EL RETRATO OVAL // Edgar Allan Poe

EL RETRATO OVAL // EDGAR ALLAN POE                enlace

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El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme,
malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de
grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los
apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe.

Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque
temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente
amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo
y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos
heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas
modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco.

Me produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros
colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la
arquitectura caprichosa del castillo hacia inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón,
pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi
cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban
el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre
la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la
almohada y que trataba de su crítica y su análisis.

Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y
silenciosas, y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la mano con
dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el
libro. Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas
bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces
cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no advirtiera.

Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué?
no me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanecieron cerrados, analicé rápidamente
el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para
asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi espíritu a una
contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.

No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre
el lienzo, había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome
volver repentinamente a la realidad de la vida. El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. se
trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo , todo en este estilo, que se llama, en lenguaje
técnico, estilo de viñeta; había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los
brazos, el seno y las puntas de sus radiantes cabellos, pendíanse en la sombra vaga, pero profunda, que
servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal
vez no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó
tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado
la cabeza por la de una persona viva.
Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron
dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en
el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó
por subyugarme. Lleno de terror respeto, volví el candelabro a su primera posición, y habiendo así
apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que
contenía la historia y descripción de los cuadros.

Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la
extraña y singular historia siguiente:

“Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y,
se desposó con él.

“Él tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella,
joven, de rarísima belleza, todo luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando
más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos
importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor
hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y sentóse pacientemente, durante largas
semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo
solamente por el cielo raso.

"El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día.

"Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no
veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de
su mujer, que se consumía para todos excepto para él.

"Ella no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama,
experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la
imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los
que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del
genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a
su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; Porque el pintor había llegado a enloquecer por el
ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su
esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que
tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más
que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama
palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. y entonces el pintor dio los
toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado; pero un minuto
después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritando con voz terrible: “—¡En
verdad esta es la vida misma!”— Se volvió bruscamente para mirar a su bien amada,... ¡Estaba muerta!”.


Los Perros de Tíndalos // Frank Belknap Long

LOS PERROS DE TINDALOS // FRANK B. LONG                                enlace




I

-Me alegro de que hayas venido -dijo Chalmers.
Estaba sentado junto a la ventana, muy pálido. Junto a uno de sus brazos
ardían dos velas casi derretidas que proyectaban una enfermiza luz ambarina
sobre su nariz larga y su breve mentón. En el apartamento de Chalmers no
había absolutamente nada moderno. Su propietario tenía el alma medieval y
prefería los manuscritos iluminados a los automóviles, y las gárgolas de
piedra a los aparatos de radio y a las máquinas de calcular.
Quitó, en mi obsequio, los libros y papeles que se amontonaban en un diván
y, al atravesar la estancia para sentarme me sorprendió ver en su mesa las
fórmulas matemáticas de un célebre físico contemporáneo junto con unas
extrañas figuras geométricas que Chalmers había trazado en unos finos
papeles amarillos.
-Me sorprende esta coexistencia de Einstein con John Dee -dije al apartar la
mirada de las ecuaciones matemáticas y descubrir los extraños volúmenes
que constituían la pequeña biblioteca de mi amigo. En las estanterías de
ébano convivían Plotino y Emmanuel Mascópoulos, Santo Tomás de
Aquino y Frenicle de Bessy. Las butacas, la mesa, el escritorio estaban
cubiertos de libros y folletos sobre brujería medieval y magia negra, así
como de textos sobre todas las cosas hermosas y audaces que rechaza
nuestro mundo moderno.
Chalmers me ofreció, sonriendo, un cigarrillo ruso y dijo:
-Estamos llegando ahora a la conclusión de que los antiguos alquimistas y
brujos tenían razón en un setenta y cinco por ciento, y los biólogos y los
materialistas modernos están equivocados en un noventa por ciento.
-Usted siempre se ha tomado un poco a broma la ciencia de hoy -repuse,
con un leve gesto de impaciencia.
-No -contestó-. Sólo me he burlado de su dogmatismo. Siempre he sido un
rebelde, un campeón de la originalidad y de las causas perdidas. No te
extrañe, pues, que haya decidido repudiar las conclusiones de los biólogos
contemporáneos.
-¿Y qué me dice usted de Einstein? -pregunté.
-¡Un sacerdote de las matemáticas trascendentes! - murmuró con respeto-.
Un profundo místico, un explorador de reinos inmensos cuya misma
existencia sólo ahora se empieza a sospechar.
-Entonces no desprecia usted la ciencia por completo.
-¡Claro que no! Lo que no me inspira confianza es el positivismo de estos
últimos cincuenta años, ni tampoco las ideas de Haeckel ni de Darwin ni de
Bertrand Russell. Creo que la biología ha fracasado lamentablemente
cuando ha intentado explicar el origen y el destino del hombre.
-Déles usted un margen de tiempo.
Los ojos de Chalmers despidieron chispas:
-Amigo mío -murmuró-, acabas de hacer un juego de palabras
verdaderamente sublime. ¡Deles usted un margen de tiempo! Yo se lo daría
encantado, pero precisamente cuando les hablas de tiempo, los modernos
biólogos se echan a reír. Poseen la llave, pero se niegan a utilizarla. ¿Qué
sabemos del tiempo? Einstein lo considera relativo y cree que se puede
interpretar en función del espacio, de un espacio curvo. Pero no hay que
quedarse ahí detenido. Cuando las matemáticas dejan de prestarnos su
apoyo, ¿acaso no se puede seguir adelante a base de... intuición?
-Ese es un terreno muy resbaladizo. El verdadero investigador evita siempre
caer en esa trampa. Por eso avanza tan despacio la ciencia moderna. Sólo
admite lo que es susceptible de demostración. Pero usted...
-Yo, ¿sabes lo que haría? Tomar hachís, opio, todas las drogas. Yo imitaría a
los sabios orientales y acaso así consiguiera...
-¿Consiguiera qué?
-Conocer la cuarta dimensión.
-¡Eso es pura teosofía, una estupidez!
-Puede que sí, pero estoy persuadido de que las drogas consiguen
aumentar el alcance de la conciencia humana. William James está de acuerdo
sobre este particular. Además, he descubierto una nueva.
-¿Una nueva droga?
-Fue utilizada hace siglos por los alquimistas chinos, pero apenas se conoce
en Occidente. Posee ciertas propiedades ocultas verdaderamente
asombrosas. Gracias a esta droga y a mis conocimientos matemáticos, creo
que puedo remontar el curso del tiempo.
-No comprendo qué quiere usted decir.
-El tiempo no es más que nuestra percepción imperfecta de una nueva
dimensión espacial. El tiempo y el movimiento son otras tantas ilusiones.
Todo lo que ha existido desde el origen del universo existe ahora también.
Lo que sucedió hace milenios sigue sucediendo en otra dimensión del
espacio. Lo que sucederá dentro de milenios sucede ya. Si no lo podemos
percibir es porque tampoco podemos penetrar en la dimensión espacial
donde sucede. Los seres humanos, tal como los conocemos, no son sino
partes infinitesimales de un todo inmenso. Cada uno de nosotros está unido
a toda la vida que le ha precedido en nuestro planeta. Todos nuestros
antepasados forman parte de nosotros. De ellos sólo nos separa el tiempo, y
el tiempo es una ilusión.
-Creo que empiezo a comprender -murmuré.
-Basta con que tengas una vaga idea del asunto para poderme ayudar. Lo
que pretendo es arrancar de mis ojos el velo de la ilusión que los cubre y ver
el principio y el fin.
-¿Y usted cree que esta nueva droga le serviría de algo?
-Estoy convencido de ello. Y pretendo que me ayudes. Quiero tomarla
inmediatamente. No puedo esperar. Tengo que ver -sus ojos lanzaron
extraños destellos-. Voy a viajar en el tiempo. Voy a retroceder en el tiempo.
Chalmers se levantó y tomó de encima de la chimenea una cajita cuadrada.
-Aquí tengo cinco gránulos de la droga Liao. Fue utilizada por el filósofo
chino Lao-Tse y, bajo su influencia logró contemplar el Tao. Tao es la fuerza
más misteriosa del mundo. Rodea y penetra todas las cosas y contiene en sí
la totalidad del universo visible y todo lo que denominamos realidad. El que
logre contemplar el misterio del Tao sabrá todo lo que fue y todo lo que
será.
-Fantasías -comenté.
-Tao es como un enorme animal reclinado e inmóvil que contiene en sí todos
los mundos, el pasado, el presente, el porvenir. A través de una hendidura
que llamamos tiempo percibimos sectores de ese monstruo terrible.
Mediante esta droga voy a ensanchar la hendidura. Contemplaré así el
rostro mismo de la vida; veré la bestia entera, inmensa y agazapada.
-¿Y cuál será mi misión?
-Escuchar, amigo mío. Escuchar y anotar lo que escuche. Y si me alejo
demasiado hacia el pasado, me tendrás que sacudir violentamente para
traerme de nuevo a la realidad. Si vieras que estoy sufriendo dolores físicos
intensos, me debes hacer regresar al instante.
-Chalmers -dije-, este experimento no me gusta nada. Va a correr usted un
peligro terrible. No creo en la cuarta dimensión y mucho menos en el Tao.
Tampoco apruebo el uso de drogas desconocidas.
-Para mí no es desconocida -repuso-. Conozco sus efectos sobre el animal
humano y también sus peligros. La droga en sí no es peligrosa. Yo lo único
que temo es extraviarme en el abismo del tiempo, porque has de saber que mi
intención es colaborar activamente con la droga. Antes de tomarla me
concentraré en los símbolos geométricos y algebraicos que he trazado en
este papel -me enseñó el diagrama que tenía sobre las rodillas- y así
prepararé mi espíritu para el viaje transtemporal. Primero me aproximaré todo
lo posible a la cuarta dimensión mediante el solo esfuerzo de mi propio ego,
y luego tomaré la droga que me dará el poder oculto de percepción. Antes
de penetrar en el mundo onírico del misticismo oriental dispondré de toda la
ayuda matemática que pueda ofrecerme la ciencia. La droga abrirá las
puertas de la percepción y las matemáticas me permitirán comprender
intelectualmente lo que así perciba. Así mis conocimientos matemáticos y mi
aproximación consciente a la cuarta dimensión complementarán la pura
acción de la droga. En mis sueños ya he conseguido captar muchas veces la
cuarta dimensión en forma intuitiva y emocional, pero en estado de vigilia
no he sido después nunca capaz de recordar el resplandor oculto que me era
revelado momentáneamente en sueños. Creo, sin embargo, que con tu
ayuda podré hacerlo esta vez. Tu anotarás todo lo que diga durante mi
trance, por muy extraño e incoherente que te parezca. A mi regreso espero
poder proporcionarte la clave de todo lo que no hayas entendido. No estoy
seguro de mi éxito, pero, si lo tengo -sus ojos volvieron a despedir un
extraño fulgor-, ¡el tiempo ya no existirá para mí!
De pronto, se sentó.
-Voy a hacer el experimento ahora mismo. Ponte, por favor, junto a la
ventana y no dejes de vigilarme. ¿Tienes pluma?
Asentí hoscamente y saqué mi pluma Waterman verde claro del bolsillo
superior de la chaqueta.
-¿Y has traído algo donde escribir, Frank?
De mala gana saqué una agenda.
-Insisto enérgicamente una vez más en que no apruebo este experimento -
gruñí-. Va a correr usted un peligro terrible.
-¡No seas niño! -agitó un dedo ante mí-. Estoy decidido a hacerlo a pesar de
todo lo que me digas, y además a hacerlo ahora mismo. Por favor, estate en
silencio mientras medito sobre estos diagramas.
Puso los dibujos ante sí y se concentró intensamente en ellos. En el silencio
oí cómo el reloj de la chimenea iba desgranando segundos. Una angustia
indefinida me oprimía el pecho.
De pronto, el reloj se paró. En ese momento, Chalmers introdujo la droga en
su boca y la tragó.
Rápidamente me aproximé a él, pero con la mirada me advirtió que no le
interrumpiera.
-El reloj se ha parado -murmuró-. Las fuerzas que lo gobiernan aprueban mi
experimento. El tiempo se detuvo y yo tomé la droga. ¡Dios mío, haz que no
me extravíe!
Cerró los párpados y se extendió en el sofá. Su rostro estaba exangüe, y
respiraba con dificultad. Era evidente que la droga estaba actuando
extraordinariamente de prisa.
-Comienzan las tinieblas -murmuró-. Anótalo. Todo se está poniendo oscuro
y se van desdibujando los objetos familiares de la habitación. Aún los veo,
pero borrosos, y se están desdibujando rápidamente.
Sacudí la pluma estilográfica, pues la tinta fluía mal, y seguí tomando
veloces notas taquigráficas.
-Abandono la habitación. Las paredes se disuelven como niebla. Ya no veo
ninguno de los objetos, pero todavía te veo la cara. Supongo que estarás
escribiendo. Creo que estoy a punto de dar el gran salto a través del
espacio, o acaso del tiempo. No lo sé. Todo es confuso, incierto.
Permaneció en silencio durante algún tiempo, con la barbilla apoyada en el
pecho. De pronto, se puso rígido y abrió los ojos.
-¡Dios mío! -exclamó-. Veo.
Se hallaba todo contraído, tenso, mirando fijamente la pared que había
frente a él. Pero yo sabía que su mirada la atravesaba y que los objetos de la
habitación no existían para él.
-¡Chalmers! ¡Chalmers! ¿Le despierto?
-¡De ninguna manera! -aulló-. ¡Veo todo! Ante mí veo los billones de vidas
que me han precedido en este planeta. Veo hombres de todas las épocas, de
todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, danzan,
cantan. Se sientan en torno a la hoguera primitiva, en desiertos grises, e
intentan elevarse en el aire a bordo de monoplanos. Cruzan los mares en
toscas barcas de troncos y en enormes buques de vapor. Pintan bisontes y
elefantes en las paredes de cuevas lúgubres y cubren lienzos enormes con
formas y colores del futuro. Veo a los emigrantes procedentes de la
Atlántida y Lemuria. Veo a las razas ancestrales: a los enanos negros que
invaden Asia y a los hombres de Neanderthal, de cabeza inclinada y piernas
torcidas, que se extienden por Europa. Veo a los aqueos colonizando las
islas griegas y contemplo los rudimentos de la naciente cultura helénica.
Estoy en Atenas y Pericles es joven. Me hallo en tierra italiana. Participo en
el rapto de las sabinas. Camino con las legiones imperiales. Tiemblo de
respeto y de pavor cuando flamean los gigantescos estandartes y el suelo
trepida bajo el paso de los hastati victoriosos. Paso en una litera de oro y
marfil arrastrada por negros toros de Tebas y ante mí se postrernan mil
esclavos y las mujeres, cubiertas de flores, exclaman: "¡Ave César!". Yo les
sonrío y saludo a la multitud. Soy esclavo en una galera berberisca. Veo
cómo, piedra a piedra, se va levantando una catedral. Contemplo durante
meses, durante años, cómo van colocando en su sitio cada uno de los
sillares. Estoy crucificado, cabeza abajo, en los perfumados jardines de
Nerón y veo, con ironía y desprecio, cómo funcionan las cámaras de tortura
de la Inquisición. ¡Es un espectáculo divertido!
«Penetro en los más sagrados santuarios. Entro en el Templo de Venus. Me
arrodillo, en adoración, ante la Magna Mater y arrojo monedas al regazo de
las prostitutas sagradas que, con el rostro velado, esperan en los Jardines
de Babilonia. Penetro en un teatro inglés de la época isabelina y, en medio
de una multitud maloliente, aplaudo El Mercader de Venecia. Paseo con
Dante por las estrechas callejuelas de Florencia. Mientras contemplo,
arrobado, a la joven Beatriz, la orla de su vestido roza mis sandalias. Soy
sacerdote de Isis y mis poderes mágicos asombran al mundo. A mis pies se
arrodilla Simón Mago, implorando mi ayuda, y el Faraón tiembla ante mi sola
presencia. En la India hablo con los Maestros y huyo horrorizado, pues sus
revelaciones son como sal en una herida sangrante.
»Todo lo percibo simultáneamente. Todo lo percibo a la vez y desde todos
los ángulos posibles. Formo parte de los billones de vidas que me han
precedido. Existo en todos los seres humanos y todos los seres humanos
existen en mí. En un instante veo a la vez toda la historia del hombre, el
pasado y el presente.
»Mediante un pequeño esfuerzo soy capaz de contemplar pasados cada vez
más lejanos. Ahora me remonto hacia el mismo origen, a través de curvas y
ángulos extraños. A mi alrededor se multiplican los ángulos y las curvas.
Hay grandes sectores de tiempo que los percibo a través de curvas. Existe
un tiempo curvo y un tiempo angular. Los moradores del tiempo curvo no
pueden penetrar en el tiempo angular. Todo es muy extraño.
»Sigo retrocediendo cada vez más. De la tierra ya ha desaparecido el
hombre. Veo reptiles gigantescos agazapados bajo enormes palmeras y
nadando en pútridas aguas negras. Ya han desaparecido los reptiles. Ya no
hay animales terrestres, pero veo perfectamente bajo las aguas formas
sombrías que se mueven lentamente entre las algas.
»Las formas que veo son cada vez más simples. Ahora los únicos seres
vivos son células. A mi alrededor hay cada vez más ángulos, ángulos
totalmente ajenos a la geometría humana. Tengo un miedo horrible. En la
creación existen abismos en los que nunca ha penetrado el hombre.»
Seguí sin perderle de vista. Chalmers se había levantado y gesticulaba como
pidiendo ayuda. Al poco volvió a hablar:
-Atravieso ángulos ajenos al espacio terrestre. Me aproximo al horror
supremo.
-¡Chalmers! -exclamé-. ¿Quiere usted que intervenga?
Se llevó la mano al rostro, como para no ver una visión indeciblemente
espantosa. Pero dijo trabajosamente:
-¡Todavía no! Quiero seguir adelante... Quiero ver... lo que hay... aún más
allá...
Tenía la frente cubierta de sudor frío y movía los hombros de modo
espasmódico. Su rostro espantado era de color gris ceniciento.
-Más allá de la vida existen cosas que no logro distinguir. Pero se mueven
lentamente a través de ángulos alucinantes.
En ese momento percibí por primera vez en la estancia un olor bestial e
indescriptible, nauseabundo, insoportable. Me lancé a la ventana y la abrí
de par en par. Cuando volví al lado de Chalmers y vi su expresión, estuve a
punto de desmayarme.
-¡Me han olido! -lanzó un alarido-. ¡Lentamente se dan la vuelta hacia mí!
Todo el cuerpo le temblaba horriblemente. Durante un momento agitó los
brazos en el aire, como buscando un asidero, y luego le cedieron las piernas.
Cayó al suelo, donde permaneció boca abajo, sollozando, gimiendo.
En silencio contemplé cómo se arrastraba por el suelo. En aquellos
momentos, mi amigo no era un ser humano. Enseñaba los dientes y en las
comisuras de la boca se le formó una espuma blanquecina.
-¡Chalmers! -grité-. ¡Chalmers, basta ya! Basta ya, ¿me oye?
Como en respuesta de mi llamada, comenzó a emitir unos sonidos roncos y
convulsivos, semejantes a ladridos, y a caminar en círculo a cuatro patas
por el suelo. Me incliné y le cogí por los hombros. Le sacudí violentamente,
desesperadamente, y él intentó morderme la muñeca. Me sentía enfermo de
horror, pero no le solté, pues temía que se destruyese a sí mismo en un
paroxismo de rabia.
-¡Chalmers! -murmuré-. Basta ya. Está usted en su habitación. Nada malo le
puede suceder. ¿Comprende?
A fuerza de sacudirle y de hablarle, logré que la expresión de locura fuera
desapareciendo de su rostro. Tembloroso y convulsivo, quedó como un
grotesco montón de carne en el centro de la alfombra china.
Le ayudé a caminar hasta el sofá y a tumbarse en él. Su rostro estaba
contraído de dolor y me di cuenta de que seguía luchando sordamente
contra recuerdos espantosos.
-Whisky -murmuró-. Está ahí, en el mueblecito, junto a la ventana, en el
cajón superior de la izquierda.
Cuando le alcancé la botella, la asió con tal fuerza que los nudillos se le
pusieron azules.
-Casi me cogen -dijo entrecortadamente.
Bebió el estimulante a grandes tragos irregulares y poco a poco le fue
volviendo el color a la cara.
-Esa droga -dije- es el diablo en persona.
-No era la droga -gimió.
Su mirada ya no era de loco. Ahora daba impresión de un profundo
desaliento.
-Me han olido a través del tiempo -susurró-. He llegado demasiado lejos.
-¿Cómo eran? -pregunté para seguirle la corriente.
Se inclinó hacia mí y me agarró el brazo hasta hacerme daño. Otra vez fue
dominado por horribles temblores.
-¡No hay palabras para describirlos! -murmuró roncamente-. Han sido
vagamente simbolizados en el Mito de la Caída y en cierta forma obscena
que a veces aparece grabada en algunas tablillas arcaicas. Los griegos le
daban un nombre que ocultaba la impureza esencial de esos seres. La
manzana, el árbol y la serpiente son símbolos del misterio más atroz.
Al cabo de unos momentos su voz se convirtió en un aullido:
-¡Frank! ¡Frank! ¡En el comienzo se consumó un acto terrible e
inmencionable! Antes del tiempo, el acto, y después del acto...
Comenzó a andar histéricamente por la estancia.
-Las consecuencias del acto se mueven a través de ángulos en los oscuros
recodos del tiempo. ¡Tienen hambre y sed!
-Chalmers -intenté razonar-, ¡estamos en el tercer decenio del siglo XX!
Pero él siguió ululando:
-¡Tienen hambre y sed! ¡Los Perros de Tíndalos!
-Chalmers, ¿quiere usted que llame a un médico?
-Ningún médico puede ayudarme. Son horrores del alma y, sin embargo -
ocultó la cara entre las manos-, son reales, Frank. Los vi durante un
momento horrible. Durante un instante he llegado a estar al otro lado. Me
encontré en una ribera lívida, más allá del tiempo y del espacio. Había una
luz espantosa que no era luz y un silencio hecho de aullidos, y allí los vi. En
sus cuerpos flacos y famélicos se concentra todo el Mal del universo. En
realidad no estoy seguro de que tuvieran cuerpo: sólo los vi un instante.
Pero los he oído respirar. Durante un momento indescriptible sentí su
aliento en mi cara. Se volvieron hacia mi y huí dando alaridos. En un solo
instante huí a través de millones de siglos.
Pero me han olido. Los hombres despiertan en ellos un hambre cósmica.
Hemos escapado momentáneamente del aura impura que los rodea. Tienen
sed de todo lo que hay limpio en nosotros, de todo lo que emergió
inmaculado de aquel acto. En nosotros hay elementos que no participaron
en el acto y ellos los aborrecen. Pero no te imagines que son literal y
prosaicamente malos. En el plano donde habitan no existen el bien y el mal
tal como nosotros los concebimos. Son lo que, en el principio quedó
desprovisto de pureza para siempre jamás. Al cometer el acto, se
convirtieron en cuerpos de muerte, en receptáculo de toda impureza. Pero no
son malos en el sentido que nosotros damos a esta palabra, porque en las
esferas en que se mueven no existe pensamiento ni moral ni bueno ni malo.
Allí sólo existen lo puro y lo impuro. Lo impuro se expresa en ángulos; lo
puro, en curvas. El hombre, o mejor dicho, lo que hay en él de puro, procede
de lo curvo. No te rías. Hablo completamente en serio.
Me levanté para irme. Mientras iba hacia la puerta, dije:
-Me da usted mucha pena, Chalmers. Pero no estoy dispuesto a oírle delirar.
Le enviaré a mi médico. Es un hombre de edad, muy comprensivo, y no se
ofenderá aunque usted lo mande al diablo. Pero confío en que siga usted las
indicaciones que le dé. Se pasa usted una semana descansando en un buen
sanatorio y verá qué bien le sienta.
Mientras bajaba las escaleras le oí reír. Era una risa tan desprovista de
alegría que me hizo llorar.

