El Dragón -- RAY BRADBURY

El Dragón -- RAY BRADBURY

El Dragón
Ray bradbury


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La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro
movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no
volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos
convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos
hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les
latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y
en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban
en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la
respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó
el fuego con la espada.
¡No, idiota, nos delatarás!
¡Qué importa! dijo el otro hombre. El dragón puede olernos a kilómetros de
distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...
¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al
pueblo vecino.
¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los
caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de
plata de los estribos, suavemente, suavemente.
Ah... el segundo hombre suspiró. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede
aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios,
escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas
blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos
y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las
mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que
los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida
del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros,
pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como
fracasaremos también nosotros?
¡Suficiente, te digo!
¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en que año
estamos.
Novecientos años después de Navidad.
No, no murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados. En este páramo
no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el
pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían
cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún
en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí
estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos
ampare!
¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece
en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos
ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y
volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón
mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que
usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles
negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del
horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera
blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro.
El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en
una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni
hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas,
tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el
inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la
hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos
hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
Mira... murmuró el primer hombre. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un
monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se
acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de
pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano,
impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los
caballos.
¡Señor!
Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en
los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos.
Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió
su carrera.
¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El
dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro
jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo,
gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un
sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
¿Viste? gritó una voz. ¿No te lo había dicho?
¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
¿Vas a detenerte?
Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo.
Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de
fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos
sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un
humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire
quieto.

LA PRINCESA LILITH -- JULES LEMAÎTRE

LA PRINCESA LILITH -- JULES LEMAÎTRE

LA PRINCESA LILITH

JULES LEMAîTRE

UN RELATO "ESTRAÑO"

http://666-dark-666.blogspot.com/2008/05/la-princesa-lilith-jules-lematre.html_

I

Nacido Jesús en Belén, en tiempo del rey Herodes, ciertos magos de oriente llegaron a Jerusalén ydijeron:

-¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Vimos su estrella en el oriente y liemos acudido para adorarlo. Al saber esto turbóse el rey Herodes, y reuniendo a los sacrificadores y los escribas inquirió dónde debía nacer el Cristo. Y dijéronle:

-En Belén. Entonces Herodes llamó secretamente a los magos e indagó la fecha en que habían visto la estrella, y mandándolos a Belén les dijo:

-Id, informaos exactamente acerca de ese pequeñuelo y cuando lo hayáis encontrado, hacérmelo saber para ir también a adorarlo. Pero luego que los magos, conducidos por la estrella, hubieron encontrado y adorado al niño, advertidos por un sueño de que no debían volver á ver a Herodes, regresaron a su país por otro camino. Herodes al verso burlado por los magos fue presa de gran irritación.

II

La princesa Lilith, hija del rey Herodes, recostada en un lecho de púrpura, soñaba, mientras la neura Ntini agitaba sobre su frente un abanico de plumas y su gato Astaroth dormía a sus pies. La princesa Lilith tenía quince años. Sus ojos eran profundos como el agua de las cisternas, y su boca igual a una flor de malvavisco.Pensaba en su madre, la reina Mariana, fallecida cuando Lilith era todavía muy pequeña. Ignoraba que su padre la había muerto por celos; pero sabía que conservaba en el fondo de una habitación secreta el cuerpo de la reina embalsamado con miel y plantas aromáticas, y que la lloraba aún. Pensaba en su padre, el rey Herodes, tan sombrío y siempre enfermo. Solía encerrarse en su cuarto y allí se le oía lanzar gritos. Era que creía volver a ver a los que hiciera morir: su cuñado Kostobar, su mujer Mariana, sus hijos Aristóbulo y Alejandro, hermanos de Lilith, su suegra Alejandra y el hijo Antipater, el doctor de la ley Bababen-Buta, y muchos otros. Y aunque Lilith ignorara aquello, su padre le inspiraba un gran terror.

Pensaba en el Mesías esperado por los judíos y del que le hablara frecuentemente su nodriza Egla, muerta ya. Y aunque el Mesías debiera ser rey en lugar de Herodes, decíase que, sin embargo, desearía mucho verlo: pues el lejano atractivo de ese acontecimiento maravilloso, la desviaba de indagar cómo podría realizarse. Pensaba, en fin, en el pequeño Hozael, hijo de su hermana de leche, Zebuda, que residía en Belén. Hozael era un varoncito que reía y comenzaba a hablar. Lilith lo amaba entrañablemente. Y casi todos los días hacía atar las mulas a su carro de cedro e iba a visitar al pequeño Hozael. Lilith pensaba en todo aquello, en que se encontraba muy solita en el mundo, y en que sin el pequeño Hozael se aburriría mucho.

III

Entonces Lilith bajó al jardín, a pasearse bajo los grandes sicómoros. Allí encontró al viejo Zabulón, en otros tiempos capitán de los guardias del rey. Herodes había reemplazado su guardia judía por soldados romanos, pero como confiaba en el viejo Zabulón, encomendábale la vigilancia de la parte del palacio en que habitaba la princesa Lilith. El viejo Zabulón, enfermo desde hacia algunos años, se calentaba al sol, sentado en un banco de piedra; la edad lo encorvaba de tal manera que su ancha barba le tocaba las rodillas.Lilith le dijo:

-¿Estás triste, viejo Zabulón?

-He sabido por un centurión que el rey ha dado orden de matar mañana, al amanecer, a todas las criaturas de Belén que tengan menos de dos años.

-¿Por qué?-Los magos han anunciado que ha nacido el Mesías. Pero no se sabe cómo reconocerle, y los magos no han vuelto a decir si lo habían encontrado. Matando todas las criaturitas de Belén, el rey está seguro de que el Mesías no se lo escapará.

-En verdad -dijo Lilith -eso está muy bien imaginado.

-Y después de un momento de reflexión:

-¿Se le puede ver? -preguntó

.-¿A quién? Mesías.

-Para verlo sería preciso saber dónde está. Y si se supiera donde está, el rey no necesitaría matar todas las criaturitas del pueblo.

-Es exacto -dijo Lilith. Y agregó en voz baja, como con miedo de sus propias palabras:

-Mi padre es muy malo.

-Luego, de pronto, exclamó:

-¿Y el pequeño Hozael?

-El pequeño Hozael -dijo Zabulón -morirá como los demás, pues los soldados registrarán todas las casas.

-Sin embargo, estoy bien segura de que el pequeño Hozael no es el Mesías. ¿Cómo quieres que sea el Mesías? Es el hijo de mi hermana de leche.

-Pide su gracia a tu padre -dijo Zabulón.

-No me atrevo -dijo Lilith. Y agregó:

-Voy a ir con Num, a traer yo misma al pequeño Hozael y lo ocultaré en mi cuarto. Estará seguro, porque el rey no va allí casi nunca.

IV

Lilith hizo atar las mulas a su carro de cedro, fue a Belén con Num, entró en la casa de su hermana de leche, Zebuda, y le dijo:

-Hace demasiado tiempo que no he visto a Hozael. Quisiera llevarlo a palacio y tenerlo una noche y un día. La criatura está despechada y no necesita ya de tus cuidados. Le daré mi vestido color de jacinto y un collar de perlas. Nada dijo a Zebuda de lo que supiera por Zabulón, tanto temía al rey. Pero notó que el semblante de Zebuda resplandecía con inusitada alegría.

-¿Porqué estás tan alegre? Zebuda, un instante indecisa, respondió:

-Estoy alegre, princesa Lilith, porque amas a mi hijo.

-¿Y tu marido, dónde está? Zebuda, nuevamente indecisa, contestó:

-Fue a reunir su majada en la montaña.

V

Num ocultó bajo sus velos al pequeño Hozael, y Lilith y la buena negra entraron en palacio a la hora en que el sol desaparecía detrás de Jerusalén. Cuando Lilith estuvo en su dormitorio, tomó a Hozael sobre las rodillas y la criatura reía y quería asir los largos pendientes de la princesita. Pero Num, que en la sala vecina preparaba un cocimiento de maíz, acudió presurosa y dijo:

-¡El rey! ¡Ahí está el rey! Lilith tuvo apenas tiempo de esconder a Hozaelen el fondo de un gran cesto y cubrirlo con un hacinamiento de sedas y lanas deslumbrantes. El rey entró con paso pesado, con los hombros encorvados y los ojos inyectados de sangre en su faz terrosa, haciendo entre chocar los collares y chapas de oro que llevaba encima. Su, barba se agitaba temblorosa. Dijo a Lilith:

-¿De dónde vienes? Ella contestó:

-De Jericó.Y levantó hacia el rey sus ojos tranquilos como el agua de las cisternas.

-¡Oh, cómo se le parece! -murmuró Herodes. En ese instante un gritito partió del cesto.

-¡Quieres callar! -dijo Lilith al gato Astaroth que dormía sobre los tapices. En seguida dijo al rey:

-Padre mío, parecéis afligido, ¿queréis que os cante una canción? Y tomando su cítara, cantó una canción sobre las rosas. El rey murmuró:

-¡Oh, esa voz! Y huyó como poseído de espanto, porque las miradas y la canción de Lilith, In, le habían recordado la voz y los ojos de la reina Mariana. Poco después Lilith fue al jardín y vio al viejo Zabulón que lloraba.

-¿Por qué lloras, viejo Zabulón?

-Ya lo sabes, princesa Lilith, lloro porque el rey quiere matar a ese pequeñuelo, que es el Mesías.

-Pero -dijo Lilith, -si fuera realmente el Mesías, los hombres no podrían matarlo.

-Dios quiere quese le ayude -contestó Zabulón.

-Princesa, tú que eres buena y compasiva, debías avisar al padre, y a la madre de ese pequeñuelo.

-Pero ¿dónde lo encontraré?

-Interroga a la gente de Belén.

-Pero, ¿debo salvar al que arrojará mi raza de este palacio, al que quizás un día me convertirá en una pobre prisionera o en una mendiga de las calles?

-Esos tiempos están lejanos -dijo Zabulón, y elMesías no es aún más que una criaturita, más débil que el pequeño Hozael. Por otra parte, el Mesías tendrá suficiente poder para ser rey sin hacer mal a nadie. Y si algún día tienes una hija, princesa Lilith, el Mesías, cuando sea grande, podrá tomarla por esposa.

-Pero, ¿es realmente el Mesías? -preguntó Lilith.

-Sí -dijo Zabulón -puesto que nació en Belén, en el tiempo señalado por los profetas, y puesto que los magos han visto su estrella.

-Aunque pequeño, debe ser hermoso, ¿verdad,Zabulón?

-Está escrito que entre los hijos de los hombres será el más hermoso.

-¡Iré a verlo! -dijo Lilith.

VII

Llegada la noche, Lilith envolvióse en velos negros, y los brazaletes y los aros de oro de sus brazos y de sus tobillos, y los collares de su garganta, y las piedras preciosas que la cubrían toda, resplandecían a través de sus velos , tan suavemente como las estrellas en el cielo, y así Lilith, asemejábase a la noche, cuyo nombre llevaba. Porque Lilith en lengua hebraica significa la noche. Salió secretamente del palacio con la negra Numy pensaba en el camino:

-No quisiera que el Mesías quitara la corona a mi padre: pues me sería muy penoso no seguir viviendo en un hermoso palacio, y no tener ya lindos tapices, bonitos vestidos, joyas y perfumes. Pero tampoco quiero que se haga morir a esa criatura recién nacida.

Entonces diré a mi padre que he descubierto su escondrijo y en recompensa de ese servicio, le suplicaré que perdone a esa criatura y que la tenga en su palacio. Así no podrá perjudicarnos; al contrario, si es el Mesías nos asociará a su poder.

VIII

Lilith encontró a Zebuda orando con su marido Méthuel. Ambos parecían rebosantes de alegría. Entonces Lilith, se sirvió de un ardid:

-Hozael va bien –dijo -os lo devolveré mañana. Pero ya que sabéis dónde está el Mesías conducidme hacia él. He venido para adorarlo. Méthuel era un hombre sencillo y poco inclinado a creer en el mal.

Contestó:

-Yo te conduciré, princesa Lilith.

IX

Cuando llegaron al lugar en que se encontraban la criatura, Lilith se admiró sobre manera, pues esperaba algo extraordinario, sin saber qué, y sólo vio una choza armada a la roca, y en ella un asno, un buey, un hombre que tenía aspecto de artesano, una mujer del pueblo, bella sin duda, pero pálida, débil y pobremente vestida, y en un pesebre, sobre pajas, una criaturita que en un principio le pareció igual a muchas otras. Mas, habiéndose aproximado vio sus ojos y en esos ojos, una mirada que no era la de un niño, de una dulzura infinita y más que humana, y notó que el establo no estaba alumbrado sino por la luz que de él emanaba. Dijo a la joven madre:

-¿Cómo te llamas?

-Miryem.-¿Y este varoncito?.

-Jesús.

-Parece muy juicioso.

-Llora algunas veces, pero nunca grita.

-Quieres permitirme que lo bese.

-Sí, señora -dijo Miryeni. Lilith se inclinó y besó a la criatura en la frente; Miryem se enfadó algo porque no se arrodillaba.

-De manera -dijo Lilith -que este pequeñuelo es el Mesías.

-Tú lo has dicho, señora.

-¿Y será rey de los judíos?

-Con ese objeto lo ha enviado Dios.

-Pero entonces liará la guerra, matará muchos hombres y destronará al rey Herodes o a su sucesor.-

-No -dijo Miryem, -pues su reino no es de este mundo. No tendrá guardias ni soldados; no tendrá palacios ni tesoros; no establecerá impuestos, y vivirá como el más pobre de los pescadores del lago de Genezaret. Será el servidor de los humildes, y de los pequeños. Curará a los enfermos, consolará a los afligidos. Enseñará la verdad y la justicia, y reinará sobre los corazones, no sobre los cuerpos. Sufrirá, para enseñarnos el valor del sufrimiento. Será el rey del amor, pues amará a los hombres, y a los que atormente un deseo de amar, a aquellos a quienes la tierra no baste, les dirá que sus pobres corazones hallarán su satisfacción y su alegría. Tendrá inagotable misericordia para todos los que, aun culpables, hayan conservado el don de amar y la virtud de sentirse hermanos de los demás hombres y de no preferirse a ellos, y sin duda tendrá un trono.

-¡Ah, ya lo ves! -dijo Lilith resistiendo aún.

-Pero -prosiguió Miryem, -ese trono será una cruz. Sobre una cruz morirá para redimir los pecados de los hombres y para que Dios, su padre, tenga piedad de ellos. Lilith escuchaba con admiración. Lentamente volvió la cabeza hacia el establo; vio que la criatura la miraba, y bajo la caricia de sus ojos profundos, vencida, arrodillóse murmurando:

-Nunca me habían dicho esas cosas.

Y adoró. Hacía tiempo que Num se había arrodillado y lloraba.

-Sé -dijo Lilith incorporándose, -que el rey Herodes busca al niño para hacerlo morir. Toma el asno (yo lo pagaré a su dueño) y huye con él.

X

Por los caminos estrechos que serpentean alre-dedor de las redondas colinas, Jesús y su madre,José y Lilith, y la negra, y el asno llegaron a la llanura.

- Aquí es -dijo la princesa -donde es preciso que os deje. Soy la princesa Lilith, hija del rey Herodes.Acordaos de mí.

Y mientras Miryen montada en el asno conducido por José y teniendo a Jesús en los brazos, sealejaba por el camino de la derecha, Lilith seguíacon los ojos la aureola que rodeaba la frente del pequeñuelo.Y precisa mente en el momento en que detrásde un bosque de sicómoros desaparecía la pálida luz misteriosa, por el camino de la izquierda oyóse un ruido de corceles, de entrechocar de acero, y rápidos fulgores de cascos bajo la luz de la luna; el escuadrón de guardias romanos marchaba hacia Belén...

XI

Y todos saben que la princesa Lilith fue una de,las santas mujeres que siguieron a Jesús el día de su sacrificio, y que el pequeño Hozael uno de los primeros discípulos del Cristo Salvador.

CALENDARIO AZTECA

CALENDARIO AZTECA



CALENDARIO
AZTECA

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En el centro vemos a Tonatiuh, el Dios Solar, con una daga en la boca, símbolo del
verbo y su relación con lo sexual. La daga es de obsidiana y también representa el
“sacrificio humano”, porque se alimenta de corázones humanos.
Pero eso es también simbólico, porque representa el trabajo con el corazón, la entrega a
nuestro REAL SER INTERNO, pensar que esto sea un sacrificio humano es como creer
que el sagrado corazón de Jesús, que está sangrando, implica hacer sangrar realmente el
corazón del hombre.
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El pectoral tiene chiachiuites (adornos) que indican su pertenencia a la Realeza.
Orejeras que simbolizan el saber escuchar (recordemos las orejas del Budha). El glifo en
la cabeza es el desarrollo de la glándula pineal (el chichón del Budha). Las dos perlas
en los costados, la dualidad del universo.
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Aprisiona con sus dos garras de tigre dos corazones humanos, que representa lo antes
expuesto. El tigre, o jaguar en el México antiguo es el cazador, la actitud del guerrero
que caza poder, pero también su mundo interno.
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En el segundo círculo, NAHUI-OLIN, las cuatro épocas que nos precedieron:
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PRIMER SOL:
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OXOTL-TONATIUH: Devorados por tigres, símbolo de la sabiduría. (arriba derecha)
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SEGUNDO SOL:
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EHECATONATIUH: Gobernados por Ehecatl, dios del viento, fueron devorados por
los huracanes. El término huracán es maya, significa GRAN ALIENTO. (arriba
izquierda
) Son los hiperbóreos.
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TERCER SOL:
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QUIAUHTONATIUH: Devorados por el fuego. Son los Lemures. Algunos se
convirtieron en pájaros (se elevaron) y otros cayeron. (abajo izquierda)
_
CUARTO SOL:
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ATONATIUH: La cuarta raza, los Atlantes, fueron cubiertos por la aguas.
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El rayo solar hacia arriba indica 13 ACATL, 13 caña, fecha de la destrucción de nuestra
civilización, año 2043.
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El círculo que sigue es el calendario propiamente dicho. Tenían dos calendarios uno
religioso y otro común.
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XIUHMOLPILLI:
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Calendario solar. 18 meses de 20 días: 360 días + 5 días nefastos llamados Nemontemi
al final del año, días vacíos, malditos, que los dedicaban al ayuno y a la oración. Un
ciclo duraba 13 años, se realizaba el Ritual de Fuego Nuevo. Cada 52 años se cumplía
un Katum. El día estaba dividido en 22 períodos, 13 diurnos y 9 nocturnos. Para los
aztecas habían 13 cielos.

 

DOS CUENTOS DE MUERTE *** ENRIQUE ANDERSONT IMBERT

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DOS CUENTOS DE MUERTE *** ENRIQUE ANDERSONT IMBERT



Enrique Anderson Imbert
Aleluya del moribundo
El fantasma



* * *
ALELUYA DEL MORIBUNDO
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Isaac Kornblit visitó a Rodrigo Alvarez, que acababa de salir del hospital. Lo encontró demacrado pero muy contento de vivir otra vez en su casa.
-! No me diga! ¿ Así que usted pudo verlo y oírlo hasta el último momento? -le preguntó-. ! Que privilegio, aunque triste, estar junto al insigne Jacobo Stein a la hora de su muerte! ¿Qué decía, qué decía? Porque supongo que Stein conservó su lucidez hasta el último momento.
-Sí, claro -contestó Alvarez-, pero no crea que comnigo fue muy profundo. Eso sí, sabía contar.
-¿ Contar qué? ¿ La historia de Israel?
-No. Un cuento.
-¿ Cómo es eso?
-Y bueno... Ya le dije. Cuando me internaron en el hospital me pusieron en la misma sala en que atendían a Stein. Una mesa de luz separaba nuestras camas. El estaba mucho peor que yo pero yo estaba mucho más deprimido que él. Probablemente él sabía que iba a morir y que yo no sufría de nada grave. Si es así, su conducta fue de veras piadosa porque se sobrepuso a sus propias dolencias y, para animarme, me daba conversación. Yo no tenía ganas de conversar y para que me dejara tranquilo... (perdóneme, sé que para ustedes Jacobo Stein es una gran figura del Sionismo pero para mí no era nadie; yo ni recordaba que Stein había sido profesor de historia en Israel)... le avisé que si quería hablar que hablase pero que yo no iba a contestarle porque me sentía mal y además porque, igualito que Azorín cuando tengo algo que decir lo escribo y no necesito hablar. Ahí no más Stein se pusó a filosofar sobre o oral y lo escrito. Supongo que para un judío la Biblia ha de significar algo ¿no? Bueno, me extranó que Stein, siendo judío, dijera que el Libro daña al hombre. Repetía el argumento del egipcio Ammon en aquel cuentito que Platón, en el Fedro, puso en boca de Sócrates: la escritura, a diferencia de la palabra viva, debilita la memoria de los lectores y los hace mentalmente perezoso. Me limité a contestarle, creo que de mal modo, que a mi los ojos me sirven más que las orejas y que lo que me estaba afligiendo en ese hospital era que yo pudiera cerrar los ojos pero no las orejas. No se dio por aludido y siguió provocándome para obligarme a conversar. Por ahí se me escapó que yo había escrito uno que otro cuento. Stein me preguntó si yo estaba seguro de que esos cuentos escritos por mí no seguían una tradición oral. Porque, agregó, él había localizado la fuente folklórica de muchos cuentos de hoy que pasan por ser de escritura novísima. ! Bah! Ganas de hacerme dudar de la originalidad de mis propios cuentos... Sobre la mesa de luz había un libro. Stein me lo mostró. Estaba escrito en caracteres hebreos. Lo hojeó. Yo sabía !tan ignorante no soy! que el hebreo se lee al revés pero de todos modos se me anojó un poquito ridículo que un hombre tan viejo hiciera pasar las páginas de atrás para adelante como un chico que no sabe leer. "Es", me dijo con un retintín burlón, "una antología de cuentos israelíes. Ya ve: están escritos; así que, según usted, deben ser buenos". Se sonrió con picardía y me miró con ojitos irónicos.
"¿Por qué diablos se sonríe y me mira así"?, pensé. Agregó: "Si quiere le resumo uno". Sin esperar respuesta empezó a resumirme un cuento que desde entonces no puedo olvidar, por la vivacidad con que lo cont6. Cuando al día siguiente me desperté, la cama de Stein estaba vacía. Me explicaron que Stein se había descompuesto a medianoche y ya en la madrugada estaba muerto. De veras lo sentí. Pensé en el cuento que me había contado, el, el moribundo, para aliviarme a mí, que no sufría de nada grave, y eché una mirada sobre la mesa de luz. Sí. Allí había quedado el libro en hebreo. Como nadie lo reclamó me lo traje. Esta ahí. Komblit suspiró:
-! Pobre Stein! Y dígame ¿cómo era ese cuento que tanto lo impresionó?
-Era un cuento sobre dos soldados en la guerra de 1967 entre Israel y Egipto.
-A ver, cuéntemelo.
-En una sala del hospital militar hay dos camas: una al lado de la ventana y la otra en un rincón. Cuando traen al soldado David ya la cama de la ventana está ocupada por el soldado Samuel. Este, a pesar de la gravedad de sus heridas, es un optimista. Saluda a su nuevo compañero en desgracia y, viéndolo decafdo, procura aniamarlo y aun divertirlo. Como desde su cama puede mirar por la ventana, Samuel le describe a David todo lo que ve: un capitán que resbala en una cáscara de banana y se cae, un perro que no quiere devolverle la pelota a un niño, enfermeras bonitas que atraviesan el jardín con las faldas levantadas por el viento... David oye la relación del interminable desfite de escenas. Pasan días. La salud de David mejora. Por lo contrario, Samuel empeora y muere. Esa noche trasladan a David a la cama que ocupaba Samuel y en cambio la de David es ocupada por un nuevo herido.
David espera con impaciencia toda la noche para que, a la mañana siguiente, corran la persiana y pueda asomarse por la ventana, ver las cosas interesantes que ocurren en el jardín y animar al nuevo soldado como Samuel lo animó a él. La enfermera abre la ventana. David, ansioso, mira y ve que no hay tal jardín: a dos metros de la ventana un gran muro oblitera toda la vista. ¿ Y cómo va a animar ahora al nuevo herido si él, David, no tiene la imaginación de Samuel?
Hubo un largo silencio del que salió Komblit con un zumbido:
-!Humm! !Qué casualidad! Los dos soldados del cuento, heridos en un hospital... Stein y usted, también en el hospital, enfermos... Bastante simétrico ¿no te parece? Discúlpeme que sea tan suspicaz pero ¿me deja ver el libro del que Skin sacó ese cuento?
-Sí. Allí Lo tiene, sobre la cómoda. Komblit se levantó, fue a buscarlo, lo examinó y soltó una carcajada.
-¿De qué se rie?
-Este libro, querido Alvarez, no es una antología de cuenteos, es un tratado arqueológico titulado El Tercer Muro de Jerusalén.
-¿ Quiere decir que ese cuento que Stein me contó no estaba ahí?
-Sospecho que ni ahí ni en ninguna parte. Posiblemente Stein quería entretenerlo a usted. Y sabiendo que usted respeta más el libro que la conversación fingió que el cuento que le contaba estaba escrito. ¿Se ha fijado en la curiosa coincidencia? Samuel, el soldado que dice mirar por una ventana tapada y alivia con mentiras a David, su camerada, es el "doble" del Jacobo Stein que lo divirtió a usted mintiéndole que narraba un cuento de un mamotreto arqueológico. Improvisó el cuento de los dos soldados especialmente para que coincidiera con la situación de ustedes dos, tendidos en una sala de hospital.
!Vaya a saberse con qué propósito!
Alvarez murmuró:
-Es posible...
Y en seguida, en voz alta -no fuera que Komblit lo creyese molesto porque lo habían engañado- afirmó:
-Como quiera que sea, el cuento me gustó. Sigo gozando del jardín tal como Samuel se lo describió a David. Puedo ver a las lindas enfermeras con las piernas al viento como si me las estuvieran mostrando en este mismo instante. Lástima que ese cuento oral no exista literalmente.
-¿Por qué lamentarse de que no exista? Si usted lo gozó, aunque sea una sola vez, ya es suficiente ¿no? No existe como literatura... Bueno ¿y qué? Razón de más para que usted lo haga existir. Escríbalo. En el juego de paralelas que Stein estableció, él era Samuel y usted David. Escriba el cuento que le contó siquiera para probar que usted no se ha quedado inhibido como David, tan poco imaginativo que fue incapaz de consolar al prójimo como Samuel lo había consolado a él. El cuento podría comenzar así: "Isaac Kormblit visitó a Rodrigo Alvarez, que acababa de salir del hospital. Lo encontró demacrado pero muy contento de vivir otra vez en su casa".
Komblit y Alvarez rompieron a reí como chicos.

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El fantasma

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Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha...Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! - Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo - pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver - jaula vacía - y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
- ¡No entres! - gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
- ¡Cállate! ¡lo has echado todo a perder! - gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre. Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas.
En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Si... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural !
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas.
Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.

CUATRO CUENTOS DE TERROR U HORROR

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CUATRO CUENTOS DE TERROR U HORROR

CUATRO CUENTOS DE TERROR U HORROR

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LAGARTIJA
Rhea
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El edificio tenía un patio interior rectangular. Los rayos del sol no llegaban hasta
él, incluso en verano el lugar era fresco aunque el calor fuera sofocante.
Había una piscina que ocupaba casi todo el patio. Dejaba el espacio justo para
que los niños pudiesen corretear y sus madres pudieran tumbarse en las hamacas.
Era mayo y los de mantenimiento comenzaban a arreglar la piscina en previsión
del verano que se avecinaba .Era un día extraño. Hacía un sol demoledor.
Raramente llegaban los rayos solares al interior del patio, pero ese día gracias a
ocultas y caprichosas leyes de refracción la piscina y el mismo eran un autentico horno, y una de las paredes interiores quedaba totalmente iluminada.
Sobre las 12 de la mañana los trabajadores que intentaban poner en funcionamiento
la ansiada bañera hicieron una pausa. El calor era inaguantable.
El patio quedó desierto durante unos breves instantes.
Fue entonces cuando apareció ella. Allí estaba .De una de las grietas colindantes
con los matorrales, que se había formado gracias al abandono de todo un invierno , salió.
Era el bicho más insignificante de la tierra. Media solamente unos 6 centímetros
y su aspecto era frágil .Era una lagartija bastante absurda , de esas que más que asco hace gracia.
Lagartija observó los alrededores . No le llamo nada la atención...hasta que vio
la pared iluminada.
Por alguna corriente irracional que las personas no llegamos a comprender , ni
tan siquiera a atisbar , comenzó a escalar decididamente la pared.
Con el peculiar movimiento que poseen estos animales ascendía sin dilación.
Puede que pasaran 45 minutos hasta que llegó al quinto piso , y la pared , ahora ,
a la 1 del mediodía debía acumular una temperatura de unos 40 grados. Increíble . Mayo y 40 grados.
Era un bicho muy curioso . Daba la sensación que a cada ventana que sobrepasaba
echaba una ojeada , como si quisiera saber quién se encontraba en su interior.
Finalmente encontró una ventana abierta y parece que se decidió a entrar.
Cuando penetró en la habitación no había nadie. Se planto en el techo y se quedó
inmóvil . En el habitáculo la temperatura era muy agradable , pero el dueño había cometido el error al dejar la ventana abierta. En un par de horas convertiría el piso en una especie de microondas.
A la media hora de entrar el animalillo y quedarse plantado en el techo alguien
llegó a la casa. Al instante entró en la habitación. Era una mujer de mediana edad . Se desnudó y se tendió en la cama . era evidente que venía sofocada por el calor. Sudaba.
Seguramente había tenido un duro dia porque a los 5 minutos se quedó dormida.
Respiraba con una leve dificultad , seguramente porque era fumadora , y dormía
con la boca entreabierta.
Nada más dormirse la lagartija avanzó por el techo y bajó hasta la cama de la
mujer. Se colocó a dos palmos de su cara.
Con toda naturalidad la lagartija avanzó y comenzó a introducirse en la boca de
la mujer.
Ella , la mujer , sintió una especie de cosquilleo primero en los labios y después
en la lengua , pero no fue suficiente para que se despertara.
Al bicho le costaba avanzar en el interior de la boca de la mujer , pero consiguió
llegar a la boca de la garganta. Con un gracioso saltito se introdujo en la faringe.
De repente la mujer abrió los ojos . Tenía una sensación de ahogo inaguantable .
Tenía algo en la garganta que no le dejaba respirar.
Intentaba vomitarlo pero era inútil . Ese algo se resistía . Se estaba ahogando.
Fue dando tumbos por la habitación hasta el lavabo . Tristemente se vio reflejada
en el espejo . Era una caricatura de si misma . tenía ya la expresión totalmente desencajada y comprendió que su muerte era inevitable.
Segundos después la mujer se desplomó y perdió definitivamente el pulso . Era
ya solamente otro cadáver. Nada más.
Lo rocambolesco no estaba aquí . Breves instantes después la lagartija salió indemne
de la boca de la mujer y emprendió el camino de vuelta hacia la piscina.
El calor sofocante lo único que había hecho era anunciar una horrible tormenta
de verano . La lagartija lo sabía y se dio prisa para volver a su guarida.
Evitó que la lluvia la cogiera por el camino y se puso a salvo.
Cuando llegó me alegre de verla. Le di de comer y la felicité por su excelente
trabajo. Al fin y al cabo me había costado mucho amaestrarla.
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LA PIEDRA VIVA
Jordi Sala Parra

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- 1 -
UN PEQUEÑO TROPIEZO

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Su única intención era pasar una tarde agradable observando aves, pero Sebastián
Fuentes halló algo más en el delta del río Llobregat aquel calurosísimo día del mes de agosto.
Se había aficionado a la ornitología hacía ya algunos años, y la experiencia que había
adquirido a lo largo de ellos le servía ahora para identificar rápidamente a las aves, incluso
a aquellas que pasaban a contraluz a cientos de metros de distancia. Realmente,
era ya todo un experto. Sus amigos bromeaban llamándole el "ornitólogo más rápido al
norte del Llobregat", aludiendo a los famosos pistoleros que se ganaron la fama por ser
los más rápidos "al oeste del Mississippi". Sebas (como todo el mundo le llamaba) vivía
en Barcelona y tenía veintidós años.
Como otros muchos ornitólogos, a pesar de que él siempre lo negaba, sentía debilidad
por los "bimbos". Hacer un "bimbo", en la jerga de los ornitólogos, no era otra cosa que
observar una especie de ave por primera vez. Sebas recordaba con especial cariño la
tarde del mes de agosto en que "bimbó" un ejemplar de pelícano vulgar en aquel mismo
delta. Fue un acontecimiento importante, puesto que se trataba de una especie totalmente
accidental en la costa oeste del Mediterráneo. Habían pasado exactamente dos años
desde que observó a aquel magnífico animal, y decidió utilizar tal efeméride como excusa
para pasar la tarde paseando por aquellos páramos.
El delta del Llobregat había sido en el pasado un inmenso conjunto de lagunas, dunas
y marismas, pero la asfixiante presión humana lo había dejado muy mermado. Las pocas
zonas que aún conservaban parte de aquel esplendor habían sido protegidas para
preservarlas y evitar su destrucción total. Había numerosos carteles repartidos por toda
la zona que informaban del estado de aquellos terrenos.
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RESERVA NATURAL
PARCIAL
(Prohibida la caza
y la pesca)
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rezaban aquellos carteles. Pero el espacio protegido apenas ocupaba un millar de hectáreas.
La mayor parte del delta estaba ocupada por campos de cultivo, industrias y algunas
poblaciones más o menos grandes.
El corazón de todo aquel ecosistema era, por supuesto, el río Llobregat. Si bien estaba
tan contaminado que apenas se podría hablar ya de río. Sebas acostumbraba a decir que
el agua del Llobregat llevaba de todo menos agua. A decir verdad, por el olor que se
desprendía en sus márgenes, podría ser casi cierto.
El río no sólo transportaba productos químicos en cantidades suficientes para extinguir
a medio sistema solar. También llegaban arrastradas por la corriente toneladas y toneladas
de basuras, residuos orgánicos, ramas de árbol, cañas arrancadas de la orilla y
todo tipo de objetos insospechados. Todo este material, por obra y gracia de las corrientes
marinas, se depositaba invariablemente en las playas del delta.
Aquella basura era el único acompañante de Sebas aquella tarde mientras observaba
aves.
De momento le había ido bastante mal. En casi cuatro horas que llevaba paseando por
la reserva apenas había observado unas veinte especies. Realmente, no había escogido el
mejor día para visitar la zona.
Sebas caminaba con gran fatiga por la playa bajo un sol demoledor, con una temperatura
de treinta y dos grados y sin una brizna de aire que aplacase, aunque fuese por un
momento, aquella sensación de ardor asfixiante. Eran las cinco y media, y sudaba a mares.
Cargaba con el telescopio terrestre y su trípode, unos prismáticos y un macuto en el
que llevaba su cartera con la documentación, un bocadillo que no pensaba devorar y una
botella de plástico que había contenido agua, y que ya hacía una media hora que había
vaciado por completo.
Sebas caminaba por la playa mirando al suelo, y sólo veía arena, sus pies, y mucha,
mucha basura. Y a pesar de que miraba en esa dirección, no vio a la piedra que se había
interpuesto en su camino. Cuando quiso darse cuenta, su pie ya se había enganchado en
ella.
El telescopio aterrizó un metro y medio más allá de donde él cayó. Los prismáticos,
colgados al cuello, se le clavaron en el pecho cuando los aplastó contra la arena. El macuto,
mal sujeto en su espalda, rebotó contra él y quedó medio colgando de un costado.
Sebas no había sufrido daño en sí por la caída. Tan solo el golpe de los prismáticos.
Se dio la vuelta al tiempo que escupía arena, y quedó sentado. Observó con más curiosidad
que odio al causante de su caída. La piedra parecía no haber estado allí nunca.
Daba la sensación de que alguien la acabase de colocar frente a su pie un segundo antes
del tropiezo.
Se trataba de un objeto pesado, de superficie granulada y de color rojizo. Tenía el tamaño
de un balón de rugby. Sebas seguía sin explicarse cómo no la había visto.
Se levantó del suelo, y tras sacudirse la ropa, recogió el telescopio y lo limpió lo mejor
que pudo. Afortunadamente, no parecía haberse dañado. De haberse roto, o si hubiesen
entrado granos de arena en el interior del tubo, habría quedado inservible. Y eso sería
algo que no le divertiría mucho. Le había costado casi cien mil pesetas. Era un magnífico
aparato, afirmaba siempre Sebas frente a sus amigos, quienes no tenían más remedio
que asentir tras echar un vistazo a través de aquel conjunto de lentes y prismas. Hacía
falta un poco de práctica para mirar por el telescopio, y la mayoría de las veces sus amigos
no veían más que una porción de cielo o unas sombras muy negras, pero así y todo
estaban de acuerdo: era un magnífico aparato.
Retomó la fatigosa marcha, al tiempo que se decía que ya había tenido suficiente por
aquel día. Decidió dirigirse hacia el descampado en el que había aparcado su coche, un
Renault 18 de color blanco, cuya luna trasera estaba poblada de pegatinas con temas de
ecologismo y de sociedades protectoras de las aves. Sebas calculó que tardaría unos
veinte minutos en llegar al descampado.
Caminó con tenacidad durante ese periodo de tiempo, pero en ningún momento se dio
prisa. Al fin y al cabo, nadie le perseguía. Realizó dos paradas para observar el mar con
los prismáticos, por si acaso las aves hubiesen decidido cambiar de opinión y se dejasen
contemplar durante algunos minutos. Pero era inútil. El día no acompañaba. Pocos pájaros
y mucho calor. Mucho, mucho calor.
Aproximadamente cuando estaba a medio camino de su vehículo, un objeto ovalado
surcó el aire a gran velocidad, siguiendo la misma dirección que Sebas, quien caminaba
consternado con la mirada fija en el suelo. No vio al objeto.
Llegó junto al Renault con quince minutos de más sobre lo que había calculado. Dejó
el macuto en el suelo con gran alivio y se pasó el brazo arremangado por la frente para
secarse el sudor. Abrió las patas del trípode del telescopio, lo puso en pie y se descolgó
los prismáticos. Los dejó sobre el tejado del coche. Estaba asqueado. Había tenido días
malos, pero éste parecía superarlos a todos. El sol no parecía querer tomarse ni un sólo
minuto de tregua, y continuaba caldeando el ambiente de una forma implacable.
Hurgó en el bolsillo izquierdo de su pantalón, y tras unos instantes de búsqueda infructuosa
extrajo las llaves del vehículo y abrió las puertas. Depositó todo el equipo en
el asiento trasero y echó un último vistazo a los alrededores. Oía cantar a un buitrón en
la lejanía, pero no distinguió ave alguna revoloteando sobre los campos, que parecían
totalmente desiertos. La reverberación dibujaba ondas en el aire.
Sebas reconoció que, a pesar de todo, ya sólo por aquel momento de calma y de paz,
valía la pena haberse desplazado hasta el delta. Era muy relajante. Disfrutó de aquella
tranquilidad durante unos segundos, hasta que decidió que debía ponerse en marcha. Se
sentó frente al volante y puso la llave en el contacto. El motor, caldeado en exceso y
cansado por los duros años de continuos maltratos, barboteó unas protestas antes de
arrancar. Tras bajar las ventanillas delanteras y poner la primera, Sebas giró el volante y
se dispuso a partir hacia la gran ciudad.
Apenas había recorrido un par de metros por entre los hierbajos del descampado,
cuando la rueda delantera derecha pasó sobre un objeto de gran tamaño, que hizo que
todo el vehículo se estremeciera. Fue como si se hubiese subido a un gran bordillo. Sebas,
que no llevaba puesto el cinturón, se golpeó un dedo de mala manera contra el volante,
y las rodillas contra los bajos del salpicadero. El coche se le caló tras salvar el
obstáculo.
Maldijo en voz alta y se apeó del vehículo. Rodeó el capó y observó el objeto que
acababa de atropellar. Era una piedra muy parecida a la que le había hecho tropezar
hacía ya un buen rato. La estudió estupefacto. Más que parecida, casi podría creer que
se trataba de la misma piedra. Era idéntica. Aunque no podía estar seguro porque no recordaba
con exactitud los detalles de la primera.
Pero sí tenía grabado en su memoria el color rojizo, la textura granulosa y la forma de
balón de rugby. Las mismas características que poseía el objeto que tenía en aquel momento
frente a él.
Decidió no buscar explicación alguna. No tenía por que hacerlo, era libre. Si había dos
piedras iguales, es posible que hubiese más. Tal vez ni siquiera eran piedras. Quizá fuesen
artificiales. Pero le daba igual. Le importaba un rábano que hubiese cuatro millones
de balones de rugby rojizos pasando las vacaciones en la reserva natural.
Recordó el dicho que decía que sólo el hombre tropieza dos veces con la misma piedra.
Estudió por última vez a la maldita entrometida y se echó a reír. La agarró con las
dos manos, sintiendo una punzada de dolor en el dedo golpeado, y la sacó de debajo del
coche. Notó el tacto áspero, la superficie rugosa dejándole marcas en la piel. Descubrió
que sus manos, temerosas, no querían tocar a aquella cosa desconocida, como si en
cualquier momento la piedra pudiese abrir unas enormes fauces plagadas de colmillos,
capaces de arrancarles los dedos de cuajo. Sin embargo, obligadas por Sebas, consiguieron
asir la piedra y dejarla un metro más allá. Tras depositarla en el suelo, Sebas se sacudió
con alivio las manos en los pantalones. Respiró hondamente, echó un último vistazo
al objeto rojizo, y volvió al asiento del vehículo. Puso de nuevo el motor en marcha
y se alejó de aquel lugar.
Quince minutos después había abandonado ya los campos resecos y los juncales repletos
de excrementos de oveja. Tras atravesar el Prat de Llobregat, había entrado a la autovía
de Castelldefels, y ahora avanzaba ya en dirección a Barcelona.
Unos cuarenta metros por encima del vehículo, la piedra roja volaba en la misma dirección
que Sebas, quien, más pendiente de los otros vehículos que circulaban junto a él
que de las posibles piedras voladoras que pudieran cruzarse en su camino, no se percató
de la presencia del extraño perseguidor.
La circulación era fluida. Sebas conducía a gusto, y a buena velocidad. Calculó que a
una media de cien, tardaría un cuarto de hora en llegar a la plaza de España, cerca de la
cual vivía. La temperatura era más agradable ahora, con las ventanillas bajadas y el raudo
aire azotándole el rostro.
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- 2 -
PRIMER PENSAMIENTO
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No llevaba radio en el coche. A veces la llevaba cuando se dirigía a otros lugares, pero
cuando salía a ver aves era un engorro. Tendría que cargar con ella además de con el telescopio,
el macuto y los prismáticos, o arriesgarse a dejarla debajo del asiento o en el
maletero. Salía más a cuenta dejarla bien segura en casa. Si necesitaba música, siempre
podía cantar.
Se puso a berrear desafinando horriblemente, y al cabo de unos segundos se echó a reír,
escandalizado por su propio desatino.
Sebas se puso a pensar.
El día había sido verdaderamente malo, pero había tenido jornadas peores. De hecho,
su futuro inmediato era halagüeño. Volvería a casa, se ducharía, comería un bocadillo y
bebería una cerveza fresca mientras Bon Jovi se autoproclamaba cowboy por los altavoces
de la modesta minicadena de Sebas. Sólo con pensar en esa escena, ya le entraban
deseos de pisar el acelerador a fondo, para poder llegar lo antes posible a su piso de
l'Eixample. Se estiraría en la cama con la comida y la cerveza y disfrutaría de aquellos
momentos de relajación que tanto se había merecido. Al fin y al cabo, estaba de vacaciones,
y las vacaciones se habían creado para disfrutarlas.
Estaba de vacaciones. Estaba de vacaciones solo. Por supuesto, Olga, la última chica
que le había destrozado el corazón, todavía estaría en Irlanda con su novio veraniego de
pelo rojo, aquel que tenía jarras de cerveza en lugar de manos. Por lo que le había explicado
Olga, aquello sí que era beber cerveza.
A Sebas le importaba un comino que beber cerveza en Irlanda fuese la ceremonia sagrada
de todo pelirrojo, como en teoría debería ser la siesta en España para todo pueblerino
que llevase boina.
Se preguntó por qué una chica de buena familia, que no había ido a una discoteca hasta
que cumplió los diecinueve años, que nunca fumaba ni bebía, para la que su cuerpo
sagrado era lo que los Colt para los pistoleros del oeste americano, una chica que además
casi nunca gustaba de relacionarse con las clases bajas o medias... se preguntó por
qué demonios estaba viviendo un tórrido romance con un bebedor irlandés de veinte
años, como le había explicado en la única carta que Sebas había recibido.
Sebas pertenecía a la clase media, y sus padres procedían de un piso todavía más bajo
en el escalafón social. Todo lo que consiguieron hasta su muerte tuvo como fin el que
Sebas pudiera alejarse un poco más de la oscuridad del fondo del pozo de la pobreza, y
pudiese contemplar algo de la luz que se adivinaba en la parte más alta. En la abertura
del pozo.
Olga estaba más allá de aquel pozo. Ocupaba un lugar en el paraíso de los adinerados.
Por eso, cuando Sebas empezó a conocerla un poco, y a descubrir que ella no solía mezclarse
con "tribus" de obreros, pero que a pesar de eso mantenía la amistad con él, una
muy buena amistad, él llegó a pensar que tal vez podría ocurrir algo. Quizá llegasen a
formar una buena pareja.
Sebas era consciente de que en aquellos momentos no disponía de mucho dinero, y de
que si ella accedía a vivir con él no podrían permitirse los lujos de los que ella disfrutaba
en casa de "sus papás", a no ser que ella pusiese todo el dinero, cosa que a él no le
extrañaría, debido al talante feminista de Olga. A él no le habría importado en absoluto.
Si había algo que él odiaba, era el machismo, que tan mala fama había dado a todos los
componentes del sexo masculino. Era injusto. No todos los hombres eran así.
En cuanto a su dinero, a Sebas le gustaba escribir, y la gente que había leído relatos
suyos creía que tenía posibilidades de que le llegasen a publicar algo si se lo proponía.
Él sabía lo que podía llegar a ganar un buen escritor. Y aunque externamente era modesto,
cuando meditaba sobre el asunto, Sebas se convencía una y otra vez de que algún día
llegaría a ser escritor. No le cabía duda. Estaba seguro de que lo conseguiría.
Pero con una promesa no conseguiría a Olga.
El materialismo era algo horrible, pero no podía engañarse a sí mismo. Olga podía poner
dinero para vivir, pero no se conformaría con un espíritu de poeta o con unas buenas
intenciones. Sebas tendría que llegar a ser algo en la vida. Y no un SIMPLE OBRERO.
Maldita fuese Olga y todo el dinero del mundo.
¿Acaso no contaban hoy en día los corazones? Sí, claro, por supuesto que contaban.
En las malditas clases medias y bajas. Más arriba lo que contaba era el capital, y quizá
un poquito el corazón también. Pero sólo un poquito. Estaba convencido de ello. Seguro
que no se equivocaba al respecto. Lo sabía muy bien.
Ojalá consiguiese enamorarse de otra mujer, una que fuese más comprensiva y que no
alardease de los logros conseguidos con el dinero. Pero de momento lo veía muy difícil.
Él la quería, la quería muchísimo, creía que nunca había estado tan enamorado de una
mujer.
Sebas recordó la letra de una de las canciones de Joaquín Sabina:
"Era tan pobre que no tenía más que dinero..."
Volvió a reír en voz alta, como lo hizo cuando cantó minutos antes, y se asombró
cuando examinó el cauce que habían tomado sus ideas en los últimos instantes. ¿No
había empezado pensando en comida, cerveza y Bon Jovi?
Dejó de reír. Oyó un silbido agudo y penetrante. Volvió la cabeza a un lado y a otro,
pero no localizó la fuente del sonido.
De repente, un estruendo le hizo saltar en su asiento al tiempo que una lluvia de cristales
salpicaba el interior del vehículo. Algo golpeó con violencia el asiento del acompañante,
la puerta del mismo lado, el techo y el suelo. Sebas perdió el control del volante
durante unos instantes y el coche realizó un extraño giro que le llevó tres carriles más
allá de aquel que había ocupado hasta el momento. Estuvo a punto de volcar, pero finalmente
consiguió dominar el vehículo y enderezarlo. Alguien tocó el claxon frenéticamente
por detrás de él. Sebas pisó el pedal del freno, sin comprender todavía qué
había ocurrido. Redujo a sesenta, y un coche pasó junto a él a gran velocidad. El conductor
le gritó algo que Sebas no entendió.
El corazón le galopaba como un caballo desbocado. Contempló incrédulo a la roja
piedra que se balanceaba en el suelo del vehículo, bajo la guantera. El asiento del acompañante
parecía haber sido víctima de un ataque de misiles, y la puerta aparecía seriamente
dañada. Una gran corriente de aire entraba por el hueco del parabrisas, por el lugar
que segundos antes había ocupado el cristal que ahora se repartía en fragmentos por
el interior del coche. La escobilla del limpiaparabrisas había desaparecido, y una gran
abolladura en el techo era el colofón del desastre.
Sebas estuvo a punto de sucumbir a un ataque de nervios, pero consiguió dominarse.
Puso el intermitente de la derecha, y poco a poco se fue aproximando al arcén, donde
detuvo el vehículo. La tarea que consistía en desabrocharse el cinturón se le antojó eterna,
ya que el temblor de manos y el ansia por lograrlo se confabularon para impedir que
lo consiguiese a la primera. Tras una encarnizada lucha, dio con el botón que liberaba al
cinturón. Sebas aspiró una bocanada de aire, la exhaló, y cerró los ojos. Se llevó las manos
a la cara y soltó unos cuantos tacos en voz baja.
Apartó las manos y miró al frente. Los otros coches pasaban veloces a su izquierda.
No parecían prestarle excesiva atención. Volvió la vista hacia el lado del acompañante,
y contempló con inusitado odio al rojizo objeto que parecía desafiarle desde la alfombrilla
del suelo.
Sebas se apeó del vehículo y se dirigió a la portezuela contraria. Quería recoger la
piedra y dejarla entre la vegetación de más allá del arcén, olvidar que la había visto y
que aquel día había salido a observar aves al delta del Llobregat.
Intentó abrir la puerta, pero descubrió que estaba atrancada. Se dirigía ya de nuevo al
asiento del conductor para sacar la piedra por la otra puerta cuando se detuvo. ¿Qué pasaría
si volvía a abandonar a aquel maldito huevo del diablo en un lugar en el que no iba
a poder vigilarlo? Se quedó pensativo durante unos instantes y se echó a reír como lo
había hecho minutos antes.
"Oh, vamos", pensó, "es de locos. ¿Voy a llevarme una piedra a casa para tenerla vigilada,
por si intenta atacarme de nuevo?". Sonaba realmente absurdo. Tal vez sí se estuviese
volviendo loco. Pero no lo creía así. Alguna explicación lógica debería haber. No
todos los días una piedra te persigue con tanta insistencia, pero evidentemente, eso era
lo que estaba ocurriendo en aquellos momentos. Era algo real, no se trataba de ninguna
alucinación.
Se le ocurrió entonces que era posible que realmente aquel objeto fuese artificial, como
había supuesto en un principio. Quizá se trataba del residuo de alguna fábrica, y
había numerosas piedras rojas repartidas por la zona. Él había tropezado con una en la
playa, había atropellado a otra en el descampado en el que había aparcado el coche, y tal
vez algún gracioso le había lanzado aquella otra piedra desde algún puente situado encima de la autovía.
Miró hacia atrás, hacia los últimos cientos de metros que había recorrido con el coche,
pero no vio ni un solo puente. El horizonte estaba cercano, ya que a menos de medio kilómetro en la dirección en que miraba, la autovía se elevaba en un cambio de rasante que impedía ver lo que había más atrás.
Pero Sebas tampoco recordaba haber visto ningún puente desde que había abandonado
el Prat de Llobregat no hacía mucho. Sin embargo, no estaba seguro de la distancia que había recorrido con el coche desde que la piedra atravesó el parabrisas. ¿Era posible que ésta hubiese caído antes de llegar a la cuesta? ¿Habría algún puente por allí detrás, aunque él no recordase haberlo visto?
Resolvió averiguarlo en aquel mismo instante. Debía comprobarlo por el bien de su
cordura. Decidió olvidarse momentáneamente de la piedra. Pasó los bultos del asiento
trasero al maletero y se guardó la cartera en el bolsillo de la camisa. Subió las ventanillas,
cerró el vehículo con llave y se alejó dejando puestas las luces de emergencia. No
podía evitar que alguien se aprovechase del enorme boquete del parabrisas, así que optó
por no preocuparse, ya que no le quedaba más remedio. De todas formas, estaba aparcado
en el arcén de la autovía. ¿Quién iba a molestarse en acercarse al vehículo para comprobar si había algo que robar?
Caminó bajo el sol. Poco a poco empezó a notar que el asfalto se empinaba y que el
cambio de rasante se hallaba algo más cerca. Pero la carretera parecía mucho más larga
cuando se recorría a pie que cuando se circulaba por ella con el coche. Finalmente, tras unos penosos minutos que se le hicieron interminables, divisó los kilómetros que se extendían más allá y que había dejado atrás con su coche poco antes. Sobre la carretera no había puente alguno, ni construcción parecida. Sebas se sintió como traicionado. Había esperado hallar algo a lo que aferrarse, una explicación lógica, un desenlace predecible y normal. Pero si allí realmente había algo, era precisamente todo lo contrario. Anormalidad.
Giró sobre sus pies para echar un vistazo a su coche. Sebas se quedó de piedra. Petrificado.
Su vehículo había desaparecido. Se dijo una y otra vez que no podía ser, que era
imposible. Sin embargo, no tardó en convencerse de que aquello no formaba parte de la
extraña trama en la que se hallaba inmerso. Estaba seguro de que el coche había sido
robado por algún gamberro que acababa de complicarle la vida enormemente.
Ahora Sebas se hallaba a kilómetros de su casa, sin medio de transporte, y al parecer,
con una enloquecedora piedra roja persiguiéndole por todo el planeta. Se le ocurrió que tal vez la piedra perseguidora, que se había quedado en el coche, podría haber cambiado
de presa y quizá estuviese en aquellos momentos haciéndole la vida imposible a quien
fuese que se había llevado el vehículo. Se consoló con aquella idea.
Comenzó a deshacer el camino andado, mientras pensaba que si se hubiese girado más
a menudo cuando subía la pendiente, tal vez habría visto al ladronzuelo en el momento
de acercarse al coche y estudiarlo, como un buitre merodeando la carroña.
El descenso fue más rápido, y más descansado. Pero también más frustrante. Dedujo
que le quedaban tres soluciones. Caminar durante kilómetros era una. Otra consistiría en
acercarse a la parada de autobús más cercana, aunque no tenía ni la más mínima idea de su situación. La tercera posibilidad era el autostop.
No es que pasasen muchos coches, pero la circulación era lo suficientemente insistente
como para que Sebas no pudiese tener el pulgar bajado más que unos pocos segundos
entre vehículo y vehículo.
Ni uno solo paró. Pero apenas unos veinte minutos después de caminar suplicando
transporte, llegó a una parada de autobús. En ella se detenían dos líneas, la L-90 y la L-93. Ambas se dirigían a Barcelona, y la primera además tenía una parada no muy lejos de su casa. Según informaba un descolorido papel pegado a una plancha metálica, el autobús pasaba cada media hora.
Se dispuso a esperarlo apoyado en el poste de la parada. Volvía a sudar copiosamente,
y estaba muy cansado. Querría haberse sentado en el suelo para descansar, pero decidió
que de pie tenía una mejor visión de la carretera, y que así podría controlar mejor la llegada
del autobús... o de la piedra.
El L-90 llegó unos quince minutos después. Sebas se alegró de haber cogido la cartera
del coche. Sacó unas cuantas monedas y cogió el ticket que le extendía el conductor.
Pasó al fondo del vehículo y se sentó junto a una de las ventanas.
El autobús arrancó y reemprendió la marcha.
_
- 3 -
SEGUNDO PENSAMIENTO

