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FILTROS Y HECHIZOS, MALEFICIOS Y ENCANTAMIENTOS

Escrito por imagenes 25-04-2008 en General. Comentarios (20)

FILTROS Y HECHIZOS, MALEFICIOS Y ENCANTAMIENTOS


FILTROS Y HECHIZOS, MALEFICIOS Y ENCANTAMIENTOS

PARA PROVOCAR EL AMOR DE OTRA PERSONA
Mediante leves pinchazos se produce en el dedo meñique tres gotas de sangre, la cual mezclamos después con algunos pelos de axilas y del pubis. Todo ello se amasa con barro y se seca al horno, donde se formará una pequeña pella. De ella extraeremos los polvos y, mezclándolos en cualquier bebida, se lo haremos beber al sujeto de nuestros deseos. Sin que se dé cuenta por supuesto, si no romperá el hechizo.
PARA VENCER EL PUDOR DE UNA NOVIA
Se mezclan pelos de axilas y de pubis con limaduras de uña de gata. Lo que resulta se deja secar envuelto en alas de murciélago, y luego se añade un poco de esencia de ajenjo y de brezo.
PARA QUE UNA MUJER NO SE RESISTA A NUESTROS REQUERIMIENTOS
Se toma un huevo de gallina y se abre con cuidado de que la yema no se rompa. Retiramos la clara y depositaremos sobre la yema pelos de pubis, esperma de chivo, resina y toronjil; añadiremos un ciempiés y las cenizas de una luciérnaga asada, y depositamos el conjunto en una vasija, la cual mantendremos perfectamente tapada durante tres días y tres noches. Sírvase en cualquier bebida fresca.
PARA OBTENER AMOR
Cocer una manzana, pelarla y perfumarla; tomarla entre las manos y exclamar mientras la atravesamos con un alfiler: "atraviesa al corazón de mi amado/a".
FILTRO DEL BESO DE SATANÁS
Resulta mortal. Se funde una medalla de cobre y se hacen dos discos que encajen uno sobre otro. Se graban en el exterior figuras satánicas y se introducen en el interior los filtros diabólicos que la bruja haya aconsejado, se sitúa cerca de la persona a la que se odia, ésta quedará envenenada.
(enunciado)


EXORCISMO A PERSONAS
1. Debe colocarse un crucifijo a la vista del poseso y, si fuera posible, colocárselo entre sus propias manos.
2. Si el poseso habla malignamente, se debe ordenar al diablo que se calle y que se limite a contestar solamente a las preguntas que se le dirijan.
3. El exorcista no debe dar crédito a lo que vea u oiga que hace o diga el poseso
4. Se le debe preguntar al poseso el número de entes o diablos que le poseen
5. En caso afirmativo, debe preguntarse a continuación en que época se produjo la posesión.
6. Se debe recomendar a los asistentes del exorcismo que deben ser muy pocos y que recen por el bien del poseso.
7. Se debe exorcizar siempre en tono de autoridad, insistiendo particularmente cuando se note que el poseso sufre más.
8. Se hará la señal de cruz en las partes del cuerpo donde más se acuse la alteración del poseso.
9. Se rociará con agua bendita el cuerpo del poseso muy especialmente en las zonas en donde se den reacciones violentas.
10. Se deben repetir las frases y palabras que más atormenten al poseído.
11. Deben encontrarse presentes los propios familiares del poseso, para que vean como reaccionan y sujeten fuertemente.
12. Cuando se haya vencido a los diablos, debe preguntársele por qué posesionó de la persona: por maleficio, por propia voluntad, por arte maléfico o por otros motivos, así como el propósito y en que zona del cuerpo se encuentran arraigados dentro de su organismo.
13. Una vez conocido el móvil y el lugar donde se encuentra el diablo, se procederá a expulsarlo definitivamente del cuerpo del poseso
14. Los asistentes deben arrodillarse durante la ceremonia y el exorcista les rociará con agua bendita.
15. A continuación, el exorcista debe dirigirse al poseso, pronunciando energéticamente lo siguiente:
"Cualquiera que sea, espíritu inmundo, te mando, así como a tus compañeros que poseéis a este siervo de Dios, en nombre de los Misterios de la Encarnación, de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo y en nombre del Espíritu Santo, que me digas tu nombre y me indiques el día y la hora en que saldrás de este cuerpo. Te mando que me obedezcas y te prohíbo que atormentes más a esta criatura".
Todo esto acompañado de oraciones y rociando al poseso con agua bendita se hace hasta que éste quede sin fuerzas, entonces se le hará una señal de la cruz en la frente y otra en el corazón y el exorcismo habrá terminado.

CONSECUENCIAS : HOY EN DIA

Cuando la sanación se realiza en al dimensión espiritual es porque se considera la enfermedad del cuerpo como un reflejo de la enfermedad del alma, en muchos casos producida por algún maligno espíritu que se intentará expulsar de la víctima enfermiza. Sanaciones que se están haciendo muy populares por realizarse a menudo en agrupaciones, con gran alboroto emocional, durante los rituales religiosos que las acogen. El principal cuidado que hemos de tener, si hemos escogido este tipo de sanación, es en las etapas previas a la curación, cuando se nos está diagnosticando el mal que tenemos; porque como se nos diagnostique que nuestra enfermedad es producida por un terrible demonio, es posible que al sacarlo de nuestro cuerpo nos saquen también a nosotros. Se están dando casos de exorcismos realizados por “sanadores” con resultado de la muerte del paciente. Auténticas carnicerías, baños de sangre realizados por chapuzas exorcistas, que destrozan el cuerpo del paciente al hurgar brutalmente en él en busca de un demonio que probablemente ni existe.
Toda secta achaca sus males a las fuerzas maléficas del inframundo. Idea muy peligrosa cuando se cree que esas fuerzas están encarnadas en algún individuo o grupo de individuos, pues se emprenderá una guerra santa contra ellos. También es típico que las sectas se mantengan en una lucha constante contra los estamentos sociales que ostentan el poder calificándolos de demoníacos, incluso países con cierta tradición religiosa pueden emprender una guerra contra otros países de diferentes creencias por considerarlos nidos de fuerzas satánicas. Estas aptitudes agresivas son muy peligrosas, han sido siempre la causa de terribles guerras.
Y, como todavía la ideología exorcista continúa vigente en los ambientes espirituales de los países desarrollados, su peligrosidad permanece, porque, aunque nuestras leyes y sistema policial ya no permitan guerras santas entre grupos, sí que se permite la sanación de cariz exorcista practicada por aquellos sanadores que creen que esas fuerzas o esos demonios se han encarnado en una persona. Lo que permite iniciar terribles procesos de exorcismos que en ocasiones han terminado matando a la persona afectada.
Cierto es que los casos extremos con resultado de muerte se dan en contadas ocasiones, pero no está de más no bajar la guardia si estamos llevando a efecto algún tipo de terapia espiritual con connotaciones exorcistas. Si nos hemos metido en un proceso de curación semejante y vemos que están desarrollándose los acontecimientos como acabo de exponer, antes de llegar al fatídico final, hay que abandonar la trágica terapia. Y si la persona o personas que nos están tratando insisten en sacarnos el mal del cuerpo en contra de nuestra voluntad, no se debe dudar ni un momento en acudir a la policía. Más vale vivir con un demonio a cuestas que no vivir; porque lo más probable es que el demonio no exista sino en la mente de aquellos que lo necesitan para seguir manteniendo su profesión de sanadores exorcistas.
Cuando un personaje o personajes se escenifican en la realidad virtual espiritual de una religión u otra vía espiritual es porque, habitualmente, les da cuerpo algún tipo de fuerza psíquica o situación especial muy humana. Podríamos decir que el dios benevolente que reina en nuestra civilización encarna ciertas fuerzas positivas del hombre, y el demonio fuerzas negativas. El exorcismos se produce cuando estas dos fuerzas opuestas del hombre se encuentran, y las fuerzas del bien intentan imponerse a las fuerzas del mal. Entonces se produce una resistencia al cambio. Los seres humanos tenemos aspectos del bien y del mal en nuestro interior en un equilibrio inestable, en pugna constante. Cuando una persona se sumerge en una experiencia de lo sagrado, si lo hace bruscamente, sin seguir un proceso lo suficientemente lento como para asimilarlo con naturalidad, vivirá una crisis de rechazo hacia el nuevo estado interior, que incluso podrá ser convulsiva. Entonces tendremos lo que llamamos un exorcismos.
En este estudio estamos denunciando el error que supone creer que son reales los personajes o fuerzas espirituales, pero no los estamos considerando creaciones banales de la mente humana, como ocurre muy a menudo, incluso por algunos profesionales de la psicología, que llegan a afirmar que tanto dios como el diablo son creaciones de la imaginación del hombre para quitarse culpas y eludir responsabilidades, sin más consecuencias.
Nosotros nos inclinamos por pensar que los personajes de las realidades virtuales espirituales son producidos por impulsos psicológicos muy profundos y muy reales, no por banales caprichos de fantasía. El que no hayamos llegado todavía a conocerlos con detenimiento, no nos da derecho a negar la realidad que esconden. Sabemos que el dios del rayo fue una creación de la mente religiosa del hombre prehistórico; pero, aunque el rayo no sea un dios, continúa achicharrando a todo el que le cae encima.
Nuestro desarrollo científico nos ha permitido reconocer que las propiedades místicas, que nuestros antiguos atribuían al dios del rayo, no son sino producto de su ignorante imaginación calenturienta; sin embargo, las propiedades físicas continúan vigentes, y continuarán siéndolo mientras sigan cayendo rayos sobre la tierra. Con esto quiero decir que tras cada creación de entidad o circunstancia de los mundos virtuales espirituales, se esconde una realidad que no podemos ignorar aunque no la hayamos reconocido científicamente. A mi entender, está más cerca de la verdad aquel que cree en dios o en el diablo que quienes piensan que tras ellos no hay nada. A estas entidades virtuales las han creado unas pulsaciones psicológicas o espirituales de indudable fuerza e importancia. Que no las conozcamos científicamente, no quiere decir que no existan. Estamos de acuerdo en que las realidades virtuales espirituales y sus personajes son creaciones de la mente humana, ¿pero qué hay detrás de esas creaciones?¿, ¿Qué impulsos psicológicos les dan vida?
No hay otra forma de responderse a estas preguntas que reconociendo las vivencias espirituales puras. Algo que podemos conseguir observando cómo se produce en nosotros el proceso de atribuírselas a diferentes personajes o a diversas características de los mundos espirituales.
Este análisis comparativo, antiguamente, no era apenas posible llevarlo a efecto, pues las personas espirituales, no tenían otra opción de desarrollar su espiritualidad que en la religión dominante del país donde hubieran nacido. Pero, en la actualidad, una persona puede obtener vivencias religiosas semejantes en el seno de diferentes credos, lo que le permite separar por un lado la misma vivencia de lo sagrado y por otro lado las distintas creencias religiosas que la envuelven. Algo que nos permite comprobar que una misma vivencia puede estar representada virtualmente de muchas formas en las diferentes realidades virtuales espirituales que puedan existir. Lo que nos hace sospechar que la vivencia es algo real, mientras que la creencia en el personaje, o circunstancia virtual donde podemos asentarla, son creaciones de la mente, pues varían de una realidad virtual a otra, según la religión o vía espiritual que estemos siguiendo.
Y como hemos sido capaces de llegar a conocer la auténtica naturaleza del rayo y a descartar todas las falsas elucubraciones mentales que el hombre antiguo hacía sobre él, quizás algún día seamos capaces de llegar a conocer la auténtica naturaleza tanto de dios como del diablo, después de descartar todas las abundantes y falsas elucubraciones mentales que el hombre ha hecho siempre sobre ellos.
A las personas que nos ha tocado experimentar a dios y al diablo, en diferentes métodos de realización espiritual o religiones, nos cuesta menos separar la experiencia de la creencia que a las personas que se mantienen en una creencia de por vida. He llegado a conocer tantas personificaciones de manifestaciones divinas y demoníacas que, ya instintivamente, no les doy gran importancia a estos personajes virtuales, mi interés se centra en la esencia que ellos representan y transmiten, y en nuestra capacidad de gozar lo divino o en nuestra fatalidad de sufrir lo demoníaco.
El exorcismo es el resultado del choque de estas dos tendencias humanas opuestas entre sí. A medida que seamos capaces de observarlas en esencia, y de controlar su manifestación en nosotros, irá desapareciendo la teatralidad dramática que habitualmente envuelve a este tipo de sanaciones. Existen vías de realización espiritual y maestros o gurús que son capaces de enseñarte a sumergirte en lo sagrado sin necesidad de desmayos, ni de ataques epilépticos. Su capacidad de iniciarte en el conocimiento de lo divino es de suficiente calidad como para que en el seno de su enseñanza no se produzcan extraños aspavientos sensacionalistas de grandes exorcismos.
Un exorcismo es también consecuencia de un elevado grado de relajación conseguido de forma excesivamente rápida que la paz divina puede producir en el individuo que la experimenta. Como comenté en el capítulo de la relajación, relajarse es liberar las tensiones inconscientes y los impulsos psicológicos que las produjeron. Toda vivencia intensa de lo sagrado implica una profunda paz, una profunda relajación, de esta forma nos liberamos de todo aquello que no aceptamos de nosotros, abrimos la caja de Pandora, y los impulsos psicológicos reprimidos que generan las tensiones inconscientes pueden tomar forma en las realidades virtuales espirituales en forma de demonios, que al expulsarlos tan rápidamente de nuestro cuerpo armarán la marimorena.
Si la paz divina experimentada es de suficiente calidad, penetrará en nosotros progresivamente y podremos asimilarla, a la vez que nos ayudará a integrar todo lo reprimido que desprende de nosotros, sin producirnos las escandalosas crisis típicas del exorcismo muy difíciles de digerir.
Muchas personas han escogido el exorcismo como sanación por el sensacionalismo que encierra. Las indudables fuerzas esotéricas, que se manifiestan durante un exorcismo, alimentan la fe en aquellos creyentes que se dejan deslumbrar por las convulsiones físicas que puede producir el impacto de lo sagrado arrojado violentamente sobre los individuos.
Para concluir este capítulo, solamente recordar que un auténtico crecimiento, ya sea físico o espiritual, siempre se produce de forma imperceptible. Todo lo demás es un espectáculo circense atractivo para aquellas personas que creen en las ilusiones de los magos de las realidades virtuales espirituales.

Metzengerstein -- EDGAR ALLAN POE

Escrito por imagenes 25-04-2008 en General. Comentarios (1)

Metzengerstein -- EDGAR ALLAN POE


Metzengerstein
Edgar Allan Poe
Pestis eram vivus - mariens tua mars era. (1)
(Martín Lutero)
***
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El horror y la fatalidad han aparecido libremente en todas las edades. ¿Por qué atribuir entonces una fecha a la historia
que vaya contar? Baste decir que en la época de que hablo existía en el interior de Hungría una arraigada, aunque oculta,
creencia en las doctrinas de la metempsícosis. De estas doctrinas mismas -esto es, de su falsedad o de su probabilidad-
nada diré. Afirmo, sin embargo, que gran parte de nuestra incredulidad (como dice La Bruyere, de toda nuestra
infelicidad) vient de ne pouvoir etre seuls (2).
Pero en algunos puntos la superstición húngara tendería por completo a lo absurdo. Ellos -los húngaros- diferían
esencialmente de sus autoridades orientales. He aquí un ejemplo: el alma -afirman, y cito las palabras de un agudo e
inteligente parisiense- ne demeure qu'une seule fois dans un corps sensible: au reste un cheval, un chien, un homme meme,
n' est que la ressemblance peu tangible de ces animaux (3).
Las familias de Berlifitzing y Metzengerstein hallábanse enemistadas desde hacía varios siglos. Jamás hubo dos casas tan
ilustres agriadas mutuamente Por una enemistad tan mortal. El origen de la enemistad parecía radicar en las palabras de
una antigua profecía: "Un augusto nombre sufrirá una espantosa caída cuando, como el jinete sobre su caballo, la
mortalidad de Metzengerstein triunfe sobre la inmortalidad de Berlifitzing".
Seguramente estas palabras significan poco o nada en sí mismas. Pero causas más triviales han dado origen -y no hace
falta que nos remontemos mucho- a consecuencias memorables. Además, los dominios de las casas rivales eran contiguos y
ejercían desde largo tiempo una influencia rival en los asuntos de un gobierno bullicioso. Por otra parte, vecinos tan
inmediatos son rara vez amigos y los habitantes del castillo de Berlifitzing podían contemplar desde sus elevados
contrafuertes las ventanas del palacio de Metzengerstein. Y no era en absoluto la magnificencia más que feudal así
ostentada al que intentaba mitigar los irritables sentimientos de los Berlifitzing, menos antiguos y menos ricos. ¿Cómo
extrañarse entonces de que las necias palabras de una predicción lograran hacer estallar y mantener viva la discordia
entre dos familias ya predispuestas al rencor por todas las razones de un orgullo hereditario?. La profecía parecía
entrañar, si es que entrañaba algo, el triunfo final de la casa más poderosa. Y lo más débiles y menos influyentes la
recordaban con amarga animosidad.
Wilhelm,conde de Berlifitzing, aunque de augusta estirpe, era en la época de nuestra narración un anciano achacoso y
chocho, que sólo se hacía notar por una loca e inveterada antipatía personal hacia la familia de su rival y por una
pasión desordenada hacía la equitación y la caza, a cuyos peligros ni su debilidad personal ni su incapacidad mental le
impedían dedicarse a diario.
Frederick, barón de Metzengerstein, no había alcanzado aún la mayoría de edad. Su padre, el ministro G..., había muerto
joven, y su madre, lady Mary, lo siguió muy pronto. Frederick tenía a la sazón dieciocho años, edad que no representa
casi nada en las ciudades; pero en una soledad, y en una soledad tan magnífica como la de aquella vieja soberanía, el
péndulo vibra con un sentido más hondo.
Debido a las peculiares circunstancias derivadas de la administración de su padre, el joven barón heredó, al morir aquél,
sus vastos dominios. Rara vez se había visto a un noble húngaro dueño de un patrimonio semejante. Sus castillos eran
incontables. El más esplendoroso, el más amplio, era el palacio Metzengerstein. La línea fronteriza de sus dominios nunca
había sido claramente definida, pero su parte principal abarcaba un circuito de cincuenta millas.
La herencia de un propietario tan joven, inmensamente rico y dotado de un carácter bien conocido, provocó pocas dudas
sobre su probable línea de comportamiento. En efecto, durante los tres primeros días la conducta del heredero excedió la
de Herodes y superó en magnificencia la expectación de sus admiradores más entusiastas. Vergonzosos libertinajes,
flagrantes felonías, atrocidades inauditas, hicieron comprender rápidamente a sus temblorosos vasallos que ni la servil
sumisión por parte de ellos, ni los escrúpulos de conciencia por parte del amo, les garantizarían de allí en adelante
contra las garras despiadadas del pequeño Calígula. Durante la noche del cuarto día estalló un incendio en las
caballerizas del castillo de Berlifitzing, y la opinión unánime agregó la acusación de incendiario a la ya horrenda lista de delitos y enormidades del barón.
Pero durante el tumulto ocasionado por el accidente, el joven aristócrata se hallaba aparentemente sumido en meditación
en una amplia y desolada estancia enclavada en la parte alta del palacio solariego de Metzengerstein. Las ricas aunque
ajadas colgaduras, que cubrían fúnebremente las paredes, representaban figuras vagas y majestuosas de mil ilustres
antepasados. Aquí sacerdotes revestidos de rico manto de armiño y dignatarios pontificales sentábanse familiarmente con
el autócrata y el soberano, vetaban los deseos de un rey temporal o contenían con el fiar de la supremacía papal el cetro
rebelde del archienemigo. Allí las atenazadas y enormes figuras de los príncipes de Metzengerstein, montados en sus
briosos corceles de guerra, que pisoteaban los cadáveres del enemigo caído, sobrecogían los nervios más firmes con su
vigorosa expresión; y allí también las figuras voluptuosas, como de cisnes, de las damas de antaño flotaban lejos, en el
laberinto de una danza irreal, a los sones de una melodía imaginaria.
Pero mientras el barón escuchaba o fingía escuchar el creciente alboroto en las caballerizas de Berlifitzing o meditaba
quizá algún nuevo acto de audacia aún más osado, sus ojos se volvieron sin querer hacia la figura de un enorme caballo
pintado con un color que no era natural, representado en el tapiz como perteneciente a un sarraceno antepasado de la
familia de su rival. El caballo aparecía en primer plano, inmóvil como una estatua, mientras más allá, hacia el fondo, su
derribado jinete perecía bajo el puñal de un Metzengerstein.
En los labios de Frederick se dibujó una sonrisa diabólica al darse cuenta de lo que sus ojos contemplaban
inconscientemente. No pudo, sin embargo, apartarlos de allí. Antes bien, una ansiedad abrumadora parecía caer sobre sus
sentidos como un paño mortuorio. A duras penas podía conciliar sus soñolientas incoherentes sensaciones con la certeza de
hallarse despierto. Cuanto más lo contemplaba, más absorbente era el encantamiento y más imposible le parecía poder
arrancar su mirada de la fascinación del tapiz. El tumulto del exterior se hizo de repente más violento y Frederick logró
concentrar su atención en los rojizos resplandores que las llameantes caballerizas proyectaban sobre las ventanas de la
estancia.
Su nueva actitud, empero, no duró mucho, y sus ojos volvieron a posarse maquinalmente en el muro. Para su indescriptible
horror y asombro, la cabeza del gigantesco corcel parecía haber cambiado de posición durante aquel intervalo. El cuello
del animal, antes curvado, como si la compasión lo hiciera inclinarse sobre el postrado cuerpo de su amo, se tendía ahora
en dirección al barón. Los ojos, antes invisibles, mostraban una expresión enérgica y humana y brillaban con un extraño
resplandor rojizo, como de fuego; y los abiertos belfos de aquel caballo aparentemente furioso permitían ver sus
sepulcrales y repulsivos dientes.
Estupefacto de terror el joven aristócrata se dirigió tambaleante hacia la puerta. En el momento de abrirla, un relámpago
de luz roja flameó dentro de la habitación proyectando claramente su sombra sobre la trémula tapicería, y Frederick se
estremeció al ver que aquella sombra (mientras él permanecía vacilante en el umbral) asumía la postura exacta y llenaba
completamente el contorno del implacable y triunfante matador del Berlifitzing sarraceno.
Para aliviar la depresión de su espíritu, el barón salió presuroso al aire libre. En la puerta principal del palacio
encontró a tres caballerizos, que con gran dificultad y con riesgo de sus vidas trataban de calmar los convulsivo saltos
de un gigantesco caballo de color de fuego.
-¿De quién es este caballo? ¿Dónde lo habéis encontrado? -preguntó el joven con un tono tan sombrío como colérico, al
reconocer inmediatamente que el misterioso corcel de la tapicería era la réplica exacta del furioso animal que tenía ante
los ojos.
-Es vuestro, señor -contestó uno de los caballerizos-, o al menos no sabemos que nadie lo reclame. Lo capturamos cuando
huía echando humos y espumeante de rabia de las caballerizas incendiadas del conde de Berlifitzing. Suponiendo que era
uno de los caballos extranjeros del conde fuimos a devolverlo, pero los mozos negaron haber visto nunca al animal, lo
cual es extraño puesto que muestra señales evidentes del fuego del que se ha librado de milagro.
-Las letras W. V. B. están cláramente marcadas en su frente -interrumpió el segundo caballerizo-. Como es natural
supusimos que eran las iniciales de Wilhelm van Berlifitzing, pero en el castillo niegan terminantemente que el caballo
les pertenezca.
-¡Es muy extraño! -dijo el joven barón con aire pensativo y sin cuidarse al parecer del sentido de sus palabras-. Como
decís, es un caballo notable, un caballo prodigioso, aunque, como justamente observáis, tan peligroso como intratable...
Pues bien, dejádmelo -agregó luego de una pausa-, quizá un jinete como Frederick de Metzengerstein sepa domar hasta el
mismísimo diablo de las cuadras de Berlifitzing.
-Os engañáis, señor; este caballo, como creo haberos indicado, no proviene de las cuadras del conde, pues, en tal caso,
conocemos muy bien nuestro deber para traerlo a presencia de vuestra familia.
-¡Cierto! -observó secamente el barón.
En aquel momento un ayuda de cámara llegó corriendo desde el palacio todo sofocado. Musitó al oído de su amo para
informarle de la repentina desaparicion de un pequeño trozo de la tapicería de cierto aposento, agregando numerosos
detalles tan precisos como concretos. Pero como comunicó todo aquello en un tono de voz muy bajo no se escapó nada que
pudier satisfacer la excitada curiosidad de los caballerizos.
Mientras duró el relato del paje, el joven Frederick pareció agitado por muy diversas emociones. No obstante, pronto
recobró la calma, y una expresión de resuelta perversidad afloró a su rostro cuando daba órdenes perentorias para que la
estancia en cuestión fuera al punto cerrada y se le entregara inmediatamente la llave.
-¿Habéis oído la noticia de la lamentable mUerte del viejo cazador Berlifitzing? -dijo uno de sus vasallos al barón
cuando, después de marcharse el ayuda de cámara, el enorme corcel, que el noble acababa de adoptar como suyo, redoblaba su furia, mientras lo llevaban por la larga avenida que se extendía desde el palacio hasta las caballerizas de los
Metzengerstein.
-¡No! -exclamó el barón, volviéndose bruscamente hacia el que hablaba-. ¿Que ha muerto, dices?
-Es cierto, señor, y pienso que para un noble de vuestro apellido no será una noticia desagradable.
Una rápida sonrisa cruzó por el rostro del barón.
-¿ Cómo ha muerto?
-Entre las llamas, cuando se esforzaba imprudentemente por salvar una parte de sus caballos de caza favoritos.
-¡Re...al...men...te! -exclamó el barón, pronunciando cada sílaba como si una idea apasionante se apoderara en ese
momento de él.
-¡Realmente! -repitió el vasallo.
-¡Espantoso! -dijo tranquilamente el joven que regresó en silencio al palacio.
Desde aquella fecha, una notable alteración tuvo lugar en la conducta exterior del disoluto barón Frederick von
Metzengerstein. Su conducta defraudó todas las esperanzas y se mostró en completo desacuerdo con las expectativas y
manejos de más de una madre de niña casadera; al mismo tiempo, sus hábitos y maneras siguieron diferenciándose más que
nunca de los de la aristocracia circundante. Jamás se lo veía allende los límites de sus dominios y en su vasto mundo
ocial carecía de compañero, a menos que aquel extraño e impetuoso corcel de ígneo color, que montaba continuamente,
tuviera algún misterioso derecho a ser considerado como su amigo.

A pesar de lo cual y durante largo tiempo llegaron a palacio las invitaciones de nobles vinculados con su casa.
-¿Honrará el barón nuestras fiestas con su presencia?
-¿ Vendrá el barón a cazar con nosotros a una montería de jabalíes?
Las altaneras y lacónicas respuestas eran siempre:
-Metzengerstein no irá a la caza.
-Metzengerstein no concurrirá.
Aquellos repetidos insultos no podían ser tolerados por una aristocracia igualmente arrogante. Las invitaciones se
hicieron menos cordiales, menos frecuentes, hasta que cesaron por completo. Se oyó incluso a la viuda del infortunado
conde de Berlifitzing expresar su esperanza de que «el barón tuviera que quedarse en su casa cuando no deseara estar en
ella, puesto que desdeñaba la compañía de sus iguales, y que cabalgara cuando no quisiera cabalgar, puesto que prefería
la compañía de un caballo».
Estas palabras eran tan sólo el estallido de un rencor hereditario y probaban simplemente el poco sentido que tienen
nuestras palabras cuando queremos que sean especialmente enérgicas.
Los más caritativos, sin embargo, atribuían aquella alteración en la conducta del joven noble al natural dolor de un hijo
por la pérdida prematura de sus padres; ni que decir tiene que olvidaban su atroz y despreocupada conducta durante el
breve período que siguió de cerca a aquellas muertes. No faltaban quienes presumían en el barón un concepto excesivamente altanero de la dignidad. Otros (entre los cuales cabe mencionar al médico de la familia) no vacilaban en hablar de una
melancolía morbosa y mala salud hereditaria; la multitud hacía correr oscuras insinuaciones de naturaleza más equívoca.
Por cierto que el perverso cariño del joven barón por su caballo -cariño que parecía acendrarse a cada nueva prueba que
daba el animal de sus feroces y demoníacas inclinaciones- llegó a ser a la larga, a los ojos de los hombres, un cariño
horrible y contra natura. Bajo el resplandor del mediodía, en la oscuridad nocturna, enfermo o sano, en la calma o en la
borrasca, el joven Metzengerstein parecía estar clavado a la montura de aquel caballo colosal, cuya indomable audacia
armonizaba tan bien con su manera de ser.
Había, por añadidura, circunstancias que unidas a los últimos acontecimientos conferían un carácter extraterreno y
portentoso a la manía del jinete y a las posibilidades del corcel. Habíase medido cuidadosamente la longitud de sus
saltos, que excedían de manera asombrosa las conjeturas más fantásticas. El barón no usaba ningún nombre especial para su caballo pese a que todos los demás de su propiedad lo tenían. Su caballeriza también estaba situada a cierta distancia de
las otras, y sólo su amo osaba penetrar allí y acercarse al animal para darle de comer y ocuparse de su limpieza. Era
además notable que, aunque lo tres mozos que lo habían capturado cuando huía del incendio de Berlifitzing lo habían
contenido por medio de una cadena y de un lazo, ninguno de los tres podía afirmar con certeza que durante aquella
peligrosa lucha o en otro momento posterior hubiesen puesto sus manos sobre el cuerpo de la bestia.
Esas pruebas de una inteligencia especial en la conducta de un caballo lleno de ardor no tiene por qué provocar una
atención fuera de lo común; pero ciertas circunstancias se imponían a los espíritus más escépticos y flemáticos; se
afirmó incluso que, a veces, la asombrada multitud que contemplaba a la bestia había retrocedido horrorizada ante la
profunda e impresionante significación de su terrible apariencia; ciertas ocasiones en que, incIuso el joven
Metzengerstein, retrocedía palideciendo ante la expresión repentina y penetrante de aquellos ojos casi humanos del corcel.
Nadie dudó, sin embargo, del ardiente y extraordinario cariño que sentía el joven por las fogosas cualidades de su
caballo. Nadie, salvo un insignificante pajecillo contrahecho que interponía su fealdad en todas partes y cuyas opiniones
poseían muy poca importancia. Este paje (si es que merece la pena mencionar sus opiniones) tenía el descaro de afirmar
que su amo no saltaba nunca a la silla sin un estremecimiento tan inexplicable como imperceptible y que al regresar de
cada una de sus interminables y habituales correrías, cada rasgo de su rostro aparecía reformado por una expresión de triunfante malignidad.
Cierta tempestuosa noche, al despertar de un pesado sueño, Metzengerstein bajó como un maníaco de su estancia y montando a caballo a toda prisa se precipitó hacia las profundidades de la selva. Un hecho tan corriente no llamó especialmente la
atención, pero sus criados esperaron con intensa ansiedad su regreso; pocas horas después de su partida, los muros del
magnífico y suntuoso palacio de Metzengerstein empezaron a crujir ya temblar hasta sus cimientos bajo la acción de una
masa densa y lívida de indomable fuego.
Cuando fueron vistas aquellas llamas por primera vez era demasiado tarde; habían hecho ya tan terribles progresos que
todos los esfuerzos por salvar una parte cualquiera del edificio eran evidentemente inútiles; la atónita muchedumbre se
concentró alrededor envuelta en un silencio y patético asombro. Pero pronto un nuevo y pavoroso objeto atrajo la atención
de la multitud, demostrando hasta qué punto es más intensa la excitación provocada en ella por la contemplación de una
agonía humana que la causada por los espectáculos más aterradores de la materia inanimada.
Por la larga avenida de añosos robles, que formaba el principio de la floresta y que conducía hasta la entrada del
palacio de Metzengerstein, se vio venir un corcel dando enormes saltos, que llevaba en su silla un jinete sin sombrero y
con las ropas revueltas, semejante al verdadero Demonio de la Tempestad. Indiscutiblemente el jinete no dominaba aquella
carrera. La angustia de su rostro, los esfuerzos convulsivos de todo su cuerpo patentizaban una lucha sobrehumana; pero
ningún sonido, salvo un solo grito, escapó de sus labios desgarrados, que se mordía una y otra vez en la intensidad de su
terror. Por un momento resonó el golpeteo de los cascos, agudo y penetrante, por sobre el mugido de las llamas y el
aullido del viento; un instante después, franqueando de un solo salto el portón y el foso, el corcel se precepitó por la
escalinata del palacio y desapareció con su jinete en aquel torbellino de caótico fuego.
La furia de la tempestad cesó de inmediato, siendo sucedida por una profunda y sorda calma. Una blanca llamarada envolvía
aún el edificio como un sudario, mientras en la serena atmósfera brillaba un resplandor sobrenatural, mientras caía
pesadamente sobre los muros una nube de humo mostrando distintamente la colosal figura de un... caballo.
(1)."En vida era tu azote; muerto será tu muerte"
(2)."Proviene de no poder estar solos"
Mercier, en Lán deux mille quatre cents cuarante, mantiene seriamente las doctrinas de la metempsícosis y J. D´Israeli
afirma que "no hay ningun sistema tan sencillo y que repugne menos a la inteligencia". Se dice asimismo que el coronel
Ethan Allen, "el muchacho de las montañas verdes", era asimismo un adepto de la metempsícosis. (Nota de Edgar Allan Poe)
(3). "Solo permanece una vez en un cuerpo sensible: por lo demas, un caballo, un perro, un hombre mismo, no es sino la
semejanza poco tangible de esos animales".