II

Cuando Chalmers me telefoneó a la mañana siguiente, mi primer impulso fue
colgar inmediatamente el receptor. Me llamaba para pedirme algo tan
insólito, y tan anormalmente alterada estaba su voz, que temí por mi propia
cordura si seguía adelante con este asunto. Pero no pude dejar de percibir la
sinceridad de su angustia, y cuando se le quebró la voz y comenzó a
sollozar, decidí acceder a su petición.
-De acuerdo -dije-, ahora mismo voy y le llevo la escayola.
De camino hacia casa de Chalmers, me detuve en una droguería y adquirí
diez kilos de escayola. Al entrar en el cuarto de mi amigo, le vi agazapado
junto a la ventana, contemplando la pared de enfrente con ojos enfebrecidos
por el terror. Cuando me vio entrar, se puso en pie y me arrebató el paquete
de la escayola con una avidez que me puso los pelos de punta. Había
sacado todos los muebles de la estancia, la cual presentaba ahora un
aspecto absolutamente desolado.
-¡Aún podemos salvarnos! -exclamó-. Pero tenemos que actuar rápidamente.
Frank, hay una escalera plegable en el vestíbulo. Tráela inmediatamente. Y
ve a buscar también un cubo de agua.
-¿Para qué? -murmuré atónito.
Se volvió vivamente hacia mí y vi un relámpago de ira en sus ojos.
-¿Para qué va a ser, so bobo? ¡Para hacer la masa con la escayola! -gritó,
fuera de sí-. Para hacer la masa que nos salvará el cuerpo y el alma de una
contaminación indecible. Para hacer la masa que salvará al mundo de un
peligro... ¡Frank, tenemos que cerrarles las puertas!
-¿A quiénes? -pregunté.
-¡A los Perros de Tíndalos! -exclamó-. Sólo pueden llegar hasta nosotros a
través de ángulos. ¡Eliminemos todos los ángulos de la habitación! Voy a
poner escayola en todos los ángulos, en todos los rincones, en todas las
hendiduras. ¡La habitación quedará como el interior de una esfera!
Habría sido inútil discutir con él. Le llevé la escalera. Chalmers mezcló la
escayola con el agua y estuvimos trabajando durante tres horas. Tapamos
las cuatro esquinas de la pared y también las intersecciones de ésta con el
suelo y el techo. Por último, redondeamos los duros ángulos de la ventana.
-Ahora me quedaré en esta habitación hasta que se vayan -dijo Chalmers

cuando hubimos dado fin a la tarea-. Al darse cuenta de que el olor que
siguen les obliga a atravesar curvas, se volverán. Se volverán, hambrientos,
frustrados, insatisfechos, al plano de impureza de donde proceden, anterior
al tiempo y más allá del espacio.
Sonrió afablemente y encendió un cigarrillo.
-Te agradezco mucho que hayas venido.
-¿Sigue usted sin querer ver a un médico? -rogué.
-Quizá mañana -repuso-. Ahora tengo que vigilar y esperar.
-¿Esperar qué? -apremié.
Chalmers sonrió débilmente.
-Te crees que estoy loco -dijo-; me doy cuenta perfectamente. Eres
inteligente, pero también eres muy prosaico y no puedes concebir la
existencia de ninguna entidad independiente de toda energía y de toda
materia. Pero, mi querido amigo, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez que la
energía y la materia son las barreras que el tiempo y el espacio imponen a
nuestra percepción? Sabiendo, como yo sé, que el tiempo y el espacio son
lo mismo y que son engañosos porque ambos no son sino manifestaciones
imperfectas de una realidad superior, no tiene sentido buscar en el mundo
visible ninguna explicación del misterio y del terror del ser.
Me levanté y me fui hacia la puerta.
-Perdona -exclamó-. No he querido ofenderte. Tienes una gran inteligencia,
pero yo tengo una inteligencia sobrehumana. Es natural que yo sea
consciente de tus limitaciones.
-Telefonéeme si me necesita -dije, y bajé las escaleras de dos en dos-.
«Ahora sí que le envío a mi médico -me iba diciendo a mí mismo-. Está loco
de remate y sabe Dios lo que puede pasar si no se ocupa alguien
inmediatamente de él.»

III

Resumen de dos artículos publicados en la Patridgeville Gazette del 3 de
julio de 1928:


TEMBLOR DE TIERRA EN EL CENTRO DE LA CIUDAD


A los dos de la madrugada de hoy, un violento terremoto ha hecho temblar
los barrios céntricos de la ciudad, rompiendo varias ventanas en Central
Square y causando graves daños en el tendido eléctrico y en las
instalaciones de la red tranviaria. En los barrios periféricos también fue
observado el fenómeno resultando completamente derruido el campanario
de la iglesia baptista de Angell Hill, que había sido diseñado por
Christopher Wren en 1717. Los bomberos luchan por apagar el incendio que
se ha declarado en las naves de la fábrica de neumáticos. El alcalde ha
prometido abrir un expediente a fin de determinar responsabilidades si las
hubiere.


