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CUENTO DE NAVIDAD ^^ CHARLES DICKENS

Escrito por imagenes 30-03-2008 en General. Comentarios (0)

CUENTO DE NAVIDAD ^^ CHARLES DICKENS


CHARLES DICKENS
CUENTO DE NAVIDAD
*
PREFACIO
*
Con este fantasmal librito he procurado despertar al espíritu de una idea sin que provocara en mis lectores malestar consigo mismos, con los otros, con la temporada ni conmigo. Ojalá encante sus hogares y nadie sienta deseos de verle desaparecer.
Su fiel amigo y servidor,
Diciembre de 1843
CHARLES DICKENS
*
PRIMERA ESTROFA
EL FANTASMA DE MARLEY
*
Marley estaba muerto; eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. El clérigo, el funcionario, el
propietario de la funeraria y el que presidió el duelo habían firmado el acta de su enterramiento. También
Scrooge había firmado, y la firma de Scrooge, de reconocida solvencia en el mundo mercantil, tenía valor en
cualquier papel donde apareciera. El viejo Morley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¡Atención! No pretendo decir que yo sepa lo que hay de especialmente muerto en el clavo de una puerta. Yo,
más bien, me había inclinado a considerar el clavo de un ataúd como el más muerto de todos los artículos de
ferretería. Pero en el símil se contiene el buen juicio de nuestros ances tros, y no serán mis manos impías las que
lo alteren. Por consiguiente, permítaseme repetir enfáticamente que Marley es taba tan muerto como el clavo de
una puerta.
¿Sabía Scrooge que estaba muetto? Claro que sí. ¿Cómo no iba a saberlo? Scrooge y él habían sido socios
durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea testamenta rio, su único administrador, su único
asignatario, su único heredero residual, su único amigo y el único que llevó luto por él. Y ni siquiera Scrooge
quedó terriblemente afectado por el luctuoso suceso; siguió siendo un excelente hombre de negocios el
mismísimo día del funeral, que fue solemnizado por él a precio de ganga.
La mención del funeral de Marley me hace retroceder al punto en que empecé. No cabe duda de que Marley
estaba muerto. Es preciso comprenderlo con toda claridad, pues de otro modo no habría nada prodigioso en la
historia que voy a relatar. Si no estuviésemos co mpletamente convencidos de que el padre de Hamlet ya había
fallecido antes de levantarse el telón, no habría nada notable en sus paseos nocturnos por las murallas de su
propiedad, con viento del Este, como para causar asombro -en sentido literal- en la mente en fermiza de su hijo;
sería como si cualquier otro caballero de mediana edad saliese irreflexivamente tras la caída de la noche a un
lugar oreado, por ejemplo, el camposanto de Saint Paul.
Scrooge nunca tachó el nombre del viejo Marley. Años des pués , allí seguía sobre la entrada del almacén:
«Scrooge y Marley». La firma comercial era conocida por «Scrooge y Marley». Algunas personas, nuevas en el
negocio, algunas veces llamaban a Scrooge, «Scrooge», y otras, «Marley», pero él atendía por los dos nombres; le
daba lo mismo.
¡Ay, pero qué agarrado era aquel Scrooge! ¡Viejo pecador avariento que extorsionaba, tergiversaba, usurpaba,
rebañaba, apresaba! Duro y agudo como un pedemal al que ningún eslabón logró jamás sacar una chispa de
generosidad; era secreto, reprimido y solitario como una ostra. La frialdad que tenía dentro había congelado sus
viejas facciones y afilaba su nariz puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba rigidez a su porte; había enrojecido
sus ojos, azulado sus finos labios; esa frialdad se percibía claramente en su voz raspante. Había escarcha canosa
en su cabeza, cejas y tenso mentón. Siempre llevaba consigo su gélida temperatura; él hacía que su despacho
estuviese helado en los días más calu rosos del verano, y en Navidad no se d eshelaba ni un grado.
Poco influían en Scrooge el frío y el calor externos. Ninguna fuente de calor podría calenta.rle, ningún frío
invernal escalofriarle. El era más cortante que cualquier viento, más pertinaz que cualquier nevada, más
insensible a las súplicas que la lluvia torrencial. Las inclemencias del tiempo no podían superarle. Las peores
lluvias, nevadas, granizadas y neviscas podrían presumir de sacarle ventaja en un aspecto: a menudo ellas «se
desprendían» con generosidad, cosa que Scrooge nunca hacía.
Jamás le paraba nadie en la calle para decirle con alegre semblante: «Mi querido Scrooge, ¿cómo está usted?
¿Cuándo vendrá a visitarme?» Ningún mendigo le pedía limosna; ningún niño le preguntaba la hora; ningún
hombre o mujer le había preguntado por una dirección ni una sola vez en su vida. Hasta los perros de los
ciegos parecían conocerle; al verle acercarse, arrastraban precipitadamente a sus dueños hasta los portales y los
patios, y después daban el rabo, como diciendo: «¡Es mejor no tener ojo que tener el mal de ojo, amo ciego!»
Pero a Scrooge, ¿qué le importaba? Eso era preicsamente lo que le gustaba. Para él era una «gozada» abrirse
camino entre los atestados senderos de la vida advirtiendo a todo sentimiento de simpatía humana que guardase
las distancias.
Erase una vez -concretamente en los días mejores del año, la víspera de Navidad, el día de Nochebuena- en
que el viejo Scrooge estaba muy atareado sentado en su despacho. El tiempo era frío, desapacible y cortante;
además, con niebla. Se podía oír el ruido de la gente en el patio de fuera, caminando de un lado a otro con
jadeos, palmeándose el pecho y pateando el suelo para entrar en calor. Los relojes de la ciudad acababan de dar
las tres, pero ya casi había oscurecido; no había habido luz en todo el día y las velas brillaban en las ventanas de
las oficinas cercanas como manchas rojizas en la espesa atmósfera parda. Bajó la niebla y fluyó por todas las
junturas, resquicios, ojos de cerradura, y en el exterior era tan densa que, aunque el patio era de los más estrechos,
las casas de enfrente no eran más que sombras. Al ver como caía desmayadamente la sucia nube
oscureciendo todo, se hubiera pensado que la Naturaleza vivía cerca y es taba elaborando cerveza en gran escala.
La puerta del despacho de Scrooge permanecía abierta de modo que pudiera atisbar a su empleado que
estaba copian do cartas en una deprimente y pequeña celda, una especie de cisterna. Scrooge tenía un fuego muy
escaso, pero la lumbre del empleado era todavía mucho más pequeña: parecía un solo tizón. Pero no podía
recargar la estufa porque Scrooge guardaba el carbón en su propio cuarto, y seguro que si el empleado entraba
con la pala su jefe anticiparía que tenían que marcharse ya. Por consiguiente, el empleado se arropó con su
bufanda blanca a intentó calentarse con la vela; no era hombre de gran imaginación y fracasaron sus esfuerzos.
«¡Feliz Navidad, tío; que Dios lo guarde!», exclamó una alegre voz. Era la voz del sobrino de Scrooge, que
apareció ante él con tal rapidez que no tuvo tiempo a darse cuenta de que venía.
«¡Bah! -dijo Scrooge-. ¡Tonterías!»
El sobrino de Scrooge estaba todo acalorado por la rápida caminata bajo la niebla y la helada; tenía un rostro
agraciado y sonrosado; sus ojos chispeaban y su aliento volvió a con densarse cuando dijo:
«¿Navidad una tontería, tío? Seguro que no lo dices en serio.»
«Sí que lo digo. ¡Feliz Navidad! ¿Qué derecho tienes a ser feliz? ¿Qué motivos tienes para estar feliz? Eres
pobre de sobra.»
«Vamos, vamos»-respondió el sobrino cordialmente-.«¿Qué derecho tienes a estar triste? ¿Qué motivos tienes
para sentirte desgraciado? Eres rico de sobra.
Scrooge no supo repentizar una respuesta mejor y dijo otra vez: «¡Bah!» -y siguió con- «¡Tonterías!».
«No te enfades, tío», dijo el sobrino.
«¿Cómo no me voy a enfadar» -respondió el tío-, «si vivo en un mundo de locos como éste? ¡Felices Pascuas!
¡Y dale con Felices Pascuas! ¿Qué son las Pascuas sino el momento de pagar cuentas atrasadas sin tener dinero;
el momento de darte cuenta de que eres un año más viejo y ni una hora más rico; el momento de hacer el
balance y comprobar que cada una de las anotaciones de los libros te resulta desfavorable a lo largo de los doce
meses del año? Si de mí dependiera -dijo Scrooge con indignación -, a todos esos idiotas que van por ahí con el
Felices Navidades en la boca habría que cocerlos en su propio pudding y enterrarlos con una estaca de acebo
clavada en el corazón. Eso es lo que habría que hacer».
«¡Tío!», imploró el sobrino.
«¡Sobrino!», repli có el tío secamente, «celebra la Navidad a tu modo, que yo la celebraré al mío».
«¡Celebraré!», repitió el sobrino de Scrooge. «Pero si tú no celebras nada...»
«Entonces déjame en paz», dijo Scrooge. «¡Que te apro vechen! ¡Mucho te han aprovechado!»
«Puede que haya muchas cosas buenas de las que no he sacado provecho», replicó el sobrino, «entre ellas la
Navidad. Pero estoy seguro de que al llegar la Navidad -aparte de la veneración debida a su sagrado nombre y a
su origen, si es que eso se puede apartar- siempre he pensado que son unas fechas deliciosas, un tiempo de
perdón, de afecto, de caridad; el único momento que concozo en el largo calendario del año, en que hombres y
mujeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir libremente sus cerrados corazones y para considerar a la
gente de abajo como compañeros de viaje hacia la tumba y no como seres de otra especie embarcados con otro
destino. Y por tanto, tío, aunque nunca ha puesto en mis bolsillos un gramo de oro ni de plata, creo que sí me
ha aprovechado y me seguirá aprovechando; por eso digo: ¡bendita sea!»
El escribiente de la cisterna aplaudió involuntariamente; se dio cuenta en el acto de su inconveniencia, se
puso a hurgar en la lumbre y se apagó del todo el último rescoldo.
«Que oiga yo otro ruido de usted», dijo Scrooge, «y va a celebrar la Navidad con la pérdida del empleo. Es
usted un orador convincente, señor», agregó volviéndose hacia su sobrino. «Me pregunto por qué no está en el
Parlamento».
«No te enfades, tío. ¡Vamos! Cena con nosotros mañana».
Scrooge dijo que le acompañaría -sí, de veras que lo dijo-. Pero completó la frase diciendo que le
acompañaría antes en la calamidad.
«Pero ¿por qué?», exclamó el sobrino de Scrooge. «¿Por qué?»
«¿Por qué te casaste?», dijo Scrooge.
«Porque me enamoré».
«¡Porque te enamoraste!», gruñó Scrooge, como si fuese la única cosa en el mundo más ridícula que una feliz
Navi dad. «¡Buenas tardes!»
«No, tío, tú nunca venías a verme antes de hacerlo. ¿Por qué lo pones como excusa para no venir ahora?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
«No quiero nada de ti; no te estoy pidiendo nada; ¿por qué no podernos ser amigos?»
«Buenas tardes», dijo Sctooge.
«Lamentó de todo corazón verte tan inflexible. Tú y yo no hemos tenido ninguna querella, al menos por mi
parte; pero he hecho esta prueba en honor a la Navidad y manten dré el espíritu de la Navidad hasta el final.
Así, pues, ¡Felices Pascuas, tío?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
A pesar de todo, el sobrino salió del cuarto sin una palabra de enfado. Se detuvo para felicitar al escribiente,
quien, frío como estaba, fue más afable que Scrooge y devolvió cordialmente la salutación.
«Otro que tal baila», murmuró Scrooge que le había oído. «Mi escribiente, con quince chelines semanales,
esposa y fa milia, hablando de Felices Pascuas. Es para meterse en un manicomio».
Aquel lunático, al acompañar al sobrino de Scrooge hasta la puerta, dejó entrar a otras dos personas. Eran
unos caballeros corpulentos, de agradable presencia, y ahora estaban de pie, descubiertos, en el despacho de
Scrooge. Llevaban en la mano libros y papeles, y le saludaron con una inclinación de cabeza.
«De Scrooge y Marley, creo», dijo uno de los caballeros comprobando su lista. «¿Tengo el placer de dirigirme
a Mr. Scrooge o a Mr. Marley?»
«Mr. Marley lleva muerto estos últimos siete años», repuso Scrooge. «Murió hace siete años, esta misma
noche».
«No nos cabe duda de que su generosidad está bien representada por su socio supérstite», dijo el caballero
presen tando sus credenciales.
Y era cierto porque ellos habían sido dos almas gemelas. Al oír la ominosa palabra «generosidad», Scrooge
frunció el ceño, negó con la cabeza y devolvió las credenciales.
«En estas festividades, Mr. Scrooge», dijo el caballero tomando una pluma, «es más deseable que nunca que
haga mos alguna ligera provisión para los pobres y menesterosos, que sufren muchísimo en estos momentos.
Muchos miles carecen de lo más indispensable y cientos de miles necesitan una ayuda, señor».
«¿Ya no hay cárceles?», preguntó Scrooge.
«Está lleno de cárceles», dijo el caballero volviendo a po sar la pluma.
«¿Y los asilos de la Unión?», inquirió Scrooge. «¿Siguen en activo?»
«Sí, todavía siguen», afirmó el caballero, «y desearía poder decir que no».
«Entonces, ¿están en pleno vigor la Ley de Pobres y el Treadmill?», dijo Scrooge.
«Los dos muy atareados, señor».
«¡Ah! Me temía, con lo que usted dijo al principio, que hubiera ocurrido algo que les impidiera seguir su
beneficioso derrotero», dijo Scrooge. «Me alegro mucho de oírlo».
«Teniendo la impresión de que esas instituciones probablemente no proporcionan a las masas alegría
cristiana de mente ni de cuerpo», respondió el caballero, «unos cuantos de nosotros estamos intentando reunir
fondos para comprar a los pobres algo de comida y bebida y medios de calentarse. Hemos elegido estas fechas
porque es cuando la necesidad se sufre con mayor intensidad y más alegra la abundancia. ¿Con cuánto le
apunto?»
«¡Con nada!», replicó Scrooge.
«¿Desea usted mantener el anonimato?»
«Deseo que me dejen en paz», dijo Scrooge. «Ya que me preguntan lo que deseo, caballeros, esa es mi
respuesta. Yo no celebro la Navidad, y no puedo permitirme el lujo de que genre ociosa la celebre a mi costa.
Colaboro en el sostenimiento de los establecimientos que he mencionado; ya me cuestan bastante, y quienes
están en mala situación deben ir a ellos».
«Muchos no pueden ir; y muchos preferirían la muerte an tes de ir».
«Si preferirían morirse, que lo hagan; es lo mejor. Así descendería el exceso de población. Además, y ustedes
perdonen, a mí no me consta».
«Pero usted tiene que saberlo», observó el caballero.
«No es asunto mío», respondió Scrooge. «A un hombre le basta con dedicarse a sus propios asuntos sin
interferir en los de los demás. Los míos me tienen a mí continuamente ocupado. ¡Buenas tardes, caballeros!»
Viendo claramente que sería inútil seguir insistiendo, los caballeros se retiraron. Scrooge reanudó sus
ocupaciones con una opinión de sí mismo muy mejorada y mejor humor del que en él era habitual.
Entretanto la niebla y la oscuridad se habían intensificado de tal modo que unas cuantas personas corrían de
un lado a otro con resplandecientes hachas de viento, ofreciendo sus servicios para ir delante de los coches de
caballos hasta su destino. Se hizo invisible la antigua torre de una iglesia cuya vieja y ronca campana siempre
estaba espiando sigilosamente en dirección a Scrooge por un ventanal gótico del muro, y daba las horas y los
cuartos en las nubes con trémulas vibraciones posteriores, como si allí arriba le cast añeasen los dientes en su
cabeza helada. El frío se extremó. En la calle principal, hacia la esquina del patio, unos obreros estaban
reparando la conducción del gas y habían encendido una gran hoguera en un brasero; en torno al fuego se había
reunido un grupo de hombres y muchachos andrajosos que, en éxta sis, se calentaban las manos y guiñaban los
ojos ante las llamaradas. La llave del agua había quedado abierta y, al rebo sar, se congelaba en rencoroso
silencio hasta convertirse en hielo misantrópico. La brillantez de los escaparates, donde al calor de las lámparas
crujían las ramitas y bayas de acebo, volvía rojizos los pálidos rostros al pasar. Los comercios de pollería y
ultramarinos ofrecían una espléndida escena; resultaba casi imposible creer que al lí pintasen algo unos prïncipios
tan tediosos como los de la compraventa. El lord mayor, en su baluarte de la magnífica Mansion House,
daba órdenes a sus cincuenta mayordomos y cocineros para celebrar las Navidades como correspondía a la casa
de un lord mayor; y hasta el sastrecillo, a quien él había multado con cinco chelines el lunes pasado por andar
borracho y penden ciero por las calles, estaba en su buhardilla revolviendo la masa del pudding del día siguiente,
mientras su flaca esposa y el bebé habían salido a comprar carne de ternera.
¡Todavía más niebla y más frío! Un frío punzante, penetrante, mordiente. Si el buen San Dunstan , en vez de
utilizar sus armas habituales, hubiera pinzado la nariz del Espíritu Maligno con solo un toque de semejante
clima, seguro que éste habría proferido los mejores propósitos. El poseedor de una joven y escasa nariz, roída
y mascullada por el hambriento frío como un hueso roído por los perros, se encorvó ante el ojo de la cerradura
de Scrooge para deleitarle con un villancico. Pero a los primeros sones de
«¡Dios bendiga al jubiloso caballero!
¡Que nada le traiga el desaliento!»
Scrooge agarró la vara con tal energía que el cantor huyó despavorido, dejando el ojo de la cerradura para la
niebla y para la todavía más amable escarcha.
Por fin llegó la hora de cerrar el despacho. Con muy mala voluntad, Scrooge desmontó de su taburete y,
tácitamente, admitió el hecho ante el expectante empleado de la Cisterna, que sopló la vela al instante y se puso
el sombrero.
«Supongo que usted querrá libre todo el día de mañana», dijo Scrooge.
«Si le parece conveniente, señor».
«No me parece conveniente», dijo Scrooge, «y no es razonable. Si por ello le descontara media corona, usted
se sen tiría maltratado, ¿me equivoco?»
El escribiente esbozó una tímida sonrisa.
«Y sin embargo», dijo Scrooge, «no cree usted que el maltratado sea yo cuando pago un jornal sin que se
trabaje».
El escribiente comentó que sólo se trataba de una vez al año.
«Es una excusa muy pobre para saquear el bolsillo de un hombre cada 25 de diciembre», dijo Scrooge
abotonándose el abrigo hasta la barbilla. «Pero supongo que deberá tener el día completo. ¡A la mañana
siguiente preséntese aquí lo antes posible!»
El escribiente prometió que así lo haría y Scrooge salió gru ñendo. En un abrir y cerrar de ojos quedó
clausurado el establecimiento; el escribiente, con los largos extremos de la bufanda colgando por debajo de su
cintura (no lucía abrigo) se lanzó veinte veces por un tobogán en Cornhill, a la cola de una fila de chicos, en
honor de la Nochebuena; luego corrió a su casa, en Camdem Town, lo más deprisa que pudo, para jugar a la
«gallina ciega».
Scrooge tomó su triste cena en su habitual triste taberna; leyó todos los periódicos y se entretuvo el resto de
la velada con su libro de cuentas; después se marchó a su casa para acostarse. Vivía en unas habitaciones que
habían pertenecido a su difunto socio. Era una lóbrega serie de cuartos en un desvencijado edificio aplastado en
el fondo de un patio, donde desentonaba tanto que uno podía fácilmente imaginar que había corrido hacia allí
cuando era una casa jovencita, jugando al escondite con otras casas, y había olvidado el camino de salida. Ahora
ya era lo bastante vieja y lo bastan te lúgubre para que nadie vi viese en ella, salvo Scrooge; todas las demás
habitaciones estaban alquiladas para oficinas. El patio estaba tan oscuro que el mismo Scrooge, que conocía
cada piedra, no dudó en ir tanteando con las manos. La niebla y la escarcha pendían sobre el negro y viejo
portón de la casa; parecía que el Genio del Tiempo estaba sentado en el umbral, en dolientes meditaciones.
Ahora bien, es una realidad que el aldabón no tenía nada especial excepto que era muy grande. También es
cierto que Scrooge lo había visto noche y día durante todo el tiempo que llevaba residiendo en aquel lugar.
Cierto también que Scrooge tenía tan poco de eso que se llama fantasía como cualquier hombre en la City de
Londres, incluyendo -que ya es decir- la corporación municipal, los concejales electos y los miembros de la
Cámara de Gremios. Téngase también en cuenta que Scrooge no había dedicado un solo pensamiento a Marley
desde que había mencionado aquella tarde el fallecimiento de su socio siete años atrás. Y entonces que alguien
me explique, si es que puede, cómo ocurrió que al meter la llave en la cerradura de la puerta, y sin que se diera
un proceso intermedio de cambio, Scrooge no vio un aldabón, sino el rostro de Marley en el aldabón.
El rostro de Marley. No era una sombra impenetrable como los demás objetos del patio, sino que tenía una
luz morteci na a su alrededor, como una langosta podrida en una despensa oscura. No mostraba enfado ni
ferocidad, pero miraba a Scrooge como Marley solía hacerlo: con fantasmagóricos lentes colocados hacia arriba,
sobre su frente fantasmal. Sus cabellos se movían de una manera extraña, como si alguien los soplara o les
aplicara un chorro de aire caliente; y aunque tenía los ojos muy abiertos, mantenían una inmovilidad perfecta.
Esto y su coloración lívida le hacían horripilante; pero a pesar del rostro y de su control, el horror pa recía ser
algo más que una parte de su propia expresión.
Cuando Scrooge miraba fijamente este fenómeno, volvió nuevamente a ser un aldabón.
No sería cierto afirmar que no estaba sobresaltado, o que sus venas no notaban una sensación terrible que no
había vuelto a experimentar desde su infancia. Pero puso la mano en la llave que había soltado, la hizo girar con
energía, entró y encendió la vela.
Con una indecisión momentánea, antes de cerrar la puerta hizo una pausa y miró cautelosamente hacia atrás,
como si esperase el susto de ver la coleta de Marley asomando por el lado del recibidor. Pero en el otro lado de
la puerta no había más que los tomillos y las tuercas que sujetaban el aldabón, de manera que dijo: «¡Bah, bah!»,
y la cerró de un portazo.
El ruido retumbó por toda la casa como un trueno. Todas las habitaciones de arriba y todos los barriles de la
bodega del vinatero, abajo, parecían tener una escala propia y distinta de ecos. Scrooge no era hombre que se
asustara con los ecos. Aseguró el cierre de la puerta, atravesó el recibidor y comenzó a subir las escaleras, pero
lentamente y despabilando la vela.
Se podría hablar por hablar sobre la manera de conducir una diligencia de seis caballos por un buen tramo de
viejas escaleras o a través de una mala y reciente Ley del Parlamen to, pero sí digo de veras que se podría subir
por aquellas es caleras con una carroza fúnebre y ponerla a lo ancho, con el balancín hacia la pared y la puerta
hacia la balaustrada; y se podría hacer con facilidad. Había anchura suficiente y aun sobraría sitio; tal vez por
esta razón, Scrooge pensó que veía moverse delante de él, en la penumbra, un coche de pompas fúnebres.
Media docena de lámparas de gas del alumbrado público no hubieran sido excesivas para iluminar la entrada de
la casa, de manera que se puede imaginar la oscuridad que había con la vela de sebo de Scrooge.
Siguió subiendo sin importarle un comino: la oscuridad es barata y a Scrooge le gustaba. Pero antes de cerrar
su pesada puerta recorrió las habitaciones para ver si todo estaba en orden; deseaba hacerlo porque seguía
recordando el rostro.
Cuarto de estar, dormitorio, trastero. Todo como debía estar. Nadie bajo la mesa, nadie bajo el sofá; una
pequeña lumbre en la parrilla de la chimenea; cuchara y bol preparados; y sobre la repisa de la chimenea el
cacillo de las gachas (Scrooge estaba resfriado). Nadie bajo la cama; nadie den tro del armario; nadie metido en
su bata, que co lgaba contra la pared en actitud sospechosa. El trastero, como de cos tumbre; el viejo
guardafuegos, zapatos viejos, dos cestas de pesca, un palanganero de tres patas y un atizador.
Bastante satisfecho, cerró su puerta y se atrancó por den tro echando un doble cierre, cosa que no solía hacer.
Así, a salvo de sorpresas, se quitó la corbata, se puso la bata y las zapatillas, el gorro de dormir y se sentó junto
al fuego para tomarse las gachas.
Era una lumbre muy débil para una noche tan cruda. No tuvo más remedio que arrimarse a ella como si
estuviera incubando, para sacar de aquel puñadito de combustible la mínima sensación de calor. La chimenea
era antigua, construida hacía mucho tiempo por algún comerciante holandés, y todo su contorno estaba
alicatado con pintorescos azulejos holandeses que ilustraban las Sagradas Escrituras. Había Caínes y Abeles,
hijas del Faraón, reinas de Saba, mensajeros angélicos descendiendo por el aire sobre nubes como colchones de
plumas, Abrahanes, Baltasares, Apóstoles zarpan do en barcos de mantequilla, cientos de imágenes para distraer
sus pensamientos; sin embargo, aquel rostro de Marley, muerto siete años antes, venía como el antiguo callado
del Profeta y se lo tragaba todo. Si cada uno de los lisos azulejos hubiese estado en blanco y Scrooge hubiese
tenido la facultad de representar en su superficie alguna figura extraída de los dispersos fragmentos de su
pensamiento, en cada uno de ellos habría aparecido una copia de la cabeza del viejo Marley.
«¡Tonterías!», dijo Scrooge, y empezó a caminar por la habitación. Dio varias vueltas y volvió a sentarse. Al
apoyar la cabeza en el respaldo de la butaca, su mirada fue a posarse sobre una campanilla, una campanilla fuera
de use que colgaba en el cuarto y, con algún propósito ahora olvidado, co municaba con un aposento situado en
el piso más alto del edificio. Con gran sorpresa y con un miedo extraño, inexplicable, cuando la estaba mirando
vio que la campanilla co menzaba a oscilar. Al principio se balanceaba tan poco que apenas hacía ruido, pero
pronto repicó fuerte, y también lo hicieron todas las demás campanillas de la casa.
La cosa debió durar medio minuto, tal vez un minuto, pero pareció una hora. Las campanillas enmudecieron
igual que habían sonado: a la vez. Luego siguió un ruido estridente que venía de muy abajo, como si una
persona estuviese arrastrando una pesada cadena sobre los barriles de la bodega del vinatero. Entonces Scrooge
recordó hacer oído que en las casas embrujadas los fantasmas arrastraban cadenas.
La puerta de la bodega se abrió de repente con un estruendo, y Scrooge oyó aquel ruido con más claridad en
los pisos de abajo; luego, subiendo por las escaleras y, seguidamen te, aproximándose directamente hacia su
puerta.
«¡Siguen siendo tonterías!», dijo Scrooge. «¡No me lo puedo creer! »
No obstante, se le demudó el color cuando, sin pausa, aquello atravesó la pesada puerta y se quedó en la
habitación ante sus ojos. Cuando estaba entrando, las mortecinas llamas saltaron como si exclamasen: «¡Le
conocemos! ¡Es el fantasma de Marley!», y volvieron a decaer.
El mismo rostro, el mismísimo. Marley como siempre, con su coleta, chaleco, calzas y botas; las borlas de las
botas tiesas y erectas, al igual que la coleta, los faldones de la levita y los caballos. La cadena que arrastraba la
ceñía por medio cuerpo; era larga y se le enroscaba como una cola; estaba hecha (Scrooge la observó
atentamente) con arquillas para di nero, llaves, candados, libros de contabilidad, escrituras de compraventa y
pesadas talegas de acero. Su cuerpo era tan transparente que al observarlo y mirar a través de su chaleco,
Scrooge podía ver los dos botones de la espalda de la levita.
Scrooge había oído decir frecuentemente que Marlcy no tenía entrañas, pero nunca se lo había creído hasta
ahora.
No, ni siquiera ahora se lo creía. Aunque miraba al fan tasma de arriba abajo y la veía de pie ante él; aunque
perci bía el escalofriante influjo de sus ojos, mortalmente fríos; aunque observó incluso la textura del paño
doblado que le enmarcaba la cara, desde la barbilla hasta la cabeza, envoltura que no había notado antes..., aún
seguía incrédulo y luchaba contra sus propios sentidos.
«¿Qué significa esto?», dijo Scrooge, caústico y frío como nunca. «¿Qué se lo ha perdido aquí?»
«¡Mucho!» Era la voz de Marley, sin la menor duda.
«¿Quién eres tú?»
«Prcgúntame quién fui».
«Pues ¿quién fuiste?», dijo Scrooge alzando la voz. «Eres puntilloso... como sombra». Iba a decir «para ser una
sombras, pero le pareció más apropiado lo otro.
«En vida yo fui tu socio: Jacob Marley».
«¿Puedes... puedes sentarte?», preguntó Scrooge, mirán dole dubitativamente.
«Sí puedo».
«Entonccs, hazlo».
Scrooge había formulado la pregunta porque no sabía si un fantasma tan transparente podía estar en
condiciones de tomar asiento; presentía que, en caso de que le resultara imposible, tal vez se haría necesaria una
explicación embarazosa. Pero el fantasma se sentó al otro lado de la chimenea como si estuviera acostumbrado.
«Tú no crees en mí», observó el fantasma.
«No, yo no», dijo Scrooge.
«¿Qué otra demostración quieres de mi existencia, además de la de tus sentidos?»
«No lo sé», dijo Scrooge.
«¿Por qué dudas de tus sentidos?»
«Porque», dijo Scrooge, «cualquier cosa les afecta. Un ligero desarreglo intestinal les hace tramposos. Puede
que tú seas un trocito de carne indigestada, o un chorrito de mostaza, una migaja de queso, un fragmento de
patata medio cruda. ¡Hay en ti más salsa de carne que carne de tumba, seas quien seas!».
Scrooge no tenía mucha costumbre de hacer chistes y en modo alguno se sentía gracioso entonces. La verdad
es que intentaba estar ingenioso para distraerse y dominar el terror que le invadía; la voz del espectro le removía
hasta la médula de los huesos.
Scrooge presentía que iba a desmoronarse si seg uía sentado en silencio, sin apartar la mirada de aquellos ojos
inmóviles, vítreos. También había algo muy espantoso en el halo infernal que envolvía al espectro. Scrooge no
podía verlo, pero se notaba claramente, pues aunque el fantasma estaba sentado en perfecta inmovilidad, su
cabello, faldones y borlas seguían agitándose como por el vapor caliente de un horno.
«¿Ves este palillo de dientes?», dijo Scrooge volviendo con rapidez a la carga por el motivo ya señalado y
deseando apartar de sí, aunque fuera tan sólo un segundo, la petrificada mirada de la aparición.
«Lo veo», replicó el fantasma.
«No lo estás mirando», dijo Scrooge.
«Pero lo veo», dijo el fantasma, «de todos modos».
«¡Bueno!», prosiguió Scrooge. «Sólo tengo que tragármelo y el resto de mis días me veré perseguido por una
legión de diablos, todos de mi propia creación. ¡Tonterías! Eso es lo que te digo, ¡tonterías!»
En ese momento el espíritu lanzó un espeluznante quejido y sacudió la cadena con un ruido tan lúgubre y
aterrador que Scrooge tuvo que agarrarse a los brazos del sillón para no caer desvanecido. Pero el espanto fue
todavía mayor cuan do al quitar el fantasma la venda que enmarcaba su rostro, como si dentro de la casa le
sofocara el calor, ¡se le desmoro nó la mandíbula inferior sobre el pecho!
Scrooge cayó de rodillas y, con manos entrelazadas, imploró ante él:
«¡Piedad!», exclamó. «Horrenda aparición, ¿por qué me atormentas?»
«¡Materialista!», replicó el fantasma. «¿Crees o no crees en mí?»
«Sí, sí», dijo Scrooge. «Por fuerza. Pero ¿por qué los espí ritus deambulan por la tierra y por qué tienen que
aparecerse a mí?»
«Está ordenado para cada uno de los hombres que el espíritu que habita en él se acerque a sus congéneres
humanos y se mueva con ellos a lo largo y a lo ancho; y si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a
hacerlo tras la muerte.
Quedará sentenciado a vagar por el mundo -¡ay de mí! y ser testigo de situaciones en las que ahora no puede
parti cipar, aunque en vida debió haberlo hecho para procurar felicidad.
El espectro volvió a lanzar otro alarido, sacudió la cadena y se retorció con desesperación sus manos
espectrales.
«Estás encadenado», dijo Scrooge tembloroso. «Cuéntame por qué».
«Arrastro la cadena que en vida me forjé», repuso el fantasma. «Yo la hi ce, eslabón a eslabón, yarda a yarda;
por mi propia voluntad me la ceñí y por mi propia voluntad la llevo. ¿Te resulta extraño el modelo?»
Scrooge cada vez temblaba más.
«¿O ya conoces», prosiguió el fantasma, «el peso y la longitud de la apretada espiral que tú mismo arrastras?
Hace siete Navidades ya era tan pesada y tan larga como ésta. Desde entonces, has trabajado en ella aún más.
¡Tienes una cadena impresionante!»
Scrooge miró de reojo a su alrededor como si esperase encontrarse rodeado por cincuenta o sesenta brazas
de cadenas, pero no vio nada.
«Jacob», dijo implorante. «Querido Jacob Marley, cuéntame más. Dime algo tranquilizador, Jacob».
«No puedo», contestó el fantasma. «Eso tiene que venir de otras regiones, Ebenezer Scrooge, y son otros
ministros quienes lo aplican a otra clase de personas. Tampoco puedo decirte todo lo que quisiera; sólo un
poquito más me está permitido. Yo no tengo reposo, no puedo quedarme en ninguna parte, no puedo
demorarme. Mi espíritu nunca salió de nuestra contaduría -¡óyeme bien!-, en vida mi espíritu jamás se aventuró
más allá de los mezquinos límites de nuestro tugurio de cambistas. ¡Y ahora me esperan jornadas agotadoras! »
Siempre que se ponía meditabundo, Scrooge tenía la costumbre de meter las manos en los bolsillos de los
pantalones. Así lo hizo ahora, pero sin alzar la mirada y sin ponerse en pie, mientras ponderaba las palabras del
fantasma.
«Has debido estar un poco torpe, Jacob, comentó Scrooge con tono de negociante profesional, aunque con
humildad y deferencia.
«¡Torpe!», repitió el fantasma.
«Siete años muerto», musitó Scrooge, «¿y viajando todo el tiempo?>
«Todo el tiempo», dijo el fantasma. «Sin descanso, sin paz, con la incesante tortura de los remordimientos»
«¿Viajabas rápido?», dijo Scrooge.
«En las alas del viento», contestó el fantasma.
«Has debido pasar por encima de muchos terrenos en siete años», dijo Scrooge.
Al oír esto el fantasma dio otro alarido y restalló la cadena en el silencio de muerte de la noche, con tal
estrépito que la Patrulla Nocturna habría tenido toda la razón si le hubiera denunciado por escándalo público.
«¡Oh! cautivo, preso, aherrojado», gimió el fantasma, «¡sin saber que son necesarios años y años de incesante
labor de criaturas inmortales para que esta tierra entre en la eternidad después de haber hecho en ella todo el
bien que sea posible. Sin saber que todo espíritu cristiano, actuando caritativamente en su pequeña esfera, sea la
que sea, se encontrará con que su vida mortal es demasiado breve para sus grandes posibilidades de servicio.
Sin saber que ninguna clase de arre pentimiento podrá enmendar la oportunidad perdida en vida! ¡Y ése fui yo!
¡Ay, eso me sucedió!»
«Pero tú siempre fuiste un buen hombre de negocios, Jacob, balbuceó Scrooge, que ahora empezaba a
aplicarse el cuento.
«¡Negocios!», exclamó el fantasma entrelazando otra vez las manos. «El género humano era asunto mío. El
bienestar general era negocio mío; la caridad, compasión, paciencia y benevolencia eran todas de mi
incumbencia. Mis relaciones comerciales no eran más que una gota de agua en el anchuroso océano de mis
asuntos».
Levantó la cadena con el brazo extendida, como si ella fuera la causa de su irreparable dolor, y la tiró con
violencia contra el suelo.
«En esta época del año es cuando sufro más», dijo el espectro. «¿Por qué habré andado entre la multitud de
mis semejantes con la mirada baja, sin alzar nunca mis ojos hacia esa bendita Estrella que guió a los Santos
Reyes hasta el humilde portal? ¡Como si no existieran hogares a los que me hubiera podido conducir su luz!»
Al oír al espectro expresarse en aquellos términos, Scrooge se sentía sumamente acongojado y empezó a
temblar como una hoja.
«¡Escúchame!», exclamó el fantasma. «Mi tiempo se acaba».
«Lo haré», dijo Scrooge, «¡pero no seas cruel! ¡No te pongas poético, Jacob! ¡Te lo suplico!»
«No podría decirte cómo me aparezco ante ti de manera visible, pero he estado sentado a tu lado, invisible,
durante días y días».
No era una idea muy agradable. Scrooge se estremeció y enjugó el sudor de su frente.
«Y no es una parte ligera de mi penitencia», prosiguió el fantasma. «Esta noche estoy aquí para advertirte que
aún te queda una oportunidad para escapar a un destino como el mío. Una oportunidad, una esperanza que yo
te he conseguido, Ebenezer».
«Siempre fuiste un buen amigo», dijo Scrooge. «¡Gracias!>
«Vas a ser hechizado por Tres Espíritus», continuó el fantasma.
El semblante de Scrooge se quedó casi tan desencajado, como el del fantasma.
«¿Era eso la oportunidad y la esperanza que men cionaste, Jacob?», preguntó con voz quebrada.
«Lo es».
«Yo..., yo casi estoy pensando que mejor no», dijo Scrooge.
«Sin esas visitas», dijo el fantasma, «no tendrás esperanza de evitar un destino como el mío. El primero
vendrá mañana, cuando las campanas den la una».
«¿No podrían venir los tres y acabar de una vez, Jacob?», insinuó Scrooge.
«Espera al segundo a la noche siguiente a la misma hora. El tercero, a la siguiente noche, cuando se extinga la
vibra ción de la última campanada de las doce. No volverás a verme y, por la cuenta que te sigue, ¡recuerda todo
lo que ha sucedido entre nosotros!»
Tras pronunciar estas palabras, el espectro recogió el pañuelo de encima de la mesa y se lo volvió a enrollar
bajo la mandíbula, tal como lo tenía antes. Scrooge supo que así lo había hecho por el sonido de los dientes al
chocar cuando el vendaje volvió a juntar las mandíbulas. Se atrevió a levantar la mirada otra vez y se encontró
con el visitante sobrenatural encarándole en actitud erguida, con la cadena enroscada al brazo.
La aparición se ajejó retrocediendo y a cada paso que daba la ventana se iba abriendo poco a poco, de
manera que al llegar el espectro estaba abierta de par en par. Le hizo señas a Scrooge para que se aproximase y
éste así lo hizo. Cuando estaba a dos pasos de distancia, el fantasma de Marley levantó la mano para advertirle
que no siguiera acercándose. Scrooge se detuvo. Se detuvo más por miedo y sorpresa que por obediencia: nada
más levantar la mano comenzaron a oírse extraños ruidos; sonidos incoherentes de lamentación y pesar;
quejidos de indecible arrepentimiento y compunción. El espectro, tras escuchar por un momento, se unió al
macabro gorigori y salió flotando hacia la negra y siniestra noche.
Scrooge continuó hasta la ventana con desesperada curiosidad. Se asomó.
Por el aire se movían sin descanso, de un lado a otro, numerosísimos fantasmas que gemían al pasar. Todos
llevaban cadenas como las del fantasma de Marley; unos cuantos (tal vez gobiernos culpables) iban
encadenados en grupo; ninguno estaba libre de cadenas. Scrooge había conocido en vida a muchos de ellos.
Había tenido bastante relación con un viejo fantasma que llevaba un chaleco blanco y una monstruosa caja de
caudales atada al tobillo, que lloraba compungido porque le era imposible auxiliar a una desdichada mujer con
un hijito, a la que estaba viendo allá abajo apoyada en el quicio de la puerta. Claramente se percibía que el tormento
de todos ellos consistía en que deseaban intervenir, para bien, en situaciones humanas, pero habían
perdido para siempre la capacidad de hacerlo.
Scrooge no sabría decir si aquellas criaturas se disolvieron en la niebla o si la niebla les ocultó, pero ellos y sus
voces espectrales desaparecieron a la vez. La noche volvió a ser como cuando él llegó a su casa.
Cerró la ventana y examinó la puerta que había cruzado el fantasma. Seguía con el doble cierre que había
echado con sus propias manos y los cerrojos estaban intactos. Intentó decir «¡Tonterías!», pero se quedó en la
primera sílaba. Estaba extenuado y, ya sea por las emociones vividas, las fatigas del día, los atisbos del Mundo
Invisible, la sombría conversación con el fantasma o lo tardío de la hora, se fue directamente a la cama, sin
desvestirse, y se quedó dormido al instante.
*
SEGUNDA ESTROFA
EL PRIMERO DE LOS TRES ESPIRITUS
*
Cuando Scrooge se despertó, la oscuridad era tan intensa que al mirar desde la cama apenas podía diferenciar
la tras parencia de la ventana de las paredes opacas de su aposento. Cuando estaba intentando traspasar la
oscuridad con sus ojos de gavilán, las campanas de una iglesia cercana dieron los cuatro cuartos; él permaneció
atento a la hora.
Para su gran sorpresa, la campana mayor pasó de las seis a las siete, de las siete a las ocho, y así
sucesivamente hasta las doce; luego dejó de sonar. ¡Las doce! Cuando se acostó eran mas de las dos. El reloj no
funcionaba bien. Tal vez se le había incrustado un carámbano en la maquinaria. ¡Las doce!
Apretó el resorte de su reloj repetidor para comprobar el error del otro reloj enloquecido, pero su pequeña
pulsación acelerada latió doce veces y se detuvo.
«Pero, ¿qué está pasando? ¡Es imposible!», dijo Scrooge. «No es posible que haya estado durmiendo un día
completo hasta la noche siguiente ¡Y es imposible que le haya sucedido algo al sol y sean las doce del mediodía!
La idea no dejaba de ser alarmante; saltó de la cama y se fue acercando a tientas hasta la ventana. Para poder
ver algo tuvo que frotar la escarcha con la maga de la bata; aún así, logró ver muy poco. Sólo consiguió
comprobar que continuaba una niebla y un frio muy intensos y que no se oía ruido de actividad de gente
alarmada, como se habría escuchado ineludiblemente si la Noche hubiese derrotado al claro Día, tomando
posesión del mundo. Era un gran alivio porque sino hubiera días que contar lo de «a tres días de esta primera
de cambio, pagaré al señor Ebenezer Scrooge o a su orden...etc.» se habría convertido en papel mojado, como
los pagarés de los Estados Unidos.
Scrooge se volvió a la cama, pensó y repensó pero no se le ocurria ninguna explicación. Cuando más
pensaba, más perplejo estaba, y cuanto más procuraba no pensar, más pensaba en ello. El fantasma de Marley le
había trastomado profundamente. Cada vez que, tras madura reflexión, llegaba a la conclusión de que todo era
un sueño, sus pensamientos, al igual que un fuerte muelle tensado, volvían a la posición inicial y replanteaban el
mismo problema: «¿era o no era un sueño?».
Scrooge permaneció en tal estado hasta que las campanas dieron otros tres cuartos de hora y entonces,
súbitamente, recordó que el fantasma le había anunciado una aparición cuando la campana diera la una.
Decidió permanecer alerta hasta que pasase ese tiempo. Y considerando que tenía tan ta posibilidad de dormirse
como de ir al cielo, tal vez aquella fuese la resolución más prudente que podía haber adoptado.
El cuarto de hora se le hizo tan largo que en más de una ocasión tuvo la impresión de haberse adormecido
sin oír el reloj. Al fin, un repique llegó a sus oídos atentos.
«Ding, dong»
«Y cuarto», dijo Scrooge, contando.
«¡Ding, dong!»
«¡Y media!», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«Menos cuarto», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«La hora», dijo Scrooge triunfalmente, «¡y nada de nada! »
Había hablado antes de que sonase la campana de las horas, que lo hizo a continuación con una profunda,
triste, cavernosa y melancólica U N A . Al instante, la habitación quedó inundada de luz y se corrieron los
cortinajes de su cama.
Las cortinas de la cama fueron descorridas -lo aseguro- por una mano. No las coronas de la cabecera ni de
los pies, sino las del lado hacia el que miraba. Las cortinas de la cama fueron descorridas; Scrooge se incorporó
precipitadamente y, en postura semi-recostada, se encontró cara a cara con el visitante ultraterrenal que las
había descorrido. Estaba tan cerca de él como yo lo estoy de ti, lector, y en espíritu estoy a tu lado.
Era un extraño personaje, como un niño, y sin embargo parecía un anciano visto a través de una cierta áurea
sobrenatural que le daba el aspecto de haber ido retrocediendo del campo visual hasta quedar reducido a las
proporciones de un niño. El cabello le caía hasta los hombros y era blanco; como el de un anciano, sin
embargo, no había arrugas en su rostro sino la más aterciopelada lozanía. Tenía unos brazos muy largos y
musculosos, igual que las manos, dando una impresión de fuerza excepcional. Sus piernas y pies, al igual que los
miembros superiores, estaban desnudos y maravillosamente conformados. Vestía una túnica inmaculadamente
blanca y ceñía su cintura un lustroso cinturón con her moso brillo. En la mano llevaba una rama verde de acebo
y, en extraña contradicción con tal invemal emblema, su ropaje estaba salpicado de flores estivales. Pero lo más
sorpren dente era el chorro de luz fulgente que le brotaba de la co ronilla y hacía visibles todas estas cosas.
También tenía un gorro con forma de gran matacandelas, que ahora llevaba bajo el brazo, pero sin duda
utilizaría en los momentos de apagamiento.
Con todo, no era esto lo más extraordinario. Cuando Scrooge le miró con creciente atención vio que el
cinturón destellaba y titilaba ora en un punto, ora en otro, y donde en un instante había luz, en otro momento
estaba apagado, de manera que fluctuaba la propia imagen del personaje: aho ra era una cosa con un brazo,
ahora con una pierna, después con veinte piernas, o un par de piernas sin cabeza, o una cabeza sin cuerpo. Las
partes que se disolvían estaban fundidas con las densas tinieblas de modo que nada de ellas se podía vislumbrar.
Y lo maravilloso es que reaparecía nuevamente con más claridad y nitidez que antes.
«¿Es usted, señor, el espíritu cuya llegada se me anunció?», preguntó Scrooge.
«Yo soy».
La voz era suave y afable, curiosamente apagada, como si en vez de estar tan cerca, hablase desde lejos.
«¿Quién y qué es usted!», preguntó Scrooge.
«Soy el fantasma de la Navidad del Pasado».
«¿Pasado lejano?», inquirió Scrooge mientras observaba su estatura minúscula. .
«No. Tu pasado».
Si alguien le hubiera preguntado, Scrooge tal vez no habría sabido explicar la razón, pero sentía un deseo
especial de ver al espiritu con el gorro puesto y le rogó que se cu briera.
«¡Qué dices!», exclamó el fantasma, «¿ya quieres apagar, con tus manos mundanas, la luz que te doy? ¿No te
basta con ser uno de esos cuyas pasiones hicieron este gorro y me han obligado a llevarlo encasquetado hasta
las cejas durante años y años?».
Con la mayor reverencia, Scrooge negó cualquier intención de ofender y todo conocimiento de haber
«encapotado» voluntariamente al espíritu en ningún momento de su vida.
Luego le preguntó abiertamente qué asuntos le habían llevado allí.
«¡Tu propio bien!», dijo el fantasma.
Scrooge expresó sus agradecimientos, pero sin dejar de pen sar que para alcanzar esa finalidad hubiera sido
preferible dejarle descansar toda la noche, sin sobresaltos. El espíritu debió de leer su pensamiento porque dijo
de inmediato:
«¡Y todavía te quejas! ¡Ten cuidado!
Y al decir esto, extendió su poderosa mano y le agarró por brazo con suavidad.
«¡Levántate y ven conmigo!»
De nada habría servido que Scrooge arguyera que ni el clima ni la hora resultaban los más adecuados para sus
propósitos peatonales, ni que la cama estaba caliente y el termómetro muy por debajo del punto de
congelación; ni que iba muy ligero de ropa, en zapatillas, bata y gorro de dormir, o que estaba sufriendo un
resfriado. El apretón, aunque suave como el de una mano femenina, era ineludible. Scrooge se levantó, pero al
ver que el espíritu se dirigía a la ventana se colgó de su túnica y suplicó:
«Yo soy hombre mortal y podría caerme».
«Basta un simple toque de mi mano ahí», dijo el espíritu posándola sobre su corazón, «y quedarás salvo para
esto y más aún».
Tras pronunciar estas palabras, atravesaron la pared y fueron a dar a una carret era en plena campiña, con
campos de labor a ambos lados. La ciudad se había desvanecido por com pleto, hasta el último vestigio. La
oscuridad y la bruma habían desaparecido con la ciudad, dando paso a un día invernal, claro y con nieve
cubriendo el suelo.
«¡Cielo Santo!», dijo Scrooge enlazando sus manos y observando el entorno. «¡Yo nací en este lugar! ¡Aquí
pasé mi infancia! ».
El espíritu le miró de soslayo con indulgencia. El suave toquecito, aunque ligero y breve, parecía seguir
afectando a las sensaciones del anciano, percibía mil olores flotando en el aire, cada cual relacionado con mil
recuerdos, ilusiones y preocupaciones, olvidados largo, largo tiempo atrás.
«Te tiemblan los labios», dijo el fantasma. «Y ¿qué tienes en la mejilla?»
Scrooge musitó, con inusual vacilación en la voz, que era un grano, y rogó al fantasma que le llevara a donde
tuviera que llevarle.
«¿Recuerdas el camino?», interrogó el espíritu.
«¡Que si lo recuerdo!», exclamó Scrooge con fervor. «Podría reconocerlo a ciegas».
«Es raro que te hayas olvidado durante tantos años», observó el fantasma. «Vámonos».
Echaron a andar por la carretera. Scrooge iba reconociendo cada portilla, cada poste, cada árbol, hasta que
apareció en la lejanía un pueblecito con su puente, iglesia y serp enteante río. Ahora veían trotar, en dirección a
ellos, unos cuan tos caballitos peludos, montados por chicos que llamaban a otros chicos subidos en carretas y
carros conducidos por gran jeros. Todos manifestaban gran animación y el ancho campo terminó llenándose de
una música tan alegre que hasta el aire fresco se reía al escucharla.
«Solamente son las sombras de lo que ha sido», dijo el fantasma. «No son conscientes de nuestra presencia».
La bulliciosa comitiva se iba acercando; Scrooge sabía los nombres de todos. ¡Cómo disfrutó al verlos! ¡Qué
brillo tenían sus fríos ojos y qué palpitaciones en su corazón mien tras pasaban! Se sintió inundado de gozo
cuando les oyó felicitarse la Navidad, al despedirse en los cruces de los caminos para ir cada cual a su hogar
¿Qué era para Scrooge la Feliz Navidad? ¡Y dale con feliz Navidad! ¿Qué bien le había pro porcionado a él?
«La escuela no está vacia del todo», dijo el fantasma. «Aún queda allí un niño solitario, abandonado por sus
compañero».
Scrooge dijo que ya lo sabía. Y sollozó.
Dejaron la carretera principal para continuar por un sendero, bien recordado y enseguida llegaron a una
mansión de ladrillo rojo deslucido, con una cúpula en el tejado coronada por una veleta de gallo y una campana.
Era una gran casa, pero venida a menos. Las espaciosas dependencias se utilizaban muy poco y las paredes
estaban húmedas y enmoheci das, las ventanas rotas, las puertas vencidas. Por los establos se contoneaban y
cacareaban las aves de corral. La hierba invadía cocheras y cobertizos. El interior de la casa no había
conservado mejor su antiguo esplendor; cuando penetraron en el sombrío vestíbulo y dieron un vistazo por las
puertas abiertas de numerosas habitaciones, las encontraron pobremente amuebladas, frías y destart aladas.
Había algo en el aire, en la desolada desnudez del lugar, que de alguna manera se asociaba al hecho de madrugar
demasiado y comer muy poco.
El fantasma y Scrooge atravesaron el vestíbulo hasta llegar a una puerta en la parte trasera de la casa. Se abrió
y dio paso a un cuarto largo, melancólico y desnudo, desnudez aún más acentuada por las sencillas alineaciones
de bancos y pupitres. En uno de ellos, un muchacho solitario leía cerca de un fuego exiguo. Scrooge se sentó en
un banco y se le cayeron las lágrimas al ver su pobre y olvidada persona tal y como había sido.
El eco latía en la casa, chilliditos y carreras de ratones tras el entarimado, un goteo de la fuente semicongelada
del deslucido patio trasero, un susurro entre las ramas sin hojas de un álamo desesperado, el inútil balanceo de
una puerta de despensa vacía, el chisporroteo del fuego, llegaron al corazón de Scroope con su influjo
enternecedor y dieron rienda suelta a sus lágrimas.
El espiritu le tocó en el brazo y señaló hacia su joven persona, absorta en la lectura. De pronto, apareció tras
la ven tana un hombre maravillosamente real y visible, exóticamente ataviado, con una segur en su cinturón y
llevando de la brida un asno cargado de leña.
«¡Es Alí Babá!», exclamó Scrooge extasiado. «¡Es mi querido y honrado Alí Babá! ¡Sí, sí, yo lo se! Una
Navidad, cuan do aquel niño solitario tuvo que quedarse aquí completamente solo, él vino, por primcra vez,
igual que ahora. ¡Pobre muchacho! ¡Y Valentine y su hermano salvaje Orson, ahí van! ¡Y ese otro, ¿cómo se
llama?, al que pusieron en calzoncillos, dormido, en la puerta de Damasco. ¿No lo ves! ¡Y el caballerizo del
Sultán colocado por los Genios boca abajo, ahí está de cabeza! ¡Se lo merecía; me alegro, ¿quién le mete a
casarse con la princesa?!.
Los hombres de negocios que conocían a Scrooge se habrían llevado una sorpresa mayúscula si le hubiesen
visto gastar toda su energía en tales asuntos, con un tono de voz de lo más singular, a medio camino entre la
risa y el llanto, y si hubies en observado su rostro excitado y acalorado.
«¡Ahí está el Loro!», exclamó Scrooge. «El cuerpo verde y la cola amarilla, con algo parecido a una lechuga
saliéndole de lo alto de la cabeza. ¡Ahí está! Pobre Robin Crusoe, le dijo cuando volvió a casa tras navegar
alrededor de la isla. "Pobre Robin Crusoe, ¿dónde has estado Robin Crusoe?". El hombre pensó que soñaba,
pero no. Era el loro, ¿verdad?. ¡Allá va Viernes, corriendo hacia la pequeña ensenada para salvarse! ¡Vámos!
¡Corre!».
Después, con una repentina transición, muy lejana a su habitual carácter, dijo compadeciéndose de su pasado:
«¡Pobre muchacho!», y volvió a llorar.
«Desearía...», murmuró metiendo la mano en el bolsillo y mirando alrededor, tras secar los ojos con la manga,
«pero ahora ya es demasiado tarde».
«¿De qué se trata», preguntó el espíritu.
«Nada», contestó Scrooge, «nada. Anoche, un chico estuvo cantando un villancico en mi puerta. Desearía
haberle dado algo; eso es todo».
El fantasma sonrió pensativamente a hizo un ademán con la mano mientras decía: «¡Veamos otra Navidad!».
Con estas palabras, la persona del Scrooge juvenil se hizo mayor y la estancia se volvió un poco más oscura y
más sucia. Los paneles encogidos, las ventanas rotas; fragmentos de yeso se habían desprendido del techo
dejando a la vista las rasillas. Pero Scrooge no sabía cómo se habían producido es tos cambios; no sabía más que
tú, lector. Lo único que sabía es que era cierto, así había sucedido; y sabía que él estaba allí, otra vez solo,
cuando todos los demás chicos se habían ido a casa a pasar las festivas vacaciones.
Ahora no estaba leyendo sino dando pasos arriba y abajo, desesperado. Scrooge miró al fantasma y con un
dolorido movimiento de negación con la cabeza, dirigió una mirada llena de ansiedad hacia la puerta. La puerta
se abrió y una ni ñita, de edad mucho menor que el muchacho, entró como una exhalación, le echó los brazos al
cuello y le besaba repetidamente llamándole «Querido, querido hermano».
«¡He venido para llevarte a casa, querido hermano!», decía la niña palmoteando con sus manos pequeñas y
encogida por las risas. ¡Para llevarte a casa, a casa, a casa!
«¿A casa, mi pequeña Fan?», contestó el muchacho.
«¡Sí!», dijo la niña desbordante de felicidad. «A casa, a casa para siempre. Ahora Padre está mucho más
amable, nuestra casa parece el cielo. Una bendita noche, cuando me iba a la cama, me habló tan cariñoso que
me atreví a preguntarle una vez más si tú podrías volver; y dijo que sí, que era lo mejor, y me mandó en un
coche a buscarte. ¡Ya vas a ser un hombre», dijo la niña, abriendo los ojos, «y nunca vas a volver aquí;
estaremos juntos toda la Navidad y será lo más maravilloso del mundo!»
«¡Eres toda una mujer, Fan!», exclamó el chico.
Ella palmoteaba, reía a intentó llegarle a la cabeza, pero era demasiado pequeña y reía otra vez, y se puso de
puntillas para abrazarle. Luego empezó a arrastrarle, con infantil impaciencia, hacia la puerta, y él de muy buen
grado la acom pañó.
Una voz terrible gritó en el vestíbulo «¡Bajad el baúl del Sr. Scrooge, aquí!». Y en el vestíbulo apareció el
director de la escuela en persona, observó al Sr. Scrooge con feroz con descendencia y le estrechó las manos,
sumiéndole en un es tado de terrible confusión. A continuación condujo a Scrooge y su hermana hasta la sala de
visitas más estremecedora que se haya visto, donde los mapas en la pared y los globos terráqueos y celestes en
las ventanas estaban cerúleos por el frio. Allí sacó una licorera de vino sospechosamente claro, y un bloque de
pastel sospechosamente denso, y administró a los jóvenes «entregas» de tales exquisiteces. Al mismo tiempo,
envió fuera a un enflaquecido sirviente para que ofreciese un vaso de «algo» al chico de la posta, quien
respondió que daba las gracias al caballero, pero si lo que le iban a dar salía del mismo barril que ya había
probado anteriormente, prefería no tomarlo. El baúl del señor Scrooge ya estaba amarrado en el carruaje; los
niños se despidieron gustosos del director de la escuela, se acomodaron en él y rodaron alegremente hacia la
curva del parque, las veloces ruedas pulverizaban y rociaban de escarcha y de nieve las oscuras hojas perennes
de los arbustos.
«Fue siempre una criatura tan delicada que podía caerse con un soplo. ¡Pero qué gran corazón tenía!», dijo el
fantasma.
«¡Sí que lo tenía!», lloró Scrooge. «Tienes razón. No seré yo quien lo niegue, espíritu. ¡Dios me libre!».
«Murió cuando ya era una mujer», dijo el espíritu, «y tenía, creo, hijos».
«Un hijo», puntualizó el fantasma. «¡Tu sobrino!».
Scrooge sintió malestar y contestó solamente «sí».
Aunque sólo hacía un momento que había dejado atrás la escuela, ahora se encontraban en la bulliciosa
arteria de una ciudad, donde sombras de transeúntes pasaban y volvían a pasar, donde sombras de carruajes y
coches luchaban por abrirse paso, y donde se producía todo el tumulto y es trépito de una ciudad real. Por el
adorno de las tiendas se notaba claramente que también allí era el tiempo de la Navidad. Pero era una tarde y
las calles ya estaban alumbradas.
El fantasma se detuvo en la puerta de cierto almacén y preguntó a Scrooge si lo conocía.
«¡Conocerlo!», dijo, «¿Acaso no me pusieron de aprendiz aquí?».
Ante la visión de un viejo caballero con peluca galesa, sentado tras un pupitre tan alto que si él hubiese sido
dos pulgadas más alto su cabeza habría chocado contra el techo, Scrooge exclamó con gran excitación:
«¡Pero si es el viejo Fezziwig!, ¡Dios mio, es Fezziwig vivo otra vez!».
El viejo Fezziwig posó la pluma y miró el reloj de la pared, que señalaba las siete. Se frotó las manos, se
ajustó el amplio chaleco, se rió con toda su persona, desde la punta del zapato hasta el órgano de la
benevolencia y gritó con una voz consoladora, profunda, rica, sonora y jovial:
«¡Eh, vosotros! ¡Ebenezer! ¡Dick!».
El Scrooge del pasado, ahora ya un hombre joven, apareció con prontitud acompañado por su compañero
aprendiz.
«¡Dick Wilkins, claro está!», dijo Scrooge al fantasma. «Sí. Es él. Me quería mucho, Dick, ¡Pobre Dick! ¡Señor,
señor!». «¡Hala, chicos! », dijo Fezziwig, «se acab ó el trabajo por hoy. ¡Nochebuena, Dick! ¡Navidad, Ebenezer!
¡A echar el cierre! », exclamó Fezziwig con una sonora palmada,¡sin esperar un momento! ».
¡No se podría creer la rapidez con que los chicos se pusieron manos a la obra! Cargaron a la calle co n los
cierres -uno, dos, tres-, los colocaron en su sitio -cuatro, cinco, seis-, echaron las barras y los pasadores -siete,
ocho, nueve- y volvieron antes de poder contar doce, trotando como caballos de carreras.
«¡Vamos allá!», exclamó Fezziwig resbalando desde el alto pupitre con pasmosa agilidad. «¡Despejad todo,
muchachos, aquí hay que hacer mucho sitio! ¡Venga Dick! ¡Muévete, Ebenexer! ».
¡Despejad! No había nada que no quisiesen o pudiesen despejar bajo la mirada del viejo Fezziwig. Quedó
listo en un minuto. Se apartaron todos los muebles como si se desechasen de la vida pública para siempre. El
suelo se barrió y fregó. Se adornaron las lámparas y se amontonó combustible junto al hogar, y el almacén se
convertió en un salón de baile tan acogedor, caliente, seco y brillante como uno desearía ver en una noche de
invierno.
Llegó un violinista con un libro de partituras y se encaramó al excelso pupitre convirtiéndolo en escenario, y
al afinar sonaba como un dolor de estómago. Entró la señora Fez ziwig, sólida y consistente, toda sonrisas.
Entraron las tres señoritas Fezziwig, radiantes y adorables. Entraron los seis jóvenes pretendientes cuyos
corazones ellas habían roto. Entraron todos los hombres y mujeres jóvenes empleados en el negocio. Entró la
criada, con su primo el panadero. Entró la cocinera con el amigo de su hermano, el lechero. Entró el chico de
enfrente, del cual se sospechaba que su patrón no le daba comida suficiente; entró disimuladamente tras la
chica de la puerta siguiente a la de al lado, de la que se había comprobado que su señora le daba tirones de
orejas. Todos entraron, uno tras otro. Algunos tímidamente, otros descaradamente; unos con gracia, otros
desmañados; unos tirando, otros empujando. De una a otra forma, entraron todos. Y allí estaban veinte parejas
a la vez, de las manos media vuelta y de espalda para atrás; juntos en el medio y otra vez adelante; gira y gira en
diversas figuras de afectuosa agrupación; la vieja pareja de cabeza, girando siempre hacia el lado equivocado; la
nueva pareja de cabeza a empezar otra vez cuando les tocaba el tumo; todos parejas de cabeza y ninguna de
cola. Cuando se vio el resultado, el viejo Fezziwig, dando palmadas para detener la danza, gritó: ¡Muy bien!, y el
violinista hundió su rostro acalorado en un gran tanque de cerveza, especial para la ocasión. Sin querer más
descan so, volvió a empezar al instante, aunque todavía no tenía bailarines, como si al violinista anterior lo
hubiesen tenido que llevar a su casa agotado. Ahora parecía un hombre nuevo, dispuesto a vencer o morir.
Hubo más danzas; luego, juego de prensas y más danzas; había tarta, sangría caliente, un gran pedazo de
asado frío y un gran pedazo de hervido frío, pastelillos de carne y abundante cerveza. Pero el gran efecto de la
velada se produjo tras el asado y el hervido, cuando el violinista (un perro viejo; la clase de persona que sabía lo
que hacía mejor que nadie) atacó los acordes de «Sir Roger de Coverley». El viejo Fezziwig sacó a bailar a la
señora Fezziwig, encabezando la danza otra vez frente a unas parejas que no se achicaban fácilmente, gente
capaz de danzar aunque no tuviesen noción de andar.
Pero aunque hubiesen sido muchas más parejas, el viejo Fezziwig habría podido medir fuerzas con todos, y
lo mismo la señora Fezziwig. Por lo que a ella respecta, merecía emparejarse con él en todos los sentidos de la
palabra, y si ésta no es alabanza suficiente, digaseme otra y la utilizaré. Ellas brillaban como lunas en todas las
fases de la danza. No se podía predecir qué harían al momento siguiente. Y cuando el viejo Fezziwig y señora
realizaron todas las figuras de la danza -avance y retirada, sujetando a la pareja de las manos, inclinación y
reverencia; movimiento en espital; «enebra la aguja y vuelve a tu sitio»-, Fezziwig «cortó»; cortó tan
gallardamente que pareció parpadear con las piernas en el aire antes de caer de pie sin una vacilación.
Este baile doméstico se dio por terminado cuando sonaron las once. El señor y señora Fezziwig tomaron
posiciones a ambos lados de la puerta y fueron dando la mano a todos, uno por uno, a medida que salían, y al
mismo tiempo les desearon Felices Navidades. Lo mismo hicieron con los dos aprendices; se fueron apagando
las voces alegres y los dos chicos se dirigieron a sus camas, situadas bajo un mostrador de la trastienda.
Durante todo este tiempo Scrooge actuó como un hombre fuera de sus cabales. Su corazón y su alma
estaban pues tos en la escena con su antiguo ser. Lo corroboraba todo, recordaba todo, disfrutaba con todo, y
era presa de la más extraña agitación. Hasta que los iluminados rostros de Dick y su yo anterior quedaron fuera
de la vista, no se había acordado del fantasma, y ahora fue consciente de que éste le miraba intensamente
mientras la luz de su cabeza iluminaba con brillante claridad.
«Con qué poca cosa», dijo el fantasma, «se sienten llenos de gratitud esos dos tontos».
«¡Poca cosa!», repitió Scrooge.
El espiritu le hizo seña de que escuchase a los dos aprendices, que se deshacían en alabanzas de Fezziwig.
Después dijo:
«¡Pero si es cierto! No ha hecho más que gastarse unas pocas libras de tu dineto mortal, tal vez tres o cuatro.
¿Merece por eso tal gratitud?».
«No es así», dijo Scrooge irritado con la observación y hablando sin querer como su yo pasado y no como el
actual.
«No se trata de eso, espíritu. Tenía la facultad de hacernos felices o desgraciados, de hacer nuestro trabajo
agradable o pesado, un placer o un tormento. Su facultad estaba en las palabras y en las miradas, en cosas tan
insignificantes y sutiles que resulta imposible valorarlas. La felicidad que proporciona vale más que una
fortuna».
Percibió la mirada del espíritu y se calló.
«¿Qué sucede? », preguntó el espíritu.
«Nada de particular», dijo Scrooge.
«Yo pienso que sí», insistió el fantasma.
«No», dijo Scrooge, «No. Me gustaría tener la oportunidad de decirle un par de cosas a mi escribiente ahora
mismo. Eso es todo».
Mientras formulaba este deseo, su ser del pasado apagaba las lámparas. Scrooge y el fantasma volvieron a
quedar al aire libre.
«Me queda poco tiempo, observó el espítitu. «¡Rápido!».
No se dirigía a Scrooge ni a nadie visible, pero produjo un efecto inmediato. Scrooge volvió a contemplarse
otra vez. Ahora tenía más edad, un hombre en plenitud de vigor. Su rostro no presentaba los agrios y rígidos
rasgos de años posteriores, pero empezaba a mostrar signos de preocupación y avaricia. Sus ojos tenían una
movilidad ansiosa, codiciosa, incesante, que indicaba la pasión que en él se había enraizado y seguiría creciendo.
No estaba solo. Una joven rubia y vestida de luto estaba sentada junto a él; en sus ojos había lágrimas que
brillaban a la luz del fantasma de la Navidad del pasado.
«¿Qué ídolo te ha desplazado?», replicó él.
«Uno de oro».
«¡Pero si es la actividad más imparcial del mundo!», dijo él. «Nada hay peor que la pobreza y no hay por que
condenar con tal severidad la búsqueda de la riqueza».
«Tienes demasiado miedo al mundo», dijo ella dulcemen te. «Todas las demás ilusiones las has sepultado con
la ilusión de quedar fuera del alcance de los sórdidos reproches del mundo. He visto sucumbir, una tras otra,
tun más nobles aspiraciones hasta quedar devorado por la pasión principal, el Lucro. ¿No es cierto?».
«¿Y qué? », replicó él. «¡Y qué si ahora soy mucho más listo?. Contigo nada ha cambiado».
Ella negó con la cabeza.
«¿En que he cambiado?', preguntó él.
«Nuestro compromiso fue hace tiempo. Se hizo cuando ambos éramos pobres y conformes con serlo hasta
que, con mejores tiempos, pudiéramos mejorar de fortuna con pacien te labor. Tú eres lo que ha cambiado.
Cuando non compro metimos eras otro hombre.
«Era un muchacho», dijo él con impaciencia.
«Tu propio sentido lo dice que no eres el mismo», replicó ella. «Yo sí. Aquella que prometió felicidad cuando
no éramos más que un solo corazón, está abrumada por el dolor ahora que somos dos. No sabes cuán a
menudo y con qué profundidad lo he pensado. Me basta con haberlo tenido que pensar para que te libere de tu
compromiso».
«¿Acaso te lo he pedido? ».
«Con palabras, no. Nunca».
«Entonces, ¿cómo? ».
«Con una naturaleza cambiada, con un espíritu alterado, otra atmosfera vital, otra Ilusión como gran meta.
Con todo aquello que había hecho mi amor valioso a tun ojos. Si entre nosotros no hubiera existido esto», dijo
la joven mirándole dulcemente pero con fijeza, «contéstame, ¿me habrías buscado y habrías intentado
conquistarme? ¡Ah, no! ».
El, sin poderlo evitar, pareció rendirse a la justicia de sus suposiciones. Pero hizo un esfuerzo para decir: «No
pienses así».
«Con mucho gusto pensaría de otro modo si pudiera», res pondió, «¡bien lo sabe Dios! Tras haber constatado
una verdad como ésta, sé lo fuerte a irresistible que debe ser. Pero si hoy, mañana, ayer, estuvieses libre de
compromisos, ¿podría yo creerme que ibas a elegir a una chica sin dote -tú, que todo lo mides por el rasero del
Lucro? O si la eligieses, traicionando tun propios principios, sé que pronto te arrepentirías y lo lamentarías. Por
eso te devuelvo tu libertad. De todo corazón, por el amor de aquel que fuiste un día».
El estaba a punto de decir algo, pero ella prosiguió apartando su mirada:
«Es posible que te duela, casi lo deseo en memoria de nuestro pasado. Transcurriría un tiempo muy, muy
corto y lo olvidarás todo, gustosamente, como si te despertases a tiempo de un sueño improductivo. ¡Que seas
feliz con la vida que has elegido! ».
Ella le dejó y se separaron.
«¡Espíritu, no quiero ver más! », dijo Scrooge. Llévame a casa. ¿Por qué te complaces torturándome? ».
«¡Sólo una imagen más! », exclamó el fantasma.
«¡Ni una más! », gritó Scrooge. «¡Basta! ¡No quiero verlo! ¡No me muestres más! »
Pero el implacable fantasma le aprisionó entre sun brazos y le obligó a observar lo que sucedió a
continuación.
Era otra escena y otro lugar: una habitación no muy grande ni elegante, pero llena de confort. junto a la
chimenea invérnal se hallaba sentada una bella joven tan parecida a la anterior que Scrooge creyó que era la
misma hasta que la vió a ella, ahora matrona atractiva, sentada frente a su hija. En aquella estancia el ruido era
completo tumulto pues había más niños allí de los que Scrooge, con su agitado estado mental, podía contar. Y,
al contrario que en el celebrado rebaño del poema, no se trataba de cuarenta niños comportándose como uno
solo, sino que cada uno de los niños se comportaba como cuarenta. Las consecuencias eran tumultuosas hasta
extremos increíbles, pero no parecía importarle a nadie; por el contrario, la madre y la hija se reían con todas las
ganas y lo disfrutaban. La hija pronto se incorporó a los juegos y fue asaltada por los jóvenes bribones de la
manera más despiadada. ¡Lo que yo habría dado por ser uno de ellos! ¡Claro que yo nunca habría sido tan bruto,
no, no! Por nada del mundo habría despachurrado aquel cabello tren zado ni le habría arrancado de un tirón el
precioso zapatito. ¡De ninguna manera! Lo que sí habría hecho, como hizo aquella intrépida y joven nidada, es
tantear su cintura jugando; me habría gustado que, como castigo, mi brazo hubiera crecido en torno a su
cintura y nunca pudiera volver a enderezarse. Y también me habrá encantado tocar sus labios y haberle hecho
preguntas para que los abriese; haber mirado las pestañas de sus ojos bajos sin provocar un rubor; haber
soltado las. ondas de su pelo y conservar un mechón como recuerdo de valor incalculable; en suma: me habría
gustado, lo confieso, haberme tomado las libertades de un niño siendo un hombre capaz de conocer su valor.
Pero ahora se escuchó una llamada en la puerta, inmediatamente seguida de tales carreras que ella, con un
rostro risueño y el vestido arrebatado, fue arrastrada hacia el centro de un acalorado y turbulento grupo justo a
tiempo para saludar al padre que llegaba al hogar, auxiliado por un hombre cargado de juguetes navideños y
regalos. Luego todo fue vocear, luchar y asaltar violentamente al indefenso porteador. Le escalaron con sillas,
bucearon en sus bolsillos, le expoliaron los paquetes envueltos en papel marrón, le sujetaron por la corbata, se
le colgaron del cuello, aporrearon su espalda, y le dieron patadas en las piernas con un amor irreprimible. ¡Las
exclamaciones de admiración y contento que siguieron a cada apertura de paquete! ¡La terrible noticia de que
habían sorprendido al bebé en el momento de llevarse a la boca una sartén de juguete, y se sospechaba con
mucho fundamento que se había tragado un pavo pegado a una planchita de madera! ¡El alivio inmenso al
descubrir que era una falsa alarma! ¡El gozo, la gratitud, el éxtasis! No es posible describirlos. Baste decir que,
por orden de gradación, los niños y sus emociones salieron del salón y, de uno en uno, se fueron por una
escalera a la parte más alta de la casa; allí se metieron en la cama y, por consiguiente, se apaciguaron.
Y ahora Scrooge miró con mayor atención que nunca, cuando el señor de la casa, con su hija cariñosamente
apoyada en él, se sentó con ella y con la madre en su sitio junto al fuego. A Scrooge se le nubló la vista cuando
pensó que una criatura tan grácil y llena de promesas como aquella podría haberle llamado «padre» y ser una
primavera en el macilento invierno de su vida.
«Belle», dijo el marido volviéndose sonriente hacia su mujer, «esta tarde he visto a un viejo amigo tuyo».
«¿Quién era?».
«No sé... ¡Ya lo sé!», añadió de un tirón, riendo sin Parar. «El señor Scrooge».
«Era el señor Scrooge. Pasé por delante de su despacho y como tenía encendida la luz, casi no pude evitar el
verle. He oído decir que su socio se está muriendo y allí estaba él solo, sentado. Solo en la vida, creo yo».
«¡Espíritu!», dijo Scrooge con la voz quebrada, «sácame de aquí».
«Te he dicho que éstas eran sombras de las cosas que han sido», dijo el fantasma. «Son lo que son ¡No me
eches la culpa! »
«¡Sácame!», exclamó Scrooge. «¡No lo resisto!».
Se giró hacia el fantasma y viendo que le contemplaba co n un rostro en el que, de cierto modo extraño, había
fragmen tos de todos los rostros que le había mostrado, forcejeó con él.
«¡Déjame! ¡Llévame de vuelta! ¡No sigas hechizándome!».
En el forcejeo, si se puede llamar forcejeo aunque el fantasma, sin resistencia notaria por su parte, no parecía
afectado por los esfuerzos de su adversario, Scrooge observó que su luz era intensa y brillante; vagamente
asoció este hecho con el influjo que sobre él ejercía, y agarró el gorro-apagador y, con un movimiento
repentino, se le incrustó en la cabeza.
El espíritu cayó debajo, de manera que el apagador le cu brió totalmente. Pero aunque Scrooge lo presionaba
con todas sus fuerzas, no pudo apagar la luz, que salía por debajo en chorro uniforme sobre el suelo.
Se sentía agotado y vencido por un irresistible sopor; tam bién se dio cuenta de que estaba en su propio
dormitorio. Dio un último empujón al gorro y su mano se relajó; apenas tuvo tiempo de llegar tambaleante a la
cama antes de hundirse en un sueño profundo.
*
TERCERA ESTROFA
EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPIRITUS
*
Cuando se despertó en medio de un prodigioso ronquido y se sentó en la cama para aclarar sus ideas, nadie
podía haver avisado a Scrooge de que estaba a punto de dar la una. Supo que había recobrado la concien cia
justo a tiempo para mantener una entrevista con el segundo mensajero, que se le enviaba por mediación de
Jacob Marley. Pero sintió un frío desagradable cuando empezó a preguntarse qué cortina descorrefia el nuevo
espectro; por eso las recogió todas él mismo, se tumbó de nuevo y dirigió una cortante ojeada en torno a su
cama. Quería plantar cara al espíritu cuando apareciera y no deseaba que le cogiera desprevenido porque se
pondría nervioso.
Los caballeros del tipo poco ceremonioso, que se jactan de conocer bien la aguja de marear a cualquier hora
del día o de la noche, expresan su amplia capacidad para la aventura diciendo que son buenos para cualquier
cosa, desde jugar a «cara o cruz» hasta cometer un asesinato; entre estas dos actividades extremas, qué duda
cabe, hay toda una amplia gama. Sin atteverme a decir otro tanto de Scrooge, no es equivocado pensar que
estaba preparado para recibir una gran variedad de extrañas apariciones y que nada, desde un bebé hasta un
rinoceronte, le habría cogido muy de sorpresa.
Ahora bien, al estar preparado para casi todo, en modo alguno estaba preparado para nada. Por consiguiente,
cuan do la campana dio la una y no apareció ninguna forma, Scrooge fue presa de violentos temblores. Cinco
minutos, diez, un cuarto de hora, una hora... y nada. Todo ese tiempo permaneció tendido encima de la cama,
que se había convertido en origen y centro del resplandor de luz rojiza que había fluido sobre ella cuando el
reloj proclamó la hora; al no ser más que luz resultaba más alarmante que una docena de fan tasmas porque él
era incapaz de adivinar su significación y su propósito. En algunos momentos, Scrooge temió hallarse en el
momento culminante de un interesante caso de combustión espontána, sin tener el consuelo de saberlo. Sin
embargo, al final acabó pensando -como usted o yo hubiéramos pensado desde el principio, pues la persona
que no está metida en el problema es quien mejor sabe lo que se debe hacer-, al final, como decía, acabó
pensando que tal vez encontraría la fuente y el secreto de esta luz fantasmal en la habitación de al lado, donde
parecía resplandecer. Cuando esta idea acaparó toda su mente, se levantó sin ruido y se deslizó en sus zapatillas
hasta la puerta.
En el momento de asir la manilla de la puerta, una voz le llamó por su nombre y le ordenó entrar. Scrooge
obedeció.
Era su propio salón, sin duda alguna, pero había sufrido una transformación sorprendente. El techo y las
paredes es taban tan cubiertos de vegetación que parecía un bosquecillo donde brillaban por todos lados bayas
chispeantes. Las frescas y tersas hojas de acebo, muérdago y yedra reflejaban la luz como si se hubiesen
esparcido allí y allá numerosos espejitos, y en la chimenea rugían tales llamaradas como nunca había conocido
aquel triste hogar petrificado en vida de Scrooge, de Marley, ni en muchos, muchísimos inviernos atrás. En el
suelo, amontonados en forma de trono, había pavos, ocas, caza, pollería, adobo, grandes pemiles, lechones,
largas ristras de salchichas, pastelillos de carne, tartas de ciruela, cajas de ostras, castañas de color rojo intenso,
manzanas de rojo encendido, naranjas jugosas, deliciosas peras, inmensos pasteles de Reyes y burbujeantes
boles de ponche que empañaban la estancia con sus efluvios deliciosos. Cómodamente instalado sobre todo
ello, estaba sentado un Gigante festivo, de esplendoroso aspecto, que sostenía una antorcha encendida,
parecida a un cuerno de la Abundancia; la sostenía muy alta para que la luz cayera sobre Scrooge cuando cruzó
la puerta y miró de hito en hito.
«¡Entra!», exclamó el fantasma. «¡Entra y me reconocerás mejor!»
Scrooge avanzó tímidamente a inclinó la cabeza ante el espíritu. Ya no era el obstinado Scrooge de antes, y
aunque los ojos del espíritu eran francos y amables, no le gustó en contrarse con aquella mirada.
«Soy el fantasma de la Navidad del Presente», dijo el es píritu. «¡Mírame!»
Scrooge lo hizo reverentemente. Estaba vestido con una simple túnica, o manto, de color verde oscuro,
ribeteado con piel blanca. Esta prenda le quedaba muy holgada, dejando al descubierto su ancho pecho como si
desdeñara protegerse u ocultarse con cualquier artificio. Sus pies, visibles bajo los amplios pliegues del manto,
también estaban desnudos, y en la cabeza no llevaba más cobertura que una guirnalda de acebo salpicada de
brillantes carámbanos. Sus bucles, de co lor castaño oscuro, eran largos y caían libremente, libres como su rostro
cordial; su chispeante mirada, su mano generosa, su animada voz, sus ademanes espontáneos y su aire festivo.
Ceñía su cintura una antigua vaina, pero sin espada, y la an tigua funda estaba herrumbrosa.
«¡Nunca habías visto nada como yo!», exclamó el espíritu.
«Jamás», logró responder Scrooge.
«¿Nunca has salido con los miembros más jóvenes de mi familia; quiero decir -porque yo soy muy joven- mis
hermanos mayores, nacidos en estos últimos años?», prosiguió el fantasma. manos mayores, nacidos en estos
últimos años?», prosiguió el fantasma.
«Creo que no», dijo Scrooge. «Me temo que no. ¿Tienes muchos hermanos, espíritu?»
«Más de mil ochocientos», dijo el fantasma.
«¡Familia tremenda de mantener! », murmuró Scrooge.
El fantasma de la Navidad del Presente se levantó.
«Espíritu», dijo Scrooge sumisamente, «condúceme a donde desees. Anoche me llevaron a la fuerza y aprendí
una lección que ahora estoy aprovechando. Este noche, si tienes algo que enseñarme, lo aprenderé con
provecho».
«¡Toca mi manto!»
Scrooge hizo lo que se le indicó con mano firme.
Acebo, muérdago, bayas rojas, yedra, pavos, ocas, caza, pollos, adobo, ternera, lechones, salchichas, ostras,
pastelillos, tartas; fruta y ponche desaparecieron instantáneamen te. También desapareció la habitación, el fuego,
el rojizo res plandor, la hora de la noche, y ellos estaban en las calles de la ciudad en la mañana del día de
Navidad. El tiempo era crudo y la gente hacía una especie de música chocante, pero viva y nada desagradable,
al quitar la nieve de la acera de sus casas y de los tejados; para los chicos era una delicia total ver cómo caía la
nieve explotando en la calle y salpicando con pequeños aludes artificiales.
En contraste con la blanca y lisa capa de nieve de los tejados y con la nieve más sucia del suelo, las fachadas
de las casas parecían negras y las ventanas todavía más negras. En la calle, las pesadas ruedas de coches y carros
habían arado con profundas rodadas la última nieve caída, y esos surcos se cruzaban y entrecruzaban cientos de
veces en las intersecciones de las grandes atterias y formaban intrincados canales, difíciles de rastrear, en el
espeso lodo amarillo y agua helada. El cielo estaba oscuro y las calles más cortas taponadas por una neblina
negruzca, medio derretida, medio helada, cuyas partículas más pesadas caían cual ducha de átomos de hollín;
parecía que todas las chimeneas de Gran Bret aña se habían puesto de acuerdo para encenderse a la vez y
estuviesen disparando a discreción para satisfacción de sus queridos fogones. En el clima de la ciudad no había
nada alegre; no obstante, flotaba en el aire un júbilo muy superior al que podría producir el sol más brillante y el
aire más límpido del verano.
La gente que paleaba la nieve en los tejados estaba llena de jovialidad y cordialidad; se llamaban unos a otros
desde los parapetos y, de vez en cuando, intercambiaban bolazos de nieve -proyectil bastante más inofensivo
que muchos co mentarios jocosos-, riendo con todas las ganas si daba en el blanco y con no menos ganas si
