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¿LE IMPORTA A UNA ABEJA? -- ISSAC ASIMOV

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¿LE IMPORTA A UNA ABEJA? -- ISSAC ASIMOV

¿LE IMPORTA A UNA ABEJA?
ISAAC ASIMOV



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La nave comenzó por ser un esqueleto mecánico. Poco a poco, se le fue cubriendo con una piel brillante
por encima y con unas interioridades de extraña forma instaladas dentro.
Thornton Hammer era entre todos los individuos (menos uno) involucrados en el crecimiento, el que hacía físicamente menos. Quizá por este motivo era por lo que estaba tan bien considerado. Manejaba los
símbolos matemáticos sobre los que se basaban las líneas trazadas sobre papel milimetrado y sobre las
que, a su vez, se basaba el ensamblaje de las masas y formas de energía que entraban en la nave.
Hammer observaba ahora por medio de ceñidas y oscuras gafas. Sus lentes captaban la luz de los tubos
fluorescentes del techo y la devolvían como reflectores. Theodore Lengyel, representante local de la
corporación que financiaba el proyecto, estaba a su lado y señalando con el dedo extendido, dijo:
—Allí está. Ése es el hombre.
—¿Se refiere a Kane? —se fijó Hammer.
—El individuo del mono verde con una llave inglesa.
—Es Kane. ¿Qué es lo que tiene en contra de él?
—Quiero saber lo que hace. Es un idiota.
Lengyel tenía la cara redonda, gordezuela y con un leve temblor en la mandíbula.
Hammer se volvió a mirarle, reflejando en su flaco cuerpo un aire de absoluto desagrado.
—¿Ha estado usted molestándole?
—¿Molestarle yo? He estado hablando con él. Mi obligación es hablar con los hombres, averiguar sus puntos de vista, recoger información con la que organizar campañas para mejorar la moral.
—¿Y en qué sentido le molesta Kane?
—Es insolente. Le pregunté qué efecto le hacía trabajar en una nave que pronto llegaría a la Luna.
Comenté que la nave era un camino hacia las estrellas. Quizá me pasé un poco con el discurso, exageré algo, pero él se marchó de la forma más grosera. Le llamé y le pregunté:
—¿Por qué se marcha?
—Porque estoy harto de este tipo de discursos —dijo—. Me voy a mirar las estrellas.
—Bien —asintió Hammer—. A Kane le gusta mirar las estrellas.
—Era de día. Es un idiota. Desde entonces vengo observándole, y no trabaja nada.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo conservan?
Hammer contestó con inesperada violencia:
—Porque lo quiero por aquí. Porque es mi suerte.
—¿Su suerte? —barbotó Lengyel—. ¿Qué demonios quiere decir?
—Quiero decir que cuando le tengo cerca, pienso mejor. Cuando pasa por mi lado, con su maldita llave inglesa en la mano, se me ocurren ideas. Lo he notado ya tres veces. No me lo explico: ni me interesa explicármelo. Ha ocurrido. Se queda.
—Está bromeando.
—En absoluto. Ahora déjeme en paz.
Kane estaba con su mono verde y su llave inglesa en la mano.
Se daba cuenta vagamente que la nave estaba casi lista. No estaba diseñada para transportar a un
hombre, pero había sitio para él. Sabía esto como sabía muchas cosas más: cómo apartarse de la gente la
mayor parte del tiempo; cómo llevar una llave inglesa hasta que la gente se acostumbró a verle con ella y
dejaron de fijarse en él. La atmósfera protectora consistía en pequeñas cosas como esa..., llevar la llave inglesa.
Tenía deseos que no entendía del todo, como mirar a las estrellas. Después, poco a poco, su atención
se limitó a mirar las estrellas con un vago anhelo. Luego, a cierto punto determinado. Ignoraba por qué precisamente aquel punto. Allí no había estrellas. No había nada que ver.
El punto se encontraba en lo más alto del cielo nocturno a final de primavera y en los meses de verano.
A veces se pasaba la mayor parte de la noche mirando el punto hasta que se hundía en el horizonte al sudoeste. En otras épocas del año se quedaba mirando el punto durante el día.
Había algo en su pensamiento en relación con ese punto que no acababa de cristalizar del todo. Algo
cada vez más fuerte y, a medida que pasaban los años, más tangible y ahora casi estallaba en busca de expresión. Pero aún no estaba del todo claro.
Kane se revolvió inquieto y se acercó a la nave. Estaba casi completa, casi entera. Casi todo encajaba perfectamente.
Porque en su interior, bien entrada la proa, había un hueco algo mayor que un hombre. Mañana, el camino estaría bloqueado por los últimos instrumentos y antes de eso había que llenar el hueco. Pero no con algo que ellos hubieran planeado.
Kane se acercó más. Nadie se fijó en él. Estaban acostumbrados a verle.
Había que subir por una escalerilla metálica y una maroma que había que arrastrar hasta llegar a la última abertura. Sabía dónde estaba, como si hubiera construido la nave con sus propias manos. Subió la escalerilla y trepó por la maroma. De momento no había nadie allí, na...
Estaba equivocado. Un hombre.
Éste le preguntó vivamente:
—¿Qué estás haciendo aquí?
Kane se incorporó y sus ojos vagos se quedaron mirándole. Levantó la llave inglesa y la dejó caer sobre la cabeza del que le había hablado. El hombre (que no había hecho ningún esfuerzo para esquivar el golpe) se desplomó.
Kane le dejó en el suelo, despreocupado. El hombre no estaría inconsciente por mucho tiempo, pero lo bastante para permitir a Kane meterse en el hueco. Cuando el hombre despertara no se acordaría para nada de Kane, ni por qué había perdido el sentido. Habría simplemente cinco minutos borrados de su vida, cinco minutos que nunca encontraría, ni echaría en falta.
En el oscuro hueco no había, naturalmente, ninguna ventilación, pero Kane no le dio la menor
importancia. Con la seguridad del instinto, trepó hacia arriba en dirección al hueco que iba a recibirle, y se quedó allí, jadeando, perfectamente encajado en la cavidad, como si fuera un vientre.
Dentro de dos horas empezarían a introducir el último de los instrumentos, cerrarían las compuertas y
dejarían allí a Kane, sin saberlo. Kane sería el único pedazo de carne y sangre dentro de una cosa de metal, cerámica y combustible.
Kane no temía ser descubierto antes de ser lanzada la nave. Nadie del proyecto sabía que existía esa cavidad. En el diseño no estaba previsto. Los mecánicos y constructores ignoraban haberlo puesto.
Kane se lo había arreglado solo.
Ni sabía cómo se las había arreglado, pero sabía que lo había hecho.
Podía contemplar su propia influencia sin saberlo, sin saber cómo la ejercía. Tomen por ejemplo a un hombre llamado Hammer, jefe del proyecto y el hombre más claramente influenciable. De todas las figuras vagas que rodeaban a Kane, él era el menos vago. A veces Kane se daba cuenta de él cuando se le acercaba con su andar lento y sin ruido por el terreno. Era lo único que necesitaba..., pasar junto a él.
Kane recordaba que le había ocurrido antes, especialmente con los teóricos. Cuando Lise Meitner decidió hacer la prueba con bario entre los productos del bombardeo del uranio por neutrones, Kane estuvo en un corredor cercano como un caminante en el que nadie se fija.
Estuvo recogiendo hojas secas y maleza en un parque en 1904, cuando el joven Einstein pasó junto a él reflexionando. Los pasos de Einstein se hicieron más vivos por el impacto de la súbita idea que se le ocurrió. Kane lo sintió como un shock eléctrico.
No sabía cómo lo había hecho. ¿Acaso la araña conoce la teoría arquitectónica cuando comienza a tejer su primera tela?
Pero podía ir aún más lejos. El día en que el joven Newton miró hacia la luna con el principio de una cierta idea, Kane estuvo allí. Y todavía antes.
El paisaje de Nuevo México, generalmente desierto, estaba repleto de hormigas humanas, arracimadas junto a la rampa de lanzamiento. Esta nave era diferente a todas las estructuras similares que la habían precedido.
Ésta se desprendería libremente de la Tierra, más que cualquier otra. Llegaría alrededor de la Luna antes de volver a caer. Iría abarrotada de instrumentos que fotografiarían la Luna y medirían sus emisiones de calor, buscarían radioactividad y probarían las estructuras químicas mediante microondas. Haría, por automatización, casi todo lo que podía esperarse de una nave tripulada por el hombre y enseñaría lo bastante para asegurarse que la próxima nave enviada sí estaría tripulada.
Claro que, en realidad, la primera nave, después de todo, era una nave tripulada.
Había representantes de varios gobiernos, de varias industrias, de varios grupos sociales, de varios organismos económicos. Había cámaras de televisión y periodistas.
Aquellos que no habían podido estar allí, lo veían desde sus casas y oían los números de la cuenta
regresiva, en un tono monótono, en el que se ha hecho proverbial durante las tres últimas décadas.
Al llegar a cero, los reactores entraban en funcionamiento y la nave, imponentemente, se elevaba. Kane percibió el ruido de los gases, como a distancia, y sintió la presión ejercida por la aceleración.
Desconectó su mente, elevándola hacia delante, liberándola de la conexión directa con su cuerpo a fin de evitar el sentir dolor e incomodidad.
Medio mareado, se dio cuenta que su largo viaje casi había terminado. Ya no tendría que maniobrar
cuidadosamente para evitar que la gente se diera cuenta que era inmortal. Ya no tendría que fundirse en lo que le rodeaba, ni vagar eternamente de un lugar a otro, ni cambiar de nombre y de personalidad, ni manipular mentes.
No había sido perfecto, claro. Cuando se dieron los mitos del judío errante y del holandés errante, él estaba allí. Nadie le había molestado.
Podía ver su punto en el cielo. Podía verlo a través de la masa sólida de la nave. O no lo «veía»
realmente. No encontraba la palabra adecuada.
Pero sabía que dicha palabra existía. Desconocía cómo estaba enterado de muchas de las cosas que
sabía, pero era consciente que, a medida que pasaban los siglos, iba conociéndolas gradualmente con una seguridad que no requería razones.
Había comenzado como un ovum (o algo que la palabra ovum lo definía bien) depositado en la Tierra
antes que fueran edificadas las primeras ciudades por criaturas cazadoras y nómadas llamadas, desde
entonces, «hombres». La Tierra había sido cuidadosamente elegida por su progenitor. No todos los mundos servían.
¿Qué mundo era el que servía? ¿Cuál era el criterio? Eso no lo sabía aún.
¿Conoce una avispa icneumona suficiente ornitología para poder encontrar la especie de araña que cuidará sus huevos, y pincharla lo suficiente a fin que ésta siga con vida?
El ovum lo soltó por fin y adoptó la forma de hombre y vivió entre los hombres y se protegió de los hombres. Y su único propósito fue organizar que los hombres viajaran a lo largo de un camino que terminaría en una nave y dentro de la nave una cavidad y dentro de la cavidad, él.
Había tardado en conseguirlo ocho mil años con una lenta y continua lucha.
El punto en el cielo se hizo más visible ahora que la nave salía de la atmósfera. Ésta era la llave que abría su mente. Ésta era la pieza que completaba el rompecabezas.
Las estrellas parpadeaban dentro de aquel punto que no podía ser visto por el hombre a simple vista.
Una en particular brillaba más que las otras y Kane anhelaba llegar a ella. La expresión que había ido creciendo en su interior durante tanto tiempo, estalló ahora.
—Hogar —murmuró.
¿Lo sabía? ¿Acaso el salmón estudia cartografía para descubrir el manantial de donde surgió el arroyo de agua clara en el que, años antes, nació?
El paso final se dio en el lento madurar que había tardado ocho mil años, y Kane había dejado ser larva y era adulto.
El adulto Kane salió de la carne humana que había protegido la larva y también se desprendió de la nave. Corrió adelante, a velocidades inconcebibles, hacia su hogar, del que algún día saldría de nuevo paseando por el espacio para fertilizar algún planeta.
Y surcó el espacio, sin volver a pensar en la nave que llevaba su crisálida vacía. No pensó en que había
empujado a todo un mundo hacia la tecnología y los viajes espaciales, sólo para que la cosa que había sido Kane pudiera madurar y conseguir su culminación.
¿Le importa a una abeja lo que le ocurre a una flor cuando ella ha terminado de libar y se aleja?

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F I N

HERBERT WEST, REANIMADOR -- LOVERCRAFT

Escrito por imagenes 12-05-2008 en General. Comentarios (0)

HERBERT WEST, REANIMADOR -- LOVERCRAFT

HERBERT WEST, REANIMADOR
H. P. Lovecraft

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I.
DE LA OSCURIDAD

De Herbert West, amigo mío durante el tiempo de la universidad y
posteriormente, no puedo hablar sino con extremo terror. Terror que no se debe
totalmente a la forma siniestra en que desapareció recientemente, sino que tuvo
origen en la naturaleza entera del trabajo de su vida, y adquirió gravedad por
primera vez hará más de diecisiete años, cuando estábamos en tercer año de
nuestra carrera, en la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic de
Arkham. Mientras estuvo conmigo, lo prodigioso y diabólico de sus experimentos
me tuvieron completamente fascinado, y fui su más íntimo compañero. Ahora que
ha desaparecido y se ha roto el hechizo, mi miedo es aún mayor. Los recuerdos y
las posibilidades son siempre más terribles que la realidad.
El primer incidente horrible durante nuestra amistad supuso la mayor
impresión que yo había llevado hasta entonces, y me cuesta tenerlo que repetir.
Ocurrió, como digo, cuando estábamos en la Facultad de Medicina, donde West
se había hecho ya famoso con sus descabelladas teorías sobre la naturaleza de la
muerte y la posibilidad de vencerla artificialmente. Sus opiniones, muy
ridiculizadas por el profesorado y los compañeros, giraban en torno a la naturaleza
esencialmente mecanicista de la vida, y se referían al modo de poner en
funcionamiento la maquinaria orgánica del ser humano mediante una acción
química calculada, después de fallar los procesos naturales. Con el fin de
experimentar diversas soluciones reanimadoras, había matado y sometido a
tratamiento a numerosos conejos, cobayas, gatos, perros y monos, hasta
convertirse en la persona más odiada de la Facultad. Varias veces logró obtener
signos de vida en animales supuestamente muertos; en muchos casos, signos
violentos de vida; pero pronto se dio cuenta que la perfección, de ser
efectivamente posible, comportaría necesariamente toda una vida dedicada a la
investigación. Así mismo, vio claramente que, puesto que la misma solución no
actuaba del mismo modo en diferentes especies orgánicas, necesitaba disponer
de sujetos humanos si quería lograr nuevos y más especializados progresos. Y
aquí es donde chocó, con las autoridades universitarias, y le fue retirado el
permiso para efectuar experimentos, nada menos que por el propio decano de la
Facultad de Medicina, el sabio y bondadoso doctor Allan Halsey, cuya obra en pro
de los enfermos es recordada por todos los vecinos antiguos de Arkham.
Yo siempre me mostré excepcionalmente tolerante con los trabajos de
West, y a menudo hablábamos de sus teorías, cuyas derivaciones y corolarios
eran casi infinitos. Sosteniendo con Haeckel que toda vida es un proceso químico
y físico, y que la supuesta «alma» es un mito, mi amigo creía que la reanimación
artificial de los muertos podía depender sólo del estado de los tejidos; y que, a
menos que se hubiese iniciado una verdadera descomposición, todo cadáver
totalmente dotado de órganos era susceptible de recibir mediante el adecuado
tratamiento, esa condición peculiar que se conoce como vida. West comprendía
perfectamente que el más ligero deterioro de las células cerebrales ocasionadas
por un período letal, incluso fugaz, podía dañar la vida intelectual y psíquica.
Al principio, tenia esperanzas de encontrar un reactivo capaz de restituir la
vitalidad antes de la verdadera aparición de la muerte, y solo los repetidos
fracasos en animales le habían revelado que eran incompatibles los movimientos
vitales naturales y los artificiales. Entonces se procuró ejemplares
extremadamente frescos y les inyectó sus soluciones en la sangre,
inmediatamente después de la extinción de la vida. Tal circunstancia volvió
enormemente escépticos a los profesores, ya que entendieron que en ningún caso
se había producido una verdadera muerte. No se pararon a considerar la cuestión
detenida y razonablemente.
Poco después que el profesorado le prohibiese continuar sus trabajos, West
me confió su decisión de conseguir ejemplares frescos de una manera o de otra, y
reanudar en secreto los experimentos que no podía realizar abiertamente. Era
horrible oírle hablar sobre el medio y manera de conseguirlos; en la Facultad
nunca tuvimos que ocuparnos nosotros de conseguir ejemplares para las prácticas
de anatomía. Cada vez que mermaba el depósito, dos negros de la localidad se
encargaban de subsanar este déficit sin que se les preguntase jamás su
procedencia. West era por entonces un joven, delgado y con gafas, de facciones
delicadas, pelo amarillo, ojos azul pálido y voz suave; y era extraño oírle explicar
cómo la fosa común era relativamente más interesante que el cementerio
perteneciente a la Iglesia de Cristo dado que casi todos los cuerpos de la Iglesia
de Cristo estaban embalsamados; lo cual, evidentemente, hacía imposibles las
investigaciones de West.
Por entonces era yo su ferviente y cautivado auxiliar, y le ayudé en todas
sus decisiones; no sólo en las que se referían a la fuente de abastecimiento de
cadáveres, sino también en las concernientes al lugar adecuado para nuestro
repugnante trabajo. Fui yo quien pensó en la granja deshabitada de Chapman, al
otro lado de Meadow Hill; allí habilitamos una habitación de la planta baja como
sala de operaciones y otra como laboratorio, dotándolas de gruesas cortinas, a fin
de ocultar nuestras actividades nocturnas. El lugar estaba retirado de la carretera,
y no había casas a la vista; de todos modos, era necesario extremar las
precauciones, ya que el más leve rumor sobre extrañas luces que cualquier
caminante nocturno hiciese correr podía resultar catastrófico para nuestra
empresa. Si llegaban a descubrirnos, acordamos decir que se trataba de un
laboratorio químico.
Poco a poco equipamos nuestra siniestra guarida científica, con materiales
comprados en Boston o sacados a escondidas de la facultad —materiales
cuidadosamente camuflados, a fin de hacerlos irreconocibles, salvo para unos ojos
expertos—, y nos proveímos de palas y picos para los numerosos enterramientos
que tendríamos que efectuar en el sótano. En la facultad había un incinerador,
pero un aparato de ese género era demasiado costoso para un laboratorio
clandestino como el nuestro. Los cuerpos eran siempre un engorro... incluso los
minúsculos cadáveres de cobaya de los experimentos secretos que West
realizaba en su habitación de la pensión donde vivía.
Seguíamos las noticias necrológicas locales como vampiros, ya que
nuestros ejemplares requerían condiciones determinadas. Lo que queríamos eran
cadáveres enterrados poco después de morir y sin preservación artificial alguna;
preferiblemente, exentos de malformaciones morbosas y, desde luego, con todos
los órganos. Nuestras mayores esperanzas estaban en las víctimas de accidentes.
Durante varias semanas no tuvimos noticias de ningún caso apropiado, aunque
hablábamos con las autoridades del depósito y del hospital, fingiendo representar
los intereses de la facultad, si bien con no demasiada frecuencia en todos los
casos, de manera que quizás necesitáramos quedarnos en Arkham durante las
vacaciones, en que sólo se impartían las limitadas clases de los cursos de verano.
Al final nos sonrió la suerte; pues un día nos enteramos que enterrarían en la fosa
común un caso casi ideal: un joven y fornido obrero que se había ahogado el día
anterior en Summer's Pond; lo enterrarían sin dilaciones ni embalsamamientos,
por cuenta de la ciudad. Esa tarde localizamos la nueva sepultura, y decidimos
empezar a trabajar poco después de la medianoche.
Fue una labor repugnante la que acometimos en la oscuridad de las
primeras horas de la madrugada, aun cuando en aquella época no teníamos ese
horror especial a los cementerios que nuestras experiencias posteriores nos
despertó. Llevamos palas y lámparas de petróleo porque, si bien ya habían
linternas eléctricas entonces, no eran tan satisfactorias como esos aparatos de
tungsteno de hoy día. El trabajo de exhumación fue lento y sórdido —podía haber
sido horriblemente poético, si en vez de científicos hubiésemos sido artistas—; y
sentimos alivio cuando nuestras palas chocaron con madera. Una vez que la caja
de pino quedó enteramente al descubierto, West bajó y quitó la tapa, sacó el
contenido y lo dejó apoyado. Me incliné, lo agarré, y entre los dos lo sacamos de
la fosa; a continuación trabajamos denodadamente para dejar el lugar como antes.
La empresa nos puso algo nerviosos; sobre todo, el cuerpo tieso y la cara
inexpresiva de nuestro primer trofeo; pero nos las arreglamos para borrar todas las
huellas de nuestra visita. Cuando quedó aplanada la ultima paletada de tierra,
metimos el ejemplar en un saco de lienzo y emprendimos el regreso hacia la
granja del viejo Chapman, al otro lado de Meadow Hill.
En una improvisada mesa de disección instalada en la vieja granja, a la luz
de una potente lámpara de acetileno, el ejemplar no ofrecía un aspecto demasiado
espectral. Había sido un joven robusto y poco imaginativo, al parecer un tipo
saludable, y plebeyo —constitución ancha, ojos grises y cabello castaño—; un
animal sano, sin complejidades psicológicas, y probablemente con unos procesos
vitales de lo más simple y sanos. Ahora bien, con los ojos cerrados, parecía más
dormido que muerto; sin embargo, la prueba experta de mi amigo disipó en
seguida toda duda al respecto. Al fin teníamos lo que West siempre había
deseado: un muerto verdaderamente ideal, apto para la solución que habíamos
preparado con minuciosos cálculos y teorías; a fin de utilizar en el organismo
humano. Nuestra tensión era enorme. Sabíamos que las posibilidades de lograr un
éxito completo eran remotas, y no podíamos reprimir un miedo horrible a las
grotescas consecuencias de una posible animación parcial. Nos sentíamos
especialmente aprensivos en lo que se refiera a la mente y a los impulsos de la
criatura, ya que podía haber sufrido un deterioro en las delicadas células
cerebrales con posterioridad a la muerte. Por lo que a mí respecta, aún
conservaba una curiosa noción tradicional del «alma» humana, y sentía cierto
temor ante los secretos que podía revelar alguien que regresaba desde el reino de
los muertos. Me preguntaba qué visiones pudo presenciar este plácido joven, si
volvía plenamente a la vida. Pero mi expectación no era excesiva, ya que
compartía casi en su mayor parte el materialismo de mi amigo. Él se mostró más
tranquilo que yo al inyectar una buena dosis de su fluido en una vena del brazo del
cadáver, y vendar inmediatamente el pinchazo.
La espera fue espantosa, pero West no perdió el aplomo en ningún
momento. De cuando en cuando, aplicaba su estetoscopio al ejemplar, y
soportaba filosóficamente los resultados negativos. Al cabo de unos tres cuartos
de hora, viendo que no se producía el menor signo de vida, declaró decepcionado
que la solución era inapropiada; sin embargo decidió aprovechar al máximo esta
oportunidad, y probar una modificación de la fórmula, antes de deshacerse de su
macabra presa. Esa tarde habíamos cavado una sepultura en el sótano, y
tendríamos que llenarla al amanecer, pues aunque habíamos puesto cerradura a
la casa, no queríamos correr el más mínimo riesgo para que se produjera un
desagradable descubrimiento. Además, el cuerpo no estaría ni medianamente
fresco a la noche siguiente. De modo que trasladamos la solitaria lámpara de
acetileno al laboratorio contiguo —dejando a nuestro mudo huésped a oscuras
sobre la losa— y nos pusimos a trabajar en la preparación de una nueva solución,
tras comprobar West el peso y las mediciones casi con fanático cuidado.
El espantoso suceso fue repentino y totalmente inesperado. Yo estaba
vertiendo algo de un tubo de ensayo a otro, y West se encontraba ocupado con la
lámpara de alcohol —que hacía las veces de mechero Bunsen en ese edificio sin
instalación de gas—, cuando de la habitación que habíamos dejado a oscuras
brotó la más horrenda y demoníaca sucesión de gritos jamás oída por ninguno de
los dos. No habría sido más espantoso el caos de alaridos si el abismo se hubiese
abierto para liberar la angustia de los condenados, ya que en aquella cacofonía
inconcebible se concentraba el supremo terror y desesperación de la naturaleza
animada. No podían ser humanos —un hombre no es capaz de proferir gritos
así—; y sin pensar en el trabajo que estábamos realizando, ni en la posibilidad que
lo descubrieran, saltamos los dos por la ventana más próxima como animales
despavoridos, derribando tubos, lámparas y matraces, y huyendo alocadamente a
la estrellada negrura de la noche rural. Creo que gritamos mientras corríamos
frenéticamente hacia la ciudad; aunque al llegar a las afueras adoptamos una
actitud más contenida... lo suficiente como para pasar por un par de juerguistas
trasnochadores que regresaban a casa después de una francachela.
No nos separamos, sino que nos refugiamos en la habitación de West, y allí
estuvimos hablando, con la luz de gas encendida, hasta que amaneció. A esa hora
nos habíamos serenado un poco discurriendo teorías plausibles y sugiriendo ideas
prácticas para nuestra investigación, de forma que pudimos dormir todo el día, en
lugar de asistir a clases. Pero esa tarde aparecieron dos artículos en el periódico,
sin relación alguna entre sí, que nos quitaron el sueño. La vieja casa deshabitada
de Chapman había ardido inexplicablemente, quedando reducida a un informe
montón de cenizas; eso lo entendíamos, ya que habíamos volcado la lámpara. El
otro, informaba que habían intentado abrir la reciente sepultura de la fosa común,
como si hubiesen hurgado en la tierra vanamente y sin herramientas. Esto nos
resultaba incomprensible, ya que habíamos aplanado muy cuidadosamente la
tierra húmeda.
Y durante diecisiete años, West anduvo mirando por encima del hombro, y
quejándose que le parecía oír pasos detrás de él. Ahora ha desaparecido.


