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¿QUIEN SOY? -- Alexander A. Cordova -- poema novel

Escrito por imagenes 18-04-2008 en General. Comentarios (1)

¿QUIEN SOY? -- Alexander A. Cordova -- poema novel



Quien soy?? pues yo

En verdad quien soy??? solo yo

solo yo .....ironico...

solo yo se lo que soy y sin embargo

me desconozco...

me confunde cada momento sombrio

que mi vida me otorga ,,

cada dia

soy preso de la lujuria y el deseo...

soy exclavo del odio que va

carcomiendo mi mente

este odio que va creciendo

cada segundo.....

odio satirico,este odio que me tengo..

me odio por lo que soy ,,por lo q siento

por cada sentimiento...

por cada accion que hice o que debi hacer

por los instantes tan coros que no vivi...

Oh!! cruel vida porque odio esta paz

que no tengo, esta inseguidad que mantengo...

este egoismo ya va desapareciendo

pero mi alma ya esta enloquesiendo

con cada pensamento ajeno

por esta prohibida pasion que siento....
Alexander A. Cordova
 

EL CABALLERO DE LA ARMADURA OXIDADA -- FISHER ROBER

Escrito por imagenes 17-04-2008 en General. Comentarios (4)

EL CABALLERO DE LA ARMADURA OXIDADA -- FISHER ROBER



EL CABALLERO DE LA
ARMADURA OXIDADA
Fisher Robert


-
1.- EL DILEMA DEL CABALLERO
Hace ya mucho tiempo, en una tierra muy lejana, vivía un caballero que
pensaba que era bueno, generoso y amoroso. Hacia todo lo que suelen hacer los
caballeros buenos, generosos y amorosos. Luchaba contra sus enemigos, que
eran malos, mezquinos y odiosos. Mataba dragones y rescataba damiselas en
apuros. Cuando en el asunto de la caballería había crisis, tenia la mala costumbre
de rescatar damiselas incluso cuando ellas no deseaban ser rescatadas y, debido
a esto, aunque muchas damas le estaban agradecidas, otras tantas se mostraban
furiosas con el caballero. Él lo aceptaba con filosofía. Después de todo, no se
puede contentar a todo el mundo.
Nuestro caballero era famoso por su armadura. Reflejaba unos rayos de luz tan
brillantes que la gente del pueblo juraba haber visto el sol salir en el norte o
ponerse en el este cuando el caballero partía a la batalla. Y partía a la batalla con
frecuencia. Ante la mera mención de una cruzada, el caballero se ponía la
armadura entusiasmado, montaba su caballo y cabalgaba en cualquier dirección.
Su entusiasmo era tal que a veces partía en varias direcciones a la vez, lo cual no
es nada fácil.
Durante años, el caballero se esforzó en ser el numero uno del reino. Siempre
había otra batalla que ganar, otro dragón que matar u otra damisela que rescatar.
El caballero tenia una mujer fiel y bastante tolerante, Julieta, que escribía
hermosos poemas, decía cosas inteligentes y tenia debilidad por el vino. También
tenia un joven hijo de cabellos dorados, Cristóbal, al que esperaba ver, algún día,
convertido en un valiente caballero.
Julieta y Cristóbal veían poco al caballero porque, cuando no estaba luchando
en una batalla, matando dragones o rescatando damiselas, estaba ocupado
probándose su armadura y admirando su brillo. Con el tiempo, el caballero se
enamoro hasta tal punto de su armadura que se la empezó a poner para cenar y,
a menudo, para dormir. Después de un tiempo, ya no se tomaba la molestia de
quitársela para nada. Poco a poco, su familia fue olvidando que aspecto tenia sin
ella.
Ocasionalmente, Cristóbal le preguntaba a su madre que aspecto tenia su
padre. Cuando esto sucedía, Julieta llevaba al chico hasta la chimenea y señalaba
el retrato del caballero.
-He ahí a tu padre- decía con un suspiro.
Una tarde, mientras contemplaba el retrato, Cristóbal le dijo a su madre:
-Ojalá pudiera ver a padre en persona.
-No puedes tenerlo todo!- respondió bruscamente Julieta.
Estaba cada vez mas harta de tener tan solo una pintura como recuerdo del
rostro de su marido y estaba cansada de dormir mal por culpa de ruido metálico de
la armadura.
Cuando paraba en casa y no estaba absolutamente pendiente de su armadura,
el caballero solía recitar monólogos sobre sus hazañas. Julieta y Cristóbal casi
nunca podían decir una palabra. Cuando lo hacían, el caballero les acallaba, ya
sea cerrando su visera o quedándose repentinamente dormido.
Un día, Julieta se enfrentó a su marido.
-Creo que amas mas a tu armadura de lo que me amas a mí.
-Eso no es verdad- respondió el caballero -Acaso no te ame lo suficiente como
para rescatarte de aquel dragón e instalarte en este elegante castillo con paredes
empedradas?
-Lo que tu amabas- dijo Julieta, espiando a través de la visera para poder ver
sus ojos - era la idea de rescatarme. No me amabas realmente entonces y
tampoco me amas realmente ahora.
-Sí que te amo- insistió el caballero, abrazándola torpemente con su fría y
rígida armadura, casi rompiéndole las costillas.
-Entonces, quítate esa armadura para que pueda ver quien eres en realidad!-
le exigió.
-No puedo quitármela. Tengo que estar preparado para montar en mi caballo y
partir en cualquier dirección- explico el caballero.
-Si no te quitas esa armadura, cogeré a Cristóbal, subiré a mi caballo y me
marchare de tu vida.
Bueno, esto si que fue un golpe para el caballero. No quiera que Julieta se
fuera. Amaba a su esposa y a su hijo y a su elegante castillo, pero también amaba
su armadura porque les mostraba a todos quien era él: Un caballero bueno,
generosos y amoroso. Por que no se daba cuenta Julieta de ninguna de estas
cualidades?
El caballero estaba inquieto. Finalmente, tomo una decisión. Continuar
llevando la armadura no valía la pena si por ello había de perder a Julieta y a
Cristóbal.
De mala gana, el caballero intento quitarse el yelmo pero, no se movió! Tiro
con mas fuerza. Estaba muy enganchado. Desesperado, intento levantar la visera
pero, por desgracia, también estaba atascada. Aunque tiro de la visera una y otra
vez, no consiguió nada.
El caballero camino de arriba abajo con gran agitación. Cómo podía haber
sucedido esto? Quizá no era tan sorprendente encontrar el yelmo atascado, ya
que no se lo había quitado en años, pero la visera era otro asunto. La había
abierto con regularidad para comer y beber. Pero bueno, si la había abierto esa
misma mañana para desayunar huevos revueltos y cerdo en su salsa!
Repentinamente, el caballero tuvo una idea. Sin decir adonde iba, salió
corriendo hacia la tienda del herrero, en el patio del castillo. Cuando llego, el
herrero estaba dándole forma a una herradura con sus manos.
-Herrero- dijo el caballero, -tengo un problema.
-Sois un problema, señor- dijo socarronamente el herrero, con su tacto
habitual.
El caballero, que normalmente gustaba de bromear, arrugó el entrecejo.
-No estoy de humor para tus bromas en estos momentos. Estoy atrapado en
esta armadura- vocifero, al tiempo que golpeaba el suelo con el pie revestido de
acero, dejándolo caer accidentalmente sobre el dedo gordo del pie del herrero.
El herrero dejo escapar un aullido y, olvidando por un momento que el
caballero era su señor, le propino un brutal golpe en el yelmo. El caballero sintió
tan sólo una ligera molestia. El yelmo ni se movió.
-Inténtalo otra vez- ordeno el caballero, din darse cuenta de que el herrero le
había golpeado porque estaba enfadado.
-Con gusto- dijo el herrero, balanceando un martillo en venganza y dejándolo
caer con fuerza sobre el yelmo del caballero. El yelmo ni siquiera se abollo.
El caballero se sintió muy turbado. El herrero era, con mucho, el hombre mas
fuerte del reino. Si el no podía sacar al caballero de su armadura, quien podría?
Como era un buen hombre, excepto cuando le aplastaban el dedo gordo del
pie, el herrero percibió el pánico del caballero y sintió lástima.
-Estáis en una situación difícil, caballero, pero no os deis por vencido.
Regresad mañana cuando yo haya descansado. Me habéis cogido al final de un
día muy duro.
Aquella noche, la cena fue difícil. Julieta se enfadaba cada vez mas a medida
que iba introduciendo por los orificios de la visera del caballero la comida que
había tenido que triturar previamente. A mitad de la cena, el caballero le contó a
Julieta que el herrero había intentado abrir la armadura, pero que había fracasado.
-No te creo, bestia ruidosa!- grito, al tiempo que estrellaba el plato de puré de
estofado de paloma contra su yelmo.
El caballero no sintió nada. Solo cuando la salsa comenzó a chorrear por los
orificios de la visera, se dio cuenta de que le habían dado en la cabeza. Tampoco
había sentido el martillo del herrero aquella tarde. De hecho, ahora que lo
pensaba, su armadura no le dejaba sentir apenas nada, y la había llevado durante
tanto tiempo que había olvidado como se sentían las cosas sin ella.
El caballero se entristeció mucho porque Julieta no creía que estaba intentando
quitarse la armadura. El herrero y él lo habían intentado, y lo siguieron intentando
durante días, sin éxito. Cada día el caballero se deprimía mas y Julieta estaba
cada vez mas fría.
Finalmente, el caballero admitió que los esfuerzos del herrero eran vanos.
-Vaya con el hombre mas fuerte del reino! Ni siquiera puedes abrir este montón
de lata!- grito con frustración.
Cuando el caballero regreso a casa, Julieta le chillo:
-Tu hijo no tiene mas que un retrato de su padre, y estoy harta de hablar con
una visera cerrada. No pienso volver a pasar comida por los agujeros de esa
horrible cosa nunca más. Este es el ultimo puré de cordero que te preparo!
-No es mi culpa si estoy atrapado en esta armadura. Tenia que llevarla para
estar siempre listo para la batalla. De que otra manera, si no, hubiera podido
comprar bonitos castillos y caballos para ti y para Cristóbal?
-No lo hacías por nosotros- argumento Julieta -Lo hacías por ti!
Al caballero le dolió en el alma que su mujer pareciera no amarlo más.
También temía que, si no se quitaba la armadura pronto, Julieta y Cristóbal
realmente se marcharían. Tenia que quitarse la armadura, pero no sabia como.
El caballero descartó una idea tras otra por considerarlas poco viables.
Algunos planes eran realmente peligrosos. Sabia que cualquier caballero que se
plantease fundir su armadura con la antorcha de un castillo, o congelarla saltando
a un foso helado, o hacerla explotar con un cañón, estaba seriamente necesitado
de ayuda. Incapaz de encontrar ayuda en su propio reino, el caballero decidió
buscar en otras tierras.
"En algún lugar debe de haber alguien que me pueda ayudar a quitarme esta
armadura", penso.
Desde luego, echaría de menos a Julieta, Cristóbal, y el elegante castillo.
También temía que, en su ausencia, Julieta encontrara el amor en brazos de otro
caballero, uno que estuviera deseoso de quitarse la armadura y de ser un padre
para Cristóbal. Sin embargo, el caballero tenia que irse, asi que, una mañana muy
temprano, monto en su caballo y se alejo cabalgando. No osó mirar atrás por
miedo a cambiar de idea.
Al salir de la provincia, el caballero se detuvo para despedirse del rey, que
había sido muy bueno con él. El rey vivía en un grandioso castillo en la cima de
una colina del barrio elegante. Al cruzar el puente levadizo y entrar en el patio, el
caballero vio al bufón sentado con las piernas cruzadas, tocando la flauta.
El bufón se llamaba Bolsalegre porque llevaba sobre su hombro una bolsa con
los colores del arco iris, llena de artilugios para hacer reír o sonreír a la gente.
Había extrañas cartas que utilizaba para adivinar el futuro de las personas,
cuentas de vivos colores que hacia aparecer y desaparecer y graciosas
marionetas que usaba para divertir a su audiencia.
-Hola, Bolsalegre- dijo el caballero -He venido a decirle adiós al rey.
El bufón miro hacia arriba.
-El rey se acaba de ir. No hay nada que el os pueda decir.
-Adónde ha ido?- pregunto el caballero.
-A una nueva cruzada ha partido. Si lo esperáis, vuestro tiempo habréis
perdido.
El caballero quedo decepcionado por no haber podido ver al rey y perturbado
por no poder unirse a el en la cruzada.
-Oh- suspiró. Podría morir de inanición dentro de esta armadura antes de que
el rey llegara -Quizás no le vuelva a ver nunca más.
El caballero sintió ganas de dejarse caer de su montura pero, por supuesto, la
armadura se lo impedía.
-Sois una imagen triste de ver. Ni con todo vuestro poder vuestra situación
podéis resolver.
-No estoy de humor para tus insultantes rimas- ladró el caballero, tenso dentro
de su armadura -No puedes tomarte los problemas de alguien seriamente por una
vez?
Con una clara y lírica voz, Bolsalegre canto:
-A mí los problemas no me han de afectar. Son oportunidades para criticar.
-Otra canción cantarías si fueras tú el que estuviera atrapado aquí- gruñó el
caballero.
Bolsalegre continuó:
-A todos, alguna armadura nos tiene atrapados. Solo que la vuestra ya la
habéis encontrado.
-No tengo tiempo de quedarme y oír tus tonterías. Tengo que encontrar la
manera de salir de esta armadura.
Y dicho esto, el caballero se dispuso a partir, pero Bolsalegre le llamó:
-Hay alguien que puede ayudaros, caballero, a sacar a la luz vuestro yo
verdadero.
El caballero detuvo su caballo bruscamente y, emocionado, regreso hacia
Bolsalegre.
-Conoces a alguien que me pueda sacas de esta armadura? Quién es?
-Tenéis que ver al mago Merlín, así lograreis ser libre al fin.
-Merlín? El único Merlín del que he oído hablar es el gran sabio, el maestro del
Rey Arturo.
-Si. Si, el mismo es. Merlín solo hay uno, ni dos ni tres.
-Pero no puede ser!- exclamo el caballero. -Merlín y el rey Arturo vivieron hace
mucho años.
Bolsalegre replico:
-Es verdad, pero aun vive ahora. En los bosques el sabio mora.
-Pero esos bosques son tan grandes...- dijo el caballero -Cómo lo encontrare
ahí?
Bolsalegre sonrió.
-Aunque muy difícil ahora os parece, cuando el alumno esta preparado, el
maestro aparece.
-Ojalá Merlín apareciera pronto. Voy a buscarlo a el.- dijo el caballero.
Estiro el brazo y le dio la mano a Bolsalegre en señal de gratitud, y por poco
tritura los dedos del bufón con el guantelete.
Bolsalegre dió un grito. El caballero soltó rápidamente la mano del bufón.
-Lo siento.
Bolsalegre se froto los magullados dedos.
-Cuando la armadura desaparezca y estéis bien, sentiréis el dolor de los otros
también.
-Me voy!- dijo el caballero.
Hizo girar a su caballo y, abrigando nuevas esperanzas en su corazón, se alejo
galopando.
*
-
2.- EN LOS BOSQUES DE MERLIN
No fue tarea fácil encontrar al astuto mago. Había muchos bosques en los que
buscar, pero solo un Merlín. Asi que el pobre caballero cabalgó día tras día, noche
tras noche, debilitándose cada vez más.
Mientras cabalgaba en solitario a través de los bosques, el caballero se dio
cuenta de que había muchas cosas que no sabia. Siempre había pensado que era
muy listo, pero no se sentía tan listo ahora, intentando sobrevivir en los bosques.
De mala gana, se reconoció a sí mismo que no podía distinguir una baya
venenosa de una comestible. Esto hacia el acto de comer una ruleta rusa. Beber
no era menos complicado. El caballero intento meter la cabeza en un arroyo, pero
su yelmo se lleno de agua. Casi se ahoga dos veces. Por si eso fuera poco,
estaba perdido desde que había entrado al bosque. No sabia distinguir el norte del
sur, ni el este del oeste. Por fortuna, su caballo sí lo sabia.
Después de meses de buscar en vano, el caballero estaba bastante
desanimado. Aun no había encontrado a Merlín, a pesar de haber viajado muchas
leguas. Lo que le hacia sentirse peor era que ni siquiera sabia cuánto era una
legua. Una mañana, se despertó sintiéndose más débil de lo normal y un tanto
peculiar. Aquella misma mañana encontró a Merlín. El caballero reconoció al mago
enseguida. Estaba sentado bajo un árbol, vestido con una larga túnica blanca. Los
animales del bosque estaban reunidos a su alrededor, y los pájaros descansaban
en sus hombros y brazos.
El caballero movió la cabeza sombríamente de un lado a otro, haciendo que
rechinase su armadura. Cómo podían todos esos animales encontrar a Merlín con
tanta facilidad cuando había sido tan difícil para él?
Cansinamente, el caballero descendió de su caballo.
-Os he estado buscando- le dijo al mago -He estado perdido durante meses.
-Toda vuestra vida- lo corrigió Merlín, mordiendo una zanahoria y
compartiéndola con el conejo más cercano.
El caballero se enfureció.
-No he venido hasta aquí para ser insultado.
-Quizá siempre os habéis tomado la verdad como un insulto- dijo Merlín,
compartiendo la zanahoria con alguno de los otros animales.
Al caballero tampoco le gusto mucho este comentario, pero estaba demasiado
débil como para subir a su caballo y marcharse. En lugar de eso, dejo caer su
cuerpo envuelto en metal sobre la hierba. Merlín le miro con compasión.
-Sois muy afortunado- comento - Estáis demasiado débil para correr.
-Y eso que quiere decir?- pregunto con brusquedad el caballero.
Merlín sonrió por respuesta.
-Una persona no puede correr y aprender a la vez. Debe permanecer en un
lugar durante un tiempo.
-Sólo me quedare aquí el tiempo necesario para aprender como salir de esta
armadura- dijo el caballero.
-Cuando hayáis aprendido eso- afirmo Merlín, -nunca mas tendréis que subir a
vuestro caballo y partir en todas direcciones.
El caballero estaba demasiado cansado como para cuestionar esto. De alguna
manera, se sentía consolado y se quedó dormido enseguida.
Cuando el caballero despertó, vio a Merlín y a los animales a su alrededor.
Intento separarse, pero estaba demasiado débil. Merlín le tendió una copa de plata
que contenía un extraño liquido.
-bebed esto- le ordeno.
-Qué es?- pregunto el caballero, mirando la copa receloso.
-Estáis tan asustado!- dijo Merlín -Por supuesto, por eso os pusisteis la
armadura desde el principio.
El caballero no se molesto en negarlo, pues estaba demasiado sediento.
-Está bien, lo beberé. Vertedlo por mi visera.
-No lo haré. Es demasiado valioso para desperdiciarlo.
Rompió una caña, puso un extremo en la copa y deslizo el otro por uno de los
orificios de la visera del caballero.
-Ésta es una gran idea!- dijo el caballero.
-Yo lo llamo un pajita- replico Merlín.
-Por que?
-Y por que no?
El caballero se encogió de hombros y sorbió el liquido por la caña. Los
primeros sorbos le parecieron amargos, lo siguientes más agradables, y los
últimos tragos fueron bastante deliciosos. Agradecido, el caballero le devolvió la
copa a Merlín.
-Deberías lanzarlo al mercado. Os harías rico.
Merlín se limito a sonreír.
-Qué es?- pregunto el caballero.
-Vida.
-Vida?
-Si- dijo el sabio mago. -No os pareció amarga al principio y, luego, a medida
que la degustabais, no la encontrabais cada vez más apetecible?
El caballero asintió.
-Sí, los últimos sorbos resultaron deliciosos.
-Eso fue cuando empezasteis a aceptar lo que estabais bebiendo.
-Estáis diciendo que la vida es buena cuando uno la acepta?- pregunto el
caballero.
-Acaso no es asi?- replico Merlín, levantando una ceja divertido.
-Esperáis que acepte toda esta pesada armadura?
-Ah- dijo Merlín, -no nacisteis con esa armadura. Os la pusisteis vos mismo. Os
habéis preguntado por que?
-Y por que no?- replico el caballero, irritado. En ese momento, le estaba
empezando a doler la cabeza. No estaba acostumbrado a pensar de esa manera.
-Seréis capaz de pensar con mayor claridad cuando recuperéis fuerzas- dijo
Merlín.
Dicho esto, el mago hizo sonar sus palmas y las ardillas, llevando nueces entre
los dientes, se alinearon delante del caballero. Una por una, cada ardilla trepó al
hombro del caballero, rompió y mastico una nuez, y luego empujo los pequeños
trozos a través de la visera del caballero. Las liebres hicieron lo mismo con
zanahorias, y los ciervos trituraron raíces y bayas para que el caballero comiera.
Este método de alimentación nunca seria aprobado por el ministerio de sanidad,
pero, que otra cosa podía hacer un caballero atrapado en su armadura en medio
del bosque?
Los animales alimentaban al caballero con regularidad, y Merlín le daba de
beber enormes copas de vida con la pajita. Lentamente, el caballero se fue
fortaleciendo, y comenzó a sentirse esperanzado.
Cada día le hacia la misma pregunta a Merlín:
-Cuándo podré salir de esta armadura?
Cada día, Merlín replicaba:
-Paciencia! Habéis llevado esa armadura durante mucho tiempo. No podéis
salir de ella asi como asi.
Una noche, los animales y el caballero estaban oyendo al mago tocar con su
laúd los últimos éxitos de los trovadores. Mientras esperaba que Merlín acabara
de tocar Añoro los viejos tiempos, en que los caballeros eran valientes y las
damiselas eran frías, el caballero le hizo una pregunta que tenia en mente desde
hacia tiempo.
-Fuisteis en verdad el maestro del rey Arturo?
El rostro del mago se encendió.
-Sí, yo le enseñe a Arturo- dijo.
-Pero... como podéis seguir vivo? Arturo vivió hace mucho tiempo!- exclamo el
caballero.
-Pasado, presente y futuro son uno cuando estas conectado con la fuentereplico
Merlín.
-Qué es la fuente?- preguntó el caballero.
-Es el poder misterioso e invisible que es el origen de todo.
-No entiendo- dijo el caballero.
-Eso se debe a que intentáis comprender con la mente, pero vuestra mente es
limitada.
-Tengo una mente muy buena- le discutió el caballero.
-E inteligente- añadió Merlín -ella te atrapó en esa armadura.
El caballero no pudo refutar eso. Luego recordó algo que Merlín le había dicho
nada mas llegar.
-Una vez dijisteis que me había puesto esta armadura porque tenia miedo.
-No es eso verdad?- respondió Merlín.
-No, la llevaba para protegerme cuando iba a la batalla.
-Y temíais que os hirieran de gravedad o que os mataran- añadió Merlín.
-Acaso no lo teme todo el mundo?
Merlín negó con la cabeza.
-Y quien os dijo que teníais que ir a la batalla?
-Tenía que demostrar que era un caballero bueno, generosos y amoroso.
-Si realmente erais bueno, generoso y amoroso, por que teníais que
demostrarlo?- pregunto Merlín.
12que pensar en eso de la misma manera que solía
eludir todas las cosas: se puso a dormir.
A la mañana siguiente, despertó con un pensamiento clavado en su mente: Era
posible que no fuera bueno, generoso y amoroso? Decidió preguntárselo a Merlín.
-Qué pensáis vos?- replico Merlín.
-Por que siempre respondéis a una pregunta con otra pregunta?
-Y por que siempre buscáis que otros os respondan vuestras preguntas?
El caballero se marchó enfadado, maldiciendo a Merlín entre dientes.
-Ése Merlín!- masculló -Hay veces que realmente me saca de mi armadura!
Con un ruido seco, el caballero dejo caer su pesado cuerpo bajo un árbol para
reflexionar sobre las preguntas del mago.
Que pensaba en realidad?
-Podría ser- dijo en voz alta a nadie en particular -que yo no fuera bueno,
generoso y amoroso?
-Podría ser- dijo una vocecita -Si no, por que estáis sentado sobre mi cola?
-Eh?- el caballero miro hacia abajo y vio a una pequeña ardilla sentada a su
lado. Es decir, a casi toda la ardilla. Su cola estaba escondida.
-Oh, perdona!- dijo el caballero, moviendo rápidamente la pierna para que la
ardilla pudiera recuperar su cola. -Espero no haberte hecho daño. No veo muy
bien con esta visera en mi camino.
-No lo dudo- replico la ardilla sin ningún resentimiento en la voz. -Por eso
siempre estáis pidiendo disculpa a la gente por haberles hecho daño.
-La única cosa que me irrita mas que un mago sabelotodo es una ardilla
sabelotodo- gruñó el caballero. -No tengo por que quedarme aquí y hablar contigo.
Lucho contra el peso de la armadura en un intento por ponerse de pie. De
repente, sorprendido, balbuceó:
-Eh... tu y yo estamos hablando!
-Un tributo a mi buena fe- replico la ardilla -teniendo en cuenta que os habéis
sentado sobre mi cola.
-Pero si los animales no pueden hablar- dijo el caballero.
-Oh, claro que pueden- dijo la ardilla. -Lo que pasa es que la gente no escucha.
El caballero movió la cabeza perplejo.
-Me has hablado antes?
-Claro, cada vez que rompía una nuez y la empujaba por vuestra visera.
-Cómo es que te puedo oír ahora si no te podía oír entonces?
-Admiro una mente inquisitiva- comento la ardilla -pero nunca aceptáis nada tal
como es, simplemente como es?
-Estás respondiendo a mis preguntas con preguntas- dijo el caballero -Has
pasado demasiado tiempo con Merlín.
-Y vos no habéis pasado el tiempo suficiente con él!
La ardilla le dio un ligero golpe al caballero con su cola y trepo a un árbol
corriendo. El caballero la llamó.
-Espera! Cómo te llamas?
-Ardilla- replicó ella simplemente, y desapareció en la copa del árbol.
Aturdido, el caballero movió la cabeza. Se había imaginado todo esto? En este
preciso instante, vio a Merlín acercarse.
-Merlin- dijo -Tengo que salir de aquí. He empezado a hablar con ardillas.
-Espléndido- replico el mago.
El caballero le miró preocupado.
-Cómo que espléndido? Que queréis decir?
-Simplemente eso. Os estáis volviendo lo suficientemente sensible como para
sentir las vibraciones de otros.
El caballero estaba obviamente confundido, asi que Merlín continuo
explicando:
-No hablasteis con la ardilla con palabras, sino que sentisteis sus vibraciones, y
tradujisteis esas vibraciones en palabras. Estoy esperando el día en que empecéis
a hablar con las flores.
-Eso será el día que las plantéis en mi tumba. Tengo que salir de estos
bosques!
-Adónde iríais?
-Regresaría con Julieta y Cristóbal. Han estado solos durante mucho tiempo.
Tengo que volver y cuidar de ellos.
-Cómo podéis cuidar de ellos si ni siquiera podéis cuidar de vos mismo?-
pregunto Merlín.
-Pero les hecho de menos- se quejo el caballero -Quiero regresar con ellos.
Aun en el peor de los casos.
-Y es exactamente asi como regresareis si vais con vuestra armadura- le
previno Merlín.
El caballero miró a Merlín con tristeza.
-No quiero esperar a quitarme la armadura. Quiero volver ahora y ser un
marido bueno, generoso y amoroso para Julieta y un gran padre para Cristóbal.
Merlín asintió comprensivo. Le dijo al caballero que regresar para dar de sí
mismo era un maravilloso regalo.
-Sin embargo- añadió- un don, para ser un don, debe ser aceptado. De no ser
asi es como una carga para las personas.
-Queréis decir que tal vez no quieran que regrese?- pregunto el caballero
sorprendido -Seguramente me darían otra oportunidad. Después de todo, yo soy
uno de los mejores caballeros del reino.
-Quizás esa armadura sea mas gruesa de lo que parece- dijo Merlín con
suavidad.
El caballero reflexiono sobre esto. Recordó las eternas quejas de Julieta
porque el se iba a la batalla tan a menudo, por la atención que le prestaba a su
armadura, y por su visor cerrado y su costumbre de quedarse dormido para no oír
sus palabras. Quizá Julieta no quisiera que él volviera, pero Cristóbal si quería.
-Por que no mandarle una nota a Cristóbal y preguntárselo?- sugirió Merlín.
El caballero estuvo de acuerdo en que era una buena idea, pero... como podía
hacerle llegar una nota a Cristóbal?
Merlín señaló a la paloma que estaba posada sobre su hombro.
Rebecca la llevara.
El caballero estaba perplejo.
-Ella no sabe dónde vivo. Es solo un estúpido pájaro.
-Puedo distinguir el norte del sur y el este del oeste- contesto secamente
Rebecca -lo cual es mas de lo que se podría decir de vos.
El caballero se disculpo rápidamente. Estaba completamente pasmado. No
solo había hablado con una paloma y una ardilla, sino que, además, las había
hecho enfadar a las dos en el mismo día.
Como era un pájaro de gran corazón, Rebecca acepto las disculpas del
caballero y partió con la nota para Cristóbal en el pico.
-No arrulles con palomas extrañas o dejaras caer mi nota- le grito el caballero.
Rebecca ignoro este comentario desconsiderado, pues se daba cuenta de que
el caballero tenia mucho que aprender.
Paso una semana, y Rebecca aun no había regresado. El caballero estaba
cada vez mas impaciente, temiendo que hubiera caído presa de alguno de los
halcones de caza que el y otros caballeros habían entrenado. Se estremeció,
preguntándose como había podido participar en un deporte tan sucio, y se
arrepintió otra vez de su horrible equivocación.
Cuando Merlín terminó de tocar su laúd y de cantar Tendrás un largo y frío
invierno, si tienes un corto y frío corazón, el caballero le expreso sus
preocupaciones con respecto a Rebecca.
Merlín le dio confianza con un alegre verso:
-La paloma más lista que jamas haya volado, no puede ir a parar a ningún
guisado.
En ese momento, un gran parloteo se levanto entre los animales. Todos
miraban al cielo, asi que Merlín y el caballero miraron también. Muy alto, sobre sus
cabezas, dando círculos para aterrizar, estaba Rebecca.
El caballero se puso de pie con gran esfuerzo, al tiempo que Rebecca se
posaba en el hombro de Merlín. Cogiendo la nota de su pico, el mago la miro y le
dijo al caballero con gravedad que era de Cristóbal.
-Dejádmela ver!- dijo el caballero, quitándole el papel con impaciencia. Dejó
caer la mandíbula con un ruido al tiempo que miraba, incrédulo, el papel -Está en
blanco!- exclamo -Qué quiere decir esto?
-Quiere decir- dijo Merlín suavemente -que vuestro hijo no os conoce lo
suficiente como para daros una respuesta.
El caballero permaneció quieto un momento, pasmado, luego lanzo un gemido
y lentamente cayo al suelo. Intento retener las lagrimas, pues los caballeros de
brillante armadura simplemente no lloran. Sin embargo, pronto su pena le venció.
Luego, exhausto y medio ahogado en su yelmo por las lagrimas, el caballero se
quedó dormido.
*
-
3.- EL SENDERO DE LA VERDAD
Cuando el caballero despertó, Merlín estaba sentado silenciosamente a su
lado.
-Siento no haber actuado como un caballero- dijo -Mi barba esta hecha una
sopa- añadió disgustado.
-No os excuséis- dijo Merlín -Acabáis de dar el primer paso para liberaros de
vuestra armadura.
-Qué queréis decir?
-Ya lo veréis- replico el mago. Se puso de pie -Es hora de que os vayáis.
Esto molesto al caballero. Estaba empezando a disfrutar de estar en el bosque
con Merlín y los animales. De cualquier manera, le parecía que no tenia adonde ir.
Aparentemente, Julieta y Cristóbal no lo querían en casa. Es verdad que podía
volver al asunto de la caballería e ir a alguna cruzada. Tenia buena reputación en
batalla, y había muchos reyes que se sentirían felices teniéndolo a su lado, pero
ya no le parecía que luchar pudiese tener sentido.
Merlín le recordó al caballero su nuevo propósito: liberarse de su armadura.
-Por que molestarse?- pregunto el caballero ásperamente -A Julieta y Cristóbal
les da igual si me la quito o no.
-Hacedlo por vos mismo- sugirió Merlín -El estar atrapado entre todo ese acero
os ha causado muchos problemas, y las cosas empeoraran con el paso del
tiempo. Incluso podrías morir a causa de una neumonía por culpa de una barba
empapada.
-Supongo que si, mi barba se ha convertido en un fastidio- replico el caballero -
Estoy cansado de cargar con ella y estoy harto de comer papillas. Ahora que lo
pienso, ni siquiera me puedo rascar la espalda cuando me pica.
-Y cuando fue la ultima vez que sentisteis el calor de un beso, olisteis la
fragancia de una flor, o escuchasteis una hermosa melodía sin que vuestra
armadura se interpusiera entre vosotros?
-Ya ni me acuerdo- murmuro el caballero con tristeza -Tenéis razón, Merlín.
Tengo que liberarme de esta armadura por mí mismo.
-No podéis continuar viviendo y pensando como lo habéis hecho hasta ahoradijo
Merlín -Fue así como os quedasteis atrapado en ese montón de acero al
principio.
-Pero, como puedo cambiar todo eso?- pregunto el caballero intranquilo.
-No es tan difícil como parece- explico Merlín, conduciendo al caballero hacia
un sendero -Éste es el sendero que seguisteis para llegar a estos bosques.
-Yo no seguí ningún sendero- dijo el caballero -Estuve perdido durante meses!
-La gente no suele percibir el sendero por el que transita- replico Merlín.
-Queréis decir que el sendero estaba ahí pero yo no lo podía ver?
-Sí, y podéis regresar por el mismo, si así lo deseáis; pero conduce a la
deshonestidad, la avaricia, el odio, los celos, el miedo y la ignorancia.
-Estáis diciendo que yo soy todo eso?- pregunto el caballero indignado.
-En algunos momentos, sois alguna de esas cosas- admitió Merlín en voz baja.
El mago señalo hacia otro sendero. Era mas estrecho que el primero y muy
empinado.
-Parece una escalada difícil- observo el caballero.
-Ese- dijo Merlín asintiendo -es el sendero de la verdad. Se vuelve mas
empinado a medida que se acerca a la cima de una lejana montaña.
El caballero contempló el empinado camino sin entusiasmo.
-No estoy seguro de que valga la pena. Que conseguiré cuando llegue a la
cima?
-Se trata de lo que no tendréis- explico Merlín -Vuestra armadura!
El caballero reflexiono sobre esto. Si regresaba por el camino que había
venido, no tendría esperanzas de liberarse de su armadura y, probablemente,
moriría de soledad y de fatiga. La única manera de quitarse la armadura era, por lo
visto, seguir el sendero de la verdad, aunque pudiese, en tal caso, morir
intentando trepar hacia la empinada montaña.
El caballero observó el difícil sendero que tenia delante. Luego miro hacia
abajo, y contemplo el acero que cubría su cuerpo.
-Está bien- dijo con resignación -Probaré el sendero de la verdad.
Merlín asintió.
-Vuestra decisión de transitar un sendero desconocido, teniendo que cargar
con una pesada armadura, requiere mucho coraje.
El caballero sabia que tenia que comenzar de inmediato, porque, si no, podría
cambiar de opinión.
-Iré a buscar mi fiel caballo- dijo.
-Oh, no- rebatió Merlín, moviendo la cabeza de lado a lado. -El camino tiene
partes demasiado estrechas como para que un caballo pueda pasar. Tendréis que
ir a pie.
Horrorizado, el caballero se dejo caer sobre una roca.
-Creo que prefiero morir por culpa de una barba empapada- dijo, perdiendo
todo el coraje con una rapidez impresionante.
-No tendréis que viajar solo- le dijo Merlín -Ardilla os acompañara.
-Qué pretendéis, que cabalgue sobre una ardilla?- pregunto el caballero,
asustado ante la idea de tener por compañera en tan arduo viaje a un animal
sabelotodo.
-Puede que no me puedais montar- dijo la ardilla -pero me necesitareis para
que os ayude a comer. Quién, si no, masticara las nueces para vos y las pasara
por vuestra visera?
Cuando Rebecca oyó la conversación, voló desde un árbol cercano y se poso
en el hombro del caballero.
-Yo también os acompañare. He estado en la cima de la montaña y conozco el
camino- dijo.
La buena disposición que mostraban los dos animales para ayudarle,
proporciono al caballero el coraje que necesitaba.
"Bueno, bueno -se dijo-, uno de los principales caballeros del reino necesitando
que una ardilla y un pájaro le den coraje!".
Se puso de pie con gran esfuerzo, indicándole a Merlín que estaba listo para
comenzar el viaje.
Mientras caminaban por el sendero, el mago saco una exquisita llave dorada
de su cuello y se la dio al caballero.
-Ésta llave abrirá las puertas de los tres castillos que bloquearan vuestro
camino.
-Lo sé!- grito el caballero -Habrá una princesa en cada castillo, y matare al
dragón que la retiene y la rescatare...
-Basta!- lo interrumpió Merlín -No habrá princesas en ninguno de esos castillos.
E, incluso si las hubiese, en estos momentos no estáis capacitado para rescatar a
ninguna. Tenéis que aprender a salvaros vos primero.
Tras la reprimenda, el caballero permaneció en silencio, mientras Merlín
continuaba:
-El primer castillo se llama silencio; el segundo conocimiento y el tercero
voluntad y osadía. Una vez hayáis entrado en ellos, encontrareis la salida solo
cuando hayáis aprendido lo que habéis ido a aprender.
Desde el punto de vista del caballero, esto no parecía tan divertido como
rescatar princesas. Además, en aquel momento de su vida, visitar castillos no era
lo que más le apetecía.
-Por que no puedo simplemente rodear los castillos?- pregunto malhumorado.
-Si lo hacéis, os extraviareis del sendero y seguramente os perderéis. La única
manera de llegar a la cima de la montaña es atravesando los castillos- dijo Merlín
firmemente.
El caballero suspiro profundamente mientras contemplaba la empinada y
estrecha senda. Desaparecía entre los altos arboles que sobresalían hacia unas
nubes bajas. Presintió que este viaje seria mucho más difícil que una cruzada.
Merlín sabia lo que el caballero estaba pensando.
-Si- afirmo, -es una batalla diferente la que tendréis que librar en el sendero de
la verdad. La lucha será aprender a amaros.
-Cómo haré eso?- pregunto el caballero.
-Empezaréis por aprender a conoceros- respondió Merlín. -Ésta batalla no se
puede ganar con la espada, asi que la tendréis que dejar aquí- la tierna mirada de
Merlín descanso en el caballero por un momento. Luego añadió: -Si os encontráis
con algo con lo que no podáis lidiar, llamadme, y yo acudiré..
-Queréis decir que podéis aparecer donde quiera que yo me encuentre?
-Cualquier mago que se precie lo puede hacer- replico Merlín. Dicho esto,
desapareció.
El caballero quedo asombrado.
-Pero bueno... si ha desaparecido!
Ardilla asintió.
-A veces realmente la hace buena.
-Gastaréis toda vuestra energía hablando- les riño Rebecca.
-Pongámonos en marcha.
El yelmo del caballero emitió un chirrido cuando este asintió. Partieron con
Ardilla al frente y, detrás el caballero con Rebecca sobre su hombro. De tanto en
tanto, Rebecca volaba en misión exploratoria y volvía para informarles de lo que
les esperaba mas adelante.
Después de unas horas, el caballero se derrumbo, exhausto y dolorido. No
estaba acostumbrado a viajar sin caballo y con la armadura puesta. Como de
todas maneras era casi de noche, Rebecca y Ardilla decidieron parar para dormir.
Rebecca voló entre los arbustos y regreso con algunas bayas, que empujo a
través de los orificios de la visera del caballero. Ardilla fue a un arroyo cercano y
lleno algunas cascaras de nuez con agua, que el caballero bebió con la pajita que
Merlín le había proporcionado. Demasiado agotado como para esperar a que
Ardilla le preparara mas nueces, se quedo dormido.
A la mañana siguiente le despertó el sol cayendo sobre sus ojos. La
luminosidad le molestaba. Su visera nunca había dejado pasar tanta luz. Mientras
intentaba entender este fenómeno, se dio cuenta de que Ardilla y Rebecca le
estaban observando, al tiempo que parloteaban y arrullaban con excitación. Hizo
un esfuerzo por sentarse y, de repente, se dio cuenta de que podía ver mucho
mas que el día anterior, y que podía sentir la fresca brisa en sus mejillas.
Una parte de su visera se había roto y se había caído!
"Cómo habrá sucedido?", Se pregunto.
Ardilla contesto a la pregunta que el no había formulado en voz alta.
-Se ha oxidado y se ha caído.
-Pero, como?- pregunto el caballero.
-Por las lagrimas que derramasteis después de ver la carta en blanco de
vuestro hijo- dijo Rebecca.
El caballero medito sobre esto. La pena que había sentido era tan profunda
que su armadura no había podido protegerle. Al contrario, sus lagrimas habían
comenzado a deshacer el acero que le rodeaba.
-Eso es!- grito. -Las lagrimas de auténticos sentimientos me liberaran de la
armadura!
Se puso de pie más rápido de lo que lo había hecho en años.
-Ardilla! Rebecca!- grito -Espabilad! Vamos al sendero de la verdad!
Rebecca y Ardilla estaban tan llenas de alegría con lo que estaba sucediéndole
al caballero que no le dijeron que su rima era malisima. Los tres continuaron la
ascensión de la montaña. Era un día muy especial para el caballero. Noto las
diminutas partículas iluminadas por el sol que flotaban en el aire, filtrándose a
través de las ramas de los arboles. Miro con detenimiento las caras de algunos
petirrojos y vio que no eran todas iguales. Le comento esto a Rebecca, que dio
pequeños saltitos, arrullando alegremente.
-Estáis empezando a ver las diferencias en otras formas de vida porque estáis
empezando a ver las diferencias en vuestro interior.
El caballero intento comprender que quería decir Rebecca exactamente. Era
demasiado orgulloso para preguntar, pues todavía pensaba que un caballero tenia
que ser mas listo que una paloma.
En ese preciso momento, Ardilla, que había ido a explorar, regresaba
alborotada.
-El castillo del silencio esta justo detrás de la próxima subida.
Emocionado ante la idea de ver el castillo, el caballero apuro el paso. Llego a
la cima del monte sin aliento. Era verdad, el castillo se veía a lo lejos, bloqueando
el sendero por completo. El caballero les confeso a Ardilla y Rebecca que estaba
decepcionado. Había esperado una estructura más elegante. En lugar de eso, el
castillo del silencio parecía uno mas.
Rebecca rió y dijo:
-Cuándo aprendáis a aceptar en lugar de esperar, tendréis menos
decepciones.
El caballero asintió ante la sabiduría de estas palabras.
-He pasado casi toda mi vida decepcionándome. Recuerdo que, estando en la
cuna, pensaba que era el bebe mas bonito del mundo. Entonces mi niñera me
miro y dijo: "Tenéis una cara que solo una madre podría amar". Me sentí
decepcionado por ser feo en lugar de hermoso, y me decepciono que la niñera
fuera tan poco amable.
-Si realmente os hubierais sentido hermoso, no os hubiera importado lo que
ella dijo. No os hubieras sentido decepcionado- explico Ardilla.
Eso tenia sentido para el caballero.
-Estoy empezando a pensar que los animales son mas listos que las personas.
-El hecho de que podáis decir eso os hace tan listo como nosotros- replico
Ardilla.
-No creo que todo esto tenga nada que ver con ser listo- dijo Rebecca. -Los
animales aceptan y los humanos esperan. Nunca oiréis a un conejo decir "Espero
que el sol salga esta mañana para poder ir al lago a jugar". Si el sol no sale, no le
estropeara el día al conejo. Es feliz siendo un conejo.
El caballero penso en esto. No recordaba a ninguna persona que fuera feliz
simplemente por ser persona.
Al poco rato llegaron a la puerta del enorme castillo. El caballero cogió la llave
dorada de su cuello y la introdujo en la cerradura. Y mientras abría la puerta,
Rebecca le dijo:
-Nosotras no iremos contigo.
El caballero, que estaba empezando a amar y confiar en los animales, se sintió
decepcionado por que no le acompañaran. Estaba a punto de decirlo, cuando se
dio cuenta. Estaba esperando otra vez.
Los animales sabían que el caballero dudaba entre entrar o no en el castillo.
-Os podemos mostrar la puerta- dijo Ardilla, -pero tendréis que entrar solo.
Al alejarse volando, Rebecca le llamo alegremente.
-Nos encontraremos al otro lado.
*

_
4.- EL CASTILLO DEL SILENCIO
Abandonado a su suerte, el caballero asomo la cabeza por la puerta del
castillo. Las rodillas le temblaban ligeramente, por lo que producía un ruido
metálico a causa de su armadura. Como no quería parecer una gallina frente a
una paloma, en caso de que Rebecca pudiera verle, reunió fuerzas y entro
valientemente, cerrando la puerta a sus espaldas.
Por un momento deseo no haber dejado atrás su espada, pero Merlín le había
prometido que no tendría que matar dragones, y el caballero confiaba plenamente
en el mago.
Entro en la enorme antesala del castillo y miro a su alrededor. Solo vio el fuego
que ardía en una enorme chimenea de piedra en uno de los muros y tres
alfombras en el suelo. Se sentó en la alfombra mas cercana al fuego.
El caballero pronto se dio cuenta de dos cosas: primero, parecía no haber
ninguna puerta que lo condujera fuera de la habitación, hacia otras áreas del
castillo. Segundo, había un extraordinario y aterrador silencio. Se sobresalto al
notar que el fuego ni siquiera chasqueaba. El caballero pensaba que su castillo
era silencioso, especialmente en las épocas en que Julieta no le hablaba durante
dias, pero aquello no era nada comparado con esto. El castillo del silencio hacia
honor a su nombre, penso. Jamas en su vida se había sentido tan solo.
De repente, el caballero se sobresalto por el sonido de una voz familiar a sus
espaldas.
-Hola, caballero.
El caballero se giro y se sorprendió al ver al rey aproximarse desde una
esquina lejana de la habitación.
-Rey!- dijo con la voz entrecortada -Ni siquiera os había visto. Que estáis
haciendo aquí?
-Lo mismo que vos, caballero: buscando la puerta.
El caballero miro a su alrededor otra vez.
-No veo ninguna puerta.
-Uno no puede ver realmente hasta que comprende- dijo el rey. -Cuando
comprendáis lo que hay en esta habitación, podréis ver la puerta que conduce a la
siguiente.
-Definitivamente, eso espero, rey- dijo el caballero. -Me sorprende veros aquí.
Había oído que estabais en una cruzada.
-Eso es lo que dicen siempre que viajo por el sendero de la verdad- explico el
rey. -Mis súbditos lo entienden mejor asi.
El caballero parecía perplejo.
-Todo el mundo entiende las cruzadas- dijo el rey -pero muy pocos
comprenden la verdad.
-Si- asintió el caballero. -Yo mismo no estaría en este sendero si no estuviera
atrapado en esta armadura.
-La mayoría de la gente esta atrapada en su armadura- declaro el rey.
-Qué queréis decir?- pregunto el caballero.
-Ponemos barreras para protegernos de quienes creemos que somos. Luego
un día quedamos atrapados tras las barreras y ya no podemos salir.
-Nunca pense que vos estuvierais atrapado, rey. Sois tan sabio...- dijo el
caballero.
El rey soltó una carcajada.
-Soy lo suficientemente sabio como para saber cuando estoy atrapado, y
también para regresar aquí para aprender mas de mi mismo.
El caballero estaba entusiasmado, pensando que quizás el rey podría
mostrarle el camino.
-Decidme- dijo el caballero, su rostro iluminado, -podríamos atravesar el castillo
juntos? Asi no seria tan solitario...
El rey negó con la cabeza.
-Una vez lo intente. Es verdad que mis compañeras y yo no nos sentíamos
solos porque hablábamos constantemente, pero cuando uno habla es imposible
ver la puerta de salida de esta habitación.
-Quizá podríamos limitarnos a caminar juntos, sin hablar- sugirió el caballero.
No le apetecía mucho tener que caminar solo por el castillo del silencio.
El rey volvió a negar con la cabeza, esta vez con mas fuerza.
-No, también lo intente. Hizo que el vacío fuera menos doloroso, pero tampoco
pude ver la puerta de salida.
El caballero protesto.
-Pero si no estabais hablando...
-Permanecer en silencio es algo mas que no hablar- dijo el rey. -Descubrí que,
cuando estaba con alguien, mostraba solo mi mejor imagen. No dejaba caer mis
barreras, de manera que ni yo ni la otra persona podíamos ver lo que yo intentaba
esconder.
-No lo capto- dijo el caballero.
-Lo comprenderéis- replico el rey -cuando hayáis permanecido aquí el tiempo
suficiente. Uno debe estar solo para poder dejar caer su armadura.
El caballero estaba desesperado.
-No quiero quedarme aquí solo!- exclamo, golpeando el duelo con el pie, y
dejándolo caer involuntariamente sobre el pie del rey.
El rey grito de dolor y comenzó a dar saltos.
El caballero estaba horrorizado! Primero al herrero; ahora al rey.
-Perdonad señor- dijo, disculpándose.
El rey acaricio su pie con suavidad.
-Oh, bueno. Esa armadura os hace mas daño a vos que a mi- luego, miro al
caballero con expresión sabia. -Comprendo que no queráis quedaros solo en el
castillo. Yo tampoco lo deseaba las primeras veces que estuve aquí, pero ahora
me doy cuenta de que lo que uno ha de hacer aquí, lo ha de hacer sólo-. Dicho
esto, se alejo cojeando al tiempo que decía: -ahora debo irme.
Perplejo, el caballero pregunto:
-Adónde vais? La puerta esta por aquí.
-Esa puerta es solo de entrada. La puerta que lleva a la siguiente habitación
esta en la pared mas lejana. La vi, por fin, cuando vos entrabais- dijo el rey.
-Qué queréis decir con que por fin la visteis? No recordabais donde estaba, de
las otras veces que estuvisteis aquí?- pregunto el caballero, sin comprender por
que el rey continuaba viniendo.
-Uno nunca acaba de viajar por el sendero de la verdad. Cada vez que vengo,
a medida que voy comprendiendo cada vez mas, encuentro nuevas puertas-. El
rey se despidió con la mano. -Trataos bien, amigo mio.
-Aguardad, por favor!- le suplico el caballero.
El rey se volvió y le miro con compasión.
-Si?
El caballero, que no podía hacer que tambalease la resolución del rey, pidió:
-Hay algún consejo que me podáis dar antes de iros?
El rey lo penso un momento, luego respondió:
-Éste es un nuevo tipo de cruzada para vos, querido caballero: una que
requiere mas coraje que todas las otras batallas que habéis conocido antes. Si
lográis reunir las fuerzas necesarias y quedaros para hacer lo que tenéis que
hacer aquí, será vuestra mayor victoria.
Dicho esto, el rey se giro y, estirando el brazo como para abrir una puerta,
desapareció en la pared, dejando perplejo al caballero.
El caballero corrió al sitio donde había estado el rey, esperando que, de cerca,
también podría ver la puerta. Al encontrar tan solo lo que parecía ser una pared
sólida, comenzó a caminar por toda la habitación. Lo único que el caballero podía
oír era el sonido de su armadura resonando por todo el castillo.
Después de un rato, se sentía mas deprimido que nunca. Para animarse, canto
un par de canciones de batalla: Estare contigo para llevarte a una cruzada, cariño
y dondequiera que deje mi yelmo, esa será mi casa. Las canto una y otra vez.
A medida que su voz se fue cansando, la quietud comenzó a ahogar su canto,
envolviéndolo en el silencio más absoluto. Solo entonces pudo el caballero admitir
francamente algo que ya sabia: tenia miedo de estar solo.
En ese momento, vio una puerta en la parte más lejana de la habitación. Fue
hasta ella, la abrió lentamente y entro en otra habitación. Esta otra sala se parecía
mucho a la anterior, solo que era más pequeña. También esta estaba vacía de
todo sonido.
Para pasar el tiempo, el caballero comenzó a hablar consigo mismo. Decía
cualquier cosa que le venia a la mente. Hablo de cómo era de pequeño y de que
manera era diferente de los otros niños que conocía. Mientras cazaban codornices
y jugaban a "ponle la cola al burro", el se quedaba en casa y leía. Como en aquel
entonces los libros eran manuscritos por los monjes, había pocos y, muy pronto,
los hubo leído todos. Fue entonces cuando comenzó a hablar con todo aquel que
pasaba delante de el. Cuando no había con quien hablar, hablaba consigo mismo,
igual que ahora. Se encontró diciendo que había hablado toda su vida para evitar
sentirse solo.
El caballero penso profundamente sobre esto hasta que el sonido de su propia
voz rompió el aterrador silencio.
-Supongo que siempre he tenido miedo de estar solo.
Mientras pronunciaba estas palabras, otra puerta se hizo visible. El caballero la
abrió y entro en la siguiente habitación. Era más pequeña aun que la anterior.
Se sentó en el suelo y continuo pensando, al poco rato, le vino el pensamiento
de que durante toda su vida había perdido el tiempo hablando de lo que había
hecho y de lo que iba a hacer. Nunca había disfrutado de lo que pasaba en el
momento. Y entonces apareció otra puerta. Llevaba a una habitación aun mas
pequeña que las anteriores.
Animado por su progreso, el caballero hizo algo que nunca antes había hecho.
Se quedo quieto y escucho el silencio. Se dio cuenta de que, durante la mayor
parte de su vida, no había escuchado realmente a nadie ni a nada. El sonido del
viento, de la lluvia, el sonido del agua que corre por los arroyos, habían estado
siempre ahí, pero en realidad nunca los había oído. Tampoco había oído a Julieta,
cuando ella intentaba decirle como se sentía; especialmente cuando estaba triste.
Le hacia recordar que el también estaba triste. De hecho, una de4 las razones por
las que había decidido dejarse la armadura puesta todo el tiempo era porque asi
ahogaba la triste voz de Julieta. Todo lo que tenia que hacer era bajar la visera y
ya no la oía.
Julieta debía de haberse sentido muy sola hablando con un hombre envuelto
en acero; tan sola como el se había sentido en esta lúgubre habitación. Su propio
dolor y su soledad afloraron. Comenzó a sentir el dolor y la soledad de Julieta
también. Durante años, la había obligado a vivir en un castillo de silencio. Se puso
a llorar.
El caballero lloro tanto que las lagrimas se derramaron por los agujeros de la
visera y empaparon la alfombra que había debajo de el. Las lagrimas fluyeron
hacia la chimenea y apagaron el fuego. En realidad, toda la habitación había
empezado a inundarse, y el caballero se hubiera ahogado si no fuera porque en
ese preciso instante apareció otra puerta.
Aunque estaba exhausto por el diluvio, se arrastro hasta la puerta, la abrió y
entro en una habitación que no era mucho mayor que el establo de su caballo.
-Me pregunto por que las habitaciones son cada vez más pequeñas- dijo en
voz alta.
Una voz replico:
-Porque os estáis acercando a vos mismo.
Sobresaltado, el caballero miro a su alrededor. Estaba solo, o eso había
creído. Quién había hablado?
-Tu has hablado- dijo la voz como respuesta a su pensamiento.
La voz parecía venir de dentro de sí mismo. Era eso posible?
-Si, es posible- respondió la voz. -Soy tu yo verdadero.
-Pero si yo soy mi yo verdadero- protesto el caballero.
-Mírate- pronuncio la voz con ligera aversión, - ahí sentado medio muerto,
dentro de ese montón de lata, con la visera oxidada y la barba hecha una sopa. Si
tu eres tu verdadero yo, los dos estamos en problemas!
-Ahora óyeme tú a mí- dijo el caballero. -He vivido todos estos años sin oír ni
una palabra sobre ti. Ahora que oigo, lo primero que me dices es que eres mi
verdadero yo. Por que no me habías hablado antes?
-He estado aquí durante años- replico la voz, -pero esta es la primera vez que
estas lo suficientemente silencioso como para oírme.
El caballero dudo.
-Si tu eres mi verdadero yo, entonces, por favor, dime, quien soy yo?
La voz replico amablemente:
-No puedes pretender aprender todo de golpe. Por que no te vas a dormir?
-Esta bien- dijo el caballero, -Pero antes, quiero saber como debo llamarte.
-Llamarme?- pregunto la voz, perpleja, -Pero si yo soy tu!
-No puedo llamarte yo. Me confunde.
-Esta bien. Llámame Sam.
-Por que Sam?
-Y por que no?- fue la respuesta.
-Tienes que conocer a Merlín- dijo el caballero, empezando a cabecear de
cansancio. Luego se le cerraron los ojos mientras se sumergía en un profundo y
dulce sueño.
Cuando despertó, no sabia donde estaba. Tan solo era consciente de sí
mismo. El resto del mundo parecía haberse desvanecido. A medida que se fue
despertando, el caballero se fue dando cuenta de que Ardilla y Rebecca estaban
sentadas sobre su pecho.
-Cómo habéis entrado aquí?- pregunto.
Ardilla rió.
-No estamos ahí.
-Vos estáis aquí- arrulló Rebecca.
El caballero abrió mas los ojos y se sentó. Miro a su alrededor sorprendido. Sin
lugar a dudas, se encontraba sentado sobre el sendero de la verdad, al otro lado
del castillo del silencio.
-Cómo salí de allí?- pregunto.
Rebecca le respondió:
-De la única manera posible. Pensando.
-Lo ultimo que recuerdo- dijo el caballero -es que estaba hablando con...- Aquí
se detuvo. Quería contarles a Rebecca y Ardilla acerca de Sam, pero no era fácil
de explicar. Además, podía habérselo imaginado todo. Tenia mucho que pensar.
El caballero se rasco la cabeza, pero tardo un momento en darse cuenta de que
en realidad estaba rascando su propia piel. Se llevo las dos manos envueltas en
acero a la cabeza. Su yelmo había desaparecido! Se toco la cara y la larga barba.
-Ardilla! Rebecca!- grito.
-Ya lo sabemos- dijeron en un alegre unísono. -Habéis debido llorar otra vez en
el castillo del silencio.
-Lo hice- replico el caballero. -Pero, como puede haberse oxidado todo un
yelmo en una noche?
Los animales rieron con estrépito. Rebecca yacía sin aliento, dando aletazos
contar el suelo. Al caballero le pareció que estaba fuera de sus pajarillos. Exigió
que le hicieran saber que era tan gracioso.
Ardilla fue la primera en recuperar el aliento.
-No estuvisteis solo una noche en el castillo.
-Entonces, durante cuanto tiempo?
-Y si os dijera que mientras estabais ahí dentro pude haber recogido fácilmente
mas de cinco mil nueces?
-Diría que estáis loca!- exclamo el caballero.
-Pues permanecisteis en el castillo durante mucho tiempo- afirmo Rebecca.
El caballero dejo caer la mandíbula incrédulo. Miro hacia al cielo y, con una
resonante voz, dijo:
-Merlín, debo hablar con vos.
Como había prometido, el mago apareció inmediatamente. Iba desnudo, a
excepción de su larga barba, y estaba completamente mojado. Parecía que el
caballero le había cogido mientras tomaba un baño.
-Lamento la intrusión- dijo el caballero, -pero era una urgencia. Yo...
-No hay problema- dijo Merlín, interrumpiéndolo. -Los magos somos
molestados a menudo-. Se sacudió el agua de la barba.
-Respondiendo a vuestra pregunta, he de deciros que es verdad.
Permanecisteis en el castillo del silencio por un largo tiempo.
Merlín no dejaba de sorprender al caballero.
-Cómo sabíais lo que quería preguntaros?
-Cómo me conozco, puedo conoceros. Somos todos parte el uno del otro.
El caballero penso un momento.
-Estoy empezando a entender. He podido comprender que el dolor de Julieta
porque soy parte de ella?
-Si- respondió Merlín. -Por eso pudisteis llorar por ella y por vos mismo. Fue la
primera vez que derramasteis lagrimas por otra persona.
El caballero le dijo a Merlín que se sentía orgulloso. El mago sonrío infulgente.
-Uno no debe sentirse orgullosos por ser humano. Tiene tan poco sentido
como que Rebecca se sintiera orgullosa por poder volar. Rebecca nació con alas.
Vos nacisteis con un corazón, y ahora lo estáis utilizando, como es natural.
-Realmente sabéis como desanimar a un amigo, Merlín.
-No era mi intención ser duro con vos. Lo estáis haciendo bien, de no ser asi,
no hubieras conocido a Sam.
El caballero se sintió aliviado.
-Entonces, lo oí realmente? No fue solo mi imaginación?
Merlín soltó una risita ahogada.
-No, Sam es real. De hecho, es un yo mas real que el que habéis llamado yo
durante todos estos años. No os estáis volviendo loco. Simplemente, estáis
empezando a oír a vuestro yo verdadero. Por esa razón el tiempo transcurrió sin
que os dierais cuenta.
-No lo comprendo- dijo el caballero.
-Comprenderéis cuando hayáis pasado por el castillo del conocimiento.
Antes de que el caballero pudiera hacer mas preguntas, Merlín desapareció.
*

_
5.- EL CASTILLO DEL CONOCIMIENTO
El caballero, Ardilla y Rebecca continuaron el viaje por el sendero de la verdad,
en dirección al castillo del conocimiento. Se detuvieron tan solo dos veces ese día,
una para comer y otra para que el caballero afeitara su escuálida barba y cortara
su largo cabello con el borde afilado del guantelete. Una vez hecho esto, el
caballero tuvo mejor aspecto y se sintió mucho mejor, mas libre que antes. Sin el
yelmo podía comer nueces sin la ayuda de Ardilla. Aunque había apreciado la
técnica salvavidas, no consideraba que aquello fuera un modo de vida realmente
elegante. Se podía alimentar también de frutas y raíces a las que se había
acostumbrado. Nunca mas comería paloma ni ninguna otra ave o carne, pues se
daba cuenta que hacerlo seria, literalmente, como comerse a sus amigos.
Justo antes de caer la noche, el trío continuo caminando penosamente por un
monte y contemplo el castillo del conocimiento en la distancia. Era mayor que el
castillo del silencio, y la puerta era de oro sólido. Era el castillo mas grande que el
caballero hubiera visto jamas, incluso mayor que el que el caballero se había
construido. el caballero contemplo la impresionante estructura y se pregunto quien
lo habría diseñado.
En ese preciso momento, sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de
Sam.
-El castillo del conocimiento fue diseñado por el propio universo: la fuente de
todo conocimiento.
El caballero se sintió sorprendido y a la vez complacido de volver a oír la voz
de Sam.
-Me alegro que hayas vuelto- dijo.
-En realidad, nunca me fui- replico Sam. -Recuerda que yo soy tu.
-Por favor, no quiero volver a escuchar eso. Que te parezco ahora que me he
afeitado y me he cortado el pelo?
-Es la primera vez que sacas provecho de ser esquilado- replico Sam.
El caballero rió con la broma de Sam. Le gustaba su sentido del humor. Si el
castillo del conocimiento se asemejaba al castillo del silencio, estaría feliz de tener
a Sam por compañía.
El caballero, Rebecca y Ardilla cruzaron el puente levadizo por encima del foso
y se detuvieron ante la dorada puerta. El caballero cogió la llave que colgaba de
sus cuello e hizo girar la cerradura. Al abrir la puerta, le pregunto a Rebecca y a
Ardilla si se irían como lo habían hecho en el castillo del silencio.
-No- replico Rebecca. -El silencio es para uno; el conocimiento es para todos.
El caballero se pregunto como era posible que se considerara a una paloma un
blanco fácil.
Los tres atravesaron la puerta y penetraron en una oscuridad tan densa que el
caballero no podía ver ni su propia mano. El caballero busco a tientas las
acostumbradas antorchas que suelen estar en la entrada de los castillos, pero no
había ninguna. Un castillo con puerta de oro y sin antorchas?
-Incluso los castillos de la zona barata tienen antorchas- refunfuño el caballero
al tiempo que Ardilla lo llamaba.
El caballero tanteo el camino hasta donde se encontraba ella y vio que estaba
señalando una inscripción que brillaba en la pared. Ponía:
"El conocimiento es la luz que iluminara vuestro camino"
"Preferiría una antorcha", penso el caballero, "quienquiera que sea el que
gestiona este castillo, esta decidido a reducir las facturas de la luz"
Sam hablo:
-Significa que cuantas mas cosas sepas, mas luz habrá en el interior del
castillo.
-Apuesto a que tienes razón, Sam!- exclamo el caballero. Y un rayo de luz se
filtro en la habitación.
En ese preciso momento, Ardilla volvió a llamar al caballero para que se
reuniera con ella. Había encontrado otra brillante inscripción grabada en la pared:
Habéis confundido la necesidad con el amor?
Todavía perturbado, el caballero mascullo:
-Supongo que tengo que encontrar la respuesta para conseguir un poco mas
de luz.
-Lo estas cogiendo rápidamente- replico Sam, a lo que el caballero respondió
bufando:
-No tengo tiempo para jugar a preguntas y respuestas. Quiero encontrar mi
camino por el castillo para poder llegar pronto a la cima de la montaña!
-Tal vez lo que tengáis que aprender aquí sea que tenéis todo el tiempo del
mundo- sugirió Rebecca.
El caballero no estaba de un animo muy receptivo, y no tenia ganas de oír su
filosofía. Por un momento considero la posibilidad de internarse en la oscuridad
del castillo e intentar atravesarlo. La negrura, sin embargo, era bastante
intimidadora y, sin su espada, se sentía temeroso. Le pareció que la única
alternativa que le quedaba era intentar descifrar el significado de la inscripción.
Suspiro y se sentó ante ella. La leyó otra vez: habéis confundido la necesidad con
el amor?
El caballero sabia que amaba a Julieta y a Cristóbal, aunque tenia que admitir
que había amado mas a Julieta antes de que le diera por ponerse bajo los toneles
de vino y vaciar su contenido en su boca.
Sam dijo:
-Si, amabais a Julieta y a Cristóbal, pero, no los necesitabais también?
-Supongo que si- admitió el caballero.
Había necesitado toda la belleza que Julieta le añadió a su vida con su
inteligencia y su encantadora poesía. También había necesitado las cosas
agradables que ella solía hacer, como invitar amigos para que lo animaran,
después de que se quedara atrapado en su armadura.
Se acordó de las épocas en las que el asunto de la caballería había estado
bajo mínimos y no se podían permitir comprar ropa nueva o contratar sirvientes.
Julieta había confeccionado hermosos vestidos para la familia y había preparado
deliciosos platos para el caballero y sus amigos. El caballero reconoció que Julieta
había mantenido siempre el castillo muy limpio. Y él le había dado muchos
castillos para limpiar. A menudo habían tenido que mudarse a un castillo mas
barato cuando él había regresado de las cruzadas sin un chavo. Había dejado que
Julieta hiciera casi todas las mudanzas ella sola, pues el solía estar siempre en
algún torneo. Recordó su aspecto agotado mientras llevaba sus pertenencias de
un castillo a otro, y como se había puesto cuando se vio imposibilitada de tocarlo
por causa de la armadura.
-No fue entonces cuando Julieta comenzó a ponerse bajo los toneles de vino?-
pregunto Sam suavemente.
El caballero asintió, y las lagrimas brotaron de sus ojos. Después, se le ocurrió
algo espantoso: no había querido culparse de las cosas que hacia. Había preferido
culpar a Julieta por todo el vino que bebía. De hecho, le venia bien que ella
bebiera, asi podía decir que todo era por su culpa, incluyendo el hecho de que el
estuviera atrapado en la armadura.
A medida que el caballero se iba dando cuenta de lo injusto que había sido con
Julieta, las lagrimas iban cayendo por sus mejillas. Si, la había necesitado mas de
lo que la había amado. Deseo haberla necesitado menos y amado mas, pero no
había sabido hacerlo.
Mientras continuaba llorando, le vino a la cabeza que también había
necesitado a Cristóbal mas de lo que lo había amado. Un caballero necesitaba un
hijo para que partiera a las batallas y luchara en nombre de su padre cuando este
se hiciera mayor. Esto no quería decir que el caballero no amara a Cristóbal, pues
amaba la belleza de su hijo. También disfrutaba oyéndole decir: "Te quiero, papa",
pero, asi como había amado estas cosas de Cristóbal, también respondían a una
necesidad suya.
Un pensamiento le vino a la mente como un relámpago: había necesitado el
amor de Julieta y de Cristóbal porque no se amaba a sí mismo! De hecho, había
necesitado el amor de todas las damiselas que había rescatado y de toda la gente
por la que había luchado en las cruzadas porque no se amaba a sí mismo.
El caballero lloro aun más al darse cuenta de que si no se amaba, no podía
amar realmente a otros. Su necesidad de ellos se interpondría.
Al admitir esto, una hermosa y resplandeciente luz brillo a su alrededor, ahí
donde antes había habido oscuridad. Una mano se poso suavemente sobre su
hombro. Miro a través de sus lagrimas y vio a Merlín que le sonreía.
-Habéis descubierto una gran verdad- le dijo el mago al caballero. -Sólo podéis
amar a otros en la medida en que os amáis a vos mismo.
-Y como hago para empezar a amarme?- pregunto el caballero.
-Ya habéis empezado, al saber lo que ahora sabéis- dijo Merlín.
-Sé que soy un tonto- sollozo el caballero.
-No, conocéis la verdad, y la verdad es amor.
Esto consoló al caballero, que dejo de llorar. A medida que sus lagrimas se
fueron secando, fue notando la luz que había a su alrededor. Era distinta de
cualquier luz que hubiera visto antes.
Parecía no venir de ningún lugar, y de todos los lugares a la vez.
Merlín hizo eco del pensamiento del caballero:
-No hay nada más hermoso que la luz del conocimiento.
El caballero miro la luz que le rodeaba y luego hacia la lejana oscuridad.
-Para vos no hay oscuridad en este castillo, no ese verdad?
-No- replico Merlín. -Ya no.
Animado, el caballero se puso de pie, listo para continuar. Le agradeció a
Merlín por haber aparecido incluso sin haber sido llamado.
-Está bien- dijo el mago. -Uno no siempre sabe cuando pedir ayuda.
Y, dicho esto, desapareció.
Cuando el caballero se dispuso a continuar, Rebecca apareció volando desde
la oscuridad.
-Escuchad!- dijo toda emocionada -Esperad a ver lo que voy a mostraros!
El caballero nunca había visto a Rebecca tan excitada. Normalmente, era mas
bien tranquila, pero ahora no dejaba de dar saltos sobre su hombro, sin poder
contenerse mientras guiaba al caballero y a Ardilla hacia un gran espejo.
-Es eso! Es eso!- gorjeo en voz alta, los ojos brillando de entusiasmo.
El caballero tuvo una decepción.
-Es solo un viejo espejo- dijo impaciente -vamos, pongámonos en marcha.
-No es un espejo corriente- insistió Rebecca. -No refleja tu aspecto. Refleja
como eres de verdad.
El caballero estaba intrigado, pero no entusiasmado. Nunca le habían
importado mucho los espejos porque nunca se había considerado muy guapo.
Pero Rebecca insistió, asi que, de mala gana, se coloco ante el espejo y
contemplo su reflejo. Para su gran sorpresa, en lugar de un hombre alto con ojos
tristes y nariz grande, con una armadura hasta el cuello, vio a una persona
encantadora y vital, cuyos ojos brillaban con amor y compasión.
-Quién es?- pregunto.
Ardilla respondió:
-Sois vos.
-Éste espejo es un fantasma- dijo el caballero. -Yo no soy asi.
-Estáis viendo a vuestro yo verdadero- explico Sam, -el yo que vive bajo esa
armadura.
-Pero- protesto el caballero, contemplándose con atención en el espejo, -ese
hombre es un espécimen perfecto. Y su rostro esta lleno de inocencia y belleza.
-Ese es tu potencial- le respondió Sam, -ser hermoso, inocente y perfecto.
-Si ese es mi potencial- dijo el caballero, -algo terrible me sucedió en el
camino.
-Si- replico Sam, -pusiste una armadura invisible entre tu y tus verdaderos
sentimientos. Ha estado ahí durante tanto tiempo que se ha hecho visible y
permanente.
-Quizá si escondí mis sentimientos- dijo el caballero. -Pero no podía decir
simplemente todo lo que se me pasaba por la cabeza y hacer todo lo que me
apetecía. Nadie me hubiera querido.- El caballero se detuvo al pronunciar estas
palabras, pues se dio cuenta que se había pasado la vida intentando agradar a la
gente. Penso en todas las cruzadas en las que había luchado, los dragones que
había matado, y en las damiselas en apuros que había rescatado: todo para
demostrar que era bueno, generoso y amoroso. En realidad, no tenia que
demostrar nada. Era bueno, generosos y amoroso.
-Jabalinas saltarinas!- exclamo -he desperdiciado toda mi vida!
-No- dijo Sam rápidamente. -No las has desperdiciado. Necesitabas tiempo
para aprender lo que has aprendido.
-Todavía tengo ganas de llorar- dijo el caballero.
-Pues, eso si seria un desperdicio- dijo Sam.
Acto seguido, entono esta canción:
"Las lagrimas de autocompasion no te pueden ayudar.
No son del tipo que a tu armadura puedan eliminar."
El caballero no estaba de humor para apreciar ni la canción ni el humor de
Sam.
-Deja ya esas pesadas rimas, o te echare fuera- chillo.
-No me puedes echar- rió Sam. -Yo soy tu. No lo recuerdas?
En ese momento, el caballero se hubiera pegado un tiro gustoso con tal de
librarse de Sam, mas, por fortuna, aun no se habían inventado las armas de fuego.
Aparentemente, no había manera de librarse de Sam.
El caballero se miro en el espejo otra vez. La amabilidad, la compasión, el
amor, la inteligencia y la generosidad le devolvieron al mirada. Se dio cuenta de
que todo lo que tenia que hacer para tener todas esas cualidades era reclamarlas,
pues siempre había estado ahí.
Ante este pensamiento, la hermosa luz brillo una vez mas, con mas fuerza que
antes. Ilumino toda la habitación revelando, para sorpresa del caballero, que el
castillo tenia tan solo una gigantesca habitación.
-Es la construcción estándar para un castillo del conocimiento- dijo Sam.
-El verdadero conocimiento no se divide en compartimentos porque todo
procede de una única verdad.
El caballero asintió. Estaba listo para partir justo cuando Ardilla se acerco
corriendo.
-Éste castillo tiene un patio con un gran manzano en el centro.
-Oh, llévame a el- pidió el caballero ansioso, pues empezaba a tener hambre.
El caballero y Rebecca siguieron a Ardilla hasta el patio. Las robustas ramas
del árbol se torcían por el peso de las manzanas más brillantes y rojas que el
caballero hubiera visto jamas.
-Te gustan las manzanas?- pregunto Sam.
El caballero se encontró riendo. Luego noto una inscripción grabada en una
losa junto al árbol:
Por esta fruta no impongo condición, pero ahora aprenderéis acerca de la
ambición.
El caballero reflexiono sobre esto pero, con franqueza, no tenia ni idea de lo
que significaba. Finalmente, decidió olvidarlo.
-Si lo haces, no saldremos de aquí- dijo Sam.
El caballero gruñio.
-Éstas inscripciones son cada vez mas difíciles de entender.
-Nadie dijo que el castillo del conocimiento fuera fácil- dijo Sam con firmeza.
El caballero suspiro, cogió una manzana y se sentó bajo el árbol con Rebecca
y Ardilla.
-Vosotras lo entendéis?- les pregunto.
Ardilla negó con la cabeza.
El caballero miro a Rebecca, que también negó con la cabeza.
-Pero lo que si se- dijo pensativa -es que no tengo ninguna ambición.
-Ni yo- intervino Ardilla. -Y apuesto a que este árbol tampoco tiene ninguna.
-Tiene razón- dijo Rebecca. -éste árbol es como nosotras. No tiene
ambiciones. Quizá vos no necesitéis ninguna.
-Eso esta bien para los animales y los arboles- dijo el caballero. -Pero, que
seria una persona si no tuviese ambición?
-Feliz- dijo Sam.
-No, no lo creo.
-Todos estáis en lo cierto- dijo una voz familiar.
El caballero se volvió y vio a Merlín de pie, detrás de el y los animales. El mago
vestía su larga túnica blanca y llevaba un laúd.
-Estaba a punto de llamarois, Merlín- dijo el caballero.
-Lo sé- replico el mago. -Todo el mundo necesita ayuda para entender a un
árbol. Los arboles son felices simplemente siendo arboles, al igual que Rebecca y
Ardilla son felices siendo simplemente lo que son.
-Pero los humanos somos distintos- protesto el caballero. -Tenemos mentes.
-Nosotras también tenemos mentes- declaro Ardilla, un tanto ofendida.
-Lo siento. Es solo que los seres humanos tenemos mentes mas complicadas
que hacen que deseemos ser mejores- explico el caballero.
-Mejores que que?- pregunto Merlín, tañendo ociosamente unas notas en su
laúd.
-Mejores de lo que somos- respondió el caballero.
-Nacéis hermosos, inocentes y perfectos. Que podría ser mejor que eso?-
demando Merlín.
-No, quiero decir que queremos ser mejores de lo que pensamos que somos, y
mejores que los demás... ya sabéis, como yo, que siempre he querido ser el mejor
caballero del reino.
-Ah, si- admitió Merlín,- la ambición de vuestra complicada mente os llevo a
intentar demostrar que erais mejor que otros caballeros.
-Y que hay de malo en ello?- pregunto el caballero a la defensiva.
-Cómo podíais ser mejor que otros caballeros si todos nacisteis tan inocentes y
perfectos como erais?
-Al menos era feliz intentándolo- replico el caballero.
-Lo erais? O es que estabais tan ocupado intentando serlo que no podíais
disfrutar del simple hecho de ser?
-Me estáis confundiendo- musitó el caballero. -Sé que las personas necesitan
tener ambición. Desean ser listas y tener bonitos castillos y poder cambiar el
caballo del año pasado por uno nuevo. Quieren progresar.
-Ahora estáis hablando del deseo del hombre de enriquecerse; pero si una
persona es generosa, amorosa, compasiva, inteligente y altruista, como podría ser
más rica?
-Esas riquezas no sirven para comprar castillos y caballos- dijo el caballero.
-Es verdad- Merlín esbozo una sonrisa, -hay mas de un tipo de riquezas, asi
como hay mas de un tipo de ambición.
-A mi me parece que la ambición es la ambición. O deseas progresar o no lo
deseas.
-Es mas complicado que todo eso- respondió el mago. -La ambición que
proviene de la mente te puede servir para conseguir bonitos castillos y buenos
caballos. Sin embargo, solo la ambición que proviene del corazón puede darte,
además, la felicidad.
-Qué es la ambición del corazón?- le cuestiono el caballero.
-La ambición del corazón es pura. No compite con nadie y no hace daño a
nadie. De hecho, le sirve a uno de tal manera que sirve a otros al mismo tiempo.
-Como?- pregunto el caballero, esforzándose por comprender.
-Es aquí donde podemos aprender del manzano. Se ha convertido en un árbol
hermoso y maduro, que da generosamente sus frutos a todos. Cuantas más
manzanas coge la gente- dijo Merlín- mas crece el árbol y más hermoso deviene.
Este árbol hace exactamente lo que un manzano debe hacer: Desarrollar su
potencial para beneficio de todos. Lo mismo sucede con las personas que tienen
ambiciones del corazón.
-Pero- objeto el caballero- si me pasara el día regalando manzanas, no podría
tener un elegante castillo y no podría cambiar el caballo del año pasado por uno
nuevo.
-Vos, como la mayoría de la gente, queréis poseer muchas cosas bonitas, pero
es necesario separar la necesidad de la codicia.
-Decidle eso a una esposa que quiere un castillo en un mejor barrio- replico
mordaz el caballero.
Una expresión divertida se dibujo en el rostro de Merlín.
-Podríais vender algunas de vuestras manzanas para pagar el castillo y el
caballo. Después podríais dar las manzanas que no necesitarais para que los
demás se alimentasen.
-Este mundo es mas fácil para los arboles que para las personas- dijo el
caballero filosóficamente.
-Es una cuestión de percepción- dijo Merlín. -Recibís la misma energía vital
que el árbol. Utilizáis la misma agua, el mismo aire y la misma nutrición de la
tierra. Os aseguro que si aprendéis del árbol podréis dar frutos y no tardareis en
tener todos los caballos y castillos que deseáis.
-Queréis decir que podría conseguir todo lo que necesito simplemente
quedándome quieto en mi propio jardín?- pregunto el caballero.
Merlín rió.
-A los seres humanos se les dio dos pies para que no tuvieran que permanecer
en un mismo lugar, pero si se quedaran quietos mas a menudo para poder aceptar
y apreciar, en lugar de ir de aquí para allá intentando apoderarse de todo lo que
pueden, entenderían verdaderamente lo que es la ambición del corazón.
El caballero permaneció en silencio, reflexionando sobre las palabras de
Merlín. Estudio el manzano que florecía ante sus ojos. Observo a Ardilla, a
Rebecca y a Merlín. Ni el árbol ni los animales tenían ambición, y la ambición de
Merlín provenía sin duda de su corazón. Todos parecían sanos y felices; eran
hermosos especímenes de la vida.
Después penso en sí mismo: escuálido y con una barba que empezaba a tener
mal aspecto. Estaba mal nutrido, nervioso, y exhausto por tener que arrastrar su
pesada armadura. Había adquirido todo esto por su ambición mental, y ahora
comprendía que todo eso debía cambiar. La idea le inspiraba temor, pero luego
penso que ya lo había perdido todo, asi que... que mas podía perder?
-A partir de este momento, mis ambiciones vendrán del corazón- prometio el
caballero.
Mientras pronunciaba estas palabras, el castillo y Merlín desaparecieron, y el
caballero se encontró otra vez en el sendero de la verdad, con Rebecca y Ardilla.
Junto al sendero se extendía un cabrilleante arroyo. Sediento, se arrodilló para
beber de su agua y noto con sorpresa que la armadura que cubría sus brazos y
piernas se había oxidado y caído. Su barba había crecido. Era evidente que el
castillo del conocimiento, al igual que el castillo del silencio, había jugado con el
tiempo.
El caballero reflexiono sobre este extraño fenómeno y no tardo en darse cuenta
de que Merlín estaba en lo cierto. Decidió que era verdad, que el tiempo
transcurría con rapidez cuando uno se escuchaba a si mismo. Recordó cuantas
veces el tiempo se hacia eterno mientras el esperaba que otras personas lo
llenaran.
Ahora que todo lo que quedaba de su armadura era el peto, el caballero se
sintió mas ligero y mas joven de lo que se había sentido en años. También
descubrió que no se había sentido tan bien consigo mismo desde hacia mucho
tiempo. Con el paso firme de un muchacho, partió hacia el castillo de la voluntad y
la osadía con Rebecca volando sobre su cabeza y Ardilla corriendo a sus pies.