ESCRITOR OCULTISTA ASESINADO POR VISITANTE
DESCONOCIDO
Horrible Crimen en Central Square


Un misterio impenetrable envuelve la muerte de Halpin Chalmers
A las nueve horas del día de hoy fue hallado el cuerpo sin vida de Halpin
Chalmers, escritor y periodista, en una habitación vacía situada encima de la
Joyería Smithwich & Isaacs, en el número 24 de Central Square. La
investigación judicial puso de manifiesto que dicha habitación había sido
alquilada amueblada al señor Chalmers el día 1 de mayo último y que el
propio inquilino se había deshecho de los muebles hace quince días. El
señor Chalmers era autor de varios libros sobre temas de ocultismo.
Pertenecía a la Asociación Bibliográfica y anteriormente había residido en
Brooklyn (Nueva York).
A las siete de la mañana, el señor L. E. Hancock, inquilino del apartamento
situado frente al del Chalmers en el edificio de Smithwich & Isaacs, sintió un
olor especial al abrir la puerta para dejar entrar a su gato y recoger la edición
matinal de la Patridgeville Gazette. El olor, según afirma, era
extremadamente acre y nauseabundo, y tan intenso en las proximidades de
la puerta de Chalmers que tuvo que taparse la nariz cuando se aventuró por
dicha zona del rellano.
Estaba a punto de regresar a su propio apartamento cuando se le ocurrió
que acaso Chalmers se hubiera olvidado de apagar el gas de su cocina.
Considerablemente alarmado por esta posibilidad, decidió investigar lo
sucedido y, comoquiera que nadie contestase sus repetidas llamados a la
puerta de Chalmers, avisó al encargado del edificio. Este último abrió la
puerta mediante una llave maestra y ambos penetraron en la habitación de
Chalmers. La estancia estaba totalmente desprovista de mobiliario y
Hancock asegura que, al ver lo que había en el suelo, se sintió enfermo,
teniendo que permanecer el encargado y él asomados un rato a la ventana
sin mirar atrás.
Chalmers yacía boca arriba en el centro de la habitación. Estaba
completamente desnudo y tenía el pecho y los brazos cubiertos de una
especie de gelatina azulada. La cabeza, totalmente separada del tronco,
reposaba sobre el pecho y sus facciones aparecían horriblemente retorcidas
y mutiladas. No había ni rastro de sangre.
La habitación presentaba un aspecto insólito. Todas las aristas habían sido
cubiertas de escayola, que en algunos sectores se había agrietado y en
otros, desprendido. Los fragmentos de escayola caídos habían sido
agrupados en torno al cadáver, formando un triángulo perfecto.
Junto al cuerpo se hallaron varias hojas de papel amarillo casi enteramente
consumidas por el fuego. En ellas había dibujado varios símbolos
fantásticos y extrañas figuras geométricas y podían leerse diversas frases
escritas apresuradamente a mano. Dichas frases, sin embargo, son tan
absurdas que no proporcionan la menor pista sobre el posible autor del
crimen. He aquí algunas de tales frases: «Vigilo y espero. Estoy sentado
junto a la ventana y vigilo las paredes y el techo. No creo que lleguen hasta
aquí, pero debo tener cuidado con los Doels porque acaso puedan
ayudarles a pasar. También los ayudarán los Sátiros y éstos pueden
avanzar a través de los círculos purpúreos. Los griegos sabían cómo
impedirlo. Es lamentable que hayamos olvidado tantas cosas...»
En otro papel, en el más quemado de los siete u ocho fragmentos recogidos
por el Sargento Detective Douglas (de la Policía de Patridgeville), había
garrapateado lo siguiente:
«¡La escayola se cae! La ha agrietado una vibración terrible. ¡Un terremoto
parece! No podía preverlo. Se va yendo la luz de la habitación. Telefonear a
Frank. ¿Pero llegará a tiempo? Debo intentarlo. Recitaré la fórmula de
Einstein. ¿Voy a Rompen! ¡Están pasando! ¡Consiguen atravesar! Sale humo
de las esquinas de la pared sus lenguas.»
A juicio del Sargento Detective Douglas, Chalmers ha muerto envenenado
por algún desconocido producto químico. La policía ha enviado muestras
de la extraña gelatina azul que cubría el cuerpo de Chalmers al Laboratorio
Químico de Patridgeville y confía en que el informe correspondiente arroje
alguna luz sobre este crimen, el más misterioso de los últimos años. Se sabe
que Chalmers tuvo un visitante la noche anterior al terremoto, pues su
vecino oyó sin lugar a dudas, al pasar ante su puerta, rumor de
conversación. El principal sospechoso es, pues, este desconocido visitante,
cuya identidad la Policía se esfuerza afanosamente por averiguar.

IV

Informe del doctor James Morton, químico y bacteriólogo:
«Señor Juez de Instrucción: la sustancia semilíquida que usted me remitió
para su estudio es la más extraña que he analizado en mi vida. Presenta
ciertas analogías con el protoplasma, pero en ella no se encuentran ni aun
indicios de enzimas. Las enzimas son catalizadores de las reacciones
químicas que se producen en el seno de la célula viva. Cuando las células
mueren, las enzimas las desintegran mediante hidrólisis. Sin enzimas, el
protoplasma poseería una vitalidad prácticamente infinita, es decir, sería
inmortal. Las enzimas, por así decir, son los elementos negativos del
organismo unicelular, que constituye la base de la vida, y, en opinión de los
biólogos, sin ellas no puede existir materia viva. Y, sin embargo, tales
cuerpos indispensables se hallan ausentes de la gelatina viva que usted me
remitió. ¿Se da usted cuenta del significado que puede tener este
descubrimiento para la ciencia?»

V

Fragmento de un manuscrito titulado «Los que velan en silencio»,
original del fallecido Halpin Chalmers:
«¿Y si existiese otra forma de vida paralela a la que conocemos, pero carente
de los elementos que destruyen la nuestra? ¿Y si en otra dimensión existe
una fuerza diferente de la que genera nuestra vida? ¿Y si esta fuerza emite
una energía, que, procedente de su dimensión desconocida, consigue
alcanzar nuestro espacio-tiempo y crear en él una nueva forma de vida
celular? Cierto es que no se puede demostrar que tal forma nueva de vida
exista en nuestro universo, pero yo he visto sus manifestaciones y he
hablado con ellas. De noche, en mi habitación, he hablado con los Doels. Y
en mis sueños he contemplado a su Creador. Lo he visto en lejanas riberas,
más allá del tiempo y la materia. Se mueve a través de curvas extrañas y de
ángulos alucinantes. Algún día viajaré en el tiempo y me enfrentaré con él
cara a cara.»


FIN

UN MUNDO FELIZ // 2ª Parte

UN MUNDO FELIZ // 2ª Parte                                 ENLACE

NOTA: EN SU DIA, CUANDO ESTE LIBRO SE ESCRIBIO, SE CONSIDERO "CIENCIA FICCION", PERO COMO ESTAN LAS COSAS HOY EN DIA, ME PARECE QUE ESA "FICCION", HA PASADO A UNA DURA "REALIDAD".
EN UNA PRIMERA LECTURA, HASTA PUEDE PARECER UN CUENTO, UNA FABULA CON MORALEJA, PERO SI NOS VEMOS REFLEJADA EN ESA FABULA, PODRIAMOS SACAR AL AIRE MUCHAS PREGUNTAS, QUE TAL VEZ NO NOS GUSTEN ESCUCHAR, O AUN MAS, NO NOS GUSTE LLEGAR A PLANTEARNOSLAS, AUNQUE LA VERDAD, HAY GENTE QUE SE LO TOMA SERIAMENTE, MAS DE LO QUE NOS PODIAMOS LLEGAR A CREER; POR EJEMPLO, UNA PREGUNTA NORMAL EN EL LIBRO LLEVADA A NUESTRO TIEMPO,; ESTAMOS EN EL SIGLO XXI: HA HABIDO JEFES DE ESTADO, DE LA IGLESIA, GENTE QUE HA TENIDO SOBRE SI UN GRAN PODER, Y SIN HABER LOS ADELANTOS DE HOY EN DIA; HOY EN DIA, EN EL AUN JOVEN SIGLO XXI, ¿QUIEN LLEGARA A SER EL ALPHA DE LOS ALPHAS? ; ¿ QUIEN LLEGARA A SER EL "GRAN HERMANO"?; TAL VEZ A MUCHOS HASTA LES DE RISA, O LO HAN PREPARADO PARA ESO, PARA QUE DE RISA, Y NADIE LO ESPERE, PERO YA HAY QUIEN PIENSA EN ESO, PERO DEMASIADO ENSERIO COMO PARA TOMARSELO A "FABULA".
NUESTRO SOMA, QUE NO FALTE, ALCOHOL, TABACO, DROGAS,ANALGESICOS,ANTIDEPRESIVOS,LA PILDORA DE LA FELICIDAD,SOMA,VIAGRA...., COSAS QUE HOY EN DIA, CUESTAN DINERO, Y TIENEN EL PODER DE ANONADAR A TODA LA SOCIEDAD, UNA MANERA PARA PODER USAR AL MUNDO, CON EL SOLO HECHO DE REGALARLO, O RESTRINGIRLO...BUENO, TANTAS Y TANTAS PREGUNTAS, LA OVEJA DOYLE, SE PODRIAN HACER YA MISMO EN MASA UN PERSONAJE?, LA IDEA SE LLEVO A CABO EN UNA PELICULA,"LOS HIJOS DEL BRASIL, Y EL PERSONAJE A CLONAR ERA HITLER", Y AUN NO SE HABIA CLONADO A DOYLE, Y LO QUE NO SABREMOS...; EN FIN, ES PARA LEERLO, Y QUE LA FABULA TE DESPIERTE A UNA DURA REALIDAD, O ESPEREMOS, QUE NO, QUE SOLO SEA LA FABULA CON SU FINAL, Y SU MORALEJA, TAL VEZ DE DEMASIADO MIEDO A LAS CONSECUENCIAS SI ESTO NO ES ASI... DISFRUTALO

CAPITULO IX


Tras aquel día de absurdo y horror, Lenina consideró que se había ganado el derecho a
unas vacaciones completas y absolutas. En cuanto volvieron a la hospedería, se
administró seis tabletas de medio gramo de soma, se echó en la cama, y al cabo de diez
minutos se había embarcado hacia la eternidad lunar. Por lo menos tardaría dieciocho
horas en volver a la realidad.
Entretanto, Bernard yacía meditabundo y con los ojos abiertos en la oscuridad. No se
durmió hasta mucho después de la medianoche. Pero su insomnio no había sido estéril.
Tenía un plan.
Puntualmente, a la mañana siguiente, a las diez, el ochavón del uniforme verde se apeó
del helicóptero. Bernard le esperaba entre las pitas.
-Miss Crowne está de vacaciones de soma -explicó-. No estará de vuelta antes de las
cinco. Por tanto, tenemos siete horas para nosotros.
Podían volar a Santa Fe, realizar su proyecto y estar de vuelta en Malpaís mucho antes
de que Lenina despertara.
-¿Estará segura aquí? -preguntó.
-Segura como un helicóptero -le tranquilizó el ochavón.
Subieron al aparato y despegaron inmediatamente. A las diez y treinta y cuatro
aterrizaron en la azotea de la Oficina de Correos de Santa Fe; a las diez y treinta y siete
Bernard había logrado comunicación con el Despacho del Interventor Mundial, en
Whitehall; a las diez y treinta y nueve hablaba con el cuarto secretario particular; a las
diez y cuarenta y cuatro repetía su historia al primer secretario, y a las diez y cuarenta y
siete y medio, la voz grave, resonante, del propio Mustafá Mond sonó en sus oídos.
-He osado pensar -tartamudeó Bemard- que su Fordería podía juzgar el asunto de
suficiente interés científico...
-En efecto, juzgo el asunto de suficiente interés científico -dijo la voz profunda-.
Tráigase a esos dos individuos a Londres con usted.
-Su Fordería no ignora que necesitaré un permiso especial...
-En este momento -dijo Mustafá Mond- se están dando las órdenes necesarias al
Guardián de la Reserva.
Vaya usted inmediatamente al Despacho del Guardián. Buenos días, Mr. Marx.
Siguió un silencio. Bernard colgó el receptor y subió corriendo a la azotea.
El joven se hallaba ante la hospedería. -¡Bernard! -llamó-. ¡Bernard! No hubo respuesta.
Caminando silenciosamente sobre sus mocasines de piel de ciervo, subió corriendo la
escalera e intentó abrir la puerta. Pero estaba cerrada.
¡Se había marchado! Aquello era lo más terrible que le había ocurrido en su vida. La
muchacha le había invitado a ir a verles, y ahora se habían marchado. John se sentó en
un peldaño y lloró.
Media hora después se le ocurrió echar una ojeada por la ventana. Lo primero que vio
fue una maleta verde con las iniciales L. C. pintadas en la tapa. El júbilo se levantó en
su interior como una hoguera. Cogió una piedra. El cristal roto cayó estrepitosamente al
suelo. Un momento después, John se hallaba dentro del cuarto. Abrió la maleta verde; e
inmediatamente se encontró respirando el perfume de Lenina, llenándose los pulmones
con su ser esencial. El corazón le latía desbocadamente; por un momento, estuvo a
punto de desmayarse. Después, agachándose sobre la preciosa caja, la tocó, la levantó a
la luz, la examinó. Las cremalleras del otro par de pantalones cortos de Lenina, de pana
de viscosa, de momento le plantearon un problema que, una vez resuelto, le resultó una
delicia. ¡Zis!, y después izas!, izis!, v después izas! Estaba entusiasmado. Sus zapatillas
verdes eran lo más hermoso que había visto en toda su vida. Desplegó un par de
pantaloncillos interiores, se ruborizó y volvió a guardarlos inmediatamente; pero besó
un pañuelo de acetato perfumado y se puso una bufanda al cuello. Abriendo una caja,
levantó una nube de polvos perfumados. Las manos le quedaron enharinadas. Se las
limpió en el pecho, en los hombros, en los brazos desnudos. ¡Delicioso perfume! Cerró
los ojos y restregó la mejilla contra su brazo empolvado. Tacto de fina piel contra su
rostro, perfume en su nariz de polvos delicados... su presencia real.
-¡Lenina! -susurró-. ¡Lenina!
Un ruido lo sobresaltó; se volvió con expresión culpable. Guardó apresuradamente en la
maleta todo lo que había sacado de ella, y cerró la tapa; volvió a escuchar, mirando con
los ojos muy abiertos. Ni una sola señal de vida; ni un sonido. Y, sin embargo, estaba
seguro de haber oído algo, algo así como un suspiro, o como el crujir de una madera. Se
acercó de puntillas a la puerta, y, abriéndola con cautela, se encontró ante un vasto
descansillo. Al otro lado de la meseta había otra puerta, entornada. Se acercó a ella, la
empujó, y asomó la cabeza.
Allá, en una cama baja, con el cobertor bajado, vestida con un breve pijama de una sola
pieza, yacía Lenina, profundamente dormida y tan hermosa entre sus rizos, tan
conmovedoramente infantil con sus rosados dedos de los pies y su grave cara sumida en
el sueño, tan confiada en la indefensión de sus manos suaves y sus miembros relajados,
que las lágrimas acudieron a los ojos de John.
Con una infinidad de precauciones completamente innecesarias -por cuanto sólo un
disparo de pistola hubiera podido obligar a Lenina a volver de sus vacaciones de soma
antes de la hora fijada-, John entró en el cuarto, se arrodilló en el suelo, al lado de la
cama, miró, juntó las manos, y sus labios se movieron.
-Sus ojos -murmuró.
Sus ojos, sus cabellos, su mejilla, su andar, su voz;
los manejas en tu discurso;
ioh, esa mano a cuyo lado son los blancos tinta
cuyos propios reproches escribe; ante cuyo suave tacto
parece áspero el plumón de los cisnes... !
Una mosca revoloteaba cerca de ella; John la ahuyentó.
-Moscas -recordó.
En el milagro blanco de la mano de mi querida Julieta
pueden detenerse y robar gracia inmortal de sus labios,
que, en su pura modestia de vestal,
se sonrojan creyendo pecaminosos sus propios besos.
Muy lentamente, con el gesto vacilante de quien se dispone a acariciar un ave asustadiza
y posiblemente peligrosa, John avanzó una mano.
Ésta permaneció suspendida, temblorosa, a dos centímetros de aquellos dedos
inmóviles, al mismo borde del contacto. ¿Se atrevería? ¿Se atrevería a profanar con su
indignísima mano aquella ... ? No, no se atrevió. El ave era demasiado peligrosa. La
mano retrocedió, y cayó, lacia. ¡Cuán hermosa era Lenina! ¡Cuán bella!
Luego, de pronto, John se encontró pensando que le bastaría coger el tirador de la
cremallera, a la altura del cuello, y tirar de él hacia abajo, de un solo golpe... Cerró los
ojos y movió con fuerza la cabeza, como un perro que se sacude las orejas al salir del
agua. ¡Detestable pensamiento! John se sintió avergonzado de sí mismo. Pura modestia
de vestal ...
Oyóse un zumbido en el aire. ¿Otra mosca que pretendía robar gracias inmortales? ¿Una
avispa, acaso? John miró a su alrededor, y no vio nada. El zumbido fue en aumento, y
pronto resultó evidente que se oía en el exterior. ¡El helicóptero! Presa de pánico, John
saltó sobre sus pies y corrió al otro cuarto, saltó por la ventana abierta y corriendo por el
sendero que discurría entre las altas pitas llegó a tiempo de recibir a Bernard Marx en el
momento en que éste bajaba del helicóptero.



