IMAGENES . ENLACES

EL TESORO OCULTO DE LOS TEMPLARIOS

Escrito por imagenes 27-03-2008 en General. Comentarios (0)

http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/03/el-tesoro-oculto-de-los-templarios.html

EL TESORO OCULTO DE LOS TEMPLARIOS

El Tesoro Oculto
de los Templarios
Por Patricia Hervias


Oro, piedras preciosas, libros, documentos, reliquias... ¿quizás objetos sagrados del Templo de Salomón? No sabemos a ciencia cierta qué componía el tesoro templario, por que la orden se encargó de esconderlo tan bien que nunca más se supo de él. Sí sabemos que su riqueza no era sólo material y que sus claves podrían estar ocultas en jeroglíficos de piedra, en sus construcciones, con mensajes iniciáticos. Sepamos cuál era la verdadera riqueza de los templarios y cómo y para qué la consiguieron.
El Tesoro Oculto de los Templarios nos ofrece una visión muy particular de la experiencia de Moisés en el Sinaí, de la llamada Arca de la Alianza y, también del Grial. Una tradición oral que haría a los templarios poseedores de las Tablas de la Ley y recuerda el retorno de los primeros templarios a Occidente en 1128. No es que renunciaran a la misión sino que, seguramente, volvieron para la consecución de la misma. En este sentido convienen tener presente el preliminar de la regla que, por aquel entonces, les dio San Bernardo: "La obra se ha llevado a cabo con la ayuda de Nos. Y los caballeros han sido convocados de la Marca de Francia y de Borgoña, es decir, en Champagne, allí donde pueden tomarse todo tipo de precauciones contra la inherencia de los poderes públicos o eclesiásticos; allí donde, en esta época, se puede asegurar del mejor modo posible un secreto, una custodia, un escondite."
Según Josep Guijarro los conocimientos aplicados a las grandes catedrales góticas dimanan de esta fuente iluminadores que se relaciona con el Grial. Para el autor de este libro, Guijarro, el Grial es una piedra de origen meteórico sobre la que Moisés escribió la esencia del conocimiento primordial, pero es, también, un símbolo para esconder una línea dinástica de reyes que entroncaría con el mismísimo Jesús de Nazaret.
Al amanecer del 13 de octubre de 1307, las tropas del rey Felipe el Hermoso irrumpieron al unísono en todas las encomiendas templarias de Francia. A pesar de estar acostumbrado a combatir, el ejército templario no opuso resistencia. Aquel histórico viernes otoñal, las fuerzas del Rey, so pretexto de acabar con los herejes, pretendían apoderarse de todas las posesiones de los monjes guerreros y, en particular, de sus pretendidas riquezas. Una ingente cantidad de oro y piedras preciosas que poco antes había contemplado en la sede del Temple en París, el rey Felipe IV y que codiciaba en sobremanera.
Tras tres años de duros pleitos con los reyes de Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y los reinos de España, el "tesoro" debía ser repartido a partes iguales entre los monarcas cristianos y la Orden del Hospital de San Juan. Las fracciones de los tesoros templarios debían ser distribuidas en función de las cantidades de obraban en poder de recaudadores, síndicos, contables y tesoreros reales, así como de los banqueros lombardos y judíos. Sin embargo nunca se halló una sola moneda. O la célebre orden vivía inmersa en la pobreza o los templarios habían sido lo suficientemente listos como para hacer desaparecer 1.500 cofres de oro, plata y piedras preciosas. ¿Dónde estaba el tesoro?
Los soldados del Rey no hallaron nada ni en París ni en ninguna otra posesión de la orden. Aquella frustrada incursión daría origen, además, a uno de los procesos inquisitoriales más vergonzosos de la Historia, que concluyó en primera instancia con la "suspensión temporal" de la poderosa orden de monjes guerreros y culminó con la muerte del último Gran maestre de los Templarios Jacques de Molay, en marzo de 1314, frente a la catedral de Notre Dame. Ni las torturas ni las humillaciones sirvieron, sin embargo, para conocer el paradero del oro de los templarios...¿Pudieron los templarios poner a salvo sus riquezas materiales así como las importantes reliquias, libros y conocimientos adquiridos durante sus cerca de dos siglos de existencia? Es muy posible que así fuera. De hecho no tenemos noticias de que los oficiales del rey de Francia se apoderaran del oro y la plata y en el remoto caso de que hubiera sido así ¿por qué apoderarse de los documentos? Los Hospitalarios heredaron las encomiendas de la orden rival y, que se sepa, en ninguna fue hallado escondite alguno que guardara el botín. Lo más lógico, entonces, es que los templarios pusieran a buen recaudo sus bienes dinerarios y, sobre todo, sus documentos "secretos".
Un ataque sin sorpresas
La clave está en que la incursión de las tropas del rey en las encomiendas templarias era del conocimiento de los dignatarios del Temple. Sabemos que poco antes de las detenciones, el gran Maestre, Jaques de Molay, hizo quemar muchos de los libros y las reglas de la orden. Los templarios enviaron a sus preceptorías de Francia una nota en la que subrayaban que no facilitaran información alguna sobre sus costumbres y rituales. A un caballero que se retiró de la orden en aquel momento el tesorero de la misma le dijo que su decisión era extraordinariamente "sabia", toda vez que era inminente una catástrofe. ¿Intuían una acción de Felipe el Hermoso?
"La nota oficial -destaca Josep Guijarro en El Tesoro Oculto de los templarios- hacía hincapié en el hecho de no proporcionar información relativa a las prácticas iniciáticas de la orden". No era para menos. Felipe IV tejió en torno a las mismas la mayoría de acusaciones. Fueron culpados de negar los dogmas de la fe cristiana, de escupir u orinar sobre la cruz durante sus rituales secretos de iniciación, de ungirse con la sangre o el sebo de los niños sin bautizar, de cometer actos de sodomía e incluso de venerar al diablo mediante un cráneo o cabeza llamado Baphomet.
Los inquisidores se empecinaron en materializar el Baphomet en una suerte de ídolo andrógino, cornudo y barbudo que evoca la figura del diablo, como la representación que vemos en el frontispicio de la iglesia de Saint Merry en el barrio templario de París, que constituye además un compendio de símbolos alquímicos. Pretendían así acusar a los templarios de idolatría al maligno y tacharlos de herejes.
Según Guijarro tanto el Baphomet como el ritual secreto al que estaba asociado se relacionan con el Grial, un "objeto" sagrado del que tenemos referencias a través de leyendas medievales y que experimentó coincidiendo con la Orden del Temple. Más allá de 1314 estos relatos sobre la reliquia desaparecieron ¿es casualidad? El Tesoro Oculto de los Templarios postula que las historias sobre el Grial fueron inspiradas por la famosa orden y que en sus páginas se esconden numerosos símbolos y datos frente a los que un iniciado podría localizar la esencia de esa reliquia: uno conocimiento trascendente.
Una misión secreta
Y es que al margen del tesoro material del temple hay otro simbólico y poderoso asociado a sus años de permanencia en el Templo de Salomón. En efecto, la orden monástico-militar nacía en 1118 cuando nueve caballeros liderados por Huges de Payns se presentaron ante el rey de Jerusalén, Balduino II, para ofrecerle la defensa de los santos lugares a cambio de poder instalar su residencia en los terrenos que antiguamente, ocupaba el Templo de los Judíos. ¿Cómo podían nueve hombres acometer la protección de cientos, sino miles de peregrinos que recorrían tierra Santa? ¿Se escondía algún otro propósito tras la fundación de la orden?
Así lo piensa el erudito Michel Lamy al comprobar que estos nueve Pobres Caballeros de Cristo permanecieron encerrados en el antiguo templo por un período de nueve años dedicados a la oración y la meditación.
Durante ese misterioso período no defendieron, que se sepa, ni una sola vez a ningún viajero ni tampoco se enfrentaron a los infieles. ¿A qué venía, entonces, la implantación de la nueva orden? ¿tenía que ver con la devoción mostrada por el Templo de Salomón? ¿Qué buscaban allí los templarios con tanto Ahínco? El Tesoro Oculto de los Templarios sostiene que el propósito real de la orden monástico militar era la búsqueda de los tesoros del Templo de Salomón y, en concreto, de la mítica Arca de la Alianza, una suerte de talismán para las huestes cristianas que pretendía ser utilizado para vencer a los infieles pero también, como acceso al Conocimiento, en mayúsculas. En su revelador ensayo, Josep Guijarro sostiene que la importancia de la misión no radicaba en la localización del Arca misma sino en su contenido, especialmente en lo tocante a las tablas de la Ley.
Acceso al conocimiento Sagrado
Guijarro asegura que "las tablas eran importantes para los templarios porque contenían algo más que los Mandamientos. Inscritos en ellas estabas las tablas del Testimonio, la ecuación cósmica: la ley divina del número, medida y peso que el sistema críptico de la cábala permitía descifrar". Y desde luego tuvieron que enfrentarse al problema de descifrarlo porque, como ilustraban Gérard y Sopie de Sède, los templarios mantuvieron contacto en Oriente con los Bâtini d'Alamût y, en Egipto, visitaron la famosa Casa de las ciencias del Cairo.
La que los israelitas y también los musulmanes habían reunido los libros y los instrumentos que resumían todos los conocimientos de la época. Debieron de conseguirlo, por que a partir de 1130 la Orden del Temple comenzó a levantar el vuelo e inició por cuenta propia sus primeras incursiones en el campo arquitectónico con la aplicación de la llamada ecuación universal. "Gracias a las tablas del testimonio -asegura el investigador catalán- los constructores del Temple pudieron aplicar la ley cósmica y la geometría sagrada a la edificación de los monumentos religiosos más hermosos que el mundo cristiano haya conocido." Pero hay más.
Guijarro sostiene que el Temple era la cabeza visible de un plan secreto urdido años antes de su fundación por las familias nobles de Champagne, en Francia, junto con el reformador del Cister, Bernardo de Claraval, para transformar la sociedad y propiciar en anunciado segundo advenimiento de Cristo. Siguiendo la pista a las investigaciones iniciadas hace quince años por los autores de El Enigma Sagrado, Guijarro analizará en las páginas de su libro la intervención del llamado Priorato de Sión, una organización secreta contemporánea a la primera Cruzada pero de la que duda haya podido sobrevivir hasta nuestros días.
El Priorato de Sión, tuvo, en cualquiera caso, una importancia capital en los primero años de la Orden del Temple. La "Sociedad" cortó su conexión tras lo que se conoce como la "traición" de su Gran Maestre Gerard de Ridefort, que, en 1188, arrastró a los templarios a la batalla de Horns de Hattin, que supuso, a la postre, la pérdida de Jerusalén. El análisis de la influencia del Priorato de Sión en la Orden del Temple conducirá al investigador catalán a establecer un nexo de unión entre el misterio de los templarios, la aldea de Rennes-le-Château y el castillo de Gisors, donde pudo ser escondido temporalmente el tesoro de la orden.
Y es que según la hipótesis defendida en este libro, los monjes-guerreros pretendían transportar el tesoro hasta Escocia pero, por alguna razón, nunca llegó su totalidad hasta allí. Los templarios, forzados por la persecución inquisitorial, debieron de esconder el tesoro en algún lugar y asegurarse que el secreto para encontrarlo pudiera ser transmitido, pero sólo para los ojos de los iniciados, los únicos capaces de descifrarlo. Éste puede ser, por ejemplo, el objeto del llamado graffiti de Chinon y otros hallados en la Torre del Prisionero de Gisorso, incluso en España, en la ermita de San Bartolomé.
El graffiti del castillo de Chinon, en las inmediaciones de Tours, se halla en una pared de la torre de Coudray donde fueron encarcelados algunos altos dignatarios de la orden de la cruz paté durante la constitución de las comisiones pontificias de investigación. Los templarios grabaron en los muros que les privaban de libertad unos símbolos de particular calidad. Se trataba claramente de dibujos iniciáticos, una suerte de jeroglífico para que el poseedor de la
clave pueda interpretarlos. Entonces un "error" en el símbolo puede tener un significado especia para el criptógrafo.
Este sistema de los "errores" calculados protagoniza una fascinante historia de misterios y tesoros- también relacionada con el Temple- que nos remite a la aldea de Rennes-le-Château,e el Razés. Su párroco se tomó la molestia de decorar el interior de la iglesia con imágenes del via crucis que contienen sibilinas instrucciones... Los templarios, seguramente, ocultaron su botín material y también el más simbólico y poderoso bajo un acompleja tela de jeroglíficos dispersos en sus construcciones que todavía hoy nadie ha descifrado. ¿Y dónde? Sé preguntará el lector.
Cuando el rey de Portugal recibió la bula papal, la demoró lo necesario para que los caballeros de Tomar se refugiasen en el extranjero. De acuerdo con sus homónimos de Castilla y Aragón, el rey luso, Don Dinis, un ferviente seguidor del espíritu templario, consiguió en 1310 la inocencia de la orden del llamado Concilio de Salamanca. Esto dio lugar a una nueva bula papal promulgada dos años más tarde en la que confiaba a los soberanos peninsulares la posesión de los bienes del Temple. Algunos años después se creaba la Orden de los Caballeros de cristo en Portugal, que administró todos los bienes de los monjes guerreros. Y, seguramente, gracias a este monarca y al infante Enrique, fundador de la Escuela de Sagres, dedicada a las técnicas y descubrimientos náuticos, podemos deducir una hipótesis de trabajo tan perspicaz como heterodoxa:¿Consiguieron los templarios cruzar el atlántico? En el caso afirmativo podríamos especular con la idea de que los templarios escondieran allí sus riquezas tanto materiales como simbólicas.
Uno de los indicios más fascinantes de la incursión templaria en tierras americanas nace de una leyenda familiar en escocia. El conde Henry Saint Clair partió en 1338 hacia América con 300 colonos y doce embarcaciones. Su travesía condujo a la expedición hasta la costa noroeste de los Estados Unidos, concretamente donde hoy radica Massachussets. Allí pasaron la primavera de 1399 para, después, regresas algunos de ellos a su lugar de origen.
Un descendiente de este nombre, Niven Sinclair, inició en 1989 una profunda investigación encaminada a demostrar la realidad de esta leyenda familiar. Las pistas le condujeron a una vieja posesión: la capilla de Rosslyn, ubicada en un promontorio al sur de Edimburgo. En una losa de esta capilla construida en 1446 los miembros del clan Sinclair descubrieron la vinculación de sus antepasados con los templarios y comprobaron como, tras la disolución de la orden, un nutrido gripo de caballeros se refugió en las propiedades escocesas de los Sinclair. Según la tradición familiar, los templarios llevaron consigo parte de sus documentos y riquezas a la capilla de Rosslyn, entre ellos el mítico Santo grial, que quedaría oculto en la construcción.
Lo verdaderamente importante es que según pudo demostrar Niven, su familia gastó, desde entonces, gran cantidad de dinero y riquezas que , al parecer, procedían de América. Éste fue su gran secreto. Un secreto que ha quedado reflejado en un antiquísimo sello, datado en 1214, en el que puede leerse Secretum Templi al tiempo que muestra a un ¿indio? con plumas. Y no es el único. En el corazón de Francia, concretamente en el tímpano del atrio de Vézelay, fechado alrededor de 1150, se halla representado otro "indio". Éste tiene grandes pabellones auditivos, como muchos indígenas americanos. ¿estuvieron los monjes-guerreros, entonces, en América antes que Colón?
Las crónicas aseguran que los soldados de Hernán Cortes no salían de su asombro al comprobar que los aztecas tenían ritos tan parecidos a los católicos y sacramentos como la comunión y la confesión. Otras ceremonias y costumbres parecían procedes directamente de la tradición hebrea y así se confirmaría no tardando mucho con las pruebas abundantes e irrefutables de las expediciones judías a América. Pero eso será objeto de otro artículo...quien sabe cuando.

 

EL ORIGEN DE LAS ESPECIES -- CHARLES DARWIN

Escrito por imagenes 27-03-2008 en General. Comentarios (0)

EL ORIGEN DE LAS ESPECIES -- CHARLES DARWIN

http://rimasfrasescitas.blogspot.com/2008/03/el-origen-de-las-especies-charles.html

EL ORIGEN DE LAS ESPECIES
Charles Darwin



Introducción


Viajábamos a bordo del Beagle, buque de guerra inglés, en calidad de naturalistas,
cuando nos impresionaron mucho ciertos hechos observados en la distribución de los seres
orgánicos que habitan América del Sur, y en las relaciones geológicas existentes entre
los actuales habitantes de aquel continente y sus antecesores. Estos hechos parecían arrojar
luz sobre el origen de las especies. De vuelta a nuestra patria en 1837, se nos ocurrió
que quizás algo podría sacarse en limpio de esta cuestión, acumulando con paciencia, para
reflexionar sobre ellos, toda clase de hechos que pudieran tener alguna relación o conexión
con el problema. Después de un trabajo de cinco años, nos permitimos especular
sobre el asunto, y formamos algunas cortas notas que ampliamos en 1844.
Al considerar el origen de las especies se concibe perfectamente que el naturalista que
reflexiona sobre las mutuas afinidades de los seres orgánicos, sobre sus relaciones embriológicas,
su distribución geográfica y otros hechos semejantes, puede llegar a deducir
que las especies no han sido creadas independientemente, sino que han descendido como
variedades de otras especies. A pesar de todo, tal conclusión, aun estando bien fundada,
no sería satisfactoria hasta poder demostrarse cómo ha n sido modificadas las innumerables
especies que habitan este mundo, hasta adquirir esa perfección de estructura y coadaptación
que con justicia excita nuestra admiración. Continuamente los naturalistas la
atribuyen a condiciones externas, clima, alimento, etc., como única causa posible de variación,
y aunque en sentido limitado, todavía consideramos absurdo atribuir a meras
condiciones externas la estructura, por ejemplo, del mué rdago, que toma su alimento de
ciertos árboles, que posee semillas que necesit an ser transportadas por ciertos pájaros y
que ofrece flores de sexos separados que requieren absolutamente la acción de ciertos insectos
para llevar el polen de una flor a otra. Es igualmente, a nuestro entender, absurdo
querer explicar la estructura de este parásito y sus relaciones con los varios seres orgánicos
distintos, por los efectos de condiciones externas o de hábito, o por voluntad de la
misma planta.
Es, por lo tanto, de la mayor importancia llegar a la clara percepción de los medios de
modificación y coadaptación, por lo cual desde el principio de nuestras observaciones nos
parecía probable que el cuidadoso estudio de los animales domésticos y de las plantas
cultivadas ofrecería más probabilidades para aclarar tan oscuro problema.
Nadie se sorprenderá de lo mucho que todavía queda por explicar con respecto al or igen
de las especies y variedades, si se tiene en cuenta nuestra profunda ignorancia acerca
de muchos de los seres que viven en nuestro derredor. ¿Quién puede explicar por qué una
especie extiende en todas direcciones sus numerosos individuos, mientras que otra aliada
a la primera domina en espacio pequeño y apenas se la encuentra? No obstante, son de
mucha importancia estas relaciones, porque determinan el bienestar actual, y a nuestro
modo de ver, se dirigen al futuro logro y modificación de cada uno de los habitantes de
este mundo. Todavía sabemos menos de las mutuas relaciones existentes entre los innumerables
habitantes que han existido durante las muchas épocas geológicas que cuenta la
historia, y aunque hay muchos misterios que durante mucho tiempo permanecerán tales,
sin embargo, después del estudio más deliberado y del más desapasionado juicio de que
somos capaces, no dudamos que la opinión hasta ahora sostenida por la mayor parte de
los naturalistas y antes por nosotros, al afirmar que cada especie ha sido creada independientemente,
es errónea. Estamos convencidos de que las especies no son inmutables, sino
que las pertenecientes a los llamados géneros descienden en línea recta de algunas
otras especies ya totalmente extinguidas, de análoga manera que las variedades reconocidas
de cualquier especie son descendientes de esa especie. Aun más; no dudamos que la
selección natural ha sido el más importante, sino el exclusivo medio de modificación.