fallaba. Las tiendas de los polleros todavía estaban medio abiertas y las de los fruteros irradiaban sus glorias.
Allí había grandes cestos de castañas redondos, panzudos como viejos y alegres caballeros, recostados en las
puertas y desbordando hacia la calle en su apoplética opulencia. Había rojizas cebollas de España, de ros tro
moreno y amplio contorno, de gordura relucien te como frailes españoles que, desde los estantes, guiñaban el
ojo con irresponsable malicia a las chicas que pasaban y luego elevaban la mirada serena al muérdago colgado.
Había peras y manzanas, apiladas en espléndidas pirámides. Había racimos de uvas colgando de ganchos
conspicuos por la buena intención de los tenderos, para que a la gente se le hiciera la boca agua, gratis, al pasar;
también había pilas de avella nas, marrones, aterciopeladas, con una fragancia que evoca ba los paseos por los
bosques y el agradable caminar hundido hasta los tobillos entre las hojas secas; había manzanas de Norfolk,
regordetas y atezadas, resaltando entre el amarillo de naranjas y limones y, con la gran densidad de sus cuerpos
jugosos, pidiendo a gritos que se las llevasen a casa en bolsas de papel para comerlas después de la cena. Hasta
los peces dorados y plateados, desde una pecera expuesta en tre los exquisitos frutos, y a pesar de pertenecer a
una especie sosa y aburrida, parecían saber que algo estaba sucedien do y daban vueltas y más vueltas en su
pequeño mundo con la excitación lenta y desapasionada propia de los peces. ¡Y en las tiendas de ultramarinos!
¡Ah, los ultramarinos! A punto de cerrar, con uno o dos cierres ya echados, pero ¡qué visiones por los hueco s!
Los platillos de las balanzas golpeaban el mostrador con alegre sonido; el rollo de bramante desaparecía con
rapidez; los enlatados tableteaban arriba y abajo como en manos de un malabarista; los mezclados aro mas del té
y el café eran una delicia para el olfato; estaba lleno de pasas extrañas, almendras blanquísimas, largos y derechos
palos de canela y otras especias delicadas, y los frutos confitados, bien cocidos y escarchados con azúcar,
hacían sen tir desvanecimientos, y después una sensación biliosa, incluso a los espectadores más fríos. Los higos
estaban húmedos y pulpusos, las ciruelas francesas se ruborizaban con modesta acrimonia desde sus cajas tan
ornamentadas. Todos los co mestibles eran magníficos y bien presentados para la Navidad. Pero eso no era
todo. Los clientes estaban tan apresurados y agitados con la esperanzadora promesa del día que tropezaban
unos con otros en la puerta, entrechocaban sus cestos, olvidaban la compra en el mostrador y volvían corrien -
do a recogerla, cometiendo ci entos de equivocaciones de esa clase con el mejor humor. El especiero y sus
dependientes eran tan campechanos y bien dispuestos que los pulidos co razones con que ataban sus
mandilones por detrás podrían haber sido sus propios corazones, llevados por fuera para inspección general y
para ser picoteados por cuervos navideños si así lo prefiriesen.
Pero pronto los campanarios llamaron a la oración en iglesias y capillas, y allá se fue la buena gente en
multitud por las calles, con sus mejores galas y su más jubilosa expresión. Y al mismo tiempo, desde muchas
callejuelas, pasadizos y bocacalles sin nombre, emergieron innumerables personas que llevaban su cena a asar
en las panaderías. El espíritu parecía estar muy interesado por estos pobres festejadores, pues se detuvo con
Scrooge junto a la entrada de una panadería para levantar las cubiertas de las cenas que transportaban y las
rociaba de incienso con su antorcha. La antorcha era de una clase muy poco corriente, pues en una o dos
ocasiones en que algunos de los que acarreaban las cenas tropezaron con otros y hubo palabras mayores, el
espíritu los roció con unas gotas de agua de la antorcha, y de inmediato recuperaron el buen humor; decían que
era una vergüenza disputar en el día de Navidad. ¡Y era muy cierto!
Las campanas dejaron de sonar y se cerraron las panaderías, pero permaneció una confortante y vaga
representación de todas esas cenas en el derretido manchón de humedad sobre cada horno de panadero, donde
el suelo todavía humeaba como si se estuvieran cociendo las losas.
«¿Tiene algún sabor especial eso que salpicas con la antorcha?», preguntó Scrooge.
«Sí lo tiene. Mi propio sabor».
«¿Serviría para cualquier cena de hoy?», preguntó Scrooge.
«Para cualquiera que se celebre con afecto. Pero más para una cena pobre».
«¿Por qué más para una pobre?», preguntó Scrooge.
«Porque lo necesita más».
«Espíritu», dijo Scrooge tras un momento de vacilación, «de todos los seres que hay en los muchos mundos
que nos rodean, me asombra que seas tú el que más desea restringir las oportunidades de esa gente para
disfrutar inocentemente».
«¡Yo!», exclamó el espíritu.
«Les quitarías sus medios para poder cenar cada séptimo día, a menudo el único día en que se puede decir
que cenan», dijo Scrooge, «¿verdad?:..
«¡Yo! », exclamó el espíritu.
«¿No quieres que se cierren estos locales los días del Se ñor?», dijo Scrooge. «Pues llegas al mismo resultado».
« ¡Que yo quiero! », exclamó el fantasma.
«Perdóname si me equivoco. Se ha hecho en tu nombre o, al menos, en el de tu familia», dijo Scrooge.
«En esta tierra tuya hay algunos», replicó el espíritu; «que pretenden conocernos y que cometen sus actos de
pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a
nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido. Recuerda esto y échales la culpa a ellos, no a
nosotros».
Scrooge prometió que así lo haría y se marcharon, invisibles igual que antes, hacia los suburbios de la ciudad.
Una notable cualidad del fantasma (Scrooge la había observado en la panadería) consistía en que, pese a su talla
gigantesca, podía acoplarse a cualquier sitio fácilmente, y mantenía su gracia de criatura sobrenatural tanto si el
techo era muy bajo como si se encontraba en un grandioso vesti'bulo.
Y tal vez por el placer que el buen espíritu encontraba en demostrar esa facultad, o bien por su propia
naturaleza generosa, afable, cordial, y su simpatía por los pobres, condujo a Scrooge asido a su manto
directamente a casa de su escribiente. En el umbral, el espíritu sonrió y se detuvo para bendecir el hogar de Bob
Cratchit con las aspersiones de su antorcha. ¡Imagínate! Bob sólo ganaba quince «pavos» a la semana; los
sábados no se embolsaba más que quince copias de su propio nombre, ¡y a pesar de todo el fantasma de la
Navidad del Presente bendijo su casa de cuatro habitaciones!
La señora Cratchit, esposa de Bob Cratchit, engalanada pobremente con un vestido al que ya le había dado la
vuelta dos veces, pero esplendoroso en cintas (baratas y muy lucidas por cuatro perras), se levantó y puso el
mantel ayudada por Belinda Cratchit, la segunda de sus hijas, igualmente aderezada con lazos. Mientras tanto, el
señorito Peter Cratchit hundía un tenedor en la cazuela de las patatas y se metía en la boca los picos de su
monstruoso cuello de camisa (propiedad privada de Bob, transferida a su hijo y heredero en honor a la
festividad del día), encantado de en contrarse tan elegantemente ataviado y ansioso por exhibirse en los parques
y paseos de moda. Y ahora dos pequeños Cratchit, niño y niña, llegaron corriendo precipitadamente y gritando
que habían olido la oca fuera de la panadería y que sabían que era la suya; entre placenteros pensamientos de
cebolla y salvia, estos jóvenes Cratchit bailaban en torno a la mesa y ensalzaban al señorito Peter Cratchit
mientras él (sin orgullo, aunque el cuello casi le estrangulaba) atizaba el fuego hasta que el lento hervor de las
patatas sonó fuerte al chocar con la tapadera y quedaron listas para sacar y pelar.
«¿Qué estará haciendo vuestro dichoso padre?», decía la señora Cratchit. «Y vuestro hermano, Tiny Tim; ¡y
Martha ya había llegado hace media hora, el año pasado!»
«¡Aquí está Martha, madre! », dijo una chica apareciendo por la puerta.
«¡Aquí está Martha, madre!», gritaron los dos Cratchit pequeños. «¡Hurra! ¡Martha, hay una oca...! »
«¡Ay, mi niña querida, qué tarde vienes!», dijo la señora Crarchit besándola una y otra vez, y quitándole el chal
y el sombrerito con celo oficioso.
«Anoche tuvimos que terminar un montón de trabajo», respondió la chica, «y esta mañana despacharlo,
madre». «¡Bueno! Ahora ya estás aquí y eso es lo que importa», dijo la señora Cratchit. «Siéntate junto al fuego
para entrar en calor, cariño».
«¡No, no! ¡Ya viene padre!», gritaron los dos jóvenes Cratchit que estaban en todo. «¡Escóndete, Martha,
escóndete!»
Martha así lo hizo antes de que entrase Bob, el padre, con tres pies de bufanda, cuando menos, por todo
abrigo, colgándole por delante, y su gastada indumentaria bien remendada y cepillada para guardar una
apariencia adecuada, y en sus hombros Tiny Tim. ¡Ay, Tiny Tim!: llevaba una pequeña muleta y sus piernas
enfundadas en armazones de hierro.
«¿Dónde está Martha?», exclamó Bob Cratchit mirando alrededor.
«No va a venir», dijo la señora Cratchit.
«¡Que no va a venir!», dijo Bob con súbito desánimo, pues había traído a Tim a caballo todo el trayecto desde
la iglesia y había llegado a casa desenfrenado. «¡No venir el día de Navidad?»
Martha no quería verle disgustado, ni siquiera por broma, de manera que salió antes de tiempo de su
escondite tras la puerta del armario y corrió a sus brazos, mientras los dos pequeños Cratchit se apoderaron de
Tiny Tim y le arras traron hasta el lavadero para que pudiera escuchar el sonido del pudding de Navidad metido
en el barreño.
«¿Y qué tal se portó Tiny Tim?», preguntó la señora Cratchit cuando Bob ya se había recuperado del susto y,
muy contento, había estrechado a su hija entre sus brazos.
«Tan bueno como un santo o más», dijo Bob. «Al estar sentado solo tanto tiempo, se vuelve pensativo y
piensa las cosas más extrañas que se puedan imaginar. Cuando volvíamos a casa me dijo que esperaba que la
gente se fijase en él en la iglesia porque está tullido, y para ellos sería agradable recordar en el día de Navidad a
quien hizo andar a los mendigos cojos y ver a los ciegos».
La voz de Bob era trémula al contarlo, y todavía tembló más cuando dijo que Tiny Tim estaba creciendo
fuerte y sano.
Antes de que se hablase otra palabra, se oyeron los golpes de la activa mulet ita contra el suelo y Tiny Tim
regresó es coltado por su hermano y su hermana hasta su taburete junto a la chimenea; mientras tanto, Bob,
recogiendo las man gas -como si, ¡pobre hombre! , pudieran quedar todavía más raídas- preparó un brebaje
caliente de ginebra y limones en una jarra, lo revolvió a conciencia y lo puso a calentar en la chapa de la cocina.
El señorito Peter y los dos ubicuos Cratchit pequeños se fueron a recoger la oca y con ella regresaron pronto
en animada procesión.
Sobrevino una excitación tal que cualquiera hubiera creído que una oca era la más rara de las aves, un
fenómeno plumoso, a cuyo lado un cisne negro resultaría de lo más vulgar; y en realidad, en aquella casa era
algo así. La señora Cratchit puso la salsa (preparada de an temano en una pequeña salsera) casi hirviente; el
señorito Peter hizo puré las patatas con incteíble energía; la señorita Belinda endulzó la salsa de manzana;
Martha limpió las fuentes; Bob puso a su lado a Tiny Tim en una esquina de la mesa; los dos jóvenes Cratchit
colocaron sillas para todo el mundo, sin olvidarse de sí mismos, y montando guardia en sus puestos mantenían
la cuchara en la boca para no chillar pidiendo oca antes de que les llegara el turno de servirse. Por fin se trajeron
las fuentes y se bendijo la mesa. Luego siguió una pausa en la que no se les oía ni respirar, mientras la señora
Cratchit, mirando lentamente a lo largo del trinchante, se preparaba para hincarlo en la pechuga; pero en cuanto
lo hizo, cuando brotó el esperado borbotón del relleno, se alzó un clamor de delectación por toda la mesa, a
incluso Tiny Tim, excitado por los dos Cratchit pequeños, golpeó el tablero con el mango del cuchillo y gritó
débilmente: «¡Hurra!»
Nunca hubo una oca como aquélla. Bob decía que no podía cr eer que se hubiera cocinado jamás una oca
como aquélla. Su sabor, ternura, tamaño y bajo precio fueron temas de universal admiración. Acompañada por
la salsa de man zana y el puré de patata, fue cena suficiente para toda la familia; y más aún, como dijo muy
contenta la señor Cratchit supervisando una pequeña partícula de hueso en una fuen te, ¡no se la habían
acabado! El hecho es que cada cual tomó lo suficiente, y en especial los pequeños Cratchit se habían atiborrado
de cebolla y salvia hasta las cejas. Pero ahora la señorita Belinda cambió los platos mientras la señora Cratchit
salía del cuarto sola -demasiado nerviosa para soportar testigos- para sacar el pudding y traerlo a la mesa.
¡Supongamos que no esté bien cocido! ¡Supongamos que se rompa al sacatlo! ¡Supongamos que alguien haya
saltado la pared del patio y lo haya robado mientras festejábamos la oca! -suposición que puso lívidos a los dos
jóvenes Cratchit-. Toda clase de horrores fueron supuestos.
¡Vaya! ¡Mucho vapor! El pudding se sacó del barreño. ¡Un olor como el de los días de hacer colada! Era el
paño. Un olor como el de un restaurante situado al lado de una confitería y una lavandería. Era el pudding. La
señora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero sonriendo con orgullo, con un pudding como una bala
de cañón moteada, denso y firme, flambeado con la mitad de medio cuartillo de brandy y omado de acebo en la
parte superior.
Bob Cratchit dijo que era un pudding maravilloso y que lo consideraba lo mejor que la señora Cratchit había
hecho desde que se habían casado. La señora Cratchit dijo que, ahora que ya se le había quitado el peso de
encima, confesaría que había tenido sus dudas sobre la cantidad de la harina. Todos tenían algo que decir sobre
el pudding, pero nadie dijo, ni pensó, que era pequeño para una familia tan gran de; hacerlo hubiera sido como
una blasfemia. Todos ellos habrían enrojecido ante una insinuación semejante.
Al terminar la cena se despejó el mantel, se barrió la zona de la chimenea y se recompuso el fuego. Se probó
la mezcla de la jarra y se consideró perfecta, se trajeron a la mesa man zanas y naranjas y se metió al fuego una
paletada de casta ñas. Luego toda la familia Cratchit se agrupó en tomo a la chimenea, en lo que Bob Cratchit
llamaba «círculo» querien do indicar medio círculo; y al lado de Bob Cratchit se desplegaba la cristalería de la
familia: dos vasos y un recipiente para natillas, sin mango, que sirvieron para el líquido ca liente de la jarra tan
bien como si hubieran sido copas de oro. Bob lo escanció con expresión radiante, mientras las cas tañas en el
fuego chascaban y se resquebrajaban ruidosamente. Luego Bob brindó:
«Felices Pascuas a todos nosotros, queridos. ¡Que Dios nos bendiga!
Toda la familia lo repitió.
«¡Dios bendiga a cada uno de nosotros! », dijo Tiny Tim en último lugar. Estaba sentado muy cerca de su
padre, en su pequeño escabel. Bob sostenía en su mano la manita marchita del niño, como si le amase, como si
quisiera tenerle muy cerca de sí y temiera que se lo arrebatasen.
«Espíritu», dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, «dime si Tiny Tim vivirá».
«Veo un sitio vacante», contestó el fantasma, «en ese pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño
amorosamente conservada. Si esas sombras permanecen sin cam bios en el futuro, el niño morirá».
«No, no», dijo Scrooge. «¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará».
«Si esas sombras permanecen inalteradas por el futuro, ningún otro de mi especie», replicó el fantasma, «le
encontrara aquí. ¿Y qué más da? Si se tiene que morir, lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de
población».
Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus pro pias palabras, y se sintió abrumado por el
arrepentimiento y la pena.
«Hombre», dijo el fantasma, «si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que
hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso. ¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben
morir y qué hombres deben vivir? Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor
de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. ¡Oh Dios! , ¡tener que escuchar al insecto en la hoja
disertando sobre lo demasiado que viven sus hambrientos hermanos en el suelo!»
Scrooge se encogió ante la reprobación del fantasma y, tembloroso, hincó la mirada en el suelo, pero la
levantó rápidamente al escuchar su nombre.
«¡El señor Scrooge!, dijo Bob; «brindo por el señor Scrooge, Fundador de la Fiesta.
«¡El Hundidor de la Fiesta en verdad!», exclamó la señora Cratchit enrojeciendo. «Me gustaría tenerle aquí.
Para festejarlo le diría cuatro cosas y espero que tenga buenas tragaderas».
«Querida mía», dijo Bob; «los niños: es Navidad».
«Tiene que ser Navidad, estoy segura, dijo ella, «para beber a la salud de un hombre tan odioso, tacaño, duro
a insensible como el señor Scrooge. ¡Sabes que es cierto, Robert! ¡Nadie lo sabe mejor que tú, pobre mío!
«Querida, es Navidad», fue la tranquila respuesta de Bob.
«Bebo a su salud porque tú me lo piedes y por el día que es», dijo la señora Cratchit, «no por él. ¡Por muchos
años! ¡Alegre Navidad y feliz Año Nuevo! El va a sentirse muy alegre y muy feliz, ¡no me cabe la menor duda!»
Los niños bebieron detrás de ella. Era la primera de sus acciones que no tenía sinceridad. Tiny Tim bebió el
último, pero le importaba un comino. Scrooge era el ogro de la fa milia. La sola mención de su nombre arrojó
sobre la reunión una negra sombra que no se disipó hasta cinco minutos más tarde. Pasada la sombra, estaban
diez veces más contentos que antes por el mero alivio de haber acabado con el Malvado Scrooge. Bob Cratchit
les habló de la situación que tenía en perspectiva para el señorito Peter, que, si se conseguía, supondría unos
ingresos semanales de cinco chelines y medio. Los dos jóvenes Cratchit se desternillaban de risa ante la idea de
Peter convertido en hombre de negocios; el pro pio Peter miraba pensativamente al fuego entre sus cuellos
como si meditara sobre las especiales inversiones que debería decidir cuando entrase en posesión de un ingreso
tan apabullante. Martha, que era una pobre aprendiza en un taller de sombrerera, les contó la clase de trabajo
que tenía que realizar, las muchas horas seguidas que debía trabajar y cómo estaba deseando tomarse un largo
descanso en cama a la mañana siguiente, pues el día siguiente era festivo y lo pasaba en casa. También les contó
que había visto a una condesa y a un lord unos días antes, y que el lord «era de alto como Peter», ante lo cual
Peter se subió los cuellos tanto que no se le podía ver la cabeza. Todo este rato, las castañas y la jarra hacían
ronda, y después escucharon una canción sobre un niño perdido en la nieve; la cantaba Tiny Tim con una
vocecita quejumbrosa, y la cantó realmente muy bien.
No había nada de alta categoría en lo que hacían. No eran una familia distinguida; no iban bien vestidos; sus
zapatos estaban lejos de ser impermeables; sus ropas eran escasas, y Peter podría haber conocido, y es muy
probable que así fuera, el interior de una casa de empeños. Pero estaban felices, agradecidos y satisfechos unos
de otros, y contentos con el presente. Cuando empezaron a perderse de vista, todavía parecían más felices, con
el brillante chisporroteo de la antorcha del espíritu que se marchaba, y hasta el último instante Scrooge no
apartó de ellos sus ojos, sobre todo de Tiny Tim.
En aquellos momentos comenzaba a oscurecer y nevaba intensamente. Scrooge y el espíritu se fueron por las
calles; era maravilloso el resplandor de los fuegos rugientes en las cocinas, salones y toda clase de habitaciones.
Aquí, el revoloteo de las llamas dejaba ver los preparativos para una agradable cena, con platos calentándose
junto a la lumbre y cor tinas de color rojo oscuro a punto de ser corridas para aislar del frío y la oscuridad. Allá,
todos los niños de la casa salían corriendo en la nieve para recibir a sus hermanas casadas, hermanos, primos,
tíos, tías... , y ser el primero en felicitarles. Aquí se reflejaban en las celosías las sombras de los invitados
reuniéndose, y allá un grupo de chicas guapas, todas con capucha y botas de piel y parloteando a la vez, se dirigían
a paso rápido hacia la casa de algún vecino donde, ¡ay del soltero que las viera entrar arreboladas -bien lo
sabían ellas, astutas hechiceras!
Pero a juzgar por el número de personas que se encaminaban a reuniones amistosas, cualquiera diría que en
las ca sas no habría nadie para dar la bienvenida; sin embargo, en todas se esperaba compañía y se avivaban las
lumbres hasta la altura de media chimenea. ¡Cómo exultaba el fantasma! ¡Cómo henchía su desnudo pecho la
respiración! ¡Cómo abría la palma de su mano libre y regaba a chorros generosos todo lo que quedaba a su
alcance con inofensivo regocijo! El mismo farolero, que corría antes de puntear con motas de luz la calle
lúgubte, iba arreglado para pasar la noche en alguna parte y, sin más compañía que la Navidad, se rió sonoramente
cuando pasó el espíritu.
Y ahora, sin una sola palabra de advertencia del fantas ma, se detuvieron en un hostil y desierto páramo, con
monstruosas masas pétreas diseminadas como si fuera un cementetio de gigantes. El agua corría por todas
panes -al menos así lo habría hecho si la helada no tuviera prisionera-, y sólo crecían musgos, tojos y densas
matas de burda hierba. Hacia el Oeste, el sol ponient e había dejado una banda de rojo ardiente que iluminó la
desolación durante unos instantes, como un ojo rencoroso, y se fue cerrando, cerrando cada vez más, hasta
perderse en las espesas tinieblas de la noche más negra.
«¿Qué sitio es éste?», preguntó Scrooge.
«Un lugar donde viven los mineros, que trabajan en las entrañas de la tierra», contestó el espíritu. «Pero me
conocen. ¡Mira!»
Se encendió una luz en una cabaña y ellos se aproximaron rápidamente. Atravesaron la pared de piedra y
barro y en contraron una animada reunión en torno a una cálida lumbre. Un hombre muy viejo y una mujer,
con sus hijos y los hijos de sus hijos, y otra generación posterior, todos engalanados con sus ropas de fiesta. El
viejo, con una voz que apenas sobrepasaba el ulular del viento en la yerma extensión, les cantaba un villancico
que ya era muy antiguo cuando él había sido niño, y de vez en cuando todos le acompañaban a coro. Cuando
los demás unían sus voces, la del viejo se volvía más alegre y potente, y cuando se callaban, él bajaba el tono.
El espíritu no se demoró allí; indicó a Scrooge que se sujetase al manto y, pasando sobre el páramo, se dirigió
rápidamente... ¿adónde? ¡No al mar? Sí, al mar. Para espanto de Scrooge, al mirar hacia atrás vio al final de la
tierra firme una temible alineación de rocas; sus oídos quedaron ensordecidos por el retumbar del agua que se
desmoronaba rugiendo y se estrellaba con furia contra las siniestras cavernas que había ido socavando, y con
fiereza intentaba perforar la tierra.
A una legua aproximadamente de la costa se alzaba un faro solitario construido sobre un siniestro arrecife de
hundidas rocas, azotadas y arañadas por el oleaje. En la base colgaban grandes aglomeraciones de algas y las
aves marinas -se diría que nacían del viento, como las algas del agua- se elevaban y caían a su alrededor como
las olas que peinaban.
Pero incluso aquí los dos hombres que atendían las señales habían encendido una lumbre que, a través del
portillo abierto en los gruesos muros de piedra, arroj aba un rayo de luz sobre el mar tenebroso. Estrechando
sus encallecidas manos por encima de la mesa basta donde estaban sentados, se desearon una Feliz Navidad
con sus jarras de grog. Uno de ellos, el más viejo, con un rostro marcado por la inclemencia del tiempo como el
mascarón de proa de un viejo navío, entonó una canción tan vigorosa como una tempestad.
Una vez más, el fantasma se fue apresuradamente sobre el negro y agitado mar lejos, muy lejos; tan lejos de
cual quier costa, como le dijo a Scrooge, que descendieron sobre un barco. Permanecieron al lado del timonel,
del vigía de proa, de los oficiales de guardia, fantasmales y oscuras sombras en sus puestos, pero todos ellos
tarareaban música navi deña o tenían el pensamiento puesto en la Navidad, o hablaban a sus compañeros de
alguna Navidad pasada con añoranza del hogar. Y todo hombre a bordo, despierto o dormido, bueno o malo,
había tenido una palabra más amable para los demás en ese día que en cualquier otro día del año; y había
compattido en alguna medida el festejo; y había recordado a los seres queridos, y había sabido que ellos se acordaban
de él.
Mientras escuchaba el aullido del viento y pensaba qué cosa tan grande es moverse a través de solitarias
tinieblas sobre un abismo desconocido, cuyos secretos son tan profundos como la muerte, para Scrooge
constituyó una gran sorpresa oír una sonora carcajada. Y la sorpresa todavía fue mayor cuando reconoció que
la había proferido su propio sobrino, y se encontró en una estancia cálida y resplandeciente, con el espíritu
sonriendo a su lado y mirando al sobrino con aprobadora afabilidad.
«¿Ja, ja!», reía el sobrino de Scrooge. «¿Ja, ja, ja!»
Si por una improbable casualidad el lector conociera a un hombre con una risa más feliz que la del sobrino de
Scroo ge, todo lo que puedo decir es que también a mí me gusta ría conocerle. Preséntemelo y yo cultivaré su
amistad.
Es una ley de la compensación justa, equitativa y saludable, que así como hay contagio en la enfermedad y las
penas, nada en el mundo resulta más contagioso que la risa y el buen humor. Cuando el sobrino de Scrooge se
reía sujetándose los costados, girando la cabeza y arrugando el rostro con las más extravagantes contorsiones, la
sobrina de Scroo ge -por matrimonio- reía con tantas ganas como él. Y el grupo de sus amigos no se quedaba
atrás y todos se desterni Ilaban.
«¿Ja, ja! ¿Ja, ja, ja, ja!»
«¡Dijo que las Navidades eran tonterías, os lo juro!», ex clamó el sobrino de Scrooge. «¡Y además se lo creía!»
«Más vergüenza le debería dar, Fred!, dijo indignada la sobrina de Scrooge. Esas benditas mujeres nunca
hacen nada a medias. Se lo toman todo muy en serio.
Era muy atractiva, sumamente atractiva. Tenía un rostro encantador, con hoyuelos en las mejillas y expresión
de sorpresa; una boquita roja y suave que parecía estar hecha para ser besada -lo era, sin duda-; todo tipo de
pequitas junto a su barbilla, que se mezclaban unas con otras al reírse; y el par de ojos más luminoso que se
haya visto. Al mismo tiempo, era del tipo que se podría describir como provocativa, ya me entienden, pero de
una manera adecuada. ¡Ah, sí, perfectamente adecuada!
«Es un viejo tipo cómico», dijo el sobrino de Scrooge, «es la verdad; y no tan agradable como podría ser. Sin
embargo, en su pecado lleva la propia penitencia, y no quiero decir nada contra él».
«Estoy segura de que es muy rico, Fred», apuntó la sobrina. «Al menos eso es lo que siempre me has dicho».
«¡Y eso que importa, querida!», dijo el sobrino. «La riqueza no le sirve de nada. No hace con ella nada bueno.
No la utiliza para su bienestar. Ni siquiera tiene la satisfacción de pensar. Ja, ja, ja, que algún día nosotros la
disfrutaremos».
«Acaba con mi paciencia», observó la sobrina de Scrooge. Las hermanas de la sobrina y todas las demás
señoras expresaron igual opinión.
«Yo sí tengo paciencia», dijo el sobrino. «Me da lástima; no puedo enfadarme con él. El que sufre por sus
manías es siempre él mismo. Le da por rechazarnos y no querer venir a cenar con nosotros. ¿Cuál es la
consecuencia? No tiene mucho que perder con una cena. »
«Yo pienso que se pierde una cena muy buena», interrumpi6 la sobrina. Todos asistieron, y eran jueces
competentes puesto que acababan de cenar y, con el postre sobre la mesa, estaban apiñados junto al fuego, a la
luz de la lámpara.
«¡Bueno! Me alegra mucho escucharos», dijo el sobrino de Scrooge, «porque no tengo mucha fe en estas
jóvenes amas de casa. ¿Tú qué dices, Topper? »
Estaba claro que Topper le había echado el ojo a una de las hermanas de la sobrina, pues respondió que un
soltero no era más que un pobre proscrito sin derecho a expresar una opinión sobre la materia. Ante lo cual la
hermana de la sobrina -la rellenita con la pañoleta de encaje, no la de las rosas - se ruborizó.
«Vamos, Fred, continúa», dijo la sobrina de Scrooge palmoteando. «¡Nunca termina lo que empieza a contar!
¡Qué hombre más absurdo!»
Al sobrino de Scrooge le dio otro ataque de risa y como era imposible evitar el contagio, aunque la hermana
rellenita lo intentó de veras con vinagre aromáti co, su ejemplo fue seguido por unanimidad.
«Iba a decir », dijo el sobrino de Scrooge, «que la consecuencia de su displicencia hacia nosotros, y el no
querer celebrar nada con nosotros es, pienso yo, que se pierde buenos ratos que no le harían ningún daño.
Estoy seguro de que se pierde compañías más agradables que las que pueda encontrar en sus pensamientos,
metido en esa oficina enmohecida o en su polvorienta vivienda. Todos los años quiero darle la oportunidad,
tanto se le gusta como si no, porque me da lástima. Puede que reniegue de la Navidad hasta que se muera, pero
siempre tendrá mejor opinión si ve que voy de buen humor, año tras años, para decirle ¿cómo estás, tío
Scrooge? Aunque sólo sirviera para que se acordara de dejarle cincuenta libras a ese pobre escribiente suyo, ya
habría merecido la pena; y pienso que ayer le conmoví.
Ahora les tocaba reírse a los demás con la mención de haber conmovido a Scrooge. Pero el sobrino tenía
muy buen carácter, no le importaba que se rieran -se iban a reír de cualquier modo- y les fomentó la diversión
pasando la botella alegremente.
Tras el té, disfrutaron con un poco de música. Era una familia aficionada a la música, y puedo asegurar que
sabían lo que se traían entre manos cuando cantaban un solo, o a varias voces; sobre todo Topper, que podia
gruñir como un auténtico bajo sin que se le hincharan las venas de la frente ni ponerse colorado. La sobrina de
Scrooge tocaba bien el arpa y, entre otras piezas, tocó una ligera tonada (insignificante, cualquiera podría
aprender a silbarla en dos minutos) que había sido muy familiar para la niña que había recogido a Scrooge en el
internado, como le había hecho recordar el Fantasma de la Navidad del Pasado. Al sonar esa musi quilla, le
volvieron a la mente todas las cosas que le había mostrado el fantasma; se fue enterneciendo cada vez más, y
pienso que si años atrás hubiera escuchado esa música a menudo, tal vez habría cultivado con sus propias
manos las cosas buenas de la vida para su propia felicidad, sin recurrir a la pala de enterrador que sepultó a
Jacob Marley.
No se dedicaron a la música toda la velada. Después de un rato jugaron a las prendas. Es buena cosa volverse
niños algunas veces, y nunca mejor que en Navidad, cuando se hizo Niño el Fundador todopoderoso. ¡Un
momento! Anteriormente hubo un juego a la gallina ciega. Por supuesto que lo hubo. Y yo no me creo que
Topper estuviese realmente a ciegas ni que tuviera ojos en las botas. Mi opinión es que todo lo habían tramado
él y el sobrino de Scrooge, y el Fantasma de la Navidad del Presente lo sabía. Su manera de per seguir a aquella
hermana rellenita, de la toca de encaje, era un ultraje a la credulidad del género humano. Daba topetazos a los
hierros de la chimenea, derribaba sillas, se estrellaba contra el piano, se asfixiaba entre los cortinajes, pero a
donde iba ella, él iba detrás. Siempre sabía dónde estaba la hermana rellenita. No quería agarrar a nadie más. Si
alguien tropezaba contra él, como algunos hicieron, y se quedaba quieto, fingía que fallaba al procurar atraparle,
de manera afrentosa para el humano entendimiento, y acto seguido se deslizaba en dirección a la hermana
rellenita. Ella gritó varias veces que era trampa, y con razón. Pero cuando al fin la atrapó, cuando pese a los
sedosos rozamientos y rápidas ondulaciones de ella logró arrinconarla en una esquina sin escapatoria, entonces
su conducta fue de lo más execrable. Simulaba no saber que era ella; simulaba que era necesario tocar su
peinado, y para cerciorarse bien de su identidad tanteó una determinada sortija en sus dedos y una determinada
cadena en su cuello; ¡fue vil, monstruoso! Sin duda ella le hizo saber su opinión cuando otro hacía de gallina
ciega y ellos estaban juntos, muy confidenciales, detrás de los cortinajes.
La sobrina de Scrooge no estaba jugando, sino sentada có modamente en un gran butacón, con los pies sobre
un escabel, en un atopadizo rincón, y el fantasma y Scrooge estaban detrás de ella. Pero se incorporó al juego
de prendas y obtuvo resultados admirables con todas las letras del alfabeto. También lo hizo muy bien en el
juego «Cómo, cuándo y dónde», y para secreto regocijo del sobrino de Scrooge, sacó mucha ventaja a sus
hermanas, que también eran chicas sagaces, como Topper podría confirmar. Allí habría unas veinte personas,
jóvenes y viejos, pero todos estaban jugando, y tam bién jugaba Scrooge; olvidando por completo los motivos
por los que estaba allí y que los demás no podía oírle, algunas veces daba las respuestas en voz alta y casi
siempre acertaba, pues la aguja más aguda, la mejor Whitechapel, y con el ojo bien abierto, no superaba en
agudeza a Scrooge, aun que él se empeñaba en ser terco.
Al fantasma le agradó mucho verle con aquella actitud y le miró con tal benevolencia que Scrooge le suplicó
como un niño que le permitiera quedarse hasta que los invitados se despidieran. El espíritu le dijo que no era
posible.
«Van a empezar otro juego», dijo Scrooge. «¡Sólo media hora, espíritu; sólo media!»
Era el juego llamado del «Sí y no»; el sobrino de Scrooge tenía que pensar en una cosa y los demás descubrir
lo que era haciéndole preguntas que únicamente podía responder con un «sí» o un «no». Del continuo
bombardeo de preguntas a que fue sometido se deducía que había pensado en un animal, un animal vivo, un
animal bastante desagradable, un animal salvaje, un animal que a veces rugía y gruñía, y otras veces hablaba, y
vivía en Londres, y andaba por la caIle, y no se le exhibía al público, y nadie le llevaba atado, y no vivía en un
zoológico, y nunca le mataron en un merca do, y no era un caballo, asno, vaca, toro, tigre, perro, cerdo, gato no
oso. Cada nueva pregunta provocaba en el sobrino un ataque de risa tan irrefrenable que le obligaba a levan -
tarse del sofá y dar patadas al suelo. Finalmente, la hermana rellenita, que había caído en un ataque similar,
exclamó: «¡Ya lo tengo! ¡Ya sé lo que es, Fred! ¡Ya sé lo que es!»
«¿Qué es?», gritó Fred.
«¡Es tu tío Scro-o-o-o-oge!»
Así era, ciertamente. Hubo un sentimiento general de ad miración, aunque algunos objetaron que la respuesta
a «¿Es un oso?» debió haber sido «Sí», puesto que la respuesta contraria era suficiente para desviar el
pensamiento del señor Scrooge, suponiendo que alguna vez se les hubiera ocurrido pensar en él.
«Gracias a él hemos tenido un buen rato», dijo Fred, «y sería ingratitud no beber a su salud. Aquí tenemos
preparadas copas de vino caliente y brindo por tío Scrooge».
«¡Bueno! ¡Por tío Scrooge!», repitieron todos.
«¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo para el viejo, sea lo que sea!», dijo el sobrino. «El no me lo aceptaría,
pero da lo mismo. ¡Por tío Scrooge!
Tío Scrooge se había ido poniendo imperceptiblemente tan contento y animado que habría correspondido
bebien do a la salud de la inconsciente reunión, y les habría dado las gracias con palabras inaudibles si el
fantasma le hubiera dado tiempo. Pero toda la escena se esfumó con el hálito de las últimas palabras del
sobrino, y él y el espíritu empren dieron nuevos viajes.
Vieron mucho, fueron muy lejos, visitaron muchos hogares, pero siempre con un desenlace feliz. El espíritu
permaneció junto al lecho de los enfermos y ellos se animaban; junto a los que estaban en tierra extraña y se
sentían más cerca de la patria; junto a los hombres que luchaban, y les daba paciencia para alcanzar su mayor
aspiración; junto a la pobreza y la convertía en riqueza. En hospicios, hospitales, cárceles, en todos los refugios
de la miseria donde la pequeña y vana autoridad del hombre no había hecho cerrar las puertas para dejar al
espíritu fuera, les dejó su bendición y a Scrooge el ejemplo.
Era una noche muy larga, si es que era solamente una noche, cosa que Scrooge dudaba puesto que las fiestas
navideñas parecían haberse condensado en el período de tiempo que pasaron juntos. También era extraño que
mientras la forma externa de Scrooge no se había alterado, el fantasma había envejecido, había envejecido a
ojos vista. Scrooge observó el cambio pero no habló de ello hasta que salieron de un festejo infantil de víspera
de Reyes y al mirar al espíritu cuando salieron al exterior observó que se le había encanecido el cabello.
«¿Es tan breve la vida de los espíritus?», preguntó.
«Mi vida en este globo es muy corta», respondió el fantas ma. «Se termina esta noche».
«¡Esta noche!», exclamó Scrooge.
«A medianoche. ¡Escucha! Se acerca la hora».
En aquel momento las campanas del reloj daban las doce menos cuarto.
«Perdóname si me equivoco», dijo Scrooge mirando con inquietud el manto del espíritu, «pero estoy viendo
algo raro que te asoma por el ropaje. ¡Es un pie o una garra!»
«Por la carne que tiene encima, podría ser una garra», fue la respuesta, cargada de tristeza, del espíritu. «Mira
esto».
De los pliegues del manto salieron dos niños; unos niños harapientos, abyectos, temibles, espantosos,
miserables. Se arrodillaron a sus plantas y se colgaron del manto.
«¡Hombre! ¡Mira esto! ¡Mira, mira bien!», exclamó el fantasma.
Eran un niño y una niña. Amarillos, flacos, mugrientos, malencarados, lobunos, pero también prosternados
en su humildad. Donde la gracia de la juventud debió haberles perfilado los rasgos y retocado con sus más
frescas tintas, una mano marchita y seca, como la de la vejez, les había atormentado, retorcido y hecho trizas.
Donde podrían haberse entronizado los ángeles, acechaban los demonios echando fuego por sus ojos
amenazadores. Monstruos tan horribles y temibles como aquellos no se han dado en ningún cam bio,
degradación o perversión de la humanidad a lo largo de toda la historia de la maravillosa Creación.
Aterrado, Scrooge se echó atrás. Intentó decir que eran unos niños agradables, pero su lengua se negó a
pronunciar una mentira de tal magnitud.
«¿Son tuyos, espíritu?», fue todo lo que pudo decir.
«Son del hombre», dijo el espíritu mirándolos. «Y se agarran a mí apelando contra sus progenitores. Este
chico es la Ignorancia. Esta chica es la Necesidad. Guárdate de los dos y de todos los de su género, pero
guárdate sobre todo de este chico porque en la frente lleva escrita la Condenación, a menos que se borre lo que
lleva escrito. ¡Niégalo!», exclamó el espíritu señalando con la mano hacia la ciudad. «¡Difama a quienes te lo
dicen! Admítelo para tus propósitos tendenciosos y empeóralo todavía más. ¡Y aguarda el final!»
«¿No tienen refugio ni salvación?», gimió Scrooge.
«¿No están las cárceles?», dijo el espíritu devolviéndole por última vez sus propias palabras. «¿No hay casas
de misericordia?»
La campana dio las doce.
Scrooge miró a su alrededor y ya no vio al fantasma. Al cesar la vibración de la última campanada recordó la
predicción del viejo Jacob Marley y, elevando la mirada, vio cómo se acercaba hacia él un fantasma solemne,
envuelto en ropas y encapuchado, deslizándose como la niebla sobre el suelo.
*
CUARTA ESTROFA
EL ULTIMO DE LOS ESPIRITUS
*
El fantasma se aproximó despacio, solemne y silenciosamente. Cuando estuvo cerca, Scrooge cayó de rodillas
porque hasta el mismo aire en que el espíritu se movía parecía emanar desolación y misterio.
Iba envuelto en un ropaje de profunda negrura que le ocultaba la cabeza, el rostro, las formas, y sólo dejaba a
la vista una mano extendida, de no ser por ella, habría sido difícil vislumbrar su figura en la noche y
diferenciarle de la oscuridad que le rodeaba.
Scrooge notó que era alto y majestuoso y que su presencia misteriosa le llenaba de grave temor. Nada más
podía discernir pues el espíritu ni hablaba ni se movía.
«¿Me hallo en presencia del Fantasma de la Navidad del Futuro?» dijo.
El espíritu no respondió, pero señaló hacia delante con la mano.
«Has venido para mostrarme las imágenes de cosas que no han sucedido pero sucederán más adelante»,
prosiguió Scrooge. «¿Es así, espíritu?»
Los pliegues de la parte superior del ropaje se contrajeron por un instante, como si el espíritu hubiera
inclinado la cabeza. Esa fue la única respuesta.
Aunque por entonces ya estaba muy habituado a la compañía espectral, Scrooge tenía tanto miedo a la
silenciosa figura que sus piernas le temblaban y se dio cuenta de que apenas lograba mantenerse en pie cuando
se dispuso a seguirle. El espíritu hizo una pausa, como si hubiera observado su condición y le concediera
tiempo para recuperarse.
Para Scrooge fue peor. Un vago horror le hizo estremecerse al saber que unos ojos fantasmales estaban
fijamente clavados en él mientras sus propios ojos, forzados all máximo, no podían ver más que una mano
espectral y un bulto negro.
«¡Fantasma del Futuro!», exclamó, «te tengo más miedo a ti que a cualquiera de los espectros que he visto.
Pero sé que tu intención es hacerme el bien y como tengo la esperanza de vivir para convertirme en una
persona muy distinta de la que fui, estoy dispuesto para soportar tu compañía y hacerlo con el corazón
agradecido. ¿No vas a hablarme?»
No hubo contestación. La mano señalaba hacia delante.
«¡Dirígeme! », dijo Scrooge. «¡Dirígeme! Cae la noch e y yo sé que el tiempo apremia. ¡Condúceme, espíritu! »
El fantasma se movió igual que se le había acercado. Scrooge le siguió a la sombra de su ropaje, que le
sostenía -pensó- y le llevaba en volandas.
Casi no parecía que hubiesen entrado en la city, sino que la city parecía haber brotado por su cuenta para
circundarles. Y allí estaban, en el mismo corazón de la city, en la Bol sa, entre los hombres de negocios que se
apresuraban de aquí para allá, hacían tintinear las monedas en sus bolsillos, conversaban en grupos, miraban sus
relojes, jugueteaban con sus grandes sellos de oro, tal como Scrooge les había visto hacer con mucha
frecuencia.
El espíritu se detuvo al lado de un grupito de negocian tes. Al observar que les estaba señalando con la mano,
Scrooge avanzó para oír su conversación.
«No», decía un hombre muy gordo con una papada monstruosa, «no estoy muy enterado. Lo único que sé es
que está muerto».
«¿Cuándo murió?», preguntó otro.
«Anoche, creo. »
«¿De qué?, ¿que le pasaba?» «preguntó un tercero mientras sacaba una gran cantidad de rapé de una caja
enorme. «Pensé que no se iba a morir nunca. »
«Sabe Dios», dijo el primero dando un bostezo.
«¿Qué ha hecho con el dinero? » preguntó un caballero de rostro enrojecido y con una penduleante excrecencia en la punta de la nariz que temblequeaba como el moco de un pavo.
«No he oído nadas dijo el hombre de la gran papada bostezando de nuevo. «Tal vez lo ha dejado a su Compañía. A mí no me lo ha dejado. Es todo lo que sé».
Esta gracia fue recibida con una carcajada general.
«Seguramente tendrá un funeral muy barato», dijo el mismo, «porque os aseguro que no conozco a nadie que vaya a ir. ¿Y si organizásemos una partida de voluntaríos? »
«No me importa ir si va a haber un almuerzo», observó el caballero de la excrecencia en la nariz. «Pero si voy, hay que darme de comer. »
Más carcajadas.
«Bueno, después de todo, yo soy el más desinteresado», dijo el primer interlocutor, «pues nunca llevo guantes negros y nunca almuerzo. Pero yo me ofrezco a ir si va alguien más. Cuando me pongo a pensarlo, no estoy seguro de que no fuese yo su amigo más íntimo pues solíamos detenernos a charlas cuando nos encontrábamos. ¡Adiós! »
Todos se dispersaron y se mezclaron con otros grupos. Scrooge los conocía y miró al espíritu pidiendo una explicación.
El fantasma se deslizó hasta una calle. Señaló con los dedos a dos personas que se encontraban. Scrooge volvió a prestar atención pensando que allí podría estar la explicación.
También conocía a esos dos hombres perfectamente. Eran hombres de negocios muy ricos e importantes.
Siempre había considerado esencial que le tuvieran en su estima desde un punto de vista mercantil, claro está, exclusivamente des de el punto de vista de los negocios.
«¿Cómo está Vd.?», dijo uno.
«¿Qué tal está Vd.?» respondió el otro.
«¡Bien!» dijo el primero. «Por fin le ha llegado la hora al viejo diablo, ¿eh?»
«Eso me han dicho», contestó el segundo. «Hace frío ¿verdad?»
«Normal para Navidad. ¿Querrá Vd. venir a patinar?»
«No, no. Tengo cosas que hacer. Buenos días.»
Ni otra palabra más. Ese fue el encuentro, la conversación y la despedida.
Al principio Scrooge estaba más bien sorprendido de que el espíritu concediera importancia a conversaciones tan triviales, en apariencia. Pero tenía la seguridad de que en ellas se ocultaba algún propósito y se puso a considerar cuál sería. Difícilmente podrían tener alguna relación con la muerte de Jacob, su antiguo socio, pues se había producido en el pasado y el campo de acción de este fantasma era el futuro. Tampoco lograba relacionarlas con alguien muy vinculado a él mismo. Pero no le cabía duda de que, quienquiera que fuese el objeto de las conversaciones, éstas contenían una moraleja para su provecho; por eso resolvió atesorar cada palabra que escuchase y cada cosa que viese, y muy especialmente su propia imagen cuando apareciese. Tenía la
esperanza de que encontraría en su conducta del futuro la clave que le faltaba para resolver fácilmente los acertijos.
Miró a su alrededor buscando su propia imagen pero en su esquina habitual estaba otro hombre, y aunque el reloj señalaba la hora en que él solía estar allí, no vio rastro de su persona entre las multitudes que cruzaban el porche. Sin embargo, no se sorprendió demasiado pues había tomado la resolución de cambiar de vida y pensaba y deseaba que esa resolución ya se empezaba a llevar a la práctica.
A su lado, silencioso y oscurecido, estaba el fantasma con la mano extendida. Cuando cesó la pensativa
búsqueda, Scrooge creyó adivinar, por el giro de la mano y su posición en relación a él, que los ojos invisibles le estaban mirando inquisitavamente. Esto le hizo estremecerse y notar intenso frío. Salieron del ajetreado escenario para llegar a una tenebrosa zona de la ciudad, donde nunca antes había penetrado Scrooge, aunque reconoció la localización y su mala reputación. Los caminos eran tortuosos y angostos, la tiendas y las caws miserables, la gente medio desnuda, borracha, desaseada, repugnante. Callejones y arcadas, como otros tantos pozos negros, vertían sus ofensivos olores, suciedad y vida sobre las calles desparramadas, y el barrio entero apestaba a crimen, a inmundicia y a miseria.
Muy en el interior de este antro de citas infames había un tenducho que sobresalía bajo el tejado de un cobertizo y allí se compraba metal, trapos viejos, botellas, huesos y grasientos despojos de carne. En el suelo del interior se apilaban llaves herrumbrosas, clavos, cadenas, bisagras, limas, báscu las, pesos y chatarra de toda clase. En aquellas montañas de trapos inmundos, montones de grasa putrefacta y sepulcros de huesos, se mantenían y ocultaban secretos que pocas personas habrían querido desvelar. Un bribón canoso, de unos setenta años, estaba sentado en medio de sus mercaderías junto a una estufa de carbón hecha de ladrillos viejos,
se protegía del aire frío del exterior con una miscelánea de guiñapos sucios colgados de una cuerda a modo de cortina, y estaba fumando su pipa con todo el bienestar de un tranquilo retiro.
Scrooge y el fantasma llegaron junto al hombre en el momento en que se introducía subrepticiamente en la tienda una mujer con un pesado fardo. Apenas acababa de entrar cuando otra mujer, igualmente cargada, también se metió. Un hombre, vestido de negro descolorido, las siguió muy pronto y, al verlas; se sobresaltó tanto como ellas se habían sobresaltado al reconocerse. Tras una corta pausa de turbada consternación, en la cual se había acercado a ellos el viejo de la pipa, los tres estallaron en una carcajada.
«¡Qué sea la asistenta la primera!» exclamó la que había entrado en primer lugar. «La segunda, la lavandera, y
el em pleado de la funeraria el tercero. ¡Viejo Joe, mira que es casualidad encontrarnos aquí los tres sin querer!» «No hay mejor sitio para que os reunáis», dijo el viejo Joe sacando la pipa de la boca. «Vamos al salón. Tú hace ya mucho tiempo que entras, ya lo sabes; y las otras dos no son extrañas. Esperad a que cierre la puerta de la tienda. ¡Ah, cómo rechina! Creo que en este sitio no hay un metal más herrumbroso que esas bisagras; y estoy seguro de que no hay aquí huesos más viejos que los mios. ¿Ja, ja! Todos llevamos muy bien el oficio, nos entendemos bien. Vamos a la sala. Pasad a la sala.»
La sala consistía en el espacio que quedaba tras la cortina de trapos. El viejo atizó el fuego con una vieja varilla de alfombra de escalera, despabiló la humeante lámpara (ya era de noche) con la boquilla de su pipa y la volvió a meter en la boca. Mientras lo hacía, la mujer que había hablado antes arrojó su fardo al suelo y se sentó en un taburete con osten sible complacencia cruzando los codos en sus rodillas y mirando con abierto desafio a los otros dos.
«¿Qué pasa, a ver? ¿qué pasa señora Dilber», dijo la mujer. «Todo el mundo tiene derecho a cuidar de lo suyo. ¡El siempre lo hizo!» «¡Esa es una gran verdad!» dijo la lavandera. «El más que nadie.» «Bueno, pues entonces no se quede ahí mirando como si tuviera miedo, mujer; ¿quién es el más precavido? Supongo que no vamos a andamos con miramientos.»
«¡Claro que no!», dijeron a la vez la señora Dilber y el hombre. «Esperemos que no.»
«Entonces, ¡muy bien!», exclamó la mujer. «Ya bastó. ¿A quién se perjudica con estas cuatro cosas? Supongo que al muerto no.» «Claro que no», dijo la señora Dilber riendo.
«Si quería quedarse con las cosas después de muerto, el viejo malvado y tacaño», prosiguió la mujer, «por qué no fue una persona normal y corriente en vida? Si lo hubiera sido, alguien se habría ocupado de él cuando estaba tocado de muerte en vez de estar ahí tirado, solo, dando las últimas boqueadas. »
«Esa es la mayor verdad que se haya dicho nunca», dijo la señora Dilber. «Fue un castigo de Dios.» «Lástima qué no haya sido un castigo un poco más abundante», replicó la mujer, «y os aseguro que lo hubiera sido si yo hubiera podido echar el guante a otras cosas. Abra el fardo, viejo Joe, y dígame cuánto vale. Hable claro. No me importa ser la primera ni que éstos lo vean. Antes de encontrarnos aquí ya sabíamos de sobra que nos estábamos socorriendo a nosotros mismos, creo yo. No es ningún pecado. Abra el fardo, Joe».
Pero la cortesía de sus amigos no lo iba a permitir y el hombre de negro desteñido abrió la brecha el primero y exhibió su botín. No era muy copioso. Un par de sellos, una caja de lapiceros, unos gemelos de camisa y un alfiler de corbata sin gran valor. Eso era todo. El viejo Joe examinó y valoró los objetos cuidadosamente y fue anotando con tiza en la pared las cantidades que estaba dispuesto a dar por cada uno; cuando vio que no había más, hizo la suma total.
«Esta es la cuenta», dijo Joe, «y no doy un céntimo más aunque me aspen. ¿Quién es el siguiente?»
La siguiente fue la señora Dilber. Sábanas y toallas, unas pocas prendas de vestir, dos viejas cucharillas de
plata, un par de pinzas para el azúcar y unas cuantas botas. Su cuenta quedó expresada en la pared igual que la anterior. «Siempre pago demasiado a las señoras. Es una debilidad que tengo y así es como me arruino», dijo el viejo Joe. «Esta es la cuenta, y si me discute por un penique más, me arrepentiré de ser tan generoso y rebajo media corona.»
«Y ahora abra mí fardo, Joe, dijo la primera mujer.
Joe se puso de rodillas para abrirlo con más comodidad, y tras deshacer muchísimos nudos, arrastró un rollo grande y pesado de una cosa oscura.
«¿Qué diréis que es ésto? », dijoJoe. «¡Cortinas de cama!»
¡«Ay!», exclamó la mujer riendo y echándose hacia delan te sobre sus brazos cruzados. «¡Cortinajes de cama!»
«No me irá a decir que las descolgó con anillas y todo mientras él estaba allí acostado» dijo Joe.
«Sí, lo hice», replicó la mujer. «¿Por qué no iba a hacerlo?»
«Usted ha nacido para hacer fortuna», dijo Joe, «y seguro que la hará. »
«Lo que sí es seguro, Joe, es que cuando alargo la mano a algo no lo voy a soltar por un hombre como era él,
le doy mi palabrax, respondió la mujer fríamente. «¡Cuidado!, que no se caiga el aceite en las mantas.»
«¿Eran de él?» preguntó Joe.
«¿De quién piensa usted, si no?» replicó la mujer. «Me atrevo a decir que no va a coger frío sin ellas.»
«Supongo que no habrá muerto de algo contagioso, ¿verdad?», dijo el viejo Joe interrumpiendo el trabajo y mirando interrogativamente.
«No tema», respondió la mujer. «Yo no le tenía tanto apego como pata andar merodeando a su alrededor
para quedarme con esas cosas si lo de él hubiera sido contagioso. ¡Ah! , puede sacarse los ojos mirando la
camisa que no encontra.rá ni un agujero ni un hilo gastado. Es la mejor que él tenía y además es muy buena. De no ser por mi, la habrían desperdiciado». «¿A qué llama desperdiciar?» preguntó el viejo Joe. «A ponérsela par a enterrarlo, claro está», replicó la mujer con una risotada. «Alguien fue tonto como para hacerlo, pero yo se la volví a quitar. Si el percal no sirve para éso, no sirve para nada y al cadaver le sienta igual de bien; no podía estar más feo que con la otra».
Scrooge escuchaba este diálogo horrorizado. Se habían sentado agrupados en torno al botín a la escasa luz de la lámpara del viejo, y Scrooge les contemplaba con un aborrecimiento y una repugnancia tales que no habrían sido mayores aun que hubiera tratado de demonios obscenos comerciando con el mismísimo cadaver. «Ja, ja», rió la misma mujer cuando el viejo Joe sacó una bolsa de franela con dinero y distribuyó en el suelo las diversas ganancias de cada uno. «¡Así se acaba, ya ven! El espantaba a todos cuando estaba vivo para que nos aprovechásemos nosotros cuando estuviera muerto. ¡Ja, ja, ja!» «¡Espíritu!», dijo Scrooge temblando de pies a cabeza. «Ya lo veo, ya me doy cuenta. El caso de este desgraciado podría haber sido mi caso. Mi vida lleva ese camino hasta ahora. ¡Cielo santo! ¡¿Qué es eso?!»
Retrocedió aterrado pues la escena había cambiado y ahora casi tocaba una cama, una cama desnuda, sin cortinas, y en ella, bajo una sábana andrajosa yacía algo tapado que, aunque mudo, se anunciaba con espantoso lenguaje.
La habitación estaba muy oscura, demasiado oscura para ver con detalle aunque Scrooge, obediciendo a un impulso secreto, miraba ansioso de saber qué clase de habitación era. Del exterior venía una pálida luz que caía directamente sobre el lecho, y en éste yacía el cadaver de aquel hombre, despojado, desposeído, sin que le velaran, sin que le lloraran, sin que le atendieran. Scrooge echó una ojeada al fantasma. Su mano invariable apuntaba a la cabeza. La cobertura estaba colocada con tal descuido que la más ligera elevación, el movimiento de un dedo de Scrooge, habría bastado para dejar el rostro al des cubierto. El lo pensó, sabía cuán fácil sería y estaba deseando hacerlo, pero para retirar el velo no tenía más capacidad que para alejar al espectro de su lado.
¡Oh muerte fría, fría, rígida y atroz, eleva aquí tu altar y vístelo con esos pavores que sólo a ti obedecen porque este es tu reino! Pero en tus terribles propósitos no podrás volver odioso un solo rasgo ni tocar un solo cabello de los rostros amados, honrados y reverenciados. Y no es porque la mano sea pesada y se desplome al soltarla, ni porque se hayan parado los pulsos y el corazón, sino porque ERA una mano abierta, generosa; fiel; porque era un corazón valiente, cálido y tierno; porque el pulso era un pulso de un hombre de verdad. ¡Golpea,
sombra, golpea y verás cómo manan de la herida sus buenas obras para sembrar en el mundo vida inmortal!
Ninguna voz pronunció esas palabras al oído de Scrooge y sin embargo las escuchó cuando estaba mirando el lecho. Si este hombre se pudiera levantar ahora, pensó, ¿cuáles serían sus sentimientos? ¿La avaricia, el trato despiadado, la intención de acaparar? ¡A buen fin le habían llevado, en verdad! Allí yacía el cadáver, en la oscura casa vacía, sin un hombre, mujer o niño que le dijera que había sido atento con él en esto o aquello, y que en memoria de una palabra ama ble sería amable con él. Un gato arañaba la puerta y se escu chaba un sonido de ratas royendo bajo la chimenea. Scrooge no se atrevió a pensar qué buscaban en la habitación del muerto ni por qué estaban tan agitados a impacientes. «¡Espíritu», dijo él, «este lugar es horrible. Después de salir de aquí no olvidaré la lección, creéme. ¡Vámonos!» Pero el fantasma siguió apuntando con un dedo inmovil a la cabeza.
«Te comprendo», dijo Scrooge, «y lo haría si fuera capaz. Pero no tengo fuerzas, espíritu, no tengo valor.»
Otra vez pareció que le miraba.
«Si hay en la ciudad alguna persona que sienta emoción por la muerte de este hombre», dijo Scrooge dolido, «muéstramela, espíritu, te lo suplico.»
El fantasma desplegó su oscuro manto durante unos instantes, como si fuera un ala, y al recogerlo dejó ver una es tancia iluminada por la luz del día, donde estaba una madre con sus hijos.
Ella esperaba a alguien con ansiedad, pues iba de un lado a otro de la habitación, se asomaba a la ventana, miraba el reloj, intentaba -en vano- hacer labor con la aguja y apenas podía soportar las voces de los niños que jugaban.
Al fin, se escuchó la llamada tanto tiempo esperada. Ella se precipitó a abrir la puerta para recibir a su marido, un hombre cuyo rostro reflejaba preocupación y tristeza, aunque era joven. Ahora tenía una expresión extraña, una especie de intenso regocijo que le hacía sentirse avergonzado y que procuraba reprimir.
Se sentó a cenar lo que ella había reservado cuidadosamente para él junto al fuego y, tras un largo silencio, ella le preguntó tímidamente qué noticias había; él pareció incómodo al buscar una respuesta.
«¿Son buenas o malas?», dijo ella para ayudarle.
«Malas», respondió él.
«No, Caroline. Todavía hay esperanza.»
«¡Sólo la hay si él se conmueve!», dijo ella espantada. «Si ha ocurrido tal milagro aún nos queda una esperanza.»
«Ha hecho algo más que conmoverse», dijo el marido. «Se ha muerto.»
Si la cara es el espejo del alma, ella era criatura dulce y apacible pero al oírlo se sintió agradecida en lo más profundo de su corazón y así lo expresó con las manos entrelazadas. Al instante, pidió perdón y lo lamentó, pero el primero fue el sentimiento que le salió del alma.
«Resultó bastante cierto lo que me dijo aquella mujer medio borracha, que te conté anoche, cuando intenté verle para conseguir un aplazamiento de una semana; yo pensé que era una excusa para no recibirme, pero entonces él no sólo estaba muy enfermo sino que se estaba muriendo.»
' «¿A quién se traspasará nuestra deuda?»
«No sé, pero antes de que eso ocurra ya tendremos el dinero, y aunque no lo tuviéramos sería muy mala suerte dar con un acreedor tan implacable. ¡Esta noche podremos dormir sin congoja, Caroline!»
Sí. Se les había quitado un peso de encima. A los niños, enmudecidos y apiñados alrededor para oír algo que apenas comprendían, se les había iluminado la cara, y el hogar era más feliz gracias a la muerte de aquel hombre. La única emoción que el fantasma pudo mostrar a Scrooge fue una emoción plancetera.
«Permíteme ver algo de cariño por un muerto», dijo Scrooge, «o jamás podré librarme, espíritu, de la siniestra
cámara que acabamos de deja r.»
El fantasma le llevó por varias calles que ya conocía y mientras avanzaban Scrooge miraba de un lado a otro buscándose, pero no se le veía. Entraron en la casa del pobre Bob Cratchit, el hogar que había visitado anteriormente, y encontraron a la madre y a los hijos sentados cerca del fuego.
Silenciosos. Muy silenciosos. Los ruidosos pequeños Cratchit estaban quietos como estatuas en un rincón, sentandos mirando a Peter que tenía un libro. La madre y las hijas estaban ocupadas en la costura, pero muy en silencio.
«Y él puso a un niño en medio de ellos».
¡Dónde había escuchado Scrooge aquellas palabras? No las había soñado. Tal vez las había leído el muchacho
en voz alta cuando él y el espíritu cruzaban el umbral. ¿Por qué no prosiguió?
La madre dejó la labor sobre la mesa y se llevó la mano al rostro.
«Me duelen los ojos de colorear», dijo.
¿De colorear? ¡Ay, pobre Tiny Tim!
«Ahora ya están mejor», dijo la esposa de Cratchit. «Me lloran con la luz de la vela y no quiero, por nada del
mundo, que vuestro padre los vea así cuando vuelva a casa. Ya debe ser casi la hora».
«Más bien pasa», respondió Peter cerrando el libro. «Pero creo que estas últimas tardes viene andando más despacio que de costumbre, madre.»
Se quedaron otra vez muy silenciosos. Finalmente, con una voz firme, animada, que sólo se quebró una vez, ella dijo:
«Le recuerdo andando con... le recuerdo andando con Tiny Tim en sus hombros muy deprisa.»
«Y yo también», exclamó Peter. «Con frecuencia.»
«¡Y yo también!» dijo otro. Todos se acordab an.
«Pero él pesaba tan poco», prosiguió ella, atenta a la labor, «y su padre le amaba tanto que no era una molestia, ninguna molestia. ¡Y ahí esta vuestro padre en la puerta!»
Se precipitó a su encuentro y el pobre Bob, con su bufanda de lana -la necesitaba el buen hombre- entró en la casa. Ya tenía el té preparado en la chapa de la cocina y todos procuraron anticiparse a los demás para servirle. Des pués, los dos jóvenes Cratchit se sentaron en sus rodillas y apoyaron en su rostro una pequeña mejilla como diciendo: «No te preocupes, padre. No estés triste.»
Bob estuvo muy animado con ellos y muy agradable con toda la familia. Contempló la labor que estaba sobre la mesa y alabó la habilidad y rapidez de la señora Cratchit y las chicas. Quedaría terminad a mucho antes del domingo, les dijo.
«¡Domingo! Entonces, ¿fuiste hoy, Robert?», dijo su es posa.
«Sí, queridab, respondió Bob. «Me habría gustado que hubieras podido ir. Te habría tranquilizado ver lo verde que es ese sitio. Pero ya lo verás con frecuencia. Le prometí que iría andando un domingo. ¡Mi hijito, mi niño pequeño!», lloró Bob. «¡Mi niñito!»
Se desmoronó de una vez. No podía evitarlo. Tal vez hubiera podido si él y su hijo no hubiesen estado unidos tan estrechamente.
Salió de la habitación y subió al cuarto de arriba, que es taba alegremente iluminado y decorado con adornos
navi deños. Cerca del niño, había una silla y se notaba que alguien había estado allí poco antes. El pobre Bob se sentó, y después de meditar un momento se recuperó y besó aquella carita. Se sintió resignado con lo sucedido y volvió a bajar bastante animado.
Se agruparon junto al fuego y charlaron; las chicas y la madre continuaron trabajando. Bob les habló de la extraordinaria amabilidad del sobrino del señor Scrooge, al que apenas había visto una sola vez y sin embargo, al encontrárselo aquel día en la calle, se había dado cuenta de que Bob parecía un poco -«sólo un poco apagado, ¿verdad?»- y le preguntó qué le sucedía. «Se lo contés, dijo Bob, «porque es el caballero más amable que os podáis imaginar. «Lo lamento de todo corazón, señor Cratchit», dijo, «y lo lamento de todo corazón por su
buena esposa. Por cierto, no se cómo podía saberlo.»
«¿Saber qué, cariño?»
«Pues eso, que tú eras una buena esposas, respondió Bob.
«¡Todo el mundo lo sabe!», dijo Peter.
«¡Muy bien dicho, hijo mio! » exclamó Bob. -Eso espero -. «Lo lamento de todo corazón» -dijo él-, «por su buena esposa. Si de algo les puedo servir» -dijo él dán dome su tarjeta-, «ahí es donde vivo. Le ruego que venga a verme, pero no se trata de lo que hubiera podido hacer por nosotros; era consolador por la manera tan afable de decirlo. Realmente parecía como si hubiese conocido a nuestro Tiny Tim y sintiera nuestro dolor. »
«Tengo la seguridad de que es un alma bondadosa», dijo la señora Cratchit. «Estarías más segura, querida, si le hubieras visto y hablado con él. No me sorprendería, escucha bien lo que te digo, si él consiguiera para Peter una coloca ción mejor. »
«¿Has oído, Peter?», dijo la señora Cratchit.
«Y entonces», dijo una de las chicas, «Peter se asociará con otro y se establecerá por su cuenta. »
«¡Cállate ya! », replicó Peter gesticulando.
«Es probable que ocurra un día de éstos», dijo Bob, «aunque para eso hay tiempo de sobra. Pero aunque nos separemos unos de otros, sea cuando sea, estoy seguro de que ninguno se olvidará de Tiny Tim, ¿verdad?, la primera separación de uno de nosostros».
«¡Jamás, padre! », exclamaron todos.
«Y ahora yo sé, queridos míos», dijo Bob, «yo sé que cuan do recordemos lo paciente y tranquilo que era, aunque era muy pequeño, un niño chiquitín, no reñiremos por naderías, olvidándonos así del pobre Tiny Tim».
«¡No, jamás, padre! », dijo el pobre Bob. «¡Estoy muy contento! »
La Sra. Cratchit le besó, sus hijas le besaron, los dos jóvenes Cratchit le besaron, y Peter y él se estrecharon las manos. ¡Espíritu de Tiny Tim, tu infantil esencia procedía de Dios!
«Espectro», dijo Scrooge, «presiento que ha llegado el momento de separarnos. No se cómo, pero lo sé.
Dime quién era el hómbre muerto que vimos».
El Fantasma de la Navidad del Futuro, igual que en anterior ocasión, le trasladó -aunque pensó que eran otros tiempos pues no parecía existir un orden en las últimas visiones, si bien todas se desarrollaban en el futuro- a los lugars frecuentados por los hombres de negocios, pero a él no se le vela por ninguna parte.
Además, el espíritu no se detenía sino que seguía directamente, como si se encaminara a una meta ahora deseada, hasta que Scrooge le rogó que se detuviera unos instantes.
«En este patios, dijo Scrooge, «que estamos atravesando rápidamente es donde tengo mi despacho y ahí he trabajado durante largo tiempo. Estoy viendo la casa. Déjame contemplar cómo estaré en el futuro».
El espíritu se detuvo pero la mano señalaba a otra parte.
«La casa está por allá», exclamó Scrooge. «¿Por qué señalas a otro lado?»
El dedo inexorable no cambió.
Scrooge se precipitó hacia la ventana de su oficina y miró el interior. Seguía siendo una oficina, pero no la suya. Los muebles no eran lo s mismos y el personaje sentado no era él. El fantasma seguía señalando la misma dirección. Scrooge se volvió a unir a él y, deseando saber por qué razón y a dónde iban, le acompañó hasta una verja. Antes de entrar se detuvo un momento para mirat a su alrededor.
Un cementerio parroquial. Así pues, aquí yacía bajo tierra el desdichado hombre cuyo nombre iba a conocer ahora. ¡El sitio merecía la pena! Emparedado entre edificios, cu bierto de yerbajos -vegetación de la muerte, no de la vida-, demasiado atiborrado de enterramientos, inflado de voracidad satisfecha. ¡Bonito lugar!
El espíritu se detuvo entre las rumbas y señaló una. Scrooge avanzó hacia ella temblando. El fantasma estaba exactamente igual que antes, pero Scrooge tenía miedo de ver una nueva significación en su solemne forma.
«Antes de que siga acercándome a esa losa que señalass, dijo Scrooge, «respóndeme a una pregunta. ¿Son las imágenes de cosas que van a suceder o solamente imágenes de co sas que podrían suceder? »
Pero el fantasma señalaba, con el dedo hacia abajo, la rumba que tenía delante.
«El rumbo de la vida de un hombre presagia cierto final que se producirá si el hombre perseverax, dijo Scrooge. «Pero si se modifica el rumbo, el final cambiará. ¡Dime que eso es lo que me estás enseñando!»
El espíritu permaneció tan incomovible como siempre.
Tembloroso, Scrooge se arrastró hacia él y, siguiendo la indicación del dedo, leyó en la losa de la abandonada
rumba su propio nombre, EBENEZER SCROOGE.
«¿Soy yo el hombre que yace en la cama?», gritó arrodillado.
El dedo le señaló a él y otra vez a la tumba.
«¡No, espíritu! ¡No, no, no!»
Allí continuaba el dedo.
«¡Espíritu!', gritó agarrándose con fuerza al manto, «¡escúchame! Ya no soy como antes. Gracias a este encuentro ya no seré el mismo que antes. ¿Por qué me muestras todo esto si ya no hay esperanza para mí»
Por vez primera la mano pareció vacilar.
« ¡Espíritu bueno! », continuó diciendo postrado en el suelo. «Tu benevolencia intercede en mi favor y me
compadece. ¡Dime que todavía puedo modificar las imágenes que me has mostrado si cambio de vida! »
La mano benéfica temblaba.
«Haré honor a la Navidad en mi corazón y procuraré mantener su espíritu a lo largo de todo el año. Viviré en
el Pasado, el Presente y el Futuro; los espíritus de los tres me darán fuerza interior y no olvidaré sus enseñanzas.
¡Ay! ¡Dime que podré borrar la inscripción de esta losa»
En su agonía, se agarró a la mano espectral. La mano trató de soltarse pero Scrooge la retuvo con fuerza
implorante. El espíritu, aún con mayor fuerza, le rechazó.
Alzando sus manos en una postrer súplica para cambiar su destino, Scrooge vio una alteración en la capucha
y túnica del fantasma, que se encogió, se desmoronó y se convirtió en la columna de una cama.
QUINTA ESTROFA
DESENLACE FINAL
¡Sí!, y la columna era suya, de su propia cama, y suya era la habitación. ¡Pero lo mejor de todo es que el
tiempo que le quedaba por delante era su propio tiempo y podía en mendarse!
Mientras gateaba para salir de la cama, Scrooge repetía «Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro. Los tres
espíritus del tiempo me ayudarán. ¡Oh, Jacob Marley! El Cielo y las Navidades sean loados! ¡Lo digo de rodillas,
viejo Jacob, de rodillas! »
Estaba tan alterado y tan acalorado con sus buenos propósitos que su quebrada voz apenas le salía. Durante
un conflicto con el espíritu había sollozado violentamente y su rostro aún seguía humedecido por las lágrimas.
«¡No las han arrancado! », exclamó Scrooge acunando en los brazos una de las coronas de su cama, «¡no las
han arrancado con anillas y todo. Están aquí; yo estoy aquí y se disiparán las sombras de las cosas que podrían
haber sucedido. Sí, se desvanecerán, lo sé!»
Todo este tiempo tenía las manos ocupadas en hurgar sus ropas, volviéndolas al revés, poniendo lo de arriba
para abajo, arrancándolas, poniéndoselas mal y haciendo con ellas toda clase de extravagancias.
«¡No sé qué hacer!., decía Scrooge llorando y riendo al mismo tiempo, y haciendo con sus calzas una perfecta
representación de Laoconte. «Me siento tan ligero como una pluma, tan feliz como un ángel, tan conrento
como un colegial. Estoy tan embriagado como un borracho. ¡Feliz Navidad a todos, feliz Año Nuevo para el
mundo entero! ¡Hola eh! ¡Yuupy! ¡Hola!»
Entró en el salón brincando y allí se quedó de pie, com pletamente enredado.
«¡Ahí está el bol de las gachas!», exclamó empezando nuevamente a brincar junto a la chimenea. «¡La puerta
por dónde entró el fantasma de Jacob Marley! ¡La esquina donde se sentó el fantasma de la Navidad del
presente! ¡La ventana dónde vi a los espíritus errantes! ¡Todo es verdad, todo ha sucedido de verdad. Ja, ja, ja!»
Para un hombre que llevaba sin practicar durante largos años, era realmente una risa espléndida, una risa de
lo más insigne. ¡La madre de una larga, larga descendencia de radiantes carcajadas!
«¡No sé en qué fecha estamos!», dijo. «No sé cuanto tiempo he estado con los espíritus. No sé nada. Estoy
como un niño. Qué más da. No me importa. Es mejor ser como un niño. ¡Hola! ¡Yuppy! ¡Hola eh!»
Su paroxismo fue moderado por los repiques de campanas de iglesia más fragorosos que había escuchado en
toda su vida. ¡Tilín, talán, ding, dong, tilín, tolón! ¡Ah, glorioso, glorioso!
Corrió a la ventana, la abrió y asomó la cabeza. Ni bruma, ni niebla; claro, despejado, alegre, estimulante, frío;
frío como el sonido de una gaita que invita a la sangre a bailar. Sol dorado, cielo azul, dulce aire fresco, alegres
campanadas. ¡Ah, glorioso, glorioso!
«¿Qué día es hoy?», gritó Scrooge a un chico que estaba abajo muy endomingado y que tal vez deambulaba
por allí para fisgarle.
«¿Qué?», respondió el chico con el mayor asombro.
«Qué día es hoy, amiguito?», preguntó Scrooge.
«¡Hoy!», respondió el muchacho. «Bueno, NAVIDAD.»
«¡Es el día de Navidad!», dijo Scrooge hablando consigo mismo. «No me lo he perdido. Los espíritus lo
hicieron todo en una sola noche. Pueden hacer lo que quieran. Naturalmente. Claro que pueden. ¡Hola,
amiguito!»
«Hola», replicó el chico.
«¿Conoces la pollería que está a dos calles, en la esquina?», inquirió Scrooge.
«Desearía haberla conocido», replicó el chaval.
«¡Qué chico mas inteligente!», dijo Scrooge. «¡Un muchacho notable! ¿Sabes si han vendido el pavo caro que
tenían allí colgado? No digo el barato sino el pavo grande.»
«¡Cuál?, ¿uno que es tan grande como yo?», dijo el muchacho.
«¡Qué encanto de chico!», dijo Scrooge. «¡Da gusto hablar con él. Sí, caballerete!»
«Allí está colgado ahora», respondió el chico.
«¿De veras?», dijo Scrooge. «Vete a comprarlo.»
«¡Amos anda!», exclamó el muchacho.
«No, no», dijo Scrooge, «hablo en serio. Vete y cómpralo y diles que lo traigan aquí, que yo les daré la
dirección a la que deben llevarlo. Vuelve con el mozo y te daré un chelín. ¡Si vuelves con él en menos de cinco
minutos te daré media corona! »
El chico salió disparado, como si hubiera tenido una mano firme apretando un gatillo.
«¡Se lo enviaré a la familia de Bob Cratchit!», musitó Scrooge, frotándose las manos y desternillándose de risa.
«No sabrá quién se lo manda. Es de un tamaño doble que Tiny Tim. ¿Joe Miller nunca gastó una broma tan
graciosa!»
No estaba firme la mano con que escribió la dirección, pero la escribió como pudo y bajó para abrir la puerta
de la calle antes de que llegara el hombre de la pollería. Cuando estaba esperando, la aldaba llamó su atención.
«¡La amaré mientras viva!», exclamó dándole palmaditas. «Apenas me había fijado en ella anteriormente. ¡Qué
expresión tan honrada tiene en el rostro! ¡Es una aldaba maravillosa! ¡Aquí está el pavo! ¡Hola! ¡Yuupy! ¿Cómo
está usted? ¡Felices fiestas!»
¡Aquello era un pavo! Aquel ave no podría haberse sostenido sobre sus patas; las habría reventado en un
momento como si fuesen palillos de lacre.
«Oiga, es imposible cargar con esto hasta Camdem Town», dijo Scrooge. «Tendrá que ir en coche.»
La risa ahogada con que dijo eso, y la risa ahogada con que pagó el pavo, y la risa ahogada con que pagó el
coche, y la risa ahogada con que recompensó al muchacho, solamente fue superada por la risa ahogada con que
se sentó, sin aliento, otra vez en su butaca, y continuó riéndose ahogadamente hasta que lloró.
Afeitarse no era una tarea fácil porque su mano seguía muy temblorosa y para afeitarse es necesario prestar
atención, incluso aunque no se esté bailando mientras uno se afeita. Pero aunque se hubiera cortado la punta de
la nariz, se habría puesto un esparadrapo y seguiría tan satisfecho.
Se vistió, «con sus mejores galas» y, por fin, salió a la calle, llena de gente a aquellas horas, tal como él había
visto con el Fantasma del Presente. Caminando con las manos a la espalda, Scrooge miraba a todos con sonrisa
embelesada. Ofrecía un aspecto tan entrañable que tres o cuatro personas simpáticas le dijeron «¡Buenos días,
señor! ¡Que tenga feliz Navidad!» Y Scrooge solía decir después que esos habían sido los sonidos más alegres
que jamás había escuchado.
No había llegado lejos cuando vio venir hacia él el caballero solemne que, el día anterior, había entrado en su
despacho diciendo: «De Scrooge y Marley, creo». El corazón le latió con violencia al pensar cómo le miraría
aquel viejo caballero cuando se cruzasen; pero también sabía cuál era el paso a dar, y lo dio.
«Estimado señor», dijo Scrooge acelerando el paso y asiendo al viejo caballero por ambas manos. «¿Cómo
está Ud.? Espero que haya tenido éxito ayer. Fue muy amable por su parte. ¡Feliz Navidad, señor!»
«¿El señor Scrooge?»
«Sí», dijo Scrooge. «Ese es mi nombre y me temo que no le resulte grato. Permítame pedirle perdón. Y tenga
usted la bondad de...». Scrooge le murmuró algo al oído.
«¡Dios mío!», exclamó el caballero como si se le hubiera cortado la respiración. «Mi estimado señor Scrooge,
¿lo dice en serio?»
«Se lo ruego», dijo Scrooge. «Ni un ochavo menos. Le aseguro que van incluidos muchos atrasos. ¿Me hará
Vd. este favor?»
«Mi estimado señor», dijo el otro estrechándole las manos. «¡No sé qué decir ante tal munifi...»
«No diga nada, por favor, atajó Scrooge. «Venga a verme. ¿Vendrá a visitarme?»
«¡Lo haré!», exclamó el caballero, y estaba claro que esa era su intención.
«Gracias», dijo Scrooge. «Muy agradecido. Un millón de gracias. ¡Adiós!»
Estuvo en la iglesia, deambuló por las calles, contempló a la gente apresurándose de un lado para otro, dio
palmaditas en la cabeza de los niños, se interesó por los mendigos, miró las cocinas de las casas, abajo, y las
ventanas de arriba, y descubrió que todo le resultaba un placer. Nunca había imaginado que un paseo le pudiera
reportar tanta felicidad. Por la tarde, encaminó sus pasos hacia la casa de su sobrino.
Pasó por delante de la puerta una docena de veces antes de acumular el valor suficiente para subir y llamar.
Peto tuvo el atranque y lo hizo.
«¿Está el señor en casa, guapa?», dijo Scrooge a la chica. «¡Guapa chica, en verdad!»
«Sí, señor»
«¿Dónde está, cariño? », dijo Scrooge.
«Está en el comedor, señor, con la señora. Le acompañaré arriba, por favor. »
«Gracias. Ya me conoce», dijo Scrooge con la mano pues ta en la manilla del comedor. «Voy a entrar, guapa».
Abrió la puerta suavemente y asomó la cara. Ellos estaban revisando la mesa (magníficamente puesta), pues
estas parejas jóvenes siempre se ponen nerviosos con cosas así y les gusta que todo esté como es debido.
«¡Fred!, dijo Scrooge.
«¡Ay, Señor, qué susto se llevó la sobrina política! Scrooge había olvidado que estaba sentada en el rincón,
con el escabel, si no, por nada del mundo lo habría hecho. »
«¡Válgame Dios! ¿Quién es? », exclamó Fred.
«Soy yo. Tu tío Scrooge. He venido a cenar. ¿Puedo quedarme, Fred? »
¡Que si podía! Fue una suerte que no se le cayera el brazo con las sacudidas. En cinco minutos se sentía
como en su casa. Nada podía ser más entrañable. La sobrina era igual que la había visto. Y Topper, cuando
llegó. Y la hermana relleni ta, y todos los demás. ¡Maravillosa reunión, maravillosos juegos, maravillosa
concordia, ma-ra-vi-llo-sa felicidad!
Pero a la mañana seguiente llegó temprano a la oficina. ¡Si pudiera ser el primero y sorprender a Bob Cratchit
llegando con retraso! En ello había puesto todo su empeño.
¡Y lo consiguió; sí, lo consiguió! En el reloj dieron las nueve. Bob sin aparecer. Dieron las nueve y cuarto.
Bob sin aparecer. Llegó con diciocho minutos y medio de retraso. Scrooge se sentó con la puerta abierta para
verle entrar en la Cisterna.
Antes de abrir la puerta ya se había quitado el sombrero y también la bufanda; en un santiamén ya estaba en
su ta burete, trabajando intensamente con el lapicero como si intentara dar marcha atrás al tiempo.
«¡Hola! », gruñó Scrooge, fingiendo lo mejor que supo su voz habitual. «¿Qué significa esto de llegar a estas horas? »
«Lo siento mucho, señor», dijo Bob. «Me he retrasado» «¿Se ha retrasado?», repitió Scrooge. «Sí. Eso creo. Haga el favor de venir».
«Es la única vez en todo el año, señor», se excusó Bob saliendo de la Cisterna. «No se volverá a repetir. Ayer tuvimos un poco de fiesta, señor».
«Pues le diré una cosa, amigo mio», dijo Scrooge, «no voy a continuar consintiendo cosas como ésta. Y por consiguiente», prosiguió, saltando de su asiento y aplicando a Bob tal empujón en el chaleco que le hizo retroceder tambaleándose hasta la Cisterna otra vez, «y por consiguiente ¡estoy a punto de subirle el sueldo! »
Bob temblaba y se acercó un poco más a la vara de medir. Por un instante, tuvo la idea de pegar a Scrooge con ella, sujetarle y pedir ayuda a la gente del patio y ponerle una camisa de fuera.
«¡Feliz Navidad, Bob! » dijo Scrooge con inconfundible acento de sinceridad, al tiempo que le daba palmadas en la espalda. «¡La más Feliz Navidad, Bob, mi buen compañero, que yo le haya deseado en muchos años! Le aumento el sueldo y me propongo auxiliar a su necesitada familia; ¡trataremos sus asuntos esta misma tarde ante un bol navideño de «obispo» humeante , Bob! ¡Atice las estufas y compre otro cubo de carbónantes de ponerse a escribir ni el punto de una « i», Bob Cratchit!»
Scrooge cumplió más de lo prometido. Lo hizo todo y muchísimo más; fue un segundo padre para Tiny Tim, que no murió. Se convirtió en el amigo, amo y hombre más bueno que se conoció en la vieja y buena ciudad o en cualquier otra buena ciudad, pueblo o parroquia del bueno y viejo mundo. Algunas personas se reían al ver el cambio, pero él las dejaba reírse sin prestarles atención pues era lo bastante sabio para darse cuenta de que nada bueno sucede en este globo sin que determinadas personas se harten de reír al principio; sabía que tales personas siempre estarían ciegas y consideraba el malicioso brillo y arrugas de sus ojos como una enfermedad cualquiera, con manifestaciones menos atractivas. Su propio corazón reía y con eso le bastaba.
No volvió a tener trato con aparecidos, pero en adelante vivió bajo el Principio de Abstinencia Total y siempre se dijo de él que sabía mantener el espíritu de la Navidad como nadie. ¡Ojalá se pueda decir lo mismo de nosotros, de todos nosotros! Y así, como dijo Tiny Tim, ¡que Dios nos bendiga a todos, a cada uno de nosostros!