_
Curiosamente, a pesar de que las cosas le habían salido totalmente al revés en lo que
iba de día, en aquellos momentos en que miraba por la ventanilla y su cuerpo se movía
al ritmo de los traqueteos del autobús, Sebas se convenció de que toda su vida iba a
cambiar. A partir de aquel mismo segundo. Quizá lo creyó así porque pensó que las cosas
ya no podían irle peor.
El paisaje que se divisaba más allá de la autovía no contribuía en absoluto a alimentar
aquellas esperanzas, pero no importaba. Supo, sin fundamento alguno, que sólo dependía
de él mismo para conseguir cualquier cosa que desease.
Se sorprendió al descubrir que, a pesar de todo lo que le acababa de ocurrir, la piedra
no ocupaba el plano principal de sus pensamientos. De hecho, apenas pensaba en aquella
maldición roja. Tal vez era algún mecanismo mental de defensa el que le impedía reflexionar
sobre el tema, para evitar que se volviese loco. Quizá alguna complicada reacción
química producida en su cerebro inhibía el terror que, en teoría, debería estar sintiendo.
Era muy curioso. Tan sólo tenía pensamientos optimistas.
Y en esos pensamientos, el puesto de honor lo ocupaba Olga. Pensó que si deseaba
enamorarla, lo lograría. ¿Cómo era posible que hubiese mantenido esa venda frente a
sus ojos durante tanto tiempo? Claro, por supuesto. Olga iba a ser suya. Estaba locamente enamorado de ella. Y si ella seguía manteniendo el contacto con él, pobre obrero, después de dos años, era por un motivo: él significaba algo para ella.
Tal vez Olga tan sólo estuviese jugando. Al fin y al cabo eran jóvenes. Ella le había
dicho más de una vez que la vida era como una escalera, y que no se podía pretender alcanzar la azotea sin haber recorrido primero todos los escalones. Ya llegaría el momento.
¿Qué más daban unos ligues por aquí, unos rolletes por allá? Cuando llegase la hora
de la verdad, Olga y él se casarían, dentro de unos años. Estaba escrito en el libro del destino. ¡Era absurdo preocuparse por el asunto!
Ahora estaba seguro de que se trataba de eso. Con limitarse a vivir el presente, y a dejar que los acontecimientos vinieran por sí solos, estaba todo hecho.
Sebas seguía mirando por la ventanilla del autobús. Dos kilómetros después de convencerse
de que las expectativas respecto a Olga eran muy buenas, se quedó sin aliento
al contemplar una escena que echó por suelo todas sus esperanzas sobre el maravilloso
mundo en el que vivía. Más allá del arcén, en el lado derecho de la autopista, un Renault 18 de color blanco yacía accidentado tras haber atravesado la valla protectora. No pudo ver la matrícula, pero no fue necesario. Vio el capó totalmente destrozado, y una humareda que se levantaba del motor. También vio a alguien inconsciente, sentado al volante.
Cuando observó al objeto rojizo que salía por una de las ventanas en dirección al autobús, ya no le quedaron dudas. Se trataba de su coche.
Se alzó de su asiento como impulsado por un resorte, y salió disparado en busca del
conductor del autobús, al tiempo que le gritaba con desesperación que aumentase la velocidad.
El conductor lo miró con cautela y le preguntó qué ocurría. Sebas señaló la piedra
roja que les adelantaba en aquellos momentos. El conductor la miró desconcertado.
La piedra lanzó un primer ataque de aviso. Golpeó el costado del autobús, y algunos
de los pasajeros dejaron escapar algunos alaridos de sorpresa, sin entender todavía qué
demonios ocurría.
Y antes de que pudiesen comprenderlo, la piedra volvió a embestir. Entró como un
obús por una de las ventanas y salió por otra sin detenerse, atravesando los cristales y
esparciéndolos por el suelo, mientras los pasajeros se agachaban y gritaban dominados
por el pánico.
Sebas estuvo especialmente desafortunado cuando anunció a viva voz que aquella cosa
iba a por él, que lo había estado persiguiendo durante toda la tarde, y que necesitaba
ayuda. Tras escuchar aquellas palabras, el conductor abrió las puertas del vehículo. La
piedra, que seguía al autobús como si esperase una respuesta a su primer ataque, se situó
frente a las puertas abiertas. Sebas la miró con temor, y el conductor aprovechó aquel
momento de incertidumbre para propinarle un empujón que casi lo envió directo al asfalto.
Pero en el último momento logró asirse a la puerta, y durante unos instantes se
mantuvo en equilibrio. El tiempo pareció detenerse, y nadie habría podido adivinar si
Sebas caería fuera, o si aterrizaría en el suelo del autobús.
Un anciano pasajero se encargó de decantar la balanza hacia uno de los dos lados. Se
levantó de su asiento, y con un garrote que llevaba le propinó a Sebas un fuerte golpe en
los nudillos de la mano con la que se aferraba a la puerta. Un segundo después ya estaba
rodando por el duro suelo de la autopista.
La piedra vigiló toda la escena desde una distancia prudente. Fue testigo de la traición
de los viajeros del autobús, quienes habían entendido demasiado bien la insinuación que
ella había hecho cuando les embistió. Todo le salía a pedir de boca.
Sebas se levantó con la ropa maltrecha. Sangraba abundantemente por la cara, y le dolía
enormemente todo el cuerpo. Casi creyó que era un milagro seguir aún con vida. Se
limpió los ojos con las manos desgarradas y echó un vistazo a su alrededor. Descubrió
que se hallaba de pie sobre el carril derecho de la autopista. Algunos coches le esquivaron
y pasaron raudos junto a él haciendo sonar el claxon, maldiciéndole y llamándole
loco. Ninguno parecía tener intención de detenerse para preguntarle qué le había ocurrido.
Echó a correr en dirección al arcén. Miró hacia atrás por encima de su hombro, mientras
corría, y vio como la piedra lo seguía poco a poco y con calma, manteniéndose a
una altura de unos tres metros. Sebas siguió corriendo. Saltó la valla protectora y cayó
por un talud cubierto de hierbajos, dejando atrás los sonidos de los coches.
_
- 4 -
CONFESIÓN
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Aterrizó entre basuras y malas hierbas, y sintió el olor de la descomposición de algunos
vegetales como una bofetada en pleno rostro. Alzó ligeramente la cabeza y observó
el paisaje. Frente a él se extendían innumerables campos de cultivo.
Se levantó entre gritos de dolor, y de nuevo miró hacia arriba. La piedra seguía allí.
No parecía tener intención alguna de cesar en su persecución hasta que hubiese acabado
con él. Desesperado, dolorido y furioso, Sebas alzó los brazos hacia ella.
-¡Qué quieres de mí! -gritó-. ¡Qué buscas, por qué me persigues!
Sebas respiró profundamente y aguardó unos segundos, pero la piedra no reaccionó.
-Dime piedra -inquirió-, qué demonios he hecho yo para merecerte.
Hizo otra pausa y prosiguió.
-¿Eres acaso un castigo de Dios?
Sebas no era creyente, pero en aquel momento estuvo dispuesto a creer cualquier cosa.
Se desplomó en el suelo y quedó de rodillas. Cerró los ojos. La piedra no parecía
hacerle el más mínimo caso, y él ya no sabía qué hacer o qué decir. Creyó que había
agotado ya todas las posibilidades.
Y entonces, sin saber bien si era su boca la que hablaba, o si algún diabólico mecanismo
le había insertado una grabación dentro de la garganta, Sebas decidió confesarle a
la piedra algunos de sus pecados.
Él siempre había creído que lo más grave que había hecho en toda su vida era clamar
venganza contra las personas que alguna vez le habían hecho daño, pero puesto que jamás
había movido un solo dedo para llevar a cabo tales venganzas, estaba convencido
de que era un buen tipo.
Sin embargo, de repente se había dado cuenta de que habría que matizar muchos puntos
de su vida en los que él había obrado como un buen tipo.
-Muy bien, piedra -le dijo-, maldita seas. Te diré algo. No sé si eres una mandada y
sólo cumples con tu trabajo, o si eres un extraterrestre que ha venido a aniquilar a la raza
humana y ha decidido empezar por mí. El caso es que me da igual. No es asunto mío.
Sebas hizo una pausa. La miró fijamente durante unos segundos, y sonrió.
-Je-je, fíjate -continuó-. Ya está. Ya me he vuelto loco del todo. Estoy aquí, desangrándome,
mientras hablo con una piedra asesina. Bueno, pues si es así, si realmente me
he vuelto loco del todo, no creo que tenga mucho que perder. A lo mejor hasta me salvo.
Sebas miraba fijamente a la piedra. Ésta no se movía en absoluto, y parecía escuchar
con interés su discurso. Sin embargo, a pesar de la amable atención que le prestaba su
enemigo, Sebas tuvo la intuición de que no iba por el buen camino. Ni siquiera sabía
muy bien que era lo que quería oír aquella cosa.
-¡Qué quieres que te diga! -le gritó-. ¿Qué me arrepiento de todo lo malo que haya podido
hacer alguna vez? Pues, de acuerdo, hecho. Me arrepiento. ¿Qué siento haber odiado
a Olga por todo lo que me hizo? De acuerdo también. Lo siento. Y también siento
haber odiado a mis amigos las veces en que me fallaron, y a mis padres por abandonarme
cuando los necesitaba, y a mis antiguos jefes por echarme de mi trabajo, y a los
americanos por haber lanzado las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Siento
haberlos odiado a todos.
Sebas lanzó al aire una carcajada histérica, sabiendo que aquella piedra no iba a
acompañarle en su broma, ni le iba a echar un brazo rojizo sobre el hombro mientras le
decía "ja-ja, tranquilo hombre, todo olvidado, vamos a tomarnos una cerveza". La piedra
iba a matarle por todo lo que había hecho.
-Mierda -exclamó-. Seguro que no soy ningún santo, pero en estos momentos no se
me ocurre nada más. Creo que soy alguien bastante tranquilo. Miento, engaño y hago la
vida imposible a los demás dentro de los límites normales de cualquier persona normal.
Aunque sí, a veces soy bastante mal hablado, pero me importa un comino que me creas
o no, o que seas real o una alucinación, o que quieras matarme. Al fin y al cabo, si todavía no estoy loco, no creo que tarde mucho en conseguirlo.
La piedra no se inmutó. Continuó flotando encima de él.
-Ah, por cierto -continuó Sebas-. Se me olvidaba. Te odio. Te odio con toda mi alma.
De nuevo se hizo el silencio. Sebas ya no sabía cómo continuar su monólogo. Esperaba
alguna señal por parte de su perseguidor, pero su frialdad y su inexpresividad le estaban
poniendo enfermo. Si la cosa seguía así, acabaría arrancándose la cabellera con sus
propias manos.
En lugar de eso, rompió a llorar. No supo por qué saltaban las lágrimas, si por tristeza
o por rabia, pero tampoco le importó mucho en aquellos momentos.
Sebas ocultó la cara entre sus manos y sollozó durante unos segundos que le parecieron
años. No quería mirar hacia arriba. Pero finalmente, se obligó a abrir los ojos y a dirigirlos
hacia el cielo. La piedra había desaparecido.
Con cautela, miró a su alrededor, esperando toparse con un balón de rugby de veinte
kilos justo un segundo antes de ver cómo se empotraba en su cara. Pero no había ni rastro
del perseguidor.
Con un guiño de esperanza, se puso en pie, gimiendo por los huesos que le torturaban.
-¿Piedra? -llamó en voz baja.
-¿Piedra? -volvió a repetir, esta vez con más fuerza. No hubo respuesta.
-¡Que te jodan! -gritó.
Tras unos instantes de indecisión, empezó a escalar el talud. Subió hasta la autopista y
contempló los coches que pasaban frente a él. Llegó a divisar la cara de una señora gorda
que le miraba asqueada. Sebas le hizo un gesto con el dedo medio, y la señora miró
al frente.
Decidió que después de que todo hubiese acabado, pondría una denuncia contra la
compañía de autobuses. Pero primero tendría que intentar recuperar su vehículo. Seguramente
la guardia civil ya habría llegado al lugar en el que el maldito ladronzuelo se
había estrellado. Sebas tendría que explicarles que el coche se lo habían robado. Y tendría
que explicar también de donde venía, y por qué sangraba.
Por supuesto, no les diría que una piedra le había perseguido. De hacerlo, no se llevarían
una impresión muy buena de él. Quizá debería hablar primero con los otros pasajeros
del autobús. Ellos también habían visto a su acosador, y eran, por tanto, testigos presenciales.
O quizá simplemente debía mentir. "Me han atacado, agentes, -podría decir-,
me han dado una terrible paliza...", o tal vez serviría algo así como: "me caí por un talud
poblado de espinos, espinos enormes con púas como guadañas, que me desgarraron la
piel salvajemente... como si me odiaran de veras...".
Finalmente, Sebas decidió que ya pensaría más tarde en lo que haría. Ya se le ocurriría algo.
Caminó por el arcén durante unos minutos. Pensó en todas las cosas que le había dicho
a la piedra, pensó en Olga, pensó en todo aquello que le había venido a la cabeza
mientras viajaba primero en el Renault y después en el autobús. Llegó a la conclusión
de que su estabilidad mental pasaba por momentos delicados, y de que tal vez necesitase
ayuda. Aunque quizá la ayuda que necesitaba se limitase a una pareja estable.
Mientras volvía a darle vueltas a todos aquellos asuntos, se percató de que el sol se
había ocultado tras una nube. Al parecer, la única que habría en el cielo.
Alzó la vista y quedó maravillado ante el espectáculo que veía. ¿Era posible que se estuviese
produciendo un eclipse total y que no se hubiese dado cuenta hasta aquel momento?
Miró con más detenimiento al astro rey. Le dolían los ojos cuando lo hacía, pero
se obligó a ello. Entonces vio que no era la luna lo que ocultaba al sol. La luna no se movía tan deprisa. El objeto se desplazó velozmente hacia el suelo, dejando en libertad
a los reprimidos rayos solares. Por supuesto, se trataba de la piedra roja. Le había parecido
redonda cuando ocultaba al sol porque la veía de frente. Pero ahora pudo percibir
perfectamente su maldita forma de balón de rugby.
La piedra había estado flotando en el aire a varios metros de altura, encajando perfectamente
en el redondel dorado que era el sol. Tras descender, se detuvo a la altura de la
cara de Sebas, a unos tres metros delante de él. Mientras le desafiaba de nuevo, Sebas se
permitió el lujo de echar algunas miradas furtivas a los conductores de los vehículos que
pasaban junto a él. Vio caras asombradas, incrédulas. No era para menos. Durante un
instante habrían creído ver una piedra que flotaba y a un hombre destrozado.
Sebas se pasó la mano por la cara y se rascó parte de la sangre coagulada. Sus dedos
hicieron manar sangre fresca de las heridas.
-¿Qué quieres de mí? -preguntó por segunda vez aquella tarde. La piedra no contestó.
-¿Por qué no te vas a una cantera para que te aplasten y me dejas en paz? -le sugirió.
La piedra ni se inmutó.
-Voy a pasar -anunció Sebas-. Voy a avanzar muy lentamente hacia ti.
Dio un paso y la piedra no retrocedió. Sebas se detuvo, sin saber bien qué hacer, si
continuar, o esperar los acontecimientos. Finalmente dio otro paso. La piedra no se movió.
Estaba ahora a tan solo un par de metros de distancia.
Dio un tercer paso y la piedra se desplazó ligeramente hacia la derecha. Esperanzado
pero temeroso, se sobresaltó ante el súbito movimiento de la piedra y vaciló un poco.
Por fin, sin pensárselo más, empezó a andar con firmeza pero lentamente. Un cuarto paso,
un quinto...
La piedra continuó su vago desplazamiento y se detuvo a la derecha de Sebas, quien
enseguida comprendió lo que ocurría: su perseguidor le estaba dejando espacio, le estaba
permitiendo pasar. Le dejaba vía libre.
Pasó de largo y continuó caminando. Ahora ya la había dejado atrás. Lanzó una mirada
de reojo y pudo ver en el límite de su campo visual una mancha rojiza que continuaba
inmóvil en el aire.
Avanzó ahora con un poco más de velocidad, pero intentando disimular su ansia por
alejarse de aquella maldita cosa. Se sentía como un hombre desarmado al que un pistolero
le ha ordenado que se de la vuelta y que eche a andar. Quería correr, salir disparado,
poner muchos metros de por medio entre él y aquel engendro del infierno, y sobretodo,
lo que más deseaba era volver la cabeza para asegurarse de que aquella cosa no le
seguía. Pero no se atrevía. No podía hacer nada de eso. Tenía el convencimiento de que
era aquello lo que la piedra esperaba. Un acceso de pánico. Demostrarle temor. Eso sería el detonante de la explosión final.
Pensó entonces que si conseguía mantener sus nervios controlados, si conseguía no
echarse a correr... pensó si la piedra le iba a permitir de todas formas alejarse por la carretera
y perdonarle la vida. Esta desalentadora idea empezó a crecer en su mente de una
forma alarmante, y Sebas fue consciente de que el ataque de pánico al que tanto había
temido ya había llegado. Si no conseguía desahuciar a aquel pensamiento de su cabeza,
estaría perdido.
Finalmente, no pudo resistirlo más. Sus piernas se movieron adelante y atrás, y balanceando
los brazos se lanzó a la carrera, gritando de desesperación cuando miró hacia
atrás y vio a la piedra roja que se lanzaba en su persecución.
Miró al frente pidiendo socorro, clamando piedad, y deseando pensar, deseando que
alguna última idea acudiese a su mente en aquel momento de sobrehumano esfuerzo, de
lucha por la supervivencia.
A pesar de que no la veía, y de que la piedra no emitía sonido alguno, Sebas la sentía.
Sentía su presencia detrás de él, acercándose poco a poco, sin prisas, a sabiendas de que
era una presa fácil, y de que si quisiese podría alcanzarlo en una décima de segundo.
La piedra llegó hasta Sebas. En los últimos centímetros antes de tomar contacto, redujo
su velocidad hasta igualarla prácticamente con la de su víctima. Se aproximó lentamente
a su espalda hasta que tocó su camisa chorreante de sudor y sangre. Sebas gritó.
Continuó corriendo durante unos metros más, sin comprender exactamente las intenciones
de la piedra. Ésta no le había embestido como un obús, sino que simplemente
presionaba su espalda con suavidad, como si tan sólo buscase su contacto.
Pero en apenas unos segundos, la presión se hizo algo más fuerte, y entonces Sebas sí
comprendió qué era lo que estaba haciendo. Le estaba empujando. Cada vez más deprisa,
sin dejar que se detuviera, forzándole la marcha.
Estuvo a punto de detenerse de golpe y agacharse para que la piedra pasase de largo;
estuvo a punto de echarse a un lado, apartarse bruscamente para desasirse del empujón
de aquella cosa. Pero al final no hizo ni una cosa ni otra. Y cuando quiso darse cuenta de lo que iba a ocurrir, ya fue demasiado tarde.
La piedra dio un brusco acelerón al tiempo que cambiaba el rumbo de la carrera de
Sebas algunos grados a la derecha. El empujón final lo envió de lleno al primer carril de
la autopista, y un camión que no pudo frenar a tiempo lo arroyó y le quitó la vida.
Fue algo muy rápido. Sebas apenas tuvo tiempo de gritar, y de comprender que eran
sus últimos segundos como mortal. Su último pensamiento fue de odio. Deseó que la
piedra quedase destrozada por el propio camión. Que la hiciese añicos.
El camión los embistió a ambos. De Sebas poca cosa quedó. La piedra salió disparada
y aterrizó fuera de la autopista. Sin rasguños. Unos segundos después alzó su macizo
cuerpo unos metros sobre el suelo, para reemprender el vuelo. Se mantuvo durante un
instante flotando en el aire, quizá para contemplar el resultado de su juego, su trabajo bien hecho. Después, se dirigió rauda hacia el cielo de verano.
Tal vez, en algún momento antes o después de su muerte, Sebas supo que no era necesario conocer la naturaleza de la piedra, ni de dónde procedía. Ni como había llegado hasta allí, ni por qué quería matarle. Bastaba con tenerla presente.
De haber tenido boca, la piedra habría reído.


_
"Ciertamente, había muy pocas obras humanas en esa
parte del túnel, aunque ocasionalmente un siniestro
mural de jeroglíficos tallados en el muro, o un pasadizo
lateral bloqueado, recordaban a Zamacona que esto era
realmente el camino olvidado por los eones hacia un
primordial e increíble mundo de seres vivientes."
H. P. LOVECRAFT,
El Túmulo


_
"Y había cuevas en aquella montaña que podían
estar vacías y s olitarias, o podían
-si las leyendas no mentían- albergar
horrores de una forma insospechada."
H. P. LOVECRAFT, _
La onírica búsqueda de la desconocida kadath




_
PRESA
Mariano Bertello

_
I
Miranda

_
- Hola Cris. – le había dicho ella con total naturalidad.
Él ni siquiera escuchó a la mujer acercarse, sin embargo esto no le extrañó, se encontraba
abstraído en sus propios pensamientos.
Era una mujer joven, tendría veintiséis o veintisiete años, esbelta, de cabellos negros
como la noche y de una mirada esmeralda que derretiría un témpano de hielo. En otras
palabras, una verdadera belleza. Sin embargo Cris no tenía idea de quién era ella.
- Disculpa, ¿nos conocemos?- preguntó extrañado.
- No, todavía no. –respondió la desconocida.
- Entonces, ¿cómo es que sabías mi nombre? – dijo con un susurro, al tiempo que arqueaba
las cejas.
- No lo sabía, pero escuché al cantinero cuando te saludó.- comentó ella, regalándole
una sonrisa amplia y de una dulzura que Cris no había visto en mucho tiempo.
- Buen oído.
- Para escucharte mejor.- sentenció.- Soy Miranda.
A partir de ese momento los recuerdos de Cristopher Hoods se volvían borrosos como si
mirara hacia ellos a través de un vidrio húmedo.
Creía recordar que habían bebido un par de tragos y hablado de trivialidades como sus
gustos sobre el cine o la inclemencia del clima durante la última semana, pero no podía
asegurarlo.
Ahora se encontraban caminando lentamente bajo la luz enfermiza de una luna anaranjada
que presagiaba lluvia en cualquier momento.
A medida que pasaban los minutos, Cris se iba envenenando más y más con la intoxicante
presencia de Miranda.
Sus cabellos lacios al viento desprendían una fragancia fresca y primaveral, su voz embriagante
podía hacer sentar a un tigre de bengala a la primera orden y su manera de
caminar, felina y sugestiva, le haría levantar temperatura a un cardenal de la Iglesia.
- Cris, tengo un poco de frío- dijo ella en voz baja.
Él se quitó su campera de jean y la colocó suavemente sobre los hombros de Miranda.
Ella atrapó con delicadeza el brazo izquierdo del joven y lo pasó detrás de su cuello.
Segundos después se apretó lentamente contra el cuerpo de Cris, él sintió que tocaba el
cielo con sus manos.
-“Eso es todo, amigos, me he enamorado”. – pensó para sí mismo y esbozó una sonrisa
cálida.
Fue exactamente en ese momento en que las primeras gotas de lluvia comenzaron a
caer sobre ellos.
Se detuvieron momentáneamente bajo el alero de un kiosco de revistas, el cual estaba
cerrado ya a esa altura de la noche.
- ¿Y ahora qué haremos?- preguntó Cris, aunque ya sabía la respuesta.
- Podemos ir a mi departamento, está solamente a unas cuadras de aquí.
Cris volvió a sonreír.
Reanudaron la marcha, primero caminando deprisa y luego, cuando las gotas de agua
golpeaban como clavos helados, casi corriendo.
Al cabo de unos minutos llegaron al departamento, totalmente empapados.
El edificio debía de tener al menos unos cinco millones de años. Seguramente había sobrevivido
no sólo a las dos últimas guerras, sino también al diluvio universal.
- “Dios Santo”. – pensó Cris – “de seguro tendrá momias en el sótano.”
- Que no te asuste, adentro no se está tan mal.- dijo ella, como si le hubiera leído la mente.
- No hay problema.- comentó él despreocupado y entró a la oscuridad del edificio siguiendo
los pasos de su acompañante...
Miranda tenía razón, el interior del departamento estaba realmente bien. Había dos dormitorios,
un living excelentemente amoblado con un pequeño hogar a leña, un baño y
una gran cocina. Todo estaba impecablemente limpio y en el aire se respiraba un raro
olor a limón artificial.
- Ponte cómodo.- dijo Miranda - Yo voy a cambiarme estas ropas mojadas.
Una vez más Cris sonrió.
Dejó caer su cuerpo en un cómodo sofá de terciopelo azul, mientras en su cabeza comenzaban
a gestarse todo tipo de ideas que lo incluían a él, a Miranda y a dicho sofá.
Notó con un poco de exaltación como las luces disminuían su intensidad y escuchó los
pasos de Miranda a sus espaldas.
- ¿Quieres que encienda el hogar?- preguntó ella.
- Por supuesto.- contestó Cris tratando de ocultar su estado de nerviosismo.
Miranda llevaba puesta una bata de color negro. No hacía falta ser adivino para saber
que no tenía nada más que eso encima. La bata le quedaba bastante ceñida al cuerpo,
marcando una silueta que rayaba en la perfección. La chica tomó un mechero eléctrico
que descansaba en la mesa ratona con la mano derecha, mientras que con la izquierda
rociaba un poco de alcohol sobre los leños.
El fuego se encendió al primer intento y Cris pudo sentir una oleada de calor diferente a
la que ya irradiaba su cuerpo.
Miranda se incorporó y se dirigió al equipo de música que estaba en la pared opuesta.
Segundos más tarde comenzó a sonar una dulce melodía que Cris desconocía por completo.
- Vivaldi – susurró ella, leyéndole la mente una vez más. - ¿ No te gusta?
- Sí, está bien. Es que estoy acostumbrado a cosas como AC/DC o Metallica.
- Todo un romántico. – comentó Miranda con ironía, y selló la frase con un beso.
Con un movimiento rápido, Cris aflojó el lazo de la bata, desnudando toda la hermosa
humanidad de Miranda. Ella desgarró literalmente la camisa escocesa de Cris y luego
fue por el cinto de sus jeans, desabrochándolo con ductilidad.
A la pálida y crepitante luz de las llamas sus cuerpos desnudos se acariciaron con pasión
pero con dulzura, como si ambos estuvieran explorando terreno desconocido. Reían
como niños alocados.
Sin duda ella sabía cómo hacer su trabajo. Cris pensó, en un rapto de lucidez tan fugaz
como efímero, que nunca nadie lo había hecho sentir así, tan feliz, tan completo, tan
humano.
Fue precisamente en ese mágico instante en el cual las cosas comenzaron a descontrolarse
y terminaron yéndose al mismo infierno.
La chica comenzó a contraerse mediante convulsiones rítmicas sobre su cuerpo, las cuales
iban en aumento. Segundos más tarde Miranda parecía poseída por un frenesí espeluznante.
Cris no había notado cuán largas eran las uñas de su compañera, hasta que éstas
comenzaron a hacer jirones la piel de su espalda. Miranda gruñía, se agitaba, y su
aliento se había tornado pestilente, como si un animal muerto hubiese anidado en su boca.
Por primera vez en toda la noche, la sonrisa del muchacho estaba ausente, no había rastros
de ella en su rostro.
Asustado, trató de apartar el cuerpo de la chica con un empujón, pero ella parecía sorprendentemente
fuerte, y no consiguió quitársela de encima.
Una punzada de dolor apareció de repente en su hombro derecho, acompañada segundos
después de una sensación de calor y humedad.
Esa fue la gota que derramó el vaso. Aplicó una violenta patada al cuerpo retorcido y
sibilante que lo aprisionaba, y con una agilidad digna de un gimnasta, dio un brinco
hacia atrás, alejándose del sofá y de la mujer enloquecida.
A tientas encontró el interruptor de la luz, y cuando ésta iluminó la habitación, deseó
nunca haberlo hecho...
La parte superior de su pecho y parte de su brazo derecho estaban bañados en sangre, en
su sangre. Cortes y arañazos surcaban su cuerpo en todas direcciones como carreteras
dibujadas por un niño. Un pedazo de carne le colgaba con un hilo de piel desde el hombro,
asemejando un pendiente macabro.
Aún así, eso no era lo peor del asunto.
Lo peor de todo era Miranda.
_
II
La Pelea
_
Miranda se encontraba semierguida, como una fiera agazapada esperando el mejor momento
para dar el zarpazo de gracia. No quedaba evidencia alguna de humanidad en su
figura, toda la belleza de su rostro, la sensual armonía de su cuerpo y su celestial encanto
se habían esfumado como si nunca hubiera estado allí.
En su lugar había ahora una aberración de la naturaleza, una monstruosidad de piel cenicienta,
pómulos filosos, cabellos enloquecidos y mirada asesina. De su boca manaba
un líquido rosado, mezcla de saliva y sangre, además de una larguísima lengua bífida
extraída de una pesadilla. Su dentadura era la de un tiburón, o la de un cocodrilo (Cris
no estaba seguro), con dientes amarillentos, puntiagudos y orientados en todas las direcciones posibles. Entre dos de ellos había un delgado hilo de carne que logró horrorizar
a Cris.
De la frente de la muchacha emergía un cuerno animal atravesando la piel de esa región
con suma facilidad.
Su espalda se había curvado, dejando a la vista una columna vertebral deforme y macabra.
Cris retrocedía trastabillando, alejándose de la criatura como en sueños. Manoteó sus
jeans con dificultad y antes de darse cuenta ya los tenía puestos.
“Excelente, estás a punto de ser devorado por un bicho y tú piensas en cubrirte las pelotas”-
pensó para sí y tuvo que reprimir el impulso de soltar una risita loca y enfermiza.
Miranda, o lo que alguna vez había sido Miranda, lanzó un alarido haciendo volar pequeñas
gotas de baba pegajosa y maloliente. Miró fijamente a los ojos a Cris y avanzó
un par de pasos hacia él.
Esto hizo reaccionar al muchacho, quien tomó de la cómoda que estaba a su lado un pesado
libro con un sombrío payaso en la tapa. Lo arrojó con todas sus fuerzas hacia el
monstruo que minutos antes le había dado un corto paseo por el paraíso.
El libro golpeó a Miranda en la frente, sin conseguir absolutamente nada más que hacerla
enojar. A continuación la criatura se agachó para tomar impulso y luego despegó del
suelo con furia. Alcanzó a un inmóvil Cris en cuestión de milésimas de segundo, lo tomó
por el cuello y lo hizo volar por toda la habitación como si se tratara de un muñeco
de trapo.
Cris estaba mareado y confuso, sentía el corazón en la garganta y la sangre galopaba en
su sien como un caballo salvaje.
“Debo salir de aquí, debo irme de aquí ahora. No sé qué diablos es esto, pero yo soy su presa” - pensó aterrorizado.
El monstruo le bloqueaba la entrada, por lo que rápidamente se dirigió la puerta más
próxima a su derecha y la abrió de un tirón. Entró en la habitación oscura casi corriendo
y tropezó con un bulto en el suelo. Sus manos buscaron el interruptor de la luz, al encontrarlo
lo accionaron con violencia.
Por segunda vez en la noche, Cris deseó nunca haber prendido las luces.
El cuarto estaba lleno de cuerpos mutilados y desgarrados, todos ellos masculinos y todos
ellos con orificios del tamaño de un puño en el pecho, a la altura del corazón. Había
algunos decapitados y a otros les faltaban algunos miembros, también había órganos y
vísceras repartidas por el piso.
Cris cayó de rodillas al suelo y vomitó sin poder contenerse. Había lágrimas en sus ojos
y el mundo le daba vueltas.
En el cuarto había un olor repugnante, pero curiosamente no provenía de los cuerpos.
En un rincón apilados, descansaban miles de desodorantes ambientales en forma de pino,
en algún momento habían tenido esencia de limón, pero ahora habían fusionado su
aroma con el que despedían los cuerpos putrefactos.
Los golpes de Miranda contra la puerta lo devolvieron a la realidad. La terrible fuerza
de la criatura estaba venciendo los goznes del pórtico.
Cris apoyó su cuerpo contra la fría madera a modo de barricada, sin embargo esto no
duraría mucho tiempo.
Se dirigió hacia la ventana que estaba en la pared opuesta y trató de abrirla sin resultado.
No sabía si estaba trancada o no podía abrirla a causa de su desesperación. Respiró
profundamente un momento y consiguió destrabarla. Miró hacia fuera y observó con satisfacción
que había una escalera de emergencia. Comenzó a descender por la misma
con torpeza, resbalando cada dos o tres escalones. Cuando apoyó los pies en el
pavimento helado y húmedo, sintió como un par de pisos más arriba, la puerta
mento helado y húmedo, sintió como un par de pisos más arriba, la puerta finalmente
caía bajo el peso de Miranda.
Descalzo y con frío empezó a correr por el callejón que daba la espalda al edificio.
Había parado de llover, y la atmósfera era húmeda y pesada.
Corría como un enajenado, pisando vidrios, latas y cualquier cosa que hubiera en su
camino.
A su espalda, a unos veinte metros de distancia, sintió un chasquido de pies golpeando
contra el suelo y, aunque no volteó, sabía qué significaba.
Miranda venía por él.
_
III
La taberna de Mick
_
Cris no sabía qué hora era, pero en la calle no había un alma. No había vagabundos, ni
drogadictos ni amantes, ni siquiera prostitutas sin suerte en esa noche. El muchacho deambulaba
por un desierto de granito y concreto. Gritaba pidiendo ayuda, pero nadie
contestaba sus súplicas. Se dio cuenta de que nunca se había sentido tan solo.
Alrededor de veinte o treinta metros atrás, los sonidos guturales provenientes de la bestia
continuaban acechándolo, cada vez más cerca.
Cris estaba exhausto, con cada minuto qué pasaba, sus piernas se hacían más y más pesadas,
e inconscientemente esperaba sentir como Miranda caía sobre él de un momento
a otro.
Pero todavía no, una llama diminuta de esperanza se encendió en el instante en que divisó
a la distancia un llamativo cartel de neón que rezaba:
_
LA TABERNA DE MICK
Nunca Cerramos
_
Ya casi cojeando, se dirigió con lo último de sus fuerzas hacia el lugar.
Abrió la puerta con dificultad y tras atravesar el umbral se desplomó agotado. El lugar
era un antro sucio y oscuro, sin embargo esta noche estaba bastante concurrido, contrastando
con la soledad de la calle.
Un hombre corpulento lo ayudó a incorporarse. El tipo olía a sudor y a licor barato, pero
parecía amigable.
- ¿Qué le ha pasado, hombre? ¿Y qué hace corriendo por la calle semidesnudo?- inquirió.
- Viene tras de mí... la chica... es un monstruo... quiere matarme y comerme como a
los demás... no la dejen pasar.
- ¿Pero qué es lo que dice amigo?
- Es un vampiro, o una mujer lobo... no lo sé, tiene cuernos y garras... y creo que se
come los corazones...
- Bien hijo, ahora quédate tranquilo. Mi nombre es Mick, y ningún bicho del demonio
entra en mi taberna.
El hombre se puso serio de repente y luego de apoyar a Cris contra una pared, se dirigió
velozmente hacia la barra del bar. Se inclinó por encima de ella y extrajo una escopeta
de dos caños y un cuchillo de cacería.
- Gary... - espetó, y cuando éste se volteó le arrojó el cuchillo.
El tal Gary era un hombre albino delgado y de gran estatura, de alguna manera su aspecto
era extraño y tenebroso, Cris no sabía bien por qué. Atrapó el cuchillo al vuelo con
maestría y jugueteó con él entre los dedos de forma desinteresada.
Al cabo de unos segundos se reunió con Mick. Los hombres hablaron entre susurros y
luego se dirigieron con paso seguro hacia la puerta de entrada.
Cuando estaban sólo a unos metros de ésta, la puerta estalló en mil pedazos, regando de
astillas a los clientes cercanos a ella.
Miranda entró como una exhalación, rugiendo y arrojando manotazos mortales a todo lo
que se le acercaba. La clientela del bar, una veintena de personas, se alejó rápidamente
de ella, aunque sorpresivamente no mostraba temor.
La bestia se detuvo conmocionada, hipnotizada por las estridentes luces del bar y por la
sensación de sorpresa que ahora la invadía.
Ese instante infinitesimal de duda le costó la vida.
Mick y Gary actuaron con solvencia y aplomo, como si hubieran hecho esto un millón
de veces.
Mick se agachó, poniendo una rodilla en tierra, apuntaló la culata de la escopeta contra
su hombro derecho y detonó el arma dos veces, vaciando los cilindros.
Los dos disparos fueron precisos, incrustándose en ambas rodillas del monstruo y
haciéndole volar las dos piernas por debajo del punto de impacto.
La bestia cayó al suelo como una bolsa de ropa vieja y comenzó a agitarse en todas direcciones.
Gary se acercó a ella con la velocidad de un rayo, sujetó su cuello con su enorme mano
izquierda y clavó el cuchillo de caza en el pecho del monstruo agonizante.
Miranda lanzó un alarido desgarrador, como si estuviera dando a luz.
Luego Gary soltó el arma e introdujo la mano en la herida, sólo para arrancarle el corazón
a Miranda en cuestión de segundos.
La criatura se sacudió brevemente, luego todo había terminado.
Cris no lograba creer lo que había pasado ante sus ojos, se sentía soñando, drogado o
quizás muerto.
Después de un pequeño lapso de tiempo, Mick se acercó a Cris y le sonrió.
- No te preocupes, ya está. – le dijo con voz tranquilizante.
- ¿Qué harán con ella ahora?
- Eso ya no es de tu incumbencia, muchacho, nosotros lo arreglaremos.
- ¿Qué mierda era eso de todos modos?
- Ella era un demonio, una criatura enviada desde el infierno para robar almas de
humanos.
- ¿Cómo lo sabe?
- Sé muchas cosas, te sorprenderías.
- Pensé que era un vampiro.
- Oh no, no, no mi querido Cris, los vampiros no desgarramos ni arrancamos corazones,
eso hace perder una enorme cantidad de valiosa sangre...
Mick ahora esbozaba una sonrisa maligna y tenebrosa, plagada de colmillos espeluznantes.
Sus orejas se habían vuelto demasiado puntiagudas y sus ojos revestían un brillo
carmesí.
A su espalda, los clientes del bar se acercaban silenciosamente. Todos ellos tenían ahora
facciones similares a las de Mick, exhibiendo una dentadura animal y sombría. Parecían
desplazarse como flotando sobre el suelo. Gary sobresalía por encima de todos, lamiendo
el cuchillo de caza con una lengua negra y hedionda.
Cris comprendió todo de repente, y un horror frío inundó su cuerpo como un río nocturno.
Esta vez no había salida, esta vez todas las puertas se habían cerrado, esta vez la presa
no tenía escapatoria.
Una dentellada cálida y pútrida en el cuello fue lo último que sintió Cristopher Hoods,
mientras su vida se apagaba como una antorcha en la tormenta...
_



_
SECRETOS
Graciela Zukeran


_
Estoy sola en casa, mi habitación está apenas iluminada por la luz de la luna y afuera solo
se oye el silbido de un tren, a lo lejos los ladridos de un perro.
Estoy recostada en mi cama llena de almohadones y sabanas que me protegen del frío.
La estufa está encendida y un calor agradable permanece en la habitación. Desde donde
estoy alcanzo a ver la silueta del humo que se desprende del incienso, un aroma a maderas
y aceites acompaña mi respiración.
En el silencio de la noche la calma se hace eterna, parece que el tiempo se detuviera y
cada segundo, cada minuto durara para siempre.
Sola con mi mente, sola con mis recuerdos.
Regreso el tiempo atrás y me veo recostada en el césped del jardín de mi hogar, el que
dejé hace 10 largos años.
El recuerdo es tan vivido que hasta puedo oler el perfume del pasto recién cortado.
Era una casa grande, cada rincón guardaba mis secretos.
Aún deben estar allí escondidos entre el polvo y el olvido, entre lagrimas y risas.
Los sueños de entonces eran sueños con alas de libertad, de amor, de vivir la vida a pleno.
Las alas de mi destino me llevaron lejos, muy lejos, y yo me dejé llevar.
¡Volaba tan alto que me parecía tocar el cielo con las manos, que bien se sentía eso!
Pero el destino cambió el rumbo y de pronto me vi perdida en un mundo desconocido,
frío y oscuro.
Allí todo era diferente, las estrellas no brillaban, las flores no olían, los corazones no latían.
Ya no pude volver atrás, solo cerré los ojos y comencé a caminar entre tinieblas, buscando
una luz de esperanza que me enseñara la salida.
El silbido del tren nuevamente.
Abro los ojos y me encuentro otra vez entre las sábanas de mi cama.
El incienso ya se consumió, el tiempo a veces pasa tan rápido que uno ni cuenta se da.
Mi mejilla se empieza a humedecer, pero no me preocupo, siempre me sucede cuando
recuerdo mi pasado.
Tengo que dormir, mañana me espera un día atareado, debo seguir buscando mi luz, mi
respuesta, se que en algún lugar la encontraré.
Mientras tanto, guardo nuevamente los recuerdos en mi corazón, hasta cuando llegue el
día en que vuelen como palomas en el cielo celeste y blanco de mi Argentina querida.

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COSMOGONIA CHINA -- EL ORIGEN DEL MUNDO

COSMOGONIA CHINA -- EL ORIGEN DEL MUNDO



El origen del mundo
Cosmogonia China



China, una sociedad en debate interno
Desde el punto de vista geográfico, China tiene una extensión que casi equivale a toda Europa, y dado su vasto territorio podemos entender su variedad climática, ya que en China encontramos casi todos los tipos de climas (templado, subtropical, tropical y ecuatorial). Esa gran extensión también nos ayuda a entender su gran variedad étnica; en China conviven hasta 56 etnias diferentes (manchúes, zhuang, tibetanos...), siendo la más numerosa la han que supone el 92% de la población.
China es un país en proceso de cambio y éste es el rasgo principal de su sociedad, de su economía y de su política. Aparece ante nuestros ojos como una anomalía, ya que tras la caída del comunismo, y frente al resto de países que mantienen este régimen político en Oriente (Vietnam o Corea del Norte), China está cada vez más integrada en la comunidad internacional. El éxito de las reformas económicas, que ha permitido evitar el malestar social y la crisis, nos ayuda a comprender las diferencias.
Pero en este país gigante, con 1.200 millones de habitantes, la sociedad está inmersa en un debate interno, entre el mantenimiento de la propia identidad y la necesaria modernización. La historia de China como nación puede remontarse hasta el siglo XVI a. C., momento en el que se fundó la dinastía Chang. Desde entonces y hasta la proclamación de la República Popular China por Mao Zedong el 1 de octubre de 1949, se sucedieron una serie interminable de reinos y dinastías que han marcado profundamente las tradiciones y las costumbres chinas, caracterizadas, hasta entonces, por su inmovilismo. Tras la revolución comunista y bajo el sistema de la República Popular de Mao, se iniciaron una serie de profundas reformas económicas, administrativas, sociales, etc... que han terminado con el viejo orden. Tras la era moísta, China entra en una fase caracterizada por la moderación, pero en la cual las reformas continúan. En menos de un siglo se han resquebrajado tradiciones milenarias. Así, los chinos viven un debate interno entre tradición y modernización, entre el inmovilismo y el cambio, entre Oriente y Occidente, entre el comunismo y el capitalismo...
En el presente Cuaderno Didáctico nos acercaremos a la tradición de esta sociedad milenaria con un interés antropológico y desde el punto de vista de sus creencias y en concreto, desde su concepción cosmogónica.



La religión china y los mitos
La religión China es politeísta y sincrética, y, a pesar de que dominan el Taoísmo y el Budismo, la sociedad de este ingente país nunca ha rechazado la incorporación de otras religiones indígenas o foráneas (el Cristianismo, por ejemplo). A pesar de que aparentemente cada religión defiende una doctrina diferente, algunas de ellas no pueden diferenciarse estrictamente. La sociedad y la religión chinas han sido capaces de cohesionar creencias que en principio pudieran ser opuestas, lo cual revela su carácter sincrético. En este Cuaderno Didáctico dedicamos un apartado a cada una de las principales religiones del mundo y por lo tanto, en este estudio dedicado a China, no vamos a profundizar más en las doctrinas de cada religión.
No disponemos de ningún mito de creación y ordenación del mundo en sentido estricto, pero sí podemos reconstruir algún mito referente a dioses y seres creadores: P'an-Ku (también conocido como Pan-gu), Niu-kua... Además, contamos en la tradición china con relatos y leyendas de reyes, emperadores o héroes mitológicos en los que aparece alguna referencia al proceso de formación y organización del mundo tal y como lo conocemos; por ejemplo la historia de Yu «el Grande» o la leyenda de Huang-ti. La ilimitada imaginación de los hombres distorsionaba los acontecimientos y así surgieron estos mitos que con el tiempo se transformaron en leyendas.



El mito del enorme huevo cósmico
Hemos hallado distintas versiones del mismo mito, pero todas ellas coinciden básicamente en la presentación de una misma idea: encontramos un mito, que como muchos otros, nos lleva a la forma de caos preexistente, a un Universo original sin definir (el huevo cósmico), donde reside un ser superior (P'an-Ku), de cuya acción y sacrificio procede nuestro Universo (ordenó el mundo y al romperse el huevo, P'an-Ku murió). La primera mención de esta legenda, la encontramos en el libro de Xu Zheng en el Periodo de los Tres Reinos (220-265 d. C.).
En la cultura china este mito está muy arraigado, incluso hay una frase hecha a partir del mismo: «Desde que P'an-Ku creó el cielo y la tierra», para significar desde hace mucho tiempo. En una de las variantes del mito encontradas, se nos relata que al principio, los cielos y la tierra eran solamente uno y todo era caos. El Universo era como un enorme huevo negro, que llevaba ren su interior a P'an-Ku. Tras 18.000 años P'an-Ku se despertó de un largo sueño. Se sintió sofocado, por lo cual empuñó un hacha enorme y la empleó para abrir el huevo. La luz, la parte clara, ascendió y formó los cielos, la materia fría y turbia permaneció debajo para formar la tierra. P'an-Ku se quedó en el medio, con su cabeza tocando el cielo y sus pies sobre la tierra. La tierra y el cielo empezaron a crecer a razón de diez pies al día, y P'an-Ku creció con ellos. Después de otros 18.000 años el cielo era más grande y la tierra más gruesa; P'an-Ku permaneció entre ellos como un pilar gigantesco, impidiendo que volviesen a estar unidos. El relato sigue contando cómo Pan-Ku falleció y distintas partes de su organismo, se transformaron en elementos de nuestro mundo. Su aliento se transformó en el viento y las nubes, su voz se convirtió en el trueno. De su cuerpo, un ojo se transformó en el sol y el otro en la luna. Su cuerpo y sus miembros, se convirtieron en cinco grandes montañas y de su sangre se formó el agua. Sus venas se convirtieron en caminos de larga extensión y sus músculos en fértiles campos. Las interminables estrellas del cielo aparecieron de su pelo y su barba, y las flores y árboles se formaron a partir de su piel y del fino vello de su cuerpo. Su médula se transformó en jade y en perlas. Su sudor fluyó como la generosa lluvia y el dulce rocío que alimenta a todas las cosas vivas de la tierra.
En otras versiones del mito de P'an-Ku, sus lágrimas fluyeron para convertirse en ríos y el resplandor de sus ojos se transformó en el trueno y el relámpago. Según esta interpretación, cuando P'an-Ku estaba contento brillaba el sol, pero cuando estaba enfadado negras nubes cubrían el cielo.
También la aparición del ser humano, se explica en este mito de P'an-Ku, ya que según algunos relatos, las pulgas y los piojos que P'an-Ku tenía en su cuerpo, se convirtieron en los antecesores de la humanidad.
En otras interpretaciones P'an-Ku es descrito como el gigante chino que nació como un enanito dentro del primitivo huevo cósmico. La parte superior del huevo formó los cielos (Yang) y la parte inferior formó la Tierra. P'an Ku creció diez pies por día y empujó la cáscara del huevo un poco más y un poco más. Entonces, transcurridos 13.000 años (en vez de los 18.000 de las versiones anteriores) P'an-Ku estalló. Sus ojos se convirtieron en el sol y la luna (en esta parte sí coincide con otros relatos); su cabeza se transformó en las cuatro montañas sagradas (en otras versiones son cinco); su sangre dio lugar a los mares y los ríos; de su pelo se formaron los campos y los árboles; su aliento se transformó en el viento, su sudor en la lluvia y su voz en el trueno. Las pulgas que vivían en su cuerpo eran los antecesores de los seres humanos.
Encontramos una variante de este mito que nos relata que P'an-Ku se formó a partir de los cinco elementos, y que él creó la tierra y el cielo con el cincel y el martillo. La tradición taoísta suele representar a P'an-Ku como un ser primitivo velludo que lleva un gran martillo con el cual rompe la roca primigenia.
Algunos estudiosos consideran que su origen está en el sur de China o en el sureste asiático y hay zonas del sur de China donde el culto a P'an-Ku todavía pervive, levantándose multitud de templos y pabellones en su honor. Entre esos pueblos, donde la leyenda de P'an-Ku está muy extendida, P'an-Ku es representado como un ser con cuerpo de hombre y cabeza de perro y se le conoce con el nombre de rey Pan. En una de esas leyendas, se cuenta que P'an-Ku se casó con una princesa como recompensa por traer la cabeza de l rey Fang al rey Gao Xin, quien había prometido la mano de su hija a quien le trajese la cabeza de su enemigo, y fue P'an-Ku quien realizó tal empresa. Pero la princesa no quería ser vista con aquel ser, con cuerpo de hombre y cabeza de perro, y se mudaron a las lejanas montañas del sur de China. Allí pudieron vivir felices y tuvieron tres niños y una niña.
Como se señala anteriormente, los relatos coinciden en múltiples detalles, pero también contienen datos diferentes, sin embrago en todos ellos apreciamos que es P'an-Ku el creador del Universo y que nuestro mundo existe gracias a su sacrificio. El huevo cósmico donde se formó P'an-Ku es un claro ejemplo de la idea de caos primitivo (el «enorme huevo negro», mencionado en la primera versión expuesta de este mito). En el mito de creación de P'an-Ku también encontramos la idea de la formación de la tierra y el cielo a partir de la separación de la materia original y primitiva. Por otro lado, esta leyenda china recuerda al mito nórdico del gigante Ymir, ya que en ambos casos, la tierra, el cielo y otros elementos de la naturaleza (la lluvia, los árboles...) Surgen como restos corporales de esos seres primitivos.



La diosa Niu-kua arregla el cielo
En la mitología china Niu-kua (a veces Nv-Kua) es una de las divinidades femeninas más antiguas. Niu-kua es definida en el más antiguo diccionario chino por el filólogo Xu Shen como «la encargada de la reproducción de todos los seres vivos», por lo cual, muy posiblemente su origen está asociado con la fertilidad. Hay varios relatos que nos hablan de esta diosa y según cuenta una leyenda ella es quien creó al ser humano
Según relata una de estas legendas la tierra era muy bonita, en ella crecían las flores, los árboles y estaba llena de animales, pájaros, peces y muchas otras criaturas. Pero, a pesar de ello Niu-kua se sentía soledad. Ella descendió y cogió un pedazo de tierra, la mezcló con agua y la moldeó hasta formar una figura a su semejanza. A medida que la iba amasando, la figura cobraba vida, hasta que se convirtió en el primer ser humano. Niu-kua estaba tan complacida con su creación que continuó elaborando más figuras, tanto de hombres, como de mujeres. Ellos danzaron alrededor de Niu-kua llenos de gozo y agradecimiento y dejó de sentir soledad. Sin embargo, no es este el aspecto que más nos interesa de la diosa Niu-kua.
En algunas interpretaciones de la leyenda, Niu-kua aparece al mismo tiempo como la hermana y la esposa de Fu-hi, el legendario gobernante que enseñó al ser humano a domesticar a los animales y el que le mostró el matrimonio. Niu-kua y Fu-hi fueron pintados como con colas de serpiente entrelazadas y con un niño entre ellos, en un mural de la Dinastía Han del Este (25-220 d. C.) en el templo de Wu-liang en el pueblo de Jiaxiang (provincia de Shadong).
Otro relato, más relacionado con el tema de este Cuaderno Didáctico, nos cuenta cómo Niu-kua arregló el cielo. Según esta leyenda, dos deidades estaban en guerra: Gong-Gong, dios del agua, y Zhu-Rong, el dios del fuego. Estos dioses, ferozmente enfrentados, lucharon por todas partes del cielo y de la tierra, causando en todo lugar desorden y destrozos. El dios del fuego ganó, y, encolerizado, el dios del agua, golpeó la cabeza de Zhu-Rong contra la montaña Buzhou (una cumbre mítica). La montaña se derrumbó y así el gran pilar que sostenía al cielo y lo sujetaba, cayó. Como consecuencia de aquello, la mitad del cielo se desplomó, dejando un enorme agujero negro. De repente, llegó un gran caos, la tierra se agrietó, los bosques ardieron en llamas, las serpientes y otros criaturas feroces atacaban a los humanos. Muchas personas ardieron, otros se ahogaron, y muchos más fueron devorados por las bestias. Fue un desastre sin precedentes. La diosa Niu-Kua, afectada por lo que le estaba sucediendo a la humanidad y por su sufrimiento y dolor, decidió arreglar el desastre y enmendar el cielo, terminando así con aquella catástrofe. Para ello, mezcló varios tipos de piedras de colores y con la mezcla resultante reparó el cielo. Entonces, mató a una tortuga gigante y utilizó sus cuatro enormes patas para sostener el trozo de cielo caído. Además, cogió un dragón y lo mató, con la finalidad de espantar al resto de las malas bestias. Finalmente, recogió y quemó una gran cantidad de juncos; con sus cenizas paró la inundación desbordada para que la gente pudiera vivir de nuevo feliz.
En otras versiones, se hace referencia a Niu-kua como hermana de Fu-hi y se les describe como seres superiores con forma de dragón, generalmente unidos por sus colas. Según explica una de esas legendas, se produjo un diluvio y éste provocó un gran desastre (es necesario señalar que la idea del diluvio también está presente en otras culturas, recordemos el «Poema de Gilgamesh» o el «Antiguo Testamento»). Niu-kua reparó el cielo con piedras de cinco colores y cortó las patas de una gran tortuga para levantar cuatro columnas en los cuatro polos. Después mató al dragón negro (Kong-kong) para salvar al mundo y acumuló gran cantidad de cenizas para detener las aguas.
El único elemento dejado de aquel desastre, según cuenta la legenda, fue que el cielo quedó inclinado hacia el noroeste y la tierra hacia el sureste, y esto explica que, desde entonces, el sol, la luna y todas las estrellas vayan hacia el oeste y los ríos fluyan hacia el sureste. En este caso, el mito de la diosa Niu-kua, se utiliza para explicar un fenómeno natural, igual que el mito egipcio del dios escarabajo Khepri explica el surgimiento del sol cada mañana, su avance por el cielo durante el día y su puesta al anochecer. Recordemos que el hombre en la antigüedad no podía conocer bien algunos fenómenos de la naturaleza y recurría a los mitos para poder explicarlos.