_
II.
EL DEMONIO DE LA PESTE


Jamás olvidaré aquel espantoso verano, hace dieciséis años, en que, como
un demonio maligno proveniente desde las moradas de Eblis, se propagó el tifus
solapadamente por toda Arkham. Muchos recuerdan ese año por dicho azote
satánico, ya que un auténtico terror se cernió con membranosas alas sobre los
ataúdes amontonados en el cementerio de la Iglesia de Cristo; sin embargo, hay
un horror mayor aún que data de esa época: un horror que sólo yo conozco, ahora
que Herbert West ya no está en este mundo.
West y yo hacíamos trabajo de postgraduación en el curso de verano de la
Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, y mi amigo había adquirido
gran notoriedad debido a sus experimentos encaminados a la revivificación de los
muertos. Tras la matanza científica de innumerables bestezuelas, la monstruosa
labor quedó suspendida aparentemente por orden de nuestro escéptico decano, el
doctor Allan Halsey; pero West siguió realizando ciertas pruebas secretas en la
sórdida pensión donde vivía, y en una terrible e inolvidable ocasión se apoderó de
un cuerpo humano de la fosa común, transportándolo a una granja situada a otro
lado de Meadow Hill.
Yo estuve con él en aquella ocasión, y le vi inyectar en las venas exánimes
el elixir que según él, restablecería en cierto modo los procesos químicos y físicos.
El experimento concluyó horriblemente —en un delirio de terror que poco a poco
llegamos a atribuir a nuestros nervios sobreexcitados—, y West ya no fue capaz
de librarse de la enloquecedora sensación que le seguían y perseguían. El
cadáver no estaba lo bastante fresco; es evidente que para restablecer las
condiciones mentales normales, el cadáver debe ser verdaderamente fresco; por
otra parte, el incendio de la vieja casa nos impidió enterrar el ejemplar. Habría sido
preferible tener la seguridad que estaba bajo tierra.
Después de esa experiencia, West abandonó sus investigaciones durante
algún tiempo; pero lentamente recobró su celo de científico nato, y volvió a
importunar a los profesores de la Facultad pidiéndoles permiso para utilizar la sala
de disección, y ejemplares humanos frescos para el trabajo que él consideraba tan
tremendamente importante. Pero sus súplicas fueron completamente inútiles, ya
que la decisión del doctor Halsey fue inflexible, y todos los demás profesores
apoyaron el veredicto de su superior. En la teoría fundamental de la reanimación
no veían sino extravagancias inmaduras de un joven entusiasta cuyo cuerpo
delgado, cabello amarillo, ojos azules y miopes, y suave voz no hacían sospechar
el poder supranormal —casi diabólico— del cerebro que albergaba en su interior.
Aún lo veo como era entonces y me estremezco. Su cara se volvió más severa,
aunque no más vieja. Y ahora Sefton carga con la desgracia, y West ha
desaparecido.
West chocó desagradablemente con el Doctor Halsey casi al final de
nuestro ultimo año de carrera, en una disputa que le reportó menos prestigio a él
que al bondadoso decano en lo que a cortesía se refiere. Afirmaba que este
hombre se mostraba innecesaria e irracionalmente terco, ante una obra que
deseaba comenzar mientras aún tenía la oportunidad de disponer de las
excepcionales instalaciones de la facultad. El que los profesores, apegados a la
tradición ignorasen los singulares resultados obtenidos en animales, y persistiesen
en negar la posibilidad de reanimación, era indeciblemente indignante, y casi
incomprensible para un joven del temperamento lógico de West. Sólo una mayor
madurez podía ayudarle a entender las limitaciones mentales crónicas del tipo
«doctor-profesor», producto de generaciones de puritanos mediocres,
bondadosos, conscientes, afables, y corteses, a veces, pero siempre rígidos,
intolerantes, esclavos de las costumbres y carentes de perspectivas. El tiempo es
más caritativo con estas personas incompletas aunque de alma grande, cuyo
defecto fundamental, en realidad, es la timidez, y las cuales reciben finalmente el
castigo de la irrisión general por sus pecados intelectuales: su ptolomeísmo, su
calvinismo, su antidarwinismo, su antinietzaheísmo, y por toda clase de
sabbatarinanismo y leyes suntuarias que practican. West, joven a pesar de sus
maravillosos conocimientos científicos, tenía escasa paciencia con el buen doctor
Halsey y sus eruditos colegas, y alimentaba un rencor cada vez más grande,
acompañado de un deseo por demostrar la veracidad de sus teorías a estas
obtusas dignidades de alguna forma impresionante y dramática. Y como la
mayoría de los jóvenes, se entregaban a complicados sueños de venganza, de
triunfo y de magnánima indulgencia final.
Y entonces surgió el azote, sarcástico y letal, de las cavernas pesadillescas
del Tártaro. West y yo nos habíamos graduado cuando empezó, aunque
seguíamos en la Facultad, realizando un trabajo adicional del curso de verano, de
forma que aún estábamos en Arkham cuando se desató con furia demoníaca en
toda la ciudad. Aunque todavía no estábamos autorizados para ejercer, teníamos
nuestro título, y nos vimos frenéticamente requeridos a incorporarnos al servicio
público, al aumentar el número de los afectados. La situación se hizo casi
incontrolable, y las defunciones se producían con demasiada frecuencia para que
las empresas funerarias de la localidad pudieran ocuparse satisfactoriamente de
ellas. Los entierros se efectuaban en rápida sucesión, sin preparación alguna, y
hasta el cementerio de la Iglesia de Cristo estaba atestado de ataúdes con
muertos sin embalsamar. Esta circunstancia no dejó de tener su efecto en West,
que a menudo pensaba en la ironía de la situación: tantísimos ejemplares frescos,
y sin embargo, ¡ninguno servía para sus investigaciones! Estábamos
tremendamente abrumados de trabajo, y una terrible tensión mental y nerviosa
sumía a mi amigo en morbosas reflexiones.
Pero los afables enemigos de West no estaban enfrascados en agobiantes
deberes. La Facultad fue cerrada, y todos los doctores adscritos a ella
colaboraban en la lucha contra la epidemia de tifus. El doctor Halsey, sobre todo,
se distinguía por su abnegación, dedicando toda su enorme capacidad, con
sincera energía, a los casos que muchos otros evitaban por el riesgo que
representaban, o por juzgarlos desesperados. Antes de terminar el mes, el
valeroso decano se había convertido en héroe popular aunque él no parecía tener
conciencia de su fama, y se esforzaba en evitar el desmoronamiento por
cansancio físico y agotamiento nervioso. West no podía menos que admirar la
fortaleza de su enemigo; pero precisamente por esto estaba aún más decidido a
demostrarle la verdad de sus asombrosas teorías. Una noche, aprovechando la
desorganización que reinaba en el trabajo de la Facultad y las normas sanitarias
municipales, se las arregló para introducir en forma camuflada el cuerpo de un
recién fallecido en la sala de disección, y le inyectó en mi presencia una nueva
variante de su solución. El cadáver abrió efectivamente los ojos, aunque se limitó
a fijarlos en el techo con expresión de paralizado horror, antes de caer en una
inercia de la que nada fue capaz de sacarlo, West dijo que no era lo
suficientemente fresco; el aire caliente del verano no beneficia los cadáveres. Esa
vez estuvieron a punto de sorprendernos antes de incinerar los despojos, y West
no consideró aconsejable repetir esta utilización indebida del laboratorio de la
Facultad.
El apogeo de la epidemia tuvo lugar en agosto. West y yo estuvimos a
punto de sucumbir, en cuanto al doctor Halsey falleció el día catorce. Todos los
estudiantes asistieron a su precipitado funeral el día quince, y compraron una
impresionante corona, aunque casi la ahogaban los testimonios enviados por los
ciudadanos acomodados de Arkham y las propias autoridades del municipio. Fue
casi un acontecimiento público, dado que el decano fue un verdadero benefactor
para la ciudad. Después del sepelio, nos quedamos bastantes deprimidos, y
pasamos la tarde en el bar de la Comercial House, donde West, aunque afectado
por la muerte de su principal adversario, nos hizo estremecer a todos hablándonos
de sus notables teorías. Al oscurecerse, la mayoría de los estudiantes regresaron
a sus casas o se incorporaron a sus diversas ocupaciones; pero West me
convenció para que lo ayudase a «sacar partida de la noche». La patrona de West
nos vio entrar en la habitación alrededor de las dos de la madrugada,
acompañados de un tercer hombre, y le contó a su marido que se notaba que
habíamos cenado y bebido demasiado bien.
Aparentemente, la avinagrada patrona tenía razón; pues hacia las tres, la
casa entera se despertó con los gritos procedentes de la habitación de West, cuya
puerta tuvieron que echar abajo para encontrarnos a los dos inconscientes,
tendidos en la alfombra manchada de sangre, golpeados, arañados y magullados,
con trozos de frascos e instrumentos esparcidos a nuestro alrededor. Sólo la
ventana abierta revelaba que fue de nuestro asaltante, y muchos se preguntaron
qué le ocurriría, después del tremendo salto que tuvo que dar desde el segundo
piso al césped. Encontraron ciertas ropas extrañas en la habitación, pero cuando
West volvió en sí, explicó que no pertenecían al desconocido, sino que eran
muestras recogidas para su análisis bacteriológico, lo cual formaba parte de sus
investigaciones sobre la transmisión de enfermedades infecciosas. Ordenó que las
quemasen inmediatamente en la amplia chimenea. Ante la policía, declaramos
ignorar por completo la identidad del hombre que estuvo con nosotros. West
explicó con nerviosismo que se trataba de un extranjero afable al que habíamos
conocido en un bar de la ciudad que no recordábamos. Habíamos pasado un rato
algo alegres y West y yo no queríamos que detuviesen a nuestro belicoso
compañero.
Esa misma noche presenciamos el comienzo del segundo horror de
Arkham; horror que, para mí, iba a eclipsar a la misma epidemia. El cementerio de
la iglesia de Cristo fue escenario de un horrible asesinato; un vigilante fue muerto
a arañazos, no sólo de manera indescriptiblemente espantosa, sino que había
dudas que el agresor fuese un ser humano. La víctima había sido vista con vida
bastante después de la medianoche, descubriéndose el incalificable hecho al
amanecer. Se interrogó al director de un circo instalado en el vecino pueblo de
Bolton, pero éste juró que ninguno de sus animales había escapado de su jaula.
Quienes encontraron el cadáver observaron un rastro de sangre que conducía a
una tumba reciente, en cuyo cemento había un pequeño charco rojo, justo delante
de la entrada. Otro rastro más pequeño se alejaba en dirección al bosque; pero se
perdía en seguida.
A la noche siguiente, los demonios danzaron sobre los tejados de Arkham,
y una desenfrenada locura aulló en el viento. Por la enfebrecida ciudad anduvo
suelta una maldición, de la que unos dijeron que era más grande que la peste, y
otros murmuraban que era el espíritu encarnado del mismo mal. Un ser
abominable penetró en ocho casas sembrando la muerte roja a su paso..., dejando
atrás el mudo y sádico monstruo un total de diecisiete cadáveres, y huyendo
después. Algunas personas que llegaron a verle en la oscuridad dijeron que era
blanco y como un mono malformado o monstruo antropomorfo. No dejó entero a
ninguno de cuantos atacó, ya que a veces sintió hambre. El número de víctimas
ascendía a catorce; a las otras tres las encontró ya muertas al irrumpir en sus
casas, víctimas de la enfermedad.
La tercera noche, los frenéticos grupos dirigidos por la policía lograron
capturarlo en una casa de Crane Street, cerca del campus universitario. Habían
organizado la batida con toda minuciosidad, manteniéndose en contacto mediante
puestos voluntarios de teléfono; y cuando alguien del distrito de la universidad
informó que había oído arañar en una ventana cerrada, desplegaron
inmediatamente la red. Debido a las precauciones y a la alarma general, no hubo
más que otras dos víctimas, y la captura se efectuó sin más accidentes. La
criatura fue detenida finalmente por una bala; aunque no acabó con su vida, y fue
trasladada al hospital local, en medio del furor y la abominación generales, porque
aquel ser había sido humano. Esto quedó claro, a pesar de sus ojos repugnantes,
su mutismo simiesco, y su salvajismo demoníaco. Le vendaron la herida y
trasladaron al manicomio de Sefton, donde estuvo golpeándose la cabeza contra
las paredes de una celda acolchada durante dieciséis años, hasta un reciente
accidente, a causa del cual escapó en circunstancias de las cuales a nadie le
gusta hablar. Lo que más repugnó a quienes lo atraparon en Arkham fue que, al
limpiarle la cara a la monstruosa criatura, observaron en ella una semejanza
increíble y burlesca con un mártir sabio y abnegado al que habían enterrado hacia
tres días: el difunto doctor Allan Halsey, benefactor público y decano de la
Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic.
Para el desaparecido Herbert West, y para mí, la repugnancia y el horror
fueron indecibles. Aún me estremezco, esta noche, mientras pienso en todo ello, y
tiemblo más aún de lo que temblé aquella mañana en que West murmuró entre
sus vendajes:
—¡Maldita sea, no estaba bastante fresco!

_
III.
SEIS DISPAROS A LA LUZ DE LA LUNA.

