ANTOLOGIA DE CUENTOS DE CIENCIA FICCION

ANTOLOGIA DE CUENTOS DE CIENCIA FICCION

Antología de Ciencia Ficción
Autores Varios



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Fredric Brown - EXPEDICION
E. B. White - UN AS DEL AJEDREZ
Julio Cortazar - LA NOCHE BOCA ARRIBA
A. E. Van Vogt - EN ESTADO LATENTE
Eduardo Goligorsky - EL ELEGIDO
Richard Matheson - EL TERCERO A PARTIR DEL SOL
El Deshollinador - DUDAS COMPARTIDAS
James Patrick Kelly - PENSAR COMO UN DINOSAURIO
Clifford D. Simak - DESERCION
Julio Cortázar - MINICUENTOS DE CRONOPIOS
Arthur C. Clarke - EL CENTINELA
Francisco Ruiz Fernández - CENOTAFIO
Anatoli Dneprov - LOS CANGREJOS CAMINAN SOBRE LA ISLA
Hector G. Oesterheld - EL ARBOL DE LA BUENA MUERTE
Harlan Ellison - NO TENGO BOCA. Y DEBO GRITAR.
Joanna Russ - FRASES UTILES PARA EL TURISTA
Alberto Vanasco - POST BOMBUM
Stanley Weinbaum - UNA ODISEA MARCIANA
Ana María Shua - OCTAVIO, EL INVASOR
Julio de Miguel - EL OBSERVADOR 158
Walter M. Miller - CANTICO POR LEIBOWITZ
Robert Silverberg - LA DANZA DEL SOL
Robert Sheckley - INMUNIDAD DIPLOMATICA
Alan Dean Foster - EL REGALO DE UN HOMBRE INÚTIL
José Carlos Canalda - EL DILEMA DE HAMLET
Magdalena Moujan Otaño - GU TA GUTARRAK
Fredric Brown - APRENDED GEOMETRIA
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Hector G. Oesterheld - EL ARBOL DE LA BUENA MUERTE


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Hector G. Oesterheld nació en Buenos Aires en 1922, a fines de la década del 40 comienza escribiendo cuentos infantiles, publicados por editorial Abril.
Luego colabora la mítica revista Mas Allá, y en 1950 publica su primer historieta, «Alan y crazy» hacia 1955 publica «El sargento Kirk» y «Bull Rokett».
En 1957 con dibujos de Solano López, publica la primera parte de «El eternauta» que se convertiría en la más famosa hisorieta Argentina.
Hector G. Oesterheld fue secuestrado y asesinado en 1977 por la dictadura militar que sojuzgó Argentina entre 1976 y 1983.
Para mayor información sobre el autor y su obra los remito a «La argentina premonitoria» de Jorge Claudio Morhain, publicada en el número 96 de la revista axxón.


 

EL DESPERTAR DEL DACTILO -- DEMONIO

EL DESPERTAR DEL DACTILO -- DEMONIO

EL DESPERTAR DEL DACTILO  --  DEMONIO

 

  Preludio

El Dáctilo demoníaco despertó. No sucedió de repente sino que fue un despertar lento en una profunda caverna, en una lejana y desierta montaña. Nadie lo advirtió ni lo vio salvo los gusanos de las cavernas y algunas criaturas insomnes que forman parte de las bandadas de murciélagos que penden de los techos.

Pero el espíritu demoníaco había despertado, había regresado de su largo sueño dentro de la forma estatutaria a que había sido reducido tras su última visita al mundo llamado Corona. El ser corpóreo, tangible, se acoplaba bien al espíritu errante. El Dáctilo podía sentir su sangre, su sangre caliente, fluyendo a lo largo de las alas y de las fuertes patas, podía sentir las contracciones de sus robustos músculos; sus ojos se abrían parpadeantes pero sólo veían negrura, pues la figura, detenida en una mágica inactividad en la profundidad de la caverna, con la cabeza inclinada y las alas envolviéndole estrechamente el torso, estaba recubierta de magma. La mayor parte de la ardiente materia de aquel tiempo remoto había borbotado y fluido fuera de la caverna, pero dentro había quedado la suficiente para endurecerse sobre la forma corpórea del Dáctilo. ¡El maligno, encerrado en obsidiana, había vuelto a Corona!

El espíritu demoníaco descendió a lo más profundo de su ser y convocó sus poderes, tanto físicos como mágicos. Con una voluntad absoluta y una fuerza brutal, el Dáctilo plegó las alas. Una fina grieta rajó el sarcófago de obsidiana. El Dáctilo volvió a plegarlas, y la grieta se ensanchó; entonces, con un potente y repentino frenesí, la bestia se desprendió de la obsidiana, desplegó las enormes alas hacia un lado, arañó y hendió el aire con las puntas de las garras. Lanzó la cabeza hacia atrás y abrió la bocaza; chirrió por el absoluto placer del retorno, por el caos que reinaría otra vez en los tranquilos reinos humanos de Corona.

Su torso parecía el de un hombre alto y esbelto, formado y dibujado por apretadas fibras de tensos músculos, con un par de tremendas alas semejantes a las de un murciélago pero de seis metros de envergadura y con fuerza suficiente para levantar un toro en un rápido vuelo. En cierto modo la cabeza también era humana, aunque más angulosa, con mandíbula estrecha y barbilla puntiaguda. Sus orejas eran asimismo puntiagudas y asomaban entre el escaso copete de pelo negro de la demoníaca criatura. El pelo no llegaba a ocultar los cuernos del Dáctilo, del tamaño del pulgar y curvados uno hacia el otro en la parte superior de la frente.

La textura de la piel era rugosa y gruesa, un pellejo acorazado, de color y brillo rojizo, como encendida por su propia luz interior. Los ojos eran brillantes; casi siempre parecían estanques de líquido negro, pero se convertían en ardientes órbitas rojas, en llamas vivas, en una luz de odio cósmico, cuando el demonio estaba agitado.

La criatura se flexionó y desperezó, desplegó majestuosamente las alas, se elevó y batió el aire con los brazos humanoides. El demonio extendió las uñas hasta transformarlas en garras como garfios, al tiempo que le crecían los dientes, dos caninos afilados que sobresalían por encima del labio inferior. Cada parte de su cuerpo era un arma devastadora y mortal. Pero, por muy impresionante que fuera su apariencia, su verdadero poder residía en la mente y en la intención: tentar almas, torturar corazones y sembrar la mentira. Los teólogos de Corona discutían sobre si el Dáctilo diabólico era el origen o el resultado del mal. ¿Era él quien había traído al género humano la debilidad y la inmoralidad? ¿Era él el origen de los pecados mortales, o simplemente había aparecido en el mundo cuando esos pecados habían madurado y estaban a punto de explotar?

Para la demoníaca criatura de la caverna, tales cuestiones carecían de importancia. ¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí?, se preguntaba el Dáctilo. ¿Cuántas décadas, incluso siglos, habían transcurrido desde su última visita a Corona?

La criatura recordaba aquellos tiempos remotos y saboreaba los recuerdos de ríos de sangre mientras un ejército tras otro se enzarzaban en una deliciosa y desesperada batalla. Maldecía en voz alta el nombre de Terranen Dinoniel, que había aliado a humanos y elfos, y perseguido a los ejércitos del Dáctilo hasta la base de aquella montaña, Aida. El mismo Dinoniel había penetrado en la caverna tras la bestia y había atravesado al Dáctilo de parte a parte...

El demonio de alas negras miró el desgarrón de color rojo oscuro que le afeaba la piel, por lo demás suave. Con un repugnante crujido de huesos, la cabeza de la criatura giró por completo, y se inclinó para examinar la segunda imperfección de su figura, una informe cicatriz debajo del omoplato izquierdo. Ambas cicatrices estaban perfectamente alineadas con el corazón del Dáctilo, y así, con aquel desesperado ataque, Dinoniel había derrotado la esencia corporal del demonio. Pero, incluso en su agonía, éste había resultado vencedor al usar su poderosa voluntad para desprender el magma de las entrañas de Aida. Dinoniel y buena parte de su ejército habían sido arrasados y destruidos, pero el Dáctilo...

El Dáctilo era eterno. Dinoniel había muerto, y ya era un lejano recuerdo; pero el espíritu del demonio había regresado, con sus heridas físicas curadas. «¿Qué hombre, qué elfo tomará el lugar de Dinoniel?», se preguntaba el demonio en voz alta, con una voz cavernosa y llena de resonancias, como el estruendoso rugido de un animal. Una nube de murciélagos despertó a la vida ante el inesperado ruido y voló hacia afuera a través de uno de los túneles formados por la lava. El Dáctilo soltó una carcajada, sintiéndose poderoso por ser capaz de ahuyentar a tales criaturas -¡a cualquier criatura!- con un simple sonido. ¿Y qué resolución podría tomar esta vez la asamblea de humanos y de elfos? Si es que los elfos todavía existían, pues incluso en tiempos de Dinoniel ya se encontraban en decadencia.

Sus pensamientos pasaron de sus enemigos a aquellos que convocaría como sirvientes. ¿Qué criaturas podría reunir esta vez para librar su guerra? Ciertamente, los trasgos perversos, tan llenos de cólera y de codicia, tan fascinados por el asesinato y la lucha; los gigantes fomorianos de las montañas, poco numerosos pero cada uno de ellos con la fuerza de una docena de hombres y con una piel tan gruesa que ni una daga podía traspasarla; los powris, sí, los powris, los enanos astutos y ansiosos de guerra de las Julianthes, las Islas Desgastadas, que odiaban a los humanos más que a nadie. Siglos antes, los powris habían dominado los mares en sus sólidas y achaparradas embarcaciones con aspecto de toneles, cuyos cascos estaban hechos con un material más resistente que el de los barcos de los humanos, del mismo modo que los diminutos powris estaban hechos de una materia más resistente que los hombres.

Un hilo de baba caía de la boca del Dáctilo mientras pensaba en sus anteriores aliados y en los futuros, en su ejército maligno. Los llevaría a su redil, tribu a tribu, raza a raza, y el ejército crecería como crece la noche cuando el sol toca el horizonte por el oeste. El crepúsculo de Corona estaba en sus manos.

El demonio despertó.

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LAS GUERRAS DEMONIACAS

SALVATORE, R.,A.,


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LAS GUERRAS DEMONIACAS

SALVATORE, R.,A.,

vol. 1:EL DESPERTAR DEL DEMONIO
vol. 2:BARBACAN; LA GUARIDA DEL MALIGNO
vol. 3:EL ESPIRITU DEL DACTILO
vol. 4:MARKWART, EL ABAB MALEFICO
vol. 5:EL APOSTOL DEL DEMONIO
Vol. 6:EL HIJO DE ELBRIAN
 

FORO "TODO OSCURO"

EN LA DIRECCION : http://arkaiko.activoforo.com/index.htm , ACABA DE ABRIRSE UN FORO DE TODAS LAS PAGINAS AFINES A ESTA; SI  ALGUIEN  QUISIERA SER "MODERADOR", QUE SE PONGA EN CONTACTO EN  : snake@ono.com , O SI NO, DEJA ALGUNA CUESTION, PREGUNTA, O LO QUE QUIERAS...JAJAJAJAJAJAJAJAJA

 

BUEN FIN DE SEMANA, A TODOS, MENOS A UNO...

PURO TERROR Y FANTASIA

PURO TERROR Y FANTASIA

PURO TERROR Y FANTASIA


CUADERNO HALLADO EN UNA CASA DESHABITADA -- ROBERT BLOCH
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MADRE DE SERPIENTES -- ROBERT BLOCH
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EL VAMPIRO ESTELAR -- ROBERT BLOCH
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EL PODER DE LOS ARCÁNGELES -- ANGELES CUSTODIOS
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LOS AVALORIOS DEL DEMONIO -- ALQUIMIA
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LA NUEVA ATLANTIDA -- FRANCIS BACON
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LIBROS SANGRIENTOS III -- CLIVE BARKER
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LIBROS SANGRIENTOS II -- CLIVE BARKER
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LIBROS SANGRIENTOS I -- CLIVE BARKER
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LIBROS SANGRIENTOS I
Los muertos tienen autopistas
El tren de la carne de medianoche
El geniecillo y Jack
El blues de la sangre de cerdo
Sexo, muerte y brillo de estrellas
En las colinas, las ciudades

LIBROS SANGRIENTOS II
Terror
Espectáculo infernal
Jacqueline Ess: su voluntad y su testamento
Las pieles de los padres
Nuevos asesinatos en la calle Morgue

LIBROS SANGRIENTOS III
Hijo del celuloide
Rex, el hombre-lobo
Confesiones del sudario (de un pornógrafo)
Víctimas propiciatorias
Restos humanos

MINORITY REPORT -- PHILIP K. DICK

MINORITY REPORT -- PHILIP K. DICK

MINORITY REPORT
Philip K. Dick



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MINORITY REPORT
El primer pensamiento que tuvo Anderton al ver al joven fue: «Me estoy poniendo calvo, gordo y viejo». Pero no lo expresó en voz alta. En su lugar, echó el sillón hacia atrás, se incorporó y salió resueltamente al encuentro del recién llegado extendiendo rápidamente la mano en una cordial bienvenida. Sonriendo con forzada amabilidad, estrechó la manó del joven.
—¿Señor Witwer?— Dijo, tratando de que sus palabras sonaran en el tono más amistoso posible.
—Así es— repuso el recién llegado—. Pero mi nombre es Ed para usted, por supuesto. Es decir, si usted comparte mi disgusto por las formalidades innecesarias.
La mirada de su rubio semblante, lleno de confianza en sí mismo, mostraba que la cuestión debería quedar así definitivamente resuelta. Serían Ed y John: todo iría sobre ruedas con aquella cooperación mutua desde el mismo principio.
—¿Tuvo usted dificultad en hallar el edificio? — Preguntó a renglón seguido Anderton, con cierta reserva, ignorando el cordial comienzo de su conversación instantes atrás. Buen Dios, tenía que asirse a algo. Se sintió lleno de temor y comenzó a sudar.
Witwer había comenzado a moverse por la habitación como si ya todo le perteneciese, como midiendo mentalmente su tamaño. ¿No podría haber esperado un par de días como lapso de tiempo decente para aquello?
—Ah, ninguna dificultad—repuso Witwer, con las manos en los bolsillos. Con vivacidad, se puso a examinar los voluminosos archivos que se alineaban en la pared —. No vengo a su agencia a ciegas, querido amigo, ya comprenderá. Tengo un buen puñado de ideas de la forma en que se desenvuelve el Precrimen.
Todavía un poco nervioso, Anderton encendió su pipa.
—¿Y cómo funciona? Me gustaría conocer su opinión.
—No mal del todo—repuso Witwer—. De hecho, muy bien.
Anderton se le quedó mirando.
—¿Esa es su opinión particular?
—Privada y pública. El Senado está satisfecho con su trabajo. En realidad, está entusiasmado.—Y añadió — Con el entusiasmo con que puede estarlo un anciano.
Anderton sintió un desasosiego interior, que supo mantener controlado, permaneciendo impasible. Le costó, no obstante, un gran esfuerzo. Se preguntaba qué era realmente lo que Witwer pensaba, lo que se encerraba en aquella cabeza. El joven tenía unos azules y brillantes ojos... turbadoramente inteligentes. Witwer no era ningún tonto. Y sin la menor duda, debería estar dotado de una gran dosis de ambición.
—Según tengo entendido—dijo Anderton—usted será mi ayudante hasta que me retire.
—Así lo tengo entendido yo también—replicó el otro, sin la menor vacilación.
—Lo que puede ser este año, el próximo... o dentro de diez.—La pipa tembló en las manos de Anderton—. No tengo prisa por retirarme ni estoy bajo presión alguna en tal sentido. Yo fundé el Precrimen y puedo permanecer aquí tanto tiempo como lo desee. Es una decisión puramente mía.
Witwer aprobó con un gesto de la cabeza, con una expresión absolutamente normal.
—Naturalmente.
Con cierto esfuerzo Anderton habló con el tono de la voz algo más frío.
—Yo deseo solamente que las cosas discurran correctamente.
—Desde el principio—convino Witwer—. Usted es el Jefe. Lo que usted ordene, eso se hará.—Y con la mayor evidencia de sinceridad, preguntó—: ¿Tendría la bondad de mostrarme la organización? Me gustaría familiarizarme con la rutina general, tan pronto como sea posible.
Conforme iban caminando entre las oficinas y despachos alumbrados por una luz amarillenta, Anderton dijo:
—Le supongo conocedor de la teoría del Precrimen, por supuesto. Presumo que es algo que debe darse por descontado.
—Conozco la información que es pública —repuso Witwer—. Con la ayuda de sus mutantes premonitores, usted ha abolido con éxito el sistema punitivo post-criminal de cárceles y multas. Y como todos sabemos, el castigo nunca fue disuasorio, ni pudo proporcionar mucho consuelo a cualquier víctima ya muerta.
Ya habían llegado hasta el ascensor y mientras descendían hasta niveles inferiores, Anderton dijo:
—Tendrá usted ya una idea de la disminución del porcentaje de criminalidad con la metodología del Precrimen. Lo tomamos de individuos que aún no han vulnerado la Ley.
—Pero que seguramente lo habrían hecho—repuso Witwer convencido.
—Felizmente no lo hicieron... porque les detuvimos antes de que pudieran cometer cualquier acto de violencia. Así, la comisión del crimen por sí mismo es absolutamente una cuestión metafísica. Nosotros afirmamos que son culpables. Y ellos, a su vez, afirman constantemente que son inocentes. Y en cierto sentido, son inocentes.
El ascensor se detuvo y salieron nuevamente hacía otro corredor alumbrado con igual luz amarillenta.
—En nuestra sociedad no tenemos grandes crímenes—continuó Anderton—, pero tenemos todo un campo de detención lleno de criminales en potencia, criminales que lo serían efectivamente.
Se abrieron y cerraron una serie de puertas, hasta llegar al ala del edificio que se ocupaba del problema analítico. Frente a ellos surgían unos impresionantes bancos de equipo especializado, receptores de datos, y ordenadores que estudiaban y reestructuraban el material que iba llegando. Y más allá, de la maquinaria, los premonitores sentados, casi perdidos a la vista entre una red inextricable de conexiones y cables.
—Ahí están—dijo Anderton—. ¿Qué piensa usted de ellos?
A la luz incierta de aquella enorme habitación, los tres idiotas farfullaban palabras ininteligibles. Cada palabra soltada al azar, murmurada sin ton ni son en apariencia, era analizada, comparada, reajustada en forma de símbolos visuales y transcritos en tarjetas perforadas convencionales que se introducían en las ranuras de los ordenadores. A todo lo largo del día, aquellos idiotas balbuceaban entre sí o aisladamente, prisioneros en sus sillas especiales de alto respaldo, sujetados de forma especial en una rígida posición por bandas de metal, grapas y conexiones.
Sus necesidades físicas eran atendidas automáticamente. No tenían necesidades espirituales en ningún sentido. Al igual que vegetales, se movían, se retorcían y existían. Sus mentes permanecían nubladas, confusas, perdidas en las sombras. Pero no las sombras del presente. Las tres murmurantes criaturas con sus enormes cabezas y estropeados cuerpos estaban contemplando el futuro. La maquinaria analítica registraba sus profecías y los tres idiotas premonitores hablaban, mientras que las máquinas escuchaban cuidadosamente.
Por primera vez, la confiada cara de Witwer pareció perder seguridad. En sus ojos apareció una desmayada expresión de sentirse enfermo, como una mezcla de vergüenza y de shock moral.
—No es... agradable—murmuró—. Nunca pude imaginarme que fueran tan... —Luchó con su mente para encontrar la palabra adecuada—. Tan... deformes.
—Sí, deformes y retrasados —convino Anderton al instante—. Especialmente aquella chica, Dona. Tiene cuarenta y cinco años pero el aspecto de una niña de diez. El talento lo absorbe todo: su facultad especial de premonición del porvenir altera el equilibrio del área frontal. Pero, ¿para qué vamos a preocuparnos? Conseguimos sus profecías. Aquí tienen cuanto necesitan. Ellos no comprenden absolutamente nada de esto, pero nosotros sí.
Algo sobrecogido por el espectáculo, Witwer atravesó la habitación y se dirigió hacia la maquinaria. De un recipiente tomó un paquete de fichas.
—¿Son éstos los nombres que han surgido?
—Desde luego que sí.—Y frunciendo el ceño, Anderton tomó las fichas de manos de Witwert — No he tenido aún la oportunidad de examinarlas—explicó guardándose para sí la preocupación que aquello le causaba.
Fascinado, Witwer observaba cómo las máquinas de tanto en tanto expulsaban una ficha sobre un recipiente. Después continuaban con otra y una tercera. De los discos que zumbaban con un murmullo constante, surgían fichas, una tras otra.
—¿Los premonitores ven muy lejos en el futuro? —Preguntó Witwer.
—Sólo ven una extensión relativamente limitada —le informó Anderton—. Una semana o dos como mucho. Muchos de sus datos son inútiles para nuestro trabajo... simplemente sin importancia para nuestra investigación. Pasamos esas informaciones a otras agencias. Agencias, que a cambio nos pasan otros informes interesantes. Cada agencia importante tiene su subterráneo de «monos» guardados como un tesoro.
—¿«Monos»?—Dijo Witwer mirándole con desagrado. Oh, sí, ya comprendo. Es una curiosa forma de expresarlo.
—Muy adecuada—automáticamente, Anderton recogió las últimas fichas expulsadas por los ordenadores—. Algunos de estos nombres, tienen que ser totalmente descartados. Y la mayor parte de los que quedan se refieren a delitos poco importantes, como los de evasión de impuestos, asalto o extorsión. Como estoy seguro que usted ya sabe, el Precrimen ha rebajado las fechorías en un 99 %. Apenas si se dan casos actualmente de traición o asesinato. Después de todo, el delincuente sabe que lo confinaremos en un campo de detención una semana antes de que tenga la oportunidad de cometer el crimen.
—¿En qué ocasión se cometió el último asesinato? —Preguntó Witwer.
—Hace cinco años.
—¿ Y cómo ocurrió?
—El criminal escapó de nuestros equipos. Teníamos su nombre…de hecho teníamos todos los detalles del crimen, incluido el nombre de la víctima. Sabíamos también el momento exacto y el lugar preciso del planeado acto de violencia que iba a cometerse. Pero a despecho nuestro y de todo, el criminal consiguió llevarlo a cabo. —Anderton se encogió de hombros —. Después de todo, resulta imposible cogerlos a todos. — Barajó las fichas con las manos —. Sin embargo, conseguimos evitar la mayoría.
—Un crimen en cinco años —murmuró Witwer, en cuya voz se advertía que retornaba la confianza perdida —. Es realmente un récord impresionante... algo para sentirse orgulloso.
—Yo me siento orgulloso —repuso con calma —. Hace treinta años descubrí la teoría... allá en aquellos días cuando los crímenes se producían abundantemente. Vi proyectado hacia el futuro algo de un incalculable valor social.
Alargó el paquete de tarjetas a Wally Page, su subordinado a cargo del equipo de «monos».
—Vea usted cuáles necesitamos —le dijo —. Utilice su propio criterio.
Mientras Page desaparecía con las fichas, Witwer dijo pensativamente:
—Pues creo que es una gran responsabilidad.
—Sí, lo es —convino Anderton —. Si dejamos que un criminal se escape — como ocurrió hace cinco años— tenemos una vida humana en nuestra conciencia. Nosotros somos los únicos responsables. Si fallamos, alguien puede perder la vida.