El Mortal Inmortal -.- Mary W. Shelley

Escrito por imagenes 24-04-2008 en General. Comentarios (0)

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El Mortal Inmortal -.- Mary W. Shelley

El Mortal Inmortal

Mary W. Shelley


Día 16 de julio de 1833. Éste es un aniversario memorable para mí; ¡hoy cumplo trescientos veintitrés años!
¿El Judío Errante?... Seguro que no. Más de dieciocho siglos han pasado por encima de su cabeza. En comparación con él, soy un Inmortal muy joven.

¿Soy, entonces, inmortal? Ésa es un pregunta que me he formulado a mí mismo, día y noche, desde hace trescientos tres años, y aún no conozco la respuesta. He detectado una cana entre mi pelo castaño, hoy precisamente...; eso significa con toda seguridad deterioro. Pero puede haber permanecido escondida ahí durante trescientos años...; a algunas personas se les vuelve completamente blanco el cabello antes de los veinte años de edad.
Contaré mi historia, y que el lector juzgue por mí. Al menos, así conseguiré pasar algunas horas de una larga eternidad que se me hace tan tediosa. ¡Eternamente! ¿Es eso posible? ¡Vivir eternamente! He oído de encantamientos en los cuales las víctimas son sumidas en un profundo sueño, para despertar, tras un centenar de años, tan frescas como siempre; he oído hablar de los Siete Durmientes... De modo que ser inmortal no debería ser tan opresivo para mí; pero, ¡ay!, el peso del interminable tiempo..., ¡el tedioso pasar de la procesión de las horas! ¡Qué feliz fue el legendario Nourjahad! Mas en cuanto a mí...
Todo el mundo ha oído hablar de Cornelius Agrippa. Su recuerdo es tan inmortal como su arte me ha hecho a mí. Todo el mundo ha oído hablar también de su discípulo, que, descuidadamente, dejó en libertad al espíritu maligno durante la ausencia de su maestro y fue destruido por él. La noticia, verdadera o falsa, de este accidente le ocasionó muchos problemas al renombrado filósofo.
Todos sus discípulos le abandonaron, sus sirvientes desaparecieron... Se encontró sin nadie que fuera añadiendo carbón a sus permanentes fuegos mientras él dormía, o vigilara los cambios de color de sus medicinas mientras él estudiaba. Experimento tras experimento fracasaron, porque un par de manos eran insuficientes para completarlos; los espíritus tenebrosos se rieron de él por no ser capaz de retener a un solo mortal a su servicio.
Yo era muy joven por aquel entonces -y muy pobre-, y estaba muy enamorado. Había sido durante casi un año pupilo de Cornelius, aunque estaba ausente cuando aquel accidente tuvo lugar. A mi regreso, mis amigos me imploraron que no regresara a la morada del alquimista. Temblé cuando escuché el terrible relato que me hicieron; no necesité una segunda advertencia. Y cuando Cornelius vino y me ofreció una bolsa de oro si me quedaba bajo su techo, sentí como si el propio Satán me estuviera tentando. Mis dientes castañetearon, todo mi pelo se erizó, y eché a correr tan rápido como mis temblorosas rodillas me lo permitieron.
Mis vacilantes pies se dirigieron hacia el lugar al que durante dos años se habían sentido atraídos cada atardecer..., un agradable arroyo espumeante de cristalina agua, junto al cual paseaba una muchacha de pelo oscuro, cuyos radiantes ojos estaban fijos en el camino que yo acostumbraba a recorrer cada noche. No puedo recordar un momento en que no haya estado enamorado de Bertha; habíamos sido vecinos y compañeros de juegos desde la infancia.
Sus padres, al igual que los míos, eran humildes pero respetables, y nuestra mutua atracción había sido una fuente de placer para ellos.
En una aciaga hora, sin embargo, una fiebre maligna se llevó a la vez a su padre y a su madre, y Bertha quedó huérfana. Hubiera hallado un hogar bajo el techo de mis padres pero, desgraciadamente, la vieja dama del castillo cercano, rica, sin hijos y solitaria, declaró su intención de adoptarla. A partir de entonces Bertha se vio ataviada con sedas y viviendo en un palacio de mármol, y parecía como si hubiera sido altamente favorecida por la fortuna. No obstante, pese a su nueva situación y sus nuevas relaciones, Bertha permaneció fiel al amigo de sus días humildes. A menudo visitaba la casa de mi padre, y aun cuando tenía prohibido ir más allá, con frecuencia se dirigía paseando hacia el bosquecillo cercano y se encontraba conmigo junto a aquella umbría fuente.
Solía decir que no sentía ninguna obligación hacia su nueva protectora que pudiera igualar a la devoción que la unía a nosotros.
Sin embargo, yo seguía siendo demasiado pobre para poder casarme, y ella empezó a sentirse incomodada por el tormento que sentía en relación a mí. Tenía un espíritu noble pero impaciente, y cada vez se mostraba más irritada por los obstáculos que impedían nuestra unión. Ahora nos reuníamos tras una ausencia por mi parte, y ella se había sentido sumamente acosada mientras yo estaba lejos.
Se quejó amargamente, y casi me reprochó el ser pobre. Yo repliqué rápidamente:
-¡Soy pobre pero honrado! Si no lo fuera, muy pronto podría ser rico.
Esta exclamación acarreó un millar de preguntas. Temí impresionarla demasiado revelándole la verdad, pero ella supo sacármela; y luego, lanzándome una mirada de desdén, dijo:
-¡Pretendes amarme, y temes enfrentarte al demonio por mí!
Protesté que solamente había temido ofenderla a ella..., mientras que ella no hacía más que hablar de la magnitud de la recompensa que yo iba a recibir. Así animado -y avergonzado por ella-, y empujado por mi amor y por la esperanza y riéndome de mis anteriores miedos, regresé a pasos rápidos y con el corazón ligero a aceptar la oferta del alquimista, e instantáneamente me vi instalado en mi puesto.
Transcurrió un año. Me vi poseedor de una suma de dinero que no era insignificante precisamente. El hábito había hecho desvanecerse mis temores. Pese a toda mi atenta vigilancia, jamás había detectado la huella de un pie hendido; ni el estudioso silencio ni nuestra morada fueron perturbados jamás por aullidos demoníacos.
Yo seguí manteniendo mis entrevistas clandestinas con Bertha, y la esperanza nació en mí... La esperanza, pero no la alegría perfecta, porque Bertha creía que amor y seguridad eran enemigos, y se complacía en dividirlos en mi pecho. Aunque de buen corazón, era en cierto modo de costumbres coquetas; y yo me sentía tan celoso como un turco. Me despreciaba de mil maneras, sin querer aceptar nunca que estaba equivocada. Me volvía loco de irritación, y luego me obligaba a pedirle perdón. A veces me reprochaba que yo no era suficientemente sumiso, y luego me contaba alguna historia de un rival, que gozaba de los favores de su protectora. Estaba rodeada constantemente por jóvenes vestidos de seda..., ricos y alegres.
¿Qué posibilidades tenía el pobremente vestido ayudante de Cornelius comparado con ellos?
En una ocasión, el filósofo exigió tanto de mi tiempo que no pude ir al encuentro de Bertha como era mi costumbre. Estaba dedicado a algún trabajo importante, y me vi obligado a quedarme, día y noche, alimentando sus hornos y vigilando sus preparaciones químicas. Mi amada me aguardó en vano junto a la fuente. Su espíritu altivo llameó ante este abandono; y cuando finalmente pude salir, robándole unos pocos minutos al tiempo que se me había concedido para dormir, y confié en ser consolado por ella, me recibió con desdén, me despidió despectivamente y afirmó que ningún hombre que no pudiera estar por ella en dos lugares a la vez poseería jamás su mano. ¡Se desquitaría de aquello! Y realmente lo hizo.
En mi sucio retiro oí que había estado cazando, escoltada por Albert Hoffer. Albert Hoffer era uno de los favorecidos por su protectora, y los tres pasaron cabalgando junto a mi ahumada ventana.
Me parece que mencionaron mi nombre; fue seguido por una carcajada de burla, mientras los oscuros ojos de ella miraban desdeñosos hacia mi morada.
Los celos, con todo su veneno y toda su miseria, penetraron en mi pecho. Derramé un torrente de lágrimas, pensando que nunca podría proclamarla mía; y luego maldecí un millar de veces su inconstancia. Pero mientras tanto, seguí avivando los fuegos del alquimista, seguí vigilando los cambios de sus incomprensibles medicinas.
Cornelius había estado vigilando también durante tres días y tres noches, sin cerrar los ojos. Los progresos de sus alambiques eran más lentos de lo que esperaba; pese a su ansiedad, el sueño pesaba sobre sus ojos. Una y otra vez arrojaba la somnolencia lejos de sí, con una energía más que humana; una y otra vez obligaba a sus sentidos a permanecer alertas. Contemplaba sus crisoles anhelosamente.
-Aún no están a punto -murmuraba-. ¿Deberá pasar otra noche antes de que el trabajo esté realizado? Winzy, tú sabes estar atento, eres constante... Además, la noche pasada dormiste. Observa esa redoma de cristal. El líquido que contiene es de un color rosa suave; en el momento en que empiece a cambiar de aspecto, despiértame... Hasta entonces podré cerrar un momento los ojos.
Primero debe volverse blanco, y luego emitir destellos dorados; pero no aguardes hasta entonces; cuando el color rosa empiece a palidecer, despiértame.
Apenas oí las últimas palabras, murmuradas casi en medio del sueño. Sin embargo, dijo aún:
-Y Winzy, muchacho, no toques la redoma... No te la lleves a los labios; es un filtro..., un filtro para curar el amor. No querrás dejar de amar a tu Bertha... ¡Cuidado, no bebas!
Y se durmió. Su venerable cabeza se hundió en su pecho, y yo apenas oí su regular respiración. Durante unos minutos observé las redomas...; la apariencia rosada del líquido permanecía inamovible.
Luego mis pensamientos empezaron a divagar... Visitaron la fuente, y se recrearon en un millar de agradables escenas que ya nunca volverían... ¡Nunca! Serpientes y víboras anidaron en mi cabeza mientras la palabra «¡Nunca!» se semiformaba en mis labios. ¡Mujer falsa! ¡Falsa y cruel! Nunca me sonreiría a mí como aquella tarde le había sonreído a Albert. ¡Mujer despreciable y ruin! No me quedaría sin vengarme... Haría que viera a Albert expirar a sus pies; ella no era digna de morir a mis manos. Había sonreído desdeñosa y triunfante... Conocía mi miseria y su poder. Pero ¿qué poder tenía?... El poder de excitar mi odio, todo mi desprecio, mi... ¡Todo menos mi indiferencia! Si pudiera lograr eso..., si pudiera mirarla con ojos indiferentes, transferir mi rechazado amor a otro más real y merecido... ¡Eso sería una auténtica victoria!
Un resplandor llameó ante mis ojos. Había olvidado la medicina del adepto. La contemplé maravillado: destellos de admirable belleza, más brillantes que los que emite el diamante cuando los rayos del sol penetran en él, resplandecían en la superficie del líquido; un olor de entre los más fragantes y agradables inundó mis sentidos. La redoma parecía un globo de viviente radiación, precioso a los ojos, invitando a ser probado. El primer pensamiento, inspirado instintivamente por mis más bajos sentidos, fue: «lo haré..., debo beber».
Alcé la redoma hacia mis labios. «Eso me curará del amor..., ¡de la tortura!» Llevaba bebida ya la mitad del más delicioso licor que jamás hubiera probado, paladar de hombre alguno cuando el filósofo se agitó. Me sobresalté y dejé caer la redoma... El fluido se extendió llameando por el suelo, mientras sentía que Cornelius aferraba mi garganta y chillaba:
-¡Infeliz! ¡Has destruido la labor de mi vida!
Cornelius no se había dado cuenta de que yo había bebido una parte de su droga. Tenía la impresión, y yo me apresuré a confirmarla, de que yo había alzado la redoma por curiosidad y que, asustado por su brillo y el llamear de su intensa luz, la había dejado caer. Nunca le dejé entrever lo contrario. El fuego de la medicina se apagó, la fragancia murió... y él se calmó, como debe hacer un filósofo ante las más duras pruebas, y me envió a descansar.
No intentaré describir los sueños de gloria y felicidad que bañaron mi alma en el paraíso durante las restantes horas de aquella memorable noche. Las palabras serían pálidas y triviales para describir mi alegría, o la exaltación que me poseía cuando me desperté.
Flotaba en el aire..., mis pensamientos estaban en los cielos. La tierra parecía ser el mismo cielo, y mi herencia era una completa felicidad. «Eso representa el sentirme curado del amor -pensé-. Veré a Bertha hoy, y ella descubrirá a su amante frío y despreocupado; demasiado feliz para mostrarse desdeñoso, ¡pero cuan absolutamente indiferente hacia ella!»
Pasaron las horas. El filósofo, seguro de haber triunfado una vez, y creyendo que lo conseguiría de nuevo, empezó a preparar una vez más la misma medicina. Se encerró con sus libros y potingues, y yo tuve el día libre. Me vestí con todo cuidado; me miré en un escudo viejo pero pulido, que me sirvió de espejo; me pareció que mi buen aspecto había mejorado extraordinariamente. Me precipité más allá de los límites de la ciudad, la alegría en el alma, las bellezas del cielo y de la tierra rodeándome. Dirigí mis pasos hacia el castillo. Podía mirar sus altivas torres con el corazón ligero, porque estaba curado del amor. Mi Bertha me vio desde lejos, mientras subía por la avenida. No sé qué súbito impulso animó su pecho, pero al verme saltó como un corzo bajando las escalinatas de mármol y echó a correr hacia mí. Pero yo había sido visto también por otra persona. La bruja de alta cuna, que se llamaba a sí misma su protectora y que en realidad era su tirana, también me había divisado. Renqueó, jadeante, hacia la terraza. Un paje, tan feo como ella, echó a correr tras su ama, abanicándola mientras la arpía se apresuraba y detenía a mi hermosa muchacha con un:
-¿Dónde va mi imprudente señorita? ¿Dónde tan aprisa? ¡Vuelve a tu jaula..., ahí delante hay halcones!
Bertha se apretó las manos, los ojos clavados aún en mi figura que se aproximaba. Vi su lucha consigo misma. Cómo odié a la vieja bruja que refrenaba los gentiles impulsos del blando corazón de mi Bertha. Hasta entonces, el respeto a su rango social había hecho que evitara a la dama del castillo; ahora desdeñé una tan trivial consideración. Estaba curado del amor, y elevado más allá de todos los temores humanos; me apresuré hacia delante, y pronto alcancé la terraza. ¡Qué encantadora estaba Bertha! Sus ojos llameaban; sus mejillas resplandecían con impaciencia y rabia; estaba un millar de veces más graciosa y atractiva que nunca. Ya no la amaba..., ¡oh, no! La adoraba..., la reverenciaba..., ¡la idolatraba!
Aquella mañana había sido perseguida, con más vehemencia de lo habitual, para que consintiera en un matrimonio inmediato con mi rival. Se le reprocharon los ánimos y las esperanzas que había dado, se la amenazó con ser arrojada de casa vergonzosamente y en desgracia. Su orgulloso espíritu se alzó en armas ante la amenaza; pero cuando recordó el desprecio que había exhibido ante mí, y cómo, quizás, había perdido con ello al que consideraba como a su único amigo, lloró de remordimiento y rabia. Y en aquel momento aparecí yo.
-¡Oh, Winzy! -exclamó-. Llévame a casa de tu madre; hazme abandonar rápidamente los detestables lujos y la ruindad de esta noble morada...; devuélveme a la pobreza y a la felicidad.
La abracé fuertemente, sintiéndome transportado. La vieja dama estaba sin habla por la furia, y sólo prorrumpió en invectivas cuando ya nos hallábamos lejos en nuestra calle, camino de mi casa natal. Mi madre recibió a la hermosa fugitiva, escapada de una jaula dorada a la naturaleza y a la libertad, con ternura y alegría; mi padre, que la amaba, la recibió de todo corazón. Fue un día de regocijo, que no necesitó de la adición de la poción celestial del alquimista para llenarme de dicha.
Poco después de aquel día memorable me convertí en el esposo de Bertha. Dejé de ser el ayudante de Cornelius, pero continué siendo su amigo. Siempre me sentí agradecido hacia él por haberme procurado, inconscientemente, aquel delicioso trago de un elixir divino que, en vez de curarme del amor (¡triste cura!, solitario remedio carente de alegría para maldiciones que parecen bendiciones al recuerdo), me había inspirado valor y resolución, trayéndome el premio de un tesoro inestimable en la persona de mi Bertha.
A menudo he recordado con maravilla ese período de trance parecido a la embriaguez. La pócima de Cornelius no había cumplido con la tarea para la cual afirmaba él que había sido preparada, pero sus efectos habían sido más poderosos y felices de lo que las palabras pueden expresar. Se fueron desvaneciendo gradualmente, pero permanecieron largo tiempo... y colorearon mi vida con matices de esplendor. A menudo Bertha se maravillaba de mi radiante corazón y de mi constante alegría porque, antes, yo había sido de carácter más bien serio, incluso triste. Me amaba aún más por mi temperamento jovial, y nuestros días estaban teñidos de alegría.
Cinco años más tarde fui llamado inesperadamente a la cabecera del agonizante Cornelius. Había enviado a por mí apresuradamente, conjurándome a que acudiera al instante a su presencia. Lo encontré tendido en su jergón, mortalmente débil. Toda la vida que le quedaba animaba sus penetrantes ojos, que estaban fijos en una redoma de cristal, llena de un líquido rosado.
-¡He aquí la vanidad de los anhelos humanos! -dijo, con una voz rota que parecía surgir de sus entrañas-. Mis esperanzas estaban a punto de verse coronadas por segunda vez, y por segunda vez se ven destruidas. Mira esa pócima... Recuerda que hace cinco años la preparé también, con idéntico éxito. Entonces, como ahora, mis sedientos labios esperaban saborear el elixir inmortal... ¡Tú me lo arrebataste! Y ahora ya es demasiado tarde.
Hablaba con dificultad, y se dejó caer sobre la almohada. No pude evitar el decir:
-¿Cómo, reverenciado maestro, puede una cura para el amor restaurar vuestra vida?
Una débil sonrisa revoloteó en su rostro, mientras yo escuchaba intensamente su apenas inteligible respuesta.
-Una cura para el amor y para todas las cosas... El elixir de la inmortalidad. ¡Ah! ¡Si ahora pudiera beberlo, viviría eternamente!
Mientras hablaba, un relampagueo dorado brotó del fluido y una fragancia que yo recordaba muy bien se extendió por los aires.
Cornelius se alzó, débil como estaba; las fuerzas parecieron volver a él milagrosamente. Tendió su mano hacia delante... Entonces, una fuerte explosión me sobresaltó, un rayo de fuego brotó del elixir... ¡y la redoma de cristal que lo contenía quedó reducida a átomos! Volví mis ojos hacia el filósofo. Se había derrumbado hacia atrás. Sus ojos eran vidriosos, sus rasgos estaban rígidos...
¡Había muerto!
¡Pero yo vivía, e iba a vivir eternamente! Así había dicho el infortunado alquimista, y durante unos días creí en sus palabras.
Recordé la gloriosa intoxicación que había seguido a mi subrepticio beber. Reflexioné sobre el cambio que había sentido en mi cuerpo, en mi alma. La ligera elasticidad del primero, el luminoso vigor de la segunda. Me observé en un espejo, y no pude percibir ningún cambio en mis rasgos tras los cinco años transcurridos. Recordé el radiante color y el agradable aroma de aquel delicioso brebaje, el valioso don que era capaz de conferir... Entonces, ¡era inmortal!
Pocos días más tarde me reía de mi credulidad. El viejo proverbio de que «nadie es profeta en su tierra» era cierto con respecto a mí y a mi difunto maestro. Lo apreciaba como hombre, lo respetaba como sabio, pero me burlaba de la idea de que pudiera mandar sobre los poderes de las tinieblas, y me reía de los supersticiosos temores con los que era mirado por el vulgo. Era un filósofo juicioso, pero no tenía tratos con ningún espíritu excepto aquellos revestidos de carne y huesos. Su ciencia era simplemente humana; y la ciencia humana, me persuadí muy pronto, nunca podrá conquistar las leyes de la naturaleza hasta tal punto que logre aprisionar eternamente el alma dentro de un habitáculo carnal. Cornelius había obtenido una bebida que refrescaba y aligeraba el alma; algo más embriagador que el vino, mucho más dulce y fragante que cualquier fruta. Probablemente poseía fuertes poderes medicinales, impartiendo ligereza al corazón y vigor a los miembros; pero sus efectos terminaban desapareciendo; ya no debían de existir siquiera en mi organismo. Era un hombre afortunado que había bebido un sorbo de salud y de alegría de espíritu, y quizá también de larga vida, de manos de mi maestro; pero mi buena suerte terminaba ahí: la longevidad era algo muy distinto de la inmortalidad.
Continué con esta creencia durante varios años. A veces un pensamiento cruzaba furtivamente por mi cabeza... ¿Estaba realmente equivocado el alquimista? Sin embargo, mi creencia habitual era que seguiría la suerte de todos los hijos de Adán a su debido tiempo. Un poco más tarde quizá, pero siempre a una edad natural.
No obstante, era innegable que mantenía un sorprendente aspecto juvenil. Me reía de mi propia vanidad consultando muy a menudo el espejo. Pero lo consultaba en vano; mi frente estaba libre de arrugas, mis mejillas, mis ojos..., toda mi persona continuaba tan lozana como en mi vigésimo cumpleaños.
Me sentía turbado. Miraba la marchita belleza de Bertha... Yo parecía más bien su hijo. Poco a poco, nuestros vecinos comenzaron a hacer similares observaciones, y al final descubrí que empezaban a llamarme «el discípulo embrujado». La propia Berta empezó a mostrarse inquieta. Se volvió celosa e irritable, y al poco tiempo empezó a hacerme preguntas. No teníamos hijos; éramos totalmente el uno para el otro. Y pese a que, al ir haciéndose más vieja, su espíritu vivaz se volvió un poco propenso al mal genio y su belleza disminuyó un tanto, yo la seguía amando con todo mi corazón como a la muchachita a la que había idolatrado, la esposa que siempre había anhelado y que había conseguido con un tan perfecto amor.
Finalmente, nuestra situación se hizo intolerable: Bertha tenía cincuenta años..., yo veinte. Yo había adoptado en cierta medida, y no sin algo de vergüenza, las costumbres de una edad más avanzada. Ya no me mezclaba en el baile entre los jóvenes, pero mi corazón saltaba con ellos mientras contenía mis pies. Y empecé a tener una cierta mala fama entre los viejos de nuestro pueblo. Las cosas fueron deteriorándose. Éramos evitados por todos. Se dijo de nosotros -de mí al menos- que habíamos hecho un trato inicuo con alguno de los supuestos amigos de mi anterior maestro. La pobre Bertha era objeto de piedad, pero evitada. Yo era mirado con horror y aborrecimiento.
¿Qué podíamos hacer? Permanecer sentados junto a nuestro fuego... La pobreza se había instalado con nosotros, ya que nadie quería los productos de mi granja; y a menudo me veía obligado a viajar veinte millas, hasta algún lugar donde no fuera conocido, para vender mis cosechas. Sí, es cierto, habíamos ahorrado algo para los malos días..., y esos días habían llegado.
Permanecíamos sentados solos junto al fuego, el joven de viejo corazón y su envejecida esposa. De nuevo Bertha insistió en conocer la verdad; recapituló todo lo que había oído decir de mí, y añadió sus propias observaciones. Me conjuró a que le revelara el hechizo; describió cómo me quedarían mejor unas sienes plateadas que el color castaño de mi pelo; disertó acerca de la reverencia y el respeto que proporcionaba la edad... y lo preferible que eran a las distraídas miradas que se les dirigía a los niños. ¿Acaso imaginaba que los despreciables dones de la juventud y buena apariencia superaban la desgracia, el odio y el desprecio? No, al final sería quemado como traficante en artes negras, mientras que ella, a quien ni siquiera me había dignado comunicarle la menor porción de mi buena fortuna, sería lapidada como mi cómplice. Finalmente, insinuó que debía compartir mi secreto con ella y concederle los beneficios de los que yo gozaba, o se vería obligada a denunciarme..., y entonces estalló en llanto.
Así acorralado, me pareció que lo mejor era decirle la verdad.
Se la revelé tan tiernamente como me fue posible, y hablé tan sólo de una muy larga vida, no de inmortalidad..., concepto que, de hecho, coincidía mejor con mis propias ideas. Cuando terminé, me levanté y dije:
-Y ahora, mi querida Bertha, ¿denunciarás al amante de tu juventud? No lo harás, lo sé. Pero es demasiado duro, mi pobre esposa, que tengas que sufrir a causa de mi aciaga suerte y de las detestables artes de Cornelius. Me marcharé. Tienes buena salud, y amigos con los que ir en mi ausencia. Sí, me iré: joven como parezco, y fuerte como soy, puedo trabajar y ganarme el pan entre desconocidos, sin que nadie sepa ni sospeche nada de mí. Te amé en tu juventud. Dios es testigo de que no te abandonaré en tu vejez, pero tu seguridad y tu felicidad requieren que ahora haga esto.
Tomé mi gorra y me dirigí hacia la puerta; en un momento los brazos de Bertha rodeaban mi cuello, y sus labios se apretaban contra los míos.
-No, esposo mío, mi Winzy -dijo-. No te irás solo... Llévame contigo; nos marcharemos de este lugar y, como tú dices, entre desconocidos estaremos seguros sin que nadie sospeche de nosotros. No soy tan vieja todavía como para avergonzarte, mi Winzy; y me atrevería a decir que el encantamiento desaparecerá pronto y, con la bendición de Dios, empezarás a parecer más viejo, como corresponde. No debes abandonarme.
Le devolví de todo corazón su generoso abrazo.
-No lo haré, Bertha mía; pero por tu bien no debería pensar así. Seré tu fiel y dedicado esposo mientras estés conmigo, y cumpliré con mi deber contigo hasta el final.
Al día siguiente nos preparamos en secreto para nuestra emigración. Nos vimos obligados a hacer grandes sacrificios pecuniarios, era inevitable. De todos modos, conseguimos al fin reunir una suma suficiente como para al menos mantenernos mientras Bertha viviera. Y sin decirle adiós a nadie, abandonamos nuestra región natal para buscar refugio en un remoto lugar del oeste de Francia.
Resultó cruel arrancar a la pobre Bertha de su pueblo natal, de todos los amigos de su juventud, para llevarla a un nuevo país, un nuevo lenguaje, unas nuevas costumbres. El extraño secreto de mi destino hizo que yo ni siquiera me diera cuenta de ese cambio; pero la compadecí profundamente, y me alegró el darme cuenta de que ella hallaba alguna compensación a su infortunio en una serie de pequeñas y ridículas circunstancias. Lejos de toda murmuración, buscó disminuir la aparente disparidad de nuestras edades a través de un millar de artes femeninas: rojo de labios, trajes juveniles y la adopción de una serie de actitudes desacordes con su edad. No podía irritarme por eso. ¿No llevaba yo mismo una máscara? ¿Para qué pelearme con ella, sólo porque tenía menos éxito que yo? Me apené profundamente cuando recordé que esa remilgada y celosa vieja de sonrisa tonta era mi Bertha, aquella muchachita de pelo y ojos oscuros, con una sonrisa de encantadora picardía y un andar de corzo, a la que tan tiernamente había amado y a la que había conseguido con un tal arrebato. Hubiera debido reverenciar sus grises cabellos y sus arrugadas mejillas. Hubiera debido hacerlo; pero no lo hice, y ahora deploro esa debilidad humana.
Sus celos estaban siempre presentes. Su principal ocupación era intentar descubrir que, pese a las apariencias externas, yo también estaba envejeciendo. Creo verdaderamente que aquella pobre alma me amaba de corazón, pero nunca hubo mujer tan atormentada sobre cómo desplegar en mí toda su atención. Hubiera querido discernir arrugas en mi rostro y decrepitud en mi andar, mientras que yo desplegaba un vigor cada vez mayor, con una juventud por debajo de los veinte años. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer. En una ocasión, creyendo que la belleza del pueblo me miraba con buenos ojos, me compró una peluca gris. Su constante conversación entre sus amistades era que yo, aunque parecía tan joven, estaba hecho una ruina; y afirmaba que el peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una enfermedad, decía, y yo debía estar preparado en cualquier momento, si no para una repentina y horrible muerte, sí al menos para despertarme cualquier mañana con la cabeza completamente blanca y encorvado, con todas las señales de la senectud. Yo la dejaba hablar... y a menudo incluso me unía a ella en sus conjeturas. Sus advertencias hacían coro con mis interminables especulaciones relativas a mi estado, y me tomaba un enorme y doloroso interés en escuchar todo aquello que su rápido ingenio y excitada imaginación podían decir al respecto.
¿Para qué extenderse en todos estos pequeños detalles? Vivimos así durante largos años. Bertha se quedó postrada en cama y paralítica; la cuidé como una madre cuidaría a un hijo. Se volvió cada vez más irritable, y aún seguía insistiendo en lo mismo, en cuánto tiempo la sobreviviría. Seguí cumpliendo escrupulosamente, pese a todo, con mis deberes hacia ella, lo cual fue una fuente de consuelo para mí. Había sido mía en su juventud, era mía en su vejez; y al final, cuando arrojé la primera paletada de tierra sobre su cadáver, me eché a llorar, sintiendo que había perdido todo lo que realmente me ataba a la humanidad.
Desde entonces, ¡cuántas han sido mis preocupaciones y pesares, cuan pocas y vacías mis alegrías! Detengo aquí mi historia, no la proseguiré más. Un marinero sin timón ni compás, lanzado a un mar tormentoso, un viajero perdido en un páramo interminable, sin indicador ni mojón que lo guíe a ninguna parte..., eso he sido yo; más perdido, más desesperanzado que nadie. Una nave acercándose, un destello de un faro lejano, podrían salvarme; pero no tengo más guía que la esperanza de la muerte.
¡La muerte! ¡Misteriosa, hosca amiga de la frágil humanidad!
¿Por qué, único entre todos los mortales, me has arrojado a mí fuera de tu acogedor manto? ¡Oh, la paz de la tumba! ¡El profundo silencio del sepulcro revestido de hierro! ¡Los pensamientos dejarían por fin de martillear en mi cerebro, y mi corazón ya no latiría más con emociones que sólo saben adoptar nuevas formas de tristeza!
¿Soy inmortal? Vuelvo a mi primera pregunta. En primer lugar, ¿no es más probable que el brebaje del alquimista estuviera cargado con longevidad más que con vida eterna? Tal es mi esperanza. Y además, debo recordar que sólo bebí la mitad de la poción preparada para él. ¿Acaso no era necesaria la totalidad para completar el encantamiento? Haber bebido la mitad del elixir de la inmortalidad es convertirse en semiinmortal...; mi eternidad está pues truncada.
Pero, de nuevo, ¿cuál es el número de años de media eternidad? A menudo intento imaginar si lo que rige el infinito puede ser dividido. A veces creo descubrir la vejez avanzar sobre mí. He descubierto una cana. ¡Estúpido! ¿Debo lamentarme? Sí, el miedo a la vejez y a la muerte repta a menudo fríamente hasta mi corazón, y cuanto más vivo más temo a la muerte, aunque aborrezca la vida. Ése es el enigma del hombre, nacido para perecer, cuando lucha, como hago yo, contra las leyes establecidas de su naturaleza.
Pero seguramente moriré a causa de esta anomalía de los sentimientos; la medicina del alquimista no debe de proteger contra el fuego, la espada y las asfixiantes aguas. He contemplado las azules profundidades de muchos lagos apacibles, y el tumultuoso discurrir de numerosos ríos caudalosos, y me he dicho: la paz habita en estas aguas. Sin embargo, he guiado mis pasos lejos de ellos, para vivir otro día más. Me he preguntado a mí mismo si el suicidio es un crimen en alguien para quien constituye la única posibilidad de abrir la puerta al otro mundo. Lo he hecho todo, excepto presentarme voluntario como soldado o duelista, pues no deseo destruir a mis semejantes. Pero no, ellos no son mis semejantes. El inextinguible poder de la vida en mi cuerpo y su efímera existencia nos alejan tanto como lo están los dos polos de la Tierra. No podría alzar una mano contra el más débil ni el más poderoso de entre ellos.
Así he seguido viviendo año tras año... Solo, y cansado de mí mismo. Deseoso de morir, pero no muriendo nunca. Un mortal inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden entrar en mi mente, y el ardiente amor que roe mi corazón jamás me será devuelto; nunca encontraré a un igual con quien compartirlo. La vida sólo está aquí para atormentarme.
Hoy he concebido una forma por la que quizá todo pueda terminar sin matarme a mí mismo, sin convertir a otro hombre en un Caín... Una expedición en la que ningún ser mortal pueda nunca sobrevivir, aun revestido con la juventud y la fortaleza que anidan en mí. Así podré poner mi inmortalidad a prueba y descansar para siempre... o regresar, como la maravilla y el benefactor de la especie humana.
Antes de marchar, una miserable vanidad ha hecho que escriba estas páginas. No quiero morir sin dejar ningún nombre detrás. Han pasado tres siglos desde que bebí el brebaje fatal; no transcurrirá otro año antes de que, enfrentándome a gigantescos peligros, luchando con los poderes del hielo en su propio campo, acosado por el hambre, la fatiga y las tormentas, rinda este cuerpo, una prisión demasiado tenaz para un alma que suspira por la libertad, a los elementos destructivos del aire y el agua. O, si sobrevivo, mi nombre será recordado como uno de los más famosos entre los hijos de los hombres. Y una vez terminada mi tarea, deberé adoptar medios más drásticos. Esparciendo y aniquilando los átomos que componen mi ser, dejaré en libertad la vida que hay aprisionada en él, tan cruelmente impedida de remontarse por encima de esta sombría tierra, a una esfera más compatible con su esencia inmortal.