UNOS CUENTOS DE LOVECRAFT

Escrito por imagenes 29-03-2008 en General. Comentarios (1)

UNOS CUENTOS DE LOVECRAFT

 

 

* HECHOS TOCANTES AL DIFUNTO
ARTHUR JERMYN Y SU FAMILIA  --H. P. Lovecraft

 

* EL GRITO DEL MUERTO -- H. P. Lovecraft

 

*Las legiones de la tumba -- Howard Phillips Lovecraft

 

*EL ALQUIMISTA -- HOWARD P. LOVECRAFT

 

*EL GRABADO EN LA CASA --  HOWARD P. LOVECRAFT

 

LA ESFINGE -- EDGAR ALLAN POE

Escrito por imagenes 29-03-2008 en General. Comentarios (15)

LA ESFINGE -- EDGAR ALLAN POE

LA ESFINGE

EDGAR ALLAN POE




Durante el terrible reinado del cólera en Nueva York habia yo aceptado la invitación de un pariente para pasar dos semanas con él en el retiro de su cottage ornée (1) a orillas del Hudson. Teniamos alli a nuestro aldrededor todos los recursos ordinarios de las diversiones veraniegas, y vagando por los bosques tomando apuntes, paseando en bote, pescando, bañándonos, dedicándonos a la música o a la lectura, hubiéramos podido pasar el tiempo bastante entretenidos, sin las pavorosas noticias que todas las mañanas nos llegaban de la populosa ciudad. No pasaba un dia que no nos trajese la noticia del fallecimiento de algún amigo. Entonces, como la fatalidad aumentaba, esperábamos enterarnos a diario de la pérdida de algún ser querido. Y al final temblábamos al acercarse cualquier mensajero. El propio aire del Sur nos parecia oler a muerte. Aquel pensamiento paralizador se adueñaba, en verdad, de mi alma por entero. No podia yo hablar, pensar ni soñar en ninguna otra cosa. Era mi anfitrión de un temperamento menos excitable, y aunque con el ánimo muy deprimido, se esforzaba por reanimarme. Su inteligencia, dotada de una gran filosofia, no estaba afectada nunca por quimeras. Si bien bastante sensible a la influencia del terror, no le inquietaban sus sombras.

Sus esfuerzos por despertarme del estado de tristeza anormal en que me sumia se veian frustrados en gran parte por ciertos libros que hube de encontrar en su biblioteca. Eran éstos de un carácter que hacia gemir cualquiera de las semillas de superstición hereditaria que permanecian latentes en mi pecho. Habia yo leido aquellos libros sin que él lo supiera, y por eso se sentia perplejo con frecuencia ante las violentas impresiones que ejercian sobre mi imaginación.

Uno de mis temas favoritos era la creencia popular en los presagios, una creencia que, en aquella época de mi vida, estaba dispuesto a defender casi en serio. Sobre ese tema sosteniamos largas y animadas discusiones: él demostraba la sinrazón de la fe en tales cuestiones, y yo afirmaba que el sentimiento popular brotando con absoluta espontaneidad -es decir, sin apariencia de sugestión- poseia en si mismo elementos evidentes de verdad y tenia derecho a un gran respeto.

El hecho es que, al poco tiempo de mi llegada a la quinta, me sucedió alli un incidente tan de todo punto inexplicable y con un carácter tan portentoso que se podia disculpar el que lo considerase yo como un presagio. Me aterró, y al mismo tiempo me trastornó y me dejó tan perplejo, que transcurrieron muchos dias antes de que pudiese tener ánimos para comunicar el caso a mi amigo.

Casi al anochecer de un dia sumamente caluroso, estaba yo sentado con un libro en la mano, ante la ventana abierta, alcanzando un lejano panorama de las orillas del rio, una vista de una montaña distante, cuya superficie, cercana a mi posición, estaba desprovista, por eso que se llama un derrumbamiento, de la parte principal de sus árboles. Mis pensamientos habian vagado despacio desde el libro que tenia delante a la tristeza y desolación de la vecina ciudad. Al levantar mis ojos de la página, cayeron sobre la superficie desnuda de la montaña y sobre un objeto, sobre un monstruo viviente de horrorosa conformación que se abrió camino rápidamente desde la cumbre hacia la parte inferior, desapareciendo al cabo en la espesa selva de abajo. Cuando aquel ser se mostró primero a mi vista, dudé de mi propia razón o, al menos, de la evidencia de mis propios ojos; y pasaron muchos minutos antes de que pudiese convencerme a mi mismo de que no estaba loco ni soñaba. Sin embargo, al describir al monstruo (que vi con claridad y que vigilé con toda tranquilidad durante el tiempo de su avance) temo que mis lectores encuentren mayor dificultad en quedar convencidos de esos puntos que la que encontré yo mismo.