Amargamente, recogió tres nuevas fichas acabadas de surgir del ordenador
—Es una cuestión de confianza pública.
—¿Y no se sienten ustedes tentados a… ? —Witwer vaciló —. Quiero decir, algunos de los hombres que ustedes detienen por este procedimiento tendrán que ofrecerles muchas posibilidades.
—En general enviamos un duplicado de las tarjetas del archivo al Cuartel General Superior del Ejército. Allí se comprueba cuidadosamente. Así pueden también seguir nuestro trabajo. — Anderton, lanzó un vistazo a la parte superior de una de las fichas recién salidas —. Así, aunque nosotros deseásemos aceptar un…
Se detuvo de repente, con los labios apretados.
—¿ Ocurre algo? —Preguntó Witwer alarmado.
Cuidadosamente, Anderton dobló la ficha y la depositó en uno de sus bolsillos.
—Ah... nada —murmuró—. No es nada, nada en absoluto.
La dureza de la voz de Anderton puso alerta a Witwer.
—Con sinceridad, a usted le disgusto yo.
—Es cierto —admitió Anderton —. No me gusta. Pero...
En realidad no era aquél el motivo. No parecía posible; no era posible. Algo iba mal en todo aquello. Perplejo, trató de aclararse su mente confusa.
Sobre aquella ficha estaba escrito su nombre. En la primera línea. …¡ Y acusado de un futuro asesinato! De acuerdo con las señales codificadas, el Comisario del Precrimen John A. Anderton iba a matar a un hombre... y dentro de la próxima semana.
Con una absoluta y total convicción, él no podía creer semejante cosa.
* * *
En la oficina exterior, hablando con Page se hallaba la esbelta y atractiva joven esposa de Anderton, Lisa. Estaba enzarzada en una animada y aguda conversación de política y apenas sí miró de reojo cuando entró su marido acompañado de Witwer
—Hola, querida—saludó Anderton.
Witwer permaneció silencioso. Pero sus pálidos ojos se animaron al posar su mirada sobre la cabellera de la mujer vestida de uniforme. Lisa era un oficial ejecutivo del Precrimen, pero una vez había sido, según ya conocía Witwer, la secretaria de Anderton.
Dándose cuenta del interés que se reflejaba en el rostro de Witwer, Anderton se detuvo reflexionando. Colocar la ficha en las máquinas requeriría un cómplice del interior del Servicio, la ayuda de alguien que estuviese íntimamente conectado con el Precrimen y tuviese acceso al equipo analítico. Lisa era un elemento improbable. Pero la posibilidad existía.
Por supuesto que la conspiración podría hacerse en gran escala y de forma muy elaborada, implicando mucho más que el sencillo hecho de insertar una cartulina perforada en cualquier lugar del proceso. Los datos originales en sí mismos tendrían que ser deliberadamente cambiados. Por el momento, no había forma de decir de qué modo podría llevarse a cabo tal alteración. Un frío nervioso le recorrió la espalda, al comenzar a entrever las posibilidades del asunto. Su impulso original—abrir las máquinas decididamente y suprimir todos los datos—resultaba inútilmente primitivo. Probablemente los registros concordaban con la ficha: no haría sino incriminarse a sí mismo en el futuro. Disponía de aproximadamente veinticuatro horas. Después, la gente del Ejército desearía comprobar seguramente las fichas y descubrirían la discrepancia. Y encontrarían en sus archivos el duplicado de una ficha de la que él se habría apropiado. El sólo tenía una de las dos copias, lo que significaba que la ficha que se hallaba doblada en su bolsillo estaría a aquellas horas sobre la mesa de Page a la vista de todo el mundo.
Desde el exterior del edificio le llegó el tronar y los aullidos de una patrulla de coches de la policía. ¿Cuántas horas pasarían antes de que fueran a detenerse en la puerta de su casa?
—¿Qué te ocurre, cariño?—Le preguntó Lisa inquieta—. Tienes el aspecto del que ha visto a un fantasma. ¿Te encuentras bien?
—Oh, sí, perfectamente.
Lisa se dio cuenta en el acto del escrutinio admirativo de que estaba siendo objeto por parte de Witwer.
—¿Es este caballero tu nuevo colaborador, querido?—Preguntó.
Un poco distraído y confuso, Anderton se apresuró a presentar a su nuevo colega. Lisa sonrió en amistoso saludo. ¿Pasó entre ellos como un encubierto entendimiento? No pudo decirlo. Santo Dios, ya estaba empezando a sospechar de todo el mundo... no solamente de su esposa y de Witwer sino de una docena de miembros de su personal.
—¿Es usted de Nueva York?,—preguntó Lisa.
—No—replico Witwer—. He vivido la mayor parte de mi vida en Chicago. Estoy en un hotel... . uno de esos grandes hoteles del centro de la ciudad. — Espere... tengo el nombre escrito en una tarjeta por aquí en cualquier parte.
Mientras se rebuscaba por los bolsillos, Lisa sugirió:
—Tal vez le gustaría cenar con nosotros. Tendremos que trabajar en íntima cooperación y pienso que realmente deberíamos conocernos mejor.
Asombrado, Anderton se sintió deprimido. ¿Qué oportunidades serían las que proporcionaría la actitud amistosa de su mujer? Profundamente conturbado se dirigió impulsivamente hacia la puerta.
—¿Adónde vas?—Preguntó Lisa asombrada.
—Vuelvo con los «monos»—repuso Anderton—. Quiero hacer una comprobación relativa a unos datos desconcertantes, antes de que el Ejército los vea.
Ya estaba fuera en el corredor antes de que ella pudiese pensar en una forma razonable de detenerlo. Rápidamente se dirigió hacia la rampa del extremo opuesto. Estaba ya a punto de desaparecer de la vista cuando Lisa apareció jadeante de la carrera emprendida tras él.
—Pero, ¿ qué es lo que te ocurre, hombre de Dios? — Tomándole por una manga y tirando fuerte hacia ella, se sitúo a su lado —. Sabía que te marchabas—exclamo Lisa bloqueándole el camino—. ¿ Qué te pasa? Todo el mundo va a pensar que tú…... —Se contuvo controlándose para añadir: Quiero decir, que te estas comportando de una forma errática y extraña.
Una multitud de gente les envolvió, la muchedumbre usual de la tarde. Ignorando a todo el mundo, Anderton apretó el brazo de su mujer.
—Voy a salir fuera—dijo—, mientras que aún es tiempo.
—Pero, ¿por qué?
—Estoy siendo tratado de una forma deliberadamente maliciosa. Ese hombre ha venido a quedarse con mi trabajo. El Senado quiere echarme sirviéndose de él.
Lisa le miró asombrada.
—Pero si parece una persona encantadora...
—Sí, encantadora como una serpiente de agua.
Lisa reflejó en su rostro su desconcierto.
—No lo creo. Querido, creo que estás bajo los efectos de un exceso de trabajo.—Sonriendo inciertamente balbuceó— No resulta realmente creíble que Ed Witwer esté tratando de minarte el terreno. ¿Cómo podría hacerlo aunque quisiera? Seguramente que Ed...
—¿Ed?
—Ese es su nombre, ¿no es así?
Los ojos de Lisa se dilataron de asombro y de desconcierto y brillaron en una muda protesta.
—Cielo santo, estás sospechando de todo el mundo. Parece como si creyeses que yo también estoy mezclada en alguna clase de conspiración contra ti, ¿verdad?
Su marido consideró un instante la cuestión.
—Pues... no estoy muy seguro.
Lisa se le aproximó con ojos acusadores.
—Eso no es cierto. Ni tú mismo lo crees. Tal vez deberías marcharte de vacaciones por un par de semanas. Necesitas desesperadamente un descanso. Toda esta tensión y este trauma producido por la llegada de un joven... Estás actuando como un paranoico. ¿Es que no puedes verlo? Dime, ¿tienes alguna prueba de lo que estás diciendo? :
Anderton sacó su billetera y extrajo de ella la ficha doblada.
—Examina esto cuidadosamente—le dijo a su mujer.
El color se escapó de las mejillas de Lisa, dejando escapar un sonido entrecortado.
—La trama es claramente evidente —le dijo Anderton—. Esto dará a Witwer un claro pretexto, legal al mismo tiempo, para suprimirme de aquí inmediatamente. No tendrá que esperar a que yo presente mi dimisión. Ellos saben que puedo prestar aún unos años más de servicio.
—Pero...
—Y eso acabará con el sistema de equilibrio y de comprobación. El Precrimen dejará de ser una agencia independiente. El Senado controlará la policía y después... —Su labios se apretaron en un rictus amargo— Absorberán igualmente al Ejército también. Bien, eso sería una consecuencia lógica. Naturalmente, siento hostilidad y resentimiento hacia Witwer, y por supuesto que tengo motivos para proceder así. A nadie le gusta ser reemplazado por un joven y puesto en la lista de los inútiles. En su día eso resultaría totalmente plausible, excepto que no tengo ni la más remota intención de matar a Witwer. Pero no puedo probarlo. Y así las cosas ¿Qué es lo que puedo hacer?
En silencio, con la cara blanca por una intensa palidez, Lisa sacudió la cabeza.
—Pues yo... yo no sé, querido. Si solo...
—Ahora mismo—declaró abruptamente Anderton—. Me voy a casa y empaquetaré mis cosas. Creo que es lo mejor que puedo hacer.
—Y vas realmente a... ¿Esconderte por ahí?
—Así voy a hacerlo Me iré aunque sea a las colonias lejanas del sistema de Centauro si es preciso. Ya se ha hecho antes con éxito y aún dispongo de veinticuatro horas para hacerlo.—Se volvió resueltamente—. Vuelve al interior. No hay nada que hablar de que vengas conmigo.
—¿Imaginaste que lo haría?—Preguntó Lisa.
Sorprendido, Anderton la miró fijamente.
—¿No lo hubieras hecho? No, ya veo que no me crees. Todavía piensas que estoy imaginando todo esto... —Y sacudió nerviosamente la ficha entre las manos—. Ni incluso con esta evidencia estás convencida.
—No—convino rápidamente Lisa—. No lo estoy. Creo que no has considerado bien de cerca la cuestión, querido. El nombre de Ed Witwer no esta en ella.
Incrédulo, Anderton tomó la ficha de manos de su mujer.
—Nadie dice que tú tengas que matar a Ed Witwer —continuó Lisa rápidamente en un tono vivaz—. La ficha debe ser verdadera, ¿comprendes? Pero nada tiene que ver con Ed Witwer. El no está intrigando contra ti, ni ninguna persona más tampoco.
Demasiado confuso para responder, Anderton permaneció sin quitar los ojos de la ficha de cartulina. Ella tenía razón. Ed Witwer no estaba catalogado como su víctima. Sobre la línea quinta, la máquina había estampado nítidamente otro nombre:
LEOPOLD KAPLAN
Aturdido, volvió a guardarse la ficha en el bolsillo. Jamás había oído ese nombre en toda su vida.
* * *
La casa se hallaba fría y solitaria y casi inmediatamente Anderton comenzó a hacer los preparativos para su viaje. Mientras empaquetaba las cosas, una serie de frenéticos pensamientos cruzaban su mente. Posiblemente estaba equivocado respecto a Witwer, pero, ¿cómo podía estar seguro? En cualquier caso, la conspiración contra él era mucho más compleja de lo que había creído a primera vista. Witwer sólo podría ser una marioneta animada por cualquier otro personaje, por algún distante y poderoso elemento oculto en la penumbra del fondo
Había sido un error haber mostrado la ficha a Lisa. Sin duda alguna, ella se lo contaría con todo con detalle al propio Witwer. Nunca había salido de la Tierra, ni comprobado qué clase de vida podría llevar en cualquier planeta fronterizo.
Mientras se hallaba así preocupado, el piso de madera crujió tras él. Se volvió rápidamente para enfrentarse con el cañón azulado de una pistola atómica.
—No le llevará mucho tiempo—dijo, mirando fijamente al hombretón cuadrado de hombros, de labios apretados, que, vistiendo un abrigo marrón oscuro, le apuntaba con el arma atómica— ¿Ni siquiera dudó ella un instante?
El rostro del intruso no pareció tener respuesta adecuada.
—No sé de lo que está usted hablando—dijo— Vamos, venga conmigo.
Paralizado, Anderton soltó una pesada chaqueta de pieles que sostenía en la mano.
—Usted no pertenece a mi agencia. ¿Es usted acaso un oficial de la policía?
Protestando y a empujones fue llevado a toda prisa hacia un coche cubierto que esperaba en la calle. La puerta se cerró con estrépito al arrancar el coche, habiendo entrado previamente tres hombres armados en el interior junto con él. El automóvil salió disparado hacia la autopista que salía alejándose de la ciudad. Impasibles y remotos, los rostros que le rodeaban permanecían inalterables con los movimientos del vehículo, al pasar los inmensos campos, oscuros y sombríos, que desfilaban rápidamente ante sus ojos.
Anderton aún trataba inútilmente de captar las implicaciones de lo sucedido, cuando de repente, el coche se desvió de la carretera general y descendió a un garaje de aspecto sombrío con la entrada semioculta. Alguien gritó una orden. La pesada puerta metálica de acceso se descorrió y unas luces brillantes iluminaron el recinto. El chofer apagó el motor.
—Lamentarán ustedes esto—protestó Anderton indignado—. ¿Sabe usted quién soy yo? —concluyó dirigiéndose al que parecía ser el jefe de la partida.
—Lo sabemos —repuso el hombre del abrigo marrón,
A punta de pistola, Anderton fue conducido por unas escaleras y después, por un corredor alfombrado. Se hallaba, al parecer, en una lujosa residencia privada, construida ocultamente en un área devastada por la guerra.
Al extremo del corredor se abría una habitación, más bien un estudio, provisto de gran cantidad de libros y ornamentado, por lo demás, con exquisito gusto. Dentro de un círculo de luz y con el rostro oculto parcialmente por las sombras, un hombre a quien jamás había visto permanecía sentado esperando su llegada.
Conforme se aproximaba Anderton, aquel hombre se quitó unos lentes sin aros, con cierto nerviosismo, y se humedeció los labios. Era de avanzada edad, tal vez unos setenta, y se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata. Su cuerpo era delgado y su actitud curiosamente rígida. Sus escasos cabellos grises los llevaba peinados muy pegados al cráneo. Sus ojos únicamente denotaban alarma.
—¿Es Anderton? —Preguntó con cierta indiferencia al hombre del abrigo marrón—. ¿Dónde lo encontró usted al fin?
—En su casa—replicó el otro—. Estaba preparando el equipaje... según esperábamos.
El anciano del sillón se estremeció visiblemente
—Haciendo el equipaje… Mire—dijo dirigiéndose a Anderton—. ¿Qué es lo que le ocurre? ¿Es que se ha vuelto loco de remate? ¿Cómo podría usted matar a un hombre a quien no ha conocido nunca?
Aquel hombre anciano, según pudo deducir inmediatamente Anderton, era Leopold Kaplan.
—Primeramente, haré a usted una pregunta —repuso Anderton rápidamente—. ¿Se da usted cuenta de quién soy yo? Soy el Comisario de la Policía General. Puedo encerrarle durante veinte años por esto
Iba a continuar diciendo más cosas, pero una súbita idea le interrumpió.
—¿Cómo lo descubrió usted? —Preguntó. Involuntariamente, su mano se dirigió hacia el bolsillo donde tenía escondida la ficha doblada—. No habrá sido por otra...
—No fui notificado por su agencia—dijo Kaplan interrumpiéndole, con visible impaciencia. — El hecho de que nunca haya oído hablar de mi no me sorprende demasiado. Leopold Kaplan, general del Ejército de la Alianza Federada del Bloque Occidental, está retirado desde el fin de la guerra anglochina y la abolición de la AFBO.
Aquello iba teniendo sentido, pensó Anderton, que siempre había sospechado que el Ejército poseía inmediatamente los duplicados de las fichas para su propia protección.
Sintiéndose más aliviado, preguntó:
—Bien, aquí me tiene usted. ¿Y ahora, qué?
—Evidentemente—repuso Kaplan—, no voy a destruirle, para librarme de lo que indica una de esas estúpidas fichas. Pero siento curiosidad acerca de usted. Me parece increíble que un hombre de su talla pudiese contemplar a sangre fría el asesinato de un extraño por completo a usted. Tiene que haber aquí algo más implicado en todo esto. Francamente me siento embrollado. Si esto representa alguna clase de estrategia de la Policía... se encogió de hombros—. Seguramente que usted no habría permitido que el duplicado de la ficha hubiera llegado a nosotros.
—A menos que tal ficha se haya introducido en los ordenadores deliberadamente —sugirió otro de los hombres.
Kaplan escrutó con sus brillantes ojos a Anderton.
—¿Qué tiene usted que decir?
—Esa es exactamente la cuestión—repuso Anderton—. La predicción de tal ficha fue deliberadamente fabricada por algún grupo del interior de la agencia de la policía. La ficha ha sido preparada y a mi se me ha tendido una trampa. Así, he sido relevado automáticamente de toda mi autoridad... Mi asistente interviene entonces y afirma que ha prevenido el crimen en la forma usual y eficiente del sistema Precrimen. Ni que decir tiene que no hay crimen ni intento de tal crimen.
—Yo estoy por completo de acuerdo con usted en que no habrá tal asesinato—afirmó Kaplan autoritariamente—. Estará usted bajo custodia de la policía. Intento hallarme bien seguro de eso.
Horrorizado, Anderton protestó:
—¿Va usted a devolverme allí? Si permanezco detenido, jamás estaré en condiciones de probar que...
—No me preocupa lo que usted intente probar o no—dijo Kaplan interrumpiéndole—. Todo mi interés radica en tenerle a usted fuera de combate.—Y fríamente añadió—Para mi propia protección.
—Ya estaba dispuesto a marcharse—comenta uno de los hombres.
—Así es—ratifico Anderton sudando—. Tan pronto como me echen el guante seré internado en uno de esos campos de detención. Witwer se pondrá al frente... y ya puedo considerarme perdido.—Su rostro se ensombreció—. Y mi esposa también. Están actuando todos de acuerdo, según las apariencias.
Por un momento Kaplan pareció vacilar.
—Es posible—concedió mirando a Anderton severamente. Después sacudió la cabeza—. No, no puedo correr ningún riesgo. Esto es una conspiración contra usted y lo lamento, créame. Pero es algo que no me concierne en absoluto.—Y dirigiéndose a sus hombres les dijo— Llévenlo al edificio de la Policía y entréguenlo a la más alta autoridad,
Y mencionó el nombre del comisario en funciones, esperando la reacción de Anderton.
—¡Witwer!—Repitió Anderton incrédulo como en un eco.
Todavía sonriendo ligeramente, Kaplan se volvió y conectó la radio.
—Witwer ya ha asumido el mando. Ni que decir tiene que formará con todo esto un buen tinglado.
Se oyó un zumbido estático y después, de repente, la radio comenzó a sonar en la habitación a bastante volumen. Una voz profesional y bastante ruidosa leía un mensaje informativo.
—«...todos los ciudadanos tienen la orden estricta de no dar refugio por ningún concepto a ese individuo peligrosamente criminal. Las extraordinarias circunstancias de un criminal que ha escapado hacia la libertad en condiciones de cometer un acto de violencia, es un caso único en estos tiempos. Todos los ciudadanos quedan advertidos mediante este boletín informativo, de que las leyes en vigor implican que tanto individual como colectivamente tienen la obligación de cooperar totalmente con la policía para aprehender a John Allison Anderton, quien, por medio de la metodología del sistema precriminal es declarado de ahora en adelante un asesino potencial y por tal motivo ha perdido su derecho a la libertad y a todos sus privilegios. »
—Se ve que no ha perdido el tiempo—murmuró Anderton, abatido. Kaplan tocó un botón y la radio enmudeció.
—Lisa tiene que haber ido directamente a él —dijo Anderton especulando amargamente. .
—¿Por qué tendría que esperar?—Preguntó Kaplan—. Usted expresó sus intenciones claramente.
El viejo general hizo una señal a sus hombres
—Llévenle a la ciudad. Me siento a disgusto con este hombre en mi proximidad. En ese aspecto, estoy de acuerdo con el Comisario Witwer. Quiero que sea neutralizado lo más pronto posible.
Una lluvia fina y helada se abatía sobre las calles mientras el coche atravesaba las oscuras avenidas de Nueva York hacia el edificio de la Policía.
—Puede usted ponerse en su lugar—dijo uno de los hombres a Anderton—. Si usted estuviese en su puesto habría actuado de igual forma.
Pensativo y resentido Anderton se mantenía callado mirando hacia adelante.
—De cualquier forma—continuo aquel hombre—usted sólo es uno entre muchos más. Miles de personas han ido a parar a esos campos de detención. No se encontrará solo.
Abrumado por las circunstancias, Anderton miraba a los transeúntes apresurándose a lo largo de las aceras mojadas por la lluvia. Sólo se daba cuenta de la tremenda fatiga que sentía. Mecánicamente iba comprobando los números de las casas calculando la proximidad a la estación de Policía.
—Ese Witwer se ve que sabe aprovechar las oportunidades y sacar ventaja de cualquiera de ellas—observó uno de los hombres—. ¿Le conoce usted?
—Muy poco
—Deseaba su puesto... y por eso ha conspirado contra usted. ¿Está usted seguro?
—¿Importa mucho eso ahora?—Repuso Anderton con un gesto.
—Era por pura curiosidad.—Y el hombre suspiró lánguidamente—. Entonces, ahora es usted el ex Comisario jefe de la Policía. La gente que se encuentra en esos campos estará deseando verle. Y conocer cómo es su cara.
—Sin duda.
—Witwer seguramente que no perderá el tiempo. Kaplan tiene suerte... con un personaje así al frente de la policía.—Y el hombre miró a Anderton casi con lástima—. Pero usted está seguro de que es un complot, ¿verdad?
—Por supuesto que sí.
—¿No habría usted tocado ni un solo cabello de Kaplan, verdad? Por primera vez en la historia, el Precrimen se ha equivocado. Un hombre inocente perseguido por culpa de una de esas fichas... Tal vez haya muchas otras personas inocentes, ¿no es verdad?
—Es muy posible—repuso Anderton.
—Tal vez la totalidad de ese sistema se venga abajo. Seguramente que usted no va a cometer ningún crimen... y tal vez ninguno de los otros tampoco. ¿Es ésa la razón por la que dijo a Kaplan que quería marcharse? ¿Deseaba usted probar tal vez que el sistema es falso? Sepa que soy un hombre de amplia mentalidad si quiere hablarme de ello.
Otro de los hombres se inclinó sobre él y preguntó:
—Entre usted y yo, ¿existe realmente algún complot? ¿Ha sido usted falsamente acusado?
Anderton suspiró. Hasta tal punto vacilaba en su interior. Tal vez se hallaba atrapado en un circuito sin salida, sin motivo, sin principio y sin fin De hecho, estaba casi dispuesto a conceder que era la víctima de una fantasía neurótica, excitada por la creciente inseguridad que le rodeaba. Sin lucha, estaba punto de renunciar a todo. Un enorme peso le aplastaba dejándole sofocado y sin energías para nada. Estaba luchando contra algo imposible... y todas las cartas estaban en su contra.
Un repentino chirrido de los neumáticos le llamó la atención. Frenéticamente el conductor trataba de controlar el coche en aquel momento, dando golpes de volante y usando el freno, al mismo tiempo que un enorme camión cargado de pan, surgido de la niebla, se le venia encima. De haber acelerado, tal vez habría salvado la situación. Pero era demasiado tarde para corregir el error. El coche patinó, y dio unos bandazos para ir a estrellarse contra la delantera del camión.
Bajo Anderton, el asiento actuó como un resorte empujándole hacia la puerta. Sintió un dolor súbito e intolerable en el cerebro como si fuera a estallarle, encontrándose de rodillas sobre el pavimento. Cerca de él creyó oír el crepitar de unas llamas y unas fajas de luz serpentear entre la niebla dirigiéndose hacia el coche.
Unas manos acudieron en su ayuda. Poco a poco se dio cuenta de que iba siendo arrastrado lejos del automóvil
A lo lejos se oían las sirenas de los coches de patrulla.
—Vivirá usted—dijo una voz en su oído, en tono quedo y urgente. Era una voz que jamás había oído antes y le resultaba tan extraña como la lluvia que le batía el rostro—. ¿Puede oír lo que le estoy diciendo?
—Sí—repuso Anderton. Con la manga acudió en auxilio de un corte que ya le sangraba abundantemente de la mejilla. Confuso, trató de orientarse—. Usted no es...
—Deje de hablar y escuche.—El hombre que le hablaba era un tipo fornido, casi obeso. Sus enormes manos le sostenían ahora fuera de la calzada y contra la pared de ladrillo de una calle adyacente, lejos del fuego y del coche—. Tuvimos que hacerlo de esta forma. Era la única alternativa. No tuvimos mucho tiempo disponible. Creímos que Kaplan le retendría en su residencia por más tiempo.
—Entonces, ¿esto ha sido preparado previamente?—Preguntó Anderton parpadeando en su enorme confusión.
—Desde luego.—Y aquel hombretón soltó un juramento—. ¿Quiere usted decir que también ellos creían…?
—Yo pensé... —comenzó a decir Anderton y se detuvo al darse cuenta de que encontraba dificultades al hablar, uno de los dientes frontales lo había perdido en el accidente—. La hostilidad hacia Witwer... sentirme reemplazado, y luego mi esposa… el resentimiento natural...
—Deje de engañarse a sí mismo—le interrumpió el desconocido—. Lo sabe usted muy bien. Todo el asunto fue calculado meticulosamente. Tenían cada fase bajo control. La ficha fue colocada el día en que Witwer apareció. Y ya tienen cuanto desean. Witwer comisario y usted un criminal perseguido.
—¿Quién hay detrás de todo eso?
—Su esposa.
Anderton sacudió la cabeza.
—¿Está usted seguro?
Aquel individuo se puso a reír.
—Puede apostar por su esposa.—Miró rápidamente a su alrededor—. Aquí viene la policía. Siga por esa calle estrecha, tome un autobús, y váyase al barrio pobre de los suburbios, alquile una habitación y cómprese un puñado de revistas para tener algo en que estar ocupado. Ah, cómprese otras ropas. Es usted lo suficientemente listo como para ocuparse de sí mismo. No trate de salir de la Tierra. Controlan todos los sistemas de transporte. Si consigue escapar durante los próximos siete días estará usted salvado.
—¿Quién es usted?—Preguntó Anderton.
—Mi nombre es Fleming
Aquel hombre se apartó y con cuidado comenzó a andar por la estrecha calle fuera de las luces. El primer coche de la policía ya había llegado a la calzada y sus ocupantes se lanzaron sobre el destrozado coche de Kaplan. En el interior, los ocupantes se movían débilmente comenzando a gemir dolorosamente a través de la maraña de acero, cristales y plástico bajo la lluvia.
—Considérenos como una sociedad protectora —dijo Fleming sin ninguna expresión especial en su rostro mojado por la lluvia—. Una especie de fuerza de policía que vigila a la policía. Queremos que las cosas marchen como deben.
Con su enorme manaza le dio un empujón hacia el interior del callejón. Anderton se sintió lanzado lejos de él, estando a punto de caer en medio de las sombras y escombros que medio llenaban aquella callejuela.
—Siga y no se detenga—le repitió Fleming—. Y no desprecie este paquete. —Y le arrojó un abultado sobre que Anderton recogió—. Estudie eso con cuidado y creo que podrá sobrevivir.