SER...O NO...SER...

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SER...O NO...SER...

EN SI, ESTOY ENCONTRANDO ALGUNA MARAVILLA EN MI COLECCION DE LIBROS, YA QUE LLEVO UNOS DIAS ARREGLANDOLA, Y APARECIENDO ESCRITOS QUE NO SABIA QUE TENIA, ES EL CASO DE ESTE PEQUEÑO LIBRO; PRIMERO CREIA QUE ERA LA OBRA DE TO BE O NO TO BE, HASTA QUE AYER LO ABRI, Y RESULTO SER UN ESTUDIO GOTICO, EN SI, ESTA SIN FIRMAR, Y LO VOY A SUBIR COMO ANONIMO; SI APARECE ALGUIEN DECLARANDOSE AUTOR FL ESCRITO, MUY A MI PESAR,LO TENDRIA QUE QUITAR, A NO SER QUE DE EL PERMISO PARA QUE SIGA EN EL BLOG.


¿Ser o No Ser?
Qué es Ser Gótico

No Eres Gótico sólo por...


(Comenzaré diciendo lo que NO es ser gótico a mi manera de ver...)


El ser gótico no quiere decir que andes por ahí blasfemando, diciendo que la Iglesia es basura o diciendo que adoras a Satán. Ser gótico no quiere decir que te pongas a hacer media idiotez para que todo mundo te tenga miedo o para que ya nadie se te acerque. El gótico definitivamente NO es una moda, NO es para asustar, NO es algo en lo que te puedas convertir en cosa de segundos, NO quiere decir que siempre estés de negro (esto a veces se considera que es parte importante pero no lo es todo). El ser gótico no es simplemente apariencia, no porque te vistas de negro y te pintes la cara quiere decir que seas gótico. El ser gótico no quiere decir que seas malo o que andes pateando animales. No quiere decir que andes por ahí creyendo que eres muy sabio y que lo sabes todo. Tampoco es el estar deprimido las veinticuatro horas de todos los días de tu existencia, digo, yo soy gótico y no por eso ando deprimido ¿o que si ves a alguien triste va a ser gótico nada mas por eso? Un verdadero gótico no anda por ahí haciéndole preguntas estúpidas a los demás como: ¿Te parece que soy gótico? ¿qué necesito para ser gótico? ¿soy lo suficiente gótico? Me da lástima (y coraje) que alguien se me acerque a preguntarme algo así porque, haciendo esa clase de preguntas demuestran que ni siquiera están seguros de su identidad.


Un Gótico se identifica por...


El gótico se centra más que nada en el pensamiento y la razón de cada individuo, la forma de expresión, la creatividad y los ideales de cada persona que estén relacionados con lo oscuro o con todas esas cosas que por lo general no le agradan a la gente "normal". Las formas de expresión varían de acuerdo a la persona y las creencias de esta; algunos ejemplos serían la pintura, la música (ah! la música), la literatura, la forma de vestir, la filosofía, la poesía, etc; todas estas formas de expresión suelen ser muy profundas. Hablando en cuanto a lo que es la música, podría decir que es una de las formas de expresión más grandes del ser gótico, a mi en lo personal me encanta lo que es el rock gótico: violínes combinados con poderosas guitarras eléctricas, poesía mezclada con vocalizaciones tanto masculinas como femeninas, un toque de drama y melancolía en muchas de las canciones que existen dentro de este género. Algunos ejemplos de grupos de este género son: Lacrimosa, Theatre of Tragedy, London After Midnight, After Forever, entre muchos otros; En la literatura y poesía destacan las obras oscuras de famosos escritores como: Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft, Anne Rice, Mary Shelly, Ray Bradbury por mencionar sólo algunos.

Vestimenta

En la vestimenta, podemos decir que no todos los góticos tienen el mismo estilo. Hay quienes usan prendas de latex teniendo una apariencia inclinada al punk (no olvidemos que conexión entre ambas culturas). Otros, gustan de tener un aspecto de vampiro usando capas, gabardinas y ropa propia de la Epoca Medieval (por eso del inicio del gótico en aquellas épocas). Otros simplemente cualquier prenda de colores oscuros, porque sin importar el estilo que elijan, los colores tienden a ser oscuros (negro, azul marino, rojo, etc;) ya que se considera parte escencial de la imagen de un gótico y esto último ha confundido a los que recién se adentran en el movimiento ya que piensan que si no están las 24 horas del día los 7 días de la semana de negro, dejan de ser góticos y esto es un error porque, como dije antes, el gótico no está en la apariencia. Claro, que si tu quieres estar vestido siempre de negro porque te gusta pues bueno, está bien (cada quién). Ahora otra parte de la apariencia vienen siendo esas pulseras de picos, cruces invertidas, pentagramas, el famoso ankh y muchas cosas más; o también el uso de maquillaje para verse pálido muerto y sombra para simular las ojeras aunque en lo personal yo no uso mucho de éstas últimas cosas (excepto unas pulseras que nunca me quito por razones personales) ya que no lo considero algo necesario, de hecho, no pretendo ofender a nadie pero, se me hace que todas esas cosas son para llamar la atencion de los demás y que los vean y digan: "Ah ese tipo da miedo" o cosas así, pero como dije, no pretendo ofender a nadie, cada quién tiene sus ideas.

Su Caracter

El gótico gusta de ampliar sus conocimientos y es por esto que, por lo general, poseen una personalidad bastante culta, se puede conversar con ellos yo diría que, de cualquier cosa. Aunque aquí algo con los que a veces nos encontramos con góticos que parece que tratan de impresionar con sus conocimientos sacando cosas que no vienen al caso en conversaciones como para que dejarlo a uno con la boca abierta y que diga: "Mmmm... este(a) tip(a) sabe más que yo, es superior" o algo por el estilo pero bueno, no todos son así (hago énfasis en esto porque no quiero que haya malentendidos). Otro lado del gótico es que tiene un punto de vista de las cosas que es algo original...o "raro" como dicen muchas personas, pero dejémoslo en original. La verdad es que cada gótico que conozco tiene algo especial que otro no tiene, ya saben, algún detalle curioso que lo caracteriza. Más que una "moda" (como algunas personas lo llaman), más que una forma de pensamiento y más que un estilo de vida, el gótico es para mi un sentimiento; imaginar un mundo sin gótico, sería como imaginar un mundo sin odio, sin amor, sin tristeza, sin miedo y sin nada. Y no lo estoy exagerando ni mucho menos, simplemente así lo siento yo. Cuando se es gótico, no se lucha por ver quién sabe más de sus orígenes o de grupos góticos, no es una lucha para ver quién se ve más socuro, porque el gótico nos es ninguna competencia de nada, no hay nada que probar a "góticos superiores" porque no los hay y nunca habrán.

Los Dark...¿Iguales o diferentes a los Góticos?


Hay veces que el gótico se mezcla con otras corrientes como el satanismo, el wicca, el black y otros movimientos de igual aire oscuro y es aquí donde nace lo que llamamos "Dark" o "Darketo" (como prefieren otros llamarle). Este movimiento es ciertamente, muy parecido al gótico por lo menos en cuanto a apariencia pero como mencioné se mezcla con otras cosas que la verdad no tienen nada que ver. Aunque el "Dark" es relativamente nuevo, al parecer supera en número a los góticos. El problema con este grupo surge porque confunde a la sociedad y a veces mancha la imagen del gótico haciendo pensar a las personas que todos los góticos andan en satanismo, drogas y desmadre y medio; y no digo que lo hagan con la intención, lo que pasa es que a la gente le da miedo, le repugna (válgame) o le importa poco conocer ambos grupos y sus respectivas diferencias y es lo que provoca esta confusión. Pero sin importar las razones es una lástima porque, por poner un ejemplo, no hace mucho del momento en el que escribí esto, mataron a una chavita (uy que raro!) pero como era hija de cierta persona con un cargo importantea nivel estatal, pues se hizo un escándalo bastante grave y resultó que, el asesino era un tipo que trabajaba en una tienda donde vendían artículos esotéricos y cosas por el estilo y supuestamente era un "dark" con el que se empezó a juntar la chava y a raíz de eso, se inició una fiera cacería de "darketos" y todo cuanto se les pareciera en la mayor parte del estado, remontándonos a aquellos tiempos de la Inquisición porque, ya no sólo eramos los raros de la sociedad sino que ahora, también eramos asesinos y violadores (que coraje). La noticia fue muy sonada, estaba en todos los periódicos, se inciaron operativos en tiendas donde se venden dijes, pulseras, etc; si alguien iba por la calle de negro o parecía "dark" era detenido con la escusa de que "por sospechoso". Y eso causó inconformidad en góticos como yo que no tenemos que ver con esas cosas per ahí estamos, resistiendo una ofensiva policial que ya quisieramos ver aplicada contra asaltantes, comerciantes de droga, asesinos, etc; pero bueno, no me quiero salir del tema, era el ejemplo de los problemas que se generan al confundir a un gótico como un dark. Otro problemase da cuando algunos que desean adentrarse en el gótico, creen que deben adorar al Demonio, a espíritus o estar en sectas "raras" y pues aunque no todos, si hay quienes caen en eso.
Para terminar, no quiero sonar como Hitler en su tiempo ni mucho menos pero, a mi forma de ver el gótico es el mejor estilo de vida, sentimiento e ideal que uno puede seguir ya que, se puede decir que el gótico busca la "perfección" de la persona con el balance entre los sentimientos y el pensamiento. Algo que mencioné con anterioridad es el hecho de que el gótico no tiene nada que probar, no es una competencia de quién sabe más, de quién escribe mejor o quién conoce más grupos. Nos es como por ejemplo, los fresas que siempre es la eterna lucha por quién tiene el celular más nuevo o quién es más popular; o como los "cholos" que se viven peleando por ver quién tiene más "territorio" que a final de cuentas no les sirve mas que para rayar las paredes de las construcciones que se encuentran en esa área y total, igual los arrestan aquí que hallá; ni siquiera como los ravers que se ponen a ver quién agarra más "el viaje". Y es por todo esto que digo que el gótico es algo especial y que ningún otro grupo se le compara.


DIFERENCIAS ENTRE EL GÓTICO Y EL DARK
LA SIGUIENTE INFORMACIÒN NO ES UN CANON ESPECÌFICO NI SON LOS PARAMETROS OFICIALES, ES PARTE DE UNA ENCUESTA LIBRE REALIZADA POR LADY GODIVA SOBRE LA MANERA GENERALIZADA EN QUE SON VISTOS ESTOS GRUPOS POR SU ENTORNO MÀS CERCANO.

Edades:Goticos- De 22 en adelante.Darks- de 13 a 17 años.

Preferencias:Goticos- Cultura, arte, filosofia, psicologia, literatura, poesia.Darks- Cervezas, drogas, fumar, conciertos, peliculas de terror, ouija, fiestas.

Creencias:Goticos- Cristianos, Catolicos, Budistas, Testigos de Jehová, etc.Darks- Ateos.

Musica:Goticos- Cantos Gregorianos, Instrumental, Musica Clasica, a muchos de nosotros nos agrada el Gothic Metal y la musica MedievalDarks- Black Metal,Rock-hip hop, Rap-metal, punk-pop, Rock alternativo.

Pensamientos:Gotico- Mas cultura, mas conocimiento, entendimiento, razonamiento, erotismo.Dark- Sexo, depresion, nadie me quiere, pensamientos suicidas, sexo, reventones.

Ideologias:Gotico- Es mi FORMA DE VIDA.Dark- Uyy que cool soy, soy la onda, miren mi ropa y mis accesorios… pero en cuanto me enfade me cambio de “ONDA”

Compañeros:Gotico- CualquieraDark- Soledad (haha)

Principios:Gotico- RespetoDark- ¿¡Que de raro me ves!?

Pasatiempos:Gotico- Leer, poesia, escribir memorias,Dark- Brujeria, relatos de terror, peliculas de terror, paginas de gore en internet.

Que piensa el uno del otro:Gotico- Que onda con estos tipos?Darks- Somos la misma “onda”.

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EMILIO ZOLA -YO ACUSO -- LA VERDAD EN MARCHA

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EMILIO ZOLA -YO ACUSO -- LA VERDAD EN MARCHA

Emilio Zola
Yo Acuso
La verdad en marcha
***
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Índice

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Nota sobre el caso Dreyfus
Prólogo
Monsieur Scheurer‑Kestner
La cofradía
El juicio
Carta a la juventud
Carta a Francia
Yo acuso. Carta a Monsieur Félix Faure, presidente de la República
Declaración ante el jurado
Carta a Monsieur Brisson, presidente del Consejo de Ministros
Justicia
E1 quinto acto
Carta a la esposa de Alfred Dreyfus
Carta al Senado
Carta a Monsieur Loubet, presidente de la República
***
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Nota sobre el caso Dreyfus

En 1894, los servicios de contraespionaje (Service de Renseignements) del Ministerio de la Guerra fran­cés interceptan un documento dirigido al agregado militar alemán en París, Schwartzkoppen, en el que se menciona en nota manuscrita el anuncio del envío de informaciones concretas sobre las características del nuevo material de artillería francés. El riesgo de es­cándalo es más preocupante que la propia filtración; había, pues, que encontrar a un culpable. Basándose en el escrito, los expertos comparan letras de los ofi­ciales del Estado Mayor y concluyen que el capi­tán Alfred Dreyfus, de treinta y cinco años, judío y alsaciano, es su autor. El 15 de octubre de ese año Dreyfus es arrestado, juzgado por un consejo de guerra y declarado culpable de alta traición.
Pese a las declaraciones de inocencia del acusado (declaraciones que no se hacen públicas), se condena a Dreyfus a la degradación militar (enero de 1895) y a cumplir cadena perpetua en la isla del Diablo, en la Guayana francesa. Durante el juicio, el general Mercier, ministro de la Guerra, expresa sus convic­ciones a la prensa y comunica al tribunal que existen pruebas «abrumadoras» de la culpabilidad de Drey­fus, pruebas que no puede mostrar porque pondrían en peligro la seguridad de la nación. Hasta ese mo­mento, nadie duda de la existencia de dichas pruebas. Únicamente la familia de Dreyfus, convencida de su inocencia, habla de error judicial y busca apoyos entre los politicos y la prensa para conseguir la revision del juicio.
En marzo de 1896, el nuevo responsable del Ser­vice de Renseignements, el coronel Picquart, descubre un telegrama dirigido por el agregado militar alemán Schwartzkoppen a un oficial francés de origen hún­garo, el comandante Esterhazy; el telegrama no deja dudas de que este ultimo es el informador de Schwar­tzkoppen en el Estado Mayor francés. La letra de Es­terhazy, que se parece a la de Dreyfus, es, sorprenden­temente, muy similar a la del famoso escrito. Picquart informa a sus superiores y expresa su convicción de que fue un error atribuir el escrito a Dreyfus. El Es­tado Mayor destina a Picquart a la frontera del este y, posteriormente, a Túnez. Los tribunales militares, dominados por camarillas de extrema derecha y anti­semitas, se niegan a revisar el caso Dreyfus y tratan de sofocar el escándalo, pero no logran evitar que algunos rumores alerten a personalidades de la iz­quierda.
En 1897 -con la ayuda del periodista Bernard Lazare, del senador Scheurer‑Kestner y del diputado Joseph Reinach-, Mathieu Dreyfus, hermano de Al­fred, promueve una campaña en Le Figaro para exi­gir que se investigue a Esterhazy y se revise el juicio de 1894. La extrema derecha reacciona de inmediato. Indignado, Émile Zola, próximo a la izquierda ra­dical y a grupos socialistas, entra en liza. La cam­paña de Le Figaro rompe la conspiración de silencio.
En diciembre de 1897, Esterhazy, cuya letra es idéntica a la de los facsimiles del escrito que la prensa ha reproducido, es inculpado y comparece ante un tri­bunal militar; contra todo pronóstico, los jueces lo ab­suelven en enero de 1898, al tiempo que el presidente del Consejo de Ministros, Méline, rechaza la revi­sion del caso Dreyfus: «El caso Dreyfus no existe». Zola, consciente de los riesgos que corre, plantea la cuestión ante la opinion pública en su célebre carta al presidente de la República, titulada «Yo acuso» y pu­blicada el 13 de enero en L'Aurore. Ese mismo día, la policía detiene al teniente coronel Picquart. La polémica enardece al país y se desencadenan las hos­tilidades entre la derecha militarista y la izquierda so­cialista o radical, entre las corrientes nacionalistas antisemitas y los defensores del Derecho, entre el inte­grismo católico y los adalides del libre pensamiento. Llueven insultos y críticas sobre Zola. En estas cir­cunstancias, aparece, ya en su sentido moderno, la expresión «los intelectuales», que emplearon los antidreyfusards (Barrès, Drumont, Leon Daudet, Pierre Loti, Jules Verne...) contra los dreyfusards (Zola, Gide, Proust, Péguy, Mirbeau, Anatole France, Jarry, Claude Monet...).
Del 7 al 23 de febrero de 1898, Zola, amena­zado de muerte por los grupos de extrema derecha, comparece ante un tribunal, acusado de difamar a los oficiales y personalidades que había denunciado en su «Yo acuso». Se le declara culpable y se le condena a un año de cárcel, a pagar tres mil francos de multa y se le despoja de la Legión de Honor. Tras recurrir la sentencia, el tribunal de instancia vuelve a conde­narle, esta vez, sin embargo, en rebeldía, pues Zola, temiendo por su vida, se ha exiliado en Inglaterra. Semanas después de este segundo juicio, se confirma que el documento que se utilizó para comprometer a Dreyfus en el juicio de 1894 era falso; lo había con­feccionado un oficial del Service de Renseignements, el coronel Henry, quien confiesa su culpabilidad el 30 de agosto y el 31 se suicida en la cárcel. El Tribunal Supremo, que había empezado a revisar el expediente Dreyfus en junio, ordenó la revision del caso.
Zola, pese a la confirmación de la sentencia con­denatoria, regresa de su exilio en junio de 1899; el Gobierno renuncia a tomar medidas contra él. Entre agosto y septiembre de ese año, Dreyfus, trasladado a Francia, se somete a un segundo juicio y de nuevo le condenan los tribunales militares, que no acceden a reconocer el error judicial que se cometió en 1894; el 19 de septiembre, el presidente de la República, Lou­bet, indulta a Dreyfus. Puesto en libertad, gran parte de la opinion pública considera que debe, además, re­conocerse su inocencia. Hasta el 12 de julio de 1906 no obtendrá Dreyfus la rehabilitación en el ejército. Cuatro años antes, la noche del 28 al 29 de septiem­bre de 1902, de regreso a París tras sus vacaciones en Médan, Emilio Zola muere asfixiado en su casa, de­bido a las exhalaciones de una chimenea. Desde 1898, Zola había recibido numerosas amenazas de muerte, pero este «caso» nunca llegó a esclarecerse. Dreyfus, por su parte, falleció en 1935 ocupando un alto cargo oficial. Quedaron dudas sobre su inocencia hasta la publicación de los Carnets de Schwartzkop­pen en 1930: Dreyfus inocente, Esterhazy culpable.



Yo Acuso. La Verdad en marcha
Prólogo

He juzgado necesario recoger en este volu­men los artículos que fui publicando sobre el caso Dreyfus durante un periodo de tres años, de diciembre de 1897 a diciembre de 1900, a medida que se desarrollaban los acontecimien­tos. Un escritor que ha emitido juicios y ha to­mado responsabilidades en un caso de tanta gra­vedad y tanto alcance tiene el deber de poner a la vista del público el conjunto de su actuación, los documentos auténticos, los únicos que po­drán servir para juzgarle. Y si ese escritor no fuese tratado hoy con justicia, podrá entonces esperar en paz, pues el porvenir dispondrá de toda la información que deberá bastar algún día para sacar a la luz la verdad.
No obstante, no me he apresurado a publi­car este volumen. Quería, en primer lugar, que el expediente buera completo, que hubiese con­cluido un periodo concreto del caso; he tenido que esperar, pues, que la ley de amnistía concluyera un periodo que puede considerarse, al me­nos por el momento, como final. En segundo lugar, me repugnaba enormemente la idea de que se pudiera creer que buscaba publicidad o que me movía el afán de lucro en una cuestión de lucha social de la que el profesional de las le­tras no quería en absoluto beneficiarse. He re­chazado todas las ofertas, no he escrito sobre ello ni novelas ni obras de teatro. Tal vez así lo­gre que por lo menos no me acusen de haber sa­cado dinero de esta historia tan desgarradora que ha trastornado a toda la humanidad.
Pretendo utilizar más tarde, en dos obras, las notas que tomé. En una, con el título de «Im­presiones de audiencias», quisiera contar los jui­cios a los que se me sometió, decir todas las cosas monstruosas y describir los extraños per­sonajes que desfilaron ante mí, en París y en Versalles. En otra, con el titulo de «Páginas de exilio», planeo narrar los once meses que pasé en Inglaterra, los trágicos ecos que despertaban en mi cada noticia desastrosa que me llegaba de Francia, todo lo que evoqué ‑hechos y perso­nas‑ cuando me hallaba lejos de mi tierra, en la completa soledad que me envolvía. Pero no son más que deseos, proyectos, y no me extrañaría que las circunstancias y la vida me impidiesen llevarlos a cabo.
Por otra parte, eso no sería una historia del caso Dreyfus, porque tengo el convencimiento de que ahora, en medio de las pasiones desata­das, sin los documentos que todavía faltan, no se puede escribir esa historia. Habrá que dejar pasar el tiempo, habrá que realizar primero un estudio imparcial de los documentos que for­marán parte del inmenso expediente. Y yo sólo quiero aportar mi contribución a ese expediente, decir lo que supe, lo que vi y oí en la parte del caso en que tuve ocasión de participar.
Por el momento, me contento con reunir en este volumen los articulos ya publicados. Por su­puesto, no he cambiado ni una sola palabra, los he dejado con sus repeticiones, con esa forma áspera y descuidada propia de las páginas escri­tas las más de las veces aprisa y corriendo, en momentos de pasión. Sin embargo, he conside­rado necesario acompañarlos de falsos títulos y de pequeños comentarios en los que doy algu­nas explicaciones imprescindibles para dar cierta coherencia al conjunto, remitiendo los articulos a las circunstancias que me llevaron a escribirlos. De este modo, queda establecido el orden cro­nológico; cada articulo ocupa su lugar en las grandes convulsiones del caso, y el conjunto, en su lógica interna, cobra coherencia, a pesar de los prolongados silencios en que me sumí.
Repito, pues, que estos artículos no son sino una contribución al expediente sobre el caso Drey­fus, algunos de los documentos de mi acción personal cuya recopilación quiero dedicar a la Historia, a la justicia de mañana.

Emilio Zola
París, 1 de febrero de 1901

Monsieur Scheurer‑Kestner


Este artículo apareció en Le Figaro el 25 de no­viembre de 1897.
En 1894, en el momento en que se inició el caso Dreyfus, yo estaba en Roma, y no regresé a Francia hasta el 15 de diciembre de ese año. Como es natural, apenas leía periódicos franceses. Eso explica mi ig­norancia y cierta indiferencia que durante mucho tiempo me inspiró este caso. Hasta noviembre de 1897, al regresar del campo, no comencé a apasio­narme, y ello debido a unas circunstancias que me permitieron conocer los hechos y algunos documentos posteriormente publicados que bastaron para que mi convicción se volviera absoluta a inquebrantable.
Se observará, no obstante, que, en primer lugar, el profesional, el novelista, se sintió sobre todo se­ducido, exaltado, por el drama. Y que la piedad, la fe, el anhelo de verdad y de justicia, vinieron des­pués.


[...] El proyecto de Monsieur Scheurer‑Kest­ner, al tiempo que cumplía su misión, era desa­parecer. Había resuelto decir al Gobierno: «Esto es lo que hay. Tomen cartas en el asunto, atri­búyanse el mérito de ser justos enmendando un error. Todo acto de justicia conlleva al final un triunfo». Ciertas circunstancias, a las que no quiero referirme, hicieron que no se le escuchase.
A partir de ese momento, comenzó para él el calvario que padece desde hace semanas. [...]

