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RITUALES CON ANGELES -- ANGELEOLOGIA -- ANGEL DE LA GUARDA

Escrito por imagenes 30-05-2008 en General. Comentarios (18)

RITUALES CON ANGELES -- ANGELEOLOGIA -- ANGEL DE LA GUARDA

Rituales con los ángeles


Ritual para saber el nombre del Ángel Guardián

Debido a que el ángel es una entidad cósmica de gran poder es aconsejable prepararse mental y físicamente antes de contactarlo. Esto no es superstición sino lógica. Toda energía que proviene del inconsciente debe ser lo mas pura posible para poder ser utilizada de forma efectiva. Por esto se recomienda abstenerse de comer carnes, de tener relaciones sexuales y de usar sustancias adictivas como drogas, tabaco, alcohol o cafeína durante 24 horas antes de todo ritual. Bañarse y vestirse de blanco es también aconsejable ya que el color blanco es símbolo de la luz, donde esta encerrado todo el espectro solar. Quemar incienso, especialmente incienso y mirra, ayuda en la concentración, como lo es la música suave y etérea.

Para averiguar el nombre del Ángel Guardián de una persona se lleva a cabo la purificación arriba indicada y se abre un libro al azar que puede ser una Biblia o un diccionario. La persona debe enfrentar el Este, que es donde sale el Sol y que simboliza las fuerzas positivas y creativas del universo, y se concentra en lo que desea antes de abrir el libro con los ojos cerrados. Colocar el dedo índice sobre la página derecha y apuntar en un papel sin rayas la primera letra de la palabra que esta directamente debajo del dedo.

Esto se hace tres, cuatro o cinco veces, dependiendo de la intuición de la persona. Es decir, esta debe decidir si va a abrir el libro tres, cuatro o cinco veces. Si decide abrir el libro tres veces, va a apuntar tres letras; si decide abrir el libro cuatro veces, va a apuntar cuatro letras; y si decide abrir el libro cinco veces, va a apuntar cinco letras.

La mayor parte de las letras que apunte, ya sean tres, cuatro o cinco, van a ser consonantes, ya que existen mas consonantes que vocales en el alfabeto.

Si escribe solo consonantes, procede entonces a colocar cualquiera de las cinco vocales, a, e, i, o, u, en el orden que su intuición le indique, entre medio de las consonantes. Si escribe una combinación de vocales y consonantes, coloca las vocales donde se necesiten. Luego que esto se ha hecho, se le añade el final "el " o "on" al nombre que han construido, ya que la mayor parte de los nombres de los ángeles tiene esta terminación, como Miguel, Rafael, Gabriel, Sandalfón o Metratón. Por ejemplo, si las letras que se apuntan son H R M, se le pueden añadir dos A y una I para componer el nombre: HARAMIEL. Ese es pues el nombre del Ángel Guardián de esa persona. Por otra parte, si las letras que se apuntaron son DGALU, se le añade una sola vocal, como la I, para hacer el nombre DIGALUEL. Si escogen cuatro letras como A T R Z. se le puede añadir una I y la terminación ON, para formar el nombre ATRIZON, o el terminar EL para formar ATRIZEL. Esto es algo que la persona misma decide, guiada por su intuición y su propio Ángel Guardián que le revela de esta manera su nombre. Una vez que se sabe el nombre, se da gracias a Dios y a sus ángeles y se termina el ritual. Ya la persona sabe como llamar a su Ángel Guardián en cualquier momento que lo necesite.

Ritual para invocar a los ángeles planetarios.

Los ángeles planetarios rigen, de acuerdo a la tradición Angelical, los siete planetas de la antigüedad entre los cuales estaban incluidos el Sol y la Luna, ya que Neptuno, Urano y Plutón no fueron descubiertos hasta siglos mas tarde. Estos ángeles son los Siete Príncipes que están frente al Trono de Dios y se identifican con las siete estrellas creadas por Dios al comienzo de la Creación.

Cada ángel rige ciertos intereses humanos y tiene ciertos atributos que se le han adjudicado desde hace muchos siglos, como planetas, colores, números, metales, días, inciensos, piedras, y muchas cosas más.

1. Miguel. Rige el domingo, el Sol, la abundancia, el dinero, la iluminación espiritual, el poder mental, todos los jefes o ejecutivos, el poder y el crecimiento; el color amarillo o dorado; el número es 0; el árbol de pino y el roble; los inciensos son, el copal, la vainilla, la canela y heliotropo; las plantas son el laurel, el muerdago, la manzanilla y la flor de girasol o crisantemo amarillo; las piedras son el peridoto, el sardonyx, el rubí, el diamante, la citrina, el ojo de tigre, el ámbar y el topacio. El elemento es el fuego, el metal es el oro y el signo es leo.

2. Gabriel. Rige el lunes, la Luna, las aguas, la intuición, los sueños, las mujeres, los viajes cortos, los cambios. El color es el violeta o el plateado; el número es el 9; el árbol es la palma de coco y el sauce llorón. Los inciensos son el alcanfor, el lirio de Florencia, ylang-ylang, el galbanum, el jazmín y el eucalipto; las plantas son todos los lirios blancos o púrpuras, las calabazas y los melones, las habichuelas y el boniato; las piedras son la piedra de la Luna, el berilio y la alejandrita. El elemento es el agua. El metal es la plata. El signo es Cáncer.

3. Camael. Rige el martes, el planeta Marte, la energía, la guerra, las dificultades, las personas contrarias, la ira, la destrucción, la cirugía, el magnetismo, la fuerza de voluntad; el color es el rojo; el número es el 5; el árbol son la caoba y el higo; los inciensos son la asafétida, la sangre de dragón, el tabaco en polvo, la menta, la mostaza en polvo y el comino; Las plantas son todas las espinosas, como el cacto, además del dante de león, Juan conquistador, jengibre y bambú. Las piedras son el rubí, el granate, la piedra de la sangre, el rodocrosito y la ágata roja. Elemento tierra; metal hierro, nickel, acero y polvo imán. Los signos son Aries y Escorpión.

4. Rafael. Rige el miércoles, el planeta Mercurio, las enfermedades, los negocios, los papeles, los libros, los contratos, los juicios, los viajes, la compra y venta, los vecinos, la literatura. El color es naranja; el número es el 8; el árbol es el de almendro y de magnolia; los inciensos son el anís, la goma arábiga, el sándalo, la lavándola y el estoraque; las plantas son la mejorana, los helechos, la ruda, la mandrágora, y el perejil; las piedras son el ópalo de fuego, la cornelia y el agate. El elemento es el Aire. El metal es el azogue y el aluminio. Los signos son Géminis y Virgo.

5. Zadkiel. Rige el jueves, el planeta Júpiter, la abundancia, la prosperidad, el triunfo, los viajes largos, las visiones, la expansión, la generosidad, los bancos, los prestamos y el juego; el color es azul eléctrico; el número es 4; las plantas son el árbol de roble, el cedro y el pino; inciensos son el tabonuco, los clavos, la zarzaparrilla y el hisopo; las plantas son la salvia y la mejorana; las piedras son el zafiro, el azurito, el sodalito, el lapislázuli, la amatista, la turquesa, el labradorito, la aguamarina, la piedra de rayo y los meteoritos. El elemento es el Fuego. El metal es el estaño y el zinc. El signo es Sagitario.

6. Anael. Rige el viernes, el planeta Venus, el amor, el matrimonio, las artes, la música, los placeres, la gente joven, la belleza, el lujo, el placer, la alegría, los bailes y las reuniones sociales; el color es el verde esmeralda; el número es 7; las plantas son el árbol de manzana, de pera, de cereza, de naranja y de limón; los inciensos son benjuí, o valeriana, o sándalo, o canela, o lavándula o estoraque; las plantas son la verbena, el mirto, las rosas rojas, el tulipán y los hibiscos; las piedras son la esmeralda, el ópalo, la malaquita, el jade, el cuarzo rosa, el rodocrosito, la crisocola, la amazonita y la piedra de pavo real. El elemento es el Aire. El metal es el cobre y bronce. Los signos son Tauro y Libra.

7. Casiel. Rige el sábado, el planeta Saturno, los ancianos, las herencias, la agricultura, los bienes raíces, las deudas, las propiedades, la muerte y los testamentos; el color negro o azul merino; el número 3; las plantas son el árbol de ciprés y el álamo; los inciensos mirra, pacholí y acacia; las plantas son la violeta, la verdolaga, la belladona, y los lirios blancos; las piedras son el onyx, el obsidio, la hematita, el azabache. El elemento es la Tierra. El metal es el plomo. El signo es Capricornio.

Es importante notar que estas correspondencias y atributos les son adjudicados a los ángeles en la magia planetaria. Según la astrología los ángeles que rigen a los signos zodiacales varían en algunos casos. El signo de Escorpión, por ejemplo, lo rige Azrael en la astrología; a Piscis lo rige Asariel; y a Acuario lo rige Uriel. Según la Cábala y el Árbol de la Vida, los ángeles Miguel y Rafael intercambian sus regencias y Miguel es asociado con la esfera de Mercurio mientras que Rafael es asociado con la esfera del sol. Rafael es conocido como el ángel que se para en el medio del Sol y como el médico divino. Miguel, por otra parte, es el ángel de Leo, que es regido por el Sol. Es por eso que estos dos ángeles se invocan juntos en rituales de magia solar muy elevada. Las diferencias entre los atributos otorgados a los ángeles en la magia planetaria y la magia cabalística no debe confundir al practicante, ya que este debe utilizar los atributos de cada sistema, ya sea el planetario o el cabalístico, según el ritual que indique.

El ritual planetario

Para invocar a los ángeles planetarios para pedir su energía y conseguir algo que se desea, se determina primero cual de los ángeles planetarios rige el deseo de la persona. El ritual se lleva a cabo en el día regido por el ángel, en una de las horas regida por su planeta según la tabla que les di anteriormente. Estas horas son la una de la mañana, las ocho de la mañana, las tres de la tarde y las diez la noche del día escogido. La persona lleva cabo la purificación indicada anteriormente por 24 horas. Visualiza un circulo de luz alrededor, que se extiende de Este a Este de la habitación, rocía un poco de agua de sal alrededor del circulo para purificarlo de influencias negativas y pasa un poco del incienso del ángel, moviéndose siempre de derecha a izquierda según las manillas del reloj, para establecer el flujo de las energías síquicas que se mueven de forma solar.

En el punto Este debe colocarse una vela amarilla, en el Sur una vela roja, en el Oeste una vela azul, y en el Norte una vela verde. Como símbolos de los cuatro elementos, que son aire, fuego, agua y tierra. Esto es importante porque todo lo que existe esta basado en estos cuatro elementos y ayuda en la manifestación de lo que se desea.

La persona que lleva a cabo el ritual debe estar vestida de blanco o del color del ángel pararse sobre un paño del color del ángel sobre ese paño debe colocar algunos de los atributos del ángel, como algunas de sus plantas, su metal y piedras que le corresponden. Esto ayuda a establecer un eslabón con el consciente que reconoce el significado de los atributos como perteneciéndoles a ese ángel, haciendo mas fácil la comunicación con este.

También sobre el paño debe colorarse una pequeña copa de vino dulce y un anicito dulce o bizcochito. Cuando esta todo listo, la persona se para frente al Este y dice lo siguiente:

En el nombre del Gran Arquitecto del Universo, por quienes ambos hemos sido creados, te invoco en paz y amor, Gran Arcángel.
Aquí se pronuncia el nombre del ángel que rige lo que se desea, para que esto que deseo (mencionarlo que se desea) y que tu riges, sea realizado en el mundo material, de forma positiva y natural, para mi mayor provecho y sin peligro alguno para mí o para nadie.

Esto se repite luego en el punto Sur y el Este y se dice:
Que este pan que te ofrezco ayude a manifestar lo que te pido con prosperidad y alegría en el mundo material.

Cuando se regresa de nuevo al Este, se repiten las palabras de nuevo y se come el pan con reverencia y gratitud, visualizando mientras se come que lo que se ha pedido ya esta realizado. Luego se levanta la copa de vino y se le reza de la misma manera en los cuatro puntos cardinales y se dice:
Que este vino que te ofrezco ayude a manifestar lo que te pido con prosperidad y alegría en el mundo material.

Cuando se regresa al Este, se repiten las palabras y se toma el vino con igual reverencia y gratitud, de nuevo visualizando lo que se desea como si ya lo hubieran recibido.

Luego se recogen todos los atributos, se envuelven en el paño y se meten debajo del colchón de la cama o en un sitio que sea visible a diario a la persona, pero que nadie mas pueda tocar.

Antes de salir del círculo, se dan las gracias a Dios y al ángel en los cuatro puntos cardinales y se visualiza como este desaparece dejando en su lugar una gran paz en el ambiente. Las velas se apagan y se tiran.

Este ritual es de gran eficacia y si se hace con fe y determinación, lo que se pide se alcanza al poco tiempo y de una forma tan natural, que les va a hacer pensar que no fue el ritual lo que lo logró sino un proceso enteramente natural. Esto se debe a que todo lo que se visualice y se consigue a través del inconsciente es un acto muy natural que establece relaciones armoniosas con las leyes cósmicas, a través de las cuales lo que se pide es realizado.

La música durante el ritual ayuda a la concentración y a llevar a la persona a un estado más elevado y místico. Por esto se sugiere escuchar música etérea, que sea vivificante y a la vez excelsa, durante esta invocación. La música de la Nueva Era es ideal para este tipo de ritual, de las cuales hay muchas y muy bellas en el mercado. Es importante que recuerden que durante toda invocación o ritual a los ángeles, la Luna debe estar creciente; es decir, entre Luna Nueva y Luna Llena.

Esto se debe a que durante la Luna Creciente hay mas energías positivas a nuestro alrededor, las cuales son beneficiosas para el resultado eventual del ritual, mientras que la Luna Menguante, al perder luz, crea energías negativas a nuestro alrededor que son conductivas a retrasos y a resultados negativos en todo ritual.

Ritual del Ángel Guardián

Este ritual es mas bien una meditación durante la cual se trata de establecer contacto con el ángel guardián. Como siempre la persona se purifica por 24 horas. Luego se viste de blanco y se sienta en el piso frente al Este con las piernas cruzadas en posición yoga. A su alrededor coloca cuatro cuarzos blancos de punta en forma de cruz, uno al frente, uno detrás, y uno a cada lado, los cuales ha limpiado de antemano, poniéndolos en agua de sal de mar por 24 horas, luego enjuagándolos y colocándolos al sol por seis horas para re energizarlos. Estos cuarzos no se programan para que estén libres y puedan canalizar energías sin restricción alguna. Al frente de la persona debe haber un vaso o copa de agua de manantial. Detrás de la copa se pone una vela corta blanca encendida. Enseguida se respira profundamente por la nariz, se aguanta la respiración contando hasta 6 y se exhale por la boca. Esta respiración, que se conoce en yoga como pranayama, se repite seis veces para relajar el cuerpo y prepararlo para la meditación. Después de las pranayamas, se visualiza un rayo de luz que sale del cuarzo que esta al frente, el cual se extiende hasta el cuarzo que esta a la derecha y de ahí pasa al cuarzo que esta detrás y de éste al que está a la izquierda, terminando por fin en el frente de nuevo. Esto forma un círculo de luz brillante que pasa a través de los cuatro cuarzos. Luego se deja la mente en blanco y se mira a la llama de la vela a través de la copa de agua, contando hacia atrás en voz alta del diez al uno. Esto pone a la persona en estado alfa, que es el estado de trance leve que se usa para contactar a las energías del inconsciente. De inmediato se cierran los ojos y se visualiza la llama de la vela sobre el entrecejo. Tan pronto se visualiza la llama se comienza a invocar al ángel, cuyo nombre ya se ha averiguado. El nombre del ángel se pronuncia en voz alta siete veces lentamente con los ojos cerrados. Según va repitiendo el nombre del ángel, la persona va a sentir que su conciencia se va elevando por encima de su cuerpo hasta quedar unas pulgadas sobre este. Esta es una sensación de levitación aparente que no afecta el cuerpo en si, sino a la mente del individuo. Cuando termina de repetir el nombre del ángel, si ha hecho la meditación de forma concentrada, la persona va a sentir la presencia del ángel como una gran fuente de luz y amor que la rodea y permea su esencia llenándola de una paz y una felicidad indescriptible. En este estado de éxtasis, va a recibir uno o más mensajes del ángel los cuales llegan a su mente como si una voz interior le estuviera hablando. Esto se conoce como la conversación con el Ángel Guardián. La persona en estos momentos puede hacerle preguntas a su ángel, quien las va a contestar la energía del ángel permanece solo por unos momentos con la persona y luego se va a ir dopando poco a poco. Cuando el ángel se va, la persona siente que va descendiendo de nuevo a su cuerpo. Cuando esto sucede, cuenta de nuevo, pero esta vez del uno al diez. Al llegar al diez, abre los ojos y el ritual ha terminado.

Puede entonces apagar la vela y recoger los cuarzos, visualizando que el círculo de luz se desvanece. Los cuarzos se guardan para usarlos de nuevo en rituales similares. El agua se puede tomar ya que esta llena de grandes energías positivas. Este es un ritual evocativo muy sencillo pero muy poderoso, el cual deja la persona en un estado de paz muy grande que dura a veces por muchos días. Es recomendable tener un cuaderno a la mano para escribir cualquier mensaje que se reciba del ángel durante el ritual.

Para ayudar a otra persona a distancia

Antes de tratar de invocar a un ángel para ayudar a otra persona, es importante recordar que todo ser humano tiene libre albedrío y que no nos esta permitido involucrarnos en su vida para tratar de cambiarla sin su permiso. Se puede enviar energía Angelical a alguien que esta enfermo, que tiene problemas graves o que esta pasando por una crisis severa para que esta energía le ayude a trascender esa enfermedad o crisis por si mismo. Pero no se debe usar energía Angelical para que esta persona haga algo que nosotros creemos que debe hacer o queremos que haga y que la persona no haría por si misma, ya que esto es infringir en su derecho de libertad de acción.

Una vez que estén seguros de que su intención es la de ayudar y no de obligar a una persona, pueden llevar a cabo el ritual Angelical para enviar energías a esta.