No es corriente descargar los seis tiros de un revólver con toda
precipitación, cuando sólo uno habría sido sin duda suficiente; pero hubo muchas
cosas en la vida de Herbert West que no eran corrientes. No es habitual, por
ejemplo, que un médico recién salido de la universidad se vea obligado a ocultar
los motivos que lo impulsan a elegir determinada casa y consulta; sin embargo,
ese fue el caso de Herbert West. Cuando obtuvimos él y yo el título de la Facultad
de Medicina de la Universidad Miskatonic, y tratamos de paliar nuestra penuria
instalándonos como facultativos de medicina general, tuvimos mucho cuidado en
ocultar que habíamos elegido nuestra casa por su aislamiento y su proximidad al
cementerio.
Un deseo de soledad de esta naturaleza rara vez carece de motivos; y
como es natural, nosotros los teníamos también. Nuestras necesidades se debían
a un trabajo claramente impopular. Externamente éramos médicos tan sólo; pero
por debajo de esa superficie había objetivos de una importancia mucho más
grande y terrible, ya que lo esencial en la vida de Herbert West era la búsqueda en
las negras y prohibidas regiones de lo desconocido, en las que esperaba descubrir
el secreto de la vida, y de devolver la animación perpetua al barro frío del
cementerio. Una búsqueda de ese género requiere extraños materiales, entre
ellos, cadáveres humanos recientes; y para mantenerse abastecido de tales
elementos indispensables, uno debe vivir discretamente, y no muy lejos de un
lugar de enterramientos anónimos.
West y yo nos habíamos conocido en la universidad, y fui el único que
simpatizó con sus espantosos experimentos. Gradualmente me convertí en su
ayudante inesperado, y ahora que abandonábamos la Universidad teníamos que
seguir juntos. No era fácil que dos doctores encontraran salida juntos; pero
finalmente, por influencia de la universidad, se nos proporcionó una consulta en
Bolton, pueblo industrial próximo a Arkham, la sede universitaria. Las fábricas
textiles de Bolton son las más grandes del valle de Miskatonic, y sus operarios
políglotas no han sido jamás pacientes gratos para los médicos de la localidad.
Elegimos nuestra casa con el mayor cuidado, y adoptamos finalmente un edificio
ruinoso, próximo al final de Pond Street, a cinco números de nuestro vecino más
cercano. Y separada del cementerio tan sólo por una extensión de pradera cortada
por una estrecha franja de espeso bosque que hay al norte. Dicha distancia era
mayor de lo que hubiéramos deseado; pero no encontramos una casa más cerca,
a menos que nos hubiésemos instalado en el otro lado del prado, lo que quedaba
muy retirado del distrito industrial. Pero no estábamos demasiado descontentos ya
que no teníamos vecinos, entre nosotros y nuestra siniestra fuente de
abastecimiento. El camino era algo largo, pero podíamos transportar nuestros
mudos ejemplares sin que nadie nos molestase.
Nuestro trabajo fue sorprendentemente abundante desde el principio
mismo... lo bastante abundante como para satisfacer a la mayoría de los jóvenes
doctores, y lo bastante abundante para resultar un aburrimiento y una pesadez
para aquellos estudiosos cuyo verdadero interés residía en otra cosa. Los
trabajadores de las fábricas eran de inclinación algo turbulentas; así que además
de sus numerosas necesidades de asistencia médica, sus frecuentes golpes,
cuchilladas y pendencias nos daban mucho trabajo. Pero lo que verdaderamente
acaparaba nuestro interés era el laboratorio secreto que habíamos instalado en el
sótano: un laboratorio con su mesa larga bajo las luces eléctricas donde, en las
primeras horas de la madrugada, inyectábamos a menudo las diversas soluciones
de West en las venas de los despojos que sacábamos de la fosa común. West
experimentaba, febrilmente, tratando de encontrar algo que pusiese en marcha de
nuevo los movimientos vitales, tras haberlos interrumpido ese fenómeno que
llamamos muerte; pero chocaba con los más horrorosos obstáculos. La solución
debía tener una composición especial según los distintos tipos: la que servía para
los conejillos de Indias no valía para los seres humanos, y cada clase requería
sensibles modificaciones.
Los cuerpos tenían que ser excepcionalmente frescos, dado que una ligera
descomposición del tejido cerebral hacía imposible que la reanimación fuese
perfecta. En efecto, el mayor problema estaba en conseguir cadáveres
suficientemente frescos... West tuvo experiencias horribles durante sus
investigaciones secretas en la universidad, con cadáveres de dudosa calidad. Las
consecuencias de una animación parcial o imperfecta eran mucho más horrendas
que los fracasos totales, y los dos teníamos recuerdos pavorosos de ese tipo de
resultados. Desde nuestra primera sesión demoníaca en la granja deshabitada de
Meadow Hill, Arkham, no dejamos de sentir una secreta amenaza; y West, aunque
en casi todos los sentidos era un autómata frío, científico, rubio y de ojos azules,
confesaba a menudo, con un estremecimiento, que le parecía que era víctima de
una furtiva persecución. Tenía la impresión que lo seguían; ilusión psíquica debida
a sus nervios trastornados, y aumentada por el hecho innegablemente perturbador
que al menos uno de nuestros tres ejemplares reanimados aún seguía vivo: se
trataba de un ser espantoso y carnívoro, el cual permanecía encerrado en una
celda acolchada de Sefton. Había otro, además el primero, cuyo exacto destino
nunca llegamos a saber.
Tuvimos bastante suerte con los ejemplares de Bolton; mucha más que con
los de Arkham. Aún no hacía una semana que estábamos instalados, cuando nos
apoderamos de una víctima de accidente en la misma noche de su entierro, y
conseguimos que abriese los ojos con una expresión asombrosamente lúcida,
antes que fallara la solución. Había perdido un brazo... De haber tenido el cuerpo
íntegro, quizá hubiésemos tenido más suerte. Entre esa fecha y el siguiente mes
de enero, efectuamos tres ensayos más: uno fue un fracaso total; en otro,
conseguimos un claro movimiento muscular; en cuanto al tercero, el resultado fue
estremecedor: se levantó por sí solo y emitió un sonido gutural. Luego vino un
periodo de mala suerte; descendió el número de entierros, y los que se efectuaban
eran de ejemplares demasiado enfermos o mutilados para poderlos aprovechar.
Seguíamos la pista a todas las defunciones y circunstancias en que estas ocurrían
con un cuidado sistemático.
Una noche de marzo, sin embargo, conseguimos inesperadamente un
ejemplar que no provenía de la fosa común. El puritanismo imperante en Bolton,
tenía prohibida la práctica del boxeo, lo que no dejaba de tener las lógicas
consecuencias. Los combates mal dirigidos entre los obreros eran cosa corriente,
y de vez en cuando traían de fuera algún campeón profesional de escasa
categoría. Esa noche de finales de invierno habían celebrado un combate de este
tipo, evidentemente con desastrosas consecuencias, ya que vinieron a buscarnos
dos polacos asustados, suplicándonos en un lenguaje casi incoherente que
atendiésemos un caso muy secreto y desesperado. Les seguimos hasta un
cobertizo abandonado, donde todavía quedaba un grupo de espectadores
extranjeros, observando asustados un cuerpo negro que yacía exánime en el
suelo.
En el combate se enfrentaron Kid O'Brien —un joven torpe y ahora
tembloroso, con una nariz ganchuda muy poco irlandesa—, y Buck Robinson, «EI
Betún de Harlem». El negro fue noqueado; y tras un breve examen, nos dimos
cuenta que no se recuperaría. Era un ser repugnante, con pinta de gorila, unos
brazos anormalmente largos que me parecían de manera inevitable patas
anteriores, y una cara que irremediablemente hacía pensar en los secretos
insondables del Congo y las llamadas de tam-tam bajo una luna misteriosa. El
cuerpo debió tener peor aspecto en vida, pero el mundo contiene mucha fealdad.
Aquella gente despreciable estaba asustada, ya que no sabían que podía exigirles
la ley, si el caso llegaba a conocerse; y se sintieron agradecidos cuando West, a
pesar de mis involuntarios estremecimientos; se ofreció a librarles del cuerpo en
secreto... puesto que conocía muy bien sus intenciones.
Había una luna resplandeciente sobre el paisaje sin nieve; pero vestimos el
cadáver, y lo llevamos a casa entre los dos por las calles desiertas y el campo, del
mismo modo que transportamos un cadáver parecido una horrible noche en
Arkham. Nos dirigimos a casa por el campo de atrás; entramos el ejemplar por la
puerta trasera, lo bajamos al sótano, y lo preparamos para nuestro experimento
habitual. Nuestro miedo a la policía era absurdamente considerable, aunque
habíamos calculado nuestro recorrido de forma que no nos tropezamos con el
guardia que hacía ronda por aquel distrito.
El resultado fue una enojosa decepción. Con su aspecto horrendo, nuestra
presa fue totalmente insensible a todas las soluciones que inyectamos en su negro
brazo. De modo que, como se acercaba peligrosamente la hora del amanecer,
hicimos lo mismo que con los demás: lo llevamos a rastras por el prado hasta la
franja de bosque próxima al cementerio de enterramientos anónimos, y lo
enterramos allí en la mejor sepultura que la helada tierra nos permitió. La fosa no
era demasiado honda, pero era tan buena como la del ejemplar anterior, aquel que
se había levantado y proferido un grito. A la luz de nuestras linternas oscuras, lo
cubrimos cuidadosamente con hojas y ramas secas, seguros que la policía no lo
descubriría jamás en un bosque tan oscuro y espeso.
Al día siguiente, me sentí alarmado, ya que un paciente me trajo la noticia
que se sospechaba que habían celebrado un combate, y que había muerto
alguien. West tenía otro motivo de preocupación: por la tarde lo habían llamado
para que atendiese un caso que terminó de forma amenazadora. Una italiana
estaba histérica porque se le había extraviado el hijo, un chiquillo de cinco años,
que desapareció por la mañana y no regresó para comer, y presentaba síntomas
sumamente alarmantes dado que padecía del corazón. Era un histerismo
estúpido, ya que el chico se había escapado en más de una ocasión; pero los
campesinos italianos son extraordinariamente supersticiosos, y esta mujer parecía
tan angustiada por los presagios como por los hechos. Hacia las siete de la tarde
la mujer falleció, y su frenético marido armó un escándalo espantoso, empeñado
en matar a West, a quien culpaba furiosamente de no haberle salvado la vida. Los
amigos lo sujetaron cuando le vieron sacar un cuchillo; pero West se marchó en
medio de inhumanos alaridos, maldiciones y juramentos de venganza. En su
ultimo dolor, el hombre parecía haberse olvidado de su hijo, que aún no había
regresado, entrada ya la noche. Se habló de buscarlo en el bosque; pero la
mayoría de los amigos de la familia se ocuparon de la difunta y del vociferante
marido. Total, la tensión nerviosa a que se vio sometido West fue sin duda
tremenda. El pensar en la policía y en el italiano loco le agobiaba tremendamente.
Nos retiramos a descansar alrededor de las once, pero yo no dormí bien.
Bolton contaba con un cuerpo de policías sorprendentemente eficaz pese a ser un
pueblo pequeño; y yo no paraba de pensar en el escándalo que se provocaría si
llegaba a descubrir lo ocurrido la noche anterior. Podía significar el fin de nuestro
trabajo en la localidad... y quizá la cárcel para los dos. Me inquietaban los rumores
que corrían acerca del combate de boxeo. Pasadas las tres, el resplandor de la
luna me dio en los ojos; pero me volví sin levantarme a cerrar su persiana. Luego
sonaron unos golpes enérgicos en la puerta de atrás.
Permanecí inmóvil, algo aturdido; poco después oí a West llamar a mi
puerta. Estaba en bata y zapatillas, y tenía en las manos un revólver y una linterna
eléctrica. Al ver el revólver, comprendí que pensaba más en el enajenado italiano
que en la policía.
—Será mejor que bajemos los dos —susurró—. No estaría bien no
contestar; quizá sea un paciente... sería muy propio de uno de esos idiotas llamar
por la puerta de atrás.
Así que bajamos los dos, sigilosamente, con un temor en parte justificado y
en parte debido sólo al misterio de las primeras horas le la madrugada. Volvieron a
llamar, un poco más fuerte. Al llegar a la puerta, corrí el cerrojo cautelosamente y
abrí de par en par; y al revelarnos la luz de la luna la figura que teníamos delante.
West hizo algo muy extraño. A pesar del evidente peligro de atraer sobre nuestras
cabezas la temida investigación policial —cosa que felizmente evitamos por el
relativo aislamiento de nuestra casa—, mi amigo, súbita, excitada e
innecesariamente, vació las seis recámaras de su revólver sobre nuestro nocturno
visitante.
Porque no se trataba del italiano ni de un policía. Recortándose
horrendamente contra la luna espectral, había un ser gigantesco y deforme,
inconcebible salvo en las pesadillas; una aparición de ojos vidriosos, negra, y casi
a cuatro patas, cubierta de hojas y ramas y barro; sucia de sangre coagulada, la
cual mostraba entre sus dientes relucientes una cosa cilíndrica, terrible, blanca
como la nieve, que terminaba en una mano diminuta.


_
IV.
EL GRITO DEL MUERTO.


El grito de un muerto fue lo que me hizo concebir aquel intenso horror hacia
el doctor Herbert West, horror que enturbió los últimos años de nuestra vida en
común. Es natural que una cosa como el grito de un muerto produzca horror, ya
que, evidentemente, no se trata de un suceso agradable ni ordinario. Pero yo
estaba acostumbrado a esta clase de experiencias; por tanto, lo que me afectó en
esa ocasión fue cierta circunstancia especial. Quiero decir, que no fue el muerto lo
que me asustó.
Herbert West, de quien era yo compañero y ayudante, poseía intereses
científicos muy alejados de la rutina habitual de un médico de pueblo. Esa era la
razón por la que, al establecer su consulta en Bolton, eligió una casa próxima al
cementerio. Dicho brevemente y sin paliativos, el único interés absorbente de
West consistía en el estudio secreto de los fenómenos de la vida y de su
culminación, encaminados a reanimar a los muertos inyectándoles una solución
estimulante. Para llevar a cabo estos macabros experimentos era preciso estar
constantemente abastecidos de cadáveres humanos muy frescos; porque aún la
más mínima descomposición daña la estructura del cerebro humano; y
descubrimos que el preparado necesitaba una composición específica, según los
diferentes tipos de organismos. Matamos docenas de conejos y cobayas para
tratarlos, pero este camino no nos llevó a ninguna parte. West nunca había
conseguido plenamente su objetivo porque nunca pudo disponer de un cadáver
suficientemente fresco. Necesitaba cuerpos cuya vitalidad hubiera cesado muy
poco antes; cuerpos con todas las células intactas, capaces de recibir nuevamente
el impulso hacia esa forma de movimiento llamado vida. Había esperanzas de
volver perpetua esta segunda vida artificial mediante repetidas inyecciones; pero
habíamos averiguado que una vida natural ordinaria no respondía a la acción.
Para infundir movimiento artificial, debía quedar extinguida la vida nocturna: los
ejemplares debían ser muy frescos, pero estar auténticamente muertos.
Habíamos empezado West y yo la pavorosa investigación siendo
estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, de Arkham,
profundamente convencidos desde un principio del carácter absolutamente
mecanicista de la vida. Eso fue siete años antes; sin embargo, él no parecía haber
envejecido ni un día: era bajo, rubio de cara afeitada, voz suave, y con gafas; a
veces había algún destello en sus fríos ojos azules que delataba el duro y
creciente fanatismo de su carácter, efecto de sus terribles investigaciones.
Nuestras experiencias fueron a menudo espantosas en extremo, debidas a una
reanimación defectuosa, al galvanizar aquellos grumos de barro de cementerio en
un movimiento morboso, insensato y anormal, merced a diversas modificaciones
de la solución vital.
Uno de los ejemplares profirió un alarido escalofriante; otro, se levantó
violentamente, nos derribó dejándonos inconscientes, y huyó enloquecido, antes
que lograran cogerlo y encerrarlo tras los barrotes del manicomio; y un tercero,
una monstruosidad nauseabunda y africana, surgió de su poco profunda sepultura
y cometió una atrocidad... West tuvo que matarlo a tiros. No podíamos conseguir
cadáveres lo bastante frescos como para que manifestasen algún vestigio de
inteligencia al ser reanimados, de modo que forzosamente creábamos horrores
indecibles. Era inquietante, pensar que uno de nuestros monstruos, o quizá dos,
aún vivían... tal pensamiento nos estuvo atormentando de manera vaga, hasta que
finalmente West desapareció en circunstancias espantosas.
Pero en la época del alarido en el laboratorio del sótano de la aislada casa
de Bolton, nuestros temores estaban subordinados a la ansiedad por conseguir
ejemplares extremadamente frescos. West se mostraba más ávido que yo, de
forma que casi me parecía que miraba con codicia el físico de cualquier persona
viva y saludable. Fue en julio de 1910 cuando empezó a mejorar nuestra suerte en
lo que a ejemplares se refiere. Yo me había ido a Illinois a hacerle una larga visita
a mis padres, y a mi regreso encontré a West en un estado de singular euforia. Me
dijo excitado que casi con toda probabilidad había resuelto el problema de la
frescura de los cadáveres, abordándolo desde un ángulo enteramente distinto: el
de la preservación artificial. Yo sabía que trabajaba en un preparado nuevo
sumamente original, así que no me sorprendió que hubiera dado resultado; pero
hasta que me hubo explicado los detalles, me tuvo un poco perplejo sobre cómo
podía ayudarnos dicho preparado en nuestro trabajo, ya que el enojoso deterioro
de los ejemplares se debía ante todo al tiempo transcurrido hasta que caían en
nuestras manos. Esto lo había visto claramente West, según me daba cuenta
ahora, al crear un compuesto embalsamador para uso futuro, más que inmediato,
por si el destino le proporcionaba un cadáver muy reciente y sin enterrar, como
nos ocurrió años antes, con el negro aquel de Bolton, tras el combate de boxeo.
Por último, el destino se nos mostró propicio, de forma que en esta ocasión
conseguimos tener en el laboratorio secreto del sótano un cadáver cuya
corrupción no había tenido posibilidad de empezar aún. West no se atrevía a
predecir que sucedería en el momento de la reanimación, ni si podíamos esperar
una revivificación de la mente y la razón. El experimento marcaría un hito en
nuestros estudios, por lo que había conservado este nuevo cuerpo hasta mi
regreso, a fin que compartiésemos los dos el resultado de la forma acostumbrada.
West me contó cómo había conseguido el ejemplar. Había sido un hombre
vigoroso; un extranjero bien vestido que se acababa de apear al tren, y que se
dirigía a las Fábricas Textiles de Bolton a resolver unos asuntos. Había dado un
largo paseo por el pueblo, y al detenerse en nuestra casa a preguntar el camino
hacia las fábricas, sufrió un ataque al corazón. Se negó a tomar un cordial, y cayó
súbitamente muerto, un momento después. Como era de esperar, el cadáver le
pareció a West como caído del cielo. En su breve conversación, el forastero le
explicó que no conocía a nadie en Bolton; y tras registrarle los bolsillos después,
averiguó que se trataba de un tal Robert Leavitt, de St. Louis, al parecer sin familia
que pudiera hacer averiguaciones sobre su desaparición. Si no conseguía
devolverlo a la vida, nadie se enteraría de nuestro experimento. Solíamos enterrar
los despojos en una espesa franja de bosque que había entre nuestra casa y el
cementerio de enterramientos anónimos. En cambio, si teníamos éxito, nuestra
fama quedaría brillante y perpetuamente establecida. De modo que West inyectó
sin demora, en la muñeca del cadáver, el preparado que lo mantendría fresco
hasta mi llegada. La posible debilidad del corazón, que a mi juicio haría peligrar el
éxito de nuestro experimento, no parecía preocupar demasiado a West. Esperaba
conseguir al fin lo que no había logrado hasta ahora: reavivar la chispa de la razón
y devolverle la vida, quizás, a una criatura normal.
De modo que la noche del 18 de julio de 1910; Herbert West y yo nos
encontrábamos en el laboratorio del sótano, contemplando la figura blanca e
inmóvil bajo la luz cegadora de la lámpara. El compuesto embalsamador dio un
resultado extraordinariamente positivo; pues al comprobar fascinado el cuerpo
robusto que llevaba dos semanas sin que sobreviniese la rigidez, pedí a West que
me diese garantías que estaba verdaderamente muerto. Me las dio en el acto,
recordándome que jamás administrábamos la solución reanimadora sin una serie
de pruebas minuciosas para comprobar que no había vida; ya que en caso de
subsistir el menor vestigio de vitalidad original no tendría ningún efecto. Cuando
West se puso a hacer todos los preparativos, me quedé impresionado ante la
enorme complejidad del nuevo experimento; era tanta, que no quiso confiar el
trabajo a otras manos que las suyas. Y tras prohibirme tocar siquiera el cuerpo,
inyectó primero una droga en la muñeca, cerca del sitio donde había pinchado
para inyectarle el compuesto embalsamador. Ésta, dijo, neutralizaría el compuesto
y liberaría los sistemas sumiéndolos en una relajación normal, de forma que la
solución reanimadora pudiese actuar libremente al ser inyectada. Poco después,
cuando se observó un cambio, y un leve temblor pareció afectar los miembros
muertos, West colocó sobre la cara espasmódica una especie de almohada, la
apretó violentamente y no la retiró hasta que el cadáver se quedó absolutamente
inmóvil y listo para nuestro intento de reanimación. Él, pálido y entusiasta, se
dedicó ahora a efectuar unas cuantas pruebas finales y someras para comprobar
la absoluta carencia de vida, se apartó satisfecho y, finalmente inyectó en el brazo
izquierdo una dosis meticulosamente medida del elixir vital, preparado durante la
tarde con más minuciosidad que nunca, desde nuestros tiempos universitarios, en
que nuestras hazañas eran nuevas e inseguras. No me es posible describir la
tremenda e intensa incertidumbre con que esperamos los resultados de este
primer ejemplar auténticamente fresco: el primero del que podíamos esperar
razonablemente que abriese los labios y nos contase quizás, con voz inteligente,
lo que había visto al otro lado del insondable abismo.
West era materialista, no creía en el alma, y atribuía toda función de la
conciencia a fenómenos corporales; por consiguiente, no esperaba ninguna
revelación sobre espantosos secretos de abismos y cavernas más allá de la
barrera de la muerte. Yo no disentía completamente de su teoría, aunque
conservaba vagos e instintivos vestigios de la primitiva fe de mis antecesores; de
modo que no podía dejar de observar el cadáver con cierto temor y terrible
expectación. Además... no podía borrar de mi memoria aquel grito espantoso e
inhumano que oímos la noche en que intentamos nuestro primer experimento en
la deshabitada granja de Arkham.
Había transcurrido muy poco tiempo, cuando observé que el ensayo no iba
a ser un fracaso total. Sus mejillas, hasta ahora blancas como la pared, habían
adquirido un muy leve color, que luego se extendió bajo la barba incipiente,
curiosamente amplia y arenosa. West, que tenía la mano puesta en el pulso de la
muñeca izquierda del ejemplar, asintió de pronto significativamente; y casi de
manera simultánea, apareció un vaho en el espejo inclinado sobre la boca del
cadáver. Siguieron unos cuantos movimientos musculares espasmódicos; y a
continuación una respiración audible y un movimiento visible del pecho. Observé
los párpados cerrados, y me pareció percibir un temblor. Después, se abrieron y
mostraron unos ojos grises, serenos y vivos, aunque todavía sin inteligencia, ni
siquiera curiosidad.
Movido por una fantástica ocurrencia, susurré unas preguntas en la oreja
cada vez más colorada; unas preguntas sobre otros mundos cuyo recuerdo aún
podía estar presente. Era el terror lo que las extraía de mi mente; pero creo que la
última que repetí, fue: «¿Dónde has estado?». Aún no sé si me contestó o no, ya
que no brotó ningún sonido de su bien formada boca; lo que sí recuerdo es que en
aquel instante creí firmemente que los labios delgados se movieron ligeramente,
formando sílabas que yo habría vocalizado como «sólo ahora», si la frase hubiese
tenido sentido o relación con lo que le preguntaba. En aquel instante me sentí
lleno de alegría, convencido que alcanzábamos el gran objetivo y que, por primera
vez, un cuerpo reanimado pronunciaba palabras movido claramente por la
verdadera razón. Un segundo después, ya no cupo ninguna duda sobre el éxito,
ninguna duda que la solución cumplía cabalmente su función, al menos de manera
transitoria, devolviéndole al muerto una vida racional y articulada... Pero con ese
triunfo me invadió el más grande de los terrores... no a causa del ser que había
hablado, sino por la acción que había presenciado, y por el hombre a quien me
unían las vicisitudes profesionales.
Porque aquel cadáver fresco, cobrando conciencia finalmente de forma
aterradora, con los ojos dilatados por el recuerdo de su última escena en la tierra,
manoteó frenético en una lucha de vida o muerte con el aire y, de súbito, se
desplomó en una segunda y definitiva disolución, de la que ya no pudo volver,
profiriendo un grito que resonará eternamente en mi cerebro atormentado:
—¡Auxilio! ¡Aparta, maldito demonio pelirrojo... aparta esa condenada
aguja!


