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...CON UN PEQUEÑO TOQUE GOTICO

Escrito por imagenes 18-02-2008 en General. Comentarios (19)

...CON UN PEQUEÑO TOQUE GOTICO

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EN EL SUBMUNDO DEL TERROR- ( Fui Un Profanador De Tumbas Adolescente ) - STEPHEN KING

Escrito por imagenes 18-02-2008 en General. Comentarios (1)

EN EL SUBMUNDO DEL TERROR- ( Fui Un Profanador De Tumbas Adolescente ) - STEPHEN KING

EN EL SUBMUNDO DEL TERROR
(Fui un profanador de tumbas adolescente)



CAPÍTULO UNO

Eracomo una pesadilla. Como uno de esos sueños irreales de los que tedespiertas a la mañana siguiente. Sólo que esta pesadilla estabasucediendo de verdad. Delante de mí alcanzaba a distinguir la linternade Rankin: un gran ojo amarillo en la sofocante oscuridad estival. Metropecé con una lápida y por poco no me desparramo de bruces. Rankin sevolvió hacia mí, siseando un juramento:
—¿Es que quieres despertar al vigilante, imbécil?
Susurréuna respuesta y continuamos andando sigilosamente. Por fin, Rankin sedetuvo y enfocó el haz de la linterna sobre una lápida recientementecincelada. En ella podía leerse:

DANIEL WHEATHERBY

1899–1962

Reunido con su amada esposa en una tierra mejor

Sentíque me ponían una pala en las manos y, repentinamente, estuve seguro deque no podría hacerlo. Pero entonces recordé al administrador de becasmeneando su cabeza y diciendo: Temo que no podemos darte más tiempo,Dan. Tendrás que irte hoy mismo. Te ayudaría de alguna forma sipudiera, créeme...
Excavéen la todavía blanda tierra y la arrojé por sobre mi hombro. Unosquince minutos después mi pala entró en contacto con la madera. Ambosnos pusimos a ensanchar el agujero rápidamente, hasta que la linternade Rankin reveló el ataúd. Nos metimos en el pozo y lo izamos.
Atontado,contemplé cómo Rankin le atizaba a los cerrojos con la pala. Luego deunos pocos golpes éstos se rompieron y pudimos alzar la tapa. Elcadáver de Daniel Wheatherby nos miró con ojos vidriosos. Sentí que elhorror se derramaba lentamente sobre mí. Siempre creí que los ojospermanecían cerrados cuando uno estaba muerto.
—No te quedes allí —susurró Rankin—; son casi las cuatro. ¡Tenemos que largarnos de aquí!
Envolvimosel cuerpo con una manta y regresamos el ataúd al pozo. Lo tapamos yreemplazamos el césped, rápido pero cuidadosamente. Dispersamos toda latierra que nos sobró.
Paracuando cargábamos con el cuerpo amortajado de blanco ya los primerosrastros del alba comenzaban a iluminar el cielo oriental. Atravesamosla valla que bordeaba el cementerio y nos internamos en el bosque quelo limitaba por el oeste. Rankin se abrió paso expertamente duranteunos cuatrocientos metros hasta que lo cruzamos y llegamos alautomóvil, que seguía estacionado donde lo habíamos dejado, en unarodada abandonada y cubierta de malezas que alguna vez había sido uncamino. El cadáver fue a parar al baúl. Poco después nos unimos alflujo de automovilistas que se apresuraban en alcanzar el tren de lasseis.
Me contemplabalas manos como si nunca antes las hubiera visto. La mugre que teníabajo mis uñas había estado amontonada sobre el lugar de reposo final deun hombre, menos de veinticuatro horas atrás. Se sentía inmundo.
Laatención de Rankin se concentraba por entero en la conducción delcoche. Al mirarlo comprendí que el repulsivo acto que acabábamos decometer no le preocupaba en lo más mínimo; para él se trataba de untrabajo más. Nos desviamos de la carretera principal y empezamos aremontar el sinuoso, estrecho y sucio camino. Y entonces salimos alespacio abierto y pude verla, la mansión victoriana que se elevaba enla cumbre de la empinada pendiente. Rankin dió la vuelta y sin deciruna palabra enfiló hacia la escarpada roca de un acantilado que sealzaba durante otros doce metros más, un poco a la derecha de la casa.
Seprodujo un horrendo sonido chirriante y se abrió una parte de la colinalo suficientemente ancha como para permitir el paso del automóvil.Rankin nos condujo adentro y apagó el motor. Nos encontramos en unaestancia pequeña, con forma de cubo, que servía como garaje oculto. Enese momento se abrió una puerta al otro extremo y un hombre alto yrígido se nos acercó.
Elrostro de Steffen Weinbaum parecía una calavera; tenía unos ojosinsondables y una piel que se le tensaba tanto sobre los pómulos que lacarne era casi transparente.
—¿Dónde está? —su voz era profunda, ominosa.
En silencio, Rankin se bajó y yo lo seguí. Rankin abrió el baúl y sacamos la figura envuelta en la manta.
Weinbaum asintió lentamente.
—Bien, muy bien. Tráiganlo al laboratorio.


CAPÍTULO DOS

Mispadres murieron en un accidente automovilístico cuando yo tenía treceaños. Quedé solo y tendría que haber ido a parar a un orfanato. Pero eltestamento de mi padre reveló que me había dejado una sustancial sumade dinero, y yo tenía mucha confianza en mí mismo. Los de asistenciasocial nunca me rondaron y a los trece años me ví abandonado en elextraño rol de ser el único inquilino de mi propia casa. Pagué lahipoteca de la cuenta del banco e intenté estirar los dólares tantocomo fuera posible.
Eldinero escaseaba para cuando tuve dieciocho años y terminé el colegio,pero igual quise ingresar en la universidad. Vendí la casa por diez mildólares por intermedio de un comprador de bienes raíces. A comienzos deseptiembre todo se me vino encima. Recibí una carta muy amable deErwin, Erwin y Bradstreet, Abogados. Para ponerlo en el idioma delhombre de la calle, la carta decía que el departamento comercial en elque mi padre había estado empleado había llevado una auditoría generalde sus libros; parecía que faltaban quince mil dólares y que teníanpruebas de que mi padre se los había robado. El resto de la cartasimplemente manifestaba que si yo no pagaba los quince mil dólaresiríamos a la corte y que intentarían duplicar aquella cantidad.
Todoaquello me trastornó y, por esa razón, aquellas preguntas que se metendrían que haber ocurrido no lo hicieron. ¿Por qué no descubrieronantes el error? ¿Por qué me estaban ofreciendo arreglar el asunto sinir a la corte?
Fuihasta la oficina de Erwin, Erwin y Bradstreet y discutimos el tema.Para decirlo en pocas palabras, pagué la suma que me estaban pidiendo yme quedé sin dinero.
Aldía siguiente busqué la firma Erwin, Erwin y Bradstreet en la guíatelefónica. No figuraba. Me dirigí a su oficina y encontré un cartel deSe Alquila en la puerta. Fue entonces cuando comprendí que había sidoestafado como un niño incauto; cosa que, reflexioné miserablemente, erajusto lo que yo era.
Alos de la universidad los engañé durante mis primeros meses, perofinalmente descubrieron que no había sido convenientemente matriculado.
Ese mismo díaconocí a Rankin en un bar. Fue mi primera experiencia en una taberna.Tenía una licencia de conducir falsificada, así que pedí los whiskyssuficientes como para emborracharme. Imaginé que lograrlo me llevaríaalgo así como dos whiskys puros, ya que nunca antes de aquella nochehabía tomado más que una botella de cerveza.
Elprimero me sentó bien; el segundo logró que mi problema pareciera másinconsistente. Me estaba zampando el tercero cuando Rankin entró en elbar.
Se sentó en el taburete junto al mío y me miró con atención.
—¿Tienes algún problema? —le pregunté bruscamente.
Rankin sonrió.
—Sí, ando buscando un ayudante.
—¿Ah, sí? —le pregunté, interesado—. ¿Te refieres a que quieres contratar a alguien?
—Sí.
—Bien, soy tu hombre.
Comenzó a decir algo pero luego cambió de idea.
—Mejor vayamos a un reservado y conversémoslo, ¿te parece?
Nos dirigimos a un reservado y comprendí que me estaba arriesgando demasiado. Rankin tiró de la cortina.
—Así está mejor. Ahora, ¿quieres un trabajo?
Asentí.
—¿Te preocupa de qué pueda tratarse?
—No. ¿Cuánto es la paga?
—Quinientos el trabajo.
Seevaporó un poco la niebla rosada que me rodeaba. Algo no andaba bienallí. No me gustó nada la forma en que usó la palabra «trabajo».
—¿A quién tengo que matar? —pregunté con una sonrisa poco jovial.
—No tienes que hacerlo. Pero antes de que pueda decirte de qué se trata, tendrás que hablar con el señor Weinbaum.
—¿Quién es?
—Es un... científico.
La niebla se evaporó más aún. Me levanté.
—Uh-uh. No tengo interés en servir de conejito de indias. Consíguete a otro flaco.
—No seas idiota —me dijo—. Nadie te hará daño.
—Bien, vamos —respondí, en contra de mi buen juicio.


CAPÍTULO TRES

Trasuna recorrida por la casa que incluyó al laboratorio, Weinbaum serefirió al propósito de mi labor. Vestía un guardapolvo blanco y habíaalgo en él que hacía que me estremeciera por dentro. Se apoltronó en lasala y me señaló un asiento. Rankin había desaparecido. Weinbaum meobservó con esos ojos penetrantes y una vez más sentí que me atravesabauna corriente helada.
—Selo explicaré de este modo —dijo—; mis experimentos son demasiadocomplicados como para describirlos con lujo de detalles, pero estánrelacionados con la carne humana. Con carne humana muerta.
Empecéa notar que sus ojos se iluminaban con llamaradas vacilantes. Parecíauna araña lista para zamparse una mosca, y toda la casa era su tejido.El sol se inflamaba al oeste, y profundos charcos de sombras seextendían por el cuarto, ocultando su rostro, pero dejando losrelucientes ojos, como si se movieran en la creciente oscuridad.
Él continuaba hablando:
—Amenudo, las personas donan sus cuerpos a los institutos científicospara su estudio. Desafortunadamente soy un hombre que trabaja ensolitario, de modo que tengo que recurrir a otros métodos.
Elhorror saltó sonriendo desde las sombras, y por mi mente se filtró lahorrible imagen de dos hombres cavando a la luz de una luna imprecisa.Una pala golpeaba la madera; el ruido congeló mi alma. Me puse de piede un salto.
—Creo que puedo encontrar el camino hasta la puerta, señor Weinbaum.
Se rió suavemente.
—¿Le comentó Rankin cuál es la paga por este trabajo?
—No estoy interesado.
—Malhecho. Esperaba que pudiera verlo a mi manera. No le llevaría más de unaño ganar el dinero suficiente como para volver a la universidad.
Me sobresalté, experimentando la extraña sensación de que aquel hombre estaba escrutando mi alma.
—¿Cuánto sabe de mí? ¿Cómo lo averiguó?
—Tengo mis recursos —rió entre dientes de nuevo—. ¿Va a reconsiderarlo?
Vacilé.
—¿Hacemos la prueba? —me preguntó suavemente—. Estoy convencido de que ambos podemos llegar a un mutuo entendimiento.
Tuve la terrible impresión de estar hablando con el mismísimo diablo, que de algún modo me había obligado a venderle mi alma.
—Preséntese aquí a las ocho en punto, pasado mañana a la noche —me dijo.
Así fue como todo empezó.