CAPITULO X


Las manecillas de los cuatro mil relojes eléctricos de las cuatro mil salas del Centro de
Blomsbury señalaban las dos y veintisiete minutos. La industriosa colmena, como el
director se complacía en llamarlo, se hallaba en plena fiebre de trabajo. Todo el mundo
estaba atareado, todo se movía ordenadamente. Bajo los microscopios, agitando
furiosamente sus largas colas, los espermatozoos penetraban de cabeza dentro de los
óvulos, y fertilizados, los óvulos crecían, se dividían, o bien, bokanovskificados,
echaban brotes y constituían poblaciones enteras de embriones. Desde la Sala de
Predestinación Social las cintas sin fin bajaban al sótano, y allá, en la penumbra
escarlata, calientes, cociéndose sobre su almohada de peritoneo y ahítos de sucedáneo
de la sangre y de hormonas, los fetos crecían, o bien, envenenados, languidecían hasta
convertirse en futuros Epsilones. Con un débil zumbido los estantes móviles reptaban
imperceptiblemente, semana tras semana, hacia donde, en la Sala de Decantación, los
niños recién desenfrascados exhalaban su primer gemido de horror y sorpresa.
Las dínamos jadeaban en el subsótano, y los ascensores subían y bajaban. En los once
pisos de las Guarderías era la hora de comer. Mil ochocientos niños, cuidadosamente
etiquetados, extraían, simultáneamente, de mil ochocientos biberones, su medio litro de
secreción externa pasteurizada.
Más arriba, en las diez plantas sucesivas destinadas a dormitorios, los niños y niñas que
todavía eran lo bastante pequeños para necesitar una siesta, se hallaban tan atareados
como todo el mundo, aunque ellos no lo sabían, escuchando inconscientemente las
lecciones hipnopédicas de higiene y sociabilidad, de conciencia de clases y de vida
erótica. Y más arriba aún, había las salas de juego, donde, por ser un día lluvioso,
novecientos niños un poco mayores se divertían jugando con ladrillos, modelando con
ladrillos, modelando con arcilla, o dedicándose a jugar al escondite o a los corrientes
juegos eróticos.
¡Zummm ... ! La colmena zumbaba, atareada, alegremente. ¡Alegres eran las canciones
que tarareaban las muchachas inclinadas sobre los tubos de ensayo! Los predestinadores
silboteaban mientras trabajaban, y en la Sala de Decantación se contaban chistes
estupendos por encima de los frascos vacíos. Pero el rostro del director, cuando entró en
la Sala de Fecundación con Henry Foster, aparecía grave, severo, petrificado.
-Un escarmiento público -decía-. Y en esta sala, porque en ella hay más trabajadores de
casta alta que en ninguna otra de las del Centro. Le he dicho que viniera a verme aquí a
las dos y media.
-Cumple su tarea admirablemente -dijo Henry, con hipócrita generosidad.
-Lo sé. Razón de más para mostrarme severo con él. Su eminencia intelectual entraña
las correspondientes responsabilidades morales. cuanto mayores son los talentos de un
hombre más grande es su poder de corromper a los demás. Y es mejor que sufra uno
solo a que se corrompan muchos. Considere el caso desapasionadamente, Mr. Foster, y
verá que no existe ofensa tan odiosa como la heterodoxia en el comportamiento. El
asesino sólo mata al individuo, y, al fin y al cabo, ¿qué es un individuo? -Con un amplio
ademán señaló las hileras de microscopios, los tubos de ensayo, las incubadoras-.
Podemos fabricar otro nuevo con la mayor facilidad; tantos como queramos. La
heterodoxia amenaza algo mucho más importante que la vida de un individuo; amenaza
a la propia Sociedad. Sí, a la propia Sociedad -repitió-. Pero, aquí viene.
Bernard había entrado en la sala y se acercaba a ellos pasando por entre las hileras de
fecundadores. Su expresión jactancioso, de confianza en sí mismo, apenas lograba
disimular su nerviosismo. La voz con que dijo: Buenos días, director sonó demasiado
fuerte, absurdamente alta; y cuando, para corregir su error, dijo: Me pidió usted que
acudiera aquí para hablarme, lo hizo con voz ridículamente débil.
-Sí, Mr. Marx -dijo el director enfáticamente-. Le pedí que acudiera a verme aquí.
Tengo entendido que regresó usted de sus vacaciones anoche.
-Sí -contestó Bernard.
-Ssssí -repitió el director, acentuando la s, en un silbido como de serpiente. Luego,
levantando súbitamente la voz, trompeteó-: Señoras y caballeros, señoras y caballeros.
El tarareo de las muchachas sobre sus tubos de ensayo y el silboteo abstraído de los
microscopistas cesaron súbitamente. Se hizo un silencio profundo; todos volvieron las
miradas hacia el grupo central.
-Señoras y caballeros -repitió el director-, discúlpenme si interrumpo sus tareas. Un
doloroso deber me obliga a ello. La seguridad y la estabilidad de la Sociedad se hallan
en peligro. Sí, en peligro, señoras y caballeros. Este hombre -y señaló acusadoramente a
Bernard-, este hombre que se encuentra ante ustedes, este Alfa-Más a quien tanto le fue
dado, y de quien, en consecuencia, tanto cabía esperar, este colega de ustedes, o mejor,
acaso este que fue colega de ustedes, ha traicionado burdamente la confianza que
pusimos en él. Con sus opiniones heréticas sobre el deporte y el soma, con la
escandalosa heterodoxia de su vida sexual, con su negativa a obedecer las enseñanzas de
Nuestro Ford y a comportarse fuera de las horas de trabajo como un bebé en su frasco -y
al llegar a este punto el director hizo la señal de la T- se ha revelado como un enemigo
de la Sociedad, un elemento subversivo, señoras y caballeros. Contra el Orden y la
Estabilidad, un conspirador contra la misma Civilización. Por esta razón me propongo
despedirle, despedirle con ignominia del cargo que hasta ahora ha venido ejerciendo en
este Centro; y me propongo asimismo solicitar su transferencia a un Subcentro del
orden más bajo, y, para que su castigo sirva a los mejores intereses de la sociedad, tan
alejado como sea posible de cualquier Centro importante de población. En Islandia
tendrá pocas oportunidades de corromper a otros con su ejemplo antifordiano -el
director hizo una pausa; después, cruzando los brazos, se volvió solemnemente hacia
Bernard-. Marx -dijo-, ¿puede usted alegar alguna razón por la cual yo no deba ejecutar
el castigo que le he impuesto?
-Sí, puedo -contestó Bernard, en voz alta. -Diga cuál es, entonces -dijo el director, un
tanto asombrado, pero sin perder la dignidad majestuosa de su actitud.
-No sólo la diré, sino que la exhibiré. Pero está en el pasillo. Un momento. -Bernard se
acercó rápidamente a la puerta y la abrió bruscamente-. Entre -ordenó.
Y la razón alegada entró y se hizo visible.
Se produjo un sobresalto, una suspensión del aliento de todos los presentes y, después,
un murmullo de asombro y de horror; una chica joven chilló; estaba de pie encima de
una silla para ver mejor, y, al vacilar, derramó dos tubos de ensayo llenos de
espermatozoos. Abotagado, hinchado, entre aquellos cuerpos juveniles y firmes y
aquellos rostros correctos, un monstruo de mediana edad, extraño y terrorífico, Linda,
entró en la sala, sonriendo picaronamente con su sonrisa rota y descolorida, y moviendo
sus enormes caderas en lo que pretendía ser una ondulación voluptuosa. Bernard andaba
a su lado.
-Aquí está -dijo Bernard, señalando al director.
-¿Cree que no lo habría reconocido? -preguntó Linda, irritada; después, volviéndose
hacia el director, agregó-: Claro que te reconocí, Tomakín; te hubiese reconocido en
cualquier sitio, entre un millar de personas. Pero tal vez tú me habrás olvidado. ¿No te
acuerdas? ¿No, Tomakín? Soy tu Linda. -Linda lo miraba con la cabeza ladeada,
sonriendo todavía, pero con una sonrisa que progresivamente, ante la expresión de
disgusto petrificado del director, fue perdiendo confianza hasta desaparecer del todo-.
¿No te acuerdas de mí, Tomakín? -repitió Linda, con voz temblorosa. Sus ojos
aparecían ansiosos, agónicos. El rostro abotagado se deformó en una mueca de intenso
dolor-. ¡Tomakín!
Linda le tendió los brazos. Algunos empezaron a reír por lo bajo.
-¿Qué significa -empezó el director- esta monstruosa ... ?
-¡Tomakín!
Linda corrió hacia delante, arrastrando tras de sí su manta, arrojó los brazos al cuello del
director y ocultó el rostro en su pecho.
Levantóse una incontenible oleada de carcajadas.
-¿... esta monstruosa broma de mal gusto? -gritó el director.
Con el rostro encendido, intentó desasirse del abrazo de la mujer, que se aferraba a él
desesperadamente.
-¡Pero si soy Linda, soy Linda! -las risas ahogaron su voz-. ¡Me hiciste un crío! -chilló
Linda, por encima del rugir de las carcajadas.
Hubo un siseo súbito, de asombro; los ojos vagaban incómodamente, sin saber adónde
mirar. El director palideció súbitamente, dejó de luchar, y, todavía con las manos en las
muñecas de Linda, se quedó mirándola a la cara, horrorizado.
-Sí, un crío.... y yo fui su madre.
Linda lanzó aquella obscenidad como un reto en el silencio ultrajado; después,
separándose bruscamente de él, abochornada, se cubrió la cara con las manos,
sollozando.
-No fue mía la culpa, Tomakín. Porque yo siempre hice mis ejercicios, ¿no es verdad?
¿No es verdad?
Siempre... No comprendo cómo... ¡Si tú supieras cuán horrible fue, Tomakín ... ! A
pesar de todo, el niño fue un consuelo para mí. -Y, volviéndose hacia la puerta, llamó-:
¡John!
John entró inmediatamente, hizo una breve pausa en el umbral, miró a su alrededor, y
después, corriendo silenciosamente sobre sus mocasines de piel de ciervo, cayó de
rodillas a los pies del director y dijo en voz muy clara:
-¡Padre!
Esta palabra (porque la voz padre, que no implicaba relación directa con el desvío moral
que extrañaba el hecho de alumbrar un hijo, no era tan obscena como grosera; era una
incorrección más escatológica que pornográfica), la cómica suciedad de esta palabra
alivió la tensión, que había llegado a hacerse insoportable.
Las carcajadas estallaron, estruendosas, casi histéricas, encadenadas, como si no
debieran cesar nunca. ¡Padre! ¡Y era el director! ¡Padre! ¡Oh, Ford! Era algo estupendo.
Las risas se sucedían, los rostros parecían a punto de desintegrarse, y hasta los ojos se
cubrían de lágrimas. Otros seis tubos de ensayo llenos de espermatozoos fueron
derribados. ¡Padre!
Pálido, con los ojos fuera de sus órbitas, el director miraba a su alrededor en una agonía
de humillación enloquecedora.
¡Padre! Las carcajadas, que habían dado muestras de desfallecer, estallaron más fuertes
que nunca. El director se tapó los oídos con ambas manos y abandonó corriendo la sala.