La carta de identidad le describía como Ernest Temple, electricista, de paso por Nueva York, con esposa y cuatro hijos en Buffalo. Un carnet manchado de sudor le daba autorización para trabajar en sitios distintos, viajando constantemente sin dirección fija. Un hombre que necesita trabajar, debe viajar
Mientras cruzaba la ciudad en un autobús casi vacío, Anderton estudió la documentación de Ernest Temple. Sin duda alguna aquellos documentos de identidad se habían hecho a tanteo por todas las medidas y datos que allí aparecían. Tras un rato se preguntó de quién serían las huellas digitales y como habrían conseguido la longitud de onda de su cerebro. Sin duda no resistirían una comprobación rigurosa. Pero al menos era una documentación como principio. Era algo. Con los documentos, iban mil dólares en billetes. Se guardó el dinero y los documentos y después se volvió hacia lo escrito claramente en el sobre que había contenido los carnets. Al principio no le encontró el menor sentido. Durante algún tiempo, lo estuvo considerando, realmente perplejo.
La existencia de una mayoría implica lógicamente, una minoría correspondiente
El autobús ya había entrado en una vasta región de suburbios pobres de la ciudad en aquella jungla de hoteles baratos y tiendas humildes que habían surgido en aquella área tras las destrucciones de la guerra. Llegó a una parada y Anderton se preparó a salir.
Unos cuantos pasajeros observaron al paso su mejilla herida y sus ropas destrozadas. Ignorando a aquella gente, echó a andar por el borde de la acera bajo la persistente lluvia.
El conserje del hotel no le prestó la menor atención, después de haberle cobrado el dinero de la pensión. Anderton subió la escalera hasta el segundo piso y entró en una habitación reducida con olor humedad. Era pequeña, pero estaba limpia. Tenía cama, armario, tocador, un calendario, silla, lámpara y una radio con contador de tiempo mediante monedas.
Puso en la ranura una moneda de veinticinco centavos y se dejó caer pesadamente en la cama. Todas las emisoras importantes estaban transmitiendo el boletín de la policía. Era algo nuevo, excitante, desconocido para las generaciones actuales. ¡Un criminal escapado de la policía! El público estaba ávidamente interesado.
«...este hombre ha usado la ventajosa posición de la que gozaba para burlar a la policía —estaba diciendo el locutor con una indignación muy profesional—. Debido a su alto cargo, ha tenido acceso a los datos previos y la confianza depositada en él le ha permitido evadir el proceso normal de detención y localización. Durante el período de su mando, ha ejercitado su autoridad para enviar individuos sin cuento, potencialmente culpables, a los campos de confinamiento, desperdiciando así las vidas de esas inocentes víctimas. Este hombre, John Allison Anderton, fue el instrumento de creación del sistema Precriminal, la predicción profiláctica de la criminalidad a través del ingenioso uso de los mutantes premonitores, capaces de adivinar el futuro y transferir oralmente esos datos a la maquinaria analítica. Esos tres premonitores en sus funciones vitales...»
La voz disminuyó al entrar en el diminuto cuarto de baño de la habitación. Una vez allí se despojó de la chaqueta y la camisa y dejó correr el agua fresca del grifo del lavabo. En la pequeña vitrina encontró un poco de yodo, esparadrapo, una máquina de afeitar, peine y cepillo de dientes, amén de otras pequeñas cosas que podía necesitar. A la mañana siguiente, tendría que procurarse otras ropas de segunda mano y comprar otros objetos necesarios, adecuados a su nueva situación. Después de todo, ahora era un obrero electricista en busca de trabajo y no un comisario de policía víctima de un accidente.
En la otra habitación, la radio continuaba sonando. Sólo de forma subconsciente atento a ella, permaneció frente al espejo examinándose el diente roto por el choque.
«...el sistema de los tres premonitores mutantes tuvo su génesis a mediados de este siglo. ¿Cómo se comprueban los resultados en un ordenador electrónico? Alimentando la máquina con datos que se insertan en una segunda máquina de idéntico diseño. Pero dos ordenadores no son suficientes. Si cada uno ellos llega a una respuesta diferente es imposible decir a priori cuál es la correcta. La solución, basada en un cuidadoso estudio del método estadístico es utilizar un tercer ordenador que compruebe los resultados de los dos primeros. De esta forma, se obtiene lo que se llama el informe de la mayoría. Puede presumirse con gran probabilidad que el acuerdo de dos de los tres ordenadores indica cuál de los resultados de tal alternativa es el correcto. No sería verosímil que dos ordenadores llegasen a idénticas soluciones incorrectas... » Anderton arrojó la toalla que tenía en la mano y corrió hacia la otra habitación, volcándose literalmente sobre el aparato de radio para captar mejor la emisión.
«...la unanimidad de los tres premonitores es un fenómeno posible pero muy rara vez conseguido, según explica el comisario en funciones Mr. Witwer. Es mucho más corriente obtener un informe de mayoría de dos premonitores más un informe de minoría del tercer mutante, con una variación muy ligera, referida usualmente al tiempo y al lugar. Esto se explica por la teoría de los futuros múltiples. Si existiese solamente un sendero del tiempo, la información premonitora no tendría importancia, ya que no existiría ninguna posibilidad de alterar el futuro.
Anderton comenzó a recorrer frenéticamente la pequeña habitación de un lado a otro. El informe de la mayoría... sólo dos de los premonitores mutantes habían coincidido en el material anotado en la ficha, Aquél era el significado del mensaje del paquete que le habían entregado. El informe del tercer premonitor, esto es, el informe de la minoría, tenía también su importancia.
¿Por qué?
Consultó el reloj y vio que era ya pasada la medianoche. Page estaría libre de servicio. No estaría de vuelta en el bloque de los monos hasta la tarde siguiente. Era una débil oportunidad pero valía la pena aprovecharla. Tal vez Page quisiera encubrirle, o tal vez no. Tenía que arriesgarse a saberlo.
Tenía que ver el informe de la minoría.
* * * * *

Entre el mediodía y la una de la tarde, las calles hormigueaban de gente. Eligió esa hora, en el momento de más tráfago del día, para hacer su llamada. Eligió una cabina telefónica pública del interior de una tienda, marcó el número tan familiar de la policía y esperó la respuesta. Deliberadamente seleccionó sólo el canal del sonido, descartando el de la imagen, pues a despecho del cambio sufrido por las ropas y su atuendo general, podía ser reconocido.
La persona que recibió la llamada era nueva para Anderton. Con precaución deliberada, le dio la extensión de Page. Si Witwer estaba cambiando todo el personal y poniendo en su lugar a sus satélites, podría hallarse hablando con una persona totalmente extraña.
—¿Sí?—sonó la voz de Page, al fin.
Sintiéndose aliviado, Anderton miró a su alrededor. Nadie estaba dedicándole la menor atención, los clientes de la tienda merodeaban alrededor de las mercancías en su rutina diaria.
—¿Puede usted hablar?—Preguntó—. ¿O hay algo cerca que se lo impide?
Se produjo un momento de silencio. Tuvo la certeza de estar viendo al propio Page luchar con la incertidumbre de lo que tenía que hacer en aquel momento. Por fin, llegó la respuesta:
—¿Por qué... me llama usted aquí?
Ignorando la pregunta, Anderton continuó:
—No reconocí la voz del recepcionista. ¿Hay nuevo personal?
—Sí, de nueva marca—repuso Page con voz ahogada—. Tenemos un gran maremágnum estos días.
—Así lo tengo entendido—repuso Anderton—. ¿Y su trabajo? ¿Continúa todavía en pie?
—Espere un momento.—El receptor fue puesto de forma que unos pasos que se aproximaban llegasen claramente a oídos de Anderton. Fueron seguidos por el ruido de una puerta que se cerraba. Page volvió al teléfono—. Ahora podemos hablar mejor. Dígame.
—¿Cuánto mejor?
—No mucho. ¿Dónde está usted?
—Paseando por Central Park—repuso Anderton —. Disfrutando de la luz del sol.—Por lo que había supuesto, Page había ido a asegurarse de que la conversación se registraba en cinta magnetofónica. En aquel momento, con toda seguridad, una patrulla aérea estaría ya en su busca. Pero no tenía más remedio que aprovechar aquella oportunidad —. Ahora trabajo en un nuevo oficio. Soy electricista.
—¿Ah, sí?—repuso Page asombrado.
—Pensé que tendría usted algún trabajo para mí. Si puede usted arreglarlo, podría dejarme caer por ahí y examinar el equipo básico de computación. Especialmente los datos y los bancos analíticos del bloque de los «monos».