Encuanto Rankin y yo ubicamos el cadáver envuelto de Daniel Wheatherbysobre la mesa del laboratorio se encendieron unas luces detrás de unospaneles rectangulares que parecían tanques de vidrio.
—Weinbaum —sin darme cuenta, había olvidado llamarlo «señor»—; me parece...
—¿Hadicho algo? —preguntó, con sus ojos atravesando los míos. Ellaboratorio pareció alejarse. Sólo quedábamos nosotros dos,precipitándonos en un submundo repleto de horrores que estaban más alláde la imaginación.
Rankin entró vestido con una blanca chaqueta corta, y rompió el hechizo al decir:
—Todo listo, profesor.
Rankin me detuvo en la puerta.
—El viernes, a las ocho.
Unescalofrío helado y terrible me corrió por la espalda cuando miré haciaatrás. Weinbaum había tomado un escalpelo y estaba cortando la sábanaque cubría el cuerpo. Ambos me miraron de manera extraña y yo me larguéde allí.
Me subí alauto y rápidamente desanduve el angosto y sucio sendero. No volví lamirada. El aire era puro y caliente, con una promesa de verano enciernes. El cielo era azul, con algodonosas nubes blancas deslizándosepor la cálida brisa estival. La noche anterior parecía una pesadilla,un sueño vago que, como todas las pesadillas, se vuelve irreal ytransparente cuando resplandece la brillante luz del día. Pero cuandoconduje más allá de las verjas de hierro del Cementerio Crestwoodcomprendí que no se trataba de un sueño. Cuatro horas atrás mi palahabía removido la tierra que cubría la tumba de Daniel Wheatherby.
Unnuevo pensamiento me asaltó por primera vez. ¿Qué le estaban haciendoal cuerpo de Daniel Wheatherby en ese momento? Relegé la pregunta a unprofundo rincón de mi mente y apreté el acelerador. Me concentré enmanejar el auto, agradecido por haber alejado de mi mente, al menosdurante un rato, la terrible acción que había llevado a cabo.


CAPÍTULO CUATRO

Elpaisaje de California se borroneaba a medida que aumentaba lavelocidad. Los neumáticos chirriaron en una curva y, cuando salí deella, varias cosas sucedieron al mismo tiempo.
Via una camioneta imprudentemente estacionada en medio de la líneablanca, a una muchacha de unos dieciocho años corriendo justo hacia miauto, y a un hombre mayor detrás de ella. Clavé los frenos, queexplotaron como bombas. Maniobré el volante y el cielo de California derepente se encontró debajo de mí. Entonces todo se acomodó y comprendíque había dado una vuelta de campana. Por un momento quedé aturdido,pero entonces un grito fuerte y chillón, penetrante, me atravesó lacabeza.
Abrí lapuerta y corrí a toda velocidad por la ruta. El hombre tenía a lamuchacha y estaba arrastrándola hacia la camioneta. Era más fuerte queella, pero la chica le estaba arrancando unos centímetros de piel porcada paso que él daba.
El tipo me descubrió.
—Tú te quedas donde estás, compañero. Yo soy su tutor.
Medetuve y me sacudí las telarañas de mi cerebro. Era exactamente lo queél había estado esperando. Cargó con un puñetazo que me asestó a unlado de la barbilla y me derribó al suelo. Agarró a la muchacha yprácticamente la arrojó dentro de la cabina.
Cuandologré levantarme él ya estaba en el asiento del conductor y haciendorechinar los neumáticos. Pegué un salto y me subí al techo justo cuandoarrancaba. Por poco no salí despedido, aunque tuve que arañar comocinco capas de pintura para poder sujetarme. Entonces extendí un brazoa través de la ventanilla abierta y lo sujeté del cuello; con unamaldición, el tipo me agarró de la mano. Dio un volantazo, y el camióngiró locamente al borde de un empinado terraplén.
Loúltimo que recuerdo es la trompa del camión apuntando hacia abajo.Entonces mi contrincante me salvó la vida al pegarme un tirón delbrazo; salí dando volteretas justo cuando el camión se zambullía por elprecipicio.
Aterricé duro, aunque la piedra en la que aterricé lo era más. Todo se desvaneció.
Algofresco me tocó la frente cuando recuperé el sentido. Lo primero que vifue la luz roja que destellaba en el techo del auto de aspecto oficial,estacionado junto al terraplén. Me erguí de repente, y unas manossuaves me empujaron hacia abajo. Unas manos agradables, las manos de lamuchacha que me había metido en este enredo.
Tenía a un Agente de la Policía de Carreteras sobre mí, y a una voz oficial que me decía:
—La ambulancia está en camino. ¿Cómo se encuentra?
—Machucado —le dije, sentándome de nuevo—. Aunque dígale a la ambulancia que se largue. Estoy bien.
Intentaba sonar impertinente. La policía era lo último que necesitaba luego del "trabajito" de las últimas noches.
—¿Quépuede decirme sobre esto? —preguntó el policía, sacando una libreta denotas. Antes de contestarle caminé sobre el terraplén. El estómago medio un vuelco. La camioneta estaba enterrada de trompa en el suelo deCalifornia, y mi compañero de boxeo estaba transformando a aquellabuena tierra de California en un barro rojizo con su propia sangre.Yacía grotescamente, con una mitad dentro de la cabina, y con la otramitad fuera. Los fotógrafos estaban haciendo sus tomas. Estaba muerto.
Retrocedí.El agente de policía me miraba como esperando que vomitara pero,gracias a mi nuevo trabajo, mi estómago era admirablemente fuerte.
—Yo venía conduciendo desde el distrito de Belwood —le respondí—, aparecí doblando aquella curva…
Leconté el resto de la historia con la ayuda de la muchacha. Justo cuandoterminé llegó la ambulancia. A pesar de mis protestas y de las de mitodavía anónima amiga, fuimos empujados a la parte trasera.
Doshoras después teníamos el visto bueno de salud por parte del agente depolicía y de los doctores, y nos pidieron que testimoniáramos en laspesquisas de la semana siguiente.
Encontrémi automóvil en el bordillo. Se encontraba un poco peor que antes,aunque las ruedas reventadas habían sido reemplazadas. ¡En elsalpicadero había una factura que daba cuenta de los gastos del camióngrúa, de los neumáticos, y del escuadrón de limpieza! Ascendía a casidoscientos cincuenta dólares; la mitad del cheque por el trabajo de lanoche anterior.
—Pareces preocupado —dijo la chica.
Me volví hacia ella.
—Um,sí. Bien, ya que esta mañana casi nos asesinan juntos, ¿qué te parecesi me dices cómo te llamas y vamos a almorzar a algún lado?
—De acuerdo —dijo ella—. Mi nombre es Vicki Pickford. ¿Y el tuyo?
—Danny—respondí inexpresivamente mientras nos apartábamos del bordillo.Cambié de tema con rapidez—. ¿Qué sucedió esta mañana? Le escuché decira ese tipo que era tu tutor...
—Sí —confirmó.
Me reí.
—Mi nombre es Danny Gerad. Te enterarás por los diarios vespertinos.
Ella sonrió gravemente.
—De acuerdo. Era mi custodio. También era un borrachín y un tipo despreciable.
Sus mejillas se tiñeron de rojo. La sonrisa desapareció.
—Lo odiaba, y me alegro de que haya muerto.
Meechó una mirada cortante y por un instante vislumbré el húmedo brillodel miedo en sus ojos; luego recuperó su autocontrol. Estacionamos ycomimos el almuerzo.
Cuarenta minutos después pagué la cuenta con mi dinero recientemente adquirido y regresamos al auto.
—¿Hacia dónde? —pregunté.
—Motel Bonaventure —dijo ella—. Es donde estoy parando.
Ella notó un sobresalto de curiosidad en mis ojos y suspiró.
—Estábien, estaba huyendo. Mi tío David me encontró e intentó arrastrarme devuelta a casa. Cuando le dije que no iría me metió en la camioneta.Estábamos pasando esa curva cuando le arrebaté el volante de las manos.Entonces llegaste tú.
Seencerró en sí misma como una almeja y no intenté obtener más nada deella. Había algo extraño en su historia; no quise presionarla. Laacerqué hasta la playa de estacionamiento y apagué el motor.
—¿Cuándo puedo verte de nuevo? —pregunté—. ¿Qué tal si vemos una película mañana?
—Seguro —contestó.
—Pasaréa buscarte a las siete y media —le dije y me alejé, reflexionandopensativamente en los eventos que me habían ocurrido en las últimasveinticuatro horas.