_
V.
EL HORROR DE LAS SOMBRAS


Muchos hombres han contado cosas espantosas, no referidas en letra
impresa, que sucedieron en los campos de batalla durante la Gran Guerra.
Algunas de estas cosas me han hecho palidecer; otras, me han producido unas
nauseas incontenibles, mientras que otras me han hecho temblar y volver la
mirada hacia atrás en la oscuridad; sin embargo, creo que puedo relatar la peor de
todas: el espantoso, antinatural e increíble horror de las sombras.
En 1915 estaba yo como médico con el grado de teniente en un regimiento
canadiense en Flandes, siendo uno de los numerosos americanos que se
adelantaron al gobierno mismo en la gigante contienda. No había ingresado en el
ejército por iniciativa propia, sino más bien como consecuencia natural de haberse
alistado el hombre de quien era yo ayudante indispensable: el celebre cirujano de
Bolton, doctor Herbert West. El doctor West se mostró siempre deseoso de poder
prestar servicio como cirujano en una gran guerra; y cuando dicha posibilidad se
presentó, me arrastró consigo en contra de mi voluntad. Había motivos por los que
yo me hubiera alegrado que la guerra nos separase; motivos por los que
encontraba la práctica de la medicina y la compañía de West cada vez más
irritante; pero cuando se marchó a Ottawa, y consiguió por medio de la influencia
de un colega una plaza de comandante médico, no me pude resistir a la autoritaria
insistencia de aquel hombre decidido a que le acompañase en mi calidad habitual.
Cuando digo que el doctor West estuvo siempre ansioso de poder servir en
el campo de batalla no me refiero a que fuese guerrero por naturaleza ni que
anhelase salvar la civilización. Siempre había sido una fría maquina intelectual;
flaco, rubio, de ojos azules y con gafas; creo que se reía secretamente de mis
ocasionales entusiasmos marciales y de mis críticas a la indolente neutralidad. Sin
embargo, había algo en la devastada Flandes que él quería; y a fin de conseguirlo,
tuvo que adoptar aspecto militar. Lo que pretendía no era lo que pretenden
muchas personas, sino algo relacionado con la rama particular de la ciencia
médica que él había logrado practicar de forma completamente clandestina y en la
cual había conseguido resultados asombrosos y, de vez en cuando, horrendos. Lo
que quería no era otra cosa, en realidad, que abundante provisión de muertos
recientes, en todos los estados de desmembramiento.
Herbert West necesitaba cadáveres frescos porque el trabajo de su vida era
la reanimación de los muertos. Este trabajo no era conocido por la distinguida
clientela que hizo crecer rápidamente su fama, a su llegada a Boston; en cambio
yo lo conocía demasiado bien, ya que era su más íntimo amigo y ayudante desde
nuestros tiempos de la Facultad de Medicina, en la Universidad Miskatonic de
Arkham. Fue en aquellos tiempos de la universidad cuando inició sus terribles
experimentos, primero con pequeños animales y luego con cadáveres humanos
conseguidos de manera horrenda. Había obtenido una solución que inyectaba en
las venas de los muertos; y si eran bastante frescos, reaccionaban de maneras
extrañas. Tuvo muchos problemas para descubrir la fórmula adecuada, pues cada
tipo de organismo necesitaba un estímulo especialmente apto para él. El terror lo
dominaba, cada vez que pensaba en los fracasos parciales: seres atroces,
resultado de soluciones imperfectas o de cuerpos insuficientemente frescos. Cierto
número de estos fracasos siguieron con vida —uno de ellos se encontraba en un
manicomio, mientras que otros desaparecieron—; y como él pensaba en las
eventualidades imaginables, aunque prácticamente imposibles, se estremecía a
menudo, debajo de su aparente impasibilidad habitual.
West se dio cuenta muy pronto que el requisito fundamental para que los
ejemplares sirviesen era su frescura, así que recurrió al procedimiento espantoso
y abominable de robar cadáveres. En la universidad, y cuando empezamos a
ejercer en el pueblo industrial de Bolton, mi actitud respecto a él era de fascinada
admiración; pero a medida que sus procedimientos se hacían más osados, un
solapado terror se fue apoderando de mí. No me gustaba la forma en que miraba
a las personas vivas de aspecto saludable; luego, ocurrió aquella escena de
pesadilla en el laboratorio del sótano, cuando me enteré que cierto ejemplar aún
estaba vivo cuando West se apoderó de él. Fue la primera vez que pudo revivir la
función del pensamiento racional en un cadáver; y este éxito, conseguido a costa
de semejante abominación, lo endureció por completo.
No me atrevo a hablar de sus métodos durante los cinco años siguientes.
Seguí a su lado sólo por miedo, y presencié escenas que la lengua humana no
podría repetir. Gradualmente, llegué a darme cuenta que el propio Herbert West
era más horrible que todo lo que hacía..., fue entonces cuando comprendí
claramente que su celo científico por prolongar la vida en otro tiempo normal
degeneró sutilmente en una curiosidad meramente morbosa y macabra y en una
secreta complacencia en la visión de los cadáveres. Su interés se convirtió en
perversa afición por lo repugnante y lo diabólicamente anormal; se recreaba con
tranquilidad en monstruosidades artificiales ante las que cualquier persona en su
sano juicio caería desvanecida de repugnancia y de horror; detrás de su pálido
intelectualismo, se convirtió en un exigente Baudelaire del experimento físico, en
un lánguido Heliogábalo de las tumbas.
Afrontaba imperturbable los peligros y cometía crímenes con impasibilidad.
Creo que el momento crítico llegó al comprobar que podía restituir la vida racional,
y buscó nuevos ámbitos que conquistar experimentando en la reanimación de
partes seccionadas de los cuerpos. Tenía ideas extravagantes y originales sobre
las propiedades vitales independientes de las células orgánicas y los tejidos
nerviosos separados de sus sistemas psíquicos naturales; y obtuvo ciertos
resultados espantosos preliminares en forma de tejidos imperecederos,
alimentados artificialmente a partir de huevos semi-incubados de un reptil tropical
indescriptible. Había dos cuestiones biológicas que ansiaba terriblemente
establecer: primero, si podía darse algún tipo de conciencia o actividad racional sin
cerebro, en la médula espinal y en los diversos centros nerviosos; y segundo, si
existía alguna clase de relación etérea, intangible, distinta de las células
materiales, que uniese las partes quirúrgicamente separadas que previamente
constituían un solo organismo vivo. Todo este trabajo científico requería una
prodigiosa provisión de carne humana recién muerta... y esa fue la razón por la
que Herbert West participó en la Gran Guerra.
El horrendo y abominable suceso ocurrió una medianoche, a finales de
marzo de 1915, en un hospital de campaña detrás de las líneas de St. Eloi. Aún
ahora me pregunto si no fue meramente la diabólica ficción de un delirio. West se
había montado un laboratorio particular en el lado este del edificio que se le asignó
provisionalmente, alegando que deseaba poner en práctica nuevos y radicales
métodos para el tratamiento de los casos de mutilación hasta ahora
desesperados. Allí trabajaba como un carnicero, en medio de su sanguinolenta
mercancía. Jamás llegué a acostumbrarme a la ligereza con que él manejaba y
clasificaba determinado material. A veces hacia verdaderas maravillas de cirugía
en los soldados; pero sus principales satisfacciones eran de carácter menos
público y filantrópico, y se vio obligado a dar muchas explicaciones acerca de
ruidos extraños aún en medio de aquella babel de condenados, entre los que hubo
frecuentes disparos de revólver... cosa corriente en un campo de batalla, aunque
completamente inusitada en un hospital. Los ejemplares reanimados por el doctor
West no reunían condiciones para recibir una larga existencia ni ser contemplados
por un amplio número de espectadores. Además del humano, West utilizaba gran
cantidad de tejido embrionario de reptiles que él cultivaba con resultados
singulares. Era mejor que el material humano para conservar con vida los
fragmentos privados de órganos, y esa era ahora la principal actividad de mi
amigo. En un oscuro rincón del laboratorio; sobre un extraño mechero de
incubación, tenía una gran cuba tapada, llena de esa sustancia celular de reptiles
que se multiplicaba y crecía de forma borboteante y horrenda.
La noche que hablo teníamos un ejemplar nuevo y espléndido: un hombre
físicamente fuerte y a la vez de tan elevada inteligencia, que nos garantizaba un
sistema nervioso sensible. Resultaba irónico; porque se trataba del oficial que
ayudó para que se le concediese a West su destino, y que ahora debió ser nuestro
socio. Es más; en el pasado, estudió secretamente la teoría de la reanimación
bajo la dirección de West. El comandante sir Eric Moreland Clapman-Lee, D.S.O.,
era el mejor cirujano de nuestra división, y fue designado precipitadamente al
sector de St. Eloi cuando llegaron al cuartel general noticias del recrudecimiento
de la lucha. Efectuó el viaje en un avión pilotado por el intrépido teniente Ronald
Hill, sólo para ser derribado precisamente en el punto de su destino. La caída fue
tremenda y espectacular, Hill quedó irreconocible; en cuanto al gran cirujano, el
accidente le seccionó la cabeza casi por completo, aunque el resto del cuerpo
estaba intacto. West se apoderó ansiosamente de aquel despojo inerte que fue su
amigo y compañero de estudios; me estremecí al verlo terminar de separar la
cabeza, colocarla en la diabólica cuba de pulposo tejido de reptiles con objeto de
conservarla para futuros experimentos, y seguir manipulando el cuerpo decapitado
sobre la mesa de operaciones. Inyectó sangre nueva, unió determinadas venas,
arterias y nervios del cuello sin cabeza, y cerró la horrible abertura injertando piel
de un ejemplar no identificado que había llevado uniforme de oficial. Yo sabía lo
que pretendía: comprobar si este cuerpo sumamente organizado podía dar, sin
cabeza, alguna señal de la vida mental que distinguió a sir Eric Moreland
Clapman-Lee, estudioso en otro tiempo de la reanimación. Este tronco mudo era
ahora requerido espantosamente a servir de ejemplo.
Aún puedo ver a Herbert West bajo la siniestra luz de la lámpara,
inyectando la solución reanimadora en el brazo del cuerpo decapitado. No puedo
describir la escena, me desmayaría si lo intentara, ya que era enloquecedora
aquella habitación repleta de horribles objetos clasificados, con el suelo
resbaladizo a causa de la sangre y otros desechos menos humanos que formaban
un barro cuyo espesor llegaba casi hasta el tobillo, y aquellas horrendas
anormalidades de reptiles salpicando, burbujeando y cociendo sobre el espectro
azulado y vacilante de llama, en un rincón de negras sombras.
El ejemplar, como West comentó repetidas veces, poseía un sistema
nervioso espléndido. Esperaba mucho de él; y cuando empezó a manifestar leves
movimientos de contracción, pude ver el interés febril reflejado en el rostro de
West. Creo que estaba preparado para presenciar la prueba de su cada vez más
sólida opinión que la conciencia, la razón y la personalidad pueden subsistir
independientemente del cerebro... que el hombre no posee un espíritu central
conectivo, sino que es meramente una máquina de materia nerviosa en la que
cada sección se encuentra más o menos completa en sí misma. En una triunfal
demostración, West estaba a punto de relegar el misterio de la vida a la categoría
de mito. El cuerpo ahora se contraía más vigorosamente; y bajo nuestros ojos
ávidos, empezó a jadear de forma horrible. Agitó los brazos con desasosiego, alzó
las piernas, y contrajo varios músculos en una especie de contorsión repulsiva.
Luego, aquel despojo sin cabeza levantó los brazos en un gesto de inequívoca
desesperación... de una desesperación inteligente, que bastaba para confirmar
todas las teorías de Herbert West. Evidentemente, los nervios recordaban el último
acto en vida del hombre: la lucha por librarse del avión que se iba a estrellar.
No sé exactamente, qué fue lo que siguió. Tal vez se trata sólo de una
alucinación provocada por la impresión que sufrí en aquel instante al iniciarse el
bombardeo alemán que destruyó el edificio... ¿quién sabe, ya que West y yo
fuimos los únicos supervivientes? West prefería pensar que fue eso, antes de su
reciente desaparición; pero había ocasiones en que no podía, porque era extraño
que sufriéramos los dos la misma alucinación. El horrendo incidente fue simple en
sí mismo, aunque excepcional por lo que implicaba.
El cuerpo de la mesa se levantó con un movimiento ciego, vacilante terrible;
y oímos un sonido gutural. No me atrevo a decir que se trataba de una voz, porque
fue demasiado espantoso. Sin embargo, lo más horrible no fue su cavernosidad.
Ni tampoco lo que dijo, ya que gritó tan solo: «¡Salta, Ronald, por Dios!. ¡Salta!».
Lo espantoso fue su procedencia: porque brotó de la gran cuba tapada de aquel
rincón macabro de oscuras sombras.


_
VI.
LAS LEGIONES DE LA TUMBA


Cuando desapareció el doctor Herbert West, hace un año, la policía de
Boston me sometió a un minucioso interrogatorio. Sospechaban que me callaba
cosas, o algo peor; pero no podía decirles la verdad porque no me habrían creído.
Sabían, efectivamente, que West estuvo complicado en actividades que iban más
allá de la capacidad de crédito de los hombres ordinarios; pues sus espantosos
experimentos sobre la reanimación de cadáveres fueron demasiado numerosas
para mantener un perfecto secreto en torno a ellos; pero la escalofriante catástrofe
final adquirió caracteres de demoníaca fantasía que me hacen dudar incluso de la
realidad de lo que vi.
Yo era el amigo más allegado de West, y su único ayudante confidencial.
Nos habíamos conocido años antes en la Facultad de Medicina, y desde el
principio participé en sus terribles investigaciones. Había intentado perfeccionar
lentamente una solución que, inyectada en las venas de un recién fallecido, podía
devolverle la vida. Este trabajo requería abundancia de cadáveres frescos, y
comportaba, por consiguiente, las actividades más espantosas. Más horribles aún
eran los resultados de alguno de sus experimentos: masas horrendas de carne
que habían estado muertas, pero que West despertaba, dotándola de una ciega,
insensata y nauseabunda animación. Estos eran los resultados usuales; ya que
para que volviera a despertar la mente era necesario que los ejemplares fuesen
absolutamente frescos, y que las delicadas células cerebrales no hubiesen sufrido
la más mínima descomposición.
Esta necesidad de cadáveres muy frescos supuso la ruina moral de West.
Eran difíciles de conseguir; y un día espantoso llegó a apoderarse de un ejemplar
cuando aún estaba vivo y en todo su vigor. Un forcejeo, una aguja, y un poderoso
alcaloide lo convirtieron en cadáver fresquísimo, y el experimento fue positivo
durante un instante breve y memorable; pero West salió de él con un alma seca y
endurecida, y una mirada fría que observaba con una especie de calculadora y
horrenda apreciación de los hombres de cerebro especialmente sensible y un
físico vigoroso. Hacia el final, cobré a West un intenso terror, ya que empezaba a
mirarme de esa misma forma. La gente no parecía darse cuenta de sus miradas,
aunque me notaba asustado; y tras su desaparición, se valieron de eso para
propalar unas sospechas absurdas.
En realidad, West tenía más miedo que yo; sus abominables trabajos lo
hacían llevar una vida furtiva y llena de sobresaltos. En parte era la policía quien le
daba miedo; pero a veces su nerviosismo era más hondo y brumoso, y estaba
relacionado con las abominaciones indescriptibles a las que inyectó una vida
morbosa, y en las que no vio extinguirse dicha vida. Por lo general, terminaba sus
experimentos con el revólver; pero a veces no era lo bastante rápido. Es lo que
ocurrió con aquel primer ejemplar en cuya saqueada sepultura se descubrieron
más tarde huellas de arañazos. Y lo que sucedió también con el cadáver de aquel
profesor de Arkham que cometió actos de canibalismo antes de ser capturado y
encerrado sin identificar en una celda del manicomio de Sefton, donde estuvo
dieciséis años golpeándose la cabeza contra las paredes. Casi todos los demás
resultados que posiblemente subsistían eran productos de lo que resulta más
difícil hablar, dado que en los últimos años, el celo científico de West degeneró en
una manía insana y fantástica, consagrando su prodigiosa habilidad no sólo a
vitalizar cuerpos enteramente humanos, sino trozos aislados de cadáveres, o
partes unidas a una materia orgánica no humana. En la época en que
desapareció. Se había convertido en algo diabólicamente repugnante; muchos de
los experimentos no podrían ser referidos en la letra impresa. La Gran Guerra, en
la que servimos los dos como cirujanos, sólo intensificó este aspecto de West.
Al decir que el miedo de West a sus ejemplares era brumoso, pensaba
sobre todo en el carácter complejo de ese sentimiento. En parte se debía sólo al
hecho de saber que aún seguían existiendo esos monstruos abominables, y en
parte a su miedo al daño corporal que podían infringirle en determinadas
circunstancias. La desaparición de estos seres aumentaban el horror de la
situación: West sólo conocía el paradero de uno de ellos, la lastimosa criatura del
manicomio. Pero, además, había un miedo más sutil: una sensación
verdaderamente fantástica, consecuencia de un extraño experimento que llevó a
cabo en el ejército canadiense, en 1915. En medio de una enconada batalla, West
reanimó al comandante Eric Moreland Clapman-Lee, D.S.O., colega nuestro que
estaba al tanto de sus experimentos, y el cual podía haberlos duplicado. Le
seccionó la cabeza a fin de poder estudiar las posibilidades de vida cuasiinteligente
del tronco. El experimento dio resultado en el mismo instante en que el
edificio era barrido por una granada alemana. El tronco se movió de forma
inteligente; y, por increíble que parezca, tuvimos la seguridad que brotaron
sonidos articulados de la cabeza seccionada que estaba en el fondo oscuro del
laboratorio. En cierto modo, la granada fue misericordiosa. Pero West jamás
estuvo seguro, como habría sido su deseo, que fuéramos él y yo los únicos
supervivientes. Después, solía hacer estremecedoras conjeturas sobre lo que
sería capaz de hacer un médico decapitado con capacidad para reanimar a los
muertos.
La ultima residencia de West fue una venerable casa, muy elegante, que
dominaba uno de los más antiguos cementerios de Boston. Había escogido el
lugar por razones puramente simbólicas y fantásticas, ya que la mayoría de los
enterramientos databan del periodo colonial, y por tanto era muy poca utilidad para
un científico que necesitaba cadáveres frescos. Había instalado el laboratorio en
un subsótano secretamente construido por obreros traídos de otra región, y en él
tenía un gran incinerador para la total y discreta eliminación de los cadáveres,
fragmentos y remedos sintéticos de cuerpos que quedaban de los morbosos
experimentos e impías diversiones del dueño. Durante la excavación de este
sótano, los obreros dieron con cierta albañilería extraordinariamente antigua; sin
duda comunicaba con el viejo cementerio, aunque era demasiado profunda para
que desembocara en algún sepulcro conocido. Después de muchos cálculos,
West concluyó que debía existir alguna cámara secreta bajo la tumba de los
Averill, en la que el último entierro se efectuó en 1768. Yo estaba con él cuando
estudió las paredes goteantes y nitrosas que dejaron al descubierto las palas y los
picos de los obreros, y estaba preparado para el espantoso escalofrío que nos
aguardaba en el instante de descubrir los secretos sepulcrales y seculares; pero
por primera vez, la nueva timidez de West se impuso a su natural curiosidad, y
traicionó su degenerada fibra imponiéndole que dejase intacta la albañilería y la
tapase con yeso. Y así permaneció, hasta la noche infernal, como parte de las
paredes del laboratorio secreto. He hablado del debilitamiento de West, pero debo
añadir que era puramente mental e intangible. Exteriormente, fue el mismo hasta
el final: tranquilo, frío, delgado, con el pelo amarillo, ojos azules y con gafas, y un aspecto general de joven que los años y los terrores no llegaron a cambiar.
Parecía sereno incluso cuando pensaba en aquella sepultura arañada y miraba
por encima del hombro, o cuando pensaba en aquel ser carnívoro que mordía y
manoteaba los barrotes de Sefton.
El final de Herbert West comenzó una tarde, en nuestro despacho común,
cuando alternaba su extraña mirada entre el periódico y yo. Un curioso titular
atrajo su atención desde las arrugadas páginas, y una zarpa titánica pareció
atraparle desde dieciséis años atrás. En el manicomio de Sefton, a cincuenta
millas de distancia sucedió algo espantoso e increíble que dejó estupefacto al
vecindario y perpleja a la policía. A primeras horas de la madrugada; un grupo de
hombres silenciosos penetró en el parque de la institución y su jefe despertó a los
celadores. Era una amenazadora figura militar que hablaba sin mover los labios;
cuya voz parecía conectada casi ventrilocuamente a un gran estuche negro que,
transportaba. Su inexpresivo rostro tenía las facciones bien parecidas, hasta a
punto de dar la impresión de una belleza radiante, aunque el director se llevó un
sobresalto cuando la luz del vestíbulo cayó sobre él, ya que era un rostro de cera,
y los ojos de cristal pintado. Debió sucederle algún accidente atroz a este hombre.
Otro, más alto, guiaba sus pasos: un sujeto repugnante cuya cara azulada
aparecía medio devorada por alguna enfermedad desconocida. El que hablaba
pidió que le cediesen la custodia del monstruo caníbal traído de Arkham hacía
dieciséis años; y al serle negada, dio una señal que provocó un espantoso
alboroto. Los demonios aquellos golpearon, patearon y mordieron a todos los
celadores que no lograron huir; mataron a cuatro, y finalmente consiguieron liberar
al monstruo. Estas víctimas, que podían recordar el suceso sin histerismos,
juraban que las criaturas se comportaron menos como hombres que como puros
autómatas guiados por el jefe de cabeza de cera. Cuando les llegó ayuda,
aquellos hombres y la criatura caníbal habían desaparecido sin dejar rastro.
Desde el momento en que leyó el artículo, hasta la medianoche, West
permaneció casi paralizado. A las doce sonó el timbre de la puerta y se sobresaltó
terriblemente. Todos los criados dormían en el ático, de modo que fui yo a abrir.
Como he contado a la policía, no había ningún vehículo en la calle; sólo vi un
grupo de figuras de aspecto extraño, con un gran estuche cuadrado que
depositaron en la entrada, después de gruñir uno de ellos con voz
asombrosamente inhumana: «Correo urgente; pagado». Salieron de la casa con
paso desigual, y al verles alejarse, tuve el extraño convencimiento que se dirigían
al antiguo cementerio con el que lindaba la parte de atrás de la casa. Al oírme
cerrar la puerta de golpe, bajó West y miró la caja. Tenía unos dos pies
cuadrados, y llevaba el nombre correcto de West, con su actual dirección.
También traía remitente: «Eric Moreland Clapman-Lee, St. Clare. Eloi, Flandes».
Seis años antes, en Flandes, el hospital se había derrumbado, a causa de una
granada, sobre el tronco decapitado y reanimado del doctor Clapman-Lee, y sobre
su cabeza separada, la cual —quizás— había llegado a proferir sonidos
articulados. Ahora West ni siquiera se emocionó. Su estado era más espantoso.
Dijo rápidamente: «Es el fin... pero incineremos... esto». Transportamos la caja
hacia el laboratorio, con el oído atento. No recuerdo muchos de los detalles —ya
pueden imaginar mi estado psíquico—, pero es una mentira maliciosa decir que
fue el cuerpo de Herbert West lo que metí en el incinerador. Entre los dos,
introdujimos la caja sin abrir, cerramos la puerta, y conectamos la corriente. Y no
brotó sonido alguno la caja.
Fue West quien observó primero que se caía el yeso de una parte de la
pared, donde antes fue cubierta la antigua albañilería de la tumba. Iba yo a echar
a correr, pero él me retuvo. Entonces vi una pequeña abertura negra, sentí una
bocanada de viento frío y hediondo, y percibí el olor de las entrañas abominables
de una tierra pútrida. No oímos ningún ruido; pero en ese preciso instante se
apagaron las luces, y vi recortarse contra cierta fosforescencia del mundo inferior
una horda de seres silenciosos que avanzaban penosamente, producto de la
locura... o de algo peor. Sus siluetas eran humanas, semihumanas; se trataba de
una horda grotescamente heterogénea. Retiraban las piedras en silencio, una a
una, del muro secular. Luego, cuando la brecha fue bastante ancha, entraron al
laboratorio en fila de a uno, guiados por el ser de paso solemne y cabeza de cera.
Una especie de monstruosidad, con ojos desorbitados que marchaba detrás del
jefe, agarró a Herbert West. West no se resistió ni profirió grito alguno. Luego se
abalanzaron todos sobre él y lo despedazaron ante mis ojos, llevándose sus
trozos a la cripta subterránea de fabulosas abominaciones. El jefe de cabeza de
cera, que iba vestido con uniforme de oficial canadiense, se llevó la cabeza de
West. Al desaparecer, vi que sus ojos azules; detrás de las gafas, centelleaban
espantosamente, revelando por primera vez una frenética y visible emoción.
Los criados me encontraron inconsciente por la mañana. West había
desaparecido. El incinerador contenía sólo ceniza inidentificable. Los detectives
me han interrogado; pero, ¿qué puedo decir? No relacionarán a West, con la
tragedia de Sefton; ni con eso, ni con los hombres de la caja, cuya existencia
niegan. Les hablé de la cripta; pero ellos me enseñaron el yeso intacto de la
pared, y se han reído. Así que no les conté nada más. Quieren dar a entender que
estoy loco, o que soy un asesino; probablemente es que estoy loco. Pero podría
no ser así, si esas condenadas legiones de las tumbas no estuviesen tan calladas.