Imagino que en el altivo silencio de Mon­sieur Scheurer‑Kestner subyace también el deseo de confiar en que cada cual hará su examen de conciencia antes de actuar. Cuando habló de ese deber que, incluso al ver arruinadas su elevada posición, su fortuna y su felicidad, le exigia ha­cer resplandecer la verdad tan pronto la supo, pronunció esta admirable frase: «Si no, no hu­biera podido vivir». Pues bien, eso han de de­cirse todas las personas honradas que se han visto involucradas en este caso: que no podrían vivir si no hicieran justicia.
Y si las razones políticas provocaran un re­traso de la justicia, sería un nuevo error que no haría más que entorpecer el inevitable desenlace, agravándolo aún más.
La verdad está en marcha y nada la detendrá.


La cofradía
Las siguientes páginas vieron la luz en Le Figaro el 1 de diciembre de 1897.
Tenía ya entonces la intención de publicar en ese periódico una serie de artículos sobre el caso Drey­fus, toda una campaña, a medida que se desarrolla­ran los acontecimientos. Durante un paseo, me en­contré por casualidad con el director de ese periódico, Monsieur Fernand de Rodays. Estuvimos hablando, con cierta pasión, en plena calle, y eso me decidió de pronto a ofrecerle algunos artículos, pues advertí que comulgaba con mis ideas. Así, sin premeditación al­guna, me comprometí. Añado, por otra parte, que iba a ponerme a hablar en cualquier momento, por­que me resultaba imposible callar. Y no debe olvi­darse el vigor con que Le Figaro comenzo y, sobre todo, acabó encauzando la lucha que convenía en­tablar.

Todos conocemos su origen. Es de una bajeza y una necedad simplista dignas de quienes concibieron su existencia.
Un consejo de guerra condena al capitán Dreyfus por delito de traición. A partir de ahí, éste se convierte en un traidor; ya no es un hom­bre, sino una abstracción que encarna la idea de la patria degollada, entregada al enemigo ven­cedor. No sólo representa la traición presente y futura, sino también la traición
pasada[L1] , y le en­dosan la vieja derrota, porque están obsesiona­dos con la idea de que sólo la traición pudo ha­cer que nos vencieran.
Ya tenemos al hombre perverso, la figura abominable, la vergüenza del ejército, el mal­vado que vende a sus hermanos igual que Judas vendió a su Dios. Y como es judio, ¡qué senci­llo!, los judíos ‑que son ricos y poderosos, y que además carecen de patria‑ se pondrán a trabajar soterradamente con sus millones para sacarlo del apuro, comprando conciencias, comprometien­do a Francia en un execrable complot, para ob­tener la rehabilitación del culpable y sustituirlo por un inocente. [...]
Entonces se crea una cofradia. [...]
Analicemos esta cofradía.
Los judíos han hecho fortuna y pagan el ho­nor de los cómplices desde una ventanilla de pa­gos. ¡Dios mío!, no sé cuánto deben de haber gastado ya. Pero aunque no hayan llegado ni a diez millones, comprendo que los hayan dado. Ahí tenemos a ciudadanos franceses, nuestros iguales y nuestros hermanos, diariamente arras­trados por el fango a causa de este estúpido anti­semitismo. Se les ha pretendido aplastar junto con el capitán Dreyfus, se ha intentado convertir el crimen de uno de ellos en el crimen de la raza entera. Todos son traidores, todos vendidos, to­dos condenados. ¡Cómo no va a protestar con furia esa gente, cómo no va a tratar de rebelarse, de devolver golpe por golpe en esta guerra de ex­terminio de que son víctima! Es comprensible que anhelen apasionadamente ver cómo res­plandece la inocencia de su correligionario; y si creen que pueden lograr la rehabilitación de Dreyfus, ¡ah, con qué ánimo deben perseguir­la! [...]
Lo extraordinario es que toda esa gente que, según dicen, han comprado los judíos goce pre­cisamente de una reputación de sólida integri­dad. Tal vez los judíos le echen coquetería a la cosa y no quieran tener más que mercancía rara pagándola a su precio. Pero dudo mucho que exista una ventanilla de pagos, aunque me sen­tiría dispuesto a disculparles si, acosados como están, se defendiesen con sus millones. En las matanzas, cada uno se defiende con lo que tiene. Y hablo de ellos con mucha serenidad, pues ni los quiero ni los odio. No tengo entre ellos a ningún amigo íntimo. Para mí son hombres, y eso basta.
[...] Y espero que, desde que escribí mi pri­mer artículo, también yo forme parte de esa ca­marilla.
[...] A eso se reduce la historia de la cofradía: hombres llenos de buena voluntad, de verdad y equidad, salidos de los cuatro extremos de la Tierra, que trabajan a leguas de distancia y sin conocerse, pero que se dirigen por distintos ca­minos hacia una misma meta, avanzando en si­lencio, escarbando el suelo y que, una buena mañana, confluyen todos en un mismo punto. Todos, fatalmente, se han encontrado, brazo con brazo, en esa encrucijada de la verdad, en esa cita fatal de la justicia.
Como veis, sois vosotros quienes ahora los reunís, les obligáis a cerrar filas, a trabajar como uno solo en pro de la salvación y la honestidad, mientras los cubrís de insultos, los acusáis del más perverso complot, pese a que ellos sólo as­piraban a reparar una gravísima injusticia.
[...] Por lo tanto, ya no es la misma Francia, si se la puede engañar hasta ese punto, solivian­taría contra un miserable que lleva tres años ex­piando, en atroces condiciones, un crimen que no ha cometido. Si, allá, en un islote perdido, bajo un sol abrasador, hay un ser aislado de los demás hombres. No solo lo aisla el ancho mar, sino once guardianes que lo tienen encerrado día y noche formando una muralla viviente. Han in­movilizado a once hombres para custodiar a uno solo. Jamás asesino alguno, jamás loco furioso alguno ha sido encerrado con tal saña. ¡Y ese eterno silencio, esa lenta agonía, bajo la execra­ción de todo un pueblo! [...]
Sí, pertenezco a esa cofradía, y espero que todos los franceses decentes quieran pertenecer a ella.


El juicio

Este artículo apareció en Le Figaro el 5 de di­ciembre de 1897.
Es el tercer y ultimo artículo que me publicaron en ese periódico. Encontré incluso dificultades para que lo aceptaran; y, como se verá, me pareció pru­dente despedirme del público, porque yo pretendía continuar una campaña que soliviantaba a los lec­tores asiduos del periódico. Comprendo perfectamente que un periódico necesite tener en cuenta las costum­bres y deseos de su clientela. Por eso, siempre que me han parado los pies, sólo a mí me he echado la culpa por haberme equivocado con respecto al terreno y las condiciones de la lucha. No por eso Le Figaro dejó de mostrar audacia al acoger esos tres artículos, y le estoy agradecido por ello.

¡Oh, a qué espectáculo asistimos desde hace tres semanas, y qué días tan trágicos, tan inolvi­dables acabamos de vivir! No recuerdo otros que hayan despertado en mi mayor solidaridad, an­gustia y generosa ira. He sentido exasperación, odio hacia la necedad y la mala fe, y he tenido tanta sed de verdad y de justicia que he compren­dido hasta qué punto los más generosos impulsos pueden llevar a un pacifico ciudadano al martirio.
Porque, en verdad, el espectáculo ha sido inaudito, ha superado en brutalidad, en desfa­chatez, en declaraciones indignas, los peores ins­tintos, las mayores bajezas jamás confesadas por la bestia humana. Casos como éstos, en los que la muchedumbre derrocha perversion y demen­cia, no abundan, y tal vez por eso me apasioné en el grado en que lo hice ‑al margen de mi re­chazo en tanto que hombre‑ como novelista, como dramaturgo, trastornado de entusiasmo ante un caso de belleza tan atroz.
Hoy, el caso entra ya en una fase regular y lógica, la que hemos deseado, exigido sin des­canso. Un consejo de guerra se ha hecho cargo del caso, la verdad relucirá al cabo de este nuevo proceso, estamos seguros. Nunca quisimos otra cosa. Sólo nos queda callar y esperar, pues no nos corresponde a nosotros decir la verdad; el consejo de guerra sera quien la desvele, deslum­brante. Y solo volveríamos a intervenir si esa verdad resultara incompleta, lo que, por otra parte, es una hipótesis inadmisible.
Sin embargo, una vez terminada la primera fase ‑ese embrollo rodeado de tinieblas, ese es­cándalo en el curso del cual han salido a relucir tantas conciencias sucias‑, conviene levantar acta, sacar conclusiones. Porque, entre la pro­funda tristeza de las constataciones que se im­ponen, asoma el aleccionamiento viril, el hierro candente que cauteriza las heridas. Que nadie lo olvide; el horrible espectáculo que acabamos de ofrecernos a nosotros mismos tiene que cu­rarnos.

Primero, la prensa.
Hemos visto ya a la prensa rastrera en celo, amasando dinero a costa de las curiosidades malsanas, trastornando a las masas para vender su deleznable papel, ese papel que ya no en­cuentra compradores cuando la nación está en calma, saludable y fuerte. Me refiero en especial a los que ladran de noche, a los periódicos pros­tibularios que atraen poderosamente a los tran­seúntes con esos grandes titulares que garantizan escándalos. Éstos siempre han formado parte de su habitual mercancia, aunque, en esta ocasión, con impudicia significativa.
Hemos visto, un peldaño más arriba, a los pe­riódicos populares, los periódicos baratos, los que se dirigen a la inmensa mayoría y crean la opinión de las masas, les vimos cómo alimen­taban pasiones atroces, cómo promovían furio­samente una campaña sectarista, anulando toda generosidad de nuestro amado pueblo de Fran­cia, todo deseo de verdad y de justicia. Quiero creer en su buena fe. Pero qué triste es ver a esos polémicos envejecidos, agitadores dementes y patriotas estrechos de miras, convertidos en lí­deres y cometer el más vil de los crímenes, el de ofuscar la conciencia pública y extraviar a todo un pueblo. Esa labor resulta aún más execrable porque viene dada, en ciertos periódicos, con re­cursos infames, con hábito de utilizar la menti­ra, la difamación y la delación, que quedarán como la gran vergüenza de nuestra época.
Hemos visto, en fin, cómo la prensa presti­giosa, la prensa considerada seria y honrada, asistía a eso con una impasibilidad, iba a decir una serenidad, que considero asombrosa. Esos honrados periódicos se han limitado a registrarlo todo, fuera verdad o error, con un cuidado es­crupuloso. Se han dejado llevar por la corriente envenenada, sin omitir ninguna abominación. Por supuesto, se han comportado con imparcia­lidad. ¿Y qué? ¡Tímidas apreciaciones de vez en cuando y ni una voz clara y noble, ni una, nó­tese bien, se ha alzado en esa honrada prensa para tomar partido por la humanidad y la igual­dad ultrajadas!
Y, sobre todo, hemos visto ‑pues en medio de tantos horrores basta con escoger el más re­pugnante‑, hemos visto, decía, que la prensa, la prensa inmunda, seguía defendiendo a un oficial francés que había insultado al ejército y escu­pido a la nación. Hemos visto eso en los perió­dicos, y los unos lo disculpaban, mientras los otros le dirigían reproches más o menos velados. ¿Cómo? ¡No ha habido ni un grito unánime de rebeldía y de execración! Entonces, ¿qué está ocurriendo para que ese crimen, que en otro momento hubiera soliviantado a la conciencia pública y provocado un furioso anhelo de repre­sión inmediata, haya podido encontrar circuns­tancias atenuantes en esos mismos periódicos, tan quisquillosos siempre ante los problemas de felonías y de traición?
Hemos visto todo eso. E ignoro cómo ha­brán reaccionado los demás espectadores ante semejante síntoma, puesto que nadie lo co­menta, nadie se indigna. A mí, en cambio, me da escalofríos, porque revela, con una inespe­rada violencia, la enfermedad que nos aqueja. La prensa inmunda ha descarriado a la nación y un acceso de perversion y de corrupción está exten­diendo la úlcera, a pleno sol.

Ahora, el antisemitismo.
Él es el culpable. Ya dije de qué modo esa bárbara campaña, que nos hace retroceder mil años, indigna mis ansias de fraternidad, mi afán de tolerancia y de emancipación humanas. Vol­ver a las guerras de religión, reanudar las perse­cuciones religiosas, desear que nos exterminemos una raza a otra, todo eso resulta tan insensato en nuestro siglo de liberación que semejante pro­pósito me parece, más que nada, estúpido. Sólo puede haberse originado en el enfático y dese­quilibrado cerebro de un creyente, en la gran va­nidad de un escritor eternamente desconocido, ansioso por desempeñar a cualquier precio un papel, por odioso que éste sea. Y no quiero creer que un movimiento como éste llegue a cobrar decisiva importancia en Francia, un país donde reina el libre examen, la bondad fraternal y la sensatez.
No obstante, nos hallamos ante actos terri­bles. He de confesar que el daño producido es grande. El veneno ha penetrado en el pueblo, y tal vez lo ha envenenado ya por entero. La pe­ligrosa virulencia que cobraron en Francia los es­cándalos de Panama es obra del antisemitismo. También este lamentable caso Dreyfus es obra suya: el antisemitismo ha hecho posible por sí solo un error judicial, enloquece a la masa a im­pide que se reconozca noble y serenamente tal error, para bien de nuestra salud y de nuestra fama. ¿No hubiera sido más sencillo, más lógico, haber sacado a relucir la verdad a la primera duda seria? ¿No se comprende que, si hemos lle­gado a esta locura furiosa en que nos hallamos, es porque existe forzosamente un veneno oculto que nos lleva a todos al delirio?
El veneno es ese odio rabioso hacia los ju­díos que, cada mañana, desde hace años, se im­buye al pueblo. Hay toda una banda que se de­dica a ese oficio de envenenadores, y lo más gordo es que lo hace en nombre de la moral, en nombre de Cristo, como si fuera un vengador y justiciero. ¿Y quién nos dice que ese ambiente donde se fraguaba no ha influido en el consejo de guerra? No es extraño que un judío traidor venda a su país. Aunque no encontremos nin­gún motivo humano que explique el crimen, aunque ese hombre sea rico, inteligente, traba­jador, sin pasiones, de vida impecable, ¿no basta con que sea judío?
Hoy en día, y desde que pedimos que se arroje luz sobre el asunto, la actitud antisemita se ha vuelto aún más violenta, más ilustrativa. Lo que se va a juzgar es esa actitud, y, si resplandeciese la inocencia de un judío, ¡qué bofetada para los antisemitas! ¿Acaso puede existir un ju­dio inocente? Así, todo un tinglado de mentiras se derrumba, y sobreviene el aire puro, la buena fe, la equidad, la ruina de una secta que influye en la masa de los simples merced al insulto y la impúdica calumnia.
Y hemos visto también el furor que sintieron unos malhechores públicos ante la perspectiva de que pudiera sobrevenir un poco de claridad. También hemos visto, por desgracia, la evolución de la masa pervertida por ellos, toda esa opinion pública extraviada, a todo este amado pueblo compuesto por los pequeños y los humildes lan­zado en persecución de los judíos y mañana dis­puesto a participar en una revolución que libere al capitán Dreyfus si algún hombre honrado lo enardeciera con el fuego sagrado de la justicia.

Finalmente, los espectadores, los actores, vo­sotros y yo, todos nosotros.
¡Qué confusion, qué cenagal siempre en au­mento! Hemos visto cómo se enardecia cada día la mezcla de intereses y pasiones, las historias necias, los comadreos vergonzosos, los desmen­tidos desvergonzados; hemos visto cómo cada mañana abofeteaban el simple sentido común, aclamaban al vicio, silbaban a la virtud, toda una agonía de lo que constituye el honor y el placer de vivir. Y al fin la gente ha acabado por encon­trar eso odioso. ¿Cómo no? Pero ¿quién había querido esas cosas, quién permitió que se pro­longaran? Nuestros dirigentes, aquellos que lle­vaban ya más de un año advertidos del error ju­dicial y no se habían atrevido a hacer nada. Se les suplicó, profetizándoles paso a paso la aterra­dora tormenta que se avecinaba. Ya tenían he­cha la investigación; ya tenían en sus manos el expediente. Y hasta el último momento, pese a las objeciones patrióticas, se obstinaron en su inercia, en lugar de dirigir personalmente el caso para limitarlo, a costa de sacrificar al instante a las individualidades comprometidas. La corrien­te de fango se ha desbordado, tal como se les había advertido, y ellos son los culpables.
Hemos visto triunfar a energúmenos que exi­gían la verdad de quienes decían saberla, cuando éstos no podían decirla mientras la investigación siguiera abierta. Ya le habían contado la verdad al general encargado de la investigación y sólo él está autorizado para darla a conocer. También le contarán la verdad al juez instructor, y solo él podrá oírla para basarse en ella cuando imparta justicia. ¡La verdad! ¿En qué concepto la tenéis, en todo este episodio que sacude por entero a una vieja organización, para creer que es un ob­jeto sencillo y manejable, que se pasea por la palma de la mano y que se pone a voluntad en la mano de los demás como un guijarro o una manzana? La prueba, ¡ah, sí!, se quería una prue­ba allí mismo, enseguida, como los niños que quieren ver el viento. Paciencia, la verdad res­plandecerá; aunque hará falta un poco de inte­ligencia y de honestidad.
Hemos visto una ruin explotación del patrio­tismo, hemos visto agitar el espectro del extran­jero en una cuestión de honor que atañe solo a la familia francesa. Los peores revolucionarios han clamado que se estaba insultando al ejército y a sus superiores cuando, en realidad, lo que se pretende es situar a éstos fuera del alcance de cualquiera, muy arriba. Y frente a los que dirigen a las masas, frente a algunos periódicos que al­borotan a la opinion pública, se ha alzado el te­rror. Nadie de nuestras asambleas lanzó un grito digno de un hombre honrado, todos se quedaron mudos, titubeantes, esclavos de sus grupos, todos tuvieron miedo de la opinion pública, inquietos sin duda en vista de las próximas elecciones. Ni un moderado, ni un radical, ni un socialista, nin­guno de los que preservan las libertades públicas se ha alzado todavía para hablar según su con­ciencia. ¿Cómo queréis que el país encuentre su camino en la tormenta si los mismos que dicen ser sus guías enmudecen, ya por seguir tácticas de politicos estrechos de miras, ya por temor a com­prometer su situación personal?
Y el espectáculo ha sido tan lamentable, tan cruel, tan duro para nuestro orgullo, que no hago más que oír a mi alrededor: «Muy enferma ha de estar Francia para que semejante explosion de aberración pública pueda producirse». ¡No! Sólo está descarriada, desposeída de su corazón y de su genio. Que le hablen de humanidad y de jus­ticia y volverá a encontrarse entera, en su legen­daria generosidad.

Ha terminado el primer acto, ha caído el te­lón sobre el horrible espectáculo. Esperemos que el espectáculo de mañana nos devuelva el valor y nos consuele.
Dije que la verdad estaba en marcha y que nada la detendría. Se ha dado un primer paso, se dará otro, y otro, y luego el paso decisivo. Es matemático.
De momento, en espera de la decision del consejo de guerra, mi papel ha terminado; y de­seo ardientemente que, proclamada la verdad, hecha la justicia, no me vea ya obligado a luchar por ellas.


Carta a la juventud

Este texto apareció publicado como folleto, y se puso a la venta el 14 de diciembre de 1897.
Como no encontré ningún periódico dispuesto a aceptar mis artículos, y además deseaba sentirme del todo libre, proyecté continuar mi campaña mediante una serie de folletos. Primero quise lanzarlos un día fijo, con regularidad, uno por semana. Después pre­ferí controlar las fechas de publicación, de modo que pudiese elegir el momento a intervenir según los temas y sólo los días que me parecieran útiles.

¿Adónde vais, jóvenes, adónde vais, estu­diantes que corréis en grupos por las calles, ma­nifestándoos en nombre de vuestras iras y de vuestros entusiasmos, sintiendo la necesidad irresistible de lanzar públicamente el grito de vuestras conciencias indignadas?
¿Vais a protestar contra algún abuso del po­der, han ofendido vuestro anhelo de verdad y equidad, ardiente aún en vuestras almas jóvenes, almas que ignoran los arreglos politicos y las co­bardías cotidianas de la vida?
¿Vais a reparar una injusticia social, vais a poner la protesta de vuestra juventud vibrante en la balanza desigual donde, con tanta falsedad, se pesa el sino de los afortunados y de los deshe­redados de este mundo?
¿Vais, para defender la tolerancia y la inde­pendencia de la raza humana, a silbar a algún sectario de la inteligencia, de estrecha mollera, que ha pretendido conducir vuestras mentes li­beradas hacia el antiguo error proclamando la bancarrota de la ciencia?
¿Vais a gritar, al pie de la ventana de algún personaje esquivo a hipócrita, vuestra fe inque­brantable en el porvenir, en ese siglo venidero que representáis y que ha de traer la paz al mundo en nombre de la justicia y del amor?
«¡No, no! ¡Vamos a abuchear a un hombre, a un
anciano [L2] que, tras una larga vida de trabajo y de lealtad, imaginó que podía sostener impu­nemente una causa generosa, que podia querer que se hiciera la luz y se reparara un error, por el mismo honor de la patria francesa!»
¡Ah!, cuando yo era joven, vi cómo se estre­mecía el Barrio Latino con las orgullosas pasio­nes de la juventud, el amor a la libertad, el odio a la fuerza brutal que aplasta cerebros y oprime almas. Lo vi, bajo el Imperio, entregado de lleno a su esforzada labor de oposición, a veces in­cluso injusto, pero siempre por un exceso de amor a la libre emancipación humana. Silbaba a los autores gratos a las Tullerías, se ensañaba con los profesores cuyas enseñanzas le parecian sospechosas, se alzaba contra cualquiera que se declarase en favor de las tinieblas y de la tiranía. En él ardia el fuego sagrado de la hermosa locura de los veinte años, cuando todas las esperanzas son realidades, cuando el mañana aparece como el triunfo indudable de la Ciudad perfecta.
Y si nos remontáramos más atrás en esta his­toria de las nobles pasiones que han alzado a la juventud de las universidades, veríamos a ésta siempre indignada ante la injusticia, estremecida y sublevada a favor de los humildes, de los aban­donados, de los perseguidos, contra los crueles y los poderosos. Se ha manifestado en favor de los pueblos oprimidos, ha abrazado la causa de Po­lonia, de Grecia, se ha erigido en defensora de cuantos sufrían, de cuantos agonizaban bajo la brutalidad de una masa o de un déspota. Si co­rría la voz de que el Barrio Latino estaba en as­cuas, no había duda de que detrás ardía una llama de justicia juvenil, ajena a precauciones, que acometía con entusiasmo obras dictadas por el corazón. ¡Y qué espontaneidad entonces, qué torrente desbordado corría por las calles!
Ya sé que hoy el pretexto sigue siendo la pa­tria amenazada, Francia entregada al enemigo vencedor por una pandilla de traidores. Yo sólo le pregunto al país dónde podremos encontrar la clara intuición de las cosas, la sensación instin­tiva de lo que es verdad, de lo que es justo, como no sea en esas almas nuevas, en esos jóvenes que nacen a la vida pública y a quienes nada debería ofuscar su razón recta y buena. Que los políticos deteriorados por años de intriga, que los periodis­tas desequilibrados por todas las componendas de su oficio puedan aceptar las mentiras más im­púdicas, puedan hacer la vista gorda ante abru­madoras evidencias, es explicable, comprensible. Pero ¿la juventud? Muy gangrenada ha de estar para que su pureza, su candor natural no se re­conozca a simple vista en medio de los inacep­tables errores y no se enfrente directamente a lo que es evidente, a lo que está claro, luminoso como la luz del día.
La historia es sencilla. Han condenado a un oficial y a nadie se le ocurre sospechar de la buena fe de sus jueces. Lo han castigado si­guiendo el dictado de sus conciencias, basán­dose en pruebas que creyeron veraces. Después, un día, sucede que un hombre, que varios hom­bres, tienen dudas y acaban por convencerse de que una de las pruebas, la más importante, la única al menos en la que se apoyaron públi­camente los jueces, ha sido atribuida errónea­mente al condenado, y que no cabe duda de que esa prueba procede de la mano de otro. Y lo di­cen, y ese otro es denunciado por el hermano del preso, cuyo estricto deber era hacerlo; y así, a la fuerza, empieza un nuevo juicio que, si resultase en una condena, conllevaría la revision del primer caso. ¿No es todo esto perfectamente diáfano, justo y razonable? ¿Dónde ven la maqui­nación, el perverso complot para salvar a un traidor? Simplemente deseamos, ¿quién lo niega?, que el traidor sea un culpable y no un inocente que expía el crimen. Ya lo tendréis a vuestro trai­dor; la cuestión está en que os den el auténtico.
¿No debería bastar un mínimo de sentido común? ¿A qué móvil obedecerían, así pues, los hombres que persiguen la revision del caso? Descartad el antisemitismo estúpido, cuya cruel monomania no ve en eso más que un complot judío, el oro judío, que trata de sustituir en el calabozo a un judío por un cristiano. No existe base alguna, las inverosimilitudes y las imposi­bilidades se derrumban unas tras otras, ni todo el oro del mundo podría comprar ciertas con­ciencias. Y hay que llegar a la realidad, que es la expansion natural, lenta, invencible de todo error judicial. La historia es eso. Un error judi­cial es una fuerza que avanza: unos hombres con conciencia se ven sometidos, asediados, se entre­gan con creciente obstinación, arriesgan su for­tuna y su vida para que se haga justicia. Y no hay otra explicación posible a lo que hoy está pa­sando; el resto se limita a abominables pasiones políticas y religiosas, al torrente desbordado de calumnias a injurias.
Pero ¿qué excusa tendría la juventud si sus ideas de humanidad y de justicia se hubieran de­bilitado por un instante? En la sesión del 4 de diciembre, una Cámara francesa se cubrió de oprobio al votar una orden del día «que con­dena a los instigadores de la odiosa campaña perturbadora de la conciencia pública». Lo digo en voz alta, con vistas al futuro que, espero, ha de leerme: un votación como ésa es indigna de nuestro generoso país, y quedará como una mancha imborrable. Los «instigadores» son los hombres con conciencia y con valentía que, se­guros de un error judicial, lo han denunciado para que se repare, en la convicción patriótica de que una gran nación donde un inocente agoniza entre torturas sería una nación condenada. La «odiosa campaña» es el grito de la verdad, el grito de la justicia emitido por esos hombres, es el empeño con que desean que Francia siga siendo, ante los pueblos que la contemplan, la Francia humana, la Francia que ha logrado la li­bertad y que impartirá la justicia. Y, ya lo veis, seguramente la Cámara ha cometido un crimen, porque ha corrompido incluso a la juventud de nuestras universidades, y ésta, engañada, extra­viada, desbocada por nuestras calles, se mani­fiesta, cosa aún nunca vista, en contra de lo más orgulloso, de lo más valiente, de lo más divino que pueda tener el alma humana.
Después de la sesión del Senado del día 7, la gente habló de hundimiento refiriéndose a Mon­sieur Scheurer‑Kestner. ¡Oh, sí, qué hundimien­to en su corazón, en su alma! Imagino su angus­tia, su tormento al ver cómo se desploma a su alrededor cuanto ha amado de nuestra Repú­blica, cuanto ha ayudado a conquistar para ella en la gran lucha que ha sido su vida: la libertad, primero, y después las viriles virtudes de la leal­tad, de la franqueza y del valor cívico.
Es uno de los últimos que quedan de su pre­clara generación. Bajo el Imperio, supo lo que era un pueblo sometido a la autoridad de uno solo, y se consumía de fiebre y de impaciencia, la boca brutalmente amordazada, ante las injus­ticias. Con el corazón desgarrado, vio nuestras derrotas, conoció las causas, todas originadas por la ceguera y la imbecilidad despóticas. Más ade­lante, fue de los que con mayor inteligencia y ar­dor trabajaron para levantar el país de sus es­combros, para devolverle su lugar en Europa. Procede de los tiempos heroicos de nuestra Francia republicana, a imagino que debía de considerarse autor de una obra buena y sólida: el despotismo expulsado para siempre, la liber­tad conquistada, me refiero a esa libertad hu­mana que permite que cada conciencia ejercite su deber en medio de la tolerancia de las demás opiniones.
¡Sí! Todo pudo conquistarse, pero todo vuelve a estar por los suelos una vez más. En torno a él, dentro de él, no hay más que ruinas. Haber sucumbido al anhelo de verdad es un cri­men. Haber exigido justicia es un crimen. Re­tornó el horrible despotismo, la mordaza más dura acalla otra vez las bocas. Quien aplasta la conciencia pública no es ya la bota de un César, sino toda una Cámara que condena a quienes se enardecen por el deseo de lo justo. ¡Prohibido hablar! Los puños machacan los labios de quie­nes han de defender la verdad, se amotina a las masas para que reduzcan al silencio a los aisla­dos. Nunca se había organizado una opresión tan monstruosa y dirigida contra la libre discu­sión. Y reina el más vergonzoso terror, los más valientes se vuelven cobardes, nadie se atreve ya a decir to que piensa por miedo a que le denun­cien acusándole de vendido y traidor. Los esca­sos periódicos que conservan cierta honestidad se humillan ante sus lectores, quienes se han vuelto locos con tantos chismes estúpidos. Nin­gún pueblo, creo yo, ha pasado por un mo­mento más confuso, más absurdo, más angus­tioso para su razón y su dignidad.
Por lo tanto, es cierto, todo el leal y presti­gioso pasado de Monsieur Scheurer‑Kestner ha debido de hundirse. Si todavía cree en la bon­dad y en la equidad de los hombres, es que po­see un sólido optimismo. Lleva tres semanas viendo cómo le arrastran por el fango porque ha puesto en juego el honor y la alegría de su vejez, porque quiso ser justo. No existe aflicción más dolorosa para un hombre honrado que sufrir martirio a causa de su honradez. Es asesinar en ese hombre su fe en el mañana, envenenarle la esperanza; y si muere dirá: «¡Se acabó, ya no queda nada, todo lo bueno que hice se va con­migo, la virtud solo es una palabra, el mundo es sólo tinieblas y vacío!».
Y para vilipendiar al patriotismo, se ha ele­gido a ese hombre que es el último represen­tante de Alsacia‑Lorena en nuestras Asambleas. ¡Un vendido, él, un traidor, un ofensor del ejér­cito, cuando la simple mención de su nombre debería bastar para tranquilizar las más sombrias inquietudes! No cabe duda de que cometió la ingenuidad de creer que su calidad de alsaciano y su fama de ardiente patriota le valdrían como garantía de su buena fe en sus delicadas funcio­nes de justiciero. Que se ocupase de este caso, ¿no venía a significar que una pronta conclusion le parecía necesaria para el honor del ejército, para el honor de la patria? Dejad que el caso siga arrastrándose más semanas, intentad sofocar la verdad, impedid que se haga justicia y veréis cómo nos habréis convertido en el hazmerreír de toda Europa, cómo habréis situado a Francia a la cola de las naciones.
¡No, no! ¡Las estúpidas pasiones políticas y religiosas no quieren comprender nada, y la juventud de nuestras universidades ofrece al mundo el espectáculo de ir a abuchear a Mon­sieur Scheurer‑Kestner, el traidor, el vendido que insulta el ejército y que compromete a la patria!
Ya sé que el grupo de jóvenes que se mani­fiesta no representa a toda la juventud y que un centenar de alborotadores por la calle causan más ruido que diez mil trabajadores que se que­dan en su casa. Pero cien alborotadores son ya demasiados, y ¡qué desalentador es el síntoma de que ese movimiento, por reducido que sea, se produzca hoy en el Barrio Latino!
Antisemitas jóvenes. ¿Existen, pues, esas co­sas? ¿Hay cerebros nuevos, almas nuevas dese­quilibradas por ese veneno idiota? ¡Qué triste, qué inquietante para el siglo XX que va a ini­ciarse! Cien años después de la Declaración de los Derechos del Hombre, cien años después del acto supremo de tolerancia y emancipación, vol­vemos a las guerras de religión, al más odioso y necio de los fantasmas. Eso es comprensible en algunos hombres que desempeñan su papel, que tienen que mantener una actitud y satisfacer una ambición voraz. Pero ¡en los jóvenes, en los que nacen y ayudan a que se desarrollen y expandan todos los derechos y libertades que habíamos so­ñado ver surgir, fulgurantes, en el próximo siglo! Eran los trabajadores que esperábamos y, en cambio, se declaran ya antisemitas, o sea, que comenzarán el siglo exterminando a todos los judíos porque son ciudadanos de otra raza y de otra fe. ¡Buen principio para la Ciudad de nues­tros sueños, la Ciudad de la igualdad y la frater­nidad! Si la juventud llegara de veras a ese ex­tremo, sería para echarse a llorar, para negar toda esperanza y toda felicidad humanas.
¡Oh juventud, juventud! Te to ruego, piensa en la gran labor que te espera. Eres la futura obrera, tú pondrás los cimientos de este siglo cercano que, estamos profundamente convenci­dos, resolverá los problemas de verdad y de equidad planteados por el siglo que termina. Nosotros, los viejos, los mayores, te dejamos el formidable cúmulo de nuestras investigaciones, tal vez muchas contradicciones y oscuridades, pero ciertamente también te dejamos el esfuerzo más apasionado que nunca siglo alguno haya realizado en pos de la luz, los más honestos y más sólidos documentos, los fundamentos mis­mos de este vasto edificio de la ciencia que tie­nes que seguir construyendo en pro de tu honor y tu felicidad. Y sólo te pedimos que seas más generosa aún que nosotros, más abierta de es­píritu, que nos superes con tu amor a una exis­tencia pacífica, dedicando tu esfuerzo al trabajo, esa fecundidad de los hombres y de la tierra que por fin sabrá lograr que brote la desbordante co­secha de alegría bajo el resplandeciente sol. Nosotros te cederemos fraternalmente el puesto, sa­tisfechos de desaparecer y descansar de nuestra parte de labor en el sueño gozoso de la muerte, si sabemos que tú continuarás y harás realidad nuestros sueños.
¡Juventud, juventud! Acuérdate de lo que su­frieron tus padres, y de las batallas terribles que tuvieron que vencer, para conquistar la libertad de que gozas ahora. Si te sientes independiente, si puedes ir y venir a voluntad o decir en la prensa lo que piensas, o tener una opinion y ex­presarla públicamente, es porque tus padres con­tribuyeron a ello con su inteligencia y su sangre. No has nacido bajo la tiranía, ignoras lo que es despertarse cada mañana con la bota de un amo sobre el pecho, no has combatido para escapar al sable del dictador, a la ley falaz del mal juez. Agradéceselo a tus padres y no cometas el cri­men de aclamar la mentira, de alinearte junto a la fuerza brutal, junto a la intolerancia de los fa­náticos y la voracidad de los ambiciosos. La dic­tadura ha tocado a su fin.
¡Juventud, juventud! Manténte siempre cerca de la justicia. Si la idea de justicia se oscureciera en ti, caerías en todos los peligros. No me refiero a la justicia de nuestros Códigos, que no es sino la garantía de los lazos sociales. Por supuesto, hay que respetarla; sin embargo, existe una noción más elevada de justicia, la que establece como principio que todo juicio de los hombres es falible y la que admite la posible inocencia de un condenado sin por ello insultar a los jueces. ¿No ha ocurrido ahora algo que por fuerza ha de indignar tu encendida pasión por el Derecho? ¿Quién se alzará para exigir que se haga justicia sino tú, que no estás mezclada en nuestras lu­chas de intereses ni de personas, que no te has aventurado ni comprometido en ninguna situa­ción sospechosa, que puedes hablar en voz alta, con toda honestidad y buena fe?
¡Juventud, juventud! Sé humana, sé gene­rosa. Aunque nos equivoquemos, permanece a nuestro lado cuando decimos que un inocente sufre una pena atroz y que se nos parte de an­gustia nuestro corazón sublevado. Basta admitir por un instante el posible error frente a un cas­tigo tan desmesurado para que se encoja el co­razón y broten lágrimas de los ojos. Cierto, los carceleros son insensibles, pero tú, ¡tú que aún lloras, tú, afectada ante cualquier miseria, cual­quier piedad! ¿Por qué no realizas este sueño ca­balleresco de defender su causa y liberar al már­tir que en algún lugar sucumbe al odio? ¿Quién sino tú intentará la sublime aventura, se lanzará a defender una causa peligrosa y soberbia, se en­frentará a un pueblo en nombre de la justicia ideal? ¿No te avergüenza que sean unos viejos, unos mayores, los que se apasionen, los que cumplan tu tarea de generosa locura?
«¿Adónde vais, jóvenes, adónde vais, estu­diantes que corréis por la calle manifestándoos, enarbolando en medio de nuestras discordias el valor y la esperanza de vuestros veinte años?»
«¡Vamos a luchar por la humanidad, la ver­dad, la justicia!»