Este ritual requiere una foto reciente de la persona. La foto se coloca sobre un espejo redondo colocado a su vez sobre un paño de seda o de satén blanco. Se escoge uno de los siete ángeles regentes planetarios, dependiendo del problema de la persona. Por ejemplo, si la persona esta enferma se puede utilizar a Miguel, regente del Sol en el sistema planetario, el cual es el origen de la vida y fuente de la salud, o a Rafael que es el ángel que sana, conocido como el medico divino.

Si el ángel que se escoge es Rafael, se rodea la foto con ocho velas color naranja, ya que el número ocho y el color naranja son atributos planetarios de Mercurio y de Rafael. Si se escoge a Miguel, se usan seis velas amarillas porque este es el color asociado con el Sol y el seis es su número cabalístico. Sobre la foto se coloca una de las piedras asociadas con ese ángel para ayudar a establecer contacto con él. Se cierran los ojos y se visualiza a la persona sana y llena de alegría. Tan pronto se visualiza a la persona, se repite el nombre del ángel varias veces, dependiendo de su número. Si es Miguel se pronuncia su nombre seis veces; si es Rafael, ocho veces. Esto ayuda a canalizar la energía del ángel hacia esa persona. De inmediato se abren los ojos y se visualiza un rayo de luz que procede del ángel hasta la piedra que esta sobre la foto, cuya energía penetra a través de la imagen de la persona hasta el espejo que se use para enviar la energía a ésta. Este ritual se debe llevar a cabo en el día asociado con el ángel, a la una o a las ocho de la mañana, a las tres de la tarde a las diez de la noche, que son las horas angelicales de cada día. Este ritual ayuda grandemente a la persona y se puede repetir varias veces para multiplicar sus energías y esta pueda resolver su problema por si misma. Si deciden repetir el ritual, recuerden que solo lo pueden hacer una vez por semana, ya que solo puede ser hecho en el día regido por ese ángel. Es recomendable dejar la foto sobre el espejo con la piedra encima mientras la persona resuelve su problema.

Meditación para el planeta

Cada día nos enteramos a través de los periódicos, la radio o la televisión de los desastres continuos que azotan a nuestro planeta. Las guerras y luchas entre los distintos gobiernos se proliferan alrededor del mundo; los crímenes, las epidemias, los desamparados, las tragedias, los accidentes, y los desastres naturales nos rodean continuamente. Los ángeles son fuentes in agotables de amor y de energía que pueden ayudar a aliviar y a sanar estas condiciones, que son el resultado del desbalance de energías cósmicas a nuestro alrededor.

Uno de los rituales mas efectivos y hermosos que se pueden llevar a cabo con la ayuda le los ángeles es el que se hace para enviar energías positivas a la Tierra.

Este ritual requiere un globo terrestre o un mapa del mundo, el cual se coloca en el suelo; sobre un paño blanco. Alrededor del globo del mapa se encienden siete velas en los colores de los ángeles planetarios: amarilla por Miguel; violeta por Gabriel; roja por Camael; naranja por Rafael; azul eléctrico por zadkiel; verde por Anael; y azul oscuro por Casiel. El ritual se lleva a cabo durante siete días, empezando en domingo.

La persona se purifica como antes les he explicado y se viste de blanco.

Tome entre sus manos un cuarzo blanco de punta fina el cual ha sido limpiado según instrucciones previas y se sienta frente al Este. Lleve a cabo seis pranayamas ya descritas y proceda a quemar un poco del incienso Miguel que rige el domingo. Ahora, encienda la vela amarilla y diga:
"Bien amado Arcángel Miguel, regente del domingo, en nombre del Creador del Universo te pido que envíes tus energías celestiales al planeta Tierra que tan necesitado esta de Angelical ayuda".

A continuación, visualizar un rayo de luz divina descendiendo del infinito hasta el cuarzo y de este al globo o mapa terrestre, enviándolo con sus destellos deslumbrantes. La visualización se mantiene por varios minutos. Luego se deja que la luz se desvanezca poco a poco. Tan pronto se haya desvanecido todo, se apaga la vela. Se dan las gracias a Miguel por su presencia y se termina el rito.

Al día siguiente, lunes, se repite todo nuevo pero se encienden las velas, amarillas por Miguel y violeta por Gabriel y se invoca a Gabriel con las mismas palabras. Se visualiza la luz que baja hasta el cuarzo y de este a la Tierra.

El ritual se continúa todos los días de la Semana cada día encendiendo todas las velas anteriores, más la vela del ángel de ese día. Al cual se invoca de la misma manera.

El sábado, que es el último día del ritual, se encienden todas las velas y esta vez, se dejan terminar y no se apagan. Este ritual es de gran beneficio para el planeta y si suficientes personas lo llevaran a cabo a menudo, muchas de las desgracias que lo azotan serian evitadas.

Ritual con los ángeles de los cuatro elementos

Este ritual se lleva a cabo al aire libre y se hace para reestablecer contacto con la naturaleza a través de sus cuatro elementos: aire, fuego, agua y tierra. Los ángeles de los cuatro elementos son: Aire: Rafael: Fuego: Miguel; Agua: Gabriel; y Tierra: Uriel.

Aire
El ritual del aire se hace un día miércoles en lo alto de una colina o montaña donde haya bastante viento. Este ritual se hace con un grupo de tres o más personas para que sea más eficaz, aunque puede ser hecho por una sola persona.

Las personas que toman parte en el ritual deben vestir de blanco o naranja. Todo lo que requiere es que todos los participantes ciñan coronas hechas con flores anaranjadas, como crisantemos, claveles o rosas y carguen un pañuelo color naranja y una varita de incienso de sándalo o de lavándula. También se les aconseja cargar consigo una de las piedras regidas por Rafael.

Las personas se toman de la mano y forman un círculo. Así unidas den la vuelta al circulo ocho veces llamando en voz alta a Rafael. A la octava vuelta se detienen y encienden las varitas de incienso, las cuales alzan en alto ya que representan el elemento aire.

La persona que dirige el ritual dice lo siguiente con voz pausada y las demás repiten sus palabras:
Bien amado Rafael, regente del elemento aire, pedimos tu presencia en estos momentos entre nosotros para que el poder de tu sagrado elemento nutra y vivifique nuestros cuerpos y nuestros espíritus en nombre del Creador de Universo.

En este momento los pañuelos se alzan hacia arriba y se revoletean para que floten en el viento. Generalmente, si el ritual es hecho con poder y concentración, el viento aumenta de forma muy marcada al hacer esto.

Personas que han llevado a cabo este ritual han tenido la experiencia de que el viento ha aumentado de tal forma hasta llegar a tomar fuerzas casi huracanadas.

Cuando el viento arrecie, todos se quitan las coronas y deshojan las flores en el aire, diciendo:
Bienvenido Rafael, tuya es la corona y tuya es la gloria.

Las coronas también se tiran a volar con el viento. Después todos se sientan en el suelo y comparten bizcochos y vino dulce. Este es uno de los rituales más poderosos y vivificante de los que se hacen con los ángeles de los elementos y todos los que participan en él mantienen una gran energía y vitalidad durante el resto de la semana.

Fuego
Este es un ritual solitario y se hace en tierra plana, donde no haya mucha vegetación. Para esto se requiere una vela de las que no se apagan en el aire, de las que se usan para alejar mosquitos y que se encienden al aire libre.
La persona debe vestir de rojo y cargar una de las piedras regidas por Miguel. Se sienta frente al sur, que pertenece al elemento fuego y a Miguel, y enciende la vela, cuya base se entierra en el suelo. Luego realice seis pranayamas, concentre su vista en las llamas de la vela y dice lo siguiente:
"Bien amado Miguel, regente del elemento fuego, te invoco en estos momentos para reestablecer contacto contigo y con tu elemento para que este me de las energías necesarias para llevar a cabo mi misión en la Tierra. Te pido esto en amor y paz, en nombre del Creador del universo".

En estos momentos, la persona visualiza que entra al centro de la llama hasta que esta la rodea por completo. La visualización debe ser lo suficientemente fuerte para que la persona sienta el calor regenerador del fuego nutriendo todo su organismo, su mente y su espíritu. Una vez dentro de la llama, sentir la presencia del gran arcángel que se acerca y la envuelve con una luz inmensa. Permanecer en este abrazo Angelical por todo el tiempo posible. Luego regresar mentalmente al mundo material, y a la luz de la llama, comerse un panecito dulce o un bizcochito y tomar una copita de vino dulce Durante estos rituales siempre se come y se toma algo para anclar las fuerzas del ángel. Después se apaga la vela en el suelo sin soplarla. Este ritual da una gran energía a la persona y es especialmente recomendado para individuos que se sientan débiles o que estén enfermos.

Agua
Este ritual se lleva a cabo en la playa, frente al mar. La persona debe vestir de violeta o de plateado y cargar una de las piedras de Gabriel, preferiblemente una piedra de la Luna. De pie frente al Oeste, abrir los brazos y decir estas palabras:
"Bien amado Gabriel, regente del elemento del agua, todo ser viviente en la Tierra procede del mar, que es la madre de la vida.
Yo te invoco en este momento, en nombre del Creador del Universo, y te pido que me des un poco de tu radiante energía celestial para que mi vida fluya, serena y pacifica, como el mar en calma".

Una vez dicho esto, entrar al mar hasta que solo los pies sean bañados por las olas. Abrir los brazos de nuevo y sentir como de las aguas del mar sube hacia ustedes una inmensa luz que inunda todo su ser y los llena de un profundo amor y regocijo. Amar al mar como su madre espiritual y sentir que sus aguas les acarician los pies como un beso maternal. Sentir la presencia Angelical de Gabriel rodearlos de una gran ternura. Generalmente, cuando se hace este ritual, las aguas del mar suben más allá del límite de su marea y por esto no se debe entrar al agua más allá de los tobillos.

Este ritual da una gran paz la cual permanece con la persona por largo tiempo. Después salir del mar, se debe comer el bizcochito y tomar la copa de vino, frente a las aguas.

Tierra
Este ritual se lleva a cabo en un bosque o en un sitio donde haya muchos árboles, como un bosque. Es excelente para personas que están deprimidas, nerviosas o débiles. La persona que hace el ritual debe vestir de verde y cargar la piedra verde como un jade o una malaquita, que también le pertenecen a Uriel. Debe llevar consigo una canasta con migajas para los pájaros y nueces para las ardillas. Manzanas y otras frutas deben formar parte de esta ofrenda a la naturaleza y sus criaturas. Una vez en el bosque o parque, se escoge un árbol grande, de tronco ancho, como un roble o un pino, y a sus pies se extiende un pañuelo verde, donde la persona se sienta, con su espalda contra el tronco del árbol.

Una vez sentada, se relaja y hace seis pranamas y dice lo siguiente:
"Bien amado Uriel, regente del elemento tierra, en nombre del Creador del Universo, te invoco para que viertas sobre mi espíritu atribulado por las pruebas de la vida, tu divina esencia regeneradora, para que según crecen las plantas de la madre Tierra, asi crezca mi espíritu en serenidad, paz, y salud física, mental y espíritual".

Cerrar los ojos y visualizar una inmensa luz que desciende del infinito sobre el árbol, y a través del tronco de este hacia el cuerpo de la persona.

Sentir la gran energía vivificante y generosa del árbol extenderse por todo su cuerpo, su mente y su espíritu. En breves momentos, sentir la presencia sublime del gran arcángel envolverlos en su manto de amor divino.

Permanecer en este abrazo celestial por el mayor tiempo posible. Luego sacar las ofrendas de la canasta y tirarlas a su alrededor sin moverse de su posición debajo del árbol. Ahora diga lo siguiente:
"Bien amada Madre Tierra, según yo nutro a tus criaturas, nútreme tu a mí con tu gran amor y compasión. Cura mi cuerpo y mi espíritu y lléname de tus amplias energías cósmicas".

Comer el bizcochito y tomar el vino y llevarse el pañuelo y la canasta al terminar el ritual. El resultado de este ritual es una gran estabilidad y paz que ayuda a fortalecer grandemente el sistema nervioso central de la persona.

Baños lustrales de los ángeles

Un baño lustral es un baño ritualistico que se lleva a cabo con algunas de las plantas o flores asociadas con los ángeles planetarios y sus colores en su día especifico.

Las plantas se colocan en una bolsa grande del color asociado con el ángel. Se llena la bañera con agua bastante caliente y se le añade color vegetal para teñir las aguas del color del ángel planetario escogido. Hay en el mercado baños de colores terapéuticos que se usan en la terapia de color y que son parte de la Nueva Era. Estos han sido creados para usar en baños lustrales para que la persona reciba en su aura el color que mas necesita.
Estos baños de colores son perfectos para los baños de los ángeles. Una vez que el baño ha tomado el color regido por el ángel, se sumerge la bolsa con las plantas o flores adentro de este. También se le puede añadir al baño uno de los perfumes de incienso asociados con el ángel.

La persona entra en el baño y flota sobre las aguas varias velas flotantes en forma de flores. Estrellas blancas que son comunes en el mercado, en el número perteneciente al ángel. Luego enciende un poco de incienso del ángel escogido, se relaja y comienza a invocarlo mentalmente y a pedir que a través de sus energías el baño limpie y nutra el aura de la persona. Visualizar que la luz de las velas llena la bañera de luz y que esa luz, junto con el poder de las plantas, la penetra por todos los poros. Permanecer en el baño por medía hora y luego vaciar el agua, visualizando que con el agua se van por el desagüe todos los problemas y dificultades que puedan estar enfrentando. Al salir del baño, se da las gracias al ángel y se enciende una vela de su color.

Amuletos de los ángeles

El amuleto Angelical se prepara en una bolsita del color del ángel planetario y lleva en su interior varias de sus piedras, su metal, sus plantas y un poco de uno de sus inciensos. Se lleva a cabo en el día regido por el ángel y en una de las horas planetarias ya mencionadas. Luego de ser preparado se debe purificar en los cuatro elementos. Esto se hace de la siguiente manera.

Primero se pasa la bolsita por el humo del incienso del ángel, el cual simboliza el elemento aire y se dice:
En nombre del gran Arcángel Rafael yo te consagro en el elemento aire.

Luego se pasa rápidamente por encima de la llama de una vela roja como símbolo del elemento fuego y se dice:
En nombre del gran Arcángel Miguel yo te consagro en el elemento fuego.

Luego se rocía con un poco de agua de manantial y se dice:
En nombre del gran Arcángel Gabriel, yo te consagro en el elemento agua.

Y por fin, se coloca sobre un poco de sal de mar y se dice:
"En nombre del gran Arcángel Uriel, yo te consagro en el elemento tierra.

La sal es comúnmente reconocida como un símbolo del elemento Tierra.
Es importante recordar que todos estos rituales, incluyendo los baños y los amuletos, se deben hace en Luna creciente para mayor eficacia".

El ritual de Hagiel

Este es un ritual de evocación muy conocido y lo doy aquí recordándoles que solo es recomendable para aquellas personas con espíritu recio, que no se atemorizan fácilmente. No, es para los nerviosos ni los impresionables. Es un ritual para el amor, pero no para obligar a alguien a que los ame a la fuerza. Esto no pertenece al ámbito de los ángeles, donde la voluntad humana es altamente respetada como regalo divino. Para eso existe la magia natural o básica, donde solo existe la voluntad de la que la practica. Este ritual es para saber lo que es el amor, como sentirlo y hacerlo sentir a otras personas, sin doblegar libre albedrío.

Varias versiones de este ritual han sido publicadas en varios libros, pero su creador original fue el gran ocultista alemán, Franz Bardon. La versión que voy a dar aquí ha sido simplificada para una audiencia con poca o ninguna experiencia en la llamada magia Angelical o planetaria.

Los ingredientes del ritual son los siguientes:
* un incensario con un carboncito encendido.
*canela en polvo.
*un bombillo verde colgando en el medio de la habitación.
*una varita mágica con punta de cristal, comunes en la Nueva Era.
*un pedazo de papel verde cortado en forma de heptagonal (siete lados) en el cual se ha dibujado con tinta verde el sello de Hagiel de alrededor de 7 pulgadas de largo (unos l6 CMS.).
*una túnica verde.
*un collar hecho por la persona de un alambre de cobre del cual cuelga un jade o una malaquita.
*un pedazo de tela verde cortada en forma de triangulo de alrededor de tres pies de largo l metro.

El ritual se celebra un viernes a las diez de la noche, en Luna Creciente. La persona empieza por purificarse por 24 horas como ya les he indicado. Se baña y se perfuma con un poco de aceite o esencia de canela.

Se viste con una túnica verde y se coloca el collar de cobre con el jade o malaquita al cuello. Enciende el bombillo verde que es la única iluminación que debe tener el cuarto, el cual debe estar completamente impregnado de luz verde, sin la cual no puede funcionar el ritual. Procede a rociar un poco de agua con sal alrededor de la habitación para purificarla de influencias negativas. Al Este del circulo coloca el triangulo de tela verde y en el centro pone el papel con el sello o sigilo de Hagiel. En cada punta del triangulo coloca una vela verde para altar mayor energía a la visualización. Al mismo tiempo se coloca la canela sobre el carboncito que ya debe estar encendido.

No se use mucha canela para evitar un acceso de tos durante el ritual.

El incensario se pasa alrededor del círculo de Este a Este de nuevo.

Ahora la persona tome la varita mágica en la mano derecha, la cual ya ha sido consagrada de antemano en los cuatro elementos, según se purifican los talismanes de los ángeles. Con la varita en la mano, la persona apunta hacia el Este y traza con su imaginación un círculo de luz alrededor del cuarto, también de Este a Este, en nombre del Creador, pidiendo que ninguna influencia oscura pueda penetrar en el cuarto. Siempre con la varita en la mano derecha camina hacia el triangulo y sigue con la punta de la varita el diseño del sello de Hagiel que esta inscrito sobre el heptágono.

Luego regresa al centro del circulo y de frente al triangulo, comienza a evocar a Hagiel para que se manifieste visiblemente en este. La primera vez la invoca siete veces mentalmente, visualizando como esta desciende de su esfera de Venus hasta el triangulo. La evocación se hace con fuerza y sin temor. La segunda vez la evoca en voz baja, casi inaudible, también siete veces. La tercera vez la invoca en voz alta, siete veces, pidiéndole que se materialice visiblemente dentro del triangulo. Durante todo el tiempo la varita debe estar apuntando hacia el triangulo. Si la persona ha seguido todos los pasos del ritual con exactitud y con gran fuerza de voluntad, la imagen de Hagiel va a comenzar a hacerse visible en el triangulo. Como les he explicado anteriormente, esta imagen es una proyección mental de la persona que lleva a cabo el ritual y es muy real.