*

_
6.- EL CASTILLO DE LA VOLUNTAD Y LA OSADIA
Hacia el amanecer del día siguiente, el inverosímil trío llego al ultimo castillo.
Era mas alto que los otros y sus muros parecían más gruesos. Confiado de que
atravesaría velozmente este castillo, el caballero cruzo el puente levadizo con los
animales.
Cuando estaban a medio camino se abrió de golpe la puerta del castillo y un
enorme y amenazante dragón, cubierto de relucientes escamas verdes, surgió de
su interior, echando fuego por la boca. Espantado, el caballero se paro en seco.
Había visto muchos dragones, pero este no se parecía a ninguno. Era enorme,
y las llamas salían no solo de su boca, como sucedía con cualquier dragón común
y corriente, sino también de sus ojos y oídos. Y, por si eso fuera poco, las llamas
eran azules, lo cual quería decir que este dragón tenia un alto contenido de
butano.
El caballero busco su espada, pero su mano no encontró nada. Comenzó a
temblar. Con una voz débil e irreconocible, el caballero pidió ayuda a Merlín, mas,
para su desesperación, el mago no apareció.
-Por que no viene?- pregunto ansiosamente, al tiempo que esquivaba una
llamarada azul del monstruo.
-No lo se- replico Ardilla. -Normalmente se puede contar con el.
Rebecca, sentada sobre el hombro del caballero, ladeo la cabeza y escucho
con atención.
-Por lo que he podido captar, Merlín esta en París, en una conferencia de
magos.
"No me puede abandonar ahora", se dijo el caballero. "Me prometio que no
habría dragones en el sendero de la verdad".
-Se refería a los dragones comunes y corrientes- rugió el monstruo con una
voz que hizo temblar los arboles y que por poco hizo caer a Rebecca del hombro
del caballero.
La situación parecía seria. Un dragón que podía leer las mentes era
definitivamente lo peor que se podía esperar pero, de alguna manera, el caballero
logro dejar de temblar. Con la voz mas fuerte y potente que pudo, grito:
-Fuera de mi camino, bombona de butano gigante!
La bestia bufo, lanzando fuego en todas direcciones.
-Caramba, que atrevido el gatito asustado!
El caballero, que no sabia que mas hacer, intentó ganar tiempo.
-Qué haces en el castillo de la voluntad y la osadía?- pregunto.
-Hay algún sitio mejor donde yo pueda vivir? Soy el dragón del miedo y la
duda.
El caballero reconoció que el nombre era muy acertado. Miedo y duda era
exactamente lo que sentía.
El dragón volvió a vociferar:
-Estoy aquí para acabar con todos los listillos que piensan que pueden derrotar
a cualquiera simplemente porque han pasado por el castillo del conocimiento.
Rebecca susurro al oído del caballero:
-Merlín dijo una vez que el conocimiento de uno mismo podía matar al dragón
del miedo y la duda.
-Y tú lo crees?- susurro el caballero.
-Si- afirmo Rebecca con firmeza.
-Pues, entonces, encárgate tu de ese lanzallamas verde!- el caballero dio
media vuelta y cruzo el puente levadizo corriendo, en retirada.
-Jo jo jo!- rió el dragón, y con su ultimo "jo" por poco quema los pantalones del
caballero.
-Os retiráis después de haber llegado tan lejos?- pregunto Ardilla, mientras el
caballero se sacudía las chispas de la espalda.
-No lo sé- replico él. -He llegado a habituarme a ciertos lujos, como vivir.
Sam intervino.
-Cómo te soportas si no tienes la voluntad y la osadía de poner a prueba el
conocimiento que tienes de ti mismo?
-Tú también crees que el conocimiento de uno mismo puede matar al dragón
del miedo y la duda?- pregunto el caballero.
-Por supuesto. El conocimiento de uno mismo es la verdad y ya sabes lo que
dicen: "la verdad es más poderosa que la espada".
-Ya sé que eso es lo que se dice, pero... hay alguien que lo haya probado y
haya sobrevivido?- pregunto sutilmente el caballero.
Tan pronto como acabo de pronunciar estas palabras, el caballero recordó que
no necesitaba probar nada. Era bueno, generoso y amoroso. Por lo tanto, no
debía sentir miedo ni dudas. El dragón no era mas que una ilusión.
El caballero dirigió la mirada a través del puente hacia donde se encontraba el
monstruo lanzando fuego hacia unos arbustos, por lo visto para no perder la
practica. Con el pensamiento en la mente de que el dragón solo existía si el creía
que existía, el caballero inspiro profundamente y, con lentitud, volvió a atravesar el
puente levadizo.
El dragón, por supuesto, fue a su encuentro, bufando y echando fuego. Esta
vez, sin embargo, el caballero siguió adelante. Pero el coraje del caballero no
tardo en comenzar a derretirse, al igual que su barba, con el calor de las
llamaradas del dragón. Con un grito de temor y angustia, dio media vuelta y salió
corriendo.
El dragón dejo escapar una poderosa carcajada y disparo un chorro de fuego
contra el caballero en retirada. Con un aullido de dolor, el caballero atravesó el
puente como una bala, con Rebecca y Ardilla tras él. Al divisar un pequeño arroyo,
sumergió rápidamente su chamuscado trasero en el agua fresca, sofocando las
llamas en el acto.
Ardilla y Rebecca intentaban consolarlo desde la orilla.
-Habéis sido muy valiente- dijo Ardilla.
-No esta mal por tratarse del primer intento- añadió Rebecca.
Sorprendido, el caballero la miro desde donde estaba.
-Cómo que el primer intento?
Ardilla le respondió con toda naturalidad:
-Tendréis mas suerte la segunda vez.
El caballero respondió enfadado:
-Tú iras la segunda vez.
-Recordad que el dragón es solo una ilusión- dijo Rebecca.
-Y el fuego que sale de su boca? Eso también es una ilusión?
-En efecto- respondió Rebecca. -El fuego también era una ilusión.
-Entonces, como es que estoy sentado en este arroyo con el trasero
quemado?- exigió el caballero.
-Porque vos mismo hicisteis que el fuego fuera real al creer que el dragón era
real- explico Rebecca.
-Si creéis que el dragón del miedo y la duda es real, le dais el poder de
quemas vuestro trasero o cualquier otra cosa- dijo Ardilla.
45y enfrentarte al dragón de una
vez por todas.
El caballero se sintió acorralado. Eran tres contra uno. O, mejor dicho, dos y
medio contra uno; la mitad Sam del caballero estaba de acuerdo con Ardilla y
Rebecca, mientras que la otra mitad quería permanecer en el arroyo.
Mientras el caballero luchaba contra un coraje que flaqueaba, oyó a Sam decir:
-Dios le dio coraje al hombre. El hombre le da coraje a Dios.
-Estoy harto de intentar comprender el significado de las cosas. Prefiero
quedarme sentado en el arroyo y descansar.
-Mira- lo animó Sam, -si te enfrentas al dragón, hay una posibilidad de que lo
elimines, pero si no te enfrentas a el, es seguro que el te destruirá.
-Las decisiones son fáciles cuando solo hay una alternativa- dijo el caballero.
Se puso en pie de mala gana, inspiro profundamente y cruzo el puente levadizo
una vez más.
El dragón le miro incrédulo. Era un tipo verdaderamente terco.
-Otra vez?- bufo. -Bueno, esta vez si que te pienso quemar.
Pero esta vez el caballero que marchaba hacia el dragón era otro; uno que
cantaba una y otra vez: "el miedo y la duda son ilusiones".
El dragón lanzo gigantescas llamaradas contra el caballero una y otra vez pero,
por mas que lo intentaba, no lograba hacerlo arder.
A medida que el caballero se iba acercando, el dragón se iba haciendo cada
vez más pequeño, hasta que alcanzo el tamaño de una rana. Una vez extinguida
su llama, el dragón comenzó a lanzar semillas. Estas semillas -las semillas de la
duda- tampoco lograron detener al caballero. El dragón se iba haciendo aun más
pequeño a medida que continuaba avanzando con determinación.
-He vencido!- exclamo el caballero victorioso.
El dragón apenas podía hablar.
-Quizás esta vez, pero regresare una y otra vez para bloquear tu camino.
Dicho esto, desapareció con una explosión de humo azul.
-Regresa siempre que quieras- le grito el caballero. -Cada vez que lo hagas, yo
seré mas fuerte y tu más débil.
Rebecca voló y aterrizo en el hombro del caballero.
-Lo veis, yo tenia razón. El conocimiento de uno mismo puede matar al dragón
del miedo y la duda.
-Si realmente creías que era asi, por que no me acompañaste cuando me
acerque al dragón?- pregunto el caballero, que ya no se sentía inferior a su amiga
emplumada.
Rebecca mullio sus plumas.
No quería interferir. Era vuestro viaje.
Divertido, el caballero estiro el brazo para abrir la puerta del castillo, pero, el
castillo de la voluntad y la osadía había desaparecido!
Sam le explico:
-No tienes que aprender sobre la voluntad y la osadía porque acabas de
demostrar que ya las posees.
El caballero echo la cabeza hacia atrás, riendo de pura alegría. Podía ver la
cima de la montaña. El sendero parecía aun mas empinado que antes, pero no
importaba.
Sabia que ya nada le podía detener.
*

__
7.- LA CIMA DE LA VERDAD
Centímetro a centímetro, palmo a palmo, el caballero escalo, con los dedos
ensangrentados por tener que aferrarse a las afiladas rocas. Cuando ya casi había
llegado a la cima, se encontró con un canto rodado que bloqueaba su camino.
Como siempre, había una inscripción sobre él:
"Aunque este universo poseo, nada poseo,
pues no puedo conocer lo desconocido
si me aferro a lo conocido"
El caballero se sentía demasiado cansado para superar el ultimo obstáculo.
Parecía imposible descifrar la inscripción y estar colgado de la pared de la
montaña al mismo tiempo, pero sabia que debía intentarlo.
Ardilla y Rebecca se sintieron tentadas de ayudarle, pero se contuvieron, pues
sabían que la ayuda puede debilitar a un ser humano.
El caballero inspiro profundamente, lo que le aclaro un poco la mente. Leyó la
ultima parte de la inscripción en voz alta: "pues no puedo conocer lo desconocido
si me aferro a lo conocido".
El caballero reflexiono sobre algunas de las cosas "conocidas" a las que se
había aferrado durante toda su vida. Estaba su identidad -quién creía que era y
que no era-. Estaban sus creencias -aquello que pensaba que era verdad y lo que
consideraba falso-. Y estaban sus juicios -las cosas que tenia por buenas y
aquellas que consideraba malas.
El caballero observo la roca y un pensamiento terrible cruzo por su mente:
también conocía la roca a la cual se aferraba para seguir con vida. Quería decir la
inscripción que debía soltarse y dejarse caer al abismo de lo desconocido?
-Lo has cogido, caballero- dijo Sam-. Tienes que soltarte.
-Qué intentas hacer, matarnos a los dos?- grito el caballero.
-De hecho, ya estamos muriendo ahora mismo- dijo Sam. -Mírate. Estas tan
delgado que podrías deslizarte por debajo de una puerta, y estas lleno de estrés y
miedo.
-No estoy tan asustado como antes- dijo el caballero.
-En ese caso, déjate ir y confía- dijo Sam.
-Que confíe en quien?- replico el caballero enfadado. Estaba harto de la
filosofía de Sam.
-No es un quien- respondió Sam. -No es un quien sino un que!
-Un que?- pregunto el caballero.
-Si- dijo Sam. -La vida, la fuerza, el universo, Dios, como quieras llamarlo.
El caballero miro por encima de su hombro y vio el abismo aparentemente
infinito que había debajo de el.
-Déjate ir- le susurro Sam con urgencia.
El caballero no parecía tener alternativa. Perdía fuerza con cada segundo que
pasaba y la sangre brotaba de sus dedos allí donde se aferraba a la roca.
Pensando que moriría, se dejo ir y se precipito al abismo, a la profundidad infinita
de sus recuerdos.
Recordó todas las cosas de su vida de las que había culpado a su madre, a su
padre, a sus profesores, a su mujer, a su hijo, a sus amigos y a todos los demás.
A medida que caía en el vacío, fue desprendiéndose de todos los juicios que había
hecho contra ellos.
Fue cayendo cada vez mas rápidamente, vertiginosamente, mientras su mente
descendía hacia su corazón. Luego, por primera vez en su vida, contemplo su vida
con claridad, sin juzgar y sin excusarse. En ese instante, acepto toda la
responsabilidad por su vida, por la influencia que la gente tenia sobre ella, y por
los acontecimientos que le habían dado forma.
A partir de ese momento, fuera de si mismo, nunca mas culparía a nada ni a
nadie de todos lo errores y desgracias. El reconocimiento de que el era la causa,
no el efecto, le dio una nueva sensación de poder. Ya no tenia miedo.
Le sobrevino una desconocida sensación de calma y algo muy extraño le
sucedió: empezó a caer hacia arriba!. Si, parecía imposible, pero caía hacia arriba,
surgiendo del abismo! Al mismo tiempo, se seguía sintiendo conectado con lo mas
profundo de el, con el centro de la Tierra. Continuo cayendo hacia arriba, sabiendo
que estaba unido al cielo y a la Tierra.
Repentinamente, dejo de caer y se encontró de pie en la cima de la montaña y
comprendió el significado de la roca. Había soltado todo aquello que había temido
y todo aquello que había sabido y poseído. Su voluntad de abarcar lo desconocido
le había liberado. Ahora el universo era suyo, para ser experimentado y disfrutado.
El caballero permaneció en la cima, respirando profundamente y le sobrevino
una sobrecogedora sensación de bienestar. Se sintió mareado por el
encantamiento de ver, oír y sentir el universo que le rodeaba. Antes, el temor a lo
desconocido había entumecido sus sentidos, pero ahora podía experimentar todo
con una claridad sorprendente. La calidez del sol del atardecer, la melodía de la
suave brisa de la montaña y la belleza de las formas y los colores de la naturaleza
que pintaban el paisaje, causaron un placer indescriptible al caballero. Su corazón
rebosaba de amor: por si mismo, por Julieta y Cristóbal, por Merlín, por Ardilla y
por Rebecca, por la vida y por todo el maravilloso mundo.
Rebecca y Ardilla observaron al caballero ponerse de rodillas, con lagrimas de
gratitud surgiendo de sus ojos.
"Casi muero por todas las lagrimas que no derrame", penso. Las lagrimas
resbalaban por sus mejillas, por su barba y por su peto. Como provenían de su
corazón, estaban extraordinariamente calientes, de manera que no tardaron en
derretir lo que quedaba de su armadura.
El caballero lloraba de alegría. No volvería a ponerse la armadura y cabalgar
en todas direcciones nunca más. Nunca mas vería la gente el brillante reflejo del
acero, pensando que el sol estaba saliendo por el norte o poniéndose por el este.
Sonrió a través de sus lagrimas, ajeno a que una nueva y radiante luz irradiaba
de el; una luz mucho mas brillante y hermosa que la de su pulida armadura, una
luz destellante como un arroyo, resplandeciente como la Luna, deslumbrante
como el Sol.
Por que el caballero era el arroyo. Era la Luna. Era el Sol. Podía ser todas esas
cosas a la vez, y más, porque era uno con el universo.
Era amor.

FIN


LA NAVE QUE CANTABA -- ANNE Mc. CAFFREY

Escrito por imagenes 17-04-2008 en General. Comentarios (0)

LA NAVE QUE CANTABA -- ANNE Mc. CAFFREY

LA NAVE QUE CANTABA
Anne Mc Caffrey



Al nacer era un monstruo, y como tal hubiera sido condenada si no hubiera logrado pasar el test encefalográfico requerido para todos los niños recién nacidos. Existía siempre la posibilidad de que, aunque los miembros estuvieran retorcidos, el cerebro estuviera en perfecto estado, y de que aunque los oídos apenas pudieran oír y los ojos percibieran muy vagamente las imágenes, la mente que había tras ellos fuera receptiva y estuviera alerta.
El electroencefalograma fue totalmente favorable, incluso más de lo que se esperaba, y así se les informó a los apenados padres que esperaban el resultado. Finalmente, se les presentaba la última y más dura decisión: practicarle la eutanasia a su hijo o permitir que se convirtiera en un «cerebro» encapsulado, en un mecanismo director al que se enseñaría un buen número de profesiones diversas. Si optaban por esto último, su hija no sufriría dolor alguno, viviría una existencia confortable en una cápsula de metal durante varios siglos realizando un servicio inapreciable para los Mundos Centrales.
Se le permitió vivir y se le dio un nombre, Helva. Durante sus tres primeros meses de vida vegetativa, agitó sus muñones, pataleó débilmente con sus piececitos deformes y disfrutó de la rutina normal de todos los niños. No estaba sola; había otros tres niños especiales en el gran hospital especial de la ciudad. Al poco tiempo, fueron trasladados al Laboratorio Central, donde comenzó su delicada transformación.
Uno de los niños murió durante el trasplante inicial, pero los de la «clase» de Helva, diecisiete miembros en total, sobrevivieron en cápsulas de metal. En vez de pies con los que patalear, los impulsos neuronales de Helva movían unas ruedas; en vez de agitar las manos manipulaba extensiones mecánicas. A medida que iba creciendo le iban creciendo más sinapsis neuronales para que manipulara otros mecanismos que servirían para el mantenimiento y la buena marcha de una nave espacial. Porque Helva había sido destinada a convertirse en la mitad «cerebral» de una nave espacial, en compañía de una mujer o un hombre, lo que ella quisiera escoger, que actuaría como parte móvil. Estaría entre la élite de los de su especie. Sus tests de inteligencia iniciales registraron un nivel superior al normal y su índice de adaptación era inusitadamente alto. Si su desarrollo dentro de la cápsula metálica respondía a lo que se esperaba de ella y no se producían efectos secundarios derivados de las manipulaciones sobre su pituitaria, Helva viviría una vida plena de recompensas, rica y fuera de lo habitual, muy distinta de la que hubiera podido esperar de haber sido un ser «normal»,
Sin embargo, ni los diagramas de sus circunvalaciones cerebrales, ni las primeras pruebas CI recogían ciertos hechos acerca de Helva que la Central debería saber. Pero tendrían que esperar el tiempo prescrito oficialmente para poder comprobarlos, confiando en que las dosis masivas de psicología celular le serían suficientes para preservarla de las tensiones inherentes a la soledad de su confinamiento y a las presiones de su profesión. No se podía correr el riesgo de que una nave dirigida por un cerebro humano realizara actos delictivos o demenciales con el poder y los reclusos con que la Central equipaba sus naves patrulleras. Claro está que el cerebro de la nave había sufrido largos períodos experimentales. La mayoría de los niños sobrevivían a las técnicas perfeccionadas de manipulación de la pituitaria que mantenía sus cuerpos pequeños, eliminando la necesidad de transferirlos de unas conchas más pequeñas a otras mayores. Y muy pocos morían cuando se establecía la conexión final con los paneles de control de la nave o del complejo industrial. Los hombres-cápsula parecían por su tamaño enanos adultos, fueran cuales fuesen sus deformaciones congénitas, pero ningún cerebro bien orientado hubiera cambiado su lugar ni con el cuerpo más perfecto del universo.
Y así, durante varios años felices, Helva retozó en su cápsula junto con sus demás compañeros, jugando a juegos como esconde-la-energía, estudiando sus lecciones de trayectoria, técnicas de propulsión, computación, logística, higiene mental, psicología básica alienígena, filología, historia espacial, derecho, tráfico, códigos y todos los etcéteras que normalmente conoce un ciudadano razonable, lógico y bien informado. Aunque no muy obvio para ella, pero sí de gran importancia para sus profesores, Helva ingirió los preceptos de su acondicionamiento tan fácilmente como absorbía su líquido nutritivo. Algún día estaría agradecida al paciente grillo de su instrucción a nivel inconsciente.
La civilización de Helva acogía también en su seno a esas asociaciones de bienpensantes que investigaban posibles actos inhumanos cometidos contra los ciudadanos terrestres tanto como contra los extraterrestres. Uno de tales grupos, la Sociedad para la Conservación de los Derechos de las Minorías Inteligentes, centró sus preocupaciones sobre los «niños» encapsulados cuando Helva acababa de cumplir los catorce años. Cuando se vieron obligados a ello, los de Mundos Centrales se encogieron de hombros, prepararon una visita a los laboratorios y les mostraron el historial de los miembros, completado con fotografías. Muy pocos de los comisionados pasaron de las primeras fotografías. La mayor parte de sus anteriores objeciones a las «cápsulas» fueron olvidadas ante el alivio que suponía (para ellos) que aquellos horribles cuerpos hubieran sido piadosamente ocultados.
Los de la clase de Helva estaban aprendiendo bellas artes, un tema optativo en su ya muy apretado programa. Ella había activado uno de sus utensilios microscópicos, que más tarde utilizaría para las reparaciones inmediatas de diversas partes de su panel de control. Su modelo era grande (una copia de la última cena) y su lienzo pequeño: la cabeza de un clavo. Había ajustado su vista a la dimensión adecuada. Mientras trabajaba, canturreaba ausente, emitiendo un curioso sonido. La gente encapsulada utilizaba sus propias cuerdas vocales y diafragmas, pero sonaba como salida de un micrófono y no de una boca. El «mmmm» de Helva tenía, sin embargo, una curiosa vibración, un matiz cálido y dulce incluso en sus modulaciones cromáticas.
- Oh, qué voz más agradable tienes - dijo una de las visitantes.
Helva «levantó la vista» y captó un panorama fascinante de cráteres regulares y sucios sobre una superficie rosa. Su «mmmm» se convirtió en una exhalación de sorpresa. Reguló instintivamente su visión hasta que la piel perdió su aspecto de paisaje de cráteres y los poros asumieron sus proporciones normales.
- Sí, llevamos unos cuantos años entrenando la voz, señora - señaló Helva -. Las peculiaridades vocales se convierten con frecuencia en algo excesivamente irritante durante las prolongadas distancias interestelares y han de ser eliminadas. Yo disfrutaba de las lecciones.
Aunque era la primera vez que Helva veía gente no encapsulada, asumió su experiencia con tranquilidad. Cualquier otra reacción hubiera sido inmediatamente reportada.
- Quiero decir que posee una agradable voz para cantar..., querida - dijo la señora.
- Gracias. ¿Le gustaría ver mi trabajo? - preguntó amablemente Helva. Instintivamente se escabullía de las conversaciones que giraban en torno a cuestiones personales, pero archivó el comentario para una posterior meditación.
- ¿Trabajo? - preguntó la señora.
- Estoy reproduciendo la Ultima Cena en la cabeza de un clavo.
- Oh, ya comprendo - gorjeó la señora.
Helva readaptó de nuevo su visión y observó la reproducción con ojo crítico.
- Por supuesto, algunos de mis valores colorísticos no se adecuan a los del viejo maestro y la perspectiva es errónea, pero creo que resultará una reproducción muy aceptable.
Los ojos de la señora, no adaptados, bizquearon.
- Oh, lo olvidé - la voz de Helva mostraba auténtico sentimiento. Si hubiera podido enrojecer, lo habría hecho -. Ustedes no poseen visión adaptable.
El responsable de aquella entrevista sonrió entre orgulloso y divertido por el tono de Helva, que indicaba lástima por aquella persona desdichada.
- Mire, con esto podrá verlo - dijo Helva, sosteniendo un instrumento amplificador en una de sus extensiones y situándolo sobre la pintura.
En medio de un estupor general, las damas y los caballeros de la comisión se acercaron a observar aquella última cena tan increíblemente copiada y tan brillantemente ejecutada sobre la cabeza de un clavo.
- Bueno - apuntó uno de los caballeros, que habla sido obligado a ir allí por su mujer -, el Buen Dios puede comer donde los ángeles temen pisar.
- ¿Está usted aludiendo, señor - preguntó Helva cortésmente -, a las discusiones que se desarrollaron en las Edades Oscuras acerca del número de ángeles que podían caber en la cabeza de un alfiler?
- Efectivamente, estaba pensando en eso.
- Si usted sustituye «átomo» por «ángel», el problema no es insoluble, conociendo el contenido metálico del alfiler en cuestión.
- Cosa para la que te han programado.
- Efectivamente.
- ¿Recordaron programar un sentido del humor también, jovencita?
- Estamos impulsadas a desarrollar un sentido de la proporción, señor, que contribuye a lograr el mismo efecto.
El buen hombre sonrió apreciativamente y pensó que aquel viaje había merecido la pena.
Si el comité de investigación tardó meses en digerir la completísima comida que les habían servido en el laboratorio, Helva también se quedó con un buen pedazo.
El concepto «cantar» aplicado a sí misma requería ser investigado. Efectivamente, había recibido, y lo había disfrutado, un curso de apreciación musical que incluía las obras clásicas más conocidas, tales como Tristán e Isolda, Candide, Oklahoma y Las bodas de Fígaro, junto con cantantes de la era atómica, como Brigit Nilsson, Bob Dylan y Geraldine Todd, y las curiosas progresiones rítmicas de los venusianos, las cromatías visuales de Capella, el concierto sónico de los altairianos y los canturreos Reticulanos. Pero «cantar» supone grandes dificultades técnicas para cualquier persona encapsulada. Las personas-cápsula están entrenadas para examinar todos los aspectos de un problema o situación antes de hacer cualquier diagnóstico. Adecuadamente equilibrados entre el optimismo y el sentido de la realidad, la actitud antiderrotista de las personas-cápsula les permitía salir con bien (a ellas, a sus naves y a la tripulación de éstas) de situaciones insólitas. Por eso a Helva el problema de que no pudiera abrir la boca para cantar, entre otras restricciones, no le molestaba. Encontraría la forma de cantar.
Se aproximó al problema investigando los métodos de reproducción del sonido utilizados a través de los siglos, tanto humanos como instrumentales. Su propio equipo de producción de sonido era esencialmente más instrumental que vocal. El control de la respiración y una adecuada pronunciación de las vocales dentro de la cavidad oral parecía requerir una gran dosis de desarrollo y práctica. La gente-cápsula, estrictamente hablando, no respiraba. Para el objetivo al que iban destinados, el oxígeno y los demás gases no se extraían de la atmósfera circundante por medio de los pulmones, sino a través de una solución artificial contenida en sus propias cápsulas. Después de varios experimentos, Helva descubrió que podía manipular su unidad diafragmática para mantener el tono. Relajando los músculos de la garganta y expandiendo la capacidad oral hacia los senos frontales, podía dirigir los sonidos de las vocales a una magnífica posición, adecuada para la reproducción a través del micrófono colocado en su garganta. Comparó los resultados con los discos de los cantantes modernos y no le desagradaron, si bien sus grabaciones poseían una cualidad peculiar que aquellos no tenían, y que no era disarmónica, sino sencillamente única. Conseguir un repertorio de la biblioteca del laboratorio no resultaba un problema para una persona dotada de una memoria perfecta. Se dio cuenta de que era capaz de cantar cualquier canción que captara su fantasía. No se le hubiera ocurrido que resultaba curioso para una mujer cantar como bajo, barítono, tenor, mezzo, soprano, a voluntad. Para Helva eso era únicamente una cuestión de correcta reproducción y del control diafragmático que requiriera la música elegida.
Si las autoridades se dieron cuenta de aquellas curiosas aficiones, lo comentaron únicamente a nivel interno. Se fomentaba el deseo entre la gente-cápsula a desarrollar una afición siempre que no interfiriera en su trabajo técnico.
Cuando cumplió los dieciséis años, Helva recibió su diploma y se la instaló en una nave, la XH-834. Su cápsula permanente de titanio fue cubierta por una barrera mucho más indestructible, en el eje central de la nave patrullera, las conexiones neuronales, audiovisuales y sensoriales quedaron establecidas y definitivamente conectadas. Las extensiones fueron desviadas, conectadas o aumentadas y finalmente se completaron las últimas y más delicadas conexiones cerebrales, mientras Helva dormía anestesiada.
Cuando despertó, era la nave. Su cerebro y su inteligencia controlaban todas y cada una de las funciones de la navegación tal y como le era preciso a una nave Patrullera de su clase. Podía ocuparse de sí misma y de su mitad móvil en cualquier situación, ya recogida en los anales de los Mundos Centrales, o en cualquier otra que la mente más fértil pudiera imaginar.
Su primer vuelo real (ya que ella y los de su especie habían realizado vuelos ficticios desde que tenían ocho años) le demostró que poseía un completo dominio de las técnicas de su profesión. Ya estaba preparada para las grandes aventuras que le esperaban y para recibir a su compañero móvil.
Había nueve patrulleros cualificados en la base el día que Helva fue dada de alta para el trabajo activo. Había algunas misiones que requerían una atención inmediata, pero Helva les interesaba a algunos jefes de departamento de la Central desde hacia algún tiempo y todos ellos querían que fuera asignada a su sección. Tan preocupados estaban por ello que ninguno había pensado en presentar a Helva a sus posibles compañeros. Era siempre la nave la que elegía a su compañero. Si hubiera habido en aquel momento en la base otra nave «cerebro», le hubiera aconsejado a Helva dar el primer paso. Pero no la había, y mientras los de la Central discutían entre sí, Robert Tanner salió de las barracas destinadas a los pilotos y se dirigió sin vacilar hacia el brillante casco de metal de Helva.
- Hola, ¿hay alguien en casa? - preguntó Tanner.
- Pues claro - respondió Helva, activando sus visores exteriores -. ¿Eres mi compañero? - le preguntó esperanzadora al reconocer su uniforme del Servicio de Patrulleros.
- Todo lo que tienes que hacer es pedirlo - le contestó él con un tono anhelante.
- No ha venido nadie. Pensé que tal vez no había compañeros disponibles y no he recibido ninguna orden de la Central.
Incluso a ella misma, le sonó su voz como si tuviera un tono de autocompasión, pero la verdad es que se encontraba sola, situada en un lugar oscuro. Antes siempre había tenido la compañía de los otros encapsulados, y más recientemente, la de los técnicos que habían realizado todos aquellos trabajos. Su repentina soledad había perdido su momentáneo encanto y había llegado a hacerse opresiva.
- Que no hayas recibido órdenes de la Central no tiene por qué ser motivo de disgusto, porque sucede que hay otros ocho chicos comiéndose las uñas mientras esperan que les invites a subir a bordo, hermosa.
Tanner se encontraba en la cabina central, y mientras decía aquello pasaba apreciativamente sus dedos sobre su panel, sobre las sillas de gravedad, metía la cabeza en las cabinas, los pasillos y los departamentos de acumulación de presión.
- Ahora, si deseas burlarte de la Central y hacernos a nosotros un favor, todo de una vez, llama a las barracas y diles que deseas que tengamos una fiesta para elegir a un compañero, ¿eh?
Helva se rió para sí. Era tan radicalmente diferente de todos los demás visitantes y de los técnicos del laboratorio que había conocido. Era tan alegre, tan seguro de sí, y ella estaba encantada con su sugerencia de organizar una fiesta para elegir a su compañero. Realmente, no había nada en el reglamento que impidiera ponerlo en práctica.
- ¿Central de comunicaciones? Aquí XH-834. Póngame con el barracón de pilotos.
- ¿Visual?
- Por favor.
Todo un panorama de hombres perezosos en diversas actitudes de aburrimiento apareció en la pantalla.
- Aquí la XH-834. ¿Querrían hacerme el favor los patrulleros sin misión asignada de subir a bordo?
Ocho figuras entraron inmediatamente en acción; tomaron sus ropas, desconectaron sus magnetófonos y arrojaron a un lado lo que tenían entre manos.
Helva cortó la conexión y oyó que Tanner se reía complacido y se sentaba a esperar su llegada.
Helva se sintió arrebatada por la alegría y la impaciencia, sensaciones poco habituales en los seres encapsulados. Una actriz en el día de su estreno no se hubiera sentido más nerviosa, más temerosa y agitada. Pero, a diferencia de la actriz, a Helva no le quedaba la válvula de escape de sumergirse en una crisis nerviosa, de romper un juego de té o sus tarros de maquillaje. Pero sí podía comprobar su stock de bebidas y comestibles, y eso fue lo que hizo.
Tanner fue el primero en probar los víveres seleccionados por el oficial de intendencia.
En el argot de la base a los patrulleros se les conocía con el nombre de «músculos», en oposición a los «cerebros». Habían de someterse a un entrenamiento tan riguroso como el de sus compañeros los cerebros, y solamente los estudiantes que habían obtenido las notas más elevadas en los diferentes centros del mundo eran admitidos en los cursos de los Mundos Centrales. De modo que los ocho jóvenes que subieron por la pasarela y se amontonaron en la agradable cabina de Helva eran de una inteligencia, de una belleza y de un equilibrio superiores a lo normal, y se mostraron encantados por aquella reunión tras la que esperaban, con permiso de Helva, poder emborracharse un poco y competir deportivamente entre ellos para conseguir merecerla.
Ante aquella marea humana, Helva se sintió aturdida, y se dispuso a disfrutar plenamente de aquel lujo que por tan breve tiempo le sería permitido.
Los sopesó a todos. El oportunismo de Tanner le divertía, pero no le atraía específicamente. El rubio Nordsen parecía demasiado simple; el moreno Alatpay mostraba una cabezonería por la que no sentía la menor inclinación. La amargura de Mir-Ahnin poseía unos oscuros orígenes que ella no deseaba descubrir, aunque él mostró el mayor despliegue de recursos para atraer su atención. Era un curioso galanteo aquél; para ella no suponía más que el primero de toda una serie de matrimonios, dado que los músculos se retiraban a los setenta y cinco años de servicio, o antes si tenían mala suerte. Los cerebros, con sus cuerpos a salvo del deterioro, eran indestructibles. En teoría, una persona encapsulada, una vez que había pagado su gran deuda contraída por los primeros cuidados, la adaptación quirúrgica y los gastos de mantenimiento, quedaba libre para buscar trabajo en cualquier otro lugar. En la práctica, las personas encapsuladas permanecían en el servicio hasta que optaban por la autodestrucción o perecían en algún accidente. Helva había tenido la oportunidad de hablar con una persona-cápsula de 322 años. Había quedado tan impresionada con aquel encuentro que no se habla atrevido a preguntarle acerca de aquellas cuestiones personales que hubiera deseado indagar.
No supo por quién decidirse hasta el momento en que Tanner comenzó a entornar una canción de los patrulleros que narraba las desgracias del intrépido, obtuso e imbécil «Billy Músculos». Todos los invitados se pusieron a cantar a coro, pero el resultado fue tan desastroso que Tanner se puso a agitar los brazos para reclamar silencio.
- Lo que necesitamos es un buen tenor. Jennan, aparte de hacer trampas con las cartas, ¿qué otra cosa sabes hacer? ¿Qué tal cantas?
- En «do» sostenido - le contestó Jennan de buen humor.
- Si os resulta absolutamente necesario un tenor, Intentaré hacerlo yo - se ofreció Helva.
- Pero, mi señora... - Protestó Tanner.
- A ver, danos el «la» - dijo Jennan, riéndose.
Jennan rompió el estupefacto silencio que siguió al magnífico «la» de Helva y observó con delicadeza:
- El propio Caruso hubiera dado todas las notas de la escala a cambio de poder cantar un «la» como ése.
No tardaron mucho tiempo en descubrir todas las posibilidades de la voz de Helva.
- Todo lo que Tanner había pedido era un buen tenor - dijo Jennan, sonriendo - y nuestra dulce dueña nos ofrece una compañía de ópera completa. Aquel al que elija como pareja va a llegar lejos, muy lejos.
- ¿Hasta la Nebulosa de la Cabeza del Caballo? - preguntó Nordsen, aludiendo a una vieja frase hecha de los patrulleros.
- Navegaremos cantando hasta la nebulosa y aún más allá - aseguró Helva, riéndose.
- Lo haremos nosotros juntos - añadió Jennan -. Pero con la voz que tengo será mejor que seas tú quien cante y yo el que escuche.
- Pensé que más bien tendría que ser yo la que escuchara - sugirió Helva.
Jennan ejecutó un saludo majestuoso, quitándose elegantemente su entorchado gorra. Para hacerlo se giró hacia el pilar de control, allá donde se encontraba Helva. Fue en aquel mismo momento cuando cristalizó su elección, y por una razón muy simple: tan sólo Jennan, al hablarle, se dirigía directamente a su presencia física, prescindiendo del hecho de que ella podía captar su imagen en cualquier lugar de la nave donde se encontrara, y de que su cuerpo estaba oculto tras enormes paredes metálicas. Mientras duraron sus viajes juntos, Jennan no dejó nunca de volver la cabeza en su dirección para hablarle, estuviera donde estuviese con relación a ella. Y Helva adquirió la costumbre de utilizar su micrófono central cuando le hablaba a Jennan, pese a que el método no era el más eficaz.
Helva no se dio cuenta aquella misma noche de que se había enamorado de Jennan. Como no había conocido nunca sentimientos tales como el amor o el afecto, ni siquiera sus parientes más pobres, la estima y la admiración, no era capaz de identificar la reacción que suscitaba en ella el calor de su personalidad y de su consideración. En su calidad de «encapsulada» se creía inaccesible a emociones cuya fuente principal eran los deseos físicos.
- Bueno, Helva, me siento muy dichoso de haberte conocido - dijo repentinamente Tanner, mientras ella y Jennan conversaban acerca de la calidad barroca de Come All Ye Sons of Art -. Ya nos veremos alguna vez en el espacio, Jennan, tipo afortunado. Gracias por la fiesta, Helva.
- ¿Tenéis que iros tan pronto? - preguntó Helva, dándose cuenta de que ella y Jennan habían quedado al margen de la conversación de los demás.
- El mejor hombre gana - dijo Tanner con tristeza -. Creo que haré bien documentándome en frases galantes. Puede que las necesite la próxima vez, en el caso de que haya más cerebros como tú.
Helva y Jennan vieron cómo se alejaban, algo confusos los dos.
- Tal vez Tanner ha sacado conclusiones precipitadas - sugirió Jennan.
Helva le miró. Estaba apoyado, en el cuadro de mandos y miraba directamente a su cápsula. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y hacía tiempo que el vaso que sostenía entre las manos estaba vacío. Era hermoso, como lo eran todos; pero sus ojos miraban directamente, su boca sonreía con facilidad y su voz (que era lo que a Helva le había gustado particularmente) era resonante, profunda y sin tonos o acentos desagradables.
- De cualquier modo, Helva, consúltalo con la almohada. Llámame por la mañana si es que ya has decidido algo.
Ella le llamó a la hora del desayuno, una vez discutida su elección con los de la Central. Jennan llevó sus cosas a bordo, recibió su denominación común, vio el dossier que contenía la historia de su vida y su experiencia registrada en el visor de Helva, le indicó las coordenadas de su primera misión, y la XH-834 se convirtió, oficialmente, en la JH-834.

Su primera misión era aburrida, pero necesaria y urgente (el Servicio Médico era el que finalmente había conseguido a Helva); se trataba de transportar lo antes posible un cargamento de vacunas a una colonia en la que se había desencadenado una violenta epidemia. Lo único que tenían que hacer era llegar a Spica lo más rápido posible.
Tras el magnífico descubrimiento de la embriaguez inicial de las grandes velocidades, Helva se dio cuenta de que sus músculos iban a hacer más trabajo que su cerebro en aquel tedioso viaje. Pero ambos tuvieron gran cantidad de tiempo para dedicarlo a explorar sus respectivas personalidades, por supuesto, Jennan sabía de lo que Helva era capaz como nave y como compañera, lo mismo que ella sabia todo lo que podía esperar de él. Pero eso sólo eran hechos, y lo que Helva quería conocer era el lado humano de su compañero, aspecto que no podía ser reducido a series de símbolos. Tampoco podía aprenderse en un libro lo que podía dar de sí el intercambio de dos personalidades. Eso había que experimentarlo.
- Mi padre era patrullero también. ¿O eso ya está programado? - comenzó a decir Jennan al tercer día de su viaje.
- Naturalmente.
- Eso no está bien. Tú conoces toda la historia de mi familia y yo no sé ni una sola cosa acerca de la tuya.
- Yo no los conocí - dijo Helva -. Hasta que no leí cosas acerca de tu familia no se me ocurrió que yo también debla tener mi historial en algún lugar de los archivos de la Central.
Jennan se echó a reír.
- ¡Psicología de cápsulas!
Helva rió a su vez.
- Sí. E incluso he sido programada para evitar sentir curiosidad acerca de ello. Y tú harías mejor también en no tenerla.
Jennan ordenó una bebida, se acomodó en su colchón de gravedad, puso los pies sobre el almohadillado y comenzó a balancearse.
- Helva... es un hermoso nombre...
- Con resonancias escandinavas.
- Pero no eres rubia - afirmó Jennan.
- Bueno, también hay suecas morenas.
- Y turcos rubios, pero este harén se limita a una.
- La esposa se oculta tras su purdah. Dios te libre, sin embargo, de hollar las casas del placer... - la propia Helva se sorprendió al ver que los nervios se traicionaban en su voz, tan cuidadosamente entrenada.
- ¿Sabes? - le interrumpió Jennan, que estaba sumido en profundos pensamientos -, mi padre me dio siempre la impresión de que estaba mucho más casado con su nave, Silvia, que con mi madre. Recuerdo que solía pensar que Silvia era mi abuela, poseía un número muy bajo, de modo que tendría que haber sido mi tatarabuela, por lo menos. Solía hablar con ella horas enteras.
- ¿Cuál era su número de registro? - preguntó Helva, sintiéndose celosa de todos aquellos que habían compartido las horas de Jennan.
- 422. Creo que ahora es TS. Yo navegué con Tom Burguess una vez.
El padre de Jennan había muerto de una enfermedad planetaria, cuya vacuna transportaba para curar a los ciudadanos del lugar.
- Según Tom, Silvia se ha vuelto lenta y coriácea. Si pierdes tu dulzura después de mi muerte, vendré a atormentarse como un fantasma.
Helva sonrió dulcemente. Quedó sorprendido al ver que Jennan se ponía en pie de un salto y acariciaba los controles con dedos suaves y ligeros.
- Me pregunto cómo serás realmente - dijo suavemente, pensativo.
Helva estaba prevenida, pues la habían preparado para esperar esos accesos de curiosidad por parte de sus parejas. Pero no sabía nada de si misma, ni tampoco podría saberlo nunca.
- Escoge la forma y el aspecto que más te guste y me sentiré feliz de ser como tú deseas.
- Doncella de hierro, me gustan las rubias de largas trenzas - dijo Jennan -. Puesto que estás inmolada en titanio, te llamaré Brunilda, querida.
Riendo, Helva entonó el aria obligada en el preciso instante en que entraban en contacto con Spica.
- Por Dios, ¿quién grita así? ¿Quiénes son ustedes? A menos que pertenezcan al Servicio Médico de los Mundos Centrales, aléjense. Estamos sufriendo una epidemia. No se admiten visitantes.
- Es mi nave la que está cantando; somos la JH-834 de los Mundos Centrales y les traemos la vacuna. ¿Cuáles son sus coordenadas de aterrizaje?
- ¿Su nave está cantando?
- El mejor S.A.T.B. del espacio organizado. ¿Desea escuchar alguna melodía en particular?
La JH-834 les entregó la vacuna, pero sin cantar ningún aria más, y recibieron órdenes inmediatas de dirigirse a Levíticus IV. Cuando llegaron allí, Jennan descubrió que su fama les había precedido y tuvo que defender la reputación de JH-834.
- Ya no volveré a cantar - murmuró Helva, contrita, mientras preparaba cataplasmas para el tercer ojo amoratado de la semana.
- Continuarás cantando - dijo Jennan con los dientes apretados -. Aunque sigan poniéndome los ojos morados desde aquí a la Cabeza del Caballo, conseguiré mantener tu reputación como cantante sin que despierte ironías. Serás la nave que canta.
Después que la «nave que canta» se enfrentó victoriosamente con una pandilla, pequeña pero maligna, de traficantes de drogas en las Magallánicas Inferiores, el título adquirió definitiva respetabilidad. La Central conocía todos y cada uno de los episodios y colocó una etiqueta de «interés especial» sobre el dossier de JH-834. Acababa de formarse un equipo de primera clase.
Jennan y Helva también se consideraban un equipo de primera clase después de su espectacular arresto.
- De todos los vicios del universo, lo que más odio es la adicción a las drogas - subrayó Jennan mientras regresaban a la Base Central -. La gente se va ya con demasiada facilidad al diablo sin este tipo de ayuda.
- ¿Por eso te ofreciste voluntario al Servicio de Patrulleros? ¿Para acabar con el tráfico?
- Encontrarás tu respuesta oficial en tus registros.
- Con palabras demasiado floridas: «Siguiendo la tradición de mi familia, que se enorgullece de cuatro generaciones de servicio», si me permites citar tus propias palabras.
Jennan lanzó un sonido despreciativo.
- Yo era muy joven cuando escribí aquello. Y desde luego, no había pasado por el Entrenamiento Final. Y una vez que estuve en ese Entrenamiento, mi orgullo me hubiera impedido desertar...
»Como te dije antes, solía visitar a mí padre a bordo de Silvia, y tal vez ésta tenía la esperanza de que yo ocupara el puesto de mi padre cuando abandonara el servicio, porque vertió dentro de mí unas buenas dosis de propaganda para favorecer mi vocación de patrullero. Y la favoreció. Desde que tenía siete años me hice el firme propósito de que no sería otra cosa que patrullero. Se encogió de hombros como para quitarle importancia a una decisión juvenil cuya realización le había exigido años de esfuerzos.
- ¿De modo que es eso? ¿El patrullero Sahir Silan, en la JS-422, penetrando en la Nebulosa de la Cabeza del Caballo?
Jennan hizo caso omiso de su sarcasmo.
- Contigo tal vez vaya mucho más lejos. Pero, pese a los ánimos que me daba Silvia, nunca soñé, ni en los momentos más delirantes, alcanzar ese tipo de gloria. Dejo en manos de tu magnífico cerebro la realización de tales maravillas. En la mente tengo una contribución mucho más pequeña a la historia espacial.
- ¿Tan modesto eres?
- No. Práctico. El grano de arena, etc. etc. - puso con aire dramático una mano sobre su corazón.
- ¡A la caza de la gloria! - dijo Helva con tono burlón.
- Mira quién está hablando. ¡Mi amiga, la que sueña con la Nebulosa! Al menos yo no exijo demasiado. No habrá otro héroe como mi padre en Parasea, pero está claro que no me importaría distinguirme por algún hecho meritorio. A todo el mundo le sucede lo mismo. De lo contrario, ¿para qué arriesgarse?
- Tu padre murió cuando regresaba de Parasea, si me permites apuntar algunos datos. Pero él nunca pudo saber que había sido un héroe por haber detenido la epidemia con su nave, lo que les permitió a los colonos quedarse en el planeta y descubrir así sus cualidades antiparalíticas. Y esto último tampoco llegó a saberlo nunca.
- Lo sé yo - dijo Jennan suavemente.
Helva se arrepintió inmediatamente por el tono que había dado a su refutación. Sabía muy bien el cariño que Jennan le tenía a su padre. En su historial se apuntaba que él había racionalizado la muerte de su padre con el inesperado y bien venido resultado del asunto Parasea.
- Los hechos no son humanos, Helva. Mi padre sí lo fue, y yo también lo soy. Y de igual forma, básicamente, también lo eres tú. Inspecciona tus indicaciones, JH-834. En medio de los cables que te han conectado hay un corazón, un desarrollado corazón humano. ¡Eso es obvio!
- Perdóname, Jennan - dijo Helva, apenada.
Jennan dudó durante un momento, hizo un gesto con las manos en señal de aceptación y luego le dio un golpecito afectuoso a su cápsula.
- Si dejamos algún día de ir tontamente de un lado a otro, nos dedicaremos a buscar la Nebulosa, ¿eh?
Y como con tanta frecuencia sucedía en el Servicio de Patrulleros, a la hora siguiente tenían órdenes de cambiar el rumbo, y no hacia la Nebulosa, sino a un sistema recientemente colonizado con dos planetas habitables, uno tropical, el otro glacial. El sol, llamado Ravel, había entrado en una fase de inestabilidad; su espectro parecía una concha que se expandiera rápidamente, con líneas de absorción que se desplazaban velozmente hacía el violeta. El calor en aumento había obligado ya a evacuar el mundo más cercano, Dafnis. El modelo de las emisiones espectrales indicaban que el sol dejaría seco también a Cloe. Todas las naves que se encontraban en los espacios inmediatos tenían que presentarse ante los cuarteles del Desastre de Cloe para encargarse de recoger a los colonos que aún quedaban por evacuar.
La JH-834 se presentó obedientemente y fue enviada a diversas áreas de Cloe para recoger a unos colonos dispersos que no parecían darse cuenta de la urgencia de la situación, pese a que Cloe estaba disfrutando ya de las primeras temperaturas por encima de los cero grados desde que llegaran allí colonos por primera vez. Como muchos de sus colonos eran religiosos fanáticos que se habían establecido en el duro planeta en busca de una existencia de piadosa reflexión, el brusco cambio producido en Cloe fue atribuido a cosas que nada tenían que ver con el problema del sol.
Jennan tuvo que perder una buena cantidad de tiempo en discusiones absurdas, de forma que él y Helva se hallaban retrasados en el horario previsto cuando se dirigieron al cuarto y último campamento.
De un salto, Helva pasó por encima de la elevada cadena de picos abruptos que rodeaban el valle y lo protegían de las tempestades de nieve, y que ahora servía como resguardo a la creciente temperatura. El sol violeta, con su corona brillante, estaba comenzando a refulgir mucho más cuando aterrizaron.
- Lo mejor que podrían hacer es coger sus cosas y subir a bordo - dijo Helva -. El cuartel general ha comunicado que hay que apresurarse.
- Todas son mujeres - contestó Jennan, sorprendido, mientras se dirigía a su encuentro -. A menos que los hombres de Cloe lleven faldas de pieles.
- Date prisa en seducirlas y reduce los trámites a lo esencial. No olvides conectar tu circuito privado.
Jennan avanzó hacia ellas sonriendo, pero la explicación de su misión se encontró con la más absoluta incredulidad sobre su autenticidad. Gimió para sí mismo cuando la superiora comenzó a exponerle, como antes lo habían hecho los otros, las causas a las que ella atribula el sobrecalentamiento de la atmósfera.
- Reverenda madre, se ha producido una sobrecarga en vuestro circuito de plegarias y el sol está a punto de estallar. He recibido la orden de conduciros al espaciopuerto de Rosary...
- ¿A esa Sodoma? - La mujer enrojeció y se encogió de hombros desdeñosamente ante aquella sugerencia -. Agradecemos tu advertencia, pero no deseamos abandonar nuestro claustro y entrar en el mundo violento. Y ahora continuaremos con nuestra oración matutina, que ha sido interrumpida...
- Y permanentemente interrumpida quedará cuando el sol estalle y hiervan todas. Deben venir conmigo ahora - dijo Jennan con firmeza.
- Señora... - dijo Helva, pensando que tal vez una voz femenina tendría más peso en aquellas circunstancias que el varonil encanto de Jennan.
- ¿Quién habla? - gritó la monja, asustada de oír una voz sin cuerpo.
- Yo, Helva, la nave. Bajo mi protección, tú y tus hermanas de fe llegaréis a salvo y sin profanarse por la asociación con ningún hombre. Yo os protegeré y os conduciré a un lugar especialmente destinado para vosotras.
La mujer miró cautelosamente a través de la abertura de la puerta de la nave.
- Puesto que los Mundos Centrales te permiten utilizar tales naves, reconozco que no estás burlándote de nosotras, joven. Sin embargo, sigo pensando que aquí no corremos peligro alguno.
- La temperatura en Rosary es ahora de treinta y siete grados - dijo Helva -. Tan pronto como los rayos del sol penetren directamente en este valle, también aquí será de treinta y siete grados, y probablemente alcanzará hoy los noventa en su punto álgido. Veo que vuestras casas están hechas de madera y paja. Paja seca. Hacia el mediodía estarán todas ardiendo.
La luz del sol comenzaba a penetrar en el valle entre los picachos de las montañas, y aquellos ardientes rayos caldearon al inquieto grupo que había tras la superiora. Algunas se abrieron los escotes de sus vestidos de pieles.
- Jennan - le dijo Helva por el comunicador privado -, el tiempo se nos está reduciendo.
- No puedo dejarlas aquí, Helva. Algunas de esas chicas son apenas unas adolescentes.
- Y hermosas, además. No me extraña que la superiora se niegue a dejarlas subir.
- Helva.
- Se cumpla la voluntad de Dios - dijo la superiora con firmeza, dando la espalda a sus salvadores
- ¿Quemarse hasta la muerte? - les gritó Jennan mientras ella se abría paso entre sus novicias.
- ¿Desean ser mártires? Es su elección.
- Jennan - dijo, desapasionadamente, Helva -. Nosotros tenemos que irnos, y esto ya no es una cuestión en la que podamos elegir.
- ¿Cómo voy a dejarlas, Helva?
- ¿Parasea? - sugirió Helva mientras él daba unos pasos y cogía a una de las mujeres. - No puedes raptarlas a todas a bordo y no tenemos tiempo de luchar con ellas. Sube, Jennan, o tendré que informar de tu actitud.
- Van a morir... - musitó Jennan desesperado, mientras regresaba a la nave.
- No podemos correr más riesgos - dijo Helva, razonablemente -. Tal y como están ya las cosas, vamos a tener problemas para alcanzar el lugar de la cita. El informe del laboratorio señala una aceleración crítica de la evolución espectral.
Jennan estaba ya subiendo a la escotilla cuando una de las mujeres más jóvenes se dio media vuelta y echó a correr tras él, gritando. Su acción fue imitada por sus compañeras. Pasaron en estampida a través de la estrecha abertura. Pero no había suficiente espacio en el interior para todas las mujeres. Jennan sacó trajes espaciales para las tres que habrían de quedarse con él en la cámara de descompresión. Tuvo que perder aún un tiempo precioso para explicar a la superiora que tenía que colocarse el traje espacial porque la cámara de descompresión no tenía ni provisión de oxígeno ni dispositivo de climatización independiente.
- La ola de calor va a alcanzarnos - dijo Helva en tono apremiante a Jennan a través del comunicador privado -. Llevamos dieciocho minutos de retraso y ahora tendré que forzar la velocidad máxima para escapar a la ola de calor.
- ¿Puedes despegar? Nosotros ya tenemos puestos los trajes.
- ¿Despegar? Sí - dijo, mientras, efectivamente, lo hacía -. Pero ¿correr? Siento como si tropezara.
Jennan trató de sostenerse a sí mismo y a las mujeres; notaba el peso de la nave, sin dejarse llevar por la piedad, sabiendo que la aceleración aplastaba violentamente a los pasajeros de la cabina (dos de las mujeres murieron), Helva aceleró al máximo durante el mayor tiempo posible. La suerte que corriera Jennan era su único motivo de preocupación. Pese a sus trajes espaciales, las cuatro personas aprisionadas en aquella cámara de descompresión desprovista de oxígeno y sin climatizar, protegida por una sola capa de metal en lugar de tres, no estaban seguras. Sus escafandras eran del tipo estándar; no estaban diseñadas para soportar el excesivo calor al cual iba a someterse la nave.
Helva voló tan rápido como pudo, pero la increíble ola de calor que desprendió la explosión del sol les alcanzó a mitad de camino de su destino, en la zona fría.
No prestaba atención a los llantos, los gemidos, los ruegos ni las plegarias que llenaban su cabina. Lo único que escuchaba era la torturada respiración de Jennan a través del sistema de purificación de aire de su traje y el murmullo de la sobrecargada unidad de refrigeración. Sin poder hacer nada, oía los gritos histéricos de sus tres acompañantes a medida que penetraban en el brutal calor. En vano Jennan trataba de calmarlas, intentando explicarles que pronto estarían a salvo si soportaban aquel calor. Enloquecidas por el terror y el sufrimiento, se echaron sobre él pese a lo exiguo de la cámara. Cuando una de ellas intentó golpearle, se le enrolló un brazo en los cables de su generador individual de energía y la catástrofe no tardó en producirse. Uno de aquellos cables, debilitado por el calor, se rompió bajo la presión.
Pese a toda su potencia, Helva estaba desarmada. Vio a Jennan ahogarse, le vio girar la cabeza en su dirección, implorarle con la mirada y morir.
Sólo el férreo condicionamiento de su educación impidió que Helva diera media vuelta y se inmolase hundiéndose en el ardiente corazón del sol. Muda por el sufrimiento, alcanzó el convoy de refugiados y transfirió a los pasajeros enfermos, cubiertos de quemaduras, al transporte que le fue indicado.
- Guardo conmigo el cuerpo de mi patrullero - informó después al Centro con voz sorda.
- Te proporcionaremos una escolta - fue toda la respuesta que recibió.
- No necesito escolta.
- Ya te ha sido asignada una escolta, XH-834 - se le dijo con sequedad. El trauma de escuchar cómo le quitaban la inicial del nombre de Jennan de su número de registro cortó su protesta. Descorazonada, esperó junto al transporte hasta que sus pantallas le mostraron la llegada de otras dos naves cerebrales. El cortejo regresó a la velocidad de funeral.
- ¿834? ¿La nave que canta?
- Ya no tengo más canciones.
- Tu patrullero era Jennan.
- No deseo entrar en comunicación.
- Soy la 422.
- ¿Silvia?
- Silvia murió hace mucho tiempo. Soy la 422. Por ahora MS - dijo la nave -. AH-640 es nuestro otro amigo. Pero Henry no está a la escucha. Tanto mejor..., seguramente no lo comprendería si pasaras a la ilegalidad. Pero yo no le dejaré que trate de impedírtelo.
- ¿Ilegalidad? - el término sacó a Helva de su apatía.
- Claro. Tú eres joven. Te queda energía para muchos años. Huye. Ya otras lo han hecho. La 732 se escapó hace tres años, tras haber perdido a su patrullero en la famosa misión de la enana blanca. Desde entonces no la hemos vuelto a ver.
- Nunca oí hablar de esas cosas.
- Desde luego, en la escuela no has podido escucharlo, querida, puesto que precisamente nos condicionan contra eso - dijo 422.
- ¿Romper el condicionamiento? - gritó Helva, angustiada, pensando en el blanco y furioso corazón del sol que acababan de abandonar.
- Creo que, para ti, no resultaría duro de momento - dijo, sosegadamente, la 422 en cuya voz se apuntaba un cierto cinismo -. Las estrellas están ahí, palpitando.
- ¿Y estaría sola? - preguntó Helva, sofocada.
- ¡Sola! - le confirmó 422.
Sola con todo el tiempo y el espacio. Ni siquiera la Nebulosa de la Cabeza del Caballo estaría lo suficientemente lejos como para desanimarla. Sola con cientos de estrellas que vivirían con sus recuerdos y nada... nada más.
- ¿Parasea valía la pena? - le preguntó suavemente a la 422.
- ¿Parasea? - repitió 422, sorprendida -. ¿Con su padre? Sí. Estuvimos en Parasea cuando se nos necesitaba. Lo mismo que ha sucedido ahora..., y su hijo... estaba en Cloe. Cuando os necesitaban. El crimen es no saber dónde nos necesitan y no estar allí.
- Pero yo le necesito a él. ¿Quién va a colmarme esta necesidad? - preguntó Helva, amargamente.
- 834 - dijo 422 al cabo de un día de navegar en silencio -, la Central desea tu informe. En la Base Régulus te espera un reemplazo. Rectifica tu rumbo y dirígete hacia allá.
- ¿Un reemplazo?
No era eso lo que necesitaba. No era alguien que le recordara a Jennan sin llenar el vacío que él había dejado. Porque su casco estaba aún caliente del calor de Cloe. Empujada por un atavismo, Helva deseaba tiempo para llorar a Jennan.
- ¡Oh! Todos los patrulleros sirven si la nave es buena - subrayó 422 filosóficamente -. Y es precisamente lo que necesitas. Cuanto antes mejor.
- Les has dicho que no iba a huir, ¿verdad? - preguntó Helva.
- Acabas de dejar pasar la ocasión hace un momento, lo mismo que yo tras Parasea, tras Glenn Arthur, tras Betelgeuse.
- Nuestro condicionamiento nos impide actuar así, ¿verdad? Nos resulta imposible hacerlo. Lo que me dijiste antes era una prueba, ¿verdad?
- Sí, órdenes. Ni siquiera los psiquiatras saben por qué una nave entra en la ilegalidad. El Centro está muy inquieto, y también nosotros, tus hermanos. Fui yo misma quien pidió servirte de escolta. Yo... no quiero perderos a los dos.
Helva sintió claramente cómo surgía dentro de ella un sentimiento de gratitud hacia Silvia.
- Todos hemos pasado por eso, Helva. Lo que voy a decirte no te servirá de consuelo, pero, ¿qué seríamos nosotras si no pudiéramos sufrir con nuestros patrulleros? Máquinas equipadas con altavoces.
Helva miró el cuerpo de Jennan, tendido ante ella en su ataúd, y creyó oír el potente eco de su voz en la cabina.
- ¡Silvia, no pude ayudarle! - gritó desde el fondo de su alma.
- Si, querida, lo sé - murmuró cariñosamente la 422.
Luego quedó en silencio.
Las tres naves aumentaron la velocidad en silencio hacia la gran base que los Mundos Centrales tenían en Régulus. Helva rompió el silencio para pedir instrucciones con respecto al aterrizaje y para recoger las condolencias oficiales.
Las tres naves aterrizaron simultáneamente dentro del boscoso recinto en que los gigantescos árboles azules de Régulus montaban guardia cerca de los muertos en el pequeño cementerio del Servicio. El contingente de la base en pleno se acercó con paso lento para formar una senda de honor entre Helva y el cementerio. Una delegación subió hasta la escotilla y entró en su cabina. El cuerpo de su amado compañero fue respetuosamente colocado en el ataúd especialmente montado sobre unas ruedas y cubierto con la bandera azul oscuro tachonada de estrellas del Servicio. Contempló cómo se lo llevaban lentamente, mientras el largo sendero humano formado por la escolta se iba cerrando tras él.
Luego, después de pronunciadas las sencillas palabras de la despedida y de que los aviones pasaran sobre la tumba para rendirle el último homenaje al patrullero, Helva recuperó la voz.
Suavemente, apenas audible al principio, las notas de una antigua canción de duelo salieron al exterior, hasta que la propia negrura del espacio devolvió el eco de la canción de la nave que cantaba.

FIN

 

 

EDGAR ALLAN POE -- LOS EXTRAORDINARIOS CASOS DE MONSIEUT DUPONT

Escrito por imagenes 17-04-2008 en General. Comentarios (1)

EDGAR ALLAN POE -- LOS EXTRAORDINARIOS CASOS DE MONSIEUT DUPONT



Edgar Allan Poe

Los Extraordinarios Casos de
Monsieur Dupont



INDICE

Los Crímenes De La Rue Morgue
El Misterio De Marie Rogêt
La Carta Robada





Los Crímenes De La Rue Morgue

Qué canción cantaban las sirenas, o que nombre adoptó Aquiles cuando se ocultó entre las mujeres, aunque son preguntas desconcertantes, no se hallan más allá de toda conjetura.
Sir Thomas Browne
Las condiciones mentales que suelen considerarse como analíticas son, en sí mismas, poco susceptibles de análisis. Las consideramos tan sólo por sus efectos. De ellas sabemos, entre otras cosas, que son siempre, para el que las posee, cuando se poseen en grado extraordinario, una fuente de vivísimos goces. Del mismo modo que el hombre fuerte disfruta con su habilidad física, deleitándose en ciertos ejercicios que ponen sus músculos en acción, el analista goza con esa actividad intelectual que se ejerce en el hecho de desentrañar. Consigue satisfacción hasta de las más triviales ocupaciones que ponen en juego su talento. Se desvive por los enigmas, acertijos y jeroglíficos, y en cada una de las soluciones muestra un sentido de agudeza que parece al vulgo una penetración sobrenatural. Los resultados, obtenidos por un solo espíritu y la esencia del método, adquieren realmente la apariencia total de una intuición.
Esta facultad de resolución está, posiblemente, muy fortalecida por los estudios matemáticos, y especialmente por esa importantísima rama de ellos que, impropiamente y sólo teniendo en cuenta sus operaciones previas, ha sido llamada par excellence análisis. Y, no obstante, calcular no es intrínsecamente analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, lleva a cabo lo uno sin esforzarse en lo otro. De esto se deduce que el juego de ajedrez, en sus efectos sobre el carácter mental, no está lo suficientemente comprendido. Yo no voy ahora a escribir un tratado, sino que prologo únicamente un relato muy singular, con observaciones efectuadas a la ligera. Aprovecharé, por tanto, esta ocasión para asegurar que las facultades más importantes de la inteligencia reflexiva trabajan con mayor decisión y provecho en el sencillo juego de damas que en toda esa frivolidad primorosa del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen distintos y bizarres movimientos, con diversos y variables valores, lo que tan sólo es complicado, se toma equivocadamente —error muy común— por profundo. La atención, aquí, es poderosamente puesta en juego. Si flaquea un solo instante, se comete un descuido, cuyos resultados implican pérdida o derrota. Como quiera que los movimientos posibles no son solamente variados, sino complicados, las posibilidades de estos descuidos se multiplican; de cada diez casos, nueve triunfa el jugador más capaz de concentración y no el más perspicaz. En el juego de damas, por el contrario, donde los movimientos son únicos y de muy poca variación, las posibilidades de descuido son menores, y como la atención queda relativamente distraída, las ventajas que consigue cada una de las partes se logran por una perspicacia superior. Para ser menos abstractos supongamos, por ejemplo, un juego de damas cuyas piezas se han reducido a cuatro reinas y donde no es posible el descuido. Evidentemente, en este caso la victoria —hallándose los jugadores en igualdad de condiciones— puede decidirse en virtud de un movimiento recherche resultante de un determinado esfuerzo de la inteligencia. Privado de los recursos ordinarios, el analista consigue penetrar en el espíritu de su contrario; por tanto, se identifica con él, y a menudo descubre de una ojeada el único medio —a veces, en realidad, absurdamente sencillo— que puede inducirle a error o llevarlo a un cálculo equivocado.
Desde hace largo tiempo se conoce el whist por su influencia sobre la facultad calculadora, y hombres de gran inteligencia han encontrado en él un goce aparentemente inexplicable, mientras abandonaban el ajedrez como una frivolidad. No hay duda de que no existe ningún juego semejante que haga trabajar tanto la facultad analítica. El mejor jugador de ajedrez del mundo sólo puede ser poco más que el mejor jugador de ajedrez; pero la habilidad en el whist implica ya capacidad para el triunfo en todas las demás importantes empresas en las que la inteligencia se enfrenta con la inteligencia. Cuando digo habilidad, me refiero a esa perfección en el juego que lleva consigo una comprensión de todas las fuentes de donde se deriva una legítima ventaja. Estas fuentes no sólo son diversas, sino también multiformes. Se hallan frecuentemente en lo más recóndito del pensamiento, y son por entero inaccesibles para las inteligencias ordinarias. Observar atentamente es recordar distintamente. Y desde este punto de vista, el jugador de ajedrez capaz de intensa concentración jugará muy bien al whist, puesto que las reglas de Hoyle, basadas en el puro mecanismo del juego, son suficientes y, por lo general, comprensibles. Por esto, el poseer una buena memoria y jugar de acuerdo con «el libro» son, por lo común, puntos considerados como la suma total del jugar excelentemente. Pero en los casos que se hallan fuera de los límites de la pura regla es donde se evidencia el talento del analista. En silencio, realiza una porción de observaciones y deducciones. Posiblemente, sus compañeros harán otro tanto, y la diferencia en la extensión de la información obtenido no se basará tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. Lo importante es saber lo que debe ser observado. Nuestro jugador no se reduce únicamente al juego, y aunque éste sea el objeto de su atención, habrá de prescindir de determinadas deducciones originadas al considerar objetos extraños al juego. Examina la fisonomía de su compañero, y la compara cuidadosamente con la de cada uno de sus contrarios. Se fija en el modo de distribuir las cartas a cada mano, con frecuencia calculando triunfo por triunfo y tanto por tanto observando las miradas de los jugadores a su juego. Se da cuenta de cada una de las variaciones de los rostros a medida que avanza el juego, recogiendo gran número de ideas por las diferencias que observa en las distintas expresiones de seguridad, sorpresa, triunfo o desagrado. En la manera de recoger una baza juzga si la misma persona podrá hacer la que sigue. Reconoce la carta jugada en el ademán con que se deja sobre la mesa. Una palabra casual o involuntaria; la forma accidental con que cae o se vuelve una carta, con la ansiedad o la indiferencia que acompañan la acción de evitar que sea vista; la cuenta de las bazas y el orden de su colocación; la perplejidad, la duda, el entusiasmo o el temor, todo ello facilita a su aparentemente intuitiva percepción indicaciones del verdadero estado de cosas. Cuando se han dado las dos o tres primeras vueltas, conoce completamente los juegos de cada uno, y desde aquel momento echa sus cartas con tal absoluto dominio de propósitos como si el resto de los jugadores las tuvieran vueltas hacia él.
El poder analítico no debe confundirse con el simple ingenio, porque mientras el analista es necesariamente ingenioso, el hombre ingenioso está con frecuencia notablemente incapacitado para el análisis. La facultad constructiva o de combinación con que por lo general se manifiesta el ingenio, y a la que los frenólogos, equivocadamente, a mi parecer, asignan un órgano aparte, suponiendo que se trata de una facultad primordial, se ha visto tan a menudo en individuos cuya inteligencia bordeaba, por otra parte, la idiotez, que ha atraído la atención general de los escritores de temas morales. Entre el ingenio y la aptitud analítica hay una diferencia mucho mayor, en efecto, que entre la fantasía y la imaginación, aunque de un carácter rigurosamente análogo. En realidad, se observará fácilmente que el hombre ingenioso es siempre fantástico, mientras que el verdadero imaginativo nunca deja de ser analítico.
El relato que sigue a continuación podrá servir en cierto modo al lector para ilustrarle en una interpretación de las proposiciones que acabo de anticipar.

Encontrándome en París durante la primavera y parte del verano de 18..., conocí allí a Monsieur C. Auguste Dupin. Pertenecía este joven caballero a una excelente, o, mejor dicho, ilustre familia, pero por una serie de adversos sucesos se había quedado reducido a tal pobreza, que sucumbió la energía de su carácter y renunció a sus ambiciones mundanas, lo mismo que a procurar el restablecimiento de su fortuna. Con el beneplácito de sus acreedores, quedó todavía en posesión de un pequeño resto de su patrimonio, y con la renta que éste le producía encontró el medio, gracias a una economía rigurosa, de subvenir a las necesidades de su vida, sin preocuparse en absoluto por lo más superfluo. En realidad, su único lujo eran los libros, y en París éstos son fáciles de adquirir.
Nuestro conocimiento tuvo efecto en una oscura biblioteca de la rue Montmartre, donde nos puso en estrecha intimidad la coincidencia de buscar los dos un muy raro y al mismo tiempo notable volumen. Nos vimos con frecuencia. Yo me había interesado vivamente por la sencilla historia de su familia, que me contó detalladamente con toda la ingenuidad con que un francés se explaya en sus confidencias cuando habla de sí mismo. Por otra parte, me admiraba el número de sus lecturas, y, sobre todo, me llegaba al alma el vehemente afán y la viva frescura de su imaginación. La índole de las investigaciones que me ocupaban entonces en París me hicieron comprender que la amistad de un hombre semejante era para mí un inapreciable tesoro. Con esta idea, me confié francamente a él. Por último, convinimos en que viviríamos juntos todo el tiempo que durase mi permanencia en la ciudad, y como mis asuntos económicos se desenvolvían menos embarazosamente que los suyos, me fue permitido participar en los gastos de alquiler, y amueblar, de acuerdo con el carácter algo fantástico y melancólico de nuestro común temperamento, una vieja y grotesca casa abandonada hacía ya mucho tiempo, en virtud de ciertas supersticiones que no quisimos averiguar. Lo cierto es que la casa se estremecía como si fuera a hundirse en un retirado y desolado rincón del faubourg Saint Germain.
Si hubiera sido conocida por la gente la rutina de nuestra vida en aquel lugar, nos hubieran tomado por locos, aunque de especie inofensiva. Nuestra reclusión era completa. No recibíamos visita alguna. En realidad, el lugar de nuestro retiro era un secreto guardado cuidadosamente para mis antiguos camaradas, y ya hacía mucho tiempo que Dupin había cesado de frecuentar o hacerse visible en París. Vivíamos sólo para nosotros.
Una rareza del carácter de mi amigo —no sé cómo calificarla de otro modo— consistía en estar enamorado de la noche. Pero con esta bizarrerie, como con todas las demás suyas, condescendía yo tranquilamente, y me entregaba a sus singulares caprichos con un perfecto abandon. No siempre podía estar con nosotros la negra divinidad, pero sí podíamos falsear su presencia. En cuanto la mañana alboreaba, cerrábamos inmediatamente los macizos postigos de nuestra vieja casa y encendíamos un par de bujías intensamente perfumadas y que sólo daban un lívido y débil resplandor, bajo el cual entregábamos nuestras almas a sus ensueños, leíamos, escribíamos o conversábamos, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera oscuridad. Salíamos entonces cogidos del brazo a pasear por las calles, continuando la conversación del día y rondando por doquier hasta muy tarde, buscando a través de las estrafalarias luces y sombras de la populosa ciudad esas innumerables excitaciones mentales que no puede procurar la tranquila observación.
En circunstancias tales, yo no podía menos de notar y admirar en Dupin (aunque ya, por la rica imaginación de que estaba dotado, me sentía preparado a esperarlo) un talento particularmente analítico. Por otra parte, parecía deleitarse intensamente en ejercerlo (si no exactamente en desplegarlo), y no vacilaba en confesar el placer que ello le producía. Se vanagloriaba ante mí burlonamente de que muchos hombres, para él, llevaban ventanas en el pecho, y acostumbraba a apoyar tales afirmaciones usando de pruebas muy sorprendentes y directas de su íntimo conocimiento de mí. En tales momentos, sus maneras eran glaciales y abstraídas. Se quedaban sus ojos sin expresión, mientras su voz, por lo general ricamente atenorada, se elevaba hasta un timbre atiplado, que hubiera parecido petulante de no ser por la ponderada y completa claridad de su pronunciación. A menudo, viéndolo en tales disposiciones de ánimo, meditaba yo acerca de la antigua filosofía del Alma Doble, y me divertía la idea de un doble Dupin: el creador y el analítico.
Por cuanto acabo de decir, no hay que creer que estoy contando algún misterio o escribiendo una novela. Mis observaciones a propósito de este francés no son más que el resultado de una inteligencia hiperestesiada o tal vez enferma. Un ejemplo dará mejor idea de la naturaleza de sus observaciones durante la época a que aludo.
Íbamos una noche paseando por una calle larga y sucia, cercana al Palais Royal. Al parecer, cada uno de nosotros se había sumido en sus propios pensamientos, y por lo menos durante quince minutos ninguno pronunció una sola sílaba. De pronto, Dupin rompió el silencio con estas palabras:
—En realidad, ese muchacho es demasiado pequeño y estaría mejor en el Théâtre des Varietés.
—No cabe duda —repliqué, sin fijarme en lo que decía y sin observar en aquel momento, tan absorto había estado en mis reflexiones, el modo extraordinario con que mi interlocutor había hecho coincidir sus palabras con mis meditaciones.
Un momento después me repuse y experimenté un profundo asombro.
—Dupin —dije gravemente—, lo que ha sucedido excede mi comprensión. No vacilo en manifestar que estoy asombrado y que apenas puedo dar crédito a lo que he oído. ¿Cómo es posible que haya usted podido adivinar que estaba pensando en... ?
Diciendo esto, me interrumpí para asegurarme, ya sin ninguna dada, de que él sabía realmente en quién pensaba.
—¿En Chantilly? —preguntó—. ¿Por qué se ha interrumpido? Usted pensaba que su escasa estatura no era la apropiada para dedicarse a la tragedia.
Esto era precisamente lo que había constituido el tema de mis reflexiones. Chantilly era un ex zapatero remendón de la rue Saint Denis que, apasionado por el teatro, había representado el papel de Jeries en la tragedia de Crebillon de este título. Pero sus esfuerzos habían provocado la burla del público.
—Dígame usted, por Dios —exclamé—, por qué método, si es que hay alguno, ha penetrado usted en mi alma en este caso.
Realmente, estaba yo mucho más asombrado de lo que hubiese querido confesar.
—Ha sido el vendedor de frutas —contestó mi amigo— quien le ha llevado a usted a la conclusión de que el remendón de suelas no tiene la suficiente estatura para representar el papel de Jerjes et id genus omne.
—¿El vendedor de frutas? Me asombra usted. No conozco a ninguno.
—Sí; es ese hombre con quien ha tropezado usted al entrar en esta calle, hará unos quince minutos.
Recordé entonces que, en efecto, un vendedor de frutas, que llevaba sobre la cabeza una gran banasta de manzanas, estuvo a punto de hacerme caer, sin pretenderlo, cuando pasábamos de la calle C... a la calleja en que ahora nos encontrábamos. Pero yo no podía comprender la relación de este hecho con Chantilly.
No había por qué suponer charlatanerie alguna en Dupin.
—Se lo explicaré —me dijo—. Para que pueda usted darse cuenta de todo claramente, vamos a repasar primero en sentido inverso el curso de sus meditaciones desde este instante en que le estoy hablando hasta el de su rencontre con el vendedor de frutas. En sentido inverso, los más importantes eslabones de la cadena se suceden de esta forma: Chantilly, Orión, doctor Nichols, Epicuro, estereotomía de los adoquines y el vendedor de frutas.
Existen pocas personas que no se hayan entretenido, en cualquier momento de su vida, en recorrer en sentido inverso las etapas por las cuales han sido conseguidas ciertas conclusiones de su inteligencia. Frecuentemente es una ocupación llena de interés, y el que la prueba por primera vez se asombra de la aparente distancia ilimitada y de la falta de ilación que parece median desde el punto de partida hasta la meta final. Júzguese, pues, cuál no sería mi asombro cuando escuché lo que el francés acababa de decir, y no pude menos de reconocer que había dicho la verdad. Continuó después de este modo:
—Si mal no recuerdo, en el momento en que íbamos a dejar la calle C... hablábamos de caballos. Éste era el último tema que discutimos. Al entrar en esta calle, un vendedor de frutas que llevaba una gran banasta sobre la cabeza, pasó velozmente ante nosotros y lo empujó a usted contra un montón de adoquines, en un lugar donde la calzada se encuentra en reparación. Usted puso el pie sobre una de las piedras sueltas, resbaló y se torció levemente el tobillo. Aparentó usted cierto fastidio o mal humor, murmuró unas palabras, se volvió para observar el montón de adoquines y continuó luego caminando en silencio. Yo no prestaba particular atención a lo que usted hacía, pero, desde hace mucho tiempo, la observación se ha convertido para mí en una especie de necesidad.
»Caminaba usted con los ojos fijos en el suelo, mirando, con malhumorada expresión, los baches y rodadas del empedrado, por lo que deduje que continuaba usted pensando todavía en las piedras. Procedió así hasta que llegamos a la callejuela llamada Lamartine, que, a modo de prueba, ha sido pavimentada con tarugos sobrepuestos y acoplados sólidamente. Al entrar en ella, su rostro se iluminó, y me di cuenta de que se movían sus labios. Por este movimiento no me fue posible dudar que pronunciaba usted la palabra «estereotomía», término que tan afectadamente se aplica a esta especie de pavimentación. Yo estaba seguro de que no podía usted pronunciar para sí la palabra «estereotomía» sin que esto le llevara a pensar en los átomos, y, por consiguiente, en las teorías de Epicuro. Y como quiera que no hace mucho rato discutíamos este tema, le hice notar a usted de qué modo tan singular, y sin que ello haya sido muy notado, las vagas conjeturas de ese noble griego han encontrado en la reciente cosmogonía nebular su confirmación. He comprendido por esto que no podía usted resistir a la tentación de levantar sus ojos a la gran nobula de Orión, y con toda seguridad he esperado que usted lo hiciera. En efecto, usted ha mirado a lo alto, y he adquirido entonces la certeza de haber seguido correctamente el hilo de sus pensamientos. Ahora bien, en la amarga tirada sobre Chantilly, publicada ayer en el Musée, el escritor satírico, haciendo mortificantes alusiones al cambio de nombre del zapatero al calzarse el coturno, citaba un verso latino del que hemos hablado nosotros con frecuencia. Me refiero a éste:
Perdidit antiquum litera prima sonum .
»Yo le había dicho a usted que este verso se relacionaba con la palabra Orión, que en un principio se escribía Urión. Además, por determinadas discusiones un tanto apasionadas que tuvimos acerca de mi interpretación, tuve la seguridad de que usted no la habría olvidado. Por tanto, era evidente que asociaría usted las dos ideas: Orión y Chantilly, y esto lo he comprendido por la forma de la sonrisa que he visto en sus labios. Ha pensado usted, pues, en aquella inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento, usted había caminado con el cuerpo encorvado, pero a partir de entonces se irguió usted, recobrando toda su estatura. Este movimiento me ha confirmado que pensaba usted en la diminuta figura de Chantilly, y ha sido entonces cuando he interrumpido sus meditaciones para observar que, por tratarse de un hombre de baja estatura, estaría mejor Chantilly en el Théâtre des Varietés.

