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BAJO LA PIRAMIDE -- H. P. LOVECRAFT Y HARRY HOUDINI

Escrito por imagenes 17-05-2008 en General. Comentarios (0)

BAJO LA PIRAMIDE -- H. P. LOVECRAFT Y HARRY HOUDINI

BAJO LAS PIRÁMIDES
H. P. Lovecraft y Harry Houdini
***
I
El misterio llama al misterio. Siempre, desde que alcancé amplio
renombre como ejecutor de hazañas inexplicables, me he topado con extraños
sucesos e historias que, dada mi fama, la gente ha tendido a casar con mis
intereses y actividades. Unos eran triviales e irrelevantes, otros profundamente
dramáticos e intrigantes, y alguno fruto de extrañas y peligrosas experiencias, y
los ha habido que me han involucrado en dilatadas investigaciones científicas e
históricas. Ya he hablado, y seguiré haciéndolo, con suma libertad acerca de
muchas de tales materias; pero hay una que expongo ahora con gran renuencia y
que sólo cuento tras una agobiante y persuasiva sesión por parte de los editores
de esta revista, que habían oído vagos rumores sobre la historia a otros miembros
de mi familia.
Lo que hasta ahora he callado tuvo lugar durante mi visita, no
profesional, a Egipto, hace catorce años, y he guardado silencio por diversos
motivos. Por una parte, soy contrario a explotar algunos hechos ciertos e
incontrovertibles, y unas condiciones obviamente ignoradas por la multitud de
turistas que se agolpan ante las pirámides; condiciones al parecer ocultadas con
la mayor de las diligencias por las autoridades de El Cairo, que no pueden ser
totalmente ignorantes de ellas. Por otra parte, me disgusta recordar un incidente
en el que mi propia y fantasiosa imaginación puede haber jugado tan gran papel.
Lo que vi -o creí ver-, sin duda, no tuvo lugar; sin embargo, debe ser
contemplado como fruto de mis entonces recientes lecturas sobre egiptología, así
como las especulaciones a las que el ambiente, de forma natural, dio pie. Tales
estímulos imaginativos, magnificados por la excitación producida por un suceso
ya de por sí bastante terrible, sin duda propiciaron el culminante horror de esa
noche acaecida hace tanto tiempo.
En enero de 1910 había terminado un compromiso profesional en
Inglaterra y firmé un contrato para una gira por los teatros australianos. Se me
concedió tiempo más que de sobra para realizar el viaje, y opté por convertir la
mayor parte de éste en la clase de periplo que me interesaba; así que,
acompañado por mi esposa, bajé cómodamente al continente y embarqué en
Marsella, en el vapor de la P. & O. Malwa, con destino a Port Said. Partiendo de
allí, me proponía visitar los principales lugares históricos del Bajo Egipto, antes
de partir definitivamente hacia Australia.
El viaje resultó agradable en sí mismo, sazonado por algunos de esos
divertidos incidentes que acontecen a un mago fuera de su trabajo. Yo había
querido mantener mi nombre en secreto para gozar de un viaje tranquilo, pero
acabé traicionándome a mí mismo por culpa de un compañero de profesión, cuyo
afán de asombrar a los pasajeros con trucos vulgares me movieron a repetir y
sobrepasar sus hazañas en una forma que resultó bastante destructiva para mi
intención de mantener el incógnito. Menciono esto a causa sus consecuencias
últimas; algo que debí haber previsto antes de desenmascararme en un buque
cargado de turistas que estaban a punto de desparramarse por el valle del Nilo.
Lo que conseguí fue anunciar mi identidad adondequiera que fuera, privándonos
a mi esposa y a mí mismo del plácido anonimato con el que habíamos soñado.
¡Así que, viajando para satisfacer mi curiosidad, me vi obligado a ser yo mismo
objeto de curiosidad!
Habíamos llegado a Egipto en busca de impresiones pintorescas y
místicas, pero encontramos poco de todo eso una vez que el barco, arribando a
Port Said, desembarcó a sus pasajeros en pequeñas lanchas. Dunas bajas de
arena, oscilantes boyas marcando los bajíos y un pequeño y monótono barrio
europeo sin nada de interés excepto la gran estatua de De Lesseps4, lo que nos
llevó a ansiar el encontrar algo más digno de nuestro interés. Tras cierta
discusión, decidimos ir a El Cairo y a las pirámides, y con posterioridad, a
Alejandría para embarcar en la nave australiana, así como para disfrutar de
cualquier imagen grecorromana que pudiera brindarnos esta antigua metrópoli.
El viaje en tren resultó bastante tolerable, y no duró más de cuatro horas
y media. Vimos mucho del Canal de Suez, ya que seguimos su dirección hasta
llegar a Ismailía, y más tarde gozamos del viejo Egipto mediante una ojeada al
restaurado canal de agua dulce construido durante el Imperio Medio. Luego, al
fin, pudimos ver El Cairo resplandeciendo en medio de la anochecida; una
constelación centelleante que se convirtió en fulgor cuando por fin nos detuvimos
en la gran Gare Centrale.
Pero de nuevo nos esperaba el desencanto, porque todo cuanto vimos
resultaba europeo, a excepción de la gente y sus ropas. Un prosaico metro nos
llevó hasta una plaza abarrotada de carros, carruajes y tranvías, resplandeciendo
esplendorosa por las luces eléctricas que brillaban en los altos edificios; mientras
que aquel mismo teatro que en vano había tratado de contratarme para actuar, y
al que más tarde asistiría como espectador, había sido rebautizado recientemente
con el nombre de «American Cosmograph». Nos albergábamos en el Hotel
Shepherd, al que llegamos en un taxi que corrió por calles anchas y de elegante
diseño, y, perdidos entre el perfecto servicio de restaurante, de ascensores, y
entre las amplias comodidades angloamericanas, el misterioso este y el
inmemorial pasado nos parecieron sumamente lejanos.
Al día siguiente, no obstante, nos precipitamos gustosos en el corazón de
una atmósfera propia de las Mil y Una Noches, y a través de las calles
serpenteantes y los exóticos perfiles de El Cairo, la Bagdad de Harum al-Raschid
pareció vivir de nuevo. Conducidos por nuestra Baedeker5, fuimos hacia el este,
pasando los Jardines de Ezbekiyeh, a lo largo del Mouski, en busca del barrio
nativo, y pronto nos encontramos confiados a un vocinglero cicerone quien -a
despecho de posteriores acontecimientos- era sin duda de lo más competente en
su oficio. Sólo a posteriori caí en la cuenta de que debía haber recurrido al hotel
para conseguir un guía con licencia. Este hombre, un sujeto afeitado, de voz
particularmente profunda y aspecto relativamente limpio, que tenía aspecto de
faraón y se hacía llamar «Abdul Reis el Drogman», parecía gozar de gran
ascendencia sobre el resto de sus colegas, aunque después la policía aseguró no
saber nada de él, sugiriendo que reis es simplemente un apelativo para alguien
con autoridad, mientras que «Drogman» es sin duda nada más que una torpe
variante de la palabra que designa al jefe de un grupo turístico: dragoman.
Abdul nos condujo entre maravillas tales que para nosotros, hasta
entonces, sólo habían sido lecturas y sueños. El viejo El Cairo en sí mismo es un
libro de cuentos y un sueño... laberintos de angostos pasadizos, fragantes de
secretos aromáticos; balcones y miradores cuajados de arabescos, a punto de
tocarse sobre las calles adoquinadas; vorágines de tráfico oriental y gritos
extraños; látigos chasqueando, carros traqueteando, monedas tintineando y
burros rebuznando; calidoscopios de vestimentas multicolores, velos, turbantes y
tarbushes; aguadores y derviches, perros y gatos, adivinos y barberos, y,
imponiéndose sobre todo ello, la cantinela de los mendigos ciegos, acurrucados
en nichos, y el sonoro cántico de los almuecines desde lo alto de minaretes que se
perfilan delicadamente contra un cielo de un azul profundo e inalterable.
Los bazares, techados y más antiguos, eran apenas menos atractivos.
Especias, inciensos, abalorios, sedas y cobre... el viejo Mohmud Suleiman
sentado con las piernas cruzadas entre sus blandas redomas mientras unos
jóvenes parlanchines machacaban mostaza en el capitel ahuecado de una antigua
columna clásica; romana de estilo corintio, quizás procedente de los alrededores
de Heliópolis, donde Augusto estacionó a sus tres legiones egipcias. La
antigüedad comenzaba a mezclarse con el exotismo. Y luego las mezquitas y el
museo; todo lo vimos, intentando que nuestro disfrute de lo arábigo no
sucumbiera al encanto más oscuro y fúnebre del Egipto faraónico por culpa de
los inapreciables tesoros mostrados en los museos. Tal había de ser nuestro
clímax y, mientras tanto, nos concentrábamos en las medievales glorias
sarracenas de los califas, cuyas magníficas mezquitas-tumba formaban una
necrópolis resplandecientemente fantasmal a borde del desierto árabe.
Finalmente, Abdul nos condujo por la Sharia Mohammed Alí hasta la
antigua mezquita del sultán Hasán y a Babel-Azab, flanqueada por torres, más
allá de la cual arranca el pasaje de peldaños, discurriendo entre paredes, que lleva
a la poderosa ciudadela, construida por el mismísimo Saladino con piedras de
pirámides olvidadas. Escalamos ese risco ya en el ocaso, contorneando por la
moderna mezquita de Mohammed Alí, y luego miramos abajo, asomados al
vertiginoso parapeto sobre el místico El Cairo; místico El Cairo, todo dorado,
con sus cúpulas talladas, sus etéreos minaretes, sus jardines iluminados. A lo
lejos, allende de la ciudad rematada por la gran cúpula romana del museo nuevo
y aún más allá -cruzando el críptico y amarillo Nilo, que es la madre de eras y
dinastías-, se encuentran las amenazadoras arenas del desierto líbico, ondulantes
e iridiscentes, malditas por antiguos misterios. El sol rojo estaba ya bajo,
cediendo ante el frío implacable de la noche egipcia y, mientras se mantenía al
borde del mundo como ese antiguo dios de Heliópolis -RaHarkte, el sol del
Horizonte-, vimos siluetearse contra ese holocausto bermejo los negros perfiles
de la pirámide de Gizeh, las arcaicas tumbas que ya tenían un millar de años
cuando Tutankamon se sentó en su trono dorado de la distante Tebas. Entonces
supimos que ya no teníamos nada que hacer en El Cairo sarraceno y que
debíamos disfrutar de los más profundos misterios del Egipto primordial... la
negra Kem de Ra y Amón, Isis y Osiris.
A la mañana siguiente visitamos las pirámides, cruzando en coche
Victoria por el gran puente del Nilo, con sus leones de bronce, hacia la isla de
Ghizered con sus masivos árboles Iebbakh y el puente inglés, más pequeño, que
lleva a la orilla occidental. Fuimos por la orilla, bajo grandes ramajes de
Iebbakhs, y cruzamos los vastos parques zoológicos rumbo al suburbio de Gizeh,
donde, con mucha oportunidad, se había abierto un nuevo puente hacia El Cairo.
Entonces, volviéndonos tierra adentro a través de la Sharia-el-Haram, cruzamos
un área de canales cristalinos y míseros poblados nativos hasta tener ante los ojos
el objetivo de nuestro viaje, hendiendo las brumas del alba y arrojando imágenes
invertidas en los charcos de las cunetas. Cuarenta siglos de historia, tal y como
dijera Napoleón a sus soldados, nos contemplaban.
La carretera subía bruscamente, hasta que finalmente alcanzaba el
intercambiador entre la estación de tranvías y el hotel Mena House. Abdul Reis,
que, dando muestras de su capacidad, nos había conseguido entradas para las
pirámides, parecía contar con cierto ascendiente ante los numerosos, aullantes y
ofensivos beduinos que habitaban una mísera y sucia aldea, situada a cierta
distancia, y que se dedicaban a importunar fatigosamente a los viajeros, ya que
los mantuvo a raya y aun nos proporcionó un par de camellos, cabalgando él
mismo un burro, y asignando la guía de nuestros animales a un grupo de nombres
y mozos que demostraron ser más costosos que útiles. La zona a cruzar era tan
estrecha que apenas hubiéramos necesitado camellos, pero tampoco nos pesó el
añadir a nuestras experiencias esa dificultosa forma de viajar por el desierto.
Las pirámides se alzan en una elevada meseta de roca, en un grupo que
es casi el más norteño de la serie de cementerios reales y aristocráticos
construidos en las inmediaciones de Menfis, la desaparecida capital enclavada en
la misma orilla del Nilo, algo al sur de Gizeh, que floreció entre los años 3400 y
2000 a. C. La pirámide mayor, que se encuentra cercana a la moderna carretera,
fue edificada por el rey Kéops o Kufu en torno al 2800 a. C., y tiene más de
ciento treinta y seis metros de altura. Colocada al sudoeste de ella se encuentran,
sucesivamente, la Segunda Pirámide, construida una generación después por el
rey Kefrén y que, aunque es ligeramente más pequeña, parece más grande por
encontrarse en un terreno más elevado, y luego la Tercera Pirámide, mucho más
pequeña, del rey Micerino, construida en torno al 2700 a. C. Y, cerca del borde
de la meseta y justo al este de la Segunda Pirámide, con el rostro seguramente
modificado para formar un retrato colosal del rey Kefrén, su real restaurador, se
eleva la monstruosa esfinge... hermética, sardónica y sabia más allá del recuerdo
de la humanidad.
Pirámides menores, así como restos de otras de su clase, se encuentran
en varios sitos, y toda la meseta se encuentra horadada por las tumbas de
dignatarios de rangos inferiores al real. Estas últimas fueron llamadas en un
principio mastabas, o estructuras de piedra con forma de banco, colocadas sobre
las profundas fosas fúnebres, tal como fueron descubiertas en otros cementerios
menfitas y como se reproduce en la Tumba de Perneb en el Museo Metropolitano
de Nueva York. En Gizeh, no obstante, todo trazo visible de esto ha sido borrado
por el tiempo y los expolios, y sólo las tumbas excavadas en la roca, bien
bloqueadas por la arena, bien despejadas por los arqueólogos, se mantienen para
atestiguar que sacerdotes y deudos ofrecían alimentos y oraciones al remanente
ka o principio vital del difunto. Las pequeñas tumbas contienen capillas en sus
mastabas o superestructuras de piedra, pero las capillas mortuorias de la
pirámide, donde yace el real faraón, eran templos separados, cada uno situado al
este de su correspondiente pirámide, y conectados por una calzada a una enorme
capilla de entrada o propileo al borde de la meseta rocosa.
La capilla de acceso que conduce a la Segunda Pirámide, casi totalmente
enterrada por los movimientos de arena, se abre subterránea al sudeste de la
Esfinge. Una larga tradición la señala como «El Templo de la Esfinge», y quizás
debiera ser llamada así si, de hecho, la Esfinge representa al constructor de la
Segunda Pirámide, Kefrén. Hay historias inquietantes acerca de la Esfinge y
cómo era antes de Kefrén, pero, cualesquiera que fueran sus facciones, el
monarca las reemplazó por las suyas propias para que el hombre pudiera
contemplarlas sin miedo. Fue en este gran templo de acceso donde se encontró la
estatua de diorita, a tamaño real, de Kefrén, ahora en el Museo de El Cairo; una
estatua que me hizo estremecer cuando la contempló. No estoy seguro de que el
edificio haya sido excavado por completo, pero en 1910 la mayor parte seguía
aún enterrada, con el acceso firmemente cerrado de noche. Los trabajos estaban a
cargo de los alemanes, y la guerra, u otros motivos, deben haberlos interrumpido.
Daría lo que fuera, a tenor de mi experiencia y de ciertos rumores de beduinos,
considerados sin fundamento o desconocidos para la gente de El Cairo, por saber
qué ha pasado con cierto pozo situado en un pasadizo transversal, en el que las
estatuas del faraón fueron encontradas curiosamente yuxtapuestas con estatuas de
babuinos.
La carretera, según la recorríamos esa mañana con nuestros camellos,
hacía una curva cerrada, dejando a la izquierda los cuarteles de madera de la
policía, la estafeta de correos, los almacenes y las tiendas, enfilando hacia el sur
y el este en un giro completo que escalaba por la meseta rocosa y nos encaraba al
desierto, al socaire de la Gran Pirámide. Pasada esa ciclópea construcción,
contorneamos la cara oriental para encontrarnos ante un valle de pirámides
menores, más allá del cual el eterno Nilo centelleaba al este y el desierto eterno
rebrillaba al oeste. Muy cerca se encontraban las tres pirámides mayores, la más
grande de ellas desprovista de cualquier revestimiento, mostrando su mole de
grandes rocas, mientras que las otras dos mantenían aquí y allá la ingeniosa
protección que en tiempos les otorgara un aspecto liso y acabado.
Entonces descendimos hacia la Esfinge y permanecimos silenciosos bajo
el hechizo de aquellos terribles ojos ciegos. En su inmenso pecho pétreo
podíamos distinguir apenas el emblema de Ra-Harakte, por el cual la Esfinge fue
atribuida erróneamente a una dinastía posterior, y, aunque la arena cubría la
tablilla que sostenía entre las grandes zarpas, recordamos lo que Tutmosis IV
inscribiera en ella, así como el sueño que tuvo siendo príncipe. La sonrisa de la
Esfinge nos incomodaba levemente, llevándonos a especular sobre la leyenda que
hablaba de pasadizos subterráneos abiertos bajo la monstruosa criatura, llevando
abajo, abajo, hacia profundidades que nadie había osado intuir... profundidades
conectadas con misterios más viejos que las dinastías egipcias descubiertas,
gozando de una siniestra relación con la persistencia de dioses anómalos, de
cabeza de animal, del antiguo panteón nilótico. Entonces, también, me hice una
pregunta ociosa cuyo espantoso significado no cobraría relevancia hasta horas
después.
Otros turistas comenzaban ahora a adelantarnos, y nos dirigimos hacia el
Templo de la Esfinge, devorado por la arena y a unos cuarenta y cinco metros al
sudeste de lo que antes mencioné como la gran puerta de la calzada que lleva a la
capilla mortuoria de la Segunda Pirámide, en la meseta. La mayor parte se
encontraba aún bajo tierra y, a pesar de que desmontamos y descendimos por un
moderno pasadizo, hasta el corredor de alabastro y el salón de columnas, tuve la
impresión de que ni Abdul ni el encargado alemán nos lo habían mostrado todo.
Después de eso, realizamos la consabida visita a la meseta de las pirámides,
examinando la Segunda Pirámide y las peculiares ruinas de su capilla mortuoria,
al este, la Tercera Pirámide y sus satélites en miniatura situados al sur, así como
la capilla a oriente, las tumbas de roca y las excavadas, propias de la Cuarta y
Quinta Dinastía, además de la famosa Tumba de Campbell, cuyo sombrío foso se
precipitaba a lo largo de dieciocho metros hasta un siniestro sarcófago que uno
de nuestros camelleros limpió de la molesta arena tras un vertiginoso descenso
mediante una cuerda.
Después nos perturbaron el griterío en la Gran Pirámide, donde los
beduinos asediaban a un grupo de turistas con ofertas para guiarlos hasta la
cumbre o demostrarles su rapidez mediante solitarios viajes arriba y abajo. Se
dice que el mejor registro de ascenso y descenso está en siete minutos, pero
muchos robustos jeques e hijos de jeques nos aseguraron que podrían reducirlo a
cinco con el adecuado impulso de un generoso baksheesh6. No les suministramos
tal impulso, aunque dejamos que Abdul nos llevase hasta arriba, logrando una
vista de magnificencia sin igual, que incluía no sólo El Cairo, remoto y
resplandeciente, con su coronada ciudadela recortándose contra el telón de fondo
de las colinas violetas y doradas, sino todas las pirámides del distrito menfita,
desde Abu Roash al norte hasta Dashur, al sur. La pirámide escalonada de
Sakkara, que marca la transición de la baja mastaba a la verdadera pirámide, se
divisaba clara y seductoramente en la arenosa distancia. Fue cerca de ese
monumento de transición donde se descubrió la afamada Tumba de Perneb, más
de 640 kilómetros al norte del pétreo valle tebano donde duerme Tutankamon.
De nuevo, el temor puro me obligó a guardar silencio. La perspectiva de una
antigüedad tal, así como los secretos que cada añoso monumento parecía guardar
y atesorar, me henchían de un sentido de reverencia e inmensidad como nada
más en este mundo podría haber logrado.
Fatigados por el ascenso, y disgustado por los inoportunos beduinos,
cuyos actos parecían violar todas las reglas del buen gusto, obviamos la fatigosa
entrada a los estrechos pasadizos inferiores de las pirámides, aunque vimos a
algunos de los turistas más avezados preparándose para el sofocante reptar a
través del más poderoso monumento de Kéops. Una vez que despedimos y
gratificamos a nuestra escolta local, y cuando cabalgábamos de vuelta a El Cairo,
en compañía de Abdul Reis, medio lamentábamos ya nuestra omisión. Se
contaban cosas fascinantes acerca de pasajes inferiores de las pirámides, no
consignados en las guías, pasajes cuyos accesos habían sido apresuradamente
bloqueados y ocultos por ciertos arqueólogos que los habían descubierto y
comenzado a explorar, y que ahora no decían palabra acerca del asunto. Por
supuesto, tales rumores carecían por completo de base, pero resultaba curioso ver
con cuanta insistencia se prohibía a los visitantes entrar de noche en las
pirámides, o recorrer los pasadizos más inferiores, así como la cripta de la Gran
Pirámide. Quizás en este último caso eso se debía al temor al efecto psicológico;
el que el visitante pudiera sentirse atrapado bajo un gigantesco mundo de sólidos
sillares, enlazado con el mundo cotidiano mediante ese simple pasadizo por el
que sólo podía arrastrarse y que cualquier accidente o atentado podía obturar.
Todo aquello nos parecía tan asombroso y fascinante que decidimos rendir una
nueva visita a la meseta de las pirámides a la primera ocasión. Pero tal
oportunidad llegó mucho antes de lo que yo esperaba.
Esa tarde, los miembros de nuestro grupo se encontraban bastante
fatigados después del agotador programa del día, así que me fui a solas con
Abdul Reis a dar un paseo por el pintoresco barrio árabe. Aunque ya lo había
visitado a la luz del día, deseaba estudiar las callejas y los bazares en la
oscuridad, cuando sombras enriquecidas y resplandores añejos podrían añadirle
encanto e ilusión fantástica. Había menos gente, pero aún era abundante y
ruidosa, cuando nos topamos con un una banda de bulliciosos beduinos en el
SukenNahhasin, o bazar de los forjadores de latón. Su jefe en apariencia, un
insolente mocetón de pesadas facciones y tarbush insolentemente terciado, se fijó
en nosotros, y evidentemente reconoció, sin grandes muestras de amistad, a mi
competente pero despectivo y desdeñoso guía. Quizás, pensé, no le gustaba esa
extraña reproducción de la media sonrisa de la Esfinge que yo también había
notado con divertida irritación, o puede que le disgustase la resonancia profunda
y sepulcral de la voz de Abdul. De cualquier forma, el ancestral cambio de
epítetos oprobiosos se hizo sumamente enconado y, antes de mucho tiempo, Ali
Ziz, pues así oí llamar al desconocido, cuando no se le aplicaba un apelativo
peor, comenzó a tironear violentamente de la vestimenta de Abdul; una acción
que tuvo pronta réplica, llevando a un violento altercado en el que ambos
combatientes perdieron sus sempiternos tocados y en el que hubieran terminado
en estado aún más calamitoso de no haber mediado yo mismo, separándolos por
la fuerza.
Mi interposición, al principio mal recibida por ambas partes, logró
finalmente establecer una tregua. Sombríamente, cada beligerante recompuso su
talante y vestimenta, y, adoptando una actitud de dignidad tan profunda como
repentina, cerraron un curioso pacto de honor del que pronto supe se trataba de
una costumbre de gran antigüedad en El Cairo; un trato para solventar sus
diferencias mediante una pelea a puñetazos en lo alto de la Gran Pirámide, luego
que se hubiera ido el último turista de los que desean contemplar ésta a la luz de
la luna. Cada luchador iría acompañado por un grupo de padrinos, y el asunto se
solventaría a medianoche mediante asaltos, al modo más civilizado posible. En
todo el planteamiento del asunto había algo que excitaba enormemente mi
interés. La lucha misma prometía ser única y espectacular, mientras que la idea
de esa arcaica construcción dominando la antediluviana de Gizeh bajo la pálida
luna, en esas horas, tocaba cada fibra de la imaginación. Mi ruego encontró a
Abdul sumamente dispuesto a incluirme entre sus padrinos, así que el resto de las
primeras horas de la noche estuve acompañándolo por varios tugurios de las
zonas más marginales de la ciudad -sobre todo al noreste del Ezbekiyeh-, en
donde reunió, uno por uno, a una formidable banda de matones para su cita
pugilística.
Poco después de las nueve, montados en burros que ostentaban nombres
tan reales o con reminiscencias tan turísticas como «Ramsés», «Mark Twain»,
«J. P. Morgan» o «Minnehaha», cruzamos a través del laberinto de calles
orientales y occidentales, atravesamos el Nilo, legamoso y erizado de mástiles,
mediante el puente de los leones de bronce, y cabalgamos filosóficamente, al
medio trote, entre los lebbaksh de la carretera de Gizeh. Empleamos unas dos
horas en el viaje, al final del cual pasamos junto al último de los turistas de
vuelta, saludamos al último tranvía y nos encontramos a solas con la noche y el
pasado y la luna espectral.
Entonces vimos la inmensa pirámide al fondo de la avenida,
necrófilamente aureolada por una débil amenaza de la que no creo haberme
percatado a la luz del día. Aún la más pequeña de todas parecía dejar entrever un
atisbo de espanto; ya que, ¿no era en esa misma donde enterraron viva a la reina
Nitokris en tiempos de la Sexta Dinastía; la taimada reina Nitokris, que en cierta
ocasión invitó a todos sus enemigos a una fiesta en un templo, situado a un nivel
inferior al del Nilo, y los ahogó a todos abriendo las compuertas? Recordé que
los árabes murmuraban cosas acerca de Nitokris y evitaban la Tercera Pirámide
durante ciertas fases de la luna. Thomas Moore debía estar pensando en ella
cuando transcribió algo que murmuraban los barqueros menfitas.
La ninfa subterránea que habita
entre gemas sombrías y glorias ocultas...
¡La dama de la Pirámide!