Estimando el tamaño del ser en comparación con el diámetro de los grandes árboles cerca de los cuales pasaba -aquellos pocos y colosales de la selva que habian escapado a la furia del desplome de tierras-, deduje que era mayor que cualquier barco de linea en activo. Digo barco de linea porque la forma del monstruo sugeria esa idea; el casco de uno de nuestros setenta y cuatro puede dar una noción muy aceptable de su contorno general. Estaba la boca del animal al extremo de una trompa de unos sesenta o setenta pies de largo, con el grosor de la de un elefante ordinario. Cerca del arranque de esta trompa tenia una inmensa cantidad de pelos negros e hirsutos, más de lo que puede tener el pelaje de una manada de búfalos, y proyectándose desde esos pelos hacia abajo y hacia los lados, salian dos fulgurantes colmillos parecidos a los de un jabali, pero de un tamaño infinitamente mayor.

Extendidas hacia delante, paralelas a la trompa, ostentaba a cada lado una gigantesca asta de treinta o cuarenta pies de largo, al parecer, de cristal puro y en forma de prisma perfecto, que reflejaban de la manera más magnifica los rayos del sol poniente. El tronco estaba conformado como una cuña con la punta hacia tierra. Desde éste se extendian dos pares de alas -cada una de unas cien yardas de largo-, un par colocado encima de otro, y todo él cubierto de densas escamas metálicas; cada escama tendria como unos diez o doce pies de diámetro. Observé que los pares superiores e inferiores de alas estaban unidos en una fuerte cadena. Pero la principal singularidad de aquella horrible bestia era la imagen de una calavera que cubria casi toda la superficie de su pecho, y que estaba trazada con exactitud en un blanco deslumbrador sobre el color terroso del cuerpo, como si hubiese sido cuidadosamente dibujada por un artista. Mientras contemplaba yo aquel animal terrorifico, y en particular el aspecto de su pecho, con un sentimiento de horror y de temor, con un sentimiento de maldad cercana que me era imposible reprimir por ningún esfuerzo de la razón, vi la enorme boca en la extremidad de la trompa abrirse de repente, brotando de ella un sonido tan fuerte y expresivo de temor, que sobrecogió mis nervios como un toque de difuntos; y cuando el monstruo desapareció en la falda de la montaña, cai desmayado al punto sobre el suelo.

Al volver en mi, mi primer impulso, naturalmente, fue comunicar a mi amigo lo que acababa de ver y de oir; pero no podria explicar qué sentimiento de repugnancia me impidió hacerlo a la postre.

Por último, una noche, tres o cuatro dias después del suceso, estábamos sentados juntos en la estancia desde la cual vi la aparición; ocupaba yo el mismo sitio ante la misma ventana, y él estaba tendido sobre un sofá cerca de mi. La asociación de lugar y de tiempo me impulsó a darle cuenta del fenómeno. Me escuchó hasta el final -al principio se reia de buena gana- y luego adoptó un gesto serio con exceso, como si mi locura estuviese fuera de toda sospecha. Miró él avidamente, sosteniendo que no se veia nada, aunque señalara yo con toda minuciosidad la carrera del animal mientras se abria camino bajando por la superficie pelada de la montaña.

Sentiame ahora harto alarmado, pues consideraba aquella visión como un presagio de mi muerte, o peor aún, como el sintoma precursor de un ataque de locura. Me eché vivamente hacia atrás en mi silla, y durante unos minutos escondi mi cara entre las manos. Cuando descubri mis ojos, no era ya visible la aparición.

Mi anfitrión, no obstante, recobró hasta cierto punto la tranquilidad de conducta, y me interrogó muy minuciosamente respecto a la conformación de aquel ser imaginario. Cuando estuvo plenamente informado sobre aquella cuestión, suspiró a fondo, como si se sintiera descargado de un peso intolerable, y empezó a hablarme, con una calma que me parecia cruel, de varios puntos de filosofia especulativa que habian constituido antes temas de discusión entre nosotros. Recuerdo que insistió con mucho empeño (entre otras cosas) en la idea de que la causa principal del error en todas las investigaciones humanas está en el riesgo que corre la inteligencia rebajando o atribuyendo un valor excesivo a la importancia de un objeto, por una simple medición errónea de su proximidad.

--Para evaluar correctamente, por ejemplo -dijo-, la influencia ejercida sobre la Humanidad a lo largo del tiempo por la consumada difusión de la Democracia, no dejará de representar un dato la distancia de la época en que tal difusión pudo efectuarse. Aun asi ¿puede usted indicarme un escritor que haya escrito sobre el gobierno que pensara nunca en esa rama especial el tema, digno siempre de discusión?

Hizo aqui una pausa que duró un momento, se dirigió hacia una libreria y sacó un tratado corriente de historia natural. Me rogó entonces que cambiase de asiento con él, pues asi podia ver mejor los pequeños caracteres de la impresión; sentóse en mi sillón ante la ventana y, abriendo el libro, prosiguió su disertación en el mismo tono de antes.

--Pero por su excesiva minuciosidad -repuso- al describir el monstruo puedo en todo momento probarle lo que era. En primer lugar, permitame leerle una descripción, para chicos de escuela, del género sphinx de la familia crepuscularia, del orden lepidóptera y de la clase insecta o insectos. La descripción dice asi:

"Cuatro alas membranosas cubiertas de pequeñas escamas coloreadas, de aspecto metálico; boca formando una trompa enrollada, debida a una prolongación de la quijada, sobre cuyos lados se encuentran rudimentos de palpos vellosos; las alas inferiores están adheridas a las superiores por unos pelos tiesos; antenas en forma de porra prolongada, prismática; abdomen puntiagudo. La Esfinge de Calavera causa un gran terror entre el vulgo, y al mismo tiempo, el tono triste del lamento que profiere y esa imagen de la muerte que muestra sobre su coselete."

Cerró el libro, recostándose sobre el sillón en la misma postura que tenia yo en el momento de contemplar al "monstruo".

--¡Ah! Ese era -exclamó luego- ése era, subiendo por la superficie de la montaña, y admito que se trata de un ser de aspecto muy notable. Con todo, no era en modo alguno tan grande ni estaba tan distante como usted imaginó; porque el hecho es que cuando serpeaba subiendo por ese hilo que una araña habia tejido a través de la ventana, tendria el dieciseisavo de una pulgada de longitud máxima, y estaria a una distancia también de un dieciseisavo de pulgada de su pupila.

(1) Quinta decorada y dotada de todas las comodidades. Sic. en el original.

ESPIRITUS : MUJERES VAMPIRICAS

Escrito por imagenes 28-03-2008 en General. Comentarios (8)

ESPIRITUS : MUJERES VAMPIRICAS

Mujeres Vampiras

Lamias y Empusas
En el mundo antiguo el vampiro encuentra su primera identificación en figuras pertenecientes al séquito de Hécate, la reina del mundo de los espectros. La más tétrica y diabólica de este grupo, que puede ostentar la primogenitura del vampiro, del que posee numerosos rasgos, es la Empusa, demonio femenino capaz de adoptar diversos aspectos, entre los que se encuentran el de perra, vaca o hermosa doncella. Bajo esta ultima apariencia, estos demonios femeninos yacían con los hombres por la noche succionado su fuerza vital y provocándoles la muerte. La Empusa es por tanto un demonio súcubo. Este concepto llega probablemente a Grecia procedente de Palestina, donde tales demonios eran llamados Lilim (hijas de Lilit).
La Lamia en libia era considerada la hija de Belo, que reinaba en aquella región. Zeus se prendo de ella y tuvieron varios hijos, pero todos ellos a excepción de Escila fueron muertos por Hera, que los hizo perecer llevada por los celos. Entonces Lamia se convirtió en una madre desnaturalizada que devoraba a sus propios hijos y a los de otras madres, y tan cruel que su rostro se transformo en una mascara de pesadilla. Dice también la leyenda que Zeus le concedió el poder de sacarse los ojos de las órbitas y volvérselos a poner a su antojo, con el fin de poder ver mientras dormía. Durante el sueño era inofensiva, pero en estado de vigilia vagaban por las tinieblas, siniestro fantasma sediento de sangre, para lanzarse contra los niños y desangrarlos hasta la ultima gota.
Mas tarde, cuando se añadió al mito de la sangre el elemento erótico, la Lamia se unió a las Empusas, adquiriendo las mismas características de súcubo. Juntas yacían con los jóvenes y les succionaban la sangre mientras estaban inmersos en el sueño. Las dos figuras llegan a confundirse con mucha frecuencia, hasta el punto de constituir una entidad única.
Lilhit, la diosa vampiro
En la traducción rabínica medieval, Lilhit es una primera esposa infiel de Adán, la primera de las cuatro mujeres del diablo y la hostigadora de los recién nacidos. Lilhit llega al mundo bíblico procedente del mesopotámico aquí encontramos a la diosa babilonico-asiria Ishtar que se sirve de un demonio en forma de bella prostituta, lilitu, que es la encarnación de la lascivia, por otra parte Lilitu esta asociada con otros animales especialmente la pantera. Según la tradición talmúdica, Liliti es una mujer seductora de largos cabellos y cualquier hombre que duerma solo en su casa será apresado por ella.
Lilhit tenia la posibilidad de matar, succionandoles la sangre, a todos los niños concebido de forma pecaminosa
Larvae y lémures
La larvae y los lémures, nombres con los que en latín se nombraba a los espectros, están estrechamente relacionados con el miedo y el culto a los muertos.
En la literatura, las larvae son quienes se llevan consigo la mancha de algún crimen y la marca de un fin trágico y violento, su acción sobre los vivos se considera funesta y su naturaleza es invariablemente perversa. Según los autores latinos las larvas se presentan bajo apariencias distintas: espectros pálidos de rostro contraído o esqueletos y maniquíes capaces de adoptar actitudes grotescas y caricaturescas.
Los lémures, espíritus de los muertos de la religión romana, de carácter menos terrorífico que las larvae, volvían a la tierra determinados días del año para atormentar a los vivos.

ANAM CARA -- EL LIBRO DE LA SABIDURIA CELTA

Escrito por imagenes 28-03-2008 en General. Comentarios (1)

ANAM CARA -- EL LIBRO DE LA SABIDURIA CELTA


ANAM CARA




EL LIBRO DE LA
SABIDURÍA CELTA

JOHN O´DONOHUE


EL MISTERIO DE LA AMISTAD

La luz es generosa

Si alguna vez te has encontrado al aire libre poco antes del alba, habrás observado que la hora más oscura de la noche es la que precede a la salida del sol. Las tinieblas se vuelven más oscuras y anónimas. Si nunca hubieras estado en el mundo ni sabido lo que era el día, jamás podrías imaginar cómo se disipa la oscuridad, cómo llega el misterio y el color del nuevo día. La luz es increíblemente generosa, pero a la vez dulce. Si observas cómo llega el alba, verás cómo la luz seduce a las tinieblas. Los dedos de luz aparecen en el horizonte; sutil, gradualmente, retiran el manto de oscuridad que cubre el mundo. Tienes frente a ti el misterio del amanecer, del nuevo día. Emerson dijo: «Los días son dioses, pero nadie lo sospecha.» Una de las tragedias de la cultura moderna es que hemos perdido el contacto con estos umbrales primitivos de la naturaleza. La urbanización de la vida moderna nos apartó de esta afinidad fecunda con nuestra madre Tierra. Forjados desde la tierra, somos almas con forma de arcilla. Debemos latir al unísono con nuestra voz interior de arcilla, nuestro anhelo. Pero esta voz se ha vuelto inaudible en el mundo moderno. Al carecer de conciencia de lo que hemos perdido, el dolor de nuestro exilio espiritual es más intenso por ser en gran medida incomprensible.
Durante la noche, el mundo descansa. Árboles, montañas, campos y rostros son liberados de la prisión de la forma y la visibilidad. Al amparo de las tinieblas, cada cosa se refugia en su propia naturaleza. La oscuridad es la matriz antigua. La noche es el tiempo de la matriz. Nuestras almas salen a Jugar. La oscuridad todo lo absuelve; cesa la lucha por la identidad y la impresión. Descansamos durante la noche. El alba es un momento renovador, prometedor, lleno de posibilidades. A la luz nueva del amanecer reaparecen bruscamente los elementos de la naturaleza: piedras, campos, ríos y animales. Así como la oscuridad trae descanso y liberación, el día significa despertar y renovación. Seres mediocres y distraídos, olvidamos que tenemos el privilegio de vivir en un universo maravilloso. Cada día, el alba revela el misterio de este universo. No existe sorpresa mayor que el alba, que nos despierta a la presencia vasta de la naturaleza. El color maravillosamente sutil del universo se alza para envolverlo todo. Así lo expresa William Blake:
«Los colores son las heridas de la luz». Los colores destacan la perspectiva de nuestra presencia secreta en el corazón de la naturaleza.

El círculo celta del arraigo

En la poesía celta campean el color, la fuerza y la intensidad de la naturaleza. En sus bellos versos reconoce el viento, las flores, la rompiente de las olas sobre la tierra. La espiritualidad celta venera la luna y adora la fuerza vital del sol. Muchos antiguos dioses celtas estaban próximos a las fuentes de la fertilidad y el arraigo. Por ser un pueblo próximo a la naturaleza, ésta era una presencia y una compañera. La naturaleza los alimentaba; con ella sentían su mayor arraigo y afinidad. La poesía natural celta está imbuida de esta calidez, asombro y sentido del arraigo. Una de las oraciones celtas más antiguas se titula La coraza de San Patricio; su nombre más profundo es La brama del ciervo. No hay división entre la subjetividad y los elementos. A decir verdad, son las mismas fuerzas elementales las que dan forma y elevación a la subjetividad:
Amanezco hoy
por la fuerza del cielo, la luz del sol,
el resplandor de la luna,
el esplendor del fuego,
la velocidad del rayo,
la rapidez del viento,
la profundidad del mar,
la estabilidad de la tierra,
la firmeza de la roca.
Amanezco hoy
por la fuerza secreta de Dios que me guía.

En el mundo celta reman la inmediatez y el sentido del arraigo. Su mentalidad veneraba la luz. Su espiritualidad emerge como una nueva constelación para nuestra época. Estamos solos y perdidos en nuestra transparencia hambrienta. Necesitamos con urgencia una luz nueva y dulce donde el alma encuentre refugio y revele su antiguo deseo de arraigo. Necesitamos una luz que haya conservado su afinidad con las tinieblas, porque somos hijos de las tinieblas y de la luz.
Siempre estamos viajando de las tinieblas a la luz. Al principio somos hijos de las tinieblas. Tu cuerpo y tu cara se formaron en la benévola oscuridad. Viviste tus primeros nueve meses en las aguas oscuras del vientre de tu madre. Tu nacimiento fue un viaje de la oscuridad hacia la luz. Durante toda tu vida, tu mente vive en la oscuridad de tu cuerpo. Cada uno de tus pensamientos es un instante fugaz, una chispa de luz que proviene de tu oscuridad interior. El milagro del pensamiento es su presencia en el lado nocturno de tu alma; el resplandor del pensamiento nace en las tinieblas. Cada día es un viaje. Salimos de la noche al día. La creatividad nace en ese umbral primero donde la luz y las tinieblas se prueban y se bendicen entre sí. Solamente encuentras equilibrio en la vida cuando aprendes a confiar en el fluir de este ritmo antiguo. Asimismo, el año es un viaje con el mismo ritmo. Los celtas eran profundamente conscientes de la naturaleza circular de nuestro viaje. Salimos de la oscuridad del invierno a la promesa y la efervescencia de la primavera.
En definitiva, la luz es la madre de la vida. Donde no hay luz, no hay vida. Si el ángulo del Sol se apartara de la Tierra, desaparecería la vida humana, animal y vegetal que conocemos. El hielo cubriría la corteza. La luz es la presencia secreta de lo divino. Mantiene despierta la vida. Es una presencia nutricia. Despierta el calor y el color en la naturaleza. El alma despierta y vive en la luz. Nos ayuda a vislumbrar lo sagrado en lo profundo de nuestro ser. Cuando los seres humanos empezaron a buscar el significado de la vida, la luz se convirtió en una de las metáforas más vigorosas para expresar su eternidad y hondura. En la tradición occidental, como en la celta, se suele comparar el pensamiento con la luz. Se consideraba que el intelecto, en su luminosidad, era el asiento de lo divino en nuestro interior.
Cuando la mente humana empezó a explorar el siguiente gran misterio de la vida, el del amor, también utilizó la luz como metáfora de su poder y presencia. Cuando el amor despierta en tu vida, en la noche de tu corazón, es como un alba en tu interior. Donde había anonimato, hay intimidad; donde había miedo, hay coraje; donde reinaba la torpeza, juegan la gracia y el donaire; donde había aristas, ahora eres elegante y estás en sintonía con el ritmo de tu yo. Cuando el amor despierta en tu vida, es como un renacer, un comienzo nuevo.

El corazón humano nunca termina de nacer

Aunque el cuerpo humano nace íntegro en un instante, el corazón humano nunca termina de nacer. Es pando en cada vivencia de tu vida. Todo cuanto te sucede tiene el potencial de hacerte más profundo. Hace nacer en ti nuevos territorios del corazón. Patrick Kavanagh aprehende esta sensación de bendición del suceso: «Ensalza, ensalza, ensalza/lo que sucedió y lo que es». Uno de los sacramentos más bellos de la tradición cristiana es el bautismo, que significa ungir el corazón del niño. El bautismo viene de la tradición judía. Para los judíos, el corazón era el centro de todas las emociones. Se unge el corazón como órgano principal de la salud del niño, pero también como lugar donde anidarán sus sentimientos. La oración pide que el niño que acaba de nacer jamás quede atrapado, apresado o enredado en las falsas redes interiores del negativismo, el rencor o la autodestrucción. Con las bendiciones se aspira a que el niño posea fluidez de sentimientos en su vida, que sus sentimientos fluyan libremente, transporten su alma hacia el mundo y recojan de éste alegría y paz.
Sobre el telón de fondo de la infinitud del cosmos y la profundidad hermética de la naturaleza, el rostro humano resplandece como icono de la intimidad. Es aquí, en este icono de la presencia humana, donde la divinidad creadora se acerca más a sí misma. El rostro humano es el icono de la creación. Cada persona posee a la vez un rostro interior, intuido pero jamás visto. El corazón es el rostro interior de tu vida. El .viaje humano trata de que este rostro sea bello. Es aquí donde el amor anida en tu seno. El amor es absolutamente vital para la vida humana. Porque sólo el amor puede despertar la divinidad en ti. En el amor creces y vuelves a ti mismo. Cuando aprendes a amar y a permitir que tu yo sea amado, vuelves a la casa de tu propio espíritu. Estás abrigado y a salvo. Alcanzas la integridad en la casa de tus anhelos y tu arraigo. Ese crecimiento y retomo a la casa es el beneficio inesperado del acto de amar a otro. El primer paso del amor es prestar atención al otro, un acto generoso de negación del propio yo. Paradójicamente, ésta es la condición que nos permite crecer.
Cuando despierta el alma, comienza la búsqueda y jamás podrás volver atrás. A partir de ese momento se enciende en ti un anhelo especial que no permitirá que te entretengas en las estepas de la autocomplacencia y la realización parcial. La eternidad te apremia. Eres reacio a permitir que un acomodo o la amenaza de un peligro te impida bregar para alcanzar la cima de la realización. Cuando se te abre este camino espiritual, puedes aportar al mundo y a la vida de los demás una generosidad increíble. A veces es fácil ser generoso hacia fuera, dar mientras se es tacaño con uno mismo. Si eres generoso para dar, pero tacaño para recibir, pierdes el equilibrio de tu alma. Debes ser generoso con tu propio yo para recibir el amor que te rodea. Puedes sufrir la sed desesperante de ser amado. Puedes buscar durante largos años en lugares desiertos, muy lejos de ti. Sin embargo, en todo este tiempo, este amor está a centímetros de ti. Está en el borde de tu alma, pero has sido ciego a su presencia. Debido a una herida, una puerta del corazón se ha cerrado y eres incapaz de abrirla para recibir el amor. Debemos estar atentos para ser capaces de recibir. Boris Pasternak dijo: «Cuando un gran momento llama a la puerta de tu vida, a veces el ruido no es más fuerte que el latido de tu corazón y es muy fácil pasarlo por alto».
Es una extraña paradoja que el mundo ame el poder y la propiedad. Puedes ser un triunfador en este mundo, ser objeto de admiración universal, poseer vastas propiedades, una hermosa familia, triunfar en el trabajo y tener todo lo que el mundo puede dar, pero detrás de esa fachada puedes sentirte totalmente perdido y desdichado. Si tienes todo lo que el mundo puede ofrecerte, pero te falta amor, eres el más pobre de los pobres. Todo corazón humano tiene sed de amor. Si en tu corazón no anida la calidez del amor, no tienes nada que celebrar ni que disfrutar. Aunque seas industrioso, competente, seguro de tí o respetado, no importa lo que tú mismo o los demás piensen de ti, lo único que realmente anhelas es amor. No importa dónde estemos, qué o quiénes somos, en qué viaje estamos embarcados, todos necesitamos el amor.
Aristóteles dedica varias páginas de su Ética a reflexionar sobre la amistad. La basa en la idea de la bondad y la belleza. El amigo es el que desea el bien del otro. La amistad es la gracia que da calor y dulzura a la vida: «Nadie quiere vivir sin amigos, aunque no le falte nada más».

El amor es la naturaleza del alma

El alma necesita amor con tanta urgencia como el cuerpo necesita oxígeno. El alma alcanza su plenitud en la calidez del amor. Todas las posibilidades de tu destino humano duermen en tu alma. Existes para cumplir y honrar estas posibilidades. Cuando el amor entra en tu vida, las dimensiones ignotas de tu destino despiertan, florecen y crecen. La posibilidad es el corazón secreto del tiempo. Sobre su superficie exterior, el tiempo es vulnerable a la transitoriedad. Cada día, triste o bello, se agota y se desvanece. En su corazón más profundo, el tiempo es transfiguración. Tiene en cuenta la posibilidad y se asegura de que nada se pierda u olvide. Aquello que parece desvanecerse en su superficie, en realidad se transfigura y aloja en el tabernáculo de la memoria. La posibilidad es el corazón secreto de la creatividad. Martín Heidegger habla de la «prioridad ontológica» de la posibilidad. En el nivel más profundo del ser, la posibilidad es la madre y a la vez el destino transfigurado de lo que llamamos hechos y sucesos. Este mundo callado y secreto de lo eterno es el alma. El amor es la naturaleza del alma. Cuando amamos y permitimos que se nos ame, habitamos cada vez más el reino de lo eterno. El miedo se vuelve coraje, el vacío deviene plenitud y la distancia, intimidad.
El amor es nuestra naturaleza más profunda; consciente o inconscientemente, todos buscamos el amor. Con frecuencia elegimos caminos falsos para satisfacer esta sed profunda. La concentración excesiva en nuestro trabajo, logros o búsqueda espiritual puede alejarnos de la presencia del amor. En la obra del alma, nuestras falsas urgencias pueden despistarnos por completo. Lejos de ir en busca del amor, sólo debemos quedamos quietos y esperar que el amor nos encuentre. Algunas de las palabras más bellas sobre el amor se encuentran en la Biblia. La epístola de san Pablo a los corintios es hermosísima: «El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor». Otro versículo de la Biblia dice: «El amor perfecto aleja el miedo».

Umbra nihili

En un universo vasto que a veces parece siniestro e indiferente a nosotros, necesitamos la presencia y el abrigo del amor para transfigurar nuestra soledad. Esta soledad cósmica es la raíz de nuestra soledad interior. Nuestra vida, todo lo que hacemos, pensamos y sentimos está rodeado por la Nada. De ahí que sea tan fácil atemorizarnos. El Maestro Eckhart dice que la vida humana se encuentra bajo la sombra de la Nada, sub umbra nihili. Sin embargo, el amor es la hermana del alma, su lenguaje más profundo y su presencia. En el amor, a través de su calor y creatividad, el alma nos protege de la desolación de la Nada. No podemos llenar nuestro vacío con objetos, posesiones o personas. Debemos avanzar más profundamente en ese vacío para encontrar debajo de la Nada la llama del amor que nos aguarda para darnos calor.
Nadie puede herirte tan profundamente como tu ser amado. Cuando admites al Otro en tu vida, abres tus defensas. Aun después de años de convivencia, tu afecto y confianza pueden sufrir una decepción. La vida es peligrosamente imprevisible. La gente cambia, a veces de manera drástica y repentina. El resentimiento y el rencor desplazan el arraigo y el afecto. Toda amistad atraviesa en algún momento el valle negro de la desesperación. Esto pone a prueba tu afecto en todos sus aspectos. Pierdes la atracción y la magia. El sentimiento mutuo se vuelve sombrío, la presencia hiere. Si eres capaz de atravesar este tiempo, tu amor puede emerger purificado, despojado de la falsedad y las carencias. Te llevará a otro terreno donde el afecto puede volver a crecer. A veces una amistad se echa a perder y las partes apuntan a sus centros de negativismo recíproco. Cuando se unen en el punto de carencia, es como si parieran un espectro dispuesto a devorar el último retazo de afecto entre los dos. Ambos son despojados de su esencia. Se vuelven impotentes, recíprocamente obsesionados. Entonces son necesarios la oración profunda, mucha atención y cuidados para reorientar las almas. El amor puede herirnos profundamente. Debemos tener mucho cuidado. El filo de la Nada corta hasta el hueso. Otros quieren amar, entregarse, pero les falta energía. Llevan en sus corazones los cadáveres de antiguas relaciones, son adictos a las heridas como confirmación de su identidad. Cuando una amistad se reconoce como un don, permanecerá abierta a su propio terreno de bendición.
Cuando amas, abres tu vida a un Otro. Caen todas tus barreras. Tus distancias protectoras se derrumban. Esa persona recibe permiso absoluto para penetrar en el templo más profundo de tu espíritu. Tu presencia y tu vida pueden volverse terreno suyo. Se necesita mucho coraje para permitir semejante acercamiento. Puesto que el cuerpo habita en el alma, cuando permites semejante proximidad, dejas que el otro se vuelva parte de ti. En la afinidad sagrada del amor verdadero, dos almas se vuelven gemelas. El cascarón exterior y el contorno de la identidad se vuelven porosos. Se runden mutuamente.

El Anam cara

La tradición celta posee una hermosa concepción del amor y la amistad. Una de sus ideas fascinantes es la del amor del alma, que en gaélico antiguo es anam cara, «Anam» significa «alma» en gaélico, y «cara» es «amistad». De manera que «anam-cara» en el mundo celta es el «amigo espiritual». En la iglesia celta primitiva se llamaba anam cara a un maestro, compañero o guía espiritual. Al principio era un confesor» a quien uno revelaba lo más íntimo y oculto de su vida. Al anam cara se le podía revelar el yo interior, la mente y el corazón. Esta amistad era un acto de reconocimiento y arraigo. Cuando uno tenía un anam cara, esa amistad trascendía las convenciones, la moral y las categorías. Uno estaba unido de manera antigua y eterna con el amigo espiritual. Esta concepción celta no imponía al alma limitaciones de espacio ni tiempo. El alma no conoce jaulas. Es una luz divina que penetra en ti y en tu otro. Este nexo despertaba y fomentaba una camaradería profunda y especial. Juan Casiano dice en sus Colaciones que este vínculo entre amigos es indisoluble: «Esto, digo, es lo que no puede romper ningún azar, lo que no puede cortar ni destruir ninguna porción de tiempo o de espacio; ni siquiera la muerte puede dividirlo».
En la vida todos tienen necesidad de un anam cara, un «amigo espiritual». En este amor eres comprendido tal como eres, sin máscaras ni pretensiones. El amor permite que nazca la comprensión, y ésta es un tesoro invalorable. Allí donde te comprenden está tu casa. La comprensión nutre la pertenencia y el arraigo. Sentirte comprendido es sentirte libre para proyectar tu yo sobre la confianza y protección del alma del otro. Pablo Neruda describe este reconocimiento en un bello verso: «Eres como nadie porque te amo». Este arte del amor revela la identidad especial y sagrada de la otra persona. El amor es la única luz que puede leer realmente la firma secreta de la individualidad y el alma del otro. En el mundo original, sólo el amor es sabio, sólo él puede descifrar la identidad y el destino.
El anam cara es un don de Dios. La amistad es la naturaleza de Dios. La idea cristiana de Dios como Trinidad es la más sublime expresión de la alteridad y la intimidad, un intercambio eterno de amistad. Esta perspectiva pone al descubierto el bello cumplimiento del anhelo de inmortalidad que palpitaba en las palabras de Jesús: «Os llamo amigos». Jesús, como hijo de Dios, es el primer Otro del universo; es el prisma de toda diferencia. Es el anam cara secreto de todos los individuos. Con su amistad penetramos en la tierna belleza y en los afectos de la Trinidad. Al abrazar esta amistad eterna nos atrevemos a ser libres. En toda la espiritualidad celta hay un hermoso motivo trinitario. Esta breve invocación lo refleja:
Los Tres Sacrosantos mi fortaleza son, que vengan y rodeen mi casa y mi fogón.
Por consiguiente, el amor no es sentimental. Por el contrario, es la forma más real y creativa de la presencia humana. El amor es el umbral donde lo divino y la presencia humana fluyen y refluyen hacia el otro.
Nuestra cultura está obsesionada por el concepto de relación. Todo el mundo habla de ello. Es un tema constante en la televisión, el cine y los medios de información. La tecnología y los medios no unen el mundo. Pretenden crear un mundo unido por redes electrónicas, pero en realidad sólo ofrecen un mundo simulado de sombras. Por eso nuestro mundo humano se vuelve más anónimo y solitario. En un mundo donde el ordenador reemplaza el encuentro entre seres humanos y la psicología reemplaza a la religión, no es casual que exista semejante obsesión por las relaciones. Desgraciadamente, el término mismo se ha convertido en un centro vacío en torno del cual nuestra sed solitaria anda hurgando en busca de calor y comunión. El lenguaje público de la intimidad es en gran medida hueco y sus repeticiones incesantes suelen delatar la falta total de aquélla. La verdadera intimidad es una vivencia sagrada. Jamás exhibe su confianza y comunión secretas ante el ojo escopófilo de una cultura de neón. La intimidad verdadera es propia del alma, y el alma es discreta.
La Biblia dice que nadie puede vivir después de ver a Dios. Extrapolando esto, podría decirse que nadie puede vivir después de verse a sí mismo. A lo sumo se puede intuir la propia alma. Se pueden vislumbrar su luz, colores y contornos. Experimentar la inspiración de sus posibilidades y la maravilla de sus misterios. En la tradición celta, y en especial en la lengua gaélica, existe una fina intuición de que el acercamiento a otra persona debe encarnar un acto sagrado. En gaélico no existe nuestro «hola». Cuando uno se encuentra con otro, se intercambian bendiciones. Uno dice:
Día dhuit, «Dios sea contigo». El otro responde: Día is Muire dhuit, «Dios y María sean contigo». Cuando se separan, uno dice: Go gcumhdai Dia thu, «Que Dios venga en tu ayuda», o Gogcoinne Día thu, «Dios te guarde». El rito del encuentro comienza y termina con bendiciones. A lo largo de una conversación en gaélico se reconoce explícitamente la presencia divina en el otro. Este reconocimiento también está plasmado en antiguos dichos, tales como «la mano del forastero es la mano de Dios». La llegada del forastero no es casual; trae un don y un esclarecimiento particulares.

El misterio del acercamiento

Desde hace años tengo ganas de escribir un cuento sobre un mundo en el cual cada uno conocería a una sola persona durante toda su vida. Lógicamente, para dibujar ese mundo, este postulado debería prescindir de consideraciones biológicas. Uno tendría que guardar años de silencio ante el misterio de la presencia en el Otro, antes de poder acercarse. En toda su vida uno no encontraría más que un par de personas a lo sumo. Esta idea adquiere mayor realidad si uno pasa revista a su vida y distingue los amigos de los conocidos. No son lo mismo. La amistad es un vínculo más profundo y sagrado. Shakespeare lo dice con una frase muy bella: «Los amigos que tienes y su atención probada, sujétalos a tu alma con argollas de acero.» Un amigo es un tesoro increíblemente valioso. Es un ser amado que despierta tu vida para liberar las posibilidades salvajes que hay en ti.
Irlanda es un país de ruinas. Las ruinas no están vacías. Son lugares sagrados que rebosan de presencias. Un amigo mío, sacerdote en Conamara, pensaba construir una playa de estacionamiento junto a su iglesia. Cerca había una ruina, abandonada desde hacía cincuenta o sesenta años. Fue a ver al hombre cuya familia había vivido allí años antes y le pidió que le cediera las piedras para los cimientos. El hombre se negó. Cuando el sacerdote preguntó por qué, respondió: Ceard a dheanfadh anamacha mo mhuinitire ansin?, es decir, «¿qué sería de las almas de mis antepasados?». Quería decir que incluso en unas ruinas largamente abandonadas, las almas de quienes las habían habitado poseían una afinidad y apego particulares al lugar. La vida y pasión de una persona dejan su impronta en el éter. El amor no permanece enclaustrado en el corazón, sino que sale a construir tabernáculos secretos en el paisaje.

Diarmad y Gráinne

Por toda Irlanda se ven bellas piedras llamadas dólmenes. Se trata de dos enormes bloques de piedra caliza colocadas paralelamente. Sobre ellas se pone otra a manera de techo. La tradición celta las llama leaba Dhiarmada agus Gráinne, es decir, «cama de Diarmad y Gráinne». Dice la leyenda que Gráinne era la compañera de un jefe de los Fianna, los viejos soldados celtas. Se enamoró de Diarmad, los dos huyeron y los fianna los persiguieron por todo el país. Los animales les daban refugio, y personas sabias les daban consejos para eludir a sus perseguidores. Se les dijo que no debían pasar más de dos noches en un lugar. Pero se decía que donde se detenían a descansar, Diarmad construía un dolmen para su amada. Las investigaciones arqueológicas han revelado que eran las tumbas de los jefes. La leyenda es más interesante y vibrante. Es una bella imagen de la sensación de impotencia que suele acompañar al amor. Cuando uno se enamora, se desvanecen el sentido común, la racionalidad y la personalidad seria, discreta y respetable. Uno vuelve a ser adolescente; hay un fuego nuevo en su vida. Uno está revitalizado. Cuando no hay pasión, el alma está dormida o ausente. Cuando la pasión despierta, el alma vuelve a ser Joven y libre, vuelve a danzar. La vieja leyenda celta nos muestra el poder del amor y la energía de la pasión. Uno de los poemas más elocuentes sobre la transfiguración de la vida por este anhelo es el Anhelo dichoso de Goethe:
No se lo digáis a nadie, sino tan sólo a los sabios, que el vulgo siempre propende a la burla y el sarcasmo;
pero al que ansía consumirse en la llama, yo lo alabo. En el frescor de las noches amorosas, en el trueque plácido de las caricias, al ver la vela que esplende y el cuarto alumbra tranquila, un extraño sentimiento más de una vez te acomete. No quisieras seguir preso en la sombra y las tinieblas, y de una vida más alta un ansia sientes violenta. Para ti no hay ya distancias: suelto y libre alzas el vuelo hacia la llama, y al fin, igual que la mariposa, en ella abrasas tu cuerpo. Que mientras en ti cumplido no veas el «¡Muere y transfórmate!», serás en la oscura tierra no más que un huésped borroso que vaga entre las tinieblas.
(Trad. de R. Cansinos Asséns)
El poema expresa la maravillosa fuerza espiritual que es el centro del anhelo y sugiere la gran vitalidad oculta en él. Cuando uno cede a la pasión creativa, ésta lo transporta a los umbrales últimos de la transfiguración y la renovación. Este crecimiento causa dolor, pero es dolor sagrado. Hubiera sido mucho más trágico evitar cautelosamente estas profundidades para quedar anclado en la superficie lustrosa de la banalidad.

El amor como reconocimiento antiguo

La verdadera amistad o el amor no se fabrican ni conquistan. La amistad siempre es un acto de reconocimiento. Esta metáfora se puede hundir en la naturaleza arcillosa del cuerpo humano. Cuando encuentras a la persona que amas, un acto de reconocimiento antiguo os reúne. Es como si millones de años antes de que la naturaleza rompiera su silencio, su arcilla y la tuya yacieran juntas. Luego, en el ciclo de las estaciones, esa arcilla única se dividió y separó. Cada uno se alzó como formas individuales de arcilla que alojaban su individualidad y destino. Sin saberlo, vuestras memorias secretas lloraban la ausencia mutua. Mientras vuestros seres de arcilla deambulaban durante miles de años por el universo, el anhelo del otro nunca decayó. Esta metáfora permite explicar cómo se reconocen súbitamente dos almas en el momento de la amistad. Puede ser un encuentro en la calle, en una fiesta, en una conferencia, una presentación banal, y en ese momento se produce el rayo del reconocimiento que enciende las brasas de la afinidad. Se produce un despertar, una sensación de conocimiento antiguo. Entráis. Habéis regresado a casa por fin.
En la tradición clásica esto encuentra una expresión maravillosa en el Simposio, mágico diálogo de Platón sobre la naturaleza del amor. Platón vuelve al mito de que en el principio los humanos no eran individuos singulares. Cada persona era dos seres en uno. Luego se separaron; por consiguiente, uno pasa la vida buscando su otra mitad. Al encontrarse, se descubren por medio de este acto de reconocimiento. En la amistad se cierra un círculo antiguo. Lo que hay de antiguo entre ambos os cuidará, abrigará y unirá. Cuando dos personas se enamoran, pasan de la soledad del exilio a la casa única de su comunión. En las bodas corresponde reconocer la grada del destino que permitió el encuentro de estas dos personas. Cada una reconoció en la otra a aquella en la cual su corazón encontraría refugio. El amor jamás debe ser una carga, porque hay algo más entre ambos que la presencia mutua.

El círculo de comunión

Para reflejar esto se necesita una palabra más vibrante que la tan trillada «relación». Las frases como «se cierra un círculo antiguo» y «un anhelo antiguo despierta y toma conciencia de sí» ayudan a revelar el significado profundo y el misterio del encuentro. Expresan en el lenguaje sacro del alma la unicidad y la intimidad del amor. Cuando dos personas se aman, se genera una tercera fuerza entre ellas. Una amistad interrumpida no siempre se restaura con horas interminables de análisis y consejos. Es necesario modificar el ritmo de los encuentros y reanudar el contactó con la antigua comunión que los reunió. Esta antigua afinidad os mantendrá unidos si invocáis su poder y su presencia. Dos personas realmente despiertas habitan un círculo de comunión. Han despertado una fuerza más antigua que los envolverá y abrigará.
La amistad exige que se la alimente. La gente suele dedicar su atención principalmente a los hechos de la vida, su situación, trabajo y categoría social. Vuelcan sus mayores energías al hacer. El Maestro Eckhart escribió bellas palabras sobre esta tentación. Según él, muchas personas se preguntan dónde deberían estar y qué deberían hacer, cuando en realidad deberían preocuparse por cómo ser. El amor es el lugar de mayor ternura en tu vida. En una cultura preocupada por las rigideces y definiciones nítidas, y que por consiguiente le exaspera el misterio, es difícil sustraerse a la transparencia de la luz falsa para entrar en el tenue resplandor del mundo del alma. Acaso la luz del alma es como la de Rembrandt, esa luz rojiza, dorada, que caracteriza su obra. Esta luz crea una sensación de volumen y sustancia en las figuras sobre las cuales derrama su suave resplandor.

El kaliyana mitra

La tradición budista concibe la amistad según la bella idea del kaliyana mitra, el «amigo noble». Tu kaliyana mitra, lejos de admitir tus pretensiones, te obligará, con dulzura y mucha firmeza, a afrontar tu ceguera. Nadie puede ver su vida íntegramente. Así como la retina del ojo tiene un punto ciego, el alma tiene un lado ciego que no puedes ver. Por eso dependes del ser amado, que ve lo que tú no puedes ver. Tu kaliyana mitra es el complemento benigno e indispensable de tu visión. Semejante amistad es creativa y crítica; está dispuesta a recorrer territorios escabrosos y accidentados de contradicción y sufrimiento.
Uno de los anhelos más profundos del alma humana es el de ser visto. En el antiguo mito, Narciso ve su cara reflejada en el agua y queda obsesionado por ella. Desgraciadamente, no hay espejo en el que puedas ver el reflejo de tu alma. Ni siquiera puedes verte de cuerpo entero. Si miras detrás de ti, pierdes de vista el frente. Tu yo jamás te verá íntegramente. Aquel que amas, tu anam cara, tu alma gemela, es el espejo más fiel de tu alma. La intregridad y la claridad de la amistad verdadera dibuja el contorno real de tu espíritu. Es hermoso contar con semejante presencia en tu vida.

El alma como eco divino

Tanto amor y comunión están a nuestro alcance porque el alma contiene el eco de una intimidad primordial. Cuando hablan de cosas primordiales, los alemanes emplean el término ursprungliche Dinge: «cosas originales». Hay una Ur-Intimitat in der Seele, es decir, «una intimidad primordial en el alma»; este eco está en todos. El alma no se inventó a sí misma. Es una presencia del mundo divino, donde la intimidad no tiene límites ni barreras.
No puedes amar a otro si no estás empeñado al mismo tiempo en la obra espiritual, hermosa pero difícil, de aprender a amarte a tí mismo. Cada uno de nosotros tiene al nivel del alma un manantial enriquecedor de amor. En otras palabras, no necesitas buscar fuera de ti el significado del amor. Esto no es egoísmo ni narcisismo, obsesiones negativas sobre la necesidad de ser amado. Por el contrario, es el manantial del amor en el corazón. Por su necesidad de amor, las personas que llevan una vida solitaria suelen tropezar con este gran manantial interior. Aprenden a despertar con sus murmullos la profunda fuente interior de amor. No se trata de obligarte a amarte a ti mismo, sino de ser reservado, de incitar a ese manantial de amor que constituye tu naturaleza más profunda a surcar toda tu vida. Cuando esto sucede, la tierra endurecida de tu interior vuelve a ablandarse. La falta de amor lo endurece todo. No hay mayor soledad en el mundo que la del que se ha vuelto duro o frío. El resentimiento y la frialdad son la derrota final.
Si descubres que te has endurecido, uno de los dones que debes otorgarte es el del manantial interior. Incita a esta fuente interior a que se libere. Remueve el sarro dentro de ti a fin de que poco a poco, en una bella osmosis esas aguas nutricias penetren e inunden la arcilla endurecida de tu corazón. Donde antes había tierra dura, yerma, impermeable, muerta, ahora hay crecimiento, color, nutrición y vida que fluyen del hermoso manantial del amor. Ésta es una de las formas más fecundas de transfigurar la negatividad que hay en nosotros.
Se te envía aquí a aprender a amar y recibir amor. El mayor don que el nuevo amor trae a tu vida es el despertar del amor oculto en tu interior. Te vuelve independiente. Ahora puedes acercarte al otro, no por necesidad ni con el aparato agotador de la proyección, sino por auténtica intimidad, afinidad y comunión. Es una liberación. El amor debería liberarte. Te liberas de esa necesidad ávida y abrasadora que te impulsa continuamente a buscar afirmación, respeto y significación en cosas y personas fuera de ti. Ser santo es hallar la propia patria, poder descansar en esa casa de comunión y arraigo que llamamos alma.

El manantial de amor interior

Puedes buscar el amor en lugares remotos y yermos. Es un gran consuelo saber que hay un manantial de amor dentro de ti. Si confías en que ese manantial existe, podrás incitarlo a despertar. El siguiente ejercido podría ayudarte a adquirir conciencia de que eres capaz de hacerlo. Cuando estés a solas o tengas un intervalo, concéntrate en el manantial en la raíz de tu alma. Imagina ese caudal nutricio de comunión, sosiego, paz y alegría. Con tu imaginación visual, siente cómo las aguas refrescantes penetran en la tierra árida de ese lado desatendido de tu corazón. Es bueno imaginarlo momentos antes de dormir. Así, durante la noche, serás bañado constantemente por ese caudal fecundo de comunión. Al despertar, al alba, sentirás tu espíritu bañado de un gozo bello y sereno.
Una de las cosas más valiosas que debes conservar en la amistad y el amor es tu propia diferencia. Lo que suele suceder dentro de un círculo de amor es que uno tiende a imitar al otro o a imaginarse recreado a su semejanza. Si bien esto puede ser indicio de un deseo de entrega total, es a la vez destructivo y peligroso. Conocí a un anciano en una isla frente a la costa occidental de Irlanda. Tenía un hobby peculiar. Coleccionaba fotos de parejas de recién casados. Luego obtenía una foto de la misma pareja diez años después. Con ésta demostraba cómo un miembro de la pareja empezaba a parecerse al otro. En las relaciones suele aparecer una fuerza homogeneizante sutil y perniciosa. Lo irónico es que la atracción entre las personas suele deberse a las diferencias. Por eso es necesario conservar y alimentarlas.
El amor es también una fuerza luminosa y nutricia que te libera para que habites plenamente tu diferencia. No hay que imitarse mutuamente ni mostrarse defensivo o protector en presencia del otro. El amor debe alentarte y liberarte para que realices plenamente tu potencial.
Para conservar tu diferencia en el amor, debes darle mucho espacio a tu alma. Es interesante notar que en hebreo, una de las primeras palabras que significa salvación también significa espacio. Si naciste en una granja, sabes que el espacio es vital, sobre todo para sembrar. Si plantas dos árboles muy juntos, se ahogarán mutuamente. Lo que crece necesita espacio. Dice Khalil Gibran: «Que haya espacio en vuestra unión.» El espacio permite que esa diferencia que eres Tú encuentre su propio ritmo y contorno. Yeats habla de «un pequeño espacio para que lo colme el aliento de la rosa». Una de las bellas áreas del amor donde el espacio es más hermoso es el acto del amor. El amado es aquel a quien puedes dar tus sentidos en la plenitud del gozo, sabiendo que los acogerá con ternura. Puesto que el cuerpo está dentro del alma, ésta lo baña con su luz, suave y sagrada. Hacer el amor con alguien no debe ser un acto puramente físico o de liberación mecánica. Debe abarcar la raíz espiritual que despierta cuando penetras en el alma de otra persona.
El alma es lo más íntimo de una persona. La conoces antes de conocer su cuerpo. Cuando alma y cuerpo son uno, penetras en el mundo del otro. Si uno pudiera corresponder de manera tierna y reverente a la hondura y belleza de ese encuentro, extendería hasta lo indecible las posibilidades de gozo y éxtasis del acto de amor. Esto liberaría en ambos el manantial interior del amor más profundo. Los reuniría externamente con la tercera fuerza de luz, el círculo antiguo, lo primero que une las dos almas.


La transfiguración de los sentidos

Los místicos son los más fiables en el campo del amor sensual. En sus escritos está implícita una luminosa teología de la sensualidad. Jamás preconizan la negación de los sentidos, sino su transfiguración. Los místicos reconocen que existe cierta gravedad o lado tenebroso de eros y que a veces predomina. La luz del alma puede transfigurar esta tendencia y aportar a ella equilibrio y aplomo. La belleza de las reflexiones místicas sobre eros nos recuerda que éste es en última instancia la energía de la creatividad divina. En la transfiguración de lo sensual, el frenesí de eros y la alegría del alma entran en lírica armonía.
La Irlanda moderna ha debido recorrer un camino complejo y tortuoso para reconocer y aceptar a eros. La antigua tradición irlandesa reconocía el poder de eros y el amor erótico con maravillosa vitalidad. Una de sus expresiones más interesantes es el poema de Brian Merriman titulado Cúirt an Mheáin Oidhce, «El patio a medianoche», del siglo XVIII. Largos fragmentos del poema están escritos desde el punto de vista de la mujer. Es un enfoque feminista y libérrimo. Habla la mujer:
No soy gorda y maciza como una campana. Labios para besar, dientes para sonreír, piel lozana y frente lustrosa, tengo ojos azules y una cabellera espesa que se me enrosca en el cuello; un hombre que busca esposa tiene aquí un rostro que guardará de por vida; mano, brazo, cuello y pecho, a cual más apreciado; ¡mira qué cintura! Mis piernas son largas flexibles como sauces, ligeras y fuertes.
Este larguísimo poema es una celebración impúdica de lo erótico. No la atraviesa el lenguaje frecuentemente negativo de la moral que trata de dividir la sexualidad en pura e impura. En todo caso, estos términos están de más, tratándose de criaturas de arcilla. ¿Cómo puede existir semejante pureza en una criatura de arcilla? Ésta es siempre una mezcla de luz y tinieblas. La belleza de eros reside en sus umbrales de pasión donde se encuentran la luz y las tinieblas en el interior de la persona. Tenemos que re-imaginar a Dios como la energía del eros transfigurador, fuente de toda creatividad.
Pablo Neruda ha escrito algunos de los más bellos versos de amor. Dice: «Te traeré flores felices de las montañas, campanillas, oscuros avellanos y canastas rústicas de besos./ Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos». Es un pensamiento muy hermoso; revela que el amor es el despertar de la primavera en la cara de arcilla del corazón. Yeats también escribió bellos poemas de amor, versos que dicen: «Pero un hombre amó tu alma peregrina/y amó los pesares de tu rostro cambiante». Estos poemas muestran un reconocimiento de las raíces profundas y la presencia en el amado. El amor te ayuda a ver la naturaleza singular y especial del Otro.

El don herido

Uno de los grandes poderes del amor es el equilibrio, que nos ayuda a alcanzar la transfiguración. Cuando dos personas se unen, un círculo antiguo se cierra en tomo de ellos. Asimismo, no llegan a la unión con manos vacías, sino repletas de obsequios. Con frecuencia éstos donde están heridos; entonces despierta la dimensión curativa del amor. Cuando amas de verdad a otro, lo baña la luz de tu alma. La naturaleza nos enseña que la luz del sol hace crecer todas las cosas. Si contemplas las flores en un alba de primavera, verás que están cerradas. Cuando las toca el sol, se abren confiadas y se entregan a la nueva luz.
Cuando amas a una persona que está muy herida, una de las peores cosas que puedes hacer es convertir su dolor en objeto de discusión. En estos casos, una extraña dinámica despierta en el alma. Se vuelve un hábito, una pauta recurrente. Con frecuencia conviene reconocer la presencia de la herida, pero alejarse de ella. Cada vez que tengas la oportunidad, báñala con la suave luz del alma. Recuerda que existen mentes antiguas de renovación en el círculo que los une. El destino de tu amor jamás depende solamente de los recursos frágiles de las subjetividades de ambos. Puedes invocar el poder curativo de la tercera fuerza luminosa entre ambos; ésta puede aportar perdón, consuelo y curación en tiempos escabrosos.
Cuando amas a alguien, es destructivo raspar obsesivamente la arcilla de tu arraigo. Es conveniente no interferir en tu amor. Dos personas que se aman jamás deben sentirse obligadas a explicar su amor a un tercero o el porqué de su unión. Su comunión es un lugar secreta Sus Almas conocen el secreto de su unión; deben confiar en ella. Si interfieres constantemente en tu conexión con el otro, con tu amante o tu anam cara, poco a poco provocas una distancia entre los dos. Thom Gunn ha escrito un bonito epigrama de dos líneas que se titula Jamesian, por el nombre de Henry James, el más preciso y sutil de los novelistas. Sus descripciones constan de finísimos matices e infinitos puntos de vista. Un análisis tan puntilloso puede volverse obsesivo, hasta el punto de destruir la presencia lírica del amor.

Su relación consistía
en discutir si existía.

Si enfocas constantemente la luz de neón del análisis y la rendición de cuentas hacia el tejido blando de tu arraigo, éste se volverá reseco y estéril.
Toda persona debería dar gracias por el amor despertado en su ser. Cuando sientes amor por la persona amada y el de la persona amada por tí, deberías buscar ocasiones para ofrecer ese calor como una bendición para los atribulados y faltos de amor. Envía ese amor al mundo, a los desesperados, a los que padecen hambre, a los que están encerrados en prisión, en hospitales y en todas las circunstancias brutales de las vidas desoladas y torturadas. Cuando compartes esa riqueza de tu amor, éste llega a otros. En él reside la mayor fuerza de la oración.

En el reino del amor no hay competencia

La oración es el acto y la presencia de irradiar la luz de la riqueza de tu amor hacia otros para curarlos, liberarlos y bendecirlos. Si hay amor en tu vida, compártelo espiritualmente con los que se ven arrojados al borde mismo de la vida. La tradición celta sostiene que si proyectas la bondad que hay en ti o si compartes lo que hay en ti de bueno o feliz, te será devuelto multiplicado por diez mil. En el reino del amor no existe la competencia; no hay posesividad ni control. Cuanto más amor entregas, más tendrás. Aquí se recuerda la idea de Dante, de que el ritmo secreto del universo es el ritmo del amor que mueve las estrellas y los planetas.

Bendición de la amistad

Ojalá tengas buenos amigos.

Que aprendas a ser buen amigo de ti mismo.
Que puedas llegar a ese lugar de tu alma donde residen un gran amor, calor, afecto y perdón.
Que esto te cambie.
Que transfigure todo lo que hay de negativo, distante o frío en ti.
Que te transporte a la verdadera pasión, familia y afinidad de la comunión.
Que atesores a tus amigos.
Que seas bueno con ellos y estés allí cuando te necesiten; que te den todas las bendiciones, estímulos, verdad y luz que necesites para el viaje.
Que nunca estés solo.
Que estés siempre en el nido amable de la comunión con tu anam cara
.

2
HACIA UNA ESPIRITUALIDAD DE LOS SENTIDOS

La cara es el icono de la creación

El paisaje es el primogénito de la creación. Existía cientos de millones de años antes de que aparecieran las flores, los animales o el ser humano. Estaba aquí por su cuenta. Es la presencia más antigua en el mundo, aunque necesita una presencia humana que lo reconozca. Cabe imaginar que los océanos enmudecieron y los vientos se sosegaron cuando apareció el primer rostro humano sobre la Tierra; es lo más asombroso de la creación. En el rostro humano el universo anónimo adquiere intimidad. El sueño de los vientos y los océanos, el silencio de las estrellas y las montañas alcanzaron una presencia materna en la cara. Aquí se expresa el calor secreto, oculto de la creación. La cara es el icono de la creación. En la mente humana, el universo entra en resonancia consigo mismo. La cara es el espejo de la mente. En el ser humano, la creación encuentra la respuesta a su muda súplica de intimidad. En el espejo de la mente la difusa e interminable naturaleza puede contemplarse.
La cara humana es un milagro artístico. En esa superficie pequeña se puede expresar una variedad e intensidad increíble de presencia. No existen dos rostros idénticos. En cada uno hay una variación particular de presencia. Cuando amas a otro, durante una separación prolongada es hermoso recibir una carta, una llamada telefónica o intuir la presencia de la persona amada. Pero es más profunda la emoción del regreso, porque ver el rostro amado es entonces una fiesta. En ese rostro ves la intensidad y la profundidad de la presencia amorosa que te contempla y viene a tu encuentro. Es hermoso volver a verte. En África ciertos saludos significan «te veo». En Conamara, la expresión empleada para decirle a alguien que es admirado o popular es: Tá agaidh an phobail ort, es decir, «el rostro del pueblo se vuelve hacia ti».
Cuando vives en el silencio y la soledad del campo, las ciudades te sobresaltan. Hay muchas caras en ellas: rostros extraños que pasan rápida e intensamente. Cuando los miras, ves la imagen de la intimidad particular de su vida. En cierto sentido, la cara es el icono del cuerpo, el lugar donde se manifiesta el mundo interior de la persona. El rostro humano es la autobiografía sutil pero visual de cada persona. Por más que ocultes la historia recóndita de tu vida, jamás podrás esconder tu cara. Ésta revela el alma; es el lugar donde la divinidad de la vida interior encuentra su eco e imagen. Cuando contemplas un rostro, miras en lo profundo de una vida.

La santidad de la mirada

En Sudamérica, un periodista amigo mío conoció a un viejo jefe indígena a quien quería entrevistar. El jefe accedió con la condición de que previamente pasaran algún tiempo juntos. El periodista dio por sentado que tendrían una conversación normal. Pero el jefe se apartó con él y lo miró a los ojos, largamente y en silencio. Al principio, mi amigo sintió terror: le parecía que su vida estaba totalmente expuesta a la mirada y el silencio de un extraño. Después, el periodista empezó a profundizar su propia mirada. Así se contemplaron durante más de dos horas. Al cabo de ese tiempo, era como si se hubieran conocido toda la vida. La entrevista era innecesaria. En cierto sentido, mirar la cara de otro es penetrar a lo más profundo de su vida.
Con mucha ligereza damos por sentado que compartimos un solo mundo con los demás. Es verdad que en el nivel subjetivo habitamos el mismo espacio físico que los demás seres humanos; después de todo, el cielo es la única constante visual de nuestra percepción. Pero este mundo exterior no permite el acceso al mundo interior del individuo. En un nivel más profundo, cada uno es custodio de un mundo privado, individual. A veces nuestras creencias, opiniones y pensamientos son un medio para consolarnos con la idea de que no sobrellevamos el peso de un mundo interior singular. Nos complace fingir que pertenecemos al mismo mundo, pero estamos más solos de lo que pensamos. Esta soledad no se debe exclusivamente a las diferencias entre nosotros; deriva del hecho de que cada uno está alojado en un cuerpo distinto. La idea de la vida humana alojada en un cuerpo es fascinante. Por ejemplo, quien te visita en tu casa, se hace presente corporalmente. Trae a tu casa su mundo interior, sus vivencias y memoria a través del vehículo de su cuerpo. Mientras dura la visita, su vida no esta en otra parte; está totalmente allí contigo, frente a ti, buscándote. Al finalizar la visita, su cuerpo se endereza y se aleja llevando consigo ese mundo oculto. La conciencia de ello ilumina el acto de hacer el amor. No son sólo dos cuerpos, sino dos mundos que se unen; se rodean e inter-penetran. Somos capaces de generar belleza, gozo y amor debido a este mundo infinito e ignoto en nuestro interior.