CAPITULO XI


Después de la escena que había tenido lugar en la Sala de Fecundación, todos los
londinenses de castas superiores se morían por aquella deliciosa criatura que había caído
de rodillas ante el director de Incubación y Condicionamiento -o, mejor dicho, ante el
ex-director, porque el pobre hombre había dimitido inmediatamente y no había vuelto a
poner los pies en el Centro- y le había llamado (¡el chiste era casi demasiado bueno para
ser cierto!) padre.
Linda, por el contrario, no tenía el menor éxito; nadie tenía el menor deseo de ver a
Linda. Decir que una era madre era algo peor que un chiste: era una obscenidad.
Además, Linda no era una salvaje auténtica; había sido incubada en un frasco y
condicionada como todo el mundo, de modo que no podía tener ideas completamente
extravagantes. Finalmente -y ésta era la razón más poderosa por la cual la gente no
deseaba ver a la pobre Linda-, había la cuestión de su aspecto. Era gorda; había perdido
su juventud; tenía los dientes estropeados y el rostro abotagado. ¡Y aquel rostro! ¡Oh,
Ford! No se la podía mirar sin sentir mareos, auténticos mareos. Por eso las personas
distinguidas estaban completamente decididas a no ver a Linda. Y Linda, por su parte,
no tenía el menor deseo de verlas. El retorno a la civilización fue, para ella, el retorno al
soma, la posibilidad de yacer en cama y tomarse vacaciones tras vacaciones, sin tener
que volver de ellas con jaqueca o vómitos, sin tener que sentirse como se sentía siempre
después de tomar peyotl, como si hubiese hecho algo tan vergonzosamente antisocial
que nunca más había de poder llevar ya la cabeza alta.
El soma no gastaba tales jugarretas. Las vacaciones que proporcionaba eran perfectas, y
si la mañana siguiente resultaba desagradable, sólo era por comparación con el gozo de
la víspera. La solución era fácil: perpetuar aquellas vacaciones. Glotonamente, Linda
exigía cada vez dosis más elevadas y más frecuentes.
Al principio, el doctor Shaw ponía objeciones; después le concedió todo el soma que
quisiera. Linda llegaba a tomar hasta veinte gramos diarios.
-Lo cual acabará con ella en un mes o dos -confió el doctor a Bernard-. El día menos
pensado el centro respiratorio se paralizará. Dejará de respirar. Morirá. Y no me parece
mal. Si pudiéramos rejuvenecerla, la cosa sería distinta. Pero no podemos.
Cosa sorprendente, en opinión de todos (porque cuando estaba bajo la influencia del
soma, Linda dejaba de ser un estorbo), John puso objeciones.
-Pero ¿no le acorta usted la vida dándole tanto soma?
-En cierto sentido, sí -reconoció el doctor Shaw-. Pero, según como lo mire, se la
alargamos.
El joven lo miró sin comprenderle.
-El soma puede hacernos perder algunos años de vida temporal -explicó el doctor-. Pero
piense en la duración inmensa, enorme, de la vida que nos concede fuera del tiempo.
Cada una de vuestras vacaciones de soma es un poco lo que nuestros antepasados
llamaban eternidad.
John empezaba a comprender.
-La eternidad estaba en nuestros labios y nuestros ojos -murmuró.
-¿Cómo?
-Nada.
-Desde luego -prosiguió el doctor Shaw-, no podemos permitir que la gente se nos
marche a la eternidad a cada momento si tiene algún trabajo serio que hacer. Pero como
Linda no tiene ningún trabajo serio...
-Sin embargo -insistió John-, no me parece justo.
El doctor se encogió de hombros.
-Bueno, si usted prefiere que esté chillando como una loca todo el tiempo...
Al fin, John se vio obligado a ceder. Linda consiguió el soma que deseaba. A partir de
entonces permaneció en su cuartito de la planta treinta y siete de la casa de
apartamentos de Bernard, en cama, con la radio y la televisión constantemente en
marcha, el grifo de pachulí goteando, y las tabletas de soma al alcance de la mano; allá
permaneció, y, sin embargo, no estaba allá, en absoluto; estaba siempre fuera,
infinitamente lejos, de vacaciones; de vacaciones en algún otro mundo, donde la música
de la radio era un laberinto de colores sonoros, un laberinto deslizante, palpitante, que
conducía (a través de unos recodos inevitables, hermosos) a un centro brillante de
convicción absoluta; un mundo en el cual las imágenes danzantes de la televisión eran
los actores de un sensorama cantado, indescriptiblemente delicioso; donde el pachulí
que goteaba era algo más que un perfume: era el sol, era un millón de saxofones, era
Popé haciendo el amor, y mucho más aún, incomparablemente más, y sin fin...
-No, no podemos rejuvenecer. Pero me alegro mucho de haber tenido esta oportunidad
de ver un caso de senilidad del ser humano -concluyó el doctor Shaw-. Gracias por
haberme llamado.
Y estrechó calurosamente la mano de Bernard.
Por consiguiente, era John a quien todos buscaban. Y como a John sólo cabía verle a
través de Bernard, su guardián oficial, Bernard se vio tratado por primera vez en su vida
no sólo normalmente, sino como una persona de importancia sobresaliente.
Ya no se hablaba de alcohol en su sucedáneo de la sangre, ni se lanzaban pullas a
propósito de su aspecto físico.
-Bernard me ha invitado a ir a ver al Salvaje el próximo miércoles -anunció Fanny
triunfalmente.
-Lo celebro -dijo Lenína-. Y ahora, reconoce que estabas equivocada en cuanto a
Bernard. ¿No lo encuentras simpatiquísimo?
Fanny asintió con la cabeza.
-Y debo confesar -agregó- que me llevé una sorpresa muy agradable.
El Envasador Jefe, el director de Predestinación, tres Delegados Auxiliares de
Fecundación, el Profesor de Sensoramas del Colegio de Ingeniería Emocional, el Deán
de la Cantoría Comunal de Westminster, el Supervisor de Bokanovskificación... La lista
de personajes que frecuentaba a Bernard era interminable.
-Y la semana pasada fui con seis chicas -confió Bernard a Helmholtz Watson-. Una el
lunes, dos el martes, otras dos el viernes y una el sábado. Y si hubiese tenido tiempo o
ganas, había al menos una docena más de ellas que sólo estaban deseando...
Helmholtz escuchaba sus jactancias en un silencio tan sombrío y desaprobador, que
Bernard se sintió ofendido.
-Me envidias -dijo.
Helmholtz denegó con la cabeza.
-No, pero estoy muy triste; esto es todo -contestó.
Bernard se marchó irritado, y se dijo que no volvería a dirigir la palabra a Helmholtz.
Pasaron los días. El éxito se le subió a Bernard a la cabeza y le reconcilió casi
completamente (como lo hubiese conseguido cualquier otro intoxicante) con un mundo
que, hasta entonces, había juzgado poco satisfactorio. Desde el momento en que le
reconocía a él como un ser importante, el orden de cosas era bueno. Pero, aun
reconciliado con él por el éxito. Bernard se negaba a renunciar al privilegio de criticar
este orden. Porque el hecho de ejercer la crítica aumentaba la sensación de su propia
importancia, le hacía sentirse más grande. Además, creía de verdad que había cosas
criticables. (Al mismo tiempo, gozaba de veras de su éxito y del hecho de poder
conseguir todas las chicas que deseaba.) En presencia de quienes, con vistas al Salvaje,
le hacían la corte, Bernard hacía una asquerosa exhibición de heterodoxia. Todos le
escuchaban cortésmente. Pero, a sus espaldas, la gente movía la cabeza. Este joven
acabará mal, decían, y formulaban esta profecía confiadamente porque se proponían
poner todo de su parte para que se cumpliera. La próxima vez no encontrará otro Salvaje
que lo salve por los pelos, decían. Pero, por el momento, había el primer Salvaje; valía
la pena mostrarse corteses con Bernard.
-Más liviano que el aire -dijo Bernard, señalando hacia arriba.
Como una perla en el cielo, alto, muy alto por encima de ellos, el globo cautivo del
Departamento Meteorológico brillaba, rosado, a la luz del sol.
... es preciso mostrar a dicho Salvaje la vida civilizada en todos sus aspectos, decían las
instrucciones de Bernard.
En aquel momento le estaba enseñando una vista panorámica de la misma, desde la
plataforma de la Torre de Charing-T. El Jefe de la Estación y el Meteorólogo Residente
actuaban en calidad de guías. Pero Bernard llevaba casi todo el peso de la conversación.
Embriagado, se comportaba exactamente igual que si hubiese sido, como mínimo, un
Interventor Mundial en visita. Más liviano que el aire.
El Cohete Verde de Bombay cayó del cielo. Los pasajeros se apearon. Ocho mellizos
dravídicos idénticos, vestidos de color caqui, asomaron por las ocho portillas de la
cabina: los camareros.
-Mil doscientos cincuenta kilómetros por hora -dijo solemnemente el Jefe de la
Estación-. ¿Qué le parece, Mr. Salvaje?
John lo encontró magnífico.
-Sin embargo -dijo- Ariel podía poner un cinturón a la tierra en cuarenta minutos.
El Salvaje -escribió Bernard en su informe a Mustafá Mond- muestra,
sorprendentemente, escaso asombro o terror ante los inventos de la civilización. Ello se
debe en parte, sin duda, al hecho de que había oído hablar de ellos a esa mujer llamada
Linda, su m ...
Mustafá frunció el ceño. ¿Creerá ese imbécil que soy demasiado ñoño para no poder ver
escrita la palabra entera?
En parte porque su interés se halla concentrado en lo que él llama "el alma", que insiste
en considerar como algo enteramente independiente del ambiente físico; por
consiguiente, cuando intenté señalarle que ...
El Interventor se saltó las frases siguientes, y cuando se disponía a volver la hoja en
busca de algo más interesante y concreto, sus miradas fueron atraídas por una serie de
frases completamente extraordinarias.
... aunque debo reconocer -leyó- que estoy de acuerdo con el Salvaje en juzgar el
infantilismo civilizado demasiado fácil o, como dice él, no lo bastante costoso; y
quisiera aprovechar esta oportunidad para llamar la atención de Su Fordería hacia ...
La ira de Mustafá Mond cedió el paso casi inmediatamente al buen humor. La idea de
que aquel individuo pretendiera solemnemente darle lecciones a él -a él- sobre el orden
social, era realmente demasiado grotesca. El pobre tipo debía de haberse vuelto loco.
Tengo que darle una buena lección, se dijo; después echó la cabeza hacia atrás y soltó
una fuerte carcajada. Por el momento, en todo caso, la lección podía esperar.
Se trataba de una pequeña fábrica de alumbrado para helicópteros, filial de la Sociedad
de Equipos Eléctricos. Les recibieron en la misma azotea (porque los efectos de la
circular de recomendación del Interventor eran mágicos) el Jefe Técnico y el Director
de Elementos Humanos bajaron a la fábrica.
-Cada proceso de fabricación -explicó el director de Elementos Humanos- es confiado,
dentro de lo posible, a miembros de un mismo Grupo de Bokanovsky.
Y, en efecto, ochenta y tres Deltas braquicéfalos, negros y casi desprovistos de nariz, se
hallaban trabajando en el estampado en frío. Los cincuenta y seis tornos y mandriles de
cuatro brocas eran manejados por cincuenta y seis Gammas aguileños, color de jengibre.
En la fundición trabajaban ciento siete Epsilones senegaleses especialmente
condicionados para soportar el calor. Treinta y tres Deltas hembras, de cabeza alargada,
rubias, de pelvis estrecha, y todas ellas de un metro sesenta y nueve centímetros de
estatura, con diferencias máximas de veinte milímetros, cortaban tornillos. En la sala de
montajes las dínamos eran acopladas por dos grupos de enanos Gamma-Más. Los dos
bancos de trabajo, alargados, estaban situados uno frente al otro; entre ambos reptaba la
cinta sin fin con su carga de piezas sueltas; cuarenta y siete cabezas rubias se alineaban
frente a cuarenta y siete cabezas morenas. Cuarenta y siete machos frente a cuarenta y
siete narigudos; cuarenta y siete mentones escurridos frente a cuarenta y siete mentones
salientes. Los aparatos, una vez acoplados, eran inspeccionados por dieciocho
muchachas idénticas, de pelo castaño rizado, vestidas del color verde de los Gammas,
embalados en canastas por cuarenta y cuatro Delta-Menos pernicortos y zurdos, y
cargados en los camiones y carros por sesenta y tres Epsilones semienanos, de ojos
azules, pelirrojos y pecosos.
-¡Oh maravilloso nuevo mundo ... !
Por una especie de chanza de su memoria, el Salvaje se encontró repitiendo las palabras
de Miranda:
-¡Oh maravilloso nuevo mundo que alberga a tales seres!
-Y le aseguro -concluyó el director de Elementos Humanos, cuando salían de los talleres
que apenas tenemos problema alguno con nuestros obreros. Siempre encontramos...
Pero el Salvaje, súbitamente, se había separado de sus acompañantes y, oculto tras un
macizo de laureles, estaba sufriendo violentas arcadas, como si la tierra firme hubiese
sido un helicóptero con una bolsa de aire.
En Eton, aterrizaron en la azotea de la Escuela Superior. Al otro lado del Patio de la
Escuela, los cincuenta y dos pisos de la Torre de Lupton destellaban al sol. La
Universidad a la izquierda y la Cantoría Comunal de la Escuela a la derecha, levantaban
su venerable cúmulo de cemento armado y vita-cristal. En el centro del espacio
cuadrangular se erguía la antigua estatua de acero cromado de Nuestro Ford.
El doctor Gaffney, el Preboste, y Miss Keate, la Maestra Jefe, les recibieron al bajar del
aparato.
-¿Tienen aquí muchos mellizos? -preguntó el Salvaje, con aprensión, en cuanto
empezaron la vuelta de inspección.
-¡Oh, no! -contestó el Preboste-. Eton está reservado exclusivamente para los
muchachos y muchachas de las clases más altas. Un óvulo, un adulto. Desde luego, ello
hace más difícil la instrucción. Pero como los alumnos están destinados a tomar sobre sí
graves responsabilidades y a enfrentarse con contingencias inesperadas, no hay más
remedio.
Y suspiró.
Bernard, entretanto, iniciaba la conquista de Miss Keate.
-Si está usted libre algún lunes, miércoles -a viernes por la noche -le decía-, puede venir
a mi casa. -Y, señalando con el pulgar al Salvaje, añadió-: Es un tipo curioso, ¿sabe
usted? Estrafalario.
Miss Keate sonrió (y su sonrisa le pareció a Bernard realmente encantadora).
-Gracias -dijo-. Me encantará asistir a una de sus fiestas.
El Preboste abrió la puerta.
Cinco minutos en el aula de los Alfa-Doble Más dejaron a John un tanto confuso.
-¿Qué es la relatividad elemental? -susurró a Bernard.
