cuentas es extraordinario! He de ver a Dorian Gray.
Hallward se levantó del asiento y empezó a pasear por el jardín. Al cabo de unos momentos regresó.
-Harry -dijo-, Dorian Gray no es para mí más que un motivo artístico. Quizá tú no veas nada en él. Yo
lo veo todo. Nunca está más presente en mi trabajo que cuando no aparece en lo que pinto. Es la
sugerencia, como he dicho, de una nueva manera. Lo encuentro en las curvas de ciertas líneas, en el
encanto y sutileza de ciertos colores. Eso es todo.
-Entonces, ¿por qué te niegas a exponer su retrato? -preguntó lord Henry.
-Porque, sin pretenderlo, he puesto en ese cuadro la expresión de mi extraña idolatría de artista, de la
que, por supuesto, nunca he querido hablar con él. Nada sabe. No lo sabrá nunca. Pero quizá el mundo lo
adivine; y no quiero desnudar mi alma ante su mirada entrometida y superficial. Nunca pondré mi
corazón bajo su microscopio. Hay demasiado de mí mismo en ese cuadro, Harry, ¡demasiado de mí
mismo!
-Los poetas no son tan escrupulosos como tú. Saben lo útil que es la pasión cuando piensan en
publicar. En nuestros días un corazón roto da para muchas ediciones.
-Los detesto por eso -exclamó Hallward-. Un artista debe crear cosas hermosas, pero sin poner en ellas
nada de su propia existencia. Vivimos en una época en la que se trata el arte como si fuese una forma de
autobiografía. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza. Algún día mostraré al mundo lo que es
eso; y ésa es la razón de que el mundo no deba ver nunca mi retrato de Dorian Gray.
-Creo que estás equivocado, pero no voy a discutir contigo. Sólo discuten los que están perdidos
intelectualmente. Dime, Dorian Gray te tiene mucho afecto?
El pintor reflexionó durante unos instantes.
-Me tiene afecto -respondió, después de una pausa-; sé que me tiene afecto. Es cierto, por otra parte,
que lo halago terriblemente. Hallo un extraño placer en decirle cosas de las que sé que después voy a
arrepentirme. Por regla general es encantador conmigo, y nos sentamos en el estudio y hablamos de mil
cosas. De cuando en cuando, sin embargo, es terriblemente desconsiderado, y parece disfrutar
haciéndome sufrir. Entonces siento que he entregado toda mi alma a alguien que la trata como si fuera
una flor que se pone en el ojal, una condecoración que deleita su vanidad, un adorno para un día de
verano.
-En verano los días suelen ser largos, Basil -murmuró lord Henry-. Quizá te canses tú antes que él. Es
triste pensarlo, pero sin duda el genio dura más que la belleza. Eso explica que nos esforcemos tanto por
cultivarnos. En la lucha feroz por la existencia queremos tener algo que dure, y nos llenamos la cabeza de
basura y de datos, con la tonta esperanza de conservar nuestro puesto. La persona que lo sabe todo: ése es
el ideal moderno. Y la mente de esa persona que todo lo sabe es una cosa terrible, un almacén de
baratillo, todo monstruos y polvo, y siempre con precios por encima de su valor verdadero. Creo que tú
te cansarás primero, de todos modos. Algún día mirarás a tu amigo, y te parecerá que está un poco
desdibujado, o no te gustará la tonalidad de su tez, o cualquier otra cosa. Se lo reprocharás con amargura,
y pensarás, muy seriamente, que se ha portado mal contigo. La siguiente vez que te visite, te mostrarás
perfectamente frío e indiferente. Será una pena, porque te cambiará. Lo que me has contado es una
historia de amor, habría que llamarla historia de amor estético, y lo peor de toda historia de amor es que
después tino se siente muy poco romántico.
-Harry, no hables así. Mientras viva, la personalidad de Dorian Gray me dominará. No puedes sentir lo
que yo siento. Tú cambias con demasiada frecuencia.
-¡Ah, mi querido Basil, precisamente por eso soy capaz de sentirlo! Los que son fieles sólo conocen el
lado trivial del amor: es el infiel quien sabe de sus tragedias.
Lord Henry frotó una cerilla sobre un delicado estuche de plata y empezó a fumar un cigarrillo con un
aire tan pagado de sí mismo y tan satisfecho como si hubiera resumido el mundo en una frase.
Los gorriones alborotaban entre las hojas lacadas de la enredadera y las sombras azules de las nubes se
perseguían sobre el césped como golondrinas. ¡Qué agradable era estar en el jardín! ¡Y cuán deliciosas
las emociones de otras personas! Mucho más que sus ideas, en opinión de lord Henry. Nuestra alma y las
pasiones de nuestros amigos: ésas son las cosas fascinantes de la vida. Le divirtió recordar en silencio el
tedioso almuerzo que se había perdido al quedarse tanto tiempo con Basil Hallward. Si hubiera ido a casa
de su tía, se habría encontrado sin duda con lord Goodboy, y sólo habrían hablado de alimentar a los
pobres y de la necesidad de construir alojamientos modelo. Todos los comensales habrían destacado la
importancia de las virtudes que su situación en la vida les dispensaba de ejercitar. Los ricos hablarían del
valor del ahorro, y los ociosos se extenderían elocuentemente sobre la dignidad del trabajo. ¡Era
delicioso haber escapado a todo aquello! Mientras pensaba en su tía, algo pareció sorprenderlo.
Volviéndose hacia Hallward, dijo:
-Acabo de acordarme.
-¿Acordarte de qué, Harry?
-De dónde he oído el nombre de Dorian Gray.
-¿Dónde? -preguntó Hallward, frunciendo levemente el ceño.
-No es necesario que te enfades. Fue en casa de mi tía, lady Agatha. Me dijo que había descubierto a
un joven maravilloso que iba a ayudarla en el East End y que se llamaba Dorian Gray. Tengo que
confesar que nunca me contó que fuese bien parecido. Las mujeres no aprecian la belleza; al menos, las
mujeres honestas. Me dijo que era muy serio y con muy buena disposición. Al instante me imaginé una
criatura con gafas y de pelo lacio, horriblemente cubierto de pecas y con enormes pies planos. Ojalá
hubiera sabido que se trataba de tu amigo.
-Me alegro mucho de que no fuese así, Harry.
-¿Por qué?
-No quiero que lo conozcas.
-¿No quieres que lo conozca?
-No.
-El señor Dorian Gray está en el estudio -anunció el mayordomo, entrando en el jardín.
-Ahora tienes que presentármelo -exclamó lord Henry, riendo.
El pintor se volvió hacia su criado, a quien la luz del sol obligaba a parpadear.
-Dígale al señor Gray que espere, Parker. Me reuniré con él dentro de un momento.
El mayordomo hizo una inclinación y se retiró.
Hallward se volvió después hacia lord Henry.
-Dorian Gray es mi amigo más querido -dijo-. Es una persona sencilla y bondadosa. Tu tía estaba en lo
cierto al describirlo. No lo eches a perder. No trates de influir en él. Tu influencia sería mala. El mundo
es muy grande y encierra mucha gente maravillosa. No me arrebates la única persona que da a mi arte
todo el encanto que posee: mi vida de artista depende de él. Tenlo en cuenta, Harry, confío en ti -hablaba
muy despacio, y las palabras parecían salirle de la boca casi contra su voluntad.
-¡Qué tonterías dices! -respondió lord Henry, con una sonrisa.
Luego, tomando a Hallward del brazo, casi lo condujo hacia la casa.

Capítulo 2

Al entrar, vieron a Dorian Gray. Estaba sentado al piano, de espaldas a ellos, pasando las páginas de
Las escenas del bosque, de Schumann.
-Tienes que prestármelo, Basil -exclamó-. Quiero aprendérmelas. Son encantadoras.
-Eso depende de cómo poses hoy, Dorian.
-Estoy cansado de posar, y no quiero un retrato de cuerpo entero -respondió el muchacho, volviéndose
sobre el taburete del piano con un gesto caprichoso y malhumorado. Al ver a lord Henry, se le colorearon
las mejillas por un momento y procedió a levantarse-. Perdóname, Basil, pero no sabía que estuvieras
acompañado.
-Te presento a lord Henry Wotton, Dorian, un viejo amigo mío de Oxford. Le estaba diciendo que eres
un modelo muy disciplinado, y acabas de echarlo todo a perder.
-Excepto el placer de conocerlo a usted, señor Gray -dijo lord Henry, dando un paso al frente y
extendiendo la mano-. Mi tía me ha hablado a menudo de usted. Es uno de sus preferidos y, mucho me
temo, también una de sus víctimas.
-En el momento actual estoy en la lista negra de lady Agatha -respondió Dorian con una divertida
expresión de remordimiento-. Prometí ir con ella el martes a un club de Whitechapel y lo olvidé por
completo. íbamos a tocar juntos un dúo..., más bien tres, según creo. No sé qué dirá. Me da miedo ir a
visitarla.
-Yo me encargo de reconciliarlo con ella. Siente verdadera devoción por usted. Y no creo que
importara que no fuese. El público pensó probablemente que era un dúo. Cuando tía Agatha se sienta al
piano hace ruido suficiente por dos personas.
-Eso es una insidia contra ella y tampoco me deja a mí en muy buen lugar -respondió Dorian, riendo.
Lord Henry se lo quedó mirando. Sí; no había la menor duda de que era extraordinariamente bien
parecido, con labios muy rojos debidamente arqueados, ojos azules llenos de franqueza, rubios cabellos
rizados. Había algo en su rostro que inspiraba inmediata confianza. Estaba allí presente todo el candor de
la juventud, así como toda su pureza apasionada. Se sentía que aquel adolescente no se había dejado
manchar por el mundo. No era de extrañar que Basil Hallward sintiera veneración por él.
-Sin duda es usted demasiado encantador para dedicarse a la filantropía, señor Gray -lord Henry se
dejó caer en el diván y abrió la pitillera.
El pintor había estado ocupado mezclando colores y preparando los pinceles. Parecía preocupado y, al
oír la última observación de lord Henry, lo miró, vaciló un instante y luego dijo:
-Harry, quiero terminar hoy este retrato. ¿Me juzgarás terriblemente descortés si te pido que te vayas?
Lord Henry sonrió y miró a Dorian Gray.
-¿Tengo que marcharme, señor Gray? -preguntó.
-No, por favor, lord Henry. Ya veo que Basil está hoy de mal humor, y no lo soporto cuando se
enfurruña. Además, quiero que me explique por qué no debo dedicarme a la filantropía.
-No estoy seguro de que deba decírselo, señor Gray. Se trata de un asunto tan tedioso que habría que
hablar en serio de ello. Pero, desde luego, no saldré corriendo después de haberme dicho usted que me
quede. ¿No te importa demasiado, verdad Basil? Me has dicho muchas veces que te gusta que tus
hermanas tengan a alguien con quien charlar.
Hallward se mordió los labios.
-Si Dorian lo desea, claro que te puedes quedar. Los caprichos de Dorian son leyes para todo el mundo,
excepto para él.
Lord Henry recogió su sombrero y sus guantes.
-Eres muy insistente, Basil, pero, desgraciadamente, debo irme. Prometí reunirme con una persona en
el Orleans. Hasta la vista, señor Gray. Venga a verme alguna tarde a Curzon Street. Casi siempre estoy
en casa a las cinco. Escríbame cuando decida ir, sentiría mucho perderme su visita.
-Basil -exclamó Dorian Gray-, si lord Henry Wotton se marcha, me iré yo también. Nunca despegas
los labios cuando pintas, y es muy aburrido estar de pie en un estrado y tratar de parecer contento. Pídele
que se quede. Insisto.
-Quédate, Harry, para complacer a Dorian y para complacerme a mí -dijo Hallward, sin apartar los ojos
del cuadro-. Es muy cierto que nunca hablo cuando estoy trabajando, y tampoco escucho, lo que debe de
ser increíblemente tedioso para mis pobres modelos. Te suplico que te quedes.
-¿Y qué va a ser del caballero que me espera en el Orleans?
El pintor se echó a reír.
-No creo que eso sea un problema. Siéntate otra vez, Harry. Y ahora, Dorian, sube al estrado y no te
muevas demasiado ni prestes atención a lo que dice lord Henry. Tiene una pésima influencia sobre todos
mis amigos, sin otra excepción que yo.
Dorian Gray subió al estrado con el aspecto de un joven mártir griego, e hizo una ligera mueca de
descontento dirigida a lord Henry, que le inspiraba ya una gran simpatía. ¡Era tan distinto de Basil!
Producían un contraste muy agradable. Y tenía una voz muy bella.
-¿Es cierto que ejerce usted una pésima influencia, lord Henry? -le preguntó al cabo de unos instantes-.
¿Tan mala como dice Basil?
-Las buenas influencias no existen, señor Gray. Toda influencia es inmoral; inmoral desde el punto de
vista científico.
-¿Por qué?
-Porque influir en una persona es darle la propia alma. Esa persona deja de pensar sus propias ideas y
de arder con sus pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados, si es que los pecados existen,
son prestados. Se convierte en eco de la música de otro, en un actor que interpreta un papel que no se ha
escrito para él. La finalidad de la vida es el propio desarrollo. Alcanzar la plenitud de la manera más
perfecta posible, para eso estamos aquí. En la actualidad las personas se tienen miedo. Han olvidado el
mayor de todos los deberes, lo que cada uno se debe a sí mismo. Son caritativos, por supuesto. Dan de
comer al hambriento y visten al desnudo. Pero sus almas pasan hambre y ellos mismos están desnudos.
Nuestra raza ha dejado de tener valor. Quizá no lo haya tenido nunca. El miedo a la sociedad, que es la
base de la moral; el miedo a Dios, que es el secreto de la religión: ésas son las dos cosas que nos
gobiernan. Y, sin embargo...
-Vuelve la cabeza un poquito más hacia la derecha, Dorian, como un buen chico -dijo el pintor,
enfrascado en su trabajo, sólo consciente de que en el rostro del muchacho había aparecido una expresión
completamente nueva.
-Y, sin embargo -continuó lord Henry, con su voz grave y musical, y con el peculiar movimiento de la
mano que le era tan característico, y que ya lo distinguía incluso en los días de Eton-, creo que si un
hombre viviera su vida de manera total y completa, si diera forma a todo sentimiento, expresión a todo
pensamiento, realidad a todo sueño..., creo que el mundo recibiría tal empujón de alegría que
olvidaríamos todas las enfermedades del medievalismo y regresaríamos al ideal heleno; puede que
incluso a algo más delicado, más rico que el ideal heleno. Pero hasta el más valiente de nosotros tiene
miedo de sí mismo. La mutilación del salvaje encuentra su trágica supervivencia en la autorrenuncia que
desfigura nuestra vida. Se nos castiga por nuestras negativas. Todos los impulsos que nos esforzamos por
estrangular se multiplican en la mente y nos envenenan. Que el cuerpo peque una vez, y se habrá librado
de su pecado, porque la acción es un modo de purificación. Después no queda nada, excepto el recuerdo
de un placer o la voluptuosidad de un remordimiento. La única manera de librarse de la tentación es
ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo
que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos
del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y sólo en el cerebro, donde se cometen los
grandes pecados. Usted, señor Gray, usted mismo, todavía con las rosas rojas de la juventud y las blancas
de la infancia, ha tenido pasiones que le han hecho asustarse, pensamientos que le han llenado de terror,
sueños y momentos de vigilia cuyo simple recuerdo puede teñirle las mejillas de vergüenza...
-¡Basta! -balbuceó Dorian Gray-; ¡basta! Me desconcierta usted. No sé qué decir. Hay una manera de
responderle, pero no la encuentro. No hable. Déjeme pensar. O, más bien, deje que trate de pensar.
Durante cerca de diez minutos siguió allí, inmóvil, los labios abiertos y un brillo extraño en la mirada.
Era vagamente consciente de que influencias completamente nuevas actuaban en su interior, aunque, le
parecía a él, procedían en realidad de sí mismo. Las pocas palabras que el amigo de Basil le había dicho,
palabras lanzadas al azar, sin duda, y caprichosamente paradójicas, habían tocado alguna cuerda secreta,
nunca pulsada anteriormente, pero que sentía ahora vibrar y palpitar con peculiares estremecimientos.
La música le afectaba de la misma manera. La música le había conmovido muchas veces. Pero la
música no era directamente inteligible. No era un mundo nuevo, sino más bien otro caos creado en
nosotros. ¡Palabras! ¡Simples palabras! ¡Qué terribles eran! ¡Qué claras, y qué agudas y crueles! No era
posible escapar. Y, sin embargo, ¡qué magia tan sutil había en ellas! Parecían tener la virtud de dar una
forma plástica a cosas informes y poseer una música propia tan dulce como la de una viola o de un laúd.
¡Simples palabras! ¿Había algo tan real como las palabras?
Sí; hubo cosas en su infancia que nunca entendió, pero que ahora entendía. La vida, de repente,
adquirió a sus ojos un color rojo encendido. Le pareció que había estado caminando sobre fuego. ¿Por
qué no lo había sabido antes?
Con una sonrisa sutil lord Henry lo observaba. Sabía cuál era el momento psicológico en el que no
había que decir nada. Estaba sumamente interesado. Sorprendido de la impresión producida por sus
palabras y, al recordar un libro que había leído a los dieciséis años, un libro que le reveló muchas cosas
que antes no sabía, se preguntó si Dorian Gray estaba teniendo una experiencia similar. Él no había
hecho más que lanzar una flecha al aire. ¿Había dado en el blanco? ¡Qué fascinante era aquel muchacho!
Hallward pintaba sin descanso con aquellas maravillosas y audaces pinceladas suyas que tenían el
verdadero refinamiento y la perfecta delicadeza que, al menos en el arte, proceden únicamente de la
fuerza. No había advertido el silencio.
-Basil, me canso de estar de pie -exclamó Gray de repente-. Quiero salir al jardín y sentarme. Aquí el
aire es asfixiante.
-Tendrás que perdonarme. Cuando pinto me olvido de todo lo demás. Pero nunca habías posado mejor.
Has estado completamente inmóvil. Y he captado el efecto que quería: los labios entreabiertos, y el brillo
en los ojos. No sé qué te habrá dicho Harry para conseguir esta expresión maravillosa. Imagino que te
halagaba la vanidad. No debes creer una sola palabra de lo que diga.
-Desde luego no me halagaba la vanidad. Tal vez por eso no he creído nada de lo que me ha dicho. -
Reconozca que se lo ha creído todo -dijo lord Henry, lanzándole una mirada soñadora y lánguida-. Saldré
al jardín con usted. Hace un calor horrible en el estudio. Basil, ofrécenos algo helado para beber, algo
que tenga fresas.
-Por supuesto, Harry. Basta con que llames; en cuanto venga Parker le diré lo que quieres. He de
trabajar el fondo; me reuniré después con vosotros. No retengas demasiado tiempo a Dorian. Nunca me
he sentido tan en forma para pintar como hoy. Va a ser mi obra maestra. Ya lo es, tal como está ahora.
Lord Henry salió al jardín y encontró a Dorian Gray con el rostro hundido en las grandes flores del
lilo, bebiendo febrilmente su perfume fresco como si se tratase de vino. Se le acercó y le puso una mano
en el hombro.
-Está usted en lo cierto al hacer eso -murmuró-. Nada, excepto los sentidos, puede curar el alma, como
tampoco nada, excepto el alma, puede curar los sentidos.
El muchacho se sobresaltó, apartándose. Llevaba la cabeza descubierta, y las hojas del arbusto le
habían despeinado, enredando las hebras doradas. Había miedo en sus ojos, como sucede cuándo se
despierta a alguien de repente. Le vibraron las aletas de la nariz y algún nervio escondido agitó el rojo de
sus labios, haciéndolos temblar.
-Sí -prosiguió lord Henry-; ése es uno de los grandes secretos de la vida: curar el alma por medio de
los sentidos, y los sentidos con el alma. Usted es una criatura asombrosa. Sabe más de lo que cree saber,
pero menos de lo que quiere.
Dorian Gray frunció el ceño y apartó la cabeza. Le era imposible dejar de mirar con buenos ojos a
aquel joven alto y elegante que tenía al lado. Su rostro moreno y romántico y su aire cansado le
interesaban. Había algo en su voz, grave y lánguida, absolutamente fascinante. Sus manos blancas,
tranquilas, que tenían incluso algo de flores, poseían un curioso encanto. Se movían, cuando lord Henry
hablaba, de manera musical, y parecían poseer un lenguaje propio. Pero lord Henry le asustaba, y se
avergonzaba de sentir miedo. ¿Cómo era que un extraño le había hecho descubrirse a sí mismo? Conocía
a Hallward desde hacía meses, pero la amistad entre ambos no lo había cambiado. De repente, sin
embargo, se había cruzado con alguien que parecía descubrirle el misterio de la existencia. Aunque, de
todos modos, ¿qué motivo había para sentir miedo? Él no era un colegial ni una muchachita. Era absurdo
asustarse.
-Sentémonos a la sombra -dijo lord Henry-. Parker nos ha traído las bebidas, y si se queda usted más
tiempo bajo este sol de justicia se le echará a perder la tez y Basil nunca lo volverá a retratar. No debe
permitir que el sol lo queme. Sería muy poco favorecedor.
-¿Qué importancia tiene eso? -exclamó Dorian Gray, riendo, mientras se sentaba en un banco al fondo
del jardín.
-Toda la importancia del mundo, señor Gray.
-¿Por qué?
-Porque posee usted la más maravillosa juventud, y la juventud es lo más precioso que se puede
poseer.
-No lo siento yo así, lord Henry.
-No; no lo siente ahora. Pero algún día, cuando sea viejo y feo y esté lleno de arrugas, cuando los
pensamientos le hayan marcado la frente con sus pliegues y la pasión le haya quemado los labios con sus
odiosas brasas, lo sentirá, y lo sentirá terriblemente. Ahora, dondequiera que vaya, seduce a todo el
mundo. ¿Será siempre así?... Posee usted un rostro extraordinariamente agraciado, señor Gray. No frunza
el ceño. Es cierto. Y la belleza es una manifestación de genio; está incluso por encima del genio, puesto
que no necesita explicación. Es uno de los grandes dones de la naturaleza, como la luz del sol, o la
primavera, o el reflejo en aguas oscuras de esa concha de plata a la que llamamos luna. No admite
discusión. Tiene un derecho divino de soberanía. Convierte en príncipes a quienes la poseen. ¿Se sonríe?
¡Ah! Cuando la haya perdido no sonreirá... La gente dice a veces que la belleza es sólo superficial. Tal
vez. Pero, al menos, no es tan superficial como el pensamiento. Para mí la belleza es la maravilla de las
maravillas. Tan sólo las personas superficiales no juzgan por las apariencias. El verdadero misterio del
mundo es lo visible, no lo que no se ve... Sí, señor Gray, los dioses han sido buenos con usted. Pero lo
que los dioses dan, también lo quitan, y muy pronto. Sólo dispone de unos pocos años en los que vivir de
verdad, perfectamente y con plenitud. Cuando se le acabe la juventud desaparecerá la belleza, y entonces
descubrirá de repente que ya no le quedan más triunfos, o habrá de contentarse con unos triunfos
insignificantes que el recuerdo de su pasado esplendor hará más amargos que las derrotas. Cada mes que
expira lo acerca un poco más a algo terrible. El tiempo tiene celos de usted, y lucha contra sus lirios y sus
rosas. Se volverá cetrino, se le hundirán las mejillas y sus ojos perderán el brillo. Sufrirá horriblemente...
¡Ah! Disfrute plenamente de la juventud mientras la posee. No despilfarre el oro de sus días escuchando
a gente aburrida, tratando de redimir a los fracasados sin esperanza, ni entregando su vida a los
ignorantes, los anodinos y los vulgares. Ésos son los objetivos enfermizos, las falsas ideas de nuestra
época. ¡Viva! ¡Viva la vida maravillosa que le pertenece! No deje que nada se pierda. Esté siempre a la
busca de nuevas sensaciones. No tenga miedo de nada... Un nuevo hedonismo: eso es lo que nuestro
siglo necesita. Usted puede ser su símbolo visible. Dada su personalidad, no hay nada que no pueda
hacer. El mundo le pertenece durante una temporada... En el momento en que lo he visto he comprendido
que no se daba usted cuenta en absoluto de lo que realmente es, de lo que realmente puede ser. Había en
usted tantas cosas que me encantaban que he sentido la necesidad de hablarle un poco de usted. He
pensado en la tragedia que sería malgastar lo que posee. Porque su juventud no durará mucho, demasiado
poco, a decir verdad. Las flores sencillas del campo se marchitan, pero florecen de nuevo. Las flores del
codeso serán tan amarillas el próximo junio como ahora. Dentro de un mes habrá estrellas moradas en las
clemátides y, año tras año, la verde noche de sus hojas sostendrá sus flores moradas. Pero nosotros nunca
recuperamos nuestra juventud. El pulso alegre que late en nosotros cuando tenemos veinte años se vuelve
perezoso con el paso del tiempo. Nos fallan las extremidades, nuestros sentidos se deterioran. Nos
convertimos en espantosas marionetas, obsesionados por el recuerdo de las pasiones que nos asustaron en
demasía, y el de las exquisitas tentaciones a las que no tuvimos el valor de sucumbir. ¡Juventud!
¡Juventud! ¡No hay absolutamente nada en el mundo excepto la juventud!
Dorian Gray escuchaba, los ojos muy abiertos, asombrado. El ramillete de lilas se le cayó al suelo. Una
sedosa abeja zumbó a su alrededor por un instante. Luego empezó a trepar con dificultad por los globos
estrellados de cada flor. Dorian Gray la observó con el extraño interés por las cosas triviales que tratamos
de fomentar cuando las más importantes nos asustan, o cuando nos embarga alguna nueva emoción que
no sabemos expresar, o cuando alguna idea que nos aterra pone repentino sitio a la mente y exige nuestra
rendición. Al cabo de algún tiempo la abeja alzó el vuelo. Dorian Gray la vio introducirse en la
campanilla de una enredadera. La flor pareció estremecerse y luego se balanceó suavemente hacia
adelante y hacia atrás.
De repente, el pintor apareció en la puerta del estudio y, con gestos bruscos, les indicó que entraran en
la casa. Dorian Gray y lord Henry se miraron y sonrieron.
-Estoy esperando -exclamó Hallward-. Vengan, por favor. La luz es perfecta; tráiganse los vasos.
Se levantaron y recorrieron juntos la senda. Dos mariposas verdes y blancas se cruzaron con ellos y, en
el peral que ocupaba una esquina del jardín, un mirlo empezó a cantar.
-Se alegra de haberme conocido, señor Gray-dijo lord Henry, mirándolo.
-Sí, ahora sí. Me pregunto si me alegraré siempre.
-¡Siempre! Terrible palabra. Hace que me estremezca cuando la oigo. Las mujeres son tan aficionadas
a usarla. Echan a perder todas las historias de amor intentando que duren para siempre. Es, además, una
palabra sin sentido. La única diferencia entre un capricho y una pasión para toda la vida es que el
capricho dura un poco más.
Al entrar en el estudio, Dorian Gray puso una mano en el brazo de lord Henry.
-En ese caso, que nuestra amistad sea un capricho -murmuró, ruborizándose ante su propia audacia;
luego subió al estrado y volvió a posar.
Lord Henry se dejó caer en un gran sillón de mimbre y lo contempló. El roce del pincel sobre el lienzo
era el único ruido que turbaba la quietud, excepto cuando, de tarde en tarde, Hallward retrocedía para
examinar su obra desde más lejos. En los rayos oblicuos que penetraban por la puerta abierta, el polvo
danzaba, convertido en oro. El intenso perfume de las rosas parecía envolverlo todo.
Al cabo de un cuarto de hora Hallward dejó de pintar, miró durante un buen rato a Dorian Gray, y
luego durante otro buen rato al cuadro mientras mordía el extremo de uno de sus grandes pinceles y
fruncía el ceño.
-Está terminado -exclamó por fin; agachándose, firmó con grandes trazos rojos en la esquina izquierda
del lienzo.
Lord Henry se acercó a examinar el retrato. Era, sin duda, una espléndida obra de arte, y el parecido
era excelente.
-Mi querido amigo -dijo-, te felicito de todo corazón. Es el mejor retrato de nuestra época. Señor Gray,
venga a comprobarlo usted mismo.
El muchacho se sobresaltó, como despertando de un sueño.
-¿Realmente acabado? -murmuró, bajando del estrado.
-Totalmente -dijo el pintor-. Y hoy has posado mejor que nunca. Te estoy muy agradecido.
-Eso me lo debes enteramente a mí -intervino lord Henry-. ¿No es así, señor Gray?
Dorian, sin responder, avanzó con lentitud de espaldas al cuadro y luego se volvió hacia él. Al verlo
retrocedió, las mejillas encendidas de placer por un momento. Un brillo de alegría se le encendió en los
ojos, como si se reconociese por vez primera. Permaneció inmóvil y maravillado, consciente apenas de
que Hallward hablaba con él y sin captar el significado de sus palabras. La conciencia de su propia
belleza lo asaltó como una revelación. Era la primera vez. Los cumplidos de Basil Hallward le habían
parecido hasta entonces simples exageraciones agradables, producto de la amistad. Los escuchaba, se reía
con ellos y los olvidaba. No influían sobre él. Luego se había presentado lord Henry Wotton con su
extraño panegírico sobre la juventud, su terrible advertencia sobre su brevedad. Aquello le había
conmovido y, ahora, mientras miraba fijamente la imagen de su belleza, con una claridad fulgurante
captó toda la verdad. Sí, en un día no muy lejano su rostro se arrugaría y marchitaría, sus ojos perderían
color y brillo, la armonía de su figura se quebraría. Desaparecería el rojo escarlata de sus labios y el oro
de sus cabellos. La vida que había de formarle al alma le deformaría el cuerpo. Se convertiría en un ser
horrible, odioso, grotesco. Al pensar en ello, un dolor muy agudo lo atravesó como un cuchillo, e hizo
que se estremecieran todas las fibras de su ser. El azul de sus ojos se oscureció con un velo de lágrimas.
Sintió que una mano de hielo se le había posado sobre el corazón.
-¿No te gusta? -exclamó finalmente Hallward, un tanto dolido por el silencio del muchacho, sin
entender su significado.
-Claro que le gusta -dijo lord Henry-. ¿A quién podría no gustarle? Es una de las grandes obras del arte
moderno. Te daré por él lo que quieras pedirme. Debe ser mío.
-No soy yo su dueño, Harry.
-¿Quién es el propietario?
-Dorian, por supuesto -respondió el pintor.
-Es muy afortunado.
-¡Qué triste resulta! -murmuró Dorian Gray, los ojos todavía fijos en el retrato-. Me haré viejo,
horrible, espantoso. Pero este cuadro siempre será joven. Nunca dejará atrás este día de junio... ¡Si fuese
al revés! ¡Si yo me conservase siempre joven y el retrato envejeciera! Daría..., ¡daría cualquier cosa por
eso! ¡Daría el alma!
-No creo que te gustara mucho esa solución, Basil -exclamó lord Henry, riendo-. Sería bastante
inclemente con tu obra.
-Me opondría con la mayor energía posible, Harry -dijo Hallward.
Dorian Gray se volvió para mirarlo.
-Estoy seguro de que lo harías. Tu arte te importa más que los amigos. Para ti no soy más que una
figurilla de bronce. Ni siquiera eso, me atrevería a decir.
El pintor se lo quedó mirando, asombrado. Dorian no hablaba nunca así. ¿Qué había sucedido? Parecía
muy enfadado. Tenía el rostro encendido y le ardían las mejillas.
-Sí -continuó el joven-: para ti soy menos que tu Hermes de marfil o tu fauno de plata. Ésos te gustarán
siempre. ¿Hasta cuándo te gustaré yo? Hasta que me salga la primera arruga. Ahora ya sé que cuando se
pierde la belleza, mucha o poca, se pierde todo. Tu cuadro me lo ha enseñado. Lord Henry Wotton tiene
razón. La juventud es lo único que merece la pena. Cuando descubra que envejezco, me mataré.
Hallward palideció y le tomó la mano.
-¡Dorian! ¡Dorian! -exclamó-, no hables así. Nunca he tenido un amigo como tú, ni tendré nunca otro.
No me digas que sientes celos de las cosas materiales. ¡Tú estás por encima de todas ellas!
-Tengo celos de todo aquello cuya belleza no muere. Tengo celos de mi retrato. ¿Por qué ha de
conservar lo que yo voy a perder? Cada momento que pasa me quita algo para dárselo a él. ¡Ah, si fuese
al revés! ¡Si el cuadro pudiera cambiar y ser yo siempre como ahora! ¿Para qué lo has pintado? Se
burlará de mí algún día, ¡se burlará despiadadamente!
Los ojos se le llenaron de lágrimas ardientes; retiró bruscamente la mano y, arrojándose sobre el diván,
enterró el rostro entre los cojines, como si estuviera rezando.
-Esto es obra tuya, Harry -dijo el pintor con amargura.
Lord Henry se encogió de hombros.
-Es el verdadero Dorian Gray, eso es todo.
-No lo es.
-Si no lo es, ¿qué tengo yo que ver con eso?
-Deberías haberte marchado cuando te lo pedí -murmuró.
-Me quedé cuando me lo pediste -fue la respuesta de lord Henry.
-Harry, no me puedo pelear al mismo tiempo con mis dos mejores amigos, pero entre los dos me
habéis hecho odiar la más perfecta de mis obras, y voy a destruirla. ¿Qué es, después de todo, excepto
lienzo y color? No voy a permitir que un retrato se interponga entre nosotros.
Dorian Gray alzó la rubia cabeza del cojín y, con el rostro pálido y los ojos enrojecidos por las
lágrimas lo miró, mientras Hallward se dirigía hacia la mesa de madera situada bajo la alta ventana con
cortinas. ¿Qué había ido a hacer allí? Los dedos se perdían entre el revoltijo de tubos de estaño y pinceles
secos, buscando algo. Sí, el largo cuchillo apaletado, con su delgada hoja de acero flexible. . Una vez
encontrado, se disponía a rasgar la tela. Ahogando un gemido, el muchacho saltó del diván y, corriendo
hacia Hallward, le arrancó el cuchillo de la mano, arrojándolo al otro extremo del estudio.
-¡No, Basil, no lo hagas! -exclamó-. ¡Sería un asesinato! -Me alegro de que por fin aprecies mi obra,
Dorian -dijo fríamente el pintor, una vez recuperado de la sorpresa-. Había perdido la esperanza.
-¿Apreciarla? Me fascina. Es parte de mí mismo. Lo noto.
-Bien; tan pronto como estés seco, serás barnizado y enmarcado y enviado a tu casa. Una vez allí,
podrás hacer contigo lo que quieras -cruzando la estancia tocó la campanilla para pedir té-. ¿Tomarás té,
como es lógico, Dorian? ¿Y tú también, Harry? ¿O estás en contra de placeres tan sencillos?
-Adoro los placeres sencillos -dijo lord Henry-. Son el último refugio de las almas complicadas. Pero
no me gustan las escenas, excepto en el teatro. ¡Qué personas tan absurdas sois los dos! Me pregunto
quién definió al hombre como animal racional. Fue la definición más prematura que se ha dado nunca. El
hombre es muchas cosas, pero no racional. Y me alegro de ello después de todo: aunque me gustaría que
no os pelearais por el cuadro. Será mucho mejor que me lo des a mí, Basil. Este pobre chico no lo quiere
en realidad, y yo en cambio sí.
-¡Si se lo das a otra persona, no te lo perdonaré nunca! -exclamó Dorian Gray-; y no permito que nadie
me llame pobre chico.
-Ya sabes que el cuadro es tuyo, Dorian. Te lo di antes de que existiera.
-Y también sabe usted, señor Gray, que se ha dejado llevar por los sentimientos y que en realidad no le
parece mal que se le recuerde cuán joven es.
-Me hubiera parecido francamente mal esta mañana, lord Henry.
-¡Ah, esta mañana! Ha vivido usted mucho desde entonces.
Se oyó llamar a la puerta, entró el mayordomo con la bandeja del té y la colocó sobre una mesita
japonesa. Se oyó un tintineo de tazas y platillos y el silbido de una tetera georgiana. Entró un paje
llevando dos fuentes con forma de globo. Dorian Gray se acercó a la mesa y sirvió el té. Los otros dos se
acercaron lánguidamente y examinaron lo que había bajo las tapaderas.
-Vayamos esta noche al teatro -propuso lord Henry-. Habrá algo que ver en algún sitio. He quedado
para cenar en White's, pero sólo se trata de un viejo amigo, de manera que le puedo mandar un telegrama
diciendo que estoy enfermo o que no puedo ir en razón de un compromiso ulterior. Creo que sería una
excusa bastante simpática, ya que contaría con la sorpresa de la sinceridad.
-¡Es tan aburrido ponerse de etiqueta! -murmuró Hallward-. Y, cuando ya lo has hecho, ¡se tiene un
aspecto tan horroroso!
-Sí -respondió lord Henry distraídamente-, la ropa del siglo XIX es detestable. Tan sombría, tan
deprimente. El pecado es el único elemento de color que queda en la vida moderna.
-No deberías decir cosas como ésa delante de Dorian, Harry.
-¿Delante de qué Dorian? ¿El que nos está sirviendo el té o el del cuadro?
-De ninguno de los dos.
-Me gustaría ir al teatro con usted, lord Henry -dijo el muchacho.
-Venga, entonces; y tú también, Basil.
-La verdad es que no puedo. Será mejor que no. Tengo muchísimo trabajo.
-Bien; en ese caso, iremos usted y yo, señor Gray.
-Encantado.
El pintor se mordió el labio y, con la taza en la mano, se acercó al cuadro.
-Me quedaré con el verdadero Dorian -dijo tristemente.
-¿Es ése el verdadero Dorian? -exclamó el original del retrato, acercándose a Hallward-. ¿Soy
realmente así? -Sí; exactamente así.
-¡Maravilloso, Basil!
-Tienes al menos el mismo aspecto. Pero él no cambiará -suspiró Hallward-. Eso es algo.
-¡Qué obsesión tienen las personas con la fidelidad! -exclamó lord Henry-. Incluso el amor es
simplemente una cuestión de fisiología. No tiene nada que ver con la voluntad. Los jóvenes quieren ser
fieles y no lo son; los viejos quieren ser infieles y no pueden: eso es todo lo que cabe decir.
-No vayas esta noche al teatro, Dorian -dijo Hallward-. Quédate a cenar conmigo.
-No puedo, Basil.
-¿Por qué no?
-Porque he prometido a lord Henry Wotton ir con él.
-No mejorará su opinión de ti porque cumplas tus promesas. Él siempre falta a las suyas. Te ruego que
no vayas.
Dorian Gray rió y negó con la cabeza.
-Te lo suplico.
El muchacho vaciló y miró hacia lord Henry, que los contemplaba desde la mesita del té con una
sonrisa divertida.
-Tengo que ir, Basil -respondió el joven.
-Muy bien -dijo Hallward; y, alejándose, depositó su taza en la bandeja-. Es bastante tarde y, dado que
tienes que vestirte, será mejor que no pierdas más tiempo. Hasta la vista, Harry. Hasta la vista, Dorian.
Ven pronto a verme. Mañana.
-Desde luego.
-¿No lo olvidarás?
-¡No, claro que no! -exclamó Dorian.
-Y..., ¡Harry!
-¿Sí, Basil?
-Recuerda lo que te pedí cuando estábamos esta mañana en el jardín.
-Lo he olvidado.
-Confío en ti.
-Quisiera poder confiar yo mismo -dijo lord Henry, riendo-. Vamos, señor Gray, mi coche está ahí
fuera, le puedo dejar en su casa. Hasta la vista, Basil. Ha sido una tarde interesantísima.
Cuando la puerta se cerró tras ellos el pintor se dejó caer en un sofá y apareció en su rostro una
expresión de sufrimiento.

Capítulo 3


A las doce Y media del día siguiente lord Henry Wotton fue paseando desde Curzon Street hasta el
Albany para visitar a su tío, lord Fermor, un viejo solterón, cordial pero un tanto brusco, a quien en
general se tachaba de egoísta porque el mundo no obtenía de él beneficio alguno, pero al que la buena
sociedad consideraba generoso porque daba de comer a la gente que le divertía. Su padre había sido
embajador en Madrid cuando Isabel II era joven y nadie había pensado aún en el general Prim, pero
abandonó la carrera diplomática caprichosamente por el despecho que sintió al ver que no le ofrecían la
embajada de París, puesto al que creía tener pleno derecho en razón de su nacimiento, de su indolencia,
del excelente inglés de sus despachos y de su desmesurada pasión por los placeres. El hijo, que había
sido secretario de su padre, y que presentó también la dimisión, gesto que por entonces se consideró un
tanto descabellado, sucedió a su padre en el título unos meses después, y se consagró a cultivar con
seriedad el gran arte aristocrático de no hacer absolutamente nada. Aunque poseía dos grandes casas en
Londres, prefería vivir en habitaciones alquiladas, que le causaban menos molestias, y hacía en su club la
mayoría de las comidas. Se preocupaba algo de la gestión de sus minas de carbón en las Midlands, y se
excusaba de aquel contacto con la industria alegando que poseer minas de carbón otorgaba a un caballero
el privilegio de quemar leña en el hogar de su propia chimenea. En política era conservador, excepto
cuando los conservadores gobernaban, periodo en el que los insultaba sistemáticamente, acusándolos de
ser una pandilla de radicales. Era un héroe para su ayuda de cámara, que lo tiranizaba, y un personaje
aterrador para la mayoría de sus parientes, a quienes él, a su vez, tiranizaba. Era una persona que sólo
podía haber nacido en Inglaterra, y siempre afirmaba que el país iba a la ruina. Sus principios estaban
anticuados, pero se podía decir mucho en favor de sus prejuicios.
Cuando lord Henry entró en la habitación de su tío lo encontró vestido con una tosca chaqueta de caza,
fumando un cigarro habano y refunfuñando mientras leía The Times.
-Vaya, Harry -dijo el anciano caballero-, ¿qué te ha hecho salir tan pronto de casa? Creía que los
dandis no se levantaban hasta las dos y que no aparecían en público hasta las cinco.
-Puro afecto familiar, tío George, te lo aseguro. Quiero pedirte algo.
-Dinero, imagino -respondió lord Fermor, torciendo el gesto-. Bueno; siéntate y cuéntamelo todo. En
estos tiempos que corren los jóvenes se imaginan que el dinero lo es todo.
-Sí -murmuró lord Henry, colocándose mejor la flor que llevaba en el ojal de la chaqueta-; y cuando se
hacen viejos no se lo imaginan: lo saben. Pero no quiero dinero. Sólo las personas que pagan sus facturas
necesitan dinero, tío George, y yo nunca pago las mías. El crédito es el capital de un segundón, y se vive
agradablemente con él. Además, siempre me trato con los proveedores de Dartmoor y, en consecuencia,
nunca me molestan. Lo que quiero es información: no información útil, por supuesto; información
perfectamente inútil.
-Te puedo contar todo lo que contiene cualquier informe oficial, aunque quienes los redactan hoy en
día escriben muchas tonterías. Cuando yo estaba en el cuerpo diplomático las cosas iban mucho mejor.
Pero, según tengo entendido, ahora les hacen un examen de ingreso. ¿Hay que extrañarse del resultado?
Los exámenes, señor mío, son pura mentira de principio a fin. Si una persona es un caballero, sabe más
que suficiente, y si no lo es, todo lo que sepa es malo para él.
-El señor Dorian Gray no tiene nada que ver con el mundo de los informes oficiales, tío George -dijo
lord Henry lánguidamente.
-¿El señor Dorian Gray? ¿Quién es? -preguntó lord Fermor, frunciendo el espeso entrecejo cano.
-Eso es lo que he venido a averiguar, tío George. Debo decir, más bien, que sé quién es. Es el nieto del
último lord Kelso. Su madre era una Devereux, lady Margaret Devereux. Quiero que me hables de su
madre. ¿Cómo era? ¿Con quién se casó? Trataste prácticamente a todo el mundo en tu época, de manera
que quizá la hayas conocido. En el momento actual me interesa mucho el señor Gray. Acaban de
presentármelo.
-¡Nieto de Kelso! -repitió el anciano caballero-. El nieto de Kelso... Claro... Conocí muy bien a su
madre. Creo que asistí a su bautizo. Era una joven extraordinariamente hermosa, Margaret Devereux, y
volvió loco a todo el mundo escapándose con un joven que no tenía un céntimo, un don nadie, señor mío,
un suboficial de infantería o algo por el estilo. Ya lo creo. Lo recuerdo todo como si hubiera sucedido
ayer. Al pobre infeliz lo mataron en un duelo en Spa pocos meses después de la boda. Una historia muy
fea. Dijeron que Kelso se agenció un aventurero sin escrúpulos, un animal belga, para que insultara en
público a su yerno; le pagó, señor mío, para que lo hiciera; le pagó y luego aquel individuo ensartó al
suboficial como si fuera un pichón. Echaron tierra sobre el asunto, pero, cielo santo, Kelso comió solo en
el club durante cierto tiempo después de aquello. Recogió a su hija, según me contaron, pero la chica
nunca volvió a dirigirle la palabra. Sí, sí, un asunto muy feo. Margaret también se murió, en menos de un
año. De manera que dejó un hijo, ¿no es eso? Lo había olvidado. ¿Cómo es el chico? Si es como su
madre debe de ser bien parecido.
-Es bien parecido -asintió lord Henry.
-Espero que caiga en buenas manos -prosiguió el anciano-. Heredará un montón de dinero si Kelso se
ha portado bien con él. Su madre también tenía dinero. Le correspondieron todas las propiedades de
Selby, a través de su abuelo. Su abuelo odiaba a Kelso, lo consideraba un tacaño de mucho cuidado. Y no
se equivocaba. Fue a Madrid en una ocasión cuando yo estaba allí. Cielo santo, logró que me
avergonzase de él. La reina me preguntaba quién era el noble inglés que siempre se peleaba con los
cocheros por el precio de las carreras. Menuda historia. Pasé un mes sin aparecer por la Corte. Confío en
que tratara a su nieto mejor que a los cocheros de alquiler.
-No lo sé -respondió lord Henry-. Imagino que al chico no le faltará de nada. Todavía no es mayor de
edad. Sé que Selby es suyo: lo sé porque me lo ha dicho él. Y.., ¿su madre, entonces, era muy hermosa?
-Margaret Devereux era una de las criaturas más encantadoras que he visto nunca, Harry. Qué la
impulsó a comportarse como lo hizo es algo que nunca entenderé. Podría haberse casado con quien
hubiera querido. Carlington estaba loco por ella. Pero era una romántica. Todas las mujeres de esa
familia lo han sido. Los hombres no valían nada, pero, cielo santo, las mujeres eran maravillosas.
Carlington se declaró de rodillas. Me lo dijo él mismo. Margaret Devereux se rió de él, y no había por
entonces una chica en Londres que no quisiera pescarlo. Y, por cierto, Harry, hablando de matrimonios
estúpidos, ¿qué es esa patraña que me cuenta tu padre de que Dartmoor se quiere casar con una
americana? ¿Es que las chicas inglesas no son lo bastante buenas para él?
-Ahora está bastante de moda casarse con americanas, tío George.
-Yo apoyo a las mujeres inglesas contra el mundo entero, Harry -dijo lord Fermor, golpeando la mesa
con el puño.
-Todo el mundo apuesta por las americanas.
-No duran, según me han dicho -murmuró su tío. -Las carreras de fondo las agotan, pero son
inigualables en las de obstáculos. Lo saltan todo sin pestañear. No creo que Dartmoor tenga la menor
posibilidad.
-¿Quiénes son sus padres? -gruñó el anciano-. ¿Acaso los tiene?
Lord Henry negó con la cabeza.
-Las jóvenes americanas son tan inteligentes para esconder a sus padres como las mujeres inglesas para
ocultar su pasado -dijo lord Henry, levantándose para marcharse.
-Serán chacineros, supongo.
-Eso espero, tío George, por el bien de Dartmoor. Me dicen que la chacinería es una de las profesiones
más lucrativas de los Estados Unidos, después de la política.
-¿Es bonita esa muchacha?
-Se comporta como si fuese hermosa. La mayoría de las americanas lo hacen. Es el secreto de su
encanto.
-¿Por qué no se quedan en su país? Siempre nos están diciendo que es el paraíso de las mujeres.
-Lo es. Ésa es la razón de que, como Eva, estén tan excesivamente ansiosas de abandonarlo -dijo lord
Henry-. Adiós, tío George. Gracias por darme la información que quería. Me gusta saberlo todo sobre
mis nuevos amigos y nada sobre los viejos.
-¿Dónde almuerzas hoy, Harry?
-En casa de tía Agatha. He hecho que me invite, junto con el señor Gray, que es su último protégé.
-¡Umm! Dile a tu tía Agatha, Harry, que no me moleste más con sus empresas caritativas. Estoy harto.
Caramba, la buena mujer cree que no tengo nada mejor que hacer que escribir cheques para sus estúpidas
ocurrencias.
-De acuerdo, tío George, se lo diré, pero no tendrá ningún efecto. Las personas filantrópicas pierden
toda noción de humanidad. Se las reconoce por eso.
El anciano caballero gruñó aprobadoramente y llamó para que entrara su criado.
Lord Henry atravesó unos soportales de poca altura para llegar a Burlington Street, y dirigió sus pasos
en dirección a la plaza de Berkeley.
Aquélla era, por tanto, la historia familiar de Dorian Gray. Pese a lo esquemático del relato, le había
impresionado porque hacía pensar en una historia de amor extraña, casi moderna. Una mujer hermosa
que se arriesga a todo por una loca pasión. Unas pocas semanas de felicidad sin límite truncadas por un
crimen odioso, por una traición. Meses de silenciosos sufrimientos, y luego un hijo nacido en el dolor. La
madre arrebatada por la muerte, el niño abandonado a la soledad y a la tiranía de un anciano sin corazón.
Sí; unos antecedentes interesantes, que situaban al muchacho, que le añadían una nueva perfección, por
así decirlo. Detrás de todas las cosas exquisitas hay algo trágico. Para que florezca la más humilde de las
flores se necesita el esfuerzo de mundos... Y, ¡qué encantador había estado durante la cena la noche
anterior, cuando, la sorpresa en los ojos y los labios entreabiertos por el placer y el temor, se había
sentado frente a él en el club, las pantallas rojas de las lámparas avivando el rubor despertado en su rostro
por el asombro! Hablar con él era como tocar el más delicado de los violines. Dorian respondía a cada
toque y vibración del arco... Había algo terriblemente cautivador en influir sobre alguien. No existía otra
actividad parecida. Proyectar el alma sobre una forma agradable, detenerse un momento; emitir las
propias ideas para que las devuelva un eco, acompañadas por la música de una pasión juvenil; transmitir
a otro la propia sensibilidad como si se tratase de un fluido sutil o de un extraño perfume; allí estaba la
fuente de una alegría verdadera, tal vez la más satisfactoria que todavía nos permite una época tan
mezquina y tan vulgar como la nuestra, una época zafiamente carnal en sus placeres y enormemente
vulgar en sus metas... Aquel muchacho a quien por una extraña casualidad había conocido en el estudio
de Basil encarnaba además un modelo maravilloso o, al menos, se le podía convertir en un ser
maravilloso. Suyo era el encanto, y la pureza inmaculada de la adolescencia, junto a una belleza que sólo
los antiguos mármoles griegos conservan para nosotros. No había nada que no se pudiera hacer con él. Se
le podía convertir en un titán o en un juguete. ¡Qué lástima que semejante belleza estuviera destinada a
marchitarse!... ¡Y Basil? Desde un punto de vista psicológico, ¡qué interesante era! Un nuevo estilo
artístico, un modo nuevo de ver la vida, todo ello sugerido de manera tan extraña por la simple presencia
de alguien que era todo eso de manera inconsciente; el espíritu silencioso que mora en bosques sombríos
y camina sin ser visto por campos abiertos, mostrándose, de repente, como una dríade, y sin temor,
porque en el alma que la busca se ha despertado ya esa singular capacidad a la que corresponde la
revelación de las cosas maravillosas; las simples formas, los simples contornos de las cosas que se
estilizaban, por así decirlo, adquiriendo algo semejante a un valor simbólico, como si fuesen a su vez el
esbozo de otra forma más perfecta, a cuya sombra dotaban de realidad: ¡qué extraño era todo! Recordaba
algo parecido en la historia del pensamiento. ¿No fue Platón, aquel artista de las ideas, quien lo había
analizado por vez primera? ¿No había sido Buonarotti quien lo esculpió en el mármol multicolor de una
sucesión de sonetos? Pero en nuestro siglo era extraño... Sí; trataría de ser para Dorian Gray lo que él, sin
saberlo, había sido para el autor de aquel retrato maravilloso. Trataría de dominarlo; en realidad ya lo
había hecho a medias. Haría suyo aquel espíritu maravilloso. Había algo fascinante en aquel hijo del
Amor y de la Muerte.
De repente, lord Henry se detuvo y contempló las casas que lo rodeaban. Se dio cuenta de que había
dejado atrás la de su tía y, sonriendo, volvió sobre sus pasos. Cuando entró en el vestíbulo, un tanto
sombrío, el mayordomo le hizo saber que los comensales ya se habían sentado a la mesa. Entregó el
sombrero y el bastón a uno de los lacayos y pasó al comedor.
-Tarde como de costumbre -exclamó su tía, reprendiéndolo con un movimiento de cabeza.
Lord Henry inventó una excusa banal y, después de acomodarse en el sitio vacío al lado de lady
Agatha, miró a su alrededor para ver a los invitados. Dorian Gray le hizo una tímida inclinación de
cabeza desde el extremo de la mesa, apareciendo en sus mejillas un rubor de satisfacción. Frente a él
tenía a la duquesa de Harley, una dama con un carácter y un valor admirables, muy querida por todos los
que la conocían, y con las amplias proporciones arquitectónicas a las que los historiadores
contemporáneos, cuando no se trata de duquesas, dan el nombre de corpulencia. A su derecha estaba
sentado sir Thomas Burdon, miembro radical del Parlamento, que seguía a su líder en la vida pública y a
los mejores cocineros en la privada, cenando con los conservadores y pensando con los liberales, según
una regla tan prudente como bien conocida. El asiento a la izquierda de la duquesa estaba ocupado por el
señor Erskine de Treadley, anciano caballero de considerable encanto y cultura, que había caído sin
embargo en la mala costumbre de guardar silencio, puesto que, como explicó en una ocasión a lady
Agatha, todo lo que tenía que decir lo había dicho antes de cumplir los treinta. A la izquierda de lord
Henry se sentaba la señora Vandeleur, una de las amigas más antiguas de su tía, santa entre las mujeres,
pero tan terriblemente poco atractiva que hacía pensar en un himnario mal encuadernado.
Afortunadamente para él, la señora Vandeleur tenía a su otro lado a lord Faudel -una mediocridad muy
inteligente, de más de cuarenta años y calva tan rotunda como una declaración ministerial en la Cámara
de los Comunes-, con quien conversaba de esa manera tan intensamente seria que es el único error
imperdonable, como él mismo había señalado en una ocasión, en el que caen todas las personas
realmente buenas y del que ninguna de ellas escapa por completo.
-Estamos hablando del pobre Dartmoor, lord Henry -exclamó la duquesa, haciéndole, desde el otro
lado de la mesa, un gesto amistoso con la cabeza-. ¿Cree usted que se casará realmente con esa joven tan
fascinante?
-Creo que la joven está decidida a pedir su mano, duquesa.
-¡Qué espanto! -exclamó lady Agatha-. Alguien debería tomar cartas en el asunto.
-Me han informado, de muy buena tinta, que su padre tiene un almacén de áridos -dijo sir Thomas
Burdon con aire desdeñoso.
-Mi tío ha sugerido y a que se trata de chacinería, sir Thomas.
-¡Áridos! ¿Qué mercancías son ésas? -preguntó la duquesa, alzando sus grandes manos en gesto de
asombro y acentuando mucho el verbo.
-Novelas americanas -respondió lord Henry, mientras se servía una codorniz.
La duquesa pareció desconcertada.
-No le haga caso, querida -susurró lady Agatha-. Mi sobrino nunca habla en serio.
-Cuando se descubrió América... -intervino el miembro radical de la Cámara de los Comunes,
procediendo a enumerar algunos datos aburridísimos. Como todas las personas que tratan de agotar un
tema, logró agotar a sus oyentes. La duquesa suspiró e hizo uso de su posición privilegiada para
interrumpir.
-¡Ojalá nunca la hubieran descubierto! -exclamó-. A decir verdad, nuestras jóvenes no tienen ahora la
menor oportunidad. Es una gran injusticia.
-Quizá, después de todo, América nunca haya sido descubierta -dijo el señor Erskine-; yo diría más
bien que fue meramente detectada.
-Sí, sí, pero yo he visto especímenes de sus habitantes -respondió vagamente la duquesa-. He de
confesar que la mayoría de las mujeres son extraordinariamente bonitas. Y además visten bien. Compran
toda la ropa en París. Me gustaría poder permitírmelo.
-Dicen que cuando mueren, los americanos buenos van a París -rió entre dientes sir Thomas, que tenía
un gran armario de frases ingeniosas ya desechadas.
-¿De verdad? Y, ¿adónde van los malos? -quiso saber la duquesa.
-Van a los Estados Unidos -murmuró lord Henry.
Sir Thomas frunció el ceño.
-Me temo que su sobrino tiene prejuicios contra ese gran país -le dijo a lady Agatha-. He viajado por
todo el territorio, en coches suministrados por los directores, que son, en esas cuestiones,
extraordinariamente hospitalarios. Le aseguro que es muy instructivo visitarlos Estados Unidos.
-¿De verdad tenemos que ver Chicago para estar bien educados? -preguntó el señor Erskine
quejumbrosamente-. No me siento capaz de emprender ese viaje.
Sir Thomas agitó la mano.
-El señor Erskine de Treadley tiene el mundo en las estanterías de su biblioteca. A nosotros, los
hombres prácticos, nos gusta ver las cosas, no leer su descripción. Los americanos son un pueblo muy
interesante. Y totalmente razonable. Creo que es la característica que los distingue. Sí, señor Erskine, un
pueblo totalmente razonable. Le aseguro que los americanos no se andan por las ramas.
-¡Terrible! -exclamó lord Henry-. No me gusta la fuerza bruta, pero la razón bruta es totalmente
insoportable. No está bien utilizarla. Es como golpear por debajo del intelecto.
-No le entiendo -dijo sir Thomas, enrojeciendo considerablemente.
-Yo sí, lord Henry -murmuró el señor Erskine con una sonrisa.
-Las paradojas están muy bien a su manera... -intervino el baronet.
-¿Era eso una paradoja? -preguntó el señor Erskine-. No me lo ha parecido. Quizá lo fuera. Bien, el
camino de las paradojas es el camino de la verdad. Para poner a prueba la realidad, hemos de verla en la
cuerda floja. Cuando las verdades se hacen acróbatas podemos juzgarlas.
-¡Dios del cielo! -dijo lady Agatha-, ¡cómo discuten ustedes los hombres! Estoy segura de que nunca
sabré de qué están hablando. Por cierto, Harry, estoy muy enfadada contigo. ¿Por qué tratas de convencer
a nuestro Dorian Gray, una persona tan encantadora, para que renuncie al East End? Te aseguro que sería
inapreciable. A nuestros habituales les hubiera encantado oírle tocar.
-Quiero que toque para mí -exclamó lord Henry sonriendo. Cuando miró hacia el extremo de la mesa
captó como respuesta un brillo en la mirada de Dorian.
-Pero en Whitechapel la gente es muy desgraciada -protestó lady Agatha.
-Soy capaz de simpatizar con cualquier cosa menos con el sufrimiento -dijo lord Henry, encogiéndose
de hombros-. Hasta eso no llego. Es demasiado feo, demasiado horrible, demasiado angustioso. Hay algo
terriblemente morboso en la simpatía de nuestra época por el dolor. Debemos interesarnos por los
colores, por la belleza, por la alegría de vivir. Cuanto menos se hable de las miserias de la vida, tanto
mejor.
-De todos modos, el East End es un problema muy importante -señaló sir Thomas, con un grave
movimiento de cabeza.
-Muy cierto -respondió el joven lord-. Es el problema de la esclavitud, y tratamos de resolverlo
divirtiendo a los esclavos.
El político le miró con mucho interés.
-¿Qué cambio propone usted, en ese caso? -preguntó. Lord Henry se echó a reír.
-No deseo cambiar nada en Inglaterra, a excepción del clima -respondió-. Me basta y me sobra con la
contemplación filosófica. Pero como el siglo XIX se ha arruinado por un excesivo gasto de simpatía,
sugiero que se acuda a la ciencia para solucionarlo. La ventaja de las emociones es que nos llevan por el
mal camino, y la ventaja de la ciencia es que excluye la emoción.
-Pero tenemos gravísimas responsabilidades -aventuró tímidamente la señora Uandeleur.
-Sumamente graves -se hizo eco lady Agatha.
Lord Henry miró con detenimiento al señor Erskine.
-La humanidad se toma demasiado en serio. Es el pecado original del mundo. Si los cavernícolas
hubieran sabido reír, la historia habría sido distinta.
-No sabe cuánto me consuela oírle -gorjeó la duquesa-. Siempre me siento muy culpable cuando vengo
a ver a su querida tía, porque no me intereso en absoluto por el East End. En el futuro podré mirarla a la
cara sin sonrojarme.
-Sonrojarse es muy favorecedor, duquesa -señaló lord Henry.
-Sólo cuando se es joven -respondió ella-. Cuando una anciana como yo se sonroja, es muy mala señal.
¡Ah, me gustaría que me dijera usted cómo volver a ser joven! Lord Henry meditó unos instantes.
-¿Recuerda usted algún gran error que cometiera en sus primeros tiempos, duquesa? -preguntó
mirándola desde el otro lado de la mesa.
-Muchos, por desgracia -exclamó ella.
-Pues vuelva a cometerlos -dijo él con gravedad-. Para recuperar la juventud, basta con repetir las
mismas locuras.
-¡Deliciosa teoría! -exclamó ella-. He de ponerla en práctica.
-¡Una teoría peligrosa! -dijo sir Thomas, la boca tensa. Lady Agatha movió desaprobadoramente la
cabeza, pero la idea le pareció de todos modos divertida. El señor Erskine escuchaba.
-Sí -continuó el joven lord-; se trata de uno de los grandes secretos de la vida. En la actualidad la
mayoría de la gente muere de una indigestión de sentido común y descubre cuando ya es demasiado tarde
que lo único que nunca lamentamos son nuestros errores.
Se oyeron risas en torno a la mesa.
Lord Henry jugó con la idea, animándose cada vez más; la lanzó al aire y la transformó; la dejó
escapar y volvió a capturarla; la adornó con todos los fuegos de la fantasía y le dio alas con la paradoja.
El elogio de la locura, mientras lord Henry proseguía, se elevó hasta las alturas de la filosofía, y la
filosofía misma se hizo joven y, contagiada por la música desenfrenada del placer, vestida, cabría
imaginar, con su túnica manchada de vino y una guirnalda de hiedra, danzó como una bacante sobre las
colinas de la vida y se burló del plácido Sileno por su sobriedad. Los hechos huyeron ante ella como
asustados animalitos del bosque. Sus pies alabastrinos pisaron el enorme lagar donde sienta sus reales el
sabio Omar, hasta que el zumo rosado de la vid se elevó en torno a sus extremidades desnudas en oleadas
de burbujas moradas, o se deslizó en espuma por las negras paredes inclinadas de la cuba. Fue una
extraordinaria improvisación. Lord Henry sentía fijos en él los ojos de Dorian Gray, y saber que había
entre quienes lo escuchaban alguien a quien deseaba fascinar parecía dar mayor agudeza a su ingenio y
prestar colores más vivos a su imaginación. Se mostró brillante, fantástico, irresponsable. Encantó a sus
oyentes haciendo que se olvidaran de sí mismos, y que siguieran, riendo, la melodía de su caramillo.
Dorian Gray nunca apartó de él los ojos, y permaneció inmóvil como si estuviera encantado,
sucediéndose las sonrisas sobre sus labios, mientras el asombro, en el fondo de sus ojos, adoptaba una
pensativa gravedad.
Finalmente, cubierta con la librea de la época, la realidad entró en la estancia en forma de lacayo para
decir que a la duquesa la esperaba su coche. La noble señora se retorció las manos con fingida
desesperación.
-¡Qué fastidio! -exclamó-. He de marcharme. Tengo que recoger a mi marido en el club para llevarlo a
Willis's Rooms, donde debe presidir no sé qué absurda reunión. Si llego tarde se enfurecerá sin duda, y
no puedo exponerme a una escena con este sombrero. Es demasiado frágil. Una palabra dura acabaría
con él. No, he de irme, mi querida Agatha. Hasta la vista, lord Henry, es usted absolutamente delicioso y
terriblemente desmoralizador. Desde luego, no sabría qué decir sobre sus ideas. Tiene que venir a cenar
con nosotros una de estas noches. ¿El martes? ¿Está usted libre el martes?
-Por usted, duquesa, ¿de quién no prescindiría yo? -respondió lord Henry, con una inclinación de
cabeza. -¡Ah! ¡Muy amable y muy cruel por su parte! -exclamó la duquesa-; pero no se olvide de venir -y
abandonó la habitación seguida por lady Agatha y las otras damas. Cuando lord Henry se hubo sentado
de nuevo, el señor Erskine, dando la vuelta a la mesa, y colocándose a su lado, le puso una mano en el
brazo.
-Usted habla mucho de libros -dijo-; ¿por qué no escribe uno?
-Me gusta demasiado leerlos para molestarme en escribirlos, señor Erskine. Desde luego, me gustaría
escribir una novela, una novela que fuese tan encantadora y tan irreal como una alfombra persa. Pero en
Inglaterra no hay público más que para periódicos, libros de texto y enciclopedias. No hay en todo el
mundo personas con menos sentido de la belleza literaria que los ingleses.
-Me temo que tiene usted razón -respondió el señor Erskine-. Yo mismo tuve ambiciones literarias,
pero las abandoné hace mucho. Y ahora, mi joven y querido amigo, si me permite que le dé ese nombre,
¿le puedo preguntar si mantiene usted todo lo que nos ha dicho durante el almuerzo?
-He olvidado por completo lo que he dicho -sonrió lord Henry-. ¿Tan inmoral era?
-Sumamente inmoral. De hecho le considero extraordinariamente peligroso, y si algo le sucede a
nuestra buena duquesa le tendremos por responsable directo. Pero me gustaría hablar con usted sobre la
vida. La generación de la que formo parte es francamente aburrida. Algún día, cuando se canse de
Londres, venga a Treadley, expóngame su filosofía del placer mientras degustamos un excelente borgoña
que tengo la fortuna de poseer.
-Me encantará. Una visita a Treadley será un gran privilegio. Cuenta con un perfecto anfitrión y una
biblioteca igualmente perfecta.
-Su presencia le añadirá un nuevo encanto -respondió el anciano caballero, con una cortés inclinación-.
Y ahora tengo que despedirme de su excelente tía. Me esperan en el Atheneum. Es la hora en que
dormimos allí.
-¿Todos, señor Erskine?
-Cuarenta, en cuarenta sillones. Hacemos prácticas para una Academia Inglesa de las Letras.
Lord Henry rió, poniéndose en pie.
-Me voy al parque -exclamó.
Al atravesar la puerta, Dorian Gray le tocó en el brazo.
-Permítame ir con usted -murmuró.
-Creía que le había prometido a Basil Hallward que iría usted a verlo -respondió lord Henry.
-Prefiero ir con usted; sí, siento que debo ir con usted. Permítamelo. Y prometa hablarme todo el
tiempo. Nadie lo hace tan bien.
-¡Ah! Ya he hablado más que suficiente por hoy -dijo lord Henry, sonriendo-. Todo lo que quiero
ahora es mirar la vida. Puede usted venir y mirarla conmigo, si lo tiene a bien.

