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INFIERNO - SOLAMENTE UNA TEORIA

Escrito por imagenes 25-03-2008 en General. Comentarios (1)

INFIERNO - SOLAMENTE UNA TEORIA

INFIERNO- ¿Negocio?





Satanás ha sido, con toda seguridad, el mejor amigo que la iglesia janás haya tenido, ya que él la ha mantenido en el negocio todos estos años. La falsa doctrina del Infierno y de el diablo ha permitido a las Iglesias protestantes y católicas prosperar du- rante todo este tiempo. Sin un diablo al cual señalar con el dedo, los religiosos orientados en lo que se llama el Camino de la Mano Derecha, o Sendero Diestro, no tendrían nada con qué amenazar y amedrentar a sus seguidores. "Satanás te guía a la tentación"; "Satanás es el príncipe del mal"; "Satanás es vicioso, cruel, brutal," dicen, a guisa de advertencia. "Si ceden a las tentaciones del diablo, seguramente sufrirán condenación eterna y se asarán en Infierno."
El significado semántico de Satanás es el de "adversario" u "oposición" o el de "acusador." La misma palabra "diablo" viene del indio "devi" que significa "dios." Satanás representa oposición a todo las religiones que sirven para frustrar y condenar al hombre por sus instintos naturales. Le ha sido dado un rol de malo simplemente porque representa los aspectos carnales, terrenales, y mundanos de vida. Satán REPRESENTA oposición a todas las religiones que sirven para condenar y frustrar al hombre de sus instintos naturales. A Satán le ha sido dado el papel de "malo" simplemente porque REPRESENTA los aspectos carnales, terrenales y mundanos de la vida.
Satanás, demonio por excelencia del Mundo Occidental, era originalmente un ángel cuyo deber era informar a Dios de los delitos e iniquidades humanas. No fue hasta el Siglo XIV que empezó a ser representado como una deidad maligna que era parte hombre y parte animal, con cuernos y cascos de cabra. Antes de que el Cristianismo le diera los nombres de Satanás, Lucifer, etc., la parte carnal de la naturaleza humana era regida por el dios llamado entonces Dionysus, o Pan, representado como un sátiro o fauno, por los griegos. Pan era originalmente el "el tipo bueno," y simbolizaba la fertilidad y fecundidad.
Siempre que una nación asuma una nueva forma de gobierno, los héroes del pasado se convierten en los villanos del pre- sente. Lo mismo sucede con la religión. Los primeros Cristianos creían que las deidades Paganas eran demonios, y utilizarlos era usar "magia negra." A los milagrosos eventos celestiales los llamaban "magia blanca"; ésta era la única distinción entre los dos. Los viejos dioses no murieron, pasaron al Infierno y se convirtieron en demonios. El coco, los duendes, o espíritus "salvajes" que eran empleados para asustar a los niños se derivan de varias creencias Eslavas sobre espíritus que habitaban en pantanos, la raíz eslava "Bog" significa "Dios" -los llamados Bogey(el Coco), goblins o boogaboos -lo mismo que la pala- bra hindú Bhaga, que en Hindú significa "dios".
Muchos placeres venerados antes del advenimiento del Cristianismo fueron condenados por la nueva religión. Se necesitó muy poco para transformar ¡los cuernos y pezuñas de Pan en un demonio más convincente! Los atributos de Pan podían transformarse fácilmente en los pecados con-castigo-incluido, y la metamorfosis quedaba completa.
La asociación de la cabra con el Diablo se encuentra en la Biblia Cristiana, donde el día más santo del año, el Día de la Expiación, era celebrado cargando de pecados a dos cabras "sin la mancha," una como ofrenda al Señor, y una a Azazel. La cabra que llevaba los pecados de las personas era arrojada al el desierto y se convertía en una "víctima propiciatoria." -es decir, chivo expiatorio. Éste es el origen de la cabra que todavía se usa en ceremonias de logias hoy en día tal como se solía hacer en Egipto, donde una vez al año era sacrificada a un Dios.
Los demonios de la humanidad son muchos, y sus orígenes muy diversos. La realización del ritual Satánico no abarca la invocación de demonios; esta práctica sólo es seguida por aquéllos que temen las fuerzas que ellos mismos conjuran.
Supuestamente, los demonios son espíritus malévolos con atributos que conducen a la perdición de las personas o eventos con los que tienen contacto. La palabra griega "demonio" significa un espíritu guardián o fuente de inspiración, y para asegurarse, los teólogos, inventaron más tarde legión tras legión de éstos heraldos de la inspiración - todos malvados.
Una indicación de la cobardía de "magos" del Camino de la Mano Derecha es la práctica de invocar un demonio particular (quién habría supuestamente de ser un favorito del diablo) para hacer lo que se le ordenase. El supuesto es que el demonio, estando el hechicero formidablemente "protegido" o dementemente temerario intentaría invocar al Diablo mismo.
El Satanista no llama furtivamente a éstos diablos "menores", sino que invoca descaradamente aquéllos que comandan ése ejército infernal de duradero ultraje -El Diablo en persona!
Como cabía esperar, los teólogos han catalogado algunos de los nombres de diablos en sus listas de demonios, como podría esperarse, quienes constituyen gran parte de los moradores del Palacio Real del Infierno .
Los diablos de las viejas religiones siempre han tenido, al menos en parte, características animales, lo cual es una prueba de la constante necesidad que el hombre tiene de negar que también él es un animal, pues si reconociera que lo es, sería tanto como asestarle un golpe poderoso a su ego empobrecido.
La mayoría se Satanistas no aceptan a Satán como un ser antropomórfico con pezuñas hendidas, una cola erizada de púas y con cuernos. Simplemente representa una fuerza de la naturaleza: los poderes de la oscuridad, o la fuerza oscura, a los que si se les llama así es meramente porque ninguna religión ha sacado esos poderes de la oscuridad. Tampoco la ciencia ha sido capaz de aplicarle una terminología técnica a esa fuerza. Es un depósito sin destapar, del cual muchas personas saben aprovecharse, porque carecen de la habilidad para utilizar un instrumento si previamente no lo fracturan y le ponen una etiquetaa todos los mecanismos que lo hacen funcionar. Es esta incesante necesidad de saberlo todo lo que impide que la mayoría de la gente logre beneficiarse de esa polifacética clave de lo desconocido, que los satanistas consideran conveniente llamar Satán.
Satán, como dios, semidiós, salvador personal, o como queramos llamarlo, fué inventado por los formuladores de toda religión sobre la faz de la Tierra para un único propósito: tener control sobre los llamados "pecados" del hombre aquí en la Tierra. En consecuencia, cualquier cosa que llevara a la gratificación física, mental o emocional fué definido como "malo" , asegurando así para la gran masa de creyentes, una vida de culpa garantizada.
De modo que, si de "malos" se nos ha conceptuado, malos somos.
¿Y qué?.
¿No nos encontramos en plena Edad Satánica?.
¿Por qué no aprovecharse de ello, ... y VIVIR?