Bernard intentó explicárselo, pero, cambiando de opinión, sugirió que pasaran a otra
aula.
Tras de una puerta del corredor que conducía al aula de Geografía de los Beta-Menos,
una voz de soprano, muy sonora, decía:
-Uno, dos, tres, cuatro. -Y después, con irritación fatigada-: Como antes.
-Ejercicios malthusianos -explicó la Maestra Jefe-. La mayoría de nuestras muchachas
son hermafroditas, desde luego. Yo lo soy también. -Sonrió a Bernard-. Pero tenemos a
unas ochocientas alumnas no esterilizadas que necesitan ejercicios constantes.
En el aula de Geografía de los Beta-Menos, John se enteró de que una Reserva para
Salvajes es un lugar que, debido a sus condiciones climáticas o geológicas
desfavorables, o por su pobreza en recursos naturales, no ha merecido la pena civilizar.
Un breve chasquido, y de pronto el aula quedó a oscuras; en la pantalla situada encima
de la cabeza del profesor, aparecieron los Penitentes de Acoma postrándose ante
Nuestra Señora, gimiendo como John les había oído gemir, confesando sus pecados ante
Jesús crucificado o ante la imagen del águila de Pukong. Los jóvenes etonianos reían
estruendosamente. Sin dejar de gemir, los Penitentes se levantaron, se desnudaron hasta
la cintura, y con látigos de nudos, empezaron a azotarse. Las carcajadas, más sonoras
todavía, llegaron a ahogar los gemidos de los Penitentes.
-Pero ¿por qué se ríen? -preguntó el Salvaje, dolido y asombrado a un tiempo.
-¿Por qué? -El Preboste volvió hacia él el rostro, en el que todavía retozaba una ancha
sonrisa-. ¿Por qué? Pues... porque resulta extraordinariamente gracioso.
En la penumbra cinematográfica, Bernard aventuró un gesto que, en el pasado, ni
siquiera en las más absolutas tinieblas hubiese osado intentar. Fortalecido por su nueva
sensación de importancia, pasó un brazo por la cintura de la Maestra Jefe. La cintura
cedió a su abrazo, doblándose como un junco. Bernard se disponía a esbozar un beso o
dos, o quizás un pellizco, cuando se hizo de nuevo la luz.
-Tal vez será mejor que sigamos -dijo Miss Keatte.
Y se dirigió hacia la puerta.
Un momento más tarde, el Preboste dijo:
-Ésta es la sala de Control Hipnopédico.
Cientos de aparatos de música sintética, uno para cada dormitorio, aparecían alineados
en estantes colocados en tres de los lados de la sala; en la cuarta pared se hallaban los
agujeros donde debían colocarse los rollos de pista sonora en los que se imprimían las
diversas lecciones hipnopédicas.
-Basta colocar el rollo aquí -explicó Bernard, interrumpiendo al doctor Gaffney-, pulsar
este botón...
-No, este otro -le corrigió el Preboste, irritado.
-O este otro, da igual. El rollo se va desenrollando. Las células de selenio transforman
los impulsos luminosos en ondas sonoras, y...
-Y ya está -concluyó el doctor Gaffney.
-¿Leen a Shakespeare? -preguntó el Salvaje mientras se dirigían hacia los laboratorios
Bioquímicos, al pasar por delante de la Biblioteca de la Escuela
-Claro que no -dijo la Maestra Jefe, sonrojándose.
-Nuestra Biblioteca -explicó el doctor Gaffney- contiene sólo libros de referencia. Si
nuestros jóvenes necesitan distracción pueden ir al sensorama. Por principio, no los
animamos a dedicarse a diversiones solitarias.
Cinco autocares llenos de muchachos y muchachas que cantaban o permanecían
silenciosamente abrazados pasaron por su lado, por la pista vitrificada.
-Vuelven del Crematorio de Slough -explicó el doctor Gaffney, mientras Bernard, en
susurros, se citaba con la Maestra Jefe para aquella misma noche-. El condicionamiento
ante la muerte empieza a los dieciocho meses. Todo crío pasa dos mañanas cada semana
en un Hospital de Moribundos. En estos hospitales encuentran los mejores juguetes, y se
les obsequia con helado de chocolate los días que hay defunción. Así aprenden a aceptar
la muerte como algo completamente corriente.
-Como cualquier otro proceso fisiológico -exclamó la Maestra Jefe, profesionalmente.
Ya estaba decidido: a las ocho en el Savoy.
De vuelta a Londres, se detuvieron en la fábrica de la Sociedad de Televisión de
Brentford.
-¿Te importa esperarme aquí mientras voy a telefonear? -preguntó Bernard.
El Salvaje esperó, sin dejar de mirar a su alrededor. En aquel momento cesaba en su
trabajo el Turno Diurno Principal. Una muchedumbre de obreros de casta inferior
formaban cola ante la estación del monorraíl: setecientos u ochocientos Gammas, Deltas
y Epsilones, hombres y mujeres, entre los cuales sólo había una docena de rostros y de
estaturas diferentes. A cada uno de ellos, junto con el billete, el cobrador le entregaba
una cajita de píldoras. El largo ciempiés humano avanzaba lentamente.
Recordando El mercader de Venecia, el Salvaje preguntó a Bernard, cuando éste se le
reunió:
-¿Qué hay en esas cajitas?
-La ración diaria de soma Contesto Bernard, un tanto confusamente, porque en aquel
momento masticaba una pastilla de goma de mascar de las que le había regalado Benito
Hoover-. Se las dan cuando han terminado su trabajo cotidiano. Cuatro tabletas de
medio gramo. Y seis los sábados.
Cogió afectuosamente del brazo a John, y así, juntos, se dirigieron hacia el helicóptero.
Lenina entró canturreando en el Vestuario.
-Pareces encantada de la vida -dijo Fanny. -Lo estoy -contestó Lenina. ¡Zas!-. Bernard
me llamó hace media hora-. ¡Zas! ¡Zas! Se quitó los pantalones cortos-. Tiene un
compromiso inesperado. -¡Zas!-. Me ha preguntado si esta noche quiero llevar al
Salvaje al sensorama. Debo darme prisa.
Y se dirigió corriendo hacia el baño.
Es una chica con suerte, se dijo Fanny, viéndola alejarse.
El Segundo Secretario del Interventor Mundial Residente la había invitado a cenar y a
desayunar. Lenina había pasado un fin de semana con el Ford Juez Supremo, y otro con
el Archiduque Comunal de Canterbury. El Presidente de la Sociedad de Secreciones
Internas y Externas la llamaba constantemente por teléfono, y Lenina había ido a
Deauville con el Gobernador-Diputado del Banco de Europa.
-Es maravilloso, desde luego. Y, sin embargo, en cierto modo -había confesado Lenina
a Fanny- tengo la sensación de conseguir todo esto haciendo trampa. Porque,
naturalmente, lo primero que quieren saber todos es qué tal resulta hacer el amor con un
Salvaje. Y tengo que decirles que no lo sé. -Lenina movió la cabeza-. La mayoría de
ellos no me creen, desde luego. Pero es la pura verdad. Ojalá no lo fuera -agregó,
tristemente; y suspiró-. Es guapísimo, ¿no te parece?
-Pero ¿es que no le gustas? -preguntó Fanny. -A veces creo que sí, y otras creo que no.
Siempre procura evitarme; sale de su estancia cuando yo entro en ella; no quiere
tocarme; ni siquiera mirarme. Pero a veces me vuelvo súbitamente, y lo pillo
mirándome; y entonces..., bueno, ya sabes cómo te miran los hombres cuando les
gustas.
Sí, Fanny lo sabía.
-No llego a entenderlo -dijo Lenina.
No lo entendía, y ello no sólo la turbaba, sino que la trastornaba profundamente.
-Porque, ¿sabes, Fanny?, me gusta mucho.
Le gustaba cada vez más. Bueno, hoy se me ofrece una excelente ocasión, pensaba,
mientras se perfumaba, después del baño. Unas gotas más de perfume; un poco más.
Una ocasión excelente. Su buen humor se vertió en una canción:
Abrázame hasta embriagarme de amor,
bésame hasta dejarme en coma;
abrázame, amor, arrímate a mí;
el amor es tan bueno como el soma.
Arrellanados en sus butacas neumáticas, Lenina y el Salvaje, olían y escuchaban. Hasta
que llegó el momento de ver y palpar también.
Las luces se apagaron; y en las tinieblas surgieron unas letras llameantes, sólidas, que
parecían flotar en el aire. Tres semanas en helicóptero. Un film sensible, supercantado,
hablado sintéticamente, en color y estereoscópico, con acompañamiento sincronizado de
órgano de perfumes.
-Agarra esos pomos metálicos de los brazos de tu butaca -susurró Lenina-. De lo
contrario no notarás los efectos táctiles.
El salvaje obedeció sus instrucciones.
Entretanto, las letras llameantes habían desaparecido; siguieron diez segundos de
oscuridad total; después, súbitamente, cegadoras e incomparablemente más reales de lo
que hubiesen podido parecer de haber sido de carne y hueso, más reales que la misma
realidad, aparecieron las imágenes estereoscópicas, abrazadas, de un negro gigantesco y
una hembra Beta-Más rubia y braquicéfala.
El Salvaje se sobresaltó. ¡Aquella sensación en sus propios labios! Se llevó una mano a
la boca; las cosquillas cesaron; volvió a poner la mano izquierda en el pomo metálico y
volvió a sentirlas. Entretanto, el órgano de perfumes, exhalaba almizcle puro. Agónica,
una superpaloma zureaba en la pista sonora: ¡Oh..., oooh ... ! Y, vibrando a sólo treinta
y dos veces por segundo, una voz más grave que el bajo africano contestaba: ¡Ah...,
aaah! ¡Oh, oooh! ¡Ah..., aaah!, los labios estereoscópicos se unieron nuevamente, y una
vez más las zonas erógenas faciales de los seis mil espectadores del Alhambra se
estremecieron con un placer galvánico casi intolerable. ¡Ohhh ... !
El argumento de la cinta era sumamente sencillo. Pocos minutos después de los
primeros -Ooooh y Aaaah (tras el canto de un dúo y una escena de amor en la famosa
piel de oso, cada uno de cuyos pelos -el Predestinador Ayudante tenía toda la razónpodía
palparse separadamente), el negro sufría un accidente de helicóptero y caía de
cabeza. ¡Plas! ¡Oué golpe en la frente! Un coro de ayes se levantó del público.
El golpe hizo añicos todo el condicionamiento del negro, quien sentía a partir de aquel
momento una pasión exclusiva y demente por la rubia Beta. La muchacha protestaba. Él
insistía. Había luchas, persecuciones, un ataque a un rival, y, finalmente, un rapto
sensacional. La Beta rubia era arrebatada por los aires y debía pasar tres semanas
suspendida en el cielo, en un tête-à-tête completamente antisocial con el negro loco.
Finalmente, tras un sinfín de aventuras y de acrobacias aéreas, tres guapos jóvenes Alfas
lograban rescatarla. El negro era enviado a un Centro de Recondicionamiento de
Adultos, y la cinta terminaba feliz y decentemente cuando la Beta rubia se convertía en
la amante de sus tres salvadores. Después la alfombra de piel de oso hacía su aparición
final y, entre el estridor de los saxofones, el último beso estereoscópico se desvanecía en
la oscuridad y la última titilación eléctrica moría en los labios como una mosca
moribunda que se estremece una y otra vez, cada vez más débilmente, hasta que al fin se
inmoviliza definitivamente.
Pero, en Lenina, la mosca no murió del todo. Aun después de encendidas las luces,
mientras se dirigían con la muchedumbre, arrastrando los pies, hacia los ascensores, su
fantasma seguía cosquilleándole en los labios, seguía trazando surcos estremecidos de
ansiedad y placer en su piel. Sus mejillas estaban arreboladas, sus ojos brillaban, y
respiraban afanosamente. Lenina cogió el brazo del Salvaje y lo apretó contra su
costado. El Salvaje la miró un momento, pálido, dolorido, lleno de deseo y al mismo
tiempo avergonzado de su propio deseo. Él no era digno, no...
Los ojos de Lenina y los del Salvaje coincidieron un instante. ¡Qué tesoros prometían
los de ella! El Salvaje se apresuró a desviar los suyos, y soltó el brazo que ella le
sujetaba.
-Creo que no deberías ver cosas como ésas -dijo al fin el muchacho, apresurándose a
atribuir a las circunstancias ambientales todo reproche por cualquier pasado o futuro
fallo en la perfección de Lenina.
-¿Cosas como qué, John?
-Como esa horrible película.
-¿Horrible? -Lenina estaba sinceramente asombrada-. Yo la he encontrado estupenda.
-Era abyecto -dijo el Salvaje, indignado-, innoble...
-No te entiendo -contestó Lenina.
¿Por qué era tan raro? ¿Por qué se empeñaba en estropearlo todo?
En el taxicóptero, el Salvaje apenas la miró. Atado por unos poderosos votos que jamás
habían sido pronunciados, obedeciendo a leyes que habían prescrito desde hacía
muchísimo tiempo, permanecía sentado, en silencio, con el rostro vuelto hacia otra
parte. De vez en cuando, como si un dedo pulsara una cuerda tensa, a punto de
romperse, todo su cuerpo se estremecía en un súbito sobresalto nervioso.
El taxicóptero aterrizó en la azotea de la casa de Lenina. Al fin -pensó ésta, llena de
exultación, al apearse-. Al fin. A pesar de que hasta aquel momento el Salvaje se había
comportado de manera muy extraña. De pie bajo un farol, Lenina se miró en el espejo
de mano. Al fin. Sí, la nariz le brillaba un poco. Sacudió los polvos de su borla.
Mientras el Salvaje pagaba el taxi tendría tiempo de arreglarse. Lenina se empolvó la
nariz, pensando: Es guapísimo. No tiene por qué ser tímido como Bemard... Y sin
embargo... Cualquier otro ya lo hubiese hecho hace tiempo. Pero ahora, al fin ... El
fragmento de su rostro que se reflejaba en el espejito redondo le sonrió.
-Buenas noches -dijo una voz ahogada detrás de ella.
Lenina se volvió en redondo. El Salvaje se hallaba de pie en la puerta del taxi,
mirándola fijamente; era evidente que no había cesado de mirarla todo el rato, mientras
ella se empolvaba, esperando -pero, ¿a qué?-, o vacilando, esforzándose por decidirse, y
pensando todo el rato, pensando... Lenina no podía imaginar qué clase de extraños
pensamientos.
-Buenas noches, Lenina -repitió el Salvaje. -Pero, John... Creí que ibas a... Quiero decir
que, ¿no vas a ...?
El Salvaje cerró la puerta y se inclinó para decir algo al piloto. El taxicóptero despegó.
Mirando hacia abajo por la ventanilla practicada en el suelo, del aparato, el Salvaje vio
la cara de Lenina, levantada hacia arriba, pálida a la luz azulada de los faroles. Con la
boca abierta, lo llamaba. Su figura, achaparrado por la perspectiva, se perdió en la
distancia; el cuadro de la azotea, cada vez más pequeño, parecía hundirse en un océano
de tinieblas.
Cinco minutos después, el Salvaje estaba en su habitación. Sacó de su escondrijo el
libro roído por los ratones, volvió con cuidado religioso sus páginas manchadas y
arrugadas, y empezó a leer Otelo. Recordaba que Otelo, como el protagonista de Tres
semanas en helicóptero, era un negro.