Hagiel se presenta como una mujer muy bella con cabellos color rojo como el tomate, piel blanca como la leche, vestida con una túnica verde con adornos dorados. Sobre la cabeza lleva una corona real de tonos cobrizos. Su voz es musical y su actitud gentil y amable. La impresión causada por una manifestación de este tipo es naturalmente estupefaciente, sobre todo la primera vez que se tiene la experiencia. Pero es importante permanecer serenos y continuar con el ritual. En estos momentos, se le hace a Hagiel la petición que se desea. Si ella accede a lo que se le pide, es seguro que lo que se desea se convierte en realidad.

Si Hagiel no aparece en el triangulo, no ha habido suficiente fuerza en el ritual, pero algún tipo de fenómeno se va a hacer sentir, como ruidos o músicas extrañas, vibraciones u oscilaciones de la luz. Esto es creado por las grandes cantidades de energías síquicas proyectadas del inconsciente de la persona. Una vez que Hagiel aparece o es obvio que no va a aparecer, se termina el ritual. Si Hagiel aparece, se le da las gracias por su manifestación y se le pide que regrese a su esfera de Venus. Cuando la imagen desaparece, se disuelve la luz del círculo con la varita mágica y se apagan las velas y el bombillo verde, encendían todas las luces normales. Luego se recogen todos los implementos y se guardan. Este ritual deja a la persona que lo lleva a cabo en un estado de gran euforia y alegría, y a la vez con un gran sentido de armonía mental. Física. En la mayor parte de las veces, lo que se pide se logra al poco tiempo de haberse hecho el ritual.

La magia Angelical es una de las formas más bellas y efectivas de contactar a las fuerzas de luz que son los ángeles. Todo tipo de ritual es natural para el ser humano, cuya vida entera esta basada en actos ritualisticos. Desde cepillarse los dientes por la mañana hasta acostarse a dormir por la noche. El ritual del ángel es la forma más perfecta de establecer contacto con la naturaleza y con la Fuerza Creadora del universo.

El espejo de amatista

Existe otro ritual a través del cual se puede saber cual es el nombre del Ángel Guardián y conversar con el. Para esto se necesita preparar espejo de amatista. Este es un cristal redondo, transparente de alrededor de seis pulgadas de diámetro (unos l5 CMS.) que se puede conseguir fácilmente en una cristalería. También puede usar el cristal de un marco de cuadro barato. Este cristal se pinta por uno de sus lados con pintura color violeta o morada. Cuando este seca la pintura, se le pega una amatista en cada extremo del cristal formando una cruz. Las amatistas deben ser colocadas en la parte del cristal que no esta pintada, pero que refleja una superficie violeta.

Una vez que el espejo ha sido preparado de esta forma, se consagra colocándolo sobre un paño violeta sin usar. El espejo se cubre del todo con sal de mar por veinticuatro horas. Esto lo purifica y a la vez lo consagra en el elemento tierra que es simbolizada por la sal Cuando se cubre el espejo de sal se dice:
En Nombre del Creador del Universo y de sus ángeles, te consagro y purifico en el elemento tierra.
Luego se le saca la sal y se rocía con agua de los ángeles o con agua bendita para consagrarlo en el elemento agua.

Al rociarlo se dice:
En Nombre del Creador del Universo y de sus ángeles, te consagro y purifico en el elemento agua.

Para consagrarlo en el elemento fuego, se enciende una vela color violeta y se pasa a través del espejo en forma de cruz, de una amatista a la otra.

Se dice:
En Nombre del Creador del Universo y de sus ángeles, te consagro y purifico en el elemento fuego.

Por ultimo se consagra en el elemento aire pasándolo sobre un incensario con incienso, mirra y flor de lavandula y se dice:

En el Nombre del Creador del Universo y de sus ángeles, yo te consagro y purifico en el elemento aire.

Después que el espejo ha sido consagrado nadie más que su dueño podrá tocarlo. Cuando no este en uso, se guarda en un sitio seguro envuelto en el paño violeta.

El espejo de amatista se usa para saber los nombres de los ángeles y establecer contacto con ellos, especialmente el ángel guardián de la persona. Se usa el color violeta y las amatistas porque este color es el rayo más alto que existe en el espectro solar y el que conecta la corona de la cabeza con las fuerzas de alta jerarquía espiritual. En el sistema de los chakras representa el séptimo chacra o centro vital que también esta conectado con la corona de la cabeza.

Antes de usar el espejo, la persona debe haber ayunado por 24 horas, absteniéndose de relaciones sexuales, licor, tabaco y todo tipo de drogas. El ayuno es importante porque el estómago no debe estar lleno durante ningún ritual y la abstención ayuda a concentrar la atención de antemano en lo que se desea conseguir en el ritual. Las relaciones sexuales se evitan porque desperdician energías y esto disminuye el poder de la persona que va a hacer el ritual. La pureza de mente y de cuerpo es de importancia intrínseca en todo contacto con los ángeles.

El ritual se debe llevar a cabo solo en Luna Creciente y nunca en sábado. La mejor hora para hacerlo es la medianoche. La persona debe estar vestida de blanco y descalza. El lugar se despoja de vibraciones negativas rociándolo con agua y sal de mar. Luego se pasa incienso y mirra con flores de lavándula. Inmediatamente se hace un circulo invisible alrededor del cuarto con un cuarzo blanco, el cual se ha limpiado con agua y sal de mar y programado para llevar a cabo purificaciones de este tipo. El círculo se forma empezando y terminando en el Este para proteger a la persona de fuerzas negativas. Al hacer el círculo se dice:
En Nombre del Creador del Universo y los cuatro grandes Arcángeles, Rafael, Miguel, Gabriel y Uriel yo sello este círculo en luz y paz.

Después que el círculo ha sido sellado la persona se sienta en el suelo sobre una sábana blanca cubierta con pétalos de rosas blancas. Las luces se apagan de antemano. Sobre la sábana, frente a la persona, se coloca el paño violeta con el espejo amatista. A su alrededor se encienden cuatro velas cortas color violeta en forma de cruz. Luego se dice:
"En Nombre del Creador del Universo, yo pido a mis ángeles guardianes que
se revelen ante mí en este espejo sagrado de amatista, en el rayo violeta.
Amen".

A continuación cierre los ojos, relájese y respire profundamente, inhalando por la nariz contando hasta cuatro, aguantando la respiración haciendo el mismo conteo y exhalando también en conteo de cuatro. Esta respiración se conoce como pranayama. Repita lo anterior seis veces. Inmediatamente después empiece a contar hacia atrás, del diez al uno. Esto pone a la persona en un leve trance, en lo que se conoce como estado alfa, cuando es más fácil contactar las fuerzas del Inconsciente.

Al llegar al número uno, levántese y diga:
Mi Ángel de la Guarda, que velas principalmente por mi, revélame tu nombre y tu rostro divino en nombre de Nuestro Creador.

Coloque de inmediato la mente en blanco, y espere. Casi al instante va a llegar a la mente el nombre del ángel. El primer nombre que se perciba es el nombre del Ángel Guardián. Es importante no analizar el nombre, sino aceptarlo sin duda alguna.

Tan pronto se recibe el nombre del ángel, se abren los ojos y se mire al espejo, visualizando una luz violeta que refulge sobre su superficie. En el medio de esta luz se forma el rostro o imagen del Ángel Guardián. Diga a continuación:
Gracias, ángel mío y mencione su nombre.

En estos momentos se pide un mensaje al ángel o se le pide ayuda en algo que se desea o necesita. Coloque de nuevo su mente en blanco y recibirá la respuesta del ángel. Esto también se conoce, como la conversación con el Ángel Guardián, de esta manera se le pueden hacer preguntas al ángel y recibir su respuesta. Naturalmente no es aconsejable hacer preguntas inapropiadas o que puedan ser ofensivas a un espíritu de alta jerarquía. La conversación con ángel Guardián debe ser usada para ayudar la evolución espiritual de la persona o en acciones materiales sobre las cuales la persona no tiene control y que se esperan peligros para ella o sus seres queridos.

El contacto no debe pasar de quince minutos.

Cuando el ángel ha contestado las preguntas, se le dan las gracias y se apagan las velas, antes de recoger el espejo y la sábana, se toma el cuarzo de nuevo y se hace un nuevo circulo diciendo:
En Nombre del Creador del Universo y de sus grandes Arcángeles Rafael, Miguel, Gabriel, Uriel yo desvanezco este círculo en luz y paz. Este ritual ha terminado.

El cuarto se recoge y se guarda todo para usarlo en otra ocasión. Los pétalos se echan a volar por una ventana.

Néctar de Levanah

La Luna tiene muchos nombres místicos, los cuales le han sido adjudicados a través de muchos siglos. El nombre hebreo de la Luna es Levanah y en el Árbol de la Vida es esta luminaria la que abre el camino que asciende a las esferas superiores y a las puertas del cielo. Es por esto que la Luna es considerada de gran importancia en meditaciones y en la práctica del misticismo. Tal vez debido a su obvia conexión con el Inconsciente y con altos estados de conciencia, la Luna siempre ha sido el eje sobre el cual se balancea el poder de todo ritual mágico.

En tiempos antiguos los meses estaban basados en las fases lunares y muchos calendarios, como el chino y el hebreo están basados en los movimientos de este satélite terrestre. Los judíos ortodoxos celebran cada Luna Nueva con rituales específicos que incluyen la lectura del salmo 8l, el cual menciona la importancia de esta fase lunar. Es importante tener un calendario que indique la hora exacta de la Luna Nueva en el lugar de residencia de la persona, ya que Dios escucha toda plegaria que se haga en ese momento. La presencia de Dios permanece con la persona solo durante cinco minutos después de entrar la Luna Nueva. En este intervalo se lee el salmo 8l y se hace la petición a Dios.

La Luna pasa por todos los signos zodiacales en el curso de un mes, permaneciendo en cada uno entre dos a dos días y medio. Los veintiocho días del ciclo lunar se conocen como las mansiones de la Luna.

El periodo entre Luna nueva y Luna Llena se conoce como Luna Creciente. Entre Luna Llena y la próxima Luna Nueva se conoce como Luna Menguante.

El efecto de la Luna sobre la tierra es tal que los agricultores utilizan las diferentes etapas lunares para plantar y recoger cosechas. Los jardineros profesionales también observan las fases de la Luna. Todas las religiones y las llamadas culturas primitivas como las del indio americano, los aborígenes australianos y muchas tribus africanas observan los aspectos de la Luna.

La Luna Menguante siempre ha sido considerada maléfica ya que esta perdiendo luz continuamente y es durante esta fase que se llevan a cabo las practicas de la magia negra o magia de destrucción. La Luna Creciente, por otra parte, es considerada benéfica porque cada noche adquiere más luz y crece más en el firmamento. Es durante esta época que se llevan a cabo rituales de magia blanca o magia positiva.

En la magia Angelical, la Luna Nueva y Luna Llena son de gran importancia. En Luna Nueva y Luna Llena se llevan a cabo meditaciones y rituales durante los cuales la persona trata de elevarse a planos superiores que solo son accesibles a través de la esfera de la Luna. Debido a que la Luna es el planeta que mas cerca esta de la tierra es considerada la puerta hacia esferas superiores y hacia otros "planos," que en la Cábala y el Árbol de la Vida son identificados con los demás planetas del sistema solar.

Debido a su gran influencia sobre los líquidos, la Luna es asociada con el elemento agua, el cual es regido por el Arcángel Gabriel. Para establecer contacto con este gran Arcángel y recibir las poderosas influencias de la esfera lunar, se prepara el Néctar de Levanah, que como ya les explique con anterioridad es el nombre hebreo de la Luna.

La base de este elixir mágico se prepara batiendo una clara de huevo con bastante azúcar y añadiéndole medía tasa de crema de leche. A esta mezcla se le añade medía taza de vino blanco. El líquido resultante es de exquisito sabor. Se vacía de inmediato en una copa azul. En el mercado se encuentran copas azules con medías lunas que son ideales para esta obra.

Luego de haber vaciado el líquido en la copa, se coloca en el fondo una piedra de la Luna, que se puede conseguir fácilmente en las tiendas de la nueva era o donde vendan cuarzos.

La copa con la piedra de la Luna se coloca cerca de una ventana donde pueda recibir la influencia lunar y se rodea con cuatro velas cortas plateadas encendidas en forma de cruz. La copa se cubre con un paño azul oscuro transparente de nylon o de seda. Si la tela tiene diseños de lunas o estrellas plateadas es más eficaz aún. La copa se deja en su lugar por una hora. Al termina de este tiempo, se descubre la copa y la persona se para frente a ella con los brazos extendidos y dice:
"En Nombre del Creador del Universo, te pido. OH gran Arcángel Gabriel, que bendigas este Néctar de Levanah para que rebose con tu divina luz. Permite que al tomar este elixir sagrado reciba dentro de mi ser el gran poder de la Luna junto con tu bendición. Y que esta energía celestial nutra mi cuerpo y mi espíritu y me de la fuerza para vencer las pruebas y dificultades de la vida. Que así sea."

La copa se toma entre las dos manos con gran reverencia y se toma lentamente, sin despegarla en ningún momento de la boca. La piedra de la Luna no se saca de la copa hasta apurar todo su contenido.

Este ritual da gran poder a la persona para resolver toda clase de problemas. Se debe llevar a cabo en Luna nueva y Luna llena solamente; si se hace continuamente, la persona desarrolla grandes poderes psíquicos y establece una relación muy poderosa con Gabriel y su propio ángel guardián.

Antes de hacer este ritual, la persona debe asearse y vestirse con ropas limpias, blancas o azules. El ritual se hace de noche y la persona debe estar descalza y no haber comido nada por lo menos tres horas antes de llevarlo a cabo. Las mujeres que deseen llevar a cabo este ritual o cualquier tipo de magia angelical pueden estar pasando por el ciclo menstrual. Esta es una importante regla que siempre se debe tomar en cuenta.

Identificación con el ángel Guardián

Este es el ritual más hermoso y poderoso que existe en la magia Angelical. Para llevarlo a cabo es necesario abstenerse de comer carnes, de tener relaciones sexuales o de tomar licor o usar ningún tipo de drogas, incluyendo medicamentos, por tres días. Veinticuatro horas antes del ritual la persona debe comenzar un ayuno durante el cual solo debe tomar líquidos, que no incluyen café, té o licor alguno. El ritual solo se hace en Luna Creciente, pero no en día sábado.

Una hora antes del ritual la persona se baña y se viste con una túnica blanca. Como siempre, debe estar descalza porque ante Dios y sus ángeles los pies deben estar descubiertos.

El cuarto donde se va a llevar a cabo el ritual se rocía de antemano con agua y sal de mar y luego se pasa incienso y mirra por todo el ámbito.

Se coloca una vela blanca en los cuatro puntos cardinales de la habitación y se pide la bendición y protección de Dios y sus ángeles. Para este ritual no es necesario proteger el lugar con un círculo mágico.

La persona se sienta en una silla de espaldar recto frente al Este de la habitación, los pies uno al lado de otro. Entre las manos debe tener un cuarzo blanco de dos a tres pulgadas de ancho, transparente y de punta fina. El cuarzo debe ser purificado de antemano poniéndolo en agua con sal de mar por 24 horas, luego enjuagándolo y colocándolo al sol para re energizarlo.

Para programarlo se coloca sobre el entrecejo y se le dice mentalmente que atraiga hacia su dueño paz, amor, protección y energía positiva y que actué como una conexión continua con el Ángel Guardián. El cuarzo debe tomarse entre las dos manos, con la punta hacia arriba.

En estos momentos la persona cierra los ojos, se relaja y comienza una serie de seis pranayamas o respiraciones profundas. Mientras hace las respiraciones, visualice un gran rayo de luz que baja del infinito hasta el cuarzo, el cual multiplica esta radíancia y la dirige hacia la persona. Esta se ve de inmediato envuelta en una luz deslumbrante.

Tan pronto la persona se ve rodeada de esta luz, comienza a pronunciar la letra D mentalmente con gran rapidez. Continúa repitiendo esta letra por varios minutos. Según repite la letra va a sentir que se despega poco a poco de su cuerpo como si estuviera flotando en el medio de la luz deslumbrante que la rodea.

Mientras repite la letra D, va a notar que frente a ella ha aparecido una escalera resplandeciente de anchos peldaños dorados que se eleva hacia el infinito y se pierde entre las estrellas. En estos momentos, deja de pronunciar la letra y comienza ascender por la escalera. Mientras asciende, comienza a respirar hondamente y a contar del veinte hacia atrás: veinte, diecinueve, dieciocho, lentamente. La respiración profunda debe acompañar al conteo. Por ejemplo, respirar hondo y contar mentalmente, veinte; respirar de nuevo y contar, diecinueve; respirar de nuevo y contar, dieciocho...y así continuar, hasta llegar al uno. Esto eleva a la persona al estado alfa y a planos superiores de conciencia.

Mientras cuenta la persona continúa ascendiendo por esta escalera espiritual. Va a notar como se va elevando sobre la habitación, luego sobre la casa y los edificios de la ciudad. Según asciende por la escalera, va dejando atrás la ciudad, el país, y por fin la tierra. A cada lado de esta escalera luminosa esta el espacio sideral alfombrado de miles de estrellas.

Mientras asciende, continúa inhalando y exhalando y contando lentamente.

De pronto, frente a ella, esta el orbe de la Luna, envuelta en un halo de luz plateada. Es fácil observar los cráteres y valles lunares mientras asciende por esta escalera dorada. La persona continúa ascendiendo y de pronto, al llegar al término de su conteo, ve como la escalera desemboca en un fulgor resplandeciente. Entra lentamente en esta luz refulgente y se encuentra frente a un gran portal dorado. Esta es la puerta del cielo.