La infinitud de tu interioridad

La persona humana es un umbral donde se encuentran muchas infinitudes: la del espacio que se extiende hasta los confines del cosmos; la del tiempo que se remonta a miles de millones de años; la del microcosmos, acaso una mota en tu pulgar que contiene un cosmos interior, tan pequeño que es invisible para el ojo. La infinitud en lo microscópico es tan deslumbrante como la del cosmos. Sin embargo, la que acosa a todos y que nadie puede suprimir, es la de la propia interioridad. Detrás de cada rostro humano se oculta un mundo. En algunos se hace visible la vulnerabilidad de haber conocido esa profundidad oculta. Cuando miras ciertas caras, ves aflorar la turbulencia del infinito. Ese momento puede producirse en la mirada de un extraño o durante una conversación con un conocido. Bruscamente, sin intención ni conciencia de ello, la mirada se vuelve vehículo de una presencia interior primordial. Dura un segundo, pero en ese brevísimo ínterin, aflora algo más que la persona. Otra infinitud, aún no nata, empieza a asomar. Te sientes contemplado desde la insondable eternidad. Esa infinitud que te mira viene de un tiempo antiguo. No podemos aislamos de lo eterno. Inesperadamente nos mira y nos perturba desde las súbitas oquedades de nuestra vida rígida. Una amiga aficionada a los encajes suele decirme que la belleza de estos adornos reside en los agujeros. Nuestra experiencia tiene la estructura de un encaje.
El rostro humano es el portador y el punto de exposición del misterio de la vida individual. Desde allí, el mundo privado, interior de la persona se proyecta al mundo anónimo. Es el lugar de encuentro de dos territorios ignotos: la infinitud del mundo exterior y el mundo interior inexplorado al que sólo tiene acceso el individuo. Éste es el mundo nocturno que yace detrás de la luminosidad de la faz. La sonrisa de un rostro es una sorpresa o una luz. Cuando aflora una sonrisa, es como si súbitamente se iluminara la noche interior del mundo oculto. Heidegger dijo en bellas frases que somos custodios de umbrales antiguos y profundos. En el rostro humano se ve el potencial y el milagro de posibilidades eternas.
La cara es el pináculo del cuerpo. Éste es antiguo como la arcilla del universo de la cual está hecho; los pies en el suelo son una conexión constante con la Tierra. A través de tus pies, tu arcilla privada está en contacto con la arcilla primigenia de la cual surgiste. Por consiguiente, tu rostro en la cima de tu cuerpo significa el ascenso de tu arcilla vital hada la intimidad y la posesión del yo. Es como si la arcilla de tu cuerpo se volviera íntima/personal a través de las expresiones siempre renovadas de tu cara. Bajo la bóveda del cráneo, la cara es el lugar donde la arcilla de la vida adquiere verdadera presencia humana.

La cara y la segunda inocencia

Tu cara es el icono de tu vida. En el rostro humano, una vida contempla el mundo y a la vez se contempla. Es aterrador contemplar una cara donde se han asentado el resentimiento y el rencor. Cuando una persona ha llevado una vida desolada, buena parte de su negatividad jamás desaparece. El rostro, lejos de ser una presencia cálida, se vuelve una máscara dura. Una de las palabras más antiguas para designar a la persona es la griega prosopon, que originalmente era la máscara de los actores en el coro. Cuando la transfiguración no alcanza al resentimiento, la ira o el rencor, el rostro se vuelve máscara. Sin embargo, también se conoce lo contrario, la hermosa presencia de un rostro viejo que a pesar de los surcos que dejan el tiempo y las vivencias, conserva una bella inocencia. Aunque la vida haya dejado su huella cansina y dolorosa, esa persona no ha permitido que tocara su alma. Ese rostro proyecta al mundo una bella luminosidad, una irradiación que crea una sensación de santidad e integridad.
Tu cara siempre revela quién eres y lo que la vida te ha hecho. Pero es difícil para ti contemplar la forma de tu propia vida, demasiado cercana a ti. Otros pueden desentrañar buena parte de tu misterio al ver tu cara. Los retratistas dicen que es muy difícil pintar el rostro humano. Se dice que los ojos son la ventana del alma. También es difícil aprehender la boca en el retrato individual. De alguna manera misteriosa, la línea de la boca parece revelar el contorno de una vida; labios apretados suelen reflejar mezquindad de espíritu. Hay una extraña simetría en la forma como el alma escribe la historia de su vida en los rasgos de una cara.


El cuerpo es el ángel del alma

El cuerpo humano es hermoso. Estar corporizado es un gran privilegio. Te relacionas con un lugar a través de tu cuerpo. No es casual que el concepto de lugar siempre ha fascinado a los humanos. El lugar nos ofrece una patria; sin él, careceríamos literalmente de dónde. El paisaje es la última expresión del dónde, y en éste la casa que llamamos nuestra es nuestro lugar íntimo. La casa es decorada y personalizada; adopta el alma de sus habitantes y se vuelve espejo de su espíritu. Sin embargo, en el sentido más profundo, el cuerpo es el lugar más íntimo. Tu cuerpo es tu casa de arcilla; es la única patria que posees en este universo. En tu cuerpo y a través de él, tu alma se vuelve visible y real para ti. Tu cuerpo es la casa de tu alma en la Tierra.
A veces parece existir una misteriosa correspondencia entre el alma y la presencia física del cuerpo. Esto no es verdad en todos los casos, pero con frecuencia permite vislumbrar la naturaleza del mundo interior de la persona. Existe una relación secreta entre nuestro ser físico y el ritmo de nuestra alma. El cuerpo es el lugar donde se revela el alma. Un amigo de Conamara me dijo una vez que el cuerpo es el ángel del alma. El cuerpo es el ángel que expresa el alma y vela por ella; siempre debemos cuidarlo con amor. Con frecuencia se convierte en el chivo emisario de los desengaños y venenos de la mente. El cuerpo está rodeado por una inocencia primordial, una luminosidad y bondad increíbles. Es el ángel de la vida.
El cuerpo puede alojar un inmenso espectro e intensidad de presencia. El teatro lo ilustra de manera notable. El actor tiene suficiente espacio interior para asumir un personaje, dejar que lo habite totalmente, de manera que la voz, la mente y la acción de éste se expresan de manera sutil e inmediata a través del cuerpo de aquél. El cuerpo encuentra su expresión más exuberante en el maravilloso teatro de la danza, esa escultura en movimiento. El cuerpo da forma al vacío de manera conmovedora, majestuosa. Un ejemplo emocionante de ello es la danza sean nos de la tradición irlandesa, en la cual el bailarín expresa con su cuerpo la agitación salvaje de la música.
Se cometen muchos pecados contra el cuerpo, incluso en una religión basada en la Encarnación. En la religión se presenta al cuerpo como la fuente del mal, la ambigüedad, la lujuria y la seducción. Es un concepto falso e irreverente. El cuerpo es sagrado. Estas concepciones negativas se originan en gran medida en las interpretaciones falsas de la filosofía griega. La belleza del pensamiento griego reside precisamente en que destacaba lo divino. Éste los acechaba y ellos trataban de reflejarlo, hallar en el lenguaje y el concepto una expresión de su presencia. Eran muy conscientes del peso del cuerpo y cómo parecía arrastrar a lo divino hacia la Tierra. Malinterpretaron esta atracción terrena, viendo en ella un conflicto con el mundo de lo divino. No concebían la Encarnación ni tenían la menor idea de la Resurrección.
Cuando la tradición cristiana incorporó la filosofía griega, introdujo este dualismo en su mundo intelectual. Se concebía al alma como algo bello, luminoso, bueno. El deseo de estar con Dios era propio de su naturaleza. Si no fuera por el peso indeseable del cuerpo, el alma habitaría constantemente lo eterno. Así, el cuerpo se volvió sospechoso en la tradición cristiana. Jamás floreció en ella una teología del amor erótico. Uno de los pocos textos donde aparece lo erótico es el bello Cantar de los Cantares, que celebra lo sensual y sensorial con maravillosa pasión y ternura. Este texto es una excepción, y sorprende su admisión en el canon de las Escrituras. En la tradición cristiana posterior, y sobre todo en la Patrística, el cuerpo es objeto de suspicacia y hay una obsesión negativa por la sexualidad. El sexo y la sexualidad aparecen como peligros en el camino de la salvación eterna. La tradición cristiana suele denigrar y maltratar la presencia sagrada del cuerpo. Sin embargo, ha servido de maravillosa fuente de inspiración para los artistas. Un bello ejemplo es El éxtasis de santa Teresa de Bernini, donde el cuerpo de la santa es presa de un rapto en el cual lo sensorial es inseparable de lo místico.

El cuerpo como espejo del alma

El cuerpo es un sacramento. Nada lo expresa mejor que la antigua definición tradicional de sacramento, la señal visible de la gracia invisible. Esta definición reconoce sutilmente cómo el mundo invisible se expresa en el visible. El deseo de expresión yace en lo más profundo del mundo invisible. Toda nuestra vida interior y la intimidad del alma anhelan encontrar un espejo exterior. Anhelan una forma que les permita ser vistas, percibidas, palpadas. El cuerpo es el espejo donde se expresa el mundo secreto del alma. Es un umbral sagrado, merece que se lo respete, cuide y comprenda en su dimensión espiritual. Este sentido del cuerpo encuentra una bella expresión en una frase asombrosa de la tradición católica: El cuerpo es el templo del Espíritu Santo. El Espíritu Santo mantiene alerta y personificada la intimidad y la distancia de la Trinidad. Decir que el cuerpo es el templo del Espíritu Santo es reconocer que está imbuido de una divinidad salvaje y vital. Este concepto teológico revela que lo sensorial es sagrado en el sentido más profundo.
El cuerpo también es muy veraz. Sabes que por tu propia vida rara vez miente. Tu mente puede engañarte y alzar toda clase de barreras entre tú y tu naturaleza; pero tu cuerpo no miente. Si lo escuchas, te dirá cómo se encuentra tu vida y si la vives desde el alma o desde los laberintos de tu negativismo. La inteligencia del cuerpo es maravillosa. Todos nuestros movimientos, todo lo que hacemos, exige a cada uno de nuestros sentidos la más fina y detallada cooperación. El cuerpo humano es la totalidad más compleja, sutil y armoniosa.
El cuerpo es tu única casa en el universo. Es la casa de tu comunión con el mundo, un templo muy sagrado. AI contemplar en silencio el misterio de tu cuerpo, te acercas a la sabiduría y la santidad. Desgraciadamente, sólo cuando estamos enfermos comprendemos lo tierna, frágil y valiosa que es la casa de comunión que llamamos cuerpo. Cuando uno trabaja con personas enfermas o que aguardan una intervención quirúrgica, conviene alentarlas a que hablen con la parte de su cuerpo que está mal. Que le hablen como a un socio, le agradezcan los servicios prestados y los padecimientos sufridos y le pidan perdón por las presiones que haya soportado.
Cada parte del cuerpo atesora los recuerdos de sus propias experiencias.

Tu cuerpo es esencialmente una multitud de miembros que trabajan armoniosamente para que tu comunión con el mundo sea posible. Debemos evitar este dualismo falso que separa el alma del cuerpo. El alma no se limita a estar en el cuerpo, oculta en alguno de sus recovecos. Antes bien, sucede lo contrario. Tu cuerpo está en el alma, que te abarca totalmente. Por eso te rodea una bella y secreta luz del alma. Este reconocimiento sugiere un nuevo arte de la oración: cierra los ojos y relaja tu cuerpo. Imagina que te rodea una luz, la de tu alma. Luego, con tu aliento, introduce esa luz en tu cuerpo y llévala a todos los rincones.
Es una bella forma de rezar porque introduces la luz del alma, el refugio esquivo que te rodea, en la tierra física y la arcilla de tu presencia. Una de las meditaciones más antiguas consiste en imaginar que exhalas la oscuridad, el residuo de carbón. Conviene estimular a los enfermos a que recen físicamente de esta manera. Cuando introduces la luz purificadora del alma en tu cuerpo, curas las partes descuidadas que están enfermas. Tu cuerpo tiene un conocimiento íntimo de ti; conoce íntegros tu espíritu y la vida de tu alma. Tu cuerpo conoce antes que tu mente el privilegio de estar aquí. También es consciente de la presencia de la muerte. En tu presencia física corporal hay una sabiduría luminosa y profunda. Con frecuencia las enfermedades que nos asaltan son producto del descuido de nosotros mismos, de que no escuchamos la voz del cuerpo. Sus voces interiores quieren hablarnos, comunicarnos las verdades que hay bajo la superficie rígida de nuestra vida exterior.
Para los celtas, lo visible y lo invisible son uno. El cuerpo ha sido una presencia desdeñada y negativa en el mundo de la espiritualidad porque se asocia al espíritu con el aire más que con la tierra. El aire es la región de lo invisible, del aliento y el pensamiento. Cuando se limita el espíritu a esta región, se denigra lo físico. Éste es un gran error, porque nada en el mundo es tan sensual como Dios. El desenfreno de Dios es su sensualidad. La naturaleza es la expresión de la imaginación divina. Es el reflejo más íntimo del sentido de la belleza de Dios. La naturaleza es el espejo de la imaginación divina, la madre de toda sensualidad; por eso es contrario a la ortodoxia concebir el espíritu exclusivamente en términos de lo invisible. Paradójicamente, el poder de la divinidad y el espíritu deriva de esta tensión entre lo visible y lo invisible. Todo lo que existe en el mundo del alma aspira vivamente a adquirir forma visible; allí reside el poder de la imaginación.
La imaginación es el puente entre lo visible y lo invisible, la facultad que los correpresenta y coarticula. En el mundo celta existía una maravillosa intuición de cómo lo visible y lo invisible entraban y salían uno del otro. En el oeste de Irlanda abundan las historias de fantasmas, espíritus
o hadas asociados con determinados lugares; para los lugareños, estas leyendas eran tan familiares como el paisaje. Por ejemplo, existe una tradición de que jamás se debe talar un arbusto aislado en un campo porque puede ser un lugar de reunión de los espíritus. Existen muchos lugares considerados fortalezas de las hadas. Los lugareños jamás construían allí ni hollaban aquella tierra sagrada.

Los hijos de Lir

Uno de los aspectos asombrosos del mundo celta es la idea del cambio de forma, que sólo es posible cuando lo físico es vital y pasional. La esencia o alma de una cosa no se limita a su forma particular o presente. El alma posee una fluidez y energía que no admite ser encerrada en una forma rígida. Por consiguiente, en la tradición celta, hay un constante fluir entre el alma y la materia, como entre el tiempo y la eternidad. El cuerpo humano también participa en este ritmo. Uno de los ejemplos más conmovedores de esto es la bella leyenda celta de los hijos de Lir.
El mundo mitológico de los Tuaithe Dé Dannan, la tribu que vivía debajo de la superficie de Irlanda, era muy importante para la mentalidad irlandesa; este mito ha dado a todo el paisaje una dimensión y una presencia sobrecogedoras. Lir era un cabecilla en el mundo de los Tuaithe Dé Dannan y estaba en conflicto con el rey de la región. Para resolverlo, se llegó a un acuerdo matrimonial: el rey tenía tres hijas y ofreció a Lir que se casara con una. Tuvieron dos hijos y después otros dos, pero desgraciadamente la esposa de Lir murió. Lir acudió al rey, que le entregó a su segunda hija. Ella cuidaba bien a la familia, pero al ver que Lir dedicaba casi toda su atención a los niños empezó a sentir celos. Para colmo, su padre el rey también demostraba un singular afecto por los niños. Los celos crecieron en su corazón hasta que un día se llevó a los niños en su carro y con su vara mágica de los druidas los transformó en cisnes. Durante novecientos años tuvieron que errar por los mares de Irlanda. Bajo sus formas de cisne, conservaban su mente e identidad plenamente humanas. Cuando el cristianismo llegó a Irlanda, recuperaron su forma humana como ancianos decrépitos. Qué conmovedora es la descripción de su tránsito por la soledad como formas animales imbuidas de presencia humana. Esta historia profundamente celta muestra cómo el mundo de la naturaleza tiende un puente al mundo animal. También demuestra la profunda confluencia de intimidad entre el mundo humano y el animal. Como cisnes, el canto de los hijos de Lir tenía el poder de curar y consolar a las personas. El patetismo de la historia se ve profundizado por la vulnerabilidad del mundo animal al humano.
Los animales son más antiguos que nosotros. Aparecieron sobre la superficie de la Tierra muchos milenios antes que los humanos. Son nuestros hermanos más antiguos. Su presencia carece de fisuras: tienen una lírica unidad con la Tierra. Viven en el viento, en las aguas, en los montes y la arcilla. El conocimiento de la Tierra está en ellos. El silencio afín al zen y la inmediatez del paisaje se reflejan en su silencio y la soledad. Los animales nada saben de Freud, Jesús, Buda, Wall Street, el Pentágono o el Vaticano. Viven fuera de la política de las intenciones humanas. De alguna manera habitan la eternidad. La mentalidad celta reconocía el arraigo y la sabiduría del mundo animal. La dignidad, belleza y sabiduría del mundo animal no se veían reducidas por falsas jerarquías o la soberbia humana. En algún lugar de la mente celta existía la percepción fundamental de que los humanos son los herederos de este mundo más profundo. Así lo expresa de manera festiva este poema del siglo IX.

El erudito y su gato

Yo y Pangur blanco practicamos cada uno su arte particular: su mente está empeñada en la caza, la mía en mi oficio.
Yo amo -es mejor que la fama- la quietud con mis libros, la búsqueda diligente de la sabiduría. Blanco Pangur no me envidia: ama su oficio infantil.
Cuando los dos -esto nunca nos hastía- estamos solos en la casa, tenemos algo a lo que podemos aplicar nuestra destreza, un juego interminable.
A veces sucede que un ratón queda atrapado en su red como resultado de belicosas batallas. En cuanto mí, mi red atrapa una norma difícil de conocimiento arduo.
Aunque estamos así en cualquier momento, ninguno estorba al otro: cada uno ama su oficio y se complace individualmente en su ejercicio.


Para los celtas, el mundo siempre es, de manera latente y activa, espiritual. La profundidad de este flujo recíproco también se expresa en el poder del lenguaje en el mundo celta. El lenguaje podía causar sucesos y adivinarlos. Con cánticos y sortilegios se podía revertir el curso de un destino negativo para dar lugar a algo nuevo y bueno. En el mundo sensorial de este pueblo, no había barreras entre el alma y el cuerpo. Cada uno era natural para el otro. Cuerpo y alma eran hermanos. Aún no existía esa escisión negativa de la moral dualista cristiana que más adelante haría tanto daño a estas bellas presencias encerradas en un abrazo común. El mundo de la conciencia celta poseía esta espiritualidad sensual unificada y lírica.
Al recuperar el sentido de lo sagrado del cuerpo podemos alcanzar nuevos niveles de curación, creatividad y comunión. La poesía de Paul Celan posee una sensualidad diestra y sutil; con el lenguaje de los sentidos nos permite acceder a su mundo espiritual profundo y complejo:
No busques tu boca en mis labios, ni al extraño delante de la puerta, ni la lágrima en el ojo.
El mundo de los sentidos sugiere otro más profundo, pictórico de luz y posibilidad.

Una espiritualidad de la transfiguración

La espiritualidad es el arte de la transfiguración. No debemos forzamos a cambiar adecuándonos violentamente a una forma predeterminada. No es necesario funcionar de acuerdo con la idea de un programa o plan de vida predeterminados. Más bien debemos practicar un arte nuevo, el de prestar atención al ritmo interior de nuestros días y nuestra vida. Así adquiriremos una nueva conciencia de nuestra presencia divina y humana. Todos los padres conocen un ejemplo dramático de esta clase de transfiguración. Vigilan cuidadosamente a sus hijos, pero éstos un buen día los sorprenden: los reconocen, pero su conocimiento de ellos resulta insuficiente. Hay que volver a escucharlos.
La idea de la atención es mucho más creativa que la de la voluntad. Con excesiva frecuencia, la gente trata de cambiar su vida, esgrimiendo la voluntad como una suerte de martillo para darle la forma adecuada. El intelecto identifica el objetivo del plan y la voluntad obliga a la vida a tomar la forma correspondiente. Es una forma exterior y violenta de afrontar lo sagrado de la propia presencia. Te expulsa con falsedades de ti mismo y puedes pasar años perdido en la selva de "tus programas mecánicos. espirituales. Puedes morir de una sed que tú mismo has causado. "
Si trabajas con otro ritmo, volverás fácil y naturalmente a tu propio yo. Tu alma conoce la geografía de tu destino. Sólo ella tiene el mapa de tu futuro; por eso puedes confiar en este aspecto indirecto, oblicuo de tu yo. Si lo haces, te llevará donde quieres ir; más aún, te enseñará un ritmo benigno para tu viaje. Este arte del ser no conoce principios generales. Pero la signatura de este viaje singular está grabada profundamente en tu alma. Si te ocupas de tu yo y tratas de acceder a tu propia presencia, hallarás el ritmo exacto de tu vida. Los sentidos son caminos generosos para llegar a tu casa.
Si prestas atención a tus sentidos, podrás alcanzar una renovación, más aún, una transfiguración total de tu vida. Tus sentidos son los guías para llegar a lo más profundo del mundo interior de tu corazón. Los mayores filósofos coinciden en que el conocimiento llega en gran medida por medio de los sentidos. Éstos son nuestros puentes al mundo. La piel humana es porosa; el mundo fluye a través de ti. Tus sentidos son poros enormes que permiten que entre el mundo. Si estás en sintonía con la sabiduría de tus sentidos, jamás serás un exiliado en tu propia vida, un forastero perdido en un lugar espiritual exterior construido por tu voluntad y tu intelecto.

Los sentidos como umbrales del alma

Durante mucho tiempo hemos creído que lo divino está fuera de nosotros. Llevados por esta convicción, hemos tensado nuestros anhelos hasta un grado desastroso. Es una gran soledad, ya que es el anhelo humano lo que nos vuelve santos. El anhelo es lo más bello que hay en nosotros; es espiritual, posee profundidad y sabiduría. Si lo enfocas en una divinidad remota, lo sometes injustamente a una tensión. Así, sucede que el anhelo busca lo divino, pero el exceso de tensión lo obliga a replegarse sobre sí mismo en forma de cinismo, vacío o negativismo. Así se puede destruir una vida hermosa. Pero no es necesario someterlo a tensión alguna. Si creemos que el cuerpo está en el alma y que ésta es un lugar sagrado, la presencia de lo divino está aquí, cerca de nosotros.
Por estar el cuerpo dentro del alma, los sentidos son los umbrales hacia ella. Cuando tus sentidos se abren por primera vez al mundo, la primera presencia que encuentran es la de tu alma. Ser sensual o sensorial es estar en presencia de la propia alma. Wordsworth, quien conocía la dignidad de los sentidos, escribió que «el placer es el tributo que debemos a nuestra dignidad como seres humanos». Es una visión profundamente espiritual. Tus sentidos te vinculan íntimamente con lo divino que hay en ti y a tu alrededor. Al sintonizar con los sentidos, puedes devolver flexibilidad a una creencia que se ha vuelto rígida y suavidad a una visión encallecida. Puedes abrigar y curar esos sentimientos atrofiados, barreras que nos destierran de nosotros mismos y nos separan de otros. Entonces ya no estamos desterrados de esa maravillosa cosecha de divinidad que se recoge secretamente en nuestro interior. Aunque veremos cada sentido por separado, es importante comprender que siempre actúan juntos. Se superponen. Lo vemos en las variadas reacciones ante el color. Esto significa que la percepción del color no es meramente visual.

El ojo es como el alba

Veamos en primer término el sentido de la vista. En el ojo humano, la intensidad de la presencia humana se concentra de manera singular y se vuelve accesible. El universo encuentra su reflejo y comunión más profundos en él. Puedo imaginar a las montañas soñando con el advenimiento del ojo humano. Cuando se abre, es como si se produjera el alba en la noche. Al abrirse, encuentra un mundo nuevo. También es la madre de la distancia. Al abrirse, nos muestra que los otros y el mundo están fuera, distantes de nosotros. El acicate de tensión que ha animado a la filosofía occidental es el deseo de reunir el sujeto con el objeto. Acaso es el ojo como madre de la distancia quien los separa.
Pero en un sentido maravilloso, el ojo, como madre de la distancia, nos lleva a preguntarnos por el misterio y la alteridad de todo lo que está fuera de nosotros. En este sentido, el ojo es a la vez la madre de la intimidad, ya que acerca lo demás a nosotros. Cuando realmente contemplas algo, lo incorporas a ti. Se podría escribir una bella obra espiritual sobre la santidad de la contemplación. Lo opuesto de ésta es la mirada escrutadora. Cuando te escrutan, el ojo del Otro es un tirano. Te conviertes en objeto de la mirada del Otro de una forma humillante, invasora y amenazante.
Cuando miras algo profundamente, se vuelve parte de ti. Éste es uno de los aspectos siniestros de la televisión. La gente mira constantemente imágenes vacías y falsas; imágenes pobres que invaden el mundo interior del corazón. El mundo moderno de la imagen y los medios electrónicos recuerdan la maravillosa alegoría de la cueva de Platón. Los prisioneros, engrillados y alineados, contemplan la pared de la cueva. El fuego que arde a sus espaldas proyecta imágenes en la pared. Los prisioneros creen que esas imágenes son la realidad, pero sólo son sombras reflejadas. La televisión y el mundo informático son enormes páramos llenos de sombras. Cuando contemplas algo que puede devolverte la mirada o que posee reserva y profundidad, tus ojos se curan y se agudiza tu sentido de la vista.
Existen personas físicamente ciegas, que han vivido siempre en un monopaisaje de tinieblas. Nunca han visto una ola, una piedra, una estrella, una flor, el cielo ni la cara de otro ser humano. Sin embargo, hay personas con visión perfecta que son totalmente ciegas. El pintor irlandés Tony O'Malley es un artista maravilloso de lo invisible; en una bella introducción a su obra, el artista inglés Patrick Heron dijo: «A diferencia de la mayoría de las personas. Tony O'Malley anda por el mundo con los ojos abiertos».
Muchos hemos convertido nuestro mundo en algo tan familiar que ya no lo miramos. Esta noche podrías hacerte la siguiente pregunta: ¿Qué he visto realmente hoy? Te sorprendería lo que no has visto. Tal vez tus ojos han sido reflejos condicionados que han funcionado todo el día de manera automática, sin prestar verdadera atención ni reconocer nada; tu mirada jamás se ha detenido ni prestado atención. El campo visual siempre es complejo, los ojos no pueden abarcarlo todo. Si tratas de captar el campo visual total, éste se vuelve indistinto y borroso; si te concentras en un aspecto, lo ves claramente, pero pierdes de vista el contexto. El ojo humano siempre selecciona lo que quiere ver, a la vez que evita lo que no quiere ver. La pregunta crucial es qué criterio empleamos para decidir qué queremos ver y cómo eludimos lo que no queremos ver. Esa estrechez de miras es causa de muchas vidas limitadas y negativas.
Es desconcertante comprobar que lo que ves y cómo lo ves determina cómo y quién serás. Un punto de partida interesante para el trabajo interior es explorar la propia manera particular de ver las cosas. Pregúntate: ¿de qué manera contemplo el mundo? La respuesta te permitirá descubrir tus criterios para ver. Hay muchos estilos de visión.

Estilos de visión

Para el ojo temeroso, todo es amenazante. Cuando miras al mundo con temor, sólo puedes ver y concentrarte en las cosas que pueden dañar o amenazarte. El ojo temeroso siempre está acosado por las amenazas.
Para el ojo codicioso, todo se puede poseer. La codicia es una de las fuerzas potentes del mundo occidental moderno. Lo triste es que el codicioso jamás disfrutará de lo que tiene, porque sólo puede pensar en lo que aún no posee, tierras, libros, empresas, ideas, dinero o arte. La fuerza motriz y las aspiraciones de la codicia siempre son las mismas. La felicidad es posesión, pero lo triste es que ésta vive en un estado permanente de desasosiego; su sed interior es insaciable. La codicia es patética porque siempre la acosa y la agota la posibilidad futura; jamás presta atención al presente. Con todo, el aspecto más siniestro de la codicia es su capacidad para adormecer y anular el deseo. Destruye la inocencia natural del deseo, aniquila sus horizontes y los reemplaza por una posesividad frenética y atronada. Esta codicia envenena la Tierra y empobrece a sus habitantes. Tener se ha convertido en el enemigo siniestro de ser.
Para el ojo que juzga todo está encerrado en marcos inamovibles. Cuando mira hacia el exterior, ve las cosas según criterios lineales y cuadrados. Siempre excluye y separa, y por eso jamás mira con espíritu de comprensión o celebración. Ver es juzgar. Lamentablemente, el ojo que juzga es igualmente severo consigo mismo. Sólo ve las imágenes de su interioridad atormentada proyectadas hacia el exterior desde su yo. El ojo que juzga recoge la superficie reflejada y llama verdad a eso. No posee el don de perdonar ni la imaginación suficiente para llegar al fondo de las cosas, donde la verdad es paradójica. El corolario de la ideología del juicio superficial es una cultura que se basa en las imágenes inmediatas.
Al ojo rencoroso, todo le es escatimado. Los que han permitido que se forme la úlcera del rencor en su visión jamás pueden disfrutar de lo que son o poseen. Siempre miran al otro con rencor, acaso porque lo ven más bello, inteligente o rico que a sí mismos. El ojo rencoroso, vive de su pobreza y descuida su propia cosecha interior.
Al ojo indiferente nada le interesa ni despierta. La indiferencia es uno de los rasgos de nuestro tiempo. Se dice que es uno de los requisitos del poder; para controlar a los demás, hay que saber ser indiferente a las necesidades y flaquezas de los controlados. Así, la indiferencia exige una gran capacidad para no ver. Para desconocer las cosas se requiere una energía mental increíble. Sin que lo sepas, la indiferencia puede llevarte más allá de las fronteras de la comprensión, la curación y el amor. Cuando te vuelves indiferente, cedes todo tu poder. Tu imaginación cae en el limbo del cinismo y la desesperación.
Para el ojo inferior, los demás son mejores, más bellos, brillantes y dotados que uno. El ojo inferior siempre aparta la vista de sus propios tesoros. Jamás celebra su presencia ni su potencial. El ojo inferior es ciego a su belleza secreta. El ojo humano no fue hecho para mirar hacia arriba y potenciar la superioridad del Otro, sino para mirar hacia abajo, para reducir al Otro a inferioridad. Mirar a alguien a los ojos es un bello testimonio de verdad, coraje y expectativa. Cada uno ocupa un terreno común, pero propio.
Para el ojo que ama, todo es real. Este arte del amor no es sentimental ni ingenuo. Este amor es el mayor criterio de verdad, celebración y realidad. Según Kathleen Raine, poetisa escocesa, lo que no ves a la luz del amor no lo ves en absoluto. El amor es la luz en la cual vemos la luz, aquella en la cual vemos cada cosa en su verdadero origen, naturaleza y destino. Si pudiéramos contemplar el mundo con amor, éste se presentaría ante nosotros pictórico de incitaciones, posibilidades, profundidad.
El ojo que ama puede seducir el dolor y la violencia hacia la transfiguración y la renovación. Brilla porque es autónomo y libre. Todo lo contempla con ternura. No se deja atrapar por las aspiraciones del poder, la seducción, la oposición ni la complicidad. Es una visión creativa y subversiva. Se alza por encima de la aritmética patética de la culpa y el juicio y aprehende la experiencia a nivel de su origen, estructura y destino. El ojo que ama ve más allá de la imagen y provoca los cambios más profundos. La visión desempeña una función central en tu presencia y creatividad. Reconocer cómo ves las cosas puede llevarte al autoconocimiento y permitirte vislumbrar los tesoros maravillosos que oculta la vida.

Sabor y habla

El sentido del sabor es sutil y complejo. La lengua es el órgano tanto del sabor como del habla. Aquél es una de las víctimas de nuestro mundo moderno. Vivimos bajo presiones y tensiones que nos dejan poco tiempo para saborear los alimentos. Una vieja amiga mía suele decir que la comida es amor. Quien come en su casa, debe hacerlo con tiempo y paciencia, con atención a lo que se le sirve.
Hemos perdido el sentido del decoro que corresponde al acto de comer, así como del rito, presencia e intimidad que acompaña la comida; no nos sentamos a comer a la manera antigua. Una de las cualidades más célebres del pueblo celta era la hospitalidad. Al forastero se lo recibía con una comida. Este acto de cortesía precedía invariablemente a cualquier asunto. Cuando celebras una comida, percibes sabores que habitualmente se te pasan por alto, Muchos alimentos modernos carecen de sabor; mientras crece, lo fuerzan con fertilizantes artificiales y lo riegan con productos químicos. Por consiguiente, su sabor no es el de la naturaleza. El sentido del sabor está seriamente atrofiado. La metáfora de la comida instantánea es un indicio certero acerca de la falta de sensibilidad y gusto en la cultura moderna. Esto se refleja claramente en nuestro uso del lenguaje. La lengua, órgano del sabor (del gusto), es también el del habla. Muchas de las palabras que empleamos pertenecen espiritualmente a la categoría de la comida rápida. Son demasiado insustanciales para reflejar una experiencia, demasiado débiles para expresar de verdad el misterio interior de las cosas. En nuestro mundo veloz y exteriorizado, el lenguaje se ha vuelto un fantasma, se ha reducido a sobreentendidos y etiquetas. Las palabras que aspiran a reflejar el alma llevan en sí la tierra de la materia y la sombra de y lo divino.
La sensación de silencio y oscuridad que hay detrás de las palabras de las culturas antiguas, particularmente en el folclore, brilla por su ausencia en el uso moderno del lenguaje. Éste está repleto de siglas; nos impacientan las palabras que traen consigo historias y asociaciones. La gente de campo, y en particular la de Irlanda occidental, tiene un gran sentido del lenguaje, una forma de expresarse poética y despierta. El peligro de la intuición y la chispa del entendimiento encuentran expresión en frases diestras. El inglés oral de Irlanda es tan interesante, entre otras razones, debido al pintoresco fantasma subyacente del gaélico, que le infunde gran colorido, sutileza y fuerza. El intento de destruir el gaélico fue uno de los actos de violencia más destructivos de nuestra colonización por Inglaterra. El gaélico, lengua poética y poderosa, es el depositario de la memoria de Irlanda. Cuando se despoja a un pueblo de su lengua, su alma queda desconcertada.
La poesía es el lugar donde el lenguaje se articula bellamente con el silencio. La poesía es el lenguaje del silencio.
Una página en prosa está atestada de palabras. En una página de poesía, las formas esbeltas de las palabras anidan en el vacío blanco de la página. Ésta es un lugar de silencio donde se marca el contorno de la palabra y se potencia la expresión de manera profunda. Es interesante observar el propio lenguaje y las palabras que uno piensa utilizar para ver si descubre una quietud o silencio. Si quieres renovar tu lenguaje y darle vigor, acude a la poesía. Allí tu lenguaje
encontrará una iluminación purificadora y renovación sensual.

Fragancia y aliento

El sentido del olfato o la fragancia es sutil e inmediato. Los especialistas dicen que el olfato es el más fiel de los sentidos por lo que se refiere a la memoria. Todos conservamos los olores de la infancia. Es increíble que un aroma de la calle o de una habitación pueda evocar recuerdos de experiencias largamente olvidadas. Desde luego, los animales poseen un sentido del olfato maravillosamente útil. Al pasear un perro uno se da cuenta de que su percepción del paisaje es enteramente distinta, ya que sigue caminos determinados por los olores y vive aventuras al rastrear senderos invisibles por todas partes. Cada día respiramos veintitrés mil cuarenta veces; poseemos cinco millones de células olfatorias. Un perro ovejero tiene doscientos veinte millones de esas células. El sentido del olfato es tan poderoso en el mundo animal porque ayuda a la supervivencia al alertar sobre el peligro; es vital para el sentido de la vida.
Tradicionalmente se decía que el aliento era el camino por el que el alma entraba en el cuerpo. La respiración siempre se hace a pares, salvo en los casos del primer y último suspiros. Una de las designaciones más antiguas de Dios es la palabra hebrea Ruach, que también significa aire o viento. La palabra sugiere que Dios era como el aliento o el viento debido a la fuerza y poder increíbles de la divinidad. En la tradición cristiana, el misterio de la Trinidad sugiere que el Espíritu Santo surge debido a la separación del Padre y el Hijo; el término técnico es spiratio. Esta concepción antigua vincula la creatividad irrefrenable del Espíritu con el aliento del alma en la persona humana. El aliento también es una metáfora apropiada porque la divinidad, como aquél, es invisible. El mundo del pensamiento reside en el aire. Todos nuestros pensamientos suceden en ese elemento. Debemos nuestros mayores pensamientos a la generosidad del aire. Es la raíz de la idea de inspiración, ya que uno inspira o incorpora con el aliento los pensamientos contenidos en el elemento aire. La inspiración no se puede programar. Uno puede prepararse, estar dispuesto a recibir la inspiración, que es espontánea e imprevisible, contraria a las pautas de repetición y expectativa. La inspiración siempre es una visita inesperada.
Para trabajar en el mundo intelectual, de la investigación o del arte literario uno trata de agudizar sus sentidos a fin de estar preparado para aprehender las grandes imágenes o los pensamientos cuando se presentan. El sentido del olfato incluye la sensualidad de la fragancia, pero la dinámica del aliento también incorpora el mundo profundo de la oración y la meditación donde a través del ritmo del aliento uno alcanza su nivel primordial del alma. A través del aliento meditado uno empieza a experimentar un lugar interior que toca el terreno divino. El aliento y el ritmo de la respiración pueden devolverte a tu antigua comunión, a la casa que según Eckhart jamás abandonaste, donde vives desde siempre; la casa de la comunión espiritual.

Escuchar de verdad es adorar

El sentido del oído nos permite oír la creación. Uno de los grandes umbrales de la realidad es el que hay entre el sonido y el silencio. Todos los buenos sonidos tienen silencio en su proximidad, delante y detrás de ellos. El primer sonido que oye el ser humano es el del corazón de la madre en las oscuras aguas de la matriz. Por eso desde antaño estamos en armonía con el tambor como instrumento musical. Su sonido nos serena porque evoca el tiempo en que latíamos al unísono con el corazón de la madre. Era una época de comunión total. No existía separación alguna; nuestra unidad con otro era completa. P. J. Curtis, el gran estudioso irlandés del rythm and blues suele decir que al buscar el sentido de las cosas, en realidad buscamos el acorde perdido. Cuando la humanidad lo descubra, se eliminará la discordia del mundo y la sinfonía del universo entrará en armonía consigo misma.
El don de escuchar es hermoso. Se dice que ser sordo es peor que la ceguera porque uno queda aislado en un mundo interior de silencio aterrador. Aunque uno ve las personas y el mundo que lo rodea, estar mera del alcance del sonido y la voz humana es estar muy solo. Hay una diferencia muy importante entre oír y escuchar. A veces oímos las cosas pero no las escuchamos. Cuando escuchamos realmente, percibimos lo que no se dice o no se puede decir. A veces los umbrales más importantes del misterio son lugares de silencio. Llevar una vida verdaderamente espiritual significa respetar la fuerza y la presencia del silencio. Martin Heidegger dice que escuchar es adorar. Cuando escuchas con el alma, entras en el ritmo y la armonía de la música del universo. La amistad y el amor te enseñan a sintonizar con el silencio, llegar a los umbrales del misterio donde tu vida y la de tu amado se penetran mutuamente.
Los poetas son personas que buscan permanentemente el umbral donde se tocan el silencio y el lenguaje. Uno de los objetivos cruciales del poeta es hallar su propia voz. Cuando empiezas a escribir, crees que estás componiendo bellos poemas; luego lees a otros poetas y adviertes que ya han escritos poemas similares. Comprendes que los imitabas inconscientemente. Necesitas tiempo para separar las voces superficiales de tu propio don con el fin de entrar en la clave profunda y la tonalidad de tu alteridad. Cuando hablas con esa voz interior profunda, lo haces desde el tabernáculo singular de tu presencia. Hay una voz interior en ti que nadie, ni tú mismo, ha escuchado. Si te das la oportunidad del silencio, empezarás a desarrollar tu oído para escuchar en lo profundo de ti mismo la música de tu propio espíritu.
Después de todo, la música es el sonido más perfecto para encontrar el silencio. Cuando oyes música, adviertes la belleza con que corona y trama el silencio, cómo revela el misterio oculto del silencio. Mucho antes de que aparecieran los humanos, había aquí una música antigua. Pero uno de los dones más hermoso que los humanos aportaron a la Tierra es la música. En la gran música, el antiguo anhelo de la Tierra encuentra su expresión. El gran director Sergiu Celibidace dice que no creamos música, sino solamente las condiciones para que ella pueda aparecer. La música atiende al silencio y la soledad de la naturaleza; es una de las experiencias sensoriales más poderosas, inmediatas e íntimas. Es acaso el arte que mas nos acerca a lo eterno, porque cambia inmediata e irreversiblemente nuestra vivencia del tiempo. Al escuchar música hermosa, entramos en la dimensión eterna del tiempo. El tiempo lineal transitorio, quebrado, se desvanece y entramos en el círculo de comunión con lo eterno. Sean 0'Faolain dice que «en presencia de la gran música no podemos sino vivir noblemente».

El lenguaje del tacto

Nuestro sentido del tacto nos conecta con el mundo de manera íntima. Como madre de la distancia, el ojo nos muestra que estamos fuera de las cosas. Hay una magnífica escultura de Rodin titulada El beso. Dos cuerpos se buscan en tensión, desean el beso. Su magia anula toda distancia; dos seres distanciados acaban de alcanzarse. El tacto y su mundo nos transportan del anonimato de la distancia a la intimidad de la comunión. Los humanos tocan con sus manos; éstas exploran, esbozan y palpan el mundo exterior. Las manos son bellas. Kant dice que la mano es la expresión visible de la mente o el alma. Con tus manos palpas el mundo. En el tacto humano, la mano busca la mano, el rostro o el cuerpo del otro. El tacto vuelve sobre sí mismo. Nos acerca al mundo del otro. El ojo traduce sus objetos en términos intelectuales. Los aprehende de acuerdo con su propia lógica. Pero el tacto confirma la alteridad del cuerpo que palpa. No puede aprehender sus objetos, sólo acercarlos. Decimos que una historia profundamente conmovedora nos «roza», nos «toca». A través del sentido del tacto experimentamos el dolor. El contacto con el dolor no tiene nada de vacilante ni borroso. Llega directamente hasta el corazón de nuestra identidad, donde despierta nuestra fragilidad y desesperación.
Ahora se admite que el niño necesita que lo toquen. El tacto transmite comunión, ternura, calor, que alientan en el niño la confianza en sí mismo, la autoestima y la seguridad. Su gran poder se debe a que vivimos dentro del maravilloso mundo de la piel. Ésta vive, respira, está siempre activa y presente. Los seres humanos comunicamos tanta ternura y fragilidad porque no vivimos dentro de cascarones, sino dentro de la piel, siempre sensible a la fuerza, el tacto y la presencia del mundo.
El tacto es uno de los sentidos más inmediatos y directos. Posee un lenguaje propio. Es también sutil y discriminador, y posee una memoria muy fina. Un pianista visitó a una amiga y le preguntó si quería que tocara algo. «Tengo en las manos una hermosa pieza de Schubert», dijo.
El tacto abarca íntegramente el mundo de la sexualidad; es probablemente el aspecto más tierno de la presencia humana. En el contacto sexual, se admite al otro en el mundo de uno. El mundo de la sexualidad es el mundo sagrado de la presencia. Eros es una de las víctimas de la codicia y el mercantilismo contemporáneos. George Steiner ha escrito sobre ello. Demuestra que las palabras de la intimidad, las palabras nocturnas de Eros y el afecto, las palabras secretas del amor, han perdido todo su contenido bajo el neón de la codicia y el consumismo. Es necesario y apremiante recuperar las palabras tiernas y sagradas del tacto para consumar plenamente nuestra naturaleza humana. Cuando contemples el mundo interior del alma, pregúntate hasta dónde has desarrollado el sentido del tacto. ¿Cómo tocas las cosas? ¿Eres consciente del poder del tacto como fuerza sensual, a la vez curativa y tierna? La recuperación del tacto puede dar nueva hondura a tu vida; puede curar y fortalecerte, acercarte a ti mismo.
El tacto es un sentido muy inmediato. Puede sacarte del mundo falso y sediento del exilio y la imagen. Al redescubrir el sentido del tacto vuelves a la casa de tu propio espíritu, donde puedes experimentar nuevamente calor, ternura y comunión. En los momentos de mayor intensidad humana, callan las palabras. Entonces es cuando habla el lenguaje del tacto. Cuando estás perdido en el valle tenebroso del dolor, las palabras se vuelven débiles y mudas. Sólo hay refugio y consuelo en un abrazo estrecho y cálido. Y cuando te sientes feliz, el tacto se vuelve un lenguaje de éxtasis.
El tacto te ofrece el indicio más profundo para llegar al misterio del encuentro, el despertar y la comunión. Es el secreto contenido afectivo de toda conexión y asociación. En última instancia, la energía, el calor y la incitación del tacto provienen de lo divino. El Espíritu Santo es la faceta irrefrenable y apasionada de Dios, el espíritu táctil cuyo roce te rodea, te acerca a tu yo y a los demás. El Espíritu Santo vuelve atractivas estas distancias, las adorna con aromas de afinidad y comunión. Las distancias tocadas por la gracia vuelven amigos a los extraños. Tu amado y tus amigos alguna vez fueron desconocidos. De alguna manera, en un determinado momento, vinieron de la distancia hacia tu vida. Su llegada pareció accidental y fortuita. Ahora no puedes imaginar tu vida sin ellos. Asimismo, tu identidad y tu visión se componen de una cierta constelación de ideas y sentimientos que han salido de lo más profundo de tu distancia interior. Si las perdieras, perderías tu yo. Vives y caminas sobre suelo divino. Dijo san Agustín acerca de Dios:
«Eres más íntimamente mío de lo que soy yo mismo». La inmediatez sutil de Dios, el Espíritu Santo, toca tu alma y teje con ternura la trama de tus caminos y tus días.

Sensualidad celta

El mundo de la espiritualidad celta está en plena comunión con el ritmo y la sabiduría de los sentidos. En la poesía celta sobre la naturaleza, todos los sentidos están despiertos: oyes el sonido de los vientos, gustas la fruta y sobre todo se despierta en ti un maravilloso sentido del contacto de la Naturaleza con la presencia humana. La espiritualidad celta también posee una gran conciencia del sentido de la vista, sobre todo en relación con el mundo de los espíritus. El ojo celta tiene una gran percepción del mundo de transición entre lo invisible y lo visible. Los estudiosos lo llaman «mundo imaginal», donde residen los ángeles. El ojo celta ama ese mundo. En la espiritualidad celta encontramos un puente nuevo entre lo visible y lo invisible, que se expresa en bellas poesías y bendiciones. Estos mundos ya no están separados. Fluyen natural, bella y líricamente, confundiéndose entre sí.

Una bendición para los sentidos

Que sea bendecido tu cuerpo.
Que comprendas que tu cuerpo es un fiel y hermoso amigo de tu
alma.
Que tengas paz y júbilo, y reconozcas que tus sentidos son umbrales sagrados.
Que comprendas que la santidad es atenta, que mira, siente,
escucha y toca.
Que tus sentidos te recojan y te lleven a tu casa. Que tus sentidos siempre te permitan celebrar el universo y el misterio y las posibilidades de tu presencia aquí.


3
TU SOLEDAD ES LUMINOSA


El mundo del alma es secreto

Nací en un valle de piedra caliza. Vivir en un valle es tener un cielo secreto. La vida está enmarcada por el horizonte. Éste protege la vida, pero a la vez remite constantemente al ojo a nuevas fronteras y posibilidades. La presencia del océano acentúa el misterio del paisaje. Durante millones de años se ha desarrollado una antigua conversación entre el coro del océano y el silencio de la piedra.
En este paisaje no hay dos piedras idénticas. Cada una tiene un rostro propio. Con frecuencia, la caricia de la luz destaca la presencia tímida de cada piedra. Se diría que un dios desenfrenado y surrealista creó este paisaje. Las piedras, siempre pacientes y mudas, celebran el silencio del tiempo. El paisaje irlandés está lleno de recuerdos; contiene las ruinas y. los rastros de civilizaciones antiguas. El paisaje tiene una curvatura, un color y una forma desconcertantes para el ojo que anhela la simetría o la sencillez lineal. El poeta W. B. Yeats se refirió a él en estos términos:
«... ese color austero y esa línea delicada son nuestra disciplina secreta». Basta andar unos kilómetros para que cambie el paisaje, que ofrece constantemente vistas nuevas, sorpresas para el ojo, incitaciones para la imaginación. Posee una complejidad salvaje y a la vez serena. En cierto sentido, refleja la naturaleza de la conciencia celta.
El intelecto celta jamás se sintió atraído por la línea sencilla; siempre evitó las formas de mirar y de ser que buscan satisfacción en la certeza. La mente celta profesaba gran respeto hacia el misterio del círculo y la espiral. El círculo es uno de los símbolos más antiguos y poderosos. El mundo es un círculo; también lo son el Sol y la Luna. El tiempo mismo es de naturaleza circular; el día y el año se expresan con círculos. Lo mismo sucede con la vida de cada individuo en su nivel más íntimo. El círculo jamás se entrega totalmente al ojo o la mente, pero ofrece una confiada hospitalidad a lo complejo y misterioso; abarca simultáneamente la profundidad y la altura. Jamás reduce el misterio a una sola dirección o preferencia. La paciencia con esta reserva es una de las intuiciones profundas de la mente celta. El mundo del alma es secreto. Lo secreto y lo sagrado son hermanos. Cuando no se respeta el secreto, se desvanece lo sagrado. Por consiguiente, la reflexión no debe enfocar una luz excesivamente fuerte o agresiva sobre el mundo del alma. La luz de la conciencia celta es tenue como una penumbra.

El peligro de la visión de neón

Nuestro tiempo padece una sed espiritual sin precedentes. Cada vez hay más personas que despiertan al mundo interior. El hambre y la sed de lo eterno cobran vida en su alma; es una nueva forma de conciencia. Pero uno de los aspectos dañinos de esta sed espiritual es que echa una luz severa e insistente sobre todo lo que ve. La luz de la conciencia moderna no es suave ni reverente; no demuestra magnanimidad en presencia del misterio; quiere desentrañar y controlar lo desconocido. La conciencia moderna es similar a la luz blanca fuerte y brillante de un quirófano. Esta luz de neón es demasiado directa y clara para ofrecer su amistad al mundo umbrío del alma. No acoge de buen grado lo que es discreto y oculto. La mente celta profesaba un respeto extraordinario por el misterio y la hondura del alma individual.
Los celtas que reconocían que cada alma tiene su propia forma; la vestimenta espiritual de una persona jamás le cae bien al alma de otra. Obsérvese que la palabra revelación deriva de revelare, es decir, volver a velar. Vislumbramos el mundo del alma a través de una apertura en un velo que vuelve a cerrarse. No hay acceso directo, permanente o público a lo divino. Cada destino tiene una curvatura única que debe encontrar su propia comunión y orientación espiritual. La individualidad es la única puerta hacia nuestro potencial y bendición espiritual.
Cuando la búsqueda espiritual es demasiado intensa y ávida, el alma permanece oculta. El alma jamás puede ser percibida en su integridad. Se encuentra más cómoda en una luz que admite la sombra. Antes de que existiera la electricidad, a la noche se encendían velas. Ésta es la luz ideal para acoger la oscuridad; ilumina suavemente las cavernas e incita a la imaginación. La vela permite que la oscuridad conserve sus secretos. En su llama hay sombras y color. La percepción a la luz de la vela es la forma de luz más apropiada y respetuosa para acercarse al mundo interior. No impone al misterio nuestra torturada transparencia. La mirada fugaz es suficiente. La percepción a la luz de la vela demuestra la delicadeza y el respeto apropiados al misterio y la autonomía del alma. Semejante percepción se siente cómoda en el umbral. No necesita ni desea invadir el temenos donde reside lo divino.
En nuestro tiempo se utiliza el lenguaje de la psicología para abordar el alma. Es ésta una ciencia maravillosa. En muchos sentidos, ha sido el explorador lanzado a la aventura heroica de descubrir el mundo interior virgen. En nuestra cultura de inmediatez sensorial, la psicología ha abandonado en buena medida la fecundidad y la reverencia del mito y sufre la tensión de la conciencia de neón, que es impotente para recuperar o abrir el mundo del alma en toda su densidad y profundidad. El misticismo celta reconoce que en lugar de descubrir el alma u ofrecerle nuestros débiles cuidados, debemos permitir que ella nos descubra y nos cuide. Su actitud es de ternura para con los sentidos y carente de agresividad espiritual. Las historias, la poesía y la oración celtas se expresan en un lenguaje que evidentemente antecede al discurso, un lenguaje de observación lírica y reverente. En ocasiones recuerda la pureza del haiku japonés. Sobrepasa el nudoso lenguaje narcisista de la autorreflexión para crear una forma lúcida de palabras a través de la cual resplandecen la naturaleza y la divinidad en su hondura sobrenatural. La espiritualidad celta reconoce la sabiduría y la luz lenta que pueden cuidar y dar profundidad a tu vida. Cuando despierta el alma, tu destino se agita al impulso de la creatividad.
Aunque el destino se revela lenta y parcialmente, intuimos su intención en el rostro humano. Siempre me ha fascinado la presencia humana en un paisaje. Cuando uno camina por las montañas y se encuentra con otro, tiene una fuerte conciencia de que el rostro humano es como un icono proyectado contra la soledad de la naturaleza. La cara es un umbral donde un mundo contempla el exterior y otro mira su propio interior. Los dos mundos se reúnen en la cara. Detrás de cada una hay un mundo oculto que nadie puede ver. La belleza de lo espiritual reside en la profundidad de una amistad interior que puede cambiar totalmente lo que se toca, ve y palpa. En cierto sentido, la cara es el lugar donde el alma se vuelve indirectamente visible. Pero el alma sigue siendo esquiva porque la cara no puede expresar directamente todo lo que se intuye y siente. No obstante, con la edad y la memoria la cara refleja gradualmente la travesía del alma. Cuanto más anciano es el rostro, mayor la riqueza del reflejo.

Nacer es ser elegido

Nacer es ser elegido. Nadie está aquí por casualidad. Cada uno fue enviado a cumplir un destino particular. A veces el significado profundo de un suceso sale a la luz cuando se lo interpreta de manera espiritual. Considérese el momento de la concepción: las posibilidades son infinitas. Pero en la mayoría de los casos se concibe un solo niño. Esto parece sugerir la intervención de cierta selectividad. Ésta sugiere a su vez la presencia de una providencia protectora que te soñó, te creó y se ocupa de tí. Nadie te consultó acerca de los grandes problemas que forjan tu destino: cuándo habrías de nacer, dónde y de qué padres. Imagina la diferencia en tu vida si hubieras nacido en la casa vecina. No se te ofreció un destino para elegir. Dicho de otra manera. Se dispuso un destino especial para ti. Pero también se te dio libertad y creatividad para trascender los dones, crear un conjunto de nuevas relaciones y forjar una identidad constantemente renovada, que incluye la vieja pero no se limita a ella. Éste es el ritmo secreto del crecimiento, que obra discretamente detrás de la fachada exterior de tu vida. El destino crea el marco exterior de la experiencia y la vida; la libertad encuentra y llena su forma interior.
Millones de años antes de que llegaras, se preparó cuidadosamente el sueño de tu individualidad. Se te envió a una forma de destino que te permitiría expresar el don singular que traes al mundo. Cada persona tiene un destino singular. Cada uno debe hacer algo que nadie más puede. Si otro pudiera cumplir tu destino, sería él quien ocuparía tu lugar y tú no estarías aquí. Es en lo más profundo de tu vida donde descubrirás la necesidad invisible que te trajo aquí. Cuando empiezas a desentrañarlo, tu don y la capacidad de emplearlo cobran vida. Tu corazón se acelera y la urgencia de vivir reaviva la llama de tu creatividad. Si puedes despertar este sentido del destino, entras en consonancia con el ritmo de tu vida. Pierdes esa consonancia cuando reniegas de tu potencial y tu talento, cuando te refugias en la mediocridad para desoír la llamada. Cuando eso sucede, tu vida se vuelve aburrida, rutinaria, o cae en el automatismo anónimo. El ritmo es la clave secreta del equilibrio y la comunión. No caerá en la falsa satisfacción ni en la pasividad. Es el ritmo de un equilibrio dinámico, de una buena disposición del espíritu, una ecuanimidad que no está concentrada en sí misma. Este sentido del ritmo es antiguo. La vida nació en el océano; cada uno viene de las aguas del útero; el flujo y reflujo de las mareas vive en nuestra respiración. Cuando estás en consonancia con el ritmo de tu naturaleza, nada perjudicial puede alcanzarte. La Providencia está en comunión contigo; te protege y te transporta a tus nuevos horizontes. Ser espiritual es estar en consonancia con el propio ritmo.


El mundo subterráneo celta como resonancia

A menudo pienso que el mundo interior es como un paisaje. Aquí, en nuestro mundo de piedra caliza, nunca se acaban las sorpresas. Es hermoso hallarse en la cima de una montaña y descubrir un manantial que sale de debajo de las grandes piedras. Viene del corazón de la montaña, allí donde jamás penetró ojo humano. La sorpresa del manantial sugiere fuentes arcaicas de conciencia que despiertan en nuestro interior. Con súbita frescura nacen nuevos manantiales.
No es casual que en el mundo celta los manantiales fueran sagrados. Se veían como umbrales entre el mundo subterráneo oscuro e ignoto y el mundo exterior de la luz y la forma.
En tiempos antiguos se concebía la tierra de Irlanda como el cuerpo de una diosa. Se veneraba los manantiales como lugares por donde manaba la divinidad. Como dijo Manannan MacLir: «Quien no beba de la fuente no tendrá sabiduría». Aún hoy la gente visita los manantiales sagrados. Visitan varios, caminando en el sentido de las agujas del reloj, y con frecuencia dejan exvotos. En cada uno encuentran distintas clases de curación.
Cuando brota un manantial en la mente, surgen nuevas posibilidades; uno encuentra en sí mismo una profundidad y una vitalidad desconocidas. El irlandés James Stephens se refiere a este arte del despertar cuando dice:
«La única barrera es nuestra disposición». Con frecuencia permanecemos exiliados, marginados del mundo fecundo del alma simplemente porque no estamos dispuestos. Debemos preparar el corazón y la mente. Son muchas las bendiciones y la belleza próximas que nos están destinadas, pero no pueden entrar en nuestra vida porque no estamos preparados para recibirlas. El tirador está en el lado interior de la puerta; sólo uno mismo puede abrirla. A veces nuestra falta de preparación se debe a la ceguera, el miedo, la deficiente autoestima. Cuando estemos preparados, seremos bendecidos. En ese momento la puerta del corazón será la puerta del Cielo. Shakespeare lo dijo en El rey Lear. «Los hombres han de sobrellevar/su partida como sucedió con su llegada;/lo único que importa es la madurez».

Transfigurar el amor propio: liberar el alma

A veces nuestros proyectos espirituales nos alejan de nuestra comunión interior. Nos volvemos adictos a los métodos y proyectos de la psicología y la religión. Estamos tan desesperados por aprender a ser que nuestra vida pasa y descuidamos la práctica de ser. Uno de los aspectos jubilosos del intelecto celta es su sentido de la espontaneidad. Ésta constituye uno de los mayores dones espirituales. Ser espontáneo es huir de la jaula del amor propio al confiar en aquello que lo trasciende. El amor propio es uno de los mayores enemigos de la comunión espiritual. Tiene poco que ver con la forma verdadera de la individualidad. Es un yo falso, nacido del miedo y una actitud defensiva, una coraza protectora que erigimos en torno de nuestros afectos. Es un producto de la timidez, de la incapacidad de confiar en el Otro y respetar la propia Alteridad. Uno de los mayores conflictos en la vida es el que se libra entre el amor propio y el alma. El amor propio, por sentirse amenazado, es competitivo y tenso; por el contrario, el alma se siente atraída por lo sorprendente, espontáneo, nuevo y fresco. Evita lo cansado, gastado o repetitivo. La imagen del manantial que brota de la costra dura del suelo revela la frescura que puede brotar súbitamente del corazón dispuesto a las nuevas vivencias.