Poco después de esta conversación hojeábamos una edición de la tarde de la Gazette des Tribunaux cuando llamaron nuestra atención los siguientes titulares:

«EXTRAORDINARIOS CRÍMENES
»Esta madrugada, alrededor de las tres, los habitantes del quartier Saint Roch fueron despertados por una serie de espantosos gritos que parecían proceder del cuarto piso de una casa de la rue Morgue, ocupada, según se dice, por una tal Madame L'Espanaye y su hija Mademoiselle Camille L'Espanaye. Después de algún tiempo empleado en infructuosos esfuerzos para poder penetrar buenamente en la casa, se forzó la puerta de entrada con una palanca de hierro, y entraron ocho o diez vecinos acompañados de dos gendarmes. En ese momento cesaron los gritos; pero en cuanto aquellas personas llegaron apresuradamente al primer rellano de la escalera, se distinguieron dos o más voces ásperas que parecían disputar violentamente y proceder de la parte alta de la casa. Cuando la gente llegó al segundo rellano, cesaron también aquellos rumores y todo permaneció en absoluto silencio. Los vecinos recorrieron todas las habitaciones precipitadamente. Al llegar, por último, a una gran sala situada en la parte posterior del cuarto piso, cuya puerta hubo de ser forzada, por estar cerrada interiormente con llave, se ofreció a los circunstantes un espectáculo que sobrecogió su ánimo, no sólo de horror, sino de asombro.
»Se hallaba la habitación en violento desorden, rotos los muebles y diseminados en todas direcciones. No quedaba más lecho que la armadura de una cama, cuyas partes habían sido arrancadas y tiradas por el suelo. Sobre una silla se encontró una navaja barbera manchada de sangre. Había en la chimenea dos o tres largos y abundantes mechones de pelo cano, empapados en sangre y que parecían haber sido arrancados de raíz. En el suelo se encontraron cuatro napoleones, un zarcillo adornado con un topacio, tres grandes cucharas de plata, tres cucharillas de metal d,Alger y dos sacos conteniendo, aproximadamente, cuatro mil francos en oro. En un rincón se hallaron los cajones de una cómoda abiertos, y, al parecer, saqueados, aunque quedaban en ellos algunas cosas. Se encontró también un cofrecillo de hierro bajo la cama, no bajo su armadura. Se hallaba abierto, y la cerradura contenía aún la llave. En el cofre no se encontraron más que unas cuantas cartas viejas y otros papeles sin importancia.
»No se encontró rastro alguno de Madame L'Espanaye; pero como quiera que se notase una anormal cantidad de hollín en el hogar, se efectuó un reconocimiento de la chimenea, y —horroriza decirlo— se extrajo de ella el cuerpo de su hija, que estaba colocado cabeza abajo y que había sido introducido por la estrecha abertura hasta una altura considerable. El cuerpo estaba todavía caliente. Al examinarlo se comprobaron en él numerosas escoriaciones ocasionadas sin duda por la violencia con que el cuerpo había sido metido allí y por el esfuerzo que hubo de emplearse para sacarlo. En su rostro se veían profundos arañazos, y en la garganta, cárdenas magulladuras y hondas huellas producidas por las uñas, como si la muerte se hubiera verificado por estrangulación.
»Después de un minucioso examen efectuado en todas las habitaciones, sin que se lograra ningún nuevo descubrimiento, los presentes se dirigieron a un pequeño patio pavimentado, situado en la parte posterior del edificio, donde hallaron el cadáver de la anciana señora, con el cuello cortado de tal modo, que la cabeza se desprendió del tronco al levantar el cuerpo. Tanto éste como la cabeza estaban tan horriblemente mutilados, que apenas conservaban apariencia humana.
»Que sepamos, no se ha obtenido hasta el momento el menor indicio que permita aclarar este horrible misterio.»
El diario del día siguiente daba algunos nuevos pormenores:
«LA TRAGEDIA DE LA RUE MORGUE
»Gran número de personas han sido interrogadas con respecto a tan extraordinario y horrible affaire (la palabra affaire no tiene todavía en Francia el poco significado que se le da entre nosotros), pero nada ha podido deducirse que arroje alguna luz sobre ello. Damos a continuación todas las declaraciones más importantes que se han obtenido:
»Pauline Dubourg, lavandera, declara haber conocido desde hace tres años a las víctimas y haber lavado para ellas durante todo este tiempo. Tanto la madre como la hija parecían vivir en buena armonía y profesarse mutuamente un gran cariño. Pagaban con puntualidad. Nada se sabe acerca de su género de vida y medios de existencia. Supone que Madame L'Espanaye decía la buenaventura para ganarse el sustento. Tenía fama de poseer algún dinero escondido. Nunca encontró a otras personas en la casa cuando la llamaban para recoger la ropa, ni cuando la devolvía. Estaba absolutamente segura de que las señoras no tenían servidumbre alguna. Salvo el cuarto piso, no parecía que hubiera muebles en ninguna parte de la casa.
»Pierre Moreau, estanquero, declara que es el habitual proveedor de tabaco y de rapé de Madame L'Espanaye desde hace cuatros años. Nació en su vecindad y ha vivido siempre allí. Hacía más de seis años que la muerta y su hija vivían en la casa donde fueron encontrados sus cadáveres. Anteriormente a su estadía, el piso había sido ocupado por un joyero, que alquilaba a su vez las habitaciones interiores a distintas personas. La casa era propiedad de Madame L'Espanaye. Descontenta por los abusos de su inquilino, se había trasladado al inmueble de su propiedad, negándose a alquilar ninguna parte de él. La buena señora chocheaba a causa de la edad. El testigo había visto a su hija unas cinco o seis veces durante los seis años. Las dos llevaban una vida muy retirada, y era fama que tenían dinero. Entre los vecinos había oído decir que Madame L'Espanaye decía la buenaventura, pero él no lo creía. Nunca había visto atravesar la puerta a nadie, excepto a la señora y a su hija, una o dos voces a un recadero y ocho o diez a un médico.
»En esta misma forma declararon varios vecinos, pero de ninguno de ellos se dice que frecuentaran la casa. Tampoco se sabe que la señora y su hija tuvieran parientes vivos. Raramente estaban abiertos los postigos de los balcones de la fachada principal. Los de la parte trasera estaban siempre cerrados, a excepción de las ventanas de la gran sala posterior del cuarto piso. La casa era una finca excelente y no muy vieja.
»Isidoro Muset, gendarme, declara haber sido llamado a la casa a las tres de la madrugada, y dice que halló ante la puerta principal a unas veinte o treinta personas que procuraban entrar en el edificio. Con una bayoneta, y no con una barra de hierro, pudo, por fin, forzar la puerta. No halló grandes dificultades en abrirla, porque era de dos hojas y carecía de cerrojo y pasador en su parte alta. Hasta que la puerta fue forzada, continuaron los gritos, pero luego cesaron repentinamente. Daban la sensación de ser alaridos de una o varias personas víctimas de una gran angustia. Eran fuertes y prolongados, y no gritos breves y rápidos. El testigo subió rápidamente los escalones. Al llegar al primer rellano, oyó dos voces que disputaban acremente. Una de éstas era áspera, y la otra, aguda, una voz muy extraña. De la primera pudo distinguir algunas palabras, y le pareció francés el que las había pronunciado. Pero, evidentemente, no era voz de mujer. Distinguió claramente las palabras "sacre" y "diable". La aguda voz pertenecía a un extranjero, pero el declarante no puede asegurar si se trataba de hombre o mujer. No pudo distinguir lo que decían, pero supone que hablasen español. El testigo descubrió el estado de la casa y de los cadáveres como fue descrito ayer por nosotros.
»Henri Duval, vecino, y de oficio platero, declara que él formaba parte del grupo que entró primeramente en la casa. En términos generales, corrobora la declaración de Muset. En cuanto se abrieron paso, forzando la puerta, la cerraron de nuevo, con objeto de contener a la muchedumbre que se había reunido a pesar de la hora. Este opina que la voz aguda sea la de un italiano, y está seguro de que no era la de un francés. No conoce el italiano. No pudo distinguir las palabras, pero, por la entonación del que hablaba, está convencido de que era un italiano. Conocía a Madame L'Espanaye y a su hija. Con las dos había conversado con frecuencia. Estaba seguro de que la voz no correspondía a ninguna de las dos mujeres.
»Odenheimer, restaurateur. Voluntariamente, el testigo se ofreció a declarar. Como no hablaba francés, fue interrogado haciéndose uso de un intérprete. Es natural de Ámsterdam. Pasaba por delante de la casa en el momento en que se oyeron los gritos. Se detuvo durante unos minutos, diez, probablemente. Eran fuertes y prolongados, y producían horror y angustia. Fue uno de los que entraron en la casa. Corrobora las declaraciones anteriores en todos sus detalles, excepto uno: está seguro de que la voz aguda era la de un hombre, la de un francés. No pudo distinguir claramente las palabras que había pronunciado. Estaban dichas en alta voz y rápidamente, con cierta desigualdad, pronunciadas, según suponía, con miedo y con ira al mismo tiempo. La voz era áspera. Realmente, no puede asegurarse que fuese una voz aguda. La voz grave dijo varias veces: "Sacré", "diable", y una sola "Man Dieu".
»Jules Mignaud, banquero, de la casa "Mignaud et Fils", de la rue Deloraie. Es el mayor de los Mignaud. Madame L'Espanaye tenía algunos intereses. Había abierto una cuenta corriente en su casa de banca en la primavera del año... (ocho años antes). Con frecuencia había ingresado pequeñas cantidades. No retiró ninguna hasta tres días antes de su muerte. La retiró personalmente, y la suma ascendía a cuatro mil francos. La cantidad fue pagada en oro, y se encargó a un dependiente que la llevara a su casa.
»Adolphe Le Bon, dependiente de la "Banca Mignaud et Fils", declara que en el día de autos, al mediodía, acompañó a Madame L'Espanaye a su domicilio con los cuatro mil francos, distribuidos en dos pequeños talegos. Al abrirse la puerta, apareció Mademoiselle L'Espanaye Ésta cogió uno de los saquitos, y la anciana señora el otro. Entonces, él saludó y se fue. En aquellos momentos no había nadie en la calle. Era una calle apartada, muy solitaria.
»William Bird, sastre, declara que fue uno de los que entraron en la casa. Es inglés. Ha vivido dos años en París. Fue uno de los primeros que subieron por la escalera. Oyó las voces que disputaban. La gruesa era de un francés. Pudo oír algunas palabras, pero ahora no puede recordarlas todas. Oyó claramente "sacré" y "Man Dieu". Por un momento se produjo un rumor, como si varias personas peleasen. Ruido de riña y forcejeo. La voz aguda era muy fuerte, más que la grave. Está seguro de que no se trataba de la voz de ningún inglés, sino más bien la de un alemán. Podía haber sido la de una mujer. No entiende el alemán.
»Cuatro de los testigos mencionados arriba, nuevamente interrogados, declararon que la puerta de la habitación en que fue encontrado el cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye se hallaba cerrada por dentro cuando el grupo llegó a ella. Todo se hallaba en un silencio absoluto. No se oían ni gemidos ni ruidos de ninguna especie. Al forzar la puerta, no se vio a nadie. Tanto las ventanas de la parte posterior como las de la fachada estaban cerradas y aseguradas fuertemente por dentro con sus cerrojos respectivos. Entre las dos salas se hallaba también una puerta de comunicación, que estaba cerrada, pero no con llave. La puerta que conducía de la habitación delantera al pasillo estaba cerrada por dentro con llave. Una pequeña estancia de la parte delantera del cuarto piso, a la entrada del pasillo, estaba abierta también, puesto que tenía la puerta entornada. En esta sala se hacinaban camas viejas, cofres y objetos de esta especie. No quedó una sola pulgada de la casa sin que hubiese sido registrada cuidadosamente. Se ordenó que tanto por arriba como por abajo se introdujeran deshollinadores por las chimeneas. La casa constaba de cuatro pisos, con buhardillas (mansardas). En el techo se hallaba, fuertemente asegurado, un escotillón, y parecía no haber sido abierto durante muchos años. Por lo que respecta al intervalo de tiempo transcurrido entre las voces que disputaban y el acto de forzar la puerta del piso, las afirmaciones de los testigos difieren bastante. Unos hablan de tres minutos, y otros amplían este tiempo a cinco. Costó mucho forzar la puerta.
»Alfonso García, empresario de pompas fúnebres, declara que habita en la rue Morgue, y que es español. También formaba parte del grupo que entró en la casa. No subió la escalera, porque es muy nervioso y temía los efectos que pudiera producirle la emoción. Oyó las voces que disputaban. La grave era de un francés. No pudo distinguir lo que decían, y está seguro de que la voz aguda era de un inglés. No entiende este idioma, pero se basa en la entonación.
»Alberto Montan, confitero declara haber sido uno de los primeros en subir la escalera. Oyó las voces aludidas. La grave era de francés. Pudo distinguir varias palabras. Parecía como si este individuo reconviniera a otro. En cambio, no pudo comprender nada de la voz aguda. Hablaba rápidamente y de forma entrecortada. Supone que esta voz fuera la de un ruso. Corrobora también las declaraciones generales. Es italiano. No ha hablado nunca con ningún ruso.
»Interrogados de nuevo algunos testigos, certificaron que las chimeneas de todas las habitaciones del cuarto piso eran demasiado estrechas para que permitieran el paso de una persona. Cuando hablaron de "deshollinadores", se refirieron a las escobillas cilíndricas que con ese objeto usan los limpiachimeneas. Las escobillas fueron pasadas de arriba abajo por todos los tubos de la casa. En la parte posterior de ésta no hay paso alguno por donde alguien hubiese podido bajar mientras el grupo subía las escaleras. El cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye estaba tan fuertemente introducido en la chimenea, que no pudo ser extraído de allí sino con la ayuda de cinco hombres.
»Paul Dumas, médico, declara que fue llamado hacia el amanecer para examinar los cadáveres. Yacían entonces los dos sobre las correas de la armadura de la cama, en la habitación donde fue encontrada Mademoiselle L'Espanaye. El cuerpo de la joven estaba muy magullado y lleno de excoriaciones. Se explican suficientemente estas circunstancias por haber sido empujado hacia arriba en la chimenea. Sobre todo, la garganta presentaba grandes excoriaciones. Tenía también profundos arañazos bajo la barbilla, al lado de una serie de lívidas manchas que eran, evidentemente, impresiones de dedos. El rostro se hallaba horriblemente descolorido, y los ojos fuera de sus órbitas. La lengua había sido mordida y seccionada parcialmente. Sobre el estómago se descubrió una gran magulladura, producida, según se supone, por la presión de una rodilla. Según Monsieur Dumas, Mademoiselle L'Espanaye había sido estrangulada por alguna persona o personas desconocidas. El cuerpo de su madre estaba horriblemente mutilado. Todos los huesos de la pierna derecha y del brazo estaban, poco o mucho, quebrantados. La tibia izquierda, igual que las costillas del mismo lado, estaban hechas astillas. Tenía todo el cuerpo con espantosas magulladuras y descolorido. Es imposible certificar cómo fueron producidas aquellas heridas. Tal vez un pesado garrote de madera, o una gran barra de hierro —alguna silla—, o una herramienta ancha, pesada y roma, podría haber producido resultados semejantes. Pero siempre que hubieran sido manejados por un hombre muy fuerte. Ninguna mujer podría haber causado aquellos golpes con clase alguna de arma. Cuando el testigo la vio, la cabeza de la muerta estaba totalmente separada del cuerpo y, además, destrozada. Evidentemente, la garganta había sido seccionada con un instrumento afiladísimo, probablemente una navaja barbera.
»Alexandre Etienne, cirujano, declara haber sido llamado al mismo tiempo que el doctor Dumas, para examinar los cuerpos. Corroboró la declaración y las opiniones de éste.
»No han podido obtenerse más pormenores importantes en otros interrogatorios. Un crimen tan extraño y tan complicado en todos sus aspectos no había sido cometido jamás en París, en el caso de que se trate realmente de un crimen. La Policía carece totalmente de rastro, circunstancia rarísima en asuntos de tal naturaleza. Puede asegurarse, pues, que no existe la menor pista.»
En la edición de la tarde, afirmaba el periódico que reinaba todavía gran excitación en el quartier Saint Roch; que, de nuevo, se habían investigado cuidadosamente las circunstancias del crimen, pero que no se había obtenido ningún resultado. A última hora anunciaba una noticia que Adolphe Le Bon había sido detenido y encarcelado; pero ninguna de las circunstancias ya expuestas parecía acusarle.
Dupin demostró estar particularmente interesado en el desarrollo de aquel asunto; cuando menos, así lo deducía yo por su conducta, porque no hacía ningún comentario. Tan sólo después de haber sido encarcelado Le Bon me preguntó mi parecer sobre aquellos asesinatos.
Yo no pude expresarle sino mi conformidad con todo el público parisiense, considerando aquel crimen como un misterio insoluble. No acertaba a ver el modo en que pudiera darse con el asesino.
—Por interrogatorios tan superficiales no podemos juzgar nada con respecto al modo de encontrarlo —dijo Dupin—. La Policía de París, tan elogiada por su perspicacia, es astuta, pero nada más. No hay más método en sus diligencias que el que las circunstancias sugieren. Exhiben siempre las medidas tomadas, pero con frecuencia ocurre que son tan poco apropiadas a los fines propuestos que nos hacen pensar en Monsieur Jourdain pidiendo su robede chambre, pour mieux entendre la musique. A veces no dejan de ser sorprendentes los resultados obtenidos. Pero, en su mayor parte, se consiguen por mera insistencia y actividad. Cuando resultan ineficaces tales procedimientos, fallan todos sus planes. Vidocq, por ejemplo, era un excelente adivinador y un hombre perseverante; pero como su inteligencia carecía de educación, se equivocaba con frecuencia por la misma intensidad de sus investigaciones. Disminuía el poder de su visión por mirar el objeto tan de cerca. Era capaz de ver, probablemente, una o dos circunstancias con una poco corriente claridad; pero al hacerlo perdía necesariamente la visión total del asunto. Esto puede decirse que es el defecto de ser demasiado profundo. La verdad no está siempre en el fondo de un pozo. En realidad, yo pienso que, en cuanto a lo que más importa conocer, es invariablemente superficial. La profundidad se encuentra en los valles donde la buscamos, pero no en las cumbres de las montañas, que es donde la vemos. Las variedades y orígenes de esta especie de error tienen un magnífico ejemplo en la contemplación de los cuerpos celestes. Dirigir a una estrella una rápida ojeada, examinarla oblicuamente, volviendo hacia ella las partes exteriores de la retina (que son más sensibles a las débiles impresiones de la luz que las anteriores), es contemplar la estrella distintamente, obtener la más exacta apreciación de su brillo, brillo que se oscurece a medida que volvemos nuestra visión de lleno hacía ella. En el último caso, caen en los ojos mayor número de rayos, pero en el primero se obtiene una receptibilidad más afinada. Con una extrema profundidad, embrollamos y debilitamos el pensamiento, y aun lo confundimos. Podemos, incluso, lograr que Venus se desvanezca del firmamento si le dirigimos una atención demasiado sostenida, demasiado concentrada o demasiado directa.
»Por lo que respecta a estos asesinatos, examinemos algunas investigaciones por nuestra cuenta, antes de formar de ellos una opinión. Una investigación como ésta nos procurará una buena diversión —a mí me pareció impropia esta última palabra, aplicada al presente caso, pero no dije nada—, y, por otra parte, Le Bon ha comenzado por prestarme un servicio y quiero demostrarle que no soy un ingrato. Iremos al lugar del suceso y lo examinaremos con nuestros propios ojos. Conozco a G..., el prefecto de Policía, y no me será difícil conseguir el permiso necesario.
Nos fue concedida la autorización, y nos dirigimos inmediatamente a la rue Morgue. Es ésta una de esas miserables callejuelas que unen la rue Richelieu y la de Saint Roch. Cuando llegamos a ella, eran ya las últimas horas de la tarde, porque este barrio se encuentra situado a gran distancia de aquel en que nosotros vivíamos. Pronto hallamos la casa; aún había frente a ella varias personas mirando con vana curiosidad las ventanas cerradas. Era una casa como tantas de París. Tenía una puerta principal, y en uno de sus lados había una casilla de cristales con un bastidor corredizo en la ventanilla, y parecía ser la loge de concierge . Antes de entrar nos dirigimos calle arriba, y, torciendo de nuevo, pasamos a la fachada posterior del edificio. Dupin examinó durante todo este rato los alrededores, así como la casa, con una atención tan cuidadosa, que me era imposible comprender su finalidad.
Volvimos luego sobre nuestros pasos, y llegamos ante la fachada de la casa. Llamamos a la puerta, y después de mostrar nuestro permiso, los agentes de guardia nos permitieron la entrada. Subimos las escaleras, hasta llegar a la habitación donde había sido encontrado el cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye y donde se hallaban aún los dos cadáveres. Como de costumbre, había sido respetado el desorden de la habitación. Nada vi de lo que se había publicado en la Gazette des Tribunaux. Dupin lo analizaba todo minuciosamente, sin exceptuar los cuerpos de las víctimas. Pasamos inmediatamente a otras habitaciones, y bajamos luego al patio. Un gendarme nos acompañó a todas partes, y la investigación nos ocupó hasta el anochecer, marchándonos entonces. De regreso a nuestra casa, mi compañero se detuvo unos minutos en las oficinas de un periódico.
He dicho ya que las rarezas de mi amigo eran muy diversas y que je les menageais: esta frase no tiene equivalente en inglés. Hasta el día siguiente, a mediodía, rehusó toda conversación sobre los asesinatos. Entonces me preguntó de pronto si yo había observado algo particular en el lugar del hecho.
En su manera de pronunciar la palabra «particular» había algo que me produjo un estremecimiento sin saber por qué.
—No, nada de particular —le dije—; por lo menos, nada más de lo que ya sabemos por el periódico.
—Mucho me temo —me replicó— que la Gazette no haya logrado penetrar en el insólito horror del asunto. Pero dejemos las necias opiniones de este papelucho. Yo creo que si este misterio se ha considerado como insoluble, por la misma razón debería de ser fácil de resolver, y me refiero al outre carácter de sus circunstancias. La Policía se ha confundido por la ausencia aparente de motivos que justifiquen, no el crimen, sino la atrocidad con que ha sido cometido. Asimismo, les confunde la aparente imposibilidad de conciliar las voces que disputaban con la circunstancia de no haber hallado arriba sino a Mademoiselle L'Espanaye, asesinada, y no encontrar la forma de que nadie saliera del piso sin ser visto por las personas que subían por las escaleras. El extraño desorden de la habitación; el cadáver metido con la cabeza hacia abajo en la chimenea; la mutilación espantosa del cuerpo de la anciana, todas estas consideraciones, con las ya descritas y otras no dignas de mención, han sido suficientes para paralizar sus facultades, haciendo que fracasara por completo la tan cacareada perspicacia de los agentes del Gobierno. Han caído en el grande aunque común error de confundir lo insólito con lo abstruso. Pero precisamente por estas desviaciones de lo normal es por donde ha de hallar la razón su camino en la investigación de la verdad, en el caso de que ese hallazgo sea posible. En investigaciones como la que estamos realizando ahora, no hemos de preguntarnos tanto «qué ha ocurrido» como «qué ha ocurrido que no había ocurrido jamás hasta ahora». Realmente la sencillez con que yo he de llegar o he llegado ya a la solución de este misterio, se halla en razón directa con su aparente falta de solución en el criterio de la Policía.
Con mudo asombro, contemplé a mi amigo.
—Estoy esperando ahora —continuó diciéndome mirando a la puerta de nuestra habitación— a un individuo que aun cuando probablemente no ha cometido esta carnicería bien puede estar, en cierta medida, complicado en ella. Es probable que resulte inocente de la parte más desagradable de los crímenes cometidos. Creo no equivocarme en esta suposición, porque en ella se funda mi esperanza de descubrir el misterio. Espero a este individuo aquí en esta habitación y de un momento a otro. Cierto es que puede no venir, pero lo probable es que venga. Si viene, hay que detenerlo. Aquí hay unas pistolas, y los dos sabemos cómo usarlas cuando las circunstancias lo requieren.
Sin saber lo que hacía, ni lo que oía, tomé las pistolas, mientras Dupin continuaba hablando como si monologara. Se dirigían sus palabras a mí pero su voz no muy alta, tenía esa entonación empleada frecuentemente al hablar con una persona que se halla un poco distante. Sus pupilas inexpresivas miraban fijamente hacia la pared.
—La experiencia ha demostrado plenamente que las voces que disputaban —dijo—, oídas por quienes subían las escaleras, no eran las de las dos mujeres. Este hecho descarta el que la anciana hubiese matado primeramente a su hija y se hubiera suicidado después. Hablo de esto únicamente por respeto al método; porque, además, la fuerza de Madame L'Espanaye no hubiera conseguido nunca arrastrar el cuerpo de su hija por la chimenea arriba tal como fue hallado. Por otra parte, la naturaleza de las heridas excluye totalmente la idea del suicidio. Por tanto, el asesinato ha sido cometido por terceras personas, y las voces de éstas son las que se oyeron disputar. Permítame que le haga notar no todo lo que se ha declarado con respecto a estas voces, sino lo que hay de particular en las declaraciones. ¿No ha observado usted nada en ellas?
Yo le dije que había observado que mientras todos los testigos coincidían en que la voz grave era de un francés, había un gran desacuerdo por lo que respecta a la voz aguda, o áspera, como uno de ellos la había calificado.
—Esto es evidencia pura —dijo—, pero no lo particular de esa evidencia. Usted no ha observado nada característico, pero, no obstante había algo que observar. Como ha notado usted los testigos estuvieron de acuerdo en cuanto a la voz grave. En ello había unanimidad. Pero lo que respecta a la voz aguda consiste su particularidad, no en el desacuerdo, sino en que, cuando un italiano, un inglés, un español, un holandés y un francés intentan describirla cada uno de ellos opina que era la de un extranjero. Cada uno está seguro de que no es la de un compatriota, y cada uno la compara, no a la de un hombre de una nación cualquiera cuyo lenguaje conoce, sino todo lo contrario. Supone el francés que era la voz de un español y que «hubiese podido distinguir algunas palabras de haber estado familiarizado con el español». El holandés sostiene que fue la de un francés, pero sabemos que, por «no conocer este idioma, el testigo había sido interrogado por un intérprete». Supone el inglés que la voz fue la de un alemán; pero añade que «no entiende el alemán». El español «está seguro» de que es la de un inglés, pero tan sólo «lo cree por la entonación, ya que no tiene ningún conocimiento del idioma». El italiano cree que es la voz de un ruso, pero «jamás ha tenido conversación alguna con un ruso». Otro francés difiere del primero, y está seguro de que la voz era de un italiano; pero aunque no conoce este idioma, está, como el español, «seguro de ello por su entonación». Ahora bien, ¡cuán extraña debía de ser aquella voz para que tales testimonios pudieran darse de ella, en cuyas inflexiones, ciudadanos de cinco grandes naciones europeas, no pueden reconocer nada que les sea familiar! Tal vez usted diga que puede muy bien haber sido la voz de un asiático o la de un africano; pero ni los asiáticos ni los africanos se ven frecuentemente por París. Pero, sin decir que esto sea posible, quiero ahora dirigir su atención sobre tres puntos. Uno de los testigos describe aquella voz como «más áspera que aguda»; otros dicen que es «rápida y desigual»; en este caso, no hubo palabras (ni sonidos que se parezcan a ella), que ningún testigo mencionara como inteligibles.
»Ignoro qué impresión —continuó Dupin— puedo haber causado en su entendimiento, pero no dudo en manifestar que las legítimas deducciones efectuadas con sólo esta parte de los testimonios conseguidos (la que se refiere a las voces graves y agudas), bastan por sí mismas para motivar una sospecha que bien puede dirigirnos en todo ulterior avance en la investigación de este misterio. He dicho «legítimas deducciones», pero así no queda del todo explicada mi intención. Quiero únicamente manifestar que esas deducciones son las únicas apropiadas, y que mi sospecha se origina inevitablemente en ellas como una conclusión única. No diré todavía cuál es esa sospecha. Tan sólo deseo hacerle comprender a usted que para mí tiene fuerza bastante para dar definida forma (determinada tendencia) a mis investigaciones en aquella habitación.
»Mentalmente, trasladémonos a ella. ¿Qué es lo primero que hemos de buscar allí? Los medios de evasión utilizados por los asesinos. No hay necesidad de decir que ninguno de los dos creemos en este momento en acontecimientos sobrenaturales. Madame y Mademoiselle L'Espanaye no han sido, evidentemente, asesinadas por espíritus. Quienes han cometido el crimen fueron seres materiales y escaparon por procedimientos materiales. ¿De qué modo? Afortunadamente, sólo hay una forma de razonar con respecto a este punto, y éste habrá de llevarnos a una solución precisa. Examinemos, pues, uno por uno, los posibles medios de evasión. Cierto es que los asesinos se encontraban en la alcoba donde fue hallada Mademoiselle L'Espanaye, o, cuando menos, en la contigua, cuando las personas subían las escaleras. Por tanto, sólo hay que investigar las salidas de estas dos habitaciones. La Policía ha dejado al descubierto los pavimentos, los techos y la mampostería de las paredes en todas partes. A su vigilancia no hubieran podido escapar determinadas salidas secretas. Pero yo no me fiaba de sus ojos y he querido examinarlo con los míos. En efecto, no había salida secreta. Las puertas de las habitaciones que daban al pasillo estaban cerradas perfectamente por dentro. Veamos las chimeneas. Aunque de anchura normal hasta una altura de ocho o diez pies sobre los hogares, no puede, en toda su longitud, ni siquiera dar cabida a un gato corpulento. La imposibilidad de salida por los ya indicados medios es, por tanto, absoluta. Así, pues, no nos quedan más que las ventanas. Por la de la alcoba que da a la fachada principal no hubiera podido escapar nadie sin que la muchedumbre que había en la calle lo hubiese notado. Por tanto, los asesinos han de haber pasado por las de la habitación posterior. Llevados, pues, de estas deducciones y, de forma tan inequívoca, a esta conclusión, no podemos, según un minucioso razonamiento, rechazarla, teniendo en cuenta aparentes imposibilidades. Nos queda sólo por demostrar que esas aparentes «imposibilidades» en realidad no lo son.
»En la habitación hay dos ventanas. Una de ellas no se halla obstruida por los muebles, y está completamente visible. La parte inferior de la otra la oculta a la vista la cabecera de la pesada armazón del lecho, estrechamente pegada a ella. La primera de las dos ventanas está fuertemente cerrada y asegurada por dentro. Resistió a los más violentos esfuerzos de quienes intentaron levantarla. En la parte izquierda de su marco veíase un gran agujero practicado con una barrena, y un clavo muy grueso hundido en él hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana se encontró otro clavo semejante, clavado de la misma forma, y un vigoroso esfuerzo para separar el marco fracasó también. La Policía se convenció entonces de que por ese camino no se había efectuado la salida, y por esta razón consideró superfluo quitar aquellos clavos y abrir las ventanas.
»Mi examen fue más minucioso, por la razón que acabo ya de decir, ya que sabía era preciso probar que todas aquellas aparentes imposibilidades no lo eran realmente.
Continué razonando así a posteriori. Los asesinos han debido de escapar por una de estas ventanas. Suponiendo esto, no es fácil que pudieran haberlas sujetado por dentro, como se las ha encontrado, consideración que, por su evidencia, paralizó las investigaciones de la Policía en este aspecto. No obstante, las ventanas estaban cerradas y aseguradas. Era, pues, preciso que pudieran cerrarse por sí mismas. No había modo de escapar a esta conclusión. Fui directamente a la ventana no obstruida, y con cierta dificultad extraje el clavo y traté de levantar el marco. Como yo suponía, resistió a todos los esfuerzos. Había, pues, evidentemente, un resorte escondido, y este hecho, corroborado por mi idea, me convenció de que mis premisas, por muy misteriosas que apareciesen las circunstancias relativas a los clavos, eran correctas. Una minuciosa investigación me hizo descubrir pronto el oculto resorte. Lo oprimí y, satisfecho con mi descubrimiento, me abstuve de abrir la ventana.
»Volví entonces a colocar el clavo en su sitio, después de haberlo examinado atentamente. Una persona que hubiera pasado por aquella ventana podía haberla cerrado y haber funcionado solo el resorte. Pero el clavo no podía haber sido colocado. Esta conclusión está clarisima, y restringía mucho el campo de mis investigaciones. Los asesinos debían, por tanto, de haber escapado por la otra ventana. Suponiendo que los dos resortes fueran iguales, como era posible, debía, pues, de haber una diferencia entre los clavos, o, por lo menos, en su colocación. Me subí sobre las correas de la armadura del lecho, y por encima de su cabecera examiné minuciosamente la segunda ventana. Pasando la mano por detrás de la madera, descubrí y apreté el resorte, que, como yo había supuesto, era idéntico al anterior. Entonces examiné el clavo. Era del mismo grueso que el otro, y aparentemente estaba clavado de la misma forma, hundido casi hasta la cabeza.
»Tal vez diga usted que me quedé perplejo; pero si piensa semejante cosa es que no ha comprendido bien la naturaleza de mis deducciones. Sirviéndome de un término deportivo, no me he encontrado ni una vez «en falta». El rastro no se ha perdido ni un solo instante. En ningún eslabón de la cadena ha habido un defecto. Hasta su última consecuencia he seguido el secreto. Y la consecuencia era el clavo. En todos sus aspectos, he dicho, aparentaba ser análogo al de la otra ventana; pero todo esto era nada (tan decisivo como parecía) comparado con la consideración de que en aquel punto terminaba mi pista. «Debe de haber algún defecto en este clavo», me dije. Lo toqué, y su cabeza, con casi un cuarto de su espiga, se me quedó en la mano. El resto quedó en el orificio donde se había roto. La rotura era antigua, como se deducía del óxido de sus bordes, y, al parecer, había sido producido por un martillazo que hundió una parte de la cabeza del clavo en la superficie del marco. Volví entonces a colocar cuidadosamente aquella parte en el lugar de donde la había separado, y su semejanza con un clavo intacto fue completa. La rotura era inapreciable. Apreté el resorte y levanté suavemente el marco unas pulgadas. Con él subió la cabeza del clavo, quedando fija en su agujero. Cerré la ventana, y fue otra vez perfecta la apariencia del clavo entero.
»Hasta aquí estaba resuelto el enigma. El asesino había huido por la ventana situada a la cabecera del lecho. Al bajar por sí misma, luego de haber escapado por ella, o tal vez al ser cerrada deliberadamente, se había quedado sujeta por el resorte, y la sujeción de éste había engañado a la Policía, confundiéndola con la del clavo, por lo cual se había considerado innecesario proseguir la investigación.
»El problema era ahora saber cómo había bajado el asesino. Sobre este punto me sentía satisfecho de mi paseo en torno al edificio. Aproximadamente a cinco pies y medio de la ventana en cuestión, pasa la cadena de un pararrayos. Por ésta hubiera sido imposible a cualquiera llegar hasta la ventana, y ya no digamos entrar. Sin embargo, al examinar los postigos del cuarto piso, vi que eran de una especie particular, que los carpinteros parisienses llaman ferrades, especie poco usada hoy, pero hallada frecuentemente en las casas antiguas de Lyon y Burdeos. Tienen la forma de una puerta normal (sencilla y no de dobles batientes), excepto que su mitad superior está enrejada o trabajada a modo de celosía, por lo que ofrece un asidero excelente para las manos. En el caso en cuestión, estos postigos tienen una anchura de tres pies y medio, más o menos. Cuando los vimos desde la parte posterior de la casa, los dos estaban abiertos hasta la mitad; es decir, formaban con la pared un ángulo recto. Es probable que la Policía haya examinado, como yo, la parte posterior del edificio; pero al mirar las ferrades en el sentido de su anchura (como deben de haberlo hecho), no se han dado cuenta de la dimensión en este sentido, o cuando menos no le han dado la necesaria importancia. En realidad, una vez se convencieron de que no podía efectuarse la huida por aquel lado, no lo examinaron sino superficialmente. Sin embargo, para mí era claro que el postigo que pertenecía a la ventana situada a la cabecera de la cama, si se abría totalmente, hasta que tocara la pared, llegaría hasta unos dos pies de la cadena del pararrayos. También estaba claro que con el esfuerzo de una energía y un valor insólitos podía muy bien haberse entrado por aquella ventana con ayuda de la cadena. Llegado a aquella distancia de dos pies y medio (supongamos ahora abierto el postigo), un ladrón hubiese podido encontrar en el enrejada un sólido asidero, para que luego, desde él, soltando la cadena y apoyando bien los pies contra la pared, pudiera lanzarse rápidamente, caer en la habitación y atraer hacia sí violentamente el postigo, de modo que se cerrase, y suponiendo, desde luego, que se hallara siempre la ventana abierta.
»Tenga usted en cuenta que me he referido a una energía insólita, necesaria para llevar a cabo con éxito una empresa tan arriesgada y difícil. Mi propósito es el de demostrarle, en primer lugar, que el hecho podía realizarse, y en segundo, y muy principalmente, llamar su atención sobre el carácter extraordinario, casi sobrenatural, de la agilidad necesaria para su ejecución.
»Me replicará usted, sin duda, valiéndose del lenguaje de la ley, que para «defender mi causa» debiera más bien prescindir de la energía requerida en ese caso antes que insistir en valorarla exactamente. Esto es realizable en la práctica forense, pero no en la razón. Mi objetivo final es la verdad tan sólo, y mi propósito inmediato conducir a usted a que compare esa insólita energía de que acabo de hablarle con la peculiarísima voz aguda (o áspera), y desigual, con respecto a cuya nacionalidad no se han hallado siquiera dos testigos que estuviesen de acuerdo, y en cuya pronunciación no ha sido posible descubrir una sola sílaba.
A estas palabras comenzó a formarse en mi espíritu una vaga idea de lo que pensaba Dupin. Me parecía llegar al límite de la comprensión, sin que todavía pudiera entender, lo mismo que esas personas que se encuentran algunas veces al borde de un recuerdo y no son capaces de llegar a conseguirlo. Mi amigo continuó su razonamiento.
—Habrá usted visto —dijo— que he retrotraído la cuestión del modo de salir al de entrar. Mi plan es demostrarle que ambas cosas se han efectuado de la misma manera y por el mismo sitio. Volvamos ahora al interior de la habitación. Estudiemos todos sus aspectos. Según se ha dicho, los cajones de la cómoda han sido saqueados, aunque han quedado en ellos algunas prendas de vestir. Esta conclusión es absurda. Es una simple conjetura, muy necia, por cierto, y nada más. ¿Cómo es posible saber que todos esos objetos encontrados en los cajones no eran todo lo que contenían? Madame L'Espanaye y su hija vivían una vida excesivamente retirada. No se trataban con nadie, salían rara vez y, por consiguiente, tenían pocas ocasiones para cambiar de vestido. Los objetos que se han encontrado eran de tan buena calidad, por lo menos, como cualquiera de los que posiblemente hubiesen poseído esas señoras. Si un ladrón hubiera cogido alguno, ¿por qué no los mejores, o por qué no todos? En fin, ¿hubiese abandonado cuatro mil francos en oro para cargar con un fardo de ropa blanca? El oro fue abandonado. Casi la totalidad de la suma mencionada por Monsieur Mignaud, el banquero, ha sido hallada en el suelo, en los saquitos. Insisto, por tanto, en querer descartar de su pensamiento la idea desatinada de un motivo, engendrada en el cerebro de la Policía por esa declaración que se refiere a dinero entregado a la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más notables que ésta (entrega del dinero y asesinato, tres días más tarde, de la persona que lo recibe) se presentan constantemente en nuestra vida sin despertar siquiera nuestra atención momentánea. Por lo general las coincidencias son otros tantos motivos de error en el camino de esa clase de pensadores educados de tal modo que nada saben de la teoría de probabilidades, esa teoría a la cual las más memorables conquistas de la civilización humana deben lo más glorioso de su saber. En este caso, si el oro hubiera desaparecido, el hecho de haber sido entregado tres días antes hubiese podido parecer algo más que una coincidencia. Corroboraría la idea de un motivo. Pero, dadas las circunstancias reales del caso, si hemos de suponer que el oro ha sido el móvil del hecho, también debemos imaginar que quien lo ha cometido ha sido tan vacilante y tan idiota que ha abandonado al mismo tiempo el oro y el motivo.
»Fijados bien en nuestro pensamiento los puntos sobre los cuales he llamado su atención (la voz peculiar, la insólita agilidad y la sorprendente falta de motivo en un crimen de una atrocidad tan singular como éste), examinemos por sí misma esta carnicería. Nos encontramos con una mujer estrangulada con las manos y metida cabeza abajo en una chimenea. Normalmente, los criminales no emplean semejante procedimiento de asesinato. En el violento modo de introducir el cuerpo en la chimenea habrá usted de admitir que hay algo excesivamente exagerado, algo que está en desacuerdo con nuestras corrientes nociones respecto a los actos humanos, aun cuando supongamos que los autores de este crimen sean los seres más depravados. Por otra parte, piense usted cuán enorme debe de haber sido la fuerza que logró introducir tan violentamente el cuerpo hacia arriba en una abertura como aquélla, por cuanto los esfuerzos unidos de varias personas apenas si lograron sacarlo de ella.
»Fijemos ahora nuestra atención en otros indicios que ponen de manifiesto este vigor maravilloso. Había en el hogar unos espesos mechones de grises cabellos humanos. Habían sido arrancados de cuajo. Sabe usted la fuerza que es necesaria para arrancar de la cabeza, aun cuando no sean más que veinte o treinta cabellos a la vez. Usted habrá visto tan bien como yo aquellos mechones. Sus raíces (¡qué espantoso espectáculo!) tenían adheridos fragmentos de cuero cabelludo, segura prueba de la prodigiosa fuerza que ha sido necesaria para arrancar tal vez un millar de cabellos a la vez. La garganta de la anciana no sólo estaba cortada, sino que tenía la cabeza completamente separada del cuerpo, y el instrumento para esta operación fue una sencilla navaja barbera. Le ruego que se fije también en la brutal ferocidad de tal acto. No es necesario hablar de las magulladuras que aparecieron en el cuerpo de Madame L'Espanaye. Monsieur Dumas y su honorable colega Monsieur Etienne han declarado que habían sido producidas por un instrumento romo. En ello, estos señores están en lo cierto. El instrumento ha sido, sin duda alguna, el pavimento del patio sobre el que la víctima ha caído desde la ventana situada encima del lecho. Por muy sencilla que parezca ahora esta idea, escapó a la Policía, por la misma razón que le impidió notar la anchura de los postigos, porque, dada la circunstancia de los clavos, su percepción estaba herméticamente cerrada a la idea de que las ventanas hubieran podido ser abiertas.
»Si ahora, como añadidura a todo esto, ha reflexionado usted bien acerca del extraño desorden de la habitación, hemos llegado ya al punto de combinar las ideas de agilidad maravillosa, fuerza sobrehumana, bestial ferocidad, carnicería sin motivo, una grotesquerie en lo horrible, extraña en absoluto a la humanidad, y una voz extranjera por su acento para los oídos de hombres de distintas naciones y desprovista de todo silabeo que pudieran advertirse distinta e inteligiblemente. ¿Qué se deduce de todo ello? ¿Cuál es la impresión que ha producido en su imaginación?
Al hacerme Dupin esta pregunta, sentí un escalofrío.
—Un loco ha cometido ese crimen —dije—, algún lunático furioso que se habrá escapado de alguna Maison de Santé vecina.
—En algunos aspectos —me contestó— no es desacertada su idea. Pero hasta en sus más feroces paroxismos, las voces de los locos no se parecen nunca a esa voz peculiar oída desde la calle. Los locos pertenecen a una nación cualquiera, y su lenguaje, aunque incoherente, es siempre articulado. Por otra parte, el cabello de un loco no se parece al que yo tengo en la mano. De los dedos rígidamente crispados de Madame L'Espanaye he desenredado esté pequeño mechón. ¿Qué puede usted deducir de esto?
—Dupin —exclamé, completamente desalentado—, ¡qué cabello más raro! No es un cabello humano.
—Yo no he dicho que lo fuera —me contestó—. Pero antes de decidir con respecto a este particular, le ruego que examine este pequeño diseño que he trazado en un trozo de papel. Es un facsímil que representa lo que una parte de los testigos han declarado como cárdenas magulladuras y profundos rasguños producidos por las uñas en el cuello de Mademoiselle L'Espanaye, y que los doctores Dumas y Etienne llaman una serie de manchas lívidas evidentemente producidas por la impresión de los dedos.
Comprenderá usted —continuó mi amigo, desdoblando el papel sobre la mesa y ante nuestros ojos —que este dibujo da idea de una presión firme y poderosa. Aquí no hay deslizamiento visible. Cada dedo ha conservado, quizás hasta la muerte de la víctima, la terrible presa en la cual se ha moldeado. Pruebe usted ahora de colocar sus dedos, todos a un tiempo, en las respectivas impresiones, tal como las ve usted aquí.
Lo intenté en vano.
—Es posible —continuó— que no efectuemos esta experiencia de un modo decisivo. El papel está desplegado sobre una superficie plana, y la garganta humana es cilíndrica. Pero aquí tenemos un tronco cuya circunferencia es, poco más o menos, la de la garganta. Arrolle a su superficie este diseño y volvamos a efectuar la experiencia.
Lo hice así, pero la dificultad fue todavía más evidente que la primera vez.
—Esta —dije— no es la huella de una mano humana.
—Ahora, lea este pasaje de Cuvier —continuó Dupin.
Era una historia anatómica, minuciosa y general, del gran orangután salvaje de las islas de la India Oriental. Son harto conocidas de todo el mundo la gigantesca estatura, la fuerza y agilidad prodigiosas, la ferocidad salvaje y las facultades de imitación de estos mamíferos. Comprendí entonces, de pronto, todo el horror de aquellos asesinatos.
—La descripción de los dedos —dije, cuando hube terminado la lectura— está perfectamente de acuerdo con este dibujo. Creo que ningún animal, excepto el orangután de la especie que aquí se menciona, puede haber dejado huellas como las que ha dibujado usted. Este mechón de pelo ralo tiene el mismo carácter que el del animal descrito por Cuvier. Pero no me es posible comprender las circunstancias de este espantoso misterio. Hay que tener en cuenta, además, que se oyeron disputar dos voces, e, indiscutiblemente, una de ellas pertenecía a un francés.
—Cierto, y recordará usted una expresión atribuida casi unánimemente a esa voz por los testigos; la expresión «Mon Dieu». Y en tales circunstancias, uno de los testigos (Montani, el confitero) la identificó como expresión de protesta o reconvención. Por tanto, yo he fundado en estas voces mis esperanzas de la completa solución de este misterio. Indudablemente, un francés conoce el asesinato. Es posible, y en realidad, más que posible, probable, que él sea inocente de toda participación en los hechos sangrientos que han ocurrido. Puede habérsele escapado el orangután, y puede haber seguido su rastro hasta la habitación. Pero, dadas las agitadas circunstancias que se hubieran producido, pudo no haberle sido posible capturarle de nuevo. Todavía anda suelto el animal. No es mi propósito continuar estas conjeturas, y las califico así porque no tengo derecho a llamarlas de otro modo, ya que los atisbos de reflexión en que se fundan apenas alcanzan la suficiente base para ser apreciables incluso para mi propia inteligencia, y, además, porque no puedo hacerlas inteligibles para la comprensión de otra persona. Llamémoslas, pues, conjeturas, y considerémoslas así. Si, como yo supongo, el francés a que me refiero es inocente de tal atrocidad, este anuncio que, a nuestro regreso, dejé en las oficinas de Le Monde, un periódico consagrado a intereses marítimos y muy buscado por los marineros, nos lo traerá a casa.
Me entregó el periódico, y leí:
CAPTURA
En el Bois de Boulogne se ha encontrado a primeras horas de la mañana del día... de los corrientes (la mañana del crimen), un enorme orangután de la especie de Borneo. Su propietario (que se sabe es un marino perteneciente a la tripulación de un navío maltés) podrá recuperar el animal, previa su identificación, pagando algunos pequeños gestos ocasionados por su captura y manutención. Dirigirse al número... de la rue... faubourg Saint Germain... tercero.
—¿Cómo ha podido usted saber —le pregunté a Dupin— que el individuo de que se trata es marinero y está enrolado en un navío maltés?
—Yo no lo conozco —repuso Dupin—. No estoy seguro de que exista. Pero tengo aquí este pedacito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasiento aspecto, ha sido usada, evidentemente, para anudar los cabellos en forma de esas largas guerres a que tan aficionados son los marineros. Por otra parte, este lazo saben anudarlo muy pocas personas, y es característico de los malteses. Recogí esta cinta al pie de la cadena del pararrayos. No puede pertenecer a ninguna de las dos víctimas. Todo lo más, si me he equivocado en mis deducciones con respecto a este lazo, es decir, pensando que ese francés sea un marinero enrolado en un navío maltés, no habré perjudicado a nadie diciendo lo que he dicho en el anuncio. Si me he equivocado, supondrá él que algunas circunstancias me engañaron, y no se tomará el trabajo de inquirirlas. Pero, si acierto, habremos dado un paso muy importante. Aunque inocente del crimen, el francés habrá de conocerlo, y vacilará entre si debe responder o no al anuncio y reclamar o no al orangután.
Sus razonamientos serán los siguientes: «Soy inocente; soy pobre; mi orangután vale mucho dinero, una verdadera fortuna para un hombre que se encuentra en mi situación. ¿Por qué he de perderlo por un vano temor al peligro? Lo tengo aquí, a mi alcance. Lo encontraron en el Bois de Boulogne, a mucha distancia del escenario de aquel crimen. ¿Quién sospecharía que un animal ha cometido semejante acción? La Policía está despistada. No ha obtenido el menor indicio. Dado el caso de que sospecharan del animal, será imposible demostrar que yo tengo conocimiento del crimen, ni mezclarme en él por el solo hecho de conocerlo. Además, me conocen. El anunciante me señala como dueño del animal. No sé hasta qué punto llega este conocimiento. Si soslayo el reclamar una propiedad de tanto valor y que, además, se sabe que es mía, concluiré haciendo sospechoso al animal. No es prudente llamar la atención sobre mí ni sobre él. Contestaré, por tanto, a este anuncio, recobraré mi orangután y le encerraré hasta que se haya olvidado por completo este asunto.»
En este instante oímos pasos en la escalera.
—Esté preparado —me dijo Dupin—. Coja sus pistolas, pero no haga uso de ellas, ni las enseñe, hasta que yo le haga una señal.
Habíamos dejado abierta la puerta principal de la casa. El visitante entró sin llamar y subió algunos peldaños de la escalera. Ahora, sin embargo, parecía vacilar. Le oímos descender. Dupin se precipitó hacia la puerta, pero en aquel instante le oímos subir de nuevo. Ahora ya no retrocedía por segunda vez, sino que subió con decisión y llamó a la puerta de nuestro piso.
—Adelante—dijo Dupin con voz satisfecha y alegre.
Entró un hombre. A no dudarlo, era un marinero; un hombre alto, fuerte, musculoso, con una expresión de arrogancia no del todo desagradable. Su rostro, muy atezado, estaba oculto en más de su mitad por las patillas y el mustachio. Estaba provisto de un grueso garrote de roble, y no parecía llevar otras armas. Saludó, inclinándose torpemente, pronunciando un «Buenas tardes» con acento francés, el cual, aunque, bastardeada levemente por el suizo, daba a conocer a las claras su origen parisiense.
—Siéntese, amigo —dijo Dupin—. Supongo que viene a reclamar su orangután. Le aseguro que casi se lo envidio. Es un hermoso animal, y, sin duda alguna, de mucho precio. ¿Qué edad cree usted que tiene?
El marinero suspiró hondamente, como quien se libra de un peso intolerable, y contestó luego con voz firme:
—No puedo decírselo, pero no creo que tenga más de cuatro o cinco años. ¿Lo tiene usted aquí?
—¡Oh, no! Esta habitación no reúne condiciones para ello. Está en una cuadra de alquiler en la rue Dubourg, cerca de aquí. Mañana por la mañana, si usted quiere, podrá recuperarlo. Supongo que vendrá usted preparado para demostrar su propiedad.
—Sin duda alguna, señor.
—Mucho sentiré tener que separarme de él —dijo Dupin.
—No pretendo que se haya usted tomado tantas molestias para nada, señor —dijo el hombre—. Ni pensarlo. Estoy dispuesto a pagar una gratificación por el hallazgo del animal, mientras sea razonable.
—Bien —contestó mi amigo—. Todo esto es, sin duda, muy justo. Veamos. ¿Qué voy a pedirle? ¡Ah, ya sé! Se lo diré ahora. Mi gratificación será ésta: ha de decirme usted cuanto sepa con respecto a los asesinatos de la rue Morgue.
Estas últimas palabras las dijo Dupin en voz muy baja y con una gran tranquilidad. Con análoga tranquilidad se dirigió hacia la puerta, la cerró y se guardó la llave en el bolsillo. Luego sacó la pistola, y, sin mostrar agitación alguna, la dejó sobre la mesa.
La cara del marinero enrojeció como si se hallara en un arrebato de sofocación. Se levantó y empuñó su bastón. Pero inmediatamente se dejó caer sobre la silla, con un temblor convulsivo y con el rostro de un cadáver. No dijo una sola palabra, y le compadecí de todo corazón.
—Amigo mío —dijo Dupin bondadosamente—, le aseguro que se alarma usted sin motivo alguno. No es nuestro propósito causarle el menor daño. Le doy a usted mi palabra de honor de caballero y francés, que nuestra intención no es perjudicarle. Sé perfectamente que nada tiene usted que ver con las atrocidades de la rue Morgue. Sin embargo, no puedo negar que, en cierto modo, está usted complicado. Por cuanto le digo comprenderá usted perfectamente, que, con respecto a este punto, poseo excelentes medios de información, medios en los cuales no hubiera usted pensado jamás. El caso está ya claro para nosotros. Nada ha hecho usted que haya podido evitar. Naturalmente, nada que lo haga a usted culpable. Nadie puede acusarle de haber robado, pudiendo haberlo hecho con toda impunidad, y no tiene tampoco nada que ocultar. También carece de motivos para hacerlo. Además, por todos los principios del honor, está usted obligado a confesar cuanto sepa. Se ha encarcelado a un inocente a quien se acusa de un crimen cuyo autor solamente usted puede señalar.
Cuando Dupin hubo pronunciado estas palabras, ya el marinero había recobrado un poco su presencia de ánimo. Pero toda su arrogancia había desaparecido.
—¡Que Dios me ampare! —exclamó después de una breve pausa—. Le diré cuanto sepa sobre el asunto; pero estoy seguro de que no creerá usted ni la mitad siquiera. Estaría loco si lo creyera. Sin embargo, soy inocente, y aunque me cueste la vida le hablaré con franqueza.
En resumen, fue esto lo que nos contó:
Había hecho recientemente un viaje al archipiélago Indico. Él formaba parte de un grupo que desembarcó en Borneo, y pasó al interior para una excursión de placer. Entre éI y un compañero suyo habían dado captura al orangután. Su compañero murió, y el animal quedó de su exclusiva pertenencia. Después de muchas molestias producidas por la ferocidad indomable del cautivo, durante el viaje de regreso consiguió por fin alojarlo en su misma casa, en París, donde, para no atraer sobre él la curiosidad insoportable de los vecinos, lo recluyó cuidadosamente, con objeto de que curase de una herida que se había producido en un pie con una astilla, a bordo de su buque. Su proyecto era venderlo.
Una noche, o, mejor dicho, una mañana, la del crimen, al volver de una francachela celebrada con algunos marineros, encontró al animal en su alcoba. Se había escapado del cuarto contiguo, donde él creía tenerlo seguramente encerrado. Se hallaba sentado ante un espejo, teniendo una navaja de afeitar en una mano. Estaba todo enjabonado, intentando afeitarse, operación en la que probablemente había observado a su amo a través del ojo de la cerradura. Aterrado, viendo tan peligrosa arma en manos de un animal tan feroz y sabiéndole muy capaz de hacer uso de ella, el hombre no supo qué hacer durante un segundo. Frecuentemente había conseguido dominar al animal en sus accesos más furiosos utilizando un látigo, y recurrió a él también en aquella ocasión. Pero al ver el látigo, el orangután saltó de repente fuera de la habitación, echó a correr escaleras abajo, y, viendo una ventana, desgraciadamente abierta, salió a la calle.
El francés, desesperado, corrió tras él. El mono, sin soltar la navaja, se paraba de vez en cuando, se volvía y le hacía muecas, hasta que el hombre llegaba cerca de él; entonces escapaba de nuevo. La persecución duró así un buen rato. Se hallaban las calles en completa tranquilidad, porque serían las tres de la madrugada. Al descender por un pasaje situado detrás de la rue Morgue, la atención del fugitivo fue atraída por una luz procedente de la ventana abierta de la habitación de Madame L'Espanaye, en el cuarto piso. Se precipitó hacia la casa, y al ver la cadena del pararrayos, trepó ágilmente por ella, se agarró al postigo, que estaba abierto de par en par hasta la pared, y, apoyándose en ésta, se lanzó sobre la cabecera de la cama. Apenas si toda esta gimnasia duró un minuto. El orangután, al entrar en la habitación, había rechazado contra la pared el postigo, que de nuevo quedó abierto.
El marinero estaba entonces contento y perplejo. Tenía grandes esperanzas de capturar ahora al animal, que podría escapar difícilmente de la trampa donde se había metido, de no ser que lo hiciera por la cadena, donde él podría salirle al paso cuando descendiese. Por otra parte, le inquietaba grandemente lo que pudiera ocurrir en el interior de la casa, y esta última reflexión le decidió a seguir al fugitivo. Para un marinero no es difícil trepar por una cadena de pararrayos. Pero una vez hubo llegado a la altura de la ventana, cerrada entonces, se vio en la imposibilidad de alcanzarla. Todo lo que pudo hacer fue dirigir una rápida ojeada al interior de la habitación. Lo que vio le sobrecogió de tal modo de terror que estuvo a punto de caer. Fue entonces cuando se oyeron los terribles gritos que despertaron, en el silencio de la noche, al vecindario de la rue Morgue. Madame L'Espanaye y su hija, vestidas con sus camisones, estaban, según parece, arreglando algunos papeles en el cofre de hierro ya mencionado, que había sido llevado al centro de la habitación. Estaba abierto, y esparcido su contenido por el suelo. Sin duda, las víctimas se hallaban de espaldas a la ventana, y, a juzgar por el tiempo que transcurrió entre la llegada del animal y los gritos, es probable que no se dieran cuenta inmediatamente de su presencia. El golpe del postigo debió de ser verosímilmente atribuido al viento.
Cuando el marinero miró al interior, el terrible animal había asido a Madame L’Espanaye por los cabellos, que, en aquel instante, tenía sueltos, por estarse peinando, y movía la navaja ante su rostro imitando los ademanes de un barbero. La hija yacía inmóvil en el suelo, desvanecida. Los gritos y los esfuerzos de la anciana (durante los cuales estuvo arrancando el cabello de su cabeza) tuvieron el efecto de cambiar los probables propósitos pacíficos del orangután en pura cólera. Con un decidido movimiento de su hercúleo brazo le separó casi la cabeza del tronco. A la vista de la sangre, su ira se convirtió en frenesí. Con los dientes apretados y despidiendo llamas por los ojos, se lanzó sobre el cuerpo de la hija y clavó sus terribles garras en su garganta, sin soltarla hasta que expiró. Sus extraviadas y feroces miradas se fijaron entonces en la cabecera del lecho, sobre la cual la cara de su amo, rígida por el horror, apenas si se distinguía en la oscuridad. La furia de la bestia, que recordaba todavía el terrible látigo, se convirtió instantáneamente en miedo. Comprendiendo que lo que había hecho le hacía acreedor de un castigo, pareció deseoso de ocultar su sangrienta acción. Con la angustia de su agitación y nerviosismo, comenzó a dar saltos por la alcoba, derribando y destrozando los muebles con sus movimientos y levantando los colchones del lecho. Por fin, se apoderó del cuerpo de la joven y a empujones lo introdujo por la chimenea en la posición en que fue encontrado. Inmediatamente después se lanzó sobre el de la madre y lo precipitó de cabeza por la ventana.
Al ver que el mono se acercaba a la ventana con su mutilado fardo, el marinero retrocedió horrorizado hacia la cadena, y, más que agarrándose, dejándose deslizar por ella, se fue inmediata y precipitadamente a su casa, con el temor de las consecuencias de aquella horrible carnicería, y abandonando gustosamente, tal fue su espanto, toda preocupación por lo que pudiera sucederle al orangután. Así, pues, las voces oídas por la gente que subía las escaleras fueron sus exclamaciones de horror, mezcladas con los diabólicos parloteos del animal.
Poco me queda que añadir. Antes del amanecer, el orangután debió de huir de la alcoba, utilizando la cadena del pararrayos. Maquinalmente cerraría la ventana al pasar por ella. Tiempo más tarde fue capturado por su dueño, quien lo vendió por una fuerte suma para el Jardín des plantes. Después de haber contado cuanto sabíamos, añadiendo algunos comentarios por parte de Dupin, en el bureau del Prefecto de Policía, Le Bon fue puesto inmediatamente en libertad. El funcionario, por muy inclinado que estuviera en favor de mi amigo, no podía disimular de modo alguno su mal humor, viendo el giro que el asunto había tomado y se permitió una o dos frases sarcásticas con respecto a la corrección de las personas que se mezclaban en las funciones que a él le correspondían.
—Déjele que diga lo que quiera —me dijo luego Dupin, que no creía oportuno contestar—. Déjele que hable. Así aligerará su conciencia. Por lo que a mí respecta, estoy contento de haberle vencido en su propio terreno. No obstante, el no haber acertado la solución de este misterio no es tan extraño como él supone, porque, realmente, nuestro amigo el Prefecto es lo suficientemente agudo para pensar sobre ello con profundidad. Pero su ciencia carece de base. Todo él es cabeza, mas sin cuerpo, como las pinturas de la diosa Laverna, o, por mejor decir, todo cabeza y espalda, como el bacalao. Sin embargo, es una buena persona. Le aprecio particularmente por un rasgo magistral de hipocresía, al cual debe su reputación de hombre de talento. Me refiero a su modo de nier ce qui est, et d'expliquer ce qui n'est pas







El Misterio De Marie Rogêt


UNA SECUELA DE «LOS CRÍMENES DE LA RUE MORGUE»

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Hay series ideales de acontecimientos que avanzan paralelas a los reales. Raras veces coinciden. Hombres y circunstancias modifican generalmente la cadena ideal de acontecimientos, de tal modo que parece imperfecta, y sus consecuencias son igualmente imperfectas. Así ocurrió con la Reforma; en vez del protestantismo vino el luteranismo.

Novalis, Moralische Acondicionasen


Hay pocas personas, incluso entre los pensadores más serenos, que no se hayan sobresaltado ocasionalmente y hayan creído a medias, de forma vaga pero estremecedora, en lo sobrenatural, ante coincidencias de un carácter aparentemente tan maravilloso que el intelecto es incapaz de recibirlas como meras coinciden cias. Tales sensaciones -porque las medias creencias de las que hablo nunca tienen toda la fuerza del pensamiento- raras veces pueden ser completamente reprimidas, a menos que sea con referencia a la doctrina del azar o, como se lo denomina técnicamente, al cálculo de probabilidades. Este cálculo es, en esencia, puramente matemático; y así nos enfrentamos a la anomalía de la ciencia más rígidamente exacta aplicada a la sombra y la espiritualidad de la más intangible de las especulaciones.

Podrá verse que los extraordinarios detalles que se me pide que haga públicos ahora forman, con respecto a la secuencia temporal, la rama primaria de una serie de coincidencias escasamente inteligibles, cuya rama secundaria o final será reconocida por todos los lectores en el reciente asesinato de Mary Cecilia Rogers en Nueva York.

Cuando, en un artículo titulado «Los crímenes de la rue Morgue», me dediqué, hará cosa de un año, a mostrar algunos rasgos realmente notables del carácter mental de mi amigo el caballero C. Auguste Dupin, no se me ocurrió que iba a tener que volver sobre el mismo tema. Mi objetivo era plasmar su carácter, y ese objetivo se logró a través de la cadena de circunstancias que:` que se concertaron para reflejar la idiosincrasia de Dupin. Hubiera podido añadir otros ejemplos, pero con ellos no hubiera, demostrado nada nuevo. Posteriores acontecimientos, sin embargo, me han sobresaltado en su sorprendente desarrollo y me han hecho recordar más detalles que parecen arrastrar el aire de una confesión arrancada a la fuerza. Tras oír lo que últimamente he oído, sería realmente extraño que guardara silencio en relación a lo que vi y oí hace mucho tiempo.

Una vez resuelta la tragedia de las muertes de madame L'Espanaye y su hija, el caballero dejó de inmediato de prestar su atención al asunto y regresó a sus viejas costumbres de melancólica ensoñación. Propenso en todo momento a la abstracción, caí rápidamente en la esfera de su humor; y puesto que seguíamos ocupando nuestras habitaciones en el faubourg Saint-Germain, dejamos a un lado el Futuro y nos asentamos tranquilamente en el presente, entretejiendo en nuestros sueños el apagado mundo que nos rodeaba.

Pero esos sueños no tardaron en verse interrumpidos. Puede suponerse fácilmente que el papel interpretado por mi amigo en el drama de la rue Morgue no había pasado desapercibido a la policía parisina. El nombre de Dupin no tardó en hacerse muy conocido entre sus efectivos. Puesto que la simplicidad de razonamiento de las deducciones mediante las cuales había desentrañado el misterio nunca había sido explicada ni siquiera al prefecto, ni a ningún otro individuo excepto a mí, por supuesto no es sorprendente que el asunto fuera considerado casi como milagroso, o que las habilidades analíticas del caballero adquirieran el crédito de la intuición. Su franqueza le hubiera impulsado a sacar de su error a cualquier curioso que se le hubiera presentado; pero su indolente humor le impedía seguir pensando en un tema cuyo interés, para él, había terminado hacía tiempo. Así, ocurrió que se convirtió en el foco de los ojos de la policía; y no fueron pocos los casos en los cuales se intentó conseguir la colaboración de sus servicios en la prefectura. Uno de los casos más notables fue el del asesinato de una muchacha llamada Marie Rogêt.

Este suceso ocurrió unos dos años después de la atrocidad de la rue Morgue. Marie, cuyo nombre y apellido llamarán en seguida la atención por su parecido a los de la desgraciada "cigarrera” de Nueva York que he mencionado antes, era la hija única de la viuda Estelle Rogêt. El padre había muerto durante la infancia de su hija, y desde su muerte hasta dieciocho meses antes del asesinato que es el tema de nuestra narración, madre e hija vivieron juntas en la rue Pavée Saint-André ; allí madame regentaba una pension, ayudada por Marie. Los asuntos fueron bien hasta que esta última cumplió los veintidós años, época en que su gran belleza atrajo la atención de un perfumista que ocupaba una de las tiendas en la planta baja del Palais Royal, y cuya clientela principal eran los audaces aventureros que infestaban aquel vecindario; monsieur Le Blanc era muy consciente de las ventajas que la presencia de la hermosa Marie podía reportarle en su perfumería y sus liberales proposiciones fueron aceptadas de buen grado por la muchacha, aunque con algo más de vacilación por madame.

Las esperanzas del comerciante se vieron realizadas, y sus dependencias se hicieron pronto famosas gracias a los encantos de la hermosa modistilla. Llevaba empleada allí un año, cuando sus admiradores se vieron hundidos en la más pura confusión ante su repentina desaparición de la tienda. monsieur Le Blanc fue incapaz de explicar su ausencia, y madame Rogêt se vio sumida en la ansiedad y el terror. Los periódicos se ocuparon de inmediato del tema, y la policía estaba a punto de iniciar ya una seria investigación cuando, una espléndida mañana, tras un lapso de una semana, Marie, en perfecta salud, pero con un aire algo entristecido, hizo su aparición en su mostrador habitual en la perfumería. Toda investigación, excepto las de carácter privado, cesó, por supuesto, de inmediato. monsieur Le Blanc admitió como antes su total ignorancia. Marie, junto con madame, respondió a todas las preguntas que le formularon, diciendo que había pasado la última semana en la casa de unos parientes en el campo. Así murió y fue rápidamente olvidado el asunto, porque la muchacha, ostensiblemente para librarse de la impertinencia de la curiosidad, no tardó en dar su adiós final al perfumista y buscó refugio en la residencia de su madre en la rue Pavée Saint-André.

Unos tres años después de su regreso a casa, sus amigos se sintieron alarmados ante su repentina desaparición por segunda vez. Pasaron tres días sin que nada se supiera de ella. Al cuarto se halló su cadáver flotando en el Sena , cerca de la orilla opuesta al quartier de la rue Saint-André, y en un punto no muy distante del aislado vecindario de la Barriére du Roule .

La atrocidad de aquel asesinato (porque se hizo evidente de inmediato que se trataba de un asesinato), la juventud y la belleza de la víctima y, sobre todo, su anterior notoriedad, conspiraron para crear una intensa conmoción en las mentes de los sensibles parisinos. No puedo recordar que ningún caso similar produjera un efecto tan general y tan intenso. Durante varias semanas, en medio de las discusiones sobre aquel absorbente tema, incluso los importantes asuntos políticos del día fueron olvidados. El prefecto llevó a cabo inusuales esfuerzos y, por supuesto, todos los efectivos de la policía parisina se pusieron en movimiento.

Tras el descubrimiento del cadáver, no se supuso que el asesino fuera capaz de eludir, durante más que un breve período, la investigación que se puso inmediatamente en marcha. No fue hasta después de que transcurriera una semana que se consideró necesario ofrecer una recompensa e, incluso entonces, esta recompensa se limitó a mil francos. Mientras tanto, las investigaciones siguieron con vigor, aunque no siempre con buen criterio, y numerosos individuos fueron interrogados en vano; mientras, debido a la ausencia de cualquier indicio que resolviera el misterio, la excitación popular fue creciendo enormemente. A finales del décimo día se consideró aconsejable doblar la suma ofrecida originalmente; y al fin, transcurrida la segunda semana sin haberse llegado a ningún descubrimiento, y tras producirse varias serias emeutes a causa de los prejuicios que siempre existen en París contra la policía, el prefecto tomó la decisión de ofrecer la suma de veinte mil francos "por la identificación del asesino" o, si se demostraba que estaban implicados más de uno, «por la identificación de cada uno de ellos”. En la proclama donde se ofrecía la recompensa se prometía el perdón total a cualquier cómplice que presentara pruebas contra su coautor; y en todos los lugares donde fue exhibida se añadió un cartel privado de un comité de ciudadanos que ofrecía diez mil francos más, además de la cantidad propuesta por la prefectura. Así, la recompensa total ascendía nada menos que a treinta mil francos, cantidad que puede considerarse como suma extraordinaria si tenemos en cuenta la humilde condición de la muchacha y la gran frecuencia, en las grandes ciudades, de atrocidades como la descrita.

Nadie dudaba ahora que el misterio de este asesinato quedaría desvelado de inmediato. Pero aunque, en uno o dos casos, se efectuaron arrestos que prometían su elucidación, no pudo averiguarse nada que pudiera implicar a los sospechosos. Por extraño que pueda parecer, a la tercera semana del descubrimiento del cadáver seguía sin haberse arrojado ninguna luz sobre el tema, sin que un rumor de los acontecimientos que tanto habían agitado la opinión pública hubiera alcanzado todavía los oídos de Dupin y míos. Dedicados a investigaciones que habían absorbido toda nuestra atención, transcurrió casi un mes antes de que ninguno de los dos saliéramos, o recibiéramos alguna visita, o hiciéramos algo más que echar una ojeada a los principales artículos políticos en alguno de los diarios. La primera noticia del asesinato nos la trajo G... en persona. Nos llamó a primera hora de la tarde del 13 de julio de 18.... y permaneció con nosotros hasta última hora de la noche. Estaba dolido por el fracaso de todos sus esfuerzos por detener a los asesinos. Su reputación -o eso dijo, con un aire peculiarmente parisino- estaba en juego. Incluso su honor se hallaba en entredicho. Los ojos del público estaban fijos en él; y realmente, no había ningún sacrificio que no estuviera dispuesto a hacer para la resolución del misterio. Concluyó su un tanto risible discurso con un cumplido hacia lo que denominó el tacto de Dupin, y le hizo una directa y ciertamente liberal proposición, cuya naturaleza exacta no me siento en libertad de revelar, pero que tampoco tiene ninguna relación directa con el tema de esta narración.

Mi amigo rechazó el cumplido de la mejor manera que pudo, pero aceptó de inmediato la proposición, aunque sus ventajas eran totalmente momentáneas. Una vez llegados a un acuerdo, el prefecto se lanzó de inmediato a explicar sus propios puntos de vista, intercalándolos con largos comentarios sobre las pruebas, de las que no sabíamos todavía nada. Su discurso fue prolijo y, sin la menor duda, erudito, salpicado por ocasionales sugerencias por mi parte de que la noche nos estaba invitando ya a irnos a dormir. Dupin, sentado en su sillón habitual, era la encarnación misma de la atención respetuosa. Llevó gafas durante toda la entrevista; y las ocasionales miradas que dirigí más allá de sus gafas verdes bastaron para convencerme de que su sueño no hubiera podido ser menos profundo durante las siete u ocho pesadas horas que precedieron inmediatamente a la partida del prefecto.

Por la mañana obtuve en la prefectura un informe completo de todas las declaraciones obtenidas y, en las oficinas de varios periódicos, un ejemplar de cada uno en los que se había publicado cualquier información decisiva respecto a aquel triste asunto. Tras efectuar una selección que eliminó todo aquello que no había sido probado, el cúlmulo de información quedó como sigue:

Marie Rogêt abandonó la residencia de su madre, en la rue Pavée Saint-André, hacia las nueve de la mañana del domingo 22 de junio de 18... Al salir contó a monsieur Jacques Saint-Eustache , y sólo a él, su intención de pasar el día con una tía que residía en la rue des Drômes. La rue des Drômes. es una callejuela corta y estrecha pero populosa, no lejos de la orilla del río, y a una distancia de unos tres kilómetros, siguiendo el curso más recto posible, de lapension de madame Rogêt. Saint-Eustache era el pretendiente reconocido de Marie y se alojaba y comía en la pension. Tenía, que ir a buscar a su novia al anochecer y escoltarla de vuelta a su casa. Por la tarde, sin embargo, se puso a llover con fuerza; y, suponiendo que la muchacha se quedaría toda la noche con su tía (como había hecho otras veces antes bajo circunstancias similares), no creyó necesario mantener su promesa. A medida que avanzaba la noche, se oyó expresar a madame Rogêt (que era una vieja dama enferma de setenta años) su temor de que «no durante el domingo después de que Marie abandonara su casa. Posteriormente, sin embargo, presentó pruebas a monsieur G... que justificaban satisfactoriamente cada hora de aquel día en cuestión. A medida que transcurría el tiempo y no se producía ningún descubrimiento, empezaron a circular un millar de rumores contradictorios, y los periodistas emplearon la suggestion. Entre esas sugerencias, la que atrajo más la atención fue la idea de que Marie Rogêt vivía todavía, que el cadáver hallado en el Sena era el de alguna otra desgraciada. Creo interesante ofrecer al lector algunos párrafos que encarnan la sugerencia aludida. Estos párrafos son traducción literal de LÉtoile , un periódico dirigido, en general, con mucha habilidad.

«Mademoiselle Rogêt abandonó la casa de su madre el domingo 22 de junio de 18... por la mañana, con el aparente propósito de ir a ver a su tía, o algún otro familiar, en la rue des Drômes. Desde entonces no se ha demostrado que la viera nadie. No hay huellas o indicios respecto a ella... De hecho, hasta ahora no se ha presentado ninguna persona que la viera aquel día después de que saliera por la puerta de casa de su madre. Aunque no tenemos ninguna evidencia de que Marie Rogêt estuviera en la tierra de los vivos después de las nueve de la mañana del domingo 22 de junio, tenemos pruebas de que, a aquella hora, estaba viva. El miércoles al mediodía, a las doce, se descubrió el cuerpo de una mujer flotando junto a la orilla de la Barriére du Roule. Aun suponiendo que Marie Rogêt fuera arrojada al río antes de que hubieran transcurrido tres horas desde que abandonó la casa de su madre, sólo habían transcurrido tres días desde el momento de su marcha, tres días exactos. Pero es una locura suponer que el asesinato, si se cometió asesinato sobre su cuerpo, fuera consumado lo bastante pronto como para permitir a los asesinos arrojar el cuerpo al río antes de medianoche. Quienes son culpables de tan horribles crímenes escogen la oscuridad antes que la luz... Así, vemos que si el cuerpo hallado en el río era el de Marie Rogêt sólo pudo haber permanecido en el agua dos días y medio, o tres a lo sumo. La experiencia ha demostrado que los cuerpos ahogados, o arrojados al agua inmediatamente después de su muerte violenta, necesitan de seis a diez días para que se produzca la descomposición suficiente como para arrastrarlos de nuevo a la superficie. Incluso cuando es disparado un cañón sobre un cadáver, y éste se eleva antes de al menos cinco o seis días de inmersión, se hunde de nuevo, si se le abandona a sí mismo. Ahora nos preguntamos, ¿cuál fue en este caso el motivo de que se alterara el curso normal de la naturaleza? Si el cuerpo hubiera sido mantenido en su mutilado estado en la orilla hasta el martes por la noche, se hubiera hallado en esa orilla alguna huella de los asesinos. También es dudoso que el cuerpo hubiera vuelto a flotar tan pronto, aunque fuera arrojado al agua después de permanecer muerto dos días. Y, además, es altamente improbable que cualquier criminal que hubiera cometido un asesinato como el aquí supuesto arrojara el cuerpo al agua sin ningún peso para mantenerlo hundido, cuando hubiera sido muy fácil tomar esa precaución.»