Capítulo 4

Cierta tarde, un mes después, Dorian Gray estaba recostado en un lujoso sillón, en la pequeña
biblioteca de la casa de lord Henry en Mayfair. Se trataba, en su estilo, de una habitación muy agradable,
con alto revestimiento de madera de roble color oliva, friso de color crema, techo de escayola y alfombra
de fieltro color ladrillo, sobre la que se habían extendido otras alfombras persas de seda, más pequeñas,
con largos flecos. En una diminuta mesa de madera de satín había una estatuilla obra de Clodion y, junto
a ella, un ejemplar de Les CentNouvelles, encuadernado para Margarita de Valois por Clovis Eve y
adornado con las margaritas que la reina había elegido como emblema. Algunos grandes jarrones de
porcelana azul con tulipanes de colores abigarrados ocupaban la repisa de la chimenea y, a través de los
emplomados rectángulos de cristal de la ventana, se derramaba la luz de color albaricoque de un día de
verano en Londres.
Lord Henry no había vuelto aún. Siempre se retrasaba por principio, ya que, en su opinión, la
puntualidad es el ladrón del tiempo. De manera que el muchacho parecía bastante enfurruñado mientras
con una mano distraída pasaba las páginas de una edición de Manon Lescaut, suntuosamente ilustrada,
que había encontrado en una de las estanterías. El solemne y monótono tictac del reloj Luis XIV le
molestaba. Una o dos veces pensó en marcharse.
Finalmente oyó pasos fuera y se abrió la puerta.
-¡Qué tarde llegas, Harry! -murmuró.
-Me temo que no se trata de Harry, señor Gray -respondió una voz muy aguda.
Dorian se volvió rápidamente, poniéndose en pie. -Le ruego me disculpe. Creí...
-Creyó usted que era mi marido. Soy sólo su mujer. Permítame que me presente. A usted lo conozco
bien por sus fotografías. Me parece que mi marido tiene diecisiete.
-No, lady Wotton, ¡no diecisiete!
-Dieciocho, entonces. Y los vi juntos la otra noche en la ópera -rió con nerviosismo mientras hablaba,
contemplándolo con sus ojos azules, un poco vagos, de nomeolvides. Era una mujer curiosa, cuyos
vestidos siempre daban la impresión de haber sido diseñados en la cólera y utilizados en la tempestad. De
ordinario estaba enamorada de alguien y, como su pasión nunca era correspondida, había conservado
todas sus ilusiones. Trataba de conseguir una apariencia pintoresca, pero sólo conseguía dar sensación de
desaseo. Se llamaba Victoria y tenía la manía perseverante de ir a la iglesia.
-Se trataba de Lohengrin, si no recuerdo mal.
-Sí, era mi querido Lohengrin. La música de Wagner me gusta más que ninguna otra. Es tan ruidosa
que se puede hablar todo el tiempo sin que otras personas oigan lo que se dice. Eso es una gran ventaja,
¿no le parece, señor Gray?
La misma risa, nerviosa y entrecortada, se escapó de los delgados labios, y sus dedos empezaron a
jugar con un abrecartas de carey.
Dorian sonrió y negó con la cabeza.
-Me temo que no estoy de acuerdo, lady Wotton. Nunca hablo cuando suena la música; al menos, si se
trata de buena música. Si la música es mala, es nuestro deber ahogarla con la conversación.
-¡Ah! Ésa es una de las ideas de Harry, ¿no es así, señor Gray? Siempre oigo las ideas de Harry de
labios de sus amigos. Es así como me entero de que existen. Pero no debe usted pensar que no me gusta
la buena música. La adoro, pero me da miedo. Me pone demasiado romántica. Sencillamente, venero a
los pianistas; dos a la vez, en algunas ocasiones, me dice Harry. No sé qué es lo que tienen. Quizá el ser
extranjeros. Todos lo son, ¿no es cierto? Incluso los que han nacido en Inglaterra se convierten en
extranjeros con el tiempo, ¿no le parece? ¡Qué habilidad la suya! Y para el arte, ¡qué excelente
cumplido! La hace sumamente cosmopolita, ¿verdad? ¿No ha estado usted nunca en alguna de mis
fiestas, señor Gray? Tiene que venir. No puedo permitirme orquídeas, pero no reparo en gastos con
extranjeros. ¡Hacen que la casa parezca tan pintoresca! ¡Pero aquí está Harry! Harry, vine buscándote
para preguntarte algo, no recuerdo qué, y encontré al señor Gray. Hemos tenido una conversación muy
agradable sobre música. Tenemos exactamente las mismas ideas. No; creo que nuestras ideas son
completamente distintas. Pero ha sido la simpatía personificada. Y me alegro mucho de haberlo
conocido.
-Espléndido, amor mío, espléndido -dijo lord Henry, alzando la doble media luna oscura de las cejas y
contemplando a ambos con una sonrisa divertida.
-Siento llegar tarde, Dorian. Fui en busca de una pieza de brocado antiguo en Wardour Street, y he
tenido que regatear durante horas para conseguirla. En los días que corren la gente sabe el precio de todo
y el valor de nada.
-Me temo que he de irme -exclamó lady Wotton, rompiendo un silencio embarazoso con su repentina
risa sin sentido-. He prometido salir en coche con la duquesa. Hasta la vista, señor Gray. Hasta luego,
Harry. Imagino que cenas fuera. Yo también. Quizá te vea en casa de lady Thornbury.
-Imagino que sí, querida mía -lord Henry cerró la puerta tras ella, cuando, con el aspecto de un ave del
paraíso que se hubiera pasado toda la noche bajo la lluvia, salió revoloteando de la habitación, dejando
un leve olor a tarta de almendras; luego encendió un cigarrillo y se dejó caer en el sofá.
-Nunca te cases con una mujer con el pelo de color pajizo, Dorian -dijo después de lanzar unas cuantas
bocanadas de humo.
-¿Por qué, Harry?
-Porque son muy sentimentales.
-Pero a mí me gusta la gente sentimental.
-No te cases, Dorian. Los hombres se casan porque están cansados; las mujeres, porque sienten
curiosidad: unos y otras acaban decepcionados.
-Creo que no es probable que me case, Harry. Estoy demasiado enamorado. Ése es uno de tus
aforismos. Lo estoy poniendo en práctica, y hago todo lo que recomiendas.
-¿De quién te has enamorado? -preguntó lord Henry, después de una pausa.
-De una actriz -dijo Dorian Gray, ruborizándose. Lord Henry se encogió de hombros.
-Es un debut bastante corriente.
-No dirías eso si la vieras, Harry.
-¿Quién es?
-Se llama Sibyl Vane.
-Nunca he oído hablar de ella.
-Nadie ha oído. Pero todo el mundo oirá algún día. Es un genio.
-Mi querido muchacho, ninguna mujer es un genio. Las mujeres son un sexo decorativo. Nunca tienen
nada que decir, pero lo dicen encantadoramente. Representan el triunfo de la materia sobre la mente, de
la misma manera que los hombres representan el triunfo de la mente sobre la moral.
-¿Cómo puedes decir una cosa así, Harry?
-Mi querido Dorian, no es más que la verdad. Estoy analizando a las mujeres en el momento actual, de
manera que debo saberlo. No es un tema tan abstruso como yo pensaba. Descubro que, en último
extremo, sólo hay dos clases de mujeres, las corrientes y las que se pintan. Las primeras son muy útiles.
Si quieres conseguir una reputación de persona respetable, basta con invitarlas a cenar. Las otras mujeres
son sumamente encantadoras. Pero cometen un error. Se pintan con el fin de parecer jóvenes. Nuestras
abuelas se pintaban para tratar de hablar con brillantez. Rouge y esprit solían ir juntos. Ahora eso se ha
acabado. Siempre que una mujer pueda parecer diez años más joven que sus hijas, estará perfectamente
satisfecha. En cuanto a conversación, sólo hay cinco mujeres en Londres con las que merece la pena
hablar, y a dos de ellas no las recibe la buena sociedad. De todos modos, háblame de tu genio. ¿Cuánto
hace que la conoces?
-¡Harry, Harry! Tus opiniones me aterran.
-No te preocupes por eso. ¿Cuánto hace que la conoces?
-Unas tres semanas.
-Y, ¿cómo te tropezaste con ella?
-Te lo voy a contar, Harry; pero tienes que ser comprensivo. Después de todo, no me habría pasado si
no te hubiera conocido. Hiciste que sintiera un tremendo deseo de saberlo todo acerca de la vida. Durante
varios días, después de conocerte, algo especial me latía en las venas. Mientras estaba en el parque o me
paseaba por Picadilly, miraba a todas las personas con las que me cruzaba, preguntándome con tremenda
curiosidad cómo era su vida. Algunas personas me fascinaban. Otras me llenaban de horror. Venenos
exquisitos flotaban en el aire. Sentía pasión por las sensaciones... Bien, una tarde, hacia las siete, decidí
salir en busca de alguna aventura. Sentía que este Londres nuestro, tan gris y tan monstruoso, con sus
miríadas de personas, sus sórdidos pecadores y sus espléndidos pecados, tal como tú dijiste una vez, me
reservaba algo. Me imaginé mil cosas. La simple sensación de peligro me llenaba de gozo. Recordé lo
que me habías dicho en aquella maravillosa velada cuando cenamos juntos por vez primera, sobre el
hecho de que la búsqueda de la belleza es el verdadero secreto de la vida. No sé qué esperaba, pero salí a
la calle y me dirigí hacia el este, perdiéndome muy pronto en un laberinto de calles mugrientas y plazas
oscuras y sin hierba. A eso de las ocho y media pasé por delante de un absurdo teatrillo, con luces
brillantes y carteles chillones. En la entrada había un judío horroroso, con el chaleco más exótico que he
visto en mi vida y fumando un cigarro apestoso. El cabello le caía en bucles grasientos y en mitad de una
sucia camisa resplandecía un enorme diamante. «¿Un palco, milord?», dijo al verme, y se quitó el
sombrero con un aire fascinantemente servil. Había algo en él que me divirtió, Harry. ¡Era tan
monstruoso! Te vas a reír de mí, lo sé, pero entré y pagué nada menos que una guinea por un palco junto
al escenario. Todavía hoy sigo sin saber por qué lo hice; pero si no lo hubiera hecho, mi querido Harry,
me hubiera perdido la gran historia de amor de mi vida. Veo que te estás riendo. ¡Qué mal me parece!
-No me río, Dorian; al menos, no me río de ti. Pero no debes decir la gran historia de amor de tu vida.
Debes decir la primera. Siempre te querrán, y tú siempre estarás enamorado del amor. Una grande
passion es el privilegio de quienes no tienen nada que hacer. Ésa es la única utilidad de las clases ociosas
de un país. No tengas miedo. Te están reservadas aventuras exquisitas. Esto no es más que el principio.
-¿Tan superficial me consideras? -exclamó Dorian Gray, muy dolido.
-No; te creo muy profundo.
-¿Qué quieres decir?
-Mi querido muchacho, las personas que sólo aman una vez en la vida son realmente las personas
superficiales. A lo que ellos llaman su lealtad, y su fidelidad, yo lo llamo sopor de rutina o falta de
imaginación. La fidelidad es a la vida de las emociones lo que la coherencia a la vida del intelecto:
simplemente una confesión de fracaso. ¡Fidelidad! Tengo que analizarla algún día. La pasión de la
propiedad está en ella. Hay muchas cosas de las que nos desprenderíamos si no tuviéramos miedo de que
otros las recogieran. Pero no te quiero interrumpir. Sigue con tu historia.
-Bueno, me encontré sentado en un palquito espantoso, con un telón de lo más vulgar delante de los
ojos. Desde mi discreto escondite me dediqué a examinar la sala. Era un lugar perfectamente chabacano,
todo él cupidos y cornucopias, como una tarta nupcial de cuarta categoría. El paraíso y la platea estaban
bastante llenos, pero las dos primeras filas de descoloridas butacas se hallaban completamente vacías y
apenas había nadie en las mejores entradas del anfiteatro. Había mujeres vendiendo naranjas y refrescos
y se consumían grandes cantidades de frutos secos.
-Debía de ser como en los días gloriosos del drama británico.
-Precisamente, creo yo, y muy deprimente. Empezaba a preguntarme qué demonios estaba haciendo
allí, cuando me fijé en el programa. ¿Qué obra crees que representaban, Harry?
-Imagino que El joven idiota o Mudo pero inocente. A nuestros padres les gustaba ese tipo de obras,
según creo. Cuantos más años tengo, Dorian, más convencido estoy de que lo que era suficientemente
bueno para nuestros padres no lo es para nosotros. En arte, como en política, les grand-péres ont toujours
tort.
-La obra era suficientemente buena para nosotros, Harry. Se trataba de Romeo y Julieta. He de
reconocer que no me hizo mucha gracia la idea de ver representar a Shakespeare en un antro como aquél.
Pero sentí interés, de todos modos. Decidí presenciar al menos el primer acto. Había una orquesta
detestable, presidida por un hebreo joven sentado ante un piano desafinado que casi me echó del teatro;
pero finalmente se alzó el telón y comenzó la obra. Romeo era un caballero corpulento y con muchos
años a sus espaldas, cejas pintadas con negro de corcho, ronca voz de tragedia y silueta cíe barril de
cerveza. Mercutio era casi igual de siniestro. Lo interpretaba un cómico de la legua que había añadido al
texto chistes de su cosecha y mantenía relaciones sumamente amistosas con la platea. Los dos eran tan
grotescos como el decorado, que parecía salido de una barraca de feria. Pero, ¡Julieta! Imagínate una
muchachita de apenas diecisiete años, con un rostro como de flor, una cabecita griega con cabellos de
color castaño oscuro recogidos en trenzas, ojos que eran pozos violeta de pasión, labios como pétalos de
rosa. ¡La criatura más encantadora que había visto nunca! Una vez me dijiste que el patetismo no te
conmovía en absoluto, pero que la belleza, la simple belleza, podía llenarte los ojos de lágrimas. Te lo
aseguro, Harry, apenas veía a esa muchacha porque siempre tenía los ojos nublados por las lágrimas. ¡Y
su voz! No he oído nunca una voz semejante. Sólo un hilo al principio, con notas bajas y melodiosas, que
parecían caer una a una en el oído. Luego creció en volumen, y sonaba como una flauta o un lejano oboe.
En la escena del jardín tuvo todo el júbilo estremecido de los ruiseñores cuando cantan poco antes del
amanecer. Hubo momentos, más adelante, en los que alcanzó la desenfrenada pasión de los violines.
Sabes perfectamente cuánto puede afectarnos una voz. Tu voz y la de Sibyl Vane son dos cosas que
nunca olvidaré. Cuando cierro los ojos las oigo, y cada una dice algo diferente. No sé a cuál seguir. ¿Por
qué tendría que no amarla? La quiero, Harry. Para mí lo es todo. Voy a verla actuar día tras día. Una
noche es Rosalinda y la siguiente Imogen. La he visto morir en la penumbra de un sepulcro italiano,
recogiendo el veneno de labios de su amante. La he contemplado atravesando el bosque de las Ardenas,
disfrazada de muchacho, con calzas, jubón y un gorro delicioso. Ha sido la loca que se presenta ante un
rey culpable, dándole ruda para llevar y hierbas amargas que gustar. Ha sido inocente, y las negras manos
de los celos han aplastado su cuello de junco. La he visto en todas las épocas y con todos los trajes. Las
mujeres ordinarias no hacen volar nuestra imaginación. Están ancladas en su siglo. La fascinación nunca
las transfigura. Se sabe lo que tienen en la cabeza con la misma facilidad que si se tratara del sombrero.
Siempre se las encuentra. No hay misterio en ninguna de ellas. Van a pasear al parque por la mañana y
charlan por la tarde en reuniones donde toman el té. Tienen una sonrisa estereotipada y los modales del
momento. Son transparentes. ¡Pero una actriz! ¡Qué diferente es una actriz, Harry! ¿Por qué no me dijiste
que la única cosa merecedora de amor es una actriz?
-Porque he querido a demasiadas, Dorian.
-Sí, claro; gente horrible con el pelo teñido y el rostro pintado.
-No desprecies el pelo teñido y los rostros pintados. En ocasiones tienen un encanto extraordinario -
dijo lord Henry.
-Ahora quisiera no haberte contado nada sobre Sybil Vane.
-No hubieras podido evitarlo, Dorian. A lo largo de tu vida me contarás todo lo que hagas.
-Tienes razón, Harry; creo que estás en lo cierto. No puedo dejar de contarte las cosas. Tienes una
curiosa influencia sobre mí. Si alguna vez cometiera un delito, vendría a confesártelo. Tú lo entenderías.
-Personas como tú, los caprichosos rayos de sol de la vida, no delinquen. Pero, de todos modos, te
quedo muy agradecido por ese cumplido. Y ahora dime..., alcánzame las cerillas, como un buen chico,
gracias... ¿Cuáles son tus relaciones actuales con Sybil Vane?
Dorian Gray se puso en pie de un salto, las mejillas encendidas y los ojos echando fuego.
-¡Harry! ¡Sybil Vane es sagrada!
-Sólo las cosas sagradas merecen ser tocadas, Dorian -dijo lord Henry, con una extraña nota de
patetismo en la voz-. Pero, ¿por qué tienes que enfadarte? Supongo que será tuya algún día. Cuando se
está enamorado, empiezas por engañarte a ti mismo y acabas engañando a los demás. Eso es lo que el
mundo llama una historia de amor. Al menos, la conoces personalmente, imagino.
-Claro que la conozco. La primera noche que estuve en el teatro, el horrible judío viejo se presentó en
el palco después de que terminara la representación y se ofreció a llevarme entre bastidores y
presentármela. Consiguió enfurecerme, y le dije que Julieta llevaba muerta cientos de años y que su
cuerpo yacía en Verona, en una tumba de mármol. Por la mirada de asombro que me lanzó, creo que tuvo
la impresión de que había bebido demasiado champán o algo parecido.
-No me sorprende.
-Luego me preguntó si escribía para algún periódico. Le dije que nunca los leía. Pareció terriblemente
decepcionado al oírlo, y me confesó que todos los críticos teatrales le eran hostiles y que a todos se los
podía comprar.
-No me extrañaría que tuviera razón en eso. Pero, por otra parte, a juzgar por el aspecto que tiene la
mayoría, no deben de ser demasiado caros.
-Bien; pero él parece pensar que están por encima de sus posibilidades -rió Dorian-. Para entonces, sin
embargo, ya estaban apagando las luces del teatro y tuve que irme. El judío quiso que probara unos
cigarros de los que hizo grandes alabanzas. Pero decliné su ofrecimiento. A la noche siguiente, volví, por
supuesto. Al verme, me hizo una profunda reverencia y me aseguró que yo era un munificente protector
del arte. Es un ser insufrible, pero Shakespeare le apasiona. Ya me ha dicho, visiblemente orgulloso, que
sus cinco bancarrotas se debieron enteramente a «el Bardo», como insiste en llamarlo. Parece
considerarlo un timbre de gloria.
-Lo es, mi querido Dorian; un verdadero timbre de gloria. La mayoría de la gente se arruina por
invertir demasiado en la prosa de la vida. Arruinarse por la poesía es un honor. ¿Cuándo hablaste por vez
primera con la señorita Sybil Vane?
-La tercera noche. Había interpretado a Rosalinda. Me fue imposible no ir a verla. Le había lanzado
unas flores y ella me miró; al menos, imaginé que lo había hecho. El viejo judío insistió. Estaba decidido
a llevarme entre bastidores, de manera que acepté. Es curioso que no deseara conocerla, ¿no te parece?
-No; no me parece curioso.
-¿Por qué, mi querido Harry?
-Te lo diré en alguna otra ocasión. Ahora quiero saber más sobre esa chica.
-¿Sybil? ¡Tan tímida y tan amable! Hay algo infantil en ella. Abrió mucho los ojos con el más sincero
de los asombros cuando le dije lo que pensaba de su interpretación, y pareció no tener conciencia de su
talento. Creo que los dos estábamos bastante nerviosos. El judío viejo sonreía desde la puerta del
polvoriento camerino, diciendo frases rebuscadas sobre los dos, mientras Sibyl y yo nos mirábamos
como niños. El viejo insistía en llamarme «mylord», y tuve que explicar a Sybil que no era nada
parecido. Ella me dijo: «Más bien parece usted un príncipe. Le llamaré Príncipe Azul».
-A fe mía, Dorian, la señorita Sybil sabe cómo hacer cumplidos.
-No la entiendes, Harry. Me veía sólo como un personaje en una obra de teatro. No sabe nada de la
vida. Vive con su madre, una mujer apagada y fatigada que, con una túnica más o menos carmesí,
interpretó la primera noche a la señora Capuleto; una mujer con aspecto de haber conocido días mejores.
-Conozco ese aspecto. Me deprime -murmuró lord Henry, examinando sus sortijas.
-El judío me quería contar su historia, pero le dije que no me interesaba.
-Tuviste toda la razón. Siempre hay algo infinitamente mezquino en las tragedias de los demás.
-Sybil es lo único que me interesa. ¿Qué más me da de dónde haya salido? Desde la cabecita a los
piececitos es absoluta y enteramente divina. Noche tras noche voy a verla actuar, y cada noche lo hace
mejor que la anterior.
-Imagino que ésa es la razón de que ya nunca cenes conmigo. Pensaba, y estaba en lo cierto, que quizá
tuvieras entre manos alguna curiosa historia de amor. Pero no se trata exactamente de lo que yo
imaginaba.
-Mi querido Harry, tú y yo almorzamos o cenamos juntos todos los días; y he ido varias veces a la
ópera contigo -dijo Dorian, abriendo mucho los ojos para manifestar su asombro.
-Siempre llegas terriblemente tarde.
-No puedo dejar de ver actuar a Sybil -exclamó-, aunque sólo presencie el primer acto. Siento
necesidad de su presencia; y cuando pienso en el alma maravillosa escondida en ese cuerpecito de marfil,
me lleno de asombro.
-Esta noche cenas conmigo, ¿no es cierto? Dorian Gray hizo un gesto negativo con la cabeza.
-Hoy hace de Imogen -respondió-, y mañana por la noche será Julieta.
-¿Cuándo es Sybil Vane?
-Nunca.
-Te felicito.
-¡Qué malvado eres! Sybil es todas las grandes heroínas del mundo en una sola. Es más que una sola
persona. Te ríes, pero yo te repito que es maravillosa. La quiero, y he de hacer que me quiera. Tú, que
conoces todos los secretos de la vida, dime cómo hechizar a Sybil Vane para que me quiera. Deseo dar
celos a Romeo. Quiero que todos los amantes muertos oigan nuestras risas y se entristezcan. Quiero que
un soplo de nuestra pasión remueva su polvo, despierte sus cenizas y los haga sufrir. ¡Cielos, Harry,
cómo la adoro! -iba de un lado a otro de la habitación mientras hablaba. Manchas rojas, como de fiebre,
le encendían las mejillas. Estaba terriblemente exaltado.
Lord Henry sentía un secreto placer contemplándolo. ¡Qué diferente era ya del muchachito tímido y
asustado que había conocido en el estudio de Basil Hallward! Había madurado, produciendo flores de
fuego escarlata. Desde su secreto escondite, el alma se le había salido al mundo, y el Deseo había
acudido a reunirse con ella por el camino.
-Y, ¿qué es lo que te propones hacer? -dijo finalmente lord Henry.
-Quiero que Basil y tú vengáis conmigo alguna noche para verla actuar. No tengo el menor temor al
resultado. Sin duda, reconoceréis su genio. Luego hemos de arrancarla de las manos de ese viejo judío.
Está atada a él por tres años, al menos dos años y ocho meses, desde el momento presente. Tendré que
pagarle algo, por supuesto. Cuando todo esté arreglado, la traeré a algún teatro del West End y la
presentaré como es debido. Enloquecerá al mundo como me ha enloquecido a mí.
-¡Eso es imposible, amigo mío!
-Lo hará. No sólo hay en ella arte, arte e instinto consumados; también tiene personalidad; y tú me has
dicho a menudo que son las personalidades, no los principios, lo que mueve nuestra época.
-Bien; ¿qué noche iremos?
-Déjame ver. Hoy es martes. Quedemos para mañana. Mañana interpreta a Julieta.
-De acuerdo. En el Bristol alas ocho; yo llevaré a Basil. -A las ocho no, Harry, te lo ruego. A las seis y
media. Hemos de estar allí antes de que se levante el telón. Has de verla en el primer acto, cuando conoce
a Romeo.
-¡Seis y media! ¡Qué horas! Sería como tomar una merienda-cena o leer una novela inglesa. Tiene que
ser a las siete. Ningún caballero cena antes de las siete. ¿He de ver a Basil de aquí a mañana? ¿O bastará
con que le escriba?
-¡El bueno de Basil! Hace una semana que no le pongo la vista encima. Me da muchísima vergüenza,
porque me ha enviado el cuadro con un magnífico marco, especialmente diseñado por él y, aunque estoy
un poco celoso del retrato por ser un mes más joven que yo, debo admitir que me maravilla verlo. Quizá
sea mejor que le escribas, no quiero estar a solas con él. Dice cosas que me fastidian. Se empeña en
darme buenos consejos.
Lord Henry sonrió.
-A la gente le encanta regalar lo que más necesita. Es lo que yo llamo el insondable abismo de la
generosidad.
-No, no; Basil es la mejor de las personas, pero un tanto prosaico. Lo he descubierto a raíz de
conocerte, Harry. -Basil, mi querido muchacho, pone en el trabajo todas sus mejores cualidades. La
consecuencia es que para la vida sólo le quedan los prejuicios, los principios y el sentido común. Los
únicos artistas encantadores que conozco son malos artistas. Los buenos sólo existen en lo que hacen y,
en consecuencia, carecen por completo de interés como personas. Un gran poeta, un poeta
verdaderamente grande, es la menos poética de todas las criaturas. Pero los poetas de poca monta son
absolutamente fascinantes. Cuanto peores son sus rimas, más pintoresco es su aspecto. El simple hecho
de haber publicado un libro de sonetos de segunda categoría hace a un hombre absolutamente irresistible.
Vive la poesía que es incapaz de escribir. Los otros escriben la poesía que no se atreven a poner por obra.
-Me pregunto si es realmente así, Harry -dijo Dorian Gray, derramando sobre su pañuelo un poco de
perfume de un gran frasco con tapón dorado que estaba sobre la mesa-. Debe de ser, si tú lo dices. Y
ahora tengo que marcharme. Imogen me espera. No te olvides de mañana. Hasta la vista.
Cuando Dorian Gray salió de la habitación, lord Henry cerró los ojos y empezó a pensar. Ciertamente,
pocas personas le habían interesado tanto como Dorian Gray, si bien la desmedida adoración del
muchacho por otra persona no le producía la menor punzada de fastidio ni de celos. Le agradaba, por el
contrario. Lo convertía en un objeto de estudio más interesante. Siempre le habían cautivado los métodos
de las ciencias naturales, pero no su materia habitual, que le parecía trivial y sin importancia. De manera
que había empezado por hacer vivisección consigo mismo y había terminado haciéndosela a otros. La
vida humana era lo único que le parecía digno de investigar. Comparado con eso, no había nada que
tuviera el menor valor. Aunque si se contemplaba la vida en su curioso crisol de dolor y placer, no era
posible cubrir el propio rostro con una máscara de cristal, ni evitar que los vapores sulfúricos alterasen el
cerebro y enturbiaran la imaginación con monstruosas fantasías y sueños deformes. Existían venenos tan
sutiles que para conocer sus propiedades había que enfermar con ellos. Y enfermedades tan extrañas que
era necesario padecerlas para entender su naturaleza. ¡Qué grande, sin embargo, la recompensa recibida!
¡Qué cosa tan maravillosa llegaba a ser el mundo entero! Percibir la peculiar lógica inflexible de la
pasión, y la vida del intelecto emocionalmente coloreada; observar dónde se encontraban y dónde se
separaban, en qué punto funcionaban al unísono y en qué punto surgían las discordancias: ¡qué gran
placer el así obtenido! ¿Qué importancia tenía el precio? Nunca se pagaba demasiado por las
sensaciones.
Sabía perfectamente -y la idea produjo un brillo de placer en sus ojos de ágata- que gracias a
determinadas palabras suyas, palabras musicales dichas de manera musical, el alma de Dorian Gray se
había vuelto hacia aquella blanca jovencita y se había inclinado en adoración ante ella. En gran medida
aquel muchacho era una creación suya. Había acelerado su madurez, lo que no carecía de importancia.
La gente ordinaria esperaba a que la vida les desvelase sus secretos, pero para unos pocos, para los
elegidos, la vida revelaba sus misterios antes de apartar el velo. Esto era a veces consecuencia del arte, y
sobre todo del arte de la literatura, que se ocupa de manera inmediata de las pasiones y de la inteligencia.
Pero de cuando en cuando una personalidad compleja ocupaba su sitio y asumía las funciones del arte, y
era, de hecho, a su manera, una verdadera obra de arte, porque, al igual que la poesía, la escultura o la
pintura, la vida cuenta con refinadas obras maestras.
Sí; el adolescente era precoz. Estaba recogiendo la cosecha todavía en primavera. Tenía dentro de sí el
latido y la pasión de la juventud, pero empezaba a reflexionar sobre todo ello. Era delicioso
contemplarlo. Con su hermoso rostro y su alma igualmente hermosa, era un motivo de asombro. Daba lo
mismo cómo terminara todo o cómo estuviese destinado a terminar. Era como una de esas figuras llenas
de encanto en una cabalgata o en una obra de teatro, cuyas alegrías nos parecen muy lejanas, pero cuyos
pesares despiertan nuestro sentido de la belleza, y cuyas heridas son como rosas rojas.
Alma y cuerpo, cuerpo y alma, ¡qué misteriosos eran! Había animalismo en el alma, y el cuerpo tenía
sus momentos de espiritualidad. Los sentidos podían refinarse y la inteligencia degradarse. ¿Quién podía
decir dónde cesaba el impulso carnal o empezaba el psíquico? ¡Qué superficiales eran las arbitrarias
definiciones de los psicólogos ordinarios! Y, sin embargo, ¡qué dificil pronunciarse entre las
afirmaciones de las distintas escuelas! ¿Era el alma un fantasma que habitaba en la casa del pecado? ¿O
el cuerpo se funde realmente con el alma, como pensaba Giordano Bruno? La separación entre espíritu y
materia era un misterio, y la unión del espíritu con la materia también lo era.
Empezó a preguntarse si alguna vez se conseguiría hacer de la psicología una ciencia tan exacta que
fuese capaz de revelarnos hasta el último manantial de la vida. Mientras tanto, siempre nos equivocamos
sobre nosotros mismos y raras veces entendemos a los demás. La experiencia carece de valor ético. Es
sencillamente el nombre que dan los hombres a sus errores. Por regla general los moralistas la consideran
una advertencia, reclaman para ella cierta eficacia ética en la formación del carácter, la alaban como algo
que nos enseña qué camino hemos de seguir y qué abismos evitar. Pero la experiencia carece de fuerza
determinante. Tiene tan poco de causa activa como la misma conciencia. Lo único que realmente
demuestra es que nuestro futuro será igual a nuestro pasado, y que el pecado que hemos cometido una
vez, y con amargura, lo repetiremos muchas veces, y con alegría.
Consideraba evidente que el método experimental era el único que le llevaría al análisis científico de
las pasiones; Dorian Gray, por su parte, era el sujeto soñado, y parecía prometer abundantes y preciosos
resultados. Su repentino e insensato amor por Sybil Vane era un fenómeno psicológico de interés nada
desdeñable. Sin duda, la curiosidad tenía mucho que ver con ello; la curiosidad y el deseo de nuevas
experiencias; no se trataba, sin embargo, de una pasión simple sino muy complicada. Lo que había en
ella de instinto adolescente puramente sensual había sido transformado gracias a la actividad de la
imaginación, transformado en algo que al muchacho mismo le parecía alejado de los sentidos y que era,
por esa misma razón, mucho más peligroso. Las pasiones sobre cuyo origen uno se engaña son las que
más tiranizan. Los motivos que mejor se conocen tienen mucha menos fuerza. Cuántas veces sucedía
que, al creer que se experimenta sobre otros, experimentamos en realidad sobre nosotros mismos.
Un golpe en la puerta sacó a lord Henry de aquella larga ensoñación. Su ayuda de cámara le recordó
que tenía que vestirse para cenar. Se levantó y miró hacia la calle. El ocaso había deshecho en dorados
escarlatas las ventanas altas de las casas de enfrente. Los cristales brillaban como láminas de metal al
rojo vivo. Arriba, el cielo era como una rosa marchita. Lord Henry pensó en su amigo, en aquella vida
coloreada por todos los fuegos de la juventud, y se preguntó cómo terminaría todo.
Cuando regresó a su casa, a eso de las doce y media, vio un telegrama sobre la mesa del vestíbulo. Al
abrirlo descubrió que era de Dorian Gray. Le anunciaba que se había prometido con la señorita Sibyl
Vane.