EL SABUESO -- H. P. LOVECRAFT

Escrito por imagenes 25-03-2008 en General. Comentarios (1)

EL SABUESO -- H. P. LOVECRAFT

EL SABUESO
H. P. Lovecraft


Título Original: The Hound. 1922


En mis torturados oídos resuenan incesantemente un chirrido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano como el de un gigantesco sabueso. No es un sueño... y temo que ni siquiera sea locura, ya que son muchas las cosas que me han sucedido para que pueda permitirme esas misericordiosas dudas.

St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la índole de mi conocimiento es tal que estoy a punto de saltarme la tapa de los sesos por miedo a ser destrozado del mismo modo. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía vagabundea Némesis, la diosa de la venganza negra y disforme que me conduce a aniquilarme a mí mismo.

¡Que perdone el cielo la locura y la morbosidad que atrajeron sobre nosotros tan monstruosa suerte! Hartos ya con los tópicos de un mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su atractivo, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían terminar con nuestro insoportable aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.
Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad y el diabolismo de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en hacerse pesados, hasta que finalmente no quedó ante nosotros más camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y aventuras «personales». Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.

No puedo revelar los detalles de nuestras impresionantes expediciones, ni catalogar siquiera en parte el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que preparamos en la enorme casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico de neuróticos «dilettanti» habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces el aroma de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo oriental, y a veces —¡cómo me estremezco al recordarlo!— la espantosa fetidez de una tumba descubierta.

Alrededor de las paredes de aquella repulsiva estancia había féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno taxidermista, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas hornacinas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de descomposición. Allí podían encontrarse las podridas y calvas coronillas de famosos nobles, y las tiernas cabecitas doradas de niños recién enterrados.

Había allí estatuas y cuadros, todos de temas perversos y algunos realizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar un especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí mismo.