No hay programas espirituales

En nuestra época hay una gran obsesión por los programas espirituales. Éstos tienden a ser muy lineales. Imaginan la vida espiritual como un viaje con una serie de etapas. Cada una tiene su propia metodología, negativismo y posibilidades. Semejante plan suele convertirse en un fin en sí mismo. Arroja sobre uno el peso de su propia presencia natural. Un plan así puede dividirnos y separarnos de lo más íntimo de nuestro ser. Se abandona el pasado por irredento, el presente se utiliza como punto de apoyo de un futuro que promete santidad, integración o perfección. El tiempo, al ser reducido a un progreso lineal, es despojado de presencia. El místico del siglo XIV Juan Eckhart, llamado Maestro Eckhart, revisa drásticamente el concepto mismo de proyecto espiritual. Según él, no existe la travesía espiritual. Es una idea algo escandalosa, pero vivificante. Una travesía espiritual, si existiera, tendría unos centímetros de longitud y muchos kilómetros de profundidad. Estaría en consonancia con el ritmo de tu naturaleza profunda y tu presencia. Esta sabiduría nos reconforta. No tienes que alejarte de tu yo para entrar en conversación con tu alma y los misterios del mundo espiritual. Lo eterno tiene un lugar... dentro de ti.
Lo eterno no está en otra parte; no es remoto. No hay nada tan próximo como lo eterno. Lo dice la bella frase celta: Tá tir na n-ógar chulán tí -tír álainn trina chéile-. «La tierra de la juventud eterna está detrás de la casa, una hermosa tierra contenida en sí misma». El mundo eterno y el mortal no son paralelos; están unidos. Así lo dice la hermosa expresión gaélica fighte fuaighte: «tejidos entretejidos».
Detrás de la fachada de nuestra vida normal, el destino eterno forja nuestros días y caminos. El despertar del espíritu humano es un regreso a casa. Sin embargo, irónicamente, nuestro sentido de lo conocido suele militar contra ese regreso. Hegel dijo que «una cosa sigue siendo desconocida precisamente porque nos es familiar». Es un concepto poderoso. Detrás de la fachada de lo familiar nos aguardan cosas extrañas. Así sucede en nuestras casas, donde vivimos, e incluso con las personas que viven con nosotros. El mecanismo de familiaridad introduce una gran insensibilidad en las amistades y otras relaciones. Reducimos la imprevisibilidad y el misterio de la persona y el paisaje a la imagen exterior conocida. Pero es una mera fachada. La familiaridad nos permite someter, controlar y en definitiva olvidar el misterio. Hacemos las paces con la imagen superficial a la vez que nos apartamos de la Alteridad y la fecunda turbulencia que ella disimula. La familiaridad es una de las formas más sutiles y penetrantes de alienación humana.
En un libro de conversaciones con Pedro Mendoza, Gabriel García Márquez dijo acerca de su relación de treinta años con su esposa Mercedes: «La conozco tan bien que no tengo la menor idea de quién es en realidad.» Para Márquez, la familiaridad incita a la aventura y el misterio. Por el contrario, las personas más próximas a nosotros a veces se vuelven tan familiares que se pierden en una distancia sin estímulo ni sorpresa. La familiaridad puede ser una muerte discreta, una rutina que se prolonga sin ofrecer nuevos desafíos ni aliento.
Esto sucede también con nuestra vivencia de los lugares que conocemos. Recuerdo mi primera noche en Tu-binga. Pasaría cuatro años allí, estudiando a Hegel, pero esa primera noche la ciudad me era extraña y totalmente desconocida. «Mírala muy bien», pensé, «porque nunca volverás a verla así. Y así fue. Al cabo de una semana conocía el camino a las aulas, el comedor y la biblioteca. Una vez conocidas las rutas a través de esa tierra extraña, en poco tiempo se volvió familiar y dejé de verla tal como era.
Para muchos es difícil despertar al mundo ulterior, sobre todo cuando su vida se ha vuelto excesivamente rutinaria. Les resulta difícil encontrar algo nuevo, interesante o incitante en su existencia insensibilizada. Sin embargo, ya se nos ha dado codo lo que necesitamos para el viaje. Por consiguiente, hay mucho de insólito en la luz umbría del mundo espiritual. Debemos conocer mejor esa luz discreta. El primer paso para despertar a tu vida interior, a la profundidad y la promesa de tu soledad, sería que te consideraras momentáneamente un extraño en lo más profundo de tu ser. Visualizarte como un forastero, alguien que ha desembarcado en tu vida, es un ejercicio liberador. Esta meditación te ayuda a quebrar la llave de fuerza de la auto-satisfacción y la rutina. Poco a poco empiezas a intuir el misterio y la magia que hay en tí. Comprendes que no eres el dueño impotente de una vida insensible, sino un huésped de paso provisto de bendiciones y posibilidades que no pudiste inventar ni ganar.

El cuerpo es tu única casa

Es algo misterioso que el cuerpo humano sea arcilla. El individuo es el lugar de encuentro de los cuatro elementos. La persona es una forma de arcilla que vive en el medio aéreo. Pero el fuego de la sangre, el pensamiento y el alma discurre por el cuerpo. Toda su vida y energía discurren por el círculo sutil del elemento acuático. Hemos surgido ¿e las profundidades de la Tierra. Piensa en los millones de continentes de arcilla que jamás tendrán la oportunidad de abandonar este mundo subterráneo. La arcilla jamás encontrará una forma para ascender y expresarse en el mundo de la luz, sino que vivirá eternamente en la tierra ignota de las sombras. Por este motivo, la idea celta que sostiene que el mundo subterráneo no es oscuro, sino un mundo de espíritus, es muy hermosa. En Irlanda se cree que Tuatha Dé Dannan, la tribu celta desterrada de la superficie de Irlanda, vive en el mundo subterráneo. Desde allí gobiernan la fertilidad de la tierra. Por consiguiente, cuando un rey era coronado, se desposaba simbólicamente con la diosa. De esta manera su reinado ayudaría a su pueblo. Los celtas eran un pueblo agrícola y rural. Esto ha afectado en gran medida a nuestra visión inconsciente del paisaje irlandés. Éste no es sólo natural, sino que posee cierta luminosidad. Nos sentimos en comunión con él. Cada parcela tiene su nombre y ha sido escenario de algún suceso. Posee una memoria secreta y callada, una historia de presencias donde nada se pierde ni se olvida. En la obra teatral The Gigli Concert, de Tom Murphy, un hombre anónimo pierde simultáneamente el sentido del paisaje y la capacidad de comunicarse consigo mismo.
El misterio del paisaje irlandés está contado en historias y leyendas de distintos lugares. Los cuentos de fantasmas y espíritus son innumerables. Un gato mágico cuida un antiguo tesoro en un gran campo. Hay una fascinante red de cuentos sobre la independencia y la estructura del mundo espiritual. El cuerpo humano ha surgido de este mundo subterráneo. Por consiguiente, en tu cuerpo la arcilla adquiere una forma que nunca tuvo. Así como es un gran privilegio que tu arcilla haya salido a la luz, también es una gran responsabilidad.
En tu cuerpo de arcilla salen a la luz y se expresan cosas hasta ahora desconocidas, presencias que jamás tuvieron forma o luz en otro individuo. Parafraseando a Heidegger, que dijo que «el hombre es pastor del ser», podemos decir que el hombre es pastor de arcilla. Representas un mundo desconocido que te pide le prestes voz. A veces sientes una felicidad que no corresponde a tu biografía individual, sino a la arcilla de la que fuiste hecho. En otras ocasiones, el pesar cae sobre ti como una bruma sobre el paisaje. Es tan sombría que puede paralizarte. No debes interferir con este desplazamiento de los sentimientos. Antes bien, deberías reconocer que esta emoción corresponde a tu arcilla más que a tu mente. Lo sabio es dejar que pase la tormenta, que va en camino hacia otra parte. Solemos olvidar que la arcilla posee una memoria anterior a nuestra mente, una vida propia que precedió a su forma actual. Podemos parecer modernos, pero somos antiguos, hermanos y hermanas en la misma arcilla. En cada uno, una parte distinta del misterio se vuelve luminosa. Para llegar a ser y devenir tu yo, necesitas el resplandor antiguo de otros.
Nuestra esencia es un bello componente de la naturaleza. El cuerpo conoce esta comunión y la anhela. No nos destierra espiritual ni afectivamente. El cuerpo humano se siente a sus anchas en la Tierra. Se diría que una astilla clavada en la mente es la dolorosa raíz de tanto exilio. Esta tensión entre la arcilla y la mente es la fuente de toda creatividad. Es la tensión interior entre lo antiguo y lo nuevo, lo conocido y lo desconocido. Este ritmo sólo puede ser aprehendido por la imaginación, la única capaz de navegar ese ínterin sublime donde se tocan las distintas fuerzas interiores. La imaginación está empeñada en la justicia de la integridad. En un conflicto interior, no escogerá un bando y reprimirá o desterrará al otro; tratará de iniciar una conversación profunda entre ambos para que pueda nacer algo original. La imaginación ama los símbolos porque reconoce que la divinidad interior sólo puede hallar expresión en forma simbólica. A través de la imaginación, el alma crea y construye su vivencia profunda. La imaginación es el espejo más reverente del mundo interior.
La individualidad no tiene por qué ser solitaria o estar aislada. Como dice la bella frase de Cicerón: Numquam minus solus quam cum solus. Uno puede armonizar con la propia individualidad si la ve como una expresión profunda o sacramento de la arcilla antigua. Cuando se produce un despertar del amor y la amistad, se puede revelar esta arcilla interior. Si conocieras bien el cuerpo de la persona amada, sabrías dónde estuvo su arcilla antes de adquirir forma en ella. Podrías intuir las diversas tonalidades de su arcilla: acaso una parte venga de la orilla de un lago sereno, otra de lugares solitarios de la naturaleza, otras en fin de lugares ocultos y desconocidos. Nunca sabemos cuántos lugares de la naturaleza se encuentran en el cuerpo humano. No todo el paisaje es exterior, una parte se ha introducido en el alma. La presencia humana huele a paisaje.
El mundo celta había desarrollado un sentido profundo de la complejidad del individuo. Con frecuencia surgen conflictos interiores allí donde coinciden distintas partes de la memoria de nuestra arcilla; puede reinar allí una energía bruta, irrefrenable. El reconocimiento de nuestra naturaleza de arcilla puede traernos una armonía más antigua. Puede devolvernos al ritmo antiguo que habitamos antes de que nos dividiera la conciencia. Uno de los aspectos más bellos del alma es que constituye el terreno de encuentro entre la separación del aire y la comunión de la tierra. El alma media entre el cuerpo y la mente; abriga y contiene a ambos. En este sentido primordial, el alma es imaginativa.

El cuerpo está en el alma

Debemos aprender a confiar en el aspecto indirecto de nuestro yo. Tu alma es el lado oblicuo de tu mente y cuerpo. El pensamiento occidental enseña que el alma está en el cuerpo. Sostiene que está encerrada en una región especial, pequeña y sutil de éste. Suele imaginarla de color blanco. Cuando muere la persona, parte el alma y el cuerpo se derrumba. Diría que es una versión falsa del alma. El criterio más antiguo enfoca el problema de la relación entre alma y cuerpo en sentido inverso. El cuerpo está en el alma. Tu alma es más extensa que tu cuerpo, abarca a éste y también la mente. Sus antenas son más perceptivas que las de la mente o el yo. Si confiamos en esta dimensión umbría, llegamos a nuevos lugares en la aventura humana. Pero para ser, debemos liberarnos; si no dejamos de forzarnos, jamás entraremos en comunión con nosotros mismos. Hay algo antiguo en nuestro interior que crea la novedad. En verdad, se necesita muy poco para desarrollar un auténtico sentido de la propia individualidad espiritual. Una de las cosas absolutamente esenciales para ello es el silencio, la otra es la soledad.
La soledad es una de las cosas más valiosas del espíritu humano. No es lo mismo que el abandono. Cuando te sientes abandonado, adquieres una conciencia punzante de tu separación. La soledad puede ser un regreso a tu comunión más profunda. Uno de los aspectos más bellos que poseemos como individuos es la presencia de lo inconmensurable en nosotros. En cada uno hay un punto de absoluta desconexión de todo y de todos. Es un tesoro, aunque asusta reconocerlo. Significa que no podemos seguir buscando fuera las cosas que necesitamos dentro. Las bendiciones que anhelamos no están en otros lugares o personas. Sólo tu propio yo puede dártelas. Su patria es el fuego de tu alma.

Ser natural es ser santo

En Irlanda occidental hay muchas casas con fogón y chimenea. En invierno, cuando visitas a alguien, atraviesas el paisaje frío y desolado hasta llegar al fogón, donde te aguardan el calor y la magia del fuego. El fuego de turba es una presencia antigua. La turba viene de la tierra, trae recuerdos de árboles, campos y tiempos antiguos. Es extraño quemar la tierra en la intimidad de la casa. Me fascina la imagen del fogón como lugar de regreso y calidez.
En la soledad interior de todos hay un fogón cálido y fulgurante. La idea de inconsciente, aunque profunda y maravillosa, hace que a veces se tenga miedo de volver a ese fogón particular. Mal interpretamos el inconsciente si pensamos que es un sótano donde alojamos nuestras represiones y el daño que nos hacemos a nosotros mismos. El miedo a nosotros mismos nos hace imaginar que dentro tenemos monstruos. Dice Yeats: «El hombre necesita un valor temerario para descender al abismo de sí mismo». Pero lo cierto es que estos demonios no ocupan todo el inconsciente. La energía primordial del alma nos reserva un calor y una acogida maravillosos. Uno de los motivos por los que se nos puso en la Tierra fue para establecer esta relación con nosotros mismos, esta amistad interior. Los demonios nos acosarán mientras tengamos miedo. Todas las aventuras mitológicas clásicas exteriorizan los demonios. Al presentar batalla, el héroe se engrandece, alcanza nuevos niveles de creatividad y equilibrio. Cada demonio interior es portador de una preciosa bendición que curará y liberará. Para recibir ese don, debes dejar a un lado tu miedo y afrontar el riesgo de pérdidas y cambios que trae consigo cada encuentro interior.
Los celtas poseían un maravilloso conocimiento intuitivo de la complejidad de la psique. Creían en varias presencias divinas. Lugh era el dios más venerado. Era un dios de luz y de los dones. El Luminoso. La antigua festividad de Lunasa lleva su nombre. La diosa de la Tierra era Anu, madre de la fecundidad. También reconocía el origen divino de la negatividad y la oscuridad. Había tres diosas madres de la guerra: Morrigan, Macha y Bodbh. Las tres cumplen un papel crucial en la antigua epopeya, Taín. Los dioses y las diosas siempre estaban vinculados con algún lugar. Las presencias divinas se manifestaban sobre todo en árboles, manantiales y ríos. Alentada por esa rica trama de presencias divinas, la psique antigua jamás estuvo tan aislada y alienada como la moderna. Para remediar esa alienación de nuestro tiempo es vital que recuperemos el alma.
En términos teológicos o espirituales, podemos concebir esta desconexión absoluta con la totalidad como un vacío sagrado en el alma que nada exterior puede colmar. A veces tratamos desesperadamente de colmarlo con posesiones, trabajo o creencias, pero éstas nunca se afirman. Siempre caen y nos dejan más inermes e indefensos que nunca. Llega el momento en que te das cuenta de que ya no puedes seguir disimulando ese vacío. Mientras no oigas su llamada, serás un fugitivo interior, huyendo de refugio en refugio, nada que se parezca a una casa. La naturalidad es santidad, pero es muy difícil ser natural, es decir, sentirse cómodo con la propia naturaleza. Si estás fuera de tu yo, si siempre buscas más allá de él, desconoces la llamada de tu propio misterio. Cuando reconoces la soledad de tu integridad y te acoges a su misterio, tus relaciones con otros adquieren nuevo calor, aventura, asombro.
La espiritualidad es sospechosa cuando se emplea como anestésico para engañar la sed espiritual. Esa espiritualidad es producto del miedo a la soledad. Quien afronta la soledad con coraje aprende que no tiene motivos para temer. La expresión «no temas» aparece trescientas sesenta y seis veces en la Biblia. En el corazón de tu soledad hay un alivio. Cuando lo comprendes, pierdes la mayor parte del miedo que rige tu vida. Apenas se transfigura tu miedo, entras en consonancia con el ritmo de tu yo.

La mente bailarina

Hay muchas clases de soledad. La del sufrimiento cuando atraviesas la oscuridad es una sensación intensa y terrible de abandono. Las palabras son incapaces de expresar tu dolor; lo que transmiten a otros está muy alejado, es muy distinto de tu verdadero sufrimiento. Todos hemos conocido ese momento sombrío. La conciencia popular sabe que en esas ocasiones debes tratarte a ti mismo con extraordinaria ternura. Amo la vista de un campo de maíz en el otoño. Cuando pasa el viento, el maíz no permanece erguido ni trata de resistir su fuerza, porque lo arrancaría de raíz. No. El maíz se mece con el viento, se inclina hasta el suelo y después se yergue para recuperar su posición y su equilibrio. Asimismo sucede con cierta araña depredadora, que jamás teje su tela entre dos objetos duros como piedras porque el viento la arrancaría. Instintivamente la teje entre dos hojas de hierba. Cuando pasa el viento, la tela se inclina con la hierba y después vuelve a su punto de equilibrio. Éstas son bellas imágenes de una mente en consonancia con su propio ritmo. Cuando endurecemos nuestra mente, cuando nos aferramos a nuestras ideas o creencias, ejercemos una presión terrible sobre ella, perdemos la suavidad y la flexibilidad que hacen a la comunión, el refugio protector. A veces la mejor cura para tu alma es flexibilizar ciertas ideas que endurecen y cristalizan tu mente; porque éstas te alejan de tu propia profundidad y belleza. Se diría que la creatividad requiere una tensión flexible y moderada. Aquí es útil la imagen del violín. Las cuerdas excesivamente tensas o flojas se rompen. Cuando están debidamente afinadas, el violín puede soportar una fuerza tremenda y producir sonidos poderosos y tiernos.

La belleza ama los lugares abandonados

Sólo en la soledad puedes descubrir el sentido de tu propia belleza. El artista divino no envió a nadie aquí desprovisto de la hondura y la luz de la belleza divina. Ésta suele quedar oculta detrás de la fachada gris de la rutina. Tu belleza se te aparecerá en la soledad. En Conamara, donde abundan las aldeas de pescadores, tienen el siguiente dicho: Is fánach an áit a gheobfá gliomach, es decir, «En el lugar inesperado o descuidado encontrarás la langosta». En los rincones y recovecos abandonados de tu esquiva soledad hallarás el tesoro que siempre has buscado en otra parte. Esto dijo Ezra Pound: «La belleza se complace en evitar el resplandor deslumbrante. Prefiere los lugares abandonados, porque sabe que sólo allí encontrará la clase de luz que repite su forma, su dignidad y su naturaleza.» En cada persona reside una belleza profunda. La cultura moderna está obsesionada por la belleza artificial. Ha estandarizado la belleza y la ha convertido en un producto de venta más. En su sentido real, la belleza es la iluminación de tu alma.
El alma contiene una linterna que vuelve luminosa tu soledad. Ésta no tiene por qué ser abandono. Puede despertar a su tibia luminosidad. El alma redime y transfigura todo porque es espacio divino. Cuando habitas plenamente tu soledad y experimentas sus extremos de aislamiento y abandono, encontrarás que en su centro no hay abandono ni vacío, sino intimidad y refugio. En tu soledad sueles acercarte más a la comunión y la afinidad que en tu vida social o en el mundo público. En este nivel, la memoria es la gran amiga de la soledad. Cuando ésta madura, comienza la cosecha de la memoria. Wordsworth lo resume en su reacción al recuerdo de los narcisos: «A menudo, cuando estoy tendido en el sofá/con ánimo ausente o meditabundo/se aparecen al ojo interior, /que es la dicha de la soledad».
Tu personalidad, creencias y función son en realidad una técnica o una estrategia para atravesar la rutina diaria. Cuando estás librado a tus propios medios o cuando despiertas durante la noche, puede aflorar el conocimiento verdadero. Puedes intuir el equilibrio secreto de tu alma. Cuando recorres la distancia interior hasta lo divino, la distancia exterior desaparece. Paradójicamente, la confianza en tu comunión interior altera drásticamente tu comunión exterior. Si no encuentras comunión en tu soledad, tu anhelo exterior seguirá sediento y desesperado.
El interior nos reserva una maravillosa acogida. El Maestro Eckhart ilustra este concepto al decir que en el alma hay un lugar que no pueden tocar el espacio, el tiempo ni la carne. Es el lugar eterno de nuestro seno. Te harías un precioso regalo si acudieras a él con frecuencia para nutrirte, fortalecerte y remozarte. Las cosas más profundas que necesitas no están en otra parte. Están aquí y ahora, en el círculo de tu propia alma. La amistad y santidad verdaderas permiten a la persona visitar asiduamente el fogón de esta soledad; esta bendición incita a buscar otras en su santidad.


Los pensamientos son nuestros sentidos interiores

Nuestra vida en el mundo nos llega bajo la forma del tiempo. Por consiguiente, nuestra expectativa es una fuerza creativa y a la vez constructiva. Si lo único que esperas hallar en tu interior son los elementos reprimidos, abandonados y vergonzosos de tu pasado o el acoso de Ja sed, sólo encontrarás vacío y desesperación. Si no vuelves el ojo benigno de la expectativa creadora a tu mundo interior, jamás encontrarás nada allí. Tu manera de ver las cosas es la fuerza más poderosa que da forma a tu vida. En un sentido vital, la percepción es la realidad.
La fenomenología demuestra que toda conciencia es conciencia de algo. El mundo jamás está fuera de nosotros. Nuestra intencionalidad lo construye. En general construimos nuestro mundo de manera tan natural que somos inconscientes de lo que estamos haciendo en este preciso instante. Se diría que el mismo ritmo de construcción obra hacia nuestro interior. Nuestra intencionalidad construye los paisajes de nuestro mundo interior. Tal vez ha llegado el momento de una fenomenología del alma. El alma crea, forma y puebla nuestra vida interior. La puerta a nuestra identidad más profunda no se encuentra en el análisis mecánico. Debemos escuchar al alma, expresar su sabiduría de forma poética y mística. Es tentador emplearla como un receptáculo más para nuestras energías analíticas frustradas y exhaustas. Conviene recordar que desde los tiempos antiguos el alma era profunda, peligrosa e imprevisible precisamente porque se la concebía como la presencia de lo divino en nuestro interior. Separada de la santidad, se vuelve una cifra inocua. Despertar el alma es viajar hacia la frontera donde la experiencia se inclina ante la alteridad en tremens et fascinans.
Existe una conexión íntima entre la manera que miramos las cosas y lo que llegamos a descubrir. Si puedes aprender a contemplar tu yo y tu vida con espíritu benigno, creativo y aventurero, siempre hallarás algo que te sorprenda. Dicho de otra manera, jamás percibimos nada de manera total y pura. Todo lo vemos a través de la lente del pensamiento. Tu manera de pensar determina lo que descubres. El Maestro Eckhart lo expresó con esta bella frase:
«Los pensamientos son nuestros sentidos interiores». Sabemos que cualquier deterioro que sufran nuestros sentidos exteriores reduce la presencia del mundo para nosotros:
Si eres miope, el mundo se vuelve borroso; si pierdes el oído, un silencio sordo reemplaza la música o la voz de tu amado. Asimismo, si tus pensamientos sufren deterioro, si son negativos o se ven disminuidos, jamás descubrirás nada fecundo o bello en tu alma. Si los pensamientos son nuestros sentidos interiores y permitimos que sufran menoscabo, las riquezas de nuestro mundo interior jamás vendrán a nuestro encuentro. Debemos imaginar con mayor coraje si hemos de acoger la creación en mayor plenitud.
El pensamiento te relaciona con tu mundo interior. Si los pensamientos no son tuyos, son de segunda mano. Cada uno debe aprender el lenguaje singular de su alma. En ese lenguaje hallarás una lente del pensamiento qué aclare e ilumine el mundo interior. Dostoievsky dice que muchas personas llegan al final de la vida sin hallarse jamás a sí mismas en sí mismas. Si temes tu soledad o si vas a su encuentro con pensamientos arraigados o menoscabados, jamás llegarás a lo profundo de ti. Cuando permitas que tu luz interior te despierte, ése será un gran momento en tu vida. Tal vez sea la primera vez que contemplas tu yo tal como es. El misterio de tu presencia jamás se puede reducir a tu papel, tus actos, tu amor propio o tu imagen. Eres una esencia eterna; ésa es la razón antigua de tu presencia. Vislumbrar esta esencia es entrar en armonía con tu destino y con la providencia que siempre vela por tus días y tus caminos. El proceso de autodescubrimiento nunca es fácil; puede generar sufrimiento, dudas, desaliento. Pero no debemos evitar la integridad de nuestro ser para reducir el dolor.


Soledad ascética

La soledad ascética puede ser penosa. Te retiras del mundo para obtener una visión más clara de quién eres, qué haces y adonde te lleva la vida. La gente que se consagra a ello lleva una vida contemplativa. Cuando visitas a alguien en su casa, ocupan la puerta y el umbral las tramas de presencia de todas las recepciones y despedidas que suceden en ellos. Si visitas un claustro o un convento de vida contemplativa, nadie vendrá a recibirte. Entras, haces sonar una campana y una persona aparece detrás de una ventana con barrotes. Son casas especiales que alojan a los supervivientes de la soledad. Se han desterrado de la adoración exterior de la tierra para aventurarse en el espacio interior donde los sentidos no tienen nada que celebrar.
La soledad ascética requiere silencio. Éste es una de las grandes víctimas de la cultura moderna. Vivimos una época intensa, visualmente agresiva; todo es incitado hacia el exterior, hacia la sensación de la imagen. En una cultura cada vez más homogeneizada y universalista es lógico que la imagen tenga semejante poder. A medida que todo entra en una red, ciertas imágenes acceden a la universalidad instantánea. Existe una moderna industria de la dislocación, increíblemente sutil y poderosamente calculadora, en la cual se desconoce por completo todo aquello que es profundo y vive en silencio en nuestro interior. El poder de las imágenes seduce constantemente la superficie de nuestra mente. Se produce un desahucio siniestro; constantemente se arrastra la vida de la gente hacia el exterior. La publicidad y la realidad social exterior, implacables propietarios del mundo moderno, expulsan el alma del mundo interior. Este exilio exterior nos empobrece. Muchas personas sufren estrés, no porque hagan cosas estresantes, sino porque dejan muy poco tiempo para el silencio. La soledad fecunda es inconcebible sin silencio ni espacio.
El silencio es uno de los grandes umbrales del mundo. Los celtas reconocían en el silencio y lo desconocido los compañeros entrañables de la travesía humana. Los saludos y despedidas que iniciaban y ponían fin a las conversaciones eran siempre bendiciones. La poesía y la oración celtas trasuntan la sensación de que las palabras emergen de un silencio profundo, reverente. En lo fundamental existe el gran silencio que va al encuentro del lenguaje; todas las palabras provienen del silencio. Las palabras profundas, resonantes, curativas y fecundas están cargadas de silencio ascético. El lenguaje que no reconoce su afinidad con la realidad es banal, denotativo, puramente discursivo. El lenguaje de la poesía viene del silencio y a él retoma. Una de las víctimas de la cultura moderna es la conversación. Cuando hablas con alguien, generalmente oyes una anécdota superficial o un catálogo de novedades terapéuticas. Es lamentable oír que una persona se describe según el proyecto en que está embarcada o el trabajo exterior que supone su función. Cada persona es destinataria cotidiana de nuevos pensamientos y sensaciones inesperadas. Pero éstos no encuentran acogida ni expresión en nuestra interacción social ni en la forma en que acostumbramos describirnos. Esto es decepcionante en vista de que las cosas más profundas que heredamos nos vinieron por vía de las conversaciones significativas. En la verdadera conversación hay imprevisibilidad, peligro, resonancia; puede tomar cualquier cariz y roza constantemente lo inesperado, lo desconocido. No es una estructura imaginada por el solitario amor propio; crea comunidad. Buena parte de nuestra conversación recuerda a la araña que teje maniáticamente una tela de lenguaje fuera de sí misma. Nuestros monólogos paralelos con sus tartamudeos entrecortados sólo refuerzan el aislamiento. Hay poca paciencia para el silencio de donde surgen las palabras o el que se encuentra entre y dentro de ellas. Cuando lo olvidamos o descuidamos, vaciamos nuestro mundo de sus presencias secretas y sutiles. Ya no podemos conversar con los muertos o ausentes.


El silencio es hermano de lo divino

El silencio es hermano de lo divino. Según el Maestro Eckhart, nada en el mundo se parece tanto a Dios como el silencio. Es un gran amigo íntimo que pone al descubierto los tesoros de la soledad. Esa cualidad de silencio interior es de muy difícil acceso. Debes crear un espacio para que obre en ti. En cierto sentido, el arsenal y el léxico de terapias, psicologías y proyectos espirituales son innecesarios. Si confías en tu soledad y tienes expectativas con ella, todo lo que necesitas saber te será revelado. El poeta francés René Char escribió unos versos maravillosos: «La intensidad es silenciosa, la imagen no lo es. Amo todo lo que me deslumbra y acentúa mi oscuridad interior». Es una imagen del silencio como fuerza que descubre las profundidades ocultas.
Una de las obligaciones de la amistad verdadera es escuchar con sentimiento y creatividad los silencios ocultos. Con frecuencia los secretos no son revelados por las palabras; están ocultos en el silencio entre ellas o en la profundidad de lo inexpresable entre dos personas. En la vida moderna nos sentimos apremiados a expresarnos. La calidad de lo expresado suele ser superficial y repetitiva. Es deseable una mayor tolerancia del silencio, ese silencio fecundo que es la fuente de nuestro lenguaje más expresivo.
La profundidad y la esencia de una amistad se reflejan en la calidad y el amparo del silencio entre dos personas.
Cuando empiezas a hacerte amigo de tu silencio interior, una de las primeras cosas que descubrirás es la cháchara superficial en tu mente. Una vez que la reconoces, el silencio se profundiza. Empieza a surgir una distinción entre las imágenes que te has hecho de tu yo y tu propia naturaleza profunda. A veces el conflicto en nuestra espiritualidad se debe mucho más a las imágenes superficiales que elaboramos que a nuestra naturaleza más profunda. Después nos abocamos a elaborar una gramática y geometría de la relación entre las imágenes y posiciones superficiales, y descuidamos nuestra naturaleza profunda.

La multitud en el fogón del alma

La individualidad nunca es sencilla ni unidimensional. Con frecuencia parece haber una multitud dentro del corazón individual. Los griegos creían que las figuras de los sueños eran personajes que abandonaban el cuerpo del sor ñador, salían al mundo a vivir sus aventuras y regresaban antes de que éste despertara. En lo más profundo del corazón humano no hay un yo singular sencillo, sino toda una galería de distintos yos. Cada figura expresa un aspecto de tu naturaleza. Aveces entran en contradicción y en conflicto. Si confrontas esas contradicciones a nivel superficial, puedes desatar una pelea interior que te acosaría hasta el fin de tus días. Es frecuente ver personas interiormente divididas. Viven en una zona de guerra permanente y jamás han penetrado hasta el fogón de la afinidad donde las dos fuerzas no son enemigas sino que son distintos aspectos de una sola comunión.
No podemos encarnar en la acción la multiplicidad de seres que encontramos en nuestras meditaciones más profundas. Pero nuestro desconocimiento de esos innumerables yos empobrece gravemente nuestra existencia e impide el acceso al misterio. Hablamos de la imaginación y sus riquezas; con frecuencia la reducimos a una técnica para resolver problemas.
Debemos desarrollar un sentido nuevo de la maravillosa complejidad del yo. Necesitamos modelos o pautas de pensamiento justas y adecuadas a ella. La gente se asusta al descubrir su propia complejidad; a martillazos de pensamientos de segunda mano reducen el colorido paisaje interno a una lámina gris. Se obligan a ser conformistas. Se someten, dejan de ser presencias vividas, incluso para sí mismas.


La contradicción como tesoro

Una de las formas más interesantes de la complejidad es la contradicción. Es necesario redescubrir la contradicción como fuerza creadora en el alma. A partir de Aristóteles, la tradición intelectual occidental ha tachado la contradicción como presencia de lo imposible y, por consiguiente, índice de lo falso y lo ilógico. Sólo Hegel tuvo la previsión, la sutileza y la generosidad de miras para reconocer en la contradicción la fuerza compleja del crecimiento que desdeña el desarrollo lineal para despertar las energías acumuladas de una vivencia. La turbulencia de su conversación interior genera una integridad de transfiguración, no ese cambio falso que significa el mero reemplazo de una imagen, superficie o sistema por otro. Esta perspectiva permite una concepción más compleja de la verdad. Exige una ética de la autenticidad que incorpora y trasciende las intenciones simplistas de la sola sinceridad.
Tenemos que ser más pacientes con nuestro sentido de la contradicción interior para permitir que sus distintas dimensiones entablen conversación en nuestro seno. La contradicción posee una luz secreta y una energía vital. Donde hay energía, hay vida y crecimiento. Tu soledad ascética permitirá que tus contradicciones afloren con fuerza y claridad. Si eres fiel a esa energía, llegarás a participar de una armonía más profunda que cualquier contradicción. Esta te infundirá valor para afrontar la profundidad, el peligro y la oscuridad de tu vida.
Asombra comprobar la desesperación con que nos aferramos a aquello que nos hace desdichados. Nuestra personalidad herida se vuelve una fuente de placer perverso y consolida nuestra identidad. No queremos curarnos porque ello significaría aventurarnos a lo desconocido. Con frecuencia parecemos adictos destructivos a lo negativo. Eso que se llama negativo suele ser la forma superficial de la contradicción. Si mantenemos nuestra desdicha en este nivel superficial, alejamos esa transfiguración, en apariencia amenazante pero en última instancia redentora y curativa que resulta de asumir nuestra contradicción interior. Debemos revalorar eso que consideramos negativo. Rilke decía que la dificultad es uno de los mejores amigos del alma. Enriqueceríamos nuestra vida si acordáramos a la negatividad la misma hospitalidad que damos a lo que nos da alegría y placer. Evitar lo negativo es incitar su recurrencia. Debemos buscar nuevas formas de comprenderlo e integrarlo. Es uno de los amigos más entrañables de tu destino. Contiene energías esenciales que necesitas y que no hallarás en otra parte. El arte puede iluminar el camino, porque contiene insinuaciones de lo negativo que permiten a tu imaginación participar de sus posibilidades. La vivencia del arte puede ayudarte a construir una amistad fecunda con lo negativo. Cuando te paras frente a un cuadro de Kandinsky, entras en una iglesia del color donde la liturgia de la contradicción es elocuente y gloriosa. Cuando escuchas a Martha Argerich interpretar el tercer concierto para piano de Rachmaninof, experimentas la liberación de fuerzas contradictorias que amenazan y ponen a prueba a cada paso la magnífica simetría formal que las sustenta.
Sólo puedes hacerte amigo de lo negativo si reconoces que no es destructivo. A veces parece que la moral es enemiga del crecimiento. Concebimos faIsamente las normas morales como descripciones de la orientación y los deberes del alma. Pero los mejores pensadores de la filosofía moral dicen que son meras señales indicadoras del conjunto de valores latente en nuestras decisiones o provocado por ellas. Las normas morales nos incitan a obrar con honor, comprensión y justicia. Cada persona y cada situación son tan distintas que jamás pueden ser meras descripciones.
Cuando advertimos una inmoralidad interior, tendemos a ser severos con nosotros mismos y a emplear la cirugía moral para extirpar al culpable. Pero con ello sólo conseguimos atraparlo en nuestro interior. Confirmamos nuestra visión negativa de nosotros mismos y desconocemos nuestro potencial de crecimiento. Hay una paradoja extraña en el alma: cuanto más tratas de evitar o eliminar esta cualidad molesta, más te persigue. La única manera eficaz de poner fin al desasosiego consiste en transfigurarlo, dejar que se convierta en algo creativo y positivo que te enriquezca.
Un aspecto alentador de lo negativo es su sinceridad. No miente. Cuando trates de alentar la ausencia en lugar de habitar la presencia, te lo dirá claramente. Cuando entras en tu soledad, una de las primeras presencias que se anuncia es lo negativo. Nietzsche dijo que uno de los mejores días de su vida fue aquel en que decidió que sus cualidades negativas eran las mejores que poseía. En esta suerte de bautismo, lejos de desterrar aquello que a primera vista parece desagradable, uno lo integra en su vida. Ésta es la tarea lenta y difícil de la autorrecuperación. Todos tienen ciertas cualidades o presencias en el corazón que son molestas, perturbadoras y negativas. Ser generoso con ellas es un deber sagrado. En cierto sentido es el deber de ser padre afectuoso para esas cualidades extraviadas. La generosidad curará lentamente su negatividad, aliviará su miedo y les ayudará a comprender que el alma es un fogón donde no imperan el juzgamiento ni el deseo febril de poseer una identidad rígida y limitada. La amenaza de lo negativo es poderosa precisamente porque incita a practicar la caridad y la autoliberación, un arte resistido con empeño por nuestro intelecto mezquino. Tu previsión es tu patria y como tal debe contener muchas moradas para albergar tu desenfrenada divinidad. Esta integración respeta la multiplicidad de yos del interior. Lejos de obligarlos a formar una unidad artificial, les permite cohesionarse como un todo al que cada uno aporta sus características únicas.
Este ritmo de autorrecuperación exige tu generosidad y sentido del riesgo, no sólo en lo interior, sino también en el nivel interpersonal. Se trata probablemente del territorio incierto del que hablaba Jesús al exhortarte a amar a tu enemigo. Debemos ser cuidadosos en la elección de «enemigos». Un alma despierta sólo debe tener «enemigos» dignos. Un enemigo digno puede revelar tu negatividad y potencialidad. Aprender a amar a tus enemigos es conquistar una libertad que trasciende el rencor y la amenaza.


El alma adora la unidad

Cuando te resuelves a ejercer la hospitalidad interior, cesa el tormento. Los yos abandonados, descuidados y negativos forman una unidad inconsútil. El alma es sabia y sutil; reconoce que la unidad fomenta el arraigo. El alma adora la unidad. Lo que tú separas, ella lo une. A medida que tu experiencia se extiende y profundiza, tu memoria se vuelve más rica y compleja. Tu alma es la sacerdotisa de la memoria, que escoge, tamiza y en última instancia reúne tus días fugaces hacia la presencia. Esta liturgia de recordar (o acordar) nunca cesa. La soledad humana es rica e infinitamente fecunda.
En la soledad de la naturaleza prima el silenció. Esto se expresa en un bello proverbio celta: Castar na daoine ar a chéile ach ni castar na sléibhte ar a chéile. «Las montañas jamás se encuentran, pero las personas siempre pueden hacerlo.» Es extraño que dos montañas, vecinas durante millones de años, jamás puedan acercarse. En cambio, dos desconocidos pueden descender de esas montañas, reunirse en el valle y compartir sus mundos interiores. Esta separación debe de ser una de las experiencias más solitarias de la naturaleza.
El mar deleita la vista humana. La costa es un teatro de movimiento armonioso. Cuando la mente está desconcertada, es agradable pasear por la playa y dejarse impregnar por el ritmo del mar. El mar desenreda la mente anudada. Todo se suelta y vuelve a integrarse. Se alivian, liberan y curan las falsas divisiones. Pero el mar no se ve a sí mismo. La misma luz que nos permite ver todo no puede verse a sí misma; la luz es ciega. En la Creación de Haydn, «la vocación del hombre y la mujer es celebrar y completar la Creación».
Nuestra soledad es distinta. A diferencia de la naturaleza y el mundo animal, la mente humana contiene un espejo y éste reúne todos los reflejos. La soledad humana es antisolitaria. La soledad humana profunda es un lugar de gran afinidad y tensión. Cuando accedes a ella, te vuelves compañero de todo y de todos. Cuando te extiendes frenéticamente hacia el exterior y buscas refugio en tu imagen externa o tu función, te destierras. Cuando vuelves pacientemente y en silencio a tu yo, entras en la unidad y la comunión.
Nadie sino tú puede intuir la eternidad y la profundidad ocultas en tu soledad. Éste es uno de los aspectos solitarios de la individualidad. Sólo adquieres conciencia de lo eterno en ti cuando confrontas tus miedos y los obligas a retroceder. El elemento verdaderamente solitario en la soledad es el miedo. Eres el custodio y la puerta al mundo que llevas en tu interior; nadie más tiene acceso. Nadie puede ver al mundo ni sentir tu vida de la misma manera que tú. Cada persona ocupa un terreno tan distinto que las comparaciones son imposibles. Cuando comparas tu yo con otros, invitas a la envidia a entrar en tu conciencia; puede ser un huésped peligroso y destructivo. Una de las grandes tensiones de la vida espiritual que despierta es hallar el ritmo de su lenguaje, percepción y comunión singulares. La fidelidad a la propia vida requiere un compromiso y una visión constantemente renovados.

Si tratas de visualizarte a través de las lentes que te ofrecen otros, sólo verás distorsiones; tu propia luz y belleza aparecerán borrosas, desagradables y feas. Tu sentido de la belleza interior debe ser algo muy íntimo. Lo sagrado es hermano de lo secreto. Nuestros tiempos padecen un alto grado de desacralización precisamente porque se ha desvanecido lo secreto. Nuestra tecnología moderna de la información es una gran destructora de la intimidad. Debemos proteger lo más profundo y reservado que hay en nosotros. Por eso la vida moderna tiene tanta sed de lenguaje del alma, que es una presencia tímida. La sed de lenguaje del alma demuestra que ésta se ha visto obligada a refugiarse en lo más recóndito, donde puede seguir su propia textura y ritmo. Al proclamar la doctrina de la autosuficiencia, el mundo moderno ha negado el alma y la ha obligado a llevar una existencia marginal y precaria.
Acaso una manera de conectarte con la vida más profunda consista en recuperar la conciencia de la timidez del alma. Si bien puede crear dificultades, la timidez es una cualidad atractiva. En un consejo inesperado, Nietzsche dice que una de las mejores maneras de despertar el interés de otro es sonrojarse. El valor de la timidez, su misterio y su discreción son ajenos a la inmediatez frontal de los encuentros modernos. Para conectarnos con nuestra vida interior debemos aprender a no aprehender el alma de manera directa o conflictiva. Dicho de otra manera, la conciencia de neón de buena parte de la psicología y espiritualidad modernas siempre nos dejarán pobres de alma.

Hacia una espiritualidad de la no interferencia

En una granja uno aprende a respetar la naturaleza y en especial la sabiduría de su tenebroso mundo subterráneo. Al sembrar en la primavera, uno encomienda las plantas a la oscuridad del suelo, que lleva a cabo su obra. Es destructivo entrometerse con el ritmo y la sabiduría de su oscuridad. El martes siembras varias hileras de patatas y estás encantado. El miércoles alguien te dice que están demasiado juntas, que así no tendrás cosecha. Las desentierras y vuelves a plantarlas más separadamente. El lunes siguiente, un técnico agropecuario dice que esa variedad particular de patata requiere que estén muy juntas. Vuelves a desenterrarlas para plantarlas en estrecha proximidad. Si sigues así, nada podrá crecer en tu huerto. En nuestro sediento mundo moderno, la gente remueve constantemente la tierra de su corazón. Siempre tiene un pensamiento, plan o síndrome nuevos para justificarse. Un viejo recuerdo abre una nueva herida. Así remueven implacablemente, una y otra vez, la tierra de su corazón. En la naturaleza no vemos a los árboles
preocupados por el análisis terapéutico de sus raíces ni por el mundo pétreo que debieron evitar en su camino hacia la luz. El árbol crece simultáneamente en dos direcciones, hacia la oscuridad y hacia la luz, con todas las ramas y raíces que necesita para encarnar sus deseos irrefrenables.
La introspección negativa perjudica al alma. Atrapa a muchas personas durante años y paradójicamente jamás les permite cambiar. Es prudente permitir al alma realizar su obra secreta durante el tiempo nocturno de la vida. Tal vez no veas nada nuevo durante mucho tiempo. Tal vez tengas sólo indicios muy tenues del crecimiento secreto en tu interior, pero son suficientes. Debemos sentirnos realizados y satisfechos. No puedes dragar el fondo de tu alma con la luz mezquina del autoanálisis. La revelación del mundo interior no es barata. Tal vez el análisis sea el camino equivocado para asomarse a la oscuridad interior.
Todos tenemos heridas; debemos ocuparnos de ellas y dejar que se curen. Aquí es oportuna la hermosa frase de Hegel: «Las heridas del espíritu se curan sin dejar cicatrices.» Cada herida tiene su curación, pero ésta espera en el aspecto indirecto, oblicuo, no analítico de nuestra naturaleza. Debemos tener conciencia de dónde estamos heridos e invitar a nuestra alma profunda en su mundo nocturno a remendar el tejido desgarrado, remozarnos y devolvernos a la unidad. Si cuidamos de la herida indirecta y benignamente, se curará. La esperanza creativa cura y renueva.
Si pudieras confiar en tu alma, recibirías todas las bendiciones que necesitas. La vida misma es el gran sacramento a través del cual sufrimos heridas y las curamos. Si vivimos todo, la vida nos será fiel.

Uno de los pecados mayores es la vida no vivida

La tradición occidental nos enseñó muchas cosas sobre la naturaleza de la negatividad y el pecado, pero jamás nos dijo que uno de los mayores pecados es la vida no vivida. Se nos envía al mundo a vivir plenamente todo lo que despierta en nuestro seno y todo lo que viene hacia nosotros. Es una experiencia desoladora acompañar en su lecho de muerte a alguien que está lleno de remordimientos; oírle decir cuánto desearía tener un año más para cumplir esos sueños íntimos que siempre posponía para después de la jubilación. Había pospuesto el sueño de su corazón. Muchas personas no viven la vida que desean. Muchas de las cosas que les impiden cumplir su destino son falsas. No son barreras reales, sino sólo imágenes de su mente. Jamás permitamos que nuestros miedos o las expectativas ajenas determinen las fronteras de nuestro destino.
Tenemos el privilegio de contar aún con tiempo. Tenemos una sola vida, es una pena permitir que la limiten el miedo y las barreras falsas. Ireneo, un gran filósofo y teólogo de los primeros siglos, dijo que «la gloria de Dios es la persona humana viviendo en plenitud». Es hermoso imaginar que la verdadera divinidad es la presencia en la que se armonizan toda belleza, unidad, creatividad, oscuridad y negatividad. Lo divino desborda de pasión creativa e instinto por la vida vivida plenamente. Si te permites ser la persona que eres, todo entrará en ritmo. Si vives la vida que amas, tendrás refugio y bendiciones. A veces la gran carencia de bendiciones en y alrededor de nosotros deriva de que no vivimos la vida que queremos, sino la que se espera de nosotros. Estamos en disonancia con la signatura secreta y la luz de nuestra propia naturaleza.
Cada alma tiene su forma. Cada persona tiene un destino secreto. Cuando tratas de imitar lo que hicieron otros o adaptarte por la fuerza a un molde prefabricado, traicionas tu individualidad. Debemos volver a la soledad interior para recuperar el sueño que hay en el fogón del alma. Debemos recibir ese sueño, maravillados como un niño en el umbral de un descubrimiento. Al redescubrir nuestra naturaleza infantil, entramos en un mundo de potencialidad benigna. Así penetraremos con mayor frecuencia en ese lugar de distensión, júbilo y celebración. Desechamos los fardos falsos. Entramos en consonancia con nuestro ritmo. Nuestra forma de arcilla aprende gradualmente a caminar con júbilo sobre esta tierra magnífica.


Bendición de la soledad

Que reconozcas en tu vida la presencia, el poder y la luz de tu alma.
Que comprendas que nunca estás solo, que el resplandor y la comunión de tu alma te conecta íntimamente con el ritmo del universo.
Que aprendas a respetar tu individualidad y tu particularidad.
Que comprendas que la forma de tu alma es única, que te aguarda
un destino especial aquí, que detrás de la fachada de tu vida
sucede algo hermoso, bueno y eterno. Que aprendas a contemplar tu yo con el mismo júbilo, orgullo
y felicidad con que Dios te ve en cada momento.

4
EL TRABAJO COMO POÉTICA DEL DESARROLLO



El ojo celebra el movimiento
El ojo humano adora el movimiento y está atento a la menor señal. Conoce momentos de júbilo frente al mar cuando sube la marea, cuando las olas repiten su danza sobre la playa. Ama el movimiento de la luz, el de la luz estival detrás de una nube que flota sobre un prado. El ojo sigue las hojas arrastradas y los árboles mecidos por el viento. El movimiento siempre atrae a los humanos. Cuando eras niño, querías gatear, luego andar y de adulto sientes el deseo constante de avanzar hacia la independencia y la libertad.
Todo lo que vive está en movimiento. Esto se llama desarrollo o crecimiento. Su forma más emocionante no es la meramente física, sino la del crecimiento interior del alma y la vida. Es aquí donde el anhelo sagrado dentro del corazón pone la vida en movimiento. El deseo más profundo del corazón es que este movimiento no sea interrumpido o entrecortado, sino que desarrolle suficiente continuidad para convertirse en ritmo de la propia vida.
El corazón del tiempo es el cambio y el crecimiento. Cada vivencia que despierta en ti enriquece tu alma y profundiza tu memoria. La persona es nómada, viajando de umbral en umbral hacia experiencias distintas. En cada vivencia nueva se despliega una nueva dimensión del alma. No es casual que desde tiempos antiguos se dé por sentado que el ser humano es un vagabundo. Estos viajeros recorrían territorios extraños e ignotos. Pero como dijo Stanislavsky, el director teatral y pensador ruso, «el viaje más largo y emocionante es hacia el interior de uno mismo».
El alma humana contiene bellas potencialidades de crecimiento. Para comprenderlo, podemos concebir la mente como una torre con muchas ventanas. Desgraciadamente, muchas personas permanecen atrapadas delante de una sola ventana. Uno crece cuando se aleja de esa ventana y pasea por la torre interior del alma para volverse hacia las otras ventanas. A través de ellas aparecen nuevas perspectivas de potencialidad, presencia y creatividad. Con frecuencia la satisfacción, la rutina y la ceguera le impiden a uno percibir su vida. Mucho depende del marco de la visión, es decir, la ventana a través de la cual se mira.

Crecer es cambiar

En la poética del crecimiento es importante estudiar cómo la potencialidad y el cambio nos acompañan siempre y nos permiten acceder a nuevas profundidades interiores. Su movimiento interior continuo nos hace conscientes de la eternidad oculta detrás de la fachada exterior de nuestra vida. En lo más profundo de cada vida, por intelectual o rutinaria que parezca desde el exterior, sucede algo eterno. Ésta es la secreta conspiración del cambio y la potencialidad con el crecimiento. John Henry Newman lo resumió en una bella frase: «Crecer es cambiar y ser perfecto es haber cambiado con frecuencia». Por eso el cambio, lejos de amenazarnos, puede acercar nuestra vida a la perfección. La perfección no es una consumación fría. Tampoco significa evitar riesgos y peligros para conservar el alma pura y la conciencia despejada. Cuando eres fiel al riesgo y a la ambivalencia del crecimiento, comprometes tu vida. El alma ama el riesgo, que es la puerta por donde puede entrar el desarrollo. Dijo Holderlin:

Nah ist
und schwer zu fassen der Gott.
Wo aher Gefahr ist, wachst
das Rettende auch.


"Cercano y difícil es entender al Dios. Allí donde hay peligro, crece también la redención." La perfección es la consumación de la vida plenamente vivida y habitada.
La potencialidad y el cambio se vuelven crecimiento durante esa forma de tiempo que llamamos día. Habitamos los días. Este ritmo da forma a nuestra vida. Tu vida adquiere la forma de cada nuevo día que te es dado vivir. El poeta polaco Tadeusz Rózewicz describe la dificultad para escribir buenos poemas. El escritor escribe sin parar, pero la cosecha es mínima. Sin embargo, «es más fácil escribir un libro que vivir un día plenamente», dice Rózewicz. Cada día es precioso porque en esencia es el microcosmos de tu vida entera. Te ofrece posibilidades y promesas jamás vistas. Asumir con honor la plena potencialidad de la vida es asumir dignamente la potencialidad del nuevo día. Cada uno es distinto. Dice Dios en el Apocalipsis: «He aquí que estoy haciendo la creación de nuevo; el mundo del pasado se ha ido». El nuevo día profundiza lo que ya sucedió y presenta lo que es sorprendente, imprevisible y creativo. Aunque quieras cambiar tu vida, hagas terapia o adquieras una religión, la nueva visión será pura cháchara hasta que la incorpores a la práctica del día.

La veneración celta del día

La espiritualidad celta tenía una aguda conciencia de la importancia de cada día y de su carácter sagrado. Los celtas jamás iniciaban el día con una perspectiva rutinaria y embrutecedora; cada día era un comienzo. Una bella oración lo expresa así:

Dios me bendiga para el nuevo día
no concedido hasta hoy,
para bendecir mi presencia me has dado el triunfo,
oh Dios. Bendice mi ojo,
que mi ojo bendiga todo lo que ve,
bendeciré a mi vecino,
que mi vecino me bendiga,
que Dios me dé corazón limpio,
no me pierda de vista tu ojo
bendice a mis hijos y a mi esposa
y bendice mis medios y mi ganado.


El celta vivía en plena naturaleza. Es fácil tener conciencia creativa del día cuando se vive en presencia de esa gran divinidad llamada Naturaleza. Para los celtas, la naturaleza no era materia, sino una presencia luminosa y sobrenatural plena de profundidad, potencialidad y belleza.

Un bello poema antiguo, La brama del ciervo, invoca el día:

Me levanto hoy
por la fuerza de Dios que me dirige,
el poder de Dios que me sostiene,
la sabiduría de Dios que me guía,
el ojo de Dios que me mira,
el oído de Dios que me oye,
las palabras de Dios que me hablan,
la mano de Dios que me cuida,
el camino de Dios que aparece ante mí,
los escudos de Dios que me protegen,
las huestes de Dios que me salvan
de las trampas de los demonios,
de las tentaciones de los vicios,
de todo el que me desee el mal.
lejos y cerca,
solo y entre la multitud
.

El concepto del día como lugar sagrado es una maravillosa perspectiva para la creatividad. Tu vida adquiere la forma de los días que habitas. Los días nos penetran. Lamentablemente, en la vida moderna el día suele ser una jaula donde la persona pierde su juventud, energía y fuerza. Se lo experimenta como una jaula precisamente porque transcurre en el lugar de trabajo. Muchos de nuestros días y buena parte de nuestro tiempo transcurren en trabajos que están por fuera de los campos de la creatividad y el sentimiento. El lugar de trabajo suele ser complejo y penoso. La mayoría de nosotros trabajamos para otro y perdemos mucha energía. Una de las definiciones de la energía es la capacidad de trabajar. Después de pasar los días en la jaula nos sentimos cansados, agotados. En la ciudad, los atascos matutinos retrasan a las personas que acaban de terminar la noche y están soñolientas y nerviosas y se sienten impotentes. La presión y el estrés ya les ha estropeado el día. Al atardecer están cansadas por la larga jornada de trabajo. Cuando llegan a su casa no les queda energía para explorar o vivificar su corazón.
A primera vista es muy difícil reunir el mundo del trabajo y el del alma. La mayoría trabaja para sobrevivir. Necesitamos ganar dinero; no tenemos alternativa. En cambio, los desempleados se sienten frustrados y denigrados, y sufren una merma de su dignidad. Sin embargo, los que trabajamos con frecuencia nos sentimos atrapados en una jaula de previsibilidad y rutina. Todos los días son iguales. El trabajo suele hundirnos en el anonimato. Sólo se nos exige que aportemos nuestra energía. Habitamos el lugar del trabajo y a la tarde, cuando nos vamos, se olvidan de nosotros. Tenemos la sensación de que nuestro aporte, aunque necesario y exigido, es puramente funcional y, en realidad, poco apreciado. El trabajo debería ser todo lo contrario: una arena llena de potencialidades donde uno pueda expresarse.

El alma anhela expresarse

La persona humana tiene un anhelo profundo de poder expresarse. Uno de los caminos más bellos para que el alma se haga presente es el pensamiento, donde toma forma su vivacidad interior. En cierto modo, nada en el mundo es más veloz que el pensamiento. Puede volar por todas partes y estar con cualquier persona. Nuestros sentimientos también vuelan velozmente; pero aunque son muy valiosos para nuestra identidad, tanto ellos como los pensamientos permanecen en gran medida invisibles. Para sentirnos reales, debemos dar expresión a ese mundo interior invisible. Toda vida necesita expresarse. Cuando realizamos una acción, lo invisible de nuestro interior adquiere forma y encuentra expresión. Por eso, nuestro trabajo debería ser un lugar donde el alma pueda tener la posibilidad de hacerse presente y visible. Esa reserva desconocida, preciosa y fecunda que hay en nuestro interior podría salir y adquirir forma visible. Nuestra naturaleza siente un anhelo profundo por esa posibilidad de expresión que llamamos trabajo.
Me crié en una granja. Éramos pobres y todos trabajábamos. Agradezco que me enseñaran a trabajar. Desde entonces encuentro satisfacción en el trabajo cotidiano. Me siento frustrado cuando se pierde un día y por la noche tengo la sensación de que muchas de sus potencialidades fueron desaprovechadas. En el campo, el trabajo tiene efectos claros y visibles. Cuando recoges patatas, observas el resultado; el huerto da sus frutos enterrados. Cuando alzas un muro en un campo, introduces una nueva presencia en el paisaje. Cuando vas a la ciénaga a recoger turba, por la noche ves que el grogaín de turba ha crecido y está lista para secarse. El trabajo agrícola da una gran satisfacción. Es agotador, pero uno ve los frutos. Cuando dejé el campo, entré en el mundo del pensamiento, la literatura y la poesía. Este trabajo se realiza en el reino invisible. Quien trabaja en el territorio de la mente no ve nada. En ocasiones vislumbra leves ondas producidas por su esfuerzo. Se necesita mucha paciencia y confianza en uno mismo para intuir la cosecha invisible en el territorio de la mente. Es necesario entrenar al ojo interior para que penetre en los reinos invisibles donde los pensamientos pueden crecer y los sentimientos echar raíces.