Capítulo 5

-Qué feliz soy, madre! -susurró la muchacha, escondiendo el rostro en el regazo de la marchita mujer,
de aspecto cansado, que, vuelta de espaldas a la luz demasiado estridente de la ventana, estaba sentada en
el único sillón que contenía su sórdida sala de estar-. Soy muy feliz -repitió-, ¡y tú también debes serlo!
La señora Vane hizo una mueca de dolor y puso las delgadas manos, con la blancura de los afeites,
sobre la cabeza de su hija.
-¡Feliz! -repitió como un eco-. Sólo soy feliz cuando te veo actuar. Sólo debes pensar en tu carrera. El
señor Isaacs ha sido muy bueno con nosotras, y le debemos dinero.
La muchacha alzó la cabeza e hizo un puchero.
-¿Dinero, madre? -exclamó-, ¿qué importancia tiene el dinero? El amor es más que el dinero.
-El señor Isaacs nos ha adelantado cincuenta libras para pagar nuestras deudas, y para vestir a James
como es debido. No debes olvidarlo, Sibyl. Cincuenta libras es mucho. El señor Isaacs ha tenido muchas
consideraciones con nosotras.
-No es un caballero, madre, y me desagrada mucho la manera que tiene de hablarme -dijo la
muchacha, poniéndose en pie y acercándose a la ventana.
-No sé cómo podríamos arreglárnoslas sin él -respondió la mujer de más edad con tono quejumbroso.
Sibyl movió la cabeza y se echó a reír.
-Ya no nos hace falta, madre. El príncipe azul gobierna ahora nuestras vidas -luego hizo una pausa.
Una rosa se agitó en su sangre, encendiéndole las mejillas. La respiración, acelerada, abrió los pétalos de
sus labios, que temblaron. Un viento meridional de pasión sopló sobre ella, moviendo los delicados
pliegues del vestido-. Le quiero -añadió con sencillez.
-¡Estúpida niña!, ¡estúpida niña! -fue la frase cotorril que recibió como respuesta. El movimiento de
unos dedos deformados, cubiertos de falsas joyas, dio un carácter grotesco a aquellas palabras.
La muchacha volvió a reírse. Su voz reflejaba la alegría de un pájaro enjaulado. Sus ojos retomaron la
melodía y le hicieron eco con su brillo: luego se cerraron por un momento, como para ocultar su secreto.
Cuando se volvieron a abrir, los velaba la niebla de un sueño.
La sabiduría de unos labios demasiado finos le habló desde el sillón desgastado, aconsejando
prudencia, con citas de ese libro sobre la cobardía cuyo autor se disfraza con el nombre de sentido
común. No la escuchó. Era libre en la cárcel de su pasión. Su príncipe, el príncipe azul, estaba con ella.
Había llamado a la memoria para reconstruirlo. Envió a su alma a buscarlo, y su alma volvió con él. Su
beso le quemaba de nuevo la boca. Su aliento le entibiaba los párpados.
La sabiduría cambió entonces de método y habló de espiar y descubrir. Aquel joven podía ser rico. En
caso afirmativo, había que pensar en el matrimonio. Contra la concha del oído de Sibyl se estrellaban las
olas de la prudencia mundana. Las flechas de la astucia pasaban sin tocarla. Vio que los finos labios se
movían, y sonrió.
De repente sintió la necesidad de hablar. El silencio lleno de palabras la desazonaba.
-Madre, madre -exclamó-, ¿por qué me quiere tanto? Sé que yo le quiero. Le quiero porque es la
imagen de lo que el mismo Amor debe ser. Pero, ¿qué ve él en mí? No soy digna de él. Y sin embargo,
aunque me veo tan por debajo de él, no siento humildad: siento orgullo, un orgullo terrible, pero no sé
explicar por qué. Madre, ¿querías a mi padre como yo quiero al príncipe azul? -la mujer de más edad
palideció bajo los polvos demasiado visibles que le embadurnaban las mejillas, y sus labios secos se
estremecieron en un espasmo de dolor. Sibyl corrió hacia ella, se abrazó a su cuello y la besó-.
Perdóname, madre. Ya sé que hablar de mi padre te hace sufrir. Pero sufres porque lo querías muchísimo.
No te entristezcas. Soy tan feliz hoy como lo eras tú hace veinte años. ¡Ah, déjame que sea feliz para
siempre!
-Hijita mía, eres demasiado joven para pensar en enamorarte. Además, ¿qué sabes de ese joven? Ni
siquiera su nombre. Todo esto es muy poco conveniente y, a decir verdad, cuando lames está a punto de
irse a Australia y yo tengo tantas preocupaciones, he de decir que podrías haber mostrado un poco más
de consideración. Sin embargo, como ya he dicho antes, en el caso de que sea rico... -¡Madre, madre!
¡Permíteme ser feliz!
La señora Vane se la quedó mirando y, con uno de esos falsos gestos teatrales que con tanta frecuencia
se convierten casi en segunda naturaleza para un actor, la estrechó entre sus brazos. En aquel momento se
abrió la puerta, y un joven de áspero pelo castaño entró en la habitación. Era más bien corpulento, tenía
grandes los pies y las manos y se movía con cierta torpeza. No poseía la delicadeza de su hermana y era
difícil adivinar el estrecho parentesco que existía entre los dos. La señora Vane fijó sus ojos en él, y su
sonrisa se intensificó. Mentalmente elevaba a su hijo a la categoría de público. Estaba segura de que el
tableau era interesante.
-Podrías guardar algunos de tus besos para mí, Sibyl, pienso yo -dijo el muchacho con tono de amable
reproche.
-¡Pero si no te gusta que te besen! -exclamó su hermana-. Siempre has sido un cardo borriquero.
Y cruzó corriendo la habitación para abrazarlo.
James Vane contempló con ternura el rostro de su hermana.
-Ven conmigo a dar un paseo, Sibyl. No creo que vuelva a ver nunca este horrible Londres. Estoy
seguro de que no lo echaré de menos.
-No digas esas cosas tan horribles, hijo mío -murmuró la señora Vane, retomando, con un suspiro, una
chabacana pieza de vestuario teatral que empezó a remendar. La apenaba un tanto que James no se
hubiera incorporado a la compañía, lo que hubiera aumentado el pintoresquismo teatral de la situación.
-¿Por qué no, madre? Es lo que siento.
-Me duele que digas eso, hijo mío. No pierdo la esperanza de que regreses de Australia después de
hacer fortuna. Creo que la buena sociedad no existe en las colonias; al menos, nada de lo que yo
considero buena sociedad; de manera que cuando hayas triunfado deberás volver a Londres y convertirte
aquí en una persona conocida.
-¡Buena sociedad! -murmuró el muchacho-. No me interesa nada la buena sociedad. Me gustaría ganar
algún dinero para sacaros a ti y a Sibyl de los escenarios. Aborrezco la vida del teatro.
-¡Jim! -exclamó Sibyl, riendo-, ¡qué poco amable por tu parte! ¿De verdad quieres dar un paseo
conmigo? ¡Eso está bien! Temía que fueses a despedirte de algunos de tus amigos..., de Tom Hardy, que
te regaló esa pipa espantosa, o de Ned Langton, que te toma el pelo fumando en ella. Me conmueve que
me concedas tu última tarde. ¿Qué hacemos? ¿Vamos al parque?
-No tengo ropa adecuada -respondió su hermano, frunciendo el ceño-. Al parque sólo va gente
elegante. -Tonterías, Jim -susurró Sibyl, acariciándole la manga de la chaqueta.
James vaciló un momento.
-De acuerdo -dijo por fin-, pero no tardes demasiado en vestirte.
Sibyl dio unos pasos de baile hasta la puerta. Se la oyó cantar mientras subía corriendo las escaleras y
luego el ruido de sus pies en el piso superior.
Su hermano recorrió la habitación dos o tres veces antes de volverse hacia la figura inmóvil en el
sillón.
-¿Están listas mis cosas, madre? -preguntó.
-Todo está preparado, James -respondió la señora Vane sin levantar los ojos de su labor. Desde hacía
varios meses se sentía incómoda cuando se quedaba a solas con aquel hijo suyo tan tosco y tan severo.
Temía revelar su secreta frivolidad cada vez que sus miradas se cruzaban. Y se preguntaba con
frecuencia si James sospechaba algo. El silencio, porque su hijo no hizo ya ninguna otra observación,
llegó a resultarle intolerable y empezó a quejarse. Las mujeres se defienden atacando, como también
atacan mediante repentinas y extrañas rendiciones-. Espero que estés satisfecho con tu vida en el mar -
dijo-. Recuerda que eres tú quien la ha elegido. Podrías haber entrado en el bufete de un abogado. Los
abogados son personas muy respetables, y en provincias comen a menudo con las mejores familias.
-Aborrezco los despachos y los oficinistas -replicó su hijo-. Pero tienes toda la razón. Soy yo quien ha
elegido vivir así. Sólo te pido que cuides de Sibyl. No permitas que le suceda nada malo. Tienes que
cuidarla, madre.
-Hablas de una manera muy extraña, James. Claro está que cuidaré de Sibyl.
-Me han dicho que hay un caballero que va todas las noches al teatro y luego charla con ella entre
bastidores. ¿Es cierto? ¿Qué hay de eso?
-Hablas de cosas que no entiendes, James. En nuestra profesión estamos acostumbradas a recibir
atenciones. Hubo un tiempo en que yo misma recibía muchos ramos de flores. Entonces sí que se
entendía el trabajo de los actores. En cuanto a Sibyl, ignoro si en el momento actual su interés es serio o
no. Pero no hay duda de que el joven que mencionas es un perfecto caballero. A mí me trata con
extraordinaria corrección. Por otra parte, da la sensación de ser rico, y las flores que manda son muy
bonitas.
-Pero no sabes cómo se llama -dijo el muchacho con aspereza.
-No -respondió la señora Vane con una plácida expresión en el rostro-. No ha revelado aún su
verdadero nombre. Y me parece muy romántico. Probablemente se trata de un aristócrata.
James Vane se mordió los labios.
-Cuida de Sibyl, madre -exclamó-. ¡Cuídala!
-Hijo mío, me duelen mucho tus palabras. Siempre cuido de Sibyl de manera muy especial. Por
supuesto, si ese caballero es rico, no hay razón para que no se case con él. Estoy segura de que se trata de
un aristócrata. Tiene todo el aspecto, no hay la menor duda. Sería un matrimonio brillantísimo para Sibyl.
Harían una pareja encantadora. Es un muchacho muy apuesto, todo el mundo lo advierte.
El joven murmuró algo para sus adentros y tableteó sobre el cristal de la ventana con sus dedos de
trabajador. Acababa de volverse para decir algo cuando se abrió la puerta y entró Sibyl.
-¡Qué serios estáis! -exclamó-. ¿Qué sucede?
-Nada -respondió su hermano-. Supongo que a veces hay que ponerse serio. Hasta luego, madre;
cenaré a las cinco. El equipaje está hecho, a excepción de las camisas, así que no tienes que preocuparte.
-Hasta luego, hijo mío -respondió ella, con una inclinación resentidamente majestuosa.
Estaba muy molesta con el tono que su hijo había adoptado con ella, y había algo en su mirada que le
hacía sentir miedo.
-Bésame, madre -dijo Sibyl. Sus labios florales tocaron la marchita mejilla, entibiando su escarcha.
-¡Hija mía, hija mía! -exclamó la señora Vane, alzando los ojos al techo en busca de un imaginario
anfiteatro. -Vamos, Sibyl -dijo su hermano con impaciencia. Le irritaba la teatralidad de su madre.
Salieron a una luz de reflejos agitados por el viento y empezaron a caminar por la deprimente Euston
Road. Los viandantes miraban con asombro al joven corpulento y hosco que, con ropa basta y nada
favorecedora, iba acompañado de una joven tan atractiva y de aspecto refinado. Era como un vulgar
jardinero paseando con una rosa.
Jim fruncía el ceño de cuando en cuando al sorprender la mirada inquisitiva de algún desconocido.
Sentía, ante las miradas insistentes, el desagrado que los genios sólo conocen ya tarde en la vida, y que
siempre acompaña a las personas corrientes. Sibyl, sin embargo, no se daba cuenta en absoluto del efecto
que causaba. El amor le temblaba en los labios en forma de risa. Pensaba en el príncipe azul y, para
poder hacerlo con mayor libertad, se lanzó a parlotear sobre el barco en el que Jim iba a hacerse a la mar,
sobre el oro que sin duda encontraría, sobre la maravillosa heredera cuya vida salvaría de los malvados
bandidos de camisa roja. Porque no seguiría siendo marinero, o sobrecargo, o lo que fuese que hiciera a
bordo. ¡No, no! La existencia de un marinero era espantosa. Qué absurdo encerrarse en un horrible barco
que las grupas monstruosas de las olas trataban de invadir, mientras un viento aciago derribaba mástiles y
rasgaba velas hasta convertirlas en largos colgajos desmelenados y rugientes. Sin duda, Jim abandonaría
la nave en Melbourne, se despediría cortésmente del capitán y se pondría en camino hacia las
explotaciones auríferas. Antes de que transcurriese una semana habría encontrado una enorme pepita, la
mayor jamás descubierta, y la transportaría hasta la costa en una carreta protegida por seis policías a
caballo. Los salteadores los atacarían tres veces, y serían rechazados con inmensas pérdidas. O mejor, no.
No iría a las explotaciones auríferas, que eran unos sitios horribles, donde los hombres se emborrachaban
y se peleaban a tiros en los bares y decían palabras malsonantes. Se dedicaría a criar ovejas y, una noche,
cuando regresara a su casa a caballo, al ver a la bella heredera, raptada por un ladrón con un caballo
negro, los daría caza y la rescataría. Por supuesto la muchacha se enamoraría de él, y él de ella, se
casarían, volverían a Inglaterra y vivirían en una inmensa casa londinense. Sí, le esperaban aventuras
maravillosas. Pero tenía que ser muy bueno, y no enfadarse, ni gastarse el dinero tontamente. Sibyl sólo
era un año mayor que Jim, pero sabía mucho más sobre la vida. También tenía que escribirle siempre que
hubiera correo, y decir sus oraciones todas las noches antes de acostarse. Dios era muy bueno y cuidaría
de él. También ella rezaría por él, y al cabo de muy pocos años regresaría, muy rico ya y muy feliz.
El muchacho la escuchó hoscamente y no hizo ningún comentario. Se le partía el corazón al pensar en
abandonar su hogar.
Pero no era sólo eso lo que le deprimía y ponía de mal humor. Pese a su falta de experiencia, se daba
cuenta con toda claridad de los peligros de la situación de Sibyl. Aquel joven dandi que le hacía la corte
no le traería la felicidad. Era un caballero y lo aborrecía por eso, con una extraña repugnancia instintiva
que no sabía explicar y que, por esa misma razón, resultaba aún más imperiosa. Tampoco se le ocultaba
la superficialidad y vanidad de su madre, y advertía en ello un peligro infinito para Sibyl y para su
felicidad. Los hijos comienzan la vida amando a sus padres; al hacerse mayores, los juzgan, y en
ocasiones los perdonan.
¡Su madre! Había algo que quería preguntarle y que le obsesionaba, algo sobre lo que llevaba muchos
meses cavilando en silencio. Una frase casual que había oído en el teatro, un susurro burlón, que llegó
una noche hasta sus oídos mientras esperaba junto a la salida de artistas, habían puesto en marcha una
horrible cadena de pensamientos. Lo recordaba como un golpe de fusta en pleno rostro. Frunció el ceño
formando un surco muy profundo y con un estremecimiento doloroso se mordió los labios.
-No escuchas una sola palabra de lo que digo, Jim -exclamó Sibyl-, a pesar de que hago los planes más
maravillosos para tu futuro. Haz el favor de hablarme.
-¿Qué quieres que diga?
-Pues que vas a ser un buen chico y que no te olvidarás de nosotras -respondió su hermana,
sonriéndole.
Jim se encogió de hombros.
-Será más fácil que tú te olvides de mí que yo de ti. Sibyl se ruborizó.
-¿Qué quieres decir? -preguntó.
-Tienes un nuevo amigo, según he oído. ¿Quién es? ¿Por qué no me has hablado de él? No te hará
ningún bien.
-¡No sigas, Jim! -exclamó-. No digas nada contra él. Lo quiero.
-¡Cómo es posible! Ni siquiera sabes su nombre -respondió el muchacho-. ¿Quién es? Tengo derecho a
saberlo.
-Se llama príncipe azul. ¿No te gusta? ¡Vamos, no seas tonto! No debes olvidarlo nunca. Si lo vieras,
te darías cuenta de que es la persona más maravillosa del mundo. Algún día lo conocerás, cuando vuelvas
de Australia. Te gustará mucho. Le gusta a todo el mundo; y yo.... yo lo quiero. Ojalá pudieras venir esta
noche al teatro. Estará allí, y yo voy a hacer de Julieta. ¡Ah, cómo interpretaré mi papel! ¡Imagínate, Jim!
¡Estar enamorada e interpretar a Julieta! ¡Tenerlo allí, viéndome! ¡Interpretar para darle gusto! Tengo
miedo de asustar a la compañía, de asustarlos o de cautivarlos. Amar es superarse. Ese pobre y terrible
señor Isaacs se hará lenguas de mi talento ante los holgazanes de su bar. Me ha predicado como un
dogma; esta noche me anunciará como una revelación. Lo adivino. Y es todo suyo, únicamente suyo, de
mi príncipe azul, mi enamorado maravilloso, mi dador divino de todas las gracias. Pero soy pobre a su
lado. ¿Pobre? ¿Qué importa eso? Si la pobreza llama humildemente a la puerta, el amor entra por la
ventana. Hay que volver a escribir nuestros refranes. Se hicieron en invierno, y ahora estamos en verano;
primavera para mí, creo yo, un baile de botones de rosa en un cielo azul.
-Es un caballero -dijo el muchacho con resentimiento.
-¡Un príncipe! -exclamó ella, su voz llena de música-. ¿Qué más se necesita?
-Quiere esclavizarte.
-Me estremece la idea de ser libre.
-Ten cuidado, te lo ruego.
-Verlo es adorarlo, conocerlo es confiar en él.
-Has perdido la cabeza, Sibyl.
Su hermana se echó a reír y lo tomó del brazo.
-Mi querido y maduro Jim, hablas como si tuvieras cien años. Algún día también tú te enamorarás.
Entonces sabrás de qué se trata. No pongas ese gesto tan enfurruñado. Debe alegrarte pensar que, aunque
tú te vayas, me dejas más feliz que nunca. La vida ha sido dura para nosotros dos, terriblemente dura y
difícil. Pero a partir de ahora será diferente. Tú te vas a un mundo nuevo, y yo he descubierto uno. Aquí
hay dos sillas libres; vamos a sentarnos y a ver pasar a la gente elegante.
Se sentaron en medio de una multitud de ociosos. Los macizos de tulipanes al otro lado de la avenida
ardían, convertidos en palpitantes anillos de fuego. Un polvo blanco, se diría una trémula nube de polvo
de lirios, flotaba en el aire jadeante. Los parasoles de colores brillantes subían y bajaban como mariposas
gigantes.
Sibyl hizo hablar a su hermano de sí mismo, de sus esperanzas, de sus proyectos. Jim se expresaba
lentamente y con dificultad. Fueron pasándose palabras como los jugadores se pasan fichas. Sibyl
empezó a deprimirse. No lograba comunicar su alegría. Todos sus esfuerzos no conseguían otro eco que
una débil sonrisa en las comisuras de aquella boca adusta. Después de algún tiempo dejó de hablar. De
repente vislumbró unos cabellos dorados y unos labios que reían: Dorian Gray pasaba en un coche
abierto con dos damas.
Sibyl se puso en pie de un salto.
-¡Ahí está! -exclamó.
-¿Quién?
-Mi príncipe azul -respondió ella, siguiendo la victoria con la vista.
También su hermano se puso en pie y la agarró bruscamente por el brazo.
-Enséñamelo. ¿Quién es? Señálamelo. ¡Tengo que verlo! -exclamó; pero en aquel momento se
interpuso el coche del duque de Berwick, tirado por cuatro caballos, y cuando de nuevo se despejó el
horizonte, el otro vehículo había abandonado el parque.
-Se ha ido -murmuró Sibyl, entristecida-. Me gustaría que lo hubieras visto.
-A mí también me hubiera gustado, porque tan cierto como que hay un Dios en el cielo, si alguna vez
te hace daño, lo mataré.
Su hermana lo miró horrorizada. Jim repitió lo que había dicho, y sus palabras cortaron el aire como un
puñal. La gente a su alrededor se quedó boquiabierta. Una señora que estaba muy cerca rió
nerviosamente.
-Vámonos, Jim, vámonos -susurró Sibyl. Él la siguió, sin dejarse intimidar, a través de la multitud. Se
alegraba de haber dicho lo que había dicho.
Cuando llegaron a la estatua de Aquiles, Sibyl se volvió hacia su hermano. La piedad de sus ojos se
transformó en risa al llegar a los labios.
-Estás loco, Jim, completamente loco -le dijo, moviendo la cabeza-; un chico con muy mal genio, eso
es todo. ¿Cómo puedes imaginar cosas tan horribles? No sabes lo que dices. Sencillamente tienes celos y
eres muy poco amable. ¡Ojalá te enamorases! El amor hace buenas a las personas, y eso que has dicho ha
sido una maldad.
-Tengo dieciséis años -respondió Jim-, y sé lo que me digo. Nuestra madre no te ayuda en absoluto. No
sabe cómo hay que cuidarte. Preferiría no tener que irme a Australia. Estoy por mandarlo todo a paseo.
Lo haría si no hubiera firmado el contrato.
-No te pongas tan serio, Jim. Eres como uno de los héroes de esos melodramas estúpidos que a nuestra
madre tanto le gustaba representar. No me voy a pelear contigo. Lo he visto y verlo es la felicidad
perfecta. No reñiremos. Sé que nunca harás daño a alguien a quien yo ame, ¿verdad que no?
-No, mientras todavía lo quieras, imagino -fue su hosca respuesta.
-¡Le querré siempre! -exclamó Sibyl.
-¿Y él?
-¡También siempre!
-Más le vale.
Sibyl se apartó ligeramente de él. Luego se echó a reír y le puso la mano en el brazo. No era más que
un niño.
En Marble Arch tomaron un ómnibus que los dejó cerca de su modesto hogar. Eran más de las cinco, y
Sibyl tenía que descansar echada un par de horas antes de la representación. Jim insistió en que lo
hiciera. Dijo que prefería despedirse de ella cuando su madre no estuviera presente. Con toda seguridad
haría una escena, y Jim detestaba cualquier clase de escena.
Se separaron en la habitación de Sibyl. El corazón del muchacho estaba dominado por los celos, y
sentía un odio feroz, asesino, contra aquel extraño que, en su opinión, se había interpuesto entre ellos. Sin
embargo, cuando Sibyl le echó los brazos al cuello y le acarició el cabello con los dedos, Jim se ablandó
y la besó con sincero afecto. Tenía los ojos llenos de lágrimas mientras bajaba las escaleras.
Su madre lo esperaba abajo. Se quejó de su falta de puntualidad al verlo entrar. Jim no respondió, pero
se sentó para consumir su modesta cena. Las moscas zumbaban en torno a la mesa y corrían sobre el
mantel poco limpio. Entre el ruido sordo de los ómnibus y el alboroto de los coches de punto, oía la voz
monótona que devoraba cada uno de los minutos que le quedaban.
Al cabo de algún tiempo apartó el plato y ocultó la cabeza entre las manos. Estaba convencido de que
tenía derecho a saber. Tendrían que habérselo dicho antes, si todo había sucedido como él sospechaba.
Su madre lo observaba dominada por el miedo. Las palabras salían maquinalmente de sus labios. Con los
dedos retorcía un pañuelo de encaje hecho jirones. Al darlas seis el reloj de pared, Jim se puso en pie y se
dirigió hacia la puerta. Luego se volvió y sus miradas se encontraron. En los ojos maternos descubrió una
desesperada solicitud de compasión que lo llenó de cólera.
-Madre, hay algo que tengo que pedirte -dijo. Los ojos de la señora Vane deambularon sin rumbo por
el cuarto, pero no contestó-. Dime la verdad. Tengo derecho a saber. ¿Estabas casada con mi padre?
La señora Vane dejó escapar un hondo suspiro, un suspiro de alivio. El terrible momento, el momento
que había temido de día y de noche, durante semanas y meses, había llegado al fin, pero no sentía terror.
En cierta medida, de hecho, fue más bien una desilusión. Una pregunta tan vulgarmente directa exigía
una respuesta igualmente directa. No era una situación a la que se hubiera llegado poco a poco. Era tosca.
A la señora Vane le hizo pensar en un ensayo poco satisfactorio.
-No -respondió, maravillada de la dura simplicidad de la vida.
-¡En ese caso mi padre era un sinvergüenza! -exclamó el muchacho, apretando los puños.
Su madre negó con la cabeza.
-Yo sabía que no estaba libre. Nos queríamos mucho. Si hubiera vivido, habría atendido a nuestras
necesidades. No lo condenes, hijo mío. Era tu padre y un caballero. Pertenecía a una excelente familia.
A Jim se le escapó un juramento.
-A mí no me importa -exclamó-, pero no permitas que a Sibyl... Es un caballero, no es eso, el tipo que
está enamorado de ella, ¿o dice que lo está? De una familia excelente, también, imagino.
Por un instante, la señora Vane se sintió terriblemente humillada. Inclinó la cabeza. Se limpió los ojos
con manos temblorosas.
-Sibyl tiene madre -murmuró-; yo no la tenía.
El muchacho se conmovió. Fue hacia ella, se inclinó y la besó.
-Siento haberte apenado, preguntándote por mi padre -dijo-, pero no he podido evitarlo. He de irme ya.
Adiós.
No olvides que ahora sólo tienes que cuidar de Sibyl, y créeme cuando te digo que si ese hombre
engaña a mi hermana, descubriré quién es, lo encontraré y lo mataré como a un perro, lo juro.
Lo desmedido de la amenaza, el gesto apasionado que la acompañó, las palabras melodramáticas,
hicieron que por un momento la vida recuperase algo de su brillo para la actriz. Todo aquello recreaba un
ambiente con el que estaba familiarizada. Respiró con mayor libertad y por primera vez en muchos
meses sintió verdadera admiración por su hijo. Le hubiera gustado continuar la escena en el mismo nivel
emocional, pero Jim se lo impidió. Había que bajar baúles, localizar alguna prenda de abrigo. El criado
para todo de la pensión entraba y salía sin cesar. Era necesario ajustar el precio con el cochero. La
intensidad del momento se perdió en detalles vulgares. Desde la ventana, la señora Vane agitó su
maltrecho pañuelo de encaje con un renovado sentimiento de decepción mientras su hijo se alejaba. Se
daba cuenta de que se había perdido una gran oportunidad. Se consoló diciendo a Sibyl cuán desolada
sería su vida ahora que sólo tenía a una hija a quien cuidar. Recordaba la frase de Jim, que le había
gustado. De sus amenazas no dijo nada. La manera de expresarla había sido vigorosa y dramática. La
señora Vane tenía la impresión de que algún día todos la recordarían riendo.

Capítulo 6

-¿Has oído las noticias? -preguntó lord Henry aquella noche a Hallward cuando un camarero lo hizo
entrar en el pequeño reservado del Bristol donde estaba preparada una cena para tres.
-No -respondió el artista, entregando sombrero y abrigo al camarero, quien procedió a hacerle una
reverencia-. ¿De qué se trata? Nada que tenga que ver con la política, espero. No me interesa. Apenas
hay una sola persona en la Cámara de los Comunes que se merezca un retrato, aunque muchos de ellos
mejorarían blanqueándolos un poco.
-Dorian Gray se ha prometido -dijo lord Henry, examinando atentamente a su amigo mientras hablaba.
Hallward se sobresaltó y luego frunció el entrecejo.
-¡Dorian prometido! -exclamó-. ¡Imposible!
-Es absolutamente cierto.
-¿Con quién?
-Con una actricilla de poco más o menos.
-No me lo puedo creer. Dorian es demasiado sensato. -Dorian es demasiado prudente para no hacer
alguna tontería de cuando en cuando, mi querido Basil.
-Casarse es una cosa que difícilmente se puede hacer de cuando en cuando, Harry.
-Excepto en los Estados Unidos -replicó lánguidamente lord Henry-. Pero yo no he dicho que se haya
casado. He dicho que se ha prometido. Hay una gran diferencia. Recuerdo con mucha claridad estar
casado, pero no tengo recuerdo alguno de estar prometido. Me inclino a creer que nunca estuve
prometido.
-Pero piensa en la cuna de Dorian, en su posición, en su riqueza. Sería absurdo que se casara tan por
debajo de sus posibilidades.
-Si de verdad quieres que se case con la chica, dile precisamente eso. Puedes estar seguro de que lo
hará. Siempre que un hombre hace algo perfectamente estúpido, lo hace por el más noble de los motivos.
-Espero que la chica sea buena. No quisiera ver a Dorian atado a alguna horrenda criatura que pueda
envilecer su cuerpo y destruir su inteligencia.
-No, no; la chica es mejor que buena..., es hermosa -murmuró lord Henry, saboreando un vaso de
vermut con zumo de naranjas amargas-. Dorian dice que es hermosa, y no suele equivocarse en ese tipo
de cuestiones. Tu retrato ha afinado su apreciación de las personas. Ése ha sido, entre otros, uno de sus
excelentes resultados. Vamos a conocerla esta noche, si es que ese muchacho no olvida su cita con
nosotros.
-¿Hablas en serio?
-Completamente en serio. Me sentiría terriblemente mal si creyera que alguna vez llegaré a hablar más
seriamente que en este momento.
-Pero, ¿tú lo apruebas, Harry? -preguntó el pintor, paseando por el reservado y mordiéndose los labios-
. Es imposible que lo apruebes. Se trata sólo de un capricho.
-Yo ya no apruebo ni desapruebo nada. Es una actitud absurda ante la vida. No se nos pone en el
mundo para airear nuestros prejuicios morales. Nunca doy la menor importancia a lo que dice la gente
vulgar, y nunca interfiero con lo que hacen las personas encantadoras. Si una personalidad me fascina,
cualquier modo de expresión que elija me parecerá delicioso. Dorian Gray se enamora de una hermosa
muchacha que interpreta a Julieta y se propone casarse con ella. ¿Por qué no? Si contrajera matrimonio
con Mesalina no me parecería menos interesante. Sabes perfectamente que no soy defensor del
matrimonio. El verdadero inconveniente del matrimonio es que mata el egoísmo. Y las personas sin
egoísmo son incoloras. Carecen de individualidad. De todos modos, hay algunos temperamentos que se
hacen más complejos con el matrimonio. Conservan su egoísmo y le añaden otros muchos. Se ven
forzados a vivir más de una vida. Se convierten en personas sumamente organizadas, y organizarse muy
bien la vida, creo yo, es el objeto de la existencia humana. Además, toda experiencia tiene valor y, se
diga lo que se quiera contra el matrimonio, no cabe duda de que es una experiencia. Espero que Dorian
Gray haga de esa muchacha su esposa, que la adore apasionadamente por espacio de seis meses y que
luego, de repente, quede fascinado por otra persona. Será un maravilloso tema de estudio.
-No crees ni una sola palabra de lo que dices; sabes perfectamente que no. Si Dorian Gray echara a
perder su vida, nadie lo sentiría más que tú. Eres mucho mejor persona de lo que finges.
Lord Henry se echó a reír.
-La razón de que nos guste pensar bien de los demás es que tenemos miedo a lo que pueda sucedernos.
La base del optimismo es el terror. Pensamos que somos generosos porque atribuimos a nuestro vecino
las virtudes que más pueden beneficiarnos. Alabamos al banquero para que no nos penalice por estar en
números rojos y encontramos buenas cualidades en el salteador de caminos con la esperanza de que
respete nuestra bolsa. Creo todo lo que he dicho. Desprecio profundamente el optimismo. En cuanto a
echar a perder una vida, una vida sólo se echa a perder cuando se detiene su crecimiento. Si quieres
estropear una personalidad, basta reformarla. Por lo que hace al matrimonio, por supuesto que sería una
estupidez, pero hay otros vínculos, mucho más interesantes, entre hombres y mujeres. Estoy desde luego
dispuesto a alentarlos. Tienen el encanto de estar de moda. Pero aquí llega Dorian, que te lo contará todo
mejor que yo.
-Basil, Harry, ¡los dos tenéis que felicitarme! -dijo el muchacho, desprendiéndose impaciente de la
capa con forro de satén y procediendo a estrechar la mano de sus dos amigos-. No he sido nunca tan feliz.
Ya sé que es repentino; todo lo realmente delicioso lo es. Y, sin embargo, me parece que no he buscado
otra cosa en toda mi vida -tenía la tez encendida a causa de la alegría y la emoción, y parecía
singularmente apuesto.
-Espero que seas siempre muy feliz, Dorian -dijo Hallward-, pero no te perdono del todo que no me
hayas informado de tu compromiso. A Harry sí se lo has dicho.
-Y yo no te perdono que llegues tarde a cenar -intervino lord Henry, poniendo una mano en el hombro
del muchacho y sonriendo mientras hablaba-. Vamos a sentarnos y a enterarnos de qué tal es el nuevo
chef, y luego nos explicarás cómo ha sucedido todo.
-En realidad no hay mucho que contar -exclamó Dorian mientras los tres ocupaban sus sitios en torno a
la reducida mesa redonda-. Ayer, sencillamente, después de dejarte; Harry, me vestí, cené en el pequeño
restaurante italiano de Rupert Street que tú me hiciste conocer, y a las ocho estaba en el teatro. Sibyl
interpretaba a Rosalinda. Por supuesto, el decorado era horroroso y el actor que hacía de Orlando
absurdo. ¡Sibyl, en cambio! ¡Tendrías que haberla visto! Cuando apareció vestida de muchacho estaba
absolutamente maravillosa. Llevaba un jubón de terciopelo color musgo con mangas de color canela,
calzas marrones, un precioso sombrerito verde con una pluma de halcón sujeta por una joya, y un gabán
con capucha forrado de rojo mate. Nunca me había parecido tan exquisita. Tenía la gracia delicada de esa
figurilla de Tanagra que tienes en tu estudio, Basil. Los cabellos rodeándole la cara como hojas oscuras
en torno a una pálida rosa. En cuanto a su interpretación..., bueno, vais a verla esta noche. Es, ni más ni
menos, una artista nata. Me quedé completamente embobado en mi palco cochambroso. Me olvidé de
que estaba en Londres y en el siglo XIX. Me había ido con mi amada a un bosque que nadie había visto
nunca. Cuando terminó la representación, pasé entre bastidores y hablé con ella. Mientras estábamos
sentados uno al lado del otro, apareció de repente en sus ojos una mirada que yo no había visto nunca.
Mis labios se movieron hacia los suyos. Nos besamos. No soy capaz de describiros lo que sentí en aquel
momento. Me pareció que la vida entera se concentraba en un punto perfecto de alegría color rosa. Sibyl
se puso a temblar de pies a cabeza, estremeciéndose como un narciso blanco. Luego se arrodilló y me
besó las manos. Comprendo que no debería contaros todo esto, pero no puedo evitarlo. Por supuesto,
nuestro compromiso es un secreto total. Sibyl ni siquiera se lo ha dicho a su madre. No sé lo que dirán
mis tutores. Lord Radley montará sin duda en cólera. Me da igual. Seré mayor de edad en menos de un
año, y entonces podré hacer lo que quiera. ¿No es cierto que he hecho bien sacando a mi amor de la
poesía y encontrando a mi esposa en las obras de Shakespeare? Labios a los que Shakespeare enseñó a
hablar han susurrado su secreto en mi oído. Me han rodeado los brazos de Rosalinda y he besado a
Julieta en la boca.
-Sí, Dorian -dijo Hallward, hablando muy despacio-; supongo que has hecho bien.
-¿La has visto hoy? -preguntó lord Henry.
Dorian Gray negó con la cabeza.
-La dejé en el bosque de Arden y hoy la encontraré en un huerto de Verona.
Lord Henry saboreó su champán con aire meditabundo.
-¿En qué punto mencionaste la palabra matrimonio, Dorian? ¿Y qué respondió ella? Quizá lo hayas
olvidado por completo.
-Mi querido Harry, no me comporté como si fuera un trato comercial, y no le hice explícitamente una
propuesta de matrimonio. Le dije que la amaba y ella respondió que no era digna de ser mi esposa. ¡Que
no era digna! ¡Cuando el mundo entero no es nada para mí comparado con ella!
-Las mujeres son maravillosamente prácticas -murmuró lord Henry-; mucho más prácticas que
nosotros. En situaciones como ésa, olvidamos con frecuencia mencionar la palabra matrimonio, pero
ellas nos lo recuerdan siempre.
Hallward le puso una mano en el brazo.
-No, Harry. Has disgustado a Dorian, que no es como otros hombres. Dorian nunca haría desgraciada a
otra persona. Tiene demasiada delicadeza para una cosa así. Lord Henry miró por encima de la mesa.
-Dorian no está nunca disgustado conmigo -respondió-. He hecho la pregunta por la mejor de las
razones, por la única razón, a decir verdad, que disculpa de hacer cualquier pregunta: la simple
curiosidad. Mantengo la teoría de que son siempre las mujeres quienes nos proponen el matrimonio y no
nosotros a ellas. Excepto, por supuesto, las personas de la clase media. Pero lo cierto es que las clases
medias no son modernas.
Dorian Gray se echó a reír y movió la cabeza.
-Eres completamente incorregible, Harry; pero no me importa. Es imposible enfadarse contigo.
Cuando veas a Sibyl Vane comprenderás que el hombre que la tratara mal sería un desalmado, un ser sin
corazón. No entiendo que nadie quiera avergonzar al ser que ama. Y yo amo a Sibyl Vane. Quiero
colocarla sobre un pedestal de oro, y ver cómo el mundo venera a la mujer que es mía. ¿Qué es el
matrimonio? Una promesa irrevocable. Por eso te burlas de él. ¡No lo hagas! Es una promesa irrevocable
la que yo quiero hacer. La confianza de Sibyl me hace fiel, su fe me hace bueno. Cuando estoy con ella,
reniego de todo lo que me has enseñado. Me convierto en alguien diferente del que has conocido. He
cambiado y el simple hecho de tocar la mano de Sibyl Vane hace que te olvide y que olvide tus falsas
teorías, tan fascinantes, tan emponzoñadas, tan deliciosas.
-¿Mis teorías...? -preguntó lord Henry, sirviéndose un poco de ensalada.
-Tus teorías sobre la vida, tus teorías sobre el amor, tus teorías sobre el placer. Todas tus teorías, de
hecho.
-El placer es la única cosa sobre la que merece la pena elaborar una teoría -respondió lord Henry
separando bien las palabras con su voz melodiosa-. Pero mucho me temo que no me puedo atribuir esa
teoría como propia. No me pertenece a mí, pertenece a la Naturaleza. El placer es la prueba de fuego de
la Naturaleza. Cuando somos felices siempre somos buenos, pero cuando somos buenos no siempre
somos felices.
-Sí, pero, ¿qué quieres decir con bueno? -exclamó Basil Hallward.
-Sí -asintió Dorian, recostándose en el asiento, y mirando a lord Henry sobre el tupido ramo de iris
morados que ocupaba el centro de la mesa-, ¿qué quieres decir con bueno?
-Ser bueno es estar en armonía con uno mismo -replicó lord Henry, tocando el delicado pie de la copa
con dedos muy blancos y finos-. Hay disonancia cuando uno se ve forzado a estar en armonía con otros.
La propia vida..., eso es lo importante. En cuanto a la vida de nuestros vecinos, si uno quiere ser un
hipócrita o un puritano, podemos hacer alarde de nuestras ideas sobre moral, pero en realidad esas
personas no son asunto nuestro. Por otra parte, las metas del individualismo son las más elevadas. La
moralidad moderna consiste en aceptar las normas de la propia época. Pero yo considero que, para un
hombre culto, aceptar las normas de su época es la peor inmoralidad.
-Pero, por supuesto, si uno vive tan sólo para uno mismo, ha de pagar un precio terrible por hacerlo,
¿no es cierto, Harry? -preguntó el pintor.
-Sí, en los tiempos que corren se nos cobra excesivamente por todo. Tengo la impresión de que la
verdadera tragedia de los pobres es que no pueden permitirse nada excepto renunciar a sí mismos. Los
pecados hermosos, como los objetos hermosos, son el privilegio de los ricos.
-Hay que pagar de otras maneras además de con dinero.
-¿De qué maneras, Basil?
-Imagino que con remordimientos, sufriendo..., bueno, dándose cuenta de la degradación.
Lord Henry se encogió de hombros.
-Amigo mío, el arte medieval es encantador, pero las emociones medievales están anticuadas. Se las
puede utilizar en las novelas, por supuesto. Pero las cosas que se pueden utilizar en la narrativa son las
que han dejado de usarse en la vida real. Créeme, ningún hombre civilizado se arrepiente nunca de un
placer, y los no civilizados nunca llegan a saber qué es un placer.
-Yo sé lo que es el placer -exclamó Dorian Gray-. Adorar a alguien.
-Sin duda eso es mejor que ser adorado -respondió lord Henry, jugueteando con una fruta-. Ser
adorado es muy molesto. Las mujeres nos tratan como la humanidad trata a sus dioses. Nos rinden culto
y están siempre molestándonos para que hagamos algo por ellas.
-Yo diría que cualquier cosa que piden nos la han dado antes -murmuró el muchacho con mucha
seriedad-. Crean el amor en nuestra alma. Tienen derecho a pedir correspondencia.
-Eso es completamente cierto -exclamó Hallward.
-Nada es completamente cierto -dijo lord Henry.
-Esto sí -le interrumpió Dorian-. Has de admitir, Harry, que las mujeres entregan a los hombres el oro
mismo de sus vidas.
-Es posible -suspiró el otro-,pero inevitablemente lo reclaman en calderilla. Ése es el problema. Las
mujeres, como dijo en cierta ocasión un francés con mucho ingenio, despiertan en nosotros el deseo de
producir obras maestras, pero luego nos impiden siempre llevarlas a cabo.
-¡Eres horrible, Harry! No sé por qué te tengo tanto afecto.
-Me lo tendrás siempre -replicó lord Henry-. ¿Tomaréis café? Camarero, traiga café, fine champagne y
cigarrillos. No, olvídese de los cigarrillos; tengo algunos yo. Basil, no te permito que fumes puros.
Enciende un cigarrillo. El cigarrillo es el perfecto ejemplo de placer perfecto. Es exquisito y deja
insatisfecho. ¿Qué más se puede pedir? Sí, Dorian, siempre me tendrás afecto. Represento para ti todos
los pecados que nunca has tenido el valor de cometer.
-¡Qué cosas tan absurdas dices! -exclamó el muchacho, utilizando el encendedor de plata con forma de
dragón que el camarero había dejado sobre la mesa.
-Vámonos al teatro. Cuando Sibyl salga a escena, encontrarás un nuevo ideal de vida. Significará para
ti algo que nunca has conocido.
-Lo he conocido todo -dijo lord Henry, en sus ojos una expresión de cansancio-, pero siempre estoy
dispuesto a experimentar una nueva emoción. Mucho me temo, sin embargo, que, al menos para mí, eso
es algo que no existe. De todos modos, quizá tu maravillosa chica me subyugue. Me encanta el teatro. Es
mucho más real que la vida. Vamos, Dorian. Tú vendrás conmigo. Lo siento, Basil, pero sólo hay sitio
para dos en la berlina. Tendrás que seguirnos en un coche de punto.
Se levantaron para ponerse los abrigos, tomándose el café de pie. El pintor, preocupado, había
enmudecido. Le había invadido la melancolía. Le desagradaba mucho aquel matrimonio, aunque en
realidad le parecía mejor que otras muchas cosas que podrían haber sucedido. Muy poco después salían a
la calle. Hallward se dirigió solo hacia el teatro, como habían convenido, y estuvo contemplando las
luces parpadeantes de la berlina que le precedía. Tuvo la extraña sensación de haber perdido algo. Sintió
que Dorian Gray ya no sería nunca para él lo que había sido en el pasado. La vida se había interpuesto
entre los dos... Los ojos se le llenaron de oscuridad y vio las calles, abarrotadas y centelleantes, a través
de una niebla. Cuando el coche de punto se detuvo ante el teatro tuvo la sensación de haber envejecido
varios años.

Capítulo 7

Aquella noche, por alguna razón, el teatro estaba abarrotado, y el gordo empresario judío que los
recibió en la puerta, sonriendo trémulamente de oreja a oreja con expresión untuosa, procedió a
escoltarlos hasta el palco con pomposa humildad, agitando sus gruesas manos enjoyadas y hablando a
voz en grito. Dorian Gray sintió que le desagradaba más que nunca. Le pareció que viniendo en busca de
Miranda se había encontrado con Calibán. A lord Henry, por el contrario, más bien le gustó. Al menos
eso fue lo que dijo, e insistió en estrecharle la mano, asegurándole que estaba orgulloso de conocer al
hombre que había descubierto a una joya de la interpretación y que se había arruinado a causa de un
poeta. Hallward se divirtió con los rostros del patio de butacas. El calor era insoportable, y la enorme
lámpara ardía como una dalia monstruosa con pétalos de fuego amarillo. Los jóvenes del paraíso se
habían quitado chaquetas y chalecos, colgándolos de las barandillas. Hablaban entre sí de un lado a otro
del teatro y compartían sus naranjas con las llamativas chicas que los acompañaban. Algunas mujeres
reían en el patio de butacas, con voces chillonas y discordantes. Desde el bar llegaba el ruido del
descorchar de las botellas.
-¡Qué lugar para encontrar a una diosa! -dijo lord Henry.
-¡Es cierto! -respondió Dorian Gray-. Pero fue aquí donde la encontré, y Sibyl es la encarnación de la
divinidad. Cuando actúe, te olvidarás de todo. Esas gentes vulgares y toscas, de rostros primitivos y
gestos brutales, se transforman cuando Sibyl está en el escenario. Callan y escuchan. Lloran y ríen
cuando Sibyl quiere que lo hagan. Consigue que respondan como las cuerdas de un violín. Los
espiritualiza, y se siente que están hechos de la misma carne y sangre que nosotros.
-¡La misma carne y sangre que nosotros! ¡Espero que no! -exclamó lord Henry, que observaba a los
ocupantes del paraíso con sus gemelos de teatro.
-No le hagas caso, Dorian -dijo el pintor-. Yo sí entiendo lo que quieres decir y estoy convencido de
que esa chica es como dices. La mujer a quien tú ames ha de ser maravillosa, y cualquier muchacha que
consigue el efecto que describes ha de ser espléndida y noble. Espiritualizar a la propia época..., eso es
algo que merece la pena. Si Sibyl es capaz de dar un alma a quienes han vivido sin ella, si crea un
sentimiento de belleza en personas cuyas vidas han sido sórdidas y miserables, si los libera de su
egoísmo y les presta lágrimas por sufrimientos que no son suyos, se merece toda tu adoración, se merece
la adoración del mundo entero. Tu matrimonio con ella es un acierto. Al principio no lo creía así, pero
ahora lo veo de otra manera. Los dioses han hecho a Sibyl Vane para ti. Sin ella hubieras quedado
incompleto.
-Gracias, Basil -respondió Dorian Gray, dándole un apretón de manos-. Sabía que me entenderías.
Harry es tan cínico que me aterra. Pero aquí llega la orquesta. Aunque espantosa, sólo toca unos cinco
minutos aproximadamente. Luego se levanta el telón, y veréis a la muchacha a quien voy a dar toda mi
vida, y a la que ya he dado todo lo bueno que hay en mí.
Un cuarto de hora después, acompañada de unos aplausos estruendosos, Sibyl Vane apareció en el
escenario. Sí, no había duda de su encanto; era, pensó lord Henry, una de las criaturas más encantadoras
que había visto nunca. Había algo de gacela en su gracia tímida y en sus ojos sorprendidos. Un ligero
arrebol, como la sombra de una rosa en un espejo de plata, se asomó a sus mejillas cuando vio el teatro
abarrotado y entusiasta. Retrocedió unos pasos y pareció que le temblaban los labios. Basil Hallward se
puso en pie y empezó a aplaudir. Inmóvil, como en un sueño, Dorian Gray siguió sentado, mirándola
fijamente. Lord Henry la examinó con sus gemelos y murmuró: «Encantadora, encantadora».
La acción transcurría en el vestíbulo de la casa de los Capuleto, y Romeo, vestido de peregrino, había
entrado con Mercutio y sus amigos. Los músicos tocaron unos compases de acuerdo con sus
posibilidades y comenzó la danza. Entre la multitud de actores desangelados y pobremente vestidos,
Sibyl Vane se movía como una criatura de un mundo superior. Su cuerpo se agitaba, al bailar, como se
mueve una planta dentro del agua. Las ondulaciones de su garganta eran las ondulaciones de un lirio
blanco. Sus manos parecían hechas de sereno marfil.
Y, sin embargo, resultaba curiosamente apática. No manifestó signo alguno de alegría cuando sus ojos
se posaron sobre Romeo. Las pocas palabras que tenía que decir:
Buen peregrino, no reproches tanto
a tu mano un fervor tan verdadero:
si juntan manos peregrino y santo,
palma con palma es beso de palmero...
junto con el breve diálogo que sigue, fueron pronunciadas de manera completamente artificial. La voz
era exquisita, pero desde el punto de vista de tono, absolutamente falsa. La coloración era equivocada.
Privaba de vida a los versos. Hacía que la pasión resultase irreal.
Dorian Gray fue palideciendo mientras la contemplaba. Estaba desconcertado y lleno de ansiedad.
Ninguno de sus dos amigos se atrevía a decir nada. Sibyl les parecía absolutamente incompetente. Se
sentían horriblemente decepcionados.
De todos modos, comprendían que la verdadera prueba de cualquier Julieta es la escena del balcón en
el segundo acto. Esperarían a que llegara. Si fallaba allí, todo habría acabado.
De nuevo estaba encantadora cuando reapareció al claro de luna. Eso no se podía negar. Pero lo
forzado de su interpretación resultaba insoportable, y fue empeorando con el paso del tiempo. Sus gestos
se hicieron absurdamente artificiales. Subrayaba excesivamente todo lo que tenía que decir. El hermoso
pasaje:
La noche me oculta con su velo;
si no, el rubor teñiría mis mejillas
por lo que antes me has oído decir.
fue declamado con la penosa precisión de una colegiala a quien ha enseñado a recitar un profesor de
elocución de tercera categoría. Y cuando se asomó al balcón y llegó a los maravillosos versos:
Aunque seas mi alegría,
no me alegra nuestro acuerdo de esta noche:
demasiado brusco, imprudente, repentino,
igual que el relámpago, que cesa
antes de poder nombrarlo. Amor, buenas noches.
Con el aliento del verano, este brote amoroso
puede dar bella flor cuando volvamos a vernos...
dijo las palabras como si carecieran por completo de sentido. No era nerviosismo. De hecho, lejos de
estar nerviosa, parecía absolutamente dueña de sí misma. Era sencillamente una mala interpretación, y
Sibyl un completo desastre.
Incluso el público del patio de butacas y del paraíso, vulgar y sin educación, había perdido interés por
la obra. Incómodos, empezaban a hablar en voz alta y a silbar. El empresario judío, de pie tras los
asientos del primer anfiteatro, golpeaba el suelo con los pies y protestaba indignado. Tan sólo Sibyl
permanecía indiferente.
Al término del segundo acto se produjo una tormenta de silbidos. Lord Henry se levantó de su asiento
y se puso el gabán.
-Es muy hermosa, Dorian -dijo-, pero incapaz de interpretar. Vámonos.
-Voy a quedarme hasta el final -respondió el joven, con una voz crispada y llena de amargura-. Siento
mucho baberos hecho perder la velada. Os pido disculpas a los dos.
-Mi querido Dorian, a mí me parece que la señorita Vane está enferma -interrumpió Hallward-.
Vendremos otra noche.
-Ojalá estuviera enferma -replicó Dorian Gray-. Pero a mí me ha parecido sencillamente insensible y
fría. Ha cambiado por completo. Anoche era una gran artista. Hoy es una actriz vulgar, mediocre.
-No hables así de alguien a quien amas, Dorian. El amor es más maravilloso que el arte.
-Los dos son formas de imitación -señaló lord Henry-. Pero será mejor que nos vayamos. No debes
seguir aquí por más tiempo, Dorian. No es bueno para la moral ver una mala interpretación. Además,
supongo que no querrás que tu esposa actúe en el teatro. En ese caso, ¿qué importa si interpreta Julieta
como una muñeca de madera? Es encantadora, y si sabe tan poco de la vida como de actuar en el teatro,
será una experiencia deliciosa. Sólo hay dos clases de personas realmente fascinantes: las que lo saben
absolutamente todo y las que no saben absolutamente nada. Santo cielo, muchacho, ¡no pongas esa
expresión tan trágica! El secreto para conservar la juventud es no permitirse ninguna emoción impropia.
Ven al club con Basil y conmigo. Fumaremos cigarrillos y beberemos para celebrar la belleza de Sibyl
Vane, que es muy hermosa. ¿Qué más puedes querer?
-Vete, Harry -exclamó el joven-. Quiero estar solo. Y tú también, Basil. ¿Es que no veis que se me está
rompiendo el corazón?
Lágrimas ardientes le asomaron a los ojos. Le temblaban los labios y, dirigiéndose al fondo del palco,
se apoyó contra la pared, escondiendo la cara entre las manos.
-Vámonos, Basil -dijo lord Henry, con una extraña ternura en la voz. Un instante después habían
desaparecido.
Casi enseguida se encendieron las candilejas y se alzó el telón para el tercer acto. Dorian Gray volvió a
su asiento. Estaba pálido, pero orgulloso e indiferente. La obra se fue arrastrando, interminable. La mitad
del público abandonó la sala, haciendo ruido con sus pesadas botas y riéndose. La representación había
sido un fiasco total. El último acto se interpretó ante una sala casi vacía. Una risa contenida y algunas
protestas saludaron la caída del último telón.
Nada más terminar la obra, Dorian pasó entre bastidores, para dirigirse al camerino de la actriz.
Encontró allí a Sibyl, con una expresión triunfal en el rostro y los ojos llenos de fuego. Estaba radiante.
Sonreía, los labios ligeramente abiertos, a causa de un secreto muy personal.
Al entrar Dorian, la muchacha lo miró y apareció en su rostro una expresión de infinita alegría.
-¡Qué mal he actuado esta noche, Dorian! -exclamó. -¡Horriblemente mal! -respondió él,
contemplándola asombrado-. ¡Espantoso! Ha sido terrible. ¿Estás enferma? No puedes hacerte idea de lo
que ha sido. No te imaginas cómo he sufrido.
La muchacha sonrió.
-Dorian -respondió, acariciando el nombre del amado con la prolongada música de su voz, como si
fuera más dulce que miel para los rojos pétalos de su boca-. Dorian, deberías haberlo entendido. Pero
ahora lo entiendes ya, ¿no es cierto?
-¿Entender qué? -preguntó él, colérico.
-El porqué de que lo haya hecho tan mal esta noche. El porqué de que de ahora en adelante lo haga
siempre mal. El porqué de que no vuelva nunca a actuar bien.
Dorian se encogió de hombros.
-Supongo que estás enferma. Cuando estés enferma no deberías actuar. Te pones en ridículo. Mis
amigos se han aburrido. Yo me he aburrido.
Sibyl parecía no escucharlo. Estaba transfigurada por la alegría. Dominada por un éxtasis de felicidad.
-Dorian, Dorian -exclamó-, antes de conocerte, actuar era la única realidad de mi vida. Sólo vivía para el
teatro. Creía que todo lo que pasaba en el teatro era verdad. Era Rosalinda una noche y Porcia otra. La
alegría de Beatriz era mi alegría, e igualmente mías las penas de Cordelia. Lo creía todo. La gente vulgar
que trabajaba conmigo me parecía tocada de divinidad. Los decorados eran mi mundo. Sólo sabía de
sombras, pero me parecían reales. Luego llegaste tú, ¡mi maravilloso amor!, y sacaste a mi alma de su
prisión. Me enseñaste qué es la realidad. Esta noche, por primera vez en mi vida, he visto el vacío, la
impostura, la estupidez del espectáculo sin sentido en el que participaba. Hoy, por vez primera, me he
dado cuenta de que Romeo era horroroso, viejo, y de que iba maquillado; que la luna sobre el huerto era
mentira, que los decorados eran vulgares y que las palabras que decía eran irreales, que no eran mías, no
eran lo que yo quería decir. Tú me has traído algo más elevado, algo de lo que todo el arte no es más que
un reflejo. Me has hecho entender lo que es de verdad el amor. ¡Amor mío! ¡Mi príncipe azul! ¡Príncipe
de mi vida! Me he cansado de las sombras. Eres para mí más de lo que pueda ser nunca el arte. ¿Qué
tengo yo que ver con las marionetas de una obra? Cuando he salido a escena esta noche, no entendía
cómo era posible que me hubiera quedado sin nada. Pensaba hacer una interpretación maravillosa y de
pronto he descubierto que era incapaz de actuar. De repente he comprendido lo que significa amarte.
Saberlo me ha hecho feliz. He sonreído al oír protestar a los espectadores. ¿Qué saben ellos de un amor
como el nuestro? Llévame lejos, Dorian; llévame contigo a donde podamos estar completamente solos.
Aborrezco el teatro. Sé imitar una pasión que no siento, pero no la que arde dentro de mí como un fuego.
Dorian, Dorian, ¿no entiendes lo que significa? Incluso aunque pudiera hacerlo, sería para mí una
profanación representar que estoy enamorada. Tú me has hecho verlo.
Dorian se dejó caer en el sofá y evitó mirarla.
-Has matado mi amor -murmuró.
Sibyl lo miró asombrada y se echó a reír. El muchacho no respondió. Ella se acercó, y con una mano le
acarició el pelo. A continuación se arrodilló y se apoderó de sus manos, besándoselas. Dorian las retiró,
estremecido por un escalofrío.
Luego se puso en pie de un salto, dirigiéndose hacia la puerta.
-Sí -exclamó-; has matado mi amor. Eras un estímulo para mi imaginación. Ahora ni siquiera
despiertas mi curiosidad. No tienes ningún efecto sobre mí. Te amaba porque eras maravillosa, porque
tenías genio e inteligencia, porque hacías reales los sueños de los grandes poetas y dabas forma y
contenido a las sombras del arte. Has tirado todo eso por la ventana. Eres superficial y estúpida. ¡Cielo
santo! ¡Qué loco estaba al quererte! ¡Qué imbécil he sido! Ya no significas nada para mí. Nunca volveré
a verte. Nunca pensaré en ti. Nunca mencionaré tu nombre. No te das cuenta de lo que representabas para
mí. Pensarlo me resulta intolerable. ¡Quisiera no haberte visto nunca! Has destruido la poesía de mi vida.
¡Qué poco sabes del amor si dices que ahoga el arte! Sin el arte no eres nada. Yo te hubiera hecho
famosa, espléndida, deslumbrante. El mundo te hubiera adorado, y habrías llevado mi nombre. Pero,
ahora, ¿qué eres? Una actriz de tercera categoría con una cara bonita.
Sibyl palideció y empezó a temblar. Juntó las manos, apretándolas mucho, y dijo, con una voz que se
le perdía en la garganta:
-No hablas en serio, ¿verdad, Dorian? -murmuró-. Estás actuando.
-¿Actuando? Eso lo dejo para ti, que lo haces tan bien -respondió él con amargura.
Alzándose de donde se había arrodillado y, con una penosa expresión de dolor en el rostro, la
muchacha cruzó la habitación para acercarse a él. Le puso la mano en el brazo, mirándole a los ojos.
Dorian la apartó con violencia.
-¡No me toques! -gritó.
A Sibyl se le escapó un gemido apenas audible mientras se arrojaba a sus pies, quedándose allí como
una flor pisoteada.
-¡No me dejes, Dorian! -susurró-. Siento no haber interpretado bien mi papel. Pensaba en ti todo el
tiempo. Pero lo intentaré, claro que lo intentaré. Se me presentó tan de repente..., mi amor por ti. Creo
que nunca lo habría sabido si no me hubieras besado, si no nos hubiéramos besado. Bésame otra vez,
amor mío. No te alejes de mí. No lo soportaría. No me dejes. Mi hermano... No; es igual. No sabía lo que
decía. Era una broma... Pero tú, ¿no me puedes perdonar lo que ha pasado esta noche? Trabajaré
muchísimo y me esforzaré por mejorar. No seas cruel conmigo, porque te amo más que a nada en el
mundo. Después de todo, sólo he dejado de complacerte en una ocasión. Pero tienes toda la razón,
Dorian, tendría que haber demostrado que soy una artista. Qué cosa tan absurda; aunque, en realidad, no
he podido evitarlo. No me dejes, por favor -un ataque de apasionados sollozos la atenazó. Se encogió en
el suelo como una criatura herida, y los labios bellamente dibujados de Dorian Gray, mirándola desde lo
alto, se curvaron en un gesto de consumado desdén. Las emociones de las personas que se ha dejado de
amar siempre tienen algo de ridículo. Sibyl Vane le resultaba absurdamente melodramática. Sus lágrimas
y sus sollozos le importunaban.
-Me voy -dijo por fin, con voz clara y tranquila-. No quiero parecer descortés, pero me será imposible
volver a verte. Me has decepcionado.
Sibyl lloraba en silencio, pero no respondió; tan sólo se arrastró, para acercarse más a Dorian. Extendió
las manos ciegamente, dando la impresión de buscarlo. El muchacho se dio la vuelta y salió de la
habitación. Unos instantes después había abandonado el teatro.
Apenas supo dónde iba. Más tarde recordó haber vagado por calles mal iluminadas, de haber
atravesado lúgubres pasadizos, poblados de sombras negras y casas inquietantes. Mujeres de voces
roncas y risas ásperas lo habían llamado. Borrachos de paso inseguro habían pasado a su lado entre
maldiciones, charloteando consigo mismos como monstruosos antropoides. Había visto niños grotescos
apiñados en umbrales y oído chillidos y juramentos que salían de patios melancólicos.
Al rayar el alba se encontró cerca de Covent Garden. Al alzarse el velo de la oscuridad, el cielo,
enrojecido por débiles resplandores, se vació hasta convertirse en una perla perfecta. Grandes carros,
llenos de lirios balanceantes, recorrían lentamente la calle resplandeciente y vacía. El aire se llenó con el
perfume de las flores, y su belleza pareció proporcionarle un analgésico para su dolor. Siguió caminando
hasta el mercado, y contempló cómo descargaban los vehículos. Un carrero de blusa blanca le ofreció
unas cerezas. Dorian le dio las gracias y, preguntándose por qué el otro se había negado a aceptar dinero
a cambio, empezó a comérselas distraídamente. Las habían recogido a media noche, y tenían la frialdad
de la luna. Una larga hilera de muchachos que transportaban cajones de tulipanes y de rosas amarillas y
rojas desfilaron ante él, abriéndose camino entre enormes montones, verde jade, de hortalizas. Bajo el
gran pórtico, de columnas grises desteñidas por el sol, una bandada de chicas desarrapadas, con la cabeza
descubierta, esperaban, ociosas, a que terminara la subasta. Otras se amontonaban alrededor de las
puertas batientes del café de la Piazza. Los pesados percherones se resbalaban y golpeaban con fuerza los
ásperos adoquines, agitando sus arneses con campanillas. Algunos de los cocheros dormían sobre
montones de sacos. Con sus cuellos metálicos y sus patas rosadas, las palomas corrían de acá para allá
picoteando semillas.
Después de algún tiempo, Dorian Gray paró un coche de punto que lo llevó a su casa. Una vez allí, se
detuvo unos instantes en el umbral, recorriendo con la mirada la plaza silenciosa, con sus ventanas
vacías, sus contraventanas, y los estores de mirada fija. El cielo se había convertido en un puro ópalo, y
los tejados de las casas brillaban como plata bajo él. De alguna chimenea al otro lado de la plaza
empezaba a alzarse una delgada columna de humo que pronto curvó en el aire nacarado sus volutas
moradas.
En la enorme linterna veneciana -botín dorado de alguna góndola ducal- que colgaba del techo del gran
vestíbulo revestido de madera de roble, aún ardían las luces de tres mecheros, semejantes a delgados
pétalos azules con un borde de fuego blanco. Los apagó y, después de arrojar capa y sombrero sobre la
mesa, cruzó la biblioteca en dirección a la puerta de su dormitorio, una amplia habitación octogonal en el
piso bajo que, dada su reciente pasión por el lujo, acababa de hacer decorar a su gusto, colgando de las
paredes curiosas tapicerías renacentistas que habían aparecido almacenadas en un ático olvidado de
Selby Royal. Mientras giraba la manecilla de la puerta, su mirada se posó sobre el retrato pintado por
Basil Hallward. La sorpresa le obligó a detenerse. Luego entró en su cuarto sin perder la expresión de
perplejidad. Después de quitarse la flor que llevaba en el ojal de la chaqueta, pareció vacilar. Finalmente
regresó a la biblioteca, se acercó al cuadro y lo examinó con detenimiento. Iluminado por la escasa luz
que empezaba a atravesar los estores de seda de color crema, le pareció que el rostro había cambiado
ligeramente. La expresión parecía distinta. Se diría que había aparecido un toque de crueldad en la boca.
Era, sin duda, algo bien extraño.
Dándose la vuelta, se dirigió hacia la ventana y alzó el estor. El resplandor del alba inundó la
habitación y barrió hacia los rincones oscuros las sombras fantásticas, que se inmovilizaron, temblorosas.
Pero la extraña expresión que Dorian Gray había advertido en el rostro del retrato siguió presente, más
intensa si cabe. La temblorosa y ardiente luz del sol le mostró los pliegues crueles en torno a la boca con
la misma claridad que si se hubiera mirado en un espejo después de cometer alguna acción abominable.
Estremecido, tomó de la mesa un espejo oval, encuadrado por cupidos de marfil, uno de los muchos
regalos que lord Henry le había hecho, y lanzó una mirada rápida a sus brillantes profundidades. Ninguna
arruga parecida había deformado sus labios rojos. ¿Qué significaba aquello?
Después de frotarse los ojos, se acercó al cuadro y lo examinó de nuevo. No había ninguna señal de
cambio cuando miraba el lienzo y, sin embargo, no cabía la menor duda de que la expresión del retrato
era distinta. No se lo había inventado. Se trataba de una realidad atrozmente visible.
Dejándose caer sobre una silla empezó a pensar. De repente, como en un relámpago, se acordó de lo
que dijera en el estudio de Basil Hallward el día en que el pintor concluyó el retrato. Sí; lo recordaba
perfectamente. Había expresado un deseo insensato: que el retrato envejeciera y que él se conservara
joven; que la perfección de sus rasgos permaneciera intacta, y que el rostro del lienzo cargara con el peso
de sus pasiones y de sus pecados; que en la imagen pintada aparecieran las arrugas del sufrimiento y de
la meditación, pero que él conservara todo el brillo delicado y el atractivo de una adolescencia que
acababa de tomar conciencia de sí misma. No era posible que su deseo hubiera sido escuchado. Cosas así
no sucedían, eran imposibles. Parecía monstruoso incluso pensar en ello. Y, sin embargo, allí estaba el
retrato, con un toque de crueldad en la boca.
¡Crueldad! ¿Había sido cruel? Sibyl era la culpable y no él. La había soñado gran artista, y por creerla
grande le había entregado su amor. Pero Sibyl le había decepcionado, demostrando ser superficial e
indigna. Y, sin embargo, un sentimiento de infinito pesar se apoderó de él, al recordarla acurrucada a sus
pies y sollozando como una niñita. Rememoró con cuánta indiferencia la había contemplado. ¿Por qué la
naturaleza le había hecho así? ¿Por qué se le había dado un alma como aquélla? Pero también él había
sufrido. Durante las tres terribles horas de la representación había vivido siglos de dolor, eternidades de
tortura. Su vida bien valía la de Sibyl. Ella lo había maltratado, aunque Dorian le hubiera infligido una
herida duradera. Las mujeres, además, estaban mejor preparadas para el dolor. Vivían de sus emociones.
Sólo pensaban en sus emociones. Cuando tomaban un amante, no tenían otro objetivo que disponer de
alguien a quien hacer escenas. Lord Henry se lo había explicado, y lord Henry sabía cómo eran las
mujeres. ¿Qué razón había para preocuparse por Sibyl Vane? Ya no significaba nada para él.
Pero, ¿y el retrato? ¿Qué iba a decir del retrato? El lienzo de Basil Hallward contenía el secreto de su
vida, narraba su historia. Le había enseñado a amar su propia belleza. ¿Le enseñaría también a aborrecer
su propia alma? ¿Volvería alguna vez a mirarlo?
No; se trataba simplemente de una ilusión que se aprovechaba de sus sentidos desorientados. La
horrible noche pasada había engendrado fantasmas. De repente, esa minúscula mancha escarlata que
vuelve locos a los hombres se había desplomado sobre su cerebro. El cuadro no había cambiado. Era
locura pensarlo.
Sin embargo, el retrato seguía contemplándolo, con el hermoso rostro deformado por una cruel sonrisa.
Sus cabellos resplandecían, brillantes, bajo el sol matinal. Los ojos azules del lienzo se clavaban en los
suyos. Un indecible sentimiento de compasión le invadió, pero no por él, sino por aquella imagen
pintada. Ya había cambiado y aún cambiaría más. El oro se marchitaría en gris. Las rosas, rojas y
blancas, morirían. Por cada pecado que cometiera, una mancha vendría a ensuciar y a destruir su belleza.
Pero no volvería a pecar. El cuadro, igual o distinto, sería el emblema visible de su conciencia. Resistiría
a la tentación. Nunca volvería a ver a lord Henry: no volvería a escuchar, al menos, aquellas teorías
sutilmente ponzoñosas que, en el jardín de Basil Hallward, habían despertado en él por vez primera el
deseo de cosas imposibles. Volvería junto a Sibyl Vane, le pediría perdón, se casaría con ella, se
esforzaría por amarla de nuevo. Sí; era su deber hacerlo. Sin duda había sufrido más que él. ¡Pobre
chiquilla! ¡Qué cruel y egoísta había sido! La fascinación que provocara en él renacería. Serían felices
juntos. Su vida con ella sería hermosa y pura.
Se levantó de la silla y colocó un biombo de grandes dimensiones delante del retrato, estremeciéndose
mientras lo contemplaba. «¡Qué horror!», murmuró, y, acercándose a la puerta que daba al jardín, la
abrió. Al pisar la hierba, respiró hondo. El frescor del aire matutino pareció ahuyentar todas sus sombrías
pasiones. Pensaba sólo en Sibyl. Un débil eco del antiguo amor reapareció en su pecho. Repitió muchas
veces su nombre. Los pájaros que cantaban en el jardín empapado de rocío parecían hablar de ella a las
flores.