CAPÍTULO CINCO

Cuandoentré en el departamento el teléfono estaba sonando. Lo descolgué ytanto Vicki como el accidente y el luminoso mundo laboral de laCalifornia suburbana se fundieron en un submundo de sombras, de seresfantasmas. La voz que susurraba fríamente en el receptor era la deWeinbaum.
—¿Problemas? —inquirió con suavidad, aunque había un tono ominoso en su voz.
—Tuve un accidente —le contesté.
—Leíacerca de eso en el diario… —la voz de Weinbaum se arrastró. Elsilencio descendió sobre nosotros durante un momento y luego dije:
—¿Eso significa que me está descartando?
Esperé que dijera que sí; yo no tenía la valentía suficiente para renunciar.
—No—respondió con suavidad—, tan sólo quería asegurarme de que no revelónada sobre el... trabajo... que está realizando para mí.
—Pues bien, no lo hice —le dije lacónicamente.
—Mañana a la noche —me recordó—. A las ocho.
Huboun click y luego el tono de discar. Me estremecí y colgué el receptor.Tenía la extrañísima sensación de acabar de cortar una comunicación conla tumba.
La mañanasiguiente a las siete y media en punto pasé a buscar a Vicki por elMotel Bonaventure. Ella estaba ataviada con un vestido que le daba unaspecto estupendo. Le silbé por lo bajo; ella se ruborizóencantadoramente. No hablamos del accidente.
Lapelícula era buena y nos tomamos de la mano parte del tiempo, comimospalomitas de maíz parte del tiempo, y nos besamos una o dos veces. Todoaquello en una tarde agradable.
El segundo detalle importante sucedió llegando al climax de la película, cuando un acomodador bajó por el pasillo.
Sedetenía en cada fila y parecía irritado. Finalmente se plantó en lanuestra. Barrió la fila de asientos con el haz de la linterna ypreguntó:
—¿El señor Gerad? ¿Daniel Gerad?
—¿Sí? —pregunté, sintiendo la culpa y el miedo corriendo a través de mí.
—Hay un caballero en el teléfono, señor. Dice que es una cuestión de vida o muerte.
Vickime miraba sobresaltada mientras yo seguía al acomodadorapresuradamente. Alertaron a la policía. Mentalmente tomé nota de misúnicos parientes vivos. La tía Polly, la abuela Phibbs y mi tío abueloCharlie; hasta donde yo sabía todos ellos seguían con vida.
Podrían haberme derribado con una pluma cuando levanté el receptor y escuché la voz de Rankin.
Habló rápidamente, con una cruda señal de miedo en su voz:
—¡Ven aquí, ahora mismo! Necesitamos...
Había sonidos de lucha, un grito ahogado, luego un chasquido y el tono vacío del discado.
Colgué y regresé a toda prisa junto a Vicki.
—Ven —le dije.
Mesiguió sin preguntarme nada. Al principio pensé en conducir hasta elmotel, pero el grito ahogado me hizo decidir que se trataba de unaemergencia. Ni Rankin ni Weinbaum me gustaban, pero sabía que tenía queayudarlos.
Nos largamos.
—¿De qué se trata? —preguntó Vicki ansiosamente, mientras yo pisaba el acelerador y hacía patinar el automóvil.
—Mira—le dije—, algo me dice que tienes tus propios secretos con respecto atu tutor; yo también tengo los míos. Por favor, no preguntes.
Ella no volvió a hablar.
Toméposesión de la senda de paso. El velocímetro subió de ciento veinte aciento treinta, continuó aumentando y tembló al borde de los cientocuarenta. Entré en el desvío en dos ruedas, y el auto se zarandeó, seaferró al piso y empezó a volar por el sendero.
Podía ver la casa, siniestra y lúgubre contra el cielo encapotado. Detuve el auto y me encontré afuera en un segundo.
—Espera aquí —le grité a Vicky por sobre mi hombro.
Habíauna luz encendida en el laboratorio; abrí la puerta violentamente.Estaba vacío pero arrasado. El lugar era un lío de tubos de ensayorotos, aparatos destrozados y, sí, unas manchas sangrientas quecruzaban la puerta entornada que llevaba al garaje en sombras. Entoncesadvertí el líquido verde que fluía por el suelo en pegajososriachuelos. Por primera vez noté que se había roto uno de los diversostanques. Caminé por encima de los otros dos. Las luces que teníanadentro estaban apagadas, y los paneles que los cubrían no dejaban verqué podrían haber tenido dentro o, ya que estamos, qué era lo quetodavía tenían.
Notenía tiempo para andar mirando. No me gustó nada la vista de lasangre, todavía fresca y sin coagular, que se dirigía a la puertadelantera del garaje. Abrí la puerta con cuidado y entré en el garaje.Estaba oscuro y no sabía dónde buscar el interruptor de la luz. Memaldije por no traer la linterna que guardaba en la guantera. Meadelanté unos pocos pasos y me di cuenta de que una corriente de airefrío me soplaba contra la cara; avancé hacia ella.
Laluz del laboratorio arrojaba un dorado pozo de luz a todo lo largo delsuelo del garaje, aunque no llegaba a alumbrar nada en esa espesanegrura. Regresaron todos mis infantiles miedos a la oscuridad. Una vezmás me introduje en esos reinos del terror que sólo un niño puedellegar a conocer. Comprendí que la sombra que me espiaba desde laoscuridad no podría disiparse con ninguna luz brillante.
Derepente, mi pie derecho pisó el vacío. Adiviné que la corriente de aireprovenía de una escalera en la que casi me había caído. Lo debatídurante un momento, pero luego me volví y atravesé de prisa ellaboratorio y corrí hacia el auto.


CAPÍTULO SEIS

Vicki se me vino encima en cuanto abrí la puerta del auto.
—¿Danny, qué estás haciendo aquí?
Su tono de voz me hizo mirarla con atención. Su rostro se veía aterrorizado bajo el enfermizo resplandor de la luz.
—Trabajo en este lugar —expliqué brevemente.
—Al principio no advertí donde nos encontrábamos —dijo ella, con lentitud—. Sólo una vez estuve aquí.
—¿Has estado aquí antes? —exclamé— ¿Cuándo? ¿Y por qué?
—Una noche —dijo reservadamente—, le traje la comida al tío David. Se la había olvidado.
El nombre hizo sonar una campanilla en mi mente. Ella comprendió que yo intentaba recordar de quién se trataba.
—Mitutor —explicó—. Quizás lo mejor sería que te cuente toda la historia.Probablemente sepas que no se suele designar como tutor a las personasque tienen problemas con la bebida. Bien, el tío David no siempre lostuvo. Hace cuatro años, cuando papá y mamá murieron en un choque detrenes, el tío David era la persona más amable que te puedas imaginar.La corte lo designó como mi tutor hasta que yo llegara a la mayoría deedad, con mi sustento completo.
Sequedó callada durante un momento, reviviendo sus recuerdos, y laexpresión que le cruzó por los ojos no fue nada agradable; luegocontinuó el relato.
—Hacedos años cerró la compañía en la que trabajaba como vigilante nocturno,y mi tío se quedó sin trabajo. Estuvo desempleado durante casi año ymedio. Comenzamos a desesperarnos, con tan sólo los cheques deasistencia social para alimentarnos y con la universidad amenazando consuspenderme. Entonces consiguió un trabajo. Era bien pago y originabasumas fabulosas. Solía bromear sobre los bancos que había tenido querobar. Una noche él me miró y me dijo: «No se trata de bancos».
Sentí que el miedo y la culpa me daban golpecitos en el hombro con unos dedos fríos. Vicki siguió hablando.
—Comenzóa volverse irritable. Empezó a traer whisky a la casa y aemborracharse. Me esquivaba en las ocasiones en que le preguntaba porsu trabajo. Una noche me dijo que dejara de molestarlo y que me metieraen mis propios asuntos.
»Lovi derrumbarse delante de mis propios ojos. Hasta que una noche se leescapó un nombre; Weinbaum, Steffen Weinbaum. Un par de semanas despuésolvidó llevarse su comida de medianoche. Busqué el nombre en la guíatelefónica y se la llevé. Se puso terriblemente furioso, como nunca lohabía visto.
»En lassemanas que siguieron se quedaba más y más tiempo en esta casahorrible. Una noche, cuando volvió a casa, me pegó. Yo decidí escapar.El tío David que conocía estaba muerto, al menos para mí. Pero meatrapó... y entonces llegaste tú.
Se quedó callada.
Meestremecí de la cabeza a los pies. Tenía una idea bastante aproximadaacerca de qué fue lo que hizo el tío de Vicki para ganarse la vida. Laépoca en la que Rankin me había contratado coincidía con aquella en laque el tutor de Vicki perdiera el control. En ese instante estuve apunto de arrancar el auto y largarme, a pesar de la salvaje carniceríadel laboratorio, a pesar de la escalera secreta, incluso a pesar delreguero de sangre en el piso. Pero entonces un grito lejano y débilllegó hasta nosotros. Manoteé el botón del compartimiento de laguantera, metí la mano dentro, y la revolví hasta encontrar la linterna.
La mano de Vicki me apretó el brazo.
—No, Danny. Por favor, no lo hagas. Sé que algo terrible está pasando aquí. ¡Condúcenos lejos de eso!
El grito sonó de vuelta, esta vez más debilitado, y tomé una determinación: agarré la linterna. Vicki me adivinó la intención.
—Muy bien, iré contigo.
—Uh-uh —dije—. Tú te quedas aquí. Tengo el presentimiento de que hay algo... suelto allí afuera. Tú te quedas aquí.
Volvióal asiento de mala gana. Cerré la puerta y regresé corriendo allaboratorio. Entré de nuevo al garaje, sin detenerme. La linternaalumbró el agujero oscuro donde la pared se había deslizado pararevelar la escalera. Con la sangre tamborileándome densamente en lassienes, me aventuré allí abajo. Fui contando los escalones, apuntandocon la linterna hacia las anodinas paredes, hacia la impenetrableoscuridad de las profundidades.
—Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés...
Alllegar al treinta, la escalera se convirtió repentinamente en un cortopasadizo. Empecé a atravesarlo sigilosamente, deseando tener a mano unrevólver o incluso un cuchillo que me hiciera sentir un poco menosdesnudo y vulnerable.
Derepente un grito, terrible y colmado de miedo, resonó en la oscuridadque tenía enfrente. Era el sonido del terror, el sonido de un hombreenfrentado con algo salido de los más profundos fosos del horror.Comencé a correr. Mientras lo hacía advertí que la fría corriente deaire me estaba soplando directamente en la cara. Supuse que el túneldebía dar al exterior. Y entonces me tropecé con algo.
EraRankin, tirado en el charco de su propia sangre; sus ojos contemplabanel techo con un horror vidrioso. La parte trasera de su cabeza estabaaplastada.
Delantede mí escuché el disparo de una pistola, una maldición, y otro grito.Corrí hacia allí y por poco me caigo de bruces al tropezar con unosnuevos escalones. Al subirlos distinguí, allá arriba, una escaleravagamente enmarcada contra una abertura cubierta con malezas. Las hicea un lado y me encontré con un cuadro sorprendente: silueteada contrael cielo, una figura alta que sólo podía ser de Weinbaum, con unrevólver colgándole de una mano, y mirando hacia el suelo en sombras.Incluso las nubes, que se habían abierto brevemente para dejar pasar laluz de las estrellas, volvieron a cerrarse.
Él me escuchó y se dio vuelta con prontitud, con sus ojos vidriosos como linternas rojas en la oscuridad.
—Oh, es usted, Gerad.
—Rankin está muerto —le dije.
—Lo sé —respondió—. Usted podría haberlo evitado llegando un poco más rápido.
—Oh, cállese —le contesté, enojado—. Me apuré...
Fuiinterrumpido por un sonido que, desde entonces, me ha venidopersiguiendo en mis pesadillas, un horroroso sonido maullante, como sise tratara del grito de dolor de alguna rata gigantesca. Por el rostrode Weinbaum vi pasar el reconocimiento, el miedo, y finalmente unparpadeo de determinación, todo en cuestión de segundos. Me sentíprofundamente aterrorizado.
—¿Qué es eso? —pregunté con la voz estrangulada.
Comoal descuido, con toda su afectada indiferencia, barrió el fondo delpozo con el haz de luz, y alcancé a notar que su mirada se apartaba dealgo.
La cosamaulló de nuevo y experimenté otro espasmo de miedo. Estiré el cuellopara poder ver qué clase de horror yacía en aquel pozo, un horror capazde lograr que incluso Weinbaum gritara de abyecto terror. Y justo antesde que pudiera verlo, un horrible alarido de espanto se alzó y desplomódesde el difuso contorno de la casa.
Weinbaum dejó de alumbrar el pozo con su linterna y la apuntó contra mi cara.
—¿Quién fue? ¿Con quién vino usted? —preguntó.
Peroyo tenía mi propia linterna encendida, de modo que volví a atravesarcorriendo el pasadizo, con Weinbaum pegado a mis talones. Habíareconocido el grito. Ya lo había oído antes, cuando una muchachaasustada casi se abalanza contra mi auto mientras huía de su maniáticotutor.
¡Vicki!