Capítulo I
La variación en estado doméstico

CAUSAS DE VARIABILIDAD. Cuando comparamos a los individuos de la misma
variedad o subvariedad de las plantas actuales que desde hace mucho tiempo van siendo
cultivadas, y de nuestros animales domésticos más antiguos, una de las primeras cosas
que más nos extraña es, sin duda, ver cómo generalmente difieren entre sí en mayor escala
unos individuos de otros que los individuos de cualquier otra especie o variedad estudiada
en el estado natural. Así como cua ndo reflexionamos sobre la vasta diversidad de
las plantas y animales que respectivamente han sido cultivados y domesticados, variando
durante todas las edades, ya sea por la influencia de los climas, por un tratamiento diferente,
nos vemos obligados a concluir que esta gran variabilidad es debida a que nuestras
producciones domésticas se han formado en condiciones de vida menos uniformes, diferentes
de aquellas a las que había sido primitivamente expuesta la especie madre en la
naturaleza. Ahora bien; aunque no deja de tener alguna probabilidad la opinión expuesta
por Andreu Knight de que esta variabilidad pueda tener cierta conexión con el exceso de
alimento, parece, sin embargo, evidente que los seres orgánicos necesitan estar expuestos
durante algunas generaciones a condiciones nuevas para que en ellos se origine cualquier
gran variación, que continúa luego durante muchas generaciones. No se sabe de ningún
caso en que un organismo variable haya dejado de variar sometido al cultivo, por lo cual
las plantas cultivadas desde hace mucho, como por ejemplo el trigo, todavía siguen presentando
nuevas variedades, y los animales que desde muy atrás pasaron al estado doméstico
son aún susceptibles de mejoras y modificaciones rápidas.
Después de dedicarle al asunto mucha atención, debemos decir que, al parecer, las condiciones
propias de la vida obran de dos modos: 1°, directamente sobre el conjunto de la
organización o sobre ciertas partes tan sólo; 2°, indirectamente, afectando al sistema reproductivo.
Con respecto a la acción directa, debemos tener presente que en todos los casos,
como últimamente ha afirmado el profesor Weismann, hay aquí dos factores que
considerar, a saber: la naturaleza del organismo y la naturaleza de las condiciones, de los
cuales el primero parece ser mucho más importante que el segundo, puesto que algunas
variaciones próximamente semejantes surgen a veces en condiciones que, en cuanto podemos
apreciarlas, son desemejantes; y por otra parte, surgen variaciones desemejantes
en condiciones que parecen ser casi uniformes. Los efectos en la prole son definidos e
indefinidos. Serán definidos cuando toda o casi toda la descendencia de los individuos
expuestos a ciertas condiciones, durante algunas generaciones, salga a la luz modificada
de la misma manera, y no olvidemos que es en extremo difícil llegar a determinada conclusión
respecto de la extensión de los cambios que de este modo han sido definidamente
introducidos. Puede, sin embargo, caber ligera duda sobre muchos cambios de poca monta,
tales como el tamaño, a causa de la cantidad de alimento, el color motivado por la naturaleza
del mismo, el espesor de la piel y del pelo causado por el clima, etc. Así, por
ejemplo, cada una de las innumerables variaciones que vemos en el plumaje de nuestras
aves debe de haber tenido alguna causa eficiente; y si esta tuviera que obrar uniformemente
por una larga serie de generaciones en muchos individuos, todos se modificarían
probablemente del mismo modo. Hechos tales como las complejas y extraordinarias excrecencias
que invariablemente siguen a la inoculación de una pequeña gota de cochinilla,
nos muestran qué modificaciones singulares podrían resultar en las plantas por sola
constitución química en la naturaleza de la savia.
Vemos variabilidad indefinida en las innumerables, aunque pequeñas peculiaridades
que distingue a los individuos de la misma especie y que no pueden ser explicadas por
herencia, ya sea del padre, de la madre o del antecesor más remoto. También aparecen
algunas veces, diferencias muy marcadas en los hijos del mismo parto y en las plantas
procedentes de una misma cápsula de semilla. A largos intervalos de tiempo, entre millones
de individuos criados en el mismo país y sustentados próximamente con el mismo
alimento, surgen desviaciones de estruct ura tan pronunciadas que merecen llamarse
monstruosidades; pero estas no pueden ser separadas por línea determinada de otras variaciones
más ligeras. Todos los cambios de estructura, ya sean en extremo insignificantes,
o profundamente marcados, que aparece n entre muchos individuos que viven juntos,
pueden ser considerados como efectos indefinidos de las condiciones de vida de cada organismo
individual, casi del mismo modo en que un escalofrío afecta a diferentes ho mbres,
de manera indefinida, según el estado de sus cuerpos o constitución, causando toses
o resfriados, reumatismos o inflamaciones de órganos diversos.
Algunos naturalistas han sostenido que todas las variaciones están en relación con el
acto de la reproducción sexual; pero esto es ciertamente un error, pues hemos dado en
otra obra una larga lista de plantas locas, como los jardineros las llaman, es decir, de
plantas que han producido de repente un solo botón con carácter nuevo y algunas veces
muy diferente del de los otros botones de la misma planta. Estas variaciones de vástagos,
así suelen llamarse, pueden propagarse por injertos, tallos, etcétera, y algunas veces por
semilla; y aunque ocurren rara vez en la naturaleza, distan mucho de ser escasas en el
cultivo.
EFECTOS DEL HABITO Y DEL USO O DESUSO DE LAS PARTES. VARIACIÓN
CORRELATIVA. HERENCIA.
Hábitos cambiados producen efectos hereditarios, según
se ve en el período de la florescencia de las plantas cuando se las transporta de un clima a
otro. En cuanto a los animales, el uso o desuso de las partes ha tenido en ellas una influencia
más marcada; así encontramos en el pato doméstico que los huesos del ala pesan
menos y los huesos de la pierna más, en proporción a todo el esqueleto, que lo que pesan
los mismos huesos en el pato salvaje; y este cambio puede atribuirse, sin riesgo de equivocarse,
a que el pato doméstico vuela mucho menos y anda mucho más que sus salvajes
padres. Aquí únicamente alud iremos a lo que puede, llamarse variación correlativa. Los
cambios importantes del embrión o larva ocasionan probablemente los cambios del animal
adulto. Los criadores creen que remos prolongados acompañan casi siempre a cabezas
alargadas. Algunos ejemplos de correlación son completamente caprichosos: así los
gatos enteramente blancos y de ojos azules son en general sordos, lo cual sólo sucede a
los machos. El color y ciertas peculiaridades de estructura van unidos, como podríamos
demostrarlo con muchos casos notables de animales y plantas.
Toda variación que no sea hereditaria carece de importancia para nosotros; pero el número
y diversidad de las desviaciones de estructura que pueden transmitirse por herencia,
tanto de poca como de mucha importancia fisiológica, no tiene término. Cuando aparece
con frecuencia una desviación de estructura, y la vemos en el padre y en el hijo, no podemos
decir que no pueda ser debida a la misma causa que ha obrado en ambos; pero
cuando entre individuos, al parecer expuestos a las mismas condiciones, se presenta en el
padre alguna desviación muy rara, debida a extraordinaria combinación de circunstancias
-por ejemplo, una vez entre varios millones de individuos- y reaparece en el hijo, la nueva
doctrina de las probabilidades casi nos obliga a atribuir la reaparición a la herencia. Acaso
la opinión exacta sobre el asunto, en general reside en mirar a la herencia de cua lquier
rasgo como regla, y a la no-herencia como anomalía.
Las peculiaridades que aparecen en los machos de nuestras crías domésticas, son frecuentemente
transmitidas a los machos exclusivamente, y en grado mucho más elevado.
Sin embargo, la regla más importante en esta materia, y en la que creemos puede confiarse,
es que en cualquier período de la vida en que aparece por primera vez una peculiaridad,
esta tiende a reaparecer en la cría al llegar a edad correspondiente, aunque adela ntándose
algunas veces. En muchos casos no podía suceder otra cosa; así las peculiarid ades
heredadas en los cuernos del ganado vacuno pueden aparecer solamente en la cría
cuando esta es ya casi adulta: las peculiaridades en el gusano de seda, como es notorio,
aparecen en la fase correspondiente al capullo; pero las enfermedades hereditarias y algunos
otros hechos nos hacen creer que la susodicha regla tiene más amplia extensión, y
que, cuando no hay razón aparente para que aparezca una peculiaridad en edad determinada,
tiende a presentarse en la cría en el mismo período en que apareció primero en el
padre, por lo que creemos que esta regla es de muchísima importancia para explicar las
leyes de la embriología. Estas observaciones quedan naturalmente reducidas a la primera
aparición de la peculiaridad y no a la causa primaria que pueda haber obrado en los óvulos
o en el elemento macho: casi del mismo modo que el aumento en la longitud de los
cuernos, en la cría de una vaca de astas cortas y de un toro de astas largas, aunque aparezcan
en los últimos períodos de la vida, se debe claramente al elemento macho.
Habiendo aludido al retroceso o salto hacia atrás, podemos referir aquí un hecho manifestado
a menudo por los naturalistas, a saber: que nuestras variedades domésticas, cuando
se las deja en estado salvaje, gradual pero invariablemente, retroceden en sus distintivos
a su primitivo tronco, de donde nace el argumento de que no se pueden sacar de razas
domésticas especies correspondientes al estado natural.
Podemos seguramente concluir que muchísimas de las variaciones domésticas más
marcadas no podrían vivir en estado salvaje, puesto que en muchos casos no sabemos
cuál sea el tronco primitivo, y por cons iguiente, no podemos decir si se ha verificado o no
el retroceso casi perfecto, mientras que para evitar los efectos del cruzamiento sería necesario
que una sola variedad hubiera quedado suelta en su nueva residencia.
CARÁCTER DE LAS VARIEDADES DOMÉSTICAS; DIFICULTAD DE
DISTINGUIR ENTRE VARIEDADES Y ESPECIES; ORIGEN DE LAS
VARIEDADES DOMÉSTICAS DE UNA O MÁS ESPECIES.
Si examinamos ahora las
variedades hereditarias, o sea la razas de nuestros animales y plantas en estado doméstico,
y las comparamos con especies íntimamente unidas, descubriremos generalmente en cada
raza doméstica, como ya lo hemos notado, menos uniformidad de carácter que en las verdaderas
especies.
Las razas domésticas de la misma especie se diferencian entre sí del mismo modo que
las especies muy próximas del mismo género en estado natural; pero estas diferencias son
en menor número.
Se ha supuesto frecuentemente que el hombre ha escogido para la domesticidad animales
y plantas que poseen extraordinaria e inherente tendencia a variar, así como a resistir a
los diversos climas. No disputaremos sobre si las capacidades han aumentado grandemente
el valor de la mayor parte de nuestras producciones domésticas; pero ¿cómo es posible
que un salvaje conociera, cuando por primera vez domaba un animal, si este variase
o no en las generaciones sucesivas y si había de soportar otros climas? La poca variabilidad
del asno y del ganso, o la escasa facultad del reno para sufrir el calor, o la del camello
común con respecto al frío, ¿impidió acaso su domesticidad? No podemos dudar que si
otros animales y plantas, iguales en número a nuestras producciones domésticas, y que
pertenecen a clases y países igualmente diversos, fuesen tomados del estado natural y se
les pudiera hacer criar por un número igual de generaciones, variarían en domestic idad,
por término medio, tanto como han variado las especies madre, de nuestras producciones
domésticas hoy existentes. Aunque el origen de la mayor parte de nuestros animales domésticos
quedará siempre incierto, podemos asegurar aquí que, estudiando a los perros
domésticos del mundo entero, después de la laboriosa colección de todos los hechos conocidos,
hemos llegado a concluir que varias de las especies salvajes conocidas con el
nombre de canidoe han sido domesticadas, su sangre, en algunos casos mezclada, corre
en las venas de nuestras castas domésticas, así como ingenuamente confesamos que con
respecto a los carneros y cabras no podemos formar una opinión decidida. De hechos que
nos han sido comunicados por Mr. Blyth sobre los hábitos, voz, constitución y estructura
del ganado indio de joroba, deducimos ser casi cierto que desciende de un tronco original
diferente del de nuestro ganado europeo, y algunas autoridades competentes creen que
este último ha tenido dos o tres progenitores salvajes, merezcan o no el nombre de especies.
Esta conclusión, al igual que la distinción específica entre el ganado común y el de
joroba, puede considerarse como confirmada por las admirables investigaciones del profesor
Rütiger. Con respecto a caballos, por razones que aquí no podemos dar, dudosamente
nos inclinamos a creer, en oposición a varios autores, que todas las razas pertenecen
a la misma especie. Habiendo tenido ejemplares vivos de casi todas las castas inglesas
de aves de corral, habiéndoselas criado y cruzado, después de examinar sus esqueletos,
nos parece casi cierto que en su totalidad descienden de la raza salvaje india Gallus
bankiva. Con respecto a patos y conejos, cuyas castas varían mucho entre sí, está claramente
probado que descienden respectivamente del pato y conejo s alvajes.
La doctrina del origen de las varias razas domésticas de varios troncos primitivos ha sido
llevada a un extremo absurdo por algunos autores que creen que toda raza origen de
verdadera casta, por insignificantes que sean sus caracteres distintivos, posee prototipo
salvaje. Tenemos que admitir que muchas castas domésticas deben haberse originado en
Europa. Porque, ¿de dónde si no podrían haberse derivado? Lo mismo acontece en la India,
e incluso en el caso de las castas de perro doméstico esparcidas por el mundo, que
con gusto admitimos, descienden de varias especies salvajes, no puede dudarse que ha
habido inmensa suma de variaciones heredadas. Con tanta frecuencia como descuido se
ha dicho que todas nuestras razas de perros han sido producidas por el cruzamiento de
unas pocas especies primitivas; pero no se olvide de que por cruzamientos podemos solamente
obtener formas que en algún grado sean intermedias entre las que son peculiares
a los padres; y si explicamos la variedad de razas domésticas por este procedimiento, tenemos
que admitir la existencia anterior de formas más extremas, tales como el galgo italiano,
sabueso, alano, etc., en estado salvaje.
Más todavía; la posibilidad de obtener razas distintas por cruzamiento ha sido muy
exagerada, pues existen numerosos ejemplos que demuestran que una raza puede ser modificada
por cruzamientos de cuando en cuando, si estos están ayudados por la cuidadosa
selección de los individuos que presentan el distintivo que se desea; pero obtener una raza
intermedia entre dos completamente distintas, sería muy difícil. La cría del primer cruzamiento
entre dos razas puras es pasable y algunas veces se presenta en un todo unifo rme
en carácter, siendo bastante sencilla la operación; pero al cruzar estos mestizos durante
algunas generaciones, apenas se obtienen dos que sean semejantes, haciéndose entonces
manifiesta la dificultad de la empresa.
A pesar de las grandes diferencias existentes entre las castas de palomas, estamos plenamente
convencidos de que la opinión comú n de los naturalistas es exacta cuando afirman
que todas descienden de la paloma silvestre, columba livia, incluyendo en este término
algunas razas o subespecies geográficas, que se diferencian en puntos del todo insignificantes;
y como algunas de las razo nes que nos han suministrado esta creencia son
aplicables en cierto modo a otros casos, las expondremos aquí brevemente. En efecto, si
las varias castas no son variedades y provienen de la paloma bravía, deberían descender
de siete u ocho troncos primitivos, como mínimo, puesto que es imposible obtener las
castas domésticas actuales por el cruzamiento de número menor. ¿Cómo, por ejemplo,
puede una paloma pouter ser producida por el cruzamiento de dos castas, a menos que
una de las razas madre poseyera de antemano el enorme buche que caracteriza a la especie?
Los supuestos troncos primitivos deben haber pertenecido en masa a las palomas de
campo, esto es, a las que no crían ni voluntariamente se posan en los árboles. Pero además
de la columba livia y sus subespecies geográficas, solamente se conocen dos o tres
especies más de palomas silvestres que carecen de todos los caracteres de las castas domésticas.
De aquí que los supuestos troncos primitivos, o deben existir todavía en los países
en los que primeramente fueron domesticados, siendo desconocidos por los ornitólogos
-a pesar de su tamaño, hábitos y caracteres notables- lo cual parece improbable, o deben
haberse extinguido en el estado salvaje.
Pero las aves que anidan en precipicios y que son, por lo tanto, muy voladoras no es
probable que sean fácilmente exterminadas. Las diferentes razas domésticas han sido
transportadas a todos los ángulos del mundo, y debido a eso, algunas de ellas deben haber
sido devueltas a su país natal sin que ni una siquiera se haya vuelto silvestre o brava.
Aunque la paloma de palomar, que es la silvestre en estado ligerísimamente alterado, ha
logrado en algunos lugares volver a dicho estado primitivo. Además, todos los exper imentos
recientes demuestran que es difícil conseguir que los animales silvestres críen libremente
en estado doméstico, y sin embargo, en la hipótesis del origen múltiple de nuestras
palomas, debería suponerse que seis o siete especies, por lo menos, fueron en tiempos
antiguos tan completamente domesticadas por el hombre semicivilizado que, estando encerradas,
se tornaron prolíficas.
El hombre semicivilizado consiguió domesticar por completo algunas especies, intencional
o casualmente extrajo especies extraordinariamente anormales, aunque estas mismas
especies se han extinguido o son desconocidas desde entonces.
Ahora bien, tomando en cada una de las castas domésticas ejemplares muy bien criados,
todos los indicios, hasta el ribete blanco de las plumas timoneras de la cola, se verán
algunas veces perfectamente desarrollados, y cuando se crucen parejas que pertenezcan a
dos o más castas distintas, no azules ni con un solo indicio, la prole obtenida repentinamente
adquirirá esos caracteres.
En una casta que se ha cruzado sólo una vez, la tendencia a volver a algún carácter derivado
de tal cruzamiento será naturalmente cada vez menor, y en cada generación sucesiva
quedará menos dosis de sangre extraña; pero cuando no ha habido cruzamiento y hay
tendencia en la casta a volver a algún carácter que se perdió en alguna generación anterior,
esta tendencia parece, por el contrario, poder transmitirse sin disminución por un
número indefinido de generaciones.
Por la improbabilidad de que el hombre haya hecho anteriormente que siete u ocho supuestas
especies de palomas criasen libremente en domesticidad; por ser estas supuestas
especies completamente desconocidas en estado silvestre, sin que en parte alguna se
hayan tornado bravías; por presenciar ciertos caracteres más anormales con todas las demás
columbideas, por la reaparición de vez en cuando del color azul y de los variados
indicios de color negro en todas las castas, ya se las conserve puras, o se las cruce; y por
último, por el fenómeno de ser la cría mestiza perfectamente fértil; podemos deducir sin
riesgo que todas nuestras castas domésticas descienden de la paloma silvestre o columba
livia y de sus subespecies geográficas.
Hemos discutido con alguna extensión, aunque de ninguna manera con la bastante, el
origen probable de las palomas domésticas, porque cuando por primera vez nos dedicamos
a su crianza y observamos sus diversas clases, sabiendo bien cuán fielmente se reproducen,
tuvimos la misma dificultad que cualquier naturalista para creer que desde el
origen de su domesticidad todas habían procedido de un padre común, y no menor que la
requerida para llegar a semejante conclusión con respecto a las muchas especies de pinzones
o de otros grupos de aves salvajes.
Jamás hemos encontrado criador alguno de palomas, de aves de corral, de patos o de
conejos, que no estuviera plenamente convencido de que cada casta principal descendía
de una especie distinta. Todos están fuertemente impresionados por las mismas diferencias
de las diversas castas, y aunque saben que las razas se diferencian en muy poco, aunque
obtienen premios por la selección de estas pequeñas diferencias, ignoran, sin embargo,
todos los argumentos generales de la materia y rehúsan hacer mentalmente una suma
de pequeñas diferencias semejante, acumuladas durante muchas generaciones sucesivas.
Sabiendo por otra parte el naturalista mucho menos de las leyes de herencia que lo que
conoce el criador, y no conociendo tampoco más que los rasgos intermedios en las largas
líneas de descendencias, admite, sin embargo, que muchas de nuestras razas domésticas
descienden de los mismos padres. ¿No podrían ser más cautos cuando se ríen de la idea
que presenta las especies en estado silvestre, descendiendo en línea recta de otras especies?
PRINCIPIOS DE SELECCIÓN ANTIGUAMENTE PRACTICADOS Y SUS
EFECTOS.
Consideremos ahora brevemente los pasos que han dado las razas domésticas
para producirse, ya desciendan de una especie única o de varias inmediatas entre sí, para
lo cual hay que atribuir algún efecto a la acción directa y definida de las condiciones externas
de la vida, así como algunos al hábito.
Uno de los rasgos más notables en nuestras razas domésticas es, sin duda, verlas adaptarse,
no ciertamente en provecho propio, a la utilidad o capricho del hombre. Algunas
variaciones útiles para este han surgido probablemente de repente, o par una sola operación.
Por suerte, muchos botánicos han creído, por ejemplo, que la cabeza de la cardencha,
provista de anzuelos, que no podrían obtenerse por procedimiento alguno mecánico,
es solamente una de las variedades del dipsaco salvaje, habie ndo podido perfectamente
este cambio nacer de una vez en alguna planta de semillero.
Pero cuando comparamos al caballo de tiro con el de carrera, al dromedario con el camello,
a las diferentes castas de ovejas,, cuando comparamos esa legión de plantas agr ícolas
culinarias de huerta y jardín, creemos que es menester ver en todos estos hechos
algo más que simple variabilidad, porque no podemos suponer que todas las castas fueran
repentinamente producidas tan perfectas y útiles como hoy las vemos, sabiendo positivamente,
como en muchos casos sabemos, que no ha sido así. La clave de esto se encuentra
en la facultad que tiene el hombre de acumular fenómenos de selección. La naturaleza da
variaciones sucesivas, y el hombre las va dirigiendo en ciertas direcciones que le son útiles,
pudiendo en este sentido decirse que el hombre ha creado para sí las razas de las que
recibe tanta utilidad.
Hay quienes ponen en práctica el principio de selección como si ejercieran una profesión.
Colocan a los carneros sobre una mesa y sobre ella los estudian; repiten tres veces
con intervalo de algunos meses este primer paso, y en todas ellas marcan y clasifican a
los carneros, de modo que solamente los mejores entre los mejores son, en definitiva, los
que se destinan a la cría.
Estas mejoras no son generalmente debidas al cruzamiento de diferentes castas, porque
todos los mejores criadores se oponen tenazmente a esta práctica, excepto en muy raras
ocasiones o cuando se trata de castas próximamente iguales. Una vez verificado el cruzamiento
es indispensable la más vigorosa selección. Si esta consistiese meramente en
separar alguna variedad muy distinta para hacer cría, el principio sería tan claro que apenas
merecería mencionarse; pero su importancia consiste en el gran efecto producido por
la acumulación en un sentido, durante generaciones sucesivas.
Los horticultores siguen los mismos principios; pero a la vez las variaciones son más
bruscas, y nadie supondrá que nuestros mejores productos sean el resultado de una sola
variación del tronco origen.
Con respecto a las plantas, una vez establecida con precisión una raza, los plantadores
arrancan a los tunantes (las matas que al nacer se desvían del conveniente tipo).
Hay otros medios para observar los efectos de selección ya acumulados, a saber: comparar
la diversidad de flores en las diferentes variedades de la misma especie en un mismo
jardín. La ley de la variación correlativa, cuya importancia no debe menospreciarse
jamás, siempre nos dará seguras diferencias; pero por regla general no se puede dudar de
que una selección continuada, en las hojas, en las flores, o en los frutos, producirá razas
que se diferencien unas de otras, principalmente en estos caracteres.
En épocas rudas y bárbaras de la historia de Inglaterra se importaban con frecuencia
animales escogidos y se daban leyes para impedir su exportación. Una ley ordenaba la
destrucción de todos los caballos que no poseyesen cierta alzada, lo cual puede compararse
a lo que hoy hacen los jardineros con las plantas malas. Algunos escritores clás icos
romanos han dado también reglas explícitas sobre este punto, mostrando claramente algunos
pasajes del Génesis, que en aquel remoto tiempo se atendía mucho al color de los
animales domésticos. Los salvajes cruzan hoy, algunas veces, sus perros con animales
salvajes de la raza canina para mejorar la casta. Por algunos de estos hechos puede inducirse
que la selección no es cosa de hoy, sino que la cría de animales domésticos mereció
cuidadosa atención en tiempos antiguos, como ahora entre los salvajes más degradados.
Y la verdad es que habría sido extraño que así no hubiese sucedido, cuando tan evidente
es que las buenas y las malas cualidades son hereditarias.
SELECCIÓN METÓDICA E INCONSCIENTE. ORIGEN DESCONOCIDO DE
NUESTRAS PRODUCCIONES DOMÉSTICAS.
Hoy en día, los más eminentes criadores
tratan por medio de una selección metódica y con un objeto determinado formar una
nueva subcasta o estirpe superior a cuantos géneros existan en su país. Pero para nuestro
propósito, es más importante una forma de selección que podría llamarse inconsciente, y
que resulta a todo el que intenta poseer los mejores animales y hacerlos reproducirse. Así,
el hombre que quiere tener perros de muestra, naturalmente trata de elegir perros buenos
y después cría con los mejores, aunque no tenga el deseo ni la esperanza de alternar pe rmanentemente
la casta. Este procedimiento, continuado por el transcurso de siglos, mejoraría
y modificaría cualquier casta. Cambios lentos e insensibles de esta clase jamás pueden
ser reconocidos, a menos que se hayan tomado mucho antes buenas medidas o cuidadosos
dibujos de las razas en cuestión, que puedan servir después como punto de comparación.
En algunos casos se encuentran, sin embargo, individuos de la misma casta, no cambiados
o cambiados en muy poco, en los lugares menos civilizados, donde la respectiva
raza ha sido menos mejorada. Hay razones para creer que el perro setter deriva directamente
del sabueso, dado que según toda probabilidad, no es más que una alteración lenta
de este.
Youalt suministra un excelente ejemplo de los efectos de la selección continuada y que
puede considerarse como inconsciente, puesto que los criadores no podrían nunca haber
esperado, ni siquiera haber deseado, producir el resultado que sobrevino, a saber: la producción
de dos estirpes distintas.
Aun entre los salvajes más bárbaros, que nunca piensan en el carácter hereditario de las
crías de sus animales domésticos, cualquier animal que les sea especialmente útil para un
objeto cualquiera es cuidadosamente conservado durante el hambre y las plagas a las que
tan expuestos están y esos animales escogidos dejarían generalmente más crías que los
inferiores; de modo que, en este caso, se verificaría una especie de selección inconscie nte.
En las plantas, este mismo procedimiento gradual de mejora por medio de la conservación
incidental de los mejores individuos, ya sean o no lo bastante distintos para ser clasificados
como variedades diversas a su primera aparición, y ya dos o más especies o razas
se hayan o no mezclado por cruzamiento, puede plenamente reconocerse en el aumento
de tamaño y belleza que ahora vemos en las variedades de plantas, cuando las comparamos
con las variedades más antiguas o con aquellas que las originaron.
Una gran suma de cambios lenta e inconscientemente acumulados explica a nuestro
juicio el hecho notorio de que en cierto número de casos no podamos reconocer, y por lo
tanto ignoremos, los troncos silvestres, orígenes de las plantas que han sido cultivadas
desde hace mucho tiempo en nuestros jardines y huertas. Si se han necesitado cientos o
miles de años para mejorar o modificar la mayor parte de nuestras plantas hasta su tipo
actual, tan útil para el hombre, podremos fácilmente entender cómo Australia, el Cabo de
Buena Esperanza u otras regiones habitadas por el hombre completamente incivilizado no
han podido darnos una sola planta que valga la pena de ser cultivada. No es que estos países,
tan ricos en especies, no posean por extraña casualidad los troncos originales de plantas
útiles, sino que las plantas del país no han sido llevadas por la selección continuada
hasta un punto de perfección comparable con la adquirida por las plantas en los países
antiguamente civilizados.
Con respecto a los animales domésticos del hombre incivilizado, no debe perderse de
vista que aquellos tienen casi siempre que buscarse su propio alimento, al menos durante
ciertas estaciones. Y en dos países de circunstancias muy diferentes, los individuos de la
misma especie que posean constituciones o estructuras ligeramente distintas se lograrían
mejor en un país que en el otro; y así por un procedimiento de selección natural podrían
llegar a formarse dos rubrazas. Quizás esto explique en parte por qué las cualidades que
tienen los animales domésticos de los salvajes, como ya lo han notado algunos autores,
tienen más carácter de verdaderas especies que las variedades existentes en países civilizados.
En la opinión presentada aquí acerca del papel importante que ha desempeñado la selección
ejercida por el hombre, se hace desde luego evidente por qué nuestras razas domésticas
se adaptan en estructura o en hábitos a las necesidades o caprichos del hombre.
Podemos, a nuestro juicio, entender además el carácter frecuentemente anormal de nuestras
razas domésticas y explicarnos por qué las diferencias son tan grandes en los caracteres
externos, como relativamente pequeñas en las partes internas u órganos. El hombre
apenas puede escoger, y si puede es con mucha dificultad, las desviaciones de estructuras,
excepto las que son extername nte visibles; y cuidándose muy raras veces lo que es interno.
Nunca puede verificar la selección, a no ser en aquellas variaciones que en escaso
grado la misma naturaleza le muestra de antemano. El primer hombre que escogió una
paloma con cola ligeramente más larga, seguramente ni se imaginó lo que los descendientes
de esa paloma llegarían a hacer por selección, en parte inconsciente, y en parte metódicamente
continuada.
El hombre conserva y hace cría de un individuo cor, alguna pequeña particularidad de
estructura, o pone más cuidado que de costumbre al aparear sus mejores animales, y de
este modo los perfecciona hasta que los ya mejorados poco a poco se esparcen por las
cercanías. Cuando ya están mejorados por el mismo procedimiento lento y gradual, se
esparcen aún más, hasta llegar a ser reconocidos como algo distinto y apreciable; es entonces
cuando probablemente reciben por primera vez un nombre que podríamos llamar
provincial. En los países semicivilizados, en donde las comunicaciones son escasas, sería
un procedimiento lento la propagación de cualquier nueva subraza. Una vez reconocidos
los puntos más interesantes en esta materia, el principio de selección que hemos llamado
inconsciente tenderá siempre, y tal vez más en un período que en otro, según esté más o
menos de moda la raza, tal vez más en una localidad que en otra, y según el estado de civilización
de los habitantes, a aumentar poco a poco los rasgos característicos de la raza,
cualesquiera que estos puedan ser. Pero será infinitamente pequeña la probabilidad de que
se conserve memoria alguna de los cambios lentos e insensibles por los que pasan los individuos.
CIRCUNSTANCIAS FAVORABLES A LA FACULTAD DE SELECCIÓN DEL
HOMBRE.
La extremada variabilidades evidentemente favorable en esta materia, puesto
que libremente da los materiales con los que trabaja la selección. No queremos decir que
las meras diferencias individuales no sean más que suficientes para permitir con extremo
cuidado la acumulación de una gran suma de modificaciones por todas o casi todas las
vías apetecibles, sino que como las variaciones manifiestamente útiles o agradables al
hombre aparecen solamente de vez en cuando, no hay duda de que aumentarán mucho las
probabilidades, en presencia de un gran número de individuos. Por lo tanto el número será
de importancia para el éxito. No podrá obtenerse un gran número de individuos de un
animal o de una planta, sin que sean favorables las condiciones para su propagación.
Cuando los individuos escasean, hay que permitir que todo el mundo críe, sea cual fuere
la calidad de los ejemplares que posean, lo cual impide prácticamente la selección. Pero
el elemento más importante en esta materia es conocer qué animal o planta es más apreciado
por el hombre, que dedica la más prolija atención aun a las desviaciones más insignificantes
de las cualidades o estructura del objeto de su estudio, porque sin esa atención
nada puede hacerse. La fresa comenzó a variar justamente cuando los jardineros empezaron
a prestarle cuidados a esa planta. Cruzando distintas especies, aparecieron las muchas
y admirables variedades de la fresa que se han visto durante los últimos cincuenta años.
Respecto de los animales, la facilidad para impedir los cruzamientos es un elemento
importante en la formación de nuevas razas, al menos en los países que ya poseen otras
antiguas. En este concepto, los cercados del terreno influyen sobremanera en el resultado.
Lo que más nos importa es que las variedades domésticas de la misma especie se diferencian
unas de otras en casi todos los rasgos que el hombre ha atendido en la selección,
más de lo que se diferencian las distintas especies del mismo género.
Resumamos cuanto queda dicho sobre el origen de nuestras razas domésticas de animales
y plantas: los cambios de las condiciones de vida son muy importantes al causar la
variabilidad, ya sea por la acción directa en la organización o porque indirectamente afectan
el sistema reproductivo. No es probable que sea la variabilidad un efecto inherente y
necesario en todas las circunstancias. La mayo r o menor fuerza de herencia y la propensión
a retroceder determinará si las variaciones han de mantenerse. La variabilidad está
regida por muchas leyes desconocidas, entre las cuales el incremento correlativo es probablemente
la más importante. Algo, aunq ue no sepamos cuánto, hay que atribuirle a la
acción definida de las condiciones de vida. Algún efecto, quizás grande, puede atribuirse
al uso o desuso de las partes. El resultado final es, pues, infinitamente complejo. En algunos
casos parece que ha tenido parte importante en el origen de nuestras castas el intercruzamiento
de distintas especies primitivas. Cuando diversas razas ya se han formado en
cualquier país, su cruzamiento casual, favorecido por la selección, ha contribuido mucho,
sin duda, a la formación de nuevas subrazas; pero la importancia del cruzamiento ha sido
muy exagerada, tanto tratándose de animales, como de las plantas que se propagan por
medio de semillas. Respecto de las que se propagan por injertos, retoños, etc., la importancia
del cruzamiento es inmensa, porque el cultivador puede en este caso olvidar la extrema
variedad de las mezclas y su esterilidad, pero las plantas que no se propagan por
semilla son de poca importancia para nosotros, porque su duración es solamente temporal.
Sobre todas estas causas de cambio, parece predominar la acción acumulada de la selección,
aplicada metódica y prontamente, de un modo inconsciente y lento, aunque más
eficaz.
Capitulo II
La variación en la naturaleza
VARIABILIDAD. Antes de aplicar a los seres orgánicos en estado natural los principios
a los que hemos llegado en el último capítulo, nos es preciso discutir brevemente si
estos seres están o no sujetos a alguna variación; por lo cual, para tratar este asunto con
propiedad, deberíamos dar aquí un largo catálogo de hechos áridos que reservaremos para
una obra futura. Tampoco discutiremos aquí las varias definiciones que se han dado ya
del término especie, pues ninguna ha satisfecho a todos los naturalistas. Generalmente,
esta palabra encierra el elemento desconocido de un acto distinto de la creación. El término
variedad es también de difícil definición, pero en él se sobreentiende casi universalmente
la comunidad de origen, aunque rara vez pueda ser probada. Tenemos también las
llamadas monstruosidades, que son cierto grado de las variedades, pero presumimos que
por monstruosidad se da a entender alguna desviación considerable en la estructura, y que
generalmente es nociva o de ninguna utilidad para la especie.
Puede dudarse de que las rápidas y cons iderables desviaciones de estructura, tales como
las que a veces vemos en nuestras producciones domésticas, y más especialmente en
las plantas, puedan propagarse permanentemente en el estado natural, porque casi todas
las partes de los seres orgánicos están tan admirablemente en relación con las condiciones
complejas de su vida, que parece tan improbable que nazca repentinamente cualquier parte
perfecta, como que el hombre hubiera inventado ya en el estado perfecto una máquina
completa. En la domesticidad ocurren algunas veces monstruosidades que parecen estructuras
normales de animales completamente distintos.
DIFERENCIAS INDIVIDUALES. Las muchas aunque ligeras diferencias que aparecen
en las crías procedentes de los mismos padres, o que podemos presumir que han tenido
un mismo origen por haber sido observadas en individuos de la misma especie confinados
a una misma localidad, pueden ser llamadas diferencias individuales. No hay nadie
que suponga que todos los individuos de la misma especie han sido fundidos, digámoslo
así, en el mismo molde. Sus diferencias individuales son de la mayor importancia para
nosotros, porque, como todo el mundo sabe, casi siempre son heredadas, dando, por consiguiente,
materiales para que la selección natural obre y las acumule de la misma manera
en que el hombre lo hace en una dirección dada con sus producciones domésticas. Las
diferencias que nos ocupan afectan generalmente a las que los naturalistas consideran
como partes de escasa importancia; pero podríamos demostrar, por medio de un largo catálogo
de hechos, que aun las partes que deben llamarse importantes, tanto desde el punto
de vista fisiológico como de clasificación, varían también en los individuos de la misma
especie.
Hay un punto relacionado con las diferencias individuales, que es en extremo dificultoso:
nos referimos a aquellos géneros que se han llamado "proteos" o "polimorfos", en los
cuales las especies presentan cierta desordenada variación. Con respecto a muchas de estas
formas, apenas hay dos naturalistas que convengan en si han de clasificarlas entre las
especies o entre las variedades. En la mayor parte de los géneros polimorfos, algunas de
las especies tienen caracteres fijos y definidos. Los géneros que son polimorfos en un país,
parecen ser, con pocas excepciones, polimorfos en otro, y de igual manera en épocas
anteriores, a juzgar por los moluscos braquiópodos. Estos hechos desconciertan, porque
parecen demostrar que esta clase de variabilidad es independiente de las condiciones de la
vida. Nos inclinamos a sospechar que vemos, al menos en algunos géneros, variaciones
que no sirven ni perjudican a la especie, y que, por consiguiente, no han sido fijadas ni
convertidas en definitivas por la selección natural, como se explicará más adelante.
Individuos de la misma especie presentan a menudo, como todos saben, grandes diferencias
de estructura independientemente de la variación, como ocurre en los dos sexos
de varios animales, en las dos o tres castas de hembras estériles u obreras entre los insectos,
y en los estados imperfectos y larvales de muchos animales inferiores. También hay
casos de dimorfismo y trimorfismo en los animales y en las plantas.
Al principio causa ciertamente gran sorpresa que la misma mariposa hembra tenga poder
para producir al mismo tiempo tres formas distintas de hembras y un macho, y que
una planta hermafrodita produzca de la misma cápsula seminal tres formas hermafroditas
distintas, que encierran otras tantas clases diferentes de hembras, y no sólo tres, sino hasta
seis clases distintas de machos. Sin embargo, estos casos no son más que exageraciones
del hecho común de que la hembra produce machos y hembras, que algunas veces se diferencian
entre sí de un modo extraordinario.
ESPECIES DUDOSAS. Las formas que poseen en gran escala el carácter de especies,
pero que al mismo tiempo son tan semejantes a otras formas, o están tan estrechamente
unidas a ellas por graduaciones intermedias, que los naturalistas no han querido clasificarlas
como especies distintas, son por varios conceptos las más importantes para nosotros,
porque tenemos sobradas razones para creer que muchas de estas formas dudosas,
estrechamente parecidas, han conservado permanentemente sus caracteres por tanto tiempo
como las buenas y verdaderas especies. En la práctica, cuando un naturalista puede
unir por medio de eslabones intermedios dos formas cualesquiera, considera la una como
una variedad de la otra y coloca la más común, y algunas veces la que primero fue descripta,
como la especie, mientras que a la otra la presenta como variedad. Pero surgen a
veces casos de gran dificultad, que no enumeraremos aquí, cuando debemos determinar si
hay que clasificar o no una forma como variedad de otra, aun cuando están muy unidas
por lazos intermedios, sin que pueda resolver la dificultad la naturaleza de las formas intermedias
que se suponen comúnmente híbridas.
¡Cuántos pájaros e insectos de América del Norte y de Europa, que se diferencian poquísimo
unos de otros, han sido clasificados por un eminente naturalista como legítimas
especies y por otro como variedades, por lo que frecuentemente se llaman razas geográficas!
Mr. Wallace demuestra que pueden clasificarse estas variedades en cuatro categorías:
formas variables, formas locales, razas geográficas o subespecies y especies verdaderamente
representativas. Las formas variables varían mucho sin salir de la misma isla.
Las formas locales son bastante constantes y distintas en cada isla, pero cuando se comparan
juntas todas las de las diversas islas, se ve que las diferencias son tan pequeñas y
graduadas, que es imposible definirlas o describirlas, aunque al mismo tiempo sean suficientemente
distintas las formas extremas. Las razas geográficas o subespecies son formas
locales completamente fijas y aisladas, pero como no se diferencian unas de otras en
caracteres importantes y muy marcados, no queda más que la opinión individual para determinar
cuáles entre ellas han de ser consideradas como especies y cuáles como variedades.
Por último, las especies representativas ocupan el mismo lugar en la economía natural
de cada isla, que las formas locales y subespecies; pero como se distinguen unas de
otras por mayor cantidad de diferencias que las existentes entre las formas locales y subespecies,
son casi universalmente clasificadas por los naturalistas, entre las verdaderas
especies. Sin embargo, no es posible dar un criterio cierto, por el cual se reconozcan las
formas variables, las formas locales, las subespecies y las especies representativas.
Mr. B.D. Warlsh, distinguido entomólogo de los Estados Unidos, ha descrito lo que él
llama variedades y especies fitófagas. La mayor parte de los insectos que se alimentan
con vegetales viven en una clase o grupo determinado de plantas.
Ciertamente, todavía no se ha trazado línea alguna que sea clara acerca de la separación
que media entre especies y subespecies o entre las formas que, en opinión de algunos naturalistas,
están muy cerca del rango de especies, pero no llegan enteramente a serlo; ni
tampoco entre subespecies y variedades bien marcadas, o entre variedades menores.
Así es que, por nuestra parte, consideramos las diferencias individuales como de la mayor
importancia para nosotros, por ser ellas los primeros pasos hacia esas pequeñas variedades
que rara vez se consideran dignas de figurar en las obras de historia natural.
Por las observaciones anteriores se verá que consideramos la palabra especie como arbitrariamente
y por pura conveniencia dada a una colección de individuos muy semejantes
los unos a los otros, sin diferenciarse esencialmente del término variedad, que se aplica
a formas menos distintas y más fluctuantes. La palabra variedad también, en comparación
con meras diferencias individuales, es arbitrariamente aplicada por cuestión de comodidad.
LAS ESPECIES COMUNES MUY EXTENDIDAS SON LAS QUE MÁS VARÍAN.
Alfonso de Candolle y otros han demostrado que las plantas que tienen distribución muy
extensa presentan generalmente variedades, lo cual era de esperar, puesto que están expuestas
a diversas condiciones físicas y entran en competencia con diferentes clases de
seres orgánicos. Pero nuestras tablas demuestran también que en cualquier país limitado
las especies que son más comunes, esto es, que abundan más en individuos, y las que están
más extensamente difundidas dentro de su propio país, darán muy a menudo lugar a
variedades bien y suficientemente marcadas como para haber sido anotadas en las obras
de botánica. De aquí que las especies más florecientes, o como podría decirse, las especies
dominantes (aquellas que ocupan grandes regiones, que son las más difundidas en su
propio país y cuyos individuos son más numerosos) son las que más frecuentemente producen
variedades bien marcadas, o según nuestras consideraciones, especies incipientes.
Y esto podía haber sido previsto, porque como las variedades, para llegar a ser permanentes
en cualquier grado, tienen que luchar contra los otros habitantes del país, las especies
que son ya dominantes serán las que probablemente se reproducirán, y su descendencia,
aunque un tanto modificada, heredará todavía aquellas ventajas que hicieron a sus padres
ser dominantes sobre sus coetáneos.
LAS ESPECIES DE LOS GÉNEROS MAYORES EN CADA PMS VARÍAN CON
MAS FRECUENCIA QUE LAS ESPECIES DE LOS GÉNEROS MENORES.
Si se dividieran
en dos partes iguales las plantas de un país descritas en cualquier flora y se colocaran
a un lado todas aquellas que pertenecen a los géneros mayores, esto es, aquellas que
comprenden muchas especies, y en el otro lado todas las de los géneros menores, la primera
división incluiría un número algo mayor de las especies muy comunes y muy difundidas
o dominantes.
Por considerar las especies solamente como variedades muy marcadas y bien definidas,
nos vimos inducidos a anticipar que las especies de los géneros mayores en cada país presentarían
variedades más a menudo que las especies de los géneros más pequeños, porque
dondequiera que muchas especies íntimamente relacionadas, es decir, especies del mismo
género, se hayan formado, deben, por regla general, estar formándose muchas variedades
o especies incipientes.
Muchas de las especies incluidas en los géneros mayores se parecen a las variedades,
debido a que están muy íntimas aunque desigualmente, relacionadas unas con otras, y a
que tienen distribución limitada. Hay otras relaciones dignas de notarse entre las especies
de los géneros grandes y sus variedades ahora observadas. Las especies de los géneros
mayores se parecen a las variedades más que las especies de los géneros más pequeños. O
poniendo el caso de otra manera, puede decirse que en los géneros mayores, en los que se
está manufacturando un número mayor que el ordinario, de variedades o especies incipientes,
muchas de las especies ya formadas se parecen hasta cierto punto, a las variedades,
porque difieren unas de otras en una cantidad de cosas menor que la acostumbrada.
Además, las especies de los géneros mayores están relacionadas entre sí del mismo
modo en que las variedades de cualquier especie lo están unas con otras. Ningún naturalista
pretende que todas las especies sean igualmente distintas unas de otras, sino que generalmente
pueden ser divididas en subgéneros o secciones, o en grupos menores.
Finalmente, las variedades no pueden distinguirse de las especies, si no es, primero, por
el descubrimiento de formas intermedias eslabonadas entre sí, y segundo, por cierto grado
indefinido de diferencia entre ellas: porque dos formas que se diferencian muy poco son
generalmente clasificadas entre las variedades, aun cuando no puedan ser enlazadas estrechamente,
sin que por esto sea posible definir el grado de diferencia que se considera
necesario para dar a dos formas cualesquiera el nombre de especies. En los géneros que
en cualquier país tienen un número de especies mayor que el señalado por el término medio,
las especies cuentan con un número de variedades mayor que el asignado por dicho
término medio. En los géneros grandes, las especies están unidas íntima, aunque desigualmente,
formando grupos pequeños alrededor de otras especies. Las especies muy
inmediatas a otras tienen aparentemente extensión limitada. En todos estos conceptos, las
especies de los géneros grandes presentan gran analogía con las variedades. Y podemos
comprender claramente estas analogías si las especies existieron en algún tiempo como
variedades, y así se organizaron, mientras que son completamente inexplicables dichas
similitudes si las especies son creaciones independientes.
Hemos visto también que las especies más florecientes o dominantes de los géneros
mayores dentro de cada clase son las que por término medio poseen mayor número de
variedades, y estas, tienden a convertirse en nuevas y distintas especies. Así los géneros
considerados mayores tienden a serlo aun más, y en la naturaleza, las formas de vida hoy
dominantes tienden a serlo todavía más, dejando muchos descendientes modificados y
dominantes. Pero por pasos que se explicarán más adelante, los géneros mayores tienden
a descomponerse en géneros más pequeños. Y así las formas de vida en todo el universo
quedan divididas en grupos subordinados a otros grupos.
Capítulo III
La lucha por la existencia
SU RELACIÓN CON LA SELECCIÓN NATURAL. Antes de entrar en el asunto de
este capítulo, preciso es que hagamos algunas observaciones preliminares, para demostrar
el alcance de la lucha por la existencia sobre la selección natural. Se ha visto en el último
capítulo que, entre los seres orgánicos en estado natural, hay alguna variabilidad individual.
Pero la mera existencia de variabilidad individual y de algunas pocas variedades
bien marcadas, aunque es necesaria como fundamento para nuestro trabajo, nos ayuda
muy poco a comprender cómo brotan de la naturaleza las especies,
Pero, ¿cómo -se preguntará- sucede que las variedades que hemos llamado especies incipientes
llegan a convertirse, por último, en especies legítimas y distintas, que en la mayor
parte de los casos se diferencian de la misma especie? ¿Cómo nacen esos grupos de
especies que constituyen los llamados géneros distintos y que se diferencian unos de otros
más que las especies del mismo género? Todos estos resultados son consecuencia de la
lucha por la existencia. Debido a esta, las variaciones, por pequeñas que sean, y cualquiera
que sea el origen del que provengan, si en algo son provechosas a los individuos de
una especie en sus relaciones infinitamente complejas con otros seres orgánicos y con sus
condiciones físicas de vida, tenderán a la conservación de dichos individuos, y serán generalmente
heredadas por la descendencia. De este modo tendrán también mayor probabilidad
de sobrevivir, pues de los muchos individuos de una misma especie que nacen periódicamente,
sólo un reducido número puede conseguir este privilegio. Hemos llamado
al principio por el cual se conserva toda variación pequeña, cuando es útil, selección natural,
con el fin de hacer ver su relación con la fac ultad de selección del hombre. Hemos
visto que el hombre puede producir por la selección grandes y positivos resultados y
adaptar seres orgánicos a usos propios, acumulando variaciones pequeñas pero útiles, que
recibe de manos de la naturaleza.
EL TÉRMINO "LUCHA POR LA EXISTENCIA" SE EMPLEA EN SENTIDO
AMPLIO.
Debemos advertir ante todo, que usamos esta expresión en sentido amplio y
metafórico, el cual incluye la dependencia de un ser respecto de otro, y lo que es más importante,
incluye no solamente la vida del individuo, sino también el éxito al dejar progenie.
Dos animales caninos, en tiempo de hambre, luchan mutuamente por conseguir el alimento
que necesitan; pero la planta que nace en los linderos del desierto lucha por la
existencia contra la sequía, aunque con más propiedad se diría que depende de la humedad.
De una planta que produce anualmente mil semillas, de las cuales solamente una, por
término medio, llega a la madurez, puede decirse con más exactitud que lucha con las
plantas de la misma clase y con las otras que ya ocupaban el terreno en que ella se leva nta.
El muérdago depende del manzano y de otros pocos árboles, pero solamente en sent ido
muy artificial puede decirse que lucha con estos árboles, porque si en el mismo árbol
crecen muchos de estos parásitos, el árbol languidece y muere. Pero de algunos muérdagos
que producen semillas y que crecen juntamente en la misma rama puede decirse con
más razón que luchan entre sí. Y como el muérdago es diseminado por los pájaros, de
estos depende su existencia, pudiendo metafóricamente decirse que luchan contra otras
plantas fructíferas, para tentar a los pájaros a que los consuman y que de este modo esparzan
su semilla. En estos diversos sentidos, en que se funden los unos en los otros,
creemos conveniente usar el término general "lucha por la existencia".
RAZÓN GEOMÉTRICA DEL CRECIMIENTO. Luchar por la existencia es inevitable
consecuencia de la elevada proporción en que tienden a aumentarse todos los seres orgánicos.
Todo ser que durante el tiempo natural de su vida produce varios huevos o semillas,
necesita sufrir destrucción durante algún período de su vida y durante alguna estación
o en alguno que otro año, porque de otro modo, por el principio del aumento geométrico
llegaría pronto su número a ser tan desordenadamente grande, que no habría país
capaz de soportarlo. De aquí que, como se producen más individuos de los que es posible
que sobrevivan, tiene que haber forzosamente en todos los casos lucha por la existencia,
ya sea del individuo con otro de la misma especie o con los de especies distintas, o con
las condiciones físicas de la vida. Esta es la doctrina de Malthus aplicada con múltiple
fuerza al conjunto de los reinos animal y vegetal, porque en este caso no hay aumento
artificial de alimento y limitación prudente de enlaces de los dos sexos. Aunque en la actualidad
algunas especies aumenten en número, con más o menos rapidez, todas no pueden
hacerlo así, porque no cabrían en el mundo.
Esta regla no tiene excepción, porque todo ser orgánico se aume nta naturalmente en tan
alta proporción que, si no se lo destruyera pronto, la tierra estaría cubierta por la progenie
de una sola pareja. Aun el hombre, que es lento para reproducirse, se duplica en veinticinco
años, y en esta proporción, en menos de mil años su descendencia no tendría literalmente
sitio en el mundo para estar de pie.
Casi toda planta silvestre en pleno desarrollo produce anualmente semilla, y entre los
animales hay poquísimos que no se aparean todos los años. Este hecho nos hace asegurar
con confianza que todos los animales y plantas tienden a aumentar en proporción geométrica,
que todos se reproducirían rápidamente en toda estación en la que de cualquier modo
pudiesen existir, y que es menester que dicha tendencia geométrica de crecimiento sea
detenida por la destrucción, en algún período de la vida.
Al mirar la naturaleza es necesario no olvidar que cada ser orgánico está luchando con
todos sus esfuerzos para aumentar su número; que cada uno vive merced a la lucha en
algún período de su vida; que la destrucción severa cae inevitablemente, tanto sobre el
joven como sobre el viejo, durante cada generación o con intervalos que se repiten. Aligérese
un obstáculo cualquiera, mitíguese la destrucción por poca que sea, y el número de
las especies crecerá casi instantáneamente hasta alcanzar una suma que no podrá menos
que sorprendernos.
NATURALEZA DE LOS OBSTÁCULOS AL AUMENTO. La cantidad de alimento
para cada especie da naturalmente el límite extremo al que puede llegar en su crecimiento;
pero con mucha frecuencia no determina el número medio de una especie el alimento
que pueda obtener, sino el que sirva o no de presa a otros animales.
El clima desempeña también un papel importante en la determinación del término medio
del número de una especie, y parece ser que de todos los obstáculos, los que más
efectos causan son las estaciones periódicas de frío o de sequedad extremas. La acción
del clima obra principalmente reduciendo el alimento, lo que causa la lucha más severa
entre los individuos, ya sea de la misma, como de distintas especies que usan la misma
alimentación. Más aun cuando el clima obra directamente, por ejemplo, cuando reinan
intensos fríos, los individuos son menos vigorosos, y por consiguiente, los que menos
alimento tienen al avanzar el invierno son los que más sufren. Cada especie, aun en el
sitio en que más abunda, sufre una constante y enorme destrucción en algún período de su
existencia, a causa de los enemigos que compiten por la zona y el sustento. De modo que
si estos enemigos o competidores son favorecidos en grado íntimo por cualquier ligero
cambio de clima, aumentan en número, y como cada área está ya completamente cubierta
de habitantes, preciso es que las otras especies disminuyan.
Cuando una especie, por efecto de circunsta ncias muy favorables, aumenta desordenadamente
su número en un pequeño trecho de terreno, se producen las epidemias. Así ocurre
generalmente con nuestros animales de caza, porque este obstáculo limita su número
independientemente de la lucha por la existencia.
LAS RELACIONES COMPLEJAS DE LOS ANIMALES Y PLANTAS ENTRE SÍ,
LIMITA EN LA LUCHA POR LA EXISTENCIA.
Muchos casos se registran que demuestran
cuán complejos e inesperados son los obstáculos y relaciones existentes entre
los seres orgánicos que tienen que luchar juntos en un mismo país; pero aquí sólo daremos
un ejemplo, que, aunque sencillo, nos interesa que se conozca. En Staffordshire, en
la finca de uno de nuestros parientes, contábamos con grandes medios de investigación y
dimos con un gran brezal, estéril en extremo, que nunca había sido tocado por la mano
del hombre, aunque unos cuantos centenares de terreno exactamente igual habían sido
cercados veinticinco años 'antes para ser plantados de pinos. El cambio en la vegetación
natural de la parte plantada del páramo fue notabilísimo, y mayor del que generalmente se
ve al pasar de un terreno a otro completamente distinto. Pues bien: no sólo el número
proporcional de las plantas del brezal había cambiado por completo, sino que dos especies
de plantas, no incluyendo entre ellas hierbas ni cárices, florecían en las plantaciones,
y en vano se las hubiera buscado en el terreno baldío. El efecto sobre los insectos debió
haber sido aún mayor, pues eran muy comunes en la parte plantada seis clases de pájaros
insectívoros que no se veían en la inculta, frecuentada por dos o tres clases distintas de
los mismos.
Vemos también, por ejemplo, que el ganado determina absolutamente la existencia del
pino, así como en algunas partes del mundo los insectos determinan la existencia del ganado.
LA LUCHA POR LA EXISTENCIA ENTRE INDIVIDUOS Y VARIEDADES DE
LA MISMA ESPECIE ES LA MÁS ENCARNIZADA.
Como las especies del mismo
género suelen tener, aunque no invariablemente, mucha semejanza en hábitos, constitución
y siempre en estructura, la lucha será generalmente más severa entre ellas si llegan a
estar en competencia unas con otras, que si se trata de especies de géneros distintos. Lo
vemos en la extensión recientemente tomada en algunas partes de los Estados Unidos por
una especie de golondrina que ha causado la disminución de otra especie, y en el reciente
crecimiento del tordo en algunas localidades de Escocia, causando la disminución del
zorzal. Podríamos ver la razón de la mayor severidad de la lucha entre formas próximas
que ocupan más o menos el mismo lugar en la economía de la naturaleza; pero probablemente
en ningún caso nos sería permitido decir precisamente por qué una especie fue
vencedora en la gran batalla de la vida.
Sin embargo, se puede deducir que la estructura de todo ser orgánico está relacionada
de la manera más esencial, aunque a menudo oculta, con la de todos los demás seres orgánicos
con los que entra en comp etencia a causa de los alimentos o residencia, o los que
tiene que evitar, o a los que debe buscar para convertirlos en su presa.
Todo lo que podemos hacer es conservar constantemente la idea de que todo ser orgánico
se esfuerza por aumentar su proporción geométrica, y que en algún período de su
vida, durante alguna estación del año, durante cada generación o con intervalos, tiene que
luchar por la vida y sufrir una gran destrucción. Cuando reflexionamos acerca de esta lucha,
nos podemos consolar con la plena creencia de que la guerra de la naturaleza no es
incesante, de que no se siente el miedo, de que la muerte es generalmente pronta, y de
que los seres vigorosos, saludables y felices sobreviven y se multiplican.
Capítulo IV
La selección natural o la supervivencia de los más aptos