Pronto como era, Ali Ziz y los suyos ya se nos habían adelantado, puesto
que vimos a sus burros silueteados contra la meseta desierta de Kafr-el-Haram,
hacia el mísero asentamiento árabe, cerca de la Esfinge, hacia el que nos
encaminábamos, en lugar de seguir la carretera principal hacia el Mena House,
donde algunos de los adormilados e ineficaces policías podían habernos avistado
y detenido. Aquí, donde cochambrosos beduinos albergan a sus camellos y sus
burros en las tumbas rocosas de los cortesanos de Kefrén, fuimos a través de
rocas y arenas hacia la Gran Pirámide, cuyas caras consumidas por el tiempo ya
remontaban ansiosamente los árabes, con Abdul Reis ofreciéndome una
asistencia que no necesitaba.
Como bien sabe la mayoría de los viajeros, hace mucho tiempo que
desapareció la cúspide de esta estructura, dejando una plataforma razonablemente
plana de unos doce metros de lado. En este espeluznante pináculo se formó un
círculo y, a los pocos instantes, la burlona luna observaba un combate que, a
juzgar por los gritos de los espectadores, podría haber transcurrido en cualquier
club menor atlético de Estados Unidos. Mientras observaba, sentí que algunas de
nuestras menos deseables costumbres no faltaban allí, puesto que cada golpe,
cada finta y cada parada traslucían la palabra «amaño» a un ojo como el mío, no
del todo inexperto. Enseguida finalizó la lucha, y a pesar de mi disgusto ante los
métodos, no pude por menos que sentir una especie de orgullo de patrocinador
cuando proclamaron vencedor a Abdul Reis.
La reconciliación fue asombrosamente rápida, y entre los cánticos,
confraternización y libaciones consiguientes, me resultó difícil de creer que
hubiera tenido lugar una riña. Bastante extrañado, creí ser yo mismo el centro de
atención de los antagonistas y, gracias a mis ligeros conocimientos de árabe,
juzgué que se encontraban discutiendo mis habilidades profesionales, así como
sobre mis fugas de toda clase de grilletes y encierros, en un tono que indicaba no
sólo un sorprendente conocimiento, sino una clara hostilidad y escepticismo en
todo lo tocante a mis hazañas de escapismo. Poco a poco comencé a percatarme
de que la antigua magia de Egipto no se había esfumado sin dejar rastro, y que
fragmentos de una tradición extraña y secreta, y de ciertas practicas sacerdotales
habían subsistido subrepticiamente entre los fellahs, hasta el extremo de que las
habilidades de un «hahwi» o mago extranjero eran tomadas a mal y rechazadas.
Pensé en cuánto me recordaba Abdul, mi guía de voz grave, a los viejos
sacerdotes egipcios o a los faraones, o a la sonriente esfinge... y no pude por
menos que maravillarme.
De repente tuvo lugar algo que, en un instante, probó lo correcto de mis
reflexiones y me hizo maldecir la necedad de haber aceptado los sucesos de la
noche como otra cosa que no fuera un vacío y malicioso disfraz que en esos
momentos demostraba ser. Sin previo aviso, y sin duda en respuesta a algún sutil
signo de Abdul, la banda entera de beduinos se precipitó sobre mí y, echando
mano a fuertes sogas, enseguida me ataron y afirmaron como nunca en mi vida,
dentro o fuera del escenario. Al principio me debatí, pero pronto me di cuenta
que ningún hombre puede hacer frente a unos veinte bárbaros vigorosos. Mis
manos se encontraban atadas a la espalda, mis rodillas dobladas al máximo, y las
muñecas y los tobillos atadas con cordeles imposibles de hacer ceder. Apretaron
una mordaza sobre mi boca, y aseguraron una ajustada venda sobre mis ojos.
Luego, mientras los árabes me cargaban sobre sus hombros y comenzaban un
ajetreado descenso de la pirámide, oí burlarse a mi guía Abdul, que se mofaba y
reía a gusto con su voz profunda mientras me aseguraba que pronto mis «poderes
mágicos» se enfrentarían a una prueba suprema que rápidamente me despojaría
de cualquier orgullo que pudiera haber conquistado mediante mis triunfos sobre
los retos ofrecidos por América y Europa. Egipto, me recordó, es muy viejo, y
está lleno de misterios interiores y antiguos poderes que no son siquiera
concebibles para los expertos de hoy en día, cuyos ingenios siempre habían
fallado al intentar retenerme.
Cuán lejos o en qué dirección fui transportado, no podría decirlo, ya que,
dadas las circunstancias, me fue imposible formar un juicio ponderado. Sé, no
obstante, que no pudo tratarse de una gran distancia, ya que mis porteadores no
apretaron el paso en ningún momento, no más allá del simple paseo, y cargaron
conmigo un lapso sorprendentemente corto de tiempo. Es esta intrigante
brevedad lo que me hace sentir casi estremecido al pensar en Gizeh y en su
meseta, ya que uno se ve agobiado por la sospecha de la cercanía entre las rutas
turísticas cotidianas y algo que ya existía entonces y que aún debe seguir
existiendo..
La maligna anormalidad de la que hablo no se manifestó al principio.
Depositándome sobre una superficie que reconocí como arena y no piedra, mis
captores pasaron una cuerda por mi pecho y me arrastraron unos cuantos metros
hasta una abertura desigual del suelo, por la que luego me bajaron mano sobre
mano, sin mayores miramientos. A lo largo de lo que me parecieron eones fui
golpeando contra los pétreos e irregulares costados de un estrecho pozo tallado
que tomé por una de las numerosas fosas sepulcrales de la meseta hasta que la
prodigiosa profundidad, casi increíble, dieron por tierra con tal conjetura.
El horror de la experiencia se acentuaba a cada segundo de descenso.
Que una bajada a través de pura roca sólida pudiera ser tan larga sin llegar al
mismo núcleo del planeta, y que una cuerda fabricada por el hombre pudiera ser
tan larga como para descolgarme a esas profundidades aparentemente
insondables e impías, resultaba tan difícil de creer que estaba más dispuesto a
dudar de mis alterados sentidos que a aceptar aquello. Aun ahora no estoy del
todo convencido, ya que sé cuán incierta se vuelve la medida del tiempo cuando
una o más de las percepciones o condiciones habituales de vida se ven agitadas o
distorsionadas. Pero estoy bastante seguro de que mantuve la consciencia hasta
cierto punto, que al menos no añadí ningún desmesurado fantasma de la
imaginación a un panorama ya bastante horripilante de por sí, y que todo resulta
explicable por algún tipo de ilusión cerebral muy distinto de la verdadera
alucinación.
Pero todo esto no fue la causa de mi primer desvanecimiento. La
estremecedora ordalía tuvo lugar gradualmente, y el aviso de terrores posteriores
llegó del sensible incremento en el ritmo del descenso. Estaban largando ahora
muy rápido esa cuerda infinitamente larga, y yo me rozaba cruelmente contra las
paredes del pozo, ásperas y angostas, mientras descendía a enloquecida
velocidad. Mi ropa estaba destrozada y, a pesar del dolor creciente e
insoportable, sentía resbalar la sangre por todo mi cuerpo. Mi olfato, además, se
veía asaltado por una amenaza apenas definida; un insidioso hedor a húmedo y
pútrido que, curiosamente, no se parecía a nada que hubiera olido antes y que me
traía ligeras reminiscencias de especias e inciensos, lo que le añadía un toque de
burla.
Entonces sucedió el cataclismo mental. Era horrible, espantoso más allá
de cualquier descripción coherente, ya que pertenecía por completo al terreno
anímico, y no a nada que se pueda detallar o describir. Era el éxtasis de la
pesadilla y la consumación de lo diabólico: en un instante yo descendía
agónicamente por ese estrecho pozo que me torturaba como si tuviera un millón
de dientes, y al momento siguiente me remontaba con alas de murciélago a través
de las simas del infierno, para caer suelto y balanceándome a través de
ilimitables kilómetros de espacio mohoso y sin fin, alzándome vertiginosamente
hasta inconmensurables pináculos de gélido éter, luego cayendo boqueando hacia
nadires de ponzoñosos y nauseabundos vacíos inferiores... ¡Doy gracias a Dios
por la merced del desmayo que me liberó de aquellas desgarradoras Furias que
rasgaban mi conciencia y que medio habían quebrado mis facultades,
destrozando como arpías mi espíritu! Esta liberación, corta como fue, me dio la
fuerza y la cordura para resistir aquellas cumbres de pánico cósmico aún mayores
que me acechaban y reclamaban en el camino por recorrer.

II

Tras aquel espantoso vuelo a través de los espacios estigios, recobré los
sentidos lentamente. El proceso fue infinitamente aterrador y coloreado por
fantásticos sueños en los que mi situación, atado y amordazado, cobraron
singular materialidad. La naturaleza precisa de tales sueños me resultaba muy
clara en tanto que los sufría, pero se borraron de mi memoria casi
inmediatamente después, quedando reducidas en poco a simples esbozos por los
terribles sucesos -reales o imaginarios- que siguieron. Soñé que me encontraba
preso de una garra enorme y horrible; una zarpa amarilla, peluda, de cuatro uñas,
que había brotado de la tierra para estrujarme y engullirme. Y cuando me detuve
a reflexionar sobre aquella zarpa, me pareció que se trataba de Egipto. En aquel
sueño repasé los eventos de semanas previas y me vi a mi mismo atraído y
enredado poco a poco, sutil e insidiosamente, por algún maligno espíritu infernal
procedente de la más antigua hechicería del Nilo; algún espíritu que moraba en
Egipto antes que el hombre y que seguirá allí cuando el hombre ya haya
desaparecido.
Vi el horror y la malsana antigüedad de Egipto, y la espantosa alianza
que siempre ha mantenido con las tumbas y los templos de la muerte. Vi
fantasmales procesiones de sacerdotes con cabezas de toros, halcones, gatos e
íbices; fantasmales procesiones marchando sin fin a través de laberintos
subterráneos y avenidas de titánicos propileos junto a los cuales el hombre es
como una mosca, ofreciendo indescriptibles sacrificios a dioses inconcebibles.
Colosos de piedra desfilaban en la noche sin fin y guiaban a rebaños de risueñas
androsfinges7 a lo largo de orillas de infinitos ríos de pez estancada. Y tras todo
ello vi la nefanda malignidad de la necromancia primigenia, negra y amorfa y
manoseando codiciosamente a mi espalda en la oscuridad, tratando de ahogar al
espíritu que había osado burlarse de ella emulándola. En mi adormecido cerebro
tomó forma un melodrama de siniestro odio y persecución, y vi el alma negra de
Egipto eligiéndome y reclamándome con inaudibles susurros, llamándome y
tentándome, atrayéndome con el encanto y el resplandor de la faz sarracena, pero
al tiempo empujándome constantemente hacia abajo, hacia las catacumbas de
enloquecedora antigüedad y los horrores de su corazón faraónico, muerto y
abismal.
Entonces los rostros del sueño tomaron forma y vi a mi guía Abdul Reis
con ropas de rey, con la despectiva sonrisa de la Esfinge en el rostro. Y
comprendí que tales facciones eran las de Kefrén el Grande, que edificó la
Segunda Pirámide, cincelando el rostro de la Esfinge a semejanza del suyo
propio y construyendo el titánico templo de entrada del que los arqueólogos
suponen que cuenta con una multitud de corredores abiertos bajo la críptica arena
y la callada roca. Y contemplé la mano larga y delgada de Kefrén; la mano larga,
delgada, rígida, tal y como la había visto en la estatua de diorita del Museo de El
Cairo -la estatua encontrada en el terrible templo de entrada- y me maravillé de
no haber gritado cuando la vi en Abdul Reis... ¡Esa mano! Era odiosamente fría y
me estrujaba, tenía el frío y la rigidez del sarcófago... la frialdad y la opresión del Egipto inmemorial... era el Egipto mismo, nocturno y necropolitano... la zarpa
amarilla... y se cuentan tales cosas de Kefrén...
Pero en ese momento comencé a despertar o, al menos, a alcanzar un
estado menos profundo de sueño. Recordé la pelea en lo alto de la pirámide, a los