El Emperador Huang-ti
Los chinos frecuentemente se describen a sí mismos como los descendientes de Huang-ti (también encontrado como Huang Di), el «Emperador Amarillo», un personaje mitad ficticio, mitad real, al cual se le atribuye la fundación de la nación china hacia el 4000 a. C., aproximadamente. Historias extravagantes han surgido en torno a su persona y una colección de legendas escrita en el Periodo de los Estados Combatientes (475-221 a. C.) nos da cuenta de ello. Huang-ti vivió en un maravilloso palacio en las Montañas Kunlun en el oeste, con un celeste guardián en la puerta que tenía la cara de un hombre, el cuerpo de un tigre y nueve colas. Las Montañas Kunlun estaban llenas de pájaros y animales raros y exóticas flores y plantas, y Huang-ti tenía una mascota, un pájaro que le ayudaba a cuidar su ropa y efectos personales.
A Huang-ti se le atribuye la invención del carreta, el bote y el carro que apuntaba al sur, un carro que tenía un mecanismo guía que hacía que siempre indicase al sur sin importar hacia donde fuese el carro. En otras fuentes también se le atribuye la creación de la humanidad o invención de la escritura o el compás. A Huang-ti también se le atribuye el descubrimiento de las leyes de la astronomía y el diseño del primer calendario utilizado por los chinos. Aparentemente, el estímulo de las iniciativas de personas con talento fue una cosa muy apreciada en aquella época y las menciones sobre Huang-ti, nos indican que éste era uno de los aspectos importantes de este emperador. El «Emperador Amarillo» se ha convertido en el símbolo de la cultura china y representante de sus talentos. También la mujer de Huang-ti, Lei Zu, realizó su propia contribución a la humanidad, ya que enseñó a la gente la recogida del gusano de seda y la instalación de talleres para la fabricación de telas de seda. Una teoría reciente señala que Huang-ti pudo ser el líder real de una confederación tribal de la cultura neolítica de Yangshao.
Uno de los relatos más conocidos sobre Huang-ti, nos narra cómo este personaje encargó a Tch'ong-li romper la comunicación entre la tierra y el cielo, a fin de que cesaran los descensos de los dioses. Según esta leyenda, en una época primordial, anterior al mundo tal y como lo conocemos, el cielo y la tierra estaban muy próximos entre sí. Así, los dioses podían descender a la tierra y los seres humanos llegar al cielo, escalando una montaña, o bien subiendo a un árbol o utilizando una liana larguísima. Los dioses descendían a la tierra para oprimir a los hombres; los espíritus también podían bajar a la tierra, con lo cual las posesiones eran frecuentes. En esta leyenda, Huang-ti es en parte responsable en esa separación entre el cielo y la tierra, con lo cual se convierte en héroe, ya que libera al hombre de esas opresiones y desórdenes. Además, al ordenar a Tch'ong-li la separación del cielo y la tierra, participa en la organización del mundo tal y como lo conocemos en la actualidad.
Pero, esta idea de un mundo anterior, primitivo era descrito en otras variantes de este mito como un paraíso deseable, que a lo largo de los tiempos se ha querido restaurar. Ese paraíso desaparece como consecuencia de algún desastre, que se desconoce y que provocó que el cielo se separase brutalmente de la tierra. Pudiera ser que a causa de ese desastre, se cortasen las cuerdas, o los árboles fuesen destrozados, o bien desapareciese la montaña que permitía el contacto del cielo y la tierra. Sin embargo, algunas personas privilegiadas (chamanes, sabios, reyes...) pudieron mantener el contacto con el cielo, mediante técnicas de concentración, el éxtasis o por cualidades especiales.
En otras versiones, Huang-ti se formó a partir de la fusión de las energías que marcaron el inicio del mundo.
La idea fundamental es que este mito forma parte de la cosmogonía china, porque nos explica la separación entre el cielo y la tierra, siendo una fase más en el proceso de formación y ordenación de nuestro mundo.



El Emperador Yu y el control de las aguas
Dentro de la mitología china la labor de expulsar de la tierra a los elementos del mal (serpientes y otros seres mitológicos), también se considera parte de una cosmogonía. Así, podemos seguir la huella de la creación y ordenación del mundo a partir de algunas de las historias conocidas sobre el Emperador Yu «el Grande».
Según cuenta la leyenda, el mundo, en tiempos del Emperador Yu, todavía no tenía el aspecto actual. Según nos relata Mencio (discípulo de Confucio que vivió entre el 371 y el 289 a. C.), Yu «cavó la tierra e hizo fluir (las aguas) hacia los mares, expulsó las serpientes y los dragones y los confinó en las marismas». Yu es el encargado de expulsar a las fuerzas del mal y él es el héroe que organiza la sociedad, tal y como la conocemos.


Benito Jerónimo Feijoo en su obra Teatro Crítico Universal, Tomo VIII, Discurso XII dedica al Emperador Yu un breve apunte que es el que sigue:
El Emperador Yu, que sucedió a Chum, arribó al Trono, saliendo del mismo término, y siguiendo el mismo camino. Hallábanse en aquel tiempo muchos territorios bajos inundados de agua, por lo que aquella Región perdía mucho terreno. Yu halló el secreto de abrir diversos canales para derribar aquellas aguas al Mar, y después para fertilizar con ellas otras tierras. Sobre esto escribió varios Libros de instrucciones útiles de Agricultura. Estos méritos, juntos a otras buenas partidas, movieron a Chum, para elegirle por sucesor. Basta ya de honra de la Agricultura: vamos al provecho.
Volvemos aquí a encontrarnos con el conflicto presente en buena parte de los mitos. Hay una parte de la leyenda con base histórica y otra parte ficticia. Al Emperador Yu se le atribuye una labor que puede partir de algún hecho real, pero en ese acto están involucrados personajes y situaciones fantásticas. Así, según el relato chino, Yu estuvo trece años controlando las aguas y en su obra empleó al dragón alado, animal sagrado en la mitología china, para el dragado. Con el fin de abrir un camino en una montaña escabrosa, Yu se transformó en un oso y logró culminar el gran trabajo que un hombre común no hubiese podido realizar. Por su destacada labor, Yu obtuvo el respeto de los habitantes, que lo bautizaron como «Yu, el Grande» y lo veneraron como dios de la comunidad. Su historia rompió los límites de su tribu y fue conocido en otros lugares.
En otra fuentes, Yu aparece como una divinidad hermafrodita que hizo de la Tierra un lugar habitable para el ser humano. Según esta versión, esta deidad creó los caminos a través de las montañas, abriendo pasos con su fuerza tras adoptar la forma de oso. Yu, bajo la forma de serpiente, desvió las aguas del Río Amarillo hacia el abismo.
Podemos aseverar que en general, los mitos o leyendas de la antigüedad china reflejan en cierto grado la lucha del hombre en la naturaleza y, ocasionalmente, se les atribuye a los personajes una fuerza sobrenatural.



El mito de Yi y los diez soles
El mito de Yi es otro ejemplo de un ser humano que por sus hazañas y facultades, acaba convirtiéndose en un héroe admirado en la cultura china.
Según la tradición china, Yi era un hombre muy conocido en su tiempo por su destreza en el manejo del arco. En época de Yi aparecieron en el cielo diez soles cuyos rayos fueron letales para muchas plantas y a consecuencia de ello, se perdieron muchos campos. Además, temibles bestias pisoteaban ferozmente lo que encontraban a su paso. Estos monstruos causaban infinitos destrozos y daños al pueblo. Para solucionar aquel desastre, Yi cogió su arco y disparó nueve flechas con las que derribó nueve soles. Después se enfrentó a todos los monstruos y los derrotó. Por estas valientes obras, Yi fue respetado como un dios.
Otras versiones de este mito cuentan que existieron diez soles y cada uno de ellos se turnaban para aparecer en el cielo: uno en cada uno de los diez días de la semana. Al cabo de los años, los diez soles decidieron a parecer en el firmamento al mismo tiempo. Ello provocó un calor insoportable, tanto que la vida en la Tierra sería imposible. Di Jun, el padre de los diez soles, envió a un arquero con un arco y flechas mágicas para asustar a los soles y que volviesen a la normalidad. A pesar de la voluntad de Di Jun, Yi disparó nueve flechas, dejando en el cielo solamente a un sol, que es el que nosotros vemos actualmente. Al ver como sus hijos habían muerto, Di Jun se enfadó tanto con Yi que lo expulsó de los cielos y Yi desde entonces vivió en la tierra como un mortal más.

PARA APRENDER... CULTURA JAPONESA -- BREVE "MITOLOGIA JAPONESA"

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PARA APRENDER... CULTURA JAPONESA -- BREVE "MITOLOGIA JAPONESA"

PARA APRENDER... CULTURA JAPONESA -- BREVE "MITOLOGIA JAPONESA"


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EL NACIMIENTO DEL JAPON
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En el principio, tras la formación del cielo y de la Tierra, tres dioses se crearon a sí mismos y se escondieron
en el cielo. Entre este y la Tierra apareció algo con aspecto de un brote de junco, y de él nacieron dos dioses,
que también se escondieron. Otros siete dioses nacieron de la misma manera, y los últimos se llamaron Izanagi e Izanami.
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IZANAGI E IZANAMI
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Fueron encargados por los demás dioses de formar las islas japonesas. Estos hundieron una jabalina adornada
con piedras preciosas en el mar inferior, la agitaron y al sacarla, las gotas que de ella resbalaban formaron la
isla de Onokoro. Descendiendo de los cielos, Izanagi e Izanami resolvieron construir allí su hogar, así que
clavaron la jabalina en el suelo para formar el Pilar Celestial.
Descubrieron que sus cuerpos estaban formados de manera diferente, por lo que Izanagi preguntó a su esposa
Izanami si sería de su agrado concebir más tierra para que de ella nacieran más islas. Como ella accedió,
ambos inventaron un matrimonio ritual; cada uno tenía que rodear el Pilar Celestial andando en direcciones
opuestas. Cuando se encontraron, Izanami exclamó: "¡Que encantador! ¡He encontrado un hombre
atractivo!", y a continuación hicieron el amor.
En lugar de parir una isla, Izanami dio a luz a un malforme niño-sanguijuela al que lanzaron al mar sobre un
bote hecho de juncos. Después se dirigieron a los dioses para pedir consejo, y estos les explicaron que el error
estaba en el ritual del matrimonio, ya que ella no debía de haber hablado primero la encontrarse alrededor del
Pilar, pues no es propio de la mujer iniciar la conversación. Así pues, ambos repitieron el ritual, pero esta vez
Izanagi habló primero, y todo salió según sus deseos.
Con el tiempo, Izanagi concibió todas las islas que forman el Japón, creando, además, dioses para embellecer
las islas, y después hicieron dioses del viento, de los árboles, de los ríos y de las montañas, con lo que su obra
quedó completa. El último dios nacido de Izanami fue el dios del fuego, cuyo alumbramiento produjo tan
graves quemaduras en los genitales de la diosa que murió. Y todavía, mientras moría, nacieron más dioses a
partir de su vómito, su orina y sus excrementos. Izanagi estaba tan furioso que le cortó la cabeza al dios del
fuego, pero las gotas de sangre que cayeron a la Tierra dieron vida a nuevas deidades.
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EL MAS ALLA
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Tras la muerte de Izanami, Izanagi quiso seguirla en su viaje a Yomi, la región de los muertos, pero ya era
demasiado tarde. Cuando llegó allí, Izanami ya había comido en Yomi, lo que hacía imposible su vuelta al
mundo de los vivos. La diosa pidió a su esposo que esperase pacientemente mientras ella discutía con los
demás dioses si era o no posible su retorno al mundo, pero Izanagi no fue capaz; Impa ciente, rompió una
punta de la peineta que llevaba, la prendió fuego, para que le sirviese de antorcha y después entró en la sala.
Lo que vió allí fue espantoso: los gusanos se retorcían ruidosamente en el cuerpo putrefacto de Izanami.
Izanagi quedó aterrado al contemplar la visión del cuerpo de Izanami, por lo que dio media vuelta y salió
huyendo de allí. Encolerizada por la desobediencia de su marido, Izanami envió tras él a las brujas de Yomi y
a los fantasmas del lugar, pero Izanagi pudo despistarlos haciendo uso de sus trucos mágicos. Cuando por fin
llegó a la frontera que separa el mundo de los muertos del de los vivos, Izanagi lanzó a sus perseguidores tres
melocotones que allí encontró, retirándose las brujas y fantasmas a toda prisa.
Finalmente, fue la propia Izanami quien salió en persecución de Izanagi. Este colocó una gigantesca roca en
el paso que unía Yomi con el mundo de los vivos, de modo que Izanami y él se vieron uno a cada lado del
enorme obstáculo. Izanami dijo entonces: "Oh, mi amado marido, si así actuas haré que mueran cada dia mil
de los vasallos de tu reino", a lo que Izanagi contestó "Oh, mi amada esposa, si tales cosas haces yo daré
nacimiento cada día a mil quinientos". Finalmente llegaron a un acuerdo, mediante el cual la cifra de
nacimientos y fallecimientos se mantienen en la misma proporción. Ella le dijo que debía aceptar su muerte y
él prometió no volver a visitarla. Entonces ambos declararon el fín de su matrimonio. Esta separación
significó el comienzo de la muerte para todos los seres.
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LA CREACION DE LOS DIOSES MAYORES
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Izanagi se sometió entonces a un proceso de purificación para librarse de la suciedad que pudiera haber
contaminado su cuerpo durante el descenso al mundo inferior. Llegó a la llanura junto a la desembocadura del
río y se libró de sus ropas y de todo cuanto llevaba. Y allí donde dejaba caer una prenda o un objeto, del suelo
salía una deidad. Y nuevos dioses se iban creando a medidad que Izanagi entraba en el agua para limpiar su
cuerpo. Finalmente, cuando lavó su cara fueron creados los dioses más importantes del panteón japonés; Al
secar su ojo izquierdo apareció Amaterasu, la diosa Sol; de su ojo izquierdo nació la diosa Luna, Tsuki-yomi;
El dios de la tormenta, Susano, fue engendrado de su nariz.
Izanagi decidió entonces dividir el mundo entre sus hijos. Encargó a Amaterasu el gobierno del cielo, a
Tsuki-yomi el de la noche ya Susano el cuidado de los mares. Pero este último dijo que prefería ir al mundo
inferior con su madre, así que Izanagi lo desterró y después se retiró del mundo para vivir en el alto cielo.
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EL ENGAÑO DE SUSANO
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Antes de ser desterrado a Yomi, Susano quiso despedirse de Amaterasu, pero en realidad quería traicionarla
ya que estaba celoso de la belleza y preeminencia de su hermana. Amaterasu, recelosa de la actitud de su
hermano, se armó con un arco y flechas antes de acudir a la cita, pero Susano se mostró realmente encantador
y acabó cautivando a la diosa con la sugerencia de engendrar hijos juntos como prueba de buena fe.
Amaterasu accedió, pero antes exigió que le entregase su espada, que inmediatamente quebró con su boca en
tres pedazos, mientras de su aliento salían tres diosas. Susano pidió a Amaterasu cinco collares, los cuales
masticó para engendrar otros tantos dioses.
Al momento se entabló una discusión entre ambos por la custodia de los hijos, pues Amaterasu los reclamaba
como suyos al haber sido formados de sus propias joyas. Su hermano, sin embargo, creyó haber engañado a
la diosa y lo celebró rompiendo las paredes que contenían los campos de arroz, bloqueando los canales de
irrigación y defecando en el templo donde había de celebrarse el festival de la cosecha. Su desconcertante
comportamiento es el germen de la enemistad que nació entre los dos dioses. Susano, a pesar de haber sido
desterrado, se quedó merodeando por la Tierra y el cielo.
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LA DESAPARICION DEL SOL
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Un día, mientras Amaterasu se encontraba tejiendo ropas para los dioses, Susano arrojó un caballo desollado
que atravesó el tejado de la sala en la que la diosa y sus ayudantes trabajaban. Una de ellas se asustó de tal
modo que se pinchó con la aguja y murió. Y tan atemorizada quedó la propia diosa que después de aquello se
escondió en una cueva y bloqueó la entrada con una enorme piedra. Sin la diosa Sol, el mundo quedó sumido
en la oscuridad y el caos.
Una asamblea de ochocientas deidades se reunió para hallar la manera de sacar a Amaterasu de la cueva.
Decidieron que la única manera de lograrlo sería excitando su curiosidad, así que decoraron un árbol con
ofrendas y joyas, encendieron fuego y danzaron al ritmo de los tambores, y alabaron la belleza de otra diosa,
para provocar sus celos. Colocaron un espejo mágico a la entrada de la cueva, llevaron gallos al lugar para
que cantaran y persuadieron a la diosa de la aurora, Amo No Uzume, para que bailara. En un momento de
abandono, la diosa empezó a quitarse las ropas, para solaz del resto de los dioses, que la llamaron "terrible hembra del cielo".
Como esperaban, Amaterasu se asomó a la entrada de la cueva para averiguar qué estaba sucediendo. Los
dioses respondieron que estaban celebrando una fiesta porque habían encontrado a su sucesora y que esta era
incluso mejor que la propia Amaterasu. Sin pensarlo, la diosa salió de la cueva y vió su reflejo en el espejo
mágico. En ese momento, el dios Tajikawa la agarró, obligándola a salir de su escondite y bloqueando la
entrada para impedir que volviera a desapareer. La vida volvió a la naturaleza y desde aquel momento el
mundo ha conocido el ciclo normal del día y la noche. El espejo fue confiado al mítico primer Emperador de
Japón, descendiente directo de la diosa, como prueba de su divino poder.
Los ochocientos dioses castigaron a Susano cortando su barba y bigote, arrancándole las uñas de las manos y
los pies, y arrojándole del cielo. Fue entonces cuando el dios comenzó su vida errante y vagabunda por la
Tierra.
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CONCLUSION
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Los mitos de la creación de Japón hacen referencia directa a un buen número de deidades y tienen su origen
en antiguas religiones folclóricas de la región. Por muy importantes que sean, los dioses del Sol, la Luna y las
estrellas no están solos en los cielos. A ellos se une un enorme número de espíritus menores de ancestrales
raíces, los kami, los budas y bodhisattvas, todos ellos conviviendo pacíficamente.


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Criaturas míticas
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Abumi-kuchi
Aburakago
Abura-sumashi
Akaname
Aka-shita
Akuma
Ama-no-jaku
Ama-no-zako
Ame-furi-kozō
Ame-onna
Amikiri
Ao-andon
Ao-bōzu
Ao-nyōbō
Ao-sagi-bi
Ashimagari
Atsuyu
Ayakashi
Azuki-arai
Azumi ( manga )
Backbeard
Bake-kujira
Bakku
Basan
Betobeto-san
Burikutonu
Byakko
Daidara-bocchi
Datsue-ba
Dokuro
Doro-ta-bō
Dosojin
Dragón japonés
Fukei
Futa-kuchi-onna
Gaki
Gazu Hyakki Yakō (bestiario de Toriyama Sekien)
Genbu
Goryo
Gyūki
Hachidairyo
Hachimata
Hagaji
Hainu
Haku-taku
Hanyo
Hari-onago
Hisa-me
Hitodama
Hitotsume-kozou
Hoji
Hotoke
Hototogisu
Hōkō
Houou
Ika-Zuchi-no-Kami
Ikiryo
Ikusa
Inugami
Ippon-datara
Isonade
Itsamu-Na
Itsumaden
Ittan-momen
Jikininki
Jishin-usho
Jishin-uwo
Jorō-gumo
Jubokko
Jyobokko
Jyorougumo
Jyuuryu
Kaichi
Kahaku
Kamaitachi
Kaminari
Kappa
Kasa-obake
Kashabo
Kashima-reiko
Kerakera-onna
Kiji
Kijo
Kirin
Kitsune
Kitsune-Tsuki
Kiyo
Kodama
Konaki-Jiji
Kokakuchou
Kuchisake-onna
Makami
Maket-sugo
Merfolk
Mizuchi
Moryo
Mujina (ver Nopperabou)
Nando-baba
Nekomata
Senri
Neko-musume
Ningyo
Nukekubi
Nurikabe
Nopperabou
Nozuchi
Nue
Nure-onna
O-Goncho
Ohaguro-Bettari
Oni
Onryo
Orochi
Otoroshi
Otohime
Raicho
Raiju
Rokurokubi
Ryu
Fukuryu
Hairyu
Hanryu
Karyu
Riryu
Suiryu
Ryu-uba
Ryujin
Samebito
Seiryu
Shachihoko
Shiryo
Shikigami
Shikioji
Shikome
Shinigami
Shisa
Son
Soukou
Sudama
Sunakake-baba
Suzaku
Takuhi
Tanuki
Tansu-baba
Tengu
O Tengu
Karasu Tengu
Koppa Tengu
Kurama Tengu
Sojobo
Tenjyouname
Tennin
Tenshi
Tokebi
Tokutaro-san
Totetsu
Tsuchigumo
Tsukumogami
Umibouzu
Ushi-Oni
Uwibami
Yadoukai
Yama-Jin
Yama-Musume
Yama-uba
Yami-oni
Aka-Oni
Aoi-Oni
Yama-Oni
Yatagarasu
Yato-no-kami
Yofune-Nushi
Yosei
Yuki-onna
Yurei
Zashiki Warashi‎
Zennyo

Deidades y Folclore
Deidad del sol
Folclore japonés
Kintaro - 'Niño de Oro' de Japón
Magatama
Momotarô - 'Niño de Durazno' de Japón
O-fuda
Onmyodo
Ryujin - Rey Dragón, Dios del Mari
Shinto - Sintoismo
Ssu_Ling - Los cuatro guardianes.
Urashima_Taro - Cuento de Hadas Japonés
Yamato Takeru
Algunos dioses japoneses :

 

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KITAB AL-HIKAM (EL LIBRO DE LA SABIDURIA) AHMAND IBN ATA´ ÍLLAH

KITAB AL-HIKAM (EL LIBRO DE LA SABIDURIA) AHMAND IBN ATA´ ÍLLAH

KITAB AL-HIKAM
(El Libro de la Sabiduría)
Ahmad Ibn Ata'Illah

Capítulo 1
1. Señal de que contamos con la acción
es que merme la esperanza cuando hay caída.
2. Desear la pobreza
cuando Allah te impone que uses las riquezas
es búsqueda de ti mismo, disfrazada.
Pero careces de altas ambiciones
si deseas usar las riquezas
cuando Allah te impone la pobreza.
3. La muralla de las decisiones divinas:
no la atraviesa ninguna fuerza síquica.
4. Tira el lastre de gobernarte a ti mismo:
lo que otro hace por ti no tienes que hacerlo tú.
5. Tus afanes por alcanzar lo que tienes garantizado
y tus descuidos al realizar lo que se pide de ti:
pruebas de que las tinieblas te velan el ojo del corazón.
6. Cuida de no desesperarte si,
pese a tus apremiantes súplicas,
tarda Allah en otorgarte Su favor.
Cierto es que te lo ha prometido, pero el que El elija para
ti
y no el que tu elijas para ti mismo.
Y en el tiempo que El prefiera, no en el que te hubiera
gustado a ti.
De Su promesa no dudes si lo prometido no llega
ni aunque tuviera señalado plazo fijo:
dañarías al ojo de tu corazón y empañarías el brillo de tu
conciencia.
8. Si Allah te abre una senda al conocimiento
¿qué importa que tus obras sean mínimas?
La senda, sólo la ha abierto para darse a conocer por ti.
¿Acaso ignoras que el conocimiento es Su don
y las obras tu ofrenda?
¿Qué medida común puede existir entre lo que El te da
y las ofrendas que tú Le haces?
9. Muchas y diferentes son las obras,
como variado es en sus formas el advenimiento
de los estados de Unión.
10. Las obras son formas fijadas:
en ellas penetra la vida por el secreto de la intención
pura.
Capitulo 2
11. Envuélvete en una vida oscura: el grano que germina
antes de sembrarlo no llega a madurar.
12. Nada mejor para el corazón que una soledad que le dé
paso al reino de la meditación.
13. ¿Cómo recibe iluminación el corazón
en cuyo espejo se refleja la imagen de las criaturas?
¿O cómo vuela hacia Allah encadenado a las pasiones?
¿Puede acaso querer entrar en presencia de Allah
quien primero no se ha purificado de sus vicios?
¿O anhelar la íntima comprensión de los misterios
quien no se ha arrepentido de sus menores caídas?
14. Tiniebla es el mundo entero, que sólo lo ilumina
la manifestación de Allah.
Quien, al contemplar el mundo, no vea a Allah en él
o cerca de él o antes o después de él, aún carece de luz.
Para él los astros del conocimiento están cubiertos
por las nubes de lo creado.
15. Esta es la prueba de Su omnipotencia: de ti se oculta
tras de lo que carece de ser junto a El.
¿Es, si no, concebible que una cosa pudiera velar
a Quien desvela todas las cosas
y Se desvela por todas las cosas y en todas las cosas?.
A quien Se desvela para todas las cosas
¿como podría velarle una cosa?
¿Y por qué crees que sería velado?
¡Si está más manifiesto que cualquier cosa!
El es el Unico y nada existe con El:
¿qué podría velarlo?
De ti está más cerca que cualquier cosa:
¿cual de ellas crees que Le podría velar?
¡Ninguna existe sin El!
¡O misterio de que el Ser aparezca en la nada
y lo temporal subsista con Aquél que tiene por atributo
la eternidad!
Capítulo 3
16. Agota toda ignorancia quien pretende que en el
instante actual suceda cosa distinta de la que Allah
manifiesta.
17. Aplazar tus obras para cuando seas libre es hacer
sacrificios a las inclinaciones del alma.
18. No pidas a Allah que te saque de un estado para
utilizarte en otro. Si quisiera te utilizaría sin cambiarte
de estado.
19. Jamás buscador alguno detuvo su ambición en lo que
ya le había sido revelado sin oír al momento las voces
de la verdad: ¡El que tú buscas está aún más allá! Y
aunque la apariencia de las criaturas te deslumbre con
la magia de sus lentejuelas, su realidad profunda te
grita al instante: "Somos una tentación, no seas
perjuro" (Qur'an, 2, 102).
20. Pedirle algo es pensar mal de El. Buscarle es estar en
Su ausencia. Buscar a otro es carecer de pudor para
con El. Y pedir a otro ¡ya es estar muy lejos de El!
21. No exhalas un soplo sin que en ti se cumpla uno de Sus
decretos.
 No estés esperando a que cesen (en ti) las alteraciones,
pues entonces, en el estado en que El te pone, no
estarías atento a El sólo.
23. ¡Nada de lo que pretendes obtener por tu Señor es
imposible! ¡Nada de lo que quieres obtener por ti
mismo es fácil!
24. Mientras permanezcas en este bajo mundo, que no te
extrañen las tribulaciones: sencillamente revelan qué
atributos se merece y cómo se le debe calificar.
25. Este es signo del éxito final: regresar al Allah en los
principios. Aquél cuyos principios sean iluminados,
iluminado también será su final.
26 Lo que ha sido depositado invisible en las conciencias,
se transparenta en el testimonio de las apariencias.
Capítulo 4
27. ¡Qué distancia entre el que prueba por El
y el que pretende probarle!
El primero reconoce la verdad donde la ve
y lo afirma todo
por la existencia de su principio.
El segundo, al dar pruebas de Allah,
demuestra cuan lejos se halla de El.
Si no, ¿desde cuando está El ausente
para que haya que probarle?
¿O desde cuando está lejos
para las criaturas que vienen a El? .
28. "Que el que viva en la abundancia,
gaste según su abundancia" (Qur'an, 65, 7):
éstos son los que han llegado a El;
"y el que haya recibido con medida" (Ibíd.)
son los que todavía caminan hacia El.
A éstos últimos les guían
las luces de la orientación,
mientras que los primeros poseen
las luces del cara a cara.
Aquéllos van por las luces.
A éstos las luces les vienen,
pues pertenecen a Allah y nada más:
"Di: Allah, y deja que se entretengan
con sus discusiones" (Qur'an, 6, 91)
Capítulo 5
29. Más te vale buscarte defectos escondidos
que intentar descubrir
las cosas invisibles que te están veladas.
30. Allah no está velado:
en tus ojos está el velo,
pues para velar a Allah habría que cubrirle
y cubrirle es contenerle y abarcarle:
"Pero Allah domina
por encima de Sus servidores" (Qur'an, 6, 18).
31. Para mantenerte siempre atento
a la llamada de Allah
y cerca de Su presencia,
suprime de tu humanidad todo atributo
contrario a tu condición de servidor.
32. Estar satisfecho de sí mismo:
tal es la raíz de toda desobediencia,
de todo descuido y de toda pasión.
Pero no estar nunca contento de ti
es la fuente de toda obediencia,
de toda vigilancia y de toda pureza.
Toma por compañero a un ignorante,
descontento de sí:
¡verás cómo para ti vale más
que un sabio satisfecho de sí!
Además, ¿de qué vale la ciencia
de un sabio contento de sí?
Y ¿sigue siendo ignorante
el que no está satisfecho de sí mismo?
33. El rayo de tu mirada interior
te permite ver Su cercanía;
la realidad de tu mirada interior
te hace ver que no eres nada ante Su ser;
la verdad de tu mirada interior
te permite ver Su ser
sin tu nada y sin tu ser.
34. Allah era, y nada era con El:
¡Y ahora es como era entonces!
Capítulo 6
35. Que tu ambición no elija por blanco
a otro que no sea El:
¡nunca el Generoso se ha quedado más corto
que las esperanzas!
36. No expongas a ningún otro
necesidades impuestas por El:
¿Quien podría levantar
lo que El mismo ha puesto?
En verdad, quien no es capaz
de socorrerse a sí mismo
¿cómo podría socorrer a los demás?
37. Si a causa de Sus atributos no logras
hacerte de un juicio favorable,
háztelo a causa de la forma en que te trata:
¿a qué te ha acostumbrado sino a Su bondad
y de qué te ha nutrido sino de Sus favores?
38. Lo verdaderamente asombroso es querer huir
de lo que nadie escapa nunca
y aferrarse a lo que necesariamente se irá:
"No son los ojos los que se ciegan,
sino los corazones del pecho
los que se ciegan" (Qur'an, 22, 46).
39. Como el asno que da vueltas a la muela,
que su punto de llegada
siempre es el de partida:
lo mismo serás tú si vas
de una criatura a otra.
Mejor es que vayas de las criaturas
a su Creador,
pues "todo al fin vuelve a tu Señor"
(Qur'an, 53, 42).
Y considera el dicho del Profeta:
"el que emigra hacia Allah y Su Profeta,
ciertamente hacia ellos emigra;
mas el que emigra
en pos de una cosa de este mundo
o de una mujer para casarse,
sólo emigra para eso."
Comprende la frase: "sólo emigra para eso."
Y medítala, si estás dotado de inteligencia
Capítulo 7
40. Aquél cuyo ejemplo no te induzca al bien
y cuyas palabras no te orienten hacia Allah:
¡no vayas con él!
41. Si vas con uno peor que tú, corres el peligro
de creerte mejor de lo que eres.
42. No hay obra mínima
si proviene de un corazón desapegado
ni obra importante
si proviene de un corazón lleno de deseos.
43. Las buenas obras son consecuencia
de buenos estados
y éstos son frutos de haber echado raíces
en las moradas donde se permanece.
44. No abandones el Recuerdo
porque en él no te halles
en presencia de Allah.
Pues es peor descuidar el Recuerdo
que tener un descuido en el Recuerdo.
Puede que Allah te eleve
de un Recuerdo hecho con descuido
a otro efectuado atentamente,
y de éste
a un Recuerdo en que llegues
a estar presente ante El,
y aun de éste
a otro en que llegues a estar ausente
a todo lo que no sea el objeto del Recuerdo:
"Y esto para Allah no es nada difícil"
(Qur'an, 14, 20).
45. Por muy grande que sea tu pecado,
mantén un prejuicio favorable a Allah.
El que conoce a su Señor sabe
que nada es su pecado ante Su generosidad.
 Signo de muerte del corazón:
no entristecerte por los actos de obediencia
que has dejado de cumplir
y no lamentar las faltas
que has cometido realmente.
47. Ninguna falta es mínima
si El te opone Su justicia. Ninguno es grande
si El te acoge en Su misericordia.
48. La obra más provechosa para el corazón
es aquélla en la que ni te fijas,
que incluso la juzgas indigna de existir.
49.
50.
51.
52.
53.
Si te envía un soplo divino
es para que por él llegues a El.
Te lo envía para sustraerte
de las manos de los otros
y liberarte
de la esclavitud de las criaturas,
para arrancarte de la cárcel de tu ser
y arrojarte
al aire libre de la contemplación.
Las luces son corceles
para corazones y conciencias.
La luz es el ejército del corazón,
así como la tiniebla es el del alma:
cuando Allah asume la defensa de Su servidor,
le asiste con el ejército de luces
y aleja de él las fuerzas tenebrosas
de todo lo que no es El.
Corresponde a la luz levantar el velo
ante el ojo interior, juzgar,
y al corazón
dar un paso al frente o retroceder.
Que tu observancia no te complazca
por venir de ti
sino por venir de Allah
a través de ti.
"Di: por la gracia de Allah
y por Su misericordia,
que de todo ello se complazcan, pues mejor es
que lo que atesoran" (Qur'an, 10, 58).
54. A los que caminan hacia El
y a los que han llegado
Allah no les deja ver sus propios actos
ni contemplar sus propios estados de Unión:
a los primeros
porque en tales actos y estados
aún no han realizado
la sinceridad con El,
a los segundos
porque al contemplarle a El
han perdido todo interés
en sus estados y sus actos
Capítulo 8
55. La bajeza de alma siempre sale
de la semilla de la avidez.
56. ¡Lo que más te conduce
es la ilusión!
57. Eres libre de una cosa
cuando renuncias a ella,
esclavo
cuando la codicias.
58. Quien no vaya a Allah
por las caricias de Sus favores,
ante El será llevado
por las cadenas de la prueba.
59. El que no acoge los favores divinos
con acciones de gracias
corre peligro de perderlos,
el que muestra su reconocimiento
los retiene encadenados.
60. Ten cuidado: si te envía Sus favores
aunque te sigas comportando mal
te está llevando insensiblemente
a tu perdición:
"Les llevaremos paso a paso a la perdición
por donde no se imaginan" (Qur'an, 7, 182).
 Si tarda en llegarle el castigo
pese a comportarse mal con Allah,
el principiante se dice en su ignorancia:
si mi comportamiento fuera represensible
Allah me habría dejado de socorrer,
apartándome de Su lado.
En verdad que ya no te socorre
y tú lo ignoras,
aunque sólo sea privándote
de más aumentos de Sus gracias.
Y ya te ha arrojado de Su lado
sin que te apercibas,
aunque sólo sea abandonándote
a tus caprichos.
62. Si ves a un creyente al que Allah obliga
a practicar devociones externas
y le mantiene durante largo tiempo
en este menester,
aún después de haberle favorecido
muchas veces con Sus gracias,
no desprecies lo que su Señor le otorga
porque no veas en él
ni la marca de los sabios
ni el gozo de los amantes:
no existirían prácticas externas
si tampoco hubiera estados de Unidad.
63. A algunos Allah les reserva para Su servicio,
a otros les honra con Su amor:
"A unos y a otros,
a todos les concederemos en abundancia
de los dones de tu Señor.
Los dones de tu Señor no se niegan a nadie.
Capítulo 9
64. Es raro que las visitas divinas
no sean súbitas.
Así nadie presume
de haberlas merecido.
65. Si ves a uno que contesta todas las preguntas
y exterioriza cuanto contempla
y da noticia de todo cuanto aprende,
sabe que es un ignorante
66. En el otro mundo El ha situado
el lugar donde recompensa
a Sus servidores creyentes
porque el mundo de aquí no puede contener
lo que El les quiere dar.
Además, le aprecia demasiado
para recompensarlos en un mundo pasajero.
67. Encontrar en este mundo
el fruto de tu acción:
prueba de que ha sido aceptada en el otro.
68. ¿Quieres saber lo que vales para El?
Fíjate en qué te emplea.
69. Cuando Allah te hace obediente y,
por tu obediencia, desprendido para con El,
sabe que te está colmando con Sus gracias,
externas e internas
Capítulo 10
70. Lo mejor que puedes pedirle:
¡lo que El pide de ti!
71. Entristecerse por haber desobedecido
y no luchar por enmendarse
es signo de ilusión.
72. Sabio no es el que
en el lenguaje figurado
descubre que Allah le es más íntimo
que su propia alusión,
sino el que ya ni lenguaje figurado tiene,
extinguido en el ser de Allah
y concentrado en Su contemplación
73. La esperanza va acompañada por la acción;
si no, es una veleidad.
74. Esto piden los gnósticos a Allah:
servirle con sinceridad
y salvaguardar los derechos del Señorío.
75. El te pone en el consuelo
para no dejarte en el desconsuelo
y te pone en el desconsuelo
para no dejarte en el consuelo.
Luego te arranca de uno y de otro
para que a nada pertenezcas sino a El.
 Mucho más que al desconsuelo
el sabio teme al consuelo:
pocos durante el consuelo permanecen
dentro de los límites de la cortesía
pues en el consuelo el alma encuentra gusto,
mas ninguno encuentra en el desconsuelo.
77. Puede que al colmarte Allah te prive
y que privándote te colme.
Pues si privarte
te abre la puerta de la inteligencia,
la privación es un regalo.
78. El exterior de las criaturas es un cebo
y su interior una advertencia.
El alma se contenta con el engañoso exterior
pero el corazón
penetra en la intimidad de la advertencia.
79. ¿Aspiras a un poder que no perece?
No te apoyes en ningún poder
condenado a su extinción.
80.
La verdadera travesía milagrosa es
cuando rechazas de ti el espacio del mundo
y ves al Más Allá
más cerca de ti que tú mismo.
81. Los dones que provienen de las criaturas
son privaciones.
Las privaciones que vienen de Allah
son favores.
Capítulo 11
82. Allah es demasiado grande
para recompensar al término del plazo
al servidor que Le sirve al contado.
83. De recompensa a tu obediencia
basta con que te haya juzgado digno de ella.
84. A los que obran por El
les basta, de recompensa,
con lo que El les revela al corazón
cuando le obedecen,
y con lo que El les gratifica
al darles acceso a Su intimidad.
85. Quien le adore por algo que de El espere
o para obedeciéndole evitar Su castigo,
no hace en verdad justicia a Sus atributos.
86. Dándote manifiesta Su bondad,
privándote manifiesta Su poder:
en ambos casos se te da a conocer
y a ti viene en Su solicitud.
87. La privación te duele
al no ver en ella la intención de Allah.
Puede que El te abra
la puerta de la obediencia
sin abrirte la de Su complacencia,
puede también que El decrete
para ti el error
y que, gracias a éste, llegues por fin a El.
89. Desobediencia
seguida de humildad e indigencia
vale más que obediencia seguida de orgullo y vanidad.
90. Dos gracias que toda criatura necesita
y de las que no escapa ningún ser:
recibir la existencia y luego el socorro.
Primero te hace el regalo de existir,
luego te sigue ayudando.
91. Tu indigencia te es esencial:
las causas que la mantienen
recuerdan sólo
lo que aún te queda oculto de ella,
y a una indigencia esencial
los accidentes no pueden suprimirla.
92.
93.
94.
95.
96 .
Tu mejor momento:
cuando te ves en la indigencia
y reducido a un estado de insignificancia.
Cuando te aísla de Sus criaturas,
es que quiere abrirte
la puerta de Su intimidad.
Cuando El te pone una súplica en la lengua
es que te la quiere conceder.
El sabio siempre se siente necesitado
y nunca encuentra satisfacción
en otro distinto que Allah.
Ha iluminado El las cosas visibles
con las luces de Sus criaturas,
y las conciencias
con las luces de Sus atributos.
Esta es la razón de que se eclipsen
las luces de las cosas
y nunca se apaguen
las de corazones y conciencias.
Por eso se ha dicho:
el sol del día se pone de noche
pero el de los corazones no desaparece jamás
Capítulo 12
97. Que se te aligere el peso de la prueba
al saber que es El quien te está probando,
pues Aquél cuyos decretos te asaltan
es El mismo que para ti
siempre ha elegido el bien.
98. Imaginar que Su benevolencia
está divorciada de Sus decretos
delata una gran cortedad de vista.
99. Tratándose de ti
lo que hay que temer
no es que tus caminos se confundan,
sino que te arrebate la pasión:
eso es lo que preocupa de ti.
100. ¡La alabanza a Aquél que ha velado
el secreto de la Elección para la santidad
bajo un exterior humano
y Se ha manifestado
en la majestad del Señorío,
provocando servidumbre!
101. No acuses a tu Señor
de que tarda en acogerte,
más bien acúsate a ti mismo
de retrasarte en el comportamiento correcto.
102. Cuando te permite cumplir
en lo externo Sus mandatos,
mientras interiormente te abandonas a El,
te está concediendo un gran favor.
Quien con certeza ha sido objeto de Elección
no necesariamente ha alcanzado
la liberación perfecta.
Capítulo 13
104. No desprecies las prácticas externas
como el ignorante.
El soplo Divino existe en el otro mundo
pero las prácticas externas
desaparecen con éste.
Es más urgente ocuparse primero
de lo que no persiste.
Además, la práctica externa
es lo que El exige de ti
mientras que el soplo Divino
es lo que tú solicitas de El.
¿Qué medida puede existir, común
a lo que El exige y tú solicitas?
105. Los auxilios afluyen
según las predisposiciones
y las luces brillan
según la pureza de las conciencias.
106. El ignorante se pregunta al levantarse:
¿qué voy a hacer hoy?
Y el sabio:
¿qué va a hacer hoy Allah de mí?
107. Devotos y ascetas se asustan de todo
porque todo les aparta de Allah.
Si Le vieran en todo
no se asustarían de nada.
108. En este mundo te ordena Allah que mires
a Sus criaturas,
que ya desplegará ante ti en el otro
la perfección de Su esencia.
109. Como te sabe impaciente por llegar a El
te ha hecho ver lo que de El proviene.
 Cuando Allah te supo propenso a aburrirte
modificó para ti lo prescrito,
mas sabiéndote propenso también
a precipitarte
te señaló las horas de su cumplimiento.
Así, tu cuidado será orar,
y no cumplir con la observancia de un ritual:
pues no todo el que cumple con la oración
está orando.
111. La oración purifica los corazones
y abre la puerta de lo incognoscible.
112. La oración es lugar del coloquio
y fuente de la fidelidad.
En ella se ensancha el campo de la conciencia
y brilla el esplendor de las luces.
Conocedor de tu debilidad,
ha disminuido el número de oraciones.
Pero sabiendo también
cuánto necesitas de Sus favores,
las ha multiplicado en frutos.
113. ¿Reclamas algo a cambio de tu acto?
Pues así te será reclamado
que lo hagas con sinceridad:
el que no tiene confianza
basta con que le ofrezcan seguridad.
114.
115.
116.
117.
118.
No pidas nada a cambio de una acción
de la que no eres autor.
Suficiente recompensa por tu obra es
que El se digne aceptarla.
Como cortesía para contigo
te atribuye lo que El mismo crea.
Ilimitada es la censura que mereces
si El te entrega a ti mismo,
pero inagotable es
tu merecimiento de alabanzas
si El manifiesta en ti Su generosidad.
¡A los atributos de Su señorío quedes atado,
realizando en ti
los atributos de tu servidumbre!
Si te ha prohibido apropiarte
de lo que no es tuyo
sino de otras criaturas,
119.
120.
121.
122.
¿cómo te iba a dejar que te apropiases
lo que constituye la calidad
de Quien es "Señor de los mundos"
(Qur'an, 1, 2)
¿Cómo quieres que se interrumpa para ti
el curso habitual de las cosas
si tú no interrumpes en tu alma
los malos hábitos?
Lo importante no es la petición que hicieras
sino que seas gratificado
con una buena conducta.
La mejor oración para pedir
es una extrema indigencia;
miseria y pobreza:
éstas atraen muy pronto a ti los dones.
Si para llegar a El
primero tuvieras que acabar con tus vicios
y aniquilar tus pretensiones,
jamás llegarías a El.
Pero cuando El quiere
hacerte llegar a Sí mismo
cubre tus cualidades con Sus cualidades
y tus atributos con Sus atributos
y luego te hace llegar a El,
no por lo que va de ti a El
sino por lo que va de El a ti.
Capítulo 14
123. Si el velo de Su bondad
no cubriese tus acciones,
ninguna merecería ser admitida.
124. Más necesitas Su clemencia
cuando Le obedeces
que cuando Le desobedeces.
125. De la desobediencia hay una doble manera
de librarse durante la acción,
por miedo a quedar desacreditados
ante los demás.
Pero los Privilegiados
quieren librarse antes aún,
por temor a resultar despreciables
a ojos del Rey Verídico.
126. El que te honra,
honra en verdad el velo de Su bondad.
Es a El a quien tienes que dar las gracias
y no al que te honra o te enaltece.
127. El verdadero compañero es el que sabe tus defectos y,
sin embargo, sigue contigo.
Pero esto sólo es cierto
de tu Señor el Generoso,
pues tu mejor amigo
es el que te busca por ti mismo
y no por lo que vaya a obtener de ti.
128. Si brillase la luz de la certidumbre,
verías al otro mundo demasiado cerca de ti
para emprender éxodo hacia él
y verías ya el eclipse de la aniquilación
cubriendo las bellezas de este mundo.
No es que coexiste con Allah
un ser que le oculta de ti:
¡nada coexiste con El!
Tuya es la ilusión
de que algo coexiste con El
y ella es la que Le oculta.
130. Si no hubiera Su transparencia
en las cosas creadas,
ninguna sería visible.
Pero si aparecieran Sus atributos,
Sus criaturas desaparecerían.
131. Porque está escondido
hace El aparecer todas las cosas,
pero El, que es el Evidente,
recubre el ser de todas las cosas.
132. Te ha permitido considerar
lo que hay en las cosas creadas
pero no que te apegues ellas:
"Di: considerad lo que hay en los cielos"
te ha abierto la puerta del entendimiento.
Pero no dice "considerad los cielos"
para no orientarte hacia la existencia
de los astros.
133. Los universos se afirman
porque El les da firmeza
y se desvanecen
ante la unicidad de Su esencia
Capítulo 15
134. Las gentes te alaban
por lo que se figuran de ti
pero tú censura a tu alma
por lo que sabes de ella.
135. ¿Alabado?
El creyente se avergüenza ante Allah,
pues teme que le alaben por una cualidad
que él no ve en sí mismo.
136. No hay mayor ignorante
que el que trueca certidumbres,
que son suyas,
por opiniones, que son de otros.
137. ¿Hace que te alaben y tú no te ves digno?
¿Alábale tú a El si le ves digno!
138. ¿Que se alaba al asceta?
Lo que se le provoca es tristeza
pues ve que las alabanzas
provienen de lo creado.
Pero a los sabios
se les ensancha el corazón
pues ven que esta alabanza
proviene del Rey Verídico.
139. Si tu corazón se ensancha
cuando recibes un favor,
y se encoge cuando no te es concedido,
sabe que aún te encuentras
en la fase infantil
y que no eres sincero en tu devoción
Capítulo 16
140. ¿Has cometido una falta?
No desesperes, por ello, de alcanzar
la rectitud con tu Señor.
¡Acaso haya sido la última falta
que estaba decretada para ti!
141. ¿Quieres que la puerta de la esperanza
se abra para ti?
Considera lo que viene de El a ti.
Pero si buscas la puerta del temor,
considera lo que va de ti hacia El.
142. Concede El más, a veces,
en la noche del desconsuelo
que lo que puedas adquirir
en la iluminación del día del consuelo:
"no sabéis cual de ellos os es más allegado
en utilidad" (Qur'an, 4, 11).
143. El lugar donde amanecen las luces
está en los corazones
y en la intimidad de las conciencias.
144. En el fondo de los corazones
hay colocada una luz
que está mantenida
por la luz que proviene
de los tesoros del Más Allá.
145. Existe una luz mediante la cual
te revela Sus criaturas
y otra mediante la cual
te descubre Sus atributos.
A veces las luces
son obstáculos para el corazón,
como para el alma
el velo espeso de las cosas.
147. Tras el espesor de las apariencias
ha escondido las luces
de lo íntimo de las conciencias:
demasiado altas están
para que la exteriorización las envilezca
o la vanidad las exhiba.
Capítulo 17
148. Gloria a Aquél que no permite descubrir
quienes son Sus amigos
sino mediante signos
en los que El Mismo se deja descubrir,
que sólo los da a conocer
al que quiere conducir hacia Sí mismo.
149. A veces te revelará
lo incognoscible de Su reino
e impedirá que se levante para ti el velo
que oculta los secretos de Sus servidores.
150. El que descubra los secretos del creyente
y no imite la misericordia divina,
su descubrimiento será una prueba para él
y causa de desgracia.
151. Evidente y clara es la búsqueda de sí mismo
en la desobediencia,
pero escondida y disimulada en la obediencia:
¡y qué difícil es remediar lo escondido!
152. Hay ocasiones en que la hipocresía
se introduce en ti
aun cuando nadie te ve.
153. Tu deseo de que las gentes conozcan
tu Elección:
señal de que no eres sincero en tu práctica.
Haz que desaparezca la mirada de las gentes
sobre ti en la mirada de Allah sobre ti,
y que la visión de Sus visitas
te vuelva ausente a las visitas de aquéllas.
Quien conoce a Allah
Le ve en todas las cosas,
quien se ha aniquilado en El
se vuelve ausente a todas las cosas
y quien Le ama
no puede preferir nada antes que a El.
155. Lo que te vela a Allah
es el exceso mismo de Su proximidad.
Se vela El mismo
con Su excesiva manifestación,
y Se oculta a los ojos
con la intensidad de Su luz.
Capítulo 18
156. No reces para obtener alguna cosa de El,
pues demostrarías cuan poco Le conoces.
Reza para manifestar tu condición de siervo
y rendir tributo a Su señorío.
157. ¿Cómo la petición, que es posterior,
podría ser causa del don Suyo
que la ha precedido?
¡El juicio anterior al tiempo
es demasiado trascendente
para guardar relación con causa alguna!
158. Su providencia para contigo
y sin nada por tu parte:
¿Dónde estabas cuando dirigió hacia ti
Su providencia
y volvió hacia ti Su solicitud?
Ciertamente que en Su preeternidad no había
ni acciones sinceras ni estados místicos.
¡Sólo había pura gratuidad por Su parte,
y don magnifico!
159. Como no ignora que el creyente aspira
a conocer el secreto de la Providencia,
El ha dicho:
"Para su misericordia escoge a quien quiere"
(Qur'an, 3, 74).
Mas como tampoco ignora que si le dejara así
abandonaría toda acción para fiarse de lo que ha sido
decretado
antes del tiempo,
ha añadido:
"la misericordia de Allah está cerca
de los bienhechores" (Qur'an, 7, 56).
160. En la voluntad divina
se fundan todas las cosas
pero ella no se funda en cosa alguna
Capítulo 19
161. A veces la cortesía les inspira
abandonar toda petición
y fiarse de Su reparto,
pues Su conmemoración les distrae de pedir.
Además, sólo el que puede distraerse
necesita aviso
y sólo se apremia al olvidadizo.
162. La llegada de aflicciones
es festividad para los principiantes.
163. A veces las aflicciones te darán más
que el ayuno o la oración.
Las aflicciones son un desfile de regalos.
164. ¿Quieres ser colmado de regalos?
Haz que pobreza e indigencia
sean verdad en ti:
"pues para los pobres son las limosnas"
(Qur'an, 9, 60).
165. Realiza en ti tus atributos
El te ayudará con los Suyos
Realiza en ti la humildad
El te ayudará con Su grandeza
Realiza la incapacidad
El te asistirá con Su omnipotencia
Realiza la debilidad
El te sostendrá con Su fuerza y Su poder.
166. En ocasiones es favorecido con dones
quien aún no posee la rectitud perfecta.
 Señal de que es el propio Allah
quien te pone en un estado,
es que te mantiene en él mucho tiempo
con buenos resultados.
168. El que habla basándose en las buenas acciones
que realiza
se verá reducido al silencio por sus faltas.
El que habla basándose en los favores
que recibe de Allah
no se callará aunque yerre.
169. Las luces de los sabios
preceden a sus palabras.
Así, donde ha habido iluminación
penetra la inspiración.
170. Toda palabra viene al exterior
con la marca del corazón que la profiere.
171.
172.
173.
174.
175.
176.
177.
¿Que a uno se le autoriza a expresarse?
Su expresión será comprensible
para los oídos del mundo
y su lenguaje, claro para todos.
Puede que las verdades aparezcan
con su luz ensombrecida
si no te han permitido que las reveles.
Cuando se expresa un sufí es porque se le desborda el
éxtasis
o para instruir a un principiante.
El primer caso es el de los buscadores;
el segundo, el de los maestros confirmados
en las realidades de la experiencia.
Las palabras son alimento
para oyentes menesterosos:
sólo te dan lo que tomas de ellas.
A veces habla de una estación de Unidad
quien apenas la ha entrevisto
y otras, quien está instalado en ella:
esto resulta ambiguo
excepto para el que posee mirada interior.
Al buscador le está vedado expresarse
sobre lo que acontece en su corazón:
le disminuiría el efecto
y le impediría ser sincero con su Señor.
177.
178.
No tiendas la mano
para recibir de las criaturas
a menos de ver en ellas
que el donador es tu Señor.
Si es así,
toma lo que la ciencia del Din te autoriza.
Si a veces el sabio siente pudor
incluso de presentar una simple petición
a su Señor, pues preferiría contentarse con Su decisión
¿cómo no le daría vergüenza pedir
a una criatura?
Capítulo 20
179. ¿Dudas entre dos cosas equivalentes?
Considera cual le es más penosa al alma
y síguela:
¡sólo la verdadera pesa!
180. Señal de que está uno siguiendo a la pasión:
afanarse en obras gratuitas
y descuidar el cumplimiento
de las obligatorias.
181. Ha vinculado las prácticas obligatorias
a tiempos determinados
para que la tentación de aplazarlas
no te aparte de ellas,
pero ha fijado el momento con holgura
para dejar sitio a tu libre elección.
182. Sabiendo el poco entusiasmo
que ponen Sus fieles al servirle,
les ha impuesto el cumplimiento
de Sus prescripciones,
llevándoles así hacia El
con las cadenas de la obligación:
"tu Señor se asombra de gentes
que hay que llevarlas al Paraíso
con cadenas."
183. ¿Te obliga a servirle?
¡No, sólo te obliga a entrar en Su Paraíso!
184. El que se asombra de que Allah
pueda librarle de sus pasiones
y sacarle del abandono en que se encuentra,
juzga impotente la Omnipotencia divina:
"Mas sobre todas las cosas Allah tiene poder"
(Qur'an, 18, 45).
 Para enseñarte a apreciar Sus favores
te hunde a veces en las tinieblas:
el que no aprecie los regalos recibidos
¡Ya los echará de menos
cuando se les retiren!
186.
187.
188.
Ante la afluencia de dones divinos,
el asombro no te debe distraer
del deber de dar las gracias.
¡Si no, tu rango quedaría rebajado!
Enfermedad intratable:
cuando la dulzura de la pasión
manda en tu corazón.
Sólo una amenaza temible
o un deseo angustioso
echan del corazón a la pasión.
Igual que no Le gusta una acción compartida,
tampoco quiere compartir el corazón:
la acción compartida, la rechaza;
el corazón compartido, no lo visita
Capítulo 21
189. Hay luces a las que se ha permitido llegar
(al corazón)
y otras a las que se ha permitido entrar
(en el corazón).
A veces las luces afluyen sobre ti, pero
al encontrar tu corazón
rebosando imágenes de lo creado,
se vuelven, por donde habían venido,
a su punto de origen.
Vacía tu corazón de lo creado.
El te lo llenará de conocimiento
y de secretos.
190. ¿Te parece que tarda El mucho
en dar por terminada tu aflicción?
¡Mira pues con cuánta lentitud
te vuelves tú hacia El!
191. Lo que está prescrito para cada tiempo
se puede cumplir
pero, con las exigencias de cada tiempo
¿cómo corresponder?
Pues cada nuevo tiempo que viene
renueva también lo que Allah te exige
y refuerza Su mandato.
¿Cómo podrías cumplir
deberes de tiempos pasados
cuando hay que ocuparse de los del presente?
192. Lo que has perdido de tu vida
es insustituible
pero inestimable es
lo que has ganado de ella.
193. ¿Deseas una cosa?
¡De ella eres su esclavo!
Y de nadie sino de El
quiere Allah que lo seas.
194. Ni tu obediencia Le favorece
ni tu desobediencia Le perjudica.
Si te impone aquélla y te prohíbe ésta,
es por lo que una u otra te van a dar a ti.
 Darse a El no añade nada a Su poder,
alejarse de El no lo disminuye en nada
Capítulo 22
196. Alcanzar a Allah
no es sino alcanzar el conocimiento de Allah.
El es demasiado trascendente
para unirse a una cosa
o para que una cosa se una a El.
197. Acercarte a El es sólo
ser testigo de Su proximidad.
Si no ¿qué relación entre tú
y la realidad de Su proximidad?
198. Durante la manifestación divina
las verdades afluyen en bloque,
pero su esclarecimiento se efectúa
luego de haber retornado a la conciencia:
"Mientras lo leemos
estáte atento a su lectura.
Luego Nosotros te lo explicaremos"
(Qur'an, 75, 1819).
199. Cuando las visitas divinas afluyen a ti,
trastocan tus costumbres:
"Cuando los reyes entran en una ciudad,
la despojan" (Qur'an, 27, 34).
Estas visitas son mensajeras
del Conquistador:
no encuentran obstáculo que no pulvericen:
"Y arrojamos la verdad contra la mentira
y la pulveriza: no existe" (Qur'an, 21, 18).
200. ¿Allah velado
cuando es en El donde el velo
aparece, existe y está?
201. No desesperes de ver aceptada una acción
en la que no te has encontrado presente:
pues actos se aceptan a veces
cuyos frutos no se revelan al momento.
 No juzgues favorablemente
una manifestación interior
antes de conocer sus frutos:
La nube no es deseada por la lluvia
sino por los frutos que nacen de ésta.
203. No intentes prolongar
las manifestaciones divinas
cuando ya han manifestado sus luces
y entregado sus secretos:
¡en Allah posees una riqueza
que te dispensa de todas las demás
pero de la que nada te puede dispensar!
204. Tu deseo de retener las cosas:
¡señal de que no Le has encontrado aún!
El desconsuelo que deja en ti el perderlas:
¡prueba de que no estás a El unido!
Capítulo 23
205. Cualesquiera que sean sus muchas formas,
la felicidad proviene de Su visión
y Su proximidad;
y el tormento, de que no Le sientes
junto a ti.
La causa, pues, del tormento
es el velo que Le oculta,
mientras que la felicidad perfecta
es contemplar el Rostro de Allah,
el Magnífico.
206. Los corazones sufren dolores y tristezas
sólo porque están privados de Visión.
207. Termina Su favor para contigo
al darte lo que te basta
y quitarte lo que te habría descarriado.
208. Que sean menos tus motivos de gozo
y menos serán también los de tristeza.
209. Si no quieres ser destituido
rechaza una soberanía
que para ti es efímera.
210. Los principios son tentadores (en este mundo)
pero el final te echa para atrás.
El exterior (de las cosas)
te resulta atractivo
pero su interior te invita a rechazarlas.
 Allah ha hecho (de este mundo)
lugar de lo que no es El
y hogar de todo desacuerdo
para que renuncies a ello.
212. Sabiendo que no aceptas el mero consejo,
El te ha puesto a prueba en este mundo
para que te sea más fácil su renuncia.
213. Ciencia útil:
la que inunda el pecho con sus rayos
y descorre el velo del corazón.
214. La mejor ciencia es
la que va acompañada de temor.
Si la ciencia se alía al temor,
va a tu favor.
Si no, va contra ti.
215.
216.
217.
218.
Cuando sufres por el abandono de las gentes
o por su mala lengua,
refúgiate en el conocimiento
que Allah tiene de ti:
si tal conocimiento no te bastare
sabe que ésta es aún mayor desdicha
que estar expuesto a la maldad humana.
Hace que los demás te hagan sufrir
para que no descanses en ellos.
Quiere volverte insatisfecho de todo
para que nada te distraiga de El.
Ya sabes que el Shaetan te acecha sin cesar:
por lo tanto, no pierdas de vista tampoco
a Aquél que te lleva sujeto
"por el mechón de la frente" (Qur'an, 11, 56).
Ha hecho de Shaetan tu enemigo
para que huyas hacia El,
y excita al alma contra ti
para que no dejes de acercarte a El
Capítulo 24
219. El que se proclama humilde
es el verdadero orgulloso, pues sólo se puede ser
humilde
en relación a una grandeza.
Atribuirse a sí mismo esta grandeza
es ser verdaderamente orgulloso.
220. Humilde no es aquél
que en su acto de humildad
se considera superior a lo que hace,
sino el que rebajándose
se considera inferior a lo que hace.
221. La verdadera humildad es la que nace
de la contemplación de Su grandeza
y de la manifestación de Su atributo.
Sólo la contemplación de lo que Le califica
puede liberarte de lo que te califica.
222. La alabanza a Allah distrae al creyente
de darse gracias a sí mismo
y los derechos de Allah le impiden recordar
sus propios intereses.
223. No es amante el que espera
que el amado le pague en la misma moneda
ni el que le reclama algún objeto.
Amante es el que se gasta por ti,
no aquél por quien tú te gastas.
224. Si no fuera por los espacios del alma
no habría caminar para los buscadores,
pues entre El y tú no hay distancia
que pueda salvar tu búsqueda
ni tampoco separación
que deshaga tu unión con El.
Te ha situado en un mundo intermedio
entre Su reinado y Su reino
para que veas la elevación de tu rango
entre Sus criaturas:
¡eres una perla escondida
en la concha de Su universo!
Este sólo contiene tu corporeidad
pero no puede englobarte
pues es real tu espiritualidad.
226. Si no le son abiertos
los espacios del Más Allá,
el hombre en el universo
es prisionero de su entorno
y está emparedado
en la figura de su propio yo.
227. Vas con las criaturas
mientras no hayas visto al Creador.
¡Pero ellas irán contigo
cuando Le hayas visto!
228. De la elección
para una situación de privilegio
no se sigue necesariamente
que ya no le afecten a uno
los atributos de humanidad:
Tal como las luces del día
que nacen en el horizonte
pero no emanan de él,
así es esta elección:
ya el sol de Sus atributos luce
en la noche de tu existencia,
ya lo retira de ti
devolviéndote a la condición
que te es propia.
El día, pues, no se eleva en ti de ti
sino que adviene en ti (del exterior).
229.
Por la existencia de Sus nombres
y por éstos mismos afirma El Sus atributos
y por Sus atributos prueba El la existencia
de Su esencia: pues no es posible que un atributo
subsista en sí mismo.
Así, a los que están en éxtasis les revela
la perfección de Su esencia
y luego les lleva a la contemplación
de Sus atributos
y de éstos al apego a Sus nombres
230.
231 .
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235 .
236
y de Sus nombres a la contemplación de Sus efectos.
Pero los ascetas siguen el camino inverso.
Así, lo que es meta para los ascetas
es punto de partida para los extáticos
y lo que es partida para los extáticos
y lo que es punto de partida para los ascetas
lo es de llegada para los extáticos:
pero en un sentido diferente.
También sucede que se encuentren en camino:
unos subiendo, otros bajando.
Como las luces del cielo que sólo aparecen
en el Reinado visible (de este mundo),
así el valor de las luces de los corazones
y las conciencias sólo será conocido
en el Reino invisible (del Más Allá).
Probar en este mundo el fruto de las buenas obras
anuncia a los justos
que existe recompensa en el Más Allá.
¿Cómo puedes exigir recompensa
por una obra que El mismo te ha dado de limosna
o por un acto de sinceridad
con que El mismo te ha obsequiado?
Para unos la iluminación precede a las oraciones,
para otros las oraciones preceden a la iluminación:
el uno invoca a Allah
para que le ilumine el corazón,
el otro porque su corazón ya está iluminado.
Nunca huba oraciones exteriores
sino porque existen contemplación
y meditación interiores.
Te ha hecho testigo
antes de pedir tu testimonio.
Y al tiempo que las apariencias
proclamaban Su divinidad
los corazones y las conciencias realizaban en sí
la verdad de Su unicidad.
Allah te honra con una triple gracia:
de tí hace Su conmemorador
y sin Su gracia jamás serías digno
236 .
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239 .
240 .
de evocar Su recuerdo;
hace que seas conmemorado en El,
confirmando Su relación contigo;
y por último, que seas conmemorado cerca de El,
poniendo así remate a Su gran favor.
Hay vidas largas en duración
pero poco ricas en auxilios divinos
y otras cortas en duración
pero ricas en auxilios divinos.
Aquél cuya vida es bendita atesora en poco tiempo
favores divinos tales
que desbordan del dominio de la expresión
y rebasan toda posible alusión.
El fracaso supremo es que,
una vez liberado de toda preocupación,
no te orientes hacia El
ni emprendas la partida hacia El
cuando los obstáculos han disminuído.
Meditar es que el corazón peregrine
por los espacios de las criaturas.
Es la luminaria del corazón:
sin meditación no hay luz en él.
La meditación es doble:
asentimiento y fé,
contemplación y visión.
Lo primero corresponde a los expertos en reflexión,
lo segundo a los maestros en contemplación
y discernimiento.
Fragmentos de cartas
I.
Sabe, pues, que el modo en que se empieza denota ya cómo se
acabará:
el que empieza en Allah
terminará también en El.
Lo que te da preocupaciones es lo que deseas y persigues, lo que
descuidas es aquello a lo cual prefieres otra cosa.
Quien posee la certeza de que Allah le busca, buscará a Allah con
sinceridad.
Quien sabe que todo está en manos de Allah se concentrará en
abandonarse a El.
Sabe también que las bases de este mundo se tienen que derrumbar
y que será despojado de sus esplendores. Sabio es, pues, quien se
complace más en lo que persiste que en lo que se encamina hacia la
nada:
¡Su luz ya resplandece con signos premonitorios!
En efecto, ya se ha apartado de este mundo sin dolor y lo ha
rehuido, negándose a hacer de él su patria o a adoptarlo como lugar
de reposo.
En el mundo, ha tomado impulso hacia Allah el Altísimo y ha
cruzado el mundo apoyado en Allah para llegar a Allah.
Transportado por la fuerza de su alma como en montura que no se
detuviese jamás y siguiera adelante sin descanso hasta depositarle
en la presencia sagrada sobre la alfombra de la intimidad, lugar de
las confidencias y el cara a cara, del encuentro y la conversación, de
la contemplación y el descubrimiento. La presencia sagrada se
vuelve entonces nido donde el corazón se refugia, tomándolo por
morada.
Si entonces desciende otra vez hacia el cielo de sus derechos o la
tierra de sus intereses, lo hace autorizado y confirmado, arraigado
ya en la certidumbre. Así, pues, no son la falta de cortesía ni el
descuido los que le llevan de retorno a sus derechos, ni pasión ni
afán de goce a sus intereses:
retorna a ellos en Allah,
para Allah, de parte de Allah
y a la vista de Allah.
"Y di: Señor, hazme entrar por la entrada de la sinceridad y salir
por la salida de la sinceridad."
(Qur'an, 17, 80) Que mi mirada esté fija en Tu fuerza y Tu poder
cuando me hagas entrar y yo sometido y entregado a Ti cuando me
hagas salir.
"Y dame de Tu parte un poder victorioso."
(Qur'an, 17, 80)
Que me haga vencedor, que haga vencedor por mí y que no haga a
nadie vencedor de mí, un poder que me haga vencedor de la visión
de mí mismo y aniquilo en mí el dominio de mis sentidos.
II.
Aunque el ojo del corazón vea que sólo Allah es responsable de un
favor, la ley prescribe que hay que dar las gracias a Su criatura.
Pero a este respecto los hombres se dividen en tres categorías:

1. El inconsciente sumido en su inconsciencia: en él predominan los
sentidos y para él se ha desvanecido la presencia sagrada.
Por tanto, considera que la acción proviene de las criaturas y no ve
que pertenece al Señor de los mundos. Cae en asociacionismo
manifiesto si lo plantea como dogma, o en asociacionismo implícito,
si es relativo.
2. El hombre que ha tenido experiencia de la realidad, que se ha
vuelto ausente a las criaturas tras la visión del Rey Verídico y en el
cual la conciencia de las causas ha quedado anegada por la visita de
la Causa de las causas.
Es, pues, éste un creyente deslumbrado por la Realidad, cuyos
fulgores resplandecen ante él.
Ha recorrido la vía y la posee en todo su extensión, conciencia de las
criaturas:
su ebriedad predomina sobre su lucidez,
su unión sobre su desunión,
su extinción sobre su existencia
y su ausencia sobre su presencia.
3. Más perfecto que él es el que también ha bebido pero cuya
lucidez ha aumentado, que está ausente pero cuya presencia se ha
acentuado; su unión no le vela su desunión, su desunión no le oculta
su unión; su extinción no le aparta de su sobreexistencia ni su
sobreexistencia de su extinción: a cada cosa le da su parte justa y
queda en paz con lo que le debía.
Por eso, cuando sobre la lengua del Profeta bajo del cielo la disculpa
de la calumnia
(Qur'an, 24, 1115).
Abu Bakr dijo a A'isha:
"¡Oh, A'isha, da gracias al Profeta!" Y ella le contesto: "¡Por
Allah! ¡Sólo daré gracias a Allah!"
Abu Bakr le indicaba la estación más perfecta: la sobreexistencia,
que implica afirmación de las criaturas, puesto que Allah dijo:
"Sé agradecido Conmigo y con tus padres"
(Qur'an, 31, 14). Igual que el Profeta dijo:
"No es agradecido para con Allah quien no lo es con los hombres."
Pero A'isha estaba en aquél momento conmocionada en sus
sentidos, ausente para las criaturas.
Por eso no vio más que al Unico, al Poderoso.
III.
Acerca del dicho del Profeta:

"Se ha hecho de la oración refresco para mi vista"
Ibn 'Atá'llah dijo, contestando a quien le preguntó si aquello le era
propio o si también otros beben de esta fuente y toman parte de ella:
El refresco de la vista en la contemplación es proporcional al
conocimiento del objeto contemplado. Comoquiera que en el Profeta
este conocimiento fuera insuperable, ninguna vista posee el frescor
de la suya.
Ahora bien, si decimos que el frescor de su vista en la oración viene
de la contemplación de la majestad del objeto contemplado, es
porque él mismo alude a ello diciendo "en la oración" y no "por la
oración." Pues el Profeta sólo puede hallar el frescor de la vista
mediante su Señor.
No podía ser de otro modo tratándose de quien había predicado esta
estación y la recomendaba a los demás con estas palabras:
"Sirve a Allah como si le vieras."
Pero es imposible verle y contemplar otra cosa con El.
Sin embargo, alguien ha objetado:
Puede que el Profeta halle el frescor de su vista "por" la oración,
pues ésta es un don de Allah y proviene de Su favor.
Es imposible que no disfrutara de ella ni en ella encontrara refresco
para su vista, pues el Señor ha dicho:
"Di: por la gracia de Allah y por su misericordia, que de todo esto
disfruten" (Qur'an, 10, 58).
Sabe que, para quien discierne el secreto de la Palabra, la respuesta
viene sugerida en la misma aleya. Pues dice: "que te todo esto
disfruten" y no "disfrute".
¡Oh, Muhammad, diles que disfruten del don y del favor, pero a ti,
que tu gozo sea en el Favorecedor, como reza otra aleya:
"Di: ¡Allah! Y deja que se entretengan con sus discusiones"
(Qur'an, 6, 91)
IV.
Con respecto a los dones que descienden sobre ellos, los hombres se
comportan de tres modos:

1.
Está el que se complace en los dones, pero no por Quien los ha
donado ni por cual ha sido Su origen, sino por el gusto que
encuentra en ellos. Es un inconsciente y en él se cumplen estas
palabras del Altísimo:
"Cuando por fin exultaban de gozo por lo que les había sido dado,
les arrebatamos súbitamente"
(Qur'an, 6, 44).
2. Está el que se complace en los dones por serlo de Quien los envía
y gracia de Quien los concede.
En él se cumplen estas palabras de Allah: "Di: por la gracia de
Allah y por Su misericordia, que de todo ello se complazcan, pues
mejor es que lo que ellos atesoran"
(Qur'an, 10, 58).
3. Y por último está el que se complace en Allah y no queda
prendido de los dones ni por placer manifiesto ni por
agradecimiento interior.
La contemplación de Allah le distrae de todo lo demás y de tal modo
se concentra en El que no ve más que a El solo.
En él se cumplen las palabras del Altísimo:
"Di: ¡Allah! Y deja que se entretengan con sus discusiones"
(Qur'an, 6, 91).
¿Acaso Allah no reveló a David:
"Oh, David, di a los justos que en Mí se complazcan y que en Mi
recuerdo encuentren la felicidad?" Quiera Allah que en El y en Su
contento encontremos nuestro gozo tú y yo, y ojalá no nos ponga
entre los descuidados, sino que, por Su gracia y generosidad, nos
haga recorrer el camino de los justos.

 

 

CUENTOS DE LA ALHAMBRA -- WASHINGTON IRVING

CUENTOS DE LA ALHAMBRA -- WASHINGTON IRVING


Cuentos de la Alhambra

Washington Irving





El Palacio de la Alhambra

En mayo de 1829, acompañado por un amigo, miembro de la Embajada rusa en Madrid, capital de España, inicio el viaje que había de llevarme a conocer las hermosas regiones de Andalucía. Las amenas incidencias que matizaron el camino se pierden ante el espectáculo que ofrece la región más montañosa de España, y que comprende el antiguo reino de Granada, último baluarte de los creyentes de Mahoma.
En un elevado cerro, cerca de la ciudad, se ha construido la antigua fortaleza rodeada de gruesas murallas y con capacidad para albergar una guarnición de cuarenta mil guerreros.
Dentro de ese recinto se levantaba la residencia de los reyes: el magnífico palacio de la Alhambra., Su nombre deriva del término Aljamra, la roja, porque, la primitiva fortaleza llamábase Cala- al- hamra, es decir, castillo o fortaleza roja.
Sobre sus orígenes no están de acuerdo los investigadores. Para unos la fortaleza fue construida por los romanos; para otros, por los pueblos ibéricos de la comarca y luego ocupada por los árabes al conquistar el territorio de la península.
Expulsados los moros de España, los reyes cristianos residían en ella por breves temporadas. Después de la visita de Felipe V, el palacio cayó en el más completo abandono.
La fortaleza quedó a cargo de un gobernador con numerosa fuerza militar y atribuciones especiales e independiente de la autoridad del capitán general de Granada.
Para llegar a la Alhambra es necesario atravesar la ciudad y subir por un accidentado camino llamado la "Cuesta de Gomeres", famosa por ser citada en cuantos romances y coplas corren por España.
Al llegar a la entrada de la fortaleza, llama la atención una grandiosa puerta de estilo griego, mandada construir por el emperador Carlos V.
Ante ella, en banco de piedra, dormitaban dos viejos y mal uniformados soldados, mientras que el centinela (por su edad debía ser una verdadera reliquia militar) conversaba con un zaparrastroso individuo que al punto se me ofreció como guía y buen conocedor de la Alhambra.
Con cierto recelo acepté sus servicios, los que más tarde resultaron de mucha utilidad. Seguimos por un camino cubierto por frondosos árboles, pudiendo ver a nuestra izquierda las cúpulas del palacio, y a la derecha, las célebres Torres Bermejas, cuyo color rojo herían los rayos del sol.
Subiendo la sombreada cuesta, llegamos a una fortificación construida para defender la entrada de los fuertes y que recibe el nombre de barbacana. Ella guarnecía la "Puerta de la justicia" porque en aquel lugar solían reunirse los jueces para atender pequeños asuntos. Atravesando esta torre se observa la "Plaza de los Aljibes", donde los moros han perforado profundos pozos que surten a la fortaleza de agua fresca y cristalina.
Frente a la plaza se encuentra, a medio construir, el palacio que, según Carlos V, debía eclipsar en belleza todas las artes árabes.
Pasando por él, entramos con cierta emoción al palacio de la Alhambra. Nos creímos elevados a lejanos tiempos y rodeados de personajes de leyenda.
Con suma curiosidad examinamos el gran patio cubierto por lajas de mármol, denominado el "Patio de la Alberca", en cuyo centro luce un estanque de cuarenta metros de largo por diez de ancho, lleno de pececillos de colores y rodeado de hermosas flores.
En uno de los extremos del patio se encuentra la Torre de Comares, mientras que por su frente, después de atravesar un artístico arco, se entra en el célebre "Patio de los Leones". En su centro, la famosa fuente, apoyada en doce leones, arroja tenues hilos de agua, que magnifican las hermosas filigranas sostenidas por delicadas columnas de mármol blanco.
Sobre el patio da la maravillosa "Sala de las Dos Hermanas", cuyas paredes cubre un zócalo de vistosos azulejos, en los que están pintados los escudos de los reyes y que contribuye a destacar los artísticos relieves y vívidos colores que adornan las paredes.
Frente a esta cámara se encuentra la "Sala de los Abencerrajes", donde, según la leyenda, encontraron la muerte los miembros de esa familia, rival de los Zegríes.
La Torre de Comares y un original deporte volvimos sobre nuestros pasos para visitar la célebre torre que lleva el nombre de su constructor, donde se encuentra la renombrada "Sala de los Embajadores", artísticamente decorada, y el "Tocador de la Reina"', especie de minarete donde las bellas princesas se distraían en la contemplación del paisaje que rodea la fortaleza.
Un fresco amanecer resolvimos ascender a la elevada torre para admirar desde ella la hermosa vista de Granada y sus fértiles caronpiñas.
Debimos subir por una larga, oscura y peligrosa escalera en caracol que nos impuso varios descansos hasta conseguir llegar a lo alto. Desde allí íbamos contemplando los lugares más renombrados de la Alhambra. A nuestros pies se abría paso entre las montañas el "Valle del río Darro", cuyas arenas arrastran partículas de oro. Al frente se elevaba, en lo alto de una colina, "El Geeneralife", soberbio palacio donde los reyes moros, pasaban los meses de verano. Luego fijamos nuestra vista en el concurrido paso que lleva el nombre de "Alameda de la Carrera de Darro" y en "La Fuente del Avellano". Luego, en un desfiladero conocido peor el "Paso de Lope" y el "Puente de los Pinos", famoso, no tanto por los sangrientos combates que libraron cristianos y moros, sino porque allí Cristóbal Colón, descubridor de América, fue alcanzado por un enviado de la reina Isabel, cuando, convencido de que nada podía hacer España, se dirigía a Francia para someter a consideración del rey de ese país su magnífico proyecto.
Después de admirar el paisaje, cuando el sol hacía imposible nuestra permanencia en aquel lugar, nos disponíamos a descender; observamos, con gran sorpresa, que en una de las torres de la Alhambra dos o tres muchachos agitaban largas cañas, como si quisieran pescar en el aire.
Nuestro asombro creció al ver -que en otros lugares ocurría lo mismo. No había muralla o torre a la que no se hubiesen encaramado los singulares pescadores.
Preocupados y haciendo toda clase de suposiciones, llegamos al "Patio de los Leones", desde donde buscamos a nuestro sapiente guía.
No tardamos en dar con él, y con ello desapareció el misterio que tanto nos daba que pensar.
Las abandonadas ruinas de la Alhambra se habían convertido en un prodigioso criadero de golondrinas y alondras, que revoloteaban en cantidad sobre las torres.
¿Qué mejor pasatiempo que el de cazarlas por medio de anzuelos encebados con apetitosas carnadas?
¡Pescar en el cielo!
He aquí el grato y productivo deporte inventado por los habitantes de la Alhambra.


Leyenda del albañil y el tesoro escondido

Hace muchos años, vivió en Granada un maese albañil, tan buen creyente, que nunca dejaba de cumplir con los preceptos y festividades señalados por la religión cristiana.
Pero su fe sufría una ruda prueba. Sus esfuerzos para conseguir trabajo sólo eran recompensados por un aumento de la pobreza y el hambre que pasaba, habitualmente, su numerosa familia.
Una noche, en uno de los pocos momentos que disfrutaba de felices sueños, fuertes golpes dados en la puerta de la mísera casucha lo arrancaron del camastro.
Encendió un candil y corrió la tranca que aseguraba la entrada. Como por encanto, su mal humor se transformó en asombro y luego en terror. Frente a él tenía a un monje que le pareció altísimo, cuyo rostro delgado y de una extrema palidez no alcanzaba a cubrir la oscura capucha.
-Vengo en tu busca -dijo el monje con voz cavernosa-, sabiendo que eres buen cristiano y que no te negarás a efectuar una tarea que no admite demora.
-Estoy a tus órdenes, buen padre -contestó el maese, algo repuesto de la impresión-, siempre que me pagues de acuerdo con el trabajo.
-Serás bien recompensado. No tendrás quejas, pero como el asunto requiere cierto secreto, me acompañarás con los ojos vendados.
Nada opuso a esta condición el albañil, ansioso como estaba de ganar algunos céntimos. Largo fue el andar por tortuosos caminos, hasta que el monje se detuvo ante la puerta de un sombrío caserón.
Rechinó, la cerradura al abrir y gimieron los goznes al cerrar. Un intenso escalofrío sacudió el cuerpo del maese albañil cuando una mano lo tomó del brazo guiándolo a través de un silencioso pasaje. Al quitarle la venda se encontró en un gran patio, escasamente alumbrado.
-Aquí -dijo el monje señalando una fuente morisca- harás el trabajo. A tu lado están los materiales necesarios.
-¿Qué he de hacer, buen padre?
-Una pequeña bóveda, que tratarás de terminar esta noche.
La impresión aceleraba el ritmo de su tarea, pero ella requería más tiempo del calculado.
El canto de los gallos anunciaba la cercanía del alba, cuando el monje, que no se había apartado de su lado, interrumpió la labor.
-Por esta noche es suficiente -dijo-; toma tu paga y deja que te vende los ojos. Te guiaré hasta tu casa.
El maese albañil no opuso reparo. Durante el camino de regreso no dejó de apretar la moneda de oro que le entregara el monje. Al llegar, éste le preguntó si al día siguiente estaba dispuesto a finalizar el trabajo.
-Vivo para eso, buen padre, pero espero que el pago sea igual al de hoy.
-Estaré aquí mañana a medianoche.
Y sin decir más, se perdió en la semioscuridad del amanecer.
La impaciencia abrumó todo el día al albañil. La curiosidad atormentaba a su buena mujer. Pero de estas preocupaciones no participaba su numerosa prole, que no hacía otra cosa que comer, desquitándose del hambre de muchos meses.
Llegada la hora convenida y tomando las mismas precauciones de la noche anterior, volvió el albañil a continuar su obra.
Al poner término al trabajo, el monje, cuya voz sonaba más cavernosa, dijo:
-Sólo falta que me ayudes a traer los bultos que has de enterrar en esta bóveda.
Un nuevo escalofrío sacudió al albañil. La sospecha de que su trabajo se relacionaba con algún asunto macabro lo inmovilizó unos instantes. Sintió erizársele los cabellos. Gruesas gotas de sudor perlaron su frente.
Fue necesario un nuevo pedido del religioso para que sus piernas, sacudidas por violentos temblores, pudieran arrastrarlo hasta la última habitación de la casa.
Allí, recién el aliento volvió a su alma. Contra lo que esperaba, sólo vio en un rincón cuatro cofres destinados a guardar dinero.
Grandes fueron los esfuerzos que debieron realizar para arrastrarlos hasta la bóveda. Una vez depositados allí, fácil resultó cerrarla, cuidando de borrar las señales que delataran su trabajo.
Después de entregarle dos monedas de oro, vendarle los ojos y conducirlo por un camino mucho más largo que las veces anteriores, el monje, antes de desaparecer, murmuró a su oído:
-Detente aquí y espera a que suenen las campanas de la Catedral. Una terrible desgracia caerá sobre ti y sobre tu familia si antes te vence la curiosidad.
Para que ello no ocurriera, grato entretenimiento se proporcionó el albañil con el alegre tintinear de las monedas de oro. Una vez que sonaron las campanas y pudo arrancarse la venda, se encontró a orillas de un ría, desde donde le era fácil volver a su casa.
La alegría del buen comer sólo alcanzó a durar dos semanas. Falto nuevamente de dinero y trabajo, su familia volvió a caer en el más mísero estado.
Pasaron así algunos meses. Un atardecer estaba sentado frente a su destartalada casa reflexionando sobre su mala suerte, cuando una discreta tosecilla lo trajo a la realidad.
Reconoció en el que interrumpía sus meditaciones a uno de los viejos más ricos y avaros que habitaban en la ciudad.
-Parece, maese albañil, que no te sonríe la fortuna -dijo el anciano con voz chillona.
-Así es, señor; malos son los tiempos que corren.
-Entonces, tomarás a bien que te ayude con un trabajillo, siempre está, que me cobres barato.
-En cuanto a eso, no tenga temor, no hay en Granada quien trabaje por menos precio.
-Por eso te busco, buen hombre. Necesito que me remiendes una casa en forma suficiente como para que no se venga abajo.
-Quedo a sus órdenes, señor.
-Mañana al amanecer, te vendré a buscar y empezarás tu trabajo.
Al día siguiente, el viejo avaro llevó al albañil a un caserón al que apenas sostenían las paredes. Después de recorrer las habitaciones fijando las reparaciones necesarias, llegaron a un patio cuyo centro adornaba una fuente morisca.
El albañil se detuvo, meditando, al parecer, sobre el precio que debía cobrar por su trabajo.
-Quien habitó aquí -dijo a modo de comentario- se contentaba con bien poco.
-Era suficiente para mi inquilino, un viejo y mísero clérigo, muerto hace algunos meses -explicó el avaro-. Se le creía dueño de una gran fortuna, pero, como sabrás, las apariencias engañan. Lo mismo dicen de mí, porque tengo dos arruinadas fincas.
-Mucho es lo que hay que hacer y largo el tiempo a emplear. Creo haber encontrado una solución. -Siempre que ella no aumente el precio.. .
-Por el contrario. Lo mejor será que habite esta casa mientras la reparo: yo me ahorro el alquiler y usted la mano de obra.
La alegría del propietario no tuvo límites. El arreglo le resultaba en esa forma mucho más barato de lo calculado.
Al día siguiente los viejos y escasos muebles del albañil fueron trasladados al derruído caserón. Con la mudanza pareció cambiar la suerte de la familia. El hambre huyó de la casa. A la antigua pobreza la reemplazó un bienestar que aumentaba con el tiempo.
Tal situación convirtió al maese albañil en propietario de varias fincas, entre las que se incluía el viejo caserón. La Iglesia recibió importantes donaciones. Los pobres, generosa ayuda. Por largos años gozó de sus riquezas y el aprecio de los habitantes de Granada.
Un día, sintiendo que la vida lo abandonaba, llamó a su hijo mayor.
-Eres mi heredero -dijo- y por lo tanto depositario del secreto de nuestra fortuna.
-Si es tu deseo, padre mío -respondió el hijo, cuya pena no alcanzaba a borrar la visión del dinero-, te escucho.
Y con voz que parecía un murmullo, el antiguo albañil contó a su primogénito cómo la casualidad lo había llevado al sitio en que había enterrado un tesoro, y del cual solamente había gastado una tercera parte.



Leyenda del mago y la princesa hechicera

Hace muchos años, ocupaba el trono de Granada el famoso rey moro Aben-Habuz. Sus hazañas, tal como las relatan las viejas crónicas, no se inspiraban, por cierto, en nobles y honrados propósitos. Amargas lágrimas costaban a sus débiles vecinos los atropellos a que lo impulsaba su rapacidad.
De acuerdo con el viejo refrán "el que siembra vientos recoge tempestades", el avaro rey, al llegar a una edad en que las energías abandonan el cuerpo y el espíritu pide paz y tranquilidad, sólo cosechó continuos sobresaltos y angustiosos temores.
Los príncipes vecinos, a quienes había despojado de bienes y dominios, enterados de que la vejez abatía sus fuerzas, no tardaron en sublevarse y llevar ataques que aumentaban su zozobra y su miedo.
La ubicación de la capital del reino no era, por cierto, muy estratégica. Las altas montañas que la rodeaban, hacían casi imposible establecer la proximidad de un ejército. Este favor que dispensaba la naturaleza a sus enemigos, obligó a Aben-Habuz a tomar extremas medidas de vigilancia.
Estableció guardias en los picos más altos y senderos practicables. Debían señalar por medio de hogueras la proximidad de los atacantes, para poder enviar inmediatamente los refuerzos necesarios. Pero tales precauciones no vencían la audacia de los príncipes. Cuando él recibía un aviso, sus adversarios, que habían avanzado por algún oculto paso, huían cargados de botín y prisioneros.
Esta situación agriaba día a día el fiero carácter de Aben-Habuz.
Un atardecer, mientras examinaba el horizonte esperando ver surgir una de las tantas columnas de humo que señalaban la proximidad de enemigos, le fue anunciada la llegada a la corte de un sabio y viejo médico árabe, que creía proporcionarle algún remedio a sus males.
Llevado a su presencia, el visitante le causó honda impresión.
Una larga barba blanca le bajaba hasta la cintura. Los años no habían vencido su alta osamenta. Venía caminando desde tierras lejanas sin más arma y sostén que un grueso bastón en el que había grabado misteriosos símbolos.
Al decir llamarse Ibrahim Eben Abu Ajib, murmullos de admiración y respeto certificaron la fama que le precedía. No ignoraba el rey y sus cortesanos la existencia de este hijo de Abu Ajib, nada menos que compañero del gran Profeta. Desde niño vivió en Egipto, estudiando, aun por más difíciles que ellas resultaran, todas las ciencias y artes que se transmitían desde la más remota antigüedad.
La astrología no escapaba a su vasto saber, y dominaba la magia en todos los colores del arco iris, porque, según él explicaba, la blanca y la negra sólo era cosa de principiantes.
Como un aserto a su vasto saber, la corte comentaba que había hallado el ansiado y muy buscado secreto de prolongar la vida. Que su edad era de más de doscientos años, pero que había hecho su descubrimiento un poco tarde, cuando no había tiempo de borrar canas y arrugas.
Como su personalidad y antecedentes daban brillo a la corte y sus achaques necesitaban atención, Aben-Habuz no vaciló en dispensarle los más gratos honores. Hizo amueblar suntuosas habitaciones, pero el mago no se avenía con el bullicio del palacio y decidió habitar en una caverna situada en la montaña sobre la que se levantaba el real albergue.
Dispuestos los arreglos convenientes, entre ellos perforar la roca en tal forma que le permitiera observar las estrellas a toda hora, grabó en las paredes misteriosos símbolos, desconocidos jeroglíficos egipcios y órbitas de estrellas y planetas. Hizo construir singulares instrumentos, raros mecanismos que causaron la admiración de los artífices de Granada, pero nunca lograron conocer su aplicación: el sabio guardaba profundo secreto.
Los consejos de un médico resultan indispensables cuando a cierta edad tienden a aparecer males ignorados.
Esa necesidad llevó al docto Ibrahim Eben Abu Ajib al puesto de consejero favorito del rey de Granada.
En una de sus visitas, Aben-Habuz renovó sus quejas contra la continua vigilancia que debía ejercer sobre sus vecinos y el daño que le causaban sus correrías, cuando el mago, después de escucharlo en silencio y meditar un largo tiempo, dijo:
-En Egipto, poderoso rey, vi y estudié un prodigioso invento. Se halla colocado en una montaña que domina el valle en que se encuentra la ciudad de Borza, cerca del río Nilo. Está compuesto de dos figuras de bronce: un gallo y un carnero, que giran independientemente sobre un mismo eje. Si algún peligro se cierne sobre la ciudad, el gallo empieza a cantar, mientras que el carnero señala la dirección por donde avanza el enemigo. De esta forma los laboriosos habitantes estaban siempre a cubierto (le una sorpresa.
-¡Mahoma me ilumine! -imploró el rey-. ¡Es eso lo que necesito! Un carnero y un gallo centinelas. Dejaría de temer los asaltos de mis enemigos. ¡Allah Akbar! Es la tranquilidad para mis últimos años.
Con suma paciencia esperó el mago a que el rey diera rienda suelta a sus deseos; luego, con voz grave, de quien hace profundas revelaciones, agregó:
-Conocéis ya mi viaje a las lejanas tierras de los faraones, siguiendo a los victoriosos ejércitos de Amrou, y cómo trabé conocimiento con la flor de la sabiduría.
Un día, paseaba con un respetable sacerdote a orillas del Nilo, cuando interrumpió en forma extraña nuestra discusión sobre un elevado tema astrológico.
-Allí es -dijo solemne, al tiempo que me señalaba las grandiosas pirámides- donde se encuentra la verdadera y única fuente del conocimiento. De las tres, la que está en el medio guarda la momia del Supremo Sacerdote a cuyos esfuerzos se deben estos maravillosos monumentos. A su lado se encuentra el excelso libro de la Sabiduría, que encierra los preciados secretos de la ciencia que enseña a Hacer cosas extraordinarias y admirables: la magia.
Ese libro lo recibió Adán al ser expulsado del Paraíso; gracias a su ayuda, el rey Salomón pudo construir el templo de Jerusalén y luego, el Supremo Sacerdote, las Pirámides.
Saber que existía tal obra y enloquecer por el deseo de poseerla fue una sola cosa. Con los soldados que tenía a mis órdenes y cientos de esclavos egipcios taladré la pirámide hasta dar con uno de los múltiples pasadizos. A riesgo de perder mi vida seguí sus vericuetos y logré encontrar la cámara que guardaba desde hacía siglos la momia del Supremo Sacerdote. Fácil me fue entonces apoderarme del libro y abandonar con gran alegría el impresionante monumento. . . "
-Pero, ¿de qué me sirve, sabio Ibrahim -interrumpió impaciente Aben-Habuz-, el hecho de que te hayas apoderado del libro de la Sabiduría?
-Pronto lo sabrás, poderoso señor; él me ha instruído en preciadas cosas. Gracias a él no sólo obligo a un gentío a que venga en mi ayuda, sino que puedo construir un aparato muy superior al que te he descripto.
-Sabio Eben Abu Ajib -imploró el-rey-, hazlo. ¡Consigue la tranquilidad de mis últimos años, y todos mis tesoros serán tuyos!
-¡Allah Akbarl ¡Lo que es, es! ¡Lo que ha de ser, será! -contestó el mago, dando término a la entrevista.
Y sin perder tiempo se dispuso a cumplir los anhelos del rey. Comenzó a construir sobre la parte más alta del palacio una elevada torre, sobre la cual fijó un eje, en el que giraban, en vez de un gallo y un carnero, un moro a caballo armado de escudo y una lanza, que agitaba en la dirección en que avanzaba el enemigo.
Debajo de la figura se abría una sala circular con aberturas que dominaban los cuatro puntos cardinales. Frente a cada una de esas extrañas ventanas, situó mesas sobre las que colocó diminutas figuras de guerreros, alineadas en posición de dos ejércitos prontos a darse batalla y separados por una pequeña lanza grabada con misteriosos símbolos.
La sala era guardada por una gruesa puerta de bronce con cerradura de acero, cuya única llave guardaba el rey celosamente.
La terminación del mágico aparato coincidió con la falta de actividad de sus enemigos. La impaciencia empezó a consumir al viejo rey.
-Antes -decía con voz quejumbrosa a sus consejeros- me molestaban con una invasión diaria; ahora parece que estos bandidos no existen.
-Ya vendrán -solía repetir muchas veces al día Eben Ajib.
Pronto estas palabras tuvieron confirmación. Un amanecer, el guarda de la torre dio la voz de alarma. La figura del moro había girado hacia la Sierra Elvira y su lanza se agitaba en dirección al Paso de Lope.
Aben-Habuz saltó del lecho, gritando alborozado:
-¡Que las trompetas llamen a las armas!
Pero el mago, que había seguido en silencio al oficial portador de la noticia, exclamó:
-De nada tienes necesidad, ¡oh rey! Dejad las armas tranquilas y a vuestros guerreros en el descanso. Sólo pido que os dignéis subir a la torre.
Con gran trabajo y gracias a la ayuda del bicentenario Ibrahim, consiguió el viejo rey ascender por la larga escalera. Abierta la pesada puerta, vio con asombro que la ventana que dominaba la dirección por donde se señalaba la presencia del enemigo estaba abierta.
Eben Ajib, después de observar un instante la montaña, habló al rey:
-Ya sabe por dónde avanza el enemigo, pero ten a bien observar lo que ocurre en esta mesa.
El asombro de Aben-Abuz no tuvo límites. Las pequeñas figuras de madera estaban en movimiento. Los caballos caracoleaban, los jinetes agitaban sus lanzas, como el zumbido de un lejano mosquito se escuchaba el sonido de trompetas, choques de armas, gritos y relinchos.
-Esto prueba que tus enemigos siguen avanzando. ¡Pero no te inquietes, poderoso rey! -agregó el mago-. Si quieres que se retiren sin causarles daño, toca las figuras con el asta de esta pequeña lanza, pero si deseas destrozarlas, hiérelas con la punta.
Aben-Habuz luchó un instante con su conciencia. La ira agitó la larga barba. Su cara tomó un color violáceo. Demasiado daño le había causado la rebeldía de sus vecinos como para olvidarlos y otorgar clemencia.
-Debe haber algún escarmiento -exclamó trémulo, y tomando la lanza mágica hirió a unas y tocó a otras figuras, las que sin tardanza se trababan en ruda pelea.
Grandes esfuerzos tuvo que hacer el mago para dominar el entusiasmo del rey, impedir la muerte de todos sus enemigos y convencerlo de que ya era tiempo de abandonar la torre y enviar tropas en averiguación de lo ocurrido.
Pronto retornaron los emisarios con una grata noticia. Un poderoso ejército llegado hasta cerca de Granada, se había retirado al producirse entre sus jefes una agria discusión, finalizada en sangrienta lucha.
Al demostrarse las fantásticas virtudes del aparato, Aben-Habuz ordenó se celebraran grandes fiestas, en las que el mago ocupaba el sitio de honor.
-Como has conseguido -díjole un día- mi tranquilidad y supremacía, pídeme, sabio Ibrahim Eben Abu Ajib, la recompensa a que tienes derecho.
-¿Qué puedo pedirte, oh rey? Los estudiosos nos contentamos con bien poco. Facilítame los medios para mejorar en algo mi humilde habitación.
-Así será -contestó Aben-Habuz sin poder contener una sonrisa, pensando qué ingenuos y fáciles de contentar eran los verdaderos filósofos.
Y sin perder un instante dio orden al tesorero para que entregara al sabio las cantidades requeridas para poner en condiciones la caverna que habitaba.
Las humildes necesidades de Ibrahim Eben Abu Ajib consistieron en hacer abrir habitaciones contiguas a la primitiva sala; cubrir las paredes con delicados y maravillosos tapices de seda de Damasco, los pisos con ricas alfombras de Esmirna, sobre las cuales lucían valiosas otomanas y preciados divanes.
-Los huesos se resienten después de tanto dormir sobre un duro lecho, y a mi edad -agregaba- tampoco se podía sufrir la humedad que destilaban estas paredes.
En una de las salas hizo construir un regio baño de mármol verde con delicadas fuentes que vertían, además de exóticos perfumes, aceites balsámicos y aromáticos.
-Esto -explicaba cada vez que se sumergía en el tibio compuesto- devuelve al cuerpo la agilidad que pierde en tantas horas de meditación y estudio.
Como la luz que llegaba por la abertura de la sala era insuficiente, ordenó colocar en todos los aposentos costosas lámparas de oro y fino cristal, que llenó con un aceite especial cuya fórmula estaba en el Excelso Libro de la Sabiduría y que daba una luz más suave y delicada que la del más hermoso día.
Era la única, según él, que no fatigaba sus ojos en la lectura de los misteriosos papiros.
Estos arreglos que parecían no tener fin, - alarmaron al celoso tesorero. Un día, después de sumar las cantidades gastadas en la decoración del retiro del mago, dio un grito de asombro y corrió a informar al rey de tal derroche.
-No desesperes -aconsejóle Aben-Habuz-; estos sabios tienen sus caprichos y hay que respetarlos; ya terminará por cansarse de amueblar su vivienda.
El tiempo dio razón al rey. A poco finalizaron los trabajos de lo que el sabio llamaba su humilde morada, y que era, para los demás, un lujoso y confortable palacio subterráneo.
-¿Estáis contento? -preguntóle un día el tesorero.
-¡Así..., así! -contestó Abu Ajib-. Mi aposento está completo; sólo me resta encerrarme y consagrar mi tiempo al estudio, pero algo falta para entretener o alegrar mis fatigas mentales.
-¡Poderoso mago, tus deseos son órdenes!
-Es una pequeñez, cosa sin mayor importancia: algunas bailarinas y cantantes.
-¡Bai ... la... rinas ... ¡ -tartamudeó asombrado el tesorero.
-¿Qué tiene de particular? -replicó el sabio con cierta gravedad-; mi espíritu, aunque de alguna edad, necesita recrearse. Sencillos son mis gustos, pero, de cumplirse mi deseo, quiero que éstas estén en la flor de la juventud y posean exquisita belleza. Sólo así puede encontrar distracción un filósofo.
Satisfechos sus deseos, los días comenzaron a transcurrir con suma placidez.
Ibrahim Eben Abu Ajib, encerrado en su caverna, alternaba sus estudios con las gracias y melodiosos cantos de las danzarinas.
El rey entretenía sus ocios encerrado en la torre, disponiendo cruentas batallas y destrozando imaginarios ejércitos.
Como el juego llegó a cansarlo, le dio realidad provocando en toda forma a sus adversarios. Los ataques de éstos no se hicieron esperar, pero las continuas derrotas calmaron sus odios y los llevaron a proclamar la invencibilidad del viejo rey y a pasar por alto sus insultos.
Falto de actividad, volvió Aben-Habuz a caer en nuevo aburrimiento. Bulliciosas fiestas, magníficos torneos o hermosas doncellas sólo despertaban momentáneo interés.
Pasaron algunos meses. Convencido de que aquel hastío no llevaba miras de terminar, resolvió, después de una noche de cruel insomnio, llamar al mago y ordenarle buscara una nueva distracción.
Pero su resolución no llegó a cumplirse. Un jadeante oficial irrumpió en sus aposentos para informarle que el moro de bronce, inmóvil durante tanto tiempo, había girado y agitaba su lanza hacia una de las montañas de Guadix.
A medio vestir y sofocado por la rapidez, llegó Aben-Habuz a la sala de la torre. La ventana situad: en aquella dirección permanecía cerrada y las pequeñas figuras guardaban extraña quietud.
Venciendo su asombro ordenó que varios destacamentos, exploraran cuidadosamente las montañas vecinas.
La curiosidad lo mantuvo en suspenso durante tres días. Cuando sus ojos fatigados por la vigilancia en la torre se cerraban para descansar, el bullicio de la tropa que regresaba de la inspección lo alteró nuevamente.
-Majestad -informó el oficial que mandaba los guerreros-, podéis estar tranquilo en absoluto. El enemigo no se ha atrevido a asomar por el reino de Granada. Sólo os puedo anunciar la captura de una bellísima joven cristiana que descansaba cerca de una vertiente.
La sorpresa abrió los semicerrados ojos de Aben Habuz. Atusándose la barba dijo:
-¿Una joven habéis dicho? ¿Bella para más? ¡Traedla inmediatamente!
Cumpliendo con la real orden fue llevada a su presencia una doncella de prodigiosa belleza.
Un ¡ah! de asombro recorrió la sala del trono. Nunca hablase visto tan esbelto cuerpo ni tan gracioso y exquisito andar. Su cabellera, recogida en trenzas y adornada con joyas, palidecía al más oscuro negro mate. Sus facciones tenían rara simetría; sus rosados labios dejaban entrever dos hileras de dientes capaces de ruborizar a una perla. Dos delicadas rosas eran sus mejillas, y su cuello una alhaja, rodeada por una cadena de oro con una lira de plata.
Los fulgores de sus ojos, que apagaban los de los brillantes que adornaban su frente, produjeron tal incendio en el viejo corazón de Aben-Habuz, que casi llegó a perder los sentidos. Dominando aquella extraña pasión, alcanzó a preguntarle:
-¡Oh maravillosa joven! Cuéntame cómo has llegado a mi reino.
Una voz dulce y melodiosa que lo turbó más aún, contestó:
-Huyendo de los enemigos de mi padre, un príncipe cristiano caído en desgracia y prisionero ...
-No te dejes engañar -interrumpió el mago Ibrahim al oído de Aben-Habuz-. Ella es el enemigo señalado por el moro de la torre. En sus ojos leo algo maléfico. En su rostro advierto cosas que me hacen sospechar que es alguna cruel hechicera transformada en hermosa doncella para dominarte.
-Sabio Abu Ajib -respondió el rey con enojo-. Tu ciencia será profunda, pero en cuanto al conocimiento de estas cuestiones femeninas, lo desafío al mismísimo rey Salomón. Esta joven en quien crees ver una maléfica hechicera, es una bella e inocente paloma, que da recreo a mis ojos y amor a mi corazón.
-Ten presente, poderoso rey -insistió Ibrahim-,' que mi proceder ha sido desinteresado. He contribuído a destrozar a tus enemigos; en cambio ahora te solicito me cedas a esta joven, que al par que entretenga mis momentos de descanso, la estudiaré por si encuentro en ella una hábil hechicera y poder así destruir sus malas artes.
-Tus pretensiones -repuso con voz agriada Aben Nabuz- no tienen límites; ¿para qué quieres más bailarinas?
-Ninguna de ellas toca la lira de plata, y un rato de música es agradable cuando la mente se halla fatigada.
-¡Pues búscate otra música! -gritó el rey en el colmo de la ira-. Esta joven es mía y nadie en el mundo me la arrebatará. Siento tanto cariño por ella como David, padre de Salomón, sintió por la sulamita Abisag.
Los presagios y ruegos de Ibrahim terminaron en borrascosa discusión. El mago ofendido por las palabras del rey, se retiró a sus aposentos. Aben-Habuz, riéndose de sus profecías, se dedicó a hacerle la corte a la bella princesa. Creía suplir su falta de juventud y atractivos físicos con espléndidos regalos. Los mercaderes de Granada debían venderle las joyas más preciadas, las más raras y delicadas esencias, sedas y encajes que llegaban de Asia y África.
La ciudad vivía de fiesta en fiesta. Bailes, torneos, corridas de toros se daban en alegre continuidad. Nada conmovía a la princesa. Regalos y fiestas los recibía como cumplidos, más que a su alcurnia, a su belleza, de la que estaba muy envanecida.
Su conducta parecía guiada por el propósito de arruinar a su viejo admirador, haciéndole gastar sumas fabulosas en innecesarios objetos.
Nada de lo que ideaba Aben-Habuz vencía la amable reserva de la princesa. No lo desairaba ni le sonreía. Cada vez que, incontenible, le declaraba su amor, ella, como respuesta, pulsaba la lira de plata.
Sus melodiosas notas parecían estar acompañadas del misterioso poder de sumir al viejo rey en un sueño irresistible, del que despertaba horas después con mayor vigor, pero curado por varios días de su avasalladora pasión.
Mientras Aben-Habuz vivía en este ensueño olvidaba día a día los deberes para con su reino. Los cortesanos, y luego el pueblo, empezaron a murmurar lamentándose del estado de idiotez de su soberano y del derroche a que lo conducía su favorita.
La situación llegó a agravarse cuando el pueblo, perdiendo todo respeto, intentó asaltar el palacio y matar a la princesa cristiana.
El temperamento guerrero volvió a renacer en el pecho del rey. Al frente de sus tropas atacó a los sublevados, derrotándolos y ahogando toda posibilidad de nueva insurrección.
Al reinar la tranquilidad, Aben-Habuz hizo llamar al mago Ibrahim, que permanecía en sus aposentos sin olvidar las ofensas y el triste resultado de su pedido.
Con voz amable y ánimo de congraciarse, le dijo:
-Debo confesarte, sabio Abu Ajib, que tus profecías sobre la hermosa cristiana se han cumplido. Espero de ti los consejos que me libren de futuros peligros.
-Solamente puedo darte uno -replicó solemne Ibrahim-, que alejes cuanto antes de tu lado a esa joven que causará tu ruina.
-Eso es imposible -gimió dolorido Aben-Habuz-. ¡Preferiría en este caso perder mi reino! -Es que perderás ambas cosas -vaticinó el mago.
-No me abandones en esta cruel situación -imploró el rey-. Ten piedad de mis sentimientos y busca la forma de evitar mayores riesgos, y cumplir mi anhelo de hallar, lejos de las obligaciones e hipocresías de la corte, un retiro pleno de amor y placidez.
Ibrahim meditó unos instantes, luego examinó con atención el arrugado rostro del rey.
-¿En qué forma me recompensarías si te suministro lo que anhelas?
-¡Concederé lo que pidas! ¡Palabra de rey!
-¿Habéis escuchado, magno soberano, algún relato del asombroso jardín del Irán, maravilla (le la Arabia Feliz?
-Como buen creyente conozco lo que a su respecto dice el Libro del Corán, en el capítulo "La Aurora del día". Además he oído de labios de peregrinos relatos increíbles y portentosas descripciones de ese lugar. Pero los he considerado como exageraciones de viajeros para deslumbrar a sus oyentes...
-Tu incredulidad es inexacta. Lo dicho por ellos es verdad -interrumpió Abu Ajib-. Tuve la suerte de ver el jardín y el palacio del Irán y si tu paciencia es grande, ten a bien de escuchar mi relato, en el que hallarás algo semejante a tus deseos:
Siendo joven erraba por el desierto cuidando los camellos de mi padre, cuando un día uno de ellos se extravió en las dunas de Aden. La larga búsqueda agotó mis fuerzas. Alcancé a llegar a un pequeño oasis, donde me tumbé a dormir. Grato fue mi despertar frente a las puertas de una hermosa ciudad, rodeada de jardines de incomparable belleza, que recorrí con asombro y temor. Sus palacios, calles, plazas y mercados estaban desiertos. Ni un solo ser viviente habitaba en ella. Impresionado por el silencio, resolví volver al oasis, y cuando alcancé a cruzar la puerta por donde había entrado, me volví a admirar sus bellos monumentos, pero la ciudad había desaparecido en las arenas del desierto.
Preocupado por lo que creía un sueño, me orienté tratando de dar con la caravana. En el camino tuve la fortuna de encontrar a un viejo sacerdote mahometano, de mucho saber y conocimiento en leyendas y tradiciones. Después de oírme me explicó que había visitado el maravilloso jardín del Irán, que solía aparecer de vez en cuando a los viajeros del desierto. Su origen se remontaba a la antigua época en que la tribu de los Additos poblaba esas tierras. El rey Sheddad, hijo de Ad y bisnieto de Noé, tuvo la idea de fundar una hermosa ciudad. Cuando se terminó de construir era tan extraordinaria y magnífica, que el rey resolvió edificar un palacio con jardines que superaran a los que, según el Libro del Corán, existen en el paraíso celestial. Pero su soberbia fue severamente castigada por Alá. El rey y sus súbditos desaparecieron misteriosamente. Un velo cayó sobre la ciudad, ocultándola a la vista humana, y suele descubrirse de vez en cuando, como un ejemplo del castigo que merece la vanidad.
Esta leyenda unida al recuerdo de la maravillosa ciudad no alcanzó a borrarse de mi mente. Al conseguir el Libro de la Sabiduría, resolví, como una de las primeras cosas, visitar nuevamente el jardín del Irán. Fácil me fue hallarlo, e instalándome en el palacio del rey Sheddad, gocé durante algún tiempo de las delicias de aquel edén. Mi poder obligó al genio que cuidaba la ciudad a informarme cómo se hacía invisible tanta belleza. Así es como puedo construir, si lo deseas, un palacio y un jardín que superen en magnificencia a los del Irán. Mi poder es mayor del que requiere esa empresa. Acuérdate que poseo el Libro de la Excelsa Sabiduría, anterior al gran Salomón."
-Abu Ajib -imploró Aben-Habuz-. Demasiado conozco tu saber y poder para que me atreva a ponerlos en duda. Sólo te pido que me hagas un palacio semejante al que me has descripto y te recompensaré hasta con la mitad de mi reino.
-¡Bah! -contestó despectivo el mago-. Nosotros los que consagramos nuestra vida al estudio consideramos las riquezas como producto del egoísmo, pero para conformarte, te pediré que me regales el primer animal cargado que cruce la puerta del encantado palacio.
El rey no ocultó su alegría y apresuró la respuesta a tan poco pedir. Ibrahim, demostrando una actividad insospechada, empezó a construir sobre sus habitaciones subterráneas, en el centro de un patio rodeado de gruesos muros, una torre con sólidas puertas, en torno a la cual, con la ayuda de un cincel y una maza, labró dos misteriosos símbolos; una gran llave y una mano gigantesca. Pronunciando algunas palabras cabalísticas, dio fin a su trabajo.
Finalizada la obra, después de permanecer dos días en sus aposentos haciendo misteriosas experiencias, subió a lo alto de la montaña. Pasada la medianoche fue a despertar a Aben-Habuz y le dijo: -Poderoso rey, mi obra está concluída. En lo alto de la montaña se encuentran a tu disposición el palacio y los jardines de la belleza más fantástica que pueda concebir la imaginación del hombre. Cuenta con las propiedades del jardín del Irán, que queda oculto a todo el que no posea la clave secreta que enuncia el Libro de la Suprema Sabiduría.
-¡Oh! -exclamó asombrado el rey-. En cuanto amanezca me instalaré en ese palacio.
Las pocas horas que faltaban para nacer el nuevo día, transcurrieron para Aben-Habuz con una lentitud desesperante. Antes que el sol iluminara los picos de Sierra Nevada, ya estaba a caballo dispuesto para la partida. A su lado, sobre un hermoso animal, cuya blancura podría rivalizar con la nieve, iba la princesa cristiana, más hermosa que nunca, luciendo un maravilloso vestido adornado con brillantes y esmeraldas.
El mago Ibrahim, que no gustaba de los ejercicios ecuestres, caminaba al otro lado del rey ayudándose con su bastón y sin dejar de observar a la joven y a la lira de plata que conservaba sujeta a la cadena de oro que rodeaba su cuello.
La curiosidad impacientaba a Aben-Habuz. Estaban por llegar y no divisaba las torres del monumental palacio ni los deliciosos jardines prometidos.
-Ya te previne -explicó Abu Ajib- que guarda los mismos hechizos que el del Irán. Nada has de ver hasta pasar por la puerta mágica.
Cuando llegaron al patio amurallado Ibrahim indicó al rey fijara su atención en la llave y la gigantesca mano labrada sobre y a cada uno de los lados de la enorme puerta.
-Estos son -dijo- los símbolos que protegen la entrada al maravilloso retiro. Hasta que esa mano suba y tome la llave no habrá en el mundo quien pueda atentar contra la tranquilidad del dueño de estas montañas.
El asombro que le produjo cosa tan notable distrajo tanto a Aben-Habuz, que ni siquiera notó que el caballo de la princesa pasaba por la puerta hasta llegar al centro del patio. Un grito del mago lo trajo a la realidad.
-¡Ah!, rey de Granada -dijo alborozado-, he aquí mi recompensa: el primer animal con su carga que atravesara la puerta encantada.
Aben-Habuz aumentó su buen humor. No esperaba por cierto una broma semejante, pero cuando la insistencia del mago le indicó que aquello era cosa seria, el enojo turbó su mente y sosteniendo la barba que se sacudía al son de su ira, exclamó:
-Ibrahim Abu Ajib, no tolero bromas de mal gusto ni torcidas interpretaciones a mi promesa. Ella era de entregarte el primer animal cargado que atravesara esa puerta; toma, pues, la más robusta mula y cárgala con mis mejores joyas, pero no pretendas, ni aun en broma, quedarte con la dueña de mi corazón.
-De sobra sabes -contestó el mago- que desprecio los tesoros. Me basta para poseerlos el Libro de la Excelsa Sabiduría, así que no niegues lo que en buena ley prometiste; entrégame la cautiva como cosa mía.
A todo esto la princesa seguía, con despectiva sonrisa y desde su cabalgadura, la discusión de aquellos dos ancianos sobre la propiedad de su belleza.
Aben-Habuz, después de girar la cabeza como buscando nuevas fuerzas, estalló indignado: -¡Ratón del desierto! ¡Guarda tu saber y rinde respeto a tu señor y a tu rey!
-¡Ja!... ¡ja! -rió irónico Abud Ajib-, no sabía que tus pretensiones llegaban a tanto, iluso muñeco que ordena obediencia a un monarca de la sabiduría. Conténtate, Aben-Habuz, en manejar tu pobre estado y gozar en ese paraíso de locos, mientras yo me divierto a tu costa en mi humilde retiro.
Acompañando sus últimas palabras con un gesto (le desdeñosa superioridad, tomó la brida del caballo que montaba la bella princesa y golpeó con su bastón la superficie del patio. Un suave temblor agitó la montaña, el mago y la cautiva desaparecieron tragados por la tierra, la que volvió a unirse sin dejar la más pequeña señal de lo ocurrido.
Largo tiempo quedó Aben-Habuz sin habla. Pero al fin, consiguió salir de su aturdimiento y, venciendo el dolor de su corazón, dio frenéticas órdenes de que se cavase en el lugar en que se había ocultado el testarudo mago.
Todos los esfuerzos realizados para descubrir su retiro fueron inútiles. Al llegar a cierta profundidad la tierra volvía a unirse tapando los pozos
cavados. La entrada a los aposentos de Ibrahim había desaparecido tras una pared de roca en la que se destrozaban las herramientas que pretendían taladrarla.
La desesperación del rey no tenía límites. A la pérdida de la amada se añadía la ineficacia del aparato construído por Abu Ajib. La figura del moro había girado y su lanza permanecía inmóvil después de señalar el lugar por donde se había hundido el mago.
Para mayor tortura, cuando apenas la calma volvía a su corazón llegaban, al parecer del interior de la montaña, e invadían los aposentos del castillo, melodiosas canciones que acompañaban las dulces notas de la lira de plata.
Un día un pobre pastor pidió ver al rey. Después de mucho insistir fue llevado a su presencia. Buen rato permaneció de rodillas antes de que el mal humor del monarca le otorgara permiso de hablar.
-Perdóname, rey mío -dijo el pastor-, si no te traigo una buena noticia. Hoy, al amanecer, mientras buscaba una cabra extraviada encontré un pasaje que parecía atravesar la montaña. Venciendo mi temor lo seguí hasta llegar, con gran sorpresa, a los aposentos del mago.
-¡Al fin -exclamó frenético el rey- podré acabar con ese miserable!
-Fácil te será -agregó el pastor- porque cuando lo vi, Ibrahim Eben Abu Ajib descansaba sobre un lujoso diván adormecido por una mágica melodía que arrancaba de la lira de plata la princesa hechicera.
El rey, guiado por el pastor y seguido por los cortesanos, corrió a buscar el pasaje descubierto, pero fue inútil, éste había desaparecido.
Ordenó efectuar nuevas excavaciones que resultaron vanas. Los símbolos mágicos representados por la llave y la gigantesca mano protegían poderosamente al señor de aquellas montañas.
Aben-Habuz alcanzó a vivir unos pocos años más, de los cuales no gozó un solo día de la ansiada tranquilidad. El recuerdo de su bella cautiva, las continuas luchas con los príncipes vecinos y las intrigas de la corte, amargaban de sobra su corazón.
El lugar en que Ibrahim dijo o simuló construir el famoso palacio y jardín fue llamado por los habitantes de Granada "La locura del rey" o "El paraíso de los locos".
Allí se construyó muchos años después la Alhambra, y sus guardianes, generalmente inválidos o ancianos, caen repentinamente, ya de día o de noche, en un profundo y dulce sueño. La leyenda dice que eso sucederá hasta que la mano alcance la llave y destruya al genio que mantiene encantada a aquella montaña, guardiana de un poderoso mago hechizado por una hermosa princesa.