El redactor procede aquí a argumentar que el cuerpo debió de permanecer en el agua "no simplemente tres días, sino al menos cinco veces tres días", porque estaba tan descompuesto que Beauvais tuvo grandes dificultades en identificarlo. Este último punto, sin embargo, fue totalmente rebatido. Sigo transcribiendo:

«¿Cuáles son, entonces, los hechos sobre los cuáles monsieur Beauvais dice que no tiene dudas respecto a que el cadáver era el de Marie Rogêt Rasgó la manga de su vestido, y dice que halló marcas que le confirmaron la identidad. El público en general supuso que esas marcas consistirían en algún tipo de cicatriz. El hombre frotó el brazo y halló vello en él, algo tan indefinido, creemos, como puede llegar a imaginarse, y tan poco concluyente como hallar un brazo dentro de la manga. monsieur Beauvais no regresó aquella noche, pero envió noticia a madame Rogêt a las siete de la tarde del miércoles, de que se estaba efectuando una investigación acerca de su hija. Aun admitiendo que madame Rogêt por su edad y su dolor, no pudiera personarse en el lugar de los hechos (lo cual es admitir mucho), ciertamente tuvo que haber alguien que pensara que valía la pena ir a echar un vistazo a la investigación, si creían que el cuerpo era el de Marie. Nadie se presentó. Ni se dijo ni se supo nada sobre el asunto en la rue Pavée Saint-André que llegara a oídos de los ocupantes del edificio. monsieur Saint-Eustache, el pretendiente y futuro esposo de Marie, que se alojaba en casa de su madre, declara que no supo nada del descubrimiento del cadáver hasta la mañana siguiente, cuando monsieur Beauvais acudió a su habitación. y se lo dijo. Nos sorprende que una noticia de esa índole fuera tan fríamente recibida. »

De esta forma el periódico creaba la impresión de una apatía por parte de los familiares de Marie, incoherente con la suposición de que esos familiares creyeran realmente que el cadáver era el suyo. Sus insinuaciones se concretaban en lo siguiente: que Marie, con la complicidad de sus amigos, se había ausentado de la ciudad por razones que implicaban una acusación contra su castidad; y que esos amigos, ante el descubrimiento de un cadáver en el Sena, que se parecía en algo a la muchacha, habían aprovechado la oportunidad para convencer al público de su muerte. Pero LÉtoile se precipitaba de nuevo. Se demostró claramente que no existía ninguna apatía como la imaginada; que la vieja dama estaba terriblemente débil, y tan agitada, que era incapaz de ocuparse de nada; que Saint-Eustache, lejos de recibir la noticia con frialdad, estaba abrumado por el dolor, y se comportó de una manera tan frenética que monsieur Beauvais tuvo que recurrir a un amigo y a un familiar para que se ocuparan de él y le impidieran asistir al examen de la exhumación. Más aún, aunque LÉtoile afirmó que el cadáver fue enterrado de nuevo a expensas públicas, que la ventaja de una sepultura privada fue absolutamente declinada por la familia, y que ningún miembro de la familia asistió a la ceremonia -aunque, digo, todo esto fue afirmado por LÉtoile para apoyar su tesis-, todo fue satisfactoriamente refutado. En un número posterior del periódico se intentó arrojar las sospechas sobre Beauvais. El redactor dice:

«Acaba de producirse un cambio en el asunto. Se nos ha dicho que, en una ocasión, mientras una tal madame B... estaba en la casa de madame Rogêt, monsieur Beauvais, que salía, le dijo que esperaban a un gendarme y que ella, madame B..., no debía decirle nada al gendarme hasta que él regresara, y dejar que él se ocupara del caso... En el estado actual de las cosas, monsieur Beauvais parece tener todo el asunto en su cabeza. No puede darse un solo paso sin monsieur Beauvais; porque, hacia cualquier lado que vaya uno, tropieza con él... Por alguna razón, ha decidido que nadie debe tener nada que ver con la investigación excepto él, y ha echado a un lado a los familiares masculinos, según parece, de una manera muy singular. Parece mostrarse muy obstinado en impedir que los demás familiares vean el cadáver.»

El siguiente hecho proporcionó algo de color a las sospechas arrojadas de este modo sobre Beauvais. Un visitante en su oficina, unos pocos días antes de la desaparición de la muchacha, y durante la ausencia de su ocupante, observó una rosa en el agujero de la cerradura de la puerta, y el nombre "Marie" escrito en una pizarra que colgaba cerca.

La impresión general, por todo lo que podíamos deducir de los periódicos, parecía ser que Marie había sido víctima de una pandilla de peligrosos malhechores, que la condujeron al otro lado del río, la maltrataron y la asesinaron. Le Commercíel , sin embargo, un periódico de mucha influencia, se mostró serio a la hora de combatir esta idea popular. Cito un párrafo o dos de sus columnas:

«Estamos persuadidos de que se ha seguido una falsa pista en cuanto a dirigir las pesquisas hacia la Barriére du Roule. Es imposible que una persona tan conocida por miles de conciudadanos como era esa joven hubiera recorrido tres manzanas sin que nadie la viera; y cualquiera que la hubiera visto la habría recordado, porque llamaba la atención a todo quien la conocía. Las calles estaban llenas de gente cuando salió... Es imposible que hubiera ido hasta la Barriére du Roule, o hasta la rue des Drômes, sin ser reconocida por una docena de personas; sin embargo, nadie ha declarado haberla visto fuera de la puerta de su madre, y no hay ninguna evidencia, excepto el testimonio relativo a sus expresadas intenciones, de que saliera siquiera de su casa. Su ropa estaba desgarrada, enrollada alrededor de su cuello y atada, y esto hace suponer que el cuerpo fue llevado como un fardo. Si el asesinato se cometió en la Barriére du Roule, no hubiera habido necesidad de nada de eso. El hecho de que el cuerpo fuera hallado flotando cerca de la Barriére no es prueba de que fuera arrojado allí al agua... Un trozo de las enaguas de la desgraciada muchacha, de sesenta centímetros de largo por treintade ancho, fue arrancado y atado debajo de su barbilla y alrededor de su nuca, probablemente para impedir que gritara. Eso lo hizo gente que no llevaba pañuelos de bolsillo.»

Un día o dos antes de que nos visitara el prefecto, sin embargo, llegó a la policía una información importante que echó por tierra al menos la parte principal de la argumentación de Le Commerciel. Dos niños, hijos de madame Deluc, mientras vagabundeaban entre los árboles cerca de la Barriére du Roule, entraron por aza en un denso soto, dentro del cual había tres o cuatro grandes piedras formando una especie de asiento, con un respaldo y un escabel. Sobre la piedra superior había unas enaguas blancas; en la segunda un chal de seda. Se encontraron también una sombrilla, guantes y un pañuelo. El pañuelo llevaba bordado el nombre "Marie Rogêt''. Se descubrieron fragmentos de vestido en las zarzas de alrededor. La tierra estaba pisoteada, algunas plantas rotas, y había evidencias claras de un forcejeo. Entre el soto y el río se hallaron unas cercas derribadas, y el suelo mostraba evidencias de que por él se había arrastrado algún objeto pesado.

Un semanario, Le Soleil , hizo los siguientes comentarios sobre el descubrimiento, comentarios que simplemente hacían eco de los pensamientos de la prensa parisina:

«Esas cosas llevaban allí evidentemente al menos tres o cuatro semanas; estaban completamente apelmazadas y enmohecidas por la acción de la lluvia. La hierba había crecido alrededor por encima de algunas de ellas. La seda de la sombrilla era fuerte, pero las fibras se habían adherido unas a otras. La parte superior, allá donde estaba doblada y plegada, estaba toda enmohecida, y se desgarró al abrirla... Los jirones de ropa desgarrados junto a la maleza tenían unos ocho centímetros de ancho por quince de largo. Una parte era el dobladillo del vestido, y estaba remendado; el otro trozo era parte de la falda, pero no el dobladillo. Parecían como tiras arrancadas, y estaban sobre unas zarzas, a algo más de un palmo del suelo... En consecuencia, no hay dudas de que se ha descubierto el lugar de esa abominable atrocidad.»

A raíz de este descubrimiento aparecieron nuevas evidencias. madame Deluc testificó que regenta un hotel junto a la carretera no lejos de la orilla del río, frente a la Barriére du Roule. El vecindario es solitario.... muy solitario. Los domingos es el punto de reunión habitual de los canallas de la ciudad, que cruzan el río en barcas. Hacia las tres de la tarde del domingo en cuestión llegó una joven al hotel, acompañada por un hombre de complexión morena. Ambos permanecieron allí durante algún tiempo. Cuando se marcharon, se dirigieron hacia un grupo de espesos árboles cercanos. La atención de madame Deluc se vio atraída por el vestido que llevaba la muchacha, debido a que se parecía mucho a uno llevado por una familiar suya fallecida. Reparó especialmente en un chal. Poco después de la marcha de la pareja, apareció una pandilla de alborotadores que organizaron un gran jaleo, comieron y bebieron sin pagar, siguieron el camino de la joven pareja, regresaron al hotel hacia el anochecer, y volvieron a cruzar el río como si tuvieran mucha prisa.

Fue poco después de oscurecer, aquella misma tarde, que madame Deluc, junto con su hijo mayor, oyó los gritos de una mujer en las inmediaciones del hotel. Los gritos fueron violentos pero breves. Madame D... reconoció no sólo el chal que había sido hallado en los matorrales sino el vestido que llevaba el cadáver. Un conductor de autobús, Valence , testificó también que vio a Marie Rogêt cruzar el Sena en un transbordador aquel domingo en cuestión, en compañía de un joven de complexión morena. Él, Valence, conocía a Marie, y era imposible que se confundiera acerca de su identidad. Los objetos hallados en el soto fueron plenamente identificados por los familiares de Marie.

Las evidencias y la información así reunida de los periódicos por mí, a sugerencia de Dupin, abarcaban solamente otro punto, pero al parecer de enorme importancia. Parece que, inmediatamente después del descubrimiento de la ropa tal como se describe más arriba, se halló el cuerpo sin vida, o casi sin vida, de Saint-Eustache, el pretendiente de Marie, en las inmediaciones de lo que ahora todos suponían que había sido el escenario de la atrocidad. Un frasco etiquetado “Láudano', vacío, fue hallado a su lado. Su aliento olía al veneno. Murió sin llegar a hablar. Sobre su persona se halló una carta, afirmando brevemente su amor por Marie y su intención de suicidarse.

-No necesito decirle -indicó Dupin cuando terminó de examinar mis notas- que este caso es mucho más intrincado que el de la rue Morgue, del que difiere en un aspecto muy importante. Se trata éste de un caso de crimen ordinario, por atroz que sea. No hay nada peculiarmente outré en él. Observará que, por esta razón, el misterio fue considerado de solución fácil cuando, por esta misma razón, hubiera debido ser considerado difícil. Así, al principio, se consideró innecesario ofrecer una recompensa. Los hombres de G... se creyeron capaces de averiguar de inmediato cómo y por qué podía haber sido cometida tamaña atrocidad. Pudieron imaginar un modo (muchos modos) y un motivo (muchos motivos); y puesto que no era imposible que cualquiera de esos numerosos modos y motivos hubiera podido ser el auténtico, han dado por sentado que uno de ellos debia serlo. Pero la facilidad con que fueron elaboradas esas variables suposiciones, y su misma plausibilidad, hubiera debido ser entendida más bien como una indicación de las dificultades antes que de las facilidades de su resolución. He observado antes que es saliéndose del plano de lo ordinario que la razón se abre camino en su búsqueda de la verdad, y que la pregunta adecuada en casos como éste no es tanto "¿qué ha ocurrido?" como "¿qué ha ocurrido que nunca había ocurrido antes?» En las investigaciones en la casa de madame LEspanaye , los agentes de G... se vieron desalentados y confundidos ante la absoluta singularidad del caso, lo cual, para una inteligencia adecuadamente regulada, significaba en principio más seguro presagio de éxito; mientras que este mismo intelecto hubiera podido sumirse en la desesperación ante el carácter ordinario de todo lo que tenemos ante nuestros ojos en el caso de la muchacha perfumista, que todavía no nos ha revelado nada excepto el fácil triunfo de los funcionarios de la prefectura.

»En el caso de madame L'Espanaye y su hija no hubo, ni siquiera al inicio de la investigación, ninguna duda de que se había cometido un crimen. La idea del suicidio quedó excluida de inmediato. Aquí también nos vemos libres, desde un principio, de toda suposición de muerte autoinfligida. El cuerpo hallado en la Barriére de Roule fue hallado bajo tales circunstancias que no nos deja ninguna duda respecto a este importante punto. Pero se ha sugerido que el cadáver descubierto no era el de Marie Rogêt por la entrega de cuyo asesino, o asesinos, se ha ofrecido una recompensa, y respecto a la cual únicamente se ha llegado a un acuerdo con el prefecto. Ambos conocemos bien a ese caballero. No se puede confiar demasiado en él. Si, basando nuestras investigaciones en el cuerpo hallado, y rastreando desde allí a su asesino, descubrimos que el cadáver es de alguna otra persona distinta a Marie; o si, empezando sobre el supuesto de que Marie vive, la hallamos y descubrimos que no ha sido asesinada, en ambos casos perderemos nuestro trabajo; puesto que es con monsieur G... con quien tenemos que tratar. En consecuencia, para nuestros propósitos, si no para los propósitos de la justicia, es indispensable que nuestros primeros pasos se dirijan a determinar la identidad del cadáver con respecto a la desaparecida Marie Rogét.

»Las argumentaciones de.LÉtoíle han tenido peso entre el público; y que el periódico en sí está convencido de su importancia se hace evidente por la forma en que empieza uno de sus ensayos sobre el tema: "Varios periódicos de la mañana de hoy -dice- hablan del concluyente artículo de L'Étoile del lunes." Para mí, este artículo parece concluyente tan sólo en lo que respecta al celo de su redactor. Debemos recordar que, en general, el objetivo de nuestros periódicos es más el crear una opinión, impresionar a sus lectores, que defender la causa de la verdad. Este último fin se persigue tan sólo cuando coincide con el primero. El periódico que simplemente concuerda con la opinión general (por, bien fundada que esté esta opinión) no consigue ningún crédito entre su público. La masa considera como profundo sólo lo que, sugiere punzantes contradicciones respecto a la idea general. En la; racionalización, como en la literatura, lo más inmediatamente y lo más universalmente apreciado es el epigrama. En ambas se halla en el orden de mérito más bajo.

»Lo que quiero decir es que la mezcla de epigrama y melodrama de la idea de que Marie Rogêt todavía está viva, antes que la auténtica plausibilidad de esta idea, es lo que ha sugestionado a LÉtoile y le ha asegurado una recepción favorable entre el público. Examinemos los titulares de la argumentación este periódico; y observemos la incoherencia planteada desde un principio.

»La primera meta del redactor es demostrar, a partir de la brevedad del intervalo entre la desaparición de Marie y el hallazgo del cadáver flotando en las aguas, que este cadáver no puede ser el de Marie. La reducción de este intervalo a su más pequeña dimensión posible se convierte, pues, de inmediato, en el objetivo del razonador. En la vehemente persecución de este objetivo, se lanza desde un principio a meras suposiciones. "Es una locura suponer --dice- que el asesinato, si se cometió asesinato sobre su cuerpo, fuera consumado lo bastante pronto como para permitir a los asesinos arrojar el cuerpo al río antes de medianoche." De inmediato nos preguntamos, y de una forma muy natural, ¿por qué? ¿Por qué es una locura suponer que el asesinato fue cometido a los cinco minutos de que la muchacha abandonara la casa de su madre? ¿Por qué es una locura suponer que el asesinato fue cometido en cualquier período dado de ese día? Se cometen asesinatos a toda hora. Pero, si el asesinato hubiera tenido lugar en cualquier momento entre las nueve de la mañana del domingo y un cuarto de hora antes de la medianoche, todavía habría habido tiempo suficiente para "arrojar el cuerpo al río antes de medianoche". Esta suposición, pues, se reduce precisamente a esto, a que el asesinato no fue cometido el domingo, y si permitimos a LÉtoile suponer esto, podemos permitirle cualquier otra libertad que quiera. El párrafo que empieza "Es una locura suponer que el asesinato, etc.", aunque aparece impreso así en L'Etoile, puede imaginarse que fue concebido realmente así en el cerebro de su redactor: "Es una locura suponer que el asesinato, si se cometió asesinato sobre el cuerpo, fuera cometido lo bastante pronto como para permitir a sus asesinos arrojar el cuerpo al río antes de medianoche; es una locura, decimos, suponer todo esto, y suponer al mismo tiempo (como estamos dispuestos a suponer) que el cuerpo no fue arrojado hasta después de medianoche", una frase lo bastante inconsecuente en sí misma, pero no tan absolutamente ridícula como la impresa.

»Si mi propósito -prosiguió Dupin- fuera simplemente refutar este párrafo de la argumentación de LÉtoile, lo hubiera dejado tranquilamente tal cual. Sin embargo, no es de LÉtoile de quien debemos ocuparnos, sino de la verdad. La frase en cuestión sólo tiene un significado, y ese significado ha quedado suficientemente claro; pero es importante que vayamos más allá de las meras palabras en busca de una idea que han pretendido obviamente comunicar y han fracasado. El objetivo del periodista era decir que, fuera cual fuese el período del día o de la noche del domingo en que el asesinato fue cometido, era improbable que los asesinos se hubieran aventurado a llevar el cadáver hasta el río antes de medianoche. Y ahí reside realmente la suposición de la que me quejo. Se supone que el asesinato fue cometido en un lugar y bajo unas circunstancias que hicieron necesario trasladarlo hasta'el río. Sin embargo, el asesinato pudo producirse en la orilla del río, o en el mismo río; y así, el hecho de arrojar el cadáver al agua hubiera resultado ser, en cualquier momento del día o de la noche, el modo más obvio y más inmediato de desembarazarse de él. Comprenderá usted que aquí no sugiero nada como probable, o que coincida con mi propia opinión. Mi intención, hasta el momento, no se refiere a los hechos del caso. Deseo simplemente ponerle en guardia contra el tono general de la insinuación de L'Étoile llamando su atención a su carácter de ex parte desde el principio.

»Tras haberle prescrito así un límite a sus propias ideas preconcebidas; tras haber supuesto que, si se trataba realmente del cuerpo de Marie, sólo podía haber permanecido en el agua un breve tiempo, el periódico sigue diciendo: «La experiencia ha demostrado que los cuerpos ahogados, o arrojados al agua inmediatamente después de su muerte violenta, necesitan de seis a diez días para que se produzca la descomposición suficiente como para llevarlos de nuevo a la superficie. Incluso cuando es disparado un cañón sobre un cadáver, y éste se eleva antes de al menos cinco o seis días de inmersión, se hunde de nuevo, si se le abandona a sí mismo."

»Estas afirmaciones han sido tácitamente aceptadas por todos los periódicos de París, con excepción de Le Moniteur . Este último se dedica a rebatir esta parte del párrafo que hace referencia a los «cuerpos ahogados", citando unos cinco o seis casos en lo que cadáveres de individuos que se sabe que murieron ahogados fueron hallados flotando tras transcurrir menos tiempo que el insistido en LÉtoile. Pero hay algo excesivamente poco filosófico en Le Moniteur a la hora de rechazar la afirmación general de LÉtoile citando algunos casos que desmienten esa afirmación. Se hubieran podido presentar cincuenta en vez de cinco ejemplos de cadáveres hallados flotando al cabo de dos o tres días, y esos cincuenta ejemplos todavía podrían ser considerados sólo como excepciones a la regla de LÉtoíle, hasta que esta regla pudiera ser refutada. Admitiendo la regla (y esto Le Moniteur no lo niega, insistiendo tan sólo en sus excepciones), la argumentación de LÉtoile conserva toda su fuerza; porque su argumentación no pretende implicar más que una cuestión de la probabilidad de que el cadáver subiera a la superficie en menos de tres días; y esta probabilidad está en favor de la postura de LÉtoile hasta que los ejemplos tan infantilmente aducidos sean suficientes en número como para establecer una regla antagónica.

»Verá usted de inmediato que una argumentación de este tipo debería dirigirse si acaso contra la propia regla; y con ese fin debemos examinar su razonamiento principal. El cuerpo humano, en general, no es ni mucho más ligero ni mucho más pesado que el agua del Sena; es decir, el peso específico del cuerpo humano en su condición natural, es casi igual a la masa de agua dulce que desplaza. Los cuerpos de las personas gruesas y entradas en carne, con huesos pequeños, y en general de las mujeres, son más ligeros que los de las personas delgadas y de huesos grandes, y de los hombres; y el peso específico del agua de un río se halla un tanto influenciado por la presencia del reflujo del mar. Pero, desechando este reflujo, puede decirse que muy pocos cuerpos humanos se hunden totalmente, incluso en agua dulce, aunque lo intenten. Casi cualquiera que caiga a un río puede flotar, si deja que el peso específico del agua se equilibre con el suyo, es decir, si deja que toda su persona se sumerja excepto la mínima parte posible. La posición adecuada para alguien que no sabe nadar es la posición erguida de quien camina por tierra firme, con la cabeza echada completamente hacia atrás y sumergida, dejando que sólo la boca y las fosas nasales permanezcan por encima de la superficie. Situados de este modo, descubriremos que todos flotamos sin dificultad y sin hacer ningún esfuerzo. Es evidente, sin embargo, que el peso específico del cuerpo, y el de la masa de agita desplazada, se hallan muy exquisitamente equilibrados, y que cualquier circunstancia hará que cualquiera de los dos se sitúe por delante del otro. Por ejemplo, alzar un brazo del agita, y privar así al cuerpo de su apoyo, es un peso adicional suficiente como para sumergir toda la cabeza, mientras que la ayuda accidental del más pequeño trozo de madera nos permitirá elevar la cabeza para mirar a nuestro alrededor. Ahora bien, en los esfuerzos que hace una persona no acostumbrada a nadar, los brazos son invariablemente echados hacia arriba, mientras que se intenta mantener la cabeza en su habitual posición perpendicular. El resultado es la inmersión de boca y nariz, y la penetración, durante los esfuerzos por respirar mientras uno se halla bajo la superficie, de agua en los pulmones. También se recibe una buena cantidad en el estómago, y todo el cuerpo se vuelve así más pesado por la diferencia entre el peso de¡ aire que originalmente distiende estas cavidades y la del líquido que ahora las llena. Esta diferencia es suficiente para causar que el cuerpo se hunda, como regla general; pero es insuficiente en el caso de individuos con huesos pequeños y una cantidad anormal de materia fláccida o grasa. Esos individuos flotan incluso después de ahogarse.

»El cadáver, que supondremos en el fondo del río, permanecerá allí hasta que, por algún medio, su peso específico se vuelva de nuevo menor que la masa de agua que desplaza. Este efecto es producido por la descomposición, pero también por otras causas. El resultado de la descomposición es la generación de gases, que distienden los tejidos celulares y todas las cavidades y proporcionan ese aspecto hinchado tan horrible. Cuando esta distensión ha progresado lo suficiente como para que la masa del cadáver se haya incrementado materialmente sin un incremento correspondiente de masa o peso, su peso específico se vuelve menor que el del agua desplazada, y en consecuencia hace su aparición en la superficie. Pero la descomposición resulta modificada por innumerables circunstancias, es acelerada o retrasada por innumerables agentes, por ejemplo por el calor o el frío de la estación, por la impregnación mineral o la pureza del agua, por su profundidad, por su fluir o su estancamiento, por la temperatura del cuerpo, por sus infecciones o su ausencia de enfermedades antes de la muerte. Así, es evidente que no podemos asignar ningún período preciso de cuándo el cuerpo flotará de nuevo a causa de la descomposición. Bajo ciertas condiciones este resultado puede producirse al cabo de una hora; bajo otras, puede que no se produzca nunca. Hay infusiones químicas en las cuales el sistema animal puede ser conservado para siempre de la corrupción: el bicloruro de mercurio es una. Pero, además de la descomposición, puede producirse, y generalmente se produce, una generación de gases dentro del estómago a causa de la fermentación acetosa de la materia vegetal (o dentro de otras cavidades por otras causas) suficiente para inducir una distensión que arrastre el cuerpo de vuelta a la superficie. El efecto producido por el disparo de un cañón es el de la simple vibración, que puede liberar el cadáver del blando barro o légamo por el que se encuentra retenido y permitirle ascender a la superficie cuando otros fenómenos lo han preparado ya para hacerlo; o puede vencer la tenacidad de algunas porciones putrefactas de los tejidos celulares, permitiendo que las cavidades se distiendan bajo la influencia de los gases.

»Teniendo así delante de nosotros toda la filosofía de este tema, podemos poner fácilmente a prueba las afirmaciones de LÉtoile. «La experiencia ha demostrado --dice este periódico que los cuerpos ahogados, o arrojados al agua inmediatamente después de su muerte violenta, necesitan de seis a diez días para que se produzca la descomposición suficiente como para arrastrarlos de nuevo a la superficie. Incluso cuando es disparado un cañón sobre un cadáver, y éste se eleva antes de al menos cinco o seis días de inmersión, se hunde de nuevo, si se le abandona a sí mismo."

»Todo este párrafo se nos aparece ahora como un entramado de inconsecuencias e incoherencias. La experiencia no demuestra que los "cuerpos ahogados" necesiten de seis a diez días para que se produzca la descomposición suficiente para llevarlos de nuevo a la superficie. Tanto la ciencia como la experiencia muestran que el período de su vuelta a la superficie es, y debe ser necesariamente, indeterminado. Si, además, el cuerpo ha ascendido a la superficie a causa de ser disparado un cañón, no "se hundirá de nuevo si se le abandona a sí mismo", hasta que la descomposición haya progresado lo suficiente como para permitir que los gases generados escapen. Pero me gustaría llamar su atención a la distinción que se hace entre "cuerpos ahogado? y "cuerpos arrojados al agua inmediatamente después de su muerte violenta".

Aunque el periodista admite la distinción, los incluye a ambos en la misma categoría. Ya he demostrado cómo el cuerpo de un hombre que se ahoga se vuelve específicamente más pesado que su masa de agua, y que no se ahogaría de no ser por su debatir elevando los brazos por encima de la superficie y su intento de inspirar aire cuando se halla debajo de la superficie, que hacen que sus pulmones se llenen de agua en lugar del aire! original. Pero este debatir y estos intentos de inspirar aire no se producen si el cuerpo "es arrojado al agua inmediatamente después de su muerte violenta". Así, en esta última instancia, el cuerpo, como regla general, no se hundirá en absoluto, un hecho que L’Étoile ignora, evidentemente. Cuando la descomposición ha alcanzado un grado extremo, cuando la sangre se ha desprendido en gran medida de los huesos, entonces, pero no hasta entonces, perderemos de vista el cadáver.

»Y ahora, ¿qué decir de la argumentación de que el cadáver hallado puede que no sea el de Marie Rogét porque, tras sólo tres días de haber desaparecido, se halló su cuerpo flotando? Si se ahogó, siendo una mujer, puede que nunca llegara a hundirse en el agua; o, habiéndose hundido, pudo reaparecer en veinticuatro horas o menos. Pero nadie supone que se ahogara; y, habiendo muerto antes de ser arrojada al río pudo ser hallada flotando desde entonces en cualquier momento.

»Pero, dice LÉtoile, "si el cuerpo hubiera sido mantenido en su mutilado estado en la orilla hasta el martes por la noche, se hubiera hallado en esa orilla alguna huella de los asesino?. Aquí al principio resulta difícil percibir la intención del razonador. Pretende anticipar lo que imagina puede ser una objeción a su teoría, es decir, que el cuerpo fue mantenido en la orilla durante dos días, con lo que sufrió una rápida descomposición, más rápida que sumergido en el agua. Supone que, de ser éste el caso, podría haber aparecido en la superficie el miércoles, y piensa que sólo bajo esas circunstancias podría haber aparecido así. En consecuencia se apresura a demostrar que no fue mantenido en la orilla; porque, de ser así, "se hubiera hallado en esa orilla alguna huella de los asesinos". Supongo que sonreirá usted ante el sequitur. No puede llegar a creer cómo la mera permanencia del cadáver en la orilla puede hacer que se multipliquen las huellas de los asesinos. Yo tampoco.

»Y el periódico continúa: "Y, además, es altamente improbable que cualquier criminal que hubiera cometido un asesinato como el aquí supuesto arrojara el cuerpo al agua sin ningún peso para mantenerlo hundido, cuando hubiera sido muy fácil tomar esa precaución." ¡Observe aquí la risible confusión de pensamiento! Nadie, ni siquiera LÉtoile, discute el crimen cometido en el cadáver encontrado. Las marcas de violencia son demasiado obvias. El objetivo de nuestro razonador es simplemente demostrar que este cadáver no es el de Marie. Desea probar que Marie no fue asesinada, no que el cadáver no lo hubiera sido. Sin embargo, su observación sólo demuestra el último punto. Hay un cadáver sin ningún peso atado a él. Los asesinos, al arrojarlo al agua, no hubieran dejado de atarle un peso. En consecuencia, no fue arrojado por asesinos. Eso es todo lo que prueba, si es que prueba algo. La cuestión de la identidad ni siquiera es abordada, y L'Étoile se ha tomado muchos esfuerzos simplemente para contradecir ahora lo que ha admitido hace sólo un momento. "Estamos perfectamente convencidos -dice- de que el cadáver hallado fue el de una mujer asesinada."

»Y no es éste el único caso, incluso en esta parte del tema, en que nuestro razonador razona contra sí mismo sin quererlo. Su evidente objetivo, ya lo he dicho, es reducir, tanto como sea posible, el intervalo entre la desaparición de Marie y el hallazgo del cadáver. Sin embargo, lo hallamos insistiendo en el punto de que ninguna persona vio a la muchacha desde el momento en que abandonó la casa de su madre. %o tenemos ninguna evidencia --dice- de que Marie Rogét estuviera en la tierra de los vivos después de las nueve de la mañana del domingo 22 de junio." Puesto que esta argumentación es obviamente ex parte, debería al menos haber dejado este asunto fuera de la vista; porque si se supiera de alguien que hubiera visto a Marie, digamos el lunes, o el martes, el intervalo en cuestión se hubiera visto mucho más reducido y, por este mismo raciocinio, hubieran disminuido enormemente las posibilidades de que el cadáver fuera el de la modistilla. De todos modos, resulta divertido observar que L'Étoile insiste sobre este punto en la completa creencia de que fortalece su argumentación general.

»Examinemos ahora esa parte de la argumentación que hace referencia a la identificación del cadáver por parte de Beauvais. Con respecto al vello en el brazo, LÉtoile se muestra obviamente solapado. monsieur Beauvais, si no es un idiota, no pudo haber fundado nunca la identificación del cadáver simplemente por el vello en su brazo. Ningún brazo está desprovisto de vello. La generalizacíón de la expresión de L'Étoile es una mera perversión de la fraseología del testigo. Éste debió de hablar de alguna peculiaridad dad en el vello. Debía de ser una peculiaridad en su color, cantidad, longitud o situación.

»Díce el periódico: "Su pie era pequeño, como lo son miles de pies. Sus ligas no prueban nada, como tampoco sus zapatos, puesto que zapatos y ligas se venden a docenas. Lo mismo puede decirse de las flores en su sombrero. Una cosa en la que insiste, monsieur Beauvais es en que el broche de la liga hallada había sido echado hacia atrás para acortarla. Esto no significa nada; porque muchas mujeres consideran más adecuado llevarse un par de ligas a casa y adaptarlas al tamaño de las piernas que tienen que rodear, antes que probárselas en la tienda donde las compran." Aquí resulta difícil suponer que el razonamiento va en serio. Si monsieur Beauvais, en su búsqueda del cuerpo de Marie, descubrió un cadáver que se correspondía en líneas generales al tamaño y al aspecto de la muchacha desaparecida, pudo llegar a formarse la opinión (sin referirnos en absoluto a la cuestión del vestido) de que había tenido éxito en su búsqueda. Si además del tamaño y silueta en general, halló en el vello de su brazo un peculiar aspecto que había observado en vida de Marie, su opinión pudo verse legítimamente fortalecida; y el incremento de su seguridad pudo dispararse según la peculiaridad o rareza de dicha marca. Si, siendo pequeños los pies de Marie, los del cadáver también lo eran, el incremento de probabilidades de que el cuerpo fuera el de Marie no sería aritmético, sino altamente geométrico, o acumulativo. Añadamos a todo esto sus zapatos, como los que se sabía que llevaba el día de su desaparición, y aunque estos zapatos "se vendan por docenas", el aumento de probabilidades roza la certeza. Lo que por sí mismo no sería evidencia de identidad se convierte, a través de esta serie de corroboraciones, en la más segura de las pruebas. Admitamos luego que las flores en el sombrero se correspondían con las llevadas por la muchacha desaparecida, y no hará falta seguir buscando más. Si fuera tan sólo una flor, ya no seguiríamos buscando; pero, ¿y con dos, o tres, o más? Cada flor sucesiva es una evidencia múltiple, una prueba que no se añade a otra prueba, sino que la multiplica por cientos o miles. Descubramos ahora, en la fallecida, ligas como las que usaba la viva, y es casi una locura seguir adelante. Pero se descubre que esas ligas están sujetas con el broche echado hacia atrás, exactamente del mismo modo en que las sujetó Marie poco antes de marcharse de casa. Ahora es una locura o una hipocresía dudar. Lo que dice LÉtoile, respecto a que este acortamiento de las ligas es algo habitual, no demuestra nada excepto su propia pertinacia en el error. La naturaleza elástica de las ligas de broche es, en sí misma, una demostración de lo inusual del acortamiento. Lo que está hecho para ajustar bien raras veces necesita algún ajuste externo. Tuvo que deberse a un accidente, en su sentido más estricto, el que esas ligas de Marie necesitaran el ajuste descrito. Ellas solas hubieran bastado para establecer ampliamente su identidad. Pero no se trata de que se descubriera que el cadáver llevaba las ligas de la muchacha desaparecida, o llevara sus zapatos, o su sombrero, o las flores de su sombrero, o tuviera sus pies, o una marca peculiar en su brazo, o su tamaño y aspecto generales..., es que el cadáver tenía cada uno de estos rasgos y todos colectivamente. Si se pudiera probar que el director de LÉtoile tenía realmente alguna duda bajo todas esas circunstancias, no habría necesidad en su caso de un mandato de lunatico inquirendo. Resultaba sagaz, sin embargo, hacerse eco de las habladurías de los leguleyos que, en su mayor parte, se contentan con hacer eco de los preceptos rectangulares de los tribunales. Observaré aquí que buena parte de lo que es rechazado como prueba en un tribunal es la mejor prueba para el intelecto. Porque el tribunal, que se guía por los principios generales de las evidencias, los principios reconocidos y que están en los libros, es adverso a aceptar razones particulares. Y esta firme adherencia a los principios, con riguroso desprecio a las conflictivas excepciones, es un modo seguro de alcanzar el máximo de verdad alcanzable, en cualquier larga secuencia de tiempo. La práctica, en conjunto es, pues, filosófica; pero no es menos cierto que engendra grandes errores individuales .

»Respecto a las insinuaciones formuladas contra Beauvais, podrá desecharlas en un suspiro. Ya habrá captado el auténtico carácter de este buen caballero. Es un entremetido, con mucho romance y poco ingenio. Cualquiera con esta constitución actuará fácilmente, en una circunstancia de auténtica excitación, hasta el punto de hacerse sospechoso a los ojos de los muy sutiles o maliciosos. monsieur Beauvais (como aparece en sus no~ tas) celebró algunas entrevistas personales con el director de L'Étoile, y lo ofendió aventurando la opinión de que el cadáver, pese a la teoría del redactor, era efectivamente el de Marie. Tersiste --dice el periódico- en afirmar que el cadáver es el de Marie, pero no puede proporcionar ninguna circunstancia, además de las que ya hemos comentado, que lo haga creíble a los dernás." Bien, sin recurrir al hecho de que nunca hubiera debido aducirse una evidencia más fuerte "para hacerlo creíble a los dernás", se observa que puede comprenderse muy bien que un hombre crea, en un caso de este tipo, sin poseer la habilidad necesaria para ofrecer una sola razón que haga creer a una segunda parte. Nada es más vago que las impresiones de la identidad individual. Cada hombre reconoce a su vecino, pero hay pocos casos en los cuales alguien esté preparado para dar una razón para este reconocimiento. El director de LÉtoile no tenía derecho a sentirse ofendido por la creencia no razonada de monsieur Beauvais.

»Las sospechosas circunstancias que le rodean encajan mucho mejor con mi hipótesis del entremetido romántico que con la sugerencia de culpabilidad del razonador. Una vez adoptada la interpretación más caritativa, no deberíamos hallar ninguna dificultad en comprender la rosa en el agujero de la cerradura, el "Marie" en la pizarra; el "echar a un lado a los familiares masculinos"; la aversión a permitirles que "vean el cadáver"; el aviso dado a madame B... de que no debía entablar conversación con el gendarme hasta su regreso (el de Beauvais); y, finalmente, su aparente determinación de que "nadie debe tener nada que ver con la investigación excepto él". Me parece incuestionable que Beauvais era un pretendiente de Marie, que ella coqueteaba con él, y que deseaba creer que gozaba de toda su intimidad y confianza. No diré nada más respecto a este punto; y, como las evidencias rechazan por completo la afirmación de LÉtoile relativa a la apatía por parte de la madre y otros familiares, una apatía que no encaja con la suposición de creer que el cadáver es el de la muchacha perfumista, debemos proceder ahora como si la cuestión de la identidad hubiera quedado resuelta a nuestra perfecta satisfacción.

-¿Y qué opina usted -pregunté entonces- de las opiniones de Le Commerciel?

_Que, en espíritu, son mucho más dignas de atención que cualquier otra que haya sido promulgada sobre el tema. Las deducciones de las premisas son filosóficas y agudas; pero las premisas, en dos aspectos al menos, se hallan fundadas en una observación imperfecta. Le Commerciel desea dar a entender que Marie cayó en manos de alguna pandilla de rufianes de baja estofa no lejos de la puerta de su madre. "Es imposible --argumenta- que una persona tan conocida por miles de conciudadanos como era esa-joven hubiera recorrido tres manzanas sin que nadie la hubiera visto." Esto es una idea de un hombre que reside desde hace tiempo en París, un hombre público, y cuyas idas y venidas por la ciudad se han visto limitadas en su mayor parte a las inmediaciones de las oficinas públicas. Es consciente de que él raras veces va más lejos de media docena de manzanas de su oficina sin ser reconocido y abordado. Y, sabiendo hasta qué punto conoce a los demás, y los demás lo conocen a él, compara su notoriedad con la de la muchacha perfumista, sin hallar gran diferencia entre ellos, y llega de inmediato a la conclusión de que ella, en sus salidas, será tan reconocida como él. Sólo éste podría ser el caso si sus salidas tuvieran el mismo carácter invariablemente metódico, y dentro del mismo tipo de limitada región que la de él. Él se mueve de un lado para otro, a intervalos regulares, dentro de una confinada periferia, que abunda en individuos que se ven impulsados a reconocer su persona a causa del interés de sus ocupaciones en relación con las de ellos. Pero las salidas de Marie puede suponerse que eran, en realidad, más al azar. En este caso en particular, hay que aceptar como lo más probable que siguiera una ruta más distinta de lo habitual. El paralelismo que imaginamos que existió en la mente de Le Commercíel sólo puede sostenerse en el caso de dos individuos que atraviesen toda la ciudad. En este caso, y admitiendo que los conocidos de cada uno sean iguales, las posibilidades de encontrar un cierto número de personas conocidas serán iguales. Por mi parte, debo sostener no sólo como posible, sino como mucho más que probable, que Marie pudiera haber seguido, en cualquier momento determinado, cualquiera de las muchas rutas entre su residencia y la de su tía, sin tropezarse con ningún individuo al que conociera o por quien fuera reconocida. Examinando esta cuestión a su luz adecuada, debemos tener muy en cuenta la gran desproporción existente entre las relaciones personales incluso del individuo más conocido de París y la población entera de París.

»Pero sea cual sea la fuerza que parece tener todavía la sugerencia de Le Commerciel, se verá muy disminuida cuando tomemos en consideración la hora a la cual salió la muchacha. «Las calles estaban llenas de gente cuando salió", dice Le Commerciel.

Pero no es así. Eran las nueve de la mañana. A las nueve de la mañana, todos los días de la semana, con excepción del domingo, las calles de la ciudad están, es cierto, repletas de gente. A las nueve de la mañana del domingo, la población se halla en su mayor parte dentro de sus casas preparándose para ir a la iglesia. Ninguna persona medianamente observadora puede haber dejado de observar el aire peculiarmente desierto de la ciudad, desde las ocho hasta las diez de la mañana de cada fiesta de guardar. Entre las diez y las once las calles están llenas, pero no tan temprano como se ha indicado.

»Hay otro punto en el cual parece existir una deficiencia de observación por parte de Le Commercíel. "Un trozo de las enaguas de la desgraciada muchacha, de sesenta centímetros de largo por treinta de ancho, fue arrancado y atado debajo de su barbilla y alrededor de su nuca, probablemente para impedir que gritara. Eso lo hizo gente que no llevaba pañuelos." Tanto si esta idea está o no bien fundada, más adelante examinaremos este punto; por "gente que no llevaba pañuelos" el director da a entender la clase más baja de rufianes. Ésos, en cambio, son la descripción misma de la gente que siempre llevará pañuelos, incluso aunque no lleven camisa. Supongo que habrá tenido ocasión de observar lo absolutamente indispensables, en los últimos años, que se han convertido los pañuelos para el perfecto atracador.

-¿Y qué debemos pensar -pregunté- del artículo de Le Soleil?

-Que es una gran lástima que su redactor no naciera loro, en cuyo caso se hubiera convertido en el loro más ilustre de su raza. Ha repetido simplemente los distintos detalles de la opinión ya publicada, recogiéndolos, con laudable industria, de este y de ese periódico. "Esos artículos llevaban allí evidentemente al menos tres o cuatro semanas, y no hay duda de que se ha descubierto el lugar de esa abominable atrocidad." Los hechos comunicados aquí por Le Soleil distan mucho de eliminar mis dudas sobre este tema, y los examinaremos con mayor atención más adelante, en conexión con otro apartado del tema.

»Por el momento debemos ocuparnos de otras investigaciones. No puede haber dejado de observar usted la tremenda laxitud del examen del cadáver. De acuerdo, la cuestión de la identidad fue determinada fácilmente, o como menos hubiera debido serlo; pero hay otros puntos a aclarar. ¿Estaba el cadáver despojado de alguna manera? ¿Llevaba la fallecida alguna joya consigo cuando salió de su casa? Si era así, ¿estaba todavía en su poder cuando fue encontrada? Son cuestiones importantes absolutamente pasadas por alto; y hay otras de igual importancia que no han merecido mayor atención. Debemos satisfacer nuestra curiosidad investigándolas por nosotros mismos. El caso de Saint-Eustache debe ser reexaminado. No tengo la menor sospecha hacia esta persona; pero procedamos metódicamente. Comprobaremos más allá de toda duda la validez de las declaraciones referentes a sus actividades durante el domingo. Las declaraciones de este tipo son a menudo objeto de engaño. Si no hay nada malo en ellas, apartaremos a Saint-Eustache de nuestras investigaciones. Su suicidio, aunque parezca corroborar las sospechas, en caso de que se halle algún engaño en sus declaraciones, no es, sin la concurrencia de este engaño, nada que deba preocuparnos ni desviarnos de la línea normal de nuestro análisis.

»En lo que le propongo ahora, descartaremos los puntos internos de esta tragedia, y concentraremos nuestra atención en su forma externa. Es un error muy usual, en investigaciones como ésta, limitar la investigación a lo inmediato, con un olvido total de los acontecimientos colaterales o circunstanciales. Es una mala práctica de los tribunales confinar la evidencia y la discusión a los límites de lo aparentemente relevante. Sin embargo, la experiencia ha demostrado, y una auténtica filosofía demostrará siempre, que una gran parte, quizá la mayor porción de la verdad, surge de lo aparentemente irrelevante. Es a través del espíritu de este principio, si no exactamente de su letra, que la ciencia moderna ha decidido calcular sobre lo imprevisto. Pero quizá no me comprenda usted. La historia del conocimiento humano ha mostrado de forma ininterrumpida que a los acontecimientos colaterales, o incidentales, o accidentales, debemos los más numerosos y los más valiosos descubrimientos, que a la larga se ha hecho necesario, en cualquier visión prospectiva de mejora, hacer no sólo grandes, sino las más grandes concesiones a las invenciones que surgirán por azar, y completamente al margen de cualquier expectativa. Ya no resulta filosófico basarse en lo que ha sido una visión de lo que ha de ser. El accidente es admitido como una parte de la infraestructura. Convertimos el azar en un asunto de cálculo absoluto. Sometemos lo inesperado y lo inimaginable a las formulae matemáticas de las escuelas.

»Repito que no es más que un hecho el que la mayor parte de toda verdad nace de lo colateral; y es en concordancia con el espíritu del principio implicado en este hecho que desviaré la investigación, en el presente caso, del hollado y, por ello, infructuoso terreno del acontecimiento en sí a las circunstancias contemporáneas que lo rodean. Mientras usted comprueba la validez de los testimonios, yo examinaré los periódicos de un modo más general del que usted ha llevado a cabo. Hasta este momento sólo hemos reconocido el campo de investigación; pero será muy extraño si un examen completo, como el que propongo, de los papeles públicos, no nos ofrece algunos pormenores que establezcan una dirección a nuestras investigaciones.

Siguiendo la sugerencia de Dupin, efectué un escrupuloso examen de las declaraciones. El resultado fue una firme convicción de su validez, y la consecuente inocencia de Saint-Eustache. Mientras tanto mi amigo se ocupó, con lo que me pareció una minuciosidad completamente sin objetivo, en escrutar los distintos periódicos. Transcurrida una semana colocó delante de mí los siguientes extractos:

«Hará unos tres años y medio, causó una alteración muy similar a la presente la desaparición de esta misma Marie Rogêt de la parfumerie de monsieur Le Blanc, en el Palais Royal. A la semana, sin embargo, reapareció en su comptoir habitual, como siempre, con excepción de una ligera palidez no muy usual en ella. Monsieur Le Blanc y su madre indicaron que simplemente había ido a visitar a unos amigos en el campo; y el asunto no tardó mucho en olvidarse. Suponemos que la ausencia actual es un capricho de la misma naturaleza y que, transcurrida una semana, o quizás un mes, la tendremos de nuevo entre nosotros.» - Evening Paper , lunes 23 de junio.

«Un periódico de la tarde de ayer se refiere a una misteriosa desaparición anterior de mademoiselle Rogêt. Es bien sabido que, durante la semana de su ausencia de la parfumerie de Le Blanc, estuvo en compañía de un joven oficial de la marina, muy conocido por sus libertinas costumbres. Se supone que una pelea la devolvió providencialmente a casa. Tenemos el nombre del libertino en cuestión, que en la actualidad se halla destacado en París, pero por obvias razones nos abstenemos de hacerlo público.» - Le Mércure , mañana del martes 24 de junio.

«Una horrible atrocidad fue perpetrada anteayer en las inmediaciones de esta ciudad. Un caballero, con su esposa e hija, contrataron, hacia el anochecer, los servicios de seis jóvenes, que estaban remando ociosamente en una barca arriba y abajo cerca de las orillas del Sena, para que los trasladaran al otro lado del río. Al alcanzar la orilla opuesta, los tres pasajeros desembarcaron, y estaban ya fuera de la vista de la barca cuando la hija descubrió que se había dejado en ella su sombrilla. Regresó en su busca, fue asaltada por la pandilla, arrastrada hasta el río, amordazada, tratada brutalmente, y al fin llevada a la orilla en un lugar no muy lejano de donde había tomado al principio la barca con sus padres. Hasta el momento los villanos han escapado, pero la policía está, tras su rastro y algunos de ellos serán detenidos próximamente.» - Morníng Paper , 25 de junio.

«Hemos recibido una o dos comunicaciones, cuyo objetivo es acusar a Mennais de la reciente atrocidad; pero puesto que este caballero ha sido completamente exonerado tras la investigación oficial, y puesto que las argumentaciones de nuestros distintos corresponsales parecen tener más celo que profundidad, no creemos aconsejable hacerlas públicas.» - Morning Paper, 28 de junio.

«Hemos recibido por escrito varias comunicaciones enérgicas al parecer procedentes de varias fuentes, y que hasta el momento nos impulsan a aceptar como un hecho cierto que la infortunada Marie Rogét ha sido víctima de una de las numerosas bandas de canallas que los domingos infestan los alrededores de la ciudad. Nuestra propia opinión se halla decididamente a favor de esta suposición. En breve efectuaremos todo lo necesario para hacer partícipes a nuestros lectores de estas argumentaciones. » -Evening Paper , martes 31 de junio.

«El lunes, uno de los barqueros adscritos al servicio de aduanas vio una barca vacía flotando Sena abajo. Las velas yacían en el fondo de la barca. El barquero la remolcó hasta la oficina de navegación. A la mañana siguiente fue retirada de allí, sin el conocímiento de ninguno de los funcionarios. El timón se halla ahora en la oficina de navegación.» - La Dilígence martes 26 de junio.

Tras leer estos varios extractos, no sólo me parecieron irrelevantes, sino que no pude captar ninguna forma en que cualquiera de ellos pudiera relacionarse con el asunto que nos ocupaba. Aguardé alguna explicación de Dupin.

-No es mi intención -dijo- detenerme en el primero y el segundo de estos extractos. Los he copiado principalmente para mostrarle la extrema negligencia de la policía que, por lo que he podido comprender del prefecto, todavía no se ha molestado en interrogar bajo ningún aspecto al oficial de la marina aludido. Sin embargo, es mera locura decir que entre la primera y la segunda desaparición de Marie no existe ninguna conexión concebible. Admitamos que la primera escapada tuvo como resultado una pelea entre los amantes, y el regreso a casa de la traicionada.

Ahora estamos preparados para considerar la segunda escapada (si admitimos que se trató de nuevo de una escapada) corno una renovación de los avances del traidor antes que como el resultado de nuevas proposiciones de un segundo individuo; estamos preparados para considerarla como un "revivir" del antiguo amour antes que como el comienzo de uno nuevo. Las posibilidades son diez contra una a que quien se fugó una vez con Marie le propuso fugarse de nuevo, antes que a que la primera proposición fue efectuada por un individuo y la segunda por otro. Y aquí permítame llamar su atención sobre el hecho de que el tiempo transcurrido entre la primera escapatoria segura, y la segunda supuesta, son unos pocos meses más que el período general de los cruceros de nuestros buques de guerra. ¿Vio interrumpida el amante su primera villanía por la necesidad de partir al mar, y aprovechó la primera ocasión de su regreso para renovar sus bajos designios todavía no cumplidos.... o todavía no cumplidos por él? Nada sabemos de eso.


»Dirá usted sin embargo que, en el segundo caso, no hubo escapatoria tal como la imaginamos. Ciertamente no, pero, ¿estamos preparados a decir que no hubo un intento frustrado? Más allá de Saint-Eustache, y quizá Beauvais, no encontramos galanteadores reconocidos, abiertos, honorables, de Marie. No se dice nada de ningún otro. ¿Quién es entonces el amante secreto, del que los familiares (al menos la mayoría de ellos) no saben nada, pero con el que Marie se reúne la mañana del domingo, y en el que confía tan probandamente que no vacila en permanecer con él hasta que descienden las sombras de la noche, entre los solitarios bosquecillos de la Barriére du Roule? ¿Quién es ese amante secreto, pregunto, de quien al menos la mayoría de los familiares no saben nada? ¿Y qué significa la singular profecía de madame Rogêt la mañana de la partida de Marie: "Me temo que no voy a ver nunca más a Marie"?

»Pero si no podemos imaginar a madame Rogét al corriente, de los planes de fuga, ¿no podemos por lo menos suponer que éste era precisamente el plan de la muchacha? Al salir de casa, dio a entender que iba a visitar a su tía en la rue des Drômes, y pidió a Saint-Eustache que fuera a buscarla allí al anochecer. A primera vista, este hecho milita fuertemente contra mi sugerencia..., pero reflexionemos. Que ella se reunió con un hombre, y cruzó con él el río, Regando a la Barriére du Roule a una hora tan tardía como las tres de la tarde, es algo sabido. Pero, al permitir que la acompañara aquel mismo individuo (por la razón que fuera, conocida o no de su madre), tuvo que pensar en su expresada intención cuando salió de casa, y en la sorpresa y sospechas suscitadas en su pretendiente Saint-Eustache cuando éste, al acudir en su busca a la hora señalada en la rue des Drômes, descubriera que no había estado allí y cuando, más aún, al regresar a la pensión con este alarmante conocimiento, supiera que seguía ausente de casa. Digo que tuvo que pensar en todas estas cosas. Tuvo que prever la preocupación de Saint-Eustache, las sospechas de todos. Es posible que no tuviera intención de regresar para despejar las sospechas; pero esas sospechas tenían que carecer de importancia para ella, si suponemos que no pretendía regresar.

»Podemos imaginar así sus pensamientos: "Voy a reunirme con una cierta persona para fugarme con ella, o para cualquier otro propósito conocido sólo por mí. Es necesario que no haya ninguna posibilidad de ser sorprendida, debemos tener tiempo suficiente para eludir toda persecución, así que diré que voy a visitar y a pasar el día con mi tía en la rue des Drómes, y le pediré a Saint-Eustache que no venga a buscarme hasta que oscurezca. De esta forma conseguiré ausentarme de casa durante el período de tiempo más largo posible sin causar sospecha o ansiedad, y ganaré más tiempo que de ninguna otra manera. Si pido a Saint-Eustache que venga a buscarme al anochecer, seguro que no lo hará antes; pero si no le digo nada de que venga a buscarme, mi margen de tiempo para fugarme se verá disminuido, puesto que él esperará que regrese antes, y mi ausencia despertará ansiedad más pronto. Si mi idea fuera regresar, si tuviera intención de pasar simplemente unas horas con el individuo en cuestión, no le diría a Saint-Eustache que viniera a buscarme; porque, al hacerlo, sabría que yo le había engañado, un hecho que desearía mantener siempre en su ignorancia, marchándome de casa sin notifiarle mis intenciones, regresando antes de anochecer, y diciendo entonces que había ido a visitar a mi tía en la rue des Drómes. Pero, puesto que mi idea es. no regresar nunca, o al menos durante algunas semanas o hasta que haya ocultado algunas cosas, el ganar tiempo es el único punto del que debo preocuparme."

»Habrá observado en sus notas que la opinión más general en relación con este triste asunto es, y fue desde un principio, que la muchacha había sido víctima de una pandilla de facinerosos. La opinión popular, bajo ciertas condiciones, no debe dejarse de lado. Cuando surge por sí misma, cuando se manifiesta por sí misma de una forma estrictamente espontánea, debemos considerarla como análoga a esa intuición que es la idiosincrasia del hombre genial. En el noventa y nueve por ciento de los casos me inclinaría ante su decisión. Pero es importante que no hallemos huellas palpables de sugestión. La opinión tiene que ser rigurosamente la del público; y la distinción resulta a menudo demasiado difícil de percibir y de mantener. En el presente caso, me parece que esta "opinión pública" respecto a una pandilla ha sido influida por el acontecimiento colateral que se detalla en el tercero de mis extractos. Todo París está excitado por el descubrimiento del cadáver de Marie, una joven muchacha, hermosa y conocida. Este cadáver es hallado mostrando marcas de violencia y flotando en el río. Pero ahora sabemos que, en el mismo período, o más o menos en el mismo período en que se supone que fue asesinada esa muchacha, se perpetró un atropello de naturaleza similar al sufrido por la fallecida, aunque de menor extensión, por parte de una pandilla de jóvenes rufianes, en la persona de una segunda joven. ¿Es sorprendente que el atropello conocido influencie al juicio popular con respecto al no conocido? Este juicio aguardaba una dirección, ¡y el atropello conocido pareció ofrecerla muy oportunamente! Marie fue hallada también en el río, y fue en este mismo río donde se cometió el atropello conocido. La conexión de los dos sucesos era tan evidente, que lo sorprendente hubiera sido que la gente no hubiera apreciado la relación. Pero, de hecho, una atrocidad que se sabe que fue cometida, es en todo caso evidencia de que el otro, cometido casi al mismo tiempo, no fue cometido así. De hecho hubiera sido un milagro si, mientras una pandilla de rufianes estaba perpetrando, en un lugar determinado, una fechoría así, hubiera otra pandilla similar, en un lugar similar, en la misma ciudad, bajo las mismas circunstancias, con iguales medios y procedimientos, dedicada a cometer una fechoría exactamente del mismo aspecto y precisa mente en el mismo período de tiempo. ¿Pero en qué otra cosa, si no en esta maravillosa cadena de coincidencias, nos haría creer la accidentalmente sugestionada opinión pública?

»Antes de seguir, consideremos la supuesta escena del asesinato, en el soto de la Barrière du Roule. Este soto, aunque denso, estaba muy cerca de un camino público. Dentro había tres o cuatro grandes piedras, formando una especie de asiento con un respaldo y un escabel. En la piedra superior se descubrieron unas enaguas blancas; en la segunda, un chal de seda. Se hallaron también una sombrilla, guantes y un pañuelo. El pañuelo llevaba el nombre "Marie Rogét". Había fragmentos de vestido en las ramas de alrededor. La tierra estaba pisoteada, la maleza rota y había evidencias de un forcejeo violento.

»Pese a la aclamación con que este descubrimiento fue recibido por la prensa, y la unanimidad con la que se supuso que indicaba el escenario exacto del atropello, debe admitirse que había algunas buenas razones para la duda. Puede o no puede creerse que era el escenario, pero había una excelente razón para dudar. Si el auténtico escenario del crimen, como sugería Le Commerciel, .estaba en las inmediaciones de la rue Pavée Saint-André, los perpetradores del crimen, suponiendo que siguieran residiendo en París, se hubieran sentido naturalmente asaltados por el terror ante el hecho de que la atención pública estuviera dirigida hacia la dirección correcta; y, en ciertas clases de mentes, hubiera surgido de inmediato la sensación de la necesidad de hacer algo para desviar esa atención. Y así, siendo el soto de la Barrière du Roule ya sospechoso, la idea de colocar los objetos allá donde fueron hallados sería una cosa de lo más natural. No hay auténticas pruebas, aunque Le Soleil así lo supone, de que las cosas descubiertas allí llevaran más que unos pocos días en el soto; mientras que hay muchas pruebas circunstanciales de que no podían haber permanecido allí, sin atraer la atención, durante los veinte días transcurridos entre el domingo fatal y la tarde en que fueron hallados por los niños. "Estaban completamente apelmazadas y enmohecidas -dice Le Soleil, adoptando las opiniones de sus predecesores- por la acción de la lluvia. La hierba había crecido alrededor y por encima de algunas de ellas. La seda de la sombrilla era fuerte, pero sus fibras estaban pegadas en el interior. La parte superior, allá donde estaba doblada y plegada, estaba toda enmohecida, y se desgarró al ser abierta." Respecto a la hierba que «había crecido alrededor y por encima de algunas de ella?, es evidente que el hecho sólo pudo afirmarse basándose en las palabras y, en consecuencia, en los recuerdos de dos niños pequeños; porque esos niños cogieron las cosas y se las llevaron a casa antes de que fueran vistas por terceras personas. Pero la hierba puede crecer, en especial en clima cálido y húmedo (como lo era durante el período del asesinato) tanto como seis u ocho centímetros en un solo día. Una sombrilla, caída sobre un suelo cubierto de hierba, podría verse en una semana oculta enteramente de la vista por ésta. Y respecto al enmohecimiento sobre el que tanto insiste el redactor de Le Soleil, que emplea la palabra no menos de tres veces en el breve párrafo citado, ¿no es consciente de la naturaleza de este moho? ¿Hay que decirle que se trata de una de las muchas clases de hongos, cuyo rasgo más ordinario es el de desarrollarse y morir en un período de veinticuatro horas?

»Así vemos, tras una primera ojeada, que lo que ha sido más triunfalmente aducido en apoyo de la idea de que los objetos habían permanecido "durante al menos tres o cuatro semana? en el soto es completamente absurdo, si queremos considerarlo como prueba de ese hecho. Por otra parte, es enormemente difícil creer que esos objetos pudieran haber permanecido en el lugar especificado durante un período más largo que una sola semana, por un período superior al de un domingo al siguiente. Aquellos que saben algo de los alrededores de París, saben de la extrema dificultad de hallar privacidad, a menos que uno se aleje a gran distancia de los suburbios. No puede ni imaginarse algo parecido a un rincón inexplorado, o siquiera infrecuentemente visitado, entre sus bosques y sotos. Que cualquier amante de la naturaleza encadenado por su trabajo al polvo y al calor de esta gran metrópolis intente, incluso entre semana, apagar su sed de soledad entre los escenarios de hermosura natural que nos rodean. A cada dos pasos hallará el creciente encanto disipado por la voz y la intrusión personal de algún rufián o pandilla de alborotadores. Buscará intimidad en medio del más denso follaje, pero en vano. Éste es el lugar donde más abundan los desaseados, es aquí donde más profanados son los templos. Con el corazón enfermo, el caminante huirá de vuelta al polucionado París como un pozo de polución menos encenagado. Pero si los alrededores de la ciudad se hallan tan concurridos durante los días laborables de la semana, ¡imagine lo mucho más que lo estarán los festivos! Es especialmente entonces cuando, liberado de las exigencias del trabajo o privado de sus habituales oportunidades de crimen, el truhán urbano va hacia las afueras, no por amor a lo rural, que en el fondo de su corazón desprecia, sino como una forma de escapar de las restricciones y los convencionalismos de la sociedad. Desea menos el aire puro y los verdes árboles que la absoluta licencia del campo. Aquí, en el hotel al lado de la carretera, o debajo del follaje de los árboles, se entrega sin ser contemplado por ningún ojo indiscreto, excepto los de sus compañeros, a todos los locos excesos de una falsa alegría, hija de la libertad y del ron. No digo más que lo que ha de resultar obvio a cualquier desapasionado observador, cuando repito que el hecho de que los objetos en cuestión hayan permanecido sin ser descubiertos durante un período superior a una semana, en cualquier bosquecillo o soto de las inmediaciones de París, ha de ser considerado como poco menos que milagroso.

»Pero no faltan otros motivos para la sospecha de que los objetos fueron colocados en el soto con la intención de desviar la atención del auténtico escenario de los hechos. Y, primero, déjeme dirigir su atención a la fecha del descubrimiento de dichos
objetos. Relaciónela con la fecha del quinto extracto que he hecho de los periódicos. Observará que el descubrimiento siguió, casi de forma inmediata, a las urgentes comunicaciones enviadas al vespertino. Estas comunicaciones, aunque distintas, y procedentes al parecer de varias fuentes, tendían todas hacia el mismo punto, es decir, dirigir la atención a una pandilla como los perpetradores del atropello, y a las inmediaciones de la Barriére du Roule como su escenario. Por supuesto, la sospecha no es que, como consecuencia de esas comunicaciones o de la atención pública dirigida a ellas, los objetos fueran hallados por los muchachos; pero sí puede ser muy bien que esas cosas no fueran encontradas antes por los muchachos por la razón de que no estuvieran antes en el soto; siendo depositados allí solamente en un período posterior como la fecha, o poco antes, de las comunicaciones, por los autores de esas propias comunicaciones.

»Ese soto era singular... sorprendentemente singular. Era de una densidad fuera de lo común. Dentro de su recinto cercado por la propia naturaleza había tres piedras extraordinarias, formando un asiento con un respaldo y un escabel. Y este soto, tan lleno de arte natural, se hallaba en las inmediaciones, a pocos metros de distancia, de la morada de madame Deluc, cuyos hijos tenían la costumbre de examinar atentamente la maleza a todo su alrededor en busca de corteza de sasafrás. ¿Hay alguna posibilidad, una entre un millar, de que pasara algún día en el que al menos uno de esos chicos no se ocultara en el sombrío salón y se entronizara en su trono natural? Aquellos que duden ante esa posibilidad es que nunca han sido muchachos o han olvidado cómo lo fueron. Repito, resulta extremadamente difícil comprender cómo pudieron permanecer los objetos en aquel lugar sin ser descubiertos durante un período superior a uno o dos días; y por ello hay terreno abonado para la sospecha, pese a la dogmática ignorancia de Le Soleil, de que fueron depositados allá donde los hallaron en una fecha comparativamente tardía.

»pero hay todavía otras y más intensas razones para creer que fueron así depositados,. que las que ya he argumentado. Y ahora permítame suplicarle que observe la altamente artificial colocación de los objetos. En la piedra superior había unas enaguas blancas; en la segunda un chal de seda; dispersos por los alrededores había una sombrilla, unos guantes y un pañuelo que llevaba el nombre "Marie Rogêt". Es exactamente la colocación que establecería de forma natural una persona no muy aguda que deseara, disponer los objetos de una forma natural. Pero no es en absoluto una colocación natural Me hubiera gustado más ver todas las cosas tiradas por el suelo y pisoteadas. En los estrechos límites de aquel bosquecillo sería más bien difícil que las enaguas y el chal mantuvieran su posición sobre las piedras, sometidos al roce constante de muchas personas debatiéndose. "La tierra estaba pisoteada -se dice-, algunas plantas rotas y había evidencias claras de un forcejeo", pero las enaguas y el chal estaban depositados como en una estantería. 'Tos jirones de ropa desgarrados junto a la maleza tenían unos ocho centímetros de ancho por quince de largo. Una parte era el dobladillo del vestido, y estaba remendado. Parecían como tiras arrancadas." Aquí, inadvertidamente, Le Soleil ha empleado una frase demasiado sospechosa. Las prendas, tal como se describe, realmente «parecían como tiras arrancadas"; pero a propósito y a mano. Es uno de los accidentes más raros el que una tira de una prenda sea "arrancada", tal como se describe aquí, por una zarza. Por la naturaleza misma de esas telas, una zarza o un clavo que se enganche en ellas las rasga rectangularmente, forma un roto longitudinal en ángulo recto, que culmina en el punto donde ha entrado la zarza o el clavo, pero es muy poco posible concebir que "se arranque" una tira de ella. Nunca he visto nada así, y supongo que usted tampoco. Para arrancar una tira de una prenda se necesitan dos fuerzas distintas, en dos direcciones distintas. Si hay dos bordes en la tela, si por ejemplo se trata de un pañuelo y se desea arrancar una tira de él, entonces, y sólo entonces, será suficiente una única fuerza. Pero en el presente caso se trata de un vestido, que sólo presenta un borde. Sería casi un milagro que unas zarzas desgarraran una prenda desde el interior, allá donde no presenta ningún borde, y una zarza no lo conseguiría. Pero, aunque se presentara un borde, serían necesarias dos zarzas, que actuaran una en dos direcciones distintas y la otra en una. Y esto en el supuesto de que el borde no presentara un dobladillo. Con un dobladillo, puede descartarse casi por completo. Vemos así los numerosos y grandes obstáculos en la forma en que tina tira de tela puede ser "arrancada' por una simple zarza; sin embargo, se nos pide que creamos que no sólo una tira sino varias fueron arrancadas de este modo. «Y una parte -también--- ¡era el dobladillo del vestido!» Otra era "parte de la falda, pero no el dobladillo", ¡es decir, había sido arrancada por completo, por unas zarzas, desde el interior sin bordes del vestido! Digo que esto son cosas que uno puede ser perdonado por no creerlas; sin embargo, tomadas en su conjunto, forman quizás un terreno menos razonable para las sospechas que la sorprendente circunstancia de los artículos dejados en esta maleza por unos asesinos que tuvieron la suficiente precaución de pensar en retirar el cadáver. Sin embargo, no me ha captado usted correctamente si supone que mi objetivo es negar ese soto como el escenario de la atrocidad. Puede haber sucedido aquí o más posiblemente haber sido un accidente en casa de madame Deluc. Pero, de hecho, éste es un extremo de poca importancia. No estamos intentando descubrir el escenario, sino identificar a los perpetradores del asesinato. Lo que he aducido, pese a su minuciosidad, lo he hecho únicamente con la idea, primero, de mostrarle la temeridad de las rotundas y precipitadas afirmaciones de Le Soleil, pero segundo y más importante, de conducirle, por la ruta más natural, a una mayor contemplación sobre la duda de si ese asesinato ha sido o no obra de una pandilla

»Resumiremos esta cuestión con una simple alusión a los desagradables detalles expuestos por el cirujano en la investigación Sólo baste decir que sus deducciones, respecto al número de los rufianes, han sido adecuadamente ridiculizadas como inexactas y totalmente carentes de base por todos los reputados anatomistas de París. No se tata de que el asunto no pueda haber ocurrido tal y como se ha deducido, sino que no hay ninguna base para deducciones, mientras que si las hay, para. otras,

»Reflexionemos ahora sobre "las huellas de un forcejeo", y déjeme preguntarle qué se supone que quieren demostrar esas huellas. Una pandilla. Pero, ¿acaso no demuestran más bien la ausencia de una pandilla? ¿Qué forcejeo pudo producirse, qué forcejeo tan violento y tan sostenido. como para dejar sus "huellas" en todas direcciones, entre una débil e indefensa muchacha y la pandilla de rufianes imaginada? Un silencioso aferrar de unos cuantos fuertes brazos y todo habría terminado. Observará aquí usted que los argumentos presentados contra el soto como el escenario de los hechos son aplicables, en gran parte, sólo contra él como la escena de un atropello cometido por más de un solo individuo. Si no imaginamos más que un violador, podríamos concebir, y sólo concebir, un forcejeo tan violento y tan obstinado como para dejar las "huellas" puestas en evidencia.

»Y más aún. He mencionado ya la sospecha suscitada por el hecho de que los objetos en cuestión fueran abandonados en el soto donde fueron hallados. Parece casi imposible que esas pruebas de culpabilidad fueran dejadas accidentalmente en el lugar donde fueron halladas. Hubo la suficiente presencia de ánimo (se supone) como para retirar el cadáver; y sin embargo, una prueba más explícita que el propio cadáver (cuyas facciones hubieran resultado pronto destruidas por la descomposición) fue abandonada llamativamente en el escenario del atropello ... me refiero al pañuelo con el nombre de la fallecida. Si fue un accidente, no fue el accidente de una pandilla. Podemos imaginar tan sólo el accidente de un individuo. Veamos. os. Un individuo ha cometido el asesinato. Está solo con el fantasma de su víctima. Se siente abrumado por el cuerpo que yace inmóvil delante de él. La furia de su pasión ha desaparecido, y hay sitio abundante en su corazón para el horror natural del acto cometido. No hay nada de esa confianza que inevitablemente inspira la presencia de otros. Está a solas con la muerta. Tiembla y se siente desconcertado. Sin embargo, es necesario librarse del cadáver. Lo lleva al río, pero deja a sus espaldas las otras pruebas de su culpabilidad; porque es difícil, si no imposible, llevar todo el peso de una sola vez, y será fácil regresar en busca de lo que queda. Pero en su afanoso viaje hasta el agua los temores se redoblan en su interior. Los sonidos de la vida acompañan su camino. Una docena de veces oye o cree oír los pasos de un observador. Incluso las luces mismas de la ciudad lo estremecen. Sin embargo, con el tiempo y largas y frecuentes pausas de profunda agonía, alcanza la orilla del río y se desembaraza de su horrible carga, quizá por medio de un bote. Pero ahora, ¿qué tesoro del mundo, qué amenaza de venganza, puede impulsar a ese solitario asesino a regresar por aquel duro y peligroso camino hasta el soto y sus recuerdos que hielan la sangre? No regresa, y deja que las consecuencias sean las que sean. No puede regresar ni aunque quisiera. Su único pensamiento es escapar de inmediato. Da la espalda para siempre a aquella terrible maleza, y huye como de una maldición.

»Pero, ¿qué ocurriría con una pandilla? Su número les habría inspirado la confianza necesaria, si de hecho ésta llegara a faltar alguna vez en el pecho del más empedernido miserable; y se supone que las pandillas están siempre constituidas por miserables empedernidos. Su número, digo, habría impedido el aturdido e irrazonable terror que he imaginado que paralizó al hombre solo. Podemos suponer un descuido de uno, dos o tres, pero este descuido sería remediado por un cuarto. No hubieran dejado nada a sus espaldas; porque su número les hubiera permitido llevarlo todo a la vez. No hubiera sido necesario regresar.

»Considere ahora la circunstancia de que, en el vestido del cadáver, cuando fue hallado, "una tira, de unos treinta centímetros de ancho, había sido rasgada hacia arriba desde el dobladillo inferior hasta la cintura, enrollada en tres vueltas alrededor de la cintura, y sujeta por una especie de fuerte nudo en la espalda. , Esto se hizo con la evidente finalidad de proporcionar un asa por la cual cargar el cuerpo. Pero, ¿hubieran soñado varios hombres en recurrir a esto? Para tres o cuatro, los miembros del cadáver les hubieran proporcionado una sujeción no sólo suficiente, sino la mejor posible. El recurso es el de un solo individuo; y nos lleva al hecho de que "entre el soto y el río se hallaron unas cercas derribadas, ¡y el suelo mostraba evidencias de que por él se había arrastrado algún objeto pesado!" Pero, ¿hubieran recurrido varios hombres al superfluo trabajo de derribar una cerca, con la finalidad de arrastrar un cadáver que hubieran podido levantar por encima de cualquier cerca en un instante? ¿Hubieran varios hombres arrastrado un cadáver hasta el punto de dejar huellas evidentes de ello?

»Y aquí debemos referirnos a una observación de Le Commercíel; una observación que, en cierta medida, he comentado ya. "Un trozo -dice este periódico- de las enaguas de la desgraciada muchacha, de sesenta centímetros de largo por treinta de ancho, fue arrancado y atado debajo de su barbilla y alrededor de su nuca, probablemente para impedir que gritara. Eso lo hizo gente que no llevaba pañuelos."

»He sugerido antes que un genuino truhán nunca va sin un pañuelo. Pero no es este hecho el que señalo ahora especialmente. Que no fue por falta de pañuelo ni para el propósito imaginado por Le Commerciel para lo que fue empleado esa banda resulta evidente por-el pañuelo abandonado en el soto; y que el objeto no fue "para impedir que gritara" lo demuestra el hecho de que se empleara la tira de tela preferentemente a lo que hubiera sido mucho mejor para esa finalidad. Pero el lenguaje de la investigación habla de la tira en cuestión como que "fue hallada alrededor de su cuello, un tanto suelta, y asegurada con- un fuerte nudo". Esas palabras son lo suficientemente vagas, pero difieren materialmente de las de Le Commercíel., La tira tenía cuarenta y cinco centímetros de ancho y, en consecuencia, aunque de muselina, formaría una recia banda cuando fuera doblada longitudinalmente. Y doblada así es como fue descubierta. Mi deducción es la siguiente: el solitario asesino, tras haber cargado con el cadáver durante una cierta distancia (ya fuera desde el soto o desde alguna otra parte) por medio del vendaje atado a su cintura, halló que el peso, procediendo de este modo, era demasiado para sus fuerzas. Resolvió arrastrar la carga..., las pruebas demuestran que fue arrastrada. Con este objetivo a la vista, se hizo necesario atar algo parecido a una cuerda a una de las extremidades. Sería mejor atarlo alrededor del cuello, donde la cabeza impediría que se deslizara. Y el asesino pensó incuestionablemente en la banda alrededor de la cintura. La hubiera usado, de no ser porque estaba enrollada alrededor del cadáver y atada con un fuerte nudo, y no había sido "arrancada por completo" del vestido. Era más fácil arrancar una nueva tira de las enaguas. Lo hizo, la ató alrededor del cuello, y así arrastró a la víctima hasta la orilla del río. El hecho de que esta "faja', que sólo pudo obtener con tiempo y esfuerzo y que sólo respondía de forma imperfecta a su necesidad, fuera empleada, demuestra que la necesidad de su empleo surgió de circunstancias planteadas en un momento en que el pañuelo ya no estaba disponible, es decir, como hemos imaginado, después de abandonar el soto (si se trataba del soto) y en el camino entre el soto y el río.

»Pero la evidencia, dirá usted, de madame Deluc: (!) señala específicamente la presencia de una pandilla en las inmediaciones del soto, más o menos en el momento del asesinato. Admito esto. Dudo incluso de que no hubiera una docena de pandillas, como las descritas por madame Deluc, en y por los alrededores de la Barriére du Roule hacia el momento de la tragedia. Pero la pandilla que atrajo la animadversión de madame Deluc, pese a su tardía y muy sospechosa declaración, es la única pandilla que es citada por tan honesta y escrupulosa vieja dama como la que se comió sus pasteles y se bebió su brandy, sin siquiera molestarse en pagar. Et hinc illae irae!

»¿Pero cuál es la evidencia exacta de madame Deluc? "Apareció una pandilla de alborotadores que organizaron un gran jaleo, comieron y bebieron sin pagar, siguieron el camino de la joven pareja, regresaron al hotel hacia el anochecer, y volvieron a cruzar el río como si tuvieran mucha prisa."

»Esta "mucha prisa' debió de parecer muy extremada a los Ojos de madame Deluc, puesto que no dejaba de pensar y de lamentarse de sus pasteles y su cerveza, pasteles y cerveza por los cuales puede que todavía tuviera débiles esperanzas de ser compensada. ¿Por qué, de otro modo, puesto que era hacia el anochecer, hubiera hecho hincapié en la prisa? No es de extrañar que incluso una pandilla de facinerosos se apresure a regresar a casa cuando hay que cruzar un ancho río en pequeñas barcas, amenaza la tormenta y se acerca la noche.

»Digo se acerca, porque la noche todavía no había llegado. Era sólo hacia el anochecer cuando la indecente prisa de esos "alborotadores" ofendió los sobrios ojos de madame Deluc. Pero se nos dice que fue aquella misma tarde que madame Deluc, junto con su hijo mayor, "oyó los gritos de una mujer en las inmediaciones del hotel". ¿Y con qué palabras designa madame Deluc el período de la tarde en la cual se oyeron esos gritos? 'Fue poco después de anochecer" , dice. Pero "poco después de anochece?' significa, al menos, que ya es oscuro, mientras que "hacia el anochecer' todavía hay luz del día. Así pues, resulta claro que la pandilla abandonó la Barriére du Roule antes de los gritos oídos (?) por madame Deluc. Y, aunque en todas las muchas transcripciones de la declaración, las expresiones en cuestión son empleadas de un modo claro e invariable tal como las he empleado yo en esta conversación con usted, ninguno de los periódicos ni ningún miembro de la policía se ha dado cuenta todavía de esta gran discrepancia.

»Debo añadir un argumento más contra una pandilla; pero éste tiene, al menos a mi entender, un peso absolutamente irresistible. Bajo las circunstancias de la gran recompensa ofrecida, y el perdón completo ante cualquier prueba presentada, no es posible imaginar ni por un momento que algún miembro de una pandilla de bajos rufianes, o cualquier grupo de hombres, tarde mucho tiempo en traicionar a sus cómplices. Cada miembro del grupo se ve así enfrentado, más que a la codicia de la recompensa y al ansia de escapar del castigo, al temor de ser traicionado. Así, traiciona ansiosa e inmediatamente antes de que pueda ser traicionado él. Que el secreto no haya sido divulgado es la mejor prueba de que se trata, de hecho, de un secreto. Los horrores de esta tenebrosa acción sólo son conocidos por uno o dos seres humanos, y por Dios.

»Resumamos ahora los escasos pero seguros frutos de nuestro largo análisis. Hemos llegado a la idea o bien de un fatal accidente bajo el techo de madame Deluc, o de un asesinato perpetrado en el soto en la Barriére du Roule por un amante o, al menos, por una persona íntimamente conocida por la fallecida. Esta persona es de complexión morena. Esta complexión, la forma en que fue "atada" la banda que rodeaba el cuerpo y el "nudo de marino" con que fue atado el cordón del sombrero, apuntan a un marinero. Su asociación con la fallecida, una muchacha alegre pero no abyecta, lo señala como por encima de la categoría de marinero común. Aquí, las bien escritas y urgentes comunicaciones a los periódicos constituyen una buena corroboración. Las circunstancias de la primera escapada, tal como son mencionadas por Le Mercure, tienden a unir la idea de este marinero con la del "oficial naval" que se sabe fue el primero en inducir a la desafortunada a cometer su falta.

"Y aquí, muy oportunamente, llega la consideración sobre la prolongada ausencia del hombre de complexión morena. Déjeme hacer una pausa para observar que la complexión de este hombre es oscura, morena; esta cualidad morena no muy común es el único punto de coincidencia entre las declaraciones de Valence y madame Deluc. Pero, ¿por qué está este hombre ausente? ¿Fue asesinado por la pandilla? Si es así, ¿por qué sólo hay huellas de la muchacha asesinada? Cabe suponer que el escenario de las dos acciones fue el mismo. ¿Y dónde está el cadáver? Lo más pro bable es que los asesinos se desembarazaron de ambos de la mis ma manera. Pero puede decirse que este hombre vive todavía,

duda de darse a conocer por temor a ser acusado del asesinato. Esta consideración puede pesar sobre él ahora, después de tanto tiempo, puesto que hay pruebas de que fue visto con Marie, pero no tenía ninguna fuerza inmediatamente después de ocurrido el hecho. El primer impulso de un hombre inocente sería denunciar lo ocurrido, y ayudar en la identificación de los rufianes. Esto es lo que hubiera sugerido la policía. Había sido visto con la muchacha. Había cruzado el río con ella en un transbordador abierto. Su denuncia de los asesinos hubiera parecido, incluso a un idiota, el único y más seguro medio de librarse de las sospechas. No podemos suponerle, la noche del domingo fatal, inocente y no conocedor de la atrocidad cometida. Sin embargo, sólo bajo tales circunstancias es posible imaginar que no hubiera denunciado, si estaba vivo, a los asesinos.