Carta a Francia

Las siguientes páginas, publicadas en un folleto, salieron a la venta el 6 de enero de 1898.
Este folleto constituía el segundo de la serie, y ha­bía planeado que la serie fuera larga. Esta forma de publicación me satisfacía en grado sumo, pues sólo me comprometía a mí, permitiéndome una libertad plena y asumiendo yo toda la responsabilidad. Además, ya no me veía constreñido por las reducidas dimensio­nes de un artículo de periódico, y eso me facilitaba la extension. Los acontecimientos no cesaban, yo los es­peraba, resuelto a decirlo todo, a luchar hasta el fin para que reluciera la verdad y se hiciera justicia de una vez.

En los horribles dias de confusión moral que estamos viviendo, en un momento en que la conciencia pública parece ofuscarse, a ti, Fran­cia, me dirijo, a la nación, a la patria.
Cada mañana, al leer en los periódicos lo que al parecer piensas de este lamentable caso Dreyfus, aumenta mi estupor y se solivianta mi espíritu. ¿Cómo? Francia, ¿eres tú la que has lle­gado a eso, a convencerte de las mentiras más evidentes, a atacar a gente honrada al lado de la turba de malhechores, a trastornarte bajo el pre­texto idiota de que están insultando a tu ejército e intrigando para venderte al enemigo, cuando resulta que el deseo de tus hijos más sabios y más leales es que sigas siendo, a los ojos de la Europa que nos mira con atención, la nación del honor, la nación de la humanidad, de la verdad y la justicia?
Es cierto, a eso ha llegado la gran masa, so­bre todo la masa de los pequeños y los humil­des, la población de las ciudades, casi todas las provincias y el campo, la mayoría ‑digna de consideración‑ de quienes dan por buena la opinión de los periódicos o de los vecinos, que carecen de medios para documentarse o refle­xionar. ¿Qué ha ocurrido, pues? ¿Cómo tu pue­blo, Francia, ese pueblo de buen corazón y sen­tido común ha podido llegar a ese miedo atroz, a esa intolerancia tenebrosa? ¡Le cuentan que un hombre quizás inocente sufre la peor de las torturas y que hay pruebas materiales y morales de que se impone la revisión del caso, y tu pue­blo se niega violentamente a que se haga la luz, toma partido por los sectarios y los bandidos, por gente interesada en mantener el cadáver bajo tierra, ese pueblo que, ayer aún, hubiera vuelto a destruir la Bastilla para liberar a un preso!
¡Qué angustia y qué tristeza, Francia, hay en el alma de los que te quieren, de los que desean tu honor y tu grandeza! Con aflicción contem­plo esta mar turbia y encrespada de tu pueblo, me pregunto cuáles son las causas de la tem­pestad que amenaza con llevarse lo mejor de tu gloria. La situación reviste una gravedad mor­tal, veo síntomas que me inquietan. Pero me atreveré a decirlo todo, pues un solo anhelo tuve en mi vida, la verdad, y no hago ahora más que continuar mi obra.
¿Te das cuenta de que el peligro radica pre­cisamente en esas obstinadas tinieblas de la opi­nión pública? Cien periódicos repiten cada día que la opinión pública no quiere que Dreyfus sea inocente, que su culpabilidad es necesaria para la salvación de la patria. ¿Y no sientes hasta qué punto, Francia, serías culpable si las altas es­feras permitieran que se utilizara semejante so­fisma para echar tierra sobre la verdad? Serías tú, Francia, quien lo hubiera permitido, tú quien hubieras exigido el crimen, ¡y qué responsabili­dad de cara al futuro! Por eso, Francia, aquellos hijos que te quieren y te honran solo sienten un ardiente deber en esta hora tan grave, el de ac­tuar enérgicamente sobre la opinión pública, ilu­minarla, guiarla, salvarla del error al que le em­pujan ciegas pasiones. No existe tarea más útil ni más santa.
¡Ah, sí! Con toda mi fuerza hablaré a los pe­queños, a los humildes, a los que se tragan el ve­neno y caen en el delirio. Tal es mi único pro­pósito, les gritaré dónde se encuentra de verdad el alma de la patria, su energía invencible y su triunfo seguro.
Examinemos cómo están las cosas. Se ha dado un nuevo paso, han citado al comandante Esterhazy para que se presente ante un consejo de guerra. Como dije desde el primer día, la ver­dad está en marcha y nada la detendrá. A pe­sar de tanta mala voluntad, cada paso hacia la verdad se realizará, matemáticamente, a su hora. La verdad lleva consigo un poder que vence cualquier obstáculo. Cuando le cierran el paso, cuando consiguen mantenerla bajo tierra du­rante más o menos tiempo, se concentra, ad­quiere tal violencia explosiva que el día en que estalla, salta todo a la vez. Probad a tapiarla esta vez con las mismas mentiras durante meses, o a encajonarla, y presenciaréis, como no toméis precauciones para después, qué estrepitoso de­sastre.
Pero, a medida que avanza la verdad, se acu­mulan las mentiras para impedir ese avance. Nada más significativo. Cuando el general De Pellieux, encargado de la instrucción previa, entregó su informe, del que se infería la posi­ble culpabilidad del comandante Esterhazy, la prensa inmunda se inventó que, solo por volun­tad del general De Pellieux, el general Saussier, indeciso y convencido de la inocencia del co­mandante, había accedido a pasarlo a jurisdic­ción militar por pura cortesía. Hoy ya es el colmo; cuentan los periódicos que, después de que tres expertos hayan vuelto a reconocer que el escrito era sin lugar a dudas obra de Dreyfus, el comandante Ravary, en su informe judicial, había llegado a la necesidad de un no ha lugar; y que, si el comandante Esterhazy iba a pasar ante un consejo de guerra, era porque éste había presionado otra vez al general Saussier para que le juzgaran.
¿No es eso cómico y de una perfecta me­mez? ¿Os imagináis a ese acusado dirigiendo el caso, dictando sentencias? ¿Os imagináis que, para un hombre declarado inocente después de dos investigaciones, se haga el gran esfuerzo de reunir a un tribunal, con la sola intención de re­presentar una farsa decorativa, una especie de apoteosis judicial? Eso, sencillamente, significa burlarse de la justicia desde el momento en que se afirma que la absolución es segura, pues la justicia no está hecha para juzgar a inocentes, y lo mínimo que debe exigirse es que no se re­dacte el juicio entre bastidores antes del inicio de las sesiones. Puesto que el comandante Ester­hazy ha sido citado ante un consejo de guerra, esperemos, por nuestro honor nacional, que el consejo sea veraz y no una simple farsa desti­nada a distraer a los mirones. Pobre Francia mía, ¿tan tonta te creen, que te cuentan semejantes embustes?
No obstante, todas las informaciones que publica la prensa inmunda son mentiras y de­berían ser suficientes para que la gente abriera los ojos. Por mi parte, me niego rotundamente a creer que los tres expertos no reconocieran, al primer examen, la semejanza absoluta entre la letra del comandante Esterhazy y la del escrito. Cojamos a cualquier niño que pase por la calle, digámosle que suba, enseñémosle las dos prue­bas y contestará: «Estas páginas las ha escrito el mismo señor». No hacen falta expertos, cual­quiera sirve, la similitud de ciertas palabras salta a la vista. Y eso es tan cierto que el mismo comandante Esterhazy ha reconocido la asom­brosa similitud y para explicarla aduce que al­guien ha calcado varias de sus cartas, montando toda una historia complicada y laboriosa, per­fectamente pueril por lo demás, que ha tenido ocupada a la prensa durante semanas. ¡Y aún vienen a decirnos que han consultado a tres ex­pertos, los cuales afirman que la carta fue escrita sin duda alguna por Dreyfus! ¡Ah, no! ¡Ya está bien! Tanta desfachatez es ya torpe, la gente honrada acabará enfadándose, al menos eso espero.
Algunos periódicos llevan las cosas hasta el extremo de decir que se prescindirá del escrito, que ni se mencionará delante del tribunal. En­tonces, ¿qué se mencionará y para qué se for­mará el tribunal? El meollo del caso se reduce a eso: si han condenado a Dreyfus basándose en un documento que otro escribió y que basta para condenar a ese otro, se impone la revision por una lógica inexorable, pues no puede haber dos culpables condenados por el mismo cri­men. El abogado Demange lo repitió rotun­damente, el escrito fue la única prueba que le comunicaron, a Dreyfus no le condenaron le­galmente más que por el escrito; aun así, ad­mitiendo que, despreciando toda legalidad, exis­tan otras pruebas consideradas secretas, cosa que personalmente no puedo creer, ¿quién se atre­vería a rechazar la revisión cuando se demostrase que el escrito, la única prueba conocida y con­firmada, es de la mano y pluma de otro? Ésa es la causa por la que se acumulan tantas mentiras en torno al escrito, el cual, en realidad, consti­tuye todo el caso.
Por lo tanto, éste es un primer punto que conviene tener en cuenta: la opinión pública se ha formado en gran parte a partir de esas mentiras, de esas historias extraordinarias y es­túpidas que propaga la prensa cada mañana. Cuando llegue la hora de buscar responsabili­dades, habrá que ajustar cuentas con esa prensa inmunda que nos deshonra ante el mundo en­tero. Algunos periódicos cumplen con su papel de siempre, nunca dejaron de chapotear en el fango. Pero, entre ellos, ¡qué sorpresa, qué tris­teza encontrarse, por ejemplo, con el Écho de Pa­ris, ese periódico literario tantas veces a la van­guardia de las ideas y que, en el caso Dreyfus, realiza una labor tan sospechosa! Los comenta­rios, de una violencia y partidismo escandalosos, no llevan firma. Parecen inspirarse en la actitud de los mismos que han cometido la desastrosa torpeza de provocar la condena de Dreyfus. ¿No se da cuenta Valentin Simond de que cubren de oprobio a su periódico? Otro periódico cuya actitud debería sublevar la conciencia de toda la gente honrada es Le Petit Journal. Se comprende que los periódicos prostibularios, con una tirada de varios miles de ejemplares, vociferen y mien­tan para aumentar su tiraje, y, además, apenas hacen daño. Pero que Le Petit Journal, un diario que vende más de un millón de ejemplares, que va a parar a manos de gente sencilla y llega a to­das partes, siembre el error y extravíe a la opi­nión pública es muy grave. Cuando uno carga con tantas almas, cuando se es el pastor de todo un pueblo, hay que poseer una integridad inte­lectual escrupulosa, so pena de caer en el crimen cívico.
Así que, ya ves, Francia, lo que primero veo en la demencia que te arrebata: las mentiras de la prensa, la ración de chismes necios, de bajas injurias, de perversiones morales que te sirven cada mañana. ¿Cómo vas a querer la verdad y la justicia, si se trastornan hasta tal punto todos tus valores legendarios, la claridad de tu inteligencia y la solidez de tu razón?
Pero hay hechos aún más graves, todo un conjunto de síntomas que convierten la crisis por la que atraviesas, Francia, en una lección ate­rradora para quienes saben ver y juzgar. El caso Dreyfus no es más que un deplorable incidente. Lo que asusta reconocer es el modo en que te comportas. Se tiene buen aspecto y de golpe sa­len manchitas en la piel: la muerte está en ti. Todo el veneno politico y social te ha asomado a la cara.
¿Por qué, pues, has permitido que gritaran, has acabado tú misma por gritar, y que insulta­ran a tu ejército, cuando, al contrario, unos pa­triotas fervientes solo querían la dignidad y el honor de éste? Pero tu ejército, hoy, eres tú por entero; no lo conforman tal jefe o tal cuerpo de oficiales, o tal jerarquía con galones, son todos tus hijos, dispuestos a defender el suelo francés. Examina tu conciencia: ¿era realmente tu ejér­cito el que querías defender cuando nadie lo ata­caba? ¿No era más bien al sable al que de pronto sentiste necesidad de aclamar? Por mi parte, en la estrepitosa ovación a los superiores supuesta­mente insultados, distingo un brote, sin duda in­consciente, del boulangisme
latente [L3] que todavía te aqueja. En el fondo, aún no tienes sangre re­publicana, los penachos que desfilan te hacen palpitar el corazón, no hay rey que venga del que no te enamores. ¿El ejército? ¡Bueno, sí, pero ni te acuerdas! A quien quieres ver en tu cama es al general. ¡Qué lejos queda el caso Dreyfus! Mientras el general Billot se hacía acla­mar en la Cámara, yo vela cómo se dibujaba en la pared la sombra del sable. Francia, si no des­confias, vas hacia la dictadura.
¿Y sabes también adónde vas, Francia? Vas hacia la Iglesia, regresas al pasado, a ese pasado de intolerancia y teocracia tan combatido por tus hijos más ilustres, que creyeron acabar con él donando a cambio su inteligencia y su sangre. La táctica actual del antisemitismo es muy sim­ple. En vano el catolicismo procuraba actuar so­bre el pueblo, en vano creaba círculos obreros y multiplicaba las peregrinaciones, y fracasaba en su intento por conquistarlo, por conducirlo de nuevo al pie del altar. Era algo definitivo, las iglesias se quedaban vacías, el pueblo había de­jado de creer. Y, de súbito, ciertas circunstancias permitieron que se insuflara en el pueblo la ra­bia antisemita, y lo envenenan con ese fana­tismo, lo lanzan a la calle al grito de «¡Abajo los judíos! ¡Mueran los judíos!». ¡Qué triunfo si se pudiera desencadenar una guerra religiosa! Por supuesto, el pueblo sigue sin creer; pero volver a la intolerancia de la Edad Media, quemar a los judíos en la plaza pública, ¿no significa ya un atisbo de creencia? Hallaron por fin el veneno adecuado; y cuando hayan convertido al pueblo de Francia en un fanático y un verdugo, cuando le hayan extirpado del corazón su generosidad, su amor por los derechos del hombre, conquis­tados con tanto esfuerzo, Dios se ocupará de lo demás.
Hay gente que se atreve a negar la reacción clerical. ¡Pero si está en todas partes, si irrumpe en la política, en las artes, en la prensa, en la ca­lle! Hoy persiguen a los judíos, mañana les to­cará a los protestantes; y así empieza la cam­paña. Reaccionarios de toda índole invaden la República, la adoran con un amor violento y te­rrible, la besan hasta asfxiarla. Por todas partes se comenta que la idea de libertad está en quie­bra. Cuando surgió el caso Dreyfus, ese odio creciente a la libertad encontró una magníñca oportunidad, y se inflamaron las pasiones hasta entre gente inconsciente. ¿No veis que, si arre­metieron contra Scheurer‑Kestner con tanto fu­ror, es porque pertenece a una generación que creyó en la libertad, que deseó la libertad? Hoy, unos se encogen de hombros, otros se burlan: vejestorios, anticuados de buena fe. Su derrota consumaría la ruina de quienes fundaron la Re­pública, de los que murieron, de aquellos a los que han tratado de arrojar al fango. Ellos acabaron con el sable, abandonaron a la Iglesia y por eso a ese hombre excelente y honrado que es Monsieur Scheurer‑Kestner se le considera hoy un malhechor. Hay que ahogarlo en la ver­güenza para que la misma República quede mancillada y destruida.
El caso Dreyfus saca además a la luz del día el ambiguo pasteleo del parlamentarismo, el pas­teleo que lo mancha y ha de matarlo. Este caso se da en un mal momento, al final de una legis­latura, cuando ya solo quedan tres o cuatro me­ses para hacer componendas de cara a la pró­xima. El gabinete que detenta hoy el poder pretende, claro está, que se celebren elecciones, y los diputados pretenden con la misma energía ser reelegidos. Por lo tanto, antes que soltar las carteras, antes que comprometer las posibilida­des de elección, todos se han decidido por actos extremos. No se agarra con mayor avidez el náu­frago a su tabla de salvación. Y todo se reduce a eso, todo se explica: por una parte, la actitud del gabinete en el caso Dreyfus, su silencio, sus apu­ros, la mala acción que comete al permitir que el país agonice bajo la impostura cuando él mismo tenía a su cargo sacar a relucir la verdad; por otra parte, el desinterés medroso de los di­putados, que fingen no saber nada, que solo te­men comprometer su reelección si se enemistan con el pueblo, al que creen antisemita. Se dice con frecuencia: «¡Ah, si las elecciones ya se hubiesen celebrado, verías cómo el Gobierno y el Parlamento hubieran arreglado el caso Drey­fus en veinticuatro horas!». Eso es lo que el ruin pasteleo del parlamentarismo consigue de un gran pueblo.
¡Francia, con esto formas a tu opinion pú­blica, con el deseo del sable y de la reacción cle­rical que te hace retroceder siglos, con la ambi­ción voraz de quienes te gobiernan, se nutren de ti y se niegan a dejar de comer!

A ti apelo, Francia. Sigue siendo la gran Francia, vuelve en ti, enderézate.
Dos episodios nefastos son sólo obra del antisemitismo: Panama y el caso Dreyfus. Hay que recordar de qué manera la prensa inmunda, mediante delaciones, abominables comadreos, publicación de pruebas falsas o robadas, convir­tió a Panama en una úlcera horrible que royó y debilitó al país durante años. Había enloquecido la opinión pública; pervertida la nación entera, ebria de veneno, furiosa, exigía cuentas y pedía la ejecución en masa del Parlamento porque es­taba corrompido. ¡Ah, si Arton volviese, si ha­blase! Volvió, habló y todas las mentiras de la prensa inmunda se desmoronaron hasta el punto de que la opinion pública cambió repentina­mente, no quiso sospechar de ningún culpable y exigió la absolución en bloque. Supongo que, en realidad, no todas las conciencias estarían muy tranquilas, pues había sucedido lo que sucede en todos los Parlamentos del mundo cuando gran­des empresas mueven millones. Pero la opinion pública estaba ya saturada de actos innobles, de­masiada gente había quedado manchada, había recibido demasiadas denuncias y sentía la im­periosa necesidad de limpiarse con aire puro y creer en la inocencia de todos.
Pues bien, auguro que sucederá lo mismo con el caso Dreyfus, el segundo crimen social del antisemitismo. Una vez más, la prensa inmunda satura a la opinion pública con excesivas men­tiras a infamias. Se empeña demasiado en que las personas honradas sean bribones y que los bri­bones sean personas honradas. Lanza demasia­das patrañas que ya no se creen ni los niños. Se ve desmentida con demasiada frecuencia, ofende al sentido común y la integridad más elemental. Cualquier mañana, tras todo el lodo con que la han atiborrado, sentirá una repentina aversion y, fatalmente, acabará rebelándose. Y veréis cómo la prensa, al igual que en el caso de Panama, se volcará por completo en el caso Dreyfus, pedirá que se acabe la lista de traidores, exigirá la ver­dad y la justicia en una explosión de soberana generosidad. De este modo, el antisemitismo sera juzgado y condenado por sus obras, dos fa­tales episodios en los que el país perdió su dig­nidad y su salud.
Por eso, Francia, te lo suplico, vuelve en ti, enderézate sin más tardar. No pueden decirte la verdad, porque ahora se halla en manos de la justicia y ésta parece dispuesta a establecerla de una vez. Solo los jueces tienen la palabra, y el deber de hablar se impone sólo en el caso de que no se establezca toda la verdad. Sin embargo, esta verdad, que es tan simple, que fue primero un error y que después provocó tantos deslices cuando quisieron ocultarla, ¿no alcanzas a sos­pecharla? Los hechos hablaron con tanta cla­ridad que cada fase de la investigación resultó una confesión: el comandante Esterhazy fue ro­deado de protecciones inexplicables, trataron al coronel Picquart como a un culpable y lo col­maron de insultos, los ministros jugaron con las palabras, los periódicos oficiosos mintieron con vehemencia, la instrucción del caso se realizó casi a ciegas, con exasperante lentitud. ¿No te parece que algo huele mal, que algo huele a po­drido, y que, en realidad, si se dejan defender tan abiertamente por toda la chusma de Paris mientras la gente honesta exige la Verdad a costa de su tranquilidad, es porque tienen demasiadas co­sas que ocultar?
Despierta, Francia, piensa en tu gloria. ¿Cómo es posible que tu burguesía liberal y tu pueblo emancipado no vean a qué aberración la arrojan en esta crisis? No puedo creer que sean cómplices, y, si lo son, los están embaucando, pues no se dan cuenta de lo que se oculta detrás de todo eso: por una parte, la dictadura militar; por otra, la reacción clerical. ¿Eso quieres, Fran­cia, poner en peligro todo lo que tanto ha cos­tado lograr, la tolerancia religiosa, la justicia igual para todos, la solidaridad fraternal de todos los ciudadanos? Basta que existan dudas sobre la culpabilidad de Dreyfus y que le abandones en su tortura para que tu gloriosa conquista del De­recho y de la libertad se vea comprometida para siempre. ¡Sí, apenas quedaremos unos cuantos para decir estas cosas, tus hijos honrados no se alzarán para ponerse a nuestro lado, ni tampoco las mentes libres, los corazones generosos que fundaron la República y que deberían temblar al verla en peligro.
A ésos, Francia, apelo. ¡Que se unan, que es­criban, que hablen! ¡Que trabajen con nosotros para iluminar a la opinión pública, a los peque­ños y humildes, envenenados y llevados al delirio! El alma de la patria, su energia, su triunfo se hallan en la equidad y la generosidad.
Sólo me inquieta la posibilidad de que no se haga la luz por entero ni enseguida. Tras un su­mario secreto, un juicio a puerta cerrada no puede poner el punto final. Al contrario, daría pie a que comenzara el caso, pues habría que ha­blar, porque callarse significaría ser cómplice. ¡Qué locura creer que se puede impedir que se escriba la historia! Esta historia se escribirá y quien tenga alguna responsabilidad, por leve que sea, deberá pagar.
¡Y así se hará para tu gloria final, Francia, pues en el fondo no tengo miedo; sé que, por más que atenten contra tu razón y tu salud, tú serás siempre nuestro porvenir y siempre tendrás despertares triunfales de verdad y de justicia!

Yo acuso
Carta a Monsieur Félix Faure, presidente de la República

Este texto se publicó en L'Aurore el 13 de enero de 1898.
La gente ignora que estas páginas se imprimieron primero como folleto, al igual que las dos cartas an­teriores. Cuando estaba a punto de poner el folleto a la venta, se me ocurrió que el escrito obtendría mayor resonancia y publicidad si lo publicaba en un perió­dico. L'Aurore había tomado ya partido, con una independencia y un valor admirables, y, natural­mente, me dirigí a él. Desde entonces, ese periódico se convirtió en mi refugio, en la tribuna de libertad y de verdad desde donde pude decir todo. Siento aún por su director, Monsieur Ernest Vaughan, un profundo agradecimiento. Después de que de ese número de L'Aurore se vendieran trescientos mil ejemplares, y tras las diligencias judiciales que siguieron, el folleto no salió del almacén. Así, al día siguiente del acto que había decidido y ejecutado, creí oportuno guardar silencio en espera de mi juicio y de las consecuencias que ya me imaginaba.