Mentalmente, la persona pronuncia con gran reverencia el nombre de su Ángel Guardián. De inmediato, el portal se abre y la persona puede percibir en su centro la figura luminosa de su Ángel Guardián. El ángel resplandece con una luz enceguecedora. Sus grandes alas son más blancas que la nieve y su rostro, lleno de ternura, es de una belleza indescriptible. Su técnica esta hecha de rayos de sol y su corona esta formada de miles de estrellas. La persona se siente estremecida de emoción ante esta visión celestial. El ángel abre sus brazos y la persona entra en ellos. Poco a poco su ser se funde con el del ángel. Su pecho, su garganta, su frente, y por fin todo su yo es fundido en la luz del ángel. En estos momentos, la persona ha alcanzado la unión total con su Ángel Guardián. Miles de destellos dorados surgen de sus auras unidas y estos destellos forman un sol deslumbrante que explota como una supernova en medio; de las estrellas. La persona siente la esencia Y energía del ángel vibrar en cada átomo de su ser. En estos momentos, pronuncia la Plegaria del Ángel Solar, que es el Ángel Guardián de cada persona:
Ángel bienamado, luz de mi existencia es por ti que vivo, es por tu clemencia, del amor de Dios, de su providencia recibo la gloria de esta, tu presencia, en este momento de divina audiencia retira de mi todas mis dolencias; y cuando te vayas y sienta tu ausencia se quede conmigo, algo de tu esencia. Ángel bienamado, luz de mi existencia.

El ángel se va retirando poco a poco, su rostro divino lleno de un amor trascendental. Pero en lo mas profundo de su ser, la persona siente que aún esta con ella. Los portales celestiales se cierran lentamente. Y todo es de pronto un foco de luz inmensa. De nuevo frente a la escalera, la persona empieza a ascender por ella. Esta vez ve como se pierde en el infinito hacia la Tierra, que se vislumbra en el fondo del espacio como un orbe azul que da vueltas continuamente. Mientras desciende cuenta de manera lenta, esta vez del uno al veinte. Muy pronto se encuentra de nuevo en su entorno familiar. Siente de nuevo el peso de su cuerpo sobre la silla. Abre los ojos y da gracias a Dios y su Ángel Guardián por la gran bendición y gracia que acaba de recibir. El cuarto se recoge, las velas se apagan y no se vuelven a usar. El cuarzo se guarda para usarlo en otra ocasión.

Este ritual es de gran poder y es tal vez el más importante que una persona pueda hacer en su vida. Da gran paz, sentido de balance y fortaleza ante la vida, y sobre todo establece una unión total y permanente con el Ángel Guardián.

La oración de los Nueve Coros Angelicales

Esta oración que es una invocación todas las huestes celestiales, congregadas en los Nueve Coros Angelicales, que como hemos visto antes son, en orden de poder y magnitud, los siguientes: Serafines, Querubines, Tronos. Dominios, Poderes o Potencias, Virtudes, Principalidades, Arcángeles y Ángeles. Esta oración se hace en momentos de peligro o cuando se desea establecer contacto con los ángeles y pedir algo importante. Si se reza a diario da protección continua a quien la hace, a su hogar y seres amados.

"En nombre del Creador del Universo
Y el Coro Angelical, de Espíritus Excelsos:
Brillantes SERAFINES, de fuego y de rubí,
Rodeen mi persona, traed amor a mi.
Poderosos QUERUBINES, que brillan como el sol,
Alejen de mi el odio, la pena y el dolor.
TRONOS, sed firmes, sed estables con alas de cristal,
Y estable mantenedme, en tierra o en el mar.
Yo invoco a los DOMINIOS, en justa invocación
Que sea yo siempre justo(a) en toda decisión.
y pido a los PODERES su luz y protección
Salvadme del peligro, del mal y la traición.
VIRTUDES milagrosas, flotad cerca de mi
Que la virtud me guíe, venid, venid aquí.
Las PRINCIPALIDADES, traed la paz al mundo
Que sea bendecido, en éxtasis profundo.
ARCÁNGELES gloriosos,
guiadme en el camino
Que hacer la caridad, sea siempre mi destino.
Oh ÁNGELES divinos, que servid al Creador
Que así también yo sirva, en luz,
en paz y amor".
Amen.

Mito : Al principio todo era un abismo

Escrito por imagenes 30-05-2008 en General. Comentarios (0)

Mito : Al principio todo era un abismo

Mito : Al principio todo era un abismo


_VOY A IR SUBIENDO POCO A POCO "MITOS", QUE DE ALGUNA MANERA LOS ESTUDIOSOS BIBLICOS VEN COMO "TABU", PERO ESOS TABUS, VIENEN DE RELIGIONES TAN ANTIGUAS O MAS QUE LA HEBREA, POR LO TANTO, NO ES UNA REVELACION DIVINA, SINO UNA COPIA DE OTRO ESCRITO RELIGIOSO, PROHIBIDO LEER AL PUEBLO HEBREO BAJO LEY DE MUERTE O ANATEMA.


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El Mito: Al principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba sin forma y vacía y las tinieblas cubrían la faz del abismo. Y el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas (Gn 1,1-2).
La Realidad: El Génesis utiliza el esquema hermopolitano de la Creación para describir el estado del universo antes de que comience la Creación. Los cuatro dioses han sido omitidos del relato, pero permane­cen sus características esenciales.
Las dos primeras frases del Génesis describen el estado del universo antes de que el dios hebreo iniciara el proceso de la Creación. Al princi­pio, dice, Dios creó los cielos y la tierra, pero por pasajes posteriores sabe­mos que los cielos y la tierra estaban sumergidos en el «abismo» durante esa etapa inicial, a la espera de ser alzados y transformados en el que es su estado físico actual.
Las palabras traducidas como «sin forma» y «vacía» aparecen en el hebreo original como tohu y bohu, y esas mismas palabras a veces apare­cen en los escritos populares como una manera idiomática de expresar el caos o el desorden, como «todo era tohu y bohu». El sentido de estas dos palabras hebreas se combina para indicar un espacio extenso y vacío, una zona desierta. En el contexto bíblico, tenemos un espacio indefinido que forma una especie de burbuja dentro del «abismo» primitivo.
La palabra que se traduce como «espíritu» en la frase «espíritu de Dios» aparece en el hebreo original como ruach, y no significa «espíritu», sino «viento» o «exaltación violenta». Al traducir ruach como «espíritu», los intérpretes de la Biblia han intentado traducirlo de tal manera que concuerde con su entendimiento teológico del texto bíblico, pero sin tener en cuenta el verdadero significado en el contexto original. Sustituyamos viento por «espíritu» y veamos lo que tendríamos en el hebreo original.
Los primeros versículos describen cuatro cosas:
1 Una tierra y unos cielos que ocupan un espacio, pero que carecen de forma o contenido;
2 Oscuridad;
3 Un abismo acuoso, dentro del cual existe el espacio sin forma; y
4 Un viento (es decir, «espíritu de Dios») que flota sobre la superficie de las aguas.
Estos cuatro elementos constituyen lo que los autores bíblicos creían que eran los cuatro componentes básicos del universo anteriores al inicio de la Creación, uno de los cuales, el viento, era identificado con el dios hebreo. Correspondían precisamente con lo que los sacerdotes egipcios de Tebas y Hermópolis creían que eran los cuatro componentes del universo durante el inicio de la Creación, pero los egipcios identificaban cada uno de estos cuatro elementos con una pareja de divinidades de ambos sexos, lo cual se consideraba tabú en la teología hebrea. Se puede deducir de la siguiente descripción de las dos primeras cuatro parejas de dioses egipcios y los elementos que representaban, que los hebreos adoptaron el esquema egipcio.
1. Heh y Hehet, espacio sin forma, es decir, la burbuja deforme dentro del abismo, tal y como describe el Génesis como tohu y bohu;
2. Kek y Keket, la oscuridad en la superficie de las aguas;
3. Nun y Naunet, el diluvio primitivo, «el abismo», igual que el abismo bíblico; y
4. Amón y Amonet, el viento invisible, el «viento» bíblico que flotaba sobre el abismo.Aunque los sacerdotes hebreos adoptaron esta visión egipcia del uni­verso primitivo, su teología monoteísta hizo que desasociaran estos cua­tro elementos naturales de las divinidades egipcias con las cuales se iden­tificaban, reteniendo únicamente los atributos con los que se asociaba a los dioses. Además, el autor del Génesis de este relato de la Creación acep­taba la tradición tebana que identificaba al Creador original con el vien­to. Simplemente, cambiaron el nombre del dios egipcio Amón por el nombre hebreo de Elohim, y lo describieron como ruach, el viento. A medida que progresemos por el primer relato de la Creación en el Génesis, iremos viendo cuan de cerca y exactamente el autor del Génesis seguía los mitos egipcios.



NOTA:LA MAYORIA DE RELIGIONES, NO TODAS, MAS LAS ORIENTALES, DICEN QUE LES DE TOFO, RELIGIONES, FILOSOFIA, CREENCIAS, Y CON TODO LO MEJOR, HAZ TU MANERA DE CREER; COSA QUE DIJO JESUS EN FORMA DE PARABOLA, PERO NO SE ¿PORQUE?, NI CAROLICOS NI CRISTIANOOOOS HACEN?, LA VERDAD, ES QUE SI SE PORQUE, PORQUE VERIAN QUE TODO LO DE LA BIBLIA, O CASI TODO, ES DE OTRAS RELIGIONES, POR ESO LA PENA DE MUERTE AL QUE QUIERA SABER; PERSONALMENTE, LA FORMA DE PENSAR JAPONESA, SE REFLEJA EN PELICULAS COMICS,MANGAS, LIBROS, Y TODO ARTE JAPONES; UNA DE LAS COSAS QUE MEJOR ESPONEN, SON LAS RELIGIONES ANTIGUAS ANTES DE LA BIBLIA, KABALISMO, SEPHIROF, CON SUS NOMRES, AQUI LOS LLAMAMOS ANELES, Y SI NOMBRAMOS 4 TIENES UNA MATRICULA DE HONOR, EL ARBOL DE LA VIDA, ESE SI LO CONOCEMOS, PERO ELLOS RE LO DIBUJAN, Y TE PINEN EL SITIO ESACTO EN DONDE VA CADA COSA, Y CADA ANGEL, Y LO MEJOR DE TODO, LO EMOS EN LA PANTALLA, EN UNA LAMINA, O DONDE SEA, Y LO ULTIMO QUE SE NOS PASA POR LA CABEZA, ES QUE ESE ES EL ARBOL DEL BIEN Y DEL MAL, EN TORNO A LA RELIGION DE NUESTROS MALLORES; ALGUNOS, ESE RESPETO, PERO QUE MENOS QUE SEPAMOS LA VERDAD, POR QUIEN HAY QUE SABERLA ANTES QUE POR OTROS; Y TODO ESTO LLEVA A OTRA PREGUNTA¿PORQUE TANTAS MUERTES PARA TENER ESO ACALLADO,MAQUINACIONES)HASTA 1850, O MAS, LAS MISAS SE HACIAN EN LATIN(PARA QUE NADIE SE ENTERARA DE NADA, Y LO UNICO QUE VALIERA LO QUE DECIA EL CURA, LLEGANDO A ALGUNOS SITIOS HASTA EL MISMO SIGLO XX: MUCHAS PREGUNTAS SIN RESPUESTAS, Y MUCHO PODER PARA QUIEN TENDRIA QUE SER POBRE Y HUMILDE.

BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA DEL VATICANO -- PACTANDO CON EL DIABLO - MUSSOLINI Y PÍO XI

Escrito por imagenes 29-05-2008 en General. Comentarios (4)

BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA DEL VATICANO -- PACTANDO CON EL DIABLO - MUSSOLINI Y PÍO XI

BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA DEL VATICANO
PACTANDO CON EL DIABLO - MUSSOLINI Y PÍO XI
CAMACHO SANTIAGO



Porque la raíz de todos los males es el afánde dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, seextraviaron en la fe y se atormentaron con mu-chos sufrimientos.
(1 Tm. 6:10)
Este pueblo me honra con los labios, pero sucorazón está lejos de mí...
(Mt. 15:8)


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esta va a ser la primera entrada de la biografia no autorizada del vaticano; cada entrada, tendra sus propios interpretes, teniendo como fondo el vaticano, aunque se niege, ¿hasta donde puede ser cierto?; yo pienso que todo o bastante, pero aun siendo cierto la decima parte, esto es un abuso, lo que siempre hizo la iglesia y digue haciendo en algunos paises, hasta el fin fr la segunda guerra mundial; dos anecdotas, una no se el nombre de quien la dijo, pero es muy famosa; o era alguien dentro del vaticano, enseñando bajo pago, las maravillas que hay alli, a lo que un hombre pregunto, ¿y con el hambre que hay en el mundo?, no se podria vender esto y acabar con ella?, a lo que el digamos clerigo dijo, pobres, siempre habran pobres, como diciendo que lo malgastarian, y otra leccion de "soberbia en in obispo" fue un tal balaguer, fundador del opus dei, un dia despues de una comida y unas copas de coñac, el hombre, ya mayor, se puso a reir, a lo que le dijeron monseñor, de que os reis, respondiendo, sabeis, papas van haber muchos, pero fundadores del opus dei, yo solo, juan escriba de balager; este es el espiritu que tanto hablan de "humildad"




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El, Estado Vaticano, tal como lo conocemos hoy, nace con la firma del Tratado de Letrán el 11 de febrero de 1929, pero para llegar hasta ahí el trono de San Pedro tuvo que atravesar un prolongado período de decadencia a lo largo de 59 años que a punto estuvo de comprometer su existencia. La salida de aquella situación vendría de la mano de Pío XI, que no dudó a la hora de pactar con el mismo diablo, encamado en la figura de Benito Mussolini, para salvar a la Santa Sede de la ruina.
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A comienzos de 1929, poco imaginaba el mundo la tremenda cri-
sis económica a la que tendría que hacer frente apenas unos me-
ses más tarde. Sin embargo, la miseria ya llevaba tiempo instala-
da entre los, sólo aparentemente, opulentos muros del Vaticano.
Hacía tiempo que los números rojos habían impuesto su dictadu-
ra en las arcas vaticanas. La quiebra en 1923 del Banco de
Roma, donde se gestionaban todas las cuentas de la Santa Sede,
supuso un serio quebranto para las finanzas pontificias, a pesar
de que la institución fue salvada en última instancia por Mussolini
que aportó 1.750 millones de liras. Esta aportación fue un
primer acercamiento entre la Santa Sede y los fascistas, lo que
dejó prácticamente indefenso al Partido Católico, única fuerza
democrática con suficiente implantación como para plantarle
cara a los seguidores del Duce (título equivalente al de caudillo
en español). De hecho, a raíz de esta intervención, las jerarquías
prohibieron que los clérigos militasen en este partido, lo que se-
gún diversos analistas allanó de forma notable el ascenso al po-
der de Mussolini.
Pero el balón de oxígeno que supuso el reflote del Banco de
Roma no había sido suficiente. El palacio de Letrán necesitaba
urgentes reformas y el personal de la Santa Sede había sido redu-
cido a su mínima expresión para minimizar los gastos lo máximo
posible. Nunca la Iglesia había estado tan cerca del ideal de po-
breza de los primeros cristianos. Las causas de este estado eran
múltiples, y entre ellas cabe destacar no sólo la mala suerte fi-
nanciera, sino el catastrófico efecto que para las cuentas papales
había tenido el proceso de reunificación de Italia, que tuvo lugar
en el siglo xix. Este hecho histórico privó, además, al Vaticano
de muchos de sus recursos económicos, en especial grandes ex-
tensiones de terreno —los Estados Pontificios que ocupaban bue-
na parte de la Italia central— que habían proporcionado a la
Santa Sede unas saneadas rentas.
Incluso el pontífice había tenido que soportar la humillación
de ser «invitado a abandonar» el palacio del Quirinal, en el
centro histórico de Roma, que fue ocupado por la familia real y
el presidente. A partir de entonces se sucedieron varios intentos
infructuosos de alcanzar un acuerdo. En 1871 el gobierno ita-
liano garantizó al papa Pío IX, por medio de la llamada Ley de
Garantías, que tanto él como sus sucesores podrían disponer
del Vaticano y del palacio de Letrán. También se les indemniza-
ría con 3.250.000 liras anuales como compensación por la pér-
dida de los Estados Pontificios. Los representantes de la Iglesia
se negaron en redondo a aceptar estas condiciones. Para ellos
la cuestión de la soberanía era fundamental, ya que, según su
parecer, era imprescindible para el cumplimiento de su misión
espiritual que la sede de la Iglesia se mantuviera independiente
de cualquier poder político.
Así pues, a partir de ese momento los papas pasaron a consi-
derarse a sí mismos como «prisioneros» dentro del Vaticano.

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SEÑORES DEL CIELO Y LA TIERRA
Para entender hasta qué punto debieron de sentirse agraviados
ante esta situación, y cómo se llegó a este punto, baste hacer un
somero repaso de la historia de la Santa Sede y de algunos de los
papas más importantes.
Desde la promulgación del Edicto de Milán por Constantino
en 312 hasta la reforma protestante de 1517, los papas habían
sido el poder hegemónico en Europa. El papa, como vicario de
Cristo en la Tierra, tiene un poder ilimitado. Reyes y emperado-
res debían arrodillarse ante él. El IV Concilio de Letrán, en 1215,
estableció que el obispo de Roma tenía autoridad no sólo en te-
mas espirituales o pastorales, sino también en asuntos materiales
y políticos.El poder del papa radicaba en su calidad de estadista
y de vigilante del equilibrio entre los distintos estados. El papa,
como los jefes de Estado, disponía de ejércitos y de territorios
para enfrentar eventuales amenazas que se pudieran presentar.
Tras la caída del Imperio romano, el papa había ocupado el
papel que antaño desempeñó el cesar. Un ejemplo de su poder
es el papel que tuvieron en la mediación entre España y Portugal,
monarquías que acataron la Bula Intercaetera, que dividió
el continente americano en 1493. Los obispos sólo tenían que
rendir cuentas ante el papa, que era quien los nombraba y destituía.
El poder de los papas era tal que fueron capaces de destronar
a reyes y emperadores, o bien obligarles a usar su poder secular
para hacer cumplir la Inquisición, que era conducida
por sacerdotes y monjes católicos. La culminación de esta
escalada de poder absoluto ocurrió en 1870, cuando el papa fue declarado
infalible. Lo que la mayoría de la gente no sabía, y aún hoy desconoce,
es que este proceso fue influido por documentos falsificados
elaborados para alterar la percepción que los cristianos
tenían de la historia del papado y de la Iglesia. Una de las
falsificaciones más famosas son los Falsos decretos de Isidoro, escritos
alrededor de 845. Se trata de 115 documentos supuestamente es-
critos por los primeros papas.