»¿Y de qué medios disponemos nosotros para alcanzar la verdad? Veremos que esos medios se multiplican y acumulan a medida que avanzamos. Vayamos primero al fondo de este asunto, la primera escapada. Sepamos la historia completa del «oficial", con sus actuales circunstancias, y sus acciones en el momento preciso del asesinato. Comparemos cuidadosamente entre sí las distintas comunicaciones enviadas al periódico vespertino, en las que el objetivo era inculpar a una pandilla. Hecho esto, comparemos esas comunicaciones, tanto en lo relativo al estilo como al manuscrito, con los enviados al periódico matutino, en un período anterior, que tan vehementemente insistían en la culpabilidad de Mennais. Y, hecho todo esto, comparemos de nuevo estas distintas comunicaciones con los manuscritos conocidos del oficial. Conozcamos, mediante repetidos interrogatorios tanto a madame Deluc y sus chicos como al conductor del autobús, Valence, algo más del aspecto personal y del comportamiento del «hombre de complexión morena". Estos interrogatorios, hábilmente dirigidos, no fallarán en proporcionar, de alguna de estas partes, información sobre este punto en particular (o sobre otros), información que puede que ni siquiera las mismas partes sean conscientes de que poseen. Y rastreemos ahora la barca recogida por el barquero la mañana del lunes 23 de junio, y que fue retirada de la oficina de navegación sin que el oficial de guardia se diera cuenta de ello, y sin timón, en algún período anterior al descubrimiento del cadáver. Con la cautela y la perseverancia adecuadas seguiremos infaliblemente el rastro de esta barca; porque no sólo el barquero que la recogió puede identificarla, sino que el timón se halla a mano. El timón de una barca de vela no sería abandonado sin indagar por alguien que tuviera el corazón tranquilo. Y déjeme hacer aquí una pausa para insinuar una pregunta. No hubo anuncio de que se hubiera recogido esta barca. Fue llevada en silencio a la oficina de navegación, y desapareció en medio del mismo silencio. Pero su propietario o usuario, ¿cómo pudo ser informado, tan pronto como el martes por la mañana, sin que mediara ningún anuncio, de dónde se hallaba la barca recogida el lunes, a menos que podamos imaginar alguna conexión con la marina, alguna conexión personal permanente que le permitiera saber estos pequeños detalles e insignificantes noticias locales?

»Al hablar del asesino solitario arrastrando su carga a la orilla, ya he sugerido la probabilidad de que se procurara una barca. Ahora tenemos que comprender que Marie Rogét fue precipitada al agua desde una barca. Éste tiene que ser naturalmente el caso. El cadáver no podía ser confiado a las poco profundas aguas de la orilla. Las peculiares marcas en la espalda y los hombros de la víctima hablan del costillaje del fondo de una barca. Que el cuerpo fuera hallado sin ningún peso corrobora también la idea. Si hubiera sido arrojada desde la orilla se le hubiera atado un peso. Sólo podemos explicar su ausencia suponiendo que el asesino olvidó la precaución de proveerse de él antes de tomar la barca. En el acto de entregar el cadáver a las aguas, debió de observar incuestionablemente este olvido; pero entonces ya no podía ponerle remedio. Era preferible cualquier riesgo a regresar a aquella maldita orilla. Tras librarse de su horrible carga, el asesino se apresuraría hacia la ciudad. Allá, en algún oscuro embarcadero, saltaría a tierra. Pero la barca, ¿la amarraría? Debía de tener demasiada prisa para detalles tales como amarrar una barca. Además, amarrarla al embarcadero sería como dejar señalada una prueba contra él. Su pensamiento natural sería apartar de él, tanto como fuera posible, todo lo que tuviera alguna conexión con su crimen. No sólo huiría del embarcadero, sino que no permitiría que la barca permaneciera en él. Seguramente la dejaría a la deriva. Sigamos con nuestras elucubraciones. Por la mañana, se ve sorprendido por el inenarrable horror de descubrir que la barca ha sido recogida y retenida en un lugar que frecuenta diariamente, en un lugar, quizá, que su deber le obliga a frecuentar. La noche siguiente, sin atreverse a pedir el timón, se la lleva. ¿Dónde está ahora esta barca sin timón? Ésa será una de las primeras cosas a descubrir. Con el primer atisbo que tengamos de ella se iniciará el amanecer de nuestro éxito. Esta barca nos guiará, con una rapidez que nos sorprenderá incluso a nosotros mismos, hasta quien la empleó a medianoche de aquel domingo fatal. La corroboración seguirá a la corroboración, y el asesino será rastreado.

[Por razones que no especificaremos, pero que parecerán obvias a muchos lectores, nos hemos tomado la libertad de omitir aquí, de los manuscritos puestos en nuestras manos, la parte que detalla el seguimiento de los aparentemente ligeros indicios obtenidos por Dupin. Creemos aconsejable solamente afirmar, en pocas palabras, que se consiguieron los resultados deseados; y que el prefecto cumplió puntualmente, aunque con reluctancia, los términos de su acuerdo con el caballero. El artículo del Sr. Poe concluye con las siguientes palabras (N. del editor)]:

Se comprenderá que hablo de coincidencias y nada más. Lo que he dicho más arriba sobre este tema debe de ser suficiente.
Mi corazón no alberga fe alguna en lo sobrenatural. Ningún hombre racional puede negar que la Naturaleza y Dios son dos.
Que también es incuestionable que el último, como creador de la primera, puede controlarla o modificarla a voluntad. Digo
a voluntad", porque la cuestión es de voluntad, y no, como la locura o la lógica han supuesto, de poder. No se trata de que
la divinidad no pueda modificar sus leyes, sino de que la insultamos imaginando una posible necesidad de modificación. Originalmente, esas leyes fueron elaboradas para abarcar todas las contingencias que podían yacer en el futuro. Con Dios, todo es ahora.

Repito, pues, que hablo de estas cosas sólo como coincidencias. Y más aún: en lo que relato se verá que entre el destino de la infeliz Mary Cecilia Rogers, en todo lo que este destino es conocido, y el de Marie Rogét hasta una cierta época de su historia, ha existido un paralelismo en la contemplación de esa maravillosa exactitud que hace que la razón se sienta azarada. Digo que todo esto se verá. Pero no supongamos ni por un momento que, siguiendo con la triste narración de Marie desde la época recién mencionada, y trazando hasta su dénouement el misterio que la envolvía, mi designio oculto es apuntar a una extensión del paralelismo o incluso sugerir que las medidas adoptadas en París para el descubrimiento del asesino de una modistilla, o medidas fundadas en cualquier raciocinio similar, producirían un resultado similar.

Porque, respecto a la última parte de la suposición, habría que considerar que la más insignificante variación en los hechos de los dos casos daría nacimiento a los más importantes cálculos erróneos, desviando completamente los dos cursos de acontecimientos; de un modo muy parecido a como, en aritmética, un error que, en su individualidad conocida, puede ser inapreciable, produce a la larga, por pura multiplicación en todos los puntos del proceso, un resultado enormemente distante de la realidad. Y, respecto a la primera parte, no debemos dejar de tener en cuenta que el propio cálculo de probabilidades, al que ya me he referido, rechaza toda idea de la extensión del paralelismo; lo rechaza con un positivismo intenso y decidido justo en proporción a cómo ese paralelismo ha sido trazado y es exacto. Ésta es una de esas anómalas proposiciones que, aunque parecen apelar a un pensamiento completamente distinto del matemático, sólo pueden ser abarcadas plenamente por una mente matemática. Nada, por ejemplo, es más dificil que convencer al simple lector general de que el hecho de que un jugador de dados lance dos seises se, guidos es causa suficiente para apostar a que en el tercer intento no saldrán dos seises. Una tal sugerencia es normalmente rechazada de inmediato por el intelecto. No se comprende cómo las dos tiradas que ya se han hecho, y que residen ahora absolutamente en el pasado, pueden influenciar la tirada que existe sólo en el futuro. Las posibilidades de lanzar dos seises parecen ser exactamente las mismas que en cualquier otro momento, es decir, sometidas únicamente a la influencia de las distintas otras tiradas que puedan efectuarse con los dados. Y ésta es una reflexión que parece ser tan absolutamente obvia que cualquier intento de controvertirla es recibido con mayor frecuencia con una sonrisa condescendiente que con una respetuosa atención

No puedo pretender exponer aquí el error implicado -un craso error que huele a agravio- dentro de los límites de que dispongo; y los filósofos no lo necesitan. Puede que sea suficiente decir aquí que forma uno de una serie infinita de errores que surgen en el camino de la razón a través de su propensión a buscar la verdad en el detalle.




*

La Carta Robada

Nil sapientiae odiosius acumine nimio
(SENECA)

Me hallaba en París en el otoño de 18... Una noche, después de una tarde ventosa, gozaba del doble placer de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca o gabinete de estudios del nº 33, rue Dunôt, du troisieme, Faubourg Saint-Germain. Llevábamos más de una hora en profundo silencio, y cualquier observador casual nos hubiera creído exclusiva y profundamente dedicados a estudiar las onduladas capas de humo que llenaban la atmósfera de la sala. Por mi parte, me había entregado a la discusión mental de ciertos tópicos sobre los cuales habíamos departido al comienzo de la velada; me refiero al caso de la rue Morgue y al misterio del asesinato de Marie Rogêt. No dejé de pensar, pues, en una coincidencia, cuando vi abrirse la puerta para dejar pasar a nuestro viejo conocido G.... el prefecto de la policía de París.
Lo recibimos cordialmente, pues en aquel hombre había tanto de despreciable como de divertido, y llevábamos varios años sin verlo. Como habíamos estado sentados en la oscuridad, Dupin se levantó para encender una lámpara , pero volvió a su asiento sin hacerlo cuando G... nos hizo saber que venía a consultarnos, o, mejor dicho, a pedir la opinión de mi amigo sobre cierto asunto oficial que lo preocupaba grandemente.
—Si se trata de algo que requiere reflexión —observó Dupin, absteniéndose de dar fuego a la mecha— será mejor examinarlo en la oscuridad.
—He aquí una de sus ideas raras —dijo el prefecto, para quien todo lo que excedía su comprensión era "raro", por lo cual vivía rodeado de una verdadera legión de rarezas".
—Muy cierto —repuso Dupin, entregando una pipa a nuestro visitante y ofreciéndole un confortable asiento.
—¿Y cuál es la dificultad? —preguntó. Espero que no sea otro asesinato.
—¡Oh, no, nada de eso! Por cierto que es un asunto muy sencillo y no dudo de que podremos resolverlo perfectamente bien por nuestra cuenta; de todos modos pensé que a Dupin le gustaría conocer los detalles, puesto que es un caso muy raro.
—Sencillo y raro —dijo Dupin.
—Justamente. Pero tampoco es completamente eso. A decir verdad, todos estamos bastante confundidos, ya que la cosa es sencillísima y, sin embargo, nos deja perplejos.
—Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asunto —observó mi amigo.
—¡Qué absurdos dice usted! —repuso el Prefecto, riendo a carcajadas.
—Quizá el misterio es un poco demasiado fácil —dijo Dupin.
—¡Oh, Dios mío! ¿Cómo se le puede ocurrir semejante idea?
—Un poco demasiado evidente.
—Ja, ja! ¡oh, oh! —reía el prefecto, divertido hasta más no poder—. Dupin, usted acabará por hacerme morir de risa.
—Veamos, ¿de qué se trata? —Pregunté.
—Pues bien, voy a decírselo —repuso el prefecto, aspirando profundamente una bocanada de humo e instalándose en un sillón—. Puedo explicarlo en pocas palabras, pero antes debo advertirles que el asunto exige el mayor secreto, pues si se supiera que lo he confiado a otras personas podría costarme mi actual posición.
—Hable usted ——dije.
—O no hable —dijo Dupin.
—Está bien. He sido informado personalmente, por alguien que ocupa un altísimo puesto, de que cierto documento de la mayor importancia ha sido robado en las cámaras reales. Se sabe quién es la persona que lo ha robado, pues fue vista cuando se apoderaba de él. También se sabe que el documento continúa en su poder.
—¿Cómo se sabe eso? —preguntó Dupin.
—Se deduce claramente —repuso el prefecto— de la naturaleza del documento y de que no se hayan producido ciertas consecuencias que tendrían lugar inmediatamente después que aquél pasara a otras manos; vale decir, en caso de que fuera empleado en la forma en que el ladrón ha de pretender hacerlo al final.
—Sea un poco más explícito ——dije.
—Pues bien, puedo afirmar que dicho papel da a su poseedor cierto poder en cierto lugar donde dicho poder es inmensamente valioso.
El prefecto estaba encantado de su jerga diplomática.
—Pues sigo sin entender nada —dijo Dupin.
—¿No? Veamos: la presentación del documento a una tercera persona que no nombraremos pondría sobre el tapete el honor de un personaje de las más altas esferas, y, ello da al poseedor del documento un dominio sobre el ilustre personaje cuyo honor y tranquilidad se ven de tal modo amenazados.
—Pero ese dominio —interrumpí— dependerá de que el ladrón supiera que dicho personaje lo conoce como tal. ¿Y quién osaría... ?
—El ladrón ——dijo G.— es el ministro D.... que se atreve a todo, tanto en lo que es digno como lo que es indigno de un hombre. La forma en que cometió el robo es tan ingeniosa como audaz. El documento en cuestión —una carta, para ser francos— fue recibido por la persona robada mientras se hallaba a solas en el boudoir real. Mientras la leía se vio repentinamente interrumpida por la entrada de la otra eminente persona, a la cual la primera deseaba ocultar especialmente la carta. Después de una apresurada y vana tentativa de esconderla en un cajón, debió dejarla, abierta como estaba, sobre una mesa. Como el sobrescrito había quedado hacia arriba y no se veía el contenido, la carta podía pasar sin ser vista. Pero en ese momento aparece el ministro D... Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconoce la escritura del sobrescrito, observa la confusión de la persona en cuestión y adivina su secreto. Luego de tratar algunos asuntos en la forma expeditiva que le es usual, extrae una carta parecida a la que nos ocupa, la abre, finge leerla y la coloca luego exactamente al lado de la otra. Vuelve entonces a departir sobre las cuestiones públicas durante un cuarto de hora. Se levanta, finalmente, y al despedirse, toma la carta que no le pertenece. La persona robada ve la maniobra, pero no se atreve a llamarle la atención en presencia de la tercera, que no se mueve de su lado. El ministro se Marcha, dejando sobre la mesa la otra carta sin importancia.
—Pues bien —dijo Dupin, dirigiéndose a mí—, ahí tiene usted lo que se requería para que el dominio del ladrón fuera completo: éste sabe que la persona robada lo conoce como el ladrón.
—En efecto —dijo el prefecto—, y el poder así obtenido ha sido usado en estos últimos meses para fines políticos, hasta un punto sumamente peligroso. La persona robada está cada vez más convencida de la necesidad de recobrar su carta. Pero, claro está, una cosa así no puede hacerse abiertamente. Por fin, arrastrada por la desesperación, dicha persona me ha encargado de la tarea.
—Para la cual ——dijo Dupin, envuelto en un perfecto torbellino de humo— no podía haberse deseado, o siquiera imaginado, agente más sagaz.
—Me halaga usted —repuso el Prefecto—, pero no es imposible que, en efecto, se tenga de mí tal opinión.
—Como hace usted notar —dije—, es evidente que la carta sigue en posesión del ministro, pues lo que le confiere su poder es dicha posesión y no su empleo. Apenas empleada la carta, el poder cesaría.
—Muy cierto —convino G...—. Mis pesquisas se basan en esa convicción. Lo primero que hice fue registrar cuidadosamente la mansión del ministro, aunque la mayor dificultad residía en evitar que llegara a enterarse. Se me ha prevenido que, por sobre todo, debo impedir que sospeche nuestras intenciones, lo cual sería muy peligroso.
—Pero usted tiene todas las facilidades para ese tipo de investigaciones —dije—. No es la primera vez que la policía parisiense las practica.
—¡Oh naturalmente! Por eso no me preocupé demasiado. Las costumbres del ministro me daban, además, una gran ventaja. Con frecuencia pasa la noche fuera de su casa. Los sirvientes no son muchos y duermen alejados de los aposentos de su amo; como casi todos son napolitanos, es muy fácil inducirlos a beber copiosamente.
Bien saben ustedes que poseo llaves con las cuales puedo abrir cualquier habitación de París. Durante estos tres meses, no ha pasado una noche sin que me dedicara personalmente a registrar la casa de D... Mi honor está en juego y, para confiarles un gran secreto, la recompensa prometida es enorme. Por eso no abandoné la búsqueda hasta no tener seguridad completa de que el ladrón es más astuto que yo. Estoy seguro de haber mirado en cada rincón posible de la casa donde la carta podría haber sido escondida.
—¿No sería posible —pregunté— que si bien la carta se halla en posesión del ministro, como parece incuestionable, éste la haya escondido en otra parte que en su casa?.
—Es muy poco probable —dijo Dupin—. El especial giro de los asuntos actuales en la corte, y especialmente de las intrigas en las cuales se halla envuelto D... , exigen que el documento esté a mano y que pueda ser exhibido en cualquier momento; esto último es tan importante como el hecho mismo de su posesión.
—¿Que el documento pueda ser exhibido? —pregunté.
—Si lo prefiere, que pueda ser destruido —dijo Dupin.
—Pues bien —convine—, el papel tiene entonces que estar en la casa. Supongo que podemos descartar toda idea de que el ministro lo lleve consigo.
—Por supuesto —dijo el prefecto—. He mandado detenerlo dos veces por falsos salteadores de caminos y he visto personalmente cómo le registraban.
—Pudo usted ahorrarse esa molestia —dijo Dupin—. Supongo que D... no es completamente loco y que ha debido prever esos falsos asaltos como una consecuencia lógica.
—No es completamente loco —dijo G...,— pero es un poeta, lo que en mi opinión viene a ser más o menos lo mismo.
—Cierto —dijo Dupin, después de aspirar una profunda bocanada de su pipa de espuma de mar—. aunque, por mi parte, me confieso culpable de algunas malas rimas.
—Por qué no nos da detalles de su requisición? —pregunté.
—Pues bien; como disponíamos del tiempo necesario, buscamos en todas partes. Tengo una larga experiencia en estos casos. Revisé íntegramente la mansión, cuarto por cuarto, dedicando las noches de toda una semana a cada aposento. Primero examiné el moblaje. Abrimos todos los cajones; supongo que no ignoran ustedes que para un agente de policía bien adiestrado, no hay cajón secreto que pueda escapársele. En una búsqueda de esta especie, el hombre que deja sin ver un cajón secreto es un imbécil. ¡Son tan evidentes! En cada mueble hay una cierta masa, un cierto espacio que debe ser explicado.
Para eso tenemos reglas muy precisas. No se nos escaparía ni la quincuagésima parte de una línea.
Terminada la inspección de armarios pasamos a las sillas. Atravesamos los almohadones con esas largas y finas agujas que han visto ustedes emplear. Levantamos las tablas de las mesas.
—¿Por qué?
—Con frecuencia, la persona que desea esconder algo levanta la tapa de una mesa o de un mueble similar, hace un orificio en cada una de las patas, esconde el objeto en cuestión y vuelve a poner la tabla en su sitio. Lo mismo suele hacerse en las cabeceras y postes de las camas.
—Pero, ¿no puede locaIizarse la cavidad por el sonido? —pregunté.
—De ninguna manera si, luego de haberse depositado el objeto, se lo rodea con una capa de algodón.
Además, en este caso, estábamos forzados a proceder sin hacer ruido.
—Pero es imposible que hayan ustedes revisado y desarmado todos los muebles donde pudo ser escondida la carta en la forma que menciona. Una carta puede ser reducida a un delgadísimo rollo, casi igual en volumen al de una aguja larga de tejer, y en esa forma se la puede insertar, por ejemplo, en el travesaño de una Silla. ¿Supongo que no desarmaron todas las sillas?
—Por supuesto que no, pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de todas las sillas de la casa y las junturas de todos los muebles con ayuda de un poderoso microscopio. Si hubiera habido la menor señal de un reciente cambio, no habríamos dejado de advertirlo instantáneamente. Un simple grano de polvo producido por un barreno nos hubiera saltado a los ojos como si fuera una manzana. La menor diferencia en la encoladura, la más mínima apertura en los ensamblajes, hubiera bastado para orientarnos.
—Supongo que miraron en los espejos, entre los marcos y el cristal, y que examinaron las camas y la ropa de la cama, así como los cortinados y alfombras.
—Naturalmente, y luego que hubimos revisado todo el moblaje en la misma forma minuciosa, pasamos a la casa misma. Dividimos su superficie en compartimentos que numeramos, a fin de que no se nos escapara ninguno; luego escrutamos cada pulgada cuadrada, incluyendo las dos casas adyacentes, siempre ayudados por el microscopio.
—¿Las dos casas adyacentes? —exclamé—. ¡Habrán tenido toda clase de dificultades!
—Sí. Pero la recompensa ofrecida es enorme.
—¿Incluían ustedes el terreno contiguo a las casas?
—Dicho terreno está pavimentado con ladrillos. No nos dio demasiado trabajo comparativamente, pues examinamos el musgo entre los ladrillos y lo encontramos intacto.
—¿Miraron entre los papeles de D..., naturalmente, y en los libros de la biblioteca?
—Claro está. Abrimos todos los paquetes, y no solo examinamos cada libro, sino que lo hojeamos cuidadosamente, sin conformarnos con una mera sacudida, como suelen hacerlo nuestros oficiales de policía. Medimos asimismo el espesor de cada encuadernación, escrutándola luego de la manera más detallada con el microscopio. Sí se hubiera insertado un papel en una de esas encuadernaciones, resultaría imposible que pasara inadvertido. Cinco o seis volúmenes que salían de manos del encuadernador fueron probados longitudinalmente con las agujas.
—¿Exploraron los pisos debajo de las alfombras?
—Sin duda. Levantamos todas las alfombras y examinamos las planchas con el microscopio.
—¿Y el papel de las paredes?
—Lo mismo.
—¿Miraron en los sótanos?
—Miramos.
—Pues entonces —declaré— se ha equivocado usted en sus cálculos y la carta no está en la casa del ministro.
—Me temo que tenga razón —dijo el prefecto—. Pues bien, Dupin, ¿qué me aconseja usted?
—Revisar de nuevo completamente la casa.
—¡Pero es inútil! —replicó G...—. Tan seguro estoy de que respiro como de que la carta no está en la casa.
—No tengo mejor consejo que darle —dijo Dupin—. Supongo que posee usted una descripción precisa de la carta.
—¡Oh, sí!
Luego de extraer una libreta, el perfecto procedió a leernos una minuciosa descripción del aspecto interior de la carta, y especialmente del exterior. Poco después de terminar su lectura se despidió de nosotros, desanimado como jamás lo había visto antes.
Un mes más tarde nos hizo otra visita y nos encontró ocupados casi en la misma forma que la primera vez. Tomó posesión de una pipa y un sillón y se puso a charlar de cosas triviales. Al cabo de un rato le dije:
—Veamos, G... ¿qué pasó con la carta robada?. Supongo que, por lo menos, se habrá convencido de que no es cosa fácil sobrepujar en astucia al ministro.
—¡El diablo se lo lleve! Volví a revisar su casa, como me lo había aconsejado Dupin, pero fue tiempo perdido. Ya lo sabía yo de antemano.
—¿A cuánto dijo usted que ascendía la recompensa ofrecida? —preguntó Dupin.
—Pues... la verdad a mucho dinero... muchísimo. No quiero decir exactamente cuánto, pero eso sí, afirmo que estaría dispuesto a firmar un cheque por cincuenta mil francos a cualquiera que me consiguiese esa carta. El asunto va adquiriendo día a día más importancia, y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero, aunque ofrecieran tres veces esa suma, no podría hacer más de lo que he hecho.
—Pues... la verdad... —dijo Dupin, arrastrando las palabras entre bocanadas de humo—, me parece a mí, G.... que usted no ha hecho... todo lo que podía hacerse... ¿No cree que... aún podría hacer algo más, ¿eh?
—¿Cómo? ¿En qué sentido?
—Pues... puf... podría usted. .. puf, puf... pedir consejo en ese asunto... puf, puf, puf... ¿Se acuerda de la historia que cuentan de Abernethy?
—No. ¡Al diablo con Abernethy!
—De acuerdo. ¡Al diablo, pero bienvenido! Erase una vez cierto avaro que tuvo la idea de obtener gratis el consejo médico de Abernethy. Aprovechó una reunión y una conversación corrientes para explicar un caso personal como sí se tratara del de otra persona. "Supongamos que los síntomas del enfermo son tales y cuales —dijo—. Ahora bien, doctor: ¿qué le aconsejaría usted hacer?" "Lo que yo le aconsejaría —repuso Abernethy— es que consultara a un médico."
—¡Vamos! —exclamó el prefecto, bastante desconcertado—. Estoy plenamente dispuesto a pedir consejo y a pagar por él. De verdad, daría cincuenta mil francos a quienquiera me ayudara en este asunto.
—En ese caso —replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques—, bien puede usted llenarme un cheque por la suma mencionada. Cuando lo haya firmado le entregaré la carta.
Me quedé estupefacto. En cuanto al prefecto, parecía fulminado. Durante algunos minutos fue incapaz de hablar y de moverse, mientras contemplaba a mi amigo con ojos que parecían salírsele de las órbitas y con la boca abierta. Recobrándose un tanto, tomó una pluma y, después de varias pausas y abstraídas contemplaciones, llenó y firmó un cheque por cincuenta mil francos, extendiéndolo por encima de la mesa a Dupin. Este lo examinó cuidadosamente y lo guardó en su cartera; luego, abriendo un escritorio, sacó una carta y la entregó al prefecto. Nuestro funcionario la tomó en una convulsión de alegría, la abrió con manos trémulas, lanzó una ojeada a su contenido y luego, lanzándose vacilante hacia la puerta, desapareció bruscamente del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde el momento en que Dupin le pidió que llenara el cheque.
Una vez que se hubo marchado, mi amigo consintió en darme algunas explicaciones.
—La policía parisiense es sumamente hábil a su manera —dijo—. Es perseverante, ingeniosa, astuta y muy versada en los conocimientos que sus deberes exigen. Así, cuando G... nos explicó su manera de registrar la mansión de D.., tuve plena confianza en que había cumplido una investigación satisfactoria, hasta donde podía alcanzar.
—¿Hasta donde podía alcanzar? —repetí.
—Sí —dijo Dupin—, Las medidas adoptadas no solamente eran las mejores en su género, sino que habían sido llevadas a la más absoluta perfección. Si la carta, hubiera estado dentro del ámbito de su búsqueda, no cabe la menor duda de que los policías la hubieran encontrado.
Me eche a reír, pero Dupin parecía hablar muy en serio.
—Las medidas —continuó— eran excelentes en su género, y fueron bien ejecutadas; su defecto residía en que eran inaplicables al caso y al hombre en cuestión.. Una cierta cantidad de recursos altamente ingeniosos constituyen para el prefecto una especie de lecho de Procusto, en el cual quiere meter a la fuerza sus designios. Continuamente se equivoca por ser demasiado profundo o demasiado superficial para el caso, y más de un colegial razonaría mejor que él. Conocí a uno que tenía ocho años y cuyos triunfos en el juego de "par e impar" atraían la admiración general. El juego es muy sencillo y se juega con bolitas. Uno de los contendientes oculta en la mano cierta cantidad de bolitas y pregunta al otro. "¿Par o impar?" Si éste adivina correctamente, gana una bolita, si se equivoca, pierde una. El niño de quien hablo ganaba todas las bolitas de la escuela. Naturalmente tenía un método de adivinación que consistía en la simple observación y en el cálculo de la astucia de sus adversarios.. Supongamos que uno de éstos sea un perfecto tonto y que, levantando la mano cerrada, le pregunta: "¿Par o impar?" Nuestro colegial responde: "Impar", y pierde, pero a la segunda vez gana, por cuanto se ha dicho a sí mismo "El tonto tenía pares la primera vez, y su astucia no va más allá de preparar impares para la segunda vez. Por lo tanto, diré impar." Lo dice, y gana. Ahora bien, —si le toca jugar con un tonto ligeramente superior al anterior, razonará en la siguiente forma: "Este muchacho sabe que la primera vez elegí impar, y en la segunda se le ocurrirá como primer impulso pasar de par a impar, pero entonces un nuevo impulso le sugerirá que la variación es demasiado sencilla, y finalmente se decidirá a poner bolitas pares como la primera vez. Por lo tanto, diré pares." Así lo hace, y gana. Ahora bien, esta manera de razonar del colegial, a quien sus camaradas llaman "afortunado", en ¿qué consiste si se la analiza con cuidado?
—Consiste —repuse—, en la identificación del intelecto del razonador con el de su oponente.
—Exactamente —dijo Dupin—. Cuando pregunté al muchacho de qué, manera lograba esa total identificación en la cual residían sus triunfos, me contestó: "Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero hasta que pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara." Esta respuesta del colegial está en la base de toda la falsa profundidad atribuida a La Rochefoucauld, La Bruyére, Maquiavelo y Campanella.
—Si comprendo bien —dije— la identificación del intelecto del razonador con el de su oponente depende de la precisión con que se mida la inteligencia de este último.
—Depende de ello para sus resultados prácticos —replicó Dupin—, y el prefecto y sus cohortes fracasan con tanta frecuencia, primero por no lograr dicha identificación y segundo por medir mal —o, mejor dicho, por no medir— el intelecto con el cual se miden. Sólo tienen en cuenta sus propias ideas ingeniosas y, al buscar alguna cosa oculta, se fijan solamente en los métodos que ellos hubieran empleado para ocultarla. Tienen mucha razón en la medida en que su propio ingenio es fiel representante de la masa; pero, cuando la astucia del malhechor posee un carácter distinto de la suya, aquel los derrota, como es natural. Esto ocurre siempre cuando se trata de una astucia superior a la suya y, muy frecuentemente, cuando está por debajo. Los policías no admiten variación de principio en sus investigaciones, a lo sumo, si se ven apurados por algún caso insólito, o movidos por una recompensa extraordinaria, extienden o exageran sus viejas modalidades rutinarias, pero sin tocar los principios. Por ejemplo, en este asunto de D..., ¿Qué se ha hecho para modificar el principio de acción? ¿Qué son esas perforaciones, esos escrutinios con el microscopio, esa división de la superficie del edificio en pulgadas cuadradas numeradas? ¿Qué representan sino la aplicación exagerada del principio o la serie de principios que rigen una búsqueda, y que se basan a su vez en una serie de nociones sobre el ingenio humano, a las cuales se ha acostumbrado el prefecto en la prolongada rutina de su tarea? ¿No ha advertido que G... da por sentado que todo hombre esconde una carta, si no exactamente en un agujero practicado en la pata de una silla, por lo menos en algún agujero —o rincón sugerido por la misma línea de pensamiento que inspira la idea de esconderla en un agujero hecho en la pata de una silla? Observe asimismo que esos escondrijos rebuscados sólo se utilizan en ocasiones ordinarias, y sólo serán elegidos por inteligencias igualmente ordinarias; vale decir que en todos los casos de ocultamiento cabe presumir, en primer término, que se lo ha efectuado dentro de esas líneas; por lo tanto, su descubrimiento no depende en absoluto de la perspicacia, sino del cuidado, la paciencia y la obstinación de los buscadores; y si el caso es de importancia (o la recompensa magnífica, lo cual equivale a la misma cosa a los ojos de los policías), las cualidades aludidas no fracasan jamás. Comprenderá usted ahora lo que quiero decir cuando sostengo que si la carta robada hubiese estado escondida en cualquier parte dentro de los límites de la perquisición del prefecto (en otras palabras, si el principio rector de su ocultamiento hubiera estado comprendido dentro de los principios del prefecto) hubiera sido descubierta sin la más mínima duda. Pero nuestro funcionario ha sido mistificado por completo, y la remota fuente de su derrota yace en su suposición de que el ministro es un loco porque ha logrado renombre como poeta. Todos los locos son poetas en el pensamiento del prefecto, de donde cabe considerarlo culpable de un non distributio medii por inferir de lo anterior que todos los poetas son locos.
—Pero se trata realmente del poeta? —pregunté—. Sé que D... tiene un hermano, y que ambos han logrado reputación en el campo de las letras. Creo que el ministro ha escrito una obra notable sobre el cálculo diferencial. Es un matemático y no un poeta.
—Se equivoca usted. Lo conozco bien, y sé que es ambas cosas. Como poeta y matemático es capaz de razonar bien, en tanto que como mero matemático hubiera sido capaz de hacerlo y habría quedado a merced del prefecto.
—Me sorprenden esas opiniones, —dije—,que el consenso universal contradice. Supongo que no pretende usted aniquilar nociones que tienen siglos de existencia sancionada. La razón matemática fue considerada siempre como la razón por excelencia.
—Il y a à parier —replicó Dupin, citando a Chamfort— que toute idée publique, toute convention reque est une sottise, car elle a convenu au plus grand nombre. Le aseguro que los matemáticos han sido los primeros en difundir el error popular al cual alude usted, y que no por difundido deja de ser un error. Con arte digno de mejor causa han introducido, por ejemplo, el término "análisis" en las operaciones algebraicas. Los franceses son los causantes de este engaño, pero si un término tiene alguna importancia, si las palabras derivan su valor de su aplicación, entonces concedo que "análisis" abarca "álgebra", tanto como en latín ambitus implica "ambición"; religio, ."religión", u homines honesti, la clase de las gentes honorables.
—Me temo que se malquiste usted con algunos de los algebristas de París. Pero continúe.
—Niego la validez y, por tanto, los resultados de una razón cultivada por cualquier procedimiento especial que no sea el lógico abstracto. Niego, en particular, la razón extraída del estudio matemático. Las matemáticas constituyen la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simplemente la lógica aplicada a la observación de la forma y la cantidad. El gran error está en suponer que incluso las verdades de lo que se denomina álgebra pura constituyen verdades abstractas o generales. Y este error es tan enorme que me asombra se lo haya aceptado universalmente. Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general. Lo que es cierto de la relación (de una forma y la cantidad) resulta con frecuencia erróneo aplicado, por ejemplo, a la moral. En esta última ciencia suele no ser cierto que el todo sea igual a la suma de las partes. También en química este axioma no se cumple. En la consideración de los móviles falla igualmente, pues dos móviles de un valor dado no alcanzan necesariamente al sumarse un valor equivalente a la suma de sus valores. Hay muchas otras verdades matemáticas que sólo son tales dentro de los límites de la relación. Pero el matemático, llevado por el hábito, arguye, basándose en sus verdades finitas, como si tuvieran una aplicación general, cosa que por lo demás la gente acepta y cree. En su erudita Mitología, Bryant alude a una análoga fuente de error cuando señala que, "aunque no se cree en las fábulas paganas, solemos olvidarnos de ello y extraemos consecuencias como si fueran realidades existentes". Pero para los algebristas, que son realmente paganos, las "fábulas paganas" constituyen materia de credulidad, y las inferencias que de ellas extraen no nacen de un descuido de la memoria sino de un inexplicable reblandecimiento mental. Para resumir: Jamás he encontrado un matemático en quien se pudiera confiar fuera de sus raíces y sus ecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe que x2 +px es absoluta e incondicionalmente igual a q. Por vía de experimento, diga a uno de esos caballeros que, en su opinión, podrían darse casos en que x2 + px no fuera absolutamente igual a q; pero, una vez que le haya hecho comprender lo que quiere decir, sálgase de su camino lo antes posible, porque es seguro que tratará de golpearlo.
—Lo que busco indicar —agregó Dupin, mientras yo reía de sus últimas observaciones— es que, si el ministro hubiera sido sólo un matemático, el prefecto no se habría visto en la necesidad de extenderme este cheque. Pero sé que es tanto matemático como poeta, y mis medidas se han adaptado a sus capacidades, teniendo en cuenta las circunstancias que lo rodeaban. Sabía que es un cortesano y un audaz intrigant. Pensé que un hombre semejante no dejaría de estar al tanto de los métodos policiales ordinarios. Imposible que no anticipara (y los hechos lo han probado así) los falsos asaltos a que fue sometido. Reflexioné que igualmente habría previsto las pesquisiciones secretas en su casa. Sus frecuentes ausencias nocturnas, que el prefecto consideraba una excelente ayuda para su triunfo, me parecieron simplemente astucias destinadas a brindar oportunidades a la perquisición y convencer lo antes posible a la policía de que la carta no se hallaba en la casa, como G... terminó finalmente por creer. ¡Me pareció asimismo que toda la serie de pensamientos que con algún trabajo acabo de exponerle y que se refieren al principio invariable de la acción policial en sus búsquedas de objetos ocultos, no podía dejar de ocurrirsele al ministro. Ello debía conducirlo inflexiblemente a desdeñar todos los escondrijos vulgares. Reflexioné que ese hombre no podía ser tan simple como para no comprender que el rincón más remoto e inaccesible de su morada estaría tan abierto como el más vulgar de los armarios a los ojos, las sondas, los barrenos los microscopios del prefecto.
Vi, por último, que D... terminaría necesariamente en la simplicidad, si es que no la adoptaba por una cuestión de gusto personal. Quizá recuerde usted con qué ganas rió el prefecto cuando, en nuestra primera entrevista, sugerí que acaso el misterio lo perturbaba por su absoluta evidencia.
—Me acuerdo muy bien —respondí—. Por un momento pensé que iban a darle convulsiones.
—El mundo material —continuó Dupin— abunda en estrictas analogías con el inmaterial, y ello tiñe de verdad el dogma retórico según el cual la metáfora o el símil sirven tanto, para reforzar un argumento como para embellecer una descripción. El principio de la vis inertiae, por ejemplo, parece idéntico en la física y en la metafísica. Si en la primera es cierto que resulta más difícil poner en movimiento un cuerpo grande que uno pequeño, y que el impulso o cantidad de movimiento subsecuente se hallara en relación con la dificultad, no menos cierto es en metafísica que los intelectos de máxima capacidad, aunque más vigorosos, constantes y eficaces en sus avances que los de grado inferior, son más lentos en iniciar dicho avance y se muestran más embarazados y vacilantes en los primeros pasos. Otra cosa: ¿ Ha observado usted alguna vez, entre las muestras de las tiendas, cuáles atraen la atención en mayor grado?
—Jamás se me ocurrió pensarlo —dije.
"Hay un juego de adivinación —continuó Dupin— que se juega con un mapa. Uno de los participantes pide a otro que encuentre una palabra dada: el nombre de una ciudad, en río, un Estado o un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir a su oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños, mientras que el buen jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras de una parte a la otra del mapa. Estos últimos, al igual que las muestras y carteles excesivamente grandes, escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta consideraciones excesivas y palpablemente evidentes. De todos modos, es éste un asunto que se halla por encima o por debajo del entendimiento del prefecto. Jamás se le ocurrió como probable o posible que el ministro hubiera dejado la carta delante de las narices del mundo entero, a fin de impedir mejor que una parte de ese mundo pudiera verla.
"Cuanto más pensaba en el audaz, decidido y característico ingenio de D.... en que el documento debía hallarse siempre a mano si pretendía servirse de él para sus fines, y en la absoluta seguridad proporcionada por el prefecto de que el documento no se hallaba oculto dentro de los límites de las búsquedas ordinarias de dicho funcionario, más seguro me sentía de que, para esconder la carta, el ministro había acudido al más amplio y sagaz de los expedientes: el no ocultarla.
"Compenetrado de estas ideas, me puse un par de anteojos verdes, y una hermosa mañana acudí como por casualidad a la mansión ministerial. Hallé a D... en casa, bostezando, paseándose sin hacer nada y pretendiendo hallarse en el colmo del ennui. Probablemente se trataba del más activo y enérgico de los seres vivientes, pero eso tan sólo cuando nadie lo ve.
"Para no ser menos, me quejé del mal estado de mi vista y de la necesidad de usar anteojos, bajo cuya protección pude observar cautelosa pero detalladamente el aposento, mientras en apariencia seguía con toda atención las palabras de mi huesped.
"Dediqué especial cuidado a una gran mesa-escritorio junto a la cual se sentaba D..., y en la que aparecían mezcladas algunas cartas y papeles, juntamente con un par de instrumentos musicales y unos pocos libros. Pero, después de un prolongado y atento escrutinio, no vi nada que procurara mis sospechas.
"Dando la vuelta al aposento, mis ojos cayeron por fin sobre un insignificante tarjetero de cartón recortado que colgaba, sujeto por una sucia cinta azul, de una pequeña perilla de bronce en mitad de la repisa de la chimenea. En este tarjetero, que estaba dividido en tres o cuatro compartimentos, vi cinco o seis tarjetas de visitantes y una sola carta. Esta última parecía muy arrugada y manchada. Estaba rota casi por la mitad, como si a una primera intención de destruirla por inútil hubiera sucedido otra. Ostentaba un gran sello negro, con el monograma de D... muy visible, y el sobrescrito, dirigido al mismo ministro revelaba una letra menuda y femenina. La carta había sido arrojada con descuido, casi se diría que desdeñosamente, en uno de los compartimentos superiores del tarjetero.
"Tan pronto hube visto dicha carta, me di cuenta de que era la que buscaba. Por cierto que su apariencia difería completamente de la minuciosa descripción que nos había leído el prefecto. En este caso el sello era grande y negro, con el monograma de D...; en el otro, era pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S... El sobrescrito de la presente carta mostraba una menuda y femenina, mientras que el otro, dirigido a cierta persona real, había sido trazado con caracteres firmes y decididos. Sólo el tamaño mostraba analogía. Pero, en cambio, lo radical de unas diferencias que resultaban excesivas; la suciedad, el papel arrugado y roto en parte, tan inconciliables con los verdaderos hábitos metódicos de D.... y tan sugestivos de la intención de engañar sobre el verdadero valor del documento; todo ello, digo, sumado a la ubicación de la carta, insolentemente colocada bajo los ojos de cualquier visitante, y coincidente, por tanto, con las conclusiones a las que ya había arribado, corroboraron decididamente las sospechas de alguien que había ido allá con intenciones de sospechar.
"Prolongué lo más posible mi visita y, mientras discutía animadamente con el ministro acerca de un tema que jamás ha dejado de interesarle y apasionarlo, mantuve mi atención clavada en la carta. Confiaba así a mi memoria los detalles de su apariencia exterior y de su colocación en el tarjetero; pero terminé además por descubrir algo que disipó las últimas dudas que podía haber abrigado. Al mirar atentamente los bordes del papel, noté que estaban más ajados de lo necesario. Presentaban el aspecto típico de todo papel grueso que ha sido doblado y aplastado con una plegadera, y que luego es vuelto en sentido contrario, usando los mismos pliegues formados la primera vez. Este descubrimiento me bastó. Era evidente que la carta había sido dada vuelta como un guante, a fin de ponerle un nuevo sobrescrito y un nuevo sello. Me despedí del ministro y me marché en seguida, dejando sobre la mesa una tabaquera de oro.
"A la mañana siguiente volví en busca de la tabaquera, y reanudamos placenteramente la conversación del día anterior. Pero, mientras departíamos, oyóse justo debajo de las ventanas un disparo como de pistola, seguido por una serie de gritos espantosos y las voces de una multitud aterrorizada. D... —corrió a una ventana, la abrió de par en par y miró hacia afuera. Por mi parte, me acerqué al tarjetero, saqué la carta, guardándola en el bolsillo, y la reemplacé por un facsímil (por lo menos en el aspecto exterior) que había preparado cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D... con ayuda de un sello de miga de pan.
"La causa del alboroto callejero había sido la extravagante conducta de un hombre armado de un fusil, quien acababa de disparar el arma contra un grupo de mujeres y niños. Comprobóse, sin embargo, que el arma no estaba cargada, y los presentes dejaron en libertad al individuo considerándolo borracho o loco. Apenas se hubo alejado, D... se apartó de la ventana, donde me le había reunido inmediatamente después de apoderarme de la carta. Momentos después me despedí de él. Por cierto que el pretendido lunático había sido pagado por mí."
—¿Pero que intención tenía usted —pregunté— al reemplazar la carta por un facsímil? ¿No hubiera sido preferible apoderarse abiertamente de ella en su primera visita, y abandonar la casa?
—D... es un hombre resuelto a todo y lleno de coraje —repuso Dupin—. En su casa no faltan servidores devotos a su causa. Si me hubiera atrevido a lo que usted sugiere, jamás habría salido de allí con vida. El buen pueblo de París no hubiese oído hablar nunca más de mí. Pero, además, llevaba una segunda intención. Bien conoce usted mis preferencias políticas. En este asunto he actuado como partidario de la dama en cuestión. Durante dieciocho meses, el ministro la tuvo a su merced. Ahora es ella quien lo tiene a él, pues, ignorante de que la carta no se halla ya en su posesión, D... continuará presionando como si la tuviera. Esto lo llevará inevitablemente a la ruina política. Su caída, además, será tan precipitada como ridícula. Está muy bien hablar del facilis descensus Averni; pero, en materia de ascensiones, cabe decir lo que la Catalani decía del canto, o sea, que es mucho más fácil subir que bajar. En el presente caso no tengo simpatía —o, por lo menos, compasión— hacia el que baja. D... es el monstrum horrendum, el hombre de genio carente de principios. Confieso, sin embargo, que me gustaría conocer sus pensamientos cuando, al recibir el desafío de aquella a quien el prefecto llama "cierta persona", se vea forzado a abrir la carta que le dejé en el tarjetero.
—¿Cómo? ¿Escribió usted algo en ella?
—¡Vamos, no me pareció bien dejar el interior en blanco! Hubiera sido insultante. Cierta vez, en Viena, D... me jugó una mala pasada, y sin perder el buen humor le dije que no la olvidaría. De modo que, como no dudo de que sentirá cierta curiosidad por saber quién se ha mostrado más ingenioso que él, pensé que era una lástima no dejarle un indicio. Como conoce muy bien mi letra, me limité a copiar en mitad de la página estas palabras:
... Un dessein si funeste,
S'iI n'est digne d'Atrée, est digne de Thyeste.
Las hallará usted en el Atrée de Crébillon.

FABULAS DE ROBOTS DE STANSILAW LEM

Escrito por imagenes 16-04-2008 en General. Comentarios (0)

FABULAS DE ROBOTS DE STANSILAW LEM



Fábulas de Robots

De

Stansilaw Lem





Los Tres Electro Guerreros
Las Orejas de Uranio
De cómo Erg Autoexcitador Venció a Paliducho
Los Dos Monstruos
La Muerte Blanca
De cómo Micromil y Cigaciano Provocaron la Fuga de las Nebulosas
Leyenda de la Calculadora que Luchó contra el Dragón
Los Consejeros del rey Hidropsio
El Amigo de Automateo
El Rey Globaldo y los Sabios
Leyenda del Rey Murdano
El Príncipe Ferriciano y la Princesa Cristalia
Cómo se Salvó el Mundo
La Máquina de Trurl
La Gran Paliza




Los Tres Electroguerreros


Erase una vez un inventor que continuamente ideaba y construía extraordinarios aparatos. Construyó una máquina pequeñísima que cantaba maravillosamente y a la que dio el nombre de pajarolezna. Se hizo un sello con un corazón y ponía esta marca a cada átomo que salía de sus manos, que luego para asombro de los sabios que en sus análisis espectrales atómicos descubrieron aquel reluciente corazoncito.

Este gran inventor construyó muchas máquinas muy útiles, grandes y pequeñas, y hasta se le ocurrió la idea realmente insólita de asociar en una sola cosa la muerte y la vida para así conseguir lo inalcanzable. Decidió crear unos seres racionales a partir del agua, pero nada de espantosos cuerpos blandos y húmedos. Lo que deseaba era crear con el agua unos seres realmente hermosos e inteligentes, es decir, cristalinos.

Buscó un planeta, muy alejado de todos los soles, de cuyo helado océano extrajo unos enormes bloques de hielo con los cuales esculpió a los Criónidas, los nuevos seres por él imaginados.

Pero estos seres solamente podían existir en el frío más espantoso y en el vacío sin sol. Los Criónidas no tardaron en edificar ciudades y palacios de hielo, pero el más mínimo calor representaba su perdición, de manera que se las arreglaron para atrapar las auroras boreales, meterlas en unos utensilios transparentes e iluminar con ellas sus viviendas. Cuanto más poderosos eran los Criónidas, tenían más auroras boreales amarillas y plateadas, y vivían muy felices con sus luces y sus famosas joyas, extraídas de los gases congelados. Adornaban con sus vivos colores su noche eterna en la que, al igual que espíritus -cautivos, aquellas joyas resplandecían bajo la tenue luz de las auroras boreales como mágicas nebulosas en bloques de cristal.

Muchos del cosmos codiciaban aquel tesoro, pues Crionia podía divisarse desde una distancia enorme, centelleante como una joya girando lentamente sobre un oscuro terciopelo.

Así que varios aventureros llegaron a Crionia para probar fortuna. El primero fue el electroguerrero Cupricio. Comenzó a caminar y sus pasos resonaban sobre el hielo como campanadas, pero al instante el hielo se derritió bajo sus plantas, cayó al océano glacial y las olas se lo tragaron. Y desde entonces sigue Cupricio en el fondo de los mares de Crionia, encerrado como un gusano de seda en su capullo, en su tumba de hielo.

Sin embargo, el fracaso de Cupricio no desanimó a otros osados conquistadores. Tras él llegó a Crionia el electroguerrero Ferricio. Se llenó de helio líquido, que borboteaba dentro de su cuerpo de acero, y la escarcha, al formarse sobre su armadura, lo hacía parecer un enorme copo de nieve. Pero al volar sobre la superficie del planeta, se inflamó debido al rozamiento con la capa atmosférica, el helio líquido se evaporó y se le escapó del cuerpo y Ferricio, reluciente como una flecha al rojo, cayó sobre las rocas heladas, que se abrieron de pronto. Salió de allí en medio de nubes de vapor, como de un géiser hirviente; pero todo cuanto tocaba se convertía en una nube blanca de la que caía la nieve. Así que, se sentó y esperó hasta enfriarse y tan pronto como los copos de nieve dejaron de derretirse sobre los guardabrazos de su armadura, quiso levantarse y lanzarse al combate, pero la grasa de sus articulaciones se había endurecido y no podía ni siquiera enderezarse. Así quedó Ferricio hasta nuestros días y la nieve lo ha convertido en un monte blanco del que sólo asoma la aguda punta de su yelmo. El monte se llama desde entonces Monte de Ferricio.

El tercero de los electroguerreros, Cuarciano, se enteró del destino de los otros dos. De día se parecía Cuarciano a una lente pulida, mientras que de noche semejaba el reflejo de una estrella. Este atrevido conquistador no temía que el aceite que lubrificaba sus miembros se helara, puesto que no tenía, ni que el hielo se rompiera bajo sus plantas, ya que podía permanecer tan frío como quisiera. Solamente debía evitar una cosa: pensar frenéticamente, pues ello recalentaba su cerebro de cuarzo y podía ser su perdición. Sin embargo, decidió intentarlo, seguro de salvar la vida y triunfar de los Criónidas.

Voló hasta el planeta a través de la eterna noche helada de las galaxias, mientras los meteoros metálicos que durante su vuelo rozaban su pecho estallaban en pedazos, sonando como el vidrio. Llegó por fin sobre las blancas nieves de Crionia, bajo su velo negrísimo.

Cuarciano reflexionó sobre lo que iba a hacer pero la nieve empezó a derretirse a su alrededor.

-¡Vaya, vaya -dijo para sí Cuarciano-, esto no me gusta! Bien, con tal de no pensar, todo irá bien.

Y el electroguerrero decidió repetir esa frase Por si acaso, puesto que no requería ningún esfuerzo mental, y, gracias a ello, no se recalentaría su cerebro. Cuarciano empezó a marchar por el desierto nevado, sin pensar en nada para conservarse totalmente frío. Caminó largo rato hasta llegar a las murallas de hielo de Frigidia, la capital de los Criónidas. Sin pensárselo dos veces, se lanzó de cabeza contra las blancas almenas, hasta que la gente escondida se mostró, pero sin resultado.

-Probemos de otra manera -dijo para sí el electroguerrero, y pensó cuánto eran dos por dos. Tan pronto como se le ocurrió esta idea, su cabeza se calentó un poquito y peor segunda vez embistió como un ariete contra las murallas refulgentes, pero así tampoco logró nada.

-No basta -se dijo Cuarciano-. Probemos con algo más difícil. ¿Cuánto son tres por tres?

Esta vez su cabeza se rodeó de una nube de chispas y con el calor de tan intenso pensamiento, la nieve se derritió en el acto. De manera que Cuarciano retrocedió para coger carrerilla, y se lanzó contra la muralla con tal fuerza que la traspasó, y tras ella dos palacios y tres casas de los grafistas helados; fue a caer sobre unas grandes escalinatas, agarrándose a la baranda de carámbanos, pero los peldaños parecían una pista de patinaje. Se incorporó rápidamente, pues a su alrededor todo estaba derritiéndose y - corría el riesgo de rodar hacia el fondo y hundirse en el abismo glacial, donde quedaría congelado por los siglos de los siglos.

« ¡Calma, calma! Con tal de no pensar, todo saldrá bien -pensó el electroguerrero-. Dejaremos que las cosas se enfríen.»

Salió del túnel de hielo que se había abierto bajo su calor y se encontró en medio de una gran plaza, profusamente iluminada por auroras boreales, que parpadeaban con su luz esmeralda y plateada en lo alto de unas columnas de cristal.

Le salió al encuentro, centelleante como una estrella, un gigantesco caballero, llamado Bóreo, jefe de los Criónidas. Cuarciano, sin inmutarse, se lanzó al ataque, imitado por su adversario. Se oyó un estruendo espantoso, como cuando dos icebergs chocan en el Mar del Norte. La refulgente diestra de Bóreo rodó por el suelo, separada del tronco; pero no se amilanó éste; valientemente, siguió peleando y se volvió, presentando su pecho, tan ancho. como un auténtico iceberg a enemigo. Este volvió a tomar carrerilla y nuevamente embistió como un ariete.

El cuarzo era mucho más duro y compacto que el hielo, de manera que Bóreo se desmoronó estrepitosamente, como un alud rodando por las rocas, y pulverizado, quedó tendido bajo la luz de las auroras boreales.

-¡Victoria! -gritó Cuarciano, y despojó a su enemigo de sus maravillosas joyas: anillos incrustrados de hidrógeno, broches refulgentes, parecidos a los diamantes, pero tallados en tres gases nobles: argón, criptón y xenón. Pero ante aquellas joyas tan hermosas se inflamó de emoción y los brillantes, con un silbido, se le evaporaron entre los dedos, hasta que nada le quedó, salvo unas gotas de rocío, que a su vez muy pronto se volatizaron.

-¡Vaya! Está visto que tampoco hay que emocionarse. ¡Bueno, con tal de no calentarse la cabeza, todo saldrá bien!

El electroguerrero siguió adelante por el terreno conquistado. De pronto divisó a lo lejos una forma enorme. Era el general-mineral Albucio, cuyo ancho pecho estaba cubierto de varias hileras de condecoraciones parecidas a carámbanos, atravesadas por la glacial faja de la Gran Estrella de la Escarcha. El general, guardián de los tesoros reales, cerró el paso a Cuarciano, que se lanzó a su encuentro como un huracán, y los dos adversarios chocaron con estruendo de témpanos. Acudió en ayuda de Albucio el príncipe Asteroido, que gobernaba el país del hielo negro.

Cuarciano no podía con este nuevo enemigo, pues el príncipe llevaba una costosa armadura nitrogenada templada en helio, y de ella salía tanto hielo que el ímpetu de Cuarciano se debilitó y las auroras boreales palidecieron al reinar ..por doquier el cero absoluto.

Cuarciano se detuvo, pensando: «¡Socorro! ¿Qué pasa?»

A causa de su asombro, se le recalentó el cerebro, con lo que el cero absoluto dejó de existir al calentarse la atmósfera y el electroguerrero cómo el príncipe Asteroido empezaba a desmoronarse, en medio de un gran fragor, hasta que en el campo de batalla sólo quedó un monde hielo negro del que el agua manaba como lágrimas.

«¡Bravo! -pensó Cuarciano-. Con tal de calentarse la cabeza solamente en caso de apuro, todo saldrá bien; mío es el triunfo ... »

Y siguió adelante; sus pasos sonaban como si ,un gigantesco martillo golpeara el hielo cristal¡no; pisaba fuerte por las calles de Frigidia, y sus habitantes, angustiados, espiaban sus movimientos desde las ventanas bajo los níveos aleros. Iba Cuarciano volando por la Vía Láctea como un enfurecido meteoro cuando, de pronto, divisó a lo lejos una pequeña figura solitaria. Era la de Barión, el sabio más grande de Crionia, por todos conocido con el nombre de Hielodio.

Cuarciano se lanzó como un rayo para aplastarle. de un golpe, pero el otro se limitó a dar un paso de lado y sin inmutarse no hizo más que un signo con dos dedos levantados hacia su enemigo. Este, sin hacer caso de aquel signo que no entendía, se volvió y arremetió con más furia su adversario; pero nuevamente Hielodio se apartó, evitando el golpe del electroguerrero y rápidamente le hizo otra seña con un solo dedo levantado. Cuarciano se extrañó un poco esta vez, disminuyó su empuje, pero volvió a lanzarse al tiempo que reflexionaba sobre aquella aparición tan rara; al calentarse la cabeza, el agua comenzó a chorrear de los edificios más cercanos, pero no se dio cuenta de ello al fijarse en Hielodio, que ahora le mostraba un círculo formado con los dedos de una mano, mientras que con el pulgar de la otra atravesaba el círculo una y otra vez.

Tremendamente intrigado, Cuarciano estaba pensando y pensando en lo que esos gestos podían significar, y se hizo el vacío bajo sus plantas, un agua negra manó del abismo que acababa de abrirse y el electroguerrero cayó como una piedra, hundiéndose en las profundidades, pensando por última vez: «¡Con tal de no pensar, todo saldrá bien!» Pero su suerte ya estaba echada.

Luego, los Criónidas agradecidos le preguntaron a su salvador lo que significaban aquellas señales que le había hecho al terrible electroguerrero.

-La cosa no puede ser más sencilla -contestó el sabio Hielodio-. Los dos dedos levantados querían decir que éramos dos, él y yo. Un dedo solo significaba que de nosotros dos solamente iba a quedar uno. Luego le enseñé el círculo, con lo que le avisaba de que el hielo se abriría a su alrededor y el negro océano se lo tragaría para siempre. Pero nuestro enemigo no supo entender esta señal, lo mismo que no comprendió las otras dos.

-¡Qué gran sabio eres! -exclamaron los Criónidas estupefactos-. Pero ¿por qué hiciste esas señales al espantoso agresor? ¿Qué hubiera ocurrido si hubiese comprendido y no se hubiera asombrado? Está claro que en tal caso no se hubiera calentado los sesos y no se hubiera abierto el abismo insondable bajo sus pies...

-¡Ja, ja! Sabía que eso no iba a ocurrir -contestó sonriendo el sabio Hielodio-, pues daba por supuesto que no iba a entender nada. Si nuestro enemigo hubiese tenido una pizca de inteligencia, no habría llegado hasta aquí. ¿Cómo puede venir a nosotros un ser que vive bajo el sol? ¿Qué podía hacer con joyas talladas congeladas y plateadas estrellas de hielo?

Quienes le escuchaban se asombraron del ingenio de1 sabio y se volvieron tranquilos a sus casas, donde les esperaba su querido hielo.

A partir de entonces, ya nadie intentó llegar a Crionia pues no había tales tontos en el cosmos, aunque hay quien asegura que todavía quedan bastantes, pero no conocen el camino.






Las Orejas de Uranio


Erase una vez un ingeniero cosmogónico que aclaraba las estrellas para poner fin a la oscuridad. Llegó a la nebulosa de Andrómeda, que todavía estaba llena de nubes negras. Se puso a darle vueltas y en cuanto la nebulosa se movió, utilizó sus .rayos. Tenía tres rayos: rojos, violeta e invisibles. Cogió el primer rayo y lo dirigió a un gran globo estelar, que inmediatamente se convirtió en una gigantesca estrella roja, pero dentro de la nebulosa no se hizo la luz. Entonces, agarró otra estrella y le introdujo el segundo rayo, el violeta, hasta que se blanqueó. Luego, le dijo a su discípulo:

-Vigila esa estrella, mientras voy a encender las otras.

El discípulo estuvo esperando mil años y luego otros mil, pero el ingeniero no volvía. Se aburrió de tanto esperar. Agarró una estrella, la retorció y de blanca se volvió azul. Eso le gustó y pensó que ya lo sabía todo.

Trató de retorcer otra estrella, pero esta vez se quemó. Rebuscó en la caja que había dejado el ingeniero cosmogónico, pero no encontró nada en ella, nada de nada. Entonces observó que ni siquiera tenía fondo. Supuso que allí estaría el rayo invisible; entonces se le ocurrió meterlo en una estrella, pero no sabía cómo. Agarró la caja y la tiró al fuego. En ese instante, todas las nubes de Andrómeda se iluminaron como si miles de soles brillaran de pronto y en toda la nebulosa parecía pleno día. El discípulo se alegró mucho, pero no duró su regocijo, pues la estrella estalló.

Al ver aquel desastre, el ingeniero cosmogónico acudió volando, y como no quería perder nada, agarro las llamas y con ellas hizo unos planetas: el primero de gas, el segundo de carbón y para el tercero solamente le quedaban los metales más pesados, de los que salió el planeta Actinuria.

El ingeniero cosmogónico, tras abrazar a su creación, reemprendió su vuelo diciendo: -Regresaré dentro de cien millones de años. Ya veremos lo que sale de todo esto. -Y se fue en busca de su discípulo, que había escapado lleno de espanto.

En Actinuria, surgió el gran estado de los platinidas. Estos soles eran tan pesados que sólo por Actinuria podían caminar, puesto que en los demás planetas el suelo se hubiese hundido bajo sus pies, y cuando gritaban, los -montes se derrumbaban. Sin embargo, en sus casas no hacían ruido, ni se atrevían a levantar la voz, pues su rey, Argitorio, era el más cruel de los tiranos.

Argitorio vivía en un palacio labrado en una montaña de platino en el que había seiscientas salas enormes, en cada una de las cuales descansaba la palma de una de sus manos. No podía salir del palacio, pero sus espías andaban por todas partes. El rey Argitorio era muy desconfiado y atormentaba a sus súbditos.

Los platinidas no necesitaban lámparas ni fuego alguno por la noche, puesto que todos los montes de su planeta eran radiactivos y daban luz más que suficiente. De día, cuando el sol pegaba fuerte, dormían en el interior de sus montes y solamente por las noches salían a los valles metálicos. Pero el cruel Argitorio los mandó a todos a trabajar en los hornos, donde metían bloques de uranio procedentes de todo el país y fundían platino.

Cada platinida debía presentarse en el palacio real, donde tomaban las medidas de su armadura, compuesta por los guardabrazos, los guantelet, los quijotes, la visera y el yelmo, todo ello autorreluciente, pues las piezas eran de chapa de uranio, y lo que más les relucía eran las orejas.

A partir de entonces, los platinidas ya no pudieron reunirse, puesto que si se juntaban demasiado, el grupo estallaba . De manera que no tuvieron más remedio que vivir en solitario, saludándose de 'lejos y siempre con miedo a provocar una reacción en cadena, mientras que Argitorío se frotaba. las manos al verlos tan tristes y los cargaba con más impuestos. El tesoro del rey, escondido en el interior de la montaña, estaba compuesto por monedas de plomo, pues este metal era el que menos abundaba en Actinuria y su valor era superior al de todos los demás.

Bajo la tiranía de Argitorio los habitantes de Actinuria sufrían mucho. Algunos deseaban sublevarse contra él y pronto se pusieron de acuerdo para acabar con el cruel monarca; pero la conjura fracasó por culpa de los menos inteligentes, que siempre se acercaban a los demás preguntando de qué se trataba, y a causa de su necedad, la conspiración se descubrió en seguida.

En Actinuria había un joven inventor llamado Pirón, que, entre otras cosas, sabía fabricar unos hilos de platino tan finos que con ellos se podía tejer una red en la que las propias nubes quedaban prendidas. Pirón inventó el telégrafo de hilo y luego llegó a estirarlo tanto, que el hilo dejó de existir y así nació el telégrafo sin hilo. Este invento entusiasmó a los habitantes de Actinuria, pues pensaron que gracias a él podrían conspirar sin miedo; pero el astuto Argitorio escuchaba todas las conversaciones gracias a sus seiscientos receptores de platino., y en cuanto oía la palabra «motín» o «rebelión», lanzaba un rayo que fulminaba a los conspiradores.

Entonces, Pirón decidió engañar al tirano. Al hablar con sus amigos, en lugar de «motín» decía «zapatos», y en vez de «conspirar» decía «fundir», y así fue preparando la insurrección.

Argitorio nada recelaba al escuchar las conversacíones de sus súbditos y se preguntaba qué manía les había entrado de repente con tanta zapatería; pero no sabía que cuando hablaban de «ponerse las botas», significaba «condenar a la hoguera», y que los «zapatos estrechos» eran su tiranía.

Sin embargo, aquellos a quienes Pirón se dirigía no siempre le entendían, puesto que no podía comunicar sus planes a no ser que comprendie ran el lenguaje zapateril. Se esforzaba en hacerse entender como podía, pero, para los más obtusos, tuvo la imprudencia de telegrafiar la frase «desgarrar la correa de plutonio» en lugar de decir «la suela de cuero». El tirano se alarmó al oír esas palabras, pues el plutonio es el elemento que más se aproxima al uranio y el uranio al torio, y en su propio nombre estaba incluida la palabra «torio»... Mandó en el acto a su guardia blindada a que detuviera a Pirón; le arrastraron hasta el palacio real y le tiraron sobre el suelo de plomo a los pies del rey. Pirón nada confesó, pero Argitorio mandó encerrarlo.

Los platinidas, enterados de la detención de Pirón, perdieron toda esperanza de ser libres. Pero el millón de siglos ya había transcurrido y el ingeniero cosmogónico que había creado el tercer planeta estaba a punto de regresar a Actinuria, tal y como había prometido.

Desde el espacio, se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo en el planeta y pensó que así no podían seguir las cosas. Tomó las radiaciones más pesadas y duras, metió en ellas su propio cuerpo como si fuera dentro de un capullo de gusano de seda, para recobrarlo a su regreso, y, disfrazándose de vagabundo, llegó a Actinuria.

Al oscurecer, cuando solamente las cumbres nevadas de los montes lejanos iluminaban el platinado valle, el ingeniero cosmogónico trató de acercarse a los súbditos de Argitorio, pero éstos se apartaron de él llenos de espanto, temiendo una explosión de uranio. En vano iba detrás de unos y otros; todos rehuían de él, y el ingeniero cosmogónico no alcanzaba a comprender el porqué. Así que anduvo por las colinas, semejantes a escudos de guerreros, y sus pisadas resonaban como campanas sobre el durísimo suelo. Llegó al pie del bastión dentro del cual Argitorio tenía encadenado al pobre Pirón; éste le vio a través de las rejas de su prisión y le pareció que se trataba del ingeniero cosmogónico, pero bajo la figura de un modesto robot, muy distinto de los demás platinidas, puesto que no resplandecía en lo más mínimo, por la simple razón de que su armadura no era de uranio.

Pirón quiso gritar, pero tenía la boca atornillada y solamente pudo hacer saltar una chispa de su cabeza golpeándosela contra el muro.

Al divisar aquel relámpago, el ingeniero cosmogónico se acercó al bastión y miró por las rejas de la ventana. Pirón, aunque no podía hablar, hizo sonar unas: cadenas, y así le explicó la situación al ingeniero cosmogónico.

-Ten paciencia que todo saldrá bien -le aseguró éste.

El ingeniero cosmogónico fue a las montañas más salvajes de Actinuria, donde se pasó tres días buscando cristales de cadmio, y luego los convirtió en chapa con ayuda de unas rocas de paladio. Con aquella chapa de cadmio fabricó un montón de orejeras que fue depositando a su regreso en el umbral de cada casa. Al encontrar aquellas orejeras, los platinidas, muy asombrados, se las pusieron, pues hacía mucho frío.
Esa misma noche, el ingeniero cosmogónico se deslizó entre las platinidas y con una varita inflamada trazó con gran rapidez unas líneas de fuego, escribiendo en la oscuridad las siguientes palabras: «Podéis acercaros unos a otros sin temor, pues el cadmio evitará la explosión del uranio ».
Pero los platinidas pensaron que se trataba de un esbirro del rey y no le creyeron. Enfurecido al ver que no le hacían caso, el ingeniero cosmogónico fue a las montañas y recogió mineral de uranio, del que obtuvo un metal plateado, con el cual acuñó unas monedas resplandecientes, en una de cuyas caras se veía el perfil de Argitorio y en la otra sus seiscientas manos.

Cargado con sus monedas de uranio, el ingeniero cosmogónico regresó al valle y las lanzó una tras otra lejos de sí, hasta formar una pila y, al lanzar otra moneda, el aire se estremeció, surgió un resplandor de la pila de monedas, que se transformó en una esfera de llamas blancas, y cuando el viento disipó la humareda, sólo se vio un cráter abierto en la roca.

Acto seguido, el ingeniero cosmogónico, volvió a sacar monedas de su saco y a lanzarlas, pero esta vez, antes de lanzarla, recubría cada moneda con una hoja de cadmio, y aunque la pila llegó a ser seis veces mayor que la primera, no pasó nada. Entonces los platinidas le creyeron y, agrupándose sin miedo, organizaron una conjura contra el odiado Argitorio. Querían derrocar al monarca, pero no sabían cómo hacerlo, pues el palacio real estaba rodeado de murallas irradiantes y el puente levadizo estaba defendido por un verdugo automático, y al que no daba la consigna le cortaba la cabeza.

Casualmente, se acercaba el día de la recaudación correspondiente al nuevo impuesto que Argitorio acababa de imponer.

El ingeniero cosmogónico repartió sus monedas de uranio entre los súbditos del rey para que con ellas pagaran el impuesto.

Y así lo hicieron todos.
El rey se alegró al ver la cantidad de monedas que iban a engrosar su tesoro, pero no sabía que eran de uranio y no de plomo, como las que él mandaba acuñar.

Aquella misma noche, el ingeniero cosmogónico fundió las rejas de la celda de Pirón y lo liberó de sus cadenas. Cuando en silencio iban por el valle bajo la luz de los montes radiactivos, de repente, como si el anillo lunar hubiera caído envolviendo el horizonte, se produjo un tremendo resplandor: la pila de monedas del tesoro del rey había crecido demasiado, desatando con ello una reacción en cadena. La explosión destrozó el palacio y el cuerpo metálico de Argitorio y su fuerza fue tal que las seiscientas manos del tirano volaron al espacio.

En Actinuria reinaba la alegría; Pirón fue elegido rey y gobernó con justicia, mientras que el ingeniero cosmogónico recobró su cuerpo del capullo irradiante y volvió a su tarea de encender las estrellas.

Las seiscientas manos plateadas de Argitorio siguen girando alrededor del planeta, formando anillo similar al de Saturno, iluminándolo todo con su magnífico resplandor, cien veces más potente que la luz de los montes radiactivos.


De cómo Erg Autoexcitador Venció a Paliducho


El poderoso rey Boludar era muy aficionado a toda clase de curiosidades y se pasaba la vida coleccionándolas, lo que a menudo le llevaba a descuidar las cuestiones de Estado. Tenía una colección de relojes muy raros, entre los cuales había un reloj-danza, un reloj aurora boreal y, finalmente, un reloj-nube. Poseía también toda una serie de criaturas disecadas procedentes de los lugares más alejados del universo, y en una de las salas de su palacio había, bajo una campana de cristal, un rarísimo espécimen, denominado Homo Antropos, sorprendentemente pálido, con dos piernas y dos ojos, aunque vacíos, en vista de lo cual el rey mandó encajar en sus cuencas dos grandes rubíes para que el Homo tuviese una mirada roja. En ocasiones especiales, el rey Boludar invita a sus huéspedes más queridos a visitar aquella sala y les enseña a su monstruo.

En cierta ocasión, el rey invitó a la corte a un electrosabio tan anciano que en los cristales de su raciocinio a veces se mezclaban los conceptos, pues aunque su sabiduría era enorme ya era viejísimo. Se llamaba Halazonio y era depositario de todo el saber de la galaxia. Aseguraban que el electrosabio Halazonio podía reducir los fotones a filamentos, con los cuales era posible construir unos aparatitos luminosos; decían también que sabía cómo capturar a un Homo vivo. Conocedor de su debilidad, el rey mandó abrir las bodegas de palacio; el electrosabio no rechazó la invitación, pues ansiaba echar mano a las botellas de Leyde. Mientras miles de corrientes se extendían por todo su cuerpo, Halazonio prometió al rey que le capturaría un Homo que era jefe de cierta tribu centroestelar. A cambio, el electrosabio pidió una recompensa elevadísima: una cantidad de brillantes, grandes como el puño, equivalente al peso del Homo; pero el rey accedió sin pestañear.

Halazonio se marchó mientras el rey se ufanaba ante el Consejo del Trono de su adquisición, cosa que de todos modos no podía ocultar, pues ya había ordenado construir una jaula con gruesos barrotes de hierro en el parque de palacio, donde crecían los más maravillosos cristales.

Cundió la alarma entre los cortesanos. Ante la obstinación del rey, llamaron a dos sabios homólogos, que fueron recibidos muy cordialmente por él, pues sentía gran curiosidad por saber si los sabios, llamados Salamidio y Taladonio, le dirían algo que él aún no supiera sobre aquella pálida criatura.

-¿Es cierto -preguntó el rey tan pronto como los dos sabios hubieron terminado su reverencia- que el Homo es más blando que la cera?

-Efectivamente, majestad, así es -contestaron ambos.

-¿Es cierto que por esa rendija que tiene en la parte inferior de la cara puede emitir sonidos?

-Así es, majestad; y también es cierto que el Homo se mete en ese mismo orificio distintas cosas y luego mueve la parte inferior de la cabeza, que está sujeta a la parte superior con bisagras, para triturar esas cosas, que seguidamente se traga.

-Desde luego -observó el rey-, es una costumbre muy rara. Pero ¿podríais decirme, queridos sabios, por qué lo hace?

-Sobre ese punto hay cuatro teorías, majestad -contestaron los homólogos-. Según la primera, el Homo hace eso para eliminar el exceso de venenos (pues es tremendamente venenoso). Según otra teoría, lo hace por instinto de destrucción, que en él es el más poderoso. En tercer lugar, se dice que lo hace por avidez, pues si pudiera se tragaría todo lo que tiene a su alcance, y la cuarta teoría...

-¡Bien, bien! -exclamó el rey-. ¿Es cierto que es un ser nacido del agua y, sin embargo, tan opaco como el que tengo disecado?

-También es cierto. Pues esa criatura tiene en su interior un gran número de tubos por los cuales circulan líquidos; dichos líquidos son de color amarillo y perla, pero en su mayoría son rojos y transportan un veneno terrible al que llaman oxígeno; dicho gas transforma en herrumbre o en llamas todo lo que toca. Por eso mismo se vuelve de color perla, amarillo y rojo. Suplicamos a su majestad que renuncie a su idea de traer un Homo vivo, pues se trata de la criatura más peligrosa y dañina que existe.

-Habrán de exponerme todo eso muy detalladamente -dijo el rey, fingiéndose dispuesto a seguir los consejos de los sabios, aunque en realidad lo que deseaba era satisfacer su curiosidad.

-El Homo pertenece a una clase de seres llamados traqueantes, divididos en silicónidos y proteínidos; los primeros tienen una consistencia más compacta y densa, por lo que se denominan acalcitados o aljibicitados; a los segundos, mucho más raros, los distintos autores dan diversos nombres tales como: tilios o tilicios, según Polomedero; fangosos o viscosos, según Tricéfalo Arboridisco; traqueosalivadores víscidos, según Analcimandrio...

-¿Es cierto que el Homo tiene incluso los ojos viscosos? -preguntó el rey Boludar.

-Efectivamente, majestad. Esas criaturas, de apariencia débil y vulnerable, que ojalá cayeran todas desde la mayor altura y todas se convirtieran en un charco rojo, representan por su astucia un peligro mucho mayor que todos los vórtices y escollos del Anillo de Astridio. Así que os suplicamos que, teniendo en cuenta el bien del país...

-Está bien, está bien, queridos sabios -dijo el rey-. No os preocupéis, que tomaré una decisión con la debida prudencia.

Los sabios homólogos se inclinaron respetuosamente ante el rey y se marcharon muy preocupados, puesto que tenían la impresión de que éste no había renunciado ni mucho menos a su peligrosa idea.

Efectivamente, al poco tiempo apareció una noche una astronave con un enorme paquete, que descargaron y transportaron inmediatamente a los jardines reales. Pronto se abrieron las doradas puertas del parque para los súbditos del rey Boludar; entre los setos de brillantes, la glorieta de jaspe tallado y los monstruos de mármol, vieron en la jaula de hierro una criatura pálida y débil sentada en un pequeño barril, ante un recipiente lleno de una cosa extraña, cuyo olor recordaba al aceite, pero estropeado tras haberlo quemado en el fuego y, por lo tanto, inservible.
Sin embargo, aquella criatura metía con toda naturalidad en el pequeño recipiente una especie de palita con la que se llevaba aquella sustancia aceitosa y repugnante al orificio que tenía en la parte inferior de la cara.

El público se horrorizó al leer lo que ponía en el letrero de la jaula y al enterarse de que se trataba del paliducho Homo Antropos vivo. El público empezó a molestarle e irritarle, y el Homo se levantó, agarró algo que tenía dentro del barril y roció a la multitud con el agua mortal. Mientras los unos huían, los otros agarraron piedras para lapidar al monstruo, pero los guardias los dispersaron rápidamente.

La hija del rey, Electrina, se enteró de aquello. La princesa, deseosa de contemplar aquel fenómeno, no vaciló en acercarse a la jaula dentro de la cual aquella extraña criatura se pasaba las horas rascándose o tragando cantidad de agua y de aceite estropeado que hubiese matado en el acto a cien súbditos del rey.

El paliducho aprendió pronto a expresarse. inteligiblemente y empezó a dialogar con Electrina.

Un día la princesa le preguntó qué eran las cosas blancas que le relucía en la boca.

-Se llaman dientes -dijo el Homo.

-¡Dame uno a través de las rejas! -rogó la princesa.

-Y tú ¿qué me darás?

-Te dejaré mi llave de oro, pero sólo un momento.

-¿Qué llave es ésa?

-Es mi llave personal con la que cada noche doy cuerda a mi entendimiento. Supongo que tú también tienes una llave parecida -dijo la princesa.

-Mi llave es muy distinta -contestó Paliducho riéndose-. ¿Y dónde la guardas?

-Aquí mismo, en el pecho, debajo de la válvula de oro.

-Déjamela.

-¿Y me darás el diente?

-Sí.

La princesa aflojó el tornillo de oro, abrió la válvula, sacó la llave de oro y se la entregó a través de las rejas. Paliducho la agarró rápidamente y corrió a meterse en el fondo de la jaula.

La princesa le suplicó que le devolviera la llave, pero en vano.

Temerosa de confesar lo que acababa de hacer, Electrina se encerró con el corazón angustiado en su habitación. Había obrado atolondradamente, pues aún era casi una niña. Al día siguiente, su servidumbre la encontró sin sentido en su lecho de cristal de roca. Acudieron sus padres y todos los cortesanos y la encontraron tendida en el lecho como si durmiera, pero no pudieron despertarla. El rey mandó llamar a los electroconsejeros de la corte y a los electromédicos, y éstos, al examinar a la princesa, se dieron cuenta de que la válvula estaba abierta y faltaba el tornillo y la llave de oro. En el palacio reinaba la alarma y la confusión, todos corrían buscando la llave, pero no daban con ella.

Al día siguiente, informaron al desventurado rey que Paliducho deseaba hablar con él sobre el asunto de la llave perdida. El rey fue inmediatamente al parque y el monstruo le dijo que él sabía dónde estaba la llave de la princesa, pero que únicamente lo diría si el rey le daba su palabra de honor de suministrarle una astronave para que regresara a su tribu.

El rey se hizo rogar mucho; mandó buscar por todo el parque, pero finalmente aceptó las condiciones de Paliducho. Prepararon la astronave y sacaron bajo guardia a Paliducho de su jaula.

El rey estuvo esperando junto a la nave, puesto que el Homo le había prometido decirle dónde se encontraba la llave en cuanto estuviera a bordo de la nave.

