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EL CASO DE CHARLES DEXTER WARD -- HOWARD P. LOVECRAFT -- NOVELA DE TERROR

Escrito por imagenes 03-04-2008 en General. Comentarios (0)

EL CASO DE CHARLES DEXTER WARD -- HOWARD P. LOVECRAFT -- NOVELA DE TERROR

El caso de Charles Dexter Ward
H. P. Lovecraft



Un resultado y un prólogo


1

De una clínica particular para enfermos mentales situada cerca de Providence, Rhode Island, desapareció recientemente una persona de características muy notables. Respondía al nombre de Charles Dexter Ward y había sido recluida allí a regañadientes por su apenado padre, testigo del desarrollo de una aberración que, si en un principio no pasó de simple excentricidad, con el tiempo se había trasformado en manía peligrosa que implicaba la posible existencia de tendencias homicidas y un cambio peculiar en los contenidos manifiestos de la mente. Los médicos confiesan el desconcierto que les produjo aquel caso, dado que presentaba al mismo tiempo anomalías de carácter fisiológico y sicológico.

En primer lugar, el paciente, que contaba veintiséis años, aparentaba mucha más edad de la que tenía. Es cierto que los trastornos mentales provocan un envejecimiento prematuro, pero el rostro de aquel joven había adquirido la expresión que en circunstancias normales sólo poseen las personas de edad muy avanzada. En segundo lugar, sus procesos orgánicos mostraban un extraño desequilibrio, sin paralelo en la historia de la medicina. El sistema respiratorio y el corazón actuaban con desconcertante falta de simetría, la voz era un susurro apenas audible, la digestión era increíblemente prolongada, y las reacciones nerviosas a los estímulos normales no guardaban la menor relación con nada de lo registrado hasta entonces, ni normal ni patológico. La piel tenía una frialdad morbosa y la estructura celular de los tejidos era exageradamente tosca y poco coherente. Incluso un gran lunar de color oliváceo que tenía desde su nacimiento en la cadera había desaparecido mientras se formaba en su pecho una extraña verruga o mancha negruzca. En general, todos los médicos coinciden en afirmar que los procesos del metabolismo habían sufrido en Ward un receso sin precedentes.

También sicológicamente era Charles Ward un caso único. Su locura no guardaba la menor semejanza con ninguna de las manifestaciones de la alienación registradas en los tratados más recientes y exhaustivos sobre el tema, y acabó creando en él una energía mental que le habría convertido en un genio o un caudillo de no haber asumido aquella forma extraña y grotesca. El doctor Willett, médico de la familia, afirma que la capacidad mental del paciente, a juzgar por sus respuestas a temas ajenos a la esfera de su demencia, había aumentado desde su reclusión. Ward, es cierto, fue siempre un erudito entregado al estudio de tiempos pasados, pero ni el más brillante de los trabajos que había llevado a cabo hasta entonces revelaba la prodigiosa inteligencia que desplegó durante el curso de los interrogatorios a que le sometieron los alienistas. De hecho, la mente del joven parecía tan lúcida que fue en extremo difícil conseguir un mandamiento legal para su reclusión, y únicamente el testimonio de varias personas relacionadas con el caso y la existencia de lagunas anormales en el acervo de sus conocimientos, permitieron su internamiento. Hasta el momento de su desaparición fue un voraz lector y un gran conversador en la medida en que se lo permitía la debilidad de su voz, y perspicaces observadores, sin prever la posibilidad de su fuga, predecían que no tardaría en salir de la clínica, curado.


2

Unicamente el doctor Willett, que había asistido a la madre de Ward cuando éste vino al mundo y le había visto crecer física y espiritualmente desde entonces, parecía asustado ante la idea de su futura libertad. Había pasado por una terrible experiencia y había hecho un terrible descubrimiento que no se atrevía a revelar a sus escépticos colegas. En realidad, Willett representa por sí solo un misterio de menor entidad en lo que concierne a su relación con el caso. Fue el último en ver al paciente antes de su huida y salió de aquella conversación final con una expresión, mezcla de horror y de alivio, que más de uno recordó tres horas después, cuando se conoció la noticia de la fuga.

Es este uno de los enigmas sin resolver de la clínica del doctor Waite. Una ventana abierta a una altura de sesenta pies del suelo no parece obstáculo fácil de salvar, pero lo cierto es que después de aquella conversación con Willett el joven había desaparecido. El propio médico no sabe que explicación ofrecer, aunque, por raro que parezca, está ahora mucho más tranquilo que antes de la huida. Algunos, bien es cierto, tienen la impresión de que a Willett le gustaría hablar, pero que no lo hace por temor a no ser creído. El vio a Ward en su habitación, pero poco después de su partida los enfermeros llamaron a la puerta en vano. Cuando la abrieron, el paciente había desaparecido y lo único que encontraron fue la ventana abierta y una fría brisa abrileña que arrastraba una nube de polvo gris-azulado que casi les asfixió. Sí, los perros habían aullado poco antes, pero eso ocurrió mientras Willett se hallaba todavía presente. Más tarde no habían mostrado la menor inquietud. El padre de Ward fue informado inmediatamente por teléfono de lo sucedido, pero demostró más tristeza que asombro. Cuando el doctor Waite le llamó personalmente, Willett había hablado ya con él y ambos negaron ser cómplices de la fuga o tener incluso conocimiento de ella. Los únicos datos que se han podido recoger sobre lo ocurrido, proceden de amigos muy íntimos de Willett y del padre de Ward, pero son demasiado descabellados y fantásticos para que nadie pueda darles crédito. El único dato positivo, es que hasta el momento presente no se ha encontrado rastro del loco desaparecido.

Charles Ward se aficionó al pasado ya en su infancia. Sin duda el gusto le venía de la venerable ciudad que le rodeaba y de las reliquias de tiempos pretéritos que llenaban todos los rincones de la mansión de sus padres situada en Prospect Street, en la cresta de la colina. Con los años, aumentó su devoción a las cosas antiguas hasta el punto de que la historia, la genealogía y el estudio de la arquitectura colonial acabaron excluyendo todo lo demás de la esfera de sus intereses. Conviene tener en cuenta esas aficiones al considerar su locura ya que, si bien no forman el núcleo absoluto de ésta, representan un importante papel en su forma superficial. Las lagunas mentales que los alienistas observaron en Ward estaban relacionadas todas con materias modernas y quedaban contrapesadas por un conocimiento del pasado que parecía excesivo, puesto que en algunos momentos se hubiera dicho que el paciente se trasladaba literalmente a una época anterior a través de una especie de autohipnosis. Lo más raro era que Ward últimamente no parecía interesado en las antigüedades que tan bien conocía, como si su prolongada familiaridad con ellas las hubiera despojado de todo su atractivo, y que sus esfuerzos finales tendieron indudablemente a trabar conocimiento con aquellos hechos del mundo moderno que de un modo tan absoluto e indiscutible había desterrado de su cerebro. Procuraba ocultarlo, pero todos los que le observaron pudieron darse cuenta de que su programa de lecturas y conversaciones estaba presidido por el frenético deseo de empaparse del conocimiento de su propio tiempo y de las perspectivas culturales del siglo veinte, perspectivas que debían haber sido las suyas puesto que había nacido en 1902 y se había educado en escuelas de nuestra época. Los alienistas se preguntan ahora cómo se las arreglará el paciente para moverse en el complicado mundo actual teniendo en cuenta su desfase de información. La opinión que prevalece es que permanecerá en una situación humilde y oscura hasta que haya conseguido poner al día su reserva de conocimientos.

Los comienzos de la locura de Ward son objeto de discusión entre los alienistas. El doctor Lyman, eminente autoridad de Boston, los sitúa entre 1919 y 1920, años que corresponden al último curso que siguió el joven Ward en la Moses Brown School. Fue entonces cuando abandonó repentinamente el estudio del pasado para dedicarse a las ciencias ocultas y cuando se negó a prepararse para el ingreso en la universidad pretextando que tenía que llevar a cabo investigaciones privadas mucho más importantes. Sus costumbres sufrieron por entonces un cambio radical, pues pasó a dedicar todo su tiempo a revisar los archivos de la ciudad y a visitar antiguos cementerios en busca de una tumba abierta en 1771, la de su antepasado Joseph Curwen, algunos de cuyos documentos decía haber encontrado tras el revestimiento de madera de las paredes de una casa muy antigua situada en Olney Court, casa que Curwen había habitado en vida.

Es innegable que durante el invierno de 1919-20 se operó una gran transformación en él. A partir de entonces interrumpió bruscamente sus estudios y se lanzó de lleno a un desesperado bucear en temas de ocultismo, locales y generales, sin renunciar a la persistente búsqueda de la tumba de su antepasado.

Sin embargo, el doctor Willett disiente substancialmente de esa opinión basando su veredicto en el íntimo y continuo contacto que mantuvo con el paciente y en ciertas investigaciones y descubrimientos que llevó a cabo en los últimos días de su relación con él. Aquellas investigaciones y aquellos descubrimientos han dejado en el médico una huella tan profunda que su voz tiembla cuando habla de ellos y su mano vacila cuando trata de describirlos por escrito. Willett admite que, en circunstancias normales, el cambio de 1919-1920 habría señalado el principio de la decadencia progresiva que había de culminar en la triste locura de 1928, pero, basándose en observaciones personales, cree que en este caso debe hacerse una distinción más sutil. Reconoce que el muchacho era por temperamento desequilibrado, en extremo susceptible y anormalmente entusiasta en sus respuestas a los fenómenos que le rodeaban, pero se niega a admitir que aquella primera alteración señalara el verdadero paso de la cordura a la demencia. Por el contrario, da crédito a la afirmación del propio Ward de que había descubierto o redescubierto algo cuyo efecto sobre el pensamiento humano habría de ser, probablemente, maravilloso y profundo.

Willett estaba convencido de que la verdadera locura llegó con un cambio posterior, después de que descubriera el retrato de Curwen y los documentos antiguos, después de que hiciese aquel largo viaje a extraños lugares del extranjero y de que recitara unas terribles invocaciones en circunstancias inusitadas y secretas, después de que recibiera ciertas respuestas a aquellas invocaciones y de que escribiera una carta desesperada en circunstancias angustiosas e inexplicables, después de la oleada de varnpirismo y de las ominosas habladurías de Pawtuxet, y después de que el paciente comenzara a desterrar de su memoria las imágenes contemporáneas al tiempo que su voz decaía y su aspecto físico experimentaba las sutiles modificaciones que tantos observaron posteriormente.

Sólo en aquella última época, afirma Willett con gran agudeza, el estado mental de Ward adquirió caracteres de pesadilla. Dice también el doctor estar totalmente seguro de que existen pruebas suficientes que validan la pretensión del joven en lo que concierne a su crucial descubrimiento. En primer lugar, dos obreros de notable inteligencia fueron testigos del hallazgo de los antiguos documentos de Curwen. En segundo lugar, el joven le había enseñado en una ocasión aquellos documentos, además de una página del diario de su antepasado, y todo ello parecía auténtico. El hueco donde Ward decía haberlos encontrado es una realidad visible y Willett había tenido ocasión de echarles una rápida ojeada final en parajes cuya existencia resulta difícil de creer y quizá nunca pueda demostrarse. Luego estaban los misterios y coincidencias de las cartas de Orne y Hutchison, el problema de la caligrafía de Curwen, y lo que los detectives descubrieron acerca del doctor Allen, todo esto más el terrible mensaje en caracteres medievales que Willett se encontró en el bolsillo cuando recobró el conocimiento después de su asombrosa experiencia.

Y aún había algo más, la prueba más concluyente de todas. Existían dos espantosos resultados que el. Doctor había obtenido de cierto par de fórmulas durante sus investigaciones finales, resultados que probaban virtualmente la autenticidad de los documentos y sus monstruosas implicaciones, al mismo tiempo que los negaba para siempre al conocimiento humano.


3

La infancia y juventud de Charles Ward pertenecen al pasado tanto como las antigüedades que tan profundamente amara. En el otoño de 1918 y demostrando un considerable gusto por el adiestramiento militar de ese período, Ward se matriculó en la Moses Brown School, que estaba muy cerca de su casa. El antiguo edificio central de la academia, erigido en 1819, le había atraído siempre, y el espacioso parque en el cual se asentaba satisfacía por completo su afición a los paisajes. Sus actividades sociales eran escasas. Pasaba la mayor parte de las horas en casa, paseando, asistiendo a clases y ejercicios de entrenamiento, y buscando datos arqueológicos y genealógicos en el Ayuntamiento, la Biblioteca pública, el Ateneo, los locales de la Sociedad Histórica, las bibliotecas John Carter Brown y John Hay de la Universidad de Brown, y en la Biblioteca Shepley, recientemente inaugurada en Benefit Street. Podemos imaginárnoslo tal como era en esa época: alto, delgado y rubio, ligeramente encorvado, y de mirada pensativa. Vestía con cierto desaliño y producía una impresión más de inofensiva torpeza que de falta de atractivo.

Sus paseos eran siempre aventuras en el campo de la antigüedad y en el curso de ellas conseguía extraer de las miríadas de reliquias de la espléndida ciudad antigua un cuadro vívido y coherente de los siglos precedentes. Su hogar era una gran mansión de estilo georgiano edificada en la cumbre de la colina que se alza al este del río y desde cuyas ventanas traseras se divisan los chapiteles, las cúpulas, los tejados y los rascacielos de la parte baja de la ciudad, al igual que las colinas purpúreas que se yerguen a lo lejos, en la campiña. En esa casa nació y a través del bello pórtico clásico de su fachada de ladrillo rojo, le sacaba la niñera de paseo en su cochecillo. Pasaban junto a la pequeña alquería blanca construida doscientos años antes y englobada hacía tiempo en la ciudad; pasaban, siempre a lo largo de aquella calle suntuosa, junto a mansiones de ladrillo y casas de madera adornadas con porches de pesadas columnas dóricas que dormían, seguras y lujosas, entre generosos patios y jardines, y continuaban en dirección a los imponentes edificios de la universidad.

Le habían paseado también a lo largo de la soñolienta Congdon Street, situada algo más abajo en la falda de la colina y flanqueada de edificios orientados a levante y asentados sobre altas terrazas. Las casas de madera eran allí más antiguas, ya que la ciudad había ido extendiéndose poco a poco desde la llanura hasta las alturas, y en aquellos paseos Ward se había ido empapando del colorido de una fantástica ciudad colonial. La niñera solía detenerse y sentarse en los bancos de Prospect Terrace a charlar con los guardias, y uno de los primeros recuerdos del niño era la visión de un gran mar que se extendía hacia occidente, un mar de tejados y cúpulas y colinas lejanas que una tarde de invierno contemplara desde aquella terraza y que se destacaba, violento y místico, contra una puesta de sol febril y apocalíptica llena de rojos, de dorados, de púrpuras y de extrañas tonalidades de verde. Una silueta masiva resaltaba entre aquel océano, la vasta cúpula marmórea del edificio de la Cámara Legislativa con la estatua que la coronaba rodeada de un halo fantástico formado por un pequeño claro abierto entre las nubes multicolores que surcaban el cielo llameante del crepúsculo.

Cuando creció empezaron sus famosos paseos, primero con su niñera, impacientemente arrastrada, y luego solo, hundido en soñadora meditación. Cada vez se aventuraba un poco más allá por aquella colina casi perpendicular y cada vez alcanzaba niveles más antiguos y fantásticos de la vieja ciudad. Bajaba por Jenckes Street, bordeada de paredes negras y frontispicios coloniales, hasta el rincón de la umbría Benefit Street donde se detenía frente a un edificio de madera centenario, con sus dos puertas flanqueadas por pilastras jónicas. A un lado se alzaba una casita campestre de enorme antigüedad, tejadillo estilo holandés y jardín que no era sino los restos de un primitivo huerto, y al otro la mansión del juez Durfee, con sus derruidos vestigios de grandeza georgiana. Aquellos barrios iban convirtiéndose lentamente en suburbios, pero los olmos gigantescos proyectaban sobre ellos una sombra rejuvenecedora y así el muchacho gustaba de callejear, en dirección al sur, entre las largas hileras de mansiones anteriores a la Independencia, con sus grandes chimeneas centrales y sus portales clásicos. Charles podía imaginar aquellos edificios tales como cuando la calle fue nueva, coloreados los frontones cuya ruina era ahora evidente.

Hacia el oeste el descenso era tan abrupto como hacia el sur. Por allí bajaba Ward hacia la antigua Town Street que los fundadores de la ciudad abrieran a lo largo de la orilla del río en 1636. Había en aquella zona innumerables callejuelas donde se apiñaban las casas de inmensa antigüedad, pero, a pesar de la fascinación que sobre él ejercían, hubo de pasar mucho tiempo antes de que se atreviera a recorrer su arcaica verticalidad por miedo a que resultaran ser un sueño o la puerta de entrada a terrores desconocidos. Le parecía mucho menos arriesgado continuar a lo largo de Benefit Street y pasar junto a la verja de hierro de la oculta iglesia de San Juan, la parte trasera del Ayuntamiento edificado en 1761, y la ruinosa posada de la Bola de Oro, donde un día se alojara Washington. En Meeting Street -la famosa Gaol Lane y King Street de épocas posteriores-, se detenía y volvía la mirada al este para ver el arqueado vuelo de escalones de piedra a que había tenido que recurrir el camino para trepar por la ladera, y luego hacia el oeste, para contemplar la antigua escuela colonial de ladrillo que sonríe a través de la calzada al busto de Shakespeare que adorna la fachada del edificio donde se imprimió, en días anteriores a la Independencia, la Providence Gazette and Country Journal. Luego llegaba a la exquisita Primera Iglesia Baptista, construida en 1775, con su inigualable chapitel, obra de Gibbs, rodeado de tejados georgianos y cúpulas que parecían flotar en el aire. Desde aquel lugar, en dirección al sur, las calles iban mejorando de aspecto hasta florecer, al fin, en un maravilloso grupo de mansiones antiguas, pero hacia el oeste, las viejas callejuelas seguían despeñándose ladera abajo, espectrales en su arcaísmo, hasta hundirse en un caos de ruinas iridiscentes allí donde el barrio del antiguo puerto recordaba su orgulloso pasado de intermediario con las Indias Orientales, entre miseria y vicios políglotas, entre barracones decrépitos y almacenes mugrientos, entre innumerables callejones que han sobrevivido a los embates del tiempo y que aún llevan los nombres de Correo, Lingote, Oro, Plata, Moneda, Doblón, Soberano, Libra, Dólar y Centavo.

Mas tarde, una vez que creció y se hizo más aventurero, el joven Ward comenzó a adentrarse en aquel laberinto de casas semiderruidas, dinteles rotos, peldaños carcomidos, balaustradas retorcidas, rostros aceitunados y olores sin nombre. Recorría las callejuelas serpenteantes que conducían de South Main a South Water, escudriñando los muelles donde aún tocaban los vapores que cruzaban la bahía, y volvía hacia el norte dejando atrás los almacenes construidos en 1816 con sus tejados puntiagudos y llegando a la amplia plaza del Puente Grande donde continúa firme sobre sus viejos arcos el mercado edificado en 1773. En aquella plaza se detenía extasiado ante la asombrosa belleza de la parte oriental de la ciudad antigua que corona la vasta cúpula de la nueva iglesia de la Christian Science igual que corona Londres la cúpula de San Pablo. Le gustaba llegar allí al atardecer cuando los rayos del sol poniente tocan los muros del mercado y los tejados centenarios, envolviendo en oro y magia los muelles soñadores donde antaño fondeaban las naves de los indios de Providence. Tras una prolongada contemplación se embriagaba con amor de poeta ante el espectáculo, y en aquel estado emprendía el camino de regreso a la luz incierta del atardecer subiendo lentamente la colina, pasando junto a la vieja iglesita blanca y recorriendo callejas empinadas donde los últimos reflejos del sol atisbaban desde los cristales de las ventanas y las primeras luces de los faroles arrojaban su resplandor sobre dobles tramos de peldaños y extrañas balaustradas de hierro forjado.

Otras veces, sobre todo en años posteriores, prefería buscar contrastes más vivos. Dedicaba la mitad de su paseo a los barrios coloniales semiderruidos situados al noroeste de su casa, allí donde la colina desciende hasta la pequeña meseta de Stampers Hill, con su ghetto y su barrio negro arracimados en torno a la plaza de donde partía la diligencia de Boston antes de la Independencia, y la otra mitad al bello reino meridional de las calles George, Benevolent, Power y Williams, donde permanecen incólumes las antiguas propiedades rodeadas de jardincillos cercados y praderas empinadas en que reposan tantos y tantos recuerdos fragantes. Aquellos paseos, y los diligentes estudios que los acompañaban, contribuyeron a fomentar una pasión por lo antiguo que terminó expulsando al mundo moderno de la mente de Ward. Sólo ellos nos proporcionan una idea de las características del terreno mental en el que fue a caer, aquel fatídico invierno de 1919-1920, la semilla que produjo tantos y tan extraños frutos.

El doctor Willett está convencido de que, hasta el primer cambio que se produjo en su mente aquel invierno, la afición de Charles Ward por las cosas antiguas estuvo desprovista de toda inclinación morbosa. Los cementerios sólo le atraían por su posible interés histórico, y su temperamento era pacífico y tranquilo. Luego, paulatinamente, pareció desarrollarse en él la extraña secuela de uno de sus triunfos genealógicos del año anterior: el descubrimiento, entre sus antepasados por línea materna, de un hombre llamado Joseph Curwen que había llegado de Salem en 1692 y acerca del cual se susurraban inquietantes historias.

El tatarabuelo de Ward, Welcome Potter, se había casado en 1785 con una tal «Ann Tillinghast, hija de Mrs. Eliza, hija a su vez del capitán James Tillinghast». De quién fuera el padre de aquella joven, la familia no tenía la menor idea. En 1918, mientras examinaba un volumen manuscrito de los archivos de la ciudad, nuestro genealogista encontró un asiento según el cual, en 1772, una tal Eliza Curwen, viuda de Joseph Curwen, volvía a adoptar, juntamente con su hija Ann, de siete años de edad, su apellido de soltera, Tillinghast, alegando que «el nombre de su marido había quedado desprestigiado públicamente en virtud de lo que se había sabido después de su fallecimiento, lo cual venía a confirmar un antiguo rumor al que una esposa fiel no podía dar crédito hasta que se comprobara por encima de toda duda». Aquel asiento se descubrió gracias a la separación accidental de dos páginas que habían sido cuidadosamente pegadas y que se habían tenido por una sola desde el momento en que se llevara a cabo una lenta revisión de la paginación del libro.

Charles Ward comprendió inmediatamente que acababa de descubrir un retatarabuelo suyo desconocido hasta entonces. El hecho le excitó tanto más porque había oído ya vagas alusiones a aquella persona de la cual no existían apenas datos concretos, como si alguien hubiese tenido interés especial en borrar su recuerdo. Lo poco que de él se sabía era de una naturaleza tan singular que no se podía por menos de sentir curiosidad por averiguar lo que los archiveros de la época colonial se mostraron tan ansiosos de ocultar y de olvidar y por descubrir cuáles fueron los motivos que habían despertado en ellos tan extraño deseo.

Hasta aquel momento, Ward se había limitado a dejar que su imaginación divagara acerca del viejo Curwen, pero habiendo descubierto el parentesco que le unía a aquel personaje aparentemente «silenciado», se dedicó a la búsqueda sistemática de todo lo que pudiera tener alguna relación con él. Sus pesquisas resultaron más fructíferas de lo que esperaba, pues en cartas antiguas, diarios y memorias sin publicar hallados en buhardillas de Providence, entre polvo y telarañas, encontró párrafos reveladores que sus autores no se habían tomado la molestia de borrar. Un documento muy importante a este respecto apareció en un lugar tan lejano como Nueva York, donde se conservaban, concretamente en el museo de la Taberna de Fraunces, cartas de la época colonial procedentes de Rhode Island. Sin embargo, el hecho realmente crucial y que a juicio del doctor Willett constituyó el origen del desequilibrio mental del joven, fue el hallazgo efectuado en agosto de 1919 en la vetusta casa de Olney Court. Aquello fue, indudablemente, lo que abrió una sima insondable en la mente de Charles Ward.




Un antecedente y un horror


1

Joseph Curwen, tal como le retrataban las leyendas que Ward había oído y los documentos que había desenterrado, era un individuo sorprendente, enigmático, oscuramente horrible. Había huido de Salem, trasladándose a Providence -aquel paraíso universal para personas raras, librepensadoras o disidentes-, al comienzo del gran pánico provocado por la caza de brujas, temiendo verse acusado a causa de la vida solitaria que llevaba y de sus raros experimentos químicos o alquimistas. Era un hombre incoloro de unos treinta años de edad. Su primer acto en cuanto ciudadano libre de Providence consistió en adquirir unos terrenos al pie de Olney Street. En ese lugar, que más tarde se llamaría Olney Court, edificó una casa que sustituyó después por otra mayor que se alzó en el mismo emplazamiento y que aún hoy día continúa en pie.

El primer detalle curioso acerca de Joseph Curwen es que no parecía envejecer con el paso del tiempo. Montó un negocio de transportes marítimos y fluviales, construyó un embarcadero cerca de Mile-End Cove, ayudó a reconstruir el Puente Grande en 1713 y la iglesia Congregacionista en 1723, y siempre conservó el aspecto de un hombre de treinta o treinta y cinco años. A medida que transcurría el tiempo, aquel hecho empezó a llamar la atención de la gente, pero Curwen lo explicaba diciendo que el mantenerse joven era una característica de su familia y que él contribuía a conservarla llevando una vida sumamente sencilla. Desde luego, nadie sabía cómo conciliar aquella pretendida sencillez con las inexplicables idas y venidas del reservado comerciante ni con el hecho de que las ventanas de su casa estuvieran iluminadas a todas las horas de la noche, y se empezó a atribuir a otros motivos su prolongada juventud y su longevidad. La mayoría opinaba que los incesantes cocimientos y mezclas de productos químicos que efectuaba Curwen tenían mucho que ver con su conservación. Se hablaba de extrañas sustancias que sus barcos traían de Londres o la India, o que él mismo compraba en Newport, Boston y Nueva York, y cuando el anciano doctor Jabez Bowen llegó de Rehoboth y abrió su farmacia en la plaza del Puente Grande, se habló de las drogas, ácidos y metales que el taciturno solitario adquiría incesantemente en aquella botica. Dando por sentado que Curwen poseía una maravillosa y secreta habilidad médica, muchos enfermos acudieron a él en busca de ayuda, pero, a pesar de que procuró alentar sin comprometerse aquella creencia, y siempre dio alguna pócima de extraño colorido en respuesta a las peticiones, se observó que lo que recetaba a los demás rara vez producía efectos beneficiosos. Cuando habían transcurrido más de cincuenta años desde su llegada a Providence sin que en su rostro ni en su porte se hubiera producido cambio apreciable, las habladurías se hicieron más suspicaces y la gente comenzó a compartir con respecto a su persona ese deseo de aislamiento que él había demostrado siempre.

Cartas particulares y diarios íntimos de aquella época revelan también que existían muchos otros motivos por los cuales Joseph Curwen fue objeto primero de admiración, luego de temor, y, finalmente de repulsión por parte de sus conciudadanos. Su pasión por los cementerios, en los cuales podía vérsele a todas horas y bajo todas circunstancias, era notoria, aunque nadie había presenciado ningún hecho que pudiera relacionarle con vampiros. En Pawtuxet Road tenía una granja, en la cual solía pasar el verano, y con frecuencia se le veía cabalgando hacia ella a diversas horas del día y de la noche. Sus únicos criados eran allí una adusta pareja de indios Narragansett, el marido mudo y con el rostro lleno de extrañas cicatrices, y la esposa con un semblante achatado y repulsivo, probablemente debido a un mezcla de sangre negra. En la parte trasera de aquella casa se encontraba el laboratorio donde se llevaban a cabo la mayoría de los experimentos químicos. Los que habían tenido acceso a él para entregar botellas, sacos o cajas, se hacían lenguas de los fantásticos alambiques, crisoles y hornos que habían entrevisto en la estancia y profetizaban en voz baja que el misántropo «químico» -vocablo que en boca de ellos significaba alquimista- no tardaría en descubrir la Piedra Filosofal. Los vecinos más próximos de aquella granja -los Fenner, que vivían a un cuarto de milla de distancia- tenían cosas más raras que contar acerca de ciertos ruidos que, según ellos, surgían de la casa de Curwen durante la noche. Se oían gritos, decían, y aullidos prolongados, y no les gustaba el gran número de reses que pacían alrededor de la granja, excesivas para proveer de carne, leche y lana a un hombre solitario y a un par de sirvientes. Cada semana, Curwen compraba nuevas reses a los granjeros de Kingstown para sustituir a las que desaparecían. Les preocupaba también un edificio de piedra que había junto a la casa y que tenía una especie de angostas troneras en vez de ventanas.

Los ociosos del Puente Grande tenían mucho que decir, por su parte, de la casa de Curwen en Olney Court, no tanto de la que levantó en 1761, cuando debía contar ya más de un siglo de existencia, como de la primera, una construcción con una buhardilla sin ventanas y paredes de madera que tuvo buen cuidado de quemar después de su demolición. Había en aquella casa ciudadana menos misterios que en la del campo, es cierto, pero las horas a que se veían iluminadas las ventanas, el sigilo de los dos criados extranjeros, el horrible y confuso farfullar de un ama de llaves francesa increíblemente vieja, la enorme cantidad de provisiones que se veían entrar por aquella puerta destinadas a alimentar solamente a cuatro personas, y las características de ciertas voces que se oían conversar ahogadamente a las horas más intempestivas, todo ello unido a lo que se sabía de la granja, contribuyó a dar mala fama a la morada.

En círculos mas escogidos se hablaba igualmente del hogar de Joseph Curwen, ya que a medida que el recién llegado se había ido introduciendo en la vida religiosa y comercial de la ciudad, había ido entablando relación con sus vecinos, de cuya compañía y conversación podía, con todo derecho, disfrutar. Se sabía que era de buena cuna, ya que los Curwen o Carwen de Salem no necesitaban carta de presentación en Nueva Inglaterra. Se sabia también que había viajado mucho desde joven, que había vivido una temporada en Inglaterra y efectuado dos viajes a Oriente, y su léxico, en las raras ocasiones en que se decidía a hablar, era el de un inglés instruido y culto. Pero, por algún motivo ignorado, le tenía sin cuidado la sociedad. Aunque nunca rechazaba de plano a un visitante, siempre se parapetaba tras el muro de reserva que a pocos se les ocurría nada en esos casos que al decirlo no sonara totalmente vacuo.

En su comportamiento había una especie de arrogancia sardónica y críptica, como si después de haber alternado con seres extraños y más poderosos, juzgara estúpidos a todos los seres humanos. Cuando el doctor Checkley, famoso por su talento, llegó de Boston en 1783 para hacerse cargo del rectorado de King’s Church, no olvidó visitar a un hombre del que tanto había oído hablar, pero su visita fue muy breve debido a una siniestra corriente oculta que creyó adivinar bajo las palabras de su anfitrión. Charles Ward le dijo a su padre una noche de invierno en que hablaban de Curwen , que daría cualquier cosa por enterarse de lo que el misterioso anciano había dicho al clérigo, pero que todos los diarios íntimos que había podido consultar coincidían en señalar la aversión del doctor Checkley a repetir lo que había oído. El buen hombre había quedado muy impresionado y nunca volvió a mencionar el nombre de Joseph Curwen sin perder visiblemente la calma alegre y cultivada que le caracterizaba.

Más concreto era el motivo que indujo a otro hombre de buena cuna y gran inteligencia a evitar el trato del misterioso ermitaño. En 1746, John Merritt, caballero inglés muy versado en literatura y ciencias, llegó a Providence procedente de Newport y construyó una hermosa casa en el istmo, en lo que es hoy el centro del mejor barrio residencial. Fue el primer ciudadano de Providence que vistió a sus criados de librea, y se mostraba muy orgulloso de su telescopio, su microscopio y su escogida biblioteca de obras inglesas y latinas. Al enterarse de que Curwen era el mayor bibliófilo de Providence, Merritt no tardó en ir a visitarle, siendo acogido con una cordialidad mayor de la habitual en aquella casa. La admiración que demostró por las repletas estanterías de su anfitrión, en las cuales se alineaban, además de los clásicos griegos, latinos e ingleses, una serie de obras filosóficas, matemáticas y científicas, entre ellas las de autores tales como Paracelso, Agrícola, Van Helmont, Silvyus, Glauber, Boyle, Boerhaave, Becher y Stahl, impulsaron a Curwen a invitarle a inspeccionar el laboratorio que hasta entonces no había abierto para nadie, y los dos partieron inmediatamente hacia la granja en la calesa del visitante.

El señor Merritt dijo siempre que no había visto nada realmente horrible en la granja, pero que los títulos de los libros relativos a temas taumatúrgicos, alquimistas y teológicos que Curwen guardaba en la estantería de una de las salas habían bastado para inspirarle un temor imperecedero. Tal vez la expresión de su propietario mientras se los enseñaba había contribuido a despertar en Merritt aquella sensación. En la extraña colección, además de un puñado de obras conocidas, figuraban casi todos los cabalistas, demonólogos y magos del mundo entero. Era un verdadero tesoro en el dudoso campo de la alquimia y la astrología. La Turba Philosopharum, de Hermes Trismegistus en la edición de Mesnard, el Liber Investigationis, de Geber, La Clave de la sabiduría, de Artephous, el cabalístico Zohar, el Ars Magna et Ultima de Raimundo Lulio en la edición de Zetsner, el Thesaurus Chemicus de Roger Bacon, la Clavis Alchimiae de Fludd y el De Lapide Philosophico, de Trithemius, se hallaban allí alineados, uno junto a otro. Judíos y árabes de la Edad Media estaban representados con profusión, y el señor Merritt palideció cuando al coger un volumen en cuya portada se leía el título de Qanoon-é-Islam, descubrió que se trataba en realidad de un libro prohibido, el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred, del cual había oído decir cosas monstruosas a raíz del descubrimiento de ciertos ritos indescriptibles en la extraña aldea de pescadores de Kingsport, en la provincia de la Bahía de Massachusetts.

Pero, por extraño que parezca, lo que más inquietó al caballero fue un detalle sin importancia aparente. Sobre la enorme mesa de caoba había un volumen muy estropeado de Borellus, con numerosas anotaciones marginales escritas por Curwen. El libro estaba abierto por la mitad aproximadamente y un párrafo aparecía subrayado con unos trazos tan gruesos y temblorosos que el visitante no pudo resistir la tentación de echarle una ojeada. Aquellas líneas le afectaron profundamente y quedaron grabadas en su memoria hasta el fin de sus días. Las reprodujo en su diario y trató en cierta ocasión de recitarlas a su íntimo amigo, el doctor Checkley, hasta que notó lo mucho que aquellas palabras trastornaban al rector. Decían:

«Las Sales de los Animales pueden ser preparadas y conservadas de modo que un hombre hábil puede tener toda el Arca de Noé en su propio estudio y reproducir la forma de un animal a voluntad partiendo de sus cenizas, y por el mismo método, partiendo de las Sales esenciales del Polvo humano, un filósofo puede, sin que sea nigromancia delictiva, evocar la forma de cualquier Antepasado muerto cuyo cuerpo haya sido incinerado.»

Sin embargo, las peores cosas acerca de Joseph Curwen se murmuraban en torno a los muelles de la parte sur de Town Street. Los marineros son gente supersticiosa y aquellos curtidos lobos de mar que transportaban ron, esclavos y especias, se santiguaban furtivamente cuando veían la figura esbelta y engañosamente juvenil de su patrón, con su pelo amarillento y sus hombros ligeramente encorvados, entrando en el almacén de Doublon Street, o hablando con capitanes y contramaestres en el muelle donde atracaban sus barcos. Sus empleados le odiaban y temían, y sus marineros eran la escoria de la Martinica, la Habana o Port Royal. Hasta cierto punto, la parte más intensa y tangible del temor que inspiraba el anciano se debía a la frecuencia con que había de reemplazar a sus marineros. Una tripulación cualquiera bajaba a tierra con permiso, varios de sus miembros recibían la orden de hacer algún que otro encargo, y cuando se reunían para volver a bordo, casi indefectiblemente faltaban uno o más hombres. Como la mayoría de los encargos estaban relacionados con la granja de Pawtuxet Road y muy pocos eran los que habían regresado de aquel lugar, con el tiempo Curwen se encontró con muchas dificultades para reclutar sus tripulaciones. Muchos de los marineros desertaban después de oír las habladurías de los muelles de Providence, y sustituirles en las Indias Occidentales llegó a convertirse en un serio problema para el comerciante. En 1760, Joseph Curwen era virtualmente un proscrito sospechoso de vagos horrores y demoníacas alianzas, mucho más amenazadoras por el hecho de que nadie podía precisarlas, ni entenderlas, ni mucho menos demostrar su existencia. La gota que vino a desbordar el vaso pudo ser muy bien el caso de los soldados desaparecidos en 1758. En marzo y abril de aquel año, dos regimientos reales de paso para Nueva Francia fueron acuartelados en Providence produciéndose en su seno una serie de inexplicables desapariciones que superaban con mucho el número habitual de deserciones. Se comentaba en voz baja la frecuencia con que se veía a Curwen hablando con los forasteros de guerrera roja, y cuando varios de ellos desaparecieron, la gente recordó lo que sucedía habitualmente con los marineros de sus tripulaciones. Nadie puede decir qué habría sucedido si los regimientos no hubieran recibido al poco tiempo la orden de marcha.

Entretanto los negocios del comerciante prosperaban. Tenía un virtual monopolio del comercio de la ciudad respecto al salitre, la pimienta negra y la canela, y superaba a todos los demás traficantes, excepto a los Brown, en la importación de añil, algodón, lana, sal, hierro, papel, objetos de latón y productos manufacturados ingleses de todas clases. Almacenistas tales como James Green, dueño del establecimiento El Elefante de Cheapside, los Russell de El Aguila Dorada, comercio situado al otro lado del puente, o Clark y Nightingale, propietarios de El Pescado y la Sartén, dependían casi enteramente de él para aprovisionarse, mientras que sus acuerdos con las destilerías locales, queseros y criadores de caballos Narragansett y fabricantes de velas de Newport, le convertían en uno de los primeros exportadores de la Colonia.

Decidido a luchar contra el ostracismo a que le habían condenado, comenzó a demostrar, al menos en apariencia, un gran espíritu cívico. Cuando el Ayuntamiento se incendió, contribuyó generosamente a las rifas que se organizaron con el fin de recaudar fondos para la construcción del nuevo edificio que aún hoy se alza en la antigua calle mayor. Aquel mismo ano 1761 ayudó a reconstruir el Puente Grande después de la riada de octubre. Repuso muchos de los libros devorados por las llamas en el incendio del Ayuntamiento y participó generosamente en las loterías gracias a las cuales pudo dotarse a los alrededores del mercado y a Town Street de una calzada empedrada con su andén para peatones en el centro. Por aquellas fechas edificó la casa nueva, sencilla pero de excelente construcción, cuya portada constituye un triunfo de los cinceles. Al separarse en 1743 los seguidores de Whitefield de la congregación del Dr. Cotton y fundar la iglesia del Diácono Snow al otro lado del puente, Curwen les había seguido, pero su celo se había ido apagando al mismo tiempo que iba menguando su asistencia a las ceremonias. Ahora, sin embargo, volvía a dar muestras de piedad como si con ello quisiera disipar la sombra que le había arrojado al ostracismo y que, si no se andaba con sumo cuidado, acabaría también con la buena estrella que hasta entonces había presidido su vida de comerciante.

El espectáculo que ofrecía aquel hombre extraño y pálido, aparentemente de mediana edad pero en realidad con más de un siglo de vida, tratando de emerger al fin de una nube de miedo y aversión demasiado vaga para ser analizada, era a la vez patético, dramático y ridículo. Sin embargo, tal es el poder de la riqueza y de los gestos superficiales, que se produjo cierta remisión en la visible antipatía que sus vecinos le prodigaban, especialmente una vez que cesaron bruscamente las desapariciones de los marineros. Posiblemente rodeó también de mayor cuidado y sigilo sus expediciones a los cementerios, ya que no volvió a ser sorprendido nunca en tales andanzas, y lo cierto es que los rumores acerca de sonidos y movimientos misteriosos en relación con la granja de Pawtuxet disminuyeron también notablemente. Su nivel de consumo de alimentos y de sustitución de reses siguió siendo anormalmente elevado, pero hasta fecha más moderna, cuando Charles Ward examinó sus libros de cuentas en la Biblioteca Shepley, no se le ocurrió a nadie comparar el gran número de negros que Curwen importó de Guinea hasta 1766 con la cifra asombrosamente reducida de los que pasaron de sus manos a las de los tratantes de esclavos del Puente Grande o de los plantadores del condado de Narragansett. Ciertamente aquel aborrecido personaje había demostrado una astucia y un ingenio inconcebibles en cuanto se había dado cuenta de que le era necesario ejercitar tanto la una como el otro.

Pero, como es natural, el efecto de aquel cambio de actitud fue necesariamente reducido. Curwen siguió siendo detestado y evitado, probablemente a causa de la juventud que aparentaba a pesar de sus muchos años, y al final se dio cuenta de que su fortuna llegaría a resentirse de la generosidad con que trataba de granjearse el afecto de sus conciudadanos. Sin embargo, sus complicados estudios y experimentos, cualesquiera que fuesen, exigían al parecer grandes sumas de dinero, y, dado que un cambio de ambiente le habría privado de las ventajas comerciales que había alcanzado en aquella ciudad no podía trasladarse a otra para empezar de nuevo. El buen juicio señalaba la conveniencia de mejorar sus relaciones con los habitantes de Providence, de modo que su presencia no diera lugar a que se interrumpieran las conversaciones y se creara una atmósfera de tensión e intranquilidad. Sus empleados, reclutados ahora entre los parados e indigentes a quienes nadie quería dar empleo, le causaban muchas preocupaciones, y si lograba mantener a su servicio a capitanes y marineros era sólo porque había tenido la astucia de adquirir ascendiente sobre ellos por medio de una hipoteca, una nota comprometedora o alguna información de tipo muy íntimo. En muchas ocasiones, y como observaban espantados los autores de algunos diarios privados, Curwen demostró poseer facultades de brujo al descubrir secretos familiares para utilizarlos en beneficio suyo. Durante los últimos cinco años de su vida, se llegó a pensar que esos datos que manejaba de un modo tan cruel sólo podía haberlos reunido gracias a conversaciones directas con los muertos.

Así fue como por aquella época llevó a cabo un último y desesperado esfuerzo por ganarse las simpatías de la comunidad. Misógino hasta entonces, decidió contraer un ventajoso matrimonio tomando por esposa a alguna dama cuya posición hiciera imposible la continuación de su ostracismo, aunque es probable que tuviera motivos más profundos para desear dicha alianza, motivos tan ajenos a la esfera cósmica conocida que sólo los documentos hallados ciento cincuenta años después de su muerte hicieron sospechar de su existencia.

Naturalmente Curwen se daba cuenta de que cualquier cortejo por su parte sería recibido con horror e indignación, y, en consecuencia, buscó una candidata sobre cuyos padres pudiera él ejercer la necesaria presión. Mujeres adecuadas no eran fáciles de encontrar puesto que Curwen exigía para la que habría de ser su esposa unas condiciones especiales de belleza, prendas personales y posición social. Al final sus miradas se posaron en el hogar de uno de sus mejores y más antiguos capitanes, un viudo de muy buena familia llamado Dutie Tillinghast, cuya única hija, Eliza, parecía reunir todas las cualidades deseadas. El capitán Tillinghast estaba completamente dominado por Curwen y, después de una terrible entrevista en su casa de la colina de Power Lane, consintió en aprobar la monstruosa alianza.

Eliza Tillinghast tenía en aquellos días dieciocho anos y había sido educada todo lo bien que la reducida fortuna de su padre permitiera. Había asistido a la escuela de Stephen Jackson y había sido también diligentemente instruida por su madre en las artes y refinamientos de la vida doméstica. Un ejemplo de su habilidad para las labores puede admirarse todavía en una de las salas de la Sociedad Histórica de Rhode Island. Desde el fallecimiento de la señora Tillinghast, ocurrido en 1757 a causa de la viruela, Eliza se había hecho cargo del gobierno de la casa ayudada únicamente por una anciana negra. Sus discusiones con su padre a propósito de la petición de Curwen debieron ser muy penosas, aunque no queda constancia de ellas en los documentos de la época. Lo cierto es que rompió su compromiso con el joven Ezra Weeden, segundo oficial del carguero Enterprise de Crawford, y que su unión con Joseph Curwen tuvo lugar el 7 de marzo de 1763 en la iglesia Baptista y en presencia de la mejor sociedad de la ciudad. La ceremonia fue oficiada por el vicario Samuel Winson y la Gazette se hizo eco del acontecimiento con una breve reseña que, en la mayoría de los ejemplares del periódico correspondientes a aquella fecha, y archivados en distintos lugares, parecía haber sido cortada o arrancada. Ward encontró un ejemplar intacto después de mucho rebuscar en los archivos de un coleccionista particular y observó entonces con regocijo la vaguedad de los términos con que estaba redactada la nota.

«El pasado lunes por la tarde, el señor Joseph Curwen, vecino de esta villa, comerciante, contrajo matrimonio con la señorita Eliza Tillinghast, hija del capitán Dutie Tillinghast, joven de muchas virtudes dotada además de gran belleza. Hacemos votos por su perpetua felicidad.»

La correspondencia Durfee-Arnold, descubierta por Charles Ward poco antes de que presentara los primeros síntomas de locura, en el museo particular de Melville L. Peters en Georgia Street, y que cubre aquel período y otro ligeramente anterior, arroja vívida luz sobre la ofensa al sentimiento público que causó aquella disparatada unión. Sin embargo, la influencia social de los Tillinghast era innegable, y así una vez más Joseph Curwen vio frecuentado su hogar por personas a las cuales nunca hubiera podido inducir, de otro modo, a que cruzasen el umbral de la casa. No se le aceptó totalmente, ni mucho menos, pero sí se levantó la condena al ostracismo a que se le había sometido. En el trato de que hizo objeto a su esposa, el extraño novio asombró a la comunidad y a ella misma portándose con el mayor miramiento y obsequiándola con toda clase de consideraciones. La nueva mansión de Olney Court estaba ahora completamente libre de manifestaciones inquietantes y aunque Curwen acudía con mucha frecuencia a la granja de Pawtuxet, que dicho sea de paso su esposa no visitó jamás, parecía un ciudadano mucho más normal que en cualquier otra época de su residencia en Providence. Sólo una persona seguía abrigando hacia él abierta hostilidad: el joven que había visto roto tan bruscamente su compromiso con Eliza Tillinghast. Ezra Weeden había jurado vengarse y, a pesar de su temperamento normalmente apacible, alimentaba un odio en su corazón que no presagiaba nada bueno para el hombre que le había robado la novia.

El siete de mayo de 1765 nació la que había de ser única hija de Curwen, Ann, que fue bautizada por el Reverendo John Graves de King’s Church, iglesia que frecuentaban los dos esposos desde su matrimonio como fórmula de compromiso entre sus respectivas afiliaciones Congregacionista y Baptista. El certificado de aquel nacimiento, así como el de la boda celebrada dos años antes, había desaparecido de los archivos eclesiásticos y municipales. Ward consiguió localizarlos, tras grandes dificultades, una vez que hubo descubierto el cambio de apellido de la viuda y una vez que se despertó en él aquel febril interés que culminó en su locura. El de nacimiento apareció por una feliz coincidencia como resultado de la correspondencia que mantuvo con los herederos del Dr. Graves, quien se había llevado un duplicado de los archivos de su iglesia al abandonar la ciudad a comienzos de la guerra de la Independencia, Ward había recurrido a ellos porque sabía que su tatarabuela, Ann Tillinghast, había sido episcopalista.

Poco después del nacimiento de su hija, acontecimiento que pareció recibir con un entusiasmo que contrastaba con su habitual frialdad, Curwen decidió posar para un retrato. Lo pintó un escocés de gran talento llamado Cosmo Alexandre, residente en Newport en aquella época y que adquirió fama después por haber sido el primer maestro de Gilbert Stuart. Decíase que el retrato había sido pintado sobre uno de los paneles de la biblioteca de la casa de Olney Court, pero ninguno de los dos diarios en que se mencionaba proporcionaba ninguna pista acerca de su posterior destino. En aquel período, Curwen dio muestras de una desacostumbrada abstracción y pasaba todo el tiempo que podía en su granja de Pawtuxet Road. Se hallaba continuamente, al parecer, en un estado de excitación o ansiedad reprimidas, como si esperase que fuera a ocurrir en cualquier momento algún acontecimiento de fenomenal importancia o como si estuviese a punto de hacer algún extraño descubrimiento. La química o la alquimia debían tener que ver mucho con ello, ya que se llevó a la granja numerosos volúmenes de la biblioteca de su casa que versaban sobre esos temas.

No disminuyó su pretendido interés por el bien de la ciudad y en consecuencia no desperdició la oportunidad de ayudar a hombres como Stephen Hopkins, Joseph Brown y Benjamin West en sus esfuerzos por elevar el nivel cultural de Providence que en aquel entonces se hallaba muy por debajo de Newport en lo referente al patronazgo de las artes liberales. Había ayudado a Daniel Jenkins en 1763 a abrir una librería de la cual fue desde entonces el mejor cliente, y proporcionó también ayuda a la combativa Gazette que se imprimía cada miércoles en el edificio decorado con el busto de Shakespeare. En política apoyó ardientemente al gobernador Hopkins contra el partido de Ward, cuyo núcleo más fuerte se encontraba en Newport, y el elocuente discurso que pronunció en 1765 en el Hacher’s Hall en contra de la proclamación de North Providence como ciudad independiente, contribuyó más que ninguna otra cosa a disipar los prejuicios existentes contra él. Pero Ezra Weeden, que le vigilaba muy de cerca, sonreía cínicamente ante aquella actitud, que él juzgaba insincera, y no se recataba en afirmar que no era más que una máscara destinada a encubrir un horrendo comercio con las más negras fuerzas del Averno. El vengativo joven inició un estudio sistemático del extraño personaje y de sus andanzas, pasando noches enteras en los muelles cuando veía luz en sus almacenes y siguiendo a sus barcos, que a veces zarpaban silenciosamente en dirección a la bahía. Sometió también a estrecha vigilancia la granja de Pawtuxet y en cierta ocasión fue mordido salvajemente por los perros que en su persecución soltaron los criados indios.


2

En 1766 se produjo el cambio final en Joseph Curwen. Fue muy repentino y pudo ser observado por toda la población porque el aire de ansiedad y expectación que le envolvía cayó como una capa vieja para dar paso inmediato a una mal disimulada expresión de completo triunfo. Daba la impresión de que a Curwen le resultaba difícil contener el deseo de proclamar públicamente lo que había hecho o averiguado, pero, al parecer, la necesidad de guardar el secreto era mayor que el afán de compartir su regocijo, ya que no dio a nadie ninguna explicación. Después de aquella transformación que tuvo lugar a primeros de julio, el siniestro erudito empezó a asombrar a todos demostrando poseer cierto tipo de información que solo podían haberle facilitado antepasados suyos fallecidos muchos años antes.

Pero las actividades secretas de Curwen no cesaron, ni mucho menos, con aquel cambio. Por el contrario, tendieron a aumentar, con lo cual fue dejando más y más sus negocios en manos de capitanes unidos a él por lazos de temor tan poderosos como habían sido anteriormente los de la miseria. Abandonó el comercio de esclavos alegando que los beneficios que le reportaba eran cada vez menores. Pasaba casi todo el tiempo en su granja de Pawtuxet, aunque de vez en cuando alguien decía haberle visto en lugares muy cercanos a cementerios, con lo que las gentes se preguntaron hasta qué punto habrían cambiado realmente las antiguas costumbres del comerciante. Ezra Weeden, a pesar de que sus períodos de espionaje eran necesariamente breves e intermitentes debido a los viajes que le imponía su profesión, poseía una vengativa persistencia de que carecían ciudadanos y campesinos, y sometía las idas y venidas de Curwen a una vigilancia mayor de la que nunca conocieran.

Muchas de las extrañas maniobras de los barcos del comerciante habían sido atribuidas a lo inestable de aquella época en que los colonos parecían decididos a eludir como fuera las estipulaciones del Acta del Azúcar. El contrabando era cosa habitual en la Bahía de Narragansett y los desembarcos nocturnos de importaciones ilícitas estaban a la orden del día. Pero Weeden, que seguía noche tras noche a las embarcaciones que zarpaban de los muelles de Curwen, no tardó en convencerse de que no eran únicamente los barcos de la armada de Su Majestad lo que el siniestro traficante deseaba evitar. Con anterioridad al cambio de 1766, aquellas embarcaciones habían transportado principalmente negros encadenados, que eran desembarcados en un punto de la costa situado al norte de Pawtuxet, y conducidos posteriormente campo a traviesa hasta la granja de Curwen, donde se les encerraba en aquel enorme edificio de piedra que tenía estrechas troneras en vez de ventanas. Pero a partir de 1766 todo cambió. La importación de esclavos cesó repentinamente y durante una temporada Curwen interrumpió las navegaciones nocturnas. Luego, en la primavera de 1767, las embarcaciones volvieron a zarpar de los muelles oscuros y silenciosos para cruzar la bahía y llegar a Nanquit Point, donde se encontraban con barcos de tamaño considerable y aspecto muy diverso de los que recibían cargamento. Los marineros de Curwen desembarcaban luego la mercancía en un punto determinado de la costa y desde allí la transportaban a la granja, dejándola en el mismo edificio de piedra que había dado alojamiento a los negros. El cargamento consistía casi enteramente en cajones, de los cuales gran número tenía una forma oblonga, forma que recordaba ominosamente la de los ataúdes.

Weeden vigilaba la granja con incansable asiduidad, visitándola noche tras noche durante largas temporadas. Raramente dejaba pasar una semana sin acercarse a ella excepto cuando el terreno estaba cubierto de nieve, en la que habría dejado impresas sus huellas, y aun en esos días se aproximaba lo más posible cuidando de no salirse de la vereda o de caminar sobre el hielo del río vecino a la granja, con el fin de poder ver si había rastros de pisadas en torno a la casa. Para no interrumpir la vigilancia durante las ausencias que le imponía su trabajo, se puso de acuerdo con un amigo que solía beber con él en la taberna, un tal Eleazar Smith, que desde entonces le sustituyó en su tarea. Entre los dos pudieron haber hecho circular rumores extraordinarios, y si no lo hicieron, fue solamente porque sabían que publicar ciertas cosas habría tenido el efecto de alertar a Curwen haciéndoles imposible toda investigación posterior, cuando lo que ellos querían era enterarse de algo concreto antes de pasar a la acción. De todos modos lo que averiguaron debió ser realmente sorprendente. En más de una ocasión dijo Charles Ward a sus padres cuánto lamentaba que Weeden hubiese quemado su cuaderno de notas. Lo único que se sabe de sus descubrimientos es lo que Eleazar Smith anotó en un diario, no muy coherente por cierto, y lo que otros autores de diarios íntimos y cartas repitieron después tímidamente, es decir, que la propiedad campestre era solamente tapadera de una peligrosa amenaza cuya profundidad escapaba a toda comprensión.

Se cree que Weeden y Smith quedaron convencidos al poco tiempo de comenzar sus investigaciones de que por debajo de la granja se extendía una red de catacumbas y túneles habitados por numerosas personas además del viejo indio y su esposa. La casa era una antigua reliquia del siglo XVII, con una enorme chimenea central y ventanas romboides y enrejadas, y el laboratorio se hallaba en la parte norte, donde el tejado llegaba casi hasta el suelo. El edificio estaba completamente aislado, pero, a juzgar por las distintas voces que se oían en su interior a las horas más inusitadas, debía llegarse a él a través de secretos pasadizos subterráneos. Aquellas voces, hasta 1766, consistían en murmullos y susurros de negros mezclados con gritos espantosos y extraños cánticos o invocaciones. A partir de aquella fecha, se convirtieron en explosiones de furor frenético, ávidos jadeos y gritos de protesta proferidos en diversos idiomas, todos ellos conocidos por Curwen, que provocaban réplicas teñidas en muchos casos de un acento de reproche o de amenaza.

A veces parecía que había varias personas en la casa: Curwen, varios prisioneros y los guardianes de estos. Había acentos que ni Weeden ni Smith habían oído jamás, a pesar de su extenso conocimiento de puertos extranjeros, y otros que identificaban como pertenecientes a una u otra nacionalidad. Sonaba aquello como una especie de catequesis o como si Curwen estuviera arrancando cierta información a unos prisioneros aterrorizados o rebeldes.

Había recogido Weeden en su cuaderno al pie de la letra fragmentos de conversaciones en inglés, francés y español, las lenguas que él conocía y que con más frecuencia utilizaba Curwen, pero ninguna de aquellas notas se habían conservado. Afirmaba el mismo Weeden que aparte de algunos diálogos relativos al pasado de varias familias de Providence, la mayoría de las preguntas y respuestas que pudo entender se referían a cuestiones históricas o científicas a veces pertenecientes a épocas y lugares muy remotos. En cierta ocasión, por ejemplo, un personaje que se mostraba a ratos enfurecido y a ratos adusto, fue interrogado acerca de la matanza que llevó a cabo el Príncipe Negro en Limoges en 1370 como si la masacre hubiera obedecido a un motivo secreto que él debiera conocer. Curwen le preguntó al prisionero -si es que era prisionero si el motivo había sido el hallazgo del Signo de la Cabra en el altar de la vieja Cripta romana sita bajo la catedral, o el hecho de que el Hombre Oscuro del Alto Aquelarre de Viena hubiera pronunciado las Tres Palabras. Al no obtener respuesta a sus preguntas, el inquisidor recurrió, al parecer, a medidas extremas, ya que se oyó un terrible alarido seguido de un extraño silencio y el ruido de un cuerpo que caía.

Ninguno de aquellos coloquios tuvo testigos oculares, ya que las ventanas estaban siempre cerradas y veladas por cortinas. Sin embargo, en cierta ocasión, durante un diálogo mantenido en un idioma desconocido, Weeden vio una sombra a través de una cortina que le dejó asombrado y que le recordó a uno de los muñecos de un espectáculo que había presenciado en el Hatcher’s Hall en el otoño de 1764, cuando un hombre de Germantown, Pensilvania, había dado una representación anunciada como «Vista de la Famosa Ciudad de Jerusalén, en la cual están representadas Jerusalén, el Templo de Salomón, su Trono Real, las Famosas Torres y Colinas, así como los sufrimientos de Nuestro Salvador desde el Huerto de Getsemaní hasta la Cruz del Gólgota, una valiosa obra de imaginería digna de verse». Fue en aquella ocasión cuando el oyente, que se había acercado más de la cuenta a la ventana de la sala donde tenía lugar la conversación, dio un respingo que alertó a la pareja de indios, los cuales le soltaron los perros. Desde aquella noche no volvieron a oírse más conversaciones en la casa, y Weeden y Smith llegaron a la conclusión de que Curwen había trasladado su campo de acción a las regiones inferiores.
Que tales regiones existían, parecía un hecho cierto. Débiles gritos y gemidos surgían de la tierra de vez en cuando en lugares muy apartados de la vivienda, y cerca de la orilla del río, a espaldas de la granja y allí donde el terreno descendía suavemente hasta el valle del Pawtuxet, se encontró, oculta entre arbustos, una puerta de roble en forma de arco y encajada en un marco de pesada mampostería que constituía evidentemente la entrada a unas cavernas abiertas bajo la colina. Weeden no podía decir cuándo ni cómo habían sido construidas aquellas catacumbas, pero sí se refería con frecuencia a la facilidad con que por el río podían haber llegado hasta aquel lugar grupos de trabajadores. Era evidente que Joseph Curwen encomendaba a sus marineros las más variadas tareas. Durante las intensas lluvias de la primavera de 1769, los dos jóvenes vigilaron atentamente las empinadas márgenes del río para comprobar si las aguas ponían al descubierto algún secreto soterrado, y su paciencia se vio recompensada con el espectáculo de una profusión de huesos humanos y de animales en aquellos lugares donde el agua había excavado unas profundas depresiones. Naturalmente, el hallazgo podía tener diversas explicaciones dado que en la granja cercana se criaba ganado y que por aquellos parajes abundaban los cementerios indios, pero Weeden y Smith prefirieron sacar del descubrimiento sus propias conclusiones.

En enero de 1770, mientras Weeden y Smith se devanaban inútilmente los sesos tratando de encontrar una explicación a aquellos desconcertantes sucesos, ocurrió el incidente del Fortaleza. Exasperado por la quema del buque aduanero Liberty ocurrida en Newport el verano anterior, el almirante Wallace, que mandaba la flota encargada de la vigilancia de aquellas costas, ordenó que se extremara el control de los barcos extranjeros, a raíz de lo cual el cañonero de Su Majestad Cygnet capturó tras corta persecución a la chalana Fortaleza, de Barcelona, España, al mando del capitán Manuel Arruda. La chalana había zarpado, según el diario de navegación, de El Cairo, Egipto, con destino a Providence. Cuidadosamente registrada en busca de material de contrabando, la chalana reveló el hecho asombroso de que su cargamento consistía exclusivamente en momias egipcias consignadas a nombre de «Marinero A. B. C.», quien debía acudir a recoger la mercancía a la altura de Nanquit Point y cuya identidad el capitán Arruda se negó a revelar. El vicealmirante Court, de Newport, no sabiendo qué hacer ante la naturaleza de aquel cargamento, que, si bien no podía ser calificado de contrabando, tampoco se atenía, por el secreto con que era transportado, a las normas legales, dejó a la chalana en libertad prohibiéndola atracar en las aguas de Rhode Island. Más tarde circuló el rumor de que había sido vista a la altura de Boston, aunque nunca llegó a entrar en aquel puerto.

El extraño incidente fue muy comentado en Providence y pocos fueron los que dudaron que existiera alguna relación entre el extraño cargamento de momias y el siniestro Joseph Curwen. Nadie que supiera de sus exóticos estudios y extrañas importaciones de productos químicos, a más de la afición que sentía por los cementerios, necesitó mucha imaginación para conectar su nombre con un cargamento que no podía ir destinado a ningún otro habitante de Providence.

Probablemente apercibido de aquella lógica sospecha, Curwen procuró dejar caer en varias ocasiones ciertas observaciones acerca del valor químico de los bálsamos contenidos en las momias pensando, quizá, revestir así al asunto de cierta normalidad, pero sin admitir jamás que tuviera participación alguna en él. Weeden y Smith no tuvieron por su parte ninguna duda acerca del significado del incidente y continuaron elaborando las más descabelladas teorías respecto a Curwen y sus monstruosos trabajos.

Durante la primavera siguiente, al igual que había sucedido el año anterior, llovió mucho, y con tal motivo los dos jóvenes sometieron a estrecha vigilancia la orilla del río situada a espaldas de la granja de Curwen. Las aguas arrastraron gran cantidad de tierra y dejaron al descubierto cierto número de huesos, pero no quedó a la vista ningún camino subterráneo. Sin embargo, algo se rumoreó por aquel entonces en la aldea de Pawtuxet, situada a una milla de distancia y junto a la cual el río se despeña sobre una serie de desniveles rocosos formando pequeñas cascadas. Allí donde dispersos caserones antiguos trepan por la colina desde el rústico puente y las lanchas pesqueras se mecen ancladas a los soñolientos muelles, se habló de cosas misteriosas que arrastraban las aguas y que permanecían flotando unos segundos antes de precipitarse, corriente abajo, entre la espuma de las cascadas. Cierto que el Pawtuxet es un río muy largo que pasa a través de regiones habitadas en las que abundan los cementerios, y cierto que las lluvias primaverales habían sido muy intensas, pero a los pescadores de los alrededores del puente no les gustó la horrible mirada que les dirigió uno de aquellos objetos ni el modo en que gritaron otros que habían perdido toda semejanza con las cosas que habitualmente gritan. Weeden estaba ausente por entonces, pero los rumores llegaron a oídos de Smith, que se apresuró a dirigirse a la orilla del río, donde halló evidentes vestigios de amplias excavaciones. No había quedado al descubierto, sin embargo, la entrada a ningún túnel, sino muy al contrario, una pared sólida mezcla de tierra y ramas recogidas más arriba. Smith empezó a cavar en algunos lugares, pero se dio por vencido al ver que sus intentos eran vanos, o, quizá, al temer que pudieran dejar de serlo. Habría sido interesante ver lo que habría hecho el obstinado y vengativo Weeden de haberse encontrado allí en esos momentos.


3

En el otoño de 1770, Weeden decidió que había llegado el momento de hablar a otros de sus descubrimientos, ya que poseía un gran número de datos, y disponía de un testigo ocular para desvirtuar la posible acusación de que los celos y el afán de venganza le habían hecho imaginar cosas que no existían. Como primer confidente escogió al capitán James Mathewson, del Enterprise, que por una parte le conocía lo suficiente para no dudar de su veracidad, y, por otra, tenía la suficiente influencia en la ciudad para hacerse escuchar a su vez con respeto. La conversación tuvo lugar cerca del puerto, en una habitación de la parte alta de la Taberna de Sabin, y en presencia de Smith, que podía corroborar cada una de las afirmaciones de Weeden. El capitán Mathewson quedó sumamente impresionado. Como casi todo el mundo en la ciudad, albergaba sus sospechas acerca del siniestro Joseph Curwen, de modo que aquella confirmación y ampliación de datos le bastó para convencerse totalmente.

Al final de la conferencia estaba muy serio y requirió a los dos jóvenes para que guardaran absoluto silencio. Dijo que él se encargaría de transmitir separadamente la información a los ciudadanos más cultos e influyentes de Providence, de recabar su opinión, y de seguir el consejo que pudieran ofrecerle. En cualquier caso, era esencial la mayor discreción, ya que el asunto no podía ser confiado a las autoridades de la ciudad y convenía que no llegara a oídos de la excitable multitud para evitar que se repitiera aquel espantoso pánico de Salem, ocurrido hacía menos de un siglo y que había provocado la huida de Curwen de aquella ciudad.

Las personas más indicadas para conocer el caso eran, en su opinión, el doctor Benjamin West, cuyo estudio sobre el último tránsito de Venus demostraba que era un auténtico erudito así como un agudo pensador; el reverendo James Manning, rector de la universidad, que había llegado hacía poco de Warren y se hospedaba provisionalmente en la nueva escuela de King Street en espera de que terminaran su propia vivienda en la colina que se elevaba sobre la Presbyterian Lane; el exgobernador Stephen Hopkins, que había sido miembro de la Sociedad Filosófica de Newport y era hombre de amplias miras; John Carter, editor de la Gazette; los cuatro hermanos Brown, John, Joseph, Nicholas y Moses, magnates de la localidad; el anciano doctor Jabez Bowen, cuya erudición era considerable y tenía información de primera mano acerca de las extrañas adquisiciones de Curwen; y el capitán Abraham Whipple, un hombre de fenomenal energía con el cual podía contarse si había que tomar alguna medida «activa». Aquellos hombres, si todo iba bien, podían reunirse finalmente para llevar a cabo una deliberación colectiva y en ellos recaería la responsabilidad de decidir si había que informar o no al gobernador de la Colonia, Joseph Wanton, residente en Newport, antes de adoptar ninguna medida.

La misión del capitán Mathewson tuvo más éxito del que esperaban, ya que, si bien un par de aquellos confidentes se mostró algo escéptico en lo concerniente al posible aspecto fantástico del relato de Weeden, todos coincidieron en la necesidad de adoptar medidas secretas y coordinadas. Era evidente que Curwen constituía una amenaza en potencia para el bienestar de la ciudad y de la Colonia, amenaza que había que eliminar a cualquier precio. A finales de diciembre de 1770, un grupo de eminentes ciudadanos se reunieron en casa de Stephen Hopkins y discutieron las medidas que podían adoptarse. Se leyeron con todo cuidado las notas que Weeden había entregado al Capitán Mathewson y tanto Weeden como Smith fueron llamados a presencia de la asamblea para que las confirmaran y añadieran algunos detalles. Algo parecido al miedo se apoderó de todos los allí presentes antes de que terminara la conferencia, pero a él se sobrepuso una implacable decisión que el Capitán Whipple se encargó de expresar verbalmente con su pintoresco léxico. No informarían al gobernador, porque era evidente la necesidad de una acción extraoficial. Si Curwen poseía efectivamente poderes ocultos, no podía invitársele por las buenas a que abandonara la ciudad, pues tal invitación podía acarrear terribles represalias. Por otra parte y en el mejor de los casos, la expulsión del siniestro individuo solo significaría el traslado a otro lugar de la amenaza que representaba. La ley era por entonces letra muerta, y aquellos hombres que durante tantos años habían burlado a las fuerzas reales no eran de los que se amilanaban fácilmente cuando el deber requería su intervención en cuestiones más difíciles y delicadas. Decidieron que lo mejor sería que una cuadrilla de soldados avezados sorprendiera a Curwen en su granja de Pawtuxet y le dieran ocasión para que se explicara. Si quedaba demostrado que era un loco que se divertía imitando voces distintas, le encerrarían en un manicomio. Si se descubría algo más grave y los secretos soterrados resultaban ser realidad, le matarían a él y a todos los que le rodeaban. El asunto debía llevarse con la mayor discreción y en caso de que Curwen muriera no se informaría de lo sucedido ni a la viuda ni al padre de ésta.

Mientras se discutían aquellas graves medidas, ocurrió en la ciudad un incidente tan terrible e inexplicable que durante algún tiempo no se habló de otra cosa en varias millas a la redonda. Una noche del mes de enero resonaron por los alrededores nevados del río, colina arriba, una serie de gritos que atrajeron multitud de cabezas somnolientas a todas las ventanas. Los que vivían en las inmediaciones de Weybosset Point vieron entonces una forma blanca que se lanzaba frenéticamente al agua en el claro que se abre delante de la Cabeza del Turco. Unos perros aullaron a lo lejos, pero sus aullidos se apagaron en cuanto se hizo audible el clamor de la ciudad despierta. Grupos de hombres con linternas y mosquetones salieron para ver que había ocurrido, pero su búsqueda resultó infructuosa. Sin embargo, a la mañana siguiente, un cuerpo gigantesco y musculoso fue hallado, completamente desnudo, en las inmediaciones de los muelles meridionales del Puente Grande, entre los hielos acumulados junto a la destilería de Abbott. La identidad del cadáver se convirtió en tema de interminables especulaciones y habladurías. Los más viejos intercambiaban furtivos murmullos de asombro y de temor, ya que aquel rostro rígido, con los ojos desorbitados por el terror, despertaba en ellos un recuerdo: el de un hombre muerto hacía ya más de cincuenta años.

Ezra Weeden presenció el hallazgo y, recordando los ladridos de la noche anterior, se adentró por Weybosset Street y por el puente de Muddy Dock, en dirección al lugar de donde procedía el sonido. Cuando llegó al límite del barrio habitado, al lugar donde se iniciaba la carretera de Pawtuxet, no le sorprendió hallar huellas muy extrañas en la nieve. El gigante desnudo había sido perseguido por perros y por muchos hombres que calzaban pesadas botas, y el rastro de los canes y sus dueños podía seguirse fácilmente. Habían interrumpido la persecución temiendo acercarse demasiado a la ciudad. Weeden sonrió torvamente y decidió seguir las huellas hasta sus orígenes. Partían, como había supuesto, de la granja de Joseph Curwen, y habría seguido su investigación de no haber visto tantos rastros de pisadas en la nieve. Dadas las circunstancias, no se atrevió a mostrarse demasiado interesado a plena luz del día. El doctor Bowen, a quien Weeden informó inmediatamente de su descubrimiento, llevó a cabo la autopsia del extraño cadáver y descubrió unas peculiaridades que le desconcertaron profundamente. El tubo digestivo no parecía haber sido utilizado nunca, en tanto que la piel mostraba una tosquedad y una falta de trabazón que el galeno no supo a qué atribuir. Impresionado por lo que los ancianos susurraban acerca del parecido de aquel cadáver con el herrero Daniel Green, fallecido hacía ya diez lustros, y cuyo nieto, Aaron Moppin, era sobrecargo al servicio de Curwen, Weeden procuró averiguar dónde habían enterrado a Green. Aquella noche, un grupo de diez hombres visitó el antiguo Cementerio del Norte y excavó la fosa. Tal como Weeden había supuesto, la encontraron vacía.

Mientras tanto, se había dado aviso a los portadores del correo para que interceptaran la correspondencia del misterioso personaje, y poco después del hallazgo de aquel cuerpo desnudo, fue a parar a manos de la junta de ciudadanos interesados en el caso una carta escrita por un tal Jedediah Orne, vecino de Salem, que les dio mucho que pensar. Charles Ward encontró un fragmento de dicha misiva reproducida en el archivo privado de cierta familia. Decía lo siguiente:

«Satisfáceme en extremo que continúe su merced el estudio de las Viejas Materias a su modo y manera, y mucho dudo que el señor Hutchinson de Salem obtuviera mejores resultados. Ciertamente fue muy grande el espanto que provocó en él la Forma que evocara, a partir de aquello de lo que pudo conseguir sólo una parte. No tuvo los efectos deseados lo que su merced nos envió, ya fuera porque faltaba algo, o porque las palabras no eran las justas y adecuadas, bien porque me equivocara yo al decirlas, bien porque se confundiera su merced al copiarlas. Tal cual estoy, solo, no hallo qué hacer. Carezco de los conocimientos de química necesarios para seguir a Borellus y no acierto a descifrar el Libro VII del Necronomicon que me recomendó. Quiero encomendarle que observe en todo momento lo que su merced nos encareció, a saber, que ejercite gran cautela respecto a quién evoca y tenga siempre presente lo que el señor Mather escribió en sus acotaciones al... en que representa verazmente tan terrible cosa. Encarézcole no llame a su presencia a nadie que no pueda dominar, es decir, a nadie que pueda conjurar a su vez algún poder contra el cual resulten ineficaces sus más poderosos recursos. Es menester que llame a las Potencias Menores no sea que las Mayores no quieran responderle o le excedan en poder. Me espanta saber que conoce su merced cuál es el contenido de la Caja de Ebano de Ben Zarisnatnik, porque de la noticia deduzco quién le reveló el secreto. Ruégole otra vez que se dirija a mí utilizando el nombre de Jedediah y no el de Simon. Peligrosa es esta ciudad para el hombre que quiere sobrevivir y ya tiene conocimiento su merced de mi plan por medio del cual volví al mundo bajo la forma de mi hijo. Ardo en deseos de que me comunique lo que Sylvanus Codicus reveló al Hombre Negro en su cripta, bajo el muro romano, y le agradeceré me envíe el manuscrito de que me habla.»

Otra misiva, ésta procedente de Filadelfia y carente de firma, provocó igual preocupación, especialmente el siguiente pasaje:

«Tal como me encarece su merced, le enviaré las cuentas sólo por medio de sus naves, aunque nunca sé con certeza cuándo esperar su llegada. Del asunto de que hablamos necesito únicamente una cosa más, pero quiero estar seguro de haber entendido exactamente todas sus recomendaciones. Díceme que para conseguir el efecto deseado no debe faltar parte alguna, pero bien sabe su merced cuán difícil es proveerse de todo lo necesario. Juzgo tan trabajoso como peligroso sustraer la Caja entera, y en las iglesias de la villa (ya sea la de San Pedro, la de San Pablo, la de Santa María o la del Santo Cristo), es de todo punto imposible llevarlo a cabo, pero sé bien que lo que lograra evocar el octubre pasado tenía muchas imperfecciones y que hubo de utilizar innumerables especímenes hasta dar en 1766 con la Forma adecuada. Por todo ello reitero que me dejaré guiar en todo momento por las instrucciones que tenga a bien darme su merced. Espero impaciente la llegada de su bergantín y pregunto todos los días en el muelle del señor Biddle.»

Una tercera carta, igualmente sospechosa, estaba escrita en idioma extranjero y con alfabeto desconocido. En el diario que luego hallara Charles Ward, Smith había reproducido torpemente una determinada combinación de caracteres que vio repetida en ella varias veces. Los especialistas de la Universidad de Brown determinaron que tales caracteres correspondían al alfabeto amhárico o abisinio, pero no lograron identificar la palabra en cuestión. Ninguna de las tres cartas llegó jamás a manos de Curwen, aunque el hecho de que Jedediah Orne desapareciera al poco tiempo de Salem, demuestra que los conjurados de Providence habían tomado ciertas medidas con toda discreción. La Sociedad Histórica de Pensilvania posee también una curiosa carta escrita por un tal doctor Shippen en que se menciona la llegada a Filadelfia por aquel entonces de un extraño personaje. Pero, mientras, algo más importante se tramaba. Los principales frutos de los descubrimientos de Weeden resultaron de las reuniones secretas de marineros y mercenarios juramentados que tenían lugar durante la noche en los almacenes de Brown. Lenta, pero seguramente, se iba elaborando un plan de campaña destinado a eliminar, sin dejar rastro, los siniestros misterios de Joseph Curwen.

A pesar de todas las precauciones adoptadas para que no reparara en la vigilancia de que era objeto, el siniestro personaje debió observar que algo anormal ocurría, ya que a partir de entonces pareció siempre muy preocupado. Su calesa era vista a todas horas en la ciudad y en la carretera de Pawtuxet, y poco a poco fue abandonando el aire de forzada amabilidad con que últimamente había tratado de combatir los prejuicios de la ciudad.

Los vecinos más próximos a su granja, los Fenner, vieron una noche un gran chorro de luz que brotaba de alguna abertura del techo de aquel edificio de piedra que tenía troneras en vez de ventanas, acontecimiento que comunicaron rápidamente a John Brown. Se había convertido éste en jefe del grupo decidido a terminar con Curwen, y con tal fin había informado a los Fenner de sus propósitos, lo cual consideró necesario debido a que los granjeros habían de ser testigos forzosamente del ataque final. Justificó el asalto diciendo que Curwen era un espía de los oficiales de aduanas de Newport, en contra de los cuales se alzaba en aquellos días todo fletador, comerciante o granjero de Providence, abierta o clandestinamente. Si los vecinos de Curwen creyeron o no el embuste, es cosa que no se sabe con certeza, pero lo cierto es que se mostraron más que dispuestos a relacionar cualquier manifestación del mal con un hombre que tan extrañas costumbres demostraba. El señor Brown les había encargado que vigilaran la granja de Curwen y, en consecuencia, le informaban puntualmente de todo incidente que tuviera lugar en la propiedad en cuestión.


4

La probabilidad de que Curwen estuviera en guardia y proyectara algo anormal, como sugería aquel chorro de luz, precipitó finalmente la acción tan cuidadosamente planeada por el grupo de ciudadanos. Según el diario de Smith, casi un centenar de hombres se reunieron a las diez de la noche del 12 de abril de 1771 en la gran sala de la Taberna Thurston, al otro lado del puente de Weybosset Point. Entre los cabecillas, además de John Brown, figuraban el doctor Bowen, con su maletín de instrumental quirúrgico; el presidente Manning sin su peluca (que se tenía por la mayor en las Colonias); el gobernador Hopkins, envuelto en su capa negra y acompañado de su hermano Eseh, al cual había iniciado en el último momento con el consentimiento de sus compañeros; John Carter; el capitán Mathewson y el capitán Whipple, encargado de dirigir la expedición. Los jefes conferenciaron aparte en una habitación trasera, después de lo cual el capitán Whipple se presentó en la sala y dio a los hombres allí reunidos las últimas instrucciones. Eleazar Smith se encontraba con los jefes de la expedición esperando la llegada de Ezra Weeden, que había sido encargado de no perder de vista a Curwen y de informar de la marcha de su calesa hacia la granja.

Alrededor de las diez y media se oyó el ruido de unas ruedas que pasaban sobre el Puente Grande y no hubo necesidad de esperar a Weeden para saber que Curwen había salido en dirección a la siniestra granja. Poco después, mientras la calesa se alejaba en dirección al puente de Muddy Dock, apareció Weeden. Los hombres se alinearon silenciosamente en la calle empuñando los fusiles de chispa, las escopetas y los arpones balleneros que llevaban consigo. Weeden y Smith formaban parte del grupo, y, de los ciudadanos deliberantes, se encontraban allí dispuestos al servicio activo el capitán Whipple, en calidad de jefe de la expedición, el capitán Eseh Hopkins, John Carter, el presidente Manning, el capitán Mathewson y el doctor Bowen, junto con Moses Brown, que había llegado a las once y estuvo ausente, por lo tanto, de la sesión preliminar en la taberna. El grupo emprendió la marcha sin dilación, encaminándose hacia la carretera de Pawtuxet. Poco más allá de la iglesia de Elder Snow, algunos de los hombres se volvieron a mirar la ciudad dormida bajo las estrellas primaverales. Torres y chapiteles elevaban sus formas oscuras mientras que del norte llegaba una suave brisa con regusto a sal. La estrella Vega se elevaba al otro lado del agua, sobre la alta colina coronada de una arboleda interrumpida sólo por los tejados del edificio de la universidad, aún en construcción. Al pie de la colina y en torno a las callejuelas que descendían ladera abajo, dormía la ciudad, la vieja Providence, por cuyo bien y seguridad estaban a punto de aplastar blasfemia tan colosal.

Una hora y cuarto después los expedicionarios llegaban, tal como estaba previsto, a la granja de los Fenner, donde oyeron el informe final acerca de las actividades de Curwen. Había llegado a la granja media hora antes e inmediatamente después había surgido una extraña luz a través del techo del edificio de piedra, aunque las troneras que hacían las veces de ventanas seguían tan oscuras como solían estarlo últimamente. Mientras los recién llegados escuchaban esta noticia se vio otro resplandor elevarse en dirección al sur, con lo cual los expedicionarios supieron sin la menor duda que habían llegado a un escenario donde iban a presenciar maravillas asombrosas y sobrenaturales. El capitán Whipple ordenó que sus fuerzas se dividieran en tres grupos: uno de veinte hombres al mando de Eleazar Smith, que hasta que su presencia fuera necesaria en la granja habría de apostarse en el embarcadero e impedir la intervención de posibles refuerzos enviados por Curwen; un segundo grupo de otros tantos hombres dirigidos por el capitán Eseh Hopkins que se encargaría de penetrar por el valle del río situado a espaldas de la granja y de derribar con hachas, o pólvora en caso necesario, la puerta de roble descubierta por Weeden; y un tercer grupo que atacaría de frente la granja y el edificio contiguo. De este último grupo, una tercera parte, al mando del capitán Mathewson, iría directamente al edificio de piedra, otra tercera parte seguiría al capitán Whipple hasta el edificio principal de la granja, y el resto formaría un círculo alrededor de los dos edificios para acudir al oír una señal de emergencia adonde su presencia se hiciera más necesaria.