CAPÍTULO SIETE

Escuchéque Weinbaum ahogaba un grito cuando entramos en el laboratorio. Ellugar estaba inundado del líquido verde. ¡Los otros dos recipientesestaban rotos! Sin detenerme, transpuse los recipientes destruídos yvacíos y salí por la puerta. Weinbaum no me siguió.
Nohabía nadie en el coche; la puerta del lado del pasajero estabaabierta. Barrí el suelo con la luz de mi linterna. Aquí y allá se veíanlas huellas de una chica que calzaba tacones altos, una chica que teníaque ser Vicki. El resto de las huellas fueron borradas por algomonstruoso; vacilo al intentar considerarla una huella. Era más biencomo si algo grande se hubiera arrastrado en dirección al bosque. Suenormidad quedó demostrada, además, cuando descubrí los arbolillosquebrados y la maleza aplastada.
Volvícorriendo al laboratorio, donde Weinbaum estaba sentado con la carapálida y estirada, contemplando los tres tanques vacíos y destrozados.El revólver estaba sobre la mesa; me apoderé de él y me dirigí hacia lapuerta.
—¿Adónde se piensa que va con eso? —interpeló, poniéndose de pie.
—Afuera, en busca de Vicki —gruñí—. Y si llega a estar herida o... —no terminé la frase.
Meprecipité en la aterciopelada oscuridad de la noche. Me zambullí en elbosque con la pistola en una mano y la linterna en la otra, siguiendoel sendero trazado por algo en lo que no quería pensar. La preguntavital que me ardía en la mente era si tenía a Vicki o si aún la estabaarrastrando. Si la tenía en su poder…
Mi pregunta fue respondida por un grito agudo que no sonó demasiado lejos de mí.
Salí corriendo, más rápidamente ahora, cuando de repente aparecí en un claro.
Quizássea porque quiero olvidarlo, o tal vez sólo porque la noche era oscuray comenzaba a ponerse brumosa, pero lo cierto es que tan solo puedorecordar cómo Vicki apareció a la luz de mi linterna, corriendo haciamí, para enterrar su cabeza contra mi hombro y sollozar.
Unaenorme sombra se me acercó maullando de manera asquerosa, volviéndomecasi loco del terror. Atropelladamente, escapamos de aquel horror en laoscuridad, de regreso a las reconfortantes luces del laboratorio, lejosdel nunca visto terror que acechaba en la negrura. Mi cerebro,enloquecido por el miedo, me decía que si sumabas dos y dos obtenías uncinco.
Los trestanques habían contenido tres cosas provenientes de los más oscurosabismos de una mente retorcida. Una había escapado; Rankin y Weinbaumla persiguieron. Había matado a Rankin, pero Weinbaum la hizo caer enel pozo disimulado. La segunda cosa se debatía ahora torpemente en elbosque, y de repente recordé que, fuera lo que fuese, era muy grande yle había llevado bastante tiempo arrastrarse hasta allí. Entoncescomprendí que había retenido a Vicki en una hondonada. ¡Había llegadoal fondo... con mucha facilidad! Pero, ¿y volver a escalarla? Estabacasi seguro de que no podría lograrlo.
Dosde ellas se encontraban fuera del juego. Pero, ¿dónde estaba latercera? Mi pregunta fue respondida en ese preciso instante por ungrito proveniente del laboratorio. Y por un… maullido.


CAPÍTULO OCHO

Corrimoshasta la puerta del laboratorio y la abrimos. Estaba vacío; los gritosy los terribles sonidos maullantes provenían del garaje. Llegué a lapuerta, y desde aquel entonces he estado agradecido de que Vicki sequedara en el laboratorio y se ahorrara la visión que me ha despertadode mil espantosas pesadillas.
Ellaboratorio estaba en sombras y lo único que podía distinguir era unaenorme mancha moviéndose perezosamente. ¡Y los alaridos! Gritos deterror, los gritos de un hombre que se está enfrentando a un monstruosalido de los abismos del infierno. Algo maullaba espantosamente yparecía jadear complacido.
Mimano se movió en busca de la llave de la luz. ¡Allí estaba, laencontré! La luz inundó el cuarto, iluminando un cuadro de horror queera el resultado del asunto de la tumba en el que había participado,tanto el tío muerto como yo.
Ungusano grande y blanquecino se retorcía en el suelo del garaje,reteniendo a Weinbaum con sus ventosas extendidas, alzándolo hacia esaboca rosa y goteante de la que provenían los desagradables maullidos.Las venas, rojas y pulsantes, sobresalían bajo su carne viscosa, ymillones de diminutos gusanos serpenteaban en las vasos sanguíneos, enla piel, incluso formaban un gran ojo que me miró fijamente. Un inmensogusano, compuesto de centenares de millones de gusanos, los festejantesde la carne muerta que Weinbaum había utilizado tan desvergonzadamente.
Inmerso en el submundo del terror, disparé el revólver una y otra vez. La cosa maulló y se convulsionó.
Weinbaumgritó algo mientras era arrastrado inexorablemente hacia la boca queesperaba. Aunque no podía creerlo, logré entenderle por sobre elhorroroso sonido que producía la criatura.
—¡Dispárele! ¡Por el amor del cielo, dispárele!
Entoncesnoté los pegajosos charcos de líquido verde que, provenientes dellaboratorio, se rebalsaban sobre el suelo. Me puse a buscar miencendedor, lo encontré y lo accioné frenéticamente. De repente recordéque había olvidado cambiarle la piedra. De modo que busqué la cajita defósforos, saqué uno y con aquél encendí todos los demás. Lo hice justocuando Weinbaum gritaba por última vez. Distinguí su cuerpo a través dela translúcida piel de la criatura, que aún se sacudía mientras milesde gusanos se le pegaban como sanguijuelas. Sintiendo náuseas, arrojélos fósforos encendidos en el rezume verde. Era inflamable, tal como loimaginaba. Estalló en llamas resplandecientes. La criatura se enroscóen una asquerosa pelota de carne pulsante y podrida.
Me volví y salí a los trompicones hasta donde se encontraba Vicki, pálida y temblorosa.
—¡Vamos! —le dije—; salgamos de aquí! ¡Todo el lugar va a arder!
Nos abalanzamos dentro del auto y nos alejamos a toda velocidad.


CAPÍTULO NUEVE

Noqueda mucho por agregar. Imagino que habrán leído todo lo referente alfuego que arrasó el distrito residencial Belwood de California, y quebarrió con casi veinte kilómetros cuadrados de bosques y casasresidenciales. No podría sentirme demasiado mal acerca de aquelincendio. Calculo que cientos de personas habrían sido exterminadas porlas gigantescas cosas-gusano que Weinbaum y Rankin estaban engendrando.Volví a aquel lugar en el auto, luego del incendio. Todo estaba llenode ruinas carbonizadas. No quedaban restos reconocibles del horrorcontra el que luchamos esa última noche, y, tras buscar durante unrato, encontré un armario de metal. Adentro tenía tres cuadernos deanotaciones.
Uno deellos era el diario de Weinbaum. Lo leí con detenimiento. Revelaba queestaban experimentando con la carne muerta, exponiéndola a los rayosgamma. Un día observaron una cosa extraña: algunos de los gusanos quese arrastraban sobre la carne estaban creciendo, agrupándose. Con eltiempo fueron creciendo juntos, formando tres grandes gusanos porseparado. Quizás la bomba radiactiva había acelerado la evolución.
No lo sé.
Además, no quiero saberlo.
Supongoque, en cierto modo, tuve algo que ver con la muerte de Rankin; lacarne del cadáver cuya tumba yo mismo había profanado quizás habíaalimentado a la misma criatura que lo terminó matando.
Vivocon ese pensamiento. Pero creo que puede haber un perdón. Me estoyesforzando por conseguirlo. O, más bien, ambos nos estamos esforzando.
Vicki y yo. Juntos.


I WAS A TEENAGE GRAVE ROBBER, publicado por primera vez en el fanzine Comics review, 1966.

INA HALF WORLD OF TERROR, publicado por Mary Wolfman en Stories ofSuspense Nº 2, (reimpresión, historia originalmente titulada I WAS ATEENAGE GRAVE ROBBER).

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EL MUCHACHO QUE ESCRIBIA POESIA - Yukio Mishima

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EL MUCHACHO QUE ESCRIBIA POESIA - Yukio Mishima