Tras una pausa, Page contestó:
—Pues... creo que podría arreglarse, si es tan importante para usted.
—Lo es—le aseguró Anderton—. ¿Cuándo sería mejor para usted?
—Bien—contestó Page como luchando consigo mismo—. Espero a un equipo de reparaciones que viene a echar un vistazo al equipo de comunicaciones. El comisario en funciones quiere que sea mejorado, para que pueda operar con mayor rapidez. Podría usted venir entonces.
—Lo haré. ¿Hacia qué hora?
—Digamos a las cuatro de la tarde en punto. Entrada B, nivel 6. Allí... le encontraré a usted.
—Muy bien, gracias—dijo Anderton y comenzó ya a colgar—. Espero que todavía esté usted en su puesto cuando llegue.
Colgó y salió rápidamente de la cabina. Un momento después, se hallaba mezclado con la ingente muchedumbre que atestaba las calles y entró en una cafetería próxima. Nadie podría localizarle allí. Tenía por delante una espera de tres horas y media. Aquello podría ser demasiado tiempo. Sería la espera más larga de toda su vida.
Lo primero que Page le dijo al verlo fue:
—Está usted loco de remate. ¿Por qué diablos ha vuelto?
—No he vuelto por mucho tiempo.
Con cuidado, Anderton comenzó a deambular alrededor del bloque de los «monos» cerrando sistema automáticamente una puerta tras otra.
—No deje que entre nadie. No puedo correr ningún riesgo inútil.
—Tendría usted que haberse marchado cuando consiguió escapar—le dijo Page, siguiéndole con el rostro descompuesto y alterado—. Witwer ha revuelto el cielo y la tierra y ha conseguido que todo el país esté sobre su pista como un lobo rabioso.
Ignorándole, Anderton abrió el control principal del banco de la maquinaria analítica.
—¿Cuál de los tres «monos» dio el informe de la minoría?
—No me pregunte a mí... Yo me marcho.
Page pasó junto a él, se detuvo un instante y se marchó cerrando la puerta de la habitación. Anderton se quedó solo.
El de en medio. Lo conocía bien. Era el de figura de enano que permanecía sentado entre cables y conexiones desde hacía quince años. Al aproximarse Anderton, ni siquiera levantó los ojos. Con la vista ausente contemplaba un mundo que no existía, ajeno a la realidad física que yacía a su alrededor.
«Jerry» tenía veinticuatro años. Originalmente había sido clasificado como un idiota hidrocefálico pero cuando llegó a los seis años de edad los análisis psicológicos determinaron su talento premonitor, enterrado bajo los tejidos alterados de sus circunvoluciones cerebrales. Llevado a la escuela especial de entrenamiento del Gobierno, su talento latente había sido ampliamente cultivado. A los nueve años, su talento premonitor había alcanzado un nivel utilizable. «Jerry», sin embargo, continuaba yaciendo en el caos sin meta de su idiotez congénita, su especial facultad premonitora había absorbido el resto de su personalidad.
Agachándose, Anderton comenzó a desarmar los escudos protectores que guardaban las cintas grabadas y almacenadas en la maquinaria analítica. Utilizando esquemas, fue siguiendo la pista de los diferentes circuitos de los ordenadores a los que «Jerry» y su equipo estaban conectados. Consultando el plano, a los pocos instantes estuvo en condiciones de seleccionar la sección del registro que se refería a su ficha en particular.
En sus proximidades, había montado un aparato magnetofónico. Conteniendo la respiración, insertó la cinta, activó la máquina y escuchó. Sólo le llevó un instante. Desde la primera declaración del informe, resultó claro lo ocurrido. Tenía lo que deseaba, podía dejar ya de buscar.
La visión de «Jerry» estaba desenfocada, desfasada. A causa de la naturaleza errática de la premonición, estaba examinando un área de tiempo ligeramente diferente de la de sus compañeros. Para él el informe de que Anderton cometería un asesinato era un suceso para ser integrado con todos los demás. Aquella afirmación—y la reacción de Anderton—era un dato más.
* * * * *

Sin duda alguna, el informe de «Jerry» reemplazaba al informe de la mayoría. Habiendo sido informado de que cometería un crimen, Anderton habría cambiado de parecer y no lo habría hecho. La previsión del crimen había evitado su comisión. La profilaxis había ocurrido simplemente al haber sido informado. Y se había creado un nuevo sendero del tiempo.
Temblando, Anderton volvió a rebobinar la cinta y pulsó el botón correspondiente. A gran velocidad, obtuvo una copia del informe. Allí tenia la prueba de que la ficha no era valida. Todo lo que tenía que hacer era mostrárselo a Witwer…
Su propia estupidez le dejó helado. Sin duda alguna, Witwer había visto el informe y a pesar de ello, había asumido el papel de comisario y dado ordenes a la policía. Witwer no se volvería atrás y le tendría sin cuidado la inocencia de Anderton.
Entonces, ¿qué podía hacer? ¿Quién más podía estar interesado?
—¡ Estúpido loco!—Gritó con ansiedad una voz a su espalda.
Se volvió rápidamente. Su esposa permanecía de pie en una de las puertas, vestida con su uniforme de la policía y reflejando en los ojos una frenética desesperación.
—No te preocupes—repuso él brevemente—. Me voy ya.
Con el rostro distorsionado, Lisa se precipitó tras él
—Page me dijo que estabas aquí pero no podía creerlo. No debió haberte dejado entrar. ¿Es que no comprendes quién eres? ,
—¿Quién soy?— Preguntó cáusticamente Anderton —. Antes de responder sería mejor que escucharas este registro.
—¡ No quiero escucharlo! ¡ Quiero que te marches de aquí! Ed Witwer sabe que alguien anda por aquí. Page está tratando de mantenerlo ocupado... —Ella se interrumpió, moviendo la cabeza de un lado a otro—. ¡Está aquí! Forzará la entrada para llegar hasta aquí.
—¿No has logrado ninguna influencia? Vamos, sé graciosa y encantadora. Probablemente se olvide de mí.
Lisa le miró con un amargo reproche.
—Hay una nave aparcada en el techo del edificio. Si quieres marcharte lejos... —Su voz se entrecortó y quedó en silencio. Después, añadió— Yo me marcharé dentro de un minuto. Si quieres venir…
—Iré— dijo Anderton
No tenía otra elección. Se había asegurado aquel registro, su prueba; pero no había pensado en la forma de salir de allí. Contento, corrió tras la esbelta figura de su mujer, sorteando todos los obstáculos del bloque de los monos y después hacia una puerta y un corredor.
—Es una nave muy rápida— le dijo ella por encima del hombro—. Está provista de combustible para casos de emergencia… dispuesta a salir en el acto. Yo iba a supervisar algunos de los equipos.

* * * * *

Tras el volante del crucero ultrarrápido de la policía, Anderton resumió el contenido del informe de la minoría obtenido. Lisa escuchó sin hacer comentarios, con las facciones contraídas y las manos nerviosamente enlazadas en la falda. Bajo la nave discurría el terreno destruido por la guerra, en un vasto panorama de ruinas y desastre. Un espantoso paisaje lleno de cráteres, como un mapa lunar, moteado de tanto en tanto por algunas pequeñas granjas y fábricas.
—Me gustaría saber—dijo Lisa, cuando su marido hubo terminado—cuántas veces habrá ocurrido esto antes.
—¿Un informe de la minoría? Muchísimas veces.
—Quiero decir, que uno de esos premonitores se haya desfasado. Usando el informe de los otros como datos..., y reemplazándolo.—Sus ojos se oscurecieron y añadió— Tal vez una enorme cantidad de personas de las que se encuentran en los campos de detención, están en tus mismas condiciones.
—No—insistió Anderton. Pero ya comenzaba a sentirse incómodo ante tal pensamiento—. Yo estaba en condiciones de ver la ficha, y poder leer el informe. Eso es lo que hice.
—Pero... —y Lisa hizo un gesto significativo—. Tal vez todos ellos habrían reaccionado de la misma forma. Podríamos haberles dicho a todos ellos la verdad.
—Habría sido un riesgo demasiado grande — repuso Anderton con testarudez.
Lisa soltó una nerviosa carcajada.
—¿Riesgo? ¿Oportunidad? ¿Incertidumbre? ¿Con los premonitores a mano?
Anderton se concentró en la conducción de la nave.
—Este es un caso único—repitió—. Y tenemos ahora un problema inmediato. Ya discutiremos los aspectos teóricos más tarde. He de llevar este registro a las personas idóneas antes de que tu brillante amigo pueda demolerlo.
—¿Quieres hablar de eso a Kaplan?
—Ciertamente que voy a hacerlo.—Y dio unas palmadas sobre el registro que yacía en el asiento entre ambos—. Estará muy interesado. Es la prueba de que su vida no está en peligro y eso debe tener una importancia vital para él.
Lisa sacó los cigarrillos del bolso.
—Y supones que querrá ayudarte...
—Puede que lo haga... o tal vez no. Es un riesgo que vale la pena correr.
—¿Cómo te las arreglaste para desaparecer tan pronto? Un disfraz tan completo y efectivo es difícil de obtener.
—Con dinero se consigue todo—repuso Anderton evasivamente.
Mientras fumaba, Lisa insistió:
—Probablemente Kaplan te protegerá... Es muy influyente.
—Yo creí que sólo era un general retirado.
—Técnicamente, eso es lo que es. Pero Witwer se hizo con su expediente. Kaplan encabeza una extraña organización de veteranos. Actualmente, es como una especie de club, con un número restringido de miembros. Altos oficiales solamente... de varias nacionalidades, procedentes de ambos bandos de la guerra. Aquí en Nueva York mantienen una sede en una gran mansión, disponen de tres publicaciones y ocasionalmente de emisiones de televisión, todo lo cual les cuesta una pequeña fortuna.
—¿Qué es lo que intentas decir? .
—Sólo esto. Me has convencido de que eres inocente. Es decir, resulta obvio que no cometerás ningún asesinato. Pero tienes que darte cuenta ahora de que el informe original, el informe de la mayoría no era una falsedad. Nadie lo falsificó. Ed Witwer no lo creó. No existe complot alguno contra ti y nunca lo hubo. Si aceptas ese informe de la minoría como genuino, habrás aceptado también el de la mayoría.
—Pues... supongo que sí—admitió Anderton de mala gana.
—Ed Witwer—continuó Lisa—está actuando con una completa buena fe. Él cree realmente que tú eres un criminal en potencia... ¿y por qué no? Tiene sobre la mesa de su despacho el informe de la mayoría y tú tienes la ficha en tu cartera.
—La destruí—repuso Anderton con calma.
Lisa se inclinó sobre su marido.
—Ed Witwer no ha actuado con la intención de ocupar tu puesto—dijo—. Ha actuado con la misma buena fe con que siempre actuaste tú. Él cree en el sistema Precrimen. Y desea que continúe. He hablado con él y estoy convencida de que dice la verdad.
—¿Querrás entonces llevar este registro magnetofónico a Witwer?—Preguntó Anderton—. Si lo hiciera yo... lo destruiría.
—No tiene sentido, eso es absurdo —replicó Lisa—. Los originales han estado en sus manos desde el principio. Pudo haberlos destruido en cualquier momento en que lo hubiera deseado.
—Sí, eso es cierto—admitió Anderton—. Es muy posible que no lo supiera.
—Por supuesto. Fíjate en esto. Si Kaplan consigue hacerse con ese registro, la policía se desacreditará. ¿No puedes ver por qué? Si tú demuestras que el informe de la mayoría fue un error, el sistema está acabado. Tienes que continuar así... si queremos que el sistema Precrimen sobreviva. Tú sólo piensas en tu propia seguridad. Pero piensa por un momento sobre del sistema en sí ¿Qué significa más para ti, tu propia seguridad personal o la existencia del sistema?
—Mi seguridad—repuso Anderton, sin vacilar lo más mínimo.
—¿Estás seguro?
—Si el sistema ha de sobrevivir encerrando a gente inocente, entonces merece ser destruido. Mi seguridad personal es importante porque yo soy un ser humano. Y además...
Del fondo del bolso Lisa sacó rápidamente una pistola. ...
—Tengo—le dijo a su marido huraña—en este momento el dedo puesto en el gatillo. Jamás he usado un arma antes de ahora. Pero tendré que hacerlo si te opones.
Tras una pausa, Anderton preguntó:
—¿Quieres que dé la vuelta al aparato? ¿Es eso lo que pretendes?
—Sí, hacia el edificio de la policía. Lo siento. Si pones tu propio egoísmo por encima del interés general y todo lo bueno del sistema…
—Guárdate el sermón—repuso Anderton— Volveré. Pero no voy a oír la defensa de un código de conducta que ningún hombre inteligente estaría dispuesto a suscribir.
Los labios de Lisa se contrajeron en una delgada línea. Sosteniendo la pistola frente a él, no le quitaba la vista de encima. Unos cuantos objetos de la guantera del aparato cayeron esparciéndose en el fondo de la cabina al dar la nave una vuelta en redondo para volver a la ciudad. Tanto Anderton como su mujer iban sujetos por los cinturones de seguridad. Pero no así el tercer miembro de la tripulación.
De reojo Anderton vio un cierto movimiento a su espalda. Un ruido le llegó simultáneamente, el choque de un hombretón que había perdido instantáneamente su equilibrio y chocaba contra la pared metálica del aparato. Lo que siguió, ocurrió rápidamente. Fleming se incorporó con una increíble rapidez, desarmando en un abrir y cerrar de ojos a Lisa. Anderton se hallaba demasiado asombrado para reaccionar. Lisa se volvió... vio a aquel hombre y soltó un chillido histérico. La pistola le fue arrebatada de un zarpazo, y empuñada por el desconocido viajero.
—Lo siento—dijo Fleming—. Pensé que iba a hablar más. Eso es lo que yo esperaba.
—Entonces, estaba usted aquí cuando... —comenzó a decir Anderton, y se detuvo.
Fleming y sus hombres le habían vigilado estrechamente. La existencia de la nave de Lisa habla sido anotada a su debido tiempo y tomada en cuenta y cuando Lisa se debatía con su marido entre marcharse o no para ponerse a seguro, Fleming había saltado al departamento posterior de la nave aérea.
—Tal vez sea mejor que me entregue usted ese registro —dijo Fleming, mientras que lo tomaba en sus enormes manos—. Tiene usted razón, Witwer lo habría reducido a cenizas
—¿Entonces, Kaplan...?
—Kaplan está trabajando directamente con Witwer. Por eso su nombre aparece en la quinta línea de la ficha. Cuál sea el verdadero jefe actualmente es algo que ignoro. Posiblemente ninguno de los dos.—Fleming tiró la pistola a un lado y sacó su pesada arma del Ejército—. Hizo usted una completa tontería al salir con su mujer. Ya le dije que ella también se hallaba tras todo este asunto.
—No puedo creerlo—murmuró Anderton perplejo—. Si ella...
—No lo comprende bien. Esta nave se dispuso por orden de Witwer. Ellos deseaban que se marchase usted lejos del edificio para que nosotros no pudiéramos dar con su paradero. Con usted lejos, separado de nosotros, no habría tenido la menor oportunidad.
Una extraña mirada brilló en los ojos de Lisa.
—Eso es incierto—farfulló—. Witwer jamás vio este aparato. Yo iba a supervisar...
—Casi consigue usted huir con él—interrumpió Fleming inexorable—. Tendremos mucha suerte si las patrullas de la policía no se nos vienen encima. No hubo tiempo de comprobarlo.—Y se agachó directamente frente al asiento de Lisa—. Lo primero que debemos hacer es deshacernos de esta mujer. Page ha dado cuenta a Witwer de su nuevo disfraz y los detalles habrán sido radiados en todas direcciones.
Todavía agachado, Fleming agarró a Lisa. Arrojando su arma a Anderton, la cogió por la garganta. Horrorizada, Lisa intentó arañarle frenéticamente. Ignorándola, Fleming cerró sus manazas sobre el delicado cuello de la mujer, comenzando a ahogarla poco a poco.
—No habrá heridas de bala—explicó jadeante—. Tendrá que parecer... un accidente. Eso suele ocurrir a menudo. Pero en este caso, habrá que romperle el cuello primero.
Pareció extraño que Anderton hubiera esperado tanto. Pero conforme se hundían las manos de Fleming cruelmente en la suave piel de su mujer, Anderton cogió la pesada pistola por el cañón y asestó un golpe seco en el cráneo de Fleming por detrás de la oreja. Las monstruosas manos de Fleming se aflojaron. Abatido fulminantemente, la cabeza de Fleming cayó y todo su cuerpo chocó contra la pared de la cabina. Trató aún de recuperarse, pero Anderton volvió a golpearle y esta vez se desplomó como un fardo.
Jadeando fatigosamente por recobrar el aliento Lisa permaneció un momento inclinada, con el cuerpo estremecido. Después, gradualmente, el color volvió a su rostro
—¿Puedes hacerte cargo de los controles?—Preguntó Anderton, sacudiéndola.
—Sí... creo que sí.—Casi mecánicamente se puso al volante—. Creo que lo haré bien. No te preocupes por mí.
—La pistola es un arma de reglamento del Ejército — comentó Anderton—. Pero no procede de la guerra. Es un último modelo. Creo que tenemos una oportunidad...