traicioneros beduinos y su ataque, el espantoso descenso mediante cuerda a
través de interminables profundidades de roca, y mi loca caída y bamboleo en un
vacío helado, saturado de aromática putrefacción. Noté que en esos instantes
yacía sobre un suelo de roca húmeda y que mis ataduras aún me mordían las
carnes con fuerza terrible. Hacía mucho frío, y creí notar una débil corriente de
aire maloliente soplando sobre mí. Los cortes y las magulladuras sufridos por
culpa de las dentadas paredes del pozo de roca me hacían sufrir a más no poder,
el dolor incrementado hasta una agudeza punzante o ardiente por alguna violenta
cualidad de la débil corriente, y el simple acto de rodar sobre mí mismo fue
suficiente para que toda la osamenta me latiera con indecible agonía. Mientras
giraba, sentí que tiraban desde arriba, y supuse que la cuerda con la que me
habían bajado alcanzaba incluso hasta la superficie. No tenía idea de si los árabes
seguían sujetándola o no, ni tampoco podía suponer cuán abajo me hallaba en el
seno de la tierra. Sí sabía que la oscuridad circundante era total o casi total, ya
que ningún resplandor de luna atravesaba la venda de mis ojos, pero no me fiaba
tanto de mis sentidos como para admitir como evidencia de la extrema
profundidad a la que me hallaba la sensación de largo tiempo que había
caracterizado a mi descenso.
Sabiendo al menos que me encontraba en un lugar de amplitud
considerable, habiendo llegado allí desde la superficie por una abertura en la
piedra, situada directamente encima, conjeturé con muchas prevenciones que mi
prisión podría ser quizás la capilla de entrada del viejo Kefrén -el Templo de la
Esfinge-, quizás en algún pasillo que los guías no me habían mostrado durante mi
visita matutina y del que fácilmente podría escapar si lograba encontrar el
camino hasta el acceso cerrado. Podría tratarse de un paseo por un laberinto, pero
no sería peor que otros que había vencido en tiempos pasados. El primer paso
consistía en librarme de mis ataduras, mordaza y venda, y sabía que esto no
constituiría un gran problema, ya que expertos mejores que los árabes habían
intentado cada clase conocida de trabas sobre mi persona a lo largo de mi larga y
variada carrera como escapista, y mis métodos nunca me fallaron.
Entonces se me ocurrió que los árabes podían estar decididos a
esperarme y atacarme a la entrada, dada la certeza de mi probable escapatoria de
las ataduras, y esto sucedería si agitaba la cuerda que probablemente tenían entre
sus manos. Esto, por supuesto, podía casar con el hecho de que el lugar de mi
confinamiento fuera, en efecto, el Templo de la Esfinge de Kefrén. La abertura,
directamente en el techo, dondequiera que se encontrase, no podía estar muy
lejos de la moderna entrada ordinaria, cerca de la Esfinge, aunque en verdad se
encontrara a tan gran distancia de la superficie, ya que el área total conocida no
era ni mucho menos tan enorme. No me había percatado de ningún acceso
durante mi visita diurna, pero ya sabía que tales cosas suelen verse fácilmente
bloqueadas por las arenas amontonadas. Pensando en esos asuntos, yaciendo
caído y atado en el suelo de roca, casi olvidé el horror del descenso abismal y el
cavernoso bamboleo que habían acabado sumiéndome en la inconsciencia. Mi
pensamiento, en esos instantes, estaba puesto en burlar a los árabes y, en
consecuencia, decidí liberarme tan rápido como me fuera posible, evitando
tirones a la cuerda que traicionarían un eficaz o problemático intento de soltarme.
Tal cosa, no obstante, era más fácil de decidir que de hacer. Algunos
tanteos preliminares dejaron claro que poco podía hacerse sin una considerable
agitación, y no me sorprendí cuando, tras una contorsión especialmente enérgica,
comencé a sentir las vueltas de cuerda suelta que se iban apilando sobre y en
torno a mí. Obviamente, pensé, los beduinos habían sentido mis movimientos,
soltando su extremo de la soga y apresurándose sin duda a alcanzar la verdadera
entrada del templo, dispuestos a aguardarme allí con intenciones asesinas. La
perspectiva no era halagüeña, pero había afrontado en tiempos situaciones peores
sin amilanarme, y tampoco me iba a acobardar ahora. Por el momento, lo
primero que debía hacer era librarme totalmente de mis ataduras, y luego confiar
en mi ingenio para huir sano y salvo del templo. Es curioso cuán implícitamente
había llegado a creerme en el viejo templo de Kefrén, bajo la Esfinge, a escasa
profundidad bajo tierra.
Pero tal creencia se hizo añicos, y cada previa aprensión de preternatural
profundidad y demoníaco misterio se vieron revividas por una circunstancia que
ganó en horror y significado mientras formulaba mi plan de acción. He dicho que
la cuerda, al caer, iba apilándose sobre y en torno a mí. Ahora noté que seguía
amontonándose en una forma que no sería posible en una cuerda de longitud
normal. Ganaba en velocidad y enseguida se convirtió en una avalancha de
cáñamo, amontonándose y medio enterrándome bajo aquellas vueltas que con
tanta rapidez se multiplicaban. Pronto me vi completamente sumergido e
inmovilizado. Mis sentidos vacilaban nuevamente y en vano traté de ahuyentar
una amenaza terrible e ineluctable. No se trataba tan sólo de que estaba siendo
torturado más de lo que un ser humano puede soportar -no era sólo que pareciera
que me estaban arrancando lentamente la vida y el aliento-, sino también el
conocimiento de lo que esa antinatural longitud de soga significaba, y la
conciencia de que me encontraba en esos instantes rodeado de desconocidos e
incalculables abismos subterráneos. Mi interminable descenso y mi bamboleante
vuelo a través de fantasmales espacios, por tanto, debían haber sido hechos
reales, y en aquellos momentos debía yacer inerte en el seno de alguna
indescriptible caverna, situada cerca del corazón del planeta. Esa repentina
confirmación de tal horror supremo me resultó insoportable, y por segunda vez
me sumí en una misericordiosa inconsciencia.
Cuando digo inconsciencia, no me refiero a que estuviera a salvo de los
sueños. Por el contrario, mi ausencia del mundo consciente se vio marcada por
visiones del más supremo espanto. ¡Dios Mío!... si al menos no hubiera leído
tanta egiptología antes de venir a esta tierra que es la cuna de toda oscuridad y
terror! Este segundo desmayo colmó de nuevo mi mente adormecida con la
estremecedora comprensión del país y sus arcaicos secretos, y, de una desdichada
forma, mis sueños versaron acerca de las antiguas nociones de muerte ysu
supervivencia en cuerpo y alma más allá de aquellas misteriosas tumbas que eran
más bien residencias que sepulturas. Recordé, mediante formas oníricas de las
que es mejor no hablar, la peculiar y elaborada construcción de los sepulcros
egipcios, y las terroríficas doctrinas, desaforadamente peculiares, que
determinaron su construcción.
Lo único en lo que esa gente pensaba era en la muerte y en los muertos.
Concebían una resurrección literal del cuerpo, lo que les llevaba a momificarlo
con extremo cuidado, preservando todos los órganos vitales en jarras junto al
cadáver; además de que creían que, aparte del cuerpo, existían otros dos
elementos: el alma, que tras ser pesada y aprobada por Osiris moraba en el
Paraíso, y el oscuro y portentoso ka, o principio vital, que vagaba en una forma
terrible por los mundos superiores e inferiores, pidiendo acceso ocasional al
cuerpo conservado, consumiendo las ofrendas de alimentos dispuestas por los
sacerdotes y los allegados más píos en la capilla mortuoria y, a veces -según se
murmuraba- ocupando su cuerpo, o el doble en madera que se enterraba siempre
al lado, para vagar de forma terrible en unos periplos peculiarmente repelentes.
Durante miles de años esos cuerpos suntuosamente encerrados
descansaron, mirando con ojos vidriosos cuando no eran visitados por el ka,
esperando el día en que Osiris reuniera a ambos, ka y alma, para guiar a las
rígidas legiones de los muertos desde las subterráneas casas del sueño. Sería un
glorioso renacimiento, pero no todas las almas eran aceptadas, ni todas las
tumbas se mantenían intactas, por lo que tendrían lugar ciertos grotescos errores
y ciertas anomalías diabólicas. Aún hoy en día los árabes murmuran acerca de
impías invocaciones y malsanas sabidurías depositadas en olvidados abismos
inferiores, que sólo alados e invisibles kas, así como momias sin almas, pueden
visitar y abandonar intactos.
Quizá las más impías de las leyendas, capaces de congelar la sangre, son
las tocantes a ciertos perversos productos del sacerdocio decadentes, las momias
compuestas mediante la unión artificial de troncos y miembros humanos con
cabezas de animales, imitando a los dioses antiguos. En todas las épocas
históricas se momificó a los animales sagrados, de forma que los toros, gatos,
íbices, cocodrilos y demás bestias consagradas pudieran regresar algún día a la
suprema gloria. Pero sólo en etapas decadentes se mezclaron humanos y
animales en la misma momia; sólo en la decadencia, cuando ya no entendían los
derechos y las prerrogativas del ka y el alma. No se cuenta qué sucedió con tales
momias compuestas -o, al menos, no se dice-, y es cierto que los egiptólogos no
han encontrado ninguna. Las habladurías de los árabes resultan de lo más
estrafalarias y no pueden ser tenidas en cuenta. Incluso insinúan que el viejo
Kefrén -el de la Esfinge, la Segunda Pirámide y el gran templo de entrada- vive
muy bajo tierra, desposado con la reina-diablo Nitokris y gobernando sobre las
momias que no son hombre ni bestia.
Fue con eso -con Kefrén y su consorte, y con su extraño ejército de
muertos híbridos- con lo que soñé, así que me alegro de que los detalles del
sueño se hayan desvanecido de mi memoria. La más terrible de todas las visiones
estaba conectada con una ociosa pregunta que me había hecho el día anterior
cuando contemplé el gran acertijo tallado en piedra del desierto y me pregunté
sobre a qué desconocidas profundidades podía encontrarse conectado
secretamente el templo cercano. Esta pregunta, tan inocente y caprichosa en el
momento, asumía en el sueño un significado de frenética e histérica demencia...
¿qué inmensa y espantosa anormalidad representaba el rostro original de la
Esfinge?
Mi segundo despertar -si despertar fue- constituye un recuerdo de brutal
espanto sin paralelo con nada que haya experimentado en mi vida -salvo algo que
sucedió después-, y esta vida ha sido pletórica y cargada de más aventuras que la
de la mayoría de los hombres. Recuerdo haber perdido el sentido mientras estaba
siendo sepultado por una cascada de soga que caía, cuya longitud revelaba la
cataclísmica profundidad de mi situación. Ahora, mientras volvían mis sentidos,
sentí el peso y comprendí que, aunque seguía atado, amordazado y con los ojos
vendados, algo había retirado por completo el asfixiante desprendimiento de
cáñamo que antes me había abrumado. La relevancia del hecho, por supuesto,
me asaltó gradualmente, pero, aun así, creo que me hubiera vuelto a desmayar de
nuevo de no encontrarme en ese momento en un estado de agotamiento
emocional tal que ningún nuevo horror podía ya aumentar. Me encontraba a
solas... ¿con qué?
Antes de que pudiera torturarme con nuevas reflexiones o hacer
cualquier renovado esfuerzo por librarme de mis ataduras, apareció un nuevo
hecho. Un dolor que antes no había sentido me laceraba en brazos y piernas, y
creí estar cubierto por gran cantidad de sangre seca, más de la que pudiera haber
manado de los cortes y abrasiones del descenso. Asimismo, el pecho parecía
estar sembrado de un centenar de heridas, y pensé que algún ibis titánico y
maligno me había picoteado. Seguramente, el ser que había retirado la soga era
hostil y había comenzado a causarme daños terribles cuando algo le había hecho
desistir. Pero, al tiempo, mis sensaciones eran claramente las contrarias de lo que
podría esperarse. En vez de hundirme en un insondable pozo de desesperación,
me vi armado de coraje y acción ya que ahora sentía que las fuerzas malignas
eran seres físicos a los que un hombre intrépido podía hacer frente.
Con la fuerza que me daba este pensamiento me debatí de nuevo en mis
ataduras, empleando la maña desarrollada a lo largo de toda una vida, que tanto
había brillado entre el resplandor de las candilejas y el aplauso de las multitudes.
Los detalles familiares del proceso comenzaron a absorberme y, dado que me
habían retirado de encima la soga, medio pensé que mi idea acerca de supremos
horrores, después de todo, no era sino alucinación; que nunca hubo una sima
terrible, un abismo insondable o una cuerda sin fin. ¿Me encontraría, al cabo, en
el templo de entrada de Kefrén, bajo la Esfinge, y los traicioneros árabes no me
habrían atacado y torturado mientras yacía inerte? De todas formas, debía
liberarme. Desatarme, quitarme la mordaza y tener los ojos libres para captar
cualquier rayo de luz que pudiera filtrarse desde cualquier origen; entonces
¡disfrutaría combatiendo contra malignos y traidores enemigos!
No sabría decir cuánto tardé en librarme de mis ataduras, pero debió
llevarme más tiempo que en mis actuaciones, ya que me encontraba herido,
agotado y enervado por las experiencias sufridas. Cuando por fin me vi libre y
aspirando profundas bocanadas de aire gélido, húmedo, maligno y hediondo,
tanto más horrible por cuanto ya no contaba con los filtros de la mordaza o la
venda, descubrí que me hallaba demasiado acalambrado y cansado para
moverme. Yací intentando estirar un cuerpo torcido y lacerado durante un
periodo de tiempo imposible de medir, forzando los ojos para captar el
resplandor de cualquier rayo de luz que pudiera ofrecerme un atisbo de mi
posición.
Mi fuerza y flexibilidad fueron recuperándose gradualmente, pero mis
ojos nada captaron. Mientras trastabillaba incorporándome, observé sin demora
en todas direcciones, no encontrando nada que no fuera una oscuridad de ébano,
tan intensa como si aún siguiera vendado de ojos. Probé las piernas,
ensangrentadas bajo los rasgados pantalones, y descubrí que podía caminar,
aunque no sabía en qué dirección ir. Obviamente, no debía vagar al azar, y quizás
así alejarme de la entrada; por tanto, me detuve a sentir la fría y fétida corriente
de aire con olor a natrón, corriente que nunca había dejado de notar. Asumiendo
que el punto del que brotaba debía ser la entrada del abismo, traté de situar esa
orientación y caminar hacia allí sin desviarme.
Había tenido conmigo una caja de cerillas e incluso una pequeña linterna
eléctrica, pero por supuesto que los bolsillos de mi roto y desgarrado atuendo
habían sido hacía mucho vaciados de todos estos pesados artículos. Mientras
caminaba cautelosamente a través de la negrura, la corriente se hizo más fuerte y
ofensiva, hasta que al cabo pude sentirla nada menos que como un chorro
tangible de detestable vapor brotando de alguna abertura como el humo del genio
en la jarra del pescador de aquel cuento oriental. Oriente... Egipto...
¡verdaderamente, esa oscura cuna de la civilización era aún la fuente de horrores
y maravillas indecibles! Cuanto más reflexionaba sobre la naturaleza de este
viento de la caverna, mayor se hacía mi inquietud, ya que, aunque antes, a pesar
de su olor, yo había visto su origen como al menos una pista indirecta para llegar
al mundo exterior, ahora comprendía plenamente que esta enloquecida
emanación no debía tener mezcla ni relación alguna con el limpio aire del
desierto líbico, sino que debía ser vomitada desde siniestros abismos aún más
inferiores. ¡Así pues, yo había estado entonces caminando en la dirección
equivocada!
Tras un instante de reflexión, decidí no volver sobre mis pasos. Lejos de
la corriente no habría forma de orientarse, ya que el suelo, bastamente nivelado,
carecía de cualquier configuración distintiva. Si, no obstante, seguía la extraña
corriente, sin duda conseguiría llegar a una abertura de algún tipo, gracias a cuya
entrada podría quizá contornear los muros hasta el lado opuesto de esta ciclópea
estancia, imposible de recorrer de otra forma. Que podía fracasar, bien lo sabía
yo. Veía que esto no formaba parte del templo de entrada de Kefrén que conocían
los turistas, y me asediaba la idea de que este salón en concreto pudiera ser
desconocido aún para los arqueólogos, y que sólo los curiosos y malignos árabes
que me habían apresado hubieran dado con él. Si tal era el caso, ¿habría alguna
puerta para salir a un lugar conocido o sencillamente al aire libre?
¿Y qué prueba tenía yo, de hecho, de que me encontraba en el templo de
entrada después de todo? Por un momento, mis más estrafalarias especulaciones
volvieron a acosarme y pensé en aquella vívida mescolanza de impresiones:
descenso, suspensión en el aire, la cuerda, mis heridas y los sueños que no podían
ser más que eso, sueños. ¿Acabaría allí mi vida? ¿O, realmente, podría
considerarme afortunado si aquel momento fuera el de mi muerte? No podía
responder a ninguna de tales preguntas, y solamente podía aguardar, hasta que el
hado me redujo por tercera vez a la inconsciencia. Esta vez no hubo sueños, ya
que lo repentino del incidente me alcanzó sin que pudiera formular cualquier tipo
de pensamiento, consciente o inconsciente. Tropecé con un inesperado peldaño
de bajada, en un punto donde la desagradable corriente resultaba lo bastante
fuerte como para ejercer resistencia física, y me precipité de cabeza, por un negro
tramo de grandes peldaños de piedra, hacia un abismo de absoluto espanto.
El que siquiera respirase de nuevo resulta un tributo a la inherente
vitalidad que anima a un organismo humano sano. Suelo recordar esa noche y
sentir un toque de verdadero humor en aquellos repetidos lapsos de
inconsciencia; periodos cuya sucesión no me recuerda sino los toscos
melodramas cinematográficos de la época. Por supuesto, es posible que esos
repetidos lapsos no tuvieran lugar nunca, y que todos los detalles de esta
pesadilla subterránea fueran simplemente debidos a los sueños de un largo coma
que comenzó bajo los efectos de mi descenso a ese abismo y finalizó por obra del
cicatrizante bálsamo del aire exterior y el sol naciente que me encontró tendido
en las arenas de Gizeh ante el rostro de la Gran Esfinge, sardónico y bañado por
el alba.
A ser posible, prefiero esta última explicación; así que me alegré cuando
la policía me dijo que la barrera de acceso al templo de Kefrén había sido
encontrada retirada, y que en una esquina de la zona aún por limpiar existía una
grieta de considerable tamaño. También me alegré cuando los doctores
manifestaron que mis heridas se debían sólo al ataque sufrido, amordazamiento,
descenso, ataduras, caída desde cierta altura -quizás en una depresión del
pasadizo interior del templo-, arrastrarme hasta la barrera exterior y escapar, así
como a otras circunstancias similares... un diagnóstico de lo más tranquilizador.
Y, aun así, sé que debe haber algo más. Tengo demasiado grabado en la memoria
ese descenso como para rechazarlo -y es extraño que nadie haya sido capaz de
encontrar a un hombre que responda a la descripción de mi guía Abdul Reis el
Drogman-, el guía de voz sepulcral que se parecía y sonreía como el rey Kefrén.
Me he apartado de mi narración, quizás con la vaga esperanza de
soslayar el comentario al incidente final; ese incidente que, de todo lo sucedido,
es con mayor certeza una alucinación. Pero he prometido contarlo todo y no voy
a romper tal promesa. Cuando recuperé -o me pareció haber recuperado- mis
sentidos tras esa caída por las negras escaleras de piedra, me encontraba tan a
solas en la oscuridad como antes. El ventoso hedor, ya bastante malo antes,
resultaba ahora demoníaco, aunque para entonces ya me había familiarizado lo
bastante con él como para soportarlo estoicamente. Aturdido, comencé a gatear
hacia la fuente del pútrido viento, y con mis manos ensangrentadas tanteé los
colosales bloques del poderoso pavimento. En una ocasión golpeé con la cabeza
contra un objeto duro y, cuando lo tenté supe que se trataba de una columna - una
columna de un tamaño increíble -, con la superficie cubierta de gigantescos
jeroglíficos cincelados, sumamente perceptibles al tacto. Arrastrándome,
encontré otras columnas inmensas separadas a distancias incomprensibles, y,
repentinamente, mi atención se vio captada por algo que había estado
rondándome el subconsciente desde mucho antes de que mis sentidos conscientes
lo captaran.
De alguna sima, aún más profunda en las entrañas de la tierra, brotaban
ciertos sonidos, rítmicos y definidos, que no se parecían a nada de lo que yo
hubiera oído antes. Supe casi intuitivamente que se trataba de un son muy
antiguo y claramente ceremonial, y mis muchas lecturas de egiptología me
hicieron asociarlo con la flauta, el sambuke, el sistro y el tímpano. En su rítmico
sonar, zumbar, repicar y batir noté un elemento de terror que estaba más allá de
cualquiera de los terrores conocidos en la tierra; un terror peculiarmente
disociado del miedo físico, y que movía a sentir piedad por nuestro planeta, que
alberga en sus profundidades horrores tales como los que debían corresponder a
tales cacofonías egipánicas. Los sones crecían en volumen, y comprendí que se
estaban acercando. Entonces - y quieran los dioses de todos los panteones unidos
preservar mis oídos de algo semejante otra vez - comencé a escuchar, débil y
lejano, las morbosas y milenarias pisadas de seres en marcha.
Resultaba espantoso que pisadas tan diferentes pudieran moverse con tan
perfecto ritmo. El entrenamiento de centenares de años impíos debía subyacer a
esa marcha de las monstruosidades de la tierra más profunda... escabulléndose,
taconeando, pisando, con paso sigiloso, sonoro, crujiente, arrastrándose... y todo
al son de la horrible discordancia de esos burlones instrumentos. Y entonces...
¡Dios mantengaalejado de mi cabeza el recuerdo de esas leyendas árabes! Las
momias sin almas... el lugar de encuentro de los kas errantes... las hordas de
cadáveres faraónicos, malditos por el diablo y muertos hace más de cuarenta
siglos... las momias compuestas conducidas a través de los tremendos abismos de
ónice por el rey Kefrén y su necrófaga reina Nitokris...
Los pasos sonaban cada vez más cerca; ¡el cielo me guarde del sonido de
esos pies y zarpas y pezuñas y patas y garras que comenzaban a perfilarse con
claridad! En la ilimitada extensión del pavimento negro un rayo de luz
relampagueó entre el viento maloliente, y yo me oculté tras la enorme
circunferencia de una ciclópea columna, tratando de huir por un momento del
horror que se albergaba en ese millón de pasos que se encaminaban hacia mí a
través de gigantescos hipóstilos de inhumano espanto y antigüedad fóbica. El
relampagueo aumentó, y el pisoteo y el ritmo disonante crecían a un ritmo
enloquecedor. Al resplandor de la estremecedora luz naranja, surgió tenuemente
una escena de tal espanto pétreo que boqueé por culpa de la pura maravilla, que
se impuso incluso sobre el miedo y la repugnancia. Bases de columnas cuyos
fustes se elevaban fuera del alcance de la visión humana... simples basas de algo
que debía hacer empequeñecer a la Torre Eiffel hasta el nivel de la
insignificancia... jeroglíficos tallados por manos inconcebibles en cavernas donde
la luz del día no debía ser otra cosa que una remota leyenda...
No miraría a los seres en marcha. Eso es lo que desesperadamente resolví
mientras escuchaba su crujiente desplazamiento y sus salitrosos resuellos
imponiéndose sobre la música muerta y el pisar de los muertos. Resultaba
misericordioso que no hablasen... pero, ¡por Dios!, sus enloquecidas antorchas
comenzaban a crear sombras sobre la superficie de esas descomunales
columnas. ¡El cielo los aleje de mí! Los hipopótamos no debieran tener manos
humanas ni portar antorchas... los hombres no debieran tener cabeza de
cocodrilo...
Intenté apartar la cabeza, pero las sombras y los sonidos y el hedor
estaban por doquier. Entonces recordé algo que solía hacer en mitad de las
pesadillas medio conscientes de mi niñez, y comencé a repetir para mis adentros:
«¡Es un sueño! ¡Es un sueño!» Pero no sirvió de nada, y sólo pude cerrar los ojos
y rezar. Al menos, eso es lo que creo haber hecho, porque uno no está nunca
seguro cuando sufre visiones, y yo sé que no pudo tratarse más que de eso. Me
pregunté si podría volver de nuevo al mundo y, a veces, abría furtivamente los
ojos para ver si se podía discernir otra cosa que no fuera el viento de aromática
putrefacción, las columnas interminables y las sombras grotescas y embrujadas
de anormal horror. El chisporroteante resplandor de innumerables antorchas
resultaba ahora cegador y, a no ser que aquel sitio infernal careciera por completo
de muros, habría de ver algún límite o confín pronto. Pero de nuevo tuve que
cerrar los ojos, comprendiendo cuántos de aquellos seres había allí... cerrarlos al
atisbar cierto objeto que caminaba solemne y firmemente sin cuerpo alguno
sobre la cintura.
Un demoníaco y ululante gorgoteo de cadáveres o resonar de muertos
hendió ahora el mismo aire -ese aire de osario, emponzoñando con toques de
nafta y betún- en un concertado coro procedente de la necrófaga legión de
híbridas blasfemias. Mis ojos, perversamente abiertos, contemplaron durante un
instante una visión que ninguna criatura humana podría siquiera imaginar sin
sentir miedo, pánico y extenuación física. Los seres habían desfilado
ceremoniosamente en una dirección, hacia el viento apestoso, donde la luz de las
antorchas mostraban sus cabezas inclinadas -o las cabezas inclinadas de aquellos
que las tenían- en adoración ante una negra, grande y fétida abertura de la que
brotaba el viento, una abertura que llegaba hasta casi fuera de la vista y que yo
podía distinguir flanqueada por dos gigantescas escalinatas en ángulo recto cuyo
final alcanzaba las sombras. Una de ésas, sin duda, era la escalinata de la que yo
me había caído.
Las dimensiones del agujero eran totalmente acordes con las de las
columnas; una casa ordinaria se hubiera perdido allí, y cualquier edificio público
normal habría podido ser desplazado fácilmente a través de él. Era una superficie
tan inmensa que sólo moviendo los ojos podía uno tomar nota de sus límites -tan
vasta, tan odiosamente negra, tan aromáticamente apestosa-. Justo enfrente de
esta bostezante puerta polifémica, los seres arrojaban objetos, evidentemente
sacrificios u ofrendas religiosas, a juzgar por sus gestos. Kefrén era su líder, el
rey Kefrén o el guía Abdul Reis, sonriendo con desprecio, coronado con un
dorado pshent y entonando interminables fórmulas con la profunda voz de los
muertos. A su lado se arrodillaba la hermosa reina Nitokris, a la que vi de perfil
un momento, percatándome de que la parte derecha de su rostro había sido
devorado por ratas u otros seres necrófagos. Y cerré de nuevo los ojos cuando vi
qué objetos arrojaban a la fétida abertura o a la posible deidad que albergaba.
Se me ocurrió que, a juzgar por lo elaborado de esta adoración, la oculta
deidad debía ser de considerable importancia. ¿Se trataría de Osiris o Isis, Horus
o Anubis, o de algún inmenso Dios desconocido de los Muertos, aún más
importante y supremo? Existe una leyenda que dice que terribles altares y
colosos fueron levantados en honor de un Dios Desconocido antes de que los
conocidos fueran adorados...
Y entonces, mientras me aplicaba a observar la arrebatada y sepulcral
adoración que prestaban aquellos seres indescriptibles, se me ocurrió una forma
de escapar. La estancia se encontraba en penumbras y las columnas estaban en
sombras.
Estando todas y cada una de esas criaturas de la multitud de pesadilla
sumidas en estremecedores arrebatos de adoración, me sería posible reptar hasta
alcanzar una de las escalinatas y remontarla sin ser visto, confiando después en la
suerte y en mi habilidad como escapista para manejarme en niveles superiores.
Dónde estaba, ni lo sabía ni había pensado mucho en ello, y por un momento me
resultó divertido planear en serio una escapatoria de algo que sabía que se trataba
de un sueño. ¿Me encontraba en algún lugar oculto y desconocido, en los niveles
inferiores del templo de entrada de Kefrén, el templo que generación tras
generación ha sido persistentemente llamado el Templo de la Esfinge? No podía
conjeturar nada, pero decidí ascender en busca de la vida y la consciencia con
todas mis fuerzas.
Serpenteando boca abajo, comencé la ansiosa travesía hasta alcanzar el
pie de la escalera izquierda, que parecía la más accesible de las dos. No puedo
describir los incidentes y las sensaciones producidas por este reptar, pero pueden
adivinarse cuando se piensa en lo que tuve que presenciar sin poder evitarlo a la
luz de esa maligna luz de antorcha, agitada por el viento, para prevenir el ser
avistado. El final de la escalera estaba, como he dicho, sumido muy lejos entre
las sombras, así que debía subir sin recurva hasta el vertiginoso rellano colgante
sobre la titánica abertura. Esto situaba las últimas etapas de mi reptar a cierta
distancia del ruidoso rebaño, aunque el espectáculo ya me estremecía a pesar de
lo lejos que estaba a mi derecha.
Finalmente, conseguí alcanzar los peldaños y comenzar el ascenso,
manteniéndome pegado al muro, en el que observé decoraciones del tipo más
espantoso, confiando mi seguridad al absorto y extático interés con que las
monstruosidades observaban la abertura, en la que se alborotaba el aire, y los
impíos objetos alimenticios que habían arrojado al pavimento que había ante ella.
Dado que la escalinata era inmensa y empinada, construida con inmensos
bloques de pórfido, como diseñados para pasos de gigante, el ascenso me resultó
virtualmente interminable. El temor a ser descubierto y el dolor, puesto que este
nuevo ejercicio había reabierto mis heridas, se combinaban para hacer de mi
reptar hacia arriba algo de recuerdo agónico. Había decidido, al llegar arriba,
subir inmediatamente por cualquier escalera ascendente que pudiera arrancar de
allí, sin detenerme a echar un último vistazo a los abominables despojos que
arañaban y se doblegaban a veinticinco o treinta metros más abajo; sin embargo,
una repentina repetición de ese atronador gorgoteo de cadáveres o resonar del
coro cadavérico, cuando ya casi había llegado a lo alto de la escalera y delatando
por su ritmo ceremonial que ni había sido yo descubierto ni se había desatado
ninguna alarma, me llevó a detenerme y escudriñar cautelosamente sobre el
parapeto.
Las monstruosidades estaban aclamando a algo que había salido de la
nauseabunda abertura para apoderarse del infernal presente. Era algo pesado, aun
visto desde mi altura, algo amarillento y peludo, dotado de una especie de
nervioso movimiento. Era tan grande, quizás, como un hipopótamo de buen
tamaño. Parecía no tener cuello, pero cinco cabezas separadas y peludas brotaban
en fila de un tronco burdamente cilíndrico; la primera muy pequeña, la segunda
bastante grande, la tercera y la cuarta iguales, las más grandes de todas, y la
quinta bastante pequeña, aunque no tanto como la primera. De esas cabezas
salían a gran velocidad curiosos tentáculos rígidos que aferraban ansiosamente
las desmesuradamente grandes cantidades de indescriptible alimento dispuestas
ante la abertura. A veces el ser saltaba y ocasionalmente retrocedía hacia su cubil
de una forma muy extraña. Su medio de locomoción era tan inexplicable que
observé fascinado, deseando que saliera algo más del cavernoso seno de abajo.
Entonces salió... salió, y su visión me hizo dar la vuelta y huir a través de
la oscuridad, hacia la escalera de subida que arrancaba muy cerca; huir
enloquecido por increíbles peldaños y escaleras y rampas, sin que ni la vista
humana ni la lógica me guiaran a través de ellos, en un periplo que debo relegar
al mundo de los sueños por falta de confirmación. Debió tratarse de un sueño, o
el alba nunca me hubiera hallado respirando en las arenas de Gizeh, ante el rostro
sardónico y bañado por la aurora de la Gran Esfinge.
¡La Gran Esfinge! ¡Dios Mío!; esa ociosa pregunta que me hice en la
bendita y soleada mañana del día anterior... ¿qué inmensa y espantosa
anormalidad representaba la talla originaria de la Esfinge? Maldita sea la
visión, sueño o no, que me reveló el horror supremo. El Desconocido Dios de los
Muertos que se relame los labios colosales en el abismo insospechado,
alimentándose de los espantosos bocados de absurdos sin alma que no debieran
existir. El monstruo de las cinco cabezas que salió... el monstruo de las cinco
cabezas, tan grande como un hipopótamo... el monstruo de las cinco cabezas... y
aquello de lo que éstas eran simplemente la garra anterior...
Pero sobreviví, y sé que sólo ha sido un sueño.