Las expediciones, en el curso de las cuales recogíamos nuestros nefandos tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más exquisita de expresión estética, y concedíamos a sus detalles un minucioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación del húmedo césped, destruían para nosotros la extasiante sensación que acompañaba a la exhumación de algún ominoso secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable. St. John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad.
¿Qué desdichado destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; los grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse con el descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de murciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los fosforescentes insectos que danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los olores a moho, a vegetación y a cosas menos explicables que se mezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún gigantesco sabueso al cual no podíamos ver ni situar de un modo concreto. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y los colmillos de un execrable animal.

Recuerdo cómo excavamos la tumba del vampiro con nuestras azadas, y cómo nos estremecimos ante el cuadro de nosotros mismos, la tumba, la pálida luna vigilante, las horribles sombras, los grotescos árboles, los murciélagos, la antigua capilla, los danzantes fuegos fatuos, los nauseabundos olores, la gimiente brisa nocturna y el extraño aullido cuya existencia objetiva apenas podíamos estar seguros.

Luego, nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en descubrir una enmohecida caja de forma oblonga. Era increíblemente recia, pero tan vieja que finalmente conseguimos abrirla y regalar nuestros ojos con su contenido.
Mucho —sorprendentemente mucho— era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque aplastado en algunos lugares por las mandíbulas de la cosa que le había producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, sugeridora de muerte, de bestialidad y de odio. Alrededor de la base llevaba una inscripción en unos caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo, como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable cráneo.

En cuanto echamos la vista encima al amuleto supimos que debíamos poseerlo; que aquel tesoro era evidentemente nuestro botín. Aun en el caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta que nos parecía algo familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y literatura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros reconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central. No nos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.

Apoderándonos del objeto de jade verde, dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado. Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagos descendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de
profanar, como si buscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.

Al día siguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para regresar a nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con seguridad.
Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas habitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada; de modo que en nuestra puerta resonaba muy raramente la llamada de un visitante.

Ahora, sin embargo, estábamos preocupados por lo que parecía ser un frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor de las puertas, sino también alrededor de las ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosa investigación no nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en una hornacina de nuestro museo, y a veces encendíamos una vela extrañamente aromada delante de él. Leímos mucho en el Necronomicon de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de las relaciones de las almas con los objetos que las simbolizan y quedamos desasosegados por lo que leímos.
Luego llegó el terror.

La noche del 24 de septiembre de 19... oí una llamada en la puerta de mi dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John le invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas se convirtió en una espantosa realidad.

Cuatro días más tarde, mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado la posibilidad que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando todas las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara precipitadamente, una rara mezcla de susurros, risitas entre dientes y balbuceos articulados. En aquel momento no tratamos de decidir si estábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones, fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían sido proferidos en idioma holandés.

Después de aquello vivimos en medio de un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a la teoría que estábamos enloqueciendo a causa de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces nos complacía más dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora demasiado frecuentes para ser contadas. Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de pisadas completamente imposibles de describir. Resultaban tan desconcertantes como las bandadas de enormes murciélagos que merodeaban por los alrededores de la casa en número creciente.

El horror alcanzó su culminación el 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algún espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta la casa y yo me había apresurado a dirigirme al terrible lugar: llegué a tiempo de oír un extraño aleteo y de ver una vaga forma negra siluetada contra la luna que se alzaba en aquel momento.

Mi amigo estaba muriéndose cuando me acerqué a él y no pudo responder a mis preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue susurrar:

—El amuleto..., aquel maldito amuleto...

Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte de carne lacerada.

Lo enterré al día siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que él había amado en vida. Y mientras pronunciaba la última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el marjal una ancha y nebulosa sombra que volaba de otero en otero, cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del amuleto de jade verde.

Temeroso de vivir solo en la antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y enterrar el resto de la impía colección del museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Victoria Embankment, vi que una sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría en atacarme a mí.

Al día siguiente empaqueté cuidadosamente el amuleto de jade verde y embarqué hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el objeto a su silencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de desvanecer la amenaza que pesaba sobre mi cabeza. Lo que pudiera ser el
sabueso, y los motivos para que me hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por primera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los acontecimientos subsiguientes, incluido el moribundo susurro de St. John, habían servido para relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en los abismos de la desesperación cuando, en una posada de Rotterdam, descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único medio de salvación.

Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañana leí en el periódico un espantoso suceso acaecido en el barrio más pobre de la ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda una familia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve, profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantesco sabueso.

Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo un dedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente de helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil y cesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes había profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado volando curiosamente alrededor del sepulcro.

No sé por qué había acudido allí, a menos que fuera para rezar o para murmurar dementes explicaciones y disculpas al tranquilo y blanco esqueleto que reposaba en su interior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación parcialmente mía y parcialmente de una voluntad dominante ajena a mí mismo. La excavación resultó mucho más fácil de lo que había esperado, aunque en un momento determinado me encontré con una extraña interrupción: un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamente en la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada. Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecida tapa.