Leyenda del príncipe Ahmed Al Kamel

Había una vez en Granada, un rey moro que no tenía más que un hijo llamado Ahmed. La servidumbre del palacio no tardó en llamar al pequeño príncipe Al Kamel o El Perfecto, a causa de las excepcionales cualidades morales y físicas que revelaban sus pocos años.
Los astrólogos, hombres que se dedicaban a observar el estado del cielo, pronosticando de acuerdo con la hora del nacimiento los sucesos que ocurrirían en su vida, no señalaban más que hechos favorables.
Pero estos horóscopos o estudios sobre su destino admitían una sombra, sin decir por ello que le fuera perjudicial. Ésta lo representaba como "un gran amor que lo arrastraría a grandes peligros. La única forma de salvarlo era evitar que se enamorara hasta llegar a la mayoría de edad.
Para prevenir esta contingencia, resolvió el rey, sabiamente, recluir al príncipe en un lugar donde jamás pudiese ver el rostro de una mujer ni llegase a sus oídos la palabra amor. Con este objeto hizo construir un magnífico palacio en la cima de una colina que se eleva detrás de la Alhambra, en medio de jardines deliciosos, pero rodeado de elevadas murallas (palacio conocido en la actualidad con el nombre de "El Generalife". El joven príncipe fue encerrado en este palacio y confiado a la vigilancia y a los cuidados de Eben Bonabben, uno de los filósofos árabes más sabios y austeros.. Había pasado la mayor parte de su vida en Egipto, estudiando los jeroglíficos y examinando las tumbas y las pirámides, y encontraba más encanto en una momia egipcia que en la más seductora de las bellezas vivas. El sabio recibió la orden de instruir al príncipe en toda clase de ciencias, con excepción de una sola cosa: debía ignorar por completo lo que era el amor.
-Emplead, con este objeto todas las precauciones que creáis convenientes -dijo el rey- pero acordaos, Eben Bonabben, que si mi hijo aprende algo de esa ciencia prohibida, vuestra cabeza responderá por vuestra negligencia.
Una grave sonrisa apareció en la apergaminada cara de Eben Bonabben.
-Vuestra Majestad puede estar tranquilo con respecto a su hijo, como yo lo estoy con respecto a mi cabeza. ¿Soy el hombre capaz de dar lecciones de esa funesta pasión?
Encerrado en el palacio y jardines creció el príncipe bajo los atentos cuidados del filósofo. Era servido por esclavos negros; mudos, ignorantes del amor, o, al menos, privados de la palabra para poderlo explicar. Su educación intelectual fue el objeto particular de los cuidados de Eben Bonabben, que se esforzaba en iniciarlo en las ciencias ocultas del Egipto. Pero el príncipe hizo pocos progresos, demostrando bien pronto que no era dado a la filosofía, ciencia que estudia las propiedades y efectos de las cosas naturales.
Sin embargo, mostrábase asombrosamente dócil, siguiendo los consejos que le daban. Escuchaba con paciencia, reprimiendo su fastidio, las sabias y pesadas explicaciones de Eben Bonabben, del cual recibió las nociones de todas las ciencias, y de esta forma cumplió dichosamente sus veinte años, dotado de un saber prodigioso, pero totalmente ignorante de las cosas del amor.
Pero llegado este tiempo se efectuó un cambio completo en la conducta del príncipe. Abandonó por entero sus estudios y se dedicó a asear por los jardines y a meditar al lado de las fuentes. Entre sus conocimientos se le había enseñado un poco de música, y ella absorbía ahora una gran parte del tiempo, y a la vez se iba desarrollando en él el gusto de la poesía. El sabio Eben Bonabben se alarmó y trató de combatir estas dulces inclinaciones explicándole un severo curso de álgebra, pero el príncipe se apartó de este estudio con horror:
"¡No puedo sufrir el álgebra! -dijo-, ¡la aborrezco! ¡Necesito alguna cosa que hable más al corazón!"
El sabio Eben Bonabben movió la cabeza al oír estas palabras.
"Se acabó la filosofía -pensó-, el príncipe ha descubierto que tiene un corazón". Desde entonces ejerció sobre su discípulo una inquieta vigilancia y dióse cuenta de que la ternura de su naturaleza estaba en efervescencia, y que sólo necesitaba un objeto. Vagaba por los jardines del Generalife; lleno de una dulce embriaguez, cuya causa desconocía; otras veces se sumía en deliciosos sueños; o tomaba su laúd sacándole los sones más conmovedores y en seguida lo arrojaba, deshaciéndose en suspiros y quejas.
Pronto esa predisposición al amor se manifestó aun con los objetos inanimados; prodigaba tiernos cuidados a las flores que cultivaba; después hizo objeto de sus predilecciones a ciertos árboles y entre ellos uno en particular, de forma graciosa y delicado ramaje, al que rendía un culto apasionado; grabó su nombre en la corteza, adornó sus ramas con guirnaldas y cantaba dulces melodías en honor suyo, acompañándose de su laúd.
El sabio Eben Bonabben se alarmó de la exaltación de su discípulo, a quien veía aprender lo que se le ocultaba, pues la menor alusión podía ser suficiente para revelarle el secreto fatal. Temblando por la salvación del príncipe y por su propia cabeza, se apresuró a arrancarle de las seducciones del jardín y lo encerró en la torre más alta del Generalife. Esta torre contenía soberbios departamentos y gozábase desde ella una hermosa vista, pero se elevaba muy por encima de la atmósfera de perfumes y de los bosquecillos encantadores, tan peligrosos para la vivísima sensibilidad de Ahmed.
¿Pero qué hacer para hacerle aceptable esta violencia y para alegrar en algo las largas horas de fastidio? Había agotado ya toda clase de conocimientos agradables y, en cuanto al álgebra, no era posible ni hablarle de ella. Por fortuna, Eben Bonabben, durante su estancia en Egipto, había aprendido el lenguaje de los pájaros, que le enseñó un rabino judío, en cuya familia este conocimiento se trasmitía de padres a hijos, desde el gran Salomón, a quien se lo había enseñado la reina de Saba. A la primera palabra que le dirigió al príncipe sobre esta cuestión, sus ojos brillaron de placer, y se aplicó con tal ardor al estudio 'de esta ciencia, que al poco tiempo era aún mas sabio en ella que su maestro.
La torre del Generalife dejó de ser un sitio solitario, pues encontró compañeros con los que poder conversar.
La primera amistad que hizo fue la de un cuervo que había construído el nido en una grieta en lo alto de las murallas, desde donde lanzábase al espacio en busca de su presa. Pero el príncipe le encontró poco digno de amistad y estima, pues no era más que un pirata del aire, necio y fanfarrón, que no hablaba más que de rapiña, valentía y acciones feroces.
Trabó después conocimiento con un búho, pájaro de aspecto importante y grave, enorme cabeza y ojos redondos, que pasaba todo el día dormitando en un agujero del muro y lanzábase a merodear por la noche. Mostraba grandes pretensiones de sabiduría, hablaba de astrología y conocía algo de magia, pero era terriblemente dado a la metafísica y el príncipe encontró sus discursos todavía más pesados y fastidiosos que los del sabio Eben Bonabben.
Hizo después amistad con un murciélago que permanecía todo el día colgado por las patas en un oscuro rincón de la bóveda y sólo salía, furtivamente, cuando llegaba el crepúsculo. No tenía de las cosas más que conocimientos borrosos e incompletos y se mofaba de todo lo que ignoraba o apenas conocía, pareciendo no encontrar placer en nada.
Después de estos tres pájaros, fue de una golondrina de quien el príncipe se prendó al poco tiempo. Era sumamente habladora, pero inquieta, revoltosa, siempre en el aire, incapaz de seguir mucho tiempo una conversación. Al fin se convenció de que era una charlatana que se contentaba con revolotear por la superficie de las cosas sin profundizar en nada y que, con sus pretensiones de saberlo todo, no conocía nada a fondo.
Tales eran los únicos plumíferos compañeros con quienes el príncipe tuvo ocasión de ejercitarse en el lenguaje que acababa de aprender; la torre era demasiado elevada para que otros pájaros pudieran frecuentarla. Se cansó bien pronto de sus nuevas amistades, cuyas conversaciones decían tan poco al espíritu y nada al corazón, y poco a poco fue cayendo otra vez en su aburrimiento. Pasó el invierno y reapareció la primavera con sus flores, sus verdores, sus brisas perfumadas y volvió para los pájaros el tiempo dichoso de amarse y construir sus nidos. fue una explosión casi repentina de conciertos y melodías en los bosques y jardines del Generalife, que llegaban a los oídos del príncipe, encerrado en su torre solitaria. Por todas partes se oía un solo tema invariable: "¡Amor!, ¡amor!, ¡amor!", cantado en los aires y repetido por todas las voces y en todos los tonos: El príncipe, perplejo, escuchaba en silencio:
"¿Qué es este amor -preguntábase- del cual parece estar lleno el universo y que yo no conozco?"
Entonces interrogó a su amigo el cuervo, pero el impetuoso pájaro le respondió con desdén:
"Dirigíos a la turba de pacíficos pájaros de la tierra que han nacido para servirnos de presa a los príncipes del aire. Mi ocupación es la guerra, y mis placeres los combates. En una palabra: yo soy un guerrero y no sé nada de esa cosa que llaman amor".
El príncipe separóse de él con disgusto y fue a buscar al búho a su retiro. "Esta es un ave de costumbres pacíficas -se dijo- y podrá resolverme el enigma." Y pidió al búho que le dijera qué era ese amor que todos los pájaros cantaban allá abajo, en el bosque.
El búho tomó un aire de dignidad ofendida y contestó:
"Mis noches se consumen en el estudio y mis días en reflexionar en mi celda sobre lo que he aprendido. En cuanto a esos pájaros de que me habláis no los oigo nunca; los desprecio, a ellos y al objeto de sus canciones. ¡Gracias a Alá, no sé cantar! ¡Soy un filósofo y no sé nada de eso que llaman amor!"
Entonces el príncipe hizo a su amigo el murciélago, que seguía pendiente de las patas, la misma pregunta. El murciélago, frunciendo el hocico, tomó un aire ceñudo:
"No vale la pena -dijo agriamente- venir a turbar mi sueño matinal para hacerme una pregunta tan frívola. Yo no salgo hasta que oscurece, cuando duermen todos los pájaros, y no me ocupo jamás de sus negocios. Yo no soy ni cuadrúpedo ni pájaro, gracias al cielo. Conozco la perfidia de todo el mundo y los aborrezco a todos en general y a cada uno en particular. En una palabra: soy misántropo y no sé nada de lo que llaman amor".
El príncipe fue entonces a ver a la golondrina, a quien detuvo cuando pasaba volando alrededor de la torre. La golondrina, como de costumbre, tenia mucha prisa y apenas tuvo tiempo de responderle.
"A fe mía -dijo-, tengo tantos asuntos, tantas ocupaciones, que no he tenido nunca tiempo de pensar en ello. Todos los días debo hacer mil visitas, tengo mil negocios de importancia que examinar, y no me queda un momento libre para ocuparme de esas tonterías. En una palabra: soy una ciudadana del mundo y no sé una palabra de eso que llaman amor." Y diciendo esto voló sobre el valle y se perdió de vista en un momento.
Quedóse el príncipe contrariado y perplejo, pero la misma dificultad de satisfacerla, estimulaba aún su curiosidad. Hallándose de este humor, entró en la torre su viejo guardián; el príncipe dirigióse vivamente a su encuentro:
-¡Oh, sabio Eben Bonabben! -exclamó-, tú me has enseñado casi toda la sabiduría de la tierra, queda una cosa que ignoro por completo y en la que quisiera ser instruído.
-El príncipe no tiene más que preguntar: todo lo que encierra la limitada inteligencia de su servidor está a ,su disposición.
-Dime, pues, ¡oh profundísimo sabio!, ¿qué es esa cosa que llaman amor?
El sabio Eben Bonabben se quedó como herido por un rayo. Empezó a temblar y cambió de color, sintiendo que su cabeza vacilaba ya sobre sus hombros.
-¿Qué ha podido sugerir a mi príncipe semejante pregunta? ¿Dónde puede haber aprendido esa vana palabra?
El príncipe le condujo a la ventana de la torre.
-¡Escuchad, oh Eben Bonabben! -dijo.
El sabio escuchó. El ruiseñor, posado en el ramaje debajo de la torre, cantaba a su bienamada la rosa; de todas las ramas floridas y de los espesos matorrales se elevaba un concierto; y el amor, el amor, el amor, era el tema invariable.
-¡Allah Akbarl ¡Dios es grande! -exclamó el sabio Bonabben-, ¿quién puede pretender ocultar ese misterio al corazón del hombre cuando hasta los mismos pájaros conspiran a revelarlo?
Y volviéndose hacia Ahmed, le dijo:
-¡Oh príncipe mío!, cierra tus oídos a estos cantos seductores e impide que llegue a tu inteligencia esta peligrosa ciencia. Sabe que el amor es la causa de la mitad de los males que sufren los desdichados mortales. El es el que enciende el odio y la discordia entre los amigos y los hermanos, el que causa las sangrientas traiciones y el estrago de la guerra. Las inquietudes y las penas, los días sin alegrías y las noches de insomnio, forman su cortejo. Marchita la flor y destruye los placeres de la juventud y lleva consigo los males y las tristezas de una vejez prematura. ¡Alá te conserve, oh príncipe mío, en una completa ignorancia de lo que es amor!
Retiróse, el sabio Eben Bonabben dejando al príncipe en mayor perplejidad. En vano intentó alejar de su espíritu esta preocupación; no por eso dejó de ser menos señora de sus pensamientos, forzándolo a consumirse en vanas conjeturas. "Con toda seguridad -decíase a sí mismo escuchando los cantos melodiosos de los pájaros- que estos acentos no son los del dolor, sino que expresan, por el contrario, la ternura y la alegría. Si el amor es una cosa tan grande de desgracia y de discordia, ¿por qué estos pájaros no languidecen en la soledad y por qué no se les ve despedazarse en lugar de revolotear alegremente entre los árboles o juguetear reunidos entre las flores?"
Reposaba una mañana sobre su lecho, meditando en este enigma. La ventana de su cuarto, abierta de par en par, dejaba entrar la suave brisa que venía del valle del Darro, saturada del perfume de los naranjos en flor; oíanse débilmente los trinos del ruiseñor, que cantaba siempre su eterna canción. Cuando el príncipe escuchaba suspirando, oyó de pronto en el aire un ruido de alas: un bello palomo, perseguido por un gavilán, refugióse en la habitación y cayó jadeante al suelo, mientras que su perseguidor, escapada la presa, emprendió otra vez su vuelo hacia las montañas.
El príncipe recogió al ave fatigada, que respiraba agitadamente, y después de haberla calmado con sus caricias, la metió en una jaula de oro y le dio con su propia mano el trigo más blanco y el agua más pura. Pero el ave rehusó todo alimento y permaneció triste y abatida, exhalando dolorosos gemidos.
-¿Por qué te quejas? -le dijo Ahmed-, ¿no tienes todo lo que tu corazón puede desear?
-¡Ay, no! -respondió el palomo-. !Me veo separado de la compañera de mi corazón y en la dichosa época de la primavera, la del amor!
-¡Del amor! -exclamó Ahmed-. Te ruego, hermosa ave, que me digas lo que es el amor.
-Muy bien puedo hacerlo, príncipe. El amor es el tormento de uno solo, la felicidad de dos y la discordia y la enemistad de tres; es un encanto que aproxima, atrayéndoles, a dos seres y los une con lazos de una dulce simpatía, que los hace felices cuando están juntos y desgraciados cuando se separan. ¿No existe acaso ninguna criatura a quien estéis ligado con los nudos de este tierno afecto?
-Amo a mi viejo maestro Eben Bonabben más que a ninguna otra persona; con frecuencia me resulta fastidioso y algunas veces me siento más feliz sin su presencia.
-No es de esta clase de simpatía de la que hablo. Me refiero al amor, al gran misterio y el principio de la vida, la alegría embriagadora de la juventud, el sabio placer de la edad madura. Mira a tu alrededor, príncipe, y verás cómo la naturaleza, en esta bendita estación, está toda llena de amor. Cada criatura tiene su compañera; el pajarillo más insignificante canta a su amada; hasta el mismo insecto, en el polvo, corteja a su dama, y esas mariposas que veis revolotear alrededor de la torre y jugando en el aire, son felices con sus amores. ¡Ay, príncipe! ¿Has malgastado tantos preciosos días de tu juventud sin saber nada del amor? ¿No hay ninguna persona del otro sexo, alguna bella princesa o gentil damita que haya cautivado tu corazón y hecho nacer en tu pecho un dulce conjunto de penas agradables y tiernos deseos?
-Empiezo a comprender -dijo el príncipe, con un suspiro-; he sentido más de una vez esa inquietud pero sin conocer la causa.; pero, ¿dónde encontrar en esta soledad un objeto como el que describes?
Después de algún rato más de conversación, la iniciación del príncipe en la nueva ciencia fue completa.
-¡Ay! -dijo-. Si verdaderamente el amor es tal delicia y su privación hace tan desgraciado, ¡Alá me libre de turbar la alegría de los que aman!
Y abriendo la jaula, sacó al palomo y lo puso en la ventana, diciéndole:
-Vete, ave feliz; ve a gozar con la compañera de tu corazón estos días primaverales de tu juventud. ¿Por qué te he de tener prisionero como yo, en esta horrorosa torre donde el amor no puede entrar jamás?
El palomo, transportado de júbilo, batió sus alas, describió un círculo en el espacio y después voló rápidamente hacia las floridas alamedas del Darro.
El príncipe siguióle con la vista y se abandonó después a amargas reflexiones. El canto de los pájaros, que poco antes le deleitaba, hacía ahora mayor su amargura.
"¡Amor! ¡amor!, ¡amor!" ¡Ay, pobre joven! Ahora comprendía el significado de sus cantos.
Cuando volvió a ver al sabio Bonabben, sus ojos chispeaban de coraje.
-¿Por qué -le dijo- me habéis tenido en esta abyecta ignorancia? ¿Por qué el haberme ocultado el gran misterio y el principio de la vida, que conoce hasta el más vil insecto? Ved cómo toda la naturaleza está disfrutando de él y cada criatura se regocija con su compañera. Este, éste es el amor que yo quiero conocer. ¿Por qué he de ser yo sólo el que no goce de él? ¿Por qué he perdido tantos años de mi juventud sin conocer sus delicias?
El sabio Bonabben comprendió que toda reserva había de resultar inútil, pues el príncipe conocía ya la ciencia peligrosa y prohibida. Así es como le in- formó de las predicciones hechas por los astrólogos y las precauciones que se habían tomado en su educación para librarlo de los males que le amenazaban.
-Y ahora, príncipe -agregó-, mi vida está en tus manos. Si el rey, tu padre, descubre que durante el tiempo que has estado confiado a mis cuidados has sabido lo que es el amor, pagaré con mi cabeza.
El príncipe se mostró más razonable que la mayor parte de los jóvenes de su edad y se rindió a las reflexiones de su maestro sin oponer nada contra ellas. Además, sentía un verdadero cariño por el sabio Bonabben, y no habiendo sido instruido en el amor más que teóricamente, consintió en tener oculta en su pecho la ciencia que había aprendido, antes de poner en peligro la cabeza del filósofo.
Pero su discreción tuvo que pasar por una prueba mayor. Algunos días después, cuando meditaba acodado en las almenas de la torre, el palomo a quien había dado libertad apareció cerniéndose en el aire y vino a posarse sin temor sobre sus hombros.
El príncipe lo estrechó tiernamente sobre su corazón y le dijo:
-Ave feliz, tú que puedes volar, por decirlo así, sobre las alas de la aurora hasta las extremidades del mundo, ¿dónde has estado desde nuestra separación?
-En una tierra lejana, príncipe, de donde te traigo buenas noticias en premio de mi libertad. Durante mi caprichoso viaje a través de llanuras y montañas, divisé debajo de mí un jardín delicioso, lleno de frutas y flores de todas clases. Estaba situado en una verde pradera, a la orilla de un río caudaloso, y en el medio del jardín se elevaba un magnífico palacio. Descendí sobre un árbol para reposar de mi viaje y vi sobre la verde orilla una bellísima princesa. Estaba rodeada de sus doncellas, tan jóvenes como ella, que la adornaban con guirnaldas y coronas de flores, pero ninguna flor del campo ni del jardín podía compararse con su belleza. Allí transcurría su vida separada del mundo, pues el jardín estaba rodeado de altas murallas y ningún mortal podía entrar en él. Al ver esta jovencita tan tierna, tan inocente, tan pura, tan alejada de todo contacto con el mundo, pensé: "He aquí el ser criado por el cielo para inspirar amor a mi príncipe".
Al oír este relato, el corazón de Ahmed se inflamó; toda la hermosura latente de su naturaleza había encontrado de pronto un objeto en que manifestarse y concibió por la princesa una vehemente pasión. Escribió una carta, redactada en los más apasionados términos, que respiraba el más ardiente amor, pero al mismo tiempo quejándose de la desgraciada esclavitud de su persona, que le impedía ir a buscarla para arrojarse a sus plantas. Agregaba algunas poesías de una elocuencia tierna y conmovedora, pues, sobre ser naturalmente poeta, estaba inspirado por el amor. Después escribió la dirección en esta forma:
"A la bella desconocida, de parte del príncipe cautivo, Ahmed", y perfumándola con almizcle y esencia de rosa, la entregó al palomo.
-¡Ve, fiel mensajero! -le dijo-, atraviesa montañas, valles, ríos y llanuras; no te detengas en los árboles ni te poses en la tierra, hasta que no hayas entregado esta carta a la dueña de mi corazón.
El palomo se elevó en el espacio, y tomando vuelo partió rápidamente en línea recta. El príncipe le siguió con la vista hasta que no fue más que un punto en el cielo y desapareció por último tras una montaña.
Largo tiempo esperó la vuelta del mensajero y comenzaba a tacharlo de olvidadizo, cuando una tarde, a la puesta del sol, el palomo entró en su habitación, y, cayendo a sus pies, expiró. Algún arquero, cazando, le había atravesado el pecho con una flecha, pero el pájaro fiel había empleado el resto de vida que le quedaba en cumplir su misión. Inclinóse el príncipe con dolor sobre este gentil mártir de la fidelidad y vio que llevaba un collar de perlas del que estaba pendiente, y bajo un ala, una miniatura de esmalte que representaba a una encantadora princesa en la flor de la juventud. Sin duda alguna, era la bella desconocida del jardín; pero, ¿cuál era su nombre? ¿Dónde vivía? ¿Cómo había recibido su carta? ¿Había enviado ella este retrato para indicarle que aprobaba su pasión? Desgraciadamente, la muerte del fiel palomo dejaba todas estas cosas envueltas en la bruma de la duda y el misterio.
El príncipe miraba, embebido, el retrato, hasta que sus ojos se bañaron en lágrimas; lo besaba, estrechándolo contra su corazón, y permanecía horas enteras contemplándolo con desesperada ternura.
"¡Bella imagen! -decía-. No eres, ¡ay!, más que una imagen; sin embargo, tus preciosos ojos me miran tiernamente; esos labios de rosa parecen querer hablar para infundirme valor. ¡Vana ilusión! ¿No han mirado del mismo modo a algún rival más afortunado? ¿En qué lugar de este vasto mundo puedo esperar descubrir el modelo? ¿Quién sabe qué montañas, qué reinos nos separan, qué contratiempos pueden sobrevenir? Puede ser que en este instante, en este mismo instante, se halle rodeada de amantes mientras yo permanezco aquí, prisionero en una torre, consumiendo el tiempo en la adoración de una vana pintura." Y el príncipe Ahmed tomó una resolución. "Voy -se dijo- a huir de este palacio, que es para mí una odiosa, prisión, y, peregrino de amor, recorreré el mundo entero en busca de esa princesa desconocida."
Escaparse durante el día, cuando todo el mundo estaba despierto, era cosa muy difícil; pero por la noche el palacio apenas estaba guardado, pues nadie esperaba una tentativa de esa clase, de parte del príncipe, que siempre había parecido resignarse con su cautividad. Pero, ¿quién le guiaría en su huida en la oscuridad, no conociendo el país? Entonces se acordó del búho, que, acostumbrado a volar de noche, debería conocer todos los callejones y pasos ocultos. Habiendo ido, pues, a buscarle a su celda, le interrogó sobre su conocimiento del país. El búho, revistiéndose de un aire de importancia, le contestó:
-Has de saber, ¡oh príncipe!, que nosotros los búhos somos de una familia muy antigua y numerosa, que aunque hayamos caído algo en decadencia, poseemos castillos y palacios en ruinas en todas partes de España. No hay torre en las montañas, fortaleza en las llanuras, ni ciudadela en las poblaciones, donde no habite alguno de nuestros hermanos, tíos o primos. Y durante los viajes que he hecho para visitar a mi numerosa parentela, he explorado los rincones y escondrijos y estoy perfectamente instruido de los sitios secretos del país.
El príncipe, loco de contento de encontrar al búho tan profundamente versado en topografía, le informó entonces, en confianza, de su tierna pasión y de la evasión -que proyectaba, rogándole que le acompañase y fuese su consejero.
-¿Qué me propones? -le contestó el búho con aire de dignidad ofendida-; ¿soy yo ave para intervenir en asuntos de amores; yo, que he empleado mi vida en la meditación y el estudio de los astros?
-No te ofendas, severo búho- replicó el príncipe-; deja por algún tiempo tus meditaciones y la luna y ayúdame en mi huida; te prometo que recibirás cuanto pueda desear tu corazón.
-Yo poseo ya cuanto puedo desear -contestó el búho-; algunos ratones bastan para mi frugal sustento y este agujero del muro es suficientemente espacioso para mis estudios; ¿qué más puede desear un filósofo como yo?
-Acuérdate, ¡oh sabio búho!, de que mientras estás en la soledad de tu celda contemplando la luna, tu talento se pierde para el mundo. Algún día seré príncipe soberano, y entonces podré cubrirte de honores y dignidades.
El búho, aunque filósofo, y muy por encima de las necesidades ordinarias de la vida, no estaba libre de ambición y decidióse finalmente a partir con el príncipe para servirle de guía y consejero durante su peregrinación.
Un enamorado ejecuta pronto sus deseos. El príncipe reunió todas sus alhajas y las ocultó en sus vestidos para los gastos del viaje, y aquella misma noche descolgóse al jardín por medio de su faja, escaló las murallas del Generalife y, guiado por el búho, salvó felizmente la montaña antes de que amaneciera.
Entonces deliberó con su guía acerca del camino que debían seguir.
-Si me es permitido darte un consejo -dijo el búho-, te recomendaría que fueses a Sevilla. Has de saber que, hace muchos años, fui a visitar allí a uno de mis tíos, búho de gran dignidad y poderío, que habitaba en un ala arruinada del Alcázar- Durante mis paseos nocturnos por la ciudad, observé con frecuencia una luz que brillaba en una torre solitaria. Al fin descendí a posarme sobre la tronera y vi que la claridad provenía de la lámpara de un mago árabe que se hallaba rodeado de sus libros de magia y sobre su hombro sostenía un viejo cuervo, venido con él de Egipto. Conozco a este cuervo y le debo la mayor parte de los conocimientos que poseo. Murió después el mago; pero el cuervo continúa habitando la torre, pues estos pájaros llegan a hacerse prodigiosamente viejos. Me atrevería a aconsejarte, ¡oh príncipe!, que fuésemos a buscar al cuervo, pues es adivino y hechicero y muy versado en la magia, arte en que son renombrados todos los cuervos, especialmente los de Egipto.
Quedó el príncipe maravillado de la sabiduría de este consejo, y tomó por lo tanto el camino de Sevilla. No viajaba más que de noche, para complacer a su compañero, y reposaba durante el día en alguna sombría caverna o buscaba una torre desmantelada, pues el búho conocía todos los escondrijos de esta clase y tenía una verdadera pasión por la arqueología, ciencia que estudia los monumentos antiguos.
Al fin llegaron a Sevilla una mañana al despuntar el alba. El búho, que aborrecía la claridad del día y la animación de las calles, se detuvo fuera de las puertas de la ciudad, alojándose en la cavidad de un árbol.
El príncipe franqueó la puerta y encontró sin trabajo la torre mágica que se eleva por encima de las casas de la ciudad, como una palmera se alza por encima de los arbustos del desierto. Era la misma que existe aún, conocida con el nombre de Giralda, la famosa torre construida en Sevilla por los moros.
El príncipe subió por una larga escalera de caracol hasta lo alto, donde encontró al cuervo adivino, misterioso pájaro, viejo, calvo, desplumado y con una nube en un ojo, que le daba el aire de un espectro. Estaba sostenido sólo sobre una pata, la cabeza inclinada a un lado, mirando con su único ojo una misteriosa figura trazada en el suelo.
El príncipe se acercó con todo el respeto y la deferencia que inspiraban su exterior venerable y su genio sobrenatural.
-Perdóname, ¡oh ancianísimo cuervo y sapientísimo mago! -le dijo-, si interrumpo por un momento los estudios que son la admiración del mundo. Tienes delante de ti a un peregrino de amor que desea consultarte para saber cómo podrá obtener la posesión del objeto de sus desvelos.
-En otros términos -dijo el cuervo con aire entendido-: vienes a poner a prueba mi habilidad en el arte de la quiromancia. Aproxímate, dame tus manos y déjame descifrar las misteriosas líneas del destino.
-Dispénsame -dijo el príncipe-, no vengo para escrutar los secretos del destino, que Alá oculta a los ojos de los mortales. Soy un peregrino de amor y quiero simplemente encontrar un hilo que me conduzca hasta el objeto de mi peregrinación.
-¿Y es posible que no encontréis el objeto de vuestra pasión en la amorosa Andalucía? -dijo el viejo cuervo, fijando en él su único ojo-. ¿Y sobre todo en la gallarda Sevilla, donde las gentiles bellezas de ojos negros bailan alegres zambras a la sombra de los naranjos?
El príncipe enrojeció, algo contrariado al oír hablar tan cínicamente a un pájaro tan viejo, que tenía ya un pie en el sepulcro.
-Créeme -le dijo en tono grave-, no me he puesto en camino para tener tan poca constancia como supones. Las bellas andaluzas de ojos negros que danzan bajo los naranjos del Guadalquivir no tienen para mí ningún interés. Yo voy en busca de una purísima beldad desconocida, que es el original de este retrato. Te suplico, pues, poderoso cuervo, suponiendo qué no esté fuera del alcance de tu ciencia o del límite de tu poder, que me digas dónde podré encontrarla.
El viejo cuervo de cabeza calva sintióse avergonzado de la severa gravedad del príncipe y respondió secamente:
-¿Qué sé yo de la juventud y de la belleza? Yo no visito más que a las personas viejas y marchitas, no las que tienen juventud y belleza. Yo soy el adivinador del destino que lanza sus presagios desde lo alto de la chimenea y bate sus alas en la ventana del moribundo. Dirigíos, pues, a otros para tener noticias de vuestra desconocida beldad.
-¿Y a quién he de dirigirme si no es a los hijos de la sabiduría, versados en los secretos del Libro
del Destino? Yo soy príncipe real, sometido a la influencia de los astros y empeñado 'en una misteriosa empresa de la que puede depender la suerte de los imperios.
Al oír que se trataba de un negocio de importancia en el que influían los astros, cambió el cuervo de tono y de actitud, y escuchó la historia del príncipe con profunda atención. Cuando hubo acabado, le dijo:
-En lo que respecta a la princesa, no puedo darte noticias por mí mismo, pues yo no frecuento los jardines ni las mansiones de las damas, pero vete sin tardanza a Córdoba y busca la palmera de Abderramán el Grande, que se eleva en el patio de la Mezquita principal: al pie del árbol encontrarás un gran viajero que ha visitado todos los países y todas las cortes y ha sido favorito de reinas y princesas. Él te dará noticias del objeto de tus pesquisas.
-Mil gracias por tus preciosas indicaciones -le dijo respetuosamente el príncipe-. Adiós, venerable cuervo.
-Adiós, peregrino de amor -le contestó secamente el cuervo.
Y de nuevo tornó a meditar sobre el diagrama. El príncipe salió de Sevilla, reunióse con su compañero de viaje, el búho, que aun dormitaba en el hueco del árbol, y se pusieron en camino para Córdoba.
Llegaron allí después de atravesar los jardines suspendidos, los bosques de naranjos y limoneros que dominan el encantador valle del Guadalquivir y al
llegar a las puertas de la ciudad, el búho fuése a habitar a un oscuro agujero de la muralla, y el príncipe Ahmed partió en busca de la palmera plantada en tiempos lejanos por el gran Abderramán. Elevándose en medio del gran patio de la Mezquita, destacábase como una torre por encima de los naranjos y de los cipreses. Algunos derviches y faquires hallábanse sentados en grupos en las galerías del patio, y numerosos fieles hacían sus abluciones en las fuentes, antes de entrar en la Mezquita.
Al pie del árbol, mucha gente reunida escuchaba los discursos de un personaje que parecía hablar con gran animación. "He aquí, sin duda alguna -se dijo el príncipe Ahmed-, el gran viajero queme ha de dar noticias de la desconocida princesa". Y se mezcló con la muchedumbre, pero quedóse enormemente admirado al ver que a quien escuchaban era a un papagayo que, con su plumaje de brillante verde, su mirar impertinente y su presumido penacho, tenía el aspecto de un pájaro orgulloso de sí mismo.
-¿Es posible -preguntó el príncipe a uno de los que escuchaban- que tantas personas serias disfruten con la charla de ese pájaro parlanchín?
-No sabéis de quién estáis hablando -le respondió el otro-; este papagayo desciende de aquel famoso papagayo de Persia, renombrado por su talento de cuentista. Lleva toda la ciencia de Oriente en la punta de su lengua y sabe de memoria a todos los poetas. Ha visitado algunas cortes extranjeras en las que ha sido considerado como un oráculo de
erudición. Por todo esto ha sido el favorito del bello sexo, que admira a los sabios A papagayos que recitan poesías.
-Muy bien -dijo el príncipe-, voy a pedirle una entrevista particular a este distinguido viajero. Obtuvo del pájaro la entrevista pedida y le explicó su asunto. A la primera palabra que dijo, el papagayo fue presa de un acceso de risa, tan prolongado, que le hizo venir las lágrimas a los ojos. -Perdóname esta alegría -le dijo-; sólo nombrar el amor me hace reír a carcajadas.
El príncipe se escandalizó de esta alegría intempestiva y le dijo:
-¿Acaso no es el amor el gran misterio de la naturaleza, el principio secreto de la vida, el vínculo de la simpatía universal?
-¡Paparruchadas! -exclamó el papagayo interrumpiéndole-. ¿Dónde has aprendido, dime, esa jerga sentimental? Créeme: el amor ha pasado ya de moda y no se oye hablar de él ni entre los espíritus refinados ni entre la gente distinguida.
El príncipe suspiró acordándose del lenguaje tan diferente que empleaba su amigo el palomo. "Como este pájaro ha vivido en la corte -se decía- quiere echárselas de espíritu superior y delicado gentilhombre, aparentando no saber nada del amor". No queriendo, pues, exponer de nuevo al ridículo el sentimiento que llenaba su corazón, fue directamente al objeto de su visita.
-Dime, maravilloso papagayo, tú que has sido en todas partes admitido, y conoces todas las mansiones, ¿recuerdas haber visto el original de este retrato? El papagayo `tomó con una de sus patas el medallón y moviendo la cabeza de un lado a otro, lo examinó atentamente y exclamó:
-Palabra de honor que es una cara preciosa; pero ve uno tantas caras bonitas, que difícilmente. . ., pero espera. . ., mirándola despacio. . ., no cabe duda: ¡ésta es la princesa Aldegunda! ¿Cómo he podido olvidar a una de mis mejores amigas?
-¡La princesa Aldegunda! -repitió el príncipe-, ¿y dónde podré encontrarla?
-Poco a poco, poco a poco -contestó el papagayo-. Es más fácil encontrarla que poderla obtener. Es hija única del rey cristiano de Toledo y se halla encerrada lejos del mundo hasta que cumpla los diecisiete años, a causa de una predicción de esos astrólogos intrigantes. No podrás verla, pues ningún mortal ha podido conseguirlo. Yo fui llevado a su presencia para distraerla y te juro, a fe de papagayo que ha visto el mundo, que no he hablado en mi vida con princesa más discreta.
-Una palabra, en confianza, mi querido papagayo -dijo el príncipe-: yo soy el heredero de un reino y algún día me sentaré en el trono. Veo que sois un pájaro con talento y que conoce el mundo: ayudadme a obtener la posesión de esta princesa y os elevaré, en mi corte, a una posición distinguida.
-Con todo mi corazón -dijo el papagayo-; pero desearía, si fuera posible, que fuese una renta fija, pues nosotros, espíritus elevados, sentimos una gran repugnancia por el trabajo.
Pronto se cerró el trato; el príncipe Ahmed salió de Córdoba por la misma puerta que había entrado, llamó al búho, que descendió del agujero del muro, le presentó a su nuevo compañero como un sabio colega y prosiguieron, reunidos, su viaje.
Iban demasiado despacio para la impaciencia del príncipe, pero el papagayo estaba acostumbrado a la buena vida, y no le gustaba levantarse temprano. Por otra parte, el búho prefería dormir al mediodía y hacía perder mucho tiempo con sus largas siestas. Sus aficciones de arqueóloga eran también causa de retraso, pues quería explorar todas las ruinas, contando largas leyendas a propósito de todas las torres derruídas y antiquísimos castillos del país. El príncipe había creído que el papagayo y el búho, siendo los dos sapientísimos pájaros, se harían fácilmente amigos uno de otro, pero se equivocó por completo. Continuamente estaban en disputa, pues el uno era de espíritu superficial y el otro era filósofo. El papagayo recitaba versos, criticaba las últimas obras y desplegaba toda su elocuencia a propósito de pequeños puntos de erudición; por el contrario, el búho miraba estas cosas como fútiles y sin importancia y no disfrutaba más que con la metafísica. Además, si el papagayo cantaba cancionetas, repetía chistes, hacía gracias a propósito de su grave compañero y reía inmoderadamente de sus propias ocurrencias, todo lo cual era considerado por el búho como graves atentados a su dignidad, tornábase sombrío y de mal humor, refunfuñaba y guardaba silencio todo el día.
El príncipe no prestaba atención a las peleas de sus compañeros, absorto en sus propios pensamientos y en la contemplación de la bella princesa. De esta forma atravesaron los sombríos desfiladeros de Sierra Morena, las áridas mesetas de la Mancha y de Castilla y bordearon las riberas doradas del río Tajo. cuyos mágicos afluentes se extienden por una mitad de España y Portugal. Al fin divisaron una ciudad fortificada, rodeada de torres y murallas, construida en la cima de un roquizo promontorio que bañaban las impetuosas olas del Tajo.
-He aquí la antigua y renombrada ciudad de Toledo -exclamó el búho-, famosa por sus antigüedades. ¡He aquí las cúpulas y torres célebres, revestidas de una legendaria grandeza en las cuales han meditado tantos antepasados míos!
-¡Bah! -dijo el papagayo, cortando de repente su entusiasmo de arqueólogo-. ¿Qué nos importan vuestras antigüedades, vuestras leyendas y vuestros antepasados? Ocupémonos, mejor, de que estamos ante la mansión de la juventud y de la belleza; mirad al fin, ¡oh príncipe!, el lugar en que vive la princesa que desde hace tanto tiempo buscáis.
El príncipe miró en la dirección indicada por el papagayo y vio en una verde pradera, regada por las aguas del Tajo, un palacio magnífico que se elevaba en un delicioso jardín entre frondosos árboles. Era un lugar semejante en todo al que el palomo le había descrito como morada de la princesa pintada en el medallón. Quedóse mirándolo con el corazón palpitante de emoción. "Puede ser que en este momento -pensaba- la bella princesa Aldegunda juegue con sus compañeras en la sombra de aquellas; glorietas, o se pasee con leve paso a lo largo de esas magníficas terrazas, o repose bajo aquellos soberbios techos!" Mirando con más atención, vio que los muros del jardín eran muy altos, lo que hacía imposible su acceso, y que hombres armados patrullaban a su alrededor.
El príncipe volvióse hacia el papagayo, diciéndole:
-¡Oh, tú, la más perfecta de todas las aves que poseen el don de la palabra humana, apresúrate a introducirte en ese jardín; ve a encontrar el ídolo, de mi alma y dile que el príncipe Ahmed, el peregrino del amor, guiado por las estrellas, acaba de llegar, en busca de ella, a las floridas márgenes del Tajo!
El papagayo, orgulloso de su embajada, voló hacia el jardín y franqueó sus altas murallas, y después de haberse cernido un momento sobre los árboles y el césped, descendió a posarse en el balcón de un pabellón situado a la orilla del río. Desde allí pudo ver a la princesa tendida sobre un diván, con los ojos fijos en un papel y las lágrimas corriendo dulcemente por sus pálidas mejillas.
Después de sacudir sus alas, arreglar su verde plumaje y levantar su penacho, el papagayo vino a posarse cerca de ella, con aire galante, diciéndole tiernamente:
-Seca tus lágrimas, encantadora princesa, pues vengo a traer el consuelo y la alegría a tu corazón. Sorprendióse un poco la princesa de oír una voz, pero habiéndose vuelto y no viendo más que a un pajarillo de verde plumaje, que le hacia reverencias, dijo:
-¡Ay! ¿Qué alegría puedes traerme tú, si no eres más que un pájaro?
Disgustóse el papagayo de esta respuesta y le dijo: -A más de una hermosa dama he consolado yo en mi vida; pero dejemos esto: Vengo de embajador de un príncipe real. Sabe que Ahmed, príncipe de Granada, acaba de llegar en tu busca y está acampado en este momento en las floridas márgenes del Tajo.
A estas palabras, los ojos de la bella princesa brillaron con un fulgor más vivo que los diamantes de su diadema.
-¡Ah, gentil papagayo! -exclamó-. Tus noticias son agradables en verdad, pues me hallaba triste y enferma hasta la muerte por la duda en que estaba de la constancia de Ahmed. Apresúrate a volver y dile que las palabras de su carta las tengo grabadas en el corazón y que su poesía ha sido el alimento de mi alma. Dile también que es preciso que se prepare a probarme su amor por medio de las armas; mañana es el decimoséptimo aniversario de mi nacimiento y el rey, mi padre, celebra un gran torneo. Muchos príncipes descenderán a la liza y mi mano será la recompensa del vencedor.
El papagayo reanudó su vuelo, atravesó los jardines y volvió al lugar en que el príncipe esperaba su regreso. El júbilo que sintió el príncipe por haber encontrado el original de su querido retrato y de haberla hallado tierna y fiel, sólo puede ser comprendido por los privilegiados mortales que han tenido la fortuna de realizar su sueño, cambiando lo anhelado por la realidad. Pero una cosa turbaba su alegría: el torneo que debía realizarse. Efectivamente, las riberas del Tajo relucían con el brillo de las armas y resonaba el ruido de las trompetas de los diferentes caballeros que, seguidos de sus soberbios cortejos, se encaminaban a Toledo para asistir a la ceremonia. La misma estrella que había presidido los destinos del príncipe había gobernado los de la princesa y hasta sus diecisiete años se la había tenido encerrada lejos del mundo, para preservarla del amor. Pero la fama de sus encantos había ganado, en lugar de perder, con esta reclusión. Multitud de poderosos príncipes se disputaban su mano, y su padre, que era un rey de talento, para evitar crearse enemigos eligiendo a alguno de ellos, los había remitido a la decisión de las armas. Entre los rivales, muchos eran célebres por su fuerza y bravura. ¡Qué situación la del infortunado Ahmed, desprovisto de armas como estaba, e inhábil, además, para los ejercicios de la caballería!
-¡Qué desgraciado príncipe soy -se dijo- por haber sido criado lejos del mundo bajo la vigilancia de un filósofo! ¿De qué me sirven en amor el álgebra y la filosofía? ¡Ay! Eben Bonabben, ¿por qué no me has instruido en el manejo de las armas?
Entonces el búho rompió el silencio, empezando su discurso con una exclamación piadosa, como devoto musulmán que era.
-¡Allah Akbar! -exclamó-. ¡Dios es grande y en sus manos están todos los secretos! Él sólo gobierna los destinos de los príncipes de la tierra. Sabe ¡oh príncipe!, que este país encierra muchos secretos que únicamente poseen los que, como yo, conocen las ciencias ocultas. Sabe que en las montañas vecinas hay una caverna y dentro de ella una mesa de hierro; sobre esa mesa de hierro hay una armadura mágica y a su lado un caballo encantado, todo lo cual se halla allí encerrado desde hace muchas generaciones.
Abrió el príncipe de par en par los ojos, maravillado, y el búho, encrespando sus plumas, a la vez que guiñaba continuó:
-Hace muchos años que acompañé a mi padre por estos lugares en un viaje que hizo para visitar sus dominios y nos alojamos en esa caverna; por eso conozco el secreto. Es tradición en nuestra familia, la cual he oído contar con frecuencia a mi abuelo, cuando yo era pequeño, que esa armadura había pertenecido a un mago árabe que se había refugiado en esa caverna cuando cayó Toledo en poder de los cristianos, luego murió allí y dejó su caballo y sus armas bajo un encanto mágico, que impide que pueda servirse de ellos más que un musulmán y solamente entre el amanecer y el mediodía. El que se sirva de ellos en ese espacio de tiempo, vencerá a todos sus adversarios.
-Está bien -dijo Ahmed-; vamos a esa caverna. Guiado por su fabuloso consejero, el príncipe encontró la caverna en uno de los más salvajes rincones de las escarpadas rocas que se elevan alrededor de Toledo; únicamente el triste ojo de un búho o el de un arqueólogo era capaz de descubrir la entrada.
Una lámpara sepulcral, cuyo aceite no se agotaba nunca, esparcía una melancólica claridad sobre los objetos circundantes. En el centro de la caverna, sobre la mesa de hierro, yacía la armadura; la lanza estaba apoyada en ella y a su lado se encontraba un caballo enjaezado para el combate, pero inmóvil como una estatua. La armadura estaba limpia y brillante, no habiendo perdido nada de su antiguo lustre; el caballo tan en condiciones como si acabase de llegar de pastar, y cuando Ahmed le pasó la mano por el cuello, golpeó el suelo con las patas y dio tal relincho de alegría que retemblaron las paredes de la caverna. Provisto así de armas y caballo, resolvió el príncipe entrar en liza en el próximo torneo.
Llegó por fin el ansiado día; el palenque para el combate se había dispuesto en la Vega, al pie del escarpe que coronan las murallas de Toledo, y estaba rodeado de estrados y galerías, cubiertos de ricos tapices y protegidos del sol por toldos de seda. Todas las bellezas del país se habían dado cita en estas galerías y debajo de ellas encontrábanse empenachados caballeros acompañados de sus pajes y escuderos, y entre ellos hallábanse los príncipes que se disponían a tomar parte en el torneo. Pero todas las bellezas del país se eclipsaron, cuando apareció en el pabellón real la princesa Aldegunda, que por primera vez se ofrecía a la admirada contemplación del mundo. Un murmullo de admiración corrió por la asamblea a la vista de su incomparable belleza, y los príncipes, que se disputaban su mano únicamente confiados en los relatos que se les habían hecho de sus encantos, sintieron acrecer su ardor para el combate.
Pero la princesa mostrábase inquieta; cambiaba frecuentemente de color y dirigía miradas de inquietud y desconfianza sobre el empenachado grupo de caballeros. Disponíanse las trompetas a dar la señal del combate, cuando el heraldo anunció la llegada de un caballero extranjero y Ahmed apareció a caballo en el palenque. Un yelmo de acero, enriquecido con piedras preciosas, sobresalía de su turbante; su coraza estaba damasquinada de oro; su daga y su cimitarra, cuajadas de pedrería, estaban hechas en Fez. Llevaba a la espalda un escudo redondo y en la mano, la lanza encantada. La gualdrapa de su caballo, ricamente bordada, barría la tierra, y el soberbio animal caracoleaba y relinchaba de alegría al verse de nuevo entre el aparato de las armas. El aspecto arrogante y gracioso del príncipe atrajo todas las miradas y cuando fue proclamado su nombre, "El Peregrino de Amor", sintióse el rumor producido por las bellas damas de la galería.
Pero cuando Ahmed se presentó para entrar en la liza, se le cerró el paso: sólo los príncipes -le dijeron- podían ser admitidos al combate. Entonces dio a conocer su nombre y su rango: ¡peor todavía!, era musulmán y no podía tomar parte en un torneo en que era el premio la mano de una princesa cristiana.
Los príncipes rivales le rodearon, altaneros y amenazadores: uno de ellos, de complexión hercúlea, lleno de arrogancia se mofó de su juventud y delicados miembros, e hizo burla de su galante apodo. Montó en cólera el príncipe y desafió a su rival. Tomaron distancia, dieron media vuelta y se acometieron y al primer choque de la lanza mágica, el insolente Hércules fue derribado de la silla. El príncipe hubiera querido detenerse aquí, pero, ¡ah!, tenía que entendérselas con un caballo y armas poseídos del diablo y nada, una vez en movimiento, podía detenerlos. El caballo cargó sobre los más compactos grupos de caballeros; la lanza derribaba cuanto se le ponía delante; el apuesto príncipe se encontró en ruda pelea con todos ellos en medio del palenque, echando por tierra a grandes y pequeños, nobles y villanos, y deplorando interiormente sus involuntarias hazañas. El rey indignóse fuertemente del ultraje hecho a sus súbditos y sus huéspedes y mandó a sus guardias a la refriega, pero fueron desmontados al primer choque. El rey tiró entonces sus vestiduras de corte, embrazó su escudo y su lanza, montó a caballo y avanzó para imponer al extranjero con la presencia de la misma Majestad. ¡Ah!, la majestad no lo pasó mejor que la gente vulgar: el corcel y las armas no distinguían de personas, y Ahmed, con gran desesperación suya, fue lanzado contra el rey, que al momento cayó al suelo con las piernas en alto, mientras la corona rodaba por el polvo.
En ese momento llegó el sol al meridiano, y el encanto mágico terminó de obrar su' poder. El caballo se lanzó a través del llano, franqueó de un salto la barrera, se sumergió en el Tajo, cuya impetuosa corriente atravesó, llevó al príncipe, estupefacto y sin aliento, a la caverna, y volviendo á su sitio junto a la mesa de hierro, quedóse otra vez como una estatua. Apeóse el príncipe, no poco contento de verse al fin pie en tierra y dejó la armadura donde la había encontrado, para que aguardase allí los decretos del destino. Sentóse después en la caverna y se puso a reflexionar en el desesperado estado a que habían llevado sus asuntos aquel caballo y armas diabólicos. ¿Cómo osaría presentarse en Toledo en adelante, después de haber cubierto así de oprobio a sus caballeros y ultrajado a su rey? Además, ¿qué pensaría la princesa de acciones tan violentas y tan poco corteses? Lleno de inquietud mandó a sus alados mensajeros en busca de noticias. El papagayo recorrió todas las plazas públicas y todos los sitios de reunión de la ciudad y bien pronto volvió con un montón de chismes. La consternación era general en Toledo: se habían llevado al palacio a la princesa privada de sentido; el torneo se había terminado en la mayor confusión; todo el mundo se ocupaba de la aparición repentina, las prodigiosas hazañas y, extraña desaparición del caballero musulmán. Decían unos que era un mago, otros que era un demonio que había tomado la forma humana, y otros hablaban de encantados guerreros encerrados, según decía, la tradición, en las cavernas de las montañas y pensaban que éste podría ser uno de ellos, que había salido de su reposo para hacer esta algarada. Pero todos convenían en que ningún mortal ordinario hubiera podido hacer tantos prodigios ni desmontar a tan valientes y apuestos caballeros cristianos.
El búho partió cuando fue de noche, voló de acá para allá sobre la ciudad en sombras y se posó sobre los tejados y las chimeneas. Después dirigió su vuelo hacia el palacio real, situado en la parte más alta de Toledo, rondó alrededor de sus terrazas y de sus muros, escuchando por todas partes y mirando con sus grandes ojos redondos por todas las ventanas, a costa de que dos o tres damas de honor se desmayaran de miedo. Despuntaba el alba por encima de la montaña, cuando volvió de cazar ratones y contó al príncipe lo que había visto.
-Cuando volaba alrededor de la real morada -le dijo-, vi a través de una ventana de la torre más alta a una bella princesa; Reposaba en su lecho y sirvientes y médicos la rodeaban, pero ella rehusaba toda asistencia y todo alivio. Retiráronse y la vi entonces sacar de su pecho una carta, leerla y besarla, después de lo cual dio rienda suelta a sus lamentaciones, lo que, a pesar de ser filósofo, me apenó bastante.
El tierno corazón de Ahmed entristecióse al oír estas noticias.
-¡Oh sabio Eben Bonabben, qué verdad era lo que me decías! -exclamó-. Penas; cuidados y noches sin sueño son el patrimonio de los amantes. ¡Alá preserve a la princesa de esa cosa que se llama amor!
Nuevas noticias llegadas de Toledo confirmaron el relato del búho. La ciudad estaba inquieta y alarmada: la princesa había sido encerrada en la torre más alta del palacio y todas las avenidas estaban fuertemente custodiadas. Mientras tanto una devoradora melancolía se había apoderado de ella y nadie podía adivinar la causa; rehusaba toda alimentación y rechazaba todo consuelo. Los médicos más hábiles habían ensayado su arte en vano; se la creía sometida a la influencia de algún sortilegio y el rey había hecho publicar un edicto anunciando que el que la curase recibiría en recompensa la joya más rica de su real tesoro.
Cuando el búho, que dormitaba en un rincón oyó hablar del edicto, movió sus grandes ojos con aire misterioso.
-¡Allah Akbar! -exclamó-. ¡Dichoso el hombre que haga esta cura, si sabe lo que tiene que elegir en el tesoro real!
-¿Qué quieres decir, venerable búho? -dijo Ahmed.
-Escucha, ¡oh príncipe!, mi relato. Has de saber que nosotros, los búhos, formamos una sabia corporación, aficionada a las investigaciones oscuras y olvidadas. Durante mi reciente viaje nocturno en que exploré las cúpulas y torres de Toledo, vi una academia de búhos arqueólogos que tenían sus asambleas en una gran torre abovedada donde está depositado el tesoro real. Discutían las formas, inscripciones, destino, fecha y procedencia de las gemas, joyas antiguas y vasos de oro y plata amontonados en el tesoro, pero lo que les interesaba principalmente eran ciertas reliquias y talismanes que están allí desde la época del godo Rodrigo. Entre estos objetos se encontraba un cofre de madera de sándalo con caracteres misteriosos grabados en él, los cuales no eran conocidos más que por un pequeño número de eruditos. Este cofre y estas inscripciones habían ocupado a la academia durante muchas -sesiones y habían sido objeto de largas y serias controversias. En el momento de mi visita, un viejísimo búho, llegado recientemente del Egipto, estaba sentado sobre la tapa del cofre y discurría sobre las inscripciones, llegando a la conclusión de que el cofre encerraba el tapiz de seda del gran Salomón, que, sin duda alguna, había sido llevado a Toledo por los judíos refugiados allí después de la caída de Jerusalén.
Cuando el búho terminó su arqueológico discurso, el príncipe permaneció un momento sumido en sus pensamientos.
-El sabio Eben Bonabben -exclamó al fin- me habló de las propiedades maravillosas de ese talismán que desapareció después de la caída de Jerusalén y que se creía perdido para la humanidad. La cosa permanece sin duda secreta para los cristianos de Toledo; si yo pudiera apoderarme de ese tapiz, estaría asegurada mi felicidad.
Al día siguiente quitóse el príncipe sus ricas vestiduras y se puso el sencillo traje de un árabe del desierto. Ennegreció su cara y nadie hubiera podido reconocer en él al soberbio guerrero que había causado tanta admiración y terror en el torneo. Con un palo en la mano, un zurrón al costado y una pequeña flauta pastoril, llegó a Toledo y presentándose en la puerta del palacio se hizo anunciar como aspirante a la recompensa ofrecida por la curación de la princesa.
Los guardias se apresuraron a rechazarlo rudamente.
-¿Qué puede un árabe vagabundo como tú -le dijeron- en un caso como éste en que los sabios más eminentes del mundo han fracasado?
Pero el rey oyó el tumulto y ordenó que fuera llevado el árabe a su presencia.
-Poderosísimo rey -dijo Ahmed-, delante de ti tienes un beduino que ha pasado la mayor parte de su vida en la soledad del desierto. Esas soledades, como es sabido, son la mansión de los demonios y espíritus malignos que atormentan a los pobres pastores como nosotros durante las largas veladas solitarias, entrando en el cuerpo de nuestras ovejas y de nuestras vacas y enfureciendo algunas veces al mismo paciente camello. Nuestro remedio contra ellos es la música y sabemos melodías transmitidas de generación en generación, que cantamos y tocamos en nuestros caramillos para ahuyentar los espíritus malignos. Yo he heredado este don de mis antepasados y poseo ese talento en sumo grado. Si tu hija está bajo el imperio de una influencia maligna de esa especie, respondo con mi cabeza que he de curarla.
El rey, que era hombre de talento y no ignoraba que los árabes poseían maravillosos secretos, llenóse de esperanza al oír el confiado lenguaje del príncipe y lo condujo. en seguida a la torre, en lo alto de la cual se encontraba la habitación de la princesa. Las ventanas se hallaban situadas sobre una terraza con balaustrada, desde la que se descubría Toledo y sus deliciosos alrededores. Hallábanse casi cerradas y apenas dejaban pasar la luz, pues la princesa era presa de una devoradora, tristeza que no admitía consuelo.
Ahmed se instaló en la terraza y se puso a tocar en su flauta pastoril ingenuas melodías árabes que había aprendido de sus servidores en El Generalife de Granada. La princesa permaneció insensible y los doctores que estaban presentes movieron la cabeza con una sonrisa de incredulidad y desdén. Al fin, el príncipe, dejando su caramillo, comenzó a cantar con una sencilla tonada los versos amorosos contenidos en la carta en que le había declarado su amor.
La princesa reconoció la canción: su corazón palpitó de alegría y levantando la cabeza escuchó, mientras las lágrimas acudían a sus ojos y corrían por sus mejillas. Hubiera querido pedir que el cantor fuese llevado a su presencia, pero su pudor de doncella ataba su lengua; el rey adivinó su deseo y a su orden fue introducido Ahmed en la habitación. Los enamorados fueron discretos, contentándose con mirarse, pero sus miradas decían mucho; jamás fue tan completo el triunfo de la música. Las rosas habían aparecido en las tiernas mejillas de la princesa, recobraron sus labios su antigua frescura y sus lánguidos ojos, su fascinante brillo.
Los médicos que se hallaban presentes mirábanse unos a otros asombrados. El rey contemplaba al cantor árabe con una admiración mezclada de respeto.
-Prodigioso joven -exclamó-. Tú serás en adelante el primer médico de mi corte y no quiero hacer ya uso de otros remedios que tus melodías. Recibe ahora tu recompensa, la joya más preciada de mi tesoro.
-¡Oh, rey! -respondió Ahmed-. Yo no necesito ni la plata ni el oro ni las piedras preciosas. Tú tienes en el tesoro una reliquia trasmitida por los musulmanes, dueños antes de Toledo; es un cofre de madera de sándalo que encierra un tapiz de seda, dadme ese cofre y quedaré contento.
La modestia del árabe asombró a todos los presentes, pero su sorpresa aumentó cuando una vez traído el cofre de sándalo, se sacó de él el tapiz. Era una pieza de fina seda verde, cubierta de caracteres hebraicos y caldeos. Los médicos de la corte miráronse, encogiéndose de hombros, y sonrieron de la simplicidad de este novicio que se contentaba con tan ridículos honorarios.
-Ese tapiz -dijo el príncipe- ha cubierto otras veces el trono del gran Salomón y es digno, por tanto, de ser puesto a los pies de la belleza.
Diciendo eso extendió el tapiz en la terraza, bajo una otomana que se había llevado allí para la princesa, sentándose él mismo a sus pies.
-¿Quién puede oponerse -dijo- a lo que está escrito en el Libro del Destino? He aquí el cumplimiento de las predicciones de los astrólogos. Sabed, ¡oh rey!, que tu hija y yo nos amamos en secreto desde hace mucho, tiempo. ¡Reconoce en mí al Peregrino de Amorl
Apenas hubo acabado de hablar, el tapiz se elevó en los aires, llevando al príncipe y a la princesa. El rey y los médicos se quedaron con la boca abierta siguiéndoles con la vista hasta que no parecían más que un punto en el seno de una blanca nube y desaparecieron al fin en la bóveda azul del cielo.
El rey, lleno de furor, hizo venir al tesorero...
-¿Cómo has consentido que un infiel se apoderara de semejante talismán?
-¡Ay, señor! No sabíamos de lo que se trataba y no habíamos podido descifrar las inscripciones grabadas en el cofre. Si ese tapiz es verdaderamente el que cubría el trono del gran Salomón, posee una propiedad mágica y puede transportar a su dueño de un lugar a otro a través del espacio.
El rey reunió a un poderoso ejército y marchó sobre Granada, en persecución de los fugitivos. Después de una larga y penosa marcha encontróse en la Vega y estableció allí su campo, enviando a un heraldo para reclamar a su hija. El rey de Granada vino a su encuentro con toda su corte y reconocieron en él al cantor árabe, pues Ahmed había heredado el trono por la muerte de su padre y la bella Aldegunda se había convertido en sultana.
El rey se aplacó fácilmente cuando se enteró de que su hija había sido autorizada para seguir en su religión, no porque fuese de una escrupulosa piedad, sino porque la religión es siempre un punto de honor y de etiqueta entre los príncipes. En lugar de sangrientas batallas, hubo una serie de fiestas y regocijos, hasta que el monarca, muy satisfecho, volvió a Toledo, y la joven pareja continuó reinando en la Alhambra con tanta honra como sabiduría.
Conviene agregar que el búho y el papagayo habían seguido los dos al príncipe, a pequeñas jornadas, hasta Granada: el primero, viajando de noche y deteniéndose en las diversas mansiones de su familia; el segundo, distinguiéndose en las escogidas reuniones de las villas y ciudades que encontraba a su paso.
Ahmed se acordó con reconocimiento de los servicios que ambos le habían prestado durante su peregrinación y nombró al búho su primer ministro y al papagayo su maestro de ceremonias. No hay necesidad de decir que no hubo jamás reino más sabiamente administrado, ni corte en que fuese mejor observada la etiqueta.