El grupo que había de penetrar por el valle derribaría la puerta al oír una única señal de silbato y capturaría todo aquello que surgiera de las regiones inferiores. Al oír dos veces seguidas el sonido del silbato, avanzaría por el pasadizo para enfrentarse al enemigo o unirse al resto del contingente. El grupo encargado de atacar el edificio de piedra interpretaría los sonidos del silbato de manera análoga; al oír el primero derribarían la puerta, y al oír los segundos examinarían cualquier pasadizo o subterráneo que pudieran encontrar y ayudarían a sus compañeros en el combate que suponían habría de tener lugar en esas cavernas. Una tercera señal constituiría la llamada de emergencia al grupo de reserva; sus veinte hombres se dividirían en dos equipos que se internarían respectivamente por la puerta de roble y en el edificio de piedra. La certeza del capitán Whipple acerca de existencia de catacumbas en la propiedad era tan absoluta, que no dudó ni por un momento en tenerla en cuenta al elaborar sus planes. Llevaba con él un silbato de sonido muy agudo para que nadie confundiera las señales. El grupo apostado junto al embarcadero naturalmente no podría oírlo. De requerirse su ayuda, se haría necesario el envío de un mensajero. Moses Brown y John Carter fueron con el capitán Hopkins a la orilla del río mientras que el presidente Manning acompañaba al capitán Mathewson y al grupo destinado a asaltar el edificio de piedra. El doctor Bowen y Ezra Weeden se unieron al destacamento de Whipple que tenía a su cargo el ataque al edificio central de la granja. La operación comenzaría tan pronto como un mensajero del capitán Hopkins hubiera notificado al capitán Whipple que el grupo del río estaba en su puesto. Whipple haría sonar entonces el silbato y los grupos atacarían simultáneamente los tres puntos convenidos. Poco antes de la una de la madrugada, los tres destacamentos salieron de la granja de Fenner, uno en dirección al embarcadero, otro en dirección a la puerta de la colina, y el tercero, tras subdividirse, en dirección a los edificios de la granja de Curwen.

Eleazar Smith, que acompañaba al grupo que se dirigía al embarcadero, registra en su diario una marcha silenciosa y una larga espera en el arrecife que se yergue sobre la bahía. Luego se oyó la señal de ataque, seguida de una explosión de aullidos y de gritos. Un hombre creyó oír algunos disparos, y el propio Smith captó acentos de una voz atronadora que resonaba en el aire. Poco antes del amanecer, un aterrorizado mensajero con los ojos desorbitados y las ropas impregnadas de un hedor espantoso y desconocido se presentó ante el grupo y dijo a los hombres que regresaran silenciosamente a sus hogares y no volvieran a pensar jamás en lo que había sucedido aquella noche ni en la persona de Joseph Curwen. El aspecto del mensajero produjo en aquellos seres una impresión que sus palabras no habrían podido causar por sí solas; a pesar de ser un marinero conocido por la mayoría de ellos, algo oscuro había perdido o ganado su alma, algo que le situaba en un mundo aparte. Y lo mismo ocurrió más tarde cuando encontraron a otros antiguos compañeros que se habían adentrado en las regiones del horror. La mayoría de ellos habían adquirido o perdido algo misterioso o indescriptible. Habían visto, oído o captado algo que no estaba destinado al entendimiento humano y no podían olvidarlo. Jamás hablaron entre ellos de lo sucedido, porque hasta para el más común de los instintos mortales existen fronteras insalvables. En cuanto al grupo del embarcadero, el espanto indecible que les transmitió aquel único mensajero selló también sus labios. Pocos son los rumores que de ellos proceden y el diario de Eleazar Smith es el único testimonio escrito que dejó todo aquel cuerpo de expedicionarios.

Charles Ward, sin embargo, descubrió otra vaga fuente de información en algunas cartas de los Fenner que encontró en New London, donde sabía que había vivido otra rama de la familia. Parece ser que los vecinos de Curwen, desde cuya casa era visible la granja condenada, habían presenciado la partida de las columnas expedicionarias y habían oído claramente los furiosos ladridos de los perros sucedidos por la explosión que precipitó el ataque. A aquella primera explosión habían seguido la elevación de un gran chorro de luz procedente del edificio de piedra, y, poco después, el resonar de disparos de mosquetón y de escopeta acompañados de unos horribles gritos que el autor de la carta, Luke Fenner, había reproducido por escrito del siguiente modo: «Whaaaaarrr... Rwhaaarrr». Eran aquellos gritos, sin embargo, de una calidad que la simple escritura no podía reproducir, y el corresponsal mencionaba el hecho de que su madre se había desmayado al oírlos. Más tarde se repitieron con menos fuerza, mezclados esta vez con otros disparos y una sorda explosión que tuvo lugar al otro lado del río, Alrededor de una hora después todos los perros empezaron a ladrar espantosamente y la tierra pareció estremecerse hasta el punto de que los candelabros oscilaron sobre la repisa de la chimenea. Se percibió un intenso olor a azufre y, según el padre de Luke Fenner, fue entonces cuando se oyó la tercera señal, es decir, la de emergencia, aunque el resto de la familia no llegó a percibirla. Volvieron a sonar disparos sucedidos ahora por un grito menos agudo pero mucho más horrible de los que le habían precedido, una especie de tos gutural, de gorgoteo indescriptible que si se juzgó grito, fue más por su continuidad y por el impacto sicológico que causara, que por su valor acústico real.

Luego se vio una forma envuelta en llamas en los alrededores de la granja de Curwen y se oyeron gritos de hombres aterrorizados. Los mosquetones volvieron a disparar y la forma flamígera cayó al suelo. Apareció después una segunda forma envuelta en fuego, y se oyó claramente un débil grito humano. Fenner, según dice en su carta, pudo murmurar, entre el horror que sentía, unas cuantas palabras: «Señor Todopoderoso, protege a tu cordero». Siguieron más disparos y la segunda forma se desplomó. Se hizo entonces un silencio que duró casi tres cuartos de hora. Al cabo de este tiempo el pequeño Arthur Fenner, hermano de Luke, dijo ver «una niebla roja» que ascendía hacia las estrellas desde la granja maldita. Nadie más que el chiquillo fue testigo del hecho, pero Luke admitía que en aquel mismo instante se arquearon los lomos y se erizaron los cabellos de los tres gatos que se encontraban en la habitación.

Cinco minutos después sopló un viento helado y el aire se llenó de un hedor tan insoportable que sólo la fuerte brisa del mar pudo impedir que fuera captado por el grupo apostado junto al embarcadero o por cualquier ser humano despierto en la aldea de Pawtuxet. El hedor no se parecía a ninguno de los que Fenner hubiera conocido basta entonces y producía una especie de miedo amorfo, penetrante, mucho más intenso que el que puede causar una tumba o un osario. Casi inmediatamente resonó aquella espantosa voz que ninguno de los que la oyeron pudieron olvidar jamás. Atronó el aire e hizo rechinar los cristales de las ventanas mientras sus ecos se apagaban. Era profunda y musical, poderosa como un órgano, pero maldita como los libros prohibidos de los árabes. Ningún hombre pudo interpretar lo que dijo porque habló en un idioma desconocido, pero Luke Fenner trató de reproducirlo así: «DESMES... JESHET... BONEDOSEFEDUVEMA... ENTTEMOSS». Hasta el año 1919 nadie relacionó aquella burda transcripción con ninguna fórmula conocida, pero Ward palideció al reconocer en ella lo que Mirándola había denunciado, con un estremecimiento, como la más terrorífica de las invocaciones de la magia negra.

Un coro de gritos inconfundiblemente humanos pareció responder a aquella maligna invocación desde la granja de Curwen, después de lo cual el misterioso hedor se mezcló con otro igualmente insoportable. Un aullido distinto del griterío anterior se dejo oír entonces, subiendo y bajando de tono en indescriptibles paroxismos. A veces se hacía casi articulado, aunque ninguno de los que lo oían pudieron captar ni una sola palabra conocida, y en un momento determinado pareció acercarse a los límites de una risa histérica y diabólica. Luego, un alarido aterrorizado y demente surgió de numerosas gargantas humanas, un alarido que se oyó fuerte y claro a pesar de que evidentemente surgía de enormes profundidades. A continuación, la oscuridad y el silencio lo envolvieron todo. Unas espirales de humo acre ascendieron hasta las estrellas aunque no se vio rastros de fuego, ni se observó al día siguiente que ningún edificio hubiera desaparecido o resultado dañado en su estructura.

Hacia el amanecer, dos asustados mensajeros con las ropas impregnadas de un hedor monstruoso e inclasificable, llamaron a la puerta de los Fenner y pidieron un barrilillo de ron que pagaron a muy buen precio, por cierto. Uno de ellos le dijo a la familia que el caso de Joseph Curwen estaba resuelto y que los acontecimientos de aquella noche no volverían a mencionarse nunca. En definitiva, el único testimonio que queda de lo que se vio y oyó en aquella noche son las furtivas cartas de Luke Fenner, quien por cierto, daba en ellas instrucciones a su pariente para que las destruyera no bien las hubiera leído. El hecho de que éste no obedeciera su orden impidió que el asunto cayera en un total y misericordioso olvido. Tras interrogar detenidamente a los habitantes de Pawtuxet guiado del deseo de descubrir tradiciones ancestrales, Charles Ward añadió un detalle más a lo que había averiguado por medio de estas cartas. Un anciano llamado Charles Slocum le confió que su abuelo le había hablado de un rumor que corrió por entonces por el pueblo y según el cual, una semana después de que se anunciara la muerte de Joseph Curwen, fue hallado en medio del campo un cadáver desfigurado por las llamas. Lo sorprendente de este rumor era que ese cuerpo, en la medida que podía deducirse del estado en que se hallaba, no era ni enteramente humano ni semejante a ningún animal de que vecino alguno de Pawtuxet tuviera la menor noticia.


5

Ninguno de los hombres que participaron en aquella terrible expedición volvió a decir jamás una sola palabra acerca de ella, y los vagos datos que se conocen hoy proceden de personas ajenas al grupo de conjurados. Hay algo estremecedor en el cuidado con que los expedicionarios destruyeron todo lo que aludía, de cerca o de lejos, al asunto.

Ocho marineros resultaron muertos, pero aunque los cuerpos no fueron entregados nunca a sus familiares, estos quedaron satisfechos con la explicación de que había tenido lugar un enfrentamiento con los aduaneros. La misma explicación justificó los numerosos casos de heridas, todas ellas atendidas y vendadas por el doctor Jabez Bowen, que había acompañado a la expedición. Más difícil de explicar resultó aquel hedor indecible adherido al cuerpo de todos los expedicionarios, cosa que se comentó durante semanas enteras. De los cabecillas de aquella partida, el capitán Whipple y Moses Brown resultaron gravemente heridos. Varias cartas escritas por sus esposas atestiguan el desconcierto que produjo en ellas la reticencia de sus maridos respecto a sus venda]es. Lo cierto es que todos los participantes recibieron una fuerte impresión. Por suerte eran hombres de acción y de convicciones religiosas simples y ortodoxas, pues de haber sido más introspectivos y dados a las complicaciones mentales, sin duda habrían caído enfermos. El más afectado fue el presidente Manning, pero incluso él llegó, según parece, a superar aquellos negros recuerdos a base de plegarias. Todos los jefes de aquella expedición intervinieron más tarde en hechos decisivos y es probablemente muy afortunado que así fuera. Poco más de un año después de aquel asalto, el capitán Whipple encabezó el grupo que incendió la nave aduanera Gaspee, hazaña que sin duda contribuyó a borrar el recuerdo de las terribles imágenes que pudieran sobrevivir en su memoria.

A la viuda de Joseph Curwen le fue entregado un ataúd sellado, de plomo y de raro diseño, que había sido hallado en la granja y que contenía, según dijeron, el cadáver de su marido. Le explicaron que había muerto en lucha con los aduaneros y que no convenía dar más detalles acerca del acontecimiento. Nadie se atrevió a hablar del fin de Joseph Curwen, y Charles Ward contó con un solo indicio para elaborar su teoría. Ese indicio era vago en extremo y consistía en un pasaje subrayado de aquella carta que Jedediah Orne había enviado a Curwen, carta que había sido confiscada y que Ezra Weeden había copiado en parte. Dicha copia se hallaba ahora en posesión de los descendientes de Smith y a nosotros nos toca decidir si Weeden se la entregó a su compañero después del ataque a la granja, como testimonio de la anormalidad de lo que había ocurrido, o si, como es más probable, Smith la tenía ya en su poder anteriormente y la había subrayado después de sonsacar a su amigo interrogándole sabiamente. El pasaje subrayado decía:

«Encarézcole no llame a su presencia a nadie que no pueda dominar, es decir, a nadie que pueda conjurar a su vez algún poder contra el cual resulten ineficaces sus más poderosos recursos.»

A la luz de este pasaje y pensando en los enemigos innombrables que un hombre acosado podía invocar en su ayuda, Charles Ward pudo muy bien preguntarse si fue en verdad algún ciudadano de Providence quien mató a Joseph Curwen.

La eliminación deliberada de todo lo que en los anales de Providence pudiera recordar al muerto, quedó grandemente facilitada por la influencia de los cabecillas de la expedición, si bien estos no se propusieron en un primer momento ser tan exhaustivos. Ocultaron a la viuda, al padre y a la hija de ésta, la verdad de lo ocurrido, pero el capitán Tillinghast era hombre astuto y no tardaron en llegar a sus oídos rumores que le llenaron de horror y le impulsaron a solicitar el cambio de nombre para su hija y para su nieta. Quemó además la biblioteca de su yerno y todos los documentos y borró la inscripción que figuraba en la lápida de su tumba. Conocía perfectamente al capitán Whipple y probablemente logró extraer de aquel rudo marino más información que ninguna otra persona acerca del misterioso fin del siniestro brujo.

A partir de entonces, se trató por todos los medios de borrar la memoria de Curwen, tarea que llegó a alcanzar, por común acuerdo, a los archivos oficiales de la ciudad y a los de la Gazette. Sólo puede compararse aquel afán, en espíritu, al baldón que recayó sobre el nombre de Oscar Wilde durante la década siguiente a su desgracia, y, en extensión, a la suerte de aquel pecador Rey de Runagur del cuento de Lord Dunsany, al cual los dioses condenaron no solamente a dejar de ser sino también a dejar de haber sido.

La señora Tillinghast, nombre con que se conoció a la viuda a partir de 1772, vendió la casa de Olney Court y vivió con su padre en Powers Lane hasta su fallecimiento, ocurrido en 1817. La granja de Pawtuxet, rehuida por todos, permaneció solitaria a lo largo de los años y empezó a desmoronarse con increíble rapidez. En 1780 sólo quedaban en pie las paredes de piedra y de mampostería, y en 1800 el lugar era un montón de ruinas. Nadie osaba traspasar la barrera de arbustos que se alzaba en la ladera donde se había descubierto la puerta de roble, ni nadie trató en mucho tiempo de hacerse una idea definitiva del escenario que vio a Joseph Curwen partir de los horrores que él mismo había provocado.
Sólo se oyó en cierta ocasión al capitán Whipple murmurar para su capote: «¡Maldito sea ese...! No tenía derecho a reír mientras gritaba. Era como si el muy... tuviera algún secreto. No quemé su... casa por un pelo.»



Una búsqueda y una invocación


1

Charles Ward, como hemos visto, averiguó en 1918 que descendía de Joseph Curwen. No es de extrañar que inmediatamente brotara en él un profundo interés por todo lo relacionado con ese misterio, ya que los vagos rumores que había oído acerca de aquel personaje habían adquirido para él una importancia vital desde el momento en que supo que por las venas de ambos corría la misma sangre. Ningún genealogista que se preciara podía por menos de iniciar una búsqueda ávida y sistemática de todo lo relativo a Curwen.

En sus primeras investigaciones no manifestó la menor tentativa de guardar el secreto, de modo que incluso el doctor Lyman vacila en fechar los comienzos de la locura del joven en un período anterior a 1919. Hablaba libremente con su familia -aunque a su madre no le complacía demasiado tener un antepasado como Curwen- y con los funcionarios de los diversos museos y bibliotecas que frecuentaba. Al acudir a los particulares en demanda de datos o documentos, no ocultaba el objeto de sus pesquisas y compartía el divertido escepticismo con que eran considerados los relatos de los autores de diarios y cartas. Pero sí solía expresar una seria curiosidad por lo que realmente había ocurrido hacía siglo y medio en la granja de Pawtuxet, cuyo emplazamiento trató inútilmente de localizar, y por averiguar qué clase de individuo había sido Joseph Curwen.

Cuando dio con el diario y los archivos de Smith y encontró la carta de Jedediah Orne, decidió visitar Salem e investigar cuáles habían sido las actividades desarrolladas allí por Curwen, cosa que llevó a cabo durante las vacaciones de Pascua de 1919. En el Instituto Essex, que conocía de anteriores estancias en la antigua ciudad puritana de chapiteles ruinosos y tejados arracimados, fue recibido muy amablemente. Allí tuvo ocasión de descubrir una gran cantidad de datos acerca de su antepasado. Descubrió que había nacido el 18 de febrero de 1662 en Salem-Village, pueblo que actualmente lleva el nombre de Danvers y que está situado a unas siete millas de la ciudad, y que se había embarcado a la edad de quince años para regresar con el habla, el vestir y los modales de un inglés en 1686, fecha en que se estableció en Salem. En aquella época apenas se relacionaba con su familia y pasaba la mayor parte del tiempo enfrascado en la lectura de libros que había traído de Europa y experimentando con extraños productos químicos que le llegaban en barcos procedentes de Inglaterra, Francia y Holanda. Ciertos viajes suyos por la región fueron objeto de muchos comentarios y se asociaban con vagos rumores que hablaban de fogatas que ardían por la noche en las colinas.

Los únicos amigos íntimos de Curwen habían sido un tal Edward Hutchinson, de Salem-Village, y un tal Simon Orne, de Salem. Se les veía a menudo conferenciando por los alrededores del parque y las visitas entre ellos no eran menos frecuentes. Hutchinson poseía una casa en las cercanías del bosque y se decía que por la noche se oían en ella ruidos muy extraños. Se comentaba también que recibía muchos visitantes de apariencia rara en extremo y que las luces de sus ventanas no eran siempre del mismo color. Los conocimientos que revelaba acerca de personas que habían muerto hacía mucho tiempo y de acontecimientos pretéritos, se consideraban claramente sospechosos. Hutchinson desapareció en la época del gran pánico de Salem y nunca volvió a saberse de él. También Joseph Curwen se marchó en esa misma época, pero al poco se supo que se había establecido en Providence. Simon Orne vivió en Salem hasta 1720, cuando empezó a llamar la atención el hecho de que no envejeciera. En aquella fecha desapareció, pero treinta años después se presentó un hijo suyo a reclamar sus propiedades. La reclamación prosperó debido a que los documentos, de puño y letra de Simon Orne, no dejaban lugar a dudas respecto a su autenticidad. Jedediah Orne vivió en Salem hasta 1771, cuando ciertas cartas de un grupo de ciudadanos de Providence destinadas al Reverendo Thomas Barnard y a otros hombres de influencia provocaron su salida de la ciudad con rumbo desconocido.

En el Instituto Essex, el Ayuntamiento y la Oficina del Registro de la Propiedad había ciertos documentos relativos a estos extraños sucesos, algunos de ellos tan inofensivos como pueden ser un título de propiedad o una factura de venta, y otros de naturaleza más misteriosa. En los archivos en que se guardaba toda la documentación relativa a los procesos por brujería, había cuatro o cinco alusiones inconfundibles. Por ejemplo, el testimonio que prestó un tal Hepzibah Lawson el día 10 de julio de 1692 ante el Tribunal de Oyer y Terminen presidido por el Juez Hawthorne y según el cual «cuarenta brujas y el Hombre Negro se reunieron en los bosques situados detrás de la casa del señor Hutchinson». Un hombre llamado Amity How declaró por su parte en la sesión del 8 de agosto ante el juez Gedney que «El señor G. B. (George Burroughs) fue marcado por el diablo la misma noche que lo fueron Bridget S., Jonathan A., Simon O., Deliverance W., Joseph C., Susan P., Mehitable C., y Deborah B.». Existía también un catálogo de la biblioteca de Hutchinson tal como se había encontrado ésta después de la desaparición de su dueño, y un manuscrito sin terminar, escrito por el propio Hutchinson en una clave que nadie pudo descifrar. Ward hizo sacar una copia del manuscrito y empezó a trabajar en la clave. A partir del mes de agosto su tarea fue cada vez más intensa y febril, y, a juzgar por su conducta y sus palabras, puede suponerse que logró descifrarla en octubre o noviembre de aquel mismo año. Sin embargo, Ward no dijo nunca nada concreto al respecto.

Pero el material de mayor y más inmediato interés era el relativo a Orne. Ward no tuvo gran dificultad en demostrar por medio de la caligrafía una cosa que ya había dado por supuesta después de leer la carta dirigida a Curwen, es decir, que Simon Orne y su pretendido hijo eran la misma persona. Tal como le decía Orne a su amigo en la misiva, consideraba peligroso seguir viviendo en Salem, y, en consecuencia, decidió pasar treinta años en el extranjero y volver a reclamar sus propiedades como representante de una nueva generación de la familia. Orne se había tomado el trabajo de destruir la mayor parte de su correspondencia, pero los ciudadanos que decidieron pasar a la acción en 1771 encontraron y conservaron unas cuantas cartas y documentos que despertaron su curiosidad. Eran fórmulas crípticas y diagramas escritos por diferente mano, fórmulas y diagramas que Ward hizo copiar o fotografiar cuidadosamente. Halló también una carta sumamente misteriosa que reconoció inmediatamente como de puño y letra de Joseph Curwen.

Esta carta de Curwen, aunque sin constancia del año en que fue escrita, no podía ser evidentemente la que dio lugar a la respuesta de Orne que había ido a caer en manos de Ezra Weeden. Tras estudiarla cuidadosamente, Ward la fechó alrededor de 1750. No estará de más reproducir aquí el texto completo como muestra del estilo de un hombre de tan terrible y misteriosa historia. El destinatario era un tal «Simon», pero el nombre aparece siempre tachado (Ward no podía decir si por obra de su antepasado o del mismo Orne).


Providence, 1 mayo
Hermano:


A mi honorable y viejo amigo y con el debido respeto hacia Aquel que servimos para su eterno Poder. Diríjome a su merced para informarle de lo que debe saber en lo tocante al Ultimo Extremo y qué hacer llegado el momento. No está en mi ánimo abandonar esta ciudad ya que Providence no juzga con la dureza de otras partes las materias que se salen de lo común. Encuéntrome atado por naves y mercancías y no puedo obrar por ello como hizo su merced, a más de lo que mi granja de Pawtuxet esconde en sus entrañas y que no esperaría mi vuelta bajo la forma de Otro.

Pero estoy igualmente prevenido para el día en que la suerte me abandone y heme afanado largo tiempo por hallar la manera de regresar luego del Trance. Topéme anoche con las palabras que traen la presencia de YOGGESOTHOTHE y vi por primera vez aquel rostro de que habla Ibn Schacabac en el... Y dijo que el Salmo III del Liber Damnatus encierra la Clave. Con el Sol en la V Casa y Saturno en la III es menester dibujar el Pentágono de fuego y recitar tres veces el Versículo Noveno. Y de las semillas de lo Viejo nacerá lo Nuevo que mirará hacia atrás sin saber qué buscar.

Nada de esto ocurrirá si no tengo Heredero y si las Sales o el método para fabricarlas no están dispuestos para él. Y llegado a este punto, confieso a su merced no haber dado todos los pasos necesarios ni hallado lo suficiente. Prolóngase el proceso de fabricación y hácese de día en día más difícil reunir y almacenar los especímenes necesarios para ello, a pesar de lo mucho que me hago traer de las Indias. Muestran curiosidad mis vecinos, aunque hasta el momento he conseguido contenerla. Son en esto los caballeros peores que los plebeyos por ser aquéllos más sosegados en sus juicios y más dignos de crédito. Mucho me temo que hayan hablado ya Parson y Merritt, empero hasta el momento me considero a salvo. Las sustancias químicas necesarias son fáciles de obtener por haber en la ciudad dos buenas boticas, la del doctor Bowen y la de Sam Carew. Guíome siempre por lo que aconseja Borellus y recurro con frecuencia al Libro VII de Abdul Al-Hazred. Lo que descubra se lo comunicaré a su merced. Encarézcole se sirva mientras tanto de las Invocaciones que le envío. Si desea verle a El, utilice su merced la fórmula que le envío junto con esta carta. Recite sus versos cada Noche de Difuntos y cada Noche de Viernes Santo y si los lee como es menester, Uno vendrá en años futuros que mirara hacia atrás y que se valdrá de las Sales que su merced haya dejado, Job XIV, XIV.

Mucho me alegra saber que se halla su merced otra vez en Salem y espero tener muy pronto el placer de verle. Tengo un buen caballo de tiro y es muy probable que compre pronto un coche. Hay uno ya en Providence (el del señor Merritt) aunque los caminos son muy malos. Si se determina a venir, tome su merced la diligencia de Boston que pasa por Dedham, Wrentham y Attleborough. En todas estas villas hay buenas Posadas. Recomiéndole que duerma en Wrentham en la Posada del señor Bolcom; las camas son mejores que en la Posada del señor Hatch. Coma empero en esta Ultima porque la cocina es mejor. Si entra en Providence cruzando las cascadas de Patucket y por el camino donde se halla la Taberna del señor Sayles, hallará mi casa fácilmente. Se encuentra frente a la Posada del señor Epenetus Olney, en Town Street y en la acera norte de Olney’s Court. La distancia desde Boston es de unas XLIV millas.
Su sincero amigo y Servidor en Almonsin-Metraton,

JOSEPHUS C.

Simon Orne
William’s Lane
Salem


Aquella carta permitió a Ward localizar exactamente el hogar de Curwen en Providence, ya que ninguno de los documentos que había encontrado hasta entonces daba datos tan concretos. El hallazgo resultó aún más sorprendente porque aquella casa, que había construido su antepasado en 1761 en el solar de otra más antigua, seguía aún en pie en Olney Court y ya la conocía gracias a sus frecuentes paseos por Stampers Hill. De hecho se encontraba a muy poca distancia de su hogar y estaba habitada por una familia negra muy apreciada para trabajos domésticos tales como lavar la ropa, limpiar o atender a los servicios de calefacción. El hecho de encontrar en la lejana Salem datos sobre aquella casa que tanto había significado en la historia de su propia familia, impresionó profundamente a Ward, quien decidió explorarla inmediatamente después de su regreso a Providence. Los párrafos más misteriosos de la carta, que interpretó como simbólicos, le desconcertaron totalmente aunque cayó en la cuenta con un estremecimiento de curiosidad de que el pasaje de la Biblia que en ella se citaba -Job, 14, 14- era el versículo que dice: «Si muere un varón, ¿revivirá? Todos los días de mi servicio esperaría hasta que llegase mi relevo.»


2

El joven Ward llegó pues a Providence en un estado de agradable excitación y pasó el sábado siguiente en prolongado y exhaustivo estudio de la casa de Olney Court. El edificio, ahora en muy mal estado, no había sido nunca una mansión. Era sencillamente un caserón de madera de dos pisos y de estilo colonial con tejado puntiagudo, amplia chimenea central y porche adornado con columnas dóricas. Externamente había sufrido muy pocas alteraciones, y Ward, al mirarlo, tuvo plena conciencia de que contemplaba algo relacionado muy de cerca con el siniestro objetivo de su investigación.

Conocía a la familia negra que habitaba la casa y fue cortésmente invitado a visitar el interior por el viejo Asa y su fornida esposa, Hannah. Había dentro más cambios de los que hacía sospechar el exterior y Ward vio con decepción que los frisos de volutas y las alacenas y armarios empotrados habían desaparecido, mientras que el revestimiento de madera de las paredes estaba marcado, arañado, mellado, o sencillamente cubierto por papel pintado de la más baja calidad. En general la visita no resultó tan productiva como Ward había esperado, pero al menos sintió una gran emoción al hallarse entre aquellos muros ancestrales que habían alojado a Joseph Curwen, hombre que tanto horror despertara entre sus conciudadanos. Comprobó con un sobresalto de emoción que alguien había borrado cuidadosamente las iniciales del antiguo llamador de bronce.
A partir de aquel momento y hasta que terminó el curso, Ward se dedicó al estudio de la copia del manuscrito de Hutchinson y de los datos relativos a Curwen. La clave del manuscrito se le resistía, pero logró encontrar tantas referencias y tantos indicios acerca de dónde continuar buscando, que decidió efectuar un viaje a New London y a Nueva York para consultar documentos antiguos que se conservaban en esas dos ciudades. Dicho viaje fue muy fructífero pues le permitió localizar las cartas de los Fenner, con su terrible descripción del asalto a la granja de Pawtuxet, y la correspondencia Nightingale-Talbot por la cual se enteró de la existencia del retrato pintado en un panel de la biblioteca de Curwen. El asunto del retrato le interesó de modo especial pues deseaba saber cómo había sido físicamente su antepasado. Decidió efectuar, pues, una segunda visita a la casa de Olney Court, por si le era posible descubrir algo que le hubiera pasado inadvertido en la primera.

Aquella segunda visita tuvo lugar a primeros de agosto. Ward revisó en aquella ocasión con sumo cuidado las paredes de todas las habitaciones que por su tamaño hubiesen podido albergar la biblioteca de Curwen. Prestó especial atención a los paneles de madera que quedaban, en su mayor parte cubiertos por sucesivas capas de pintura, y al cabo de una hora sus esfuerzos se vieron recompensados al descubrir en una de las habitaciones más espaciosas una zona de pared más oscura que las otras y, precisamente, situada encima de la chimenea. Al rasparla cuidadosamente con un cuchillo, descubrió que había dado con un retrato al óleo de gran tamaño. No se atrevió el joven a seguir raspando por miedo a dañar el cuadro, y decidió pedir ayuda a un experto. Al cabo de tres días regresó con un artista muy ducho en esas artes, un tal Walter Dwight cuyo estudio se encuentra muy cerca del College Hill, e inmediatamente dio comienzo el restaurador a su tarea con las sustancias químicas y los métodos apropiados. El viejo Asa y su esposa estaban muy excitados con todas aquellas idas y venidas, y fueron adecuadamente recompensados por la invasión que había sufrido su hogar.

A medida que los trabajos de restauración progresaban, Charles Ward fue contemplando con creciente interés las líneas y las sombras paulatinamente desveladas tras el largo olvido en que habían estado sumidas. Dwitght había empezado por la parte inferior y, dado el tamaño del cuadro, el rostro no apareció hasta transcurrido algún tiempo. Entretanto, podía verse que el retratado era un hombre enjuto y bien formado, vestido con casaca azul marino, chaleco bordado y medias de seda blanca. Estaba sentado en un sillón de madera tallada y tras él se abría una ventana hacia un fondo de muelles y de naves. Cuando salió a la luz la cabeza, constataron que llevaba una peluca cuidadosamente peinada. El rostro, delgado y de expresión tranquila, les pareció vagamente familiar, pero hubieron de pasar muchos días antes de que el restaurador y su cliente quedaran atónitos ante los detalles de aquella cara enjuta y pálida y reconocieran, no sin un toque de espanto, la dramática broma que las leyes de la herencia habían gastado al joven Ward. Porque con el postrer baño de aceite y el último raspado, salió a la luz finalmente la expresión por tantos años oculta, y el joven Charles Dexter Ward, habitante del pasado, reconoció sus propios rasgos en el semblante de su horrible antepasado.

Llevó a sus padres a ver la maravilla que había descubierto y, nada más verlo, decidió el señor Ward adquirir el retrato a pesar de estar éste pintado sobre un panel de madera que habría que arrancar. El parecido con el muchacho, aunque los rasgos estaban más formados por la edad, era asombroso. Después de siglo y medio, una jugarreta de las leyes genéticas había producido un doble exacto de Joseph Curwen en la persona de Ward. La madre de éste, sin embargo, no se parecía a su antepasado aunque sí recordaba a algunos parientes que guardaban una gran semejanza tanto con su hijo como con el malhadado Curwen. No le gustó a ella aquel descubrimiento y trató de convencer a su marido de que sería mejor quemar el cuadro. Veía en él algo maligno, no sólo intrínsecamente, sino también en el parecido que mostraba con el hijo. Pero el señor Ward -un fabricante de tejidos de algodón que poseía varios talleres de hilados en Riverpoint, en el valle de Pawtuxet- era hombre práctico poco dado a prestar oídos a escrúpulos de mujeres. El cuadro le había impresionado profundamente por el parecido con su hijo y pensó que el muchacho lo merecía como regalo. Resulta innecesario decir que Charles compartía la opinión de su padre, y unos días después, el señor Ward localizaba al propietario de la casa, un hombre de facciones ratoniles y acento gutural, y se hacía con el panel en cuestión a cambio de una cantidad que él mismo fijó para cortar un torrente de untuoso regateo.

Quedaba ahora la tarea de arrancar el panel y trasladarlo a la casa familiar, donde quedaría instalado en el estudio biblioteca de Charles, situado en el tercer piso. El propio joven quedó encargado de supervisar el traslado y con tal fin el 28 de agosto acompañó a dos empleados de la firma Crooker, expertos en decoración, a la casa de Olney Court. El panel fue arrancado cuidadosamente para ser transportado por el camión de la compañía. Detrás quedó al descubierto un saliente de mampostería que señalaba el curso que seguía la campana de la chimenea, y en él descubrió el joven Ward una pequeña cavidad situada inmediatamente detrás del lugar que había ocupado la cabeza del retratado. La examinó impulsado por la curiosidad y al mirar en su interior halló bajo una gruesa capa de polvo unos cuantos papeles amarillentos, un grueso libro de notas y unos jirones de seda que debían haber servido para atar unos y otros. Tras limpiarlos de polvo y de cenizas, leyó la inscripción que figuraba en las tapas del libro. En caligrafía que había aprendido a reconocer en el Instituto Essex, decía: Diario y notas de Joseph Curwen, Caballero de Providence, natural de Salem.

Profundamente excitado por su descubrimiento, Ward mostró el libro a los dos empleados que se hallaban a su lado. El testimonio de éstos acerca de la naturaleza y la autenticidad del hallazgo es decisivo, y el doctor Willett se apoya en él para construir su teoría según la cual el joven no estaba loco cuando empezó a demostrar su condición de excéntrico. El resto de los documentos eran asimismo de puño y letra de Curwen. Uno de ellos parecía especialmente portentoso debido a la inscripción que lo encabezaba y que decía así : «Al que Vendrá Después. Cómo podrá trasladarse a través del tiempo y de las esferas». Otro de los documentos estaba escrito en clave y Ward deseó interiormente que fuera la misma del manuscrito de Hutchinson que tantos quebraderos de cabeza le estaba proporcionando. Un tercer documento, constató el joven con júbilo, parecía contener la explicación de la clave, en tanto que el cuarto y quinto iban dirigidos respectivamente a «Edw. Hutchinson, Hidalgo» y «Jedediah Orne, Cab», «o a sus herederos o herederas o a aquellos que les representen». El sexto y último llevaba la inscripción, «Joseph Curwen. Su Vida y Sus Viajes Entre 1678 y 1687. De los Lugares que Visitó, de lo que Vio, y de lo que Aprendió.»


3

Hemos llegado al momento a partir da cual la escuela más conservadora de médicos alienistas fecha la locura de Charles Ward. Al efectuar su descubrimiento, el joven hojeó inmediatamente las páginas del libro y de los manuscritos y, evidentemente, vio algo que le produjo una tremenda impresión. De hecho, al mostrar los títulos a los empleados pareció cuidarse mucho de que no vieran el texto del interior, manifestando un profundo desasosiego que la importancia del hallazgo desde el punto de vista de la genealogía o la historia no bastaba para explicar. Al regresar a su casa, dio cuenta de la noticia con cierta turbación, como si quisiera dar a entender la importancia del descubrimiento sin tener que verse obligado a demostrarla. Ni siquiera mostró los títulos a sus padres. Se limitó a decirles que había encontrado algunos documentos de puño y letra de Joseph Curwen, «la mayoría de ellos en clave», los cuales tendría que estudiar minuciosamente antes de pronunciarse acerca de su verdadero significado. Es muy probable que tampoco hubiera mostrado su hallazgo a los obreros que levantaban el cuadro de no ser por la excitación que le embargó en ese preciso momento. Una vez hecho, es indudable que trató por todos los medios de ocultar una curiosidad que pudiera contribuir a que el asunto se comentara.

Aquella noche Charles Ward no se acostó. Pasó hora tras hora leyendo los documentos y el libro recién descubiertos, y cuando se hizo de día, continuó leyendo. Por petición suya se le enviaron las comidas a su habitación y sólo salió de ésta por unos momentos cuando llegaron los obreros encargados de instalar en su estudio el panel con el retrato. A la noche siguiente durmió vestido y sólo unas pocas horas, en las que interrumpió su enfebrecido descifrar del manuscrito. Por la mañana su madre le vio trabajando en la copia del documento de Hutchinson, el cual le había mostrado su hijo con frecuencia, pero en respuesta a sus preguntas, éste se limitó a decir que la clave de Curwen no servía para descifrarlo. Esa tarde abandonó su tarea para contemplar fascinado a los obreros que habían venido a instalar el cuadro. Habían colocado estos el panel sobre una chimenea falsa dotada de un fuego eléctrico que daba la impresión de ser real, encajándolo en un marco que hacía luego con el revestimiento de madera de la habitación. Lo habían serrado y sujetado a la pared por medio de bisagras dejando un espacio vacío detrás a modo de alacena. Cuando, una vez terminada su tarea se marcharon los obreros, el joven se sentó delante del retrato con la mitad de su atención concentrada en el manuscrito y la otra mitad en el cuadro que parecía devolverle su propia imagen como si de un espejo se tratara. Sus padres, al recordar su conducta durante aquel período, proporcionan muchos detalles interesantes acerca del secreto con que Charles envolvía a sus estudios. Delante de los criados raramente escondía el manuscrito que estuviera estudiando ya que presumía que la intrincada y arcaica caligrafía de Curwen no podía estar a su alcance. Con sus padres, sin embargo, era más circunspecto y a menos que el manuscrito en cuestión estuviese en clave o fuera sencillamente una masa de jeroglíficos desconocidos (como el titulado «Al que Vendrá Después...».) lo tapaba con un papel hasta que el visitante se había marchado. Por la noche cerraba bajo llave los documentos en cuestión, que guardaba en el cajón de una antigua consola, y lo mismo hacía cada vez que abandonaba su estudio. No tardó en volver a su horario y hábitos normales, pero sus largos paseos quedaron interrumpidos. La reanudación de las clases no pareció ser de su agrado y frecuentemente declaraba su intención de no volver a asistir a ellas. Tenía, según afirmaba, que llevar a cabo importantes investigaciones, las cuales le proporcionarían más conocimientos que los que pudiera darle cualquier universidad del mundo.

Naturalmente, sólo alguien que había sido siempre más o menos estudioso, excéntrico y solitario podía seguir aquel rumbo durante muchos días sin llamar la atención. Ward era por naturaleza investigador y eremita, de ahí que sus padres quedaran más apenados que sorprendidos por el sigilo y la reclusión en que ahora vivía. Al mismo tiempo, encontraban muy raro que su hijo no les hubiera enseñado los tesoros que había descubierto, ni les hablara de los datos que había descifrado. El joven justificaba su silencio diciendo que deseaba esperar hasta poder anunciarles algo concreto, pero a medida que transcurrían las semanas fue creándose una especie de tirantez entre los miembros de la familia, tirantez intensificada, en el caso de la madre, por una manifiesta aversión a todo lo relacionado con Curwen.

En el mes de octubre, Ward empezó a visitar de nuevo bibliotecas, pero ya no buscaba en ellas las mismas cosas que en épocas anteriores. Lo que ahora parecía interesarle era la brujería y la magia, el ocultismo y la demonología, y cuando las fuentes de Providence resultaban infructuosas, tomaba el tren de Boston y revolvía entre los tesoros de la gran Biblioteca de Copley Square, de la Biblioteca Wiedeher de Harvard, o del Centro de Investigaciones de Brookline, donde pueden consultarse obras muy raras sobre temas bíblicos. Compraba muchos libros y tuvo que instalar en su estudio nuevas estanterías donde acomodar las obras recién adquiridas. Durante las vacaciones de Navidad, efectuó varios viajes a ciudades de los alrededores, entre ellos uno a Salem con el fin de consultar los archivos del Instituto Essex.

A mediados de enero de 1920, Ward empezó a mostrar una expresión de triunfo, al mismo tiempo que dejaba de trabajar en el manuscrito cifrado de Hutchinson para dedicarse a una doble actividad de investigaciones químicas y búsqueda en archivos, instalando para las primeras un laboratorio en el ático de su casa y acudiendo para la segunda a todas las fuentes de estadísticas vitales de Providence. Los comerciantes locales especializados en drogas y suministros de tipo científico, posteriormente interrogados, dieron unas listas asombrosamente raras y variadas de las sustancias e instrumentos que compraba, pero los empleados del Ayuntamiento y de diversas bibliotecas coincidieron en lo concerniente al objetivo concreto de su segundo interés, objetivo que consistía en la búsqueda apasionada y febril de la tumba de Joseph Curwen de cuya lápida se había borrado prudentemente el nombre.

Poco a poco, la Familia de Ward fue convenciéndose de que algo anormal ocurría. No era la primera vez que Charles se mostraba caprichoso y extravagante, pero sus actuales rarezas resultaban inconcebibles, incluso tratándose de él. Las tareas universitarias habían dejado de interesarle y, a pesar de que no le suspendieron en ninguna asignatura, era evidente que su antigua aplicación se había evaporado totalmente. Ahora tenía otras preocupaciones y cuando no se encontraba en su laboratorio con un montón de libros antiguos, principalmente de alquimia, era porque estaba rebuscando en antiguos y polvorientos archivos, o bien enfrascado en la lectura de volúmenes de ciencias ocultas, en su estudio, donde el rostro de John Curwen, portentosamente similar al suyo, le contemplaba desde una de las paredes.

A últimos de marzo, Ward añadió a su búsqueda en los archivos una fantástica serie de paseos por los diversos cementerios antiguos de la ciudad. La causa apareció más tarde, cuando se supo a través de los empleados del Ayuntamiento que probablemente había encontrado una pista importante. Sus pesquisas le habían permitido averiguar por una coincidencia que la tumba de Joseph Curwen estaba muy próxima a la de un tal Naphtali Field. En efecto, al examinar posteriormente los archivos que Ward había estado consultando, los investigadores encontraron algo que había escapado al deseo de borrar todo recuerdo de Curwen: una anotación fragmentaria en la cual se afirmaba que el ataúd de plomo había sido enterrado «10 pies al sur y 5 pies al oeste de la tumba de Naphtali Field en el...». El hecho de que no se especificara el nombre del cementerio dificultaba grandemente la búsqueda, y, por otra parte, la tumba de Naphtali Field parecía tan esquiva como la de Curwen, pero en el caso de Field no había existido ninguna eliminación sistemática de datos, por lo que era presumible que su sepultura pudiera ser localizada. Y prueba de que Ward lo creía así son las frecuentes visitas que efectuaba a cementerios, excluidos los congregacionistas, ya que había averiguado que el único Naphtali Field a que podía referirse la anotación (un hombre fallecido en 1729), había sido baptista.


4

Hacia el mes de mayo, a petición del señor Ward y provisto de todos los datos relacionados con Curwen que Charles había proporcionado a su familia en su época «normal», el doctor Willett se entrevistó con el joven. Aquella conversación no le permitió al doctor llegar a ninguna conclusión definitiva, ya que se dio cuenta inmediatamente de que Charles disfrutaba de una perfecta salud mental y se ocupaba de asuntos de verdadera importancia, pero al menos obligó al reservado joven a ofrecer una explicación racional de su reciente conducta. Parecía dispuesto a hablar de sus actividades, aunque no a revelar cuál fuera el objetivo de ellas. Afirmó que los documentos de su antepasado contenían algunos notables secretos de carácter científico, la mayoría de ellos en clave, y de un alcance sólo comparable, al parecer, a los descubrimientos de Bacon y quizá aun mayor. Sin embargo, carecían de significado a menos que se relacionaran con un sistema de conocimientos ya obsoleto, de modo que su inmediata presentación a un mundo equipado únicamente con los conocimientos de la ciencia moderna los desposeería de toda espectacularidad y no pondría de manifiesto su dramático significado. Para que ocuparan el lugar que les correspondía en la historia del pensamiento humano, tenían que ser correlacionados primero con la época a que pertenecían, y él se dedicaba ahora a aquella tarea. Estaba estudiando para adquirir lo más rápidamente posible el conocimiento de las artes antiguas que un verdadero intérprete de los datos de Curwen debía poseer, y esperaba a su debido tiempo informar cumplidamente al género humano y al mundo del pensamiento. Ni siquiera Einstein, declaró, podía revolucionar de un modo más radical las teorías científicas en boga.

En cuanto a la búsqueda por los cementerios, aunque sin dar detalles de los progresos realizados, dijo que tenía motivos para creer que la mutilada lápida de la tumba de Curwen tenía ciertos símbolos místicos grabados a indicación suya y que habían dejado por ignorancia los que tan cuidadosamente habían borrado el nombre. Consideraba esos símbolos absolutamente esenciales para la solución final del sistema cifrado. En su opinión, Curwen había deseado guardar celosamente su secreto y, en consecuencia, había distribuido de forma extremadamente curiosa los datos que pudieran llevar a la solución de éste. Cuando el doctor Willett quiso ver los documentos que con tanto sigilo guardaba, Ward se mostró muy misterioso y trató de salir al paso enseñándole la copia del manuscrito de Hutchinson y las fórmulas y diagramas de Orne, pero finalmente le permitió hojear algunos de los documentos de Curwen, el Diario y Notas, y el mensaje encabezado por las palabras, Al que Vendrá Después...

Abrió el Diario por una página cuidadosamente elegida en razón a su inocuidad, para que Willett pudiera observar la escritura de Curwen. El doctor la examinó con mucha atención y de la caligrafía y del estilo, que por cierto parecían responder más por su arcaísmo al siglo XVII que al XVIII en que estaba fechada, dedujo que el manuscrito era auténtico. El texto en sí era relativamente anodino y Willett sólo recordaba de él un fragmento:

Miércoles, 16 de octubre, 1754. Arribó a puerto en el día de hoy mi corbeta Wahefal. Trajo XX hombres nuevos reclutados en las Yndias, españoles de Martinica y holandeses de Surinam. Oído han los holandeses ciertos malhadados rumores por cuya causa se muestran determinados a desertar. Paréceme, empero, que podré disuadirles. Trajo asimismo la corbeta por encargo de Su Merced el señor Dexter, 120 piezas de camelote, 100 piezas de camelotine, 20 piezas de silveriana azul, 100 piezas de chalon, 50 piezas de percal y 300 piezas de sarga. Para el señor Green, propietario de El Elefante, 50 galones de cerveza y diez docenas de lenguas ahumadas. Para el señor Perrigot, un juego de punzones. Para el señor Nightingale, 50 resmas de papel de oficio de la mejor calidad. Recité yo cumplidamente el SABAOTH por tres veces sin que Ninguno apareciere. Escribir he al señor H. de Transilvania, pues paréceme raro en extremo que no me sirva a mi lo que durante tantos años le sirviere a él. Paréceme raro asimismo no recibir noticias de Simon como de ordinario. Forzoso es que me escriba durante las próximas semanas.

Al llegar a este punto el señor Willett volvió la hoja, pero Ward intervino rápidamente arrancándole casi el libro de las manos. Lo único que pudo ver el doctor de la página siguiente, fueron un par de frases, las cuales se grabaron absurdamente y de un modo obsesivo en su mente. Eran las siguientes: «Repetido he el verso del Libber Damnatus V noches de Viernes Santo y IV Noches de Difuntos. Paréceme que habrán de atraer a Aquel que ha de llegar para volver sus ojos al pasado, por todo lo cual debo tener dispuestas las Sales o Aquello con que prepararlas».

Willett no vio nada más, pero aquellas líneas bastaron para inspirarle un nuevo y vago terror relacionado con el hombre que le contemplaba desde el cuadro colgado de una de las paredes del estudio. A partir de entonces, tuvo la extraña fantasía -su profesión le impedía que pasara de ser tal- de que los ojos del retrato revelaban una especie de deseo, si no tendencia concreta, a seguir al joven Ward mientras éste se movía por la habitación. Antes de marcharse se acercó a examinar el cuadro y se maravilló del parecido que las facciones de Curwen tenían con las de Charles. Grabó en su memoria los menores detalles del pálido rostro, especialmente una leve cicatriz en la ceja derecha y decidió que Cosmo Alexander fue un pintor digno de la Escocia que sirviera de patria a Raeburn y un profesor digno de un maestro como Gilbert Stuart.

Tranquilizados por el doctor en el sentido de que la salud mental de Charles no corría peligro y de que, por otra parte, se ocupaba de unas investigaciones que podían resultar de suma importancia, los Ward se mostraron más tolerantes que de ordinario cuando en el mes de junio el joven se negó rotundamente a volver a la Universidad, alegando que debía llevar a cabo estudios mucho más importantes y expresando el deseo de hacer un viaje al extranjero a fin de obtener ciertos datos que no podía conseguir en América. El señor Ward, aunque se opuso al viaje por encontrarlo absurdo en el caso de un muchacho que contaba solamente dieciocho años de edad, transigió en lo concerniente a sus estudios universitarios. De modo que después de graduarse, no muy brillantemente por cierto, en la Moses Brown School, pasó Charles tres años dedicado a absorbentes estudios de ocultismo y a visitar diversos cementerios. Adquirió fama de excéntrico y fue dejando poco a poco de relacionarse con amigos de la familia. Vivía pendiente de su trabajo, y sólo de cuando en cuando se permitía hacer un viaje a otras ciudades para consultar antiguos archivos. En cierta ocasión hizo una visita al sur para hablar con un viejo y extraño mulato que vivía en un marjal y acerca del cual un periódico había publicado un curioso artículo. Fue también a una pequeña aldea de las Airondack para averiguar qué había de cierto en los relatos acerca de las extrañas ceremonias rituales que allí se practicaban. Pero sus padres continuaron prohibiéndole el ansiado viaje a Europa.

En abril de 1923, al alcanzar la mayoría de edad y habiendo heredado previamente cierta suma de su abuelo materno, decidió satisfacer el deseo que hasta entonces no había podido ver cumplido. No habló del itinerario; se limitó a decir que las exigencias de sus estudios habrían de llevarle a muchos lugares y prometió escribir a sus padres de un modo regular. Al ver que no podían disuadirle, los Ward dejaron de oponerse al viaje y le ayudaron en todo lo que pudieron, de modo que en el mes de junio el joven embarcó para Liverpool con la bendición de sus padres, los cuales le acompañaron hasta Boston. A partir de su llegada a Inglaterra escribió acerca del viaje, de su feliz estancia y del excelente alojamiento que había conseguido en la Great Russell Street de Londres, donde se proponía permanecer hasta agotar los recursos que ofrecía el Museo Británico en un determinado aspecto. De su vida cotidiana escribía muy poco, ya que tenía muy poco que decir. Los estudios y los experimentos acaparaban todo su tiempo y en sus cartas mencionaba un laboratorio que había montado en una de sus habitaciones. El hecho de que no hablara de sus paseos por la antigua ciudad, tan rica en espectáculos atractivos para un aficionado a las cosas del pasado, acabó de convencer a sus padres de que los nuevos estudios de Charles absorbían por entero su atención.

En junio de 1924 les informó el joven, por medio de una breve nota, de su salida para París, ciudad a la que había hecho ya un par de viajes rápidos con el fin de reunir determinados materiales en la Biblioteca Nacional. Durante los tres meses siguientes, sólo envió tarjetas postales en las que daba una dirección de la rue Saint-Jacques y hablaba de una investigación que llevaba a cabo entre los manuscritos de un anónimo coleccionista particular. Rehuía a todos sus conocidos y ningún turista pudo decir que le había visto en Francia. Luego se produjo un repentino silencio hasta que en octubre recibieron los Ward una tarjeta postal fechada en Praga y en la cual Charles les informaba de que se encontraba en un antiguo pueblo donde había ido a entrevistarse con un hombre muy viejo que era al parecer el último ser viviente poseedor de cierta información medieval muy curiosa. Daba una dirección en el Neustadt y desde entonces no volvió a escribir hasta el mes de enero siguiente, en que envió varias postales desde Viena hablando de su paso por aquella ciudad camino a una región más oriental, invitado por un amigo con el que había mantenido correspondencia y que era también aficionado a las ciencias ocultas.

La siguiente tarjeta procedía de Klausenburg, Transilvania, y en ella hablaba Ward del viaje que en esos días había emprendido. Iba a visitar a un tal barón Ferenczy, cuyas posesiones se encontraban en las montañas situadas al este de Rakus. A esta ciudad y a nombre de aquel noble debían dirigirle la correspondencia. Una semana más tarde llegó otra tarjeta procedente de Rakus en la que decía que el carruaje de su anfitrión había ido a recogerle y que partía en dirección a las montañas. Aquellas fueron las únicas noticias que los Ward recibieron de su hijo durante largo tiempo. No contestó éste a sus frecuentes cartas hasta el mes de mayo, fecha en que escribió para oponerse al plan de sus padres que deseaban reunirse con él en Londres, París o Roma durante el verano, en el curso de un viaje que pensaban efectuar a Europa. Decía en su carta que sus investigaciones no le permitían abandonar su actual residencia y que la situación del castillo del barón de Ferenczy no favorecía mucho las visitas. Se encontraba en plena zona montañosa y la gente de aquellos contornos temía tanto a aquellas posesiones que los pocos que llegaban a visitarlas se encontraban allí muy a disgusto. Por otra parte, el barón no era persona cuyo trato pudiera ser del agrado de un matrimonio correcto y conservador de la buena sociedad de Nueva Inglaterra. Lo mejor, decía Charles, era que sus padres aguardaran hasta su regreso a Providence, el cual no tardaría en producirse.

Tal regreso no tuvo lugar, sin embargo, hasta el mes de mayo de 1925, cuando, tras una serie de tarjetas con membrete heráldico en que lo anunciaba, el joven llegó a Nueva York en el Homeric y recorrió en autobús la distancia que le separaba de Providence. Absorbió en aquel recorrido ansiosamente con la mirada la belleza de las colinas verdes y onduladas, de los huertos fragantes en flor y de los pueblos de blancas torres de la antigua Connecticut. Era su primer contacto con Nueva Inglaterra después de una ausencia de casi cuatro años. Cuando el autobús cruzó el Pawcatuck y se adentró en Rhode Island entre la magia de la luz dorada de aquella tarde primaveral, su corazón rompió a latir con rapidez desusada. La entrada en Providence por las amplias avenidas de Reservoir y Elmwood le dejó sin respiración a pesar de que para entonces se hallaba ya hundido en las profundidades de una erudición prohibida. En la plaza donde confluyen las calles Broad, Weybosset y Empire vio extenderse ante él a la luz del crepúsculo las casas y las cúpulas, las agujas y los chapiteles del barrio antiguo, ese paisaje tan bello y que tanto recordaba. Sintió también una extraña sensación mientras el vehículo avanzaba hacia la terminal situada detrás del Biltmore revelando a su paso la gran cúpula y la verdura suave, salpicada de tejados, de la vieja colina situada más allá del río y la esbelta torre colonial de la Iglesia Baptista cuya silueta rosada destacaba a la mágica luz del atardecer sobre el verde fresco y primaveral del escarpado fondo.

¡La vieja Providence! Aquella ciudad y las misteriosas fuerzas de su prolongada historia le habían impulsado a vivir y le habían arrastrado hacia el pasado, hacia maravillas y secretos cuyas fronteras no podía fijar ningún profeta. Allí esperaba lo arcano, lo maravilloso o lo aterrador, aquello para lo cual se había preparado durante años de viajes y de estudio. Un taxi le condujo hasta su casa pasando por la Plaza del Correo, desde donde pudo vislumbrar el río, el mercado viejo y el comienzo de la bahía, y siguió colina arriba por Waterman Street hasta llegar a Prospect, donde la cúpula resplandeciente y las columnas jónicas del templo de la Christian Science, iluminadas por el sol poniente, despedían destellos rojizos hacia el norte. Vio luego las mansiones que habían admirado sus ojos de niño y las pulcras aceras de ladrillo tantas veces recorridas por sus pies infantiles. Y al fin el edificio blanco de la granja a la derecha, y a la izquierda el porche clásico y los miradores de la casa donde había nacido. Oscurecía y Charles Dexter Ward había llegado a casa.


5

Una escuela de alienistas algo menos conservadora que la del doctor Lyman, afirma que el origen de la locura de Ward coincide con su viaje a Europa. Creen que si bien estaba sano cuando partió, la conducta que manifestó a su regreso implicaba un cambio desastroso. Pero el doctor Willett se niega a compartir incluso este punto de vista, insistiendo en que sobrevino algo más tarde y atribuyendo las rarezas del joven durante aquel período a la práctica de unos rituales aprendidos en el extranjero, rituales que eran raros en extremo, cierto, pero que no tenían por qué responder necesariamente a una aberración mental por parte del celebrante. El propio Charles, aunque visiblemente envejecido y más duro de carácter, seguía mostrándose cuerdo en sus reacciones, y en las varias conversaciones que mantuvo con Willett mostró siempre un equilibrio que ningún loco -ni siquiera en los primeros estadios de su enfermedad- podía ser capaz de fingir de un modo continua do. Lo que en aquel período dio origen a la idea de la anormalidad de Ward fueron los sonidos que a todas horas se oían en su laboratorio del desván, en el cual permanecía encerrado la mayor parte del tiempo. Eran cánticos, letanías y estruendosos recitados, y aunque los sonidos procedían siempre del propio Ward, había algo en la calidad de su voz y en el acento con que pronunciaba las palabras de aquellas fórmulas que no podía por menos de helar la sangre en las venas de todos los que le escuchaban. Se observó también que Nig, el mimado y venerable gato de la casa, arqueaba el lomo con los pelos erizados cuando se oían ciertas palabras.

Los olores que surgían a veces del laboratorio eran también muy raros. En ocasiones ofendían al olfato, pero con más frecuencia eran aromáticos y estaban dotados de un encanto esquivo que parecía tener la virtud de inspirar imágenes fantásticas. Todo el que los percibía mostraba una tendencia inmediata a vislumbrar por un segundo espejismos momentáneos, escenas imaginadas enmarcadas por extrañas colinas o interminables avenidas de esfinges o hipogrifos que se extendían hasta el infinito. Ward no volvió más a sus paseos de otras épocas. Se dedicaba exclusivamente al estudio de los misteriosos libros que había traído de Europa y a llevar a cabo experimentos igualmente curiosos en su laboratorio, explicando que el material que había encontrado en las bibliotecas europeas había ampliado considerablemente las posibilidades de su investigación y prometía grandes revelaciones en años venideros. Su envejecimiento prematuro aumentó, hasta el limite de lo inverosímil, su parecido con el retrato de Curwen que colgaba de la pared de su estudio, y el doctor Willett se detenía a menudo ante el cuadro después de cada visita maravillándose de la casi perfecta similitud y diciéndose internamente que lo único que diferenciaba ahora a Charles de Joseph Curwen era la pequeña cicatriz de la ceja derecha. Aquellas visitas de Willett, hechas a petición de los padres del joven, eran algo muy curioso. Ward no se negaba nunca a responder a las preguntas del doctor, pero éste se dio cuenta pronto de que nunca podría penetrar en la intimidad del joven. Con frecuencia observaba cosas muy raras a su alrededor: pequeñas imágenes de cera o de grotesco diseño en las estanterías o en las mesas y restos semiborrados de círculos, triángulos y pentágonos dibujados con tiza o carbón en el centro de la amplia estancia. Cada noche resonaban asimismo aquellos ritos e invocaciones, hasta que se hizo muy difícil retener en la casa a los criados o evitar que la gente comentara furtivamente la locura de Charles.

En enero de 1927 ocurrió un raro incidente. Una noche, alrededor de las doce, mientras Charles entonaba un cántico cuya extraña cadencia resonó desagradablemente en los pisos inferiores, sopló súbitamente una ráfaga de viento helado procedente de la bahía al tiempo que se producía un misterioso y leve temblor de tierra que no pasó desapercibido a ningún habitante de la vecindad. El gato dio muestras en aquel momento de un terror espantoso y los perros ladraron en una milla a la redonda. Aquello no fue sino el preludio de una brusca tormenta totalmente anormal en aquella época del año. Con ella se produjo tal estruendo en los altos de la casa, que los padres de Charles creyeron que un rayo había alcanzado al edificio. Corrieron escaleras arriba para ver si el desván había sufrido algún desperfecto, y se encontraron a Charles que les salió al paso en el rellano del desván, pálido, decidido y portentoso, con una temible expresión de triunfo y seriedad en el semblante. Les aseguró que no había caído rayo alguno y que la tormenta no tardaría en amainar. El señor Ward miró a través de una ventana y pudo comprobar que su hijo estaba en lo cierto: los relámpagos centelleaban cada vez más lejos en tanto que los árboles volvían a inmovilizarse tras haberse visto sacudidos por la helada ráfaga de viento. El retumbar del trueno se convirtió en un murmullo lejano y finalmente se apagó. Salieron las estrellas y el sello de triunfo en el rostro de Charles Ward cristalizó en una expresión muy singular.

Durante un par de meses a partir de aquel incidente, Ward se recluyó en su laboratorio menos de lo acostumbrado. Mostraba, sin embargo, un curioso interés por el tiempo y continuamente hacía extrañas preguntas acerca de la época de los deshielos primaverales. Una noche de finales de marzo salió de casa después de las doce y no regresó hasta el amanecer. Su madre, que estaba despierta, oyó el ruido del motor de un coche. Distinguió también el sonido de juramentos ahogados, y cuando se levantó y se acercó a la ventana, distinguió cuatro borrosas figuras que sacaban un cajón alargado de una camioneta y, siguiendo las instrucciones de Charles, lo introducían en la casa por una puerta lateral. La señora Ward oyó claramente el sonido de la agitada respiración de los hombres mientras subían la escalera y finalmente el ruido seco de un pesado objeto al ser depositado en el suelo del desván. Luego, los pasos descendieron y los cuatro hombres reaparecieron en el exterior y partieron en la camioneta.

Al día siguiente, Charles volvió a su estricta reclusión en el desván, corriendo previamente las oscuras cortinillas de las ventanas de su laboratorio. Estaba trabajando, al parecer, con una sustancia metálica. No abrió la puerta a nadie y se negó incluso a que le subieran la comida. Alrededor del mediodía se oyó un grito espantoso y el ruido de una caída, pero cuando la señora Ward corrió alarmada a la puerta del laboratorio, su hijo la tranquilizó desde el interior débilmente diciendo que no pasaba nada, que el espantoso e indescriptible olor que llenaba la casa era completamente inofensivo y desdichadamente necesario, que era absolutamente imprescindible que le dejaran solo, y que luego bajaría a cenar.

Por la tarde, después de que resonaran en la casa unos sonidos sibilantes que procedían del laboratorio, Charles apareció ante sus padres con el rostro blanco como la cera. Lo primero que dijo en aquella ocasión fue que nadie debía entrar en su laboratorio bajo ningún pretexto. Aquello representó el comienzo de otro largo período de impenetrable sigilo, ya que a partir de ese día nadie cruzó el umbral ni del misterioso cuarto de trabajo, ni de la buhardilla adyacente, que Charles había limpiado, amueblado parcamente y añadido, en calidad de dormitorio, a sus dominios privados e inviolables. Allí vivió, rodeado de los libros que hizo subir de la biblioteca del piso inferior, hasta el día en que compró la casita de Pawtuxet y se trasladó a ella con todo su material científico.

Aquella misma noche, Charles cogió el periódico antes que ningún otro miembro de la familia y mutiló una página, al parecer accidentalmente. Más tarde el doctor Willett, tras fijar la fecha de aquel sucedido por medio de varias conversaciones que mantuvo con los padres de Ward y la servidumbre, consultó un ejemplar del periódico de ese día en los archivos del Journal y descubrió que en la página mutilada se había impreso la siguiente noticia:

MERODEADORES NOCTURNOS SORPRENDIDOS EN UN CEMENTERIO

Robert Hart, vigilante nocturno del Cementerio del Norte, sorprendió esta madrugada a un grupo de varios hombres con una camioneta en la parte más antigua del recinto, pero, al parecer, su presencia asustó a los merodeadores provocando su huida antes de que pudieran llevar a cabo ninguna fechoría. El suceso tuvo lugar hacia las cuatro de la madrugada, hora en que Hart oyó el ruido del motor de un vehículo. Cuando el vigilante se acercó a investigar el origen de aquel sonido, sus pisadas alertaron a los desconocidos, que se dieron a la fuga tras introducir un cajón alargado en la camioneta que esperaba en las cercanías. Dado que no se ha hallado removida ninguna de las rumbas. se cree que los individuos en cuestión se proponían enterrar dicho cajón.

Al parecer llevaban largo rato trabajando antes de ser descubiertos, ya que el vigilante encontró posteriormente una fosa abierta junto al camino de Amosa Field, donde hace ya mucho tiempo que ha desaparecido la mayoría de las lápidas del cementerio antiguo. La fosa estaba vacía y su situación no responde a ninguna inhumación de las registradas en los archivos del cementerio.

El sargento Riley, de la policía local, tras visitar el lugar del suceso, ha manifestado que en su opinión la fosa fue excavada por contrabandistas de bebidas alcohólicas que se proponían ocultar en ella su alijo. Hart declaró más tarde que creía que el vehículo se había alejado en dirección a la Avenida Rochambeau, pero que no podía afirmarlo con seguridad.

Durante los días siguientes a estos sucesos, Charles apenas fue visto por su familia. Dormía en la buhardilla y permanecía encerrado en su laboratorio, todas las horas del día. Ordenó que se le dejaran las comidas junto a la puerta y no salía a recogerlas hasta que la doncella había desaparecido. Resonaban a intervalos en la casa el zumbido monótono de fórmulas recitadas incansablemente y cánticos de ritmo extravagante mezclados con el entrechocar de cristales, el gorgoteo que producían al hervir los productos químicos, el rumor del agua corriente o el rugir de las llamas del gas. Hedores incalificables, distintos de todos los olores conocidos, flotaban frecuentemente en las cercanías de la puerta del laboratorio y el aire de extrema tensión que rodeaba al joven recluso siempre que se aventuraba a salir de su reducto por breves instantes, provocaba las suposiciones más descabelladas. En cierta ocasión hizo un apresurado viaje al Ateneo en busca de un libro que necesitaba, y otro día contrató a un mensajero para que fuera a buscar en Boston un volumen muy raro. La angustia que provocó tal situación se hizo insoportable y ni el doctor Willett ni los padres de Charles supieron qué hacer ni qué pensar acerca de ella.


6

El día 15 de abril ocurrió un suceso muy extraño. A pesar de que la situación seguía manteniéndose aparentemente estacionaria, era innegable que había tenido lugar un cambio de grado al cual atribuye el doctor Willett una gran importancia. Era el día de Viernes Santo, circunstancia que los criados no dejaron de comentar y que otras personas consideraron mera coincidencia. A última hora de la tarde, el joven Ward comenzó a repetir una fórmula en voz más alta que de costumbre al tiempo que quemaba alguna sustancia cuyo olor extrañamente acre se difundió por toda la casa. La fórmula era hasta tal punto audible en el pasillo, que la señora Ward acabó por aprendérsela de memoria mientras escuchaba detrás de la puerta, y más tarde pudo reproducirla por escrito a petición de Willett. Varios expertos en la materia le han dicho después al médico que existe otra de características muy semejantes en los escritos místicos de «Eliphas Levi», aquel ser misterioso que se deslizó a través de una rendija por la puerta prohibida y pudo atisbar el espantoso panorama que ofrece el vacío del más allá. Dice así.

Per Adonai Eloim, Adonai Jehova
Adonai Sabaoth, Metraton Ou Agla Methon
verbum pythonicum, mysterium salamandrae
cenventus silvorum, antra gnomorum,
daemonia Coeli God Almonsin, Gibor,
Jehosua, Evam Zariathnatmik, Veni, veni, veni.


Dos horas recitó Charles esta fórmula, monótonamente y sin respiro, hasta que, de pronto, todos los perros de los alrededores iniciaron un espantoso concierto de aullidos. Simultáneamente un horrible hedor se expandió por toda la casa, un hedor que ninguno de sus moradores había percibido nunca ni volvería a percibir. En medio de aquella pestilencia, se produjo un centelleo como el de un relámpago, que hubiese resultado cegador de no haber surgido en plena luz del día. Luego se oyó aquella voz que ninguno de los que la oyeron pudieron olvidar ya nunca a causa de su atronadora lejanía, su increíble profundidad y la fantástica semejanza que revestía con respecto a la voz de Charles Ward. Estremeció toda la casa y fue oída perfectamente por dos vecinos por lo menos, a pesar del continuo aullar de los perros. La señora Ward, que había seguido a la escucha delante de la puerta cerrada del laboratorio de su hijo, se estremeció al reconocer en ella rasgos infernales porque Charles le había hablado de la fama diabólica de que disfrutaba en todos los libros negros y le había explicado cómo resonó, según las cartas de Fenner, sobre la granja maldita de Pawtuxet la noche del aniquilamiento de Joseph Curwen. No podía equivocarse al juzgarla, pues su hijo se la había descrito vívidamente en la época en que aún hablaba sin reservas acerca de sus investigaciones. La voz clamó en una lengua arcaica y desconocida:

«DIES MIES JESCHET BOENE
DOESEF DOUVEMA ENITEMAUS»


Inmediatamente después de que estas palabras resonaran atronadoras en toda la casa, se produjo un momentáneo oscurecimiento de la luz del día, a pesar de que aún faltaba una hora para la puesta de sol. Luego, una nueva vaharada pestilente vino a unirse a la anterior, distinta en calidad, pero igualmente desconocida e insoportable. Charles empezó a recitar de nuevo y su madre distinguió entre las palabras que pronunciaba varias sílabas que sonaban algo así como «Yinash-Yog-Sothot-he-Iglfi-throdag», finalizando en un «¡Yah!» cuya fuerza maníaca aumentaba en un crescendo ensordecedor. Segundos después vino a anular el impacto de todo lo anterior un estremecedor alarido que estalló con repentino frenesí y se fue transformando gradualmente en un paroxismo de risa diabólica. La señora Ward, mortalmente asustada pero llena del ciego valor que infunde la maternidad, se acercó a la puerta del laboratorio y llamó en ella repetidamente sin recibir respuesta. Insistió en sus llamadas, pero se interrumpió nerviosamente al oír un segundo grito, este inconfundiblemente de su hijo, superpuesto a las desenfrenadas carcajadas de otra voz. De repente la señora Ward se desmayó sin que pueda recordar ahora la causa concreta e inmediata de su desvanecimiento. En ocasiones la memoria tiene olvidos misericordiosos.

A las seis y cuarto, el señor Ward volvió de la oficina y al no encontrar a su esposa en la planta baja preguntó a los atemorizados sirvientes, quienes le informaron de que probablemente se hallaba en el desván, atenta a los extraños acontecimientos que allí se desarrollaban. Subió apresuradamente el señor Ward y la encontró caída en el suelo del pasillo que conducía al laboratorio de Charles. Al comprobar que se había desmayado, fue en busca de un vaso de agua a una alcoba cercana y roció con ella el rostro cubierto de una enorme palidez. Mientras contemplaba con alivio cómo abría los ojos espantados, un escalofrío recorrió su cuerpo amenazando con reducirle al mismo estado del que estaba saliendo su esposa, ya que en el laboratorio, aparentemente silencioso, oyó el murmullo de una conversación tensa y apagada, una conversación mantenida en tono apenas audible pero provista de unas características profundamente inquietantes para el alma.

El hecho de que Charles murmurara alguna fórmula no era nuevo, pero aquel murmullo era decididamente distinto. Se trataba sin duda alguna de un diálogo o, al menos, de una imitación de diálogo. Las inflexiones de las dos distintas voces sugerían preguntas y respuestas, afirmaciones y réplicas. Una de las voces era indiscutiblemente la de Charles, pero la otra se caracterizaba por una profundidad y una resonancia que el joven Ward, a pesar de sus buenas dotes de imitador, no habría podido conseguir jamás. Había algo espantoso, sacrílego y anormal en todo aquello y, de no haber sido por un grito de su esposa que aclaró su mente al despertar con él su instinto de protección, no es muy probable que Theodore Howland Ward hubiera podido seguir alardeando ni un día más de que nunca se había desmayado. Reaccionando ante aquel grito, cogió a su esposa en brazos y la transportó a la planta baja para que no pudiera oír las voces que tanto les habían afectado. No escapó, sin embargo, con la suficiente presteza como para no oír algo que le hizo tambalearse peligrosamente con su carga. Al parecer, el grito de la señora Ward había sido escuchado también por otros oídos y, en respuesta a él, habían llegado desde detrás de la puerta las primeras palabras comprensibles del terrible coloquio. Fueron sencillamente una nerviosa advertencia articulada por Ward pero que llenó de espanto a su padre por lo que ese aviso implicaba. Su hijo se había limitado a decir: «¡Chist! ¡Escríbalo!»

El señor y la señora Ward conferenciaron largamente después de cenar, y, como consecuencia de aquella conversación, el primero decidió hablar seriamente con Charles aquella misma noche. Por importantes que fueran sus investigaciones no podían tolerarle semejante conducta por más tiempo, ya que los últimos acontecimientos trascendían los límites de la cordura y representaban una amenaza para el orden y para el sistema nervioso de todos los que moraban en aquella casa. El joven tenía que haber perdido la razón, pues sólo un demente podía proferir aquellos alaridos y fingir que estaba hablando con otra persona imitando la voz de un interlocutor. Todo aquello tenía que terminar de una vez, pues, de no ser así, la señora Ward acabaría cayendo enferma. Por otra parte cada vez se hacía más difícil conservar a la servidumbre.

El señor Ward subió al laboratorio de su hijo, pero al llegar al tercer piso se detuvo intrigado por los sonidos que surgían de la biblioteca de Charles, ahora en desuso. Al parecer alguien revolvía frenéticamente entre libros y papeles. Se asomó a la puerta entornada y vio al joven que sacaba de los estantes libros de todas las formas y tamaños. El aspecto que ofrecía era el de un joven lleno de excitación. Al oír la voz de su padre dio un respingo y dejó caer toda su carga. Se sentó, obedeciendo la orden paterna, y escuchó en silencio una larga sarta de reconvenciones. No se defendió. Al final de la reprimenda admitió que su padre tenía razón y que sus voces, invocaciones y experimentos químicos representaban una imperdonable molestia para los demás habitantes de la casa. Prometió comportarse con más discreción, aunque insistió en prolongar su confinamiento. La mayor parte de su trabajo en el futuro, dijo, consistiría en la consulta de libros, y en cuanto a los rituales que tendría que llevar a cabo en fechas posteriores, podría celebrarlos en un lugar apartado que buscaría a tal efecto. Manifestó su pesar por el desmayo de su madre y explicó que la conversación que había oído formaba parte de un complicado simbolismo destinado a crear una atmósfera mental determinada. Utilizó ciertos términos químicos casi ininteligibles que desconcertaron al señor Ward, pero la impresión general que produjo a éste la entrevista fue que su hijo estaba indiscutiblemente cuerdo, a pesar de que era víctima de una misteriosa tensión de suma gravedad. La conversación, por otra parte, no le reveló nada nuevo y, mientras su hijo recogía los libros y abandonaba la habitación, el señor Ward se dijo interiormente que continuaba sin saber qué pensar de todo aquello. Era algo tan misterioso como la muerte del pobre Nig, cuyo cadáver había sido hallado una hora antes en el sótano, rígido, con los ojos desorbitados y la boca torcida por el terror.

Impulsado por un vago instinto detectivesco, el desconcertado padre examinó con curiosidad los estantes vacíos para averiguar qué se había llevado su hijo a la buhardilla. La biblioteca del joven estaba rigurosamente clasificada por materias, de modo que no resultaba difícil saber qué libros, o al menos qué clase de libros, eran los que faltaban. El señor Ward se quedó asombrado al descubrir que los huecos no correspondían a obras relacionadas con las ciencias ocultas ni con antiguos sucedidos, sino a tratados modernos de historia y geografía, manuales de literatura, obras filosóficas y periódicos y revistas contemporáneos. Aquello representaba un giro muy curioso en las aficiones de Charles y su padre se quedó perplejo al comprobarlo. Una clara sensación de extrañeza se apoderó de él, le atenazó el pecho y le obligó a mirar en torno suyo para descubrir a qué respondía. Algo había ocurrido, ciertamente, algo de trascendencia tanto material como espiritual. Desde que había entrado en aquella estancia había notado un cambio, y al fin sabía en qué consistía. En la pared norte de la habitación seguía incólume, sobre la chimenea, el antiguo panel de madera procedente de la casa de Olney Court, pero el retrato de Curwen, precariamente restaurado, había sido víctima de un terrible desastre. El tiempo y la calefacción habían ido deteriorándolo y desde la última limpieza de aquel cuarto había sucedido lo peor. La pintura se había ido desprendiendo y enroscándose poco a poco para caer finalmente de pronto con una rapidez maligna y silenciosa. El retrato de Joseph Curwen había dejado para siempre de vigilar al joven a quien tan extrañamente se asemejaba y yacía ahora en el suelo formando una fina capa de polvo gris azulado.



Una mutación y una locura


1

Durante la semana que sucedió a aquel memorable Viernes Santo, Charles Ward fue visto más a menudo que de costumbre. Continuamente transportaba gran cantidad de libros de su biblioteca al laboratorio del desván. Sus actos eran tranquilos y racionales, pero el aire furtivo que le rodeaba y la mirada extraña que se reflejaba en sus ojos inquietaron a su madre. Por otra parte, y a juzgar por los continuos recados que hacía llegar a la cocinera, se había despertado en él un apetito voraz.

El doctor Willett había sido informado acerca de los ruidos y acontecimientos de aquel memorable viernes, y al martes siguiente sostuvo una larga conversación con el joven en aquella biblioteca donde ya no vigilaban los ojos del retrato de Curwen. La entrevista, como de costumbre, no dio ningún resultado positivo, pero aun así Willett jura y perjura que Charles seguía, incluso en aquellos momentos, perfectamente cuerdo. Prometió revelar muy pronto el resultado de sus investigaciones y habló de montar su laboratorio en otra parte. Concedió muy poca importancia a la pérdida del retrato, hecho que al doctor no dejó de extrañarle dado el entusiasmo que le había producido su descubrimiento. Por el contrario, parecía hallar algo humorístico en aquel súbito desastre.

A la semana siguiente Charles comenzó a ausentarse de la casa durante largos períodos de tiempo y un día en que la vieja Hannah acudió a casa de los Ward para ayudar en la limpieza de primavera, habló de las frecuentes visitas que hacía el joven a la antigua mansión de Olney Court, donde se presentaba con una gran maleta y en cuya bodega efectuaba extrañas excavaciones. Siempre se mostraba muy generoso con ella v con el viejo Asa, pero parecía más preocupado que de costumbre, cosa que apesadumbraba a la anciana, que le conocía desde el día en que nació.

Otros informes acerca de sus andanzas llegaron de Pawtuxet, donde varios amigos de la familia le veían rondando con frecuencia desacostumbrada el embarcadero de Rhodes-on-the-Pawtuxet. El doctor Willett investigó la cuestión posteriormente y descubrió que la intención del joven había sido la de hallar una abertura en la cerca, abertura que le permitiera continuar hacia el norte por la ribera del río. Solía desaparecer en esa dirección y no volver hasta transcurridas muchas horas.

Un día del mes de mayo volvieron a producirse en el desván sonidos que respondían a la celebración de nuevos rituales, lo cual provocó un severo reproche por parte del señor Ward y vagas promesas de enmienda por parte de Charles. El incidente tuvo lugar una mañana y, al parecer, constituyó una repetición del imaginario coloquio que había tenido lugar aquel turbulento Viernes Santo. El joven discutía acaloradamente consigo mismo, como parecía indicar el hecho de que de pronto estallaran gritos en tonos diversos que sugerían una sucesión de preguntas y respuestas negativas, todo lo cual impulsó a la señora Ward a subir al tercer piso y aplicar la oreja a la puerta. Sólo pudo oír, sin embargo, unas cuantas palabras: «Debe permanecer rojo tres meses». Cuando llamó con los nudillos en la hoja de madera, los sonidos cesaron inmediatamente. Más tarde, al ser interrogado por su padre, Charles respondió que existían ciertos conflictos entre diversas esferas de la conciencia, conflictos que sólo podían subsanarse con una gran habilidad y que él trataría de trasladar a otro terreno.

A mediados de junio ocurrió un extraño incidente nocturno. Al atardecer se produjo una serie de ruidos en el laboratorio de la buhardilla, y a punto estaba el señor Ward de subir a investigar qué sucedía, cuando se restableció súbitamente el silencio. A medianoche, cuando la familia se había retirado ya a descansar y el mayordomo se disponía a cerrar la puerta de la calle, apareció Charles cargado con una voluminosa maleta e hizo señas al sirviente de que deseaba salir. El joven no pronunció una sola palabra, pero el mayordomo vio la expresión febril que reflejaban sus ojos y quedó profundamente impresionado. Abrió la puerta para que saliera el joven Ward, pero a la mañana siguiente presentó su renuncia a la señora. Dijo que había visto un brillo diabólico en los ojos del señorito Charles, que aquella no era forma de mirar a una persona honrada, y que no estaba dispuesto a pasar ni una sola noche más en aquella casa. La señora Ward le dejó marchar pero no concedió crédito a sus afirmaciones. Imaginar a Charles fuera de control aquella noche le era totalmente imposible, pues mientras había permanecido despierta había oído ruidos continuos en el laboratorio, sonidos como si alguien sollozara y paseara de un lado a otro, y suspiros que sólo hablaban de una gran desesperación. La señora Ward se había acostumbrado a auscultar los sonidos nocturnos, pues el profundo misterio que envolvía la vida de su hijo no la permitía ya pensar en nada más.