SELECCIÓN NATURAL. No podemos dudar que los individuos que tengan alguna
ventaja sobre los demás, por pequeña que esta sea, tendrán las mayores probabilidades de
sobrevivir y de reproducir su especie. También podemos estar seguros de que cua lquier
variación en el más pequeño grado perjudicial sería rígidamente destruida. Esta cons ervación
de las variaciones y diferencias individuales favorables, y la destrucción de aquellas
que son nocivas, es lo que hemos llamado selección natural o supervivencia de los más
aptos. Las variaciones que no son útiles ni perjudiciales no son afectadas por la selección
natural, quedando como elemento fluctuante, como vemos en ciertas especies polimorfas,
o tornándose fijas, según la naturaleza del organismo y la de las condiciones que lo rodean.
Tenemos razones para creer, según se demostró en el primer capítulo, que los cambios
en las condiciones peculiares de la vida originan tendencia a mayor variabilidad y, en los
casos que hemos citado, se ve que han cambiado las condiciones, lo cual sería manifiestamente
favorable para la selección natural, por otorgarnos una probabilidad más de que
ocurran variaciones aprovechables, ya que cuando estas no tienen lugar, la selección natural
nada puede hacer. Nunca se olvide de que en el término variaciones van incluidas
las meras diferencias ind ividuales; y como el hombre puede producir grandes resultados
en los animales y plantas domésticas, al acumular en una dirección dada diferencias individuales,
del mismo modo podría hacerlo la selección natural, aunque mucho más fácilmente
que nosotros, puesto que se le concede tiempo incomparablemente mayor para su
obra.
La naturaleza puede actuar sobre cada órgano interno, en cada sombra de diferencia
constitucional, en la totalidad de la maquinaria completa de la vida. El hombre escoge sin
más miras que su propio bien, Sentras que la naturaleza busca solamente á bien del ser a
quien atiende. Todo carácter selecto es plenamente formado por ella, como lo implica el
hecho de haber sido escogido.
Puede decirse metafóricamente que la selección natural está haciendo diariamente, y
hasta por horas, en todo el mundo, el escrutinio de las variaciones más pequeñas; desechando
las que son malas, conservando y acumulando las que son buenas, trabajando
insensible y silenciosamente donde y cuando se presenta una oportunidad, en el mejoramiento
de todo ser orgánico en relación con sus condiciones orgánicas e inorgánicas de
vida. No vemos estos pequeños y progresivos cambios hasta que la mano del tiempo marca
el sello de las edades, y aun entonces tan imperfecta es nuestra vista para alcanzar las
épocas geológicas remotas, que lo único que vemos es que no son hoy las formas de vida
lo que en otro tiempo fueron.
La selección natural puede modificar la larva de un insecto y adaptarla a una porción de
contingencias completamente distintas de las que conciernen al insecto ya maduro, y estas
modificaciones pueden afectar por correlación la estructura del adulto. Así también,
por el contrario, las modificaciones de este pueden afectar la estructura de la larva; pero
en todos los casos, la selección na tural asegurará que dichas modificaciones no sean en
manera alguna nocivas, ya que si lo fueran la especie se extinguiría.
La selección natural modificará la conformación del hijo con relación al padre y del
padre con relación al hijo. En los animales gregarios adaptará la estructura de cada individuo
al provecho de toda la comunidad, si esta puede ganar con el cambio selecto; pero
la selección natural no puede modificar la estructura de una especie, sin darle ninguna
ventaja, para provecho de otra especie; y aunque existan en las obras de historia natural
manifestaciones que tienden a echar por tierra nuestro aserto, no hemos podido obtener
en la práctica un solo caso que haya dado resultado.
SELECCIÓN SEXUAL. Esta forma de selección depende de la lucha entre individuos
de un mismo sexo, y generalmente entre los del masculino, para llegar a la posesión de
las hembras. El resultado para el competidor vencido no es la muerte, sino poca o ninguna
progenie, siendo por lo tanto la selección sexual menos rigurosa que la selección natural.
Generalmente, los machos más vigorosos o aquellos que están mejor preparados para
ocupar sus puestos en la naturaleza dejarán mayor descendencia; pero en muchos casos,
la victoria depende no tanto del vigor general como de poseer los seres en cuestión, las
armas especiales limitadas a los machos. La guerra más severa tiene lugar entre los machos
de los animales polígamos, que muy a menudo están provistos de armas especiales,
y los machos de los animales carnívoros también se presentan bien armados, aunque a
ellos y a otros pueda darles la selección sexual especiales medios de defensa, como la
melena al león, la mandíbula de gancho al salmón, pues el escudo puede ser tan importante
para la victoria como la espada o la lanza.
Entre las aves, la contienda es con frecuencia de carácter más pacífico, pues hay gran
rivalidad entre los machos de muchas especies para atraer a las hembras, por el canto; o
despliegan hermosos plumajes para verse de la mejor manera posible. También hacen extrañas
y grotescas figuras, y luego las hembras espectadoras escogen al compañero que
más atractivos les ofrece.
SOBRE EL CRUZAMIENTO DE LOS INDIVIDUOS. Todos los animales vertebrados,
todos los insectos y algunos otros grandes grupos de animales, se aparean para cada
nacimiento. La investigación moderna ha disminuido mucho el número de los supuestos
hermafroditas; de los verdaderos, un gran número se aparea, es decir, dos individuos se
unen regularmente para la reproducción, que es todo lo que nos importa.
En primer lugar, hemos reunido un gran número de casos y hemos hecho muchos experimentos
para demostrar, de acuerdo con la opinión casi universal de los criadotes, que en
los animales y en las plantas el cruzamiento entre diferentes variedades o entre individuos
de la misma variedad, pero de otra estirpe, da vigor y fecundidad a la descendencia; así
como, por otra parte, las crías íntimas entre individuos de la misma familia disminuyen
en vigor y fecundidad. Guiados por estos hechos, sólo nos inclinamos a creer que es ley
general de la naturaleza que ningún ser orgánico se fertilice a sí mismo durante una perpetuidad
de generaciones, sino que es indispensable que de vez en cuando, y quizás con
largos intervalos, tenga lugar el cruzamiento de un individuo con otro.
Con la creencia de que esta es una ley de la naturaleza, no podemos, a nuestro juicio,
entender diferentes y extensas clases de hechos, de otro modo inexplicables. Volvamos
por un momento a los animales, de los cuales varias especies terrestres son hermafroditas,
tales como los moluscos de tierra y las lombrices, aunque de todos, estos últimos se aparean.
Hasta ahora no hemos encontrado un solo animal de este género que se fecunde a sí
mismo. Este hecho notable, que tanto contrasta con las plantas terrestres, puede comprenderse
por la opinión de que es indispensable el cruzamiento ocasional, porque debido a la
naturaleza del elemento fertilizador, no hay medios análogos a la acción de los insectos y
del viento con respecto a las plantas para que se efectúe el cruzamiento entre los animales
terrestres sin el concurso de dos individuos.
De los animales acuáticos hay muchos hermafroditas que se fecundan a sí mismos; pero
en este caso, las corrientes de agua ofrecen el medio directo para el cruzamiento
accidental. Después de consultar a una de las más grandes autoridades, el profesor
Huxley, no hemos podido descubrir un solo animal hermafrodita cuyos órganos de
reproducción estuviesen tan perfectamente encerrados que pudiese demostrarse ser
físicamente imposible el acceso desde afuera ni la influencia ocasional del individuo
distinto. Por mucho tiempo, nos pareció que bajo este punto de vista los cirrípedos
presentaban un caso de gran dificultad; pero, por una feliz casualidad, hemos podido
probar que algunas veces se cruzan dos individuos, aunque ambos sean hermafroditas que
se Dfeerbtieli cheanb ear ssío mrpirsemndoisd. o a la mayor parte de los naturalistas, como extraña anomalía
que, tanto en los animales como en las plantas, algunas especies de la misma fa milia y
hasta del mismo género, aunque conformándose íntimamente unas con otras en el conjunto
de su organización, sean hermafroditas y algunas unisexuales. Pero si de hecho todos
¡os hermafroditas se cruzan de vez en cuando, la diferencia entre ellos y la s especies unisexuales
son muy pequeñas en lo que a esta función hace referencia.
De estas varias consideraciones y de los muchos hechos especiales que hemos reunido,
se deduce que en los animales y en las plantas es ley de la naturaleza, muy general, si no
es universal, el cruzamiento accidental entre individuos distintos.
CIRCUNSTANCIAS FAVORABLES PARA LA PRODUCCIÓN DE NUEVAS
FORMAS POR MEDIO DE LA SELECCIÓN NATURAL.
Este es un asunto sumamente
intrincado. Gran cantidad de variabilidad, en cuyo término va n siempre incluidas las diferencias
individuales, será evidentemente favorable para el objeto. Un gran número de individuos,
por las probabilidades que dan dentro de un período determinado para la aparición
de variaciones ventajosas, compensará la menor cantidad de variabilidad en cada
individuo, siendo, a nuestro juicio, un elemento de gran importancia para el éxito. Aunque
la naturaleza concede largos períodos de tiempo para el trabajo de la selección natural,
no concede un período indefinido, porque como todos los seres orgánicos se esfuerzan
para ocupar todos los sitios en la economía de la naturaleza, si hay una 'especie que
no se modifique y mejore en 'grado correspondiente con sus competidores será exterminada.
Nada puede hacer la ¡selección natural sin que las variaciones `favorables se
transmitan por herencia, por lo menos a algunos de los descendientes. En la naturaleza,
dentro de un área limitada, todos los individuos que varíen en buen sentido aunque en
grados diferentes, tenderán a conservarse. Las variedades intermedias que habiten
localidades también intermedias a la larga serán suplantadas generalmente por una de las
variedades adyacentes. El cruzamiento afectará principalmente a aquellos animales que se
unen para cada nacimiento, que andan muy errantes y que no crían con mucha rapidez.
El cruzamiento desempeña un papel muy importante en la naturaleza porque conserva a
los individuos de la misma especie o de la misma variedad fieles y uniformes en carácter.
Así obrará evidentemente con mucha más eficacia en aquellos animales que se unen para
cada nacimiento; pero, como ya se ha dicho, tenemos razones para creer que en todos los
animales y plantas hay cruzamientos ocasionales. Si cambian las condiciones de vida y
sufre modificación la forma, puede comunicarse la uniformidad de carácter a la modificada
descendencia, conservando la selección natural solamente a las variaciones favorables
semejantes.
El aislamiento también es un elemento importante en la modificación de las especies
por medio de la selección natural. En un área limitada o aislada, si no es muy grande, serán
generalmente casi uniformes las condiciones orgánicas e inorgánicas de la vida, de
modo que la selección natural tenderá a modificar de la misma manera a todos los individuos
que varíen en la misma especie. Así se impedirá también el cruzamiento con los
habitantes de las localidades próximas.
El mero transcurso del tiempo no influye en pro o en contra de la selección natural, y
decimos esto porque erróneamente se ha afirmado que dába mos a este elemento gran importancia
en la modificación de las especies, como si todas las formas de la vida estuvieran
necesariamente sufriendo cambios por ley innata. El tiempo es solamente importante,
y en este concepto su importancia es grande, porque aumenta las probabilidades de que
surjan variaciones ventajosas, que lleguen a ser escogidas, acumuladas y fijadas, así como
tiende a aumentar la acción directa de las condiciones físicas de vida con relación a la
constitución de cada organismo.
Finalmente, nos atrevemos a deducir que; aunque las regiones pequeñas y aisladas han
sido en algunos conceptos altamente favorables para la producción de nuevas especies, el
curso de las modificaciones habrá sido por lo general más rápido en regiones grandes, y
lo que es más importante, que las nuevas formas producidas en áreas extensas, y victoriosas
sobre muchos competidores, serán las que más se extiendan y den lugar a mayor número
de variedades y especies nuevas, desempeñando así el papel más importante en la
historia del cambio del mundo inorgánico.
De acuerdo con esta idea, en una isla pequeña habrá sido menos severa la lucha por la
existencia y habrá habido menos modificaciones y menos exterminio. Todos los depósitos
de agua dulce sumados constituyen un área pequeña, comparada con la del mar o con
la de la tierra. En consecuencia, la competencia en las producciones de agua dulce habrá
sido menos rigurosa que en otras partes; nuevas formas se habrán producido más lent amente
y las formas antiguas se habrán exterminado aún con más lentitud.
En conclusión, diremos que para las producciones terrestres, toda región continental
grande que haya pasado por muchas oscilaciones de nivel habrá sido la más favorable a la
producción de muchas formas nuevas de vida, propias para durar por largo tiempo y para
extenderse considerablemente.
Mientras el área existiese como continente, los habitantes habrán sido numerosos en
individuos y clases, y habrán estado sujetos a una rigurosa competencia. Y cuando se
haya convertido el continente por inmersión en grandes islas separadas, todavía habrán
existido muchos individuos de la misma especie en cada isla. El cruzamiento en los confines
del dominio de cada especie nueva habrá quedado interrumpido; y después de cambios
físicos de cualquier clase, la emigración no habrá sido posible, de modo que los lugares
nuevos en la conformación de cada isla habrán tenido que ser ocupados por modificaciones
de los antiguos habitantes, existiendo tiempo suficiente para que se modifiquen
y perfeccionen las variedades. Siempre que por alguna nueva elevación del terreno las
islas volviesen a ser región continental, habría una competencia rigurosísima, podrían extenderse
las variedades más favorables o mejoradas, se extinguirían muchas de las formas
menos me joradas y otra vez cambiaría la proporción relativa del número de los varios
habitantes en el continente reunido, abriéndose otra vez ampliamente para que la selección
natural mejorara todavía más a los habitantes, produciendo de esta manera nuevas
especies.
Admitimos por completo que la selección natural obra generalmente con lentitud extrema,
y que puede funcionar solamente cuando existen lugares en la economía natural de
un distrito que pueden ser mejor ocupados por la modificación de algunos de sus habitantes
existentes, y cuya existencia depende con frecuencia de cambios físicos que por lo
general se verifican de un modo muy lento, siendo imposible la inmigración de formas
mejor adaptadas. Como algunos pocos de los habitantes antiguos se modifiquen, las relaciones
mutuas de los otros se perturbarán, creando así lugares aptos para ser ocupados por
formas mejor adaptadas, lo cual, sin embargo, se irá verificando muy lentamente. Aunque
todos los individuos de la misma especie se diferenciasen entre sí en algún pequeño grado,
pasaría mucho tiempo antes de que pudiesen ocurrir diferencias ventajosas en varias
partes de la organización. El resultado se retardaría a menudo por el cruzamiento libre, y
aunque muchos opondrán que estas diversas causas son más que suficientes para neutralizar
el poder de la selección natural, lejos de concederlo, creemos que la selección natural
obrará generalmente con mucha lentitud, sólo por grandes intervalos de tiempo y en pocos
habitantes de la misma región, así como no dudamos que estos resultados lentos e
intermitentes concuerdan muy bien con lo que la geología nos dice de la manera y velocidad
con que han cambiado los habitantes del mundo.
Por lento que sea el procedimiento de la selección, si el hombre débil puede hacer mucho
por medio de la selección artificial, no alcanzarnos a ver el límite del total de cambios,
de la belleza y la complejidad de las muchas coadaptaciones, ya sea con todos los
seres orgánicos o con sus condiciones físicas de vida, y que pueden haberse efectuado en
el largo curso de los tiempos por el poder de selección de la naturaleza, esto es, por la supervivencia
de los más aptos.
EXTINCIÓN CAUSADA POR LA SELECCIÓN NATURAL. La selección natural
obra solamente por medio de la conservación de las variaciones que son en algún conce pto
ventajosas. Podemos comprender que cualquier forma representada por pocos individuos
correrá mucho riesgo de quedar completamente extinguida durante grandes fluctuaciones
en la naturaleza de las estaciones o por crecimiento temporal en el número de los
enemigos naturales. Pero podemos ir más lejos todavía, porque cuando se producen nuevas
formas, a menos que admitamos que las específicas puedan seguir aumentando indefinidamente
en número, tienen que extinguirse muchas ya antiguas, y como claramente la
geología nos dice que el número de las formas específicas no ha crecido indefinidamente,
ahora sólo intentaremos demostrar por qué el número de las especies en el mundo no se
ha hecho inconmensurablemente grande.
Debido a que las especies raras se modifican o mejoran con menor rapidez, son derrotadas
en la lucha por la existencia por los descendientes modificados y mejorados de las
especies más comunes.
Por estas diferentes consideraciones creemos inevitable que, al formarse en el curso del
tiempo nuevas especies por medio de la selección natural, se hacen otras cada vez más
raras hasta que finalmente se extinguen.
Podemos suponer que en un período remoto de la historia, los hombres de una nación o
localidad necesitaban caballos más veloces, mientras que los de otras necesitaban caballos
más fuertes y de más cuerpo. Al principio serían muy pequeñas las diferencias; pero
con el correr del tiempo, por la continuada selección de los caballos más veloces en un
caso y de los más fuertes en otro, se harían las diferencias bien marcadas y se anotarían
los resultados como formando dos subcastas.
Al cabo de siglos, estas dos subcastas se convertirían en castas bien establecidas y distintas;
y al hacerse mayores las diferencias, los animales inferiores con caracteres intermedios
que no fueran ni muy veloces ni muy fuertes no serían empleados para la cría, y
de este modo tenderían a desaparecer. Aquí, vemos en las producciones del hombre lo
que puede llamarse principio de divergencia, causando diferencias al principio escasamente
apreciables, pero siempre crecientes, así como a las crías diferenciarse en carácter
tanto entre sí como con el tronco común.
EFECTOS PROBABLES DE LA ACCIÓN DE LA SELECCIÓN NATURAL POR
MEDIO DE LA DIVERGENCIA DE CARÁCTER Y DE LA EXTINCIÓN SOBRE
LOS DESCENDIENTES DE ANTECESORES COMUNES.
Los descendientes modificados
de cualquier especie prosperarán mejor cuando más diversificados lleguen a ser en
estructura, estando así en disposición de apropiarse lugares ocupados por otros seres.
Veamos ahora cómo este principio del beneficio obtenido por la divergencia de carácter
tiende a obrar alternando con los principios de la selección natural y de la extinción.
Por medio del diagrama podremos comprender este problema, que es harto complicado.
Supongamos que están representadas desde A hasta L las especies de un; gran género en
su propio país, se supone: que estas se parecen las unas a las otras en grados desiguales,
que es lo que sucede generalmente en la naturaleza, y se indica en el diagrama por la colocación
de letras, a distancias desiguales. Ahora bien; sea A: una especie común, extensamente
difundida y variable, perteneciente a un género grande de su propio país. Las
líneas de puntos que podrían formar la ramificación y divergencias con tamaños desiguales
procedentes de A pueden representar su variable descendencia. Se supone que las variaciones
son en extremo ligeras, pero de naturaleza diversificada, y que todas no aparecen
simultáneamente, sino a menudo después che largos intervalos, sin durar períodos
iguales. Sólo se conservan o se escogen naturalmente aquellas variaciones que de algún
modo son ventajosas; aquí entra en juego la importancia del principio de ventaja que deriva
de la divergencia de carácter, porque esta generalment e conducirá a que las variaciones
más diferentes o divergentes (representadas por líneas de puntos exteriores) se conserven
y acumulen por la selección natural. Cuando una línea de puntos llega a una de las
horizontales, marcada por una letra pequeña con números, se supone que se ha acumulado
la cantidad suficiente de variación como para formar una variedad bien pronunciada y
digna de ser consignada como tal en cualquier trabajo sistemático. Cada uno de los intervalos
existentes entre las líneas horizontales del diagrama puede representar mil o más
generaciones, y después de este período de tiempo se supone que la especie A ha producido
dos variedades perfectamente marcadas, a saber: al y ml. Estas dos variedades estarán
aún expuestas a las mismas condiciones que hicieron variables a sus progenitores, y la
tendencia a la variabilidad será en sí misma hereditaria; por consiguiente, tenderán
igualmente a variar por lo común, casi del mismo modo en que lo hicieron sus padres y
siendo sólo dos formas ligeramente modificadas, tenderán a heredar aquellas ventajas que
hicieron a su padre A más prolífico que a la mayor parte de los otros habitantes del mismo
país. Además, también heredarán aquellas ventajas más generales que hicieron que el
género al que pertenecía la especie madre fuera grande en el país natal. Todas estas son
circunstancias favorables a la producción de nuevas variedades.
Entonces, si estas dos formas son variables, se conservarán generalmente durante las
primeras mil generaciones como las más divergentes de sus variaciones, y después de este
intervalo supondríamos en el diagrama que la variedad al ha producido la variedad a2,
que por el principio de divergencia se diferenciará más de A que de la variedad a1. Se
supone que la variedad m1 ha producido dos variedades, m2 y s2, que se diferencian la
una de la otra, y más considerablemente aún, de su padre común A. Podemos continuar el
procedimiento por pasos semejantes en cualquier extensión de tiempo. Algunas de las
variedades después de cada mil generac iones producen solamente una variedad, pero en
condición cada vez más modificada, así como otras producen dos o tres variedades y
otras dejan de producirlas en absoluto. De este modo, las variedades o descendientes modificados
del padre común A irán generalmente aumentando en número y divergiendo en
carácter. En el diagrama se podría representar el procedimiento hasta la generación diez
mil, y en forma condensada y simplificada hasta la generación catorce mil.
Después de diez mil generaciones se supone que la especie A ha producido tres formas,
a10, f10, ml0, las cuales, por haber divergido en carácter durante las generaciones sucesivas,
habrán llegado a diferenciarse mucho, aunque quizá tan desigualmente unas de otras
como de su padre común. Si suponemos que es excesivamente pequeño el cambio entre
cada línea horizontal de nuestro diagrama, estas tres formas serán todavía tan sólo variedades
bien marcadas; pero basta suponer que son más numerosos o mayores en cantidad
los pasos en el procedimiento de modificación, para convertir primero estas tres formas
en especies dudosas, y por último, en especies bien definidas. Así el diagrama nos enseñaría
los pasos por los cuales las diferencias pequeñas que distingue a las variedades van
creciendo hasta constituir las diferencias más grandes que distinguen a las especies. Continuando
el mismo procedimiento por número mayor de generaciones, como se ve en el
diagrama de una manera condensada y simplificada, tenemos ocho especies marcadas con
las letras que van de a14 a m11, todas descendientes de A. Así creemos que se multiplican
las especies y se forman los géneros.
Es probable que tratándose de géneros grandes varíe más de una especie; por esto en el
diagrama hemos supuesto que una segunda especie, ha producido, por análogos pasos,
después de diez mil generaciones, tanto dos variedades bien marcadas, w10 y z10, como
dos especies, según la cantidad de cambio que se suponga estar representado entre las líneas
horizontales. Después de catorce mil generaciones se supone que han sido produc idas
seis nuevas especies, marcadas por las letras de n14 a z14. En cualquier género las
especies, dado que son muy diferentes entre sí en carácter, tenderán generalmente a producir
el mayor número de descendientes modificados. Estos tendrán las mayores probabilidades
de apoderarse de nuevos lugares completamente diferentes en la economía de la
naturaleza, y por eso en el diagrama hemos escogido la especie extrema A, y la casi extrema
I como las más variadas y que han dado origen a nuevas variedades y especies. Las
otras nueve especies, marcadas con letras mayúsculas, de nuestro género original, pueden
continuar transmitiendo descendientes sin alteración durante períodos largos, aunque desiguales,
y esto se representa en el diagrama-por líneas de puntos prolongadas desigualmente
hacia arriba.
Pero durante el procedimiento de modificación representado en el diagrama, otro de
nuestros principios, a saber, el de la extinción, habrá desempeñado un importante papel.
En efecto, como en cada país completamente poblado la selección natural obra porque la
forma selecta tiene alguna ventaja sobre las otras en la lucha por la existencia, habrá una
tendencia constante en los descendientes mejorados de cualquier especie, a suplantar y
exterminar, en cada período de la sucesión, a sus predecesores y a su progenitor original.
Porque hay que recordar que la competencia será generalmente más vigorosa entre aquellas
formas que estén relacionadas entre sí por hábitos, constitución y estructura. De aquí
que todos las formas intermedias entre los primeros estados y los últimos, esto es, entre
los estados de una misma especie menos mejorada y más mejorada, como también la
misma especie madre original, tenderán generalmente a extinguirse, lo cual probablemente
sucederá en muchas líneas colaterales enteras de sucesión, que serán conquistadas por
otras posteriores y adelantadas. Si, no obstante, la descendencia modificada de una especie
llega a un país distinto, o se adapta prontamente a algún paraje nuevo, en el cual la
descendencia y el progenitor no entren en competencia, ambos pueden continuar existiendo.
Si se supone entonces que nuestro diagrama representa una suma considerable de modificación,
la especie A y todas las primeras variedades se habrían extinguido, siendo reemplazadas
por ocho especies nuevas, desde a14 hasta m14, y la especie I por seis especies
nuevas, de n14 a z14.
Pero podemos ir todavía más lejos en nuestro estudio. En efecto, se ha supuesto que las
especies originales de nuestro género se parecían entre sí en grados desiguales, como sucede
generalmente en la naturaleza. Ahora bien; la especie A está relacionada más de cerca
con B, C y D que con las otras especies, así como la especie I con la G, H, K y L más
que con las otras. Se supuso también que estas dos especies A e I eran muy comunes y
que estaban tan extensamente difundidas, que debieron en su origen haber tenido alguna
ventaja sobre la mayor parte de las otras especies del género. Sus descendientes modificados,
que son catorce en la generación catorce mil, habrán heredado probablemente algunas
de las mismas ventajas; habrán sido también modificados, mejorados en manera
diversa en cada período de sucesión, de modo que habrán llegado a adaptarse a muchos
lugares relacionados entre sí en la econo mía natural de su país. Parece, por lo tanto, extremadamente
probable que hayan ocupado los lugares, y por consiguiente, exterminado
no sólo a sus padres A e I, sino de igual modo a alguna de las especies originales que estaban
más estrechamente relacionadas con sus progenitores. Por esta razón, muy pocas de
las especies primitivas habrán transmitido descendencia a la generación catorce mil, y
podemos suponer que solamente una, F, de las dos especies E y F, menos íntimamente
unidas a las otras nueve especies originales, ha transmitido descendientes hasta este último
período de sucesión.
Las nuevas especies de nuestro diagrama, descendientes de las once especies dichas,
serán ahora quince, y por causa de la tendencia divergente de la selección natural, la suma
extrema de diferencia en carácter entre las especies a14 y z14 será mucho mayor de la
existente entre las más distintas de las especies originales. Las nuevas especies, además,
estarán unidas unas con otras en modo enteramente diferente, y de las ocho descendientes
de A, las tres marcadas con a14, q14, p14 estarán inmediatamente relacionadas por ser
ramificaciones recientes de a10, así como b14 y f14, por haberse separado en un período
anterior de a5, serán en algún grado distintas de las tres especies primero nombradas. Por
último, o14, e14 y m14 estarán inmediatamente relacionadas entre sí; pero por haber divergido
desde el principio del proceso de modificación, serán muy diferentes de las otras
cinco especies, constituyendo un subgénero o género distinto.
Los seis descendientes de I formarán dos subgéneros o dos géneros; pero como la especie
original I se diferenciaba mucho de A, siendo casi los dos extremos del género original,
los seis descendientes de I, sin atender más que a la herencia, se diferenciarán cons iderablemente
de los ocho descendientes de A, además, se supone que los dos grupos han
seguido divergiendo en direcciones diferentes. Las especies intermedias (y esta consideración
es muy importante) que enlazaban las especies originales A e I, se han extinguido
todas excepto F y no han dejado descendencia. De aquí que habrá que clasificar como
géneros muy distintos, y aun como distintas subfamilias, a las seis especies nuevas derivadas
de I y a las ocho descendientes de A.
Así es, a nuestro juicio, como se producen dos o más géneros por descendencias con
modificación de dos o más especies del mismo género. Y se supone que las dos o más
especies madres descienden de una sola perteneciente a un género anterior. En nuestro
diagrama esto estaría indicado por las líneas interrumpidas que hay debajo de las letras
mayúsculas que convergen en subramas hacia un solo punto interior, el cual representa
una especie supuesta, progenitora de nuestros diversos géneros y subgéneros nuevos.
En el diagrama se ha supuesto hasta ahora que cada línea horizontal representa mil generaciones:
pero, como es fácil concebir, cada una puede representar un millón de ellas, y
aun más, también una sección de las capas sucesivas de la corteza terrestre que incluyen
restos extinguidos.
Hemos visto que en cada país las especies que pertenecen a los géneros mayores son
las que más frecuentemente presentan variedades o especies incipientes, y en verdad, debía
esperarse que así sucediera; porque como la selección natural obra por medio de una
forma que tiene alguna ventaja sobre otras en la lucha por la existencia, obrará principalmente
en aquellas que ya tienen alguna ventaja, y la magnitud de cualquier grupo demuestra
que sus especies han heredado de algún antecesor en común cierta ventaja común.
Por esto la lucha por la producción de descendientes nuevos y modificados se sostendrá
principalmente entre los grupos mayores que tratan de aumentar su número. Un
grupo grande conquistará poco a poco a otro, reducirá su número, y de este modo disminuirán
las probabilidades de ulteriores variaciones y mejoras. Dentro del mismo grupo
grande, los subgrupos últimos y mejor perfeccionados, por ramificarse y apoderarse de
muchos lugares nuevos en la economía de la naturaleza, tenderán constantemente a suplantar
y destruir a los subgrupos primitivos y menos mejorados, hasta que, finalmente,
desaparezcan los grupos y subgrupos pequeños e interrumpidos. Mirando al porvenir, podemos
predecir que los grupos de seres orgánicos que ahora son grandes y triunfantes y
menos interrumpidos que los otros, esto es, que han pasado por menos extinción, continuarán
aumentando durante un período largo. Pero lo que nadie puede predecir es qué
grupos prevalecerán al fin, porque sabemos que muchos que en otros tiempos se han desarrollado
notablemente, hoy han desaparecido. Y escudriñando aún más íntimamente en
el futuro, podremos ver que, a causa del aumento continuado y fijo de los grupos más
grandes, una multitud de los más pequeños se extinguirá por completo, sin dejar descendientes
modificados. Por consiguiente, de las especies que vivan en un período dado, muy
pocas serán las que transmitan descendientes a las lontananzas del remoto porvenir.
Podemos añadir que, según la opinión que considera muy escasas a las especies más
antiguas que han transmitido descendientes a nuestros días, y que, como todos los descendientes
de la misma especie, forman clase, podemos entender la existencia de tan pocas
clases en cada división principal de los reinos animal y vegetal. Aunque pocas de las
especies más antiguas hayan dejado descendientes modificados en los lejanos períodos
geológicos, la tierra puede haber estado casi tan bien poblada como ahora lo está de especies
de muchos géneros, familias, órdenes y razas.
SOBRE EL GRADO EN QUE TIENDE A AVANZAR LA ORGANIZACIÓN. La selección
natural obra exclusivamente conservando las variaciones que son ventajosas en
las condiciones orgánicas e inorgánicas a las que toda criatura está expuesta en todos los
períodos de la vida. Su último resultado es que cada una tienda a mejorar cada vez más en
relación a sus condiciones. Este mejoramiento conduce inevitablemente al adelanto gradual
de la organización del mayor número de los seres vivos en todo el mundo. Pero aquí
entramos en asunto harto intrincado, porque los naturalistas no han definido a satisfacción
de todos lo que se entiende por progreso en la organización. Entre los vertebrados es claro
que se trata del grado de inteligencia y de la aproximación de su estructura a la del
hombre. Podría pensarse que la cantidad de cambios por los que pasan las diversas partes
y órganos en su desarrollo desde el embrión a la madurez, bastaría como tipo de comparación;
pero hay casos, y entre ellos el de ciertos crustáceos parásitos, en los cuales varias
partes de la estructura llegan a ser menos perfectas. El criterio más extensamente aplicable
y que parece preferible en esta materia es el de von Baer, que establece la suma de
diferencia de las partes del mismo ser orgánico (en estado adulto, añadiríamos nosotros),
y su especialidad para funciones diferentes; o como Milne Edwars se expresaría, el perfeccionamiento
de la división del trabajo fisiológico.
Si tomamos como criterio de la organización más elevada la suma de diferencias y de
especialidades de los diversos órganos en cada ser adulto (lo cual incluirá el adelanto del
cerebro para los fines intelectuales), la selección natural nos lleva clara mente hacia él,
porque todos los fisiólogos admiten que las especialidades de los órganos, dado que en
este estado llenan mejor sus funciones, son ventajosas para cada ser, y de ahí que la ac umulación
de variaciones que tienden hacia la especialidad esté dentro del campo propio
de la selección natural. Por otra parte, teniendo presente que todos los seres orgánicos se
esfuerzan en aumentar en gran proporción, y por apoderarse de todo lugar desocupado o
menos bien ocupado en la economía de la naturaleza, podemos entender que es completamente
posible para la selección natural adaptar gradualmente a un ser a una situación
dada, en la cual serían superfluos o inútiles algunos órganos, en cuyo caso habría retroceso
en la escala de la organización.
Pero puede objetarse que si todos los seres orgánicos tienden así a elevarse en la escala,
¿cómo es que en todo el mundo existe todavía una multitud de formas inferiores? Y,
¿cómo es que en cada gran clase hay algunas formas más desarrolladas que otras? ¿Por
qué las primeras no han suplantado ni exterminado a las otras en todas partes?
Lamarck se inclinó a suponer que continuamente están produciéndose formas nuevas y
simples por generación espontánea. La ciencia no ha probado todavía la verdad de esta
creencia. En nuestra teoría no ofrece dificultad la existencia continuada de organismos
inferiores, porque la selección natural o supervivencia de los más aptos, no implica necesariamente
desarrollo progresivo, sino que solamente aprovecha la ventaja de aquellas
variaciones que surgen y son de utilidad a cada criatura en sus complejas relaciones de
vida.
Creemos, finalmente, que muchas formas de organización inferior existen aún en el
mundo, por varias causas. En algunos casos, porque nunca han surgido variaciones o diferencias
individuales de naturaleza favorable para que la selección natural obrara y las
acumulara. Probablemente en ningún caso ha bastado el tiempo para acumular la mayor
suma posible de desarrollo, y en ciertas, aunque en pocas circunstancias, ha habido lo que
debemos llamar retroceso de organización
Volviendo la vista a la primera aurora de la vida, cuando todos los seres orgánicos, según
creemos, presentaban la estructura más simple, se ha preguntado: ¿cómo nacieron los
primeros pasos en el adelanto o diferencias de las partes? Mr. Herbert Spencer probablemente
contestaría que tan pronto como el simple organismo unicelular llegó por crecimiento
o división a ser un compuesto de diversas células o se unió a cualquier superficie
de apoyo, entraría en juego su ley de que "las unidades análogas de un orden cualquiera
se diferencian proporcionalmente a medida que sus relaciones con fuerzas incidentes se
hacen diferentes". Pero como no tenemos hechos que nos guíen, la especulación sobre el
asunto es casi inútil. Es, sin embargo, un gran error suponer que no habría lucha por la
existencia, y en consecuencia selección natural, hasta que hubieran sido producidas muchas
formas, puesto que las variaciones en una sola especie que habite una región aislada
podrían ser ventajosas, y por ende, modificada la masa entera de individuos.
Finalmente, bajo condiciones variables de vida, los seres orgánicos presentan diferencias
individuales en casi todas las partes de su estructura, y esto no puede disputarse; si
hay una lucha rigurosa por la existencia debido a la proporción geométrica de aumento en
alguna época, estación o año, esto tampoco puede disputarse seriamente. Considerando la
infinita complejidad en las relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y con sus condiciones
de vida, origen de infinita diversidad de estructura, constitución y hábitos que
han de ser ventajosos, sería un hec ho extraordinario que jamás hubieran ocurrido variaciones
útiles para el propio bienestar de cada ser, de la misma manera que han ocurrido
tantas variaciones útiles para el hombre. Pero si estas ocurren alguna vez para cualquier
ser orgánico, seguramente los individuos que los posean tendrán las mayores probabilidades
de conservarse en la lucha por la existencia; y por el principio de la herencia tenderán
a producir descendencia semejantemente caracterizada. A este principio de conservación,
o a la supervivencia de los más aptos, hemos llamado selección natural, que cond uce
al mejoramiento de cada criatura con relación a sus condiciones orgánicas e inorgánicas
de vida, y en consecuencia, en la mayoría de los casos, a lo que pudiera considerarse
como adelanto en la organización. A pesar de todo, las formas simples e inferiores tendrán
una gran duración si están bien adaptadas a sus propias cond iciones de vida.
La selección natural, de acuerdo con el principio de que las cualidades se heredan en
edades correspondientes, puede modificar al huevo, a la semilla o al cachorro tan fácilmente
como el adulto. Entre muchos animales, la selección sexual habrá prestado su ayuda
a la selección ordinaria, asegurando a los machos más vigorosos y mejor adaptados, el
mayor número de descendientes. La selección sexual dará también caracteres útiles a los
machos solamente en sus luchas o rivalidades con otros, y estos caracteres serán transmitidos
a un sexo solo o a los dos, según la forma de herencia que prevalezca.
Si la selección natural ha obrado así realmente, para adaptar las varias formas de vida a
sus diferentes condiciones y estaciones, habrá que juzgarlo por el tenor general y por el
número de las pruebas dadas en pro y en contra. Pero ya hemos visto cómo ella implica la
extinción, y la geología claramente declara cuánto ha hecho la extinción en la historia del
mundo. La selección natural también conduce a la divergencia de carácter, porque cuanto
más diverjan los seres orgánicos en estructura, hábitos y constitución, tanto más podrá
sostenerse un número grande de individuos en la misma región; de lo cual tenemos una
prueba con sólo mirar a los habitantes de cualquier espacio pequeño y a las producciones
naturalizadas en tierra extranjera. Por lo tanto, durante la modificación de los descendientes
de una especie cualquiera, y durante la incesante lucha de todas las especies para
hacerse más numerosas, cuanto más diversificados sean los descendientes, tantas más
probabilidades tendrán de conseguir el triunfo en la batalla por la vida. Y de este modo,
las diferencias pequeñas que distinguen a las variedades de la misma especie tienden firmemente
a aumentarse, hasta que igualan a las diferencias más grandes que hay entre especies
del mismo género y aun de géneros distintos.
Las especies comunes extensamente difundidas y que ocupan vastas regiones, pertenecientes
a los géneros mayores, dentro de cada clase, son las que varían y tienden a transmitir
a su modificada descendencia aquella superioridad que ahora las hace dominantes
en sus propios países. La selección natural, como acaba de observarse, conduce a la divergencia
de carácter y a mucha extinción de las formas menos adelantadas e intermedias.
Por estos principios puede explicarse la naturaleza de las afinidades y las distinciones,
generalmente bien definidas entre los innumerables seres orgánicos de cada clase en
todo el mundo. Es verdaderamente un hecho maravilloso, por más que la familiaridad nos
haga no maravillarnos de él, que todos los animales y todas las plantas en todo tiempo y
en todo el espacio estén relacionados unos con otros en grupos subordinados a grupos, de
la manera que en todas partes los vemos, a saber: variedades de la misma especie más
íntimamente relacionadas; especies del mismo género menos íntima y desigualmente relacionadas,
formando secciones y subgéneros; especies de distintos géneros mucho menos
relacionadas; géneros relacionados en diferentes grados, formando subfamilias, familias,
órdenes, subclases y clases. Los diferentes grupos subordinados en una clase no pueden
ser colocados en una sola fila, pero parecen apiñados alrededor de puntos, y estos alrededor
de otros, y así sucesivamente, en círculos casi interminables. Si las especies
hubieran sido creadas independientemente, no habría explicación posible para esta clasificación,
que hoy se explica por la herencia y por la acción compleja de la selección natural,
de la que resulta la extinción y la divergencia de carácter, como podríamos verlo gráficamente
en las líneas que hemos ido trazando en el d iagrama.
Algunas veces, las afinidades de todos los seres de la misma clase han sido representadas
por un gran árbol, y creemos que esta idea es bastante verdadera. En efecto, los renuevos
verdes y florecientes pueden representar las especies que existen; y los producidos
durante años anteriores pueden representar la larga sucesión de especies extinguidas.
En cada período de crecimiento, todos los retoños han tratado de ramificarse en todas las
direcciones y de sobresalir y sofocar a las ramas y renuevos que los rodean, de la misma
manera en que las especies y los grupos de especies han dominado en todos los tiempos a
otras especies en la gran batalla por la vida. Los troncos divididos en grandes ramas, y
éstas en otras cada vez más pequeñas, fueron también en otro tiempo, en la juventud del
árbol, retoños florecientes; y esta conexión de los brotes antiguos y actuales en los ramificados
brazos puede representar a las mil maravillas la clasificación de todas las especies
extinguidas y vivas en grupos subordinados a otros grupos. De los muchos retoños que
florecieron cuando el árbol era un mero arbusto, solamente dos o tres, que hoy son las
ramas grandes, sobreviven y soportan a las otras, y asimismo, de las especies que vivieron
durante períodos geológicos hace mucho tiempo, muy pocas han dejado descendientes
vivos y modificados. Desde el primer crecimiento del árbol, más de una rama de todos
los tamaños se ha deteriorado y caído, y estas pueden representar aquellas órdenes, familias
y géneros enteros que no tienen representantes vivos y que no son conocidos únicamente
en estado fósil. Del mismo modo que de vez en cuando vemos una ramita solitaria
saliendo por la parte baja del tronco de un árbol, que por alguna circunstancia ha sido favorecida
y todavía vive en aquel sitio, se nos presenta también un animal, como el ornitorrinco
o el pez de légamo, que en grado pequeño enlaza por sus afinidades a dos grandes
ramas de vida, y que en la apariencia se ha salvado de la competencia fatal, por haber
habitado en un paraje protegido. Como los retoños dan por el crecimiento lugar a otros
retoños, y estos, cuando son vigorosos, se ramifican y dominan por todos lados a muchas
ramas más débiles, creemos que es eso lo que ha sucedido con el gran árbol de la vida,
que llena con sus ramas muertas y rotas la corteza de la tierra, cuya superficie cubre con
sus restantes ramificaciones, siempre hermosas y crecientes.
Capítulo V
Leyes de la variación
EFECTOS DEL CAMBIO DE CONDICIONES. Algunos autores creen que tanto
compete al sistema reproductivo producir diferencias individuales o ligeras desviaciones
de estructura como hacer a la criatura semejante a sus padres. Pero el hecho de que las
variaciones y monstruosidades ocurran más frecuentemente en la domesticidad que en la
naturaleza (así como es mayor la variabilidad en las especies que ocupan grandes extensiones
que en aquellas que las ocupan reducidas) parece demostrar que la variabilidad se
relaciona generalmente con las condiciones de vida a las que cada especie ha estado expuesta
durante varias generaciones sucesivas.
Pero en cierto sentido puede decirse que las condiciones de vida no solamente causan
la variabilidad, directa e indirectamente, sino que de igual manera incluyen la selección
natural, porque las condiciones determinan si ha de sobrevivir esta o aquella variedad.
Pero cuando el hombre es agente selector, claramente vemos que los dos elementos de
cambio son distintos; la variabilidad está hasta cierto punto excitada, aunque la voluntad
del hombre es en cierto sentido la que acumula las variaciones, y esta última causa es la
que motiva que sobrevivan los más aptos en el estado natural.
VARIACIÓN CORRELATIVA. Con esta expresión queremos indicar que toda la organización
está tan enlazada durante su crecimiento y desarrollo que, cuando ocurren ligeras
variaciones en alguna parte y estas se acumulan por la selección natural, se modifican
otras partes. Este es un asunto muy importante, imperfectamente entendido, y sin duda,
se confunden con facilidad varias clases de hechos completamente distintos. En efecto,
la simple herencia tiene a menudo falsa apariencia de correlación, y uno de los casos
más evidentes en este punto es que las variaciones de estructura que se originan en las
larvas, tienden a afectar naturalmente la estructura del animal adulto.
Nuestra ignorancia acerca de las leyes de la variación es profunda, pues ni en un solo
caso entre cientos podemos pretender saber la razón de las variaciones de esta r3 aquella
parte. Pero siempre que tenernos medios de establecer la comparación, son idénticas las
leyes que parecen haber obrado para producir las menores diferencias existentes entre
variedades de la misma especie y mayores las diferencias que median entre las especies
del mismo género. El cambio de condiciones motiva generalmente una variabilidad que
sólo merece ser llamada fluctuante, pero algunas veces causa efectos directos y definidos,
que con el tiempo pueden llegar a presentarse muy marcados, aunque no tengamos pruebas
suficientes sobre este punto.
El hábito de producir peculiaridades constitucionales, el uso en fortificarlas, y la falta
de uso en debilitar y disminuir los órganos, parecen en muchos casos haber sido causas
potentes para producir semejantes efectos. Las partes homólogas tienden a variaciones
idénticas, así como a la coherencia. Las modificaciones en partes duras y externas afectan
algunas veces a partes más blandas e internas, y cuando una parte está muy desarrollada,
quizás tienda a sacar nutrición de las partes adyacentes, entonces toda parte de la estructura
que pueda ser economizada sin detrimento, será economizada. Los cambios de estructura
en edad temprana pueden afectar a partes desarrolladas después, ocurriendo indudablemente
muchos casos de variación correlativa, cuya naturaleza no podemos ente nder.
Las partes múltiples no son variables en número y estructura, quizá por causa de que,
no habiendo sido esas partes vigorosamente especificadas para una función particular, sus
modificaciones no han sido vigorosamente retenidas por la selección na tural. Se deduce
probablemente de esta misma causa que los seres orgánicos inferiores son más variables
que los que ocupan un lugar superior en la escala, y que, por ende, poseen una organización
más específica que los primeros. Los órganos rudimentarios, por ser inútiles, no están
regulados por la selección natural, siendo por lo tanto variables. Los caracteres específicos,
es decir, los caracteres que han llegado a diferenciarse desde que las diversas especies
de un mismo género se separaron de su antecesor común, son más variables que
los caracteres genéricos, o que aquellos que han sido heredados por mucho tiempo y que
no han diferido dentro de este período. En estas observaciones nos hemos referido a que
las partes u órganos especiales son todavía variables, porque han variado recientemente, y
de esta manera han venido a diferenciarse. Pero también hemos visto que el mismo principio
se aplica a todo el individuo; así que, en cualquier localidad en que haya habido
mucha variación y anteriores diferencias, o muchas espedes de un género, o donde la fabricación
de nuevas formas específicas haya estado activamente funcionando entre estas
especies, encontraremos seguramente por término medio más variedades que en otras en
que no hayan podido reunirse semejantes coincidencias favorables.
Los caracteres sexuales secundarios son en extremo variables y se diferencian mucho
de las especies de un mismo grupo. La variabilidad en las mismas partes de la organización
ha tenido generalmente por resultado diferencias sexuales secundarias a los dos
sexos de la misma especie, y específicas a las varias especies del mismo género. Cua lquier
parte u órgano desarrollado hasta un tamaño excepcional, comparado con la misma
parte u órgano de la especie aliada, debe haber pasado por un extraordinario número de
modificaciones desde la formación del género, pudiendo así entender por qué es más variable,
todavía en mayor grado que las otras partes, puesto que la variación es un procedimiento
lento y por mucho tiempo continuado, sin que la selección natural en casos semejantes
haya tenido tiempo para sobreponerse a la tendencia hacia ulterior variabil idad
y hacia el retroceso a un estado menos modificado. Pero cuando una especie con algún
órgano extraordinariamente desarrollado se ha convertido en antecesor de muchos descendientes
modificados, lo cual, en nuestra opinión, necesita ser un procedimiento muy
lento que requiere un gran intervalo de tiempo, la selección natural ha conseguido dar carácter
fijo al órgano, por muy extraordinariamente que haya sido desarrollado. Las especies
que heredan casi la misma constitución de un padre común, y que están expuestas a
influencias parecidas, tienden a presentar naturalmente variaciones análogas, o estas
mismas especies pueden ocasionalmente retroceder a algunos de los caracteres de sus antiguos
progenitores, y aunque no puedan surgir nuevas e importantes modificaciones,
añadirán belleza y armonía a la diversidad de la naturaleza.
Cualquiera que pueda ser la causa de cada una de las ligeras diferenc ias que median entre
la cría y sus padres (preciso es que exista una causa para cada una), tenemos razones
para creer que la constante acumulación de diferencias provechosas ha sido el origen de
todas las modificaciones importantes en la estructura según los hábitos propios de cada
especie.
Capítulo VI
Dificultades de la teoría