Señor presidente,
¿me permitirá usted, en agradecimiento por la benévola acogida que me dispensó un día, que me preocupe por su merecida gloria y que le diga que su estrella, tan afortunada hasta ahora, se ve amenazada por la más vergonzosa a imborrable de las manchas?
Ha salido usted indemne de las calumnias más rastreras, ha conquistado los corazones de la gente. Aparece usted radiante en la apoteosis de esa fiesta patriótica que ha sido para Francia la alianza rusa, y se dispone a presidir el solemne triunfo de nuestra Exposición Universal, que co­ronará nuestro gran siglo de trabajo, de verdad y de libertad. No obstante, ¡qué mancha de lodo sobre su nombre ‑iba a decir sobre su reinado­- ha arrojado el abominable caso Dreyfus! Un consejo de guerra acaba de atreverse, por de­creto, a absolver a un individuo como Ester­hazy, supremo insulto a toda verdad, a toda jus­ticia. Se acabó, Francia ostenta ahora esa mancha en la mejilla y la historia escribirá que semejante crimen social fue posible bajo su presidencia.
Pero si ellos se atrevieron, yo también me atreveré. Diré la verdad, porque prometí decirla si no lo hacía plenamente y por entero la justicia. Mi deber es hablar, no quiero ser cómplice. Mis noches se verían asediadas por el espectro del inocente que, padeciendo el más horrible suplicio, expira un crimen que no ha cometido.
Y a usted, señor presidente, le gritaré esa verdad, con toda la fuerza que me da mi rechazo de hombre decente. En su honor, quiero suponer que usted ignora esa verdad. ¿Y a quién pues, iba yo a denunciar esa pandilla malsana de verdaderos culpables sino a usted, el primer magistrado del país?
Ante todo, la verdad sobre el proceso y sobre la condena de Dreyfus.
Todo lo ha dirigido, todo lo ha realizado un hombre nefasto, el teniente coronel Du Paty de Clam, por entonces simple comandante. Él es prácticamente el caso Dreyfus; pero eso no se sa­brá hasta que una investigación leal establez­ca claramente sus actos y sus responsabilidades. Posee la mente más turbia, más enrevesada y obsesionada por intrigas novelescas que conozco, y se vale de recursos de folletín, de papeles roba­dos, cartas anónimas, citas en lugares desiertos, mujeres que, de noche, entregan pruebas con­tundentes. Él ideó dictar el escrito a Dreyfus; él propuso examinar a Dreyfus en un cuarto enteramente revestido de espejos; a él lo describe el comandante Forzinetti penetrando, provisto de una linterna velada, en la celda donde duerme el acusado para proyectarle bruscamente sobre la cara un chorro de luz y sorprender el crimen en sus labios con la emoción del despertar. No tengo por qué contarlo todo; que busquen, ya encontrarán. Declaro sencillamente que el co­mandante Du Paty de Clam, encargado de ins­truir el sumario del caso Dreyfus en calidad de oficial judicial, es, en lo relativo a fechas y res­ponsabilidades, el primer culpable del espantoso error judicial que se cometió.
Hacía tiempo que el escrito estaba en manos del coronel Sandherr, director del Bureau de Renseignements, quien falleció tras padecer una parálisis general. Se producían «pérdidas», desa­parecían papeles y aún hoy siguen desapare­ciendo; mientras buscaban al autor del escrito, se fue creando la idea preconcebida de que el autor sólo podía ser un oñcial del Estado Mayor, y además oficial de artillería: doble y manifiesto error, que demuestra con qué superficialidad es­tudiaron el escrito, pues un examen sensato de­muestra que no podia tratarse más que de un oficial de tropa.
Así pues, empezaron a buscar en casa, a exa­minar tipos de letra, como si de un asunto de familia se tratara, con la intención de sorpren­der a un traidor en las propias oficinas para ex­pulsarle. Entonces ‑no pretendo reconstruir ahora una historia en parte conocida‑, desde que la primera sospecha recae sobre Dreyfus, el comandante Du Paty de Clam entra en escena. A partir de ese momento, él fue quien se in­ventó a Dreyfus, el caso se convirtió en su caso, se empeñó en confundir al traidor, en arran­carle una confesión completa. Por supuesto, es­tán también el ministro de la Guerra, el general Mercier, cuya inteligencia parece mediocre; el jefe del Estado Mayor, el general De Boisdeffre, que da la impresión de haber sucumbido a su pasión clerical, y el subjefe de Estado Mayor, el general Gonse, cuya conciencia se acomodó a muchas cosas. Pero, en realidad, el que cuenta es el comandante Du Paty de Clam, que los maneja a todos, que los hipnotiza a todos, pues también siente afición por el espiritismo y las ciencias ocultas y conversa con los espíritus. Cuesta imaginar a qué experiencias sometió al infeliz Dreyfus, en qué trampas quiso hacer­le caer, qué descabelladas investigaciones, qué monstruosas imaginaciones; en suma, lo some­tió a una tortura demencial.
¡Ah, ese primer caso es como una pesadilla para quien conoce sus verdaderos detalles! El comandante Du Paty de Clam detiene a Dreyfus, lo incomunica. Corre a ver a Madame Drey­fus, la aterroriza, le dice que, si habla, su marido está perdido. Entretanto, el infeliz se mesa los cabellos, clama su inocencia. Y asi se procedió al sumario, como en una crónica del siglo XV, ro­deado de misterio, en medio de la confusión de informes crueles, y basándose en una única acu­sación infantil, ese estúpido escrito que no sólo equivalía a una traición vulgar, sino que, ade­más, era la más impúdica de las estafas, pues casi todos los célebres secretos que en él se revelaban carecían de valor. Mi insistencia se debe a que ése es el meollo de la cuestión, de donde saldrá más tarde el verdadero crimen, la espantosa falta de justicia que aqueja a Francia. Me gustaría de­jar bien sentado de qué modo se llegó al error judicial, cómo nació de las maquinaciones del comandante Du Paty de Clam, de qué manera el general Mercier y los generales De Boisdeffre y Gonse pudieron dejar que poco a poco los en­redaran y comprometieran sus responsabilidades en ese error, error que más adelante se sintieron obligados a imponer como la sacrosanta verdad, que no admite discusión. Asi pues, al principio, no hay más que incuria y falta de inteligencia por parte de esos hombres. A lo sumo, se les ve ceder a las pasiones religiosas del ambiente y a los prejuicios del corporativismo. Ellos permitie­ron que se cometiera el disparate.
Ya tenemos a Dreyfus ante el consejo de guerra. Se exigió que fuera a puerta cerrada. No se tomarían medidas de silencio y de misterio más rigurosas para un traidor que hubiese abierto la frontera al enemigo para dejar al em­perador alemán el paso libre hasta Notre Dame. La nación se halla estupefacta, la gente susurra hechos terribles, traiciones monstruosas, de esas que indignan a la Historia; y, por supuesto, la nación se inclina. Ningún castigo será lo bas­tante severo, la nación aplaudirá la degradación pública, exigirá que el culpable, devorado por los remordimientos, permanezca en su infamante is­lote. ¿Serán verdad esas cosas inconfesables y pe­ligrosas, capaces de hacer arder a Europa, que hubo que ocultar cuidadosamente tras ese juicio a puerta cerrada? ¡No! Detrás no hubo nada salvo la imaginación novelesca y demencial del comandante Du Paty de Clam. Todo ese enredo no tuvo otro fin que el de ocultar la novela fo­lletinesca más absurda. Para comprobarlo, basta con estudiar atentamente el acta de acusación, leída ante el consejo de guerra.
En el acta de acusación no había nada. Que hayan podido condenar a un hombre basándose en esa acta es un prodigio de iniquidad. Dudo que la gente honrada pueda leerla sin que su co­razón salte de indignación ni proteste a gritos al pensar en aquella desmesurada expiación, a11á, en la isla del Diablo. Dreyfus sabe varios idio­mas, crimen; no encontraron en su casa ningún documento comprometedor, crimen; visita en ocasiones su país de origen, crimen; es trabaja­dor, se preocupa por enterarse de todo, crimen; no pierde la calma, crimen; pierde la calma, crimen. ¡Y esa redacción llena de ingenuida­des, esos vacuos asertos formales! Nos habían hablado de catorce cargos acusatorios: no encon­tramos más que uno, el del escrito; nos entera­mos incluso de que los expertos no estaban de acuerdo, de que uno, Monsieur Gobert, fue amonestado de manera terminante porque no se decidía a sacar conclusiones en el sentido de­seado. Se comentaba también que habían acu­dido veintitrés oficiales para hundir a Dreyfus con sus testimonios. Desconocemos los interro­gatorios, pero parece seguro que no todos decla­raron en contra; conviene mencionar además que todos pertenecían al Ministerio de la Gue­rra. Es un proceso en familia, están como en casa. No hay que olvidarlo: el Estado Mayor quiso el juicio, juzgó a Dreyfus y acaba de juz­garlo por segunda vez.
Por lo tanto, sólo quedaba el escrito, y los expertos no se pusieron de acuerdo. Cuentan que, en la sala de deliberación, los jueces, natu­ralmente, se disponían a absolver. ¡Qué fácil es comprender ahora la desesperada obstinación con la que hoy, para justificar la condena, se afirma la existencia de una prueba secreta, abru­madora, una prueba que no se puede enseñar, que lo legitima todo, ante la que hemos de in­clinarnos, Dios invisible a incognoscible! ¡Niego esa prueba, la niego con todas mis fuerzas! Una prueba ridícula, sí, tal vez la prueba donde se ha­bla de mujerzuelas y que alude a un tal D. que se ha vuelto demasiado exigente: sin duda algún marido que opina que no pagan lo suficiente a su mujer. ¡Pero no una prueba que afecte a la de­fensa nacional, que no se podría revelar sin que al día siguiente se declarara la guerra! ¡No y no! ¡Mentira! Y lo más odioso, lo más cínico, es que mienten impunemente sin que nadie pueda de­mostrárselo. Alborotan a Francia, se amparan en la legítima emoción de ésta, acallan las bocas tras turbar los corazones y pervertir las mentes. No conozco mayor delito cívico.
Éstos son, señor presidente, los hechos que explican cómo pudo cometerse un error judicial; y las pruebas morales, la situación económica de Dreyfus, la ausencia de motivos, su continuo grito de inocencia, acaban por mostrárnoslo como una víctima de la extraordinaria imagi­nación del comandante Du Paty de Clam, del ambiente clerical que lo rodeaba, de esa caza a los «cochinos judíos» que deshonra nuestros tiempos.

Llegamos ya al caso Esterhazy. Han trans­currido tres años, muchas conciencias siguen profundamente turbadas, se inquietan, buscan y acaban por convencerse de la inocencia de Dreyfus.
No voy a narrar la trayectoria de dudas y posterior convicción de Monsieur Scheurer­Kestner. Sin embargo, mientras él investigaba por su lado, graves hechos ocurrían en el propio Estado Mayor. Había muerto el coronel San­dherr, y el teniente coronel Picquart le había su­cedido como jefe del Bureau de Renseigne­ments. Un día, hallándose éste en funciones, cayó en sus manos una carta‑telegrama enviada al comandante Esterhazy por un agente de una potencia extranjera. Su estricto deber era abrir una investigación. Lo cierto es que nunca obró al margen de la voluntad de sus superiores. Con­fió, pues, sus sospechas a éstos, al general Gonse, al general De Boisdeffre y, por fin, al general Bi­llot, quien había sucedido al general Mercier como ministro de la Guerra. El famoso expe­diente Picquart, del que tanto se ha hablado, nunca ha sido más que el expediente Billot, o sea, un expediente realizado por un subordinado para su ministro, expediente que aún debe de hallarse en el Ministerio de la Guerra. Las pes­quisas se prolongaron de mayo a septiembre de 1896, y lo que hay que afirmar en voz alta es que el general Gonse estaba convencido de la cul­pabilidad de Esterhazy y que ni el general De Boisdeffre ni el general Billot ponían en duda que el escrito fuera de puño y letra de Esterhazy. La investigación del teniente coronel Picquart había llevado a esa evidente constatación. Pero se produjo una enorme conmoción, ya que la condena de Esterhazy acarrearía inevitablemente la revisión del caso Dreyfus; y el Estado Mayor no quería eso a ningún precio.
Debió de darse entonces un minuto psico­lógico lleno de angustia. Observe que el general Billot no estaba en absoluto comprometido, aca­baba de llegar, podía establecer la verdad. No se atrevió, sin duda por miedo a la opinión pública y por temor a implicar a todo el Estado Mayor, al general De Boisdeffre, al general Gonse, sin contar a los subordinados. Después, no hubo más que un minuto de lucha entre su conciencia y lo que creyó que era el interés militar. Pasó el minuto y fue ya demasiado tarde. Se había com­prometido, se había embarcado. Desde entonces su responsabilidad no ha hecho más que aumen­tar, cargo con el delito de los demás, se ha vuelto tan culpable como los otros, más culpable aún, pues fue dueño de hacer justicia y no hizo nada. ¿No lo entiende usted? ¡Hace ya un año que el general Billot, que los generales De Boisdeffre y Gonse saben que Dreyfus es inocente y han guardado para sí esa cosa atroz! ¡Y esa gente duerme y quiere a su mujer y a sus hijos!
El teniente coronel Picquart había cumplido con su deber como hombre honrado que era. Insistió ante sus superiores en nombre de la jus­ticia. Hasta les suplicó, les dijo cuán poco polí­ticos eran sus aplazamientos, previó la terrible tormenta que se avecinaba y que estallaría cuando se supiera la verdad. El mismo lenguaje utilizó después Monsieur Scheurer‑Kestner de­lante del general Billot cuando le exhortó a que, por patriotismo, se encargara personalmente del caso, a que no lo dejara agravarse hasta el punto de degenerar en un desastre público. ¡No! El cri­men se había cometido, el Estado Mayor no po­día ya confesar su delito. Trasladaron al teniente coronel Picquart, fueron alejándolo cada vez más, hasta Túnez, donde un día incluso quisie­ron honrar su valentía encomendándole una misión en el lugar en que halló la muerte el marqués de Mores, misión que seguramente hu­biera acabado con él. ¿Cómo creer que hubiera caído en desgracia si el general Gonse mantenía con él una correspondencia amistosa? Cierta­mente, hay secretos que más vale no haber des­cubierto.
En Paris, la verdad avanzaba, irresistible, y ya sabemos de qué modo estalló la esperada tor­menta. Monsieur Mathieu Dreyfus denunció al comandante Esterhazy, acusándolo de ser el au­tor verdadero del escrito, en el momento en que Monsieur Scheurer‑Kestner se disponía a entre­gar al ministro de justicia una petición de revi­sion del proceso. Entra entonces en escena el comandante Esterhazy. Algunos testigos lo pre­sentan al principio trastornado y dispuesto a sui­cidarse o a huir. Después, súbitamente, se vuelve audaz y asombra a París por su violenta actitud. Era evidente que le habían llegado apoyos; ha­bía recibido una carta anónima que le advertia de las intrigas de sus enemigos a incluso una no­che una misteriosa dama se molestó en devol­verle una prueba, robada al Estado Mayor, que lograría salvarle. No puedo evitar ver tras todo esto al teniente coronel Du Paty de Clam, pues conozco las artimañas de su fértil imaginación. Su obra, la culpabilidad de Dreyfus, se hallaba en peligro y seguramente quiso defenderla. ¿Re­visión del caso? ¡Seria el hundimiento del trá­gico y extravagante folletin cuyo abominable de­senlace se desarrolla en la isla del Diablo! ¡Y él no podía consentir eso! A partir de ese instante tendrá lugar un duelo entre el teniente coronel Picquart y el teniente coronel Du Paty de Clam, uno a rostro descubierto, el otro enmascarado. Volveremos a encontrárnoslos poco después ante la justicia civil. En el fondo, el Estado Ma­yor sigue defendiéndose, se niega a confesar su delito, cuya abominación crece por momentos.
La gente se preguntaba estupefacta quiénes protegían al comandante Esterhazy. El primer protector, en la sombra, era el teniente coronel Du Paty de Clam, quien lo maquinó y lo orga­nizó todo. Su actuación se delata por lo absurdo de sus recursos. Después está el general De Bois­deffre, el general Gonse y el mismo general Bi­llot, que se ven obligados a absolver al coman­dante, ya que no pueden dejar que se reconozca la inocencia de Dreyfus sin que todo el Minis­terio de la Guerra se hunda en el desprecio pú­blico. Y lo más gordo de esa prodigiosa situa­ción es que la única persona honesta en todo eso, el teniente coronel Picquart, el único que cumplió con su deber, acabará convirtiéndose en una victima y sobre él caerán la befa y el castigo.
¡Oh, justicia, qué horrible desaliento nos invade el alma! Se atreverán a decir que él es el falsario, el que ha creado la carta‑telegrama para culpar a Esterhazy. Pero ¡santo cielo! ¿Por qué? ¿Con qué objeto? Déme usted un motivo. ¿O es que el teniente coronel Picquart también está pagado por los judíos? Lo bueno del caso es que preci­samente era antisemita. ¡Sí! Asistimos a un in­fame espectáculo, hombres cubiertos de deudas y crímenes que ven proclamada su inocencia mientras se destruye el honor mismo, se des­truye a un hombre sin mácula. Cuando una so­ciedad llega a esos extremos, entra en descom­posición.
Éste es, señor presidente, el caso Esterhazy: un culpable que convenía declarar inocente. Desde hace casi dos meses, podemos seguir hora a hora esa hermosa labor. Abrevio, porque aquí sólo se trata de resumir la historia cuyas páginas, unas páginas que queman las manos, se escribi­rán algún día en toda su extension. Vimos, pues, cómo el general De Pellieux, y después el co­mandante Ravary, dirigían una investigación perversa de la que los sinvergüenzas salían trans­figurados, y los honrados, mancillados. Luego se convocó el consejo de guerra.

¿Quién podía esperar que un consejo de gue­rra deshiciera lo que otro consejo de guerra ha­bía hecho?
Ya no me refiero siquiera a la elección de los jueces. La idea superior de disciplina que llevan en la sangre esos soldados, ¿no basta para in­validar su capacidad de equidad? Quien dice disciplina dice obediencia. Después de que el ministro de la Guerra, el gran jefe, estableciera públicamente, entre aclamaciones de los repre­sentantes de la nación, la autoridad de lo ya juz­gado, ¿cómo queréis que un consejo de guerra lo desmienta rotundamente? Desde un punto de vista jerárquico, resulta imposible. El general Bi­llot sugestionó a los jueces con su declaración, y éstos juzgaron como si tuvieran que tirarse al fuego, sin razonar. La opinion preconcebida que alegaron desde sus sitiales fue, evidentemente, la siguiente: «Dreyfus fue condenado por delito de traición por un consejo de guerra, por lo tanto es culpable; y nosotros, un consejo de guerra, no podemos declararlo inocente; sabemos, pues, que reconocer la culpabilidad de Esterhazy sería proclamar la inocencia de Dreyfus». Nadie po­día quitarles esa idea de la cabeza.
Pronunciaron una sentencia inicua, que pe­sará para siempre sobre nuestros consejos de guerra y que desde ahora volverá sospechosa cualquier decision que se tome. Si el primer con­sejo de guerra pudo pecar por falta de inteligen­cia, el segundo es, por fuerza, criminal. Su ex­cusa, lo repito, reside en que el jefe supremo había declarado que lo juzgado era inatacable, sacrosanto y superior a los hombres, de modo que unos subordinados no pudieran decir lo contrario. Nos hablan del honor del ejército, quieren que lo amemos, que lo respetemos. ¡Ah, el ejército que se alzaría a la primera amenaza, que defendería el suelo francés, ese ejército es todo el pueblo y por ese ejército, sí, no sentimos más que afecto y respeto! Pero no es ése el ejér­cito cuya dignidad deseamos en nuestro afán de justicia. Se trata del sable, el amo que quizá nos den mañana. Y besar con unción la empuñadura del sable‑Dios, ¡eso no!
Por otra parte, lo he demostrado: el caso Dreyfus era el caso de los servicios del Ministe­rio de la Guerra; un oficial del Estado Mayor, denunciado por sus compañeros de Estado Ma­yor, condenado bajo la presión de los jefes del Estado Mayor. Una vez más, no pueden decla­rarlo inocente sin culpar a todo el Estado Ma­yor. Por eso, los servicios del Ministerio, me­diante todos los recursos imaginables, campañas de prensa, comunicados, influencias, apoyaron a Esterhazy para perder por segunda vez a Dreyfus. ¡Qué limpieza debiera hacer el Gobierno re­publicano en esa jesuitera, como la llama el mismo general Billot! ¿Dónde está el gabinete auténticamente fuerte y de prudente patriotismo que se atreva a refundirlo y a renovarlo todo? ¡Conozco a tanta gente que, ante la posibilidad de una guerra, tiembla acongojada al saber en qué manos se halla la defensa nacional! ¡Y en qué nido de ruines intrigas, de comadreos y di­lapidaciones se ha convertido ese asilo sagrado donde se decide la suerte de la patria! ¡Da pá­nico enfrentarse a la terrible luz que acaba de provocar el caso Dreyfus, ese sacriñcio humano de un infeliz, de un «cochino judio»! ¡Ah!, cuánta agitación de necios y dementes, cuántas imaginaciones desbordadas, prácticas de policía barata, de inquisición y tiranía, el capricho de unos cuantos con galones que aplastan con sus botas a la nación, haciéndole tragar su grito de verdad y de justicia bajo el falaz y sacrílego pre­texto de la razón de Estado.
También es un crimen haberse apoyado en la prensa inmunda, haberse dejado defender por toda la chusma de Paris, que triunfa, insolente, al venirse abajo el derecho y la simple honesti­dad. Es un crimen haber acusado de perturbar a Francia a quienes la desean generosa, a la cabeza de las naciones libres y justas, cuando precisamente en su interior se urde el impúdico com­plot para imponer el error ante el mundo entero. Es un crimen desorientar a la opinion pública, utilizar para una campaña mortal a esa opinion pública que han pervertido hasta lograr que de­lirara. Es un crimen envenenar a los pequeños y a los humildes, enardecer las pasiones reaccio­narias a intolerantes que se ocultan tras ese odio­so antisemitismo que provocará la muerte de la gran Francia liberal de los derechos del hombre, si antes no la curan. Es un crimen explotar el pa­triotismo para fomentar el odio y, en fin, es un crimen hacer del sable el Dios moderno cuando toda la ciencia humana trabaja para la obra ve­nidera de verdad y justicia.
Esa verdad, esa justicia que con tanta pasión deseamos, ¡qué desaliento ver cómo las abofe­tean hasta desfigurarlas y alienarlas! Sospecho qué desmoronamiento estará produciéndose en el alma de Monsieur Scheurer‑Kestner, y estoy seguro de que acabará por arrepentirse de no ha­ber adoptado una actitud revolucionaria el día de la interpelación ante el Senado y de no haber soltado cuanto llevaba dentro para acabar de una vez con todo. Ha sido un hombre grande y hon­rado, leal, ha creído que la verdad se bastaba a sí misma, sobre todo porque le parecía clara como el día. ¿De qué servia trastornarlo todo si pronto luciría el sol? Ahora sufre el castigo cruel de esa confiada serenidad. Lo mismo ocurre con el teniente coronel Picquart, quien, movido por un sentimiento de elevada dignidad, no quiso publicar las cartas del general Gonse. Esos escrú­pulos le honran tanto más cuanto que, mientras él seguía respetando la disciplina, sus superiores le cubrían de lodo a instruían el proceso perso­nalmente, de la manera más inesperada y más ultrajante. Dos víctimas, dos seres honestos, dos corazones simples, se encomendaron a Dios mientras actuaba el diablo. En el caso del te­niente coronel Picquart, llegamos a presenciar además un espectáculo innoble: un tribunal francés, tras dejar que el ponente declarara pú­blicamente en contra de un testigo y le acusara de todos los cargos posibles, mandó despejar la sala cuando el testigo fue introducido para que se explicase y se defendiese. Afirmo que éste es un crimen más y que ese crimen sublevará la conciencia universal. Decididamente, los tribu­nales militares poseen una idea muy singular de la justicia.
Ésta es pues la verdad pura y simple, señor presidente. Es espantosa, y quedará siempre como una mancha de su presidencia. Sospe­cho que carece usted de poder alguno en este caso, que es usted esclavo de la Constitución y de aquellos que le rodean. No por eso deja usted de tener, en tanto que hombre, un deber que no podrá olvidar y que tendrá que cumplir. Eso no significa que yo, por mi parte, desconfie del triunfo. Lo repito con una certeza aún más ve­hemente: la verdad está en marcha y nada la de­tendrá. El caso no ha comenzado hasta hoy, pues sólo hoy las posiciones están claras: de un lado, los culpables que no quieren que se haga la luz; del otro, los justicieros que darán su vida por que se haga. Lo dije en otro lugar y lo repito aquí: cuando se oculta la verdad bajo tierra, ésta se concentra, adquiere tal fuerza explosiva que, el día en que estalla, salta todo con ella. Ya ve­remos si no acaba de fraguarse más adelante el más estrepitoso desastre.

Pero la carta se alarga, señor presidente, y ya va siendo hora de concluir.
Yo acuso al teniente coronel Du Paty du Clam de haber sido el diabólico artífice del error judicial, quiero creer que por inconsciencia, y de haber defendido posteriormente su nefasta obra, a lo largo de tres años, mediante las más desca­belladas y delictivas maquinaciones.
Acuso al general Mercier de haberse he­cho cómplice, cuando menos por debilidad de carácter, de una de las mayores iniquidades del siglo.
Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas evidentes de la inocencia de Dreyfus y de haber echado tierra sobre el asunto, de ser culpable de ese delito de lesa hu­manidad y de lesa justicia con fines politicos y para salvar al Estado Mayor, que se vela com­prometido en el caso.
Acuso al general De Boisdeffre y al general Gonse de ser cómplices del mismo delito, el uno sin duda por apasionamiento clerical, el otro quizá por ese corporativismo que convierte al Ministerio de la Guerra en un lugar sacrosanto, inatacable.
Acuso al general De Pellieux y al coman­dante Ravary de haber realizado una investiga­ción perversa, esto es, una investigación mons­truosamente parcial que nos depara, con el informe del segundo, un imperecedero monu­mento de cándida audacia.
Acuso a los tres expertos en escrituras, los ca­balleros Belhomme, Varinard y Couard, de ha­ber redactado informes mendaces y fraudulen­tos, a menos que una revision médica declare que estos señores padecen una enfermedad de la vista o mental.
Acuso a los servicios del Ministerio de la Guerra de haber promovido en la prensa, parti­cularmente en L'Éclair y en L'Écho de Paris, una abominable campaña a fin de desorientar a la opinion pública y encubrir sus propios errores.
Acuso, por ultimo, al primer consejo de gue­rra de haber violado el derecho al condenar a un acusado basándose en una prueba que permane­ció secreta, y acuso al segundo consejo de guerra de haber ocultado esa ilegalidad, por decreto, cometiendo a su vez el delito jurídico de absol­ver conscientemente a un culpable.
Al lanzar estas acusaciones, no ignoro que me expongo a que se me apliquen los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de julio de 1881, que castiga los delitos de difamación. Pero me arriesgo voluntariamente.
En cuanto a las personas a las que acuso, no las conozco, nunca las he visto, no siento hacia ellas ni rencor ni odio. Para mí sólo son entes, espíritus de perversion social. Y el acto que ahora ejecuto no es más que un medio revolu­cionario para acelerar la explosion de la verdad y de la justicia.
Solo ahnelo una cosa, y es que se haga la luz en nombre de la humanidad que tanto ha su­frido y que tiene derecho a la felicidad. Mi ar­diente protesta no es sino un grito que me surge del alma. ¡Que se atrevan, pues, a llevarme ante los tribunales y que la investigación tenga lugar a plena luz del día!
Entretanto, espero.
Acepte, señor presidente, mi más profundo respeto.


Declaración ante el jurado

Fue publicada en L'Aurore el 22 de febrero de 1898. Había leído estas páginas el día antes, el 21 de febrero, ante el jurado que debía condenarme. El 13 de enero, el mismo día en que apareció mi Carta al presidente de la República, la Cámara decidió iniciar diligencias judiciales contra mí por 312 votos contra 122. El 18, el general Billot, ministro de la Guerra, puso la denuncia en manos del ministro de Justicia. El 20, recibí la citación, que, de toda mi carta, sólo mencionaba quince líneas. El 7 de febrero se iniciaron las vistas y ocuparon quince sesiones, hasta el 23, día en que fui condenado a un año de cárcel y a pagar una multa de tres mil francos. Por su parte, los tres expertos, los caballeros Belhomme, Va­rinard y Couard, me denunciaron por difamación.