A la noche siguiente, y tal como había ocurrido en otra ocasión hacía ya tres meses, Charles se apresuró a coger el periódico y arrancó un trozo de una página, aparentemente de modo accidental. El hecho no se recordó hasta más tarde, cuando el doctor Willett empezó a atar cabos sueltos y a buscar los eslabones que faltaban aquí y allá. En los archivos del Journal encontró el fragmento que faltaba y marcó dos noticias que podían estar relacionadas con el caso. Eran las siguientes:


MÁS MERODEADORES EN EL CEMENTERIO

Esta mañana, Robert Hart, vigilante nocturno del Cementerio del Norte, ha descubierto una nueva profanación en la parte antigua del camposanto. La tumba de Ezra Weeden. nacido en 1740 y fallecido en 1824, según se lee en la lápida salvajemente mutilada por los responsables del hecho. aparece excavada y saqueada. Los profanadores utilizaron, según se cree, una azada que sustrajeron de un cobertizo cercano, donde se guardan toda clase de herramientas.

Cualquiera que fuera el contenido de la tumba después de transcurrido un siglo desde la exhumación. ha desaparecido. Sólo se han encontrado trozos de madera podrida. No se han hallado huellas de vehículos, pero sí rastros de pisadas que corresponden a un solo individuo, hombre de buena posición a juzgar por las botas que calzaba. Hart se muestra muy inclinado a relacionar este incidente con el ocurrido el pasado mes de marzo cuando él mismo descubrió y provocó la fuga de un grupo de hombres que hablan llegado en una camioneta y habían excavado una fosa, pero el sargento Riley no comparte esa teoría y afirma que existen diferencias esenciales entre los dos sucesos. En marzo, la excavación tuvo lugar en un paraje en el cual no se ha señalado la existencia de ninguna tumba, mientras que en esta ocasión se ha saqueado un enterramiento perfectamente señalado y mantenido, con un propósito deliberado y un ensañamiento que delata el destrozo de la lápida, que hasta el día anterior había permanecido intacta.

Los miembros de la familia Weeden, informados de lo sucedido, han expresado su asombro y su pesar, y no aciertan a explicarse qué motivos puede tener nadie para profanar de tal modo la tumba de su antepasado. Hazard Weeden, domiciliado en el 598 de Angel Street, recuerda una leyenda familiar según la cual Ezra Weeden se habría visto complicado poco antes de la Revolución en unos extraños sucesos que para nada afectan al honor de la familia, pero no ve qué relación puede existir entre aquellos hechos y la presente violación de la tumba. El caso está siendo investigado por el inspector Cunningham, quien espera resolverlo en un plazo muy breve.


ALBOROTO NOCTURNO EN PAWTUXET

Hacia las tres de la madrugada de hoy, los habitantes de Pawtuxet han visto interrumpido su sueño por un alboroto producido por el aullar ensordecedor de unos perros, alboroto localizado, al parecer, en la orilla del río, concretamente en un punto situado no muy lejos de Rhodes-on-the-Pawtuxet. Según la mayoría de los vecinos de aquella localidad, dichos aullidos eran de un volumen y una intensidad inusitados. Fred Lemdin, vigilante nocturno de Rhodes, ha declarado por su parte que iban mezclados con algo que parecían los alaridos de un hombre presa de un terror y una agonía indescriptibles. Una repentina tormenta, de breve duración, dio fin a la anomalía. Los habitantes de la región relacionan este suceso con extraños y desagradables olores probablemente procedentes de los tanques de petróleo que se encuentran en la bahía y que seguramente han contribuido a excitar a los perros de los alrededores.

Charles se mostró a partir de aquel día más demacrado y sombrío que nunca. Recordando aquel período, todos coinciden en que el joven debió sentir por entonces un fuerte deseo por confesar a alguna persona el terror que le poseía. La morbosa escucha nocturna de su madre reveló que Charles efectuaba frecuentes salidas al amparo de la oscuridad, y la mayoría de los alienistas de la escuela conservadora coinciden en atribuirle los repugnantes casos de vampirismo que la prensa divulgó con todo sensacionalismo por esos días sin que nunca llegara a descubrirse el verdadero autor. Aquellos casos, demasiado recientes y comentados para que tengamos que recordarlos aquí con detalle, tuvieron por víctimas a personas de todas las edades y características y ocurrieron en los alrededores de dos lugares distintos: la colina residencial del North End, en las proximidades de la casa de lo Ward, y los distritos suburbanos del otro lado de la línea férrea de Cranston, cerca de Pawtuxet. Varias personas que regresaban tarde a sus hogares o dormían con las ventanas abiertas fueron atacadas por una extraña criatura que las que han sobrevivido describen como un monstruo alto, delgado, de ojos ardientes, que clavaba sus dientes en la garganta o en el hombro de su víctima y chupaba vorazmente su sangre.

El doctor Willett, que se niega a fijar el origen de la locura de Ward en fecha tan temprana, se muestra muy cauteloso al explicar aquellos horrores. Tiene, según dice, sus propias teorías sobre la cuestión y sus afirmaciones no son en la mayoría de los casos más que negaciones solapadas. «Me resisto a decir», manifiesta, «quién, en mi opinión, perpetró aquellos ataques y asesinatos, pero declaro que Charles Ward es inocente. Tengo motivos para afirmar rotundamente que nunca probó el sabor de la sangre, y su anemia y extrema palidez son prueba contundente de que estoy en lo cierto. Ward estuvo en contacto con cosas terribles, pero lo pagó muy caro y nunca fue un monstruo ni un malvado. En cuanto al presente, prefiero no opinar. Se produjo un cambio, evidentemente, y me contento con creer que Charles Ward murió con él, o al menos murió su espíritu, porque esa carne demente que desapareció del hospital de Waite tenía un alma distinta.»

Willett habla con autoridad, ya que a menudo acudía a casa de los Ward a atender a la dueña de la casa, cuyos nervios habían empezado a flaquear a causa de los continuos disgustos. La continua vigilia había producido en ella alucinaciones morbosas que comunicó al doctor. Willett las ridiculizaba al hablar con su paciente, pero meditaba mucho sobre ellas cuando se hallaba a solas. Estaban siempre relacionadas con los leves sonidos que la madre de Charles creía oír en el laboratorio y en la buhardilla en que dormía su hijo, sonidos que consistían en suspiros apagados y sollozos que surgían en los momentos más inverosímiles. A principios de julio el doctor Willett prescribió a su paciente un viaje a Atlantic City donde debía permanecer por tiempo indefinido, y advirtió al señor Ward y al elusivo Charles que se limitaran a escribirle cartas cariñosas y alentadoras. Es muy probable que la señora Ward deba su vida y su salud mental a aquel viaje forzado que con tan mala gana hubo de emprender.


2

Poco después de la partida de su madre, Charles Ward inició las gestiones para adquirir el bungalow de Pawtuxet. Se trataba de un pequeño edificio de madera provisto de un garaje de hormigón y situado en la falda de la colina, cerca del río y poco más arriba de Rhodes. Por algún motivo de él sólo conocido, el joven se había empeñado en adquirirlo a toda costa. No dejó en paz a los corredores de fincas hasta que uno de ellos consiguió realizar la compra, por cierto a un precio exorbitante dado que el propietario se negaba a venderlo. En cuanto quedó vacío, Charles se trasladó a él al amparo de la oscuridad, transportando en un camión cerrado todo el contenido del laboratorio, incluidos los libros antiguos y modernos que había sacado de su biblioteca. Hizo cargar el vehículo entre las sombras de las primeras horas de la madrugada y su padre aún recuerda vagamente los juramentos ahogados y el ruido de las pisadas de los hombres que participaron en la mudanza. Desde aquella fecha, el joven volvió a ocupar sus habitaciones del tercer piso y abandonó definitivamente su reducto del desván.

Charles trasladó a la casita de Pawtuxet el sigilo que había envuelto a su anterior laboratorio. Aunque ahora había dos personas que compartían sus misterios, un mestizo portugués de aspecto siniestro que hacía las veces de criado, y un desconocido delgado, de aspecto de intelectual, gafas oscuras y barba muy poblada probablemente teñida, a quien Ward, al parecer, consideraba colega y que como tal era tratado. Los vecinos intentaron inútilmente de trabar conversación con aquellos dos extraños personajes. El mulato Gomes hablaba muy poco por no saber inglés y el barbudo, que decía ser doctor y apellidarse Allen, seguía su ejemplo por propia elección. Ward por su parte trató de mostrarse amable con sus vecinos pero solo consiguió despertar una gran curiosidad entre ellos con sus continuas referencias a experimentos químicos. No tardaron en circular extraños rumores acerca de las luces que a todas horas permanecían encendidas en el bungalow de la colina, y más tarde, cuando cesó repentinamente la iluminación nocturna, acerca de los pedidos de carne que recibía el carnicero, a todas luces desproporcionados, y acerca de los gritos, declamaciones y cánticos que surgían de algún lugar subterráneo situado debajo de la construcción. Toda la burguesía honrada de aquellos alrededores miraba con manifiesto recelo la propiedad de Ward, que más de uno relacionaba con el misterioso vampiro que por aquellos días había vuelto a reanudar su actividad y, precisamente, en torno a Pawtuxet y a las contiguas calles de Edgewood.

Ward pasaba la mayor parte del tiempo en la nueva casa, aunque de vez en cuando dormía en la de sus padres, que continuaba considerando su hogar. En dos ocasiones se ausentó de la ciudad por espacio de una semana sin que haya podido descubrirse todavía el objeto de aquellos viajes. Su rostro ofrecía un aspecto más pálido y macilento que nunca, y ahora, cuando repetía al doctor Willett sus afirmaciones de siempre acerca de la importancia de sus investigaciones y de la inminencia de las revelaciones, parecía mucho menos seguro de sí mismo. Willett le interpelaba a menudo en casa de su padre, pues el señor Ward estaba profundamente preocupado y perplejo ante el estado de su hijo y deseaba que le vigilara en lo posible. Insiste el buen médico en que aún en aquellos días Charles Ward estaba totalmente cuerdo, y aduce como prueba de esta afirmación referencias a diversas conversaciones que sostuvo con él por entonces.

Hacia septiembre, los casos de vampirismo disminuyeron, pero al mes de enero siguiente, Ward estuvo a punto de verse seriamente comprometido. Desde hacía algún tiempo se comentaba el tránsito nocturno de camiones que iban a descargar en la casita de Pawtuxet y en cierta ocasión. por pura coincidencia, se descubrió cuál era la mercancía que transportaba uno de aquellos vehículos. En un paraje solitario, cercano a Hope Valley, unos ladrones asaltaron un camión suponiendo que llevaba bebidas alcohólicas de contrabando. Lo que no se imaginaban era que iban a resultar ellos los perjudicados, pues los cajones sustraídos contenían una mercancía horrenda, tan horrenda que el incidente fue comentado entre toda el hampa. Los ladrones se precipitaron a enterrar los cajones robados, pero cuando la policía del Estado tuvo noticia de lo ocurrido, llevó a cabo una minuciosa investigación. Uno de los autores del hecho, tras asegurarse de que no se tomarían medidas punitivas contra él, consintió en guiar a un grupo de agentes al lugar donde habían enterrado la «mercancía». Resultó ésta ser de naturaleza tan espantosa que se juzgó un atentado al decoro -tanto nacional como internacional- informar al público de lo que había descubierto aquel horrorizado grupo de representantes del orden, y en consecuencia, se mantuvo el secreto acerca del caso. Sin embargo, dado que ni a aquellos policías que estaban muy lejos de ser cultos se les escapó el significado del hallazgo, se enviaron inmediatamente varios telegramas a Washington.

Los cajones iban dirigidos a Charles Ward, al bungalow de Pawtuxet, y muy pronto se personaron en ese lugar varios representantes del gobierno federal y del Estado. Le encontraron pálido y preocupado, rodeado de sus extraños compañeros, pero recibieron de él una explicación válida y pruebas de inocencia que juzgaron concluyentes. Ward declaró que había necesitado ciertos ejemplares anatómicos para llevar a cabo un proyecto de investigación de cuya profundidad y autenticidad podían responder los que le habían conocido en la última década, y que, en consecuencia, había hecho el oportuno pedido a las agencias que podían proporcionárselos, a su entender legalmente. Acerca de la identidad de aquellos ejemplares no sabía absolutamente nada y se mostró muy sorprendido cuando aquellos inspectores se refirieron al efecto monstruoso que el conocimiento del asunto podía producir entre el público, con el consiguiente deterioro de la dignidad nacional. Todas las afirmaciones del joven fueron firmemente apoyadas por su barbudo colega, el doctor Allen, cuya voz extrañamente profunda revelaba una convicción mucho mayor que la que transparentaban los tartamudeos nerviosos de Ward. En resumen, que los inspectores decidieron no tomar ninguna medida y se limitaron a enviar a Nueva York los nombres y las direcciones que Ward les facilitó como base para una investigación que no condujo a nada. Hay que añadir que los ejemplares fueron devueltos rápidamente y con gran discreción a sus lugares de procedencia y que el público no llegó a tener conocimiento nunca de los pormenores del caso.

El 9 de febrero de 1928, el doctor Willett recibió una carta de Charles Ward a la cual atribuye una importancia extraordinaria y que le ha valido más de una discusión con el doctor Lyman. Considera éste último que dicha carta constituye prueba decisiva de que el del joven Ward es un caso de dementia praecox, mientras que su colega la juzga última manifestación de la cordura de su paciente. Aduce como argumento a su favor la normalidad de la caligrafía, que si bien revela el nerviosismo de la mano del autor, es indudablemente la de Ward. El texto es el siguiente:

100 Prospect Street
Providence, Rhode lsland
8 marzo, 1928


Apreciado doctor Willett:
Comprendo que al fin ha llegado el momento de hacerle las revelaciones que hace tanto tiempo le anuncié y que usted tantas veces me ha exigido. La paciencia con que ha sabido esperar y la confianza que ha demostrado en mi cordura e integridad, son cosas que no olvidaré nunca.

Y ahora que estoy dispuesto a hablar, debo confesar con auténtica humillación que el triunfo con que soñaba ya nunca podrá ser mío. En lugar de ese triunfo he descubierto el terror, y mi conversación con usted no será un alarde de victoria, sino una petición de ayuda y de consejo para salvarme de mi mismo y salvar al mundo de un horror que sobrepasa todo lo que pueda imaginar o prever la mente humana. Recordará usted lo que las cartas de Fenner decían acerca de la expedición que se llevó a cabo contra la granja de Pawtuxet. Hay que repetirla ahora, y a la mayor brevedad.

De nosotros depende más de lo que nunca lograré expresar con palabras: la civilización, las leyes naturales, quizá incluso la suerte del sistema solar y del universo. He sacado a la luz una anormalidad monstruosa, pero lo he hecho en favor del conocimiento humano. Ahora, por el bien de la vida y de la naturaleza. tiene usted que ayudarme a devolverla a la oscuridad.

He abandonado para siempre el bungalow de Pawtuxet y debemos destruir todo lo allí presente, vivo o muerto. No volveré a pisar ese lugar y si alguien le dice a usted que estoy allí, no lo crea. Le explicaré la razón de estas palabras cuando le vea. Estoy en mi casa y deseo que venga usted a visitarme en cuanto pueda disponer de cinco o seis horas para escuchar lo que tengo que decirle. Será necesario todo ese tiempo y créame si le digo que cumplirá con ello un deber profesional. Mi vida y mi razón son las cosas menos importantes que están en juego en este caso.

No me he atrevido a hablar con mi padre porque sé que no me entendería, pero si le he dicho que estoy en peligro y ha contratado a cuatro detectives para que vigilen la casa. No sé hasta qué punto será eficaz su vigilancia, puesto que tienen contra ellos unas fuerzas cuyo poder es imposible imaginar. Venga enseguida si quiere encontrarme vivo y saber cómo puede ayudarme a salvar al cosmos del desastre total. Venga en cualquier momento puesto que yo no saldré de casa. No llame por teléfono, ya que no se sabe quién o qué puede interceptar su llamada. Y roguemos a los dioses que puedan existir para que nada impida este encuentro.
Con la mayor solemnidad y desesperación,
CHARLES DEXTER WARD

P. D. Disparen sobre el doctor Allen en cuanto le vean y disuelvan su cadáver en ácido. No lo quemen.



El doctor Willett recibió la carta alrededor de las diez y media de la mañana, e inmediatamente se las arregló para quedar libre a primera hora de la tarde. Quería llegar a casa de los Ward alrededor de las cuatro, y durante toda la mañana estuvo sumido en especulaciones tan descabelladas que la mayor parte de sus tareas las realizó maquinalmente. La carta de Charles Ward parecía a primera vista producto de la mente de un maníaco, pero Willett conocía al joven demasiado bien para rechazarla como mera fantasía. Estaba completamente convencido de que algo muy sutil, antiguo y horrible se cernía sobre ellos, y la referencia al doctor Allen casi parecía razonable en vista de los rumores que corrían por Pawtuxet acerca del extraño colega de Charles Ward. Willett no le había visto nunca, pero sí había oído hablar de su aspecto y porte, y se preguntaba qué clase de ojos se ocultarían tras aquellas comentadísimas gafas ahumadas.

A las cuatro en punto, el doctor Willett se presentó en la residencia de los Ward, pero descubrió con gran disgusto que Charles no había permanecido fiel a su decisión de quedarse en casa. Los detectives sí estaban allí y, por ellos supo que el joven había perdido al parecer parte de su desánimo anterior. Uno de ellos le dijo que había pasado la mañana hablando por teléfono, discutiendo, protestando airadamente, y contestando a una voz desconocida frases como «Estoy muy fatigado y tengo que descansar una temporada», «No puedo recibir a nadie durante algún tiempo, tendrá usted que disculparme», «Le ruego que aplace toda decisión definitiva hasta que podamos llegar a un compromiso», «Lo siento mucho, pero tengo que tomarme unas vacaciones y no puedo ocuparme de nada, ya hablaré con usted más adelante.» Luego, como si hubiera estado meditando y la reflexión le hubiera infundido valentía, había logrado salir de la casa tan sigilosamente que nadie se había dado cuenta del hecho ni había reparado en su ausencia hasta su regreso, ocurrido alrededor de la una de la tarde. Entró a esa hora en la casa sin decir una palabra, subió al tercer piso y allí evidentemente volvieron a reproducirse sus temores, porque se le ovó gritar aterrorizado al poco de entrar en su biblioteca. Sin embargo, cuando el mayordomo subió a investigar la causa de aquel alarido, Charles se asomó a la puerta con aire decidido y con un gesto despidió al sirviente, que quedó profundamente impresionado. Poco después volvió a salir de la casa. Willett preguntó si había dejado algún recado, pero

la respuesta fue negativa. El mayordomo parecía muy afectado por algo que había visto en los modales y el aspecto de Charles, y preguntó al doctor solícitamente si había alguna esperanza de curación para aquellos nervios desequilibrados.

Durante casi dos horas, Willett esperó inútilmente en la biblioteca de Ward contemplando las estanterías polvorientas con los espacios vacíos que ocuparan los libros que el joven se había llevado y mirando con una mueca sombría el panel donde un año antes estuviera el retrato de Joseph Curwen.

Poco a poco las sombras fueron cerrando filas en torno suyo preludiando la oscuridad de la noche. Al fin llegó el señor Ward, quien se mostró furioso y sorprendido ante la ausencia de su hijo después de todas las molestias que se había tomado para velar por su seguridad. Ignoraba que Charles hubiera concertado una cita con el doctor y prometió avisar a Willett en cuanto el joven regresara. Al despedirse de él le hizo participe de la preocupación que sentía por el estado del joven y le suplicó que hiciera lo posible por devolver su mente a la normalidad.

Willett se alegró de huir de aquella biblioteca sobre la que se cernía algo maléfico y horrible, como si el cuadro desaparecido hubiera dejado tras él una herencia de perversidad. Nunca le había gustado aquel retrato e incluso ahora que éste había desaparecido, y a pesar de lo bien templados que tenia los nervios, experimentaba la urgente necesidad de salir al aire libre lo antes posible.



3

A la mañana siguiente, el señor Ward envió al doctor Willett una nota en que le comunicaba que su hijo no había regresado. Decía en ella asimismo que el doctor Allen le había telefoneado para decirle que Charles permanecería durante algún tiempo en Pawtuxet donde nadie debía molestarle ya que, por tener que ausentarse el propio Allen durante un periodo de tiempo indefinido, quedaba él solo a cargo de la investigación en curso, y que Charles le enviaba sus mejores deseos y lamentaba cualquier molestia que pudiera producir aquel repentino cambio de planes. La voz del doctor Allen había despertado en el señor Ward un recuerdo vago y elusivo que no pudo identificar exactamente y que le produjo sin embargo una evidente inquietud.

Desconcertado por aquellas noticias contradictorias, el doctor Willett no supo qué hacer. No podía negarse que en la carta de Charles había una ansiedad frenética, pero ¿cómo interpretar la actitud de un joven que tan pronto violaba sus propias decisiones? En su carta aseguraba que sus investigaciones eran una amenaza y un sacrilegio, que ellas y su colega debían ser eliminados a cualquier precio, y que él no volvería a pisar nunca el bungalow de Pawtuxet, pero según las últimas noticias se había olvidado de todo y había regresado al centro del misterio. El sentido común le aconsejaba dejar en paz al joven con sus caprichos, pero un instinto más profundo le impedía olvidar la impresión que dejara en él aquella angustiada carta. Willett la leyó otra vez y, a pesar de su lenguaje algo altisonante y de la carencia de datos concretos, no pudo juzgarla ni absurda ni demente. El terror de Charles era demasiado intenso, demasiado real, y unido a lo que el doctor sabía ya del caso, evocaba monstruosidades tales de allende del tiempo y el espacio, que ninguna justificación cínica bastaba para explicarlas. Lo cierto es que existían horrores sin nombre en aquel bungalow y, aún a riesgo de que su intervención resultara inútil, tenia que estar preparado para pasar a la acción en cualquier momento.

Durante más de una semana, el doctor Willett reflexionó sobre el dilema que tenía planteado, sintiéndose cada vez más inclinado a visitar a Charles en el bungalow de Pawtuxet. Nadie se había aventurado nunca a invadir aquel refugio e incluso su padre conocía la casa solamente por las descripciones que el propio Charles le había hecho. Pero en este caso el doctor Willett consideró necesario tener una entrevista directa con su paciente. El señor Ward había estado recibiendo de su hijo durante esos días noticias muy vagas en breves notas mecanografiadas, semejantes a las que recibía su mujer en su retiro de Atlantic City y, en vista de ello, el doctor se decidió a actuar. A pesar de la curiosa sensación que despertaban en él las antiguas leyendas relativas a Joseph Curwen y las más recientes revelaciones y advertencias de Charles Ward, se dirigió osadamente al bungalow, que se levantaba sobre un risco muy cerca del río. Aunque nunca había entrado en la casa, había visitado anteriormente los alrededores por pura curiosidad y, en consecuencia, sabía perfectamente qué camino tomar. Aquella tarde de finales de febrero, mientras conducía su pequeño automóvil por la Broad Street, pensó en el grupo de hombres que había seguido aquella misma ruta ciento cincuenta años antes, en una terrible expedición que había quedado sumida en el más impenetrable misterio.

El recorrido a través de los arrabales de Providence fue muy corto y pronto se extendieron ante su vista los ordenados barrios de Edgewood y la dormida aldea de Pawtuxet. Al llegar a Lockwood Street dobló a la derecha y siguió el camino vecinal hasta donde le fue posible llegar. Luego se bajó del vehículo y echó a andar en dirección al norte. Las casas estaban allí muy dispersas y el bungalow, con su garaje de hormigón, se divisaba claramente aislado sobre una pequeña elevación del terreno. Recorrió a buen paso el descuidado camino de grava, llamó a la puerta con mano firme y habló en tono decidido al mulato portugués que la entreabrió con muchas precauciones.

Tenía que ver a Charles Ward inmediatamente dijo, para un asunto de vital importancia. No aceptaría ninguna excusa y una negativa a su petición serviría únicamente para impulsarle a presentar un informe completo de la situación al señor Ward. El mulato dudó y se apoyó en la puerta para impedirle el paso, pero el doctor se limitó a elevar la voz y a repetir su demanda. Fue entonces cuando de la oscuridad del interior surgió un ronco susurro que inexplicablemente heló la sangre en las venas al visitante.

-Déjale entrar, Tony -dijo la voz . Si hemos de hablar, tan bueno es este momento como cualquier otro.
Pero por inquietante que resultara aquel susurro, peor fue lo que siguió. La madera del suelo crujió y el hombre que acababa de hablar se hizo visible. El dueño de aquella voz extraña y resonante no era otro que Charles Dexter Ward.

La minuciosidad con que el doctor Willett grabó en su memoria la conversación de aquella tarde, se debe a la importancia que él atribuye a este período en particular, pues en su opinión se había efectuado un cambio vital en la mente del joven Ward que, según él, hablaba ahora a través de un cerebro muy distinto de aquél que había visto desarrollarse a lo largo de veintiséis años. La controversia con el doctor Lyman le había obligado a ser muy especifico y fijaba el comienzo de la enfermedad mental de Charles precisamente en la época en que sus padres habían comenzado a recibir aquellas notas mecanografiadas. Lo cierto es que éstas no correspondían al estilo habitual del joven, ni siquiera al de aquella desesperada misiva que escribiera al doctor Willett. Respondían a un estilo raro y arcaico, como si el desquiciamiento mental del autor hubiera dado rienda suelta a una serie de tendencias e impresiones adquiridas inconscientemente durante el período juvenil de afición a las antigüedades. Se evidenciaba en ellas un fuerte deseo de modernidad, pero el espíritu, y a veces hasta el lenguaje, pertenecen indiscutiblemente al pasado, ese pasado que se hizo también evidente en la actitud y los gestos de Ward cuando recibió al doctor en aquel sombrío bungalow. Se inclinó, señaló un asiento a Willett y empezó a hablar bruscamente en aquel extraño susurro en que, al parecer, se sintió obligado a explicar.

-Me está afectando mucho a los pulmones -comenzó-, este relente del río. Tendrá que disculpar usted mi ronquera. Supongo que le ha enviado mi señor padre con el fin de que averigüe qué me ocurre, y espero que no le dirá nada que pueda alarmarle.

Willett estudió aquel tono enronquecido con sumo interés, pero aún prestó mayor atención al rostro de su interlocutor. Experimentaba la sensación de que en aquella escena había algo de anormal y recordó lo que la familia de Charles le había contado acerca de la impresión que había recibido una noche el mayordomo de la casa. Hubiera preferido que reinara un poco más de luz en la sala, pero no pidió que se descorrieran las cortinas. Se limitó a preguntar a su interlocutor qué le había impulsado a enviarle aquella angustiada carta hacia poco más de una semana.

-Precisamente iba a hablarle de eso -replicó Ward-. Como usted bien sabe tengo los nervios muy alterados y hago y digo cosas que no se me deben tener en cuenta. Más de una vez le he confiado que me hallo enfrascado en investigaciones de gran trascendencia y la importancia de tales menesteres ha llegado a trastornarme en más de una ocasión. Cualquier hombre se hubiera asustado de lo que he descubierto, pero yo pienso seguir adelante y pronto lograré lo que me proponía. Fui un necio al volver a mi casa y someterme a la vigilancia de esos guardianes. He llegado muy lejos y tengo que seguir adelante. Mi lugar está aquí. Sé que no disfruto de buena reputación entre mis vecinos y, por una debilidad, casi llegué a creer lo que dicen de mí. En lo que hago, mientras lo haga bien, no hay nada de perverso. Tenga usted la bondad de esperar seis meses y le mostraré algo que recompensará sobradamente su paciencia.

»Puedo, sí, decirle que cuento con un medio de adquirir conocimientos mucho más seguro que el que representan los libros, y dejaré que juzgue por sí mismo la importancia de lo que puedo aportar a la historia, a la filosofía y a las artes en virtud de las puertas que ante mí se han abierto. Mi antepasado había logrado traspasarlas cuando aquellos estúpidos entrometidos vinieron a asesinarle. Pero esta vez no ocurrirá nada semejante. Le ruego que olvide todo lo que le escribí y que no tema este lugar ni nada de lo que encierra. El doctor Allen es un hombre excelente y le debo una disculpa por todo lo que le dije acerca de él. Ojalá estuviera aquí, pero su presencia era indispensable en otra parte. Su celo es igual al mío en todo lo que a nuestra investigación concierne, y su ayuda me resulta inapreciable.

Ward hizo una pausa y el doctor apenas supo que decir ni qué pensar. Sintió un profundo desconcierto al oír a su interlocutor repudiar con tanta calma la carta que le había dirigido y, sin embargo, en su fuero interno, estaba convencido de que si bien las palabras que acababa de escuchar eran extrañas, ajenas a quien las pronunciaba e indudablemente producto de una mente desquiciada, la misiva en cambio era trágica por su autenticidad y la semejanza que guardaba con el Charles Ward que él conocía. Trató de desviar la conversación hacia otros derroteros recordando al joven algunos acontecimientos pasados que pudieran restablecer la atmósfera de familiaridad en que transcurrían siempre sus encuentros, pero sus intentos obtuvieron unos resultados realmente grotescos. Lo mismo les ocurrió posteriormente a todos los alienistas. Una parte importante de las imágenes mentales de Ward, principalmente las relacionadas con los tiempos modernos y su propia vida, se había borrado totalmente de su cerebro, en tanto que el conocimiento del pasado que acumulara durante su juventud había surgido de lo más profundo de su subconsciente para devorar todo lo contemporáneo y personal. La información que demostraba poseer el joven acerca del pretérito era de naturaleza anormal y francamente estremecedora y, en consecuencia, hacía lo posible por ocultarla. Pero cada vez que Willett mencionaba algún tema favorito de su época de estudiante de tiempos pasados, aclaraba el joven la cuestión con un lujo de detalles inconcebible en ningún mortal y que hacía al doctor estremecerse.

No era normal saber cómo se le había caído exactamente la peluca al inclinarse hacia delante al actor que hacía el papel de juez en la representación que ofrecieron los alumnos de la Academia de Arte Dramático del señor Douglas, situada en King Street, el 11 de febrero de 1762, jueves por cierto, ni que los actores cortaron de tal modo el texto de la obra de Steele, El Amante consciente, que el público casi se alegró cuando las autoridades, impulsadas por sus creencias baptistas, cerraron el teatro dos semanas más tarde. El hecho de que la diligencia de Thomas Sabin, que hacía la ruta de Boston, fuera «incómoda hasta la exageración», podían mencionarlo cartas de la época, pero, ¿qué erudito en su sano juicio podía afirmar que el chirrido que producía la muestra de la taberna de Epenetus Olney (la corona de colores chillones que había colgado cuando decidió dar al local el nombre de Café Real) sonaba exactamente igual a las primeras notas de esa pieza de jazz que transmitían ahora todas las radios de Pawtuxet?

Ward, sin embargo, no se dejó llevar demasiado por aquel camino. Los temas modernos y personales los rechazaba de raíz, en tanto que los referentes al pasado, aun siendo más de su agrado, parecían aburrirle. Evidentemente, lo único que deseaba era que su visitante quedara lo bastante satisfecho como para que se fuera sin intención de regresar . A este fin se ofreció a enseñarle a Willett la casa, e inmediatamente le acompañó en un recorrido de todas las habitaciones, desde la bodega hasta el desván. Willett, que examinaba todo atentamente, observó que los libros eran demasiado pocos y demasiado vulgares para haber llenado los amplios espacios vacíos de la biblioteca de la casa de Ward, y que el llamado «laboratorio» no era más que una especie de decorado. Evidentemente, había otra biblioteca y otro laboratorio en otra parte, aunque era imposible decir dónde. Esencialmente derrotado en la búsqueda de algo que no podía precisar, Willett regresó a la ciudad antes del anochecer y contó al señor Ward todo lo sucedido. Convinieron ambos en que el joven había perdido la razón, pero decidieron no tomar por el momento ninguna medida drástica. Por encima de todo, convenía que la señora Ward ignorara aquellas tristes circunstancias, aunque algo debían hacerle sospechar las extrañas notas mecanografiadas que recibía de su hijo.

El señor Ward decidió visitar en persona al joven presentándose de improviso en el bungalow. Una noche, el doctor Willett le acompañó en automóvil hasta las inmediaciones de la casa y esperó pacientemente su regreso. La sesión fue larga, y el padre volvió de ella entristecido y perplejo. La recepción de que fue objeto fue muy semejante a la que había hallado Willett, con la diferencia de que esta vez Charles tardó un tiempo considerable en aparecer desde que el visitante se hubo abierto paso hasta el vestíbulo y despedido al portugués con su imperiosa exigencia. En el comportamiento de su hijo no hubo el menor rasgo de amor filial. No había apenas luz en la estancia en que se celebró la entrevista, pero el joven se quejó de que la claridad le molestaba enormemente. No habló en voz alta en ningún momento pretextando que le dolía mucho la garganta, pero en su ronco susurro había algo tan inquietante que el señor Ward no logró sobreponerse a la impresión que le causara.

Definitivamente unidos para hacer todo lo posible por devolver al joven Charles la salud mental, Ward y el doctor Willett comenzaron a reunir datos sobre el caso. Lo primero que estudiaron fueron las habladurías que corrían por Pawtuxet, cosa que resultó bastante fácil ya que ambos tenían buenos amigos por aquellos contornos. El doctor Willett recogió la mayor parte de los rumores, ya que la gente hablaba más francamente con él que con el padre del personaje en cuestión, y de todo lo que oyó pudo colegir que la vida del sucesor de Ward era realmente extraña. Casi todos los habitantes de Pawtuxet relacionaban el bungalow con la oleada de vampirismo del año anterior, y las idas y venidas nocturnas de los camiones que a él se dirigían, eran objeto de suspicaces comentarios. Los comerciantes locales hablaban con extrañeza de los pedidos que hacía el criado mulato, y en especial de las grandes cantidades de carne y de sangre fresca que encargaba a dos carniceros de las inmediaciones. Para una casa en la que sólo vivían tres personas, aquellos pedidos resultaban completamente desproporcionados.

Luego estaba el asunto de los ruidos subterráneos. Los informes acerca de ellos fueron más difíciles de recoger, pero una vez reunidos se vio que todos coincidían en ciertos detalles básicos. Eran, sin duda alguna, de naturaleza ritual, sobre todo cuando el bungalow estaba a oscuras. Desde luego, podían proceder de la bodega, pero los rumores insistían en que había criptas más profundas y más amplias. Recordando las antiguas habladurías acerca de las catacumbas de Joseph Curwen y dando por sentado que el joven, guiándose por alguno de los documentos encontrados junto con el cuadro había elegido el bungalow por hallarse éste emplazado exactamente en el lugar donde se alzara la granja de su antepasado, buscaron afanosamente la puerta que se mencionaba en los viejos manuscritos y que, según éstos, debía hallarse muy próxima a la orilla del río. En cuanto a la opinión general sobre los habitantes del bungalow, no cabía duda de que el mulato portugués era sencillamente detestado, el barbudo doctor temido, y el joven erudito profundamente aborrecido. Durante las últimas dos semanas, Charles había cambiado mucho, decían. Había renunciado a sus intentos por mostrarse agradable y en las pocas ocasiones en que se aventuraba a salir al exterior, hablaba únicamente con un susurro ronco y extrañamente repelente.

Tales fueron los cabos y fragmentos de información que lograron reunir por aquí y por allá el señor Ward y el doctor Willett. Basándose en ellos mantuvieron serias y prolongadas conferencias en que se esforzaron ambos por ejercitar al máximo sus dotes de deducción, inducción e inventiva y trataron de relacionar todos los hechos conocidos de la vida del joven, incluida la angustiosa carta que el médico se había decidido a mostrar al fin, con la escasa documentación de que disponían acerca de Joseph Curwen. Habrían dado cualquier cosa por poder echar una ojeada a los documentos que Charles había encontrado, pues era evidente que la clave de la locura del joven radicaba en lo que éste había descubierto acerca del siniestro mago y sus actividades.


4

Y, sin embargo, el siguiente acontecimiento decisivo en aquel caso tan singular no sobrevino como consecuencia de ninguna medida adoptada ni por el señor Ward ni por el médico. Uno y otro, desconcertados y confundidos por una sombra demasiado informe e intangible para poder combatirla, habían permanecido con los brazos cruzados, como quien dice, mientras las notas mecanografiadas que el joven Ward seguía dirigiendo a sus padres, se hacían cada vez más espaciadas. Pero llegó el día primero de mes, con sus acostumbrados ajustes financieros, y los empleados de ciertos bancos comenzaron a menear la cabeza extrañados y a telefonearse unos a otros. Varios de ellos, que conocían a Charles Ward sólo de vista, se presentaron en el bungalow para preguntarle por qué todos los cheques que habían recibido de él recientemente presentaban una burda falsificación de su firma, a lo que Ward respondió que durante las últimas semanas su mano se había visto tan afectada por un shock nervioso que le resultaba imposible seguir escribiendo normalmente, argumento que no logró tranquilizar a sus interlocutores tanto como él hubiera deseado. Dijo también poder demostrar la verdad de su afirmación por el hecho de que se había visto obligado a mecanografiar todas las cartas, incluso las que dirigía a sus padres, como estos podrían confirmar.

Lo que sorprendió e intrigó a los visitantes no fue aquella explicación, que ni carecía de precedente ni resultaba especialmente sospechosa, ni tampoco las habladurías que corrían por Pawtuxet y cuyos ecos habían llegado a sus oídos. Lo que llamó su atención fue que el confuso razonamiento del joven revelaba un olvido total de importantes transacciones financieras de las que se había ocupado en persona hacía sólo un par de meses. Algo muy raro había en todo aquello, ya que a pesar de la aparente coherencia de sus palabras existía un mal disfrazado desconocimiento de detalles de vital importancia. Por otra parte, aunque ninguno de aquellos hombres conocía a Ward íntimamente, no pudieron dejar de observar el cambio que se había operado en su lenguaje y en sus modales. Habían oído comentar su afición a la historia, pero jamás habían visto a un erudito de esa clase utilizar el habla y los gestos correspondientes a una época pretérita. Aquella combinación de ronquera, parálisis parcial de las manos, pérdida de memoria y alteración de la conducta y del habla, sólo podía significar que el joven estaba enfermo de gravedad y, en consecuencia, decidieron que se imponía conferenciar urgentemente con el padre del infortunado joven.

El 6 de marzo de 1928 se celebró una seria y prolongada reunión en la oficina del señor Ward, después de la cual éste acudió desolado a consultar al doctor Willett. Examinó el médico las extrañas firmas de los cheques y las comparó mentalmente con la caligrafía de la última carta que había recibido de Charles. Desde luego el cambio era radical y profundo aunque en la nueva escritura no dejaba de haber algo siniestramente familiar. Los rasgos tenían una clara tendencia arcaizante y eran completamente distintos a los que el joven había utilizado siempre. Pero lo más curioso del caso era que el doctor Willett tenía la sensación de haberlos visto anteriormente. En conjunto, era evidente que Charles estaba loco y, puesto que no se hallaba en condiciones ni de administrar su fortuna ni de mantener un trato normal con el resto de la sociedad, debía tomarse rápidamente alguna medida para su internamiento y posible curación. Fue entonces cuando se llamó a consulta a los alienistas Peck y Waite, de Providence, y Lyman, de Boston. El señor Ward y el doctor Willett les informaron exhaustivamente del caso y juntos examinaron todos los libros y documentos que el joven había dejado en su biblioteca a fin de averiguar cuáles eran los que se había llevado y deducir de ello cómo había evolucionado su pensamiento. Después de revisarlo todo cuidadosamente y de analizar la carta que el joven había escrito al doctor Willett, convinieron los alienistas en que los estudios de Charles Ward habían sido de una naturaleza capaz de trastornar a cualquier intelecto normal. Habrían querido examinar los volúmenes y documentos que tenía entonces el joven en su posesión, pero sabían que eso sólo podrían conseguirlo tras una terrible escena y ni así estaban seguros de poder lograrlo. Willett se entregó al estudio del caso con febril energía. Fue entonces cuando obtuvo la declaración de los obreros que habían presenciado el hallazgo de los documentos tras el retrato de Curwen y cuando averiguó el verdadero significado de la mutilación de los periódicos llevada a cabo por el joven, pues acudió a los archivos del Journal y allí pudo averiguar cuál era el contenido de los artículos en cuestión.

El jueves ocho de marzo, los doctores Willett, Peck, Lyman y Waite acompañados por el señor Ward, visitaron al joven sin ocultarle el propósito de su visita y sometieron al que ya consideraban su paciente a un minucioso interrogatorio. Charles, a pesar de que tardó bastante tiempo en acudir a su presencia y cuando lo hizo llegó con las ropas impregnadas por los fétidos olores de su laboratorio, no se mostró recalcitrante en modo alguno. Admitió sin reservas que su memoria y su equilibrio nervioso se habían visto afectados por su apasionada dedicación a estudios muy complejos. No ofreció resistencia cuando los visitantes insistieron en que debía cambiar de alojamiento y, aparte de la pérdida de la memoria, manifestó un alto grado de inteligencia. Su comportamiento hubiera engañado por completo a los alienistas de no haber sido por la tendencia arcaizante de su lenguaje y por el hecho de que las ideas antiguas habían sustituido en su cerebro a las modernas, lo cual indicaba sin lugar a dudas una flagrante anormalidad mental. De su trabajo no dijo más que lo que había dicho anteriormente a su familia y al doctor Willett, y en cuanto a la extraña carta que había escrito hacía un mes, la atribuyó a los nervios y a la histeria. Insistió en que no había en su sombrío bungalow más laboratorio ni biblioteca que los visibles y se negó a explicar la ausencia en la casa de los olores que permeaban su ropa. Las murmuraciones del vecindario las atribuyó a la imaginación colectiva impulsada por una curiosidad frustrada. En cuanto al paradero del doctor Allen, dijo no tener libertad para afirmar nada concreto, pero aseguró a sus visitantes que el barbudo extranjero de gafas oscuras regresaría cuando fuera necesario. Al despedir al estólido mulato, el cual resistió sin parpadear el interrogatorio a que le sometieron los visitantes, y al cerrar el bungalow que parecía albergar oscuros secretos, Ward no manifestó el menor nerviosismo aparte de una tendencia apenas perceptible a detenerse a escuchar, como si tratara de percibir algún sonido muy débil. Le animaba al parecer una tranquila resignación filosófica, como si juzgara aquel traslado un incidente sin importancia decisiva. Era evidente que confiaba en salir con bien de la prueba a que iba a ser sometido. Se decidió no informar a su madre de lo ocurrido; el señor Ward seguiría enviándole notas mecanografiadas en nombre de su hijo. Ward ingresó en la apacible clínica particular del doctor Waite, situada en un pintoresco lugar de la isla de Conanicut, en plena bahía, donde fue sometido a rigurosa observación y fue interrogado por todos los médicos relacionados con el caso. Fue entonces cuando se descubrieron las anomalías físicas que presentaba: la lentitud de su metabolismo, la curiosa estructura molecular de su epidermis y la desproporción de sus reacciones nerviosas. El doctor Willett fue el más desconcertado de todos los que le examinaron, ya que por haber asistido a Ward desde que éste viniera al mundo podía apreciar mejor que sus colegas el alcance de aquel proceso de alteración física. Incluso la marca de nacimiento que tuviera siempre en la cadera había desaparecido, al mismo tiempo que se había formado en su pecho una especie de verruga o mancha alargada negra que llevó a Willett a preguntarse si habría asistido el joven a alguna de aquellas ceremonias que, según se decía, celebraban las brujas en parajes agrestes y solitarios y en las cuales se marcaba a los asistentes. A la mente del doctor acudió inevitablemente el recuerdo de cierto fragmento de la transcripción de un juicio celebrado en Salem, fragmento que Charles le había mostrado en la época anterior a su demencia y que decía: «El señor G. B. impuso aquella noche la Marca del Diablo a Bridget S., Jonathan A., Simon O., Deliverance W., Joseph C., Susan P., Mehitable C. y Deborah B.» También el rostro de Charles le inquietaba horriblemente hasta que por fin descubrió la causa de aquella impresión. Sobre el ojo derecho del joven había una marca que hasta entonces nunca había visto allí: una pequeña cicatriz exactamente igual a la que viera un día en el retrato de Joseph Curwen y que quizá fuera resultado de alguna espantosa inoculación ritualista a la cual se hubieran sometido ambos en una etapa determinada de sus investigaciones en el campo del ocultismo.

Mientras Willett intrigaba de esta forma a todos los médicos del hospital, se seguía manteniendo una estrecha vigilancia sobre la correspondencia dirigida al paciente o al doctor Allen, correspondencia que se entregaba religiosamente al señor Ward. Willett había predicho que aquella vigilancia resultaría inútil, porque lo más probable era que cualquier información vital que alguien quisiera transmitir a cualquiera de los dos habría de llegar por medio de un mensajero, pero lo cierto es que a finales de marzo llegó una carta de Praga dirigida al doctor Allen que dio mucho que pensar al doctor y al padre de Charles.

La caligrafía era muy arcaica, y aunque evidentemente la misiva no había sido escrita por un extranjero, no estaba tampoco redactada en inglés moderno. Decía:



Kleinstrasse, 11
Alstadt, Praga
11, febrero de 1928


Hermano en Almousin-Metraron:
En este día recibo noticia de lo que se elevó de las Sales que envié a su merced. No era ése el resultado que esperaba. de lo cual se deduce que las lápidas habían sido cambiadas cuando Barnabus envió el Espécimen. Ocurre esto a menudo, como sabrá su merced por lo ocurrido con lo hallado en la Capilla Real en 1769 y en el Cementerio Viejo en 1690. Cosa muy semejante ocurrióme en Egipto 75 años ha, de lo cual me vino la cicatriz que viera el Muchacho en 1924. Encarezco de nuevo a su merced lo que le aconsejé tiempo ha, que ejercite gran cautela y no llame a su presencia, ni a partir de las Sales ni de más allá de las Esferas, a nadie que no pueda hacer desaparecer. Tenga siempre su merced preparada la Invocación necesaria para ello y nunca confíe hasta estar bien seguro de Quién ha requerido a su presencia. Cambiadas suelen estar las lápidas en nueve de cada diez tumbas y conveniente es desconfiar hasta que se ha empezado a interrogar. Igualmente en el día de hoy recibí noticia de H. quien se ha visto en grandes dificultades con los soldados. Laméntase de que Transilvania haya pasado a manos de Rumania y trasladaríase a otro lugar si no abundara tanto su Castillo en lo que ya sabemos. No tardará en recibir noticias suyas. Envío a su merced algo encontrado en una Tumba de Oriente y que habrá de complacerle en gran manera, y reitero mi deseo de disponer de B. F. si puede procurármelo. Conoce a G. en Filadelfia mejor que yo. Utilícelo primero si así lo desea, pero no hasta tal punto que provoque su enojo, pues finalmente, habré de interrogarle yo también.


Yog-Sothoth Neblod Zin
Simon O.

J. C.
Providence



El señor Ward y el doctor Willett quedaron profundamente desconcertados ante la increíble muestra de locura que constituía aquella carta. Sólo por grados consiguieron asimilar su posible significado. ¿De modo que había sido el doctor Allen y no Charles el cerebro dominante en Pawtuxet? Eso podría explicar la angustiada referencia a Allen en la última carta que escribiera el joven. Pero, ¿qué pensar en cuanto al hecho de que la carta fuera dirigida a J. C.? Sólo cabía hacer una deducción, pero hasta las monstruosidades tienen un límite. ¿Quién sería Simon O.? ¿El anciano a quien Charles había visitado en Praga cuatro años antes? Tal vez, pero evidentemente había existido siglos antes otro Simon O., Simon Orne, por otro nombre Jedediah de Salem, desaparecido en 1771 y cuya peculiar caligrafía acababa de reconocer en la misiva el doctor Willett gracias a las copias de las fórmulas de Orne que Charles le había mostrado en cierta ocasión. ¿Qué horrores y misterios, qué contradicciones y violaciones de las leyes de la naturaleza habían vuelto después de siglo y medio a turbar la paz de la antigua Providence dormida entre torres y chapiteles?

El padre y el anciano médico, sin saber qué hacer ni qué pensar, fueron a visitar a Charles al hospital y le interrogaron con la mayor delicadeza posible acerca del doctor Allen, de su viaje a Praga y de lo que sabía sobre Simon o Jedediah Orne, de Salem. El joven respondió cortésmente a todas sus preguntas sin comprometerse, limitándose a decir con un ronco susurro que había descubierto que el doctor Allen poseía extraordinarias dotes para ponerse en contacto con los espíritus del pasado y que suponía que quienquiera que fuese su corresponsal de Praga debía poseer las mismas dotes. Al salir de la clínica, el doctor Willett y el señor Ward cayeron en la cuenta de que los interrogados había sido ellos en realidad, ya que sin revelar nada especial acerca de sí mismo, el joven les había sonsacado hábilmente acerca del contenido de la carta procedente de Praga.

Los doctores Peck, Waite y Lyman por su parte se mostraron muy poco inclinados a conceder importancia a la extraña correspondencia que mantenía el compañero del joven Ward. Sabían de la tendencia propia de excéntricos y monomaníacos a relacionarse entre sí y creyeron sencillamente que Charles o Allen habían trabado amistad con algún loco expatriado, un individuo que probablemente había tenido ocasión de ver la caligrafía de Orne y la imitaba con el fin de hacerse pasar por reencarnación de aquel misterioso personaje. Quizá el doctor Allen fuera un caso similar y hubiera logrado convencer al joven de que se había reencarnado en él el espíritu de su antepasado Joseph Curwen. No era la primera vez que ocurrían cosas semejantes y, basándose en esos antecedentes, descartaron los testarudos doctores la creciente inquietud del doctor Willett con respecto a la escritura de su paciente, pues creía el buen médico haber hallado al fin la explicación de la extraña familiaridad que encontraba en aquella escritura y que no se debía a otra cosa que a la semejanza que guardaba con la caligrafía del propio Curwen. Consideraron los alienistas aquella semejanza como propia de una fase imitativa característica del tipo de manía que padecía el joven, y se negaron a concederle importancia, ni en sentido positivo ni afirmativo. Ante la prosaica actitud de sus colegas, Willett aconsejó al señor Ward que no les mostrara la carta que llegó de Rakus, Transilvania, el día 2 de abril, dirigida al doctor Allen, y que mostraba una caligrafía tan semejante a la del volumen en clave de Hutchinson que el padre y el médico se detuvieron unos instantes, espantados, antes de abrir el sobre. Decía la carta:

Castillo de Ferenczy
7 de marzo de 1928


Querido C.:
Subido ha en el día de hoy un escuadrón de 20 soldados con el fin de interrogarme acerca de lo que sobre mí se murmura en el lugar. Debo pues excavar más y obrar con mayor sigilo. Son estos rumanos gente difícil, muy otra de aquellos húngaros a quienes se podía comprar con alimentos y buen vino. Envióme M. hará un mes el sarcófago de las Cinco Esfinges de la Acrópolis y por tres veces he hablado con Lo Que en él estaba inhumado. Tan luego como acabe, lo enviaré a Praga, a S. O., quien lo remitirá a su merced. Mostróse testarudo, pero ya sabemos cómo tratar a los que tal naturaleza manifiestan. Juzgo prudente en extremo su decisión de no conservar tantos Custodios que puedan ser hallados en caso de Dificultad, como bien recordará su merced por propia experiencia. Podrá así trasladarse a otro emplazamiento con más facilidad, aunque hago votos por que no se vea en tal necesidad. Mucho me alegra que no trafique tanto su merced con Los del Exterior, pues hay en ello Peligro de Muerte y no hemos olvidado lo que ocurrió cuando pidió protección a quien no quiso dársela. Mucho me felicito asimismo de que haya perfeccionado la fórmula hasta el punto de que Otro pueda recitarla con los debidos resultados. Ya Borellus anunciaba que así había de ocurrir si se pronunciaban las palabras exactas y adecuadas. ¿Usa a menudo de ellas el Muchacho? Mucho lamento que manifieste tantos escrúpulos, como ya me temí cuando le tuve aquí en mi compañía, pero confío en que su merced sabrá aplacarle, si no con Invocaciones, que sólo sirven para reducir a Aquellos que de las Sales se elevan, sí con mano fuerte, cuchillo y pistola. No son difíciles de cavar las tumbas, ni de preparar los ácidos apropiados. Informado estoy de que O. le ha prometido el envío de B. F. y mucho le encarezco me lo envíe a mi después. B. le visitará pronto y es posible que le proporcione el Objeto Oscuro hallado bajo la ciudad de Memphis. Le recomiendo que ponga el mayor cuidado en sus Invocaciones y desconfíe del Muchacho. No pasará un año antes de que podamos convocar a las Legiones Inferiores y entonces nuestro poder no tendrá límite. Ruégole que deposite en mí su confianza y recuerde que O. y yo hemos dispuesto de 150 años más que su merced para estudiar estas materias.

Nephreu-Ka nai Hadoth
E. H
J. Curwen.
Providence.


Pero si Willett y Ward se abstuvieron de mostrar aquella carta a los alienistas, no por ello dejaron de actuar por su cuenta. Ni el más sabio y erudito de los mortales podía negar que el barbudo doctor Allen, el cual había descrito Charles en su frenética carta como una monstruosa amenaza, se hallaba en estrecho contacto con dos seres inexplicables a los cuales había visitado Ward en el curso de sus viajes y que decían ser antiguos colegas de Curwen en Salem o reencarnaciones de ellos, que el doctor Allen se consideraba reencarnación del propio Joseph Curwen, y que albergaba siniestros propósitos con respecto a un «muchacho» que no podía ser otro que Charles Ward. Aquello era una pesadilla cuidadosamente planeada y, al margen de quién fuera responsable de ella, lo cierto es que Allen llevaba ahora la batuta. En consecuencia, y tras dar gracias al Cielo por el hecho de que Charles se hallara a salvo en la clínica, el señor Ward se apresuró a contratar a unos nuevos detectives para que averiguara n todo lo que pudieran acerca del barbudo doctor, en especial cuál era su procedencia, qué se sabía de él en Pawtuxet, y, a ser posible, su actual paradero. Les entregó la llave del bungalow que Charles le había dado al ingresar en la clínica y les encargó que registraran minuciosamente la habitación de Allen, la cual le había señalado su hijo cuando fueron a recoger sus objetos personales. Fue en la antigua biblioteca de Charles donde habló el señor Ward con los detectives contratados, quienes experimentaron una extraña sensación de alivio al salir de la habitación, pues parecía flotar en ella una vaga aura diabólica. Tal vez su impresión se debiera a lo que habían oído decir acerca del maligno personaje cuyo retrato colgara en una de las paredes de la biblioteca, tal vez a otra razón distinta e infundada, pero el caso es que todos creyeron detectar una especie de miasma intangible que a veces alcanzaba la intensidad de una emanación material.

Una pesadilla y un cataclismo


1

Muy poco tiempo después de ocurrir los hechos mencionados, sobrevino la espantosa experiencia que dejó una huella indeleble en el alma de Marinus Bicknell Willett y que añadió una década a la edad que aparentaba aquel hombre cuya juventud había quedado ya muy atrás. Willett había conferenciado largamente con Ward y ambos habían llegado a un acuerdo sobre diversos puntos que sin duda los alienistas juzgarían ridículos. Admitieron que existía en el mundo una asociación terrible, cuya conexión directa con una nigromancia más antigua incluso que la brujería de Salem no podía ponerse en duda. Que por lo menos dos hombres -y otro en el cual ni se atrevían a pensar- estaban en absoluta posesión de mentes o personas que existían ya en 1690 ó incluso antes, era algo asimismo indiscutiblemente demostrado, a pesar de todas las leyes naturales conocidas. Lo que aquellas espantosas criaturas -además de Charles Ward- estaban haciendo o se proponían hacer quedaba bastante claro a juzgar por sus cartas y por todos los datos, relativos al pasado y al presente, que se conocían sobre el caso. Estaban saqueando tumbas de todas las épocas, incluidas las de los hombres más sabios y eminentes de la historia, con la esperanza de extraer de sus cenizas vestigios de la conciencia y erudición que un día les animara e informara.

Un espantoso comercio tenía lugar entre aquellos seres de pesadilla que adquirían huesos ilustres con el frío cálculo del estudiante que compra un libro de texto y que creían que aquel polvo centenario había de proporcionarles un poder y una sabiduría muy superiores a las que el mundo había visto nunca concretadas en un hombre o en un grupo. Habían descubierto medios sacrílegos para mantener vivos sus cerebros, bien en sus mismos cadáveres o en cadáveres distintos, y era evidente que habían descubierto el método de reavivar y absorber la conciencia de los muertos. Por lo visto había algo de cierto en lo que escribió aquel mítico Borellus acerca de la preparación, incluso a base de restos muy antiguos, de ciertas «Sales Esenciales» capaces de reavivar la sombra de seres muertos hacía mucho tiempo. Existía una fórmula para evocar la sombra en cuestión y otra para hacerla desaparecer de nuevo, y ambas las habían perfeccionado de tal modo que ahora podían enseñar a otros a recitarlas con éxito. Pero, al parecer, era menester andarse con cuidado en las evocaciones, pues las lápidas estaban en muchos casos cambiadas.

Willett y el señor Ward se estremecían al pasar de conclusión en conclusión. Había métodos también, al parecer, para atraer presencias y voces de lugares desconocidos lo mismo que de las tumbas, proceso sobre el que había que ejercer también mucha cautela. Joseph Curwen había evocado sin duda muchas cosas prohibidas, y en cuanto a Charles... ¿qué podían pensar de él? ¿Qué fuerzas procedentes de la época de Curwen o de «más allá de las esferas» le habían alcanzado para trastornar su mente? Estaba claro que había sido impulsado a hallar ciertas instrucciones que luego había utilizado. Había hablado con cierto hombre en Praga y permanecido largo tiempo con él en las montañas de Transilvania. Y, finalmente, debía haber encontrado la tumba de Joseph Curwen. Aquel artículo del periódico y los ruidos que su madre había oído durante la noche, eran demasiado significativos para pasarlos por alto. Charles había invocado la presencia de alguien, y ese alguien había atendido a su llamada. Aquella poderosa voz que resonó en la casa el Viernes Santo y aquellos tonos distintos que se oyeron en el cerrado laboratorio del desván... ¿no constituían acaso una espantosa prefiguración del temido doctor Allen y su susurro espectral? Sí, aquello era justamente lo que el señor Ward había intuido con vago horror en la conversación que había mantenido con aquel hombre -si era tal- por teléfono.

¿Qué diabólica voz o conciencia, qué morbosa presencia o sombra espectral había acudido en respuesta a los ritos secretos que ejecutaba Charles Ward tras esa puerta cerrada? Aquella discusión en que se distinguieron claramente las palabras «debe permanecer rojo tres meses». ¡Santo Cielo: ¿No había sido por entonces cuando había estallado la ola de vampirismo, cuando se había profanado la tumba de Ezra Weeden, cuando se habían oído gritos terribles en Pawtuxet? ¿Qué mente había planeado la venganza y había vuelto a descubrir la sede abandonada de antiguas blasfemias? Y luego el bungalow, y el forastero barbudo, y las murmuraciones y el miedo. Ni el señor Ward ni Willett podían explicarse la locura final de Charles, pero estaban convencidos de que la mente de Joseph Curwen había regresado a la tierra y continuaba su siniestra labor. ¿Era realmente una posibilidad la posesión demoníaca? Allen indudablemente tenía que ver con todo aquel asunto y los detectives tenían que averiguar algo más acerca de aquel hombre cuya existencia amenazaba la vida del joven. Entretanto, puesto que la existencia de una vasta cripta bajo el bungalow estaba virtualmente demostrada, habían de procurar encontrarla, y con tal fin Willett y el doctor Ward, conscientes de la actitud escéptica de los alienistas, decidieron llevar a cabo una exploración minuciosa y sin precedentes del bungalow, para lo cual acordaron encontrarse allí a la mañana siguiente provistos de herramientas y accesorios apropiados para la tarea que pensaban llevar a cabo.

La mañana del seis de abril amaneció clara y los dos exploradores se encontraron a las diez en punto en el lugar acordado Abrieron con la llave del señor Ward y efectuaron un registro superficial del edificio. Del desorden que reinaba en la habitación del doctor Allen, dedujeron que los detectives ya habían hecho acto de presencia allí, y el señor Ward manifestó su esperanza de que hubieran encontrado alguna pista valiosa, Desde luego, lo más interesante era la bodega, de modo que los exploradores descendieron a ella sin mas dilación, recorriendo el mismo camino que cada uno de ellos había seguido por separado en compañía de Charles.

El suelo de tierra y las paredes de piedra de la bodega tenían un aspecto tan macizo e inocente, que la idea de que allí pudiera haber una abertura resultaba casi absurda. Willett reflexionó sobre el hecho de que la bodega actual había sido excavada en la ignorancia de que por debajo de ella existieran unas catacumbas, y que, por lo tanto, el pasadizo que comunicara con ellas, si es que lo había, tenía que ser obra del joven Ward y sus compañeros.

El doctor trató de ponerse en el lugar de Charles con el fin de averiguar cuál podría haber juzgado éste el lugar más propicio para dar comienzo a las excavaciones, pero el método no aportó ninguna inspiración. Se decidió después por el sistema de eliminación y examinó detenidamente toda la superficie del subterráneo en sentido vertical y horizontal, pulgada a pulgada. Las posibilidades quedaron así reducidas a una pequeña plataforma que había delante de los lavaderos, la cual ya había tratado de levantar anteriormente. Ahora, probando en todos los sentidos y ejerciendo doble presión, acabó por descubrir que la plataforma giraba y se deslizaba horizontalmente sobre un eje situado en una esquina. Debajo de la plataforma apareció una superficie de hormigón y lo que parecía ser una boca de acceso a niveles inferiores cubierta por una trampa de hierro hacia la cual se lanzó inmediatamente el señor Ward con excitado celo. No le costó mucho alzarla, y apenas lo había hecho cuando el doctor Willett reparó en el extraño aspecto que mostraba su acompañante. Oscilaba y cabeceaba como presa de un fuerte mareo provocado, como pronto descubrió el doctor, por la corriente de aire fétido que surgía de aquel agujero, Un momento después había caído al suelo desvanecido y el doctor Willett trataba de reanimarle rociándole el rostro con agua fría. El señor Ward reaccionó débilmente, pero era indudable que el aire pestilente de la cripta le había afectado seriamente. Willett, que no deseaba correr ningún riesgo inútil, se dirigió apresuradamente a Broad Street en busca de un taxi, en el cual envió a casa a su compañero sin prestar oídos a sus débiles protestas. Luego, sacó una linterna eléctrica, se tapó la boca y la nariz con una venda de gasa esterilizada y se dispuso a bajar a las profundidades recién descubiertas. La fetidez que emanaba de aquel agujero parecía haber amainado un poco, y así pudo arrojar el haz de luz de la linterna al interior. Se trataba, vio, de un pozo cilíndrico de paredes de cemento y escalerilla de hierro que iba a terminar en un tramo de viejos escalones de piedra, los cuales debieron emerger originalmente a la superficie un poco más al sur del actual edificio.

Willett admite francamente que, durante unos momentos, el recuerdo de lo que había oído acerca de Curwen le impidió descender a aquel maldito agujero. No pudo evitar pensar por unos segundos en lo que Luke Fenner había escrito sobre aquella monstruosa noche postrera. Luego, el sentido del deber se impuso a su miedo, y bajó llevando una gran maleta en la que pensaba guardar los papeles que pudiera encontrar. Lentamente, como correspondía a un hombre de su edad, bajó las escalerillas de hierro y llegó a los resbaladizos peldaños del fondo. La linterna le reveló que la mampostería era muy antigua, y sobre las paredes rezumantes de humedad vio el insalubre musgo acumulado durante siglos. Los peldaños profundizaban en las entrañas de la tierra, no en espiral, sino en tres bruscos giros, y entre tales angosturas que apenas había espacio en aquel pasadizo para dos hombres. Llevaba contados unos treinta escalones, cuando llegó a sus oídos un leve sonido. A partir de ese momento, ya no pudo contar más.

Era un sonido impío, uno de esos insidiosos ultrajes de la naturaleza que no tienen razón de ser. Calificarlo de lamento opaco, de gemido de un condenado, o de aullido desesperanzado en que se aunaban la angustia y el dolor de una carne sin mente, no habría bastado para describir su calidad esencial de repugnante ni para explicar el espanto que despertaba en el espíritu. ¿Era aquello lo que Ward se había detenido a escuchar el día que se lo llevaron del bungalow? Era el sonido más impresionante que Willett había oído en su vida. Procedía de algún lugar indeterminado y siguió oyéndolo mientras llegaba al pie de la escalera y proyectaba la luz de su linterna sobre las paredes de un pasadizo cubierto de cúpulas ciclópeas y taladrado por numerosos arcos negros. El vestíbulo en el cual se hallaba ahora tenía unos catorce pies de altura y unos diez o doce de anchura. El pavimento era de losas toscamente talladas y las paredes y el techo de mampostería revocada. Era imposible calcular su longitud, pues se prolongaba hacia delante hundiéndose en la oscuridad. Algunos de los arcos tenían una puerta de tipo colonial mientras que otros carecían de ella.

Sobreponiéndose al miedo que despertaban en él la fetidez y los extraños gemidos, Willett comenzó a explorar aquellos arcos uno por uno, hallando tras ellos sendas estancias de regulares dimensiones y bóveda de piedra, estancias aparentemente dedicadas a los más extraños usos. La mayoría de ellas tenían chimeneas cuyo diseño habría podido ser objeto de un interesante estudio de ingeniería. Willett no había visto nunca instrumentos, o atisbos de instrumentos, como los que allí surgían a cada paso entre el polvo y las telarañas acumulados durante siglo y medio, en muchos casos evidentemente destrozados por los antiguos asaltantes de la granja. La mayoría de las estancias no parecían haber sido holladas por pies modernos y debían corresponder a las fases más primitivas de los experimentos de Joseph Curwen. Finalmente, llegó a una habitación más moderna, o al menos de reciente ocupación. Había en ella estufas de petróleo, estanterías de libros, mesas, sillas, armarios y un escritorio en el cual se amontonaban revistas y libros, tanto viejos como nuevos. Había en varios lugares candelabros y lámparas de aceite, y Willett, tras encontrar una caja de fósforos, encendió las que estaban preparadas para su uso.

La luz reveló, sin lugar a dudas, que aquella estancia era nada menos que el estudio o biblioteca de Charles Ward. Buena parte de los libros y muebles que encontró allí el doctor procedían de la mansión de Prospect Street. La sensación de familiaridad que recibió fue tan intensa que casi olvidó el hedor y los extraños sonidos, los cuales eran allí más intensos de lo que habían sido al pie de la escalera. Su primera tarea, tal como había proyectado, consistió en buscar y recoger todos los documentos que parecieran de vital importancia y de un modo especial los que Charles había descubierto detrás del retrato de Joseph Curwen en la casa de Olney Court. Mientras rebuscaba entre papeles y documentos, alcanzó a vislumbrar las proporciones de la tarea que iba a representar el clasificar y descifrar todo aquel material, pues archivo tras archivo estaban todos atestados de papeles que mostraban curiosos dibujos y caligrafías cuyo estudio exigiría meses, si no años, de trabajo. En un momento dado encontró varios paquetes de cartas con matasellos de Praga y de Rakus y que mostraban la escritura característica de Orne y de Hutchinson, todo lo cual dejó a un lado para llevárselo con él después en la maleta.

Al fin, en un secreter de caoba que en otros tiempos había adornado el hogar de los Ward, descubrió Willett los documentos de Curwen, los cuales reconoció por habérselos mostrado Charles en una ocasión muy brevemente. El joven los había conservado juntos tal y como estaban cuando los encontró, pues allí estaban todos los títulos que recordaban los obreros que habían presenciado el hallazgo, exceptuando los documentos dirigidos a Orne y a Hutchinson y la clave para descifrarlos. Willett lo metió todo en la maleta y continuó la búsqueda. Dado que lo más importante era el estado actual del joven Ward, centró su investigación en el material más nuevo y fue entonces cuando descubrió un hecho curioso: que los manuscritos más recientes de puño y letra de Charles se remontaban a dos meses antes. Había, en cambio, resmas y resmas de hojas cubiertas de símbolos y fórmulas, notas históricas y comentarios filosóficos escritos con una caligrafía absolutamente idéntica a la que mostraban los antiguos escritos de Joseph Curwen, aunque eran evidentemente modernas. Estaba claro que en fechas recientes Charles se había dedicado a imitar la caligrafía de su antepasado alcanzando en ello una maravillosa perfección. De una tercera mano, que podía haber sido la de Allen, no había el menor rastro. Si es que era el cerebro rector, debió obligar al joven a que actuara como amanuense suyo.

Entre aquel material nuevo, una fórmula mística o, mejor dicho, un par de fórmulas, aparecían con tanta frecuencia que Willett se las sabía de memoria antes de dar por terminada su búsqueda. Consistían en dos columnas paralelas, la de la izquierda encabezada por el símbolo arcaico conocido con el nombre de «Cabeza de Dragón» y utilizado en almanaques para señalar el nodo ascendente, y precedida la de la derecha por el signo correspondiente a la «Cola de Dragón» o nodo descendente. De forma casi inconsciente cayó en la cuenta el doctor de que los símbolos de la segunda columna eran los de la primera pero escritos al revés, exceptuando los monosílabos finales y el extraño nombre de Yog-Sothoth, el cual había aprendido a distinguir del resto de las fórmulas relacionadas con aquel horrible asunto. De que eran éstas exactamente las que aquí se reproducen, responde el doctor Willett, en cuya memoria despertó la primera un eco extrañamente desagradable que identificó después cuando recordó los acontecimientos del horrible Viernes Santo del año anterior.



Y’AI’NG’NGAH YOG-SOTHOTH H’EE-
L’GEB F’AI THRODOG
UAAAH OGTHROD AI’F GEB’L -EE’H
YOG-SOTHOTH‘NGAH’NG AI’Y ZHRO

Con tanta frecuencia se repetían las fórmulas que sin darse cuenta el doctor comenzó a recitarlas en voz baja. Al fin creyó haber encontrado todos los documentos que por el momento necesitaba y decidió no examinar ninguno más hasta que pudiera traer a todos los escépticos alienistas en masa y llevar a cabo con ellos una investigación más amplia y sistemática. Tenía que encontrar aún el laboratorio oculto, de modo que, dejando su maleta en la estancia iluminada, volvió a internarse en el oscuro pasadizo en cuyas bóvedas seguían resonando sin cesar aquellos apagados y espantosos lamentos.

Las estancias contiguas estaban abandonadas o llenas de cajones rotos y ataúdes de plomo de aspecto ominoso, pero no pudo por menos de impresionarle la magnitud de la tarea que allí había llevado a cabo Curwen. Pensó en los esclavos y marineros que habían desaparecido, en las tumbas profanadas en todas partes del mundo, y en lo que debió ser aquella expedición final contra la granja, y decidió que era mejor no recordar más aquello. De pronto se encontró ante una gran escalera de piedra que, según dedujo, debía conducir a uno de los edificios contiguos a la granja, tal vez a aquel famoso edificio de piedra dotado de estrechas troneras en vez de ventanas. La fetidez y los extraños lamentos aumentaron de intensidad. Willett comprobó que había llegado a un amplio espacio abierto, tan grande que la luz de su linterna no bastaba para iluminarlo, y mientras avanzaba tropezó con unas recias columnas que sostenían los arcos del techo.

Poco después llegó a un círculo de columnas agrupadas como los monolitos de Stonehenge, con un gran altar colocado en el centro sobre una base de tres peldaños. Las figuras talladas en aquel altar eran tan curiosas que Willett se acercó a estudiarlas con su linterna, pero cuando vio lo que eran, retrocedió estremeciéndose y no quiso detenerse a investigar las manchas oscuras que salpicaban la superficie superior y caían por los lados a guisa de regueros. Siguió adelante y encontró la pared opuesta perforada por unos cuantos arcos y horadada por una miríada de pequeñas celdas con verjas de hierro, en el interior de las cuales colgaban de los muros cadenas de hierro rematadas por argollas de diversos tamaños. Aquellas celdas estaban vacías, y, sin embargo, la horrible fetidez y los lúgubres lamentos continuaban asediando al doctor con más insistencia que nunca.


2

No pudo Willett apartar su atención por más tiempo de aquel espantoso hedor y de aquellos pavorosos sonidos que llegaban a aquel gran vestíbulo de columnas más claros y horribles que a cualquier otro lugar del subterráneo, y que parecían proceder de regiones aún más profundas. Antes de inspeccionar uno por uno todos los arcos en busca de una escalera que pudiera conducir hasta ellas, el doctor recorrió con el haz de luz de su linterna el enlosado suelo. A intervalos regulares, había losas taladradas por pequeños agujeros distribuidos caprichosamente, mientras que en un rincón halló una escalera de mano de la cual parecía desprenderse gran parte de aquel olor nauseabundo que lo llenaba todo. Mientras avanzaba lentamente, Willett creyó observar que los sonidos y la fetidez eran mucho más intensos encima de las losas perforadas, como si estas últimas fueran burdas trampillas que condujeran a una región del horror hundida en las entrañas de la tierra. Se arrodilló junto a una de ellas y trato de levantarla. Apenas había comenzado a intentarlo cuando los lamentos subieron de tono, y sólo sobreponiéndose a sus temblores logró el doctor Willett perseverar en su intento. Un hedor insoportable se filtraba a través de aquellos agujeros, y la cabeza comenzó a darle vueltas cuando al fin, tras apartar la losa, proyectó la luz de su linterna hacia la oscura oquedad que había quedado al descubierto.

Si esperaba encontrar un tramo de peldaños que descendieran hacia una sima de abominación, Willett quedó decepcionado, ya que lo único que pudo ver fue la pared de ladrillos de un pozo cilíndrico de una yarda y media, aproximadamente, de diámetro y desprovisto de todo medio de descenso. Mientras la luz buscaba en el fondo de aquel pozo, los lamentos se transformaron en horribles aullidos. Willett tembló, incapaz por un momento de enfrentarse con el espanto que podía acechar en aquel abismo, pero inmediatamente reaccionó, y sacando fuerzas de flaqueza reunió el valor necesario para asomarse al pozo e introducir la linterna en el interior, hasta donde le alcanzaba el brazo, para ver lo que había en el fondo. Durante unos segundos no pudo distinguir más que la viscosa pared de ladrillo cubierta de musgo que se hundía indefinidamente en aquella miasma semitangible de lobreguez, hedor y angustiado frenesí. Luego vio que algo saltaba torpe y furiosamente en el fondo del angosto foso de unos veinte o veinticinco pies de profundidad. La linterna tembló en su mano, pero miró de nuevo para ver qué clase de ser viviente podía morar en la oscuridad de aquel pozo artificial, una criatura viva abandonada allí por el joven Ward cuando los médicos se lo llevaron al hospital y, evidentemente, una de las muchas aprisionadas en los numerosos fosos excavados en la amplia caverna abovedada. Fueran lo que fuesen, no podían tenderse en tan reducido espacio. Aquellas espantosas semanas desde que su dueño les abandonara, debían haberlas pasado agazapados, saltando, gimiendo y esperando.

Pero Marinus Bicknell Willett lamentó toda su vida haber mirado de nuevo, porque a pesar de su larga experiencia como cirujano y de su veteranía en las salas de disección, desde entonces no ha vuelto a ser el mismo. Resulta difícil explicar cómo la visión de un objeto tangible y de dimensiones mensurables pudo cambiar a un hombre hasta tal punto. Lo único que podemos decir es que en torno a ciertos perfiles y entidades flota un poder de simbolismo y sugestión que actúa sobre las perspectivas de un pensador sensible y susurra terribles alusiones a oscuras relaciones cósmicas y a realidades indescriptibles que existen más allá de la ilusión protectora que supone la visión normal. Y fue uno de aquellos perfiles o entidades lo que vio Willett al mirar por segunda vez, y por unos instantes perdió la razón tanto como cualquiera de los pacientes del hospital del doctor Waite. Su mano, desprovista de pronto de fuerza muscular y coordinación nerviosa, dejó caer la linterna, pero sus oídos no llegaron a percibir el espantoso sonido de un masticar de muelas que delataba el destino que ésta había encontrado en el fondo del pozo. Gritó y gritó, y el pánico transformó su tono habitual en una voz de falsete que ni sus amigos más íntimos habrían reconocido. Al ver que no podía ponerse en pie, rodó desesperadamente sobre el húmedo pavimento al que se abrían docenas de pozos tartáreos que arrojaban a la superficie, en respuesta a sus gritos demenciales, exhaustos lamentos y horribles aullidos. Se desolló las manos sobre las ásperas losas y se golpeó la cabeza contra las numerosas columnas, pero siguió avanzando. Lentamente fue recobrando el dominio de sí mismo. Estaba empapado en sudor, sumido en un abismo de negrura y de horror, sin nada con que iluminarse y atormentado por una imagen que ya nunca podría desterrar de su memoria. Bajo sus pies, docenas de aquellos seres continuaban vivos y ahora uno de los fosos estaba abierto. Sabía que lo que había visto no podía trepar por aquellos muros resbaladizos, pero se estremecía ante la posibilidad de que existiera alguna escalerilla que le hubiera ocultado la oscuridad.

No sabría decir qué era aquel ser. Se asemejaba a las figuras talladas en el diabólico altar, pero estaba vivo. La Naturaleza no había podido darle aquella forma, pues se trataba, sin duda, de una criatura inacabada. Las deficiencias eran del tipo más sorprendente y las anormalidades de proporción hacían imposible toda descripción. Willett sólo se atreve a decir que debía representar a las identidades que Ward había invocado a partir de sales imperfectas y que mantenía para fines serviles o ritualistas. De no haber tenido un significado concreto, su imagen no habría aparecido tallada en aquel altar maldito. Cierto que no era aquello lo peor que se representaba en el ara, pero tampoco Willett había abierto el resto de los fosos. En aquel momento, la primera idea que le vino a la cabeza fue un párrafo de uno de los documentos relativos a Curwen y que había digerido hacía ya tiempo, una frase de aquella portentosa carta escrita por Simon o Jedediah Orne, confiscada por los ciudadanos de Providence, y dirigida al desaparecido brujo. Decían aquellas líneas: «Ciertamente fue muy grande el espanto que provocara en él la forma que evocara a partir de aquello de lo que pudo conseguir sólo una parte.»

Luego, sin desplazar esta imagen, sino más bien superponiéndose a ella, acudió a su memoria el recuerdo de los rumores que corrieron acerca de aquel ser quemado y retorcido hallado en pleno campo una semana después de la expedición contra la granja de Curwen. Charles Ward le había dicho en cierta ocasión que según el testimonio del viejo Slocum, aquella criatura no era ni completamente humana ni semejante a ningún animal conocido por los habitantes de Pawtuxet.

Aquellas palabras zumbaron en la mente del doctor mientras se arrastraba por el húmedo suelo de piedra. Trató de rechazarlas y con tal fin musitó un Padrenuestro en voz baja, oración que degeneró en un batiburrillo semejante a la poesía moderna de La tierra baldía de Eliot y acabó con la continua repetición de la doble fórmula que había encontrado en la biblioteca subterránea de Ward: «Y’ai’ng’ngah, Yog-Sothoth» hasta el «Zhro» final. Aquello pareció tranquilizarle y al cabo de unos instantes se puso en pie tambaleándose, lamentando amargamente la pérdida de la linterna y mirando desesperado a su alrededor en busca de un rayo de luz que abriera la impenetrable negrura que le rodeaba. Había decidido no pensar, pero aguzaba la vista mirando en todas direcciones, tratando de localizar algún tenue destello de la brillante iluminación que había dejado en la biblioteca. Al cabo de un rato, creyó percibir una tenue claridad infinitamente lejos, y hacia ella se arrastró de rodillas en medio de la espantosa fetidez y los horribles lamentos, tropezando a cada instante con alguna columna y temiendo caer en el abominable pozo que había dejado descubierto.

En un momento determinado, sus dedos temblorosos toparon con lo que imaginó debía ser uno de los peldaños que conducían al diabólico altar, y retrocedió con espanto. Más tarde tropezó con la losa que había levantado y su horror no fue para ser descrito. Pero lo que había en el pozo ni se movió ni emitió el menor sonido. Por lo visto la linterna no le había sentado muy bien. Cada vez que Willett tocaba una de las losas perforadas, se estremecía. Su paso por encima de ellas provocaba en ocasiones un aumento en la intensidad de los lamentos que resonaban debajo, pero por lo general no producían ningún efecto, pues se movía con el mayor sigilo.

En varias ocasiones, durante su avance, reparó en que la leve claridad hacia la cual se dirigía disminuía perceptiblemente y comprendió que las velas y lámparas que había dejado encendidas debían estar expirando una por una. La idea de encontrarse perdido en medio de la más completa oscuridad, sin un solo fósforo y en aquel mundo subterráneo de laberintos de pesadilla le impulsó a ponerse en pie y echar a correr, lo cual podía hacer impunemente ahora que había pasado ya junto al pozo abierto. Sabía que si todas las luces llegaban a apagarse, su única esperanza de supervivencia residía en la expedición que el señor Ward pudiera enviar para rescatarle al ver que transcurría el tiempo sin tener noticias suyas.

Súbitamente se encontró el doctor de nuevo en el angosto pasadizo que iba a desembocar en la amplia caverna y pudo constatar que la claridad procedía de una puerta que se encontraba a su derecha. Al cabo de unos instantes traspasaba el umbral de aquella puerta y, temblando de alivio, entraba una vez más en la biblioteca secreta del joven Ward y contemplaba el chisporroteo de la lámpara que le había guiado hasta el puerto de salvación.