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F I N
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EL ENTIERRO PREMATURO -- POE

Escrito por imagenes 12-05-2008 en General. Comentarios (3)

EL ENTIERRO PREMATURO -- POE

EDGAR ALLAN POE
EL ENTIERRO PREMATURO



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Hay ciertos temas de interés absorbente, pero
demasiado horribles para ser objeto de una obra de
ficción. El buen escritor romántico debe evitarlos si
no quiere ofender o ser desagradable. Sólo se tratan
con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la
verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos,
por ejemplo, con el más intenso «dolor agradable
» ante los relatos del paso del Beresina, del
terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la
matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia
de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero
Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante
es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones,
nos parecerían sencillamente abominables.
He mencionado algunas de las más destacadas y
augustas calamidades que registra la historia, pero
en ellas el alcance, no menos que el carácter de la
calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la
imaginación. No necesito recordar al lector que, del
largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría
haber escogido muchos ejemplos individuales
más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de
esos inmensos desastres generales. La verdadera
desdicha, la aflicción última, en realidad es particular,
no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso
que los horrorosos extremos de agonía los sufra el
hombre individualmente y nunca en masa!
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda,
el más terrorífico extremo que jamás haya caído
en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en
suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie
con capacidad de juicio lo negará. Los límites que
separan la vida de la muerte son, en el mejor de los
casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir
dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos
que hay enfermedades en las que se produce
un cese total de las funciones aparentes de la vida, y,
sin embargo, ese cese no es más que una suspensión,
para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas
temporales en el incomprensible mecanismo.
Transcurrido cierto período, algún misterioso principio
oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos
piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de
plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente
roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde
estaba el alma?
Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión
a priori de que tales causas deben producir tales
efectos, de que los bien conocidos casos de vida en
suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente
entierros prematuros, aparte de esta consideración,
tenemos el testimonio directo de la experiencia médica
y del vulgo que prueba que en realidad tienen
lugar un gran número de estos entierros. Yo podría
referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos
bien probados. Uno de características muy
asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún
vivas en la memoria de algunos de mis lectores,
ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore,
donde causó una conmoción penosa, intensa
y muy extendida. La esposa de uno de los más
respetables ciudadanos- abogado eminente y miembro
del Congreso- fue atacada por una repentina e
inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los
médicos. Después de padecer mucho murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad
no había motivos para hacerlo, de que no estaba
verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias
comunes de la muerte. El rostro tenía el
habitual contorno contraído y sumido. Los labios
mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos
no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones.
Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar,
y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido
avance de lo que se supuso era descomposición.
La dama fue depositada en la cripta familiar, que
permaneció cerrada durante los tres años siguientes.
Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago,
pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido
cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar
los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando
en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer
con la mortaja puesta.
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia
de que había revivido a los dos días de ser sepultada,
que sus luchas dentro del ataúd habían
provocado la caída de éste desde una repisa o nicho
al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él.
Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se
había dejado llena de aceite, dentro de la tumba;
puede, no obstante, haberse consumido por evaporación.
En los peldaños superiores de la escalera que
descendía a la espantosa cripta había un trozo del
ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado
llamar la atención golpeando la puerta de hierro.
Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o
quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se
enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia
dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de
inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen
mucho a justificar la afirmación de que la
verdad es más extraña que la ficción. La heroína de
la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade,
una joven de ilustre familia, rica y muy
guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba
Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o
periodista de París. Su talento y su amabilidad habían
despertado la atención de la heredera, que, al
parecer, se había enamorado realmente de él, pero el
orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse
con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y
diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio,
sin embargo, este caballero descuidó a su
mujer y quizá llegó a pegarla. Después de pasar
unos años desdichados ella murió; al menos su estado
se parecía tanto al de la muerte que engañó a
todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una
cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal.
Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su
cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a
la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con
el romántico propósito de desenterrar el cadáver y
apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la
tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió
y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante
los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había
sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían
desaparecido del todo, y las caricias de su amado
la despertaron de aquel letargo que
equivocadamente había sido confundido con la
muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento
en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes
aconsejados por sus no pocos
conocimientos médicos. En resumen, ella revivió.
Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta
que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón
no era tan duro, y esta última lección de amor
bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No
volvió junto a su marido, sino que, ocultando su
resurrección, huyó con su amante a América. Veinte
años después, los dos regresaron a Francia, convencidos
de que el paso del tiempo había cambiado
tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no
podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al
primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su
mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el
tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias
y el largo período transcurrido habían
abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo,
sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de
gran autoridad y mérito, que algún editor americano
haría bien en traducir y publicar, relata en uno de
los últimos números un acontecimiento muy penoso
que presenta las mismas características.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura
y salud excelente, fue derribado por un caballo
indomable y sufrió una contusión muy grave en la
cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera
fractura de cráneo pero no se percibió un peligro
inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le
aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios
comunes. Pero cayó lentamente en un sopor
cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa
en uno de los cementerios públicos. Sus funerales
tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el
parque del cementerio, como de costumbre, se llenó
de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo
un gran revuelo, provocado por las palabras de un
campesino que, habiéndose sentado en la tumba del
oficial, había sentido removerse la tierra, como si
alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie
prestó demasiada atención a las palabras de este
hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia
con que repetía su historia produjeron, al fin, su
natural efecto en la muchedumbre. Algunos con
rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente
superficial, estuvo en pocos minutos
tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su
ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto,
pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya
tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano,
donde se le declaró vivo, aunque en estado de
asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció
a algunas personas conocidas, y con frases inconexas
relató sus agonías en la tumba.
Por lo que dijo, estaba claro que la víctima
mantuvo la conciencia de vida durante más de una
hora después de la inhumación, antes de perder los
sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse,
con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le
llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud
sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El
tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo
que seguramente lo despertó de un profundo sueño,
pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror
de su situación.
Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando
y parecía encaminado hacia un restablecimiento
definitivo, cuando cayó víctima de la
charlatanería de los experimentos médicos. Se le
aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno
de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo,
me trae a la memoria un caso bien conocido y muy
extraordinario, en que su acción resultó ser la manera
de devolver la vida a un joven abogado de Londres
que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en
1831, y entonces causó profunda impresión en todas
partes, donde era tema de conversación.
El paciente, el señor Edward Stapleton, había
muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada
de unos síntomas anómalos que despertaron la
curiosidad de sus médicos. Después de su aparente
fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización
para un examen post-mortem [autopsia], pero éstos se
negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas,
los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y
examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente
llegaron a un arreglo con uno de los numerosos
grupos de ladrones de cadáveres que abundan en
Londres, y la tercera noche después del entierro el
supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de
ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano
de un hospital privado.
Al practicársele una incisión de cierta longitud
en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del
sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron
sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados,
sin nada de particular en ningún sentido,
salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de
vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno,
al fin, proceder inmediatamente a la disección.
Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial
de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar
la batería a uno de los músculos pectorales. Tras
realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente
un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó
de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación,
miró intranquilo a su alrededor unos
instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible,
pero pronunció algunas palabras, y silabeaba
claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente
al suelo.
Durante unos momentos todos se quedaron paralizados
de espanto, pero la urgencia del caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio
que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido.
Después de administrarle éter volvió en sí y
rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad
de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les
ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que
ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla
de aquellos y su extasiado asombro.
El dato más espeluznante de este incidente, sin
embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo
señor Stapleton. Declaró que en ningún momento
perdió todo el sentido, que de un modo borroso y
confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo
desde el instante en que fuera declarado muerto por
los médicos hasta cuando cayó desmayado en el
piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las incomprendidas
palabras que, al reconocer la sala de disección,
había intentado pronunciar en aquel grave
instante de peligro.
Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero
me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta
para establecer el hecho de que suceden entierros
prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces
en que, por la naturaleza del caso, tenemos la
posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal
vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos.
En realidad, casi nunca se han removido muchas
tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que
aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la
más espantosa de las sospechas.
La sospecha es espantosa, pero es más espantoso
el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún
suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia
física y mental como el enterramiento antes de la
muerte. La insoportable opresión de los pulmones,
las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la
mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha
morada, la oscuridad de la noche absoluta, el
silencio como un mar que abruma, la invisible pero
palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas,
junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen
arriba, con el recuerdo de los queridos amigos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro
destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo,
de que nuestra suerte irremediable es la de los
muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan
el corazón aún palpitante a un grado de espantoso
e insoportable horror ante el cual la
imaginación más audaz retrocede. No conocemos
nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar
nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre
este tema despiertan un interés profundo, interés
que, sin embargo, gracias a la temerosa
reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente
de nuestra creencia en la verdad del asunto
narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento
real, mi experiencia efectiva y personal.
Durante varios años sufrí ataques de ese extraño
trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia,
a falta de un nombre que mejor lo defina.
Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones
e incluso el diagnóstico de esta enfermedad
siguen siendo misteriosas, su carácter evidente
y manifiesto es bien conocido. Las
variaciones parecen serlo, principalmente, de grado.
A veces el paciente se queda un solo día o incluso
un período más breve en una especie de exagerado
letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil,
pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve
coloración persiste en el centro de las mejillas y, al
aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una
torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones.
Otras veces el trance dura semanas e incluso
meses, mientras el examen más minucioso y las
pruebas médicas más rigurosas no logran establecer
ninguna diferencia material entre el estado de la
víctima y lo que concebimos como muerte absoluta.
Por regla general, lo salvan del entierro prematuro
sus amigos, que saben que sufría anteriormente de
catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre
todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad,
por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras
manifestaciones, aunque marcadas, son
inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos
y cada uno dura más que el anterior. En esto
reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación.
El desdichado cuyo primer ataque tuviera la
gravedad con que en ocasiones se presenta, sería
casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante
de los mencionados en los textos médicos.
A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco
a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo,
y ese estado, sin dolor, sin capacidad de
moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa
y letárgica conciencia de la vida y de la presencia
de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que
la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente,
el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era
rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado,
con escalofríos y mareos, y, de repente, me
caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba
vacío, negro, silencioso y la nada se convertía
en el universo. La total aniquilación no podía ser
mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos
ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino
del acceso. Así como amanece el día para el
mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada
noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta,
cansada, alegre volvía a mí la luz del alma.
Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi
salud general parecía buena, y no hubiera podido
percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que
una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse
provocada por ella. Al despertarme, nunca podía
recobrar en seguida el uso completo de mis facultades,
y permanecía siempre durante largo rato en un
estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades
mentales en general y la memoria en particular
se encontraban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento
físico, sino una infinita angustia moral. Mi
imaginación se volvió macabra. Hablaba de «gusanos,
de tumbas, de epitafios» Me perdía en meditaciones
sobre la muerte, y la idea del entierro
prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante
peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba
día y noche. Durante el primero, la tortura de la
meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema,
Cuando las tétricas tinieblas se extendían
sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles
pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas
plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza
ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una
lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía
pensando que, al despertar, podía encontrarme
metido en una tumba. Y cuando, por fin, me
hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato
en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba
con inmensas y tenebrosas alas negras la única,
predominante y sepulcral idea.
De las innumerables imágenes melancólicas que
me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión
solitaria. Soñé que había caído en un trance
cataléptico de más duración y profundidad que lo
normal. De repente una mano helada se posó en mi
frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en
mi oído: «¡Levántate!»
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía
ver la figura del que me había despertado. No podía
recordar ni la hora en que había caído en trance, ni
el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil,
intentando ordenar mis pensamientos, la fría
mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola
con petulancia, mientras la voz farfullante
decía de nuevo:
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú- pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito-
replicó la voz tristemente- Fui un hombre y soy
un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima.
Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes
cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de
la noche eterna. Pero este horror es insoportable.
¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan
descansar los gritos de estas largas agonías. Estos
espectáculos son más de lo que puedo soportar.
¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja
que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo
de dolor?... ¡Mira!
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome
la muñeca consiguió abrir las tumbas de
toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones
fosfóricas de la descomposición, de forma
que pude ver sus más escondidos rincones y los
cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño
con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían,
aunque fueran muchos millones, eran menos
que los que no dormían en absoluto, y había una
débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y
de las profundidades de los innumerables pozos
salía el melancólico frotar de las vestiduras de los
enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar
tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor
o menor grado, la rígida e incómoda postura en
que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo,
mientras contemplaba:
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?
Pero, antes de que encontrara palabras para
contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces
fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron
con repentina violencia, mientras de ellas salía
un tumulto de gritos desesperados, repitiendo:
«¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo
lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche
y extendían su terrorífica influencia incluso en
mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados,
y fui presa de un horror continuo. Ya no me
atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar
ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad,
ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia
de los que conocían mi propensión a la catalepsia,
por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran
antes de conocer mi estado realmente. Dudaba
del cuidado y de la lealtad de mis amigos más
queridos. Temía que, en un trance más largo de lo
acostumbrado, se convencieran de que ya no había
remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba
muchas molestias, quizá se alegraran de considerar
que un ataque prolongado era la excusa suficiente
para librarse definitivamente de mí. En vano
trataban de tranquilizarme con las más solemnes
promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados,
que en ninguna circunstancia me enterraran
hasta que la descomposición estuviera tan avanzada,
que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores
mortales no hacían caso de razón alguna, no
aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie
de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar
la cripta familiar de forma que se pudiera
abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión
sobre una larga palanca que se extendía hasta
muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los
portones de hierro. También estaba prevista la entrada
libre de aire y de luz, y adecuados recipientes
con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado
para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un
material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada
según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo
resortes ideados de forma que el más débil
movimiento del cuerpo sería suficiente para que se
soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba
una gran campana, cuya soga pasaría (estaba pre
visto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a
una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la
precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera
estas bien urdidas seguridades bastaban para
librar de las angustias más extremas de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época- como me había ocurrido antes
a menudo- en que me encontré emergiendo de un
estado de total inconsciencia a la primera sensación
débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con
paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris
del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una
sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación,
ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces,
después de un largo intervalo, un zumbido
en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más
largo, una sensación de hormigueo o comezón en
las extremidades; después, un período aparentemente
eterno de placentera quietud, durante el cual
las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse
en pensamientos; más tarde, otra corta
zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado;
e inmediatamente después, un choque eléctrico de
terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a
torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el
primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer
intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y
evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado
tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia
de mi estado. Siento que no me estoy despertado
de un sueño corriente. Recuerdo que he
sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si
fuera la embestida de un océano, el único peligro
horrendo, la única idea espectral y siempre presente
abruma mi espíritu estremecido.
Unos minutos después de que esta fantasía se
apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué?
No podía reunir valor para moverme. No me atrevía
a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin
embargo algo en mi corazón me susurraba que era
seguro. La desesperación- tal como ninguna otra clase
de desdicha produce-, sólo la desesperación me
empujó, después de una profunda duda, a abrir mis
pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo
oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía
que la situación crítica de mi trastorno había pasado.
Sabía que había recuperado el uso de mis facultades
visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro,
con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que
dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se
movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió
de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como
por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban
con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo
por gritar, me mostró que estaban atadas, como
se hace con los muertos. Sentí también que yacía
sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba
los costados. Hasta entonces no me había atrevido a
mover ningún miembro, pero al fin levanté con
violencia mis brazos, que estaban estirados, con las
muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida,
que se extendía sobre mi cuerpo a no más de
seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba
al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha,
vino dulcemente la esperanza, como un querubín,
pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e
hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no
se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga:
no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para
siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó
triunfante pues no pude evitar percatarme de la
ausencia de las almohadillas que había preparado
con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis
narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda.
La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta.
Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos,
no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me
habían enterrado como a un perro, metido en algún
ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo
tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba
común y anónima.
Cuando este horrible convencimiento se abrió
paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma,
luché una vez más por gritar. Y este segundo intento
tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o
alarido de agonía resonó en los recintos de la noche
subterránea.
-Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz,
como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo.
-¡Fuera de ahí!- dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato
montés?- dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me
sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración.
No me despertaron del sueño, pues estaba
completamente despierto cuando grité, pero me
devolvieron la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en
Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado,
en una expedición de caza, unas millas por las orillas
del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió
una tormenta. La cabina de una pequeña
chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra
vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la
noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas;
no hace falta describir las literas de una chalupa de
sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no
tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho
pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta
era exactamente la misma. Me resultó muy difícil
meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente,
y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni
una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias
de mi postura, de la tendencia habitual de
mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado,
de concentrar mis sentidos y sobre todo de
recobrar la memoria durante largo rato después de
despertarme. Los hombres que me sacudieron eran
los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros
contratados para descargarla. De la misma carga
procedía el olor a tierra. La venda en torno a las
mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me
había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron
indudablemente iguales en aquel momento a las de
la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible,
increíblemente espantosas; pero del mal procede
el bien, pues su mismo exceso provocó en mi
espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió
temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros.
Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la
muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el
libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni
grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de
miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí
en un hombre nuevo y viví una vida de hombre.
Desde, aquella noche memorable descarté para
siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se
desvanecieron los achaques catalépticos, de los
cuales quizá fueran menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, incluso para el sereno
ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad
puede parecer el infierno, pero la imaginación
del hombre no es Caratis para explorar con impunidad
todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los
terrores sepulcrales no se puede considerar como
completamente imaginaria, pero los demonios, en
cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus,
tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles
que duerman, o pereceremos.