Capítulo 8

Era más de mediodía cuando se despertó. Su ayuda de cámara había entrado varias veces de puntillas
en la habitación, preguntándose qué hacía dormir hasta tan tarde a su amo. Dorian tocó finalmente la
campanilla, y Víctor apareció sin hacer ruido con una taza de té y un montón de cartas en una bandejita
de porcelana de Sévres. Luego descorrió las cortinas de satén color oliva, con forro azul irisado, que
cubrían las tres altas ventanas de la alcoba.
-El señor ha dormido muy bien esta noche -dijo, sonriendo.
-¿Qué hora es, Víctor? -preguntó Dorian, todavía medio despierto.
-La una y cuarto, señor.
¡Qué tarde ya! Se sentó en la cama y, después de tomar unos sorbos de té, se ocupó del correo. Una de
las cartas era de lord Henry, y la habían traído a mano por la mañana. Dorian vaciló un momento y luego
terminó por apartarla. Las demás las abrió distraídamente. Contenían la usual colección de tarjetas,
invitaciones para cenar, entradas para exposiciones privadas, programas de conciertos con fines
benéficos y otras cosas parecidas que llueven todas las mañanas sobre los jóvenes de la buena sociedad
durante la temporada. Había también una factura considerable por un juego de utensilios de aseo Luis
XV de plata repujada, factura que Dorian no se había atrevido aún a reexpedir a sus tutores, personas
extraordinariamente chapadas a la antigua, incapaces de comprender que vivimos en una época en la que
ciertas cosas innecesarias son nuestras únicas necesidades; también encontró varias comunicaciones,
redactadas en términos muy corteses, de los prestamistas de Jermyn Street, ofreciéndose a adelantarle
cualquier cantidad de dinero sin molestas esperas y a unas tasas de interés sumamente razonables.
Al cabo de unos diez minutos Dorian se levantó y, echándose por los hombros una lujosa bata de lana
de Cachemira con bordados en seda, entró en el cuarto de baño con suelo de ónice. El agua fresca lo
despejó después de las muchas horas de sueño. Parecía haber olvidado lo sucedido el día anterior. Una
vaga sensación de haber participado en alguna extraña tragedia se le pasó por la cabeza una o dos veces,
pero con la irrealidad de un sueño.
En cuanto se hubo vestido, entró en la biblioteca y se sentó a tomar un ligero desayuno francés, servido
sobre una mesita redonda, próxima a la ventana abierta. Hacía un día maravilloso. El aire tibio parecía
cargado de especias. Una abeja entró por la ventana y zumbó alrededor del cuenco color azul con
motivos de dragones que, lleno de rosas amarillas, tenía delante. Dorian se sintió perfectamente feliz.
De repente, su mirada se posó sobre el biombo situado delante del retrato y se estremeció.
-¿El señor tiene frío? -preguntó el ayuda de cámara, colocando una tortilla sobre la mesita-. ¿Cierro la
ventana?
Dorian negó con un movimiento de cabeza.
-No tengo frío -murmuró.
¿Era cierto todo lo que recordaba? ¿Había cambiado de verdad el retrato? ¿O le había hecho ver su
imaginación una expresión malvada donde sólo había un gesto alegre? Era imposible que un lienzo
cambiara. Absurdo. Sería una excelente historia que contarle a Basil algún día. Le haría sonreír.
Sin embargo, ¡qué preciso era el recuerdo! Primero en la confusa penumbra y luego en el luminoso
amanecer, había visto el toque de crueldad en los labios contraídos. Casi temió que llegara el momento
en que el criado abandonase la biblioteca. Sabía que cuando se quedara solo tendría que examinar el
retrato. Le daba miedo enfrentarse con la certeza. Cuando, después de traer el café y los cigarrillos,
Víctor se volvió para marcharse, Dorian sintió un absurdo deseo de decirle que se quedara. Mientras la
puerta se cerraba tras él, lo llamó. Víctor se detuvo, esperando instrucciones. Dorian se lo quedó mirando
unos instantes.
-No estoy para nadie -dijo, acompañando las palabras con un suspiro.
Víctor hizo una inclinación de cabeza y desapareció.
Dorian se alzó entonces de la mesa, encendió un cigarrillo y se dejó caer sobre un diván
extraordinariamente cómodo, situado delante del biombo. El biombo era antiguo, de cuero español
dorado, estampado con un dibujo Luis XIV demasiado florido. Dorian lo examinó con curiosidad,
preguntándose si habría ocultado ya alguna vez el secreto de una vida.
¿Debía realmente apartarlo, después de todo? ¿Por qué no dejarlo donde estaba? ¿De qué servía
conocer la verdad? Si resultaba cierto, era terrible. Si no, ¿por qué preocuparse? Pero, ¿y si, por alguna
fatalidad o una casualidad aún más terrible, otros ojos hubieran mirado detrás del biombo, comprobando
el horrible cambio? ¿Qué haría si se presentara Basil Hallward y pidiese contemplar el cuadro? Era
seguro que Basil acabaría por hacer una cosa así. No; tenía que examinar el retrato, y hacerlo de
inmediato. Cualquier cosa mejor que aquella espantosa duda.
Se levantó y cerró las dos puertas con llave. Al menos estaría solo mientras contemplaba la máscara de
su vergüenza. Luego apartó el biombo y se vio cara a cara. Era totalmente cierto. El retrato había
cambiado.
Como después recordaría con frecuencia, y siempre con notable asombro, se encontró mirando al
retrato con un sentimiento que era casi de curiosidad científica. Que aquel cambio hubiera podido
producirse le resultaba increíble. Y, sin embargo, era un hecho. ¿Existía alguna sutil afinidad entre los
átomos químicos, que se convertían en forma y color sobre el lienzo, y el alma que habitaba en el interior
de su cuerpo? ¿Podría ser que lo que el alma pensaba, lo hicieran realidad? ¿Que dieran consistencia a lo
que él soñaba? ¿O había alguna otra razón, más terrible? Se estremeció, sintió miedo y, volviendo al
diván, se tumbó en él, contemplando el retrato sobrecogido de horror.
Comprendió, sin embargo, que el cuadro había hecho algo por él. Le había permitido comprender lo
injusto, lo cruel que había sido con Sibyl Vane. No era demasiado tarde para reparar aquel mal. Aún
podía ser su esposa. El amor egoísta e irreal que había sentido daría paso a un sentimiento más elevado,
se transformaría en una pasión más noble, y el retrato pintado por Basil Hallward sería su guía para toda
la vida, sería para él lo que la santidad es para algunos, la conciencia para otros y el temor de Dios para
todos. Existían narcóticos para el remordimiento, drogas que acallaban el sentido moral y lo hacían
dormir. Pero allí delante tenía un símbolo visible de la degradación del pecado. Una prueba incontestable
de la ruina que los hombres provocan en su alma.
Sonaron las tres de la tarde, las cuatro, y la media hora dejó oír su doble carillón, pero Dorian Gray no
se movió. Trataba de reunir los hilos escarlata de la vida y de tejerlos siguiendo un modelo; encontrar un
camino, perdido como estaba en un laberinto de pasiones desatadas. No sabía qué hacer, ni qué pensar.
Finalmente, volvió a la mesa y escribió una carta ardiente a la muchacha a la que había amado,
implorando su perdón y acusándose de demencia. Llenó cuartilla tras cuartilla con atormentadas palabras
de pesar y otras aún más patéticas de dolor. Existe la voluptuosidad del autorreproche. Cuando nos
culpamos sentimos que nadie más tiene derecho a hacerlo. Es la confesión, no el sacerdote, lo que nos da
la absolución. Cuando Dorian terminó la carta sintió que había sido perdonado.
De repente, llamaron a la puerta, y oyó la voz de lord Henry en el exterior.
-Dorian, amigo mío. He de verte. Déjame entrar ahora mismo. Es inaceptable que te encierres de esta
manera. Al principio no contestó, inmovilizado por completo. Pero los golpes en la puerta continuaron,
haciéndose más insistentes. Sí, era mejor dejar entrar a lord Henry y explicarle la nueva vida que había
decidido llevar, reñir con él si era necesario hacerlo, alejarse de él si la separación era inevitable.
Poniéndose en pie de un salto, se apresuró a correr el biombo para que ocultara el cuadro, y luego
procedió a abrir la puerta.
-Siento mucho todo lo que ha pasado, Dorian -dijo lord Henry al entrar-. Pero no debes pensar
demasiado en ello.
-¿Te refieres a Sibyl Vane? -preguntó el joven.
-Sí, por supuesto -respondió lord Henry, dejándose caer en una silla y quitándose lentamente los
guantes amarillos-. Es horrible, desde cierto punto de vista, pero tú no tienes la culpa. Dime, ¿fuiste a
verla después de que terminara la obra?
-Sí.
-Estaba convencido de que había sido así. ¿Le hiciste una escena?
-Fui brutal, Harry, terriblemente brutal. Pero ahora todo está resuelto. No siento lo que ha sucedido.
Me ha enseñado a conocerme mejor.
-¡Ah, Dorian, cómo me alegro que te lo tomes de esa manera! Temía encontrarte hundido en el
remordimiento y mesándote esos cabellos tuyos tan agradables.
-He superado todo eso -dijo Dorian, moviendo la cabeza y sonriendo-. Ahora soy totalmente feliz. Sé
lo que es la conciencia, para empezar. No es lo que me dijiste que era. Es lo más divino que hay en
nosotros. No te burles, Harry, no vuelvas a hacerlo..., al menos, delante de mí. Quiero ser bueno. No
soporto la idea de la fealdad de mi alma.
-¡Una encantadora base artística para la ética, Dorian! Te felicito por ello. Pero, ¿cómo te propones
empezar?
-Casándome con Sibyl Vane.
-¡Casándote con Sibyl Vane! -exclamó lord Henry, poniéndose en pie y contemplándolo con infinito
asombro-. Pero, mi querido Dorian...
-Sí, Harry, sé lo que me vas a decir. Algo terrible sobre el matrimonio. No lo digas. No me vuelvas a
decir cosas como ésas. Hace dos días le pedí a Sibyl que se casara conmigo. No voy a faltar a mi palabra.
¡Será mi esposa! -¿Tu esposa...? ¿No has recibido mi carta? Te he escrito esta mañana, y te envié la nota
con mi criado.
-¿Tu carta? Ah, sí, ya recuerdo. No la he leído aún, Harry. Temía que hubiera en ella algo que me
disgustara. Cortas la vida en pedazos con tus epigramas.
-Entonces, ¿no sabes nada?
-¿Qué quieres decir?
Lord Henry cruzó la habitación y, sentándose junto a Dorian Gray, le tomó las dos manos,
apretándoselas mucho.
-Dorian... -dijo-, mi carta..., no te asustes..., era para decirte que Sibyl Vane ha muerto.
Un grito de dolor escapó de los labios del muchacho, que se puso en pie bruscamente, liberando sus
manos de la presión de lord Henry.
-¡Muerta! ¡Sibyl muerta! ¡No es verdad! ¡Es una mentira espantosa! ¿Cómo te atreves a decir una cosa
así?
-Es completamente cierto, Dorian -dijo lord Henry, con gran seriedad-. Lo encontrarás en todos los
periódicos de la mañana. Te he escrito para pedirte que no recibieras a nadie hasta que yo llegara. Habrá
una investigación, por supuesto, pero no debes verte mezclado en ella. En París, cosas como ésa ponen
de moda a un hombre. Pero en Londres la gente tiene muchos prejuicios. Aquí es impensable debutar con
un escándalo. Eso hay que reservarlo para dar interés a la vejez. Imagino que en el teatro no saben cómo
te llamas. Si es así no hay ningún problema. ¿Te vio alguien dirigirte hacia su camerino? Eso es
importante.
Dorian tardó unos instantes en contestar. Estaba aturdido por el horror.
-¿Has hablado de una investigación? -tartamudeó finalmente con voz ahogada-. ¿Qué quieres decir con
eso? ¿Acaso Sibyl...? ¡Es superior a mis fuerzas, Harry! Pero habla pronto. Cuéntamelo todo
inmediatamente.
-Estoy convencido de que no ha sido un accidente, aunque hay que conseguir qué la opinión pública lo
vea de esa manera. Parece que cuando salía del teatro con su madre, alrededor de las doce y media más o
menos, dijo que había olvidado algo en el piso de arriba. Esperaron algún tiempo por ella, pero no
regresó. Finalmente la encontraron muerta, tumbada en el suelo de su camerino. Había tragado algo por
equivocación, alguna cosa terrible que usan en los teatros. No sé qué era, pero tenía ácido prúsico o
carbonato de plomo. Imagino que era ácido prúsico, porque parece haber muerto instantáneamente.
-¡Qué cosa tan atroz, Harry! -exclamó el muchacho. -Sí, verdaderamente trágica, desde luego, pero tú
no debes verte mezclado en ello. He visto en el Standard que tenía diecisiete años. Yo la hubiera creído
aún más joven. ¡Tenía tal aspecto de niña y parecía una actriz con tan poca experiencia! Dorian, no debes
permitir que este asunto te altere los nervios. Cenarás conmigo y luego nos pasaremos por la ópera. Esta
noche canta la Patti y estará allí todo el mundo. Puedes venir al palco de mi hermana. Irá con unas
amigas muy elegantes.
-De manera que he asesinado a Sibyl Vane -dijo Dorian Gray, hablando a medias consigo mismo-;
como si le hubiera cortado el cuello con un cuchillo. Pero no por ello las rosas son menos hermosas. Ni
los pájaros cantan con menos alegría en mi jardín. Y esta noche cenaré contigo, y luego iremos a la ópera
y supongo que acabaremos la velada en algún otro sitio. ¡Qué extraordinariamente dramática es la vida!
Si todo esto lo hubiera leído en un libro, Harry, creo que me habría hecho llorar. Sin embargo, ahora que
ha sucedido de verdad, y que me ha sucedido a mí, parece demasiado prodigioso para derramar lágrimas.
Aquí está la primera carta de amor apasionada que he escrito en mi vida. Es bien extraño que mi primera
carta de amor esté dirigida a una muchacha muerta. ¿Tienen sentimientos, me pregunto, esos blancos
seres silenciosos a los que llamamos los muertos? ¿Puede Sibyl sentir, entender o escuchar? ¡Ah, Harry,
cómo la amaba hace muy poco! Pero ahora me parece que han pasado años. Lo era todo para mí. Luego
llegó aquella noche horrible, ¿ayer?, en la que actuó tan espantosamente mal y en la que casi se me
rompió el corazón. Me lo explicó todo. Era terriblemente patético. Pero no me conmovió en lo más
mínimo. Me pareció una persona superficial. Aunque luego ha sucedido algo que me ha dado miedo. No
puedo decirte qué, pero ha sido terrible. Y decidí volver con Sibyl. Comprendí que me había portado mal
con ella. Y ahora está muerta. ¡Dios del cielo, Harry! ¿Qué voy a hacer? No sabes en qué peligro me
encuentro, y no hay nada que pueda mantenerme en el camino recto. Sibyl lo hubiera conseguido. No
tenía derecho a quitarse la vida. Se ha portado de una manera muy egoísta.
-Mi querido Dorian -respondió lord Henry, sacando un cigarrillo de la pitillera y luego un estuche para
cerillas con baño de oro-, la única manera de que una mujer reforme a un hombre es aburriéndolo tan
completamente que pierda todo interés por la vida. Si te hubieras casado con esa chica, habrías sido muy
desgraciado. Por supuesto la hubieras tratado amablemente. Siempre se puede ser amable con las
personas que no nos importan nada. Pero habría descubierto enseguida que sólo sentías indiferencia por
ella. Y cuando una mujer descubre eso de su marido, o empieza a vestirse muy mal o lleva sombreros
muy elegantes que tiene que pagar el marido de otra mujer. Y no hablo del faux pas social, que habría
sido lamentable, y que, por supuesto, yo no hubiera permitido, pero te aseguro que, de todos modos, el
asunto habría sido un fracaso de principio a fin.
-Imagino que sí -murmuró el muchacho, paseando por la habitación, horriblemente pálido-. Pero
pensaba que era mi deber. No es culpa mía que esta espantosa tragedia me impida actuar correctamente.
Recuerdo que en una ocasión dijiste que existe una fatalidad ligada a las buenas resoluciones, y es que
siempre se hacen demasiado tarde. Las mías desde luego.
-Las buenas resoluciones son intentos inútiles de modificar leyes científicas. No tienen otro origen que
la vanidad. Y el resultado es absolutamente nulo. De cuando en cuando nos proporcionan algunas de esas
suntuosas emociones estériles que tienen cierto encanto para los débiles. Eso es lo mejor que se puede
decir de ellas. Son cheques que hay que cobrar en una cuenta sin fondos.
-Harry -exclamó Dorian Gray, acercándose y sentándose a su lado-, ¿por qué no siento esta tragedia
con la intensidad que quisiera? No creo que me falte corazón. ¿Qué opinas tú?
-Has hecho demasiadas tonterías durante los últimos quince días para que se te pueda acusar de eso,
Dorian -respondió lord Henry, con su dulce sonrisa melancólica.
El muchacho frunció el ceño.
-No me gusta esa explicación, Harry -replicó-, pero me alegra que no me juzgues sin corazón. No es
verdad. Sé que lo tengo. Y sin embargo he de reconocer que lo que ha sucedido no me afecta como
debiera. Me parece sencillamente un final estupendo para una obra maravillosa. Tiene la belleza terrible
de una tragedia griega, una tragedia en la que he tenido un papel muy destacado, pero que no me ha
dejado heridas.
-Es un caso interesante -dijo lord Henry, que encontraba un placer sutil enjugar con el egoísmo
inconsciente de su joven amigo-; un caso sumamente interesante. Creo que la verdadera explicación es
ésta: sucede con frecuencia que las tragedias reales de la vida ocurren de una manera tan poco artística
que nos hieren por lo crudo de su violencia, por su absoluta incoherencia, su absurda ausencia de
significado, su completa falta de estilo. Nos afectan como lo hace la vulgaridad. Sólo nos producen una
impresión de fuerza bruta, y nos rebelamos contra eso. A veces, sin embargo, cruza nuestras vidas una
tragedia que posee elementos de belleza artística. Si esos elementos de belleza son reales, todo el
conjunto apela a nuestro sentido del efecto dramático. De repente descubrimos que ya no somos los
actores, sino los espectadores de la obra. O que somos más bien las dos cosas. Nos observamos, y el
mero asombro del espectáculo nos seduce. En el caso presente, ¿qué es lo que ha sucedido en realidad?
Alguien se ha matado por amor tuyo. Me gustaría haber tenido alguna vez una experiencia semejante. Me
hubiera hecho enamorarme del amor para el resto de mi vida. Las personas que me han adorado (no han
sido muchas, pero sí algunas), siempre han insistido en seguir viviendo después de que yo dejase de
quererlas y ellas dejaran de quererme a mí. Se han vuelto corpulentas y tediosas, y cuando me encuentro
con ellas se lanzan inmediatamente a los recuerdos. ¡Ah, esa terrible memoria de las mujeres! ¡Qué cosa
más espantosa! ¡Y qué total estancamiento intelectual revela! Se deben absorberlos colores de la vida,
pero nunca recordar los detalles. Los detalles siempre son vulgares.
-He de sembrar amapolas en el jardín -suspiró Dorian.
-No hace falta -replicó su amigo-. La vida siempre distribuye amapolas a manos llenas. Por supuesto,
de cuando en cuando las cosas se alargan. En una ocasión no llevé más que violetas durante toda una
temporada, a manera de luto artístico por una historia de amor que no acababa de morir. A la larga,
terminó por hacerlo. No recuerdo ya qué fue lo que la mató. Probablemente, su propuesta de sacrificar
por mí el mundo entero. Ése es siempre un momento terrible. Le llena a uno con el terror de la eternidad.
Pues bien, ¿querrás creerlo?, la semana pasada, en casa de lady Hampshire, me encontré cenando junto a
la dama de quien te hablo, e insistió en revisar toda la historia, en desenterrar el pasado y en remover el
futuro. Yo había sepultado mi amor bajo un lecho de asfódelos. Ella lo sacó de nuevo a la luz,
asegurándome que había destrozado su vida. Me veo obligado a señalar que procedió a devorar una cena
copiosísima, de manera que no sentí la menor ansiedad. Pero, ¡qué falta de buen gusto la suya! El único
encanto del pasado es que es el pasado. Pero las mujeres nunca se enteran de que ha caído el telón.
Siempre quieren un sexto acto, y tan pronto como la obra pierde interés, sugieren continuarla. Si se las
dejara salirse con la suya, todas las comedias tendrían un final trágico, y todas las tragedias culminarían
en farsa. Son encantadoramente artificiales, pero carecen de sentido artístico. Tú has tenido más suerte
que yo. Te aseguro que ninguna de las mujeres que he conocido hubiera hecho por mí lo que Sibyl Vane
ha hecho por ti. Las mujeres ordinarias se consuelan siempre. Algunas se lanzan a los colores
sentimentales. Nunca te fíes de una mujer que se viste de malva, cualquiera que sea su edad, o de una
mujer de más de treinta y cinco aficionada a las cintas de color rosa. Eso siempre quiere decir que tienen
un pasado. Otras se consuelan descubriendo de repente las excelentes cualidades de sus maridos. Hacen
ostentación en tus narices de su felicidad conyugal, como si fuera el más fascinante de los pecados.
Algunas se consuelan con la religión, cuyos misterios tienen todo el encanto de un coqueteo, según me
dijo una mujer en cierta ocasión; y lo comprendo perfectamente. Además, nada le hace a uno tan
vanidoso como que lo acusen de pecador. La conciencia nos vuelve egoístas a todos. Sí; son
innumerables los consuelos que las mujeres encuentran en la vida moderna. Y, de hecho, no he
mencionado aún el más importante.
-¿Cuál es, Harry? -preguntó el muchacho distraídamente.
-Oh, el consuelo más evidente. El que consiste en apoderarse del admirador de otra cuando se pierde al
propio. En la buena sociedad eso siempre rehabilita a una mujer. Pero, realmente, Dorian, ¡qué diferente
debía de ser Sibyl Vane de las mujeres que conocemos de ordinario! Hay algo que me parece muy
hermoso acerca de su muerte. Me alegro de vivir en un siglo en el que ocurren tales maravillas. Le hacen
creer a uno en la realidad de cosas con las que todos jugamos, como romanticismo, pasión y amor.
-Yo he sido horriblemente cruel con ella. Lo estás olvidando.
-Mucho me temo que las mujeres aprecian la crueldad, la crueldad pura y simple, más que ninguna otra
cosa. Tienen instintos maravillosamente primitivos. Las hemos emancipado, pero siguen siendo esclavas
en busca de dueño. Les encanta que las dominen. Estoy seguro de que estuviste espléndido. No te he
visto nunca enfadado de verdad, aunque me imagino el aspecto tan delicioso que tenías. Y, después de
todo, anteayer me dijiste algo que me pareció entonces puramente caprichoso, pero que ahora considero
absolutamente cierto y que encierra la clave de todo lo sucedido.
-¿Qué fue eso, Harry?
-Me dijiste que para ti Sibyl Vane representaba a todas las heroínas novelescas; que una noche era
Desdémona y otra Julieta; que si moría como Julieta, volvía a la vida como Imogen.
-Nunca resucitará ya -murmuró el muchacho, escondiendo la cara entre las manos.
-No, nunca más. Ha interpretado su último papel. Pero debes pensar en esa muerte solitaria en un
camerino de oropel como un extraño pasaje espeluznante de una tragedia jacobea, como una maravillosa
escena de Webster, de Ford, o de Cyril Tourneur. Esa muchacha nunca ha vivido realmente, de manera
que tampoco ha muerto de verdad. Para ti, al menos, siempre ha sido un sueño, un fantasma que
revoloteaba por las obras de Shakespeare y las hacía más encantadoras con su presencia, un caramillo
con el que la música de Shakespeare sonaba mejor y más alegre. En el momento en que tocó la vida real,
desapareció el encanto, la vida la echó a perder, y Sibyl murió. Lleva duelo por Ofelia, si quieres.
Cúbrete la cabeza con cenizas porque Cordelia ha sido estrangulada. Clama contra el cielo porque ha
muerto la hija de Brabantio. Pero no malgastes tus lágrimas por Sibyl Vane. Era menos real que todas
ellas.
Hubo un momento de silencio. La tarde se oscurecía en la biblioteca. Mudas, y con pies de plata, las
sombras del jardín entraron en la casa. Los colores desaparecieron cansadamente de los objetos.
Después de algún tiempo Dorian Gray alzó los ojos. -Me has explicado a mí mismo, Harry -murmuró,
con algo parecido a un suspiro de alivio-. Aunque sentía lo que has dicho, me daba miedo, y no era capaz
de decírmelo. ¡Qué bien me conoces! Pero no vamos a hablar más de lo sucedido. Ha sido una
experiencia maravillosa. Eso es todo. Me pregunto si la vida aún me reserva alguna otra cosa tan
extraordinaria.
-La vida te lo reserva todo, Dorian. No hay nada que no seas capaz de hacer, con tu maravillosa
belleza.
-Pero supongamos, Harry, que me volviera ojeroso y viejo y me llenara de arrugas. ¿Qué sucedería
entonces?
-Ah -dijo lord Henry, poniéndose en pie para marcharse-, en ese caso, mi querido Dorian, tendrías que
luchar por tus victorias. De momento, se te arrojan a los pies. No; tienes que seguir siendo como eres.
Vivimos en una época que lee demasiado para ser sabia y que piensa demasiado para ser hermosa. No
podemos pasarnos sin ti. Y ahora más vale que te vistas y vayamos en coche al club. Ya nos hemos
retrasado bastante.
-Creo que me reuniré contigo en la ópera. Estoy demasiado cansado para comer nada. ¿Cuál es el
número del palco de tu hermana?
-Veintisiete, me parece. Está en el primer piso. Encontrarás su nombre en la puerta. Pero lamento que
no cenes conmigo.
-No me siento capaz -dijo Dorian distraídamente-, aunque te estoy terriblemente agradecido por todo
lo que me has dicho. Eres sin duda mi mejor amigo. Nadie me ha entendido nunca como tú.
-Sólo estamos al comienzo de nuestra amistad -respondió lord Henry, estrechándole la mano-. Hasta
luego. Te veré antes de las nueve y media, espero. No te olvides de que canta la Patti.
Cuando se cerró la puerta de la biblioteca, Dorian Gray tocó la campanilla y pocos minutos después
apareció Víctor con las lámparas y bajó los estores. Dorian esperó con impaciencia a que se fuera. Tuvo
la impresión de que tardaba un tiempo infinito en cada gesto.
Tan pronto como se hubo marchado, corrió hacia el biombo, retirándolo. No; no se había producido
ningún nuevo cambio. El retrato había recibido antes que él la noticia de la muerte de Sibyl. Era
consciente de los sucesos de la vida a medida que se producían. La disoluta crueldad que desfiguraba las
delicadas líneas de la boca había aparecido, sin duda, en el momento mismo en que la muchacha bebió el
veneno, fuera el que fuese. ¿O era indiferente a los resultados? ¿Simplemente se enteraba de lo que
sucedía en el interior del alma? No sabría decirlo, pero no perdía la esperanza de que algún día pudiera
ver cómo el cambio tenía lugar delante de sus ojos, estremeciéndose al tiempo que lo deseaba.
¡Pobre Sibyl! ¡Qué romántico había sido todo! ¡Cuántas veces había fingido en el escenario la muerte
que había terminado por tocarla, llevándosela consigo! ¿Cómo habría interpretado aquella última y
terrible escena? ¿Lo habría maldecido mientras moría? No; había muerto de amor por él, y el amor sería
su sacramento a partir de entonces. Sibyl lo había expiado todo con el sacrificio de su vida. No pensaría
más en lo que le había hecho sufrir, en aquella horrible noche en el teatro. Cuando pensara en ella, la
vería como una maravillosa figura trágica enviada al escenario del mundo para mostrar la suprema
realidad del amor. ¿Una maravillosa figura trágica? Los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar su
aspecto infantil, su atractiva y fantasiosa manera de ser y su tímida gracia palpitante. Apartó
apresuradamente aquellos recuerdos y volvió a mirar el cuadro.
Comprendió que había llegado de verdad el momento de elegir. ¿O acaso la elección ya estaba hecha?
Sí; la vida había decidido por él; la vida y su infinita curiosidad personal sobre la vida. Eterna juventud,
pasión infinita, sutiles y secretos placeres, violentas alegrías y pecados aún más violentos; no quería
prescindir de nada. El retrato cargaría con el peso de la vergüenza; eso era todo.
Un sentimiento de dolor le invadió al pensar en la profanación que aguardaba al hermoso rostro del
retrato. En una ocasión, en adolescente burla de Narciso, había besado, o fingido besar, aquellos labios
pintados que ahora le sonreían tan cruelmente. Día tras día había permanecido delante del retrato,
maravillándose de su belleza, casi -le parecía a veces- enamorado de él. ¿Cambiaría ahora cada vez que
cediera a algún capricho? ¿Iba a convertirse en un objeto monstruoso y repugnante, que habría de
esconderse en una habitación cerrada con llave, lejos de la luz del sol que con tanta frecuencia había
convertido en oro deslumbrante la ondulada maravilla de sus cabellos? ¡Qué perspectiva tan terrible!
Por un momento pensó en rezar para que cesara la espantosa comunión que existía entre el cuadro y él.
El cambio se había producido en respuesta a una plegaria; quizás en respuesta a otra volviese a quedar
inalterable. Y, sin embargo, ¿quién, que supiera algo sobre la Vida, renunciaría al privilegio de
permanecer siempre joven, por fantástica que esa posibilidad pudiera ser o por fatídicas que resultaran las
consecuencias? Además, ¿estaba realmente en su mano controlarlo? ¿Había sido una oración la causa del
cambio? ¿Podía existir quizá alguna razón científica? Si el pensamiento influía sobre un organismo vivo,
¿no cabía también que ejerciera esa influencia sobre cosas muertas e inorgánicas? Más aún, ¿no era
posible que, sin pensamientos ni deseos conscientes, cosas externas a nosotros vibraran en unión con
nuestros estados de ánimo y pasiones, átomo llamando a átomo en un secreto amor de extraña afinidad?
Pero poco importaba la razón. Nunca volvería a tentar con una plegaria a ningún terrible poder. Si el
retrato tenía que cambiar, cambiaría. Eso era todo. ¿Qué necesidad había de profundizar más?
Porque sería un verdadero placer examinar el retrato. Podría así penetrar hasta en los repliegues más
secretos de su alma. El retrato se convertiría en el más mágico de los espejos. De la misma manera que le
había descubierto su cuerpo, también le revelaría el alma. Y cuando a ese alma le llegara el invierno, él
permanecería aún en donde la primavera tiembla, a punto de convertirse en verano. Cuando la sangre
desapareciera de su rostro, para dejar una pálida máscara de yeso con ojos de plomo, él conservaría el
atractivo de la adolescencia. Ni un átomo de su belleza se marchitaría nunca. Jamás se debilitaría el ritmo
de su vida. Como los dioses de los griegos, sería siempre fuerte, veloz y alegre. ¿Qué importaba lo que le
sucediera a la imagen coloreada del lienzo? Él estaría a salvo. Eso era lo único que importaba.
Volvió a colocar el biombo en su posición anterior, delante del retrato, sonriendo al hacerlo, y entró en
el dormitorio, donde ya le esperaba su ayuda de cámara. Una hora después se encontraba en la ópera, y
lord Henry se inclinaba sobre su silla.

Capítulo 9

Cuando estaba desayunando a la mañana siguiente, el criado hizo entrar a Basil Hallward.
-Me alegro de haberte encontrado, Dorian -dijo el pintor con entonación solemne-. Vine a verte
anoche, y me dijeron que estabas en la ópera. Comprendí que no era posible. Pero siento que no dijeras
adónde ibas en realidad. Pasé una velada horrible, temiendo a medias que a una primera tragedia pudiera
seguirle otra. Creo que deberías haberme telegrafiado cuando te enteraste de lo sucedido. Lo leí casi por
casualidad en la última edición del Globe, que encontré en el club. Vine aquí de inmediato, y sentí
mucho no verte. No sé cómo explicarte cuánto lamento lo sucedido. Me hago cargo de lo mucho que
sufres. Pero, ¿dónde estabas? ¿Fuiste a ver a la madre de esa muchacha? Por un momento pensé en
seguirte hasta allí. Daban la dirección en el periódico. Un lugar en Euston Road, ¿no es eso? Pero tuve
miedo de avivar un dolor que no me era posible aliviar. ¡Pobre mujer! ¡En qué estado debe encontrarse!
¡Y su única hija! ¿Qué ha dicho sobre lo sucedido?
-Mi querido Basil, ¿cómo quieres que lo sepa? -murmuró Dorian Gray, bebiendo un sorbo de pálido
vino blanco de una delicada copa de cristal veneciano, adornada con perlas de oro, con aire de aburrirse
muchísimo-. Estaba en la ópera. Deberías haber ido allí. Conocí a lady Gwendolen, la hermana de Harry.
Estuvimos en su palco. Es absolutamente encantadora; y la Patti cantó divinamente. No hables de cosas
horribles. Basta con no hablar de algo para que no haya sucedido nunca. Como dice Harry, el hecho de
expresarlas es lo que da realidad a las cosas. Aunque quizá deba mencionar que no era hija única. Existe
un varón, un muchacho excelente, según creo. Pero no se dedica al teatro. Es marinero o algo parecido. Y
ahora háblame de ti y de lo que estás pintando.
-Fuiste a la ópera -exclamó Hallward, hablando muy despacio, la voz estremecida por el dolor-.
¿Fuiste a la ópera mientras el cadáver de Sibyl Vane yacía en algún sórdido lugar? ¿Eres capaz de
hablarme de lo encantadoras que son otras mujeres y de la maravillosa voz de la Patti, antes de que la
muchacha a la que amabas disponga siquiera de la paz de un sepulcro donde descansar? ¿Acaso no sabes
los horrores que aguardan a ese cuerpo suyo todavía tan blanco?
-¡Basta! ¡No estoy dispuesto a escucharlo! -exclamó Dorian, poniéndose en pie con brusquedad-. No
me hables de esas cosas. Lo que está hecho, está hecho. Lo pasado, pasado está.
-¿Al día de ayer le llamas el pasado?
-¿Qué tiene que ver el lapso de tiempo transcurrido? Sólo las personas superficiales necesitan años
para desechar una emoción. Un hombre que es dueño de sí mismo pone fin a un pesar tan fácilmente
como inventa un placer. No quiero estar a merced de mis emociones. Quiero usarlas, disfrutarlas,
dominarlas.
-¡Eso que dices es horrible, Dorian! Algo te ha cambiado completamente. Sigues teniendo el mismo
aspecto que el maravilloso muchacho que, día tras día, venía a mi estudio para posar. Pero entonces eras
una persona sencilla, espontánea y afectuosa. Eras la criatura más íntegra de la tierra. Ahora, no sé qué es
lo que te ha sucedido. Hablas como si no tuvieras corazón, como si fueras incapaz de compadecerte. Es
la influencia de Harry. Lo veo con toda claridad.
El muchacho enrojeció y, llegándose hasta la ventana, contempló durante unos instantes el verdor
fulgurante del jardín, bañado de sol.
-Es mucho lo que le debo a Harry-dijo por fin-; más de lo que te debo a ti. Tú sólo me enseñaste a ser
vanidoso.
-Sin duda estoy siendo castigado por ello; o lo seré algún día.
-No entiendo lo que dices, Basil -exclamó Dorian Gray, volviéndose-. Tampoco sé lo que quieres.
¿Qué es lo que quieres?
-Quiero al Dorian Gray cuyo retrato pinté en otro tiempo -dijo el artista con tristeza.
-Basil -dijo el muchacho, acercándose a él, y poniéndole la mano en el hombro-, has llegado
demasiado tarde. Ayer, cuando oí que Sibyl Vane se había quitado la vida...
-¡Quitado la vida! ¡Cielo santo! ¿Se sabe a ciencia cierta? -exclamó Hallward, mirando horrorizado a
su amigo.
-¡Mi querido Basil! ¿No pensarás que ha sido un vulgar accidente? Por supuesto que se ha suicidado.
El hombre de más edad se cubrió la cara con las manos.
-Qué cosa tan terrible -murmuró, el cuerpo entero sacudido por un estremecimiento.
-No -dijo Dorian Gray-; no tiene nada de terrible. Es una de las grandes tragedias románticas de
nuestra época. Por regla general, los actores llevan una vida bien corriente. Son buenos maridos, o
esposas fieles, o algo igualmente tedioso. Ya sabes a qué me refiero, virtudes de la clase media y todas
esas cosas. ¡Qué diferente era Sibyl, que ha vivido su mejor tragedia! Fue siempre una heroína. La última
noche que actuó, la noche en que tú la viste, su interpretación fue mala porque había conocido la realidad
del amor. Cuando conoció su irrealidad, murió, como podría haber muerto Julieta. Volvió de nuevo a la
esfera del arte. Había algo de mártir en ella. Su muerte tiene toda la patética inutilidad del martirio, toda
su belleza desperdiciada. Pero, como iba diciendo, no debes pensar que no he sufrido. Si hubieras venido
ayer en cierto momento, hacia las cinco y media, quizá, o las seis menos cuarto, me habrías encontrado
llorando. Incluso Harry, que estaba aquí y fue quien me trajo la noticia, no se dio cuenta de lo que me
sucedía. Sufrí inmensamente. Luego el sufrimiento acabó. No puedo repetir una emoción. Nadie puede,
excepto las personas sentimentales. Y tú eres terriblemente injusto, Basil. Vienes aquí a consolarme. Es
muy de agradecer. Me encuentras consolado y te enfureces. ¡Bien por las personas compasivas! Me
haces pensar en una historia que me contó Harry acerca de cierto filántropo que se pasó veinte años
tratando de rectificar un agravio o de cambiar una ley injusta, no recuerdo exactamente de qué se trataba.
Finalmente lo consiguió, y su decepción fue inmensa. Como no tenía absolutamente nada que hacer, casi
se murió de ennui, convirtiéndose en un perfecto misántropo. Y además, mi querido Basil, si realmente
quieres consolarme, enséñame más bien a olvidar lo que ha sucedido o a verlo desde el ángulo artístico
más conveniente. ¿No era Gautier quien hablaba sobre la consolafon des arts? Recuerdo haber
encontrado un día en tu estudio un librito con tapas de vitela en el que descubrí por casualidad esa frase
deliciosa. Bien, no soy como el joven de quien me hablaste cuando estuvimos juntos en Marlow, el joven
para quien el satén amarillo podía consolar a cualquiera de todas las tristezas de la vida. Me gustan las
cosas hermosas que se pueden tocar y utilizar. Brocados antiguos, bronces con cardenillo, objetos
lacados, marfiles tallados, ambientes exquisitos, lujo, pompa: es mucho lo que se puede disfrutar con
todas esas cosas. Pero el temperamento artístico que crean, o que al menos revelan, tiene todavía más
importancia para mí. Convertirse en el espectador de la propia vida, como dice Harry, es escapar a sus
sufrimientos. Ya sé que te sorprende que te hable de esta manera. No te has dado cuenta de cómo he
madurado. No era más que un colegial cuando me conociste. Soy un hombre ya. Tengo nuevas pasiones,
nuevos pensamientos, nuevas ideas. Soy diferente, pero no debes tenerme menos afecto. He cambiado,
pero tú serás siempre mi amigo. Es cierto que a Harry le tengo mucho cariño. Pero sé que tú eres mejor.
Menos fuerte, porque le tienes demasiado miedo a la vida, pero mejor. Y, ¡qué felices éramos cuando
estábamos juntos! No me dejes, Basil, ni te pelees conmigo. Soy lo que soy. No hay nada más que decir.
El pintor se sintió extrañamente emocionado. Apreciaba infinitamente a Dorian, y gracias a su
personalidad su arte había dado un paso decisivo. No cabía seguir pensando en hacerle reproches. Tal vez
su indiferencia fuese un estado de ánimo pasajero. ¡Había tanta bondad en él, tanta nobleza!
-Bien, Dorian -dijo, finalmente, con una triste sonrisa-; a partir de hoy no volveré a hablarte de ese
suceso tan terrible. Sólo deseo que tu nombre no se vea mezclado en un escándalo. La investigación
judicial se celebra esta tarde. ¿Te han convocado?
Dorian negó con la cabeza; y una expresión de fastidio pasó por su rostro al oír mencionar la palabra
«investigación». Todo aquel asunto tenía algo de vulgar y de tosco.
-No saben cómo me llamo -respondió.
-¿Tampoco ella?
-Sólo mi nombre de pila, y estoy seguro de que nunca se lo dijo a nadie. En una ocasión me contó que
todos tenían una gran curiosidad por saber quién era yo, pero siempre les decía que era el Príncipe Azul.
Una delicadeza por su parte. Has de hacerme un dibujo de Sibyl, Basil. Me gustaría tener algo más que el
recuerdo de algunos besos y unas palabras entrecortadas llenas de patetismo.
-Trataré de hacer algo, Dorian, si eso te agrada. Pero tienes que venir y posar para mí de nuevo. Sin ti
no hago nada que merezca la pena.
-Nunca volveré a posar para ti. ¡Es imposible! -exclamó Dorian, retrocediendo.
El pintor lo miró fijamente.
-¡Mi querido Dorian, eso es una tontería! -exclamó-. ¿Quieres decir que no te gusta el retrato tuyo que
pinté? ¿Dónde está? ¿Por qué has colocado ese biombo delante? Déjamelo ver. Es lo mejor que he hecho.
Haz el favor de retirar el biombo, Dorian. Me parece vergonzoso que tu criado esconda mi retrato de esa
manera. Ahora comprendo por qué la habitación me ha parecido distinta al entrar.
-Mi criado no tiene nada que ver con eso. ¿No imaginarás que le dejo arreglar la biblioteca por mí? A
veces coloca las flores..., eso es todo. No; soy yo quien lo ha hecho. La luz era demasiado fuerte para el
retrato.
-¡Demasiado fuerte! No puede ser. Es un sitio admirable para ese cuadro. Déjamelo ver.
Un grito de terror escapó de la boca de Dorian Gray, que corrió a situarse entre el pintor y el biombo.
-Basil -dijo, sumamente pálido-, no debes verlo. No quiero que lo veas.
-¡Que no vea mi propia obra! No hablas en serio. ¿Por qué tendría que no verlo? -preguntó Hallward,
riendo.
-Si tratas de verlo, te juro por mi honor que nunca volveré a dirigirte la palabra mientras viva. Hablo
completamente en serio. No te doy ninguna explicación, ni te permito que me la pidas. Pero, recuérdalo,
si tocas ese biombo, nuestra amistad se habrá terminado para siempre.
Hallward quedó anonadado. Miró a Dorian Gray con infinito asombro. Nunca lo había visto así. El
muchacho estaba lívido de rabia. Apretaba los puños y sus pupilas eran como discos de fuego azul.
Temblaba de pies a cabeza.
-¡Dorian!
-¡No digas nada!
-Pero, ¿qué es lo que te pasa? Por supuesto que no voy a mirarlo si tú no quieres -dijo, con bastante
frialdad, girando sobre los talones y acercándose a la ventana-. Pero me parece bastante absurdo que no
pueda ver mi propia obra, sobre todo cuando me dispongo a exponerla en París en otoño. Probablemente
tendré que darle otra mano de barniz antes, de manera que tendré que verlo algún día, y ¿por qué no hoy?
-¿Exponerlo? ¿Quieres exponerlo? -exclamó Dorian Gray, sintiendo que le invadía un extraño terror.
¿Iba a ser el mundo testigo de su secreto? ¿Se quedaría la gente con la boca abierta ante el misterio de su
vida? Imposible. Había que hacer algo, no sabía aún qué, y hacerlo de inmediato.
-Sí; espero que no te opongas. George Petit va a reunir mis mejores obras para una exposición personal
en la rue de Séze que se inaugurará la primera semana de octubre. El retrato sólo estará fuera un mes.
Creo que podrás pasarte sin él ese tiempo. De hecho es seguro que no estarás en Londres. Y si lo tienes
detrás de un biombo, quiere decir que no te importa demasiado.
Dorian Gray se pasó la mano por la frente, donde habían aparecido gotitas de sudor. Se sentía al borde
de un espantoso abismo.
-Hace un mes me dijiste que no lo expondrías nunca -exclamó-. ¿Por qué has cambiado de idea? Las
personas que presumís de coherentes sois tan caprichosas como todo el mundo. La única diferencia es
que vuestros caprichos carecen de sentido. No es posible que lo hayas olvidado: me aseguraste con toda
la solemnidad del mundo que nada te impulsaría a mandarlo a ninguna exposición. Y a Harry le dijiste
exactamente lo mismo.
Se detuvo de repente y apareció en sus ojos un brillo especial. Recordó que lord Henry le había dicho
en una ocasión, medio en serio medio en broma: «Si quieres pasar un cuarto de hora insólito, haz que
Basil te cuente por qué no quiere exponer tu retrato. A mí me lo contó, y fue toda una revelación». Sí;
quizá también Basil tuviera su secreto. ¿Y si tratara de interrogarlo?
-Basil -le dijo, acercándose mucho y mirándolo fijamente a los ojos-, los dos tenemos un secreto.
Hazme saber el tuyo y yo te contaré el mío. ¿Qué razón tenías para negarte a exponer el retrato?
El pintor se estremeció a su pesar.
-Si te lo dijera, quizá disminuyera el aprecio que me tienes, y sin duda alguna te reirías de mí. Me
resulta insoportable que suceda cualquiera de esas dos cosas. Si no quieres que vuelva a ver el cuadro, lo
acepto. Siempre puedo mirarte a ti. Si quieres que mi mejor obra permanezca oculta para el mundo, me
doy por satisfecho. Tu amistad es más importante para mí que la fama o la reputación.
-No, Basil; me lo tienes que contar -insistió Dorian Gray-. Creo que tengo derecho a saberlo -el
sentimiento de terror había desaparecido, sustituido por la curiosidad. Estaba decidido a descubrir el
misterio de Basil Hafward.
-Vamos a sentarnos, Dorian -dijo el pintor con gesto preocupado-. Siéntate y respóndeme a una sola
pregunta. ¿Has notado algo peculiar en el cuadro? ¿Algo que probablemente no advertiste en un primer
momento, pero que se te ha revelado de repente?
-¡Basil! -exclamó el muchacho, agarrándose a los brazos del sillón con manos temblorosas, y
mirándolo con ojos más llenos de miedo que de sorpresa.
-Ya veo que sí. No digas nada. Espera a escuchar lo que tengo que decir. Desde el momento en que te
conocí, tu personalidad ha tenido sobre mí la más extraordinaria de las influencias. Has dominado mi
alma, mi cerebro, mis energías. Te convertiste en la encarnación tangible de ese ideal nunca visto cuyo
recuerdo obsesiona a los artistas como un sueño inefable. Te idolatraba. Sentía celos de todas las
personas con las que hablabas. Te quería para mí solo. Sólo era feliz cuando estaba contigo. Y cuando te
alejabas de mí seguías presente en mi arte... Por supuesto nunca te hice saber nada de todo eso. Hubiera
sido imposible. No lo habrías entendido. Apenas lo entendía yo. Sólo sabía que había visto la perfección
cara a cara, y que, ante mis ojos, el mundo se había convertido en algo maravilloso; demasiado
maravilloso, quizá, porque en una adoración tan desmesurada existe un peligro, el peligro de perderla, no
menos grave que el de conservarla... Pasaron semanas y semanas, y yo estaba cada día más absorto en ti.
Luego sucedió algo nuevo. Te había dibujado como Paris con una primorosa armadura, y como Adonis
con capa de cazador y lanza bruñida. Coronado con flores de loto en la proa de la falúa de Adriano,
mirando hacia la otra orilla sobre las verdes aguas turbias del Nilo. Inclinado sobre un estanque inmóvil
en algún bosque griego, habías visto en la plata silenciosa del agua la maravilla de tu propio rostro. Y
todo había sido, como conviene al arte, inconsciente, ideal y remoto. Un día, un día fatídico, pienso a
veces, decidí pintar un maravilloso retrato tuyo tal como eres, no con vestiduras de edades muertas, sino
con tu ropa y en tu época. No sé si fue el realismo del método o la maravilla misma de tu personalidad,
que se me presentó entonces sin intermediarios, sin niebla ni velo. Pero sé que mientras trabajaba en él,
con cada pincelada, con cada toque de color me parecía estar revelando mi secreto. Sentí miedo de que
otros advirtieran mi idolatría. Comprendí que había dicho demasiado, que había puesto demasiado de mí
en aquel cuadro. Decidí entonces no permitir que el retrato se expusiera nunca en público. Tú te
molestaste un poco; pero no te diste cuenta de todo lo que significaba para mí. Harry, a quien le hablé de
ello, se rió de mí. Pero no me importó. Cuando el cuadro estuvo terminado, y me quedé a solas con él,
sentí que yo tenía razón... Luego, a los pocos días, el lienzo abandonó mi estudio, y tan pronto como me
libré de la intolerable fascinación de su presencia, me pareció absurdo imaginar que hubiera algo especial
en él, aparte del hecho de que tú eras muy bien parecido y de que yo era capaz de pintar. Incluso ahora no
puedo por menos de pensar que es un error creer que la pasión que se siente durante la creación aparece
de verdad en la obra creada. El arte es siempre más abstracto de lo que imaginamos. La forma y el color
sólo nos hablan de sí mismos..., eso es todo. Con frecuencia me parece que el arte esconde al artista
mucho más de lo que lo revela. De manera que cuando recibí la invitación de París decidí hacer de tu
retrato la pieza principal de mi exposición. Nunca se me ocurrió que te negaras. Ahora comprendo que
tenías razón. El retrato no se puede mostrar. No te enfades conmigo por lo que te he contado, Dorian.
Como le dije a Harry en una ocasión, estás hecho para ser adorado.
Dorian Gray respiró hondo. Sus mejillas recobraron el color y sus labios juguetearon con una sonrisa.
Había pasado el peligro. De momento estaba a salvo. Pero no podía dejar de sentir una piedad infinita por
el pintor que acababa de hacerle aquella extraña confesión, al tiempo que se preguntaba si alguna vez
llegaría a sentirse tan dominado por la personalidad de un amigo. Lord Henry tenía el encanto de ser muy
peligroso. Pero nada más. Era demasiado inteligente y demasiado cínico para que nadie sintiera por él un
afecto apasionado. ¿Habría alguna vez alguien que suscitara en él, en Dorian Gray, tan extraña idolatría?
¿Era ésa una de las cosas que le reservaba la vida?
-Me parece extraordinario, Dorian -prosiguió Hallward-, que hayas descubierto mi secreto en el
retrato. ¿Lo has visto de verdad?
-Vi algo en él -respondió el joven-; algo que me pareció sumamente curioso.
-Bien; ahora ya no te importará que lo vea, ¿no es cierto?
Dorian negó con un movimiento de cabeza.
-No me pidas eso, Basil. No puedo permitir que veas ese cuadro cara a cara.
-Pero llegará algún día en que sí.
-Nunca.
-Bien; quizás estés en lo cierto. Me despido de ti. Has sido la única persona que de verdad ha influido
en mi arte. Si he hecho algo que merezca la pena, te lo debo a ti. ¡Ah! No sabes lo que me ha costado
decirte todo lo que te he dicho.
-Mi querido Basil -respondió Dorian-, ¿qué es lo que me has contado? Simplemente, que te parecía
que me admirabas demasiado. Eso ni siquiera llega a ser un cumplido.
-No era mi intención hacerte un cumplido. Ha sido una confesión. Ahora que ya la he hecho, tengo la
impresión de haber perdido algo de mí mismo. Quizá nunca se deba traducir en palabras un sentimiento
de adoración.
-Ha sido una confesión muy decepcionante.
-¿Qué esperabas, Dorian? No has visto ninguna otra cosa en el cuadro, ¿no es cierto? ¿Había algo más
que ver?
-No, no había nada más. ¿Por qué lo preguntas? Pero no debes hablar de adoración. No tiene sentido.
Tú y yo somos amigos, y hemos de seguir siéndolo siempre.
-Tienes a Harry-dijo el pintor con tristeza.
-¡Ah, Harry! -exclamó el muchacho con una carcajada-. Harry se pasa los días diciendo cosas
increíbles y las veladas haciendo cosas improbables. Exactamente la clase de vida que me gustaría llevar.
Pero de todos modos no creo que fuese en busca de Harry cuando tuviera problemas. Creo que iría antes
a verte a ti.
-¿Volverás a posar para mí?
-¡Imposible!
-Destrozas mi vida de artista negándote. Nadie se tropieza dos veces con el ideal. Y son muy pocos los
que lo encuentran siquiera una.
-No te lo puedo explicar, pero no puedo volver a posar para ti. Hay algo fatal en un retrato. Tiene vida
propia. Iré a tomar el té contigo. Será igual de placentero.
-Placentero para ti, mucho me temo -murmuró Hallward, pesaroso-. Y ahora, adiós. Siento que no me
dejes ver el cuadro una vez más. Pero qué se le va a hacer. Entiendo perfectamente tus sentimientos.
Mientras lo veía salir de la habitación, Dorian Gray no pudo evitar una sonrisa. ¡Pobre Basil! ¡Qué
lejos estaba de saber la verdadera razón! ¡Y qué extraño era que, en lugar de verse forzado a revelar su
propio secreto, hubiera logrado, casi por casualidad, arrancar a su amigo el suyo! ¡Cuántas cosas le había
explicado aquella extraña confesión! Los absurdos ataques de celos del pintor, su desmedida devoción,
sus extravagantes alabanzas, sus curiosas reticencias..., ahora lo entendía todo, y sintió pena. Le pareció
que había algo trágico en una amistad tan cercana al amor.
Suspiró y tocó la campanilla. Tenía que ocultar el retrato a toda costa. No podía correr de nuevo el
riesgo de verse descubierto. Había sido una locura permitir que continuara, ni siquiera por una hora, en
una habitación donde entraban sus amigos.