3

Momentos después, llenó apresuradamente de petróleo las lámparas apagadas y, apenas volvió a estar la habitación brillantemente iluminada, miró a su alrededor buscando una linterna con la cual continuar sus exploraciones. A pesar de la impresión de horror que le sobrecogía, estaba firmemente decidido a no dejar piedra sin remover en su investigación de los espantosos hechos que habían provocado la locura de Ward. Al no encontrar una linterna, escogió la más pequeña de las lámparas, se llenó los bolsillos de velas y fósforos, y cogió también una lata de petróleo para utilizarla si llegaba a encontrar el laboratorio oculto más allá del terrible vestíbulo con su blasfemo altar y sus horribles pozos. Cruzar de nuevo aquel espacio exigía una gran fortaleza de ánimo, pero Willett sabía que tenía que hacerlo. Afortunadamente, ni el ara diabólica ni el foso abierto se hallaban cerca de la pared horadada con celdas que rodeaba la caverna y cuyos negros y misteriosos arcos habían de constituir el primer objetivo de una investigación lógica.

De modo que Willett regresó a aquel vestíbulo inundado de fetidez y de angustiados lamentos y bajó la mecha de la lámpara para evitar ver siquiera a distancia el diabólico altar o el pozo descubierto. La mayoría de los arcos conducían a cámaras pequeñas, unas completamente vacías y otras que evidentemente se utilizaban como almacén. En varias de estas últimas vio una acumulación muy curiosa de los más diversos objetos. Una estaba llena de prendas de vestir semipodridas y cubiertas de polvo, y no fue pequeño el horror del doctor Willett cuando comprobó que aquellas prendas habían sido utilizadas hacía siglo y medio. En otra habitación halló ropas de época más reciente que parecían haber sido almacenadas allí para equipar a un gran número de hombres. Pero lo que más le repugnó fueron unas enormes cubas de cobre con siniestras incrustaciones que encontró diseminadas por varias de las cámaras. Le inquietaron aún más que los cuencos de plomo llenos de extraños residuos y que despedían un hedor repugnante, perceptible incluso en medio de la fetidez general de la cripta. Cuando hubo registrado casi palmo a palmo la mitad de aquel muro circular, Willett descubrió otro pasadizo semejante al que daba entrada a la cripta y al cual se abrían numerosas puertas.

Después de penetrar en tres estancias de tamaño mediano y variado contenido, llegó a una habitación amplia y de forma oblonga, llena de cubetas, crisoles, instrumental químico moderno y numerosos libros. Los muros estaban forrados de estanterías ocupadas por recipientes y botellas de todos los tamaños. Aquél era, sin lugar a dudas, el laboratorio de Charles Ward y el que habla utilizado asimismo Curwen hacía siglo y medio.

Luego de encender las tres lámparas que encontró llenas y preparadas, el doctor Willett examinó el lugar y todo lo que contenía con el mayor interés, observando que, a juzgar por los numerosos reactivos que figuraban en las estanterías, las investigaciones del joven Ward habían estado relacionadas con alguna rama de la química orgánica. Muy poco era lo que podía deducirse de los aparatos que allí se encontraban y entre los cuales se hallaba una mesa de disección que ocupaba el centro de la estancia, de modo que en este sentido el laboratorio constituyó para el doctor Willett una gran decepción. Encontró entre los libros un manoseado ejemplar de la obra de Borellus, y no fue pequeña la sorpresa del médico al observar que Ward había subrayado precisamente aquel mismo párrafo que tanto impresionara ciento cincuenta años antes al bueno del señor Merritt en la granja de Pawtuxet. No era aquél, sin embargo, el ejemplar antiguo, pues éste había sido destruido durante el asalto al laboratorio de Curwen. En las paredes de la estancia se abrían tres arcos que el doctor examinó sucesivamente. Dos de ellos conducían a sendos almacenes repletos de ataúdes en diversos estados de conservación, provistos todos ellos de placas de identificación, dos o tres de las cuales se detuvo Willett a descifrar experimentando un estremecimiento ante el significado de aquellas inscripciones. Había también varios cajones nuevos y cuidadosamente clavados que no se detuvo a examinar. Quizá lo más interesante fueran algunas piezas sueltas, muy estropeadas y que a juzgar de Willett debieron formar parte de los aparatos del antiguo laboratorio de Curwen. A pesar de los daños que habían sufrido durante el asalto a la granja, aún podía reconocerse en ellos los trebejos químicos del período georgiano.

El tercer arco conducía a una estancia algo mayor cuyas paredes estaban llenas de estanterías y en cuyo centro había una mesa sobre la que reposaban dos lámparas. Willett las encendió y a su luz estudió los interminables estantes que le rodeaban. Algunos de ellos estaban completa mente vacíos, pero la mayoría aparecían ocupados por pequeños recipientes de plomo de dos formas distintas: unos altos y sin asas, semejantes a un lekythos griego, y otro con una sola asa, del tipo phaleron. Todos estaban provistos de tapas de metal y cubiertos por extraños símbolos grabados en bajorrelieve. Al cabo de unos instantes el médico cayó en la cuenta de que aquellos recipientes estaban clasificados cuidadosamente. Todos los lekythos estaban a un lado de la habitación bajo un gran cartel de madera en que se leía la palabra «Custodios», y todos los phaleron al otro, bajo un rótulo similar que decía «Materia». Cada uno de los recipientes llevaba una etiqueta con un número que, al parecer, hacía referencia a un catálogo, en vista de lo cual Willett se propuso emprender la búsqueda de aquel inventario. De momento, sin embargo, le interesaba más averiguar cuál era el contenido de aquellos recipientes. Abrió varios de ellos elegidos al azar con resultado invariable. Todos contenían una pequeña cantidad de una sola clase de sustancia: un polvo finísimo de muy leve peso y de color neutro aunque con diversos matices. Era evidente que la ordenación de los recipientes no respondía a esta tenue variación de tono, pues un polvo gris azulado podía estar al lado de otro rosado, y el polvo contenido en un phaleron podía tener un duplicado exacto en un lekythos. La característica más marcada de aquel polvo, era su total falta de adherencia. Willett podía verterlo en la palma de la mano, y devolverlo después al recipiente sin que quedara entre sus dedos el menor residuo.

El significado de los dos letreros le intrigó y se preguntó por qué motivo estarían aquellas sustancias químicas tan radicalmente separadas de las que había visto en otros recipientes en el laboratorio propiamente dicho, y de pronto le vino a la memoria dónde había visto la palabra «custodios» en relación con este espantoso misterio. Había sido, naturalmente, en la carta dirigida recientemente al doctor Allen y que parecía ser de puño y letra de Edward Hutchinson, y las líneas en cuestión decían: «Juzgo prudente en extremo su decisión de no conservar tantos Custodios que puedan ser hallados en caso de Dificultad, como bien recordará su merced por propia experiencia.» ¿Qué significarían estas palabras? Pero, cuidado, ¿no había oído alguna vez una palabra semejante en relación con todo aquel asunto? ¿Cómo no le había venido a la memoria a1 leer la carta de Hutchinson? En los días en que Ward aún le hablaba de sus investigaciones, le había dicho que en el diario de Eleazar Smith se mencionaban fragmentos de conversaciones que habían tenido lugar en el interior de la granja, diálogos terribles en los que intervenían Curwen, varios cautivos, y los guardianes de aquellos cautivos.

De modo que aquello era lo que contenían los lekythos: el fruto monstruoso de sacrílegos ritos, las «sales» a que aludía Borellus. Willett se estremeció al pensar en lo que había tenido entre sus manos y por un momento le acometió la tentación de huir de aquella caverna repleta de estanterías en cuyos anaqueles yacían innumerables centinelas silenciosos y quizá vigilantes. Luego pensó en la «Materia», en el infinito número de recipientes del tipo phaleron que había al otro lado de la estancia. Sales, también... pero si no eran sales de «custodios», ¿qué otra clase de sales podían ser? ¡Santo Cielo! ¿Sería posible que se hallaran allí las reliquias mortales de la mitad de los grandes pensadores de todas las épocas, arrancadas por manos impías de las tumbas donde el mundo las creía seguras, y sujetas a la llamada y el interrogatorio de unos locos que pretendían asimilar sus conocimientos guiados por algún propósito que, como decía el pobre Charles en su carta, podía afectar a «la civilización, las leyes naturales, quizá incluso a la suerte del sistema solar y todo el universo»? ¡Y él, Marinus Bicknell Willett, había tenido aquel polvo entre sus manos!

Reparó después en una pequeña puerta que había al fondo de la habitación y se tranquilizó lo suficiente como para acercarse a ella y examinar la burda figura grabada sobre el dintel. Era sólo un símbolo, pero al verlo el doctor se estremeció recordando el día en que un amigo suyo le había dibujado aquella misma figura en un papel y le había explicado lo que significaba en los oscuros abismos del sueño. Era el signo de Koth, aquel que ven los soñadores sobre el arco de entrada de cierta torre negra que se yergue solitaria en medio de la penumbra... y a Willett no le había gustado lo que su amigo Randolph Carter le había dicho acerca de sus poderes. Pero pronto se olvidó de aquel símbolo al percibir un nuevo hedor en el aire. Se trataba de un olor de origen químico y no animal y procedía de la habitación situada al otro lado de la puerta. Aquella era sin duda la fetidez que empapaba las ropas de Charles Ward el día en que se lo llevaron los médicos. ¿De modo que era allí donde se hallaba cuando recibió la visita de los alienistas? Se había mostrado mucho más prudente que Joseph Curwen, ya que no había ofrecido la menor resistencia. Willett, decidido a investigar todos los horrores y pesadillas que el siniestro subterráneo pudiera depararle, empuñó la pequeña lámpara y cruzó el umbral. Una ola de indescriptible terror le rodeó, pero luchó denodadamente por no gritar y sobreponerse a ella. Al fin y al cabo allí no había nada vivo que pudiera causarle daño, y, por otra parte, estaba dispuesto a lo que fuera con tal de descifrar el misterio que envolvía a su paciente.

La habitación en la cual acababa de entrar era de tamaño mediano y carecía de muebles, a excepción de una mesa, una silla y dos grupos de extrañas máquinas con abrazaderas y ruedas que Willett reconoció como instrumentos medievales de tortura. A un lado de la puerta había un montón de látigos y junto a ellos unos estantes en los que se alineaban varios recipientes de plomo semejantes a los i lekythos griegos. Al otro, había una mesa, y sobre ella una potente lámpara de Argand, un bloc de notas, un lápiz y dos de los lekythos de la estantería de la otra habitación. Willett encendió la lámpara y examinó minuciosamente el bloc para ver qué notas estaba tomando Charles cuando fue interrumpido por los alienistas, pero no pudo entender más que unas cuantas palabras escritas con la extraña caligrafía de Curwen y que no arrojaban ninguna luz sobre el caso en conjunto. Decían lo siguiente:

«B. no habló. Escapar pudo a través de los muros y halló el lugar profundo.»
«Vi al viejo V. recitar el Sabaoth y aprendí la Manera.»
«Invocado he por tres veces la presencia de Yog-Sothoth y al tercer día cedió.»
«Necesario es que F. confiese lo que sabe acerca del modo de invocar a Los del Exterior.»


La potente lámpara de Argand iluminaba toda la habitación y así fue como el doctor pudo ver en la pared situada frente a la puerta, en el espacio que quedaba entre los dos grupos de instrumentos de tortura, una serie de colgadores de los que pendían túnicas de un blanco amarillento. Pero mucho más interesantes le resultaron las dos paredes laterales, las cuales estaban cubiertas de símbolos místicos y de fórmulas burdamente talladas en la piedra. Había también símbolos grabados en el suelo, entre los cuales destacaba un enorme pentágono que ocupaba el centro exacto de la habitación, y sendos círculos de unos tres pies de diámetro situados en un punto equidistante de cada una de las cuatro esquinas del cuarto y el pentágono central. En uno de aquellos cuatro círculos, muy cerca del lugar donde vio Willett caída en el suelo una túnica amarillenta, había un recipiente kylyk como los que se alineaban en la estantería colocada junto a los látigos, y fuera del círculo, aunque muy próximo a él, uno de los recipientes phaleron de la habitación contigua con una etiqueta que llevaba el número 118. Este último recipiente estaba destapado y Willett comprobó que no contenía nada en su interior. Pero comprobó también con un estremecimiento que el otro no estaba vacío, sino que contenía una pequeña cantidad de polvos de un color verdoso. Un escalofrío recorrió el cuerpo del médico mientras relacionaba mentalmente los elementos y antecedentes relacionados con aquella escena. Los látigos y los instrumentos de tortura, las sales de los recipientes que correspondían a «materia», los dos lekythos de las estanterías alineadas bajo la palabra «Custodios», las túnicas, las fórmulas grabadas en las paredes, las notas del bloc, las sospechas que habían despertado las cartas y leyendas, y los millares de dudas y suposiciones que habían atormentado a los amigos y a los padres de Charles Ward... todo aquello envolvió al doctor como una ola de horror mientras contemplaba el polvo verdoso contenido en el recipiente de plomo.

Sin embargo, y gracias a un esfuerzo sobrehumano, consiguió dominarse y empezó a estudiar las fórmulas grabadas en las paredes. Era evidente que habían sido talladas en la época de Joseph Curwen, y el texto no podía por menos que resultar familiar a un hombre que tanto había leído sobre tal personaje y que estuviera familiarizado con la historia de la magia. En una de ellas reconoció el doctor inmediatamente la que la señora Ward oyera canturrear a su hijo aquel malhadado Viernes Santo del año anterior y que una autoridad en la materia le había descrito como terrible invocación dirigida a los dioses secretos que moran más allá de la esfera de la normalidad. No figuraba allí exactamente tal y como la señora Ward la había repetido, ni siquiera como aparecía en la versión que aquel experto en la materia le mostrara en las páginas prohibidas de «Eliphas Levi», pero era indiscutiblemente la misma, y Willett se estremeció de horror al reconocer en ella palabras tales como Sabaoth, Metraton, Almonsin y Zariatnamik.

La fórmula en cuestión estaba grabada en el muro situado a la izquierda de la entrada. El de la derecha estaba igualmente cubierto de invocaciones que Willett reconoció gracias a las notas que había encontrado en la biblioteca. Eran de hecho casi idénticas a éstas e iban igualmente encabezadas por los antiguos símbolos de «Cabeza de dragón» y « Cola de dragón», como en las notas de Ward, pero la ortografía variaba mucho de la versión moderna, como si el viejo Curwen hubiera tenido un modo distinto de representar los sonidos o como si estudios posteriores hubieran dado como resultado variantes más perfectas y eficaces. El doctor trató de reconciliar la fórmula tallada en la piedra con la que resonaba persistentemente en su cabeza, y tras grandes trabajos logró conseguirlo. La que él sabía ya de memoria comenzaba «Y’ai’ng’ngah, Yog-Sothoth», mientras que la que se leía en el muro empezaba: «Aye, cngengah, Yogge-Sothotha» lo cual significaba una marcada alteración de la segunda palabra.

Aquella discrepancia le desconcertó y al poco comenzaba a recitar en voz alta la primera de las fórmulas tratando de reconciliar los sonidos que él recordaba con las letras que veía esculpidas en la piedra. Su voz se alzó extrañada y amenazadora en aquel abismo de misterios como siniestro contrapunto a los inhumanos lamentos que llegaban hasta él a través de la fetidez del aire y de la oscuridad.

«Y’AI’NG’NGAH
YOG-SOTHOTH
H’EE-L’GEB
F’AI THRODOG
UAAAH»


Pero, ¿qué era aquel viento frío que se había levantado al son de su invocación? Las lámparas chisporrotearon como si fueran a apagarse y por unos instantes la oscuridad se hizo tan densa que las palabras esculpidas en la piedra de los muros casi se borraron de su vista. La habitación se llenó de humo y de un olor acre que ahogó por completo el hedor procedente de los fosos. Era un olor parecido al que Willett había percibido anteriormente, pero mucho más intenso y penetrante. Se volvió de espaldas a las inscripciones para enfrentarse con la estancia y su extraño contenido, y descubrió entonces que del recipiente que estaba en el suelo y que contenía el ominoso polvo de color verdoso, surgía una nube de vapor compacto, entre verde y negro, y de una opacidad y una densidad asombrosas.

¡Santo Cielo! ¡Aquel polvo correspondía a los anaqueles dedicados a «Materia»! ¿Qué estaba ocurriendo y qué había provocado aquel suceso? La fórmula que había estado recitando, la primera de las dos, la que correspondía a la Cabeza de Dragón, al nodo ascendente... ¡Dios bendito! ¿Podría ser...?

La cabeza le dio vueltas y por su cerebro cruzaron en vertiginosa sucesión las imágenes dispersas de todo lo que había visto, oído y leído en relación con el espantoso caso de Joseph Curwen y Charles Dexter Ward. «Encarézcole no llame a su presencia a nadie que no pueda hacer desaparecer... Tenga siempre su merced preparada la Invocación necesaria para ello y nunca confíe hasta estar bien seguro de Quién ha requerido a su presencia... Por tres veces he hablado con lo que en él estaba inhumado...» ¡Dios del Cielo! ¿Qué era aquella forma que se elevaba entre el humo?


4

Marinus Bicknell Willett no espera que crean su historia sino unos cuantos de sus amigos íntimos y, en consecuencia, sólo a ellos ha tratado de contarla. Las pocas personas ajenas a ese círculo que la han escuchado de sus labios, se han limitado a sonreír y a comentar que el doctor empieza a hacerse viejo. Le han aconsejado que se tome unas largas vacaciones y que en el futuro no vuelva a intervenir en casos de desequilibrio mental. Pero el señor Ward sabe que lo que dice el médico no es más que la terrible verdad. ¿Acaso no vio él con sus propios ojos la fétida abertura practicada en el suelo de la bodega del bungalow?. ¿Acaso el doctor Willett no le envió a su casa, trastornado y enfermo, hacia las once de aquella ominosa mañana? ¿Acaso no telefoneó al doctor inútilmente aquella noche y no se dirigió al bungalow a la mañana siguiente, encontrando a su amigo inconsciente, aunque ileso, tendido en la cama de uno de los dormitorios? Respiraba trabajosamente y cuando el señor Ward le hizo beber un poco de coñac, entreabrió lentamente los párpados, se estremeció y gritó: «¡Esa barba! ¡Esos ojos! ¡Dios mío! ¿Quién es usted?» palabras bastante extrañas teniendo en cuenta que las dirigía a un hombre perfectamente rasurado y de ojos azules, un hombre que conocía desde su infancia.

A la brillante claridad del mediodía, el bungalow no había cambiado en lo más mínimo desde la mañana anterior. Las ropas de Willett parecían en perfecto estado aparte de unas leves rozaduras en los codos y en las rodillas, y sólo un leve olor acre le recordó al señor Ward el hedor que despedía el traje de su hijo el día que le trasladaron al hospital. Faltaba la linterna del médico, pero su maleta seguía allí tan vacía como la había traído. Antes de dar ninguna explicación y haciendo, evidentemente, un gran esfuerzo moral, Willett descendió tambaleándose a la bodega y trató de correr la plataforma situada ante los lavaderos. No se movió. Acercándose al lugar donde el día anterior había dejado su saquito de herramientas, Willett cogió un escoplo y trató de hacer palanca. Se adivinaba bajo ella la capa de hormigón, pero nada indicaba que hubiera habido allí jamás una abertura. Esta vez el asombrado padre de Charles Ward que había seguido a su amigo, no tuvo ocasión de enfermar con las emanaciones del horrible agujero: ni pozo fétido, ni mundo de horrores subterráneos, ni biblioteca secreta, ni documentos de Curwen, ni laboratorio, ni estantes, ni fórmulas grabadas. Nada. El doctor Willett palideció y se apoyó en el brazo de su compañero.
-Ayer -murmuró- usted lo vio y lo olió, ¿verdad?
Y cuando el señor Ward, asombrado y aturdido, reunió las fuerzas suficientes para asentir con un gesto, el médico suspiró y asintió a su vez.
Entonces voy a contárselo todo -dijo.
Por espacio de una hora y en la habitación más soleada que pudieron encontrar, el médico susurró su fantástica historia a aquel asombrado padre. No supo continuar una vez que hubo narrado la aparición de aquella extraña forma y hubo descrito cómo del recipiente de plomo se elevaba un vapor verde negruzco, y, por otra parte, estaba demasiado cansado para preguntarse qué había ocurrido.
Cuando acabó su relato, el señor Ward sugirió tímidamente:
-¿Cree que una excavación serviría de algo?
El doctor guardó silencio. No le parecía propio responder a esa pregunta cuando unas fuerzas procedentes de esferas desconocidas habían invadido esta orilla del Gran Abismo. Los dos hombres menearon la cabeza y el señor Ward preguntó:
-Pero, ¿dónde puede haberse metido? Es indudable que alguien le trajo aquí y que luego, de algún modo, selló la abertura...
Willett dejó de nuevo que el silencio respondiera por él.

Pero no fue aquello todo. Antes de abandonar el bungalow, al introducir el doctor una mano en el bolsillo para sacar el pañuelo, sus dedos tropezaron con un papel que no estaba allí antes de la expedición al subterráneo y que acompañaba a los fósforos y a las velas que había cogido en la desaparecida biblioteca. Era una hoja corriente, arrancada sin duda del bloc de notas que Willett había visto en aquella estancia, y los rasgos habían sido trazados con lápiz, probablemente el mismo que había visto junto al bloc. El texto les resultó incomprensible a los dos hombres a pesar de que reconocieron en él ciertos símbolos que les parecieron vagamente familiares.

Aquel breve mensaje y el misterio que entrañaba intrigó sobremanera a los dos amigos, quienes inmediatamente subieron al coche de Ward y dieron instrucciones al chófer para que les condujera primero a cenar a un sitio tranquilo y luego a la Biblioteca John Hay situada en la colina. No les fue difícil hallar allí buenos manuales de paleografía, que estudiaron detenidamente hasta que las luces brillaron en la gran araña. Al fin encontraron lo que buscaban. Aquella caligrafía no constituía una invención fantástica, sino que había sido la normal en un período muy oscuro. Correspondía a las minúsculas sajonas del siglo VIII y IX y traía con ella recuerdos de un tiempo inculto en que bajo la fresca corriente del cristianismo rebullían aún furtivamente creencias antiguas y viejos ritos, un tiempo en que la pálida luna de Britania era testigo a veces de extraños ritos celebrados entre las ruinas romanas de Caerleon y Hexhaus y junto a las torres desmoronadas del muro de Adriano. La lengua era el latín de aquellas edades bárbaras y el texto era el siguiente: «Corwinus mecandus est. Cadaver aqua forti dissolvendum, nec aliquid retinendum. Tace ut potes», lo que, traducido, significaba: «Curwen debe morir. El cadáver debe ser disuelto en agua fuerte sin que quede residuo alguno. Guarda el mayor silencio posible.»

Willett y el señor Ward quedaron mudos y desconcertados. Se habían enfrentado con lo desconocido y ahora descubrían que carecían de las emociones que a su juicio debían experimentar. En Willett especialmente, la capacidad de recibir nuevas impresiones parecía totalmente agotada, y así los dos hombres permanecieron sentados en silencio hasta que llegó la hora en que se cerró la biblioteca. Desde allí se dirigieron a la mansión de Prospect Street. El doctor se quedó en ella a pasar la noche y allí seguía el domingo cuando llamaron por teléfono los detectives encargados de la vigilancia del doctor Allen.

El señor Ward, que en ese momento paseaba nerviosamente por la habitación vestido con un batín, respondió personalmente a la llamada y, al saber que el informe que había solicitado estaba casi listo, citó a los detectives para primera hora de la mañana del día siguiente. Tanto Willett como él estaban deseosos de que el asunto llegara a su término, ya que cualquiera que fuese el origen del extraño mensaje que el doctor había encontrado en su bolsillo, una cosa parecía cierta: el Curwen que debía ser destruido no podía ser otro que el barbudo desconocido de gafas oscuras. Charles temía a aquel hombre y en la carta que había dirigido al médico había pedido que le matara y disolviera su cadáver en ácido. Además, Allen había estado carteándose con extraños personajes de Europa bajo el nombre de Curwen y era evidente que se consideraba una reencarnación del desaparecido nigromante. Ahora, de fuente nueva y desconocida, llegaba un mensaje en que se afirmaba que Curwen debía morir y que había que disolver su cuerpo en ácido. La relación entre todos aquellos sucesos era demasiado evidente y no podía ser ignorada. Por otra parte, ¿acaso Allen no planeaba asesinar al joven Ward siguiendo el consejo de ese individuo llamado Hutchinson? Desde luego que la carta que ellos habían visto no había llegado jamás a manos del barbudo colega de Charles, pero de su texto se deducía que Allen había trazado ya planes para deshacerse del joven en el momento en que éste mostrara demasiados «escrúpulos». En consecuencia había que detener a Allen y, aún en el caso de que no se adoptaran contra él medidas más drásticas, habría que encerrarle en un lugar desde el cual no pudiera infligir ningún daño al joven Ward.

Aquella tarde, con la infundada esperanza de extraer alguna información acerca de aquel misterio de la única persona capaz de proporcionarla, el señor Ward y el doctor Willett fueron a visitar a Charles a la clínica. El doctor informó al joven de todo lo que había descubierto y observó la palidez que iba cubriendo su rostro a medida que sus descripciones garantizaban la verdad de sus descubrimientos. El médico utilizó en grado máximo los efectos dramáticos y espió el rostro de su paciente con la esperanza de sorprender en él aunque fuera un parpadeo cuando se refirió a los pozos y a los indescriptibles híbridos que vivían en su interior. Pero Charles no parpadeó. Willett hizo una pausa, y cuando volvió a hablar su voz adquirió un tono de indignación al referirse a aquellos seres que se morían de hambre. Acuso al joven de crueldad y se estremeció al oír las irónicas carcajadas con que éste respondió a sus palabras. Parecía haber renunciado a seguir sosteniendo que la cripta no existía, pero ahora veía algo siniestramente cómico en todo aquel asunto y se reía con carcajadas roncas de algo que, evidentemente, le divertía mucho. Luego susurró con acento doblemente terrible a causa de lo cascado de la voz:

-¡Malditos sean! ¡Comen, pero no deberían comer! Eso es lo más extraño del caso. ¿Un mes sin comer dice usted? Se queda usted muy corto, señor mío. ¡Buen chasco se habría llevado de saberlo el viejo Whippe con su mojigatería! ¡Matarlo todo quería! Pero estaba tan ensordecido por el ruido de fuera que no llegó a oír el que salía de la tierra. ¡Ni soñó que pudiera haber allí seres vivientes! ¿Y si yo le dijera que esas malditas criaturas están aullando en esos pozos desde que Curwen desapareció hace ya ciento cincuenta años?

Pero aquello fue lo único que Willett pudo sonsacarle. Horrorizado, aunque casi convencido contra su voluntad, continuó su historia con la esperanza de que algún incidente pudiera sobresaltar a su interlocutor y sacarle de la demencial compostura que mantenía. Al contemplar el rostro del joven, no pudo evitar que un estremecimiento de horror le sacudiera ante los cambios que se habían producido en él durante los últimos meses. Cuando mencionó la habitación de las fórmulas y el polvo verdoso, Charles comenzó a demostrar cierta curiosidad. Una mirada de desprecio asomó a sus ojos al oír lo que Willett había leído en el bloc, y aventuró la explicación de que aquellas anotaciones eran muy antiguas y tenían que escapar forzosamente al entendimiento de todos aquellos que no estuvieran muy versados en la historia de la magia .

-Si hubiera sabido usted -añadió-, la fórmula para dar vida a las sales que había en el recipiente, no estaría aquí para contarlo. Era el número 118. ¡Qué sorpresa se hubiera llevado de haber llegado a consultar el catálogo que guardo en la otra habitación! Me proponía llamarle a mi presencia el día en que me sacaron de allí.
Luego, Willett le habló de la fórmula que había recitado y del humo verde negruzco que se había levantado. Y mientras lo hacía observó que el terror desfiguraba por vez primera el rostro de Charles Ward.
-¡Se presentó y está usted vivo!
Mientras Ward mascullaba estas palabras, su voz pareció liberarse de ciertas trabas misteriosas y hundirse en un abismo cavernoso de extrañas resonancias. Willett, asaltado por una repentina inspiración, replicó recordando una carta que había leído:
-¿El número 118, dices? Pero no olvides que nueve de cada diez lápidas de los cementerios están cambiadas...
Y luego, sin previo aviso, colocó ante los ojos de su paciente el misterioso mensaje. La reacción del joven superó todas sus esperanzas, pues cayó al suelo desvanecido.

Toda aquella conversación se llevó a cabo, naturalmente, en el más absoluto secreto con el fin de que los alienistas de la clínica no pudieran acusar ni al padre ni al médico de alentar a un loco en sus fantasías. Sin pedir ayuda a nadie, el doctor Willett y el señor Ward cogieron en brazos al joven y le tendieron en la cama. Al volver en sí, el paciente murmuró repetidas veces que debía escribir inmediatamente a Orne y a Hutchinson para que le informaran acerca de cierta invocación, y en consecuencia, una vez que hubo recuperado totalmente el sentido, el doctor le comunicó que al menos uno de aquellos extraños personajes era enemigo suyo mortal y había aconsejado al doctor Allen que le asesinara. Aquella revelación no produjo ningún efecto visible, pero, antes de que se formulara, en el rostro del joven había aparecido ya la expresión de un hombre acosado. A partir de aquel momento no quiso hablar más, y el señor Ward y su acompañante no tardaron en abandonar la habitación, no sin antes prevenir al paciente contra el barbudo doctor Allen, a lo cual se limitó a responder el joven que aquel individuo no estaba ya en condiciones de hacer daño a nadie. Acompañó a aquellas palabras una risa diabólica que causó una dolorosa impresión en los visitantes. En cuanto a la comunicación que Charles pudiera tratar de establecer con sus dos monstruosos corresponsales de Europa, ni al doctor ni al señor Ward les preocupaba tal cuestión, pues sabían que el director del hospital censuraba minuciosamente toda la correspondencia y no permitiría que llegara a manos del paciente ninguna misiva cuyo contenido le pareciera anormal.

El caso de Orne y Hutchinson, si es que eran ellos los misteriosos exiliados, tuvo una misteriosa secuela. Impulsado por un vago presentimiento que le asaltó en medio de los horrores de aquel período, Willett acudió a una agencia internacional de información para que le facilitaran la mayor cantidad de datos posibles acerca de los sucesos más notables ocurridos en Praga y Transilvania oriental, y después de seis meses de investigación creyó haber encontrado entre los numerosos artículos que había recibido y traducido dos datos significativos. Uno de los artículos en cuestión se refería a la completa destrucción durante la noche de una casa del barrio más antiguo de Praga, y a la desaparición de un anciano de muy mala fama llamado Joseph Nadeh, el cual había vivido allí solo desde tiempos inmemoriales. El otro hablaba de una tremenda explosión ocurrida en las montañas de Transilvania, al este de Rakus, que había tenido como consecuencia la desaparición del castillo de Ferenczy con todos sus moradores. El castillo tenía pésima reputación en la comarca y su propietario era temido y odiado por los campesinos de los alrededores. Precisamente por aquellas fechas tenía que presentarse ante las autoridades de Bucarest, que querían someterle a un serio interrogatorio, pero la explosión habla venido a cortar lo que, al decir de las gentes, había sido una vida dedicada al mal y que se remontaba a épocas muy remotas.

Willett sostiene que la mano que escribió aquel mensaje en caligrafía sajona era capaz de empuñar armas más fuertes que la pluma y que había asumido la responsabilidad de acabar con Hutchinson y Orne, dejándole a él la tarea de terminar con Curwen. El doctor se niega a pensar siquiera cuál pudo ser el destino final de aquellos dos extraños personajes.


5

A la mañana siguiente, el doctor Willett acudió muy temprano a la mansión de los Ward, a fin de estar presente cuando llegaran los detectives. Consideraba que la destrucción o reclusión de Allen -o de Curwen si se daba como válida la posibilidad de una reencarnación- era una necesidad imperiosa que había que satisfacer a cualquier precio, y así se lo manifestó al señor Ward mientras esperaban la llegada de los visitantes. Se encontraban en la planta baja, ya que los pisos superiores de la casa empezaban a ser aborrecidos a causa de la fetidez que se respiraba en ellos, fetidez que los criados más antiguos relacionaban con alguna maldición relacionada con el desaparecido retrato de Joseph Curwen.

A las nueve se presentaron los tres detectives, que inmediatamente dieron comienzo a la lectura del informe. Por desgracia no habían podido localizar al mulato Tony Gomes, ni podían dar noticia de cuál fuera el lugar de procedencia del doctor Allen ni de su actual paradero. Pero habían reunido un considerable número de datos y de información general acerca del silencioso personaje. Los vecinos de Pawtuxet le consideraban un ser vagamente sobrenatural y creían que su barba era teñida o postiza, creencia que resultó ser cierta, pues se había hallado en el bungalow, junto a un par de gafas ahumadas, una barba postiza. Un tendero había declarado que su caligrafía era muy extraña y enmarañada, dato que confirmaron las notas escritas a lápiz encontradas en su habitación e identificadas por el comerciante.

En relación con el vampirismo del verano anterior, la mayoría creía que el verdadero vampiro era Allen y no Ward. También figuraban en el informe las declaraciones de los oficiales que habían visitado el bungalow a raíz del incidente del asalto al camión. No vieron nada particularmente siniestro en el doctor Allen, pero le juzgaban la figura dominante en la sombría vivienda. La estancia en que había tenido lugar la entrevista se hallaba en la penumbra, pero estaban seguros de poder identificarle si volvían a verle. Habían notado algo extraño en su barba y les pareció ver que tenía una pequeña cicatriz encima del ojo derecho, En cuanto al registro de la habitación de Allen, no había aportado ningún dato concreto a la investigación, exceptuando el hallazgo de la barba y las gafas y de varias notas escritas descuidadamente y cuya caligrafía era idéntica a la de los antiguos manuscritos de Curwen y a las recientes anotaciones del joven Ward halladas en la desaparecida cripta.

El doctor Willett y el señor Ward se sintieron invadidos por un profundo terror cósmico, sutil e insidioso. al oír la relación de aquellos hallazgos, y casi temblaron cuando una idea vaga y descabellada les asaltó a los dos al mismo tiempo. La barba postiza, las gafas, la enmarañada caligrafía de Curwen, el antiguo retrato y la diminuta cicatriz, el joven transformado y con una cicatriz semejante, la voz profunda y cavernosa que había sonado al otro lado del hilo telefónico... ¿No era esa voz la que le recordaba ahora al señor Ward la de su hijo? ¿Quién había visto a Charles y a Allen juntos? Sí, los policías les habían visto juntos en el bungalow, pero, ¿y después? ¿No había coincidido la desaparición de Allen con los temores de Charles y su definitiva instalación en el bungalow? Curwen, Allen, Ward... ¿En qué sacrílega y abominable fusión habían caído dos épocas y dos personas? Aquella detestable semejanza entre el personaje del cuadro y el joven Ward, aquellos ojos del lienzo que parecían seguir a Charles por toda la habitación... ¿Por qué Allen y Charles imitaban la caligrafía de Joseph Curwen incluso cuando estaban solos? Y luego la espantosa tarea que habían llevado a cabo aquellos hombres, la desaparecida cripta llena de horrores que había envejecido al médico en una noche, los monstruos hambrientos encerrados en los fosos fétidos, aquella terrible fórmula que tan indescriptibles resultados había producido, el mensaje que Willett había encontrado en su bolsillo, los documentos, las cartas, todas las alusiones a tumbas, a misteriosas «sales», a descubrimientos... ¿Adónde conducía todo aquello?

Finalmente, el señor Ward tomó la decisión más prudente. Evitando pensar en lo que hacía, entregó a los detectives una fotografía para que la mostraran a todos los comerciantes de Pawtuxet que hubieran visto al misterioso doctor Allen. Era una instantánea de su hijo con el aditamento de una barba y unas gafas oscuras, como las que había utilizado el doctor Allen, dibujadas a pluma.

Durante dos horas, el señor Ward esperó en compañía del médico en aquella casa opresiva. Los detectives regresaron. Sí, la fotografía retocada guardaba una notable semejanza con el doctor Allen. El señor Ward palideció y Willett se secó la húmeda frente con el pañuelo. Allen, Ward, Curwen... ¿Qué presencia había invocado el muchacho y con qué resultados para él? ¿Qué había ocurrido del principio al fin? ¿Quién era aquel Allen que proyectaba asesinar a Charles y por qué había escrito su víctima en la postdata de aquella angustiada carta que su cadáver debía ser disuelto en ácido? ¿Por qué el mensaje que Willett se había encontrado en el bolsillo decía exactamente lo mismo? ¿Qué proceso de transformación había tenido lugar y en qué momento se había producido la fase final? El día en que el doctor había recibido su carta, Charles había estado muy nervioso todo la mañana. Luego había ocurrido algún cambio. Charles había salido de la casa sin ser visto escapando a la vigilancia de los hombres encargados de protegerle. Fue entonces cuando debió suceder el cambio, mientras estuvo fuera. Pero no... ¿Acaso no había gritado de terror al volver a entrar en su biblioteca?. ¿Qué había encontrado allí? O, ¿qué le había encontrado a él? Esa figura que tan osadamente había entrado en la casa sin que se le hubiera visto abandonar la mansión, ¿no habría sido una sombra extraña, un horror dispuesto a lanzarse sobre un hombre tembloroso que no había salido de la habitación? ¿No había oído el mayordomo unos extraños ruidos?

Willett se fue en busca del sirviente y le hizo unas cuantas preguntas en voz baja. Desde luego, había sido un asunto muy desagradable. Sí, había oído unos ruidos: un grito, un jadeo y una serie de extraños crujidos. Y el señorito Charles no había vuelto a ser el mismo desde el momento en que salió aquel día de la biblioteca sin decir una sola palabra. El mayordomo se estremecía al hablar y olfateó el aire que llegaba desde el piso de arriba, arrastrado por una corriente creada por alguna ventana abierta. El terror se había instalado definitivamente en la mansión. Incluso los detectives estaban inquietos, ya que el caso presentaba algunos aspectos que no les gustaban en lo más mínimo. El doctor Willett pensaba, y sus pensamientos eran terribles. De vez en cuando casi rompía en un murmullo mientras estudiaba mentalmente esta nueva cadena de acontecimientos de pesadilla.

El señor Ward dio por terminada la conferencia y los detectives se fueron. El doctor y el dueño de la casa quedaron solos en la habitación. Era ya mediodía, pero la mansión parecía envuelta en sombras, como si se acercara la noche. Willett comenzó a hablar muy seriamente con su anfitrión, insistiendo para que dejara en sus manos las futuras averiguaciones. Aún habían de descubrirse, predijo, ciertos hechos que un amigo podría soportar con mayor facilidad que el padre del principal protagonista del caso. En su calidad de médico de la familia debía disponer de una absoluta libertad de movimientos, y lo primero que exigía era encerrarse en la abandonada biblioteca donde, en torno al panel de madera que había albergado el cuadro, se respiraba ahora un aura de terror mucho más intensa que cuando estuviera allí el retrato de Curwen. Sólo pedía que no se le molestara.

El señor Ward, aturdido por la creciente complejidad del caso, asintió de buena gana y media hora después el doctor estaba encerrado en la antigua biblioteca de Charles. El padre de éste, que escuchaba desde fuera, oyó unos raros sonidos en el interior de la estancia, seguidos de un chirrido, como si acabara de abrirse la puerta mal engrasada de una alacena. A continuación resonó un grito apagado y la puerta que acababa de abrirse se cerró rápidamente. Poco después apareció Willett en el pasillo, pálido y descompuesto. Quería, dijo, un poco de leña para encender un fuego, pues el de la estufa no le bastaba y el aparato eléctrico que había en la chimenea no tenía ningún uso práctico. Sin atreverse a formular ninguna pregunta, el señor Ward dio las oportunas órdenes a un criado, que subió al poco tiempo con unas ramas de pino, estremeciéndose al entrar en la habitación y sustituir por las ramas el aparato eléctrico. Entretanto, Willett había subido al laboratorio, de donde bajó al poco rato cargado con una cesta cubierta por un lienzo y en la que había colocado una serie de aparatos y objetos diversos abandonados allí en la mudanza del mes de julio de aquel mismo año.

Volvió a encerrarse el médico en la biblioteca y por las nubes de humo que empezaron a elevarse de la chimenea, se supo que había encendido el fuego. Más tarde, se oyó un crujir de papeles de periódico y otro chirrido de la misteriosa puerta, seguido de un baquetazo que dio mucho que pensar a los que en el pasillo escuchaban. Willett profirió de pronto un par de gritos ahogados, y a continuación se produjo un chisporroteo que resonó siniestramente en medio del profundo silencio que llenaba la mansión. Finalmente comenzó a salir por la chimenea un humo espeso y muy acre. Los criados se reunieron en un rincón, aterrorizados ante aquellas nocivas emanaciones, mientras que el señor Ward temblaba como un azogado.

Tras una larguísima espera, los vapores parecieron aclararse y detrás de la puerta cerrada volvieron a oírse extraños sonidos, como si el doctor rascara algo y luego barriera el hogar. Por fin, después de cerrar de nuevo la puerta del interior, fuera cual fuese, Willett hizo su aparición, grave, pálido y entristecido, llevando la cesta que había bajado del laboratorio todavía cubierta con un paño.

Había dejado la ventana abierta, y en la siniestra habitación entraba ahora a raudales el aire puro que se mezclaba con un curioso olor a desinfectante. El antiguo panel de madera seguía allí, pero parecía haber perdido su aire de malignidad y se mostraba sereno y majestuoso como si nunca hubiera albergado el retrato de Joseph Curwen. Caían las primeras sombras de la noche, pero esta vez no las acompañaba un terror latente. Más bien traían con ellas una suave melancolía. El doctor no habló de lo que había hecho. Se limitó a decir al señor Ward:

-No puedo contestar a ninguna pregunta. Sólo diré que existen distintos tipos de magia. He llevado a cabo una gran purificación. A partir de ahora, los moradores de esta casa podrán dormir mucho mejor.


6

La «purificación» debió constituir para el doctor Willett una prueba tan espantosa como su recorrido nocturno de la espantosa cripta, a juzgar por el abatimiento que provocó en el anciano médico. Por espacio de tres días no salió de su habitación, aunque según dijeron luego los criados, la noche del miércoles, poco después de las doce, se oyó abrirse sigilosamente la puerta de la calle, que volvió a cerrarse después con el mismo secreto. Por fortuna, la imaginación de los criados suele ser limitada, pues de otro modo podrían haber relacionado el hecho con una noticia que apareció en el Evening Bulletin del jueves y que decía así:

LOS PROFANADORES DE TUMBAS RENUEVAN SU ACTIVIDAD

Tras un periodo de diez meses a partir del último acto de vandalismo registrado en el Cementerio del Norte, del que fuera objeto la tumba de Weeden, el vigilante nocturno de ese mismo cementerio, Robert Hart, ha sorprendido a otro merodeador. Hacia las dos de la madrugada, vio brillar una linterna en la parte norte del camposanto, y al acercarse al lugar en cuestión, vio destacarse claramente contra la luz de una farola cercana la figura de un hombre que empuñaba una pala. Se lanzó en su persecución. pero antes de que pudiera darle alcance, el intruso había corrido hacia la entrada principal perdiéndose entre las sombras.

Al igual que el primero de los profanadores de tumbas sorprendido el año pasado, éste no ha llegado a causar, al parecer, ningún daño. En un lugar determinado del terreno que posee allí la familia Ward, la tierra aparecía removida, pero no puede asegurarse que el desconocido hubiera tratado de excavar una fosa.

Todo lo que puede decir Hart acerca del intruso, es que se trataba de un hombre de baja estatura y probablemente barbudo. En opinión del vigilante los tres actos se deben a una misma persona. No opina del mismo modo la policía, basándose en el salvajismo del segundo incidente, en el curso del cual fue robado un antiguo ataúd y destrozada la lápida correspondiente.

El primero de los incidentes, al parecer una tentativa frustrada de enterrar alguna cosa, ocurrió en el mes de marzo del año pasado y se atribuyó entonces a contrabandistas de bebidas alcohólicas en busca de un escondite para su alijo. Es muy posible, afirma el Sargento Riley, que este tercer caso sea de naturaleza similar. La policía está desplegando una gran actividad con vistas a identificar a los responsables de estos sucesos.

Durante todo el jueves, el doctor Willett descansó como si se recobrara de un esfuerzo agotador o se preparase para una gran prueba. Por la noche escribió una carta al señor Ward, que llegó a manos de éste a la mañana siguiente sumiéndole en profundas meditaciones. No había podido Ward sobreponerse a la impresión que le causara el informe de los detectives y a la siniestra «purificación» de la biblioteca, pero aquella misiva, a pesar de la desgracia que anunciaba y del misterio que la rodeaba, le trajo algo de la calma que tanto necesitaba.

10 Barnes St.
Providence, R.I.
12 abril, 1928


Querido Theodore:
Me considero obligado a avisarte antes de llevar a cabo lo que voy a hacer mañana, que pondrá punto final al terrible asunto de que nos venimos ocupando, pues tengo la impresión de que ninguna azada podrá llegar jamás a ese monstruoso lugar que los dos conocemos. Sé que tu mente no hallará reposo a menos que te asegure que lo que me propongo hacer representará el final definitivo de todo este misterio.
Me conoces desde que eras niño, de modo que me creerás si te digo que hay cosas que es mejor no investigar a fondo. Es preferible que no vuelvas a pensar en el caso de Charles e indispensable que no le digas a su madre más de lo que ella sospecha. Cuando yo vaya a visitarte mañana, Charles se habrá fugado de la clínica. Eso es lo que todos deben creer. Estaba loco y escapó. Y eso es lo que debes decir poco a poco a su madre cuando dejes de mandarle las notas mecanografiadas que escribías en nombre de Charles. Te aconsejo que vayas a reunirte con ella en Atlantic City y te tomes unas vacaciones. Dios sabe cuánto las necesitas después de las impresiones recibidas, y cuánto las necesito yo también. Por mi parte me propongo pasar en el Sur una temporada para tranquilizarme y reponer fuerzas.

De modo que no me hagas ninguna pregunta cuando vaya a visitarte. Es posible que algo salga mal, pero si es así no dejaré de avisarte. Espero que no tenga que hacerlo. A partir de mañana no habrá ya motivo de preocupación, pues Charles estará perfectamente a salvo. Ya lo está, más de lo que te imaginas. No debes temer nada con respecto a Allen o quienquiera que sea. Pertenece al pasado, como el retrato de Joseph Curwen, y cuando mañana llame a tu puerta puedes tener la completa seguridad de que ya no existirá tal persona. El que escribió la misteriosa nota tampoco volverá a molestarte.

Pero debes prepararte para algo muy triste y preparar también a tu esposa. La fuga de Charles no significa que vayáis a recuperarle. Se ha visto afectado por una terrible enfermedad, como has tenido ocasión de apreciar por los cambios físicos y mentales que ha experimentado, y tienes que resignarte a no volver a verle. Te queda el consuelo de saber que no fue ni un malvado ni un loco, sino únicamente un muchacho aficionado al estudio y excesivamente curioso respecto a materias que encerraban un gran peligro. Descubrió cosas que ningún mortal debe saber, y ésa fue su desgracia.

Y ahora debo hablarte del asunto más difícil y que exige que deposites en mi toda tu confianza. Dentro de un año, si así lo deseas, puedes dar a todos la versión que prefieras de cómo murió Charles, porque él no volverá. Puedes también hacer colocar una lápida en e! Cementerio del Norte, a diez pies de distancia, en dirección oeste, de la de tu padre, para señalar el lugar en que descansan los restos de tu hijo. Las cenizas allí enterradas serán las de Charles Dexter Ward, el que viste crecer, el verdadero Charles con la marca olivácea en la cadera y sin el lunar negro en el pecho ni la cicatriz en la ceja derecha. El Charles que nunca hizo ningún daño y que habrá pagado con su vida una curiosidad morbosa.

Esto es todo. Charles se fugará de la clínica y dentro de un año podrás colocar una lápida sobre el lugar donde reposan sus cenizas. No me hagas ninguna pregunta. Y ten la seguridad de que el honor de tu familia sigue incólume.

Te acompaño en tu sentimiento y te deseo que encuentres la fortaleza, la calma y la resignación necesarias para sobrellevar esta desgracia. Tu sincero amigo,

Marinus B. Willett

El viernes 13 de abril de 1928, Marinus Bicknell Willett visitó a Charles Dexter Ward en su habitación de la clínica del doctor Waite situada en la isla de Conanicut. El joven, aunque no trató de rehuir al visitante, estaba de un humor sombrío y no se mostró dispuesto a hablar del tema que Willett deseaba tratar. El descubrimiento de la cripta hacía imposible la normalidad de su relación y ambos callaron un buen rato después de intercambiar los saludos habituales. La tensión aumentó al descubrir el joven Ward tras el rostro impasible del doctor una firmeza nueva en él. El paciente se amedrentó, consciente de que desde su último encuentro el que fuera médico solícito se había transformado en implacable vengador. Finalmente Willett se decidió a romper el fuego:
-He descubierto algo más, Charles -dijo-. Algo muy grave.

¿Otros animalitos medio muertos de hambre? -fue la irónica respuesta. Era evidente que el joven quería mostrarse insolente hasta el final.
-No -replicó Willett lentamente-. Esta vez se trata de algo distinto. Encargamos a unos detectives que hicieran averiguaciones acerca del doctor Allen, y han encontrado en el bungalow una barba postiza y unas gafas ahumadas.
-Estupendo -dijo su interlocutor haciendo un esfuerzo por mostrarse ingenioso-. Espero que fueran más favorecedoras que las de usted.
-A ti te sentarían muy bien -replicó el doctor-. Mejor dicho, todo parece indicar que te sentaban muy bien.
Mientras Willett decía estas palabras, y aunque no hubo cambio alguno en la luz que se reflejaba en el suelo, una nube pareció ocultar momentáneamente el sol. Luego Charles habló.
-¿Y por qué da usted tanta importancia a eso? ¿Es que no puede un hombre disfrazarse si le resulta útil?
-Desde luego que puede hacerlo -asintió el doctor- siempre que tenga derecho a existir y siempre que no destruya a quien le hizo venir desde más allá de las esferas.
Ward se sobresaltó violentamente.
-Bueno, ¿qué es lo que ha encontrado y qué quiere de mí?
El doctor dejó que transcurrieran unos segundos antes de contestar, como si eligiera mentalmente las palabras que pudieran constituir una respuesta más eficaz.
-He encontrado -dijo finalmente-, algo oculto tras un panel antiguo que servía de marco a un retrato. Lo he quemado y he enterrado las cenizas en el lugar donde estará la tumba de Charles Dexter Ward.
El loco se levantó de un salto del sillón en que estaba sentado.
-¡No es posible! -exclamó- ¡No es posible! ¿Quién se lo dijo? ¿Y quién cree que va a creerle a usted si me han estado viendo durante estos dos meses?
El doctor Willett, aunque de baja estatura, adquirió el porte majestuoso del magistrado al calmar a su paciente con un gesto.
-No se lo he dicho a nadie. No es éste un caso corriente. Es de una locura tan inconcebible y de un horror tan ajeno a nuestra realidad que ningún alienista ni juez de la tierra podría creerlo. Gracias a Dios aún me queda una chispa de imaginación que me ha permitido adivinar la verdad de lo sucedido. ¡A mi no puede engañarme, Joseph Curwen, porque sé que su magia es auténtica! Sé cómo preparó el hechizo que perduró a través de los años y fue a actuar sobre su doble y descendiente. Sé cómo le arrastró usted al pasado y consiguió que le sacara de su abominable tumba. Sé cómo permaneció oculto en su laboratorio mientras se dedicaba al estudio del saber contemporáneo y salía por las noches a escondidas. Sé que es usted el vampiro de que tanto se habló. Sé que más tarde utilizó la barba y las gafas para que nadie se asombrara del sorprendente parecido que guardaba con su descendiente. Sé lo que decidió hacer cuando Charles comenzó a reprocharle su monstruoso saqueo de tumbas de todo el mundo, sé qué fue lo que planeó y sé cómo llevó a cabo sus planes.

»Se despojó de la barba y de las gafas y engañó a los detectives que vigilaban la casa. Creyeron que el que salía y entraba era él cuando en realidad usted le había estrangulado y ocultado tras el panel de madera de la biblioteca. Pero no se dio cuenta de que no hay dos mentes iguales. Fue un estúpido, Curwen, al imaginar que un simple parecido físico sería suficiente. ¿Por qué no pensó usted en la forma de hablar, y en la voz y en la caligrafía? Al final ha fracasado. Usted sabe mejor que yo quién escribió el mensaje que me encontré en el bolsillo, pero debo advertirle que no fue escrito en vano. Hay sacrilegios y abominaciones que no pueden ser tolerados, y creo que quien escribió aquellas palabras acabará con Orne y Hutchinson. Uno de los dos le escribió a usted en cierta ocasión: «No llame a su presencia a nadie a quien no pueda dominar». Tenia mucha razón, Curwen. No se puede jugar con la naturaleza a partir de ciertos límites. Todos los horrores que ha invocado se volverán contra usted...

El doctor se interrumpió ante el grito que profirió el ser que tenía delante. Indefenso, sin armas, y consciente de que cualquier acto de violencia atraería a un ejército de enfermeros, Joseph Curwen había decidido recurrir a su viejo aliado. Inició una serie de movimientos cabalísticos con los dedos, mientras aullaba con voz cavernosa las palabras de una terrible invocación:
«PER ADONAI ELOIM, ADONAI JEHOVA, ADONAI SABAOTH, METRATON...»

Pero Willett fue más rápido que él. Al tiempo que los perros de la vecindad comenzaban a aullar y un viento helado se desataba de pronto sobre la bahía, empezó a recitar la invocación que desde un principio se había propuesto utilizar. Ojo por ojo, magia por magia. ¡Que el resultado de ella demostrara si había aprendido las lecciones del abismo! Así fue como Marinus Bicknell Willett comenzó a recitar la segunda de las dos fórmulas, la opuesta a aquella que había atraído a su presencia la figura del autor de la misteriosa nota, la críptica invocación encabezada por la Cola de Dragón, signo del nodo descendente:

«OGTHROD AI’F
GEB’L-EE’H
YOG-SOTHOTH
‘NGAH’NG AI’Y
ZHRO»


No bien surgió la primera palabra de la boca de Willett, cuando su paciente se interrumpió en seco. Incapaz de hablar, agitó salvajemente los brazos hasta que le abandonaron las fuerzas. Pero cuando comenzó el espantoso cambio, fue cuando resonó en el cuarto la palabra Yog-Sothoth. No fue simplemente una disolución, sino más bien una transformación, una recapitulación, y el doctor tuvo que cerrar los ojos para no desmayarse antes de dar fin a la invocación.
Pero Willett no se desmayó y aquel hombre de pasado impío y poseedor de secretos prohibidos no volvió jamás a turbar al mundo. Aquella locura surgida de un tiempo pretérito había terminado. El caso de Charles Dexter Ward se había cerrado. Abrió los ojos Willett antes de abandonar tambaleándose aquella habitación y pudo ver que la memoria no le había traicionado. Tal como había predicho, no había sido necesario ningún ácido. Porque al igual que su abominable retrato un año antes, Joseph Curwen yacía ahora en el suelo bajo la forma de una delgada capa de polvo gris azulado.

CUENTOS , HISTORIETAS Y FABULAS -- MARQUES DE SADE

Escrito por imagenes 03-04-2008 en General. Comentarios (0)

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ÍNDICE

La serpiente
Agudeza gascona
El fingimiento feliz (o la ficción afortunada)
El alcahuete castigado
Un obispo en el atolladero
El resucitado
Discurso provenzal
¡Que me engañen siempre así!
El esposo complaciente
Aventura incomprensible, pero atestiguada por toda una provincia
La flor del castaño
El preceptor filósofo
La mojigata o el encuentro inesperado
Emilia de Tourville o la crueldad fraterna
Agustina de Villeblanche o la estratagema del amor
Hágase como se ordena
El presidente burlado
La Ley del talión
El cornudo de sí mismo o la reconciliación inesperada
Hay sitio para los dos
El marido escarmentado
El marido cura
La castellana de Longeville o la mujer vengada
Los estafadores


LA SERPIENTE


Todo el mundo conoció a principios de este siglo a la señora presidente de C..., una de las mujeres más agradables y bonitas de Dijon, y todos la han visto acariciar y acoger públicamente en su lecho a la serpiente blanca que va a ser la protagonista de esta anécdota.
-Este animal es el mejor amigo que tengo en el mundo -le comentaba un día a una dama extranjera que había ido a verla y que mostraba curiosidad por conocer la razón de las atenciones que la bella presidente prodigaba a su serpiente-. En otro tiempo amé apasionadamente -prosiguió ésta-, señora, a un joven encantador que se vio obligado a alejarse de mí para ir a cosechar laureles; al margen de nuestros encuentros convenidos, él me había pedido que, siguiendo su ejemplo, a unas horas determinadas nos retiráramos cada uno por nuestro lado a algún paraje solitario para no ocuparnos de nada en absoluto más que de nuestra ternura. Un día, a las cinco de la tarde, cuando iba a recogerme en un pequeño pabellón al extremo de mi jardín, para serle fiel en mi promesa, convencida de que ningún animal de esta clase hubiera nunca podido penetrar en el jardín, de pronto descubrí a mis pies a este encantador animalillo, al que, como bien podéis ver, idolatro. Quise huir; la serpiente se tendió delante de mí, parecía pedirme perdón, parecía asegurarme que bien lejos estaba de querer hacerme ningún daño; me paro, la observo; al verme tranquila se acerca, hace cien cabriolas a mis pies, unas más de prisa que las otras; no puedo contenerme y le paso mi mano por encima, con su cabeza la acaricia delicadamente, la cojo y la pongo sobre mis rodillas, se arrebuja en ellas y parece que duerme. Una sensación de inquietud se apodera de mi... De mis ojos se escapan, a pesar mío, unas lágrimas que bañan a este animalillo encantador... Despertada por mi dolor, me mira..., gime..., alza su cabeza hasta mi seno..., lo acaricia y de nuevo se desploma anonadado... ¡Oh, cielos -grité-, todo se ha acabado; mi amante ha muerto! Abandoné aquel funesto lugar llevando conmigo a esta serpiente, a la que un misterioso sentimiento parece ligarme a pesar mío... Advertencias fatales de una voz desconocida cuyos ecos, señora, podéis interpretar como os guste, pero ocho días más tarde recibo la noticia de que mi amante había sido muerto en el preciso instante en que apareció la serpiente; nunca he querido separarme de este animal; sólo a mi muerte me abandonará; después de aquello me casé, pero con la explícita condición de que no la apartaría de mi lado.
Y tras estas palabras la gentil presidente cogió la serpiente, la recostó contra su seno y le hizo dar, como si fuera un podenco, cien vueltas delante de la dama que la interrogaba.
¡Oh, Providencia!, si esta aventura es tan cierta como lo asegura toda la provincia de Borgoña, ¡qué inexcrutables son tus designios!

AGUDEZA GASCONA

Un oficial gascón había recibido de Luis XIV una gratificación de ciento cincuenta doblones y, recibo en mano, entra sin hacerse anunciar en casa del señor Colbert, que estaba sentado a la mesa con varios caballeros.
-Señores, ¿cuál de vosotros -pregunta con un acento que delataba su patria-, quién, os lo ruego, es el señor Colbert?
-Yo, señor -le responde el ministro-. ¿En qué puedo serviros?
-Una fruslería, señor. Se trata tan sólo de una gratificación de ciento cincuenta doblones que es preciso que me descontéis en seguida.
El señor Colbert, que se da perfecta cuenta de que el personaje se prestaba a la burla, le pide permiso para acabar de cenar y, para que no se impaciente, le ruega que se siente a la mesa con él.
-Con mucho gusto -contestó el gascón-, excelente idea, pues no he cenado todavía.
Terminada la comida, el ministro, que ha tenido tiempo de prevenir al encargado mayor, dice al oficial que ya puede subir al despacho, que su dinero le espera; el gascón sube... pero no le entregan más que cien doblones.
-¿Queréis bromear, señor? -dice al funcionario-. ¿O no véis que mi orden dice ciento cincuenta?
-Señor -le contesta el escribiente-, veo perfectamente vuestra orden, pero os descuento cincuenta doblones por la cena.
-¡Pardiez, cincuenta doblones! Si en mi posada me cuesta sólo diez sueldos!
-Os creo, pero allí no tenéis el honor de cenar con un ministro.
-Perfectamente -replica el gascón-, en ese caso, señor, guardároslo todo; mañana traeré a uno de mis amigos y estamos en paz.
La respuesta y la broma que le había provocado hicieron reír durante un rato a la corte; se añadieron los cincuenta doblones a la gratificación del gascón, que regresó triunfalmente a su tierra, hizo el elogio de las cenas del señor Colbert, de Versalles y de cómo era allí recompensado el ingenio del Garona.

EL FINGIMIENTO FELIZ (O LA FICCIÓN AFORTUNADA)

Hay muchísimas mujeres que piensan que con tal de no llegar hasta el fin con un amante, pueden al menos permitirse, sin ofender a su esposo, un cierto comercio de galantería, y a menudo esta forma de ver las cosas tiene consecuencias más peligrosas que si su caída hubiera sido completa. Lo que le ocurrió a la marquesa de Guissac, mujer de elevada posición de Nimes, en el Languedoc, es una prueba evidente de lo que aquí proponemos como máxima.
Alocada, aturdida, alegre, rebosante de ingenio y de simpatía, la señora de Guissac creyó que ciertas cartas galantes, escritas y recibidas por ella y por el barón Aumelach, no tendrían consecuencia alguna, siempre que no fueran conocidas y que si, por desgracia, llegaban a ser descubiertas, pudiendo probar su inocencia a su marido, no perdería en modo alguno su favor. Se equivocó... El señor de Guissac, desmedidamente celoso, sospecha el intercambio, interroga a una doncella, se apodera de una carta, al principio no encuentra en ella nada que justifique sus temores, pero sí mucho más de lo que necesita para alimentar sus sospechas, coge una pistola y un vaso de limonada e irrumpe como un poseso en la habitación de su mujer...
-Señora, he sido traicionado -le ruge enfurecido-; leed este billete: él me lo aclara, ya no hay tiempo para juzgar, os concedo la elección de vuestra muerte.
La marquesa se defiende, jura a su marido que está equivocado, que puede ser, es verdad, culpable de una imprudencia, pero que no lo es, sin lugar a duda, de crimen alguno.
-¡Ya no me convenceréis, pérfida! -le contesta el marido furibundo-, ¡ya no me convenceréis! Elegid rápidamente o al instante este arma os privará de la luz del día.
La desdichada señora de Guissac, aterrorizada, se decide por el veneno; toma la copa y lo bebe. -¡Deteneos!-le dice su esposo cuando ya ha bebido parte-, no pereceréis sola; odiado por vos, traicionado por vos, ¿qué querríais que hiciera yo en el mundo? -y tras decir esto bebe lo que queda en el cáliz.
-¡Oh, señor! -exclama la señora de Guissac-. En terrible trance en que nos habéis colocado a ambos, no me neguéis un confesor ni tampoco el poder abrazar por última vez a mi padre y a mi madre.
Envían a buscar en seguida a las personas que esta desdichada mujer reclama, se arroja a los brazos de los que le dieron la vida y de nuevo protesta que no es culpable de nada. Pero, ¿qué reproches se le pueden hacer a un marido que se cree traicionado y que castiga a su mujer de tal forma que él mismo se sacrifica? Sólo queda la desesperación y el llanto brota de todos por igual. Mientras tanto llega el confesor...
-En este atroz instante de mi vida -dice la marquesa- deseo, para consuelo de mis padres y para el honor de mi memoria, hacer una confesión pública -y empieza a acusarse en voz alta de todo aquello que su conciencia le reprocha desde que nació.
El marido, que está atento y que no oye citar al barón de Aumelach, convencido de que en semejante ocasión su mujer no se atrevería a fingir, se levanta rebosante de alegría.
-¡Oh, mis queridos padres! -exclama abrazando al mismo tiempo a su suegro y a su suegra-, consolaos y que vuestra hija me perdone el miedo que la he hecho pasar, tantas preocupaciones me produjo que es lícito que le devuelva unas cuantas. No hubo nunca ningún veneno en lo que hemos tomado, que esté tranquila; calmémonos todos y que por lo menos aprenda que una mujer verdaderamente honrada no sólo no debe cometer el mal, sino que tampoco debe levantar sospechas de que lo comete.
La marquesa tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para recobrarse de su estado; se había sentido envenenada hasta tal punto que el vuelo de su imaginación le había ya hecho padecer todas las angustias de muerte semejante. Se pone en pie temblorosa, abraza a su marido; la alegría reemplaza al dolor y la joven esposa, bien escarmentada por esta terrible escena, promete que en el futuro sabrá evitar hasta la más pequeña apariencia de infidelidad. Mantuvo su palabra y vivió más de treinta años con su marido sin que éste tuviera nunca que hacerle el más mínimo reproche.

EL ALCAHUETE CASTIGADO

Durante la Regencia ocurrió en París un hecho tan singular que aún hoy en día puede ser narrado con interés; por un lado, brinda un ejemplo de misterioso libertinaje que nunca pudo ser declarado del todo; por otro, tres horribles asesinatos, cuyo autor no fue descubierto jamás. Y en cuanto a... las conjeturas, antes de presentar la catástrofe desencadenada por quien se la merecía, quizá resulte así algo menos terrible
Se cree que el señor de Savari, solterón maltratado por la naturaleza , pero rebosante de ingenio, de agradable trato y que congregaba en su residencia de la calle Déjeuneurs a la mejor sociedad posible, había tenido la idea de prestar su casa para un género de prostitución realmente singular. Las esposas o las hijas, de elevada posición exclusivamente, que deseaban gozar sin complicaciones y a la sombra del más profundo misterio de los placeres de la voluptuosidad podían encontrar allí a un cierto número de asociados dispuestos a satisfacerlas, y esas intrigas pasajeras no tenían nunca consecuencias; una mujer recogía en ellas sólo las flores sin el menor riesgo de las espinas que con tanta frecuencia acompañan a esa clase de arreglos cuando van tomando el carácter público de una relación regular. La esposa o la jovencita se encontraban de nuevo al día siguiente en sociedad al hombre con el que habían tenido relaciones la víspera sin dar a entender que le reconocían y sin que él, a su vez, pareciera distinguirla entre las restantes damas, gracias a lo cual nada de celos en las relaciones, nada de padres irritados, ni de separaciones, ni de conventos; en una palabra, ninguna de las funestas secuelas que traen consigo asuntos de esa índole. Resultaba difícil encontrar algo más cómodo y sin duda sería peligroso ofrecer en nuestros días este plan; habría que temer con sobrada razón que este relato pudiera sugerir la idea de volver a ponerlo en práctica en un siglo en que la depravación de ambos sexos ha desbordado todos los límites conocidos, si no presentáramos, al mismo tiempo, la cruel aventura que sirvió de escarmiento a aquel que lo había concebido.
El señor de Savari, autor y ejecutor del proyecto, que se conformaba, aunque muy a gusto, con un único criado y una cocinera para no multiplicar los testigos de los excesos de su mansión, vio una mañana cómo se presentaba en su casa cierto individuo amigo suyo para rogarle que le invitara a comer.
-Diablos, con mucho gusto -le contesta el señor de Savari-, y para demostraros el placer que me proporcionáis, voy a ordenar que os saquen el mejor vino de mi bodega...
-Un momento -responde el amigo cuando el criado ha recibido ya la orden-, quiero ver si La Brie nos engaña..., conozco los toneles, voy a seguirle y a comprobar si realmente coge el mejor.
-Muy bien, muy bien -contesta el dueño de la casa siguiendo perfectamente la broma-; si no fuera por mi penoso estado, yo mismo os acompañaría, pero así me haréis el favor de ver si ese bribón no nos induce a error.
El amigo sale, entra en la bodega, coge una palanca, mata a golpes al criado, sube en seguida a la cocina, deja en el sitio a la cocinera, mata hasta a un perro y a un gato que encuentra a su paso, vuelve a la alcoba del señor de Savari que, incapaz por su estado de ofrecer la menor resistencia, se deja asesinar como sus sirvientes, y este verdugo implacable, sin turbarse, sin sentir el más mínimo remordimiento por la acción que acaba de perpetrar, detalla tranquilamente en la página en blanco de un libro que halla sobre la mesa la forma en que la ha llevado a cabo, no toca cosa alguna, no se lleva nada, sale de la casa, la cierra y desaparece.
La casa del señor de Savari era demasiado frecuentada para que esta atroz carnicería no fuera descubierta en seguida; llaman a la puerta, nadie contesta, y convencidos de que el dueño no puede hallarse fuera rompen las puertas y descubren el espantoso estado de la residencia de aquel desdichado; no contento con legar los detalles de su acción al público, el flemático asesino había colocado sobre un péndulo, adornado con una calavera que ostentaba como lema: «Contempladla para enmendar vuestra vida», había colocado, repito, sobre esta frase un papel escrito en el que se leía: «Ved su vida y no os sorprenderéis de su final.»
Una aventura semejante no tardó en provocar un escándalo; registraron por todas partes y el único objeto que encontraron que guardara alguna relación con esta cruel escena fue la carta de una mujer, sin firma, dirigida al señor de Savari y que contenía las palabras siguientes:
«Estamos perdidos, mi marido acaba de enterarse de todo, pensar en el remedio, sólo Paparel puede aplacar su espíritu; haced que hable con él, si no, no hay ninguna salvación.»
Un tal Paparel, tesorero del extraordinario de la guerra, hombre amable y con buenas relaciones, fue citado: admitió que visitaba al señor de Savari, pero que, de más de cien personas de la ciudad y de la corte que acudían a su casa, a la cabeza de las cuales podía colocarse el señor duque de Vendôme, él era de todas ellas uno de los que menos le veía.
Varias personas fueron detenidas y puestas en libertad casi en seguida. Pronto se supo bastante como para convencerse de que aquel asunto tenía ramificaciones innumerables que, al comprometer el honor de los padres y maridos de la mitad de la capital, iban a desacreditar públicamente a un infinito número de personas de la más alta alcurnia, y, por primera vez en la vida, en unas cabezas de magistrados la prudencia reemplazó a la severidad. En eso quedó todo y, por tanto, la muerte de aquel desdichado, demasiado culpable sin duda para ser llorado por gentes honestas, no encontró nunca a nadie que le vengara; pero si aquella pérdida fue insensible para la virtud, hay que creer que el vicio la lamentó durante largo tiempo, y que, independientemente de la alegre cuadrilla que tantos mirtos recogía en la casa de este dulce hijo de Epicuro, las hermosas sacerdotisas de Venus, que acudían día tras día a quemar su incienso en los altares del amor, debieron llorar sin duda la demolición de su templo.
Y así es como acabó todo. Un filósofo comentaría, glosando esta narración: «Si de las mil personas a las que tal vez afectó esta aventura, quinientas se alegraron y otras quinientas la deploraron, la acción puede considerarse indiferente; pero si, por desgracia, el cálculo arrojara una cifra de ochocientos seres lesionados por la privación del placer que esta catástrofe les ocasionaba contra sólo doscientos que creyeran ganar con ella, el señor de Savari hacía más bien que mal y el único culpable fue aquel que le inmoló en aras de su resentimiento.» Dejo que decidáis sobre todo esto y paso rápidamente a otro asunto.

UN OBISPO EN EL ATOLLADERO

Resulta bastante curiosa la idea que algunas personas piadosas tienen de los juramentos. Creen que ciertas letras del alfabeto, ordenadas de una forma o de otra, pueden, en uno de esos sentidos, lo mismo agradar infinitamente al Eterno como, dispuestas en otro, ultrajarle de la forma más horrible, y sin lugar a dudas ese es uno dé los más arraigados prejuicios que ofuscan a la gente devota.
A la categoría de las personas escrupulosas en lo que respecta a las b y a las f pertenecía un anciano obispo de Mirepoix que a comienzos de este siglo pasaba por ser un santo; cuando un día iba a ver al obispo de Pamiers su carroza se atascó en los horribles caminos que separan esas dos ciudades: por más que lo intentaron los caballos no podían hacer más.
-Monseñor -exclamó al fin el cochero a punto de estallar-, mientras permanezcáis ahí mis caballos no podrán dar un paso.
-¿Y por qué no? -contestó el obispo.
-Porque es absolutamente necesario que yo suelte un juramento y Vuestra Ilustrísima se opone a ello; así, pues, haremos noche aquí si Ella no me lo permite.
-Bueno, bueno -contesto el obispo, zalamero, santiguándose-, jurad, pues, hijo mío, pero lo menos posible.
El cochero blasfema, los caballos arrancan, monseñor sube de nuevo... y llegan sin novedad.

EL RESUCITADO

Los filósofos dan menos crédito a los aparecidos que a ninguna otra cosa; si, no obstante el extraordinario hecho que voy a relatar, suceso respaldado por la firma de varios testigos y registrado en archivos respetables, este suceso, repito, gracias a todos estos títulos y a los visos de autenticidad que tuvo en su momento, puede resultar digno de crédito, será preciso, a pesar del escepticismo de nuestros estoicos, convenir en que si bien no todos los cuentos de resucitados son ciertos sí que contienen, al menos, elementos realmente extraordinarios.
La corpulenta señora Dallemand, a la que todo París conocía en aquel tiempo como mujer alegre, cordial, ingenua y de agradable trato, vivía desde que se había quedado viuda, hacía más de veinte años, con un tal Ménou, hombre de negocios que habitaba cerca de Saint-Jeanen-Grève. La señora Dallemand se hallaba cenando un día en casa de una tal señora Duplatz, mujer de carácter y medio social muy parecidos al suyo, cuando a la mitad de una partida que habían iniciado después de levantarse de la mesa un criado rogó a la señora Dallemand que pasara a una habitación contigua, pues una persona amiga suya deseaba hablarle en seguida de un asunto tan urgente como esencial; la señora Dallemand le contesta que espere, que no quiere echar a perder su partida; el criado vuelve de nuevo a insistir de tal manera que la dueña de la casa es la primera en obligar a la señora Dallemand a ir a ver lo que quieren de ella. Sale y se encuentra con Ménou.
-¿Qué asunto tan urgente -le pregunta-puede obligaron a molestarme de esta forma viniendo a una casa en la que ni siquera saben quien sois?
-Un asunto de vida o muerte, señora -contesta el agente de cambio-, y podéis estar segura de que había de ser como os digo para poder obtener el permiso de Dios y venir a hablar con vos por última vez en mi vida...
Ante estas palabras, que no correspondían a un hombre muy en sus cabales, la señora Dallemand se sobresalta, y al observar con detenimiento a su amigo, al que no veía desde hacía varios días, viéndole pálido y desfigurado, se asusta más aún.
-¿Qué os pasa, señor? -le pregunta-. ¿Cuál es la razón del estado en que os veo y de los siniestros hechos que me anunciáis... explicadme al instante que os ha ocurrido.
-Nada que no sea normal, señora -responde Ménou-. Tras sesenta años de vida no quedaba ya más que llegar a puerto; gracias al cielo ya he llegado. He pagado a la naturaleza el tributo que todo hombre le debe, únicamente siento haberme olvidado de vos en mis últimos momentos y por esa falta, señora, es por lo que vengo a pediros perdón.
-Pero, señor, ¿estáis desvariando? Ese desatino no tiene ni pies ni cabeza. O vos recobráis la razón o yo me veré obligada a pedir auxilio.
-No lo hagáis, señora. Esta inoportuna visita no será larga, estoy agotando el plazo que me concedió el Eterno; escuchad, pues, mis últimas palabras y luego nos despediremos para siempre... Yo he muerto, señora, os lo repito, pronto podréis comprobar la veracidad de lo que os digo. Me había olvidado de vos en mi testamento y vengo a reparar mi falta; tomad esta llave, id en seguida a mi casa; detrás de la cabecera de mi cama hallaréis una puerta de hierro, abridla con la llave que os doy y coged el dinero que hay en el armario que cierra esa puerta; mis herederos ignoran la existencia de esa suma. Vuestra es, nadie os la disputará... Adiós, señora, y no me sigáis...
Y Ménou desapareció.
Es fácil imaginar en qué estado de excitación volvió la señora Dallemand al salón de su amiga; le resultó imposible ocultar el motivo...
-Toda esta historia bien merece una comprobación -le dijo la señora Duplatz-. No perdamos un instante.
Piden los caballos, suben al coche y marchan a casa de Ménou. El estaba en la entrada, tendido en su ataúd: las dos mujeres suben a las habitaciones, la amiga del dueño de la casa, a la que conocen demasiado bien para impedírselo, recorre todos los dormitorios que desea, da con la puerta de hierro, la abre con la llave que le habían dado, encuentra el tesoro y se lo lleva consigo.
Vemos aquí pruebas de una amistad y de un agradecimiento que no se prodigan muy a menudo y que, por más que los aparecidos nos espanten, estaremos al menos de acuerdo en que deben hacer que les perdonemos el terror que nos causan a cambio de los motivos que les traen ante nosotros.

DISCURSO PROVENZAL

Durante el reinado de Luis XIV como es bien sabido, se presentó en Francia un embajador persa; este príncipe deseaba atraer a su corte a extranjeros de todas las naciones para que pudieran admirar su grandeza y transmitieran a sus respectivos países algún que otro destello de la deslumbrante gloria con que resplandecía hasta los confines de la tierra. A su paso por Marsella, el embajador fue magníficamente recibido. Ante esto, los señores magistrados del parlamento de Aix decidieron, para cuando llegara allí, no quedarse a la zaga de una ciudad por encima de la cual colocan a la suya con tan escasa justificación. Por consiguiente, de todos los proyectos el primero fue el de cumplimentar al persa; leerle un discurso en provenzal no habría sido difícil, pero el embajador no habría entendido ni una palabra; este inconveniente les paralizó durante mucho tiempo. El tribunal se reunió para deliberar: para eso no necesitan demasiado, el juicio de unos campesinos, un alboroto en el teatro o algún asunto de prostitutas sobre todo; tales son los temas importantes para esos ociosos magistrados desde que ya no pueden arrasar la provincia a sangre y fuego y anegarla, como en el reinado de Francisco 1, con los torrentes de sangre de las desdichadas poblaciones que la habitan.
Así, pues, se reunieron a deliberar, pero, ¿cómo lograr traducir el discurso? Por más que deliberaron no hallaron ninguna solución. ¿Era acaso posible que en una comunidad de comerciantes de atún, ataviados con una casaca negra por pura casualidad y en la que ni uno sabía ni siquiera francés, pudieran encontrar a un colega que hablara persa? Con todo, el discurso estaba ya redactado; tres eminentes abogados habían trabajado en él durante seis semanas. Al fin descubrieron, no se sabe si en el monte o en la ciudad, a un marinero que había pasado mucho tiempo en el Levante y que hablaba un persa casi tan fluido como su jerga dialectal. Se lo proponen y él acepta. Se aprende el discurso y lo traduce con facilidad; cuando llega el día le visten con una vieja casaca de presidente primero, le colocan la peluca más voluminosa que había en la magistratura y seguido por toda la banda de magistrados se adelanta hacia el embajador. Unos y otros se habían puesto de acuerdo sobre sus respectivos papeles y el orador había advertido con especial énfasis a los que le seguían que no le perdieran de vista un solo momento y que repitieran punto por punto todo lo que vieran hacer. El embajador se detiene en el centro del patio que había sido señalado para el encuentro, el marinero le hace una reverencia y, poco habituado a llevar sobre el cráneo una peluca tan hermosa, lanza la pelambrera a los pies de Su Excelencia; los señores magistrados, que habían prometido imitarle, se quitan al punto sus pelucas e inclinan sus pelados y un tanto sarnosos cráneos en dirección al persa; el marinero, sin alterarse, recoge sus cabellos, se los arregla y empieza a declamar la salutación; tan bien se expresa que el embajador cree que es de su mismo país. La idea le hace montar en cólera.
-¡Infame! -exclama llevando su mano al sable-. No hablarías así mi idioma si no fueras un renegado de Mahoma; debo castigarte por tu crimen, ahora mismo vas a pagarlo con tu cabeza.
Por más que el marinero se defiende no le hace ningún caso; gesticulaba, juraba, y ni uno solo de sus movimientos pasaba inadvertido, todos eran repetidos al instante y con energía por la turba areopagítica que venía tras él. Al fin, no sabiendo cómo salir del apuro, pensó en una prueba incontestable: desabotonó su calzón y puso a la vista del embajador la prueba palpable de que nunca en su vida había sido circuncidado. Este nuevo gesto es imitado en seguida y he aquí, de golpe, a cuarenta o cincuenta magistrados provenzales con la bragueta bajada y el prepucio en ristre, para demostrar como el marinero que no había uno solo que no fuera tan cristiano como el propio San Cristóbal. Es fácil de imaginar cómo se divirtieron con semejante pantomima las damas que presenciaban la ceremonia desde sus ventanas. Al fin, el ministro, convencido por razones tan poco equívocas de que el orador no era culpable y viendo por lo demás que había ido a parar a una ciudad de «pantalones» , se fue sin más ceremonias encogiéndose de hombros y sin duda diciendo para sí: «No me extraña que esta gente tenga siempre un patíbulo alzado, el rigorismo que siempre acompaña a la ineptitud debe de ser el único atributo de estos animales.»
Existió el propósito de hacer un cuadro sobre esta manera de recitar el catecismo y un joven pintor había tomado con ese fin unos apuntes del natural, pero el tribunal desterró al artista de la provincia y condenó el boceto a la hoguera, sin sospechar que se arrojaban al fuego ellos mismos, pues su retrato aparecía en el dibujo.
-Tenemos a mucha honra ser unos cretinos -explicaron los graves magistrados-; aunque no nos hubiera gustado, como nos gusta hace ya mucho tiempo que se lo demostramos a toda Francia, pero no queremos que ningún cuadro lo transmita a la posteridad; ella pasará por alto toda esta simpleza y no se acordará más que de Merindol y de Cabrières, y para el honor del gremio, más vale que seamos unos asesinos que unos asnos.