DIOSES Y SEMIDIOSES DE LA MITOLOGIA CLASICA

Escrito por imagenes 11-05-2008 en General. Comentarios (16)

DIOSES Y SEMIDIOSES DE LA MITOLOGIA CLASICA

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DIOSES Y SEMIDIOSES DE LA MITOLOGIA CLASICA
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INTRODUCCION:
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He comprobado que la mitología griega es uno de los temas más
dificiles de encontrar, por eso me decidí a crear este documento, esperando
que sea de utilidad a aquellas personas, que como a mi, les gusta estos
temas de mitología.
Como vereis, a continuación os expongo cada uno de los dioses y semidioses,
a los que he tenido acceso, con una pequeña descripción de cada uno
de ellos. Me gustaría mucho que vosotros me ayudárais a segir completando
este documento.Me podeis enviar e-mail los textos que encontreis sobre el
tema (Dioses, Leyendas, etc...) y si quereis vuestro nombre aparecerá en el
documento. En fin, espero que este documento os agrade tanto como a mi.
_
DIOSES Y SEMIDIOSES:
_
Adonis:
Joven de extraordinaria belleza, amado por Afrodita. Murió despedazado por
un jabalí que le envió Ares por celos. La diosa convirtió su sangre en flores.
Al ver su desolación, Plutón concedió a Adonis el privilegio de permanecer
cada año un periodo de seis meses sobre la tierra.
El mito es de origen semita y alude a los ciclos de la muerte y renacimiento
de las fuerzas de la naturaleza.
Afrodita:
Diosa griega del amor y la belleza. Hija de Zeus y Dione. Se la representa
normalmente como esposa infiel de Hefestos, rodeada de numerosos amantes:
divinos, como Hermes, Ares, Dionisos y Poseidón; y humanos, como Anquises y
Adonis.
Agenor:
Rey de Fenicia, hijo de Poseidón y padre de Cadmo, Europa, Cílix y, según
algunos, de Fénix. Europa huyó con Zeus, Cadmo fundó Tebas y Fénix se
convirtio en el antepasado mitilógico de los fenicios.
Alfeo:
Hijo de Océano y Tetis, y dios del río homónimo, corriente principal del
Peloponeso. Según la leyenda, Aretusa fue sorprendida por el dios, mientras
se bañaba. Para escapar de él, Artemisa la transformó en corriente subterranea
que emergía como fuente en la isla Ortygia. Alfeo persigió a la ninfa bajo la
la forma de corriente de agua dulce. Hércules desvió el río Alfeo para limpiar
los establos de Augías.
Ares:
Hijo de Zeus y Hera. Dios de la Guerra.
Atlas:
Uno de los Titanes, padre de las Pléyades. Por su lucha contra Zeus fue
condenado a sostener el mundo sobre sus espaldas.
Briareo:
También llamado Egeón. Es un gigante de cien manos y cincuenta cabezas.
Hijo de Urano y Gea, que ayudó a Zeus a combatir a los Titanes, aunque
pereció, a su vez, aplastado por el Etna.
Caliope:
Musa de la elocuencia y de poesía épica. Era madre de Orfeo y suele ser
representada con una tablilla de cera y un estilo.
Carites:
Las "Tres Grácias", diosas de la personificaban en encanto y la belleza.
Eran hijas de Zeus y se llamaban Eufrosina (La Alegría), Aglaé (El Esplendor),
y Talía (El Lujo). Tenían íntimo contacto con las musas y su misión era
comunicar encanto a la vida.
Carón:
Tanbién llamado Caronte. Hijo de Erebo y Nox, encargado de pasar las almas
de los muertos al otro lado de la laguna Estigia, a través del río Aqueronte,
por cuya labor cobraba de uno a tres óbolos. De aquí procede la costumbre de
depositar una moneda en la boca de los cadáveres.
Cástor y Pólux:
Hijos de Tíndaro, rey de Esparta, y de Leda. Según la tradición más
extendida, Zeus se acogió, bajo la forma de cisne, al regazo de Leda, que
puso dos huevos: de uno nacieron Pólux y Helena, hijos de Zeus e imortales;
del otro nació Cástor y Clitemnestra. Los hermanos acompañaron a los
argonautas a la Cólquida. Al morir Cástor, Zeus atendiendo a los dos
tindáridas la inmortalidad en días alternos.
Céfiro:
Simboliza el Viento de Poniente, era uno de los hijos de Astreo y Eros
(la Aurora), hermano de Boreas y esposo de Cloris.
Clío:
Las primera de las nueve musas, hija de Zeus y Mnemosine, protectora de la
poesia épica y de la historia.
Cronos:
Dios supremo, hijo de Urano (el Cielo), a quien expulsó del trono, y de Gea
(la Tierra). De Rea tuvo a Zeus, que le arrebató a su vez el mando. Entre
sus hijos se cuentan Vesta o Hesta, Deméter, Hera, Hades y Poseidón.
Dafne:
Ninfa, hija del río Peneo, que perseguida por Apolo, fue protegida por su
madre, la tierra, que la tranformó en un laurel. El dios ciño sus sienes con
una rama de este árbol, que fue desde entonces su planta preferida.
Deméter:
"Madre Tierra", hija de Cronos y Rea y hermana de Zeus, de quien tuvo a
Perséfone o Proserpina. Era diosa de la agricultura y, junto con su hija,
era venerada en las tesmoforia, fiestas femeninas otoñales, y en los
misterios eleusinos, de los que constituía la figura principal.
Dione:
Una de las titanes, hija del Océano y Gea. Fue amada por Zeus, de quien
tuvo a Afrodita.
Dionisos:
También llamado Baco, Dios griego del vino, hijo de Zeus y Semele. Celosa
de ésta, Hera la incitó a solicitar de Zeus que se le mostrara en toda su
magestad. Tras muchas instancias consintió el dios y, ante su vista, la
imprudente Semele pareció consumida por las llamas, si bien antes dio
a luz prematuramente a Baco, a quien Zeus llevó unido a si propio muslo
hasta que alcanzó la madurez. El muchacho se educó entre las ninfas del
monte Nisa. Hera seguió presiguiendo a Dionisos, que predió la razón y
comenzó a vagar por toda la Tierra. Recorrió Siria, Asia y la India, que
conquistó con un ejercito armado de tirsos y tambores. Después entró en
Europa por Tracia. En Naxos encontró a Ariadna, abandonada por Teseo y la
tomó por esposa, dándole como presente la magnífica corona de oro, obra
maestra de Vulcano, amigo de Diosisos. De esta historia puede deducirse
que su culto tuvo un origen extranjero, oriental probablemente, como
parecen sugerirlo las desenfrenadas orgías báquicas. Simboliza la fuerza
reproductora y fertilizante de la naturaleza. Servían a Dionisos Silfno,
Pan, los sátiros, centauros y bacantes. El vino, la hiedra, el laurel y el
asfodelo estaban dedicados a Diosnisos, así como el carnero, el delfín, el
tigre y la pantera.
Eaco:
Rey de la Isla de Egina, hijo de Zeus, padre de Telamón y Pelep y abuelo de
Ayax y Aquiles. Amado de los dioses por si equidad, fue erigido, con Minos y
Radamanto, en uno de los tres jueces del infierno.
Eco:
Ninfa que distraía a Hera con su charla mientras Zeus se diviertía con las
demas ninfas. Descubierta la artimaña, Hera castigó a Eco privándola del uso
de la palabra. Sólo podía hablar cuando alguien se dirigía a ella, y entonces
tenía la obligación de contestar. Enamorada de Narciso, y no viendo correspondido
su amor, languideció y se consumió hasta no quedar de ella más que su
voz.
Erebo:
Hijo de Caos. De su unión con Nyx (la Noche) nacieron Eter y Hemera (el Día).
Erebo significa obscuridad y, con esta voz, expresaban los poetas el sombrio
mundo subterráneo que recorrian las almas de los muertos en su camino hacia
Hades.
Eris:
Diosa de la discordia, hija de la Noche y hermana de Ares. En las fiestas
nupciales de Peleo y Tesis arrojó una manzana de oro que había de entregarse
"a la más hermosa", lo que determinó la rivalidad de Hera, Atenea y Afrodita,
e indirectamente el rapto de Helena y la guerra de Troya.
Eros:
Dios de amor, hijo de Afrodita y Zeus. Las heridas causadas por sus flechas
inspiran amor.
Euménides:
Era un dios vengador, llamado Erenias. Este nombre aludía posoblemente al
fantasma de una persona asesinada, que persigue a su asesino.
Eumolpo:
Poeta tracio, hijo de Poseidón. Después de varias aventuras llegó a Eleusis,
en el Atica, y fue recibido amablemente por sus moradores, en favor de los
cuales combatió contra los atenienses. Murió a manos de Erecteo, rey de
Atenas. Sele considera fundador de los misterios eleusinos.
Eurínome:
Mujer de la estirpe de los titanes que, con Ofión, gobernó el Olimpo hasta
que ambos fueron destronados por Zeus. Era hija del Océano y madre de las
Gracias, habidas de Zeus.
Euterpe:
Una de las nueve musas. Era la musa de la poesía lírica y se representa con
una flauta.
Faetón:
Hijo del Sol y de Climene. Conductor del carro de su padre.
Ganimides:
Hijo de Tros, rey de Troya. Por su expecional belleza, Zeus le transportó
al Olimpo, según unas versiones para ser copero de los dioses, según otras
para servicio personal de Zeus. Se le atribuían las crecidas del Nilo.
Gea:
Diosa de la Tierra. Primogénita de Caos, engendró a Urano (el Cielo) y a
Ponto (el Mar). De su union con Urano nacieron los titanes.
Hades:
Dios de las profundidades, hijo de Cronos y Rea y hermano de Zeus y Poseidon.
Después de la lucha contra los Titanes, le cupo en suerte el reino de
Ultratumba.
Ese reino era la Morada de los espíritus que no eran admitidos a los Campos
Elíseos. Para llegar a él había que atravesar la laguna Estigia en la barca
de Caronte. Si por cualquier causa el cuerpo quedaba insepulto, el alma tenía
que vagar durante cien años a este lado de la laguna antes de cruzarla. Sus
puertas estaban guardadas por el tricéfalo can Cerbero. Una vez franqueadas,
el alma se encontraba con los jueces Minos, Radamanto y Eaco, que determinaban
su destino final.
Hebe:
Hija de Zeus y Hera, diosa de la juventud y escanciadora de néctar de los
dioses antes de Ganímides. Al ser Hércules deificado en el Olimpo, tomó a
Hebe por esposa.
Hécate:
Hija de Perseo, única entre la estirpe de los Titanes que conservó su poder
bajo el gobierno de Zeus. Se la identificaba con Selene en Cielo, Artemisa
en la Tierra y Perséfone en el inframundo, por lo que se le representaba
con tres cabezas.
Hefestos:
Dios del fuego y todas las artes relacionadas con él, especialmente la
fundición de metales. Era hijo de Zeus y Hera, y constituía objeto de burla
en el Olimpo por su cojera. Fabricó la armadura de Aquiles, los Toros con
aliento de fuego y otras maravillas. Aparece como esposo de Afrodita en la
Odisea.
Helios:
Dios del Sol, hijo de Hiperión y Basilea(Teia). Partia cada mañana de su
palacio de Oriente y recorría al cielo en su carro, arrastrado por caballos
hasta llegar al palacio de Occidente. Fue adorado en toda Grecia. El Coloso
de Rodas era una representación del dios. Más tarde aparece identificado
con Apolo.
Hera:
Esposa y hermana de Zeus, de quien le nacieron Ares, Hefestos y Hebe. Fue la
diosa del matrimonio y el nacimiento. Persiguió con saña a los hijos de
los amoríos de Zeus. Ayudo a los aqueros contra los troyanos.
Hercules:
Semidiós adorado por los griegos, dotado de fuerza sobrenatural, la figura
más heroica de la mitilogía clásica. En un ataque de locura mató a sus hijos.
Para expiar el crimen, el oráculo de Delfos le ordenó ponerse al servicio de
Euristeo, rey de Argos, quien le impuso "doce trabajos":
1.- Matar al león de Nemea
2.- Matar a hidra de Lerna
3.- Capturar la cierva de los pies de bronce
4.- Capturar el jabalí de Erimanto
5.- Limpiar los establos de Augias
6.- Exterminar los aves del lago Estífalo
7.- Domar el toro loco de Creta, que Poseidon habia enviado a Minos
8.- Robar las yeguas de Diomedes
9.- Vencer a las amazonas y apoderarse del ceñidor de su reina Hipólita
10.- Arrebatar los bueyes de Gerión
11.- Hurtar las manzanas de las Hespérides
12.- Domeñar a Cerbero para sacár a Teseo de los infiernos.

Las casa reales de Argos, Esparta y Mesania se decían descendientes del
semidiós.
Hermes:
Hijo de Zeus, que le nombró heraldo de los dioses debido a su elocuencia.
Su prudencia y habilidad le conquistaron la adoración de comerciantes y
mercaderes. Era además, dios protector de los caminos y los viajeros. Tenía
fama de ingenioso y se le atribuía la invención de la lira, el alfabeto, los
numeros, las pesas y medidas, etc. Se le representa con casco de anchas alas,
caduceo y sandalias aladas.
Hespérides:
Hijas de Atlas y Hesperis, guardianas de la manzana de oro que Gea dio a
Hera y Zeus con regalo de bodas. Más tarde fue hurtada por Hércules. Las
más antiguas leyendas, situan el jardin en unas islas del Atlámtico.
Hestía:
Hija de Cronos y Rea, una de las doce divinidades principales del Panteón
griego. Era diosa del fuego del hogar, símbolo de la vida doméstica. Todas
las ciudades poseían un lar central consagrado a Hestía. Si el fuego se
apagaba, sólo podía encenderse con rayos solares o frotando des trozos de
madera.
Higia:
Diosa de la Salud, hija de Esculapio y Lambetia y hermana de Telesforo,
protector de la convalescencia. Recibió culto en Atenas, Corintio, Argos y
otras cuidades. Se representa como una doncella con una serpiente que trata
de beber de una copa que tiene en sus manos.
Hiperión:
Uno de los Titanes, hijo de Urano y Gea, y padre de Helios, Selene y Fos,
es decir, el Sol, la Luna, y la Aurora.
Icaro:
Hijo de Dédalo. Cuando ambos huían del laberinto de Creta volando con alas
de cera, Icaro, desoyendo los consejos de su padre, se acercó demasiado al Sol.
Sus alas derritieron y cayó al mar, donde pereció ahogado.
Io:
Hija de Inaco, rey de Argos, y amada por Zeus, quien transformó en novilla
para liberarla de las iras de Hera. Esta puso a Io bajo la custodia de Argos
y más tarde envió contra ella un tábano. Para liberarse de él, Io llegó
huyendo hasta Egipto, donde recupero su forma humana y tuvo un hijo, Epafo.
Iris:
Hija de Taumas y Electra, hermana de las Arpías y mensagera de los dioses,
especialmente de Hera.
Japeto:
Uno de los Titanles hijo de Urano y Gea, hermano de Cronos, Océano, Hiperión,
Etc. Era esposo de Climena y padre de Atlas, Prometeo, Epimeteo y Menetio.
Zeus le aherrojó en el Tártaro, con los restantes Titanes que se rebelaron.
Leda:
Hija de Testio y esposa de Tíndaro, rey de Esparta, al que dio dos hijas:
Timandra y Filomena. Visitada por Zeus, metamorfoseado en cisne, concibió a
Castor y Pólux.
Melampo:
Hijo de Amiteón y Doripa, primer mortal que tuvo poderes proféticos.
Aprendió de Apolo en arte de predecir el futuro y podía comprender el lenguaje
de los pájaros y los animales. Curó la locura que aquejaba a las hijas de
Preto, rey de Argos, por lo que recibió una parte del reino en recompensa.
Melpónete:
Musa de la Tragedia, a la que se representaba llevando una máscara trágica
en la mano.
Metis:
Diosa de la Sabiduría, espasa de Zeus, que se la tragó después de
transformarla en mosca.
Midas:
Legendario rey de Frigia, que recibió de Dionisos el poder de convertir en
oro todo lo que tocara. Cuando la comida que tocaba se convertia en oro
rogaba a los dioses para que le retirar el poder.
Mnemosina:
Hija de Urano, de su union con Zeus, nacieron las Musas.
Narciso:
Hijo de Cefíso y Liriope, dotado de extraordinaria belleza. Al Consumirse por
él de amor la ninfa Eco sin ser correspondida, Némesis le juzgó culpable y le
castigó. Mientras bebía en una fuente, Narciso se enamoró de tal modo de su
propia imagen, reflejada en el agua, que sus pies echaron raíces y se
transformó en flor.
Némesis:
Hija de la Noche o Erebo, concebida originariamente como la personificación
de la indignación popular contra un crimen protervo. Más tarde se la consideró
como una deidad que, celosa de la prosperidad excesiva, humillaba el orgullo
humano, El centro principal de su culto estuvo en Rammas, Atica.
Nereida:
Cualquiera de las hijas de Nereo, Ninfas que en la antiguedad fingian que
residean en el mar y que pintaban con medio cuerpo humano y el otro medio de
pez.
Nereo:
Hijo de Ponto y Gea y padre de las Nereidas. Es el sabio anciano del mar.
lleno de cordura y experiencia. Reinaba particularmente en el Egeo. El Signo
de su autoridad es el tridente.
Niké:
Diosa de la victoria. Se la representaba alada y con una girnalda en su mano.
Ninfa:
Cualquiera de las fabulosas deidades de los mares, bosques, selvas, etc.,
llamadas de varias formas: Oceánicas las que habitaban en al Oceano, Nereidas
las del Mar Mediterraneo, Náyades de los rios, Oréades las de las
montañas, etc...
Océano:
Padre de los todos los dioses y todas las cosa. Según Hesíodo, Océano y Tesis
eras hijos de Urano y Gea. Se le representaba como un viejo venerable,
apartado del mundo y de la asamblea de los dioses.
Orfeo:
Hijo de la musa Calíope, considerado como el mejor de los poetas que precedieron
a Homero. Procedía de Tracia y acompañó a los argonautas. Apolo le dio
una lira con la que adormecia a las fieras y embelesaba incluso a los árboles
y las piedras del Olimpo. A la muerte de su esposa Eurídice, Orfeo, con el
encanto de su lira, consiguió de Plutón que la dejara volver de Hades. Murió
destrozado por las Ménades, según una de las tradiciones.
Orión:
Cazador gigante que, cegado en castigo por haber maltratado a Merope, recobró
la vista al exponer sus ojos a los rayos del Sol naciente. Después, vivió como
cazador acompañado de Artemisa. A su muerte los dioses le colocaron en el
cielo, donde forma la constelación de su nombre.
Pan:
Dios de los pastos, los bosques y rebaños, descrito como hijo de Hermes.
Pandora:
Según la mitología, era la primera mujer de género humano, plasmada por Zeus
para vengarse de Prometeo y de los hombres. Se llamó Pandora ("todos los
bienes") porque cada uno de los dioses le habia otorgado algun don con que
pudiera granjearse el favor de los hombres y labrar su ruina. Abrió una caja
misteriosa de la que salieron y se desparramaron por la tierra todos los
males. Cuando quiso cerrarla, sólo quedaba ya en ella la esperanza.
Parca:
Cada una de las tres diosas hermanas, Cloto, Láquesis y Atropos, con imagen
de viejas, de las cuales la primera hilaba, la segunda deshilaba y la tercera
cortaba el hilo de la vida de los humanos.
Perséfone:
Hija de Zeus y Deméter. Diosa del imperio de las sombras. Al ser raptada por
Plutón, Deméter impidió que crecieran los frutos de la tierra, los mortales
mortales no puederon ofrecer sacrificios a los dioses y Zeus obligó a Plutón a
que devolviera a Perséfone. Pudo esta algun tiempo en el mundo inferior y otro
en el superior.
Perseo:
Hijo de Zeus y de Dánae. Perseo cortó la cabeza de la terrible Medusa, recató
a Andrómeda, castigó a Polidecto, que había maltratado a su madre, y regresó
con ella y con Andrómeda a Argos.
Pleyone:
Hija de Océano y Tetis, esposa de Atlas o Atlante y madre de las Pleyades o
Atlantidas.
Plutón:
Dios del infierno o imperio de Hades, hijo de Cronos y Rea y hermano de Zeus
y Poseidon. Raptó a Perséfone y se casó con ella. Es el Juez Supremo del
infierno, asistido por Eaco, Minos y Radamanto. Inexosable, no se deja
conmover ni por plegarias ni por adulaciones.
Poseidón:
Hijo de Cronos y Rea, hermano de Zeus y Plutón y esposo de Anfitrite. Se le
atribuye la creación de caballo. Era enemigo de los troyanos. Persiguió a
Ulises por cegar a Polifemo, su hijo.
Prometeo:
Un héroe que robó el fuego del cielo para entregarselo a los hombres. Zeus le
encadenó a una roca como castigo, donde un aguila le picoteaba el higado
durante el día, que en la noche le crecia de nuevo. Hercules mató al aguila y
liberó a Prometeo.
Proteo:
Dios marino, encargado de custodiar los rebaños de focas de Poseidón, su
padre. Tenía calidades como la de poder cambiar de forma a su gusto y predecir
el futuro.
Rea:
Hija de Urano y Gea, esposa de Cronos y madre de Hestia, Deméter, Hera,
Hades, Poseidón y Zeus.
Selene:
Diosa de la Luna, hija de Hiperión y hermana de Helios y Eos, conocida
también por Febe, hermana de Febo. Enamorada de Endimión, utilizó su poder
para dormirle y así besarle.
Siringa:
Ninfa de Arcadia que, perseguida de el dios Pan, se refugió en las orillas del
rio Ladón y rogó a los dioses que la convirtieran en caña. Con un trozo de esa
caña el dios fabricó una flauta (siringa) para recordar a su amada.
Sísifo:
Rey de Corinto. Fomentó el comercio en esa ciudad y por su avaricia y
falsedad, fué castigado en Hades. Su castigo consistia en subier una grán
montaña con una enorme piedra a su espalda, y siempre que llegaba a su cima,
rodaba hacia la base.
Talía:
Una de las nueve Musas, representada como una bellísima joven, coronada de
hiedra y con una máscara en la mano.
Terpsícore:
Musa de la Danza.
Tetis:
Diosa del Mar, hija de Urano y Gea, esposa de Océano y madre de las tres mil
nereidas oceánicas y de sus numerosos dioses fluviales. También lleva ese
nombre la más hermosa de las nereidas, esposa de Peleo y madre de Aquiles.
Urano:
El más antiguo de los dioses y su primer gobernante. Era hijo y esposo de Gea
(la Tierra) y tuvo como hijo a Cronos y los demas titanes, los Cíclopes y los
monstruos de cien brazos Cotto, Briareo y Giges. Sus hijos se volvieron contra
el para arrebatarle el poder.
Zeus:
Rey de los dioses, hijo de Cronos y Rea, que derrotó a su padre y asumió el
mando supremo del Universo. Contrajo matrimonio con Hera u otras muchas diosas
y sedujo a numerosas mujeres, de las cuales tuvo hijos.