***
LOVECRAT Y SUS DISCIPULOS
Under the Pyramids (febrero-marzo de 1924). Colaboración con Harry Houdini.
Primera publicación, Weird Tales, mayo-julio de 1924. Anteriormente llamado
«Imprisoned with the Pharaohs», el título correcto se ha sacado de un artículo de
Lovecraf publicado en The Providente Journal, 3 de marzo de 1924. Únicamente se
conserva la copia impresa.

EL ENGENDRO MALDITO -- AMBROSE BIERCE

Escrito por imagenes 16-05-2008 en General. Comentarios (1)

http://bloodgothic.blogspot.com/2008/05/el-engendro-maldito-ambrose-bierce.html

EL ENGENDRO MALDITO -- AMBROSE BIERCE

El engendro maldito
Ambrose Bierce




I
No siempre se come lo que esta sobre la mesa


A la luz de una vela de sebo colocada en un extremo de una rústica mesa, un hombre leía algo escrito en un libro. Era un viejo libro de cuentas muy usado y, al parecer, su escritura no era demasiado legible porque a veces el hombre acercaba el libro a la vela para ver mejor. En esos momentos la mitad de la habitación quedaba en sombra y sólo era posible entrever unos rostros borrosos, los de los ocho hombres que estaban con el lector. Siete de ellos se hallaban sentados, inmóviles y en silencio, junto a las paredes de troncos rugosos y, dada la pequeñez del cuarto, a corta distancia de la mesa. De haber extendido un brazo, cualquiera de ellos habría rozado al octavo hombre que, tendido boca arriba sobre la mesa, con los brazos pegados a los costados, estaba parcialmente cubierto con una sábana. Era un muerto.
El hombre del libro leía en voz baja. Salvo el cadáver todos parecían esperar que algo ocurriera. Una serie de extraños ruidos de desolación nocturna penetraba por la abertura que hacía de ventana: el largo aullido innombrable de un coyote lejano; la incesante vibración de los insectos en los árboles; los gritos extraños de las aves nocturnas, tan diferentes del canto de los pájaros durante el día; el zumbido de los grandes escarabajos que vuelan desordenadamente, y todo ese coro indescifrable de leves sonidos que, cuando de golpe se interrumpe, creemos haber escuchado sólo a medias, con la sospecha de haber sido indiscretos.
Pero nada de esto era advertido en aquella reunión; sus miembros, según se apreciaba en sus rostros hoscos con aquella débil luz, no parecían muy partidarios de fijar la atención en cosas superfluas.
Sin duda alguna eran hombres de los contornos, granjeros y leñadores.
El que leía era un poco diferente; tenía algo de hombre de mundo, sagaz, aunque su indumentaria revelaba una cierta relación con los demás. Su ropa apenas habría resultado aceptable en San Francisco; su calzado no era el típico de la ciudad, y el sombrero que había en el suelo a su lado (era el único que no lo llevaba puesto) no podía ser considerado un adorno personal sin perder todo su sentido. Tenía un semblante agradable, aunque mostraba una cierta severidad aceptada y cuidada en función de su cargo. Era el juez, y como tal se hallaba en posesión del libro que había sido encontrado entre los efectos personales del muerto, en la misma cabaña en que se desarrollaba la investigación.
Cuando terminó su lectura se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. En ese instante la puerta se abrió y entró un joven. Se apreciaba claramente que no había nacido ni se había educado en la montaña: iba vestido como la gente de la ciudad. Su ropa, sin embargo, estaba llena de polvo, ya que había galopado mucho para asistir a aquella reunión.
Solamente el juez le hizo un breve saludo.
—Le esperábamos —dijo—. Es necesario acabar con este asunto esta misma noche.
—Lamento haberles hecho esperar —dijo el joven, sonriendo—. Me marché, no para eludir su citación, sino para enviar a mi periódico un relato de los hechos como el que supongo quiere usted oír de mí.
El juez sonrió.
—Ese relato tal vez difiera del que va a hacernos aquí bajo juramento.
—Como usted guste —replicó el joven enrojeciendo con vehemencia—. Aquí tengo una copia de la información que envié a mi periódico. No se trata de una crónica, que resultaría increíble, sino de una especie de cuento. Quisiera que formara parte de mi testimonio.
—Pero usted dice que es increíble.
—Eso no es asunto suyo, señor juez; sí, yo juro que es cierto.
El juez permaneció en silencio durante un rato, con la cabeza inclinada. El resto de los asistentes charlaba en voz baja sin apartar la mirada del rostro del cadáver. Al cabo de unos instantes el juez alzó la vista y dijo:
—Continuemos con la investigación.
Los hombres se quitaron los sombreros y el joven prestó juramento.
—¿Cuál es su nombre? —le preguntó el juez.
—William Harker.
—¿Edad?
—Veintisiete años.
—¿Conocía usted al difunto Hugh Morgan?
—Sí.
—¿Estaba usted con él cuando murió?'
—Sí, muy cerca.
—Y ¿cómo se explica ... ? Su presencia, quiero decir.
—Había venido a visitarle para ir a cazar y a pescar. Además, también quería estudiar su tipo de vida, tan extraña y solitaria. Parecía un buen modelo para un personaje de novela. A veces escribo cuentos.
—Y yo a veces los leo.
—Gracias.
—Cuentos en general, no me refería sólo a los suyos.
Algunos de los presentes se echaron a reír.
En un ambiente sombrío el humor se aprecia mejor. Los soldados ríen con facilidad en los intervalos de la batalla, y un chiste en la capilla mortuoria, sorprendentemente, suele hacernos reír.
—Cuéntenos las circunstancias de la muerte de este hombre —dijo el juez—. Puede utilizar todas las notas o apuntes que desee.
El joven comprendió. Sacó un manuscrito del bolsillo de su chaqueta y, tras acercarlo a la vela, pasó las páginas hasta encontrar el pasaje que buscaba. Entonces empezó a leer.



II
Lo que puede ocurrir en un campo de avena silvestre


«... apenas había amanecido cuando abandonamos la casa. Íbamos en busca de codornices, cada uno con su escopeta, y nos acompañaba un perro. Morgan dijo que la mejor zona estaba detrás de un cerro, que señaló, y que cruzamos por un sendero rodeado de arbustos. Al otro lado el terreno era bastante llano y espesamente cubierto de avena silvestre. Cuando salimos de la maleza Morgan iba unas cuantas yardas por delante de mí. De repente oímos, muy cerca, a nuestra derecha y también enfrente, el ruido de un animal que se revolvía con violencia entre unas matas.
»—Es un ciervo —dije—. Ojalá hubiéramos traído un rifle.
»Morgan, que se había parado a examinar los arbustos, no dijo nada, pero había cargado los dos cañones de su escopeta y se disponía a disparar. Parecía algo excitado y esto me sorprendió, pues era célebre por su sangre fría, incluso en momentos de súbito e inminente peligro.
»—Venga —dije—. No esperarás acabar con un ciervo a base de perdigones, ¿verdad?
»No contestó, pero cuando se volvió hacia mí vi su rostro y quedé impresionado por su expresión tensa. Comprendí entonces que algo serio ocurría, y lo primero que pensé fue que nos habíamos topado con un oso. Colgué mi escopeta y avancé hasta donde estaba Morgan.
»Los arbustos ya no se movían y el ruido había cesado, pero mi, amigo observaba el lugar con la misma atención.
»—Pero ¿qué pasa? ¿Qué diablos es? —le pregunté.
»—¡Ese maldito engendro! —contestó sin volverse.
»Su voz sonaba ronca y extraña. Estaba temblando. Iba a decir algo cuando vi que la avena que había en torno al lugar se movía de un modo inexplicable. No sé cómo describirlo. Era como si, empujada por una ráfaga de viento, no sólo se cimbreara sino que se tronchaba y no volvía a enderezarse; y aquel movimiento se acercaba lentamente hacia nosotros.
»Aunque no recuerdo haber pasado miedo, nada antes me había afectado de un modo tan extraño como aquel fenómeno insólito e inenarrable. Recuerdo —y lo saco a colación porque me vino entonces a la memoria— que una vez, al mirar distraídamente por una ventana, confundí un cercano arbolito con otro de un grupo de árboles, mucho más grandes, que estaban más lejos. Parecía del mismo tamaño que éstos, pero al estar más clara y marcadamente definido en sus detalles, no armonizaba con el resto. Fue un simple error de perspectiva pero me sobresaltó y llegó incluso a aterrorizarme. Confiamos tanto en el buen funcionamiento de las leyes naturales que su suspensión aparente nos parece una amenaza para nuestra seguridad, un aviso de alguna calamidad inconcebible. Del mismo modo, aquel movimiento de la maleza, al parecer sin causa, y su aproximación lenta e inexorable resultaban inquietantes. Mi compañero estaba realmente asustado; apenas pude dar crédito a mis ojos cuando le vi arrimarse la escopeta al hombro y vaciar los dos cañones contra el cereal en movimiento. Antes de que el humo de la descarga hubiera desaparecido oí un grito feroz —un alarido como el de una bestia salvaje— y vi que Morgan tiraba su escopeta y, a todo correr desaparecía de aquel lugar. En ese mismo instante fui arrojado al suelo por el impacto de algo que el humo ocultaba, una sustancia blanda y pesada que me embistió con gran fuerza.
»Cuando me puse de pie y recuperé mi escopeta, que me había sido arrebatada de las manos, oí a Morgan gritar como si agonizara. A sus gritos se unían aullidos feroces, como cuando dos perros luchan entre sí. Completamente aterrorizado, me incorporé con gran dificultad y dirigí la vista hacia el lugar por el que mi amigo había desaparecido. ¡Que Dios me libre de otro espectáculo como aquél! Morgan estaba a unas treinta yardas; tenía una rodilla en tierra, la cabeza, con su largo cabello revuelto, descoyuntada espantosamente hacia atrás, y era presa de unas convulsiones que zarandeaban todo su cuerpo. Su brazo derecho estaba levantado y, por lo que pude ver, había perdido la mano. Al menos yo no lo veía. El otro brazo había desaparecido. A veces, tal como ahora recuerdo aquella escena extraordinaria, no podía distinguir más que una parte de su cuerpo; era como si hubiera sido parcialmente borrado (ya sé, es extraño, pero no sé expresarlo e otra forma) y al cambiar de posición volviera a apreciarse de nuevo en su totalidad.
»Debió de ocurrir todo en unos pocos segundos, durante los cuales Morgan, adoptó todas las posturas posibles del obstinado luchador que es derrotado por un peso y una fuerza superiores. Yo sólo le veía a él y no siempre con claridad. Durante el incidente soltaba gritos y profería maldiciones acompañadas de unos rugidos furiosos como nunca antes había oído salir de la garganta de un hombre o una bestia.
»Permanecí en pie por un momento sin saber qué hacer, hasta que decidí tirar la escopeta y correr en ayuda de mi amigo. Creí que estaba sufriendo un ataque o una especie de colapso. Antes de llegar a su lado, le vi caer y quedar inerte. Los ruidos habían cesado pero volví a ver, con un sentimiento de terror como jamás había experimentado, el misterioso movimiento de la avena que se extendía desde la zona pisoteada en torno al cuerpo de Morgan hacia los límites del bosque. Sólo cuando hubo alcanzado los primeros árboles, aparté la vista de aquel insólito fenómeno y miré a mi compañero. Estaba muerto».



III
Un hombre, aunque este desnudo, puede estar hecho jirones


El juez se levantó y se acercó al muerto. Tiró de un extremo de la sábana y dejó el cuerpo al descubierto. Estaba desnudo y, a la luz de la vela, mostraba un color amarillento. Presentaba unos grandes hematomas de un azul oscuro, causados sin duda alguna por las contusiones, y parecía que le habían golpeado en el pecho y los costados con un garrote. Había unas horribles heridas y tenía la piel desgarrada, hecha jirones.
El juez llegó hasta el extremo de la mesa y desató el nudo que sujetaba un pañuelo de seda por debajo de la barbilla hasta la parte superior de la cabeza. Al retirarlo vimos lo que tenía en la garganta. Los miembros del jurado que se habían levantado para ver mejor lamentaron su curiosidad y volvieron la cabeza. El joven Harker fue hacia la ventana abierta y se inclinó sobre el alféizar, a punto de vomitar. Después de cubrir de nuevo la garganta del muerto, el juez se dirigió a un rincón de la habitación en el que había un montón de prendas. Empezó a coger una por una y a examinarlas mientras las sostenía en alto.
Estaban destrozadas y rígidas por la sangre seca. El resto de los presentes prefirió no hacer un examen más exhaustivo. A decir verdad, ya habían visto este tipo de cosas con anterioridad. Lo único que les resultaba nuevo era el testimonio de Harker.
—Señores —dijo el juez—, estas son todas las pruebas que tenemos. Ya saben su cometido; si no tienen nada que preguntar, pueden salir a deliberar.
El presidente del jurado, un hombre de unos sesenta años, alto, con barba y toscamente vestido, se levantó y dijo:
—Quisiera hacer una pregunta, señor. ¿De qué manicomio se ha escapado este testigo?
—Señor Harker —dijo el juez con tono grave y tranquilo—; ¿de qué manicomio se ha escapado usted?
Harker enrojeció de nuevo pero no contestó, y los siete individuos se levantaron y abandonaron solemnemente la cabaña uno tras otro.
—Si ha terminado ya de insultarme, señor —dijo Harker tan pronto como se quedó a solas con el juez—, supongo que puedo marcharme, ¿no es así?
—En efecto.
Harker avanzó hacia la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte. Su sentido profesional era más fuerte que su amor propio. Se volvió y dijo:
—Ese libro que tiene ahí es el diario de Morgan, ¿verdad?. Debe de ser muy interesante porque mientras prestaba mi testimonio no dejaba de leerlo. ¿Puedo verlo? Al público le gustaría...
—Este libro tiene poco que añadir a nuestro asunto—contestó el juez mientras se lo guardaba—; todas las anotaciones son anteriores a la muerte de su autor.
Al salir Harker, el jurado volvió a entrar y permaneció en pie en torno a la mesa en la que el cadáver, cubierto de nuevo, se perfilaba claramente bajo la sábana. El presidente se sentó cerca de la vela, sacó del bolsillo lápiz y papel y redactó laboriosamente el siguiente veredicto, que fue firmado, con más o menos esfuerzo, por el resto:
—Nosotros, el jurado, consideramos que el difunto encontró la muerte al ser atacado por un puma, aunque alguno cree que sufrió un colapso.