Aquél fue el último acto racional que realicé.

Ya que en el interior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándome fijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados brillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron paso a un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde, eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en estallidos de risa histérica.
La locura cabalga a lomos del viento..., garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres..., la muerte en una bacanal de murciélagos procedentes de las
ruinas de los templos enterrados de Belial... Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.


F I N

ANTIFONA DEL FIN DEL MUNDO -- DIABOLIC TALES

Escrito por imagenes 25-03-2008 en General. Comentarios (2)

ANTIFONA DEL FIN DEL MUNDO -- DIABOLIC TALES



Antífona del Fin del Mundo (canto apocaliptico, o de revelacion)

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Antífona del Fin del Mundo
(o Sobre la Destrucción)
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"Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa reboza."

(Sal 22, 5)
***
"El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. (...)
***

Cuando el rey entró a saludar a los invitados, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los sirvientes: "Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes"."
(Mt 22, 2. 11-13)

***

En alguna de mis ya casi olvidadas travesías a latere de las plácidas tierras del estoico Séneca y del lírico Ovidio, estuve paseándome libremente por las antiguas bibliotecas, aparentemente ocultas y para muchos inexploradas, de las catacumbas cercanas a la basílica de Santa María la Mayor en Roma, al parecer utilizadas a manera de monasterio por monjes cistercienses de la cientificista orden de San Benito, quienes, al rededor del siglo XII o XIII anno Domini, muy probablemente hayan elegido éste como el perfecto lugar desde donde se idearía para el mundo entero el primer reloj mecánico de la humanidad; sin embargo mi misión y cometido al retomar mis apuntes y enarbolar la pluma, para imprimir mi banalmente erudita caligrafía, lejano me hallan de relatar no menos bizarras anécdotas conventuales, sino que muy por el contrario he decidido ser fiel, quien sabe si por última vez, a mi afán documental, factum por el que emprendo el arduo trabajo, difícil sin duda a la vista de mi lamentable estado físico, de llevar a cabo esta nimia tarea, aunque de modo aleatorio y menos frecuente he osado de llamarla monumental, sin duda alguna por los relatos que en ella se describen.
El pergamino fue hallado en la superior de las repisas, muy cercana a la osamenta de algún falso beato, una de tantas reliquias medievales seguramente, encerrado éste (o lo que quedaba de él) en la antes cristalina urna, que además contenía una vieja e ilegible inscripción, ahora tan manchada de polvo y telarañas, que estuve obligado a olvidarme del difunto hombre de Dios tan solo para que mi vista recayera, como atraída por el destino, sobre el texto que a mi relato involucra desde el inicio de los tiempos; se hallaba menos sucio que roído por los ratones, sin embargo no reparé en esforzarme para poder descifrar el oculto texto tras lo ceniciento y ennegrecido del borde superior derecho, indudable producto del fuego acaecido circa 1331 en su anterior morada, el ahora derruido castillo Wolenjscka en la región nor-oriental de los bosques de Oriana.
Para más detalles puedo decir que era atribuido a las visiones que se dice tuvo en Tagaste el reconocido padre de la iglesia, San Agustín de Hipona, aunque me permito dudar de dicha autoría ya que el latín utilizado en esta suerte de obra, entendible solo dentro del anticuado género literario del Apocalipsis, no corresponde sino a una forma propia al uso del idioma en su ya postrera manifestación, empleada mayormente en los escritos religiosos del medioevo tardío, por lo que no podría ser el patriarca más que un impostor, aquel quien con su sonoro "De Domini Legis qui Fraus et Servitus Luxis Mensibus et Carnisibus est" pretendía suplantar al santo.
Comienzo pues sin más demora y sponte sua a traducir este apócrifo documento sobre el fin del mundo y, porque no decirlo, del universo todo, del cosmos como hasta hoy (engañados) lo habríamos querido conocer. El título puede ser raudamente entendido como "Tratado sobre la Ley del Señor que es Fraude y Servidumbre de la Mente y de la Carne para con la Luz", aunque debo añadir también el menos pomposo, aunque no por ello insignificante subtítulo de "Apolión", vocablo del antiguo griego que deriva del hebreo "Abbadon", en castellano: DESTRUCCIÓN.