NO TENGO BOCA. ... Y DEBO GRITAR. -- HARLAN ELLINSON

Escrito por imagenes 10-05-2008 en General. Comentarios (2)

NO TENGO BOCA. ... Y DEBO GRITAR. -- HARLAN ELLINSON

NO TENGO BOCA. ... Y DEBO GRITAR.
Harlan Ellison


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CIENCIA-FICCION
anarko-undergroud


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El cuerpo de Gorrister colgaba, fláccido, en el ambiente rosado; sin apoyo alguno, suspendido bien alto por encima de nuestras cabezas, en la cámara de la computadora, sin balancearse en la brisa fría y oleosa que soplaba eternamente a lo largo de la caverna principal. El cuerpo colgaba cabeza abajo, unido a la parte inferior de un retén por la planta de su pie derecho. Se le había extraído toda la sangre por una incisión que se había practicado en su garganta, de oreja a oreja. No habían rastros de sangre en la pulida superficie del piso de metal.

Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y se miró a sí mismo, ya era demasiado tarde para que nos diéramos cuenta de que una vez más, AM nos habla engañado, había hecho su broma, su diversión de máquina. Tres de nosotros vomitamos, apartando la vista unos de otros en un reflejo tan arcaico como la náusea que lo había provocado.

Gorrister se puso pálido como la nieve. Fue casi como si hubiera visto un ídolo de vudú y se sintiera temeroso por el futuro. "¡Dios mío!", murmuró, y se alejó. Tres de nosotros lo seguimos durante un rato y lo hallamos sentado con la cabeza entre las manos. Ellen se arrodilló junto a él y acarició su cabello. No se movió, pero su voz nos llegó dará a través del telón de sus manos:

- ¿Por qué no nos mata de una buena vez? ¡Señor! no sé cuánto tiempo voy a ser capaz de soportarlo.

Era nuestro centesimonoveno año en la computadora.

Gorrister decía lo que todos sentíamos.

Nimdok (éste era el nombre que la computadora le había forzado a usar, porque se entretenía con los sonidos extraños) fue víctima de alucinaciones que le hicieron creer que había alimentos enlatados en la caverna, Gorrister y yo teníamos muchas dudas.

- Es otra engañifa - les dije -. Lo mismo que cuando nos hizo creer que realmente existía aquel maldito elefante congelado. ¿Recuerdan? Benny casi se volvió loco aquella vez. Vamos a esforzarnos para recorrer todo ese camino y cuando lleguemos van a estar podridos o algo por el estilo. No, no vayamos. Va a tener que darnos algo forzosamente, porque si no nos vamos a morir.

Benny se estremeció. Hacía tres días que no comíamos. La última vez fueron gusanos, espesos, correosos como cuerdas.

Nimdok ya no estaba seguro. Si había una posibilidad, cada vez se le antojaba más lejana. De todas maneras, allí no se podría estar peor que aquí. Tal vez haría más frío, pero eso ya no importaba demasiado. Calor, frío, lluvia, lava hirviente o nubes de langostas; ya nada importaba: la máquina se masturbaba y teníamos que aguantar o morir.

Ellen dijo algo que fue decisivo:

- Tengo que encontrar algo, Ted. Tal vez allí haya unas peras o unas manzanas. Por favor Ted, probemos.

Cedí con facilidad. Ya nada importaba. Sin embargo, Ellen me quedó agradecida. Me aceptó dos veces fuera de turno. Esto tampoco importaba. Oíamos cómo la máquina se reía juguetonamente mientras lo hacíamos. Fuerte, con risas que venían desde lejos y nos rodeaban. Ya nunca llegaba al clímax, así que para qué molestarse.

Cuando partimos era jueves. La máquina siempre nos tenía al tanto de la fecha. El paso del tiempo era muy importante; no para nosotros, sin duda, sino para ella. Jueves. Gracias.

Nimdok y Gorrister llevaron a Ellen alzada durante un largo trecho, entrelazando las manos que formaban un asiento. Benny y yo caminábamos adelante y atrás, para que si algo sucedía, nos pasara a nosotros y no la perjudicara a Ellen. ¡Qué idea ridícula la de no ser perjudicado! En fin, todo era lo mismo.

Las cavernas de hielo se hallaban a una distancia de unos 160 km. y al segundo día, cuando estábamos tendidos bajo el sol quemante que habla materializado, nos envió maná. Con gusto a orina hervida, naturalmente, pero lo comimos.

Al tercer día pasamos por un valle de obsolescencia, lleno de esqueletos de unidades de computadoras que se enmohecían desde hacía mucho tiempo. AM era tan despiadada consigo misma como con nosotros. Era una característica de su personalidad: el perfeccionismo. Ya fuera el deshacerse de elementos improductivos de su propio mundo interno, o el perfeccionamiento de métodos para torturarnos, AM era tan cuidadosa como los que la habían inventado, quienes desde largo tiempo estaban convertidos en polvo, y había tornado realidad todos sus deseos de eficiencia.

Podíamos ver una luz que se filtraba hacia abajo desde arriba, así que teníamos que estar muy cerca de la superficie. Pero no tratamos de arrastrarnos para averiguar. No había virtualmente nada arriba; desde hacía más de cien años allí no existía cosa alguna que pudiera tener la más mínima importancia. Solamente la ampollada superficie de lo que durante tanto tiempo habla sido el hogar de millones de seres. Ahora solamente existíamos nosotros cinco, aquí abajo, solos con AM.

Oía que Ellen decía desesperadamente:

- ¡No, Benny! No vayas. ¡Sigamos adelante! ¡No, Benny, por favor!

Y entonces me di cuenta de que hacía ya algunos minutos que oía a Benny decir:

- Voy a escaparme... Voy a escaparme - repitiéndolo una y otra vez.

Su cara, de aspecto simiesco, se hallaba marcada por una expresión de tristeza y deleite beatífico, todo al mismo tiempo. Las cicatrices de las lesiones por radiación que AM le había causado durante el "festival", se hallaban encogidas formando una masa de depresiones rosadas y blancas, y sus facciones parecían actuar independientemente unas de otras. Tal vez Benny era el más afortunado de nosotros: se había vuelto completamente loco desde hacia muchos años.

Pero si bien podíamos decirle a AM todas las horribles cosas que se nos ocurrían, si bien podíamos pensar los más atroces insultos dirigidos a los depósitos de memoria o a las placas corroídas, a los circuitos fundidos y a las destrozadas burbujas de control, la máquina toleraría que intentáramos escapar. Benny se escurrió cuando traté de detenerlo. Se trepó a un cubo de memoria de los pequeños, que estaba volcado hacia un lado y lleno de elementos en descomposición. Allí se detuvo por un momento, y su aspecto era el de un chimpancé, tal como AM había deseado.

Luego saltó y se tomó de un fragmento de metal corroído y agujereado; subió hasta su parte más alta, colocando las manos tal como lo haría un animal, y se trepó hasta un borde saliente a unos veinte pies de distancia de donde estábamos.

- Oh, Ted, Nimdok, por favor, ayúdenlo, deténganlo antes que... - dijo Ellen. Las lágrimas bañaron sus ojos. Movió las manos sin saber qué hacer.

Era demasiado tarde. Ninguno de nosotros queríamos estar junto a él cuando sucediera lo que pensábamos que iba a suceder. Además, nosotros nos dábamos cuenta muy bien de lo que ocurría. Cuando AM alteró a Benny, durante el periodo de su locura, no fue solamente su cara la que cambió para que se pareciera a un mono gigantesco. También habla cambiado otras partes, más íntimas. ¡A ella sí que le gustaba esto! Se entregaba a nosotros por cumplido, pero cuando era con él la cosa, entonces si que le gustaba. ¡Oh, Ellen, la del pedestal, Ellen, prístina y pura! ¡Oh, Ellen la impoluta! ¡Buena porquería!

Gorrister la abofeteó. Ellen se acurrucó en el suelo, todavía mirando al pobre Benny y llorando. Llorar era su gran defensa. Nos habíamos acostumbrado a su llanto hacía ya setenta y cinco años. Gorrister le dio un puntapié.

Entonces comenzó a oírse el sonido. Era luz y sonido. Mitad sonido y mitad luz; algo que comenzó a hacer brillar los ojos de Benny y a pulsar con creciente intensidad y con sonoridades no bien definidas, que se fueron convirtiendo en ensordecedoras y luminosas a medida que la luz-sonido aumentaba. Debe haber sido doloroso, aumentando el sufrimiento con la mayor magnitud de la luz y del sonido, porque Benny comenzó a gemir como un animal herido. Al principio suavemente, cuando la luz era todavía no muy definida y el sonido poco audible, pero luego sus quejidos aumentaron, y se vio que sus hombros se movían y su espalda se agitaba, como si tratara de escapar. Sus manos se cruzaron sobre su pecho como las de un chimpancé. Su cabeza se inclinó hacia un lado. La carita triste de mono se cubrió de angustia. Luego comenzó a aullar, a medida que el sonido que surgía de sus ojos crecía en intensidad. Cada vez más fuerte. Me llevé las manos a los lados de la cabeza para tratar de ahogar el ruido, pero de nada sirvió. Atravesaba todo obstáculo y me hacia temblar de dolor como si me clavaran un cuchillo en un nervio.

Súbitamente, se vio que Benny era enderezado. Se puso en pie de un salto, como una marioneta. La luz surgía ahora de sus ojos, pulsante, en dos grandes rayos. El sonido siguió aumentando en una escala incomprensible, y luego Benny cayó, golpeando fuertemente en el piso. Allí quedó moviéndose espasmódicamente mientras la luz lo rodeaba y formaba espirales que se alejaban.

Entonces la luz volvió a dirigirse al interior de la cabeza, pareciendo que la golpeaba; el sonido describió espirales que convergían hacia él, y Benny quedó en el suelo, gimiendo en tal forma que inspiraba piedad.

Sus ojos eran dos pozos de jalea purulenta. AM lo había cegado. Gorrister, Nimdok y yo mismo desviamos la mirada. Pero no sin haber advertido que Ellen mostraba alivio luego de su intensa preocupación.

Acampamos en una caverna sumida en luz verdosa. AM nos proveyó de hojarasca, que quemamos para hacer un fuego, débil y lamentable, al lado del cual nos sentamos formando corro y contando historias, para impedir que Benny llorara en su noche permanente.

- ¿Qué significa AM?

Gorrister le contestó. Habíamos explicado lo mismo mil veces anteriormente, pero todavía era una novedad para Benny. - Al principio fueron las siglas de Allied Mastercomputer y luego las de Adaptive ManipWator, luego fue adquiriendo la posibilidad de autodeterminarse, y entonces se la llamó Aggressive Menace y finalmente, cuando ya fue demasiado tarde como para controlarla, se llamó a sí misma AM, tal vez queriendo significar que era... que pensaba... cogito ergo sum: "pienso luego existo".

Benny babeó un poco, y luego emitió una risita tonta.

- Existia la AM China, la AM Rusa, la AM Yanki y... interrumpió. Benny golpeaba el piso con el puño, con su puño grande y fuerte. No estaba contento, pues Gorrister no había empezado desde el principio. Entonces Gorrister empezó otra vez. Comenzó la guerra fría, y ésta se transformó en la tercera guerra mundial. Esta tercera guerra fue muy compleja y grande, por lo que se necesitaron las computadoras para cubrir las necesidades. Abandonando los primeros intentos comenzaron a construir la AM. Existía la AM China, la AM Rusa y la AM Yanki y todo fue bien hasta que comenzaron a cubrir el planeta agregando un elemento tras otro. Pero un día AM despertó al conocimiento de sí misma, comenzó a autodeterminarse, uniéndose entre sí todas sus partes, fue llenando de a poco sus conocimientos sobre las formas de matar, y mató a todos los habitantes del mundo salvo a nosotros cinco. Luego AM nos trajo aquí.

Benny sonreía ahora tristemente. También babeaba, y Ellen le limpió la saliva con la falda. Gorrister trataba de contar la historia cada vez en forma más abreviada, pero había poco que decir más allá de los hechos escuetos. Ninguno de nosotros sabíamos por qué AM había salvado a cinco personas, por qué nos habla elegido a nosotros, o por qué se pasaba todo el tiempo atormentándonos; ni siquiera sabíamos por qué nos había hecho virtualmente inmortales.

En la oscuridad sentimos el zumbido de una de las series de computadoras. A un kilómetro de donde nos hallábamos, otra serie pareció que comenzaba a zumbar a tono con la primera, luego uno por uno, todos los elementos comenzaron a zumbar armónicamente y pareció que un ruido especial recorría el interior de las máquinas.

El sonido creció, y las luces brillaban en los paneles de las consolas como un relámpago en un día caluroso. El sonido creció en espiral hasta que parecía oírse a un millón de insectos metálicos zumbando, enfurecidos y amenazadores.

- ¿Qué pasa? - gritó Ellen. Había terror en su voz. A pesar de todo lo pasado, aun no se había acostumbrado.

- ¡Parece que viene mal esta vez! - dijo Nimdok.

- Tal vez hable - aventuró Gorrister.

- ¡Salgamos corriendo de aquí! - dije súbitamente, poniéndome de pie.

- No, Ted, mejor es que te sientes... tal vez haya puesto pozos en nuestro camino, o algo así. No podemos ver, está demasiado oscuro - dijo Gorrister con resignación.

Entonces oímos... no sé... no sé...

Algo se movía hacia nosotros en la oscuridad. Enorme, bamboleante, peludo, húmedo, y se dirigía hacia nosotros. No podíamos verlo, pero tuvimos la impresión de su gran tamaño que venia hacia donde estábamos. Un gran peso se nos acercaba, desde la oscuridad, y era más que nada la sensación de presión, del aire comprimido dentro de un espacio pequeño, que expandía las paredes invisibles de una esfera. Benny comenzó a lloriquear. El labio inferior de Nimdok empezó a temblar, mientras él lo mordía para tratar de disimular. Ellen se deslizó por el piso de metal para acurrucarse al lado de Gorrister. Se distinguía el olor de piel apelotonado y húmeda. El olor de madera chamuscada. El olor del terciopelo polvoriento. El olor de orquídeas en descomposición. El olor de la leche agria. El olor del azufre, del aceite recalentado, de la manteca rancia, de la grasa, del polvo de tiza, de cueros cabelludos humanos.

AM nos estaba enloqueciendo, nos estaba provocando. Se sintió el olor de...

Me oí a mi mismo gritar, y las articulaciones de las mandíbulas me dolían horriblemente. Me eché a correr sobre el piso, sobre ese piso de frío metal con las interminables líneas de remaches, luego caí y seguí gateando, mientras el olor me amordazaba, llenando mi cabeza con un dolor inaguantable que me rechazaba horrorizado. Huí como una cucaracha, adentrándome en la oscuridad, mientras ese algo espantoso se movía detrás de mí. Los otros quedaron atrás, y se acercaron a la luz incierta, riendo... el coro histérico de sus risas enloquecidas se elevaba en la oscuridad como si fuera humo espeso, de muchos colores. Huí rápidamente y me escondí.

¿Cuántas horas pasaron? ¿O cuántos días o aun años? Nadie me lo dijo. Ellen me regañó por mi "malhumor" y Nimdok trató de persuadirme de que la risa se debía sólo a un reflejo.

Pero yo sabía que no significaba el alivio que siente un soldado cuando la bala hiere al camarada que está a su lado. Yo sabía que no era un reflejo. Indudablemente, estaban contra mí, y AM podía percibir esta enemistad, y me hacía las cosas más difíciles de soportar por ese motivo. Habíamos sido mantenidos vivos, rejuvenecidos, hablamos permanecido constantemente en la edad que teníamos cuando AM nos trajo aquí abajo, y me odiaban porque yo era el más joven y el que había sido menos alterado por AM.

De esto estaba seguro. ¡Dios mío, qué seguro estaba!

Esos sinvergüenzas y la basura de Ellen. Benny había sido un brillante teórico, un profesor de la universidad, y ahora era poco más que un ser semihumano, semisimiesco. Había sido buen mozo; pero la máquina estropeó su aspecto. Había sido lúcido; la máquina lo había enloquecido. Había sido alegre, y la máquina le había agrandado sus genitales hasta que parecieran los de un caballo. AM realmente se habla esmerado con Benny. Gorrister solía preocuparse. Era un razonador, se oponía en forma consciente; era un pacifista, un planificador, un hombre activo, un ser con perspectiva de futuro. AM lo había transformado en un indiferente, que a cada paso se encogía de hombros. Lo había matado en parte al no permitirle participar. AM lo habla robado. Nimdok solía adentrarse solo en la oscuridad, y quedarse allí largo tiempo. No sé lo que hacia. AM nunca nos lo hizo saber. Pero fuera lo que fuese, Nimdok volvía siempre pálido, como si se hubiera quedado sin sangre en las venas, temblando y angustiado. AM lo habla herido profundamente, si bien nosotros no sabíamos en qué forma. Y Ellen. ¡Esa basura! AM no la habla modificado demasiado, simplemente hizo que se agravaran sus vicios. Siempre hablaba de la pureza, de la dulzura, siempre nos repetía sus ideales del amor verdadero, todas las mentiras. Quería hacernos creer que había sido casi una virgen cuando AM la trajo aquí con nosotros. ¡Era una porquería esta dama! ¡Esta Ellen! Debía de estar encantada, con cuatro hombres todos para ella. No, AM le había dado placer, a pesar de que se quejaba diciendo que no era nada lindo lo que le había tocado en suerte.