* * * * *

Saltó hacia la parte trasera del aparato donde Fleming yacía extendido por el suelo de la cabina. Sin tocar la cabeza del caído, le desabrochó la ropa y comenzó a registrarle todos los bolsillos. Un momento más tarde, la cartera manchada de sudor de Fleming estaba en sus manos.
Tod Fleming, de acuerdo con su identificación, era un mayor del Ejército agregado al Departamento de Inteligencia Militar. Entre varios otros, aparecía un documento firmado por el general Kaplan, estableciendo que Fleming se hallaba bajo la especial protección de su propio grupo, la Liga Internacional de Veteranos.
Fleming y sus hombres actuaban a las órdenes del general Leopold Kaplan. El camión cargado de pan, el accidente, todo había sido deliberadamente preparado.
Aquello significaba que Kaplan le había sustraído deliberadamente de las manos de la policía. El plan arrancaba desde el primer contacto en su propia residencia, cuando Kaplan le mandó capturar y le encontró preparando su equipaje. Con cierta incredulidad, Anderton comprendió lo que realmente había sucedido. Desde el principio, todo había sido una estrategia elaborada para tener la seguridad de que Witwer fracasaría en su intento de arrestarle.
—Ahora veo que me estabas diciendo la verdad —dijo Anderton a su esposa, al volver al asiento delantero—. ¿Podremos hablar con Witwer?
Ella hizo un gesto afirmativo, indicando el circuito de comunicaciones del tablero.
—¿Qué... encontraste?
—A ver si conseguimos ver a Witwer. Quiero hablar con él tan pronto como pueda. Es muy urgente.
Lisa marcó rápidamente la llamada en el dial, por el canal privado de la policía y del Cuartel General de Nueva York. Al momento se iluminó la pequeña pantalla y las facciones de Ed Witwer aparecieron en ella.
—¿Se acuerda de mí?—le preguntó Anderton.
Witwer se quedó mudo de asombro.
—¡Buen Dios! ¿Qué ha ocurrido? Lisa, ¿le trae usted misma? —Enseguida se fijó en el arma que sostenía en sus manos y su rostro se endureció. — Mire—gritó furioso— ¡No vaya a hacerle daño! Sea lo que sea lo que usted piensa, ella no es responsable de nada.
—He descubierto algo importante—le contestó Anderton—. ¿Puede ayudarnos? Es posible que necesitemos ayuda a nuestro regreso.
—¿Regreso?—Dijo Witwer mirándole sin dar crédito a lo que oía—. ¿Es que viene usted aquí tal vez? ¿Viene a entregarse por sí mismo?
—Así es, en efecto.—Y hablando rápidamente, Anderton añadió— Hay algo que tiene usted que hacer inmediatamente. Cierre absolutamente el bloque de los «monos». Tenga la certeza de que nadie entra, ni Page, ni nadie. Especialmente gente del Ejercito.
—Kaplan—repuso la imagen en miniatura.
—¿Qué pasa con él?
—Estuvo aquí. Acaba... de marcharse.
Anderton creyó que se le detenía el corazón.
—¿Qué estuvo haciendo?
—Recogiendo datos. Transcribiendo duplicados de los premonitores sobre usted. Insistió en que lo necesitaba solamente para su propia protección.
—Entonces ya lo tiene—dijo Anderton—. Es demasiado tarde.
Alarmado, Witwer casi gritó:
—¿Qué es lo que quiere decir? ¿Qué está ocurriendo?
—Se lo diré a usted, cuando esté de vuelta en mi oficina.

* * * * *

Witwer salió a su encuentro en el tejado del edificio de la Policía. Mientras la pequeña nave tomaba contacto con la terraza, una escolta de policías mantenía una estrecha vigilancia. Anderton se aproximó inmediatamente al joven de cabellos rubios.
—Ya tiene lo que deseaba—le dijo—. Ahora puede encerrarme y enviarme a un campo de detención. Pero creo que no será suficiente.
Los pálidos ojos de Witwer parpadearon con incertidumbre.
—Me temo que no comprendo.
—Es culpa mía. Nunca debí abandonar el edificio de la Policía. ¿Dónde está Wally Page?
Ya le echamos el guante y está a buen recaudo—replicó Witwer—. No nos molestará más.
—Le ha detenido usted por una razón equivocada. Permitirme entrar en el bloque de los «monos» no era ningún crimen. Pero pasar información al Ejército, sí que lo es. Ha tenido usted a todo un regimiento trabajando para el Ejército.—Y se corrigió a sí mismo, añadiendo— Es decir, lo he tenido.
—He retirado la orden de captura hacia usted. Ahora los equipos están tras Kaplan.
—¿Alguna suerte hasta ahora?
—Se marchó de aquí en un camión blindado del Ejército. Le seguimos, pero el camión entró en unos barracones militarizados. Ahora tienen una gran cantidad de tanques gigantes R3 del tiempo de la guerra bloqueando la calle. Será toda una guerra civil el poder abrirse paso.
Con lentitud y vacilante, Lisa salió del aparato. Aún aparecía pálida y estremecida, mostrando claramente las señales de violencia de Fleming en la garganta.
—¿Qué le ha ocurrido a usted, Lisa?—le preguntó Witwer. Y enseguida advirtió la silenciosa e inerte figura de Fleming en el interior—. Bien, ahora supongo que ya habrá dejado de creer que yo conspiraba contra usted—concluyó mirando fijamente a Anderton.

—Sí.
—No pensará usted que yo... he intrigado para arrebatarle el puesto.
—Seguro que sí. Todo el mundo es culpable en este asunto. Y yo estoy conspirando para evitarlo. Pero hay algo más... de lo que usted no es responsable.
—¿Por qué afirmaba usted que era demasiado tarde al volver para entregarse? Dios mío, tendremos que confinarle en un campo. La semana pasará y Kaplan todavía estará vivo.
—Estará vivo, sí—concedió Anderton—. Pero puede probar que estaría vivo aun si yo estuviera paseando por las calles libremente. Tiene la información que demuestra que el informe de la mayoría no es valido. Puede destruir el sistema Precrimen. Sí, con las dos caras de la moneda, cara o cruz, él gana... y nosotros perdemos. El Ejército nos desacredita, y su estrategia sale triunfante.
—Pero, ¿por qué arriesgan tanto? ¿Qué es exactamente lo que quieren?
—Después de la guerra anglochina, el Ejército perdió mucha de su autoridad. Ya no era lo que fue en los días de la Alianza del Bloque Occidental, en que lo gobernaban todo, tanto los asuntos militares como los domésticos. Y tenían su propia policía.
—Como Fleming—murmuró Lisa.
—Terminada la guerra, el Bloque Occidental fue desmilitarizado. Los altos oficiales como Kaplan, fueron retirados y apartados del mando. Y a nadie le gusta eso.—Anderton hizo un gesto—. Yo puedo simpatizar con él a ese respecto. No ha sido el único.
—Dice usted que Kaplan ha vencido—dijo entonces Witwer—. ¿Hay algo que pueda hacerse?
—No voy a matarle. Nosotros lo sabemos y él también lo sabe. Probablemente vendrá hacia nosotros con algún arreglo especial. Continuaremos en nuestras funciones pero el Senado abolirá nuestra base real de apoyo. No creo que le gustase, ¿verdad?
—Pues yo diría que no, francamente—repuso Witwer—. Uno de estos días estaré a la cabeza de esta agencia.—Y se sonrojo un tanto—. No inmediatamente, por supuesto.
La expresión de Anderton se tornó sombría.
—Es una lástima que publicase usted a los cuatro vientos el informe de la mayoría. Si hubiera permanecido callado, lo hubiéramos retirado con cuidado. Pero todo el mundo lo sabe ahora. No podemos retractarnos ya.
—Supongo que no—contestó Witwer—. Tal vez yo... no realicé este trabajo tan bien como suponía
—Lo hará, con el tiempo. Será usted un gran oficial de la Policía. Usted tiene confianza en la bondad del sistema, pero tendrá que aprender a tomar las cosas con calma Anderton se apartó entonces de su interlocutor—. Voy a estudiar los datos de los registros del informe de la mayoría. Quiero descubrir exactamente de qué forma tenía que matar a Kaplan. Eso puede proporcionarme ideas interesantes.
Los datos de los registros del premonitor «Dona» y del premonitor «Mike» estaban separadamente archivados. Operando en la maquinaria responsable de los análisis de «Dona», abrió el escudo protector y extrajo el contenido. Como antes, el código le informó de que los registros eran importantes y en un momento, lo pasó por la copiadora.
Resultó aproximadamente lo que había sospechado. Aquél era el material utilizado por «Jerry», el desfasado, para hacer su propia premonición.
En él, los agentes de la Inteligencia Militar de Kaplan raptaban a Anderton de su domicilio. Llevado a la villa de Kaplan, donde estaba el Cuartel General de la Liga Internacional de Veteranos, a Anderton se le daba un ultimátum: o desmontar voluntariamente todo el sistema Precrimen o encararse con la hostilidad del Ejercito.
En aquella descartada línea del tiempo, Anderton, como comisario de policía, había acudido al Senado en busca de apoyo. Pero no lo había obtenido. Para evitar la guerra civil, el Senado había ratificado el desmembramiento del sistema de policía y decretado un retorno a la Ley Militar para Situaciones de Urgencia». Al mando de un grupo de policías fanáticos, Anderton había localizado a Kaplan y le había disparado lo mismo que a otros altos oficiales componentes de la Liga de Veteranos. Sólo Kaplan había muerto. Los otros habían sido detenidos. Y el golpe había tenido un completo éxito.
Luego, pasó la cinta con el material previsto por «Mike». Ambos debían ser iguales, ambos premonitores se habrían combinado para presentar una imagen unificada de los acontecimientos. «Mike» comenzó por donde «Dona»: Anderton se había dado cuente del complot de Kaplan contra la Policía. Pero algo estaba equivocado. Confuso, rebobinó el registro y lo volvió a pasar de nuevo desde el principio. Incomprensiblemente, algo no marchaba bien. De nuevo rebobinó el registro y escuchó atentamente. El informe de «Mike» era totalmente diferente del de «Dona».
Una hora más tarde había terminado su comprobación, dejó a un lado los registros y abandonó el bloque de los «monos». Tan pronto como salió de allí, le preguntó Witwer:
—Bien, ¿qué es lo que ocurre? Parece que hay algo que va mal.
—No—repuso lentamente Anderton—. No exactamente mal.—Y se encaminó hacia la ventana mirando al exterior.
Las calles estaban abarrotadas de gente. Marchando por el centro de la avenida principal, pasaba una masa de tropas uniformadas de cuatro en fondo, con armas automáticas, cascos; soldados en son de guerra, con sus uniformes de combate portando los estandartes de la Alianza del Bloque Occidental, que flameaban al frío viento de la tarde.
—Un golpe del Ejército—explicó Witwer con voz débil—. Yo estaba equivocado. No van a hacer ningún trato con nosotros. ¿Por qué tendrían que hacerlo? Kaplan va a hacerlo público.
—¿Va a leer el informe de la minoría?—dijo Anderton sin sorpresa en la voz.
—Aparentemente. Irán a solicitar del Senado que seamos desmantelados y tomar nuestra autoridad. Van a afirmar que hemos estado arrestando a gente inocente, con los procedimientos usuales de la Policía: gobernar con el terror.
—¿Y supone usted que el Senado cederá?
—No quisiera suponerlo.
—Pues yo sí. Lo harán. Lo que estoy viendo concuerda con lo que me había imaginado, con lo que he sabido. Estamos metidos en una trampa y sólo hay una dirección que tomar. Tanto si nos gusta como si no, tendremos que hacerlo.—Y sus ojos relampaguearon vivamente.
Witwer se sintió sobrecogido por una repentina aprensión.
—¿ Hacer qué?
—Una vez que se lo diga, se preguntará que por qué no se le ocurrió a usted. Sencillamente, voy a matar a Kaplan. Es la única salida que nos queda para evitar que nos desacredite.
—Pero... —balbuceó Witwer—el informe de la mayoría ha sido reemplazado.
—Yo puedo hacerlo—le informó Anderton. ¿Está usted familiarizado con las leyes que tratan del asesinato en primer grado?
—Cadena perpetua.
—Por lo menos. Probablemente, usted podrá influir y conmutarla por el exilio. Yo sería enviado a uno de los planetas alejados de las colonias, a la buena y vieja frontera.
—¿Y prefiere usted eso?
—¡Diablos, no! Pero sería en todo caso, el menor de los males. Y tiene que hacerse. —No veo de qué forma podría usted matar a Kaplan.
Anderton sacó el imponente revólver atómico de Fleming
—Usaré esto.
—¿Y supone que no le detendrán antes?
—¿Porqué tendrían que hacerlo? Ellos tienen el informe de la minoría que dice que yo he cambiado de opinión.
—Entonces, ¿el informe de la minoría es incorrecto?
—No—repuso Anderton—. Es absolutamente correcto. Pero voy a matar a Kaplan de todos modos.

* * * * *

Nunca había matado a ningún hombre. Incluso jamás había visto a un hombre asesinado, aún habiendo sido comisario de policía durante treinta años. Para aquella generación, el asesinato deliberado era algo que no existía en la memoria de las gentes. Sencillamente, es que nunca había ocurrido.
Un coche de la policía le llevó al bloque en que estaba formado el pelotón del Ejército. Allí, en las sombras, examinó con todo cuidado el funcionamiento de su arma, provista por Fleming sin quererlo. Parecía intacta. Ya no tenía dudas de cuál había de ser su papel y estaba absolutamente seguro de lo que iba a ocurrir dentro de media hora. Se guardó cuidadosamente oculta la pistola y abrió la portezuela del coche.
Nadie le dedicó la menor atención. Imponentes masas de gente cruzaban en todas direcciones, tratando de ponerse cerca para escuchar lo que el Ejército iba a hacer público. Los uniformes del Ejército predominaban en la zona dispuesta al efecto y una línea de tanques desplegados ponía su formidable nota de fuerza en el ambiente.
El Ejército había erigido una plataforma con micrófonos, a la que se subía por unas escaleras. Tras el sitial del locutor, flameaban al viento los orgullosos estandartes de la Alianza del Bloque Occidental con el emblema de los poderes combinados que habían tenido en tiempos de guerra. Por una curiosa deformación del curso del tiempo, la Liga Internacional de Veteranos reunía en su seno a altos oficiales del campo enemigo. Pero un general era un general y las sutiles distinciones se habían desvanecido con el curso de los años.
Ocupando las primeras filas de asientos aparecía el Estado Mayor del mando de la Alianza. Tras ellos, venían los más jóvenes elementos de la organización militar. Las banderas regimentales ondeaban en una gran variedad de colores y símbolos. De hecho, aquello parecía más bien una exhibición festiva. Rodeados por un cordón de policías, más a distancia, aparecían muchos de paisano, manteniendo el orden, aunque más bien como informadores. Si el orden tenía que ser mantenido, sería el Ejército el que se ocuparía de hacerlo.
Un murmullo atronador rodeó por todas partes a Anderton mientras se esforzaba por introducirse entre la densa muchedumbre. Un vivo sentimiento de anticipación le mantenía rígido y tenso, a punto de explotar. La multitud parecía presentir que algo muy importante iba a suceder. Con grandes dificultades, Anderton fue pasando una fila tras otra hasta llegar a la parte delantera donde se hallaban sentados los altos oficiales de la Liga.
Kaplan estaba entre ellos. Pero, ahora, era de verdad el general Kaplan. El traje, el reloj de oro de bolsillo, el bastón de plata, sus ropas de estilo conservador... todo había desaparecido. Para la ocasión, Kaplan se había vestido con su antiguo uniforme de los días de gloria y de poder. Rígido e impresionante, estaba rodeado por todos aquellos otros generales que formaban su Estado Mayor. Sobre su uniforme brillaban un sinnúmero de condecoraciones y las estrellas de su rango. Sus botas relucían como espejos y llevaba al cinto su decorativa espada corta, y sobre la cabeza su gorra de dorada visera.
Dándose cuenta de la presencia de Anderton, el general Kaplan se apartó del grupo de generales y se dirigió hacia él. Su expresión denotaba cuán alegremente agradecía allí la presencia del comisario de policía.
—Esto es una grata sorpresa—dijo saludándole y estrechándole la mano—. Tenía la impresión de que había sido arrestado por el comisario en funciones.
—Todavía estoy fuera de su alcance—comentó Anderton, indicando el paquete que le había sido entregado por Fleming la noche del accidente.
A despecho de sus nervios, el general Kaplan parecía de buen humor.
—Esta es una gran ocasión para el Ejército—le dijo—. Creo que le agradará oír lo que voy a manifestar en público, al relatar los espurios cargos esgrimidos contra usted.
—Me parece magnífico—repuso Anderton.
—Quedará bien claramente establecido que fue usted injustamente acusado—continuó Kaplan, repitiendo lo que ya sabia Anderton—. ¿Tuvo Fleming la oportunidad de explicarle la situación?
—Hasta cierto punto. ¿ Va usted a dar lectura al informe de la minoría?
—Voy a compararlo con el de la mayoría—repuso Kaplan, haciendo una señal a un ayudante que se aproximó en el acto con una cartera—. Todo está aquí... toda la evidencia que necesitábamos. ¿No le importará a usted servir de ejemplo, verdad? Su caso simboliza los arrestos injustos de incontables individuos. —Con cierto nerviosismo, Kaplan se miró al reloj de pulsera—. He de empezar ya. ¿Quiere venir conmigo a la plataforma?
—¿Por qué?
Fríamente, pero con cierta reprimida vehemencia, Kaplan dijo de nuevo
—Así el pueblo puede ver la prueba viviente. Usted y yo juntos... la víctima y el asesino. Permaneciendo uno junto a otro, demostrando la falsedad del sistema, el enorme fraude con que la policía ha estado actuando.
—Bien, con mucho gusto—repuso Anderton—. ¿A qué estamos esperando?
Desconcertado, el general Kaplan se dirigió hacia la plataforma. De nuevo, miró algo inquieto a Anderton, como preguntándose en el fondo, por qué había aparecido por allí y qué es lo que sabría. Su incertidumbre aumentó al subir a lo alto de la plataforma y colocarse en el podium del locutor.
—¿Comprende usted en su totalidad qué es lo que voy a decir?—le dijo Kaplan—. La exposición de los hechos tendrá unas repercusiones considerables. Hará que el Senado reconsidere la validez básica del sistema Precrimen.
—Lo comprendo—afirmó Anderton con los brazos cruzados—. Adelante.
Un sordo rumor cayó sobre la muchedumbre señalando el silencio. Mientras, Kaplan sacaba de la cartera los papeles y los disponía frente a él.
—El hombre que está a mi lado—comenzó Kaplan—es familiar a todos ustedes. Se hallarán sorprendidos de verle, ya que hasta hace pocas horas la Policía le había señalado como un criminal peligroso.
Los ojos de la multitud se concentraban en Anderton. Ávidamente, escrutaron a aquel hombre denunciado como asesino potencial, ocupando un lugar tan destacado junto a los generales.
—Hace unas pocas horas, sin embargo—continuó Kaplan con voz más fuerte—, la Policía canceló la orden de arresto. ¿Suponen ustedes que ha sido porque el ex comisario Anderton ha querido entregarse por sí mismo? No, eso no es exactamente cierto. Está aquí conmigo. No se ha entregado pero la policía tampoco tiene ya interés en su captura. John Allison Anderton es inocente de todo crimen pasado, presente y futuro y las alegaciones contra él fueron fraudes patentes, diabólicas distorsiones de un falso sistema penal basado en una falsa premisa, corrompido, absurdo y desacreditado, una vasta e impersonal maquinaria de destrucción que conduce a hombres y mujeres hacia la condenación.
Fascinada, la multitud miraba alternativamente a Kaplan y a Anderton. Todos estaban familiarizados con la situación básica.
—Muchos hombres—continuó Kaplan—han sido detenidos y encarcelados bajo la estructura del sistema llamado Precrimen, acusados no de crímenes cometidos, sino de crímenes que habrían de cometer. Y se aseguraba como dogma de fe que esos hombres, si se les permitía vivir en libertad, cometerían en el futuro las felonías predichas. Pero es mentira que exista ningún conocimiento cierto del futuro. Tan pronto como se obtiene cualquier información premonitora, queda cancelada por sí misma. La afirmación de que este hombre iba a cometer un crimen, es una pura paradoja. El simple hecho de poseer él mismo los datos, lo hace totalmente falso. En cualquier caso, sin excepción, el informe de los tres premonitores ha invalidado sus propios datos. Si no se hubiesen hecho esos arrestos, es seguro que no se habría cometido ningún delito.
Anderton escuchaba ociosamente aquella sarta de argumentos, dedicando apenas atención al discurso del viejo general. La muchedumbre, no obstante, estaba atenta con el mayor interés. El general Kaplan continuó haciendo un resumen del informe de la minoría, explicando en qué consistía y de qué forma se había obtenido.
Del interior de la chaqueta Anderton sacó la pistola y la empuñó firmemente. Kaplan estaba ya terminando con el material recogido de «Jerry». Con sus delgados dedos, iba a tomar los informes de «Dona» y después de «Mike».
—Este fue el informe de la mayoría —explicó—. La afirmación, hecha por el primero de los dos premonitores de que Anderton cometería un asesinato. Y ahora voy a mostrar a ustedes el material automáticamente invalidado.—Se detuvo un instante, se afirmó las lentes sobre la nariz y comenzó lentamente a leer los informes.
Una extraña expresión apareció repentinamente en su rostro. Se detuvo, vaciló y dejó caer los papeles de la mano. Como un animal acorralado, dio media vuelta, se agachó y quiso apartarse del lugar del locutor.
Por un instante, Anderton observó su faz distorsionada. Levantó el arma, dio rápidamente unos pasos hacia adelante e hizo fuego. Los ocupantes de la primera fila se lanzaron súbitamente en socorro de Kaplan, atónitos por lo que estaba sucediendo. Kaplan se estremeció un instante y como un pájaro destrozado, dio vacilante un paso y cayó desde la plataforma hasta el suelo. Kaplan, como afirmaba el informe de la mayoría, estaba muerto. Su delgado pecho era un espantoso agujero humeante, una terrible cavidad llena de cenizas y vísceras quemadas en un cuerpo que aún se retorcía en su agonía.
Anderton, enfermo de angustia, corrió entre las paralizadas filas de los altos oficiales. La pistola que aún sostenía en la mano le garantizaba momentáneamente el paso, entre el terrible desconcierto sembrado en la tribuna. Bajó rápidamente la plataforma y se mezcló entre la gente, demasiado perpleja para darse cuenta de nada. El incidente ocurrido ante sus mismos ojos resultaba incomprensible. Les llevaría tiempo la comprensión que reemplazaría lo que en aquel momento era solamente un terror ciego.
En la periferia de la multitud, Anderton fue detenido por la policía.
—Tiene suerte de haber escapado—le dijo uno, mientras el coche salía disparado de la zona.
—Supongo que sí —repuso Anderton, remotamente. Se sentó tratando de rehacerse. Estaba tembloroso y agitado. De repente, se inclinó hacia adelante sintiéndose invadido de unas terribles náuseas.
—Pobre diablo—murmuró con simpatía uno de los policías.
A través del vértigo y las náuseas, Anderton fue incapaz de determinar si el comentario del policía iba dirigido a él o a Kaplan.
* * * * *