EL MUCHACHO QUE ESCRIBIA POESIA

Yukio Mishima

Poema tras poema fluía de su pluma con pasmosa facilidad. Le llevaba poco tiempo llenar las treinta páginas de uno de los cuadernos de la Escuela de los Pares. ¿Cómo era posible, se preguntaba el muchacho, que pudiera escribir dos o tres poemas por día? Una semana que estuvo enfermo en cama, compuso: "Una semana: Antología". Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra "poemas" en la primera página. Abajo, escribió en inglés: "12th. 18th: May, 1940".
Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. La algarabía es por mis 15 años. Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir "es posible", tenía que decir siempre "sí".
Estaba anémico de tanto masturbarse. Pern, su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo. En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Solo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.
Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. El se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.
Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba.
Venía la poesía para resguardar sus momentos de felicidad, ¿o era el nacimiento de sus poemas lo que la hacía posible? No estaba seguro. Sólo sabía que era una felicidad diferente de la que sentía cuando sus padres le traían algo que había deseado por mucho tiempo o cuando lo llevaban de viaje, y que era una felicidad únicamente suya.
Al muchacho no le gustaba escrutar constante y atentamente el mundo exterior o su ser interior. Si el objeto que le llamaba la atención no se convertía de pronto en una imagen si en un mediodía de mayo el brillo blancuzco de las hojas recién nacidas no se convertía en el oscuro fulgor de los capullos nocturnos del cerezo se aburría al instante y dejaba de mirarlo. Rechazaba fríamente los objetos reales pero extraños que no podía transformar: "No hay poesía en eso".
Una mañana en que había previsto las preguntas de un examen, respondió rápidamente, puso las respuestas sobre el escritorio del profesor sin mirarlas siquiera, y salió antes que todos sus compañeros. Cuando cruzaba los patios desiertos hacia la puerta, cayó en sus ojos el brillo de la esfera dorada del asta de la bandera. Una inefable sensación de felicidad se apoderó de él. La bandera no estaba alzada. No era día de fiesta. Pero sintió que era un día de fiesta para su espíritu, y que la esfera del asta lo celebraba. Su cerebro dio un rápido giro y se encaminó hacia la poesía. Hacia el éxtasis del momento. La plenitud de esa soledad. Su extraordinaria ligereza. Cada recodo de su cuerpo intoxicado de lucidez. La armonía entre el mundo exterior y su ser interior...
Cuando no caía naturalmente en ese estado, trataba de usar cualquier cosa a mano para inducir la misma intoxicación. Escudriñaba su cuarto a través de una caja de cigarrillos hecha con una veteada caparazón de tortuga. Agitaba el frasco de cosméticos de su madre y observaba la tumultuosa danza del polvo al abandonar la clara superficie del líquido y asentarse suavemente en el fondo.
Sin la menor emoción usaba palabras como "súplica", "maldición" y "desdén". El muchacho estaba en el Club Literario. Uno de los miembros del comité le había prestado una llave que le permitía entrar a la sede solo y a cualquier hora para sumergirse en sus diccionarios favoritos. Le gustaban las páginas sobre los poetas románticos en el "Diccionario de la literatura mundial": En sus retratos no tenían enmarañadas barbas de viejo, todos eran jóvenes y bellos.
Le interesaba la brevedad de las vidas de los poetas. Los poetas deben morir jóvenes. Pero incluso una muerte prematura era algo lejano para un quinceañero. Desde esta seguridad aritmética el muchacho podía contemplar la muerte prematura sin preocuparse.
Le gustaba el soneto de Wilde, "La tumba de Keats": "Despojado de la vida cuando eran nuevos el amor y la vida / aquí yace el más joven de los mártires". Había algo sorprendente en esos desastres reales que caían, benéficos, sobre los poetas. Creía en una armonía predeterminada. La armonía predeterminada en la biografía de un poeta. Creer en esto era como creer en su propio genio.
Le causaba placer imaginar largas elegías en su honor, la fama póstuma. Pero imaginar su propio cadáver lo hacía sentirse torpe. Pensaba febrilmente, que viva como un cohete. Que con todo mi ser pinte el cielo nocturno un momento y me apague al instante. Consideraba todas las clases de vida y ninguna otra le parecía tolerable. El suicidio le repugnaba. La armonía predeterminada encontraría una manera más satisfactoria de matarlo.
La poesía empezaba a emperezar su espíritu. Si hubiera sido más diligente, habría pensado con más pasión en el suicidio.
En la reunión de la mañana el monitor de los estudiantes pronunció su nombre. Eso implicaba una pena más severa que ser llamado a la oficina del maestro. "Ya sabes de qué se trata", le dijeron sus amigos para intimidarlo. Se puso pálido y le temblaban las manos.
El monitor, a la espera del muchacho, escribía algo con una punta de acero en las cenizas muertas del "hibachi". Cuando el muchacho entró, el monitor le dijo "siéntese", cortésmente. No hubo reprimenda. Le contó que había leído sus poemas en la revista de los egresados. Después le hizo muchas preguntas sobre la poesía y sobre su vida en el hogar. Al final le dijo: "Hay dos tipos: Schilla y Goethe. Sabe quién es Schilla, ¿no es cierto?"
"¿Schiller quiere decir?"
"Sí. No trate nunca de convertirse en un Schilla. Sea un Goethe".
El muchacho salió del cuarto del monitor y se arrastró hasta el salón de clase, insatisfecho y frunciendo el ceño. No había leído ni a Goethe ni a Schiller. Pero conocía sus retratos. "No me gusta Goethe. Es un viejo. Schiller es joven. Me gusta más".
El presidente del Club Literario, un joven llamado R que le llevaba cinco años, empezó a protegerlo. También a él le gustaba R, porque era indudable que se consideraba un genio anónimo, y porque reconocía el genio del muchacho sin tener para nada en cuenta su diferencia de edades. Los genios tenían que ser amigos.
R era hijo de un Par. Se daba los aires de un Villiers de l'Isle Adam, se sentía orgulloso del noble linaje de su familia y empapaba su obra con una nostalgia decadente de la tradición aristocrática de las letras. R, además, había publicado una edición privada de sus poemas y ensayos. El muchacho sintió la envidia.
Intercambiaban largas cartas todos los días. Les gustaba esta rutina. Casi las mañanas llegaba a casa del muchacho una carta de R en un sobre al estilo occidental, del color del melocotón. Por largas que fueran las cartas no pasaban de un cierto peso; lo que le encantaba al muchacho era esa voluminosa ligereza, esa sensación de que estaban llenas pero de que flotaban. Al final de la carta copiaba un poema reciente, escrito ese mismo día, o si no había tenido tiempo, un poema anterior.
El contenido de las cartas era trivial. Empezaban con una crítica del poema que el otro había enviado en la última carta, a la que seguía una palabrería inacabable en la que cada cual hablaba de la música que había escuchado, los episodios diarios de su familia, las impresiones de las muchachas que le habían parecido bellas, los libros que había leído, las experiencias poéticas en las que una palabra revelaba mundos, y así sucesivamente. Ni el joven de veinte años ni el muchacho de quince se cansaban de este hábito.
Pero el muchacho reconocía en las cartas de R una pálida melancolía, la sombra de un ligero malestar que sabía no estaba nunca presente en las suyas. Un recelo ante la realidad, una ansiedad de algo a lo que pronto tendría que enfrentarse le daban a las cartas de R un cierto espíritu de soledad y de dolor. El tranquilo muchacho percibía este espíritu como una sombra sin importancia que nunca caería sobre él.
¿Veré alguna vez la fealdad? El muchacho se planteaba problemas de esta clase; no los esperaba. La vejez, por ejemplo, que rindió a Goethe después de soportarla muchos años. No se le había ocurrido nunca pensar en algo como la vejez. Hasta la flor de la juventud, bella para unos, fea para otros, estaba todavía muy lejos. Olvidaba la fealdad que descubría en sí mismo.
El muchacho estaba cautivado por la ilusión que confunde al arte con el artista, la ilusión que proyectan en el artista las muchachas ingenuas y consentidas. No le interesaba el análisis y el estudio de ese ser que era él mismo, en quien siempre soñaba. Pertenecía al mundo de la metáfora, al interminable calidoscopio en el que la desnudez de una muchacha se convertía en una flor artificial. Quien hace cosas bellas no puede ser feo. Era un pensamiento tercamente enraizado en su cerebro, pero inexplicablemente no se hacía nunca la pregunta más importante: ¿Era necesario que alguien bello hiciera cosas bellas?
¿Necesario? El muchacho se hubiera reído de la palabra. Sus poemas no nacían de la necesidad. Le venían naturalmente; aunque tratara de negarlos, los poemas mismos movían su mano y lo obligaban a escribir. La necesidad implicaba una carencia, algo que no podía concebir en sí mismo. Reducía, en primer lugar, las fuentes de su poesía a la palabra "genio", y no podía creer que hubiera en él una carencia de la que no fuera consciente. Y aunque lo fuera, prefería llamarlo "genio" y no carencia.
No que fuera incapaz de criticar sus propios poemas. Había, por ejemplo, un poema de cuatro versos que los mayores alababan con extravagancia; le parecía frívolo y le daba pena. Era un poema que decía: así como el borde transparente de este vidrio tiene un fulgor azul, así tus límpidos ojos pueden esconder un destello de amor.
Los elogios de los demás le encantaban al muchacho, pero su arrogancia no le permitía ahogarse en ellos. La verdad era que ni siquiera el talento de R le impresionaba mucho. Claro que R tenía suficiente talento como para distinguirse entre los estudiantes avanzados del Club Literario, pero eso no quería decir nada. Había un rincón frígido en el corazón del muchacho. Si R no hubiera agotado su tesoro verbal para alabar el talento del muchacho, quizás el muchacho no hubiera hecho ningún esfuerzo para reconocer el de R.
Se daba perfecta cuenta de que el premio a su gusto ocasional por ese tranquilo placer era la ausencia de cualquier brusca excitación adolescente. Dos veces al año, las escuelas tenían series de béisbol que llamaban los "Juegos de la Liga". Cuando la Escuela de los Pares perdía, los estudiantes de penúltimo año que habían vitoreado a los jugadores durante el partido los rodeaban y compartían sus sollozos. El nunca lloraba. Ni se sentía triste. "¿Para qué sentirse triste? ¿Porque perdimos un partido de béisbol?" Le sorprendían esas caras llorosas, tan extrañas. El muchacho sabía que sentía las cosas con facilidad, pero su sensibilidad se encaminaba en una dirección diferente a la de todos los demás. Las cosas que los hacían llorar no tenían eco en su corazón. El muchacho empezó a hacer cada vez más que el amor fuera el tema de su poesía. Nunca había amado. Pero le aburría basar su poesía solamente en las transformaciones de la naturaleza, y se puso a cantar las metamorfosis que de momento a momento ocurren en el alma.