Pisreoga

Para muchas personas, el lugar de trabajo es frustrante, ya que no permite ni el desarrollo ni la creatividad. En la mayoría de los casos es un lugar anónimo controlado por la funcionalidad y las imágenes. El trabajo exige tanto esfuerzo que el trabajador siempre es vulnerable. En la antigua tradición celta se podía aprovechar la negatividad para volver a la naturaleza contra el trabajador. Cuando una persona detestaba a otra o quería causarle un daño, solía destruir su cosecha. Éste es el mundo de pisreoga. Si uno sentía celos de su vecino, plantaba huevos en su huerta de patatas. Al llegar la cosecha, el dueño de la huerta encontraba que sus patatas estaban podridas. El deseo dañino se materializaba por medio de un rito de invocación negativa y el símbolo de un huevo. Esto era lo que despojaba a la tierra de su poder y fecundidad.
En la tradición celta, el primero de mayo era una fecha peligrosa, en la cual había que cuidar el pozo de agua de los espíritus negativos o dañinos que trataban de destruir, envenenar o dañar. Un ejemplo de esa negatividad es la siguiente historia que contaba mi tío acerca de una aldea vecina. Una mañana de mayo, cuando andaba por el campo con sus animales, un pastor se cruzó con una mujer desconocida que arrastraba una cuerda. La saludó con la bendición dia dhuit, pero ella dejó la cuerda y se alejó sin responder. Era una buena cuerda. El pastor la enrolló, la llevó a su casa y la arrojó al fondo de un barril, en un cobertizo donde quedó olvidada. Cuando llegó el tiempo de la cosecha, los vecinos lo ayudaban a cargar el heno en el carro y alguien le preguntó si tenía una cuerda para atar el último fardo. El hombre respondió: Nil aon rópa agam ach rópa an t-sean caillach, es decir, «no tengo otra cuerda que la de la vieja bruja». Fue al cobertizo a buscarla y al llegar vio que el barril estaba lleno de mantequilla. La vieja no era una transeúnte inocente: había robado la crema y la fuerza de la tierra aquella mañana de mayo. Al soltar la vieja la cuerda, el poder permaneció en ella y la crema de la tierra llenó el barril. Esta historia revela cómo se puede perder la cosecha y el fruto del trabajo en el umbral peligroso de la mañana de mayo.

La presencia como textura del alma

En el lugar de trabajo moderno esa atmósfera puede ser muy dañina. Cuando hablamos de un individuo, hablamos de su presencia, que es la forma en que se manifiesta su individualidad frente a otros. La presencia es la textura del alma de esa persona. Esta presencia referida a un grupo de personas se denomina ambiente o carácter distintivo. El de un lugar de trabajo es una presencia grupal muy sutil. Es difícil describir o analizarlo, pero uno siente inmediatamente su poder y sus efectos. Cuando ese carácter es positivo, pueden suceder cosas maravillosas. Uno acude al trabajo con alegría porque el ambiente sale a su encuentro y está contento. Es benigno, acogedor y creativo. Pero si el carácter distintivo del lugar de trabajo es negativo y destructivo, al levantarse por la mañana la gente se siente mal ante la sola idea de ir a trabajar. Es triste que mucha gente deba pasar buena parte de su breve tránsito por el mundo en un lugar de trabajo donde impera un ambiente negativo y destructivo. El lugar puede ser muy hostil; con frecuencia es un ambiente de poder. Uno trabaja para personas que tienen poder para despedirlo, criticarlo, abusar de uno, comprometer su dignidad. No es un ambiente acogedor. La gente tiene poder sobre nosotros porque le entregamos nuestro poder.
Te invito a hacer el siguiente ejercicio: pregúntate qué imagen proyectan aquellos que tienen poder sobre ti. Una amiga mía trabaja en una escuela cuyo director es un hombre inseguro, débil y defensivo. Usa su poder de manera muy negativa. Recientemente, en una reunión previa al inicio del año lectivo, regañó a todo el personal. Al día siguiente, mi amiga se cruzó con este hombre que paseaba por el centro de la ciudad con su esposa. Advirtió con estupor que fuera del contexto de su poder parecía totalmente insignificante. Su sorpresa se debía a que en su función de director de la escuela proyectaba un gran poder sobre ella.
A veces permitimos que la gente ejerza un poder destructivo sobre nosotros simplemente porque no la interrogamos. Cuando la falsedad se disfraza de poder, ninguna fuerza puede desenmascararlo tan rápidamente como una pregunta. Todos conocemos la historia del manto del emperador. El emperador desfiló por la ciudad envuelto en su manto nuevo, pero en realidad estaba desnudo. Todos aplaudían y elogiaban su hermoso manto, hasta que una niña exclamó que el emperador estaba desnudo. Una palabra verdadera tiene un poder total. Dice el Nuevo Testamento: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Esta máxima es apropiada para todas las situaciones. Preguntas hechas con tacto, sin agresividad, que permitan buscarla verdad tal como la concibes, impedirán que una persona se apropie de todo el poder en una situación. Así se evitará que muchas personas complejas y sumisas queden reducidas a una función exterior controlada.

Debilidad y poder

Con frecuencia las personas que ejercen el poder no son tan fuertes como quieren aparentar. Muchas personas que anhelan desesperadamente el poder son débiles. Buscan posiciones de poder para compensar su propia fragilidad y vulnerabilidad. Una persona débil que ejerce el poder jamás será generosa porque ve en las preguntas o en las posibilidades alternativas amenazas a su supremacía y dominación. Si quieres enfrentarte creativamente a esa persona, debes hacerlo con mucho tacto y de manera indirecta. Es la única manera de llevar la palabra de la verdad al corazón de un poderoso que está asustado.
Como lugar de poder, el trabajo también puede ser un lugar de control. Éste es dañino porque reduce la propia independencia y autonomía. Frente a una figura autoritaria, uno regresa a la infancia. Debido a nuestra relación no transfigurada con nuestros padres, a veces transformamos las figuras autoritarias en gigantes. Entre poder y autoridad hay una diferencia crucial. Cuando adquieres conciencia de la integridad de tu poder interior, te conviertes en tu propia autoridad. Es decir, eres el autor de tus ideas y acciones. El mundo funciona por medio de estructuras de poder. Por consiguiente, es deseable que las personas de gran sensibilidad, imaginación y comprensión estén dispuestas a asumir las funciones del poder. Una persona carismática en una posición de poder puede constituirse en agente de cambios positivos de gran alcance.
Cuando te controlan, no te tratan como sujeto sino como objeto. Las personas que ejercen el poder suelen tener un instinto sobrenatural para utilizar el sistema en tu contra. Conozco a un hombre que se hizo millonario en el negocio de la ropa. Pagaba a sus obreras salarios muy bajos. Cada tanto advertía que se acumulaban las tensiones. Un día elevó el volumen de la radio a niveles insoportables. Las empleadas se quejaron. La agresividad empezó a acumularse y una delegación fue a pedirle que bajara el volumen. Se negó. Amenazaron con declararse en huelga. El hombre mantuvo el volumen elevado. Cuando estaban a punto de abandonar el trabajo, bajó el volumen. Con esta estrategia, les permitió creer que ellas tenían el poder. Volvieron al trabajo con la sensación de haber obtenido una victoria sobre el patrón, aunque éste había provocado el conflicto. Esto sucedió hace cuarenta años. En el lugar de trabajo moderno, donde existen los sindicatos y los derechos del trabajador, la patronal no recurre a maniobras tan groseras. Sin embargo, aún hoy se explota a la gente. Los patronos aplican estrategias más sutiles de control y alienación.
En el lugar de trabajo suele imperar una gran competitividad. A veces los patronos incitan a los trabajadores a competir entre ellos. Por consiguiente, uno está en pugna con sus colegas por la productividad. Ve en ellos una amenaza. Donde la productividad es Dios, el individuo queda reducido a una función. Sería hermoso si el lugar de trabajo fuera un lugar de inspiración donde se pudiera aplicar la propia creatividad al trabajo. Los dones particulares de cada uno serían bien recibidos y los aportes saltarían a la vista. Cada uno tiene un don particular. La vida es mejor cuando uno puede desarrollarlo y expresarlo en el trabajo. Así uno es libre para recibir inspiración de los demás.
Puesto que cada uno posee un don singular con respecto al trabajo, no es necesario que los trabajadores compitan entre sí. Con ello, el lugar de trabajo acoge las energías, los ritmos y los dones del alma. No hay motivos para que cada lugar de trabajo no empiece a desarrollar esa clase de creatividad.
El trabajo no debe beneficiar solamente a los patronos y los trabajadores, sino a éstos y la comunidad. Se deberían crear estructuras para que los trabajadores puedan participar de las ganancias. La entrada de la imaginación y el despertar del alma exigen que se conciba el trabajo como un aporte a la creatividad y el mejoramiento de la comunidad en general. Una firma o empresa que obtiene grandes ganancias debe asistir y mantener a los 'pobres y los marginados. Debe tomar como prioridad la creación de condiciones de trabajo óptimas. Además, debe admitir las preguntas honestas, por molestas que sean. Cuando el trabajo crea productos que ponen en peligro a las personas y la naturaleza, es necesario criticarlo y cambiarlo.
En el mundo del trabajo negativo, donde te controlan, donde se impone el poder y te reducen al papel de mero funcionario, todo se rige por la ética de la competencia. En el mundo del trabajo creativo, donde se emplean tus dones, no hay competencia. El alma transfigura la necesidad de aquélla. Por el contrario, en el mundo de la cantidad reina la competencia: si yo tengo menos, tú tienes más. En el mundo del alma, cuanto más tienes, más tienen todos. El ritmo del alma es la sorpresa del enriquecimiento sin límites.


La trampa del falso arraigo

Esta nueva concepción del lugar de trabajo ayudaría a satisfacer una de las necesidades cruciales de todo individuo: ser parte de algo. Todos queremos ser parte de algo. Queremos pertenecer a un grupo, una familia y en especial al lugar donde trabajamos. Esto liberaría una creatividad colosal en el lugar de trabajo. Imagina qué hermoso sería si pudieras mostrarte en el trabajo tal como eres, expresar tu naturaleza, dones e imaginación. No necesitarías aislar tu casa ni tu vida privada de tu mundo laboral. Ambos se compenetrarían de manera creativa y recíprocamente enriquecedora. En cambio, son excesivas las personas que pertenecen al sistema porque las obligan y las dirigen.
Las personas suelen ser muy irreflexivas en su forma de participar. Pertenecen de manera ingenua a los sistemas en que participan. El día que las despiden sin más ni más, o el sistema se derrumba, o un rival es ascendido, quedan deshechas, heridas y humilladas. En casi todas las empresas o lugares de trabajo hay individuos desilusionados. Llegaron con toda su energía e ingenuidad, pero los arrinconaron, los decepcionaron, los redujeron a la categoría de funcionarios. Exigieron y usaron sus energías, pero jamás interesaron sus almas.
La clave del asunto es que jamás debes entregarte plenamente a algo exterior a ti mismo. Es muy importante encontrar un equilibrio en tu entrega. Jamás te entregues totalmente a una causa o sistema. Mucha gente necesita pertenecer a un sistema exterior porque teme pertenecer a su propia vida. Si tu alma despierta, entonces te percatas de que ella es la patria de tu verdadera comunión. La comunión es pariente del anhelo, que a su vez es un instinto precioso del alma. Tu comunión debe ser acorde con tu dignidad. Debes pertenecer ante todo a tu propia interioridad. Si estás en comunión con ella, en consonancia con tu propio ritmo y conectado con tu fuente profunda, tus lazos exteriores son reducidos, relativos o inexistentes. Podrás erguirte sobre tu propio terreno, el de tu alma, donde no eres inquilino y estás en tu propia casa. Nadie puede alejarte, excluirte o desterrarte de tu interioridad. Ése es tu tesoro. Como dice el Nuevo Testamento: Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

Trabajo e imaginación

Uno de los aspectos alentadores del trabajo moderno, sobre todo en el mundo empresarial, es el reconocimiento creciente de la imaginación como fuerza vital y esencial. Esto no se debe a que los empresarios amen la imaginación. Han aprendido a apreciarla por otras razones, a saber, que los mercados son tornadizos y los cambios son tan veloces que las viejas pautas de control del trabajo han dejado de ser productivas. Se empieza a reconocer que el sistema lineal repetitivo de control del trabajo y el trabajador ya no es rentable. Por consiguiente, el alma es bienvenida en el lugar de trabajo. Lo es porque la imaginación reside en ella.

La imaginación es la fuerza creadora en el individuo.

Siempre supera nuevos umbrales y libera posibilidades de conocimiento y creatividad que la mente lineal, controladora, externa ni siquiera llega a vislumbrar. La imaginación trabaja en el umbral que separa la luz de las tinieblas, lo visible de lo invisible, la búsqueda de la pregunta, la posibilidad del hecho. Es una gran amiga de la posibilidad. Despierta y viva, la imaginación jamás se vuelve rígida ni cerrada, sino que permanece abierta y te incita a nuevos umbrales de potencialidad y creatividad.
Mientras preparaba mi doctorado en Alemania, tuve la suerte de compartir alojamiento con un gran filósofo hindú de la ciencia que ha escrito libros asombrosos sobre el desarrollo del conocimiento científico. Como este hombre había dirigido la tesis de muchos doctorandos, le pedí un consejo para mis investigaciones hegelianas. Me dijo que la mayoría de los investigadores tratan de elaborar alguna conclusión o llegar a una verificación que nadie pueda criticar ni refutar. Todos lo hacen, no hay novedad en ello. Yo debía adoptar un enfoque distinto, dijo. Si tratara de descubrir unas cuantas preguntas que a nadie se le había ocurrido formular, descubriría algo verdaderamente original e importante. Este consejo era una invitación a ir en pos de lo nuevo, una inspiración para enfocar una situación determinada de un modo completamente distinto.
En el trabajo se vuelca mucho esfuerzo, pero es raro que alguien trate de aportar su imaginación. Generalmente se permite que predomine una rutina insípida. Hasta las críticas de los trabajadores se vuelven previsibles y rutinarias. A veces un trabajador nuevo aporta una forma distinta de pensar y preguntar. Súbitamente, una situación estancada adquiere nueva vida y animación. Se despiertan potencialidades que dormían bajo la superficie de la vieja rutina. Las personas adquieren iniciativa e interés; el proyecto se ve insuflado de nueva energía. Una persona capaz de enfocar el lugar de trabajo con las potencialidades de la imaginación en lugar del análisis lineal previsible y rutinario, es capaz de darle nueva vida e inspirar a todos los participantes. Por eso el poeta o artista del alma es una presencia tan importante en el mundo contemporáneo. Puede devolverle una lozanía que había perdido al abrir puertas y ventanas en lo que hasta entonces habían sido muros impenetrables. Con este enfoque, la creatividad y la espontaneidad se convierten en factores que insuflan energías al lugar de trabajo.


Espontaneidad y bloqueo

En un lugar administrado de manera rutinaria y forzada, nada nuevo puede suceder. Es imposible forzar el alma. En Alemania, mi conciencia se intensificó y se volvió implacablemente activa. Como consecuencia de ello, empecé a sufrir de insomnio. Quien realiza un trabajo físico durante el día puede sobrevivir con pocas horas de sueño. En cambio, cuando se realiza un trabajo intelectual preciso y exigente es necesario dormir mucho. El insomnio se volvió un problema grave. Por la mañana, después de una hora de trabajo me sentía cansado e incapaz de seguir. Detestaba tener que ir a la cama y todas las noches me esforzaba por dormir. Intenté distintos métodos. Recuerdo que una noche, cuando me sentía más agotado que nunca, me dije: acéptalo, jamás volverás a dormir bien. No volverás a conocer una noche de descanso total. Padecerás este problema hasta el fin de tu vida. Lo más extraño es que cinco minutos después de reconocer esto, quedé profundamente dormido. Durante las noches siguientes volví gradualmente a mis horas de sueño normales. Lo que me había impedido dormir era el intento deliberado de dormir. En cuanto me despojé de este deseo, el sueño volvió de manera natural.
Cuando se lleva deliberadamente la voluntad y el intelecto al lugar de trabajo, la rutina insulsa se arraiga más que nunca. Cuando se da rienda suelta a esa luz del alma que es la imaginación, el trabajo se convierte en un lugar distinto. Nadie debe ser indiferente a su trabajo ni al lugar donde lo ejecuta. Es muy importante que cada uno lo analice cuidadosamente. Debe determinar si el trabajo que hace es una verdadera expresión de su identidad, su dignidad y sus dones. Si no, tal vez deba tomar algunas decisiones penosas. Si vendes tu alma, te dan a cambio una vida de desdichas.
La respetabilidad y la seguridad son trampas sutiles en el trayecto de la vida. Los que se sienten atraídos por los extremos suelen acercarse más a la renovación y el descubrimiento de su yo. Los que quedan atrapados en el insulso término medio de la respetabilidad están perdidos sin saberlo. Esto puede ser una trampa para los adictos a los negocios. Muchos empresarios utilizan una sola parte de su intelecto: la parte estratégica, táctica y mecánica, día tras días. Aplican esta rutina mental a todo, incluso a su vida interior. Poderosos en el escenario del trabajo, fuera de éste tienen aspecto melancólico, desconcertado. No se puede reprimir impunemente la presencia del alma. El pecado contra el alma siempre tiene un coste altísimo. El trabajo puede constituir una seducción para pecar profundamente contra tu alma irrefrenable y creativa. Puede apoderarse de toda tu identidad. Una de las obras literarias más turbadoras del siglo XX delata el destino surrealista de un funcionario absolutamente meticuloso y fiel. Se trata de La metamorfosis de Kafka, con su sobrecogedora frase inicial: «Al despertar cierta mañana, después de un intranquilo sueño, el comerciante Gregorio Samsa comprobó que se había transformado en un monstruoso insecto». Nada retrata mejor al sistema y el funcionario que el diestro anonimato, el surrealismo de los detalles y el humor negro de Kafka.

La función puede ser sofocante

Si activas solamente tu voluntad y tu intelecto, el trabajo podría convertirse en tu identidad. Así lo resume un epitafio bastante gracioso grabado en una lápida en algún lugar de Londres: «Aquí yace Jeremy Brown quien nació hombre y murió almacenero». Suele suceder que la identidad, esa salvaje mezcla interior de alma y color de espíritu, queda reducida a lo laboral. Esas personas son prisioneras de sus funciones. Limitan y reducen su vida. Les seduce la práctica de la ausencia del yo. Se alejan de su propia vida. Posteriormente se ven forzadas a penetrar en zonas ocultas en la periferia del corazón. Por más que uno busque a la persona, sólo logra conocer al funcionario. Ejercitar solamente el aspecto exterior lineal del intelecto puede ser muy peligroso. El mundo empresarial y laboral empieza a reconocer la necesidad de la turbulencia, la anarquía y las posibilidades de desarrollo que aporta el mundo imprevisible de la imaginación. Éstas son esenciales para la pasión y la fuerza en la vida de la persona. Si sólo ejercitas tu lado exterior y permaneces en la superficie mecánica, acabas por agotarte aunque no te des cuenta. Con los años empiezas a desesperarte.

Sísifo

Cuando el cansancio adquiere peso, destruye la protección natural del alma. Esto recuerda el mito de Sísifo, quien por su pecado fue condenado a subir una gran piedra hasta la cima de una montaña. Cada vez que estaba a punto de llegar a su meta, la piedra escapaba de sus manos y rodaba hasta el pie de la montaña. Si Sísifo fuera libre de abandonar el castigo, tendría paz. Está condenado a la futilidad, a hacer eternamente el mismo trabajo sin poder concluirlo. Tiene que empujar la piedra cuesta arriba, consciente de que nunca llegará a la cima. En el mundo laboral y empresarial, cualquiera que permanece en la superficie de su función y ejercita solamente la parte lineal de su intelecto es un Sísifo. Corre un gran peligro de sufrir una crisis. Esta suele ser el intento desesperado del alma de atravesar la fachada exhausta de la función impuesta. La superficie lineal del mundo del trabajo no puede acoger la profundidad del alma. Quien sigue la rutina queda atrapado detrás de una sola ventana de la mente. No puede volverse al balcón del alma y disfrutar de los distintos paisajes a través de las ventanas de la sorpresa y la potencialidad.
La rapidez es otro factor de gran estrés en el trabajo. El filósofo Jean Baudrillard habla de la velocidad exponencial de la vida moderna. Cuando las cosas se desplazan a velocidad excesiva, nada puede estabilizarse, echar raíces o crecer. Hay una hermosa historia sobre un explorador de África. Estaba desesperado por salir de la selva. Tres o cuatro africanos cargaban su equipaje. Avanzaron a toda velocidad durante unos tres días. Al cabo del tercer día los africanos se sentaron y se negaron a seguir. El explorador los instó a ponerse en marcha, explicó que estaba obligado a llegar a su destino en un plazo determinado. Persistieron en su negativa. Atónito, después de muchos ruegos consiguió que uno le explicara el motivo. El nativo dijo: «Hemos corrido demasiado hasta aquí; debemos dar tiempo a nuestros espíritus para que nos alcancen». Muchas personas que están secretamente hartas de su trabajo jamás se toman el tiempo para que sus espíritus puedan alcanzarlas. Hay que darse tiempo, olvidar todos los compromisos: es un ejercicio de reflexión sencillo pero vital. Deja que la presencia descuidada de tu alma vuelva a conocerte y a pasear contigo otra vez. Puede ser un reencuentro hermoso con tu misterio olvidado.
La imaginación celta expresa otra idea, otra experiencia del tiempo. El reconocimiento de la presencia y la celebración de la naturaleza eran posibles porque el tiempo era una ventana abierta a la eternidad. Jamás se reducía el tiempo a los hechos consumados. El tiempo era tiempo de maravillarse. Es uno de los rasgos encantadores de la vida en Irlanda. La gente tiene tiempo. A diferencia de otras regiones del mundo occidental, la gente habita un ritmo más flexible y abierto. La ideología de la rapidez y la encienda clínica no ha echado raíces aquí; todavía.


El salmón del conocimiento

Es sorprendente constatar que suele haber una gran paradoja en la conducta del alma. Suele suceder que en el mundo laboral una persona con visión analítica lineal queda marginada de la cosecha y los frutos del trabajo. La imaginación posee un ritmo de visión que jamás ve de manera lineal. El ojo de la imaginación sigue el ritmo del círculo. Si tu visión está restringida a un propósito lineal, podrías pasar por alto el destino secreto que puede depararte cierta actividad. Una hermosa leyenda celta habla de Fionn y el salmón de la sabiduría. Fionn quería ser poeta, lo cual en la Irlanda celta era una vocación sagrada. El poeta resumía en su persona el poder sobrenatural, el poder del druida y el poder de la creatividad. Tenía acceso a misterios que no eran patrimonio del común de los mortales.
Había un salmón en el río Slane, en el condado de Meath. Quien lo pescara y comiera sería el mayor poeta de Irlanda y además recibiría el don de la clarividencia. Un hombre llamado Fionn el Vidente había perseguido al salmón durante siete años. El joven Fionn MacCumhaill acudió a él para aprender el oficio de poeta. Un día Fionn el Vidente volvió con el salmón del conocimiento. Encendió una hoguera y puso el salmón en un asador. Había que darle vueltas con mucho cuidado, sin quemarlo; en caso contrario, se perdería el don. Al cabo de un rato, la leña empezó a consumirse. Fionn el Vidente no tenía a nadie a quien enviar en busca de leña. En ese momento llegó del bosque su protegido Fionn y le encomendó que cuidara del pescado. El joven Fionn MacCumhaill era un soñador y se distrajo. Bruscamente miró el salmón y vio que en su carne había aparecido una ampolla. Pensó con terror que Fionn el Vidente se pondría furioso con él por echar a perder el salmón. Quiso reventar la ampolla con el pulgar, pero se quemó. Se llevó el pulgar a la boca para aliviar el dolor. Un poco de grasa del salmón se había adherido a la yema de su dedo, y en cuanto la saboreó recibió la sabiduría, el don de la clarividencia y la vocación de poeta. El viejo Fionn volvió con la leña, y en cuanto vio los ojos del joven comprendió lo que había sucedido. Decepcionado, vio que el don que había buscado tan tenazmente se había apartado de él en el último momento para entregarse a un joven inocente que jamás había soñado con él.
Esta historia demuestra que la mente lineal puede perder el don a pesar de su sinceridad y tesón. La imaginación, que es leal a la posibilidad, suele seguir un camino curvo en lugar de recto. El premio al riesgo es una cosecha de creatividad, belleza y espíritu.
A veces una persona tiene dificultades en su trabajo, no porque éste no sea el adecuado para ella, sino porque su visión es imperfecta y defectuosa. Esa persona suele carecer de foco. Ha permitido que la tierna presencia de su experiencia se dividiera. No concibe el trabajo como expresión e imaginación, sino solamente como trampa y resistencia.

La imagen falsa puede paralizar

La percepción es crucial para la comprensión. Qué ves y cómo lo ves determinan cómo serás. Tu percepción o visión de la realidad es la lente a través de la cual verás las cosas. Tu percepción determinará la conducta de las cosas para ti y hacia ti. Tendemos a ver en la dificultad una perturbación. Paradójicamente, la dificultad puede ser una gran amiga de la creatividad. Me fascinan estos versos de Paul Valéry: Une difficulté est une lumiére/une difficulté insurmontable est un soleil. «Una dificultad es una luz; una dificultad insuperable es un sol.» Es una forma completamente distinta de pensar en lo incómodo, lo irregular, lo difícil. De lo más profundo de nuestro ser sale un impulso terrible hacia la perfección. Queremos adecuar todo a un mismo molde. No nos gustan las formas imprevistas. Al comenzar a re-imaginar el lugar de trabajo, uno de los aspectos esenciales es fomentar la capacidad de aceptar lo difícil y penoso. Con frecuencia lo difícil y penoso no es el trabajo en sí, sino nuestra imagen de él.
Durante una etapa de mis estudios en Alemania, adquirí una aguda conciencia de la imposibilidad de mi objetivo. Estudiaba la Fenomenología del espíritu de Hegel; quien lo conozca sabe que es un texto mágico, pero difícil de comprender. Mi conciencia de la dificultad del proyecto empezó a reflejarse en mi actitud hacia el trabajo. Empecé a caer en un estado de parálisis y en poco tiempo tuve que dejar de trabajar. Los alemanes expresan este bloqueo con la acertada expresión Ich stehe mir im Weg, «yo solo me cierro el camino». Me dirigía a mi mesa casi corriendo, convencido de que atravesaría la barrera, pero no podía concentrarme. Me obsesionaba la idea de que era un trabajo imposible. Cada día sin falta lo acometía, pero estaba totalmente bloqueado.
Un día fui a dar un largo paseo por el bosque en las afueras de Tubinga. En medio del bosque se me ocurrió súbitamente que el problema que me bloqueaba no era Hegel, sino la imagen que me hacía de mi trabajo. Volví inmediatamente a casa, me senté y anoté en una hoja la imagen que había construido. Así reconocí su fuerza. Una vez que tuve claridad sobre esto, pude distanciar la imagen del trabajo en sí. Al cabo de unos días la imagen se desvaneció y pude recuperar el ritmo de trabajo.
Algunas personas tienen grandes dificultades en su trabajo aunque éste sea una auténtica expresión de su naturaleza, dones y potencial. La dificultad no está en el trabajo, sino en la imagen que tienen de él. Ésta no es una mera superficie; se convierte en una lente a través de la cual vemos la cosa. Somos responsables en parte por la construcción de nuestras imágenes y totalmente responsables por la manera como las usamos. Reconocer que la imagen no es la persona o la cosa es una liberación.

El rey y el regalo del mendigo

Una cosa difícil o inesperada puede ser un gran don. Con frecuencia recibimos un regalo disimulado. Hay un hermoso cuento sobre un joven que fue coronado rey. Sus súbditos lo amaban desde antes y se mostraron jubilosos con su coronación. Le hicieron muchos regalos. Después de la coronación, se celebró una cena en palacio. Llamaron a la puerta. Los sirvientes que fueron a abrirla se encontraron con un viejo andrajoso, un mendigo, que quería ver al rey. Trataron de disuadirlo, pero el rey salió a hablar con él. El viejo lo elogió, dijo que todo el reino estaba contento de tenerlo como rey y le entregó como regalo un melón. El rey detestaba los melones, pero para ser amable con el anciano aceptó el regalo, le dio las gracias y el hombre partió contento. El rey entró y dijo a los sirvientes que arrojaran el melón al jardín trasero. La semana siguiente, a la misma hora, llamaron a la puerta. El rey acudió, el viejo se deshizo en elogios y le entregó otro melón. Una vez más, el rey aceptó el melón, despidió al anciano y arrojó la fruta al jardín. Esto se repitió durante varias semanas. El rey era demasiado bueno para decepcionar al anciano o menospreciar su generosidad. Una noche, cuando el anciano estaba por entregar el melón, un monito saltó del portal del palacio y arrojó la fruta al suelo. El fruto se hizo pedazos y de su interior brotó una cascada de diamantes. El rey corrió al jardín trasero. Todos los melones se habían derretido en torno de un montículo de piedras preciosas. La moraleja del cuento es que en situaciones difíciles o problemáticas, a veces la dificultad reside en la cubierta exterior, mientras que en el interior brilla la luz de una hermosa joya. Es prudente acoger lo que parece difícil o penoso.
Mi padre era un albañil muy hábil. Yo solía mirarlo mientras levantaba paredes. A veces elegía una piedra completamente redonda. Las piedras redondas son inútiles porque no encajan en la estructura de una pared. Sin embargo, mi padre la transformaba con unos golpes de martillo. Un objeto informe e inútil se adaptaba a la pared como si lo hubieran hecho especialmente para ello. Me fascina también la idea de Miguel Ángel: en cada piedra, por torpe, pesada o informe que sea, hay una forma secreta que quiere salir/Los maravillosos esclavos que esculpió para la tumba de Julio II ilustran este concepto. Las figuras humanas tratan de erguirse, pero de cintura para abajo están atrapadas en la piedra informe. Es una imagen increíble de liberación detenida. Con frecuencia, en los proyectos laborales difíciles, hay una forma secreta que quiere emerger. Si te concentras en liberar la posibilidad oculta en tu proyecto, hallarás una satisfacción que te sorprenderá. El Maestro Eckhart habla con bellas palabras sobre cuál debe ser la actitud hacia lo que uno hace. Si uno trabaja con ojo creativo y benigno, creará belleza.

El trabajo hecho de corazón crea belleza

Si lo piensas bien, el mundo de tu acción y tu actividad es un gran tesoro. Lo que haces debe ser digno de ti; propio de tu atención, dignidad y autoestima. Si puedes amar lo que haces, crearás belleza. Tal vez al principio no ames tu trabajo, pero la faceta más profunda de tu alma puede ayudarte a llevar la luz del amor a lo que haces. Entonces lo harás de manera creativa y transformadora.
En Japón cuentan una hermosa historia sobre un monje zen. El emperador tenía un ánfora magnífica, antigua y de diseño bello y muy complejo. Un día alguien la dejó caer y el ánfora se rompió en miles de fragmentos. Convocaron al mejor alfarero del país, quien intentó reunir los fragmentos, pero fracasó. El emperador lo hizo decapitar y llamó a otro alfarero, quien también fracasó. Esto continuó durante semanas, hasta que no quedaba un artista en todo el país, salvo un anciano monje zen que vivía en una cueva en la montaña con un joven aprendiz. Éste fue a palacio, recogió los fragmentos y los llevó a la cueva. El monje trabajó durante varias semanas y finalmente apareció el ánfora. El aprendiz la contempló, sobrecogido por su belleza. Los dos la llevaron a palacio, donde el emperador y los cortesanos los recibieron con grandes muestras de placer. El anciano monje zen recibió una recompensa generosa y volvió con su aprendiz a la cueva. Un día, cuando buscaba un objeto perdido, el aprendiz encontró los fragmentos del ánfora. Corrió a su maestro: «Mira los fragmentos, no es verdad que los reunieras. ¿Cómo pudiste hacer un ánfora tan bella como la que se rompió?». El maestro respondió: «Si haces tu trabajo con amor en tu corazón, siempre podrás crear algo bello».

Bendición

Que la luz de tu alma te guíe.
Que la luz de tu alma bendiga tu trabajo con el amor secreto y el
calor de tu corazón.
Que veas en lo que haces la belleza de tu alma. Que la santidad de tu trabajo lleve salud, luz y renovación a los
que trabajan contigo y a los que ven y reciben tu trabajo. Que tu trabajo nunca te canse.
Que libere en ti manantiales de renovación, inspiración
y animación.
Que estés presente en lo que haces. Que nunca te pierdas en ausencias insulsas. Que el día nunca te pese. Que el alba te encuentre despierto y atento,
esperando el nuevo día
con sueños, posibilidades y promesas. Que la noche te encuentre en estado de gracia y realizado. Que comiences la noche bendecido, abrigado y protegido. Que tu alma te serene, consuele y renueve.


ENVEJECER:
LA BELLEZA DE LA COSECHA INTERIOR




El tiempo como círculo

Al ojo humano le fascina mirar; disfruta de la belleza virgen de nuevos paisajes, la dignidad de los árboles, la ternura de un rostro humano o la esfera blanca de la luna que bendice la tierra con un círculo de luz. El ojo siempre busca la forma de la cosa. Encuentra consuelo y una sensación de realización en ciertas formas. En lo más profundo de la mente humana reside una fascinación con la forma del círculo porque satisface un anhelo interior. Es una de las formas más antiguas y universales del cosmos. La realidad suele expresarse con esta forma. La Tierra es un círculo y el tiempo mismo parece ser de naturaleza circular. El círculo fascinaba al mundo celta y aparece constantemente en su arte. Los celtas transfiguraron la Cruz al entrelazarla con un círculo. La Cruz celta es un símbolo hermoso. El círculo alrededor de los brazos cura la soledad de estas dos líneas dolo rosas; parece consolar y serenar su linealidad melancólica.
Para los celtas, el mundo natural estaba compuesto de varios reinos. El primero era el mundo natural subterráneo bajo la superficie del paisaje. Aquí habitaban los Tuatha de Danann o buena gente, las hadas. El mundo humano era el reino intermedio entre el subterráneo y el celeste. No existían fronteras impermeables entre ambos. En lo alto estaba el mundo supersensible o superior de los cielos. Estas tres dimensiones se interpenetraban, participaban cada una en las demás. No era casual que se concibiera el tiempo como un círculo que abarcaba todo.
El año es un círculo. La estación del invierno se vuelve primavera; de ésta nace el verano y finalmente viene el otoño para completar el año. El círculo del tiempo jamás se interrumpe. Su ritmo se refleja en el día, que también es circular. Primero es el alba que nace de la oscuridad, crece hacia el mediodía y decrece hacia el atardecer hasta que vuelve la noche. El ser humano vive en el tiempo; por lo tanto, su vida es circular. Venimos de lo desconocido. Aparecemos sobre la Tierra, vivimos en ella, nos alimentamos de ella y llegado el momento volvemos a lo desconocido. El mar sigue este ritmo; la marea fluye y refluye. Es como el aliento humano que entra, llena el pecho y vuelve a partir.
El círculo le da una bella perspectiva al proceso de envejecer. A medida que envejeces, el tiempo afecta a tu cuerpo, a tus vivencias y sobre todo a tu alma. Hay un gran patetismo en el proceso de envejecer. A medida que tu cuerpo envejece, empiezas a perder el vigor natural y espontáneo de la juventud. El tiempo, como una marea lúgubre, carcome la membrana de tus fuerzas. Lo hará gradualmente hasta vaciar tu vida. Es uno de los problemas vitales que más afectan a todos. ¿Podemos transfigurar el daño que nos hace el tiempo? Para investigarlo, veamos primero nuestra afinidad con la naturaleza. Puesto que estamos hechos de arcilla, el ritmo exterior de las estaciones en la naturaleza se reproduce en nuestros corazones. Por eso, tenemos mucho que aprender del pueblo que elaboró y articuló su espiritualidad en hermandad con la naturaleza, es decir, los celtas. Ellos vivían el año como un ciclo de estaciones. Aunque no poseían una psicología explícita, tenían una gran intuición y sabiduría implícitas sobre los ritmos profundos de la comunión humana, su vulnerabilidad, crecimiento y disminución.

Las estaciones en el corazón

Hay cuatro estaciones en el corazón de arcilla. Cuando es invierno en el mundo natural, los colores se desvanecen; todo es gris, negro o blanco. Los paisajes y los bellos colores empalidecen. La hierba desaparece y la tierra misma se congela en un estado de desolada retracción. En el invierno, la naturaleza se retira. El árbol pierde sus hojas y se vuelve hacia su interior. Cuando es invierno en tu vida, sufres dolor, dificultades o agitación. Lo más prudente es imitar el instinto de la naturaleza y retirarte hacia tu interior. Cuando es invierno en tu alma, no conviene iniciar nuevos emprendimientos. Es mejor ocultarse, refugiarse hasta que pase el tiempo vacío y desolado. Tal es el remedio de la naturaleza, que se ocupa de sí misma en la hibernación. Cuando padeces un gran dolor en tu vida, tú también debes buscar refugio en tu propia alma.
Una de las transiciones más bellas en la naturaleza es la que media entre el invierno y la primavera. Dijo un antiguo místico zen: cuando se abre una flor, es primavera en todas partes. Cuando la primera flor inocente, infantil, se abre sobre la tierra, uno intuye la agitación de la naturaleza bajo la corteza helada. Una bella frase en gaélico dice ag borradh, «un temblor de la vida a punto de irrumpir». Los colores maravillosos y la vida nueva que recibe la Tierra hacen de la primavera un tiempo de gran exuberancia y esperanza. En cierto sentido, la primavera es la estación joven y el invierno es la vieja. El invierno estaba aquí desde el comienzo. Reinó durante millones de años en medio de una naturaleza muda y desolada, hasta que apareció la vegetación. La primavera es una estación juvenil, que llega en medio de un torrente de vida y esperanza. En su corazón reina un gran anhelo interior. Es un tiempo en el cual el deseo y la memoria se agitan y se buscan. Por consiguiente, la primavera en tu alma es un tiempo maravilloso para emprender aventuras o proyectos nuevos, o realizar cambios importantes en tu vida. Si lo haces en ese momento, el ritmo, la energía y la luz oculta de tu propia arcilla trabajan para ti. Estás en la corriente de tu crecimiento y potencial. La primavera en el alma puede ser bella, llena de esperanzas, fortificante. Puedes realizar transiciones difíciles de manera natural, no forzada y espontánea.
La primavera florece y avanza hacia el verano. En esta estación la naturaleza se engalana de colores. En todas partes reinan la exuberancia, la fecundidad, una textura. El verano es tiempo de luz, crecimiento y llegada. Uno siente que la vida secreta del año se oculta en invierno, empieza a asomar en primavera y termina de florecer en el verano.
Así, el verano en tu alma es un tiempo de gran equilibrio. Estás en el flujo de tu propia naturaleza. Puedes correr todos los riesgos que quieras, que siempre caerás de pie. Hay suficiente abrigo y profundidad de textura a tu alrededor para sostenerte, equilibrarte y cuidarte.
El verano da paso al otoño. Ésta es una de mis estaciones preferidas; las semillas sembradas en primavera y nutridas en el verano dan frutos en el otoño. Es la cosecha, la consumación del trayecto largo y solitario de las semillas a través de la noche y el silencio bajo la superficie de la Tierra. La cosecha es una de las grandes festividades del año. Era una época muy importante en la cultura celta, cuando la fertilidad de la tierra rendía sus frutos. Asimismo en el otoño de tu vida, los sucesos del pasado, las vivencias sembradas en la arcilla de tu corazón casi sin que lo supieras, rinden sus frutos. El otoño de la vida de la persona es tiempo de recoger, de cosechar los frutos de la experiencia.

El otoño y la cosecha interior

Éstas son las cuatro estaciones del corazón. Pueden estar presentes más de una, aunque generalmente, en un momento dado, una sola predomina en tu vida. La tradición acostumbra identificar el otoño como sincrónico con la vejez. En el otoño de tu vida cosechas tu experiencia. Es un bello trasfondo para comprender el envejecimiento. No es simplemente un proceso en el cual tu cuerpo pierde su apostura, fuerza y confianza en sí mismo. También te invita a adquirir conciencia del círculo sagrado que envuelve tu vida. Dentro del círculo de la cosecha puedes recoger momentos y vivencias olvidados, reunirlos en tu seno. En realidad, si aprendes a concebir el envejecimiento, no como la muerte del cuerpo, sino como la cosecha de tu alma, verás que puede ser un tiempo de gran fuerza, seguridad y confianza. Al comprender la cosecha de tu alma en el marco del ciclo estacional deberías tener una sensación de serena alegría por la llegada de esta época de tu vida. Debería darte fuerzas y permitir que adviertas cómo se te revelará la comunión profunda del mundo de tu alma.
El cuerpo envejece, se debilita y enferma, pero el alma que lo rodea siempre lo protege con gran ternura. Es un gran consuelo saber que el cuerpo se encuentra dentro del alma. A medida que tu cuerpo va envejeciendo, puedes ver cómo tu alma lo sostiene y protege; entonces se desvanece el pánico, el miedo que se suele asociar con el envejecimiento. Así adquieres una mayor sensación de fuerza, comunión y seguridad. Envejecer te asusta porque parece que tu autonomía e independencia te abandonan contra tu voluntad. Para los jóvenes, los viejos parecen ancianos. Cuando empiezas a envejecer, adquieres conciencia de la marcha veloz del tiempo. En verdad, la única diferencia entre una persona joven en la plenitud de su exuberancia y una persona muy vieja en un nivel físico débil y vacuo es el tiempo.
El tiempo es uno de los mayores misterios de la vida. Todo lo que nos sucede, ocurre en y a través del tiempo. Es la fuerza que lleva cada vivencia a la puerta de tu corazón. Todo cuanto te sucede lo controla y determina el tiempo. El poeta Paul Murray dice que el momento es «el lugar de peregrinaje al que peregrino».
El tiempo abre y expone el misterio del alma. Siempre me he maravillado ante la fugacidad y los misterios desplegados por el tiempo. Lo expresé en mi poema Cabaña:

Estoy atento
detrás de la pequeña ventana
de mi mente y contemplo
el paso de los días, forasteros
que no tienen motivo para mirar dentro.


Visto así, el tiempo puede ser aterrador. El cuerpo humano está rodeado de la Nada, que es el elemento aire. No hay una protección física visible en torno de tu cuerpo; cualquier cosa puede acercarse a tí en cualquier momento y desde cualquier dirección. El aire no detendrá los dardos del destino que vienen a clavarse en tu vida. La vida es increíblemente contingente e imprevisible.

La fugacidad hace de toda vivencia un fantasma

Uno de los aspectos más desoladores del tiempo es la fugacidad. El tiempo pasa y se lo lleva todo. Esto puede ser un consuelo cuando sufres. Te consuela pensar que ya pasará. Lo contrario es igualmente cierto: cuando lo estás pasando muy bien y te sientes feliz, estás con la persona amada y la vida no podría ser mejor. Esa tarde o día perfecto le dices en secreto a tu corazón: Dios mío, cuánto me gustaría que esto fuera así para siempre. Pero es imposible; todo tiene su fin. Fausto imploraba al momento que pasa: Verweile doch, du bist so schön. «Deténte un poco, eres tan bello...»
La fugacidad es la fuerza del tiempo que convierte toda vivencia en un fantasma. Jamás hubo un alba, por bella que fuese, que no diera lugar al mediodía. Jamás un mediodía dejó de correr hacia la tarde y ésta hacia la noche. Nunca hubo un día que no fuera a parar al cementerio de la noche. Así, todo lo que nos sucede se vuelve fantasma por obra de la fugacidad.
Nuestro tiempo se desvanece mientras lo vivimos. Es un hecho increíble. Formas parte de la trama del día, estás dentro de él, te rodea como una piel. Está alrededor de tus ojos y dentro de tu cerebro. El día te mueve; con frecuencia te agobia, o bien te eleva. Pero el hecho asombroso es que el día se va. Cuando miras detrás de ti, no ves tu pasado parado allí en una serie de formas diurnas. No puedes pasearte por la galería de tu pasado. Tus días se desvanecen, en silencio, para siempre. Tu futuro aún no ha llegado. El único terreno del tiempo es el presente.
Nuestra cultura pone un acento fuerte y digno sobre la importancia y la sacralidad de la experiencia. En otras palabras, lo que piensas, crees o sientes seguirá siendo una fantasía si no lo incorporas a la trama de la experiencia. Ésta es la piedra de toque de la verificación, la credibilidad y la intimidad profunda. Sin embargo, toda experiencia está condenada a desaparecer. Esto plantea una pregunta fascinante: ¿existe un lugar secreto donde se reúnen nuestros días pasados? Como preguntó el místico medieval: ¿Adonde va la luz cuando se apaga la vela? Creo que sí existe un lugar secreto de reunión de los días desvanecidos. El nombre de ese lugar es memoria.


Memoria: donde se congregan en secreto nuestros días desvanecidos

La memoria es una de las realidades más bellas del alma. El cuerpo, tan atado a los sentidos visuales, con frecuencia no reconoce a la memoria como el lugar de reunión del pasado. La imagen más potente de la memoria es el árbol. Recuerdo haber visto en el Museo de Ciencias Naturales de Londres un corte transversal de un secoya gigante de California. La memoria del árbol se remontaba al siglo v Los anillos de recuerdos estaban señalados por banderitas blancas que indicaban un suceso de la época. El primero era el viaje de san Columbano a lona, en el siglo VI; después venían el Renacimiento, los siglos XVII, XVIII y así hasta el momento actual.
Nuestra cultura moderna de la velocidad, el estrés y la superficialidad es tan pobre, entre otras razones, porque desdeña la memoria. La industria del ordenador se ha apropiado del concepto. Es falso que el ordenador posea memoria: tiene dispositivos de almacenamiento y recuperación. La memoria humana, en cambio, es sutil, sagrada y personal. Posee su propia selectividad y profundidad. Es un templo interior de sentimientos y sensibilidad. Dentro de ese templo se agrupan diversas vivencias de acuerdo con sus sensaciones y forma particulares. Nuestro tiempo padece una amnesia profunda. Dijo el filósofo norteamericano Jorge Santayana: los que olvidan el pasado están condenados a repetirlo.
La belleza y oportunidad de la vejez te ofrecen un tiempo de silencio y soledad para que visites la casa de tu memoria interior. Puedes revisitar todo tu pasado. La memoria es el lugar donde reside tu alma. Puesto que el tiempo lineal se desvanece, la memoria es poderosa. En otras palabras, nuestro tiempo se presenta en días de ayer, hoy y mañana. Sin embargo, hay otro lugar en nuestro interior que vive en un tiempo eterno: el alma. Ésta, pues, vive en la eternidad. Por lo tanto, a medida que las cosas suceden en tus días de ayer, hoy y mañana y desaparecen con la fugacidad, caen en la red de lo eterno de tu alma que las conserva. Ésta las reúne, conserva y cuida. A medida que tu cuerpo envejece y se debilita, tu alma se enriquece, profundiza y fortalece. Con el tiempo, tu alma se vuelve más segura de sí; se intensifica la luz natural de su interior. El maravilloso Czeslaw Milosz escribió un bello poema sobre la vejez titulado Una provincia nueva. Ésta es la última estrofa:

Hubiese querido decir: «Estoy saciado,
lo que nos es dado probar, lo he probado».
Pero soy como quien va a la ventana, corre la cortina
y ve una celebración que no comprende.

Tír na n-óg. la tierra de la juventud

La tradición celta poseía una maravillosa intuición sobre la forma en que el tiempo eterno está incluido en la trama del tiempo humano. Está expresada en la historia de Oisín (Ossián), miembro de los Fianna, la organización de soldados celtas. Cayó en la tentación de visitar la tierra de Tír na n-Óg, la tierra de la juventud eterna, donde vivía la buena gente, es decir, las hadas. Oisín se fue con ellos y durante muchísimo tiempo vivió feliz con su mujer Niamh Cinn Oir, conocida como Niamh la del cabello dorado. El tiempo, por ser jubiloso, transcurría con gran rapidez. La calidad de una vivencia es lo que determina el ritmo del tiempo. Cuando se sufre, cada segundo se alarga hasta parecer una semana. Cuando se está contento y se disfruta de la vida, el tiempo vuela. El tiempo de Oisín pasaba rápidamente en la tierra de Tír na n-Óg. Entonces empezó a echar de menos su antigua vida. Se preguntó cómo estarían los Fianna y que sucedería en Irlanda. Anhelaba volver a su patria, la tierra de Eire. Las hadas lo disuadían porque sabían que, como antiguo habitante del tiempo mortal y lineal, corría el peligro de perderse. No obstante, decidió regresar. Le dieron un hermoso caballo blanco y le dijeron que no desmontara, porque se perdería. Montado en el gran caballo blanco, volvió a Irlanda. Allí lo aguardaba una gran soledad, porque su ausencia había durado cientos de años. Los Fianna habían desaparecido. Para consolarse, visitó los antiguos terrenos de caza y los lugares donde habían banqueteado, cantado, contado viejas historias y realizado grandes hazañas. En el ínterin, el cristianismo había llegado a Irlanda. Cuando cabalgaba en su caballo blanco, Oisín vio a unos hombres que trataban vanamente de alzar una gran piedra para el muro de una iglesia. Él, que era soldado, poseía una fuerza descomunal y quería ayudarles, pero sabía que si desmontaba sería su perdición. Los miró de lejos y luego se acercó. No pudo contenerse. Quitó un pie del estribo y lo puso bajo la piedra para alzarla, pero en ese momento la cincha se rompió y Oisín cayó al suelo. En el momento de tocar la tierra de Irlanda se volvió un anciano débil y cubierto de arrugas. Esta hermosa historia muestra la coexistencia de dos niveles de tiempo. Quien cruzaba el umbral observado por las hadas, terminaba atrapado en el tiempo mortal y lineal. El punto de destino del tiempo humano es la muerte. El tiempo eterno es presencia ininterrumpida.

Tiempo eterno

Esta historia también revela que el ritmo de vida es distinto en el tiempo eterno. Una noche, un hombre de nuestra aldea volvía a su casa por un camino donde no había casas. Mientras pedaleaba en la bicicleta, oyó una hermosa música que venía del interior de un muro próximo al mar. Saltó el muro y descubrió que en ese lugar desolado había una aldea. La gente parecía esperarlo y conocerlo; lo recibieron con júbilo. Le ofrecieron deliciosas bebidas y comidas. Su música era la más bella que había oído jamás. Pasó unas horas de gran felicidad. Entonces recordó que si no volvía a su casa, saldrían a buscarlo. Se despidió de los aldeanos.
Cuando llegó a su casa le dijeron que había estado ausente durante una quincena, aunque en el eterno mundo de las hadas le había parecido sólo media hora.
Diversos autores medievales cuentan una historia muy parecida sobre un monje al que podríamos llamar Fénix. Un día, mientras leía su libro de oraciones en el monasterio, un pájaro empezó a cantar. El monje se concentró en el canto hasta el punto de perder la conciencia de todo lo demás. Finalmente cesó el canto, el monje volvió al monasterio, pero descubrió que no reconocía a nadie. Ni sus compañeros a él. Recordaba a los monjes con los que había convivido hasta media hora antes: pero todos habían desaparecido. Los monjes consultaron sus anales, que, efectivamente, registraban la misteriosa desaparición de Fénix muchos años antes. En el nivel metafórico, la historia sostiene que el monje Fénix, por medio de su presencia real, había penetrado en el tiempo eterno, cuyo ritmo es distinto del tiempo humano normal y fragmentario.
Los cuentos de hadas celtas muestran una región del alma que habita el tiempo eterno. Hay en nuestro interior una región eterna, invulnerable a los estragos del tiempo normal. Shakespeare habla de los estragos del tiempo eterno en su soneto 60:
Como en la playa al pedregal las olas, nuestros minutos a su fin se apuran, cada uno desplaza al que ha pasado y avanzan todos en labor seguida.
• (Trad. de Manuel Mújica Laínez)


El alma como templo de Ia memoria

Las historias celtas sugieren que el tiempo como ritmo del alma tiene una dimensión eterna que reúne y vela por todo. Aquí, nada se pierde. Es un consuelo hermoso: los sucesos de tu vida no desaparecen. Nada se pierde ni se olvida. Todo está conservado dentro de tu alma en el templo de la memoria. Por eso, en la vejez puedes regresar feliz y asistir a los tiempos pasados; recorrer las salas de ese templo, visitar los días que disfrutaste, así como los tiempos difíciles en los que creaste y formaste tu yo. La verdad es que la vejez, la cosecha de la vida, es un tiempo para reunir tus tiempos y los fragmentos de éstos. Así accedes a la unidad de ti mismo, ganas unas fuerzas, seguridad y comunión que nunca tuviste cuando vivías distraído en la precipitación de tus días. La vejez es tiempo de regreso a tu naturaleza profunda, de entrada en el templo de la memoria donde tus días desvanecidos están reunidos en secreto y te aguardan jubilosos.
La idea de la memoria era muy importante en la espiritualidad celta. Hay bellas oraciones para distintos momentos: para el fogón, para encender el fuego y para mantenerlo encendido. De noche se cubrían las brasas con cenizas para protegerlas del aire. A la mañana siguiente, seguían encendidas. Hay una oración para los que encienden el fuego de la chimenea que evoca a santa Brígida, diosa pagana celta y a la vez santa cristiana. Brígida reúne los dos mundos fácil y naturalmente. En la psique irlandesa, el mundo pagano y el cristiano no tienen conflictos, sino que se reúnen en amistad. Esta bella oración de los fogones también reconoce la memoria.

Brígida de las chimeneas, abrázanos,
señora de los candiles, protégenos,
guardiana del fogón, manten viva nuestra llama,
reúnenos bajo tu manto y
devuélvenos a la memoria
Madres de nuestra madre,
archimadres fuertes,
llevadnos de la mano,
recordadnos cómo
se enciende el fogón,
para que nos dé luz,
para conservar la llama,
vuestras manos alrededor de las nuestras,
nuestras manos dentro de las vuestras,
para encender la luz,
día y noche
El manto de Brígida a nuestro alrededor,
el recuerdo de Brígida en nuestro interior,
la protección de Brígida nos libra
del daño, la ignorancia, la impiedad,
de día y de noche,
del alba al ocaso,
del ocaso al amanecer.

He aquí un bello reconocimiento del círculo de la memoria que reúne todo en bella unidad.
En un sentido positivo, cuando envejeces llega el tiempo de visitar el templo de tu memoria para integrar tu vida.
La integración es un paso vital en el regreso al yo. Lo que no se integra permanece fragmentado; a veces puede provocar un gran conflicto interior. Hay mucho para integrar dentro de cada persona. Camus dijo que después de un día en el mundo uno podría pasar el resto de su vida incomunicado en una celda y aun así le quedarían para descifrar las dimensiones de ese día. No somos conscientes de todo lo que nos sucede en el círculo de un solo día. Visitar el templo de la memoria no es un mero regreso al pasado; es despertar e integrar todo lo que nos sucede. Es parte del proceso de reflexión que da profundidad a la experiencia. Todos tenemos experiencias, pero como dijo T.S. Eliot, las vivimos sin comprender su significado. Cada corazón humano busca el significado de sus vivencias, porque en él está el refugio más seguro. La significación es la hermana de la experiencia. Descubrir el significado de algo que te ha sucedido es una de las formas esenciales de llegar a tu comunión interior y descubrir la presencia protectora de tu alma. La Biblia pone esta frase asombrosa en boca del profeta Hageo:
«Sembráis mucho y recogéis poco». En todo lo que te sucede se planta una semilla de experiencia. Es igualmente importante que coseches esa experiencia.

Autocomprensión y el arte de la cosecha interior

La vejez puede ser un tiempo maravilloso para desarrollar el arte de la cosecha interior. ¿Qué significa cosecha interior? Que empiezas a recoger los frutos de tu experiencia.
Los clasificas, seleccionas e integras. La cosecha interior es esencial en las áreas abandonadas de tu vida. Las zonas de abandono interior claman por tu atención. Exigen que coseches. Así podrán volver del exilio falso a las que las condenó la negligencia y entrar en el templo del arraigo, el alma. Esto es necesario principalmente en relación con las cosas que te han resultado difíciles en la vida, cosas a las que opusiste una gran resistencia. Tus heridas interiores claman por la curación. Puedes hacerlo de dos maneras. Una es la del análisis, que consiste en volver sobre la herida para reabrirla. Le quitas la piel protectora que la cubre. Haces que vuelva a doler y sangrar. La terapia en buena medida contrarresta el proceso de curación. Tal vez existe un medio menos perturbador para atender tus heridas. Porque el alma tiene sus propios tiempos naturales de curación. Por consiguiente, muchas de tus heridas han curado bien y no debes volver a abrirlas. Si quieres, puedes hacer una lista de tus heridas y pasar los próximos treinta años reabriéndolas hasta convertirte en un Job, con el cuerpo cubierto de llagas. Si te afanas en este ejercicio de la herido-logia, transformarás tu alma en una masa de llagas purulentas. Cada uno posee una libertad maravillosa pero precaria en relación con su vida interior. Por eso debemos tratarnos con una gran ternura.
La sabiduría de la presencia espiritual, del alma, indica que dejemos en paz ciertos aspectos de nuestra vida. Es el arte de no intromisión espiritual. Ahora bien, otros aspectos de tu vida claman por tu atención; requieren que tú, su protector, vayas a cosecharlos. Puedes descubrir cuáles son en el templo de la memoria y visitarlos con ternura y espíritu protector. Tu presencia creativa en estas, áreas puede adoptar, entre otras formas, la de la comprensión. Algunas personas son comprensivas con los demás pero excesivamente severas consigo mismas. Una de las cualidades que puedes desarrollar, especialmente a medida que envejeces, es la comprensión de ti mismo. Cuando visites las heridas en el templo de la memoria, los lugares donde cometiste errores graves y sientas fuertes remordimientos, no seas implacable contigo. Acaso algunos de esos errores te ayudarán a madurar. En ese viaje espiritual, los errores suelen contarse entre los mejores momentos. Te llevaron a un lugar que de otro modo hubieras evitado. Debes volver a tus errores y heridas con comprensión y ternura. Trata de recuperar el ritmo en que vivías en ese momento. Si visitas esta configuración de tu alma con perdón en el corazón, ella ocupará tu lugar. Cuando perdonas a tu yo, las heridas interiores empiezan a curarse. Vuelves del exilio de la herida al júbilo de la comunión interior. Este arte de la integración es de gran valor. Tu voz interior más profunda te indicará qué lugares debes visitar; confía en ella. Esto no se ha de enfocar de manera cuantitativa, sino espiritual, con ternura. Si llevas esta luz benigna a tu alma y sus heridas, obtendrás una curación interior insospechada. Las heridas se curarán si las cuidas con espíritu comprensivo.