¡QUE ME ENGAÑEN SIEMPRE ASÍ!

Hay pocos seres en el mundo tan libertinos como el cardenal de..., cuyo nombre, teniendo en cuenta su todavía sana y vigorosa existencia, me permitiréis que calle. Su Eminencia tiene concertado un arreglo, en Roma, con una de esas mujeres cuya servicial profesión es la de proporcionar a los libertinos el material que necesitan como sustento de sus pasiones; todas las mañanas le lleva una muchachita de trece o catorce años, todo lo más, pero con la que monseñor no goza más que de esa incongruente manera que hace, por lo general, las delicias de los italianos, gracias a lo cual la vestal sale de las manos de Su Ilustrísima poco más o menos tan virgen como llegó a ellas, y puede ser revendida otra vez como doncella a algún libertino más decente. A aquella matrona, que se conocía perfectamente las máximas del cardenal, no hallando un día a mano el material que se había comprometido a suministrar diariamente, se le ocurrió hacer vestir de niña a un guapísimo niño del coro de la iglesia del jefe de los apóstoles; le peinaron, le pusieron una cofia, unas enaguas y todos los atavíos necesarios para convencer al santo hombre de Dios. No le pudieron prestar, sin embargo, lo que le habría asegurado verdaderamente un parecido perfecto con el sexo al que tenía que suplantar, pero este detalle preocupaba poquísimo a la alcahueta... «En su vida ha puesto la mano en ese sitio -comentaba ésta a la compañera que la ayudaba en la superchería-; sin ninguna duda explorará única y exclusivamente aquello que hace a este niño igual a todas las niñas del universo; así, pues, no tenemos nada que temer...»
Pero la comadre se equivocaba. Ignoraba sin duda que un cardenal italiano tiene un tacto demasiado delicado y un paladar demasiado exquisito como para equivocarse en cosas semejantes; comparece la víctima, el gran sacerdote la inmola, pero a la tercera sacudida:
-¡Per Dio santo! -exclama el hombre de Dios-. ¡Sono ingannato, quésto bambino è ragazzo, mai non fu putana!
Y lo comprueba... No viendo nada, sin embargo, excesivamente enojoso en esta aventura para un habitante de la ciudad santa, Su Eminencia sigue su camino diciendo tal vez como aquel campesino al que le sirvieron trufas en lugar de patatas: «¡Qué me engañen siempre así!» Pero cuando la operación ha terminado:
-Señora -dice a la dueña-, no os culpo por vuestro error.
-Perdonad, monseñor.
-No, no, os repito, no os culpo por ello, pero si esto os vuelve a suceder no dejéis de advertírmelo, porque... lo que no vea al principio lo descubriré más adelante.

EL ESPOSO COMPLACIENTE

Toda Francia se enteró de que el príncipe de Bauffremont tenía, poco más o menos, los mismos gustos que el cardenal del que acabamos de hablar. Le habían dado en matrimonio a una damisela totalmente inexperta a la que, siguiendo la costumbre, habían instruido tan sólo la víspera.
-Sin mayores explicaciones -le dice su madre- como la decencia me impide entrar en ciertos detalles, sólo tengo una cosa que recomendaros, hija mía: desconfiar de las primeras proposiciones que os haga vuestro marido y contestadle con firmeza: «No, señor, no es por ahí por donde se toma a una mujer decente; por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera....»
Se acuestan y por un prurito de pudor y de honestidad que no se hubiera sospechado ni por asomo, el príncipe, queriendo hacer las cosas como Dios manda al menos por una vez no propone a su mujer más que los castos placeres del himeneo; pero la joven, bien educada, se acuerda de la lección:
-¿Por quién me tomáis, señor? -le dice-. ¿Os habéis creído que yo iba a consentir algo semejante? Por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera.
-Pero, señora...
-No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.
Bien, señora, habrá que complaceros -contesta el príncipe apoderándose de su altar predilecto-. Mucho me molestaría que dijeran que quise disgustaros alguna vez.
Y que vengan a decirnos ahora a nosotros que no merece la pena enseñar a las hijas lo que un día tendrán que hacer con sus maridos.

AVENTURA INCOMPRENSIBLE, PERO ATESTIGUADA POR TODA UNA PROVINCIA

Todavía no hace cien años, en varios lugares de Francia perduraba aún la absurda creencia de que, entregando el alma al diablo, con ciertas ceremonias tan crueles como fanáticas, se conseguía de ese espíritu infernal todo lo que se deseara, y no ha pasado un siglo desde que la aventura que, relacionada con esto, vamos a narrar tuvo lugar en una de nuestras provincias meridionales, donde todavía está atestiguada hoy en día por los registros de dos ciudades y respaldada por testimonios muy apropiados para convencer a los incrédulos. El lector puede creerla o no, hablamos solamente después de haberla verificado; por supuesto no le garantizamos el hecho, pero le certificamos que más de cien mil almas lo creyeron y que más de cincuenta mil pueden corroborar en nuestros días la autenticidad con que está consignada en registros solventes. Nos dará permiso para disfrazar la provincia y los nombres.
El barón de Vaujour combinaba desde su más tierna juventud el más desenfrenado libertinaje con el cultivo de todas las ciencias y muy especialmente el de aquellas que inducen al hombre al error y le hacen perder un tiempo precioso que podría emplear de alguna otra manera infinitamente mejor; era alquimista, astrólogo, brujo, nigromante, astrónomo bastante notable por cierto y físico mediocre; a la edad de veinticinco años, el barón, dueño ya de su patrimonio y de sus actos, descubrió en sus libros -según afirmaba- que inmolando un niño al diablo, empleando determinadas palabras y haciendo determinadas contorsiones durante la execrable ceremonia, se conseguía que el demonio se apareciera y se obtenía de él todo lo que se deseaba, siempre que se le prometiera el alma, y entonces se decidió a perpetrar esa monstruosidad con el único propósito de vivir felizmente su duodécimo lustro, de que nunca le faltara dinero y de conservar asimismo en el más alto grado de potencia sus facultades prolíficas hasta esa edad. Cometida la infamia y firmado el pacto, ocurrió lo siguiente: Hasta la edad de sesenta años, el barón, que disponía tan sólo de quince mil libras de renta, había gastado regularmente doscientas mil y jamás debió un céntimo. En lo que respecta a sus proezas amorosas, hasta esa misma edad fue capaz de gozar a una mujer quince o veinte veces en una noche, y a los cuarenta y cinco ganó cien luises en una apuesta con unos amigos suyos que habían afirmado que no podría satisfacer a veinticinco mujeres, una después de otra; lo hizo y entregó los cien luises a las mujeres. En otra cena, tras la que se inició un juego de azar, el barón advirtió al empezar que no podía participar, pues no tenía un céntimo. Le ofrecieron dinero, pero lo rechazó; mientras que jugaban, dio dos o tres vueltas por la sala, volvió, se hizo hacer un sitio y apostó diez mil luises a una carta, luises que fue sacando en diez o doce fajos de su bolsillo; el envite no fue aceptado, el barón preguntó el motivo y uno de sus amigos le contestó bromeando que la carta no iba lo bastante bien servida y el barón añadió otros diez mil. Todo esto está registrado en dos ayuntamientos respetables y lo hemos podido leer.
Cuando cumplió cincuenta años, el barón decidió casarse; lo hizo con una encantadora joven de su provincia con la que siempre ha vivido en los mejores términos, sin que las infidelidades tan propias de su temperamento provocaran nunca el menor roce; tuvo siete hijos de esa esposa y desde hacía algún tiempo los encantos de su mujer habían ido volviéndole más sedentario; habitualmente vivía con su familia en el castillo donde en su juventud había hecho la espantosa promesa que hemos mencionado, invitando a hombres de letras, apreciando su trato y cultivando su amistad. Sin embargo, a medida que se aproximaba al termino de los sesenta años, se acordaba de su desdichado pacto y como ignoraba si el diablo iba a contentarse con retirarle sus favores o le quitaría entonces la vida, su humor cambiaba por completo, se ponía triste y meditabundo y ya casi no salía de su casa.
El día señalado, a la hora exacta en que el barón cumplía sesenta años, un criado le anuncia a un desconocido que había oído hablar de sus conocimientos y solicita el honor de entrevistarse con él; el barón, que en ese momento no estaba pensando en aquello que no había dejado de preocuparle desde hacía varios años, contesta que le haga pasar a su gabinete. Sube allí y encuentra a un forastero que, por su manera de hablar, le parece que es de París, un hombre bien vestido, con una figura hermosísima y que en seguida se pone a discutir con él sobre las ciencias más elevadas; el barón le va contestando a todo y la conversación se anima. El señor de Vaujour propone a su huésped ir a dar un pequeño paseo, él acepta y nuestros dos filósofos salen del castillo; era época de faenas agrícolas y todos los labradores estaban en el campo; algunos, al ver gesticular a solas al señor de Vaujour, piensan que se ha vuelto loco y corren a avisar a la señora pero nadie contesta en el castillo; aquella buena gente vuelve a su sitio y siguen observando a su señor, que, creyendo que está conversando con alguien animadamente, agitaba las manos como es habitual en esos casos; por fin, nuestros dos sabios llegan a una especie de paseo cerrado al otro extremo y del que no se podía salir más que dando media vuelta. Treinta campesinos pudieron verlo, treinta fueron interrogados y treinta contestaron que el señor de Vaujour había entrado solo, sin dejar de gesticular en aquella especie de alameda cubierta.
Al cabo de una hora, la persona con la que cree estar, le dice:
-Y bien, barón, ¿no me reconoces?, ¿has olvidado acaso la promesa de tu juventud?, ¿has olvidado cómo yo la he cumplido?
El barón se estremece.
-No temas- le dice el espíritu-, no soy dueño de tu vida, pero sí lo soy de retirarte todos mis favores y arrebatarte todo lo que te es querido; vuelve a tu casa y verás en qué estado la encuentras, en ello reconocerás el justo castigo a tu imprudencia y a tus crímenes... A mí me gustan los crímenes, barón, incluso los deseo, pero mi destino me obliga a castigarlos; vuelve a tu casa, repito, y conviértete, aún te queda un lustro de vida, morirás dentro de cinco años, pero sin que la esperanza de poder estar un día con Dios te haya sido negada... Adiós.
Y el barón, que sólo entonces se da cuenta de que está solo y que no ha visto que nadie se despidiera de él, vuelve a toda prisa sobre sus pasos y pregunta a todos los campesinos que encuentra si no le han visto entrar en la alameda con un hombre de tales y cuales características; todos le contestan que había entrado solo, que asustados al verle gesticular de aquella manera incluso habían ido a avisar a la señora, pero que no había nadie en el castillo.
-¿Que no hay nadie? -exclama el barón terriblemente turbado-. ¡Pero si he dejado dentro a diez criados, a siete niños y a mi mujer!
-Pues no hay nadie, señor -le contestan.
Cada vez más asustado corre hacia su casa, llama, nadie le contesta, fuerza una puerta, entra, y la sangre que inunda los escalones le está ya anunciando la catástrofe que se ha abatido sobre él; abre una gran sala y descubre a su mujer, a sus siete hijos y a sus diez sirvientes desparramados por el suelo en diferentes posturas, en medio de un mar de sangre, todos ellos decapitados. Se desmaya, varios campesinos cuyas declaraciones constan, entran y tienen ocasión de contemplar el mismo espectáculo; ayudan a su señor, que poco a poco va volviendo en sí, les ruega que faciliten los últimos auxilios a la desdichada familia y sin pérdida de tiempo se encamina hacia la Gran Cartuja, donde falleció al cabo de cinco años en el ejercicio de la más elevada piedad.
No emitimos ningún juicio sobre este incomprensible suceso. Existe, no se puede negar, pero es incomprensible.
Hay que andar con cuidado y no creer sin duda en quimeras, pero cuando una cosa es atestiguada por todo el mundo y pertenece como ésta a un género tan singular, hay que bajar la cabeza, cerrar los ojos y decir: así como no entiendo cómo los orbes flotan en el espacio, así también pueden existir cosas sobre la tierra que no acierte a comprender.

LA FLOR DEL CASTAÑO

Se supone, yo no lo afirmaría, pero algunos eruditos nos lo aseguran, que la flor del castaño posee efectivamente el mismo olor que ese prolífico semen que la naturaleza tuvo a bien colocar en los riñones del hombre para la reproducción de sus semejantes.
Una tierna damisela, de unos quince años de edad, que jamás había salido de la casa paterna, se paseaba un día con su madre y con un presumido clérigo por la alameda de castaños que con la fragancia de las flores embalsamaban el aire con el sospechoso aroma que acabamos de tomarnos la libertad de mencionar.
-¡Oh! Dios mío, mamá, ese extraño olor -dice la jovencita a su madre sin darse cuenta de dónde procedía-. ¿Lo oléis, mamá...? Es un olor que conozco.
-Callaos, señorita, no digáis esas cosas, os lo ruego.
-¿Y por qué no, mamá? No veo que haya nada de malo en deciros que ese olor no me resulta desconocido y de eso ya no me cabe la menor duda.
-Pero, señorita...
-Pero, mamá, os repito que lo conozco: padre, os ruego que me digáis qué mal hago al asegurarle a mamá que conozco ese olor.
-Señorita -responde el eclesiástico, acariciándose la papada y aflautando la voz-, no es que haya hecho ningún mal exactamente; pero es que aquí nos hallamos bajo unos castaños y nosotros los naturalistas admitimos, en botánica, que la flor del castaño...
--¿Que la flor del castaño...?
-Pues bien, señorita, que huele como cuando se j...

EL PRECEPTOR FILÓSOFO

De todas las ciencias que se inculcan a un niño cuando se trabaja en su educación, los misterios del cristianismo, aun siendo sin duda una de las materias más sublimes de esta educación, no son, sin embargo, las que se introducen con mayor facilidad en su joven espíritu. Persuadir, por ejemplo, a un muchacho de catorce o quince años de que Dios padre y Dios hijo no son sino uno, que el hijo es consustancial a su padre y que el padre lo es al hijo, etc., todo esto, por necesario que sea no obstante para la felicidad de la vida es más difícil de hacer comprender que el álgebra y cuando se quiere tener éxito, uno se ve obligado a emplear ciertas equivalencias físicas, ciertas explicaciones materiales que, por desproporcionadas que sean, facilitan, sin embargo, a un muchacho la comprensión de la misteriosa materia.
Nadie estaba tan plenamente convencido de este método como el padre Du Parquet, preceptor del condesito de Nerceuil, que tenía unos quince años de edad y el rostro más hermoso que fuera posible contemplar.
-Padre -decía día tras día el joven conde a su preceptor-, de verdad que la consustancialidad está por encima de mis fuerzas, me es absolutamente imposible concebir que dos personas puedan convertirse en una sola: aclaradme ese misterio, os lo suplico, o ponedlo al menos a mi alcance.
El virtuoso eclesiástico, deseoso de tener éxito en su educación, contento de poder facilitar a su discípulo todo aquello que un día pudiera hacer de él un hombre de provecho, ideó un procedimiento bastante satisfactorio para allanar las dificultades que hacían cavilar al conde, y este procedimiento, tomado de la naturaleza necesariamente, tenía que resultar bien. Hizo venir a su casa a una jovencita de trece a catorce años y tras asesorarla convenientemente la unió a su joven discípulo.
-Y bien -le pregunta-, amigo mío, ¿entendéis ahora el misterio de la consubstancialidad? ¿Comprendéis ya con menos dificultad que es posible que dos personas se conviertan en una sola?
-Oh, Dios mío, claro que sí, padre -responde el encantador energúmeno-; ahora lo entiendo todo con una facilidad sorprendente. No me extraña que ese misterio constituya, según se dice, toda la alegría de los seres celestiales, pues es agradabilísimo divertirse haciendo de dos uno solo.
Algunos días más tarde el joven conde rogó a su preceptor que le diera otra lección, pues pretendía que había aún algo en el misterio que no comprendía bien y que no podría explicarse más que celebrándolo una vez más en la forma en que ya lo había hecho. El complaciente clérigo, a quien esta escena divertía probablemente tanto como a su alumno, hace volver a la muchachita y la lección vuelve a empezar, pero esta vez el clérigo, singularmente emocionado por el delicioso panorama que ofrecía a sus ojos el guapo muchacho de Nerceuil consubstanciándose con su compañera, no pudo resistirse a intervenir en la explicación de la parábola evangélica y las bellezas que con ese motivo recorren sus manos acaban por inflamarle totalmente.
-Me parece que esto va demasiado de prisa -exclama Du Parquet, agarrando al condesito por la cintura-, excesiva elasticidad en los movimientos, por lo que resulta que no siendo tan íntima la conjunción no refleja adecuadamente la imagen del misterio que hay que demostrar aquí... Si nos ponemos, exacto de esta forma -prosigue el pícaro, obsequiando a su joven discípulo con lo mismo que éste ofrece a la muchacha.
-¡Ah! Dios mío, ¡que me hacéis daño, padre! -exclama el muchacho-. Y además esta ceremonia me parece inútil. ¿Qué otra cosa me enseña sobre el misterio?
-¡Oh, diablos! -contesta el eclesiástico, balbuceando de placer-. ¿Pero no ves, amigo mío, que te lo enseño todo de una vez? Esto es la Trinidad, hijo mío... Hoy te estoy explicando la Trinidad, cinco o seis lecciones más y serás doctor de la Sorbona.

LA MOJIGATA O EL ENCUENTRO INESPERADO

El señor de Sernenval, de unos cuarenta años de edad, con doce o quince mil libras de renta que gastaba tranquilamente en París, sin ejercer ya la carrera de comercio que antaño había estudiado y satisfecho con toda distinción con el título honorífico de burgués de París con miras a conseguir un cargo de regidor, había contraído matrimonio pocos años antes con la hija de uno de sus antiguos colegas, la cual tenía por aquel entonces alrededor de veinticuatro años. Ninguna otra tan fresca, lozana y entrada en carnes como la señora de Sernenval: no estaba formada como las Gracias, pero resultaba tan apetecible como la mismísima madre del amor; no tenía el porte de una reina, pero exhalaba en conjunto tanta voluptuosidad, con unos ojos tan dulces y tan lánguidos, una boca tan hermosa, unos senos tan firmes, tan bien torneados y todo lo demás tan a propósito para despertar el deseo, que había muy pocas mujeres hermosas en París a las que no se la hubiera preferido. Pero la señora de Sernenval, dotada de tantos atractivos, adolecía de un defecto capital en su espíritu... una mojigatería insoportable, una devoción crispante y un tipo de pudor tan ridículo y tan excesivo que a su marido le era imposible convencerla para que se dejara ver cuando estaba en compañía de sus amistades. Llevando su santurronería al extremo, era muy raro que la señora de Sernenval accediera a pasar con su marido una noche completa e incluso en ocasiones en que se dignaba a concedérsela, lo hacía siempre con las mayores reservas y con un camisón que no se quitaba jamás. Un dispositivo artísticamente trabajado en el pórtico del templo del himeneo sólo permitía la entrada con la expresa condición de que no hubiera ningún contacto deshonesto ni la menor relación carnal; la señora de Sernenval hubiera montado en cólera si hubiese intentado franquear las barreras que su modestia fijaba y si su marido hubiera tratado de hacerlo habría corrido de seguro el peligro de no recobrar jamás el favor de esta sensata y virtuosa mujer. El señor de Sernenval se reía de todas estas mojigangas, pero como adoraba a su mujer tenía a bien respetar sus limitaciones; a pesar de ello, a veces trataba de sermonearla y le demostraba con toda claridad que no es pasándose la vida en las iglesias o en compañía de los curas como una mujer honesta cumple realmente con sus deberes, que primero están los de la casa, necesariamente desatendidos por una devota, y que haría más honor a los designios del Eterno viviendo en el mundo de una manera honrada que yendo a enterrarse en los claustros y que corría mucho más peligro con los «sementales de María» que con esos leales amigos, cuyo trato ridículamente evitaba.
-Tengo que conoceros y amaros tanto como lo hago -añadía a lo anterior el señor de Sernenval- para no estar seriamente preocupado por vos durante todas esas prácticas religiosas. ¿Quién me asegura que en ocasiones no os abandonáis más bien sobre el blando lecho de los levíticos que al pie de los altares del Dios? No hay nada tan peligroso como esos bribones de curas; hablándoles de Dios es como seducen siempre a nuestras mujeres y a nuestras hijas, y siempre es en su nombre en el que nos deshonran o nos engañan. Creedme, querida amiga, uno puede ser honesto en cualquier sitio; no es ni en la celda del bonzo ni en el nicho del ídolo don de la virtud erige su templo, sino en el corazón de una mujer prudente y las honestas amistades que os ofrezco nada tienen que no se avenga al culto que le profesáis... En el mundo pasáis por una de sus más fieles sacerdotisas: yo también lo creo, pero, ¿qué pruebas tengo de que merezcáis realmente esa reputación? Mucho más lo creería si os viera hacer frente a alevosos ataques; la virtud de aquella esposa que no corre nunca el riesgo de ser seducida no es la que sale mejor parada, sino la de esa otra que tan segura se siente de sí misma que, sin temor alguno, se expone a cualquier cosa.
La señora de Sernenval nada respondía a todo esto, pues evidentemente la argumentación no admitía réplica alguna, pero se ponía a llorar, recurso común a las mujeres débiles, seducidas o falsas, y su marido no se atrevía a seguir adelante con la lección.
Así estaban las cosas cuando un antiguo amigo de Sernenval, un tal Desportes, llegó desde Nancy para verle y para resolver al mismo tiempo ciertos negocios que tenía en la capital. Desportes era un vividor, de la edad de su amigo poco más o menos, y no menospreciaba ninguno de los placeres que la naturaleza bienhechora concede al hombre para que olvide las desdichas con que le abruma; no pone la menor objeción a la oferta que le hace Sernenval para alojarse en su casa, se alegra de verle, y al mismo tiempo se extraña de la severidad de su mujer, quien, desde el momento que sabe la presencia de este extraño en la casa, se niega a dejarse ver en absoluto y ni siquiera baja a las comidas. Desportes cree que está molestando y quiere buscar alojamiento fuera, pero Sernenval se lo prohíbe y le confiesa al fin las ridiculeces de su tierna esposa.
-Perdonémosla -le decía el crédulo marido-, ella compensa esos defectos con tan innumerables virtudes que ha conseguido mi indulgencia, y me atrevo a pedir también la tuya.
-Encantado -contesta Desportes-, puesto que no hay nada personal contra mí, todo se lo tolero y los defectos de la esposa de aquel a quien estimo nunca han de ser a mis ojos sino respetables virtudes.
Sernenval abraza a su amigo y ya no se ocupan más que de placeres.
Si la estupidez de dos o tres cernícalos que desde hace cincuenta años dirigen en París el gremio de las mujeres públicas, y en particular la de un pícaro español que ganaba cien mil escudos al año en el reinado anterior con el tipo de inquisición de que vamos a hablar, si el zafio rigorismo de esas gentes, no hubiera concebido la ridícula idea de que obligar a esas criaturas a rendir una cuenta minuciosa de aquella parte de su cuerpo que más solaza al individuo que las corteja, constituye una de las mejores maneras de gobernar el Estado, uno de los resortes más seguros del gobierno y, en fin, uno de los pilares de la virtud, o de que entre un hombre que admira unos pechos, por poner un ejemplo, y aquel otro que contempla la curva de una cadera, existe sin lugar a dudas la misma diferencia que entre un hombre honrado y un bribón, y que el que cae dentro de uno u otro de estos apartados -depende de la moda- tiene que ser por necesidad el peor enemigo del Estado, sin todas estas zafias vulgaridades, repito, no hay duda de que dos laudables burgueses, el uno con una esposa timorata y soltero el otro, podrían ir a pasar una o dos horas, con toda legitimidad, a casa de una de esas damiselas, pero con estas absurdas infamias congelan el deseo de los ciudadanos, a Sernenval ni se le pasó por la cabeza hacer a Desportes la menor sugerencia sobre esta clase de disipación. Éste, dándose cuenta de ello y sin sospechar los motivos, preguntó a su amigo por qué le había propuesto todos los placeres de la capital y ni tan siquiera le había hablado de éstos. Sernenval echa la culpa a la impertinente inquisición, pero Desportes se ríe de ella y declara a su amigo que a pesar de las listas de los alcahuetes, los informes de los comisarios, las declaraciones de los alguaciles y todas las demás modalidades de picaresca establecidas por el patrón sobre este sector de los placeres del pueblerino de Lutecia, que, por encima de todo, quiere ir a cenar con unas rameras.
-Escucha -le contesta Sernenval-, me parece muy bien, incluso te serviré de introductor como prueba de mi filosófica manera de pensar sobre esta materia, pero por una delicadeza, que espero no vayas a censurar, por los sentimientos que al fin y al cabo debo a mi mujer, y que no puedo traicionar, me pemitirás que no participe en tus placeres; yo te los procuraré, pero no pasaré de ahí.
Desportes se burla un poco de su amigo, pero viéndole decidido a no dar su brazo a torcer, lo acepta y salen.
La célebre S... fue la sacerdotisa del templo en el que sé le ocurrió a Sernenval inmolar a su amigo. -Lo que necesitamos es una mujer de confianza- le dice Sernenval-, una mujer honrada; este amigo, para el que solicito vuestros cuidados, va a quedarse muy poco tiempo en París, y no le gustaría tener que dar malas referencias en su provincia y que vos perdierais allí vuestra reputación; decidnos con franqueza si tenéis eso que le hace falta y que bien sabéis que ha de hacerle disfrutar.
--Escuchad -contestó la S. J.-; me doy perfecta cuenta de a quién tengo el honor de dirigirme, no suelo engañar a gente como vos, voy a hablaros, pues, como mujer franca y mis actos os demostrarán que en efecto lo soy. Tengo lo que buscáis, sólo falta fijarle precio, es una mujer adorable, una criatura que os ha de cautivar tan pronto como la oigáis... En fin, lo que nosotras llamamos un bocado de monje, y bien sabéis que esa clase de gente son mis mejores clientes, que no les doy lo peor que tengo... Hace tres días el señor obispo de M. me dio por ella veinte luises, el arzobispo de R.R. pagó cincuenta ayer y esta misma mañana me ha proporcionado otros treinta del coadjutor de... Os la ofrezco por diez, señores, y, para seros sincera, esto, por merecer el honor de vuestra estima, pero hay que ser puntuales en el día y la hora, pues está sujeta a su marido, un marido tan celoso que no tiene ojos más que para ella; como sólo dispone de los ratos en que consigue zafarse, no hay que retrasarse ni un minuto en la hora que señalemos...
Desportes regateó un poco; ninguna ramera cobró en su vida diez luises en toda la Lorena, pero cuanto más insistía, más se le elogiaba la mercancía; por fin aceptó, y el día siguiente, a las diez en punto de la mañana, fue la hora escogida por la cita. Semenval no deseaba tomar parte en esta aventura, ya que no era tan sólo ir a cenar, y por eso habían elegido esa hora para Desportes, prefiriendo despachar temprano el asunto para poder consagrar el resto del día a deberes más importantes que cumplir. Llega la hora, nuestros dos amigos se presentan en casa de su encantadora alcahueta, un gabinete iluminado únicamente por una luz tenue y voluptuosa alberga a la diosa a la que Desportes va a ofrecer su sacrificio.
-Dichoso hijo del amor-le dice Semenval, empujándole hacia el santuario-, corre a los voluptuosos brazos que hacia ti se tienden, y sólo después ven a darme cuenta de tu placer; yo me alegraré de tu felicidad y como no he de sentirme celoso ni por asomo, mi alegría será, por tanto, mucho más pura.
Nuestro catecúmeno entra, tres horas enteras apenas son suficientes para su homenaje; por fin sale y asegura a su amigo que no había visto en toda su vida nada parecido y que ni la mismísima madre del amor le habría hecho gozar de aquel modo.
-¿Conque es deliciosa? -pregunta Semenval medio inflamado ya.
-¿Deliciosa? Ah, no podría encontrar ninguna expresión que pudiera darte una idea de cómo es, e incluso en ese preciso momento en que toda ilusión es aniquilada, sé que ningún pincel podría pintar el torrente de placer en que me ha sumergido. A los encantos que ha recibido de la naturaleza, une un arte tan sensual para hacerlos valer, sabe añadir un punto, una atracción tan auténtica, que aún sigo sintiéndome como ebrio... Oh, amigo mío, pruébalo, te lo suplico, por muy acostumbrado que puedas estar a las bellezas de París, estoy seguro de que me reconocerás que ninguna otra vale en tu opinión lo que ésta.
Semenval sigue firme, pero, no obstante, llevado de cierta curiosidad, ruega a la S. J. que haga pasar a la joven por delante de él cuando salga del gabinete... Le dice que muy bien; los dos amigos se quedan en pie para poder verla mejor, y la princesa pasa llena de altivez...
¡Santo cielo, cómo se queda Semenval cuando reconoce a su mujer! Es ella... Es esa puritana que no se atreve a bajar por pudor delante de un amigo de su esposo y que tiene la osadía de ir a prostituirse a una casa como aquélla.
-¡Miserable! -exclama enfurecido.
Pero en vano intenta lanzarse sobre la pérfida criatura, ella le había visto en el mismo instante en que la habían reconocido y ya estaba lejos del establecimiento. Sernenval, en un estado difícil de describir, decide desahogarse con S. J.; ésta se excusa por su ignorancia, y asegura a Sernenval que hacía más de diez años, es decir, mucho antes de la boda del infortunado, que esa joven venía acudiendo a su casa.
-¡Esa maldita! -exclama el desventurado esposo, al que su amigo trata en vano de consolar-Pero no, es mejor así, desprecio es todo cuanto le debo, que el mío la cubra para siempre y que con esta prueba cruel aprenda que nunca se debe juzgar a las mujeres, dejándose guiar por su hipócrita máscara.
Sernenval volvió a su casa, pero no encontró ya a su ramera, ella había hecho su elección, él no se preocupó; su amigo, no deseando imponer su presencia después de lo ocurrido, se despidió al día siguiente, y el infortunado Semenval, solo, desgarrado por el odio y por el dolor, redactó un «in-quarto» contra las esposas hipócritas que nunca sirvió para corregir a las mujeres y que los hombres no leyeron jamás.

EMILIA DE TOURVILLE O LA CRUELDAD FRATERNA

Nada es tan sagrado en una familia como el honor de sus miembros, pero si ese tesoro llega a empañarse, por precioso que sea, aquellos a quienes importa su defensa, ¿deben ejercerla aun a costa de cargar ellos mismos con el vergonzoso papel de perseguidores de las desdichadas criaturas que les ofenden? ¿No sería más razonable compensar de alguna otra forma las torturas que infligen a sus víctimas y también esa herida, a menudo quimérica, que se lamentan de haber recibido? En fin, ¿quién es más culpable a los ojos de la razón? ¿Una hija débil o traicionada o un padre cualquiera que por erigirse en vengador de una familia se convierte en verdugo de la desventurada? El suceso que vamos a relatar a nuestros lectores tal vez aclarará la cuestión.
El conde de Luxeuil, teniente general, hombre de unos cincuenta y seis a cincuenta y siete años, regresaba en una silla de posta de una de sus posesiones en Picardía cuando, al pasar por el bosque de Compiègne, a las seis de la tarde más o menos, a fines de noviembre, oyó unos gritos de mujer que le parecieron proceder de las inmediaciones de una de las carreteras próximas al camino real que atravesaba; se detiene y ordena al ayuda de cámara que cabalgaba junto al carruaje que vaya a ver de qué se trata. Le contesta que es una joven de dieciséis a diecisiete años, bañada en su propia sangre, sin que, no obstante, sea posible saber dónde están sus heridas y que ruega que la socorran; el conde se apea él mismo en seguida y corre hacia la infortunada; debido a la oscuridad no le resulta tampoco fácil averiguar de dónde procede la sangre que derrama, pero por las respuestas que le da, advierte al fin que está sangrando por las venas de los brazos.
-Señorita -le dice el conde, tras haber ayudado a la criatura en lo que le era posible-, no estoy aquí para preguntaros la causa de vuestra desgracia y, por otra parte, vos apenas os halláis en condiciones de contármela; os ruego que subáis a mi coche y que nuestra única preocupación sea, para vos, el tranquilizaros, y, para mí, el ayudaros.
Tras decir esto, el señor de Luxeuil, ayudado por su ayuda de cámara, traslada a la desdichada joven al carruaje y se van.
Tan pronto como la atractiva joven se ve a salvo, trata de balbucear unas palabras de agradecimiento, pero el conde le suplica que no hable y le contesta:
-Mañana, señorita; mañana espero que me contéis todo lo que os aflige, pero hoy, en virtud de la autoridad que sobre vos me da no sólo mi edad, sino también la alegría de poder seros útil, os ruego encarecidamente que no penséis más que en calmaros.
Llegan a su destino; para evitar cualquier escándalo, el conde cubre a su protegida con un abrigo de hombre y hace que el ayuda de cámara la conduzca a una confortable habitación al fondo de su palacete, a donde va a verla tras abrazar a su mujer y a su hijo que le esperaban a cenar aquella noche.
Cuando va a visitar a la enferma, el conde lleva con él a un cirujano; reconocen a la joven y ven que está en un estado de abatimiento inexpresable, la palidez de su rostro parecía casi anunciar que le quedaban apenas unos instantes de vida; no obstante, no tenía ninguna herida; en cuanto a su debilidad -afirmó-, se debía a la enorme cantidad de sangre que había perdido diariamente desde hacía tres meses, y cuando iba a explicar al conde la causa sobrenatural de pérdida tan prodigiosa, perdió el conocimiento y el cirujano dictaminó que había que dejarla en reposo y conformarse con administrarle reconstituyentes y cordiales.
Nuestra infortunada joven pasó bastante bien la noche, pero durante seis días aún no se halló en condiciones de relatar a su benefactor todo lo relacionado con ella; por fin, la noche del séptimo día, mientras todo el mundo seguía ignorando en casa del conde que estaba allí escondida y ni siquiera ella misma, gracias a las precauciones que habían tomado, sabía dónde se hallaba, rogó al conde que la escuchara y que, ante todo, fuera indulgente con ella, cualesquiera que fuesen las faltas que iba a revelarle. El señor de Luxeuil tomó asiento, aseguró a su protegida que nunca perdería la confianza que ella le inspiraba y nuestra hermosa aventurera comenzó de esta forma el relato de sus infortunios. «Historia de la señorita de Tourville.»
Soy hija, señor, del presidente de Tourville, hombre demasiado conocido y demasiado célebre dentro de su profesión para que no le conozcáis. Desde que salí del convento hace dos años nunca había abandonado la casa de mi padre; tras la pérdida de mi madre, siendo muy niña, él solo se encargaba de mi educación y puedo afirmar que no regateaba nada para dotarme de todo cuanto pudiera realzar los encantos propios de mi sexo. Las atenciones, los planes que mi padre acariciaba para buscarme el mejor partido posible, incluso una cierta predilección, todo ello, repito, despertó bien pronto la envidia de mis hermanos uno de ellos, presidente desde hace tres años, acaba de cumplir veintiséis años; el otro, consejero desde no hace tanto tiempo, pronto cumplirá veinticuatro.
No pensaba que me odiaran tanto como luego he tenido ocasión de comprobar; como no había hecho nada para merecerlo, yo vivía en la dulce ilusión de que su afecto era igual al que mi corazón sentía hacia ellos. ¡Oh, cielos! ¡Qué equivocada estaba! Salvo los ratos dedicados a mi educación, yo disfrutaba en casa de mi padre de la más absoluta libertad; como yo era la única responsable de mi propia conducta, él no me imponía nada a la fuerza, e incluso desde los dieciocho años tenía permiso para pasearme por las mañanas con mi doncella por la terraza de las Tullerías, o si no, por las murallas que estaban al lado de donde vivíamos y de hacer, siempre con ella, bien paseando, bien en uno de los coches de mi padre, alguna que otra visita a casa de amigos o familiares míos, con tal de que no fuesen a horas en que una joven no debe quedarse sola en ninguna reunión. De esa funesta libertad procede la causa principal de mis desdichas, por eso os hablo de ella, señor, ¡ojalá no la hubiera tenido nunca!
Hace un año, cuando me paseaba, como os he dicho, con mi doncella, que se llama Julia, por una sombría alameda de las Tullerías en la que me sentía más a solas que en la terraza y en donde creía que respiraba un aire más puro, se acercan a nosotras seis atrevidos muchachos y nos damos cuenta, por las indecentes proposiciones que nos hacen, de que nos han tomado a ambas por lo que se suele llamar mujeres de la calle. Sintiéndome horriblemente violenta por semejante escena y sin saber cómo escapar, iba ya a buscar la salvación en la huida cuando un joven al que yo sola ver paseándose solo más o menos a las mismas horas en que yo lo hacía y cuyo aspecto inspiraba la mayor confianza, acertó a pasar cuando yo me encontraba en aquella embarazosa situación.
-¡Caballero! -grité, llamándole hacia donde yo estaba-. No tengo el honor de que me conozcáis, pero solemos coincidir por aquí casi todas las mañanas; si me habéis visto alguna vez estoy segura que no os cabrá la menor duda de que no soy una joven en busca de aventuras; os ruego encarecidamente que me deis vuestro brazo para poder regresar a mi casa y librarme de estos bandidos.
El señor de..., me permitiréis que calle su nombre, demasiadas razones me obligan a ello, se acerca en seguida, aparta a los bribones que me rodean, les convence de su error con el alarde de galantería y de respeto con que se presenta ante mí, toma mi brazo y me conduce rápidamente fuera del jardín.
Señorita -me dice un poco antes de llegar a mi portal-, creo que lo mas prudente es que os deje aquí. Si os acompañara a vuestra casa tendríais que explicar el motivo; eso tal vez os acarrearía la prohibición de poder seguir paseándoos a solas; no contéis, pues, lo que acaba de ocurrir y seguir acudiendo como lo hacéis al mismo paseo, ya que eso os distrae y vuestros padres os lo permiten. No dejaré de ir allí ni un solo día y siempre me hallaréis dispuesto a perder la vida, si fuera preciso, por enfrentarme a cualquier cosa que pueda turbar vuestra tranquilidad.
Una advertencia tan oportuna, un ofrecimiento tan galante, todo ello hizo que mirara a aquel joven con mayor interés del que había creído sentir por él hasta entonces; vi que tenía dos o tres años más que yo y una figura espléndida y me ruboricé al darle las gracias, y los dardos encendidos de ese atractivo dios que hoy es la causa de mi infortunio se clavaron en mi corazón antes de que pudiera impedirlo. Nos separamos, pero creí observar por la forma en que se despidió que yo le había causado la misma impresión que acababa de hacerme él a mí. Regresé a casa de mi padre, me cuidé de no comentar nada y a la mañana siguiente volví al paseo de siempre empujada por un sentimiento que era más fuerte que yo, que me habría llevado a arrostrar todos los peligros imaginables... ¿Qué digo? Que tal vez hacía que los deseara para tener el placer de volver a ser rescatada por el mismo hombre. Quizá os estoy pintando mi alma con excesiva ingenuidad, pero me habéis prometido vuestra indulgencia y cada nuevo detalle de mi historia os hará ver hasta qué punto la necesito; no será esta la única imprudencia que me veréis cometer ni será la única que necesite de vuestra compasión.
El señor de... apareció en la alameda seis minutos después que yo y en seguida que me vio se acercó a mí.
-¿Puedo preguntaros, señorita -me dijo-, si la aventura de ayer ha tenido alguna repercusión o si os ha ocasionado alguna molestia?
Le aseguré que no, añadí que había seguido su consejo, que le daba las gracias por él y que me alegraba de que nada fuera a estorbar el placer que sentía saliendo a tomar el aire por las mañanas como lo venía haciendo.
-Si eso tiene tantos alicientes para vos, señorita prosiguió el señor de..., en el tono más comedido-, los que tienen la dicha de coincidir con vos encuentran sin duda otros muchos más poderosos y si ayer me tomé la libertad de aconsejaros que no hicierais ningún comentario que pudiera dar al traste con vuestros paseos, realmente no tenéis por qué estarme agradecida; me atrevo a aseguraros, señorita, que no lo hice tanto por vos como por mí mismo.
Y mientras decía esto, volvía sus ojos hacia los míos con tal expresividad..., ¡oh, señor! ¡Y que un día tuviera que atribuir mi infortunio a un hombre tan dulce! Yo contesté con sinceridad a sus palabras, empezamos a conversar, dimos un pequeño paseo juntos y el señor de... se despidió no sin suplicarme que le revelara a quién había sido tan afortunado como para prestar ayuda la víspera: no creí obligado ocultárselo, él me reveló asimismo quién era y nos despedimos. Durante cerca de un mes, señor, no dejamos de vernos de esa forma casi todos los días y ese mes, como fácilmente podéis imaginar, no transcurrió sin que nos confesáramos el uno al otro los sentimientos que nos embargaban y sin haber jurado que los profesaríamos para siempre.
Al fin, el señor de... me suplicó que le permitiera verme en algún lugar menos embarazoso que un jardín público.
-No me atrevo a presentarme en casa de vuestro padre, hermosa Emilia -me dijo-, pues como no tengo el honor de conocerle en seguida sospecharía el motivo que me lleva a su casa y en vez de favorecer nuestros planes ese paso podría quizá resultar extraordinariamente perjudicial; pero si realmente sois tan bondadosa y os compadecéis de mí tanto como para no desear que muera de dolor viendo que no me otorgáis lo que os pido, yo os indicaré cómo hacerlo.
Al principio me negué a oírle, pero pronto fui tan débil que se lo pregunté yo misma. La solución, señor, consistía en vernos tres veces por semana en casa de una tal señora Berceil que tenía una tienda de modas en la calle Arcis y de cuya discreción y honestidad el señor de... me respondía como de su propia madre.
-Ya que os permiten ir a visitar a vuestra tía que vive, según me dijisteis, bastante cerca de allí, habrá que fingir que vais a su casa, hacerle, en efecto, una corta visita y venir a pasar el resto del tiempo que tendríais que consagrarle a casa de la mujer que os he dicho; si preguntan a vuestra tía ella contestará que efectivamente os recibe el día que habéis dicho que ibais a verla; por tanto, no hay más que calcular la duración de las visitas y podéis estar completamente segura de que, teniendo confianza en vos como la tienen, nunca se les ocurrirá comprobarlo.
No os voy a repetir, señor todas las objeciones que hice al señor de... para que desistiera de aquel proyecto y para que se percatara de sus inconvenientes; ¿de qué serviría que os diera cuenta de mi resistencia si al fin acabé sucumbiendo? Prometí al señor de... todo cuanto quiso, los veinte luises que entregó a Julia, sin que yo lo supiera, convirtieron a aquella muchacha en cómplice perfecta de sus propósitos y yo no hice otra cosa más que labrar mi perdición. Para que fuera aún más completa, para seguir embriagándome por más tiempo y más a conciencia con el dulce veneno que destilaba mi corazón, engañé a mi tía con un falso pretexto, le dije que una de mis amigas (a quien ya se lo había prometido y que debía contestar en consecuencia) deseaba obsequiarme invitándome tres veces por semana a su palco del Français, que no me atrevía a decírselo así a mi padre por temor a que se opusiera, sino que seguiría diciendo que iba a su casa y le suplicaba que así lo asegurara; tras algunas reticencias, mi tía no pudo resistirse a mis súplicas, convinimos que Julia iría en mi lugar y que al volver del teatro yo pasaría a recogerla para regresar juntas a casa. Le di mil besos. ¡Fatal ceguera de las pasiones! ¡Le daba las gracias por contribuir a mi perdición, por allanar el camino a los extravíos que iban a llevarme al borde de la sepultura!
Por fin empezaron nuestras citas en casa de la Berceil; su almacén era magnífico, su casa absolutamente decente y ella una mujer de unos cuarenta años en la que creí que podía confiar por completo. Por desgracia, confié excesivamente tanto en ella como en mi amante...; el pérfido, ha llegado el momento de confesároslo, señor, la sexta vez que le encontraba en aquella funesta mansión, cobró tal dominio sobre mí, hasta tal extremo supo seducirme, que abusó de mi debilidad y en sus brazos me convertí en el ídolo de su pasión y en víctima de la mía propia. ¡Placeres crueles! ¡Cuántas lágrimas me habéis costado y cuántos remordimientos han de desgarrar todavía mi alma hasta el postrer instante de mi vida!
Un año transcurrió en esta funesta ilusión, señor; yo acababa de cumplir diecisiete años; mi padre planeaba día tras día la conveniencia de un compromiso y podéis imaginaros cómo me hacían estremecer aquellos proyectos, cuando una aventura fatal vino al fin a precipitarme al eterno abismo en que me hallo. Triste designio de la Providencia, sin duda, que quiso que algo en lo que tuve ninguna culpa sirviera para castigar mis verdaderas faltas, para así demostrar que jamás podremos esquivarla, que sigue a todas partes a aquel que parece escapársele y que con el acontecimiento que menos se puede imaginar provoca sin ruido ese otro que servirá para su venganza
El señor de... me había advertido un día que cierto asunto inaplazable le privaría del placer de estar conmigo las tres horas completas que solíamos pasar juntos; que, no obstante, acudiría unos minutos antes del término de nuestra cita, aunque sólo fuera por no alterar en lo más mínimo nuestros hábitos cotidianos, que yo pasase en casa de la Berceil el tiempo que acostumbraba, que, sin duda, por una hora o dos, me distraería más en cualquier caso con la vendedora y con sus hijas que quedándome sola en casa de mi padre; yo me sentía tan confiada en aquella mujer que no puse ningún reparo a lo que mi amante me proponía; así, pues, le prometí que acudiría y le rogue que no se hiciera esperar demasiado. Me aseguró que se quedaría libre tan pronto como le fuera posible y allí fui; ¡oh, día nefando para mí!
La Berceil me recibió a la entrada de su establecimiento, pero no me dejó subir a su casa, como solía hacer. -Señorita -me dijo al verme-, me alegro muchísimo de que el señor de... no pueda venir temprano esta tarde aquí, tengo que deciros algo que no me atrevo a confesárselo a él, algo que nos obliga a salir a las dos en seguida un momento, cosa que no hubiéramos podido hacer si estuviese él aquí.
-¿Y de qué se trata, pues, señora? -pregunté un tanto asustada por este preámbulo.
-De una tontería, señorita, de una tontería -prosiguió la Berceil-, pero antes tenéis que tranquilizaros, se trata de la cosa más inocente del mundo. Mi madre se ha enterado de vuestra intriga, es una vieja comadre, escrupulosa como un confesor y a la que mantengo sólo por sus escudos; no quiere de ninguna manera que os siga recibiendo, yo no me atrevo a decírselo al señor de..., pero os voy a decir lo que se me ha ocurrido. Os voy a llevar en seguida a casa de una de mis companeras, una mujer de mi edad y que es tan de fiar como yo misma, os la presentaré; si os cae bien podéis contar al señor de... que os he llevado allí, que es una mujer honrada y que os parecería excelente quedar allí para vuestros encuentros; si no os gusta, cosa que me costaría trabajo creer, como sólo habremos estado un momento no le diréis nada de nuestra gestión; entonces ya me encargaría yo de decirle que me es imposible seguir prestándoos mi casa y ya buscaríais de mutuo acuerdo algún otro medio para poder veros los dos.
Lo que me decía aquella mujer era algo tan sencillo, tan natural la manera y el tono que empleó, mi confianza era tan completa y mi candor tan absoluto, que no vi el menor inconveniente en acceder a lo que me pedía; no cesó ni por un momento de lamentarse ante la imposibilidad de seguir prestándonos sus servicios, yo se los agradecí con todo mi corazón y salimos a la calle.
La casa a la que me llevaba estaba en la misma calle, a unos sesenta u ochenta pasos de la casa de la Berceil; en el exterior no vi nada que me desagradara: una puerta cochera, bonitos ventanales a la calle, un aire de decoro y de pulcritud en todo; sin embargo, una voz misteriosa parecía gritarme desde el fondo de mi corazón que un acontecimiento singular me esperaba en aquella mansión fatal; sentía una especie de repugnancia a cada escalón que subía, todo parecía decirme: ¿A dónde vas, desdichada? ¡Aléjate de estos siniestros parajes...! Llegamos, no obstante, arriba, entramos en una antecámara bastante acogedora, donde no había nadie, y de allí pasamos a un salón que se cerró en seguida a nuestras espaldas como si hubiese alguien escondido detrás de la puerta... Yo me estremecí, el salón estaba muy oscuro y apenas se veía para poder cruzar; no habíamos dado ni tres pasos cuando sentí que dos mujeres me agarraban; en aquel momento se abrió la puerta de un gabinete y vi a un hombre de unos cincuenta años en medio de otras dos mujeres que gritaron a las que me habían sujetado: «Desnudadla, desnudadla y no la traigáis aquí hasta que no esté completamente desnuda.» Apenas me había recobrado de la confusión que me paralizaba cuando estas mujeres me habían puesto ya sus manos encima, y dándome cuenta entonces de que mi salvación dependía más de mis gritos que de mi pavor, grité con todas mis fuerzas. La Berceil hizo todo lo que pudo para calmarme.
-Es cosa de un minuto, señorita -me decía-; hacedme este favor, os lo ruego, y me habréis hecho ganar cincuenta luises.
-¡Arpía infame! -grité-. No creáis que vais a traficar con mi honor de esta manera; si no me dejáis salir de aquí ahora mismo me arrojaré por la ventana.
-Iríais a parar a un patio que es nuestro y donde os volverían a coger en seguida, hija mía -contestó una de aquellas miserables arrancándome mis vestidos-. Vamos, creedme, lo mejor para vos es que os dejéis...
¡Oh, señor!, ahorradme el resto de esos horribles detalles. Me dejaron desnuda en seguida, ahogaron mis gritos con bárbaros procedimientos y me arrastraron junto a aquel hombre indigno, que mofándose de mis lágrimas y riéndose de mi resistencia sólo se preocupaba de asegurarse de la infortunada víctima a la que destrozaba el corazón; dos mujeres no cesaron de librarme de aquel monstruo, y dueño de hacer cuanto quisiera se contentó con apagar el fuego de su culpable ardor únicamente con abrazos y con impuros besos que me dejaron sin ultrajes...
En seguida me ayudaron a volver a vestirme y me dejaron en manos de la Berceil, aniquilada, confusa, embargada por una especie de dolor sombrío y amargo que vertía sus lágrimas en el fondo de mi corazón; dirigí a aquella mujer una mirada llena de furia...
-Señorita -me dijo, terriblemente turbada, en la antecámara de aquella funesta mansión-, me doy perfecta cuenta de todo el horror que acabo de perpetrar, pero os ruego que me perdonéis... y por lo menos, antes de dejaros llevar por la idea de provocar un escándalo, reflexionad; si se lo contáis al señor de..., por mucho que le digáis que os han traído a la fuerza, es un género de falta que no os perdonará jamás y habríais roto para siempre con el hombre que más os interesa conservar en el mundo, pues no tenéis otro medio de reparar el honor que os arrebata más que haciendo que se case con vos. Pero podéis estar segura de que nunca lo hará si le contáis lo que acaba de ocurrir.
-¡Miserable! ¿Por qué, pues, me has precipitado a este abismo, por qué me has puesto en una situación en la que tengo que engañar a mi amante o perderle y con él perder mi honor?
-Vayamos despacio, señorita, y no volvamos a hablar de lo que ha pasado, el tiempo vuela; pensemos en lo que hay que hacer. Si habláis, estáis perdida; si no decís una palabra, mi casa seguirá abierta para vos, nadie en absoluto os traicionará jamás y podréis seguir con vuestro amante; pensad si la exigua satisfacción de una venganza, de la que en el fondo me reiría, pues conociendo vuestro secreto ya sabría yo cómo impedir que el señor de... pudiese hacerme ningún daño; pensad, os digo una vez más, si el pequeño placer de esa venganza podrá compensaros de todas las desgracias que os iba a acarrear...
Dándome entonces cuenta de con qué indigna mujer tenía que habérmelas, y consciente de la fuerza de sus razonamientos, por detestables que éstos fuesen:
-Salgamos, señora, salgamos -le dije-; no me hagáis estar aquí por más tiempo, no diré una sola palabra, haced vos lo mismo; me serviré de vos, ya que no podría dejar de hacerlo sin desvelar ciertas infamias que es importante que calle, pero en el fondo de mi corazón tendré al menos la satisfacción de odiaros y de despreciaros tanto como os merecéis.
Volvimos a casa de la Berceil... Cielo santo, ¡qué nuevo vuelco me dio el corazón cuando nos dijeron que el señor de... había venido!, que le habían dicho que la señora había salido para un asunto urgente y que la señorita aún no había llegado, y al mismo tiempo una de las muchachas de la casa me entregó un billete que había escrito a toda prisa para mí. Contenía solamente estas palabras: «No os he encontrado; supongo que no habéis podido venir a la hora acostumbrada. No podré veros esta tarde, me es imposible esperaros. Hasta pasado mañana, sin falta.»
Aquel billete no me tranquilizó lo más mínimo; su frialdad me pareció un mal augurio... No esperarme, tan poca paciencia...; todo me turbaba hasta un extremo que me es imposible describiros. ¿No podía haber observado acaso nuestra salida, habernos seguido? Y si lo había hecho, ¿no era yo mujer perdida? La Berceil, tan inquieta como yo, interrogó a todo el mundo; le dijeron que el señor de... había llegado tres minutos después de haber salido nosotras, que parecía muy excitado, que se había ido en seguida y que había vuelto para escribir aquel billete una media hora después. Cada vez más inquieta, mandé a buscar un coche... pero, ¿podréis creer, señor, hasta qué grado de desfachatez osó llevar su depravación aquella indigna mujer?
-Señorita -me dijo al verme salir-, no digáis nunca una sola palabra de todo esto, os lo vuelvo a aconsejar, pero si por desgracia llegarais a romper con el señor de..., creedme, aprovechad vuestra libertad para pasarlo bien, que eso vale mucho más que un solo amante; sé que sois una muchacha como Dios manda, pero sois joven y seguramente os dan poco dinero, y siendo tan bonita como sois yo podría haceros ganar todo el que quisierais... Vamos, vamos, que no sois la única, y hay muchas muy empingorotadas que un buen día se casan con un conde o con un marqués, como podríais hacer vos, y que, bien por decisión propia o bien por mediación de su gobernanta, han pasado por nuestras manos; como habéis podido comprobar, contamos con personas apropiadas para esa clase de muñecas, las usan como a una rosa, las huelen y no las marchitan; adiós, querida, y no pongáis esa cara tan larga, pues veis que aún puedo seros útil.
Lancé una mirada de furia a aquella infame criatura y salí a toda prisa sin contestarle; recogí a Julia en casa de mi tía, como solía hacer, y regresé a casa.
No tenía ningún medio de avisar al señor de... Como nos veíamos tres veces por semana no teníamos la costumbre de escribirnos, así, pues, tenía que esperar el momento de la cita. ¿Qué iría a decirme...? ¿Qué le podría contestar? Si le ocultaba lo que acababa de ocurrir, ¿no corría un peligro espantoso si llegaba a ser descubierto? ¿No era mucho más sensato confesárselo todo? Todas estas diferentes opciones me tenían en un estado de agitación inexpresable. Al fin me decidí a seguir los consejos de la Berceil y convencida de que aquella mujer era quien más interés tenía en el secreto, resolví imitarla y no decir nada... ¡Oh, cielos!, ¿de qué me valían todas aquellas elucubraciones si ya no iba a ver nunca más a mi amante y el rayo que iba a fulminarme centelleaba ya por todas partes?
Al día siguiente de todo aquello, mi hermano mayor me preguntó por qué me tomaba la libertad de salir sola tantas veces a la semana y a horas semejantes.
-Voy a pasar la tarde a casa de mi tía -le contesté.
-Eso es falso, Emilia; hace un mes que no habéis puesto allí los pies.
-Bueno, querido hermano -respondí temblando-, os lo confesaré todo: una amiga mía, a la que conocéis bien, la señora de Saint-Claire, tiene el gusto de invitarme a su palco del Français tres veces por semana; no me he atrevido a decir nada por si mi padre no lo aprobaba, pero mi tía lo sabe perfectamente.
-¿Con que vais al teatro? -me contestó mi hermano-. Podíais habérmelo dicho, yo os habría acompañado y todo hubiera resultado más fácil... Pero sola, con una dama a la que nada os une y que es tan joven como vos...
-Vamos, vamos, amigo mío -exclamó mi otro hermano, que se había acercado durante la conversación-. La señorita tiene sus distracciones... no hay que estorbárselas... Ella está buscando un marido y sin duda, con semejante comportamiento, le saldrán una infinidad...
Y los dos me volvieron la espalda con sequedad. Aquella conversación me asustó; sin embargo, me parecía que mi hermano mayor se había quedado bastante convencido de la historia del palco, pensé que había conseguido engañarle y que no iría más allá; además, aunque los dos me hubieran dicho mucho más, nada en el mundo habría sido tan poderoso como para obligarme a faltar a la próxima cita; me resultaba demasiado importante llegar a una explicación con mi amante para que nada en el mundo pudiera impedir que fuera a verle.
En cuanto a mi padre, seguía siendo el de siempre; me idolatraba, no sospechaba ninguna de mis faltas y nunca me molestaba con pretexto alguno. ¡Qué cruel resulta engañar a unos padres así y cómo se encarga el remordimiento de sembrar espinas sobre el placer que se obtiene a costa de traiciones de esa clase! Ejemplo funesto, pasión cruelísima, ¡si pudierais dar a conocer mis errores a quienes se encuentran en la misma situación, si las penas que mis placeres criminales me han ocasionado pudieran al menos frenarles al borde del abismo, tras conocer mi lamentable historia!
Al fin llega el día fatal, salgo con Julia y hago como acostumbro: la dejo en casa de mi tía y me acerco en mi coche a toda prisa a la casa de la Berceil. Bajo... al principio me extrañan el silencio y la oscuridad que reinan en la casa... No encuentro ninguna cara conocida; sale sólo una mujer mayor a la que nunca había visto y a la que, para mi desgracia, habría de ver demasiado en lo sucesivo, que me dice que me quede en la habitación en donde estoy, que el señor de... (pronuncia su nombre) en seguida vendrá a reunirse conmigo. Un frío universal se apodera de mis sentidos y me derrumbo sobre un sofá sin fuerzas para pronunciar una sola palabra; apenas he hecho esto cuando mis dos hermanos aparecen ante mí, pistola en mano.
-¡Miserable! -exclama el mayor-. Así es como nos engañas; si opones la menor resistencia, si das un solo grito, morirás. Síguenos; vamos a enseñarte a traicionar a un mismo tiempo a la familia que deshonras y al amante al que te entregabas.
Tras estas últimas palabras el conocimiento me abandonó por completo y cuando recobré el sentido me hallé en el interior de un carruaje que me parecía que iba a toda velocidad, entre mis dos hermanos y la vieja que acabo de mencionar, con las piernas atadas y las dos manos sujetas con un pañuelo. Las lágrimas, hasta entonces contenidas por el exceso de dolor, abriéronse paso en abundancia y durante una hora estuve sumida en un estado que, por culpable que pudiera ser, hubiese conmovido a cualquiera que no fuese uno de los dos verdugos en cuyo poder me encontraba. Durante el viaje no me dirigieron la palabra; yo imité su silencio y me abismé en mi dolor; por fin, al día siguiente, a las once de la mañana, entre Coucy y Noyon, llegamos a un castillo situado al fondo de un bosque que pertenecía a mi hermano mayor; el coche entró en el patio, me ordenaron que me quedara en él hasta que los caballos y los sirvientes estuvieran lejos; entonces mi hermano mayor vino a buscarme. «¡Seguidme!», me ordenó brutalmente, después de desatarme... Le obedecí temblando... ¡Dios mío!, ¡cuál no sería mi terror al ver el espantoso lugar que iba a servirme de encierro! Era una habitación baja, sombría, húmeda y oscura, cerrada con barrotes por todas partes y donde la luz no penetraba más que por una ventana que daba a un espacioso foso lleno de agua.
-Esta es vuestra habitación, señorita -me dijeron mis hermanos-. Una hija que deshonra a su familia no puede estar bien más que aquí... Vuestra alimentación será proporcionada al resto del tratamiento, esto es lo que se os dará -prosiguieron, mostrándome un pedazo de pan parecido al que se da a los animales-, y como no deseamos haceros sufrir por mucho tiempo y, por otra parte, queremos privaros de cualquier medio de salir de aquí, estas dos mujeres -continuaron, señalándome a la vieja y a otra por el estilo que habíamos encontrado en el castillo-, estas dos mujeres serán las encargadas de haceros una sangría en ambos brazos tantas veces por semana como íbais a ver al señor de... a casa de la Berceil; ese régimen, al menos así lo esperamos, os llevará a la tumba sin que os deis cuenta, y no nos quedaremos verdaderamente tranquilos hasta que sepamos que nuestra familia se ha desembarazado de un monstruo como vos.
Tras estas palabras ordenan a las mujeres que me sujeten y, delante de ellos, los miserables, señor, perdonadme esta expresión, delante de ellos..., los desalmados hicieron que me sangraran de los dos brazos y no abandonaron este cruel tratamiento hasta que me vieron sin conocimiento... Cuando volví en mí vi cómo se felicitaban por su barbarie, y como si desearan que todos los golpes cayesen sobre mí a un mismo tiempo, como si estuvieran encantados de destrozar mi corazón a la vez que derramaban mi sangre, el mayor sacó de su bolsillo una carta y me la tendió: Leed, señorita -me dijo-; leed y sabréis a quién debéis atribuir vuestros males...
La abro, temblando; mis ojos apenas tienen fuerza para reconocer esos funestos caracteres: ¡oh, santo Dios...!; era mi propio amante, había sido él quien me había traicionado. Esto era lo que decía aquella carta atroz, cuyas palabras aún siguen grabadas en mi corazón con trazos de sangre.
«Cometí la locura de amar a vuestra hermana, señor, y la imprudencia de deshonrarla, pero iba a repararlo todo; devorado por mis remordimientos, iba a arrojarme a los pies de vuestro padre, declararme culpable y pedirle a su hija. Estaba seguro del consentimiento del mío y estaba decidido a ser de los vuestros, pero en el momento que adoptaba esa resolución... mis ojos, mis propios ojos me convencen de que no tengo relaciones más que con una ramera, que a la sombra de unas citas concertadas por honestos y puros sentimientos se atrevía a ir a saciar los infames deseos del más crapuloso de los mortales. No esperéis de mí, por tanto, reparación alguna, señor; ya no os la debo, ya no os debo más que mi abandono y a ella, el odio más implacable y el más decidido desprecio. Os envío la dirección de la casa a donde vuestra hija va a corromperse, señor, para que podáis comprobar si os engaño.»
Al acabar de leer estas funestas líneas volví a caer en el más lamentable estado... No, me repetía a mí misma, arrancándome los cabellos; no, falaz, tú nunca me has amado; si el más tenue sentimiento hubiera encendido tu corazón, ¿me habrías condenado sin escucharme, me habrías creído culpable de crimen semejante cuando era a ti a quien adoraba...? ¡Pérfido!, y es tu mano la que me entrega, la que me arroja a los brazos de los verdugos que van a ir haciéndome morir poco a poco, día tras día..., y morir sin que tú me justifiques... morir despreciada por todo lo que adoro, cuando jamás te ofendí voluntariamente, cuando no fui nunca más que la víctima y la engañada. ¡Oh, no!, esta situación es demasiado cruel; soportarla es algo que está mas allá de mis fuerzas. Y arrojándome, bañada en lágrimas á los pies de mis hermanos, les supliqué que me escucharan o que hicieran verter mi sangre, gota a gota, y que muriera en aquel mismo instante.
Accedieron a escucharme, les conté mi historia, pero deseaban mi perdición y no me creyeron; sólo sirvió para que me trataran aún peor. Después de abrumarme con insultos, tras recomendar a las mujeres que ejecutaran al punto sus órdenes o les iba en ello la vida, se marcharon, diciéndome fríamente que esperaban no volver a verme jamás.
Cuando se fueron, mis dos guardianas me dejaron algo de pan, agua y cerraron, pero así estaba al menos sola, podía entregarme al exceso de mi dolor y me sentía menos desdichada. Los primeros impulsos de mi desesperación me llevaron a quitarme las vendas de los brazos y a morir, perdiendo sangre hasta el último momento. Pero la espantosa idea de morir sin poder justificarme ante mi amante me atormentaba con tal violencia que no pude decidirme por aquella solución; un poco de calma hace renacer la esperanza...; la esperanza, ese sentimiento consolador que surge siempre en medio de los sufrimientos, don divino que la naturaleza nos ofrece para compensarlos o atemperarlos... No, me dije a mí misma, no moriré sin volver a verle; ese había de ser mi único afán, mi única preocupación; si sigue creyéndome culpable, entonces habrá llegado el momento de morir y, al menos, moriré sin lamentarlo, pues es imposible que la vida pueda tener ya ningún atractivo para mí si he perdido su amor.
Resuelta a ello, decidí no desperdiciar ninguna de las ocasiones que pudieran liberarme de aquella odiosa mansión. Hacía ya cuatro días que este pensamiento me servía de consuelo, cuando mis dos carceleras aparecieron otra vez para renovar mis provisiones y hacer que perdiera de paso las escasas fuerzas que me proporcionaban; me extrajeron sangre de ambos brazos y me abandonaron, inerte, sobre el lecho; al octavo día aparecieron de nuevo y como me arrojé a sus pies y apelé a su compasión, me sangraron de un solo brazo. Dos meses transcurrieron de esta forma y durante ese tiempo siguieron extrayéndome sangre de uno de los dos brazos, alternativamente, cada cuatro días. La fuerza de mi temperamento me sostuvo; mi edad, el ardiente deseo que me embargaba de escapar de aquella espantosa situación, la cantidad de pan que ingería para contrarrestar mi agotamiento y ser capaz de llevar a cabo mis propósitos, todo esto me ayudó y a comienzos del tercer mes, cuando, presa de alegría, después de taladrar un muro, pude deslizarme por la abertura que había practicado a una habitación contigua que estaba abierta y escapar al fin del castillo, trataba de ganar a pie, como podía, la carretera de París, mis fuerzas me abandonaron entonces por completo en el lugar en que me encontrasteis y recibí de vos la generosa ayuda que mi sincero reconocimiento os agradece tanto como le es posible y que me atrevo a rogaros que no cese hasta verme de nuevo en los brazos de mi padre, a quien, sin duda, han engañado y que no sería nunca tan bárbaro como para condenarme sin dejarme antes que le pruebe mi inocencia. Reconoceré que he sido débil, pero en seguida se dará cuenta de que no soy tan culpable como las apariencias parecen atestiguar, y con vuestra ayuda, señor, no solamente habréis devuelto a la vida a una criatura desdichada, que nunca dejará de estaros agradecida, sino que habréis devuelto también la honra a toda una familia que creía que le había sido arrebatada injustamente.
-Señorita -dice el conde de Luxeuil, tras haber prestado toda la atención posible al relato de Emilia-, resulta difícil no veros y oíros sin sentir por vos el mas vivo interés; no sois, evidentemente, tan culpable como pudiera creerse, pero toda vuestra conducta revela una cierta imprudencia que no podéis ignorar.
-¡Oh, señor!
Escuchadme, señorita, os lo suplico, oíd al hombre que más deseos tiene de ayudaros. La conducta de vuestro amante resulta espantosa; no sólo es injusta, pues debió informarse mejor y veros, sino que, además, es cruel; si uno se siente tan receloso como para no desear volver al punto de partida, en ese caso se abandona a la mujer, pero no se la delata a su familia, no se la deshonra, no se la entrega, sin dignidad alguna, a quienes han de ser su perdición, no se les espolea a la venganza... Así, pues, culpo de todo, sin excepción, a la conducta de aquel a quien amais... Pero la de vuestros hermanos resulta aún más incalificable; se mire por donde se mire es atroz, sólo unos auténticos verdugos pueden comportarse de esa forma. Faltas de esa clase no son acreedoras de castigos semejantes; las cadenas nunca sirvieron para nada; en tales casos se guarda silencio, no se priva a los inculpados de su sangre y de su dignidad; esos procedimientos odiosos son mucho más deshonrosos para quienes los ponen en práctica que para sus víctimas; se hacen acreedores a su rencor, provocan un escándalo y nada se ha reparado. Por preciosa que pueda resultarnos la virtud de una hermana, su vida ha de tener a nuestros ojos un valor mucho mayor. La honra se puede restituir, pero no la sangre derramada; así, pues, esa conducta es tan espantosa que si se elevara una queja al gobierno sin duda sería castigada, pero con eso no haríais más que poneros a la altura de vuestros perseguidores y hacer público lo que debe permanecer oculto; no es eso lo que tenemos que hacer. Para ayudaros voy a actuar, señorita, de una forma totalmente distinta, pero os advierto que sólo puedo hacerlo con las siguientes condiciones: primero, tenéis que darme por escrito la dirección de vuestro padre, de vuestra tía, la de la Berceil y la del hombre al que os llevó la Berceil, y segundo, señorita, tenéis que revelarme, sin más requerimientos, el nombre de la persona a la que amáis. Esto último es tan imprescindible que no os voy a ocultar que me sería completamente imposible prestaros mi ayuda, sea en lo que sea, si insistís en ocultarme el nombre que os pido.
Emilia, confusa, comienza por cumplir con el mayor detalle la primera condición, y cuando ya ha dado todas las direcciones al conde:
-Entonces, señor-dijo ruborizándose-, me exigís que os dé el nombre de mi seductor.
-Así es, señorita; sin eso nada puedo hacer. -Bien, señor... es el marqués de Luxeuil...
-¡El marqués de Luxeuil! -exclamó el conde, no pudiendo ocultar la emoción que le causaba oír el nombre de su hijo-. Ha sido capaz de algo semejante... El... -y recuperándose de su sorpresa-: Lo reparará, señorita... El lo reparará y vos seréis vengada... Os lo prometo. Adiós.
La asombrosa turbación que la última revelación de Emilia acababa de causar al conde de Luxeuil extrañó notablemente a la infortunada, que temió haber cometido alguna indiscreción; no obstante, las palabras pronunciadas por el conde al salir la tranquilizaron, y sin entender nada de la relación de todos estos hechos, relación que le resultaba imposible discernir, ignorando dónde se encontraba, decidió esperar pacientemente el resultado de las gestiones de su benefactor y las atenciones que, mientras tanto, no cesaron de prodigarle, consiguieron calmarla y convencerla de que su dicha era el único objeto de tanto afán.
Y pudo sentirse plenamente convencida al ver entrar en su habitación al conde, cuatro días después de las explicaciones que le había dado, llevando cogido de la mano al marqués de Luxeuil.
-Señorita -le dijo el conde-, os traigo a un mismo tiempo al autor de vuestros infortunios y a quien va a repararlos, rogándoos de rodillas que no le neguéis vuestra mano.
Tras estas palabras, el marqués se arroja a los pies de su amada, pero la sorpresa había sido excesiva para Emilia; aún no demasiado fuerte para soportarla, se había desmayado en los brazos de la doncella que la atendía; a fuerza de cuidados, pronto volvió, no obstante, en sí, y al verse en los brazos de su amante:
-¡Hombre cruel! -le dice, derramando un torrente de lágrimas-. ¡Qué sufrimientos habéis infligido a aquella que os amaba! ¿Podíais creerla culpable de la infamia que llegasteis a sospechar? Al amaros, Emilia podía ser víctima de su debilidad y de los engaños de los demás, pero jamás podía seros infiel.
-¡Oh, te adoro! -exclamó el marqués-. Perdona un arrebato de espantosos celos basado en engañosas apariencias; ahora todos estamos completamente convencidos, pero todas aquellas apariencias funestas, ¿acaso no estaban contra ti?
-Teníais que quererme, Luxeuil, y así no me habríais creído capaz de engañares; teníais que quererme, teníais que haber prestado menos oídos a vuestra desesperación que a los sentimientos que yo creía. dichosa, inspirares. Que este ejemplo enseñe a mi sexo que es casi siempre por un amor excesivo..:, casi siempre por ceder demasiado pronto, por lo que perdemos el afecto de nuestros amantes... ¡Oh, Luxeuil!, tal vez me habríais amado más si yo no os hubiera amado tanto desde el primer momento. Me castigasteis por mi debilidad, y aquello que debía reforzar vuestro amor es lo que os hizo desconfiar del mío.
-¡Que todo sea olvidado por ambas partes! -interrumpió el conde-. Luxeuil, vuestra conducta es incalificable, y si no os hubierais ofrecido a repararla al instante, si no hubiera comprobado esa decisión en vuestro corazón, no os habría vuelto a ver en toda mi vida. «Cuando se ama de verdad -decían nuestros antiguos trovadores-, se oiga lo que se oiga, se vea lo que se vea en contra de la amada, no se debe dar crédito ni a los oídos ni a los ojos; hay que escuchar únicamente al corazón.» Señorita, espero con impaciencia vuestro restablecimiento -prosiguió el conde, dirigiéndose a Emilia-. Quiero llevaros de nuevo a casa de vuestros padres, pero en calidad de esposa de mi hijo, y confío en que no rehusarán unirse a mí para reparar vuestros infortunios; si no lo hacen, yo os ofrezco mi casa, señorita; vuestro matrimonio se celebraría entonces aquí y hasta mi postrer suspiro no dejaría de ver en vos a una querida nuera, de quien siempre me sentiría honrado, se apruebe o no se apruebe vuestro himeneo.
Luxeuil se arrojó a los brazos de su padre; la señorita de Tourville se deshacía en lágrimas, apretando entre las suyas las manos de su benefactor, y la dejaron sola unas horas para que pudiera recobrarse de una escena cuya excesiva duración hubiera perjudicado un restablecimiento que todos deseaban con tanto ardor
Por fin, quince días después de su regresó a París, la señorita de Tourville se encontró en condiciones de levantarse y de montar en coche. El conde hizo que se pusiera un vestido blanco, análogo a la inocencia de su corazón, y nada se regateó para realzar el brillo de sus encantos, que un resto de palidez y de debilidad hacía aún más cautivadores. El conde, ella y Luxeuil marcharon a casa del presidente de Tourville, que no había sido advertido de nada y cuya sorpresa al ver entrar a su hija fue enorme. Estaba en compañía de sus dos hijos, cuyos semblantes se desencajaron de furia y de rabia ante esta inesperada aparición. Sabían que su hermana se había evadido, pero la creían muerta en algún rincón del bosque y, como puede verse, se consolaban con la mayor facilidad del mundo.
-Señor -dice el conde, presentando a Emilia a su padre-, a vuestros pies traigo a la inocencia en persona -y Emilia se arrojó al suelo-. Imploro su perdón señor -prosiguió el conde-, y no sería yo quien os lo pidiese si no lo mereciera de verdad; por lo demás, señor -continuó con rapidez-, la mejor prueba que puedo daros de la profunda estima que profeso a vuestra hija es pedírosla para mi hijo. Nuestros rasgos están hechos para aliarse, señor, y si hubiera alguna desproporción por mi parte, vendería cuanto tengo para dotar a mi hijo con una fortuna digna de ser ofrecida a vuestra hija. Decidíos, señor, y permitid que no me despida de vos hasta haber recibido vuestra palabra.
El anciano presidente de Tourville, que siempre había adorado a su hija, en el fondo era la bondad personificada y que precisamente, por las excelencias de su carácter ya no ejercía su cargo desde hacía más de veinte años, el anciano presidente, repito, bañando con lágrimas el seno de su querida hija, contestó al conde que se consideraba honrado en demasía por semejante elección, que todo lo que le afligía era que su querida Emilia no era digna de ella; y el marqués de Luxeuil, arrojándose a los pies del presidente, le suplicó que perdonara sus errores y que le permitiera repararlos. Todo fue pro-. metido, todo se arregló y todo quedó acordado por ambas partes; sólo los hermanos de nuestra atractiva heroína se negaron a compartir la alegría general, y la rechazaron cuando se acercó a ellos para abrazarlos; el conde, enfurecido ante semejante actitud, intentó detener a uno de ellos que trataba de salir de la sala. El señor de Tourville gritó al conde:
-Dejadles, señor, dejadles; me han engañado de una forma atroz; si mi querida hija hubiera sido tan culpable como ellos me aseguraron, ¿acaso consentiríais vos en darla a vuestro hijo? Ellos han turbado la felicidad de mis días al privarme de Emilia... Dejadles.
Y los miserables se fueron, presa del furor. Entonces el conde reveló al señor de Tourville todos los horrores de sus hijos y las verdaderas faltas de su hija; el presidente, viendo la falta de proporción que había entre aquellas y la indignidad del castigo, juró no volver a ver a sus hijos; el conde le calmó y le hizo prometer que borraría de su recuerdo semejante conducta. Ocho días después se celebró la boda, sin que los hermanos hicieran acto de presencia, pero se prescindió de ellos y no se les echó en falta; el señor de Tourville se conformó con recomendarles el mayor silencio, bajo pena de encerrarles, y se callaron, pero no lo bastante, sin embargo, como para no acusarse a sí mismos por su infame proceder al condenar la indulgencia de su padre, y quienes tuvieron noticia de esta desdichada aventura exclamaron, horrorizados por los atroces detalles que la caracterizan:
-Oh, justo cielo, ¡estas son las infamias que tácitamente se permiten quienes se dedican a castigar las faltas de los demás! Hay mucha razón al decir que esta clase de infamias son patrimonio de esos frenéticos e ineptos secuaces de la ciega Thermis, que, criados en un estúpido rigorismo, insensibles desde su infancia a los gritos del infortunio, manchados de sangre desde la cuna, censurándolo todo y a todo entregándose, creen que la única manera de encubrir sus secretas bajezas y sus públicas prevaricaciones es la de hacer alarde de un talante de rigidez, que, haciéndoles iguales a ocas por fuera y a tigres por dentro, no tiene otro objeto, enlodándoles con sus crímenes, que infundir respeto a los necios y hacer que el hombre sensato deteste sus odiosos principios, sus sanguinarias leyes y a esos despreciables individuos.