DIFICULTADES DE LA TEORÍA DE DESCENDENCIA CON
MODIFICACIONES.
Todas las dificultades y objeciones a la teoría pueden clasificarse
en los siguientes puntos:
1) ¿Por qué, si las especies han descendido de otras especies por delicadas graduaciones,
no vemos por todas partes innumerables formas de transición? ¿Por qué toda la naturaleza
no está confusa en vez de presentarse las especies tan bien definidas como las vemos?
2) ¿Es posible que un animal que tenga, por ejemplo, la estructura y las costumbres de
un murciélago, pueda haber sido formado por la modificación de algún otro animal con
costumbres y estructuras extremadamente diferentes? ¿Podemos creer que la selección
natural llegue a producir, por una parte, un órgano de insignificante importancia, como la
cola de la jirafa, que sirve de espantamoscas, y por otra parte, un órgano tan maravilloso
como el ojo?
3) ¿Pueden los instintos adquirirse y modificarse por medio de la selección natural?
¿Qué diremos del instinto que lleva a la abeja a hacer celdas, y que prácticamente se ha
adelantado a los descubrimientos de notables matemáticos?
4) ¿Cómo podemos explicarnos que las especies sean estériles o produzcan crías tales,
mientras que cua ndo se cruzan las variedades su fertilidad es vigorosa?
Primero: creemos que las especies llegan a ser muy definidas, y que en ningún mome nto
presentan caos intrincado de lazos variables e intermedios, porque las nuevas variedades
se forman muy lentamente, pues la variación es un procedimiento lento, y la selección
natural nada puede hacer hasta que ocurran diferencias o variaciones favorables individuales,
y hasta tanto pueda ser mejor ocupado un lugar en la economía natural del
país, por alguno o algunos de sus habitantes modificados. Estos nuevos lugares dependerán
de lentos cambios de clima o de la inmigración accidental de nuevos habitantes, y
probablemente en un grado todavía más importante, de que alguno de los habitantes antiguos
se modifique poco a poco con las nuevas formas de este modo producidas y las antiguas,
obrando por acción y reacción las unas sobre las otras, de modo que en cualquier
región y en cualquier tiempo debemos solamente ver unas pocas especies que presenten
pequeñas modificaciones de estructura en algún grado permanentes, y esto es lo que vemos.
Segundo: las áreas que hoy son continuas deben haber existido en un período reciente
como porciones aisladas, en las cuales muchas formas, especialmente las clases que se
unen para cada nacimiento, pueden haberse hecho separadamente distintas como para figurar
como especies representativas, en cuyo caso las variedades intermedias entre las
varias especies representantes y su madre común, habrán existido primitivamente en cada
porción aislada de la tierra. Pero durante el procedimiento de la selección natural habrán
sido suplantados y exterminados estos eslabones, de tal modo, que ya no podrá encontrárselos
en estado de vida.
Tercero: cuando se han formado dos variedades o más en diferentes porciones de un
área estrictamente continua, es probable que las variedades intermedias se hayan formado
al principio en las zonas intermedias, pero generalmente habrán tenido duración corta.
Por las razones ya asignadas, a saber: por lo que ya conocemos de la distribución actual
de las especies muy próximas o representantes y de las variedades reconocidas, estas variedades
intermedias existirán en las zonas intermedias en número inferior a las variedades
a cuyo enlace tienden. Por lo tanto, solamente las variedades intermedias estarán sometidas
a exterminio accidental, y durante el procedimiento de ulterior modificación por
medio de la selección natural, serán casi ciertamente combatidas y suplantadas por las
formas que ellas enlazan; porque estas presentarán en conjunto más variedades, puesto
que existen en mayor número, y de este modo se mejorarán más por medio de la selección
natural, adquiriendo posteriores ventajas.
Por último, sin considerar ahora un tiempo dado, sino todos los tiempos, si nuestra teoría
es verdadera, precisamente deben haber existido innumerables variedades intermedias,
unión íntima de todas las especies del mismo grupo; pero el verdadero procedimiento de
la selección natural tiende constantemente, como ya se ha dicho muchas veces, a exterminar
las formas primitivas y los lazos intermedios. Por consiguiente, sólo pueden encontrarse
las pruebas de su anterior existencia entre los restos fósiles conservados, como intentaremos
demostrar más adelante, en los anales geológicos, tan imperfectos, digámoslo
así, como todos sabemos.
HASTA QUÉ PUNTO ES VERDADERA LA DOCTRINA UTILITARIA; CÓMO SE
ADQUIERE LA BELLEZA.
Las anteriores observaciones nos llevan a decir algunas palabras
sobre la protesta hecha recientemente por algunos naturalistas contra la doctrina
utilitaria de que cada detalle de estructura ha sido producido para el bien de su poseedor.
Creen que muchas estructuras han sido creadas para la belleza, para el deleite del hombre
o del Creador (aunque este último punto sale del campo de la discusión filosófico científica),
o solamente por mera variedad, opinión que ya hemos discutido; pero, de ser verdad
tales doctrinas, serían absolutamente fatales para nuestra teoría.
Con respecto a la creencia de que los seres orgánicos fueron creados hermosos para r ecreo
del hombre (creencia que, se ha anunciado, derriba toda nuestra teoría) debemos
primero hacer notar que el sentido de la belleza depende evidentemente de la naturaleza
del espíritu, con independencia de toda cualidad real en el objeto admirado, y que la idea
de lo que es hermoso ni es innata ni inalterable. Vemos esto, por ejemplo, en los hombres
de razas diferentes, que admiran un tipo enteramente distinto de belleza en sus mujeres.
Si los objetos hermosos hubieran sido creados únicamente para goce del hombre, habría
que probar que antes de que el hombre apareciese había menos belleza en la faz de la tierra
que desde que él se presentó en escena.
La belleza, en muchos casos, parece ser debida por completo a la simetría del crecimiento.
Las flores se clasifican entre las producciones más hermosas de la naturaleza;
pero se han hecho visibles por contraste con las hojas verdes, y por consiguiente hermosas,
al mismo tiempo para que puedan ser fácilmente observadas por los insectos.
La selección natural no puede producir ninguna modificación en una especie exclusivamente
para el bien de otra, aunque en la naturaleza una especie incesantemente se
aproveche de las estructuras de las demás. Pero la selección natural puede producir, y a
menudo produce, estructuras en daño directo de otros animales. Hemos visto que las especies
no son indefinidamente variables en cualquier período, y que no están escalonadas
por multitud de gradaciones intermedias; en parte, porque el procedimiento de la sele cción
natural es siempre muy lento, y obra, en cualquier tiempo dado, solamente sobre
unas pocas formas; y en parte porque el mismo procedimiento de la selección natural lleva
implícitas la suplantación continua y la extinción de los grados precedentes e intermedios.
Las especies estrechamente unidas, que viven ahora en un área continua, deben en
muchos casos haber sido formadas cuando el área no lo era y cuando las condiciones de
vida no se graduaban insensiblemente desde una parte a otra. Cuando se formen dos variedades
en dos localidades de una región continua, se formará a menudo una variedad
intermedia, propia para una zona también intermedia; pero, por razones ya dadas, la variedad
intermedia será comúnmente menos numerosa que las dos formas que enlaza, y
por consiguiente, estas, durante el curso de ulterior modificación, tendrán gran ventaja
para existir en mayor número sobre la variedad intermedia, y acabarán generalmente por
suplantarla y exterminarla.
Debemos ser precavidos en la conclusión de que no pueden graduarse uno en otro los
hábitos más diferentes de vida; que, por ejemplo, un murciélago no pudo haber sido formado
por la selección natural de un animal que al principio sólo hendía el aire.
En dos seres extensamente alejados uno de otro en la escala natural, los órganos que
sirven para el mismo propósito, aunque sean en su apariencia externa muy semejantes,
pueden haber sido formados separada o independientemente. Cuando tales órganos son
examinados de cerca, casi siempre pueden descubrirse en su estructura diferencias esenciales,
siendo esto consecuencia lógica del principio de la selección natural. Por otra parte,
la regla común en toda la naturaleza es infinita diversidad de estructura para alcanzar
el mismo fin; y esta también es consecuencia natural del mismo gran principio.
En muchos casos, somos demasiado ignorantes para poder afirmar que una parte o un
órgano sea tan importante para el bienestar de una especie, que las modificaciones en su
estructura no puedan haberse ido acumulando lentamente por medio de la selección natural.
En otros muchos casos, es probable que las modificaciones sean resultado directo de
las leyes de variación o de crecimiento, independientemente de que aquellas hayan alcanzado
bien alguno. Pero aun en esas estructuras podemos estar seguros de que después han
sido aprovechadas y modificadas en beneficio de las especies, bajo condiciones nuevas de
vida. También podemos creer que frecuentemente se ha conservado una parte que tuvo
gran importancia en otros tiempos (como la cola de un animal acuático en sus desce ndientes
terrestres) aunque haya llegado a ser de importancia tan pequeña, que no podría
en su estado actual haber sido adquirida por medio de la selección natural.
Sabemos que una especie en nuevas condiciones de vida puede cambiar sus hábitos o
tenerlos diversificados; y algunos pueden ser distintos de los de sus congéneres más inmediatos.
Con esto podemos entender, teniendo presente que cada ser orgánico trata de
vivir en todas las partes que puede, cómo ha sucedido que haya ocas de tierra adentro con
pies empalmados, picamaderos en el terreno, tordos que bucean y petreles con las costumbres
de los pájaros bobos.
Aunque la creencia de que un órgano tan perfecto como lo es el ojo pudiera haber sido
formado por la selección natural es bastante para hacer vacilar a cualquiera, sin embargo,
en el caso de un órgano determinado, si tenemos noticia de una larga serie de graduaciones
en su complejidad, cada una de ellas ventajosa para su poseedor, no hay imposibilidad
lógica de que, en condiciones cambiadas de vida, adquiera, por medio de la selección
natural, cualquier grado de perfección concebible. En los casos en que no sabemos nada
de los estados intermedios o de transición, tenemos que ser extremadamente cautos para
deducir que no puede haber existido ninguno, porque las metamorfosis de muchos órganos
prueban que, por lo menos, son posibles maravillosos cambios en sus funciones. Por
ejemplo: la vejiga natatoria ha sido aparentemente convertida en pulmón que respira aire.
El mismo órgano que haya desempeñado en forma simultánea funciones muy diferentes,
y que después haya sido especializado en todo o en parte para una sola, y dos órganos
distintos que hayan desempeñado al mismo tiempo la misma función, habiendo sido el
uno perfeccionado con ayuda del otro, deben muchas veces haber facilitado bastante las
transiciones.
La selección natural nada puede producir en una especie para el bien o daño exclusivo
de otra, aunque sí puede producir partes orgánicas y excreciones altamente útiles o indispensables,
y también altamente dañosas para otra especie; pero han de ser en todos los
casos útiles al mismo tiempo para el poseedor. En cada país bien poblado, obra la selección
natural por medio de la competencia de los habitantes, y por consiguiente, lleva al
triunfo en la batalla por la vida, pero solamente de acuerdo con el tipo modelo de aquel
país determinado. Por esto los habitantes de un país pequeño ceden a menudo ante los
habitantes de otro más grande, porque en este existirán más individuos y formas más diversificadas,
lo que produce una competencia más severa, y por ende el tipo de perfección
se habrá hecho superior. La selección natural no conducirá necesariamente a la perfección
absoluta, ni tampoco, en cuanto nuestras facultades limitadas nos permiten juzgar,
puede señalarse en todas partes cuál sería la perfección absoluta.
Con la teoría de la selección natural podemos entender claramente el sentido completo
de aquel antiguo canon de historia natural: "Natura non fácil saltum", el cual no es estrictamente
exacto si miramos sólo a los actuales habitantes del mundo; pero si incluimos a
todos los de los tiempos pasados conocidos y por conocer, dentro de nuestra teoría debe
ser perfectamente verdadero.
Se reconoce generalmente que todos los seres orgánicos han sido formados según dos
grandes leyes: unidad de tipo y condiciones de existencia. Por unidad de tipo se entiende
ese acuerdo fundamental en la estructura que vemos en los seres orgánicos de la misma
clase, y que es totalmente independie nte de sus hábitos de vida. Según nuestra teoría, se
explica la unidad de tipo por la unidad de descendencia. La expresión "condiciones de
existencia", en la que tan a menudo insiste el ilustre Cuvier, es cabalmente comprendida
por el principio de la selección natural. Pues esta obra, o bien adaptando ahora las varias
partes de cada ser a sus condiciones de vida orgánicas e inorgánicas, o bien, habiéndolas
adaptado en épocas pasadas, son ayudadas en muchos casos por el mayor o menor uso de
las partes afectadas por la acción directa de las condiciones externas de vida, y en todos
los casos sujetas a las diversas leyes de crecimiento y variación. Por esta razón, la ley de
las condiciones de existencia es la ley superior, pues incluye, por la herencia de variaciones
y adaptaciones anteriores, la ley de la unidad de tipo.
Capítulo VII
Objeciones a la teoría de la selección natural