Para conservar algo bello en tu corazón

El alma es el refugio natural en tomo de tu vida. Si no lo has deteriorado a lo largo de tu vida, tu alma te envolverá y protegerá. Aplicar la luz de neón del análisis a tu alma y tu memoria puede ser muy dañino, sobre todo en la vulnerabilidad de tu vejez. Deja que tu alma sea natural. Desde esta perspectiva, la vejez puede ser un tiempo vulnerable. Muchas personas se angustian y asustan al envejecer. Es en esos tiempos difíciles y vulnerables cuando más debes ocuparte de tu yo. Me encanta la frase de Blas Pascal: «En tiempos difíciles siempre debes conservar algo bello en tu corazón». Acaso tuvo razón el poeta al afirmar que, en definitiva, nuestra salvación será la belleza.
Es tu visión del futuro lo que da forma a éste. Dicho de otra manera, las expectativas ayudan a crear el futuro. Muchos de nuestros problemas no son propiamente nuestros. Los atraemos con nuestra actitud pesimista. Una amiga mía de Cork tenía una anciana vecina llamada Mary. Ésta era conocida por su actitud pesimista y negativa. Siempre estaba despotricando. Un vecino se cruzó con ella una hermosa mañana de mayo. Brillaba el sol, las plantas estaban en flor y la naturaleza misma parecía bailar. El vecino dijo:
«Hermoso día, ¿verdad, Mary?». Ella respondió: «Sí, sí, pero ¿y mañana?». No podía disfrutar de la belleza que la rodeaba porque temía que el día siguiente fuera malo. Los problemas no son meras constelaciones del alma y la conciencia; con frecuencia adquieren forma espiritual. Digamos que pequeños enjambres de desdichas andan revoloteando por el aire. Te ven pesimista y melancólico, y calculan que podrán alojarse en ti durante una semana, unos meses, acaso un año. Si bajas tus defensas naturales, las desdichas pueden entrar y ocupar diversos lugares en tu mente. Cuanto más tiempo dejas que permanezcan ahí, más difícil será expulsarlas. La sabiduría natural parece indicar que tu vida se portará contigo tal como tú te portas con ella. La comprensión y la esperanza te redituarán lo que realmente necesitas.
La vez es tiempo de la segunda inocencia. La primera inocencia, la del niño, se basa en la confianza ingenua y la ignorancia. La segunda llega después de haber vivido profundamente, cuando conoces la desolación de la vida, su increíble poder de desilusionar y a veces destruir. Sin embargo, aunque tu realismo reconoce la potencialidad negativa de la vida, tu perspectiva sigue siendo sana, esperanzada y luminosa. Ésta es una clase de segunda inocencia. Es hermoso contemplar el rostro surcado de arrugas de una persona anciana, un rostro que ha vivido, y ver en sus ojos una bella luz. Es la luz de la inocencia, no como falta de experiencia, sino como confianza en lo bueno, lo verdadero, lo hermoso. Esa mirada de un rostro anciano es como una bendición; en su presencia te sientes bien y en plenitud.

El campo luminoso

Una de las actitudes negativas más dañinas para con el propio pasado o la memoria es la de arrepentirse. Con frecuencia imagina un pasado muy distinto de lo que realmente fue. La canción de Edith Piaf, Je ne regrette ríen, es hermosa por su aceptación libre y total del pasado.
Conozco una mujer solitaria que ha llevado una vida muy desprotegida. Ha sufrido mucho y con frecuencia tiene problemas graves, pero una vez me dijo: «No lamento nada. Es mi vida y en cada cosa negativa que me sucedió siempre había una luz oculta». Esa visión integradora le permitía recuperar tesoros ocultos en las dificultades del pasado. A veces las dificultades son las mejores amigas del alma. Un hermoso poema del galés R.S. Thomas se refiere a la mirada retrospectiva, la sensación de haber pasado por alto algo importante o lamentar algo que uno no hizo. Se titula El campo luminoso:

He visto la luz abrirse paso
para iluminar un campo pequeño
unos minutos y he seguido mi camino
y lo he olvidado. Pero era la perla
de gran valor, el campo que guardaba
el tesoro. Ahora comprendo
que debo entregar todo lo que tengo
para poseerlo. La vida no consiste
en correr hacia un futuro que se aleja o desear
un pasado imaginario. Es desviarse
como Moisés hacia el milagro
de la zarza ardiente. Hacia una luminosidad
que parece efímera como tu juventud,
pero es la eternidad que te aguarda.


En este hermoso poema campea la concepción celta del tiempo. Tu tiempo no es sólo pasado o futuro, sino que siempre habita el círculo de tu alma. Todo tu tiempo está reunido, y tu futuro te aguarda. En cierto sentido, tu pasado no se ha ido: está oculto en tu memoria. Es la semilla profunda de la eternidad que te espera para recibirte. Es una forma sana de contemplar el futuro que viene hacia ti.

El corazón apasionado jamás envejece

Las personas ancianas suelen irradiar una ternura conmovedora. La edad no depende exclusivamente del tiempo cronológico, sino que está relacionada con el temperamento. Conozco jóvenes de dieciocho, veinte años, tan serios, adustos y melancólicos que hablan como personas de noventa. Por el contrario, conozco algunos ancianos pícaros, traviesos, divertidos; su presencia está llena de vivacidad. Trasuntan una sensación de luminosidad, de alegría. A veces desde un cuerpo muy anciano te contempla un alma increíblemente joven y vital. Es muy estimulante conocer a una persona anciana que sigue fiel a su fuerza vital joven y salvaje. El Maestro Eckhart lo dijo de manera mucho más formal: hay un lugar en el alma que es eterno. El tiempo envejece, pero hay un lugar en el alma que el tiempo no puede tocar. Es hermoso conocer esta verdad sobre uno mismo. Aunque el tiempo surcará tu rostro, debilitará tus miembros, te volverá más lento y finalmente agotará tu vida, hay un lugar en tu espíritu al cual no puede acercarse. Eres tan joven como te sientes. Si empiezas a sentir el calor de tu alma, habrá siempre un espíritu juvenil en tí que nadie podría quitarte. Dicho de manera más formal, es una forma de habitar la parte eterna de tu vida. Sería muy lamentable que en tu único viaje a través de la vida pasaras por alto esta presencia eterna a tu alrededor y en tu interior.
En el joven hay una gran intensidad y deseo de aventura. Quiere hacerlo todo. Quiere todo, ahora mismo. La juventud generalmente no es tiempo de reflexión. Por eso Goethe dijo que en general es un derroche dar la juventud a los jóvenes. Uno va en todas las direcciones sin estar seguro de su camino. Un vecino mío tiene problemas de alcoholismo. La taberna más próxima está en otro pueblo. Si quisiera ir en auto, tendría que llegar hasta la aldea vecina. Una noche, mi hermano vio a este hombre en el camino y detuvo su auto para llevarlo. Pero el hombre no quiso: «Aunque camino hacia allá, voy en la otra dirección». En el mundo moderno, muchas personas caminan en una dirección, pero su vida va en dirección contraria. La vejez ofrece la oportunidad de integrar y reunir las múltiples direcciones en que uno ha viajado. Es tiempo de reunir el círculo de la vida, de despertar el anhelo y vivificar nuevas posibilidades.

El fuego del anhelo

La sociedad moderna se basa en una ideología de la fuerza y la imagen. Por consiguiente, los viejos suelen quedar marginados. La cultura moderna está obsesionada por lo superficial, la imagen, la velocidad y el cambio; está impulsada por ellas. En tiempos antiguos se consideraba a los ancianos personas de gran sabiduría. Se trataba a los mayores con veneración y respeto. El fuego del anhelo arde vigoroso en el corazón del anciano. Nuestra concepción de la belleza se ha empobrecido porque la hemos reducido a una cara bonita. Hay un culto a la juventud en el que todos tratan de conservar el aspecto juvenil. Hay cirugías plásticas e infinitos métodos para conservar la imagen de la juventud. En realidad, esto no es belleza. La verdadera belleza es una luz que viene del alma. A veces, en el rostro de un anciano ves esa luz detrás de las arrugas; es una visión de exquisita belleza. Yeats expresa esta pasión y anhelo en su hermosa Canción del errante Aengus:

Me fui a la avellaneda
por culpa del fuego que tenía en la cabeza,
corté y pelé una rama fina
y até una baya a un cordel.
Y cuando las polillas blancas echaron a volar
y las estrellas comenzaron a titilar,
tiré la baya a un arroyo
y pesqué una trucha de plata.
Cuando la tuve en el suelo,
me puse a encender una hoguera,
pero algo se agitó en el suelo
y alguien me llamó por mi nombre.
Se había convertido en mujer de humo,
tenía flores de manzano en el pelo,
pronunció mí nombre, echó a correr
y desapareció en el aire tornasolado.

Aunque soy viejo y vagando voy por tierras bajas y tierras montañosas, averiguaré dónde ha ido, besaré sus labios, le cogeré la mano;
pasearé entre las matas altas y manchadas y arrancaré, hasta que el tiempo se consuma, las manzanas plateadas de la luna, las manzanas doradas del sol.


Envejecer: invitación a una nueva soledad

La perspectiva de envejecer puede ser aterradora debido a la nueva soledad en tu vida. Una nueva serenidad se asienta sobre el marco exterior de tu vida activa, el trabajo realizado, la familia que has formado y la función que has cumplido. La quietud y la soledad se apoderan de tu vida. Esto no tiene nada de aterrador. Tu nueva serenidad y soledad, empleadas de manera creativa, pueden ser dones maravillosos, recursos muy fecundos para ti. Una y otra vez nuestro desasosiego nos lleva a pasar por alto los grandes tesoros de nuestra vida. En nuestra mente siempre estamos en otra parte. Rara vez nos encontramos en el lugar donde estamos y en el tiempo de ahora. Muchas personas son acosadas por el pasado, por las cosas que no hicieron, que debieron haber hecho y por ello están arrepentidas. Son prisioneras del pasado. Otras se ven acosadas por el futuro; viven angustiadas y preocupadas por el porvenir.
Entre tanto estrés y prisa, pocos pueden habitar el presente. Una de las alegrías de la vejez es que tienes más tiempo para estar inmóvil. Pascal dijo que muchos de nuestros problemas más graves se deben a nuestra incapacidad para estar quietos en una habitación. La quietud es vital para el mundo del alma. Si la adquieres a medida que envejeces, descubrirás que puede ser una gran compañera. Los fragmentos de tu vida tendrán tiempo para unirse, los lugares donde tu alma protectora está herida o rota podrán curarse o juntarse. Podrás volver a tu yo. En esta quietud podrás conversar con tu alma. Muchas personas se pasan por alto a sí mismas durante el trayecto de su vida. Conocen a otras personas, lugares, destrezas, trabajos, pero lo trágico es que jamás se conocen a sí mismas. La vejez puede ser un hermoso momento para conocerte, acaso por primera vez. T.S. Eliot dijo que el fin de toda nuestra exploración será llegar al lugar de donde partimos y conocerlo por primera vez.

Desolación: la clave del valor

Cuando te conoces demasiado bien, en realidad eres un extraño para ti mismo. A medida que envejeces, tienes más tiempo para conocerte. Esta soledad puede volverse desolación conforme envejeces. La desolación es muy penosa. Un amigo mío que vivía en Alemania me habló de su guerra contra la nostalgia. El temperamento, el orden, las estructuras y la superficialidad de los alemanes le resultaban muy penosos. Durante el invierno tuvo gripe y la soledad que había reprimido vino a acosarlo. En su desesperada desolación, decidió dar rienda suelta a esos sentimientos en lugar de evitarlos. Se sentó en un sillón y se concedió libertad para sentirse solo. En cuanto tomó esta decisión, se sintió como el huérfano más abandonado del cosmos. Lloró sin poder contenerse. De alguna manera, lloraba por toda la soledad que había ocultado en su vida. La experiencia, aunque dolorosa, fue extraordinaria. Al romper los diques interiores, modificó su relación con la soledad. Jamás volvió a sentirse solo en Alemania. Una vez liberado, abrazó su soledad, hizo las paces con ella, la convirtió en parte natural de su vida. Una noche, estando en Connemara, conversaba sobre la soledad con un amigo. Me dijo: Is pol dibh doite Jan t-uaigness ach ma dhdnann td sdas J, ddnfaidh td amach go leor eile at go h-lainn chomh maith, es decir: «La soledad es un agujero, pero si lo cierras, también cierras muchas cosas que pueden ser hermosas para ti». No debemos temer esa soledad. Si hacemos las paces con ella, puede darnos una libertad desconocida.

La sabiduría como apostura y gracia

La sabiduría es otra cualidad de la vejez. En sociedades antiguas a los ancianos se les llamaba mayores en virtud de la sabiduría que habían cosechado por haber vivido tanto tiempo. Nuestra cultura está obsesionada por la información. Hay más información disponible en el mundo que nunca antes. Tenemos muchos conocimientos sobre todas las cosas imaginables. Pero hay una gran diferencia entre la sabiduría y el conocimiento. Puedes saber muchas cosas, poseer muchos datos sobre distintas cosas e incluso sobre ti mismo, pero lo que te conmueve es aquello que comprendes profundamente. La sabiduría es una forma profunda de conocer. Es el arte de vivir en consonancia con el ritmo de tu alma, tu vida y lo divino. Es la forma como aprendes a descifrar lo desconocido; y éste es nuestro compañero más íntimo. La cultura celta y el antiguo mundo irlandés profesaban un gran respeto por la sabiduría. En esa sociedad predominantemente matriarcal muchas de estas personas sabias eran mujeres. La maravillosa tradición de la sabiduría celta se prolongó en el monacato irlandés. Mientras Europa vivía años de oscurantismo, los monjes irlandeses conservaban la memoria de la cultura. Crearon centros de enseñanza en toda Europa. Los monjes irlandeses recivilizaron el continente, y sus enseñanzas sirvieron de base para el maravilloso escolasticismo medieval con su fecunda cultura.
Era tradicional que cada región de Irlanda tuviera su propio sabio. En el condado de Clare había una mujer sabia llamada Biddy Early (Biddy significa «criticona»). En Galway había otra mujer llamada Cailleach an Clochain, o anciana de Clifden, que poseía también esta sabiduría. Cuando una persona estaba desconcertada o preocupada por el futuro, visitaba a un sabio. Con sus consejos, aprendía a encararse con su destino, a vivir más profundamente y a sentirse protegida del peligro y la destrucción inminentes. Se suele asociar la sabiduría con el tiempo de la cosecha en la vida. Lo que está desparramado carece de unidad; lo cosechado alcanza la unidad y la comunión. Pues bien, la sabiduría es el arte de equilibrar lo conocido con lo desconocido, el sufrimiento con la alegría; es una manera de integrar la vida en una unidad nueva y más profunda. Nuestra sociedad haría bien en prestar atención a la sabiduría de los ancianos, integrarlos en el proceso de toma de decisiones. La sabiduría de los mayores nos permitiría elaborar una visión coherente del futuro. En definitiva, la sabiduría y la visión son hermanas; la creatividad, crítica y clarividencia de la visión emanan de la mente de la sabiduría. Los mayores son grandes tesoros de sabiduría.

La vejez y los tesoros del crepúsculo

La vejez es también el crepúsculo de la vida. En la costa occidental de Irlanda los crepúsculos son hermosos, con una luz mágica. Muchos artistas vienen a trabajar en esta luz. El crepúsculo en el oeste de Irlanda es una hora de colores hermosos, que parecen aflorar después de haber estado ocultos bajo la luz blanca del día; cada color tiene una gran profundidad. El día se despide con gran decoro y belleza. Esa despedida se expresa en la magia de los colores hermosos. El ocaso da la bienvenida a la noche. Sus colores parecen penetrar en ella para volverla habitable y llevadera, un lugar de luz oculta. Asimismo en la vejez, el crepúsculo de la vida, muchos tesoros que pasaron inadvertidos en tu vida se vuelven visibles y están a tu disposición. Suele suceder que sólo la percepción crepuscular te permite contemplar los misterios de tu alma. Ésta corre a ocultarse de la luz de neón del análisis. La percepción crepuscular puede ser un umbral que invita al alma a desechar su timidez para que puedas contemplar sus bellos lineamientos de anhelo y potencialidad.

Vejez y libertad

La vejez también puede ser el tiempo de poner distancias. Tu percepción lo requiere. Las cosas demasiado próximas no se ven. Por eso no solemos valorar a las personas más cercanas a nosotros. No podemos dar un paso atrás para contemplarlas con la veneración y el reconocimiento que merecen. Tampoco nos miramos a nosotros mismos porque nos arrastra el torbellino de la vida. En la vejez, cuando tu vida se serena, podrás tomar distancia para ver quién eres, qué te ha hecho la vida y qué hiciste tú de ella. La vejez es tiempo de despojarse de muchas cargas falsas que uno ha arrastrado a través de los años de duras pruebas. Algunas de las cargas más pesadas son las que uno mismo elige llevar. Personas que dedican años a fabricarse una carga pesada suelen decir: «Yo llevo mi cruz a cuestas, Dios me ayude, espero que Dios me recompense por llevarla». Tonterías. Al ver a esas personas que llevan cargas inventadas por ellas mismas, Dios seguramente piensa: «Necios, cómo pueden creer que ése es el destino que yo les reservé. Es el fruto del uso negativo de la libertad y las posibilidades que yo les di». Las cargas falsas pueden caer en la vejez. Una manera de empezar es preguntarse: ¿qué cargas he sobrellevado yo solo? Algunas seguramente son reales, pero otras es probable que las hayas fabricado y recogido tú. Al despojarte de ellas, te quitas una gran presión y peso de encima. Experimentarás una agilidad y una gran libertad interior. La libertad puede ser uno de los frutos maravillosos de la vejez. Puedes reparar los daños que te infligiste anteriormente en la vida. Este conjunto de posibilidades está resumido en este magnífico pasaje del gran poeta mexicano Octavio Paz:

Con gran dificultad y avanzando a razón de un milímetro por año, tallo un camino en la piedra. Durante milenios he gastado mis dientes y roto mis uñas para llegar allí, al otro lado, a la luz y el aire libre. Y ahora que mis manos sangran y mis dientes tiemblan, inseguro en una cueva, doblegado por la sed y el polvo, me detengo a contemplar mí obra. He pasado la segunda parte de mi vida quebrando las piedras, taladrando los muros, derribando las puertas, quitando los obstáculos que coloqué entre la luz y yo en la primera parte de mi vida.

Bendición para la vejez

Que la luz de tu alma te cuide,
Que tus preocupaciones y angustias sobre la vejez se transfiguren.
Que junto con el ojo de tu alma se te conceda sabiduría para ver este bello tiempo de cosecha.
Que tengas paciencia para cosechar tu vida, para curar las heridas, para permitir que se aproxime y se vuelva parte de ti.
Que tengas una gran dignidad y sentido de tu libertad, y sobre todo se te conceda el maravilloso don de conocerla luz eterna y la belleza que hay en ti.
Bendito seas y ojalá encuentres en ti mismo un gran amor por ti mismo.


6
LA MUERTE:
EL HORIZONTE ESTÁ EN EL POZO




El compañero desconocido

Hay una presencia que recorre contigo el camino de la vida. Jamás te abandona. A solas o acompañado, siempre la tienes contigo. Cuando naciste, salió contigo del útero, pero con la conmoción de tu llegada nadie lo advirtió. Aunque te rodea, tal vez no seas consciente de su compañía. Esta presencia es la Muerte.
Nos equivocamos al creer que la muerte sólo llega al final de la vida. Tu muerte física no es sino la consumación de un proceso iniciado por tu acompañante secreto en el momento en que naciste. Tu vida es la de tu cuerpo y tu alma, pero la muerte rodea a ambos. ¿Cómo se manifiesta en nuestra experiencia cotidiana? La vemos en distintos disfraces en las zonas de nuestra vida en que somos vulnerables, débiles, negativos o estamos heridos. Uno de los rostros de la muerte es la negatividad. En cada uno hay una herida de negatividad; es como una llaga en tu vida. Puedes ser cruel y destructivo contigo mismo incluso cuando los tiempos son buenos. Algunas personas están viviendo momentos maravillosos en este preciso instante, pero no se dan cuenta de ello. Tal vez, más adelante, en épocas duras o destructivas, uno recordará esos tiempos y dirá: «Era feliz entonces, pero lamentablemente no me daba cuenta».

Las caras de la muerte en la vida cotidiana

En nuestro interior hay una fuerza de gravedad que pesa sobre nosotros y nos aleja de la luz. El negativismo es una adicción a la sombra tétrica que revolotea alrededor de cada forma humana. En una poética de desarrollo o de vida espiritual, una de nuestras actividades constantes es la transfiguración de este negativismo, la fuerza y la cara de tu muerte que roe tu permanencia en el mundo. Quiere transformarte en un forastero en tu propia vida. Este negativismo te condena a un exilio frío, lejos de tu propio amor y calor. Si te ocupas consecuentemente de esta tendencia, puedes transfigurarla al volverla hacia la luz de tu alma. Esta luz espiritual le resta gradualmente gravedad, peso y poder destructivo al negativismo. Poco a poco, lo que llamas tu lado negativo puede convertirse en tu interior en una gran fuerza de renovación, creatividad y desarrollo. Todos debemos hacerlo. El sabio es el que sabe dónde reside su negativismo pero no se vuelve adicto a él. Detrás de tu negativismo hay una presencia mayor y más generosa.
Con su transfiguración, vas hacia la luz que se oculta en esa presencia mayor. Al transfigurar constantemente los rostros de tu propia muerte te aseguras de que al final de tu vida la muerte física no vendrá como un extraño a robarte esa vida que tenías; conocerás perfectamente su rostro. Por haber superado el miedo, tu muerte será un encuentro con un amigo de toda la vida proveniente de lo más profundo de tu propia naturaleza.
Otro de los rostros de la muerte, otra de sus expresiones en la vida cotidiana, es el miedo. Ningún alma está libre de esta sombra. El valiente es el que puede identificar sus miedos y los aprovecha como fuerza de creatividad y desarrollo. Hay distintos niveles de miedo en nuestro interior. Uno de sus aspectos más poderosos es su increíble habilidad para falsificar las realidades de tu vida. No conozco otra fuerza capaz de destruir la felicidad y tranquilidad de tu vida con tanta rapidez. Puede volver tu alma irreal y destruir tus vínculos de arraigo.
Hay distintos niveles de miedo. A muchas personas les aterra la idea de perder el control y lo utilizan como mecanismo para estructurar su vida. Quieren controlar lo que sucede a su alrededor y a ellos mismos. Pero el exceso de control es destructivo. Es quedar atrapado en una trama protectora que uno mismo teje en torno de su vida. Así uno puede quedar marginado de muchas bendiciones que le están destinadas. El control siempre debe ser parcial y transitorio. En momentos de dolor, y sobre todo en el de la muerte, tal vez no puedas conservar este control. La vida mística siempre ha reconocido que el distanciamiento del yo es necesario para llegar a la presencia divina en el interior de uno mismo. Cuando dejes de controlar, te asombrarás al ver hasta qué punto se enriquece tu vida. Las cosas falsas a las que te habías aferrado se alejan rápidamente. Lo verdadero, lo que amas profundamente, lo que es verdaderamente tuyo, penetran en tu interior. Ahora nadie podrá quitártelos.

La muerte como raíz del miedo

Otros temen ser sí mismos. Muchas personas permiten que ese miedo limite su vida. Fingen constantemente, se forjan cuidadosamente una personalidad que creen el mundo aceptará o admirará. Incluso en su propia soledad temen el encuentro consigo mismas. Uno de los deberes más sagrados del propio destino es el de ser uno mismo. Cuando aprendes a aceptarte y amarte, dejas de temer a tu propia naturaleza. En ese momento, entras en consonancia con el ritmo de tu alma y entonces te paras sobre tu propio terreno. Te sientes seguro y firme. Estás en equilibrio. Agotarás tu vida en vano si caes en la política de forjarte una máscara acorde con las expectativas ajenas. La vida es muy breve y un destino especial nos aguarda para desarrollarse. A veces el miedo a ser nosotros mismos nos aparta de ese destino y terminamos famélicos y empobrecidos, víctimas de la hambruna que hemos provocado.
La mejor historia que conozco sobre la presencia del miedo, un cuento de la India, trata de un hombre condenado a pasar la noche en una celda con una serpiente venenosa. Con el menor movimiento, ésta lo mataría. Durante toda la noche el hombre permaneció de pie, inmóvil en un rincón, temeroso de que su misma respiración pudiera incitar a la serpiente. A la primera luz del alba vio el reptil en el rincón opuesto de la celda y sintió un gran alivio porque no la había despertado. Pero cuando la luz penetró en la celda, advirtió que no era una serpiente sino una cuerda. La moraleja sugiere que en muchas divisiones de nuestras mentes hay objetos inofensivos como la cuerda, pero nuestra ansiedad los convierte en monstruos que nos dominan e inmovilizan en la pequeña celda de nuestra vida.
Una forma de transfigurar el poder y la presencia de tu muerte es transfigurar tu miedo. Cuando siento angustia o miedo, me es útil preguntarme cuál es la razón de mi miedo. Es una pregunta liberadora. El miedo es como la niebla; se extiende y distorsiona la forma de todo. Cuando la circunscribes con esa pregunta, se reduce a proporciones manejables. Cuando descubres qué te asusta, recuperas el poder que le habías entregado al miedo. Al mismo tiempo apartas a éste de la noche de lo desconocido, que le da vida. El miedo se multiplica en el anonimato, rehúye los nombres. Cuando le pones un nombre, el miedo se encoge.
La muerte es la raíz de todos los miedos. En toda vida hay una época en que uno siente terror de morir. Vivimos en el tiempo, y éste es fugaz. Nadie puede decir con certeza qué le sucederá esta noche, mañana o la semana entrante. El tiempo puede llevar cualquier cosa a la puerta de tu vida. Uno de los aspectos más aterradores de la vida es justamente su imprevisibilidad. Cualquier cosa puede sucederte. Ahora, mientras lees estas líneas, hay personas en el mundo que sufren la irrupción brutal de lo inesperado. Suceden cosas que alterarán su vida para siempre. El nido de su comunión es destruido, su vida no volverá a ser la misma. Alguien recibe una mala noticia en el consultorio del médico; alguien sufre un accidente de tránsito y jamás volverá a caminar; alguien es abandonado por su amante, que jamás volverá. Cuando contemplamos el futuro de nuestra vida, no podemos prever lo que sucederá. No podemos tener certezas. Sin embargo, hay una certeza: llegará un día, por la mañana, la tarde o la noche, en que serás llamado de este mundo, un momento en que deberás morir. Aunque el hecho es seguro, su naturaleza es completamente contingente. Dicho de otra manera, no sabes dónde, ni cómo, ni cuándo morirás, ni quién estará contigo, ni qué sentirás. Estos hechos sobre la naturaleza de tu muerte, el suceso más decisivo de tu vida, siguen siendo totalmente oscuros.
Aunque la muerte es la experiencia más poderosa de la vida, nuestra cultura hace enormes esfuerzos para negar su presencia. En cierto sentido, los medios de comunicación, la imagen y la publicidad tratan de crear un culto a la inmortalidad; es raro que se reconozca el ritmo de la muerte en la vida. Como ha dicho Emmanuel Levinas: «Mi muerte llega en un momento sobre el que no tengo ningún poder».

La muerte en la tradición celta

La tradición celta entendía de un modo sutil el milagro de la muerte y creó bellas oraciones para la ocasión. Para los celtas el mundo eterno estaba tan próximo al mundo natural que la muerte no parecía un suceso excepcionalmente destructivo o amenazador. Al entrar en el mundo eterno, llegas a un lugar donde la sombra, el dolor y las tinieblas jamás volverán a tocarte. Una bella oración dice:

Voy a casa contigo, a tu casa, a tu casa, Voy a casa contigo, a tu casa de invierno. Voy a casa contigo, a tu casa, a tu casa, Voy a casa contigo, a tu casa de otoño, de primavera y verano. Voy a casa contigo, hijo de mi amor, a tu cama eterna, a tu sueño eterno.

En esta oración el mundo natural y las estaciones están bellamente enlazados con la presencia de la vida eterna.

Jamás comprenderás la muerte ni reconocerás su soledad hasta que llame a tu puerta. En Connamara la gente dice: Ni thuigfidh td an bs go dtiocfaidh sf ag do dhors flin, o sea, «jamás comprenderás la muerte hasta que llame a tu puerta». También dicen que Is fear direach J an bs ni cui-reann sj scJal ar bith roimhe, «la muerte es un individuo muy directo que jamás se hace anunciar». Asimismo, Ni fjidir dul i bhfolach ar an mbs, «no hay lugar donde ocultarse de la muerte». O sea que cuando la muerte te busca, siempre sabrá dónde encontrarte.


Cuando la muerte llega...

La muerte es un visitante solitario. Cuando pasa por tu casa, nada vuelve a ser igual que antes. Hay un lugar vacío en la mesa, una ausencia en la casa. La muerte de un ser querido es una experiencia increíblemente extraña y desoladora. Algo se rompe en tu interior y las piezas jamás volverán a unirse. Se ha ido un ser amado, cuya cara, manos y cuerpo conocías tan bien. Por primera vez, este cuerpo queda totalmente vacío. Es aterrador y extraño. Después de la muerte, muchas preguntas acuden a tu mente: dónde se ha ido, qué ve, qué siente. La muerte de un ser amado trae una amarga soledad. Cuando amas de verdad a alguien, quisieras morir en su lugar. Pero cuando llega el momento, nadie puede ocupar el lugar de otro. Cada uno debe afrontarlo solo. Lo extraño de la muerte es que alguien desaparece. La experiencia humana comprende toda clase de continuidades y discontinuidades, acercamientos y distanciamientos. En la muerte se alcanza la última frontera de las vivencias. El fallecido desaparece del mundo visible de la forma y la presencia. Al nacer, vienes de ninguna parte; al morir, te vas a ninguna parte. Si riñes con la persona amada y ella se va, y si estás desesperado por volver a encontrarla, recorrerás cualquier distancia con tal de hacerlo. El momento de dolor más terrible es cuando comprendes que jamás volverás a ver al muerto. La ausencia de su vida, la ausencia de su voz, rostro y presencia se vuelve algo que, como dice Sylvia Plath, empieza a crecer a tu lado como un árbol.

Caoineadh:
el duelo en la tradición irlandesa


Una de las bellezas de la tradición irlandesa es la gran hospitalidad con que recibe la muerte. Cuando muere un aldeano, todos acuden al funeral. Primero, todos van a la casa a ofrecer sus condolencias. Los vecinos se reúnen para dar sostén a la familia y ayudarla. Es un don hermoso. En los momentos de gran desesperación y soledad, necesitas la ayuda de tus vecinos para superar ese tiempo de fragmentación. En Irlanda existía una tradición llamada Caoineadh. Eran personas, principalmente mujeres, que lloraban al muerto con una suerte de lamento agudo, penetrante, increíblemente desolado. La historia de Caoineadh era la de la vida de la persona tal como la habían conocido esas mujeres. La triste liturgia tejida con bellas historias ocupaba el lugar de la persona que acababa de ausentarse del mundo. Se contaban los sucesos más importantes de su vida. Sin duda era de una desolación desgarradora, pero creaba un espacio ritual acogedor para el duelo y la tristeza de la familia que había sufrido la pérdida. El Caoineadh ayudaba a las personas a permitir que los sentimientos de desolación y dolor los embargaran de manera natural.
En Irlanda tenemos la tradición del velatorio, que asegura que el fallecido no estará solo la noche después de su muerte: Vecinos, familiares y amigos lo acompañan durante las primeras horas de la transición a la eternidad. Se ofrece bebidas alcohólicas y tabaco. Nuevamente, la conversación de los amigos teje una trama de recuerdos de los sucesos en la vida de la persona.


El alma que besó el cuerpo

La consumación de la muerte tarda su tiempo. En algunos es muy rápida, pero la forma en que el alma abandona el cuerpo es distinta en cada individuo. En algunos el proceso puede tardar varios días. Una hermosa historia celta de la región de Munster habla de un hombre que murió. El alma salió del cuerpo y me a la puerta de la casa para iniciar su regreso al lugar eterno. Pero se volvió para mirar una vez más el cuerpo exánime. Lo besó y le habló. El alma dio gracias al cuerpo por la hospitalidad que le había dado en vida y recordó las muchas atenciones que había tenido con ella.
Según la tradición celta, los muertos no se alejan. En Irlanda hay lugares, campos y ruinas donde se ha visto fantasmas de distintas personas. Esta memoria popular reconoce que una persona permanece apegada al lugar donde vivió aun después de pasar a la forma invisible. Una leyenda habla del coiste bodhar, el coche indiferente. Mi tía, que en su juventud vivió en una aldea en la falda de una montaña, oyó una noche el coche de caballos. La aldea era pequeña y todas las casas estaban apiñadas. Una noche, estando sola en su casa, oyó un estruendo como de barriles que rodaban. El coche fantasmal pasó por delante de su casa y siguió por un sendero de la montaña. Todos los perros de la aldea oyeron el estrépito y lo siguieron. Esta anécdota sugiere que el mundo invisible tiene caminos secretos por donde van los cortejos fúnebres.

La Bean Sí

Otra leyenda interesante de la tradición irlandesa es la Bean Sí. Sí significa «genio del bosque» y Bean Sí «genio de sexo femenino», es decir, hada. Se trata de un espíritu que llora cuando alguien está a punto de morir. Una noche mi padre oyó su llanto. Dos días después murió un vecino, miembro de una familia por la que siempre lloraba la Bean Sí. La tradición celta irlandesa reconoce que el mundo eterno y el temporal están entrelazados. En el momento de la muerte, los habitantes del mundo eterno suelen pasar al mundo visible. La agonía de una persona puede prolongarse durante días u horas, pero en el momento anterior a la muerte suele aparecérsele su madre, su abuela, su abuelo, algún pariente, el cónyuge o una amistad. Cuando la persona está al borde de la muerte, el velo entre los dos mundos es muy tenue. A veces incluso se desvanece y entonces puedes vislumbrar el mundo eterno. Los amigos que ya viven en él van a tu encuentro para llevarte a casa. Los moribundos suelen recibir gran fortaleza y aliento al ver a sus amigos. Esta percepción elevada revela la gran energía que rodea el momento de la muerte. La tradición irlandesa acoge las potencialidades del momento. Cuando muere una persona, se rocía con agua bendita y se traza un círculo a su alrededor para mantener alejadas las fuerzas tenebrosas y asegurar la presencia de la luz en el viaje final del muerto.
A veces las personas se angustian por la idea de la muerte. No hay nada que temer. Cuando llegue el momento, recibirás todo lo que necesitas para hacer ese viaje de manera digna, elegante y confiada.

Una muerte bella

Una vez presencié la muerte de una amiga. Era una joven encantadora, madre de dos niños. El sacerdote que la asistía también era un amigo. Conocía su alma y su espíritu. Al adquirir conciencia de que moriría esa noche, la mujer se asustó. Él le cogió la mano y rezó desesperadamente en su corazón para recibir las palabras que le permitieran construir un puente para el viaje. Como conocedor profundo de su vida, empezó a exponer sus recuerdos. Habló de su bondad y belleza. Era una mujer que nunca había hecho mal a nadie. Ayudaba a todos. El sacerdote recordó los momentos más importantes de su vida. Le dijo que no debía tener miedo. Se iba a casa, donde la esperaban para recibirla. Dios, que la había llamado, la abrazaría, la recibiría con ternura y amor. Podía estar plenamente segura de ello. Poco a poco la inundó una gran serenidad y placidez. Su pánico se transfiguró en un sosiego como pocas veces he visto en este mundo. La angustia y el miedo desaparecieron por completo. Estaba en consonancia con su ritmo, totalmente serena. Al sacerdote le dijo que debía realizar el acto más difícil de su vida: despedirse de su familia. Era un momento de gran desolación.
Salió del cuarto y reunió a los familiares. Les dijo que cada uno podía entrar y quedarse unos cinco o diez minutos. Debían hablar con ella, decirle cuánto la amaban y valoraban. Nadie debía llorar ni angustiarla. Ya llegaría el momento de llorar, por ahora debían concentrarse en facilitar su tránsito. Entraron, le hablaron, la consolaron y la bendijeron. Y todos salieron del cuarto con el ánimo destrozado, pero después de haberle dado reconocimiento y amor, los mejores regalos para su viaje. Ella misma se hallaba maravillosamente bien. El sacerdote la ungió con los óleos sagrados y todos rezamos. Sonriente, serena, inició con toda felicidad ese viaje que debía hacer sola. Fue un gran privilegio para mí estar presente. Por primera vez se transfiguró mi propio miedo a morir. Descubrí que si uno vive en este mundo con bondad, si no aumenta las cargas ajenas, sino que trata de servir con amor, cuando llegue el momento del viaje recibirá una paz, una serenidad y una liberación que le permitirán partir hacia el otro mundo con elegancia, gracia y resignación.
Es un privilegio increíble acompañar a quien viaja al mundo eterno. Cuando estás presente en el sacramento de la muerte, debes ser muy consciente de la situación. Dicho de otra manera, no debes concentrarte en tu propia pena. Antes bien debes esforzarte por estar presente con y para la persona que está a punto de partir. Se debe hacer todo lo posible para facilitarle la transición, a fin de que esté cómoda y serena.
Amo la tradición irlandesa del velatorio. El ritual le da al alma el tiempo que necesita para despedirse. El alma no abandona el cuerpo bruscamente; la despedida es lenta. Observarás cómo cambia el cuerpo en los primeros estadios de la muerte. Durante un tiempo la persona no abandona realmente la vida. Es importante no dejarla sola. Las casas de velatorios son lugares fríos y asépticos. Si es posible, conviene que el muerto quede en un lugar conocido para que realice su transición de manera cómoda, serena y confiada. Las primeras semanas después de la muerte, hay que atender y proteger el alma y la memoria de la persona. Hay que rezar mucho para ayudarle en el viaje a casa. La muerte es un tránsito a lo desconocido para el que hace falta mucha protección.
La vida moderna margina la muerte. Los funerales y entierros suelen ser espectaculares, pero eso es externo y superficial. La sociedad de consumo ha perdido el sentido de la ceremonia y la sabiduría necesarias para el rito de la transición. Durante el viaje de la muerte, la persona necesita cuidados profundos.

Los muertos son nuestros vecinos más próximos

Los muertos no están lejos; por el contrario, están muy, muy cerca. Cada uno de nosotros deberá enfrentar algún día su cita con la muerte. Me complace pensar en ella como un encuentro con lo más profundo de la propia naturaleza, lo más oculto del yo. Es un viaje hacia nuevos horizontes. De niño, cuando miraba una montaña, soñaba con el día en que tendría edad suficiente para llegar a la cima con mi tío. Pensaba que desde el horizonte podría ver el mundo entero. Cuando llegó el gran día, yo estaba muy excitado. Mi tío cruzaría la montaña con su majada y me dijo que podía acompañarlo. Cuando llegamos a donde yo pensaba que hallaría el horizonte, éste había desaparecido. No sólo no veía todo, sino que había otro horizonte más adelante. Aunque estaba decepcionado, sentía una emoción desconocida. Cada nuevo nivel revelaba un mundo hasta entonces desconocido. El extraordinario filósofo alemán Hans Georg Gadamer dice en una bella frase: «Un horizonte es algo hacia lo cual viajamos, pero también es algo que viaja con nosotros». Esta metáfora esclarecedora te permite comprender los horizontes de tu propio desarrollo. Si quieres estar a la altura de tu destino y ser digno de las potencialidades ocultas en la arcilla de tu corazón, debes buscar constantemente nuevos horizontes. Más allá te espera el pozo más profundo de tu identidad. En ese pozo contemplarás la belleza y la luz de tu rostro eterno.


El amor propio y el alma

En la guerra contra ese compañero callado y secreto, la muerte, la batalla crucial es la que libran el amor propio y el alma. El amor propio es el cascarón defensivo con que rodeamos nuestra vida. Es temeroso; es aprensivo y codicioso. Es hiperprotector y competitivo. En cambio, el alma no conoce barreras. Como dijo el gran filósofo griego Heráclito, «el alma no tiene límites». Es un peregrino en pos de horizontes ilimitados. No hay zonas que la excluyan; todo lo impregna. Además el alma está en contacto con la dimensión eterna del tiempo y jamás teme lo por venir. En cierto sentido, los encuentros con tu propia muerte bajo las formas cotidianas de fracaso, patetismo, negativismo, miedo o espíritu destructivo son oportunidades para transfigurar el amor propio. Te invitan a desechar esa forma de ser protectora, controladora, para practicar un arte del ser que admite la franqueza y la generosidad. Cuando practicas este arte entras en armonía con el ritmo de tu alma. Si esto sucede, el encuentro final con la muerte no tiene por qué ser amenazador o destructivo. Será un encuentro con tu propia identidad más profunda, es decir, tu alma.
Por consiguiente, la muerte física no es la proximidad de un monstruo tenebroso y destructivo que interrumpe tu vida y te arrastra hacia lo desconocido. Detrás del rostro de tu muerte física se ocultan la imagen y la presencia de tu yo más profundo, que esperan encontrarte y abrazarte. En lo más profundo de ti estás ávido de conocer tu alma. Durante toda nuestra vida bregamos por alcanzarnos a nosotros mismos. Estamos tan atareados, ocupados y distraídos que no podemos dedicar el tiempo o el reconocimiento suficientes a lo más profundo de nuestro ser. Tratamos de vernos y conocernos; pero tal es nuestra complejidad interior y el corazón humano tiene tantas capas, que rara vez nos encontramos. El filósofo Husserl ha dicho cosas muy acertadas al respecto. Habla de la Ur-Prasenz, la «protopresencia» o presencia prístina de una cosa, objeto o persona. En nuestra experiencia cotidiana apenas podemos vislumbrar la plenitud de esa presencia en nosotros; jamás la vemos cara a cara. En el momento de la muerte caen todas las barreras defensivas que nos separan y excluyen de nuestra presencia; el alma nos recoge plenamente en su abrazo. Por eso, la muerte no tiene que ser necesariamente negativa o destructiva. Puede ser un suceso maravillosamente creativo que te permite abrazar la divinidad que vive secretamente en ti desde siempre. ... -

La muerte como invitación a la libertad

Si los piensas bien, no debes permitir que te presione la vida. No debes ceder tu poder a un sistema ni a terceros. Debes conservar en tu interior la seguridad, el equilibrio y el poder de tu alma. Puesto que nadie puede apartarte de la muerte, nadie tiene un poder definitivo sobre ti. El poder es pretensión. Nadie evita la muerte. Por eso, que el mundo jamás te convenza de que tiene poder sobre ti, ya que no tiene el menor poder para alejar la muerte. En cambio, tú tienes el poder de transfigurar tu miedo a la muerte. Si aprendes a no temer la muerte, comprenderás que no debes temer a nada.
Vislumbrar el rostro de tu muerte puede dar a tu vida una gran libertad. Puede darte conciencia de que estás apremiado por el tiempo que tienes aquí. El derroche del tiempo es una de las mayores pérdidas en la vida. Como dice Patrick Kavanagh, mucha gente «se prepara para la vida en lugar de vivirla». Tienes una sola oportunidad. Tienes un solo viaje por la vida; no puedes repetir un instante ni retroceder un paso. Parece que estamos destinados a habitar y vivir todo lo que viene a nuestro encuentro. En la otra cara de la vida está la muerte. Si vives plenamente, la muerte jamás tendrá poder sobre ti. Nunca parecerá un suceso destructivo o negativo. Puede convertirse en una liberación para que accedas a los tesoros más recónditos de tu naturaleza, al templo de tu alma. Si eres capaz de desprenderte de las cosas, aprenderás a morir espiritualmente de distintas maneras a lo largo de tu vida. Cuando aprendes a desprenderte, tu vida gana en generosidad, amplitud y aliento. Imagina que eso se multiplique mil veces en el momento de tu muerte. Esa liberación puede llevarte a una comunión divina completamente nueva.

La Nada: una cara de la muerte

Todo lo que hacemos en el mundo está rodeado por la Nada. Esta Nada es una de las apariencias de la muerte, una de sus caras. La esencia de la vida del alma es la transfiguración de la Nada. En cierto sentido, nada nuevo puede aparecer si no hay espacio para ello. Ese espacio vacío es lo que llamamos la Nada. R.D. Laing, el psiquiatra escocés, solía decir: «No hay Nada que temer». Esto significa que no es necesario tener miedo pero a la vez que no se debe temer la Nada, es decir, que la Nada nos rodea. Hurtamos el cuerpo a este terreno y por eso restamos valor al vacío y a la Nada, que desde una perspectiva espiritual pueden considerarse presencias de lo eterno. Para decirlo de otra manera, lo eterno viene a nosotros principalmente en términos de Nada y vacío. Donde no hay espacio, no se puede despertar lo eterno ni el alma. El poeta escocés Norman MacCaig lo resume en un hermoso poema:
Dones

Te doy un vacío
te doy una plenitud
desenvuélvelos con cuidado
-uno es tan frágil como el otro-
y cuando me des las gracias
fingiré no advertir la duda en tu voz
cuando digas que es lo que deseabas.
Déjalos en la mesa que tienes junto a la cama.
Cuando despiertes por la mañana
habrán penetrado en tu cabeza
por la puerta del sueño. Dondequiera que vayas
irán contigo y
dondequiera que estés te maravillarás
sonriente de la plenitud
a la que nada puedes sumar y el vacío
que puedes colmar
.

Este hermoso poema sugiere el ritmo dual del vacío y la plenitud en el corazón de la vida del alma. La Nada es la hermana de la posibilidad. Crea un espacio urgente para lo nuevo, sorprendente e inesperado. Cuando sientas que la Nada y el vacío roen tu vida, no debes desesperar. Es tu alma la que te llama, te advierte sobre nuevas posibilidades en tu vida. También es una señal de que tu alma anhela transfigurar la Nada de tu muerte en la plenitud de una vida eterna que ninguna muerte puede tocar.
La muerte no es el fin; es un renacer. Nuestra presencia en el mundo es muy patética. La estrecha franja de claridad que llamamos «vida» se extiende entre las tinieblas de lo desconocido por ambos extremos. Está la oscuridad de lo desconocido en nuestro origen. Irrumpimos bruscamente de lo desconocido y así comenzó la franja de claridad llamada «vida». Luego está la otra oscuridad cuando volvemos a lo desconocido. Samuel Beckett es un autor maravilloso que ha meditado profundamente sobre el misterio de la muerte. Su obra teatral Aliento dura unos minutos. Primero se oye el llanto al nacer, luego el aliento y por último el suspiro de la muerte. Este drama resume lo que sucede en nuestra vida. Todas las obras teatrales de Beckett, en particular Esperando a Godot, tratan sobre la muerte. En otras palabras, puesto que la muerte existe, el tiempo está drásticamente relativizado. Lo único que hacemos es inventar juegos para pasar el tiempo.

Espera y ausencia

Un amigo mío me contó la siguiente anécdota sobre un vecino. Los alumnos de la escuela local iban a la ciudad a ver Esperando a Godot, y el hombre fue con ellos en el autobús. Su intención era reunirse con sus compañeros de jarana. Fue a dos o tres bares donde esperaba encontrar a sus amigos, pero no estaban allí. Como no tenía dinero, finalmente fue a ver Esperando a Godot. Así la describió a mi amigo: «Nunca había visto una obra tan extraña; por lo visto, el protagonista no se presentó y los demás actores tuvieron que improvisar durante toda la función».
Me pareció un buen análisis de Esperando a Godot. Creo que Samuel Beckett hubiera estado encantado con esa reseña. En cierto sentido, siempre estamos a la espera del gran momento de la cosecha o el arraigo, y siempre nos elude. Nos acosa una sensación profunda de ausencia. Algo falta en nuestra vida. Esperamos que lo llene cierta persona, objeto o proyecto. Nos afanamos por llenar ese vacío, pero el alma nos dice, si queremos escucharla, que jamás se puede colmar la ausencia.
La muerte es la gran herida del universo y de cada vida. Sin embargo, paradójicamente, la misma herida que puede conducir a un nuevo desarrollo espiritual. Meditar sobre tu muerte puede ayudarte a modificar drásticamente tu percepción habitual y rutinaria. En lugar de vivir de acuerdo con lo que se puede ver o poseer en el reino material de la vida, empiezas a afinar tu sensibilidad y adquieres conciencia de los tesoros ocultos en el lado invisible de tu vida. Una persona verdaderamente espiritual desarrolla un sentido de la profundidad de su naturaleza invisible. Ésta posee cualidades y tesoros que el tiempo jamás puede dañar. Son absolutamente tuyos. No necesitas aferrarte a ellos, ganarlos ni protegerlos. Estos tesoros son tuyos; nadie puede quitártelos.

El nacimiento como muerte

Imaginaos si pudiera hablar con un feto en el útero y explicarle su unidad con la madre. Cómo ese cordón de unión le da vida. Y decirle a continuación que esa situación estaba a punto de finalizar. Que iba a ser expulsado del útero para atravesar un pasaje muy estrecho y caer en un vacío luminoso. El cordón que lo unía al útero materno sería cortado;
desde entonces y para siempre, llevaría una vida propia. Si el feto pudiera responder, sin duda diría que iba a morir. Para el feto, nacer parecería una forma de morir. Estos problemas tan importantes son difíciles de dilucidar porque los vemos desde un solo lado. Nadie ha tenido esa experiencia. Los muertos permanecen alejados; jamás vuelven. Por eso, no podemos ver el otro lado del círculo abierto por la muerte. Wittgenstein lo resumió muy bien cuando dijo que «la muerte no es una experiencia de la propia vida». No puede serlo porque es el fin de la vida en y a través de la cual uno tuvo todas sus experiencias.
Me gusta pensar en la muerte como en un renacer. El alma es libre en un mundo donde no hay más separación, sombra ni lágrimas. Una amiga mía sufrió la muerte de su hijo de veintiséis años. Yo asistí al entierro. Sus demás hijos la rodeaban cuando el ataúd bajó a la fosa, y se alzó un coro desgarrador de lamentos. Ella los abrazó y les dijo: N bigi ag caoineadh, nil tada dho thios ansin ach amhin an clddach a bhi air. «No lloréis porque no queda nada de él aquí, solamente la envoltura que lo cubría en esta vida». Es una hermosa idea, un reconocimiento de que el cuerpo era sólo una envoltura y el alma ha sido liberada para lo eterno.

La muerte transfigura nuestra separación

En Conamara, las tumbas están cerca del mar, donde el suelo es arenoso. Al cavar una tumba, se corta una sección de césped y se la aparta cuidadosamente, sin dañarla. Se coloca el ataúd en la fosa. Se dicen las oraciones, se bendice la tumba y se la llena de tierra. Finalmente se coloca sobre ella la sección de césped, que se adapta perfectamente. Un amigo mío dice que es una «cesárea al revés». Es como si el útero de la Tierra, sin romperse, recibiera nuevamente al individuo que una vez tomó forma de arcilla para vivir sobre la superficie. Es una hermosa idea: un regreso a casa, donde a uno lo reciben íntegramente.
Es un hecho extraño y maravilloso estar aquí, caminar dentro de un cuerpo, tener un mundo en el interior y un mundo al alcance de los dedos. Es un privilegio enorme y es increíble que los humanos olviden el milagro de estar aquí. Dijo Rilke: «Estar aquí es mucho». Es desconcertante comprobar cómo la realidad social nos aturde e insensibiliza hasta el punto de que el portento místico de nuestra vida pasa totalmente inadvertido. Estamos aquí. Somos salvaje, peligrosamente libres. El aspecto más desolado de estar aquí es nuestra separación en el mundo. Cuando vives en un cuerpo, estás separado de todos los demás objetos y personas. Muchas veces, cuando tratamos de rezar, de amar, de crear, en realidad queremos transfigurar esa separación, construir puentes para que otros puedan llegar a nosotros y nosotros a ellos. En el momento de la muerte se rompe esa separación física. El alma se libera del alojamiento particular y exclusivo en este cuerpo. Entra en un universo libre y vaporoso de comunión espiritual.

¿Son distintos el espacio y el tiempo en el mundo eterno?

El espacio y el tiempo son los cimientos de la identidad y la percepción humanas. Jamás tenemos una percepción que no incluya esos elementos. El elemento espacio significa que siempre estamos en estado de separación. Yo estoy aquí.
Tú estás allá. La persona más entrañable para ti, tu ser amado, es un mundo distinto del tuyo. Es el aspecto patético del amor. Dos personas muy unidas quieren ser una, pero sus espacios no les permiten franquear esa distancia que los separa. En el espacio, siempre estamos separados. El otro componente de la percepción y la identidad es el tiempo. Éste también nos separa. El tiempo es ante todo lineal, discontinuo, fragmentado. Tus días pasados han desaparecido; se han desvanecido. El futuro aún no ha llegado. Sólo te queda el pequeño peldaño del presente, que es un momento.
Al abandonar el cuerpo, el alma se libera del peso y el dominio del espacio y el tiempo. Es libre de ir donde quiera. Los muertos son nuestros vecinos más próximos. El Maestro Eckhart se preguntó: «¿Adonde va el alma de una persona cuando muere?». Y respondió: «A ninguna parte». ¿A qué otro lugar podría ir el alma? ¿En qué otro lugar está el mundo eterno? Sólo puede estar aquí. Lo hemos desfigurado al espacializarlo. Hemos expulsado lo eterno hacia una suerte de galaxia remota. Sin embargo, el mundo eterno no parece ser un lugar, sino un estado del ser distinto. El alma de la persona no va a ningún lugar porque no hay un lugar donde ir. Esto sugiere que los muertos están con nosotros, en el aire que atravesamos constantemente. La única diferencia entre nosotros y los muertos es que ellos ocupan una forma invisible. No puedes verlos con el ojo humano. Pero puedes intuir la presencia de tus seres amados que han muerto. El sentido sensible de tu alma los percibe. Sientes su presencia cercana.
Mi padre contaba una historia sobre cierto vecino, que era muy amigo del sacerdote de la localidad. En Irlanda hay toda una mitología sobre los poderes especiales de los sacerdotes y los druidas. El vecino y el sacerdote solían pasear juntos. Un día el vecino le preguntó: ¿Dónde están los muertos? El sacerdote respondió que no debía hacer esa clase de preguntas. Pero el hombre insistió hasta que el sacerdote dijo: Te lo mostraré, pero no se lo debes revelar a nadie. De más está decir que el hombre no cumplió su palabra. El sacerdote alzó su mano derecha; detrás de ella el hombre vio las almas de los muertos, abundantes como las gotas de rocío sobre la hierba. Con frecuencia nuestra soledad y aislamiento se deben a una falta de imaginación espiritual. Olvidamos que no existe el espacio vacío. Todo el espacio está colmado de presencia, en especial la de aquellos que ocupan una forma eterna, invisible.
Para los muertos también cambia el mundo del tiempo. Aquí estamos atrapados en el tiempo lineal. Hemos olvidado el pasado; se ha perdido. No conocemos el futuro. Para los muertos, el tiempo debe ser totalmente distinto porque viven en un círculo de eternidad. Al principio de este libro hablé del paisaje y cómo el de Irlanda resiste la linealidad. Dije que el intelecto celta siempre rechazaba la línea recta a la vez que amaba la forma del círculo. En éste, el comienzo y el fin son hermanos que permanecen guarecidos en la unidad del año y de la Tierra que ofrece lo eterno. Yo imagino que en el mundo eterno el tiempo se ha convertido en el círculo de la eternidad. Tal vez cuando una persona entra en ese mundo puede echar una mirada a lo que aquí llamamos tiempo pasado. Tal vez pueda ver el tiempo futuro. Para los muertos el tiempo presente es presencia total. Esto sugiere que nuestros amigos muertos nos conocen mejor de lo que pudieron conocernos en vida. Saben todo sobre nosotros, incluso cosas que tal vez los decepcionen. Pero en su estado transfigurado, su comprensión y caridad son proporcionales a todo lo que saben sobre nosotros.

Los muertos nos bendicen

Yo creo que nuestros amigos entre los muertos se ocupan de nosotros y nos cuidan. Muchas veces en el camino de la vida podría haber una gran piedra de desdichas a punto de caer sobre ti, pero tus amigos entre los muertos la sostienen hasta que pasas. Uno de los procesos estimulantes de la evolución y la conciencia humana en los próximos siglos podría ser una nueva relación con el mundo eterno invisible. Podríamos buscar un vínculo muy creativo con nuestros amigos en ese mundo. La verdad es que no tenemos por qué llorar a los muertos. ¿Por qué habríamos de hacerlo? Están en un lugar donde no hay sombras, oscuridad, soledad, aislamiento ni dolor. Están en casa. Están con Dios, de donde vinieron. Han regresado al nido de su identidad dentro del gran círculo de Dios. Él es el círculo más grande de todos, el que abarca el universo entero, que contiene lo visible y lo invisible, lo temporal y lo eterno, como un todo.
La tradición irlandesa tiene bellas historias sobre personas que mueren y se encuentran con sus viejos amigos. Mairtin Cadhain escribió una hermosa novela, Crj na Cille, sobre la vida en un cementerio y lo que sucede entre las personas enterradas en él. En el mundo eterno, todo es uno. En el espacio espiritual no hay distancia. En el tiempo eterno no hay separación entre el hoy, el ayer o el mañana. En el tiempo eterno, todo es hoy; el tiempo es presencia. Creo que éste es el significado de la vida eterna: una vida donde todo lo que buscamos: bondad, unidad, belleza, verdad y amor, no están lejos de nosotros, sino presentes en toda su plenitud. R.S. Thomas escribió un hermoso poema sobre la concepción de la eternidad. Es deliberadamente minimalista en su forma, pero muy poderosa:

Creo que tal vez
estaré un poco más seguro
de estar un poco más cerca.
Eso es todo. La eternidad
es comprender
que ese poco es más que suficiente.

Kahlil Gibran explica que la unidad en la amistad que llamamos anam cara derrota incluso a la muerte:
«Nacisteis juntos y juntos estaréis por siempre. Estaréis juntos cuando las alas blancas de la muerte esparzan vuestros días. Oh, sí, estaréis juntos incluso en el silencioso recuerdo de Dios».

Me gustaría terminar este capítulo con una bella plegaria escrita en Persia en el siglo XIII.

Algunas noches quédate despierto
como suele hacer la Luna para el Sol.
Sé un cubo lleno, alzado
del fondo oscuro del pozo.
Algo abre nuestras alas, disipa el dolor.
Llenan la copa que tenemos delante,
sólo probamos lo sagrado.


Bendición para la muerte

Ruego que tengas la bendición del consuelo y la seguridad sobre tu propia muerte.
Que conozcas en tu alma que no debes temer.
Cuando llegue tu tiempo, que recibas todas las bendiciones y protección que necesites.
Que recibas una maravillosa acogida en la casa adonde vas.
No vas a un lugar extraño. Vuelves a la casa que nunca abandonaste.
Que sientas un maravilloso apremio de vivir plenamente tu vida.
Que vivas en comprensión y creatividad y transfigures todo lo negativo dentro de ti y a tu alrededor.
Cuando mueras, que sea después de una larga vida.
Que estés en paz y felicidad y en presencia de quienes verdaderamente te aman.
Que tu partida sea protegida y tu bienvenida asegurada.