Capítulo 10

Cuando entró el criado, lo miró fijamente, preguntándose si se le habría ocurrido curiosear detrás del
biombo. Absolutamente impasible, Víctor esperaba sus órdenes. Dorian encendió un cigarrillo y se
acercó al espejo. En él vio reflejado con toda claridad el rostro del ayuda de cámara, máscara perfecta de
servilismo. No había nada que temer por aquel lado. Pero enseguida pensó que más le valía estar en
guardia.
Con voz reposada, le encargó decirle al ama de llaves que quería verla, y que después fuese a la tienda
del marquista y le pidiese que enviara a dos de sus hombres al instante. Le pareció que mientras salía de
la habitación, la mirada de Víctor se desviaba hacia el biombo. ¿O era imaginación suya?
Al cabo de un momento, con su vestido negro de seda, y mitones de hilo a la vieja usanza cubriéndole
las manos, la señora Leaf entró, apresurada, en la biblioteca. Dorian le pidió la llave del aula.
-¿La antigua aula, señor Dorian? -exclamó el ama de llaves-. ¡Pero si está llena de polvo! Tengo que
limpiar y poner orden antes de dejarle entrar. No se la puede ver tal como está, no señor.
-No quiero que ponga usted orden, Leaf. Sólo quiero la llave.
-Lo que usted diga, señor, pero se llenará de telarañas. Hace casi cinco años que no se abre, desde que
murió su señoría.
Dorian puso mala cara al oír hablar de su abuelo. Tenía muy malos recuerdos suyos.
-No importa -dijo-. Sólo quiero verla, eso es todo. Déme la llave.
-Y aquí la tiene -dijo la anciana, repasando el contenido de su manojo de llaves con manos
trémulamente inseguras-. Ésta es. La sacaré enseguida. ¿No pensará usted vivir allí, tan cómodo como
está aquí?
-No, no -exclamó Dorian, algo irritado-. Muchas gracias, Leaf. Eso es todo.
El ama de llaves tardó aún unos momentos en retirarse, extendiéndose sobre algún detalle del gobierno
de la casa. Dorian suspiró, y le dijo que lo administrara todo como mejor le pareciera. Finalmente se
marchó, deshaciéndose en sonrisas.
Al cerrarse la puerta, Dorian se guardó la llave en el bolsillo y recorrió la biblioteca con la mirada. Sus
ojos se detuvieron en un amplio cubrecama de satén morado con bordados en oro que su abuelo había
encontrado en un convento próximo a Bolonia. Sí; serviría para envolver el horrible lienzo. Quizás se
había utilizado más de una vez como mortaja. Ahora tendría que ocultar algo con una corrupción
peculiar, peor que la de los muertos: algo que engendraría horrores sin por ello morir nunca. Lo que los
gusanos eran para el cadáver, serían sus pecados para la imagen pintada en el lienzo, destruyendo su
apostura y devorando su gracia. Lo mancharían, convirtiéndolo en algo vergonzoso. Y sin embargo
aquella cosa seguiría viva, viviría siempre.
Dorian se estremeció y durante unos instantes lamentó no haberle contado a Basil la verdadera razón
para esconder el retrato. El pintor le hubiera ayudado a resistir la influencia de lord Henry, y otra, todavía
más venenosa, que procedía de su propio temperamento. En el amor que Basil le profesaba -porque se
trataba de verdadero amor- no había nada que no fuera noble e intelectual. No era la simple admiración
de la belleza que nace de los sentidos y que muere cuando los sentidos se cansan. Era un amor como el
que habían conocido Miguel Ángel, y Montaigne, y Winckelmann, y el mismo Shakespeare. Sí, Basil
podría haberlo salvado. Pero ya era demasiado tarde. El pasado siempre se podía aniquilar.
Arrepentimiento, rechazo u olvido podían hacerlo. Pero el futuro era inevitable. Había en él pasiones que
encontrarían su terrible encarnación, sueños que harían real la sombra de su perversidad.
Dorian retiró del sofá la gran tela morada y oro que lo cubría y, con ella en las manos, pasó detrás del
biombo. ¿Se había degradado aún más el rostro del lienzo? Le pareció que no había cambiado; la
repugnancia que le inspiraba, sin embargo, iba en aumento. Cabellos de oro, ojos azules, labios
encendidos: todo estaba allí. Tan sólo la expresión era distinta. Le asustó su crueldad. Comparado con lo
que él descubría allí de censura y de condena, ¡cuán superficiales los reproches de Basil acerca de Sibyl
Vane! Superficiales y anodinos. Su alma misma lo miraba desde el lienzo llamándolo a juicio.
Dolorosamente afectado, Dorian arrojó la lujosa mortaja sobre el cuadro. Mientras lo hacía, llamaron a la
puerta. Salió de detrás del biombo cuando entraba el criado.
-Señor, han llegado esas personas.
Dorian sintió que tenía que deshacerse de Víctor lo antes posible. No debía saber adónde se llevaba el
cuadro. Había algo malicioso en él, y en sus ojos brillaba el cálculo y la traición. Sentándose en el
escritorio, redactó velozmente una nota para lord Henry, pidiéndole que le mandara alguna lectura y
recordándole que habían quedado en verse a las ocho y cuarto.
-Espere la respuesta -le dijo al ayuda de cámara al tenderle la misiva-, y haga pasar aquí a esos
hombres.
Dos o tres minutos después se oyó de nuevo llamar a la puerta, y el señor Hubbard en persona, el
famoso marquista de South Audley Street, entró con un joven ayudante de aspecto más bien tosco. El
señor Hubbard era un hombrecillo de tez colorada y patillas rojas, cuyo entusiasmo por el arte quedaba
atemperado por la persistente falta de recursos de la mayoría de los artistas que con él se relacionaban.
En principio nunca abandonaba su tienda. Esperaba a que los clientes fuesen a verlo. Pero siempre hacía
una excepción en favor del señor Gray. Había algo en Dorian que seducía a todo el mundo. Verlo ya era
un placer.
-¿Qué puedo hacer por usted, señor Gray? -dijo, frotándose las manos, rollizas y pecosas-. He pensado
que sería para mí un honor venir en persona. Acabo de adquirir un marco que es una joya. En una
subasta. Florentino antiguo. Creo que viene de Fonthill. Maravillosamente adecuado para un tema
religioso, señor Gray.
-Siento mucho que se haya tomado tantas molestias, señor Hubbard. Iré desde luego a su
establecimiento para ver el marco, aunque últimamente no me interesa demasiado la pintura religiosa,
pero en el día de hoy sólo se trata de subir un cuadro a lo más alto de la casa. Pesa bastante, y por eso he
pensado en pedirle que me prestara a un par de hombres.
-No es ninguna molestia, señor Gray. Es una alegría para mí serle de utilidad. ¿Cuál es la obra de arte?
-Ésta -replicó Dorian Gray, apartando el biombo-. ¿Podrá usted moverlo, con la tela que lo cubre, tal
como está? No quiero que se roce por las escaleras.
-No hay ninguna dificultad -dijo el afable marquista, empezando, con la ayuda de su subordinado, a
descolgar el cuadro de las largas cadenas de bronce de las que estaba suspendido-. Y ahora, señor Gray,
¿dónde tenemos que llevarlo?
-Le mostraré el camino, señor Hubbard, si es tan amable de seguirme. O quizá sea mejor que vaya
usted delante. Mucho me temo que la habitación está en lo más alto de la casa. Iremos por la escalera
principal, que es más ancha.
Mantuvo la puerta abierta para dejarlos pasar, salieron al vestíbulo e iniciaron la ascensión por la
escalera. La barroca ornamentación del marco había hecho que el retrato resultase muy voluminoso y, de
cuando en cuando, pese a las obsequiosas protestas del señor Hubbard, a quien horrorizaba, como les
sucede a todos los verdaderos comerciantes, la idea de que un caballero haga algo útil, Dorian intentaba
echarles una mano.
-No se puede decir que sea demasiado ligero -dijo el marquista con voz entrecortada cuando llegaron
al último descansillo, procediendo a secarse la frente.
-Me temo que pesa bastante -murmuró Dorian, mientras, con la llave que le había entregado la señora
Leaf, abría la puerta de la estancia que iba a guardar el extraño secreto de su vida y a ocultar su alma a
los ojos de los hombres.
Hacía más de cuatro años que no entraba allí, aunque en otro tiempo la hubiera utilizado como cuarto
de juegos primero y más adelante como sala de estudio. Habitación amplia y bien proporcionada, el
difunto lord Kelso la había construido especialmente para el nieto al que siempre había detestado por el
notable parecido con su madre -y también por otras razones-, y al que quería mantener lo más lejos
posible. A Dorian le pareció que había cambiado muy poco. Allí estaba el enorme cassone italiano, con
sus paneles cubiertos de fantásticas pinturas y sus deslustradas molduras doradas, en cuyo interior se
había escondido de pequeño con tanta frecuencia. Allí estaba la librería de madera de satín, llena de sus
libros escolares, con signos evidentes de haber sido muy usados. De la pared de detrás aún colgaba el
mismo tapiz flamenco muy gastado, donde unos descoloridos rey y reina jugaban al ajedrez en un jardín,
mientras un grupo de cetreros pasaba a caballo, con aves encapuchadas en las muñecas enguantadas.
¡Qué bien se acordaba de todo! Los recuerdos de su solitaria infancia se le agolparon en la memoria
mientras miraba a su alrededor. Recordó la pureza inmaculada de su vida adolescente, y le pareció
horrible que fuese allí donde tuviera que esconder el fatídico retrato. ¡Qué poco había imaginado, en
aquellos días muertos para siempre, lo que el destino le reservaba!
Pero no había en toda la casa un lugar donde fuese a estar mejor protegido contra miradas inquisitivas.
Con la llave en su poder, nadie más podría entrar allí. Bajo su mortaja morada, el rostro pintado en el
lienzo podía hacerse bestial, deforme, inmundo. ¿Qué más daba? Nadie lo vería. Ni siquiera él. ¿Por qué
tendría que contemplar la odiosa corrupción de su alma? Conservaría la juventud: eso bastaba. Y,
además, ¿no cabía la posibilidad de que algún día nacieran en él sentimientos más nobles? No había
razón para pensar en un futuro vergonzoso. Quizá el amor pudiera cruzarse en su vida, purificándolo y
protegiéndolo de aquellos pecados que ya parecían agitársele en la carne y el espíritu: aquellos curiosos
pecados todavía informes cuya indeterminación misma les prestaba sutileza y atractivo. Tal vez, algún
día, el rictus de crueldad habría desaparecido de la delicada boca y él estaría en condiciones de mostrar al
mundo la obra maestra de Basil Hallward.
No; eso era imposible. Hora a hora, semana a semana, la criatura del lienzo envejecería. Quizá evitara
la fealdad del pecado, pero no la de la edad. Las mejillas se descarnarían y se harían fláccidas. Amarillas
patas de gallo aparecerían en torno a ojos apagados. El cabello perdería su brillo, la boca se abriría o se le
caerían las comisuras, dando al rostro una expresión estúpida o grosera, como sucede con las bocas de
los ancianos. Y la garganta se le llenaría de arrugas, las manos de venas azuladas, el cuerpo se le torcería,
como sucediera con el de su abuelo, tan severo con él en su adolescencia. Había que esconder el cuadro.
No cabía otra solución.
-Haga el favor de traerlo aquí, señor Hubbard -dijo con voz cansada, volviéndose-. Siento haberle
hecho esperar tanto. Estaba pensando en otra cosa.
-Siempre es bueno descansar un poco, señor Gray -respondió el marquista, que aún respiraba con cierta
agitación-. ¿Dónde tenemos que ponerlo?
-Oh, en cualquier sitio. Aquí mismo; aquí estará bien. No lo quiero colgar. Apóyelo contra la pared.
Gracias.
-¿Se puede contemplar la obra de arte, señor Gray?
Dorian se sobresaltó.
-No le interesaría, señor Hubbard -dijo, mirándolo fijamente. Se sentía dispuesto a abalanzarse sobre él
y arrojarlo al suelo si se atrevía a alzar la lujosa tela que ocultaba el secreto de su vida-. No deseo
molestarle más. Le estoy muy agradecido por su amabilidad al venir en persona.
-Nada de eso, en absoluto, señor Gray. Siempre estaré encantado de hacer cualquier cosa por usted -y
el señor Hubbard bajó ruidosamente las escaleras seguido por su ayudante, que se volvió a mirar a
Dorian con una expresión de tímido asombro en sus toscas facciones. Nunca había visto a nadie tan
maravilloso.
Cuando se perdió el ruido de sus pisadas, Dorian cerró la puerta y se guardó la llave en el bolsillo.
Ahora se sentía seguro. Nadie volvería a contemplar a aquella horrible criatura. Ninguna mirada que no
fuera la suya vería su vergüenza.
Al entrar en la biblioteca se dio cuenta de que acababan de dar las cinco y de que ya le habían traído el
té. Sobre una mesita de oscura madera fragante con abundantes incrustaciones de nácar, regalo de lady
Radley, la esposa de su tutor, una enferma profesional de gustos delicados, que había pasado en El Cairo
el invierno anterior, se hallaba una nota de lord Henry y, a su lado, un libro de cubierta amarilla,
ligeramente rasgada y con los bordes estropeados. En la bandeja del té descansaba también un ejemplar
de la tercera edición de The St James's Gazette. Era evidente que Víctor había regresado. Se preguntó si
se habría cruzado en el vestíbulo con el señor Hubbard cuando se marchaba, interrogándolo
discretamente para saber qué habían hecho él y su ayudante. Sin duda echaría de menos el cuadro; lo
habría echado ya de menos mientras colocaba el servicio del té. El biombo no había vuelto a ocupar su
sitio y el hueco en la pared resultaba perfectamente visible. Quizás alguna noche encontrara a su criado
subiendo sigilosamente las escaleras e intentando forzar la puerta de la antigua sala de estudio. Era
horrible tener a un espía en la propia casa. Había oído historias sobre personas con mucho dinero,
chantajeadas toda su vida por un criado que había leído una carta, u oído casualmente una conversación,
o que se había guardado una tarjeta con una dirección, o que había encontrado bajo una almohada una
flor marchita o un arrugado jirón de encaje.
Suspiró y, después de servirse una taza de té, leyó la nota de lord Henry. Sólo le decía que le enviaba
el periódico de la tarde y un libro que quizá le interesase; y que estaría en el club a las ocho y cuarto.
Dorian abrió lánguidamente The Gazette para echarle una ojeada. En la página cinco, un párrafo marcado
con lápiz rojo atrajo su atención:

«INVESTIGACIÓN JUDICIAL SOBRE UNA ACTRIZ. Esta mañana, en Bell Tavern, Hoxton Road,
el señor Danby, coroner del distrito, ha llevado a cabo una investigación acerca de la muerte de Sibyl
Vane, joven actriz recientemente contratada por el Royal Theatre de Holberon. El veredicto ha sido de
muerte accidental. Son muchas las muestras de condolencia que ha recibido la madre de la desaparecida,
que se ha mostrado muy afectada por los hechos durante su testimonio personal, al que ha seguido el del
doctor Birrell, autor del examen post-mortem de la fallecida».
Dorian frunció el entrecejo y, rasgando el periódico en dos, cruzó la habitación y se deshizo de los
trozos. ¡Qué desagradable era todo ello! ¡Y cómo la fealdad contribuía a hacer más reales las cosas! Se
sintió un tanto molesto con lord Henry por haberle enviado aquella noticia. Y desde luego era un
estupidez que la hubiera señalado con lápiz rojo. Víctor podía haberla leído. Sabía inglés más que
suficiente para hacerlo.
Quizá lo había hecho, y empezaba a sospechar algo. ¿Qué más daba, de todos modos? ¿Qué tenía que
ver Dorian Gray con la muerte de Sibyl Vane? No había nada que temer. Él no la había matado.
Contempló el libro que lord Henry le enviaba. Se preguntó qué sería. Fue hacia la mesita octogonal de
color perla, que siempre le había parecido obra de unas extrañas abejas egipcias que trabajasen la plata,
tomó el volumen, se dejó caer en un sillón y empezó a pasar las páginas. A los pocos minutos le había
capturado por completo. Se trataba del libro más extraño que había leído nunca. Se diría que los pecados
del mundo, exquisitamente vestidos, y acompañados por el delicado sonar de las flautas, pasaban ante sus
ojos como una sucesión de cuadros vivos. Cosas que había soñado confusamente se hicieron realidad de
repente. Cosas que nunca había soñado empezaron a revelársele poco a poco.
Era una novela sin argumento y con un solo personaje, ya que se trataba, en realidad, de un estudio
psicológico de cierto joven parisino que empleó la vida tratando de experimentar en el siglo XIX todas
las pasiones y maneras de pensar pertenecientes a los siglos anteriores al suyo, resumiendo en sí mismo,
por así decirlo, los diferentes estados de ánimo por los que había pasado el espíritu del mundo, y que
amó, por su misma artificialidad, esos renunciamientos a los que los hombres llaman erróneamente
virtudes, al igual que las rebeldías naturales a las que los prudentes llaman pecados. El libro estaba
escrito en un estilo curiosamente ornamental, gráfico y oscuro al mismo tiempo, lleno de argot y de
arcaísmos, de expresiones técnicas y de las complicadas perífrasis que caracterizan la obra de algunos de
los mejores artistas de la escuela simbolista francesa. Había en él metáforas tan monstruosas como
orquídeas, y con la misma sutileza de color. Se describía la vida de los sentidos con el lenguaje de la
filosofía mística. A veces era difícil saber si se estaba leyendo la descripción de los éxtasis de algún santo
medieval o las morbosas confesiones de un pecador moderno. Era un libro venenoso. El denso olor del
incienso parecía desprenderse de sus páginas y turbar el cerebro. La cadencia misma de las frases, la sutil
monotonía de su música, tan lleno como estaba de complejos estribillos y de movimientos
elaboradamente repetidos, produjo en la mente de Dorian Gray, al pasar de capítulo en capítulo, algo
semejante a una ensoñación, una enfermedad del sueño que le hizo no darse cuenta de que iba cayendo el
día y creciendo las sombras.
Limpio de nubes y atravesado por una estrella solitaria, un cielo de color cobre verdoso resplandecía
del otro lado de las ventanas. Dorian siguió leyendo con su pálida luz hasta que ya no pudo seguir.
Luego, después de que el ayuda de cámara le hubiera recordado varias veces que se estaba haciendo
tarde, se puso en pie y, trasladándose a la habitación vecina, dejó el libro en la mesa florentina que
siempre estaba junto a su cama, y empezó a vestirse para la cena.
Casi eran las nueve cuando llegó al club, donde encontró a lord Henry, solo, en una habitación que se
utilizaba por las mañanas como sala de estar, con aire de infinito aburrimiento.
-Lo siento, Harry -exclamó el muchacho-, pero en realidad has tenido tú la culpa. El libro que me has
prestado es tan fascinante que se me ha pasado el tiempo volando.
-Sí; me pareció que te gustaría -replicó su anfitrión, levantándose del asiento.
-No he dicho que me guste, Harry. He dicho que me fascina. Hay una gran diferencia.
-Ah, ¿ya has hecho ese descubrimiento? -murmuró lord Henry, mientras se dirigían hacia el comedor.

Capítulo 11

Durante años, Dorian Gray no pudo librarse de la influencia de aquel libro. O quizá sea más exacto
decir que nunca trató de hacerlo. Encargó que le trajeran de París al menos nueve ejemplares de la
primera edición en papel de gran tamaño, con márgenes muy amplios, y los hizo encuadernar en colores
diferentes, de manera que se acomodaran a sus distintos estados de ánimo y a los cambiantes caprichos
de una sensibilidad sobre la que, a veces, parecía haber perdido casi por completo el control. El
protagonista, el asombroso joven parisino cuyos temperamentos romántico y científico estaban tan
extrañamente combinados, se convirtió en prefiguración de sí mismo. Y, de hecho, el libro entero le
parecía contener la historia de su vida, escrita antes de que él la hubiera vivido.
Había, sin embargo, un punto en el que era más afortunado que el fantástico protagonista de la novela.
Nunca padeció el terror, un tanto grotesco -nunca, de hecho, tuvo razón alguna para ello-, que inspiraban
los espejos, las brillantes superficies de los metales y el agua inmóvil al joven parisino desde una
temprana edad, terror ocasionado por la repentina desaparición de una belleza que en otro tiempo, al
parecer, había sido extraordinariamente llamativa. Dorian Gray solía leer, con un júbilo casi cruel -y
quizá en casi todas las alegrías, como sin duda en todos los placeres, la crueldad tiene su lugar- la última
parte del libro, con su relato verdaderamente trágico, aunque hasta cierto punto demasiado subrayado, del
dolor y la desesperación de alguien que había perdido lo que apreciaba, por encima de todo, en otras
personas y en el mundo.
Porque la singular belleza que tanto había fascinado a Basil Hallward y a otros muchos nunca parecía
abandonarlo. Incluso quienes habían oído de él las mayores vilezas -y periódicamente extraños rumores
sobre su manera de vivir corrían por Londres y se convertían en la comidilla de los clubs-, no les daban
crédito si llegaban a conocerlo personalmente. Dorian Gray conservaba el aspecto de alguien que se ha
mantenido lejos de la vileza del mundo. Las conversaciones groseras se interrumpían cuando entraba en
una habitación. Había una pureza en su rostro que tenía todo el valor de un reproche. Su mera presencia
parecía despertar el recuerdo de una inocencia mancillada. Todo el mundo se preguntaba cómo alguien
tan atractivo y puro había escapado a la corrupción de una época sórdida a la vez que sensual.
Con frecuencia, al regresar a su casa de una de aquellas misteriosas y prolongadas ausencias que daban
pie a tan extrañas conjeturas entre quienes eran, o creían ser, sus amigos, Dorian Gray se deslizaba
escaleras arriba hasta la habitación cerrada del ático, abría la puerta con la llave que nunca se separaba de
su persona, y se colocaba, con un espejo, delante del retrato pintado por Basil Hallward, mirando unas
veces al rostro malvado y envejecido del lienzo y otras las facciones siempre jóvenes y bien parecidas
que se reían de él desde la brillante superficie de cristal. La nitidez misma del contraste aumentaba su
placer. Se fue enamorando cada vez más de la belleza de su cuerpo e interesándose más y más por la
corrupción de su alma. Examinaba con minucioso cuidado, y a veces con un júbilo monstruoso y terrible,
los espantosos surcos que cortaban su arrugada frente y que se arrastraban en torno ala boca sensual,
perdido todo su encanto, preguntándose a veces qué era lo más horrible, si las huellas del pecado o las de
la edad. También colocaba las manos, nacaradas, junto a las manos rugosas e hinchadas del cuadro, y
sonreía. Se burlaba del cuerpo deforme y de las extremidades claudicantes.
De noche, insomne en su dormitorio, siempre perfumado por delicados aromas, o en la sórdida
habitación de una taberna de pésima reputación cerca de los muelles, que tenía por costumbre frecuentar
disfrazado y con nombre falso, había momentos, efectivamente, en los que pensaba en la destrucción de
su alma con una compasión que era especialmente patética por puramente egoísta. Pero aquellos
momentos no se prodigaban. La curiosidad acerca de la vida, que lord Henry despertara por vez primera
en él cuando estaban en el jardín de su amigo Basil, parecía crecer a medida que se satisfacía. Cuanto
más sabía, más quería saber. Padecía hambres locas que se hacían más devoradoras cuanto mejor las
alimentaba.
No se dejaba ir por completo, sin embargo, al menos en sus relaciones con la buena sociedad. Una o
dos veces al mes durante el invierno, y los miércoles por la tarde durante la temporada, abría al mundo
las puertas de su magnífica casa y contrataba a los músicos más celebrados del momento para que
deleitaran a sus invitados con las maravillas de su arte. Sus cenas íntimas, en cuya organización siempre
colaboraba lord Henry, eran famosas por la cuidadosa selección y distribución de los invitados, así como
por el gusto exquisito en la decoración de la mesa, con su sutil arreglo sinfónico de flores exóticas,
manteles bordados y antigua vajilla de oro y plata. Abundaban de hecho, especialmente entre los más
jóvenes, quienes veían, o imaginaban ver, en Dorian Gray, la verdadera encarnación de un modelo con el
que habían soñado a menudo en sus días de Eton y de Oxford, una persona que conjugaba en cierto modo
la cultura del erudito con el encanto, la distinción y los perfectos modales de un ciudadano del mundo.
Les parecía que formaba parte del grupo de aquellos a los que Dante describe porque tratan de «hacerse
perfectos mediante el culto rendido a la belleza». Como Gautier, era alguien para quien «existía el mundo
visible».
Para él, ciertamente, la Vida era la primera y la más grande de las artes, y todas las demás no eran más
que una preparación para ella. La moda, por medio de la cual lo puramente fantástico se hace por un
momento universal, y el dandismo que, a su manera, trata de afirmar la modernidad absoluta de la
belleza, le fascinaban. Su manera de vestir y los estilos peculiares, que de cuando en cuando propugnaba,
tenían una marcada influencia en los jóvenes elegantes que se dejaban ver en los bailes de Mayfair o
detrás de los ventanales de los clubs de Pall Mall, y que copiaban todo lo que Dorian Gray hacía,
esforzándose por reproducir el encanto pasajero de sus graciosas coqueterías, que, para él, nunca
llegaban a ser del todo serias.
Porque, si bien estaba totalmente dispuesto a aceptar la posición privilegiada que se le ofreció casi de
inmediato al alcanzar la mayoría de edad, y hallaba un placer sutil en la idea de que podía
verdaderamente convertirse para el Londres de su época en lo que el autor del Satiricón había sido en
otro tiempo para la Roma imperial de Nerón, en lo más íntimo de su alma deseaba ser algo más que un
simple arbiter elegantiarum, a quien se consulta sobre la manera de llevar una joya, de cómo anudar una
corbata o sobre cómo manejar un bastón. Dorian Gray trataba de inventar una nueva manera de vivir que
descansara en una filosofía razonada y en unos principios bien organizados, y que hallara en la
espiritualización de los sentidos su meta más elevada.
El culto de los sentidos ha sido censurado con frecuencia y con mucha justicia, porque al ser humano
su naturaleza le hace sentir un terror instintivo ante pasiones y sensaciones que le parecen más fuertes
que él, y que es consciente de compartir con formas inferiores del mundo orgánico. Pero Dorian Gray
consideraba que nunca se había entendido bien la verdadera naturaleza de los sentidos, que habían
permanecido en un estado salvaje y animal sencillamente porque el mundo había tratado de someterlos
por el hambre y matarlos por el dolor, en lugar de proponerse convertirlos en elementos de una nueva
espiritualidad, en la que el rasgo dominante sería un admirable instinto para captar la belleza. Al
contemplar el camino recorrido por el ser humano desde los albores de la historia, le dominaba un
sentimiento de pesar. ¡Eran tantas las capitulaciones! ¡Y con tan escasos resultados! Se habían producido
rechazos insensatos, formas monstruosas de mortificación, de autotortura, cuyo origen era el miedo y su
resultado una degradación infinitamente más terrible que la degradación imaginaria de la que el ser
humano, en su ignorancia, había tratado de escapar. La naturaleza, utilizando su maravillosa ironía,
empujaba al anacoreta a alimentarse con los animales salvajes del desierto y al ermitaño le daba por
compañeros a las bestias del campo.
Sí; tenía que haber, como lord Henry había profetizado, un nuevo hedonismo que recreara la vida, que
la salvara de ese puritanismo tosco y violento que está teniendo en nuestra época un extraño
renacimiento. Un hedonismo que utilizaría sin duda los servicios de la inteligencia, pero sin aceptar
teoría o sistema alguno que implicara el sacrificio de cualquier modalidad de experiencia apasionada. Su
objetivo, efectivamente, era la experiencia misma y no los frutos de la experiencia, tanto dulces como
amargos. Prescindiría del ascetismo que sofoca los sentidos y de la vulgar desvergüenza que los embota.
Pero enseñaría al ser humano a concentrarse en los instantes singulares de una vida que no es en sí
misma más que un instante.
Son muy pocos aquellos de entre nosotros que no se han despertado a veces antes del alba, o después
de una de esas noches sin sueños que casi nos hacen amar la muerte, o de una de esas noches de horror y
de alegría monstruosa, cuando se agitan en las cámaras del cerebro fantasmas más terribles que la misma
realidad, rebosantes de esa vida intensa, inseparable de todo lo grotesco, que da al arte gótico su
imperecedera vitalidad, puesto que ese arte bien parece pertenecer sobre todo a los espíritus
atormentados por la enfermedad del ensueño. Poco a poco, dedos exangües surgen de detrás de las
cortinas y parecen temblar. Adoptando fantásticas formas oscuras, sombras silenciosas se apoderan,
reptando, de los rincones de la habitación para agazaparse allí. Fuera, se oye el agitarse de pájaros entre
las hojas, o los ruidos que hacen los hombres al dirigirse al trabajo, o los suspiros y sollozos del viento
que desciende de las montañas y vaga alrededor de la casa silenciosa, como si temiera despertar a los que
duermen, aunque está obligado a sacar a toda costa al sueño de su cueva de color morado. Uno tras otro
se alzan los velos de delicada gasa negra, las cosas recuperan poco a poco forma y color y vemos cómo
la aurora vuelve a dar al mundo su prístino aspecto. Los lívidos espejos recuperan su imitación de la vida.
Las velas apagadas siguen estando donde las dejamos, y a su lado descansa el libro a medio abrir que nos
proponíamos estudiar, o la flor preparada que hemos lucido en el baile, o la carta que no nos hemos
atrevido a leer o que hemos leído demasiadas veces. Nada nos parece que haya cambiado. De las
sombras irreales de la noche renace la vida real que conocíamos. Hemos de continuar allí donde nos
habíamos visto interrumpidos, y en ese momento nos domina una terrible sensación, la de la necesidad de
continuar, enérgicamente, el mismo ciclo agotador de costumbres estereotipadas, o quizá, a veces, el loco
deseo de que nuestras pupilas se abran una mañana a un mundo remodelado durante la noche para
agradarnos, un mundo en el que las cosas poseerían formas y colores recién inventados, y serían
distintas, o esconderían otros secretos, un mundo en el que el pasado tendría muy poco o ningún valor, o
sobreviviría, en cualquier caso, sin forma consciente de obligación o de remordimiento, dado que incluso
el recuerdo de una alegría tiene su amargura, y la memoria de un placer, su dolor.
A Dorian Gray le parecía que la creación de mundos como aquéllos era la verdadera meta o, al menos,
una de las verdaderas metas de la vida; y en su búsqueda de sensaciones que fuesen al mismo tiempo
nuevas y placenteras, y poseyeran ese componente de lo desconocido que es tan esencial para el ensueño,
adoptaba con frecuencia ciertos modos de pensamiento que sabía eran realmente ajenos a su naturaleza,
abandonándose a su sutil influencia, y luego, después de impregnarse, por así decirlo, de su color, y una
vez satisfecha su natural curiosidad, los abandonaba con esa curiosa indiferencia que no es incompatible
con un temperamento verdaderamente ardiente, y que, de hecho, según ciertos psicólogos modernos, es
frecuentemente su condición indispensable.
En una ocasión se rumoreó que se disponía a convertirse al catolicismo; y, desde luego, el ritual
romano siempre le había atraído mucho. El diario sacrificio de la misa, más terriblemente real que todos
los sacrificios del mundo antiguo, le conmovía tanto por su supremo desprecio del testimonio de los
sentidos como por la primitiva simplicidad de sus elementos y el eterno patetismo de la tragedia humana
que trataba de simbolizar. Le gustaba arrodillarse sobre el frío suelo de mármol, y contemplar al
sacerdote, con su tiesa casulla floreada, apartar lentamente con sus manos marfileñas el velo del
tabernáculo, y alzar la custodia con la pálida hostia que a veces, a uno le gustaría creer, es realmente el
panis caelestis, el alimento de los ángeles; o, revestido con los atributos de la pasión de Cristo, partir la
sagrada forma y golpearse el pecho para pedir la remisión de todos los pecados. Los humeantes
incensarios, que los serios monaguillos, con sus encajes y sus sotanas rojo escarlata, lanzaban al aire
como grandes flores doradas, ejercían sobre Dorian Gray una sutil fascinación. Al salir de la iglesia,
miraba con asombro los negros confesionarios, y le hubiera gustado sentarse en el interior de uno de ellos
para escuchar cómo hombres y mujeres susurraban a través de la gastada rejilla la verdadera historia de
su vida.
Pero nunca cometió el error de detener su desarrollo intelectual aceptando de manera oficial credo o
sistema alguno, ni convirtiendo en morada permanente una posada que sólo es conveniente para pasar un
día, o unas pocas horas de una noche sin estrellas y en la que la luna esté de parto. El misticismo, con su
maravilloso poder para convertir en extrañas las cosas corrientes, y el sutil antinomismo que siempre
parece acompañarlo, le conmovió durante una temporada; y durante otra se inclinó hacia las doctrinas
materialistas del movimiento darwinista alemán y encontró un curioso placer en retrotraer los
pensamientos y las pasiones de los hombres a alguna célula nacarada de su cerebro, o a algún nervio
blanquecino de su cuerpo, encantado con la idea de que el espíritu dependiera absolutamente de ciertas
condiciones físicas, morbosas o sanas, normales o patológicas. Sin embargo, como ya se ha dicho de él,
ninguna teoría sobre la vida le parecía importante comparada con la vida misma. Era muy consciente de
la esterilidad de toda especulación intelectual si se separa de la acción y de la experiencia. Sabía que los
sentidos, no menos que el alma, tenían misterios espirituales que revelar.
Por ello se entregó durante algún tiempo al estudio de los perfumes y a los secretos de su fabricación,
destilando aceites intensamente aromáticos, y quemando gomas odoríferas del Oriente, lo que le permitió
darse cuenta de que no había estado de ánimo que no tuviera correspondencia en la vida de los sentidos,
consagrándose a descubrir sus verdaderas relaciones, preguntándose por qué el incienso empuja a la
mística, por qué el ámbar gris desata las pasiones, por qué la violeta despierta el recuerdo de amores
muertos y por qué el almizcle perturba el cerebro y el champac la imaginación, tratando en repetidas
ocasiones de elaborar una verdadera psicología de los perfumes, y de calcular las diversas influencias de
las raíces poseedoras de olores suaves, de las flores cargadas de polen, o de los bálsamos aromáticos, de
las maderas oscuras y fragantes, del espicanardo que provoca la náusea, de la hovenia que enloquece y de
los áloes de los que se dice que logran expulsar del alma la melancolía.
En otra época se dedicó por entero a la música, y en una amplia habitación con celosías, techo
bermellón y oro y paredes lacadas en verde oliva, daba curiosos conciertos en los que cíngaros frenéticos
arrancaban músicas salvajes de cítaras diminutas, o serios tunecinos vestidos de amarillo pulsaban las
tensas cuerdas de monstruosos laúdes, mientras negros sonrientes golpeaban monótonamente tambores
de cobre y esbeltos indios enturbanados, cruzados de piernas sobre esteras de color escarlata, tañían
largas flautas de caña o de bronce y encantaban, o fingían encantar, a grandes cobras y horribles víboras
cornudas. Los ritmos sincopados y las estridentes disonancias de aquellas músicas bárbaras le conmovían
en momentos en que el encanto de Schubert, los hermosos pesares de Chopin y hasta las majestuosas
armonías del mismo Beethoven no conseguían hacer mella en su oído. Reunió, procedentes de todas las
partes del mundo, los instrumentos más extraños que pueden encontrarse, tanto en los sepulcros de
pueblos desaparecidos como entre las escasas tribus salvajes que han sobrevivido al contacto con las
civilizaciones occidentales, y disfrutaba tocándolos y probándolos. Poseía los misteriosos juruparis de
los indios de Río Negro, instrumentos que no se permite mirar a las mujeres y que incluso los jóvenes
sólo pueden ver después de someterse al ayuno y al cilicio; las vasijas de barro de los peruanos de los que
extraen gritos agudos como de pájaros, y flautas fabricadas con huesos humanos, como las que Alfonso
de Ovalle escuchó en Chile, y los sonoros jaspes verdes que se encuentran cerca de Cuzco y que
producen notas de singular dulzura. Dorian Gray poseía calabazas pintadas, llenas de guijarros, que
resonaban cuando se las agitaba; el largo clarín de los mexicanos, en el que el intérprete no sopla, sino
que a través de él aspira el aire; el tosco ture de las tribus amazónicas, que hacen sonar los centinelas que
permanecen todo el día en árboles altísimos y a los que se puede oír, según cuentan, a una distancia de
tres leguas; el teponaztli, compuesto de dos láminas vibrantes de madera, y que se golpea con palillos
recubiertos de la goma elástica que se obtiene de la savia lechosa de algunas plantas; las campanas yotl
de los aztecas, que se cuelgan en racimos, como si fuesen uvas; y un enorme tambor cilíndrico, cubierto
con las pieles de grandes serpientes, como el que Bernal Díaz del Castillo vio cuando entró con Cortés en
el templo mexicano, y de cuyo sonido quejumbroso nos ha dejado una descripción tan gráfica.
El carácter fantástico de aquellos instrumentos le fascinaba, y le producía un curioso placer la idea de
que el arte, como la naturaleza, tiene sus monstruos, criaturas de forma bestial y voces odiosas. Sin
embargo, al cabo de algún tiempo se cansaba de ellos, y regresaba a su palco en la ópera, ya fuese solo o
en compañía de lord Henry, para escuchar con profundo placer Tannhäuser, viendo en el preludio de esa
gran obra una interpretación de la tragedia de su alma.
En otra ocasión emprendió el estudio de las joyas, y se presentó en un baile de disfraces como Anne de
Joyeuse, almirante de Francia, con un traje recubierto de quinientas sesenta perlas. Esta afición lo cautivó
durante años y puede decirse, de hecho, que nunca le abandonó. Con frecuencia empleaba un día entero
colocando y volviendo a colocar en sus estuches las diferentes piedras que había coleccionado, como el
crisoberilo verde oliva que se enrojece a la luz de una lámpara, la cimofana, atravesada por una línea de
plata, el peridoto, de color verde pistacho, topacios rosados o dorados como el vino, carbunclos
ferozmente escarlata con trémulas estrellas de cuatro puntas, granates de Ceilán rojo fuego, las espinelas
naranja y violeta, y las amatistas, con sus capas alternas de rubí y zafiro. Le encantaba el rojo dorado de
la piedra solar y la blancura de perla de la piedra lunar, así como el arco iris roto del ópalo lechoso.
Consiguió en Amsterdam tres esmeraldas de extraordinario tamaño y riqueza de color, y poseía una
turquesa de la vieille roche que era la envidia de todos los entendidos.
Descubrió igualmente historias maravillosas sobre joyas. En su Disciplina Clericales, Pedro Alfonso
menciona una serpiente con ojos de auténtico jacinto, y en la vida novelada de Alejandro se dice del
conquistador de Ematia que encontró en el valle del Jordán serpientes «en cuyas espaldas crecían collares
de verdaderas esmeraldas». Existe, nos dice Filóstrato, una piedra preciosa en el cerebro del dragón y «si
se le muestran letras doradas y una túnica escarlata» el monstruo se sume en un sueño mágico y es
posible matarlo. Según el gran alquimista Pierre de Boniface, el diamante proporciona invisibilidad, y el
ágata de la India, elocuencia. La cornalina calma la cólera, el jacinto invita al sueño y la amatista disipa
los vapores del vino. El granate ahuyenta a los demonios, y el hidropicus priva a la luna de su color. La
selenita crece y mengua con la luna, y al meloceo, descubridor de ladrones, sólo le afecta la sangre del
cabrito. Leonardus Camillus había visto extraer de un sapo recién muerto una piedra blanca, antídoto
infalible contra el veneno. El bezoar, que se encuentra en el corazón del ciervo de Arabia, es un hechizo
que puede curar la peste. En los nidos de los pájaros de Arabia se halla el aspilates que, según Demócrito,
evita a quien lo lleva todo peligro de fuego.
El rey de Ceilán, en la ceremonia de su coronación, atravesó su capital a caballo con un gran rubí en la
mano. Las puertas del palacio del Preste Juan «estaban hechas de sardónice, incrustado de cuernecillos
de cerasta o víbora cornuda, de manera que nadie pudiera introducir venenos en su interior». Sobre el
gablete había «dos manzanas de oro con dos carbunclos», de manera que el oro brillara de día y los
carbunclos de noche. En la extraña novela de Lodge, A Margarite of America, se afirma que en la
cámara de la reina podía verse a «todas las damas castas del mundo, en relicarios de plata, que miraban a
quienes las contemplaban a través de hermosos espejos de crisolitas, carbunclos, zafiros y verdes
esmeraldas». Marco Polo había visto a los habitantes de Cipango colocar perlas rosadas en la boca de los
difuntos. Un monstruo marino estaba enamorado de la perla que el buceador llevó al rey Peroz, por lo
que mató al ladrón y guardó luto durante siete lunas en razón de su pérdida. Cuando los hunos lograron
atraer al rey a una gran fosa, el monarca la arrojó lejos -así lo relata Procopio- y nunca se la volvió a
encontrar, pese a que el emperador Anastasio ofreció como recompensa quinientos quintales de piezas de
oro. El rey de Malabar había mostrado a cierto veneciano un rosario de trescientas cuatro perlas, una por
cada dios al que rendía culto.
Cuando el duque de Valentinois, hijo de Alejandro VI, visitó a Luis XII, su caballo, nos cuenta
Brantóme, iba cargado de hojas de oro, y su gorro estaba adornado con dos hileras de deslumbrantes
rubíes. Carlos de Inglaterra, cuando montaba a caballo, llevaba unas espuelas adornadas con
cuatrocientos veintiún diamantes. Ricardo II tenía un gabán, valorado en treinta mil marcos, que estaba
recubierto de balajes, rubíes de color morado. Hall describía a Enrique VIII, de camino hacia la Torre de
Londres antes de su coronación, con «una veste recamada en oro, el jubón bordado con diamantes y otras
piedras preciosas y, en torno al cuello, un gran collar de grandes balajes». Los favoritos de Jacobo I
llevaban pendientes hechos de esmeraldas montadas en filigrana de oro. Eduardo II dio a Piers Gaveston
una armadura de oro rojo tachonada de jacintos, un collar de rosas de oro con turquesas y un gorro
parsemé de perlas. Enrique II utilizaba guantes enjoyados que le llegaban hasta el codo, y poseía un
guante de cetrería adornado de doce rubíes y cincuenta y dos grandes perlas de Oriente. Del sombrero
ducal de Carlos el Temerario, último duque de Borgoña de su estirpe, tachonado de zafiros, colgaban
perlas con forma de pera.
¡Cuán exquisita era la vida en otros tiempos! ¡Qué magnificencia en la pompa y en la ornamentación!
La simple lectura de lo que fue el lujo de antaño maravillaba.
Dorian Gray se interesó más adelante por los bordados y los tapices que hacían oficio de frescos en las
frías salas de las naciones septentrionales de Europa. Mientras investigaba el tema -y siempre tuvo la
extraordinaria facultad de sumergirse por completo, llegado el momento, en el tema que abordaba- casi le
entristeció reflexionar sobre los destrozos que el Tiempo causa en todo lo que es hermoso y
extraordinario. Él, al menos, había escapado a aquella condena. Los veranos se sucedían, los junquillos
dorados habían florecido y muerto muchas veces, y noches de horror repetían la historia de su infamia,
pero Dorian seguía siempre igual. El invierno no estropeaba su tez ni marchitaba el esplendor de su
juventud. ¡Bien distinto era lo que sucedía con las cosas materiales! ¿Qué se había hecho de ellas?
¿Dónde estaba el gran manto, de color azafrán, tejido por morenas doncellas para complacer a Atenea,
por el que los dioses habían luchado contra los gigantes? ¿Dónde estaba el inmenso velarium que Nerón
extendiera sobre el Coliseo romano, aquella titánica vela morada en la que estaba representado el cielo
estrellado, y Apolo conduciendo un carro tirado por blancos corceles con riendas de oro? Dorian
anhelaba ver las curiosas servilletas confeccionadas para el Sacerdote dei Sol, en las que se habían
representado todas las golosinas y viandas que pudieran desearse para un festín; el paño mortuorio del
rey Chilperico, con sus trescientas abejas doradas; las extravagantes túnicas que despertaron la
indignación del obispo del Ponto, donde estaban representados «leones; panteras, osos, perros, bosques,
rocas, cazadores: todo lo que, de hecho, un pintor puede copiar de la naturaleza»; y el jubón que vistiera
en cierta ocasión Carlos de Orleans, en cuyas mangas se había bordado la letra de una canción que
empezaba con «Madame, je suis tout joyeux», en hilo de oro el acompañamiento musical de las palabras,
y cada nota, de forma cuadrada en aquellos tiempos, formada por cuatro perlas. También supo Dorian
Gray de la habitación que se preparó en el palacio de Reims para albergar a la reina Juana de Borgoña,
decorada con «mil trescientos veintiún loros adornados con las armas reales, y quinientas sesenta y una
mariposas, cuyas alas lucían, de manera similar, las armas de la reina, todo el conjunto trabajado en oro».
Catalina de Médicis se hizo preparar un lecho fúnebre de terciopelo negro tachonado de medias lunas y
soles. Sus cortinas eran de damasco, adornadas con frondosas coronas y guirnaldas sobre un fondo de oro
y plata, los bordes decorados con bordados de perlas, que se colocó en una estancia de cuyo techo
colgaban hileras de divisas de la reina en terciopelo negro sobre paño de plata. Luis XIV tenía, en sus
apartamentos, cariátides bordadas en oro de quince pies de altura. El lecho de gala de Juan III Sobieski,
rey de Polonia, estaba hecho de brocado de oro de Esmirna en el que se habían escrito con turquesas
versículos del Corán. Los apoyos eran de plata dorada, bellamente cincelados, y profusamente adornados
con medallones esmaltados y enjoyados. Se trataba de un botín de guerra, tomado del campamento turco
durante el sitio de Viena, y el estandarte de Mahoma había flotado al viento bajo los vibrantes dorados de
su baldaquín.
Y así, durante todo un año, Dorian se esforzó por acumular los ejemplares más exquisitos de tejidos y
bordados: delicadas muselinas de Delhi, exquisitamente trabajadas con adornos de palmas en hilo de oro
y tachonadas con alas de escarabajos irisados; gasas de Dacca, a las que, dada su transparencia, se
conocen en Oriente como «aire tejido» y «agua corriente», y también como «rocío nocturno»; telas de
Java con extrañas figuras; tapices amarillos muy refinados procedentes de China; libros encuadernados
en satén leonado o bellas sedas azules, y adornados con flores de lis, pájaros e imágenes; velos de lacis
tejidos con punto de Hungría; brocados sicilianos y tiesos terciopelos españoles; telas georgianas con sus
monedas doradas, y fukusas japonesas con sus dorados de tonos verdes y sus aves de maravilloso
plumaje.
También sentía una especial pasión por las vestiduras eclesiásticas, como de hecho por todo lo
referente al servicio de la Iglesia. En los largos baúles de cedro, dispuestos a lo largo de la galería oeste
de su casa, había almacenado gran número de ejemplares raros y soberbios de lo que es realmente el
aderezo de la Esposa de Cristo, que debe adornarse con la púrpura, las joyas y el lino de mejor calidad
para ocultar su pálido cuerpo, mortificado, gastado por el sufrimiento que ella misma busca y herido por
los dolores que se inflige. Dorian poseía una suntuosa capa pluvial de seda carmesí y damasco con hilo
de oro, en la que las granadas repetían un motivo estilizado de flores de seis pétalos, a cuyos lados se
reproducía en perlas finas el emblema de la piña. Los orifrés estaban divididos en paneles representando
escenas de la vida de la Virgen, y bordada su coronación en sedas de colores sobre la capucha. Se trataba
de un trabajo italiano del siglo XV. Otra capa pluvial era de terciopelo verde, bordado con grupos de
hojas de acanto en forma de corazón, de los que surgían flores blancas de largo tallo, trabajadas en hilo
de plata y cristales de colores. El broche lucía una cabeza de serafín bordada en relieve con hilo de oro.
Los orifrés estaban tejidos en un adamascado de seda roja y oro, y constelados con medallones de
muchos mártires y santos, entre los que se hallaba san Sebastián. También se hizo con casullas de seda
color ámbar, y seda azul y brocado de oro, y de seda adamascada amarilla y paño de oro, con
representaciones de la Pasión y la Crucifixión de Cristo, y bordadas con leones y pavos reales y otros
emblemas; dalmáticas de satén blanco y de damasco de seda rosa, decoradas con tulipanes y delfines y
flores de lis; frontales de altar de terciopelo carmesí y lino azul; y muchos corporales, velos de cáliz y
sudarios. En la utilización mística asignada a aquellos objetos había algo que estimulaba su imaginación.
Porque aquellos tesoros y todo lo que coleccionaba en su hermosa mansión estaba destinado a servirle
de medio para el olvido, eran una manera de escapar, durante una temporada, al miedo que a veces le
parecía casi demasiado intenso para poder soportarlo. En una pared de la solitaria habitación, siempre
cerrada con llave, donde transcurriera una parte tan considerable de su infancia y adolescencia, había
colgado con sus propias manos el terrible retrato cuyos rasgos cambiantes le mostraban la verdadera
degradación de su vida, y delante, a modo de cortina, había colocado el paño mortuorio de color morado
y oro. Pasaba semanas sin subir, olvidándose de aquella espantosa pintura, recuperando la ligereza de
espíritu, la maravillosa alegría de vivir, dejándose absorber apasionadamente por la existencia misma.
Luego, de repente, una noche cualquiera, salía furtivamente de su casa, bajaba hasta alguno de los
terribles lugares próximos a Blue Gate Fields, y allí se quedaba, por espacio de varios días, hasta que lo
echaban. Al regresar a su casa, se sentaba delante del retrato, a veces aborreciéndolo y aborreciéndose,
pero dejándose dominar, en otras ocasiones, por ese orgulloso individualismo que supone buena parte de
la fascinación del pecado, y sonreía, secretamente complacido, a la imagen deforme, condenada a
soportar el peso que debiera haber caído sobre sus espaldas.
Al cabo de algunos años empezó a resultarle imposible pasar mucho tiempo fuera de Inglaterra, y
renunció a la villa que había compartido en Trouville con lord Henry, así como a la blanca casita de
Argel, aislada por un alto muro, donde ambos habían pasado más de una vez el invierno. No podía vivir
lejos del retrato que era un elemento tan imprescindible de su vida, y temía, además, que, durante su
ausencia, alguien entrara en la habitación, a pesar de los complicados cerrojos que había hecho instalar.
Se daba cuenta, por otra parte, con toda claridad, de que el retrato nada revelaría. Era cierto que
todavía conservaba, bajo la vileza y fealdad del rostro, un considerable parecido con el original; pero,
¿qué consecuencias se podían extraer de ello? Dorian Gray se reiría de cualquiera que intentase utilizarlo
en su contra. No lo había pintado él. ¿Qué le importaba lo vil y abyecto de su apariencia? Aunque
revelase la verdad, ¿quién la creería?
Pero eso no impedía que sintiera miedo. A veces, cuando se hallaba en la gran mansión familiar de
Nottinghamshire, donde recibía a los jóvenes elegantes de su misma posición social que eran sus
compañeros habituales, y donde asombraba a todo el condado por el lujo gratuito y la suntuosidad
desmedida de su manera de vivir, abandonaba de repente a sus invitados para regresar precipitadamente a
la capital y comprobar que nadie había forzado la puerta y que el retrato seguía en su sitio. ¿Qué
sucedería si alguien lo robara? La mera posibilidad le helaba de horror. Sin duda el mundo llegaría
entonces a conocer su secreto. Quizá el mundo lo sospechaba ya.
Porque, si bien era cierto que fascinaba a muchos, había ya bastantes personas que desconfiaban de él.
Casi estuvieron a punto de negarle la admisión en un club del West End, pese a que su cuna y su posición
social justificaban plenamente que se le diera una respuesta afirmativa; también se contaba que, en una
ocasión, al llevarle uno de sus amigos al salón para fumadores del Churchill, el duque de Berwick y otro
caballero se pusieron en pie de manera muy ostensible y se retiraron. Curiosas historias acerca de su
persona empezaron a hacerse frecuentes una vez que cumplió los veinticinco años. Se rumoreaba que se
le había visto peleándose con marineros extranjeros en un local de pésima reputación en las
profundidades de Whitechapel, e igualmente que se relacionaba con ladrones y monederos falsos y que
conocía todos los misterios de sus oficios. Sus sorprendentes ausencias se hicieron famosas, y cuando
reaparecía entre la buena sociedad, la gente cuchicheaba en los rincones, o dejaba escapar una risa
burlona al pasar a su lado, o lo miraba con fríos ojos interrogadores, como si estuvieran decididos a
descubrir su secreto.
Dorian Gray, por supuesto, no prestaba la menor atención a tales insolencias y desprecios deliberados
y, en opinión de la mayoría, su naturalidad y su aire jovial, su encantadora sonrisa adolescente y la gracia
infinita de la maravillosa juventud que parecía no abandonarle nunca, eran por sí solas respuesta
suficiente a las calumnias, porque así las calificaba la mayoría, que circulaban acerca de él. Se señalaba,
de todos modos, que algunas de las personas con las que había tenido un trato más íntimo parecían, al
cabo de algún tiempo, evitarlo. Mujeres que manifestaron hacia él una adoración sin limites, que
desafiaron por él la censuró de la sociedad y que prescindieron de todas las convenciones, palidecían de
vergüenza y horror si Dorian Gray entraba en el salón donde se encontraban.
Aquellos escándalos susurrados sólo servían, sin embargo, a ojos de muchos, para acrecentar su
extraño y peligroso encanto. Su gran fortuna era, indudablemente, un elemento de seguridad. La
sociedad, la sociedad civilizada al menos, nunca está muy dispuesta a creer nada en detrimento de
quienes son, al mismo tiempo, ricos y fascinantes. Siente, de manera instintiva, que los modales tienen
más importancia que la moral y, en su opinión, la respetabilidad más acrisolada vale muchísimo menos
que la posesión de un buen chef. Y, a decir verdad, consuela muy poco saber que la persona que te invita
a una cena execrable o que te sirve un vino de mala calidad es irreprochable en su vida privada. Ni
siquiera las virtudes cardinales justifican unas entrées semifrías, como señaló en una ocasión lord Henry
en un debate sobre aquel tema; y existen sin duda excelentes razones para sostener ese punto de vista.
Porque los cánones de la buena sociedad son, o deberían ser, los mismos que los cánones del arte. La
forma es absolutamente esencial. La vida social debe tener la dignidad de una ceremonia, y también su
irrealidad, y combinar la insinceridad de una comedia romántica con el ingenio y la belleza que la dotan
de encanto para nosotros. ¿Acaso la insinceridad es una cosa tan terrible? No lo creo. Es, sencillamente,
un método que nos permite multiplicar nuestras personalidades.
Tal era, al menos, la opinión de Dorian Gray, que se asombraba de la superficialidad de esos
psicólogos para quienes el Yo es algo sencillo, permanente, fiable y único. Para él, el hombre era un ser
dotado de innumerables vidas y sensaciones, una criatura compleja y multiforme que albergaba curiosas
herencias de pensamientos y pasiones, y cuya carne misma estaba infectada por las monstruosas
dolencias de los muertos. Disfrutaba paseando por el frío corredor de su casa solariega donde se
almacenaban los cuadros familiares, para contemplar los diferentes retratos de aquellos cuya sangre
corría por sus venas. Allí estaba Philip Herbert, de quien Francis Osborne, en su Memoires on the Reigns
of Queen Elizabeth and King James, nos dice que era «mimado por la corte debido a su apostura, aunque
su bello rostro no lo acompañó durante mucho tiempo». ¿Acaso la vida que él llevaba era semejante a la
del joven Herbert? ¿Acaso algún extraño germen venenoso había ido pasando de organismo en
organismo hasta alcanzar finalmente el suyo? ¿Era el sentimiento confuso de aquella gracia perdida lo
que le había lanzado, tan de repente y casi sin motivo, a pronunciar, en el estudio de Basil Hallward, la
plegaria insensata que había cambiado su vida? Y allí, con su jubón rojo bordado en oro, gabán enjoyado,
gorguera y puños con bordes dorados, se hallaba sir Anthony Sherard, con la armadura negra y plata a los
pies. ¿Qué había heredado Dorian de aquel hombre? El amante de Giovanna de Nápoles, ¿le había legado
algún pecado, alguna infamia? ¿No eran sus acciones otra cosa que los sueños que los muertos no se
habían atrevido a poner por obra? Allí, desde el lienzo de colores apagados, sonreía lady Elizabeth
Devereux, con su capucha de gasa, peto de perlas y mangas rosas acuchilladas. Una flor en la mano
derecha, y en la izquierda un collar esmaltado de rosas blancas y damasquinadas. Sobre una mesa, a su
lado, descansaban una mandolina y una manzana. Y grandes rosetas sobre sus puntiagudos zapatitos.
Dorian sabía de su vida, y las extrañas historias que se contaban sobre sus amantes. ¿Había en él algo de
su temperamento? Sus ojos almendrados de pesados párpados parecían mirarlo con curiosidad. ¿Y qué
decir de George Willoughby, con su peluca empolvada y sus lunares extravagantes? ¡Qué perverso
parecía! El rostro taciturno y moreno, y los labios sensuales en los que se dibujaba una mueca de desdén.
Delicados puños de encaje caían sobre las largas manos amarillentas demasiado cargadas de sortijas.
Había sido un pisaverde del siglo XVIII, y amigo, en su juventud, de lord Ferrars. ¿Y del segundo lord
Beckenham, compañero del Príncipe Regente en sus años más locos, y uno de los testigos de su
matrimonio secreto con la señora Fitzherbert? ¡Qué orgulloso y apuesto, con sus bucles de color castaño
y su pose de perdonavidas! ¿Qué pasiones le había legado? El mundo le atribuyó todas las infamias.
Había dirigido sin duda las orgías de Carlton House. Pero sobre su pecho brillaba la estrella de la
jarretera. Junto al suyo podía verse el retrato de su esposa, una pálida mujer vestida de negro, de labios
muy finos. También aquella sangre corría por las venas de Dorian. ¡Qué curioso parecía todo! Y su
madre, con el rostro a lo lady Hamilton y los labios frescos, humedecidos por el vino: Dorian sabía lo
que había recibido de ella. Le había transmitido su belleza, y la pasión por la belleza de otros. Se reía de
él con su holgado vestido de bacante. Había hojas de viña en sus cabellos. La copa que sostenía
derramaba púrpura. Los claveles del cuadro se habían marchitado, pero los ojos seguían siendo
maravillosos por su profundidad y la magia de su color. Y parecían seguirlo dondequiera que fuese.
Pero también se tienen antepasados literarios, además de los de la propia estirpe, muchos de ellos quizá
más próximos por la constitución y el temperamento, y con una influencia de la que se era consciente con
mucha mayor claridad. Había ocasiones en que a Dorian Gray le parecía que la totalidad de la historia no
era más que el relato de su propia vida, no como la había vivido en sus acciones y detalles, sino como su
imaginación la había creado para él, como había existido en su cerebro y en sus pasiones. Tenía la
sensación de haberlas conocido a todas, a aquellas extrañas y terribles figuras que habían atravesado el
gran teatro del mundo, haciendo del pecado algo tan maravilloso y del mal algo tan sutil. Le parecía que,
de algún modo misterioso, sus vidas habían sido también la suya.
El protagonista mismo de la maravillosa novela que tanto había influido en su vida tuvo aquella
curiosa impresión. En el capítulo séptimo cuenta cómo, coronado de laurel para evitar ser herido por el
rayo, había sido Tiberio, que leía, en un jardín de Capri, las obras escandalosas de la autora griega
Elefantis, mientras enanos y pavos reales se paseaban a su alrededor, y el flautista imitaba el ir y venir
del incensario; había sido Calígula, de francachela en los establos con palafreneros de casaca verde antes
de cenar en un pesebre de marfil junto a un caballo con la frente cubierta de joyas; y Domiciano,
vagabundo por un corredor con espejos de mármol, buscando por todas partes, con ojos enfebrecidos, el
reflejo de una daga destinada a poner fin a sus días, y enfermo de ese ennui, de ese terrible taedium vitae,
destino común de todos aquellos a quienes la vida no ha negado nada; más adelante, también había
presenciado, a través de una transparente esmeralda, las sangrientas carnicerías del Circo para luego, en
una litera de perlas y púrpura, tirada por mulas con herraduras de plata, regresar, por la calle de las
Granadas, a la Casa Dorada, mientras que, a su paso, los habitantes de Roma aclamaban al César Nerón;
había sido Heliogábalo, el rostro pintado de colores, que trabajaba en la rueca entre las mujeres, y que
trajo de Cartago a la Luna, para dársela al Sol en matrimonio místico.
Dorian leía una y otra vez tan fantástico capítulo, y los dos siguientes, que presentaban, como lo hacen
ciertos tapices singulares o ciertos esmaltes extraños hábilmente trabajados, las formas estremecedoras y
espléndidas de aquellos a quienes el Vicio y la Sangre y el Tedio convirtieron en monstruos o en locos:
Filippo, duque de Milán, que asesinó a su esposa y le pintó los labios con un veneno escarlata para que su
amante sorbiera la destrucción de la criatura muerta que acariciaba; Pietro Barbi, el veneciano, conocido
con el nombre de Paulo II, quien, en su vanidad, quiso reclamar el título de Fermosus, y cuya y
tiara, valorada en doscientos mil florines, se compró al precio de un pecado abominable; Gian Maria
Visconti, que utilizaba sabuesos para cazar hombres, y cuyo cuerpo, al morir asesinado, cubrió de rosas
una hetaira que lo había amado; el Borgia sobre su corcel blanco, y el Fratricida cabalgando a su lado,
con el manto manchado por la sangre de Perotto; Pietro Riario, el joven cardenal arzobispo de Florencia,
hijo y favorito de Sixto IV, de belleza sólo igualada por su libertinaje, que recibió a Leonor de Aragón en
un pabellón de seda blanca y carmesí, lleno de ninfas y de centauros, y que recubrió a un jovencito de
panes de oro para que hiciera las veces, con motivo de la fiesta, de Ganímedes o de Hilas; Ezzelino, cuya
melancolía sólo se curaba con el espectáculo de la muerte y que sentía pasión por la sangre, como otros
hombres la tienen por el vino tinto; hijo del Maligno, se decía, que había hecho trampas a su infernal
padre cuando se jugaba el alma a los dados; Giambattista Cibo, que, por burla, tomó el nombre de
Inocente, y en cuyas venas aletargadas un doctor judío inyectó la sangre de tres jóvenes; Segismundo
Malatesta, el amante de Isotta y señor de Rímini, cuya efigie fue quemada en Roma como enemigo de
Dios y de los hombres, que estranguló a Polyssena con una servilleta, dio a Ginebra de este veneno en
una copa de esmeralda y, queriendo honrar una pasión vergonzosa, construyó una iglesia pagana para el
culto cristiano; Carlos VI, tan terriblemente enamorado de la esposa de su hermano que un leproso le
advirtió de la locura que se le avecinaba y que, cuando su cerebro enfermó y empezó a desvariar, sólo era
posible calmarlo con naipes sarracenos, ilustrados con imágenes del Amor, de la Muerte y de la Locura;
y, con su elegante jubón, gorro enjoyado y rizos como hojas de acanto, Grifonetto Baglioni, que dio
muerte a Astorre junto con su prometida, y Simonetto con su paje, cuyo atractivo era tal que, mientras
agonizaba, tendido en la plaza amarilla de Perusa, quienes lo habían odiado se sintieron conmovidos
hasta las lágrimas, y a quien Atalanta, que lo había maldecido, lo bendijo.
Todos despertaban en Dorian una horrible fascinación. Los veía de noche y le perturbaban durante el
día. El Renacimiento conoció extrañas maneras de envenenar: por medio de un casco y una antorcha
encendida; de un guante bordado y un abanico enjoyado; de una almohadilla perfumada y un collar de
ámbar. A Dorian Gray lo había envenenado un libro. En determinados momentos veía el mal únicamente
como un medio que le permitía poner por obra su concepción de lo bello.