CAPITULO XII


Bernard tuvo que gritar a través de la puerta cerrada; el Salvaje se negaba a abrirle.
-¡Pero si están todos aquí, esperándote! -Que esperen -dijo la voz, ahogada por la
puerta.
-Sabes de sobra, John -¡cuán difícil resulta ser persuasivo cuando hay que chillar a voz
en grito!-, que los invité, que los invité precisamente para que te conocieran.
-Antes debiste preguntarme a mí si deseaba conocerles a ellos.
-Hasta ahora siempre viniste, John. -Precisamente por esto no quiero volver. -Hazlo sólo
por complacerme
-imploró Bernard.
-No.
-¿Lo dices en serio?
-Sí.
Desesperado, Bernard baló:
-Pero, ¿qué voy a hacer?
-¡Vete al infierno! -gruñó la voz exasperada desde dentro de la habitación.
-Pero, ¡si esta noche ha venido el Archichantre Comunal de Canterbury!
Bernard casi lloraba.
-Ai yaa tákwa! -Sólo en lengua zuñí podía expresar adecuadamente el Salvaje lo que
pensaba del Archíchantre de Canterbury-. Háni! -agregó, como pensándolo mejor; y
después, con ferocidad burlona, agregó-: Sons éso tse-ná.
Y escupió en el suelo como hubiese podido hacerlo el mismo Popé.
Al fin Bernard tuvo que retirarse, abrumado, a sus habitaciones y comunicar a la
impaciente asamblea que el Salvaje no aparecería aquella noche. La noticia fue recibida
con indignación. Los hombres estaban furiosos por el hecho de haber sido inducidos a
tratar con cortesía a aquel tipo insignificante, de mala fama y opiniones heréticas.
Cuanto más elevada era su posición, más profundo era su resentimiento.
-¡Jugarme a mí esta mala pasada! -repetía el Archichantre una y otra vez-. ¡A mí !
En cuanto a las mujeres, tenían la sensación de haber sido seducidas con engaños por
aquel hombrecillo raquítico, en cuyo frasco alguien había echado alcohol por error, por
aquel ser cuyo físico era el propio de un Gama-Menos. Era un ultraje, y lo decían
asimismo, y cada vez con voz más fuerte.
Sólo Lenina no dijo nada. Pálida, con sus ojos azules nublados por una insólita
melancolía, permanecía sentada en un rincón, aislada de cuantos la rodeaban por una
emoción que ellos no compartían.
Había ido a la fiesta llena de un extraño sentimiento de ansiosa exultación. Dentro de
pocos minutos -se había dicho, al entrar en la estancia -lo veré, le hablaré, le diré
(porque estaba completamente decidida) que me gusta, más que nadie en el mundo. Y
entonces tal vez él dirá...
¿Qué diría el Salvaje? La sangre había afluido a las mejillas de Lenina.
¿Por qué se comportó de manera tan extraña la otra noche, después del sensorama?
¡Qué raro estuvo! Y, sin embargo, estoy completamente cierta de que le gusto. Estoy
segura ...
En aquel momento Bernard había soltado la noticia: el Salvaje no asistiría a la fiesta.
Lenina experimentó súbitamente todas las sensaciones que se observan al principio de
un tratamiento con sucedáneo de Pasión Violenta: un sentimiento de horrible vaciedad,
de aprensión, casi de náuseas. Le pareció que el corazón dejaba de latirle.
-Realmente es un poco fuerte -decía la Maestra Jefe de Eton al director de Crematorios
y Recuperación del Fósforo-. Cuando pienso que he llegado a...
-Sí -decía la voz de Fanny Crowne-, lo del alcohol es absolutamente cierto. Conozco a
un tipo que conocía a uno que en aquella época trabajaba en el Almacén de Embriones.
Éste se lo dijo a mi amigo, y mi amigo me lo dijo a mí...
-Una pena, una pena -decía Henry Foster, compadeciendo al Archichantre Comunal-.
Puede que le interese a usted saber que nuestro ex director estaba a punto de trasladarle
a Islandia.
Atravesado por todo lo que se decía en su presencia, el hinchado globo de la
autoconfianza de Bernard perdía por mil heridas. Pálido, derrengado, abyecto y
desolado, Bernard se agitaba entre sus invitados, tartamudeando excusas incoherentes,
asegurándoles que la próxima vez el Salvaje asistiría, invitándoles a sentarse y a tomar
un bocadillo de carotina, una rodaja de pâtè de vitamina A, o una copa de sucedáneo de
champaña. Los invitados comían, sí, pero le ignoraban; bebían y lo trataban
bruscamente o hablaban de él entre sí, en voz alta y ofensivamente, como si no se
hallara presente.
-Y ahora, amigos -dijo el Archichantre de Canterbury, con su hermosa y sonora voz, la
voz en que conducía los oficios de las celebraciones del Día de Ford-, ahora, amigos,
creo que ha llegado el momento...
Se levantó, dejó la copa, se sacudió del chaleco de viscosa púrpura las migajas de una
colación considerable, y se dirigió hacia la puerta.
Bernard se lanzó hacia delante para detenerle. -¿De verdad debe marcharse,
Archichantre... ? Es muy temprano todavía. Yo esperaba que...
¡Oh, sí, cuántas cosas había esperado desde el momento que Lenina le había dicho
confidencialmente que el Archichantre Comunal aceptaría una invitación si se la
enviaba! ¡Es simpatiquísimo! Y había enseñado a Bernard la pequeña cremallera de oro,
con el tirador en forma de T, que el Archichantre le había regalado en recuerdo del fin
de semana que Lenina había pasado en la Cantoría Diocesana. Asistirán el Archichantre
Comunal de Canterbury y Mr. Salvaje. Bernard había proclamado su triunfo en todas las
invitaciones enviadas. Pero el Salvaje había elegido aquella noche, precisamente aquella
noche, para encerrarse en su cuarto y gritar: Hání!, y hasta (menos mal que Bernard no
entendía el zuñí) Sons éso tse-ná! Lo que había de ser el momento cumbre de toda la
carrera de Bernard se había convertido en el momento de su máxima humillación.
-Había confiado tanto en que... -repetía Bernard, tartamudeando y alzando los ojos hacia
el gran dignatario con expresión implorante y dolorida.
-Mi joven amigo -dijo el Archichantre Comunal en un tono de alta y solemne severidad;
se hizo un silencio general-. Antes de que sea demasiado tarde. Un buen consejo. -Su
voz se hizo sepulcral-. Enmiéndese, mi joven amigo, enmiéndese.
Hizo la señal de la T sobre su cabeza y se volvió.
-Lenina, querida -dijo en otro tono-. Ven conmigo.
Arriba, en su cuarto, el Salvaje leía Romeo y Julieta.
Lenina y el Archichantre Comunal se apearon en la azotea de la Cantoría.
-Date prisa, mi joven amiga..., quiero decir, Lenina -la llamó el Archichantre,
impaciente, desde la puerta del ascensor.
Lenina, que se había demorado un momento para mirar la luna, bajó los ojos y cruzó
rápidamente la azotea para reunirse con él.
Una nueva Teoria de Biología. Éste era el título del estudio que Mustafá Mond acababa
de leer. Permaneció sentado algún tiempo, meditando, con el ceño fruncido, y después
cogió la pluma y escribió en la portadilla: El tratamiento matemático que hace el autor
del concepto de finalidad es nuevo y altamente ingenioso, pero herético y, con respecto
al presente orden social, peligroso y potencialmente subversivo. Prohibida su
publicación. Subrayó estas últimas palabras. Debe someterse a vigilancia al autor. Es
posible que se imponga su traslado a la Estación Biológica Marítima de Santa Elena.
Una verdadera lástima, pensó mientras firmaba. Era un trabajo excelente. Pero en
cuanto se empezaba a admitir explicaciones finalistas... bueno, nadie sabía dónde podía
llegarse.
Con los ojos cerrados y extasiado el rostro, John recitaba suavemente al vacío:
¡Ella enseña a las antorchas a arder con fulgor!
Y parece pender sobre la mejilla de la noche
como una rica joya en la oreja de un etíope;
belleza excesiva para ser usada;
demasiada para la tierra.
La T de oro pendía, refulgente, sobre el pecho de Lenina. El Archichantre Comunal,
juguetonamente, la cogió, y tiró de ella lentamente.
Rompiendo un largo silencio, Lenina dijo de pronto:
-Creo que será mejor que tome un par de gramos de soma.
A aquellas horas, Bernard dormía profundamente, sonriendo al paraíso particular de su
sueños. Sonriendo, sonriendo. Pero, inexorablemente, cada treinta segundos, la
manecilla del reloj eléctrico situado encima de su cama saltaba hacia delante, con un
chasquido casi imperceptible. Clic, clic, clic, clic... Y llegó la mañana, Bernard estaba
de vuelta, entre las miserias del espacio y del tiempo. Cuando se dirigió en taxi a su
trabajo en el Centro de Condicionamiento, se hallaba de muy mal humor. La
embriaguez del éxito se había evaporado; volvía a ser él mismo, el de antes; y por
contraste con el hinchado balón de las últimas semanas, su antiguo yo parecía
muchísimo más pesado que la atmósfera que lo rodeaba.
El Salvaje, inesperadamente, se mostró muy comprensivo con aquel Bernard
deshinchado.
-Te pareces más al Bernard que conocí en Malpaís -dijo, cuando Bernard, en tono
quejumbroso, le hubo confiado su fracaso-. ¿Recuerdas la primera vez que hablamos?
Fuera de la casucha. Ahora eres como entonces.
-Porque vuelvo a ser desdichado; he aquí el porqué.
-Bueno, pues yo preferiría ser desdichado antes que gozar de esa felicidad falsa,
embustera, que tenéis aquí.
-¡Hombre, me gusta eso! -dijo Bernard con amargura-. ¡Cuando tú tienes la culpa de
todo! Al negarte a asistir a mi fiesta lograste que todos se revolvieran contra mí.
Bernard sabía que lo que decía era absurdo e injusto; admitía en su interior, y hasta en
voz alta, la verdad de todo lo que el Salvaje le decía acerca del poco valor de unos
amigos que, ante tan leve provocación, podían trocarse en feroces enemigos. Pero, a
pesar de saber todo esto y de reconocerlo, a pesar del hecho de que el consuelo y el
apoyo de su amigo eran ahora su único sostén, Bernard siguió alimentando,
simultáneamente con su sincero pesar, un secreto agravio contra el Salvaje, y no cesó de
meditar un plan de pequeñas venganzas a desarrollar contra él mismo. Alimentar un
agravio contra el Archichantre comunal hubiese sido inútil; y no había posibilidad
alguna de vengarse del Envasador Jefe o del Presidente Ayudante. Como víctima, el
Salvaje poseía, para Bernard, una gran cualidad por encima de los demás: era
vulnerable, era accesible. Una de las principales funciones de nuestros amigos estriba en
sufrir (en formas más suaves y simbólicas) los castigos que querríamos infligir, y no
podemos, a nuestros enemigos.
El otro amigo-víctima de Bernard era Helmholtz. Cuando, derrotado, Bernard acudió a
él e imploró de nuevo su amistad, que en sus días de prosperidad había juzgado inútil
conservar, Helmholtz se la concedió.
En su primera entrevista después de la reconciliación, Bernard le soltó toda la historia
de sus desdichas y aceptó sus consuelos. Pocos días después se enteró, con sorpresa y
no sin cierto bochorno, de que él no era el único en hallarse en apuros. También
Helmholtz había entrado en conflicto con la Autoridad.
-Fue por unos versos -le explicó Helmholtz-. Yo daba mi curso habitual de Ingeniería
Emocional Superior para alumnos de tercer año. Doce lecciones, la séptima de las
cuales trata de los versos. Sobre el uso de versos rimados en Propaganda Moral, para ser
exactos. Siempre ilustro mis clases con numerosos ejemplos técnicos. Esta vez se me
ocurrió ofrecerles como ejemplo algo que acababa de escribir. Puro desatino, desde
luego; pero no pude resistir la tentación. -Se echó a reír-. Sentía curiosidad por ver
cuáles serían las reacciones. Además -agregó, con más gravedad-, quería hacer un poco
de propaganda; intentaba inducirles a sentir lo mismo que yo sentí al escribir aquellos
versos. ¡Ford! -Volvió a reír-. ¡El escándalo que se armó! El Principal me llamó y me
amenazó con expulsarme inmediatamente. Soy un hombre marcado.
-Pero, ¿qué decían tus versos? -preguntó Bernard.
-Eran sobre la soledad. Bernard arqueó las cejas. -Si quieres, te los recito. Y Helmholtz
empezó:
El comité de ayer,
bastones, pero un tambor roto,
medianoche en la City,
flautas en el vacío
labios cerrados, caras dormidas,
todas las máquinas paradas,
mudos los lugares
donde se apiñaba la gente...
Todos los silencios se regocijan,
lloran (en voz alta o baja)
hablan, pero ignoro
con la voz de quién.
La ausencia de los brazos.
los senos y los labios
y los traseros de Susan
y de Egeria forman lentamente
una presencia. ¿Cuál? Y, pregunto,
¿de qué esencia tan absurda
que algo que no es
puebla, sin embargo,
la noche desierta más sólidamente
que es otra con la cual copulamos
y que tan escuálida nos parece?
-Bueno -prosiguió Helmholtz-, les puse estos versos como ejemplo, y ellos me
denunciaron al Principal.
-No me sorprende -dijo Bernard-. Van en contra de todas las enseñanzas hipnopédicas.
Recuerda que han recibido al menos doscientas cincuenta mil advertencias contra la
soledad.
-Lo sé. Pero pensé que me gustaría ver qué efecto producía.
-Bueno, pues ya lo has visto.
Bernard pensó que, a pesar de todos sus problemas, Helmoltz parecía intensamente
feliz.
Helmholtz y el Salvaje hicieron buenas migas inmediatamente. Y con tal cordialidad
que Bernard sintió el mordisco de los celos. En todas aquellas semanas no había logrado
intimar con el Salvaje tanto como lo logró Helmholtz inmediatamente. Mirándoles,
oyéndoles hablar, más de una vez deseó no haberles presentado. Sus celos le
avergonzaban y hacía esfuerzos y tomaba soma para librarse de ellos. Pero sus esfuerzos
resultaban inútiles; y las vacaciones de soma tenían sus intervalos inevitables. El odioso
sentimiento volvía a él una y otra vez.
En su tercera entrevista con el Salvaje, Helmholtz le recitó sus versos sobre la Soledad.
-¿Qué te parecen? -le preguntó luego.
El Salvaje movió la cabeza.
-Escucha esto -dijo por toda respuesta.
Y abriendo el cajón cerrado con llave donde guardaba su roído librote, lo abrió y leyó:
Que el pájaro de voz más sonora
pasado en el solitario árbol de Arabia
sea el triste heraldo y trompeta ...
Helmholtz lo escuchaba con creciente excitación. Al oír lo del solitario árbol de Arabia
se sobresaltó; tras lo de tú, estridente heraldo sonrió con súbito placer; ante el verso toda
ave de ala tiránica sus mejillas se arrebolaron; pero al oír lo de música mortuoria
palideció y tembló con una emoción que jamás había sentido hasta entonces. El Salvaje
siguió leyendo.
La propiedad se asustó
al ver que el yo no era ya el mismo;
dos nombres para una sola naturaleza,
que ni dos ni una podía llamarse.
La razón, en sí misma confundida,
veía unirse la división ...
-¡Orgía-Porfía! -gritó Bernard, interrumpiendo la lectura con una risa estruendosa,
desagradable-. Parece exactamente un himno del Servicio de Solidaridad.
Así se vengaba de sus dos amigos por el hecho de apreciarse más entre sí de lo que le
apreciaban a él.
Sin embargo, por extraño que pueda parecer, la siguiente interrupción, la más
desafortunada de todas, procedió del propio Helmholtz.
El Salvaje leía Romeo y Julieta en voz alta, con pasión intensa y estremecida (porque no
cesaba de verse a sí mismo como Romeo y a Lenina en el lugar de Julieta). Helmholtz
había escuchado con interés y asombro la escena del primer encuentro de los dos
amantes. La escena del huerto le había hechizado con su poesía; pero los sentimientos
expresados habían provocado sus sonrisas. Se le antojaba sumamente ridículo ponerse
de aquella manera por el solo hecho de desear a una chica. Pero, en conjunto, ¡cuán
soberbia pieza de ingeniería emocional!
-Ese viejo escritor -dijo- hace aparecer a nuestros mejores técnicos en propaganda como
unos solemnes mentecatos.
El Salvaje sonrió con expresión triunfal y reanudó la lectura. Todo marchó
pasablemente bien hasta que, en la última escena del tercer acto, los padres Capuleto
empezaban a aconsejar a Julieta que se casara con Paris. Helmholtz habíase mostrado
inquieto durante toda la escena; pero cuando, patéticamente interpretada por el Salvaje,
Julieta exclamaba:
¿Es que no hay compasión en lo alto de las nubes
que lea en el fondo de mi dolor?
¡Oh, dulce madre mía, no me rechaces!
Aplaza esta boda por un mes, por una semana,
o, si no quieres, prepara el lecho de bodas
en el triste mausoleo donde yace Tibaldo...
cuando Julieta dijo esto, Helmoltz soltó una explosión de risa irreprimible.
¡Una madre y un padre (grotesca obscenidad) obligando a su hija a unirse con quien ella
no quería! ¿Y por qué aquella imbécil no les decía que ya estaba unida con otro a quien,
por el momento al menos prefería? En su indecente absurdo, la situación resultaba
irresistiblemente cómica. Helmholtz, con un esfuerzo heroico, había logrado hasta
entonces dominar la presión ascendente de su hilaridad; pero la expresión dulce madre
(pronunciada en el tembloroso tono de angustia del Salvaje) y la referencia al Tibaldo
muerto, pero evidentemente no incinerado y desperdiciando su fósforo en un triste
mausoleo, fueron demasiado para él. Rió y siguió riendo hasta que las lágrimas rodaron
por sus mejillas, rió interminablemente mientras el Salvaje, pálido y ultrajado, le miraba
por encima del libro hasta que, viendo que las carcajadas proseguían, lo cerró
indignado, se levantó, y con el gesto de quien aparta una perla de la presencia de un
cerdo, lo encerró con llave en su cajón.
-Y sin embargo -dijo Helmholtz cuando, habiendo recobrado el aliento suficiente para
presentar excusas, logró que el Salvaje escuchara sus explicaciones-, sé perfectamente
que uno necesita situaciones ridículas y locas como ésta; no se puede escribir realmente
bien acerca de nada más. ¿Por qué ese viejo escritor resulta un técnico en propaganda
tan maravilloso? Porque tenía santísimas cosas locas, extremadas, acerca de las cuales
excitarse. Uno debe poder sentirse herido y trastornado; de lo contrario, no puede pensar
frases realmente buenas, penetrantes como los rayos X. Pero..., ¡padres y madres! -
Movió la cabeza-. No podías esperar que pusiera cara sería ante los padres y las madres.
¿Y quién va a apasionarse por si un muchacho consigue a una chica o no la consigue?
El Salvaje dio un respingo, pero Helmholtz, que miraba pensativamente el suelo, no se
dio cuenta.
-No -concluyó-, no me sirve. Necesitamos otra clase de locura y de violencia. Pero,
¿qué? ¿Qué? ¿Dónde puedo encontrarla? -permaneció silencioso un momento y
después, moviendo la cabeza, dijo, por fin-: No lo sé; no lo sé.