Cuatro corpulentos policías atendían a Lisa y a John Anderton en sus preparativos de marcha, empaquetando sus enseres y propiedades. En cincuenta años, el ex comisario de policía había acumulado una vasta colección de objetos materiales. Sombrío y pensativo miraba desfilar el equipaje dirigiéndose a los camiones que aguardaban.
Con los camiones, se fueron directamente al aeropuerto... y desde allí irían a Centauro X, por el sistema de transporte interestelar. Un viaje demasiado largo para un hombre ya viejo. Un viaje que jamás tendría regreso posible.
Lisa se preocupó de que cargaran con cuidado todos sus utensilios.
—Supongo que podremos hacer uso de todos estos aparatos electrónicos. Todavía siguen empleando la electricidad en Centauro X.
—Espero que no tengas que preocuparte demasiado—repuso su marido.
—Pronto nos acostumbraremos —replicó Lisa, dirigiéndose una leve sonrisa—. ¿No lo crees, querido?
—Así lo espero. Con toda seguridad no tendrás que lamentarlo. Si yo hubiera pensado…
—Nada de lamentaciones —le aseguró Lisa—. Bien, ayúdame a cargar todo esto.
En el último instante, Witwer llegó en un coche patrulla.
—Antes de que se marche—dijo a Anderton— tendrá que darme una explicación sobre lo ocurrido con los premonitores. El Senado me está pidiendo aclaraciones sobre el particular. Quieren saber si el informe de la minoría fue un error... o qué ha sido.—Y confusamente concluyó— Todavía no puedo explicármelo. El informe de la minoría estaba equivocado, ¿no es cierto?
—¿Qué informe de la minoría?—preguntó Anderton, divertido.
Witwer parpadeó confuso.
—Vaya, debí habérmelo figurado. Entonces, ahí está la cuestión...
—Hubo tres informes de minoría—dijo Anderton al joven, divirtiéndose con su azoramiento—. Los tres informes fueron consecutivos—siguió explicando—. El primero fue el de «Dona». En aquella línea temporal, Kaplan me dijo lo del complot y según eso, yo lo habría matado inmediatamente. «Jerry» en fase ligeramente por detrás de «Dona», usó su informe como datos. Integró mi conocimiento del informe. En él, en el segundo sendero del tiempo, todo lo que yo deseaba era conservar mi puesto. No era a Kaplan a quien quería matar. Era mi propia posición y mi vida lo único que me interesaba.
—¿Y el informe de «Mike» fue el tercero? ¿Llegó después del informe minoritario?—Y Witwer se corrigió a sí mismo—. Quiero decir, ¿llegó el último?
—Sí, el de Mike» fue el último de los tres. Encarado con el conocimiento del primer informe, yo había decidido no matar a Kaplan. Eso produjo el informe número dos. Pero de cara a ese informe, se produjo la situación que Kaplan deseaba crear. La consecuencia fue recrear la posición número uno. Yo había descubierto lo que Kaplan estaba haciendo. El tercer informe invalidaba el segundo en la misma forma que el segundo invalidaba al primero. Aquello nos llevaba a la posición en que habíamos comenzado.
—Bien, vamos, todo está dispuesto—dijo Lisa jadeante.
—Cada uno de los informes era distinto—concluyó Anderton—. Cada uno de ellos era único. Pero dos de ellos concordaban en un punto. Si se me dejaba en libertad, yo mataría a Kaplan. Eso creaba la ilusión de un informe de la mayoría. Y eso es ahora... una ilusión. «Dona» y «Mike» previeron el mismo acontecimiento pero en dos períodos del tiempo diferentes, ocurriendo bajo situaciones totalmente distintas. «Dona» y «Jerry» se equivocaron y el llamado informe de la minoría se insertó en medio del de la mayoría. De los tres, «Mike» estaba en lo correcto, ya que no se produjo informe después del suyo para invalidarlo. Eso lo resume todo.
Ansiosamente Witwer, en los últimos momentos, mostró una extremada preocupación.
—¿Podría ocurrir eso de nuevo? ¿Deberíamos entonces repasar todo el equipo?
—Puede ocurrir sólo en una circunstancia, explicó Anderton—. Mi caso fue único, puesto que yo tenía acceso a los datos. Podría ocurrir de nuevo pero sólo al próximo comisario de Policía. Por lo tanto, pise con cuidado.
Brevemente se estrecharon las manos por última vez.
—Será mejor que mantenga los ojos bien abiertos—informó al joven Witwer—. Recuerde que podría ocurrirle a usted mismo en cualquier ocasión.
PODEMOS RECORDARLO A USTED AL POR MAYOR
Despertó... y añoró Marte. Pensó en los valles. ¿Cómo sería poder vagar por ellos? Maravilloso, sin duda; su sueño creció a medida que despertaba a la plena conciencia, el sueño y el anhelo. Casi podía sentir la presencia arropadora del otro mundo, que sólo los agentes del gobierno y los altos funcionarios habían visto. Un empleado como él no era probable que llegase a verlo nunca...
- ¿Te levantas o no? - preguntó soñolienta Kristen, su esposa, con su habitual y feroz mal humor -. Si te levantas, pulsa el botón del café caliente en la cocina.
- Está bien - dijo Douglas Quail, y se fue descalzo del dormitorio a la cocina.
Allí, después de pulsar solícitamente el botón del café, se sentó a la mesa, sacó una latita de fino rapé Dean Swift, inhaló profundamente, y la mezcla penetró por su nariz, quemándole el paladar. Pero aun así siguió inhalando; le despertaba y permitía que sus sueños, sus deseos nocturnos y sus ansias difusas se condensasen en una estructura más o menos racional.
Iré, se dijo. Antes de morir veré Marte. Era imposible, claro, y lo sabía, incluso mientras soñaba. Pero la claridad del día, el rumor mundano de su mujer que se cepillaba ahora el pelo ante el espejo del dormitorio, todo conspiraba para recordarle lo que era. Soy un mísero empleaducho, se dijo amargamente. Kristen se lo recordaba por lo menos una vez al día. No se lo reprochaba; era obligación de la esposa hacer bajar al marido a tierra, hacerle asentar los pies en el suelo. A la Tierra, pensó, y se echó a reír. La imagen era en este caso perfectamente literal.
- ¿Qué andas olisqueando? - preguntó su mujer irrumpiendo en la cocina, arrastrando su larga bata rosa -. Un sueño, supongo. Siempre andas con sueños.
- Sí - dijo él, y miró por la ventana de la cocina hacia los vehículos aéreos y los canales de tráfico y toda la gentecilla apresurada que corría a trabajar. No tardaría en unirse a ellos. Como siempre.
- Supongo que se relacionará con alguna mujer - dijo torvamente Kristen.
- No - respondió -. Con un dios. El Dios de la Guerra. Tiene maravillosos cráteres con toda clase de vida vegetal creciendo en las profundidades.
- Escucha - Kristen se inclinó a su lado y habló con vehemencia, desapareciendo momentáneamente el tono áspero y gruñón de su voz -. El fondo del océano, nuestro océano, es mucho más hermoso, infinitamente más. Y tú lo sabes; todo el mundo lo sabe. Alquila dos equipos de agallas artificiales, tómate una semana de vacaciones, y podemos bajar a vivir allí en una de esas residencias acuáticas que funcionan todo el año. Y además... - se interrumpió -. No me escuchas. Y deberías escucharme. Lo que te digo es mucho mejor que esa compulsión, esa obsesión de Marte que te domina, ¡pero ni siquiera me escuchas! - su voz se volvió chillona -. ¡Ay Dios mío, estás condenado, Doug! ¿Qué va a ser de ti?
- Me voy a trabajar - dijo él, poniéndose en pie y olvidando el desayuno -. Eso es lo que va a ser de mí.
Ella le miró fijamente.
- Cada vez estás peor. Te veo cada día más fanático. ¡Ya no sé a dónde van a llegar las cosas!
- A Marte - dijo él, mientras abría la puerta del armario para tomar una camisa limpia.
Después de bajarse del taxi, Douglas Quail cruzó lentamente tres canales de peatones densamente poblados y cruzó la moderna, atractiva e invitadora entrada. Allí se detuvo, en medio del tráfico de la mañana, y cautelosamente leyó el anuncio de neón de cambiante color. Ya había leído muchas veces aquel letrero... pero nunca se había decidido. Ahora era distinto; lo que lo hacía ahora era otra cosa. Algo que tarde o temprano tenía que suceder.
REKAL, INCORPORATED
¿Era la solución? Después de todo, una ilusión, por muy convincente que fuese, seguía siendo una ilusión. Al menos objetivamente. Pero subjetivamente... era muy distinto.
Y de todos modos tenía una cita. Cinco minutos más tarde.
Respirando profundamente una bocanada del aire contaminado de Chicago, cruzó el policromo umbral de la entrada y se acercó a la recepcionista.
La hermosa rubia del mostrador, pulcra, aseada, los pechos desnudos, le saludó con suma simpatía:
- Buenos días, señor Quail.
- Buenos días - dijo él -. Estoy aquí para informarme sobre una sesión Rekal. Como supongo que usted ya sabe.
- Muy bien, señor Quail - dijo la recepcionista; accionó el receptor del videófono y dijo -: Señor McClane, aquí está el señor Douglas Quail. ¿Puede entrar ya? ¿O es demasiado pronto?
El intercomunicador emitió algunos extraños sonidos.
- Muy bien, señor Quail - dijo ella -. Puede usted entrar; el señor McClane le espera.
Cuando él avanzaba con paso inseguro, la muchacha añadió:
- Sala D, señor Quail. A su derecha.
Tras un frustrante pero breve momento en que se sintió perdido, pudo encontrar al fin la sala adecuada. La puerta estaba abierta y dentro, ante una gran mesa de nogal auténtica, se sentaba un hombre de aire cordial y mediana edad que vestía traje gris de piel de rana marciana, el último grito de la moda; sólo su atuendo indicaba ya a Quail que se había dirigido a la persona adecuada.
- Siéntese, Douglas - dijo McClane, indicando con mano regordeta la silla del otro lado de la mesa -. Así que usted desea haber ido a Marte. Muy bien.
Quail se sentó, inquieto y tenso.
- No estoy seguro que el costo compense - dijo -. Cuesta mucho y, por lo que entiendo, en realidad no se recibe nada. - Cuesta tanto como ir, pensó.
- Obtiene usted pruebas tangibles de su viaje - discrepó McClane, con énfasis -. Todas las pruebas necesarias. Se lo demostraré. - Hurgó en uno de los cajones de aquella mesa impresionante -. El billete.
Sacó de un sobre de papel manila un pequeño cuadrado de cartón.
- Esto prueba que usted fue y... volvió. Postales.
Sacó cuatro postales tridimensionales a todo color y las colocó en hilera sobre la mesa para que Quail las viese.
- Películas. Tomas hechas por usted de vistas marcianas con una cámara cinematográfica alquilada.
Le mostró también esto.
- Y los nombres de las personas que conoció, doscientos poscréditos de souvenirs, que llegarán, de Marte, el mes que viene. Un pasaporte, certificados de las inyecciones que le pusieron. Y más...
Alzó la vista, hacia Quail.
- Usted sabrá que fue, no lo dude - dijo -. No nos recodará, no me recordará a mí ni haber estado aquí. Para usted, mentalmente, será un viaje auténtico; se lo garantizamos. Dos semanas de recuerdos; hasta los más mínimos detalles. Y no lo olvide: si usted alguna vez duda que realmente realizó un viaje por Marte, podrá volver aquí y se le devolverá su dinero. ¿Comprende?
- Pero no iré - dijo Quail -. A pesar de las pruebas que ustedes me proporcionen no habré ido. - Lanzó un nervioso suspiro. Le parecía imposible que las implantaciones nemotécnicas extrafácticas de Rekal, Incorporated funcionasen... pese a lo que había oído decir a la gente.
- Señor Quail - dijo pacientemente McClane -, como explicaba usted en la carta que nos escribió, no tiene la menor posibilidad de ir realmente a Marte; no puede permitírselo y, más importante aún, nunca podría llegar a ser agente secreto de Interplan ni nada parecido. Este es el único medio que tiene de conseguir, ejem, el sueño de su vida; ¿tengo razón o no? Usted no puede ser esto; usted no puede realmente hacer esto - rió entre dientes -. Pero puede usted haber sido y haber hecho. Nosotros comprendemos esto. Y nuestros honorarios son razonables; sin gastos extras escondidos. - Sonrió alentadoramente.
- ¿Es tan convincente el recuerdo extrafáctico? - preguntó Quail.
- Más que el auténtico, señor. Si hubiese usted ido realmente a Marte como agente secreto de Interplan, habría olvidado ya mucho; nuestro análisis de los sistemas de recuerdo auténtico (recuerdos auténticos de los acontecimientos principales de la vida de una persona) muestra que la persona olvida en seguida toda una serie de detalles. Para siempre. Parte de lo que ofrecemos es que nuestra implantación profunda de recuerdos asegura su mantenimiento, asegura que nuestros clientes no olvidarán nada. El injerto que se le implantará en estado de coma es obra de especialistas seleccionados, hombres que han pasado años en Marte; verificamos todos los detalles en cada caso punto por punto. Y ha elegido usted un modelo extrafáctico bastante fácil; si hubiese elegido Plutón o hubiese querido ser emperador de la Alianza Planetaria Interna habría sido mucho más difícil... y los honorarios serían considerablemente mayores.
Llevándose la mano al bolsillo de la chaqueta para sacar la cartera, Quail dijo:
- Está bien; ha sido la ambición de toda mi vida y estoy convencido que nunca podré conseguirlo realmente. Así que tendré que conformarme con esto.
- No lo enfoque así - dijo severamente McClane -. No está aceptando usted algo inferior. El recuerdo auténtico, con toda su vaguedad, sus omisiones y sus elipsis, por no decir sus distorsiones, es lo que debe considerar inferior. - Aceptó el dinero y apretó un botón de su mesa -. Pues muy bien, señor Quail - dijo, mientras abría la puerta de su oficina y entraban rápidamente dos corpulentos individuos.
- Ahora mismo saldrá usted para Marte como agente secreto - añadió, levantándose a estrechar la húmeda mano del nervioso Quail -. O, mejor dicho, habrá ido usted. Esta tarde a las cuatro y media estará, ejem, de regreso a la Tierra; un taxi le llevará a su casa y, como dije, nunca recordará haberme visto o haber venido aquí; no recordará siquiera, en realidad, haber oído hablar de nosotros.
Con la boca seca por el nerviosismo, Quail siguió a los técnicos y salió de la oficina; lo que sucediese después dependía de ellos.
¿Llegaré a creer de verdad que estuve en Marte?, se preguntaba. ¿Qué realicé la ilusión de mi vida? Tenía la extraña y persistente intuición que algo iría mal. Pero exactamente qué... no lo sabía.
Tendría que esperar para descubrirlo.