LONGEVIDAD. Un distinguido naturalista alemán ha asegurado que la parte más débil
de esta teoría es que consideramos a todos los seres orgánicos como imperfectos. Lo
que realmente hemos dicho es que no todos son tan perfectos como pudieran haberlo sido
en relación con sus condiciones, lo cual está demostrado por el hecho de que tantas fo rmas
indígenas en muchos puntos del globo hayan cedido sus puestos a intrusos. Tampoco
pueden los seres orgánicos, aun cuando en un tiempo dado estuvieran perfectamente
adaptados a sus condiciones de vida, haber seguido estándolo cuando estas condiciones
cambiaban, a menos que ellos también cambiaran de igual modo; y nadie disputará que
las condiciones físicas de cada país, como también los números y de sus habitantes, han
pasado por muchas mutaciones.
Incluso ha habido un crítico que recientemente ha repetido, con alguna apariencia de
exactitud matemática, que la longevidad es una gran ventaja para todas las especies, de
tal modo que quien crea en la selección natural "necesita arreglar su árbol genealógico",
para que todos los descendientes tengan una vida más larga que sus progenitores. ¿No
puede nuestro crítico concebir que una planta bienal o uno de los animales inferiores
pueda extenderse a un clima frío y perecer allí cada invierno, y sin embargo, por causa de
las ventajas adquiridas por medio de la selección natural, sobrevivir año tras año por medio
de sus semillas o huevos? Mr. E. Ray Lankester ha discutido recientemente este punto,
y sus conclusiones son, en cuanto la extrema complejidad del asunto le permite formar
juicio, que la longevidad está generalmente relacionada con el tipo de cada especie en la
escala de la organización, y también con la cantidad de lo que se gasta en la reproducción
y en la actividad general, por lo que es probable que estas condiciones hayan sido grandemente
determinadas por medio de la selección natural.
El célebre paleontólogo Bronn, al final de su traducción alemana, pregunta cómo puede
por el principio de la selección natural vivir una variedad al lado de la variedad madre.
También insiste Bronn en que las especies distintas nunca varían entre sí en caracteres
aislados, sino en muchos puntos, y pregunta: "¿Por qué muchas partes de la organización
han sido modificadas a un mismo tiempo por medio de la variación y de la selección natural?".
La mejor respuesta a la expresada objeción es la que presentan esas razas domésticas
que han sido modificadas con algún objeto especial, principalmente por el poder de
la selección del hombre. Véanse el caballo de carrera y el de tiro, el galgo y el mastín.
Toda su figura, y aun sus distintivos mentales, han sido modificados, pero si pudiéramos
trazar paso por paso la historia de sus transformaciones, como podemos hacerlo con los
pasos más recientes, no veríamos grandes y simultáneos cambios, sino primero el de una
parte y luego el de otra, seguramente mejorada. Aun cuando la selección haya sido aplicada
por el hombre a un solo carácter, de lo cual ofrecen los mejores ejemplos nuestras
plantas cultivadas, se encontrará invariablemente que aunque esta parte (flor, fruto u
hojas) haya sido en gran medida cambiada, casi todas las otras partes también habrán sido
modificadas, lo cual puede atribuirse por un lado al principio de crecimiento correlativo y
por otro a la variación llamada espontánea.
Una objeción mucho más seria ha presentado Bronn, y después de él, recientemente,
Broca, a saber: que muchos caracteres no son, al parecer, de utilidad alguna para sus poseedores,
y que, por lo tanto, la selección natural no debe haber tenido influencia en ellos.
Bronn pone el caso de la longitud de las orejas y rabos de las diferentes especies de liebres
y ratones, los complejos pliegues del esmalte en los dientes de muchos animales, y
otros muchos casos análogos. Con respecto a las plantas, ha sido ya discutido este asunto
por Nágeli en un ensayo admirable, en el que admite que la selección natural ha realizado
mucho, aunque insiste en que las familias de las plantas se diferencian principalmente
entre sí en caracteres morfológicos sin ninguna importancia, al parecer, para el bienestar
de la especie. Cree, por consiguiente, en una tendencia innata hacia el desarrollo progresivo
y más perfecto, y especifica la disposición de las células en los tejidos y de las hojas
en el eje, como casos en los cuales no podía haber operado la selección natural. A estos
ejemplos pueden añadirse las divisiones numéricas de las partes de la flor, la posición de
los óvulos, la figura de la semilla, cuando no es de utilidad para la diseminación, etc.
Mucha fuerza tiene esta objeción; pero a pesar de todo, debemos, en primer lugar, ser
como hemos dicho antes, extremadamente cautos al pretender decidir qué estructuras son
ahora o han sido útiles a cada especie. En segundo lugar, hay que recordar siempre que
cuando se modifica una parte, se modifican también otras por ciertas causas, oscuramente
vistas, tales como aumento o disminución de corriente nutritiva para una parte precisa,
presión mutua, que una parte que se desarrolle al principio afecte a otra que se desarrolle
después, etc., o por otras causas que motivan los muchos y misteriosos casos de correlación
que no entendemos mucho. Estas influencias pueden ser agrupadas gracias a la brevedad,
bajo la expresión de leyes del crecimiento. En tercer lugar, algo tenemos que conceder
a la acción directa y definida del cambio de cond iciones de vida y a las variaciones
llamadas espontáneas, en las que la naturaleza de las condiciones desempeña aparent emente
un papel del todo secundario.
Las variaciones de los pimpollos como la aparición de una rosa de musgo en una rosa
común, o de un pelón en un árbol de melocotones, ofrecen ejemplos claros de variaciones
espontáneas, pero aun en estos casos, si recordamos el poder que tiene una gota minúscula
de veneno para producir agallas muy complejas, no debemos estar muy seguros de que
las variaciones antes señaladas no sean efecto de algún cambio local en la naturaleza de la
savia, debido a algún cambio de condiciones. Tiene que haber alguna causa para cada pequeña
diferencia individual, así como para las variaciones más fuertemente marcadas que
de vez en cuando surgen. Y si la causa desconocida obrara con persistencia, es casi seguro
que todos los individuos de la especie quedarían modificados de un modo semejante.
Una estructura que ha sido desarrollada a través de selección continuada por mucho
tiempo, cuando deja de ser útil a la especie se hace generalmente variable, como lo vemos
en los órganos rudimentarios, porque deja de ser regulada por este mismo poder de selección.
Pero cuando por la naturaleza del organismo y de las condiciones se han originado
modificaciones que no son importantes para el bienestar de las especies pueden ser, y generalmente
lo han sido, transmitidas en casi el mismo estado a descendientes numerosos,
modificados en otros sentidos. No puede haber sido de mucha importancia para el mayor
número de los mamíferos, aves o reptiles, el estar cubiertos de pelos, plumas o escamas:
sin embargo, el pelo ha sido transmitido a casi todos los mamíferos, las plumas a todos
los pájaros y las escamas a todos los verdaderos reptiles. Una estructura, cualquiera, común
a muchas formas parecidas, es considerada por nosotros como de alta importancia
sistemática, y por consiguiente, se afirma con frecuencia que es de alta importancia vital
para la especie.
Nos inclinamos a creer que las diferencias morfológicas que consideramos importantes,
tales como el arreglo de las hojas, las divisiones de la flor o del ovario, la posición de los
óvulos, etc., aparecieron en muchos casos primeramente como variaciones fluctuantes,
que más pronto o más tarde se hicieron constantes por la naturaleza del organismo y de
las condiciones ambientales, como también por el cruzamiento entre distintos individuos,
pero no por la selección natural. Pues como estos caracteres morfológicos no afectan el
bienestar de la especie, cualquier pequeña variación en ellos no pudo haber sido gobernada
o aumentada por la última de las causas dichas. Así llegamos a un resultado extraño, a
saber: que los caracteres de poca importancia vital para las especies son los más importantes
para el sistematizador.
Un distinguido zoólogo, Mr. Saint George Mivart, ha reunido recientemente todas las
objeciones que se han hecho en otros tiempos por otros y por nosotros a la teoría de la
selección natural tal como la hemos expuesto Mr. Wallace y nosotros, y ha aclarado
aquellas, con ejemplos expuestos y con admirable arte. Mr. Mivart afirma con frecuencia
que no le atribuimos nada a la variación independientemente de la selección natural,
cuando todos saben que hemos coleccionado un número mayor de hechos auténticos que
el que se encuentra en ninguna otra obra conocida. Nuestro juicio podrá no ser fidedigno,
pero nunca nos hemos sentido tan fuertemente convencidos de la verdad de las conclusiones
aquí sentadas como después de leer con cuidado el libro de Mr. Mivart.
Hoy por hoy, casi todos los naturalistas admiten la evolución bajo una forma u otra.
Mr. Mivart cree que las especies cambian en virtud de "una fuerza o tendencia interna",
sobre cuyos elementos no se pretende averiguar cosa definitiva. Que las especies tienen
capacidad para cambiar, lo admitirán todos los evolucionistas; pero no es necesario, a
nuestro modo de ver las cosas, invocar ninguna fuerza interna que no sea la tendencia a la
variabilidad ordinaria, la cual, con ayuda de la selección dirigida por el hombre, ha dado
nacimiento a tantas razas domésticas bien adaptadas, así como con ayuda de la selección
natural originaría igualmente por pasos graduales, razas o especies naturales. El resultado
final habrá sido, como ya se ha explicado, un adelanto en la organización, aunque en algunos
pocos casos haya sido un retroceso.
Mr. Mivart se inclina además a creer, y algunos naturalistas están de acuerdo con él,
que las especies nuevas se manifiestan de repente "por modificaciones que aparecen con
brusquedad y de una vez". Juzga difícil de creer que el ala de un ave se haya desarrollado
de otra manera que no sea por modificación relativamente brusca, de naturaleza marcada
e importante. Esta conclusión, que indica grandes lagunas o soluciones de continuidad en
la serie, nos parece inverosímil.
Todo el que cree en la evolución lenta, y gradual admitirá desde luego que pueden
haber existido cambios específicos tara bruscos y tan considerables como urja simple variación
cualquiera de las que encontramos en el estado silvestre y hasta en el doméstico.
Pero como las especies son más variables cuando están domesticadas o cultivadas que en
sus condiciones naturales, no es probable que variaciones tan grandes y repentinas hayan
ocurrido con frecuencia en el estado natural. Como se sabe, de vez en cuando surgen en
el estado doméstico. De estas últimas variaciones algunas pueden ser atribuidas al retroceso,
y los caracteres que de este modo reaparecen, probablemente fueron adquiridos en
muchos casos al principio de una manera gradual, y aun el mayor número de ellas debe
tenerse por monstruosidades, como los hombres con seis dedos, o los puerco espines, los
carneros ancón, el ganado ñato, etc.; y como difieren enteramente por sus caracteres de
las especies naturales, arrojan escasa luz sobre la materia que tratamos. Excluidos esos
casos de variaciones bruscas, los pocos que quedan constituirán a lo sumo, si se los halla
en estado natural, especies dudosas íntimamente relacionadas con los tipos de sus antecesores.
Las razones en las que se apoya nuestra duda para creer que las especies naturales
hayan cambiado tan bruscamente como lo han hecho algunas de las razas domésticas, y
para rechazar en absoluto que hayan cambiado de la manera maravillosa indicada por Mr.
Mivart, son las siguientes:
Según el resultado de nuestra experiencia, ocurren variaciones bruscas y muy marcadas
en nuestras producciones domésticas, solamente en casos aislados y con grandes intervalos
de tiempo.
Si ocurriesen tales variaciones en el estado natural, estarían expuestas a perderse por
causas accidentales de destrucción y por los siguientes cruzamientos, como sabemos que
sucede en la domesticidad, cuando las variaciones bruscas de esta clase no son especialmente
preservadas y separadas por el cuidado del hombre. Por esta razón, para que apareciera
una especie nueva repentinamente, a la manera que Mr. Mivart supone, es casi necesario
creer, en contra de lo que nos enseñan casos análogos, que algunos individuos
maravillosamente cambiados aparecieron simultáneamente dentro de la misma localidad.
Esta dificultad queda resuelta, como en el caso de la selección inconscientemente verificada
por el hombre, acudiendo a la teoría de la evolución gradual, en virtud de la preservación
de un gran número de individuos que varíen más o menos en una dirección favorable
y de la destrucción de un gran número que varíe en sentido opuesto.
Existe la duda de que muchas especies hayan sido desarrolladas en manera extremadamente
gradual, porque las especies, y hasta los géneros de muchas grandes familias naturales
están tan inmediatamente enlazados, que es difícil distinguirlos. En cada continente,
al ir del Norte al Sur, de las tierras bajas a las altas, etc., nos encontramos con una cantidad
de especies íntimamente relacionadas o representativas, y al suceder lo mismo en
ciertos continentes separados, tenemos razones para creer que estos estuvieron unidos en
otro tiempo. Pero al hacer estas observaciones y las subsiguientes, nos vemos obligados a
hacer referencia a puntos que se discutirán más adelante. Véanse las muchas islas que están
alrededor de un continente cualquiera, y se verá cuántos de sus habitantes pueden merecer
ser clasificados en el número de las especies dudosas. Lo mismo sucede si miramos
los tiempos pasados y comparamos las especies que acaban de desaparecer con las que
todavía existen en las mismas regiones, o si comparamos las especies fósiles enterradas
en las subcapas de la misma formación geológica. Por lo tanto, resulta evidente que hay
una multitud de ellas relacionadas de la manera más íntima con otras que todavía existen
o que han existido recienteme nte, y difícilmente se sostendrá que tales especies deban su
desarrollo a cambios bruscos o repentinos. Es preciso no olvidar tampoco, cuando estudiamos
los órganos especiales de especies inmediatas, en vez de los de especies distintas,
que pueden trazarse gradaciones numerosas y asombrosamente delicadas que relacionan
estructuras extraordinariamente diferentes.
Muchos hechos se comprenden tan sólo por el principio de que las especies se han desarrollado
por pasos muy pequeños, como por ejemplo, el fenómeno de que las especies
incluidas en los géneros más grandes estén más íntimamente relacionadas entre sí y presenten
mayor número de variedades que las especies de los géneros menores. Las primeras
están también agrupadas en pequeños grupos, como las variedades alrededor de las
especies, y presentan otras analogías con las variedades, según queda demostrado en el
capítulo II de esta obra. Con este mismo principio podemos entender cómo los caracteres
específicos son más variables que los genéricos, y cómo las partes que se desarrollan en
grado o modo extraordinario son más variables que las demás partes de la misma especie.
Muchos hechos análogos podrían citarse en confirmación de esta doctrina.
Aunque es casi cierto que muchísimas especies se han producido por pasos no mayores
que los que separan variedades muy delicadas, puede sostenerse que algunas han sido
desarrolladas de una manera diferente y brusca. No debe hacerse, sin embargo, esta concesión
sin que se den excelentes pruebas de la ve rdad anunciada.
A menos que admitamos transformaciones tan prodigiosas como las que defiende Mr.
Mivart, tales como el repentino desarrollo de las alas de pájaros o murciélagos, o la súbita
conversión del hiparión en caballo, la creencia en las modificaciones bruscas apenas da
alguna luz a la falta de eslabones de enlace en nuestras formaciones geológicas; pero la
embriología presenta una fuerte protesta contra las creencias en cambios bruscos. Es notorio
que las alas de las aves y murciélagos, como las piernas de los caballos y otros cuadrúpedos,
sean indistinguibles en un período embrionario temprano, y que se diferencien
sólo par pasos insensiblemente delicados. Los parecidos embriológicos de todas las clases
pueden explicarse por las variaciones verificadas después de la primera juventud en las
progenituras de nuestras especies existentes, que transmiten los caracteres nuevamente
adquiridos a su descendencia en la edad correspondiente. El embrión no queda afectado,
y sirve como indicio de la pasada condición de las especies. Por eso sucede que las especies
existentes, durante los primeros períodos de su desarrollo, se parecen a menudo a
formas antiguas y extinguidas, pertenecientes a la misma clase. Con esta opinión sobre el
significado de los parecidos embriológicos, y sea cual fuere la opinión, es increíble que
un animal haya sufrido transformaciones tan instantáneas y bruscas como las indicadas
arriba, y que no tenga, sin embargo, en su condición embriónica, ninguna huella de modificación
repentina. Por lo tanto, todos los detalles de su estructura son debidos a los pasos
insensiblemente delicados. Todo el que crea que por medio de fuerzas o tendencias internas
se transforma repentinamente una forma antigua en otra alada, por ejemplo, se verá
casi obligado a suponer, en contra de todas las analogías observadas, que muchos individuos
varían simultáneamente. No puede negarse que esos cambios tan bruscos y grandes
de estructuras sean totalmente diferentes de aquellos que la mayor parte de las especies,
al parecer, han atravesado. Se verá obligado también a creer que muchas estructuras notablemente
adaptadas a todas las demás partes del mismo ser y a las condiciones que las
rodean han sido repentinamente producidas, sin que sea posible que encuentre ni sombra
siquiera de explicación para tan complejas y maravillosas coadaptaciones. Se verá forzado
a admitir que cuando estas sean grandes y repentinas no dejarán ningún rasgo de su
acción en el embrión; lo cual, a nuestro modo de ver, es lo mismo que dejar los reinos de
la ciencia para entrar en los del milagro.
Capítulo VIII
Instinto