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LA CASA DE LAS FALSIFICACIONES
Sobre la falsedad de estos textos no existen dudas y la propia En-
ciclopedia Católica admite que son falsificaciones, aunque en
cierto sentido los disculpa. Dice que el objetivo del engaño era
permitir a la Iglesia ser independiente del poder secular, e impedir
al laicado gobernar la Iglesia, lo que dicho claramente no es
otra cosa que aumentar el poder del papa. Más grave, si cabe,
que la alteración de documentos era la manipulación de documentos
existentes a los que se añadía material según la conveniencia
del papa de turno. Esto era muy sencillo, en especial en la
época en que para la preservación de los documentos se dependía
exclusivamente del trabajo de copistas y bibliotecarios, que, en
su totalidad, eran clérigos.
Una de estas manipulaciones es una carta que ha sido atribuida
falsamente a san Ambrosio, en la que se hizo afirmar al santo
que si una persona no está de acuerdo con la Santa Sede puede
ser considerada hereje. Otra falsificación famosa, ésta del siglo
ix, fue la «Donación de Constantino», según la cual el emperador
Constantino concedió el gobierno de las provincias occidentales
del Imperio romano al obispo de Roma. Este tipo de cosas
ocurría con tanta frecuencia que los cristianos ortodoxos griegos
se referían a Roma como «la casa de las falsificaciones». No es
de extrañar: durante trescientos años los papas romanos utilizaron
este tipo de añagazas para reclamar autoridad sobre la Iglesia
en Oriente. El rechazo de estos documentos por parte del patriarca
de Constantinopla culminó con la separación de la Iglesia
ortodoxa.
Hoy día aún permanecen vigentes muchos de aquellos errores.
El Decretum gratiani, una de las bases del derecho canónico, con-
tiene numerosas citas de documentos de dudosa autenticidad.
Pero no es el único texto de capital importancia en la historia de
la Iglesia cuyas fuentes son harto discutibles. En el siglo xin, To-
más de Aquino escribió la Summa theologica y otras obras que se
cuentan entre las más trascendentes de la teología cristiana. El
problema es que Aquino utilizó el Decretum y otros documentos
contaminados pensando que eran genuinos.
En cierto sentido, el tema de los documentos falsificados tiene
mucho que ver con el del tráfico de reliquias falsas tolerado,
cuando no fomentado, por la Santa Sede durante siglos. Verdaderas
o falsas, las reliquias hacían más firmes las creencias de los
fieles. Su posesión se convirtió en la Edad Media en una verdadera
fiebre, algo a lo que ayudaron diversos factores tanto religiosos
como políticos y económicos. Las reliquias más apreciadas
eran las que se relacionaban con la vida de Cristo, llegando a
contarse más de cuarenta sudarios, treinta y cinco clavos de la
pasión e innumerables astillas de la Cruz. También se comercia-
ba con toda suerte de objetos que tuvieran relación, real o no,
con cualquier personaje de la corte celestial. El saqueo de Cons-
tantinopla por los cruzados en 1204 produjo una enorme infla-
ción de supuestos restos sagrados por todo Occidente, alimenta-
da no tanto por el expolio de la ciudad cuanto por la creciente
oferta de talleres orientales especializados en la fabricación de se-
mejantes souvenires.





EL PRINCIPIO DEL FIN
No obstante, aun siendo grande, el poder de los papas no era eter-
no. La reforma protestante supuso el comienzo de un lento pero
inexorable proceso de decadencia en el poder temporal de los pon-
tífices. Impuestos y donaciones dejaron de fluir de las prósperas
tierras del norte de Europa. Este proceso histórico fue dejando ex-
haustos los cofres papales. En 1700, durante el pontificado de Cle-
mente XI, la Iglesia debía quince millones de escudos. En menos de
medio siglo esa deuda ya se había multiplicado casi por diez.
La Revolución francesa privó a la Iglesia de sus posesiones en
Francia y, peor aún, fue la antesala del saqueo de Roma por
parte de las tropas de Napoleón, que pretendía cobrar a los Es-
tados Pontificios un tributo que éstos no podían pagar. En 1797
Napoleón Bonaparte tomó Roma y se apoderó de numerosos tesoros

artísticos. Tras el Congreso de Viena de 1815, Roma pasó
de nuevo a manos del papado. Pese a todo, la ocupación de Italia

por Napoleón estimuló una reacción nacionalista, y, en
1861, Italia se unificó bajo la casa de Saboya. Pero Roma no se
incorporó al reino de Italia y hasta 1870 no pudo ser ocupada.
Por otro lado, el providencial recelo de la Iglesia hacia los
adelantos científicos hizo que los Estados Pontificios no se

beneficiaran de la Revolución industrial, convirtiéndose en una de las
zonas más atrasadas de Europa con un potencial económico que
disminuía poco a poco.
En este proceso final tuvo mucho que ver la escasa cintura po-
lítica, cuando no el abierto empecinamiento de Pío IX, el último
«papa rey». Este peculiar pontífice era epiléptico y de carácter
bastante impulsivo. El 16 de junio de 1846, Giovanni María Mastai

Ferretti era ungido en el sitial de San Pedro con el nombre de
Pío IX para suceder a Gregorio XVI. El cónclave demoró cuatro
rondas antes de coincidir en su nombre, hostigado por la corriente

conservadora que acusaba a Ferretti de progresista (más tarde
se comprobaría lo equivocados que estaban). Una de sus primeras
medidas —poner en libertad a dos mil presos políticos que se morían

en las mazmorras de los Estados Pontificios— pareció confirmar
esa sospecha; una fracción de purpurados consideró que ese
acto desautorizaba la política intransigente de Gregorio XVI y

favorecía las maniobras de los masones, su particular bestia negra,
a la que culpaba de todos los males del mundo.
En 1864 Pío IX publicó el notorio Syllabus de errores, en el
que se condenaban los ideales liberales como la libertad de con-
ciencia y la separación de Iglesia y Estado. Por otra parte, Pío
Nono fue el papa que convocó el I Concilio Vaticano, con el expreso

propósito de definir como dogma de fe la doctrina de la infalibilidad
papal, un punto que desató no pocas controversias entre los
asistentes al concilio.
Como buenos conocedores de la historia de los papas, varios
obispos católicos se opusieron a declarar la doctrina de la infalibilidad

papal como dogma en el concilio de 1869-1870. En sus
discursos, un gran número de ellos mencionó la aparente contradicción

entre semejante doctrina y la reconocida inmoralidad de
algunos papas. Uno de estos discursos fue pronunciado por el
obispo José Strossmayer. En su argumento contra el edicto de la
«infalibilidad» como dogma, mencionó como algunos papas se
habían manifestado contrarios a la doctrina de papas anteriores,
haciendo referencia especial al papa Esteban, que llevó a juicio
al papa Formoso. La historia en cuestión es esperpéntica, ya que el
papa Formoso había muerto ocho meses antes. Sin embargo,
su cadáver fue exhumado y llevado a juicio por el papa Esteban. El
cadáver, putrefacto, se situó en un trono. Allí, ante un grupo de
obispos y cardenales, lo ataviaron con las vestimentas del papado,

se puso una corona sobre su calavera y el cetro en los cadavéricos
dedos de su mano. Mientras se celebraba el juicio, el hedor del
muerto llenaba la sala. El papa Esteban, adelantándose
hacia el cadáver, lo interrogó. Claro está, no obtuvo respuesta, y
el papa difunto fue sentenciado culpable de todas las acusaciones.

Entonces le fueron quitadas las vestimentas papales, le arrebataron
la corona y le mutilaron los tres dedos que había usado
para dar la bendición papal. Después arrastraron el cadáver putrefacto,

atado a una carroza, por las calles de la ciudad, tras lo
cual fue arrojado al Tíber. Sin embargo, no acaba ahí la historia,
ya que después de la muerte del papa Esteban, el siguiente papa
romano rehabilitó la memoria de Formoso.


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REVUELTAS POPULARES
El citado es sólo el más llamativo de muchos otros casos. Después

de su muerte, el papa Honorio I fue acusado de hereje por
el VI Concilio, en el año 680. El papa León confirmó su condenación.

Posteriormente, el papa Virgilio, tras sancionar libros,
retiró su condena; luego los volvió a sancionar y una vez más retiró

la condena, para más tarde volver a revocar esta decisión. En
el siglo xi hubo tres papas rivales al mismo tiempo. Todos ellos
fueron depuestos por el concilio convocado por el emperador
Enrique III. Y así podríamos citar decenas de ejemplos similares.
A pesar de estos argumentos, Pío IX consiguió que la infalibilidad

del papa fuera declarada dogma de fe. Su espíritu conservador
y su casi paranoica obsesión con los masones le hizo no comprender
la magnitud imparable del movimiento nacional italiano,
al que se opuso sistemáticamente, así como a conceder el sufragio

a los subditos de los Estados Pontificios. La tensión máxima
estalló cuando el papa se negó a apoyar a los nacionalistas que
luchaban por liberar Italia del dominio austríaco. Los italianos
sintieron este abandono como una afrenta, dando lugar a un

levantamiento que comenzó el 15 de noviembre de 1849, cuando
la turba asesinó al conde Pellegrino Rossi, el primer ministro de
los Estados Pontificios. Al día siguiente, el Quirinal, la residencia
de verano del pontífice, fue saqueada, y murió en la refriega

Palma, uno de los prelados de la corte.
Dado que la situación era insostenible. Pío IX no tuvo más

remedio que huir disfrazado de Roma el 24 de noviembre y
establecerse temporalmente en Gaeta, cerca de la costa mediterránea.
El 9 de febrero de 1849 se proclamó la República Romana por
parte de Giuseppe Mazzini, Cario Armellini y Aurelio Saffi. No
obstante, la nueva república no iba a tener una vida demasiado
prolongada. Desde su exilio, el papa pidió ayuda a los católicos
de Europa, logrando una intervención de las tropas francesas.

Pero el destino de los Estados Pontificios ya estaba sellado. Ni la
fuerza, ni la persuasión, ni tan siquiera la amenaza de excomunión

impidió que en los años siguientes los territorios papales
fueran proclamando, uno a uno, su independencia. Con la llega-
da de la unidad de Italia, el último «papa rey» se vio desposeído
de las regiones de la Romana (1859), Umbría, las Marcas (1860)
y, en 1870, la misma Roma, con la conocida toma de Porta Pía,
el 20 de septiembre, que marcó el fin del poder temporal de los
papas. Las posesiones del papa pasaron a ser unos simples
480.000 metros cuadrados en el centro de Roma.
Pío Nono murió el 7 de febrero de 1878. Por aquel entonces,
el pueblo italiano aún guardaba rencor a aquel pontífice que no
había sabido entender sus ansias de independencia. Prueba de
ello es que su cortejo fúnebre fue atacado por la multitud, que
pretendía arrojar los restos del pontífice al Tíber, como ocurrió
siglos antes con el papa Formoso. Sólo la oportuna intervención

de las tropas impidió que se consumara la profanación del
cadáver.



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DE MAL EN PEOR
Los sucesores de Pío IX no contribuyeron demasiado a mejorar
la difícil situación que dejó el pontífice tras su muerte. El hábil
diplomático León XIII evitó que la fractura entre la Iglesia y los
regímenes democráticos se hiciera aún mayor, aconsejando a los

católicos franceses la adhesión al régimen republicano y señalando
que cualquier forma de gobierno era digna de aprobación si

respetaba los derechos del hombre. Durante su pontificado comenzó
a hacerse sentir la falta de los ingresos procedentes de los
Estados Pontificios.
El 9 de agosto de 1903 fue coronado Pío X. Continuador del
pensamiento de Pío IX, emitió un decreto en forma de motu

proprio titulado Sacrorum antistitum., en el que solicitaba de todos
los clérigos un voto en contra del «modernismo, síntesis de todas
las herejías».5 En este texto podemos ver como vuelve a florecer
la obsesión de Pío IX: «Nos parece que a ningún obispo se le
oculta que esa clase de hombres, los modernistas, cuya personalidad

fue descrita en la encíclica Pascendi dominici gregis, no han
dejado de maquinar para perturbar la paz de la Iglesia. Tampoco
han cesado de atraer adeptos, formando un grupo clandestino;
sirviéndose de ello inyectan en las venas de la sociedad cristiana
el virus de su doctrina, a base de editar libros y publicar artículos
anónimos o con nombres supuestos. Al releer nuestra carta

citada y considerarla atentamente, se ve con claridad que esta
deliberada astucia es obra de esos hombres que en ella describíamos,
enemigos tanto más temibles cuanto que están más cercanos;
abusan de su ministerio para ofrecer su alimento envenenado y
sorprender a los incautos, dando una falsa doctrina en la que se
encierra el compendio de todos los errores».
Pío X fue el primer papa en no ser embalsamado mediante la
evisceración y drenaje de la sangre, ya que se encargó de abolir
esta práctica antes de su muerte. Este decreto tuvo consecuencias
bastante desastrosas para los restos mortales de algunos de sus
sucesores. En el caso de Pablo VI, que murió en 1978, los

amortajadores sólo prepararon el cadáver para un ataúd cerrado.
Apenas dos días después de ser exhibido, la piel del papa comenzó

a decolorarse, su mandíbula se hundió y sus uñas se
oscurecieron. El cadáver de Pío XII fue tan mal conservado en 1958
que los cuatro hombres que hacían guardia en el Vaticano tenían que
cambiar cada quince minutos porque no podían soportar el olor.
Más extraño fue el caso de Juan Pablo I, cuyo rostro se volvió

inexplicablemente verde, lo que aumentó los rumores respecto a un
posible envenenamiento.


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UN PAPA DÉBIL
El sucesor de Pío IX fue Benedicto XV. Sus detractores decían que
su figura era fiel reflejo de la propia decadencia de la Iglesia. En
efecto, su apariencia era frágil y poco agraciada a causa de un

accidente sufrido en la infancia. Durante su reinado quedó más claro
que nunca que la influencia del Vaticano apenas era la sombra de
lo que había sido en el pasado. Sus esfuerzos mediadores durante
la Primera Guerra Mundial fueron rechazados por ambos bandos
en conflicto. Intentó un acercamiento a las fuerzas anticlericales,
llegando a calificar la Revolución rusa de «triunfo contra la tiranía».

De poco le sirvieron estas palabras: el comunismo pronto se
reveló como una doctrina irreconciliablemente anticristiana y
como una de las mayores amenazas para la Iglesia de la época.
En Italia se vio igualmente incapaz de controlar la pugna entre
los extremismos de izquierda y derecha, que culminó con el
triunfo del fascismo. La Iglesia se había vuelto tan débil que no
pudo impedir que los extremistas tomasen al asalto los templos y
se subieran a los pulpitos a declamar sus arengas ante los atónitos

feligreses. Ante esta situación, en 1919, el mismo año en que
se crea el movimiento fascista, se funda el Partido Popular Italiano,

cuyo primer secretario es un sacerdote de Caltagirone, don
Luigi Sturzo, que intentó mantener las tesis cristianas en medio
de aquella enrarecida arena política.
En 1920, cuando empezaron las reuniones de la Sociedad de
Naciones, Benedicto XV publicó una nueva encíclica, Pacem Dei
munus, en la que reclamaba sus derechos como soberano de un
Estado. Sin embargo, los líderes internacionales hicieron oídos

sordos a la encíclica, a consecuencia de lo cual la Santa Sede no pudo
participar en los trabajos de la Sociedad de Naciones, sobre todo
debido a la oposición del delegado italiano en la misma, Nitti.
En el aspecto financiero las cosas no iban mucho mejor.

Durante el pontificado de Benedicto XV el presupuesto del Vaticano
se redujo hasta ser apenas una cuarta parte del de la época de
León XIII. El 22 de enero de 1922, Benedicto XV fallecía en el
Vaticano víctima de una epidemia de gripe. Sus últimas palabras
fueron: «Ofrecemos nuestra vida para la paz del mundo».
El siguiente papa en acceder al trono de San Pedro fue Pío XI,
Ambrogio Damiano Achule Ratti, que lo hizo entre 1922 y 1939.
Nació el 31 de mayo de 1857 en Desio, Italia, en el seno de una
familia acomodada dedicada a la industria textil. Cursó estudios
en las universidades Lombarda y Gregoriana de Roma, y fue

ordenado sacerdote el 27 de diciembre de 1879. Entre 1882 y 1888
fue catedrático de teología en el seminario de Milán. Mantuvo
siempre viva su actividad pastoral, dándose en ocasiones tiempo
para practicar el montañismo. Al igual que el recientemente fallecido

Juan Pablo II, era un experto en esta práctica. (Se cuenta que
en su juventud emprendió la subida del Monte Rosa y aguantó
durante toda la noche una feroz tormenta alpina colgado de una
cornisa.) Achille se dedicó al estudio de la paleografía. Hasta
1910 fue bibliotecario y posteriormente director de la Biblioteca
Ambrosiana de Milán, y prefecto de la Biblioteca Vaticana en
Roma. En estos cargos tuvo ocasión de familiarizarse con la

historia política y los acontecimientos de su época, lo que le aportó
el bagaje teórico necesario para realizar una visita apostólica a
Polonia, devastada por la guerra en 1918, por orden del papa

Benedicto XV. Este viaje le sirvió para demostrar que estaba
excepcionalmente dotado para las tareas diplomáticas. Su habilidad
y celo le valieron el nombramiento de nuncio de Su Santidad en este
país en 1919. Dos años después recibió la dignidad de cardenal y
arzobispo de Milán, y en 1922 sucedería al papa Benedicto XV.