El intercomunicador de la mesa de McClane, que lo conectaba con el área de trabajo de la empresa, zumbó y una voz dijo:
- El señor Quail está bajo sedantes, señor. ¿Quiere usted supervisar este caso, o seguimos adelante?
- Es un caso normal - comentó McClane -. Sigan adelante, Lowe; no creo que haya ningún problema.
La programación del recuerdo artificial de un viaje a otro planeta (con el añadido de ser agente secreto o sin él) aparecía en el programa de trabajo de la empresa con monótona regularidad. En un mes, calculó aproximadamente, deben darse unos veinte casos... el viaje interplanetario se ha convertido en una de nuestras principales fuentes de ingresos.
- Lo que usted diga, señor McClane - dijo Lowe, y el intercomunicador se apagó.
McClane pasó a la cámara abovedada que había detrás de su oficina y buscó un expediente Tres (viaje a Marte) y un expediente Sesenta y Dos (espía secreto de Interplan). Volvió con los dos expedientes a la mesa, se sentó cómodamente, y vació los contenidos, los materiales que serían instalados en casa de Quail mientras lo técnicos se dedicaban a implantar el falso recuerdo.
Un arma portátil de un poscrédito, reflexionó McClane; éste es el elemento más importante. Y el que más nos compensa financieramente. Luego un transmisor del tamaño de una píldora, que el agente podrá tragarse si le capturaban. Un libro de claves asombrosamente parecido a los auténticos... los modelos de la empresa eran sumamente exactos: basados, en la medida de lo posible, en los modelos del ejército norteamericano. Otros objetos diversos que no tenían ningún sentido intrínseco pero que se tejerían en el tapiz del viaje imaginario de Quail, coincidiendo con sus recuerdos: media pieza antigua de plata de cincuenta centavos, varias citas de los sermones de John Donne escritas incorrectamente, cada una de ellas en un trozo independiente de papel transparente como de seda, varias cajas de cerillas de bares de Marte, una cuchara de acero inoxidable en la que había grabado Propiedad de la Cooperativa Nacional de la Cúpula Marciana, una cinta grabada que...
Sonó el intercomunicador:
- Señor McClane, siento molestarle pero ha ocurrido algo terrible. Quizás sea mejor que baje. Quail está ya bajo sedante; reaccionó bien a la narquidrina; está completamente inconsciente y se muestra receptivo. Pero...
- Ahora voy - percibiendo algún problema, McClane salió de su oficina; llegó en seguida a la zona de trabajo.
En una cama higiénica estaba tendido Douglas Quail, respirando lenta y regularmente, con los ojos prácticamente cerrados; parecía vagamente consciente (sólo vagamente) de los dos técnicos y, ahora, del propio McClane.
- ¿No hay espacio para insertar los esquemas nemotécnicos falsos? - McClane estaba irritado -. Basta con borrar dos semanas de trabajo; trabaja de empleado en la Oficina de Emigración de la Costa Oeste, en el departamento del gobierno, así que tiene que haber tenido dos semanas de vacaciones en el último año. Eso bastaría. - Los pequeños detalles le irritaban. No podrá evitarlo.
- El problema - dijo ásperamente Lowe -, es completamente distinto.
Se inclinó sobre la cama y dijo a Quail:
- Cuéntele al señor McClane lo que nos dijo - luego añadió volviéndose a McClane -: Escuche atentamente.
Los ojos gris verdosos del hombre que estaba tendido en la cama se centraron en la cara de McClane. La mirada, observó inquieto, se había hecho dura; los ojos tenían un brillo liso, inorgánico, como de piedras semipreciosas desgastadas. No le gustaba lo que veía; aquel brillo era demasiado frío.
- ¿Que quieren ustedes ahora? - dijo ásperamente Quail -. Me han descubierto. Salgan de aquí antes que los haga pedazos. - Miró atentamente a McClane -. Sobre todo usted - continuó -: Usted está a cargo de esta operación de contraespionaje.
- ¿Cuánto tiempo estuvo usted en Marte? - dijo Lowe.
- Un mes - respondió Quail.
- ¿Con qué propósito vino usted aquí? - exigió Lowe.
Quail frunció los labios; le miró pero no dijo nada. Por fin, arrastrando las palabras para darles un tono hostil, dijo:
- Soy agente de Interplan, ya se lo dije. ¿Es que no se acuerda? Lleve a su jefe la cinta audiovisual y déjeme en paz.
Luego cerró los ojos; el brillo frío se desvaneció.
McClane sintió, instintivamente, una sensación de alivio.
- Es un hombre duro, señor McClane - dijo quedamente Lowe.
- Dejará de serlo - dijo McClane - cuando le hagamos perder la secuencia nemotécnica otra vez. Será tan pusilánime como antes. - Luego dijo, dirigiéndose a Quail -: Así que por eso quería usted ir a Marte, por eso tenía tantas ansias de hacerlo.
Sin abrir los ojos, Quail dijo:
- Yo nunca quise ir a Marte. Se me asignó esa tarea... me dieron esa misión y fui... Bueno, sí, admito que sentía cierta curiosidad; ¿y quién no?
Abrió de nuevo los ojos y los examinó a los tres, en particular a McClane.
- Me han dado una auténtica droga de la verdad; despierta cosas de las que ya no tenía el menor recuerdo.
Pareció meditar unos instantes.
- ¿Y Kristen? - dijo, hablando casi para sí mismo -. ¿Estaría metida en esto? Un contacto de Interplan controlándome... para asegurarse que no recupere la memoria... no es extraño que se opusiese tanto a mis deseos de ir allí.
- Créame, por favor, señor Quail - dijo McClane -; dimos con esto por puro accidente. El trabajo que hacemos...
- Le creo - dijo Quail. Parecía cansado ya; la droga seguía penetrando en él cada vez más profundamente.
- ¿Dónde dije qué había estado? - murmuró -. ¿En Marte? Me cuesta trabajo recordar... sé que me gustaría conocerlo; como a todo el mundo. Pero yo... - su voz se desvanecía -. Sólo soy un empleado insignificante.
Lowe se incorporó y dijo a su superior:
- El deseaba un recuerdo falso que correspondía a un viaje que realmente hizo. Y una razón falsa que fue la razón real. Está diciendo la verdad; la narquidrina hizo efecto hace ya rato. El viaje es muy vívido en su mente... al menos bajo sedante. Pero al parecer no lo recuerda de otro modo. Alguien, probablemente en un laboratorio de ciencias militares del gobierno, borró sus recuerdos conscientes; lo único que sabía era que ir a Marte significaba para él algo especial, y también el ser agente secreto. No pudieron borrar eso; no es un recuerdo sino un deseo, indudablemente el mismo que le empujó a ofrecerse voluntario para la misión en un principio.
El otro técnico, Keller, dijo a McClane:
- ¿Qué hacemos? ¿Implantar un esquema nemotécnico falso sobre el recuerdo auténtico? Es imposible saber lo que resultará de eso; podría recordar algo del viaje verdadero, y la confusión podría provocar un proceso psicótico. Tendría que mantener dos premisas opuestas en su mente de modo simultáneo: que fue a Marte y que no fue. Que es un auténtico agente de Interplan y que no lo es. Creo que deberíamos despertarle sin implantarle ningún recuerdo falso y echarle de aquí; puede ser peligroso.
- De acuerdo - dijo McClane. Se le ocurrió una idea -. ¿Puede usted predecir lo que recordará cuando desaparezcan los efectos del sedante?
- No hay modo de saberlo - dijo Lowe -. Lo más probable es que tenga un recuerdo difuso y vago de su viaje real. Y tendrá posiblemente grandes dudas de su autenticidad; quizás piense que nuestro programa alteró algún mecanismo. Y recordará haber venido aquí; eso no se borraría... a menos que quisiera usted borrarlo.
- Cuanto menos nos mezclemos en este asunto - dijo McClane -, mejor. Es peligroso; hemos sido lo bastante idiotas, o lo bastante desdichados, para descubrir a un auténtico espía de Interplan que tenía una cobertura tan perfecta que hasta ahora ni siquiera él sabía que lo era... o más bien que lo es.
Cuanto antes se quitasen de encima a aquel hombre que decía llamarse Douglas Quail mejor.
- ¿Van a distribuir los expedientes Tres y Sesenta y Dos en su casa? - dijo Lowe.
- No - dijo McClane -. Y le devolveremos la mitad de los honorarios.
- ¡La mitad! ¿Por qué la mitad?
- Me parece una buena solución de compromiso - dijo McClane sin mucha convicción.

Mientras el taxi le llevaba de vuelta a su casa, ubicada en el extremo residencial de Chicago, Douglas Quail se decía que resultaba agradable estar otra vez en la Tierra.
El mes que había pasado en Marte comenzaba a difuminarse en su memoria; sólo tenía una imagen de grandes cráteres, de la vieja erosión omnipresente en las colinas, en la vitalidad, en el movimiento mismo. Un mundo de polvo donde apenas si sucedían cosas, donde uno se dedicaba la mayor parte del día a comprobar y revisar la fuente portátil de oxígeno que llevaba encima. Y luego las formas de vida, los insignificantes y modestos cactus de color entre gris y marrón y los gusanos.
Había traído varios ejemplares de fauna marciana, que había podido pasar por la aduana porque los llevaba escondidos. Aunque en realidad no representaban ninguna amenaza; no podían sobrevivir en la pesada atmósfera de la Tierra.
Buscando en el bolsillo de la chaqueta intentó localizar el recipiente de los gusanos marcianos...
Y, en vez de él, encontró un sobre.
Lo abrió y descubrió, asombrado, que contenía setenta créditos, en billetes de bajo valor.
¿De dónde salía aquello?, se preguntó. ¿No había gastado hasta el último postcrédito de su viaje?
Con el dinero había un trozo de papel que decía: «Devolución de la mitad de los honorarios. McClane». Y luego la fecha. La fecha de aquel mismo día.
- Recuerdo - dijo en voz alta.
- ¿Qué recuerda, señor o señora? - inquirió respetuoso el robot conductor del taxi.
- ¿Tiene una lista telefónica? - preguntó Quail.
- Desde luego, señor o señora.
Se abrió un panel con la lista telefónica micrograbada del condado de Cook.
- Tiene un nombre extraño - dijo Quail mientras repasaba las páginas de la sección amarilla.
Luego sintió miedo; un miedo espectante.
- Aquí está - dijo -. Lléveme allí, a Rekal, Incorporated. He cambiado de idea. No quiero ir a casa.
- De acuerdo, señor o señora, como quiera - dijo el conductor. Un momento después el taxi avanzaba en dirección opuesta.
- ¿Puedo usar su teléfono? - preguntó.
- Haga lo que guste - dijo el conductor robot. Y le ofreció un relumbrante teléfono color, del nuevo modelo de tres dimensiones, tipo emperador.
Marcó el número de su casa, y tras una pausa vio una imagen de Kristen en la pantalla, en miniatura pero asombrosamente realista.
- He estado en Marte - le dijo.
- Estás borracho - dijo ella mirándole torva y burlonamente -. O algo peor.
- Es la verdad.
- ¿Cuándo? - preguntó ella.
- No lo sé. - Se sentía confuso -. Un viaje simulado, supongo. Por medio de una de esas agencias nemotécnicas artificiales o extrafácticos. No lo sé.
- Estás borracho - dijo Kristen cansinamente. Y desconectó.
El desconectó también, ruborizándose. Siempre el mismo tono, se dijo. Siempre las mismas respuestas, como si ella lo supiese todo y él no supiese nada. Qué matrimonio.
Un momento después el taxi se detuvo junto a la acera ante un edificio rosado muy atractivo y moderno, sobre el que un letrero de neón policromado y cambiante decía: REKAL INCORPORATED.
La recepcionista, muy elegante y desnuda de la cintura para arriba, le miró con sorpresa y tardó unos instantes en recuperarse.
- Hola, señor Quail - dijo nerviosa -. ¿Cómo está usted? ¿Se le olvidó algo?
- Vengo por el resto del dinero - dijo él.
Más tranquila ya, la recepcionista dijo:
- ¿El dinero? Creo que está usted en un error, señor Quail. Estuvo usted aquí hablando sobre la posibilidad de un viaje extrafáctico para usted, pero... - encogió sus pálidos y suaves hombros -. Según tengo entendido, no hizo usted el viaje.
Lo recuerdo todo, señorita - dijo Quail -. Mi carta a Rekal, Incorporated, que puso en marcha todo el asunto. Recuerdo mi llegada aquí, mi entrevista con el señor McClane. Luego los dos técnicos del laboratorio que me administraron la droga.
No era extraño que la empresa le hubiese devuelto la mitad de los honorarios. El recuerdo falso de su «viaje a Marte» no había resultado... al menos no del todo. No, según lo prometido.
- Señor Quail - dijo la chica -, aunque sea un empleado de poca categoría es usted atractivo y el enfurecerse estropea sus rasgos. Si se tranquilizase, yo podría, ejem, irme con usted...
Quail se puso furioso.
- Le recuerdo - dijo ferozmente -. Por ejemplo, el hecho que sus pechos estén rociados de azul; eso se me grabó. Y recuerdo que el señor McClane me prometió que si recordaba mi visita a Rekal, Incorporated me devolvería todo mi dinero. ¿Dónde está el señor McClane?
Tras un rato de espera (probablemente todo lo largo que pudieron lograr) se encontró una vez más sentado frente a la impresionante mesa de nogal, exactamente igual que una hora antes.
- Vaya técnica la suya - dijo sardónicamente Quail; su disgusto y su resentimiento eran enormes -. Mi supuesto «recuerdo» de un viaje a Marte como agente secreto de Interplan es nebuloso y vago y lleno de contradicciones. Y sin embargo recuerdo claramente mis tratos aquí con su gente. Creo que debo comunicar esto al Departamento de Control de los Negocios.
Ardía de cólera; la sensación de haber sido engañado le dominaba por completo, había destruido su habitual aversión a participar en un enfrentamiento público.
Con aire suave, además de cauto, el señor McClane dijo:
- Capitulamos, Quail. Le devolveremos todo su dinero. Admito que no hicimos absolutamente nada por usted. - Su tono era resignado.
- Ni siquiera me proporcionaron - dijo Quail acusando - los diversos objetos que usted afirmó que «me demostrarían» que había estado en Marte. Todos los cuentos que me endosó no se han materializado para nada. Ni siquiera tengo el billete. No tengo postales. Ni pasaporte. Ni pruebas de las inyecciones de inmunización. Ni...
- Escuche, Quail - dijo McClane -. Suponga que le digo...
Se interrumpió.
- Dejémoslo - pulsó un botón del intercomunicador -. Shirley, entregará usted un cheque de quinientos setenta créditos más al señor Douglas Quail. Gracias.
Desconectó y luego miró a Quail.
Apareció el cheque; la recepcionista lo colocó ante McClane y se desvaneció una vez más, dejando solos a los dos hombres, que aún se miraban frente a frente por encima de la superficie de la gran mesa de nogal.
- Permítame que le dé un consejo - dijo McClane después de firmar el cheque y pasárselo -. No hable de su, ejem, de su reciente viaje a Marte con nadie.
- ¿Qué viaje?
- Bueno, esa es la cuestión - dijo, tercamente, McClane -. El viaje que recuerda usted parcialmente. Haga como que no lo recuerda, finja que nunca tuvo lugar. No me pregunte por qué; pero siga mi consejo: será mucho mejor para todos nosotros.
Había comenzado a transpirar. Copiosamente.
- Y ahora, señor Quail, tengo otros asuntos pendientes, tengo que ver a otros clientes. - Se levantó y empujó a Quail hacia la puerta.
Cuando abrió la puerta, Quail dijo:
- Una empresa que trabaja tan mal no debería tener ningún cliente - y cerró de un portazo.