Señores del jurado,
en la Cámara, en la sesión del 22 de enero, Monsieur Méline, presidente del Consejo de Ministros, declaró, entre los aplausos frenéticos de una complaciente mayoría, que no desconfiaba de los doce ciudadanos en cuyas manos ponía la defensa del ejército. A ustedes se refería, señores. Y del mismo modo que el general Billot dictó desde el estrado su sentencia al consejo de gue­rra encargado de absolver al comandante Ester­hazy, dando a unos subordinados la consigna militar de respetar sin discusión lo ya juzgado, también Monsieur Méline ha decidido ordenar­les que me condenen en nombre del respeto al ejército, acusándome de haberlo ultrajado. De­nuncio, ante la conciencia de la gente decente, esta presión que los poderes públicos ejercen so­bre la justicia del país. Son abominables costum­bres políticas que deshonran a una nación libre.
Ya veremos, señores, si ustedes se disponen a obedecer esa orden. Pero no es cierto que yo esté aquí, ante ustedes, por voluntad de Mon­sieur Méline. Éste ha cedido a la necesidad de perseguirme llevado básicamente por una gran preocupación, el terror a que se dé un nuevo paso hacia la verdad. Todo el mundo lo sabe. Si estoy ante ustedes es porque he querido. Yo, y sólo yo, decidí que había que llevar este oscuro y monstruoso caso ante su jurisdicción, y sólo yo, por iniciativa propia, les elegí a ustedes, la mayor y más directa emanación de la justicia francesa, para que Francia se entere de todo y se pronuncie. Mi acto no tiene otro objetivo y mi persona no es nada, la sacrifico, pues me siento satisfecho de haber puesto en manos de ustedes no solo el honor del ejército, sino el honor, ahora amenazado, de toda la nación.
Me absolverían, pues, si en sus conciencias se hubiera hecho ya del todo la luz. Si no hay tal luz, no sería culpa mía. Estaría yo soñando cuando pensé que podría mostrarles todas las pruebas y les consideré los únicos dignos de ellas, los únicos competentes. Empezaron por quitarles a ustedes por un lado lo que parecía llegarles por el otro. Simulaban aceptar su competencia, pero mientras confiaban en ustedes para vengar a los miembros de un consejo de guerra, otros oficia­les permanecían intocables, más allá de vuestra misma justicia. Entiéndalo quien pueda. Es el absurdo al que lleva la hipocresía, y de ello se desprende, con toda evidencia, que han tenido miedo de su sentido común, que no se han atre­vido a correr el riesgo de dejarnos a nosotros de­cirlo todo y dejarles a ustedes juzgarlo todo. Ellos dicen que quisieron acotar el escándalo; ¿qué piensan ustedes de ese escándalo, de ese acto mío que consistía en hacerles entrega del caso, en querer que fuese el pueblo, encarnado en sus personas, quien juzgara? Afirman también que no podían aceptar una revisión camu­flada del caso, y de ese modo no hacen sino confesar que, en el fondo, lo único que temen es el control soberano que ustedes ejercen. Us­tedes son los máximos representantes de la ley; y esa ley del pueblo elegido fue la que deseé, la que respeto profundamente como buen ciuda­dano, y no los sospechosos procedimientos con los que creían burlarse de ustedes.
Sírvame esto de disculpa, señores, por ha­berles sacado de sus ocupaciones y no haber sido capaz de aportarles la luz que me proponía ha­cer resplandecer. La luz, toda la luz, ése fue mi único y apasionado anhelo. Estas sesiones aca­ban de demostrarlo: hemos tenido que luchar paso a paso contra un deseo obstinado de ocul­tación. Ha sido preciso un combate para arran­car cada retazo de verdad; lo hemos discutido todo, nos lo han negado todo, han aterrorizado a nuestros testigos con ánimo de impedir que aportaran pruebas. Y hemos luchado sólo por ustedes, para que ustedes dispusieran por entero de esa prueba, para poder pronunciarse sin re­mordimiento alguno, en conciencia. Por lo tanto, estoy seguro de que ustedes tendrán en cuenta nuestros esfuerzos y de que, además, se ha conseguido aclarar un poco más este caso. Ya han oído a los testigos, ahora oirán a mi defensor, que les contará la verdadera historia, esa his­toria que solivianta a todo el mundo y que nadie conoce. Me siento tranquilo, la verdad está ahora en ustedes, y actuará.
Así pues, Monsieur Méline creyó imponerles a ustedes el veredicto al confiarles el honor del ejército. En nombre de ese mismo honor del ejército apelo yo ahora a la justicia de este ju­rado. Desmiento rotundamente lo que dijo Monsieur Méline, nunca ultrajé el ejército. En cambio, he declarado mi cariño y mi respeto por la nación en armas, por nuestros queridos sol­dados de Francia, que se alzarían a la primera amenaza y que defenderían el suelo francés. Asi­mismo, es falso que haya atacado a sus superio­res, a los generales que les llevarían a la victoria. ¿Acaso decir que algunos miembros concretos del Ministerio de la Guerra han comprometido con sus actuaciones al mismo ejército es insultar el ejército entero? ¿No será más bien digno de un buen ciudadano salvaguardar al ejército de todo compromiso y lanzar el grito de alarma para que los errores ‑los únicos por los que nos vemos enfrentados‑ no vuelvan a producirse ni nos lleven a nuevas derrotas? De todos modos, no voy a defenderme; prefiero que la historia se ocupe de juzgar mi acto, un acto que era nece­sario. Sin embargo, afirmo que están deshonrando al ejército al permitir que la policía pro­teja al comandante Esterhazy después de las abominables cartas que ha escrito. Afirmo que a ese valiente ejército lo están insultando cada día unos ladrones que, so pretexto de defenderlo, lo ensucian con su ruin complicidad, arrastrando por el barro todo lo bueno y grande que aún po­see Francia. Afirmo que son ellos los que des­honran a ese gran ejército nacional cuando mez­clan los gritos de «¡Viva el ejército!» con los de «¡Mueran los judíos!». Y han gritado también: «¡Viva Esterhazy!». ¡Por Dios!, el pueblo de san Luis, de Bayard, de Condé y de Hoche, el pue­blo de las grandes guerras de la República y del Imperio, el pueblo que ha deslumbrado al uni­verso con su fuerza, su gracia y su generosidad, ese pueblo ha gritado: «¡Viva Esterhazy!». Es un oprobio que sólo puede lavarse con nuestro es­fuerzo en pro de la verdad y la justicia.
Ya conocen la leyenda que se ha creado. Dreyfus fue condenado justa y legalmente por siete oficiales infalibles, de quienes no podemos dudar sin insultar el ejército entero. Dreyfus ex­pía su abominable fechoría mediante una ven­gadora tortura. Y, como es judío, se creó una cofradía judía, una cofradía internacional de hombres sin patria que disponían de centenares de millones, con objeto de salvar al traidor aun a costa de las más impudentes maniobras. A par­tir de entonces, esa cofradía empezó a acumular crímenes: compró conciencias, sumió a Francia en una criminal agitación, decidido a venderla al enemigo, a hundir a Europa en el desastre de una guerra, antes que renunciar a sus espantosos designios. Sí, muy sencillo, o mejor dicho, muy infantil y necio, como ustedes pueden ver. No obstante, con ese pan emponzoñado alimenta la prensa desde hace meses a nuestro pueblo. Y nada tiene de extraño que se produzca una crisis desastrosa, pues cuando hasta tal punto se siem­bra estulticia y embuste, forzosamente se cose­cha demencia.
Por supuesto, señores, no quiero insultarles pensando que hasta ahora han dado ustedes cré­dito a ese cuento chino. Les conozco, sé quiénes son. Encarnan ustedes el corazón y el discer­nimiento de Paris, de mi gran Paris, la ciudad donde nací, a la que amo con infinito cariño, a la que estudio y canto desde hace casi cuarenta años. Y también sé lo que cruza en este mo­mento sus mentes; porque, antes de venir a sen­tarme aquí, como acusado, me he sentado ahí, en el banco que ustedes ocupan. Representan a la opinión de la mayoría, aspiran a ser la cordura y la justicia de la masa. Dentro de poco me ha­llaré con el pensamiento entre ustedes, en la sala de deliberaciones, y estoy convencido de que tratarán de salvaguardar sus intereses como ciu­dadanos, que son, naturalmente, según ustedes, los intereses de la nación entera. Podrán equi­vocarse, pero errarán si piensan que, al asegurar el bien de ustedes mismos, aseguran el bien de todos.
Puedo verles en su hogar, por la noche, bajo la luz de la lámpara; puedo oír cómo charlan con sus amigos, les acompaño por sus talleres y por sus tiendas. Todos ustedes son trabajadores, comerciantes unos, industriales otros, y algunos ejercen profesiones liberales. A ustedes les in­quieta, inquietud muy legítima, el estado deplo­rable en que se hallan las finanzas. En todas partes, la crisis actual amenaza con convertirse en un desastre, disminuyen los ingresos, y las transacciones comerciales se vuelven cada vez más dificiles. De modo que la preocupación que les trajo aquí y que leo en sus rostros es la de que están hartos y que hay que acabar de una vez. No están aún entre los muchos que dicen: «¿Qué nos importa que haya un inocente en la isla del Diablo? Por el interés de uno solo, ¿val­drá la pena turbar de esa manera a un gran país?». Con todo, piensan ustedes que nuestra agitación, la de los que tienen sed de verdad y justicia, se está pagando a un precio demasiado alto si se compara con todo el mal que, según nuestros acusadores, hacemos. Y si me conde­nan, señores, no habrá en su veredicto más que el deseo de calmar a los suyos, la necesidad de que florezcan sus negocios, la creencia de que, al condenarme, detendrán una campaña reivindicativa perjudicial para los intereses de Francia.
Pues bien, señores, se equivocarían de todas todas. Háganme el honor de creer que no estoy aquí para defender mi libertad. Si me condenan, no lograrán más que engrandecerme. Quien su­fre por la verdad y la justicia, pasa a ser augusto y sagrado. Mírenme, señores, ¿tengo cara de vendido, de embustero y de traidor? ¿Por qué, pues, actuaría como lo hago? No me mueve la ambición política ni la pasión de un sectario. Soy un escritor libre que ha dedicado su vida al trabajo, que mañana se reintegrará a su condi­ción y que proseguirá la tarea interrumpida. ¡Y qué necios son los que me llaman «el Italiano», a mí, nacido de madre francesa, educado por abuelos de La Beauce, campesinos de esa recia tierra, a mí, que perdí a mi padre a los siete años, que no fui a Italia hasta la edad de cincuenta y cuatro años y sólo con objeto de documentarme para un libro. Ello no impide que me sienta muy orgulloso de que mi padre fuera oriundo de Venecia, esa resplandeciente ciudad cuya antigua gloria permanece aún en todos los recuerdos. Y aun así, si no fuera francés, ¿acaso los cuarenta volúmenes en lengua francesa, de los que corren millones de ejemplares por el mundo entero, no bastan para hacer de mí un francés, útil a la glo­ria de Francia?
Por lo tanto, no me defiendo. Pero ¡qué error cometerían si creyeran que, al condenarme, res­tablecerían el orden en nuestro infortunado país! ¿No comprenden ahora que el país muere de la oscuridad en que se empeñan en sumirlo, del equívoco en que agoniza? Los errores de los go­bernantes se amontonan sobre otros errores, las mentiras traen nuevas mentiras, de modo que el cúmulo llega a ser espantoso. Se ha cometido un error judicial y desde entonces, para disimularlo, no ha habido más remedio que cometer cada día un nuevo atentado contra la sensatez y la equi­dad. La condena de un inocente conllevó la ab­solución de un culpable; y hoy les piden que me condenen a mí porque grité mi angustia al ver que la patria se encaminaba hacia un destino atroz. ¡Pues condénenme!, pero sera un error más, otro más, un error con cuyo peso cargarán ustedes en la historia futura. Mi condena, en lugar de traer la paz que desean, que deseamos todos, no sera más que una nueva semilla de pasión y desorden. El vaso está colme, se lo ase­guro, no hagan que se desborde.
¿Cómo no son ustedes plenamente cons­cientes de la terrible crisis por la que atraviesa el país? Algunos dicen que somos los autores del escándalo, que los amantes de la verdad y de la justicia son quienes perturban la nación, quienes provocan los alborotos. Decir eso equivale a burlarse de la gente. ¿Acaso no está informado el general Billot, por no citar a otros, desde hace ya dieciocho meses? ¿Acaso no le instó el coro­nel Picquart a que se ocupara personalmente de la revision si no quería que estallara la tormenta y se trastornara todo? ¿No le suplicó Monsieur Scheurer‑Kestner, con lágrimas en los ojos, que pensara en Francia, que evitara tamaña catás­trofe? ¡No! Nuestro deseo fue dar facilidades, quitarle hierro al asunto, y, si el país está angus­tiado, el responsable es el poder, que, en su afán por ocultar a los culpables y movido por inte­reses politicos, se negó a todo creyendo que ten­dría bastante fuerza para impedir que se hiciera la luz. Desde aquel día, se ha limitado a manio­brar en la sombra, a favor de las tinieblas, y él, solo él, es responsable del violento malestar en que se sumen las conciencias.
¡Ah, señores, qué pequeño se nos antoja el caso Dreyfus en estos momentos, qué perdido y qué lejano con respecto a los aterradores proble­mas que ha suscitado! Ya no hay caso Dreyfus, ahora solo se trata de saber si Francia sigue siendo la Francia de los derechos del hombre, la que dio la libertad al mundo, la que debía darle la justicia. ¿Somos aún el pueblo más noble, más fraternal, más generoso? ¿Conservamos en Eu­ropa nuestro renombre de equidad y humani­dad? Además, ¿no son precisamente nuestras conquistas las que ahora están en tela de juicio? Abran los ojos y comprendan de una vez que, para que Francia se halle en tal confusion, ha de sentirse sublevada en lo más hondo de su alma y alarmada a la vista de un temible peligro. Un pueblo no se desquicia de ese modo sin que su vida moral se vea amenazada. El momento re­viste excepcional gravedad, y está sobre el tapete la salvación del país.
Y cuando hayan entendido esto, señores, comprenderán que solo existe una solución po­sible: decir la verdad, impartir justicia. Todo aquello que retrase la llegada de la luz, todo lo que añada tinieblas a las tinieblas, no hará sino prolongar la crisis. La misión de los buenos ciu­dadanos, de los que sienten el imperativo de aca­bar de una vez, consiste en exigir la plena luz. Empezamos a ser muchos los que así lo creemos. Los hombres de letras y de ciencia, los filósofos, se alzan por todas partes en nombre de la inteligencia y de la razón. Y ya no hablo del extrarjero, del temblor que ha sacudido a toda Europa. ­Sin embargo, el extranjero no tiene por qué ser el enemigo. No hablemos de aquellos que mañana puedan ser nuestros adversarios. Pero Rusia nuestra gran aliada, la pequeña y generosa Holanda, todos los simpáticos pueblos del Norte esas tierras de lengua francesa, Suiza y Bélgica ¿por qué tendrán hoy el corazón oprimido, desbordante de fraternal sufrimiento? ¿Sueñan ustedes con una Francia aislada del mundo? ¿Quieren que, al cruzar la frontera, ya nadie les sonra í­por su legendaria fama de equidad y humanidad?
¡Qué desgracia, señores! Tal vez ustedes, como tantos otros, estén esperando la chispa provocadora, la prueba de la inocencia de Drey­fus, que caería del cielo como un trueno. La ver­dad no suele revelarse así, exige investigación e inteligencia. Y sabemos muy bien dónde está la prueba de esa verdad. Pero sólo la recordamos en la intimidad, y nuestra angustia por la patria nos hace temer que quizás algún día, tras haber comprometido el honor del ejército con una mentira, recibamos la violenta respuesta a esa prueba. También quiero declarar abiertamente que, si bien mencionamos anteriormente como testigos a algunos miembros de las embajadas, nuestra primera y firme intención no fue la de citarlos para que declararan. Hubo quien se son­rió ante nuestra audacia. Pero no creo que en el Ministerio de Asuntos Exteriores se hayan son­reido, porque a11í debieron de entender. Nos hemos limitado a querer decir a los que saben la verdad que nosotros también la sabemos. Esa verdad corre por las embajadas, y mañana todos la conocerán. Ahora nos es imposible ir a bus­carla donde está, protegida como se halla por formalidades insuperables. El Gobierno, que nada ignora, el Gobierno que, igual que noso­tros, cree firmemente en la inocencia de Drey­fus, podrá, cuando lo desee y sin ningún riesgo, requerir a los testigos que por fin aporten la luz.
Dreyfus es inocente, lo juro. Respondo con mi vida, respondo con mi honor. En esta hora solemne, ante este tribunal que representa a la justicia humana, ante ustedes, señores del ju­rado, que son la esencia misma de la nación, ante toda Francia, ante el mundo entero, juro que Dreyfus es inocente. Por mis cuarenta años de trabajo, por la autoridad que esa labor pueda haberme dado, juro que Dreyfus es inocente. Y por todo lo que conquisté, por la fama que me labré, por mis obras, que ayudaron a la di­fusion de las letras francesas, juro que Dreyfus es inocente. ¡Que todo se desmorone, que desaparezcan mis obras, si Dreyfus no es inocente! Dreyfus es inocente.
Todo parece confabularse contra mí: las dos Cámaras, el poder civil, el poder militar, los pe­riódicos de gran tirada, la opinión pública, a la que han envenenado. Sólo me queda la idea, un ideal de verdad y de justicia. Y me siento muy tranquilo; venceré.
No quería que mi país siguiera viviendo en la mentira y en la injusticia. Podrán ustedes con­denarme aquí mismo. Algún día, Francia me dará las gracias por haberla ayudado a salvar su honor.


Carta a Monsieur Brisson, presidente del Consejo de Ministros

Esta carta vio la luz en L'Aurore, el 16 de julio de 1898.
Habían ocurrido muchas cosas que resumiré rá­pidamente. El 2 de abril, el Tribunal Supremo, ante quien yo había recurrido, anuló la sentencia decla­rando que el caso competía a un consejo de guerra y no al ministro de la Guerra. Ese consejo de guerra, reunido el día 8, decidió que procedería contra mí y propuso además que se eliminara mi nombre de las planas de la Legion de Honor. La nueva citación, que se realizó el 11 de abril, sólo recogía tres líneas de mi «Carta a Monsieur Félix Faure, presidente de la República». El 23 de mayo, por to tanto, volvió el proceso a la Audiencia de Versalles. Pero como mi abogado, Labori, recusó la competencia del tribunal y éste se declaró competente, recurrimos al Supremo, circunstancia que paralizó las sesiones. Por fin, el 16 de junio, al rechazar nuestro recurso el Tribunal Su­premo, tuvimos que volver a la Audiencia de Ver­salles, el 18 de julio. Por otra parte, el 15 de junio cayó el gabinete Méline y, el 28, le sucedía el gabinete Brisson.
El 9 de julio, los tres expertos, los caballeros Bel­homme, Varinard y Couard, consiguieron que se me condenara a dos meses de cárcel con sobreseimiento, y a pagar una multa de dos mil francos y una indem­nización de cinco mil francos a cada experto.

Monsieur Brisson,
encarnaba usted la virtud republicana, era el preclaro simbolo de la honestidad civica. Y, de súbito, tropieza usted en el monstruoso caso. Al instante quedó despojado de su soberanía mo­ral; ya no es sino un hombre capaz de cometer errores y comprometido. [...]
Le creía más listo, Monsieur Brisson; pensé que comprendería usted, como yo lo com­prendo, que ningún gabinete podría vivir mien­tras no se cerrara legalmente el caso Dreyfus. Hay algo enfermo en Francia, y no volveremos a la vida normal hasta que se haya curado la en­fermedad. Añado que el gabinete que se encar­gue de la revisión sera el gran gabinete, el Sal­vador, el que se impondrá y vivirá.
Por lo tanto, usted se suicidó el primer dia, al creer que podía cimentar sólidamente su po­der y por mucho tiempo. Y lo peor es que dentro de poco, cuando caiga usted, su honor po­lítico se habrá perdido, pues sólo usted me interesa, y no sus subordinados, el ministro de la Guerra y el ministro de justicia, pues éstos de­penden de usted.
¡Lamentable espectáculo, una virtud que se extingue, el fracaso de un hombre en quien la República había puesto su ilusión, convencida de que éste jamás traicionaría la causa de la jus­ticia! En cambio, desde que dirije usted la na­ción, ha dejado que le asesinen a la justicia ante sus mismas narices. Ha matado usted el ideal. Es un crimen. Y todo se paga; sera usted castigado.
¡Vamos, Monsieur Brisson! ¡Acaba usted de permitir que se realice una investigación que no es sino una farsa ridícula! [...]
¡Y ya ve qué míseros resultados! ¿Cómo? ¿No encontró nada más? Si no aporta más que eso, con las rabiosas ganas que tiene usted de vencernos, significa que, en efecto, sólo hay eso, que ya no sabe dónde buscar. Pero nosotros co­nocíamos ya sus tres pruebas; conocíamos sobre todo la que fue presentada ante el tribunal con tanta vehemencia, y es un falsiñcación tan im­púdica, tan grosera, que sólo puede convencer a unos incautos. Cuando pienso que acudió un general a leer seriamente esta monumental mis­tificación ante un jurado, que un ministro de la Guerra la leyó otra vez ante unos diputados, y que unos diputados la mandaron publicar en to­dos los municipios de Francia, me quedo viendo visiones. Creo que es lo más estúpido que se ins­cribirá nunca en las páginas de la Historia. Real­mente me pregunto qué estado de aberración mental puede provocar el apasionamiento en al­gunas personas, no más estúpidas que otras, para que concedan el menor crédito a una prueba que tiene todo el aspecto de ser el desafío de un fal­sario que pretende burlarse de la gente. [...]
Puedo asegurarle que está dejando en ridículo a nuestro Gobierno. Me han contado que, el pa­sado jueves, la tribuna diplomática estaba vacía. No me extraña. Ningún diplomático hubiera podido reprimir una carcajada durante la lectura de las tres célebres pruebas. Y no crea que Ale­mania, nuestra enemiga, es la única que se lo está pasando en grande. Rusia, nuestra gran aliada, muy al corriente del caso, bien informada y fir­memente convencida de la inocencia de Drey­fus, podría ayudarnos diciéndole qué piensa Eu­ropa de nosotros. Quizás a ella, a la amiga soberana, le haga usted caso. ¡Coméntelo, pues, con su ministro de Asuntos Exteriores!

[...] ¡Las confesiones de Dreyfus, santo cielo! ¿De modo que ignora usted toda esta trágica his­toria? ¿No conoce el relato auténtico de su de­tención, de su degradación? ¿Y no ha leído tam­poco sus cartas? Son admirables. No conozco páginas más nobles, más elocuentes. Respiran sublimidad en el dolor, y quedarán para la pos­teridad como un monumento imperecedero, cuando nuestras obras, las obras de los escrito­res, hayan tal vez caído en el olvido; porque son el sollozo mismo, late en ellas todo el sufri­miento humano. El hombre que ha escrito esas cartas no puede ser culpable. Léalas, Monsieur Brisson, léalas una noche con los suyos, junto al hogar. Se le llenarán los ojos de lágrimas. [...]
Además, se ha aliado usted con la prensa in­munda. Al igual que ella, siguiendo sus pasos, envenena a la nación con mentiras. Recubre las paredes de las calles de falsedades y cuentos es­túpidos, como si quisiera agravar aún más la de­sastrosa crisis moral que atravesamos. ¡Ah, pobre pequeño pueblo de Francia, qué espléndidas cla­ses de educación cívica lo están impartiendo, a ti, que tanta falta te haría hoy, para tu salvación futura, una buena lección de verdad!
En suma, Monsieur Brisson, ya que estamos aquí, conversando tranquilamente, creo mi de­ber advertirle que espero, con viva curiosidad, ver cómo entiende usted la libertad individual y el respeto a la justicia, el lunes que viene, en el juicio de Versalles. [...]
Allá, es usted dueño y señor, ninguno de sus ministros podrá intervenir, ya que, además de presidente del Consejo, es usted ministro del In­terior, y responde de la tranquilidad de la calle. Así pues, sabremos en qué condiciones estima que debe acudir un acusado ante la justicia, y si es admisible que se le insulte y se le amenace, y si tan bárbaro espectáculo no supone un in­menso deshonor para Francia. Estoy convencido de que mis amigos y yo no nos hemos visto nunca expuestos a un serio peligro. Pero ¡tanto da! Como es menester preverlo todo, declaro de antemano, Monsieur Brisson, que si nos asesi­nan el lunes, sera usted el asesino.
Para terminar, deje que me asombre otra vez al ver lo mezquinos que son todos ustedes.
Comprendo que no haya entre ustedes nadie orgulloso, apasionado y enamorado de un ideal, que entregue su fortuna y su vida por el único placer de ser justo y que esté dispuesto a comprometerse a fin de que reluzca la verdad. Sin embargo, hombres ambiciosos sí los hay; es más, yo diría que sólo hay hombres ambiciosos. En­tonces, ¿cómo es posible que de esta horda no surja al menos un ambicioso inteligente y des­pierto, audaz y fuerte, uno de esos ambiciosos de grandes miras, con una visión clara de las co­sas, de manos largas, capaz de ver dónde se juega la verdadera partida y de jugarla valientemente?
Veamos, ¿cuántos entre ustedes ambicionan la presidencia de la República? Todos, ¿no es así? Se miran de reojo unos a otros, creen superar al vecino en los negocios, unos por prudencia, otros por popularidad, algunos por austeridad. Me hacen reír, porque ninguno de ustedes parece sospechar que, dentro de tres años, el político que llegue al Elíseo será el que haya restaurado en nosotros el culto a la verdad y la justicia, em­pezando por la revisión del caso Dreyfus.
Créame, los poetas tienen algo de videntes. Dentro de tres años, Francia ya no sera Francia; Francia habrá muerto, a no ser que se halle en la presidencia el jefe político, el ministro justo y sensato que haya pacificado la nación. [...]

Justicia

El artículo que sigue se publicó en L'Aurore el 5 de junio de 1899.
Diez meses y medio transcurrieron entre éste y el artículo anterior. El 18 de julio de 1898, al fracasar el recurso que Labori, mi abogado, presentó con la in­tención de aplazar de nuevo el caso, comparecimos ante la Audiencia de Versalles; el tribunal me con­denó otra vez a un año de cárcel y a una multa de tres mil francos. Esa misma noche salí para Londres para que no pudieran notificarme la sentencia y ésta no pudiera ejecutarse.
Resumiré ahora los hechos más importantes ocu­rridos durante el largo lapso que transcurrió entre el precedente y este artículo. El 31 de agosto de 1898, el coronel Henry, tras haber confesado su falsificación, se suicida en Mont‑Valérien. El 26 de septiembre, se presenta ante el Tribunal Supremo la petición de re­vision. El 29 de octubre, el Supremo admite a trámite el recurso y dice que se procederá a una instrucción suplementaria. El 31, el gabinete Dupuy sustituye al gabinete Brisson. El 16 de febrero de 1899, fallece el presidente Félix Faure y el 18 de febrero le sustituye el presidente Émile Loubet. Las Cámaras votan la ley de revocación el 1 de marzo. Por fin, después de que el Tribunal Supremo anulase la sentencia de 1894, volví a Francia, el 5 de junio, la misma ma­ñana en que se publicaba este artículo. Por otra parte, el 10 de agosto de 1898, el Tribunal Supremo, con­firmando la sentencia pronunciada por la Audien­cia, me condenó en rebeldía a un mes de cárcel, a una multa de mil francos y a pagar diez mil francos por daños y perjuicios a cada experto. A instancias de los querellantes (los expertos Belhomme, Varinard y Couard), durante mi ausencia, mi casa fue embar­gada el 23 y el 29 de septiembre, y la subasta se ce­lebró el 20 de octubre; se adjudicó una mesa por treinta y dos mil francos, cantidad a la que ascendía la multa impuesta. El 26 de julio, el comité de la Or­den de la Legion de Honor creyó su deber suspen­derme de mi grado de oficial.

Pronto hará once meses que me fui de Fran­cia. Durante once meses, sin interrupción, me impuse el exilio más absoluto, el retiro más anó­nimo, el más completo silencio. Me encontraba como un muerto voluntario que yace en una se­creta tumba en espera de que reluzcan la verdad y la justicia. Y hoy que la verdad ha vencido, que por fin reina la justicia, renazco, regreso y recu­pero mi lugar en suelo fiancés. [...]

Sin embargo, lo que hoy no digo, lo que al­gún día contaré, es el quebranto, la amargura de aquel sacrificio. La gente olvida que no soy un amante de las polémicas ni un político que saca provecho de las disputas. Soy un escritor libre que en su vida solo tuvo un afán, el de la verdad, y que luchó por ella en todos los campos de ba­talla. Hace ya casi cuarenta años que sirvo a mi país con la pluma, con todo mi valor, con toda la energía de mi trabajo y buena fe. Y os aseguro que duele horriblemente irse solo en una noche oscura, ver cómo a lo lejos se van borrando las luces de Francia cuando se ha luchado por su ho­nor, por que mantenga su gran labor justiciera entre los pueblos. ¡Yo! ¡Yo, que la he exaltado en más de cuarenta obras! ¡Yo, que convertí mi vida en un prolongado afán por llevar su nombre a los cuatro extremos del mundo! ¡Yo, irme asi, huir asi, con aquella jauría de miserables y de locos pi­sándome los talones, persiguiéndome con ame­nazas a insultos! Son ésas horas atroces que calan en el alma y la vuelven para siempre invulnerable a las heridas. Después, durante los largos meses de exilio que siguieron, ¿puede alguien imagi­narse la tortura de sentirse muerto entre los vivos en la espera cotidiana del despertar de la justicia, diariamente aplazada? Ni al peor de los crimi­nales le deseo el sufrimiento que, desde hace once meses, me ha causado la lectura de los co­municados que llegaban de Francia a aquella tierra extranjera, donde resonaban como un eco espantoso de locura y desastre. Es menester haber paseado con ese tormento durante largas horas solitarias, es menester haber vivido de lejos, y siempre solo, la crisis en que se hundía la patria, para saber qué es el exilio en las trágicas condi­ciones que acabo de vivir. Y los que piensan que me fui para huir de la cárcel y para divertirme en el extranjero, a buen seguro con el oro judío, son unos desgraciados que me inspiran cierto asco y mucha piedad.
Yo debía regresar en octubre. Habíamos de­cidido esperar a la reapertura de las Cámaras, en prevision de algún acontecimiento imprevisto, lo cual era para nosotros, tal como estaban las cosas, un acontecimiento seguro. Y he aquí que ese imprevisto no esperó a octubre, sino que es­talló a finales de agosto, con la confesión y sui­cidio del coronel Henry.
Al día siguiente mismo, quise regresar. En mi opinion, se imponía la revisión del caso, la ino­cencia de Dreyfus iba a ser inmediatamente re­conocida. Por lo demás, y dado que siempre me había limitado a pedir la revision, mi papel de­bía terminar forzosamente no bien se reuniera el Tribunal Supremo, y estaba dispuesto a eclip­sarme. En cuanto a mi proceso, no era ya a mis ojos sino una pura formalidad, ya que la prueba presentada por los generales De Pellieux, Gonse y De Boisdeffre, a tenor de la cual me había con­denado el jurado, era un documento falso cuyo autor acababa de refugiarse en la muerte. Así pues, me disponía a regresar cuando mis amigos de Paris, mis consejeros, todos los que se habían mantenido en la brecha, me escribieron cartas llenas de inquietud. La situación seguía siendo grave. Lejos de resolverse, la revision parecía aún incierta. Monsieur Brisson, el jefe del gabinete, se topaba con obstáculos que resurgían sin cesar; traicionado por todos, no disponía siquiera de un simple comisario de policía. De tal modo que mi regreso, en medio de encendidas polémicas, aparecía como un pretexto para nuevas violen­cias, un peligro para la causa, un trastorno más para el Ministerio en su ya ardua labor. Deseoso de no complicar la situación, tuve que incli­narme y consentí en esperar un poco más.
Cuando se reunió por fin la Sala de lo Cri­minal, decidí volver. [...] Pero me llegaron nue­vas cartas suplicándome que esperara, que no precipitara las cosas. [...] Y me incline una vez más; y me quedé a11í, sometido al tormento de mi soledad y de mi silencio.
Cuando la Sala de lo Criminal, admitiendo la petición de revisión, decidió abrir una amplia investigación, quise regresar. En esa ocasión, lo confieso, me sentía completamente descorazo­nado, comprendía que la investigación se pro­longaría durante largos meses, y presentía la an­gustia continua en que me haría vivir. [...] Todas las acusaciones que había formulado en mi «Carta al presidente de la República» se veían confirmadas. Mi misión se había cumplido, no tenía más que regresar a mi puesto. Y sentí un dolor enorme, una gran indignación, primero, al hallar en mis amigos la misma resistencia a mi regreso. Seguían en plena batalla, me escri­bían que yo no podía juzgar la situación como ellos, que sería un peligroso error pretender que se reiniciara mi proceso paralelamente a la in­vestigación del tribunal. [...]
Por eso, pasados ya once meses, todavía no he regresado. Manteniéndome al margen, sólo he actuado, igual que el día en que me embarqué en la lucha, como un soldado de la verdad y la justicia. Tan sólo he sido un buen ciudadano que lleva su abnegación hasta el exilio, hasta la total desaparición, que consiente en dejar de existir a fin de lograr la pacificación del país y de no exacerbar inútilmente las sesiones del mons­truoso caso. Debo confesar asimismo que, ante la certeza de la victoria, reservaba mi proceso como el recurso supremo, la lamparita sagrada con que se haría de nuevo la luz si las fuerzas malignas llegaran a apagar el sol.
[...] Con todo, aunque para mí haya con­cluido esta lucha, aunque de la victoria no me interese sacar beneficio, cargo político, coloca­ción ni honor alguno, aunque mi única am­bición es la de proseguir mi lucha en pro de la verdad con la pluma, mientras mi mano pueda sostenerla, querría hacer constar, antes de lan­zarme a otras luchas, la prudencia y la modera­ción de que hice gala en la batalla. ¿Quién no recuerda los abominables clamores con que se acogió mi «Carta al presidente de la República»? Me tacharon de ofensor del ejército, de vendido, de apátrida. Algunos amigos míos del mundo de las letras, consternados, aterrados, se apartaban de mí, me abandonaban, horrorizados ante mi crimen. Se escribieron articulos que atormentaran la conciencia de los que los firmaron. En suma, jamás un escritor brutal, demente o en­fermo de orgullo había dirigido a un jefe de Es­tado carta más grosera, mentirosa y criminal. Pero ¡que lean ahora mi pobre carta! Me aver­güenzo un poco, lo confieso, de su discreción, de su oportunismo, casi diría de su cobardía. Ya que me estoy confesando, no me cuesta reco­nocer que suavicé mucho las cosas, que pasé muchas otras por alto, cosas que son hoy ya conocidas y están demostradas, cosas que me negaba a creer porque se me antojaban mons­truosas y disparatadas. Si, sospechaba ya por en­tonces del coronel Henry, pero carecía de prue­bas, hasta el punto que juzgué prudente no ponerlo en entredicho. Adivinaba bastantes his­torias, habían llegado a mis oídos algunas reve­laciones tan terribles que, dadas sus espantosas consecuencias, no me senti autorizado a revelar­las. ¡Y resulta que ya se han revelado, que se han convertido en la verdad banal al orden del día! Mi pobre «Carta» ha perdido fuerza; comparada con la soberbia y feroz realidad, parece infantil, una simple novelita rosa, la obra de un literato timido.
Repito que no siento el deseo ni la necesidad de triunfar. No obstante, he de hacer constar que los acontecimientos, en la hora actual, han venido a confirmar todas mis acusaciones. La in­vestigación ha dejado patente la culpabilidad de todas las personas a las que acusé. Lo que de­claré, lo que preví, ahí está, evidente. Lo que más me enorgullece es que mi carta carecia de vio­lencia; era una carta fruto de la indignación, pero digna de mí: nadie sera capaz de hallarle un insulto, una palabra de más, solo el altivo dolor de un ciudadano que pide justicia al jefe del Es­tado. Tal ha sido el eterno sino de mis obras: nunca llegué a escribir un libro, una página, sin que me colmaran de mentiras y de insultos, pese a que, más tarde, se vieran obligados a darme la razón. [...]