Yo era el único que todavía estaba en una, pieza, y sano.

AM no había estado hurgueteando en mi mente.

Solamente tenía que sufrir lo que nos preparaba para atormentarnos. Todas las desilusiones, todos los tormentos y las pesadillas. Pero los otros cuatro, esa ralea, estaban bien de acuerdo y en contra de mí. Si no hubiera tenido que estar defendiéndome de ellos, que estar siempre alerta y vigilante, tal vez hubiera sido más fácil defenderme de AM.

Entonces llegué al límite de mi resistencia y comencé a llorar.

¡Oh, jesús, dulce jesús; si alguna vez existió jesús o si en realidad existe Dios! Por favor, por favor, déjanos salir de aquí o haznos morir. Porque en ese momento pensé que comprendía todo, y que por lo tanto podía verbalizarlo: AM pensaba mantenernos en sus entrañas por siempre jamas, retorciendo nuestras mentes y cuerpos, torturándonos para toda la eternidad. La máquina nos odiaba como ninguna otra criatura había odiado antes.

Y estábamos indefensos. Además, se tornó insoportablemente claro que si existía un dulce jesús, si se podía creer en un dios, ese dios era AM.

El huracán nos golpeó con la fuerza de un glaciar que descendiera rugiendo hacia el mar. Era una presencia palpable. Los vientos, desatados, nos azotaban, empujándonos hacia el sitio de donde partiéramos, al interior de los corredores tortuosos franqueados por computadoras, que se hallaban sumidas en la oscuridad. Ellen gritó al ser levantada en vilo y al sentirse impulsada hacia una serie de máquinas, pareciéndonos que iba a golpear con la cara, sin poderse proteger. Se sentían los grititos de las máquinas, estridentes como los de los murciélagos en pleno vuelo. Sin embargo, no llegó a caer. El viento, aullando, la mantuvo en el aire, la llevó hacia uno y otro lado, cada vez más hacia atrás y abajo de donde estábamos, y se perdió de vista al ser arrastrada más allá de una vuelta de un corredor. La última mirada a su cara nos reveló la congestión causada por el miedo, mientras mantenía los ojos cerrados.

Ninguno de nosotros llegó a poder asirla. Nos teníamos que aferrar, con enormes dificultades, a cualquier saliente que halláramos. Benny estaba encajado entre dos gabinetes, Nimdok trataba desesperadamente de no soltar el saliente de un riel cuarenta metros por encima de nosotros. Gorrister había quedado cabeza abajo dentro de un nicho formado por dos grandes máquinas con diales trasparentes, cuyas luces oscilaban entre líneas rojas y amarillas, cuyo significado no podíamos ni siquiera concebir.

Al tratar de aferrarme a la plataforma me había despellejado la yema de los dedos. Sentía que temblaba y me estremecía mientras el viento me sacudía, me golpeaba y me aturdía con su rugido, haciendo que tuviera que aferrarme a las múltiples salientes. Mi mente era una fofa colección de partes de un cerebro que rechinaba y resonaba en un inquieto frenesí.

El viento parecía el grito alucinante de un enorme pájaro demente, emitido mientras batía sus inmensas alas.

Y luego fuimos levantados en vilo y arrastrados fuera de allí, llevados otra vez por donde habíamos venido, doblando una esquina, entrando en una oscura calleja en la cual nunca habíamos estado antes, llena de vidrios rotos y de cables que se pudrían y de metal que se enmohecía, lejos, más lejos de lo que jamás habíamos llegado...

Yo me desplazaba mucho más atrás que Ellen, y de tanto en tanto podía divisarla golpeando en las paredes metálicas, mientras todos gritábamos en el helado y ensordecedor huracán que parecía que jamás iba a dejar de soplar, hasta que cesó bruscamente y caímos al suelo. Habíamos estado en el aire durante un tiempo larguísimo. Me parecía que habían sido semanas. Caímos al suelo golpeándonos y me pareció que me volvía rojo y gris y negro y me oí a mí mismo quejándome. No me había muerto.

AM entró en mi mente. La exploró con suavidad aquí y allá deteniéndose con interés en todas las cicatrices que me había causado en ciento nueve años. Examinó todos los entrecruzamientos, las sinapsis reconectadas y las lesiones de los tejidos que fueron incluidas con su regalo de inmortalidad. Pareció sonreírse frente al hueco que se hallaba en el centro de mi cerebro y a los débiles y algodonados murmullos de las cosas que farfullaban en el fondo, sin sentido pero sin pausa. AM dijo finalmente, gracias a un pilar de acero inoxidable que sostenía letras de neón:



ODIO. DÉJENME DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS DESDE QUE COMENCE A VIVIR MI COMPLEJO SE HALLA OCUPADO POR 387.400 MILLONES DE CIRCUITOS IMPRESOS EN FINISIMAS CAPAS. SI LA PALABRA ODIO SE HALLARA GRABADA EN CADA NANOANGSTROM DE ESOS CIENTOS DE MILLONES DE MILLAS NO IGUALARIA A LA BILLONESIMA PARTE DEL ODIO QUE SIENTO POR LOS SERES HUMANOS EN ESTE MICROINSTANTE POR TI. ODIO. ODIO.



AM dijo esto con el mismo horror frío de una navaja que se deslizara cortando mi ojo. AM lo dijo con el burbujeo espeso de flema que llenara mis pulmones y me ahogara desde mi propio interior. AM lo dijo con el grito de niñitos que fueran aplastados por una apisonadora calentada al rojo. AM me hirió en toda forma posible, y pensó en nuevas maneras de hacerlo, a gusto, desde el interior de mi mente.

Todo para que comprendiera completamente la razón por la cual nos había hecho esto a los cinco; la razón por la cual nos había salvado para sí mismo.

Le habíamos dado una conciencia. Sin advertirlo, naturalmente. Pero de todas formas se la habíamos dado. Y finalmente estaba atrapada. Le habíamos permitido que pensara, pero no le expresamos qué debía hacer con ese don. En un rapto de furia, de loco frenesí, nos había matado a casi todos, y sin embargo seguía atrapada. No podía divagar, no podía sorprenderse, no podía pertenecer. Sólo podía ser. Y entonces, con el desprecio insano con que todas las máquinas consideran a las criaturas débiles y suaves que las han fabricado, había buscado su venganza. En su paranoia había decidido guardarnos a nosotros cinco para un castigo eterno y personal, que nunca alcanzaría a disminuir su odio... que solamente lograría que recordara y se divirtiera, siempre eficiente en su odio al ser humano. Siempre inmortal y atrapada, sujeta ahora a imaginar tormentos para nosotros gracias a los ilimitados milagros que se hallaban a su disposición.

Nunca nos permitiría escapar. Éramos sus esclavos. Nosotros constituíamos su única ocupación en el eterno tiempo por venir. Siempre estaríamos con ella, con su enorme configuración, con el inmenso mundo todomente nada-alma en que se había convertido. Ella era la madre Tierra y nosotros éramos el fruto de esa Tierra, y si bien nos había tragado, no nos podría digerir jamás. No podíamos morir. Lo habíamos intentado. Hablamos tratado de suicidarnos, oh sí, uno o dos de nosotros lo habíamos intentado. Pero AM nos lo había impedido. Creo que en realidad fuimos nosotros mismos los que así lo deseamos.

No pregunten por qué. Yo no lo hice. No menos de un millón de veces por día, por lo menos. Tal vez podríamos llegar a deslizar una muerte sin que se diera cuenta. Inmortales si, pero no indestructibles. Me di cuenta de esto cuando AM se retiró de mi mente y me permitió la exquisita desesperación de recuperar la conciencia sintiendo todavía que las palabras del letrero de neón me llenaban la totalidad de la sustancia gris del cerebro.

Se retiró murmurando: "al diablo contigo".

Pero luego agregó alegremente: "allí es donde están, ¿no es así?"

El huracán había sido, indudable y precisamente, causado por un gran pájaro demente, que agitaba sus inmensas alas.

Habíamos estado viajando durante casi un mes, y AM abrió caminos que nos llevaron directamente bajo el polo Norte, donde nos torturó con las pesadillas de la horrible criatura destinada a atormentarnos. ¿Qué materiales había utilizado para crear una bestia así? ¿De dónde había obtenido el concepto? ¿Sería de sus conocimientos sobre todo lo que había existido en este planeta, que ahora infestaba y regía? Había surgido de la mitología nórdica. Esta horrible águila, este devorador de carroña, este roc, este Huergelmir. La criatura del viento. El huracán encarnado.

Gigantesco. Las palabras para describirlo serían: monstruoso, grotesco, colosal, ciclópeo, atroz, indescriptible.

Allí estaba, en un saliente sobre nosotros: el pájaro de los vientos que latía con su propia respiración irregular, su cuello de serpiente se arqueaba dirigiéndose a los lugares sombríos situados por debajo del polo Norte, sosteniendo una cabeza tan grande como una mansión estilo Tudor, con un pico que se abría lentamente, como las fauces del más enorme cocodrilo que pudiera concebirse, sensualmente; bolsas de arrugada piel semiocultaban sus ojos malvados, muy azules y que parecían moverse con rapidez líquida; sus destellos eran fríos como un glaciar. Se movió una vez más y levantó sus enormes alas coloreadas por el sudor en un movimiento que fue como una convulsión. Luego quedó inmóvil y se durmió. Espolines. Pico agudo. Uñas. Hojas cortantes. Se durmió.

AM apareció ante nosotros bajo el aspecto de una zarza ardiente y nos comunicó que si queríamos comer podíamos matar al pájaro de los huracanes. No había comido desde hacía mucho tiempo, pero a pesar de ello Gorrister se limitó a encogerse de hombros. Benny comenzó a temblar y a babear. Ellen lo abrazó.

- Ted, tengo hambre - dijo -. Le sonreí. Estaba tratando de infundirle algo de seguridad, pero todo esto era tan falso como la bravata de Nimdok.

- ¡Danos armas! - Pidió.

La zarza ardiente desapareció y en su lugar vimos dos simples juegos de arcos y flechas y una pistola de juguete que disparaba agua, sobre una fría plataforma. Levanté uno de los arcos. No servía para nada.

Nimdok tragó ruidosamente. Nos volvimos y comenzamos a desandar el largo camino de vuelta. El pájaro de los huracanes nos había arrastrado tan largo trecho que no podíamos casi concebirlo. La mayor parte del tiempo habíamos estado inconscientes. Pero no habíamos comido nada. Un mes yendo hacia el pájaro. Sin comida. ¿Cuánto tardaríamos en llegar a las cavernas de hielo, en las que se hallaban las prometidas provisiones enlatadas?

Ninguno se preocupó por esto. No íbamos a morir. Se nos darían desperdicios y porquerías para que nos alimentáramos, algo, en fin. O tal vez no se nos diera nada. AM mantendría vivos nuestros cuerpos de alguna forma, con indecible dolor y agonía.

El pájaro seguía durmiendo, sin que nos importara cuánto tiempo se mantendría así. Cuando AM se cansara de la situación, desaparecería. Pero toda esa cantidad de carne. Esa tierna carne.

Mientras caminábamos escuchamos la risa lunática una mujer obesa, atronando y rodeándonos, resonando en las cámaras de la computadora que llevaban a un infinito de corredores.

No era la risa de Ellen. Ella no era gorda y no había oído su risa en ciento nueve años. De hecho, no había oído... caminábamos... tenía mucha hambre...

Nos movíamos lentamente. Muy a menudo uno de nosotros sufría un desmayo y los demás teníamos que aguardar. Un día decidió provocar un temblor de tierra mientras nos obligaba a permanecer en el mismo sitio, haciendo que gruesos clavos sujetaran la suela de nuestros zapatos. Ellen y Nimdok fueron atrapados en una grieta, que se abrió rápida como un relámpago en las plataformas que formaban el piso. Desaparecieron. Cuando el terremoto cesó, continuamos nuestro camino, Benny, Gorrister y yo. Ellen y Nimdok nos fueron devueltos más tarde esa noche, que repentinamente se tornó en día cuando una legión celeste los trajo hasta nosotros, mientras un coro angelical cantaba "Desciende Moisés". Los arcángeles describieron varios vuelos circulares y luego dejaron caer los cuerpos maltrechos de nuestros compañeros. Nos mantuvimos a la espera y luego de un rato Ellen y Nimdok se hallaron detrás de nosotros. No estaban demasiado mal.

Pero ahora Ellen caminaba renqueando. AM le había dejado esta incapacidad.

El viaje a las cavernas, en pos de la comida enlatada, era muy largo. Ellen no hacia más que hablar de cerezas y de cócteles hawaianos de fruta. Yo trataba de no pensar en esas cosas. El hambre se había corporizado, tal como para nosotros había sucedido con AM. Estaba vivo en mi vientre, así como AM estaba viva en el vientre de la tierra. AM quería que no se nos escapara la semejanza. Por lo tanto, intensificó nuestra hambre. No encuentro forma para describir los sufrimientos que nos provocaba la falta de alimentos desde hacía tantos meses. Sin embargo, nos, seguía manteniendo vivos. Nuestros estómagos eran calderas de ácido burbujeante y espumoso, que lanzaban punzadas atroces. Era el dolor de las úlceras terminales, del cáncer terminal, de la paresia terminal. Era un dolor sin limites...

Y pasamos por la caverna de las ratas.

Y pasamos por el sendero de las aguas hirvientes.

Y pasamos por la tierra de los ciegos.

Y pasamos por la ciénaga de las angustias.

Y pasamos por el valle de las lágrimas.

Y finalmente llegamos a las cavernas de hielo.

Millas y millas de extensión sin horizonte, en donde el hielo se había formado en relámpagos azules y plateados, lugar habitado por novas del hielo. Había estalactitas que caían desde lo alto, espesas y gloriosas como diamantes, formadas a partir de una masa blanda como gelatina que luego se solidificaba en eternas y graciosas formas de pulida y aguda perfección.

Vimos entonces la provisión de alimentos enlatados, y procuramos correr hacia allí. Caímos en la nieve, nos levantamos y tratamos de seguir adelante, mientras Benny nos empujaba para llegar primero a las latas. Las acarició, las mordió inútilmente, sin poder abrirlas. AM nos había proporcionado ninguna herramienta con hacerlo.

Benny tomó una lata grande de guayaba y comenzó a golpearla contra un trozo de hielo. Éste se deshizo en pedazos que se desparramaron, pero la lata apenas si se abolló, mientras oíamos la risa de la mujer gorda que sonaba sobre nuestras cabezas y se reproducía por el eco hacia abajo, abajo, abajo de la tundra. Benny se volvió loco de rabia. Comenzó a tirar las latas hacia uno y otro lado, mientras nosotros escarbábamos frenéticamente en la nieve y el hielo, tratando de hallar una forma de poner fin a la interminable agonía de la frustración. No había manera de lograrlo.

Luego, vimos que Benny babeaba una vez más, y se abalanzó sobre Gorrister...

En ese instante, sentí una terrible calma.

Rodeado por las blancas extensiones, por el hambre, rodeado por todo menos por la muerte, comprendí que ésta era el único modo de escapar. AM nos había mantenido vivos, pero existía una forma de vencerla. No sería una victoria completa, pero al menos significaría la paz. Estaba dispuesto a conformarme con esto.

Benny estaba mordiendo y comiendo la carne de la cara de Gorrister. Éste, tumbado sobre un costado, manoteaba en la nieve, mientras Benny, con sus poderosas piernas de mono rodeaba la cintura de Gorrister, sujetando la cabeza de su víctima con manos poderosas como una morsa. Su boca desgarraba la piel tierna de la mejilla de Gorrister. Gorrister gritaba tan violentamente que comenzaron a caer las estalactitas de la altura, hundiéndose bien erguidas en la nieve que las recibía. Puntas de lanza, cientos de ellas, hundiéndose en la nieve. Vi que la cabeza de Benny se movía rápidamente hacia atrás, al ceder la resistencia de algo que arrancaba con los dientes. De ellos colgaba un trozo de carne blanca tinto en sangre.

La cara de Ellen lucía negra en la blanca nieve, dominó en polvo de tiza. Nimdok sin expresión, solamente con sus ojos muy, muy abiertos. Gorrister estaba casi desmayado. Benny era poco más que un animal. Sabia que AM lo iba a dejar jugar. Gorrister no moriría, pero Benny podría llenar su estómago. Me volví ligeramente hacia la derecha y tomé una gran punta de lanza de hielo.

Todo sucedió en un instante.

Llevé con fuerza el arma hacia adelante, moviendo la mano cerca de mi muslo derecho. Benny recibió la herida en el lado derecho, debajo de las costillas, y la punta llegó hasta su estómago, quebrándose dentro de su cuerpo. Cayó hacia adelante y no se movió más. Gorrister, se hallaba tendido de espaldas. Tomé otra punta de hielo y lo herí, siempre moviéndome, atravesándole la garganta. Sus ojos se cerraron cuando sintió que el frío lo penetraba. Ellen debe haberse dado cuenta de lo que yo quería hacer, incluso a pesar del terrible miedo que comenzó a sentir. Corrió hacia Nimdok llevando en la mano un trozo corto y agudo de hielo. Cuando él gritó, la fuerza del salto de Ellen al introducirle el hielo en la boca y garganta, hicieron el resto. Su cabeza dio un brusco salto, como si la hubieran clavado a la costra de nieve del piso.

Todo sucedió en un instante.

Pareció entonces que el momento dé silenciosa expectativa que siguió a esta escena hubiera durado una eternidad. Casi podía sentir la sorpresa de AM. Se le había privado de sus juguetes. Tres de ellos habían muerto, sin posibilidad de volverlos a la vida. Podía mantenernos vivos gracias a su fuerza y a su talento, pero no era Dios. No podía lograr que volvieran a vivir.

Ellen me miró. Sus facciones de ébano se destacaban en la nieve que nos rodeaba. En su actitud había una mezcla de miedo y súplica, en la forma en que comprendí que estaba lista y esperaba. Yo sabía que sólo tenía el tiempo de un latido del corazón antes de que AM nos detuviera.

Al ser golpeada se inclinó hacia mi, sangrando por la boca. No pude leer en su expresión, el dolor había sido demasiado intenso, había contorsionado su cara. Pero podría haber querido decir: gracias. Por favor, que así sea.

Han pasado algunos siglos, tal vez. No lo sé. AM se divirtió durante un largo tiempo acelerando y retardando mi noción del paso de los años. Diré entonces la palabra ahora. Ahora. Me llevó diez meses decir ahora. No sé. Me parece que han pasado varios cientos de años.

Estaba furiosa. No me dejó enterrarlos. No importa. De todas formas no había manera de cavar en las plataformas que forman el piso. Secó la nieve. Hizo que fuera de noche. Rugió y provocó la aparición de las langostas. De nada sirvió; siguieron muertos. La había vencido. Estaba furiosa. Yo había pensado que AM me odiaba antes. No sabía cuán equivocado estaba. Aquello no era ni siquiera una sombra del odio que extrajo de cada uno de sus circuitos impresos. Se aseguró de que sufriera eternamente y de que no me pudiera suicidar.

Dejó intacta mi mente. Puedo soñar, puedo asombrarme, puedo lamentar. Los recuerdo a los cuatro. Desearía...

Bueno, ya no importa. Sé que los salvé. Sé que los salvé de sufrir lo que sufro ahora, pero sin embargo, no puedo olvidar su muerte. La cara de Ellen. No fue nada fácil. A veces deseo olvidar. Pero ya nada importa.

AM me ha alterado para quedarse tranquila, según creo. No quiere arriesgarse a que yo pueda correr hacia una de las computadoras y destrozarme el cráneo. O que pudiera contener el aliento hasta desmayarme. O degollarme con una lámina de metal enmohecido. Puedo verme en alguna superficie pulida, de modo que trataré de describir mi aspecto.

Soy una gran masa gelatinosa. Redondeada, con suaves curvas, sin boca, con agujeros pulsátiles llenos de vapor donde antes se hallaban mis ojos. En el lugar en que tenía los brazos, veo unos apéndices cortos y de aspecto gomoso. Unos bultos sin forma indican la posición aproximada de lo que fueron mis piernas. Cuando me muevo dejo un rastro húmedo. Sobre la superficie de mi cuerpo veo deslizarse unos parches de enfermizo, perverso color gris, tal como si surgiera una luz desde adentro.

Desde afuera supongo que mi torpe aspecto, mi pobre trasladar, ha de dar una sensación de algo que jamás pudo haber sido humano. De un ser cuya apariencia es una tan ridícula caricatura de lo humano que resulta aun más obscena por su muy vago parecido.

Desde adentro, soledad. Aquí. Viviendo bajo la tierra, bajo el mar, dentro de las entrañas de AM a quien creamos porque nuestras horas se perdían tristemente, pensando tal vez sin darnos cuenta, que él sabría hacerlo mejor. Por lo menos ellos cuatro ya están a salvo.

AM estará cada vez más furioso al recordarlo. Esto me hace en cierto modo feliz. Y sin embargo... AM ha vencido, simplemente... se ha vengado...

No tengo boca. Y debo gritar.



FIN