Capítulo 12

Fue el nueve de noviembre, la víspera de su trigésimo octavo cumpleaños, como Dorian recordaría
después con frecuencia.
Regresaba de casa de lord Henry, donde había cenado, a eso de las once, bien envuelto en un abrigo de
piel, porque la noche era fría y neblinosa. En la esquina de Grosvenor Square y South Audley Street, un
individuo que caminaba muy deprisa, alzado el cuello del abrigo, se cruzó con él entre la niebla. En la
mano llevaba un maletín. Dorian lo reconoció. Era Basil Hallward. Una extraña sensación de miedo,
inexplicable, lo dominó. No hizo gesto alguno de reconocimiento y siguió caminando a buen paso en
dirección a su casa.
Pero Hallward lo había visto. Dorian le oyó primero detenerse y luego apresurar el paso tras él. Al
cabo de unos instantes sintió su mano en el brazo.
-¡Dorian! ¡Qué suerte la mía! Llevo desde las nueve esperándote en la biblioteca de tu casa.
Finalmente me he compadecido de tu criado, que parecía muy cansado, y, mientras me acompañaba hasta
la puerta, le he dicho que se fuera a la cama. Salgo para París en el tren de medianoche, y tenía mucho
interés en verte antes. Me ha parecido que eras tú o, más bien, tu abrigo de pieles, cuando te has cruzado
conmigo. Pero no estaba seguro. ¿No me has reconocido?
-¿Con esta niebla, mi querido Basil? ¡Soy incapaz de reconocer Grosvenor Square! Creo que mi casa
está por aquí cerca, pero tampoco estoy demasiado seguro. Siento que te vayas, porque llevo siglos sin
verte. Pero supongo que volverás pronto.
-No; voy a estar ausente seis meses. Me propongo alquilar un estudio en París, y encerrarme hasta que
acabe un cuadro muy importante que tengo en la cabeza. Pero no quiero hablarte de mí. Ya estamos
delante de tu casa. Permíteme entrar un momento. Tengo algo que decirte.
-Encantado. Pero, ¿no perderás el tren? -preguntó Dorian Gray lánguidamente, mientras subía los
escalones de la entrada y abría la puerta con su llave.
La luz del farol más cercano se esforzaba por atravesar la niebla, y Hallward consultó su reloj.
-Tengo tiempo de sobra -respondió-. El tren no sale hasta las doce y cuarto y sólo son las once. De
hecho me dirigía al club, para ver si te encontraba allí, cuando nos hemos cruzado. No tendré que esperar
por el equipaje, porque ya he facturado los baúles. Todo lo que llevo conmigo es este maletín, y no
tardaré más de veinte minutos en llegar a Victoria.
Dorian sonrió, mirándolo.
-¡Qué manera de viajar para un pintor célebre! ¡Un maletín y un abrigo cualquiera! Entra, o la niebla se
nos meterá en casa. Y hazme el favor de no hablar sobre nada serio. Nada es serio en los tiempos que
corren. Por lo menos, no debería serlo.
Hallward movió la cabeza mientras entraba, y siguió a Dorian hasta la biblioteca. En la gran chimenea
ardía un alegre fuego de leña. Las lámparas estaban encendidas y, encima de una mesita de marquetería,
descansaba, abierto, un armarito holandés de plata para licores, con algunos sifones y altos vasos de
cristal tallado.
-Como ves, tu criado no ha podido tratarme mejor. Me ha dado todo lo que quería, incluidos tus
mejores cigarrillos de boquilla dorada. Es una persona muy hospitalaria. Me gusta mucho más que aquel
francés que tenías antes. Por cierto, ¿qué se ha hecho de él?
Dorian se encogió de hombros.
-Creo que se casó con la doncella de lady Radley, y la ha instalado en París como modista inglesa. La
anglomanie está ahora muy de moda allí, según me dicen. Parece un poco tonto por parte de los
franceses, ¿no crees? En realidad no era en absoluto un mal criado. Nunca me gustó, pero no tengo
motivos de queja. A veces uno se imagina cosas muy absurdas. Me tenía cariño y, según tengo
entendido, sintió mucho marcharse. ¿Quieres otro coñac? ¿O prefieres vino del Rin con agua de Seltz?
Eso es lo que yo tomo siempre. Seguramente habrá una botella en la habitación de al lado.
-Gracias, no quiero nada más -dijo el pintor, quitándose la gorra y el abrigo, y arrojándolos sobre el
maletín que había dejado en un rincón-. Y ahora, mi querido Dorian, tenemos que hablar seriamente. No
frunzas el ceño. Me lo pones mucho más difícil.
-¿De qué se trata? -exclamó Dorian, sin esconder su irritación, dejándose caer en el sofá-. Espero que
no tenga nada que ver conmigo. Esta noche estoy cansado de mí mismo. Me gustaría ser otra persona.
-Se trata de ti -respondió Hallward con voz seria y resonante-, y no tengo más remedio que decírtelo.
Sólo necesito media hora.
Dorian suspiró y encendió un cigarrillo. -¡Media hora! -murmuró.
-No es demasiado lo que te pido, y hablo únicamente en interés tuyo. Creo que es justo que sepas que
en Londres se dicen de ti las cosas más espantosas.
-No quiero saber nada de eso. Me encantan los escándalos acerca de otras personas, pero las
habladurías que me conciernen no me interesan. Carecen del encanto de la novedad.
-Deben interesarte, Dorian. Todo caballero está interesado en su buen nombre. No puedes querer que
la gente hable de ti como de alguien vil y depravado. Disfrutas, por supuesto, de tu posición, y de tu
fortuna, y todo lo que llevan consigo. Pero posición y fortuna no lo son todo. Yo no doy ningún crédito a
esos rumores. Al menos, no los creo cuando te veo. El pecado es algo que los hombres llevan escrito en
la cara. No se puede ocultar. La gente habla a veces de vicios secretos. No existe tal cosa. Si un pobre
desgraciado tiene un vicio, lo denuncian las arrugas de la boca, la caída de los párpados, incluso la forma
de las manos. Alguien, no voy a decir su nombre, pero a quien tú conoces, vino a mí el año pasado para
que pintara su retrato. Nunca lo había visto antes, ni tampoco había oído nada acerca de él por aquel
entonces, aunque después sí he sabido muchas cosas. Me ofreció una cantidad exorbitante. Me negué a
retratarlo. Había algo en la forma de sus dedos que me pareció detestable. Ahora sé que la impresión que
me produjo no era equivocada. Su vida es un horror. Pero tú, Dorian, con ese rostro tuyo, inocente,
luminoso, con esa maravillosa juventud tuya que permanece siempre igual, ¿cómo voy a creer nada malo
de ti? Y sin embargo te veo muy pocas veces, nunca vienes al estudio, y cuando estoy lejos de ti y oigo
todas esas cosas odiosas que la gente susurra, no sé qué decir. ¿Por qué, Dorian, una persona como el
duque de Berwick abandona el salón de un club cuando tú entras en él? ¿Por qué hay en Londres tantos
caballeros que no van a tu casa ni te invitan a la suya? Eras muy amigo de lord Staveley. Coincidí con él
en una cena la semana pasada. Tu nombre salió en la conversación, con motivo de las miniaturas que has
prestado para la exposición en la galería Dudley. Staveley hizo un gesto de desagrado, y dijo que quizá
tuvieras unos gustos muy artísticos, pero que no debía permitirse que conocieras a ninguna joven pura; y
que ninguna mujer casta debía sentarse contigo en la misma habitación. Le recordé que yo era amigo
tuyo y le pedí que explicara lo que quería decir. Lo hizo. Lo hizo delante de todo el mundo. ¡Fue
horrible! ¿Por qué tu amistad es tan desastrosa para los jóvenes? Está el caso de ese desgraciado
muchacho de la Guardia que se suicidó. Eras su amigo íntimo. Pienso en sir Henry Ashton, que tuvo que
abandonar Inglaterra, su reputación manchada para siempre. Erais inseparables. ¿Y qué decir de Adrian
Singleton, que terminó de una manera tan terrible? ¿Y el hijo único de lord Kent y su carrera? Ayer me
tropecé con su padre en St. James Street. Parecía deshecho por la vergüenza y la pena. ¿Y el joven duque
de Perth? ¿Qué vida lleva en la actualidad? ¿Qué caballero querrá que se le vea con él?
-Ya basta, Basil. Estás hablando de cosas de las que nada sabes -dijo Dorian Gray mordiéndose los
labios y con un tono de infinito desprecio en la voz-. Me preguntas porqué Berwick se marcha de una
habitación cuando yo entro. Se debe a todo lo que yo sé acerca de su vida, no a lo que él sabe acerca de la
mía. Con la sangre que lleva en las venas, ¿cómo podría ser una persona sin mancha? Me preguntas por
Henry Ashton y el joven Perth. ¿Acaso soy yo quien les ha enseñado sus vicios a uno y al otro su
libertinaje? Si el tonto del hijo de Kent va a buscar a su mujer en el arroyo, ¿qué tiene eso que ver
conmigo? Si Adrian Singleton reconoce una deuda firmando el pagaré con el nombre de uno de sus
amigos, ¿acaso soy yo su guardián? Sé muy bien hasta qué punto les gusta hablar a los ingleses. Las
clases medias airean sus prejuicios morales en sus vulgares comedores, y murmuran sobre lo que ellos
llaman la depravación de las clases superiores con el objeto de hacer creer que pertenecen a la buena
sociedad y son íntimos de las personas a las que calumnian. En este país basta que un hombre sea
distinguido e inteligente para que todas las lenguas vulgares se desaten contra él. Dime tú, ¿qué vida
llevan todas esas personas que presumen de ser los guardianes de la moralidad? Mi querido amigo,
olvidas que vivimos en el país de la hipocresía.
-Dorian -exclamó Hallward-, no es ése el problema. Inglaterra no está libre de pecado, lo sé, y la
sociedad inglesa tiene mucho de qué arrepentirse. Ésa es precisamente la razón de que a ti te quiera yo
intachable. Pero no lo has sido. Se puede juzgar a una persona por el efecto que tiene sobre sus amigos.
Los tuyos parecen perder por completo el sentimiento del honor, de la bondad, de la pureza. Lo único
que les transmites es una sed desenfrenada de placer, y no, se detienen hasta llegar al fondo del abismo.
Pero eres tú quien los ha llevado hasta allí. Sí, has sido tú, y sin embargo aún eres capaz de sonreír, como
lo estás haciendo ahora. Pero todavía hay más. Sé que Harry y tú sois inseparables. Por esa misma razón,
si no por otra, no deberías haber permitido que su hermana se convirtiera en la comidilla de toda la
ciudad.
-Cuidado, Basil. Estás yendo demasiado lejos.
-He de hablar y tú tienes que escucharme. Cuando conociste a lady Gwendolen no la había rozado aún
ni la más leve sombra de escándalo. ¿Pero hay una sola mujer decente en Londres que esté ahora
dispuesta a pasear en coche con ella por el parque? ¡Ni siquiera a sus hijos se les permite vivir con ella!
Y luego hay otros rumores..., rumores según los cuales se te ha visto salir sigilosamente al amanecer de
casas espantosas e introducirte disfrazado en las madrigueras más infames de Londres. ¿Son ciertos esos
rumores? ¿Pueden ser verdad? Cuando los oí por vez primera me eché a reír. Ahora, cuando los oigo,
hacen que me estremezca. ¿Qué decir de tu casa en el campo y de la vida que allí se hace? No sabes lo
que se cuenta de ti, Dorian. No te voy a decir que no quiero sermonearte. Recuerdo cómo Harry afirmó
en una ocasión que todo hombre que, en un momento determinado, decide desempeñar el papel de
sacerdote, empieza diciendo eso, y acto seguido procede a faltar a su palabra. Quiero sermonearte. Deseo
que tu vida haga que el mundo te respete. Que tengas un nombre sin tacha y una reputación por encima
de toda sospecha. Que te libres de esas terribles personas con las que te tratas. No te encojas de hombros
una vez más. No te muestres tan indiferente. Es mucha la influencia que tienes. Que sea para el bien, no
para el mal. Dicen que corrompes a todas las personas con las que intimas, y que cuando entras en una
casa, llega, pisándote los talones, la vergüenza de una u otra especie. No sé si es cierto o no. ¿Cómo
podría saberlo? Pero eso es lo que dicen de ti. Me han contado cosas que parece imposible poner en
duda. Lord Gloucester era uno de mis mejores amigos en Oxford. Me mostró una carta que le escribió su
esposa cuando moría, sola, en su villa de Mentone. Tu nombre aparecía en ella, mezclado con la más
terrible confesión que he leído nunca. A él le dije que era absurdo; que te conocía perfectamente, y que
eras incapaz de nada parecido. ¿Te conozco? Me pregunto si es verdad que te conozco. Antes de
contestar tendría que ver tu alma.
-¡Ver mi alma! -murmuró Dorian Gray, alzándose del sofá y palideciendo de miedo.
-Sí -respondió Hallward con mucha seriedad y un tono profundamente pesaroso-; ver tu alma. Pero eso
sólo lo puede hacer Dios.
Una amarga risotada de burla salió de los labios de su interlocutor.
-¡Vas a tener ocasión de verla esta misma noche! -exclamó, tomando una lámpara de la mesa-. Ven: es
obra tuya. ¿Por qué tendría que ocultártela? Después se lo podrás contar al mundo, si así lo decides.
Nadie te creerá. Si de verdad te creyeran, aún me tendrían en mayor aprecio. Conozco la época en que
vivimos mejor que tú, aunque perores sobre ella tan tediosamente como lo haces. Ven, te digo. Ya has
hablado bastante de corrupción. Ahora vas a tener ocasión de verla cara a cara.
La locura del orgullo estaba presente en cada palabra. Dorian Gray golpeó el suelo con el pie con
insolencia de niño. La idea de que alguien compartiera su secreto le producía una espantosa alegría, y
más aún que el hombre que había pintado el retrato que era el origen de toda su vergüenza cargara para el
resto de su vida con el horrible recuerdo de lo que había hecho.
-Sí -continuó, acercándosele más, y mirando sin pestañear los ojos severos de su amigo-. Voy a
mostrarte mi alma. Voy a mostrarte esa cosa que, según imaginas, sólo Dios puede ver.
Hallward retrocedió instintivamente.
-¡Eso es una blasfemia, Dorian! -exclamó-. No debes decir esas cosas. Son horribles, y no significan
nada. -¿Es eso lo que crees? -le replicó Dorian Gray, riendo de nuevo.
-Lo sé. En cuanto a lo que te he dicho esta noche, lo he hecho por tu bien. Sabes que he sido siempre
un amigo fiel.
-No me toques. Termina lo que tengas que decir.
El dolor crispó por un instante las facciones del pintor. Quedó mudo, invadido por un sentimiento de
compasión infinita. Después de todo, ¿qué derecho tenía él a inmiscuirse en la vida de Dorian? Aunque
no hubiera hecho más que una décima parte de lo que de él se contaba, ¡cuánto tenía que haber sufrido!
Pero enseguida se irguió, dirigiéndose hacia la chimenea, y allí se quedó, contemplando los leños, que
ardían con cenizas semejantes a la escarcha y corazones palpitantes hechos de llamas.
-Estoy esperando, Basil -dijo el joven, con voz clara y dura.
El pintor se volvió.
-Lo que tengo que decir es esto -exclamó-. Has de darme alguna respuesta a las terribles acusaciones
que se hacen contra ti. Si me dices que son absolutamente falsas de principio a fin, te creeré. ¡Niégalas,
Dorian, hazme el favor de negarlas! ¿No ves lo mucho que estoy sufriendo? ¡Dios del cielo! No me digas
que eres un malvado, un corrupto, un infame.
Dorian Gray sonrió. Un gesto de desprecio le curvó los labios.
-Sube conmigo, Basil -dijo con calma-. Llevo un diario de mi vida que no sale nunca de la habitación
donde se escribe. Te lo enseñaré si me acompañas.
-Subiré contigo, Dorian, si así lo deseas. Veo que ya he perdido el tren. Da lo mismo. Saldré mañana.
Pero no me pidas que lea nada esta noche. Todo lo que quiero es una respuesta directa a mi pregunta.
-Te será dada en el último piso. No te la puedo dar aquí. No será necesario que leas mucho rato.

Capítulo 13

Dorian salió de la habitación y empezó a subir, seguido muy de cerca por Basil Hallward. Caminaban
sin hacer ruido, como se hace instintivamente de noche. La lámpara arrojaba sombras fantásticas sobre la
pared y la escalera. El viento, que empezaba a levantarse, hacía tabletear algunas ventanas.
Cuando alcanzaron el descansillo del ático, Dorian dejó la lámpara en el suelo y, sacando la llave, la
introdujo en la cerradura.
-¿De verdad quieres saberlo, Basil? -le preguntó en voz baja.
-Sí.
-No te imaginas cuánto me alegro -respondió, sonriendo. Luego añadió, con cierta violencia-: eres la
única persona en el mundo que tiene derecho a saberlo todo de mí. Estás más estrechamente ligado a mi
vida de lo que crees -luego, recogiendo la lámpara, abrió la puerta y entró en la antigua sala de juegos.
Una corriente de aire frío los asaltó, y la lámpara emitió por unos instantes una llama de turbio color
naranja. Dorian Gray se estremeció-. Cierra la puerta -le susurró a Basil, mientras colocaba la lámpara
sobre la mesa.
Hallward miró a su alrededor, desconcertado. Se diría que aquella habitación llevaba años sin usarse.
Un descolorido tapiz flamenco, un cuadro detrás de una cortina, un antiguo cassone italiano, y una
librería casi vacía era todo lo que parecía encerrar, además de una silla y una mesa. Mientras Dorian
Gray encendía una vela medio consumida que descansaba sobre la repisa de la chimenea, Basil advirtió
que todo estaba cubierto de polvo y que la alfombra tenía muchos agujeros. Un ratón corrió a esconderse
tras el revestimiento de madera. La habitación entera olía a moho y a humedad.
-De manera que, según tú, sólo Dios ve el alma, ¿no es eso? Descorre la cortina y verás la mía.
La voz que hablaba era fría y cruel.
-Estás loco, Dorian, o representas un papel -murmuró Hallward, frunciendo el ceño.
-¿No te atreves? En ese caso lo haré yo -dijo el joven, arrancando la cortina de la barra que la sostenía
y arrojándola al suelo.
De los labios del pintor escapó una exclamación de horror al ver, en la penumbra, el espantoso rostro
que le sonreía desde el lienzo. Había algo en su expresión que le produjo de inmediato repugnancia y
aborrecimiento. ¡Dios del cielo! ¡Era el rostro de Dorian Gray lo que estaba viendo! La misteriosa
abominación aún no había destruido por completo su extraordinaria belleza. Quedaban restos de oro en
los cabellos que clareaban y una sombra de color en la boca sensual. Los ojos hinchados conservaban
algo de la pureza de su azul, las nobles curvas no habían desaparecido por completo de la cincelada nariz
ni del cuello bien modelado. Sí, se trataba de Dorian. Pero, ¿quién lo había hecho? Le pareció reconocer
sus propias pinceladas y, en cuanto al marco, también el diseño era suyo. La idea era monstruosa, pero,
de todos modos, sintió miedo. Apoderándose de la vela encendida, se acercó al cuadro. Abajo, a la
izquierda, halló su nombre, trazado con largas letras de brillante bermellón.
Se trataba de una parodia repugnante, de una infame e innoble caricatura. Aquel lienzo no era obra
suya. Y, sin embargo, era su retrato. No cabía la menor duda, y sintió como si, en un momento, la sangre
que le corría por las venas hubiera pasado del fuego al hielo inerte. ¡Su cuadro! ¿Qué significaba
aquello? ¿Por qué había cambiado? Volviéndose, miró a Dorian Gray con ojos de enfermo. La boca se le
contrajo y la lengua, completamente seca, fue incapaz de articular el menor sonido. Se pasó la mano por
la frente, recogiendo un sudor pegajoso.
Su joven amigo, apoyado contra la repisa de la chimenea, lo contemplaba con la extraña expresión que
se descubre en quienes contemplan absortos una representación teatral cuando actúa algún gran
intérprete. No era ni de verdadero dolor ni de verdadera alegría. Se trataba simplemente de la pasión del
espectador, quizá con un pasajero resplandor de triunfo en los ojos. Dorian Gray se había quitado la flor
que llevaba en el ojal, y la estaba oliendo o fingía olerla.
-¿Qué significa esto? -exclamó Hallward, finalmente. Su propia voz le resultó discordante y extraña.
-Hace años, cuando no era más que un adolescente -dijo Dorian Gray, aplastando la flor con la mano-,
me conociste, me halagaste la vanidad y me enseñaste a sentirme orgulloso de mi belleza. Un día me
presentaste a uno de tus amigos, que me explicó la maravilla de la juventud, mientras tú terminabas el
retrato que me reveló el milagro de la belleza. En un momento de locura del que, incluso ahora, ignoro
aún si lamento o no, formulé un deseo, aunque quizá tú lo llamaras una plegaria...
-¡Lo recuerdo! ¡Sí, lo recuerdo perfectamente! ¡No! Eso es imposible. Esta habitación está llena de
humedad. El moho ha atacado el lienzo. Los colores que utilicé contenían algún desafortunado veneno
mineral. Te aseguro que es imposible.
-¿Qué es imposible? -murmuró Dorian, acercándose al balcón y apoyando la frente contra el frío cristal
empañado por la niebla.
-Me dijiste que lo habías destruido.
-Estaba equivocado. El retrato me ha destruido a mí.
-No creo que sea mi cuadro.
-¿No descubres en él a tu ideal? -preguntó Dorian con amargura.
-Mi ideal, como tú lo llamas...
-Como tú lo llamaste.
-No había maldad en él, no tenía nada de qué avergonzarse. Fuiste para mí el ideal que nunca volveré a
encontrar. Y ése es el rostro de un sátiro.
-Es el rostro de mi alma.
-¡Cielo santo! ¡Qué criatura elegí para adorar! Tiene los ojos de un demonio.
-Todos llevamos dentro el cielo y el infierno, Basil -exclamó Dorian con un desmedido gesto de
desesperación. Hallward se volvió de nuevo hacia el retrato y lo contempló fijamente.
-¡Dios mío! Si es cierto -exclamó-, y esto es lo que has hecho con tu vida, ¡eres todavía peor de lo que
imaginan quienes te atacan! -acercó de nuevo la vela al lienzo para examinarlo. La superficie parecía
seguir exactamente como él la dejara. La corrupción y el horror surgían, al parecer, de las entrañas del
cuadro. La vida interior del retratado se manifestaba misteriosamente, y la lepra del pecado devoraba
lentamente el cuadro. La descomposición de un cadáver en un sepulcro lleno de humedades no sería un
espectáculo tan espantoso.
Le tembló la mano; la vela cayó de la palmatoria al suelo y empezó a chisporrotear. Hallward la apagó
con el pie. Luego se dejó caer en la desvencijada silla cercana a la mesa y escondió el rostro entre las
manos.
-¡Cielo santo, Dorian, qué lección! ¡Qué terrible lección! -no recibió respuesta, pero oía sollozara su
amigo junto a la ventana-. Reza, Dorian, reza -murmuró-. ¿Qué era lo que nos enseñaban a decir cuando
éramos niños? «No nos dejes caer en la tentación. Perdona nuestros pecados. Borra nuestras
iniquidades.» Vamos a repetirlo juntos. La plegaria de tu orgullo encontró respuesta. La plegaria de tu
arrepentimiento también será escuchada. Te admiré en exceso. Ambos hemos sido castigados.
Dorian Gray se volvió lentamente, mirándolo con ojos enturbiados por las lágrimas.
-Es demasiado tarde -balbució.
-Nunca es demasiado tarde. Arrodillémonos y tratemos juntos de recordar una oración. ¿No hay un
versículo que dice: «Aunque vuestros pecados fuesen como la grana, quedarían blancos como la nieve»?
-Esas palabras ya nada significan para mí.
-¡Calla! No digas eso. Ya has hecho suficientes maldades en tu vida. ¡Dios bendito! ¿No ves cómo esa
odiosa criatura se ríe de nosotros?
Dorian Gray lanzó una ojeada al cuadro y, de repente, un odio incontrolable hacia Basil Hallward se
apoderó de él, como si se lo hubiera sugerido la imagen del lienzo, como si se lo hubieran susurrado al
oído aquellos labios burlones. Las pasiones salvajes de un animal acorralado se encendieron en su
interior, y odió al hombre que estaba sentado a la mesa más de lo que había odiado a nada ni a nadie en
toda su vida. Lanzó a su alrededor miradas extraviadas. Algo brillaba en lo alto de la cómoda pintada que
tenía enfrente. Sus ojos se detuvieron sobre aquel objeto. Sabía de qué se trataba. Era un cuchillo que
había traído unos días antes para cortar un trozo de cuerda y luego había olvidado llevarse. Se movió
lentamente en su dirección, pasando junto a Hallward. Cuando estuvo tras él, lo empuñó y se dio la
vuelta. Hallward se movió en la silla, como disponiéndose a levantarse. Arrojándose sobre él, le hundió
el cuchillo en la gran vena que se halla detrás del oído, golpeándole la cabeza contra la mesa, y
apuñalándolo después repetidas veces.
Sólo se oyó un gemido sofocado, y el horrible ruido de alguien a quien ahoga su propia sangre. Tres
veces los brazos extendidos se alzaron, convulsos, agitando en el aire grotescas manos de dedos rígidos.
Dorian Gray aún clavó el cuchillo dos veces más, pero Basil no se movió. Algo empezó a gotear sobre el
suelo. Dorian Gray esperó un momento, apretando todavía la cabeza contra la mesa. Luego soltó el arma
y escuchó.
Sólo se oía el golpear de las gotas de sangre que caían sobre la raída alfombra. Abrió la puerta y salió
al descansillo. La casa estaba en absoluto silencio. Nadie se había levantado. Durante unos segundos
permaneció inclinado sobre la barandilla, intentando penetrar con la mirada el negro pozo de
atormentada oscuridad. Luego se sacó la llave del bolsillo y regresó a la habitación del retrato,
encerrándose dentro.
El cuerpo seguía sentado en la silla, tumbado en parte sobre la mesa, la cabeza inclinada, la espalda
doblada y los brazo caídos, extrañamente largos. De no ser por el irregular desgarrón rojo en el cuello, y
el charco oscuro casi coagulado que se ensanchaba lentamente sobre la mesa, se podría haber pensado
que la figura recostada no hacía otra cosa que dormir.
¡Qué deprisa había sucedido todo! Sintió una extraña tranquilidad y, acercándose al balcón, lo abrió
para salir al exterior. El viento se había llevado la niebla, y el cielo era como la rueda de un monstruoso
pavo real, tachonado de innumerables ojos dorados. Al mirar hacia la calle vio al policía del barrio
haciendo su ronda y dirigiendo el largo rayo de su linterna sorda hacia puertas de casas silenciosas. La
mancha carmesí de un coche de punto brilló en la esquina para desaparecer un instante después. Una
mujer con un chal agitado por el viento avanzaba despacio, con paso inseguro, apoyándose en las rejas de
los jardines. De cuando en cuando se detenía y volvía la vista atrás. En una ocasión empezó a cantar con
voz ronca. El policía se le acercó y le dijo algo. La mujer se alejó a trompicones, riendo. Una ráfaga de
viento muy frío azotó la plaza. Las luces de gas parpadearon, azuleando, y los árboles desnudos agitaron
sus negras ramas de hierro. Dorian Gray se estremeció y regresó a la habitación, cerrando el balcón.
Al llegar a la puerta hizo girar la llave y la abrió. Ni siquiera se volvió para lanzar una ojeada al
cadáver. Comprendía que el secreto del éxito consistía en no darse cuenta de lo sucedido. El amigo que
había pintado el retrato fatal, causante de todos sus sufrimientos, había desaparecido de su vida. Eso era
suficiente.
Fue entonces cuando se acordó de la lámpara. Era un ejemplo más bien curioso de artesanía
musulmana, labrada en plata mate con incrustaciones de arabescos de acero bruñido, tachonada de
turquesas sin pulimentar. Quizás su criado la echara de menos e hiciera preguntas. Vaciló un momento,
pero acabó entrando de nuevo y recuperándola. Esta vez no pudo por menos que ver el cadáver. ¡Qué
inmóvil estaba! ¡Qué horriblemente blancas y largas parecían las manos! Era como una espantosa figura
de cera.
Después de cerrar nuevamente la puerta con llave, Dorian Gray bajó en silencio la escalera. Los
crujidos de algunos escalones le parecieron ayes de dolor. Se detuvo varias veces y esperó. No: todo
estaba en silencio. Era tan sólo el ruido de sus pasos.
Al llegar a la biblioteca, vio en un rincón el abrigo, la gorra y el maletín. Había que esconderlos en
algún sitio. Abrió un ropero secreto, oculto en el revestimiento de madera, donde ocultaba sus curiosos
disfraces, y los dejó allí. Podría quemarlos sin problemas más adelante. Luego sacó el reloj. Eran las dos
menos veinte.
Se sentó y empezó a pensar. Todos los años -todos los meses casi- se ahorcaba a alguien en Inglaterra
por un crimen similar al que acababa de cometer. Se diría que había surgido en el aire una locura asesina.
Alguna roja estrella se había acercado demasiado a la Tierra... Si bien, ¿qué pruebas había en contra
suya? Basil Hallward abandonó la casa a las once. Nadie lo había visto entrar de nuevo. La mayoría de
los criados estaban en Selby Royal. Su ayuda de cámara se había acostado... ¡París! Sí. Basil se había
marchado a París en el tren de medianoche, tal como se proponía hacer. Habida cuenta de la curiosa
reserva que lo caracterizaba, pasarían meses antes de que surgieran las primeras sospechas. ¡Meses! Todo
podía estar destruido mucho antes.
Una idea se le pasó de repente por la cabeza. Se puso el abrigo de piel y el sombrero y salió al
vestíbulo. Luego se detuvo, al oír en la acera los pasos lentos y pesados del policía y ver en la ventana el
reflejo de la linterna sorda. Esperó, conteniendo la respiración.
Al cabo de unos momentos descorrió el cerrojo y salió sigilosamente, cerrando después la puerta con
gran suavidad. Luego empezó a tocar la campanilla de la entrada. Unos cinco minutos después apareció
su ayuda de cámara, vestido a medias y con aire somnoliento.
-Siento haber tenido que despertarle, Francis -dijo Dorian Gray, entrando en la casa-, pero me olvidé
de las llaves. ¿Qué hora es?
-Las dos y diez -respondió el criado, mirando el reloj y parpadeando.
-¿Las dos y diez? ¡Horriblemente tarde! Despiérteme mañana a las nueve. Tengo que hacer un trabajo
urgente.
-Sí, señor.
-¿Ha venido alguna visita esta tarde?
-El señor Hallward. Estuvo aquí hasta las once, y luego se marchó para tomar el tren.
-¡Ah! Siento no haberlo visto. ¿Dejó algún mensaje? -No, señor, excepto que le escribiría desde París,
si no lo encontraba en el club.
-Nada más, Francis. No se olvide de llamarme mañana a las nueve.
-Sí, señor.
El criado se alejó por el corredor, arrastrando ligeramente las zapatillas.
Dorian Gray arrojó sombrero y abrigo sobre la mesa y entró en la biblioteca. Durante un cuarto de hora
estuvo paseando, mordiéndose los labios y pensando. Luego tomó un anuario de una de las estanterías y
empezó a pasar páginas. «Alan Campbell, 152 Hertford Street, Mayfair». Sí; era el hombre que
necesitaba.

Capítulo 14

Alas nueve de la mañana del día siguiente, el criado entró con una taza de chocolate en una bandeja y
abrió las contraventanas. Dorian dormía apaciblemente, tumbado sobre el lado derecho, con una mano
bajo la mejilla. Parecía un adolescente agotado por el juego o el estudio.
El ayuda de cámara tuvo que tocarle dos veces en el hombro para despertarlo, y mientras abría los ojos
la sombra de una sonrisa cruzó por sus labios, como si hubiera estado perdido en algún sueño placentero.
En realidad no había soñado en absoluto. Ninguna imagen, ni agradable ni dolorosa, había turbado su
descanso. Pero la juventud sonríe sin motivo. Es uno de sus mayores encantos.
Volviéndose, Dorian Gray empezó a tomar a sorbos el chocolate, apoyándose en el codo. El dulce sol
de noviembre entraba a raudales en el cuarto. El cielo resplandecía y había en el aire una tibieza
reconfortante. Era casi como una mañana de mayo.
Poco a poco, los acontecimientos de la noche anterior penetraron en su cerebro, avanzando a pasos
furtivos con los pies manchados de sangre, hasta recobrar su forma con terrible claridad. En su rostro
apareció una mueca de dolor al recordar todo lo que había sufrido y, por un momento, volvió a
apoderarse de él, llenándolo de una cólera glacial, el extraño sentimiento de odio que le había obligado a
matar a Basil Hallward. El muerto seguía sin duda sentado en la silla, iluminado ahora por el sol. ¡Qué
horrible imagen! Cosas tan espantosas como aquélla eran para la oscuridad de la noche, no para la luz del
día.
Sintió que si meditaba sobre lo que le había sucedido se exponía a enfermar o a volverse loco. Había
pecados cuya fascinación residía más en la memoria que en su misma realización; extraños triunfos más
gratificantes para el orgullo que para las pasiones, y que daban a la inteligencia un sentimiento de alegría
más vivo, superior al gozo que procuran o podrían jamás procurar a los sentidos. Pero este último no
pertenecía a esa categoría. Se trataba de algo que era necesario expulsar de la mente, adormecerlo con
opio, estrangularlo antes de que pudiera estrangularlo a uno.
Cuando el reloj dio la media, Dorian Gray se pasó la mano por la frente, se levantó con decisión, y se
vistió con más cuidado incluso del habitual, prestando gran atención a la elección de la corbata y del
alfiler, y cambiando más de una vez de sortijas. También dedicó mucho tiempo al desayuno, probando
los diferentes platos, hablando con su ayuda de cámara sobre las nuevas libreas que estaba pensando
encargar para los criados de Selby, y revisando la correspondencia. Algunas de las cartas le hicieron
sonreír. Tres le aburrieron. Una la leyó varias veces y luego la rasgó con un ligero gesto de irritación en
el rostro. «¡Qué calamidad, los recuerdos de una mujer!», como lord Henry había dicho en una ocasión.
Después de beber la taza de café solo, se limpió lentamente los labios con la servilleta, hizo un gesto a
su cría-do para que esperase y, dirigiéndose hacia su escritorio, se sentó y redactó dos cartas. Guardó una
en el bolsillo y tendió la otra al criado.
-Llévela al 152 de Hertford Street, Francis, y si el señor Campbell ha salido de Londres, pida que le
den su dirección.
Cuando se quedó solo encendió un cigarrillo y empezó a hacer dibujos en un trozo de papel: primero
flores, luego detalles arquitectónicos y, finalmente, rostros. De repente advirtió que todas las caras que
dibujaba parecían tener un extraño parecido con Basil Hallward. Frunció el ceño y, poniéndose en pie, se
acercó a una estantería y tomó un volumen al azar. Estaba decidido a no pensar en lo que había sucedido
hasta que fuese absolutamente necesario hacerlo.
Después de tumbarse en el sofá miró el título del libro. Se trataba de Émaux et Camées, la edición de
Charpentier en papel japón, con un grabado de Jacquemart. La encuadernación era de cuero verde limón,
con un enrejado en oro, salpicado de granadas. Se lo había regalado Adrian Singleton. Al pasar las
páginas, sus ojos se detuvieron en un poema sobre la mano de Lacenaire, la helada mano amarillenta «du
supplice encore mal lavée», con su vello rojo y sus «doigts de faune». Dorian Gray se miró los dedos,
blancos como la cera, tuvo un estremecimiento a su pesar, y siguió adelante, hasta que llegó a las
espléndidas estrofas dedicadas a Venecia:

Sur une gamme chromatique,
Le sein de perles ruisselant,
La Vénus de l'Adriatique
Sort de feau son corps rose et blanc.
Les dómes, sur I'azur des ondes
Suivant la phrase au pur contour,
S'enflentcomme des gorges rondes
Que souléve un soupir d'amour.
L'esquif aborde et me dépose
Jetantson amarre au pilfer,
Devant une fa~ade rose,
Sur le marbre d'un escalier.

¡Qué versos exquisitos! Al leerlos se tenía la impresión de estar flotando por los verdes canales de la
ciudad de color rosa y gris perla, sentado en una góndola negra con la proa de plata y unos cendales
arrastrados por la brisa. Los versos mismos le parecían las rectas estelas azul turquesa que siguen al
visitante cuando navega hacia el Lido. Los repentinos estallidos de color le recordaban los destellos de
las palomas -la garganta de color ópalo e iris- que revolotean en torno al esbelto campanile acolmenado,
o que pasean, con tranquila elegancia, entre los polvorientos arcos en penumbra. Recostándose, con los
ojos semicerrados, Dorian repitió una y otra vez los versos:

«Devant une fa~ade rose,
Sur le marbre d'un escalier».

Toda Venecia estaba contenida allí. Recordó el otoño que había pasado en la ciudad, y el maravilloso
amor que le empujó a desenfrenadas y deliciosas locuras. Había poesía por doquier. Porque Venecia,
como Oxford, conservaba el adecuado ambiente poético y, para el verdadero romántico, el ambiente lo
era todo, o casi todo. Basil pasó con él algún tiempo durante aquella estancia, y se había entusiasmado
con Tintoreto. ¡Pobre Basil! ¡Qué muerte tan horrible la suya!
Dorian Gray suspiró, abrió de nuevo el libro de Gautier, y se esforzó por olvidar. Leyó los versos
dedicados al pequeño café de Esmirna donde los hayis pasan sus cuentas de ámbar, y los mercaderes
enturbantados fuman sus largas pipas adornadas con borlas, al tiempo que conversan sobre temas
profundos mientras las golondrinas entran y salen haciendo rápidos quiebros; leyó sobre el obelisco de la
Place de la Concorde que llora lágrimas de granito en su solitario exilio sin sol y anhela volver al
ardiente Nilo cubierto de flores de loto, donde hay esfinges e ibis rosados y buitres blancos de garras
doradas y cocodrilos con ojillos de berilo que se arrastran por el humeante cieno verde; y empezó a soñar
con las estrofas que, extrayendo música del mármol manchado de besos, hablan de la curiosa estatua que
Gautier compara con una voz de contralto, el «monstre charmant» tumbado en el Louvre en la sala de los
pórfidos. Pero al cabo de algún tiempo el libro se le cayó de las manos. Le fue dominando el
nerviosismo, que culminó con un tremendo ataque de terror. ¿Qué sucedería si Alan Campbell no estaba
en Inglaterra? Tendrían que pasar días y días antes de que regresara. Quizás se negara a volver. ¿Qué
hacer entonces? Cada minuto contaba; era de importancia vital. Habían sido grandes amigos en otro
tiempo, cinco años atrás; casi inseparables, a decir verdad. Luego su intimidad terminó bruscamente.
Cuando se encontraban en público, era Dorian Gray quien sonreía, nunca Alan Campbell.
Se trataba de un joven extraordinariamente inteligente, aunque sin verdadero aprecio por las artes
plásticas y que, si en algo había llegado a captar la belleza de la poesía, se lo debía por completo a
Dorian. Su pasión intelectual dominante era la ciencia. En Cambridge pasaba gran parte del tiempo
trabajando en el laboratorio, y había obtenido una buena calificación en el examen final de ciencias
naturales. De hecho, aún seguía dedicado al estudio de la química, y tenía laboratorio propio, donde solía
encerrarse el día entero, lo que irritaba mucho a su madre, que tendía a confundir a los químicos con los
boticarios, y a quien ilusionaba sobre todo que consiguiese un escaño en el Parlamento. Campbell era,
por otra parte, un músico excelente, y tocaba el violín y el piano mejor que la mayoría de los aficionados.
La música había sido, de hecho, el lazo de unión entre Dorian Gray y él: la música y la indefinible
capacidad de atracción que Dorian podía utilizar a voluntad y que de hecho utilizaba con frecuencia sin.
ser consciente de ello. Se habían conocido en casa de lady Berkshire la noche en que tocó allí Rubinstein,
y después se los veía con frecuencia juntos en la ópera y dondequiera que se interpretara buena música.
Su intimidad había durado dieciocho meses. Campbell estaba siempre en Selby Royal o en Grosvenor
Square. Para él, como para muchos otros, Dorian Gray representaba el modelo de todo lo que la vida
tiene de maravilloso y fascinante.
Nadie sabía si habían llegado a pelearse. Pero, de repente, otras personas se dieron cuenta de que
apenas hablaban cuando se veían, y de que Campbell se marchaba pronto de las fiestas a las que asistía
Dorian Gray. Había cambiado, por otra parte: se mostraba extrañamente melancólico a veces, casi
parecía que la música le desagradase, y no tocaba nunca, dando como excusa, cuando se le pedía que
interpretase algo, estar tan absorto en la ciencia que le faltaba tiempo para practicar. Y era sin duda
cierto. Cada día que pasaba daba la impresión de estar más interesado por la biología, y su nombre había
aparecido una o dos veces en algunas dulas revistas científicas, en relación con ciertos curiosos
experimentos.
Tal era el hombre que Dorian Gray esperaba. Su mirada se volvía hacia el reloj a cada momento. A
medida que pasaban los minutos aumentaba su agitación. Finalmente se levantó y empezó a pasear por la
estancia, con el aspecto de un bello animal enjaulado. Caminaba a grandes zancadas que tenían algo de
furtivo. Y las manos se le habían quedado extrañamente frías.
La incertidumbre se hizo insoportable. Tuvo la impresión de que el tiempo se arrastraba con pies de
plomo, mientras él, empujado por monstruosos huracanes, avanzaba hacia el borde dentado de un negro
precipicio. Dorian sabía lo que le esperaba allí abajo; lo veía, incluso, y, estremecido, se aplastó con
manos húmedas los párpados ardientes como si quisiera robarle la vista al cerebro mismo, empujando los
globos de los ojos hasta el fondo de las órbitas. Pero era inútil. El cerebro disponía de su propio alimento,
en el que se cebaba, y la imaginación, lanzada a grotescos excesos por el terror, se retorcía y deformaba
como un ser vivo a causa del dolor, bailaba como una horrible marioneta sobre un escenario, y hacía
muecas detrás de máscaras animadas. Luego, de repente, el Tiempo se detuvo para él. Sí; aquella
dimensión ciega, de lentísima respiración, dejó de arrastrarse, y horribles pensamientos, puesto que el
Tiempo había muerto, emprendieron una veloz carrera y desenterraron el espantoso futuro de su tumba
para mostrárselo. Dorian lo contempló fijamente. Y el horror que sintió lo dejó petrificado.
Finalmente la puerta se abrió, dando paso al ayuda de cámara. Dorian Gray lo miró con ojos vidriosos.
-El señor Campbell -anunció.
Un suspiro de alivio escapó entonces de los labios resecos de Dorian Gray el color regresó a sus
mejillas.
-Hágalo pasar ahora mismo, Francis -sintió que volvía a ser el de siempre. Había superado el momento
de cobardía.
El criado hizo una inclinación de cabeza y se retiró. Instantes después entró Alan Campbell, con
aspecto severo y bastante pálido, la palidez intensificada por los cabellos y las cejas de color negro
azabache.
-¡Atan! ¡Cuánta amabilidad por tu parte! Te agradezco mucho que hayas venido.
-Me había propuesto no volver a pisar tu casa, Gray. Pero se me ha dicho que era una cuestión de vida
o muerte -su voz era dura y fría y hablaba con estudiada lentitud. Había una expresión de desprecio en la
mirada insistente con que procedió a estudiar el rostro de Dorian. Mantenía las manos en los bolsillos de
su abrigo de astracán y dio la impresión de no haberse percatado del gesto con el que había sido recibido.
-Sí; se trata de una cuestión de vida o muerte, Alan, y para más de una persona. Haz el favor de
sentarte.
Campbell ocupó una silla junto a la mesa, y Dorian se sentó frente a él. Los dos hombres se miraron a
los ojos. En los de Dorian había una infinita compasión. Sabía que lo que se disponía a hacer era
espantoso.
Después de un tenso momento de silencio, se inclinó hacia adelante y dijo, con mucha calma, pero
atento al efecto de cada palabra sobre el rostro de su visitante:
-Alan, en una habitación cerrada con llave en el ático de esta casa, en una habitación a la que nadie,
excepto yo mismo, tiene acceso, hay un muerto sentado ante una mesa. Hace ya diez horas que falleció.
No te muevas, ni me mires de esa manera. Quién es esa persona, por qué ha muerto, cómo ha muerto, son
cuestiones que no te conciernen. Lo que tienes que hacer es esto...
-Basta, Gray. No quiero saber nada más. Ignoro si lo que me acabas de contar es mentira o verdad. No
me importa. Me niego por completo a verme mezclado en tu vida. Guarda para ti solo tus horribles
secretos. Han dejado de interesarme.
-Tienen que interesarte, Alan. Éste, en concreto, va a tener que interesarte. Lo siento muchísimo por ti,
pero no puedo evitarlo. Eres la única persona que me puede salvar. Estoy obligado a forzar tu
intervención. No tengo alternativa. Eres un hombre de ciencia, Alan. Sabes química y otras cosas
relacionadas con ella. Has hecho experimentos. Se trata de que destruyas el cuerpo sin vida que está ahí
arriba; de destruirlo de manera que no quede el menor rastro. Nadie vio entrar a esa persona en esta casa.
Se piensa, de hecho, que se encuentra actualmente en París. Pasarán meses antes de que se le eche de
menos. Cuando eso suceda, es preciso que no quede aquí traza alguna suya. Tú, Alan, debes encargarte
de convertirlos, a él y a todas sus pertenencias, en un puñado de cenizas que puedan esparcirse al viento.
-Estás loco, Dorian.
-¡Ah! Esperaba anhelante a que me llamaras Dorian. -Estás loco, te lo repito... Loco por imaginar que
vaya a alzar un dedo por ayudarte, loco por hacer esa confesión monstruosa. No quiero tener nada que
ver con ese asunto, se trate de lo que se trate. ¿Me crees dispuesto a poner en peligro mi reputación por
ti? ¿Qué me importa en qué tarea diabólica te hayas metido?
-Se trata de un suicidio, Alan.
-Me alegro de saberlo. Pero, ¿quién lo ha empujado al suicidio? Estoy seguro de que has sido tú.
-¿Sigues negándote a hacer lo que te pido?
-Claro que me niego. No quiero tener nada que ver con ello. No me importa lo que te acarree. Mereces
todo lo que te suceda. No me entristecerá verte deshonrado, públicamente deshonrado. ¿Cómo te atreves
a pedirme, a mí especialmente, que tome parte en ese horror? Hubiera creído que entendías mejor la
manera de ser de las personas. Quizá tu amigo lord Henry Wotton no te ha enseñado tanto sobre
psicología, aunque te haya enseñado mucho sobre otras cosas. Nada me llevará a dar un paso por
ayudarte. Te has equivocado de persona. Acude a alguno de tus amigos. No a mí.
-Ha sido un asesinato, Alan. Lo he matado. No sabes lo que me ha hecho sufrir. Se piense lo que se
quiera de mi vida, él ha contribuido más a destrozarla que el pobre Harry. Quizá no fuera su intención,
pero el resultado ha sido el mismo.
-¡Asesinato! ¡Cielo santo, Dorian! ¿A eso has llegado finalmente? No te denunciaré. No es asunto mío.
Además, sin necesidad de que yo mueva un dedo acabarán por detenerte. Nadie comete nunca un delito
sin hacer algo estúpido. Pero me niego a intervenir.
-Tendrás que hacerlo. Espera, espera un momento; escúchame. Sólo tienes que oírme. Todo lo que te
pido es que lleves a cabo un determinado experimento científico. Vas a los hospitales y a los depósitos de
cadáveres y los horrores que ves allí no te afectan. Si en una espantosa sala de disección o en un
laboratorio maloliente encontraras a un ser humano sobre una mesa de plomo al que se han hecho unas
incisiones rojas para permitir que salga la sangre, lo mirarías como una cosa admirable. No te inmutarías.
No pensarías que estabas haciendo nada reprobable. Considerarías, por el contrario, que trabajabas en
beneficio de la raza humana, o que aumentabas su caudal de conocimientos, o satisfacías su curiosidad
intelectual, o algo por el estilo. Lo que quiero que hagas es, sencillamente, algo que ya has hecho muchas
veces. A decir verdad, destruir un cadáver debe de ser mucho menos horrible que lo que estás
acostumbrado a hacer. Y recuerda que es la única prueba contra mí. Si se descubre, estoy perdido; y se
sabrá sin duda, a menos que tú me ayudes.
-No tengo el menor deseo de ayudarte. Eso es algo que olvidas. Lo único que me inspira todo este
asunto es indiferencia. No tiene nada que ver conmigo.
-Alan, te lo suplico. Piensa en qué situación me encuentro. Unos instantes antes de que llegaras el
terror casi ha hecho que me desmayara. Quizá tú también conozcas el terror algún día. ¡No! No pienses
en eso. Míralo desde una perspectiva estrictamente científica. Tú no preguntas de dónde proceden los
cadáveres con los que experimentas. Tampoco es necesario que lo investigues ahora. Ya te he contado
demasiado. Pero te suplico que lo hagas. Fuimos amigos en otro tiempo, Alan.
-No hables de eso. Aquellos días están muertos.
-A veces lo que está muerto perdura. El individuo del ático no desaparecerá. Está sentado en la mesa
con la cabeza caída y los brazos colgando. ¡Alan, por favor! Si no vienes en mi ayuda, estoy perdido.
¡Me ahorcarán! ¿Es que no lo entiendes? Me ahorcarán por lo que he hecho. -No sirve de nada que
prolongues esta escena. Me niego categóricamente a intervenir en este asunto. Tienes que estar loco para
pedirme una cosa así.
-¿Te niegas?
-Sí.
-Te lo suplico, Alan.
-Es inútil.
La misma expresión compasiva apareció de nuevo en los ojos de Dorian Gray. Luego extendió el
brazo, tomó un trozo de papel y escribió algo en él. Lo releyó dos veces, lo dobló cuidadosamente y lo
empujó hasta el otro lado de la mesa. Después se levantó, acercándose a la ventana.
Campbell le miró sorprendido, y luego recogió el papel y lo abrió. Mientras lo leía su rostro adquirió
una palidez cenicienta y tuvo que recostarse en el respaldo de la silla. Le invadió una sensación de
náusea infinita. Sintió que el corazón le latía en una vacía premonición de muerte.
Al cabo de dos o tres minutos de terrible silencio, Dorian, abandonando la ventana, se situó tras él y le
puso una mano en el hombro.
-Lo siento por ti, Alan -murmuró-, pero no me has dado otra opción. La carta está escrita. La tengo
aquí. Ya ves a quién va dirigida. Si no me ayudas, la enviaré. Sabes cuáles serán las consecuencias. Pero
me vas a ayudar. Es imposible que te niegues. He tratado de evitártelo. Has de reconocerlo. Te has
mostrado inflexible, duro, ofensivo. Me has tratado como nadie se ha atrevido a tratarme nunca; nadie
que esté vivo, al menos. Lo he soportado todo. Pero ahora soy yo quien impone las condiciones.
Campbell ocultó el rostro entre las manos, recorrido el cuerpo por un estremecimiento.
-Sí; soy yo quien pone las condiciones, Alan. Ya sabes cuáles son. Se trata de hacer algo muy sencillo.
Vamos, no te desesperes. Es inevitable. Acéptalo, y haz lo que tienes que hacer.
A Campbell se le escapó un gemido, y empezó a temblar de pies a cabeza. Le pareció que el tictac del
reloj situado en la repisa de la chimenea dividía el tiempo en átomos de dolor, cada uno de ellos
demasiado terrible para soportarlo. Sentía como si un anillo de hierro, lentamente, se estrechara en torno
a su frente, como si el deshonor con que se le amenazaba hubiera descendido ya sobre él. La mano
posada sobre su hombro parecía hecha de plomo.
-Vamos, Alan; tienes que decidirte ya.
-No lo puedo hacer -dijo maquinalmente, como si las palabras pudieran alterar la realidad.
-Has de hacerlo. No tienes elección. No te empeñes en retrasarlo.
Campbell vaciló un momento.
-¿Hay un fuego en la habitación del ático? -Sí; una toma de gas con placas de amianto.
-Tendré que ir a mi casa y recoger algunas cosas del laboratorio.
-No, Alan; no puedes salir de esta casa. Escribe en un papel lo que quieres y mi criado irá en un coche
a buscarlo. Campbell garrapateó unas líneas, secó la tinta, y escribió en un sobre el nombre de su
ayudante. Dorian tomó la nota y la leyó cuidadosamente. Luego tocó la campanilla y entregó la carta a su
ayuda de cámara, ordenándole que volviera cuanto antes con las cosas solicitadas.
Al cerrarse la puerta principal, Campbell tuvo un sobresalto y, levantándose de la silla, se acercó a la
chimenea. Temblaba como atacado por la fiebre. Durante cerca de veinte minutos nadie habló. Una
mosca zumbó ruidosamente por el cuarto y el tictac del reloj era como el golpear de un martillo.
Cuando el carillón dio la una, Campbell se volvió y, al mirar a Dorian Gray, vio que tenía los ojos
llenos de lágrimas. Había algo en la pureza y el refinamiento de aquel rostro lleno de tristeza que pareció
enfurecerlo.
-¡Eres un infame! ¡Un ser absolutamente repugnante! -murmuró.
-Calla, Alan: me has salvado la vida -dijo Dorian Gray. -¿La vida? ¡Cielo santo! ¿Qué vida es ésa? Has
ido de corrupción en corrupción y ahora has coronado tus hazañas con un asesinato. Al hacer lo que voy
a hacer, lo que me obligas a hacer, no es en tu vida en lo que estoy pensando.
-Atan, Alan -murmuró Dorian Gray con un suspiro-, quisiera que sintieras por mí una milésima parte
de la compasión que me inspiras -se volvió mientras hablaba y se quedó mirando el jardín.
Campbell no respondió.
Al cabo de unos diez minutos se oyó llamar a la puerta, y entró el criado con una gran caja de caoba
llena de productos químicos, junto con un rollo de hilo de acero y platino, así como dos pinzas de hierro
de forma bastante extraña.
-¿He de dejar aquí estas cosas? -le preguntó a Campbell.
-Sí -respondió Dorian-. Y mucho me temo, Francis, que aún tengo otro encargo para usted. ¿Cómo se
llama esa persona de Richmond que lleva orquídeas a Selby? -Harden, señor.
-Eso es, Harden. Tiene usted que ir a Richmond de inmediato, ver a Harden en persona y decirle que
mande el doble de orquídeas de las que había encargado, y que de las blancas ponga el menor número
posible. De hecho, dígale que no quiero ninguna blanca. Hace muy buen día, Francis, y Richmond es un
sitio muy bonito, de lo contrario no le diría que fuese.
-No es ninguna molestia, señor. ¿A qué hora debo estar de vuelta?
Dorian miró a Campbell.
-¿Cuánto durará tu experimento, Alan? -preguntó con voz tranquila, indiferente. La presencia de una
tercera persona en la habitación parecía darle un valor extraordinario.
Campbell frunció el entrecejo y se mordió los labios. -Unas cinco horas -respondió.
-Bastará, entonces, con que esté de vuelta para las siete y media. Mejor, quédese allí: deje las cosas
preparadas para que pueda vestirme. Tómese la tarde libre. No cenaré en casa, de manera que no voy a
necesitarlo.
-Muchas gracias, señor -dijo el ayuda de cámara, abandonando la habitación.
-Bien, Alan, no hay un momento que perder. ¡Cuánto pesa esta caja! Yo te la llevaré. Encárgate tú de
lo demás -hablaba rápidamente y con acento autoritario. Campbell se sintió dominado por él. Juntos
salieron de la habitación.
Cuando llegaron al descansillo del ático, Dorian sacó la llave y la hizo girar en la cerradura. Luego se
detuvo, una mirada de incertidumbre en los ojos. Se estremeció.
-Me parece que no soy capaz de entrar -murmuró.
-No importa. No te necesito para nada -respondió Campbell con frialdad.
Dorian Gray abrió a medias la puerta. Al hacerlo, vio el rostro del retrato, mirándolo, socarrón,
iluminado por la luz del sol. En el suelo, delante, se hallaba la cortina rasgada. Recordó que la noche
anterior había olvidado, por primera vez en su vida, esconder el lienzo maldito, y se disponía a
abalanzarse, cuando retrocedió, estremecido.
¿Qué era aquel repugnante rocío rojo que brillaba, reluciente y húmedo, sobre una de sus manos, como
si el lienzo hubiera sudado sangre? ¡Qué cosa tan espantosa! Por un momento le pareció más espantosa
aún que la presencia silenciosa derrumbada sobre la mesa, la presencia cuya grotesca sombra en la
alfombra manchada de sangre le indicaba que seguía sin moverse, que seguía allí, en el mismo sitio
donde él la había dejado.
Respiró hondo, abrió un poco más la puerta y, con los ojos medio cerrados y la cabeza vuelta, entró
rápidamente, decidido a no mirar ni siquiera una vez al muerto. Luego, agachándose, recogió la tela
morada y oro y la arrojó directamente sobre el cuadro.
A continuación se inmovilizó, temiendo volverse, y sus ojos se concentraron en las complejidades del
motivo decorativo que tenía delante. Oyó cómo Campbell entraba en el cuarto con la pesada caja de
caoba, así como con los hierros y las otras cosas que había pedido para su espantoso trabajo. Empezó a
preguntarse si Basil Hallward y Alan se habrían visto alguna vez y, en ese caso, qué habrían pensado el
uno del otro.
-Ahora déjame -dijo tras él una voz severa.
Dorian Gray dio media vuelta y salió precipitadamente, no sin advertir que el muerto había vuelto a
apoyar la espalda contra la silla y que Campbell contemplaba un rostro amarillento que brillaba. Mientras
descendía las escaleras oyó cómo la llave giraba por dentro en la cerradura.
Hacía tiempo que habían dado las siete cuando Campbell se presentó de nuevo en la biblioteca. Estaba
pálido, pero muy tranquilo.
-He hecho lo que me habías pedido que hiciera -murmuró-. Y ahora, adiós. Espero que no volvamos a
vernos nunca.
-Me has salvado del desastre, Alan. Eso no lo puedo olvidar-dijo Dorian Gray con sencillez.
Tan pronto como Campbell salió de la casa, subió al ático. En la habitación había un horrible olor a
ácido nítrico. Pero la cosa sentada ante la mesa había desaparecido.