El texto comienza con una exhortación que muy posiblemente data de una fecha posterior a la conclusión en la escritura del documento principal, y que puede ser atribuida, sin lugar a dudas ya que su firma y sello se hallan tras este proemio, al desconocido Conde de Bella Ponte, quien sabe si algún execrable pseudo-ilustrado noble italiano, que queriendo imprimir su adusta letra sobre el mismo papel que utilizó el profeta, no tuvo mejor idea que destruir el histórico documento, cubriendo con vulgar tela de lino un antiguo y seguramente inestimable grabado, no solo por su valor pecuniario sino por la claridad y luces que hubiera aportado al entender del texto, pretendo decir que la inigualable estupidez del susodicho Conde nos ha negado la capacidad de descifrar el documento con la debida antelación, ahora resulta ya fútil toda interpretación, el turno le ha llegado a la muerte, los hechos hablan por si solos; muy a mi pesar recuerdo vagamente haber tratado de vislumbrar a trasluz dicha imagen, pero la gruesa piel de cordero sobre la que se inscribió la totalidad del texto no me lo permitía; sin embargo, y aunque lo juzgue de poca utilidad, copio a continuación, en su italiano original, el inicial exordio de Bella Ponte:
Gia non si puô ascoltare il dolce nome
[dos líneas ilegibles]
La riservata pace in nostro cielo.
Corrucciato ha sconfitto Dio le Home
[...ilegible...]
Che pianger sopra il ferro e la catena.
Conti di Bella Ponte
[firma y sello]
Lo que someramente puede ser interpretado como: "Ya no puedo hallar el dulce nombre (...) La reservada paz en nuestro cielo. Frunciendo el ceño Dios al Hombre (...) Que llorar sobre la cadena y el hierro". Como se puede observar, muy a la renacentista usanza de colocar a Dios en un mismo nivel que el común mortal, nótese bien que tanto Dio como Home se hallan escritos con mayúscula inicial. A partir de aquí, aunque ya lo mencioné anteriormente, entendemos un latín propio al uso eclesial de la época en que la lingua romanza tomaba fuerza en el secular mundo occidental; pretendo pues que mi arte poético sea dejado de lado, he intentado ser fiel a la metáfora original, aquello que debiera ser entendido no será empañado por el placer literario, este es un discurso cuyo análisis me atrevería a calificar de necesariamente presque scientifique:
"Hallábame yo presto al Río de la Amargura recostado, cuando sin previo aviso se apostó un luminoso ángel a mi costado, pero su luz no era como la de los hombres, vestía un traje de penetrante azabache, y de su boca surgían dagas de hierro fundido al calor de sus fauces, pude ver en su cráneo tres cuernos, el uno de oro, el otro de plata y el otro de fuego; su larga cabellera cubría los veinticuatro universos, y sus lenguas eran como de serpiente. Y fue el ángel que he descrito, quien agachándose sobre los siete mares susurró a mi oído las siguientes palabras: "escucha bien lo que digo, observa bien lo que hago, que allegados al final destino, no hallarán más que el amargo trago...", en eso interrumpió su discurso, y tras de sus relucientes sandalias de acero y bronce observé al Padre de las Naciones que me imploraba en tono imperativo, me dijo que describiese todo aquello que ante mis ojos se presente, y que plasme en mi libro, con pluma de plata y con mi propia sangre, los himnos que mis sentidos puedan entender, pero que ocultando luego mis verídicos relatos, Él mismo se encargaría de entregárselos a aquellos dignos...
[Aquí se nota claramente la mancha provocada por la quemadura producto del fuego, no puedo retomar el relato más que por partes, aunque debo sin embargo transcribir incluso las palabras inconclusas, ya que son ellas las que mejor guardan el secreto de la revelación].
El arma o (...) espada de fuego que me impregnaba con su silbido (...) aullando los feroces buitres de tres cabeza [o cabezas] (...) sus cuatro cuernos se asemejaban a los de Satanás (...) por donde luego se retornó al camino, y viendo que aquellos que escupían (...) sangre en la boca del profeta, lanzas que arrojaban azufre y sin (...) teniendo mucho cuidado de no tocar su armadura, anduve vagando entre los árboles que ante mi alma aparentaban ser antiguos espectros del inf... (...) Pude entonces entender el mensaje, la voz me llamó como el clamor de una trompeta, y supe recién a quien debí seguir desde el inicio, Dios y los suyos se hallaban frente a mi, sus vestiduras blancas brillaban con la luz de mil doscientos treinta y siete soles, pero mi ángel era entre todos conocido como Abbadón, el mensajero del fin del mundo.