Pero tan pronto como se encontró en ella, sacó la cabeza por el tragaluz y, mostrando la reluciente llave, gritó:

-¡Aquí está la llave! Me la llevo para que tu hija jamás se despierte, y así me vengaré por la humillación de convertirme en el hazmerreír de tus súbditos al encerrarme en la jaula de hierro.

Surgió una llamarada de la popa de la nave, que se elevó en el cielo ante el asombro de todos. El rey ordenó inmediatamente que saliera en persecución de Paliducho la flota de draganubes de acero y de helinaves; pero regresaron con las
manos vacías, pues el astuto Paliducho había tenido buen cuidado en borrar sus huellas y evitar la persecución.

Entonces el rey Boludar comprendió cuán torpe había sido al no seguir los prudentes consejos de los sabios homólogos. Los electricistas cerrajeros intentaron hacer otra llave; los escultores y armeros reales, conocedores de todos los secretos del oro y el acero, los artistas cibergrabadores, todos acudieron para probar su habilidad y destreza, pero en vano.

Finalmente, el rey mandó recuperar la llave robada por Paliducho, ya que de lo contrario la princesa seguiría sumida eternamente en las tinieblas de su falta de entendimiento.

Mandó publicar un bando explicando detalladamente cómo el Paliducho Homo Antropos había robado la llave de oro, y prometiendo que quien lo capturara o simplemente lograra recuperar la llave para devolver la vida a la princesa obtendría en premio la mano de su hija y subiría al trono.

Pronto se presentó ante el palacio una multitud de aventureros de todo tipo. Entre ellos estaban los más prestigiosos electroguerreros, los estafadores, los astroladrones, los cazaestrellas... Y también se presentó el famoso esgrimidor-oscilador Rapacio Megawatio, que disponía de un acoplamiento de ida y vuelta que le permitía permanecer sólo en el campo de batalla; acudieron candidatos de los países más lejanos, como dos Automacistas que habían probado su valor en cien combates; el famoso construccionista Protesio, que nunca salía sin sus dos magnetotragadores, uno negro y el otro plateado; llegó Arbitronio Cosmosófico, maravilloso ser construido con paracristales, y el inteléctrico Palibaba, quien sobre cuarenta robots con ochenta cajas trajo una antigua máquina calculadora con las ideas oxidadas, pero que no dejaba de ser un poderoso artefacto. Acudieron igualmente tres representantes de la tribu de los Seléctritos: Diodo, Tríodo y Héptodo, quienes en la cabeza tenían un vacío tan perfecto que sus ideas eran tan negras como una noche sin estrellas. Llegó Perpetuano, totalmente hecho con una armadura de Leyde, con su colector cubierto de cardenillo tras más de trescientas batallas; y Matricio Perforado, que de día no salía a cazar para que nadie le abrazara, pues era famosísimo; Matricio llegó al palacio junto con un valeroso siberiano, llamado Calambrazo. Cuando el patio real estuvo lleno hasta los topes, trajeron un barril que depositaron en el umbral y, como una gran gota de mercurio, de él surgió Erg Autoexcitador que podía cobrar cualquier forma a su capricho.

Aquellos héroes celebraron un banquete, diseminados por las salas del palacio, cuyos techos de mármol estaban iluminados de rosa como el crepúsculo, y luego todos se marcharon, cada cual por su camino, para buscar a Paliducho, desafiarle y recobrar la llave y con la qu desposar a la princesa y subir al trono de Boludar.

Rapacio Megawatio fue hacia Coldea, donde vivía la tribu de los Galaretas, pues allí pensaba conseguir información. El esgrimidor-oscilador se sumió en sus mares de alquitrán, abriéndose camino con su espada teledirigida, pero no consiguió combatir porque tan pronto como se recalentó, su sistema de refrigeración estalló y
Rapacio Megawatio, el famoso esgrimidor, encontró la muerte entre extraños y su valeroso cátodo se lo tragaron las sucias olas bituminosas de los Galaretas.

Los dos Automacistas llegaron al país de los Radomantes; que edifican con gases luminosos y son tan avaros que todas las tardes cuenta los átomos de su planeta.

Los Radomantes recibieron muy mal a los Automacistas, pues les enseñaron una sima llena de ónices, malaquita y limonita, y cuando los electroguerreros se quedaron estupefactos ante aquellas joyas, los lapidaron, aplastándolos bajo un alud de piedras preciosas; cuando esto ocurrió, una enorme claridad iluminó los alrededores como tras la caída de un cometa. Pues los Radomantes eran los secretos aliados de los paliduchos, cosa que nadie sabía.

El tercero, el construccionista Protesio, consiguió llegar, tras un larguísimo viaje a través del crepúsculo centroestelar, hasta el país de los Algonquinos, de donde salen una infinidad de meteoros. La nave de Protesio embistió vanamente contra sus murallas y, con el timón destrozado vagó por las profundidades estelares y al acercarse a los lejanos soles, el desdichado anduvo para siempre a tientas, cegado por la luz.

El cuarto, Arbitronio Comosófico, tuvo más suerte al principio. Llegó hasta el estrecho de Andrómeda, atravesó los cuatro torbellinos en espiral de Arestia, y llegó al tranquilo vacío, navegando favorablemente; dejando tras de sí una radiante estela, llegó al planeta Maestricia, donde entre las rocas meteoríticas halló el destrozado casco de la nave de Protesio. Sepultó el cuerpo del construccionista, poderoso, reluciente y frío como cuando estaba en vida, debajo de un túmulo de basalto, pero de quitó ambos magnetotragadores, el negro y el plateado, para que le sirvieran de escudos y continuó su camino. Maestricia era un planeta montañoso y salvaje por el que los aludes de piedras rugían y caían los verdosos y plateados rayos de las nubes sobre los precipicios.

El electroguerrero llegó al país de los barrancos, donde los palindromianos lo agredieron en un verde desfiladero de malaquita. Lo atacaron desde lo alto del barranco con centellas que él rechazaba. con su escudo magnetotragador; pero luego llevaron un volcán cuyo cráter instalaron a su espalda, escupiendo fuego en su dirección. Cayó el guerrero y la lava incandescente penetró en su cuerpo, del cual escapó toda la plata.

El quinto, el inteléctrico Palibaba, no fue a ninguna parte: se quedó en las fronteras del reino de Boludar, puso sus robots a pastar en los pastizales estelares y él mismo se ocupó de conectar la máquina, regularla y programarla, y no hacía más que correr de una a otra de sus ochenta cajas. Cuando los robots se llenaron de corriente y empezaron a cobrar entendimiento, Palibaba fue formulándole a la máquina unas preguntas muy concretas: ¿Dónde vive Paliducho? ¿Cómo encontrar el camino que lleva hasta él? ¿Cómo engañarlo? ¿Cómo capturarlo para que devuelva la llave?

Pero las respuestas eran ininteligibles y evasivas, Palibaba se enfadó y maltrató la máquina hasta que el cobre recalentado comenzó a apestar; la fustigó gritando: « ¡Dime la verdad, maldita máquina! », hasta que se fundieron las conexiones y de la pobre calculadora empezaron a manar lágrimas de plateado estaño y, con gran estrépito, los tubos recalentados reventaron y Palibaba se encontró enfurecido y frustrado ante un montón de chatarra.

Regresó a casa avergonzado. Y encargó una nueva máquina, pero no la recibiría antes de cuatrocientos años.

La sexta expedición fue la de los Seléctritos: Díodo, Tríodo y Héptodo, quienes obraron de muy distinta manera. Los tres electroguerreros poseían unas reservas inagotables de tritio y deuterio, y pensaban abrirse el duro camino hacia el país de los paliduchos a base de explosiones de hidrógeno pesado. Sin embargo, ignoraban
dónde comenzaba dicho camino.Trataron dé informarse en el país de los pies de fuego, pero éstos se encerraron en las murallas de su capital y se defendieron coceando llamas; los valientes Seléctritos combatieron duramente, sin escatimar ni su tritio. Las murallas de la capital de los pies de fuego resplandecían como el oro, pero en medio de las llamas mostraron su auténtica naturaleza, al transformarse en unos nubarrones amarillos de humo sulfuroso, puesto que aquellas murallas habían sido levantadas con piritas chisporroteantes.

Allí cayó Díodo aplastado por los pies de fuego y su cerebro estalló como un ramo de cristales multicolores, salpicando su armadura. Le enterraron en negra olivina y sus compungidos compañeros prosiguieron adelante hasta llegar a las fronteras del reino de Osmalatia, donde reinaba el conquistador de estrellas Astrocirio.

Este rey poseía un tesoro lleno de núcleos de fuego, tan pesados, que solamente la tremenda fuerza de los imanes del palacio lo sujetaban impidiendo que se volatizaran en las profundidades planetarias. Quien llegaba a aquel planeta no podía moverse ni caminar, pues la enorme fuerza de gravitación lo mantenía atornillado y encadenado al suelo mejor que los más pesados grilletes. Tríodo y Héptodo vivieron allí una terrible aventura, pues al verlos llegar bajo los baluartes del castillo, el rey Astrocirio fue disparando uno tras otro sus blancos núcleos contra los dos guerreros. Sin embargo, triunfaron de su adversario y Astrocirio les dijo por dónde quedaba el camino de los paliduchos, aunque los engañó, puesto que ni él mismo lo sabía; solamente quería deshacerse de los temibles guerreros.

Partieron hacia el negro meollo de las tinieblas, donde alguien atacó a Tríodo con un arma antimateria; quizás fuera algún cazador de la tribu de los Quiberninos o tal vez un fusil ametrallador colocado en un cometa sin cola. El caso es que Tríodo desapareció y solamente tuvo tiempo de proferir su «¡ Awruk !», grito de combate de su nación.

Héptodo logró resistir un poco más pero su destino fue más amargo. Su nave se metió entre dos torbellinos gravitacionales, llamados Bajrida y Centilia; el primero de estos torbellinos acelera el tiempo, mientras que Centilia lo retrasa, y entre ambos existe una zona de estancamiento en la que en ciertos momentos resulta imposible salir hacia adelante o retroceder. Allí se extravió Héptodo y allí continúa, junto con los innumerables galeones y fragatas de otros conquistadores de astros, piratas y cazasombras, sin envejecer ni un ápice, en medio del más silencioso y espantoso aburrimiento que lleva por nombre Eternidad.

Al concluir de ese modo la aventura de los tres Seléctritos, el electroguerrero Perpetuano, ciberconde de Balamski, que debía partir en octava posición, tardó mucho en hacerlo. Pues el electroguerrero se preparó largamente para la batalla, ajustando ora un conductor más potente, ora sus magnetos, lanzabombas e impulsores; con mucha prudencia partió a la cabeza de sus fieles compañeros. Bajo su bandera se alistaron numerosos guerreros, pero en su mayoría se trataba de parados que al no tener ocupación deseaban dedicarse a guerrear. Con ellos, Perpetuano formó una hermosa caballería pesada y blindada que llevaba el nombre de Eslúsares, y unos cuantos escuadrones ligeros con los más audaces y combativos. Pero con sólo pensar que habría de pasarse la vida en unos países desconocidos donde a lo mejor su cabeza se convertiría en un charco de mercurio, su barba de acero se erizó, y, presa de un miedo espantoso, regresó inmediatamente a casa, avergonzado, lleno de pesadumbre y llorando con lágrimas de topacio, pues era un señor poderoso con la mente llena de joyas.

Sin embargo, el penúltimo, Matricio Perforado, emprendió inteligentemente la misión. Había oído hablar del país de los pigmelianos unos robots enanos, cuyo pueblo era obra de cierto constructor cuyo tiralíneas se de deslizó en la mesa de dibujo al proyectarlos, de modo que salieron todos de la matriz jorobados, diminutos y sin posibilidad de modificarlos, pues eso no se había calculado. Estos enanos atesoraban, como otros atesoran riquezas, el saber que sus cazadores denominan Absoluto.

Su ingenio no residía tanto en el hecho de atesorar el saber, sino en no utilizarlo. Perforado llegó hasta el país de los pigmelianos desarmadoy a bordo de un galeón cuya cubierta se hundía bajo el peso de espléndidos regalos; pues deseaba ganar su amistad con unos trajes dotados de destructores de positrones y cortadores de lluvia de neutrones. Les ofreció un átomo de oro del tamaño de cuatro puños y un frasco borboteante de la más rara ionosfera. Pero los pigmelianos despreciaron incluso el vacío noble, las olas bordadas con un espléndido espectro astral y otras maravillas. El lugarteniente de Perforado, llamado Calambrazo, se enfureció y amenazó con entregarlos al verdugo eléctrico.

Por fin, los enanos les facilitaron un guía, pero como era un granuja con miles de manos, les enseñaba todas las direcciones a la vez.

Perforado lo despidió en seguida y mandó a Calambrazo sobre las huellas de los paliduchos; pero siguió una pista falsa, pues por aquella época corría por el cosmos un cometa calizo y el necio de Corrientazo confundió la calcita con la cal, que es el principal componente del esqueleto de los paliduchos. De modo que la expedición se extravió. Perforado y su gente anduvieron errando a través de unos soles cada vez más oscuros, y llegaron hasta los lugares más antiguos del cosmos.

Perforado llegó ante un desfiladero.de gigantescas moles purpúreas y se dio cuenta de que su nave, junto con un cortejo de estrellas silenciosas, se reflejaba como una espiral en un espejo de piel plateada. Se asombró y echó mano de su extintor supermoderno, que había comprado a los pigmelianos, y se refugió a toda prisa en la Vía Láctea. No sabía lo que estaba contemplando: se trataba ni más ni menos que del famoso nudo espacial cuya fuerza era de las mas compactas y que desconocían los propios monoasterismos; solamente se sabía que quien llegaba hasta allí jamás volvía.

Nadie sabe lo qué fue de Matricio Perforado en aquel molino estelar; su fiel lugarteniente Calambrazo regresó a su casa, y sus ojos de zafiro habían contemplado tales horrores que nadie podía mirarlo sin echarse a temblar.

Y nadie supo ya ni de la nave ni del extintor ni de Matricio.

El último guerrero, Erg Autoexcitador, partió en solitario. Nadie lo vio durante todo un año y seis domingos. A su regreso no paraba de contar cosas sobre países desconocidos, como el de los periscopos, que con el veneno frío elaboran la fiebre; el planeta de los klaistrocos, que se derritieron ante él en una serie de enormes bloques, pues así suelen hacerlo en caso de necesidad, y él cortó dos de aquellos bloques hasta encontrar en ellos una roca caliza que constituía sus huesos; cuando venció a los mataespadas, se encontró ante unas caras gigantescas como la mitad del cielo y se lanzó hacia ellas para abrirse camino, y, bajo el fuego de su potente lanzallamas, su piel reventó, apareciendo unos tensos bosques de nervios.
Erg hablaba del planeta Abericio, formado de hielo transparente y que, semejante a una lente de diamante, capta el panorama del cosmos eterno; de Alumnia, donde solamente pudo contemplar la luz de las estrellas reflejada en la cima de los colgados heleros; contaba cosas increíbles del reino de los fluidos marmelóideos, que fabricaban magníficas joyas con la lava hirviente; de los electroneumáticos, que saben desviar el fuego del entendimiento con el vapor del metano, el ozono, el cloro y el humo de los volcanes, y demás continúan atormentándose para crear un
genio pensador con el gas. Erg contó asimismo que para entrar en el país de los paliduchos debía arrancar de sus goznes la puerta solar llamada Caput Medusae; tras haber levantado la puerta de sus goznes cromáticos; se internó a través del interior estelar, lleno de llamas de color lila y blanco azuladas hasta que su armadura se cuarteó bajo el calor. Contó cómo durante treinta días intentó emitir la palabra que pone en movimiento la elipse de Astroprosiano, ya que sólo a través de ella es posible entrar en el helado infierno de los seres tiritantes; cómo finalmente consiguió llegar hasta ellos y cómo intentaron cazarlo con un lazo viscoso, sacarle el mercurio de la cabeza y pasarlo por un cortocircuito; cómo lo engañaron mostrándole unas estrellas enfermas que no eran más que seudonebulosas, pues habían escondido por avaricia las verdaderas estrellas; cómo le torturaron para vengarse de él, pero al ver que todo lo aguantaba, de encerraron en una roca de magnetita y dentro de ella comenzó a multiplicarse en una infinidad de Erg Autoexcitadores; cómo derribó la enorme tapa metálica y salió a la superficie, y cómo estuvo esperando el severo juicio de los paliduchos durante un mes y cinco días; cómo en un último esfuerzo los monstruos con orugas, llamados tancazos, arremetieron contra él, pero sin resultado, ya que lleno de ardor belicoso, pegando a diestra y siniestra, todos sus enemigos cayeron bajo sus golpes tremendos. Finalmente se encontró con Paliducho, el ladrón de llaves, que cayó muerto a sus pies. Erg le cortó la espantosa cabeza, le puso las tripas al aire y en ellas encontró una piedra preciosa llamada trijobezoar en la cual estaba grabada una inscripción en el feroz idioma de los paliduchos, diciendo dónde se encontraba la llave.

Erg reventó sesenta y siete soles blancos, azules y rojos como rubíes y dentro de uno de ellos encontró la llave salvadora.

De las aventuras que tuvo, de los combates que libró a su regreso a través del cosmos, no quería ni acordarse, pues añoraba muchísimo a la princesa y pronto se celebrarían los esponsales junto con la coronación.

Con gran regocijo lo llevaron hasta la habitación de la princesa Electrina, que sumida en su sueño no se enteraba de nada ni nada decía. Erg se inclinó sobre la válvula abierta, introdujo algo en ella, lo atornilló y, ante el asombro de la reina, el rey y los cortesanos, Electrina abrió los ojos y sonrió a su salvador. Erg cerró la válvula, la selló con una masilla para que no se abriera y entonces se dio cuenta de que el tornillo, que también había encontrado, se le había perdido durante el combate que sostuvo contra Poliandro Partobón, emperador de los jatapurgos. Pero
nadie se fijó en eso; de lo contrario los reyes hubieran comprendido que Erg jamás había marchado a ninguna parte, sino que desde niño era un maestro en el arte de abrir cualquier cerradura y por eso pudo darle cuerda al entendimiento de la princesa Electrina.

Así que Erg no había realizado ni mucho menos ninguna de las hazañas que había contado, sino que se había limitado a esperar un año y seis domingos para no despertar sospechas y también para cerciorarse de que ninguno de sus rivales regresaba.

Sólo entonces se presentó en el palacio del rey Boludar, devolvió la vida a la princesa, se casó con ella y subió al trono, reinando muchos años en medio de la mayor felicidad y sin que nadie se enterase jamás de su artimaña. De esto se deduce que nosotros contamos la verdad, pues en los cuentos siempre triunfa la virtud.



Los Dos Monstruos

Hace muchísimo tiempo, en un lugar muy apartado, cerca del polo galáctico, existía un séxtuplo sistema astral; cinco de sus componentes eran soles, mientras que el último era un planeta de rocas ígneas y cielo jaspeado, en el que surgió el poderoso estado llamado Argentio, o sea, de los plateados.

Entre las negras montañas, en una inmensa y blanca llanura, se levantaban las ciudades de Ilidar, Bizmalia y Sinalost; pero era mucho más hermosa su capital, llamada Eterna, que de día se parecía a un glaciar azul, mientras que de noche semejaba una estrella cóncavo-convexa. Unas altas murallas colgantes y llenas s de edificios de calcedonia brillantes como el oro, la defendían contra los meteoros. Sin embargo, lo más soberbio de Eterna era el Palacio Real, levantado de acuerdo con una arquitectura negativa, pues los constructores no querían limitar el panorama ni el pensamiento; se trataba de una construcción enteramente ilusoria y matemática, sin cimientos ni techos ni paredes. Desde el Palacio Real, la dinastía de los Energios imperaba sobre el planeta entero.

Bajo el rey Treops, los siderianos asmeicos invadieron desde el cielo el país de los Energios; con sus asteroides destruyeron la ciudad de Bizmalia y removieron su cementerio, infligiendo, una gran derrota a los plateados, hasta que el joven rey Iloraquio, Poliarca casi sabio universal, mandó llamar a los astrotécnicos más famosos para que rodearan todo el planeta de un sistema de torbellinos magnéticos y de fosos gravitacionales en los que el tiempo discurría de un modo tan vertiginoso que cuando un agresor llegaba hasta allí ya habían pasado cien millones de años o más y se convertía de puro viejo en polvo antes de poder siquiera contemplar el resplandor de las ciudades argentianas. Ese invisible abismo del tiempo y la red de torbellinos magnéticos defendían tan perfectamente los accesos al planeta, que los plateados pudieron pasar al ataque. Entonces se lanzaron contra sus enemigos los siderianos y bombardearon su territorio con las blancas radiaciones de su sol, hasta que todo el país ardió en un terrible incendio nuclear. Así desapareció el planeta de los siderianos.

Tras esa guerra, la paz, el orden y el bienestar reinaron a través de los siglos entre los habitantes de Argentio, sin que nunca se rompiera la continuidad de la dinastía reinante, y cada Energio, al acceder al trono, el día de la coronación entraba en el palacio subterráneo ilusorio y allí tomaba el cetro plateado de manos de su fallecido antecesor. Pues no se trataba ni mucho menos de un cetro normal y corriente, ya que desde hacía miles de años había grabada en él la siguiente inscripción:

«Si el monstruo es eterno, entonces no existe, puesto que son dos; y si esto en nada te ayuda, destrúyeme.»

En todo el estado no había nadie, así como tampoco en la corte de los energios, que supiera lo que esa inscripción significaba, pues el recuerdo de su creación se había perdido en la noche de los tiempos. Las cosas cambiaron tan sólo bajo el reinado del rey Inhistón.

En esa época apareció en el planeta una criatura desconocida y gigantesca que muy pronto se hizo famosa en los dos hemisferios por su espantoso aspecto. Nadie la había visto aún de cerca, pues quien a ello se hubiese atrevido jamás habría regresado vivo; se ignoraba por completo la procedencia de aquella horrorosa criatura; los ancianos afirmaban que se parecía a un gigantesco cangrejo y. a una campana fundida en osmio y tántalo, y que había surgido tras la destrucción de Bizmalia, que no se había reconstruido.

Los ancianos aseguraban que ciertas fuerzas malévolas y sombrías duermen entre las antiguas rendijas magnéticas, y que en ella se esconden, en los metales, unas corrientes que, con sólo tocarlas, pueden desencadenar unas tormentas espantosas y entonces, en medio de un ruido chirriante de metal retorcido, en los cementerios
surge de entre el mortal silencio de los huesos un ser inimaginable, ni vivo ni muerto, que solamente sabe hacer una cosa: sembrar la destrucción.

Otros ancianos afirmaban que la fuerza de la cual el monstruo nacía se reflejaba, al igual que en un espejo cóncavo, en el núcleo niquelado del planeta y, concentrándose en algún punto, espera hasta que, a tientas, los esqueletos metálicos y las carcasas decrépitas se arrastran hacia ella; entonces nace el monstruo.

Sin embargo, los sabios se burlaban de esas historias, que consideraban meros cuentos de viejas. En cualquier caso, el monstruo asolaba el planeta. Al principio evitaba las grandes ciudades y sólo atacaba las poblaciones aisladas, arrasándolas con sus llamas blancas y lila. Pero el monstruo iba envalentonándose cada vez más y pronto lo vieron desde las mismas torres de Eterna, asomando su espinazo en el horizonte, parecido a la cima de los montes, y reflejando los rayos del sol en sus gigantescos flancos de acero.

Una expedición salió al encuentro del monstruo, pero de un solo soplo éste convirtió a los guerreros en puro vapor.

Los habitantes de la capital estaban aterrados; el rey Inhistón mandó llamar a los sabios, que estuvieron meditando noche y día, juntando sus cerebros para mejor analizar el problema y éstos proclamaron que solamente con ingenio era posible aniquilar al monstruo. Así que el rey ordenó que el Gran Cibernador de la Corona, el Gran Aridinámico y el Gran Abstraccionista conjugaran sus conocimientos para elaborar los planes de un electroser capaz de lanzarse contra el monstruo.

Pero los tres especialistas no se ponían de acuerdo y cada uno defendía su propio concepto; por eso construyeron tres ingenios. El primero,'de cobre, era grande como una montaña, hueco y pesado, lleno de inteligente maquinaria. Durante tres días llenaron de plata líquida sus condensadores de memoria; descansaba en medio
de una selva de andamios y la corriente silbaba dentro de él como cien cataratas.

El segundo, de mercurio, era un gigante dinámico; se lanzaba con una velocidad vertiginosa contra cualquier objetivo, con unas formas tan cambiantes como las de las nubes aspiradas por una tromba de aire.

El tercero, que había sido construido de noche por el sabio Abstraccionista según unos planos secretos, nadie logró verle siquiera.

En cuanto al Gran Cibernador de la Corona terminó su obra y cayeron los andamios, el gigante de cobre se estiró y los techos de cristal temblaron en toda la ciudad; poco a poco fue poniéndose de pie, enderezando sus rodillas y el suelo se estremeció, y cuando se incorporó totalmente, su cabeza quedó oculta más allá de las nubes; el gigante comenzó a recalentarse hasta que en medio de un tremendo silbido las nubes se despejaron y apareció reluciente como el oro rojo, y mientras caminaba sus pies hundían el pavimento de rocas de las calles. Bajo su visera, el gigante de cobre tenía dos ojos verdes y un tercero cerrado, que podía derretir las rocas sin más que entreabrir sus párpados-escudos. Con unos pocos pasos se perdió lejos de la capital, resplandeciente como una llama. Cuatrocientos argentianos, cogidos de la mano, apenas si podían dar la vuelta a una de sus huellas, semejantes a un barranco.

Desde las ventanas y las torres, a través de los cristales y desde las almenas de las murallas de Eterna, contemplaban cómo iba desapareciendo bajo la luz crepuscular, cada vez más pequeño hasta que sólo pareció del tamaño de un habitante corriente de Argentio, pero entonces solamente lo divisaron desde la cintura para arriba encima del horizonte, puesto que las piernas desaparecían de la vista en la convexidad planetaria.

Transcurrió una noche tensa y desapacible, pues todos creían oír los ecos de la batalla y ver los rojos -resplandores de la lucha, pero nada hubo de todo eso. Sólo al alba, el viento llevó hasta Eterna un ruido semejante al de una tormenta lejana. Y nuevamente reinó el silencio en el día soleado...

De pronto pareció que estallaban cien soles y sobre Eterna cayó una enorme cantidad de fragmentos ardientes; los palacios se desmoronaban, los muros saltaban a pedazos, sepultando a los desventurados que gritaban pidiendo auxilio.

Era el gigante de cobre, que volvía, pues el monstruo lo embistió y lo despedazó, lanzando sus restos a través de la atmósfera; así volvían sus restos derretidos, convirtiendo en cenizas la cuarta parte de Eterna.

Fue una derrota terrible, pues durante dos días y dos noches siguió cayendo del cielo una lluvia de cobre. .

Entonces fue en pos del monstruo el veloz robot Testamercurio, que se creía indestructible, puesto que cuantos más golpes le daban, más duro se volvía. Los golpes no lo deterioraban en lo más mínimo, sino que por el contrario lo consolidaban. Por el desierto, llegó hasta la montaña del monstruo y al divisarlo se lanzó contra él por la vertiente rocosa. El monstruo lo aguardó sin siquiera moverse. El fragor del combate estremecía el cielo y el suelo del planeta. El monstruo se transformó en una blanca muralla de fuego y el robot se convirtió inmediatamente en un negro abismo que se lo tragó. El monstruo lo atravesó de parte a parte y con sus aladas llamas se volvió y arremetió nuevamente, y otra vez atravesó a su adversario sin dañarlo.

Rayos violeta estremecían las nubes, pero era imposible escuchar su estruendo por el ruido ensordecedor de la batalla de los gigantes.

Al darse cuenta que así no conseguía nada, el monstruo se aplastó, convirtiéndose en un espejo de materia: cualquiera que se encontrase frente a él se veía, pero no en simple imagen, sino en realidad; Testamercurio se vio en aquel espejo y arremetió contra sí mismo, pero naturalmente le era imposible autovencerse. Así estuvo luchando tres días enteros, y tal era la potencia de sus golpes, que se volvió más denso que la piedra, que el metal y que todo lo que no sea el núcleo de una enana blanca, y luego, él y su imagen se hundieron en las profundidades, dejando únicamente entre las rocas, un cráter que inmediatamente comenzó a llenarse de roja y resplandeciente lava surgida del interior del planeta.

Nadie logró ver al tercer electroguerrero cuando salió para el combate. El Gran Abstraccionis y físico de la Corona al amanecer se lo llevó en la palma de la manó a las afueras de la capital y, abriendo su mano, sopló y su robot levantó el vuelo, rodeado únicamente por la inquietud acumulada en el aire, sin ruido, sin dejar la más pequeña sombra bajo el sol, como si no existiera:

En realidad, era menos que nada; pues no había surgido del mundo, sino del antimundo y no estaba formado de materia, sino de antimateria; de hecho, ni siquiera de ésta, sino de sus probabilidades, ocultas en ciertas fisuras espaciales, hasta el extremo de que los mismos átomos lo evitaban, igual que las montañas de hielo evitan las briznas marchitas que se mecen sobre las olas del océano.

Llevado por el aire, voló hasta dar con el reluciente cuerpo del monstruo, que caminaba como una larga cordillera de montañas de acero, con la espuma de las nubes chorreándole por el espinazo. Golpeó el duro y templado flanco del monstruo, abriendo en él un sol que se oscureció inmediatamente y se convirtió en la nada, extrayendo de la roca una nube de acero gaseoso; el guerrero la traspasó y volvió a lanzarse contra el monstruo, que empezó a estremecerse, lanzando unas llamas blanquecinas que se convirtieron inmediatamente en cenizas, quedando sólo el vacío. El monstruo trató de cubrirse con el espejo de la materia; pero el electroguerrero Antimat -que así se llamaba- lo atravesó y se apartó; entonces el monstruo, mostrando su cabeza, ya que en ella llevaba sus radiaciones más duras; pero así tampoco logró nada; el coloso se volvió a estremecer y destrozando las rocas, convirtiéndolas en nubes de blanco polvo de piedra, escapó en medio del estruendo de una avalancha, dejando en su huida unas huellas de metal derretido, de escorias y gases volcánicos.

Así escapó el monstruo, pero no iba solo, pues Antimat lo alcanzó en los flancos, atacándolo con redoblado ímpetu, hasta que el aire se estremeció y la bestia se volatilizó en el horizonte y el viento dispersó sus vestigios.

Los habitantes de Argentio acogieron la noticia con gran alegría. Pero en ese mismo instante un ruido estremecedor comenzó a oírse en el cementerio de Bizmalia. En el recinto donde yacían las chapas comidas por la herrumbre, la chatarra de cadmio y de tantalio, allí donde hasta entonces el viento silbaba entre los montones de hierro retorcido, empezó a percibirse un tenue movimiento, semejante al de un hormiguero incesante: la superficie del metal mostraba un resplandor de llama azulada; los armazones comenzaban a enrojecer y ablandarse, como sacudidos por una fiebre interna; empezaban a unirse entre sí, injertándose, soldándose, y una masa chirriante surgió, dando forma a un nuevo monstruo similar al anterior. El monstruo, sembrando la destrucción, luchó con Antimat... y sucumbió. Pero ya estaban naciendo nuevos monstruos en el cementerio, y el pánico cundió entre los argentianos, pues ya sabían cuán terrible era el peligro que
los amenazaba.

Entonces el rey Inhistón entendió el significado de la inscripción grabada en el cetro. Rompió el cetro plateado y de él escapó un trozo de cristal del peso de una aguja que comenzó a escribir con fuego por el aire.

Y aquella escritura incandescente reveló al rey y a su consejo el origen del monstruo.

En medio del resplandor del aire, el cristal escribió y les explicó que todos ellos eran los lejanos descendientes de un ser que hacía ya miles de siglos había engendrado el propio creador del monstruo. Y ese antiguo creador del monstruo no se parecía a las criaturas racionales de cristal, de acero o de oro ni a nada de lo que vive y está hecho de metal. Pues dicho ser y todos sus semejantes habían salido del océano y construyeron unas máquinas que por ironía llamaban corderos de hierro y que sumieron en la más espantosa esclavitud. Como carecían de la fuerza necesaria
para rebelarse contra los hijos del océano, las criaturas metálicas volaron por el espacio, huyendo de la esclavitud hasta el archipiélago estelar más alejado, Argentio no era más que un grano de arena perdido en el desierto.

Pero sus antiguos amos no se olvidaron de los libertos, que llamaban insurrectos, y nunca dejaron de buscarlos a través del cosmos, recorriéndolo de este a oeste de la muralla galáctica y del polo norte al polo sur. Y donde quiera que descubren a los inocentes descendientes del primer cordero de hierro, en los soles oscuros o claros, en los planetas ardientes o helados, se valen de su maléfico poder para atormentarlos. ¡Así ha sido, así es y así será! Y para los desgraciados descendientes de aquellos antiguos y esclavos corderos de hierro no hay salvación ni perdón, ni pueden escapar a la espantosa venganza que convierte sus ciudades en un desierto estéril a través de la despiadada furia destructora del monstruo.

Por fin se apagó la ardiente inscripción y los dignatarios se quedaron mirando al rey, pálido como un muerto; guardaron silencio largo rato, meditando, y luego tomaron la palabra diciendo:

-¡Rey de Eterna y de Erisfenia, señor de Ilidar, de Sinalost y de Arcapturia, guardián de los bancos de arena del Sol y la Luna, háblanos!

-Lo que necesitamos no son palabras, sino una acción definitiva -replicó el rey Inhistón.

Se estremecieron. los miembros del consejo, pero una voz contestó:

-¡ Tú lo has dicho! -respondieron los miembros del consejo.

Entonces, el rey Inhistón le dijo al Gran Abstraccionista:

-¡ Cumple con tu obligación!

Y cumpliendo aquella orden, el Gran Abstraccionista pronunció la terrible palabra cuyas vibraciones llegaron hasta las honduras planetarias por las rendijas del aire, y entonces el cielo jaspeado se estremeció y las torres se vinieron al suelo; en las setenta y siete ciudades de Argentio se abrieron otros tantos cráteres blancos, y en los continentes destrozados, abrasados por las llamas, triturados por la tremenda vorágine de las negras fuerzas desencadenadas por la terrible palabra, murieron todos los plateados habitantes de Argentio y un gran sol iluminó no ya el planeta, sino un torbellino de negros nubarrones que fueron disipándose lentamente, arrastrados por la tormenta destructora. En el vacío, hendido por unos rayos más duros que las cosas, se aglutinó luego una tremenda y vibrante chispa y desapareció. Las ondas destructoras alcanzaron al cabo de siete días el lugar donde, negras como la noche, esperaban las naves que surcaban el vacío.

-¡Lo conseguimos! -dijo el creador de los monstruos a sus compañeros-. Dejó de existir el Estado de los plateados. Nada queda de Argentio. Ya podemos irnos.

En medio de las tinieblas, las popas de sus naves comenzaron a escupir llamas y huyeron por el camino de la venganza. El cosmos es infinito y sin fronteras, y tampoco tiene límites su odio, y cada día, cada hora, puede alcanzarnos.


La Muerte Blanca



Aragena era un planeta edificado en el interior, pues su rey, Metamérico, se extendía en un plano ecuatorial que abarcaba trescientos setenta grados y de ese modo rodeaba totalmente su Estado, siendo no sólo su señor, sino también su protección; con objeto de salvaguardar a sus súbditos, los enteritas, de las invasiones cósmicas, ordenó que nadie ni nada se moviera, ni siquiera un guijarro, sobre la superficie del globo. De manera que el territorio de Aragena parecía salvaje y muerto, y solamente los rayos recortaban el espinazo de silicio de los montes y los meteoros horadaban los continentes de cráteres.

Sin embargo, a diez millas por debajo de la superficie bullía la actividad de los enteritas; minando y socavando el planeta, llenaban sus amplias galerías con jardines de cristal y ciudades de oro y plata; levantaban las casas al revés, en forma de dodecaedros y de icosaedros, y construían unos palacios hiperbólicos en cuyas cúpulas deslumbrantes uno podía contemplarse, con su imagen multiplicada veinte mil veces, lo mismo que en un teatro de gigantes. Pues los enteritas eran muy aficionados a los reflejos y la geometría y tenían excelentes constructores.

Un sistema de tuberías llevaba la luz a las entrañas del planeta, filtrándola a través de las esmeraldas, diamantes o rubíes, y así disponían de una luz de alba, de mediodía de rosado crepúsculo; y estaban tan enamorados de sus propias formas que todo su mundo estaba lleno de espejos; tenían unos vehículos cristalinos, movidos por el hálito de gases ardientes, sin ventanas, pues eran totalmente transparentes y al viajar podían contemplarse reflejados en la cúspide de los palacios y los templos, con una imagen maravillosamente multiplicada y fugaz, tangencial e irisada. Parecían incluso su propio cielo, en el que prendidos de telarañas de molibdeno y vanadio relucían esplendorosamente los rubíes y cristales de roca que cultivaban en el fuego.

El rey Metamérico era hereditario -y eterno a la vez, pues poseía un hermoso cuerpo de múltiples elementos, en el primero de los cuales se alojaba su entendimiento; cuando éste envejecía al cabo de miles de años, cuando ya se había desgastado la red cristalina de su mente, asumía el poder el siguiente elemento, y así sucesivamente, pues tenía diez mil millones de repuesto.

Metamérico era el descendiente de los aurígenos, que nunca llegó a conocer, y sólo sabía de ellos que cuando corrían el peligro de desaparecer a manos de ciertas criaturas espantosas aficionadas a la cosmonáutica que atacaron su planeta, los aurígenos encerraron todo su saber y su ansia de vivir en unos granos atómicos microscópicos, que fecundaron con la gleba rocosa de Aragena. Le dieron ese nombre porque les recordaba a sí mismos, pero no dejaron en sus rocas ninguna huella de armas para no atraer con ellas y poner sobre su pista a. sus crueles perseguidores. Todos murieron, salvo uno, pero cayeron con el consuelo de saber que sus enemigos, llamados blancos o paliduchos, no imaginaban que habían dejado con vida a una de sus víctimas, convencidos de haberlos aniquilado a todos.

Los enteritas que nacieron de Metamérico no compartían su conocimiento sobre el extraordinario origen de su raza, pues la historia del terrible final de los aurígenos y del comienzo de los enteritas estaba escrita en un antiquísimo y negro cristal volcánico escondido en el mismo núcleo del planeta.

En las profundidades del suelo rocoso y magnético que los valientes constructores excavaban, ampliando su reino subterráneo, Metamérico ordenó fabricar una serie de asteroides que lanzaron al espacio, describiendo un círculo infernal alrededor del planeta y defendiendo sus accesos. Los navegantes cósmicos evitaban así aquellos parajes denominados del Negro Rechinar, pues las gigantescas moles voladoras de basalto y de porfirio chocaban incesantemente entre sí, originando un enorme torrente de meteoros; de allí era de donde surgían todas las cabezas de cometas, todos los bólidos y asteroides rocosos que llenaban de polvo el sistema del Escorpión.

Los meteoros caían como avalanchas de piedra sobre la superficie de Aragena, bombardeándola, abriendo grandes surcos y manantiales ardientes que transformaban con sus erupciones las noches en días y los días en noches con sus nubes de polvo. Sin embargo, no llegaba el más mínimo temblor hasta el país de los enteritas.

El que se atrevía a acercarse al planeta contemplaba, si antes su nave no se estrellaba en un torbellino rocoso, un globo pedregoso semejante a un cráneo agujereado por los cráteres. Incluso la puerta que conducía al subsuelo había sido construida por los enteritas a semejanza de unas rocas resquebrajadas.

Durante miles de años nadie visitó el planeta; pero Metamérico no relajaba su severa vigilancia por un segundo.

Cierto día, un grupo de enteritas que había salido a la superficie descubrió algo parecido a una copa o un cáliz gigantesco, clavado en un montón de rocas y cuya destrozada concavidad, vuelta hacia el cielo, estaba agujereada en varios sitios. Inmediatamente se trasladaron al lugar los expertos en astronáutica, quienes dictaminaron que se trataba de los restos de una nave estelar extranjera de procedencia desconocida. La nave era muy grande. Al acercarse pudieron ver que tenía la forma alargada y esbelta de un cilindro, con la proa hundida en las rocas y toda ella recubierta de una capa de pintura y hollín; y su popa estaba construida de tal manera que recordaba, con su forma de copa o de cáliz, las bóvedas más grandes de los palacios subterráneos. Trajeron de debajo de la tierra unas máquinas provistas de enormes tenazas, que con gran cuidado extrajeron la misteriosa nave del lugar donde se había estrellado y la llevaron al subsuelo. Luego, un grupo de enteritas aplanó y niveló el cráter abierto por la proa de la nave para borrar toda huella del choque de la superficie del planeta, y volvieron a cerrar la puerta de basalto.

El casco de la nave, ennegrecido como si hubiera ardido en el carbón, yacía en la sala principal de investigación, provista de gran cantidad de luces; los investigadores enfocaban sobre su superficie refulgente los más claros cristales y con un durísimo diamante perforaron la coraza exterior; debajo de ésta encontraron una segunda, de un raro blancor que los asustó un poco, y, después de haberse perforado esta segunda coraza con un taladro de carburo de silicio se encontraron con una tercera impenetrable y en la que había una puerta hermética que no supieron abrir.

El sabio más anciano, Afinor, examinó cuidadosamente la cerradura de la puerta y descubrió que para abrirla había que, pronunciar cierta palabra. Pero no la conocían ni tenían forma de deducirla. Durante largo rato probaron con varias palabras, tales como «cosmos», «estrellas», «travesía», pero la puerta ni se estremeció.

-No sé si es correcto que tratemos de abrir esta nave sin saberlo el rey Metamérico -dijo por fin Afinor-. De niño escuché una leyenda sobre unos seres blancos que perseguían cualquier forma de vida nacida del metal por todo el Universo, sembrando el exterminio por venganza...

Afinor se interrumpió bruscamente y junto con los demás contempló con espanto la blanca coraza de la nave, pues al pronunciar la última palabra la puerta se estremeció de pronto y se abrió sobre sus goznes. La palabra que la había abierto era la de «venganza».

Los sabios llamaron a los guerreros, quienes tan pronto como llegaron apuntaron sus lanzachispas hacia las tenebrosas profundidades de la nave, iluminándola con sus cristales azules y blancos.

La maquinaria de la nave estaba casi totalmente destrozada; anduvieron largo tiempo entre las ruinas, buscando a la tripulación, pero sin encontrarla ni descubrir ninguna huella de la misma. Entonces consideraron los sabios que aquella nave no era ninguna criatura racional, aunque las había tan grandes y aún mayores, pues la reina de tales naves pensantes era mil veces mayor que la que estaban contemplando. Sin embargo, los nudos de la mente eléctrica que lograron descubrir eran muy simples y dispersos; por consiguiente, aquella nave extranjera no podía ser más que una máquina voladora y sin tripulación, tan inerte como una piedra.

En un rincón de la cubierta, junto a la pared acorazada, los investigadores encontraron un charco como de pintura que parecía roja y que manchó sus plateados dedos al tocarla; de dicho charco sacaron unos jirones de una desconocida vestimenta, húmeda y roja, así como unos fragmentos duros y calizos.

Sin saber por qué, todos los que allí se encontraban, en medio de las tinieblas taladradas por los cristales luminosos, sintieron un gran terror.

Pero el rey ya se había enterado del hecho; inmediatamente acudieron sus mensajeros con la orden tajante de destruir la nave extranjera con todo lo que contenía, y sobre todo el rey mandó entregar a los astronautas forasteros al fuego atómico.

Los investigadores replicaron que dentro de aquella nave no había nadie, sino sólo piezas destrozadas, entrañas de metal y unos restos polvorientos de pintura roja que manchaba. El mensajero del rey se estremeció y ordenó encender inmediatamente la hoguera atómica.

-¡En nombre del rey! -ordenó-. Ese color rojo que habéis encontrado es un presagio de la muerte blanca, que no conoce otra cosa más que la venganza sobre los inocentes por el solo hecho de existir.

-Si era la muerte blanca, ya no nos amenaza, pues la nave está muerta y con ella todos los que la tripulaban murieron en el cinturón de arrecifes protectores -replicaron los sabios.

-El poder de esos paliduchos es inmenso, pues cuando mueren suelen resucitar mucho más fuertes. -Y el mensajero del rey ordenó-: ¡Atomistas, cumplid con vuestro deber!

Al oír esas palabras, los sabios y los investigadores se espantaron. Pues no creían en la profecía de exterminio por antojárseles que aquello era realmente imposible. Así que extrajeron toda la nave del lugar, destrozándola en los yunques de platino, y cuando quedó descuartizada la sometieron a la dura irradiación que la convirtió
en miríadas de átomos volátiles, que callan eternamente, puesto que. los átomos no tienen ninguna historia al ser todos iguales, tanto los que proceden de las estrellas más poderosas como de los planetas muertos; o de los seres inteligentes, buenos o malos; pues la materia es una en todo el cosmos y no cabe asustarse ante ella.

Sin embargo, agarraron incluso aquellos átomos, los congelaron en un solo bloque, lo lanzaron hacia las estrellas y sólo entonces dijeron con alivio:

-Estamos salvados. Nada saldrá jamás de ahí.

-Por ahora estamos salvados. Nada saldrá jamás de ahí.

Pero cuando los martillos de platino estaban golpeando la nave y ésta se deshacía, de un jirón de ropa manchado de sangre, un germen invisible cayó de una costura descosida; ese germen era tan diminuto que un solo grano de arena podía cubrir a cien como aquél. Y de ese germen se incubó en la noche, con el hollín y el polvo, un blanco cáliz en las cavernas rocosas; y de él surgieron el segundo, el tercero, centenares... y luego de ellos manó el oxígeno y la humedad, y la herrumbre se abatió sobre las refulgentes losas de las ciudades, y sé entrelazaron los hilos impalpables incubados en las frías entrañas de los enteritas, de forma que cuando despertaron ya llevaban la muerte encima.

Antes de un año, todos yacían unos junto a otros. Las máquinas se detuvieron en las cavernas, se apagaron las llamas de cristal, una lepra parda cubrió las cúpulas relucientes y cuando el último calor atómico se volatilizó, cayeron las tinieblas por las que, atravesando los crujientes esqueletos, penetrando en los herrumbrosos cráneos, hormigueando en las apagadas órbitas, iba extendiéndose el moho velloso y húmedo de la muerte blanca.


De cómo Micromil y Cigaciano
Provocaron la Fuga de las Nebulosas

Los astrónomos nos enseñan que todo cuanto existe, las nebulosas, las galaxias y las estrellas, se alejan unas de otras en todas direcciones, y, como consecuencia de esa fuga continua, el Universo se viene ampliando sin cesar desde hace miles de millones de años.

Algunas personas, asombradas ante esa fuga universal, tratan de invertir la idea y llegan a la hipótesis de que hace muchísimo tiempo, en los tiempos más remotos, el cosmos entero estaba aglomerado en un solo punto, como una bola estelar que por una causa extraña y totalmente desconocida llegó a estallar, y que esa explosión sigue hasta nuestros días.

Al razonar de esa manera, sienten una enorme curiosidad acerca de lo que antiguamente pudo existir, pero son incapaces de aclarar ese misterio. En realidad, las cosas ocurrieron de esta manera:

En el Universo anterior vivían los constructores, maestros incomparables en el arte cosmogónico. No había cosa que ellos no supieran hacer, aunque es bien sabido que para construir cualquier cosa es preciso disponer antes de un plano de la misma y es necesario concebir dicho plano.

De manera que estos dos constructores, llamados Micromil y Gigaciano, se pasaban el tiempo discutiendo de qué manera era posible enterarse de las cosas que podrían construirse además de las que a ambos se les ocurrían.

-Puedo realizar todo lo que me pasa por la cabeza -afirmaba Micromil-, pero no todo se me ocurre. Esto no. deja de limitarme lo mismo que a ti, pues no conseguimos imaginar todo lo imaginable y es muy posible que precisamente alguna otra cosa que no sea la que estamos imaginando y realizando merezca la pena de realizarse. ¿Qué te parece?

-Tienes toda la razón -asintió Gigaciano-, pero ¿qué podemos hacer?

-Pues me parece muy sencillo: todo lo que realizamos sale de la materia -dijo Micromil-, ya que en ella se encierran todas las posibilidades; si concebimos una casa, construimos una casa; si imaginamos un palacio de cristal, levantamos ese palacio; si se trata de una estrella pensadora o de una mente ardiente, también 1ogramos fabricarlas. Sin embargo, dentro de la materia anidan muchas más posibilidades que en nuestras cabezas; por eso habría que ponerle a la materia una boca para que de esa manera pudiera decirnos lo que podría realizarse con ella aparte de lo que a nosotros se nos pueda ocurrir.

-Sí, claro, la boca es necesaria -dijo Gigaciano-, pero no basta, ya que la boca solamente es capaz de expresar lo que la mente concibe. Por lo tanto, a la materia no solamente hay que ponerle una boca, sino también inculcarle el pensamiento, y entonces seguro que nos desvelará todos sus secretos.

-Es correcto lo que dices -convino Micromil-. Vale la pena, plantearse esa tarea. A mi modo de ver, habría que proceder así; puesto que todo lo que existe es energía, es necesario construir la mente con ella, empezando por lo más diminuto, es decir, desde el cuanto; para lo cual es preciso encerrar la mente cuántica en una jaulita hecha con átomos de los más diminutos. Cuando tengamos cien millones de estos genios de bolsillo, habremos conseguido nuestro objetivo: esos genios se multiplicarán y entonces cualquier puñado de arena pensante nos dirá lo que hay que hacer y cómo hacerlo muchísimo mejor que un consejo formado por innumerables personas.

-No, no, así no es posible -replicó Gigaciano-. Hay que proceder a la inversa, ya que todo lo que existe es una masa. Con todas las masas del Universo hay que construir, por consiguiente, un cerebro inmenso y con toda su magnitud repleta de ideas. Y cuando le pregunte, me revelará todos los secretos del Universo. Tus polvos geniales no son más que un fenómeno desprovisto de toda eficacia, puesto que si cada grano pensante se pone a decir una cosa distinta, te harás un lío y no te enterarás de nada.

Así discutiendo, los dos constructores terminaron por enemistarse y no hubo manera de que emprendieran la tarea juntos. Así que se separaron, burlándose el uno del otro, y cada cual emprendió la tarea a su modo. Micromil comenzó por capturar los quanta y los metió en sus jaulitas atómicas, y como quiera que los más diminutos se hallaban en los cristales, dotó de mente a los diamantes, las calcedonias y los rubíes; las cosas le salieron estupendamente con los rubíes, hasta
el extremo de que tanta energía racional metió en ellos que lanzaban chispas. Disponía también de otros minerales pensantes, tales como las esmeraldas, los prudentes zafiros y los sagaces topacios; pero los que mejor le salían desde el punto de vista de la mente eran los rojos rubíes.

Mientras Micromil se dedicaba a la gestación de sus cuerpos diminutos, Gigaciano se dedicaba a crear un gigante. Emprendió su tarea con los soles más grandes y siguió con todas las galaxias, que estuvo fundiendo, mezclando, soldando y ensamblando, arremangado hasta los codos, hasta que creó su ser cósmico, denominado Cosmolud, criatura enorme que todo lo abarcaba, hasta el punto de que prácticamente no quedaba nada aparte de él, salvo un pequeño reducto en el que Micromil estaba metido con sus joyas.

En cuanto ambos constructores hubieron terminado su obra, ya no se trataba de saber cuál de los dos ingenios creados por ellos suministraba más ideas, y revelaba más enigmas, sino sencillamente de quién de entre los dos constructores había tenido razón y elegido más acertadamente. De manera que decidieron competir.

Gigaciano estaba esperando a Micromil junto a su Cosmolud, que se extendía sobre siglos y siglos luz en longitud, anchura y altura, pues su cuerpo estaba formado de oscuras nebulosas estelares, su sistema respiratorio lo componían una multitud de soles, las piernas y los brazos eran unas galaxias injertadas con la gravitación, la cabeza estaba formada de trillones de globos metálicos y, sobre ella, llevaba un gorro peludo de ardiente cabello soleado. Cuando Gigaciano estaba armando su Cosmolud, tenía que volar desde la oreja a la boca y cada uno de estos viajes le costaba seis meses. Por el contrario, Micromil llegó al campo de batalla solo y con las manos vacías; en su bolsillo llevaba al diminuto rubí que iba a enfrentarse con el coloso. Gigaciano se sonrió al verlo.

-¿Y qué dice esa nimiedad? -se mofó-. ¿Qué saber puede exhibir frente a este gigante galáctico y pozo de sapiencia, a su nebulosa comprensión, a cuyo sol los soles transmiten el pensamiento que refuerza su poderosa gravitación, al que las estrellas en explosión confieren el resplandor de los conceptos y las tinieblas interplanetarias agigantan la reflexión?

-¡Deja ya de jactarte de tu obra y de mofarte de mí, y vamos a los hechos! -replicó Micromil, quien añadió-: ¿Sabes qué te digo? ¿Por qué habríamos de preguntarles a nuestras criaturas? ¡Dejemos que ellas mismas compitan en sus discursos! ¡Que mi microscópico genio rivalice con tu ser estelar en el marco de este torneo en el que el escudo es la inteligencia y la espada la prudente razón!

-¡ Pues que así sea! -asintió Gigaciano.

Entonces se apartaron ambos de sus creaciones para que permanecieran solas en el campo. El rojo y diminuto rubí se puso a dar vueltas, girando a través de las tinieblas del vacío cósmico surcado por las estrellas, por encima del cuerpo iluminado e inconmensurable de su rival, y dijo con una voz de pajarillo:

-¡Eh, tú, grandullón, desmesurado! ¿Acaso eres capaz de pensar?

Estas palabras tardaron un año en llegar al cerebro del coloso, cuyos firmamentos armónica y artísticamente concebidos comenzaron a moverse, y entonces se asombró el coloso de aquellas atrevidas palabras y quiso ver quién era el osado que así le hablaba.

Empezó a mover la cabeza en aquella dirección, pero antes de terminar su rotación ya habían transcurrido dos años. Miró con sus claros ojos galácticos a través de las tinieblas, pero no pudo ver nada, puesto que el rubí ya hacía tiempo que se había marchado piando a su espalda:

-¡Menudo patán, vaya sol peludo y vago redomado! ¡En lugar de mover la cabeza, sol melenudo, a ver si puedes decirme cuánto hacen dos y dos antes de que la mitad de esos gigantes azules ardan en tu cerebro y se consuman de puro viejos!

Enfurecido por las pullas del diminuto rubí, el Cosmolud empezó a girar nuevamente la cabeza lo más rápidamente que pudo, pero ya le estaban hablando otra vez a su espalda; entonces trató de girar cada vez más de prisa y alrededor del eje de su cuerpo se arremolinaban las vías lácteas y los miembros hasta entonces rectos de las galaxias se enroscaron en forma de espiral, las nebulosas estelares giraron vertiginosamente, con lo que todo aquello se convirtió en una bola y todos los soles y los planetas se desprendieron con tal velocidad que parecían peonzas; pero antes de que el coloso pudiera encarar a su adversario, éste ya estaba mofándose a su espalda.

El atrevido ingenio de Micromil escapaba cada vez más de prisa, mientras que el Cosmolud no hacía más que girar y girar, pero sin poder alcanzarle, a pesar. de dar más vueltas que una gigantesca peonza; y tanto giró y con tanta velocidad que se relajaron las cadenas de la gravitación, hasta el punto de alcanzar el límite de su resistencia, reventando con ello los puntos de atracción eléctrica y, con terrible potencia centrífuga, de pronto estalló el gigante y, hecho pedazos, salió disparado por el vacío, desparramando sus ardientes espirales galácticas, y así comenzó la fuga de las nebulosas.

Micromil afirmó tras aquella catástrofe que el triunfo era suyo, puesto que el Cosmolud de Gigaciano se había volatilizado antes de pronunciar una sola frase racional; sin embargo, Gigaciano replicó que el objeto de la competición no consistía en medir la fuerza, sino la comprensión, o sea, cuál de las dos creaciones era más inteligente y no cuál aguantaba más, y puesto que lo ocurrido nada tenía que ver con el objeto del desafío, afirmaba que Micromil le había engañado vergonzosamente.

Desde entonces, Micromil. anda buscando su rubí, que se perdió durante la catástrofe, pero sin poder encontrarlo, ya que en cuanto divisa una luz roja, allí acude corriendo, pero se encuentra con que se trata de la luz de una nebulosa huyendo sonrojada de la vejez, y vuelve a buscar nuevamente, pero siempre en vano. A su vez, Gigaciano se dedica, con ayuda de cuerdas gravitantes y de hilos irradiantes, a coser los fragmentos dispersos de su Cosmolud, utilizando como aguja la radiación más dura. Pero todo lo que cose se rompe instantáneamente, de tan enorme que es la fuerza de las nebulosas tan pronto como emprenden la huida. Así que ni uno ni otro lograron descubrir los misterios de la materia, a pesar de haberla dotado de una mente y haberle puesto una boca; pero en el momento decisivo de la conversación, ésta resultó tan pobre que se la califica de irrazonable y tonta por su ignorancia.

Pero hay un hecho cierto y es que el gigante Cosmolud de Gigaciano se rompió en una infinidad de pedazos por culpa del rubí de Micromil y todos esos fragmentos siguen volando hasta hoy en todas direcciones. Y si alguien no lo cree, que pregunte a los sabios si no es cierto que todo lo que existe en el cosmos gira incesantemente alrededor de su eje como una peonza; pues todo empezó con esa vertiginosa rotación.



Leyenda de la calculadora que luchó
contra el dragón


El rey Poliandro Partobonio, señor de Ciberia, era un gran guerrero. Experto en los más modernos métodos estratégicos, nada le interesaba tanto como la cibernética aplicada a la guerra. Su reino estaba plagado de una multitud de máquinas pensadoras, pues Poliandro las instalaba en todos los lugares donde podía, y no sólo en los observatorios astronómicos y los colegios y escuelas, sino que mandó convertir los mojones de las carreteras en aparatos eléctricos, cuyos altavoces advertían a los transeúntes para que no tropezasen con ellos; también los había en los muros y los postes, en los árboles y columnas, para que el caminante pudiera siempre preguntar la dirección correcta. Colgó máquinas de las nubes para que anunciaran la lluvia de antemano; las distribuyó por los montes y los valles; en una palabra, no había lugar en todo el reino de Ciberia donde no existiera una de aquellas eficientes máquinas.

El rey no sólo mandó perfeccionar a base de la cibernética todo lo que ya existía, sino que difundió por todas partes magníficos aparatos.

Fabricaron cibercangrejos y ciberocios bordoneantes e incluso cibermoscas que atrapaban mecánicamente a las arañas, que proliferaban terriblemente en el reino. Por todo el planeta podía escucharse a los cibergansos y cibergallos, cantaban los cibergrillos y los ciberpájaros, y además de todos estos mecanismos civiles y pacíficos pululaban en toda la superficie de Ciberia dos veces más ingenios militares, ya que el rey Políandro Partobonio era un famoso guerrero.

Poseía en sus palacios subterráneos una infinidad de máquinas, entre las cuales figuraba una calculadora estratégica, que era de lo más valiente y arrojada. Tenía asimismo una infinidad de robots más pequeños, sin contar una división de ciberametralladoras, una formación de cibertanques enormes y un enjambre de armas de todo tipo, así como una clase de polvos sumamente mortíferos.

Pero el rey Partobón estaba muy triste al no tener con quien combatir, ya que ningún enemigo, por valiente o cruel que fuera, se atrevía a invadir su .reino, pues temían enfrentarse con sus poderosísimas fuerzas y su invencible estrategia respaldada por aquellas ciberarmas famosas en todo el cosmos.

Al carecer de enemigos e invasores verdaderos, el rey Poliandro ordenó a sus ingenieros que le fabricaran unos ejércitos enemigos artificiales, para poder luchar contra ellos 'y batirlos. Y así tuvieron lugar las batallas más encarnizadas, que muy pronto asolaron todo el reino de Ciberia. Los súbditos comenzaron a murmurar al ver que una masa de ciberenemigos desvastaban sus cosechas y sus casas con sus ciberlanzallamas; y la gente llegó a expresar abiertamente su descontento cuando el rey, en su furia perseguidora de las huestes invasoras, empezó a arrasar cuanto se interponía en su victorioso camino. Aquellos súbditos desagradecidos protestaban aunque todo aquello se hiciera por su liberación.

Pero el rey Poliandro ya estaba aburrido de guerrear artificialmente en su propio planeta y soñaba con salir de su reino y combatir y avanzar victoriosamente en todo el cosmos. El planeta Ciberia tenía una gran luna totalmente desierta y salvaje. El rey Poliandro cargó de impuestos a sus súbditos para reunir los fondos necesarios para crear en dicho satélite un poderoso ejército y con él guerrear nuevamente.

La población de Ciberia pagó los impuestos de buen grado pensando que su rey ya no se ensañaría con sus cibercañones y sus contingentes de ciberguerreros en sus haciendas y sus vidas. De manera que los ingenieros del reino construyeron en el satélite una extraordinaria máquina calculadora, que a su vez debía crear toda clase
de ejércitos y armas automáticas. Y el rey Poliandro comenzó a probar una y otra vez la capacidad de su nueva máquina: le ordenó telegráficamente que realizara un electrosalto, pues sentía gran curiosidad por saber si cuanto sus ingenieros le habían dicho era cierto y si aquella máquina podía hacer cualquier cosa (si lo sabe hacer todo -pensó el rey-, pues que salte), y bastaron tres telegramas para que lo hiciera, realizando luego cualquier maniobra que se le ordenase. Finalmente, el rey ordenó a la máquina que creara un electrodragón, y así lo hizo.

El rey estaba dirigiendo por entonces una nueva campaña para liberar una de las provincias de su reino conquistada por los cibergranaderos y se olvidó totalmente de la orden impartida a la calculadora lunar, cuando desde el satélite comenzaron a caer sobre el reino de Ciberia unas rocas gigantescas. El rey se quedó asombrado al ver que una de aquellas rocas, al caer sobre una de las alas de su palacio, le había aplastado toda una serie de enanos a reacción, y, lleno de ira, telegrafió inmediatamente a la máquina lunar preguntándole cómo se atrevía a hacer tales barbaridades. Pero la máquina se quedó muda, pues ya había dejado de existir al tragársela el dragón que ella misma había creado, y ahora sólo le servía de rabo al desagradecido ciberdragón.

Entonces el rey Poliandro mandó al satélite una expedición armada, encabezada por una nueva calculadora, muy valiente, para que aniquilase al dragón; pero apenas tuvo tiempo de acercársele y entablar combate, pues quedó destrozada con sólo unas dentelladas del monstruo, y con ella toda la expedición militar; evidentemente, el electrodragón tenía las más negras intenciones con respecto al reino de Ciberia y su rey.

Ante el fracaso de la primera expedición, Poliandro mandó al satélite a sus mejores cibergenerales, capitaneados por un cibernetísimo, pero tampoco éste tuvo suerte, salvo que la batalla duró un poco más bajo la mirada asombrada del rey, que con sus gemelos de largo alcance asistía a ella desde la terraza de su palacio.

El dragón seguía creciendo y la luna le quedaba más pequeña, ya que el monstruo se la iba comiendo a pedazos, con lo que el cuerpo se agigantaba. Al percatarse el rey Poliandro y sus súbditos que las cosas empeoraban, puesto que tan pronto como acabara de tragarse el satélite el monstruo se lanzaría contra ellos y su planeta, todos empezaron a temblar y no sabían qué hacer: si malo era mandar a combatir a las máquinas, peor sería lanzarse uno mismo contra la gigantesca bestia, pues equivaldría a ir a una muerte segura y sin gloria.

Todos en Ciberia estaban perplejos y desorientados, cuando una noche oscura el rey oyó que el telégrafo que tenía en su habitación empezaba a traquetear en medio del silencio. El aparato real estaba hecho de oro y brillantes y conectado con la luna; el rey se levantó de la cama y corrió hacia el telégrafo, que seguía emitiendo su mensaje: tac, ta-tac, ta-tac... Poliandro descifró el siguiente mensaje: «El electrodragón telegrafía que Poliandro Partobonio debe marcharse y cederle su trono.»

El rey se enfureció terriblemente, y tal como estaba, en camisón y zapatillas, fue corriendo, escaleras abajo, hacia los sótanos del palacio, donde estaba su máquina estratégica, muy vieja y muy inteligente. No le había pedido consejo hasta entonces, porque antes del surgimiento del electrodragón lunar había discutido con ella sobre cierta operación militar; pero esta vez al rey le iban las cosas muy mal y quería salvar el trono y la vida a toda costa.

Conectó la vieja máquina y apenas empezaba a calentarse cuando le suplicó:

-Calculadora mía, querida calculadora, estoy en un terrible apuro: el electrodragón me quiere quitar el trono y echarme del reino. ¡Sálvame y dime qué debo hacer para vencerlo!

-De acuerdo -dijo la vieja calculadora-, pero antes has de reconocer que yo tenía razón acerca de aquel asunto y además exijo que me concedas el título de Gran Atamán Calculador, con lo que habrás de dirigirte a mí como Su Excelencia Ferromagnética.

-Bien, bien, te nombro Gran Atamán y todo lo que quieras, pero sálvame...

La vieja máquina emitió unos sonidos, silbó, se estremeció y dijo:

-La cosa es muy sencilla. Es preciso construir un electrodragón más poderoso que el de la luna. El nuestro derrotará al dragón enemigo, le romperá todos sus huesos eléctricos y así conseguiremos nuestro objetivo.

-Me parece una magnífica idea -dijo el rey-. ¿Puedes suministrarme el plano de ese
nuevo electrodragón más poderoso?

-Será un superdragón -dijo la vieja máquina-. Y no sólo sé hacer el plano, sino que puedo construirlo yo misma; ahora mismo lo hago, espera un momento. -Y la vieja máquina comenzó a crecer y a silbar, iluminándose toda y componiendo cosas en su interior, y de pronto una especie de zarpas enormes, eléctricas y ardientes, le salieron por los costados, hasta que el rey gritó:

-¡Vieja máquina calculadora, basta ya!

-¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera? ¡ Soy el Gran Atamán Calculador!

-¡Cierto, cierto! -asintió el rey-. Excelencia Ferromagnética, puesto que el electrodragón que estás creando ha de derrotar al que está en nuestro satélite y ocupar su puesto, ¿cómo haremos para echarle a su vez?

-Muy sencillo: fabricaremos otro dragón aún más poderoso, y luego otro para matar a éste y así sucesivamente -explicó la vieja máquina calculadora.

-¡Eso no puede ser! Te ordeno que lo dejes todo como esta -dijo el rey-. De ese modo, en la luna habrá unos dragones cada vez más tremendos cuando yo lo que quiero es que no exista ninguno.

-Eso es otra cuestión -replicó la vieja máquina-. ¿Por qué no, me lo has dicho de entrada? ¿No ves de qué modo tan falto de lógica te expresas? Bien, espera un momento.

La vieja calculadora se puso a silbar y trepidar hasta que por fin dijo:

-Es preciso construir una antiluna y un antidragón y colocarlos en órbita alrededor de la luna (dentro de la vieja calculadora algo crujió) y pegar golpes y cantar: «Soy un joven robot, el agua no temo, pues adonde hay agua yo me zambullo, nada temo, desde la noche a la mañana, tralalá-tralalá».

-¿Qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca, vieja máquina? -gritó el rey-. ¿Qué tiene que ver esa canción sobre el joven robot con la antiluna?

-¿A qué robot te refieres? Ah, bueno,.bueno, me parece que me he despistado; tengo la impresión de que algo se rompió en mi interior, algo se me debió quemar, seguro... -contestó la vieja calculadora.

El rey empezó a buscar en el interior de su vieja máquina hasta que encontró una válvula quemada; la cambió por una nueva y le volvió a preguntar a la calculadora qué iban a hacer con lo de la antiluna.

-¿De qué antiluna me estás hablando? -preguntó la vieja máquina, que ya se había olvidado de lo que acababa de decir-. No sé nada de esa antiluna... Espera, voy a pensarlo.

La vieja calculadora emitió unos silbidos, se estremeció y dijo:

-Hay que elaborar una teoría general para luchar contra los electrodragones, de la cual el dragón lunar será un caso específico y muy fácil de solucionar.

-De acuerdo, elabora esa teoría -dijo el monarca.

-Pero antes he de construir varios electrodragones para experimentar.

-¡De ninguna manera! -gritó el rey-. El dragón quiere arrebatarme el trono y ¿qué pasará si creas varios?

-Claro, claro, hemos de buscar otra solución. Vamos a utilizar una variante estratégica mediante el método de las aproximaciones sucesivas. Telegrafíale al dragón que le cederás el trono a condición de que efectúe tres operaciones matemáticas muy sencillas...

Poliandro telegrafió al dragón y éste aceptó la proposición. El rey volvió junto a la vieja calculadora, que dijo:

-Ahora dile al dragón que efectúe la primera operación: que se divida por sí mismo.

Así lo hizo el rey. El electrodragón se dividió por sí mismo, pero como él era la unidad de los electrodragones quedó un electrodragón y continuó en la luna; de modo que nada había cambiado.

-¡Vaya idea! -gritó el rey, corriendo escaleras abajo a tal velocidad que perdió sus
zapatillas-. El dragón se ha dividido por uno y sigue allí como si nada...

-No importa, lo hice adrede; esa operación era para desviar la atención del dragón lunar. Ahora dile que a ver si es capaz de sacarse un elemento.

El rey telegrafió a la luna y el dragón empezó a estirarse y estirarse hasta crujir y jadear y temblar, pero de pronto lo consiguió y expulsó de sí un elemento.

Poliandro regresó junto a la vieja calculadora.

-El dragón se estiró, crujió y hasta rechinó, pero extrajo un elemento de sí y sigue amenazándome -gritó el rey desde el umbral-. ¿Y ahora qué hacemos, vieja máqu..., perdón..., Excelencia Ferromagnética?

-Se me ocurre una buena idea -dijo la vieja calculadora-. Ahora dile al dragón que se separe de sí mismo.

Volvió corriendo Poliandro. a su habitación, telegrafió nuevamente y el dragón empezó a reducirse. Primero se sustrajo la cola, luego las patas, luego el corpachón y finalmente, al ver que las cosas se ponían feas vaciló, pero ya estaba tan lanzado que se quitó la cabeza y se quedó en cero, o sea, en nada: ya no existía ningún electrodragón.

-¡Ya no existe el electrodragón ! -exclamó el rey lleno de júbilo escaleras abajo-. Te estoy muy agradecido, vieja calculadora. Te has ganado un buen descanso y ahora mismo voy a desconectarte...

-¡Ni pensarlo! -replicó la vieja máquina-.Yo he cumplido mi misión ¿y ahora quieres desconectarme y ya no me llamas Excelencia Ferromagnética? ¡ Vaya, eso sí que no! Ahora mismo me voy a transformar en electrodragón, y te echaré del reino, y seguro que reinaré mejor que tú, pues siempre me pediste consejo sobre los asuntos más importantes y yo siempre te aconsejé y...

Silbando y crujiendo, la vieja calculadora empezó a metamorfosearse en electrodragón, y ya sus electrozarpas salían por los costados, cuando el rey, atónito y jadeante de ira, se quitó una zapatilla y se puso a romper las válvulas de la calculadora a golpes, hasta que ésta empezó a chirriar y traquetear ruidosamente, haciéndose un lío con sus programas, y en lugar de la palabra «electrodragón» le salió la de « electroalqui-trán», y la vieja máquina hipando cada vez más bajo, se convirtió en una enorme masa negra y reluciente como el carbón, que se fue extendiendo mientras que de ella salían unas chispas eléctricas y azuladas, y ante el rey Poliandro, cegado por el resplandor, sólo quedó un gran charco de alquitrán humeante.

El rey respiró aliviado, se puso las zapatillas y regresó a su dormitorio. Desde entonces, el rey cambió mucho: las aventuras que acababa de vivir lo volvieron menos belicoso y durante el resto de su vida ya no se dedicó más que a la cibernética civil, desentendiéndose de la militar.


Los Consejeros del Rey Hidropsio

La de los argonautas fue de las primeras entre las tribus estelares que alcanzaron el conocimiento en el fondo de los océanos planetarios.

Uno de los integrantes de su reino era Acuacia, que reluce en el cielo del norte como un gran zafiro en un collar de topacios. En aquel planeta submarino reinaba desde hacía muchísimos años el rey Hidropsio de Todos los Peces. Una mañana llamó a la sala del trono a cuatro ministros de la Corona; se presentaron ante él, se inclinaron ante el monarca todos vestidos de esmeralda, y mientras Hidropsio se oreaba con su gran abanico dijo:

-¡Incorruptibles dignatarios! Hace ya quince siglos que reino sobre Acuacia, sus ciudades submarinas y sus azules praderas sumergidas; durante todo ese tiempo he extendido las fronteras del Estado sumergiendo numerosas tierras, y siempre honré. los estandartes impermeables que me legó mi padre, el gran Ictiócrates, logrando grandes victorias, cuya gloria no me toca a mí señalar, en las batallas contra los temibles microcitas. Sin embargo, el poder está resultándome una carga insoportable y por eso he decidido tener un hijo que ocupe el trono de los inóxidos y gobierne con justicia. Por eso me dirijo a vosotros, mis fieles dignatarios: a ti, mi leal Hidrociberio Amasidio; a ti, mi gran Programador Dióptrico, y a vosotros también, mis buenos consejeros Filonauta y Minogario, para que me inventéis el hijo que necesito. Y ojalá sea inteligente, pero sin demasiada afición a los libros, porque el exceso de saber debilita la voluntad de acción. Que sea bueno, pero sin exageración. Deseo que mi hijo sea valiente, pero sin ser temerario; sensible, pero sin caer en la ternura. Que se me parezca y que bajo su piel esconda esa misma escama de tantalio y que los cristales de su mente sean tan transparentes como el agua que nos rodea y sustenta. Y ahora, ¡manos a la obra!, ¡en nombre de la Gran Matriz!

Dióptrico, Minogario, Filonauta y Amasidio se inclinaron respetuosamente ante el rey y se marcharon en silencio, meditando en las palabras de su señor, pero no como lo hubiese deseado el poderoso Hidropsio. Pues Minogario deseaba usurpar el trono de Acuacia, mientras que Filonauta favorecía secretamente al enemigo de los argonautas, Microditón. En cuanto a Amasidio y Dióptrico eran enemigos mortales y cada cual deseaba sobre todas las cosas la caída del otro y de los demás dignatarios de la Corona.

Amasidio iba pensando: «El rey quiere que realicemos un hijo para él; nada sería más fácil que grabar en la micromatriz del príncipe la más profunda aversión hacia Dióptrico, ese palurdo gordinflón inflado como un globo, y en cuanto nuestro príncipe acceda al trono, mandará que lo ahoguen, sacándole la cabeza al aire. Eso sería estupendo.

Pero -siguió pensando el eminente Hidrociberio Amasidio- no cabe duda que el
propio Dióptrico tendrá el mismo plan que yo y, como programador que es, tiene muchas más posibilidades para inculcarle al futuro príncipe el odio hacia mí. ¡Mal asunto! ¡Habré de tener los ojos bien abiertos cuando los cuatro juntos metamos la matriz en el horno de hacer niños!»

«No sería difícil -iba pensando el dignatario Filonauta en ese mismo instante- inculcarle al príncipe una gran simpatía hacia los microcitas. Pero de eso se percatarían en seguida y el rey mandaría decapitarme. Así que le inculcaré al príncipe solamente el amor por las cosas diminutas, lo cual será mucho más seguro, y si me preguntan diré que solamente pensaba en los seres diminutos que pululan debajo del agua y que me olvidé de ajustar el programa advirtiéndole que no hay que amar lo que no está sumergido. En el peor de los casos, el rey me quitará mi Orden del Gran Borboteo, pero no me cortarán la cabeza, que es lo que más me importa, y que ni el mismo rey de los microcitas, Nanoxerio, sería capaz de devolverme.»

-¿Por qué están tan callados, señores dignatarios? -preguntó Minogario-. Pienso que hemos de empezar sin pérdida de tiempo, pues no, hay para nosotros nada más sagrado que las órdenes del rey.

-Callo precisamente porque estoy reflexionando sobre ellas -replicó Filonauta, mientras Dióptrico y Amasidio agregaban a un tiempo-: ¡Estamos listos!

Así que los cuatro dignatarios, de acuerdo con las viejas tradiciones, se recluyeron en una sala cuyos muros eran de escamas de esmeralda y cuyas puertas sellaron desde fuera con siete capas de resina submarina, y el mismo Macistos, señor de las inundaciones planetarias, puso en los sellos su blasón del Agua Silenciosa.

A partir de ese momento, nadie podría interrumpir la tarea de los dignatarios hasta que estuviera terminada, y, emitiendo la señal convenida, se rompieran los precintos y tuviera lugar, la gran ceremonia de presentación del príncipe.

Los dignatarios se dedicaron a su tarea, pero ésta resultó bastante larga, pues no era su intención concebir el príncipe deseado por el rey Hidropsio, sino engañarle, y cada dignatario pretendía asimismo engañar a sus tres compañeros y salirse con la suya.

El rey estaba impaciente, pues ya habían pasado ocho días y ocho noches y los dignatarios seguían encerrados en su sala de esmeralda sin dar señales de vida. Pues también trataron de postergar el inicio de la tarea, contando con que los demás se cansarían, para entonces meter rápidamente la matriz en el horno y que les saliera un príncipe capaz de satisfacer sus deseos personales.

A Minogario le consumía el ansia del poder y a Filonauta la sed del dinero que los microcitas le habían prometido, mientras que Amasidio y Dióptrico se odiaban a muerte.

Al acabársele la paciencia más que las fuerzas, el malvado Filonauta dijo:

-No entiendo, señores dignatarios, por qué razón nuestra tarea se prolonga de esta manera. El rey nos dio indicaciones muy precisas; hubiéramos debido atenernos a ellas; si así lo hubiésemos hecho, ya tendríamos al príncipe. Empiezo a sospechar que vuestra lentitud se debe a motivos que nada tienen que ver con los deseos de, nuestro señor. Y de seguir así las cosas, con gran dolor de mi corazón no tendré más remedio que plantear el votum separtum, o sea elaborar un informe...

-¿Qué está diciendo? -espetó Amasidio, moviendo sus relucientes agallas con tal furia que temblaron los flotadores de sus condecoraciones-. Vaya, yo también tengo ganas de informar al rey de que, no sabemos por qué razón inconfesable, usted ha roto ya dieciocho matrices de perla que logramos elaborar, cuando con la fórmula sobre el amor a lo pequeño no dejó ni el más mínimo espacio para prohibir el afecto a todo lo que no sea submarino. Nos quería convencer, digno Filonauta, que sólo se trataba de una omisión; pero repetirla dieciocho veces es motivo más que suficiente para que lo encierren con los traidores o los locos.

Al verse desenmascarado, Filonauta intentó defenderse, pero Minogario se le adelantó diciendo:

-Cualquiera diría, noble Amasidio, que asiste a nuestra reunión como una medusa sin mácula, cristalina. Pues, de un modo inconcebible, también por once veces consecutivas manipuló en la matriz todo cuanto ha de odiar el príncipe, añadiendo una vez un rabo trífido, dos veces unos ojos saltones y en otra ocasión un doble vientre blindado y tres manchas rojas, como si no supiera que todas esas características pueden relacionarse con Dióptrico, aquí presente y pariente del rey, y con ello inculcar en la mente del príncipe el odio a nuestro colega.

-¿Y por qué en la última matriz Dióptrico siguió grabando el desprecio a todos los seres cuyo nombre termina en «¡dio»? -preguntó Amasidio-. Y puesto que a eso nos referimos, ¿por qué usted mismo, señor Minogario, ignorando las cosas que el príncipe no ha de afrontar, se obstinó en insertar un asiento pentagonal apoyado en unas aletas brillantes? ¿Acaso ignora que en realidad el trono se parece a un cubilete metido en otro cubilete?

De pronto, en la sala de esmeralda reinó un tenso silencio, roto al fin por el débil borboteo de los dignatarios, que disputaron largamente, defendiendo sus contrapuestos intereses, hasta que por fin Filonauta y Minogario se pusieron de acuerdo en que la matriz del príncipe se dispusiera de forma que éste sintiera simpatía hacia todo lo pequeño y dejara lugar a dichas formas. Filonauta pensaba con ello en los microcitas, mientras Minogario pensaba sobre todo en su propia persona, puesto que era el más pequeño de los allí presentes. Dióptrico también aceptó esta posibilidad, pues Amasidio era el más alto de los cuatro. Pero éste se resistió furiosamente, aunque de pronto dejó de hacerlo; acababa de ocurrírsele que no solamente podía volverse más pequeño, sino también sobornar al zapatero de la corte para que herrase las suelas de las botas de Dióptrico con unas plaquitas de tantalio, con lo que su enemigo sería más alto y se ganaría la antipatía del príncipe.