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RATAS EN SAN PEDRO
Quizá la circunstancia que mejor simbolice la terrible situación
financiera a la que se había visto abocada la Santa Sede tras estas
últimas décadas tan turbulentas fue la plaga de ratas que, como
una condenación bíblica, se adueñó del Vaticano. Sin embargo,
no se trataba de ninguna maldición, sino de una concatenación
de causas y efectos lógicos. La falta de dinero había hecho que la
red de alcantarillado del Vaticano se encontrara en un estado de
abandono superior al resto de las instalaciones. Inundaciones,
atascos y derrumbes estaban a la orden del día sin que nadie hi-
ciera nada para remediarlo. En estas condiciones, los roedores se
multiplicaron sin freno y fue sólo cuestión de tiempo que comen-
zaran a salir a la superficie.
Aquellos animales, asociados tradicionalmente por el folclore
con la figura de Satanás, tenían un comportamiento sacrilego
que no desmerecía en absoluto su fama. No respetaban ni las se-
pulturas de los pontífices de la antigüedad ni la residencia del ac-
tual. Su ansia destructiva se aplicaba con igual saña a los tapices
(ya muy castigados por la polilla) y al mobiliario. La situación
alcanzó un punto tan alarmante que ya no se guardaban hostias
consagradas en los sagrarios por miedo a que los roedores come-
tieran la más terrible de las profanaciones para un católico: man-
cillar el cuerpo de Cristo.
En medio de aquella situación, a muchos les parecía irónico
que el apellido del papa fuera precisamente Ratti.
La elección de Pío XI fue complicada y no se decidió hasta
después de quince votaciones. No obstante, fue un cónclave
relativamente corto si se compara con los anteriores. Como
en tantas otras ocasiones, el cónclave se encontraba dividido
entre los más conservadores, partidarios del cardenal español
Rafael Merry del Val, y los progresistas, cuyas simpatías se
decantaban por el cardenal Gasparri.
El nuevo pontífice pronto demostró que su pontificado no iba
a ser intrascendente. Pío XI, nada más ser elegido, hizo algo que
no habían hecho ni Pío X ni Benedicto XV a causa de la pérdida
de los Estados Pontificios: apareció en el gran ventanal de la fa-
chada de San Pedro para impartir la bendición urbi et orbe. El
hombre que se asomó a aquella ventana conservaba en estampa
mucho de la imponente y atlética figura de su juventud. Su ros-
tro, de frente despejada y ojos penetrantes, inspiraba respeto a
quienes se encontraban con él. Se involucraba en todos los aspec-
tos del gobierno de la Iglesia, realizando toda clase de preguntas
a sus colaboradores.8 (Alguno de ellos llegó a afirmar que prepa-
rar una reunión con el Santo Padre era peor que un examen.)


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LA PAZ DE CRISTO EN EL REINO DE CRISTO
Pío XI se volcó en la expansión de la Iglesia por todo el planeta,
de hecho, «Papa de las Misiones» era el título que más agradaba
a Pío XI. Su doctrina era que los territorios extraeuropeos fueran
confiados al clero local; buena prueba de ello fue el nombramien-
to de los primeros obispos chinos y japoneses en 1926 y 1927.
También hizo construir en el Gianicolo (Roma) la grandiosa sede
del Colegio y la Universidad Urbana de Propaganda Fide, para
que los jóvenes de los países de misiones destinados al sacerdocio
tuviesen una adecuada preparación para sus futuras tareas. En
1927, con la institución del Museo Misionero-Etnológico del Va-
ticano, se abrió la posibilidad de conocer a fondo la actividad mi-
sionera y las grandes religiones y culturas del mundo.
Al contrario que la mayoría de sus antecesores. Pío XI fue un
gran protector de las ciencias, algo que no es de extrañar dado su
trabajo durante años como archivista e investigador. De hecho,
la reforma de la Biblioteca Vaticana fue una de sus prioridades,
tras lo cual fundó el Instituto Cristiano de Arqueología, la Aca-
demia de Ciencias y el Observatorio Vaticano en Castelgandolfo.
En el terreno político y social también destacó su labor. La
elección de su lema —«La paz de Cristo en el reino de Cristo»—
nos habla de un pontífice partidario de la militancia activa en los
asuntos terrenales. En este sentido, su gran enemigo fue el comu-
nismo, sobre el que promulgó una encíclica titulada Divini re-
demptoris. Para Pío XI era un «satánico azote» cuyo objetivo era
«derrumbar radicalmente el orden social y socavar los funda-
mentos mismos de la civilización cristiana», constituyendo «una
realidad cruel o una seria amenaza que supera en amplitud y vio-
lencia a todas las persecuciones que anteriormente ha padecido
la Iglesia».10 Esto explica las simpatías con que miró, al menos en
principio, a dictadores como Franco, Hitler y Mussolini.
Sin embargo, como ya hemos visto, en la primera etapa de su
pontificado Pío XI tuvo problemas mucho más cercanos y acu-
ciantes que los planteados por el comunismo. La ambiciosa cade-
na de fundaciones y reformas que hemos repasado se hizo con un
exiguo presupuesto anual que apenas superaba el millón de dóla-
res.n Cada día que pasaba la situación se tornaba más insosteni-
ble. Los resultados de una auditoría realizada por la comisión
cardenalicia no pudieron ser más desalentadores. El déficit vati-
cano crecía de forma desmedida, al tiempo que los ingresos y las do-
naciones descendían vertiginosamente. Los acreedores, de los
cuales uno de los más importantes era el Reichbank alemán, co-
menzaron a perder la paciencia y exigieron el pago de las deudas.
Por su parte, uno de los principales asesores económicos de la
Santa Sede, el arzobispo de Chicago George William Mundelein,
que había tenido que hipotecar propiedades de la Iglesia por va-
lor de un millón y medio de dólares, comunicó al pontífice su
pronóstico de una larga crisis económica cuyos efectos se deja-
rían sentir en todo el mundo. Acuciado por las necesidades eco-
nómicas de la Santa Sede, y cegado por su radical anticomunis-
mo, Pío XI no se dio cuenta de que, de una u otra forma, iba a
seguir tratando con ratas.


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EL ASCENSO DEL FASCISMO
Pío XI accedió al pontificado con el firme propósito de terminar
de una vez por todas con la anomalía que suponían las actuales
relaciones entre el Vaticano y el gobierno de Italia. El escollo más
importante lo constituía la cuestión económica. La situación fi-
nanciera de Italia no era mucho mejor que la de la Santa Sede.
Con la mayor tasa de natalidad de Europa y una inflación y paro
sólo superados por los de Alemania, la pobreza era el estado na-
tural de muchas familias italianas, lo que contribuyó notable-
mente a enrarecer aún más el ya muy agitado panorama político.
Mussolini y sus fascistas estaban, literalmente, dispuestos a todo:
«Nuestro programa es simple. Queremos gobernar Italia».Para
ello desarrollaron una feroz campaña de violencia política que
tino de sangre todo el país. Sólo en 1921 murieron, víctimas de
la violencia fascista, cerca de quinientas personas.
Por su parte, los comunistas no se quedaron de brazos cruza-
dos y respondieron con una infinita sucesión de paros laborales
que culminaron en una huelga general. En la primavera de 1922,
cuarenta mil braceros fascistas bajo el mando de ítalo Balbo ocu-
paron Ferrara como protesta por las miserables condiciones de
vida. A finales de julio de 1922, más de 700.000 trabajadores se
habían afiliado a la Confederazione Nazionale delle Corporazio-
ni, sindicato del Partido Nacional Fascista. La derrota de la iz-
quierda era evidente.
En octubre de ese mismo año, se reunió el congreso del Partido
Nacional Fascista y comenzaron los preparativos de la «Marcha so-
bre Roma», planeada como la ocupación de la capital italiana por
parte de los «camisas negras», fascistas cuyo objetivo era presionar
al rey para que encargase la formación de gobierno a Mussolini.
Víctor Manuel III, muy impresionado por la movilización fascista,
y poco afecto a los ideales y principios de la democracia parlamen-
taria, decidió recurrir a Mussolini. En 1925 el Duce había transfor-
mado el país en un régimen totalitario de partido único basado en
el poder del Gran Consejo Fascista (órgano creado en diciembre de
1922, pero institucionalizado seis años más tarde), respaldado por
las Milicias Voluntarias para la Seguridad Nacional.
. Johnson, Paúl, Modern Times: The Worid from the Twenties to the Nineties,
Harper Perennial, Nueva York, 1992


_
Y LOS TRENES LLEGABAN A TIEMPO
Los efectos del ascenso al poder de Mussolini no se hicieron es-
perar. La actividad económica se reactivó como por ensalmo. Las
tasas de paro e inflación recuperaron sus niveles lógicos. Las ca-
lles volvieron a ser seguras y los trenes llegaban a tiempo. Un
verdadero paraíso si a uno no le importaban cuestiones como la
democracia, la libertad de expresión o vivir en un estado policial
sin las mínimas garantías jurídicas.
En cualquier caso, las arcas de la hacienda italiana recupera-
ron la salud perdida... y quedó claro que Mussolini era el hom-
bre con el que Pío XI tenía que tratar. El 20 de enero de 1923,
el cardenal Gasparri, secretario de Estado del Vaticano, mantu-
vo la primera de una larga serie de entrevistas secretas con
Mussolini.
Sin embargo, había una circunstancia que podría dificultar
notablemente un entendimiento entre los fascistas y la Santa
Sede. Era de dominio público que el Duce era ateo y virulenta-
mente anticlerical. En su juventud había escrito varios textos
profundamente antirreligiosos y en su vida personal ni se había
casado con su pareja ni había bautizado a sus hijos. Se cuenta
que en una ocasión se quitó el reloj y, poniéndolo violentamente
sobre la mesa, le dio a Dios un minuto para fulminarle si real-
mente existía y era todopoderoso. Pese a todo, una vez alcanza-
do el poder, Mussolini fue consciente de las dificultades de go-
bernar en Italia de espaldas a la Iglesia católica: «Creo que el
catolicismo podría ser utilizado como una de nuestras más po-
tentes fuerzas para la expresión de nuestra identidad italiana en
el mundo».
Por otro lado, el ateísmo de Mussolini irritaba a los industria-
les y financieros que le apoyaban económicamente, lo que hizo
que el Duce cambiara de táctica. Los fascistas estaban convenci-
dos del interés social de un sentimiento como el religioso, que es
vínculo comunitario en las masas. El propio Mussolini se sintió
muy sorprendido en 1922 ante la inmensa multitud que esperaba
en la plaza de San Pedro la elección de Pío XI: «Mira esta multi-
tud de todos los países del mundo. ¿Cómo es que los políticos
que gobiernan las naciones no se dan cuenta del inmenso valor
de esta fuerza internacional, de este poder espiritual universal?».
Así que, a pesar de su declarado ateísmo, Mussolini no deseaba
destruir lo que existía, sino ir, progresivamente, modificándolo,
reinterpretándolo, hasta conseguir que un día se transformase en
una cosa muy distinta y en una religión con un contenido muy
diferente. Mussolini se refería a esto como: «Roma, donde Cristo
es romano».
Tras la Marcha sobre Roma comenzaron a prodigarse algunos
gestos de buena voluntad hacia el Vaticano, como la donación al
papa de la valiosa Biblioteca Chigi. En la Santa Sede se descon-
fiaba de Mussolini, pero a la vez se mantenía un prudente silen-
cio sobre su forma de llevar las riendas de Italia. Independiente-
mente de que el Duce mandara a prisión a más de diez mil de sus
opositores o que incitase a sus fascistas a «marchar sobre el ca-
dáver podrido de la libertad», en el Vaticano no se podía escu-
char palabra alguna en contra del caudillo fascista.


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EL HOMBRE ENVIADO POR LA PROVIDENCIA
En 1924, siguiendo instrucciones expresas del Duce, el líder del
Partido Socialista, Giacomo Matteotti, que a la sazón era el más
obstinado opositor a las pretensiones absolutistas de Mussolini,
fue asesinado por militantes fascistas. La oleada de indignación
que recorrió toda Italia fue tan grande que durante esta crisis el
Duce estuvo a punto de perder todo lo que había conseguido
hasta entonces. Tanto el Partido Popular como el socialista soli-
citaron formalmente al rey la destitución de Mussolini.
Cuando la situación parecía desesperada, al líder fascista le
llegó el auxilio de donde, probablemente, menos lo esperaba. So-
cialistas y católicos negociaban una sólida coalición para apartar
del poder a Mussolini cuando el papa Pío XI advirtió severamen-
te a los cristianos italianos de que cualquier alianza con los so-
cialistas, incluido su sector más moderado, estaba estrictamente
prohibida por la ley moral, según la cual la cooperación con el
mal constituye un pecado. El papa no mencionó que tanto en
Bélgica como en Alemania esa cooperación (con los socialistas,
no con el mal) se estaba produciendo sin que nadie hubiera ad-
vertido a los católicos de aquellos países sobre el peligro que co-
rrían.
No hay que desestimar la importancia de esta tácita complici-
dad. La innegable influencia que tenía el parecer del papa sobre
buena parte de la opinión pública italiana hubiera hecho que
cualquier comentario sobre el ateísmo, la integridad moral o los
métodos violentos de Mussolini pesara como una losa en la pre-
tensión de éste de convertirse en el cesar de la nueva Roma.
Consciente de ello, el Duce supo corresponder con extrema
generosidad al favor procedente de Roma. Declaró ilegal la ma-
sonería, subvencionó con fondos públicos algunas instituciones
eclesiásticas que estaban al borde de la quiebra y eximió de obli-
gaciones fiscales a la Iglesia y a sus miembros.
El 31 de octubre de 1926, el cardenal Merry del Val, que ha-
bía sido secretario de Estado con Pío X y mantenía un puesto de
privilegio en el Vaticano, declaró públicamente: «Mi agradeci-
miento también se dirige hacia él [Mussolini], que sostiene en sus
manos las riendas del gobierno en Italia. Con su perspicaz visión
de la realidad ha deseado y desea que la religión sea respetada,
honrada y practicada. Visiblemente protegido por Dios, ha mejo-
rado sabiamente la fortuna de la nación, incrementando su pres-
tigio en todo el mundo». A lo que el propio papa apostilló el 20
de diciembre de 1926 que «Mussolini es el hombre enviado por
la Providencia».
En esta aparente complacencia hacia el Duce había mucho
más de corrección política que de sincera admiración. En más de
una ocasión, el papa había calificado en privado al dictador de
«hijo del diablo». Este sentido de la conveniencia era mutuo. Sin
variar un ápice lo que pensaba en su fuero interno, el comporta-
miento externo de Mussolini hacia la Santa Madre Iglesia experi-
mentó un importante giro. El Duce comenzó a acudir a misa,
pasó por la vicaría para dar validez eclesiástica a su unión matri-
monial e incluso bautizó a sus hijos, renunciando en su nombre,
como todo buen padre cristiano, al «diablo y sus obras». En el
terreno estrictamente político, esta nueva relación con el Vatica-
no quedó patente con medidas legislativas, como los impuestos
para las parejas sin hijos o la consideración del adulterio como
delito penal.