Capítulo 15

Alas ocho y media, unos criados que prodigaban reverencias hicieron entrar en el salón de lady
Narborough a Dorian Gray, vestido de punta en blanco y con un ramillete de violetas de Parma en el ojal
de la chaqueta. Le latían las sienes con violencia, y se sentía presa de una extraordinaria agitación
nerviosa, pero sus modales, cuando se inclinó sobre la mano de su anfitriona, tenían la misma elegancia y
naturalidad de siempre. Quizá uno nunca se muestra tan natural como cuando representa un papel. Desde
luego, nadie que observara aquella noche a Dorian Gray podría haber creído que acababa de vivir una
tragedia comparable a las más horribles de nuestra época. Imposible que aquellos dedos tan
delicadamente cincelados hubieran empuñado un cuchillo con intención pecaminosa o que aquellos
labios sonrientes hubieran podido blasfemar y burlarse de la bondad. Él mismo no podía por menos de
asombrarse ante su propia calma y, por unos momentos, sintió intensamente el terrible júbilo de quien
lleva con éxito una doble vida.
Se trataba de una cena con pocos invitados, reunidos de manera más bien precipitada por lady
Narborough, mujer muy inteligente, poseedora de lo que lord Henry solía describir como restos de una
fealdad realmente notable, que había resultado ser una excelente esposa para uno de los más tediosos
embajadores de la corona británica, y que, después de enterrar a su marido con todos los honores en un
mausoleo de mármol, diseñado por ella misma, y de casar a sus hijas con hombres ricos y de edad más
bien avanzada, se había dedicado a los placeres de la narrativa francesa, de la cocina francesa e incluso
del esprit francés cuando se ponía a su alcance.
Dorian era uno de sus invitados preferidos, y siempre le decía que se alegraba muchísimo de no
haberlo conocido de joven. «Sé, querido mío, que me hubiera enamorado perdidamente de usted», solía
decir, «y que me habría liado la manta a la cabeza por su causa. Es una suerte que nadie hubiera pensado
en usted por entonces. Cabe, de todos modos, que la idea de la manta no me atrajera demasiado, porque
nunca llegué a coquetear con nadie. Aunque creo que la culpa fue más bien de Narborough. Era
terriblemente miope, y se obtiene muy poco placer engañando a un marido que no ve absolutamente
nada».
Sus invitados de aquella noche eran personas más bien aburridas. La verdad, le explicó la anfitriona a
Dorian Gray desde detrás de un abanico bastante venido a menos, era que una de sus hijas casadas se
había presentado de repente para pasar una temporada con ella y, para empeorar las cosas, lo había hecho
acompañada por su marido.
-Creo que ha sido una crueldad por su parte, querido mío -le susurró-. Es cierto que yo los visito todos
los veranos al regresar de Homburg, pero una anciana como yo necesita aire fresco a veces y, además,
consigo despertarlos. No se puede imaginar la existencia que llevan. Vida rural en estado puro. Se
levantan pronto porque tienen mucho que hacer, y también se acuestan pronto porque apenas tienen nada
en qué pensar. No ha habido un escándalo por los alrededores desde los tiempos de la reina Isabel, y en
consecuencia todos se quedan dormidos después de cenar. Haga el favor de no sentarse junto a ninguno
de los dos. Siéntese a mi lado.
Dorian murmuró el adecuado cumplido y recorrió el salón con la vista. Sí; no era mucho lo que cabía
esperar de aquellos comensales. A dos de los invitados no los había visto nunca, y los restantes eran:
Ernest Harrowden, una de las mediocridades de mediana edad que tanto abundan en los clubs
londinenses y que carecen de enemigos pero a quienes sus amigos aborrecen cordialmente; lady Ruxton,
una mujer de cuarenta y siete años y de nariz ganchuda, que se vestía con exageración y trataba siempre
de colocarse en situaciones comprometidas, si bien, para gran desencanto suyo, nadie estaba nunca
dispuesto a creer nada en contra suya, dada su extrema fealdad; la señora Erlynne, una arrivista que no
era nadie, con un ceceo delicioso y cabellos de color rojo veneciano; lady Alice Chapman, la hija de la
anfitriona, una aburrida joven sin la menor elegancia, con uno de esos característicos rostros británicos
que, una vez vistos, jamás se recuerdan; y su marido, criatura de mejillas rubicundas y patillas canas que,
como tantos de su clase, vivía convencido de que una desmedida jovialidad es disculpa suficiente para la
absoluta falta de ideas.
Estaba ya bastante arrepentido de haber aceptado la invitación cuando lady Narborough, mirando al
gran reloj dorado que dilataba sus llamativas curvas sobre la repisa de la chimenea, cubierta de tela
malva, exclamó
-¡Qué mal me parece que Henry Wottom llegue tan tarde! Esta mañana, al azar, he mandado a un
propio a su casa, y ha prometido con gran seriedad no defraudarme.
Era un consuelo contar con la compañía de Harry, y cuando se abrió la puerta y Dorian oyó su voz,
lenta y melodiosa, que prestaba encanto a una disculpa poco sincera por su retraso, le abandonó el
aburrimiento.
Durante la cena, sin embargo, fue incapaz de comer. Los criados le fueron retirando plato tras plato sin
que probase nada. Lady Narborough no cesó de reprenderlo por lo que ella calificaba de «insulto al pobre
Adolphe, que ha inventado el menú especialmente para usted», y alguna vez lord Henry lo miró desde el
otro lado de la mesa, sorprendido de su silencio y su aire distante. De cuando en cuando el mayordomo le
llenaba la copa de champán. Dorian Gray bebía con avidez, pero su sed iba en aumento.
-Dorian -dijo finalmente lord Henry, mientras se servía el chaud froíd-, ¿qué te pasa esta noche?
Pareces abatido.
-Creo que está enamorado -exclamó lady Narborough-, y no se atreve a decírmelo por temor a que
sienta celos. Y tiene toda la razón, porque los sentiría.
-Mi querida lady Narborough -murmuró Dorian Gray sonriendo-. Llevo sin enamorarme toda una
semana; exactamente desde que madame de Ferroll abandonó Londres.
-¡Cómo es posible que los hombres se enamoren de esa mujer! -exclamó la anciana señora-. Es algo
que no consigo entender.
-Se debe sencillamente a que madame de Ferroll se acuerda de la época en que usted no era más que
una niña, lady Narborough -dijo lord Henry-. Es el único eslabón entre nosotros y los trajes cortos de
usted.
-No se acuerda en absoluto de mis trajes cortos, lord Henry. Pero yo la recuerdo perfectamente en
Viena hace treinta años, así como los escotes que llevaba por entonces.
-Sigue siendo partidaria de los escotes -respondió lord Henry, cogiendo una aceituna con los dedos-, y
cuando lleva un vestido muy elegante parece una édítion de luxe de una mala novela francesa. Es
realmente maravillosa y siempre depara sorpresas. Su capacidad para el afecto familiar es extraordinaria.
Al morir su tercer esposo, el cabello se le puso completamente dorado de la pena.
-¡Harry, cómo te atreves! -protestó Dorian.
-Es una explicación sumamente romántica -rió la anfitriona-. Pero, ¡su tercer marido, lord Henry! ¿No
querrá usted decir que Ferroll es el cuarto?
-Efectivamente, lady Narborough.
-No creo una sola palabra.
-Bien, pregunte al señor Gray. Es uno de sus amigos más íntimos.
-¿Es cierto, señor Gray?
-Eso es lo que ella me ha asegurado, lady Narborough -respondió Dorian-. Le pregunté si, al igual que
Margarita de Navarra, había embalsamado los corazones de los difuntos para colgárselos de la cintura.
Me dijo que no, porque ninguno de ellos tenía corazón.
-¡Cuatro maridos! A fe mía que eso es trop de zéle. -Trop d'audace, le dije yo -comentó Dorian Gray.
-No es audacia lo que le falta, querido mío. Y, ¿cómo es Ferroll? No lo conozco.
-Los maridos de mujeres muy hermosas pertenecen a la clase delictiva -dijo lord Henry, saboreando el
vino. Lady Narborough le golpeó con su abanico.
-Lord Henry, no me sorprende en absoluto que el mundo diga de usted que es extraordinariamente
malvado. -Pero, ¿qué mundo dice eso? -preguntó lord Henry, alzando las cejas-. Sólo puede ser el mundo
venidero. Este mundo y yo mantenemos excelentes relaciones.
-Todas las personas que conozco dicen que es usted de lo más perverso -exclamó la anciana señora,
moviendo la cabeza.
Lord Henry adoptó por unos instantes un aire serio. -Es perfectamente intolerable -dijo, finalmente- la
manera en que la gente va por ahí diciendo, a espaldas de uno, cosas que son absoluta y completamente
ciertas. -¿Verdad que es incorregible? -exclamó Dorian, inclinándose hacia adelante en el asiento.
-Eso espero -dijo, riendo, la anfitriona-. Pero si todos ustedes adoran a madame de Ferroll de esa
manera tan ridícula, tendré que volver a casarme para estar a la moda.
-Nunca volverá usted a casarse, lady Narborough -intervino lord Henry-. Era usted demasiado feliz.
Cuando una mujer vuelve a casarse es porque detestaba a su primer marido. Cuando un hombre vuelve a
casarse es porque adoraba a su primera mujer. Las mujeres prueban suerte. Los hombres arriesgan la
suya.
-Narborough no era perfecto -exclamó la anciana señora.
-Si lo hubiera sido, no lo hubiera usted amado, mi querida señora -fue la respuesta de lord Henry-. Las
mujeres nos aman por nuestros defectos. Si tenemos los suficientes nos lo perdonan todo, incluida la
inteligencia. Mucho me temo que después de esto nunca volverá usted a invitarme a cenar, lady
Narborough, pero es completamente cierto.
-Claro que es cierto, lord Henry. Si las mujeres no amaran a los hombres por sus defectos, ¿dónde
estarían todos ustedes? Ninguno se habría casado. Serían una colección de solteros infelices. Aunque
tampoco eso los habría cambiado mucho. En los días que corren todos los hombres casados viven como
solteros, y todos los solteros como casados.
-Fin de siécle -murmuró lord Henry. -Fin de globe -respondió su anfitriona.
-Sí que me gustaría que fuese fin de globe -dijo Dorian con un suspiro-. La vida es una gran desilusión.
-Ah, querido mío -exclamó lady Narborough calzándose los guantes-, no me diga que ya ha agotado la
vida. Cuando un hombre dice eso, ya se sabe que es la vida la que lo ha agotado a él. Lord Henry es muy
perverso, y a mí a veces me gustaría haberlo sido; pero usted está hecho para ser bueno: parece tan bueno
que he de encontrarle una esposa encantadora. ¿No le parece, lord Henry, que el señor Gray debería
casarse?
-Es lo que yo le digo siempre, lady Narborough -respondió lord Henry con una inclinación de cabeza.
-De acuerdo; en ese caso debemos buscarle un buen partido. Esta noche examinaré cuidadosamente el
Debrett y prepararé una lista con las jóvenes más adecuadas.
-¿Sin olvidar la edad de las candidatas, lady Narborough? -preguntó Dorian.
-Sin olvidar la edad, por supuesto, aunque ligeramente revisada. Pero no debe hacerse nada con prisas.
Quiero que sea lo que The Morning Post llama un enlace conveniente, y que los dos sean felices.
-¡Qué cosas tan absurdas dice la gente sobre los matrimonios felices! -exclamó lord Henry-. Un
hombre puede ser feliz con una mujer siempre que no la quiera.
-¡Ah! ¡Qué cinismo el suyo! -dijo la anciana señora, empujando la silla hacia atrás y haciendo un gesto
con la cabeza a lady Ruxton-. Tiene que volver muy pronto a cenar conmigo. Es usted realmente un
tónico admirable, mucho mejor que lo que sir Andrew me receta. Ha de decirme con qué personas le
gustaría encontrarse. Deseo que sea una velada absolutamente deliciosa.
-Me gustan los hombres con futuro y las mujeres con pasado -respondió lord Henry-. ¿O cree que sería
demasiado grande el desequilibrio?
-Mucho me temo -dijo ella riendo, mientras se ponía en pie-. Mil perdones, mi querida lady Ruxton -
añadió al instante-. Veo que no ha terminado usted su cigarrillo.
-No se preocupe, lady Narborough. Fumo demasiado. Tengo intención de hacerlo menos en el futuro.
-No lo haga, se lo ruego, lady Ruxton -intervino lord Henry-. La moderación es una virtud muy
perniciosa. Bastante es tan malo como una comida. Demasiado, tan bueno como un festín.
Lady Ruxton lo miró con curiosidad.
-Tendrá usted que venir y explicármelo alguna tarde, lord Henry. Parece una teoría fascinante -
murmuró mientras abandonaba la habitación.
-Por favor, caballeros, no se queden ustedes demasiado tiempo hablando de política y de escándalos -
exclamó lady Narborough desde la puerta-. Si lo hacen, acabaremos peleándonos en el piso de arriba.
Los varones rieron, y el señor Chapman se levantó solemnemente del fondo de la mesa y pasó a ocupar
la cabecera. Dorian Gray también cambió de sitio y fue a colocarse junto a lord Henry. El señor
Chapman empezó a hablar, alzando mucho la voz, sobre la situación en la Cámara de los Comunes,
riéndose de sus adversarios. La palabra doctrinaire (un vocablo que inspira terror a las mentes británicas)
reaparecía de cuando en cuando entre sus explosiones de carcajadas. Un prefijo aliterativo servía como
ornamento a su elocuencia, mientras alzaba la bandera del Imperio sobre los pináculos del Pensamiento.
La estupidez innata de la raza (él lo llamaba jovialmente el buen sentido común inglés) se ofreció a los
presentes como el baluarte que la Sociedad necesitaba.
Una sonrisa curvó los labios de lord Henry, quien, volviéndose, miró a Dorian.
-¿Te encuentras mejor? -preguntó-. Parecías un poco perdido durante la cena.
-Estoy perfectamente, Harry. Un poco cansado. Eso es todo.
-Anoche te superaste a ti mismo. La duquesita sólo ve por tus ojos. Me ha dicho que irá a Selby.
-Ha prometido estar allí para el día veinte. -¿También irá Monmouth?
-Sí, Harry.
-Me aburre terriblemente, casi tanto como la aburre a ella. Mi prima es muy inteligente, demasiado
inteligente para una mujer. Le falta el encanto indefinible de la debilidad. Los pies de barro dan todo su
valor a la imagen de oro. Tiene unos pies preciosos, pero no son de barro. Blancos pies de porcelana, si
quieres. Han pasado por el fuego, y lo que el fuego no destruye, lo endurece. Ha tenido experiencias.
-¿Cuánto tiempo lleva casada? -preguntó Dorian. -Una eternidad, me dice. Según el libro nobiliario,
creo que diez años, pero diez años con Monmouth pueden ser una eternidad e incluso un poco más.
¿Quiénes son los otros invitados?
-Los Willoughby, lord Rugby y su esposa, nuestra anfitriona, Geoffrey Clouston, los habituales. Le he
pedido a lord Grotrian que vaya.
-Me gusta -dijo lord Henry-. Hay mucha gente que no está de acuerdo, pero yo lo encuentro
encantador. Compensa sus ocasionales excesos en el vestir con una educación siempre ultrarrefinada. Es
una persona muy moderna.
-No sé si podrá formar parte del grupo, Harry. Quizá tenga que ir a Montecarlo con su padre.
-¡Ah! ¡Qué molestas son las familias! Procura que vaya. Por cierto, Dorian, anoche desapareciste muy
pronto. ¿Qué hiciste después? ¿Volver directamente a casa?
Dorian lo miró un momento y frunció el entrecejo. -No, Harry -dijo finalmente-. No volví a casa hasta
cerca de las tres.
-¿Fuiste al club?
-Sí -respondió. Luego se mordió los labios-. No; no era eso lo que quería decir. No fui al club. Estuve
paseando. No recuerdo lo que hice... ¡Qué inquisitivo eres, Harry! Siempre quieres saber lo que uno hace.
Yo siempre quiero olvidarlo. Regresé a casa a las dos y media, si quieres saber la hora exacta. Me había
dejado la llave, y Francis tuvo que abrirme la puerta. Si necesitas confirmación sobre ese punto, puedes
preguntárselo.
Lord Henry se encogió de hombros.
-¡Mi querido amigo, como si a mí me importara! Subamos al salón. No, muchas gracias, señor
Chapman, no quiero jerez. A ti te ha sucedido algo, Dorian. Dime qué ha sido. Te encuentro distinto esta
noche.
-No lo tomes a mal, Harry. Estoy nervioso y de mal humor. Iré mañana o pasado mañana a verte.
Presenta mis excusas a lady Narborough. No voy a subir a reunirme con las señoras. Tengo que ir a casa.
Debo ir a casa.
-Muy bien. Espero verte mañana a la hora del té. Vendrá la duquesa.
-Procuraré estar allí -dijo Dorian Gray, abandonando la habitación. Mientras regresaba a su casa se dio
cuenta de que el sentimiento de terror que creía haber sofocado volvía a hacer acto de presencia. Las
preguntas intrascendentes de lord Henry le habían hecho perder la calma unos instantes, y debía
conservarla a toda costa. Había que destruir objetos peligrosos. Su rostro se crispó. Aborrecía hasta la
idea de tocarlos.
Pero había que hacerlo. Lo comprendía perfectamente y, después de cerrar con llave la puerta de la
biblioteca, abrió el armario secreto en cuyo interior arrojara el abrigo y el maletín de Basil. En la
chimenea ardía un fuego muy vivo. Añadió un tronco más. El olor de la ropa y del cuero al quemarse era
horrible. Fueron necesarios tres cuartos de hora para que todo se consumiera. Al acabar se sentía débil y
mareado y, después de quemar algunas pastillas argelinas en un pebetero de cobre, se mojó las manos y
la frente con vinagre aromatizado al almizcle.
De repente tuvo un sobresalto. Sus ojos se iluminaron extrañamente y empezó a mordisquearse el labio
inferior. Entre dos de las ventanas de la biblioteca había un voluminoso bargueño florentino de caoba,
con incrustaciones de marfil y lapislázuli. Lo contempló como si fuera algo terrible y fascinante al
mismo tiempo, como si contuviera algo que anhelaba y que, sin embargo, casi aborrecía. Su respiración
se aceleró. Un deseo furioso se apoderó de él. Encendió un cigarrillo que tiró instantes después. Dejó
caer los párpados hasta que las largas pestañas casi le tocaban la mejilla. Pero seguía mirando al
bargueño. Finalmente se levantó del sofá donde había estado tumbado, se acercó a él y, después de
descorrer el pestillo, tocó un resorte escondido. Lentamente apareció un cajón triangular. Sus dedos se
movieron instintivamente hacia su interior y se apoderaron de algo. Era una cajita china de laca negra
recubierta de polvo de oro, delicadamente trabajada; sus paredes estaban decoradas con sinuosas
ondulaciones, y de los cordoncillos de seda colgaban cristales redondos y borlas tejidas con hilos
metálicos. Dorian Gray la abrió. Dentro había una pasta verde que tenía el brillo de la cera y que
desprendía un olor peculiar, denso y persistente.
Vaciló unos momentos, con una extraña sonrisa inmóvil en el rostro. Luego, tiritando, aunque en la
biblioteca hacía muchísimo calor, se irguió y miró el reloj. Faltaban veinte minutos para las doce.
Devolvió la cajita china al bargueño, cerró la puerta y pasó a su dormitorio.
Cuando la medianoche desgranaba doce golpes de bronce en la oscuridad, Dorian Gray, vestido con
ropa nada llamativa y una bufanda enrollada al cuello, salió sigilosamente de su casa. En Bond Street
encontró un coche de punto con un buen caballo. Lo llamó, pero al dar en voz baja una dirección, el
cochero movió la cabeza.
-Es demasiado lejos para mí -murmuró.
-Aquí tiene un soberano -le dijo Dorian Gray-. Le daré otro si va deprisa.
-De acuerdo, señor -respondió el cochero-; estaremos allí dentro de una hora -y después de que su
pasajero subiera al vehículo, hizo dar la vuelta al caballo y se dirigió rápidamente hacia el río.

Capítulo 16

Empezó a caer una lluvia fría, y los faroles desdibujados no lanzaban ya, entre la niebla, más que un
resplandor descolorido. Era el momento en que cerraban los establecimientos públicos, y hombres y
mujeres todavía reunidos delante de sus puertas empezaban a desperdigarse. Del interior de algunas de
las tabernas brotaban aún horribles carcajadas. En otras, los borrachos discutían y gritaban.
Casi tumbado en el coche de punto, el sombrero calado sobre la frente, Dorian Gray contemplaba con
indiferencia la sórdida abyección de la gran ciudad, y de cuando en cuando se repetía las palabras que
lord Henry le había dicho el día que se conocieron: «Curar el alma por medio de los sentidos, y los
sentidos por medio del alma». Sí, ése era el secreto. Dorian Gray lo había probado con frecuencia y se
disponía a volver a hacerlo. Había fumaderos de opio donde se podía comprar el olvido, antros
espantables donde se podía destruir el recuerdo de los antiguos pecados con el frenesí de los recién
cometidos.
La luna, cerca del horizonte, parecía un cráneo amarillo. De cuando en cuando una enorme nube
deforme extendía un largo brazo y la ocultaba por completo. Los faroles de gas se fueron distanciando, y
las calles se hicieron más estrechas y sombrías. En una ocasión el cochero se equivocó de camino, y tuvo
que volver sobre sus pasos casi un kilómetro. El caballo quedaba envuelto en nubes de vapor cuando
pisoteaba los charcos. Las ventanas del coche de punto se fueron cubriendo de una película de cieno
semejante a franela gris.
«¡Curar el alma por medio de los sentidos y los sentidos por medio del alma!» ¡Cómo resonaban
aquellas palabras en sus oídos! Su alma, desde luego, tenía una enfermedad mortal. ¿Sería verdad que los
sentidos podían curarla? Se había derramado sangre inocente. ¿Cómo expiarlo? No; no había expiación
posible; pero aunque el perdón fuera imposible, el olvido no lo era, y Dorian Gray estaba decidido a
olvidar, a pisotear aquel recuerdo, a aplastarlo como aplastamos a la víbora que nos ha inyectado su
ponzoña. Después de todo, ¿qué derecho tenía Basil a hablarle como lo había hecho? ¿Quién le había
otorgado la potestad de juzgar a otros? Había dicho cosas espantosas, horribles, insoportables.
El coche de punto avanzaba laboriosamente, disminuyendo la velocidad, le parecía a Dorian Gray, con
cada paso. Abrió con violencia la trampilla del techo y ordenó al cochero que acelerase la marcha. La
terrible ansia del opio empezaba a devorarlo. Le ardía la garganta y sus delicadas manos se habían
contagiado de un temblor nervioso. Sacando un brazo por la ventanilla golpeó ferozmente al caballo con
su bastón. El cochero se echó a reír y también él utilizó su látigo. Dorian Gray respondió riendo a su vez
y el otro guardó silencio.
El trayecto parecía interminable, y las calles se asemejaban a los negros hilos de una inmensa telaraña.
La monotonía se hizo insoportable y, al espesarse la niebla, Dorian Gray sintió miedo.
Luego pasaron junto a las solitarias fábricas de ladrillos. La niebla era allí menos densa, y pudo ver los
extraños hornos con forma de botella y sus lenguas de fuego anaranjado que se extendían como abanicos.
Un perro ladró cuando pasaban y a lo lejos, en la oscuridad, chilló una gaviota vagabunda. El caballo
tropezó en un bache del camino, dio un bandazo y empezó a galopar.
Después de algún tiempo dejaron el camino de tierra y volvieron a traquetear por calles mal
pavimentadas. La mayoría de las ventanas estaba a oscuras pero, a veces, sombras fantásticas se
dibujaban sobre los estores iluminados por alguna lámpara. Dorian Gray las contemplaba con curiosidad.
Se movían como marionetas monstruosas y hacían gestos de criaturas vivas. Sintió que las aborrecía.
Tenía el corazón dominado por una rabia sorda. Al torcer una esquina, una mujer les gritó algo desde una
puerta abierta, y dos hombres corrieron tras el coche de punto por espacio de unos cien metros. El
cochero los golpeó con el látigo.
Se dice que la pasión hace que se piense en círculos. Y, ciertamente, los labios que Dorian Gray no
cesaba de morderse formaban y volvían a formar, en espantosa repetición, las sutiles palabras que se
ocupaban del alma y de los sentidos, hasta encontrar en ellas la plena expresión, por así decirlo, de su
estado de ánimo, y justificar así, aprobándolas intelectualmente, pasiones que sin esa justificación
habrían dominado su voluntad. De célula en célula aquella idea única se apoderaba de su cerebro; y el
arrebatado deseo de vivir, el más terrible de los apetitos humanos, redoblaba el vigor de cada nervio y
músculo temblorosos. La fealdad que en otro tiempo le había parecido odiosa porque hacía las cosas
reales, le resultaba ahora amable por esa misma razón. La fealdad era la única realidad. La trifulca
vulgar, el antro repugnante, la violencia brutal de una vida desordenada, la vileza misma del ladrón y del
fuera de la ley, tenían más vida, creaban una impresión de realidad más intensa que todas las elegantes
formas del Arte, que las sombras soñadoras de la Canción. Eran lo que necesitaba para alcanzar el olvido.
En el espacio de tres días quedaría libre.
De repente, el cochero se detuvo con un movimiento brusco al comienzo de una callejuela en sombras.
Sobre los bajos tejados, erizados de chimeneas, se alzaban las negras arboladuras de los barcos. Espirales
de niebla blanca se aferraban a las vergas como velas fantasmales.
-Está en algún sitio por estos alrededores, ¿no es cierto, señor? -preguntó el cochero con voz ronca a
través de la trampilla.
Dorian, sobresaltado, miró a su alrededor.
-Déjeme aquí -respondió y, después de apearse precipitadamente y de entregar el dinero prometido, se
alejó a toda prisa en dirección al muelle. Aquí y allá una linterna brillaba en la proa de algún gigantesco
barco mercante. La luz temblaba y se descomponía en los charcos. De un vapor a punto de partir que
avivaba el fuego para aumentar la presión de la caldera salía un resplandor rojo. El suelo resbaladizo
parecía un impermeable húmedo.
Dorian Gray apresuró el paso hacia la izquierda, volviendo la cabeza de cuando en cuando para
comprobar si alguien lo seguía. Siete u ocho minutos después llegó a una casita destartalada, encajonada
entre dos lúgubres fábricas. En una de las ventanas del piso superior brillaba una luz. Se detuvo ante la
puerta y llamó de una manera peculiar.
Al cabo de algún tiempo oyó pasos en el corredor y luego el deslizarse de un cerrojo. La puerta se
abrió sin ruido y Dorian Gray entró sin decir una sola palabra a la deforme criatura rechoncha que se
aplastó contra la pared en sombra para darle paso. Al final del vestíbulo colgaba una andrajosa cortina
verde, agitada y estremecida por el golpe de viento que siguió a Dorian Gray desde la calle. Apartándola,
penetró en una habitación alargada y de techo bajo que daba la impresión de haber sido en otro tiempo
una sala de baile de tercera categoría. Sobre las paredes ardían, sibilantes, mecheros de gas, cuya imagen,
apagada y deforme, reproducían otros tantos espejos, negros de manchas de moscas. Los reflectores
grasientos de estaño ondulado, colocados detrás, los convertían en temblorosos discos de luz. El suelo
estaba cubierto de serrín ocre, que, a fuerza de pisarlo, se había transformado en barro, manchado,
además, por oscuros redondeles de bebidas derramadas. Algunos malayos, acurrucados junto a una
pequeña estufa de carbón de leña, jugaban con fichas de hueso y enseñaban unos dientes muy blancos al
hablar. En un rincón, la cabeza escondida entre los brazos, un marinero se había derrumbado sobre una
mesa, y junto al bar chillonamente pintado, que ocupaba uno de los laterales de la habitación, dos
mujeres ojerosas se burlaban de un anciano que se sacudía las mangas de la chaqueta con expresión de
repugnancia.
-Cree que le atacan hormigas rojas -rió una de ellas cuando Dorian Gray pasó a su lado.
El anciano la miró aterrorizado y empezó a gemir.
Al fondo de la habitación, una escalerita conducía a una habitación oscura. Mientras Dorian se
apresuraba a ascender los tres desvencijados escalones, el denso olor del opio le asaltó. Respiró hondo y
las aletas de la nariz se le estremecieron de placer. Al entrar, un joven de lisos cabellos rubios que,
inclinado sobre una lámpara, encendía una larga pipa muy fina, miró en su dirección y le saludó,
titubeante, con una inclinación de cabeza.
-¿Tú aquí, Adrian? -murmuró Dorian.
-¿Dónde quieres que esté? -respondió el otro apáticamente-. Todos mis amigos me han retirado el
saludo. -Creía que habías dejado Inglaterra.
-Darlington no hará nada contra mí. Mi hermano acabó por pagar la deuda. George tampoco me dirige
la palabra... Me tiene sin cuidado -añadió con un suspiro-. Mientras esto no falte no se necesitan amigos.
Creo que tenía demasiados.
El rostro de Dorian Gray se crispó un instante; luego contempló las grotescas figuras que yacían sobre
los mugrientos colchones en extrañas posturas. Los miembros contorsionados, las bocas abiertas, las
miradas perdidas y los ojos vidriosos le fascinaban. Sabía en qué extraños paraísos se dedicaban al
sufrimiento y qué tristes infiernos les enseñaban el secreto de alguna nueva alegría. Eran más afortunados
que él, prisionero de sus pensamientos. La memoria, como una horrible enfermedad, le devoraba el alma.
De cuando en cuando le parecía ver los ojos de Basil Hallward que lo miraban. Comprendió, sin
embargo, que no podía quedarse allí. La presencia de Adrian Singleton le perturbaba. Quería estar en un
lugar donde nadie supiera quién era. Quería huir de sí mismo.
-Me voy al otro sitio -dijo, después de una pausa.
-¿En el muelle?
-Sí.
-Esa gata loca estará allí con toda seguridad. Aquí ya no la admiten.
Dorian se encogió de hombros.
-Estoy harto de mujeres que me quieren. Las mujeres que odian son mucho más interesantes. Además,
la mercancía es allí mejor.
-Más o menos la misma cosa.
-Yo la prefiero. Ven a beber algo. Necesito una copa.
-No quiero nada -murmuró el joven.
-Da lo mismo.
Adrian Singleton se levantó con aire cansado y siguió a Dorian Gray hasta el bar. Un mulato, con un
turbante hecho jirones y un largo abrigo mugriento, les obsequió con una mueca espantosa a manera de
saludo mientras colocaba ante ellos una botella de brandy y dos vasos. Las mujeres se acercaron y
empezaron a parlotear. Dorian les volvió la espalda y dijo algo en voz baja a su acompañante.
Una sonrisa tan retorcida como un cris malayo se paseó por el rostro de una de las mujeres.
-¡Qué orgullosos estamos esta noche! -fueron sus burlonas palabras.
-Por el amor de Dios, no me dirijas la palabra -exclamó Dorian, golpeando el suelo con el pie-. ¿Qué
es lo que quieres? ¿Dinero? Aquí lo tienes. Pero no vuelvas a dirigirme la palabra.
En los ojos de la mujer, embrutecidos por el alcohol, aparecieron por un momento dos destellos rojos,
pero volvieron a apagarse enseguida, dejándolos otra vez muertos y vidriosos. Luego sacudió la cabeza y
con dedos avarientos recogió las monedas del mostrador. Su compañera la contempló con envidia.
-Es inútil -suspiró Adrian Singleton-. No tengo ganas de volver. ¿Qué más da? Estoy muy bien aquí.
-Me escribirás si necesitas algo, ¿de acuerdo? -dijo Dorian después de una pausa.
-Quizá.
-Buenas noches, entonces.
-Buenas noches -respondió el joven, volviendo a subir los escalones mientras se limpiaba la boca
reseca con un pañuelo.
Dorian se dirigió hacia la puerta con una expresión dolorida en el rostro. Cuando apartaba la cortina
verde, una risa espantosa salió de los labios pintados de la mujer que había recogido las monedas.
-¡Ahí va el protegido del diablo! -exclamó con voz ronca entre dos ataques de hipo.
-¡Maldita seas! -respondió Dorian-, ¡no me llames eso!
La mujer chasqueó los dedos.
-Príncipe azul es lo que te gusta que te llamen, ¿no es eso? -le gritó mientras salía.
El marinero adormilado se levantó de un salto al oír a la mujer, y miró con ojos enloquecidos a su
alrededor. El sonido de la puerta al cerrarse llegó hasta sus oídos, y salió precipitadamente, como en
persecución de alguien.
Dorian Gray avanzaba a buen paso por el muelle sin importarle la lluvia. Su encuentro con Adrian
Singleton le había emocionado extrañamente, y se preguntaba si aquel desastre era responsabilidad suya,
tal como Basil Hallward le había dicho de manera tan insultante. Se mordió los labios y por unos
instantes sus ojos se llenaron de tristeza. Aunque, después de todo, ¿a él qué más le daba? La vida es
demasiado corta para cargar con el peso de los errores ajenos. Cada persona gastaba su propia vida y
pagaba su precio por vivirla. Lo único lamentable era que por una sola falta hubiera que pagar tantas
veces. Que hubiera, efectivamente, que pagar y volver a pagar y seguir pagando. En sus tratos con los
seres humanos, el Destino nunca cerraba las cuentas.
Hay momentos, nos dicen los psicólogos, en los que la pasión por el pecado, o por lo que el mundo
llama pecado, domina hasta tal punto nuestro ser, que todas las fibras del cuerpo, al igual que las células
del cerebro, no son más que instinto con espantosos impulsos. En tales momentos hombres y mujeres
dejan de ser libres. Se dirigen hacia su terrible objetivo como autómatas. Pierden la capacidad de
elección, y la conciencia queda aplastada o, si vive, lo hace para llenar de fascinación la rebeldía y dar
encanto a la desobediencia. Cuando aquel espíritu poderoso, aquella perversa estrella de la mañana cayó
del cielo, lo hizo como rebelde.
Insensible, sin otra meta que el mal, contaminado el espíritu y el alma hambrienta de rebeldía, Dorian
Gray se apresuró, acelerando el paso a medida que avanzaba. Pero en el momento en que se desviaba con
el fin de penetrar por un pasaje oscuro que con frecuencia le había servido de atajo para llegar al lugar
adonde se dirigía, sintió que lo sujetaban por detrás y, antes de que tuviera tiempo para defenderse, se vio
arrojado contra el muro, con una mano brutal apretándole la garganta.
Luchó desesperadamente y, con un terrible esfuerzo, logró librarse de la creciente presión de los dedos.
Pero un segundo después oyó el chasquido de un revólver y vio el brillo de un cañón que le apuntaba
directamente a la cabeza, así como la silueta imprecisa del individuo bajo y robusto que le hacía frente.
-¿Qué quiere? -jadeó.
-Estese quieto -dijo el otro-. Si se mueve, disparo. -Ha perdido el juicio. ¿Qué tiene contra mí?
-Usted destrozó la vida de Sibyl Vane -fue la respuesta-. Y Sibyl Vane era mi hermana. Se suicidó. Lo
sé. Usted es el responsable. Juré matarlo. Llevo años buscándolo. No tenía ninguna pista ni el menor
rastro. Las dos personas que podían darme una descripción suya han muerto. Sólo sabía el nombre
cariñoso que Sibyl utilizaba. Hace un momento lo he oído por casualidad. Póngase a bien con Dios,
porque va a morir esta noche.
Dorian Gray se sintió enfermar de miedo.
-No sé de qué me habla -tartamudeó-. Nunca he oído ese nombre. Está usted loco.
-Más le vale confesar su pecado, porque va a morir, tan cierto como que me llamo James Vane.
Durante un terrible momento, Dorian no supo qué hacer ni qué decir.
-¡De rodillas! -gruñó su agresor-. Le doy un minuto para que se arrepienta, nada más. Me embarco
para la India, pero antes he de cumplir mi promesa. Un minuto. Eso es todo.
Dorian dejó caer los brazos. Paralizado por el terror, no sabía qué hacer. De repente sé le pasó por la
cabeza una loca esperanza.
-Espere -exclamó-. ¿Cuánto hace que murió su hermana? ¡Deprisa, dígamelo!
-Dieciocho años -respondió el marinero-. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Qué importancia tiene?
-Dieciocho años -rió Dorian Gray, con acento triunfal en la voz-. ¡Dieciocho años! ¡Lléveme bajo la
luz y míreme la cara!
James Vane vaciló un momento, sin entender de qué se trataba. Luego sujetó a Dorian Gray para
sacarlo de los soportales.
Si bien la luz, por la violencia del viento, era débil y temblorosa, le permitió de todos modos
comprobar el espantoso error que, al parecer, había cometido, porque el rostro de su víctima poseía todo
el frescor de la adolescencia, la pureza sin mancha de la juventud. Apenas parecía superar las veinte
primaveras; la edad que tenía su hermana, si es que llegaba, cuando él se embarcó por vez primera, hacía
ya tantos años. Sin duda no era aquél el hombre que había destrozado la vida de Sibyl.
James Vane aflojó la presión de la mano y dio un paso atrás.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Y me disponía a matarlo! Dorian Gray respiró hondamente.
-Ha estado usted a punto de cometer una terrible equivocación -dijo, mirándolo con severidad-. Que le
sirva de escarmiento para no tomarse la justicia por su mano.
-Perdóneme -murmuró el otro-. Estaba equivocado. Una palabra oída en ese maldito antro ha hecho
que me confundiera.
-Será mejor que vuelva a casa y abandone esa arma. De lo contrario, tendrá problemas -dijo Dorian
Gray, dándose la vuelta y alejándose lentamente calle abajo.
James Vane, horrorizado, inmóvil en mitad de la calzada, empezó a temblar de pies a cabeza. Poco
después, una sombra oscura que se había ido acercando sigilosamente pegada a la pared, salió a la luz y
se le acercó con pasos furtivos. El marinero sintió una mano en el brazo y se volvió a mirar sobresaltado.
Era una de las mujeres que bebían en el bar.
-¿Por qué no lo has matado? -le susurró, acercando mucho el rostro ojeroso al de James-. Me di cuenta
de que lo seguías cuando saliste corriendo de casa de Daly. ¡Pobre imbécil! Tendrías que haberlo matado.
Tiene mucho dinero y es lo peor de lo peor.
-No es el hombre que busco -respondió James Vane-, y no me interesa el dinero de nadie. Quiero una
vida. Quien yo busco anda cerca de los cuarenta. Ese que he dejado ir es poco más que un niño. Gracias a
Dios no me he manchado las manos con su sangre.
La mujer dejó escapar una risa amarga.
-¡Poco más que un niño! -repitió con voz burlona-. Pobrecito mío, hace casi dieciocho años que el
Príncipe Azul hizo de mí lo que soy.
-¡Mientes! -exclamó el marinero.
La mujer levantó los brazos al cielo.
-¡Juro ante Dios que te digo la verdad! -exclamó.
-¿Ante Dios?
-Que me quede muda si no es cierto. Es el peor de toda la canalla que viene por aquí. Dicen que vendió
el alma al diablo por una cara bonita. Hace casi dieciocho años que lo conozco. No ha cambiado mucho
desde entonces. Yo, en cambio, sí -añadió con una horrible mueca.
-¿Me juras que es cierto?
-Lo juro -las dos palabras salieron como un eco ronco de su boca hundida-. Pero no le digas que lo he
denunciado -gimió-. Le tengo miedo. Dame algo para pagarme una cama esta noche.
James Vane se apartó de ella con una imprecación y corrió hasta la esquina de la calle, pero Dorian
Gray había desaparecido. Cuando volvió la vista, tampoco encontró a la mujer.

Capítulo 17

Una semana después, Dorian Gray, en el invernadero de Selby Royal, hablaba con la duquesa de
Monmouth, una mujer muy hermosa que, junto con su marido, sexagenario de aspecto fatigado, figuraba
entre sus invitados. Era la hora del té y, sobre la mesa, la suave luz de la gran lámpara cubierta de encaje
iluminaba la delicada porcelana y la plata repujada del servicio. La duquesa hacía los honores: sus manos
blancas se movían armoniosamente entre las tazas, y sus encendidos labios sensuales sonreían
escuchando las palabras que Dorian le susurraba al oído. Lord Henry, recostado en un sillón de mimbre
cubierto con un paño de seda, los contemplaba. Sentada en un diván color melocotón, lady Narborough
fingía escuchar la descripción que le hacía el duque del último escarabajo brasileño que acababa de
añadir a su colección. Tres jóvenes elegantemente vestidos de esmoquin ofrecían pastas para el té a
algunas de las señoras. Los invitados formaban un grupo de doce personas, y se esperaba que llegaran
algunos más al día siguiente.
-¿De qué estáis hablando? -preguntó lord Henry, acercándose a la mesa y dejando la taza-. Confío en
que Dorian te haya hablado de mi plan para rebautizarlo todo, Gladys. Es una idea deliciosa.
-Pero yo no quiero cambiar de nombre, Harry -replicó la duquesa, obsequiándole con una maravillosa
mirada de reproche-. Me gusta mucho el que tengo, y estoy seguro de que al señor Gray también le
satisface el suyo.
-Mi querida Gladys, no os cambiaría el nombre por nada del mundo a ninguno de los dos. Ambos son
perfectos. Pensaba sobre todo en las flores. Ayer corté una orquídea para ponérmela en el ojal. Era una
pequeña maravilla jaspeada, tan eficaz como los siete pecados capitales. En un momento de
inconsciencia le pregunté a uno de los jardineros cómo se llamaba. Me dijo que era un hermoso ejemplar
de Robinsoniana o algún otro espanto parecido. Es una triste verdad, pero hemos perdido la capacidad de
poner nombres agradables a las cosas. Los nombres lo son todo. Nunca me quejo de las acciones, sólo de
las palabras. Ése es el motivo de que aborrezca el realismo vulgar en literatura. A la persona capaz de
llamar pala a una pala se la debería forzar a usarla. Es la única cosa para la que sirve.
-Y a ti, Harry, ¿cómo deberíamos llamarte? -preguntó la duquesa.
-Se llama Príncipe Paradoja -dijo Dorian.
-¡No cabe duda de que es él! -exclamó la duquesa.
-De ninguna de las maneras -rió lord Henry, dejándose caer en una silla-. ¡No hay forma de escapar a
una etiqueta! Rechazo ese título.
-La realeza no debe abdicar -fue la advertencia que lanzaron unos hermosos labios.
-¿Deseas, entonces, que defienda mi trono?
-Sí.
-Ofrezco las verdades de mañana.
-Prefiero las equivocaciones de hoy -respondió ella. -Me desarmas, Gladys -exclamó lord Henry,
advirtiendo lo obstinado de su actitud.
-De tu escudo, pero no de tu lanza.
-Nunca arremeto contra la belleza -dijo él, haciendo un gesto de sumisión con la mano.
-Ése es tu error, Harry, créeme. Valoras demasiado la belleza.
-¿Cómo puedes decir eso? Reconozco que, en mi opinión, es mejor ser hermoso que bueno. Pero, por
otra parte, nadie está más dispuesto que yo a admitir que es mejor ser bueno que feo.
-En ese caso, ¿la fealdad es uno de los siete pecados capitales? -exclamó la duquesa-. ¿Y qué sucede
con tu metáfora sobre la orquídea?
-La fealdad es una de las siete virtudes capitales, Gladys. Tú, como buena tory, no debes subestimarlas.
La cerveza, la Biblia y las siete virtudes capitales han hecho de nuestra Inglaterra lo que es.
-¿Quiere eso decir que no te gusta tu país? -preguntó la duquesa.
-Vivo en él.
-Para poder censurarlo mejor.
-¿Prefieres que acepte el veredicto de Europa? -quiso saber lord Henry.
-¿Qué dicen de nosotros?
-Que Tartufo ha emigrado a Inglaterra y ha abierto una tienda.
-¿Es eso de tu cosecha, Harry?
-Te lo regalo.
-No podría utilizarlo. Es demasiado cierto.
-No tienes por qué asustarte. Nuestros compatriotas nunca reconocen una descripción
-Son gente práctica.
-Son más astutos que prácticos. A la hora de la contabilidad, compensan estupidez con riqueza y vicio
con hipocresía.
-Hemos hecho grandes cosas, de todos modos.
-Grandes cosas se nos han venido encima, Gladys.
-Hemos cargado con su peso.
-Sólo hasta el edificio de la Bolsa.
La duquesa movió la cabeza.
-Creo en la raza -exclamó.
-La raza representa el triunfo de los arribistas.
-Eso significa progreso.
-La decadencia me fascina más.
-¿Y dónde dejas el arte? -preguntó ella.
-Es una enfermedad.
-¿El amor?
-Una ilusión.
-¿La religión?
-El sucedáneo elegante de la fe.
-Eres un escéptico.
-¡Jamás! El escepticismo es el comienzo de la fe.
-¿Qué eres entonces?
-Definir es limitar.
-Dame una pista.
-Los hilos se rompen. Te perderías en el laberinto.
-Me desconciertas. Hablemos de otras personas.
-Nuestro anfitrión es un tema inmejorable. Hace años le pusieron el nombre de Príncipe Azul.
-¡Ah! No me lo recuerdes -exclamó Dorian Gray.
-Nuestro anfitrión no está hoy demasiado amable -respondió la duquesa, ruborizándose-. En mi
opinión, cree que Monmouth se casó conmigo por razones puramente científicas, por ser el mejor
ejemplar disponible de la mariposa moderna.
-Espero que no la retenga clavándole alfileres, duquesa -rió Dorian.
-Eso ya lo hace mi doncella, señor Gray, cuando está enfadada conmigo.
-Y, ¿qué motivos tiene para enfadarse con usted, duquesa?
-Las cosas más triviales, señor Gray, se lo aseguro. De ordinario me presento a las nueve menos diez y
le digo que debo estar vestida para las ocho y media.
-¡Qué poco razonable por su parte! Debería usted despedirla.
-No me atrevo, señor Gray. Inventa sombreros para mí, sin ir más lejos. ¿Recuerda el que me puse para
la fiesta al aire libre de lady Hilstone? Claro que no, pero es usted muy amable fingiendo lo contrario.
Bien: me lo hizo ella de nada. Todos los buenos sombreros están hechos de nada.
-Como todas las buenas reputaciones, Gladys -le interrumpió lord Henry-. Cada efecto que uno
produce le crea un enemigo. Para conseguir la popularidad hay que ser mediocre.
-No en el caso de las mujeres -dijo la duquesa agitando la cabeza-; y las mujeres gobiernan el mundo.
Te aseguro que no soportan a los mediocres. Nosotras las mujeres, como dice alguien, amamos con los
oídos, igual que vosotros, los hombres, amáis con los ojos, si es que amáis alguna vez.
-Yo diría que apenas hacemos otra cosa -murmuró Dorian.
-En ese caso, señor Gray, usted nunca ama de verdad -dijo la duquesa con fingida tristeza.
-¡Mi querida Gladys! -exclamó lord Henry-. ¿Cómo puedes decir eso? El sentimiento romántico se
alimenta de la repetición, y la repetición convierte un apetito en arte. Además, cada vez que se ama es la
única vez que se ha amado nunca. La diversidad del objeto no altera la unicidad de la pasión. Tan sólo la
intensifica. En el mejor de los casos, sólo podemos tener una experiencia en la vida, y el secreto es
reproducirla con la mayor frecuencia posible.
-¿Incluso cuando se ha quedado herido por ella, Harry? -preguntó la duquesa después de una pausa. -
Sobre todo cuando uno ha quedado herido -respondió lord Henry.
La duquesa se volvió a mirar a Dorian Gray con una curiosa expresión en los ojos.
-¿Qué dice usted a eso, señor Gray? -quiso saber. Dorian vaciló un momento. Luego echó la cabeza
hacia atrás y rió.
-Siempre estoy de acuerdo con Harry, duquesa. -¿Incluso cuando se equivoca?
-Harry nunca se equivoca, duquesa.
-Y, ¿le hace feliz su filosofía?
-La felicidad no ha sido nunca mi objetivo. ¿Quién quiere felicidad? Siempre he buscado el placer.
-¿Y lo ha encontrado, señor Gray?
-Con frecuencia. Con demasiada frecuencia.
La duquesa suspiró.
-Mi objetivo es la paz -dijo-. Y si no me marcho y me visto no tendré ninguna esta noche.
-Permítame traerle unas orquídeas, duquesa -exclamó Dorian, poniéndose en pie y alejándose hacia el
fondo del invernadero.
-Coqueteas desaforadamente con él -le dijo lord Henry a su prima-. Te aconsejo prudencia. Es una
criatura fascinante.
-Si no lo fuera, no habría lucha.
-¿Se trata entonces de un griego contra otro?
-Yo estoy de parte de los troyanos. Lucharon por una mujer.
-Fueron derrotados.
-Hay cosas peores que ser capturado -respondió ella.
-Te lanzas al galope y sueltas las riendas.
-La velocidad es vida -fue su respuesta.
-Lo anotaré esta noche en mi diario.
-¿Qué anotarás?
-Que a un niño con quemaduras le gusta el fuego.
-Ni siquiera me he chamuscado. Tengo las alas intactas.
-Las usas para todo menos para volar.
-El valor ha pasado de los hombres a las mujeres. Es una nueva experiencia para nosotras.
-Tienes una rival. -¿Quién?
Su primo se echó a reír.
-Lady Narborough-susurró-. Lo adora.
-Me llenas de aprensión. Las románticas no podemos competir con el atractivo de la Antigüedad.
-¡Románticas! Empleáis todos los métodos de la ciencia.
-Los hombres nos han educado.
-Pero no os han explicado.
-Describe alas mujeres -fue su desafío.
-Esfinges sin secretos.
Lo miró, sonriendo.
-¡Cuánto tarda el señor Gray! -dijo-. Vayamos a ayudarle. No le he dicho el color de mi vestido.
-¡Ah! tendrás que elegir el vestido de acuerdo con sus flores, Gladys.
-Eso sería una rendición prematura.
-El arte romántico empieza en el momento culminante.
-He de reservarme una posibilidad de retirada.
-¿A la manera de los partos?
-Encontraron la salvación en el desierto. Eso no está a mi alcance.
-A las mujeres no siempre se les permite escoger -respondió lord Henry.
Pero apenas terminada la frase, del extremo más alejado del invernadero llegó un gemido ahogado,
seguido del ruido sordo de una caída. Todo el mundo se sobresaltó. La duquesa permaneció inmóvil,
horrorizada. Y lord Henry, el miedo en los ojos, corrió entre palmeras agitadas hasta encontrar a Dorian
Gray tumbado boca abajo sobre el suelo enlosado, víctima de un desvanecimiento semejante a la muerte.
Se le transportó al instante al salón azul, colocándolo sobre uno de los sofás. Poco después recobró el
conocimiento y miró a su alrededor con aire desconcertado.
-¿Qué ha sucedido? -preguntó-. ¡Ah! Ya recuerdo. ¿Estoy a salvo aquí, Harry? -y empezó a temblar.
-Mi querido Dorian -respondió lord Henry-, no has hecho más que desmayarte. Eso ha sido todo.
Debes de haberte fatigado más de la cuenta. Será mejor que no bajes a cenar. Yo haré tus veces.
-No; bajaré -dijo, poniéndose en pie con algún esfuerzo-. Prefiero hacerlo. No debo quedarme solo.
Fue a su habitación para vestirse. Cuando se sentó a la mesa, había en su actitud una extraña alegría
temeraria, aunque, de cuando en cuando, le recorría un estremecimiento al recordar que, aplastado, como
un pañuelo blanco, contra el cristal del invernadero, había visto el rostro de James Vane que lo vigilaba.