Guiado por el heraldo de la destrucción, puede transitar por caminos hasta entonces desconocidos para el hombre, en tanto que del cuerno de oro de quien me conducía, se vio surgir un dragón similar a una serpiente, pero alado como el águila; el paisaje era hermoso ante mis humanos ojos, pero el ángel negro me anunciaba: "pronto las cristalinas fuentes de preciosas esculturas, erigidas en honor a aquel que reina en lo alto, se transformarán en ríos de sangre, de los labios de las bestias del campo se oirá el grito eterno y despiadado del enojo del Señor; las dulces melodías que hasta entonces hayan entonado las aves serán calladas para siempre, y lo único que quedará de este jardín seremos tu y yo, y el terrible monstruo, como el dragón que viste surgir de mi cuerno, que aguarda por nosotros bajo nuestros pies."
Y habiendo pronunciado esta profecía se desvaneció entre alaridos y una nube de azufre, es así que me encontré frente a una montaña conocida como el Haar-Meggido [o Armagedón], más grande que mil montañas juntas, y por cuyas faldas corrían cinco ríos, uno de ellos se asemejaba al río Estigia, otro al Eúfrates, el tercero parecía ser el Jordán, y de los otros dos no pude conocer sus nombres; sobre la cima se hallaba en ruinas la ciudad de Dios, sus murallas habían sido destrozadas por innumerables terremotos, y justo mientras observaba que las torres aun se mantenían en pie, la tierra se estremeció bajo mis pies, y lo que antes fue un pueblo ahora se transformaba en polvo, los cadáveres de nuestros ancestros se levantaron y huyeron, pero sus débiles huesos y pútridas carnes les impedían correr, entonces observé, en tanto que intentaba mantenerme en pie, cómo en lo profundo de la ladera en la que me hallaba se abría la tierra y del subsuelo brotaba una repugnancia verde, amarilla y roja, verde por la peste, amarilla por el hambre, y roja por la sangre derramada en las guerras.
Pude pues ver a los ojos del terrible monstruo, que aparecía de entre la repugnancia verde, amarilla y roja, acompañado de un ejercito de sesenta y siete jinetes, donde cada cual comandaba un regimiento de ocho mil millones de soldados; y en lo alto un ángel blanco y brillante como la luna hizo sonar una trompeta que entre tres estrellas se sostenía, la trompeta era de barro, pero adornada con esmeraldas, y sonaba como el clamor de miles de condenados, aunque esta vez sonó como el trueno, y a su sonido acudieron igual número de jinetes y soldados que los anteriores, pero estos vestían todos de blanco aunque sus armaduras eran de oro y estaban ensangrentadas; y de entre ambos ejércitos pude sentir que se formaba una ola de agua y sal como las del mar, pero dos mil veces mayor, y me salpicó en el rostro su espuma, y quemó mis ojos, por lo que no pude ver más, hasta que mi ángel, Abbadón, me tomó por la cintura y me elevó con sus alas por sobre el cerro llamado Meggido, y volvió a desvanecerse, sin embargo esta vez cuidó de mí, y me dejó como flotando, suspendido sobre el siniestro campo, entre los cielos y la tierra, en medio de la batalla final.
Del cielo caían, como lanzadas por la mano Jehová, miles de estrellas envueltas en llamas, y una de ellas tenía inscrito el nombre de Jerusalén y otra el de Babilonia; mientras tanto, el monstruo que surgió de la tierra bajo mis pies se lamentaba, porque al caer de las estrellas perdió dos tercios de sus legiones, y en ese mismo instante se hizo una terrible luz en el centro del firmamento, y no era el sol ni la luna sino que era como las dos luminarias juntas, y era llamado Hijo de Hombre, y en su frente estaba inscrito un número que no pude entender, y el Hijo de Hombre se burlaba de la Bestia, y con su espada de fuego y hielo la hirió de muerte en una de sus siete cabezas, y cayó muerta la Bestia, y de su cuerpo salían gusanos, y en sus cuernos se edificaron templos al Señor de los cielos, y de lo alto seguían cayendo bolas de fuego, que aunque pasaban por sobre mi y me atravesaban no provocaban daño alguno ni sobre mi piel ni en mi cuerpo.