El quinto acto

El texto apareció en L'Aurore el 12 de septiembre de 1899.
Yo había impugnado la sentencia de la Audiencia de Versalles y el veredicto del Tribunal Supremo de Paris, referentes a la denuncia de los expertos, y esperé. La justicia, por su parte, no tenía prisa, pues deseaba conocer el resultado del nuevo proceso a Dreyfus celebrado en Rennes. El gabinete Dupuy, que cayó el 12 de junio de 1899, acababa de ser reempla­zado por el gabinete Waldeck‑Rousseau el 22 de ju­nio. El 1 de julio, una noche tormentosa, Dreyfus de­sembarcó en Francia; el 8 de agosto se inició el nuevo juicio y el 9 de septiembre un consejo de guerra con­denó a Dreyfus por segunda vez. Al día siguiente es­cribí este artículo.

Estoy aterrado. No siento ya rabia, o indignación ávida de venganza, o deseo de denunciar el crimen, de pedir que castiguen ese crimen en nombre de la verdad y de la justicia, sino que siento miedo, siento el terror sagrado de quien ve cómo lo imposible se vuelve posible, cómo retroceden los ríos a sus fuentes y cómo tiembla la tierra bajo el sol. Mi grito denuncia el desam­paro de nuestra generosa y noble Francia, el te­rror al abismo hacia donde se desliza.
Como decía en mi «Carta al presidente de la República» después de la escandalosa absolución de Esterhazy, es imposible que un consejo de guerra deshaga lo que hizo otro consejo de gue­rra. Va contra la disciplina. Y la sentencia del consejo de guerra de Rennes, con su indecision jesuítica y su falta de valor para decir sí o no, pone de manifiesto que la justicia militar no puede ser justa porque carece de libertad y por­que niega las evidencias; prefiere condenar de nuevo a un inocente antes que dudar de la pro­pia infalibilidad. Ya no es un instrumento de ejecución en las manos de los superiores. Ahora no pasaría de ser una justicia expeditiva propia de tiempos de guerra. En tiempos de paz, esa clase de justicia debe desaparecer, pues carece de equidad, de simple lógica y de sentido común. Se ha condenado ella misma. [...]
A Cristo lo condenaron sólo una vez. Pero ¡que se hunda todo, que caiga Francia víctima de escisiones, que la patria incendiada se derrumbe entre los escombros, que el mismo ejército pierda su honor, todo antes que confesar que unos compañeros se equivocaron y que unos su­periores pudieron mentir y falsificar! El ideal será crucificado y el sable seguirá siendo rey. [...]

Voy a hablar de una vez, sin reparos, de mi temor. Siempre fue, como ya di a entender en va­rias ocasiones, el temor de que la verdad, la prueba decisiva y contundente, nos viniera de Alemania. No conviene seguir callando por más tiempo ese peligro mortal. Irradia demasiada luz y hay que enfrentarse con valor a la posibilidad de que Alemania, con un golpe fulminante, pro­voque el quinto acto. [...] Me aterra pensar que Alemania, que tal vez sea mañana nuestra ene­miga, nos abofetee con las pruebas que posee.
Vean ustedes. El consejo de guerra de 1894 condena a Dreyfus, un inocente; el consejo de guerra de 1898 declara inocente a Esterhazy, un culpable; y nuestro enemigo conserva las prue­bas del doble error de nuestra justicia militar; y Francia se obceca tranquilamente en este error, acepta el escalofriante peligro que la amenaza. Alemania, dicen, no puede utilizar documentos procedentes del espionaje. Pero ¿quién sabe? [...]

Carta a la esposa de Alfred Dreyfus

Este artículo se publicó en L'Aurore el 29 de sep­tiembre de 1899.
Lo escribí cuando el presidente Loubet hubo fir­mado el indulto de Alfred Dreyfus, el 19 de septiem­bre, y el inocente, por dos veces condenado, fue de­vuelto a su familia. Yo estaba decidido a guardar silencio mientras la Audiencia de Versalles no se pro­nunciase con respecto a mi caso; sólo allí hubiera ha­blado. Pero debido a algunas circunstancias, no pude permanecer callado.


Señora,
[...] Dreyfus puede ya dormir tranquilo y confiado en el dulce hogar que cuida usted con sus piadosas manos. Cuente con nosotros para la glorificación de su marido. Nosotros, los poe­tas, somos los que otorgamos la gloria, y le re­servaremos un papel tan grande que ningún hombre de nuestra época dejará un recuerdo tan conmovedor. [...]
También somos nosotros, señora, los que ponemos en la picota eterna a los culpables. Las generaciones desprecian y escarnecen a quienes condenamos. Hay nombres criminales que, cu­biertos de infamia por nosotros, pasan a ser por siempre inmundos desechos. La justicia inma­nente se reservó ese instrumento de castigo; en­cargó a los poetas que legaran a la execración de los siglos a aquellos cuya maldad social y cuyos crímenes excesivos escapan a los tribunales or­dinarios.
[...] No obstante, hay que olvidar, señora, sobre todo hay que despreciar. Resulta de gran ayuda, en la vida, mostrar desdén hacia villanías y ultrajes. A mí siempre me fue muy útil. Hace ya cuarenta años que trabajo, que resisto gracias al desprecio que siento por las injurias que me han valido cada una de mis obras. Y desde hace dos años, desde que estamos combatiendo por la verdad y la justicia, la ola innoble ha crecido tanto a nuestro alrededor que hemos salido blin­dados para siempre, invulnerables a las heridas. Por lo que a mí se refiere, borré de mi vida mu­chas páginas inmundas, a muchos hombres cubiertos de barro. Ya no existen, ignoro sus nom­bres cuando caen ante mis ojos, evito hasta las reseñas que se publican de sus escritos. Por hi­giene, simplemente. Ignoro si siguen ahí; mi desprecio les ha expulsado de mi mente en la es­pera de que vayan a parar a la cloaca. [...]


Carta al Senado

Esta carta apareció en L'Aurore el 29 de mayo de 1900.
Ocho meses más habían pasado entre éste y el artículo que le precede. La Exposición Universal ha­bía abierto sus puertas el 15 de abril de 1900; nos hallábamos, pues, en plena tregua. Mi proceso de Versalles se veía aplazado de sesión en sesión. Cada tres meses me citaban para que no caducara lo pres­crito; y, al día siguiente, recibía otro papel en el que me avisaban de que no hacía falta que me molestase. Igual sucedía con mi pleito contra los tres expertos, los caballeros Belhomme, Varinard y Couard, retra­sado de mes en mes, indefinidamente. Fueron pre­cisos quince meses, tras el indulto de Alfred Dreyfus, para que madurara el monstruo, la ley de amnistía, la ley infame.

Señores senadores,
el día en que, con harto sentimiento, votaron la llamada ley de revocación cometieron us­tedes un primer error. [...]
Hoy, se les pide que cometan un segundo error, el último, el más torpe y peligroso. Ya no se trata tan sólo de una ley de revocación, sino de una ley de estrangulamiento. [...]
Hace ya más de dos meses, señores senado­res, que solicité que su Comisión me escuchara porque deseaba expresarle mi protesta contra el proyecto de amnistía que nos amenazaba. Hoy escribo esta carta para reiterar mi protesta aún con mayor energía, en visperas del día en que van a ser convocados para discutir esa ley de am­nistía que, desde mi punto de vista, es como una negligencia de la justicia y, desde el punto de vista de nuestro honor nacional, como una man­cha imborrable. [...]
Afirmé que la amnistía se hacía contra no­sotros, contra los defensores del derecho, para salvar a los auténticos criminales, cerrándonos la boca con una clemencia hipócrita a injuriosa, pasando por el mismo rasero a gente honrada y a sinvergüenzas, equívoco supremo que termi­nará por pudrir la conciencia nacional. [...]
Los pensamientos cobardes nacen de las mentes más firmes, hay demasiados cadáveres, se excava un agujero para enterrarlos aprisa cre­vendo que, como nadie los verá, ya no se ha­blará de ello, y a riesgo de que su descomposi­ción atraviese la delgada capa de tierra que les cubre y no tarde en hacer que reviente de peste el país entero.
Buena idea, ¿no? Todos estamos de acuerdo en que el mal, cuando sube de las ocultas pro­fundidades del cuerpo social y sale a plena luz del día, es espantoso. Sólo discrepamos acerca de cómo debe curarse. Ustedes, hombres que llevan el timón, ustedes entierran, dan la impresión de creer que to que no se ve, ya no existe; en cam­bio, nosotros, simples ciudadanos, querríamos limpiar enseguida, quemar los elementos podri­dos, acabar de una vez con los fermentos de des­trucción para que todo el cuerpo recobre la sa­lud y la fuerza.
Y el mañana dirá quién tenía razón.
La historia es muy sencilla, señores senado­res, pero no está de más resumirla aquí.
A1 principio, en el caso Dreyfus, no se dio más que un problema de justicia, el error judicial que algunos ciudadanos, sin duda de corazón más tierno y más justo que otros, quisieron re­parar. A primera vista, no vi otra cosa. Y a medida que se desarrollaba ese monstruoso episo­dio, a medida que aumentaban las responsabili­dades, que éstas alcanzaban a superiores mili­tares, a funcionarios, a hombres del poder, el problema no tardó en adueñarse de todo el cuerpo politico, transformando la célebre causa en una terrible crisis general durante la cual pa­recía que tuviera que decidirse la suerte de la misma Francia. Así, poco a poco, dos partidos se vieron enfrentados: de un lado, toda la reacción, todos los adversarios de la República verdadera, la que deberíamos tener, todas las mentalidades que, quizá sin saberlo, están a favor de la auto­ridad bajo sus diversas formas: religiosa, militar, política; del otro, la libre acción hacia el futuro, todos los cerebros liberados por la ciencia, todos los que buscan la verdad, la justicia, y que creen en el progreso continuo, cuyas conquistas algún día acabarán por proporcionarnos la mayor fe­licidad posible. A partir de ese momento, la lu­cha fue despiadada.
El caso Dreyfus, que era un asunto judicial, y que siempre debió serlo, se convirtió en un asunto politico. Ése fue el veneno. Brindó la ocasión de que saltara bruscamente a la super­ficie la oscura labor de emponzoñamiento y des­composición a que se entregaban los adversarios de la República desde hacía treinta años para minar el régimen. Hoy nadie pone en duda que Francia, la última de las grandes naciones cató­licas poderosas, fue elegida por el catolicismo, o mejor dicho, por el papismo, para restaurar el desfalleciente poder de Roma; de ese modo, se produjo una callada invasión, y los jesuitas, por no mencionar otros instrumentos religiosos, se apoderaron de la juventud con incomparable habilidad; tan hábilmente que, una mañana, Francia, la Francia de Voltaire, que a pesar de todo aún no ha vuelto a los curas, despertó cle­rical en manos de una Administración, de una Magistratura, de un gran ejército que recibe de Roma sus consignas. Cayeron de golpe las ilu­sorias apariencias, comprendimos que de Repú­blica solo teníamos el nombre, percibimos que estábamos pisando un terreno totalmente mi­nado, y que cien años de conquistas democrá­ticas iban a desmoronarse.
[...] ¿Cómo procesar al general Mercier, mentiroso y falsario, cuando todos los generales se solidarizan con él? ¿Cómo denunciar ante los tribunales a los auténticos culpables cuando se sabe que hay magistrados que los absolverán? ¿Cómo gobernar, en fin, con honestidad cuando ni un solo funcionario ejecutará honestamente las órdenes? En tales circunstancias, el poder ne­cesitaría un héroe, un gran hombre de Estado resuelto a salvar a su país, siquiera mediante la ac­ción revolucionaria. [...] El antisemitismo no ha sido más que la explotación grosera de odios ancestrales, con ánimo de despertar las pasiones religiosas en un pueblo de no creyentes que no acudían ya a la iglesia. El nacionalismo no ha sido sino la explotación igualmente grosera del noble amor a la patria, táctica de abominable política que llevará derecho al país a la guerra ci­vil el día en que hayan convencido a la mitad de los franceses de que la otra mitad los traiciona y los vende al extranjero, por el mero hecho de pensar de manera distinta. Así han podido for­marse ciertas mayorías, que han profesado que lo cierto era lo falso, lo justo lo injusto, que no han querido atenerse a razones, condenando a un hombre por ser judío, persiguiendo con gri­tos de muerte a los supuestos traidores, cuyo único afán era salvaguardar el honor de Francia en medio del desmoronamiento de la razón na­cional.
A partir de ese momento, no bien pudo creerse que el propio país se pasaba a la reac­ción, en su arrebato de enfermiza locura, se fue al garete la parva bravura de las Cámaras y del Gobierno. Enfrentarse a las posibles mayorías, ¡valiente idea! El sufragio universal, que parece tan justo, tan lógico, tiene el horrendo defecto de que todo elegido del pueblo pasa a ser el can­didato del mañana, esclavo del pueblo en su ávido afán de ser reelegido; de tal suerte que, cuando el pueblo enloquece, en uno de esos ata­ques que hemos presenciado, el elegido se halla a merced de ese loco, opina como él, si no es capaz de pensar y de actuar como un hombre li­bre. Y ése es el doloroso espectáculo al que asis­timos desde hace tres años: un Parlamento que no sabe utilizar su mandato por temor a per­derlo, un Gobierno que, tras permitir que Fran­cia caiga en manos de los reaccionarios, de los envenenadores públicos, teme a cada instante que lo derriben y hace las peores concesiones a los enemigos del regimen que representa por el mero afán de mandar unos días más.
[...] Esta ley de amnistía que aprobáis para ellos, para salvar a sus superiores del presidio, claman que os la arrancamos nosotros. Son us­tedes unos traidores, los ministros son unos trai­dores, el presidente de la República es un traidor. Y cuando hayan votado ustedes la ley, habrán actuado como traidores y para salvar a traido­res. [...]
Ante tan grave peligro, sólo podia hacerse una cosa, aceptar la lucha contra todas las fuerzas del pasado coaligadas, rehacer la Administra­ción, rehacer la Magistratura, rehacer el alto mando, por cuanto todo eso se hallaba inmerso en la podredumbre clerical. Iluminar al país con actos, decir toda la verdad, impartir toda la jus­ticia. [...]
Una de las cosas que me causan sorpresa, se­ñores senadores, es que se nos acuse de querer reabrir el caso Dreyfus. No lo entiendo. Hubo un caso Dreyfus, un inocente torturado por ver­dugos que no ignoraban su inocencia, y ese caso, gracias a nosotros, ha concluido, con respecto a la propia víctima, a quien los verdugos se han visto obligados a devolver a su familia. El mundo entero conoce hoy la verdad, nuestros peores adversarios no la ignoran, la confiesan a puerta cerrada. Llegado el momento, la rehabi­litación sera una mera fórmula jurídica, y Drey­fus apenas nos necesita, porque está libre y por­que tiene a su alrededor, para ayudarle, a la admirable y valerosa familia que nunca dudó de su honor ni de su liberación.
¿Por qué, entonces, íbamos a querer reabrir el caso Dreyfus? Amen de que eso no tendría ningún sentido, tampoco beneficiaría a nadie. Lo que nosotros queremos es que el caso Dreyfus concluya con el único desenlace que puede devolver la fuerza y la tranquilidad al país, y éste es que los culpables reciban su castigo, no para alborozarnos de ello, sino para que el pueblo sepa por fin la verdad y que la justicia traiga la paz, lo único verdadero y sólido. [...]
Nadie ignora que los numerosos documen­tos facilitados por Esterhazy al agregado militar alemán, Schwartzkoppen, están en el Ministerio de la Guerra, en Berlin. [...] Pues bien, admito que pueda estallar una guerra mañana entre Francia y Alemania, y henos aquí ante la espan­tosa amenaza: antes mismo de que se dispare un tiro de fusil, antes de que se libre una batalla, Alemania publicará en un folleto el expediente Esterhazy; y yo digo que la batalla estará per­dida, que habremos sido derrotados ante el mundo entero sin haber podido siquiera defen­dernos. [...]
He contestado al presidente de su Comisión que yo disponía de un nuevo dato, que si bien no tenía la verdad, sabía perfectamente dónde encontrarla, y que me limitaba a pedirle al pre­sidente del Consejo que invitara al ministro de Justicia a que aconsejara a su vez al presidente de la Sala de to Criminal, en Versalles, que no detuviera a la comisión rogatoria cuando yo le pidiera que mandara interrogar a Monsieur Schwartzkoppen. Así concluiría el caso Dreyfus y Francia se salvaría de la más terrible de las ca­tástrofes. [...]
No cometeré, señores senadores, ni por un instante, la ingenuidad de creer que esta carta les impresionará, ya que les considero firmes parti­darios de votar la ley de amnistía. Es fácil prever su voto, porque sera el fruto de su prolongada debilidad a impotencia. Se imaginan que no pueden obrar de otro modo porque no tienen el valor de obrar de otro modo.
Escribo esta carta simplemente por el gran honor que supone haberla escrito. Cumplo con mi deber y dudo de que ustedes cumplan con el suyo. La ley de revocación fue un crimen jurí­dico, la ley de amnistía sera una traición cívica, sera abandonar la República en manos de sus peores enemigos.
Vótenla, no tardarán en recibir su castigo. Con el tiempo, será su vergüenza.


Carta a Monsieur Loubet, presidente de la República

Esta carta apareció en L'Aurore el 22 de diciem­bre de 1900.
Siete meses más transcurrieron entre éste y el ar­tículo que le precede. La Exposición Universal cerró sus puertas el 12 de noviembre, y convenía terminar de una vez, estrangular definitivamente la verdad y la justicia. Y así fue. Ya no se celebraría mi juicio de Versalles, me privaron de mi derecho absoluto a ape­lar contra una condena en rebeldía. Brutalmente, su­primieron la verdad que yo hubiera podido conseguir, la justicia que les hubiese exigido. Asimismo, aún corren sueltos los tres expertos, los caballeros Belhomme, Varinard y Couard, con los treinta mil francos en el bolsillo; habrá que volver a empezar desde el inicio ante la justicia civil. Lo hago constar, eso es todo, y no me quejo, pues de todos modos mi obra está hecha.
Para refrescar las memorias, quiero añadir que aún hoy, en febrero de 1901, sigo suspendido de mi grado de oficial de la Orden de la Legion de Honor.

Señor presidente,
[...] si las Cámaras votaron, y con gran pesar, la ley de amnistia, se supone que fue para ase­gurar la salvación del país. Después de haberse metido en ese atolladero, su Gobierno se ha visto obligado a elegir el camino de la defensa republicana, pues ha visto su solidez. El caso Dreyfus sirvió para demostrar qué peligros ame­nazaban a la República bajo el doble complot del clericalismo y del militarismo, que actuaban en nombre de todas las fuerzas reaccionarias del pasado. Por lo tanto, el plan politico del gabi­nete es muy sencillo: deshacerse del caso Drey­fus sofocándolo, dando a entender a la mayoría que, si no obedece dócilmente, no obtendrá las reformas prometidas. Todo eso estaría muy bien, si, para salvar a la nación de la ponzoña clerical y militar, no la hubieran arrojado a esa otra pon­zoña del embuste y de la iniquidad en que ago­niza desde hace tres años.
[...] Asi pues, ¿acaba la justicia absoluta donde comienza el interés de un partido? ¡Ah, qué grato es ser un solitario, no pertenecer a nin­guna secta, no depender más que de la propia conciencia, y qué fácil es seguir nuestro propio camino, no amando más que la verdad, deseán­dola, aunque tiemble la tierra y haga caer el cielo!

Hay una expresión, señor presidente, que me enoja cada vez que me tropiezo con ella: ese tó­pico que consiste en decir que el caso Dreyfus ha hecho mucho daño a Francia. Lo he encon­trado en todas las bocas, bajo todas las plumas, amigos míos acostumbran a decirlo y quizás hasta yo lo haya dicho. Sin embargo, no co­nozco expresión más falsa. [...] El bien inmenso que le ha hecho a Francia el caso Dreyfus, ¿no radica precisamente en haber sido una cosa pú­trida, el grano que brota en la piel y revela la porqueria interna? No está de más recordar aquella época en que la gente se encogía de hombros ante el peligro clerical, cuando se con­sideraba elegante burlarse de Homais, volteriano ridículo y trasnochado. Todas las fuerzas reac­cionarias habían recorrido el subsuelo de nues­tro gran París minando la República, calculando que se apoderarían de la ciudad y de Francia el día en que se derrumbaran las actuales institu­ciones. Y el caso Dreyfus lo desenmascara todo antes de que se cierre el cerco estrangulador, por fin los republicanos se dan cuenta de que, como no pongan orden, les van a confiscar la Repú­blica. Todo el movimiento de defensa republi­cana nace de ahí y, si Francia logra salvarse del extenso complot de la reacción, lo deberá al caso Dreyfus.

Pero hay que concretar un poco, señor pre­sidente. Sólo le escribo para poner punto final a este caso, y me parece oportuno volver a sacar a colación las acusaciones que presenté ante Mon­sieur Félix Faure, para dejar bien sentado, defi­nitivamente, que eran justas, moderadas, insufi­cientes incluso, y que la ley promulgada por su Gobierno amnistía en mi caso a un inocente.
Acusé al teniente coronel Du Paty de Clam de «haber sido el diabólico artifice del error ju­dicial, quiero creer que por inconsciencia, y de haber defendido posteriormente su nefasta obra, a lo largo de tres años, mediante las más desca­belladas y delictivas maquinaciones». Discreta y cortés acusación, ¿no es cierto?, para quien ha leido el terrible informe del capitán Cuignet, quien llegó a acusar a Du Paty de Clam de fal­sedad.
Acusé al general Mercier de «haberse hecho cómplice, cuando menos por debilidad de carác­ter, de una de las mayores iniquidades del siglo». Ahora haré una honorable rectificación y reti­raré lo de la debilidad de carácter. Pero, así como al general Mercier no se le puede aplicar la disculpa por esa debilidad, es totalmente respon­sable de los actos que le imputa el Tribunal Su­premo y que el Código califica de criminales.
Acusé al general Billot de «haber tenido en sus manos las pruebas evidentes de la inocencia de Dreyfus y de haber echado tierra sobre el asunto, de ser culpable de ese delito de lesa hu­manidad y de lesa justicia con fines políticos y para salvar al Estado Mayor, que se veía com­prometido en el caso». Todos los documentos que se conocen hasta el momento dejan claro que el general Billot estaba forzosamente al co­rriente de las criminales maniobras de sus su­bordinados; y yo añado que el expediente se­creto de mi padre fue entregado a un periódico inmundo por orden suya.
Acusé al general De Boisdeffre y al general Gonse de «ser cómplices del mismo delito, el uno sin duda por apasionamiento clerical, el otro quizá por ese corporativismo que convierte al Ministerio de la Guerra en un lugar sacrosanto, inatacable». El general De Boisdeffre se juzgó a sí mismo al día siguiente de ser descubierto el falsario de Henry, cuando presentó su dimisión e hizo mutis por el foro, trágica caída en un hombre que ascendió hasta los más altos esca­lafones, hasta las más altas funciones, y se hun­dió en la nada. En lo tocante al general Gonse, es uno de esos personajes a quienes la amnistía exime de las más graves responsabilidades, cuan­do su culpabilidad era palmaria.
Acusé al general De Pellieux y al coman­dante Ravary de «haber realizado una investiga­ción perversa, esto es, una investigación mons­truosamente parcial que nos depara, con el informe del segundo, un imperecedero monu­mento de cándida audacia». A poco que releamos la instrucción del Tribunal Supremo, descubri­remos en ella la colusión establecida, probada, por los documentos y por los testimonios más abrumadores. La instrucción del caso Esterhazy fue una impudente farsa judicial.
Acusé a los tres expertos en escritura, los ca­balleros Belhomme, Varinard y Couard, de «ha­ber redactado informes mendaces y fraudulen­tos, a menos que una revisión médica declare que estos señores padecen una enfermedad de la vista o mental». Tales eran mis palabras a la vista de la extraordinaria afirmación de esos tres ex­pertos, según los cuales el escrito no era de Es­terhazy, error que, a mi entender, no hubiera cometido ni un niño de diez años. Sabemos ya que el propio Esterhazy reconoce haber escrito ese documento. Y el presidente Ballot‑Beaupré ha declarado solemnemente en su informe que, para él, no había duda posible.
Acusé a los servicios del Ministerio de la Guerra de «haber promovido en la prensa, par­ticularmente en L'Éclair y en L'Écho de Paris, una abominable campaña a fin de desorientar a la opinión pública y encubrir sus propios errores». No insistiré aquí, porque considero que esto ha quedado claramente demostrado por todo lo que ha salido a relucir desde entonces y por lo que los culpables se han visto obligados a confesar.
Acusé, por último, al primer consejo de gue­rra de «haber violado el derecho al condenar a un acusado basándose en una prueba que per­maneció secreta», y acusé al segundo consejo de guerra de «haber ocultado esa ilegalidad, por decreto, cometiendo a su vez el delito jurídico de absolver conscientemente a un culpable». En lo que al primer consejo de guerra respecta, la confección de la prueba secreta ha sido clara­mente determinada por la instrucción del Tri­bunal Supremo, a incluso en el juicio de Ren­nes. En lo que respecta al segundo, la instrucción ha demostrado asimismo la colusión, la conti­nua intervención del general De Pellieux y la evidente presión con la que se obtuvo la abso­lución conforme al deseo de las instancias su­periores.
Como ve usted, señor presidente, todas y cada una de mis acusaciones han quedado ple­namente confirmadas por los delitos y crímenes descubiertos, y reitero que tales acusaciones se nos antojan hoy muy pálidas y modestas ante el espantoso cúmulo de abominaciones cometi­das. [...]

Ha concluido, señor presidente, al menos por el momento, ese primer periodo del caso, cerrado sin remedio por la amnistía.
Nos han prometido, como indemnización, la justicia de la Historia. Se parece un poco al paraíso católico, que sirve para que los misera­bles cándidos que se mueren de hambre en esta Tierra no se impacienten. Sufrid, hermanos, co­med vuestro pan seco, acostaos en la dura piedra mientras los afortunados de este mundo duer­men sobre plumas y se alimentan de exquisite­ces. Dejad también que los malvados ocupen los altos cargos mientras a vosotros, los justos, os empujan hacia el arroyo. Dicen también que, cuando todos hayamos muerto, las estatuas se­rán para nosotros. Por mí, de acuerdo; pero es­pero que la revancha de la Historia sea más seria que las delicias del paraíso. No obstante, me hu­biera gustado ver un poco de justicia en este mundo. [...]

Nos han prometido la Historia, y también yo le remito a ella, señor presidente. La Historia contará lo que usted ha hecho, tendrá usted también su página. Acuérdese de aquel pobre Félix Faure, aquel curtidor deificado, tan popu­lar en sus comienzos, que llegó a impresionarme con su aire de bonachón democrático; ahora sera para siempre el hombre injusto y débil que per­mitió el martirio de un inocente. Reflexione, y dígame si no preferiría ser usted, en el mármol, el hombre de la verdad y de la justicia. Quizás aún esté a tiempo.
Yo sólo soy un poeta, un narrador solitario que cumple su tarea en un rincón, entregado en cuerpo y alma a su actividad. He comprendido que un buen ciudadano ha de limitarse a aportar a su país el trabajo que realiza con menos tor­peza; por eso me encierro yo entre mis libros. Y ahora me enfrasco de nuevo en ellos, pues la misión que yo mismo me encomendé ha tocado ya a su fin. Desempeñé siempre mi papel con la maxima honestidad, y ahora regreso definitiva­mente al silencio.
Únicamente debo añadir que mis oídos per­manecerán alerta y mis ojos muy abiertos. Me parezco un poco a la hermana
Ana[L4] , dia y noche me preocupa que pueda verse algo en el ho­rizonte, incluso confieso que tengo la esperanza tenaz de que no tardaré en ver llegar mucha ver­dad, mucha justicia, de los campos lejanos donde crece el futuro.
Sigo esperando.
Acepte, señor presidente, mi más profundo respeto.

FIN


[L1]Se refiere a la guerra de 1870, en la que las tropas francesas fueron derrotadas por las prusianas. (N. del T.)

[L2]Se refiere a Monsieur Scheurer‑Kestner, senador francés que en 1897 se atrevió a intervenir en favor de Dreyfus. (N. del T.)


[L3]Nombre dado al movimiento político creado por el general Boulanger (1837‑1891), quien, siendo ministro de la Guerra, reagrupó bajo su dirección a varios descontentos y proyectó un golpe de Estado. (N. del T.)

[L4]Personaje del cuento Barbazul, de Perrault, que otea el horizonte por si llegan los hermanos a salvar a la séptima esposa de Barbazul antes de que éste la degüelle. (N. del T.)