Capítulo 18

Al día siguiente Dorian Gray no salió de la casa y, de hecho, pasó la mayor parte del tiempo en su
habitación, presa de un loco miedo a morir y, sin embargo, indiferente a la vida. El convencimiento de
ser perseguido, de que se le tendían trampas, de estar acorralado, empezaba a dominarlo. Si el viento
agitaba ligeramente los tapices, se echaba a temblar. Las hojas secas arrojadas contra las vidrieras le
parecían la imagen de sus resoluciones abandonadas y de sus vanos remordimientos. Cuando cerraba los
ojos, veía de nuevo el rostro del marinero mirando a través del cristal empañado por la niebla, y creía
sentir una vez más cómo el horror le oprimía el corazón.
Aunque quizás sólo su imaginación hubiera hecho surgir la venganza de la noche, colocando ante sus
ojos las formas horribles del castigo. La vida real era caótica, pero la imaginación seguía una lógica
terrible. La imaginación enviaba al remordimiento tras las huellas del pecado. La imaginación hacía que
cada delito concibiera su monstruosa progenie. En el universo ordinario de los hechos no se castigaba a
los malvados ni se recompensaba a los buenos. El éxito correspondía a los fuertes y el fracaso recaía
sobre los débiles. Eso era todo. Además, si algún desconocido hubiera merodeado por los alrededores de
la casa, los criados o los guardas lo hubieran visto. Si se hubieran encontrado huellas en los arriates, los
jardineros habrían informado de ello. Sin duda se trataba sólo de su imaginación. El hermano de Sibyl
Vane no había venido hasta Selby Royal para matarlo. Se había hecho a la mar en su barco para irse
finalmente a pique en algún mar invernal. De él, al menos, nada tenía que temer. Aquel pobre
desgraciado ni siquiera sabía quién era, no podía saber quién era. La máscara de la juventud lo había
salvado.
Pero si sólo había sido una ilusión, ¡qué terrible pensar que la conciencia pudiera engendrar fantasmas
tan temerosos, dándoles forma visible, haciendo que se movieran como seres reales! ¿Qué clase de vida
sería la suya si, de día y de noche, sombras de su crimen le observaban desde rincones silenciosos, se
burlaban de él desde lugares secretos, le susurraban al oído en medio de un banquete, lo despertaban con
dedos helados mientras dormía? Al presentársele aquella idea en el cerebro, palideció de terror y tuvo la
impresión de que el aire se había enfriado de repente. ¡En qué espantosa hora de locura había asesinado a
su amigo! ¡Qué atroz el simple recuerdo de la escena! Volvía a verlo todo. Cada odioso detalle se le
aparecía con renovado horror. De la negra caverna del tiempo, terrible y envuelva en escarlata, se alzaba
la imagen de su pecado. Cuando lord Henry se presentó a las seis en punto, lo encontró llorando como
alguien a quien está a punto de rompérsele el corazón.
Tan sólo al tercer día se aventuró a salir. Había algo en el aire límpido de aquella mañana de invierno,
en la que flotaba el aroma de los pinos, que pareció devolverle la alegría y el ansia de vivir. Pero no sólo
las condiciones exteriores habían provocado el cambio. Su propia naturaleza se rebelaba contra el exceso
de angustia que había tratado de alterar, de mutilar, su serenidad perfecta. Siempre es así con
temperamentos sutiles y delicados. Sus pasiones ardientes hieren o ceden. Matan o mueren. Los
sufrimientos y los amores superficiales viven largamente. A los grandes amores y sufrimientos los
destruye su propia plenitud. Dorian Gray estaba convencido además de haber sido víctima de una
imaginación aterrorizada, y veía ya los temores de ayer con un poco de compasión y una buena dosis de
desprecio.
Después del desayuno paseó con la duquesa por el jardín durante una hora, y luego atravesó el parque
en coche para reunirse con la partida de caza. La escarcha matinal recubría la hierba como un manto de
sal. El cielo era una copa invertida de metal azul. Una delgada capa de hielo bordeaba el lago inmóvil
donde crecían los juncos.
En el límite del pinar reconoció a sir Geoffrey Clouston, el hermano de la duquesa, que expulsaba dos
cartuchos vacíos de su escopeta de caza. Apeándose del vehículo, después de decirle al palafrenero que
regresara con la yegua, se abrió camino hacia su invitado entre los helechos secos y la espesa maleza.
-¿Buena caza, Geoffrey? -preguntó.
-No demasiado buena, Dorian. Me parece que la mayoría de las aves han salido ya a cielo abierto.
Espero que tengamos más suerte después del almuerzo, cuando iniciemos otra batida.
Dorian caminó a su lado. El aire intensamente aromático, los resplandores marrones y rojos que
aparecían momentáneamente en el pinar, los gritos roncos de los ojeadores que resonaban de cuando en
cuando y el ruido seco de las detonaciones que los seguían eran para él motivo de fascinación, y lo
llenaban de un delicioso sentimiento de libertad. Le dominaba la despreocupación de la felicidad, la
suprema indiferencia de la alegría.
De repente, de una espesa mata de hierbas amarillentas, a unos veinte metros de donde ellos se
encontraban, erguidas las orejas de puntas negras, avanzando a saltos sobre sus largas patas traseras, salió
una liebre, que se dirigió de inmediato hacia un grupo de alisos. Sir Geoffrey se llevó la escopeta al
hombro, pero algo en los ágiles movimientos del animal cautivó extrañamente a Dorian Gray, quien gritó
de inmediato:
-¡No dispares, Geoffrey! Déjala vivir.
-¡Qué absurdo, Dorian! -rió Clouston, disparando cuando la liebre entraba de un salto en la espesura.
Se, oyeron dos gritos: el de la liebre herida de muerte, que es terrible, y el de un ser humano agonizante,
que es todavía peor.
-¡Cielo santo! ¡He alcanzado a un ojeador! -exclamó sir Geoffrey-. ¡Qué estupidez ponerse delante de
las escopetas! ¡Dejen de disparar! -gritó con todas sus fuerzas-. Hay un herido.
El guarda mayor llegó corriendo con un bastón en la mano.
-¿Dónde, señor? ¿Dónde está? -gritó. Al mismo tiempo cesó el fuego en toda la línea.
-Ahí -respondió muy irritado sir Geoffrey, acercándose al bosquecillo-. ¿Por qué demonios no controla
a sus hombres? Me han echado a perder toda una jornada de caza.
Dorian los contempló mientras penetraban en el alisal, apartando las delgadas ramas flexibles. Al
verlos reaparecer a los pocos momentos, arrastrando un cuerpo sin vida que llevaron hasta el sol, se dio
la vuelta horrorizado. Le pareció que las desgracias lo seguían dondequiera que iba. Oyó preguntar a sir
Geoffrey si aquel hombre estaba realmente muerto, y la respuesta afirmativa del guarda mayor. Tuvo de
pronto la impresión de que el bosque se había llenado de rostros. Oía los pasos de miles de pies y un
murmullo confuso de voces. Un gran faisán de pecho cobrizo pasó aleteando entre las ramas más altas.
Después de unos momentos que fueron para él, dada la agitación de su espíritu, como interminables
horas de dolor, sintió que una mano se posaba en su hombro. Sobresaltado, volvió la vista.
-Dorian -dijo lord Henry-. Será mejor decirles que por hoy se ha terminado la caza. No parecería bien
seguir adelante.
-Me gustaría detenerla para siempre, Harry -respondió amargamente-. Todo es horrible y cruel.
¿Está...?
No pudo terminar la frase.
-Mucho me temo -replicó lord Henry-. La descarga le alcanzó de lleno en el pecho. Debe de haber
muerto de manera casi instantánea. Ven; volvamos a casa.
Echaron a andar, uno al lado del otro, en dirección al paseo, y recorrieron casi cincuenta metros sin
hablar. Luego Dorian miró a lord Henry y dijo, con un hondo suspiro:
-Es un mal presagio, Harry; un pésimo presagio.
-¿A qué te refieres? -preguntó lord Henry-. Ah, hablas del accidente, imagino. Pero, ¿quién podía
preverlo? La culpa ha sido suya. ¿Qué hacía por delante de la línea de fuego? En cualquier caso no es
asunto nuestro. Molesto para Geoffrey, sin duda. No está bien visto agujerear ojeadores. Hace pensar a la
gente que uno no sabe dónde tira. Y Geoffrey lo sabe perfectamente; donde pone el ojo pone la bala.
Pero no sirve de nada hablar de este asunto.
Dorian hizo un gesto negativo con la cabeza.
-Es un mal presagio, Harry. Siento como si algo horrible nos fuese a suceder a alguno de nosotros. A
mí, tal vez -añadió, pasándose las manos por los ojos, con un gesto de dolor.
Su amigo de más edad se echó a reír.
-Lo único horrible en el mundo es el ennui, Dorian. Ése es el único pecado que no tiene perdón. Pero
no es probable que lo padezcamos, a no ser que nuestros amigos sigan hablando durante la cena de lo
sucedido. He de decirles que es un tema tabú. En cuanto a presagios, no existe nada semejante. El destino
no nos envía heraldos. Es demasiado prudente o demasiado cruel para eso. Además, ¿qué demonios
podría sucederte? Tienes todo lo que un hombre puede desear. Cualquiera se cambiaría por ti.
-No hay nadie con quien yo no estaría dispuesto a cambiarme, Harry. No te rías así. Te estoy diciendo
la verdad. Ese pobre campesino que acaba de morir es más afortunado que yo. No le tengo miedo a la
muerte. Es su forma de llegar lo que me aterroriza. Sus alas monstruosas parecen girar en el aire plomizo
a mi alrededor. ¡Dios del cielo! ¿No has visto a un hombre moviéndose detrás de aquellos árboles, un
individuo que me vigila, que me está esperando?
Lord Henry miró en la dirección que señalaba la temblorosa mano enguantada.
-Sí -dijo sonriendo-; veo un jardinero que te espera. Imagino que desea preguntarte qué flores quieres
esta noche en la mesa. ¡Qué increíblemente nervioso estás, mi querido amigo! Has de ir a ver a mi
médico cuando vuelvas a Londres.
Dorian dejó escapar un suspiro de alivio al ver acercarse al jardinero, quien, llevándose la mano al
sombrero, miró un momento a lord Henry, como dubitativo, y luego sacó una carta, que entregó a su
amo.
-Su gracia me ha dicho que esperase la respuesta -murmuró.
Dorian se guardó la carta en el bolsillo.
-Dígale a su gracia que llegaré enseguida -respondió con frialdad. El mensajero se dio la vuelta,
regresando rápidamente hacia la casa.
-¡Cuánto les gusta a las mujeres hacer cosas peligrosas! -rió lord Henry-. Es una de las cualidades que
más admiro en ellas. Una mujer puede coquetear con cualquiera con tal de que haya otras personas
mirando.
-¡Cuánto te gusta decir cosas peligrosas, Harry! En este caso te equivocas por completo. Me gusta
mucho la duquesa, pero no estoy enamorado de ella.
-Y la duquesa te quiere más de lo que le gustas, de manera que estáis perfectamente emparejados.
-¡Eso es difamación, Harry, y nunca hay motivo alguno para la difamación!
-El fundamento de toda difamación es una certeza inmoral -dijo lord Henry encendiendo un cigarrillo.
-Sacrificarías a cualquiera por un epigrama.
-El mundo camina hacia el ara por decisión propia -fue la respuesta.
-Me gustaría ser capaz de amar -exclamó Dorian Gray con una nota de profundo patetismo en la voz-.
Pero se diría que he perdido la pasión y olvidado el deseo. Estoy demasiado centrado en mí mismo. Mi
personalidad se ha convertido en una carga. Quiero escapar, alejarme, olvidar. Ha sido una tontería
volver aquí. Creo que voy a telegrafiar a Harvey para que prepare el yate. En el yate estaré a salvo.
-¿A salvo de qué, Dorian? Tienes algún problema. ¿Por qué no me dices de qué se trata? Sabes que te
ayudaría. -No te lo puedo decir, Harry-respondió con tristeza-. Y supongo que sólo se trata de mi
imaginación. Ese desgraciado accidente me ha trastornado. Tengo un horrible presentimiento de que algo
parecido puede sucederme a mí.
-¡Qué absurdo!
-Espero que tengas razón, pero así es como lo siento. ¡Ah! Ahí está la duquesa, que parece Artemisa en
traje sastre. Ya ve que estamos de regreso, duquesa.
-Me han informado de todo, señor Gray -respondió ella-. El pobre Geoffrey está terriblemente
afectado. Y al parecer usted le había pedido que no disparase contra la liebre. ¡Qué curioso!
-Sí; muy curioso. No sé qué fue lo que me empujó a decirlo. Un impulso repentino, supongo. Me
pareció una bestiecilla encantadora. Siento que le hayan hablado del ojeador. Es una cosa lamentable.
-Es un tema molesto -intervino lord Henry-. Carece de valor psicológico. En cambio, si Geoffrey lo
hubiera hecho aposta, ¡qué interesante sería! Me gustaría conocer a un verdadero asesino.
-¡Qué desagradable eres, Harry! -exclamó la duquesa-. ¿No le parece, señor Gray? Harry, el señor
Gray vuelve a no encontrarse bien. Me parece que se va a desmayar. Dorian hizo un esfuerzo para
reponerse y sonrió.
-No es nada, duquesa -murmuró-; tan sólo que estoy muy nervioso. Nada más que eso. Me temo que he
caminado demasiado esta mañana. No he oído lo que ha dicho Harry. ¿Algo muy inconveniente? Me lo
tendrá que contar en otra ocasión. Creo que voy a ir a tumbarme un rato. Me disculpará usted, ¿no es
cierto?
Habían llegado ya a la gran escalera que llevaba desde el invernadero hasta la terraza. Mientras la
puerta de cristal se cerraba detrás de Dorian, lord Henry se volvió y miró a su prima con ojos lánguidos.
-¿Estás muy enamorada de él? -preguntó.
La duquesa tardó algún tiempo en contestar, contemplando, inmóvil, el paisaje.
-Me gustaría saberlo -dijo, finalmente.
Lord Henry movió la cabeza.
-Saberlo sería fatal. Es la incertidumbre lo que nos atrae. Un poco de niebla mejora mucho las cosas.
-Se puede perder el camino.
-Todos los caminos llevan al mismo sitio, mi querida Gladys.
-¿Que es...?
-La desilusión.
-Fue mi debut en la vida -suspiró la duquesa.
-Pero llegó con la corona ducal.
-Estoy harta de hojas de fresa.
-Te sientan bien.
-Sólo en público.
-Las echarías de menos -dijo lord Henry.
-No renunciaría ni a un pétalo.
-Monmouth tiene oídos.
-Los ancianos son duros de oído.
-¿No ha tenido nunca celos?
-Ojalá los hubiera tenido.
Lord Henry miró a su alrededor como si buscara algo.
-¿Qué estás buscando? -preguntó ella.
-El botón de tu florete -respondió él-. Se te acaba de caer.
La duquesa se echó a reír.
-Todavía me queda la máscara.
-Hace que tus ojos parezcan todavía más hermosos -fue su respuesta.
Su prima volvió a reír. Sus dientes brillaron como simientes blancas en un fruto escarlata.
En el piso alto, Dorian Gray estaba tumbado en un sofá de su cuarto, sintiendo vibrar de terror todas
las fibras de su cuerpo. De repente la vida se había convertido en un peso insoportable. La horrible
muerte del desdichado ojeador, derribado entre la maleza como un animal salvaje, le había parecido una
prefiguración de su propia muerte. Casi se había desmayado al oír la broma cínica que lord Henry había
lanzado al azar.
A las cinco llamó a su criado y le ordenó que le preparase una maleta para regresar a Londres en el
expreso de la noche, y que la berlina estuviera delante de la puerta a las ocho y media. Había decidido no
dormir una noche más en Selby Royal. Era un lugar de malos augurios. La muerte se paseaba por allí a la
luz del día. La hierba del bosque se había manchado de sangre.
Luego escribió una nota para lord Henry, diciéndole que regresaba a Londres para consultar a su
médico, y pidiéndole que distrajera a sus huéspedes durante su ausencia. Cuando la estaba metiendo en el
sobre, oyó llamar a la puerta, y su ayuda de cámara le informó de que el guarda mayor quería verlo.
Dorian Gray frunció el ceño y se mordió los labios. -Dígale que pase -murmuró, después de una breve
vacilación.
Tan pronto como entró su visitante, Dorian sacó de un cajón el talonario de cheques y lo abrió.
-Imagino, Thornton, que viene para hablarme del desafortunado accidente de esta mañana -dijo,
empuñando la pluma.
-Así es, señor -respondió el guardabosque.
-¿Estaba casado ese pobre infeliz? ¿Tenía personas a su cargo? -preguntó Dorian, con aire aburrido-. Si
es así, no quisiera que pasaran necesidades, y estoy dispuesto a enviarles la cantidad que usted considere
necesaria.
-No sabemos quién es, señor. Eso es lo que me he tomado la libertad de venir a decirle.
-¿No saben quién es? -preguntó Dorian distraídamente-. ¿Qué quiere decir? ¿No era uno de sus
hombres?
-No, señor. No lo había visto nunca. Parece un marinero, señor.
A Dorian Gray se le cayó la pluma de la mano, y tuvo la sensación de que el corazón dejaba de latirle.
-¿Un marinero? -exclamó-. ¿Ha dicho un marinero? -Sí, señor. Parece como si hubiera sido marinero o
algo parecido; tatuajes en los dos brazos y otras cosas por el estilo.
-¿Llevaba algo encima? -preguntó Dorian, inclinándose hacia adelante y mirando al guardabosque con
ojos llenos de sobresalto-. ¿Algo que nos permita saber su nombre?
-Algo de dinero, señor, no mucho, y un revólver de seis tiros. Nada que lo identifique. Aspecto de
persona decente, sin ser un caballero. Algo así como un marinero, creemos nosotros.
Dorian se puso en pie. Una imposible esperanza le rozó con su ala y se agarró a ella con frenesí.
-¿Dónde está el cadáver? -exclamó-. ¡Deprisa! He de verlo cuanto antes.
-En un establo vacío de la granja, señor. Nadie quiere tener una cosa así en su casa. Dicen que un
cadáver trae mala suerte.
-¡La granja! Vaya inmediatamente allí y espéreme. Diga a uno de los mozos de cuadra que me traiga el
caballo. No. No se preocupe. Iré yo al establo. Ahorraremos tiempo.
En menos de un cuarto de hora Dorian Gray galopaba por la gran avenida. Los árboles parecían
desfilar a ambos lados como un cortejo de fantasmas, y sombras extrañas se arrojaban furiosamente en su
camino. En una ocasión la yegua hizo un extraño ante un poste blanco y estuvo a punto de derribarlo.
Dorian le golpeó el cuello con la fusta. El animal se adentró en la oscuridad como una flecha. Sus cascos
hacían volar los guijarros.
Finalmente llegó a la granja y encontró a dos hombres ociosos en el patio. Dorian saltó de la silla y le
arrojó a uno de ellos las riendas. En el establo más distante parpadeaba una luz. Algo le dijo que allí se
hallaba el cadáver. Corrió hacia la puerta y puso la mano en el picaporte.
Luego se detuvo un momento, sintiendo que estaba a punto de hacer un descubrimiento que haría
renacer su vida o la destruiría. A continuación abrió la puerta de golpe y entró.
Sobre un montón de sacos vacíos, y en el rincón más alejado de la puerta, yacía el cadáver de un
hombre vestido con una camisa de tela basta y unos pantalones azules. Sobre el rostro le habían colocado
un pañuelo de lunares. Una vela de mala calidad, hundida en el cuello de una botella, chisporroteaba a su
lado.
Dorian Gray se estremeció. Sintió que no podía ser su mano la que retirase el pañuelo, y pidió a uno de
los gañanes que se acercara.
-Quítenle eso que tiene sobre la cara. Quiero verlo -dijo, agarrándose a la jamba de la puerta para no
caer.
Cuando el gañán hizo lo que le pedían, Dorian Gray se adelantó. De sus labios escapó un grito de
alegría. El hombre muerto entre la maleza era James Vane.
Permaneció allí unos minutos contemplando el cadáver. Luego regresó a la casa principal con los ojos
llenos de lágrimas, sabiendo que estaba, a salvo.

Capítulo 19

-No me digas que vas a ser bueno -exclamó lord Henry, sumergiendo los dedos en un cuenco de cobre
rojo lleno de agua de rosas-. Eres absolutamente perfecto. Haz el favor de no cambiar.
Dorian Gray movió la cabeza.
-No, Harry, no. He hecho demasiadas cosas horribles en mi vida. No voy a hacer ninguna más. Ayer
empecé con las buenas acciones.
-¿Dónde estuviste ayer?
-En el campo, Harry. Solo, en una humilde posada. -Mi querido muchacho -dijo lord Henry sonriendo-
, cualquiera puede ser bueno en el campo, donde no existen tentaciones. Ése es el motivo de que las
personas que no habitan en ciudades vivan todavía en estado de barbarie. La civilización no es algo que
se consiga fácilmente. Sólo hay dos maneras. O se es culto o se está corrompido. La gente del campo
carece de ocasiones para ambas cosas, de manera que sólo conocen el estancamiento. -Cultura y
corrupción -repitió Dorian-. Sé algo acerca de esas dos cosas. Ahora me parece terrible que vayan alguna
vez unidas. Porque tengo un nuevo ideal, Harry. Voy a cambiar. Creo que ya he cambiado.
-No me has contado cuál ha sido tu buena acción de ayer. ¿O fue más de una? -preguntó su
interlocutor, mientras vertía sobre su plato una pequeña pirámide carmesí de fresas maduras,
blanqueándolas luego con azúcar mediante una cuchara perforada en forma de concha.
-Te lo puedo contar a ti, Harry, aunque a nadie más. Renuncié a perjudicar a una persona. Parece
pretencioso, pero ya entiendes lo que quiero decir. Era muy hermosa, y extraordinariamente parecida a
Sibyl Vane. Creo que fue eso lo primero que me atrajo de ella. Te acuerdas de Sibyl, ¿no es cierto?
¡Cuánto tiempo parece que ha pasado! Hetty, por supuesto, no es una persona de nuestra posición, tan
sólo una chica de pueblo. Pero me había enamorado. Estoy completamente seguro de que la quería.
Durante todo este mes de mayo tan maravilloso que hemos disfrutado iba a verla dos o tres veces por
semana. Ayer se reunió conmigo en un huerto. Las flores de los manzanos le caían sobre el pelo y se reía
mucho. Íbamos a escaparnos juntos hoy por la mañana al amanecer. De repente decidí que no cambiara
por mi culpa.
-Imagino que la novedad de ese sentimiento te habrá proporcionado un estremecimiento de auténtico
placer -le interrumpió lord Henry-. Pero estoy en condiciones de contarte el final de tu idilio. Le diste
buenos consejos y le rompiste el corazón. Ése ha sido el comienzo de tu enmienda.
-¡Qué desagradable eres, Harry! No debes decir cosas tan espantosas. A Hetty no se le ha roto el
corazón. Lloró, por supuesto, y todo lo demás. Pero no ha perdido la honra. Puede vivir, como Perdita, en
su jardín de menta y caléndulas.
-Y llorar por la infidelidad de Florisel -dijo lord Henry, riendo, mientras se inclinaba hacia atrás en la
silla-. Mi querido Dorian, tienes curiosas ideas de adolescente. ¿De verdad crees que esa muchacha se
contentará ahora con alguien de su posición? Imagino que algún día la casarán con un carretero mal
hablado o con un labrador chistoso. Y el hecho de haberte conocido, y de haberte amado, le permitirá
despreciar a su marido, lo que la hará perfectamente desgraciada. Desde el punto de vista de la moral, no
puedo decir que tu gran renuncia me impresione demasiado. Incluso como modesto principio es muy
poquita cosa. Además, ¿quién te dice que en este momento Hetty no flota en algún estanque iluminado
por las estrellas y rodeada de lirios, como Ofelia?
-¡Eres insoportable, Harry! Te burlas de todo y acto seguido imaginas las tragedias más espantosas.
Siento habértelo contado. Me tiene sin cuidado lo que digas. Sé que he actuado bien. ¡Pobre Hetty!
Cuando pasé a caballo esta mañana por delante de su granja, vi su rostro en la ventana, como un ramillete
de jazmines. Vamos a no hablar más de ello, y no trates de convencerme de que mi primera buena acción
en muchos años, el primer intento de autosacrificio de toda mi vida es en realidad otro pecado más.
Quiero ser mejor. Voy a ser mejor. Cuéntame algo sobre ti. ¿Qué está pasando en Londres? Hace días
que no voy por el club.
-La gente sigue hablando de la desaparición del pobre Basil.
-Yo pensaba que ya se habrían cansado después de tanto tiempo -exclamó Dorian, sirviéndose un poco
más de vino y frunciendo ligeramente el ceño.
-Mi querido muchacho, sólo llevan seis semanas hablando de ello, y el público británico necesita tres
meses para soportar la tensión mental que requiere un cambio de tema. De todos modos, ha tenido
bastante suerte en estos últimos tiempos. Primero fue el caso de mi divorcio y el suicidio de Alan
Campbell. Ahora se les ofrece la misteriosa desaparición de un artista. Scotland Yard sigue insistiendo en
que la persona con un abrigo gris que el nueve de noviembre tomó el tren de medianoche camino de
Francia era el pobre Basil, y la policía gala afirma que Hallward nunca llegó a París. Supongo que dentro
de un par de semanas se nos dirá que lo han visto en San Francisco. Es una cosa extraña, pero de todas
las personas que desaparecen acaba diciéndose que las han visto en San Francisco. Debe de ser una
ciudad encantadora, y posee todos los atractivos del mundo venidero.
-¿Qué crees tú que le ha sucedido a Basil? -preguntó Dorian, colocando la copa de borgoña a
contraluz, y preguntándose cómo era posible que hablara de aquel asunto con tanta calma.
-No tengo ni la más remota idea. Si Basil decide esconderse no es asunto mío. Si ha muerto, no quiero
pensar en él. La muerte es la única cosa que de verdad me aterra. La aborrezco.
-¿Por qué? -preguntó el más joven con tono cansado.
-Porque -respondió lord Henry, llevándose a la nariz una vinagrera dorada y aspirando el olor- en la
actualidad se puede sobrevivir a todo, pero no a eso. La muerte y la vulgaridad son los dos hechos del
siglo XIX que carecen de explicación. El café lo tomaremos en la sala de música, Dorian. Has de tocar a
Chopin en mi honor. El individuo con quien se escapó mi mujer tocaba Chopin de manera
verdaderamente exquisita. ¡Pobre Victoria! Le tenía mucho cariño. La casa se ha quedado muy sola sin
ella. Por supuesto la vida matrimonial no es más que una costumbre, una mala costumbre. Pero la verdad
es que lamentamos la pérdida incluso de nuestras peores costumbres. Quizá sean las que más
lamentamos. Son una parte demasiado esencial de nuestra personalidad.
Dorian no dijo nada, pero se levantó de la mesa y, pasando a la habitación vecina, se sentó ante el
piano y dejó que sus dedos se perdieran sobre el marfil blanco y negro de las teclas. Cuando trajeron el
café dejó de tocar y, volviéndose hacia lord Henry, dijo:
-Harry, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez que quizá Basil Hallward haya muerto asesinado?
Lord Henry bostezó.
-Basil era muy popular, y siempre llevaba un reloj Waterbury. ¿Por qué tendrían que haberlo
asesinado? No era lo bastante inteligente como para hacerse enemigos. Es cierto que poseía un gran
talento para la pintura. Pero una persona puede pintar como Velázquez y ser perfectamente aburrido.
Basil lo era. Sólo me interesó una vez, y fue cuando me dijo, hace años, que te adoraba locamente, y que
eras el motivo dominante de su arte.
-Yo le tenía mucho cariño -dijo Dorian con una nota de tristeza en la voz-. Pero, ¿no dice la gente que
lo han asesinado?
-Lo dicen algunos periódicos, pero a mí no me parece nada probable. Sé que hay lugares terribles en
París, pero Basil no era el tipo de persona que va a esos sitios. No tenía curiosidad. Era su principal
defecto.
-¿Qué dirías, Harry, si te confesara que había asesinado a Basil? -dijo el más joven. Luego se lo quedó
mirando fijamente.
-Diría, mi querido amigo, que tratas de representar un papel que no te va en absoluto. Todo delito es
vulgar, de la misma manera que todo lo vulgar es delito. No está en tu naturaleza, Dorian, cometer un
asesinato. Siento herir tu vanidad diciéndolo, pero te aseguro que es verdad. El crimen pertenece en
exclusiva a las clases bajas. No se lo censuro ni por lo más remoto. Imagino que para ellos es como el
arte para nosotros, una manera de procurarse sensaciones extraordinarias.
-¿Una manera de procurarse sensaciones? ¿Crees, entonces, que una persona que una vez ha cometido
un asesinato podría reincidir en el mismo delito? No me digas que eso es cierto.
-Cualquier cosa se convierte en placer si se hace con suficiente frecuencia -exclamó lord Henry,
riendo-. Ése es uno de los secretos más importantes de la vida. Pero me parece, de todos modos, que el
asesinato es siempre una equivocación. Nunca se debe hacer nada de lo que no se pueda hablar después
de cenar. Pero vamos a olvidarnos del pobre Basil. Me gustaría poder creer que ha terminado de una
manera tan romántica como tú sugieres, pero no puedo. Mi opinión, más bien, es que se cayó en el Sena
desde la victoria de un autobús, y que el conductor echó tierra sobre el asunto para evitar el escándalo.
Sí; imagino que fue así como acabó. Lo veo tumbado de espaldas bajo esas aguas de color verde mate
con las pesadas barcazas pasándole por encima y con las algas enganchadas en el pelo. ¿Sabes? No creo
que hubiera hecho en el futuro nada que mereciera la pena. Durante los últimos diez años su pintura
había caído mucho.
Dorian dejó escapar un suspiro, y lord Henry cruzó la habitación y empezó a acariciar la cabeza de un
curioso loro de Java, un ave de gran tamaño y plumaje gris, cresta y cola rojas, que se mantenía en
equilibrio sobre una percha de bambú. Al tocarle aquellos dedos afilados, dejó caer la blanca espuma de
sus párpados arrugados sobre ojos semejantes a cristales negros, y empezó a mecerse.
-Sí -continuó lord Henry, volviéndose y sacando un pañuelo del bolsillo-, pintaba cada vez peor. Era
como si hubiera perdido algo. Probablemente un ideal. Cuando dejasteis de ser grandes amigos, Basil
dejó de ser un gran artista. ¿Qué fue lo que os separó? Imagino que te aburría soberanamente. Si es así,
nunca te lo perdonó. Es una costumbre que tienen las personas aburridas. Por cierto, ¿qué ha sido de
aquel maravilloso retrato que te hizo? No creo haber vuelto a verlo desde que lo terminó. ¡Sí, claro! Hace
años me dijiste, ahora lo recuerdo, que lo habías enviado a Selby y que se perdió o lo robaron por el
camino. ¿Nunca lo recuperaste? ¡Qué lástima! Era realmente una obra maestra. Recuerdo que quise
comprarlo. Ojalá lo hubiera hecho. Pertenecía al mejor periodo de Basil. Desde entonces, su obra ha
tenido esa mezcla curiosa de mala pintura y buenas intenciones que siempre da derecho a decir de
alguien que es un artista británico representativo. ¿No publicaste anuncios para intentar recuperarlo?
Deberías haberlo hecho.
-No lo recuerdo -dijo Dorian-. Supongo que lo hice. Pero lo cierto es que nunca me gustó de verdad.
Siento haber posado para él. Su recuerdo me resulta odioso. ¿Por qué hablas de aquel retrato? Siempre
me recordaba esos curiosos versos de alguna obra, creo que Hamlet... ¿cómo son, exactamente?
¿O eres como imagen de dolor,
como un rostro sin alma?
Sí: eso es lo que era.
Lord Henry se echó a reír.
-Si una persona trata la vida artísticamente, su cerebro es su alma -respondió, hundiéndose en un sillón.
Dorian Gray movió la cabeza y extrajo del piano algunos acordes melancólicos.
-«Imagen de dolor» -repitió-, «rostro sin alma».
Su amigo de más edad se recostó en el sillón y lo contempló con los ojos medio cerrados.
-Por cierto, Dorian -dijo, después de una pausa-, «¿y qué aprovecha al hombre»..., ¿cómo acaba
exactamente la cita?, «ganar todo el mundo y perder su alma?»
El piano dejó escapar una nota desafinada y Dorian Gray, sobresaltado, se volvió a mirar a lord Henry.
-¿Por qué me preguntas eso, Harry?
-Mi querido amigo -dijo lord Henry, alzando las cejas en un gesto de sorpresa-, te lo preguntaba
porque te creía capaz de darme una respuesta. Eso es todo. Cuando iba por el Parque este último
domingo, me encontré, cerca de Marble Arch, un grupito de gente mal vestida escuchando a un vulgar
predicador callejero. Cuando pasaba por delante, oí cómo aquel hombre le gritaba esa pregunta a su
público. Todo ello me pareció bastante dramático. En Londres abundan los efectos curiosos como ése.
Un domingo lluvioso, un vulgar cristiano con un impermeable, un círculo de blancos rostros enfermizos
bajo un techo desigual de paraguas goteantes, y una frase maravillosa lanzada al aire por unos labios
histéricos y una voz chillona..., estuvo bastante bien, a su manera: toda una sugerencia. Se me ocurrió
decirle al profeta que el Arte sí tiene un alma, pero no el ser humano. Mucho me temo, de todos modos,
que no me hubiera entendido.
-No digas eso, Harry. El alma es una terrible realidad. Se puede comprar y vender, y hasta hacer
trueques con ella. Se la puede envenenar o alcanzar la perfección. Todos y cada uno de nosotros tenemos
un alma. Lo sé muy bien.
-¿Estás seguro, Dorian?
-Completamente seguro.
-¡Ah! entonces tiene que ser una ilusión. Las cosas de las que uno está completamente seguro nunca
son verdad. Ésa es la fatalidad de la fe y la lección del romanticismo. ¡Qué aire más solemne! No te
pongas tan serio. ¿Qué tenemos tú y yo que ver con las supersticiones de nuestra época? No; nosotros
hemos renunciado a creer en el alma. Toca un nocturno para mí, Dorian, y, mientras tocas, dime, en voz
baja, cómo has hecho para conservar la juventud. Has de tener algún secreto. Sólo te llevo diez años,
pero tengo arrugas y estoy gastado y amarillo. Tú eres realmente admirable, Dorian. Nunca me has
parecido tan encantador como esta noche. Haces que recuerde el día en que te conocí. Eras bastante
impertinente, muy tímido y absolutamente extraordinario. Has cambiado, por supuesto, pero tu aspecto
no. Me gustaría que me dijeras tu secreto. Haría cualquier cosa para recuperar la juventud, excepto
ejercicio, levantarme pronto o ser respetable... ¡Juventud! No hay nada como la juventud. Es absurdo
hablar de la ignorancia de la juventud. Las únicas personas cuyas opiniones escucho con respeto son las
de personas mucho más jóvenes que yo. Parecen ir por delante de mí. La vida les ha revelado sus
maravillas más recientes. En cuanto a las personas de edad, siempre les llevo la contraria. Lo hago por
principio. Si les pides su opinión sobre algo que sucedió ayer, te dan con toda solemnidad las opiniones
que corrían en 1820, cuando la gente llevaba medias altas, creía en todo y no sabían absolutamente nada.
¡Qué hermoso es eso que estás tocando! Me pregunto si Chopin lo escribió en Mallorca, con el mar
llorando alrededor de la villa donde vivía, y con gotas de agua salada golpeando los cristales.
¡Maravillosamente romántico! ¡Es una bendición que todavía nos quede un arte no imitativo! No te
detengas. Esta noche necesito música. Me pareces el joven Apolo, y yo soy Marsias, escuchándote.
Tengo mis propios sufrimientos, Dorian, de los que ni siquiera tú estás enterado. La tragedia de la
ancianidad no es ser viejo, sino joven. A veces me sorprende mi propia sinceridad. ¡Ah, Dorian, qué feliz
eres! ¡Qué vida tan exquisita la tuya! Has bebido hasta saciarte de todos los placeres. Has saboreado las
uvas más maduras. Nada se te ha ocultado. Y todo ello no ha sido para ti más que unos compases
musicales. Nada te ha echado a perder. Sigues siendo el mismo.
-No soy el mismo, Harry.
-Sí que lo eres. Me pregunto cómo será el resto de tu vida. No la estropees con renunciaciones. En el
momento presente eres la perfección misma. No te hagas voluntariamente incompleto. No te falta nada.
No muevas la cabeza: sabes que es así. Además, Dorian, no te engañes. La vida no se gobierna ni con la
voluntad ni con la intención. La vida es una cuestión de nervios, de fibras, y de células lentamente
elaboradas en las que el pensamiento se esconde y la pasión tiene sus sueños. Quizá te imaginas que estás
a salvo y crees que eres fuerte. Pero un cambio casual de color en una habitación o en el color del cielo
matutino, un determinado perfume que te gustó en una ocasión y que te trae recuerdos sutiles, un verso
de un poema olvidado con el que te tropiezas de nuevo, una cadencia de una composición musical que
has dejado de tocar... Te aseguro, Dorian, que la vida depende de cosas como ésas. Browning escribe
acerca de ello en algún sitio, pero nuestros propios sentidos lo inventan para nosotros. Hay momentos en
los que el olor a lilas blancas me domina de repente, y tengo que vivir de nuevo el mes más extraño de
mi vida. Bien quisiera cambiarme contigo, Dorian. El mundo no se cansa de denunciarnos a los dos, pero
a ti siempre te ha rendido culto. Y siempre lo hará. Eres el prototipo de lo que busca esta época nuestra y
tiene miedo de haber encontrado. ¡Me alegro muchísimo de que nunca hayas hecho nada, de que nunca
hayas tallado una estatua, ni pintado un cuadro, ni producido nada distinto de tu persona! La vida ha sido
tu arte. Has hecho música de ti mismo. Tus días son tus sonetos.
Dorian se levantó del piano y se pasó la mano por el cabello.
-Sí; la vida me ha dado placeres exquisitos -murmuró-, pero voy a cambiar, Harry. Y no debes
hacerme esos elogios tan excesivos. No lo sabes todo. Creo que si lo supieras, también tú te alejarías de
mí. Ríes. No debieras hacerlo.
-¿Por qué has dejado de tocar, Dorian? Vuelve al piano y obséquiame otra vez con ese nocturno.
Contempla la enorme luna color de miel que cuelga en la oscuridad. Está esperando a que la encandiles,
y si tocas se acercará más a la tierra. ¿No quieres? Vayámonos entonces al club. Ha sido una velada
deliciosa y debemos acabarla de la misma manera. Hay alguien en el White que tiene un deseo inmenso
de conocerte: se trata del joven lord Poole, el hijo mayor de Bournemouth. Ya te ha copiado las corbatas,
y ahora me suplica que te lo presente. Es un muchacho encantador y me recuerda mucho a ti.
-Espero que no -dijo Dorian, con una expresión triste en los ojos-. Lo cierto es que esta noche estoy
cansado, Harry. No voy a ir al club. Son casi las once y quiero acostarme pronto.
-Quédate, por favor. Nunca habías tocado tan bien como esta noche. Había algo maravilloso en tu
estilo. Resultaba más expresivo que nunca.
-Eso se debe a que voy a ser bueno -respondió él, sonriendo-. Ya he cambiado un poco.
-Para mí no puedes cambiar -dijo lord Henry-. Tú y yo siempre seremos amigos.
-En una ocasión, sin embargo, me envenenaste con un libro. Eso no lo olvidaré. Harry, prométeme que
nunca le prestarás ese libro a nadie. Hace daño.
-Mi querido muchacho, es cierto que estás empezando a moralizar. Muy pronto saldrás por ahí como
los conversos y los evangelistas, poniendo a la gente en guardia contra todos los pecados de los que ya te
has cansado. Eres demasiado encantador para hacer una cosa así. Además, no sirve de nada. Tú y yo
somos lo que somos, y seremos lo que seremos. En cuanto a ser envenenado por un libro, no existe
semejante cosa. El arte no tiene influencia sobre la acción. Aniquila el deseo de actuar. Es
magníficamente estéril. Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su
propia vergüenza. Eso es todo. Pero no vamos a discutir sobre literatura. Ven a verme mañana. Iré a
montar a caballo a las once. Podemos hacerlo juntos y luego te llevaré a almorzar con lady Branksome.
Es una mujer encantadora, y quiere hacerte una consulta sobre ciertos tapices que piensa comprar. No te
olvides de venir. ¿O te parece mejor que almorcemos con nuestra duquesita? Dice que ahora no te ve
nunca. ¿Acaso te has cansado de Gladys? Ya pensaba yo que terminaría por sucederte. Esa lengua suya
tan inteligente acaba por exasperar a cualquiera. De todos modos, no dejes de estar aquí a las once.
-¿Es necesario que venga, Harry?
-Por supuesto. Ahora el Parque está maravilloso. Creo que no ha habido nunca unas lilas tan hermosas
desde el año en que te conocí.
-Muy bien. Estaré aquí a las once -dijo Dorian-. Buenas noches, Harry.
Al llegar a la puerta, vaciló un momento, como si tuviera algo más que decir. Luego dejó escapar un
suspiro y abandonó la habitación.

Capítulo 20

El aire de la noche era una delicia, tan tibio que Dorian Gray se colocó el abrigo sobre el brazo y ni
siquiera se anudó en torno a la garganta la bufanda de seda. Mientras se dirigía hacia su casa, fumando
un cigarrillo, dos jóvenes vestidos de etiqueta se cruzaron con él, y oyó cómo uno le susurraba al otro:
«Ése es Dorian Gray». Recordó cuánto solía agradarle que alguien lo señalara con el dedo o se le quedara
mirando y hablara de él. Ahora le cansaba oír su nombre. Buena parte del encanto del pueblecito adonde
había ido con tanta frecuencia últimamente era que nadie lo conocía. A la muchacha a la que cortejó
hasta enamorarla le había dicho que era pobre, y Hetty le había creído. En otra ocasión le dijo que era
una persona malvada, y ella se echó a reír, respondiéndole que los malvados eran siempre muy viejos y
muy feos. ¡Ah, su manera de reírse! Era como el canto de la alondra. Y ¡qué bonita estaba con sus
vestidos de algodón y sus sombreros de ala ancha! Hetty no sabía nada de nada, pero poseía todo lo que
él había perdido.
Al llegar a su casa, encontró al ayuda de cámara esperándolo. Le dijo que se acostara, se dejó caer en
un sofá de la biblioteca y empezó a pensar en las cosas que lord Henry le había dicho.
¿Era realmente cierto que no se cambia? Sentía un deseo loco de recobrar la pureza sin mancha de su
adolescencia; su adolescencia rosa y blanca, como lord Henry la había llamado en una ocasión. Sabía que
estaba manchado, que había llenado su espíritu de corrupción y alimentado de horrores su imaginación;
que había ejercido una influencia nefasta sobre otros, y que había experimentado, al hacerlo, un júbilo
incalificable; y que, de todas las vidas que se habían cruzado con la suya, había hundido en el deshonor
precisamente las más bellas, las más prometedoras. Pero, ¿era todo ello irremediable? ¿No le quedaba
ninguna esperanza?
¡Ah, en qué monstruoso momento de orgullo y de ceguera había rezado para que el retrato cargara con
la pesadumbre de sus días y él conservara el esplendor, eternamente intacto, de la juventud! Su fracaso
procedía de ahí. Hubiera sido mucho mejor para él que a cada pecado cometido le hubiera acompañado
su inevitable e inmediato castigo. En lugar de «perdónanos nuestros pecados», la plegaria de los hombres
a un Dios de justicia debería ser «castíganos por nuestras iniquidades».
El curioso espejo tallado que lord Henry le regalara hacía ya tantos años se hallaba sobre la mesa, y los
cupidos de marfileñas extremidades seguían, como antaño, rodeándolo con sus risas. Lo cogió, como
había hecho en aquella noche de horror, cuando por primera vez advirtiera un cambio en el retrato fatal, y
con ojos desencajados, enturbiados por las lágrimas, contempló su superficie pulimentada. En una
ocasión, alguien que le había amado apasionadamente le escribió una carta que concluía con esta
manifestación de idolatría: «El mundo ha cambiado porque tú estás hecho de marfil y oro. La curva de
tus labios vuelve a escribir la historia». Aquellas frases le volvieron a la memoria, y las repitió una y otra
vez. Luego su belleza le inspiró una infinita repugnancia y, arrojando el espejo al suelo, lo aplastó con el
talón hasta reducirlo a astillas de plata. Su belleza le había perdido, su belleza y la juventud por la que
había rezado. Sin la una y sin la otra, quizá su vida hubiera quedado libre de mancha. La belleza sólo
había sido una máscara, y su juventud, una burla. ¿Qué era la juventud en el mejor de los casos? Una
época de inexperiencia, de inmadurez, un tiempo de estados de ánimo pasajeros y de pensamientos
morbosos. ¿Por qué se había empeñado en vestir su uniforme? La juventud lo había echado a perder.
Era mejor no pensar en el pasado. Nada podía cambiarlo. Tenía que pensar en sí mismo, en su futuro.
A James Vane lo habían enterrado en una tumba anónima en el cementerio de Selby. Alan Campbell se
había suicidado una noche en su laboratorio, pero sin revelar el secreto que le había sido impuesto. La
emoción, o la curiosidad, suscitada por la desaparición de Basil Hallward pronto se desvanecería. Ya
empezaba a pasar. Por ese lado no tenía nada que temer. Y, de hecho, no era la muerte de Basil Hallward
lo que más le abrumaba. Le obsesionaba la muerte en vida de su propia alma. Basil había pintado el
retrato que echó a perder su vida. Eso no se lo podía perdonar. El retrato tenía la culpa de todo. Basil le
dijo cosas intolerables que él, sin embargo, soportó con paciencia. El asesinato fue obra, sencillamente,
de una locura momentánea. En cuanto a Alan Campbell, el suicidio había sido su decisión personal.
Había elegido actuar así. Nada tenía que ver con él.
¡Una vida nueva! Eso era lo que necesitaba. Eso era lo que estaba esperando. Sin duda la había
empezado ya. Había evitado, al menos, la perdición de una criatura inocente. Nunca volvería a poner la
tentación en el camino de la inocencia. Sería bueno.
Al pensar en Hetty Merton, empezó a preguntarse si el retrato habría cambiado. Sin duda no sería ya
tan horrible como antes. Quizá, si su vida recobraba la pureza, expulsaría de su rostro hasta el último
resto de las malas pasiones. Quizás, incluso, habían desaparecido ya. Iría a verlo.
Tomó la lámpara y subió sigilosamente las escaleras. Al descorrer el cerrojo, una sonrisa de alegría
iluminó por un instante el rostro extrañamente joven y se prolongó unos momentos más en torno a los
labios. Sí, practicaría el bien, y aquel retrato espantoso que llevaba tanto tiempo escondido dejaría de
aterrorizarlo. Sintió que ya se le había quitado un peso de encima.
Entró sin hacer el menor ruido, volviendo a cerrar la puerta con llave, como tenía por costumbre, y
retiró la tela morada que cubría el cuadro. Un grito de dolor e indignación se le escapó de los labios. No
se notaba cambio alguno, con la excepción de un brillo de astucia en la mirada y en la boca las arrugas
sinuosas de la hipocresía. El lienzo seguía siendo tan odioso como siempre, más, si es que eso era
posible; y el rocío escarlata que le manchaba la mano parecía más brillante, con más aspecto de sangre
recién derramada. Dorian Gray empezó entonces a temblar. ¿Le había empujado únicamente la vanidad a
llevar a cabo su única obra buena? ¿O había sido el deseo de una nueva sensación, como apuntara lord
Henry, con su risa burlona? ¿O tal vez el deseo apasionado de representar un papel que nos empuja a
hacer cosas mejores de lo que nos corresponde por naturaleza? ¿O, quizá, todo aquello al mismo tiempo?
Pero, ¿por qué era más grande la mancha roja? Parecía haberse extendido como una horrible enfermedad
sobre los dedos cubiertos de arrugas. Había sangre en los pies pintados, como si aquella cosa hubiera
goteado..., sangre incluso en la mano que no había empuñado el cuchillo. ¿Una confesión? ¿Quería
aquello decir que iba a confesar su crimen? ¿Que iba a entregarse para que lo ejecutaran? Se echó a reír.
La idea le pareció monstruosa. Además, aunque confesara, ¿quién iba a creerlo? No había en ninguna
parte resto alguno del pintor asesinado. Todas sus pertenencias habían sido destruidas. Él mismo había
quemado maletín y abrigo. El mundo diría simplemente que estaba loco. Lo encerrarían en un
manicomio si se empeñaba en repetir la misma historia... Sin embargo, era obligación suya confesar,
soportar públicamente la vergüenza y expiar la culpa de manera igualmente pública. Había un Dios que
exigía a los seres humanos confesar sus pecados en la tierra así como en el cielo. Nada de lo que hiciera
le purificaría si no confesaba su pecado. ¿Su pecado? Se encogió de hombros. La muerte de Basil
Hallward le parecía muy poca cosa. Pensaba en Hetty Merton. Porque aquel espejo de su alma que estaba
contemplando era un espejo injusto. ¿Vanidad? ¿Curiosidad? ¿Hipocresía? ¿No había habido más que
eso en su renuncia? Había habido algo más. Al menos así lo creía él. Pero, ¿cómo saberlo...? No. No
hubo nada más. Sólo renunció a la muchacha por vanidad. La hipocresía le había llevado a colocarse la
máscara de la bondad. Había ensayado la abnegación por curiosidad. Ahora lo reconocía.
Pero aquel asesinato..., ¿iba a perseguirlo toda su vida? ¿Siempre tendría que soportar el peso de su
pasado?
¿Tendría que confesar? Nunca. No había más que una prueba en contra suya. El cuadro mismo: ésa era
la prueba. Lo destruiría. ¿Por qué lo había conservado tanto tiempo? Años atrás le proporcionaba el
placer de contemplar cómo cambiaba y se hacía viejo. En los últimos tiempos ese placer había
desaparecido. El cuadro le impedía dormir. Cuando salía de viaje, le horrorizaba la posibilidad de que lo
contemplasen otros ojos. Teñía de melancolía sus pasiones. Su simple recuerdo echaba a perder muchos
momentos de alegría. Había sido para él algo así como su conciencia. Sí. Había sido su conciencia. Lo
destruiría.
Miró a su alrededor, y vio el cuchillo con el que apuñaló a Basil Hallward. Lo había limpiado muchas
veces, hasta que desaparecieron todas las manchas. Brillaba, lanzaba destellos. De la misma manera que
había matado al pintor, mataría su obra y todo lo que significaba. Mataría el pasado y, cuando estuviera
muerto, él recobraría la libertad. Acabaría con aquella monstruosa vida del alma y, sin sus odiosas
advertencias, recobraría la paz. Empuñó el arma y con ella apuñaló el retrato.
Se oyó un grito y el golpe de una caída. El grito puso de manifiesto un sufrimiento tan espantoso que
los criados despertaron asustados y salieron en silencio de sus habitaciones. Dos caballeros que pasaban
por la plaza se detuvieron y alzaron los ojos hacia la gran casa. Luego siguieron caminando hasta
encontrar a un policía y regresar con él. Llamaron varias veces al timbre, pero sin recibir respuesta. Con
la excepción de una luz en uno de los balcones del piso alto, todo estaba a oscuras. Al cabo de un rato, el
policía se trasladó hasta un portal vecino para contemplar desde allí el edificio.
-¿Quién vive en esa casa? -le preguntó el caballero de más edad.
-El señor Dorian Gray-respondió el policía.
Las dos personas que le escuchaban intercambiaron una mirada de inteligencia y, mientras se alejaban,
había en su rostro una mueca de desprecio. Uno de ellos era tío de sir Henry Ashton.
Dentro de la casa, en la zona donde vivía la servidumbre, los criados a medio vestir hablaban en voz
baja. La anciana señora Leaf lloraba y se retorcía las manos. Francis estaba tan pálido como un muerto.
Transcurrido un cuarto de hora aproximadamente, el ayuda de cámara tomó consigo al cochero y a uno
de los lacayos y subió en silencio las escaleras. Los golpes en la puerta no obtuvieron contestación. Y
todo siguió en silencio cuando llamaron a su amo de viva voz. Finalmente, después de tratar en vano de
forzar la puerta, salieron al tejado y descendieron hasta el balcón. Una vez allí entraron sin dificultad: los
pestillos eran muy antiguos.
En el interior encontraron, colgado de la pared, un espléndido retrato de su señor tal como lo habían
visto por última vez, en todo el esplendor de su juventud y singular belleza. En el suelo, vestido de
etiqueta, y con un cuchillo clavado en el corazón, hallaron el cadáver de un hombre mayor, muy
consumido, lleno de arrugas y con un rostro repugnante. Sólo lo reconocieron cuando examinaron las
sortijas que llevaba en los dedos.