_
CONVERSACIONES SECRETAS
Así pues, y a pesar del recelo mutuo, existía en aquel momento un
clima favorable para la firma de un concordato, tarea que el papa
encomendó al cardenal Gasparri. Tras algunas conversaciones, el
dictador manifestó su deseo de compensar a la Iglesia con una más
que generosa remuneración por la humillación sufrida durante
años por los «papas prisioneros». El primer contacto entre ambas
partes había acontecido, sin embargo, mucho antes, el 6 de agosto
de 1926, cuando Domenico Barone —emisario de Mussolini— se
entrevistó secretamente con el doctor Francesco Pacelli —laico
adscrito a la Santa Sede y hermano del futuro papa Pío XII, que
por aquel entonces era nuncio en Berlín— para hacerle saber el in-
terés de Mussolini por reabrir la «cuestión romana». Pacelli mani-
festó al enviado del futuro dictador que si realmente estaba dis-
puesto a negociar, había dos cuestiones que el papa consideraba
imprescindibles como punto de partida: el reconocimiento de la
posesión de un Estado soberano bajo la autoridad del pontífice y
la igualdad jurídica entre matrimonio civil y religioso.
El Duce dio su consentimiento al inicio de las conversaciones
bajo estos términos y las reuniones comenzaron a nivel estricta-
mente confidencial: el jefe del Gobierno había advertido a los
participantes de que la menor indiscreción llevaría, de manera in-
evitable, a la ruptura de las negociaciones y se consideraría aten-
tatoria contra la seguridad del Estado, condenando al responsa-
ble de la filtración (fuera éste seglar o religioso) a ser desterrado
de por vida a las islas Lípari. Buena parte del contenido de las
reuniones se centró en regatear las condiciones económicas del
acuerdo, que en una primera oferta de Mussolini consistía en la
donación por parte del gobierno italiano de alrededor de cin-
cuenta millones de dólares en Obligaciones del Estado. Final-
mente, esos cincuenta millones se convirtieron en noventa, es de-
cir, 1.750 millones de liras.
La mañana del lunes 11 de febrero de 1929, las calles de
Roma se fueron poblando de un gentío murmurante que parecía
desafiar lo que estaba siendo uno de los inviernos más fríos de
los últimos años. A pesar del celo puesto tanto por el gobierno
como por la Santa Sede, buena parte de los romanos sabían que
algo importante iba a suceder en el Vaticano. Cuando el Duce
descendió de su Cadillac negro estacionado a un costado de la
plaza de San Juan, media hora antes del mediodía, le sorprendió
encontrar a una muchedumbre expectante que aguardaba su lle-
gada. Un acceso de ira le sobrevino al comprobar que sus órde-
nes no se habían cumplido fielmente; es posible que incluso se
viera tentado de dar media vuelta en uno de sus célebres raptos
temperamentales, pero finalmente decidió subir los peldaños de
la escalinata del palacio de Letrán, en cuyo interior el papa Pío
XI, y casi todos los miembros del gobierno vaticano, le espera-
ban desde hacía unos minutos.
Ni la guardia fascista, ni los carabinieri, ni la Guardia Suiza es-
taban allí. Todo se había organizado de la manera más discreta
posible para no llamar la atención. Elegantemente vestido de cha-
qué, Mussolini ascendió hasta el segundo piso, donde le esperaba
el cardenal Gasparri, con quien cruzó un prolongado apretón de
manos. Gasparri había tenido que abandonar la cama y todo el
acto, unido a lo inclemente del tiempo, iba a ser una verdadera
ordalía física para el anciano cardenal. No obstante, por nada
del mundo iba a perderse la firma, aunque ello le costase la vida,
ya que con aquel acto culminaba toda su carrera diplomática. Es-
taba previsto que la ceremonia se prolongase varias horas, pero el
público que aguardaba en el exterior y el precario estado de salud
de Gasparri —que tuvo que permanecer sentado durante todo el
acto— la redujeron a unos meros cuarenta y cinco minutos.16 La
lectura de las actas no comenzó hasta las doce en punto. Tras las
firmas, el cardenal obsequió a Mussolini con la pluma de ave con
mango de oro que había servido para rubricar el acuerdo. El líder
fascista la aceptó complacido: «Será para mí uno de los mejores
recuerdos que haya merecido».
El tratado se componía de tres apartados principales, aparte de
varios anexos y otras disposiciones; el primero, el concordato, regu-
laba las relaciones entre la Iglesia y el gobierno italiano. En él, se de-
volvía al Vaticano la completa jurisdicción sobre las organizaciones
religiosas en Italia. El catolicismo pasaba a ser la religión oficial del
Estado italiano, prohibiendo que otras confesiones religiosas pudie-
ran hacer proselitismo en el país y el gobierno asumía pagar el sala-
rio de los sacerdotes con cargo a los presupuestos nacionales. El se-
gundo apartado, el Tratado de Letrán propiamente dicho, establecía
la soberanía del Estado Vaticano, con el que automáticamente se es-
tablecían relaciones diplomáticas. Aparte del recinto vaticano se
concedía a la Santa Sede soberanía sobre tres basílicas de Roma
(Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo), la residen-
cia de verano del papa (el palacio de Castelgandolfo) y varias fincas
por toda Italia. Finalmente, estaba la «Convención Financiera», que
de un plumazo llevaba a la Santa Sede de la miseria a la riqueza.
Al día siguiente de la firma, en una rueda de prensa. Pío XI sin-
tetizó mejor que nadie el alcance del tratado que se había firmado:
«Mi pequeño reino es el más grande del mundo». El fervor que le-
vantó el acuerdo fue tal que incluso la mesa en que había sido ru-
bricado comenzó una gira mundial para ser venerada como si de
una reliquia se tratara.17 El manto de misterio que se tendió sobre
la dilatada negociación sólo pudo ser descorrido con lentitud tras
la ceremonia de Letrán. Se supo entonces que el texto del acuerdo
había sido impreso en el Vaticano por operarios a los que se man-
tuvo prisioneros hasta días después del 11 de febrero, y que el
papa había corregido personalmente todas las pruebas de impren-
ta: «Hay casos en que la presencia o ausencia de una coma —le
comentó a Gasparri— puede modificar todo el contenido».
Aquel contenido era tan importante que su trascendencia tras-
pasaba con mucho las diminutas fronteras del Estado Vaticano.
Tanto es así que en dos lugares muy alejados del mundo había
dos personajes que estaban particularmente atentos a los térmi-
nos del tratado por razones que nada tenían que ver con el cris-
tianismo. En Alemania, un Adolf Hitler que comenzaba a ser
algo más que el jefe de una pandilla de agitadores escribía en el
periódico del partido nazi: «El hecho de que la curia haya hecho
las paces con el fascismo muestra que el Vaticano confía en las
nuevas realidades políticas mucho más de lo que lo hizo en la an-
tigua democracia liberal, con la que no pudo llegar a un acuerdo
[...]. El hecho de que la Iglesia católica haya llegado a un acuerdo con
la Italia fascista prueba más allá de toda duda que el mundo de
las ideas fascistas está más cerca de la cristiandad que del libera-
lismo judío o incluso el ateísmo marxista».18
En Estados Unidos, el banquero Thomas William Lamont, uno
de los principales agentes de la banca Morgan, estaba mucho me-
nos interesado en las consecuencias políticas del tratado que en
los noventa millones de dólares que llevaba aparejados. A fin de
cuentas. Pío XI era un viejo amigo de la casa Morgan. Siendo
monseñor Ratti prefecto de la Biblioteca Vaticana, el que más tar-
de se convertiría en papa gestionó la restauración de una valiosa
colección de manuscritos coptos propiedad de J. Pierpoint Mor-
gan.tramas, Aquellos pergaminos pasarían a ser una de las piezas más
preciadas de la mítica «biblioteca negra» del millonario.
Comenzaba una época en que las obras del diablo iban a ser
salpicadas con agua bendita.

EL CEREMONIAL (THE FESTIVAL-1923) -- H. P. LOVECRAFT

Escrito por imagenes 27-05-2008 en General. Comentarios (1)

http://bloodgothic.blogspot.com/2008/05/el-ceremonial-festival-1923-h-p.html

 

EL CEREMONIAL (THE FESTIVAL-1923) -- H. P. LOVECRAFT

El Ceremonial(The Festival-1923)
H.P. Lovecraft


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EL CEREMONIAL

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Efficiunt Daemones, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exbibeant
_
Lactancio

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Me encontraba lejos de casa, y caminaba fascinado por el encanto de la mar oriental. Empezaba a
caer la tarde, cuando la oí por primera vez, estrellándose contra las rocas. Entonces me di cuenta de lo cerca que la tenía. Estaba al otro lado del monte, donde los sauces retorcidos recortaban sus
siluetas sobre un cielo cuajado de tempranas estrellas. Y porque mis padres me habían pedido que
fuese a la vieja ciudad que ahora ten ía a paso, proseguí la marcha en medio de aquel abismo de
nieve recién caída, por un camino que parec ía remontar, solitario, hacia Aldebarán -tembloroso entre
los árboles-, para luego bajar a esa antiquísima ciudad, en la que jamás había estado, pero en la que
tantas veces he soñado durante mi vida. Era el Día del Invierno, ese día que los hombres llaman
ahora Navidad, aunque en el fondo sepan que ya se celebraba cuando aún no existían ni Belén ni
Babilonia ni Menfis ni aun la propia humanidad. Era, pues, el Día del Invierno, y por fin llegaba yo al
antiguo pueblo marinero donde había vivido mi raza, mantenedora del ceremonial de tiempos
pasados aun en épocas en que estaba prohibido. Al viejo pueblo llegaba, cuyos habitantes habían
ordenado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, que celebraran el ceremonial una vez cada cien años,
para que nunca se olvidasen los secretos del mundo originario. Era la mía una raza vieja; ya lo era cuando vino a colonizar estas tierras, hace trescientos años. Y era la mía una gente extraña, gente
solapada y furtiva, procedente de los insolentes jardines del Sur, que hablaban otra lengua antes de aprender la de los pescadores de ojos azules. Y ahora estaba esparcida por el mundo, y únicamente
se reunía a compartir rituales y misterios que ningún otro viviente podría comprender.
Yo era el único que regresaba aquella noche al viejo pueblo pesquero como ordenaba la tradición,
pues sólo recuerdan el pobre y el solitario. Después, al coronar la cuesta del monte, dominé la vista de Kingsport, adormecido en el frío del anochecer, nevado, con sus vetustas veletas, sus
campanarios, sus tejados y chimeneas los muelles, los puentes, los sauces y cementerios. Los
interminables laberintos de calles abruptas, estrechas y retorcidas, serpenteaban hasta lo alto de la colina donde se alzaba el centro de la ciudad, coronado por una iglesia extraña que el tiempo parecía
no haber osado tocar. Una infinidad de casas coloniales se amontonaban en todos los sentidos y
niveles, como las abigarradas construcciones de madera de algún niño. Las alas grises del tiempo
parecían cernerse sobre los tejados y las nevadas buhardillas. Los faroles y las ventanas emit ían en la oscuridad unos reflejos que iban a juntarse con Orión y las estrellas primordiales. Y la mar rompía
incesante contra los muelles miserables, aquella mar de la que emergiera nuestro pueblo en los viejos tiempos.
Junto al camino, una vez arriba de la cuesta, hab ía una colina yerma barrida por el viento. No tardé en
ver que se trataba de un cementerio, en donde las negras lápidas surgían de la nieve como las uñas
destrozadas de un cadáver gigantesco. El camino, sin huella alguna de tráfico, estaba solitario.
Unicamente me parecía oír, de cuando en cuando, unos crujidos como de una horca estremecida por el viento. En 1692 ahorcaron a cuatro de mi raza por brujería.
Una vez que la carretera comenzó a descender hacia la mar, presté atención por si oía el alegre
bullicio de los pueblos anochecer, pero no oí nada. Entonces recordé la época en que estábamos,
se me ocurrió que el viejo pueblo puritano conservar ía tal vez costumbres navideñas, extraigas para
mí, y que entonces estaría entregado a silenciosas oraciones. Así que abandoné mis esperanzas de
oír el bullicio propio de estas fiestas, dejé de buscar viajeros con la mirada, y seguí mi camino. Fui
dejando atrás, a uno y otro lado, las silenciosas casas de campo con sus luces ya encendidas.
Después me interné entre las oscuras paredes de piedra, en las que el aire salitroso mecía las
chirriantes enseñas de antiguas tiendas y tabernas marineras. Las grotescas aldabas de las puertas,
bajo los soportales, brillaban a lo largo de los callejones desiertos reflejando la escasa luz que se
escapaba de las estrechas ventanas encortinadas.
Traía conmigo el plano de la ciudad y sabía dónde se encontraba la casa de los míos. Se me había
dicho que sería reconocido y que me darían acogida, porque la tradición del pueblo posee una vida
muy larga. De modo que apresuré el paso y entré en Back Street hasta llegar a Circle Court;luego
continué por Green Lane, única calle pavimentada de la ciudad, que va a desembocar detrás del
Edificio del Mercado. Aún servía el antiguo plano, y no me tropecé con dificultades. Sin embargo, en Arkham me habían mentido al decirme que había tranvías; al menos yo no veía
redes de cables aéreos por ninguna parte. En cuanto a los raíles, es posible que los ocultara la nieve.
Me alegré de tener que caminar, porque la ciudad, revestida de blanco, me había parecido muy
hermosa desde el monte. Por otra parte, estaba impaciente por llamar a la puerta de los míos, por
llegar a esa séptima casa de Green Lane, a mano izquierda, de tejado puntiagudo y doble planta, que databa de antes de 1650.
Había luces en el interior y, por lo que pude apreciar a través de la vidriera de rombos de la ventana,
todo se conservaba tal y como debió de ser en aquellos tiempos. El piso superior se inclinaba por
encima del estrecho callejón invadido de yerba y casi tocaba el edificio de enfrente, que también se inclinaba peligrosamente, formando casi un túnel por donde caminaba yo. Los peldaños del umbral
estaban enteramente limpios de nieve. No había aceras y muchas casas tenían la puerta muy por
encima del nivel de la calle, llegándose hasta ella por un doble tramo de escaleras con barandilla de hierro. Era un escenario verdaderamente singular; acaso me pareció tan extraño por ser yo extranjero
en Nueva Inglaterra. Pero me gustaba, y aún me hubiera resultado más encantador si hubiera visto pisadas en la nieve, gentes en las calles y alguna ventana con las cortinillas descorridas.
Al dar los golpes con aquella vieja aldaba de hierro, me sentí preso de una alarma repentina. Se
despertó en mí cierto temor que fue tomando consistencia, debido tal vez a la rareza de mi estirpe, al
frío de la noche o al silencio impresionante de la vieja ciudad de costumbres extrañas. Y cuando en
respuesta a mi llamada, se abrió la puerta con un chirrido quejumbroso, me estremecí de verdad, ya
que no había oído pasos en el interior. Pero el susto pasó en seguida: el anciano que me atendió,
vestido con traje de calle y en zapatillas, tenía un rostro afable que me ayudó a recuperar mi
seguridad; y aunque me dio a entender por señas que era mudo, escribió con su punzón, en una
tablilla de cera que traía, una curiosa y antigua frase de bienvenida. Me señaló con un gesto una sala
baja iluminada por velas. Tenía la pieza gruesas vigas de madera y recio y escaso mobiliario del siglo XVII. Aquí, el pasado recobraba vida; no faltaba ningún detalle. Me llamaron la atención la chimenea,
de campana cavernosa, y una rueca sobre la que una vieja, ataviada con ropas holgadas y bonete de paño, de espaldas a mí, se inclinaba afanosa pese a la festividad del día. Reinaba una humedad
indefinida en la estancia, y por ello me extrañó que no tuvieran fuego encendido. Había un banco de
alto respaldo colocado de cara a la fila de ventanas encortinadas de la izquierda, y me pareció que
había alguien sentado en él, aunque no estaba seguro. No me gustaba nada de lo que veía allí y
nuevamente sentí temor. Y mi temor fue en aumento, porque cuanto más miraba el rostro suave de
aquel anciano, más repugnante me parecía su suavidad. No pestañeaba, y su color era demasiado
parecido al de la cera. Por último, llegué al a plena convicción de que aquello no era un rostro sino
una máscara confeccionada con diabólica habilidad. Entonces sus flojas manos, curiosamente
enguantadas, escribieron con pasmosa soltura en la tablilla, informándome de que yo debía esperar
un rato antes de ser conducido al sitio donde se celebraría el ceremonial. Me señaló una silla, una
mesa, un montón de libros, y salió de la estancia. Al echar mano de los libros, vi que se trataba de
volúmenes muy antiguos y mohosos. Entre ellos estaban el viejo tratado sobre las Maravillas de la Naturaleza de Morryster, el terrible Saducismus Triumphatus de Joseph Glanvil, publicado en 1681; la espantosa Daemonotatreia de Remigius, impresa en 1595 en Lyon, y el peor de todos, el incalificable Necronomicon, del loco Abdul Alhazred, en la excomulgada traducción latina de Olacius Wormius. Era
éste un libro que jamás había tenido en mis manos, pero del cual había oído decir cosas
monstruosas. Nadie me dirigió la palabra; lo único que turbaba el silencio eran los aullidos del viento en el exterior y el girar de la rueca mientras la vieja seguía con su silencioso hilar. Tanto la estancia como aquella gente y aquellos libros me daban una extraña impresión de morbosidad e inquietud;
pero, puesto que se trataba de una antigua tradición de mis antepasados, en virtud de la cual se me había convocado para tan extraña conmemoración, pensé que debía esperarme las cosas más
peregrinas. Conque me puse a leer. Interesado por un tema que había encontrado en el
Necronomicon no tardé en darme cuenta que la lectura aquella me encogía el corazón. Se trataba de una leyenda demasiado espantosa para la razón y la conciencia. Luego experimenté un sobresalto, al
oír que se cerraba una de las ventanas situadas delante del banco de alto respaldo. Parecía como si la hubiesen abierto furtivamente. A continuación se oyó un rumor que no provenía de la rueca. Sin embargo, no pude distinguirlo bien porque la vieja trabajaba afanosamente y, justo en aquel
momento, el vetusto reloj se puso a tocar. Después, la idea de que había personas en el banco se me
fue de la cabeza, y me sumí en la lectura hasta que regresó el anciano, con botas esta vez, vestido
con holgados ropajes antiguos, y se sentó en aquel mismo banco, de forma que no le pude ver ya.
Era enervante aquella espera, y el libro impío que tenía en mis manos me desazonaba más aún. Al dar las once, el viejo se levantó, se acercó a un enorme cofre que había en un rincón, y extrajo dos
capas con caperuza; se puso una de ellas, y con la otra envolvió a la vieja, que dejó de hilar en ese
momento. Luego, ambos le dirigieron hacia la puerta. La mujer arrastraba una pierna. El viejo,
después de coger el mismísimo libro que había estado leyendo yo, me hizo una sería y se cubrió con la caperuza su rostro inmóvil ... o su máscara.
Salimos a la tenebrosa y enmarañada red de callejuelas de aquella ciudad increíblemente antigua. A
partir de ese momento, las luces se fueron apagando una a una tras las cortinas de las ventanas, y
Sitio contempló la muchedumbre de figuras encapuchadas que surgían en silencio de todas las
puertas y formaban una monstruosa procesión a lo largo de la calle, hasta más allá de las enseñas
chirriantes, de los edificios de tejados inmemoriales, de los de techumbre de paja, y de las casas de
ventanas adornadas con vidrieras de rombos. La procesión fue recorriendo callejones empinados,
cuyas casas leprosas se recostaban unas contra otras o se derrumbaban juntas, y atravesó plazas y atrios de iglesias y los faroles de las multitudes compusieron constelaciones vertiginosas y
fantásticas. Yo caminaba junto a mis guías mudos, en medio de una muchedumbre silenciosa. Iba
empujado por codos que se me antojaban de una blandura sobrenatural, estrujado por barrigas y
pechos anormalmente pulposos, y no obstante seguía sin ver un rostro ni oír una voz. La columnas
espectrales ascendían más y más por las interminables cuestas y todos se iban aglomerando a
medida que se acercaban a los lóbregos callejones que desembocaban en la cumbre, centro de la
ciudad, donde se elevaba una inmensa iglesia blanca. Ya la había visto antes, desde lo alto del
camino, cuando me detuve a contemplar Kingsport en las últimas luces del atardecer y me estremecí al imaginar que Aldebarán había temblado un instante por encima de su torre fantasmal. Había un espacio despejado alrededor de la iglesia. En parte era cementerio parroquial y, en parte, plaza medio
pavimentada, flanqueada por unas casas enfermas de puntiagudos tejados y aleros vacilantes, donde el viento azotaba y barría la nieve. Los fuegos fatuos danzaban por encima de las tumbas revelando
un espeluznante espectáculo sin sombras. Más allá del cementerio, donde ya no hab ía casas, pude contemplar de nuevo el parpadeo de las estrellas sobre el puerto. El pueblo era invisible en la oscuridad. Sólo de cuando en cuando se veía oscilar algún farol por las serpenteantes callejas,
delatando a algún retrasado que corría para alcanzar a la multitud que ahora entraba silenciosa en el templo.
Esperé a que terminaran todos de cruzar el pórtico, para que acabaran así los empujones. El viejo me tiró de la manga, pero yo estaba decidido a entrar el último. Cruzamos el umbral y nos adentramos en
el templo rebosante y oscuro. Me volví para mirar hacia el exterior; la fosforescencia del cementerio
parroquial derramaba un resplandor enfermizo sobre la plaza pavimentada. Y de pronto, sentí un
escalofrío: aunque el viento había barrido la nieve, aún quedaban rodales sobre el mismo camino que
conducía al pórtico. Y sobre aquella nieve, para asombro mío, no descubrí ni una sola huella de pies, ni siquiera de los míos.
La iglesia apenas resultaba iluminada, a pesar de todas las luces que habían entrado, porque la
mayor parte de la multitud había desaparecido. Todos se dirig ían por las naves laterales, sorteando
los bancos, hacia una abertura que había al pie del púlpito, y se deslizaban por ella sin hacer el menor ruido. Avancé en silencio; me metí en la abertura y comencé a bajar por los gastados peldaños que
conducían a una cripta oscura y sofocante. La cola sinuosa de la procesión era enorme. El verlos a
todos rebullendo en el interior de aquel sepulcro venerable me pareció horrible de verdad. Entonces
me di cuenta de que el suelo de la cripta tenía otra abertura por la que también se deslizaba la
multitud, y un momento después nos encontrábamos todos descendiendo por una escalera
abominable, por una estrecha escalera de caracol húmeda, impregnada de un color muy peculiar- que se enroscaba interminablemente en las entrañas de la tierra, entre muros de chorreantes bloques de
piedra y yeso desintegrado. Era un descenso silencioso y horrible. Al cabo de muchísimo tiempo,
observé que los peldaños ya no eran de piedra y argamasa, sino que estaban tallados en la roca viva.
Lo que más me asombraba era que los miles de pies no produjeran ruido ni eco alguno. Después de
un descenso que duró una eternidad, vi unos pasadizos laterales o túneles que, desde ignorados
nichos de tinieblas, conducían a este misterioso acceso vertical. Los pasadizos aquellos no tardaron en hacerse excesivamente numerosos. Eran como impías catacumbas de apariencia amenazadora, y
el acre olor a descomposición que despedían fue aumentando hasta hacerse completamente
insoportable. Seguramente habíamos bajado hasta la base de la montaría, y quizá estábamos por
debajo incluso del nivel de Kingsport. Me asustaba pensar en la antigüedad de aquella población
infestada, socavada por aquellos subterráneos corrompidos. Luego vi el cárdeno resplandor de una
luz desmayada y oí el murmullo insidioso de las aguas tenebrosas. Sentí un nuevo escalofrío; no me gustaban las cosas que estaban sucediendo aquella noche. Ojalá que ningún antepasado mío hubiera
exigido mi asistencia a un rito de ese género. En el momento en que los peldaños y los pasadizos se
hicieron más amplios hice otro descubrimiento: percibí el doliente acento burlesco de una flauta; y súbitamente, se extendió ante mí el paisaje ¡limitado de un mundo interior: una inmensa costa
fungosa, iluminada por una columna de fuego verde y bañada por un vasto río oleaginoso que
manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y corría a unirse con las simas negras del
océano inmemorial.
Desfallecido, con la respiración agitada, contemplé aquel Averno profano de leproso resplandor y
aguas mucilaginosas; la muchedumbre encapuchada formó un semicírculo alrededor de la columna
de fuego. Era el rito del Invierno, más antiguo que el género humano y destinado a sobrevivirle, el rito
primordial que prometía solsticio y primavera después de las nieves; el rito del fuego, del eterno
verdor, de la luz y de la música. Y en aquella gruta estigia vi cómo ejecutaban todos el rito y adoraban
la nauseabunda columna de fuego y arrojaban al agua puñados de viscosa vegetación que
resplandecía con una fosforescencia pálida y verdosa. Y vi también, fuera del alcance de la luz, un
bulto amorfo, achaparrado, que tocaba la flauta de modo repugnante. Y mientras ta ñía la criatura
monstruosa, me pareció oír también unas notas apagadas en la fétida oscuridad donde nada podía
ver. Pero lo que más me llenaba de espanto era la columna de fuego. brotaba como un surtidor
volcánico de las negras profundidades; no arrojaba sombras como una llama normal, y bañaba las
rocas salitrosas de un verdor sucio y venenoso. Toda aquella hirviente combustión no producía calor,
sino únicamente la viscosidad de la muerte y la corrupción. El hombre que me había guiado se
escurrió ahora hasta colocarse junto a la horrible llama y ejecutó unos rígidos ademanes rituales hacia
el semicírculo que le miraba. En determinados momentos del ceremonial, los asistentes rindieron homenaje de acatamiento, especialmente cuando levantó por encima de su cabeza aquel detestable
Necronomicon que llevaba consigo. Yo también tomé parte en todas las reverencias, puesto que
había sido convocado a esta ceremonia de acuerdo con los escritos de mis antecesores. Después, el viejo hizo una señal al que tocaba la flauta en la oscuridad; éste cambió su débil zumbido por un tono,
más audible, provocando con ello un horror inimaginable e inesperado. Faltó poco para que me
desplomara sobre el limo de la tierra, traspasado por un espanto que no provenía de este mundo ni de ninguno, sino de los espacios enloquecedores que se abren entre las estrellas.
En la negrura inconcebible, más allá del resplandor gangrenoso de la fría llama, en las tartáreas
regiones a través de las cuales se retorcía aquel río oleaginoso, extraño, insospechado, apareció
danzando rítmicamente una horda de mansos, híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni
vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no consigo -y no debo- recordar.
Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a medias con sus pies palmeados y a medias con sus
alas membranosas. Y cuando llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras
encapuchadas se agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías donde venenosos manantiales alimentan
el caudal tumultuoso y horrible de las negras cataratas. La vieja hilandera se había marchado con los
demás, y el viejo se había quedado, porque yo me negué a cabalgar sobre una de aquellas bestias
como los otros. El flautista amorfo había desaparecido, pero dos de aquellas bestias permanecían allí
pacientemente. Al resistirme a cabalgar, el viejo sacó su punzón y su tablilla, y me comunicó por
escrito que él era el verdadero delegado de aquellos antepasados míos que habían fundado el culto al Invierno en este mismo venerable lugar, que había sido decretado que yo volviera allí, y que faltaban
por celebrarse los misterios más recónditos. Escribió todo esto en un estilo muy antiguo, y aún
dudaba yo cuando sacó de sus amplios ropajes un sello y un reloj con las armas de mi familia, para probar que todo era según había dicho él.
Pero la prueba era espantosa, porque yo sabía por ciertos documentos antiqu ísimos que aquel reloj había sido enterrado con el tatarabuelo de mi tatarabuelo en 1698.
Al poco rato, el viejo echó hacia atrás su capucha y me mostró el parecido familiar de su rostro; pero
aquello me hizo estremecer, porque yo estaba convencido de que se trataba solamente de una
diabólica máscara de cera. Las dos bestias voladoras aguardaban y arañaban inquietas los líquenes
del suelo, y me di cuenta de que el viejo estaba a punto de perder la paciencia. Cuando uno de
aquellos animales comenzó a moverse, alejándose del lugar, el viejo se volvió rápidamente y lo
detuvo, de suerte que, con la rapidez del movimiento, se le desprendió la máscara que llevaba en el
lugar correspondiente a la cabeza. Y entonces, al ver que aquella pesadilla se interponía entre la
escalera de piedra y yo, me arrojé al fondo oleaginoso del río pensando que sin duda desembocaría,
por alguna cavidad, en el fondo del océano. Me lancé en aquel jugo pútrido de las entrañas de la
tierra antes que mis locos chillidos pudieran hacer caer sobre mí las legiones de cadáveres que
aquellos abismos pestilentes ocultaban.
En el hospital me dijeron que me habían encontrado en el puerto de Kingsport, medio helado, al
amanecer, aferrado a un madero providencial. Me dijeron que la noche anterior me había extraviado
por los acantilados de Orange Port, cosa que habían deducido por las huellas que encontraron en la
nieve. No hice ningún comentario. Mi cabeza era un caos. Nada encajaba con mi experiencia de la
noche anterior. Los ventanales del hospital se abrían a un panorama de tejados de los que apenas
uno de cada cinco podía considerarse antiguo. Las calles vibraban con el estrépito de tranvías y
automóviles. Me insistieron en que ésto era Kingsport, cosa que yo no pude negar. Al verme caer en un estado de delirio cuando me enteré de que el hospital se encontraba cerca del cementerio
parroquial de Central Hill, me trasladaron al Hospital St. Mary, de Arkham, donde me atenderían
mejor. Me gustó, en efecto, porque los médicos eran de mentalidad más abierta, y aun me ayudaron,
ya que gracias a su influencia pude conseguir un ejemplar del censurable Necronomicon de Alhazred,
celosamente guardado en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic. Dijeron que sufría una
especie de «psicosis» y convinieron en que el mejor sistema de alejar las obsesiones de mi cerebro
era provocar mi cansancio a base de permitirme ahondar en el tema. De esta suerte llegué a leer el
espantoso capítulo aquél, y me estremecí doblemente, puesto que no era nuevo para mí: lo que
contaba, lo había visto yo, dijeran lo que dijesen las huellas de mis pies, y era mejor olvidar el sitio
donde lo había presenciado. Nadie durante el día me lo hacía recordar pero mis sueños son
aterradores a causa de ciertas frases que no me atrevo a transcribir. Si acaso, citaré únicamente un párrafo. Lo traduciré lo mejor que pueda de ese desgarbado latín vulgar en que está escrito: «Las
cavernas inferiores -escribió el loco Alhazred- son insondables para los ojos que ven, porque sus
prodigios son extraños y terribles.
Maldita la tierra donde los pensamientos muertos viven reencarnados en una existencia nueva y
singular, y maldita el alma que no habita ningún cerebro. Sabiamente dijo Ibn Shacabad: bendita la
tumba donde ningún hechicero ha sido enterrado y felices las noches de los pueblos donde han
acabado con ellos y los han reducido a cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que se ha
vendido al demonio no se apresura a abandonar la envoltura de la carne, sino que ceba e instruye al
mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción brota una vida espantosa, y las criaturas que se alimentan de la carroña de la tierra aumentan solapadamente para hostigaría, y se hacen
monstruosas para infestarla. Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar
los poros de la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo deberían arrastrarse.