Leyenda del Aguador y la Herencia del Moro

Frente al palacio de la Alhambra, en un declive que parte del camino hacia la campiña, se habían excavado, en lejanos tiempos, grandes depósitos de agua que daban a ese lugar el nombre de "Plaza de los Aljibes".
Al final de esa explanada se hallaba uno de los más famosos pozos árabes, cuya profundidad permitía extraer el agua más pura y fresca de Granada.
Junto a esas cisternas, y siguiendo una antigua costumbre, se reunían alrededor de los bancos de piedra todas las comadres, sirvientas, vagabundos y ociosos con que contaba la ciudad. Su único pasatiempo lo constituía el comentario e intercambio de noticias, chismes y cuentos que les traían los aguadores.
Estos personajes, encargados de vender a los habitantes de Granada el preciado líquido que llevaban en grandes vasijas de barro o cobre ya cargadas a las espaldas, ya en pacientes burros, recorrían la ciudad de un extremo a otro sin que nada pudiera escapar a sus vigilantes ojos o atentos oídos.
Entre los que se surtían en aquel pozo, había uno, muy robusto y ancho de espaldas, pero bajo y patizambo, llamado Pedro Gil, aunque nadie lo conocía sino por el nombre "Peregil".
Nacido en Galicia, patria de los buenos mozos de cordel, Peregil se había iniciado en su comercio con sólo una gran vasija que llevaba a la espalda. Como era muy ahorrativo, pronto pudo reunir lo suficiente para comprar un hermoso pollino que cargaba con varios cántaros.
En su comercio no tenía rival. Era el aguador más solicitado. Siempre atento y alegre, despertaba la simpatía de sus clientes. Las damas o los caballeros no podían dejar de escapar una sonrisa ante sus vivas respuestas o graciosas ocurrencias. Era, al decir de los habitantes, el hombre más feliz de Granada.
Pero como todo lo que reluce no es oro, si a alguien se le hubiere ocurrido seguirle habría comprobado, con gran sorpresa, que al llegar a su hogar aquella alegría se _transformaba en un angustioso padecer. Su numerosa prole lo recibía con lloros y gritos de hambre y su abandonado hogar, con más miseria.
Su esposa conservaba las antiguas costumbres de soltera, gustándole más los aplausos a su fama de bailarina de bolero, el son de las alegres castañuelas y las conversaciones con las vecinas, que atender al cuidado de la casa y de los hijos. Todas las ganancias del buen Peregil las gastaba en vestidos y adornos, llegando hasta quitarle el pollino los días de fiesta, para ir a los bailes de los pueblos vecinos.
Peregil, que amaba con delirio a sus hijos, pequeños, pero fuertes y patizambos como él, soportaba en silencio la extraña conducta de su esposa.
Su amargura hallaba cierto desquite el día que conseguía ahorrar unos cuantos céntimos y llevaba a sus retoños al campo, para jugar, correr o saltar, después de una buena merienda.
Al fin de un día de calor insoportable, cerca de la medianoche, y como todavía quedaban vecinos sentados frente a sus casas, desquitándose de las horas de sufrimiento, decidió Peregil, pensando en sus hijos, hacer un último viaje a la "Plaza de los Aljibes" y redondear así las ganancias del día.
Cantando y zurrando al pollino a modo de refresco y aliento, llegó a los solitarios pozos. Disponíase a llenar los cántaros, cuando notó con cierto temor una solitaria figura vestida a la usanza árabe sentada en uno de los bancos de piedra.
La pálida luz de la luna daba a ella un aspecto espectral. Peregil estuvo a punto de largar los cántaros y echar a correr, cuando aquel moro, levantando lentamente un brazo, le hizo señas como para que se aproximara.
Sus buenos sentimientos vencieron al recelo. -Apiádate -1e dijo el árabe cuando estuvo cerca- de un hombre enfermo, ayudándole a regresar a la ciudad. Te recompensaré doblando tus ganancias de esta noche.
-Te socorreré, buen hombre -respondió Peregil-, no por interés al dinero, sino porque necesitas atención a tu enfermedad.
Con gran trabajo subió el moro en el asno. Sus fuerzas estaban tan agotadas que Peregil debía caminar a su lado sosteniéndolo para que no cayera.
-¿Dónde debo conducirte? -preguntó el aguador una vez que llegaron a la ciudad.
-¡Ah! -dijo el moro-, no tengo ni casa ni amigos. Si puedes darme albergue en tu casa obtendrás .generosa paga.
Peregil, compadecido del sufrimiento y estado de aquel extranjero, no dudó un instante en acceder a su pedido, alojándolo durante esa noche en su pobre choza.
Como siempre, sus hijos acudían a recibirle al son de clamores o lloros de hambre, pero al ver al extraño personaje que montaba el jumento, cesaron sus gritos y corrieron a esconderse detrás de su madre, quien a tono con su genio empezó a gritar y gemir:
-Como si fuera poco, traer a casa tus infieles amigotes. ¿Quieres que la Inquisición nos meta a todos en la cárcel? ¡Qué será de nuestros hijos...
-No alborotes a los vecinos -dijo su esposo-. Es cristiano no negar un auxilio, más cuando este pobre hombre, sin nadie que lo cuide, está expuesto a morir en el abandono.
La mujer seguía insistiendo, pero Peregil, demostrando desconocido carácter y energía, amenazó a su esposa con razones más contundentes y ayudó al moro a acostarse sobre una estera y una piel de oveja, en el sitia más fresco de la humilde morada.
Pocos momentos después, el moro fue presa de gran agitación y violentos temblores, ante los cuales nada podía hacer la escasa ciencia del repartidor de agua.
En uno de los momentos en que su estado pareció mejorar, llamó quedamente al generoso Peregil.
-Mi mal no tiene remedio -dijo-. La vida no tardará en abandonarme. En reconocimiento a tu bondad sírvete aceptar este cofre.
Con gran trabajo y lentitud abrió el albornoz, y sacó de su pecho una pequeña caja de madera de sándalo que entregó al honrado dueño de casa.
-Lo guardaré -contestó éste- con la esperanza de que cures lo antes posible y puedas gozar de las propiedades que encierra.
Pero en ese momento las palabras que quiso pronunciar el enfermo fueron cortadas por nuevos ataques que le produjeron la muerte, sin alcanzar a explicar al aguatero los secretos que guardaba.
Al enterarse la mujer del triste fin del moro, casi llega a perder el juicio.
-¿Quién te manda traer desconocidos a tu casa? -gemía desesperada-. ¿Qué vas a hacer cuando encuentren a este hombre muerto en nuestro patio? ¡Nos llevarán presos por asesinos y perderemos todos nuestros bienes en manos de la justicia!
El susto inmovilizó al buen Peregil durante un rato. Pero su entendimiento no lo abandonó en aquel momento de peligro y le dio una idea salvadora.
-¡Por suerte no ha amanecido! -exclamó-. Tengo tiempo de sacar el cadáver fuera de la ciudad y enterrarlo en la ribera del río Genil. Como no tenía parientes ni amigos, ni lo vieron entrar en nuestra casa, su desaparición no será notada.
Su mujer encontró aceptable el plan y sin perder un instante envolvieron el cuerpo del moro en la estera en que yacía, lo cargaron sobre el asno, que condujo el aguador al sitio elegido para darle sepultura.
Pero el buen Peregil al enunciar su proyecto había olvidado que frente a su casa vivía Pedrillo Pedrugo, un barbero famoso en Granada, tanto por su maldad como por su arte de enterarse de todos los secretos e intimidades de los habitantes. Su cara alargada como la de un zorro, su cuerpo raquítico y sus piernas de mosquito, no cesaban de husmear sobre vida y milagros. En la ciudad se decía que sus orejas de murciélago y sus ojos de búho nunca dormían, para oír o ver cuanto ocurría o hablaban sus vecinos.
Estas ruines cualidades hacían que su clientela, casi siempre en busca de chismes o secretos, fuera mayor que la de otros rapabarbas.
Tan agudos eran sus sentidos, que oyó llegar a Peregil más tarde de lo acostumbrado; luego, el cese repentino de los gritos de los hijos y los lamentos de la mujer; presintiendo que algo raro ocurría, se asomó cautelosamente a una de las ventanas, alcanzando a ver a Peregil en el momento en que ayudaba a un moro a bajar del asno y lo introducía en su casa.
Aquello encendió tanto su curiosidad y le pareció tan singular, que pasó la noche asomado a la ventana vigilando a su vecino, hasta que lo vio con un extraño bulto atravesado en el borrico.
Pedro Pedrugo no aguardó más y, vistiéndose rápidamente, salió con gran sigilo detrás del aguador, quien sin sospechar la vigilancia de que era objeto llegó a la orilla del río y dio sepultura al desventurado moro.
El perverso rapabarbas se dio prisa en volver a su casa, donde, con gran impaciencia, esperó el amanecer.
Una vez que el sol hubo alcanzado cierta altura, tomó la navaja y otros utensilios propios de su oficio y se dirigió a la casa de la primera autoridad de la ciudad.
El Alcalde era uno de sus diarios clientes, y después de sentarse cómodamente, permitió que Pedrillo Pedrugo comenzara a pasarle jabón por la barba.
A medida que iba cumpliendo su tarea comenzó a decirle:
-¡La ciudad se ha vuelto muy peligrosa! ¡Ocurren cosas sin nombre! ¡Increíbles! ¡Robo, asesinato y sepultura en pocas horas!
El asombro hizo incorporar al Alcalde en forma tan violenta, que Pedrillo no pudo evitar que sus dedos llenos de jabón, porque en aquel entonces no se usaba brocha, le dieran en las narices.
Resoplando y medio ahogado, pudo exclamar:
-¿Qué dices? ¿Me cuentas un sueño o una realidad?
-No es que quiera acusar a nadie -respondió el barbero, mientras limpiaba con un paño, que hacía meses necesitaba lavarse, las municipales narices; pero Peregil el aguador ha hecho esas cosas en lo que va de la medianoche al amanecer.
-¿Y cómo pudiste enterarte de todo éso?
-Ya le contaré, señor, pero no llegue a pegar otro salto porque ahora empiezo a pasar la navaja. Y así, mientras lo afeitó, lavó y secó con el sucio¡, lienzo, narró su vigilancia, persecución y fúnebre tarea realizada por el vecino.
El Alcalde era el hombre más perverso y avaro que vivía en la ciudad. Administraba la ley de' acuerdo con sus intereses y siempre estaba dispuesto a vender el fallo de la justicia al que mejor pagases.
Mientras el barbero curioso contaba lo visto, sus ojos se agrandaban brillantes por la codicia. Aquél debía ser un crimen suculento en oro. Por eso lo principal del caso estaba, no en detener al autor, sino en apoderarse del botín, que agregaría nuevas riquezas a las muchas que ya tenía guardadas.
Resuelto el principal problema, llamó al alguacil de confianza, un sujeto tan flaco como un palo y seco como un higo, que vestía de acuerdo con el cargo que desempeñaba: un ancho sombrero con, alas vueltas hacia arriba, capilla y traje que de negro había venido a parar en color de ratón, que destacaban su cuello almidonado, lo único blanco que tenían su cuerpo y alma. Como distintivo de su . cargo y odiada autoridad, llevaba una vara que parecía más gruesa que su cuerpo. De allí que los habitantes de Granada lo llamasen la "Sombra de la vara".
Alpio el representante de la autoridad desplegó todo , su celo para capturar al presunto asesino. Obró con tanta rapidez, que no había llegado el pobre Peregil de realizar su primer viaje a la "Plaza de los Aljibes", cuando fue detenido y llevado ante el terrible Alcalde.
Éste, después de mirarlo en forma amenazadora, exclamó con una voz de trueno que al tembloroso y asustado aguador le pareció que salía del infierno:
-¡Conque tú eres el asesino! ¡No pretendas negarlo! ¡Los ojos de la justicia están en todas partes! ¡Eres carne de la horca! Pero da gracias a que has tenido la suerte de dar con un juez piadoso que comprende que has dado muerte a un moro, enemigo de nuestra religión. Te ayudaré por eso; pero a condición de que me des lo que has robado y no hablaremos más de este asunto.
Peregil, que al empezar el Alcalde su retahíla, había caído de rodillas, juró y rejuró por todos los santos que era inocente, que no había asesinado a moro alguno, y con todo candor narró la verdad.
El Alcalde no era capaz de dejarse impresionar por juramentos o verdad alguna, así que cortando las justificaciones del aguador, dijo:
-Por más que invoques los santos, en tus ojos leo la codicia que te impulsó a apoderarte de las alhajas y dinero del moro.
-Castígueme Dios si le miento, señor -contestó lloroso Peregil-, no tenía más que un pequeño cofre, que me regaló en agradecimiento a mi ayuda, y que no sé lo que contiene…
Fresca mercadería, se llegó a la tienda de un comerciante árabe y le pidió que leyera el misterioso pergamino.
Éste, después de acceder a su pedido, contestó sonriente:
-Lo que aquí está escrito es una poderosa fórmula mágica que permite destruir el encantamiento que pesa sobre un valioso tesoro.
-Eso es todo -replicó con cierta amargura el aguador-, pues que se quede como está; yo nada entiendo de magia ni de tesoros encantados.
Y sin preocuparse más por el asunto se despidió del moro dejándole el pergamino. Después de ambular por las calles de Granada vendiendo agua, llegó de nuevo a la "Plaza de los Aljibes" dispuesto a cargar su garrafa y hacer su último viaje. Pero un grupo de ociosos, reunidos junto a uno de los bancos de piedra, se deslumbraba conversando sobre leyendas de fabulosos tesoros escondidos por los moros en las cercanías de la Alhambra.
El buen Peregil estuvo un buen rato escuchando lo que se decía. El recuerdo del pergamino empezó a torturarlo obligándolo a pensar que bien podía haber un tesoro escondido y fácil de encontrar, gracias a sus indicaciones.
Tan absorto iba en sus pensamientos e imaginando riquezas ocultas debajo del Palacio, que estuvo varias veces a punto de caer y romper el cántaro que colgaba a sus espaldas.
Aquella noche no se acordó de que existieran los lamentos de su mujer e hijos y menos de pegar los ojos. Apenas amaneció, se llegó a la tienda del moro y después de referirle lo ocurrido hizo la siguiente proposición:
-Gracias a sus conocimientos pude enterarme de lo que decía el pergamino; bien podemos ir juntos al sitio que él señala y probar su poder; si él es ineficaz, nada habremos perdido, pero si resulta verdadero, el tesoro lo dividiremos entre los dos.
-¡Por Alá, no corráis!- contestó el moro-; para que lo escrito aquí surta efecto, debe ser leído a medianoche a la luz de una vela especial; sin sus cualidades la fórmula no tiene ningún valor.
-No se preocupe usted -exclamó el aguador-, la tengo y la iré a buscar en seguida.
El moro tuvo que aguardar bien poco el retorno de Peregil. Apenas éste le entregó el trozo de vela que guardaba el cofre de sándalo, lo observó cuidadosamente y después de tomar su olor dijo:
-Exóticas esencias y mágicos ingredientes entran en su composición; es sin duda la vela que describe el pergamino. Su luz permitirá abrir las cavernas más secretas, los muros más gruesos, las puertas y las rejas de acero más resistentes, pero infeliz el que se halle en la cámara del tesoro si ella llega a apagarse; sufrirá un eterno hechizo.
Como la impaciencia consumía al aguatero y la curiosidad y el interés al moro, fácil les fue ponerse de acuerdo para comprobar esa misma noche lo que aseveraba el pergamino.
Así que, después de un día que pareció el más largo de su vida y a una hora bastante avanzada, provistos de un farol, subieron por la cuesta que llevaba a la Alhambra hasta llegar a la Torre de los Siete Suelos, lugar señalado por el documento como depósito del tesoro.
El lugar, rodeado de espesa arboleda y cruzado por murciélagos y lechuzas, era famoso por las leyendas que originaba.
Para darse ánimo cambiaron unas pocas palabras y alumbrándose con el farol cruzaron las ruinas del edificio hasta llegar a la entrada de un pasadizo, cuya boca asomaba en los cimientos de la torre. De acuerdo con las indicaciones del documento, debieron pasar por tres cuevas que se comunicaban por largas escaleras; al llegar a la cuarta, un piso de gruesas losas impedía el pasaje a las siguientes cuevas.
Medio muertos de miedo se detuvieron hasta que oyeron dar en un campanario el toque de medianoche. Inmediatamente encendieron el trozo de vela y el moro leyó rápidamente el pergamino.
Al sonar su última palabra, violentos ruidos subterráneos sacudieron sus oídos. La tierra tembló y las losas se abrieron mostrando una escalera de piedra.
Venciendo su temor y animándose uno a otro descendieron por ella hasta llegar a una sala cuyas paredes estaban cubiertas con símbolos misteriosos. En el centro del aposento se hallaba un enorme cofre asegurado por siete barras de acero, custodiado a cada lado por moros armados, de punta en blanco, pero convertidos en estatuas por algún hechizo.
Contra las paredes veíanse grandes recipientes llenos de piedras preciosas, joyas y monedas de oro. El aguador y el comerciante se precipitaron sobre ellos, hundiendo los brazos y sacando todo lo que podían guardar sus bolsillos, pero tal era la impresión que les causaba la inmovilidad y el rostro de los moros guardianes del cofre, que, contagiados por un terror indescriptible, abandonaron la sala y corrieron escaleras arriba hasta llegar a la cueva en que habían dejado la vela, cuya llama, sacudida por la agitación de los recién llegados, se apagó al tiempo que nuevos ruidos se dejaban oír y las losas del suelo se unían con gran violencia.
El pánico que los sacudió fue tal, que, sin saber cómo, subieron las escaleras, atravesaron las cuevas, los escombros y los árboles, hasta llegar a contemplar la pálida luz de las estrellas al borde del camino que iba a Granada.
Dejándose caer sobre la mullida hierba descansaron largo rato; luego, más animados, resolvieron repartirse las riquezas que habían obtenido y volver alguna otra noche por el resto. En prueba de mutua seguridad y confianza, uno se quedó con el pergamino y otro con el trozo de vela, que pese a todo no olvidaron de recoger. Hecho esto emprendieron el regreso no sin antes decirle el moro a Peregil:
-Perdonadme, amigo, si os doy un consejo: que guardéis el mayor secreto hasta que saquemos todo el tesoro y lo pongamos en sitio seguro. Si algo de eso llega a oídos del Alcalde, bien podemos despedirnos de todo.
-Lo que usted dice es una gran verdad -contestó el aguador-, trataré de no decir una palabra. -Estoy seguro de su discreción-replicó el moro-, mas dudo de su mujer.
-Ella no sabrá nada -aseguró Peregil con gran energía.
-Confío en su promesa y en su silencio -terminó diciendo su acompañante antes de despedirse.
La resolución del buen aguador era terminante, pero no contaba con la dificultad que tiene un marido en ocultarle un secreto a la esposa. Al regreso a su casa encontró a su mujer llorando sobre la piel de oveja.
-Ahí llega el perdido de mi marido -exclamó apenas lo vio-. ¡A qué me trae otro protegido que nos lleve más a la miseria y al hambre!
Aumentando sus gritos y arañándose el pecho agregaba:
-¡Más desgracias nos esperan... ! ¿Qué va a ser de mí y de nuestros hijos? ¡Los escasos bienes saqueados por jueces y alguaciles, mientras que el haragán de su padre anda de juerga con moros infieles! ¡Sólo queda largarnos por las calles a mendigar un pedazo de pan!
Fueron tan dramáticos los gestos y las palabras de su casquivana mujer, que Peregil, llorando y sin poder contenerse, sacó de su bolsillo unas monedas de oro y las puso en las faldas de la amargada esposa. Sentir el suave tintineo del oro y desaparecer las lágrimas como por encanto, fue todo uno. Su asombro llegó a un punto tal, que el aguador, asustado por el tamaño que alcanzaban sus ojos y para evitar nuevos reproches, haciendo graciosas cabriolas, sacó una hermosa cadena de oro y se la colgó sobre el pecho.
-¿Qué has hecho, Peregil? -exclamó asustada-, ya sospechaba que no andabas en buenas compañías. con toda seguridad que esto es producto de algún robo o asesinato.
Y la pobre mujer, lanzando cortos chillidos, empezó a ver a su marido colgado de la horca. Tal fue el cuadro que imaginó su mente, que presa de un fuerte ataque de nervios, cayó desvanecida.
No bien repuesta, al aguador no le quedó más remedio, después de hacerle jurar y rejurar guardar profundo secreto, que contarle la historia que lo había puesto en camino de la buena suerte. Después que su mujer lo hubo abrazado llena de alegría, dijo:
-¿Qué me dices ahora del resultado de las buenas acciones y la herencia que ellas me trajeron?
Y sin más hablar se tendió a dormir mientras su esposa se pasaba la noche contando las doradas monedas, probándose collares y joyas y ansiando el día que pudiera lucirlas a la vista de todos.
A la mañana siguiente, el aguador tomó una de las monedas y fue a venderla a un joyero del mercado, diciendo que la había encontrado entre las ruinas de la Alhambra. El comerciante, después de cerciorarse de que era de oro purísimo, se la compró por la tercera parte de su valor.
No reparó en ello el buen Peregil, que sin demora, empleó casi todo el dinero en comprar ropas y juguetes a sus hijos, provisiones y dulces para una opípara comida, pasando el resto del día jugando y saltando con los pequeñuelos.
Su mujer no aguantó mucho tiempo el saberse rica. Empezó por adoptar un aire misterioso y altanero, dándose importancia con sus vecinas, a las que hablaba sobre proyectos que iba a realizar o vestidos que había encargado. Esto motivó que la creyeran falta de juicio y fuera el motivo de diversión de sus amigas.
Si bien no decía más, al llegar a su casa empezaba a ponerse sobre sus harapos los collares de perlas, brazaletes y joyas, para tener el gusto de mirarse y remirarse en un pedazo de espejo que colgaba de la pared.
Como aquello no le fue suficiente, su vanidad la llevó a asomarse a la ventana para ver el efecto que causaban tan deslumbrantes adornos. Pero la pobre no se acordó, en ese instante, que frente a su casa vivía Pedrillo Pedrugo, que en esos momentos, sin clientes que atender, espiaba la calle. Los destellos de los brillantes hirieron sus ojos. Asombrado, acercóse a la ventanilla y con la mayor sorpresa reconoció a la mujer del aguador, alhajada con tanta riqueza como una princesa oriental.
Después de registrar en su mente una lista de los adornos, corrió a toda velocidad a la casa del Alcalde, contándole, una vez pasada su agitación, lo que había visto.
Unos instantes después el alguacil "Sombra de la vara" era comisionado para prender al aguador, que fue conducido ante el juez al caer la tarde. -¡Pedazo de bellaco -vociferó el Alcalde-, has de pagar caro tu engaño ¿Conque el infiel que murió en tu casa no te dejó nada más que un cofre vacío? ¡Y ahora tu mujer luce más brillantes que una reina! ¡Miserable! ¡O me das todo lo que tienes o te mandaré a bailar en la horca
El atribulado Peregil creyó llegada su última hora y cayendo de rodillas contó cómo había obtenido sus tesoros. El perverso Alcalde, el taimado alguacil y el rapabarbas soplón escucharon con gran asombro la fantástica historia.
Una vez repuesto de la impresión, el juez ordenó a "Sombra de la vara" que detuviera en seguida al acompañante del aguador.
Aturdido por el temor de verse aprisionado por las mallas de tan codiciosa red judicial, el moro no atinó en un principio a imaginar lo sucedido. Pero llegar, y ver al lloroso Peregil, fue comprenderlo todo. Con rabia y desprecio murmuró al pasar a su lado:
-¡Aturdido borrico! ¿No te dije cuán imprudente era confiar en tu mujer?
Interrogado por el Alcalde, sus palabras no hicieron sino repetir la historia contada por el aguador, pero el astuto avaro manifestó que no creía en ella y que debía mandarlos a la cárcel e iniciar una severa investigación.
-Me parece que el señor juez no alcanza a comprender -respondió el no menos ladino moro que en esa forma no obtendrá ningún beneficio. Pocos somos en verdad los que conocemos el secreto y en la cámara subterránea quedan tesoros como para enriquecernos varias veces. Bien puede usted darnos la seguridad de que nos lo repartiremos por igual. De lo contrario no diré una sola palabra por más tormento que me apliquen y se perderá el tesoro.
El Alcalde pensó un instante; luego conferenció en voz baja con el taimado alguacil, quien le dictó el siguiente consejo:
-No vacile en darle toda clase de seguridades, pues una vez en poder del tesoro, fácil será deshacerse de ellos amenazándolos con la hoguera por infieles y hechiceros.
Después de simular que meditaba una resolución, contestó:
-Es demasiado fantástica la historia que me relatan. Para convencerme de ella debo presenciar ese conjuro esta misma noche. De ser real nos repartiremos el tesoro como buenos amigos, pero si me engañan, no obtendrán clemencia. Mientras tanto permaneceréis detenidos.
Estas palabras, que produjeron gran satisfacción a Peregil, fueron acogidas con cierta reserva por el moro.
Antes de darse la medianoche el Alcalde, el alguacil y el rapabarbas, armados hasta los dientes, llevando a sus prisioneros y al borrico, partieron rumbo al lugar en que se encontraba el tesoro.
Su camino fue silencioso v. acompañados por la buena suerte de no ser vistos, llegaron a la imponente Torre. Después de atar al asno en un árbol comenzaron a descender las escaleras hasta llegar a la cueva con el piso de losas.
Peregil encendió el trozo de vela y el moro empezó a leer el pergamino. De nuevo se sintieron fuertes ruidos, tembló la tierra y con gran estruendo se separaron las losas del piso dejando ver la estrecha escalera. Tal temor entró al Alcalde, al mísero alguacil y al curioso barbero, que no se atrevieron a moverse de donde se hallaban.
Bajaron el aguador y el moro, y sin dejarse intimidar por el fiero aspecto de los que guardaban el cofre, tomaron dos de los jarrones de mayor tamaño, repletos de joyas y monedas de oro, que Peregil llevó con gran trabajo y esfuerzo hasta el borrico, manifestando que era cuanto podía cargar el animal.
-Sí -apoyó el moro-, es por ahora lo suficiente como para hacernos varias veces ricos.
-¿Cómo por ahora? ¿Acaso queda más aún? -preguntó el Alcalde.
-¿Que si hay? -contestó el árabe-. Queda lo que más vale, un cofre de gran tamaño lleno de piedras preciosas.
-¡Pues hay que subirlo sin más tardanza! -exclamó fuera de sí el avaro Alcalde.
-Hágalo si es su deseo, pero no cuente con mi. ayuda -respondió el moro-. Creo que ya hemos sacado bastante.
-A mí también me parece -agregó Peregil-, porque mi pobre borrico no podrá llevar más carga.
En vano amenazó e imploró el Alcalde, pero viendo que no vencía sus firmes propósitos, dijo al alguacil y al barbero:
-Subiremos nosotros el cofre y nos repartiremos su contenido.
Y acompañado no de muy buena gana por sus secuaces, comenzó a descender por la escalera.
El moro, que los observaba con atención, no bien vio que llegaban a la cámara del tesoro, apagó la vela. Terroríficos ruidos se dejaron oír y las losas volvieron a unirse con fuerte choque, sepultando a los tres perversos carceleros.
El moro y Peregil no pararon hasta llegar donde pacía el cargado borrico.
-¿Qué habéis hecho. . . ? -gimió Peregil una vez que el susto lo dejó articular palabra.
-Nada que no sea la voluntad de Alá -respondió el moro-. Con los traidores se ha enterrado la avaricia y la maldad. Estaba escrito en el libro del destino. Así quedarán hasta que alguien conozca el secreto y deshaga el poderoso hechizo, cosa que creo un poco difícil -y sin decir más, arrojó el trozo de vela en medio del bosque.
Como nada podía hacer, Peregil se resignó a seguir a su fiero compañero de regreso a la ciudad. Durante el camino el buen aguador no pudo menos que abrazar repetidas veces a su noble borrico, por lo que el moro llegó a pensar que más alegría le proporcionaba tener el animal que el tesoro.
El reparto de las riquezas obtenidas no originó ninguna diferencia. El moro, que tenía debilidad
por las piedras preciosas, entregó a Peregil casi todos los objetos de oro, que, en su conjunto alcanzaban mayor valor.
No olvidaron la anterior lección. Así que en cuanto les fue posible volvió el moro al África, mientras que el aguador resolvió trasladarse con su familia y pollino al reino de Portugal.
Los consejos de su ambiciosa mujer le fueron en esos momentos de mucha utilidad. Con el tiempo llegó a ser un importante personaje que llevaba espada al cinto y ocultaba las torcidas piernas tras ricos justillos.
Su esposa, cargada de joyas y extravagantes vestidos, se entretenía en velar por los hijos, que, no por ricos, dejaban de ser tan robustos y patizambos como el padre, que olvidando el antiguo nombre comercial de Peregil, llevaba el muy pomposo de don Pedro Gil.
Nadie extrañó en Granada a los tres personajes. Encantados en la Cámara subterránea, esperarán, quién sabe por cuántos siglos, que les den libertad y vuelvan a abundar en España soplones barberos, malvados alguaciles y avaros Alcaldes.




Leyenda de la rosa de la Alhambra

La hermosa ciudad de Granada fue durante mucho tiempo la residencia predilecta de los reyes de España. Pero una serie de terremotos que asoló la región y sacudió por entero el antiguo palacio morisco, atemorizó en tal forma a los reales personajes, que abandonaron precipitadamente tan peligroso lugar.
La Alhambra permaneció durante largos años en completo abandono. Los aposentos perdieron su brillo y los jardines su esplendor.
La Torre de las Infantas, morada de las tres famosas princesas Zayda, Zorayda y Zorahayda, no escapaba al general descuido y se había convertido en el refugio de arañas, murciélagos y lechuzas.
Contribuía en mucho el hacerla inhabitable la antigua creencia de que la sombra de la bella Zorahayda, que había muerto en aquella Torre, solía verse, a la luz de la luna, reclinada en la fuente del saloncito o derramando amargas lágrimas junto a uno de los ventanales, mientras se oían dulces notas de un laúd.
Como el tiempo borra los malos recuerdos, un buen día se les ocurrió a los reyes de España volver a Granada.
Un ejército de obreros invadió la Alhambra, que al cabo de poco tiempo lucía en todo su esplendor. Redobles de tambores y sones de trompetas aturdieron a los apacibles habitantes de la montaña. Ondear de banderas y pendones, cegadores brillos de armas y joyas, deslumbraron a los habitantes de la ciudad, que con vivas y flores recibían a sus soberanos Felipe V y su bella consorte Isabel, princesa de Parma.
Los aposentos y cámaras del Palacio de la Alhambra volvieron a vivir la agitación y el bullicio que reina en una corte. El ir y venir de agraciadas damas de honor, las galantes frases de los caballeros y las travesuras y carreras de ligeros pajecillos, alternaban con alegres piezas musicales y divertidas canciones.
Entre los muchos personajes que formaban la real comitiva se contaba un paje llamado Ruiz de Alarcón, descendiente de ilustre y noble familia. Era el favorito de la reina y eso significaba que su físico e ingenio debían estar de acuerdo con la gracia y belleza que rodeaba a la hermosa y exigente Isabel.
Se encontraba una mañana en los bosques cercanos al Palacio adiestrando el halcón favorito de la reina, cuando éste, después de volar a gran altura, se precipitó sobre un pájaro posado en las ramas de un árbol. La avecilla consiguió eludir el ataque, lo que hizo que el halcón pusiera mayor empeño en cobrar su presa, y sin hacer caso a las llamadas del paje, empezó a perseguirlo hasta que, cansado, se posó sobre la muralla de la Torre de las Infantas, situada en un barranco algo lejano de la Alhambra. Con gran trabajo llegó el joven a los muros de la Torre, pero como ellos no presentaban ninguna abertura y su elevación hacia difícil el escalamiento, resolvió rodearlo para dar con la entrada.
Ella se abría frente a un pequeño jardín cercado por cañas y enredaderas. Debió pasar un portillo y cruzar canteros llenos de rosales y fragantes flores para llegar a la puerta, cerrada en esos momentos. Intentó abrirla, después de llamar repetidas veces. Pero solamente el silencio contestaba a sus tentativas. Tras breve espera, se resolvió a mirar por un pequeño agujero que presentaba la puerta. Su asombro no tuvo límites al observar que ella daba a un primoroso saloncito morisco, cuyas paredes tenían delicados adornos que hacían juego con las columnas de una hermosa fuente de alabastro rodeada de flores sobre la que se apoyaba una guitarra ricamente adornada. En una de las esquinas colgaba una jaula cuyo ocupante era un pájaro de raros colores y deliciosos trinos. En un sillón y sin importarle el canto del ave, dormía plácidamente, entre delicadas labores femeninas, un magnífico gato persa.
Este cuadro le causó cierta intranquilidad por cuanto le habían asegurado que aquella Torre estaba deshabitada. Por un momento creyó haber descubierto un aposento encantado y alguna princesa hechizada bajo el aspecto de aquel gato persa.
Esta idea lo resolvió a llamar en forma más suave y examinar las ventanas en busca de un ser humano. Nueva confusión trajo a su mente el rostro de una bellísima joven, que se dejó ver por unos instantes.
Tras prudente espera, y convencido de que sufría alucinaciones o de que allí había algún misterio o una dama en peligro, insistió en sus propósitos, los que obtuvieron por recompensa el presentársele aquella visión, esta vez convertida en una real y maravillosa beldad de quince años.
Ruiz de Alarcón, venciendo el hechizo de su belleza, la saludó haciendo una cortés reverencia, al tiempo que decía:
-Más que hermosa princesa, perdón os pido por mi molestia, pero necesito de vuestro permiso para recoger un halcón posado en lo alto de esta Torre.
-Lamento, señor, no poder complaceros -contestó la dulcísima voz de la joven- porque mi tía no me permite abrir la puerta a desconocidos.
-No me consideréis impertinente, pero es el caso que esa ave es la favorita de la reina y no puedo dejar de rescatarla.
-¿Sois entonces un caballero al servicio de su majestad?
-Ese es mi cargo, encantadora princesa, pero muchos males me aguardan si no regreso con ese malvado halcón.
-Pues entonces lo lamento mucho. Mi tía me ha advertido que jamás deje entrar a los caballeros de la Corte.
-Pero considerad, gentil señorita, que entre ellos hay malos y buenos y que el que os habla es un inocente paje, que caerá en desgracia si le negáis este pequeño favor.
La joven, que por hermosa no dejaba de tener delicados sentimientos, consideró que era verdaderamente penoso que aquel gentil paje resultara perjudicado, sobre todo porque no se parecía por su físico y humildes súplicas a los terribles y malvados caballeros de la Corte, que, según su tía, eran tan peligrosos para las incautas jóvenes.
Viendo que la niña se manifestaba indecisa, el paje renovó sus pedidos con tanta elocuencia, que la tímida y ruborosa joven terminó por abrir la puerta.
Si a Ruiz de Alarcón la guardiana de la Torre le pareció muy hermosa, sus sentidos se deslumbraron al apreciar toda la belleza y la gracia que derramaba aquella aparición celestial, que convertía en mustias y pálidas a todas las flores de Granada.
Venciendo su turbación, subió a buscar al desobediente pajarraco. Al bajar encontró a la joven sentada cerca de la fuente y entretenida en tejer un delicado encaje, pero al levantar la vista un ovillo de hilo se deslizó sobre el suelo. Apresuróse el paje a recogerlo y doblando la rodilla se lo ofreció como si fuera una reina, y como a tal le besó la mano cuando ella intentó tomarlo.
A su exclamación de enojo quiso el joven responder con varias de las galanterías que se acostumbraban en la Corte, pero fue presa de una gran timidez. Las palabras morían en sus labios sin poder pronunciarlas, y lo poco que alcanzó a decir eran sonidos inarticulados que contribuían a confundirlo más aún.
Aunque inocente y candorosa, la niña alcanzó a comprender las razones que perturbaban al paje y su enojo cedió ante la alegría de tener rendido a sus pies a tan apuesto servidor de la reina.
Cuando el joven empezaba a recobrar la serenidad, una lejana voz hizo sobresaltar a la guardiana de la Torre.
-Es mi tía que regresa -exclamó temerosa-. Marchaos, señor, inmediatamente, que me ponéis en grave compromiso.
-No me moveré de aquí -contestó Ruiz de Alarcón-, hasta tanto no me entreguéis como recuerdo esa rosa que adorna vuestros cabellos.
Con gran rapidez la niña desprendió la flor de sus trenzas y el paje, poniéndola sobre su corazón, desapareció detrás de los arbustos que adornaban el jardín.
Entrar la precavida tía Fredegunda a la Torre y darse cuenta de que allí había ocurrido algo anormal fue todo uno.
-¿Qué es lo que ha pasado? -preguntó con su chillona voz.
-Nada que pueda decirse grave, querida tía -contestó la joven, sofocada por la emoción-. Un halcón que perseguía su presa llegó hasta aquí.
-¡Jesús, María! ¡Qué barbaridad! ¡Ya ni nuestro pájaro está a resguardo de ese voraz halcón! ¡Ay, Dios mío! Ten cuidado de cerrar bien la puerta.
Diciendo esto la buena anciana, después de poner orden en el aposento, dedicó largo rato a aconsejar a su sobrina contra las acechanzas y galanterías de Inahallernc de la Cnrre
Aunque jamás había sufrido ningún desengaño, porque nunca había contado con facciones agradables, no por eso dejaba de trasmitir a la joven cuanto conocía sobre los peligros que acechan a las jóvenes.
Su hermosa sobrina Jacinta, que hasta hacía poco tiempo había estado completando su educación en un convento, era huérfana, siendo su padre un valiente oficial muerto en el campo de batalla. Su tía la guardaba y vigilaba con gran celo, pero su belleza y dulzura no habían pasado inadvertidas para los habitantes de la ciudad, quienes con gran admiración la llamaban la "Rosa de la Alhambra".
Pronto se cansó de Granada el rey Felipe V, y decidió dirigirse hacia otra ciudad. Al enterarse la vigilante tía de la partida de los soberanos, no dejó de observar atentamente el paso de los caballeros que constituían el séquito real. Cuando el último de ellos hubo desaparecido a su vista, emprendió el regreso muy satisfecha porque su sobrina ya no corría peligro alguno. Pero al acercarse a su vivienda quedó muda por el asombro. Un hermoso caballo árabe se revolvía inquieto frente al portillo del jardín, mientras que entre las flores un apuesto joven se arrodillaba ante su sobrina.
Al acercarse, el potro dio un relincho de aviso y el paje, sin esperar más, besó la mano de la niña y saltando la cerca montó a- caballo, desapareciendo en un instante.
Jacinta, afligida por la partida del joven, sin importarle lo que podía pensar y decir la vigilante Fredegunda, se arrojó a sus brazos derramando abundantes lágrimas.
-¡Ay, tía! -gemía entre sollozos-. ¡Se ha ido! ¡Se ha alejado de mí y nunca más lo veré¡
-¿Pero a quién le ha sucedido eso? ¿Qué malas noticias trajo ese joven que se arrodillaba ante ti? -¡Es él, tía, por quien lloro! ¡Es un paje de la reina que se despedía de mí!
-¡Un caballero de esa laya! -exclamó fuera de sí la inmaculada tía-. ¿Cómo has conocido tú a ese personaje?
-El día en que el halcón de la reina se posó en la Torre, él era el encargado de cuidarlo.
-¡Ay, niña de mi alma! ¡No existe ave de rapiña peor que esos alocados pajes, que se divierten en cazar tan candorosas avecillas como eres tú!
Con gran enojo cerró la puerta de la Torre con toda clase de trancas para que nada volviera a perturbar a su hermosa sobrina.
Bajo extrema vigilancia pasó la niña verano e invierno sin tener noticias del apuesto paje. Al llegar la primavera y cuando todo era vida y esplendor, la bella Jacinta empezó a perder colores mientras honda tristeza le hacía olvidar sus agujas, enmudecer su dulce voz como también las melodías que tañían las cuerdas de la guitarra.
Sus ojos ya no brillaban como las estrellas, el llanto los enrojecía casi a diario.
La rígida Fredegunda creía aliviar sus penas diciéndole a menudo:
-¡Ay, candorosa sobrina! ¡Mira si no das razón a mis palabras! ¿No te advertí repetidas veces de lo inconstantes y frívolos que son los caballeros de la Corte? Por otra parte, ¿qué puedes esperar, tú, una pobre huérfana, de un joven de noble familia? Aunque quisiera casarse contigo, estoy bien segura de que sus padres se lo impedirían. Déjate, pues, de llorar y no te aflijas por cosas imposibles.
Estas palabras no hacían sino aumentar el desconsuelo de Jacinta, que para evitar las recriminaciones de su tía, trataba de aislarse lo más posible.
Una calurosa noche -su tía hacía tiempo se hallaba entregada al sueño- permanecía en el salón de la Torre evocando junto a la fuente aquella feliz mañana en que el apuesto paje había solicitado su ayuda, cuando al recordar cuán pronto la había olvidado, sus ojos se llenaron de lágrimas que corriendo por las mejillas cayeron en la taza de la fuente. El agua, quieta hasta entonces, empezó a agitarse y formar burbujas que fueron creciendo y se convirtieron en una bella joven, vestida como una princesa árabe.
La aparición impresionó en tal forma a Jacinta, que olvidando sus penas huyó del salón. Después de agitada noche y ya al amanecer, despertó a su tía para contarle lo que le había ocurrido.
Mas la austera Fredegunda lo creyó un delirio o un sueño de su atribulada cabecita.
-Con toda seguridad -dijo a modo de conformarla- que habías estado recordando la vieja leyenda de las tres princesas moras.
-¿Qué leyenda es esa que no recuerdo, querida tía?
-Pero me parece que te la he contado hace mucho tiempo. Se refiere a las tres hijas del entonces rey de Granada, Zayda, Zorayda, y Zorahayda, que permanecieron guardadas en esta Torre por orden de su padre, hasta que para poner fin a su cautiverio resolvieron escapar y casarse con tres valientes caballeros cristianos, pero a último momento la menor de ellas se dejó vencer por el temor, negándose a dejar esta Torre, en la que había de morir poco tiempo después.
-Recuerdo ahora que conocía esta leyenda y que he acompañado con lágrimas las desdichas de Zorahayda.
-No me extraña que ello ocurriera, por cuanto quien la pretendía era uno de tus antepasados, que después de largo tiempo y cicatrizado su corazón, se casó con una noble dama de la Corte.
-Es otra alma que sufre tanto como yo -pensó para sí la joven-, y no he de temerle. Esperaré esta noche, por si nuevamente llega a aparecer.
Siguiendo su pensamiento, apenas se durmió la vigilante Fredegunda y en la Torre reinó completo silencio, se levantó y bajó al saloncito que adornaba la fuente morisca. El lejano campanario de una iglesia anunciaba la medianoche, cuando la superficie del agua empezó a agitarse y a formar burbujas, surgiendo la bella princesa, cuyos vestidos lucían valiosas joyas, llevando en sus delicadas y pequeñas manos un precioso laúd.
La joven estuvo a punto de abandonar sus propósitos, y huir, pero la triste voz v el sufrimiento que reflejaban sus bellas facciones la detuvieron.
-¿Cuáles son tus penas, hermosa criatura - dijo con tono cariñoso- para alterar con lágrimas la quietud de la fuente? ¿Qué pesar amarga tu corazón para interrumpir la tranquilidad de la sala con lamentos y suspiros?
-Lloro la ausencia de un doncel que en ¡vano prometió tenerme en su memoria.
-No te aflijas, niña mía, porque penas mayores hay en el mundo y las tuyas se resolverán con felicidad. Ten presente mis desdichas. Soy una princesa mora a quien un caballero, tu antecesor, me cortejó y fue correspondido al punto de convenir casarnos y convertirme a su religión, pero en el instante de cumplir nuestros propósitos, me faltó valor, y como si ello fuese un castigo, se apoderó de mi espíritu un hechizo que sólo tú puedes romper, si nada en ti se opone a ello.
-Por el contrario -respondió muy emocionada Jacinta-, haré cuanto pueda por libraros de él. -Gracias, niña mía, aproxímate sin miedo y bautízame con el agua de la fuente según manda tu religión; sólo así descansará mi alma.
Temblorosa acercóse Jacinta a la fuente y, después de sumergir su pequeña mano en el agua, cumplió con aquel singular pedido. La princesa, al término de la ceremonia, sonriente de felicidad, se desvaneció en finísimas gotas de rocío, mientras que el laúd de plata se depositaba a los pies de la niña.
Poco tardó en abandonar el aposento y refugiarse en el lecho. Apenas concilió el sueño. Los primeros rayos del sol la sorprendieron pensando si lo sucedido era una realidad o fantasía.
Sin poder contener la curiosidad, bajó al saloncito. La emoción casi la desvanece al ver el laúd de plata en el mismo lugar que había quedado la noche anterior. Corrió entonces a despertar a su tía contándole con voz entrecortada por la agitación lo sucedido y la existencia del magnífico instrumento.
Después de vestirse, bajó Fredegunda al salón, y su frío corazón se enterneció cuando su sobrina, pulsando el laúd, arrancó de sus cuerdas una melodía tan prodigiosa como cautivadora.
Jacinta encontró en la música felices momentos que le hacían olvidar las penas de su corazón. Pero sin darse cuenta, las maravillosas notas del laúd detenían a cuanta persona se aproximaba a la Torre.
Las propiedades de aquella extraordinaria música no tardaron en conocerse y hacer famosa a su ejecutante.
Los nobles más distinguidos rivalizaban en invitar a aquella virtuosa joven, porque sus ejecuciones eran un poderoso imán, sin el cual no había fiesta posible.
Su celebridad corrió por España entera y en todas las ciudades se elogiaba a la renombrada artista, cuya música exaltaba los sentidos.
Jacinta no se daba tiempo en atender tanta invitación y agasajos, y la vigilante Fredegunda, cada vez más alerta y desconfiada, debía sostener verdaderas batallas para contener a los admiradores de su maravillosa sobrina.
Mientras esto ocurría, el rey Felipe V fue presa de una rara enfermedad mental que, después de pasar por diversas alternativas, hizo crisis en la manía de creerse muerto, y que como tal, ordenó debían darle sepultura.
Grave conflicto causó a la reina y a los ministros tan raro capricho. No podían desobedecer la real orden ni tampoco cumplirla, pues el enterrarlo vivo hubiera sido castigado por el delito de regicidio.
Preocupados por tan complicado problema, los personajes de la Corte buscaban toda clase de soluciones, cuando llegaron a sus oídos las maravillosas virtudes de una joven tañedora de laúd. Al punto se destacaron emisarios en su busca, y, pocos días después, la joven llegó al palacio vestida al estilo andaluz y con su laúd de plata, en momentos que Isabel se paseaba en compañía de sus damas de honor por los hermosos jardines.
Sorprendida quedó la reina al ver tan noble belleza y timidez en la joven que enloquecía de admiración a España, y que con tanto acierto llamaban la "Rosa de la Alhambra".
Su tía Fredegunda no tardó en informar a la soberana de su historia y antepasados, aumentando el interés de la reina al enterarse de que descendía de muy noble familia y de que su padre había dado la vida en defensa de sus reyes.
-Espero -dijo Isabel- que tu llegada a la Corte confirme tus excelentes dotes como ejecutante de tan precioso instrumento. Pero, si eres capaz de aliviar el mal que aqueja a tu rey, gozarás de mi protección y muchos serán los honores y riquezas que te aguardan.
Ansiosa de probar las virtudes de tan eximia artista, guió a la joven a través del palacio hasta llegar a una tétrica aunque imponente sala, cubierta con negras colgaduras. Largos velones iluminaban un suntuoso catafalco, desde donde asomaba la nariz del monarca, que, con las manos cruzadas sobre el pecho, esperaba que le dieran sepultura.
Entró la reina, haciendo señas de guardar silencio a los enlutados y tristes caballeros que rodeaban a su esposo, y señalando un pequeño asiento, indicó a la hermosa Jacinta que podía comenzar.
La emoción hizo en un principio vacilar sus delicados dedos, pero a medida que iba tocando, su entusiasmo crecía y con ello mejoraba la forma de ejecutar, que alcanzó a una perfección tal, que los presentes se sintieron transportados al reino de la música. Después de tocar algunas melodías que el maniático rey creyó sin duda provenían de los ángeles, la eximia artista empezó a cantar al compás del laúd un famoso romance que exaltaba las glorias de la Alhambra y los heroicos hechos de armas de los guerreros moros. Como la canción se asociaba al recuerdo del apuesto paje, fue tal el sentimiento que puso al entonarla, que el rey incorporóse en el catafalco para luego arrojarse al suelo y ordenar con viva impaciencia que se le trajera su espada y su escudo.
Al punto aquella orden fue coreada por vivas y gritos de alegría, las ventanas fueron abiertas y el sol entró raudo.
Pasado este primer momento, todos se volvieron a la excelsa artista, que había abandonado su asiento y presa de una intensa palidez, mientras el laúd se deslizaba hasta el suelo, iba a caer desvanecida, si en el mismo momento no la hubiesen recogido los brazos del apuesto Ruiz de Alarcón.
Repuesta la hermosa Jacinta de su emoción, no se negó a escuchar las justificaciones que de su inexplicable silencio le ofrecía el joven. Como era de imaginar, apenas confesó a su padre su afecto por la joven, éste le prohibió en absoluto toda relación que no estuviera de acuerdo con su alcurnia y nobleza.
Pero pronto la reina venció los escrúpulos de tan rígido padre, que al conocer la gracia y belleza de su futura hija y las mercedes y favores que le otorgaban en la Corte, consintió, sin más vacilar, no tardando mucho tiempo en celebrarse con gran pompa las bodas de la hermosa "Rosa de la Alhambra" con el gentil caballero Ruiz de Alarcón.
En su felicidad, olvidaron el mágico laúd, que al cabo de un tiempo fue robado por un envidioso artista italiano traído a la Corte, antes de la maravillosa cura del rey. A su muerte sus ignorantes parientes hicieron fundir el preciado metal, mientras que sus cuerdas fueron aprovechadas en un viejo violín de Cremona, cuyas mágicas notas dieron merecida fama al gran Paganini.