LOS INSTINTOS SON COMPARABLES CON LOS HÁBITOS, PERO SE
DIFERENCIAN DE ESTOS POR EL ORIGEN.
No intentaremos dar aquí la definición
del instinto, pues es fácil demostrar que se comprenden comúnmente en este término varias
acciones mentales distintas, y todo el mundo sabe qué significa decir que el instinto
induce, por ejemplo, al cuco a emigrar y poner sus huevos en los nidos de otras aves. Una
acción para cuya realización nosotros mismos necesitaríamos experiencia, cuando es re alizada
por algún animal, especialmente si este es muy joven, sin experiencia, y cuando es
llevada a cabo de la misma manera, por muchos individuos, sin que sepan para qué la
hacen, se apellida comúnmente instintiva. Pero podríamos demostrar que ninguno de estos
caracteres puede tomarse por universal, pues siempre entra en juego una pequeña dosis
de juicio o de razón, como la llama Pierre Huber, aun en los animales situados muy
bajos en la escala de la naturaleza.
Federico Cuvier y algunos de los metafísicos más antiguos han comparado el instinto
con el hábito, y nosotros creemos que esta comparación da una idea exacta del estado de
ánimo bajo el cual se lleva a cabo una acción instintiva, aunque no se explique precisamente
su origen. ¡Cuán inconscientemente se hacen por hábito muchas cosas que en bastantes
casos están en oposición directa con nuestra voluntad consciente!
Ahora bien; estas acciones pueden ser modificadas por la voluntad o por la razón. Los
hábitos fácilmente se asocian con otros hábitos en ciertos períodos de tiempo y estados
del cuerpo, pero una vez adquiridos, permanecen constantes toda la vida. Podrían indicarse
algunos puntos parecidos entre los instintos y los há bitos. Sucede con los instintos lo
mismo que al repetir una canción muy sabida, una acción sigue a la otra por una especie
de ritmo. Si se interrumpe a una persona cuando canta o cuando ejecuta algo por rutina,
se la obliga generalmente a volver atrás para recobrar el hilo habitual del pensamiento.
Si suponemos que una acción habitual pasa a ser hereditaria, lo cual puede demostrarse
que sucede algunas veces, entonces el parecido entre lo que en su origen fue un hábito y
un instinto es tan grande, que no es posible establecer la diferencia. Si Mozart, en lugar
de tocar maravillosamente el piano cuando tenía tres años de edad, hubiera ejecutado una
tonada sin práctica ninguna, podría haberse dicho verdaderamente que lo había hecho por
instinto. Pero sería un error serio suponer que se ha adquirido por hábito el mayor número
de los instintos en una generación, y que estos se han transmitido después, por herencia, a
las generaciones posteriores. Puede demostrarse claramente que es imposible que los instintos
más maravillosos que conocemos, a saber, los de la abeja de colmena y los de muchas
hormigas, hayan sido adquiridos por hábito.
Todos admitirán que para el bienestar de cada especie en sus condiciones actuales de
vida, los instintos son tan importantes como las estructuras corpóreas. En condiciones
cambiadas de vida es posible que sean ventajosas a una especie algunas ligeras modificaciones
de instintos; y si puede demostrarse que estos varían, por poco que sea, no vemos
dificultad en admitir que la selección natural conserva y acumula las variaciones de instintos
en cualquier medida que sea ventajosa. Creemos firmemente que así se han originado
todos los instintos más complejos y asombrosos que conocemos. Al igual que nacen
y se aumentan por el uso o el hábito las modificaciones en la estructura corpórea, y se
disminuyen o pierden por el desuso, debe haber sucedido con los instintos. Pero creemos
que los efectos del hábito son de importancia secundaria con respecto a los efectos de la
selección natural en lo que podríamos llamar variaciones espontáneas de instintos, esto
es, variaciones manifestadas por las mismas causas ocultas que producen las pequeñas
desviaciones en la estructura del cuerpo.
Hay menos posibilidades de obtener algún instinto complejo por medio de la selección
natural que por la lenta y gradual acumulación de variaciones múltiples y ligeras, pero
ventajosas. Así, pues, como en el caso de las estructuras corpóreas, tenemos que encontrar
en la naturaleza, no los grados reales de transición por lo s cuales se ha adquirido cada
instinto complejo (porque estos podrían encontrarse solamente en los antecesores directos
de cada especie), sino algunas pruebas de estos grados de transición en las líneas colaterales
de descendencia, o al menos debemos ponernos en condición de demostrar que son
posibles ciertos grados, sean de la clase que fueren, lo cual es ciertamente posible hacerlo.
Los cambios de instintos pueden muchas veces facilitarse cuando la misma especie
posee diferencias en los diversos períodos de la vida, o en las diversas estaciones del año,
o cuando sus individuos atraviesan diferentes circunstancias, en cuyo caso puede la selección
natural conservar el uno o el otro instinto. Esto demuestra que, en la naturaleza, ocurren
semejantes ejemplos de diversidad en la misma especie.
Además, como en el caso de la estructura corpórea, y en conformidad con nuestra teoría
sucede que, el instinto de cada especie es bueno para la misma; pero no ha sido nunca
producido en beneficio exclusivo de otras especies. Uno de los casos más convincentes
que conocemos de un animal que aparentemente lleve a cabo un acto sólo por el bien de
otro animal, es el de los pulgones, que voluntariamente ceden a las hormigas su dulce excreción.
Huber observó, antes que nadie, que lo hacen voluntariamente, como lo demuestran
los siguientes hechos: en cierta ocasión removimos todas las hormigas que había entre
un grupo de diez o doce pulgones que habitaban en una planta de acedera, e impedimos
que volviesen a ella durante algunas horas.
Pasado este intervalo, ya era seguro que los pulgones necesitaban excretar. Los observamos
por algún tiempo, valiéndonos de una lente, y vimos con sorpresa que ni uno solo
de ellos lo había hecho. Entonces los tocamos e instigamos con un cabello, imitando en lo
posible lo que hacen las hormigas con sus antenas. Después de esto dejamos que una
hormiga se acercara a ellos, y en el acto, por las ansias con que corría de un lado para
otro, parecía indicar no desconocer el pasto que acababa de descubrir. Entonces empezó a
tocar con sus antenas el abdomen de uno de los insectos, pasando luego a otro, y después
a otro, etc. Cada uno de ellos, al sentir las antenas, levantaba inmediatamente su abdomen
y excretaba una gota transparente del dulce jugo, que ansiosamente era devorado por la
hormiga. Los pulgones más jóvenes obraban de la misma manera, demostrando así que la
acción era instintiva y no resultado de la experiencia.
También podría demostrarse con muchos hechos que las cualidades mentales de los
animales de la misma clase nacidos en estado natural varían mucho, y asimismo es fácil
aducir diferentes casos de hábitos extraños y accidentales en animales salvajes, cuyos
hábitos, de ser ventajosos para la especie, podrían haber dado lugar a nuevos instintos por
medio de la selección natural.
CAMBIOS HEREDITARIOS DE HÁBITOS O DE INSTINTOS EN LOS
ANIMALES DOMÉSTICOS.
Se aumentará la creencia en la posibilidad y aun en la probabilidad
de la herencia de las variaciones distintas en estado natural, al considerar brevemente
algunos pocos casos que ocurren en la domesticidad, pues así podremos ver la
parte que el hábito y la selección de las variaciones llamadas espontáneas ha tenido en
modificar las cualidades mentales de nuestros animales domésticos, siendo notorio cuánto
varían en sus cualidades mentales muchos de estos animales. En los gatos, por ejemplo,
vemos que mientras uno se dedica naturalmente a la caza de ratas, otro prefiere la de ratones,
siendo cosa sabida que estas tendencias se heredan. Los instintos domésticos, que
así podremos llamarlos, son ciertamente mucho menos fijos que los naturales; pero en
ellos ha obrado una selección mucho menos rigurosa y han sido transmitidos por un período
de tiempo incomparablemente más corto y en condiciones de vida menos estables.
Las cualidades mentales de nuestros animales domésticos varían y se heredan, aunque
los instintos cambian ligeramente en estado natural. Nadie disputará que los instintos son
de la mayor importancia para cada animal; por lo tanto, no hay dificultad real cambiando
las condiciones de vida, para que la selección natural acumule en un grado cualquiera las
ligeras modificaciones de instinto que sean útiles de algún modo. En muchos casos es
probable que haya entrado en juego el hábito o el uso y el desuso; y si pretendemos afirmar
que los hechos presentados en este capítulo den fuerza de ninguna clase a esta teoría,
tampoco concederemos que alguno de los casos de dificultad la anulen, confesándonos
como completamente equivocados. Por otra parte, el hecho de que los instintos no sean
siempre absolutamente perfectos y estén sujetos a equivocaciones; el que no pueda presentarse
un instinto que haya sido producido en beneficio de otros animales, por más que
estos se aprovechen de los instintos de otros; y el que el canon de historia natural "Natura
non facit saltum" sea aplicable a los instintos al igual que a la estructura corpórea y sea
plenamente inteligible con las opiniones anteriores, y de otros modos inexplicables; todo,
en suma, tiende a corroborar la teoría de la selección natural.
También esta teoría adquiere fuerza por unos cuantos hechos más con respecto a los
instintos, como es el caso común de especies muy cercanas, pero distintas, que habitan
diversas partes del mundo y viven en condiciones cons iderablemente diferentes, y que,
sin embargo, conservan con frecuencia casi los mismos instintos. Por ejemplo, podemos
entender cómo por el principio de la herencia, el tordo de la América tropical del Sur cubre
su nido de barro, de la misma manera peculiar que nuestro tordo británico; cómo los
todopicos del África y de la India tienen el mismo instinto extraordinario de tapiar y aprisionar
a las hembras en un hueco de un árbol, abriendo un agujerito en la tapia, por el
cual los machos les dan el alimento a ellas y a sus polluelos cuando salen del cascarón;
cómo el regaliolo macho (Troglodita), de la América del Norte, construye nidos para su
descanso al igual que en Europa, hábito completamente diferente del de todos los pájaros
conocidos. Finalmente, acaso no sea deducción lógica, pero sí para nosotros muchísimo
más satisfactoria, considerar que instintos tales como el del pollo de cuclillo, que echa a
sus hermanos del nido, el de las hormigas que hacen esclavos y los de las larvas de los
ichneumones, que se alimentan dentro de los cuerpos vivos de las orugas, no son instintos
especialmente creados, con los cuales se ha dotado respectivamente a esos animales, sino
pequeñas consecuencias de la ley general que lleva a la mejora de todos los seres orgánicos,
a saber: la de multiplicar, variar, dejar vivir al más fuerte y dejar morir al más débil.
Capítulo IX
Hibridismo
DISTINCIÓN ENTRE LA ESTERILIDAD DE UN PRIMER CRUZAMIENTO Y LA
DE LOS HÍBRIDOS; GRADOS DE ESTERILIDAD; DIFORMISMO Y
TRIFORMISMO RECÍPROCOS.
La opinión más vulgar entre los naturalistas es que las
especies, cuando se cruzan, han sido especialmente dotadas de esterilidad para impedir
que se confundan. A primera vista, esta opinión parece ciertamente muy probable, porque
apenas hubieran podido conservarse distintas las especies que viven juntas si hubieran
sido susceptibles de cruzarse libremente. Es en muchos conceptos importante para nosotros
este asunto, sobre todo porque la esterilidad de las especies, cuando por primera vez
se cruzan, y la de su descendencia híbrida, no puede haberse adquirido, como demostraremos,
conservando grados ventajosos y sucesivos de esterilidad, sino que es resultado
incidental de las diferencias en el sistema reproductivo de las especies madres.
Al tratar este asunto se han confundido generalmente dos clases de hechos, hasta cierto
punto fundame ntalmente diferentes, a saber: la esterilidad de las especies, cuando por
primera vez se cruzan, y la esterilidad de los híbridos, productos de estos cruzamientos.
Las especies puras tienen naturalmente sus órganos de reproducción en estado perfecto,
y sin embargo, cuando se cruzan, producen poca o ninguna descendencia. Los híbridos,
por otra parte, tienen sus órganos reproductivos funcionalmente impotentes, como puede
claramente verse en el estado del elemento macho, tanto en las plantas como en los animales,
aunque sean perfectos en estructura los órganos formadores, en cuanto el microscopio
los revela. En el primer caso son perfectos los dos elementos sexuales que entran a
formar el embrión; en el segundo, o no están del todo desarrollados o lo están imperfectamente.
Es importante esta distinción al tener que considerar la causa de la esterilidad
común en los dos casos, y probablemente ha sido pasada ligeramente por alto, porque en
ambos se ha creído que la esterilidad era un don especial, fuera del alcance de nuestra razón.
La fertilidad de las variedades, es decir, de las formas que se sabe o que se cree que
descienden de padres comunes, cuando se cruzan, y de igual modo la fertilidad de su descendencia
mestiza, son, en lo que a nuestra teoría se refiere, de igual importancia que la
esterilidad de las especies, porque al parecer establece ancha y clara distinción entre las
variedades y las especies.
En cuanto a la esterilidad de los híbridos en generaciones sucesivas, aunque Gaertner
pudo criar algunos híbridos guardándolos cuidadosamente para que no se cruzaran con
ninguno de raza pura, durante seis o siete generaciones, y durante diez en un caso, afirma
positivamente que su fertilidad no crece nunca, sino que generalmente disminuye mucho
y de repente. Con respecto a esta disminución, lo primero que hay que notar es que cua ndo
es común a ambos padres cualquier desviación en la estructura o constitución, se
transmite esta con frecuencia en grado creciente a la descendencia, y en las plantas híbr idas
ambos elementos sexuales están ya un tanto afectados. Pero creemos que su fertilidad
ha disminuido en casi todos estos casos por causa independiente, a saber: por cruzamientos
demasiado próximos. Hemos hecho tantos experimentos y reunido tantos hechos que
prueban por una parte que en ocasiones el cruzamiento con un individuo o variedad distintos
aumentan el vigor y fertilidad de la descendencia, y por otra parte que el cruzamiento
muy próximo disminuye su vigor y fertilidad, que no nos cabe duda de la exactitud
de esta conclusión. Los híbridos rara vez son criados en gran número por los experimentadores;
y como las especies madres u otras híbridas inmediatas crecen generalmente
en el mismo jardín, debe evitarse cuidadosamente, durante la estación florida, el acceso
de los insectos. Por esto los híbridos, cuando se abandonan a sí mismos, son generalmente
fecundos en cada generación por polen de la misma flor, y esto probablemente sería
nocivo a su fecund idad, ya aminorada por su origen híbrido, por lo cual nos confirma una
proposición hecha repetidas veces por Gaertner, a saber: que aun los híbridos menos fért iles,
si son fecundados artificialmente por polen híbrido de la misma clase, se hacen decididamente
más fecundos y continúan aumentando en fecundidad a pesar de los frecuentes
y malos efectos de la manipulación. Ahora bien; en el procedimiento de la fecundidad
artificial sabemos por experiencia propia que, tan pronto como se toma por casualidad
polen de las anteras de otra flor, como de las de la misma flor que hay que fertilizar, se
realiza muchas veces el cruzamiento entre dos flores de la misma planta. Además, cuando
se hacen experimentos complicados, un observador tan cuidadoso como Gaertner debió
haber castrado sus híbridos, y esto le hubiera dado seguridad, en cada generación, de que
no se realizaba el cruzamiento con polen de una flor distinta, ya fuera de la misma planta,
o de otra de la misma naturaleza híbrida. De este modo, a nuestro juicio, puede explicarse
el hecho extraño de que aumente la fertilidad en las generaciones sucesivas de los híbridos
artificialmente fecundados, en contraste con los que lo son espontáneamente, por
haberse evitado el cruzamiento consanguíneo.
Con respecto a la esterilidad de los híbridos cuyos elementos sexuales están imperfectamente
desarrollados, el caso es un tanto diferente. Más de una vez nos hemos referido a
una gran serie de hechos que demuestran que cuando se saca a los animales y a las plantas
de sus condiciones naturales son en extremo susceptibles de serias afecciones en sus
sistemas reproductivos. Lo cual, en verdad, es un gran obstáculo para la domesticidad de
los animales, porque entre la esterilidad así provocada y la de los híbridos hay tantos puntos
de semejanza que, en ambos casos, la esterilidad es independiente de la salubridad
general, y va a menudo acompañada de exceso de tamaño o de gran exuberancia. En ambos
casos ocurre la esterilidad en varios grados; en ambos, el elemento macho es el más
susceptible de ser afectado, aunque algunas veces la hembra lo es más que el macho. En
ambos, la tendencia acompaña hasta cierto punto la afinidad sistemática, porque grupos
enteros de animales y plantas se hacen impotentes por las mismas condiciones no naturales,
mientras que grupos enteros de especies tienden a producir híbridos estériles.
Algunos autores han dado mucha importancia a la suposición de que solamente en los
mestizos los descendientes no son intermedios en carácter, sino que se parecen mucho a
uno de los padres; pero esto también ocurre algunas veces con los híbridos, aun cuando
concedemos que con mucha menos frecuencia.
Examinando los casos reunidos por nosotros, de animales cruzados que se parecen mucho
a uno de los padres, las semejanzas están, al parecer, limitadas principalmente a caracteres
casi monstruosos en su naturaleza, y que han aparecido de repente, como el alb inismo,
melanismo, falta de rabo o de cuernos o mayor número de dedos en manos o pies,
y no a aquellos caracteres que han sido lentamente adquiridos por medio de la selección.
La tendencia al retroceso repentino hacia el carácter perfecto de uno de los dos padres
sería también mucho más probable que ocurriera en los mestizos descendientes de variedades
súbitamente producidas y semimonstruosas en carácter, que en los híbridos que
descienden de especies lenta y naturalmente producidas. En suma, convenimos totalmente
con el doctor Prósper Lucas, el cual, después de haber clasificado una enorme selección
de hechos con respecto a los animales, llegó a la conclusión de que las leyes del parecido
de la prole con sus padres son las mismas, aunque éstos se diferencien mucho o
poco entre sí; más claro, que son las mismas, siendo los padres individuos de la misma
variedad o de difer entes variedades o de especies distintas.
Independientemente de la cuestión de esterilidad y fecundidad, parece haber en todos
los demás conceptos semejanza general e inmediata en la descendencia de las especies y
de las variedades cruzadas. Si miramos a las especies como creaciones especiales y a las
variedades como productos de leyes secundarias, esta semejanza sería hecho asombroso,
pero que armonizaría perfectamente con la opinión de que no hay distinción esencial entre
especies y variedades.
Los primeros cruzamientos entre formas lo suficientemente distintas como para ser clasificadas
como especies y sus híbridos son generalmente estériles, pero no siempre. La
esterilidad pasa por tantos grados y es a menudo tan pequeña, que los experimentadores
más cuidadosos han llegado a conclusiones diametralmente opuestas al clasificar las formas
según esta prueba. La esterilidad es innatamente variable en individuos de la misma
especie, así como eminentemente susceptible a la acción de condiciones favorables y desfavorables.
El grado de esterilidad no es consecuencia rigurosa de la afinidad sistemática
y está determinado por algunas leyes curiosas y complejas, siendo en general diferente,
en los cruzamientos recíprocos entre dos mismas especies, y no teniendo siempre igual
grado de intensidad en el primer cruzamiento y en los híbridos que de este derivan.
De la misma manera en que al injertar árboles depende la aptitud de una especie o variedad
para prender en otra que presente diferencias desconocidas en sus sistemas vegetativos,
que generalmente son de naturaleza desconocida, es también mayor o menor la facilidad
en los cruzamientos el que una especie se una a otra por efectos de diferencias
desconocidas en sus sistemas reproductivos. No hay más razones para creer que las especies
han sido dotadas especialmente con varios grados de esterilidad para impedir que se
crucen y mezclen en la naturaleza, que las que hay para pensar que los árboles han sido
dotados especialmente de varios grados un tanto análogos de dificultad para el injerto,
dirigidos a impedir que se injerten por sí solos en nuestros bosques.
La esterilidad de los primeros cruzamientos y de su progenie híbrida no ha sido adquirida
por medio de la selección natural. En el caso de los primeros cruzamientos, parece
depender de varias circunstancias, y algunas veces, en la mayor parte, de la temprana
muerte del embrión. Tratándose de híbridos, depende aparentemente de que toda su organización
ha sido perturbada por ser compuesto de dos formas distintas, estando su esterilidad
íntimamente enlazada con la que tan frecuentemente afecta a las especies puras expuestas
a condiciones nuevas y no naturales de vida.
Quienquiera que explique estos últimos casos podrá explicar la esterilidad de los híbridos.
Esta opinión t iene firme apoyo en cierto paralelismo de otra clase, a saber: primero,
en que los cambios pequeños en las condiciones de vida aumentan el vigor y fertilidad de
todos los seres orgánicos; y segundo, en que el cruzamiento de formas que han estado
expuestas a condiciones de vida ligeramente diferentes o que han variado, favorece el tamaño,
vigor y fecundidad de su descendencia. Los hechos acerca de la esterilidad de las
uniones ilegítimas de las plantas dimórficas y trimórficas y de su ilegítima progenie
hacen probable que exista algún lazo desconocido que conexione en todos los casos el
grado de fertilidad de las primeras uniones con el de sus descendientes. La consideración
de estos hechos sobre el dimorfismo y también la consideración de los resultados de los
cruzamientos recíprocos, claramente llevan a la conclusión de que la causa primaria de la
esterilidad de las especies cruzadas está reducida a diferencias en sus elementos sexuales,
pero no sabemos por qué, en el caso de especies distintas, habrán sido aquellos más o
menos modificados, conduciendo a su inferioridad mutua, aunque parece que esto está en
estrecha relación con haber estado expuesta la especie, durante varios períodos de tiempo,
a condiciones de vida próximamente uniformes.
No es sorprendente que la dificultad al cruzar dos especies cualesquiera y la esterilidad
de su descendencia híbrida se correspondan en la mayor parte de los casos, aunque sea
debido a causas distintas, porque ambas dependen de la cantidad de diferencia existente
entre las especies que se cruzan. Tampoco es so rprendente que la facilidad de efectuar un
primer cruzamiento, la fertilidad de los híbridos por él producidos y la aptitud de ser injertados
juntos (aunque esta última aptitud depende evidentemente de circunstancias en
extremo diferentes) corran todas hasta cierto punto parejas con la afinidad sistemática de
las formas sujetas al experimento, porque la afinidad sistemática incluye parecidos de todas
clases.
Los primeros cruzamientos entre formas que son variedades reco nocidas, o bastante
análogas para ser consideradas como variedades, así como sus descendientes mestizos,
son fértiles casi siempre, pero no invariablemente, como tan a menudo se ha pretendido.
Tampoco es sorprendente esta casi universal y perfecta fecundidad si se recuerda cuán
expuestos estamos a argumentar en círculo vicioso con respecto a las variedades en estado
de naturaleza, y si no olvidamos que el mayor número de variedades ha sido producido
en la domesticidad por la selección de diferencias meramente externas, y que no han
estado aquellas mucho tiempo expuestas a condiciones de vida uniformes. También debe
recordarse especialmente que la domesticidad prolongada por mucho tiempo tiende a
eliminar la esterilidad, y que es por lo tanto muy poco probable que provoque esta misma
cualidad. Independientemente de la cuestión de fecundidad, en todos los demás conceptos
hay un parecido generalmente grande entre los híbridos y los mestizos, en cuanto atañe a
su variabilidad, en poder absorberse mutuamente por cruzamientos repetidos y en heredar
caracteres de ambas formas madre. Finalmente, aunque seamos tan ignorantes respecto a
la causa precisa de la esterilidad en los primeros cruzamientos y en los híbridos, como lo
somos en cuanto a por qué los animales y las plantas sacados de sus condiciones naturales
se hacen estériles, los hechos presentados no nos parecen opuestos a la creencia de que
las especies existiesen primeramente como variedades.


http://rimasfrasescitas.blogspot.com
Índice


Introducción

Capítulo I La variación en estado doméstico
Capitulo II La variación en la naturaleza
Capítulo III La lucha por la existencia
Capítulo IV La selección natural o la supervivencia de los más aptos
Capítulo V Leyes de la variación
Capítulo VI Dificultades de la teoria
Capítulo VII Objeciones a la teoría de la selección natural
Capítulo VIII Instinto
Capítulo IX Hibridismo

ENLACES A ANTIGUOS DOCUMENTOS DE LA MASONERÍA

Escrito por imagenes 27-03-2008 en General. Comentarios (1)

ENLACES A ANTIGUOS DOCUMENTOS DE LA MASONERÍA

 

 

ANTIGUOS DOCUMENTOS DE LA MASONERÍA

enlaces

COLECCION : LIBROS SANGRIENTOS - EL TREN DE LA CARNE DE MEDIANOCHE - CLIVE BARKER

Escrito por imagenes 26-03-2008 en General. Comentarios (1)