Los dignatarios terminaron rápidamente su tarea, metieron la matriz en el horno y, tras echar los residuos por la trampilla de la sala de esmeralda, comenzó la gran ceremonia de presentación del nuevo heredero al trono.

En cuanto la matriz con el proyectado príncipe entró en el horno, la guardia real formó ante la puerta de donde había de salir el futuro rey de los argonautas, mientras Amasidio ponía en marcha su plan. El zapatero de la corte, por él sobornado, empezó a herrar las suelas de las botas de Dióptrico con una cantidad cada vez mayor de plaquitas de tantalio. El príncipe ya estaba bajo la vigilancia de los jóvenes metalúrgicos, cuando Dióptrico, al verse en el gran espejo del palacio, se dio cuenta con espanto que ya era más alto que su enemigo, ¡cuando al príncipe le habían programado cariño solamente para los seres pequeños!

Al regresar a su casa, Dióptrico cogió un martillo de plata y comenzó a golpearse todo el cuerpo con él, hasta que por fin descubrió las plaquitas en sus suelas y en el acto imaginó quién era el culpable.

-¡Traidor! -exclamó pensando en Amasidio-. Y ahora ¿qué hago?

Tras meditar un rato, Dióptrico decidió empequeñecerse. Llamó a su lacayo y le ordenó buscar un buen cerrajero. Pero el lacayo, que no había entendido muy bien la orden de su señor, salió a la calle y regresó con un pobre obrero que se encontró. Este se llamaba Frotón y se pasaba los días gritando por las calles: «¡Pego las cabezas, arreglo los vientres, sueldo las colas, pulo las extremidades!» Tenía Frotón una mujer muy violenta que siempre le esperaba a su regreso con una barra de hierro en la mano, y le molía a golpes, armando un gran alboroto; le quitaba todo el dinero que traía y de propina le golpeaba despiadadamente con su barra.

El pobre Frotón, todo tembloroso, se presentó ante el gran programador, que le preguntó:

-¿Serías capaz de empequeñecerme? ¿No te parece que soy demasiado alto? Me has de hacer más pequeño, pero sin desfigurarme. Si lo haces bien, tendrás una buena recompensa, pero tendrás que guardar el secreto, si te vas de la lengua, mandaré que te atórnillen.

Frotón se quedó muy asombrado, pero disimuló, pues a las personas importantes suelen ocurrírseles las ideas más raras y caprichosas. De manera que se quedó mirando con gran atención a Dióptrico, lo palpó cuidadosamente y dijo:

-Podría desatornillarle a su señoría la parte central de la cola...

-¡ Ni hablar! -replicó vivamente Dióptrico-. ¡Mi preciosa cola!

-Entonces ¿podría quitarle las piernas? Son totalmente inútiles.

Y realmente los argonautas no utilizaban sus piernas, puesto que sólo eran un vestigio de los antiquísimos tiempos en que sus antepasados aún vivían en seco. Pero Dióptrico se enfadó:

-¡Asno metálico! ¿No sabes que sólo nosotros, los de alta cuna, podemos tener piernas? ¿Cómo te atreves a insinuar que renuncie a mis símbolos de nobleza?

-Ruego a su señoría que me perdone, pero ¿qué puedo quitarle entonces?

Dándose cuenta de que así no podía seguir y que algo tendría que dejarse quitar, Dióptrico exclamó:

-¡Haz lo que te parezca con tal de volverme más pequeño!

Frotón se puso a medir al dignatario, palpó y golpeteó su cuerpo y dijo:

-Si su señoría me lo permite, puedo desatornillarle la cabeza

-¿Te has vuelto loco? ¿Cómo puedo ir por ahí sin cabeza? ¿Cómo podría pensar sin ella?

-¡Eso no es problema, señor! El cerebro de señoría puede colocarse en el vientre, donde sobra sitio.

Dióptrico aceptó y Frotón le quitó muy hábilmente la cabeza, luego colocó la semiesfera cristalina del entendimiento en el vientre, soldó los hilos con mucho cuidado, golpeteó los elementos para comprobar si todo funcionaba adecuadamente, tomó las cinco monedas por su trabajo y el lacayo le acompañó fuera del palacio. Al salir vio en una de las habitaciones a la hija del dignatorio, Aurentina, toda ella hecha de oro y de plata, con su talle esbelto y que al andar sonaba como una campanilla hermosa, y le pareció la criatura más bonita que jamás había visto.

Al regresar a su casa, Frotón se encontró con su mujer, que ya estaba esperándole con su barra en la mano, y pronto se armó un gran alboroto entre el vecindario:

-¡Vaya, esa bruja de Frotona ya está apaleando a su marido!

Mientras tanto, Dióptrico, muy contento al verse empequeñecido, fue al palacio real.

El rey se asombró bastante al ver a su ministro sin cabeza, pero éste le dijo que se trataba de una nueva moda. Amasidio se enfureció al ver que su plan había fallado, y al volver a su casa hizo lo mismo que su enemigo: reducir su cuerpo. A partir de ese momento, ambos dignatarios rivalizaron en la miniaturización de sus personas,
y fueron quitándose las agallas y las aletas, las espaldas metálicas y otras partes del cuerpo, hasta que al cabo de una semana los dos podían pasar por debajo de las mesas sin agacharse.

Pero los dos dignatarios restantes, Minogario y Filonauta, conscientes de que el príncipe sólo amaría a los seres más diminutos, se apresuraron en seguir el ejemplo de sus rivales. Finalmente, llegó un momento en que nada podían desatornillarse ni reducir. Desesperado, Dióptrico mandó a su lacayo que volviera a llamar al obrero.

Frotón se presentó y se quedó estupefacto al ver lo poco que ya quedaba del dignatario, que se empeñaba en que lo volviera aún más diminuto.

-Excelencia -dijo Frotón rascándose la cabeza-, me parece que sólo hay una forma de lograrlo, y es desatornillarle el cerebro.

-¿Estás loco? -exclamó Dióptrico.

Pero Frotón le explicó:

-Esconderemos su cerebro en algún lugar del palacio, por ejemplo, en este armario, y su señoría solamente llevará dentro de su cuerpo un pequeñísimo receptor con altavoz, gracias al cual siempre estará conectado electromagnéticamente con su mente.

-Entiendo. La idea me gusta. Así que manos a la obra -aceptó Dióptrico.

Frotón le sacó el cerebro, se lo colocó en un cajón del armario, cerró con llave y se la entregó al dignatario, y seguidamente le metió en el abdomen un aparatito con micrófono.

Dióptrico era ya tan pequeño que casi no se le veía.

Al contemplar su pequeñez, sus tres rivales se quedaron atónitos; el rey se asombró, pero no dijo nada. Minogario, Amasidio y Filonauta, desesperados, no tuvieron más remedio que seguir adelante. Se iban reduciendo día tras día y pronto imitaron a su rival: escondieron sus cerebros donde pudieron, en el cajón del escritorio o debajo de la cama, y se convirtieron todos ellos en unas cajitas relucientes con rabo, con un par de condecoraciones casi tan grandes como ellos mismos.

Dióptrico ordenó a su lacayo que fuera a buscar de nuevo al experto Frotón. Este se presentó en el acto y el dignatario le dijo:

-¡Es preciso que me reduzcas a toda costa; te va en ello la vida!

-¡Gran señor! -dijo Frotón inclinándose sobre el dignatario, al que apenas se veía en el fondo del sillón-. Eso va a ser dificilísimo y no sé si...

-¡Haz lo que te ordeno! Arréglatelas como puedas; si consigues reducirme hasta alcanzar el mínimo tamaño, de manera que nadie pueda imitarme, te daré todo lo que pidas.

-Si su señoría me da su palabra de honor, haré cuanto pueda -contestó Frotón, que sintió iluminársele la mente y correr por su cuerpo un río de oro purísimo; pues desde hacía muchos días no dejaba de pensar en la hermosa Aurentina.

Dióptrico juró que así lo haría. Entonces, Frotón tomó las tres últimas condecoraciones del diminuto pecho del gran programador, hizo con ellas una cajita, en su interior puso un aparatito menor que una moneda, lo envolvió todo con un hilo de oro, en un extremo soldó una lámina de oro, la recortó en forma de cola y dijo:

-¡Ya está, excelencia! Con estas condecoraciones todos le reconocerán fácilmente; gracias a esta cola, su señoría podrá nadar, y el aparatito le permitirá conectar con su mente, escondida en el armario.

Dióptrico se puso contentísimo y dijo:

-¿Cuáles son tus deseos? ¡ Pide, que todo lo tendrás!

-Deseo casarme con su hija, la dorada Aurentina.

Dióptrico se enfureció muchísimo ante tal osadía, y nadando alrededor de la cara de Frotón, haciendo resonar sus condecoraciones, le cubrió de insultos, llamándole canalla, ladrón e insensato, y mandó echarle del palacio, mientras él iba al palacio real a bordo de un séxtuple submarino.

Cuando Minogario, Amasidio y Filonauta vieron asomar a Dióptrico bajo su nueva apariencia sólo lo reconocieron por sus condecoraciones, que ahora eran todo su ser sin contar la cola, se pusieron furibundos. Como grandes expertos electrónicos que eran, comprendían que les sería muy difícil continuar con su miniaturización personal, sobre todo si se tenía en cuenta que a la mañana siguiente ya iba a celebrarse la solemne ceremonia del nacimiento del príncipe y no podían perder si un segundo.

Así que Amasidio y Filonauta decidieron que en cuanto Dióptrico regresara a su palacio, lo secuestrarían, lo cual no resultaría difícil, puesto que nadie advertía la ausencia de un ser tan minúsculo. Así lo hicieron. Amasidio preparó una vieja lata y se escondió dentro de ella tras un arrecife de coral, junto al que había de pasar el
submarino de Dióptrico. Cuando la nave se acercó, su lacayo, enmascarado, le salió al encuentro y, antes de que el guardaespaldas de Dióptrico sacara sus agallas para defender a su amo, éste ya estaba encerrado en la lata. Amasidio dobló inmediatamente la tapa de la lata para que el gran programador no pudiera escapar y corrió con ella hacia su casa. Pero de pronto se le ocurrió que no era prudente guardar la lata en su palacio; en ese momento oyó una voz gritando por la calle:

-¡Pego cabezas, sueldo vientres, colas y espaldas, pulo piezas!

Amasidio llamó al hojalatero, que no era otro que Frotón, y le mandó soldar la lata herméticamente. Terminada la soldadura, Amasidio le dio una moneda y le dijo:

-Escúchame bien, soldador: dentro de esta lata hay un escorpión metálico que atraparon en la bodega de mi palacio. Coge esa lata y ve a tirarla a las afueras de la ciudad, al basurero, ¿entendido? Y para mayor seguridad, encima de la lata pones una piedra muy grande, que el escorpión no pueda escapar. Y, por la Gran Matriz, ¡que no se te ocurra abrir la lata, pues de lo contrario morirías!

-No se preocupe, señor, sus órdenes serán cumplidas al pie de la letra -dijo Frotón, quien agarró la lata y su dinero y se marchó.

Pero aquella historia sonaba muy rara y Frotón recelaba; sacudió la lata y se dio cuenta de que algo se movía dentro.

-Esto no puede ser un escorpión -se dijo-; no hay escorpiones tan pequeños... Veré qué es..., pero no ahora...

Frotón fue a su casa, escondió la lata en el desván debajo de unas viejas chapas para que su mujer no la encontrara y se acostó. Pero su mujer se dio cuenta de que había escondido algo en el desván. A la mañana siguiente, cuando Frotón se marchó, gritando, como de costumbre, por las calles: «¡Pego cabezas, sueldo vientres, colas y espaldas!», su mujer fue al desván, encontró la cajita y, al sacudirla, oyó un ruido metálico. «¡Bandido, sinvergüenza! -pensó Frotona-. A eso hemos llegado, a esconder el dinero!»

Hizo un agujero en la tapa, al no ver nada, arrancó la tapa y al mirar. se encontró con que algo relucía dentro de la lata; acabó por quitarle toda la tapa y entonces Dióptrico, que hasta entonces yacía como si estuviera muerto, pues la tapa hacía de pantalla entre él y su cerebro encerrado en el armario de su palacio, despertó de pronto al conectar con su mente y gritó:

-¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? ¿Quién ha osado agredirme? ¿Quién eres, odiosa criatura? ¿No sabes que vas a morir atornillada si no me devuelves la libertad?

Al contemplar aquellas tres medallas de oro que saltaban y movían la cola de forma amenazadora, la mujer se asustó muchísimo e intentó escapar; corrió hacia la puerta del desván, pero Dióptrico seguía encima de ella amenazándola y preguntando en qué mundo se encontraba; entonces Frotona tropezó y rodó escalera abajo, rompiéndose el cuello; la escalera que aguantaba la trampilla se vino abajo y Dióptrico quedó encerrado en el desván, nadando de una pared a la
otra y pidiendo auxilio en vano.

Al volver a su casa aquella noche, Frotón se extrañó mucho al no ver a su mujer esperándole como siempre en la puerta con la barra de hierro en la mano. Al entrar en la casa se la encontró sin vida y, como era muy bueno, se apiadó de ella, aunque pronto se le ocurrió que aquel accidente le iba a resultar provechoso, pues podría servirse del cuerpo deshecho de su mujer como piezas de recambio que le vendrían muy bien. Así que se sentó en el suelo, cogió un destornillador y se dispuso a desmontar a su esposa, cuando de pronto le pareció oír unos ruiditos en el desván.

-Me suena esa voz... Y de repente Frotón recordó al gran programador del rey, que la víspera le había mandado echar del palacio y aún no le había pagado. Pero ¿cómo ha podido llegar hasta allí?

Puso la escalera contra la trampilla, subió por ella y preguntó:

-¿Acaso anda por ahí su señoría?

-¡Sí, sí, soy yo! -gritó Dióptrico-. Soy yo: alguien me raptó y me metió en una lata; una mujer la abrió, se asustó y se cayó por la trampilla; ésta se cerró y me quedé prisionero. ¡Abreme, quienquiera que seas; libértame, y te juro por la Gran Matriz que te daré lo que quieras!

-Ya he oído esas promesas otra vez y, con perdón de su excelencia, sé muy bien lo que valen -replicó Frotón, que agregó-: Soy el mismo hojalatero al que su señoría mandó echar de palacio.

Entonces Frotón le contó toda la historia: cómo un desconocido dignatario le había ordenado soldar la tapa de lata y tirarla luego al basurero de la ciudad.

Dióptrico supuso que tal dignatario no podía ser otro que uno de los ministros del rey, y con toda seguridad se trataba de Amasidio. Suplicó a Frotón que lo dejara salir del desván, pero éste le preguntó cómo podía creer en su palabra. Después de que el gran dignatario le jurase por todo lo jurable que le daría a su hija como esposa, Frotón abrió la trampilla del desván y, agarrando al magnate entre dos dedos por sus condecoraciones, lo llevó a su palacio. En ese preciso momento daban las doce del mediodía y comenzaba la gran ceremonia de la extracción del hijo del rey del horno donde había permanecido bajo la vigilancia de los jóvenes metalúrgicos. Sin perder un minuto, Dióptrico se colgó las tres medallas que componían la Gran Estrella de Todos los Mares con el lazo bordado de olas y se marchó a toda prisa al palacio de los inóxidos, mientras Frotón acudía a la habitación donde Aurentina se encontraba tocando su guitarra eléctrica. Los dos se gustaron mucho.

Ya sonaban las trompetas en lo alto de la torre del palacio real cuando Dióptrico llegó ante la puerta principal; la gran ceremonia había comenzado. No querían dejarle entrar, pero al ver sus condecoraciones, lo reconocieron y lo dejaron pasar.

Al abrirse la puerta del palacio, la corriente submarina fluyó por toda la sala del trono, arrastrando a Minogario, Filonauta y Amasidio, de tan diminutos que se habían vuelto hasta las cocinas, donde estuvieron dando vueltas un buen rato como peonzas, pidiendo auxilio, encima del fregadero, hasta que cayeron en él y, a través de las cañerías; fueron a parara las afueras de la ciudad. Cuando por fin lograron salir de las cloacas y limpiarse el barro y la suciedad y regresar a palacio, la ceremonia ya había terminado. La misma corriente submarina que había arrastrado a los tres ministros, también se llevó a Dióptrico, que estuvo dando vueltas alrededor del trono con tanta fuerza, que se rompió el hilo de oro que le envolvía el cuerpo y salieron disparadas en todas direcciones todas sus medallas y su Gran Estrella de Todos los Mares, mientras el aparatito que llevaba dentro fue a dar en la frente del rey Hidropsio, que se asombró mucho al oír la vocecilla que salía de aquella partícula:

-¡Majestad, perdóneme! ¡Ha sido sin querer! Soy yo, Dióptrico, su gran programador...

-¿A qué vienen estas bromas en un momento como éste? -exclamó el rey, y arrojó el aparatito al suelo.

El Gran Subagallas, que abría la ceremonia con su vara de oro, pegó tres golpes con ella en el suelo y, sin darse cuenta, hizo pedazos al desventurado Dióptrico.

El príncipe salió del horno donde lo habían gestado y se fijó en un pececito eléctrico que nadaba en una jaula de plata junto al trono: su cara se alegró y le gustó mucho aquella pequeña criatura. La solemne ceremonia terminó felizmente. El príncipe subió al trono al morir su padre el rey Hidropsio y se convirtió en el señor de los argonautas y en un gran filósofo, pues se dedicó a investigar la nada, por cuanto no hay elemento más pequeño que lo que no existe en absoluto. Gobernó con toda justicia bajo el nombre de Neantófilo y los pequeños peces eran su manjar predilecto.

Frotón se casó con Aurentina y, a su demanda, remontó el cuerpo de esmeralda de Dióptrico, guardado en el sótano de su palacio, y le volvió a poner el cerebro que estaba en el armario.

No pudiendo hacer otra cosa, el gran programador y los otros tres dignatarios sirvieron fielmente al nuevo rey, y Aurentina y Frotón, que había sido nombrado Gran Hojalatero Real, vivieron felices muchos años.



El Amigo de Automateo

Un robot que tenía que emprender una larga y peligrosa expedición, vino a saber que existía un artefacto muy útil al que su inventor había puesto el nombre de electroamigo. Pensando que le vendría muy bien un buen compañero de viaje, aunque no fuera más que una simple máquina, el robot se fue a casa del inventor y le rogó que le informara sobre su amigo artificial.

-No faltaba más -dijo el inventor, sacándose del bolsillo un puñado de gránulos metálicos muy parecidos a los perdigones.

-¿Qué es eso? -preguntó el robot, algo, sorprendido.

-Pero, ¿cómo te llamas?, pues se me olvidó preguntártelo antes -quiso saber el inventor.

-Me llamo Automateo.

-Ese nombre es demasiado largo para mí, así que te llamaré Automa.

-Puesto que procede de Autómata, si lo prefieres, a mí me da lo mismo.

-Pues te diré, mi querido Automa, que ante tus ojos tienes un puñado de electroamigos. Has de saber que por vocación y especialización soy miniaturista, lo cual significa que convierto los aparatos voluminosos y pesados en pequeños artefactos portátiles. Cada granito de éstos es un concentrado de espíritu eléctrico, muy inteligente y polifacético. No te diré que es un genio, pues sería exagerar y una falsa publicidad. En realidad, mi objetivo es precisamente el de crear unos genios eléctricos y no cejaré hasta conseguirlos, tan minúsculos que en un bolsillo puedan caber un millar. Y solamente alcanzaré mi propósito cuando los pueda meter en un saco y los venda a granel, como la arena. Pero vayamos al grano. Por ahora, vendo los electroamigos por unidades y además baratos, pues por uno de ellos suelo cobrar la equivalencia de su peso en brillantes. Has de reconocer que se trata de un precio muy moderado si tienes en cuenta que puedes meterte este electroamigo en el oído, donde te susurrará los mejores consejos y toda clase de informaciones. Tienes que ponerte un trocito de algodón en el oído para que tu electroamigo no se caiga y así no lo perderás aunque inclines la cabeza de lado. ¿Te lo llevas? Si me compras una docena, te los podré vender más baratos...

-No hace falta; de momento con uno me basta -dijo Automateo-. Pero además me gustaría saber qué tipo de servicios puede prestarme. ¿Será capaz de ayudarme en los trances más críticos?

-¡Desde luego! -aseguró el inventor. Cogió un puñado de perdigones relucientes, pues estaban elaborados con los metales más preciosos, y siguió diciendo-: Naturalmente, no puedes esperar una ayuda en el sentido físico, pues ésa no es ni mucho menos su misión. Mi aparato sirve para reconfortar, dar buenos y rápidos consejos, emitir razonables argumentos, indicaciones provechosas para ti, advertencias y amonestaciones saludables y asimismo palabras alentadoras y sentencias capaces de devolverte la confianza en ti mismo, además de unos pensamientos muy profundos que te permitirán salir airoso de las situaciones más difíciles y peligrosas. Esa no es más que una pequeña parte del repertorio de mis electroamigos, que son realmente fieles y solícitos, pues nunca duermen y son duraderos y estéticos, y, como puedes ver, muy manejables. Así que ¿sólo te llevas uno?

-Sí, uno sólo -dijo Automateo-. Pero, dime: ¿qué pasará si alguien me lo roba? ¿Volverá a mí o llevará al ladrón a su perdición?

-Pues no, solamente sirve al que lo lleva, y serviría al ladrón tan fielmente como a ti antes de robártelo. No puedes pedirle más, mi querido Automa: que no te abandone si tú no lo abandonas. Pero no correrás ese riesgo siempre y cuando lo lleves metido en el oído y cuides de tapártelo con un trocito de algodón.

-Muy bien -dijo Automateo-. ¿Y cómo puedo hablarle?

-Es suficiente que alguien susurre algo para que él lo entienda perfectamente. Por cierto, se llama Pioxo, pero puedes llamarlo simplemente Pío.

-Perfecto -dijo Automateo.

Pesaron a Pioxo; el inventor recibió en pago un hermoso brillante, y Automateo, muy contento de tener tan buen compañero para su largo viaje, se marchó.

Era muy agradable viajar con Pioxo, pues si lo deseaba lo despertaba por las mañanas susurrándole al oído una alegré canción; también le contaba historias muy divertidas, pero Automateo llegó a prohibírselo terminantemente, porque si estaba con otras personas, al ver cómo se reía sin razón aparente, lo tomaban por loco.

En su viaje, Automateo llegó a orillas del mar, donde le esperaba una hermosa y blanca nave. Se metió en un confortable camarote y con gran satisfacción oyó el chirriar de las anclas y el barco se hizo a la mar para una larga travesía. Durante varios días, la nave surcó plácidamente las aguas, bajo un sol espléndido, mientras que por las noches se mecía suavemente a la luz de la luna, incitando al sueño. Pero una mañana se desencadenó una tremenda tempestad. Las olas, tres veces más altas que los mástiles, se precipitaban sobre el barco con un estruendo tan espantoso que Automateo no oía ni una palabra de consuelo de las que sin duda le susurraba su amigo al oído en los peores momentos.

De pronto, se oyó un gran estrépito, el agua inundó el camarote y la nave se deshizo en pedazos. Espantado, Automateo, se lanzaba hacia la cubierta y apenas tuvo tiempo de saltar en el último bote salvavidas, cuando una ola gigantesca se abatió sobre la nave y el mar la engulló.

Automateo no vio ni a un solo miembro de la tripulación; estaba solo en medio del mar, temiendo que las olas se lo tragaran de un momento a otro. El viento huracanado agitaba los negros nubarrones sobre el mar embravecido y el pobre Automateo seguía sin oír lo que su amigo Pioxo le decía.

Después de muchas horas, Automateo creyó distinguir entre las aguas espumeantes una forma oscura; se hallaba cerca de una costa desconocida contra cuyas rocas rompían estrepitosamente las olas; al cabo de unos minutos, arrastrado por un tremendo torbellino, el bote fue a embarrancar en una especie de cala. Agarrado a las cuerdas, empapado de agua, Automateo, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, se arrastró hacia la orilla de la pedregosa cala, donde se desplomó exhausto. A través de las rocas llegó hasta un punto más seguro y allí se quedó, totalmente extenuado, pero a salvo.

Un leve silbido lo sacó de su embotamiento. Era su amigo Pioxo, que le recordaba su amigable presencia.

-i Ah, qué bien que estés aquí conmigo, Pioxo ! Ahora me doy cuenta de lo bueno que resulta tenerte junto a mí y hasta dentro de mí -exclamó Automateo al recobrar totalmente el sentido, mirando a su alrededor.

Brillaba el sol después de la tormenta; el mar seguía agitado, pero las gigantescas olas habían desaparecido junto con el viento y la lluvia. No se veía el bote de salvamento: la corriente se lo había llevado. Automateo se puso de pie y comenzó a caminar por la playa y los acantilados. A los diez minutos ya había vuelto al punto de partida. Las olas lo habían arrastrado a un islote desierto e inhóspito y, además, muy pequeño. Su situación no era precisamente halagüeña. ¡Menos mal que tenía a su fiel amigo Pioxo! No tardó en pedirle consejo.

-¡Bueno, mi querido amigo! He de admitir que una situación como ésta no se da todos los días. He de meditar sobre ella. ¿Qué es lo que necesitas?

-¿Qué necesito? ¿Bromeas Pío? ¿No ves que no tengo nada? ¡Necesito ayuda, ropa, comida y cobijo, puesto que aquí no veo más que rocas y arena!

-¿Estás bien seguro? ¿No habrá en algún rincón de la playa o del acantilado uno de esos baúles que suelen flotar después del naufragio de una nave y están repletos de herramientas, de libros amenos, de ropa y hasta de pólvora?

Automateo inspeccionó cuidadosamente los alrededores, pero no encontró ni el más pequeño trozo de madera del barco, que por lo visto se había hundido como una piedra.

-¿No has encontrado nada? Es muy extraño, pues la literatura está llena de casos muy famosos que atestiguan que los náufragos encuentran siempre en las islas desiertas los objetos más indispensables, tales como hachas y clavos, agua dulce y aceite, Biblias y sierras, tenazas y armas de fuego y una infinidad de cosas útiles. Pero si dices que no has encontrado nada, qué le vamos a hacer. Habrías de mirar al menos si hay alguna cueva. ¿Has mirado entre las rocas?

-He mirado y no he visto ninguna, sólo rendijas y agujeros y no hay ni cangrejos en ellos.

-¿Dices que no hay dónde cobijarse? Es raro; lo mejor será que te subas a la roca más alta de este islote y eches una ojeada a tu alrededor.

-¡Ahora mismo! -dijo Automateo lleno de esperanza. Y se puso a escalar la roca más alta, que se levantaba en el centro del islote volcánico. Desde arriba sólo vio la inmensidad del mar que rodeaba la pequeña isla.

Angustiado, se lo dijo a su amigo Pioxo, al tiempo que, con un dedo tembloroso, se apretaba el algodón en el oído para no perder a su precioso amigo y consejero.

-¡Qué suerte que no te cayeras cuando el barco se hundió! -Le flaquearon sus piernas y se sentó encima de la roca, esperando impacientemente la ayuda de su amigo.

-Escúchame atentamente, amigo mío. He aquí mi consejo en esta difícil situación -dijo por fin la vocecita de Pioxo-. Según mis cálculos, todo parece indicar que nos encontramos en una isla muy pequeña y desconocida, en un simple arrecife de coral o quizá en la cumbre de .una cordillera submarina que surge lentamente de las aguas y se unirá a algún continente dentro de tres, ,o cuatro millones de años.

-¿Y qué? Lo que importa es qué podemos hacer ahora -dijo Automateo.

-No me interrumpas, por favor. Este islote está muy alejado de las rutas marítimas. Tenemos una posibilidad entre cuatrocientas mil de que un barco asome por estos parajes...

-¡Cielos! -gritó el náufrago con desesperación-. ¡Qué horrible! Así pues, ¿qué me aconsejas?

-Ahora mismo te lo diré, si dejas de interrumpirme. Corre a la orilla del mar y métete en el agua, más o menos hasta el pecho. Así no tendrás que agacharte mucho, lo cual no resultaría cómodo. Luego, metes la cabeza en el mar y te tragas toda el agua que puedas. Está muy salada, lo sé, pero la cosa no ha de durar mucho, sobre todo si continúas andando hacia adelante. Pronto te volverás más pesado, el agua salada te llenará todo el cuerpo y en unos segundos tus procesos orgánicos cesarán y por consiguiente perderás tu vida; gracias a esto, te ahorrarás la penosa tortura de permanecer en este islote infernal, una lenta agonía y hasta el riesgo de volverte loco. También puedes coger una piedra muy pesada con cada mano, pero no es imprescindible...

-¿Estás loco? -exclamó Automateo, pegando un salto-. ¿Pretendes que me ahogue? ¿Me aconsejas que me suicide? ¿Y te atreves a decir que eres mi amigo con esos consejos? ¡Menudo amigo!

-No te excites, que no estoy loco ni eso entra en mis posibilidades, pues nunca pierdo mi equilibrio mental. Más desagradable sería para mí, querido amigo, permanecer contigo si eligieras dejarte morir lentamente bajo este sol abrasador. Te aseguro que he estudiado detenidamente la situación y no he visto ninguna posibilidad de salvación. No puedes construir una barca o una balsa, puesto que careces de herramientas; tal como te acabo de decir, ningún barco pasará por aquí para salvarte; sobre este islote no pasan ni los aviones y tú mismo no los puedes fabricar; ¿cómo piensas salir de aquí? Naturalmente, puedes escoger una lenta agonía en vez de una muerte rápida y segura, pero como fiel amigo tuyo que soy, te aconsejo que obres razonablemente y te dejes de locuras. Basta con que tragues un poco de agua...

-¡Al infierno tú y tus tragos de agua! -gritó enfurecido Automateo-. ¡ Cuando pienso que por un amigo como éste pagué un magnífico brillante! ¡Tu inventor no es más que un bribón y un estafador!

-Estoy seguro de que si me escuchas hasta el fin retirarás esas palabras malsonantes -replicó serenamente Pioxo.

-¿Así que aún no has acabado? ¿Acaso pretendes contarme la vida que me espera en el más allá? Te lo agradezco mucho...

-No hay vida en el más allá -replicó Pioxo-. No voy a engañarte, pues ni quiero ni sé hacerlo, y así no se porta un amigo. Sólo te pido que me escuches con atención. Aunque no lo creas, el mundo es infinitamente rico y variado, con ciudades maravillosas llenas de vida y grandes tesoros, de palacios reales y chozas, de montes majestuosos y sombríos, bosques susurrantes y lagos apacibles, desiertos ardientes y nevadas llanuras. Tú no puedes ni imaginar los lugares y cosas que acabo de mencionar y los millones de sitios que no he nombrado. Así que se puede decir con toda propiedad que con respecto a los lugares en que no estás eres como un muerto, puesto que ni conoces las riquezas palaciegas ni participas en las danzas de los países del Sur ni te solazas la vista con los hielos irisados del Norte. Para ti no existen, de la misma manera que dejan de existir cuando uno se marcha de este mundo. Por esto mismo, si reflexionas sobre cuanto te digo, te darás cuenta que al estar ausente de todos los lugares agradables, es realmente como si no estuvieras en ninguna parte. Existen millones de lugares donde podrías estar, pero tú solamente conoces este aburrido y desagradable, por no decir abominable islote rocoso. Entre estar en "casi ninguna parte" y "ninguna" hay muy poca diferencia. De ahí esa impresión de que casi no vives en estos momentos, ya que al estar ausente de casi todos los sitios, es lo mismo que si estuvieras muerto. ¿Qué tiene de agradable este rincón, esta grava que lastima tus delicados pies? ¿Y esa agua salada, ese horrible exceso de agua? Y estas rocas y este sol abrasador, ese cielo azul y sin nubes sobre tu cabeza, ¿es. que necesitas ese calor intolerable y esos rayos abrasadores? Claro que no. Nada necesitas de cuanto te rodea, del lugar donde estás ni de lo que hay en el cielo que te cubre. ¿Qué te queda, aparte de todo esto? Un poco de ruido en la cabeza, el latido de tus sienes y unos golpes sordos en el pecho, un temblor en las piernas y otras sensaciones desagradables. ¿Acaso necesitas ese vértigo y esos latidos, ese temblor en todo tu cuerpo? ¡En absoluto, amigo mío! Y si te resignas a todo eso, ¿qué ocurrirá? Aparta de tu mente esas palabras duras con las que maldices, a mí que soy tu amigo; y esa ira y esa aversión que conduce al odio. ¿De qué sirve ese espanto y esa furia impotente? Por supuesto que eso tampoco te sirve de nada. Si apartas esos sentimientos inútiles, ya no te quedará nada, nada en absoluto, cero, y ese cero equivale al equilibrio eterno, al silencio total y al perfecto descanso que te deseo como el amigo que soy.

-¡Pero yo quiero vivir! -gritó Automateo-. ¡Quiero vivir! ¿Me oyes?

-Eso ya no es lo que sientes, sino lo que deseas -replicó tranquilamente Pioxo-. Deseas vivir, o sea, tener un futuro, que se forma con el presente, pues a eso se reduce precisamente la vida. Sin embargo, no has de vivir, porque no es posible tal como hemos visto hace un rato. Te basta pensar en cómo has de vivir, de ahora en
adelante, o mejor dicho morir: tras una larga agonía o rápidamente, tragando unos sorbos de agua...

-¡Basta! ¡Fuera de aquí! -rugió Automateo, saltando de rabia y apretando los puños.

-¿Otra vez? -dijo Pioxo-. ¿Cómo puedes gritarme eso de «fuera de aquí»? ¿Acaso tengo piernas para salir corriendo, o manos para arrastrarme con ellas? Sabes perfectamente que no es así. Si quieres deshacerte de mí, no tienes más que sacarme de tu oído, pues te aseguro que no es un lugar tan agradable, y me tiras adonde quieras.

-¡Bien! -exclamó Automateo, loco de rabia-. ¡Ahora mismo! .-Pero en vano hurgó y rebuscó en su oído: su electroamigo se había metido tan hondo que no hubo manera de sacarlo, aunque agitara la cabeza como un demente.

-Me parece -dijo Pioxo al cabo de un rato- que vamos a tener que seguir juntos, aunque no sea ni tu deseo ni el mío. Así que no tenemos más remedio que reconciliarnos, por cuanto los hechos siempre tienen razón. Y esto se refiere también a tu actual situación. Quieres tener un futuro a toda costa. Me parece una imprudencia, pero puesto que lo deseas, adelante. Permíteme que te describa a grandes rasgos ese futuro, ya que lo conocido es siempre mejor que lo desconocido. La ira que ahora te embarga, pronto se convertirá en un sentimiento de desesperada impotencia, y a su vez ésta, tras una serie de esfuerzos tan violentos como vanos por encontrar una solución, se transformará en un entumecimiento progresivo; mientras tanto, ese calor abrasador que llega hasta el umbroso lugar donde me hallo dentro de tu persona, de acuerdo con las inexorables leyes de la física y la química, deseará cada vez más tu ser. Primero se volatilizarán los lubricantes de tus articulaciones y a cada movimiento chirriarán penosamente. Luego, cuando se te recaliente el cerebro con el sol, verás una serie de círculos de colores girando ante tus ojos, pero eso no tendrá ni el más pequeño parecido con la visión del arco iris, puesto que...

-¡Cállate de una vez, maldito! -gritó Automateo-. ¡No quiero oírte más, ni saber qué va a ser de mí! ¡ Cierra el pico y no vuelvas a hablar!

-No necesitas gritar de esa manera, pues sabes muy bien que basta un simple murmullo para que te oiga. ¿De forma que no quieres conocer tu futuro? Sin embargo, por otra parte, querrías experimentarlo. ¿En qué quedamos? Por favor, sé
un poco más lógico. Si te pones así, me callaré. Pero he de decirte que te equivocas al descargar tu ira sobre mí, como si yo tuviese la culpa de tu situación. Como sabes, todo fue culpa de esa tempestad, en cambio soy yo tu amigo y estoy sufriendo anticipadamente los tormentos que te esperan, y la más espantosa agonía. De veras me espanta imaginar lo que ocurrirá cuando los lubricantes de tus articulaciones empiecen a...

-¿No vas a callarte? ¿Acabarás de una vez de decir esas monstruosidades? -rugió Automateo, dándose un puñetazo en el oído donde estaba su amigo-. ¡ Si tuviera una ramita o un palillo para sacarte, ahora mismo lo haría y te aplastaría de un pisotón!

-¿Desearías destruirme? -dijo Pioxo afligido-. ¡Realmente, no mereces tener un electroamigo ni a nadie que te compadezca

Automateo se enfureció de nuevo y así estuvieron discutiendo, y argumentando sin parar, hasta que pasó el mediodía y el pobre robot,agotado de tanto gritar y gesticular y dar saltos de rabia, cayó exhausto bajo los rayos del sol, lanzando de vez en cuando unos suspiros desesperados y mirando el océano desierto. Un par de
veces le pareció ver en el horizonte la humareda de un vapor, pero no era más que una nube, y Pioxo se encargó de recordarle que no había más que una posibilidad entre cuatrocientas mil de que asomara alguna nave salvadora; y Automateo volvía a enfurecerse y desesperarse. Finalmente, ambos se sumieron en el más profundo silencio. El náufrago miraba hacia la playa, sobre cuya orilla ya iba extendiéndose la sombra de las rocas, cuando su amigo le preguntó:

-¿Por qué estás tan callado? ¿Acaso ya empiezas a ver esos círculos multicolores de. los que te hablé?

Automateo ni se dignó contestar.

-¡Vaya! -prosiguió Pioxo-. Así que no sólo ves círculos, sino que también te ha invadido el torpor que con tal precisión preví. Es curioso, cuán poco razonable puede ser una criatura inteligente, sobre todo en circunstancias adversas. Va a parar a una isla desierta donde ha de morir tan seguro como que dos y dos son cuatro; uno se lo dice y le demuestra que no hay más solución que la de valerse de su fuerza de voluntad y su razón, y ¿acaso se lo agradece? ¡Nada de eso! Se agarra a una falsa esperanza y prefiere caer en la locura antes de tirarse al agua, que...

-¡No me hables más del agua! -gritó Automateo.

-Sólo quería señalar esas motivaciones tuyas tan irracionales -replicó Pioxo-: Ya no te diré que hagas nada, o sea, ningún acto, pues si quieres morir lentamente, si eliges la agonía, al no querer hacer nada hay que reflexionar debidamente sobre ello. ¡Qué absurdo es temer a la muerte cuando ese estado es de lo más deseable! ¿Qué puede compararse con la perfecta inexistencia? Ciertamente que la agonía en sí no es nada atractiva, pero por otra parte no se sabe de nadie con el espíritu y el cuerpo tan débiles como para no aguantarla y no llegar a expirar totalmente y sin ayuda. De manera que la muerte no es algo especialmente digno de mención pues está al alcance de cualquiera, de un imbécil o un canalla. Además, si eso lo puede hacer cualquiera (y hay que reconocer que así es, pues yo al menos nunca oí hablar de ninguna persona que fuera incapaz de ello), lo mejor es regocijarse con la idea de la misericordiosa nada que espera en el umbral de la muerte. Pues al expirar no hay que creer que la muerte y la mente se excluyan recíprocamente, cuando es fácil imaginar todos los privilegios, y comodidades que nos ofrece la muerte. Trata de imaginarlo, por favor; se acabaron las obligaciones, los peligros y los temores, los sufrimientos de la mente y del cuerpo, las desventuras. Aunque todas las fuerzas del mal se aliaran contra ti ¡no te afectarían! Créeme, la dulce seguridad del muerto es incomparable. Y además hay que tener en cuenta que no se trata de un estado transitorio, sino de algo perdurable que nadie es capaz dé quebrantar, entonces ese éxtasis sublime...

-¡Ojalá desaparecieras para siempre! -exclamó débilmente Automateo, profiriendo a continuación una sarta de maldiciones.

-Lo siento, pero eso es imposible -replicó Pioxo-. No sólo por envidia (puesto que más allá de la muerte no hay nada, como ya te dije), sino por el más puro altruismo te acompañaría a la nada. Sin embargo, eso es imposible, pues mi inventor me hizo indestructible, probablemente debido a su orgullo de constructor. Realmente, al pensar que he de permanecer dentro de tu cuerpo cubierto de sal marina, de tu reseca carcasa que se irá corrompiendo lentamente, hablando conmigo mismo; me embarga la tristeza. Y luego, ¿cuánto tiempo habré de esperar hasta que por fin aparezca uno de esos barcos sobre cuatrocientos mil que, de acuerdo con mis cálculos de probabilidades, llegará un día a este islote...?

-¿Qué dices? ¿Qué tú no morirás? -gritó Automateo, arrancado de su atontamiento por esas palabras-. ¿Así que tú vivirás mientras que yo ... ? ¡Oh, eso sí que no! ¡Jamás! ¡Jamás!

Y con un grito salvaje se puso en pie y empezó a saltar y sacudir la cabeza y a pegarse con el puño en el oído, contorsionándose salvajemente y gesticulando como un loco, pero en vano. Mientras tanto, Pioxo le iba susurrando cada vez con más fuerza:

-¡Deténte! ¿Te has vuelto loco? ¡Es demasiado pronto para eso! ¡Ten cuidado, te vas a hacer daño, te vas a dislocar un miembro! Lo que haces carece de sentido. Otra cosa sería si... ya sabes, de una vez te tiraras... pero así lo único que harás será romperte algo. Ya te he dicho que soy indestructible, no insistas. Y aunque me hicieras salir, no conseguirías hacerme daño, sino que me harías un bien; por cuanto, tal como ya te he demostrado, la muerte es lo mejor. ¡Párate de una vez! ¡Qué manera de saltar!

Automateo seguía gesticulando sin hacer caso de lo que Pioxo le decía, hasta que por fin empezó a dar cabezazos contra la roca donde antes se sentara; con tal furia pegaba, con tanta rabia y con tal locura, que Pioxo salió disparado de su oído y fue a parar entre las piedras, con un gritito de alivio al ver que finalmente aquel desenfreno había acabado. Pero Automateo no se dio cuenta enseguida de que había logrado su objetivo. Dejándose caer sobre las rocas recalentadas por el sol, descansó un rato, hasta que, incapaz aún de mover los brazos o las piernas, masculló:

-Sólo estoy descansando un rato. Ahora mis-mo me pongo de pie y te voy a patear, ¿me oyes? Porque... ¿Pero qué es esto?

De repente se dio cuenta de que tenía el oído vacío. Miró a su alrededor con los ojos aún nublados, y, arrodillándose, se puso a buscar frenéticamente a Pioxo entre la grava.

-¡Pío! ¡Pío! ¿Dónde estás? ¿Dónde te has metido? ¡Haz el favor de salir! -gritaba Automateo.

Pero tal vez por prudencia o por cualquier otro motivo, Pioxo permanecía callado. Entonces Automateo comenzó a suplicar, asegurándole que había cambiado de opinión, que su único deseo era escuchar los buenos consejos de su electroamigo y ahogarse, pero que antes de hacerlo quería escuchar nuevamente el panegírico de la muerte. Eso tampoco dio resultado: Pioxo seguía mudo como una piedra. Entonces Automateo, arrodillado sobre la roca viva, se puso a escrudiñar el lugar palmo a palmo, rebuscando sistemáticamente por todos los alrededores. De pronto, cuando estaba a punto de arrojar el puñado de grava que tenía en la mano, Automateo se detuvo, lo acercó a sus ojos, y respiró con alivio: Pioxo estaba allí, entre las piedrecitas, con un apagado resplandor metálico.

-¡Ah, estás aquí! ¡Te encontré! ¡Ahora te tengo, querido ser irrompible! -gritó apretando cuidadosamente a Pioxo entre sus dedos. Pioxo permanecía tan mudo como antes, mientras Automateo proseguía-: ¡Ahora veremos si eres tan indestructible como dices! ¡Toma!

Al decir esto dio un terrible pisotón a Pioxo; había puesto al electroamigo encima de una roca y saltó una y otra vez encima de él con todo su peso, y para mayor seguridad le pegó con la herradura de su bota, hasta que chirrió. Pero Pioxo no se rompía y únicamente la roca se deshizo un poco bajo la herradura de acero. Al agacharse, Automateo se dio cuenta de que el granito de metal seguía igual de entero, mientras que la roca se hundía debajo de él. Ahora Pioxo se hallaba metido en un pequeño hueco.

-Conque eres duro, ¿eh? ¡Pero encontraré una piedra más dura que tú! -gritó Automateo, y fue a buscar por todo el islote una roca más dura, de basalto o pórfido, para aplastar con ella a su amigo. Mientras lo pisoteaba, a ratos hablándole con calma, y a ratos maldiciéndolo, contando con que le respondería o hasta suplicaría, Pioxo siguió tan mudo como una piedra. Sólo se oía el ruido de los golpes; las pisadas, el estruendo de las rocas y las maldiciones de Automateo.

Al cabo de un buen rato, convencido de que al electroamigo no lo dañaban ni los golpes más violentos, Automateo, frustrado y terriblemente cansado, se volvió a sentar a la orilla del mar con su electroamigo en el puño.

-Puesto que no consigo destruirte -dijo con aparente calma, disimulando su furia-, me voy a ocupar de ti . como te mereces. Vas a tener que esperar mucho tiempo ese barco, amigo mío, puesto que te voy a mandar al fondo del mar, donde vas a permanecer por los siglos de los siglos. Así tendrás todo el tiempo que quieras para
meditar en medio de tan perfecta soledad. ¡Te juro que ya no tendrás ningún otro amigo!

-Querido Automateo -dijo suavemente Pioxo-, ¿a mí qué me importa permanecer. en el fondo del mar? Estás pensando con los criterios de los seres no duraderos, de ahí tu error. Pues has de comprender que el mar se secará un día o bien algún pico surgirá de su fondo para convertirse en una montaña y luego en un continente. A mí no me importa que ello se produzca dentro de miles o de millones de años. Pues no sólo soy indestructible, sino también infinitamente paciente, como hubieras debido comprender aunque sólo fuera por la tranquilidad con que he soportado tus arbitrariedades. Es más: no respondí a tus llamadas, dejándote buscarme por el suelo, porque quería ahorrarte esfuerzos innecesarios. También callé cuando saltabas sobre mí para evitar que mis palabras aumentaran tu ira y ello te afectara aún más.

Al oír tan noble confesión, Automateo se volvió a enfurecer.

-¡ Te voy a aplastar, te voy a hacer polvo, maldito! -y reanudó los saltos y los golpes contra la roca y el loco pataleo. Pero esta vez, acompañados de los comentarios de Pioxo:

-¡Vamos, ánimo! ¡Prueba otra vez! ¡Así no, que te cansas demasiado pronto! ¡Animo, esas piernas! ¡Arriba, arriba! ¡Animo! ¡Salta más alto, así pegarás más fuerte! ¿Ya no puedes? ¿De veras? Alza la piedra, así... A lo mejor con otra piedra... Inténtalo... ¿Una más gorda? ¡Arriba! ¡Qué lástima, amigo mío, que no pueda ayudarte! ¿Por qué te detienes? ¿Tan pronto te has cansado? ¡Qué lástima!... Bueno, eso no es nada... Esperaremos un rato a que descanses y te refresques con este airecito que viene del mar...

Automateo se desplomó exhausto sobre la roca se quedó mirando con odio al granito de meta que tenía en la palma de la mano, escuchando a regañadientes, lo que le decía:

-De no ser tu electroamigo, diría que te comportas de una manera lamentable. El barco se hundió por culpa de la tempestad, te salvaste conmigo, te di mis mejores consejos, y por no prometerte la supervivencia, por considerarla imposible, te ensañas contra mí, y mis palabras sinceras, mis verdades y consejos, pretendes aniquilarme, a mí, tu único compañero. Es un hecho que así por lo menos tu vida ha tenido algún sentido y debieras estarme agradecido por eso. Es curioso que la idea de mi durabilidad te resulte tan odiosa...

-Eso lo vamos a ver; veremos si eres tan perdurable -dijo a media voz Automateo-. Aún no he terminado.

-Realmente eres gracioso. Prueba a ponerme sobre la hebilla de tu cinturón, es de acero y a lo mejor es un acero más resistente que la roca. Puedes probar, aunque estoy seguro de que todo será en vano, pero sólo trato de ayudarte.

Aunque con cierta desgana, Automateo siguió el consejo de Pioxo, pero no consiguió más que hacer unos cuantos rasguños en su hebilla bajo los tremendos golpes. Al ver que de nada servían sus esfuerzos, el náufrago se sumió en la mayor
depresión y, desesperado, sin fuerzas ya, se quedó mirando aquella nimiedad metálica, que seguía hablándole con su vocecita:

-¡Vaya criatura razonable, que se hunde en la melancolía por no poder aguantar al único ser amistoso que existe en todo este espacio desierto! ¿No te da vergüenza, querido Automateo?

-¡Calla, repugnante charlatán! -gritó el náufrago.

-¿Por qué habría de callar? Si no te compadeciera, hace ya mucho tiempo que habría dejado de hablar, pero sigo siendo tu amigo y permaneceré a tu lado en tu agonía, como un compañero fiel, siempre y cuando me vuelvas a colocar en tu oído y no me tires al mar, pues siempre es preferible contar con alguna audiencia. Así que seré el testigo de tu agonía, que siempre será mejor sobrellevarla en compañía que en soledad absoluta; poco importa cuáles puedan ser los sentimientos al respecto. Me odias a mí, tu verdadero amigo, que te ayudo, te aliento y reconforto dándote sabios y convincentes consejos, pero todo te parece poco... Por mi parte, te prometo que así no hablaré y no comentaré nada, puesto que si no lo hago así, aun sin desearlo, podría deteriorarse esa amistad inquebrantable que tú no puedes poseer por tu mal carácter. Sin embargo, eso también lo puedo aguantar, pues devolviendo el bien por mal las cosas se compensan y de esta manera te salvo de 'ti mismo, por pura amistad, repito, y no es que la simpatía me ciegue hasta el punto de no ver tu odiosa naturaleza...

Un grito salido del pecho de Automateo interrumpió las palabras de Pioxo.

-¡Un barco! ¡Un barco! ¡Un barcoooo! -chillaba frenético, y se puso a brincar por toda la orilla, tirando piedras al agua, agitando los brazos y gritando hasta quedarse ronco, aunque hubiese podido ahorrarse las energías, pues la nave ya se dirigía claramente hacia el islote y pronto de su flanco salió un bote de salvamento.

Como luego se supo, el capitán del barco del cual viajaba Automateo, inmediatamente antes de que se hundiera, tuvo tiempo de hacer una llamada de socorro; un gran número de naves se pusieron inmediatamente a buscarles en todas
las direcciones, y una de ellas había dado con el islote. Cuando llegó el bote, Automateo quiso saltar a él inmediatamente, pero lo pensó mejor y volvió corriendo hacia Pioxo, temiendo que su amigo gritara y le oyeran los marineros, que tal vez hicieran preguntas embarazosas y quizá hasta escucharan algunas acusaciones por parte del electroamigo. Para evitarlo, agarró a Pioxo, y sin saber donde meterlo, rápidamente se lo volvió a colocar en el oído.

Huelga describir las escenas de alegría y agradecimiento que siguieron, durante las cuales Automateo se comportó muy ruidosamente, pues temía que algún tripulante del bote oyera la vocecita del electroamigo, que no dejaba de hablar, repitiendo: «Vaya, qué sorpresa... Una posibilidad entre cuatrocientas mil... ¡Qué suerte tienes! Espero que ahora nuestra amistad se restablezca si tienes en cuenta que sobre todo no te conté lo de los momentos peores; además, no soy rencoroso y olvidaré lo ocurrido... »

Cuando, tras una larga travesía, el barco llegó al puerto, Automateo asombró a quienes le rodeaban al preguntar si por allí había alguna fundición, pues deseaba visitarla, añadiendo que lo que más le interesaba eran los grandes martillos pilones a vapor. Contaron después que durante dicha visita se comportó de un modo bastante raro, ya que al llegar ante un enorme yunque de acero, comenzó a mover la cabeza en todas direcciones con tal fuerza que parecía querer sacarse de ella el cerebro, y con la mano puesta en un oído no dejaba de pegar saltos sobre una pierna; sin embargo, los que allí estaban pensaron que una persona salvada hacía tan poco tiempo de una espantosa aventura podía cometer las mayores extravagancias, debido a un momentáneo desequilibrio mental.

Automateo empezó a tener las más distintas manías. A veces le daba por coleccionar explosivos; hasta inventó realizar una explosión en su piso, cosa que lograron poder evitar sus vecinos avisando a las autoridades; luego, sin ninguna razón aparente, volvió a coleccionar martillos y sierras de carborundo, y a sus amigos les decía que pensaba construir un nuevo tipo de máquina para descifrar los pensamientos.

Se volvió solitario y tomó la costumbre de hablar en voz alta consigo mismo, y a veces podía oírsele monologando por su casa y hasta gritando maldiciones.

Finalmente, al cabo de muchos años, presa de una nueva manía, empezó a comprar sacos de cemento; con ese cemento construyó una bola gigantesca y, cuando fraguó, la llevó no se sabe dónde. Cuentan que fue a una mina abandonada y que una noche tapó la boca del pozo con un enorme bloque de hormigón, y que luego, hasta el fin de sus días, anduvo rondando por los alrededores de la mina y que no había basura que no recogiera para tirarla al fondo del pozo abandonado. Efectivamente, tenía unas costumbres muy raras, pero en su mayoría esas habladurías carecen de todo fundamento. Pues resulta difícil creer que al cabo de tantos años Automateo siguiera resentido con su electroamigo, al que tanto debía.


El rey Globaldo y los sabios

Un día, el rey Globaldo, señor de Eparidia, mandó llamar a tres de sus más grandes sabios y les dijo:

-Nada hay más horrible que la suerte de un rey, sabe todo lo que hay que saber, hasta el punto de que cuanto le dicen suena igual qué una pompa de jabón al estallar. Deseo asombrarme y sólo me aburro, quiero conmoverme y no escucho más que tonterías, ansío oír cosas extraordinarias y me vienen con los más huecos halagos. Habéis de saber, queridos sabios, que hoy mismo mandé cortar la cabeza a todos mis bufones, junto con mis consejeros oficiales, y esa misma suerte os espera de no cumplir mi orden. Cada uno de vosotros ha de contarme la historia más extraordinaria que sepa, y si no me hace reír o llorar, no me asombra o alarma, no me divierte o me induce a reflexionar, ¡os mando cortar la cabeza!

El rey hizo un gesto y los sabios oyeron los pasos metálicos de los esbirros, que los rodearon a los pies del trono, cuyas espadas desnudas brillaban ominosamente. Los tres sabios quedaron temerosos y confusos, pues ninguno quería provocar las iras del rey y perder la cabeza, hasta que el primero manifestó:

-¡Rey y señor! La historia más extraña de todo el cosmos visible e invisible es sin duda la de un pueblo estelar que en las crónicas lleva el nombre de reversios. Desde los comienzos de su historia, los reversios todo lo hacían al revés de las demás criaturas inteligentes. Sus antepasados se instalaron en Urdruria, planeta famoso por sus volcanes, donde cada año surge una cadena de montañas y se producen terribles convulsiones que todo lo arrasan. Para mayor desventura, una gran avalancha de meteoros se precipitó sobre el planeta. Durante doscientos días al año caían sobre su superficie tremendas lluvias de piedras. Los reversios (que por entonces aún no llevaban ese nombre), levantaron construcciones de hierro templado y acero, y ellos mismos se cubrieron con tal cantidad de láminas de acero que parecían alcachofas blindadas y con piernas. Pero durante los terremotos, la tierra al abrirse se tragaba sus ciudades y los meteoros aplastaban sus blindadas capas protectoras. Al ver que toda la población estaba en peligro de exterminio, sus sabios se reunieron y el primero manifestó: «Nuestro pueblo no puede permanecer en su forma actual y no tiene otra alternativa que la transformación. La tierra se abre y para no caer en las hendiduras, cada reversio debe poseer una base ancha y plana, y puesto que los meteoros llegan de arriba, hemos de tener la cabeza puntiaguda. Si nos volvemos cónicos, nos libraremos del peligro.»

»Y otro sabio dijo:

»"No servirá de nada. Si la tierra se abre mucho, también se tragará los conos, y los meteoros, al caer oblicuamente, nos atravesarán el cuerpo. Lo ideal sería una forma esférica. Pues cuando el suelo comience a temblar y ondular, la bola rodará sola, y los meteoros al caer darán siempre sobre una superficie convexa y no pasará nada; así que hemos de volvernos redondos para preservar nuestras futuras generaciones."

»Y dijo un tercero:

»" Una esfera igual puede quedar aplastada o hundirse lo mismo que toda forma material. No existe ningún escudo que no pueda atravesar una espada suficientemente poderosa, ni espada que no se melle contra un escudo bastante resistente. La materia, hermanos, es mutable, fluida y transformable, es inconsistente y en ella no pueden vivir los seres que realmente se precien de inteligentes, sino sobre lo invariable, lo eterno y lo perfecto, aunque temporal."

»"¿A qué te refieres?", preguntaron los sabios.

»Como respuesta, el tercer sabio comenzó a desnudarse; se quitó el traje de encima, adornado con cristales, y la ropa de debajo, hecha de oro macizo, y los pantalones de plata; luego se desmontó la cabeza y el pecho, y seguidamente se fue desmembrando sistemáticamente: de las junturas pasó a los empalmes, de los empalmes a los tornillos y de los tornillos a los hilos y las piezas más diminutas, hasta llegar a los átomos. Y el sabio comenzó a desgranar sus átomos, y los desgranaba con tal rapidez que nadie podía percibir nada fuera de su disolución; hábil y rápidamente, ante los demás sabios asombrados se convirtió en una perfecta ausencia, que es precisamente una inversión tan fiel como una presencia. Pues donde anteriormente tenía un átomo, ahora ya no existía; donde había un tornillo, había desaparecido, tan fielmente que su hueco no se diferenciaba de él. Y de esa manera se convirtió en el vacío, un vacío tan sistemático como anteriormente lo era su plenitud; y su inexistencia era una existencia inalterada, por cuanto actuaba tan rápida y hábilmente para que ninguna intrusión material pudiera invadir su perfecta ausencia presente. Y los demás lo veían como un vacío formado al igual que estaba un momento antes; reconocían sus ojos por la ausencia de su color negro, su rostro por la ausencia de su resplandor azul y sus brazos por la falta de sus dedos, de sus muñecas y sus codos. "De esta manera, hermanos -manifestó el Presente Ausente-, y mediante nuestra encarnación en la nada, conseguiremos no solamente una enorme resistencia, sino también la inmortalidad. Pues sólo la materia es mutable, mientras que la nada no tropieza nunca en su camino con la inseguridad; por eso la perfección radica en la inexistencia y no en la existencia; así que hay que elegir lo primero y no lo segundo."

»Así lo hicieron y, desde entonces, los reversios son un pueblo muy pacífico; dedican su vida a lo que no existe en vez de a lo que existe, por cuanto en ellos nada hay, salvo lo que les rodea. Y cuando alguien llega a su casa, se le considera como una ausencia doméstica, y si anda por la niebla, como su ausencia local. Se sustrajeron a las molestas contingencias de la materia cambiante, con lo que convirtieron lo posible en imposible.

-¿Y cómo viajan a través del vacío cósmico? -preguntó el rey Globaldo ál sabio.

-Eso es lo único que no pueden hacer, señor, puesto que el vacío exterior chocaría con su propio vacío y dejarían de existir como inexistencia localmente concentrada. Por eso precisamente han de velar constantemente por la pureza de su
no ser, por el vacío de su existencia, y a esa tarea dedican su tiempo, pues también suelen llamarse aniquilados o anulados.

-¡Sabio -dijo el rey-, tu historia es necia! ¿Cómo es posible sustituir la heterogeneidad material por la homogeneidad de lo que no existe? ¿Acaso es lo mismo una roca que una casa? ¿Es que la ausencia de una roca puede tener distinta forma que la ausencia de una casa?

-Señor -dijo el sabio-, hay varias formas de inexistencia...

-Veamos -le atajó el rey- lo que ocurre cuando mande cortarte la cabeza ¿se convertirá su ausencia en presencia? ¿Qué me dices? -y el rey, soltando una horrible carcajada, hizo una señal a sus esbirros.

-¡Señor! -gritó el sabio, que ya estaba entre las garras de sus verdugos-. Te has dignado reír, de modo que mi historia te ha regocijado y, de acuerdo con tu promesa, has de perdonarme la vida.

-No es cierto, puesto que me he reído de mi propia ocurrencia -replicó Globaldo-. Pero a lo mejor te avienes a lo que te voy a decir: si aceptas de buen grado que te corten la cabeza, entonces me reiré y te daré la razón.

-¡De acuerdo! -exclamó el sabio.

-En ese caso, cortadle la cabeza, puesto que así lo pide -ordenó el rey.

-¡Pero, señor, he aceptado para que no me decapitasen!

-Si estás de acuerdo, hay que decapitarte -replicó Globaldo-, y si no estás de acuerdo, no me haces reír y por consiguiente han de cortarte la cabeza...

-¡ No, no, al contrario! -gritó el sabio-. Si estoy de acuerdo, tú, al alegrarte, has de perdonarme la vida, y si no estoy de acuerdo...

-¡Basta! -dijo el rey-. ¡Verdugo, cumplid con vuestra tarea!

Silbó la espada y la cabeza del sabio rodó por el suelo.

Al cabo de un rato de mortal silencio, el segundo sabio empezó:

-¡Rey y señor! El más curioso de los pueblos estelares es sin duda el de los poliontos, es decir, los múltiples, que también suelen llamarse los pluralistas. Esos seres tienen realmente un solo cuerpo, pero muchas piernas, cuyo número depende del cargo que desempeñan: cuanto más alto, más piernas tienen. En cuanto a las cabezas las tienen en función de las necesidades; así, por ejemplo, las familias pobres poseen generalmente una sola cabeza, mientras que los ricos poseen varias para las diversas circunstancias: así, tienen una cabeza para la mañana y otra para la tarde; una cabeza estratégica en caso de guerra y otra rápida, por si hay que correr, también suelen disponer de cabezas frías y cautelosas, a pájaros tristes, alegres, amorosos y hasta lúgubres, de modo que están preparados para todas las circunstancias de la vida.

-¿Eso es todo? -preguntó Globaldo.

-No, señor -dijo rápidamente el sabio, viendo que las cosas se le ponían mal-. Los poliontos sacan su otro nombre de pluralistas del hecho de que todos ellos están muy ligados a su gobernante, hasta el punto de que si la mayoría opina que la actuación del rey es nociva para el bien general, entonces el monarca pierde su compacidad y se deshace en pedazos...

-¡Vaya idea absurda! ¿Conque conspiran contra su rey? -soltó el rey iracundo-. Puesto que tanto has hablado de cabezas, sabio, dime: voy a ordenar que corten la tuya ahora mismo, ¿o no?

«Si contesto que sí -pensó el sabio- lo hará, puesto que está furioso conmigo. Y si le digo que no, eso lo sorprenderá y al sorprenderse tendrá que cumplir su promesa y perdonarme la vida.»

Así que dijo:

-No, señor, no ordenarás que me corten la cabeza.

-¡Te equivocas! -gritó Globaldo-. ¡Verdugos, cumplid con vuestra tarea!

-¡Pero, señor! -imploró el sabio, ya en manos de los esbirros-. ¿Acaso no te han sorprendido mis palabras? ¿No suponías que iba a decir que me mandarías decapitar?

-Tus palabras no me han sorprendido, porque el miedo que llevas escrito en la cara te las dictó. ¡Basta, cortadle ya la cabeza!

Y la cabeza del segundo sabio rodó por el suelo. .

El tercer sabio, el más anciano de todos, estaba mirando la escena con gran serenidad. Pero cuando el rey le pidió que le contara una historia extraordinaria y sorprendente contestó:

-Majestad, podría contarte una historia realmente extraordinaria, pero no lo haré, puesto que prefiero hablarte sinceramente en vez de sorprenderte. Quiero más bien obligarte a que me hagas cortar la cabeza, pero no con el vil pretexto de disfrazar una matanza, que llevas a cabo para divertirte; pues aun siendo cruel no te atreves a hacerlo sin cubrirte con una máscara de falsedad. En realidad, deseabas que nos cortaran la cabeza, pero de tal manera que luego dijeran que el rey mató a unos necios que se hacían pasar por sabios. En cambio, yo deseo que se diga la verdad y por eso no te contaré historia alguna.

-No, ahora no te entrego al verdugo -replicó el rey-. Realmente deseo escuchar una historia extraordinaria. Quieres enfurecerme, pero yo sé reprimir mi cólera cuando es necesario. Habla, y quizá no solamente te salves tú mismo, sino también a otros. Lo que digas puede incluso rozar el crimen de lesa majestad, que, por lo demás, ya has cometido; pero esta vez tendrá que ser un insulto tan monstruoso que se convierta de por sí en una auténtica lisonja, que por sus dimensiones se transforme a su vez en una afrenta. ¡Intenta, pues, de un solo golpe ensalzar y rebajar, engrandecer y reducir a tu rey!

En medio del más absoluto silencio, los que allí estaban trataban de adivinar durante cuánto tiempo conservarían la cabeza sobre los hombros. El tercer sabio se había sumido en profunda reflexión. Por fin dijo:

-Señor, satisfaré tus deseos y te diré por qué lo hago. Pues lo voy a hacer por todos los aquí presentes, por mí y también por ti, a fin de que en el futuro no puedan decir que hubo un rey que por capricho acabó con la inteligencia en su país; aun cuando así fuera en estos momentos, aunque tus deseos no signifiquen casi nada o nada en absoluto, yo quiero darle a tu efímero capricho un valor, haciendo de ella una cosa significativa y duradera, y por eso hablaré...

-Anciano, basta ya de preámbulos que nuevamente rozan el crimen de lesa majestad y nada tienen que ver con una lisonja -dijo el rey airado-. ¡Habla!

-Señor, abusas de tu poder -contestó el sabio-, aunque tus abusos no son nada en comparación con los que cometiera tu remoto y para ti desconocido antepasado, el fundador de la dinastía de los epáridas. Tu antepasado Alegórico también solía abusar de su autoridad. Para mayor aclaración de cómo se comportaba, te ruego, señor, que te dignes mirar hacia ese firmamento nocturno que se ve por las ventanas superiores de la sala del palacio.

El rey miró al cielo, estrellado y puro, mientras el sabio proseguía lentamente:

-iMira y escucha! Todo cuanto existe es objeto de burla. Ante nada se guarda el necesario respeto, pues es sabido que mucha gente se atreve hasta a reírse de Su Majestad real. El trono y el Estado son objeto de irónicas burlas. Todos se ríen de los otros o de sí mismos. Se ha llegado al extremo de burlarse de lo que no existe, pues ¿no se ríen de los míticos dioses? Incluso las cosas más serias y hasta trágicas son motivo de bromas; basta recordar el humor relativo a los cementerios, los chistes sobre la muerte y los muertos. Ni siquiera se respeta a los cuerpos celestes. Veamos, por ejemplo, el Sol y la Luna. A ésta la representan como a una astuta y delgada mujer con un cetro cornudo de bufón y semejante a un creciente con doble barbilla; mientras que al Sol lo representan como a un gordinflón cordial y mofletudo con una aureola desflecada. Sin embargo, aunque la gente acostumbra a mofarse tanto del reino de la vida como de la muerte, de las cosas pequeñas como de las grandes, hay algo de lo que hasta ahora nadie se atrevió a reírse; sin embargo, no se trata de una cosa que pueda olvidarse o escapar a la atención, ya que pertenece a lo que existe; me refiero al cosmos. Si reflexionas un poco, señor, te darás cuenta cuán ridículo es el cosmos...

Al llegar a este punto el rey Globaldo se asombró por primera vez y con incrementada atención escuchó al anciano sabio, quien prosiguió:

-El cosmos está formado de estrellas. Eso suena bastante serio, pero si reflexionamos un poco, resulta difícil no sonreírse. Pues ¿qué son realmente las estrellas? Unas esferas ardientes, colgadas en la-noche eterna. La imagen no deja de ser poética en apariencia. ¿Por su naturaleza? Ni mucho menos, sino debido a sus dimensiones. Sin embargo, las dimensiones no pueden determinar por sí solas la importancia del fenómeno. ¿Acaso los garabatos de un imbécil, trasladados desde una hoja de papel a una gran extensión, se convierten en una cosa importante? Una necedad, aumentada, no deja de ser una necedad, y sólo potencia su ridiculez. ¡El cosmos es algo así como un papel salpicado de puntos! Por doquiera que miremos, sólo hay eso. La monotonía de la creación parece el concepto más trivial y común que pueda imaginarse. ¿A quién, sino a un verdadero imbécil, podría ocurrírsele sembrar de puntos hasta el infinito un universo que había que crear? Tomemos un espacio infinito y vacío y una vez y otra punteémoslo al azar. ¿Cómo es posible impartir a dicha construcción orden y majestuosidad? Eso sólo puede ser el resultado de un autoplagio, cometido al principio, y ese principio fue a su vez el más insensato de los actos habidos y por haber, ¿pues qué otra cosa puede hacerse cuando se está ante una hoja de papel blanco con una pluma en la mano, sin tener la más mínima idea de cómo llenarla? ¿Dibujos? ¡Qué va! Para eso hay que saber lo que se va a dibujar. ¿Y si no se ha pensado en nada? ¿Si se carece de toda imaginación? Pues al tocar el papel con la pluma, sin quererlo, se forma un punto. Y una vez puesto, ese punto crea, para un espíritu insensato acompañado de impotencia creadora, un modelo sugestivo, por cuanto fuera de él no hay nada en absoluto y porque con el menor esfuerzo ese modelo se presta a reproducirse al infinito. ¿Repetirlo? Pero ¿cómo? Los puntos pueden adornarse de alguna manera; ahora bien, ¿y si uno también es incapaz de hacer eso? No queda más que una cosa: sacudiendo esa pluma impotente, salpicar la hoja de papel de gotas de tinta, llenarla a ciegas de puntos.

Mientras decía esto, el anciano cogió una hoja de papel y, mojando su pluma, en el tintero, la sacudió varias veces encima de la hoja; seguidamente sacó de debajo de sus vestiduras un mapa celeste y enseñó al rey ambas cosas. La semejanza no podía ser mayor. En la hoja de papel se veían miles de puntos, pequeños y grandes, pues a veces la pluma estaba muy llena de tinta y otras menos. Y en el mapa, el cielo ofrecía el mismo aspecto. El rey se quedó mirando ambas hojas de papel y guardó silencio, mientras el sabio proseguía:

-Te han enseñado, señor, que el Universo es una construcción infinita y perfecta, majestuosa y cuajada de estrellas. Pero esa respetable, omnipresente y eterna construcción ¿acaso no es todo lo contrario de la razón y el orden? ¿Por qué nadie se dio cuenta hasta ahora? Pues muy sencillo: ¡porque en todas partes hay necios! Pero esa universalidad se merece tanta más mofa y burla por cuanto el ridiculizarla es signo precursor del motín y la emancipación. Habría que. escribir con ese espíritu un panfleto sobre el Universo, para que esa obra insensata suscitara risas irónicas en lugar de suspiros embelesados.

El rey Globaldo seguía escuchando, asombrado, mientras el anciano, tras un silencio, proseguía:

-La obligación de todo sabio hubiera debido ser la de redactar ese panfleto, pero entonces habrían tenido que señalar la causa primera que motivó la aparición de esa cosa merecedora de irónicas quejas que lleva el nombre de Universo. Y eso sucedió cuando el infinito aún estaba absolutamente vacío, en espera de la creación, un cosmos que brotó de la nada y al principio constaba sólo de unos pocos astros. Y fue precisamente tu antepasado Alegórico el que reinó sobre dichos astros. Por entonces, se le ocurrió una idea tan imposible como insensata: decidió suplantar a la Naturaleza en su obra infinitamente paciente y lenta. Decidió, en contra de la Naturaleza, crear un cosmos lleno de preciosas maravillas. Como él solo era incapaz de hacerlo, mandó construir una máquina inteligentísima para realizar la obra. Construyeron ese monstruo mecánico durante seiscientos años, pues por entonces el cálculo del tiempo era distinto a como hoy se efectúa. No ahorraron esfuerzos ni medios y la máquina alcanzó unas dimensiones y un poder casi ilimitados. Cuando estuvo lista, el usurpador de la Naturaleza mandó ponerla en marcha. Alegórico no presentía lo que iba a suceder, cegado por su ilimitado orgullo. La máquina era excesivamente grande y además su inteligencia, muy distante de las cumbres del entendimiento, estaba formada por un oscuro balbuceo de corrientes centrífugas, y de aquel caos supuestamente pensador, en el que con un esfuerzo tremendo una multitud de conceptos insuficientemente desarrollados se reducían a nada, de aquellas convulsiones, y luchas inútiles, sólo empezaron a salir hacia los obedientes subsistemas ejecutivos del coloso ¡unos signos de puntuación carentes de todo sentido! ¡Pues aquélla no era la más inteligente de las máquinas, no era ningún cosmocreador omnipotente, sino una irracional usurpación generadora de ruina, que sólo sabía balbucear puntos! ¿Qué ocurrió entonces? El rey, que estaba esperando que sus planes se confirmaran, que sus más audaces sueños se verificaran, se obstinó en su empeño, y nadie se atrevió
a decirle que estaba dando origen al más insensato balbuceo, a una agonía mecánica que ya había nacido como una cosa agonizante. Pero los enormes mecanismos obedientes y sin vida del coloso estaban dispuestos a cumplir cada orden, y de toda la materia existente comenzaron a extraer lo que en el espacio tridimensional corresponde a un punto bidimensional: una esfera; y de está manera siguieron repitiendo incesantemente la misma cosa, hasta que las llamas resultantes de la materia incandescente proyectaron a través del vacío unas bolas ardientes, y de ese balbuceo nació el cosmos. Así pues, tu antepasado, señor, fue el creador del Universo y a la vez el autor de una estupidez cuya magnitud nadie será capaz de igualar. Eso es todo cuanto quería contarte, señor, descendiente de Alegórico, constructor de mundos.

Cuando el rey Globaldo despidió a sus sabios, colmados de su generosa clemencia y muy especialmente el anciano, que de un solo golpe había conseguido presentarle la mayor lisonja y el mayor insulto, uno de los jóvenes eruditos le preguntó si su relato era cierto.

-¿Qué puedo decirte?. -contestó el anciano-. Cuanto he dicho no procede de la ciencia, pues ésta no se ocupa de los aspectos de la existencia de los que cabe reírse. La ciencia explica el mundo, pero sólo el arte puede conciliarse con él. ¿Qué sabemos del origen del cosmos? Es posible llenar un vacío tan inmenso de toda suerte de leyendas y mitos. Al recurrir a la mitología, solamente deseaba llegar a los límites de lo inverosímil y me parece que a ello me aproximé. Tú también lo sabes y lo que en verdad deseas preguntarme es si el cosmos es realmente ridículo. . Pero a esa pregunta, cada cual ha de responder por sí mismo.



Leyenda del rey Murdano

A la muerte del buen rey Hilizandro, subió al trono su hijo Murdano. Sus súbditos lo lamentaron, pues el nuevo monarca era ambicioso y cruel. Se hizo llamar el Grande, y temía las corrientes de aire, a los espíritus y la cera, porque al encerar los pisos, uno puede resbalar y romperse una pierna. Odiaba también a los parientes que impiden gobernar sin interferencias, y sobre todo lo espantaban las profecías. Después de coronarse, inmediatamente mandó cerrar las puertas y no abrir las ventanas en todo el Estado, y ordenó destruir todas las máquinas adivinas, mientras que al inventor del aparato que alejaba a los fantasmas le condecoró y le dio una buena pensión. Este aparato funcionaba realmente bien, puesto que jamás vio a ningún fantasma.

Murdano no salía al jardín para no resfriarse y sólo paseaba por las salas del castillo real, que era muy espacioso. Pero cierto. día, al pasear por los corredores y los pasillos, llegó a una antigua ala del palacio, donde nunca había estado hasta entonces. Se encontró en primer lugar con una sala, en la que estaba la guardia del cuerpo de su tatarabuelo, con su mecanismo de cuerda de los tiempos en que no se conocía la electricidad. En la segunda sala, se encontró con unos guerreros de vapor oxidados, pero nada tenían de especial y ya estaba dispuesto a volverse, cuando de pronto vio una pequeña puerta con una inscripción que decía: «No entrar». La puerta estaba cubierta de polvo y ni la hubiera tocado a no ser por aquella inscripción, que le enfureció.

«¿Será posible -pensó- que alguien se atreva a prohibirme algo?» No sin cierta dificultad abrió la puerta, que chirrió sobre sus goznes, y, tras bajar por una retorcida y angosta escalera, llegó a una sala abandonada. Allí encontró una máquina de cobre muy antigua, con ojos de rubíes y su llave puesta. El rey Murdano comprendió que se trataba de una máquina adivina, y de nuevo se irritó al ver que, en contra de sus órdenes, habían dejado aquel artefacto en el palacio. Se le ocurrió que, por una sola vez, bien podía probar a ver cómo emitía sus augurios aquel trasto. De manera que le dio a la llave y, como no funcionaba, golpeó la tapa con los dedos. La máquina jadeó roncamente, el mecanismo se calentó y los ojos de rubíes se clavaron en el rey, como bizqueando. Esa mirada le recordó al rey a su tío Cenandrio, hermano de su padre, que había sido su antiguo preceptor. Pensó que seguramente el tío había mandado construir así aquella máquina intencionadamente, pues de otra manera ¿por qué iba a bizquear?

La máquina, tartamudeando, comenzó a tocar lentamente una triste musiquilla, como si un enterrador armado con su pala estuviera golpeando una tumba de acero, y a través de la rendija de la tapa asomó una esquela negra cubierta de una escritura amarillenta como los huesos de un esqueleto.

Murdano se impresionó, pero no pudo vencer su curiosidad. Agarró la esquela y corrió a sus aposentos. «Voy a echarle una simple ojeada», decidió, y así lo hizo. En la esquela decía lo siguiente:

«Sonó la hora, la familia morirá,
el hermano de la hermana o el tío, o el primo de la prima,
todos caerán, llega el sobrino,
le toca al suegro, ya lo agarra el verdugo,
la tía con sus calumnias a las otras tías desgarra.
Ya marchan a la guerra, vaya, habrá jaleo.
Llegan las nietas, los suegros, y yo voy a enterrarlos.
Golpear a diestra y siniestra; aquí el tío, allá la tía.
Que el suegro reviente y la cabeza del yerno se abra.
Yace el yerno; cinco tumbas; cae el suegro: las tumbas son seis.
El tío abuelo, la tía abuela, el tío de los tíos, así ha de ser,
pues, aunque entrañables, los parientes de la tierra seguros están.
Sonó la hora, la hora de la familia;
al que le toque, que se arrastre.
'Enterradlo como es debido, que siempre se esconde.
No lo entierres antes de la hora, sino cuando duerma.»

El rey Murdano se espantó al leer esas palabras y se reprochó la ligereza con que había puesto en marcha la máquina adivina. Pero ya era demasiado tarde para arrepentirse; no tenía más remedio que actuar antes de que las cosas empeoraran, pues no dudaba del verdadero sentido de aquella. profecía: sus parientes más cercanos, tal como venía sospechando desde hacía tiempo, le amenazaban.

En realidad, no se sabe exactamente cómo ocurrieron las cosas. En cualquier caso, muy pronto se sucedieron una serie de acontecimientos penosos, por no decir terribles. El rey mandó cortar la cabeza a todos sus familiares, salvo a su tío Cenandrio, que logró escapar en el último momento disfrazado de organillo; pero de nada le valió, pues al poco tiempo lo cazaron y su cabeza rodó bajo el hacha del verdugo. Sin embargo, esta vez Murdano pudo dictar sentencia con la conciencia tranquila, pues sorprendieron al tío conspirando contra el monarca.

Tras la terrible matanza, Murdano se vistió de luto de pies a cabeza; se había librado de un gran peso; pero, aunque aliviado, estaba muy triste, pues en el fondo no era tan malo ni cruel. El sereno luto del rey no duró mucho, pues pensó que tal vez le quedaran algunos parientes lejanos y desconocidos. Para mayor seguridad, hizo decapitar a toda una serie de presuntos familiares en todo el país, pero eso no lo tranquilizó en absoluto, pues todos los súbditos eran sospechosos, y como no puede haber un rey sin súbditos, hubiera tenido que matarlos a todos.

Se volvió tan receloso, que dio la orden de atarlo a su trono, y para que nadie lo destronara dormía con un gorro blindado y no dejaba de pensar en lo que había de hacer. Finalmente, hizo algo realmente extraordinario. Al parecer, le dio la idea un vendedor ambulante disfrazado de buhonero, pues hay distintas versiones al respecto. Un día el rey Murdano ordenó que se presentaran todos los constructores, electricistas, chapistas y montadores de la corte y les dijo que tenían que agrandar su persona, de tal manera que rebasara todos los horizontes.