No le remordía cantar lo que no había vivido. Algo en él siempre había creído que el arte era esto exactamente. No se lamentaba de su falta de experiencia. No había oposición ni tensión entre el mundo que le quedaba por vivir y el mundo que tenía dentro de sí. No tenía que ir muy lejos para creer en la superioridad de su mundo interior; una especie de confianza irracional le permitía creer que no había en el mundo emoción que le quedara por sentir. Porque el muchacho pensaba que un espíritu tan agudo y sensible como el suyo ya había aprehendido los arquetipos de todas las emociones, aunque fuera algunas veces como puras premoniciones, que toda la experiencia se podía reconstruir con las combinaciones apropiadas de estos elementos de la emoción. Pero, ¿cuáles eran estos elementos? El tenía su propia y arbitraria definición: "Las palabras".
No que el muchacho hubiera llegado a una maestría de las palabras que fuera genuinamente suya. Pero pensaba que la universalidad de muchas de las palabras que encontraba en el diccionario las hacía variadas en su significado y con distinto contenido y, por lo tanto, disponibles para su uso personal, para un empleo individual y único. No se le ocurría que solo la experiencia podía darle a las palabras color y plenitud creativa.
El primer encuentro entre nuestro mundo interior y el lenguaje enfrenta algo totalmente individual con algo universal. Es también la ocasión para que un individuo, refinado por lo universal, por fin se reconozca. El quinceañero estaba más que familiarizado con esta indescriptible experiencia interior. Porque la desarmonía que sentía al encontrar una nueva palabra también le hacía sentir una emoción desconocida. Lo ayudaba a mantener una calma exterior incompatible con su juventud. Cuando una cierta emoción se apoderaba de él, la desarmonía que despertaba lo llevaba a recordar los elementos de la desarmonía que había sentido antes de la palabra. Recordaba entonces la palabra y la usaba para nombrar la emoción que tenía ante sí. El muchacho se hizo práctico en disponer así de las emociones. Fue así como conoció todas las cosas: la "humillación", la "agonía", la "desesperanza", la execración", la "alegría del amor", la "pena del desamor".
Le hubiera sido fácil recurrir a la imaginación. Pero el muchacho dudaba en hacerlo. La imaginación necesita una clase de identificación en la que el ser se duele con el dolor de los demás. El muchacho, en su frialdad, no sentía nunca el dolor de los demás. Sin sentir el menor dolor se susurraba: "Eso es dolor, es algo que conozco".
Era una soleada tarde de mayo. Las clases se habían acabado. El muchacho caminaba hacia la sede del Club Literario para ver si había alguien allí con quien pudiera hablar camino a casa. Se encontró con R, quien le dijo: "Estaba esperando que nos encontráramos. Charlemos".
Entraron al edificio estilo cuartel en el que los salones de clase habían sido divididos con tabiques para alojar los diferentes clubes. El Club Literario estaba en una esquina del oscuro primer piso. Alcanzaban a oír ruidos, risas y el himno del colegio en el Club Deportivo, y el eco de un piano en el Club Musical. R. metió la llave en la cerradura de la sucia puerta de madera. Era una puerta que aún sin llave había que abrir a empujones.
El cuarto estaba vacío. Can el habitual olor a polvo. R entró y abrió la ventana, palmoteó para quitarse el polvo de las manos y se sentó en un asiento desvencijado.
Cuando ya estaban instalados el muchacho empezó a hablar. "Anoche vi un sueño en colores". (El muchacho se imaginaba que los sueños en colores era prerrogativa de les poetas). "Había una colina de tierra roja. La tierra era de un rojo encendido, y el atardecer, rojo y brillante, hacía su color más resplandeciente. De la derecha vino entonces un hombre arrastrando una larga cadena. Un pavo real cuatro o cinco veces más grande que el hombre iba atado a su extremo y recogía sus plumas arrastrándose lentamente frente a mí. El pavo real era de un verde vivo. Todo su cuerpo era verde y brillaba hermosamente. Seguí mirando el pavo real a medida que era arrastrado hacia lo lejos, hasta que no pude verlo más... Fue un sueño fantástico. Mis sueños son muy vívidos cuando son en colores, casi demasiado vívidos. ¿Qué querría decir un pavo real verde para Freud?"
"Qué querría decir?"
R no parecía muy interesado. Estaba distinto de siempre. Estaba igual de pálido, pero su voz no tenía su usual tono tranquilo y afiebrado, ni respondía con pasión. Había aparentemente escuchado el monólogo del muchacho con indiferencia. No, no lo escuchaba.
El afectado y alto cuello del uniforme de R estaba espolvoreado de caspa. La luz turbia hacía que refulgiera el capullo de cerezo de su emblema de oro, y alargaba su nariz, de por sí bastante grande. Era de forma elegante pero un tris más grande de lo debido, y mostraba una inconfundible expresión de ansiedad. La angustia de R parecía manifestarse en su nariz.
Sobre el escritorio había unas viejas galeras cubiertas de polvo y reglas, lápices rojos, laca, volúmenes empastados de la revista de los egresados y manuscritos que alguien había empezado. El muchacho amaba esta confusión literaria. R revolvió las galeras como si estuviera ordenando las cosas a regañadientes, y sus dedos blancos y delgados se ensuciaron con el polvo. El muchacho hizo un gesto de burla. Pero R chasqueó la lengua en señal de molestia, se sacudió el polvo de las manos y dijo:
"La verdad es que hoy quería hablar contigo de algo".
"De qué?"
"La verdad es...". R vaciló primero pero luego escupió las palabras. "Sufro. Me ha pasado algo terrible".
"¿Estás enamorado?" preguntó fríamente el muchacho.
"Sí".
R explicó las circunstancias. Se había enamorado de la joven esposa de otro, había sido descubierto por su padre, y le habían prohibido volver a verla. El muchacho se quedó mirando a R con los ojos desorbitados. "He aquí a alguien enamorado. Por primera vez puedo ver el amor con mis ojos". No era un bello espectáculo. Era más bien desagradable.
La habitual vitalidad de R había desaparecido; estaba cabizbajo. Parecía malhumorado. El muchacho había observado a menudo esta expresión en las caras de personas que habían perdido algo o a quienes había dejado el tren.
Pero que un mayor tuviera confianza en él era un halago a su vanidad. No se sentía triste. Hizo un valeroso esfuerzo por asumir un aspecto melancólico. Pero el aire banal de una persona enamorada era difícil de soportar.
Por fin halló unas palabras de consuelo.
"Es terrible. Pern estoy seguro que de ello saldrá un buen poema".
R respondió débilmente: "Este no es momento para la poesía".
"¿Pero no es la poesía una salvación en momentos como este?"
La felicidad que causa la creación de un poema pasó como un rayo por la mente del muchacho. Pensó que cualquier pena o agonía podía ser eliminada mediante el poder de esa felicidad.
"Las cosas no funcionan así. Tú no comprendes todavía".
Esta frase hirió el orgullo del muchacho. Su corazón se heló y planeó la venganza.
"Pero si fueras un verdadero poeta, un genio, ¿no te salvaría la poesía en un momento como este?"
"Goethe escribió el Werther", respondió R, "y se salvó del suicidio. Pero sólo pudo escribirlo porque, en el fondo de su alma, sabía que nada, ni la poesía, lo podría salvar, y que lo único que quedaba era el suicidio".
"Entonces, ¿por qué no se suicidó Goethe? Si escribir y el suicidio son la misma cosa, ¿por qué no se suicidó? ¿Porque era un cobarde? ¿O porque era un genio?"
"Porque era un genio".
"Entonces..."
El muchacho iba a insistir en una pregunta más, pera ni él mismo la comprendía. Se hizo vagamente a la idea de que lo que había salvado a Goethe era el egoísmo. La idea de usar esta noción para defenderse se apoderó de él.
La frase de R, "Tú no comprendes todavía", lo había herido profundamente. A sus años no había nada más fuerte que la sensación de inferioridad por la edad. Aunque no se atrevió a pronunciarla, una proposición que se burlaba de R había surgido en su mente: "No es un genio. Se enamora".
El amor de R era sin duda verdadero. Era la clase de amor que un genio nunca debe tener. R, para adornar su miseria, recurría al amor de Fujitsubo y Gengi, de Peleas y Melisande, de Tristán e Isolda, de la princesa de Cleves y el duque de Némours como ejemplos del amor ilícito.
A medida que escuchaba, el muchacho se escandalizaba de que no había en la confesión de R ni un solo elemento que no conociera. Todo había sido escrito, todo había sido previsto, todo había sido ensayado. El amor escrito en los libros era más vital que éste. El amor cantado en los poemas era más bello. No podía comprender por qué R recurría a la realidad para tener sueños sublimes. No podía comprender este deseo de lo mediocre.
R parecía haberse calmado con sus palabras, y ahora empezó a hacer un largo recuento de los atributos de la muchacha. Debía de ser una belleza extraordinaria, pero el muchacho no se la podía imaginar. "La próxima vez te muestro su retrato", dijo R. Luego, no sin vergüenza, terminó dramáticamente:
"Me dijo que mi frente era realmente muy hermosa".
El muchacho se fijó en la frente de R, bajo el pelo peinado hacia atrás. Era abultada y la piel relucía débilmente bajo la luz opaca que entraba por la puerta; daba la impresión de que tenía dos protuberancias, cada una tan grande como un puño.
"Es un cejudo" , pensó el muchacho. No le parecía nada hermoso. Mi frente también es abultada, se dijo. Ser cejudo y ser bien parecido no son la misma cosa.
En ese momento el muchacho tuvo la revelación de algo. Había visto la ridícula impureza que siempre se entremete en nuestra conciencia del amor o de la vida, esa ridícula impureza sin la cual no podemos sobrevivir ni en ésta ni en aquel: es decir, la convicción de que el ser cejijuntos nos hace bellos.
El muchacho pensó que también él, quizás, de un modo más intelectual, estaba abriéndose camino en la vida gracias a una convicción parecida. Algo en ese pensamiento lo hizo estremecerse. "¿En qué piensas?" preguntó R, suavemente, como de costumbre.
El muchacho se mordió los labios y sonrió. El día se estaba oscureciendo. Oyó los gritos que llegaban desde donde practicaba el Club de Béisbol. Percibió un eco lúcido cuando una pelota golpeada por bate fue lanzada hacia el cielo. Algún día, tal vez, yo también deje de escribir poesía, pensó el muchacho por primera vez en su vida. Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta.