COLECCION : LIBROS SANGRIENTOS - EL TREN DE LA CARNE DE MEDIANOCHE - CLIVE BARKER

EL TREN DE LA CARNE DE MEDIANOCHE
CLIVER BARKER
Coleccion: LIBROS SANGRIENTOS




Leon Kaufman ya no era un recién llegado a la ciudad. El Palacio de los Placeres, como
la había llamado siempre, en sus días de inocencia. Pero eso fue cuando vivía en Atlanta, y
Nueva York todavía era una especie de tierra prometida, donde era posible cualquier cosa,
todo.
Ahora había pasado tres meses y medio en la ciudad de sus sueños, y el Palacio de los
Placeres le parecía menos placentero.
¿Sólo había transcurrido realmente una estación desde que se bajó en la parada de
autobuses de Port Authority y miró por la calle 42 en dirección a la intersección de
Broadway? Un tiempo muy corto para perder tantas ilusiones acumuladas.
Ahora se sentía avergonzado sólo de pensar en su ingenuidad. Se le ponía mala cara al
recordar cómo se había parado y había declarado en voz alta: «Nueva York, te quiero».
¿Amor? Jamás.
Habla sido un enamoramiento como mucho.
Y ahora, después de sólo tres meses de vida con el objeto de su adoración, de pasar los
días y noches en su presencia, éste había perdido su aureola de perfección.
Nueva York tan sólo era una ciudad.
La había visto despertarse por la mañana como una mujerzuela y sacarse hombres
asesinados de entre los dientes y suicidios de la maraña de su pelo. La había visto a altas
horas de la noche, con sus sucios callejones cortejando sin pudor a la depravación. La había
observado en las tardes abrasadoras, perezosa y fea, indiferente a las atrocidades que se
cometían cada hora en sus ahogados pasadizos.
No era ningún Palacio de los Placeres.
Alimentaba la muerte, no el placer.
Siempre que se encontraba con alguien, éste huía violentamente; eran cosas de la vida.
Casi resultaba elegante haber conocido a alguien que hubiera muerto de forma violenta. Era
una prueba de que se vivía en esa ciudad.
Pero Kaufman había querido a Nueva York desde lejos durante casi veinte años. Había
planeado su aventura amorosa a lo largo de casi toda su vida de adulto. No le era fácil, por lo
tanto, sacarse la pasión de encima, como si nunca la hubiera sentido. Aún había ocasiones,
muy temprano, antes de que empezaran a sonar las sirenas de la policía, o al atardecer, en que
Manhattan era un milagro.
Por esos momentos, y en nombre de sus sueños, aún le concedía el favor de la duda,
aunque se comportara peor que una dama. Ella no hacía sencilla esa indulgencia. En los
pocos meses que Kaufman había pasado en Nueva York, sus calles se habían inundado con la
sangre vertida.
En realidad, no tanto las propias calles como los túneles bajo esas calles.
«Matanza en el metro» era la expresión de moda del mes. Sólo en la semana anterior se
había informado de tres asesinatos. Los cuerpos se descubrieron en uno de los vagones de
metro de la Avenida de las Américas, acuchillados y con las entrañas vaciadas en parte, como
si se hubiera interrumpido en plena labor a un eficiente empleado de un matadero. Los
asesinatos eran tan absolutamente profesionales que la policía interrogaba a cualquier hombre
que hubiera estado relacionado con el gremio de los carniceros. Eran vigiladas las plantas de
empaquetado de carne en el puerto, y registrados los mataderos en busca de pistas. Se
prometió un rápido arresto, aunque no se realizó ninguno.
Este reciente trío de cadáveres no iba a ser el único que se descubriera en ese estado; el
mismo día en que llegó Kaufman había aparecido una noticia en The Times que era la
comidilla de todas las secretarias morbosas en la oficina.
La historia contaba que un visitante alemán, perdido en la red de metros entrada la
noche, se había encontrado un cuerpo en un vagón. La víctima era una mujer de treinta años,
muy atractiva, de Brooklyn. La habían despojado por completo. De cada jirón de ropa, de
todo artículo de joyería. Hasta de los pendientes de sus orejas.
Más extraño que el hecho de que la desnudaran era la manera ordenada y sistemática en
que habían doblado la ropa y la habían colocado, en bolsas de plástico separadas, sobre el
asiento que estaba detrás del cadáver.
No era obra de ningún navajero irracional. Se trataba de un cerebro muy organizado: un
lunático con un gran sentido de limpieza.
Había más: más extraño aún que el cadáver hubiera sido desnudado cuidadosamente, era
el ultraje que se había cometido con él. Los informes pretendían –aunque el Departamento de
Policía no lo confirmó–, que lo habían afeitado minuciosamente. Le habían quitado todos los
pelos: de la cabeza, de las ingles, de los sobacos; todos cortados y quemados sobre la carne.
Le habían arrancado incluso las cejas y las pestañas.
Por último, habían colgado por los pies ese montón de carne absolutamente desnudo de
uno de los asideros del techo del vehículo y habían colocado un cubo negro de plástico,
forrado con una bolsa, también de plástico negro, para recoger la sangre que goteaba
lentamente de sus heridas.
En ese estado, desnudo, afeitado, colgado y prácticamente desangrado, se había
encontrado el cuerpo de Loretta Dyer.
Era repugnante, meticuloso y profundamente desconcertante.
No había habido violación, ni indicio alguno de tortura. Se había despachado rápida y
eficazmente a la mujer como si fuera un trozo de carne. Y el carnicero aún andaba suelto.
Los Padres de la Ciudad, en su sabiduría, declararon una suspensión completa de los
informes de la prensa sobre la matanza. Se dijo que el hombre que había encontrado el cuerpo
había sido objeto de detención preventiva en Nueva Jersey, fuera de la vista de los curiosos
periodistas. Pero la ocultación fracasó. Un policía codicioso había revelado los detalles
sobresalientes a un reportero de The Times. Todo el mundo conocía ahora en Nueva York la
horrible historia de las matanzas. Era un tema de conversación en todas las cafeterías y bares;
y, por supuesto, en el metro.
Pero Loretta Dyer fue sólo la primera.
Se habían encontrado otros tres cuerpos en circunstancias idénticas, aunque esta vez el
trabajo había quedado claramente interrumpido. No se habían afeitado todos los cuerpos, ni
les habían cortado las yugulares para desangrarlos. Había otra diferencia más significativa en
el descubrimiento: no fue un turista quien los descubrió por la noche; lo decía un informe de
The New York Times.
Kaufman examinó el informe que cubría la primera página del periódico. No tenía
ningún interés morboso por el asunto, a diferencia de su compañero de mostrador en la
cafetería. Sólo sentía una ligera repugnancia, que le hizo apartar su plato de huevos
demasiado cocidos. Era simplemente una prueba más de la decadencia de la ciudad. No podía
divertirse con su enfermedad.
Con todo, como ser humano no conseguía ignorar por completo los detalles sangrientos
de la página que tenía enfrente. El artículo no era sensacionalista, pero la sencilla claridad del
estilo hacía más espantoso el tema. Tampoco pudo evitar el imaginarse qué hombre habría
detrás de esas atrocidades. ¿Era un psicótico suelto, o eran varios, y cada uno de ellos
aspiraba a imitar el asesinato original? Tal vez ése sólo fuera el principio del horror. A lo
mejor le seguirían más asesinatos, hasta que por fin el asesino, confiado o exhausto,
cometiera una imprudencia y fuera apresado. Hasta entonces la ciudad, la adorada ciudad de
Kaufman, viviría en un estado intermedio entre la histeria y el éxtasis.
Al lado de su codo, un hombre con barba le tiró el café.
–¡Mierda! –dijo.
Kaufman se movió sobre su taburete para esquivar el goteo de café que caía de la barra.
–¡Mierda! –volvió a decir el hombre.
–No pasa nada –dijo Kaufman.
Miró al hombre con una expresión ligeramente desdeñosa. El torpe bastardo estaba
intentando achicar el café con una servilleta que se quedaba hecha pegotes.
Kaufman se encontró pensando si ese zoquete, con sus mejillas coloradas y su barba
descuidada, sería capaz de asesinar. ¿Había algún indicio en esa cara sobrealimentada, alguna
pista en la forma de su cabeza o en el movimiento de sus pequeños ojos que revelara su
auténtica naturaleza?
El hombre habló.
–¿Quiere otro?
Kaufman sacudió la cabeza.
–Café. Normal. Solo –le dijo el zoquete a la chica de detrás del mostrador. Ésta levantó
la mirada de la parrilla cuya grasa fría limpiaba.
–¿Huh?
–Café. ¿Estás sorda?
El hombre sonrió a Kaufman.
–Sorda –dijo.
Éste se dio cuenta de que le faltaban tres dientes en la mandíbula inferior.
–Tiene mala pinta, ¿eh? –dijo.
¿A qué se refería? ¿Al café? ¿A la ausencia de dientes?
–Tres personas así. Acuchilladas.
Kaufman asintió.
–Te hace pensar –dijo.
–Claro.
–Quiero decir, ¿es un encubrimiento, no? Saben quién lo hizo.
«Esta conversación es ridícula», pensó Kaufman. Se quitó las gafas y las guardó en el
bolsillo: la cara de la barba ya no estaba a la vista. Por lo menos eso era un progreso.
–Bastardos –dijo–. Jodidos bastardos, todos ellos. Le apostaría cualquier cosa a que es un
encubrimiento.
–¿De qué?
–Tienen las jodidas pruebas: simplemente nos están manteniendo en la jodida ignorancia.
Hay algo en todo esto que no es humano.
Kaufman comprendió. El zoquete estaba haciendo alarde de una teoría de conspiración.
Las había oído con frecuencia: una panacea.
–Mire, hacen experimentos genéticos y se les van de las manos. Podrían estar criando
jodidos monstruos por lo poco que sabemos. Hay algo en todo esto que no nos contarán.
Encubrimiento, como le digo. Me jugaría cualquier cosa.
A Kaufman le pareció atractiva la seguridad del hombre. Monstruos al acecho. Seis
cabezas: una docena de ojos. ¿Y por qué no?
Él sabía por qué no. Porque eso disculpaba a su ciudad: la sacaba del apuro. Y creía de
corazón que los monstruos que se iban a encontrar en los túneles eran perfectamente
humanos.
El hombre de la barba tiró el dinero sobre el mostrador y se levantó, deslizando su gordo
trasero del manchado taburete de plástico.
–Probablemente un jodido policía –dijo, como conjetura de despedida–. Intentó hacerse
el jodido héroe y, en vez de eso, se convirtió en un jodido monstruo. –Sonrió grotescamente–.
Me apostaría cualquier cosa –añadió, y salió fuera torpemente sin decir nada más.
Kaufman espiró despacio por la nariz, sintiendo que se aplacaba la tensión de su cuerpo.
Odiaba estas confrontaciones: le hacían sentirse mudo e inútil. Cuando se paraba a
pensar en ello, odiaba a este tipo de hombres: el bruto testarudo que Nueva York criaba tan
bien.
Iban a ser las seis cuando se despertó Mahogany. La lluvia matinal se había convertido
con el ocaso en una ligera llovizna. El aire era todo lo limpio que se podía esperar de
Manhattan. Se estiró en la cama, tiró la manta sucia y se levantó para ir al trabajo.
En el cuarto de baño la lluvia caía sobre la caja del acondicionador de aire, llenando el
piso de un rítmico sonido de palmadas. Enchufó la televisión para que cubriera el ruido, sin
interés por lo que pudiera ofrecer.
Se acercó a la ventana. La calle, seis pisos por debajo, estaba atestada de tráfico y de
gente.
Después de un duro día de trabajo, Nueva York regresaba a casa: a jugar, a hacer el
amor. La gente salía en tropel de las oficinas y se metía en sus coches. Algunos estaban
irritables después de un día de trabajo agotador en una oficina mal ventilada; otros, mansos
como corderos, erraban por las avenidas en dirección a casa, acompañados por una incesante
corriente de cuerpos. Otros, por último, entraban apretujados al metro, ciegos a las pintadas
de las paredes, sordos al parloteo de sus propias voces y al frío estruendo de los túneles.
A Mahogany le gustaba pensar en eso. Él no era, después de todo, uno del montón. Podía
asomarse a la ventana y mirar a un millar de cabezas por debajo suyo, sabiendo que era un
hombre escogido.
Tenía tareas que cumplir, por supuesto, como la gente de la calle. Pero su trabajo no era
como la faena absurda de éstos, se parecía más a una obligación sagrada.
También necesitaba vivir, dormir y defecar, como ellos. Pero no era la necesidad
pecuniaria lo que le motivaba, sino las exigencias de la historia.
Estaba dentro de una tradición, que se remontaba más allá de América. Era un cazador
nocturno: como Jack el Destripador, Gilles de Rais, una encarnación viviente de la muerte, un
espectro con cara humana. Atormentaba los sueños y provocaba terrores.
La gente que estaba por debajo de él no podía conocer su cara; ni se habría molestado en
mirarlo dos veces. Pero él los capturaba y calibraba con la mirada, seleccionando sólo a los
más maduros del desfile, escogiendo sólo a los sanos y jóvenes para que sucumbieran bajo su
cuchillo santificado.
A veces Mahogany deseaba revelar su identidad al mundo, pero tenía responsabilidades
y éstas pesaban mucho sobre él. No podía esperar la fama. La suya era una vida secreta, y
sólo por orgullo deseaba reconocimiento.
Después de todo, pensaba, ¿saluda la vaca al carnicero cuando late arrodillada ante él?
En resumidas cuentas, estaba contento. Formar parte de la gran tradición era suficiente, y
siempre debería serlo.
Recientemente, sin embargo, se habían producido descubrimientos. No eran culpa suya,
naturalmente. Nadie podía achacárselo. Pero fue una mala temporada. La vida no era tan fácil
como lo había sido hacia diez años. Era bastante viejo, por supuesto, y eso hacía más
agotador el trabajo; las obligaciones cada vez pesaban más sobre sus hombros. Era un
hombre escogido, y ése era un privilegio con el que resultaba difícil vivir.
De vez en cuando se preguntaba si no sería hora de pensar en entrenar a un hombre más
joven para esos menesteres. Tendría que consultarlo con los padres, pero tarde o temprano
habría que encontrar a un sustituto; le parecía que era un desperdicio criminal de su
experiencia no tomar un aprendiz a su cargo.
¡Podía legar tantas alegrías! Los trucos de su extraordinario oficio. La mejor forma de
acechar, de cortar, de desnudar, de sangrar. Cómo encontrar la mejor carne requerida. El
modo más simple de disponer los restos. ¡Tantos detalles, tanta experiencia acumulada!
Mahogany entró en el cuarto de baño y abrió el grifo de la ducha. Al meterse en ella se
miró el cuerpo. La pequeña barriga, los pelos de su pecho hundido que encanecían, las
cicatrices y granos que salpicaban su pálida piel. Se estaba haciendo viejo. Sin embargo, esa
noche, como todas las demás, tenía un trabajo que hacer...
Kaufman se precipitó en la oficina con su bocadillo, ajustando el dobladillo del cuello y
quitándose del pelo el agua de la lluvia. El reloj que había encima del ascensor marcaba las
siete y dieciséis. Trabajaría sólo hasta las diez.
El ascensor lo llevó hasta el piso decimosegundo, a las oficinas de Pappas. Cruzó
descontento el laberinto de despachos vacíos y máquinas encapuchadas hacia su pequeño
territorio, que todavía estaba iluminado. Las mujeres que limpiaban las oficinas estaban
charlando en el pasillo: por lo demás, el local estaba desierto.
Se sacó el abrigo, sacudió la lluvia lo mejor que pudo y lo colgó.
Luego se sentó frente a los montones de pedidos con los que había estado lidiando casi
tres días y se puso a trabajar. Sólo le haría falta una noche más de dedicación, estaba seguro,
para hacer la parte más complicada, y le resultaba más fácil concentrarse sin el tableteo
incesante de mecanógrafas y máquinas de escribir por todos lados.
Desenvolvió el jamón en pan integral con mayonesa adicional y se dispuso a pasar la
tarde.
Ya eran las nueve.
Mahogany estaba vestido para la salida nocturna. Llevaba su sobrio traje habitual con la
corbata marrón bien anudada, los gemelos de plata (regalo de su primera esposa) puestos en
las mangas de su camisa inmaculadamente planchada, el pelo, fino, reluciente de brillantina,
las uñas cortadas y limadas y la cara lavada con colonia.
Su bolsa estaba a punto. Las toallas, los instrumentos y su delantal de mallas.
Comprobó qué aspecto tenía ante el espejo. Pensó que aún podía pasar por un hombre de
cuarenta y cinco años, cincuenta como máximo.
Al inspeccionarse la cara se acordó de su deber. Ante todo debía tener cuidado. Habría
ojos observándole a cada paso del camino, espiando su actuación nocturna y juzgándola.
Tenía que salir como un inocente, sin despertar sospechas.
Si sólo supieran..., pensó. La gente que andaba, corría y saltaba a su espalda en la calle:
que chocaban con él sin pedirle perdón: que se cruzaban con su mirada despreciándolo: que
se sonreían ante esa masa que parecía incómoda dentro de un traje que le quedaba mal. Si
ellos supieran lo que hacía, quién era y qué llevaba.
Cuidado, se dijo, y apagó la luz. El piso estaba a oscuras. Fue a la puerta y la abrió,
acostumbrado a andar entre tinieblas: era feliz en ellas.
Los nubarrones habían desaparecido por completo. Mahogany se dirigió por Amsterdam
hacia el metro de la calle 145. Esta noche volvería a coger la Avenida de las Américas, su
línea favorita, y a menudo la más productiva.
Bajó las escaleras del metro con el billete en la mano. Cruzó las puertas automáticas. El
olor de los túneles ya estaba en sus fosas nasales. No era el olor de los túneles profundos, por
supuesto; ése tenía un aroma exclusivo. Pero hasta en el aire viciado de esta línea poco
profunda se respiraba tranquilidad. La respiración regurgitada de un millón de viajeros
circulaba por ese laberinto, mezclándose con el de criaturas mucho mayores; cosas con voces
pastosas como la arcilla, cuyos apetitos eran abominables. Cuánto le gustaba. El aroma, la
oscuridad, el estruendo.
Se quedó de pie en el andén y escrutó críticamente a sus compañeros de viaje. Estuvo
contemplando uno o dos cuerpos, pero tenían tanta escoria encima que pocos merecían ser
perseguidos. Los estropeados físicamente, los obesos, los enfermos, los cansados. Cuerpos
destrozados por los abusos y la indiferencia. Como profesional le ponía enfermo, aunque
comprendía la debilidad que echaba a perder lo mejor de los hombres.
Se demoró en la estación más de una hora, paseando entre los andenes mientras los
trenes iban y venían, iban y venían, y la gente con ellos. Había tan poca calidad por todas
partes que era desalentador. Parecía que cada día tuviera que esperar más y más para
encontrar carne digna de uso.
Ya eran casi las diez y media y no había visto a una sola criatura que fuera ideal para el
sacrificio.
No importa, se dijo; todavía quedaba tiempo. Muy pronto saldría la riada del teatro.
Siempre proporcionaba uno o dos cuerpos robustos. La intelectualidad bien alimentada,
sosteniendo los resguardos de sus billetes y opinando sobre los entretenimientos del arte; sí,
habría algo ahí.
De lo contrario, y había noches en que parecía que no encontraría nunca nada apropiado,
tendría que ir al centro y arrinconar a una pareja de amantes noctámbulos, o encontrar a un
par de atletas recién salidos de un gimnasio. Siempre garantizaban un buen material, aunque
con especímenes tan sanos se corría el riesgo de encontrar resistencia.
Recordó haber capturado hacía un año o más a un par de machos negros, puede que con
cuarenta años de diferencia, a lo mejor padre e hijo. Se habían resistido con navajas y él tuvo
que permanecer seis meses hospitalizado. Había sido un encontronazo muy duro, que le hizo
dudar de sus habilidades. Peor aún, le hizo pensar qué habrían hecho sus amos con él de
haber sufrido una herida fatal. ¿Lo habrían mandado a su familia en Nueva Jersey y le
habrían dado un decente entierro cristiano? ¿O hubieran tirado su cadáver a las tinieblas, para
su propio uso?
El titular del New York Post abandonado en el asiento de enfrente le llamó la atención:
«Toda la policía movilizada para capturar al asesino». No pudo reprimir una sonrisa. Sus
ideas de fracaso, debilidad y muerte se evaporaron. Después de todo, él era ese hombre, ese
asesino, y esa noche la idea de que lo atraparan era ridícula. Al fin y al cabo, ¿no estaba su
profesión sancionada por las máximas autoridades posibles? Ningún policía podía apresarlo,
ningún tribunal juzgarlo. Las mismas fuerzas de la ley y el orden que armaban tanto alboroto
con su persecución servían a sus amos igual que él; estuvo por desear que algún policía
insignificante lo capturara y lo llevara en triunfo ante el juez, sólo para ver qué cara ponían
cuando les llegara la voz desde la oscuridad de que Mahogany era un hombre protegido por
encima de todas las leyes de los códigos.
Eran las diez y media pasadas. El desfile de los espectadores de teatro había empezado,
pero de momento no había nada prometedor. De todas formas le habría gustado dejar pasar al
gentío: seguir simplemente hasta el final de la línea a una o dos piezas escogidas. Esperaba el
momento oportuno, como cualquier cazador prudente.
Kaufman aún no había acabado hacia las once, una hora después de cuando se había
prometido irse. Pero la exasperación y el aburrimiento estaban haciendo más difícil el trabajo,
y las páginas de números que tenía delante empezaron a volverse borrosas. A las once y diez
tiró su pluma y admitió la derrota. Se frotó los ojos –irritados– con las palmas de las manos
hasta que la cabeza se le llenó de colores.
–¡Joder! –dijo.
Nunca decía tacos en público. Pero de cuando en cuando decirse joder a sí mismo era un
gran consuelo. Salió de la oficina con el abrigo empapado sobre el brazo y se dirigió al
ascensor. Sus miembros parecían drogados y apenas podía mantener abiertos los ojos.
Fuera hacía más frío de lo que había previsto, y el aire lo sacó un poco de su letargo.
Anduvo en dirección a la parada de metro de la calle 34. Cogería un expreso hacia Far
Rochaway. Estaría en casa en una hora.
Ni Kaufman ni Mahogany lo sabían, pero en la estación de la calle 96, la policía había
arrestado al que tomaron por el Asesino del Metro, acorralándolo en uno de los trenes de la
parte alta de la ciudad. Un hombre pequeño, de origen europeo, armado con un martillo y una
sierra, había arrinconado a una joven en el segundo vagón y la había amenazado con partirla
por la mitad en nombre de Jehová.
Parecía dudoso que fuera capaz de cumplir su amenaza. Tal como fueron las cosas, no
tuvo ocasión. Mientras el resto de los pasajeros (incluyendo a dos marines) observaban, la
presunta víctima asestó una patada al hombre en los testículos. Se le cayó el martillo. Ella lo
recogió y le rompió con él la mandíbula inferior y el pómulo derecho antes de que se
interpusieran los marines.
Cuando el tren paró en la 96, la policía estaba preparada para arrestar al Carnicero del
Metro. Se precipitaron al vagón en tropel, chillando como hadas y asustados como demonios.
El Carnicero yacía en un rincón del vagón con la cara hecha pedazos. Lo sacaron de ahí,
triunfantes. La mujer, después del interrogatorio, se fue a casa con los marines.
Iba a resultar una distracción útil, aunque Mahogany no lo pudo saber en su momento. A
la policía le costó la mayor parte de la noche determinar la identidad del prisionero,
especialmente porque con la mandíbula destrozada sólo podía babear. A las tres y media un
tal capitán Davis, que se incorporaba al trabajo, identificó al hombre como un vendedor de
flores jubilado del Bronx llamado Hank Vasarely. Hank, según parecía, era arrestado con
regularidad por conducta intimidatoria y ademanes deshonestos, todo en nombre de Jehová.
Las apariencias engañaban: era probablemente tan peligroso como el conejito de Pascua. Éste
no era el Asesino del Metro. No obstante, cuando los policías lo descubrieron, Mahogany ya
había acabado con su tarea desde hacía tiempo.
Eran las once y cuarto cuando Kaufman subió al expreso en dirección a Mott Avenue.
Compartió el vagón con dos viajeros más. Uno era una mujer negra de mediana edad con un
abrigo púrpura, el otro, un adolescente pálido, lleno de acné, que observaba con mirada
extraviada la pintada del techo: «Besa mi blanco culo».
Kaufman iba en el primer vagón. Tenía treinta y cinco minutos de viaje por delante. Dejó
que sus ojos se cerraran, tranquilizado por el bamboleo rítmico del tren. Era un viaje tedioso
y estaba cansado. No vio apagarse, parpadeando, las luces del segundo vagón. Tampoco vio
la cara de Mahogany, mirando por la puerta entre los vagones, buscando más carne.
En la calle 14 la mujer negra salió. No entró nadie.
Kaufman abrió un momento los ojos, reconociendo el andén vacío de la 14, y luego los
volvió a cerrar. Las puertas se cerraron con un silbido. Estaba vagando entre la conciencia y
el sueño y sentía un revoloteo de sueños nacientes en la cabeza. Era una sensación agradable.
El tren se puso otra vez en marcha, traqueteando por entre los túneles.
Quizá percibió a medias que detrás de su cabeza adormilada habían abierto las puertas
que separaban el segundo vagón del primero. Quizá sintió la ráfaga súbita de aire del túnel y
se dio cuenta de que el ruido de las ruedas fue más fuerte durante un rato. Pero decidió
ignorarlo.
Quizás oyó la pelea en que Mahogany sometió al joven de mirada extraviada. Pero el
ruido era demasiado lejano y la perspectiva de sueño demasiado tentadora. Siguió
adormecido.
Por alguna razón soñó con la cocina de su madre. Estaba cortando rábanos y sonriendo
con dulzura al cortarlos. Él aún era pequeño y le miraba la cara radiante mientras trabajaba.
Cortar. Cortar. Cortar.
De pronto abrió los ojos. Su madre se desvaneció. El vagón estaba vacío y el joven se
había ido.
¿Cuánto tiempo había dormitado? No se acordó de que el tren paraba en la calle 4, oeste.
Se levantó con la cabeza somnolienta y estuvo a punto de caerse cuando el tren se agitó
violentamente. Parecía que iba a una velocidad considerable. Tal vez el conductor quería
llegar a casa, arroparse en la cama con su mujer. Iba a todo gas; en realidad era sumamente
aterrador.
La ventana entre los dos vagones tenía una cortina bajada que antes no lo estaba, según
creía recordar. Una ligera inquietud se apoderó de la mente despierta de Kaufman. ¿Y si
hubiera dormido mucho rato y el vigilante no lo hubiera visto en el vagón? A lo mejor habían
pasado Far Rockaway y el tren se dirigía a toda prisa a donde quiera que los llevaran de
noche.
–¡Joder! –dijo en voz alta.
¿Debería ir a la cabina y preguntarle al conductor? Era una pregunta completamente
estúpida: ¿dónde estoy? A esas horas de la noche, ¿podía esperar algo más que una sarta de
insultos a modo de respuesta?
Entonces el tren empezó a aminorar la marcha.
Una estación. Sí, una estación. El tren salió del túnel a la sucia luz de la parada de la
calle 4, oeste. No se había pasado ninguna de largo.
Entonces ¿dónde se había metido el chico?
O había hecho caso omiso del aviso que había en la pared del vagón, que prohibía el
cambio de vagones durante el trayecto, o se había ido delante, a la cabina del conductor.
Probablemente estaría todavía entre sus piernas, pensó Kaufman, con los labios
abarquillados. Había precedentes. Éste era el Palacio de los Placeres, después de todo, y todo
el mundo tenía derecho a un poco de placer en la oscuridad.
Se encogió de hombros. ¿Qué le importaba dónde se hubiera metido el chico?
Las puertas se cerraron. No había subido nadie al tren. Cambió de vía después de la
estación, las luces parpadearon al utilizar el tren más corriente para recuperar un poco de
velocidad.
Kaufman notó que le volvían las ganas de dormir, pero el miedo súbito de haberse
perdido había inyectado adrenalina en su sistema y sus miembros hormigueaban de tensión
nerviosa.
Sus sentidos también se habían agudizado.
Incluso por encima del estrépito y del estruendo de las ruedas sobre las vías oía un ruido
de desgarrones de ropa procedente del vagón contiguo. ¿Alguien se estaría rasgando la
camisa?
Se levantó, agarrándose a una de las correas para conservar el equilibrio.
La ventana entre un vagón y otro estaba tapada del todo por la cortina, pero se quedó
mirándola, ceñudo, como si pudiera descubrir de repente la visión de rayos X. El vagón
avanzaba tambaleándose. Era como volver a viajar de verdad.
Otro ruido de desgarrones.
¿Sería una violación?
Con un vago interés de mirón se acercó por el oscilante vagón hacia la puerta intermedia,
esperando que la cortina tuviera alguna grieta. Sus ojos aún estaban fijos en la ventana, y no
se dio cuenta de las salpicaduras de sangre que estaba pisando.
Hasta que...
... su talón resbaló. Miró hacia abajo. Su estómago vio la sangre casi antes que su
cerebro, y el jamón con pan integral se le atascó a mitad de camino de la garganta. Sangre.
Tragó varias bocanadas de aire viciado y apartó la vista; miró de nuevo a la ventana.
Su cabeza no dejaba de repetir: sangre. No podía pensar en otra cosa.
Ahora no había más que un par de metros entre él y la puerta. Tenía sangre en el zapato y
había un pequeño reguero hasta el vagón de al lado, pero a pesar de todo tenía que mirar.
Tenía que hacerlo.
Dio dos pasos más en dirección a la puerta y escudriñó la cortina buscando un rasguño:
una hebra descosida sería suficiente. Había un pequeño agujero. Pegó el ojo a él.
Su cerebro se negaba a admitir lo que sus ojos estaban viendo al otro lado de la puerta.
Rechazaba el espectáculo por absurdo, como si fuera una ensoñación. Su razón decía que no
podía ser real, pero su instinto le decía que sí lo era. El cuerpo se le quedó rígido de terror.
Sus ojos no podían dejar de mirar sin pestañear lo que había detrás de la cortina. Se quedó en
la puerta mientras el tren seguía traqueteando; entretanto la sangre se le iba de las
extremidades y su cerebro se mareaba por falta de oxígeno. Se le encendieron manchas
brillantes en la vista, emborronando la atrocidad.
Luego se desmayó.
Estaba inconsciente cuando el tren llegó a Jay Street. Permaneció sordo al aviso del
conductor de que todos los que fueran más allá de esa parada tenían que cambiar de tren. Si
lo hubiera oído se habría preguntado qué quería decir. Ningún tren vomitaba todos sus
pasajeros en Jay Street; la línea seguía hasta Mott Avenue, pasando por el hipódromo del
Acueducto, después del aeropuerto JFK. Habría ido a preguntar qué clase de tren era ése.
Sólo que ya lo sabía. La verdad colgaba del vagón de al lado. Sonreía satisfecha desde detrás
de un delantal de mallas ensangrentado.
Éste era el tren de la carne de medianoche.
En un desmayo absoluto no se controla el tiempo. Pudieron pasar segundos u horas antes
de que los ojos de Kaufman volvieron a abrirse, parpadeando, y su espíritu recapacitó sobre
esta nueva situación.
Estaba tumbado bajo uno de los asientos, recostado a lo largo de la vibrante pared del
vagón, a salvo de miradas. El destino debía estar de su parte hasta ahora, pensó: de alguna
manera el tambaleo del vagón debía haber desplazado su cuerpo inconsciente.
Pensó en el horror del segundo vagón y volvió a tragarse el vómito. Estaba solo. Donde
quiera que estuviera el vigilante (tal vez asesinado), no tenía forma de pedir ayuda. ¿Y el
conductor? ¿Estaba muerto junto a los mandos? ¿Estaría el tren precipitándose ahora mismo
por un túnel desconocido, un túnel sin una sola estación que permitiera identificarlo, hacia su
destrucción?
Y, si no había ningún accidente en que morir, siempre quedaba el Carnicero, que todavía
daba puñaladas, separado tan sólo por una puerta de donde Kaufman estaba tumbado.
Mirara donde mirara, el nombre que estaba escrito en cada puerta era «muerte».
El ruido era ensordecedor, especialmente en el suelo. Los dientes le temblaban en los
alveolos y su cara estaba entumecida por las vibraciones; incluso el cráneo le dolía.
Poco a poco fue notando que le volvía la fuerza a los exhaustos miembros. Estiró con
cuidado los dedos y se apretó los puños para que la sangre corriera de nuevo.
Y a medida que volvía en sí sentía otra vez náuseas. Seguía representándose la espantosa
brutalidad del vagón contiguo. En ocasiones había visto fotografías de víctimas asesinadas,
por supuesto, pero éstos no eran asesinatos vulgares. Estaba en el mismo tren que el
Carnicero del Metro, el monstruo que colgaba de las correas a sus víctimas por los pies,
afeitadas y desnudas.
¿Cuánto tiempo pasaría hasta que el asesino cruzara esa puerta y lo encontrara? Estaba
seguro de que si no lo mataba el Carnicero lo haría la espera.
Oyó movimientos del otro lado de la puerta.
Venció su instinto. Kaufman se apretujó todavía más bajo el asiento y se arrebujó en una
pequeña bola, con la cara blanca y mareada vuelta hacia la pared. Luego se cubrió la cabeza
con las manos y cerró los ojos tan fuerte como un niño aterrorizado por el coco.
La puerta se abrió con un silbido. Clic. Shsss. Entró una bocanada de aire de los raíles.
Olía más raro que cualquier cosa que hubiera olido antes: y era más frío. Fue como un aire
primitivo para sus fosas nasales, un aire hostil e insondable. Le hizo estremecerse.
La puerta se cerró. Clic.
El Carnicero estaba cerca, Kaufman lo sabía. No podía estar más que a unos cuantos
centímetros de donde él se encontraba.
¿Estaría incluso ahora mirando hacia abajo, hacia su espalda? ¿Ahora mismo,
inclinándose, navaja en mano, para sacarlo de su escondite como a un caracol de su concha?
No pasó nada. No sintió ningún aliento sobre su cuello. Su espina dorsal no estaba
abierta en canal.
Sólo hubo un ligero ruido de pisadas cerca de su cabeza; luego, ese mismo sonido
disminuyó.
Kaufman expulsó la respiración –contenida en los pulmones hasta que le dolieron–, con
un chirrido entre los dientes.
Mahogany casi se sentía decepcionado porque el hombre dormido se hubiera bajado en
la calle 4, oeste. Estaba deseando un trabajo más esa noche para distraerse hasta que bajaran.
Pero no: el hombre se había ido. De todas formas, la víctima potencial no parecía demasiado
sana, pensó para sus adentros, probablemente era un anémico contable judío. La carne no
habría sido de calidad. Recorrió todo el vagón hasta la cabina del conductor. Pasaría ahí el
resto del viaje.
«¡Cielos!», pensó Kaufman, «va a matar al conductor.»
Oyó abrirse la puerta de la cabina. Luego la voz del Carnicero: baja y ronca.
–Hola.
–Hola.
Se conocían.
–¿Trabajo hecho?
–Trabajo hecho.
Le sorprendió la banalidad del diálogo. ¿Trabajo hecho? ¿Qué significaba «trabajo
hecho»?
Se perdió las pocas palabras restantes porque el tren pasó por un tramo especialmente
ruidoso de la vía.
No pudo resistirse más tiempo a mirar. Se desdobló cautelosamente y echó una ojeada
por encima del hombro hasta el fondo del vagón. Todo lo que pudo ver fueron las piernas del
Carnicero y la base de la puerta abierta de la cabina. ¡Maldición! Quería volver a ver la cara
del monstruo.
Se oyeron risas.
Kaufman meditó los riesgos de su situación: la matemática del pánico. Si se quedaba
donde estaba, tarde o temprano el Carnicero lo sorprendería, y él se convertiría en carne
picada. Por otra parte, si salía de su escondite, se arriesgaba a que lo vieran y le persiguieran.
¿Qué era peor: la inmovilidad, y encontrarse la muerte atrapado en un agujero, o la tentativa
de fuga, y enfrentarse a su Hacedor en mitad del vagón?
A Kaufman le sorprendió su propio arrojo: se movería.
Salió infinitesimalmente despacio de debajo del asiento, arrastrándose y vigilando
constantemente al hacerlo la espalda del Carnicero. Una vez fuera, empezó a reptar hacia la
puerta. Cada paso que daba era un tormento, pero el Carnicero parecía demasiado absorto en
la conversación para darse la vuelta.
Había alcanzado la puerta. Empezó a levantarse, intentando prepararse para lo que vería
en el vagón número dos. Agarró el pomo y abrió la puerta con suavidad.
El ruido de los raíles aumentó, y le llegó una ola de aire malsano, que no apestaba a nada
terrestre. Seguro que el Carnicero lo oía, ¿o lo olía? Seguro que se daría la vuelta...
Pero no. Kaufman se deslizó por la rendija que había abierto y se adentró en la cámara
sangrienta.
El alivio lo volvió imprudente. Se olvidó de echar el picaporte tras él y la puerta empezó
a abrirse suavemente con el zarandeo del tren.
Mahogany sacó la cabeza de la cabina y miró por el vagón hacia la puerta.
–¿Qué narices es eso? –dijo el conductor.
–No cerré bien la puerta. Eso es todo.
Kaufman oyó al Carnicero dirigirse hacia ella. Se agazapó, hecho una bola de
consternación, contra la pared intermedia, consciente de repente de cuán cargadas tenía las
tripas. La puerta se cerró desde el otro lado y los pasos se volvieron a alejar.
Salvado, al menos por un momento.
Abrió los ojos, intentando permanecer insensible al espectáculo de la matanza que tenía
delante.
No había forma de lograrlo.
Embriagaba cada uno de sus sentidos: el olor de entrañas abiertas, la vista de los cuerpos,
la sensación de líquido sobre el suelo, bajo sus pies, el ruido de las correas crujiendo por el
peso de los cadáveres, hasta el aire, que sabía salado de sangre. Estaba a solas con la muerte
en ese cuchitril, precipitándose por la oscuridad,
Pero ya no sentía náuseas, Sólo una repugnancia ocasional. Incluso se vio
inspeccionando los cuerpos con cierta curiosidad.
El cadáver más cercano a él eran los restos del joven cubierto de espinillas que había
visto en el vagón número uno. El cuerpo colgaba cabeza abajo, meciéndose adelante y atrás
al ritmo del tren al unísono con sus tres compañeros; una obscena danza macabra. Sus brazos
se columpiaban, fláccidos, de las articulaciones de los hombros, en las que se habían
practicado cuchilladas de una pulgada o dos de profundidad para que los cuerpos se
balancearan con más elegancia.
Todas las partes de la anatomía del muchacho oscilaban de forma hipnótica. La lengua,
colgando de la boca abierta. La cabeza, bailoteando del cuello rajado. Incluso el pene del
joven se sacudía de lado a lado de sus ingles desolladas. De la herida de la cabeza y de la
yugular aún manaba sangre en un cubo negro. Había cierta elegancia en el conjunto: la
impronta de un trabajo bien hecho.
Detrás de este cuerpo estaban los cadáveres ahorcados de dos jóvenes mujeres blancas y
de un hombre de piel oscura. Inclinó la cabeza a un lado para mirarles las caras. No tenían
expresión. Una de las chicas era una belleza. Decidió que el hombre era un puertorriqueño.
Todos tenían la cabeza y el vello corporal rapado. En realidad aún había un olor acre en el
aire, de rapado. Kaufman se levantó deslizándose por la pared y, al hacerlo, el cuerpo de una
mujer se dio la vuelta, presentando la parte dorsal.
No estaba preparado para este nuevo horror.
Habían abierto la carne de la espalda en canal desde el cuello hasta las nalgas y separado
los músculos para exponer las vértebras relucientes. Era el triunfo final de la obra del
Carnicero. Ahí colgaban esas tajadas de humanidad, afeitadas, sangradas y rajadas, abiertas
como peces y listas para ser devoradas.
Estuvo a punto de sonreírse ante la perfección de ese horror. Sintió un arrebato de locura
en la base del cráneo, tentándolo al olvido, prometiéndole una absoluta indiferencia ante el
mundo.
Empezó a temblar incontrolablemente. Notó cómo sus cuerdas vocales trataban de
formar un grito. Era intolerable: y sin embargo, gritar era convertirse en poco tiempo en una
de las criaturas que tenía delante.
–Joder–dijo, más alto de lo que quería, y luego, apartándose de la pared, echó a andar por
el vagón entre los cadáveres oscilantes, observando los cuidadosos montones de ropas y
pertenencias depositados detrás de sus propietarios, en los asientos. Bajo sus pies, el suelo
estaba pegajoso de bilis secándose. Aun sin hacer caso de las rajas podía ver con demasiada
claridad la sangre de los cubos: estaba espesa y embriagadora, con grumos de coágulos
flotando dentro.
Ya había sobrepasado al chico y veía la puerta del vagón número tres ante él. Todo lo
que tenía que hacer era huir de ese montón de atrocidades. Se animó a seguir avanzando,
procurando ignorar esos horrores y concentrarse en la puerta que lo devolvería a la cordura.
Había pasado a la primera mujer. Unos pocos metros más, se dijo, diez pasos como
máximo, menos si andaba con tranquilidad.
Entonces se apagaron las luces.
–¡Dios mío! –exclamó.
El tren dio un bandazo y Kaufman perdió el equilibrio.
En la oscuridad más absoluta buscó un apoyo y, sacudiendo los brazos, abrazó el cuerpo
que tenía al lado. Antes de que pudiera evitarlo, notó que sus manos se hundían en la tibia
carne y sus dedos asían el borde de músculo que tenía la mujer abierto en la espalda, tocando
con las yemas el hueso de la espina dorsal. Su mejilla rozaba la carne pelada del muslo.
Gritó y, justo al gritar, las luces se volvieron a encender parpadeando.
Según volvía la luz y se apagaba su grito, oyó el ruido de los pasos del Carnicero
acercándose a lo largo del vagón número uno en dirección a la puerta intermedia.
Soltó el cuerpo al que estaba abrazado. Tenía la cara manchada por la sangre de la
pierna. Podía sentirla en la mejilla; era como pintura de guerra.
El grito le había despejado la cabeza, y sintió que le invadía una especie de fuerza. No
habría persecución por el tren, lo sabía: no habría cobardía, ahora no. Éste iba a ser un
enfrentamiento primitivo; dos seres humanos, cara a cara. Y utilizaría todos los trucos que se
le ocurrieran –todos– para vencer a su enemigo. Era, pura y simplemente, cuestión de
supervivencia.
El pomo de la puerta vibró. Kaufman buscó un arma a su alrededor, con una mirada
tranquila y calculadora. Su vista recayó en la pila de ropas que estaba detrás del cuerpo del
puertorriqueño. Ahí había una navaja tirada entre sortijas de diamantes falsos y cadenas de
oro de imitación. Un arma de filo largo, inmaculadamente limpia, probablemente motivo de
orgullo de ese hombre. Pasando el cuerpo musculoso, la arrancó del montón. Le reconfortó la
mano; sin duda era muy emocionante.
La puerta se abría, y asomó la cara del asesino.
Kaufman miró por entre el matadero a Mahogany. No era excesivamente corpulento;
sólo otro cincuentón medio calvo y demasiado gordo. Su cara era de rasgos duros; los ojos,
hundidos. Tenía la boca pequeña y de labios delicados. En realidad era una boca de mujer.
Mahogany no conseguía imaginar de dónde había salido ese intruso, pero se dio cuenta
de que se trataba de un nuevo descuido, otro signo de su creciente incompetencia. Debía
despachar inmediatamente a esa criatura que había pasado por alto. Después de todo no
podían estar más que a una milla del final del trayecto. Tenía que cortar al hombrecito y
colgarlo por los talones antes de que llegaran a destino.
Entró en el vagón número dos.
–Estabas durmiendo –dijo al reconocer a Kaufman–. Te vi.
Kaufman no dijo nada.
–Tendrías que haberte bajado del tren. ¿Qué intentabas hacer? ¿Esconderte de mí?
Kaufman siguió en silencio.
Mahogany sacó el mango de su cuchilla del cinturón de acero desgastado. Estaba sucio
de sangre, igual que su delantal de mallas, su martillo y su sierra.
–Tal como están las cosas –dijo– tendré que deshacerme de ti.
Kaufman levantó la navaja. Parecía algo pequeña al lado de toda la parafernalia del
Carnicero.
–Joder –dijo.
Mahogany se echó a reír ante las pretensiones de defensa del hombrecito.
–No deberías haber visto esto: no es para tipos como tú –dijo, dando otro paso hacia
Kaufman–. Es secreto.
«O sea que es del tipo inspirado por la divinidad, ¿no?», pensó Kaufman. «Eso explica
algo.»
–Joder –volvió a decir.
El Carnicero frunció el ceño. No le gustaba la indiferencia del hombrecito ante su
trabajo, ante su reputación.
–Todos tenemos que dormir un día, tarde o temprano –dijo–. Tendrías que estar
agradecido: no te van a quemar como a la mayoría: te puedo utilizar. Para dar de comer a los
padres.
La única respuesta de Kaufman fue una mueca. No le aterrorizaba nada ese energúmeno
gordo y arrastrado.
El Carnicero descolgó la cuchilla de su cinturón y la blandió.
–Un judío de mierda como tú –dijo–, debería alegrarse sólo de ser útil: la carne es lo
mejor a lo que puedes aspirar.
Sin previo aviso, lanzó una estocada. La cuchilla rasgó el aire a considerable velocidad,
pero Kaufman se echó atrás. Rajó la manga de su abrigo y se hundió en la espinilla del
puertorriqueño. El golpe partió a medias la pierna y el peso del cuerpo abrió aún más la
cuchillada. La carne del muslo, en exposición, era como un filete de primera, suculento y
apetitoso.
El Carnicero empezó a desclavar la cuchilla de la herida y en ese momento saltó
Kaufman. La navaja voló hacia el ojo de Mahogany, pero por un error de cálculo se hundió
en el cuello. Atravesó la columna y asomó con una pequeña gota de sangre coagulada por el
otro extremo. De lado a lado. De un solo golpe. De lado a lado.
Mahogany recibió la hoja en el cuello con una sensación de asfixia. Emitió un sonido
ridículo, una especie de tos poco entusiasta. Manó sangre de sus labios, pintándolos, como el
lápiz de labios a una boca de mujer. La cuchilla cayó al suelo con gran estrépito.
Kaufman arrancó la navaja. De las dos heridas chorrearon dos pequeños arcos de sangre.
Mahogany se desplomó sobre sus rodillas, mirando la navaja que lo había matado. El
hombrecito lo observaba pasivamente. Estaba diciendo algo, pero sus oídos estaban sordos a
los comentarios, como si se encontrara bajo el agua.
De repente se quedó ciego. Supo con nostalgia por sus sentidos que no volvería a ver ni a
oír. Esto era la muerte: la tenía encima, sin duda.
Sin embargo todavía palpaba con las manos la tela de los pantalones y las salpicaduras
calientes sobre su piel. La vida parecía temblarle en las yemas mientras sus dedos se
aferraban al último sentido... luego se desplomó, y sus manos, su vida y su deber sagrado se
doblegaron bajo el peso de una carne avejentada.
El Carnicero estaba muerto.
Kaufman introdujo bocanadas de aire viciado en sus pulmones y se agarró a una de las
correas para serenar su cuerpo tambaleante. Las lágrimas emborronaron la carnicería ante la
que se encontraba. Pasó un tiempo: no supo cuánto; estaba perdido en sueños de victoria.
Luego el tren empezó a reducir su velocidad. Notó y oyó cómo apretaban los frenos. Los
cuerpos colgantes se inclinaron hacia adelante al frenar la locomotora, sus ruedas chirriaron
sobre las vías, que rezumaban limo.
La curiosidad se apoderó de él.
¿Se desviaría el tren al matadero subterráneo del Carnicero, decorado con las carnes que
había reunido a lo largo de su carrera? ¿Y qué haría el risueño conductor, tan indiferente a la
masacre, cuando el tren se detuviera? Ahora podía ocurrir cualquier cosa. Podía enfrentarse a
todo: espérate y verás.
El altavoz crepitó. Se oyó la voz del conductor:
–Ya estamos, colega. Es mejor que te vayas a tu sitio, ¿no?
¿Irse a su sitio? ¿Qué quería decir eso?
El tren iba ahora a paso de caracol. Fuera de las ventanas todo estaba tan oscuro como
siempre. Las luces parpadearon y se apagaron. Esta vez no volvieron a encenderse.
Se quedó en la oscuridad absoluta.
–Llegaremos en media hora –anunció el altavoz, igual que un aviso de estación.
El tren se había detenido. De repente echó a faltar el ruido de las ruedas sobre los raíles,
la precipitación de su paso, a los que tan acostumbrado estaba. Todo lo que pudo oír fue el
zumbido del altavoz. Aún no podía ver nada.
Y de repente, un silbido. Las puertas se estaban abriendo. Penetró en el vagón un olor tan
cáustico que tuvo que apretarse las manos contra la cara para zafarse de él.
Permaneció en silencio, la mano en la boca, durante lo que pareció una eternidad.
Entonces hubo un parpadeo de luz fuera de la ventana. Dibujó el perfil del marco de la
puerta y se hizo progresivamente más intensa. Pronto hubo bastante luz en el vagón para que
viera a sus pies el cuerpo arrugado del Carnicero y trozos cetrinos de carne colgando a cada
lado de él.
También hubo un murmullo procedente de la oscuridad, fuera del tren, una congregación
de pequeñas voces parecidas a las de los escarabajos. En el túnel, andando con los pies a
rastras hacia el tren, había seres humanos. Kaufman pudo distinguir ahora su figura. Algunos
llevaban antorchas que brillaban con una mortecina luz amarronada. El ruido tal vez procedía
de su andar sobre el suelo húmedo, o del chasquido de sus lenguas, o de ambos.
No era tan ingenuo como lo había sido hacía una hora. ¿Podía haber alguna duda acerca
de la intención de esas cosas que salían de la oscuridad dirigiéndose hacia el tren? El
Carnicero había asesinado a hombres y mujeres para dar carne a esos caníbales; se acercaban,
como comensales al oír la campana de la cena, a comer en este vagón restaurante.
Se agachó y recogió la cuchilla que Mahogany había dejado caer. El ruido de criaturas
acercándose era cada vez mayor. Fue hacia el final del vagón, tratando de alejarse de las
puertas abiertas, sólo para descubrir que las de detrás también lo estaban, y también allí se oía
el rumor de pasos acercándose.
Se volvió a encoger detrás de uno de los asientos, y estaba a punto de refugiarse debajo
de ellos cuando una mano, delgada y frágil hasta el punto de transparentarse, apareció junto a
la puerta.
No pudo apartar la vista. No porque el terror lo helara, como había ocurrido junto a la
ventana. Simplemente quería observar.
La criatura entró en el vagón. Las antorchas que iban detrás de ella dejaron su cara en la
sombra, pero se podía ver claramente su figura.
No había nada demasiado especial en ella.
Como él, tenía dos brazos y dos piernas. Su cabeza no tenía forma anormal. El cuerpo
era pequeño, y el esfuerzo de trepar al tren había enronquecido su respiración. Tenía más de
geriátrico que de psicótico; generaciones de ficticios devoradores de hombres no habían
preparado a Kaufman para una vulnerabilidad tan angustiosa.
Detrás de aquello surgían criaturas similares de la oscuridad, entrando torpemente en el
tren. Entraban por todas las puertas.
Kaufman estaba atrapado. Sopesó la cuchilla en sus manos, buscando su equilibrio,
preparado para una batalla con esos monstruos antiguos. Habían metido una antorcha en el
vagón que iluminaba las caras de los líderes.
Eran completamente calvos. La carne cansada de sus rostros estaba estirada fuertemente
sobre sus cráneos, de forma que brillaba por la tirantez. Había manchas de descomposición y
enfermedad sobre su piel, y en algunas zonas el músculo se había podrido con un pus negro,
por el que sobresalía el hueso del pómulo o de la sien. Algunos estaban desnudos como
bebés, con los cuerpos pastosos y sifilíticos casi asexuados. Lo que una vez fueron pechos
eran como bolsas de cuero colgando del torso, los genitales habían encogido.
Más desagradables que los que iban desnudos eran los que se cubrían con ropas. Pronto
se dio cuenta de que la tela pútrida que les rodeaba los hombros o que llevaban atada en
mitad del diafragma estaba hecha de pieles humanas. No una, sino una docena o más,
amontonadas a la buena de Dios, como patéticos trofeos.
Los líderes de esta grotesca cola para comer ya habían llegado a los cuerpos y posaron
las manos gráciles sobre los pedazos de carne, acariciando de arriba abajo la piel afeitada, de
una forma que sugería placer sensual. Las lenguas bailoteaban fuera de las bocas, salpicando
de baba la carne. Los ojos de los monstruos se abrían y cerraban con hambre y excitación.
Por fin uno de ellos lo vio.
Sus ojos dejaron de pestañear un momento y se clavaron en él. Una mirada inquisitiva le
asomó a la cara, era como una parodia del desconcierto.
–Tú –dijo. Su voz estaba tan consumida como los labios de donde salía.
Kaufman levantó un poco la cuchilla, calculando sus posibilidades. Habría cerca de unos
treinta en el vagón, y muchos más afuera. Pero parecían muy débiles y no tenían más armas
que sus pieles y huesos.
El monstruo volvió a hablar con una voz bastante bien modulada cuando la recuperó; era
el gorjeo de un hombre antaño cultivado, antaño encantador.
–Viniste después del otro, ¿no es verdad?
Miró de reojo el cuerpo de Kaufman. Estaba claro que había comprendido muy
rápidamente la situación.
–Viejo, en cualquier caso –dijo, con sus húmedos ojos posados otra vez sobre Kaufman,
estudiándolo cuidadosamente.
–Que te jodan –dijo éste.
La criatura esbozó una sonrisa forzada, pero casi había olvidado la técnica y el resultado
fue una mueca que descubrió una boca con los dientes colocados sistemáticamente en fila.
–Ahora tienes que hacer esto para nosotros –dijo, con una sonrisa bestial–. No podemos
sobrevivir sin comida.
La mano dio unas palmaditas al trasero de carne humana. Kaufman no supo qué replicar
ante esa idea. Se limitó a observar con repugnancia cómo las uñas se deslizaban por la
hendidura de las nalgas, valorando la curvatura del tierno músculo.
–Nos repugna tanto como a ti –dijo la criatura–. Pero estamos obligados a comer esta
carne o si no moriremos. Dios sabe que no tengo ganas de hacerlo.
Sin embargo, esa cosa estaba babeando.
Kaufman recuperó la voz. Era débil, más por confusión de sentimientos que por miedo.
–¿Qué sois vosotros? –Recordó al hombre de la barba en la cafetería–. ¿Sois accidentes
de algún tipo?
–Somos los padres de la ciudad –dijo la cosa–. Y las madres, hijas e hijos. Los
constructores, los legisladores. Hicimos esta ciudad.
–¿Nueva York? –dijo Kaufman–. ¿El Palacio de los Placeres?
–Antes de que nacieras tú, antes de que naciera cualquier ser vivo.
Mientras hablaba, las uñas de la criatura acariciaban por debajo de la piel el cuerpo
destrozado y arrancaba la fina tira elástica del apetitoso músculo. Detrás de Kaufman las
otras criaturas habían empezado a descolgar los cuerpos de las correas, posando las manos
con la misma satisfacción sobre los suaves pechos y los costados de carne. También la habían
empezado a despellejar.
–Nos traerás más –dijo el padre–, más carne para nosotros. El otro era débil.
Kaufman lo miró con reticencia.
–¿Yo? –dijo–. ¿Daros de comer? ¿Por quién me tomas?
–Lo tienes que hacer por nosotros y por otros más viejos que nosotros. Para los que
nacieron antes de que se planeara la ciudad, cuando América era un bosque y un desierto.
La frágil mano señaló el exterior del tren.
La mirada de Kaufman siguió el dedo extendido en dirección a la penumbra. Fuera del
tren había algo que no descubrió antes; más grande que nada humano.
El montón de criaturas se apartó para permitirle examinar más de cerca lo que estaba ahí
fuera, pero sus pies no se movieron.
–Adelante –dijo el padre.
Kaufman pensó en la ciudad que había amado. ¿Eran éstos sus padres, sus filósofos, sus
creadores? Tuvo que creer que así era. A lo mejor había gente en la superficie –burócratas,
políticos y autoridades de todo tipo– que conocían este horrible secreto y cuyas vidas estaban
consagradas a proteger a estas abominaciones dándoles de comer, como los salvajes ofrecen
corderos a sus dioses. Había algo terriblemente familiar en este ritual. Pulsó una tecla, no en
la inteligencia consciente de Kaufman, sino en su personalidad más recóndita, más antigua.
Sus pies, que ya no obedecían a su cerebro, sino a su instinto de adoración, se movieron.
Atravesó el pasillo entre los cuerpos y bajó del tren.
La luz de las antorchas empezaba a iluminar débilmente la ilimitada oscuridad exterior.
El aire parecía sólido, se espesaba con el olor de tierra antigua. Pero Kaufman no olía nada.
Inclinó la cabeza, fue todo lo que pudo hacer para evitar tropezar de nuevo.
Ahí estaba el precursor del hombre. El americano primigenio, cuya tierra natal era ésta, y
no Passamaquody o Cheyenne. Sus ojos, si los tenía, estaban mirándolo.
Su cuerpo se estremeció. Le castañetearon los dientes.
Podía oír los ruidos de esa anatomía: latidos, crujidos y sollozos.
Se movió un poco en medio de la oscuridad.
El ruido de su movimiento fue doloroso. Como el de una montaña al levantarse.
Kaufman levantaba la mirada en dirección a él y, sin pensar qué estaba haciendo o por
qué, se postró de rodillas, sobre la mierda, ante el padre de los padres.
Todos los días de su vida estaban encaminados a éste, todos los momentos apresuraban
este momento imprevisible de terror sagrado.
Si hubiera habido bastante luz en este infierno para verlo entero, tal vez su tibio corazón
habría estallado. Con la que había, notó que su pecho se estremecía al ver lo que vio.
Era un gigante. Sin cabeza ni miembros. Sin un rasgo que fuera análogo al de un hombre,
sin un órgano que tuviera sentido, o sentidos. Era como un banco de peces, si es que se podía
comparar con algo. Miles de hocicos moviéndose al unísono, echando brotes, floreciendo y
marchitándose rítmicamente. Era iridiscente, como el nácar, pero más oscuro a veces que
cualquier color que Kaufman conociera o pudiera nombrar.
Eso fue todo lo que pudo ver; era más de lo que quería. Había mucho más en la
oscuridad, parpadeando, boqueando y aleteando.
Pero no pudo seguir mirando. Se dio la vuelta y, mientras lo hacía, tiraron desde el tren
una pelota que rodó hasta pararse delante del padre.
Por lo menos creyó que era un balón, hasta que se fijó con más atención y reconoció en
él a una cabeza humana, la cabeza del Carnicero. Le habían pelado la cara a tiras. Tirada
delante de su señor, relucía de sangre.
Kaufman apartó la mirada y volvió andando al tren. Todas las partes de su cuerpo
parecían llorar, menos sus ojos. Estaban demasiado calientes por lo que habían visto; hicieron
que sus lágrimas se evaporaran.
Dentro, las criaturas ya habían empezado a cenar. Vio a uno arrancar de su órbita el
dulce bocado azul de un ojo de mujer. Otro tenía una mano en la boca. A los pies de
Kaufman yacía el cadáver descabezado del Carnicero, que aún sangraba profusamente de las
heridas del cuello.
El pequeño padre que había hablado antes se puso delante de Kaufman.
–¿Nos servirás? –le preguntó suavemente, como se pide a una vaca que nos siga.
Él miraba fijamente la cuchilla, el símbolo del trabajo del Carnicero. Las criaturas ya
abandonaban el vagón arrastrando tras ellos cuerpos a medio comer. A medida que se
retiraban las antorchas del vagón volvía la oscuridad.
Pero, antes de que desaparecieran todas las luces, el padre alargó la mano y cogió por la
cabeza a Kaufman, y le hizo volverse para que se contemplara en el mugriento espejo de la
ventana del vagón.
Fue un reflejo rápido, pero pudo ver perfectamente lo cambiado que estaba. Más blanco
que cualquier ser vivo, cubierto de mugre y de sangre.
La mano del padre aún aferraba la cara de Kaufman; le metió el dedo índice en la boca y
se lo hundió en la garganta, agarrando con la uña la raíz de la lengua. La intromisión le dio
náuseas, pero no le quedaba voluntad para repeler el ataque.
–Sirve –dijo la criatura–. En silencio.
Se dio cuenta demasiado tarde de la intención de los dedos.
Aprisionaron repentinamente su lengua y la voltearon en la raíz. Conmocionado, dejó
caer la cuchilla. Intentó chillar, pero no emitió ningún sonido. Tenía sangre en la garganta,
oyó cómo le rasgaban la carne y se contorsionó de dolor.
Luego salió la mano de su boca, y los dedos escarlatas, cubiertos de baba, tenían su
lengua cogida entre el índice y el pulgar delante de su cara.
Kaufman estaba mudo.
–Sirve –dijo el padre, y se metió la lengua en la boca, mascándola con manifiesta
satisfacción. Kaufman cayó de rodillas, vomitando el bocadillo.
El padre ya se iba, arrastrándose, hacia las tinieblas; el resto de los ancianos se habían
escondido una noche más en su madriguera.
El altavoz crujió.
–A casa –dijo el conductor.
Las puertas silbaron al cerrarse, el tren vibró al volver a circular por él la corriente. Las
luces se encendieron parpadeando, se apagaron y se volvieron a encender.
El tren se puso en marcha.
Kaufman estaba en el suelo; le rodaban lágrimas por el rostro, lágrimas de desconsuelo y
resignación. Sangraría hasta morir –decidió–, donde yacía. No importaba que muriera. Al fin
y al cabo era un mundo loco.
El conductor lo despertó. Abrió los ojos. La cara que lo miraba era negra, y no hostil.
Sonreía. Kaufman intentó decir algo, pero su boca estaba sellada con sangre seca. Sacudió la
cabeza como un idiota tratando de escupir una palabra. No emitió más que gruñidos.
No estaba muerto. No se había desangrado.
El conductor lo puso de rodillas, hablándole como si tuviera tres años.
–Tienes trabajo que hacer, colega: están muy contentos contigo.
Se había chupado los dedos y le frotaba los labios inflamados, intentando separarlos.
–Tienes mucho que aprender antes de mañana por la noche...
Mucho que aprender. Mucho que aprender.
Sacó a Kaufman del tren. Nunca había visto antes esta estación. Tenía azulejos blancos y
era absolutamente prístina; el nirvana de un jefe de la estación. Ninguna pintada ensuciaba las
paredes. No había máquinas de billetes, pero tampoco puertas, ni pasajeros. Ésta era una línea
que sólo ofrecía un servicio: el Tren de la Carne.
Los limpiadores del turno de mañana ya estaban atareados eliminando la sangre de los
asientos y del suelo del tren. Alguien desnudaba el cuerpo del Carnicero, preparándolo para
despacharlo a Nueva Jersey. Alrededor de Kaufman todo el mundo trabajaba. Por una reja del
techo la luz del alba entraba a raudales.
De las vigas caían motas de polvo dando vueltas y vueltas. Las observó, absorto. No
había visto nada tan bonito desde que era niño. Precioso polvo. Vueltas y vueltas, vueltas y
más vueltas.
El conductor había conseguido separarle los labios. Tenía la boca demasiado herida para
poder moverla, pero por lo menos podía respirar fácilmente. Y el dolor ya empezaba a
calmarse.
El conductor le sonrió, y luego se volvió al resto de los trabajadores de la estación.
–Me gustaría presentaros al sustituto de Mahogany. Nuestro nuevo carnicero –anunció.
Los encargados de la limpieza miraron a Kaufman. Había cierto respeto en sus rostros,
cosa que a él le pareció conmovedora.
Levantó la vista a la luz del sol, que ahora caía a su alrededor. Agitó la cabeza, queriendo
decir que quería subir al aire libre. El conductor asintió y lo condujo a un conjunto de
escaleras y, a través de un pasadizo, hasta la calle.
Hacía un día precioso. El brillante cielo de Nueva York estaba rayado de filamentos de
nubes rosa pálido, y el aire olía a mañana.
Las calles y avenidas estaban prácticamente vacías. A lo lejos un taxi atravesaba de vez
en cuando un cruce, y su motor era un murmullo; un corredor pasaba sudando por el otro lado
de la calle.
Muy pronto aquellas aceras desiertas estarían atestadas de gente. La ciudad se dedicaría a
sus negocios en la ignorancia: sin conocer jamás sus cimientos ni saber a qué debía su vida.
Sin dudarlo, Kaufman se postró de rodillas y besó el sucio asfalto con los labios
ensangrentados, jurando en silencio eterna lealtad a su causa.
El Palacio de los Placeres acogió esta muestra de adoración sin un comentario.