CAPITULO XIII


Henry Foster apareció a través de la luz crepuscular del Almacén de Embriones.
-¿Quieres ir al sensorama esta noche? Lenina denegó con la cabeza, sin decir nada.
-¿Sales con otro?
A Henry le interesaba siempre saber cómo se emparejaban sus amigos.
-¿Con Benito, acaso? -preguntó.
Lenina volvió a denegar con la cabeza.
Henry observó la expresión fatigada de aquellos ojos purpúreos, la palidez de la piel
bajo el brillo de lupus, y la tristeza que se revelaba en las comisuras de aquellos labios
escarlata, que se esforzaban por sonreír.
-¿No estarás enferma? -preguntó, un tanto preocupado, temiendo que Lenina sufriera
alguna de las escasas enfermedades infecciosas que aún subsistían.
Por tercera vez Lenina negó con la cabeza.
-De todos modos, deberías ir a ver al médico -dijo Henry-. Una visita al doctor libra de
todo dolor -agregó, cordialmente, acompañando el dicho hipnopédico con una palmada
en el hombro-. Tal vez necesites un Sucedáneo de Embarazo -sugirió-. O un fuerte
tratamiento extra de S. P. V. Ya sabes que a veces la potencia del sucedáneo de Pasión
Violenta no está a la altura de...
-¡Oh, por el amor de Ford! -dijo Lenina, rompiendo su testarudo silencio-. ¡Cállate de
una vez!
Y volviéndole la espalda ocupóse de nuevo en sus embriones.
¿Conque un tratamiento de S.V.P.? Lenina se hubiese echado a reír, de no haber sido
porque estaba a punto de llorar. ¡Como si no tuviera bastante con su propia P.V.!
Mientras llenaba una jeringuilla suspiró prohibidamente. John... -murmuró para sí-,
John ... Después se preguntó: ¡Ford! ¿Le habré dado a éste la inyección contra la
enfermedad del sueño? ¿O no se la he dado todavía? No podía recordarlo. Al fin decidió
no correr el riesgo de administrar una segunda dosis, y pasó al frasco siguiente de la
hilera.
Veintidós años, ocho meses y cuatro días más tarde, un joven y prometedor
administrador Alfa-Menos, en Muanza-Muanza, moriría de tripanosomiasis, el primer
caso en más de medio siglo. Suspirando, Lenina siguió con su tarea.
Una hora después, en el Vestuario, Fanny protestaba enérgicamente:
-Es absurdo que te abandones a este estado. Sencillamente absurdo -repitió-. Y todo,
¿por qué? ¡Por un hombre, por un solo hombre!
-Pero es el único que quiero.
-Como si no hubiese millones de otros hombres en el mundo.
-Pero yo no los quiero.
-¿Cómo lo sabes si no lo has intentado? -Lo he intentado.
-Pero, ¿con cuántos? -preguntó Fanny, encogiéndose despectivamente de hombros-.
¿Con uno? ¿Con dos?
-Con docenas de ellos. Y fue inútil -dijo Lenina, moviendo la cabeza.
-Pues debes perseverar -le aconsejó Fanny, sentenciosamente. Pero era evidente que su
confianza en sus propias prescripciones había sido un tanto socavada-. Sin
perseverancia no se consigue nada.
-Pero entretanto...
-No pienses en él.
-No puedo evitarlo.
-Pues toma un poco de soma. -Ya lo tomo.
-Pues sigue haciéndolo.
-Pero en los intervalos sigo queriéndole. Siempre le querré.
-Bueno, pues si es así -dijo Fanny con decisión-, ¿por qué no vas y te haces con él?
Tanto si quiere como si no.
-¡Si supieras cuán terriblemente raro estuvo!
-Razón de más para adoptar una línea de conducta firme.
-Es muy fácil decirlo.
-No te quedes pensando tonterías. Actúa. -La voz de Fanny sonaba como una trompeta;
parecía una conferenciante de la A. M. F. dando una charla nocturna a un grupo de
Beta-Menos adolescente-. Sí, actúa, inmediatamente. Hazlo ahora mismo.
-Me daría vergüenza -dijo Lenina.
-Basta que tomes medio gramo de soma antes de hacerlo. Y ahora voy a darme un baño.
El timbre sonó, y el Salvaje, que esperaba con impaciencia que Helmholtz fuese a verle
aquella tarde (porque, habiendo decidido por fin hablarle a Helmholtz de Lenina, no
podía aplazar ni un momento más sus confidencias), saltó sobre sus pies y corrió hacia
la puerta.
-Presentía que eras tú, Helmholtz -gritó, al tiempo que abría.
En el umbral, con un vestido de marinera blanco, de satén al acetato, y un gorrito
redondo, blanco también, ladeado picaronamente hacia la izquierda, se hallaba Lenina.
-¡Ohl -exclamó el Salvaje, como si alguien acabara de asestarle un fuerte porrazo.
Medio gramo había bastado para que Lenina olvidara sus temores y su turbación.
-Hola, John -dijo, sonriendo.
Y entró en el cuarto. Maquinalmente, John cerró la puerta y la siguió. Lenina se sentó.
Sobrevino un largo silencio.
-Tengo la impresión de que no te alegras mucho de verme, John -dijo Lenina al fin.
-¿Que no me alegro?
El Salvaje la miró con expresión de reproche; después, súbitamente, cayó de rodillas
ante ella y, cogiendo la mano de Lenina, la besó reverentemente.
-¿Que no me alegro? ¡Oh, si tú supieras! -susurró; y arriesgándose a levantar los ojos
hasta su rostro, prosiguió-: Admirada Lenina, ciertamente la cumbre de lo admirable,
digna de lo mejor que hay en el mundo.
Lenina le sonrió con almibarada ternura.
-¡Oh, tú, tan perfecta -Lenina se inclinaba hacia él con los labios entreabiertos-, tan
perfecta y sin par fuiste creada -Lenina se acercaba más y más a él- con lo mejor de
cada una de las criaturas! -Más cerca todavía.
Pero el Salvaje se levantó bruscamente-. Por eso -dijo, hablando sin mirarla-, quisiera
hacer algo primero...
-Quiero decir, demostrarte que soy digno de ti. Ya sé que no puedo serlo, en realidad.
Pero, al menos, demostrarte que no soy completamente indigno. Quisiera hacer algo.
-Pero, ¿por qué consideras necesarios ... ? -empezó Lenina.
Mas no acabó la frase. En su voz había sonado cierto matiz de irritación. Cuando una
mujer se ha inclinado hacia delante, acercándose más y más, con los labios
entreabiertos, para encontrarse de pronto, porque un zoquete se pone de pie, inclinada
sobre la nada.... bueno, tiene todos los motivos para sentirse molesta, aun con medio
gramo de soma en la sangre.
-En Malpaís -murmuraba incoherentemente el Salvaje-, había que llevar a la novia la
piel de un león de las montañas... Quiero decir cuando uno desea casarse. O de un lobo.
-En Inglaterra no hay leones -dijo Lenina en tono casi ofensivo.
-Y aunque los hubiera -agregó el Salvaje con súbito resentimiento y despecho-, supongo
que los matarían desde los helicópteros o con gas venenoso. Y esto no es lo que yo
quiero, Lenina. -Se cuadró, se aventuró a mirarla y descubrió en el rostro de ella una
expresión de incomprensión irritada. Turbado, siguió, cada vez con menos coherencia-.
Haré algo. Lo que tú quieras. Hay deportes que son penosos, ya lo sabes.
Pero el placer que proporcionan compensa sobradamente. Esto es lo que me pasa.
Barrería los suelos por ti, si lo descaras.
-¡Pero, si aquí tenemos aspiradoras! -dijo Lenina, asombrada-. No es necesario.
-Ya, ya sé que no es necesario. Pero se puede ejecutar ciertas bajezas con nobleza. Me
gustaría soportar algo con nobleza. ¿Me entiendes?
-Pero si hay aspiradoras...
-No, no es esto.
-... y semienanos Epsilones que las manejan -prosiguió Lenina-, ¿por qué ... ?
-¿Por qué? Pues... ¡por ti! ¡Por ti! Sólo para demostrarte que yo...
-¿Y qué tienen que ver las aspiradoras con los leones ... ?
-Para demostrarte cuánto...
-... o con el hecho de que los leones se alegren de verme?
Lenina se exasperaba progresivamente.
-...para demostrarte cuánto te quiero, Lenina -estalló John, casi desesperadamente.
Como símbolo de la marea ascendente de exaltación interior, la sangre subió a las
mejillas de Lenina.
-¿Lo dices de veras, John?
-Pero no quería decirlo -exclamó el Salvaje, uniendo con fuerza las manos en una
especie de agonía-. No quería decirlo hasta que... Escucha, Lenina; en Malpaís la gente
se casa.
-¿Se qué?
De nuevo la irritación se había deslizado en el tono de su voz. ¿Con qué le salía ahora?
-Se unen para siempre. Prometen vivir juntos para siempre.
-¡Qué horrible idea!
Lenina se sentía sinceramente disgustada.
-Sobreviviendo a la belleza exterior, con un alma que se renueva más rápidamente de lo
que la sangre decae...
-¿Cómo?
-También así lo dice Shakespeare. Si rompes su nudo virginal antes de que todas las
ceremonias santificadoras puedan con pleno y solemne rito ...
-¡Por el amor de Ford, John, no digas cosas raras! No entiendo una palabra de lo que
dices. Primero me hablas de aspiradoras; ahora de nudos. Me volverás loca. -Lenina
saltó sobre sus pies, y, como temiendo que John huyera de ella físicamente, como le
huía mentalmente, lo cogió por la muñeca-. Contéstame a esta pregunta: ¿me quieres
realmente? ¿Sí o no?
Se hizo un breve silencio; después, en voz muy baja, John dijo:
-Te quiero más que a nada en el mundo.
-Entonces, ¿por qué demonios no me lo decías -exclamó Lenina; y, su exasperación era
tan intensa que clavó las uñas en la muñeca de John en lugar de divagar acerca de
nudos, aspiradoras y leones y de hacerme desdichada durante semanas enteras?
Le soltó la mano y lo apartó de sí violentamente.
-Si no te quisiera tanto -dijo-, estaría furiosa contigo.
Y, de pronto, le rodeó el cuello con los brazos; John sintió sus labios suaves contra los
suyos. Tan deliciosamente suaves, cálidos y eléctricos que inevitablemente recordó los
besos de Tres semanas en helicóptero. ¡Oooh! ¡Oooh!, la estereoscópica rubia, y
¡Aaah!, iaaah!, el negro super-real. Horror, horror, horror... John intentó zafarse del
abrazo, pero Lenina lo estrechó con más fuerza.
-¿Por qué no me lo decías? -susurró, apartando la cara para poder verle.
Sus ojos aparecían llenos de tiernos reproches.
Ni la mazmorra más lóbrega, ni el lugar más adecuado -tronaba poéticamente la voz de
la conciencia-, ni la más poderosa sugestión de nuestro deseo. ¡Jamás, jamás!, decidió
John.
-¡Tontuelol -decía Lenina-. ¡Con lo que yo te deseaba! Y si tú me deseabas también,
¿por qué no ... ?
-Pero, Lenina... -empezó a protestar John.
Y como inmediatamente Lenina deshizo su abrazo y se apartó de él, John pensó por un
momento que había comprendido su muda alusión.
Pero cuando Lenina se desabrochó la cartuchera de charol blanco y la colgó
cuidadosamente del respaldo de una silla, John empezó a sospechar que se había
equivocado.
-¡Lenina! -repitió, con aprensión.
Lenina se llevó una mano al cuello y dio un fuerte tirón hacia abajo. La blanca blusa de
marino se abrió por la costura; la sospecha se transformó en certidumbre.
-Lenina, ¿qué haces?
¡Zas, zas! La respuesta de Lenina fue muda. Emergió de sus pantalones acampanados.
Su ropa interior, de una sola pieza, era como una leve cáscara rosada. La T de oro del
Archichantre Comunal brillaba en su pecho.
Por esos senos que a través de las rejas de la ventana penetran en los ojos de los
hombres ... Las palabras cantarinas, tonantes, mágicas, la hacían aparecer doblemente
peligrosa, doblemente seductora. ¡Suaves, suaves, pero cuán penetrantes! Horadando la
razón, abriendo túneles en las más firmes decisiones... Los juramentos más poderosos
son como paja ante el fuego de la sangre. Abstente, o de lo contrario ...
¡Zas! La rosada redondez se abrió en dos, como una manzana limpiamente partida.
Unos brazos que se agitaban, el pie derecho que se levanta; después el izquierdo, y la
sutil prenda queda en el suelo, sin vida y como deshinchada.
Con los zapatos y las medias puestas y el gorrito ladeado en la cabeza, Lenina se acercó
a él:
-¡Amor mío, si lo hubieses dicho antes!
Lenina abrió los brazos.
Pero en lugar de decir también: ¡Amor mío! y de abrir los brazos, el Salvaje retrocedió
horrorizado, rechazándola con las manos abiertas, agitándolas como para ahuyentar a un
animal intruso y peligroso.
Cuatro pasos hacia atrás, y se encontró acorralado contra la pared.
-¡Cariño! -dijo Lenina; y, apoyando las manos en sus hombros, se arrimó a él-.
Rodé