Leyenda del Gobernador y el Notario


Entre las autoridades que gobernaron la Alhambra, se destacó, hace muchísimos años, un viejo y valiente militar que, habiendo perdido un brazo en una célebre batalla, era conocido por el nombre de "El gobernador manco".
Ufano de su gloria y coraje, irritable y severo en sus actos, resultaba imponente con los largos y erguidos mostachos que casi le llegaban a los ojos, altas botas y larguísima espada.
Aplicaba con toda exactitud los reglamentos y ordenanzas que establecían a la Alham Ira como fortaleza real. No se podía entrar con ninguna clase de armas, a no ser algún noble caballero, y los jinetes debían desmontar al llegar a la puerta y conducir por la brida a su cabalgadura.
Como el gobernador no hacía excepciones y mantenía con estricto rigor su autoridad, muy pronto se indispuso con el capitán general que mandaba en la provincia y que no toleraba que en su jurisdicción existiera otro Estado que resistiese a su poder.
Esta enemistad, agriada por continuas discusiones, exasperaba y enfurecía cada vez más a las celosas autoridades.
"El gobernador manco" alcanzaba cierta ventaja
sobre su rival, porque el suntuoso palacio de la capitanía, situado al pie de la colina en que se levantaba la Alhambra, era dominado por una de las salientes de la fortaleza y allí, en horas en que mayor era la cantidad de gente que iba y venía, se paseaba erguido, espada al cinto, con desdeñoso gesto de superioridad militar.
Cada vez-que bajaba hasta la ciudad, lo hacía con gran pompa, en la vieja carroza tirada por ocho mulas y con numerosa escolta de caballerizos y lacayos. Esta exhibición le causaba cierto placer, sobre todo al observar a los impresionados habitantes de Granada contemplarlo con gran temor y respeto. Pero no reparaba en las sonrisas de los amigos del capitán general, que burlándose de tanto aparato lo llamaban: "El rey de los mendigos", de acuerdo con la pobreza y mísero vestir de sus vasallos.
Pero el principal motivo de tanta enemistad lo proporcionaba el derecho que tenía el gobernador de pasar las provisiones para la fortaleza libres de todo impuesto provincial.
Este privilegio provocó que numerosas bandas de contrabandistas hicieran grandes negocios en connivencia con los soldados de la guarnición.
La situación llegó a tal extremo, que el capitán general decidió un día ponerle fin. Para resolver el asunto, llamó a un solapado notario que atendía la secretaría y que se distinguía por tramar toda clase de enredos y pleitos contra la autoridad de la Alhambra.
Después de estudiar el caso, el astuto secretario le aconsejó que insistiera en detener y registrar cuanto cargamento pasara por la ciudad. Para afirmar sus derechos, redactó un extenso memorial que debía enviarle al gobernador.
Recibirlo el viejo militar y poner el grito en el cielo fue todo uno.
-Al diablo -exclamó furioso- con leyes y notarios. ¡Qué pobre capitanejo ha de ser el que pretende asustarme con papeluchos y escritos de un avenegra! ¡Ya le demostraré lo que vale una espada frente a un tinterillo!
Y sin más, contestó al largo escrito sosteniendo sus derechos al libre tránsito y amenazando con castigar a los plebeyos aduaneros que se atraviesen a detener cualquier cargamento destinado a la Alhambra.
Planteada tan grave situación, llegó un buen día una mula cargada con víveres para el gobernador. El cabo que mandaba el pelotón, custodio del animal, era como su jefe, testarudo y valiente. Al llegar a las puertas de la ciudad puso sobre la carga la bandera de la Alhambra, y con aire de desafío hizo avanzar sus cuatro soldados.
Habían caminado muy pocos pasos cuando sonó el "¿quién vive?" del centinela.
-Fuerzas de la Alhambra -contestó con aire marcial el cabo.
-¿Qué lleváis?
-¡Víveres para el gobernador!
-Pasad .. .
El cabo dio la voz de marcha y apenas el reducido convoy caminó unos metros, cuando varios aduaneros que permanecían ocultos en el puente los rodearon en forma amenazadora.
-¡Deteneos! ¡-gritó el que parecía el jefe-. No podéis pasar sin que hayamos visto lo que lleva ese animal.
Sin dejarse atemorizar, el cabo ordenó atención, preparar las armas y seguir avanzando.
-No sois ciegos para ver la bandera de la Alhambra y por tanto lo que llevamos escapa a todo registro. -
-¡Al diablo con tu bandera y para de una vez.
-No reconozco vuestra autoridad y si la queréis imponer os va costar caro.
Dicho esto, fustigó a la mula, pero el jefe de los aduaneros se adelantó y la tomó de las riendas. El cabo, después de dar la voz de alto, disparó el fusil, hiriéndolo de muerte.
Los aduaneros cayeron sobre el viejo militar. que después de sufrir las iras del populacho, traducidas en puntapiés, palos y golpes de puño, fue cargado de cadenas y encerrado en la cárcel.
Sus soldados, que a favor de la confusión habían emprendido una estratégica retirada, retornaron en busca de la mula, cuya carga había sido registrada y aliviada.
Al enterarse el gobernador de los pormenores del grave episodio, el insulto a su bandera y la prisión de un jefe de sus tropas, su cólera alcanzó límites insospechados. Pensó enclavar cañones en la saliente que dominaba a su enemigo y bombardear la capitanía general, pero como aquel plan no era factible porque la artillería estaba fuera de uso, se conformó con enviar a un soldado exigiendo - la entrega del cabo por considerar que únicamente él podía castigar los delitos cometidos por sus súbditos.
El capitán general, aconsejado por el solapado notario, contestó, después de muchos días, que como el hecho había ocurrido en la ciudad y la víctima era uno de sus servidores, no cabía ninguna discusión ni duda sobre sus derechos a juzgar al autor del crimen.
Insistió el gobernador en lo que creía justo y contestó el capitán general con nuevos argumentos legales, cosa que ponía fuera de sí al viejo militar, que odiaba todas las mañas y argucias de los defensores de la ley.
Mientras se cruzaban pedidos y negativas, el astuto notario, que se divertía en provocar la ira del gobernador, continuaba con toda rapidez la instrucción del sumario. El autor del hecho detenido en un pequeño calabozo, consumía su impaciencia asomándose a una ventana cruzada con gruesos barrotes por donde conversaba o recibía regalos de sus amigos.
Después de llenar cientos de hojas con declaraciones de testigos, antecedentes y reconstrucciones, el falso notario consiguió enredar en tal forma al cabo, que sin saber cómo terminó por confesarse autor del delito de asesinato, que se castigaba con la muerte en la horca.
Al saber el gobernador el fin que aguardaba a su fiel soldado, llegó al colmo de la furia y lanzó toda clase de amenazas contra la ciudad. Pero sus autoridades parecieron ignorarlas y el día antes del señalado para cumplir la sentencia el cabo fue puesto en capilla.
Llegadas las cosas a tal extremo, el gobernador no vaciló en resolver personalmente este asunto. Hizo disponer la carroza, y escoltado por soldados y servidores bajó a la ciudad como si fuese a visitar amigos. Después de recorrer algunas calles, dirigióse hacia la casa del notario. Se detuvo ante ella y ordenó que lo llamaran hasta la puerta.
-Según noticias, ha sido condenado uno de mis soldados -gritó el gobernador.
-Así es, señor -contestó con socarrona sonrisa el notario-. No se ha hecho más que, cumplir las disposiciones de la ley, como fácil os será comprobarlo leyendo las declaraciones y la confesión del autor.
-Quisiera convencerme de esa justicia, si no tenéis inconvenientes -pidió el gobernador.
El notario, inflado de vanidad, al poder demostrar su saber e inteligencia en asuntos de esa clase, no tardó en regresar con el voluminoso expediente. Acercándose a la carroza se puso a leer, dándose mucho tono y autoridad, las principales partes del juicio. Lo hacía con tanta teatralidad, que pronto los vecinos empezaron a rodearlo llenos de curiosidad.
-Si podéis, haced el favor de subir a la carroza -le interrumpió el gobernador-. Me distrae este corrillo de abribocas y no puedo seguir vuestra lectura.
Aceptó el notario de buen grado la proposición del gobernador, pero no había terminado de sacar el segundo pie del estribo, cuando en contados segundos se cerró con fuerza la puerta de la carroza, el conductor sacudió varios latigazos a las mulas y coche, escolta y servidores, ante el asombro de los vecinos, partieron a toda velocidad hasta llegar a la Alhambra y encerrar al prisionero en uno de los mejores calabozos.
Después de tener asegurada tan valiosa presa, el gobernador envió a un oficial con bandera de parlamento, proponiendo a su enemigo el canje de los prisioneros.
El capitán general, herido en su dignidad, rehusó en forma altanera esa proposición y ordenó se aceleraran los trabajos para levantar una gran horca en el centro de la plaza.
-¿Con que ésas tenemos? -dijo el viejo militar, mandando se construyese otro patíbulo en la parte de la fortaleza que dominaba la plaza.
Cuando estuvo listo, envió un nuevo mensaje advirtiéndole que en cuanto el cabo fuese ahorcado, el pérfido notario bailaría al extremo de una cuerda.
El capitán no varió sus propósitos. Hizo formar las tropas, mientras redoblaban los tambores y tocaban las campanas anunciando la ejecución.
El gobernador no se quedó en menos. Mandó formar la guarnición de la fortaleza al son de tambores y campanas que participaban la próxima muerte del notario.
Su esposa, que seguía con desesperadas lágrimas toda la ceremonia, cruzó acompañada de sus numerosos hijos la muchedumbre, que no apartaba los ojos de lo que iba a ocurrir en lo bajo y en lo alto de Granada, para caer de rodillas frente -al capitán general y pedirle aceptase la proposición del enemigo.
-Bien conocéis -dijo- que el gobernador cumplirá con su palabra y mi esposo será ahorcado. Comprended, señor, que por un capricho me priváis de sostén y condenáis a la miseria a mis numerosos hijos.
Conmovióse el capitán general por tantas lágrimas que lo ayudaban a no perder tan ladino consejero, y dio orden a un oficial para que condujera hasta la Alhambra al arrogante cabo, que aun vestido con la ropa de ajusticiado no dejaba de ir con la frente erguida y marcial continente, y pidió se cumpliese el canje solicitado.
No se demoró mucho en sacar al notario del calabozo. La socarrona sonrisa había desaparecido y el terror se reflejaba en sus ojos. Sus cabellos encanecieron y fuertes temblores sacudían su cuerpo.
El gobernador, con agria sonrisa, observó un momento su lamentable estado, y apoyando su brazo en la espada, dijo con severo tono:
-Veo que sufrís las consecuencias de mandar gente a la horca. Y aunque estéis amparado en la ley, la confianza nunca debe cegaros, sobre todo cuando sintáis deseos de provocar con esas chanzas a un viejo militar.
Según dicen los viejos habitantes de Granada, el capitán general no tuvo, desde ese entonces, malos consejos y la paz volvió a reinar entre tan celosas autoridades.


Las Cruzadas y los Primeros Reyes de Granada


No pueden leerse las maravillosas y graciosas leyendas de la Alhambra sin recordar a los reyes que tuvieron la virtud de fundar y construir esta joya arquitectónica, sublime demostración del genio de los artífices árabes, monumento imperecedero de la gloria de España.
Para conocer tan interesantes hechos, debió el autor estudiar las numerosas crónicas que se conservan en la Biblioteca de la Universidad de Granada.
Según la historia, el primero de estos reyes, llamado Mohamed Abu - Alhamar, nació en Arjona en el año 1195 de la Era Cristiana. Descendiente de la noble rama de los Beni-Nasar, sus padres no escatimaron medios para educarlo de acuerdo con el elevado rango que ocupaba la familia.
La civilización árabe había alcanzado en aquel entonces gran adelanto. En las principales ciudades existían escuelas y sabios maestros de artes y ciencias, donde los más ricos y distinguidos personajes educaban a sus hijos.
Al llegar Abu-Alhamar a la mayoría de edad, demostraba gran inteligencia y perspicacia, tanto en las ciencias como en los negocios públicos, por lo que fue nombrado alcaide de las ciudades de Arjona y
Jaén. Pronto se distinguió por su bondad y justicia, lo que le proporcionó enorme popularidad y merecido respeto.
A la muerte del rey Abou Hud, el pueblo musulmán se dividió en varios bandos. Muchos nobles se manifestaron a favor del justiciero Abu-Alhamar. Sus partidarios aumentaron en tal forma que, después de ser aclamado en numerosas ciudades, llegó a Granada, donde fu é proclamado soberano.
Su gobierno dio a sus entusiastas súbditos nuevos motivos de alegría y bienestar. Creó un admirable sistema de policía y dictó estrictas leyes para la administración de justicia. Atendía personalmente a los necesitados, fundando numerosos hospitales para ciegos, ancianos y enfermos; escuelas para instruir los niños, carnicerías, hornos públicos y un sistema de irrigación que beneficiaba a la ciudad y los campos vecinos.
Por su sabia administración y sus inteligentes iniciativas, Granada se había convertido en un centro de cultura y comercio que traía la prosperidad a sus habitantes.
Como no hay felicidad duradera, y cuando menos se sospechaba, sobre el reino se elevaron amenazadores nubarrones que presagiaban sangrienta guerra.
Los ejércitos cristianos, aprovechando las divisiones y rivalidades de los príncipes moros, habían empezado a recobrar el territorio que permanecía en manos de los árabes.
Jaime el Conquistador se había apoderado de Valencia y Fernando el Santo de Andalucía, llegando a sitiar, hasta que consiguiera tomarla, la ciudad de Jaén.
Abu-Alhamar comprendió bien pronto la imposibilidad de resistir las poderosas fuerzas de Castilla. Después de profunda meditación resolvió presentarse, en forma secreta, al rey Fernando.
Cuando llegó a su presencia, besando la mano del monarca español, dijo:
-Soy Mohamed Abu-Alhamar, rey de Granada; vengo a ponerme bajo vuestro mando. Aceptadme como vasallo y disponed de mis pobres dominios como mejor os plazca.
Fernando, que tenía buen corazón, apreció como se debía este gesto y, abrazando a su rival, lo admitió con los derechos y prerrogativas de su más noble vasallo, con la condición de pagarle cierto tributo anual y ayudarlo en sus campañas militares.
El rey Fernando pronto necesitó el auxilio de Abu-Alhamar, quien acudió al frente de quinientos guerreros para combatir contra los de su raza y religión.
El valor que demostró el moro en la conquista de la ciudad de Sevilla, sus solicitudes a Fernando para que tuviese clemencia con los vencidos, no vencieron su triste fama ni su amargura al darse cuenta que a su reino le amenazaban graves peligros.
Los habitantes de Granada esperaban a su rey con grandes festejos y arcos de triunfo, en homenaje a su bravura y bondad. La multitud delirante lo aclamó como "El Ghalib", o sea "El Victorioso", pero el apenado rey exclamó: "¡Sólo Dios es vencedor!", palabras que adoptó por divisa, haciéndolas grabar en su escudo.
Mohamed tenía presente que la paz que había comprado a tan duro-precio no podía ser duradera. Siguiendo el viejo refrán "Ármate en tiempo de paz y abrígate aun en verano", empezó a construir obras de defensa, aumentando sus arsenales y estimulando en toda forma las artes e industrias que dieran mayor poderío a Granada.
De estas iniciativas surge la que más brillo y renombre ha de dar a su reino: el maravilloso palacio de la Alhambra.
Su construcción empezó en el año 1250 y fue dirigida y vigilada por Abu-Alhamar, cuyas sencillas costumbres lo llevaban a mantener largas conversaciones con los obreros y dirigir los trabajos de los artistas y maestros de obra.
Pasaba la mayor parte del tiempo en los jardines, donde se cultivaban las plantas y flores más exóticas y hermosas de España, leyendo o completando la educación de sus tres hijos.
Permaneció fiel a su promesa de lealtad, y a la muerte de Fernando el Santo envió, con su pésame al nuevo rey Alfonso X, un séquito de cien caballeros que velasen sus restos en la Catedral.
Mohamed Abu -Alhamar llegó a vivir muchísimos años. Un día, al salir al frente de las tropas para rechazar un ataque de sus enemigos, uno de sus jefes, por casualidad, rompió la lanza contra el arco de la puerta. Sus acompañantes vieron en ello una señal de mal augurio y rogaron al anciano rey que desistiera de sus propósitos y confiara las tropas a otro jefe. Pero Abu - Alhamar no hizo caso y ordenó continuar la marcha. Al atardecer, un súbito malestar casi lo derriba del caballo. La extraña enfermedad tuvo un trágico desenlace frente al cual se declararon impotentes los médicos de la Corte, falleciendo el soberano.
Su cuerpo fue embalsamado y colocado en un suntuoso féretro de plata labrada, que se depositó, acompañado por el dolor de sus súbditos, en un magnífico mausoleo de mármol.
La Alhambra guarda, con sus restos, imperecedero recuerdo de su esclarecido fundador. Pero la magna empresa lleva asociado otro no menos ilustre hombre: el que continuó y dio fin a la construcción de tan suntuoso palacio.
No puede quedar en el olvido el célebre príncipe Yusef Abul Hagig, que ocupó el trono de GrpLnada en el año 1333.
Sus condiciones morales eran muy semejantes a las de su antecesor Mohamed Abu - Alhamar, pero su físico mucho más agraciado, causaba admiración. De alta estatura y prodigiosa fuerza, aumentaba su presencia y nobleza con una larga barba negra. Su cultura y sus conocimientos se extendían a todas las ciencias y artes de aquel entonces. Alcanzaba gran fama como poeta y conquistaba a su pueblo por su cortesía y humanidad. Si bien de mucho valor y coraje, aborrecía la guerra por sus inútiles matanzas, por lo que llegó a prohibir a sus guerreros todo acto de crueldad, y mandó respetar y proteger a las inocentes víctimas, es decir, las mujeres, los niños, y los enfermos.
¡Tan nobles sentimientos no podían consagrarlo como un gran guerrero! Derrotado por las fuerzas de los reyes de Castilla y Portugal, se retiró a Granada, dedicándose enteramente a la educación y bienestar de su pueblo.
Inició la construcción de diversas obras, entre las que se cuentan la terminación de la Alhambra, iniciada por Abu-Alhamar, la Puerta de la justicia y el Alcázar de Málaga. Agregó nuevos ornamentos y obras de arte a patios y salones del palacio, revistiendo a su conjunto de la gracia y elegancia que lo han hecho tan famoso y visitado.
Los nobles de la ciudad no tardaron en seguir el ejemplo del rey, y pronto la ciudad se vio rodeada de hermosos palacios, verdaderas obras de arte que llevaron a decir a un escritor que "Granada era en aquella época un vaso de plata cubierto de esmeraldas y jacintos".
La nobleza de Yusef se manifestó cuando su peor enemigo, Alfonso XI de Castilla, murió a raíz de una cruel epidemia mientras sitiaba la ciudad de Gibraltar. En vez de alegría sólo manifestó pesar, diciendo que aquella desgracia privaba al inundo de uno de los más ilustres príncipes.
Sus tropas suspendieron la lucha y abrieron camino a las fuerzas que trasladaban hasta Sevilla al difunto rey.
El destino proporcionó al generoso Yusef un trágico fin. Un día, mientras permanecía en la Mezquita Real, un demente lo atacó con un puñal infiriéndole una herida mortal. El pueblo, indignado, vengó su muerte destrozando al asesino.
Sobre su tumba de mármol fueron grabadas sentidas oraciones. Su nombre flota imperecedero sobre la Alhambra, maravilla que eterniza su recuerdo.


Leyenda del Gobernador y del Soldado

Irritado el "gobernador manco" por las continuas quejas y acusaciones de que la fortaleza se había convertido en un refugio de malhechores y contrabandistas, se decidió un día a limpiar sus dominios de tan peligrosa vecindad. Desalojó, sin contemplación, de las cuevas que rodeaban al palacio, a una numerosa población de vagos y gitanos.
Para que estas medidas se cumpliesen y los truhanes no volvieran a sus antiguas guaridas, ordenó que destacamentos de soldados patrullaran continuamente las alamedas y caminos, arrestando a toda persona sospechosa.
Una luminosa mañana de verano, uno de esos destacamentos mandado por el cabo que tanto dio que hacer al escribano, se encontraba descansando a la sombra de la tapia del jardín del Generalife, y cerca del camino que sube al Cerro del Sol, cuando repentinamente oyeron el trotar de un caballo juntamente con una voz que entonaba, con buen acento, una antigua canción guerrera.
No tardó en dejarse ver un robusto joven, con el rostro tostado por el sol, cubierto por un sucio y deshilachado uniforme de soldado de infantería, y montado en un hermoso caballo enjaezado al estilo árabe.
Asombróse mucho el veterano al contemplar a un militar que en aquellas lamentables condiciones descendiera a caballo tan solitaria montaña Sin tiempo para reflexionar, atinó a decir:
-¿Quién vive?
-Gente amiga.
-¿Quién sois?
-Un pobre soldado que vuelve de la guerra maltrecho y sin un céntimo.
El cabo, el corneta y los soldados que componían la patrulla lo rodearon con curiosidad viendo que llevaba sobre la frente un parche negro que su barba era rubia y vivos sus ojos, que descubrían cierta picardía y buen humor.
De buena gana contestó a las innumerables preguntas que le dirigieron los guardianes del sendero. Agotada su curiosidad, creyó el recién llegado que le tocaba interrogar a su vez.
-Os agradecería -dijo- me informéis qué ciudad es esa que diviso al pie de esta colina
-¿Qué ciudad? -exclamaron todos con asombro mientras que el corneta asumía el papel de informante-. ¡Qué cosa rara y graciosa! un hombre que viene del Cerro del Sol y pregunta que ciudad es Granadal
-¡Granada! ... Por los cielos, ¿será posible?. . . -¡Que si es posible! -insistió el corneta-. ¿No veis desde aquí las torres de la Alhambra?
-¡No trates de engañarme ni me vengas con bromas, mal corneta! Que de ser verdad que esas torres son de la Alhambra, cosas más que' maravillosas debo contar al gobernador.
-Pues como he decidido llevaros a su presencia -dijo al cabo-, pronto podréis contárselas. Inmediatamente ordenó rodear al desconocido mientras el corneta tomaba de la brida al caballo y poniéndose al frente dio la voz: "¡De frente! ¡Marchen! ¡Arm. . . ", partiendo con marcial paso hacia el palacio.
No era muy común en la fortaleza ver conducido prisionero a un mal entrazado soldado seguido de tan hermoso caballo. Pronto los ociosos y comadres que hablaban como cotorras varias horas al día cerca de los aljibes y las fuentes, suspendieron sus conversaciones para entrar a ocuparse de tan extraordinario caso. Todos los trabajos se paralizaban y las mozas que habían ido a 'buscar agua abrían la boca con gran asombro al ver pasar al cabo llevando tan apuesto prisionero. Rápidamente empezaron los curiosos a unirse a la cola de la patrulla y a comentar si el preso era un contrabandista, un desertor o un bandido. Pero la imaginación de uno fue superior y pronto se dijo que el cabo había capturado al jefe de una terrible banda de ladrones.
-Pues ahora -decían las mujeres unas a otras que le libre Dios de las garras del gobernador manco, aunque no las tiene más que en una.
Se encontraba el fiero gobernador en uno de los frescos salones interiores de la Alhambra, tomando el sabroso chocolate de la mañana en compañía de su confesor, un grueso fraile franciscano del vecino convento, sirviéndolos una hermosa doncella de lindos ojos negros, hija de su ama de llaves y que, según decían las malas lenguas, manejaba a su capricho al viejo gobernador, pero nosotros no hemos de hacer caso de esas habladurías.
Con toda la ceremonia que indica el Código Militar, el cabo informó a su superior de la prisión del sospechoso soldado. Incorporóse el viejo gobernador henchido de autoridad, entregó a la linda doncella la taza de chocolate, pidió la espada, atusóse el bigote y después de aclararse el pecho con una tosecita, se arrellanó en el amplio sillón semejante a un trono y, con majestuoso ademán y postura, ordenó comparecen ante su vista al prisionero. El soldado, que mantenía, su excelente humor y tranquilidad, no pudo reprimir un gesto de burla ante la rígida y autoritaria mirada del gobernador, quien, después de observarlo un momento, dijo con voz de trueno:
-Diga el prisionero las causas de su detención e informe sobre su persona.
-Señor, nada más puedo decir que soy un pobre soldado que vuelve de la guerra sin más bienes que cicatrices y golpes.
-¡Así que un soldado! ¡Eh! ¡Y a juzgar por vuestro maltrecho uniforme, de infantería! ¿Y el hermoso caballo árabe que montáis forma parte de las cicatrices y los chirlos?
-Sobre eso, y si su excelencia lo permite, tengo que decirle cosas tan raras y extraordinarias que afectan grandemente la seguridad de esta fortaleza y de toda Granada. Pero su excelencia debe oírlas a solas o a más acompañado de las personas de más confianza y reserva.
El pedido hizo meditar al gobernador unos instantes y no encontrando que perdiera nada en escuchar un cuento, ordenó al cabo y sus soldados que se retiraran hacia la puerta, pero alertas, por si era necesaria su intervención.
-Hablad -dilo el viejo militar- con confianza; este buen fraile es mi confesor; y esta muchacha agregó señalando a la joven que fingía estar ocupada en algún quehacer para enterarse de lo que hablaban- es sumamente discreta e incapaz de revelar un secreto.
El soldado, que ya había admirado la hermosura de la moza, volvió a mirarla con picardía y cariño, diciendo:
-Pues, siendo así, encantado de que nos acompañe esta joven.
Cuando los soldados se alejaron, el prisionero, con un ingenio y una facilidad de palabra que no estaban de acuerdo con la profesión que invocaba, comenzó a decir:
-Como he dicho a su excelencia, soy un soldado que después de batallar y prestar toda clase de servicios, obtuvo justa licencia, por lo cual, separándome de mi regimiento que acampaba en Valladolid, emprendí la marcha a pie hacia mi pueblo natal, situado en Andalucía. Había llegado, ayer tarde, a una árida región de Castilla la Vieja.
-¿Castilla la Vieja? -interrumpió indignado el viejo gobernador-. ¿Pretendéis, pedazo de pícaro, que crea tal embuste? ¡Que de ayer a hoy habéis podido recorrer cerca de cien leguas de camino!
-Así ocurrió, excelencia -contestó sin inmutarse; el soldado-. Ello no es más que una de las tarifas extraordinarias y verdaderas maravillas que debo contaros.
-Si así es, podéis seguir hablando -dijo el gobernador arrellanándose en el sillón y atusándose el bigote.
-Como caía la tarde y no distinguía ninguna casa o refugio donde pasar la noche, apresuré el paso. Todo fue inútil, al llegar la noche no tuve más remedio que acostarme en el llano, teniendo como al mohada mi morral y como techo las estrellas. Sólo un bravo veterano como su excelencia puede comprender que esto no es ninguna cosa del otro mundo para uno que ha hecho algunas campañas.
El gobernador, halagado, asintió con la cabeza mientras sacaba el pañuelo y espantaba unas moscas que zumbaban a su alrededor.
-Para no cansar a su señoría, concretaré mi historia. Después de estar un rato acostado, no me resigné a tener que dormirme muerto de sed. Así que recogiendo mi almohada emprendí de nuevo la marcha. Después de caminar cerca de dos leguas, llegué a un barranco que servía de cauce a un riachuelo, casi seco por la falta de lluvias. En la orilla contraria se levantaba una torre moruna. Crucé el puente que me llevaba a su lado y, después de examinarla, di con una bóveda cavada en sus cimientos. "He aquí -pensé- el sitio apropiado para pasar la noche". Bajé hasta el arroyo, apagando mi sed con un buen trago de agua dulce y pura, y abriendo el morral completé
mi cena con una cebolla y unos pedazos de pan que constituían todas mis provisiones. Me senté sobre una piedra a orillas de un riachuelo, contento, al fin, de tener un techo donde pasar la noche. Su excelencia, que es un veterano, sabe muy bien que ése era un buen alojamiento para un soldado.
-En lugares peores he acampado en mis buenos tiempos -dijo el gobernador, guardando el pañuelo en la cazoleta de su larga tizona.
-Roía con todas mis ganas los duros pedazos de pan -siguió contando el soldado-, cuando me sobresaltó un ruido que salía de la bóveda. Al prestar atención reconocí que lo producían los cascos de un caballo. Así resultó ,a los pocos instantes. Por una puerta que daba al arroyo salió un hombre conduciendo de la brida a un fogoso corcel. La oscuridad no permitía individualizarlo, y pensé que no podía ser sino un contrabandista o un bandolero quien vagaba por aquellas solitarias ruinas, pero, como no tenía nada que me robase, pronto me tranquilicé y seguí dándole a los dientes. El recién llegado acercóse al arroyo para darle de beber al caballo, advirtiendo con gran sorpresa que era un moro, armado con coraza de acero y reluciente casco que brillaba a la luz de las estrellas. El caballo, enjaezado a la usanza ,árabe, llevaba grandes estribos. No bien llegó al agua, metió en ella el hocico, bebiendo tanto que creí que iba a estallar.
"-Amigo -le dije sin poder contenerme-, mucha sed tiene su caballo.
"-Bien puede tenerla -me respondió el desconocido con acento árabe-, hace casi un año que no la prueba.
"-¡Dios mío! Aguanta más que los camellos que he visto en África -exclamé-. Pero como estaba aburrido de estar solo no vacilé en invitarlo a que compartiera mi pobre cena. Al fin y al cabo, poco debe fijarse el soldado en la religión que profesan sus compañeros, pues, como su excelencia conoce muy bien, todos los militares del mundo son amigos en tiempo de paz."
El gobernador, magnánimo y demostrando saber, asintió con la cabeza.
-Pues como le decía, lo invité a compartir mis mendrugos.
-Mucho os agradezco -contestóme-, pero debo emprender inmediatamente mi viaje y no tengo tiempo que perder.
-¿Y a qué región os dirigís? -le pregunté.
-A Andalucía, donde debo llegar antes del amanecer.
-Allí es mi destino -dije con alegría-, ya que no habéis aceptado la cena, permitidme al menos que monte en la grupa de vuestro caballo, que es bastante vigoroso y capaz de soportar una carga doble.
-Pues no encuentro ningún inconveniente en complacerte -contestó el moro montando y ,agregando una vez que me acomodé en la grupa-: pero ten cuidado de aguantarte firme, pues este caballo corre casi como el viento.
-No paséis temor -le respondí mientras iniciábamos la marcha-. El caballo, después de andar al paso, tomó un trote largo y después un galope que se convirtió al momento en una vertiginosa carrera. Todo pasaba a nuestro lado como flechas. Apenas vi las luces de un pueblo le pregunté:
-¿Qué ciudad es aquélla?
-Segovia -me contestó-. Pero no había terminado de decir estas palabras cuando las torres de la ciudad desaparecieron, hallándonos en las sierras de Guadarrama. Después de rodear la muralla de Madrid y de desfilar, ante mis asombrados ojos, montañas, valles, ríos, pueblos y castillos, envueltos en el silencio de la noche, y para no aburrir a su señoría, al llegar a la falda de una montaña, detuvo repentinamente tan extraordinaria cabalgadura.
-Hemos llegado al fin de nuestro viaje -dijo. "-Por más que miré en torno mío no alcanzaba a localizar la región en que me encontraba. Solamente advertí delante de nosotros la entrada de una gran caverna. Mientras la contemplaba asombrado, empezaron a brotar de ella, con la rapidez y furia de un huracán, una multitud de guerreros moros, ya a pie o a caballo, y antes de que hubiera podido preguntar nada a mi camarada, picó espuelas y se unió a los aparecidos. Después de recorrer una larga y fatigosa senda que bajaba hasta un valle próximo y gracias a la luz del día que pronto brilló en todo su esplendor, pude ver grandes caravanas que bordeaban el camino, y que contenían toda clase de escudos, yelmos, corazas, lanzas y cimitarras; grandes pilas de municiones y equipajes diversos por el suelo. ¡Qué alegría hubiese experimentado su señoría, como buen veterano, al admirar aquellas espléndidas armas de guerra! En otras cavernas se alineaban numerosos jinetes, lanza en ristre, con banderas desplegadas, como prontos para entrar en batalla, pero permanecían inmóviles como estatuas mientras que en otras había soldados que descansaban en el suelo al lado de sus caballos.
"Para finalizar la narración de estos maravillosos sucesos y no cansar a su señoría, entramos por último en una fantástica caverna, cuyas paredes estaban cubiertas con incrustaciones de oro, plata, brillantes, zafiros y otras mil piedras preciosas. En una parte se alzaba el trono, en el que se hallaba reclinado un rey moro, recibiendo homenaje de sus súbditos, rodeado de sus nobles y guardado por unos descomunales soldados africanos, armados de filosas cimitarras.
Hasta ese momento, y siguiendo esa costumbre, que tan bien conoce su excelencia, de que el soldado no debe preguntar nada cuando está de servicio, me fue posible aguantar mi curiosidad. Pero ante ese espectáculo, no pude dejar de interrogar a mi acompañante.
-¿Puedes decirme, camarada -dije-, qué significa todo esto?
-Contemplas -respondió el guerrero con solemne voz y ademán- un profundo y terrorífico misterio: Boabdil, el último rey de Granada, su corte y su ejército.
-Difícil me resulta creerte -contesté-, tal rey y tal corte abandonaron España hace cientos de años, para dejar sus huesos en el África.
-Lo que repites -me respondió el moro- no son más que falsas historias, porque la verdadera ha sido que Boabdil y sus guerreros pelearon hasta el fin por la defensa de Granada, y fueron encerrados gracias a un poderoso hechizo en esta montaña. Los que se rindieron y abandonaron Granada no eran más que una serie de espíritus a los que se les permitió tomar esa forma para engañar a los reyes cristianos. Te confiaré, además, amigo, que España es un país encantado; no hay cueva en la montaña, solitario torreón o abandonado castillo en la sierra, donde no se oculten hechizados guerreros, que duermen o dormirán por siglos hasta que Alá considere que han expiado sus pecados y la hermosa España vuelva a sus manos. Una vez al año, en vísperas de San Juan, se ven libres, mientras dure la luz del sol, del mágico encantamiento y pueden rendir pleitesía a su rey. En cuanto a mí -siguió diciendo el moro-, me toca vivir en la vieja torre que hay al lado del riachuelo, donde debo volver antes de llegar el alba. Los demás guerreros que habitan en estas cavernas, en cuanto cese el hechizo, mandados por Boabdil, recobrarán el trono en la Alhambra, y después de dominar a Granada, se llamará a todos los guerreros que se encuentran en este país, para conquistar para el Islam toda España."
Alarmado por semejante noticia no pude menos que decirle:
-¿Pero esto ocurrirá dentro de poco tiempo? "-Alá es el único que puede resolverlo. El día de nuestro desquite se nos aproximaba cuando el
rey nombró a un valiente veterano gobernador de la Alhambra. Mientras ese guerrero conocido por el nombre del "Gobernador Manco" esté al- frente de esa fuerte plaza, será imposible a Boabdil moverse a conquistarla".
Al escuchar el temor y el alto concepto que inspiraba a sus enemigos, el gobernador se irguió en su asiento, acarició su espada y se atusó con gran, pompa sus bigotes.
-Para finalizar este relato que puede cansar a su señoría, el guerrero moro, después de explicarme los motivos que retenían a Boabdil, se apeó del caballo diciéndome:
-Hazme el favor de cuidarme el caballo mientras voy a rendir homenaje a Boabdil.
Después de decir esto y mezclarse con la multitud que desfilaba ante el trono, se me ocurrió que bien podía aprovechar ese momento para huir de aquel ejército de aparecidos, y con la decisión que un soldado debe tener, como bien sabe su señoría, me apropié del caballo como trofeo de guerra sobre un infiel y enemigo de la patria. Monté con rapidez, taloneé al animal y emprendí la retirada a toda velocidad. Pronto me persiguieron centenares de soldados que me dieron alcance y me arrastraron hasta la puerta de la caverna de donde salían toda clase de guerreros en dirección hacia los cuatro puntos cardinales.,
Aturdido por los acontecimientos y el frenético galopar, perdí el conocimiento y al recobrarlo me encontré tendido en una desierta montaña, con el caballo árabe a mi lado, pues al caer quedó enredada la brida a mi cuerpo, impidiéndole huir a su guarida. "Su señoría, como persona de gran ilustración e inteligencia, comprenderá, mi asombro al despertar en semejante lugar. Después de incorporarme vi una ciudad y este hermoso palacio. Con el caballo de la brida, por temor de montarlo y que hiciera una de las suyas, empecé a descender hasta encontrarme con los soldados que me informaron que la ciudad era Granada y que esta fortaleza era gobernada por el muy temido y terror del infiel moro. Al enterarme de esta grata noticia pedí que me condujeran ante su señoría a fin de informarle de cuanto sabía y que pueda tomar las medidas que crea convenientes para salvar al reino de la amenaza de ese formidable ejército encantado".
-Os he escuchado con atención -dijo el gobernador- y creo que bien podréis decirme qué me aconsejáis para impedir ese ataque.
-No creo que un modesto soldado deba dictar consejos a un hábil y valiente guerrero como su excelencia, pero podría decir, que deberíanse tapiar todas las grutas y cavernas que existen en las montañas, de modo que el encantado ejército de Boabdil quede aprisionado y deje de ser un peligro para la seguridad de España. Además, si este reverendo monseñor -agregó el soldado dirigiéndose al fraile- bendice las tapias y pone unas cruces e imágenes de santos, creo que ello sería suficiente para desbaratar cualquier tentativa de los infieles.
-Oportuna y eficaz resultaría tal medida -dijo gravemente el fraile.
El gobernador, apoyando su único brazo en su espada de fuerte acero toledano, clavó iracundo sus ojos en el soldado y con voz de trueno dijo:
-¿Os creéis, pedazo de pícaro, que me vais a engañar con toda esa- historia de torres, cavernas y moros hechizados...? ¡Ni lo pretendáis por un segundo ... ! Sois sin duda un astuto zorro, pero sabed que os tenéis que entender con otro más astuto y más viejo que no se deja engañar fácilmente. ¡A ver! ¡Guardias! ¡Poned cadenas a este bandido!
La joven y bella moza sintió impulsos de hablar en favor del prisionero, pero el gobernador manco le impidió hacerlo con un rígido ademán.
Al ponerle las cadenas uno de los guardias notó que uno de los bolsillos abultaba en demasía y al registrarlo vio que era un bolsón de cuero bastante pesado. Lo vació sobre la mesa, y ante el general asombro salieron hermosas joyas, rosarios de perlas, cruces de brillantes e infinidad de monedas antiguas que rodaban por la mesa y el suelo.
Hasta reunir las piezas de oro que habían ido a refugiarse en todos los rincones de la habitación, el procedimiento de la justicia fue suspendido. El .gobernador, a quien no había conmovido el episodio y conservaba toda su gravedad y presencia, seguía con vigilante mirada la búsqueda de las piezas, no descansando hasta que vio en el bolsón todas las monedas y alhajas esparcidas.
El fraile, ante la vista de objetos tan sagrados, había sufrido un ataque de indignación, poniéndose rojo como la grana.
-Sacrílego infame -exclamó-. ¿Dónde habéis robado estas sagradas reliquias?
-Nada he hecho, monseñor -contestó el acusado-, esas reliquias debieron ser robadas por el infiel moro a quien arrebaté el caballo. Iba a referir. a su señoría, cuando ordenó que me cargaran cadenas, que al recobrar el conocimiento encontré atado al arzón de la silla ese bolsón de cuero que sin duda contenía el botín del infiel.
-Así será -replicó el gobernador-, pero por ahora y hasta mejor resolver, os encerraré en un buen calabozo de las Torres Bermejas, que no están bajo ningún hechizo' y libres de vuestros enemigos moros.
-Su señoría ordenará con acierto -dijo el prisionero con cierta ironía- y mucho será mi reconocimiento por permanecer unos días en esta hermosa fortaleza. A un soldado que ha cumplido varias campañas, poco le interesa el lugar, con tal de tener una pasable cama y un regular rancho. Sólo recuerdo a su señoría que no olvide tapiar todas las cavernas de las montañas.
Sin decir más el prisionero fue conducido a un sólido calabozo de las Torres Bermejas, el hermoso corcel a las caballerizas del gobernador y el pesado bolsón guardado en el arcón de su señoría, en opinión contraria del fraile, que alegó que por ser cosas sagradas debían depositarse en la iglesia; pero como el rígido gobernador se había hecho cargo del asunto y nadie podía discutirle su autoridad, no insistió el clérigo, si bien pensó informar cuanto antes a la curia de Granada.
Las severas medidas del gobernador se explicaban, porque en aquella época asolaba la región serrana de Granada una banda de pintorescos ladrones capitaneados por el célebre y temido Manuel Borrasco, el cual no se limitaba a fijar su lugar de operaciones en la campiña, sino que entraba en la ciudad con distintos disfraces para informarse de las caravanas de mercaderías o viajeros portadores de dinero u objetos de valor que estaban próximos a salir y a los cuales se ocupaban de aligerar en las varias encrucijadas del camino. La repetición de estas hazañas y robos, había llevado la justa alarma a las autoridades. Todos los comandantes de puestos militares fueron advertidos para que redoblasen la vigilancia y trataron en toda forma de apresar a los malhechores.
El gobernador manco, al apresar lo que creía un célebre bandido, lo creyó motivo suficiente para rehabilitar el mal nombre que gozaba la fortaleza.
La noticia de la prisión del soldado no tardó en correr rápidamente por la fortaleza y la ciudad. Aunque nadie conocía al preso, pronto fue creída la versión de que era nada menos que el famoso bandido Manuel Borrasco, terror de las Alpujarras, y que el gobernador manco lo había encerrado en las Torres Bermejas. El calabozo en que se guardaba tenía una ventana asegurada con gruesos barrotes de hierro, que daba a una explanada donde solían reunirse los curiosos y las víctimas que acudían a reconocerlo como autor de sus despojos. Después de mucho contemplarlo, como una fiera de exposición, todos debieron confesar que aquel soldado no era Manuel Borrasco, quien por sus facciones feroces no tenía el más ligero parecido al simpático soldado.
Los comentarios seguían en aumento; a los curiosos de la ciudad se unieron los que acudían de todas partes de España para contemplar a aquel célebre bandido. Pero todos estaban de acuerdo en afirmar que aquel soldado no era ni la sombra de Manuel Borrasco. Esta unanimidad llevó a la gente a creer que la historia extraordinaria contada por el prisionero podía ser verdadera, pues era muy conocida la leyenda, que se trasmitía de padres a hijos, de que el ejército de Boabdil, presa de un mágico encanto, había quedado encerrado en las montañas. Muchos escalaron el Cerro del Sol en busca de la cueva. descripta por el prisionero, dando más verosimilitud a la historia el hecho de encontrarse con un pozo cuya profundidad nadie conocía, y no dudaban que debía ser la entrada al refugio subterráneo de Boabdil.
Mientras esto ocurría, el soldado iba ganando el favor popular. Nadie lo consideraba un bandido, y si lo era pertenecía sin duda a los llamados caballerescos, que en España alcanzan tanta simpatía. Los habitantes de la ciudad y la fortaleza, dejándose llevar por su sentimiento, empezaron a criticar el rigor del gobernador y a considerar al prisionero corno una víctima de su cruel, autoridad.
El prisionero, por otra parte, no abandonaba nunca su buen humor, haciendo bromas y chistes a los que se acercaban a sus ventanas, y dirigiendo galantes dichos a las muchachas que pasaban. Alguien le facilitó una vieja guitarra con la que, sentado junto a la ventana, tocaba y entonaba graciosas canciones, muy agradables a las jóvenes vecinas que por las noches solían reunirse en la explanada para bailar sentidos boleros al son de la guitarra. La forzada tranquilidad y un poco de aseo que incluía el haberse afeitado la enmarañada barba, lo convirtieron en un atrayente y simpático soldado a los ojos de las muchachas, opinión que compartía con sumo agrado la hermosa doncella del gobernador, quien declaró, irresistible su picaresca mirada. Esta joven, que simpatizó desde un comienzo con sus desgracias, influyó repetidas veces en el ánimo del gobernador para obtener su liberación. Como nada obtuvo, resolvió obrar por propia iniciativa tratando de suplir la falta de libertad con buenos platos o dulces o algunas botellas de delicados vinos, que no alcanzaban a llegar a la mesa o se perdían en la despensa o amplia bodega del gobernador.
Mientras el prisionero era tan bien visto y considerado como persona de confianza, el gobernador planeaba un ataque a sus enemigos. El hallazgo de la bolsa con joyas y monedas fue probado con tanta exageración, que provocó la intervención del capitán general, su más tenaz enemigo.
Alegaba que el prisionero había sido tomado fuera de la fortaleza y dentro del territorio que estaba bajo su mando; que por lo tanto debía serle entregada su persona y todo lo hallado con ella. El fraile, por su parte, no permaneció quieto y mandó la denuncia al Gran Inquisidor, quien no tardó en reclamarlo, por considerar que las cruces y reliquias pertenecían a la Iglesia, y que el culpable, por considerarlo sacrílego, debía ser quemado en el próximo auto de fe. El gobernador, encolerizado por estas reclamaciones, gritaba que sólo él tenía autoridad para juzgarlo y que antes de que se lo arrebataran, lo haría ahorcar como un espía tomado dentro-de la fortaleza.
El capitán general tramó enviar un fuerte destacamento de soldados para apoderarse del preso y traerlo a la ciudad, mientras que el Gran Inquisidor y un buen número de familiares del Santo Oficio conspiraban por su cuenta. El gobernador no tardó en ser avisado de estas intenciones, ordenando inmediatamente que al amanecer el prisionero fuese trasladado a un calabozo que había dentro de las murallas de la fortaleza.
-¡Que traten de arrebatármelo ahora! -exclamó sacudiendo la empuñadura de su larga tizona-. ¡Mucho tendrán que correr para ganarle a un soldado viejo! Y tú -agregó dirigiéndose a su hermosa doncella-, no te olvides de despertarme antes de que cante el gallo, pues quiero presenciar la ejecución de mis órdenes.
El gobernador se acostó temprano, bufando de satisfacción al volver a burlar a su acérrimo enemigo. Pasaron las horas. El canto del gallo anticipó el amanecer. El sol ya comenzaba a elevarse a buena altura, cuando el gobernador, en vez de despertarse al son de quedos golpes en la puerta, fue sacudido por su veterano cabo, que, pálido por la emoción y el temor, sólo atinaba a decir:
-¡Ha volado! ¡Se ha escapado... !
-¿Qué? ¿Quién ha volado? ¿El halcón? -preguntó medio adormilado el gobernador.
-¡No, señor! ¡El prisionero... ¡ ¡El demonio...!, pues no podemos saber cómo salió del calabozo, porque la puerta está cerrada y las rejas intactas.
-¿Qué? ¿Y el soldado de guardia?
-¡Dormido como un tronco!
-¿Quién fue la última persona que estuvo con él? -agregó el gobernador, ya completamente despierto y tomando los hilos de la pesquisa.
Vuestra doncella, que le alcanzó la cena.
-¡Que comparezca en seguida!
Pero esta orden complicó momentáneamente el asunto. La habitación de la hermosa joven estaba vacía y su cama indicaba que no se había acostado en toda la noche. Ello demostraba que había huído con el prisionero que tan bien cuidaba.
Esto infirió honda herida en el duro corazón del gobernador, pero no había terminado de producirse, cuando una nueva comprobación se lo destrozó del todo. Al entrar en su despacho se encontró abierto su fuerte cofre, del que habían desaparecido el valioso bolsón y dos pesados talegos repletos de monedas.
Esto lo resolvió a tomar cruel venganza, iniciando minuciosas averiguaciones sobre el camino tomado por los fugitivos. Sólo se obtuvo el testimonio de un viejo labrador, que dijo haber escuchado el galope de un caballo en dirección a las montañas antes del amanecer, y asomándose a una ventana, alcanzó a distinguir un jinete que llevaba una mujer en ancas. -Examinad las caballerizas -exclamó el gobernador mancó.
Al momento se registraron, comprobándose que no faltaba más-animal que el famoso caballo árabe, en cuyo lugar había amarrado un grueso garrote, con un letrero que decía:
Al buen gobernador manco que oro, dote y esposa dio, regala este animalejo.
Un soldado viejo.