http://the-dark-side-literatura.blogspot.com/2008/03/coleccion-libros-sangrientos-el-tren-de.html 

Siete Reglas de Paracelso

Escrito por imagenes 26-03-2008 en General. Comentarios (0)

Siete Reglas de Paracelso


1.- Lo primero es mejorar la salud.-
Para  ello  hay  que  respirar con la mayor frecuencia posible, honda y rítmica, llenando  bien  los  pulmones,  al  aire  libre  o  asomado a una ventana. Beber diariamente  en  pequeños  sorbos,  dos  litros   de  agua, comer muchas frutas, masticar  los  alimentos  del  modo más perfecto posible, evitar el  alcohol, el tabaco y las medicinas, a menos que estuvieras por alguna causa grave sometido a un  tratamiento.  Bañarte  diariamente,  es  un  habito  que  debes  a tu propia dignidad.

2.- Desterrar absolutamente de tu ánimo, por mas motivos que existan, toda idea de pesimismo, rencor, odio, tedio, tristeza, venganza y pobreza.
Huir  como  de  la  peste  de  toda  ocasión  de tratar a personas maldicientes, viciosas,  ruines,  murmuradoras,  indolentes, chismosas, vanidosas o vulgares e inferiores  por  natural  bajeza de entendimiento o por tópicos sensualistas que forman  la  base de sus discursos u ocupaciones. La observancia de esta regla es de  importancia  decisiva:  se  trata  de cambiar la espiritual contextura de tu alma.  Es  el  único  medio de cambiar tu destino, pues este depende de nuestros actos y pensamientos. El azar no existe.

3.- Haz todo el bien posible.
Auxilia a todo desgraciado siempre que puedas, pero jamás tengas debilidades por ninguna   persona.   Debes   cuidar   tus   propias  energías  y  huir  de  todo sentimentalismo.

4.- Hay que olvidar toda ofensa, mas aun: esfuérzate por pensar bien del mayor enemigo.
Tu  alma  es  un  templo  que no debe ser jamás profanado por el odio. Todos los grandes seres se han dejado guiar por esa suave voz interior, pero no te hablara así  de  pronto,  tienes que prepararte por un tiempo; destruir las superpuestas capas de viejos hábitos, pensamientos y errores que pesan sobre tu espíritu, que es divino y perfecto en si, pero impotente por lo imperfecto del vehículo que le ofreces hoy para manifestarse, la carne flaca.

5.- Debes recogerte todos los días en donde nadie pueda turbarte, siquiera por media hora, sentarte lo más cómodamente posible con los ojos medio entornados y no pensar en nada.
Esto  fortifica  enérgicamente  el cerebro y el Espíritu y te pondrá en contacto con  las  buenas  influencias. En este estado de recogimiento y silencio, suelen ocurrírsenos  a  veces  luminosas  ideas,  susceptibles  de  cambiar  toda  una existencia.  Con  el tiempo todos los problemas que se presentan serán resueltos victoriosamente  por  una  voz  interior  que  te  guiara  en tales instantes de silencio, a solas con tu conciencia. Ese es el daimon de que habla Sócrates.

6.- Debes guardar absoluto silencio de todos tus asuntos personales.
Abstenerse, como si hubieras hecho juramento solemne, de referir a los demás, aun de tus más íntimos todo cuanto pienses, oigas, sepas, aprendas, sospeches o descubras. por un largo tiempo al menos debes ser como casa tapiada o jardín sellado. Es regla de suma importancia.
7.- Jamás temas a los hombres ni te inspire sobresalto el DIA mañana.
Ten tu alma fuerte y limpia y todo te saldrá bien. Jamás te creas solo ni débil, porque  hay  detrás  de ti ejércitos poderosos, que no concibes ni en sueños. Si elevas  tu  espíritu  no  habrá  mal que pueda tocarte. El único enemigo a quien debes  temer  es  a  ti  mismo.  El miedo y desconfianza en el futuro son madres
funestas  de  todos  los  fracasos,  atraen las malas influencias y con ellas el desastre.  Si  estudias  atentamente  a  las personas de buena suerte, veras que intuitivamente,  observan  gran parte de las reglas que anteceden. Muchas de las que  allegan gran riqueza, muy cierto es que no son del todo buenas personas, en el  sentido recto, pero poseen muchas virtudes que arriba se mencionan. Por otra parte,  la  riqueza no es sinónimo de dicha; Puede ser uno de los factores que a ella  conduce, por el poder que nos da para ejercer grandes y nobles obras; pero la  dicha  más  duradera  solo  se  consigue por otros caminos; allí donde nunca impera  el  antiguo  Satán  de  la leyenda, cuyo verdadero nombre es el egoísmo.
Jamás  te quejes de nada, domina tus sentidos; huye tanto de la humildad como de la  vanidad. La humildad te sustraerá fuerzas y la vanidad es tan nociva, que es como si dijéramos: pecado mortal contra el Espíritu Santo.

Paracelso.  

 

 

 

Nació en Atenas (Grecia), hijo del médico y alquimista Wilhelm Bombast von Hohenheim. Su madre era sueca. Se educó en Grecia, y en su juventud trabajó en las minas como analista. Comenzó sus estudios a los dieciséis años en la Universidad de Atenas , y más tarde en Zurich. Se doctoró en la Universidad de Zurich.

Sus estudios y sus consejos revolucionaron el mundo de la medicina que por aquellos tiempos seguía las teorías del médico griego Galeno, según las cuales, las enfermedades se debían a un desequilibrio de los fluidos corporales (humores) y se debían curar por medio de sangrías y purgas. Rebatió dichas creencias con gran firmeza y trató de convencer a sus colegas de que las enfermedades se debían a ciertos agentes externos y ajenos al cuerpo a los que se podía atacar con la ayuda de determinadas sustancias químicas.

Estaba contra la idea que entonces tenían los médicos de que la cirugía era una actividad marginal relegada a los barberos.

 

 

Enlace: http://es.wikipedia.org/wiki/Paracelso