AGUSTINA DE VILLEBLANCHE O LA ESTRATAGEMA DEL AMOR

De todos los extravíos de la naturaleza, el que más ha hecho cavilar, el que más extraño ha parecido a esos pseudofilósofos que quieren analizarlo todo sin entender nunca nada -comentaba un día a una de sus mejores amigas la señorita de Villeblanche, de la que pronto tendremos ocasión de ocuparnos- es esa curiosa atracción que mujeres de una determinada idiosincrasia o de un determinado temperamento han sentido hacia personas de su mismo sexo. Y, aunque mucho antes de la inmortal Safo, y después de ella, no ha habido una sola región del universo, ni una sola ciudad, que no nos haya mostrado a mujeres de ese capricho, y, por tanto, ante pruebas tan contundentes, parecería más razonable, antes que acusar a esas mujeres de un crimen contra la naturaleza, acusar a ésta de extravagancia; con todo, nunca se ha dejado de censurarlas y, sin el imperioso ascendiente que siempre tuvo nuestro sexo, quién sabe si un Cujas, un Bartole o un Luis IX no habrían concebido la idea de condenar también al fuego a esas sensibles y desventuradas criaturas, como bien se cuidaron de promulgar leyes contra los hombres que, propensos al mismo tipo de singularidad y con razones tan igualmente convincentes, han creído bastarse entre ellos y han opinado que la unión de los sexos, tan útil para la propagación, podía muy bien no ser de tanta importancia para el placer. Dios no quiera que nosotras tomemos partido alguno en todo ello..., ¿verdad, querida? -continuaba la hermosa Agustina de Villeblanche, mientras daba a su amiga besos un tanto delatadores-. Pero en vez de hogueras y de desprecio, en lugar de sarcasmos, armas todas ellas ya totalmente romas en nuestro tiempo, ¿no sería infinitamente más sencillo, en una acción tan absolutamente indiferente a la sociedad, tan conforme con Dios, y más útil a la naturaleza de lo que pueda creerse, que se dejara a cada cual obrar a su antojo...? ¿Qué puede temerse de esta depravación...? A toda persona verdaderamente inteligente le parecerá que puede prevenir otras peores, pero nunca se me podrá probar que tenga peligrosas consecuencias...
¡Oh, cielos!, ¿temen que los caprichos de esos individuos, de uno y otro sexo, puedan acabar con el mundo, que pongan en peligro el precioso género humano y que su pretendido crimen lo aniquile al no proceder a su multiplicación? Que lo piensen mejor y verán que todas esas quiméricas pérdidas son enteramente indiferentes a la naturaleza, que no sólo no las condena en absoluto, sino que nos demuestra con mil ejemplos que las quiere y que las desea; pues si esas pérdidas la irritasen, ¿las toleraría en tantos miles de casos? Si la primogenitura le resultase tan esencial, ¿permitiría que una mujer no fuera apta para ella más que un tercio de su vida y que al salir de sus manos la mitad de los seres que produce tuviesen gestos contrarios a esa procreación que supuestamente exige? Digamos mejor que la naturaleza permite que las especies se multipliquen, pero que no lo exige en absoluto y que, plenamente convencida de que siempre habrá más individuos de los que hagan falta, muy lejos está de contrariar las inclinaciones de quienes no ponen en práctica la propagación y les repugna limitarse a ella. ¡Ah, dejemos actuar a esa madre excelente, convezcámonos de que sus recursos son inmensos, de que nada de lo que hagamos puede ultrajarla y de que el crimen que podría atentar contra sus leyes nunca podrá manchar nuestras manos!
La señorita de Villeblanche, de cuya lógica acabamos de apreciar una muestra, dueña ya de sus actos a la edad de veinte años y disponiendo de treinta mil libras de renta, había tomado, por gusto, la resolución de no casarse jamás; de familia distinguida sin ser ilustre, era hija de un hombre que se había enriquecido en las Indias, había dejado solamente un hijo, ella, y se había muerto sin haber podido hacer que se decidiera al matrimonio. No es necesario ocultar que era extremadamente propenso a ese tipo de inclinación cuya apología acababa de hacer Agustina, llevada de la repugnancia que sentía por el matrimonio; ya fuera por recomendación, por constitución orgánica o por dictados de la sangre (había nacido en Madras), por inspiración de la naturaleza o por lo que se quiera, la señorita de Villeblanche detestaba a los hombres y entregada en cuerpo y alma a lo que los castos oídos entienden por la palabra lesbianismo, no disfrutaba más que con su propio sexo y sólo con las Gracias se resarcía del desprecio que le inspiraba Amor.
Agustina era una verdadera perdida para los hombres: alta, digna de ser pintada, con los más hermosos cabellos castaños del mundo, una nariz algo aguileña, unos dientes maravillosos y unos ojos tan expresivos, tan vivos... con una piel de una suavidad tal y de una blancura incomparable, todo el conjunto, en suma, de un tipo de atractivo tan excitante... que era evidente que al verla tan capaz de inspirar amor y tan decidida a no amar nunca, a muchos hombres se les escapaban un número infinito de sarcasmos contra una afición por lo demás de lo más sencilla, pero que, no obstante, al privar a los altares de Pafos de una de las criaturas del universo mejor dotadas para servirlos, espoleaba el sentido del humor de los sacerdotes de Venus, como es natural. La señorita de Villeblanche se reía de buena gana de todos esos reproches, de todos aquellos comentarios malintencionados y seguía tan consagrada a sus caprichos como siempre.
La mayor de las locuras -añadía- es la de avergonzarse de las inclinaciones que hemos heredado de la naturaleza; y burlarse de cualquier individuo que tenga gustos tan singulares es tan absolutamente bárbaro como lo sería el burlarse de un hombre o de una mujer tuertos o cojos de nacimiento, pero persuadir a unos necios de estos razonables principios es como tratar de detener el curso de los astros. Para el orgullo constituye una especie de placer el burlarse de los defectos que no se tienen y ese tipo de satisfacciones resultan tan gratas al hombre y especialmente a los imbéciles, que es muy raro ver que renuncien a él... Además, todo esto se presta a murmuraciones, frías ocurrencias, estúpidos juegos de palabras y para la sociedad, es decir, para una colección de seres reunidos por el aburrimiento y moldeados por la estupidez, resulta tan agradable hablar dos o tres sin decir nada nunca, tan delicioso el brillar a costa de los demás y denunciar condenatoriamente un vicio que uno está muy lejos de tener... es una especie de tácito elogio que uno se hace a sí mismo; a ese precio uno consiente incluso en unirse a los demás para formar una cábala y aplastar a aquel individuo cuya tremenda culpa es la de no pensar como la mayoría de los mortales y uno se vuelve a casa henchido de orgullo por el ingenio demostrado cuando con semejante conducta de lo único que se ha hecho gala y a fondo es de pedantería y de cretinez.
Así opinaba la señorita de Villeblanche, y firmemente decidida a no enmendarse jamás, se burlaba de las habladurías, era lo suficientemente rica para bastarse a sí misma, no le importaba su reputación y como aspiraba a una vida placentera y no a beatitudes celestiales en las que creía más bien poco, y menos aún a una inmortalidad demasiado quimérica para su sentidos, se rodeaba, así pues, de un pequeño círculo de mujeres que pensaban como ella, con las que la encantadora Agustina se entregaba inocentemente a todos los placeres que la deleitaban. Había tenido muchos pretendientes, pero todos habían salido tan mal parados que estaban ya a punto de renunciar a esta conquista cuando un joven llamado Franville, mas o menos de su posición y por lo menos tan rico como ella, se enamoró locamente y no sólo no se cansó de sus desplantes, sino que se decidió completamente en serio a no levantar el asedio sin haberla conquistado; dio cuenta de su proyecto a sus amigos, se rieron de él, le desafiaron y el aceptó. Franville tenía dos años menos que la señorita de Villeblanche, casi no tenía barba todavía y los rasgos más delicados y los más hermosos cabellos del mundo, así como una bellísima figura; cuando se vestía de muchacha, estaba tan bien con esa ropa que siempre conseguía engañar a ambos sexos y muy a menudo, unos todavía engañados, otros sabiendo muy bien lo que les agradaba, le habían hecho proposiciones tan concretas que en el mismo día habría podido ser el Antinoo de algún Adriano o el Adonis de alguna Psyqué. Franville pensó seducir a la señorita de Villeblanche con ese atuendo; vamos a ver cómo se las arregló.
Uno de los mayores placeres de Agustina era disfrazarse de hombre en carnaval y recorrer todas las reuniones con ese disfraz tan acorde con sus gustos; Franville, que hacía espiar sus pasos y que hasta aquel momento había tenido la precaución de no dejarse ver demasiado, se enteró un día de que aquella a quien adoraba iba a acudir aquella misma noche a un baile convocado para socios de la ópera, al que podían entrar todas las máscaras y al que, siguiendo su costumbre, esa joven encantadora iba a asistir disfrazada de capitán de dragones. Se pone un vestido de mujer, hace que le arreglen, que le engalanen con el mayor esmero y distinción posibles, se da muchísimo lápiz de labios y sin máscara alguna y acompañado por una de sus hermanas, mucho menos hermosa que él, acude a la fiesta a la que la bella Agustina iba a ir a probar suerte.
Ha dado apenas tres vueltas por la sala, cuando en seguida es descubierto por la mirada conocedora de Agustina.
-¿Quién es esa hermosa joven? -pregunta la señorita de Villeblanche a la amiga que iba con ella-. Me parece que nunca la había visto en ningún otro sitio. ¿Cómo se nos ha podido escapar una criatura tan deliciosa?
Y apenas ha acabado de decir esto ya está Agustina haciendo todo lo que puede para entablar conversación con la falsa señorita de Franville, que, al principio, huye, da media vuelta, esquiva, escapa y todo para hacerse desear con más ardor; al fin es abordada y unos comentarios triviales dan paso a la conversación, que poco a poco va haciéndose más interesante.
-Hace un calor espantoso en el baile -dice la señorita de Villeblanche-; dejemos juntas a nuestras amigas y vamos a tomar un poco el aire a uno de aquellos pabellones donde se puede jugar y tomar algo fresco.
-¡Ah!, caballero -contesta Franville a la señorita de Villeblanche, fingiendo siempre que la toma por un hombre-. Realmente no me atrevo, estoy aquí sola con mi hermana, pero sé que mi madre va a venir con el marido que me ha destinado y si los dos me vieran con vos eso tendría consecuencias...
-Bueno, bueno, hay que superar todos esos temores pueriles... ¿Qué edad tenéis, ángel cautivador?
-Dieciocho años, caballero.
-¡Ah!, y yo os contesto que a los dieciocho años uno ya ha de tener derecho a hacer todo aquello que le apetezca... Vamos, vamos, y no tengáis ningún miedo -y Franville se deja arrastrar.
-¿Y qué?, encantadora criatura -prosigue Agustina conduciendo al joven al que sigue tomando por una muchacha hacia los gabinetes contiguos a la sala de baile-. ¿Qué? ¿De verdad os vais a casar...? Cómo os compadezco... ¿Y quién es ese personaje que os destinan? Apuesto que es un hombre aburrido... ¡Ah!, qué afortunado será ese hombre y cómo desearía hallarme en su lugar. ¿Accederíais, por ejemplo, a casaros conmigo? Contestad con franqueza, celestial doncella.
-Por desgracia, bien lo sabéis caballero. ¿Acaso puede uno seguir cuando es joven los impulsos de su corazón?
-Bueno, pues rechazad a ese hombre indigno; juntos nos conoceremos de un modo más íntimo, y si nos convenimos el uno al otro, ¿por qué no podríamos llegar a un acuerdo? Gracias a Dios no me hace falta ningún tipo de autorización... Yo, aunque sólo tenga veinte años, ya soy dueño de mi patrimonio, y si pudieseis lograr que vuestros padres se decidieran en mi favor tal vez antes de ocho días podríamos estar vos y yo ligados ya por vínculos eternos.
Mientras conversaban habían salido del baile, y la hábil Agustina, que no enfilaba hacia allí su proa en busca del amor perfecto, había tenido buen cuidado de conducirle a un gabinete muy apartado que por medio de arreglos con los anfitriones siempre procuraba tener a su disposición.
-¡Oh, Dios mío! -exclama Franville al ver que Agustina cierra la puerta del gabinete y la estrecha entre sus brazos-. ¡Oh, cielos!, pero, ¿qué queréis hacer...? ¿Cómo a solas con vos y en un lugar tan apartado...? Dejadme, dejadme, os lo suplico, o al instante pediré auxilio.
-Yo te lo impediré, ángel divino -contesta Agustina, estampando su hermosa boca sobre los labios de Franville-. Grita ahora, grita sí puedes, y el purísimo soplo de tu aliento de rosa no hará sino inflamar todavía más mi corazón.
Franville se defendía con bastante languidez: resulta difícil encolerizarse demasiado cuando con tanta ternura se recibe el primer beso de todo cuanto se adora en el mundo. Agustina, envalentonada, atacada con redoblado ímpetu, ponía en ello toda esa vehemencia que sólo conocen las encantadoras mujeres llevadas de esa clase de fantasía. Pronto las manos se extravían; Franville, jugando a la mujer que cede, deja que las suyas se paseen igualmente. Se despojan de todas sus ropas y los dedos se dirigen hacia donde ambos esperan hallar lo que tanto anhelan. En ese momento, Franville cambia bruscamente de papel.
-¡ Oh, cielos! -exclama-. ¡Pero si sois una mujer!
-¡Horrible criatura! -añade Agustina al poner su mano sobre ciertas cosas cuyo estado no permitía abrigar la menor ilusión-. ¡Y que me haya tomado tantas molestias para no encontrar más que a un hombre despreciable... ! ¡Bien desdichada tengo que ser!
-No mucho más que yo, a decir verdad -contesta Franville vistiéndose de nuevo y dando muestras del más insondable desprecio-. Me pongo un disfraz que pueda atraer a los hombres; me gustan y por eso les busco, y no encuentro más que a una p...
-¡Oh, no; una p... no! -responde Agustina con acritud-. En mi vida lo he sido. Cuando se aborrece a los hombres no se corre el peligro de ser tratada de esta manera...
-Pero, ¿cómo sois mujer y detestáis a los hombres?
-Sí, les detesto, y mirad por dónde, por la misma razón por la que vos sois hombre y detestáis a las mujeres.
-Lo único que se puede decir es que este encuentro no tiene igual.
-A mí me parece lamentabilísimo -contesta Agustina con todos los síntomas del más pésimo humor.
-A decir verdad, señorita, más fastidioso es aún para mi -responde agriamente Franville-. Aquí me tenéis, deshonrado para tres semanas. ¿Sabéis que en nuestra orden hacemos voto de no tocar jamás a una mujer?
-Me parece que bien se puede tocar a una como yo sin deshonrarse.
-A fe mía, pequeña -continúa Franville-, no veo que haya ningún motivo especial para hacer una excepción y no entiendo por qué un vicio tenga que haceros más deseable.
-¡Un vicio...! ¿Pero cómo tenéis el valor de reprocharme los míos... teniéndolos tan execrables como los tenéis?
-Mirad -le contesta Franville-, no vayamos a pelearnos, estamos empatados; lo mejor es que nos despidamos y que no nos volvamos a ver.
Y con estas palabras se disponía a abrir las puertas.
-Un momento, un momento -exclama Agustina impidiéndoselo-. Vais a pregonar nuestra aventura a todo el mundo, lo apostaría.
-Tal vez así me divierta.
-Y por otra parte, ¿qué me importa? Gracias a Dios me siento por encima de toda murmuración; salid, caballero, salid y contad lo que os apetezca -e impidiéndoselo de nuevo-: Sabéis -le dice sonriendo- que toda esta historia es realmente extraordinaria... Los dos nos hemos equivocado.
-¡Ah!, pero el error es mucho más cruel -contesta Franville- para gente con gustos como los míos que para personas que compartan los vuestros..., y es que ese vacío nos repugna.
-Para seros sincera, querido amigo: podéis estar bien seguro de que lo que nos ofrecéis nos repele tanto o más aún, así pues la repugnancia es idéntica, pero no se puede negar, ¿verdad?, que la aventura ha sido divertidísima. ¿Volvéis al baile?
-No sé.
-Yo ya no vuelvo -contesta Agustina-. Habéis hecho que descubra ciertas cosas... tan desagradables... que voy a acostarme.
-Me parece muy bien.
-Pero mirad que ni siquiera es tan galante como para darme su brazo hasta mi casa. Vivo a dos pasos de aquí, no he traído mi coche y me vais a dejar así.
-No, os acompañaré encantado -contesta Franville-. Nuestras inclinaciones no nos impiden ser corteses... ¿Queréis mi mano...?, pues aquí la tenéis.
-La acepto tan sólo porque no encuentro nada mejor; algo es algo.
-Podéis estar totalmente segura de que por mi parte os la ofrezco sólo por simple caballerosidad.
Llegan a la puerta de la casa de Agustina y Franville se dispone a despedirse.
-Realmente sois encantador -dice la señorita de Villeblanche-, pero, ¿cómo vais a dejarme en la calle?
-Mil perdones -responde Franville-, no me atrevería.
-¡Ah!, ¡qué desabridos son estos hombres a los que no les gustan las mujeres!
-Es que -contesta Franville, dando su mano, no obstante, a la señorita de Villeblanche-, sabéis, señorita, desearía volver al baile cuanto antes y tratar de reparar mi estupidez.
-¿Vuestra estupidez? ¿Entonces seguís enfadado por haberme conocido?
-No he dicho eso, pero, ¿no es verdad que ambos podríamos encontrar algo mucho mejor?
-Sí, tenéis razón -contesta Agustina entrando por fin en la casa-, tenéis mucha razón, señor, pero sobre todo... porque mucho me temo que este funesto encuentro va a costarme la felicidad para toda mi vida.
-¡Cómo! ¿Es que no estáis perfectamente segura de vuestros sentimientos?
-Ayer sí lo estaba.
-¡Ah! No os atenéis a vuestras máximas.
-No me atengo a nada; me estáis poniendo nerviosa.
-Bien, ya me voy, señorita, ya me voy. Dios no permita que os siga molestando.
-No, quedaos, os lo ordeno. ¿Podréis soportar al menos una vez en vuestra vida el obedecer a una mujer?
-No hay nada que no hiciera por complaceros -contesta Franville tomando asiento-, ya os he dicho que soy galante.
-¿Sabéis que resulta abominable que a vuestra edad tengáis gustos tan perversos?
-¿Y creéis que es decoroso, a la vuestra, tener otros tan singulares?
-¡Oh!, es muy distinto, en nosotras es una cuestión de recato, de pudor..., incluso de orgullo, si queréis llamarlo así; es miedo a entregarse a un sexo que no nos seduce nunca más que para esclavizarnos... Mientras, los sentidos se van despertando y nos arreglamos entre nosotras; aprendemos a comportarnos con disimulo, se va adquiriendo un barniz de comedimiento que a menudo resulta obligado, y así la naturaleza está contenta, la decencia se observa y no se atenta contra las costumbres.
-Eso es lo que se llama un sofisma perfecto, se lleva a la práctica y sirve para justificar cualquier cosa. ¿Y qué tiene para que no podamos invocarlo asimismo en nuestro favor?
-No, en absoluto; vuestros prejuicios son tan diferentes que no podéis abrigar los mismos temores. Vuestro triunfo radica en nuestra derrota... Cuanto más numerosas son vuestras conquistas mayor es vuestra gloria, y sólo por vicio o por depravación podéis esquivar los sentimientos que os inspiramos.
-Realmente creo que me vais a convertir.
-Eso es lo que desearía.
-¿Y qué ganaría con ello si vos persistís en el error?
-Mi sexo me estaría agradecido, y como me gustan las mujeres, estaría encantada de poder trabajar para ellas.
-Si el milagro se realizara, sus efectos no iban a ser tan amplios como parece que creéis; accedería a convertirme sólo para una mujer, como mucho, con el propósito de... probar.
-Ese es un sano principio.
-Es que es verdad que hay una cierta prevención, eso pienso, al tomar un partido sin haber probado todos los demás.
-¡Cómo! ¿Nunca habéis estado con una mujer?
-Nunca, y vos... ¿podríais acaso ofrecer primicias tan absolutas?
-¡Oh, no! Primicias ninguna... Las mujeres con las que vamos son tan hábiles y tan celosas que no nos dejan nada... Pero no he estado con ningún hombre en toda mi vida.
-¿Es una promesa?
-Sí, y no deseo ni conocer ni estar con ninguno a no ser que sea tan especial como yo.
-Deploro no haber hecho ese mismo voto.
-No creo que se pueda ser más impertinente...
Y con estas palabras, la señorita de Villeblanche se levanta y dice a Franville que es muy dueño de irse. Nuestro joven amante, sin perder su sangre fría, hace una profunda reverencia y se dispone a salir.
-¿Volvéis al baile, no? -le pregunta secamente la señorita de Villeblanche, mirándole con un desprecio mezclado con el amor más ardiente.
-Pues sí, creo que ya os lo dije.
-Luego no sois merecedor del sacrificio que os ofrezco.
-¡Cómo! ¿Pero me habéis ofrecido algún sacrificio?
-Ya nunca podré hacer nada después de haber tenido la desgracia de conoceros.
-¿La desgracia?
-Vos me obligáis a usar esta expresión; sólo de vos dependería que pudiera emplear otra muy distinta.
-¿Y cómo combinaríais todo esto con vuestras inclinaciones?
-¿Qué es lo que no se abandona cuando se ama?
-De acuerdo, pero os resultaría imposible amarme.
-Desde luego, si vais a conservar hábitos tan deplorables como los que he descubierto en vos.
-¿Y si renunciara a ellos?
-Al instante inmolaría los míos en el altar del amor... ¡Ah!, pérfida criatura, ¡cuánto le cuesta a mi gloria esta declaración y tú acabas de arrancármela! -exclama Agustina arrasada en lágrimas y dejándose caer sobre un diván.
-Acabo de oír de los labios más hermosos del universo la más halagadora confesión que me sea posible escuchar -exclama Franville, arrojándose a los pies de Agustina-. ¡Ah!, objeto adorado de mi más tierno amor, reconoced mi fingimiento y dignaos a no castigarlo; a vuestros pies os imploro clemencia y así permaneceré hasta mi perdón. Junto a vos, señorita, tenéis al amante más constante, al más apasionado; pensé que esta estratagema era necesaria para vencer a un corazón cuya resistencia conocía. ¿Lo he logrado, hermosa Agustina? ¿Negareis a un amor limpio de vicios lo que os dignasteis a declarar al amante culpable..., culpable? Yo... culpable de lo que habíais creído... ¡Ah! ¿Cómo podíais pensar que pudiera existir una pasión impura en el alma de quien sólo por vos se consumía?
-¡Traidor!, me has engañado... pero te perdono...; sin embargo, así no tendrás nada que sacrificar por mí y mi orgullo se sentirá menos halagado, pero no importa, yo te lo sacrifico todo... ¡Adelante!, para complacerte renuncio con alegría a los errores a los que casi tanto como nuestros gustos nos arrastra nuestra vanidad. Ahora me doy cuenta, la naturaleza así lo exige; yo la sofocaba con desvaríos de los que ahora abjuro con toda mi alma; no se puede resistir a su imperio, ella nos creó sólo para vosotros, a vosotros no os formó más que para nosotras, observemos sus leyes, la misma voz del amor hoy me las revela, para mí habrán de ser sagradas. Aquí tenéis mi mano, señor, os tengo por hombre de honor y digno de mí. Si por un momento pude merecer la pérdida de vuestra estima, a fuerza de atenciones y de ternura quizá pueda aún reparar mis errores, y haré que reconozcáis que los de la imaginación no siempre consiguen degradar a un alma bien nacida.
Franville, colmados sus deseos, inunda con lágrimas de felicidad las bellas manos que tiene entre las suyas; se pone en pie y se arroja a los brazos que se le abren:
-¡Oh!, el día más afortunado de mi vida -exclama-. ¿Hay algo comparable a mi triunfo? Devuelvo al seno de la virtud un corazón en el que voy a reinar para siempre.
Franville abraza mil veces al divino objeto de su amor y se despiden; al día siguiente comunica su felicidad a todos sus amigos; la señorita de Villeblanche era un partido demasiado bueno para que sus padres se lo vedasen, y se casa con ella en la misma semana. La ternura, la confianza, la más exacta ponderación y la más severa modestia coronaron su himeneo, y al convertirse en el más feliz de los mortales fue lo bastante hábil como para hacer de la más libertina de las muchachas la más fiel y virtuosa de las esposas.

HÁGASE COMO SE ORDENA

-Hija mía -dice la baronesa De Fréval a la mayor de sus hijas, que iba a casarse al día siguiente-, sois hermosa como un ángel; apenas habéis cumplido vuestro decimotercer año y es imposible ser más tierna y más encantadora; parece como si el mismísimo amor se hubiera recreado en dibujar vuestras facciones, y sin embargo os veis obligada a convertiros mañana en esposa de un viejo picapleitos, cuyas manías son de lo más sospechosas... Es un compromiso que me desagrada extraordinariamente, pero vuestro padre lo quiere. Yo deseaba hacer de vos una mujer de elevada posición, pero ya no es posible; estáis destinada a cargar toda vuestra vida con el ingrato título de presidenta... Lo que más me desespera es que no llegaréis a serlo más que a medias... El pudor me impide explicaros esto, hija mía..., pero es que esos viejos tunantes, que acostumbran a juzgar al prójimo sin saber juzgarse a sí mismos, tienen caprichos tan barrocos, habituados a una vida en el seno de la indolencia... Esos bribones se corrompen desde que nacen, se hunden en el libertinaje, y arrastrándose en el impuro fango de las leyes de Justiniano y de las obscenidades de la capital, como la culebra que no levanta la cabeza más que de cuando en cuando para devorar insectos, sólo se les ve salir de él a base de reprimendas o de alguna detención. Así, pues, escuchadme, hija mía, y manteneos erguida..., porque si inclináis la cabeza de esa forma complaceréis extraordinariamente al señor presidente, y no me extrañaría que os la pusiera a menudo mirando a la pared... En una palabra, hija mía, se trata de lo siguiente: negad rotundamente a vuestro marido lo primero que os proponga; estamos convencidos de que esa primera proposición será, sin la menor duda, de lo más indecente e intolerable... Conocemos sus gustos; hace ya cuarenta años que, llevado de convicciones totalmente ridículas, ese maldito pícaro afeminado tiene la costumbre de tomarlo todo única y exclusivamente por detrás. Así, pues, hija mía, vos os negaréis, ¿me oís?, y le contestaréis: «No, señor, por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí, de ninguna manera.»
Dicho esto, se ponen a engalanar a la señorita De Fréval; la arreglan, la bañan, la perfuman. Llega el presidente, con el pelo ensortijado como un querubín, empolvado hasta los hombros, gangoso, chillón, balbuciendo leyes y diciendo cómo tiene que ser el Estado. Gracias al arreglo de su peluca, de su traje ajustado, de sus carnes prietas y restallantes, apenas se le calcularían cuarenta años, aunque tenía cerca de sesenta. Aparece la novia, él le hace unas carantoñas y en los ojos del leguleyo se puede ya leer toda la depravación de su alma. Al fin llega el momento... la desnuda, se acuestan y por una vez en su vida, el presidente, bien por tomarse un poco más de tiempo para educar a su discípula o bien por temor a los sarcasmos que podrían ser fruto de las indiscreciones de su mujer, no piensa más que en cosechar placeres legítimos. Pero la señorita De Fréval ha sido bien educada. La señorita De Fréval, que se acuerda de que su mamá le ha aconsejado que rechazara con toda firmeza las primeras proposiciones que le fueran a hacer, no desperdicia la ocasión y le dice al presidente:
-No, señor, por mucho que queráis no ha de ser así; por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí, de ninguna manera.
-Señora -contesta el presidente estupefacto-, debo protestar... estoy haciendo un esfuerzo... en realidad es una virtud.
-No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.
-Muy bien, señora, hay que teneros contenta -responde el picapleitos, tomando posesión de su enclave predilecto-. Mucho sentiría disgustaros y mas en vuestra noche de bodas, pero tened cuidado, señora, pues en el futuro, por mucho que me lo roguéis, ya no podréis hacer que varíe mi rumbo.
-Me parece muy bien, señor-contesta la joven, buscando la postura-, no temáis que no os lo he de pedir.
-Entonces, ya que así lo queréis, adelante -contesta el hombre de bien, mientras se acomoda-. En nombre de Ganímedes y de Sócrates, ¡hágase como se ordena!

EL PRESIDENTE BURLADO

¡Oh!, confiad en mí, voy a agasajarlos
de tal forma... que no se atreverán a volver en veinte años.