Es entonces que de entre las tropas de la Bestia surgió un nuevo grito de guerra, y pude ver a mi ángel rugir como el león de Enoc, y sus alas de águila se transformaron en alas de buitre, y luego esgrimió la lanza del pecado contra el Cristo del cielo, y le traspasó el costado, es entonces que me entregó una cruz y tres clavos, y también una corona de espinas, y me dijo - "crucifícalo" - a lo que intente resistir negando mi apoyo, y el ángel insistió una vez más, - "crucifícalo" - escuche su voz, pero nada hice por obedecerle, me dejo entonces en libertad y empecé a caer, pero mi cuerpo no se destrozó en el suelo, sino que me sentí fortalecido, y viendo la valentía de los soldados de la Bestia, que a pesar de haber sido menguados en sus dos tercios, y ya muerta la Bestia, seguían atacando con todas sus fuerzas, y sentí entonces valor, pude ver que un par de alas, similares a las del murciélago, habían crecido en mi espalda, entonces lleno de ira remonte los aires en brutal embestida contra el Mesías del cielo, quien tras haber sido herido por Abbadón, aun nos escupía en la cara.
Lo miré de pie frente a mi, era del tamaño de los continentes, sin embrago me acerqué a su cabeza y arranqué la corona de espinas de su frente, en eso vi como su poder se reducía, pero no acababa de reír y me decía - "si Dios está conmigo, quien estará contra mi" - a lo que yo imbuido por el calor de la batalla le respondí - "nuestro ejercito es libre, y lucha por propia voluntad" - y diciendo esto bebí la sangre que manaba de la herida de su costado, y con mucho esfuerzo clave sus pies a la cruz, y luego ambas manos, es entonces que coloqué la corona de espinas, que mi ángel me había entregado, sobre su cráneo, y sus alas como de ángel y paloma se desprendieron de su dorso, y cayó su cuerpo al piso donde los esbirros de Satanás tallaron estas letras en su cruz: "Perdimos a nuestro padre, ahora recobramos a nuestro hijo", y arrojaron al Jesús a lo profundo del abismo, al lago de fuego y azufre, donde ardió eternamente.
Y las lanzas y flechas de los ángeles de la Bestia, revestidos ahora con negras armaduras de hierro y hielo, pudieron herir a la totalidad de ángeles del cielo, y los prístinos servidores de Jehová caían sobre los cinco ríos como cisnes heridos y muertos, y los ríos se transformaron en sectas que adoraban a la Bestia muerta, y los templos que se edificaron en honor al Señor de los cielos, sobre los cuernos de la Bestia, fueron destruidos por los gusanos de su descomposición, y de los ríos transformados en sectas surgían predicadores y profetas, y muchos de ellos se hacían llamar santos y herederos del trono, pero ninguno había sido marcado, por lo que ninguno podía reclamar la herencia, aunque su misión estaba siendo cumplida, ya que habían sido extendidos como semillas por el mundo para sembrar la confusión; y nadie supo nada, y nadie dijo nada, y ninguno de los habitantes del mundo pudo entender, se asemejaban ellos cada vez más a los cadáveres de nuestros ancestros que se levantaron y huyeron al conocer de la venida de Lucifer, sin embargo los huesos de los mortales no eran débiles ni pútridas sus carnes, sino que lo que les impedía correr eran sus mentes embotadas y nulas como las palabras de los profetas y predicadores que falsamente se hacían llamar herederos.
Pude ver que la ira de Dios se cernía sobre mi, y sin embargo me sentía tranquilo, el último de los ángeles, casi tan brillante como el Cristo condenado y llamado Miguel por sus tropas, me tomo al caer y me dio de beber de la copa de la sabiduría divina, que era amarga al paladar pero dulce como vino para el alma, es entonces que la cordura de mi espíritu me permitió ver, tras las más altas nubes del cielo, el trono del altísimo que se hallaba revestido de ébano y marfil pero que en verdad había sido tallado en mármol; el Padre de las Naciones emitió entonces un sonido como de tambores de guerra, aunque eran en realidad una y mil horrorosas carcajadas, a sus pies se hallaba recostado el guardián del cosmos, mitad perro y mitad lobo, tenía siete ojos, uno delante y seis detrás, pero sus ojos se hallaban cerrados, tenía además siete colas como de serpiente, y levantando el hocico para olerme, ladró con voz humana el siguiente himno - "grande es el Señor de los abismos, bienvenido al trono de su majestad, Satanás" - y el falso para los ciegos pero verdadero Jehová, me tomo de la mano derecha y la arrancó de mi brazo, luego me marcó en la frente y en el cuello con el título de Anti-Cristo, y mis alas como de murciélago se transformaron en cadenas para atar al guardián del cosmos, y con el can y las cadenas a mis espaldas me envió a predicar la verdad de la mentira por el mundo, ¡y a cosechar la destrucción con la hoz de la muerte!"