IV
Una explicación desde la tumba


En el diario del difunto Hugh Morgan hay ciertos apuntes interesantes que pueden tener valor científico. En la investigación que se desarrolló junto a su cuerpo el libro no fue citado como prueba porque el juez consideró que podría haber confundido a los miembros del jurado. La fecha del primero de los apuntes mencionados no puede apreciarse con claridad por estar rota la parte superior de la hoja correspondiente; el resto expone lo siguiente:

... corría describiendo un semicírculo, con la cabeza vuelta hacia el centro, y de pronto se detenía y ladraba furiosamente. Al final echó a correr hacia el bosque a gran velocidad. En un principio pensé que se había vuelto loco, pero al volver a casa no encontré otro cambio en su conducta que no fuera el lógico del miedo al castigo.
¿Puede un perro ver con la nariz? ¿Es que los olores impresionan algún centro cerebral con imágenes de las cosas que los producen?
2 sept. Anoche, mientras miraba las estrellas en lo alto del cerco que hay al este de la casa, vi cómo desaparecían sucesivamente, de izquierda a derecha. Se apagaban una a una por un instante, y en ocasiones unas pocas a la vez, pero todas las que estaban a un grado o dos por encima del cerco se eclipsaban totalmente. Fue como si algo se interpusiera entre ellas y yo, pero no conseguí verlo pues las estrellas no emitían suficiente luz para delimitar su contorno. ¡Uf! Esto no me gusta nada...

Faltan tres hojas con los apuntes correspondientes a varias semanas.

27 sept. Ha estado por aquí de nuevo. Todos los días encuentro pruebas de su presencia. Me he pasado la noche otra vez vigilando en el mismo puesto, con la escopeta cargada. Por la mañana sus huellas, aún frescas, estaban allí, como siempre. Podría jurar que no me quedé dormido ni un momento —en realidad apenas duermo.
¡Es terrible, insoportable! Si todas estas asombrosas experiencias son reales, me voy a volver loco; y si son pura imaginación, es que ya lo estoy.
3 oct. No me iré, no me echará de aquí. Esta es mi casa mi tierra. Dios aborrece a los cobardes...
5 oct. No puedo soportarlo más. He invitado a Harker a pasar unas semanas. El tiene la cabeza en su sitio. Por su actitud podré juzgar si me cree loco.
7 oct. Ya encontré la solución al misterio. Anoche la descubrí de repente, como por revelación. ¡Qué simple, qué horriblemente simple!
Hay sonidos que no podemos oír. A ambos extremos de la escala hay notas que no hacen vibrar ese instrumento imperfecto que es el oído humano. Son muy agudas o muy graves. He visto cómo una bandada de mirlos ocupa la copa de un árbol, de varios árboles, y cantan todos a la vez. De repente, y al mismo tiempo, todos se lanzan al aire y emprenden el vuelo. ¿Cómo pueden hacerlo si no se ven unos a otros? Es imposible que vean el movimiento de un jefe. Deben de tener una señal de aviso o una orden, de un tono superior al estrépito de sus trinos, que es inaudible para mí. He observado también el mismo vuelo simultáneo cuando todos estaban en silencio, no sólo entre mirlos, sino también entre otras aves como las perdices, cuando están muy distanciadas entre los matorrales, incluso en pendientes opuestas de una colina.
Los marineros saben que un grupo de ballenas que se calienta al sol o juguetea sobre la superficie del océano, separadas por millas de distancia, se zambullen al mismo tiempo y desaparecen en un momento. La señal es emitida en un tono demasiado grave para el oído del marinero que está en el palo mayor o el de sus compañeros en cubierta, que sienten la vibración en el barco como las piedras de una catedral se conmueven con el bajo del órgano.
Y lo que pasa con los sonidos, ocurre también con los colores. A cada extremo del espectro luminoso el químico detecta la presencia de los llamados rayos «actínicos». Representan colores —colores integrales en la composición de la luz— que somos incapaces de reconocer. El ojo humano también es un instrumento imperfecto y su alcance llega sólo a unas pocas octavas de la verdadera «escala cromática». No estoy loco; lo que ocurre es que hay colores que no podemos ver.
Y, Dios me ampare, ¡el engendro maldito es de uno de esos colores!



FIN

ACEITE DE PERRO -- AMBROSE BIERCE

Escrito por imagenes 15-05-2008 en General. Comentarios (12)

ACEITE DE PERRO -- AMBROSE BIERCE

ACEITE DE PERRO
AMBROSE BIERCE

UN PEQUEÑO COMENTARIO: AMBROSE BIERCE, FUE UNA DE ESAS PERSONAS QUE SI HUBIERAN NACIDO CIEN AÑOS ANTES, LO HUBIERAN QUEMADO POR BRUJO, Y POR LAS OBRAS QUE ESCRIBIO, DE MOTE EL AMARGO, FUE ESCRITOR, COLUMNISTA, DIRECTOR DE PERIODICOS, ADEMAS DE INCISIVO CRITICO POLITICO, Y LITERARIO, AMIGO DE LOVECRAFT, QUIEN SE SIRVIO DE ALGUNA DE SUS OBRAS PARA SUS MITOS, HAY CRITICOS DE SU EPOCA, QUE DICEN QUE LOS CUATRO GRANDES DEL TERROR, SON POE,LOVECRAFT,MAUPASSANT, Y BIERCE...
DESAPARECIO A LA EDAD DE 73 AÑOS, EN UNA DE ESTAS DESAPARICIONES MAS ESTRAÑAS DE LA EPOCA, IBA A WASINGTON, A RECORRER LOS SITIOS EN DONDE PASO LA GUERRA, Y LO ULTIMO QUE SE SABE DE EL, ES QUE FUE POR EL PASO A MEXICO(EN EL LADO CONTRARIO A DONDE SE HABIA DIRIGIDO); EN AQUEL TIEMPO, MEXICO ESTABA EN GUERRA CIVIL, SE JUNTO CON PANCHO VILLA EN CIUDAD JUAREZ, COMO ESCRITOR DE GUERRA, Y A PARTIR DE AHY, SE PIERDE SU PISTA, HASTA QUE POCO TIEMPO DESPUES, LLEGA UNA CARTA A UN FAMILIAR:
«(...) Adiós — si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México — ¡ah, eso sí es eutanasia! (...)».
***
_
Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Oil Can. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.
A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón de que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.
Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. "Después de todo", me dije, "no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría los huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo del incomparable Oil Can por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente". En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.
Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mí padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!
Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.
Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.
A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.
Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.
Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.

GUION BLADE RUNNER

Escrito por imagenes 15-05-2008 en General. Comentarios (0)

GUION BLADE RUNNER


Guion Blade Runner
Guión original, traducido al castellano, de Blade Runner
_
A principios del siglo XXI, la Tyrell Corporation
desarrolló un nuevo tipo de robot
llamado Nexus. Un ser virtualmente idéntico al hombre
y conocido como Replicante.
Los Replicantes Nexus-6 eran superiores
en fuerza y agilidad y, al menos, iguales en
inteligencia a los ingenieros de genética que los crearon.
En el espacio exterior, los Replicantes fueron usados
como trabajadores esclavos en la arriesgada exploración
y colonización de otros planetas.
Después de la sangrienta rebelión de un equipo de combate
de Nexus-6 en una colonia sideral, los Replicantes
fueron declarados proscritos en La Tierra bajo pena de muerte.
Brigadas de policías especiales con el nombre de unidades
de BLADE RUNNERS tenían órdenes de tirar a matar
al ver a cualquier Replicante invasor.
A esto no se le llamó ejecución.
Se le llamó retiro.