FIN

JACK LONDON - EL DIENTE DE BALLENA

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JACK LONDON - EL DIENTE DE BALLENA

JACK LONDON - EL DIENTE DE BALLENA


En los primeros días de las islas Fidji, John Starhurst entró en la casa-misión
del pueblecito de Rewa y anunció su propósito de propagar las enseñanzas de la
Biblia a través de todo el archipiélago de Viti Levu. Viti Levu quiere decir
«País grande», y es la mayor de todas las islas del archipiélago. Aquí y allá, a
lo largo de las costas, viven del modo más precario un grupo de misioneros,
mercaderes y desertores de barcos balleneros.
La devoción y la fe progresaban muy poco, nada, y algunas veces los al parecer
convictos arrepentíanse de un modo lamentable. Jefes que presumían de ser
cristianos, y eran por tanto admitidos en la capilla, tenían la desesperante
costumbre de dar al olvido cuanto habían aprendido para darse el placer de
participar del banquete en el que la carne de algún enemigo servía de alimento.
Comer a otro o ser comido por los demás era la única ley imperante en aquel
país, la cual tenía trazas de perdurar eternamente en aquellas islas. Había
jefes como Tanoa, Tuiveikoso y Tuikilakila, que se habían comido cientos de
seres humanos. Pero entre estos glotones descollaba uno, llamado Ra Undreundre.
Vivía en Takiraki, y registraba cuidadamente sus banquetes. Una hilera de
piedras colocadas delante de su casa marcaba el número de personas que se había
comido. La hilera tenía una extensión de doscientos cincuenta pasos y las
piedras sumaban un total de ochocientas setenta y dos, representando cada una de
ellas a una de las víctimas. La hilera hubiera llegado a ser mayor si no hubiese
sucedido el que Ra Undreundre recibió un estacazo en la cabeza en una ligera
escaramuza que hubo en Sorno Sorno, a continuación de la cual fue servido en la
mesa de Naungavuli, cuya mediocre hilera de piedras alcanzó tan sólo el exiguo
total de ochenta y ocho.
Los pobres misioneros, atacados por la fiebre, trabajaban arduamente esperando
que el fuego de Pentecostés iluminara las almas de los salvajes. Pero los
caníbales de Fidji se resistían a dejarse civilizar mientras tuvieran
provisiones abundantes de carne humana. Por aquella época fue cuando John
Starhurst proclamó su intención de enseñar la Biblia de costa a costa y su
propósito de penetrar en las montañas del interior, al norte de Rewa River. Los
maestros indígenas lloraban silenciosamente.
Sus compañeros misioneros trataron en vano de disuadirle. El rey de Rewa le
advirtió que seguramente los montañeses le aplicarían en cuanto lo vieran el
kaikai —esto es, que se lo comerían—, y que el rey de Rewa, como cristiano, no
tendría más remedio que declarar la guerra a los montañeses, que le vencerían, a
él se lo comerían y luego entrarían a saco en Rewa, y por tanto esta guerra
costaría cientos de víctimas. Más
tarde, una comisión de jefes indígenas de allí mismo se entrevistaron con él.
Starhurst les escuchó pacientemente, pero no cambió un ápice su decisión y modo
de pensar. A sus compañeros los misioneros les dijo que él no tenía vocación de
mártir, pero que estaba seguro de que enseñando la Biblia en todo el Viti Levu
no hacía más que cumplir un mandato divino, y que se creía el escogido por Dios
para tal fin.
Los mercaderes apelaron a objeciones y grandes argumentos para disuadirle de la
idea, a todo lo cual él contestó:
—Vuestras observaciones no tienen para mí valor alguno, están inspiradas en el
temor de los daños que en vuestras mercaderías se puedan causar. Vosotros estáis
muy interesados en ganar dinero y yo en salvar almas. Hay que salvar los
habitantes de estas islas negras.
John Starhurst no era un fanático. Hubiera sido él el primero en negar esta
imputación. Era un hombre eminentemente sano y práctico, estaba seguro de que su
misión iba a ser un gran éxito, pues tenía la certeza de que la luz divina
alumbraría las almas de los montañeses, provocando una sana revolución
espiritual en todas las islas. En sus suaves ojos grises no había destellos de
iluminado, pero sí se veía una inalterable resolución emanada de la fe que tenía
en el Poder Divino, que era quien le guiaba.
Un hombre tan sólo aprobó la decisión de Starhurst. Era Ra Vatu, que le animaba
en secreto y le ofreció guías hasta las primeras estribaciones de las montañas.
El corazón de Ra Vatu, que había sido uno de los indígenas de peores instintos,
comenzaba a emanar luz y bondad. Ya había hablado en varias ocasiones de querer
convertirse en lotu (cristiano), y hubiera tenido acceso a la pequeña capilla de
los misioneros a no ser por sus cuatro mujeres, a las cuales quería conservar;
pero había asegurado a Starhurst que sería monógamo tan pronto como su primera
mujer, que a la sazón estaba muy enferma, muriese.
John Starhurst comenzó su gran empresa por el río Rewa en una de las canoas de
Ra Vatu. A distancia, recortándose la silueta en el cielo, divisábanse las
montañas. en las que se veían varias columnitas de humo.
Starhurst las contemplaba con cierta impaciencia. Algunas veces rezaba en
silencio, otras uníase a sus rezos un maestro indígena que le acompañaba. Narau,
que así se llamaba, era lotu desde hacía siete años, que su alma había sido
salvada del infierno por el doctor James Eliery Brown, el cual le había
conquistado con unas plantas de tabaco, dos mantas de algodón y una gran botella
de un licor balsámico. A última hora, y después de cerca de veinte horas de
solitaria meditación, Narau había tenido la inspiración de acompañar a Starhurst
en su viaje de predicación por las montañas inhospitalarias.
—Maestro, con toda seguridad te acompañaré —le había anunciado.
El misionero le abrazó con gran alegría; no cabía duda de que Dios estaba con
él, ya que con su ejemplo había decidido a un hombre tan pobre de espíritu como
Narau, obligándole a seguirle.
—Yo realmente no tengo valor, soy el más débil de los siervos del Señor —decía
Narau durante la travesía del primer día de viaje en canoa.
—Debes tener fe, mucha fe —replicaba animándole Starhurst.
Otra canoa remontaba aquel mismo día el río Rewa, pero con una hora de retraso a
la del misionero, y tomaba grandes precauciones para no ser vista. Iba ocupada
por Erirola, primo mayor de Ra Vatu y su hombre de confianza. En un cestito, y
siempre a la mano, llevaba un diente de ballena. Era un ejemplar magnífico;
tenía seis pulgadas de largo, de bellísimas proporciones, y el marfil, con los
años, había adquirido tonalidades amarillentas y purpúreas. El diente era
propiedad de Ra Vatu, y en Fidji, cuando un diente de esa calidad intervenía en
las cosas, éstas salían siempre a pedir de boca, pues es esta la virtud de los
dientes de ballena. Cualquiera que sea el que acepta este talismán, no puede
rehusar lo que se le pida antes o después de la entrega, y no hay un solo
indígena capaz de faltar al compromiso que al aceptarlo contrae. La petición
puede ser desde una vida humana hasta la más trivial de las alianzas o
peticiones.
Más allá, río arriba, en el pueblo de un jefe llamado Mongondro, John Starhurst
descansó al final del segundo día de canoa. A la mañana siguiente y acompañado
por Narau, pensaba salir a pie hacia las humeantes montañas, que ahora, de
cerca, eran verdes y aterciopeladas. Mongondro era viejo y pequeño, de modales
afables y aspecto de elefantiasis; por tanto, ya la guerra con sus turbulencias
no le atraía. Recibió al misionero con cariñosas demostraciones, le sentó a su
mesa y discutió con él de materias religiosas. Mongondro tenía espíritu muy
inquisitivo y rogó a Starhurst que le explicase el principio del mundo. Con
verdadera unción y palabra precisa, relatóle el misionero el origen del mundo de
acuerdo con el Génesis, y pudo observar que Mongondro estaba muy afectado. El
pequeño y viejo jefe fumaba silenciosamente una pipa y, quitándola de entre sus
labios, movió tristemente la cabeza.
—No puede ser —dijo----. Yo, Mongondro, en mi juventud era un excelente
carpintero, y aun así tardé tres meses en hacer una canoa, una pequeña canoa,
muy pequeña. ¡Y tú dices que toda la tierra y toda el agua la ha hecho un solo
hombre...!
—Ya lo creo; han sido hechas por Dios, por el único Dios verdadero —interrumpió
Starhurst.
—¡Es lo mismo —continuó Mongondro— que toda la tierra, el agua, los árboles, los
peces, los matorrales, las montañas, el sol, la luna, las estrellas, hayan sido
hechos en seis días! No, no y no. Ya te he dicho que en mi juventud era muy
hábil, y tardé tres meses en hacer una pequeña canoa, y eso es una historia para
chicos, pero que ningún hombre puede creerla.
—Yo soy un hombre —dijo el misionero.
—Seguro, tú eres un hombre; pero mi oscuro entendimiento no puede adivinar lo
que tú piensas y crees.
—Pues yo te aseguro que creo firmemente que todo fue hecho en seis días.
—Eso dices tú, eso dices —replicaba humildemente el viejo caníbal.
Cuando John Starhurst y Narau se fueron a dormir, entró en la cabaña Erirola, el
cual, después de un discurso diplomático, entregó el diente de ballena a
Mongondro.
El jefe lo examinó; era muy bonito y deseaba poseerlo, pero adivinando lo que le
iban a pedir no quiso aceptarlo y se lo devolvió a Erirola con grandes excusas.
Al amanecer del día siguiente, Starhurst se dirigió a pie, calzado con sus
hermosas botas altas de una sola pieza, precedido de un guía que le había
proporcionado Mongondro, hacia las montañas. Seguíale el fiel Narau, y una milla
detrás y procurando no ser visto iba Erirola, siempre con el cesto en el que
llevaba guardado el famoso diente de ballena. Durante dos días fue siguiendo los
pasos del misionero y ofreciendo el diente a todos los jefes de los pueblos por
donde pasaban, pero ninguno quería aceptarlo, pues la oferta era hecha tan
inmediatamente después de la llegada del misionero que, sospechando todos la
petición que les iban a hacer a cambio del diente, rechazaban el magnífico
presente.
Ibanse internando demasiado en las montañas, y Erirola optó por dirigirse,
aprovechando pasos secretos y directos, a la residencia del Buli de Gatoka, rey
de las montañas. El Buli no tenía noticias de la llegada del misionero, y como
el diente era un soberbio y bello talismán, fue aceptado con grandes muestras de
júbilo por parte de todos los que le rodeaban. Los asistentes estallaron en una
especie de aplauso al posesionarse del diente el Buli y grandes voces cantaban a
coro:
—¡A, woi, woi, woi! ¡A, woi, woi, woi! ¡A tabua levu! ¡Woi, woi! ¡A mudua,
mudua, mudua!
—Pronto llegará aquí un hombre blanco —comenzó a decir Erirola después de una
breve pausa—. Es un misionero y llegará de un momento a otro. A Ra Vatu le
gustaría tener sus botas, pues quiere regalárselas a su buen amigo Mongondro, y
también desearía que los pies se quedasen dentro de las botas, pues Mongondro es
un pobre viejo y tiene los dientes estropeados. Asegúrate, gran Buli, de que los
pies se queden dentro. El resto del misionero se puede quedar aquí.
La alegría del regalo del diente se aminoró con tal petición, pero ya no había
medio de rehusar, estaba aceptado.
—Una pequeñez como es un misionero no tiene importancia —replicó Erirola.
—Tienes razón, no tiene importancia -dijo en alta voz el Buli—. Mongondro,
tendrás las botas; id vosotros tres o cuatro y traedme al misionero, teniendo
cuidado de que las botas no se estropeen o se vayan a perder.
—Ya es tarde —exclamó Erirola—. Escuchad, ya viene.
A través de la maleza espesísima, John Starhurst, seguido de cerca por Narau,
apareció. Las famosas botas se le habían llenado de agua al vadear el río y
arrojaban finísimos surtidores a cada paso que daba. En la mirada del misionero
se leía la voluntad y el deseo de vencer. Tan convencido estaba de que su misión
era inspiración divina, que no tenía ni la más ligera sombra de miedo, a pesar
de que sabía que él era el primer hombre blanco que se había atrevido a penetrar
en los inexpugnables dominios de Gatoka.
John Starhurst vio al Buli salir de su casa seguido de su séquito de montañeses.