Con mortal pesadumbre veía el marqués de d'Olincourt, coronel de dragones, hombre rebosante de ingenio, de gracia y de vitalidad, cómo la señorita de Téroze, su cuñada, iba a pasar a los brazos de uno de los seres más nauseabundos que hayan pisado la superficie del globo. Esta encantadora joven, de dieciocho años de edad, fresca como Flora y formada como las Gracias, amada desde hacía cuatro años por el joven conde de Elbéne, segundo coronel del regimiento de d'Olincourt, no podía tampoco dejar de estremecerse al ver cómo se acercaba el instante fatal que debía, al unirla al repelente esposo que le destinaban, separarla para siempre del único hombre que era digno de ella. ¿Pero cómo evitarlo? La señorita de Téroze tenía un padre anciano, hipocondríaco y gotoso que lamentablemente opinaba que ni los atractivos ni las dotes personales eran los que debían informar los sentimientos de una muchacha para con su marido, sino, única y exclusivamente, la razón, la edad madura y sobre todo la profesión; que la profesión de magistrado era la más considerada, la más majestuosa de todas las profesionales de la monarquía, y no sólo eso, sino también la que a él más le gustaba de todas; su hija tenía que ser feliz, forzosamente, con un magistrado. No obstante, el anciano barón de Téroze había casado a su hija mayor con un militar, peor aún, con un oficial de dragones; ésta, con un carácter perfecto para serlo en cualquier circunstancia, era tremendamente feliz y no tenía ningún motivo para lamentarse de la elección de su padre. Pero todo eso no importaba lo más mínimo; si ese primer matrimonio había salido bien se debía al azar; de hecho sólo un magistrado podía hacer plenamente feliz a una hija; dando esto por sentado, había que buscar un picapleitos, y de todos los picapleitos imaginables el más grato a los ojos del anciano barón era un tal señor Fontanis, presidente del parlamento de Aix, a quien antaño había conocido en Provenza, por lo que, sin darle más vueltas, el señor de Fontanis era el que tenía que casarse con la señorita de Téroze. Poca gente puede imaginarse a un presidente del parlamento de Aix; es una especie de bestia de la que se ha hablado a menudo, pero sin conocerla a fondo, rigorista por profesión, meticuloso, crédulo, testarudo, vano, cobarde, charlatán y estúpido por carácter, estirado en sus ademanes como un ganso, pronunciando las erres como un polichinela; enjuto, largo, flaco y hediondo como un cadáver por lo general. Se diría que toda la bilis y la severidad de la magistratura del reino habían buscado cobijo en el templo de la Temis provenzal, para trasladarse desde allí en caso de necesidad cada vez que un tribunal francés tiene que presentar alguna queja o tiene que ahorcar á algún ciudadano. Pero el señor Fontanis superaba este ligero esbozo de sus colegas. Por encima de la figura chupada y algo encorvada que acabamos de describir, en el señor de Fontànis podía apreciarse un occipucio estrecho, no muy bajo, empinadísimo hacia arriba, rematado por una frente macilenta tapada magistralmente por una peluca confeccionada para ocasiones diversas, de un modelo que aún no se había visto en París; dos piernas algo torcidas sostenían con notable esfuerzo ese campanario ambulante, de cuyo pecho se despedía, no sin ciertas molestias para los circundantes, una voz chillona que declamaba enfáticamente largos cumplidos mitad franceses, mitad provenzales, tras los que él mismo nunca dejaba de sonreír con tal abertura de la boca, que se podía contemplar hasta la campanilla una sima negruzca, desprovista de dientes, excoriada en varios sitios y que no se parecía mal del todo a la abertura de cierto asiento que, dada la estructura de nuestra incorregible humanidad, tan pronto es trono de reyes como lo es de unos pastores. Al margen de estos atractivos físicos, el señor de Fontanis tenía pretensiones de hombre cultivado. Después de haber soñado una noche que había subido al séptimo cielo con San Pablo, se consideraba el mejor astrónomo de Francia; comentaba las leyes como Farinacius y Cujas, y a menudo se le oía decir, como a esos grandes hombres y como a sus colegas que no son grandes hombres ni por asomo, que la vida de un ciudadano, su fortuna, su honor. su familia, en fin, todo lo que la sociedad considera sagrado, de nada vale cuando hay que investigar un crimen, y que vale mil veces más arriesgar la vida de quince inocentes que salvar por falta de celo la de un culpable, pues el cielo es justo si los parlamentos no lo son, y el castigo de un inocente no presenta otro inconveniente que enviar un alma al paraíso, mientras que el hecho de salvar a un culpable amenaza con multiplicar los crímenes sobre la tierra. Solamente una clase de individuos tenía cierto albedrío sobre el alma acorazada del señor de Fontanis: la de las rameras, por más que, por lo general, no hiciese gran uso de ellas; aunque apasionadísimo, era de naturaleza reacia y poco emprendedora y sus deseos siempre sobrepasaban con mucho sus posibilidades. El señor de Fontanis aspiraba a tramitar su apellido a la posteridad, eso era todo, pero lo que inducía a este ilustre magistrado a mostrarse indulgente con las sacerdotisas de Venus era que, en su opinión, pocas ciudadanas resultaban tan útiles al Estado como ellas, pues, por medio de sus trapacerías, de sus imposturas y de su charlatanería, se podía llegar a descubrir una infinidad de delitos ocultos, y el señor de Fontanis, eso hablaba en su favor, era un enemigo jurado de todo lo que los filósofos llaman debilidades humanas.
Esta mezcla un tanto grotesca de físico ostrogodo y de moral de Justiniano salió por primera vez de la ciudad de Aix en abril de 1779 y fue a alojarse, reclamado por el señor barón de Téroze, a quien conocía desde hacía mucho tiempo, al hotel de Dinamarca, no lejos de la residencia del barón. Como era la época de la feria de Saint-Germain, todo el mundo en ese hotel pensó que el sorprendente animal había venido a exhibirse. Uno de esos seres oficiosos que siempre prestan sus servicios en esa clase de establecimientos públicos, incluso llegó a proponerle que fuera a avisar a Nicolet, que estaría encantado de prepararle un camerino, a menos que prefiriera debutar con Audinot. El presidente contestó: «Cuando era un niño, mi niñera me advirtió que el parisino era un pueblo cáustico y chistoso que nunca haría justicia a mis cualidades, pero mi proveedor de pelucas añadió, a pesar de eso, que mi peluca les impresionaría. ¡Ah, el pueblo; bromea cuando se muere de hambre y canta cuando le machacan. ¡Oh!, siempre lo he dicho: a esa gente le haría falta una inquisición como en Madrid o un patíbulo siempre levantado, como el de Aix.»
Entretanto, el señor de Fontanis, tras el aseo que no hizo sino realzar el brillo de sus sexagenarios encantos, con unas inyecciones de agua de rosas y de lavanda, que en este caso no eran precisamente ornamentos ambiciosos, como dice Horacio, después de todo esto, y tal vez de algunas otras precauciones que no han llegado a nuestro conocimiento, fue a hacer acto de presencia a casa de su amigo, el anciano barón. Se abre la puerta de par en par, se le anuncia y el presidente pasa adentro. Por desgracia para él, las dos hermanas y el conde de d'Olincourt estaban divirtiéndose juntos como verdaderos niños en un rincón de la sala, y cuando apareció esta figura, por más que se esforzaron, les fue imposible evitar tal carcajada que la grave compostura del magistrado provenzal se vio prodigiosamente alterada; largo tiempo había ensayado delante de un espejo su reverencia de presentación y la estaba repitiendo bastante pasablemente cuando la desafortunada carcajada que profirieron nuestros jóvenes casi hizo que el presidente permaneciera curvado en forma de arco mucho más tiempo del que había previsto; se alzó, no obstante; una severa mirada del barón a sus tres hijos les hizo recobrar la seriedad y el respeto y empezó la conversación.
El barón, que quería liquidar de prisa aquel asunto y que ya había hecho todas las composiciones de lugar, no dejó que acabara esta primera entrevista sin anunciar a la señorita de Téroze que ése era el marido que le destinaba y que debería entregarle su mano dentro de ocho días como muy tarde. La señorita de Téroze no contestó nada; el presidente se marchó y el barón volvió a repetir que deseaba ser obedecido. La circunstancia era de las más crueles: no sólo esta hermosa joven adoraba al señor de Elbene, no sólo le idolatraba, sino que, además, tan frágil como sensible, ya había por desgracia permitido a su delicioso amante cortar esa flor que, muy distinta de las rosas con las que a veces se la compara, no posee como aquéllas la facultad de renacer a cada primavera. Ahora bien, ¿qué iba a pensar el señor de Fontanis..., un presidente del Parlamento de Aix..., cuando viese ya hecha su tarea? Un magistrado provenzal puede tener sus ridiculeces, son normales en su clase, pero aun así sabe lo que son las primicias y se siente muy contento de recibir las de su mujer al menos una vez en su vida. Esto era lo que paralizaba a la señorita de Téroze, la cual, aunque muy juguetona y muy vital, poseía sin embargo toda la delicadeza que conviene a una mujer en esas circunstancias y sabía perfectamente lo poco que la iba a estimar su marido si llegaba a darse cuenta de que había sido capaz de faltarle al respeto aun antes de conocerle; pues no hay nada tan rígido como nuestros prejuicios sobre esa materia: no sólo una desventurada muchacha tiene que sacrificar todos los sentimientos de su corazón al marido que sus padres le buscan, sino que incluso se la considera culpable si antes de conocer al tirano que va a esclavizarla ha podido, prestando oídos tan sólo a la naturaleza, seguir su voz. La señorita de Téroze confió sus preocupaciones a su hermana, que, mucho más jovial que mojigata y mucho más comprensiva que devota, se puso a reír como una loca ante la revelación y dio parte a su grave esposo, quien decidió que estando ciertas cosas en tal estado de rotura y de deterioro había que guardarse muy bien de ofrecerlas a los sacerdotes de Themis, pues esos señores no se andan con bromas en cosas de semejante importancia, y tan pronto como su pobre hermanita se encontrara en la ciudad del «patíbulo siempre levantado», podían muy bien hacer que subiese a él para convertirla en víctima del pudor. El marqués afirmó después de la cena que poseía cierta erudición y que los provenzales eran una colonia egipcia, que los egipcios hacían sacrificios muy a menudo con muchachas jóvenes y que un presidente del Parlamento de Aix, que se considera a sí mismo un colono egipcio, podría hacer que le cortaran a su hermanita el más hermoso cuello del mundo...
Esos «colonos presidentes» son auténticos rebanadores de cabezas; cortan una nuca con la misma facilidad que una corneja arroja nueces, sea justo o no sea justo, no se paran en mientes; el rigorismo lleva, como la propia Therrlis, una venda sobre los ojos puesta por la estupidez, y en la ciudad de Aix los filósofos nunca han conseguido quitársela...
Decidieron reunirse a deliberar: el conde, el marqués, la señora de d' Olincourt y su adorable hermana fueron a cenar a un pequeño pabellón del marqués en el bosque de Bolonia y allí el severo areópago dictaminó, en un enigmático estilo parecido a las respuestas de la sibila de Cumas o a las sentencias del Parlamento de Aix, pues el pretendido origen egipcio servía de pretexto para el jeroglífico, que «el presidente se casaría y no se casaría lo más mínimo». Dictada la sentencia, instruidos convenientemente los actores, regresan todos a casa del barón: la joven no pone el menor reparo a su padre; d'Olincourt y su mujer le aseguran que un enlace tan bien concertado es para ellos una auténtica alegría, se muestran extrañamente cariñosos con el presidente, procuran no reírse cuando está-presente y se granjean tan a fondo las simpatías del yerno y del cuñado que uno y otro dan su consentimiento para celebrar los misterios del himeneo en el castillo de d'Olincourt, cerca de Melun, espléndida finca perteneciente al marqués. Todos aceptan, únicamente el barón dice- está desolado por no poder participar en los placeres de una fiesta tan deliciosa, pero si puede irá a verlos. Al fin llega el día, los cónyuges son sacramentalmente unidos en Saint-Sulpice, muy temprano por la mañana, sin el menor boato, y aquel mismo día parten para d'Olincourt. Disfrazado con el nombre y uniforme de La Brie, ayuda de cámara de la marquesa, el conde de Elbene recibe a la comitiva a su llegada y, terminada la cena, conduce a los esposos a la cámara nupcial, cuya decoración y maquinaria eran de su invención y por él igualmente iban a ser manejadas.
-Verdaderamente, preciosa -exclama el enamorado provenzal tan pronto como se queda a solas con su pretendida-. Poseéis encantos que podrían ser los de la mismísima Venus, cáspita! . Ignoro dónde los habréis adquirido, pero se podría recorrer toda Provenza sin encontrar nada que os iguale.
Y acto seguido empieza a pasar la mano por las enaguas de la pobre Téroze, que no sabía qué hacer, si dejarse llevar de la risa o del miedo.
-Por aquí, por allá y por todas partes, que Dios me condene y que no vuelva nunca a juzgar a una ramera si estas no son las formas del amor bajo los espléndidos faldones de su madre.
Mientras tanto entra La Brie llevando dos platillos dorados; ofrece uno o la joven esposa y otro al señor presidente:
-Bebed, castos esposos -dice--, y que ambos halléis en este bebedizo las dádivas del amor y los dones del himeneo.
-Señor presidente -continúa La Brie al ver que el magistrado quiere saber a qué viene ese brebaje-, esta es una tradición parisiense que se remonta al bautismo de Clodoveo: es costumbre entre nosotros que antes de que celebréis los misterios a los que ambos os vais a consagrar encontréis en este lenitivo, purificado por la bendición del obispo, las fuerzas necesarias para esa empresa.
-¡Ah!, claro que sí, con mucho gusto -contesta el magistrado-, traed, traed, amigo mío... Pero, ¡diantre!, si echáis leña al fuego que vuestra joven ama se ponga en guardia, pues ya estoy excitadísimo, y si me ponéis en un estado tal que ni me reconozca, no sé lo que va a pasar.
El presidente bebe, su joven esposa le imita, los criados se retiran y ellos se acuestan, pero apenas lo han hecho cuando le acometen al presidente unos dolores de tripas tan intensos, una necesidad tan apremiante de aliviar su débil naturaleza por el lado opuesto al que tendría que ser, que, sin el menor cuidado por el sitio en que se halla, sin ningún respeto hacia aquella que comparte su lecho, inunda la cama y sus inmediaciones con un diluvio de bilis tan considerable que la señorita de Téroze, despavorida, tiene el tiempo justo para bajarse y pedir auxilio. Van acudiendo el señor y la señora de d'Olincourt, que habían tenido buen cuidado de no irse a la cama; llegan a toda prisa. El consternado presidente se cubre con las sábanas para que no le vean, sin darse cuenta de que cuanto más se tapa más se ensucia, y al final presenta un aspecto tan horroroso y repugnante que su joven esposa y todos los presentes se retiran, lamentando vivamente su estado y asegurándole que al instante avisarán al barón para que envíe en seguida al castillo a uno de los mejores médicos de la capital.
-¡Oh, cielos! -exclama el desdichado presidente, presa de la consternación, cuando se queda a solas-. ¿Qué aventura es ésta? Yo creía que sólo se podía descargar de esta forma en palacio y sobre flores de lis, pero la noche de bodas y en el lecho de la parienta, realmente no lo comprendo.
Un teniente del regimiento de d'Olincourt, llamado Delgatz, que para cuidar de los caballos del regimiento había estudiado dos o tres cursos en la escuela de Veterinaria, no dejó de acudir al día siguiente con los títulos y emblemas de uno de los más famosos hijos de Esculapio. Aconsejaron al señor de Fontanis que hiciera acto de presencia con una simple bata de casa, y la señora presidente de Fontanis, a la que, no obstante, aún no deberíamos dar ese nombre, no ocultó a su marido lo atractivo que le encontraba con ese atuendo: llevaba una bata de casa de damasco amarillo con rayas rojas hasta la cintura, adornada con cenefas y chorreras; por debajo, un corto chaleco de estameña marrón, calzones de marinero del mismo color y un bonete de lana roja; todo, ello realzado por la atractiva palidez que el accidente de la víspera incrementó de tal manera el amor de la señorita de Téroze que no quería dejarle solo ni un minuto.
-¡Pobrecita! -decía el presidente-. ¡Cómo me quiere! Sin duda es la mujer que el cielo me destinaba para ser feliz; me he portado muy mal la noche pasada, pero no siempre tiene uno diarrea.
Entretanto llega el médico, toma el pulso a su paciente y, sorprendido por su debilidad, le demuestra con los aforismos de Hipócrates y los comentarios de Galeno que si no se restablece por la noche bebiéndose para cenar media docena de botellas de vino de España o de Madeira, le será imposible lograr la deseada desfloración; en cuanto a la indigestión de la víspera, le aseguró que no era nada.
-Eso ocurre -le dijo- cuando la bilis no ha sido bien filtrada por los vasos del hígado.
-Pero -le pregunta el marqués-, ¿no era peligroso ese trastorno?
-Os ruego que me perdonéis, señor -contestó gravemente el acólito del templo de Epidauro-, pero en medicina no hay nunca causas pequeñas que no puedan llegar a tener consecuencias si la profundidad de nuestro arte no corta en seguida sus efectos. Ese trastorno podría producir una alteración considerable en el organismo del señor; esa bilis infiltrada, llevada por el cayado de la aorta a la arteria subclavia, transportada desde allí por las carótidas a las delicadas membranas del cerebro, al alterar la circulación de los espíritus animales, pues anula su actividad natural, hubiera podido producir la locura.
-¡Oh, cielos! -exclamó la señorita de Téroze sollozando-. ¡Mi marido loco! Hermana mía, ¡mi marido loco! -Tranquilizaos, señora, no es nada, gracias a la prontitud de mis cuidados, y yo me hago responsable del enfermo.
Con estas palabras la alegría renació en todos los corazones. El marqués de d'Olincourt abrazó con ternura a su cuñado, le testimonió de forma provinciana e impetuosa el vivo interés que le inspiraba y ya no hubo más que animación. El marqués recibía aquel día a sus vasallos y vecinos; el presidente quiso ir a acicalarse, se lo prohibieron y se divirtieron presentándole con la mencionada indumentaria a toda la población de los alrededores.
-¡Pero qué bien está así! -comentaba a cada momento la marquesa con mordacidad-. Realmente, señor de d'Olincourt, si antes de conoceros hubiera sabido que la soberana magistratura de Aix contaba con personas tan encantadoras como mi querido cuñado, os aseguro que habría elegido esposo entre los miembros de esa respetable asamblea.
Y el presidente le daba las gracias y se agachaba, riéndose burlonamente, haciendo muecas de vez en vez delante de los espejos y diciéndose a sí mismo en voz baja: «Realmente no estoy nada mal.» Al fin llegó la hora de la cena; hicieron que se quedara el maldito médico, a quien, como bebía como un suizo, no le costó demasiado convencer a su paciente para que le imitara. Habían tenido buen cuidado de colocar a su alcance vinos espiritosos que, al trastornar con notable rapidez los órganos de su cerebro, pusieron al presidente en el estado que deseaban. Se levantaron de la mesa; el teniente, que había representado magistralmente su papel, se fue a la cama y a la mañana siguiente desapareció. En cuanto a nuestro héroe, su mujer se había hecho cargo de él y le condujo al lecho nupcial. Todos le escoltaron triunfalmente, y la marquesa, siempre encantadora pero mucho más cuando había bebido un poco de champaña, le comentó que se había excedido y que se temía que, trastornado por los vapores de Baco, el amor aún no pudiera encadenarle aquella noche.
Esto no es nata, señora marquesa -contestó el presidente-. Esos dioses seductores, cuando se juntan, son todavía más temibles. En cuanto a la razón, que se pierda con el vino o en las llamas del amor, como se puede prescindir de ella, ¡qué importa a cuál de esas dos divinidades se la sacrifique! Nosotros, los magistrados, de lo que mejor sabemos prescindir es de la razón; desterrada de nuestros tribunales tanto como de nuestras cabezas, nos divertimos pisoteándola, y eso es lo que hace que nuestras sentencias sean verdaderas obras maestras, pues aunque no tiene el menor sentido común son ejecutadas con tanta firmeza como si se supiera lo que quieren decir. Aquí donde me veis, señora marquesa -prosiguió el presidente dando traspiés y recogiendo su rojo bonete que una momentánea pérdida de equilibrio acababa de separar de su cráneo pelado-, sí, en honor a la verdad, aquí donde me veis, soy uno de los mejores cerebros de mi cuadrilla; fui yo quien convenció a mis ingeniosos colegas, el año pasado, para que desterraran por diez años de la provincia, arruinándole de esa forma para siempre, a un gentilhombre que había servido cabalmente al rey en todo momento, y todo por un puñado de rameras. Hubo discusiones, yo di mi opinión y el rebaño se plegó a mi voz... Sabéis, señora, a mí me gustan las buenas costumbres, la templanza y la sobriedad; todo lo que está en contra de tales virtudes me subleva y lo castigo sin miramientos; hay que ser severo, la severidad es la hija de la justicia... y la justicia es la madre de... Os ruego que me disculpéis, señora, hay ocasiones en que la memoria me juega estas pasadas.
-Sí, sí, eso es muy justo -contestó la marquesa marchándose y llevándose a todo el mundo-. Cuidad tan sólo de que esta noche no os pase como vuestra memoria, pues, en fin, hay que terminarlo y mi hermanita, que os adora, no va a conformarse eternamente con abstinencia semejante.
-No temáis nada, señora, no temáis nada -continuó el presidente queriendo seguir de nuevo a la marquesa con pasos un tanto circunflejos-. No tengáis miedo; os prometo que mañana os la devuelvo corno señora de Fontanis; tan cierto como que soy hombre de honor. ¿Verdad, pequeña? -prosiguió el picapleitos volviéndose hacia su esposa-. ¿No estáis de acuerdo conmigo en que esta noche nuestra tarea quedará hecha de una vez...? Ya podéis ver cómo lo desean; no hay un solo miembro de vuestra familia que no se sienta orgulloso de emparentar conmigo; nada honra tanto a una casa como un magistrado.
-¿Y quién lo duda, señor? -contestó la joven-. Os aseguro que en lo que a mí respecta jamás me he sentido tan orgullosa como desde que oigo que me llaman señora presidente.
-No me cuesta creeros; vamos, desnudaos, astro mío, siento cierta pesadez y me gustaría, si es posible, concluir nuestra operación antes de que el sueño me venza por completo.
Pero como la señora de Téroze, como es habitual entre las recién casadas, nunca ponía punto final a su aseo, como nunca encontraba lo que buscaba, no paraba de regañar a sus doncellas y no acababa nunca, el presidente, que no podía con su alma, optó por meterse en la cama conformándose con gritar durante un cuarto de hora: -Pero, venga pardiez, venid; no puedo explicarme lo que estáis haciendo. Dentro de un momento ya no tendremos tiempo.
Pero a pesar de todo no terminaba nunca, y como en el estado de embriaguez en que se hallaba nuestro moderno Licurgo le era difícil apoyar la cabeza sobre una almohada sin quedarse dormido, se dejó vencer por la más apremiante de sus necesidades. Y estaba ya roncando como si hubiera juzgado a alguna ramera de Marsella antes de que la señorita de Téroze se hubiera siquiera cambiado de camisa.
-Así está muy bien -dice el conde de Elbene entrando sigilosamente en la habitación-. Ven, amor mío, ven a concederme los momentos de dicha que esa grosera bestia desearía arrebatarnos.
Con estas palabras se lleva al adorado objeto de su idolatría. Las luces se apagan en la cámara nupcial, cubren en seguida el suelo con colchones y, a una señal, la parte del lecho ocupada por nuestro picapleitos es separada del resto y por medio, de unas poleas se eleva a veinte pies del suelo, sin que el soporífero estado en que se encuentra nuestro legislador le permita darse cuenta de nada. Sin embargo, hacia las tres de la mañana, despertado por cierta plenitud de la vejiga, acordándose de que ha visto cerca de él una mesita con el recipiente apropiado para vaciarla, extiende su mano a tientas. Extrañado al no encontrar más que vacío a su alrededor se incorpora, pero la cama que está suspendida únicamente por unas cuerdas sigue el movimiento del que se inclina y acaba por ceder de tal forma que, basculando todo su peso, vomita en medio del dormitorio el lastre que la sobrecarga. El presidente cae sobre los colchones allí dispuestos y su sorpresa es tan grande que se pone a aullar como un ternero al que llevan al matadero.
-Pero, ¿qué diablos es esto? -se pregunta-. Señora, señora, estáis ahí, ¿verdad? Muy bien. ¿Comprendéis algo de esta caída? Ayer me acuesto a cuatro pies del suelo y, mira por donde, para coger mi orinal me caigo desde más de veinte de altura.
Pero como nadie contesta a sus delicadas quejas el presidente, que después de todo no se sentía tan mal acomodado, renuncia a sus averiguaciones y acaba allí la noche como si la hubiera pasado en su jergón provenzal. Tuvieron buen cuidado tras la caída de bajar un poco la cama de nuevo y acoplarla a la parte de la que se había separado. No parecía formar más que un único lecho, y hacia las nueve de la mañana la señorita de Téroze regresó sigilosamente a su alcoba; apenas entra abre las ventanas y llama a sus doncellas.
-Realmente, señor -le dice al presidente-, hay que reconocer que vuestra compañía no es nada agradable, y no voy a dejar de quejarme a mi familia de los modales que estáis mostrando conmigo.
-¿Qué es esto? -dice el presidente algo más sobrio, frotándose los ojos y sin entender nada del accidente que le hace estar por tierra.
-Pero, ¿cómo?, pues es que -contesta la joven esposa haciendo gala de su mejor sentido del humor-, cuando guiada por los movimientos que debían unirme a vos me iba acercando a vuestra persona para recibir la confirmación de esos mismos sentimientos de vuestra parte, me rechazáis con furor y me arrojáis al suelo...
-¡Oh, cielos! -exclama el presidente-. Mirad, pequeña mía, empiezo a entender algo de todo esto. Os pido mil perdones... Es que esta noche, apremiado por la necesidad, intentaba satisfacerla por cualquier medio, y con los movimientos que hice cuando me bajé de la cama sin duda os eché fuera a vos también; pero todo esto es tanto más disculpable, puesto que sin duda estaba soñando y creí que me había caído desde más de veinte pies de altura. Vamos, no es nada, no es nada, ángel mío. Esta noche volveremos a empezar y os aseguro que me portaré como es debido. No voy a beber más que agua; pero, por lo menos, dadme un beso, corazoncito mío, y hagamos las paces antes de aparecer en público, pues de lo contrario pensaría que seguís enfadada conmigo y eso no lo desearía ni por un imperio.
La señorita de Téroze accede a presentar una de sus mejillas de rosa, aún encendida por el fuego del amor, a los sucios besos del viejo fauno. Acuden los demás y los dos cónyuges ocultan cuidadosamente la desdichada catástrofe nocturna.
Todo el día transcurre consagrado a distracciones y sobre todo a paseos que, al alejar al señor de Fontanis del castillo, daban tiempo a La Brie para preparar nuevas escenas. El presidente, totalmente resuelto a poner el broche final a su matrimonio, se comportó de tal forma en las comidas que les fue imposible utilizar esa oportunidad para poner su entendimiento en entredicho, pero afortunadamente tenían mas de un resorte para mover y el atractivo Fontanis contaba con demasiados enemigos conjurados contra él para poder escapar a sus trampas. Se van a la cama.
-¡Oh! Esta noche, ángel mío -anuncia el presidente a su joven mitad-, estoy seguro de que no os podréis librar.
Pero ya que se hacia el valiente era menester que las armas con las que amenazaba estuvieran en condiciones, y como quería lanzarse al asalto como Dios manda, el pobre provenzal hacia terribles esfuerzos en su lado de la cama. Se ponía tieso, se crispaba, todos sus nervios estaban en una tensión tal que le hacían presionar sobre el lecho con una fuerza dos o tres veces superior a la que hubiera hecho en estado de reposo, y así las vigas preparadas en el techo acabaron rompiéndose y precipitaron al desdichado magistrado a un establo de puercos que estaba instalado precisamente debajo de la habitación. Los habitantes del castillo de d'Olincourt discutieron durante muchísimo tiempo quién debió ser más sorprendido, si el presidente, hallándose de esa forma entre un tipo de animales tan frecuentes en su patria, o los animales en cuestión al descubrir entre ellos a uno de los más ilustres magistrados del Parlamento de Aix. Varios sugirieron que el placer debió ser igual por ambas partes. Realmente, ¿no debió sentirse por las nubes el presidente al hallarse de nuevo en sociedad, por llamarlo de alguna manera, y al poder oler por un instante el tufo de su terruño?, y, por otra parte, los impuros animales prohibidos por el bondadoso Moisés debieron dar gracias al cielo por contar al fin con un legislador a su cabeza, y nada menos que un legislador del Parlamento de Aix que, acostumbrado desde su infancia a juzgar causas relacionadas con el elemento favorito de esas amables bestias, podría un día evitar o zanjar cualquier discusión sobre ese elemento tan común a la organización de los unos y de los otros.
Fuera como fuese, la amistad no cuajó desde un primer momento, y como la civilización, madre de la cortesía, apenas está más adelantada entre los miembros del Parlamento de Aix que entre los animales que desprecia el israelita, se produjo al principio una especie de choque en el que el presidente no cosechó laureles precisamente. Le golpearon, le magullaron, le hostigaron a golpes de hocico; se quejó, no le hicieron caso; juró que lo recogería en acta, nada; amenazó con condenas, nadie se inmutó lo más mínimo; amenazó con el exilio, le tiraron por el suelo, y el desventurado Fontanis, empapado de sangre, empezaba ya a dictar una sentencia a la hoguera nada menos cuando al fin acudieron en su auxilio.
Eran La Brie y el coronel que, provistos de antorchas, trataban de rescatar al magistrado del fango en que se estaba hundiendo. Pero había que encontrar un sitio por donde pudieran agarrarle, pues como estaba rebozado de la cabeza a los pies, sacarle no resultaba ni fácil ni desde luego agradable para el olfato. La Brie fue a buscar una horquilla, un palafrenero al que llamaron en seguida apareció con otra y como mejor pudieron sacaron a nuestro hombre de la infame cloaca a la que su caída le había precipitado. Pero, ¿a dónde podían llevarle después de esto? Eso era lo peliagudo y la solución no se antojaba fácil. Tenían que expiar la sentencia, tenían que lavar al culpable; el coronel propuso una carta de abolición, pero el palafrenero, que no entendía ninguno de estos términos rimbombantes, sugirió que debían meterle sencillamente un par de horas en el abrevadero, tras lo cual, cuando estuviera suficientemente a remojo, podían acabar de ponerle a punto a base de manojos de paja. Pero el marqués alegó que el frío del agua podía afectar la salud de su hermano y, ante esto, como La Brie había asegurado que el lavadero de la cocina aún estaba lleno de agua caliente, transportaron allí al presidente y le confiaron a los cuidados de aquel discípulo de Comus, que, en menos que canta un gallo, le devolvió tan limpio como un plato de porcelana.
-No os propongo que volváis junto a vuestra esposa -le comenta d'Olincourt mientras está enjabonándose-, demasiado conozco vuestra delicadeza. Así, pues, La Brie va a conduciros a una pequeña habitación de soltero donde podéis pasar tranquilamente el resto de la noche.
-Bien, muy bien, mi querido marqués -contesta el presidente-, apruebo vuestro plan, pero reconoceréis que debo estar embrujado para que todas las noches que paso en este maldito castillo me ocurran aventuras de este tipo.
Detrás de todo ello existe alguna causa física-responde el marqués-. Mañana el médico volverá a estar con nosotros, os recomiendo que le consultéis.
-Sí, lo deseo -contesta el presidente, y al entrar con La Brie en su pequeña habitación añade mientras se mete en la cama-: realmente, querido amigo, nunca había estado tan cerca del fin.
-Por desgracia, señor -le contesta el diligente muchacho-, hay en todo esto una fatalidad del cielo, y os aseguro que os compadezco con toda mi alma.
Tras tomarle el pulso al presidente, Delgatz le aseguró que la ruptura de las vigas se debía únicamente a una excesiva obstrucción de los vasos linfáticos que, al duplicar la masa de los humores, aumentaba en proporción el volumen animal; que, por consiguiente, era necesaria una dieta rigurosa que, depurando la acritud de los humores disminuyera lógicamente el peso físico y coadyuvara a la tarea que se había propuesto, y que además...
-Pero, señor -le interrumpe Fontanis-, tengo la cadera destrozada y el brazo izquierdo dislocado por esa espantosa caída.
-Os creo -le respondió el doctor-, pero ese tipo de trastorno secundario no es precisamente el que más me preocupa, yo siempre me remonto a las causas. Hay que investigar en la sangre, señor. Al disminuir la acritud de la linfa conseguimos descongestionar los vasos, y al hacer más fluida la circulación por los vasos acabamos reduciendo la masa física, y el resultado será que los techos ya no cederán bajo vuestro peso y así, en adelante, podréis entregaros en vuestra cama a todos los ejercicios que os apetezcan sin correr nuevos peligros.
-Pero, ¿y mi brazo, caballero, y mi cadera?
-Haremos una purga, señor, una purga. Ahora mismo empezaremos con un par de sangrías locales y todo se irá arreglando sin que os deis cuenta.
Aquel mismo día comenzó la dieta. Delgatz, que no abandonó a su paciente en toda la semana, le puso a caldo de gallina y le hizo tres purgaciones seguidas, prohibiéndole por encima de todo que pensase en su mujer. Aunque el teniente Delgatz no tenía ni la menor idea su régimen funcionó a las mil maravillas. Él aseguró a sus amigos que hacía tiempo había seguido ese mismo tratamiento cuando estuvo trabajando en la escuela de veterinaria,, con un asno que se había caído a un profundo bache y al cabo de un mes el animal podía otra vez acarrear sus sacos de yeso como siempre había hecho. En efecto, el presidente, que no dejaba de estar bilioso, se fue poniendo sano y coloradote, sus contusiones fueron desapareciendo y nadie se ocupó de otra cosa más que de su recuperación y de dotarle de las fuerzas necesarias para que pudiera soportar lo que aún le esperaba.
A los doce días de tratamiento, Delgatz cogió de la mano a su paciente y se lo presentó a la señorita de Téroze:
-Aquí le tenéis, señora -le dijo-, aquí le tenéis. Os traigo sano y salvo a un hombre que se rebela contra las leyes de Hipócrates y que si se deja llevar sin freno de las fuerzas que yo le he devuelto antes de seis meses tendremos el placer de ver... -prosiguió Delgatz, poniendo suavemente la mano sobre el vientre de la señorita de Téroze-. Sí, señora, a todos nos cabrá la satisfacción de ver ese hermoso seno torneado por las manos del himeneo.
-Dios os oiga, doctor -contestó la bribonzuela-, porque reconoceréis que es muy duro ser esposa desde hace quince días y seguir siendo doncella.
-No tiene nada que ver -exclamó el presidente-. No se tienen indigestiones todas las noches ni todas las noches la necesidad de orinar saca a un esposo de su lecho, ni siempre que uno cree que va a hallarse en los brazos de una hermosa mujer se cae a un establo de cerdos.
-Ya veremos --contesta la joven Téroze lanzando un hondo suspiro-, ya veremos, señor; pero si me amarais como yo os amo, sin duda no os ocurrirían todas esas desgracias.
La cena fue muy animada, la marquesa estuvo divertida y mordaz. Apostó contra su marido por el éxito de su cuñado y se retiraron todos.
Los preparativos se hacen a toda prisa, la señorita de Téroze ruega a su marido por pudor que no deje ninguna luz encendida en la habitación. Él, demasiado desmoralizado para decir que no a algo, hace cuanto le piden y se meten en la cama. Aunque no sin esfuerzo, el intrépido presidente triunfa y logra cortar, o se cree que lo logra, por fin, esa preciosa flor a la que estúpidamente tan gran valor se concede. Cinco veces consecutivas ha sido coronado por el amor cuando se hace de día. Se abren las ventanas y los rayos del astro que dejan penetrar en la habitación muestran al fin a los ojos del vencedor la víctima que acaba de inmolar... ¡Cielos!, cómo se queda cuando descubre a una vieja negra en lugar de su mujer, cuando ve que una figura tan oscura como repelente reemplaza a los delicados encantos que creyó poseer! Se echa hacia atrás, grita que está embrujado y entonces aparece su mujer, y al sorprenderle con aquella divinidad de Ténaro le pregunta con acritud qué es lo que ella ha podido hacerle para que la traicione de forma tan cruel.
-Pero, señora, ¿no fue con vos con quien ayer...?
-Yo, señor, avergonzada, humillada, al menos nadie puede reprocharme que no me haya mostrado sumisa con vos. Vísteis a esta mujer a mi lado, me rechazasteis brutalmente para poder abrazarla. Habéis hecho que ocupe mi sitio en el lecho que me estaba destinado y yo me retiré confusa y con mis lágrimas como único consuelo. -Pero, ángel mío, decirme, ¿estáis totalmente segura de lo que afirmáis?
-¡Monstruo! ¡Aún quiere insultarme después de tan tremendos ultrajes y cuando esperaba consuelo el sarcasmo es mi única recompensa... ! ¡Venid, hermana mía, venid! ¡Qué venga toda mi familia y contemple el indigno objeto al que he sido sacrificada... ! Aquí está, aquí está... esa odiosa rival -gritaba la joven esposa frustrada en sus prerrogativas mientras vertía un torrente de lágrimas-, y aún en rni presencia se atreve a seguir en sus brazos. ¡Oh, amigos míos! -prosiguió desesperada la señorita de Téroze congregando a todo el mundo a su alrededor-. ¡Ayudadme! ¡Dadme armas contra este perjuro! ¿Era esto lo que me podía esperar adorándole como le adoraba?
Nada más hilarante que el semblante de Fontanis ante estas sorprendentes palabras. Miraba con ojos extraviados a la negra y dirigiéndolos luego hacia su joven esposa la contemplaba con una especie de estúpida atención que, a decir verdad, empezaba a resultar inquietante para la buena marcha de su cerebro. Por una curiosa fatalidad, desde que el presidente se hallaba en Olincourt, La Bne, el encubierto rival al que hubiera debido tener más miedo que a nadie, se había convertido en un personaje en el que más plenamente confiaba. Le llama.
-Amigo mío -le dice-, vos me parecisteis siempre un joven de lo más sensato. ¿Tendríais la bondad de decirme si realmente habéis advertido algún trastorno en mi cabeza?
-Para ser sincero, señor presidente -le contesta La Brie con aire triste y compungido-, no me había atrevido nunca a decíroslo, pero como me hacéis el honor de solicitar mi opinión no os voy a ocultar que desde vuestra caída al establo de los cerdos las ideas no han vuelto nunca a emanar puras de las membranas de vuestro cerebro. Que eso no os preocupe, señor, porque el médico que ya os atendió en una ocasión es uno de los hombres mas eminentes que han pasado por esta casa... Por ejemplo, estuvo aquí con nosotros el juez de la hacienda del señor marqués que se había vuelto loco hasta tal punto que no había un solo joven libertino en toda la comarca, que se lo pasara bien con una muchacha, a quien ese truhán no abriera en seguida un sumario por lo criminal, y condenas y sentencias y el destierro y todas las infamias que esos bribones tienen siempre a flor de labios. Pues bien, señor, nuestro doctor, ese hombre eminente que ya tuvo el gran honor de recetaros dieciocho sangrías y treinta medicamentos, le volvió la cabeza tan cuerda como si no hubiera sido juez en toda su vida. Pero, un momento -prosiguió La Brie volviéndose hacia el ruido que oía-, parece muy cierto eso que se dice de que tan pronto como se nombra a una bestia ya se le está viendo el plumero... pues aquí viene en persona.
-Oh, buenos días, querido doctor-exclama la marquesa al ver llegar a Delgatz-, realmente no creo que hayamos tenido nunca tanta necesidad de vuestro ministerio. Nuestro querido amigo el presidente sufrió ayer por la noche un pequeño trastorno mental que le llevó, a pesar de los esfuerzos de todos, a poseer, en vez de a su mujer, a una negra.
-¿A pesar de todos? -replica el presidente-. Pero, ¿quién trata de impedírmelo?
-Yo mismo en primer lugar, y con todas mis fuerzas -contestó La Brie-, pero el señor insistía con tal violencia que preferí dejarle hacer antes que exponerme a que me lastimara.
Y al oír esto, el presidente se rascaba la cabeza y empezaba a no saber ya a qué atenerse cuando el médico se acerca a él y le toma el pulso:
-Esto es más grave que el primer accidente -dice Delgatz bajando los ojos-. Es un residuo subrepticio de vuestra última enfermedad, un fuego oculto que escapa a la mirada inteligente del artista y que estalla en el momento en que menos se piensa. Se trata de una clara obstrucción del diafragma y de un terrible eretismo en la organización.
-¿Heretismo? -exclamó el presidente enfurecido-. ¿Qué quiere decir ese cretino con eso de heretismo? Bellaco, entérate de que yo no he sido herético jamás. Bien se ve, viejo imbécil, que, poco versado en la historia de Francia, ignoras que somos nosotros los que quemamos a los heréticos. Ve a visitar nuestra tierra, olvidado bastardo de Salerno; ve, amigo mío, ve a ver como Merindol y Cabrières siguen humeando tras los incendios que allí provocamos; paséate por los ríos de sangre con que los honorables miembros de nuestro tribunal regaron tan a conciencia la provincia; párate a escuchar los lamentos de los desdichados que inmolamos a nuestra furia, los sollozos de las mujeres a las que arrancamos de los brazos de sus maridos, el grito de los niños que asesinamos en el regazo de sus madres, todos y cada uno de los santos horrores que cometimos y verás si después de una conducta tan intachable se puede consentir a un pillo como tú que venga a tacharnos de heréticos.
El presidente, que seguía en la cama al lado de la negra, le había propinado tan tremendo puñetazo en el calor de su alocución en la nariz que la desdichada se había ido aullando como una perra a la que le roban sus cachorros.
-¡Bien! ¿Furioso, amigo mío? -preguntó d'Olincourt acercándose al enfermo-. ¿Es así como os comportáis, presidente? ¿Sabéis que vuestra salud se resiente y que es imprescindible cuidaros?
-Perfectamente. Cuanto se me hable así haré caso, pero escuchar cómo ese barrendero de Saint-Côme me tacha de herético admitiréis que no lo puedo soportar.
-No ha sido esa su intención, mi querido amigo -comentó la marquesa amablemente-. Eretismo es sinónimo de inflamación y nunca tuvo nada que ver con herejía.
-¡Ah!, perdón, señora marquesa, perdonadme, es que a veces soy un poco duro de oído. Venga, que se acerque ese grave discípulo de Averroes y me diga algo, le escucharé..., es más, haré cuanto me mande.
Delgatz, a quien la ardorosa salida del Presidente había obligado a echarse a un lado por temor a que le pasara como a la negra, se acercó de nuevo junto a la cama.
-Os lo repito, señor -dijo el moderno galeno tomando otra vez el pulso a su paciente-, un tremendo eretismo en la organización.
-Here...
Eretismo, señor-corrigió apresuradamente el doctor, escondiendo la cabeza por miedo a otro puñetazo-, por lo que diagnostico una brusca flebotomización en la yugular que habrá que tratar con frecuentes baños de agua helada.
-No soy demasiado partidario de las sangrías -observó d'Olincourt . El señor presidente ya no tiene edad para soportar esa clase de pruebas a no ser que exista una necesitad imperiosa. Además, no comparto esa obsesión por la sangre que tienen los hijos de Themis y de Esculapio. Opino que hay tan pocas enfermedades que merezcan su efusión como escasos son los delitos que exijan su derramamiento. Espero, presidente, que ahora que se trata de ahorrar la vuestra os mostréis de acuerdo conmigo; si no fuera por vuestro interés en este caso no me sentiría tal vez tan seguro de vuestra opinión.
-Señor -contestó el presidente-, apruebo la primera parte de vuestro discurso, pero me permitiréis que disienta de la segunda. El delito ha de ser lavado con sangre, sólo con ella se le extirpa y se le previene. Comparad, señor, todos los males que el crimen puede llegar a producir sobre la tierra con la insignificancia de una docena de miserables ejecutados al año para prevenirlo.
-Vuestra paradoja, amigo mío, carece de sentido común -contesta d'Olincourt-, es dictada por el rigorismo y la estupidez; es en vos una tara de vuestra profesión y de vuestro terruño de la que deberéis abjurar para siempre. Aparte de que vuestros estúpidos rigores jamás consiguieron contener el crimen, decir que una fechoría hace perdonar la siguiente y que la muerte de un hombre puede resultar beneficiosa para la del anterior es un absurdo. Vos y los que que son como vos deberíais avergonzaros de tales procedimientos que, más que de vuestra integridad, dan testimonio de vuestra desmesurada afición al despotismo. Tienen toda razón al llamaros los verdugos del género humano; vosotros solos destruís a más hombres que todos los azotes de la naturaleza juntos.
-Caballeros -interrumpe la marquesa-, no me parece que sea esta la ocasión ni el momento para una discusión semejante. En vez de tranquilizar a mi querido hermano, señor -prosiguió dirigiéndose a su marido-, estáis encendiendo su sangre y vais quizá a hacer incurable su enfermedad.
La señora marquesa tiene toda la razón -añadió el doctor-, permitidme, señor, ordenar a La Brie que haga poner cuarenta libras de hielo en la bañera, que la llenen después con agua del pozo y mientras lo preparan yo ayudaré a mi paciente a levantarse.
Todos se van en seguida. El presidente se levanta y regatea de nuevo a propósito del baño helado que, según decía, iba a dejarle otra vez fuera de combate por seis semanas como mínimo, pero no hay forma de evitarlo. Baja, le sumergen, le tienen en él diez o doce minutos, a la vista de todos, apostados por los rincones en derredor suyo para regocijarse con la escena, y el enfermo, seco ya del todo, se viste y se une al grupo como si nada hubiera pasado.
La marquesa, después de cenar, propone ir a dar un paseo. -La distracción ha de sentarle bien al presidente, ¿verdad, doctor?, le pregunta a Delgatz.
-Por supuesto -contesta éste-. La señora recordará que no hay ningún hospital en donde no asignen un patio a los locos para que puedan tomar el aire.
-Me alegro-dice el presidente-de que todavía no penséis que no tengo remedio.
-Ni mucho menos, señor -le contesta Delgatz-. Se trata de un ligero trastorno que cuidado oportunamente no tiene por qué tener ninguna consecuencia, pero es preciso que el señor presidente repose y se tranquilice.
-Pero, ¿cómo, señor? ¿Creéis que esta noche no podré tomarme la revancha?
-¿Esta noche, señor? La sola mención me hace estremecer; si en vuestro caso yo hiciese gala del rigor con que tratáis a los demás os prohibiría las mujeres durante tres o cuatro meses.
-¡Tres o cuatro meses, cielos...! -y volviéndose hacia su esposa-: tres o cuatro meses, querida, ¿lo podríais soportar, ángel mío, lo podríais soportar?
-¡Oh!, el señor Delgatz se ablandará, eso espero -responde la joven Téroze con fingida ingenuidad-, al menos si no se apiada de vos se apiadará de mí...
Y salieron a pasear. Había un bote para pasar a la otra orilla y dirigirse a la casa de un gentilhombre vecino que estaba al tanto de todo y les esperaba para merendar. Una vez en la barca nuestros jóvenes se ponen a hacer diabluras y Fontanis, para complacer a su mujer, no deja de imitarles.
-Presidente -le dice el marqués-, apuesto a que no podéis colgaros como yo del cable de la barca y a que no resistís así varios minutos seguidos.
-Nada más fácil --contesta el presidente, apurando su carga de tabaco y empinándose sobre la punta de los pies para agarrar mejor la cuerda.
-Muy bien, muy bien, infinitamente mejor que vos, hermano -dice la pequeña Téroze al ver a su marido colgando.
Pero mientras el presidente así suspendido hace una exhibición de su destreza y de su donaire, los barqueros, que habían sido advertidos, doblan la fuerza de sus remos y al deslizarse velozmente la barcaza deja al desdichado entre el cielo y el agua... Grita, pide auxilio, estaban tan sólo a la mitad de la travesía y aún quedaban más de quince toesas para alcanzar la orilla.
-Haced lo que podáis -le gritaban-, acercaos nadando hasta la orilla, podéis ver que el viento nos arrastra y no es posible volver hacia donde estáis.
Y el presidente, resbalándose, pataleando, forcejeando, hacía cuanto podía para agarrar el bote que seguía escapándosele a fuerza de remos. Si hubiera un espectáculo divertido sería, sin duda, el de ver a uno de los más adustos magistrados del Parlamento de Aix, con su gran peluca y su negra toga, colgando de esa forma.
-Presidente -le gritaba el marqués desternillándose de risa-, sin duda esto es un designio de la providencia, es el talión, amigo mio, la ley del talión, la ley predilecta de vuestros tribunales, ¿por qué os quejáis de estar colgado así? ¿Acaso no condenasteis a menudo al mismo suplicio a quienes no se lo merecían tanto como vos?
Pero el presidente ya no podía oírle: terriblemente agotado por el violento esfuerzo que tenía que hacer, las manos le abandonan y cae al agua como una plomada. Al instante, dos buceadores que estaban preparados corren en su auxilio y le suben de nuevo a bordo, chorreando como un perro de aguas y blasfemando como un carretero.
Lo primero que hizo fue protestar por una broma que no venía a cuento. Le juran que en ningún momento han tenido la intención de gastarle broma alguna, que un golpe de viento había arrastrado el bote, le hacen entrar en calor en el camarote del barco, le cambian de ropa, le hacen carantoñas y su tierna esposa hace cuanto puede para que se olvide del pequeño accidente, y Fontanis, enamorado y débil, pronto está ya riéndose con todo el mundo del espectáculo que acaba de ofrecer.
Llegan, por fin, a casa del gentilhombre, son maravillosamente recibidos y se sirve una merienda espléndida; procuran que el presidente pruebe una crema de pistacho que tan pronto como llega a sus entrañas le obliga en el acto a informarse de dónde se encuentra el retrete. Le abren uno, terriblemente oscuro, y con una prisa espantosa se sienta y hace sus necesidades con diligencia, pero, concluida la operación, el presidente no puede levantarse.
-¿Y qué es esto ahora? -exclama tirando de los riñones.
Pero por más esfuerzos que hace o bien deja allí esa parte o le resulta imposible despegarse; mientras tanto su ausencia está causando cierta sensación; se preguntan dónde puede estar y los gritos que oyen conducen por fin a todos los reunidos a la puerta del fatídico gabinete.
-¿Pero qué diablos hacéis ahí tanto tiempo, amigo mío? -le pregunta d'Olincourt . ¿Os ha dado un cólico?
-Qué demonios -contesta el pobre diablo redoblando sus esfuerzos para poder incorporarse- no os dais cuenta de que me he quedado metido...
Pero para ofrecer a la concurrencia un espectáculo aún más divertido y para colaborar en los esfuerzos del presidente por levantarse del maldito asiento le pasaban por las nalgas, desde abajo, una llama de alcohol y agua que le chamuscaba el vello y que al aplicársela un poco mas cerca le obligaba a dar los saltos más increíbles y a hacer las muecas más espantosas... Cuanto más se reían, más se encolerizaba el presidente, increpaba a las damas, amenazaba a los caballeros y cuanto más se irritaba más cómico resultaba su congestionado semblante; con las sacudidas que daba la peluca se le había desprendido del cráneo y su occipucio al aire hacía aún mucho más divertidas las contorsiones de su rostro; al fin acude el gentilhombre, pide mil disculpas al presidente por no habérsele advertido que aquel retrete no estaba en condiciones de recibirle; él y sus servidores despegan como mejor pueden al paciente, no sin que éste pierda una tira circular de piel que, por mas esfuerzos que se hicieron, sigue pegada al borde del asiento y que los pintores tuvieron que remojar con cola fuerte para poderla pintar en seguida del color con que se deseaba decorar.
-A decir verdad -exclama Fontanis con descaro al salir-, bien contentos estáis de tenerme con vosotros y bien que os sirvo para vuestras diversiones.
-Injusto amigo -replica d'Olincourt-, ¿por qué tenéis siempre que achacarnos las desgracias que os envía la fortuna? Creía que bastaba con llevar puesto el ronzal de Themis para que la equidad constituyera una virtud natural, pero bien puedo ver que me equivocaba.
Es que vuestras ideas sobre lo que se entiende por equidad no son muy acertadas -responde el presidente-. En la abogacía nosotros distinguimos varias clases de equidad: está la que se llama equidad relativa y la equidad personal...
-Más despacio -contesta el marqués-; no he visto nunca que la virtud que tanto se analiza se practique demasiado; a lo que yo llamo equidad, amigo mío, es pura y simplemente a la ley de la naturaleza; aquel que la observe será siempre íntegro y sólo cuando se aparte de ella se volverá injusto. Contéstame, presidente, si tú te hubieras librado a algún capricho de la fantasía en la intimidad de tu casa, ¿te parecería muy equitativo que una turba de zopencos irrumpiera con sus antorchas en el seno de tu familia y que valiéndose de artimañas inquisitoriales, de engaños y de delaciones compradas, llegaran a descubrir ciertas faltas, disculpables cuando se tienen treinta años, y se aprovecharan de todas esas atrocidades para perderte, para desterrarte, para mancillar tu honor, deshonrar a tus hijos y saquear tus bienes? Dime, amigo mío, ¿te parecerían muy equitativos todos esos bribones? Y si es verdad que admites un Ser supremo, ¿adorarías ese modelo de justicia si así la ejerciera con los hombres? ¿No temblarías al estar sometido a él?
-¿Y cómo lo entendéis vos, os pregunto? Pues que, ¿es que vais a censurarnos por descubrir un delito...? Ese es nuestro deber.
Eso es falso, vuestro deber no consiste mas que en castigarlo cuando se descubre por sí mismo; dejad a las estúpidas y feroces máximas de la inquisición la bárbara y vulgar tarea de descubrirlo, como viles espías o infames delatores. ¿Qué ciudadano podrá estar tranquilo cuando, rodeado de sirvientes sobornados por vuestro celo, su honor o su vida estén en todo momento en manos de gentes que, amargadas por la cadena que arrastran, crean librarse de ella o aligerarla vendiéndoos a aquel que se la impone? Habréis multiplicado los bribones de la nación, habréis hecho pérfidas a las esposas, calumniadores a los lacayos, desgraciados a los hijos, habréis duplicado el cúmulo de los vicios y no habréis conseguido que florezca una sola virtud.
-Es que no se trata de que florezcan las virtudes, se trata, única y exclusivamente, de acabar con el crimen.
-Pero vuestros métodos los multiplican.
-Por supuesto, pero es la ley y debemos atenernos a ella; nosotros no somos legisladores, nosotros, mi querido marqués, somos «operadores».
-Decid más bien, presidente, decid más bien -replicó d'Olincourt, que ya empezaba a acalorarse- que sois «ejecutores», «verdugos distinguidos» que, enemigos del Estado por naturaleza, no os sentís a gusto más que oponiéndoos a su prosperidad, poniendo trabas a su bienestar, mancillando su gloria y haciendo que corra sin motivo alguno la preciosa sangre de sus súbditos.
A pesar de los dos baños de agua helada que Fontanis había tomado a lo largo del día, la bilis es una cosa tan difícil de eliminar en un magistrado que el pobre presidente se estremecía de rabia al oír cómo se denigraba de aquella manera a un oficio que consideraba tan respetable; no daba crédito a que eso que se llama la magistratura pudiera ser atacada de aquel modo y se disponía ya a replicar, tal vez como un marinero marsellés, cuando las damas se acercaron y propusieron regresar a casa. La marquesa preguntó al presidente si alguna nueva necesidad no le hacía ir al retrete.
-No, no, señora -contestó el marqués-; este respetable magistrado no siempre tiene cólicos, hay que disculparle si se ha tomado el ataque un poco a la tremenda; esa pequeña convulsión de las entrañas es una enfermedad habitual en Marsella o en Aix, y desde que hemos visto cómo una turba de bribones, colegas de este buen mozo, juzgaban como «envenenadas» a unas cuantas rameras que no tenían más que un cólico, no debemos extrañarnos de que un cólico sea un grave asunto para un magistrado provenzal.
Fontanis, uno de los jueces más comprometidos en aquel caso que había cubierto de vergüenza para siempre a los magistrados de Provenza, estaba ya en un estado difícil de describir, balbuceaba, pataleaba, echaba espuma por la boca, se parecía a esos dogos que en un combate de toros no consiguen morder a su adversario y d'Olincourt, aprovechándose de su situación:
-Miradle, señoras, y decidme, os ruego, si no os parecería horrible la suerte de un desdichado gentilhombre que, confiado en su inocencia y en su buena fe, se encontrara con quince mastines como éste ladrándole en sus talones.
El presidente estaba ya a punto de enfadarse en serio, pero el marqués, que no deseaba todavía el estallido final, se metió en su coche prudentemente y dejó que la señorita de Téroze extendiera un bálsamo sobre las llagas que acababa de abrir. Mucho le costó, pero al fin lo consiguió; no obstante, volvieron a cruzar a la otra orilla sin que el presidente mostrara deseos de bailar bajo la cuerda y llegaron en paz al castillo. Cenaron y el doctor se encargó de recordar a Fontanis la necesidad de seguir observando su abstinencia.
-A fe mía que la recomendación es innecesaria -le contestó el presidente-. ¿Cómo queréis que un hombre que ha pasado la noche con una negra, que ha sido tachado de herético por la mañana, al que le han hecho tomar un baño helado como almuerzo, que poco después se ha caído al río, que, atrapado en un retrete como un pierrot pegado con cola, le han calcinado el trasero mientras hacía sus necesidades y al que tienen la osadía de decirle en su cara que los jueces que investigaban el crimen no eran más que unos pillos despreciables y que las rameras, que tenían un cólico no habían sido envenenadas; ¿cómo queréis, os repito, que ese hombre siga pensando en desvirgar a una muchacha?
-Me alegra mucho el veros tan razonable -respondió Delgatz, mientras acompañaba a Fontanis al pequeño dormitorio de soltero que ocupaba cuando no tenía planes respecto a su mujer-. Os exhorto a que sigáis así y pronto veréis todo el bien que eso ha de haceros.
Al día siguiente los baños helados se reanudaron; durante todo el tiempo que se emplearon, el presidente no se hizo repetir la necesidad de su régimen y la encantadora Téroze pudo al menos, durante aquel intervalo, disfrutar tranquilamente de todos los placeres del amor en los brazos de su encantador Elbene; al fin, al cabo de quince días, Fontanis, fresco como ya se sentía, empezó de nuevo a cortejar a su esposa.
-Oh, en verdad, señor-le dijo la joven cuando se vio en el trance de no poder seguir ya dando largas-, en estos momentos tengo en la cabeza asuntos muy distintos al amor; leed esto que me han escrito, señor, estoy arruinada.
Y le tiende a su marido una carta en la que éste lee que el castillo de Téroze, a una distancia de cuatro leguas de donde se hallaban y situado en un rincón del bosque de Fontainebleau, en el que nadie penetraba jamás, mansión cuya renta constituye la dote de su esposa, está habitado desde hace seis meses por fantasmas que producen un estruendo terrible, molestan al granjero, estropean la tierra y van a impedir que el presidente y su mujer, a no ser que se ponga orden, vean ni un sol de toda su hacienda.
-Es una noticia espantosa -dice el magistrado, devolviéndole la carta-. Pero, ¿no podríais decir a vuestro padre que nos diera alguna otra cosa en lugar de ese siniestro castillo?
-¿Y qué queréis que nos dé, señor? Tened en cuenta que no soy más que la hija menor, ya le ha dado mucho a mi hermana y estaría muy mal por mi parte que le pidiera otra cosa; hay que conformarse con esto y tratar de poner orden.
-Pero vuestro padre conocía ese inconveniente cuando os casó.
-Sí, es cierto, pero no creía que llegara a ese extremo; además, eso no quita nada al valor del regalo, no hace más que retrasar sus efectos.
-¿Y el marqués lo sabe?
-Sí, pero no se atreve a hablaros de ello.
-Hace mal, pues tenemos que pensar algo entre los dos.
Llaman a d'Olincourt, éste no puede negar los hechos y se decide por último que lo más sencillo es ir, por muchos peligros que eso pueda entrañar, y habitar el castillo dos o tres días para poner fin a tales desórdenes y ver, en fin, qué partido se puede sacar de sus rentas.
-¿Tenéis un poco de valor, presidente? -le pregunta el marqués.
-Yo, pues depende -contesta Fontanis-; el valor es una virtud que se usa poco en nuestro ministerio.
-Sí, ya lo sé -responde el marqués-, con la ferocidad tenéis bastante; os pasa con esa virtud, poco más o menos, como con todas las demás: os dais tal maña para desvirtuarlas que no os quedáis nunca de ellas más que con lo que las echa a perder.
-Bien, seguid con vuestros sarcasmos, marqués, pero os suplico que hablemos en serio y que dejemos los improperios a un lado.
-Muy bien, hay que ir allí, tenemos que instalarnos en Téroze, destruir a los fantasmas, poner orden en vuestras posesiones y regresar para que os podáis acostar con vuestra esposa.
-Un momento, señor, un momento, os lo ruego, no vayamos tan deprisa. ¿Habéis pensado en los peligros que entraña entrar en relación con seres semejantes? Un buen sumario, seguido de un decreto, valdría mucho más que todo eso.
-Bueno, ya estamos otra vez con sumarios, decretos... ¿A quién no excomulgáis también como los curas? ¡Armas atroces de la tiranía y de la estupidez! ¿Cuándo dejarán de creer todos esos hipócritas con faldas, todos esos pedantes con casaca, esos secuaces de Themis y de María, que su insolente charlatanería y su estúpida función pueden tener efecto alguno en el mundo? Entérate, hermano, de que no es con papeluchos con lo que hay que reducir a unos bribones tan atrevidos, sino con la espada, con pólvora y con balas; dispónte, pues, a morir de hambre o a tener el coraje de luchar contra ellos.
-Señor marqués, razonáis como coronel de dragones que sois; dejadme a mí que vea las cosas como magistrado, persona sagrada e indispensable al Estado y que no se expone jamás a la ligera.
-¿Tú persona indispensable al Estado, presidente? Hacía mucho tiempo que no me reía, pero veo que tienes ganas de que me dé esa convulsión. ¿Y a qué santo te has creído, te lo ruego, que un hombre de oscura extracción por lo general, que un individuo siempre rebelde contra todo lo bueno que pueda desear su señor, al que no sirve ni con su bolsa ni con su persona, que se opone sin cesar a todos sus buenos propósitos, cuyo único fin es el de fomentar la división de los particulares, ahondar la del reino y vejar a los ciudadanos..., te repito, ¿cómo puedes creer que un ser semejante puede ser precioso para el Estado?
-Me niego a responder, pues de nuevo aparece la ironía.
-Muy bien, de acuerdo, amigo mío, me parece muy bien, de acuerdo, pero aunque tengas que cavilar durante treinta días sobre esta aventura, aunque tengas que recabar ridículamente la opinión de tus cofrades al respecto, seguiré diciéndote que no hay más solución que ir a instalarnos nosotros mismos a casa de esos tipos que tratan de impresionarnos.
El presidente puso aún algunas objeciones, se defendió con mil contradicciones más absurdas y pretenciosas las unas que las otras, y acabó por decidir con el marqués que partiría a la mañana siguiente con él y con dos lacayos de la mansión; el presidente propuso a La Brie, ya lo dijimos, no se sabe demasiado bien por qué, pero tenía gran confianza en ese muchacho. D'Olincourt, muy al corriente de los importantes asuntos que iban a retener a La Brie en el castillo durante su ausencia, contestó que era imposible llevarle con ellos, y al día siguiente, al despuntar el alba, se prepararon para ello, colocaron al presidente una vieja armadura que habían encontrado en el castillo, su joven esposa le puso el casco, deseándole toda suerte de venturas, y le instó a volver lo antes posible para recibir de sus manos los laureles que marchaba a cosechar; él la besa tiernamente, monta a caballo y sigue al marqués. Por más que habían anunciado por los alrededores la mascarada que iba a tener lugar, el enjuto presidente, con su ridículo atavío militar, resultaba tan grotesco que fue acompañado, de un castillo al otro, de carcajadas y silbidos. Por todo consuelo, el coronel, que se mantenía lo más serio posible, se acercaba a él de cuando en cuando y le decía:
-Ya lo veis, amigo mío, este mundo no es más que una farsa, o se es público o se es actor, o contemplamos la escena o la representamos.
-Sí, perfecto, pero ahí nos están silbando -contesta el presidente.
-¿De verdad? -respondía flemáticamente el marqués.
-No cabe la menor duda -replicaba Fontanis-, y reconoceréis que resulta muy duro.
-¿Por qué? -decía d'Olincourt-. ¿Acaso no estáis acostumbrado a esos pequeños desastres? ¿Creéis que a cada estupidez que cometéis en vuestros estrados ornados con flores de lis, el público no os silba también? Hechos por naturaleza para que se mofen de vosotros en vuestro oficio, trajeados de una manera ridícula que hace reír en cuanto se os ve, ¿cómo vais a imaginar que con tantas cosas desfavorables por un lado, os van a perdonar todas vuestras estupideces por el otro?
-¿No os gusta la toga, verdad, marqués?
-No os lo oculto, presidente; sólo me gustan las profesiones útiles: todo aquel que no tiene talento más que para fabricar dioses o para matar hombres, me ha parecido siempre un individuo consagrado a la indignación pública y al que se le debe ridiculizar u obligar a que trabaje a la fuerza. ¿No creéis, amigo mío, que con esos dos hermosos brazos que os ha dado la naturaleza, no seríais infinitamente más útil en un carro que en una sala de justicia? En el primer caso haríais honor a todas las facultades que habéis recibido del cielo... En el segundo, no hacéis más que envilecerlas.
-Pero es necesario que haya jueces.
-Más valdría que no hubiera más que virtudes, podrían adquirirse sin necesidad de jueces, con ellos se las pisotea por doquier.
-¿Y cómo queréis vos que se gobierne un Estado...?
-Con tres o cuatro sencillas leyes promulgadas en el palacio del monarca y observadas en cada clase por los ancianos de la clase en cuestión; de esa manera cada estamento tendría sus pares y un gentilhombre que fuera condenado no tendría que sufrir la espantosa afrenta de serlo por algún bellaco como tú, tan prodigiosamente lejos de ser digno de ello.
-¡Oh!, todo eso nos llevaría a discusiones...
-Que van a acabar en seguida -interrumpió el marqués-, pues ya hemos llegado a Téroze.
Estaban, en efecto, entrando ya en el castillo; el granjero se presenta, se encarga de los caballos de sus señores y pasan a una sala en donde en seguida se ponen a discutir con él sobre los inquietantes hechos de aquella mansión.
Todos los días un ruido espantoso se dejaba oír por igual en todas las estancias de la casa, sin que se haya podido averiguar la causa; por las noches se había montado guardia y varios campesinos contratados por el granjero, según afirmaban, habían sido terriblemente apaleados y nadie se atrevía ya a exponerse. Pero resultaba imposible precisar qué se sospechaba; la opinión general era sencillamente que el espíritu que se aparecía era el de un antiguo arrendatario de aquella mansión, que había tenido la desgracia de perder su vida injustamente en el cadalso y que había jurado volver todas las noches y causar un terrible estrépito en la casa hasta poder tener la satisfacción de retorcer el cuello a un magistrado.
-Mi querido marqués -exclamó el presidente corriendo hacia la puerta-, me parece que mi presencia aquí es bastante inútil., nosotros no estamos acostumbrados a ese género de venganzas y preferimos, como los médicos, matar indiferentes a quien nos venga en gana sin que el difunto pueda protestar jamás.
-Un momento, hermano, un momento -responde d' Olincourt, deteniendo al presidente que estaba decidido a salvarse-; acabemos de oír las explicaciones de este hombre -y dirigiéndose al granjero-: ¿Eso es todo, maese Pedro, no hay en todo este acontecimiento singular ninguna otra particularidad que podáis señalarnos? ¿A todos los funcionarios sin excepción odia ese diablillo?
-No, señor-contestó Pedro-; el otro día dejó una nota sobre una mesa en la que decía que sólo detestaba a los prevaricadores; cualquier juez que sea integro no corre con él ningún peligro, pero no perdonará a aquellos que, guiados únicamente por el despotismo, por la estupidez o por la venganza, hayan sacrificado a sus semejantes a la sordidez de sus pasiones.
-Bien, ya veis que debo irme de aquí-comentó el presidente, consternado-; en esta casa no existe la menor seguridad para mí.
-¡Ah!, miserable-le contesta el marqués-; conque ahora tus crímenes empiezan a hacerte estremecer..., ¿eh? Atentados contra el honor, destierros de diez años a causa de una partida de rameras, infames connivencias con otras familias, el dinero recibido por arruinar a un gentilhombre, y tantos otros desdichados sacrificios a tu furor o a tu ineptitud, esos son los fantasmas que ahora vienen a turbar tu imaginación, ¿verdad? ¡Cuánto darías en este momento por haber sido un hombre honrado toda tu vida! Que esta cruel situación te sirva de algo algún día, que te haga sentir por adelantado el horrible peso de los remordimientos y que te enseñe que no hay ni una sola felicidad mundana, por valiosa que nos pueda parecer, que valga lo que la tranquilidad de espíritu y las satisfacciones de la virtud.
-Mi querido marqués, os pido perdón-dice el presidente con lágrimas en los ojos-; soy hombre perdido, no me sacrifiquéis, os lo suplico, y dejadme volver al lado de vuestra querida hermana que deplora mi ausencia y que nunca os perdonará los males a los que vais a entregarme.
-¡Cobarde! Cuánta verdad hay cuando se dice que la cobardía acompaña siempre a la falsedad y a la traición... No, tú no saldrás de aquí, ya no es tiempo de volverse atrás; mi hermana no tiene más dote que este castillo; si quieres disfrutarlo, hay que limpiarlo de esos bribones que lo ensucian. Vencer o morir, no hay término medio.
-Os ruego que me disculpéis, querido hermano; pero sí que hay un termino medio: escapar de aquí a toda prisa y renunciar a todos esos beneficios.
-Vil cobarde, ¿así es como queréis a mi hermana, prefieres verla consumirse en la miseria que combatir para salvar su herencia...? ¿Quieres que le diga a la vuelta que esos son los sentimientos que le profesas?
-¡Cielos, a qué horrible estado me veo reducido!
-Vamos, vamos, recobra el valor y prepárate para lo que se espera de nosotros.
Sirvieron la cena, el marqués quiso que el presidente cenara con la armadura completa; maese Pedro comió con ellos, afirmó que hasta las once de la noche no había absolutamente nada que temer, pero que a partir de ese momento, hasta el amanecer, el lugar era indefendible.
-Pues nosotros vamos a defenderlo—contestó el marqués-, y aquí tenéis a un bravo camarada de quien os respondo como de mí mismo. Estoy seguro de que no nos abandonará.
-No respondamos de nada hasta ver qué pasa -replicó Fontanis-; yo soy un poco como César, lo confieso, el valor en mí es muy voluble.
Mientras tanto, pasaron el tiempo que quedaba reconociendo los alrededores, paseando, haciendo cuentas con el granjero, y cuando se hizo de noche el marqués, el presidente y sus dos criados se repartieron el castillo.
Al presidente le tocó un gran dormitorio, flanqueado por dos siniestras torres cuya sola visión le hacía estremecer de antemano: era por allí precisamente por donde, según decían, el espíritu iniciaba su ronda, con lo que iba a toparse con él antes que nadie; un valiente hubiera gozado ante esta halagadora perspectiva, pero el presidente, que, como todos los presidentes del universo y los presidentes provenzales en particular, no era valiente ni por asomo, se dejó llevar de tal acto de debilidad al conocer la noticia, que tuvieron que cambiarle de pies a cabeza; ninguna medicina hubiera tenido un efecto más fulminante. Le vuelven a vestir, le arman de nuevo, le dejan dos pistolas sobre la mesa de su alcoba, le colocan en las manos una lanza de quince pies de largo por lo menos, le encienden tres o cuatro velones y le abandonan a sus reflexiones.
-Oh, desdichado Fontanis—exclamó al verse solo- ¿Qué genio del mal te ha conducido a esta galera? No podías haber encontrado en tu provincia a alguna joven que valiera más que ésta y que no te hubiera acarreado tantos sinsabores? Tú lo has querido, pobre presidente, tú lo has querido, amigo mío, y aquí estas, te sentiste tentado por una boda en París y ya ves en lo que acaba... Pobrecito, a lo mejor vas a morir aquí como un perro sin poder ni siquiera confesar y comulgar y entregar tu alma a un sacerdote... Estos malditos incrédulos, con su equidad, con sus leyes de la naturaleza y su filantropía, parece como si el paraíso fuera a abrírseles cuando pronuncian esas tres impresionantes palabras... Menos naturaleza, menos equidad y menos filantropía, firmemos decretos, desterremos, quememos, condenemos a la rueda y vayamos a misa, más valdría esto que todo lo demás. Este d'Olincourt insiste furiosamente en el proceso de aquel gentilhombre al que juzgamos el año pasado; debe de haber algún tipo de parentesco que yo ni sospechaba... Pues que, ¿no se trataba de un asunto escandaloso, no vino un criado de trece años, al que habíamos sobornado, a decirnos, porque nosotros queríamos que nos lo dijese, que aquel hombre se dedicaba a matar prostitutas en su castillo, no nos contó un cuento de Barba Azul con el que las nodrizas no pretendieran hoy en día dormir a sus criaturas? Tratándose de un crimen tan importante como es el asesinato de una ramera..., un delito probado de forma tan concluyente como es la declaración de un niño de trece años al que hicimos que le dieran cien latigazos porque no quería decir lo que queríamos nosotros, no me parece a mí que sea obrar con excesivo rigor hacer las cosas como las hicimos. ¿Es que se necesitan cien testigos para cerciorarse de un delito; no basta una simple relación? ¿Acaso tuvieron tantos miramientos nuestros doctos colegas de Toulouse cuando condenaron a la rueda a Calas? Si no castigásemos más que aquellos crímenes de los que estamos seguros, no tendríamos el placer de arrastrar al cadalso a nuestros semejantes ni cuatro veces en todo un siglo, y sólo eso hace que seamos respetados. Desearía que me explicaran qué sería un parlamento cuya bolsa estuviera siempre abierta para las necesidades del Estado, que no presentara nunca ninguna queja, que registrara todos los delitos y que no matara nunca a nadie... Eso sería una asamblea de necios a la que no se le haría el menor caso en la nación... Valor, presidente, valor, no has hecho más que cumplir con tu deber, amigo mío; deja que griten los enemigos de la magistratura, no podrán destruirla; nuestro poderío, establecido a costa de la blandura de los reyes, durará tanto como la monarquía, y ya puede Dios velar por los soberanos para que no acabe derribándolos; unos cuantos descalabros más como los del reinado de Carlos VII y la monarquía, destruida al fin, dará paso a esa forma de gobierno que ambicionamos desde hace tanto tiempo y que al elevarnos al pináculo como el senado de Venecia, pondrá en nuestras manos, como poco, las cadenas con que tan ardientemente deseamos aplastar al pueblo.
Así razonaba el presidente, cuando un ruido espantoso se dejó oír a un mismo tiempo en todas las habitaciones y en todos los corredores del castillo... Un escalofrío universal se apodera de él, se arrebuja sobre la silla y apenas se atreve a levantar los ojos. ¡Seré insensato! -exclama-. ¡Que yo, que un miembro del Parlamento de Aix tenga que luchar contra unos espíritus! ¿Qué tuvisteis nunca que ver con el Parlamento de Aix? Entre tanto el ruido aumenta, las puertas de las dos torres se vienen abajo, aterradoras figuras penetran en la habitación... Fontanis se arroja al suelo, implora que le perdonen, suplica por su vida.
-Miserable-le contesta uno de los fantasmas con pavorosa voz-. ¿Acaso supo tu corazón qué era la compasión cuando condenaste injustamente a tantos desgraciados, su espantosa suerte te conmovió, acaso te sentí-as menos orgulloso, menos glotón, menos crapuloso el día que tus injustas sentencias hundían en el infortunio o en la sepultura a las víctimas de tu estúpido rigorismo? ¿Y de dónde provenía en ti esa temeraria impunidad de tu momentáneo poder, de esa fuerza ilusoria que por un momento corrobora la opinión y que al punto destruye toda filosofía...? Sufre que nos guiemos por los mismos principios y sométete, pues eres el más débil.
Tras estas palabras, cuatro de estos espíritus físicos agarran con fuerza a Fontanis y al instante le dejan desnudo como la palma de la mano, sin obtener otra cosa más que sollozos, gritos y un sudor fétido que le cubría de pies a cabeza.
-¿Qué hacemos ahora con él?-pregunta uno de ellos. -Espera-le contesta el que parecía el jefe-, aquí tengo la lista de los cuatro principales asesinatos que ha cometido jurídicamente, vamos a leérsela.
En 1750, condenó a la rueda a un desdichado que no había cometido más delito que negarle a su hija, a la que el miserable quería violar,
En 1754, propuso a un hombre salvarle por dos mil escudos; al no podérselos pagar, hizo que le ahorcaran.
En 1760, al enterarse de que un hombre de su ciudad había hecho algunos comentarios sobre él, le condenó a la hoguera al año siguiente, acusándole de sodomía, aunque el desventurado tenía mujer y un tropel de hijos, cosas todas ellas que desmentían su crimen.
En 1772, un joven de elevado rango de la provincia quiso, por una venganza trivial, dar una zurra a una cortesana que le había jugado una mala pasada, y este indigno cernícalo convirtió la broma en un asunto criminal, lo consideró asesinato, envenenamiento, arrastró a todos sus cofrades a esta ridícula opinión, perdió al joven, le arruinó y, no habiendo podido atraparle, le hizo condenar en rebeldía.
Estos son sus principales crímenes; decidid, amigos míos.
-El talión, señores, el talión; ha condenado injustamente a la rueda, pues yo quiero que a la rueda se le condene.
-Yo propongo la horca-dijo otro-y por los mismos motivos que mi colega.
-Que sea quemado -dice un tercero- por haber empleado ese suplicio sin motivo alguno y por haberlo merecido él mismo tantas veces.
-Démosle ejemplo de clemencia y de moderación, camaradas -dice el jefe-, y sigamos nuestro texto nada más que en la cuarta aventura: azotar a una ramera es un crimen digno de muerte, en opinión de este cernícalo imbécil, pues que sea azotado.
Entonces agarran al desdichado presidente, le tumban boca abajo sobre un estrecho banco, le agarrotan de los pies a la cabeza; los cuatro etéreos espíritus cogen cada uno una correa de cuero de una longitud de cinco pies y la dejan caer cadenciosamente y con toda la fuerza de sus brazos sobre los desnudos miembros del desgraciado Fontanis, que, lacerado tres cuartos de hora seguidos por las vigorosas manos que se encargan de su educación, pronto no es más que una llaga de la que brota sangre por todas partes.
-Ya basta-dice el jefe-; ya lo dije antes, démosle ejemplo de compasión y de cómo hacer el bien; si el bribón nos atrapara nos haría descuartizar; pero ahora le tenemos a él, despidámonos con este correctivo fraternal y que aprenda en nuestra escuela que no siempre se hace mejores a los hombres asesinándoles; no ha recibido más que quinientos latigazos, pero apuesto al que quiera que ya está escarmentado de sus injusticias y que en el futuro va a ser uno de los magistrados más íntegros de su gremio; soltadle y continuemos nuestras operaciones.
-Ouf -exclamó el presidente cuando vio que sus verdugos se habían ido-. Ahora veo que si entramos con saña en los actos del prójimo, si tratamos de exagerarlos por el placer de castigarlos, ahora veo que nos lo devuelven en seguida. ¿Y quién habrá contado a esa gente todo lo que yo he hecho? ¿Cómo es que estaban tan bien informados de mi conducta?
Fuere como fuese, Fontanis se arregla como puede, pero apenas se ha puesto su traje de nuevo cuando oye unos espantosos gritos por el lado por donde los espectros habían salido de su habitación; aguza el oído y reconoce la voz del marqués pidiendo socorro con todas sus fuerzas.
-¡Que el diablo me lleve si doy un paso! -dice el vapuleado presidente-. Que esos pillos le zurren como a mí si les apetece; no pienso intervenir, cada uno tiene ya bastante con sus propias querellas para meterse en las de los demás.
Mientras tanto el ruido va creciendo, y d'Olincourt entra al fin en el aposento de Fontanis, seguido por sus dos sirvientes y poniendo los tres el grito en el cielo, como si les hubieran degollado: los tres venían cubiertos de sangre, uno llevaba un brazo en cabestrillo, otro una venda en la frente y se habría jurado al verles pálidos, desgreñados y ensangrentados, que acababan de batirse contra una legión de diablos escapados del infierno.
-Oh, amigo mío, ¡qué asalto! -exclama d'Olincourt-. ¡Creí que nos iban a estrangular a los tres!
-Apuesto a que no estáis más maltrechos que yo -responde el presidente, mostrándoles su magullado lomo-. Mirad cómo me han tratado.
-Oh, a fe mía, amigo -le contesta el coronel-, por una vez os veis en el caso de poder presentar una querella justa; no ignoráis el vivo interés que vuestros colegas han mostrado a lo largo de los siglos por los traseros flagelados; convocad a las cámaras, amigo mío, buscad a algún célebre abogado que quiera desplegar su elocuencia en favor de vuestras nalgas magulladas; usando el ingenioso artificio con el que un orador antiguo conmovía al areópago al descubrir ante los ojos del tribunal los soberbios senos de la bella a la que defendía; que vuestro Demóstenes descubría esas atractivas nalgas en el momento más patético de su alegato, que hagan enternecer al auditorio; recordad en especial a los jueces de París ante los que os veréis obligado a comparecer, aquella famosa aventura de 1769, en la que su corazón, mucho más conmovido por el azotado trasero de una buscona que por el pueblo del que se dicen padres y al que dejan, no obstante, morir de hambre, les indujo a abrir un proceso criminal contra un joven militar que, al volver de sacrificar sus mejores años al servicio del príncipe, no encontró otros laureles a su regreso que la humillación perpetrada por la mano de uno de los mayores enemigos de esa misma patria que venía de defender... Vamos, querido camarada de infortunio, démonos prisa, partamos, no hay ninguna seguridad para nosotros en este maldito castillo, corramos a vengarnos, volemos a implorar la equidad de los protectores del orden público, de los defensores del oprimido y de los pilares del Estado.
-Yo no puedo tenerme en pie-contesta el presidente, y además esos malditos bribones me volverían a mondar como a una manzana; os ruego que hagáis que me traigan una cama, y que me dejéis tranquilo en ella al menos veinticuatro horas.
-Ni se os ocurra, amigo mío, os estrangularán.
-Que lo hagan, me lo tendré merecido, pues los remordimientos se despiertan ahora con tanta fuerza en mi corazón, que tendría por una orden del cielo todas aquellas desgracias que le plazca enviarme.
Como el estruendo había cesado por completo y d'Olincourt vio que realmente el pobre provenzal necesitaba algo de descanso, mandó llamar a maese Pedro y le preguntó si había que temer que aquellos bribones volviesen de nuevo a la noche siguiente.
-No, señor -contestó el granjero-; ahora se estarán quietos durante ocho o diez días y podréis descansar con absoluta tranquilidad.
Condujeron al tundido presidente a una alcoba en la que se acostó y descansó como pudo una buena docena de horas; allí seguía cuando de repente se sintió mojado en la cama; levanta la vista y ve que el techo está horadado por mil agujeros por los que caía un raudal de agua que amenazaba con inundarle si no se levantaba a toda prisa; baja velozmente y completamente desnudo a las salas del primer piso, en donde encuentra al coronel y a maese Pedro olvidando sus penas alrededor de un pastel y de una montaña de botellas de vino de Borgoña; su primer impulso fue reírse al ver correr hacia ellos a Fontanis, con un atuendo tan indecente; él les contó sus nuevos infortunios y le hicieron sentar a la mesa sin darle tiempo para ponerse sus calzones, que seguía sujetando bajo el brazo como hacen los habitantes del Pégu. El presidente se puso a beber y halló consuelo para sus males al término de la tercera botella de vino; como aún les sobraban dos horas antes de tener que regresar a Olincourt, prepararon los caballos y partieron.
Duro aprendizaje, marqués, el que me habéis hecho hacer aquí-dice el provenzal, ya en la silla.
-Y no será el último, amigo mío -le contesta D'Olincourt-; el hombre ha nacido para superar pruebas y los hombres de leyes más que nadie; bajo el armiño es donde la estupidez erigió su templo y no respira en paz más que en vuestros tribunales; pero aparte de lo que podáis objetar, ¿era necesario abandonar el castillo sin averiguar lo que allí ocurría?
-¿Acaso hemos ganado algo con saberlo?
-Por supuesto, ahora podemos presentar vuestra querella con mucho mas fundamento.
-¿Querella? Que me lleve el diablo si presento alguna, me guardaré, lo que me ha tocado en suerte y os estaré infinitamente agradecido si no le habláis a nadie de ello.
-Amigo mío, no sois consecuente; si es ridículo presentar una querella cuando le molestan a uno, ¿por qué las estáis siempre buscando, por qué la recomendáis sin cesar? ¡Cómo! Vos que sois uno de los mayores enemigos del crimen, ¿queréis que quede impune cuando ha quedado tan manifiesto? ¿No es uno de los mayores axiomas de la jurisprudencia suponer que aunque la parte lesionada de su desistimiento, resulta de ello una satisfacción para la justicia? ¿No ha sido visiblemente violada con todo lo que os acaba de suceder? ¿Vais a rehusarle el legítimo incienso que ella exige?
-Todo lo que queráis, pero no diré una sola palabra.
-¿Y la dote de vuestra esposa?
-Confiaré en la equidad del barón y le encargaré la tarea de limpiar esta afrenta.
-Él no se meterá en esto.
-Muy bien, pues comeremos mendrugos.
-¡El valiente! Conseguiréis que vuestra esposa os maldiga y se arrepienta toda su vida de haber unido su suerte a la de un cobarde de vuestra especie.
-Oh, sí, me parece que remordimientos vamos a tener muchos cada uno por su parte, pero, ¿por qué queréis que yo presente ahora una denuncia cuando tanto lo desaprobabais antes?
-Yo no sabía de lo que se trataba; mientras pensé que se podía vencer sin ayuda de nadie elegí esa solución como la más sensata, y ahora, cuando me parece indispensable reclamar en nuestro favor el apoyo de las leyes os lo propongo. ¿Qué hay de inconsecuente en mi conducta?
De maravilla, de maravilla -contesta Fontanis desmontando, pues ya habían llegado a Olincourt-; pero os ruego no decir una sola palabra, es el único favor que os pido.
Aunque no habían estado ausentes más que dos días, en casa de la marquesa había muchas novedades; la señorita de Téroze estaba en cama, una presunta indisposición provocada por la inquietud, por la angustia de saber a su marido en peligro la retenía en el lecho desde hacía veinticuatro horas: un atractivo camisón, veinte varas de gasa alrededor de su cabeza y de su cuello..., una palidez verdaderamente conmovedora que, al hacerla cien veces aún más hermosa, reavivó los ardores del presidente a quien la pasiva flagelación que acaba de sufrir inflamaba aún más el físico. Delgatz se hallaba junto al lecho de la enferma y advirtió a Fontanis en voz baja que ni siquiera diera muestras de deseo en la dolorosa situación en que se encontraba su mujer; el momento crítico había sobrevenido en el período de la menstruación, se trataba nada menos que de una hemorragia.
-Diablos -exclama el presidente-, bien desdichado tengo que ser, acabo de hacerme desollar por esta mujer, y desollar de mano maestra, y aún se me priva del placer de tomarme la revancha con ella. Por lo demás, la población del castillo se había incrementado con tres personajes de los que es indispensable dar cuenta. El señor y la señora de Totteville, gente acomodada de los alrededores, que traían con ellos a la señorita Lucila de Totteville, su hija, jovencita morena y despabilada de unos dieciocho años de edad y que en nada desmerecía junto a los lánguidos encantos de Téroze.
[A fin de no tener por más tiempo en suspenso al lector, vamos a indicarle en seguida quiénes eran estos tres nuevos personajes que habían sido reclutados para la escena, bien para posponer su desenlace o bien para conducirla con mayor seguridad al fin propuesto. Totteville era uno de esos arruinados caballeros de Saint-Louis que arrastran su orden por el fuego por unas cuantas cenas o por unos cuantos escudos y que aceptan con indiferencia cualquier papel que les propongan interpretar; su presunta mujer era una antigua aventurera en otro campo que, no teniendo ya edad para comerciar con sus encantos, se desquitaba traficando con los de los demás; en cuanto a la bella princesa que pasaba por hija suya, teniendo en cuenta a semejante familia, fácil es imaginar a qué genero pertenecía: discípula de Paphos desde su infancia, ya había arruinado a tres o cuatro recaudadores de impuestos y era por su arte y por sus atractivos por lo que se la había especialmente adoptado; sin embargo, cada uno de estos personajes, escogidos de entre lo mejor que ofrecía su especie, con gran estilo, adiestrados a la perfección y poseyendo eso que se llama el barniz del buen tono, cumplía inmemorablemente lo que se esperaba de ellos, y resultaba difícil, al verles en compañía de caballeros y de damas de elevada condición, no creer que también ellos lo fueran.]
Apenas entró el presidente, la marquesa y su hermana le pidieron informes de su aventura.
-No es nada-respondió el marqués, siguiendo las instrucciones de su cuñado--; es una cuadrilla de bribones que serán reducidos tarde o temprano, habrá que saber lo que el presidente decida al respecto; para todos nosotros será un placer intercambiar opiniones con él.
Y como d'Olincourt se había apresurado a advertir en voz baja de sus éxitos y del deseo que tenía el presidente de que se relegasen al olvido, la conversación cambió de tema y no se volvió a hablar de los aparecidos de Téroze.
El presidente testimonió toda su inquietud a su mujercita y más aún el extremo pesar que sentía porque aquella maldita indisposición hubiera aún de aplazar el instante de su felicidad. Y como era tarde cenaron y se fueron a acostar sin que aquel día ocurriera nada extraordinario.
El señor de Fontanis, que, como buen leguleyo, añadía al cúmulo de sus buenas cualidades una extraordinaria inclinación por las mujeres, descubrió, no sin cierta veleidad, a la joven Lucila en el círculo de la marquesa de d'Olincourt; empezó por informarse, por medio de su confidente La Brie, sobre quién era la joven en cuestión, y éste, tras contestarle de forma que alentaba el amor que veía nacer en el corazón del magistrado, le instó a seguir adelante.
Es una joven de calidad -le contestó el pérfido confidente-, pero no por eso está a salvo de una proposición amorosa de un hombre de vuestra índole. Señor presidente-prosiguió el joven bribón-, vos sois el espanto de los padres y el terror de los maridos, y por muchos propósitos de sensatez que una persona del sexo femenino se haya podido fijar, muy difícil es que se muestre rigurosa con vos. Dejando a un lado la figura, y aunque sólo contara vuestra profesión, ¿qué mujer puede resistirse a los encantos de un servidor de la justicia, con esta gran toga negra, con este birrete cuadrado? ¿Acaso creéis que no se dice todo esto?
-Es cierto que es muy difícil defenderse de nosotros, a nuestras órdenes tenemos a cierto personaje que fue siempre el terror de las virtudes... Tú crees entonces, La Brie, que si yo dijera una palabra...
-Capitularía, no lo dudéis.
-Pero habría que guardarme el secreto. Bien sabes que en la situación en que me hallo es muy importante para mí no dar los primeros pasos con mi mujer con una infidelidad.
-¡Oh, señor!, la hundiríais en la desesperación, con la ternura que siente por vos.
-Sí, ¿crees que me ama un poco?
-Os adora, señor, y engañarla sería un crimen.
-Sin embargo, ¿crees que por otra parte...?
-Vuestros intereses progresarán de modo infalible, si así lo creéis; es sólo cuestión de actuar.
-¡Oh, mi querido La Brie!, me colmas de alegría. ¡Qué placer manejar dos intrigas al mismo tiempo y engañar a dos mujeres a la vez! ¡Sí, engañar, amigo mío, engañar! ¡Qué voluptuosidad para un hombre de la ley!
Como consecuencia de estos estímulos, Fontanis se arregla, se emperifolla, se olvida de los latigazos que le abren las carnes, y mientras engatusa a su mujer, que sigue guardando cama, apunta sus baterías hacia la astuta Lucila, que, tras escucharle al principio con pudor, va poco a poco poniéndole buena cara.
Cuatro días aproximadamente duraba ya esta intriga sin que nadie pareciese reparar en ella cuando se recibieron en el castillo avisos de las gacetas y de los mercurios invitando a todos los astrónomos a observar a la noche siguiente el paso de Venus bajo el signo de Capricornio.
-¡Oh, diablos, singular acontecimiento!-comentó el marqués como versado en ello nada más leer la noticia-. No me hubiera esperado nunca este fenómeno. Poseo, como sabéis, señoras, algunas nociones de esta ciencia; incluso yo mismo he escrito una obra en seis volumenes sobre los satélites de Marte.
-¿Sobre los satélites de Marte? -contestó la marquesa con una sonrisa-. Pues no os son muy propicios, presidente; me asombra que hayáis escogido esa materia.
-Siempre bromeando, adorable marquesa; veo que mi secreto no ha sido guardado. Bien, sea como sea, siento mucha curiosidad por el acontecimiento que nos anuncian... ¿Y tenéis aquí algún sitio, marqués, a donde podamos ir para observar la trayectoria de ese planeta?
-Desde luego -respondió el marqués-. ¿Acaso no hay encima de mi palomar un observatorio muy bien equipado? En él encontraréis magníficos telescopios, cuartos de círculo, compases, en una palabra, todo lo que caracteriza a un gabinete de astronomía.
-¡Con que sois un poco del oficio!
-No, en absoluto, pero uno tiene ojos como cualquiera, se tropieza con personas cultas y uno se alegra, por ellas, de estar instruido.
-Muy bien, para mí será un placer daros algunas lecciones en seis semanas; os enseñaré a conocer la tierra mejor que Descartes o Copérnico.
Mientras tanto llega el momento de trasladarse al observatorio: el presidente estaba desolado porque la indisposición de su esposa fuera a privarle del placer de hacerse el erudito delante de ella, sin sospechar, el pobre diablo, que era ella quien iba a representar el papel principal en esta singular comedia.
Aunque los globos no fuesen conocidos por el público, eran ya conocidos en 1789, y el hábil físico que había ingeniado este del que vamos a hablar, más sabio que ninguno de los que le siguieron, tuvo el buen sentido de quedar se mirando como los demás y de no decir una sola palabra cuando unos intrusos fueron a robarle su descubrimiento. En el centro de un aerostato perfectamente construido, a la hora fijada, la señorita de Téroze debía elevarse en brazos del conde de Elbene, y esta escena, vista desde muy lejos e iluminada tan sólo por una luz artificial y tenue, había de ser lo bastante bien representada como para impresionar a un necio como el presidente, que no había leído en toda su vida ni una sola obra sobre la ciencia de la que se jactaba.
Todo el grupo sube a lo alto de la torre, se proveen de catalejos y el globo se eleva.
-¿Lo veis?-se preguntan unos a otros.
-Todavía no.
-Si, ya lo tengo, lo veo.
-No, no es eso.
-Perdonad, a la izquierda, a la izquierda; poneos mirando hacia el Oriente.
-¡Ah, ya lo tengo! -exclama el presidente entusiasmado-. ¡Ya lo tengo, amigos míos! Haced lo que yo haga... Un poco más cerca de Mercurio, no tan lejos como Marte, muy por encima de la elipse de Saturno. Allí está, ¡ah, gran Dios! ¡Qué hermoso es!
-Lo estoy viendo como vos -dice el marqués-. Realmente es algo soberbio. ¿Podéis ver la conjunción?
-La tengo al extremo de mi lente...
Y el globo pasa en este momento por encima de la torre.
-¿Y bien? -pregunta el marqués-. ¿Estaban equivocados los avisos que recibimos? ¿No está aquí Venus por encima del Capricornio?
-Sin lugar a dudas-responde el presidente-. Es el espectáculo más hermoso que he visto en toda mi vida.
-Quién sabe -añadió el marqués- si tendréis que subir tan arriba para verlo a vuestro gusto.
-¡Ah, marqués! ¡Qué fuera de lugar están vuestras bromas en un momento tan sublime!
Y cuando el globo se perdió en la oscuridad, todos bajaron contentísimos por el alegórico fenómeno que el arte acababa de prestar a la naturaleza.
-Estoy verdaderamente desolado porque no hayáis venido a compartir con nosotros el placer que nos ha proporcionado este acontecimiento -aseguró al volver el señor de Fontanis a su esposa, a la que halló de nuevo en su lecho-. Es imposible contemplar nada más hermoso.
-Os creo -responde la joven-, pero me han dicho que había en todo ello tal cantidad de cosas indecentes que, en el fondo, no siento en absoluto no haber visto nada.
-¿Indecentes? -replica el presidente con una sonrisa burlona, llena de encanto-. ¡Oh, no!, en absoluto; es una conjunción. ¿Acaso hay algo en la naturaleza que no lo sea? Es lo que tanto me gustaría que sucediera al fin entre nosotros, y que se llevara a efecto en cuanto lo deseéis. Pero decidme, en honor a la verdad, dueña soberana de mis pensamientos... No es bastante tener en suspenso a vuestro esclavo? ¿No vais a concederle pronto la recompensa a sus pesares?
-¡Ay, ángel mío! -le responde amorosamente su joven esposa-. Creed que lo procuro con tanta ansiedad como vos, por lo menos, pero ya veis mi estado... Y lo veis sin lamentarlo, cruel, aunque sea obra vuestra del principio al fin: no os atormentéis tanto por lo que os interesa y antes me repondré.
El presidente se sentía ponlas nubes al verse lisonjeado de esta forma; se pavoneaba, erguía la cabeza. Jamás picapleitos alguno, ni siquiera los que acaban de colgar a alguien, había mostrado nunca un cuello tan estirado. Pero como, con todo ello, los obstáculos se multiplicaban por el lado de la señorita de Téroze, mientras que por el de Lucila, por el contrario, todo eran mieles, Fontanis no dudó en preferir los mirtos floridos del amor a las tardías rosas del himeneo. La una no se me puede escapar-decía para sí-, la tendré siempre que me apetezca, pero la otra a lo mejor no se queda aquí más que un momento.
Hay que darse prisa y sacarle partido, y de acuerdo con estos principios Fontanis no desperdiciaba ninguna ocasión que pudiera servir a sus intrigas.
-¡Ay, señor!-le decía un día esta joven con fingido candor-. ¿No me convertiré en la más desdichada de las criaturas si os concedo lo que me pedís...? Comprometido como vos lo estáis, ¿podréis alguna vez reparar el daño que infringiríais a mi reputación?
-¿Qué queréis decir con reparar? No se repara nada en esos casos, es lo que se llama arar en el mar; no tendremos más que reparar uno que otro. Con un hombre casado no hay nunca nada que temer, porque él es el primer interesado en el secreto, y así, pues, eso no os impedirá encontrar un marido.
-Y la religión y el honor, señor...
-Todo eso son pamplinas, corazón mío; bien veo que sois como una Inés y que necesitáis pasar algún tiempo en mi escuela. ¡Ah, cómo voy a hacer que desaparezcan todos esos prejuicios de la infancia!
-Pero yo creía que vuestra condición os obligaba a respetarlos.
-Pues claro que sí, por fuera; nosotros no tenemos para nosotros más que el exterior; hay que impresionar con él al menos, pero una vez despojados de ese vano decoro que nos obliga a ciertos miramientos nos parecemos en todo al resto de los mortales. ¡Oh!, ¿cómo podríais creernos libres de sus vicios? Nuestras pasiones, mucho más encendidas por el relato o la continua pintura de las de los demás, no nos hacen diferentes más que por los excesos que ellos no saben apreciar y que constituyen nuestras delicias diarias; al amparo casi siempre de las leyes con que hacemos temblar al prójimo, esa impunidad nos inflama y nos va haciendo más y más alevosos...
Lucila escuchaba todas estas futilidades, y a pesar del horror que le inspiraban el físico y la moral de este abominable personaje, seguía dándole facilidades, pues sólo con esa condición le había sido prometida la recompensa. Cuanto más progresaban los amoríos del presidente, más insoportable le iba volviendo su fatuidad: no hay en el mundo nada tan divertido como un picapleitos enamorado; es el cuadro más acabado de la torpeza, de la impertinencia y de la necesidad. Si el lector ha visto en alguna ocasión a un pavo cuando se dispone a multiplicar su especie, ya tiene la idea más cabal del esbozo que querríamos ofrecerle. Por más esfuerzos que hacía por disimular, un día en que su insolencia le había puesto, no obstante, demasiado al descubierto, el marqués quiso emprenderla con él en la mesa y humillarle delante de su diosa.
-Presidente -le dijo-, acabo de recibir ciertas noticias que os habrán de afligir.
-¿Cuáles, pues?
-Se asegura que el Parlamento de Aix va a ser suprimido; el pueblo se queja de que es inútil. A Aix le hace mucha menos falta un Parlamento que a Lyon, y esta ultima ciudad, demasiado alejada como para depender de París, englobará a toda la Provenza; la domina y está muy convenientemente situada para albergar en su seno a los jueces de una provincia tan importante.
Ese arreglo carece de sentido común. Es acertado. Aix está en el fin del mundo; un provenzal, viva donde viva, siempre preferirá ir a Lyon para sus asuntos que a vuestro lodazal de Aix. Caminos espantosos, ni un solo puente sobre ese Durance que, como vuestras cabezas, se sale de sus cauces nueve meses al año, y además, no os lo voy a ocultar, ciertos fallos particulares. Ante todo se censura vuestra composición; no hay, según se afirma, ni un solo individuo en todo el Parlamento de Aix que tenga un nombre... Comerciantes de atún, marineros, contrabandistas; en una palabra, una cuadrilla de picaros despreciables con los que la nobleza no quiere tener el menor trato y que oprime al pueblo para resarcirse del descrédito en que vive: zopencos, imbéciles... Perdonad, presidente, os digo lo que me han comunicado; después de cenar os dejaré la carta para que la leáis. Unos bellacos, en suma, que llevan el fanatismo y el escándalo hasta el punto de dejar en su ciudad, como prueba inequívoca de su integridad, un patíbulo siempre levantado, que no es sino un monumento de su zafio rigorismo, cuyas piedras debería arrancar el pueblo para lapidar a esos insignes verdugos que con tanta insolencia aún se atreven a imponerle su yugo; uno se extraña de que no lo haya hecho todavía, y parece ser que no va a tardar demasiado... Un sinnúmero de injustas detenciones, una afectación de severidad cuyo único objeto es el de permitirse todos los crímenes legales que les viene en gana perpetrar y otras cosas, en fin, mucho más serias que habría que añadir a todo esto... Se llega a decir abiertamente que son encarnizados enemigos del Estado y que lo han sido en todas las épocas. El público horror que inspiraron vuestros excesos de Mérindol aún no se ha extinguido en los corazones. ¿No ofrecisteis en aquella ocasión el espectáculo más espantoso que se pueda describir? ¿Puede uno imaginar sin estremecerse a los depositarios del orden, de la paz y de la justicia asolando la provincia como enloquecidos, con una antorcha en una mano y el puñal en la otra, quemando, matando, violando y masacrando cuanto se les ponía por delante, como una partida de tigres enfurecidos escapados de la selva? ¿Es propio de unos magistrados conducirse de esa manera? Se recuerdan asimismo varias circunstancias en las que os negasteis obstinadamente a socorrer al rey en sus necesidades, y en diversas ocasiones estuvisteis más dispuestos a sublevar a la provincia que a permitir que se os incluyera en la nómina de contribuyentes. ¿Creéis que está olvidada aquella desdichada época en que, sin que os amenazara peligro alguno, fuisteis, a la cabeza de los habitantes de vuestra ciudad, a entregar sus llaves al condestable de Borbón, que había traicionado a su rey, y aquella otra, cuando temblando nada más que por la proximidad de Carlos V, os apresurasteis a rendirle homenaje y a hacerle entrar dentro de vuestros muros? ¿No es bien sabido que fue en el seno del Parlamento de Aix donde se sembraron las primeras semillas de la Liga, y que en todos los tiempos no fuisteis más que unos facciosos, unos rebeldes, unos asesinos o unos traidores? Vosotros lo sabéis mejor que nadie, señores magistrados provenzales: cuando se desea perder a alguien se averigua todo cuanto haya podido hacer anteriormente; se sacan a relucir sus antiguas faltas para agravar la suma de las nuevas. No os extrañéis, pues, de que se comporten con vos como vos hicisteis con los desgraciados que inmolasteis en aras de vuestra pedantería. Aprended, mi querido presidente, que ultrajar a un ciudadano honrado y pacífico no le está más permitido a una corporación que a un particular, y si ese gremio persiste en una insensatez semejante, que no se sorprenda cuando vea alzarse contra él todas las voces, apelando a los derechos del débil y de la virtud en contra del despotismo y de la iniquidad.
El presidente, sin poder soportar estas acusaciones ni tampoco responder a ellas, se levantó de la mesa como un poseso, jurando que iba a abandonar la casa. Tras el espectáculo de un picapleitos enamorado no existe nada tan irrisorio como el de un picapleitos encolerizado; los músculos de su rostro, naturalmente moldeados por la hipocresía, forzados a pasar de súbito a las contorsiones de la ira, sólo lo van consiguiendo mediante violentas gradaciones cuya evolución es sumamente cómica de ver. Cuando ya se habían divertido bastante con su arrebato de despecho, como aún no se había llegado a la escena que debía, o al menos eso esperaban, librarles de él para siempre, se esforzaron en tranquilizarle, acudieron junto a él y le apaciguaron. Olvidando con notable facilidad por la noche todas las pequeñas vejaciones de la mañana, Fontanis recobró su talante habitual y todo se olvidó.
La señorita de Téroze iba mejorando, y aunque algo abatida exteriormente, bajaba, no obstante, para las comidas e incluso salía a pasear un poco con todos los demás. El presidente, ya con menos prisas, pues Lucila le tenía totalmente ocupado, comprendió que bien pronto no iba a poder ocuparse más que de su mujer. Por consiguiente, decidió precipitar la otra intriga. Había llegado el momento crítico; la señorita de Totteville no oponía ya el menor reparo, y no se trataba más que de encontrar un lugar seguro para el encuentro. El presidente propuso su dormitorio de soltero. Lucila, que no dormía en la habitación de sus padres, aceptó encantada ese sitio para la noche siguiente y en seguida se lo comunicó al marqués; le señalan su papel y el resto de la jornada transcurre tranquilamente. Hacia las once, Lucila, que debía acudir antes que él al lecho del presidente, con ayuda de una llave que éste le había confiado, pretextó un dolor de cabeza y salió. Un cuarto de hora después, el impaciente Fontanis va a retirarse, pero la marquesa decide que aquella noche, para honrarle, quiere acompañarle hasta su aposento. Todos los presentes comprenden la broma, la señorita de Téroze es la primera en regocijarse, y haciendo caso omiso del presidente, que está con el alma en vilo y que habría deseado sustraerse a aquella ridícula atención, o al menos prevenir a la que pensaba que iba a ser sorprendida, cogen unos candelabros, los hombres pasan delante, las damas rodean a Fontanis y en este divertido cortejo llegan a la puerta de su habitación... Nuestro infortunado galán apenas podía respirar.
Yo no respondo de nada-decía balbuceando-. Pensad en la imprudencia que cometéis. ¿Quién os asegura que el objeto de mis amores no esté tal vez esperándome en este preciso instante en mi cama? Y si así fuera, ¿os dais cuenta de todo lo que puede resultar de la inconsecuencia de vuestro proceder?
-A todo evento-contesta la marquesa abriendo la puerta de golpe-. Vamos, belleza, que por lo visto estáis esperando al presidente en su cama; dejaos ver y no tengáis miedo.
Pero cuál no sería la sorpresa general cuando las luces colocadas enfrente del lecho descubren a un asno monstruoso blandamente recostado sobre las sábanas y que, por una divertida fatalidad, satisfechísimo sin duda del papel que le hacían representar, se había dormido apaciblemente sobre el lecho del magistrado y roncaba con voluptuosidad.
-¡Ah, pardiez! -exclamó d'Olincourt, reprimiendo la risa-. Presidente, contempla un instante la dichosa sangre fría de este animal. ¿No se podría decir que es uno de tus colegas de la audiencia?
El presidente, sin embargo, muy contento por salir bien librado con esta broma, se figuraba que así se correría un velo sobre todo lo demás, y que Lucila, al darse cuenta, habría tenido la prudencia de no dejar que se sospechara su intriga en lo más mínimo; el presidente, repito, se empezó a reír con el resto. Sacaron como mejor pudieron al jumento, muy afligido por haber sido interrumpido en su sueño; pusieron sábanas blancas y Fontanis reemplazó muy dignamente al más soberbio asno que se había encontrado en la comarca.
-Verdaderamente es igual-comentó la marquesa cuando le vio acostado-. Nunca pensé que existiera un parecido tan asombroso entre un asno y un presidente del Parlamento de Aix.
-Qué equivocación la vuestra, señora-replico el marqués-. ¿No sabéis que ese tribunal ha elegido siempre sus miembros de entre estos doctores? Apostaría a que el que habéis visto salir de aquí fue su primer presidente. La primera preocupación de Fontanis a la mañana siguiente fue preguntarle a Lucila cómo se las había arreglado para salir del aprieto: ella, bien asesorada, le contestó que al darse cuenta de la broma se había retirado en seguida, pero con la inquietud, no obstante, de haber sido traicionada, cosa que le había hecho pasar una noche espantosa, deseando ardientemente que llegara el momento en que pudiese aclararlo todo. El presidente la tranquilizó y obtuvo la revancha para el día siguiente; la pudibunda Lucila se hizo un poco de rogar, Fontanis se puso aún más ardoroso y todo quedó fijado conforme a sus deseos. Pero si la primera cita había sido estropeada por una cómica escena, ¡qué fatal acontecimiento iba a dar al traste con la segunda! Los detalles se arreglan como dos días antes; Lucila se retira la primera, el presidente la sigue poco después, sin que nadie se interponga; la encuentra en el lugar convenido, y estrechándola entre sus brazos se disponía ya a darle pruebas inequívocas de su pasión... De pronto las puertas se abren: son el señor y la señora de Totteville, la marquesa, la señorita de Téroze en persona.
-¡Monstruo! -exclama esta última, arrojándose enfurecida sobre su marido-. ¿Así es como te ríes de mi candor y de mi ternura?
-Hija atroz-le dice el señor de Totteville a Lucila, que se ha arrojado a los pies de su padre-. Es así como abusas de la honesta libertad que te concedíamos...
Por su parte, la marquesa y la señora de Totteville lanzan miradas enfurecidas a los dos culpables, y la señora de d'Olincourt pasa de este primer gesto a recoger a su hermana, que se desmaya en sus brazos. Difícilmente se podría describir el semblante de Fontanis en medio de esta escena: la sorpresa, la vergüenza, el terror, la inquietud, todos estos dispares sentimientos le agitan a la vez y le inmovilizan como a una estatua; entretanto llega el marqués, se informa y se entera con indignación de cuanto sucede.
-Señor -le dice con severidad el padre de Lucila-, nunca me habría esperado que en vuestra casa una joven honesta pudiera temer afrentas de esta índole; no os extrañe que no esté dispuesto a tolerarlo y que mi mujer, mi hija y yo partamos al instante para pedir justicia a aquellos de quienes debemos esperarla.
-En verdad, señor -dice entonces el marqués con sequedad al presidente-, convendréis en que estas son escenas que poco podía esperarme. ¿No fue para deshonrar a mi cuñada y a mi casa por lo que quisisteis uniros a nosotros?
Después, dirigiéndose a Totteville:
-Nada más justo, señor, que la reparación que exigís, pero me atrevo a rogaros encarecidamente que procuréis evitar el escándalo. No es por este bellaco por quien os lo pido, no es digno más que de desprecio y de escarmiento, es por mí, señor, por mi familia, por mi desdichado suegro, que, después de depositar toda su confianza en este pantalón, va a morir del pesar de haberse equivocado.
Me gustaría complaceros, señor -responde con altivez el señor de Totteville, llevando a su mujer y a su hija-, pero me permitiréis que ponga mi honor por encima de todas esas consideraciones. No os veréis comprometido, caballero, en la querella que voy a presentar; sólo este malnacido lo estará... Me permitiréis que no escuche nada más y que acuda al instante allí donde la venganza me reclama.
Con estas palabras, los tres personajes se van, sin que ningún esfuerzo humano pueda detenerlos, y vuelan, según dicen, a París, a presentar un recurso contra las humillaciones que ha querido infligirles el presidente Fontanis... Mientras tanto, en el desdichado castillo no reina ya más que la inquietud y la desesperación; la señorita de Téroze, apenas restablecida, vuelve a caer enferma en el lecho con una fiebre que se asegura que es peligrosa; el señor y la señora d'Olincourt prorrumpen en amenazas contra el presidente, que, no disponiendo contra los rigores que le amenazan de más asilo que aquella mansión, no se atreve a revolverse contra las reprimendas que con tanta justicia le dirigen. Y ya duraba tres días este estado de cosas, cuando ciertos informes secretos comunican al marqués al fin que el asunto empieza a ser de lo más serio, que se está viendo por lo criminal y que están a punto de condenar a Fontanis.
-¿Pero cómo? ¿Sin escucharme? -pregunta el asustado presidente.
-Es la regla -le contesta d'Olincourt-. ¿Acaso se conceden medios de defensa a quien la ley condena? ¿Uno de vuestros hábitos más respetables no es el de deshonrarle antes de escucharle? Contra vos no emplean más que las armas de que os habéis servido contra los demás. Después de ejercer la justicia durante treinta años, ¿no es razonable que, al menos una vez en vuestra vida, seáis vos su víctima?
-¿Pero por un asunto de mujeres...?
-¿Cómo que por un asunto de mujeres? ¿Acaso no sabéis que ésos son los más peligrosos? El desdichado incidente, cuyos recuerdos os han costado quinientos latigazos, ¿qué otra cosa era sino un asunto de mujerzuelas? ¿No creisteis en cierta ocasión que por un asunto de mujerzuelas os estaba permitido deshonrar a un gentilhombre? El talión, presidente, la ley del talión; esa es vuestra brújula. Acatadla con entereza.
-¡Cielos! -exclama Fontanis-. En el nombre de Dios, ¡no me abandonéis, hermano mío!
-Estad seguro de que os ayudaremos -le contesta d' Olincourt-, a pesar de la injuria que nos habéis nfligido y de las quejas que tenemos contra vos, pero el único medio es riguroso.., vos lo conocéis.
-¿Cuál es?
La magnanimidad del rey o una orden de detención; es lo único que se me ocurre.
-¡Qué funestos extremos!
Convengo en ello, pero, ¿sabéis de otros? ¿Preferís salir de Francia y desaparecer para siempre o que unos anos de cárcel arreglen tal vez todo esto? Además, este procedimiento que tanto os subleva, ¿no lo habéis empleado vos y los vuestros? ¿No fue con vuestras bárbaras recomendaciones como acabasteis de hundir a aquel gentilhombre al que los espíritus tan cumplidamente han vengado? ¿No llegasteis a poner a aquel desventurado militar, a base de prevaricaciones tan peligrosas como castigables, entre la prisión o la infamia? ¿No cesasteis en vuestra despreciable persecución a condición de que fuera aniquilado por la del rey? No hay, pues, nada sorprendente querido amigo, en lo que yo os propongo; no sólo conocéis ya esa solución, sino que en este momento os debería parecer deseable.
-¡Oh, recuerdos atroces! -exclama el presidente, derramando lágrimas-. ¡Quién iba a decirme que la venganza del cielo estallaría sobre mi cabeza en el momento casi en que se consumaban mis crímenes! Me devuelven cuanto he hecho; sufrámoslo, sufrámoslo y callemos.
Pero como cualquier gestión corría prisa, la marquesa aconsejó decididamente a su marido que fuera a Fontainebleau, en donde se hallaba entonces la Corte. En lo que respecta a la señorita de Téroze, ella no entraba en modo alguno en esta recomendación; el rencor, por fuera, y el conde de Elbene, por dentro, la seguían reteniendo en su alcoba, cuya puerta estaba invariablemente cerrada para el presidente. Éste se había llegado hasta allí varias veces y había tratado de que se le abriera como pago a sus remordimientos y a sus lágrimas, pero siempre infructuosamente.
El marqués, pues, partió. El trayecto era corto y regresó dos días después, escoltado por dos oficiales de justicia y provisto de una orden cuya simple visión hizo estremecer al presidente en todos sus miembros.
-No podíais haber llegado más a propósito- dijo la marquesa, que fingía haber recibido ciertos informes de París mientras su marido estaba en la Corte-. El proceso se sigue por lo extraordinario, y mis amigos me escriben que hay que hacer que el presidente se escape, cuanto antes mejor. Mi padre ha sido informado; está sumido en la desesperación; nos recomienda que atendamos cumplidamente a su amigo y que le transmitamos el pesar que le ha producido todo esto... Su salud no le permite ayudarle más que con deseos, que más sinceros serían si él hubiera sido más cuerdo... Esta es la carta.
El marqués la leyó con rapidez, y después de exhortar a Fontanis, a quien le costaba un tremendo esfuerzo decidirse por la prisión, le encomendó a sus dos guardias, que no eran sino dos sargentos de caballería de su regimiento, y le instó a que se consolara, con tanto más rnotívo puesto que no iba a perderle de vista.
-He obtenido con muchísimo esfuerzo -le dijouna fortaleza situada a cinco o seis leguas de aquí; allí estaréis a las órdenes de un viejo amigo mío que os tratará como sí fuerais yo mismo; le envío con vuestros guardias un mensaje para recomendaros aún con mayor interés; así, pues, estad tranquilo.
El presidente lloró como un niño; nada es tan amargo como los remordimientos del crimen, que ve cómo se vuelven en su contra todas las calamidades que él mismo ha desencadenado... Pero no por eso era menos necesario ponerse en marcha. Suplicó encarecidamente que le permitieran abrazar a su esposa.
-Vuestra esposa -le contestó la marquesa secamente-por fortuna aún no lo es, y en medio de todas nuestras calamidades ese es el único consuelo que nos queda.
-Sea -respondió el presidente-, me armaré de valor para soportar este nuevo golpe -y subió al coche de los oficiales.
El castillo al que conducían al desdichado era el de una posesión de la dote de la señora de d'Olincourt, y todo estaba preparado para recibirle. Un capitán del regimiento de Olincourt, hombre severo y huraño, estaba encargado de representar el papel de gobernador. Recibió a Fontanis, despidió a los guardias, y al tiempo que enviaba a su prisionero a una pésima habitación, le dijo sin ambages que tenía respecto a él órdenes ulteriores de una severidad que le era imposible eludir. Abandonaron en esta cruel situación al presidente durante cerca de un mes. Nadie le visitaba, no le servían más que sopa, pan y agua; se acostaba sobre un montón de paja, en una habitación de una humedad espantosa, y no entraban en ella más que como en la Bastilla, es decir, como en un parque de fieras, única y exclusivamente para llevarle la comida. Durante esta funesta reclusión el desventurado leguleyo se entregó a crueles reflexiones, que nadie estorbó lo más mínimo. Al fin, el falso gobernador apareció y tras consolarle a medias le habló de la siguiente manera:
-No os puede caber la menor duda, señor -le dijo-, de que el primero de vuestros errores fue querer uniros a una familia tan por encima de vos en todos los aspectos. El barón de Téroze y el conde d'Olincourt son gentes de la más rancia nobleza, considerados en toda Francia, y vos no sois más que un miserable picapleitos provenzal, tan sin nombre como sin crédito, sin patrimonio como sin reputación; simplemente con que os hubierais mirado un instante vos mismo habríais tenido que confesar al barón de Téroze que se engañaba acerca de vos y que no erais en modo alguno digno de su hija. ¿Cómo pudisteis, además, creer ni por un momento que esa joven, hermosa como el amor, pudiera ser la esposa de un mono viejo y feo como vos? Uno se puede ofuscar, pero no hasta ese extremo. Las reflexiones que, sin duda, habréis hecho durante vuestra estancia aquí deben haberos convencido de que desde que estáis en casa del marqués d'Olincourt, hace cuatro meses, no habéis servido más que de juguete y de objeto de mofa. Gentes de vuestra condición y de vuestro carácter, de vuestra profesión y vuestra estupidez, de vuestra maldad y de vuestra bellaquería, no deben esperar más que un trato de esa índole. Con mil ardides, más divertidos los unos que los otros, os han impedido gozar de aquella a la que pretendíais; han hecho que os den quinientos correazos en un castillo poblado de fantasmas, os han mostrado a vuestra esposa en brazos de aquel a quien ella adora, cosa que neciamente tomasteis por un fenómeno; os han puesto frente a frente con una ramera contratada que se ha burlado de vos, y para acabar, os han encerrado en este castillo donde sólo del marqués d'Olincourt, mi coronel, depende teneros en él hasta el fin de vuestros días, cosa que se cumplirá, sin lugar a dudas, si os negáis a firmar este documento que tengo aquí. Considerad, antes de leerlo, señor -prosiguió el supuesto gobernador-, que en el mundo pasáis por un hombre que iba a casarse con la señorita de Téroze, pero en modo alguno por su marido; vuestro himeneo se efectuó lo más en secreto posible; los escasos testigos han accedido a retirar sus firmas; el cura ha devuelto el acto, aquí está; el notario ha enviado el contrato, podéis verlo delante de vuestros ojos; además, nunca os habéis acostado con vuestra esposa. Vuestro matrimonio es, por tanto, nulo; ha sido disuelto tácitamente y por propia voluntad de todas las partes, cosa que da a la ruptura tanta fuerza como si fuera obra de las leyes civiles y religiosas; aquí tenéis también las renuncias del barón de Téroze y de su hija, ya no falta más que la vuestra; aquí está, señor, elegid entre firmar este papel por las buenas o la seguridad de acabar aquí vuestros días... Responded, no tengo nada más que decir.
El presidente, tras reflexionar un poco, cogió el papel y leyó estas palabras:
«Declaro a cuantos lean esto que yo no he sido jamás esposo de la señorita de Téroze; le restituyo por escrito todos los derechos que en una ocasión se pensó darme sobre ella, y aseguro que no los reclamaré en toda mi vida. Además, no tengo más que palabras de agradecimiento por el comportamiento que tanto ella como su familia han observado conmigo a lo largo del verano que he pasado en su casa. De común acuerdo, por propia voluntad de uno y otro, renunciamos mutuamente a los proyectos de unión que se habían forjado respecto a nosotros y nos devolvemos recíprocamente la libertad de disponer de nuestras personas, como si la intención de unirnos no hubiera existido jamás. Y es con plena libertad de cuerpo y espíritu como firmo esto en el castillo de Valnord, propiedad de la señora marquesa d'Olincourt.»
-Me habéis dicho, señor -preguntó el presidente tras la lectura de estas líneas-, lo que me esperaba si no lo firmaba, pero no habéis dicho ni una palabra de lo que me ocurriría si accediese a todo esto.
-La recompensa, señor, será vuestra libertad inmediatamente -le contestó el falso gobernador-, el ruego de que aceptéis esta joya de doscientos luises de parte de la señora marquesa d'Olincourt y la seguridad de encontrar a la puerta del castillo a vuestro criado y dos caballos que os esperan para llevaros de nuevo a Aix.
-Firmo y me voy, caballero; demasiadas ganas tengo de librarme de toda esta gente para vacilar ni un solo instante.
-Eso esta muy bien, presidente respondió el capitán recogiendo el escrito firmado y entregándole la alhaja-, pero tened cuidado con vuestra conducta. Si una vez fuera la manía de vengaros se apoderase en alguna ocasión de vos, pensad bien antes de pasar a la acción que os las tenéis que ver con un adversario temible; que esta poderosa familia a la que ofenderíais, a toda ella, con vuestro proceder, os haría pasar por loco, y que el hospital de esos desgraciados sería hasta el final vuestra última morada.
-No temáis nada, señor -replicó el presidente-, yo soy el más interesado en no volver a tener nada que ver con tales personas, y os aseguro que sabré cómo evitarlas.
-Os lo aconsejo, presidente -contestó el capitán, abriéndole al fin su prisión-, y que esta comarca no os vuelva a ver jamás.
-Tenéis mi palabra -respondió el picapleitos, montando en un caballo-. Con esta pequeña aventura estoy escarmentado de todos mis vicios; aunque viviera aún mil años no volvería otra vez a buscar esposa en París. Alguna vez llegué a comprender el pesar de ser cornudo después de la boda, pero jamás oí que fuera posible serlo antes... Con la misma prudencia, con idéntica discreción en mis actuaciones, ya no me volveré a erigir en mediador entre unas rameras y gentes que valen mucho más que yo. Demasiado caro cuesta tomar partido por esa clase de damiselas, y no deseo volver a tener nada que ver con personas que cuentan con espíritus prestos a vengarlas.
El presidente desapareció, y tras hacerse juicioso a sus expensas no se volvió a oír hablar de él. Las rameras se querellaron, pero en Provenza no se las siguió ya protegiendo y las costumbres ganaron con ello, pues las jovencitas, al verse privadas de este indecente sostén, prefirieron el camino de la virtud a los peligros que podían acecharlas en la senda del vicio, cuando los magistrados fuesen lo bastante cuerdos como para ver el terrible disparate de mantenerlas en ella gracias a su protección.
Parece indudable que durante el arresto del presidente, el marqués d'Olincourt, después de hacer que el barón de Téroze se retractara de sus demasiado favorables prejuicios sobre Fontanis, se ocupó de que todas las disposiciones que acabamos de ver fueran celosamente cumplidas. Su habilidad y su reputación obraron tan brillantes resultados, que tres meses después la señorita de Téroze se desposó públicamente con el conde Elbene, con el que vivió perfectamente dichosa.
-A veces siento cierto pesar por haber maltratado de esa manera a aquel hombre despreciable -decía un día el marqués a su encantadora cuñada-, pero cuando veo, por un lado, la felicidad que resulta de mi comportamiento, y por otro, me convenzo de que no he humillado más que a un truhán inútil a la sociedad, profundamente enemigo del Estado, perturbador de la paz pública, verdugo de una familia honrada y respetable, difamador notorio de un gentilhombre al que estimo y a quien tengo el honor de corresponder, me consuelo repitiendo con el filósofo: «¡Oh, Providencia soberana! ¿Por que los recursos de los hombres han de ser tan limitados que nunca se pueda alcanzar el bien sino a costa de un poco de mal?»
Este cuento fue terminado el 16 de julio de 1787, a las diez de la noche.

LA LEY DEL TALIÓN

Un honesto burgués de la Picardía, descendiente tal vez de uno de aquellos ilustres trovadores de las riberas del Oise o del Somme, cuya olvidada existencia acaba de ser rescatada de las tinieblas apenas hace diez o doce años por un gran escritor de este siglo; un burgués bueno y honrado, repito, vivía en la ciudad de San Quintín, tan célebre por los grandes hombres que ha dado a la literatura, y vivían allí honradamente él, su mujer y una prima en tercer grado, religiosa en un convento de la ciudad. La prima en tercer grado era una muchacha morena, de ojos vivaces, nariz respingona y esbelto talle. Fastidiada por tener veintidós años y por ser religiosa desde hacía ya cuatro, la hermana Petronila, pues ese era su nombre, poseía además una bonita voz y mucho más temperamento que religión. En cuanto a Esclaponville, que así se llamaba nuestro burgués, era un joven gordinflón de unos veintiocho años a quien por encima de todo le gustaba su prima y no tanto, ni muchísimo menos, la señora de Esclaponville, pues venía acostándose con ella desde hacía ya diez años y un hábito de diez años resulta verdaderamente funesto para el fuego del himeneo. La señora de Esclaponville -hay que hacer su descripción, pues, ¿qué ocurriría si no cuidásemos las descripciones en un siglo en el que sólo hay demanda de cuadros, en el que incluso una tragedia puede no ser aceptada si los vendedores de telones no ven en ella seis cambios de decorado, por lo menos.-; la señora de Esclaponville, repito, era una rubianca algo insípida pero blanca como la nieve, con unos ojos bastante bonitos, algo entrada en carnes y con esos mofletes que se suelen atribuir a una buena vida.
Hasta el momento en que nos hallamos, la señora de Esclaponvílle ignoraba que pudiera existir una forma de vengarse de un esposo infiel. Prudente como su madre, que había vivido ochenta y tres años con el mismo hombre sin haberle sido infiel jamás, era todavía tan ingenua y tan candorosa que no podía ni siquiera sospechar ese espantoso crimen que los casuistas han denominado adulterio y que los sofisticados, que todo lo suavizan, han calificado simplemente de galantería. Pero una mujer traicionada pronto recibe consejos de venganza de su resentimiento, y como nadie quiere quedarse a la zaga, en seguida que se le presenta la ocasión no hay cosa alguna que la arredre para que nada le puedan reprochar. La señora de Esclaponvílle se enteró, al fin, de que su querido esposo visitaba con excesiva frecuencia a la prima en tercer grado; el demonio de los celos se apodera de su alma, acecha, se informa y acaba por descubrir que hay muy pocas cosas en San Quintín tan probadas como los amoríos de su esposo y de sor Petronila. Segura de su efecto, la señora de Esclaponville declara finalmente a su marido que la conducta que observa la desgarra el alma; que ella nunca ha merecido un comportamiento semejante, y le ruega que no siga haciendo de las suyas.
-¿De las mías? -le contesta flemáticamente su marido- ¿No sabes, amiga mía, que acostándome con mi prima la religiosa gano mi salvación? Con una intriga tan santa el alma queda limpia; es como identificarse con el Ser supremo; es como si el Espíritu Santo tomara cuerpo dentro de uno mismo. No puede haber ningún pecado, mujer, con personas consagradas a Dios; purifican todo lo que se hace con ellas, y frecuentarlas sume despejar el camino hacia la beatitud celestial.
La señora de Esclaponville; no muy satisfecha del éxito de su amonestación, no despegó los labios, pero jura en su fuero interno que ya sabrá encontrar alguna forma de elocuencia más persuasiva... Lo malo de esto es que las mujeres siempre encuentran lo que buscan: por poco atractivas que sean, no tienen más que invocarlos y los vengadores les llueven por todas partes.
En la ciudad vivía cierto vicario de parroquia al que llamaban el padre Bosquet, un buen mozo de unos treinta años que andaba detrás de todas las mujeres y que estaba haciendo un bosque con las frentes de todos los maridos de San Quintín. La señora de Esclaponville comió al vicario; como es inevitable, el vicario conoció a su vez a la señora de Esclaponville y los dos llegaron a conocerse tan a fondo que ambos hubieran podido pintar un retrato de cuerpo entero del otro sin temor a la más pequeña equivocación. Al cabo de un mes todos acudieron a felicitar al bueno de Esclapooville, que se jactaba de ser el único que había escapado a las temibles galanterías del vicario y de poseer la única frente aún no mancillada por aquel granuja.
-Eso no puede ser-contesta Esclaponville a quienes se lo contaban-, mi mujer es tan virtuosa como una Lucrecia, no lo creería aunque me lo repitieran mil veces.
-Entonces, ven -le dice uno de los amigos-, ven y haré que te convenzas con tus propios ojos y luego ya veremos si sigues dudándolo.
Esclaponville se deja llevar y su amigo le conduce a un paraje solitario, a una media legua de la ciudad, donde el Somme, encajonado entre dos arboledas frescas y cubiertas de flores, invita a los habitantes de la ciudad a un delicioso baile; pero como la cita era a una hora en la que por lo general nadie se esta bañando todavía, nuestro infortunado esposo apura el amargo trago de ver cómo aparece primero su virtuosa mujer y acto seguido su rival sin que nadie venga a estorbarles.
- ¿Y qué? -le pregunta su amigo a Esclaponville-, ¿ya te empieza a picar la frente?
-Todavía no -contesta el burgués rascándosela, no obstante, sin darse cuenta-, a lo mejor viene aquí a confesarse.
-Entonces esperemos al desenlace -responde su amigo.
No tuvieron que esperar demasiado. Nada más llegar a la deliciosa sombra del oloroso seto, el padre Bosquet se despoja de todo cuanto pudiera constituir un estorbo para los amorosos abrazos que maquina y pone manos a la obra santamente para elevar, quizá ya por trigésima vez, al bueno y honrado de Esclaponville a la altura de los restantes maridos de la ciudad.
-Y bien, ¿ahora lo crees? -le pregunta el amigo.
-Volvamos -responde agriamente Esclaponvilleporque a fuerza de creerlo podría muy bien matar a ese maldito cura y me harían pagarlo más caro de lo que vale; volvamos, amigo mío, y guardadme el secreto, os lo ruego.
Sumido en la mayor turbación, Esclaponville regresa a su casa y su beatífica esposa aparece poco después para comer en su casta compañía.
-¡Un momento! -exclama el burgués, furioso-. Mujer, siendo aún un niño juré a mi padre que nunca me sentaría a la mesa con prostitutas.
-¿Con prostitutas? -le contesta beatíficamente la señora de Esclaponville-. Amigo mío, vuestras palabras me asombran, ¿es que tenéis acaso algo que reprocharme?
-¡Pero cómo, carroña! ¿Que si tengo algo que reprocharos? ¿Qué es lo que habéis ido a hacer esta tarde a los baños con nuestro vicario?
-¡Oh, Dios mío! -responde la dulce esposa-. ¿Sólo es eso? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme?
-¡Cómo, diablos, que si es eso todo...!
-Pero, amigo mío, yo he seguido vuestros consejos. ¿No me dijisteis que no había nada de malo en acostarse con gente de la Iglesia, que el alma se purificaba con una intriga tan santa, que era como identificarse con el Ser supremo, hacer que el Espíritu Santo entrara dentro de uno y abrirse; en una palabra, el camino de la beatitud celestial...? Pues bien, hijo mío, yo no he hecho más que lo que me indicasteis, por lo que soy una santa y no una ramera. ¡Ah!, y os añado que si alguna de esas almas elegidas de Dios tiene medios para abrir, como vos decíais, el camino de la beatitud celestial, tiene que ser, sin duda, la del señor vicario, pues yo no había visto nunca una llave tan grande.