LOS ÁNGELES
NOVIEMBRE, 2019
[ Despacho de la Tyrell Corporation ]
Intercom: Siguiente individuo: Leon Kowalski, ingeniero,
disponible total, sección 5ª, nuevo empleado.
[ Holden espera sentado dentro de su despacho. Alguien
llama a la puerta ]
Holden: Adelante.
Intercom: Report to zone A, sector 9. Replication sector,
level 9. We have a B-1 security alert. Standby for ID check.
Holden: Siéntese.
Intercom: Replication sector, level 9 - we have a B-1
security alert. Standby for ....
Leon: ¿Le importa si hablo? Me pongo nervioso cuando
hago un test.
Holden: Por favor, no se mueva.
Leon: Disculpe. Ya me han hecho .... un test de inteligencia
este año. No creí que tuviera que someterme ....
Holden: El tiempo de reacción es primordial. Por favor,
ponga atención. Conteste lo más rápido que pueda.
Leon: Muy bien.
Holden: 1-1 8-7 Hinterwasser.
Leon: Ese es mi hotel.
Holden: ¿Qué?
Leon: Donde yo vivo.
Holden: ¿Un sitio bonito?
Leon: Sí, eso creo. ¿Esto es parte del test?
Holden: No, era solo por charlar.
Leon: No es que sea de mi agrado.
Holden: Esta usted en un desierto, caminando por la arena,
cuando ....
Leon: ¿Eso ya es el test?
Holden: Sí. Esta usted en un desierto, caminando por la
arena, cuando, de repente, ....
Leon: ¿En cuál?
Holden: ¿Qué?
Leon: ¿Qué desierto?
Holden: El desierto que sea. No importa. Es hipotético.
Leon: ¿Y por qué iba a estar allí?
Holden: Quizás porque usted está harto, o quiere estar
solo. Quién sabe. Mira hacia abajo y ve a un galápago que
se arrastra hacia usted.
Leon: ¿Un galápago? ¿Qué es eso?
Holden: ¿Sabe lo que es una tortuga?
Leon: Claro.
Holden: Pues lo mismo.
Leon: Nunca he visto una tortuga .... pero le comprendo a
usted.
Holden: Se agacha usted y pone el galápago patas arriba,
Leon.
Leon: ¿Se inventa usted esas preguntas, Sr. Holden, o se
las dan escritas?
Holden: El galápago yace sobre su espalda con el
estómago cociéndose al sol y moviendo las patas para
darse la vuelta, pero sin su ayuda no puede. Y usted no le
ayuda.
Leon: ¿Qué quiere decir que no le ayudo?
Holden: Quiere decir que no le ayuda. ¿Por qué es así
Leon? [ pausa ] Solo son preguntas, Leon. En respuesta a
la suya le diré que me las dan escritas. Es un test hecho
para provocar una respuesta emocional. [ pausa ] ¿Quiere
que sigamos? [ pausa ] Descríbame, con palabras
sencillas, solo las cosas buenas que le vienen a la
mente .... a cerca de su madre.
Leon: ¿Mi madre?
Holden: Sí.
Leon: Le voy a hablar de mi madre. [ Leon dispara a
Holden repetidas veces ]
[ Corte. Aparece Deckard en la calle leyendo un periódico ]
Overhead blimp: Una nueva vida le espera en las colonias
del mundo exterior. La ocasión de volver a empezar en una
tierra de grandes oportunidades y aventuras.
Overhead blimp: Una nueva vida le espera en las colonias
del mundo exterior. La ocasión de volver a empezar en una
tierra de grandes oportunidades y aventuras. Un nuevo
clima, facilidades de ....
Deckard (voice-over): No nos avisan contra los asesinos en
el periódico. Esa era mi profesión: ex-policía, exbladerunner,
ex-asesino.
Overhead blimp: Una nueva vida le espera en las colonias
del mundo exterior. La ocasión de volver a empezar en una
tierra de grandes oportunidades y aventuras. Un nuevo
clima, facilidades recreativas ....
[ Deckard se acerca hasta un puesto de comida ambulante ]
Sushi Master: ¿Nan-ni shimasho-ka? [ En Japonés: "¿Qué
le gustaría tomar?" ]
Deckard: Esto, tráeme cuatro.
Sushi Master: Futatsu de jubun desuyo. [ En Japonés: "Dos
son suficientes para usted" ]
Deckard: No, cuatro. Dos y dos, cuatro.
Sushi Master: Futatsu de jubun desuyo. [ En Japonés: "Dos
son suficientes para usted" ]
Deckard: Y tallarines.
Deckard (voice-over): Sushi, así es como me llamaba mi exmujer.
Pescado frío.
[ Varios policías se acercan por detrás de Deckard ]
Policía: Idi-wa. [ En Coreano: "Venga aquí" ]
Gaff: Monsier, ada-na kobishin angum bi-te. [ En
Interlingua: "Debe usted acompañarme señor" ]
Sushi Master: Dice que está usted detenido, Sr. Deckard.
Deckard: Te equivocas de hombre, amigo.
Gaff: Lo-faast! Nehod[y] maar! Te vad[y] a Blade... Blade
Runner! [ En Interlingua: "Maldito cabrón! Sé que eres un
Blade Runner!" ]
Sushi Master: Dice que es usted un Blade Runner.
Deckard: Dile que estoy comiendo.
Gaff: Captain Bryant toka. Meni-o mae-yo. [ En Interlingua:
"El Capitán Bryant me ha ordenado llevarle" ]
Deckard: Bryant, eh?
[ Deckard y Gaff vuelan en un Spinner hasta la central de
policía ]
Spinner: Yellow 3, climb and maintain four thousand...
when approaching pad six...
Deckard (voice-over): Este hombre encantador es Gaff. Ya
le había visto por ahí. Bryant le debe haber metido en la
unidad Blade Runner. La jerga que habla es Interlingua, un
argot. Una mezcolanza de francés, inglés, italiano, español
y lo que sea. En realidad yo no necesitaba traductor,
conocía esa jerga, todo buen policía la conocía. Pero no
iba a ponérselo aún más fácil.
Spinner: ...final descent, now on glide path, on course, over
the landing threshold.
[ Oficina de Bryant ]
Bryant: Hola Deck.
Deckard: Bryant.
Bryant: No hubieras venido si solo te lo hubiera pedido.
Siéntate, chico. Vamos, no seas estúpido, Deckard. Tengo
a cuatro pellejudos pateando las calles.
Deckard (voice-over): Pellejudos. Así era como Bryant
llamaba a los replicantes. En los libros de historia él es el
tipo de policía que solía llamar chimpancés a los negros.
Bryant: Asaltaron una lanzadera espacial. Mataron a la
tripulación y a los pasajeros. Encontraron la lanzadera a la
deriva hace dos semanas, así que sabemos que están por
aquí.
[ Bryant ofrece un trago a Deckard ]
Deckard: Mal asunto.
Bryant: No señor, no lo es, porque nadie va a descubrir que
están aquí abajo, puesto que tú vas a perseguirlos y
retirarlos.
Deckard: Yo ya no trabajo aquí. Dáselo a Holden, es muy
bueno.
Bryant: Ya lo hice. Él lo hacía bien, pero se lo cargaron. No
era lo bastante bueno. Tú eres mejor. Te necesito Deck,
esto es algo grave, de lo peor. Necesito al veterano Blade
Runner, necesito tu magia.
Deckard: Ya había renunciado cuando entré aquí, Bryant.
Y ahora vuelvo a renunciar.
Bryant: Quédate donde estás. Si no ejerces de policía
difícilmente podrás ejercer de otra cosa.
[ Gaff hace una gallina de origami ]
Deckard: ¿Sin elección, eh?
Bryant: Sin elección amigo.
[ Sala Azul. Deckard y Bryant ven en un monitor el vídeo
del test de Holden a Leon ]
Leon (vídeo): Ya me han hecho un test de inteligencia este
año. No creí que tuviera que someterme a uno de estos.
Holden (vídeo): El tiempo de reacción es primordial. Por
favor, ponga atención. Conteste lo más rápido que pueda.
Leon (vídeo): Muy bien.
Holden (vídeo): 1-1 8-7 Hinterwasser.
Leon (vídeo): Ese es mi hotel.
Holden (vídeo): ¿Qué?
Leon (vídeo): Donde yo vivo.
Holden (vídeo): ¿Un sitio bonito?
Leon (vídeo): Sí, eso creo ....
Bryant: Hubo una fuga de las colonias del mundo exterior
hace dos semanas. Seis replicantes, tres varones y tres
hembras, asesinaron a veintitrés personas y asaltaron una
lanzadera. Una patrulla aérea la divisó lejos de la costa;
ningún tripulante, ni rastro de ellos. Hace tres noches
intentaron entrar en la Tyrell Corporation; uno de ellos se
abrasó al atravesar un campo electromagnético, perdimos
a los otros. Por la posibilidad de que hubieran podido
infiltrase como empleados mandamos a Holden para que
efectuara un test Voight Kampff a los nuevos. Y parece que
descubrió a uno.
Holden (vídeo): y ve a un galápago que se arrastra hacia
usted.
Leon (vídeo): ¿Un galápago?, ¿Qué es eso?
Holden (vídeo): ¿Sabe lo que es una tortuga?
Leon (vídeo): Claro.
Holden (vídeo): Pues lo mismo.
Leon (vídeo): Nunca he visto una tortuga .... pero le
comprendo a usted.
Deckard: No lo entiendo. ¿Por qué se arriesgan a volver a
la Tierra?, es extraño, ¿Por qué ? ¿Qué es lo que quieren
de la Tyrell Corporation?
Bryant: Dímelo tú, chico, para eso estás aquí.
[ Deckard sonríe. El monitor muestra a una serie de
replicantes ]
Deckard: ¿Quién es?
Bryant: Nexus 6. Roy Batty. Fecha de creación 2016.
Ejemplar de combate. Autoeficacia óptima. Probablemente
el jefe. [ pausa ] Esta es Zhora. Fue entrenada para la
patrulla especial de detención de criminales. Algo así como
la bella y la bestia, es ambas cosas. [ pausa ] La cuarta
pellejuda es Pris; una modelo básico de placer. Un ítem
estándar para los clubs militares de las colonias del
exterior. Fueron diseñados como copias de seres humanos
en todos los sentidos, excepto en sus emociones. Pero, los
diseñadores creen que, al cabo de unos años, pueden
desarrollar sus propias respuestas emocionales; odio,
amor, miedo, cólera, envidia .... Por eso les dotaron con un
dispositivo de seguridad.
Deckard: ¿Cuál es?
Bryant: Cuatro años de vida.
[ Deckard sonríe ]
Bryant: Hay un Nexus6 en la Tyrell Corporation. Ve a
observarlo con la máquina.
Deckard: ¿Y si la máquina no funciona?
[ Deckard vuela hacia la Tyrell Corporation ]
Deckard (voice-over): Yo renuncié porque ya llevaba
muchas muertes sobre mí. Claro que entonces yo prefería
ser asesino que víctima, y esa era, exactamente, la treta
que Bryant utilizaba con la gente. Así que volví a enrolarme
una vez más, pensando que si no tenía éxito lo dejaría
definitivamente. No tenía que preocuparme por Gaff,
estaba buscando un ascenso y, por lo tanto, no le
interesaba que yo volviera.
[ Despacho de Tyrell. Deckard observa a un búho que
vuela libremente dentro de la sala ]
Rachael: ¿Le gusta nuestro búho?
Deckard: ¿Es artificial?
Rachael: Naturalmente.
Deckard: Debe ser cara.
Rachael: Mucho. Me llamo Rachael.
Deckard: Deckard.
Rachael: Parece que piensa usted que nuestro trabajo no
es un beneficio para la gente.
Deckard: Los replicantes son como cualquier otra máquina;
pueden ser un beneficio o un peligro. Si son un beneficio
no es asunto mío.
Rachael: ¿Puedo hacerle una pregunta personal?
Deckard: Claro.
Rachael: ¿Nunca ha retirado a un humano por error?
Deckard: No.
Rachael: En su posición eso es un riesgo.
[ Aparece el Dr. Tyrell cortando la conversación ]
Tyrell: ¿Esto va a ser un test de empatía? Dilatación capilar
por las así llamadas respuestas ruborizantes. Fluctuación
de la pupila. Dilatación involuntaria del iris.
Deckard: Nosotros lo llamamos Voight Kampff para
abreviar.
Rachael: Sr. Deckard, el Dr. Eldon Tyrell.
Tyrell: Demuéstrelo. Quiero verlo trabajar.
Deckard: ¿Dónde está el sujeto?
Tyrell: Quiero verlo funcionar en una persona. Quiero ver
una negativa antes de proporcionarle una positiva.
Deckard: ¿Y eso que va a demostrar?
Tyrell: ¿Quiere complacerme?
Deckard: ¿Con usted?
Tyrell: Intente con ella.
Deckard: Hay demasiada luz.
[ Una gran ventana se oscurece reduciendo sensiblemente
la entrada de luz ]
Rachael: ¿Le importa si fumo?
[ Deckard ajusta la máquina de Voight Kampff ]
Deckard: Eso no afectará al test. Bien, le voy a hacer una
serie de preguntas. Relájese y contéstelas lo más
sencillamente que pueda. [ pausa ] Es su cumpleaños, y le
regalan una cartera de piel.
Rachael: No la aceptaría, y además denunciaría a la policía
a la persona que me la regalara.
Deckard: Tiene un hijo. Éste le enseña su colección de
mariposas y un frasco de arsénico.
Rachael: Le llevaría al médico.
Deckard: Está viendo la televisión. De repente, se da
cuenta de que una avispa le sube por el brazo.
Rachael: La mataría.
Deckard: Está leyendo una revista y se encuentra con la
fotografía de una mujer desnuda.
Rachael: ¿Este test es para saber si soy una replicante o
una lesbiana?
Deckard: Conteste a las preguntas, por favor. [ pausa ] Se
la enseña usted a su marido y a éste le gusta tanto que la
pone en la pared de su dormitorio. ¿Se enfadaría?
Rachael: No le dejaría.
Deckard: No le dejaría. ¿Por qué no?
Rachael: Debo ser suficiente para él.
[ El tiempo discurre en el despacho de Tyrell ]
Deckard: Una pregunta más. [ pausa ] Está viendo una
obra de teatro. Tiene lugar un banquete en el que los
invitados se deleitan con un aperitivo de ostras vivas. El
primer plato consiste en perro cocido.
[ La máquina de Voight Kampff parece emitir una señal
visual que solo Deckard detecta ]
Tyrell: ¿Quiere usted salir un momento Rachael? [ pausa ]
[ Rachael sale del despacho ]
Deckard: Ella es una replicante, ¿no es así?
Tyrell: Estoy impresionado. ¿Cuántas preguntas son las
normales para detectar a uno?
Deckard: No le comprendo Tyrell.
Tyrell: ¿Cuántas preguntas?
Deckard: Veinte, treinta, según el tipo.
Tyrell: Le ha costado más de cien con Rachael, ¿no es así?
Deckard: ¿Ella no lo sabe?
Tyrell: Está empezando a sospechar, creo.
Deckard: ¿Sospechar? ¿Cómo puede no saber lo que es?
Tyrell: El comercio es nuestro objetivo aquí, en la Tyrell. Y
nuestro lema más humanos que los humanos. Rachael es
un experimento, nada más. Empezamos a percibir en ellos
extrañas obsesiones. Después de todo son inexpertos
emocionalmente. Con unos años para almacenar las
experiencias que usted y yo damos por supuesto. Si les
obsequiamos con un pasado creamos un apoyo para sus
emociones y, consecuentemente, podemos controlarlos
mejor.
Deckard: Recuerdos. Usted habla de recuerdos.
[ Deckard vuela hasta el apartamento de Leon. De fondo se
escucha el vídeo de Holden y Leon ]
Holden (vídeo): El tiempo de reacción es primordial. Por
favor, ponga atención. Conteste lo más rápido que pueda.
Leon (vídeo): Muy bien.
Holden (vídeo): 1-1 8-7 Hinterwasser.
Leon (vídeo): Ese es mi hotel.
Holden (vídeo): ¿Qué?
Leon (vídeo): Donde yo vivo.
Holden (vídeo): ¿Un sitio bonito?
Leon (vídeo): Sí, eso creo. ¿Esto es parte del test?
Holden (vídeo): No ....
[ Deckard y Gaff investigan dentro del desocupado
apartamento de Leon ]
Deckard (voice-over): No sabía si Leon le había dado a
Holden la dirección correcta. Pero era la única pista que
tenía. Así que lo investigué.
[ Deckard entra en un oscuro baño y encuentra una
escama dentro de la bañera ]
Deckard (voice-over): Fuera lo que fuese lo que había en la
bañera no era humano. Los replicantes no tienen escamas.
[ Deckard encuentra unas fotos escondidas dentro de los
cajones de un mueble ]
Deckard (voice-over): Y .... fotos familiares. Los replicantes
tampoco tienen familia.
[ Corte. Las calles de Los Ángeles. Aparece Roy Batty con
Leon ]
Roy: Tiempo, el suficiente. [ pausa ] ¿Conseguiste tus
preciadas fotos?
Leon: Había alguien allí.
Roy: ¿Hombres? ¿Poli .... cías?
[ Roy y Leon caminan lentamente hacia el laboratorio de
Chew ]
[ Interior del laboratorio. La temperatura es muy baja. Chew
aparece trabajando frente a un microscopio ]
Chew: Ha, ha!
[ Chew se alarma ante la presencia de Roy y Leon e
intenta pedir ayuda inútilmente ]
Roy: .... Y los ángeles ígneos cayeron. Profundos truenos
se oían en las costas ardiendo con los fuegos de Oro.
[ Leon observa y juega con los diseños de Chew ]
Chew: No podéis entrar, es ilegal. Eh. [ pausa ] Eh, eh!
Frío! Esos son mis ojos. Congelados!
Roy: Sí, preguntas.
[ Leon arranca el traje protector de Chew. Éste empieza a
sentir frío ]
Chew: Hu-ahh. Huh. Huh-ay...
Roy: Morfología, longevidad, fecha de nacimiento.
Chew: No lo sé. Yo no sé esas cosas. Yo sólo fabrico ojos.
Sólo ojos, diseños genéticos, sólo ojos. [ pausa ] ¿Eres
Nexus, eh? Yo diseñé tus ojos.
Roy: Chew, me gustaría que pudieras ver lo que yo hago
con tus ojos. Ahora, preguntas.
Chew: No sé las respuestas.
Roy: ¿Quién las sabe?
Chew: Tyrell. Él lo sabe todo.
Roy: ¿Tyrell Corporation?
Chew: Es .... el gran jefe. Un genio. Él ha diseñado tu
cerebro, tu mente.
Roy: Muy listo.
Chew: Tengo frío.
Roy: No es un hombre fácil de ver.
Chew: Mu-mucho frío.
Roy: ¿No es así?
Chew: Se-se-sebastian. Él .... él te llevará allí.
Roy: ¿Sebastian qué?
Chew: J.F. Sebas-sebas-sebastian.
Roy: Y ¿Dónde .... puedo .... encontrar a ese J.F.
Sebastian?
[ Aparece Deckard en su coche. De fondo se escucha el
vídeo de Holden y Leon ]
Holden (vídeo): ¿Quiere que sigamos? [ pausa ]
Descríbame, con palabras sencillas, solo las cosas buenas
que le vienen a la mente .... a cerca de su madre.
Leon (vídeo): ¿Mi madre?
Holden (vídeo): Sí.
Leon (vídeo): Le voy a hablar de mi madre. [ Leon dispara
a Holden repetidas veces ]
[ Deckard llega cansado a su apartamento. Entra en el
ascensor ]
Ascensor: Identificación de la voz. Su número fónico, por
favor.
Deckard: Deckard 97.
Ascensor: 97, gracias.
[ Deckard siente la presencia de alguien más en el
ascensor. Saca rápidamente su pistola y apunta a Rachael.
Se abren las puertas del ascensor ]
Rachael: Quería verle [ pausa ] Así que esperé. [ Las llaves
de Deckard caen al suelo ] Déjeme ayudarle.
Deckard: No necesito ayuda.
Rachael: No sé por qué él le dijo lo que ha hecho.
Deckard: Hable con él.
Rachael: Ya no me recibirá.
[ Deckard entra en su apartamento y cierra la puerta.
Después vuelve a abrir para que Rachael pueda pasar ]
Deckard: ¿Quiere una copa? ¿eh? ¿No?
Rachael: Cree que soy una replicante ¿verdad? [ pausa ]
Mire, soy yo con mi madre.
Deckard: Sí. ¿Recuerda cuando tenía seis años? Usted y
su hermano se metieron en un edificio vacío por la ventana
del sótano. Iban a jugar a médicos. Él le enseñó su sexo, y
cuando le tocaba hacerlo a usted se avergonzó y corrió.
¿Lo recuerda? ¿Nunca se lo ha contado a alguien? ¿A su
madre, a Tyrell, a alguien? ¿Recuerda la araña que vivía
en el arbusto junto a su ventana? Con el cuerpo naranja y
las patas verdes. La vio tejer una tela durante todo el
verano. Un día apareció un huevo en ella. El huevo
eclosionó.
Rachael: El huevo eclosionó.
Deckard: Y ....
Rachael: Salieron cientos de crías de araña que se la
comieron.
Deckard: Implantes! Esos no son sus recuerdos. Son los
de algún otro; los de la sobrina de Tyrell [ pausa ] Está
bien .... un mal chiste. He hecho un mal chiste. Usted no es
una replicante. Vállase a casa ¿De acuerdo? [ pausa ] No,
no, de veras, lo siento. Vállase a casa. [ pausa ] ¿Quiere
una copa? Le serviré una. Voy por ella.
[ Rachael mira la foto y la tira. Sale corriendo del
apartamento. Deckard recoge la foto y la observa ]
Deckard (voice-over): Tyrell hizo un buen trabajo con
Rachael. De una foto sacó una madre, que ella nunca tuvo,
y una hija que ella jamás fue. Se supone que los
replicantes no tienen sentimientos, y que tampoco los
tienen los blade runner. ¿Qué demonios me estaba
pasando? [ pausa ] Las fotos de Leon tenían que ser tan
falsas como las de Rachael. Yo no entendía por qué un
replicante coleccionaba fotografías. Quizá eran como
Rachael, necesitaban recuerdos.
[ Deckard sale al balcón y observa la ciudad ]
[ Corte. Aparece Pris en la entrada del apartamento de
Sebastian. Se sienta y se tapa con unos periódicos ]
[ Está lloviendo. Pasa el tiempo. Aparece Sebastian. Pris
se asusta, sale corriendo y tropieza con Sebastian ]
Pris: Uhhh... Ungh... Ungh...
Sebastian: Olvida usted el bolso.
Pris: Me he perdido.
Sebastian: Tranquila, no le voy a hacer daño. [ pausa ]
¿Cómo se llama?
Pris: Pris.
Sebastian: Yo J.F. Sebastian.
Pris: Hola.
Sebastian: Hola. ¿Adónde iba usted? ¿A casa?
Pris: No tengo casa. Nos hemos asustado mutuamente,
¿verdad?
Sebastian: Creo que sí.
[ Pris sonríe ]
Pris: Tengo hambre, J.F.
Sebastian: Ahí dentro tengo algo. ¿Quiere pasar?
Pris: Esperaba que lo dijera.
[ Pris y Sebastian entran en el edificio ]
Pris: ¿Vive usted solo en este edificio?
Sebastian: Sí, ahora vivo aquí solo. Aquí no hay carestía
de vivienda. Hay habitaciones para todos.
[ Pris tose ]
Sebastian: Cuidado con el agua.
Pris: Debe sentirse muy solo aquí, J.F.
Sebastian: Hmm .... En realidad no. Me construyo amigos.
Son juguetes. Mis amigos son juguetes. Los hago yo. Es
un hobby. Soy diseñador genético. ¿Sabe lo que es eso?
Pris: No.
Sebastian: Bueno .... Oh, pase.
[ Sebastian y Pris entran en el apartamento. Unas extrañas
criaturas les reciben ]
Sebastian: Ee-oo! Ya estoy en casa!
Kaiser y Bear: De nuevo en casa, qué bien! Buenas tardes
J.F.
Sebastian: Buenas tardes amigos.
[ Kaiser se da la vuelta y se va con paso militar. Tropieza.
Pris sonríe ]
Kaiser: Oooh!
Sebastian: Son mis amigos. Los hago yo. ¿Dónde están
sus parientes?
Pris: Soy una especie de huérfana.
Sebastian: Oh. ¿Y qué hay de sus amigos?
Pris: Tengo algunos, pero he de buscarlos. Mañana les diré
donde estoy.
Sebastian: ¿Quiere darme eso? Está empapada, ¿verdad?
[ Corte. Deckard observa sus fotos familiares mientras toca
el piano levemente ]
[ Deckard elige una de las fotos de Leon y la introduce en
el Esper para su análisis ]
Deckard: Ampliación 2-2-4 1-7-6. Ampliación. Alto.
Adelante. Alto. Avance a la derecha. Alto. Centrado y
retroceso. Alto. Desviación 45 a la derecha. Alto. Centrado.
Alto. Ampliación 34-36. A la derecha y retroceso. Alto.
Ampliación 34-36. Retroceso. Un momento, a la derecha.
Alto. Ampliación 57-19. Desviación 45 a la izquierda. Alto.
Ampliación 15 a 23. Quiero una copia impresa de eso.
[ Deckard obtiene un detalle impreso de la foto de Leon. En
él aparece una mujer ]
[ Corte. Las calles de Los Ángeles. Deckard investiga el
origen de la escama en un puesto ambulante oriental ]
Mujer Camboyana: Yo creo que sí.
Deckard: ¿Pescado?
Mujer Camboyana: Creo que es manufacturado. Buena
calidad. Un trabajo excelente. Está el número de serie del
fabricante: 990-6947-XB71. Interesante. No es pescado.
Escama de serpiente.
Deckard: ¿Serpiente?
Mujer Camboyana: Intenta con Abdul Ben-Hassan. Él ha
hecho esa serpiente.
[ Local de Abdul Ben-Hassan's ]
Deckard: ¿Abdul Hassan? Soy oficial de policía. Me
gustaría hacerle unas preguntas. Licencia para serpientes
artificiales XB71. ¿Es usted? Este trabajo es suyo ¿no? ¿A
quién se lo vendió?
Abdul: ¿Trabajo mío? No muchos podrían pagar tanta
calidad.
Deckard: ¿Cuantos?
Abdul: Muy pocos.
[ Deckard agarra a Abdul Ben-Hassan por el cuello ]
Deckard: ¿Quién? Escucha amigo ....
Abdul: Taffey Lewis, en el distrito cuarto, barrio chino.
Deckard: Eres un buen chico.
[ Local de Taffey Lewis ]
Deckard: Camarero! ¿Taffey Lewis?
[ El camarero señala a un hombre ]
Deckard: ¿Taffey? Me gustaría hacerle algunas preguntas.
[ Taffey está acompañado y pide estar solo para hablar con
Deckard ]
Taffey: Vete.
Deckard: ¿Le ha comprado alguna vez serpientes al
egipcio, Taffey?
Taffey: Claro, siempre amigo.
Deckard: ¿Ha visto alguna vez a esta mujer?
Taffey: Nunca la he visto. Lárgate.
Deckard: Sus papeles .... ¿están en regla?
Taffey: Eh, Langi, este hombre está seco. Dale una de
parte de la casa. ¿Vale?
[ Deckard llama a Rachael por videophone desde el local
de Taffey ]
Rachael: ¿Diga?
Deckard: Me han dejado plantado otras veces, pero nunca
cuando estaba siendo tan amable. Ahora estoy en un bar,
en el distrito cuarto. Es de un tal Taffey Lewis. ¿Por qué no
viene y tomamos una copa?
Rachael: Creo que no, Sr. Deckard. Ese lugar no es de mi
estilo.
Deckard: ¿Vamos a algún otro sitio?
[ Rachael cuelga a Deckard. El Videophone marca
"TOTAL CHARGE - $1.25" ]
Presentador: Damas y caballeros, Taffey Lewis presenta a
la señorita Salomé y la serpiente. Véanla gozar con la
serpiente que una vez corrompió al hombre.
[ Corte. Camerino de la señorita Salomé ]
Deckard: Perdone señorita Salomé. ¿Puedo hablar con
usted un momento? Soy de la Federación Americana de
Artistas de Variedades.
Zhora: ¿Ah, sí?
Deckard: No pretendo que se afilie, no señora. Ese no es
mi departamento. En realidad .... estoy en el comité
confidencial de abusos morales.
Zhora: ¿Comité de abusos morales?
Deckard: Sí, señora. Ha habido informes de que la
dirección de este local se toma ciertas libertades con los
artistas.
Zhora: Yo no sé nada de eso.
Deckard: ¿Se ha sentido explotada de alguna forma?
Zhora: ¿Qué quiere decir explotada?
Deckard: Bueno, al conseguir este trabajo, es decir, ¿hizo
usted o se le pidió que hiciera algo inmoral, ofensivo o
quizá repulsivo para con su persona?
[ Zhora sonríe ]
Zhora: ¿Habla usted en serio?
Deckard: Oh, sí. Me gustaría registrar su camerino, si me lo
permite.
Zhora: ¿Qué busca?
Deckard: Pues, eh, agujeros.
Zhora: ¿Agujeros?
Deckard: Bueno, se sorprendería de lo que es capaz de
hacer un tipo para echarle un vistazo a un cuerpo bonito.
Zhora: No me sorprendería.
Deckard: Hacen ... hacen pequeños agujeros en las
paredes para poder ver desnudarse a una mujer [ Pausa.
Zhora se ducha en presencia de Deckard ] ¿Esto es una
serpiente de verdad?
Zhora: No. ¿Cree que estaría trabajando en un número
como éste si tuviera que hacerlo con una serpiente d
verdad? [ Pausa ] Así que si alguien intenta explotarme ¿a
quién acudo?
Deckard: A mí.
Zhora: Es usted muy listo. Séqueme.
[ Repentinamente Zhora comienza a luchar. Golpea a
Deckard y sale huyendo. ]
[ Deckard se recupera y sale a perseguir a Zhora. Durante
la carrera Deckard se cruza con una gran diversidad de
personas que pululan por las abarrotadas calles ]
Hari Krishnas: Hari, Hari. Hari, Hari. Hari, Hari.
Semáforo parlante: Cruce ahora .... Cruce ahora .... Cruce
ahora .... Cruce ahora ....
Semáforo parlante: No cruce .... No cruce .... No cruce ....
No cruce ....
Deckard: Alto! Quítense de en medio!
[ Deckard dispara repetidas veces. Cámara lenta. Las
balas impactan en Zhora por la espalda. Ésta rompe los
cristales de una tienda antes de caer al suelo, toda
ensangrentada ]
Deckard (voice-over): El informe sería retirada rutinaria de
una replicante. Lo que no me haría sentir mejor que si le
hubiera disparado a una mujer de verdad por la espalda.
Podía sentir esa sensación en mi interior. Por ella. Por
Rachael.
[ Deckard se identifica ante unos policías ]
Deckard: Deckard. B-2-6 3-5-4.
Señal Sonora: Apártense .... Apártense .... Apártense ....
Apártense ....
[ Deckard compra una botella en un bar. Aparece Gaff ]
Tendera: Un momento. ¿Qué desea?
Deckard: Tsing tao. ¿Hay suficiente?
Tendera: Sí.
Gaff: Bryant.
Bryant: Deckard, tienes tan mal aspecto como esa
pellejuda a la que has dejado en la acera.
Deckard: Me voy a casa.
Bryant: Podrías aprender de este hombre, Gaff. Es una
maravillosa máquina de matar. Eso es lo que es. Aún
quedan cuatro. Vamos, Gaff, vámonos.
Deckard: Tres. Solo quedan tres.
Bryant: Son cuatro. Ahora está esa a la que descubriste en
la Tyrell Corporation, Rachael. Ha desaparecido, se
esfumó. Ni siquiera sabía que era una replicante. Tiene
algo que ver con un implante en el cerebro, dice Tyrell.
Vamos, Gaff. Bébete una por mí, amigo.
[ Corte. Deckard es sorprendido y empujado por Leon ]
Deckard: Leon!
Leon: ¿Qué edad tengo?
[ Deckard golpea a Leon sin éxito ]
Deckard: No lo sé.
[ Leon lanza a Deckard contra un muro ]
Leon: Nací el 2 de abril del 2017. ¿Cuánto voy a vivir?
Deckard: Cuatro años.
[ Leon vuelve a lanzar a Deckard contra otro muro.
Deckard saca su pistola pero Leon se la arrebata
velozmente ]
Leon: Más que tú!
[ Leon lanza un golpe a Deckard. Éste logra esquivarlo en
el último momento ]
Leon: Es penoso vivir con miedo, ¿verdad?
[ Leon golpea a Deckard ]
Leon: No hay nada peor que sentir picor y no poder
rascarse.
Deckard: Estoy de acuerdo.
[ Leon toma a Deckard por el cuello y le golpea
nuevamente ]
Leon: Espabila, es hora de morir!
[ Leon está preparado para hundir sus dedos en los ojos de
Deckard. Por detrás aparece Rachael que dispara a Leon ]
[ Corte. Apartamento de Deckard ]
Deckard: ¿Nerviosa? Yo también. No es agradable,
pero .... forma parte del trabajo.
Rachael: Yo no estoy en ese trabajo. [ Pausa ] Yo soy ese
trabaj
[ Deckard entra en la cocina. Desnuda su pecho y enjuaga
su ensangrentada boca ]
Rachael: ¿Y si me fuera al norte? Si desapareciera.
¿Vendrías tras de mí? ¿Me darías caza?
Deckard: No. No lo haría. Te debo la vida. Pero, puede ....
que alguien lo hiciera.
Rachael: Deckard, tú conoces mis expedientes. La fecha
de nacimiento, la longevidad, esas cosas. ¿Los has visto?
Deckard: Están archivados.
Rachael: Pero, tú eres policía.
Deckard: Yo .... no los he visto.
Rachael: Oye, ese test vuestro de Voight Kampff .... ¿Te lo
has hecho a ti mismo alguna vez?
Rachael: ¿Deckard?
[ Deckard descansa levemente en el sofá. Rachael se
sienta al piano y empieza a tocar suavemente ]
Deckard: Soñaba con música.
Rachael: No sabía si podría tocar. Recuerdo las lecciones.
No sé si soy yo o la sobrina de Tyrell.
Deckard: Tocas muy bien.
[ Deckard acaricia a Rachael. Ésta sale corriendo del
apartamento. Deckard la detiene bruscamente y la besa
varias veces ]
Deckard: Ahora, bésame.
Rachael: No puedo fiarme de mi memoria.
Deckard: Dime que te bese.
Rachael: Bésame.
Deckard: Te deseo.
Rachael: Te deseo.
Deckard: Otra vez.
Rachael: Te deseo. Pon tus manos sobre mí.
[ Corte. Apartamento de Sebastian. Pris se maquilla
mientras observa las cosas de Sebastian ]
Sebastian: ¿Qué estás haciendo?
Pris: Lo siento, sólo miraba.
Sebastian: Oh.
Pris: ¿Qué aspecto tengo?
Sebastian: Mucho mejor.
Pris: ¿Sólo mejor?
Sebastian: Bueno, estás preciosa.
Pris: Gracias.
Pris: ¿Qué edad tienes?
Sebastian: 25.
Pris: ¿Cuál es el problema?
Sebastian: Síndrome de Methuselah.
Pris: ¿Qué es eso?
Sebastian: Mis glándulas. Envejecen demasiado deprisa.
Pris: ¿Por eso estás aún en la Tierra?
Sebastian: Sí. No pasaría el examen médico. De todas
formas esto me gusta.
Pris: A mí me gusta tu forma de ser. Hola Roy!
[ Aparece Roy Batty ante la sorpresa de Sebastian ]
Roy: Hola. Vaya, tiene unos juguetes muy bonitos.
Pris: Este es el amigo del que te he hablado. Este es mi
salvador, J. F. Sebastian.
Roy: Sebastian .... me gusta los hombres que echan
raíces. Vive usted aquí solo, ¿verdad?
Sebastian: Sí.
[ Roy besa a Pris ]
Sebastian: ¿Qué les parece si desayunamos? Iba a
preparar algo. Perdón.
Pris: ¿Y bien?
Roy: Leon
Pris: ¿Qué ha ocurrido?
Roy: Ah .... ahora solo quedamos dos.
Pris: Somos estúpidos y moriremos.
Roy: No, no moriremos.
[ Roy se acerca a la mesa de ajedrez. Mueve una pieza ]
Sebastian: No. El rey come a la reina, ¿lo ve? Un fallo.
Roy: ¿Por qué nos mira así, Sebastian?
Sebastian: Porque ustedes son diferentes. Tan perfectos.
Roy: Sí.
Sebastian: ¿De qué generación son?
Roy: Nexus 6.
Sebastian: Ahá, lo sabía, porque yo hago trabajos
genéticos para la Tyrell Corporation. Hay algo mío en
ustedes. Hagan una demostración.
Roy: ¿De qué?
Sebastian: Lo que sea.
Roy: No somos computadoras, Sebastian. Somos físicos.
Pris: Yo creo, Sebastian, que eso es lo que soy.
Roy: Muy bien, Pris. Muéstrale porqué.
[ Pris introduce su mano en el agua hirviendo y lanza unos
huevos a Sebastian ]
[ Sebastian los toma al aire quemándose las manos. Roy
sonríe ]
Roy: Tenemos mucho en común.
Sebastian: ¿Qué quiere decir?
Roy: Problemas similares.
Pris: Envejecimiento acelerado.
Sebastian: Yo no sé mucho de biomecánica, Roy, y me
gustaría saber ....
Roy: Si no lo descubrimos pronto a Pris no le queda mucha
vida. No podemos permitir eso. [ pausa ] ¿Es bueno?
Sebastian: ¿Quién?
Roy: Su oponente.
Sebastian: Ah, ¿el doctor Tyrell? Sólo le he ganado una
vez al ajedrez. Es un genio. Él les diseñó.
Roy: Quizás él podría ayudar.
Sebastian: Será un placer comentárselo. Sí.
Roy: Es mejor que le hable yo personalmente. Por lo que
he oído es un hombre difícil de ver.
Sebastian: Sí, mucho.
Roy: ¿Nos ayudará?
Sebastian: No puedo.
Pris: Te necesitamos Sebastian. Eres nuestro único amigo.
[ Roy bromea con unos ojos saltones de juguete ]
Roy: Nos alegramos de que nos encontrara.
Pris: No creo que haya otro ser humano en el mundo que
nos hubiera ayudado.
[ Pris besa a Sebastian ]
[ Corte. Mansión de Tyrell. Aparece Tyrell en su cama
revisando unos informes. Roy y Sebastian esperan en el
ascensor ]
Tyrell: 66.000 Prosser y Ankovich. Hmmm.. Contrato.
Contrato a ....
Computadora: Entrada. Un tal J.F. Sebastian 1-6-4-1-7.
Tyrell: ¿A estas horas? ¿Qué desea usted Sebastian?
Sebastian: Reina a alfil 6. Jaque.
Tyrell: Tonterías. Espere un momento. Reina a alfil 6.
Ridículo. Reina a alfil 6. Hmmm... Caballo por reina.
[ pausa ] ¿Qué pasa Sebastian? ¿En qué está pensando?
Roy: [ Susurrando a Sebastian ] Alfil a rey 7. Jaque.
Sebastian: Alfil a rey 7. Jaque mate.
Tyrell: Se le ha iluminado el cerebro, ¿eh? La leche y los
pasteles le mantienen despierto, ¿eh? Vamos a discutir
esto. Será mejor que suba Sebastian.
Sebastian: ¿Sr. Tyrell? He traído a un amigo.
Tyrell: Me sorprende que no hayas venido antes.
Roy: No es cosa fácil conocer a tu creador.
Tyrell: ¿Y qué puedo hacer yo por ti?
Roy: ¿Puede el creador reparar lo que ha hecho?
Tyrell: ¿Te gustaría ser modificado?
Roy: ¿Y quedarme aquí? [ pausa ] Pensaba en algo más
radical.
Tyrell: ¿Qué? .... ¿Qué es lo que te preocupa?
Roy: La muerte.
Tyrell: ¿La muerte? Me temo que eso está fuera de mi
jurisdicción, tú ....
Roy: Yo quiero vivir más, padre.
Tyrell: La vida es así. Hacer una alteración en el desarrollo
de un sistema orgánico de vida es fatal. Un programa
codificado no puede ser revisado una vez establecido.
Roy: ¿Por qué no?
Tyrell: Porque al segundo día de incubación, cualquier
célula que ha sido sometida a mutaciones de reversión
alcanza unas pautas de retroceso, como las ratas que
abandonan el barco, que va a hundirse, y luego el barco se
hunde.
Roy: ¿Qué hay de la recombinación EMS?
Tyrell: Ya lo hemos intentado. El Etil Metano Sulfato es un
agente alcalino y un poderoso mutante. Creaba un virus,
tan letal que el individuo moría antes de que acabara la
operación.
Roy: Entonces una proteína represora que bloquee las
células operantes ....
Tyrell: No impediría la duplicación, pero eso llevaría a un
error en la réplica que hace que la recién formada DNA
lleve consigo una mutación. Y así llegamos de nuevo al
virus. Pero, esto solo es teoría. Tú fuiste formado lo más
perfectamente posible.
Roy: Pero no para durar.
Tyrell: La luz que brilla con el doble de intensidad dura la
mitad de tiempo. Y tú has brillado con muchísima
intensidad, Roy. Mírate, eres el hijo pródigo. Eres todo un
premio.
Roy: He hecho cosas malas.
Tyrell: Y también cosas extraordinarias. Goza de tu tiempo.
Roy: No haré nada por lo que el dios de la biomecánica me
impida la entrada en su cielo.
[ Roy besa a Tyrell en la boca. Toma su cabeza entre sus
manos, aplasta su cráneo y hunde los pulgares en sus
ojos ]
[ Corte. Aparece Deckard dentro de su coche que está
aparcado en una oscura calle. Unos pequeños seres se
acercan ]
Vándalo 1: Jemand hat uns ein kleines Geschenk
dagelassen. [ En alemán: "Alguien nos ha dejado un
pequeño regalo." ]
Vándalo 2: Ist jemand drinnen? [ En alemán: "¿Hay alguien
dentro?" ]
Vándalo 3: Ich kann nichts sehen. Hey, warte bis die Bullen
weg sind! Hey, warte bis die Bullen weg [ En alemán: "No
veo nada. Hey, espera a que se marchen los policías.
Espera a que se marchen los policías. " ]
Bryant: El cuerpo encontrado junto a Tyrell corresponde a
un varón, 25 años, blanco, nombre Sebastian, J.F.
Sebastian, dirección Apartamentos Bradbury, distrito
noveno, teléfono 46751. Quiero que vayas allí.
[ Un Spinner de la policía se acerca por encima del coche
de Deckard ]
Policía: Este sector está cerrado al tráfico rodado. ¿Qué
está haciendo aquí?
Deckard: Trabajando, ¿y ustedes qué hacen?
Policía: Detenerle, eso es lo que voy a hacer.
Deckard: Soy Deckard, Blade Runner 2-6-3-5-4. Estoy
registrado y localizado.
Policía: Un momento, revisión. [ pausa ] Bien, revisado,
que se divierta.
[ Deckard llama al apartamento de Sebastian ]
Pris: ¿Diga?
Deckard: Hola, ¿está J.F.?
Pris: ¿Quién es?
Deckard: Soy Eddie, un viejo amigo de J.F.
[ Pris cuelga el teléfono ]
Deckard: Vaya forma de tratar a un amigo.
[ Deckard percibe que hay alguien sobre su coche y
acelera. El Vándalo cae al suelo con una caja ]
Vándalo 1: (So ein) Scheißkerl! [ En alemán: "Qué
cabrón!" ]
[ Los vándalos se pelean por la caja robada ]
Vándalo 2: Gib` das sofort her! Hau ab! [ En alemán: "
Dámelo! " ]
[ Deckard llega al apartamento de Sebastian. Sube
lentamente las escaleras pistola en mano. Abre la puerta.
Aparecen las criaturas de Sebastian ]
Kaiser y Bear: Buenas noches J.F., buenas noches J.F.
Kaiser: [ Da media vuelta y se marcha. Se golpea con la
pared ] Oooh!
[ Aparecen gran cantidad de ruidosos juguetes esparcidos
por todo el apartamento .... Deckard busca .... Descubre a
Pris oculta tras un velo. Pris ataca velozmente a Deckard
golpeándole en la cabeza. Intenta ahogarlo entre sus
piernas. Toma carrerilla para lanzar un golpe definitivo a
Deckard. Éste, a duras penas, logra disparar en el último
momento. Pris cae muerta. [ pausa ] Llega Roy. Deckard
se esconde y le dispara, aunque falla ]
Roy: No es muy limpio disparar contra un oponente
desarmado. Yo creí que se suponía que eras bueno. ¿No
eres tú el mejor? Vamos, Deckard, muéstrame de qué
estas hecho.
[ Roy rompe una pared y apresa la mano de Deckard ]
Roy: ¿Estás orgulloso de ti, hombrecito? Esto es por Zhora.
[ Roy disloca varios dedos de la mano de Deckard ]
Deckard: Arrggh!
Roy: Y esto por Pris.
Deckard: Arrgghh!
Roy: Vamos, Deckard. Estoy aquí, pero procura no fallar.
[ Deckard dispara alcanzando levemente a Roy ]
Roy: Eso no ha estado muy bien. Ahora me toca a mí. Te
voy a dar unos segundos antes de entrar. Uno, dos.
[ Deckard huye dentro del profundo apartamento. Roy se
acerca hasta donde yace Pris ] Tres, cuatro. Pris ....
[ Roy llora, aúlla y besa a Pris. Deckard se detiene en su
alocada huida para volver a colocarse correctamente los
dedos ]
Deckard: Arrghhh!
[ Roy aúlla fuertemente ]
Roy: [ canturreando ] Voy allá. [ pausa ] Deckard! Cuatro,
cinco. Aún sigues vivo! [ Roy corre y aúlla nuevamente ]
Puedo verte! [ La mano de Roy empieza a agarrotarse ]
Todavía no. No!
[ Roy percibe que su tiempo está terminando. Se muerde la
mano. Arranca un clavo de una viga y se lo atraviesa en la
palma ]
[ Roy rompe una pared con su cabeza. En la otra
habitación se encuentra Deckard ]
Roy: Será mejor que hullas o voy a tener que matarte. A
menos que estés vivo no puedes jugar, y si no juegas ....
[ Roy tose agotado. Deckard coge una barra de metal ]
Roy: Seis, siete. Ir al infierno, ir al cielo!
[ Deckard golpea a Roy con la barra ]
Roy: Ir al infierno! Bien, así me gusta.
[ Deckard sube a la azotea. Roy aúlla ]
Roy: Esto duele. Ha sido algo irracional. Sin mencionar el
comportamiento antideportivo. [ Roy se ríe al observar a
Deckard trepar hasta la azotea ] ¿Adónde vas?
[ Deckard llega a la azotea. Intenta saltar hasta otro edificio
pero se queda corto. Se mantiene suspendido de una viga
con el vacío bajo sus pies ]
[ Roy toma una paloma en su mano. Salta
prodigiosamente. Observa el sufrimiento de Deckard, a
punto de caer al vacío ]
*
Roy: Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?
Eso es lo que significa ser esclavo.
[ Deckard cae, pero Roy logra sujetarlo en el último
momento. Le levanta en vilo y le deja sobre la azotea ]
Roy:
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar
naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar
en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos
esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas
en la lluvia. Es hora de morir.
*
[ Roy muere. Su mano libera a la paloma que sale volando
hacia el cielo ]