—Te traigo buenas nuevas -dijo saludando el misionero.
—¿,Quién ha sido el que te ha enviado? —preguntó el Buli sorda y pausadamente.
—Dios.
—Ese nombre es nuevo en Viti Levu —replicó el Buli—. ¿De qué islas, pueblos o
chozas es jefe ese que tú dices?
—Es el jefe de todas las islas, pueblos, chozas y mares —contestó solemnemente
Starhurst—. Es el supremo dueño y señor de cielo y tierra, y yo he venido aquí a
traerte su palabra.
—¿Me envía por tu conducto dientes de ballena?
—replicó insolentemente el Buli.
—No; pero mucho más valioso que los dientes de ballena es...
—Entre jefes esa es la costumbre —interrumpió el Buli—. Tu jefe o es un negro
despreciable o tú eres un gran idiota, por haberte atrevido a venir a estas
montañas con las manos vacías. Mira, fíjate: otro mucho más generoso ha venido a
verme antes que tú.
Y diciendo esto, le mostró el diente, de ballena que acababa de aceptar de manos
de Erirola.
Narau empezó a desfallecer y a sentirse angustiado.
—Es el diente de ballena de Ra Vatu —le dijo al oído a Starhurst—. Lo conozco
muy bien, y ahora sí que no tenemos salvación.
—Un obsequio muy estimable —contestó el misionero pasándose la mano por sus
largas barbas y ajustándose las gafas—. Ra Vatu se las ha arreglado de modo que
seamos bien recibidos.
Pero Narau no las tenía todas consigo y disimuladamente empezó a alejarse de
Starhurst, olvidando sus promesas de fidelidad hechas al empezar la temeraria
aventura.
—Ra Vatu será lotu dentro de muy poco tiempo
—empezó a decir el misionero—, y yo he venido a que tú también te hagas lotu.
—No necesito nada de ti —contestó orgullosamente el Buli— y es mi decisión que
mueras hoy mismo.
El Buli hizo una seña a uno de sus montañeses, quien avanzó haciendo filigranas
en el aire con su maza de guerra. Narau, viendo el pleito perdido, corrió a
ocultarse entre unas chozas donde estaban las mujeres y los chicos; pero John
Starhurst se abalanzó hacia su ejecutor por debajo de la maza y consiguió
rodearle el cuello con sus brazos. En esta ventajosa posición comenzó a
argumentarle. Defendía su vida, ya lo sabía, pero la defendía sin nerviosidades
ni miedo.
—Cometerás un pecado muy grande si me matas—decía a su verdugo—. Yo no te he
hecho ningún daño ni a ti ni al Buli.
Tan bien agarrado estaba al cuello del montañés, que los demás no se atrevían a
dejar caer sus mazas por miedo a equivocarse de cabeza.
—Soy John Starhurst —continuó con calma—. He estado trabajando tres años, sin
aceptar remuneración alguna, en las islas Fidji. He venido aquí para vuestro
bien, ¿por qué me queréis matar? Mi muerte no beneficiará a ningún hombre.
El Buli echó una mirada a su diente de ballena. Estaba bien pagada la muerte del
misionero. Éste se encontraba rodeado de una masa de salvajes desnudos que
hacían grandes esfuerzos por acercarse a la presa. El cantó fúnebre predecesor
del banquete de carne humana empezó a dejarse oir, adquiriendo tales tonalidades
que ahogaban por completo la voz del misionero. Tan hábilmente plegaba éste su
cuerpo al del montañés, que no había medio de asestarle el golpe de gracia.
Erirola sonreía y el Buli se exasperaba.
—¡Fuera vosotros! —gritó—. Heroica historia para que la vayan contando por la
costa una docena de hombres como vosotros, y un misionero sin armas tan débil
como una mujer puede más que todos juntos.
—¡Oh, gran Buli, y podré más que tú también!
—gritó Starhurst, dominando a duras penas el griterío de los salvajes—. Mis
armas son la Verdad y la Justicia, y no hay hombre que las resista.
—Ven hacia mí entonces —contestó el Buli—. La mía no es más que una pobre y
miserable maza de guerra, y, según tú dices, no es capaz de vencerte.
El grupo separóse de él, y John Starhurst quedó solo frente al Buli, que se
apoyaba en su enorme y nudosa maza guerrera.
—Ven hacia mí, hombre misionero, y vénceme
—gritaba el rey de las montañas, desafiándole.
—Aun así, te venceré -contestó John, limpiando los cristales de sus gafas y
guardándolas cuidadosamente mientras avanzaba.
El Buli levantó la maza.
—En primer lugar, te diré que mi muerte no te proporcionará provecho alguno.
—Dejo la respuesta a mi maza -contestó el Buli.
Y a cada tema que el misionero tocaba, respondía en la misma forma, sin dejar de
observarle con atención para prevenirse del habilidoso abrazo. Entonces, y
únicamente entonces, comprendió John Starhurst que su muerte era inevitable;
pero llevado de su arraigada fe, se arrodilló y empezó a invocar al cielo, como
si esperase algún milagro:
—Perdónales, que no saben lo que hacen -decía como si estuviese en contacto con
la Divinidad—. ¡Dios mío, ten compasión de Fidji! ¡Oh Jehovah, óyenos! ¡Por El,
por su hijo, compadécete de Fidji! ¡Tú eres grande y Todopoderoso para
salvarles! ¡Sálvales, oh Dios mío! ¡ Salva a los pobres caníbales de Fidji!
El Buli, impaciente, dijo:
—Ahora te voy a contestar.
Levantó la maza sobre la cabeza del misionero, asiéndola con las dos manos.
Narau, que estaba escondido, oyó el golpe del mazo contra la cabeza y se
estremeció intensamente.
Después, la salvaje y fúnebre sinfonía volvía a resonar en las montañas, y
comprendió Narau que su amado maestro había muerto y que su cuerpo era
arrastrado a la hoguera para ser condimentado. Escuchó y percibió las palabras
de la fúnebre canción:
¡ Arrástrame suavemente, arrástrame suavemente!
¡Soy el campeón de mi patria!
¡Dad las gracias, dad las gracias!
A continuación, una sola voz cantaba:
¿Dónde está el hombre valiente?
Cien voces contestaban a coro:
¡Será arrastrado a la hoguera y asado!
Y cantaba de nuevo la voz que había interrogado:
¿Dónde está el hombre cobarde?
Y las cien voces vociferaban:
¡Se ha ido a contarlo, se ha ido a contarlo!
Narau gemía angustiado. Las palabras de la canción salvaje eran ciertas. El era
el cobarde; ya no le restaba más que huir, correr... ir a contar lo sucedido.

La bruja Baba-Yaga - Cuento Popular Ruso - NIKOLAEVICH AFANASIEV

Escrito por imagenes 16-02-2008 en General. Comentarios (4)

La bruja Baba-Yaga - Cuento Popular Ruso - NIKOLAEVICH AFANASIEV

La bruja Baba-Yaga
Aleksandr Nikolaevich Afanasiev
Cuento Popular Ruso


Vivía en otros tiempos un comerciante con su mujer; un día ésta se murió, dejándole una hija. Al poco tiempo el viudo se casó con otra mujer, que, envidiosa de su hijastra, la maltrataba y buscaba el modo de librarse de ella.
Aprovechando la ocasión de que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra dijo a la muchacha:
-Ve a ver a mi hermana y pídele que te dé una aguja y un poco de hilo para que te cosas una camisa.
La hermana de la madrastra era una bruja, y como la muchacha era lista, decidió ir primero a pedir consejo a otra tía suya, hermana de su padre.
-Buenos días, tiíta.
-Muy buenos, sobrina querida. ¿A qué vienes?
-Mi madrastra me ha dicho que vaya a pedir a su hermana una aguja e hilo, para que me cosa una camisa.
-Acuérdate bien -le dijo entonces la tía- de que un álamo blanco querrá arañarte la cara: tú átale las ramas con una cinta. Las puertas de una cancela rechinarán y se cerrarán con estrépito para no dejarte pasar; tú úntale los goznes con aceite. Los perros te querrán despedazar; tírales un poco de pan. Un gato feroz estará encargado de arañarte y sacarte los ojos; dale un pedazo de jamón.
La chica se despidió, cogió un poco de pan, aceite y jamón y una cinta, se puso a andar en busca de la bruja y finalmente llegó.
Entró en la cabaña, en la cual estaba sentada la bruja Baba-Yaga sobre sus piernas huesosas, ocupada en tejer.
-Buenos días, tía.
-¿A qué vienes, sobrina?
-Mi madre me ha mandado que venga a pedirte una aguja e hilo para coserme una camisa.
-Está bien. En tanto que lo busco, siéntate y ponte a tejer.
Mientras la sobrina estaba tejiendo, la bruja salió de la habitación, llamó a su criada y le dijo:
-Date prisa, calienta el baño y lava bien a mi sobrina, porque me la voy a comer.
La pobre muchacha se quedó medio muerta de miedo, y cuando la bruja se marchó, dijo a la criada:
-No quemes mucha leña, querida; mejor es que eches agua al fuego y lleves el agua al baño con un colador.
Y diciéndole esto, le regaló un pañuelo.
Baba-Yaga, impaciente, se acercó a la ventana donde trabajaba la chica y le preguntó a ésta:
-¿Estás tejiendo, sobrinita?
-Sí, tiíta, estoy trabajando.
La bruja se alejó de la cabaña, y la muchacha, aprovechando aquel momento, le dio al gato un pedazo de jamón y le preguntó cómo podría escaparse de allí. El gato le dijo:
-Sobre la mesa hay una toalla y un peine: cógelos y echa a correr lo más de prisa que puedas, porque la bruja Baba-Yaga correrá tras de ti para cogerte; de cuando en cuando échate al suelo y arrima a él tu oreja; cuando oigas que está ya cerca, tira al suelo la toalla, que se transformará en un río muy ancho. Si la bruja se tira al agua y lo pasa a nado, tú habrás ganado delantera. Cuando oigas en el suelo que no está lejos de ti, tira el peine, que se transformará en un espeso bosque, a través del cual la bruja no podrá pasar.
La muchacha cogió la toalla y el peine y se puso a correr. Los perros quisieron despedazarla, pero les tiró un trozo de pan; las puertas de una cancela rechinaron y se cerraron de golpe, pero la muchacha untó los goznes con aceite, y las puertas se abrieron de par en par. Más allá, un álamo blanco quiso arañarle la cara; entonces ató las ramas con una cinta y pudo pasar.
El gato se sentó al telar y quiso tejer; pero no hacía más que enredar los hilos. La bruja, acercándose a la ventana, preguntó:
-¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?
-Sí, tía, estoy tejiendo -respondió con voz ronca el gato.
Baba-Yaga entró en la cabaña, y viendo que la chica no estaba y que el gato la había engañado, se puso a pegarle, diciéndole:
-¡Ah viejo goloso! ¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina? ¡Tu obligación era quitarle los ojos y arañarle la cara!
-Llevo mucho tiempo a tu servicio -dijo el gato- y todavía no me has dado ni siquiera un huesecito, y ella me ha dado un pedazo de jamón.
Baba-Yaga se enfadó con los perros, con la cancela, con el álamo y con la criada y se puso a pegar a todos.
Los perros le dijeron:
-Te hemos servido muchos años, sin que tú nos hayas dado ni siquiera una corteza dura de pan quemado, y ella nos ha regalado con pan fresco.
La cancela dijo:
-Te he servido mucho tiempo, sin que a pesar de mis chirridos me hayas engrasado con sebo, y ella me ha untado los goznes con aceite.
El álamo dijo:
-Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas regalado ni siquiera un hilo, y ella me ha engalanado con una cinta.
La criada exclamó:
-Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas dado ni siquiera un trapo, y ella me ha regalado un pañuelo.
Baba-Yaga se apresuró a sentarse en el mortero; arreándole con el mazo y barriendo con la escoba sus huellas, salió en persecución de la muchacha. Ésta arrimó su oído al suelo para escuchar y oyó acercarse a la bruja. Entonces tiró al suelo la toalla, y al instante se formó un río muy ancho.
Baba-Yaga llegó a la orilla, y viendo el obstáculo que se le interponía en su camino, rechinó los dientes de rabia, volvió a su cabaña, reunió a todos sus bueyes y los llevó al río: los animales bebieron toda el agua y la bruja continuó la persecución de la muchacha.
Ésta arrimó otra vez su oído al suelo y oyó que Baba-Yaga estaba ya muy cerca: tiró al suelo el peine y se transformó en un bosque espesísimo y frondoso.
La bruja se puso a roer los troncos de los árboles para abrirse paso; pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consiguió, y tuvo que volverse furiosa a su cabaña.
Entretanto, el comerciante volvió a casa y preguntó a su mujer.
-¿Dónde está mi hijita querida?
-Ha ido a ver a su tía -contestó la madrastra.
Al poco rato, con gran sorpresa de la madrastra, regresó la niña.
-¿Dónde has estado? -le preguntó el padre.
-¡Oh padre mío! Mi madre me ha mandado a casa de su hermana a pedirle una aguja con hilo para coserme una camisa, y resulta que la tía es la mismísima bruja Baba-Yaga, que quiso comerme.
-¿Cómo has podido escapar de ella, hijita?
Entonces la niña le contó todo lo sucedido.
Cuando el comerciante se enteró de la maldad de su mujer, la echó de su casa y se quedó con su hija.
Los dos vivieron en paz muchos años felices.