VARIOS CUENTOS -- FRANZ KAFKA

Escrito por imagenes 19-03-2008 en General. Comentarios (0)

VARIOS CUENTOS -- FRANZ KAFKA

VARIOS CUENTOS
FRANZ KAFKA



UN MENSAJE IMPERIAL

El Emperador, tal va una parábola, os ha mandado, humilde sujeto, quien sóis la insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje; el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un mensaje para vos únicamente. Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído. Luego, con un movimiento de cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante los congregados espectadores de su muerte -toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del Imperio- ante todos ellos, él ha mandado su mensaje. El mensajero inmediatamente embarca su viaje; un poderoso, infatigable hombre; ahora empujando con su brazo diestro, ahora con el siniestro, taja un camino al través de la multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita. Mas las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta.
Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última puerta del último palacio -pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder-, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus propios sedimientos. Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al caer la noche, y os lo imagináis, en sueños.


EL ZOPILOTE

Un zopilote estaba mordizqueándome los pies. Ya había despedazado mis botas y calcetas, y ahora ya estaba mordiendo mis propios pies. Una y otra vez les daba un mordizco, luego me rondaba varias veces, sin cesar, para después volver a continuar con su trabajo. Un caballero, de repente, pasó, echó un vistazo, y luego me preguntó por qué sufría al zopilote.
"Estoy perdido", le dije. Cuando vino y comenzó a atacarme, yo por supuesto traté de hacer que se fuera, hasta traté de estrangularlo, pero estos animales son muy fuertes... estuvo a punto de echarse a mi cara, mas preferí sacrificar mis pies. Ahora estan casi deshechos". "¡Véte tú a saber, dejándote torturar de esta manera!", me dijo el caballero. "Un tiro, y te echas al zopilote." "¿En serio?", dije. "¿Y usted me haría el favor?" "Con gusto," dijo el caballero, " sólo tengo que ir a casa e ir por mi pistola. ¿Se podría usted esperar otra media hora?" "Quién sabe", le dije, y me estuve por un momento, tieso de dolor. Entonces le dije: "Sin embargo, vaya a ver si puede... por favor". "Muy bien", dijo el caballero, "trataré de hacerlo lo más pronto que pueda". Durante la conversación, el zopilote había estado tranquilamente escuchando, girando su ojo lentamente entre mí y el caballero. Ahora me había dado cuenta que había estado entendiéndolo todo; alzó ala, se hizo hacia atrás, para agarrar vuelo, y luego, como un jabalinista, lanzó su pico por mi boca, muy dentro de mí. Cayendo hacia atrás, me alivió el sentirle ahogarse irretrocediblemente en mi sangre, la cual estaba llenando cada uno de mis huecos, inundando cada una de mis costas.


UNA PEQUEÑA FABULA

"Ay", dijo el ratón, "el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer".
"Sólamente tienes que cambiar tu dirección", dijo el gato, y se lo comió.



LA PARTIDA

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fuí al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. El no sabía nada, y escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: "¿A dónde va el patrón?" "No lo sé", le dije, "simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta". "¿Así que usted conoce su meta?", preguntó. "Sí", repliqué, "te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta".


EL PASEO REPENTINO

Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.
Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.


*la mayoria de relatos cortos, o cuentos de
Franz Kafka, fueron editados a titulo postumo.

(FRAGMENTO)- DIEZ NEGRITOS - AGATHA CHRISTIE

Escrito por imagenes 19-03-2008 en General. Comentarios (2)

(FRAGMENTO)- DIEZ NEGRITOS - AGATHA CHRISTIE

DIEZ NEGRITOS


Agatha Christie


POEMA-INTRODUCTORIO DE LA OBRA
DIEZ NEGRITOS DE AGATHA CHRISTIE


Diez negritos se fueron a cenar.
Uno de ellos se asfixió y quedaron
Nueve.
Nueve negritos trasnocharon mucho.
Uno de ellos no se pudo despertar y quedaron
Ocho.
Ocho negritos viajaron por el Devon.
Uno de ellos se escapó y quedaron
Siete.
Siete negritos cortaron leña con un hacha.
Uno se cortó en dos y quedaron
Seis.
Seis negritos jugaron con una avispa.
A uno de ellos le picó y quedaron
Cinco.
Cinco negritos estudiaron derecho.
Uno de ellos se doctoró y quedaron
Cuatro.
Cuatro negritos fueron a nadar.
Uno de ellos se ahogó y quedaron
Tres.
Tres negritos se pasearon por el Zoológico.
Un oso les atacó y quedaron
Dos.
Dos negritos se sentaron a tomar el sol.
Uno de ellos se quemó y quedó nada más que
Uno.
Un negrito se encontraba solo.
Y se ahorcó y no quedó...
¡Ninguno!