Deckard (voice-over): No sé por qué me salvó la vida.
Quizás en esos últimos momentos amaba la vida más de lo
que la había amado nunca. No solo su vida; la vida de
todos, mi vida. Todo lo que él quería eran las mismas
respuestas que todos buscamos; de dónde vengo, adónde
voy, cuánto tiempo me queda. Todo lo que yo podía hacer
era sentarme allí y verle morir.
***
Gaff: Ha hecho un buen trabajo señor. Supongo que ya
está acabado.
Deckard: He acabado.
Gaff: Lástima que ella no pueda vivir, pero ¿quién vive?
[ Corte. Apartamento de Deckard. La puerta está abierta ]
Deckard: ¿Rachael?, ¿Rachael?, ¿Rachael?
[ Deckard encuentra a Rachael durmiendo ]
Deckard: ¿Me quieres?
Rachael: Te quiero.
Deckard: ¿Confías en mí?
Rachael: Confío.
[ Deckard y Rachael salen del apartamento. Caminan hacia
el ascensor ]
Deckard: Rachael.
[ Rachael roza con su pie una pequeña figura. Deckard la
toma. Es un unicornio de origami ]
Gaff (recuerdo): Lástima que ella no pueda vivir, pero
¿quién vive?
[ Deckard y Rachael abandonan la ciudad en coche ]
Deckard (voice-over): Gaff había estado allí y la había
dejado vivir. Cuatro años creía él. Estaba equivocado.
Tyrell me había dicho que Rachael era especial. No tenía
fecha de terminación. Yo no sabía cuánto tiempo
estaríamos juntos. ¿Quién lo sabe?
_
A MICHAEL DEELY- RIDLEY SCOTT PRODUCTION

 
 

AL ABISMO DE CHICAGO -- RAY BRADBURY

Escrito por imagenes 14-05-2008 en General. Comentarios (1)

AL ABISMO DE CHICAGO -- RAY BRADBURY

AL ABISMO DE CHICAGO

Ray Bradbury




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Bajo un pálido cielo de abril, con un leve viento que disipaba el recuerdo invernal, el anciano entró en el parque casi vacío a mediodía. Sus lentos pies estaban envueltos en vendas manchadas de nicotina, y tenía los cabellos enmarañados, largos y grises, lo mismo que su barba, rodeando una boca que parecía temblar continuamente llena de revelaciones.

El anciano miró hacia atrás como si hubiera perdido más cosas de las que podía empezar a recordar allí, en el montón de ruinas, ante la desdentada silueta de la ciudad. Al no encontrar nada, siguió arrastrando los pies hasta que localizó un banco ocupado por una mujer solitaria. La contempló, asintió con la cabeza, se sentó al otro extremo del banco y no volvió a mirarla.

Permaneció con los ojos cerrados y la boca ocupada durante tres minutos, moviendo la cabeza como si su nariz estuviera escribiendo una palabra en el aire. Hecho esto, abrió la boca para pronunciar la palabra con voz clara y aguda:

- Café.

La mujer dio un respingo e irguió el cuerpo.

Los nudosos dedos del anciano voltearon en pantomima sobre su regazo, sin mirar.

- ¡Gira el abrelatas! ¡Envase rojo brillante de letras amarillas! Aire comprimido. ¡Pufff! Envasado al vacío. ¡Ssst! ¡Como una serpiente!

La mujer volvió la cabeza como si la hubiesen golpeado, para contemplar con horrorizada fascinación la lengua en movimiento del anciano.

- Qué perfume, qué aroma, qué olor. ¡Exquisitos, oscuros, maravillosos granos brasileños, recién molidos!

La mujer se puso en pie de un salto, tambaleándose como si acabase de recibir un tiro, y se agarró al respaldo del banco.

El anciano abrió los ojos de par en par.

- ¡No! Yo...

Pero ella echó a correr, y desapareció.

El anciano suspiró y reanudó su deambular por el parque hasta encontrar un banco donde estaba sentado un joven completamente absorto en la tarea de envolver hierba seca en un pequeño rectángulo de papel fino. Sus delgados dedos moldearon la hierba tiernamente, en un rito casi sagrado, temblando mientras enrollaba el tubo; luego lo colocó entre sus labios e, hipnóticamente, lo encendió. Se reclinó hacia atrás, bizqueando de placer, comulgando con el fétido aire que invadía su boca y sus pulmones. El anciano contempló el humo exhalado disolviéndose en el viento de mediodía, y dijo:

- Chesterfield.

El joven se cogió las rodillas con fuerza.

- Raleighs - dijo el anciano -. Lucky Strike.

El joven le miró fijamente.

- Kent. Kools. Marlboro - dijo el anciano, sin mirar al joven -. Así se llamaban. Paquetes blancos, rojo, ámbar, verde hierba, azul celeste, dorado, con la tirilla roja en la parte superior para quitar el crujiente celofán, y la etiqueta azul del impuesto del Gobierno...

- ¡Cállese! - dijo el joven.

- Se compraban en las droguerías, en los quioscos de refrescos, en las estaciones del Metro...

- ¡Cállese!

- Calma - dijo el anciano -. Ese humo me ha hecho pensar...

- ¡No piense! - El joven hizo un gesto tan violento que su cigarrillo liado a mano cayó deshecho sobre sus piernas -. ¡Mire lo que ha conseguido!

- Lo siento. Era un día tan agradable y amistoso...

- ¡Yo no soy amigo de nadie!

- Todos somos amigos ahora; si no ¿para qué vivimos?

- ¿Amigos? - refunfuñó el joven, sacudiéndose del regazo la hierba y el papel -. Tal vez hubieran «amigos» en los años setenta, pero ahora...

- Mil novecientos setenta. Tú debías ser un niño entonces. Todavía se encontraban caramelos Butterfingers envueltos en papel de color amarillo canario. Baby Ruths, Clark Bars en papel naranja; Milky Ways... tómese un universo de estrellas, cometas, meteoros. Qué bonito...

- Nunca fue bonito. - El joven se puso en pie súbitamente -. ¿Qué le pasa a usted?

- Recuerdo las limas y los limones, eso es lo que me pasa. ¿Te acuerdas de las naranjas?

¡Maldita sea! Naranjas, un cuerno. ¿Me está llamando embustero? ¿Quiere ponerme enfermo? ¿Está usted chiflado? ¿No conoce la ley? ¿No sabe que puedo denunciarle?