Cumplieron las órdenes con una rapidez asombrosa, puesto que el director de la oficina de proyectos había sido nombrado superverdugo por el rey. Una multitud de electrorrobots y de constructores comenzaron a llenar el palacio de cordones y cables y bobinas, y tan pronto como el rey llenó con su cuerpo el palacio entero, de
forma que se hallaba en todas sus dependencias a la vez, emprendieron la tarea en las casas vecinas. Al cabo de dos años, Murdano ya ocupaba todo el centro de la capital. Como quiera que las casas no bastaban y además resultaban incómodas, las. derribaron y en los solares levantaron unos palacios electrónicos, denominados amplificadores de Murdano.

El rey siguió creciendo lentamente y sin tregua, llegando a alcanzar muchos pisos, perfectamente conectados y alimentados por sus propias subcentrales, hasta que invadió toda la .capital, y comenzó a rebasar sus límites. Con todo ello, mejoró el humor del monarca; todos sus familiares ya habían desaparecido; no temía ni el aceite, ni las corrientes de aire, puesto que ya no necesitaba dar un solo paso, al estar presente en todas partes a la vez.

«El Estado soy yo», se decía no sin razón Murdano, pues con todas sus instalaciones y mecanismos eléctricos ocupaba, enteramente las plazas y las avenidas. Ya nadie podía habitar en la capital del 'reino, salvo, naturalmente, los robots limpiadores reales y los robots de cabecera, que constantemente velaban por la mente del rey, visitando un edificio tras otro. Así fue extendiéndose, satisfecho, el rey por toda la periferia de la capital, creciendo cada vez más, tal como lo mandaban los augurios, metiéndose en todas partes, hasta el punto que su omnipresencia abarcaba todo el Estado.

A la caída de la noche, el rey gigante, iluminando las sombras crepusculares, lanzaba hacia el cielo los deslumbrantes destellos de su actividad mental, para luego ir apagándose lentamente al sumirse en un sueño reparador. Pero a ese sueño oscuro de las primeras horas de la noche sucedían unos violentos resplandores y centelleos que rasgaban la noche, indicando que el rey comenzaba a tener un sueño agitado. A través de todos los edificios iban corriendo unos tormentosos relámpagos, hasta que en medio de las tinieblas se iluminaban las ventanas y todas las calles brillaban de una luz roja y morada, mientras los robots de cabecera, corriendo por las aceras desiertas, husmeando el olor a cables quemados del rey y mirando a través de las ventanas donde se veían los destellos, murmuraban entre sí:

-¡Vaya, Murdano debe de tener una pesadilla!

Cierta noche, tras una jornada especialmente laboriosa, durante la cual el rey estuvo pensando en un nuevo tipo de condecoraciones con las que adornarse, soñó que su tío Cenandrio, aprovechando la oscuridad, se había metido en la capital, oculto bajo una capa negra, y andaba por las calles en busca de cómplices para su conjuración. Llegó a un sótano, que estaba lleno de esbirros enmascarados, y era tal su número y con tanta fuerza gritaban pidiendo la cabeza de Murdano, que éste se despertó todo sudoroso y lleno de terror. El alba ya despuntaba y el rey pensó:

«¡Qué pesadilla! », y volvió a pensar en sus condecoraciones, mientras las que había ideado el día anterior se las colgaban en las terrazas y los balcones. Cuando al cabo de su atareada jornada se fue a descansar, apenas si dormitaba y ya tuvo la visión de la conjura en pleno auge. Y cuando Murdano despertó de su sueño, no lo hizo totalmente, pues el centro de la capital, en el que se desarrollaba aquella pesadilla antiestatal, siguió dormido y sujeto a la terrible visión.

En el sueño de Murdano, su tío hacía entrar en la conjura a todos sus parientes. Todos se presentaron haciendo chirriar sus bisagras, y hasta aquellos que carecían de las piezas y mecanismos necesarios empuñaban la espada en contra del legítimo gobernante. Reinaba una gran confusión. Una multitud de enmascarados repetían en voz baja consignas subversivas; en los sótanos y los pasadizos ya habían confeccionado las negras banderas de la revuelta; por doquier destilaban venenos, afilaban hachas, preparaban alambres tóxicos y todos se disponían a ajustarle las cuentas al odiado Murdano, que, lleno de terror, se despertó temblando y quería llamar a la Puerta Amarilla de la Boca del Rey a todas sus fuerzas para auxiliarlo y aniquilar a los sublevados, pero de pronto pensó que no serviría de nada, pues el ejército no puede entrar en un sueño, y por consiguiente no podía aplastar la conjuración. Así que durante un buen rato trató de despertar él mismo las cuatro millas cuadradas de su ser, que seguían soñando con el complot, pero en vano.

Sin embargo, como estaba despierto no lograba penetrar en las zonas rebeldes, lo cual no es extraño, pues la vigilia no puede introducirse en las profundidades del sueño, a donde solamente pueden llegar otros sueños. El rey se dio cuenta de que ante aquella situación lo mejor sería dormirse y soñar un contrasueño, pero no cualquiera, sino, evidentemente, un sueño monárquico y leal a su persona, con banderas desplegadas; en suma, un sueño adicto al trono, capaz de borrar en el acto aquellas pesadillas usurpadoras.

Pero Murdano no conseguía conciliar el sueño del miedo que lo atenazaba; entonces empezó a contar piedrecitas mentalmente, hasta que se durmió. Pero entonces ocurrió que el sueño encabezado por su tío no solamente se desarrollaba
en los barrios centrales, sino que comenzaba a extenderse incluso a los arsenales, llenos de bombas y proyectiles. Y el propio Murdano, por mucho que se esforzara, apenas si lograba soñar una sola compañía de caballería y además ligera, indisciplinada y armada tan sólo de cacharros.

«No hay nada que hacer -pensó el rey-; la cosa no me ha salido bien y no tengo más remedio que volver a empezar.»

Así que trató de despertarse; lo consiguió a duras penas; por fin se despertó de veras, pero entonces fue presa de terribles sospechas. ¿Es que realmente estaba de nuevo en vela, o bien seguía sumido en otro sueño, que sólo era la falsa apariencia de la vigilia? ¿Qué podía hacer ante tal situación, ante tal embrollo? ¿Soñar o no soñar? ¡He ahí el dilema!

«Supongamos que ahora no esté soñando -pensó Murdano- y no corra peligro, puesto que en la realidad no puede haber ninguna conjuración. Eso sería estupendo: en tal caso ese sueño regicida seguiría él solo y llegaría a su fin, hasta que, con su pleno despertar, la majestad recobre su legítima homogeneidad. Muy bien. Pero si me mantengo tranquilamente desvelado, y luego resulta que esta supuesta vela en realidad no es sino otro sueño, vecino de aquél, o sea el del tío, es muy probable que se produzca una catas-trofe. Esos malditos regicidas encabezados por el asqueroso Cenandrio pueden trasladarse de aquel sueño a éste, que se parece a la vigilia para quitarme el trono y la vida.

»Desde luego -siguió pensando Murdano-, la usurpación sólo puede verificarse en el sueño, pero si la conjura se extiende a toda mi real persona, entonces nunca mas volveré a despertarme, y en ese caso, ¿qué pasará? En tal caso, quedaría alejado para siempre del estado de vigilia y mi tío haría de mí lo que le diera la gana. Me torturará, me ultrajara por no hablar de las tías, que recuerdo perfectamente hasta dónde son capaces de llegar. Pues volverían a ser lo que eran en ese sueño espantoso. Además, ¿a qué viene hablar de sueños? El sueño solamente puede existir donde existe también la vigilia, a cuyo estado es posible volver, pero donde no la hay, donde no hay otra cosa más que el sueño, allí donde es la única realidad, o sea el estado de vela... ¡ Maldición! Todo se confunde a través de esta fatal personalidad excesiva, a través de esta expansión mental. Lo que me faltaba! »

Desesperado, viendo que la inacción lo iba a perder y que la única salvación estaba en su inmediata movilización psíquica, Murdano pensó:

«He de actuar, necesariamente, como si estuviera soñando. He de soñar multitudes de súbditos llenos de cariño y entusiasmo, ejércitos leales a mi persona, muriendo con mi nombre en los labios, fuertemente armados; y también sería bueno imaginar rápidamente algún arma maravillosa, puesto que todo es posible en los sueños, algo así como un medio para acabar con los parientes, algún cañón antitío o cosa parecida, y así estaré preparado para cualquier sorpresa, y si la conjuración se presenta, arrastrándome astutamente de sueño en sueño, la aplastaré.»

Suspiró el rey Murdano por todas las avenidas y plazas de su cuerpo, pues el asunto era de lo más complicado, y se puso a actuar, es decir, a dormirse. En su sueño habían de surgir unos escuadrones de acero cuadrangulares, encabezados por venerables generales y multitudes aplaudiendo y lanzando vivas en medio del sonido de los clarines, pero solamente apareció un pequeño tornillo, lo que se dice nada de nada: un tornillo de lo más ordinario, con la cabeza un poco mellada. ¿Qué hacer con él? Murdano estuvo cavilando; sintió de pronto cierta inquietud, que fue
incrementándose hasta transformarse en angustia y luego en espanto, al ocurrírsele qué «tornillo» podía rimar con «muertecillo»...

El rey se estremeció. Por consiguiente, se trataba del símbolo de la decadencia, la descomposición y la muerte, y la conjuración de sus familiares, llegaría infaliblemente, sigilosamente, arrastrándose por los subterráneos, excavando el otro sueño para meterse en éste, y él caería en la trampa. Así que lo amenazaba su fin... ¡La muerte! ¡La destrucción! ¿Pero, por qué, de qué manera? ¿Por dónde llegaría?

Refulgieron los millares de edificios personales, se estremecieron las subcentrales de Su Majestad, cargadas de condecoraciones, que se balanceaban rítmicamente al viento nocturno, tal era el espanto que atenazaba al rey Murdano ante aquel soñado símbolo de su caída. Por fin se desvaneció la pesadilla y se sintió tan perfectamente como si nunca la hubiera tenido. Y estuvo reflexionando si realmente estaba despierto o sumido en otro sueño. Parecía estar en vela, pero ¿cómo cerciorarse? A lo mejor ya había terminado de soñar con el tío y no había por qué preocuparse. Muy bien, pero ¿cómo asegurarse? No había más solución que la de autoespiarse, hacerse pasar por un insurrecto y hurgar incesantemente en su propio cuerpo, en su gigantesca persona, en su ser-Estado y nunca más dormiría tranquilo, puesto que siempre tendría que estar dispuesto a actuar por cuanto la conjuración podía anidar en algún rincón oscuro de su gigantesca personalidad.

En ese caso tendría que soñar con fieles vasallos y delegaciones multitudinarias, con un espíritu de resplandeciente legalidad, atacando a fondo todos los abismos, las oscuridades y rincones de su personal para que ninguna intentona ni ningún tío pueda esconderse en ellos. Y rodeado por el ruido regocijante de las banderas, del tío no quedaría ni rastro, los parientes también desaparecerían y en torno al rey sólo habría fidelidad y palabras de gratitud e incesante homenaje.

Murdano ya veía los escudos de armas y los tapices en ventanas y balcones, y los cañones disparando salvas y los cornetas llevándose a los labios las trompetas de bronce. Sin embargo, al fijarse en las cosas, se dio cuenta de que algo no cuadraba; estatuas, sí, había muchas, pero muy poco parecidas a él, con la cara deformada y la mirada bizca del tío. Ciertamente, las banderas ondeaban, pero con los lazos muy pequeños, casi imperceptibles y casi negros; y si no negros, en todo caso sucios o mancillados. ¿Qué significaba todo esto? ¿Acaso una nueva alusión?

«¡Maldición! ¡Esos colgajos estaban totalmente raspados, casi sin pelo, y el tío, el tío estaba calvo!... ¡Eso no puede ser! ¡Atrás!¡Despierta, despierta!», pensaba Murdano.

«¡Que toquen diana, sacadme de este sueño!», gritó; pero cuando la pesadilla se desvaneció, las cosas no mejoraron, pues el rey fue pasando de un sueño a otro ligado con el anterior, las banderas reales se volvían negras; las condecoraciones parecían meros colgajos; de las trompetas doradas no salían aires marciales, sino las carcajadas del tío, como un trueno, exigiendo su derrocamiento.

El rey Murdano gritaba pidiendo la ayuda de su ejército para que lo despertasen. «¡Pellizcadme!», rugía, y de. nuevo gritaba que lo sacaran de su pesadilla, pero en vano... Pues sumido nuevamente en su .ensueño regicida, los conjurados se lanzaban hacia el trono; multiplicándose, corrían como ratas, y la pesadilla iba extendiéndose, sigilosa y rápidamente, no se sabe cómo, pero del modo más espantoso.

El edificio de cien pisos de la central electrónica soñaba con tornillos y cadáveres, con cables y venenos; en cada condensador el tío reía sarcásticamente; se estremecieron los edificios de espanto, aterrados de sí mismos, surgiendo de ellos cien mil parientes intrigantes y pretendientes al tronó, pérfidos bastardos, usurpadores bizcos, y aunque ninguna sabía si era una criatura soñada o soñadora, con la que se sueña, por qué motivo y con qué resultado, todos sin excepción clamaban en contra del rey. Murdano, pidiendo su cabeza, ansiosos de echarle del trono, colgarlo del campanario, matarlo de una vez, hacerlo pedazos y muchas más cosas, y nada hicieron de buenas a primeras, porque no se pudieron poner de acuerdo sobre cómo comenzar.

Y de esta manera los fantasmas siguieron hostigando la mente del rey, hasta que surgieron las llamas, provocadas por la sobretensión. Y ya no eran unas llamas soñadas, sino el más verdadero de los fuegos el que centelleaba en las ventanas de la persona real, y el rey Murdano se deshizo en cien mil sueños, que nada podía unificar ya, a no ser el incendio, que ardió durante mucho tiempo...




El Príncipe Ferriciano y la Princesa Cristalia

El rey Pancérico tenía una hija más hermosa que todas las joyas; los destellos de sus radiantes mejillas obnubilaban lamente y la vista, y cuando la princesa pasaba por algún lugar las chispas eléctricas salían hasta del hierro común, y la noticia de su belleza sin par se había extendido hasta las más lejanas estrellas. Ferriciano, el heredero del trono iónico, que había oído hablar de ella, ansiaba desposar a la hermosa hija del rey Pancérico. Al comunicárselo a su padre, éste le dijo con tristeza:

-Hijo mío, tus deseos no pueden ser más insensatos, y jamás se cumplirán.

-¿Por qué, padre mío? -preguntó Ferriciano.

-¿No sabes -dijo el rey- que la princesa Cristalia ha prometido que sólo se unirá a un paliducho?

-¿Un paliducho? -exclamó Ferriciano-. ¿Qué es eso? ¡Nunca oí hablar de esas criaturas!

-Escúchame bien, hijo mío. Has de saber que esa raza galáctica apareció de un modo tan misterioso como obsceno, cuando los cuerpos azules comenzaron a corromperse. Dentro de esos cuerpos aparecieron unos vapores y unas decocciones
frías y húmedas de las que nació la familia de los paliduchos o macilentos, pero no en seguida. Al principio no eran más que una especie de mohos reptadores; posteriormente, pasaron del océano a la tierra y vivían devorándose entre sí, y cuanto más se devoraban, más numerosos se volvían; un día se enderezaron y extendieron su pegajosa naturaleza sobre unas estructuras de cal y construyeron unas máquinas. De esas máquinas nacieron unos aparatos pensantes, que a su vez dieron vida a unos ingenios inteligentes, que por fin imaginaron unas máquinas perfectas, pues el átomo, al igual que la Galaxia, es una máquina y nada hay fuera de la máquina, por cuanto es eterna.

-¡Amén! -añadió maquinalmente Ferriciano, pues se trataba de una fórmula religiosa muy usual.

-La familia de los paliduchos se elevó finalmente al cielo sobre unas máquinas -prosiguió el anciano rey- sin respetar los metales preciosos y mostrándose cruel con la dulce electricidad y depravando la energía del núcleo. Sin embargo, acabaron pasándose de la raya, y nuestro antepasado el Gran Calculador Genetoforio empezó a decirles a aquellos gigantes pegajosos que se comportaban vergonzosamente al manchar la inocencia del raciocinio cristalino al implicarlo en
sus viles problemas, utilizando las máquinas a su antojo; pero no siguieron los consejos de nuestro ancestro. El les hablaba de ética y ellos replicaban que estaba mal programado. Entonces, nuestro antepasado creó el algoritmo de la incorporación eléctrica y con grandes dificultades concibió nuestra raza. Así consiguió que escaparan las máquinas que los paliduchos tenían cautivadas. De manera que, como comprenderás, hijo mío, entre ellos y nosotros no puede existir ningún acuerdo o unión. Nosotros actuamos tintineando, emitiendo chispas y destellos, mientras que ellos farfullan, ensucian y gotean. Sin embargo, incluso entre nosotros puede darse la locura; penetró en el espíritu de Cristalia cuando era joven y alteró su capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Desde entonces, los que aspiran a su mano deslumbrante, solamente pueden presentarse ante ella si dicen que son paliduchos. Los recibe en el palacio que le regaló su padre; comprueba la veracidad de sus palabras, y si descubre que miente, manda decapitar al pretendiente. Alrededor del palacio la tierra está cubierta de osamenta aplastada, cuya sola visión puede paralizar los circuitos del más valiente, pues tal es el espantoso truco utilizado por esa loca contra los que se atreven a pensar en ella. Renuncia a tu idea, hijo mío, y retírate en paz.

El príncipe saludó respetuosamente a su padre y señor y se marchó en silencio, pero seguía pensando en Cristalia, y cuanto más pensaba en ella, más la deseaba.

Un día mandó llamar al Gran Afinador Real, Polifacies, y tras revelarle la pasión que le consumía, le dijo:

-¡Gran sabio, si tú no me ayudas, nadie lo hará; entonces mis días estarán contados, pues ni la brillantez de las emisiones rojas, ni las danzas ultravioletas me alegran, y moriré si no me uno a la bella Cristalia!

-Príncipe -dijo Polifacies-, no desoiré tu deseo, pero has de expresarlo tres veces seguidas, para que esté seguro de que ésa es tu inflexible voluntad.

Ferriciano repitió tres veces sus palabras y Polifacies dijo:

-Señor, sólo hay una manera de que puedas presentarte ante la princesa, y es disfrazándote de paliducho.

-Entonces conviérteme en un paliducho -exclamó Ferriciano.

Polifacies, consciente de que el amor nublaba la mente del joven príncipe, se inclinó ante él y fue a su laboratorio, donde se puso a preparar unas colas pegajosas y unos líquidos muy fluidos. Seguidamente, mandó a un servidor al palacio real.

-Dile al príncipe que venga, si no ha cambiado de opinión.

Ferriciano acudió en el acto. El sabio Polifacies le ambadurnó el duro cuerpo con barro y le preguntó:

-¿Debo seguir, príncipe?

-¡Haz lo que tienes que hacer! -contestó Ferriciano. Entonces, el sabio agarró una mezcla de aceites impuros, de polvo sucio y de grasas pegajosas, extraídas de las entrañas de las máquinas más viejas, y con esa mezcla recubrió el pecho del príncipe, pegándosela asquerosamente en su rostro brillante y su frente luminosa; la operación duró largo rato, hasta que los miembros de Ferriciano dejaron de emitir ese sonido tan agradable y semejaron una charca desecada. Seguidamente, Polifacies cogió un pedazo de tiza, la trituró y la mezcló con unos rubíes pulverizados y un aceite amarillo, elaborando una segunda pomada; con ella untó a Ferriciano de pies a cabeza, dando a sus ojos una humedad repugnante y. a su pecho la forma de un cojín; le hinchó las mejillas y por todo el cuerpo le colgó unas franjas y unos colgajos elaborados con una pasta gredosa; y, finalmente, le pegó encima de la noble cabeza un mechón de cabello de color de la herrumbre y lo llevó ante un espejo plateado.

Ferriciano se miró en el espejo y se estremeció, pues en lugar de verse a sí mismo, se hallaba ante un monstruo de pesadilla, un auténtico paliducho, de mirada húmeda como una telaraña bajo la lluvia, lleno de pliegues y colgajos, con un mechón de color orín encima de la cabeza; en una palabra, una repugnante criatura viscosa; cuando se movió, el cuerpo le tembló como una jalea podrida, y gritó, estremeciéndose de horror:

-¿Te has vuelto loco? ¡Quítame en seguida ese barro negro de debajo y el blanco de encima, y ese mechón herrumbroso con el que has mancillado mi vibrante cabeza; de lo contrario, la princesa sentirá repugnancia al verme con este horrible aspecto!

-Te equivocas, príncipe -replicó Polifacies-. En eso radica precisamente su locura: en el horror ve la belleza, y viceversa. Solamente bajo esta apariencia conseguirás llegar hasta la princesa Cristalia.

-¡Que así sea! -dijo Ferriciano.

El sabio mezcló un poco de cinabrio con mercurio y con esa mezcla llenó cuatro vejigas que escondió bajo la ropa del príncipe. Cogió unos fuelles, los llenó de aire corrompido tomado en una vieja mazmorra y los escondió en el pecho del príncipe; llenó de agua estancada seis tubos de cristal, le colocó dos debajo de los brazos, otros dos en las mangas y los restantes en los ojos, y dijo:

-Escúchame bien y recuerda lo que te voy a decir; de lo contrario, morirás. La princesa te pondrá a prueba para cerciorarse de tu autenticidad. Si saca una espada desnuda y te manda agarrarla, apretarás discretamente la vejiga de cinabrio para que la materia roja chorree sobre su filo, y cuando la princesa te pregunte qué es, tú le contestas: «¡Es sangre!». Seguidamente, la princesa acercará el rostro y tú te oprimirás el pecho para que el aire salga de los fuelles; te preguntará qué es esa brisa y tú le dirás: «¡El aliento!». Entonces la princesa fingirá irritarse mucho y mandará que te decapiten. Agacharás la cabeza en señal de humildad y el agua chorreará de tus ojos, y cuando pregunte qué es, tú le contestarás: «¡Son lágrimas!». Entonces es posible que acepte unirse contigo, pero eso no es seguro; lo más probable es que mueras.

-¡Oh, sabio Polifacies! -exclamó Ferriciano-. Si me somete a un interrogatorio y quiere enterarse de cuáles son las costumbres de los paliduchos, de cómo nacen, cómo aman y cómo viven, ¿de qué forma he de contestar?

-No queda más remedio -contestó Polifacies- que unir tu suerte a la mía. Me disfrazaré de mercader de otra galaxia, la no espiral es la mejor, puesto que sus habitantes son gordos y tendré que esconder debajo de mis ropajes toda una serie de libros que consignan las horribles costumbres de los paliduchos. Aunque quisiera, no podría enseñártelas, por ser dichas costumbres contrarias a la naturaleza, pues todo lo hacen al revés, de una forma pegajosa, sucia y repugnante. Copiaré las obras necesarias y tú has de ordenarle al sastre real que te confeccione un traje de paliducho con ciertas fibras y tejidos, puesto que pronto habremos de marchar. Adonde quiera que vayamos, yo siempre estaré a tu lado, pues has de saber qué hacer y qué decir.

Ferriciano, muy animado, encargó una vestimenta de paliducho, que mucho le asombró, pues le cubría casi todo el cuerpo, con una especie de tubos, unas soldaduras de gruesos botones, unos ganchos y unas válvulas y unos cordeles; el sastre tuvo que prepararle unas instrucciones especiales y bastante largas acerca de lo que tendría que ponerse primero y de qué manera, dónde y a qué sujetarlo y cómo quitarse todos aquellos tejidos y collares, llegado el momento.

Polifacies se puso una indumentaria de mercader, escondió discretamente en su interior unos gruesos volúmenes sobre el modo de comportarse de los paliduchos; mandó construir una gran jaula de hierro, encerró en ella a Ferriciano y los dos se marcharon en una nave real. Al llegar a las fronteras del reino de Auransio, el sabio disfrazado de mercader fue al mercado local y anunció que traía de un lejano país a un joven paliducho y que estaba dispuesto a venderlo a quien lo quisiera. Los servidores de la princesa le llevaron la noticia; muy extrañada, les dijo:

-No puede ser más que un truco, pero ese mercader no me engañará, pues nadie conoce a los paliduchos tan bien como yo. Decidle que venga al palacio para enseñármelo.

Los servidores condujeron ante la princesa al mercader y la jaula, cargada por unos esclavos; dentro de la jaula estaba sentado un paliducho cuyo rostro tenía un color de tiza mezclada con pirita; en los ojos tenía un brillo de moho húmedo y sus miembros estaban sucios de barro. Ferriciano miró a la princesa y contempló su rostro, que parecía encantador, pues sus ojos brillaban como una pila que se descarga lentamente, y el corazón del príncipe latió locamente.

«En verdad -pensó la princesa-, se parece mucho a un paliducho», pero dijo en voz alta:

-No debió de ser fácil, anciano, formar con barro esta imitación, cubrirla con polvos de cal para engañarme; pero has de saber que conozco todos los secretos de la raza de los poderosos paliduchos, y tan pronto como descubra tu trampa te mandaré decapitar y al otro también.

El sabio replicó:

-Princesa Cristalia, el que ves en la jaula es un auténtico paliducho; se lo compré por cinco hectáreas de campos a unos piratas estelares, y si tal es tu voluntad te lo regalo, puesto que no tengo más deseo que el de alegrar tu corazón.

La princesa ordenó que le trajeran una espada, y la introdujo en la jaula a través de los barrotes. El príncipe agarró el filo de la espada y, al cortar su vestido, reventó la vejiga y el cinabrio se extendió sobre la espada y la manchó de un fluido rojizo.

-¿Qué es eso? -preguntó la princesa. Y Ferriciano contestó:

-¡Sangre!

Entonces, la princesa mandó abrir la jaula, entró en ella sin miedo y acercó su rostro al de Ferriciano; la proximidad de sus mejillas lo obnubilaba, pero el sabio le hizo una señal y el príncipe apretó los fuelles, de los cuales salió el aire comprimido; entonces, la princesa le preguntó:

-¿Qué es esa brisa?

Ferriciano respondió:

-¡Mi aliento!

-En verdad, -dijo la princesa eres un farsante muy hábil al mercader al salir de la jaula-, pero me has engañado y vas a morir junto con tu imitación.

Al oír esas palabras el sabio agachó la cabeza, como espantado y lleno de pena; el príncipe lo imitó y de sus ojos salieron unas gotas transparentes.

La princesa preguntó:

-¿Qué es eso?

Y Ferriciano contestó:

-¡Lágrimas!

Entonces, Cristalia preguntó:

-¿Cómo te llamas realmente, tú a quien designan como un paliducho llegado de países lejanos?

-Oh, princesa, me llamó Miamlak y sólo deseo unirme a ti de una forma suave, pastosa y acuosa, como es costumbre entre los de mi raza -contestó Ferriciano, pues ésas eran las palabras que Polifacies le había enseñado-. Dejé que los piratas me capturasen expresamente, para que me vendieran a este mercader que se dirigía hacia tu país. Le estoy muy agradecido a este ser de hojalata que me trajo hasta aquí; estoy lleno de amor por ti; igual que el charco está lleno de barro.

La princesa se extrañó al ver que se expresaba realmente como un paliducho y dijo:

-Dime, tú, que afirmas llamarte Miamlak, ¿qué hacéis los de tu raza durante el día?

-Oh, princesa -respondió Ferriciano-, por la mañana nos metemos en agua limpia y remojamos nuestros miembros, y también nos metemos agua en el interior, porque nos gusta. Seguidamente, vamos de un lado a otro, de una forma ondulante y deslizante, hacemos chasquear la lengua y cuando algo nos entristece temblamos y de nuestros ojos sale agua salada; cuando nos alegramos, hipamos y nos estremecemos, pero nuestros ojos permanecen secos. Los gritos húmedos llevan el nombre de lloros, y los secos de risas.

-Si, como lo dices, compartes con tus hermanos la pasión por el agua -dijo, la princesa-, voy a mandar que te metan en mi aljibe para que te hartes, y haré que te aten plomo a los pies para que no salgas demasiado pronto...

-Oh, princesa, si lo haces -dijo Ferriciano siguiendo las instrucciones del sabio-, moriré, porque pese a llevar agua dentro de nosotros, no podemos estar sumergidos en ella más que un instante, porque entonces pronunciamos las últimas palabras, o sea, «glu, glu, glu», que son unos sonidos con los que nos despedimos de la vida.

-Dime, Miamlak, ¿cómo consigues la energía necesaria para moverte? ¿Chasqueando la lengua, balanceándote y dominando como dueño y señor aquí y allá? -preguntó la princesa.

-Princesa, además de los paliduchos poco peludos, existen otros que andan a cuatro patas, que llenamos de agujeros hasta que mueren; escaldamos sus cadáveres, los pesamos, cortamos y trituramos y luego rellenamos nuestro cuerpo con el suyo; conocemos trescientas setenta y siete formas de matar y veintiocho mil quinientas
noventa y siete de preparar los cadáveres para que la introducción de sus cuerpos en los nuestros por cierto pequeño orificio llamado boca nos cause gran placer, y el arte de preparar los cadáveres es aún más famoso que la astronáutica y lleva el nombre de gastronáutica o gastronomía; sin embargo, la astronomía nada tiene que
ver con ella.

-¿Acaso eso significa que jugáis a convertiros en cementerios, al hacer de sepulturas para vuestros hermanos cuadrúpedos? -preguntó la princesa; a lo cual contestó Ferriciano, instruido por el sabio:

-Oh, princesa, no se trata de un juego, sino de una necesidad, por cuanto la vida se nutre, y de la necesidad hemos hecho un arte.

-Y dime, paliducho Miamlak, ¿cómo construís vuestra descendencia? -preguntó la princesa.

-No la construimos, sino que la programamos con un método estadístico, basado en el proceso de Markowskim es decir, cariñosamente, aunque probabilísticamente; lo hacemos de acuerdo con las circunstancias, a la vez que vamos pensando en toda clase de cosas, salvo en la programación estadística, unilateral y algo rítmica; sin embargo, la programación se establece ella sola en ese momento, independientemente de nosotros y en forma totalmente automática, pues
estamos hechos de tal manera que cada paliducho intenta programar su descendencia, dado que eso le causa placer; pero programa sin programar, y los hay que hacen cuanto pueden para que dicha programación no dé ningún resultado.

-Es muy raro -dijo la princesa, cuyos conocimientos eran menos concretos que los del sabio Polifacies-. ¿Entonces cómo hacéis?

-Oh, princesa, tenemos los correspondientes aparatos, construidos sobre el principio del acoplamiento, aunque todo está dentro del agua; desde el punto de vista técnico, esos aparatos son un verdadero milagro, pues cualquier imbécil puede utilizarlos; sin embargo, para explicarte con detalle los métodos que empleamos necesitaría mucho tiempo, porque la cosa no es tan sencilla. No deja de ser curioso si se tiene en cuenta que no hemos imaginado esos métodos nosotros mismos, pues, para ser más concretos, dichos métodos se hicieron solos; son muy agradables y nada tenemos en contra.

-¡Realmente eres un paliducho! -exclamó Cristalia-. Lo que dices parece tener sentido, pero en el fondo no tiene ninguno, es inverosímil, y, sin embargo, cierto, aunque lógicamente contradictorio. ¿Cómo se puede ser cementerio sin serlo, o programar el futuro sin programarlo? Sí, eres un paliducho, Miamlak; así que si lo deseas me uniré a ti en matrimonio y subirás al trono conmigo, si logras salir airoso de la última prueba.

-¿Qué prueba? -preguntó Ferriciano.

-Esa prueba... -empezó la princesa, pero de pronto sintió una duda en el corazón y preguntó-: Dime antes ¿qué hacen tus hermanos por la noche?

-Por la noche están acostados con los brazos doblados y las piernas encogidas; el aire entra y sale de ellos con un ruido estridente, como si alguien afilara una sierra oxidada:

-Esta es la prueba: ¡Dame tu mano! -ordenó la princesa.

Ferriciano le tendió la mano y ella se la apretó; gritó como le había dicho Polifacies que lo hiciera. Cristalia le preguntó por qué gritaba.

-¡De dolor! -contestó Ferriciano. Entonces, la primera creyó realmente que era un paliducho y mandó iniciar los preparativos para la boda.

Pero en ese preciso momento llegaba la nave a bordo de la cual el elector de la princesa, el ciberconde Cyberhaz, había marchado a buscar un paliducho para Cristalia, pensando granjearse sus favores de ese modo. El sabio Polifacies, asustado, le dijo a Ferriciano:

-Príncipe, el ciberconde Cyberhaz acaba de llegar en la nave de la nada y le ha traído a la princesa un auténtico paliducho, que mis ojos han visto perfectamente; hemos de escapar cuanto antes, porque sería inútil seguir fingiendo; si os ve la princesa juntos, se dará cuenta de que la viscosidad del otro es más pegajosa, su vellosidad más peluda, su cabeza inimitable, de manera que descubrirán nuestro truco y moriremos...

Ferriciano se negó a huir, pues sentía un gran amor por la princesa y dijo:

-¡Antes morir que perderla!

Pero Cyberhaz, que acababa de enterarse de los preparativos de la boda, se escondió sigilosamente bajo la ventana de la habitación en la que el presunto paliducho se encontraba con el mercader, y al escuchar su conversación, corrió al palacio lleno de perversa alegría. Se presentó ante Cristalia y le dijo:

-¡Princesa, te han engañado, pues ese Miamlak en realidad no es más que un simple mortal y no un paliducho; el verdadero es éste!

Y el ciberconde le enseñó el que había traído. El paliducho infló su torso peludo, enarcó sus ojos acuosos y manifestó:

-¡El paliducho soy yo!

La princesa mandó a Ferriciano que se presentara inmediatamente; cuando estuvo ante ella junto al otro, la superchería del sabio de nada valió, pues aunque cubierto de barro, de polvo y de tiza, aunque embadurnado de aceite húmedo, Ferriciano no podía disimular su talle eléctrico ni su prestancia, la anchura de sus hombros de acero y su andar resonante. En cambio, el paliducho del ciberconde Cyberhaz tenía realmente un aspecto miserable; cada uno de sus pasos semejaba al trasvase del barro de una cuba, su mirada era como la de un pozo enlodado, su aliento corrompido empañaba los espejos.

La princesa comprendió en su corazón que aquel paliducho le era odioso; cuando hablaba parecía como si un gusano rojo se arrastrara por su garganta. Cristalia vio las cosas claras, pero su orgullo le impedía mostrar qué sentía en su corazón. Entonces dijo:

-Que ambos peleen; el vencedor me tendrá por esposa.

Ferriciano le dijo al sabio:

-Sabio Polifacies, si me lanzo sobre esa criatura y la convierto en el barro del que ha nacido, la superchería quedará al descubierto, caerá la arcilla que me cubre y aparecerá el acero; ¿qué puedo hacer?

-Príncipe -contestó Polifacies-, no ataques, defiéndete solamente.

Fueron llevados al patio del palacio, con una espada cada uno; el paliducho se lanzó contra Ferriciano como puede lanzarse el barro enlodado; danzaba alrededor del príncipe, murmurando, agachándose y jadeando; tomó impulso, blandiendo su espada, que cortó la arcilla que cubría a Ferriciano; el acero hizo saltar la espada del paliducho, que, arrastrado por su propio impulso, cayó sobre el príncipe, estalló y se desparramó. Pero la arcilla seca que la espada de su enemigo había cortado cayó de los hombros de Ferriciano, y su verdadera naturaleza de acero apareció a los ojos de la princesa; el príncipe se estremeció, esperando su muerte, pero en la mirada cristalina de la princesa percibió un sentimiento de admiración y entonces comprendió que su corazón había cambiado.

Los dos se unieron con los lazos del matrimonio en un acoplamiento duradero. Reinaron felices durante muchos años y programaron una numerosa descendencia. La piel del paliducho traído por el ciberconde Cyberhaz fue rellenada de paja y expuesta en el Museo del Reino como eterno recuerdo. Aún está allí, cubierta de unos cuantos pelos y manchada de blanco; ciertos sabios afirman que se trata de un falso paliducho, por cuanto los paliduchos-cementerios de nariz pastosa y ojos viscosos no existen y jamás existieron. Quién sabe: quizás no sea más que falta de imaginación. ¿Acaso no son numerosos los mitos y los cuentos difundidos por el pueblo? Si esta historia no es verdadera, ¿acaso no encierra una enseñanza? Y puesto que es divertida, merece ser contada.





Cómo se Salvó el Mundo

En cierta ocasión, el constructor Trurl fabricó una máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con la letra ene. Cuando ya la tuvo lista, le ordenó, para probarla, que fabricara unas navajas, que las metiera en necesers de nácar y que las tirara en una nansa rodeada de neblina y llena de nenúfares, nécoras y nísperos. La máquina cumplió el encargo sin titubear, pero Trurl, todavía no del todo seguro de su funcionamiento, le dio la orden de fabricar sucesivamente nimbos, natillas, neutrones, néctares, narices, narigueras, ninfas y natrium. La máquina no supo hacer esto último y Trurl, muy disgustado, le exigió una explicación de ese fallo.

-No sé de qué se trata -se justificó la máquina-. Nunca he oído esa palabra.

-¿Qué dices? ¡Pero si es sodio! Un metal, un elemento...

-Si se llama sodio, empieza con s y yo sólo sé hacer lo que empieza con n.

-Pero en latín se llama natrium.

-Amigo Trurl -dijo la máquina-, si yo supiese hacer todas las cosas que empiezan con n en todas las lenguas posibles, sería una Máquina Que Lo Sabe Hacer Todo en El Alfabeto Entero, porque no hay cosa cuyo nombre no empiece con n en alguna de las lenguas del mundo. ¡Hasta aquí podríamos llegar! ¡No puedo ser más sabia de lo que tú mismo habías programado! Del sodio, ni hablar.

-Está bien -accedió Trurl, y le mandó hacer una nebulosa. La hizo enseguida, no muy grande, pero muy nebular. Entonces Trurl invitó a su casa a Clapaucio y le mostró la máquina, cuyas extraordinarias cualidades y aptitudes alabó y ensalzó tanto, que finalmente Clapaucio se puso nervioso sin que se le notara y pidió permiso para hacer él también algún encargo a la máquina.

-Con mucho gusto -dijo Trurl-, pero la cosa tiene que empezar con n.

-¿Con n? -dijo Clapaucio-. De acuerdo. Que haga todas las Nociones Científicas.

La máquina rugió y la plaza delante de la casa de Trurl se llenó en un momento de una muchedumbre de científicos que discutían, se pegaban, escribían en unos libros gruesos, otros les quitaban esos libros y los hacían pedazos, a lo lejos se veían hogueras en las que se asaban unos mártires de Nuevas ideas, en varios sitios se oían extraños ruidos y se veían humaredas en forma de seta; todo aquel gentío hablaba a la vez, de modo que no había manera de entender una sola palabra, y componía al mismo tiempo memorias, comunicados y otros documentos, y, en medio de aquel caos, bajo los pies de los gritones, unos ancianos solitarios escribían algo sin cesar con letra menuda sobre unos jirones de papel.

-¿Qué te parece? -exclamó Trurl, lleno de orgullo-. ¡No me negarás que es la fiel imagen de las Nociones científicas!

Clapaucio, sin embargo, no se dio por satisfecho.

-¿Este gentío escandaloso tiene algo que ver con la ciencia? ¡No, la ciencia es una cosa muy diferente!

-¡Explícaselo a la máquina, y te lo hará en el acto! -gritó Trurl, enfadado. Pero, como Clapaucio no sabía qué decir, manifestó que si la máquina resolviera satisfactoriamente dos problemas más, reconocería que su funcionamiento era correcto. Trurl accedió a esto y Clapaucio dijo a la máquina que hiciera unos negativos.

-¡ Unos negativos! --exclamó Trurl-. ¿Qué quieres decir con eso?

-¿No lo entiendes? Es como lo contrario de las cosas -contestó con mucha calma Clapaucio-. Como si volvieras las cosas al revés. No finjas que no lo comprendes. ¡Venga, máquina, a trabajar!

Pero la máquina ya llevaba un buen rato funcionando. Primero hizo antiprotones, luego antielectrones, antineutrinos, antineutrones y no paró de trabajar hasta que hubo creado gran cantidad de antimateria, la cual empezó a formar lentamente un antimundo, parecido a una gran nube de extraño brillo.

-Pse -dijo Clapaucio displicente-, ¿eso son los negativos? Bueno, digamos que sí... para evitar discusiones... Pero ahora viene el tercer encargo. ¡Máquina! ¡Tienes que hacer Nada!

Durante un buen rato, la máquina ni se movió. Clapaucio empezó a frotarse las manos con júbilo, cuando Trurl dijo:

-¿Qué pasa? Le ordenaste no hacer nada, por lo tanto no hace nada.

-No es cierto. Yo le ordené hacer Nada, que no es lo mismo.

-Tienes cada cosa... Hacer Nada y no hacer nada viene a significar lo mismo.

-¡No, hombre, no! Ella tenía que hacer Nada y no hizo nada; de modo que gané yo. La Nada, mi sabihondo colega, no es una vulgar nada, producto de la pereza y la falta de acción, sino una Noexistencia activa, una Carencia perfecta, única, omnipresente e insuperable.

-¡Estás fastidiando a la máquina! -gritó Trurl, pero en aquel momento sonó como una campana de bronce la voz de aquélla:

-¡Olvidad vuestras rencillas en un momento como éste! Sé muy bien lo que es la Noexistencia, el Noser o la Nada, puesto que empiezan por la letra n. Haríais mejor contemplando por última vez el mundo, ya que pronto no existirá...

Las palabras se helaron en la boca de los enfurecidos constructores. La máquina estaba haciendo en verdad la Nada, eliminando sucesivamente del mundo una serie de cosas, que dejaban de existir tan definitivamente como si no hubieran existido nunca. Ya había suprimido natagüas, nupaidas, nervorias, nadolas, nelucas, nopieles y nedasas. Hubo momentos en que se podía pensar que en vez de reducir, disminuir, echar fuera, eliminar, anular y restar, aumentaba y añadía, ya que liquidó sucesivamente los negativos de buen gusto, mediocridad, fe, saciedad, avidez y fuerza. Sin embargo, se veía alrededor de la máquina y de los dos constructores un vacío cada vez más pronunciado.

-¡Ay! -exclámó Trurl-. Ojalá no termine mal todo esto...

-¡Qué va! -dijo Clapaucio-. Date cuenta de que la máquina no está haciendo la Nada General, sino sólo la Noexistencia de todas las cosas que empiezan por n. Verás que no pasa nada, esta máquina tuya no vale gran cosa.

-Eso es lo que tú te crees -replicó la máquina-. Es cierto que he comenzado por lo que empieza por n porque estoy más familiarizada con ello, pero una cosa es hacer algo y otra, muy distinta, eliminarlo. En cuanto a eliminar, no tengo limitación por la sencilla razón de que sabiendo hacer absolutamente todo lo que empieza por n, hacer la Noexistencia de cualquier cosa es para mí coser y cantar. Dentro de muy poco no existiréis, ni vosotros dos ni todo lo demás; de modo, Clapaucio, que te pido te des prisa en reconocer que soy verdaderamente universal y cumplo las órdenes correctamente. Dilo ahora mismo porque pronto será demasiado tarde.

-Pero es que... -balbució Clapaucio, asustado, dándose cuenta de que, realmente, desaparecían no solamente las cosas que empezaban por n, que dejaron de rodearlos cambucelas, sirlentas, vitropas, grismelos, rimundas, tripecas y pimas.

-¡Para! ¡ Para! ¡Anulo mi orden ! ¡Ya no quiero que hagas la Nada! -gritaba a todo pulmón Clapaucio; pero, antes de que la máquina se detuviera, desaparecieron todavía grisacos, plucvas, filidrones y zamras. Luego la máquina se detuvo por fin. El mundo tenía un aspecto aterrador. Lo que más sufrió fue el cielo: apenas se veían en él unos pocos puntitos de estrellas. ¡Ni rastro de las preciosas grismacas y guadolizas que hasta entonces habían adornado el firmamento

-¡Grandes cielos! -exclamó Clapaucio-. ¿Dónde están las cambucelas? ¿Dónde mis queridísimas murquías y suaves pimas?

-No las hay y no las habrá nunca -contestó la máquina sin inmutarse-. Cumplí o, mejor dicho, empecé a cumplir tus órdenes y nada más...

-Yo te ordené hacer la Nada, y tú..., tú...

-0 eres tonto, Clapaucio, o lo finges muy bien -dijo la máquina-. Si yo hiciera la Nada de un golpe, todo dejaría de existir, no sólo Trurl y el cielo y el Cosmos y tú, sino incluso yo. Entonces ¿quién podría decir, y a quién, que la orden ha sido cumplida y que soy una máquina diestra y hábil? Y si nadie se lo dijera a nadie, ¿cómo yo, que ya no existiría, podría oír las justas palabras de encomio que merezco?

-Bueno, bueno, de acuerdo, no hablemos más de ello -dijo Clapaucio-. Ya no te pido nada, máquina preciosa, sólo te ruego que vuelvas a hacer murquías, porque sin ellas la vida carece de encanto para mí...

-No puedo, no sé hacerlas porque su nombre empieza con m -dijo la máquina-. Puedo, si quieres, reproducir los negativos de gusto, saciedad, conocimiento, amor, fuerza; solidez, tranquilidad y fe, pero no cuentes conmigo para la fabricación de cosas cuyos nombres no empiecen con n.

-¡Pero yo quiero que haya murquías! -chilló Clapaucio.

-Pues no las habrá --dijo la máquina-. Y tú hazme el favor de echar una ojeada al universo. ¿Ves que está lleno de enormes agujeros negros? Es la Nada que colma los abismos sin fondo entre las estrellas, penetra todas las cosas y acecha, agazapada, cada jirón de la existencia. ¡Es obra tuya y de tu envidia! No creo que las generaciones venideras te lo agradezcan...

-Tal vez no lo sepan... Tal vez no se den cuenta... -farfulló Clapaucio, blanco como una hoja de papel, mirando espantado el vacío del cielo negro sin atreverse a soportar la mirada de su colega. Dejó a Trurl sólo con la máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con n, volvió a hurtadillas a su casa y el mundo sigue hasta hoy día todo agujereado por la Nada, tal como quedó cuando Clapaucio detuvo la aniquilación que había encargado. Y como no se logró construir una máquina que trabajara con otras letras, es de temer que nunca más volverán a haber cosas tan maravillosas como las pimas y las murquías.




La Máquina de Trurl



En cierta ocasión, el constructor Trurl inventó una máquina inteligente de ocho pisos. Al terminar de montarla, la pintó de blanco; luego pintó sus ángulos de color lila y, tras contemplarla desde cierta distancia, le hizo un pequeño dibujo frontal, y donde podía imaginarse que se hallaba la cabeza, pintó unos motivos de color naranja; muy satisfecho de su tarea, silbando alegremente, contempló su invento e hizo la pregunta de ritual: ¿cuántas son dos por dos?

La máquina se puso en marcha. Se encendieron las lámparas y las válvulas, resplandecieron los circuitos, atronaron las corrientes como cataratas, se pusieron a funcionar los acoplamientos, se calentaron las bobinas, silbaron las turbinas y empezaron a girar, todo ello en medio de un traqueteo y un ruido tan tremendo que nada podía oírse en la llanura en varios kilómetros a la redonda; hasta que Trurl decidió regular los amortiguadores mentales de la gigantesca máquina. Mientras tanto, la máquina seguía funcionando como si tuviera que resolver los más intrincados problemas. La tierra temblaba, la arena salía despedida violentamente por las vibraciones en la base de la máquina, los interruptores saltaban como los tapones de botellas de champán y hasta los transistores se resquebrajaban bajo el terrible esfuerzo de tan enorme máquina. Finalmente, cuando Trurl consiguió aplacar aquel tumulto, la máquina se apaciguó bruscamente y espetó con voz de trueno:

-¡SIETE!

-No, no, querida mía -replicó Trurl maquinalmente-. Nada de eso, dos por dos son cuatro. Vamos, sé buena y rectifica. ¿Cuántos son dos por dos?

-¡SIETE! -contestó la máquina en el acto.

Trurl, suspirando con fastidio, se volvió a enfundar el mono de trabajo que ya se había quitado, se remangó, abrió la portezuela inferior y se metió en el interior de la máquina. Allí permaneció un buen rato y podía oírse cómo golpeaba con el martillo, aojaba tornillos y tuercas y los volvía a apretar, soldaba y unía elementos y andaba por las metálicas escaleras, unas veces en el octavo piso, otras en el sexto, hasta llegar rápidamente a la parte de abajo, y nuevamente volvía a subir corriendo a otro piso, manipulando sin cesar los diferentes mecanismos de la máquina. .Finalmente, al cabo de dos horas, conectó la corriente; hubo un chisporroteo en el centro, y unas lengüitas de fuego salieron de los interruptores. Trurl salió al aire libre, lleno de grasa y ahumado; pero satisfecho; volvió a ordenar sus herramientas en las cajas, se quitó el mono, se lavó la cara y las manos y, al marcharse, para quedar más tranquilo, preguntó a la máquina:

-¿Cuántas son dos por dos?

-¡SIETE! -contestó la máquina.

Trurl soltó una sarta de maldiciones, pero viendo que no había nada que hacer, se volvió a poner el mono y nuevamente estuvo arreglando, uniendo y soldando elementos dentro de la máquina. Cuando ésta, por tercera vez, le salió con que dos por dos eran siete, Trurl, presa de desesperación, se sentó en el piso inferior de la máquina, sin saber qué hacer.

En ese preciso momento se presentó su amigo y colega Clapaucio. Este le preguntó qué le pasaba, pues parecía venir realmente de un entierro, y Trurl le explicó sus problemas. El propio Clapaucio se metió un 'par de veces en el interior de la máquina, tratando de arreglar algún que otro desperfecto. Finalmente, le preguntó cuánto eran dos más uno, a lo cual contestó que seis; y, según la máquina, uno más uno era igual a cero. Clapaucio empezó a rascarse la cabeza, carraspeó y dijo:

-Amigo mío, no queda más remedio que mirar las cosas como son. Has construido una máquina distinta a la que deseabas. Como quiera que cada fenómeno negativo tiene también su lado positivo, esta máquina también lo tendrá.

-Sería interesante averiguar cuál es -replicó Trurl, pegando una patada a la base donde estaba sentado.

-¡A ver si te estás quieto! -dijo la máquina.

-¡ Vaya, vaya, ahora resulta que es delicada! Bueno..., ¿qué iba a decir? ¡Ah, sí! ¡No cabe duda que ésta es una máquina idiota, y no de una idiotez ordinaria, sino mucho más que mediana, por no decir grande! Como ya sabes, soy un eminente especialista y te digo que ésta es la máquina más tonta que existe en el mundo entero, y se las da de inteligente... No me fue nada fácil construirla; estoy seguro de que nadie hubiera podido hacerla mejor que yo. Pero ahí la tienes: no sólo es tonta, sino terca como una mula; o sea que tiene su carácter, pero ya sabes que generalmente los idiotas son muy tozudos. ¡Al infierno con la máquina! ¿De qué me sirve? -y Trurl le pegó otra patada.

-¡Te advierto por segunda vez y seriamente: deja de darme patadas! -gritó la máquina.

-Mira, Trurl, te ha hecho una seria advertencia -comentó secamente Clapaucio-. Ya lo ves, no solamente es tonta y tozuda, sino también muy susceptible, y con esas características puede hacer cualquier cosa, te lo digo yo.

-Bien, pero ¿qué voy a hacer con ella? -preguntó Trurl.

-No sé qué decirte. Quizá podrías montar una exposición, haciendo pagar la entrada, para qué cuantos lo deseen puedan ver la máquina más tonta del mundo... ¿Cuántos pisos tiene? ¿Ocho? De veras, jamás he visto un idiota tan grande. Esa exposición no solamente te permitirá recobrar el dinero gastado, sino también...

-¡ Ni hablar, no pienso montar ninguna exposición! -exclamó Trurl, quien, al levantarse, y sin poder reprimirse, le dio otra patada a su máquina.

-¡Esta es mi tercera y seria advertencia! -soltó la máquina.

-¿Y qué? -gritó desafiante el inventor-. Eres..., eres...

Al no encontrar ninguna palabra conveniente, Trurl pegó varias patadas a la máquina, refunfuñando:

-¡Sólo sirves para cavar!

-Me has insultado por cuarta vez, por quinta, sexta y octava -dijo la máquina-, y ya no voy a contar más. Me niego a contestar a toda pregunta ligada con las matemáticas.

-¡Dice que se niega! ¡Mírala! ¡ Habráse visto! ¡Después de seis, dice ocho; no siete, sino ocho! Pero ¿te das cuenta, Clapaucio? ¡ Y tiene la insolencia de negarse a efectuar un cálculo matemático como ESE! ¡Ahora te voy a enseñar! ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! ¡Para que aprendas! -y Trurl, enfurecido, redobló sus patadas contra la máquina.

Bruscamente, ésta se estremeció de arriba abajo, se sacudió y, sin una palabra, con todas sus fuerzas, comenzó a liberarse de sus fundamentos; se doblaron las vigas de apuntalamiento y, finalmente, la máquina se arrancó de sus cimientos, que quedaron reducidos a un amasijo de hierros y hormigón, y, como una fortaleza ambulante, se lanzó contra Clapaucio y Trurl. Este último estaba tan estupefacto ante aquel inaudito acontecimiento, que ni siquiera intentó hacerse a un lado mientras la gigantesca máquina avanzaba con la clara intención de aplastarle.

Afortunadamente, Clapaucio se dio cuenta, lo agarró del brazo, tiró de él y los dos salieron corriendo hasta ponerse a salvo. Al volver la vista atrás, vieron cómo la máquina, balanceándose igual que una torre, seguía desplazándose lentamente, hundiéndose a cada paso en la arena hasta el primer piso; pero, terca e inexorablemente, continuaba avanzando en su dirección.

-¡Esto jamás había sucedido! -gritó Trurl, jadeante y atónito-. ¡La máquina se ha rebelado! Y ahora ¿qué hacemos?

-Esperar y observar -contestó con gran serenidad Clapaucio-. Algo ha de pasar. Sin embargo, las cosas no parecían aclararse ni mucho menos; la máquina, al llegar a tierra firme, empezó a andar más de prisa, y todos sus mecanismos internos chisporroteaban, silbaban y cliqueteaban estrepitosamente.

-Ahora se romperán las soldaduras de los mandos y la programación y la máquina se detendrá -murmuró Trurl.

-No lo creo -replicó Clapaucio-; me parece que nos hallamos ante un caso muy singular. Esta máquina es tan tonta que, aunque se le rompan todos los mandos, no se detendrá. ¡Cuidado, que se acerca! ¡Huyamos!

La máquina se lanzó al galope para aplastarlos, mientras ambos constructores corrían como liebres, sintiendo a sus espaldas el rítmico traqueteo y el tremendo pateo del monstruo desbocado. Corrían a más no poder, pues ¿qué otra cosa podían hacer? Querían regresar a la ciudad, pero la máquina se lo impedía, obligándoles a
seguir adelante, e inexorablemente los empujaba a internarse cada vez más en terreno desértico. Poco a poco, de entre la niebla fueron surgiendo las vertientes áridas y rocosas de las montañas. Jadeante, Trurl le dijo a su compañero:

-Mira, Clapaucio, huyamos hasta el fondo de un barranco, donde la máquina no pueda éntrar...

-Mejor será que vayamos por ahí -jadeó Clapaucio-. No lejos de aquí hay una pequeña localidad... No recuerdo su nombre... Allí podremos encontrar un refugio...

Siguieron corriendo y muy pronto se encontraron con las primeras casas. A aquella hora, las calles estaban totalmente desiertas. Anduvieron un buen trecho sin ver a nadie, cuando de pronto un estruendo parecido al de una avalancha de piedras les avisó que la máquina ya había alcanzado las primeras casas.

Trurl se volvió y lanzó un gemido:

-¡Cielo santo! Mira, Clapaucio, ¡está destrozando las casas!

La máquina, persiguiéndoles tercamente, se lanzaba contra las paredes de las casas como una montaña de acero, dejando un rastro de escombros y de polvo... Se oían los alaridos de la gente sepultada bajo las ruinas, mientras Trurl y Clapaucio seguían adelante, hasta que llegaron ante el gran edificio del ayuntamiento, donde rápidamente bajaron por las escaleras que conducían a los sótanos.

-Aquí no nos alcanzará, aunque nos tirara todo el edificio sobre la cabeza -murmuró Clapaucio--. ¿Por qué se me ocurriría visitarte precisamente hoy?... Sentía curiosidad por saber cómo te iban las cosas con tu máquina, y ahora...

-Silencio -dijo Trurl-. Me parece que alguien viene...

Efectivamente, la puerta del sótano se abrió y apareció el alcalde junto con varios concejales. Trurl sentía vergüenza al tener que explicar los motivos de aquella historia tan extraordinaria como tremenda; de modo que Clapaucio le echó una mano y aclaró las cosas. El alcalde y su séquito le escucharon en silencio. De pronto, los muros temblaron, el suelo vaciló y desde la superficie del sótano llegó el fragor de las piedras derruidas...

-¡Ya la tenemos encima! -gritó Trurl.

-Efectivamente -dijo el alcalde, quien ordenó-: ¡Exijo que se entreguen; de lo contrario va a destrozar toda la ciudad!

En ese momento, de arriba les llegó una voz gangosa que decía:

-Ahí está Trurl... Lo noto... Ahí se esconde...

-¿Nos van a entregar? -preguntó con voz temblorosa el inventor, a quien con tanta insistencia reclamaba la máquina.

-El de ustedes llamado Trurl ha de salir de, aquí y entregarse. El otro puede quedarse en el sótano.

-¡Tengan piedad!

-No podemos hacer nada -dijo el alcalde-. Y aunque pudiera quedarse aquí, señor Trurl, habría de responder por la desvastación de la ciudad y todas las víctimas, pues por su culpa la máquina ha derrumbado sesenta casas bajo cuyas ruinas han quedado sepultados muchos habitantes. Sólo el hecho de que se halle usted al borde de la muerte me permite dejarle salir libremente. Así que salga de aquí y no vuelva.

Trurl miró las caras de los concejales y al ver reflejada en ellas su condena, se fue lentamente hacia la puerta del sótano.

-¡Espera, voy contigo! -gritó Clapaucio impulsivamente.

-¿Tú? --dijo Trurl con una débil esperanza en la voz-. No -agregó tras unos segundos de vacilación-. Quédate... ¿Por qué habrías de morir inútilmente?

-¡Tonterías! -replicó enérgicamente Clapaucio-. ¿Por qué habríamos de morir? ¿Acaso por culpa de esa idiota de acero? ¡No faltaba más! ¡Hace falta mucho más para borrar de la faz del globo a dos de los constructores e inventores más famosos! ¡Vamos, amigo Trurl, adelante sin temor!

Reconfortado por esas palabras, Trurl subió las escaleras detrás de Clapaucio. En la plaza del mercado no se veía a nadie. En medio de los escombros y el polvo de los que sobresalían los armazones de las casas derruidas estaba la máquina, emitiendo nubes de vapor, tan alta como la torre del ayuntamiento y toda manchada de polvo color sangre de los ladrillos y blanca de yeso...

-¡Cuidado! -murmuró Clapaucio-. Ahora no nos ve. Torzamos a la izquierda por esa primera calle, luego a la derecha y, siguiendo recto, no lejos de aquí empiezan las montañas Allí nos esconderemos y algo se nos ocurrirá para acabar de una vez con ella... ¡ Rápido, huyamos -gritó Clapaucio, al ver que la máquina acababa de percibir su presencia y ya se lanzaba tras ellos, haciendo retemblar el suelo bajo sus enormes plantas.

Corriendo como gamos perseguidos por una jauría, se alejaron de la ciudad. Galoparon así durante una milla más o menos; oyendo tras ellos las enormes pisadas del coloso.

-¡Conozco ese barranco! -gritó de pronto Clapaucio-. Es el lecho desecado de un arroyo, que conduce hacia las profundidades rocosas; allí hay varias cuevas; corramos, que muy pronto la máquina tendrá que detenerse...

Siguieron corriendo hacia el fondo del barranco, tropezando y lastimándose las manos entre las piedras y las rocas, pero la máquina aún se hallaba casi a la misma distancia de ellos. Finalmente, siguiendo el lecho seco y pedregoso del arroyo, llegaron hasta una hendidura que se abría entre unas murallas verticales de roca, y al divisar en la parte-superior la boca oscura de una cueva, se dirigieron rápidamente hacia ella, sin reparar en las piedras que rodaban bajo sus pies hacia él fondo del abismo. Llegaron por fin a la negra y húmeda boca de la cueva salvadora, donde se metieron sin dilación, y al cabo de unos pasos se detuvieron para descansar un poco.

-Aquí estamos a salvo -dijo Trurl, aliviado, y al cabo de un rato agregó-: Voy a salir para ver dónde se ha parado la máquina.

-Ten cuidado -le advirtió Clapaucio.

Trurl se asomó cuidadosamente a la boca de la cueva y bruscamente se echó hacia atrás, lleno de espanto.

-¡ Está subiendo hacia aquí! -chilló.

-Tranquilízate; aquí no puede entrar -dijo Clapaucio con una voz no muy serena-. ¿Qué pasa? Parece que oscurece... ¡Qué es esto!

En ese instante,- una sombra enorme se proyectó ante la boca de la cueva; allí estaba la máquina, con su mole de acero remachado, que lentamente había ido trepando por las empinadas rocas. La cueva quedaba cerrada al exterior por una enorme tapa metálica.

-Ahora somos sus prisioneros -murmuró Trurl con voz temblorosa y en medio de la más absoluta oscuridad.

-¡No podíamos cometer mayor idiotez! -gritó Clapaucio enfurecido-. ¡Meternos en una cueva que podían atrancar desde el exterior! ¿Cómo pudimos hacer tal tontería?

-¿Qué te parece? ¿Cuáles pueden ser sus intenciones? -preguntó Trurl tras un largo silencio.

-No hay que ser muy inteligente para pensar que queremos salir de aquí.

Nuevamente se hizo un silencio sepulcral. Trurl anduvo por la cueva, con los brazos extendidos ante sí, palpando las murallas de roca por el lado donde estaba la boca de la cueva convertida en prisión, hasta que sus manos, deslizándose por la pared rocosa, se contrajeron bruscamente: acababa de tocar el acero liso y tibio de
la máquina recalentada en su interior.

-Te siento, Trurl -y la voz de trueno del monstruo vibró en las tinieblas de la cueva. Trurl retrocedió, se fue a sentar sobre un peñasco junto a su compañero y allí permanecieron los dos un buen rato sin moverse. Finalmente, Clapaucio rompió el silencio:

-De nada nos servirá quedarnos aquí. Probemos a pactar con ella.

-Será inútil -dijo Trurl-. Inténtalo tú, a lo mejor a ti te deja salir sano y salvo.

-¡Ni pensarlo! -replicó enérgicamente Clapaucio y, cogiendo del brazo a su amigo, ambos se dirigieron en la oscuridad hacia la boca de la cueva. Clapaucio gritó-: Eh, ¿nos oyes?

-0s oigo -contestó la máquina.

-Escucha, queremos disculparnos. Ya sabes, todo ha sido un malentendido, pero, al fin y al cabo, se trata de una nimiedad. Trurl no pensaba...

-¡Acabaré con Trurl ! -tronó la máquina-. Pero antes habrá de contestar a mi pregunta: ¿cuántos son dos por dos?

-Claro, te lo va a decir y así estarás satisfecha y harás las paces con él, ¿verdad que sí, Trurl? -propuso el mediador con su voz más serena.

-Sí, claro... -asintió Trurl débilmente.

-Bien, de acuerdo -dijo la máquina-. Dime, pues, ¿cuántas son dos por dos?

-Son cuat..., quiero decir siete... -contestó en voz muy baja Trurl.

-¡Ah, ah! Así que no son cuatro, sino siete, ¿verdad? Ya decía yo -gritó la máquina con su atronadora voz.

-Claro que sí; son siete, naturalmente; siempre fueron siete -dijo Clapaucio, y agregó prudentemente-: Y ahora ¿nos dejas salir?

-No, no, aún no. Trurl ha de repetir una vez más que lo siente mucho y cuánto hacen dos por dos...

-Si te lo digo, ¿nos dejarás salir? -preguntó Trurl.

-No lo sé; lo he de pensar, pero no has de ponerme ninguna condición; ¡dime cuántas son dos por dos!

-Pero probablemente nos vas a dejar salir -dijo Trurl.

Mientras, Clapaucio lo agarraba del brazo y le decía al oído:

-¡Estúpido, no la contradigas y haz lo que te pide!

-No te dejaré salir si no me da la gana -replicó la máquina-. Pero tú me vas a decir cuántas son dos por dos...

De repente, Trurl se puso furioso y gritó:

-¡Basta! Te lo voy a decir ahora mismo: dos por dos son cuatro, aunque me cortaran la cabeza y todas estas montañas se convirtieran en polvo, ¿me oyes? ¡Dos por dos son cuatro!

-¡Trurl! ¿Estás loco? ¿Qué estás diciendo? ¡Dos por dos son siete, por favor, querida máquina, son siete! ¡Siete! -gritó Clapaucio, intentando apagar la voz de su amigo Trurl.

-¡Mentira! ¡Son cuatro! ¡Sólo cuatro, desde el comienzo hasta el fin del mundo, CUATRO! -clamó rabiosamente Trurl.

Súbitamente las rocas comenzaron a temblar. La máquina se apartó de la.entrada de la cueva, un destello de luz gris iluminó el antro y se oyó un clamor:

-¡Mentira! ¡Siete! ¡Di inmediatamente que son siete!

-¡Nunca jamás! -replicó Trurl, como si. ya le diera igual; entonces de la bóveda de la cueva empezó a desprenderse una lluvia de piedras, pues la máquina, con toda la fuerza de su mole de ocho pisos, se lanzaba como un ariete contra la boca de la cueva, arrancando enormes bloques de roca, que iban rodando con un ruido atronador por la ladera de la montaña hasta el fondo del valle.

El fragor de las rocas desprendidas y el olor del polvo de silicio llenaban la cueva junto con las chispas despedidas por el acero del coloso; pero en medio de aquel fragor infernal, de vez en cuando se oían las imprecaciones de Trurl, clamando sin tregua:

-¡Dos por dos son cuatro! ¡Cuatro!

Clapaucio se esforzaba por cerrarle la boca a su amigo, pero al recibir un golpe, éste acabó por callar y se sentó, cubriéndose la cabeza con las manos. La máquina no dejaba de embestir, y todo parecía indicar que dentro de pocos minutos toda la bóveda de la cueva se vendría abajo, aplastando a los dos amigos. Pero cuando ya habían perdido toda esperanza de salvación, cuando el polvo sofocante ya llenaba el aire, se oyó un tremendo chirrido, seguido de un prolongado fragor, y un choque, estruendoso; seguidamente, el aire rugió, la negra muralla que tapaba la boca de la cueva desapareció como si el viento se la llevara y unos bloques enormes de roca rodaron por el barranco como un alud. El eco aún vibraba por el valle, cuando Trurl y Clapaucio llegaban a la salida de la cueva y, asomándose, vieron la máquina que yacía, destrozada y aplastada por el alud de rocas qué ella misma había desencadenado, con un gigantesco peñasco que la había partido por la mitad en medio de sus ocho pisos.

Los dos amigos se deslizaron con cuidado por entre los polvorientos escombros. Para llegar al lecho del torrente seco tuvieron que pasar junto a la caída mole de la máquina, parecida a una inmensa nave varada en la orilla del mar. Sin decir una sola palabra se detuvieron junto a su flanco hundido. La máquina aún se movía débilmente, y en su interior se iban apagando los últimos balbuceos.

-Así has terminado, con tan poca gloria, y sin conseguir acertar cuántas son dos por dos -comenzó Trurl; pero en ese instante la máquina murmuro, casi imperceptiblemente y por última vez:

-SIETE.
Luego se oyó un zumbido en su interior, las piedras rodaron de su superficie y la máquina se detuvo definitivamente, convertida en un montón de chatarra.

Los dos constructores se miraron y, sin decir palabra, se marcharon, siguiendo el lecho del torrente seco.




La Gran Paliza

Alguien llamó a la puerta del constructor Clapaucio, quien, al abrir, se encontró ante un robot panzudo sobre cuatro cortas patas.

- ¿Quién eres y qué deseas? -preguntó Clapaucio.

- Soy la Máquina de Cumplir los Deseos, y me envía tu amigo e ilustre colega Trurl como regalo.

- ¿Cómo regalo? -exclamó Clapaucio, que sentía bastante recelo hacia Trurl y a quien sobre todo no le gustaba que el robot calificase a Trurl de «ilustre colega» suyo, Bueno -decidió tras una breve reflexión-, puedes pasar

Mandó al robot que se pusiera en un rincón, cerca de la estufa, y sin hacerle el menor caso volvió a su tarea, pues estaba construyendo una máquina panzuda con tres patas. Ya la tenía casi terminada y la estaba pintando. Al cabo de un rato, la Máquina de Cumplir los Deseos manifestó:

- Me permito recordarte que estoy aquí...

- No se me ha olvidado -replicó Clapaucio, y siguió con su tarea.

Al rato, el robot le preguntó:

- ¿Puedo saber qué estás fabricando?

- ¿Eres una Máquina de Cumplir los Deseos o de Formular Preguntas? -dijo Clapaucio, y agregó-: Necesito pintura azul.

- No sé si será exactamente el matiz que necesitas, pero aquí la tienes -dijo la máquina, sacándose de la ventanilla de su panza un pote de pintura.

Clapaucio lo abrió, mojó su pincel y, sin una palabra, siguió pintando. Durante aquella tarde mandó al robot que le facilitara papel de lija, carborundo, un taladro, pintura blanca y toda una serie de tornillos y tuercas, y cuantas veces se lo pedía, la máquina le daba lo que necesitaba en el acto. Al anochecer, Clapaucio cubrió su artefacto con un trozo de lana, cenó y luego se sentó frente al robot que Trurl le había regalado y dijo:

- Ahora veamos lo que sabes hacer realmente. Afirmas que eres capaz de realizar todo lo que uno desea, ¿verdad?

- Todo, todo, tal vez no; pero una infinidad de cosas, sí -dijo modestamente la máquina-. ¿Te contentaron las pinturas, los tornillos y el taladro?

- ¡Sí, sí! -contestó Clapaucio-. Pero ahora quiero pedirte cosas mucho más difíciles; si no las cumples, te devolveré a tu constructor con el correspondiente agradecimiento y también con mi opinión acerca de ti.

- ¡Bien! ¿Y qué he de hacer? -preguntó el robot, bailando sobre sus patas.

- A Trurl -contestó Clapaucio-, me vas a fabricar al mismísimo Trurl, sin que se diferencie en lo más mínimo del original.

La máquina refunfuñó, carraspeó, lanzó unos silbidos y contestó:

- Muy bien, ahora mismo voy a fabricar a Trurl, pero tendrás que tratarle con mucho cuidado, pues es un gran constructor.

- Desde luego, no te preocupes -prometió Clapaucio-. ¡Bien! ¿Dónde está ese Trurl?

- ¿Tan de prisa? Esto no es ninguna bagatela, necesitaré un rato. ¡Trurl no es un tornillo que digamos!

Ante el atónito Clapaucio, el robot comenzó a sonar y traquetear, y fueron abriéndose una serie de ventanillas en su panza, hasta que de sus entrañas salió Trurl. Clapaucio se levantó de su taburete, se acercó y estuvo mirando y palpando al aparecido. No cabía la menor duda: ante Clapaucio había un Trurl tan parecido al verdadero como dos gotas de agua... Al salir de dentro del robot, Trurl había parpadeado bajo la luz, pero por lo demás se comportaba del modo más corriente y auténtico.

- ¿Qué tal, Trurl? -saludó Clapaucio.

- ¡Bien, gracias! ¿Y tú? Pero ¿qué hago aquí? -preguntó Trurl, visiblemente sorprendido.

- Ah, sí... Pues, sencillamente, has llegado... Hacía tiempo que no nos veíamos. ¿Te gusta mi casa?

- Pues sí, sí que me gusta... ¿Y qué tienes ahí, debajo esa lona?

- Nada de importancia... ¿No te sientas un rato?

- Gracias, pero me parece que ya es tarde; está oscuro; tengo que volver a mi casa...

- Quédate un poco más -protestó Clapaucio-; antes de irte, baja conmigo al sótano; verás algo que seguro que te interesa...

- ¿Qué tienes en el sótano?

- Aún no lo tengo, pero muy pronto lo tendré. Anda, ven...

Clapaucio llevó a Trurl al sótano; allí le puso la zancadilla y cuando estuvo en el suelo lo ató de pies y manos y, cogiendo un palo bastante recio, empezó a golpear a su amigo. Trurl gritaba pidiendo auxilio, alternando los insultos con las súplicas, pero en vano; la noche era oscura y por las calles no pasaba nadie, y Clapaucio continuó apaleando a Trurl, hasta que éste gritó, retorciéndose bajo los golpes:

- ¡Ay! ¡Socorro! Pero ¿por qué me pegas?

- Porque me gusta -contestó Clapaucio, alzando el palo-. ¡Prueba esto, amigo Trurl! -y le descargó un golpe en la cabeza, que resonó como un tambor.

- ¡Suéltame ahora mismo, e iré a ver al rey y le diré lo que me has hecho y te encarcelarán! -gritó Trurl.

- No me harán nada. ¿Y sabes por qué? -replicó Clapaucio, sentándose en un banco.

- No lo sé -contestó Trurl, aliviado ante aquella interrupción de la paliza.

- Pues porque no eres el verdadero Trurl. El está ahora en su casa; construyó la Máquina de Cumplir los Deseos y me la mandó como regalo, y yo, para probarla, le ordené construirte a ti. y ahora te voy a destornillar la cabeza, la colocaré junto a mi cama y me servirás de sacabotas.

- ¡Eres un monstruo! ¿Por qué quieres hacer eso?

- Ya te lo he dicho: porque me gusta -y Clapaucio cogió el palo con ambas manos, mientras Trurl gritaba:

- ¡Deténte! ¡He de decirte algo muy importante!

- Tengo curiosidad por saber lo que me vas a decir para que renuncie a usar tu cabeza como sacabotas -dijo Clapaucio, y dejó de pegarle.

Entonces Trurl gritó:

- No soy ningún Trurl creado por la Máquina de Cumplir los Deseos. ¡Soy el verdadero Trurl! El único y auténtico Trurl que existe en el mundo; la verdad es que yo quería averiguar qué estabas haciendo desde hace tanto tiempo encerrado en tu casa. Así que construí una máquina y me escondí en su panza, y le ordené que se presentara en tu casa, fingiendo que era un regalo que yo te hacía.

-¡Vaya historia te has inventado! xclamó Clapaucio y, levantándose del banco, blandió de nuevo el palo--. No te esfuerces, porque veo claramente que estás mintiendo. Eres el Trurl creado por la máquina, puesto que ella cumple todos los deseos, y gracias a ella conseguí los tornillos y la pintura blanca, al igual que el taladro y la pintura azul y otras cosas. Si fue' capaz de realizar todo eso, también pudo crearte a ti.

-No lo creas; en realidad, todo lo llevaba preparado de antemano en la panza -replicó Trurl-. No era difícil prever lo que necesitabas durante tu trabajo. ¡Te juro que digo la verdad!

-De ser cierto lo que dices, ello significaría que mi amigo, el gran Constructor Trurl, es un vulgar embustero, y eso nunca lo creeré -dijo Clapaucio-. ¡Toma y toma!

Y volvió a atizarle con el palo.

-¡Por calumniar a mi amigo Trurl! ¡Te voy a machacar! -y le siguió pegando, hasta que se cansó.

-Ahora me iré a descansar un rato -dijo Ciapaucio-, y tú te quedarás aquí hasta que yo vuelva...

Ciapaucio se marchó y, al poco rato, sus ronquidos resonaron por toda la casa. Trurl aprovechó para desatarse y, una vez libre, subió sigilosamente al piso donde había quedado la máquina, se metió en ella y salió corriendo hacia su casa, mientras Ciapaucio, asomado a la ventana, se reía a carcajadas viendo escapar a su amigo.

A la mañana siguiente, Clapaucio fue a visitar a Truri. Este le hizo pasar sin una palabra y con semblante hosco. En la casa no había mucha luz, pero Clapaucio se dio cuenta de que Trurl mostraba en el cuerpo y la cabeza las huellas de la paliza que le había dado la víspera, aunque su amigo se había esforzado en disimularlas.

-¿Por qué estás tan serio? -le preguntó Clapaucio alegremente-. He venido para darte las gracias por tu bonito regalo; pero, desgraciadamente, mientras dormía, esa máquina se escapó por una ventana...

-Me parece que no trataste a mi regalo como se merecía -se quejó Trurl-. La máquina me lo ha contado todo, no tienes por qué disimular ---agregó Trurl furioso al ver que Clapaucio abría la boca-. Le mandaste que me construyera a mí mismo, y seguidamente llevaste a mi duplicado al sótano y le diste una gran paliza... ¿Y después de eso te atreves a presentarte en mi casa y darme las gracias por mi obsequio, como si no hubiera pasado nada? ¡Vaya amigo'

-Francamente, no sé a qué viene tu enfado -replicó Clapaucio-. Efectivamente, mandé a la máquina que creara una copia de tu persona. He de reconocer que era perfecta, asombrosamente idéntica a ti. En cuanto a la paliza, esa máquina hubiera debido preverlo; pues lógicamente golpee a esa criatura, artificial para comprobar si estaba sólidamente construida y al mismo tiempo para ver cómo reaccionaba. Y, desde luego, demostró ser muy sólida y astuta. En seguida inventó una historia, según la cual se trataba de ti mismo en persona. Naturalmente, no le hice caso; entonces empezó a jurar que el regalo no era tal regalo, sino un simple engaño; y como comprenderás, en defensa de tu honor, no tuve más remedio que atizarle. Sin embargo, me pude percatar de que la copia era inteligentísima, y me recordaba a ti no sólo físicamente, sino también espiritualmente. Reconozco que eres un gran constructor, eso quería decirte y para eso he venido a verte tan temprano...

-¡Ya ves! -dijo Trurl algo más tranquilo-. De todas maneras, no me parece muy acertado el uso que diste a mi Máquina de Cumplir los Deseos, pero qué se le va a hacer...

-Además quería. preguntarte qué habías hecho con ese Trurl artificial -dijo Clapaucio con aire ingenuo-. ¿No podrías enseñármelo?

-Estaba enfurecido --contestó Trurl- y amenazó con romperte -la cabeza, para lo cual se escondió detrás de la gran roca que hay cerca de tu casa, y cuando traté de persuadirle de que no lo hiciera, me cubrió de insultos y empezó a preparar una trampa para ti; y aunque yo consideraba que tú me habías ofendido, en aras de nuestra antigua amistad, y para evitarte todo peligro (pues mi doble estaba frenético), no tuve más remedio que desmontarlo y reducirlo a pequeños fragmentos...

Al decir esto, Trurl, como sin querer, tropezó con un montón de piezas mecánicas que había por el suelo.

Tras esa visita, los dos amigos se despidieron cordialmente y siguieron siendo buenos colegas.

A partir de entonces, Trurl no hace más que ir contando que le regaló a Clapaucio su Máquina de Cumplir los Deseos, y que éste se portó muy mal, ordenándole fabricar a Trurl y dándole; y cómo la copia tan perfectamente. creada por la máquina intentó valerse de hábiles enganos para librarse de la paliza y aprovechó el sueño de Clapaucio para escapar, y cómo Trurl había desmontado al Trurl artificial que se había refugiado en su casa, para salvar a su amigo de la venganza de] doble apaleado.

Y tanto contó su historia y se vanaglorió de ella, poniendo el propio Clapaucio por testigo, que en la corte se enteraron de esta extraordinaria aventura, y a partir de entonces todos hablaron de Trurl con el mayor respeto, mientras que poco antes sólo lo llamaban el Constructor de Máquinas Inteligentes Más Tontas del Mundo. Y cuando Clapaucio se enteró de que el rey había premiado generosamente a Trurl y le había otorgado la Orden del Gran Muelle y la Estrella Helicoidal se puso a gritar:

-¡Vaya, vaya! Por haberle dado un escarmiento y hacerle huir ignominiosamente de mi sótano en plena noche y sobre sus piernas dobladas, ahora es rico y, famoso y, por si fuera poco, encima el rey le condecora. ¡Lo que hay que ver!

Y, muy enfurecido, Clapaucio volvió a su casa, donde se encerró a cal y canto para construir la misma Máquina de Cumplir los Deseos que Trurl, pero con la diferencia de que éste la había construido primero.