Leyenda de la Niña y el Tesoro

Entre los habitantes de la Alhambra se contaba, hace muchísimos años, a un pequeño hombrecillo llamado Lope Sánchez, de carácter tan alegre y gracioso, que se había convertido en el animador de todas las diversiones que se realizaban en la fortaleza. Cuando finalizaba su trabajo en los jardines, solía sentarse en un banco de la explanada entonando sentidas canciones que recordaban hechos de famosos guerreros, como el Cid Campeador; Bernardo del Carpío; Hernando del Pulgar y otros, con gran aplauso de los veteranos, para continuar luego con otras más alegres, que permitían a los mozos y doncellas del lugar lucirse bailando fandangos y boleros.
Como la generalidad de los hombres de poca estatura, Lope Sánchez habíase casado con una mujer alta y robusta cuyo matrimonio le había dado una hija, que a los doce años prometía ser tan bajita como el padre, pero de rostro muy agraciado y hermosos ojos negros. Sanchica, como se llamaba la niña, había heredado el alegre carácter paterno; siempre andaba cantando, bailando o saltando por los jardines, alamedas o desiertos salones de la Alhambra.
Según antigua costumbre, los habitantes de la fortaleza se reunían en la elevada meseta del Cerro del Sol para celebrar alrededor de grandes hogueras la víspera de San .Juan, al son de cantos y alegres bailes que ejecutaba la incansable guitarra de Lope Sánchez. Transcurría la animada velada, mientras San_ chica en compañía de otras niñas aprovechaba la hermosa luz de la luna para saltar y recoger piedrecillas entre las ruinas de la vieja torre conocida por "La silla del Moro", cuando con gran asombro encontró una manecilla de azabache, delicadamente labrada, con los dedos cerrados y el pulgar unido a ella. Contenta por el hallazgo, corrió a enseñársela a su madre. No tardó en enterarse del asunto toda la concurrencia, tejiendo toda clase de suposiciones y comentarios en los que se destacaba un cierto temor supersticioso.
-¡Tiradla donde la encontrasteis, que es cosa de infieles! -aconsejaba uno.
-¡Sí! -agregaba otro-. Estas cosas de los moros llevan hechizos y mala suerte.
-¡No hagáis tal! -aconsejaba un tercero-, podéis sacar algunos céntimos vendiéndola a los joyeros de la ciudad.
Cuando la discusión subía de tono y las opiniones llevaban las de nunca entenderse, se acercó al corrillo un viejo soldado que había hecho varias campañas en el África y que tenía el rostro tan tostado por el sol como un moro, y después de examinar detenidamente la manecilla dijo:
-Esto es un maravilloso amuleto contra toda clase de sortilegios y hechicerías, por lo cual debo de felicitarlo, amigo Lope, pues le traerá buena suerte a vuestra hija.
La madre de la niña no vaciló en seguir las palabras del viejo soldado, atando el amuleto con una cinta que colocó alrededor de su cuello.
El hallazgo de la manecilla hizo cesar el baile y las canciones para dedicarse a recordar fantásticas leyendas sentados alrededor de las hogueras. Pero la atención de todos la atrajo una anciana cuando empezó a describir el palacio subterráneo de Boabdil, que todos sabían se hallaba en las entrañas de la sierra.
-Entre aquellos escombros -dijo la narradora estremeciéndose y señalando unos viejos muros y montones de piedras algo alejados de la montaña- se halla un pozo por demás profundo que alcanza a llegar al mismo fondo del Cerro. Por todo el oro del mundo no me atrevería a asomarme a él. Tengo presente lo que le ocurrió hace algunos años a un pastor de la Alhambra que traía sus cabras a ese lugar; bajó al pozo en 'busca de un cabrito que se había caído en él, y salió de allí temblando por la impresión. Cuando consiguió calmarse, empezó a contar tan extraordinarias historias, que todos los que lo conocíamos creímos que se había vuelto loco. Varios días fue presa de un raro delirio con fantasmas moros que lo perseguían por la caverna. Por largo tiempo, Pese a todas las invitaciones y ruegos que se le hacían, estuvo sin subir a la montaña. Pero un día desapareció para no volvérselo a encontrar más. Sus cabras pastaban entre las ruinas y su sombrero y su manta estaban junto al pozo.
Un estremecimiento sacudió al auditorio, mientras que Sanchica, que no había. perdido un detalle de la historia y que era sumamente curiosa se dejaba llevar por el deseo de explorar el misterioso pozo. Disimuladamente se apartó de sus compañeros y después de penoso andar entre tanto escombro y piedras, consiguió llegar a la boca del pozo, que se abría en un declive del Valle del Darro. La niña no titubeó en acercarse al borde y mirar hacia el fondo: la oscuridad era impenetrable. Hondo temor se apoderó de Sanchica, obligándola a alejarse unos pasos; pero calmada volvió a animarse y mirar de nuevo; el miedo la alejó otra vez; pero al fin se decidió, y tomando una piedra la arrojó dentro del pozo; por unos instantes nada sintió, luego escuchó repetidos choques contra las piedras salientes que parecían horribles truenos, hasta que finalmente se hundió en el agua, pero a grandísima profundidad.
El silencio que sucedió al hundirse el guijarro fue de brevísima duración, porque rápidamente comenzó a subir del pozo un apagado clamoreo que fue aclarándose hasta dejarse oír nítidamente, aunque lejano, el ruido de armas, cimbales y trompetas, como si un ejército marchase a la guerra por profundos caminos de la montaña. El espanto alejó a la niña, que se apresuró a volver junto a sus amigas, pero con gran sorpresa y aumento de temor, vio que todas habían desaparecido y que la hoguera estaba a punto de extinguirse. Sanchica llamó a gritos a sus padres y a algunos de sus amigos, pero sólo le respondía el más profundo silencio. Gritando de vez en cuando, bajó rápidamente la falda de la montaña y cruzó los jardines del Generalife, hasta llegar a una alameda que conduce a la Alhámbra, donde debió sentarse en un banco en el momento en que le abandonaban las fuerzas.
El silencio de la noche era sólo alterado por el susurro de un cercano arroyuelo. La placidez y tibieza de la atmósfera adormecían a la niña, cuando de pronto fue llamada a la realidad por algo que brillaba a lo lejos. Fijando la vista notó con sorpresa un gran número de guerreros moros, cuyos rostros eran de una palidez cadavérica, que bajaban por la falda de la montaña camino a las alamedas del palacio.
Armados de lanzas y adargas, cimitarras o hachas, cubiertos de relucientes armaduras que lanzaban destellos al herirlas los rayos de la luna, montaban en hermosos e inquietos corceles de pura raza árabe; pero el sonido de sus cascos no se percibía; parecía que sus pisadas se desvanecían al tocar la tierra. Entre los jinetes cabalgaba una bellísima dama, ciñendo una corona en su hermosa frente, llevando sus trenzas adornadas de riquísimas joyas y la montura recamada en oro. Pero alguna pena muy grande debía acongojarle, porque su semblante reflejaba suma tristeza y sus grandes ojos no se levantaban del suelo.
La seguía un gran cortejo de nobles y servidores lujosamente vestidos, destacándose en medio de ellos, sobre un hermoso corcel de guerra, el rey Boabdil el Chico, cubierto con su manto real bordado con perlas y piedras preciosas, tocado de una corona de oro y diamante. La asombrada Sanchica lo reconoció por el gran parecido que tenía con el retrato que tantas veces había contemplado en la galería de pinturas del Generalife.
El extraño y deslumbrante cortejo desfiló entre los árboles seguido por los atónitos ojos de la niña, pues aunque convencida de que aquellos guerreros estaban bajo un mágico hechizo, no experimentaba ningún temor; posiblemente contribuía a ello la manecita que llevaba en su pecho, animándose a seguir a la cabalgata una vez que finalizó el desfile.
La comitiva se dirigió hacia la gran Puerta de la justicia, que estaba abierta de par en par. Los centinelas de guardia yacían en los bancos de la barbacana, al parecer hechizados y sumidos en un profundo sueño, pasando los guerreros a su lado con las banderas desplegadas como si se tratara de una marcha triunfal.
Al llegar Sanchica a la Puerta de la justicia vio cortado su camino por la entrada de un gran subterráneo que parecía llegar hasta los cimientos de la Torre. No vaciló un instante en descender por los desiguales escalones labrados en la roca, que la condujeron a un pasaje iluminado con lámparas de plata que despedían a la vez un exótico perfume. Después de recorrerlo en toda su extensión llegó la niña a un espacioso aposento, adornado lujosamente e iluminado también con lámparas de oro y cristal. Pero lo que más llamó su atención fue un viejo de larga barba blanca, vestido a la moda árabe, que presa de un extraño sopor, yacía recostado sobre un diván sosteniendo débilmente un grueso bastón labrado. No lejos de él, una hermosísima joven, vestida a la usanza española, ciñendo su frente una diadema de brillantes y su negra cabellera salpicada de perlas, pulsaba dulcemente una lira de plata. Aquella escena trajo a la memoria de Sanchica una vieja historia, de una bella princesa cristiana cautiva en el corazón de la montaña por el encanto de un viejo hechicero, el cual, a su vez, yacía en continua modorra por las mágicas notas de la lira de plata.
La princesa pronto reparó en la niña y no pudo menos que manifestar profunda sorpresa. Contemplándola con dulce mirada le preguntó:
-¿Estamos acaso, dulce niña, en la víspera de San Juan?
-Sí, señora -atinó a contestar la niña. -Entonces acércate sin temor -agregó con un suspiro de alegría-, soy también cristiana y como por esta noche cesa el mágico encantamiento, ayúdame a librarme de estas cadenas con ese talismán que cuelga de tu pecho.
Y finalizando estas palabras, entreabrió su túnica, mostrando un ancho cinturón de oro que rodeaba su talle y al cual se enganchaba una cadena del mismo metal que se empotraba en el suelo.
Sanchica se apresuró a tocar el cinturón con la manecita de azabache, cayendo la cadena al suelo con fuerte ruido. Esto despertó al viejo mago, que comenzó a desperezarse; pero sin vacilar, la princesa empezó a tañer la lira de plata, volviendo el hechicero a caer en nueva modorra.
-Toca ahora su bastón con la mágica manecita de azabache -dijo la cautiva.
Hízolo así la niña, cayendo el bastón al suelo y quedando el mago profundamente dormido. La princesa acercó su lira de plata al diván, y apoyándola sobre la cabeza del durmiente hizo vibrar las cuerdas en los oídos al son de la siguiente' invocación:
-¡Poderoso espíritu de la música! ¡Tenlo encadenado hasta que amanezca el nuevo día! -Y dirigiéndose a Sanchica, agregó:
-Ven conmigo, pequeña, te enseñaré el palacio de la Alhambra en todo su esplendor, pues ese talismán tiene el poder de des cubrir todas sus maravillas.
La niña siguió en silencio a la princesa. Atravesaron la Puerta de la justicia y llegaron a la Plaza de los Aljibes, la cual estaba llena de guerreros formados en batallones con las banderas desplegadas. La Puerta del Alcázar estaba custodiada por los guardias reales y largas filas de negros con sus cimitarras desnudas. Sanchica no experimentó ningún temor ante todo esto, pero no pudo contener su asombro cuando entró en el Palacio real, que la luna iluminaba con tanta fuerza que parecía de día. Los salones, los patios y los jardines que acostumbraba ver en abandono se habían transformado completamente. De las paredes de los aposentos habían desaparecido las grietas, manchas y telarañas, para verse cubiertas por magníficas telas de damasco, luciendo las pinturas y dorados en todo su esplendor; los salones, de ordinario desprovistos de muebles, estaban adornados por espléndidos divanes y otomanas recamados con perlas y piedras preciosas, y las fuentes de los patios y jardines arrojaban artísticos chorros de agua.
Las desiertas cocinas se habían transformado en bullicioso hormigueo de cocineros y ayudantes que preparaban toda clase de salsas y suculentos manjares, asando pollos y perdices que un ejército de mozos llevaba a las mesas preparadas para un espléndido banquete. El "Patio de los Leones" estaba repleto de jefes, guardias y cortesanos como en los antiguos tiempos, mientras que en uno de los extremos de la Sala de la justicia el rey Boabdil, sentado en su trono, empuñando un deslumbrante cetro, rodeado de los nobles, recibía el saludo de sus súbditos.
A pesar de tal animación y gentío, reinaba un profundo silencio. La tranquilidad de la noche sólo era alterada por el caer del agua en las fuentes, no oyéndose una sola voz ni pasos que denunciaran a seres vivientes. La niña, un poco sobrecogida por el asombro, seguía a la princesa sin articular palabra. Después de cruzar todo el palacio llegaron a una puerta que conducía a los pasadizos abovedados que cruzan por debajo de la Torre de Comares. A ambos lados de la puerta había dos exquisitas estatuas del más puro alabastro, que representaban deliciosas ninfas que miraban hacia un mismo sitio de la bóveda. Ante ella se detuvo la hermosa cautiva y haciendo señas a Sanchica para que se acercara dijo:
-Está guardado aquí un secreto que te voy a revelar en premio de tu fe y tu valor. Estas estatuas vigilan un tesoro perteneciente a un antiquísimo rey moro. Sólo debes decir a tu padre que abra un agujero en el lugar hacia donde miran las estatuas y hallará riquezas que lo convertirán en el señor más poderoso de Granada; el talismán te ayudará en todo y lo único que te pido es que encargues a tu padre sea discreto y emplee una parte de él en costear diariamente misas que me ayuden a librarme de este mágico hechizo.
Después de estas recomendaciones llevó a la niña al cercano y pequeño jardín de Lindaraja. La luna se reflejaba en las apacibles aguas de la fuente iluminando las flores y arbustos. La princesa cortó una rama de mirto y coronó a la niña con ella.
-Esto es lo único que puedo dejarte como recuerdo de mi persona y verdad de mis revelaciones. Es necesario que retorne al aposento encantado. No intentes seguirme porque podría ocurrirte alguna desgracia. ¡Ten presente mi pedido de hacer decir misas!
Y después de pronunciar estas palabras, la joven desapareció en el pasadizo que pasando por la Torre de Comares llevaba al interior de la montaña.
El lejano canto de un gallo anunció la aurora, mientras que una fuerte brisa empezó a soplar desde las montañas, y al rumor de hojas secas llevadas por el viento, se unía el de puertas y ventanas golpeadas con fuerte ruido.
Retornó la niña por el mismo camino que había recorrido en compañía de la princesa, pero todo aquel fantástico ejército, la suntuosa corte del rey Boabdil y sus servidores habían desaparecido. Los salones y galerías volvían a presentar a la luz del amanecer sus arruinadas paredes cubiertas de telarañas agitadas por el revolotear de los murciélagos que volvían a ocultarse en los oscuros rincones y el croar de las ranas en el estanque.
Sanchica se apresuró a subir a las modestas habitaciones que ocupaba su familia. No encontró ninguna dificultad en llegar a su cuarto, pues la fortuna de su padre era tan poca que no tenía necesidad de cerrar con llave las puertas. Después de poner la guirnalda de mirto debajo de su almohada, cayó en profundo sueño. Era ya cerca de mediodía cuando se despertó, y buscando a su padre, le contó su extraordinaria aventura. El buen Lope Sánchez no pudo menos que reírse de buena gana del sueño y candor de su hija, y, después de aconsejarle que olvidara tamaña fantasía, volvió a su trabajo.
Recién iniciaba el arreglo de algunas matas de flores cuando vio venir a Sanchica corriendo y gritando:
-¡Papá! ... ¡Papá! ... ¡Mira la guirnalda de mirto que la princesa me puso en la cabeza!
El asombro hizo caer sentado a Lope Sánchez: la rama de mirto era de oro puro y cada hoja estaba formada por una hermosa esmeralda. No estaba habituado el alegre jardinero a ver y apreciar joyas de tanto valor, pero repuesto de la impresión, tuvo buen cuidado de advertir a su hija que guardase el más profundo secreto, cosa de que podía estar seguro, pues la niña era un modelo de discreción. Después se dirigió al lugar donde estaban las dos estatuas de alabastro y observó que sus cabezas se dirigían a un mismo lugar en el interior del aposento. Luego de admirar tan sutil procedimiento para indicar un secreto, tomó dos hilos y partiendo de los ojos hizo una pequeña señal en el lugar donde se cruzaban. Ese día fue de gran sufrimiento y agitación para el jardinero. No se apartaba un instante de las estatuas, temiendo a cada rato que fuese descubierto el secreto del tesoro. Temblaba cada vez que oía pasos, sintiendo tentación de volver la cabeza de las figuras, sin atinar a reflexionar que durante siglos miraban en aquella dirección, sin que nadie se ocupara del poder de tal coincidencia.
-Se va a descubrir todo -murmuraba-. ¡Vaya forma de guardar un secreto! ¡Mirar donde no deben mirar! ¡Hay mujeres! Si no tienen lengua con qué cotorrear, esté usted seguro que hablarán por los ojos.
La nerviosidad y agitación que le producían estos temores, el alejarse cada vez que sentía aproximarse a alguien, finalizaron con la luz del día. El crepúsculo hizo cesar la actividad de la Alhambra, los pasos que retumbaban en los desiertos salones; las visitas fueron despedidas, la puerta principal cerrada, y, poco a poco, invadieron el Palacio el croar de las ranas, el canto de las lechuzas y el vuelo de los murciélagos.
Lope Sánchez esperó impaciente hasta una hora avanzada y provisto de una linterna y algunas herramientas se dirigió con su hija al lugar que guardaban las dos estatuas que señalaban, como siempre, el lugar que escondía el tesoro. Después de pedirles permiso, el jardinero se puso a picar la pared en un punto que había señalado. No había trabajado ni media hora cuando dio con un nicho que guardaba dos grandes jarrones. En vano intentó sacarlos, pues parecía que estaban empotrados en el muro, pero bastó que los tocara la niña, para que perdieran su fijeza y pudiera retirarlos con toda facilidad, viendo con gran alegría que se hallaban llenos de oro, alhajas y piedras preciosas. Apresuraron a llevar los jarrones a sus habitaciones, mientras las dos estatuas seguían señalando el lugar que había guardado el tesoro.
Tanta riqueza le acarreó a Lope Sánchez un sinnúmero tal de preocupaciones, que pronto su genio alegre se trocó en amargos pesares. Empezó por pensar cómo iba a sacar un tesoro y ponerlo en lugar seguro, para aterrorizarse por lo inseguro de sus habitaciones. A pesar de asegurar con cerrojos y trancas las puertas y ventanas, no lograba conciliar el sueño. Como ya no bromeaba ni cantaba con sus amigos y vecinos, éstos empezaron a retirarle el saludo creyendo que estaba arruinado y que tendrían que socorrerlo; los menos, sin embargo, sospecharon que tal cambio de carácter podía deberse a una repentina fortuna.
La robusta mujer de Lope Sánchez no permanecía ajena a las preocupaciones que asaltaban a su marido, y como lo consideraba insignificante en muchos aspectos, solía pedir consejos a un confesor, fray Simón, un rollizo fraile de anchas espaldas, barba larga y gruesa cabeza, del cercano convento de San Francisco y que era el director y consejero espiritual de la mayor parte de las mujeres de la vecindad, he vuelto, hija mía, a decirte que anoche he rezado con gran fervor a 'San Francisco, pero al parecer no está aún contento. Después de acostarme se me apareció en sueños y con rostro severo me dijo: "¡Te atreves a solicitarme permiso para disfrutar de un tesoro perteneciente a los infieles cuando conoces la ruina de mi capilla! Para que ello sea posible pídele a Lope Sánchez una parte del tesoro para que se me hagan dos candelabros para el altar mayor, y que el resto quede para él".
Atemorizada por el relato, no vaciló la crédula mujer en ir al sitio secreto donde su marido guardaba el tesoro, y llenando una gran bolsa de cuero con monedas de oro, se las entregó al fraile. Este la llenó de tantas bendiciones como días de su vida y guardándose la bolsa en una de las mangas de su hábito, se despidió, adoptando un aire de humilde gratitud.
Al enterarse Lope Sánchez de labios de su esposa de este segundo donativo, estuvo a punto de volverse loco.
-¡Oh, charlatana mujer! Me estás arruinando poco a poco -exclamaba-, eres cómplice de un descarado robo. ¡Cuando seamos pobres irás a pedir limosna!
Después de mucho hablar y decir, pudo la mujer calmarlo y hacerle comprender que todavía era inmensamente rico y que San Francisco se había contentado con bien poca cosa.
Pero fray Simón, que tenía una extensa parentela que sostener, además de seis rollizos huérfanos que había recogido, volvió a hacer diarias visitas a la buena mujer invocando la necesidad de algunas limosnas para todos los santos del calendario, hasta que Lope Sánchez, desesperado por la disminución de su capital, y considerando que no iba a alcanzar para todos los santos del paraíso, resolvió escapar de las ansias del pedigüeño, trasladándose ocultamente de noche a otra provincia de España.
Para llevar a cabo este propósito hizo trasladar a su mujer a una lejana aldea donde debía esperarlo; empaquetó el tesoro que le quedaba y compró un robusto mulo, que escondió en una oscura bóveda de la Torre de los Siete Suelos, donde, según se afirmaba, salía por las noches el "Velludo", un endemoniado caballo sin cabeza que galopaba a través de las calles de Granada perseguido por siete enormes perros. Lope Sánchez, que no creía en semejantes historias, eligió aquel lugar convencido de que nadie se atrevería a entrar en la guarida de semejante monstruo. Cerca de la medianoche, transportó con gran cuidado su tesoro a la terrible cueva, lo cargó en el descansado mulo y emprendió viaje sigilosamente, ocultándose en la densa sombra que los árboles proyectaban sobre el camino.
El rico jardinero había dispuesto sus planes con la mayor reserva, no enterando a su esposa sino a último momento, pero por efecto de algún misterioso aviso, sus propósitos llegaron a conocimiento de fray Simón. El codicioso clérigo, al comprender que se escapaba para siempre el anhelado tesoro, resolvió quitárselo por asalto en beneficio de la Iglesia y San Francisco. Para llevar a cabo esa idea salió quedamente del convento después del toque de Ánimas, y se dirigió hacia la Puerta de la justicia, escondiéndose entre los arbustos de rosas y laureles que ornamentaban la alameda. Reinaba un profundo silencio que interrumpía de tarde en tarde el graznido de las lechuzas o el lejano ladrido de un perro. Pasaron varios cuartos de hora, que eran señalados por la campana de la Torre de la Vela, cuando oyó un ruido de herraduras que descendían por la alameda, y a través de la oscuridad distinguió, aunque confusamente, el bulto de un caballo. El rollizo fraile, mientras se recogía los hábitos, sonreía de satisfacción pensando en el mal rato que iba a hacer pasar al honrado Lope.
Se agachó, dispuesto como un gato que vigila a un ratón, manteniéndose inmóvil hasta que su víctima pasó frente a él, salió de su escondrijo y saltó sobre el animal como el mejor maestro de equitación.
-¡Ja! ... ¡Ja!... -rió el codicioso fraile-. Veremos ahora de quién es el tesoro…¡Ja! ... ¡Ja! ... Pero el segundo acceso de risa se cortó como por milagro, porque de repente su cabalgadura empezó a encabritarse, a tirar coces, dar enormes saltos y corcovos, para salir a galope tendido camino abajo. El rollizo fraile hacía toda clase de esfuerzos para sujetar al enloquecido animal, pero era en vano; su pelada cabeza recibía porrazo tras porrazo contra las ramas de los árboles; los arañazos le cruzaban toda la cara; y el hábito, hecho jirones, flameaba al viento.
Para colmo de su espanto, alcanzó a ver a siete perros que corrían ladrando tras él. y entonces pudo comprender, aunque tarde, que había montado en el endemoniado "Velludo".
Jamás jinete alguno cumplió un trayecto tan terrible como el fraile. Después de bajar por la alameda de la Alhambra y dar algunas vueltas por las montañas, entró en la ciudad. De nada servía a fray Simón invocar a todos los santos del cielo, pues a cada nombre que pronunciaba hacía saltar al terrible caballo hasta los techos de las casas. Toda la noche duró esta carrera por las calles de Granada. Al jinete no le quedaba hueso sin magullar cuando el canto del gallo anunció la aurora. Al oírlo, "Velludo" giró sobre sus patas traseras y empezó un torturador galope en dirección a su guarida. Atravesó como una flecha la ciudad, seguido de los siete perros, que no habían cesado en toda la noche de aullar, ladrar y morder los talones del atemorizado fraile. Apenas se anunciaba una débil claridad cuando llegaron a la torre. Aquí el extraordinario animal hizo un raro corcovo, al tiempo que soltaba un par de coces que hicieron dar al reverendo un doble salto mortal en el aire, para llevarlo a caer en un seto espinoso, mientras el caballo desaparecía en la oscura cueva seguido de los feroces perros, que al cesar sus ladridos sumergieron a la comarca en un profundo silencio.
¿Tuvo mejor castigo la avaricia y el mal proceder?
Un campesino que iba a su labor encontró al aporreado y maltrecho fraile tendido al pie del seto, cerca de la torre, pero en tan mal estado, que no podía pronunciar palabra. fue conducido con sumo cuidado d su celda, corriéndose la voz de que había sido maltratado por unos bandidos. Transcurrieron algunos días antes de que pudiera moverse, pero en medio de sus dolores, se conformaba con la idea de que aunque lo mejor del tesoro se le había escapado, le quedaba una buena parte escondida debajo del colchón. Así que en cuanto pudo levantarse, revolvió el lugar en que había escondido la guirnalda de mirto y tildas las monedas que había sacado con engaños a la mujer de Lope Sánchez, pero la sorpresa le produjo una especie de desvanecimiento que le hizo dar un nuevo porrazo contra el suelo: la guirnalda era una simple y seca rama de mirto y la bolsa de cuero estaba llena de arena y piedras.
Fray Simón tuvo buen cuidado de callar el motivo de sus desgracias, pues al revelarlas hubiese pasado por ser un miserable, al par de tener que sufrir merecido castigo que le impondría su superior. Sus aventuras sobre el "Velludo" sólo fueron contadas muchísimos años después a su confesor en el lecho de muerte.
Por mucho tiempo no se tuvieron noticias de Lope Sánchez. En la Alhambra se recordaban con simpatía sus bremas y cantos, atribuyendo su cambio de carácter, poco antes de su desaparición, a algunas dificultades económicas que le habían sumido en la miseria.
Al cabo de muchos años, uno de sus antiguos amigos, un inválido veterano, fue atropellado en una de las principales calles de la ciudad de Málaga por un lujoso coche arrastrado por seis caballos. Al instante se detuve el carruaje, descendiendo para ayudar al accidentado, que afortunadamente no había sufrido daños mayores, un señor ya anciano, elegantemente vestido, con peluquín y espada. Al contemplarlo, el asombro del soldado no tuvo límites: el personaje era nada menos que su antiguo convecino y amigo Lope Sánchez, que en aquel momento acompañaba a su hija a la iglesia para casarla con uno de los más grandes nobles del reino.
En el lujoso carruaje iban los novios, acompañados por la señora de Sánchez, que había aumentado tanto de peso que parecía un gran tonel, e iba tan cargada de plumas, alhajas, collares de perlas y diamantes y anillos en todos los dedos, que parecía la reclame de un joyero. Sanchica se había convertido en una hermosísima joven, envidia de más de una princesa; en cambio el novio, sentado junto a ella, era una persona que daba lástima: raquítico y consumido por las diversiones, lo cual era una inequívoca señal de ser de sangre azul, todo un grande de España, con un metro cincuenta de estatura. Este casamiento era arreglo y obra de la madre de la joven.
Lope Sánchez, a quien la riqueza no había endurecido el corazón, invitó a su amigo a pasar algunos días en su propia casa, digamos mejor palacio, proporcionándole toda clase de diversiones, teatros, corridas de toros y fiestas, regalándole, al partir, una pesada bolsa de dinero para él y otra para que repartiera entre sus viejos amigos inválidos de la Alambra.
El antiguo jardinero explicaba su cambio de fortuna diciendo que, al fallecer un hermano muy rico que vivía en América, había heredado su fortuna, en la que se incluía una próspera mina de cobre: pero los incrédulos y envidiosos charlatanes de la Alambra juraban y recuraban que su fortuna provenía de un tesoro que había encontrado en el palacio morisco. Pro lo pronto, las dos ninfas de alabastro siguen mirando el mismo sitio de la pared, lo que hace suponer que todavía existe algún tesoro escondido, que bien pueda merecer la atención del visitante.

 

 

MAS ALLÁ DEL MURO DEL SUEÑO

MAS ALLÁ DEL MURO DEL SUEÑO

MAS ALLÁ DEL MURO DEL SUEÑO
H. P. LOVECRAFT

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Me pregunto a menudo si la mayoría de la humanidad se ha parado alguna vez a pensar en la enorme importancia que a veces tienen los sueños, y en el oscuro mundo al que pertenecen. Aunque la mayor parte de nuestras visiones nocturnas no son quizá más que débiles y fantásticos reflejos de nuestras experiencias vigiles ——en contra de lo que sostiene Freud con su simbolismo pueril—, hay sin embargo algunas cuyo carácter extramundano y etéreo permite una interpretación excepcional, y cuyo efecto vagamente emocional e inquietante sugiere posibles atisbos de una esfera de existencia mental no menos importante que la vida física, aunque separada de dicha vida por una barrera infranqueable. Según mi experiencia, no cabe duda de que el hombre, una vez perdida la conciencia terrena, reside en una vida incorpórea muy distinta de la vida que conocemos, de la qué, al despertar, sólo perduran los recuerdos más ligeros y confusos. De estos recuerdos fragmentarios y brumosos pueden inferirse muchas cosas, aunque es poco lo que se puede demostrar. Es posible adivinar que en la vida onírica, lo
que la tierra entiende por vitalidad y materia no son realidades necesariamente constantes; y que el tiempo y el espacio no existen tal como nuestro yo vigil los comprende. A veces creo que esta vida menos material es nuestra vida más auténtica, y que nuestra vana presencia en el globo terráqueo es en sí misma un fenómeno secundario o meramente virtual.
Despertaba yo, una tarde del invierno de 1900-1, de una ensoñación juvenil colmada de divagaciones de este género, cuando ingresaron en la institución estatal para enfermos mentales en la que trabajo como interno al hombre cuyo caso me ha venido obsesionando de manera incesante desde entonces. Su nombre, según figura en su historial médico, era Joe Slater, o Slaader, y su aspecto era el del típico habitante de la región de Catskill Mountain: uno de esos descendientes extraños y repugnantes de una raza de campesinos coloniales cuyo aislamiento durante casi tres siglos en una región montañosa y poco transitada les ha hundido en una especie de bárbara degeneración, en vez de progresar con sus hermanos mas afortunadamente asentados en distritos con cierta densidad de la población. Entre esas gentes extrañas, que equivalen justamente al elemento decadente de la «chusma blanca» del sur, no existe la ley ni la moral; y su nivel mental se encuentra sin duda por debajo del de cualquier sector de la población nativa americana.
Joe Slater, que llegó a la institución bajo la vigilante custodia de cuatro policías estatales y fue calificado de persona sumamente peligrosa, no dio muestras de peligrosidad alguna la primera vez que le vi. Aunque de estatura bastante superior a la media, y de constitución algo musculosa, tenía un absurdo aspecto de inofensiva estupidez debido al azul pálido y soñoliento de sus ojillos aguanosos, su barba rala, descuidada y amarilla, y un grueso labio inferior que le colgaba con indiferencia. Se desconocía su edad, ya que estas gentes carecen de censos vecinales y de lazos familiares permanentes; pero por la calvicie de la parte delantera de su cabeza, y el estado de deterioro de sus dientes, el cirujano jefe le inscribió como hombre de unos cuarenta años.
Por los informes médicos y judiciales nos enteramos de cuanto se había podido recoger sobre su caso; este hombre, vagabundo, cazador y trampero, había sido siempre un extraño a los ojos de sus primitivos camaradas. Solía dormir más de lo corriente; y al despertar hablaba a menudo de forma tan singular sobre cosas que nadie sabia, que inspiraba temor aun en los corazones de un populacho sin imaginación. No es que su lenguaje fuese insólito en absoluto, pues jamás hablaba si no era en el degradado dialecto de su ambiente; pero el tono y tenor de sus expresiones eran de tan misteriosa extravagancia, que nadie podía escucharle sin aprensión. Por lo general, él mismo se mostraba tan aterrado y perplejo como, sus oyentes, y una hora después de despertar había olvidado cuanto había dicho, o al menos las razones que le habían impulsado a decirlo, cayendo en una normalidad bovina, semiafable, como la de los demás habitantes de los montes.
A medida que Slater se fue haciendo mayor, al parecer, sus aberraciones matutinas se hicieron más frecuentes y violentas; hasta que alrededor de un mes antes de su llegada a la institución sucedió la espantosa tragedia que motivó su detención. Al despertar un mediodía del profundo sueño en que cayera sobre las cinco de la tarde del día anterior a causa de una orgía de whisky, el hombre empezó de repente a proferir unos aullidos tan espantosos y terribles, que atrajeron a varios vecinos a su choza:
una pocilga inmunda donde convivía con una familia tan indescriptible como él. Saliendo precipitadamente a la nieve, alzó los brazos y comenzó a dar saltos en el aire, gritando que quería llegar a una «cabaña grande, grande, de techo, paredes y suelo resplandecientes, y una música lejana y singular». Cuando trataron de sujetarle dos hombres de regular estatura, se debatió con fuerza maníaca, gritando que quería y necesitaba buscar y matar a cierto «ser que brilla y tiembla y se ríe». Finalmente, tras derribar a uno de los que le sujetaban con un golpe repentino, se abalanzó sobre el otro en un demoníaco y sanguinario frenesí, gritando de forma enloquecedora que saltaría «muy alto y abrasaría cuanto se opusiera a su paso>>.
La familia y los vecinos habían huido aterrados; y al regresar los más valerosos, Slater había desaparecido, dejando tras él una masa pulposa e irreconocible que una hora antes había sido un ser humano. Ninguno de los montañeses se había atrevido a seguirle, y probablemente se hubieran alegrado si hubiese muerto de frío; pero cuando, días después, oyeron sus alaridos en un barranco lejano, comprendieron que había logrado sobrevivir, y que, de una forma o de otra, había que eliminarle. A continuación se había organizado una cuadrilla de búsqueda que (fueran cuales fuesen sus intenciones) se convirtió en pelotón del sheriff cuando uno de los miembros de la escasa policía montada del estado vio casualmente a los buscadores, les interrogó y se unió finalmente a ellos.
Al tercer día encontraron a Slater inconsciente en el hueco de un árbol, y lo llevaron a la cárcel más próxima, donde lo reconocieron los alienistas de Albany tan pronto como volvió en si. Les contó una historia muy simple. Dijo que una tarde, hacia la puesta de sol, se había acostado después de haber bebido en exceso. Se había despertado de pie en la nieve, delante de su cabaña, con las manos ensangrentadas y el cadáver destrozado de su vecino Peter Slader a sus pies. Horrorizado, había echado a correr hacia los bosques en un vago esfuerzo por huir de la escena de lo que sin duda había sido su crimen. Aparte de esto, parecía no saber nada más; el experto en interrogatorios tampoco pudo sacar en claro un solo dato más.
Esa noche Slater durmió tranquilo, y a la mañana siguiente despertó sin ningún síntoma particular, salvo cierta alteración en su modo de hablar. El doctor Barnard, que había estado observando al paciente, creyó notar en sus ojos azul pálido cierto brillo especial, y una tirantez en sus labios fláccidos apenas perceptible, como debida a una determinación inteligente. Pero al interrogarle, Slater cayó de nuevo en su habitual embotamiento de montañés, y se limitó a repetir lo que había dicho el día anterior.
Al tercer día por la mañana ocurrió el primero de los ataques mentales del hombre. Tras manifestar ciertos síntomas de desasosiego durante el sueño, estalló en un acceso frenético tan tremendo que hicieron falta cuatro hombres para ponerle la camisa de fuerza. Los alienistas escucharon sus palabras con profunda atención, dada la enorme curiosidad que habían despertado en todos ellos las sugestivas historias, casi todas contradictorias e incoherentes, que habían contado su familia y sus vecinos. Slater estuvo desvariando durante más de un cuarto de hora, balbuceando en su tosco dialecto sobre verdes edificios de luz, océanos de espacio, extrañas músicas, y montes y valles sombríos. Pero sobre todo, se demoró hablando de cierta entidad misteriosa y resplandeciente que temblaba y reía y se burlaba de él. Esta entidad, inmensa y vaga, parecía haberle infligido un daño terrible, y era su deseo supremo matarla en triunfal venganza. Para lograrlo, decía, ascendería por encima de los abismos del vacío, abrasando cuantos obstáculos se interpusieran en su camino. Por esos derroteros corría su discurso, cuando cesó de la forma más inesperada. Se apagó en sus ojos el fuego de la locura, se quedó mirando con asombro a sus interrogadores, y les preguntó por qué le tenían atado. El doctor Barnard le quitó el arnés de cuero y no se lo volvió a poner hasta la noche, en que logró convencer a Slater para que se lo colocara voluntariamente, por su propio bien. El hombre había admitido ahora que a veces hablaba de manera extraña, aunque no sabía por qué.
En el curso de una semana sufrió dos ataques más, aunque los doctores no lograron averiguar nada. Sin embargo, especularon extensamente sobre el origen de las visiones de Slater, ya que, como no sabía leer ni escribir, y .al parecer no había oído contar jamás una sola leyenda ni cuento de hadas, su espléndida imaginación resultaba totalmente inexplicable. El hecho de que el desventurado lunático se expresara sólo en su lenguaje simple probaba claramente que aquello no lo había sacado de ninguna fábula ni mito conocidos. Desvariaba sobre cosas que no entendía ni era capaz de interpretar; cosas que él pretendía saber, pero que no podía haber conocido a través de un relato coherente y normal. Los alienistas coincidieron muy pronto en que el fundamento de su perturbación estaba en sus sueños anormales; sueños cuya viveza podía llegar a dominar por completo, durante un rato, la mente vigil de este hombre básicamente inferior . Slater fue juzgado por homicidio con el debido rigor, se le absolvió a causa de su demencia, y fue internado en la institución en la que yo ocupaba una modesta plaza.
He dicho ya que soy un constante especulador sobre la vida onírica, de modo que es fácil imaginar la ansiedad con que me dediqué al estudio del nuevo paciente, tan pronto como comprobé la veracidad de su caso. El pareció percibir cierta simpatía en mí, consecuencia sin duda del interés que yo no podía ocultar, y de la manera afable con que le preguntaba. No llegó a reconocerme nunca durante sus ataques, en los que yo escuchaba con el aliento contenido sus descripciones caóticas, aunque cósmicas; pero me conocía en sus horas de tranquilidad, cuando permanecía sentado junto a su ventana enrejada, trenzando cestos de paja y de sauce, tal vez con el pensamiento puesto en la libertad de las montañas que quizá no volvería a disfrutar. Su familia no fue jamás a visitarle; probablemente porque había encontrado a otro jefe temporal, según es costumbre en esas gentes decadentes de las montañas.
Poco a poco, empecé a sentir una abrumadora admiración por las locas y frenéticas concepciones de Joe Slater. En si mismo, el hombre era lastimosamente inferior, tanto desde el punto de vista mental como lingüístico; pero sus visiones espléndidas y gigantescas, aunque descritas en una jerga bárbara e incoherente, eran de tal naturaleza que sólo un cerebro excepcional y superior sería capaz de concebir. ¿Cómo, me preguntaba a menudo, la embotada imaginación de un degenerado de Catskill era capaz de evocar visiones cuya sola posesión implicaba una latente chispa de genio? ¿Cómo había podido alcanzar un rústico palurdo nada menos que una idea de esas regiones luminosas y excelsas del espacio de las que hablaba Slater en sus furiosos delirios? Cada vez me sentía más inclinado a creer que en la personalidad que se humillaba ante mí se encontraba el núcleo perturbado de algo que escapaba a mi entendimiento, de algo que estaba infinitamente más allá de la comprensión de mis colegas más expertos, aunque médica y científicamente menos imaginativos que yo.
Y sin embargo, no conseguía sacar nada en concreto de este hombre. El resumen de toda mi investigación era que Slater vagaba o flotaba en una especie de vida Onírica semicorporal por espléndidos y prodigiosos valles, prados, jardines, ciudades y palacios de luz, en una región ilimitada y desconocida para el hombre; que allí no era un campesino y un degenerado, sino una criatura importante y de vida intensa que se desenvolvía de forma orgullosa y dominante, y sólo la obstaculizaba determinado enemigo mortal, una entidad visible al parecer, aunque de constitución etérea y carente de forma humana, ya que Slater jamás la mencionaba como si fuese un hombre ni cosa alguna, sino como el ser. Y este ser le había infligido a Slater alguna clase de daño espantoso pero desconocido, del que el maníaco (si es que era maníaco) ansiaba vengarse.
Por el modo en que Slater aludía a sus relaciones, supuse que él y el ser luminoso se habían enfrentado en igualdad de condiciones; que en su existencia onírica, el hombre era también un ser luminoso de la misma raza que su enemigo. Esta impresión la confirmaban sus frecuentes referencias a volar por el espacio y abrasar ideas se interpusiese en su camino. No obstante, tales ideas las formulaba en unos términos rudimentarios y totalmente inapropiados para expresarlos, circunstancia que me llevó a la conclusión de que si existía efectivamente un mundo onírico, el lenguaje oral no era su medio de transmisión de pensamientos. ¿Sería quizá, que el alma soñadora que habitaba este cuerpo inferior estaba luchando desesperadamente por decir cosas que la lengua simple y defectuosa de la torpeza no era capaz de expresar? ¿Acaso me encontraba ante emanaciones intelectuales que podían explicar el misterio, con tal de que fuese yo capaz de aprender a descubrirlas y leerlas? No dije nada de todo esto a los médicos mayores que yo, pues la madurez es escéptica, cínica, y está poco dispuesta a aceptar ideas nuevas. Además, el director de la institución me había advertido últimamente, con su tono paternal, que trabajaba demasiado; que mi cabeza necesitaba descansar.
Yo tenía desde hacia tiempo la convicción de que el pensamiento humano está compuesto fundamentalmente de emociones moleculares capaces de convertirse en ondas o radiaciones de energía como el calor, la luz y la electricidad. Esta creencia me había llevado muy pronto a pensar en la posibilidad de establecer comunicación telepática o mental por medio de un aparato adecuado, y en mis tiempos de la universidad había confeccionado un juego de aparatos transmisores y receptores, en cierto modo semejantes a los voluminosos artilugios utilizados en la telegrafía sin hilos de esa época rudimentaria anterior a la radio. Los había probado con un compañero de estudios, aunque no había conseguido ningún resultado positivo; luego los había empaquetado y arrinconado, junto con otros chismes científicos, por si me hacían falta más adelante.
Ahora, en mi intenso deseo de sondear la vida onírica de Joe Slater, busqué estos instrumentos otra vez, y me pasé varios días reparándolos para ponerlos en funcionamiento. Cuando los tuve a punto nuevamente, no perdí ocasión de probarlos. Cada vez que Joe Slater sufría un acceso, acoplaba el transmisor en su frente y el receptor en la mía, efectuando constantes y delicados ajustes para distintas e hipotéticas longitudes de onda de energía mental. Yo tenía muy poca idea, caso de que se produjera dicha transmisión, de cómo las señales mentales emitidas despertarían una respuesta inteligente en mi cerebro; pero estaba convencido de que podría percibirías e interpretarlas. De modo que seguí adelante con mis experimentos, aunque sin informar a nadie de su naturaleza.
Y el veintiuno de febrero de 1901, ocurrió. Al pensar en ello ahora, después de tantos años, me doy cuenta de lo inverosímil que parece, y a veces me pregunto si el doctor Fenton no tenía razón cuando lo atribuyó todo a mi excitada imaginación. Recuerdo que me escuchó con gran amabilidad y paciencia cuando se lo conté, pero después me dio unos polvos sedantes, y me concedió medio año de vacaciones, de las que empecé a disfrutar a la semana siguiente.
Aquella noche fatídica me sentía enormemente inquieto y preocupado, ya que a pesar de los excelentes cuidados que Joe Slater recibía, se moría de manera inequívoca. Quizá era la nostalgia de su libertad en las montañas lo que le consumía; o puede que el trastorno de su cerebro se había vuelto demasiado agudo para poderlo soportar su organismo indolente; el caso es que la llama de la vitalidad se iba apagando en aquel cuerpo decadente. Cayó en un sopor al acercarse el final, y al anochecer se sumió en un sueño inquieto.
No le puse la camisa de fuerza, como era costumbre cuando dormía, ya que le vi demasiado débil para que se pusiese peligroso, aun cuando sufriera un acceso de violencia antes de expirar. Pero ajusté en su cabeza y en la mía los dos extremos de mi «radio» cósmica, esperando, contra toda esperanza, un primer y último mensaje del mundo de los sueños, en el escaso tiempo que quedaba. En la celda, con nosotros, estaba un enfermero, un tipo mediocre que no entendía el objeto de mi aparato, ni se le ocurrió preguntarme qué estaba haciendo. Pasadas algunas horas, le vi inclinar pesadamente la cabeza vencido por el sueño, pero no le molesté. Yo mismo, sosegado por las rítmicas respiraciones del hombre sano y del moribundo, empecé a cabecear poco después.
El rumor de una melodía lírica y misteriosa me despabiló. Cuerdas, vibraciones, armonías extáticas resonaban apasionadamente en todas partes, en tanto que, ante mis ojos arrobados, irrumpía un prodigioso espectáculo de absoluta belleza. Muros, columnas y arquitrabes de fuego viviente resplandecían cegadores alrededor del lugar donde yo parecía flotar en el aire, y se elevaban hasta una cúpula de altura infinita e indescriptible esplendor. Mezclándose con este alarde de radiante magnificencia, o más bien suplantándolo periódicamente en calidoscópica rotación, surgían fugaces visiones de inmensas llanuras y valles graciosos y altísimas montañas y grutas seductoras, todo ello adornado con los atributos más encantadores que mis fascinados ojos eran capaces de concebir, aunque formado de una sustancia plástica, esplendorosa y etérea, que participaba tanto del espíritu como de la materia. Mientras miraba, me di cuenta de que en mi propio cerebro estaba la clave de estas encantadoras metamorfosis; pues cada paisaje que se me aparecía era el que mi mente cambiante deseaba contemplar. En medio de estas regiones elíseas, yo no era un extraño; pues cada visión y sonido me era familiar; como lo había sido antes, durante innumerables evos de eternidad, y lo seguiría siendo eternamente en el futuro.
Luego se acercó el aura resplandeciente de mi hermano de luz y entabló un coloquio conmigo, de alma a alma, en mudo y perfecto intercambio de pensamientos. Era la hora del triunfo inminente; pues, ¿acaso no iba a escapar al fin para siempre mi compañero de la periódica y degradante esclavitud, y se disponía a seguir al maldito opresor hasta los supremos campos del éter, desde los cuales podía lanzar una venganza cósmica y abrasadora capaz de hacer estremecer las esferas? Estuvimos flotando así algún tiempo, hasta que, percibí un leve emborronamiento de los objetos que nos rodeaban, como si una fuerza me llamase a la tierra... que era adonde menos deseaba yo ir. La forma que estaba cerca de mi pareció sentir el mismo cambio también, ya que gradualmente llevó su discurso hacia una conclusión, se dispuso a abandonar el escenario, y desapareció de mi vista algo menos rápidamente de como lo habían hecho los demás objetos. Intercambiamos unos cuantos pensamientos más, y supe que el ser luminoso y yo debíamos volver a la esclavitud, aunque para mi hermano de luz sería la última vez. Casi consumido su doloroso caparazón terrestre, mi compañero tardaría menos de una hora en liberarse, y estar en disposición de perseguir al opresor a lo largo de la Vía Láctea y más allá de las estrellas, hasta los mismos confines del infinito. Un impacto muy definido separa mi impresión final del evanescente escenario luminoso respecto de mi súbito y algo avergonzado despertar y enderezamiento en la silla, al ver moverse de manera vacilante la agónica figura de la cama. En efecto, Joe Slater se estaba despertando, aunque quizá por última vez. Al observarle con más atención, vi que en sus flacas mejillas brillaban unas manchas de color que nunca había tenido. Sus labios, también, parecían extraños: los tenía muy apretados, como por la fuerza de un carácter más enérgico que el que siempre había manifestado el paciente. Por último, empezó a ponérsele la cara tensa, y volvió la cabeza desasosegadamente y con los ojos cerrados.
No desperté al enfermero dormido, sino que volví a ajustarle el casco de mi «radio» telepática, que se le había ladeado ligeramente, dispuesto a captar cualquier mensaje de despedida que el soñador pudiera emitir. De pronto, volvió la cabeza con energía hacia mi, con los ojos abiertos, y me quedé mirándole con asombro. El hombre que había sido Joe Slater, el decadente de Catskill, me observaba con ojos luminosos y dilatados cuyo azul parecía haberse vuelto sutilmente más profundo. En aquella mirada no se percibía rastro alguno de locura ni de degeneración, y tuve la certeza de que estaba viendo un semblante tras el que había una mente activa de primer orden.
En esta coyuntura, mi cerebro tuvo conciencia de estar recibiendo una influencia firme y externa. Cerré los ojos para concentrar más profundamente mis pensamientos, y vi recompensado este esfuerzo por el conocimiento positivo de que mi tanto tiempo anhelado mensaje mental había llegado al fin. Cada idea transmitida adquirió forma rápidamente en mi mente; y aunque no se utilizó ningún lenguaje real, mi habitual asociación de concepción y expresión fue tan grande que me pareció recibir el mensaje en inglés ordinario.
Joe Slater ha muerto —me llegó la voz paralizadora de un agente de más allá del muro del sueño. Mis ojos abiertos buscaron el lecho del dolor con horrorizada curiosidad, pero los ojos azules aún me miraban serenamente, y el semblante aún estaba animado por la inteligencia—. Es mejor que haya muerto, ya que no estaba preparado para contener el intelecto activo de una entidad cósmica. Su cuerpo grosero no ha podido soportar los ajustes necesarios entre la vida etérea y la vida planetaria. Era demasiado animal, demasiado poco humano; sin embargo, gracias a su deficiencia, has llegado tú a descubrirme, ya que las almas cósmicas y las planetarias no deberían encontrarse jamás. El ha sido mi tormento y mi prisión diurna durante cuarenta y dos de vuestros años terrestres.
«Soy una entidad como aquella en la que tú mismo te conviertes cuando duermes libremente sin sueños. Soy tu hermano de luz, y he flotado contigo por los valles resplandecientes. No me está permitido hablar al yo vigil de tu ser real; pero somos vagabundos de los espacios inmensos y viajeros de los vastos períodos de tiempo. Quizá, el año próximo, esté yo morando en el Egipto que vosotros llamáis antiguo, o en el imperio cruel de Tsan Chan, que llegará dentro de tres mil años. Tú y yo hemos vagado por los mundos que giran en torno al rojo Arcturus, y hemos vivido en los cuerpos de los filósofos-insectos que se arrastran orgullosos sobre la cuarta luna de Júpiter. ¡ Qué poco conoce el yo terrestre la vida y sus dimensiones! ¡Qué poco, en efecto, debe saber, para su propia tranquilidad!
«No puedo hablar del opresor. Los de la tierra habéis notado inconscientemente su lejana presencia... vosotros, que sin saberlo disteis ociosamente el nombre de Algol, la estrella del Demonio a ese faro parpadeante. Durante evos interminables he intentado en vano enfrentarme y vencer al opresor, retenido por ataduras corporales. Esta noche voy como una Némesis por tando justa y abrasadoramente la venganza cataclísmica. Mírame en el cielo, muy cerca de la estrella del Demonio.
«No puedo seguir hablando, ya que el cuerpo de Joe Slater se está quedando frió y rígido, y el tosco cerebro está dejando de vibrar como yo quiero. Has sido mi único amigo en este planeta, la única alma que me ha sentido y me ha buscado en la repugnante forma que yace en este lecho. Nos veremos otra vez, quizá en las brillantes brumas de la Espada de Orión, quizá en una meseta desolada del Asia prehistórica, quizá en sueños no recordados esta noche, o bajo alguna otra forma, en los evos venideros, cuando el sistema solar haya dejado de existir».
En ese instante se interrumpieron bruscamente las ondas de pensamiento, y los pálidos ojos del soñador
—¿o debo decir del hombre muerto?— comenzaron a vidriarse como los de un pez. Medio estupefacto, me acerqué a la cama y le cogí la muñeca, pero la encontré fría, rígida, sin pulso. Volvieron a palidecer las mejillas, y se abrieron los gruesos labios revelando los dientes repulsivamente corroídos del degenerado Joe Slater. Me sacudió un escalofrío; eché una manta sobre el rostro espantoso, y desperté al enfermero. Luego salí de la celda y me fui en silencio a mi habitación. Sentía un inexplicable y repentino deseo de dormir y soñar cosas que no debo recordar.
¿El clímax? ¿Qué informe puramente científico’ puede presumir de tal efecto retórico? Me he limitado a consignar ciertos hechos que considero reales, para dejar que vosotros los interpretéis a vuestro gusto. Como he reconocido ya, mi director, el doctor Fenton, niega que sea real lo que he relatado. Jura que sufrí una crisis nerviosa, y que necesitaba muchísimo esas largas vacaciones pagadas que tan generosamente me concedió. Me asegura p