 

http://bloodgothic.blogspot.com/2008/05/el-ceremonial-festival-1923-h-p.html

 

LA PLAYA Y LA MUERTE -- GUILLERMO IBAÑEZ

Escrito por imagenes 26-05-2008 en General. Comentarios (0)

LA PLAYA Y LA MUERTE -- GUILLERMO IBAÑEZ

LA PLAYA Y LA MUERTE
GUILLERMO IBAÑEZ




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Estábamos con mi mujer debajo de la sombrilla. Ella leyendo una parte del diario; yo la otra.
El paisaje casi solitario atrajo más mi atención que las noticias y abandoné esa página de informaciones (por otra parte, todas o casi todas terribles). Así, sentado, me puse a ver el mar que amo, lo desierto de la playa en ese marzo y dos mujeres que junto a la orilla se mojaban los pies mientras miraban distraídamente y charlaban.
De pronto me di cuenta, o creí, que una de ellas, a quien llamaré “la polaca”, miraba hacia donde yo estaba. La atención dejó el paisaje y se concentró en ella.
Me distrajo la aparición de un hombre que inmediatamente reconocí como el que fuera bañero de esa playa durante tantos años y ahora ejercía una especie de jefatura de la zona. De pronto el sujeto ingresó al agua y se alejó tanto que sólo se divisaba el gorrito blanco en medio del mar. Estaría a unos trescientos metros y mi vista lo seguía atentamente. Apoyado sobre ambas manos me erguía de tanto en tanto, cuando me parecía que lo había perdido de vista. De esto me sacó mi mujer al comentar, bajando el diario...
—Mirá ese hombre, tan lejos (con su usual exclama-ción)... ¡Cómo se anima, qué barbaridad!
—De todos modos, qué arriesgado.
Y siguió leyendo con la atención que la caracteriza, comentándome de vez en cuando alguna noticia.
Salido de este tema reapareció mi preocupación por “la polaca” —como ya a esa altura la había bautizado por su esbelta figura: rubia, nariz respingada, ojos que supuse claros—. Seguía mirando hacia mí. La tentación de un gesto (que ensayé mentalmente), me pareció algo sin posibilidad ni futuro.
Renació mi interés, cuando justo su acompañante empezó a caminar por la orilla, alejándose bastante y ella se metió en el agua. Me dije: yo también quiero ir al agua. Si voy ahora, alguna palabra se puede cruzar...
Pero, nuevamente, mi definición de que soy un hombre retirado de la “guerrilla urbana” (así le llamo al conocido como atraque), la ausencia de probabilidades y la presencia de mi mujer que —como es de imaginar— negaba toda chance, hicieron que desestimara la intención.
No obstante seguí mirándola y, a veces, como el destino quiere ayudarme, la polaquita salió del agua, levantó su mano en busca de la atención de su amiga a lo lejos y se encaminó hacia ella.
El camino del agua estaba ahora libre.
Puse el pedazo de diario bajo un bolso y me encaminé hacia ese mar que añoro en la distancia y disfruto como un goce supremo cuando lo tengo cerca, o más cabría decir, cuando su inmensidad me abraza, me golpean sus olas, me arrulla como un canto de sirenas su ininterrumpida rompiente que se hace espuma en la orilla y cuyos últimos restos acuosos penetran en la arena; quizás para que las huellas del hombre se marquen, y para después que creyó imprimir esa huella (oh, lo efímero y transitorio de las cosas), venir con otra ola y borrar sus pisadas y la historia que esas pisadas trataban de contar. Digo esto, porque realmente el mar es mejor que cualquier diván, que cualquier terapia, más poderoso que cualquier otro dios.
La sensación de frescura en los pies me sacó del ensimismamiento y ya fue vivencial pisar haciendo ruido y salpicando alrededor, hasta encontrarme con las primeras olas y el agua llegándome a la cintura.
Eran las cinco de la tarde, más o menos; lo digo por la posición del sol. Parecía que estaba en una playa personal. Habría en ese momento, cuatro personas en cuatrocientos metros a la redonda. Una, mi esposa, impávida, leyendo a unos ochenta o noventa metros de donde yo estaba. Otros dos hombres, bien lejos, casi en el límite expresado y sí, bien cerca, en la orilla y precisamente mirando cómo yo jugueteaba con las olas, hacía la plancha, me zambullía debajo de alguna muy alta, se encontraba una mujer descalza con un pañuelo en la cabeza, con un vestido o salida de baño largo, color rojo y estoy seguro de que me miraba, le veía los dientes. Tenía, sin duda, expresión de risa. La tenía a veinte metros. Me tranquilizó pensar que estaría divirtiéndose con mis payasadas. Por un momento me sentí un tanto ridículo, pero el paisaje se impuso a mis ojos y olvidé todo y gocé esas gaviotas aterrizando y elevándose con una gracia inigualable. Pensé que una de ellas era Juan Salvador porque hacía todo lo que se le antojaba sin seguir las supuestas directivas o metas que esa hora de pesca indicaba a las otras de su especie.
Algunas nubes a lo lejos, daban una impresión mágica al cuadro. Los rayos del sol se colaban por ellas, como a través de una seda, el fuego. Aun hacía mucho calor. El instante era en verdad inefable.
Mi mujer, allá, leía. La mujer de la orilla seguía mirándome y parecía sonreír. Las figuras de las dos jóvenes se perdían en la lejanía, entre la bruma del agua y el espejismo de la superficie irregular. Los hombres, en el confín del cuadro, parecían cruzados de brazos, parados e inmóviles.
Entonces, de pronto, mis pies no palparon ya la arena del fondo, el agua me cubrió, mis ojos se inundaron, salté y apareció el paisaje inmóvil con mi mujer a lo lejos leyendo sin mirarme (ella que siempre me seguía con su mirada cuando yo iba al agua), los hombres como estatuas clavadas en la distancia y las gaviotas detenidas en el aire en pleno vuelo. La chica que hasta un momento antes parecía divertirse con mis zambullidas y que siguió mirándome después, justo ahora había girado y estaba como viendo el mismo cuadro que yo pero dándome la espalda. Ella, ahora creo que no se reía de mis payasadas. Esa mujer simbolizaba algo. Esto lo pensaba en décimas de segundos en las cuales emergía y volvía a sumergirme buscando desesperadamente con las puntas de mis pies, un suelo donde apoyarme, una salvación.
Además, no creía que fuera válido gritar en demanda de auxilio, yo que había visto sacar a tantos hombres que se estaban por ahogar o ya muertos y recordaba sus pálidos semblantes, yertos sobre la arena o en camino a un inútil hospital sobre una camilla.
Quería hacerlo por mí mismo y sintiendo que era imposible, me dije que debía aguantarme sin gritar, sin nada; morir como se debe, sin escándalo, sin ruido, sin que nadie despertara.
Al emerger, otra vez ese paisaje quieto, las inexis-tentes olas, algo extraño en la nariz y los pulmones que me decía que era la hora y tenía que ser fuerte, aguantar y morir sin decir nada.
Pero también quería salir, buscaba afanosamente con los pies un sitio, un fondo en el cual hallar la salvación, aunque el nivel del agua parecía subir y bajar en mis ojos como cuando viera esas películas que la cámara toma la superficie y bajo el nivel alternadamente.
Pensaba en mi mujer allá a lo lejos leyendo.
Vi, o me pareció ver, que la mujer de la orilla tenía una piel extremadamente blanca, pálida diría, como una imagen singular de la muerte que me hubiera venido a buscar. Entonces grité, moví manos, pedí auxilio y al sumergirme de nuevo pensé que al salir ya alguien me habría visto.
Pero el paisaje seguía como una fotografía y un velo que no podría traducir de qué materia se componía iba espesándose… el paisaje se diluía.
Pensé que debía gritar más fuerte, que el viento en contra de la dirección de mi pedido se confabulaba para apagar la voz; junté nuevas fuerzas, salí y grité con todo lo que podía, vi que mi mujer a lo lejos, parecía ahora sí mirarme, pero de costado, simulando que seguía leyendo el diario. Calculé si no sería ésa la respuesta final a mi pretensión de mirar a la polaquita de hace un rato y a otras cosas que yo creí que nunca se había enterado. Y si las sabía y ahora no me miraba era para disimulada-mente verme perecer.
Como en una película, acudían memorias de lo estudiado sobre la vida de las arañas que se dejan hacer el amor y después matan al macho y lo devoran.
Mis pies no encontraban lugar, el agua parecía estar conquistándome, mis miembros no articulaban movimiento alguno y sólo mi mente no moría. Los ojos, percibiendo un paisaje cada vez más nublado como si una membrana de humo que se engrosara cada vez más me separara de todas las cosas.
Como última imagen, apareció la nítida figura de la mujer pálida que ahora me había vuelto a mirar, sonreía dulcemente mientras venía hacia mí —o eso creí—, sólo quedaron en el espacio y el tiempo, (ya que todo lo demás se había borrado), ella y yo, juntos.