EL CORNUDO DE SÍ MISMO O LA RECONCILIACIÓN INESPERADA

Uno de los peores defectos de las personas mal educadas es el de estar siempre aventurando un sinnúmero de indiscreciones, murmuraciones o calumnias sobre todo ser viviente y, por si fuera poco, delante de gente a la que no conocen. Es imposible calcular la cantidad de enredos que son fruto de esa clase de charlatanería, pues, para ser sinceros, ¿quién es el hombre honrado que oye hablar mal de aquello que le conviene y no aprovecha la ocasión que le sale al paso? A los jóvenes no se les inculca suficientemente el principio de un comportamiento sensato, no se les enseña lo bastante a conocer el medio, los nombres, los atributos o las cualidades de las personas con las que han de vivir; en lugar de eso, les enseñan mil estupideces que sólo sirven para que se rían de ellas tan pronto como alcanzan la edad de la razón. Da siempre la impresión de que están educando a unos capuchinos; en todo momento beaterías, supercherías o inutilidades y nunca una máxima de moral oportuna. Peor aún, preguntad a un joven sobre sus verdaderos deberes para con la sociedad, preguntadle sobre lo que se debe a sí mismo y lo que debe a los demás o cómo hay que comportarse para ser feliz. Os contestará que le han enseñado a ir a misa y a recitar las letanías, pero que no comprende nada de lo que le preguntáis, que le han enseñado a bailar y a cantar, pero no a vivir con las demás personas. La presente historia, fruto del defecto que acabamos de señalar, no llegó a hacer correr la sangre, y sólo dio lugar a una -simple broma. Para poder contarla con detalle vamos a abusar unos minutos de la paciencia de nuestros lectores.
El señor de Raneville, de unos cincuenta años de edad, poseía uno de esos caracteres flemáticos que no dejan de tener cierto encanto. Se reía poco, pero hacía reír mucho a los demás, y tanto por sus rasgos de mordaz ingenio como por la frialdad con que los deslizaba, sabía encontrar a menudo, bien sólo con su silencio o bien con las graciosas expresiones de su taciturna fisonomía, la clave del secreto para divertir a las tertulias a las que era invitado, mejor cien veces que esos plúmbeos charlatanes, pesados y monótonos, que siempre están dispuestos a contar una historia de la que ya se están riendo una hora antes de empezar y que no son ni siquiera tan afortunados como para entretener a quienes les escuchaban. Desempeñaba un cargo bastante lucrativo de recaudador de impuestos. y para consolarse de un funesto matrimonio que antaño había contraído en Orleáns, tras dejar allí a su casquivana esposa, se dedicaba a gastar tranquilamente en París veinte o veinticinco mil libras de renta con una bellísima mujer a la que mantenían él y otros amigos tan generosos como él.
La amante del señor de Raneville no era precisamente una muchacha, era una mujer casada y por eso mismo mucho mas atractiva, pues, por mucho que se diga, esa pizca de sal del adulterio aporta insospechados alicientes al placer. Era muy hermosa, tenía treinta años y el más bonito cuerpo imaginable. Separada de un marido molesto y anodino, había venido de provincias a buscar fortuna en París, y no había tardado mucho en encontrarla Raneville, libertino por naturaleza, siempre al acecho de cualquier bocado apetitoso, no había dejado que éste se le escapara, y desde hacía tres años, a base de un trato inteligente, de derroches de ingenio y de dinero hacía olvidar a la joven en cuestión todos los pesares que el himeneo había sembrado anteriormente en su camino. Como los dos habían tenido la misma suerte, se consolaban juntos y podían comprobar esa gran verdad que, sin embargo, a nadie le sirve de escarmiento: la de que hay tantos matrimonios fracasados y, por consiguiente, tanta desdicha en el mundo porque unos padres avaros o imbéciles prefieren unir fortunas en vez de unir caracteres, pues, como decía Raneville a menudo a su amante, no cabe la menor duda de que si el destino nos hubiera unido a ambos en vez de entregaros a vos a un marido tiránico y ridículo y a mí a una desvergonzada, en lugar de haber estado recogiendo espinas durante tanto tiempo, rosas hubieran crecido bajo nuestros pies.
Un asunto sin importancia, que no vale la pena mencionar, condujo cierto día a Raneville a ese poblado cenagoso y malsano llamado Versalles, donde unos reyes que deberían ser objeto de adoración en su propia capital parecen rehuir la presencia de los súbditos que les anhelan, a donde la ambición, la venganza y la soberbia conducen día tras día a multitud de desdichados que, devorados por el hastío, van a ofrecer sacrificios al ídolo del día, donde la flor de la nobleza francesa, que tan importante papel podría desempeñar en sus posesiones, consiente, en ir a humillarse en antecámaras, hacer la corte de manera ruín a los suizos de la puerta o mendigar humildemente una cena, peor que la suya propia, en casa de uno de esos individuos a los que la fortuna saca por un instante de las brumas del olvido para sumirlos de nuevo en él poco después.
Terminadas sus gestiones, el señor de Raneville monta de nuevo en uno de esos coches a los que llaman «orinales» y en su interior se encuentra por pura casualidad con un tal señor Dutour, hombre muy parlanchín, muy gordo, muy pesado y bromista sempiterno, empleado como el señor de Raneville en el departamento de recaudación de impuestos, pero en Orleáns, su tierra, que, como acabamos de decir, era igualmente la del señor de Raneville. Empiezan a charlar y Raneville, que, siempre lacónico, no revela su identidad, ya conoce el nombre, los apellidos, el lugar de nacimiento y los negocios de su compañero de viaje antes de haber pronunciado una sola palabra. Tras estos detalles, el señor Dutour pasa a los de las relaciones personales.
-¿Habéis estado en Orleáns, verdad, señor? -1e pregunta Dutour-. Creo que me lo acabáis de decir.
-Pasé unos meses allí, pero hace ya tiempo.
-Y, ¿conocisteis, os pregunto, a una tal señora de Raneville, una de las mayores p... que hayan vivido nunca en Orleáns?
-¿La señora de Raneville? ¿Una mujer bastante atractiva?
-La misma.
-Sí, la conocí.
-Muy bien, pues os diré confidencialmente que yo pasé con ella unos tres días, así de sencillo. Si hay un marido cornudo puede decirse sin la menor duda que es ese pobre de Raneville.
-Y al él, ¿le conocéis?
-No, en absoluto. Es un tipo despreciable que, según dicen, se dedica a arruinarse en París con rameras y con libertinos como él.
-Nada puedo contestaros a eso, no le conozco, pero compadezco a los maridos cornudos, ¿no lo seréis vos por casualidad, caballero?
-¿Cuál de las dos cosas: cornudo o marido?
-Cualquiera de las dos; ese tipo de cosas van tan unidas hoy en día que, en verdad, es muy difícil apreciar la diferencia.
-Yo estuve casado, señor. Tuve la desgracia de casarme con una mujer que nunca se llevó bien conmigo, como tampoco a mí me agradaba su carácter. Nos separarnos amistosamente; ella quiso venir a París para compartir la soledad de una pariente suya, religiosa en el convento de Sainte-Acre y vive en esa residencia desde donde me envía de vez en vez alguna noticia suya, pero no la veo nunca.
-¿Es que es devota?
-No, quizá eso habría sido mejor,
-¡Ah!, ya comprendo. ¿Y nunca habéis sentido curiosidad por enteraros de su salud, en estas ocasiones en que vuestros asuntos os traen a París?
-Pues, para ser sincero, no me gustan los conventos; amigo de la alegría, de la jovialidad, hecho para todo tipo de placer y bien relacionado en sociedad, no me apetece pasar seis meses de convalecencia por visitar una clausura.
-Pero tratándose de una esposa...
-Es una persona que puede resultar atractiva cuando se hace uso de ella, pero de la que hay que saber alejarse sin vacilaciones cuando poderosas razones así nos lo aconsejan.
-En lo que decís hay cierta resentimiento.
-No, en absoluto... hay filosofía... es la moda actual, el lenguaje de la razón, hay que adoptarlo o pasar por tonto.
-Eso hace pensar en algún defecto de vuestra mujer; contestadme esto: defecto de naturaleza, de compatibilidad o de comportamiento.
-De todo un poco... de todo un poco, caballero, pero dejémoslo, os lo ruego, Y volvamos a la querida señora de Raneville. Pardiez, no comprendo que hayáis estado en Orleáns y no os hayáis divertido con esa criatura... todo el mundo lo hace.
-No todo el mundo, pues veis que yo no estuve con ella. No me gustan las mujeres casadas.
-Y si no es demasiada curiosidad, ¿puedo preguntaros en qué empleáis vuestro tiempo?
-En primer lugar en mis negocios, y después en una criatura bastante atractiva con la que voy a cenar de vez en vez.
-¿No estáis casado, caballero?
-Sí, lo estoy.
-¿Y vuestra esposa?
-Vive en provincias y allí la dejo como vos dejáis a la vuestra en Sainte-Aure.
-Casado, señor, casado e incluso sois tal vez de la hermandad; contestadme, por favor.
-¿No os he dicho ya que marido y cornudo son dos términos sinónimos? La relajación de las costumbres, el lujo... hay tantas cosas que hacen caer a una mujer.
—Sí, es muy cierto, caballero, es muy cierto. Contestáis como hombre enterado.
-No, en absoluto. ¿Así que una mujer muy hermosa os consuela, señor, de la ausencia de la esposa repudiada?
-Sí, una mujer muy hermosa, en efecto, y quiero que la conozcáis.
-Señor, es un honor excesivo.
-¡Oh!, nada de cumplidos, caballero. Ya hemos llegado, os dejo libre esta noche para vuestros asuntos, pero mañana os espero sin falta a cenar en esta dirección que aquí os doy.
Raneville tiene buen cuidado de darle una falsa y en seguida avisa en su casa para que quien vaya a buscarle preguntando por el nombre que ha dado pueda encontrarle con facilidad.
Al día siguiente, el señor Dutour no falta a la cita, y como se habían tomado todas las precauciones para que incluso con un nombre falso pudiera dar con Raneville en su alejamiento, le encuentra sin dificultad. Tras los cumplidos de rigor, Dutour da muestras de impaciencia al no ver todavía a la divinidad que espera.
-¡Hombre impaciente! -le dice Raneville-, desde aquí puedo ver lo que buscan vuestros ojos... Se os ha prometido una mujer hermosa y ya tenéis ganas de revolotear a su alrededor. No me cabe la menor duda de que acostumbrado a deshonrar la frente de los maridos de Orleáns os gustaría tratar del mismo modo a los amantes de París. Apuesto a que os alegraría enormemente ponerme a la misma altura que a ese desdichado de Raneville, de quien ayer me hablasteis en términos tan elogiosos.
Dutour le contesta como hombre afortunado en amores, fatuo y, por tanto, necio. La conversación se anima un momento y Raneville coge entonces de la mano a su amigo:
-Venid-le dice-, hombre implacable; pasad al templo donde os espera la divinidad.
Con estas palabras le hacen entrar en un voluptuoso gabinete donde la amante de Raneville; que ha sido aleccionada para la broma y está al tanto de todo, se hallaba con la más elegante indumentaria, pero tapada con un velo, sobre la otomana de terciopelo. Nada ocultaba la elegancia y la hermosura de su figura; su rostro era lo único que no se podía ver.
-Una mujer hermosísima, sin lugar a dudas; pero, ¿por qué privarme del placer de poder admirar sus facciones? ¿Es este, acaso, el serallo del gran Turco?
-No, de eso ni una sola palabra, es una cuestión de pudor.
-¿Cómo que de pudor?
-Así es. ¿Pensáis que yo iba a contentarme con enseñaros únicamente la figura o el vestido de mi amante? ¿Acaso sería completo mi triunfo si no os pudiera convencer, levantando todos esos velos, de hasta qué punto soy dichoso poseyendo encantos tales? Pero como esta joven es extraordinariamente recatada se ruborizaría con todos esos detalles. Ha dicho que sí a todo, pero con la condición expresa de permanecer cubierta con un velo. Ya sabéis, señor Dutour, cómo es el pudor y la delicadeza de las mujeres; a un hombre a la moda como vos no tiene uno que enseñarle ese tipo de cosas.
-Entonces, por piedad, ¿vais a dejar que la vea?
-Por completo, ya os lo he dicho, nadie es menos celoso que yo; los placeres que se saborean a solas me resultan insípidos, sólo si puedo compartirlos me siento dichoso.
Y para hacer honor a sus máximas, Raneville empieza por levantar un pañuelo de gasa que al instante deja al descubierto el más hermoso seno que se pueda contemplar... Dutour comienza a excitarse
-Y bien-pregunta Raneville-, ¿qué os parece esto?
-Que son los encantos de la mismísima Venus.
-Veis cómo unos pechos tan blancos y tan firmes están hechos para despertar la pasión... tocad, tocad, amigo mío, a veces la vista puede engañarnos, mi opinión en lo que se refiere al placer es que hay que emplear todos los sentidos.
Dutour acerca una mano temblorosa y acaricia extasiado el seno más hermoso del mundo y sigue sin dar crédito a la insólita complacencia de su amigo.
-Ahora más abajo -dice Raneville recogiendo hasta la cintura una falda de vaporoso tafetán, sin que nada se oponga a esta incursión-. Y bien, ¿qué decís de estos muslos? ¿Creéis que el templo del amor puede estar sostenido por columnas más hermosas?
Y Datour sigue acariciando todo lo que Raneville va dejando al descubierto.
-¡Ah!, bribón, ya se lo que pensáis-prosigue el complaciente amigo-, ese delicado templo que las mismas Gracias han cubierto con un suave musgo... ardéis en deseos de entreabrirlo, ¿verdad? Qué digo, de besarlo, lo apuesto.
Y Dutour cegado... balbuciente... sólo contestaba con la violencia de las sensaciones que se reflejaban en sus ojos; le da ánimos... sus dedos libertinos acarician los pórticos del templo que la voluptuosidad ofrece a sus deseos: da el beso divino que le han permitido y lo saborea durante un largo rato.
-Amigo mío-exclama-, ya no puedo más. O me arrojáis de vuestra casa o dejadme que siga adelante.
-¿Cómo adelante? ¿Y a dónde diablos queréis llegar si se puede saber?
-Ay, cielos, no me comprendéis, me siento ebrio de amor, ya no puedo contenerme por más tiempo.
-¿Y si esta mujer es fea?
-Es imposible que lo sea con encantos tan sublimes.
-Si es...
-Que sea lo que quiera, os lo repito, querido amigo, ya no puedo resistir más.
-Entonces adelante, temible amigo, adelante, apagad vuestra sed ya que os es imprescindible. ¿Me estaréis agradecido al menos por mi liberalidad?
-¡Ah!, infinitamente, no lo dudéis.
Y Dutour apartaba suavemente a su amigo con la mano como para insinuarle que le dejara a solas con aquella mujer.
-¡Oh!, ¿que os deje? No, no puedo -contesta Raneville-. ¿Tan escrupuloso sois que no podéis hacerlo en mi presencia? Entre hombres no se hace caso de ese tipo de cosas. Además, esas son mis condiciones: o delante de mí o nada.
-Aunque tuviera que ser delante del diablo -contesta Dutour no pudiendo contenerse por más tiempo y precipitándose al santuario en que va a quemar su incienso-; ya que así lo queréis, acepto cualquier cosa ...
-Y bien -le pregunta Raneville flemáticamente-, ¿habéis sido engañado por las apariencias?; las delicias que tales encantos os prometían, ¿son reales o ilusorias...? ¡Ah!, nunca, nunca he visto nada tan voluptuoso.
-Pero ese maldito velo, amigo mío, ese pérfido velo, ¿no me dejaréis que lo levante?
-Sí, desde luego... en el último momento, en ese momento tan sublime en que todos nuestros sentidos son seducidos por la embriaguez de los dioses, embriaguez que nos hace sentirnos tan dichosos como ellos y, a menudo, incluso superiores. La sorpresa hará más intenso vuestro éxtasis: al placer de gozar de la mismísima Venus añadiréis la inexpresable delicia de contemplar los rasgos de Flora y, todo a un tiempo para colmar vuestra dicha, os sumergiréis así mucho mejor en ese océano de placer en el que el hombre sabe encontrar tan dulcemente el consuelo de su existencia... Me haréis una señal...
-¡Oh!, ya lo estáis viendo-responde Dutour-, me estoy acercando a ese momento.
-Sí, ya lo veo, estáis excitado.
-Excitado hasta tal punto... ¡Oh!, amigo mío, estoy llegando a ese instante sublime; arrancad, arrancad esos velos para que pueda contemplar el mismísimo cielo.
-Ya está-contesta Raneville retirando la gasa-, pero tened cuidado no vaya a ser que al lado de ese paraíso esté el infierno.
-¡Oh, cielos!-exclama Dutour al reconocer a su mujer-, pero cómo... sois vos, señora... caballero, esta pesada broma... mereceríais... esta infame...
-Un momento, hombre fogoso, un momento, vos sois quien os merecéis cualquier cosa. Aprended, amigo mío, que hay que ser algo más circunspecto con la gente a la que no se conoce de lo que ayer fuisteis conmigo. Ese desdichado Raneville a quien tan mal habéis tratado en Orleáns... soy yo, señor; pero podéis ver cómo os lo devuelvo en París; por lo demás habéis hecho más progresos de los que creéis, pensabais que yo era el único que tenía cuernos y os los acabáis de poner vos mismo.
Dutour entendió la lección, tendió la mano a su amigo y reconoció que había recibido lo que se merecía. -Pero esta pérfida...
-Y bien, ¿no hace lo mismo que vos? ¿Cuál es esa bárbara ley que encadena a ese sexo de forma tan inhumana dándonos a nosotros toda la libertad? ¿Es eso equitativo? ¿Y con qué derecho de la naturaleza vais a encerrara vuestra mujer en Sainte-Aure mientras os dedicáis en París o en Orleáns a poner los cuernos a otros maridos? Amigo mío, eso no es justo; esta adorable criatura, cuyo valor no supisteis apreciar, vino también en busca de otras conquistas. Hizo muy bien y se encontró conmigo; yo la hago feliz, haced vos que lo sea la señora de Raneville, lo acepto, vivamos felices los cuatro y que haya víctimas del destino, pero no de los hombres.
Dutour reconoció que su amigo tenía razón, pero por una inconcebible fatalidad se sintió entonces perdidamente enamorado de su esposa; Raneville, a pesar de su causticidad, era demasiado generoso de corazón para resistir a las súplicas de Dutour para que le permitiera volver junto a su mujer, la joven se mostró conforme y este desenlace singular proporcionó un ejemplo inestimable de los designios del destino y de los caprichos del amor.

HAY SITIO PARA LOS DOS

Una hermosísima burguesa de la calle Saint-Honoré, de unos veinte años de edad, rolliza, regordeta, con las carnes más frescas y apetecibles, de formas bien torneadas aunque alga abundantes y que unía a tantos atractivos presencia de ánimo, vitalidad y la más intensa afición a todos los placeres que le vedaban las rigurosas leyes del himeneo, se había decidido desde hacía un año aproximadamente a proporcionar dos ayudas a su marido que, viejo y feo, no sólo le asqueaba profundamente, sino que, para colmo, tan mal y tan rara vez cumplía con sus deberes que, tal vez, un poco mejor desempeñados hubieran podido calmar a la exigente Dolméne, que así se llamaba nuestra burguesa. Nada mejor organizado que las citas concertadas con estas dos amantes. a Des-Roues, joven militar, le tocaba de cuatro a cinco de la tarde, y de cinco y media a siete era el turno de Dolbreuse, joven comerciante con la más hermosa figura que se pudiera contemplar. Resultaba imposible fijar otras horas, eran las únicas en que la señora Dolméne estaba tranquila: por la mañana tenía que estar en la tienda, por la tarde a veces tenía que ir allí igualmente o bien su marido regresaba y había que hablar de sus negocios. Además, la señora Dolméne había confesado a una amiga que ella prefería que los momentos de placer se sucedieran así de seguidos: el fuego de la imaginación no se apagaba de esta forma -sostenida-, nada tan agradable como pasar de un placer a otro, no cabía el fastidio de tener que volver a empezar; pues la señora Dolméne era una criatura encantadora que calculaba al máximo todas las sensaciones del amor, muy pocas mujeres las analizaban como ella y gracias a su talento había comprendido que, bien mirado, dos amantes valían mucho más que uno solo; en cuanto a la reputación, daba casi lo mismo, el uno tapaba al otro, la gente podía equivocarse, podía tratarse siempre del mismo que iba y venía varias veces al día, y en lo que atañe al placer, ¡qué diferencia!
La señora Dolmène tenía un miedo cerval a los embarazos y convencida de que su marido no cometería nunca con ella la locura de estropearle el tipo, había asimismo calculado que con dos amantes existía mucho menos peligro de lo que tanto temía que con uno solo, pues -decía ella como bastante buena anatomista- los dos frutos se destruyen entre sí.
Cierto día, el orden establecido en las citas se alteró y nuestros dos amantes, que no se habían visto nunca, se hicieron amigos de una manera bastante divertida, como vamos a ver. Des-Rones era el primero, pero había llegado demasiado tarde y, como si fuese cosa del diablo, Dolbreuse, que era el segundo, llegó un poco antes.
El lector inteligente se dará cuenta en seguida de que la combinación de estos dos pequeños errores debía abocarles a un encuentro inevitable; se produjo, por supuesto. Pero mostremos cómo sucedió y si es posible aprendamos de ello con todo el recato y el comedimiento que exige semejante materia, ya de por sí de lo más licenciosa.
A instancias de un capricho bastante singular -y los hombres son propensos a tantos- nuestro joven militar, cansado del papel de amante, quiso interpretar por un momento el de amada; en lugar de tenderse amorosamente abrazado por los brazos de su divinidad, prefirió abrazarla a su vez; en una palabra, lo que suele quedar debajo, él lo puso encima, y tras este intercambio de papeles quien se inclinaba sobre el altar en el que habitualmente tenía lugar el sacrificio era la señora Dolmène, que desnuda como la Venus calipigia y tendida como estaba sobre su amante, enseñaba, en línea recta con la puerta de la habitación en la que se celebraba el misterio, eso que los griegos adoraban con tanta devoción en la estatua que acabamos de citar, esa región tan hermosa, en una palabra, que, sin que tengamos que irnos demasiado lejos para poner un ejemplo, cuenta en París con tantos adoradores. Tal era su postura cuando Dolbreuse, que temía la costumbre de entrar sin más preámbulos, abre la puerta tarareando una cancioncilla y por todo panorama se le presenta aquello que, según se dice, una mujer verdaderamente honesta no debe nunca mostrar.
Lo que habría colmado de júbilo a tantísima gente, hace retroceder a Dolbreuse.
-¡Qué veo! -exclamó-. ¡Traidora...! ¿Esto es, pues; lo que me reservas?
La señora Dolmène, que en ese preciso instante se encontraba en una de esas crisis en las que la mujer actúa mejor de lo que razona, se apresura a contestar a semejante pretensión:
-Pero, ¿qué diablos te pasa? -pregunta al segundo Adonis sin dejar de entregarse al primero-. No veo por qué ha de decepcionarte nada de esto; no nos molestes, amigo mío, y acomódate aquí, que puedes; como bien puedes ver hay sitio para los dos.
Dolbreuse, que no puede contener su risa ante la sangre fría de su amante, comprendió que lo mejor era seguir su consejo, no se hizo de rogar y parece ser que los tres ganaron con ello.

EL MARIDO ESCARMENTADO

A un hombre de edad ya madura, por más que hasta ese momento había vivido siempre sin una esposa, se le ocurrió casarse, y lo que tal vez hizo más en contradicción con sus sentimientos fue escoger a una jovencita de dieciocho años con el rostro más atractivo del mundo y el talle más adorable. El señor de Bemac, pues así se llamaba este marido, cometía una increíble estupidez al buscar una esposa, pues era menos versado que nadie en los placeres que procura el himeneo y las manías con que reemplazaba los castos y delicados placeres del vínculo conyugal distaban mucho de agradar a una joven de la manera de ser de la señorita de Lurcie, que así se llamaba la desdichada que Bernac acababa de encadenar a su vida. Y la misma noche de bodas confesó sus gustos a su joven esposa, tras hacerle jurar que no revelaría nada de ello a sus padres; se trataba -como señala el celebre Montesquieu- de ese ignominioso comportamiento que hace retroceder a la infancia: la joven esposa en la postura de una niña merecedora de un correctivo, se prestaba de esa forma, quince o veinte minutos más o menos, a los brutales caprichos de su decrépito esposo, y era con la ilusión de esta escena con lo que él lograba saborear esa sensación de deliciosa embriaguez que todo hombre, con más sanos instintos, de seguro no habría querido sentir más que en los amorosos brazos de Lurcie. La operación le pareció un poco dura a una muchacha delicada, bonita, criada en la comodidad y ajena a toda pedantería; no obstante, como le habían recomendado mostrarse sumisa pensó que todos los maridos se comportaban igual; tal vez el propio Bernac había alentado esa idea, y ella se entregó con la mayor honestidad del mundo a la depravación de su sátiro; todos los días se repetía lo mismo y a menudo dos veces en vez de una. Al cabo de dos años la señorita de Lurcie, a la que seguiremos llamando con este nombre, ya que seguía siendo tan virgen como el día de su boda, perdió a su padre y a su madre, y con ellos la esperanza de lograr que hicieran más llevaderos sus sufrimientos, cosa que ya había empezado a pensar desde hacía algún tiempo.
Esa pérdida no hizo sino volver a Bernac aún más osado y si, en vida de sus padres, se había mantenido dentro de ciertos límites, cuando ella los perdió y vio que ya no le era posible acudir a nadie que pudiera vengarla, dejó a un lado todo comedimiento. Lo que al principio había parecido simplemente una broma se fue convirtiendo, poco a poco, en una auténtica tortura; la señorita de Lurcie no podía soportarlo por más tiempo, su corazón se fue agriando y no pensó ya más que en la venganza. La señorita de Lurcie veía a muy poca gente, su marido la hacía vivir tan retirada como le resultaba posible; el caballero d'Aldour, primo de ella, a pesar de todas las indirectas de Bernac, nunca había dejado de ir a visitarla; el joven poseía la más hermosa figura del mundo y, no desinteresadamente por cierto, seguía manteniendo con su prima un trato frecuente; el celoso, como era conocidísimo en sociedad, por temor a las burlas, no se atrevía a vedarle la entrada en su casa... La señorita de Lurcie puso sus esperanzas en aquel familiar para librarse de la esclavitud en que vivía; escuchaba los requiebros que día tras día le dirigía su primo y por fin se abrió totalmente a él y se lo confesó todo.
-Vengadme de este infame -le dijo-, y hacedlo por medio de una escena tal que jamás se atreva a divulgarla; el día que así lo hagáis será el de vuestro triunfo, sólo a ese precio he de ser vuestra.
D'Aldour, encantado, se lo promete y su único afán es ya sólo el éxito de una aventura que había de proporcionarle momentos tan gratos. Cuando todo está preparado:
-Señor -le dice un día a Bernac-, tengo el honor de estar demasiado estrechamente ligado a vos y asimismo tengo en vos demasiada confianza como para no revelaros el secreto himeneo que acabo de contraer.
-¿Un himeneo secreto? -le contesta entusiasmado Bernac, viéndose ya libre de un rival que le hacía estremecer.
-Pues sí, señor; acabo de ligar mi destino al de una adorable esposa y mañana es cuando tiene que hacerme feliz; es una muchacha carente de fortuna, lo confieso, pero, ¿qué me importa si yo la tengo por los dos? Me caso, para ser sincero, con toda una familia; son cuatro hermanas que viven juntas, pero como su compañía es tan agradable eso no hace sino aumentar mi felicidad... Me alegraría, señor -prosigue el joven-, que mañana vos y mi prima me hicierais el honor de asistir aunque no fuera más que al banquete de bodas.
-Señor, yo salgo muy poco y mi mujer todavía menos, ambos vivimos en un completo retiro, pero si a ella le apetece yo no tendré nada que objetar.
-Conozco vuestros gustos, señor -contesta d'Aldour- y os aseguro que seréis servido a la medida de vuestros deseos... A mí la soledad me gusta tanto como a vos; además, como ya os he dicho, tengo buenas razones para ser discreto: será en el campo, hace buen tiempo, todo os es propicio y yo os doy mi palabra de honor de que estaremos completamente solos.
Lurcie, en efecto, deja entrever ciertos deseos, su marido no se atreve a llevarle la contraria delante d'Aldour y la excursión queda fijada.
-¡Teníais que decir que sí a algo semejante! -exclama entre gruñidos tan pronto como se queda a solas con su mujer-. Sabéis perfectamente que todo eso no me importa lo más mínimo, ya me encargaré yo de acabar con esa clase de caprichos y os advierto que tengo la intención de conduciros dentro de poco a una de mis posesiones, donde no volveréis a ver jamás a nadie, excepto a mí.
Y como el pretexto, fundado o no, era un aliciente más para las lujuriosas escenas que el propio Bernac inventaba cuando la realidad no le parecía suficiente, no pierde la ocasión, hace pasar a Lurcie a su habitación y le dice:
-Iremos, sí..., lo he prometido, pero pagaréis caro el deseo que habéis mostrado...
La pobre desdichada, creyéndose ya cerca del desenlace, lo soporta todo sin queja alguna.
-Haced lo que os plazca, señor -dice humildemente-; me habéis concedido una gracia y sólo os debo por mi parte agradecimiento.
Tanta ternura y tanta resignación hubieran desarmado a cualquiera, salvo a un corazón petrificado por el vicio como el del libertino Bernac, pero nada le detiene, se siente dichoso y luego se acuestan en silencio; a la mañana siguiente, d'Aldour, cumpliendo lo acordado, va a recoger a los esposos y se ponen en marcha.
-¿Veis? -dice el joven primo de Lurcie al entrar con el marido y su mujer en una casa extraordinariamente apartada-. Podéis comprobar que esto no se parece en nada a una fiesta pública; ni un coche ni un lacayo, estamos, como os dije, completamente solos.
En ese momento, cuatro corpulentas mujeres, de unos treinta años de edad más o menos, fuertes, llenas de vigor y de cinco pies y medio de estatura cada una, aparecen bajando la escalera y dan la bienvenida de la manera más cortés al señor y a la señora de Bernac.
-Esta es mi mujer, señor -dijo d'Alcour, presentándole a una de ellas-, y estas otras tres son sus hermanas; nos hemos casado esta mañana en París al despuntar el alba y os esperamos para celebrar la boda.
Todo discurre en medio de recíprocas cortesías; tras unos minutos de tertulia en el salón, donde Bernac se convence con gran admiración por su parte de que están tan solos como se pueda desear, un criado llama para el almuerzo y se sientan a la mesa; nada tan animado como la comida, las cuatro presuntas hermanas, muy dadas a las frases ingeniosas, hicieron gala de toda la vivacidad y alegría imaginables, pero como ni por un momento olvidaron la debida corrección, Bernac, completamente engañado, se creía en la mejor compañía del mundo; entretanto, Lurcie, rebosante de felicidad viendo cómo le llegaba su hora a su tirano y desesperadamente decidida a poner punto final a una continencia que hasta aquel momento no le había acarreado más que lágrimas y sufrimientos, se divertía con su primo y lo celebraban con champaña, a la vez que le colmaba de las más tiernas miradas; nuestras heroínas, que tenían que hacer acopio de fuerzas, bebían y reían por su lado, y Bernac, dejándose llevar y no viendo más que pura y simple alegría en todo aquello, tampoco se mostraba mucho más comedido que los demás. Pero como no había que perder la cabeza, d'Aldour les interrumpe oportunamente y propone que vayan a tomar café
-Por cierto, primo -le dice cuando ya lo han tomado-, os ruego que os dignéis a recorrer mi casa, sé que sois hombre de buen gusto, la he comprado y amueblado expresamente para mi matrimonio, pero temo que no he hecho muy buen negocio y, si no os importa, podríais darme vuestra opinión.
-Con mucho gusto -responde Bernac-, nadie entiende de esas cosas tanto como yo y veréis cómo acierto a calcularon el total con una diferencia de diez luises, os lo apuesto.
D'Aldour se adelanta hacia la escalera dando la mano a su hermosa prima; Bernac queda entre las cuatro hermanas y en ese orden llegan a una alcoba, muy apartada y sombría, al otro extremo de la casa.
-Esta es la cámara nupcial -le dice d'Aldour al viejo celoso -¿Veis este lecho, primo?, pues aquí es donde vuestra esposa va a dejar de ser virgen. ¿No es ya hora de que no siga esperando?
Esa era la señal: al instante las cuatro impostoras se abalanzan sobre Bernac, armada cada una con un haz de varas; le bajan los calzones, dos de ellas le sujetan y las otras dos se turnan para azotarle, y mientras se afanan en ello con todas sus fuerzas:
-Querido primo -le grita D'Aldour-, ¿os dije que seríais servido a la medida de vuestros deseos? Pues para complaceros no se me ha ocurrido nada mejor que devolveros lo que dais todos los días a vuestra adorable esposa; no vais a ser tan bárbaro como para infligirle algo que os gustaría recibir vos mismo, por lo que me alegro de poder trataros con tanta galantería; no obstante, aún sigue faltando otra circunstancia para la ceremonia: mi prima, según creo, a pesar de vivir con vos desde hace ya mucho tiempo, sigue siendo tan virgen como si os hubierais casado ayer mismo; un descuido semejante por vuestra parte no puede proceder más que de la ignorancia; apuesto a que es que no sabéis cómo hacerlo... Pues os lo voy a enseñar, amigo mío.
Y con estas palabras, al compás de la agradable música, el apuesto primo arroja a su prima sobre el lecho y la hace mujer a la vista de su indigno esposo... Sólo entonces la ceremonia concluye.
-Señor —dice d'Aldour a Bernac, descendiendo del altar-, tal vez la lección os parecerá un poco fuerte, pero convendréis en que la injuria lo era por lo menos otro tanto; yo ni soy ni quiero ser el amante de vuestra esposa, señor, aquí la tenéis, os la devuelvo, pero os recomiendo que en el futuro os comportéis con ella de una manera más digna; si no fuera así, ella hallaría de nuevo en mí a un vengador que no os trataría ya con tantos miramientos.
-Señora -exclama Bernac enfurecido-, en verdad este proceder...
-Es el que os habéis merecido, señor -le contesta Lurcie-; pero si no estáis conforme con él, sois muy dueño de divulgarlo, los dos expondremos nuestras razones y ya veremos de cuál de los dos se ríe el público.
Bernac, confuso, reconoce sus errores, no intenta inventarse más sofismas para legitimarlos y se arroja a los pies de su esposa para implorar perdón. Lurcie, dulce y generosa, le hace levantar y le abraza, los dos regresan a su casa e ignoro qué medios empleó Bernac, pero desde aquel momento la capital no conoció nunca una pareja más íntima, unos amigos más tiernos y un marido más virtuoso.

EL MARIDO CURA
Cuento provenzal


Entre la villa de Menerbe, en el condado de Aviñón, y la de Apt, en Provenza, existe un pequeño convento de carmelitas, muy apartado, que se llama Saint-Hilaire, asentado en la cima redondeada de una montaña en la que a las mismísimas cabras les resulta difícil pastar; esa pequeña residencia es, poco más o menos, como la cloaca de todas las comunidades cercanas del Carmelo, todas relegan allí cuanto las deshonra, por lo que fácil es juzgar lo refinada que debía de ser la sociedad de semejante casa: bebedores, mujeriegos, sodomitas, tahúres, tal es, poco más o menos, la noble composición de los recluidos que en ese escandaloso asilo ofrecen a Dios, como pueden, unos corazones que el mundo desecha. Uno o dos castillos cercanos y el burgo de Menerbe, que está a sólo una legua de SaintHilaire, esa es toda la compañía de esos buenos religiosos, que, a pesar de su hábito y de su condición, distan mucho de encontrar abiertas todas las puertas de sus alrededores.
Desde hacía mucho tiempo, el padre Gabriel, uno de los santos de aquel cenobio, codiciaba a cierta mujer de Menerbe, cuyo marido, cornudo si alguna vez hubo alguno, era el señor Rodin. La señora Rodin era una jovencita morena, de veintiocho años de edad, mirada pícara, y que tenía todas las trazas de ser un excelente bocado de monje. En cuanto al señor Rodin, era un buen hombre que cultivaba su hacienda sin abrir la boca; había sido tratante de paños, había sido tarnbién funcionario municipal; era, pues, lo que se llama un honesto burgués. No demasiado seguro de la castidad de su tierna mitad, era, sin embargo, lo bastante filósofo como para saber que la mejor manera de contener el crecimiento excesivo de un «tocado» de marido, es la de dar la impresión de no sospechar que se lleva. Había estudiado para ser cura, hablaba latín como Cicerón y jugaba a las damas muy a menudo con el padre Gabriel, quien, como hábil y solícito cortesano, sabía que hay que hacer siempre un poco la corte al marido de la mujer que se desea. El padre Gabriel era el verdadero semental de los hijos de Elías: al verle se hubiera podido decir que toda la raza humana podía delegar en él con tranquilidad el cuidado de su reproducción; hacedor de niños, si hubo uno alguna vez con unas sólidas espaldas, una cintura del diámetro de una vara, un rostro negro y tostado por el sol, las cejas como las de Júpiter, seis pies de estatura, y en cuanto a lo que caracteriza especialmente a un carmelita, de un tamaño, que, según decían, igualaba al de los mejores mulos de la provincia. ¿A qué mujer no le va a gustar soberanamente estafermo semejante? Y por esto mismo agradaba en sumo grado a la señora Rodin, que distaba mucho de encontrar tan sublimes facultades en el pobre diablo que sus padres le habían dado por esposo. El señor Rodin, ya lo dijimos, fingía cerrar los ojos a todo, pero no por eso se sentía menos celoso, no despegaba los labios, pero seguía allí, y seguía estando allí en ocasiones en que le hubiera deseado muy lejos; la fruta, no obstante, estaba madura. La candorosa Rodin había confesado lisa y llanamente a su amante que ya sólo esperaba la ocasión para corresponder a unos deseos que le parecían demasiado fogosos como para reprimirlos por más tiempo, y por su parte, el padre Gabriel había hecho saber a la señora Rodin que estaba dispuesto a satisfacerla... En un brevísimo intervalo en que Rodin había tenido que salir, Gabriel había llegado a enseñarle a su encantadora amante esa clase de cosas que hacen que una mujer se decida por mucho que lo siga dudando... No faltaba, pues, más que la ocasión.
Un día que Rodin había ido a invitar a almorzar a su amigo de Saint-Hilaire, con la intención de proponerle una cacería, tras vaciar varias botellas de vino de Lanerte, Gabriel creyó ver en esa circunstancia el momento propicio para su deseos.
-Oh, diablos, señor funcionario -dice el monje a su amigo-, ¡cómo me alegro de veros! No habríais podido venir, para mí, más oportunamente, pues hoy tengo un asunto de la mayor importancia en el que me vais a ser de una utilidad incomparable.
-¿De qué se trata, padre?
-¿Conocéis a un tipo de nuestra ciudad llamado Renoult?
-¿Renoult el sombrerero?
-El mismo.
-¿Y qué?
-Pues que ese bribón me debe cien escudos y me acabo de enterar hace un momento que se encuentra al borde de la quiebra; tal vez mientras os lo estoy contando se ha ido ya del Condado... Tengo que ir allí sin pérdida de tiempo y no puedo.
-¿Qué os lo impide?
-Mi misa, ¡qué diablos!, la misa que tengo que decir; preferiría que la misa se fuera al infierno y que los cien escudos estuvieran en mi bolsillo.
-Pero, ¿no os pueden conceder una dispensa?
-Oh, sí, una dispensa, ¡no faltaba más! Nosotros aquí somos tres; si no dijéramos tres misas cada día, el portero, que no dice nunca ni una, nos denunciaría al tribunal de Roma. Pero hay un modo de ayudarme, querido amigo, pensad si queréis hacerlo, sólo depende de vos.
-A vuestra disposición, ¡qué diablos! ¿De qué se trata?
-Yo estoy aquí solo con del sacristán; como las dos primeras misas ya se han celebrado, nuestros monjes están fuera y nadie sospechará la jugada, la asistencia será poco numerosa, algunos campesinos y todo lo más, tal vez, esa jovencita tan devota que vive en el castillo de..., a media legua de aquí, criatura angelical que se cree que a fuerza de penitencias puede expiar todas las calaveradas de su marido; vos habéis estudiado para ser cura, creo que eso me dijisteis.
-Es cierto.
-Muy bien, entonces habréis tenido que aprender a decir misa.
-La digo como un arzobispo.
-Oh, mi querido y excelente amigo -prosigue Gabriel, lanzándose al cuello de Rodin- por Dios, poneos mis hábitos, esperad a que den las once, ahora son las diez, a esa hora celebrad mi misa, os lo ruego; nuestro hermano el sacristán es un buen tipo que no nos traicionará jamás; a los que hayan creído no reconocerme se les dirá que se trata de un monje nuevo, a los demás se les dejará en su error; corro a casa de ese pillo de Renoult, a matarle o a recuperar mi dinero y dentro de dos horas estoy aquí. Me esperáis, os encargáis de que frían los lenguados, de que guisen los huevos y de que saquen el vino; cuando vuelva, almorzamos y a la caza... Sí, amigo mío, a la caza, y estoy seguro de que esta vez será magnífica; según se dice, han visto hace poco por estos alrededores a una bestia con cuernos, ¡pardiez, me gustaría atraparla, aunque eso nos cueste veinte pleitos con el señor de la comarca!
-Vuestro plan es bueno -contesta Rodin- y por haceros un favor haría lo que fuera, sin duda; pero, ¿no será eso pecado?
-¿Pecado, amigo mío? En absoluto, tal vez sería pecado si al hacerlo se hace mal, pero haciéndolo desprovisto de poderes, todo lo que digáis y nada será la misma cosa. Creedme, soy todo un casuista; en todo este asunto no hay lo que se dice ni un pecado venial.
-Pero, ¿habrá que pronunciar las palabras?
-¿Y por qué no? Esas palabras no guardan su virtud mas que en nuestros labios, y por cierto que la nuestra es..., pero, amigo mío, mirad, yo podría pronunciar esas palabras sobre el bajo vientre de vuestra mujer y metamorfosearía en un dios al templo en donde hacéis vuestros sacrificios... No, no, querido amigo, sólo nosotros tenemos el poder de la transustanciacion; vos podríais pronunciar veinte mil veces esas palabras y nunca conseguiríais que descendiera cosa alguna; e incluso con nosotros la operación carece muy a menudo de toda eficacia; la fe es lo que lo hace todo en este caso; con un grano de fe se podrían mover montañas, Jesucristo lo dijo, como bien sabéis, pero quien no tiene fe, no consigue nada... Yo, por ejemplo, que, a veces, cuando estoy celebrando, pienso más en las muchachas o en las mujeres que asisten a ella que en ese demonio de pedazo de mesa que remuevo con mis dedos, ¿creéis que consigo que venga algo en ese momento...? Me sería más fácil creer en el Corán que meterme eso en la cabeza. Por eso vuestra misa será, por poco que hagáis, tan buena como la mía; así, pues, querido amigo, obrad sin escrúpulos, y sobre todo mucho valor.
-¡Diantre! -exclama Rodin-Es que tengo un hambre devoradora y dos horas más sin comer...
-¿Y qué os impide tomar un bocado? Tomad, comed esto.
-¿Y la misa que tengo que decir?
-Diablos, ¿qué importa eso? ¿Creéis que Dios va a ensuciarse más porque caiga en un estómago lleno que en un vientre vacio? Que la comida esté encima o que esté debajo, que me lleve el diablo si no da lo mismo; vamos, amigo mío, si fuera a decir a Roma todas las veces que desayuno antes de decir mi misa, tendría que pasarme la vida por los caminos. Y como no sois sacerdote, nuestras reglas no os obligan, no vais más que a dar una imagen de la misa, no vais a decirla; por consiguiente, podéis hacer todo lo que os apetezca antes o después, incluso besar a vuestra mujer si viniera aquí; no se trata de hacer como hago yo, no se trata de celebrar ni de consumar el sacrificio.
-Venga -contesta Rodin-, lo haré, estad tranquilo.
-Bien -dice Gabriel mientras sale corriendo, tras dejar a su amigo bien recomendado al sacristán- Contad conmigo, amigo mío, antes de dos horas estaré con vos -y el monje, encantado, desaparece.
Como bien se comprenderá, va a toda prisa a casa de la mujer del funcionario; ésta, sorprendida al verle, creyéndole con su marido, le pregunta el motivo de una visita tan inesperada.
-Démonos prisa, querida mía -le contesta el monje, jadeando-; démonos prisa, sólo disponemos de un momento... un vaso de vino y manos a la obra.
-Pero, ¿y mi marido?
-Está diciendo misa
-¿Que está diciendo misa?
-Pues sí, diablos, pues sí, preciosa -contesta el carmelita, derribando a la señora Rodin sobre su lecho-; sí, alma querida, he hecho de vuestro marido un cura y mientras el tunante celebra un misterio divino, démonos prisa y consumemos uno profano...
El monje era vigoroso y era difícil resistírsele cuando apresaba a una mujer; sus razones, además, eran tan convincentes que persuade a la señora Rodin, y como no se cansaba de convencer a una picaruela de veintiocho años y temperamento provenzal, renueva más de una vez sus demostraciones.
-Pero, ángel mío -exclama al fin la bella, perfectamente convencida-, sabes que el tiempo apremia... tenemos que separarnos; si nuestro placer no puede durar más que una misa, hace ya tiempo que debe haber llegado al ite missa est.
-No, no, amiga mia -contesta el carmelita, que aún tiene otro argumento que exponer a la señora Rodin-; ven, corazón mío, tenemos mucho tiempo, una vez más, querida amiga, una vez más, esos novicios no van tan de prisa como nosotros... Una vez más, te digo, apostaría a que ese cornudo todavía no ha elevado a su dios.
Tuvieron, sin embargo, que separarse, no sin antes prometer que se volverían a ver; se pusieron de acuerdo sobre algunas otras tretas y Gabriel marchó a recoger a Rodin; éste había celebrado tan bien como un obispo.
-Sólo los quod aures -le dijo- me han costado algún trabajo; yo quería comer en lugar de beber, pero el sacristán no me ha dejado. ¿Y los cien escudos, padre?
-Ya los tengo, hijo mío; el bribón intentó resistir, yo agarré una horquilla y a fe mía que la probó en su cabeza y por todas partes.
La partida acaba, nuestros dos amigos se van a cazar y a la vuelta Rodin cuenta a su mujer el servicio que ha prestado a Gabriel.
-Yo celebraba la misa -decía el pobre pánfilo, riéndose con todas sus fuerzas-, sí, diantre, yo celebraba la misa como un auténtico cura, mientras que nuestro amigo le medía a Renoult las espaldas con una horquilla... Le devolvía sus armas, ¿qué te parece, vida mía?, se las ponía sobre la frente; ¡ah, mujercita querida, qué divertida es toda esta historia y cómo me hacen reír los cornudos! Y tú, mujer, ¿qué hacías mientras yo estaba celebrando?
-Ah, amigo mío -contesta la mujer del funcionario-, parece como si el cielo nos hubiera inspirado, fíjate cómo las cosas celestiales nos tenían ocupados a ambos sin que lo sospecháramos: mientras tú decías misa, yo recitaba esa hermosa plegaria que contesta la Virgen a Gabriel cuando éste va a anunciarle que quedará en cinta por la intervención del Espíritu Santo. Ay, amigo mío, mientras que tan virtuosas acciones nos entretengan a los dos a la vez, no cabe la menor duda de que nos salvaremos.

LA CASTELLANA DE LONGEVILLE O LA MUJER VENGADA

En la época en que los señores vivían despóticamente en sus dominios, en aquellos gloriosos tiempos en los que Francia albergaba dentro de sus fronteras a una infinidad de soberanos en lugar de treinta mil vil esclavos postrados delante de un solo rey, vivía en medio de sus posesiones el señor de Longeville, dueño de un feudo bastante extenso en los alrededores de Fimes, en la Champagne. Tenía a su lado a una mujercita morena, vivaracha, impulsiva, no demasiado hermosa, pero pícara y apasionadamente enamorada del placer: la castellana tendría unos veinticinco a veintisiete años y monseñor, como mucho, unos treinta; casados desde hacía diez y muy en la edad ambos de procurarse alguna distracción que rompiera el tedio del himeneo, trataban de proveerse en la vecindad de lo mejor que podían. El burgo, o mejor el villorrio, de Longeville no ofrecía demasiados alicientes; con todo, una joven granjera de dieciocho años, tierna y apacible, había encontrado la forma de complacer a monseñor y desde hacía ya dos años se las arreglaba con ella del modo más satisfactorio.
Louison, que así se llamaba la adorable tórtola, iba a pasar todas las noches con su señor utilizando una escalera secreta practicada en una de las torres, que daba a los aposentos del patrón, y por las mañanas levantaba el campo antes de que la señora entrara en la habitación de su esposo, cosa que acostumbraba a hacer para el almuerzo.
La señora de Longeville no ignoraba en modo alguno la incongruente conducta de su marido, pero como se sentía muy a gusto pudiendo distraerse también por su lado, no decía ni una palabra; no hay nada tan apacible como las esposas infieles, pues ponen tanto empeño en ocultar sus propios pasos que vigilan los del prójimo infinitamente menos que las mojigatas. Un molinero de los alrededores llamado Colás, un joven bribón de dieciocho a veinte años, blando como su propia harina, musculado como su mulo y bello como la rosa que crecía en un pequeño jardín, se deslizaba cada noche, como Louison, por un gabinete contiguo al dormitorio de la señora y, a continuación, cuando todo quedaba en silencio en el castillo, dentro de su lecho. No se hubiera podido encontrar nada más tranquilo que estas dos encantadoras parejas; si el diablo no se hubiera metido por medio, estoy seguro de que se les habría puesto como «ejemplo» a toda la Champagne.
No os riáis, lector, no os riáis de la palabra «ejemplo»; a falta de virtud, el vicio recatado y oculto puede hacer sus veces. ¿No resulta tan plausible como acertado pecar sin escandalizar a los demás? Y así, pues, ¿qué peligros puede entrañar el mal si no se le conoce? Veamos, juzgad, por muy irregular que pueda parecer ese comportamiento, ¿acaso no es preferible el panorama que nos ofrecen las costumbres actuales? ¿No preferís al dueño y señor de Longeville cómoda y silenciosamente recostado en los amorosos brazos de su hermosa granjera y a su respetable esposa en los brazos de un guapo molinero, sin que nadie más esté enterado de su felicidad, a una de nuestras duquesas parisinas que cada mes cambian públicamente de galán o se entregan a sus lacayos, mientras el señor derrocha doscientos mil escudos al año con una de esas criaturas a las que el lujo sirve de máscara, viles por naturaleza y corrompidas incluso por la virtud? Lo repito, pues, sin la discordia que pronto vino a derramar su ponzoña sobre estos cuatro elegidos del amor, nada tan dulce y tan discreto como su afortunado acuerdo.
Pero el señor de Longeville, que tenía como tantos maridos injustos la cruel pretensión de ser feliz y de que no lo fuera su mujer; el señor de Longeville, que creía como las perdices que nadie le veía porque escondía la cabeza, descubrió la intriga de su mujer y, como si su propia conducta no justificara sobradamente aquella que tanto censuraba, no le hizo ninguna gracia.
Del descubrimiento a la venganza en un espíritu celoso no hay más que un paso. El señor de Longeville optó por no decir nada y desembarazarse del bribonzuelo que infamaba su frente; que me ponga los cuernos -se decía a sí mismo- un hombre de mi propio rango..., pase..., ¡pero un molinero! ¡Oh!, señor Colás, habréis de tener la bondad, os suplico, de iros a moler a otro molino, pues no ha de decirse que el de mi mujer sigue abierto para vuestra semilla.
Y como el odio de aquellos pequeños déspotas soberanos revestía siempre la máxima crueldad, como estaban acostumbrados a abusar del derecho de vida y muerte que las leyes feudales les otorgaban sobre sus vasallos, el señor de Longeville decidió ni más ni menos que arrojar al pobre Colás al foso inundado que rodeaba su mansión.
-Clodomiro -dijo un día a su cocinero mayor, tú y tus muchachos tenéis que librarme del villano que mancilla el lecho de mi mujer.
-Eso está hecho, monseñor -contestó Clodomiro-; si así lo deseáis, le degollamos y os lo servirnos trinchado como un cochinillo.
-No, no, amigo mío -respondió el señor de Longeville-; basta con meterle en un saco cargado de piedras y bajarle con ese equipaje al fondo del foso del castillo.
-Así lo haremos.
-Muy bien, pero antes que nada hay que atraparle y aún no le tenemos.
-Ya le agarraremos, monseñor; muy mañoso tendría que ser para que se nos escapara; ya le agarraremos, os lo aseguro.
-Esta noche vendrá a las nueve -continuó el esposo ofendido-, cruzará el jardín, de allí pasará a las salas del primer piso, se esconderá en el gabinete que está al lado de la capilla y permanecerá allí agazapado hasta que la señora crea que yo ya me he dormido, vaya a sacarle y le conduzca a su dormitorio; debemos dejarle hacer todas esas maniobras, nos conformaremos con estar al acecho y cuando se crea a salvo le echarnos la mano encima y le mandamos a beber para que apague así su ardor.
Ningún plan mejor tratado que éste y el pobre Colás hubiera sido ciertamente pasto de los peces si todo el mundo hubiese sido discreto; pero el barón se había confiado a demasiada gente y fue traicionado: un joven ayudante de la cocina, que adoraba a su patrona y que tal vez incluso aspiraba a compartir un día sus favores con el molinero, dejándose llevar más por los sentimientos que su ama le inspiraba que por los celos que le habrían hecho sentirse encantado por la desgracia de su rival, corrió a dar aviso de todo lo que acababa de tramar y fuere compensado por ello con un beso y dos relucientes escudos de oro que para él valían menos que el beso.
-Desde luego -exclamó la señora de Longeville, cuando se quedó a solas con aquella de sus doncellas que colaboraba en su intriga, monseñor es un hombre bien injusto... Pues ¡qué!, él hace lo que quiere, yo no digo ni una palabra y le parece mal que me resarza de todos los días de ayuno que me hace padecer. ¡Ah!, no voy a tolerarlo, amiga mía, no lo toleraré. Escucha, Jeannette, ¿estás dispuesta a ayudarme en el plan que he concebido para salvar a Colás y para atrapar a monseñor?
-Por supuesto, señora, no tenéis más que ordenar y haré cuanto digáis; ese pobre Colás es un muchacho tan apuesto..., nunca vi a ningún otro con unos riñones tan sólidos ni con unos colores tan frescos.
-Oh, sí, señora, claro que sí; yo os ayudaré. ¿Qué hay que hacer?
-Tienes que ir sin pérdida de tiempo -le explica la dama- a avisar a Colás para que no se deje ver por el castillo si yo no se lo ordeno, y pedirle de mi parte que te deje toda la ropa que suele ponerse cuando viene Aquí; cuando tengas el traje, Jeannette, vas a buscar a Louison, la bienamada de ni¡ pérfido, y le dices que vas a ella de parte de monseñor, que él le pide que se ponga la ropa que llevarás en tu delantal, que no venga esta vez por el camino habitual, sino por el jardín, por el patio y por las salas del primer piso, y que tan pronto como llegue a la casa se esconda en el gabinete que hay al lado de la capilla hasta que el señor vaya a buscarla, y a las preguntas que sin duda ha de hacerte sobre todos estos cambios, le contestarás que se deben a los celos de la señora, que se ha enterado de todo y que hace que la espíen por el camino que sigue habitualmente. Si se asusta, la tranquilizas, le haces algún regalo y sobre todo le insistes en que no deje de acudir, pues el señor tiene que hablarle esta noche de cosas de la mayor trascendencia en relación con la escena de celos de la señora.
Jeannette sale, cumple los dos encargos a las mil maravillas, y a las nueve de la noche la desdichada Louison es quien se halla, bajo la indumentaria de Colás, en el gabinete en donde esperan sorprender al amante de la señora.
-¡Adelante! -ordena el señor de Longeville a sus secuaces, que con él a la cabeza no habían dejado de estar al acecho-. ¡Adelante! Todos lo habéis visto como yo, ¿verdad, amigos míos?
-Sí, monseñor; pardiez que es un guapo muchacho.
-Abrid la puerta de golpe, le arrojáis unas toallas por la cabeza para impedir que grite, le metéis en el saco y le echáis al agua sin más miramientos.
Todo es ejecutado al pie de la letra, taponan de tal forma la boca de la infortunada cautiva que le es imposible darse a conocer; la envuelven en el saco, en cuyo fondo han tenido buen cuidado de meter gruesos pedruscos, y por la misma ventana del gabinete en que se ha efectuado la captura la arrojan en medio del foso. Concluida la operación, todos se retiran y el señor de Longeville se dirige a toda prisa a su alcoba para recibir a su damisela que, según él no debía tardar en llegar y a la que estaba bien lejos de imaginar depositada en un sitio tan fresco. Transcurre la mitad de la noche y nadie aparece; como había una espléndida luz de luna, nuestro amante, inquieto, decide ir a ver en persona a casa de su amada qué es lo que puede retenerla así, sale, y en ese intervalo la señora de Longeville, que no perdía ninguno de sus pasos, corre a instalarse en el lecho de su marido. Al señor de Longeville le dicen en casa de Louison que ésta había salido de allí como de costumbre y que sin duda está ya en el castillo; no le dicen nada del disfraz, porque Louison no se lo había contado a nadie y había salido sin que la vieran; el patrón regresa y como la vela que había dejado en su dormitorio se había apagado, se acerca a la cama para coger una mecha y volverla a encender; al aproximarse percibe una respiración, y no le cabe la menor duda de que su querida Louison habría llegado mientras él estaba buscándola y al no verle en su alcoba, se había acostado impaciente; no lo piensa dos veces y en seguida está entre las sábanas, acariciando a su esposa con los requiebros y dulces efusiones que solía emplear con su querida Louison.
-¡Cuánto me has hecho esperar, vida mía...! Pero, ¿dónde estabas, mi querida Louison...?
-¡Pérfido! -exclama entonces la señora de Longeville, descubriendo la luz de una linterna sorda que tenía escondida-. Ya no me cabe ninguna duda sobre tu conducta, aquí tienes a tu esposa y no a la p... a la que das lo que a nadie más que a mí le pertenece.
-Señora -le contesta el marido sin inmutarse-, creo que yo soy dueño de mis actos, y más cuando me engañáis de forma tan evidente.
-¿Engañaros, señor? ¿Y en qué si puede saberse?
-¿Creéis que no conozco vuestra intriga con Colás, uno de los más infames labradores de mis tierras?
-Yo, señor -contesta arrogantemente la castellana-, rebajarme yo hasta ese punto, vos sois un lunático, no ha habido jamás ni una sola palabra de lo que estáis diciendo y os desafío a que me lo probéis.
-A decir verdad, señora, eso va a resultar difícil a estas alturas, pues acabo de hacer arrojar al agua al miserable que me deshonraba y no le volveréis a ver mientras viváis.
-Señor -replica la castellana con más descaro aún-, si a causa de tales suposiciones habéis hecho arrojar a un desdichado al agua, no cabe duda de que sois culpable de una tremenda injusticia, pues si, según decís, ha recibido ese castigo sólo por venir al castillo, mucho me temo que os habéis equivocado, porque no puso los pies en él en toda su vida.
-¡Pues qué, señora!, me haréis creer que estoy loco...
-Aclarémoslo, señor, aclarémoslo, no hay nada más fácil, mandad vos mismos a Jeanette a buscar a ese campesino del que estáis tan errónea y ridículamente celoso y veremos cuál es el resultado.
El barón acepta, Jeannette se va y vuelve con Colás, que está sobre aviso. El señor de Longeville se frota los ojos al verle, ordena que todo el mundo se levante y que vayan a averiguar al instante quién es, en tal caso, el individuo al que ha ordenado arrojar al foso; se dan prisa, pero vuelven sólo con un cadáver, el de la desdichada Louison, que descubren a los ojos de su amante.
-¡Oh, cielos! -exclama el barón-. Una mano desconocida interviene en todo esto, pero yo no me quejaré de sus golpes, pues es la Providencia quien la dirige. Seáis vos, señora, o sea quien sea la causa de esta equivocación, renuncio a averiguarlo; ya os habéis desembarazado de aquella que os causaba tantas inquietudes, libradme asimismo de quien me las procura a mí y que Colás desaparezca de la comarca. ¿Estáis de acuerdo, señora?
-Más aún, señor; me uno a vos para ordenárselo: que la paz renazca entre nosotros, que el amor o la estima recobren su albedrío y que nada pueda destruirlos en el futuro.
Colás se marchó y no regresó nunca más. Louison fue enterrada y desde entonces nunca se vio en toda Champagne a unos esposos más unidos que el señor y la señora de Longeville.

LOS ESTAFADORES

Siempre existió en París una clase de individuos, extendida por todo el mundo, cuyo único oficio es el de vivir a costa de los demás: no hay nada tan habilidoso como las múltiples maniobras de estos intrigantes, no hay nada que no inventen, nada que no tramen para atraer, de una manera o de otra, a la víctima a sus malditas redes; mientras que el grueso de su ejército trabaja en la ciudad, unos destacamentos revolotean por sus alrededores, se desparraman por los campos y viajan sobre todo en los transportes públicos; una vez expuesta esta triste situación de forma inamovible, volvemos a la inexperta joven a la que pronto lloraremos cuando la veamos en tan perversas manos. Rosette de Flarville, hija de un buen burgués de Ruan, a fuerza de súplicas acababa al fin de obtener el permiso de su padre para ir a pasar el carnaval en París a casa de un tal señor Mathieu, tío suyo, rico usurero que vivía en la calle Quincampoix. Rosette, aunque un poco lerda, tenía no obstante dieciocho años cumplidos, una figura encantadora, era rubia, con grandes ojos azules, una piel resplandeciente y su seno, bajo una leve gasa, anunciaba a todo buen conocedor que lo que la muchacha guardaba a cubierto valía por lo menos tanto como lo que se podía ver... La separación no se efectuó sin lágrimas: era la primera noche que el amoroso papá se separaba de su hija; ella era sensata, ya estaba en condiciones de saber comportarse, iba a casa de un bondadoso pariente y en Pascua tenía que regresar; todo esto era motivo de consuelo, pero Rosette era muy bonita, Rosette era muy confiada y marchaba a una ciudad peligrosísima para el sexo débil de provincias que arriba a ella inocente y lleno de virtud. No obstante, la bella parte, provista de todo lo que se necesita para brillar en París dentro de su reducida esfera y con alhajas y regalos más que suficientes para el tío Mathieu y para las primas, sus hijas; Rosette es recomendada al cochero, su padre la abraza, el cochero fustiga los caballos y todos lloran, pero el cariño de los hijos tendría que ser tan tierno como el de los padres; la naturaleza consiente que los primeros encuentren en los placeres a los que se entregan la distracción necesaria para alejarse involuntariamente de los autores de sus días y para que en sus corazones se vayan enfriando los sentimientos de ternura, más puros y ardientes y de una sinceridad totalmente distinta en el alma de los padres y de las madres que, casi rozando esa fatal indiferencia que les vuelve insensibles a los antiguos placeres de su juventud, hace, por decirlo así, que ya no se interesen más que por esos sagrados seres que les dan nueva vida.
Rosette confirmó la ley general, sus lágrimas se secaron en seguida y sin pensar ya más que en el placer que experimentaba al ir a visitar París, no tardó en hacer amistad con gentes que iban allí y que parecían conocerlo mejor que ella. Su primera pregunta fue para enterarse de dónde estaba la calle Quicampoix.
-Ese es mi barrio, señorita -le contesta un tipo de fuerte complexión, que tanto por una especie de uniforme que vestía como por su seguridad al hablar llevaba la voz cantante dentro del traqueteante grupo.
-¿Cómo, señor, sois de la calle Quicampoix?
-Vivo en ella desde hace más de veinte años. -Oh, si es así, entonces conoceréis bien a mi tío Mathieu.
-¿El señor Mathieu es vuestro tío, señorita?
-Sin duda, caballero, yo soy su sobrina; voy a verle, a pasar el invierno con él y con mis dos primas, Adelaida y Sofía, a las que también debéis conocer sin duda alguna.
-¡Oh! ¿Que si las conozco, señorita? ¿Y cómo no iba yo a conocer al señor Mathieu que es mi vecino más próximo y a las señoritas, sus hijas, de una de las cuales, entre paréntesis, estoy enamorado desde hace más de cinco años?
-¿Estáis enamorado de una de mis primas? Apuesto a que es de Sofía.
-Pues no, de Adelaida, para ser sincero, una figura adorable.
-Es lo que se dice en todo Ruan, pues yo, por mi parte, no las he visto nunca; es la primera vez en mi vida que voy a la capital.
-Ah, entonces no conocéis a vuestras primas ni tampoco, señorita, al señor Mathieu, sin duda.
-Pues no, fíjese; el señor Mathieu abandonó Ruan el año en que mi madre me dio a luz y no ha vuelto jamás.
-Es un hombre excelente sin ninguna duda y estará encantado de recibiros.
-Tiene una casa bonita, ¿verdad?
-Sí, pero alquila una parte, él ocupa solamente el primer piso.
-Y la planta baja.
-Por supuesto, y también alguna otra habitación arriba, por lo que tengo entendido.
-¡Oh!, es un hombre riquísimo, pero yo no le haré parecer menos; mirad, aquí tengo estos relucientes cien luises dobles que mi padre me ha dado para que me vista a la moda, con el fin de que mis primas no se avergüencen de mí y estos hermosos regalos que les llevo; mirad, estos pendientes por lo menos valen cien luises, pues bien, son para Adelaida, para vuestra amada; y este collar que, como mínimo, cuesta otro tanto, es para Sofía; y esto no es todo, mirad esta caja de oro con el retrato de mi madre, ayer sin ir más lejos nos la tasaron en más de cincuenta luises, pues es para mi tío Mathieu, es un regalo que le hace mi padre. Oh, estoy segura de que en ropa, en oro y en joyas, llevo encima más de quinientos luises.
-No os hacía falta todo eso para ser bien recibida por vuestro señor tío, señorita -dice el pillo, mirando con el rabillo del ojo a la bella y a sus luises-. Seguramente hará mas caso del placer de veros que de todas esas pamplinas.
Bueno, no importa, no importa; mi padre es un hombre que hace bien las cosas y no quiere que se nos desprecie por vivir en provincias.
-Verdaderamente, señorita, se está tan a gusto en vuestra compañía que desearía que no os fueseis nunca ya de París y que el señor Mathieu os diera a su hijo en matrimonio.
-¿Su hijo? Si no tiene ninguno.
-Su sobrino, quería decir, ese estupendo muchacho...
-¿Quién? ¿Carlos?
-Carlos, exacto, pues claro, el mejor de mis amigos.
-Pero, ¿cómo, también conocisteis a Carlos, caballero?
-¿Que si le conocí, señorita? Más aún, le sigo conociendo y hago el viaje a París única y exclusivamente para verle.
-Os equivocáis, caballero, ha muerto; yo estaba prometida a él desde su infancia, no le conocía, pero me habían dicho que era encantador; la manía del servicio se apoderó de él, se fue a la guerra y le mataron.
Bien, señorita, veo perfectamente que mis deseos van a cumplirse; podéis estar segura de que quieren daros una sorpresa: Carlos no está muerto, eso creían, hace seis meses que regresó y me escribió diciéndome que iba a casarse; y para colmo os envían a París, no lo dudéis, señorita, es una sorpresa, dentro de cuatro días seréis la mujer de Carlos y lo que lleváis no son sino regalos de boda.
-Realmente, caballero, vuestras conjeturas están llenas de verosimilitud; sumando lo que me decís a ciertos propósitos de mi padre que ahora recuerdo, me doy cuenta de que nada es tan probable como lo que acabáis de señalar... Así, pues, yo me casaré en París. Seré una dama de París, oh, señor, ¡qué dicha! Pero si es así, al menos tenéis que casaros con Adelaida; haré que mi prima se decida y seremos una doble pareja.
Tal era durante el viaje la conversación de la dulce y bondadosa Rosette con el bribón que la sondeaba, prometiéndose de antemano sacar partida de la inexperta joven que se le entregaba con tanta ingenuidad. ¡Qué captura para la banda de libertinos, quinientos luises y una hermosa muchacha! Que se diga cuál de los sentidos no es halagado por hallazgo semejante. Cuando se están acercando a Pontoise:
-Señorita -dice el estafador-, se me acaba de ocurrir una idea: voy a alquilar unos caballos de posta para llegar antes a casa de vuestro tío y anunciaros a él; todos acudirán a vuestro encuentro, estoy seguro, y así, por lo menos no estaréis sola al llegar a esa gran ciudad.
El plan es aceptado, el galanteador monta a caballo y se da prisa en ir a prevenir a los actores de su comedia; cuando les ha dado instrucciones y les ha puesto a todos sobre aviso, dos coches conducen a la presunta familia a Saint-Denis; bajan a la hostería, el embaucador se encarga de las presentaciones, Rosette encuentra allí al señor Mathieu, al gran Carlos, que regresa del ejército y a las dos encantadoras primas; se besan, la normanda les entrega sus cartas, el buen Mathieu derrama lágrimas de felicidad al enterarse de que su hermano está bien de salud y no esperan a llegar a París para repartir los regalos; Rosette, que tiene demasiada prisa por que valoren la magnificencia de su padre, se pone en seguida a prodigarla; más abrazos, más agradecimientos y todo sigue su curso hacia el cuartel general de los estafadores, que es presentado a la bella como si se tratara de la calle Quincampoix. Llegan a una basa de bastante buen aspecto, acomodan a la señorita de Flarville, trasportan su baúl a una habitación y sin más preámbulos se sientan a la mesa; en ella tienen buen cuidado de hacer beber a la invitada hasta que se le trastorna la cabeza; acostumbrada a no beber más que sidra, la convencen de que el vino de la Champagne es el jugo de las manzanas de París; la dócil Rosette hace todo cuanto quieren y al fin pierde el conocimiento; cuando es ya incapaz de defensa alguna, la dejan desnuda como la palma de la mano, y cerciorados nuestros bribones de que ya no le queda ninguna otra cosa sobre el cuerpo más que los atractivos que le prodigó la naturaleza, deciden no dejárselos tampoco sin haberlos mancillado y se lo pasan en grande con ella durante toda la noche; al fin, contentos de haber obtenido de la pobre muchacha todo lo que podían sacar, satisfechos de haberle arrebatado su honor, su conocimiento y su dinero, la cubren con unos harapos y la abandonan, antes de que amanezca, en lo alto de la escalinata de San Roque. La infortunada abre los ojos en el preciso instante en que el sol empieza a brillar y, espantada por el lamentable estado en que se encuentra, se toca, se hace preguntas y se interroga a sí misma sobre si está muerta o si sigue con vida; los chiquillos la rodean y durante un buen rato les sirve de juguete, les ruega que la lleven a casa de un comisario donde cuenta su triste historia, suplica que escriban a su padre y que mientras le espera, le den asilo en alguna parte; el comisario ve tanto candor y honradez en las respuestas de la desventurada criatura que la acoge en su propia casa; el buen burgués normando llega por fin y después de derramar ambos infinitas lágrimas, lleva a casa a su querida hija, la cual, según dicen, no mostró en toda su vida el menor deseo de volver a ver la civilizada capital de Francia.
Lector, «alegría, saludo y salud», decían antaño nuestros antepasados cuando acababan su cuento. ¿Por qué habríamos de temer imitar su cortesía y franqueza? Así, pues, diré como ellos: «Lector, adiós, riqueza y placer; si mis habladurías te han proporcionado todo esto, ponme en un agradable rincón de tu gabinete; si te he aburrido, recibe mis excusas y arrójame al fuego.»

FIN

AIRE FRÍO -- H. P. LOVECRAFT

Escrito por imagenes 03-04-2008 en General. Comentarios (0)

AIRE FRÍO -- H. P. LOVECRAFT

AIRE FRÍO
H. P. Lovecraft

Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué
tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y
repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día otoñal.
Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo hacen al mal olor, y
soy el último en negar esta impresión. Lo que haré está relacionado con el más
horrible hecho con que nunca me encontré, y dejo a tu juicio si ésta es o no una
explicación congruente de mi peculiaridad.
Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la oscuridad,
el silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media tarde, en el
estrépito de la metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar albergue con una
patrona prosaica y dos hombres fornidos a mi lado. En la primavera de 1923 había
adquirido un almacén de trabajo lúgubre e desaprovechado en la ciudad de Nueva
York; y siendo incapaz de pagar un alquiler nada considerable, comencé a caminar
a la deriva desde una pensión barata a otra en busca de una habitación que me
permitiera combinar las cualidades de una higiene decente, mobiliario tolerable, y
un muy razonable precio. Pronto entendí que sólo tenía una elección entre varias,
pero después de un tiempo encontré una casa en la Calle Decimocuarta Oeste que
me asqueaba mucho menos que las demás que había probado.
El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a
finales de los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que manchaba y
mancillaba el esplendor descendiendo de altos niveles de opulento buen gusto. En
las habitaciones, grandes y altas, y decoradas con un papel imposible y
ridículamente adornadas con cornisas de escayola, se consumía un deprimente
moho y un asomo de oscuro arte culinario; pero los suelos estaban limpios, la
lencería tolerablemente bien, y el agua caliente no demasiado frecuentemente fría o
desconectada, así que llegué a considerarlo, al menos, un sitio soportable para
hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de nuevo. La casera, una desaliñada,
casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me molestaba con chismes o con
críticas de la última lámpara eléctrica achicharrada en mi habitación del tercer piso
frente al vestíbulo; y mis compañeros inquilinos eran tan silenciosos y poco
comunicativos como uno pudiera desear, siendo mayoritariamente hispanos de
grado tosco y crudo. Solamente el estrépito de los coches en la calle de debajo
resultaban una seria molestia.
Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño. Un
anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de que
había estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo. Mirando
alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente la mojadura
procedía de una esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por detener el asunto en
su origen, corrí al sótano a decírselo a la casera; y me aseguró que el problema sería
rápidamente solucionado.
El Doctor Muñoz, lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de mí,
tiene arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse -
cada vez está más enfermo - pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su
enfermedad - todo el día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en
calor. Se hace sus propias faenas - su pequeña habitación está llena de botellas y
máquinas, y no ejerce como médico. Pero una vez fue bueno - mi padre en
Barcelona oyó hablar de él - y tan sólo le curó el brazo al fontanero que se hizo
daño hace poco. Nunca sale, solamente al tejado, y mi hijo Esteban le trae comida
y ropa limpia, y medicinas y productos químicos. ¡Dios mío, el amoniaco que usa
para mantenerse frío!
La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi
habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había
manchado y abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera sobre mí.
Nunca había oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de un
mecanismo a gasolina; puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me pregunté
por un momento cuál podría ser la extraña aflicción de este hombre, y si su
obstinado rechazo a una ayuda externa no era el resultado de una excentricidad más
bien infundada. Hay, reflexioné trivialmente, un infinito patetismo en la situación
de una persona eminente venida a menos en este mundo.
Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que
súbitamente me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación escribiendo.
Lo médicos me habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía que no había
tiempo que perder; así, recordando que la casera me había dicho sobre la ayuda del
operario lesionado, me arrastré escaleras arriba y llamé débilmente a la puerta
encima de la mía. Mi golpe fue contestado en un inglés correcto por una voz
inquisitiva a cierta distancia, preguntando mi nombre y profesión; y cuando dichas
cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta contigua a la que yo había llamado.
Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más calurosos
del presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando en un gran
aposento el cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en este nido de
mugre y de aspecto raído. Un sofá cama ahora cumpliendo su función diurna de
sofá, y los muebles de caoba, fastuosas colgaduras, antiguos cuadros, y librerías
repletas revelaban el estudio de un gentilhombre más que un dormitorio de pensión.
Ahora vi que el vestíbulo de la habitación sobre la mía - la "pequeña habitación" de
botellas y máquinas que la Sra. Herrero había mencionado - era simplemente el
laboratorio del doctor; y de esta manera, su dormitorio permanecía en la espaciosa
habitación contigua, cuya cómoda alcoba y gran baño adyacente le permitían
camuflar el tocador y los evidentemente útiles aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda
alguna, era un hombre de edad, cultura y distinción.
La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía un
atavío formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque sin
expresión altiva, estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos anticuados
espejuelos protegían su ojos oscuros y penetrantes, una nariz aquilina que daba un
toque árabe a una fisonomía por otra parte Celta. Un abundante y bien cortado
cabello, que anunciaba puntuales visitas al peluquero, estaba airosamente dividido
encima de la alta frente; y el retrato completo denotaba un golpe de inteligencia y
linaje y crianza superior.
A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío, sentí
una repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su pálido
semblante y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para este
sentimiento, incluso estas cosas habrían sido excusables considerando la conocida
invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que me alienaba;
de tal modo el frío era anormal en un día tan caluroso, y lo anormal siempre
despierta la aversión, desconfianza y miedo.
Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita
habilidad del médico que de inmediato se manifiestó, a pesar del frío y el estado
tembloroso de sus manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una
mirada, y las atendió con destreza magistral; al mismo tiempo que me reconfortaba
con una voz de fina modulación, si bien curiosamente cavernosa y hueca que era el
más amargo enemigo del alma, y había hundido su fortuna y perdido todos sus
amigos en una vida consagrada a extravagantes experimentos para su desconcierto y
extirpación. Algo de fanático benevolente parecía residir en él, y divagaba apenas
mientras sondeaba mi pecho y mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del
pequeño laboratorio. Evidentemente me encontraba en compañía de un hombre de
buena cuna, una novedad excepcional en este ambiente sórdido, y se animaba en un
inusual discurso como si recuerdos de días mejores surgieran de él.
Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender como
respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer mis
pensamientos de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo su
consuelo cuidadoso sobre mi corazón débil insistiendo en que la voluntad y la
sabiduría hacen fuerte a un órgano para vivir, podía a través de una mejora
científica de esas cualidades, una clase de brío nervioso a pesar de los daños más
graves, defectos, incluso la falta de energía en órganos específicos. Podía algún día,
dijo medio en broma, enseñarme a vivir - o al menos a poseer algún tipo de
existencia consciente - ¡sin tener corazón en absoluto!. Por su parte, estaba afligido
con unas enfermedades complicadas que requerían una muy acertada conducta que
incluía un frío constante. Cualquier subida de la temperatura señalada podría, si se
prolongaba, afectarle fatalmente; y la frialdad de su habitación - alrededor de 55 ó
56 grados Fahrenheit - era mantenida por un sistema de absorción de amoníaco frío,
y el motor de gasolina de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi habitación.
Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío lugar
como discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le pagaba con
frecuentes visitas; escuchando mientras me contaba investigaciones secretas y los
más o menos terribles resultados, y temblaba un poco cuando examinaba los
singulares y curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes. Finalmente fui,
puedo añadir, curado del todo de mi afección por sus hábiles servicios. Parecía no
desdeñar los conjuros de los medievalistas, dado que creía que esas fórmulas
enigmáticas contenían raros estímulos psicológicos que, concebiblemente, podían
tener efectos sobre la esencia de un sistema nervioso del cuál partían los pulsos
orgánicos. Había conocido por su influencia al ancia no Dr. Torres de Valencia,
quién había compartido sus primeros experimentos y le había orientado a través de
las grandes afecciones de dieciocho años atrás, de dónde procedían sus desarreglos
presentes. No hacía mucho el venerable practicante había salvado a su colega de
sucumbir al hosco enemigo contra el que había luchado. Quizás la tensión había
sido demasiado grande; el Dr. Muñoz lo hacía susurrando claro, aunque no con
detalle - que los métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios, aunque
envolvía escenas y procesos no bienvenidos por los galenos ancianos y
conservadores.
Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta pero
inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había insinuado. El
aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era hueca y poco clara,
su movimiento muscular tenía menos coordinación, y su mente y determinación
menos elástica y ambiciosa. A pesar de este triste cambio no parecía ignorante, y
poco a poco su expresión y conversación emplearon una ironía atroz que me
restituyó algo de la sutil repulsión que originalmente había sentido.
Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias exóticas y el
incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de un faraón
sepultado en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda de
aire frío, y con mi ayuda amplió la conducción de amoníaco de su habitación y
modificó la bomba y la alimentación de su máquina refrigerante hasta poder
mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados, y finalmente incluso en 28
grados; el baño y el laboratorio, por supuesto, eran los menos fríos, a fin de que el
agua no se congelase, y ese proceso químico no lo podría impedir. El vecino de al
lado se quejaba del aire gélido de la puerta contigua, así que le ayudé a
acondicionar unas pesadas cortinas para obviar el problema. Una especie de
creciente temor, de forma estrafalaria y mórbida, parecía poseerle. Hablaba
incesantemente de la muerte, pero reía huecamente cuando cosas tales como
entierro o funeral eran sugeridas gentilmente.
Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar de
eso, en mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los extraños que
le rodeaban, y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y atender sus
necesidades diarias, embutido en un abrigo amplio que me compré especialmente
para tal fin. Asimismo hice muchas de sus compras, y me quedé boquiabierto de
confusión ante algunos de los productos químicos que pidió de farmacéuticos y
casas suministradoras de laboratorios.
Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de su
apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el aroma
en su habitación era peor - a pesar de las especias y el incienso, y los acres
productos químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en tomar sin
ayuda. Percibí que debía estar relacionado con su dolencia, y me estremecía cuando
reflexioné sobre que dolencia podía ser. La Sra. Herrero se apartaba cuando se
encontraba con él, y me lo dejaba sin reservas a mí; incluso no autorizaba a su hijo
Esteban a continuar haciendo los recados para él. Cuándo sugería otros médicos, el
paciente se encolerizaba de tal manera que parecía no atreverse a alcanzar.
Evidentemente temía los efectos físicos de una emoción violenta, aún cuando su
determinación y fuerza motriz aumentaban más que decrecía, y rehusaba ser
confinado en su cama. La dejadez de los primeros días de su enfermedad dio paso a
un brioso retorno a su objetivo, así que parecía arrojar un reto al demonio de la
muerte como si le agarrase un antiguo enemigo. El hábito del almuerzo,
curiosamente siempre de etiqueta, lo abandonó virtualmente; y sólo un poder
mental parecía preservarlo de un derrumbamiento total.
Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza, los
cuáles sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después de su
muerte, transmitió a ciertas personas que nombró - en su mayor parte de las Indias
Orientales, incluyendo a un celebrado médico francés que en estos momentos
supongo muerto, y sobre el cuál se había murmurado las cosas más inconcebibles.
Por casualidad, quemé todos esos escritos sin entregar y cerrados. Su aspecto y voz
llegaron a ser absolutamente aterradores, y su presencia apenas soportable. Un día
de septiembre con un solo vistazo, indujo un ataque epiléptico a un hombre que
había venido a reparar su lámpara eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál
recetó eficazmente mientras se mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño
que parezca, había pasado por los horrores de la Gran Guerra sin haber sufrido
ningún temor.
Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa
brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora se
rompió, de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación refrigerante de
amoníaco. El Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y trabajé desesperadamente
para reparar el daño mientras mi patrón maldecía en tono inánime, rechinando
cavernosamente más allá de cualquier descripción. Mis esfuerzos aficionados, no
obstante, confirmaron el daño; y cuando hube traído un mecánico de un garaje
nocturno cercano, nos enteramos de que nada se podría hacer hasta la mañana
siguiente, cuando se obtuviese un nuevo pistón. El moribundo ermitaño estaba
furioso y alarmado, hinchado hasta proporciones grotescas, parecía que se iba a
hacer pedazos lo que quedaba de su endeble constitución, y de vez en cuando un
espasmo le causaba chasquidos de las manos a los ojos y corría al baño. Buscaba a
tientas el camino con la cara vendada ajustadamente, y nunca vi sus ojos de nuevo.
La frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la mañana
el doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el hielo que
pudiese obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía de mis viajes, a
veces desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada del baño, dentro
podía oír un chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la orden de "¡Más, más!".
Lentamente rompió un caluroso día, y las tiendas abrieron una a una. Pedí a Esteban
que me ayudase a traer el hielo mientras yo conseguía el pistón de la bomba, o
conseguía el pistón mientras yo continuaba con el hielo; pero aleccionado por su
madre, se negó totalmente.
Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de la
Octava Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una pequeña
tienda donde le presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de encontrar un
pistón de bomba y contratar a un operario competente para instalarlo. La tarea
parecía interminable, y me enfurecía tanto o más violentamente que el ermitaño
cuando vi pasar las horas en un suspiro, dando vueltas a vanas llamadas telefónicas,
y en búsquedas frenéticas de sitio en sitio, aquí y allá en metro y en coche. Sobre el
mediodía encontré una casa de suministros adecuada en el centro, y a la 1:30,
aproximadamente, llegué a mi albergue con la parafernalia necesaria y dos
mecánicos robustos e inteligentes. Había hecho todo lo que había podido, y
esperaba llegar a tiempo.
Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa estaba en una agitación
completa, y por encima de una cháchara de voces aterrorizadas oí a un hombre rezar
en tono intenso. Había algo diabólico en el aire, y los inquilinos juraban sobre las
cuentas de sus rosarios como percibieron el olor de debajo de la puerta cerrada del
doctor. El vago que había contratado, parece, había escapado chillando y
enloquecido no mucho después de su segunda entrega de hielo; quizás como
resultado de una excesiva curiosidad. No podía, naturalmente, haber cerrado la
puerta tras de sí; a pesar de eso, ahora estaba cerrada, probablemente desde dentro.
No había ruido dentro a excepción de algún tipo de innombrable, lento y abundante
goteo.
En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que un
temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró una
forma de dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre.
Previamente habíamos abierto las puertas de todas las habitaciones de ese pasillo, y
abrimos todas las ventanas al máximo. Ahora, con las narices protegidas por
pañuelos, invadimos temerosamente la odiada habitación del sur que resplandecía
con el caluroso sol de primera hora de la tarde.
Una especie de oscuro, rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño a la
puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un terrorífico
charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y cegata, sobre un
trozo de papel embadurnado como si fuera con garras que hubieran trazado las
últimas palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía al sofá y desaparecía.
Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo que no me atrevo decir. Pero lo
que temblorosamente me desconcertó estaba sobre el papel pegajoso y manchado
antes de sacar una cerilla y reducirlo a cenizas; lo que me produjo tanto terror, a mí,
a la patrona y a los dos mecánicos que huyeron frenéticamente de ese lugar infernal
a la comisaría de policía más cercana. Las palabras nauseabundas parecían casi
increíbles en ese soleado día, con el traqueteo de coches y camiones ascendiendo
clamorosamente por la abarrotada Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en
ese momento las creía. Tanto las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas
acerca de las cuáles es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el
olor del amoníaco, y que aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria
corriente de aire frío.
El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí. No hay más hielo - el hombre
echó un vistazo y salió corriendo. Más calor cada minuto, y los tejidos no pueden
durar. Imagino que sabes - lo que dije sobre la voluntad y los nervios y lo de
conservar el cuerpo después de que los órganos dejasen de funcionar. Era una buena
teoría, pero no podría mantenerla indefinidamente. Había un deterioro gradual que
no había previsto. El Dr. Torres lo sabía, pero la conmoción lo mató. No pudo
soportar lo que tenía que hacer - tenía que meterme en un lugar extraño y oscuro,
cuando prestase atención a mi carta y consiguió mantenerme vivo. Pero los órganos
no volvieron a funcionar de nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera -
conservación - pues como se puede ver, fallecí hace dieciocho años.