- Lo sé, lo sé - dijo el anciano, encogiéndose de hombros -. El tiempo que hace me ha engañado. Me ha hecho comparar...

- Comparar rumores. Es como dicen ellos, la Policía, los Agentes Especiales. Ellos lo dicen. Son rumores, maldito agitador. Usted...

Cogió al anciano por las solapas, que se desgarraron, por lo que hubo de agarrarle otra vez, gritándole a la cara:

- Le voy a romper la crisma... Hace mucho tiempo que no le parto la cara a nadie...

Empujó al anciano. Del empujón pasó a las bofetadas, y de las bofetadas a los puñetazos: una verdadera lluvia de golpes cayó sobre el anciano, que la soportaba como alguien sorprendido por una terrible tormenta. Con sólo los dedos intentaba protegerse de los puños que magullaban sus mejillas, sus hombros, su frente, su barbilla, mientras el joven gritaba cigarrillos, gemía caramelos, aullaba tabacos, chillaba golosinas, y cuando el anciano cayó le atacó a puntapiés. De pronto, el joven dejó de golpearle y empezó a llorar. Al oír aquel ruido, el anciano, caído en el suelo, retorciéndose de dolor, apartó sus dedos de su boca lastimada y abrió los ojos para mirar con asombro a su agresor. El joven sollozaba.

- Por favor... - suplicó el anciano.

Los sollozos del joven se hicieron más ruidosos, y le brotaron lágrimas de los ojos.

- No llores - dijo el anciano -. No estaremos siempre hambrientos. Reconstruiremos las ciudades. Oye, no quise hacerte llorar, sólo quería que pensaras a dónde vamos, lo que estamos haciendo, lo que hemos hecho... No me pegabas a mí. Querías golpear otra cosa, pero yo estaba más a mano. Mira, no me has hecho nada. Estoy bien.

El joven dejó de llorar y bajó los ojos para mirar al anciano, quien forzó una sonrisa bañada en sangre.

- Usted... no puede andar por el mundo - dijo el joven - molestando a la gente. ¡Voy a buscar a alguien para que le ajuste las cuentas!

- ¡Espera! - El anciano hizo un esfuerzo por incorporarse -. ¡No!

Pero el joven, dando voces, echó a correr hacia la salida del parque.

Semiincorporado, el anciano se tentó los huesos, encontró uno de sus dientes caído entre la gravilla, lleno de sangre, y lo cogió tristemente.

- Estúpido - dijo una voz.

El anciano miró a su alrededor y hacia arriba.

Un hombre delgado, de unos cuarenta años, se apoyaba en un árbol cercano, con una expresión de cansancio y de curiosidad en su alargado rostro.

- Estúpido - repitió.

El anciano le miró con aire asombrado.

- ¿Ha estado usted ahí todo el tiempo, y no ha hecho nada?

- ¿Qué debía hacer? ¿Luchar con un tonto para salvar a otro? No. - El desconocido le ayudó a levantarse y sacudió el polvo de sus ropas -. Sólo peleo cuando vale la pena hacerlo. Vamos, le llevaré a mi casa.

El anciano volvió a mirarle con asombro.

- ¿Por qué?

- Ese muchacho regresará con la policía de un momento a otro. No quiero que le encierren; es usted un producto muy valioso. Había oído hablar de usted y le buscaba desde hace varios días. Y he tenido que encontrarle representando uno de sus famosos números... ¿Qué le dijo al muchacho para que se enfadase tanto?

- Le hablé de naranjas y de limones, de caramelos y cigarrillos. Estaba a punto de recordarle con todo detalle los juguetes de cuerda, las pipas de brezo y los cepillos de cerda cuando hizo caer el cielo sobre mí.

- Casi no se lo reprocho. A mí mismo me están entrando ganas. ¡Vámonos ya, oigo una sirena!

Y salieron rápidamente del parque.



Bebió primero el vino hecho en casa, porque resultaba más fácil. La comida tendría que esperar hasta que su hambre venciera al dolor en su boca lastimada. Sorbió, asintiendo con la cabeza.

- Excelente, muchas gracias. Excelente.

El desconocido que le había sacado rápidamente del parque estaba sentado frente a él en la endeble mesa del comedor, mientras la esposa del desconocido colocaba unos platos rajados y desconchados sobre el raído mantel.

- La paliza - dijo el marido, finalmente -. ¿Cómo ocurrió?

Al oír esto, la esposa casi dejó caer un plato.

- Tranquilízate - dijo el marido -. Nadie nos ha seguido. Adelante, viejo. Cuéntenos por qué se comportaba usted como un santo aspirante al martirio. Es usted famoso, ¿no lo sabía? Todo el mundo ha oído hablar de usted. A muchos les gustaría conocerle. Pero yo deseo conocer en primer lugar las razones de su conducta. ¿Bien?

Pero el anciano estaba absorto en la contemplación del plato desconchado que tenía ante sí. ¡Veintiséis! ¡No: veintiocho guisantes! Contó la suma increíble, se inclinó sobre tan insólitas legumbres como un hombre que reza se inclina sobre las cuentas de su rosario. Veintiocho gloriosos guisantes verdes, y unas cuantas hilachas de fideos medio rancios anunciando que hoy las cosas iban mejor. Pero debajo del montoncito de pasta, el plato rajado demostraba que las cosas habían ido peor desde hacía muchos años. El anciano se quedó como suspendido sobre el plato, semejante a un enorme e inexplicable pajarraco caído por azar en aquel frío apartamento. Sus samaritanos anfitriones le contemplaron hasta que finalmente dijo:

- Estos veintiocho guisantes me recuerdan una película que vi cuando era niño. Un cómico... ¿Entienden ustedes esa palabra? Un hombre que hacía reír se encontraba con un loco en un asilo nocturno, y...

El marido y la esposa rieron en voz baja.

- No, no es ese todavía el chiste, lo siento - se disculpó el anciano -. El loco invitaba al cómico a sentarse ante una mesa vacía, sin cuchillos, ni tenedores, ni comida. «La cena está servida», anunciaba. Temiendo ser asesinado, el cómico le seguía la corriente. «¡Excelente!», exclamaba, fingiendo masticar la verdura, el filete y el postre, aunque no mordía nada. «¡Estupendo! ¡Maravilloso!», y tragaba aire. Ahora pueden reír.

Pero el marido y la esposa, completamente inmóviles, se quedaron mirando los platos y su mísero contenido

El anciano meneó la cabeza y continuó:

- El cómico, creyendo convencer al loco, exclamaba: «¡Y estos melocotones regados con coñac! ¡Soberbios!» «¿Melocotones?», gritó el loco, sacando un revólver. «¡Yo no he servido melocotones! ¡Está loco!» Y mataba al cómico por la espalda.

Durante el silencio que siguió, el anciano, cogió el primer guisante y lo sopesó amorosamente en la punta de su tenedor de estaño. Estaba a punto de llevárselo a la boca cuando...

Resonó una imperiosa llamada en la puerta.

- ¡Policía especial! - gritó una voz.

En silencio, pero temblando, la esposa ocultó el plato extraordinario.

El marido se levantó con serenidad para conducir al anciano hacia una pared, en la cual se abrió un entrepaño. El anciano pasó al otro lado, el entrepaño volvió a cerrarse y el anciano permaneció oculto allí, a oscuras, mientras al otro lado, invisible, se abría la puerta del apartamento. Se oyeron murmullos de voces excitadas. El anciano podía imaginar al Agente Especial con su uniforme azul oscuro, con el revólver en el puño, entrando para no ver sino los escasos muebles, las paredes desnudas, el resonante suelo de linóleo, las ventanas con hojas de cartón sustituyendo a los cristales: toda una delgada y grasienta película de civilización dejada sobre la playa vacía cuando se retiró la marea de la guerra.

- Estoy buscando a un viejo - dijo la cansada voz de la autoridad al otro lado de la pared. Qué extraño, pensó el anciano, incluso la ley suena cansada ahora -. Usa ropas remendadas... - Pero ahora todo el mundo llevaba ropas remendadas -. Sucio. De unos ochenta años de edad...

Pero, ¿acaso no va todo el mundo sucio? ¿No somos todos viejos?, se gritó el anciano en su fuero interno.

- Si le entregan, la recompensa son raciones para una semana - dijo la voz del policía -, más diez latas de verduras y cinco latas de sopa como gratificación especial.

Envases de hojalata con sus etiquetas de brillantes colores, pensó el anciano. Las latas aparecieron como meteoros deslizándose sobre sus párpados en la oscuridad. ¡Una atractiva recompensa! No DIEZ MIL DOLARES, ni VEINTE MIL DOLARES, no, no, sino... cinco maravillosas latas de sopa auténtica, no de sucedáneo, y diez, cuéntalas, diez hermosas y brillantes latas de verduras exóticas tales como habichuelas verdes y maíz tierno... ¡Piensa en ello! ¡Piensa!

Siguió un largo silencio, durante el cual el anciano creyó oí, leves murmullos de estómagos revolviéndose intranquilos, amodorrados pero capaces de evocar cenas más opíparas que los residuos de la antigua ilusión convertida en pesadilla durante el largo crepúsculo que había seguido al D. A.: Día del Aniquilamiento.

- Sopa, verduras - repitió la voz del policía -. ¡Quince hermosas latas!

La puerta se cerró de golpe.

Las pesadas botas resonaron a través del destartalado inmueble, y se oyeron nuevas llamadas a las tapaderas de ataúd de las puertas, para volver a otros Lázaros a la vida hablándoles en voz alta de latas brillantes y sopas auténticas. Finalmente, los golpes cesaron y resonó un último portazo.

El entrepaño volvió a abrirse. Marido y mujer evitaban mirar al anciano cuando salió. Él sabía por qué, e hizo gesto de tocarles el brazo.

- Hasta yo mismo - dijo, suspirando -. Hasta yo estuve a punto de entregarme para reclamar la recompensa, para comer la sopa...

Pero ellos continuaban sin mirarle.

- ¿Por qué? - inquirió -. ¿Por qué no me han entregado? ¿Por qué?

El marido, como si hubiera recordado algo de pronto, hizo una seña a su esposa. Ella se dirigió hacia la puerta, vaciló; su marido asintió con la cabeza, impaciente, y ella salió, silenciosa como un soplo sobre una telaraña. La oyeron deslizarse a lo largo del vestíbulo, llamando suavemente a las puertas, las cuales se abrían a susurros y murmullos.

- ¿Qué está haciendo? ¿Qué se propone hacer usted? - preguntó el anciano.

- Ya lo verá. Siéntese y termine de cenar - dijo el marido -. Dígame por qué es usted tan loco que ha llegado a enloquecernos a nosotros hasta el punto de ir a buscarle y traerle aquí.

- ¿Por qué soy tan loco? - El anciano se sentó y se puso a masticar lentamente, tomando uno a uno los guisantes del plato que le había sido devuelto -. Sí, soy un loco. ¿Cómo empezó mi locura? Hace años contemplé el mundo en ruinas, las dictaduras, los estados y naciones esquilmadas, y me dije: «¿Qué puedo hacer yo, un débil anciano? ¿Qué? ¿Reparar el desastre? ¡Bah!» Pero una noche, medio dormido, un antiguo disco de fonógrafo resonó en mi cabeza. Dos hermanas, llamadas Duncan, famosas cuando yo era un niño, cantaban una canción llamada RECORDANDO. «Recordar es lo único que hago, querido, conque inténtalo y recuerda tú conmigo.» Repetí la canción y no era una canción, sino un sistema de vida. ¿Qué podía ofrecer a un mundo que empezaba a olvidar? ¡Mi memoria! ¿Para qué iba a servir eso? Para ofrecer un nivel de comparación; decirles a los jóvenes lo que fue en otro tiempo, poner en evidencia nuestras pérdidas. Descubrí que, cuanto más recordaba, más lograba recordar. Según con quién me sentaba, recordaba las flores de imitación, los teléfonos, las neveras, las chicharras (¿ha hecho usted sonar alguna vez una chicharra?), los dedales, y los clips de bicicleta; no las bicicletas, no, sino los clips de bicicleta... ¿Verdad que resulta curioso? En cierta ocasión un hombre me pidió que recordara los instrumentos de a bordo de un Cadillac. Los recordé y se los descubrí detalladamente. Mientras me escuchaba unas gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. ¿Lágrimas de felicidad... o de tristeza? No puedo saberlo. Sólo puedo recordar. No hago literatura, no; nunca he tenido memoria para las comedias o los poemas. Son algo que se pierde, que muere. En realidad, no soy más que un evocador de lo vulgar, que al fin y al cabo es algo que también forma parte de la civilización. Lo único que ofrezco realmente son los restos y cacharros cromados de tercera mano de una civilización que acabó por correr hacia el precipicio. Pero, de un modo u otro, la civilización debe ponerse de nuevo en marcha. Los que sepan ofrecer delicada poesía, que la recuerden, que la ofrezcan. Los que sepan tejer y fabricar hermosas redes, que las tejan, que las fabriquen. Mi talento es menos importante que el de ellos, y tal vez desdeñable en el largo trecho a recorrer hacia la antigua cumbre. Pero yo debo soñar que vale la pena. Porque, insignificantes o no, las cosas que la gente recuerde son las que tratará de recuperar. En consecuencia, me dedico a ulcerar sus deseos medio muertos con el ácido de mis recuerdos. Tal vez así se decidan a reconstruir la ciudad, el Estado y luego el mundo. Hagamos que un hombre desee el vino, otro un cómodo sillón; un tercero querrá un planeador con alas para remontarse sobre los vientos de marzo y construirá pterodáctilos electrónicos de mayor tamaño para dominar vientos todavía más fuertes, con un mayor número de pasajeros. Algún tonto deseará tener un árbol de Navidad, y un listo sabrá buscarlo. Juntemos todos esos deseos, y yo estaré allí para inducir a esos hombres a realizarlos. Sí, en otro tiempo hubiera gritado: «¡Sólo lo mejor de lo mejor, sólo la calidad verdadera!» Pero las rosas pueden florecer sobre el estiércol. Lo vulgar debe existir para que pueda florecer lo más excelente. Yo seré el más vulgar que exista y combatiré a todos los que dicen déjalo correr, húndete, revuélcate en el polvo, deja que las razas cubran el sepulcro donde estás enterrado vivo. Protestaré contra las tribus de hombres - mono vagabundos, contra los hombres - oveja que mastican la hierba de los campos despreciados por los lobos feudales que se hacen fuertes en las cumbres de los escasos rascacielos restantes y acaparan los alimentos olvidados. Mataré a esos villanos con un abrelatas y un sacacorchos. Los pondré en fuga con fantasmas de Buick, Kissel-Kar y Moon, les azotaré con látigos de regaliz hasta que griten pidiendo misericordia. ¿Si será posible conseguirlo? Ha de intentarse.

Con las últimas palabras, el anciano revolvió el último guisante en su boca, mientras su samaritano anfitrión se limitaba a mirarle con expresión de amable asombro. En toda la casa la gente se removía, se abrían y cerraban puertas, y los rumores crecían en intensidad por los corredores. El desconocido dijo:

- ¿Y usted me pregunta por qué no le hemos entregado? ¿Oye esos rumores al otro lado de la puerta?

- Parece como si todos los habitantes del inmueble...

- Todos. Viejo loco, ¿recuerda los cinematógrafos? Mejor aún, ¿los cinematógrafos al aire libre donde se podía entrar en automóvil?

El anciano sonrió.

- ¿Los recuerda usted?

- Casi.

- Mire, si va a seguir siendo un loco, si quiere correr riesgos, hágalo ahora y de una sola vez, ante un auditorio numeroso. ¿Por qué desperdiciar su aliento con una persona, o con dos o incluso tres, si...

El marido abrió la puerta e hizo un gesto con la cabeza hacia fuera. En silencio, uno a uno o por parejas, entraban los habitantes del inmueble. Entraban en aquella habitación como si fuese una sinagoga, o una iglesia, o ese otro tipo de templo llamado cinematógrafo, o el tipo de cinematógrafo llamado cine al aire libre. Y la tarde iba cayendo; el sol se hundía en el horizonte y muy pronto, en las primeras horas de la noche, al caer la oscuridad, la habitación quedaría envuelta en sombras y una sola luz iluminaría al anciano y éste hablaría y ellos escucharían y se cogerían de la mano y sería como en los viejos tiempos en las salas a oscuras, o en el interior de los coches, y sería sólo un recuerdo: palabras por palomitas, y palabras por goma de mascar, y refrescos, y bombones; pero las palabras, de todos modos, las palabras...

Y mientras la gente entraba y se sentaba en el suelo, y el anciano les contemplaba, negándose a creer que hubieran acudido sin conocerle siquiera, el marido dijo:

- ¿No es mucho mejor esto que correr un riesgo al aire libre?

- Sí. Es extraño... Odio el dolor, odio ser golpeado y perseguido. Pero mi lengua se mueve. Debo escuchar lo que dice. Pero esto es mejor.

- Bien. - El marido metió un billete rojo en la palma de la mano del anciano -. Cuando esto haya terminado, dentro de una hora, aquí hay un billete de un amigo mío que trabaja en Transportes. Un tren cruza el país cada semana. Cada semana consigo un billete para algún idiota al que deseo ayudar. Esta semana le toca a usted.

El anciano leyó el punto de destino en el doblado papel rojo:

- ABISMO DE CHICAGO. - Y añadió -: ¿Todavía está allí el Abismo?

- El año que viene, por estas fechas, el lago Michigan puede irrumpir a través de la última corteza y formar un nuevo lago en el pozo donde en otro tiempo estuvo la ciudad. Hay vida de todas clases en los bordes del cráter, y una vez al mes sale hacia el oeste un tren secundario. Cuando llegue allí, siga viaje y olvide que nos ha conocido. Le daré una pequeña lista de personas como nosotros. Cuando haya pasado algún tiempo, procure localizarlas: viven en lugares desérticos. Pero, por el amor de Dios, quédese al aire libre, durante un año y tómese unas vacaciones. Mantenga cerrada su maravillosa boca. - El marido le entregó una tarjeta amarilla -. Este es un dentista amigo mío. Dígale que le haga una dentadura nueva que sólo se abra a las horas de comer.

Al oír esto, algunos de los presentes se echaron a reír, y el anciano también rió silenciosamente. Los vecinos, docenas de ellos, habían acabado de entrar y era tarde. Marido y esposa cerraron la puerta y se quedaron de pie junto a ella, y se volvieron para presenciar la última ocasión especial en que el anciano podría abrir su boca.

El anciano se puso en pie.

Su auditorio permaneció inmóvil y silencioso.

El tren entró a medianoche, oxidado y ruidoso, en una estación súbitamente llena de nieve. Bajo la cruel ventisca, gentes mal lavadas subieron a los anticuados vagones empujando al anciano por el pasillo hasta un compartimiento vacío que en otro tiempo había sido un lavabo. El suelo no tardó en quedar convertido en un lecho rodante sobre el cual dieciséis personas se retorcían y daban vueltas en la oscuridad, tratando de conciliar el sueño.

El tren se precipitó a través de la blancura desierta.

El anciano se repetía: «Silencio, cállate, no hables, no digas nada, quédate quieto, ¡piensa!, ¡cuidado!, ¡no te muevas!», mientras se veía mecido, traqueteado, sacudido de acá para allá. Permanecía medio recostado contra una pared. Sólo había otro pasajero de pie en aquel horrible compartimiento: a unos pies de distancia, también recostado contra la pared, estaba un muchacho de ocho años cuya palidez enfermiza cubría sus mejillas. Completamente despierto, con los ojos brillantes, parecía contemplar, contemplaba, la boca del anciano. El muchacho miraba porque no tenía más remedio. El tren pitaba, rugía, traqueteaba, aullaba y corría.

Transcurrió media hora de estruendosa carrera nocturna bajo la luna velada por la nieve, y la boca del anciano permaneció herméticamente cerrada. Otra hora, y continuó cerrada. Una hora más y empezaron a aflojarse los músculos alrededor de sus mejillas. Otra, y sus labios se entreabrieron para desentumecerse. El muchacho permanecía despierto. El muchacho miraba, esperaba. Inmensos velos de silencio cernían el aire nocturno exterior, hendido por el avance del tren. Los viajeros, sumidos en un inconfesado terror, entumecidos por la velocidad, dormían cada uno su sueño, pero el muchacho no apartaba los ojos, y al fin el anciano se inclinó hacia delante, muy despacio.

- Eh..., muchacho. ¿Cómo te llamas?

- Joseph.

El tren traqueteaba y gruñía como un monstruo avanzando a través de una oscuridad intemporal hacia una mañana inimaginable.

Joseph... - El anciano saboreó la palabra y se adelantó un poco más, con los ojos risueños y brillantes. Su rostro se llenó de pálida belleza. Sus ojos se dilataron hasta que parecieron no ver. Miraban algo distante y oculto. Se aclaró la garganta, procurando no hacer ruido.

- Ejem...

El tren rugió al tomar una curva. La gente osciló de un lado a otro en sueños.

- Bueno, Joseph - susurró el anciano, alzando suavemente los dedos al aire -. Érase una vez...



FIN