Camino a casa, en el taxi, Quail fue redactando mentalmente la carta de queja al Departamento de Control de Negocios, División Tierra. En cuanto llegase a casa tomaría su máquina de escribir y la escribiría; estaba convencido que tenía el deber de advertir a otras personas contra Rekal, Incorporated.
Cuando llegó a su apartamento se sentó ante su Hermes Rocket portátil, abrió un cajón para buscar papel de copias... y vio una cajita familiar. Una caja que había llenado cuidadosamente en Marte con fauna marciana y que había logrado pasar de contrabando por la aduana.
Al abrir la caja vio, asombrado, seis gusanos muertos y varios especímenes de seres unicelulares de los que se alimentaban los gusanos marcianos. Los protozoos estaban secos, marchitos, pero los reconoció; había tardado todo un día en encontrarlos entre las grandes y extrañas rocas oscuras. Un maravilloso e iluminador paseo de exploración.
Pero yo no fui a Marte, analizó.
Sin embargo, por otra parte...
Apareció Kristen en la puerta, cargada de comestibles en una bolsa marrón pálido.
- ¿Cómo estás en casa a estas horas? - su voz, igual hasta la eternidad, era acusatoria.
- ¿Fui a Marte? - le preguntó -. Tú lo sabrías.
- No, claro que no fuiste a Marte; deberías saberlo, supongo. ¿No estás siempre deseando ir?
- Dios mío - dijo -, estoy seguro de haber ido. - Tras una pausa añadió -: Y al mismo tiempo creo que no fui.
- A ver si te aclaras.
- ¿Cómo? - hizo un gesto desesperado -. Tengo ambos recuerdos dentro de la cabeza; uno es real y el otro no lo es, pero no puedo diferenciarlos. ¿Por qué no puedo confiar en ti? Ellos no trataron contigo.
Al menos podría hacer esto por él; aunque jamás hiciese otra cosa.
Kristen dijo con una voz llana y controlada:
- Doug, si no te controlas, estamos listos. Tendré que dejarte.
- Tengo problemas - dijo él, con voz áspera; sintió un escalofrío -. Probablemente sea un problema psicológico; espero que no, pero... quizás lo sea. Lo explicaría todo.
Dejando la bolsa de alimentos, Kristen se dirigió al armario.
- Te hablo en serio - dijo quedamente; se quitó la chaqueta, la colgó y volvió a la puerta de calle -. Te telefonearé un día de estos, pronto. Adiós, Doug. Espero que puedas salir de esto; te pido realmente que lo hagas. Por tu propia seguridad.
- Espera - dijo él, desesperado -. Dímelo de forma terminante; dime si fui o no fui... lo que sea. - Pero ellos quizás hubiesen alterado también su secuencia nemotécnica, pensó.
Se cerró la puerta. Su mujer le había abandonado. ¡Al fin!
- Bueno, está bien - dijo una voz detrás de él -. Ahora levanta las manos, Quail. Y vuélvete también, por favor, y mira hacia aquí.
Se volvió instintivamente, sin levantar las manos.
El hombre que le miraba vestía el uniforme color melocotón del Departamento de Policía Interplanetaria, y su arma parecía ser un modelo de las Naciones Unidas. Y, por alguna extraña razón, aquel individuo le resultaba familiar; familiar de un modo nebuloso y confuso, indeterminable. Por fin, levantó las manos.
- Recuerdas - dijo el policía - tu viaje a Marte. Sabemos todo lo que has hecho hoy y conocemos todos tus pensamientos... en particular tus importantísimos pensamientos durante el viaje de Rekal, Incorporated a casa - y añadió una explicación -: implantamos un transmisor telepático en tu cráneo; nos mantiene constantemente informados.
Un transmisor telepático; fabricado con plasma vivo que se había descubierto en la Luna. Se estremeció con una sensación de repugnancia. Tenía dentro de sí aquello, aquella cosa viva dentro de su propio cerebro, alimentándose, escuchando, alimentándose. Pero la Policía Interplanetaria lo utilizaba; esto había salido incluso en los homeopapers. Así que, pese a lo desagradable que era, quizás fuese cierto.
- ¿Pero por qué a mí? - dijo ásperamente Quail. ¿Qué había hecho él... o pensado? ¿Y qué tenía esto que ver con Rekal, Incorporated?
- En realidad - dijo el policía de Interplan -, esto no tiene nada que ver con Rekal; es algo entre tú y nosotros. - Indicó su oído derecho -. Aún sigo recibiendo tus procesos mentales a través del transmisor cefálico.
Quail vio en la oreja de aquel hombre un pequeño aparato de plástico blanco.
- Por eso debo advertirte: todo lo que pienses puede ser utilizado contra ti. - Sonrió -. No es que eso importe ya; ya que bajo los efectos de la narquidrina hablaste al señor McClane y a sus técnicos de tu viaje; dijiste a dónde fuiste, para quién trabajas y parte de lo que hiciste. Están muy asustados. Lamentan haberte conocido. - Luego añadió meditabundo -: Y tienen razón.
- Yo nunca hice ningún viaje - dijo Quail -. Es una secuencia nemotécnica falsa incorrectamente implantada por los técnicos de McClane.
Pero luego pensó en la caja, la caja en su escritorio que contenía formas de vida marcianas. Y el trabajo que le había costado reunirlas; esto desde luego era auténtico. A menos que McClane lo hubiese preparado todo. Quizás aquello fuese una de las «pruebas» que le había mencionado McClane.
El recuerdo de mi viaje a Marte, pensó, no me convence... pero por desgracia ha convencido al Departamento de Policía Interplanetaria. Creen que realmente fui a Marte y que, al menos parcialmente, soy consciente de ello.
- No sólo sabemos que fuiste a Marte - dijo el policía de la Interplan, contestando a sus pensamientos -, sino que sabemos que recuerdas ahora lo suficiente para crear dificultades. Y no tendría ninguna utilidad que borrásemos tu recuerdo consciente de todo esto, porque si lo hiciésemos simplemente te presentarías en Rekal, Incorporated otra vez, y sería volver a empezar. Y no podemos meternos con McClane y su negocio porque no tenemos jurisdicción más que sobre nuestra propia gente. En realidad McClane no ha cometido ningún delito - miró a Quail -. Ni tampoco tú, teóricamente. No fuiste a Rekal, Incorporated con la idea de recuperar tu memoria; fuiste, como comprendimos, por la razón habitual por la que lo hace la gente... El amor por la aventura de las gentes sencillas... - Luego añadió -: Por desgracia tú no perteneces a ese grupo, y ya has tenido demasiadas emociones; lo que menos necesitabas de todo el universo era un servicio de Rekal, Incorporated. Nada podría haber sido peor para ti y para nosotros. Y, en realidad, para McClane.
- ¿Por qué puede ser peligroso para vosotros - dijo Quail - el que recuerde mi viaje, mi supuesto viaje, y lo que hice allí?
- Por que lo que tú hiciste no está de acuerdo con nuestra gran imagen pública de Padre Blanco Protector. Hiciste, por nosotros, lo que nunca hacemos. Como llegarás a recordar... gracias a la narquidrina. Esa caja de gusanos y algas muertas lleva seis meses en un cajón de tu escritorio, desde que regresaste. Y en ningún momento mostraste la menor curiosidad por ella. Ni siquiera supimos que la tenías hasta que la recordaste cuando volvías a casa en el taxi; entonces vinimos aquí a buscarla - añadió sin necesidad -, pero no tuvimos suerte. No hubo tiempo suficiente.
El segundo policía de Interplan se acercó al primero; los dos conferenciaron brevemente. Entre tanto, Quail pensaba con gran rapidez. Ahora recordaba más, el policía tenía razón en lo de la narquidrina. También ellos, la Interplan, debían utilizarla. Era lo más probable. ¿Probable? Estaba convencido que lo hacían; les había visto aplicársela a un preso. ¿Dónde había sido aquello? ¿En alguna parte de la Tierra? Más probablemente en la Luna, decidió, viendo alzarse la imagen de su vacilante (aunque cada vez menos) memoria. Y recordó algo más. La razón para que le enviasen a Marte; el trabajo que había hecho allí.
No era extraño que le hubiesen borrado el recuerdo.
- Oh, Dios mío - dijo el primero de los dos policías de Interplan, interrumpiendo su conversación con el otro; había captado, evidentemente, los pensamientos de Quail -. Bueno, esto es mucho peor; ahora ya no habrá solución. - Caminó hacia Quail, apuntándole de nuevo con su pistola -. Tendremos que matarte ahora mismo - dijo.
Su compañero dijo con nerviosidad:
- ¿Por qué ahora mismo? Podemos simplemente llevarle a la Interplan de Nueva York y dejarle allí, para que ellos...
- Él sabe por qué tiene que ser inmediatamente - dijo el primer policía, que también parecía nervioso ahora. Quail comprendió que era por una razón totalmente distinta. Había recuperado de pronto casi por completo su memoria. Y comprendía perfectamente el nerviosismo del policía.
- En Marte - dijo ásperamente Quail -, maté a un hombre. Después de burlar a quince guardaespaldas. Algunos de ellos armados con pistolas como las vuestras.
Interplan le había adiestrado durante un período de cinco años para convertirle en un asesino. Un asesino profesional. Sabía desembarazarse de adversarios armados... como aquellos policías; y el del receptor en la oreja lo sabía también.
Si actuaba con suficiente rapidez...
La pistola disparó. Pero se había hecho a un lado y al mismo tiempo derribado al policía que la empuñaba. En un instante logró apoderarse de la pistola y apuntó al otro policía, que le miraba confuso.
- Leía en mis pensamientos - dijo Quail, jadeando por el esfuerzo -. Sabía lo que iba a hacer, pero de todos modos lo hice.
Incorporándose, el policía derribado gruñó:
- No utilizará la pistola contra ti, Sam; puedo leer lo que piensa. Sabe que está liquidado, sabe que nosotros lo sabemos también. Vamos, Quail.
Laboriosamente, gimiendo de dolor, consiguió ponerse en pie. Extendió la mano, vacilante.
- La pistola - dijo a Quail -. No puedes utilizarla, y si me la devuelves puedo garantizarte que no te mataré; tendrás una oportunidad, decidirá sobre tu caso un funcionario superior de la Interplan, no yo. Quizás puedan borrar otra vez tu recuerdo; no lo sé. Pero sabes por qué yo iba a matarte; no puedo evitar que lo recuerdes. Así que mi razón por querer matarte es en cierto modo algo pasado.
Quail, sin soltar la pistola, salió de la casa, y corrió hacia el ascensor. Si me sigues, pensó, te mataré. Así que no lo hagas. Apretó el botón del ascensor y, un momento después, las puertas se cerraron.
El policía no le había seguido. Evidentemente había captado sus decididos pensamientos y no había querido correr el riesgo.
El ascensor descendió. Había conseguido escapar... por aquella vez. Pero ¿qué pasaría la siguiente? ¿A dónde iría?
El ascensor llegó abajo; un momento después Quail se perdía entre la multitud de ciudadanos que corrían por los canales. Le dolía la cabeza y se sentía mal. Pero por lo menos se había librado de una muerte segura; habían estado a punto de matarle allí mismo, en su propia casa.
Y probablemente vuelvan a hacerlo, pensó. Cuando me encuentren. Y con este transmisor dentro, no tardarán mucho.
Irónicamente, había conseguido lo mismo que había pedido a Rekal, Incorporated: Aventuras, peligros, la policía de Interplan tras él, un viaje secreto y peligroso a Marte en el que se jugaba la vida... todo lo que él había querido como recuerdo falso.
Las ventajas de un simple recuerdo, y nada más, podía apreciarlas ahora.

En el banco del parque, solo, se puso a observar ceñudo una bandada de pertos, unas semiaves importadas de las dos lunas de Marte, capaces de elevarse a gran altura en su vuelo, incluso con la inmensa gravedad de la Tierra.
Quizás pudiese volver a Marte, pensó. Pero, ¿luego qué? Marte sería peor: la organización política a cuyo jefe había asesinado le localizaría en cuanto saliese de la nave; allí tendría a la Interplan y a ellos tras él.
¿Oyes mi pensamiento? preguntó. Acabaría paranoico; allí sentado, solo, les sentía controlándole, registrándole, analizándole... Se estremeció, se levantó, caminó sin objetivo, las manos profundamente hundidas en los bolsillos. No importa a dónde vaya, comprendió. Siempre estaréis conmigo. Mientras tenga este intruso dentro de la cabeza.
Haré un trato contigo, pensó para sí... y para ellos. ¿No podríais imprimir un patrón de recuerdo falso de nuevo en mi mente, como hicisteis antes, según el cual yo hubiese vivido una vida rutinaria y normal y nunca hubiese ido a Marte, jamás hubiese visto un uniforme de la Interplan de cerca y nunca hubiese manejado una pistola?
- Como te hemos explicado detenidamente, eso no bastaría - contestó una voz dentro de su cerebro.
Se detuvo, atónito.
- Antes nos comunicábamos contigo así - continuó la voz -. Cuando operabas en el campo, en Marte. Hacía meses que no lo hacíamos. Supusimos, en realidad, que no tendríamos que volver a hacerlo. ¿Dónde estás?
- Andando - dijo Quail - hacia la muerte.
Voy a que me maten las pistolas de vuestros agentes, pensó.
- ¿Por qué estáis tan seguros que aquello no bastaría? - preguntó -. ¿Es que no funcionan la técnicas de Rekal?
- Como dijimos, si se te diese un grupo de recuerdos medios, normales, te sentirías... inquieto. Irías a parar inevitablemente a Rekal o a uno de sus competidores de nuevo. No podemos correr otra vez el riesgo.
- Supongo - dijo Quail - que una vez cancelados mis recuerdos auténticos pueden implantarse recuerdos más vitales e interesantes que los ordinarios. Algo que satisfaciese mis deseos. Supongo que lo habréis comprobado; probablemente me admitieseis en un principio por esos mismos deseos. Pero tenéis que ser capaces de entregarme algo parecido... algo igual. Yo era el hombre más rico de la Tierra hasta que entregué todo mi dinero para instituciones educativas. O, por ejemplo, un famoso explorador del espacio profundo. Cualquier cosa de ese tipo. ¿No serviría?
Silencio.
- Intentadlo - dijo desesperadamente -. Consultad con algunos de vuestros psiquiatras militares de primera fila; explorad mi mente. Descubrid cuáles son mis máximos anhelos. - Intentó pensar - Mujeres. Miles de mujeres, como Don Juan. Un Don Juan interplanetario... una amante en cada ciudad de la Tierra, la Luna y Marte. Pero que lo abandonó todo, cansado. Por favor - suplicó -. Intentadlo.
- ¿Te rendirías entonces voluntariamente? - preguntó la voz dentro de su cabeza -. ¿Te rendirías si aceptásemos probar con esa solución? ¿Si fuese posible?
- Sí - dijo, tras dudar unos instantes. Correré el riesgo, pensó, que sencillamente me matéis.
- Haz tú el primer movimiento - dijo la voz -. Dirígete hacia nosotros. E investigaremos las posibilidades. Pero si no podemos hacerlo, si tus auténticos recuerdos comienzan a brotar otra vez como lo han hecho ahora, entonces... - hubo un silencio y luego la voz concluyó -: tendremos que destruirte. Supongo que lo comprenderás. Bueno, Quail, ¿aún quieres intentarlo?
- Sí - dijo. Porque la alternativa era la muerte inmediata... y segura. Al menos así tenía una oportunidad, por pequeña que fuese.
- Preséntate en nuestro cuartel general de Nueva York - continuó la voz del policía de Interplan -. En el número 580 de la Quinta Avenida, duodécimo piso. En cuanto te hayas rendido, nuestros psiquiatras se ocuparán de ti; haremos pruebas de tu deseo más íntimo, tu fantasía más anhelada... y luego te llevaremos otra vez a Rekal, Incorporated; solicitaremos su colaboración para que satisfagan ese deseo mediante retrospección sustituta subrogada. Y... buena suerte. Te debemos algo; actuaste como instrumento eficaz en beneficio nuestro.
No había malicia en aquella voz; en realidad si ellos, la organización, sentía algo hacia él era simpatía.
- Gracias - dijo Quail. Y empezó a buscar un taxi robot.

- Señor Quail - dijo el serio y viejo psiquiatra de la Interplan -, posee usted una fantasía - sueño muy interesante. Probablemente su conciencia ni siquiera se lo imagina. Esto es bastante común; por otra parte espero que no le inquiete demasiado enterarse.
El oficial de alta graduación de la Interplan que estaba presente dijo con aspereza:
- Es mejor que no esté demasiado alterado cuando lo oiga, si espera conservar la vida.
- A diferencia de la fantasía de desear ser un agente secreto de la Interplan - continuó el psiquiatra -, lo que, siendo producto de la madurez, relativamente hablando, tenía cierta plausibilidad, esta producción es un sueño grotesco de su niñez; no es extraño que no fuese capaz de recordarlo. Su fantasía es ésta: tiene usted nueve años y camina por un sendero en el campo. Una nave espacial, bastante rara, procedente de otro sistema solar, aterriza directamente frente a usted. Sólo usted, señor Quail, la ve en la Tierra. Las criaturas que hay dentro son muy pequeñas y desvalidas, una especie de ratones de campo, aunque se proponen invadir la Tierra; pronto les seguirán otras decenas de miles de naves que esperan a que éste grupo de observación dé la señal.
- Y supongo que los detengo - dijo Quail, experimentando una mezcla de repugnancia y complacencia -. Yo sólo acabo con ellos. Probablemente a pisotones.
- No - dijo pacientemente el psiquiatra -. Usted impide la invasión, pero no destruyéndolos. En vez de eso, se muestra amable y cordial con ellos, aunque por telepatía (que es el sistema de comunicación de estos seres) sabe por qué han venido. Ellos jamás han visto rasgos tan humanitarios en un organismo inteligente, y para mostrar su agradecimiento hacen un trato con usted.
- No invadirán la Tierra mientras yo siga vivo - dijo Quail.
- Exactamente - dijo el psiquiatra al oficial de la Interplan -. Puede ver que esto se ajusta a su personalidad, pese a su burla fingida.
- Así que simplemente existiendo - dijo Quail, sintiendo una creciente satisfacción -, simplemente con estar vivo, logro librar a la Tierra de una amenaza. Entonces soy la persona más importante de la Tierra. Sin alzar siquiera un dedo.
- Así es, señor - dijo el psiquiatra -, y eso forma la base de su psique, es una fantasía infantil sobre la que se apoya su vida. Sin terapia de profundidad y sin droga, nunca la hubiese recordado. Pero ha existido siempre dentro de usted; se ha mantenido sumergida, pero nunca se ha apagado.
El alto funcionario dijo a McClane, que estaba allí sentado escuchando atentamente:
- ¿Puede usted implantar un esquema nemotécnico extrafáctico de este tipo en él?
- Manejamos todos los tipos de deseo - fantasía que existen - dijo McClane -. Francamente, me he encontrado con muchos peores que éste. Claro que podemos hacerlo. Dentro de veinticuatro horas no sólo deseará haber salvado la Tierra; creerá con toda certeza que sucedió realmente.
- Entonces puede empezar a trabajar - dijo el funcionario de policía -. Como preparación hemos borrado una vez más el recuerdo de su viaje a Marte.
- ¿Que viaje a Marte? - dijo Quail.
Nadie le contestó, así que, a regañadientes, archivó la pregunta. Y, de todos modos, ya había aparecido un vehículo de la policía; él, McClane y el alto funcionario lo abordaron camino a Chicago, concretamente a Rekal, Incorporated.
- Será mejor que no cometan ningún error esta vez - dijo el funcionario al nervioso McClane.
- No veo en qué podríamos equivocarnos - murmuró McClane, sudando -. Esto no tiene nada que ver con Marte ni con la Interplan. Impedir él solo una invasión de la Tierra por otro sistema estelar. - Meneó la cabeza -. En fin, vaya sueño. Y por la simple fuerza de la virtud; sin ninguna violencia. Muy bonito. - Se enjugó la frente con un gran pañuelo de lino.
Nadie decía nada.
- En realidad - dijo McClane - es conmovedor.
- Pero arrogante - dijo secamente el funcionario -. En cuanto él muera, la invasión continuará. No es extraño que lo olvidara; es la fantasía más grandiosa que conozco. - Miró a Quail de reojo, con desaprobación -. Y pensar que incluimos a este individuo en nuestra nómina...
Cuando llegaron a Rekal, Incorporated la recepcionista, Shirley, les recibió sin aliento en la oficina exterior.
- Bienvenido otra vez, señor Quail - agitaba sus pechos como melones (aquel día pintados de naranja incandescente), temblando de nerviosismo -. Lamento que todo funcionase tan mal antes; estoy segura que esta vez todo irá mejor.
McClane, que seguía enjugándose la frente con su pañuelo de lino irlandés, dijo:
- Irá mejor, desde luego. - Moviéndose con rapidez se adelantó a Lowe y a Keeler, y los condujo, junto con Douglas Quail, a la zona de trabajo, y luego, con Shirley y el funcionario de alta graduación, regresó a su oficina. Ahí esperarían.
- ¿Tenemos un expediente de este caso, señor McClane? - preguntó Shirley, tropezando con él en su agitación y ruborizándose luego, tímidamente.
- Creo que sí. - Intentó recordar, luego desistió y consultó el formulario -. Una combinación - decidió en voz alta - de los expedientes Ochenta y Uno, Veinte y Seis.
De la sección abovedada de la cámara que había detrás de su mesa sacó los expedientes, y los puso sobre la mesa para inspeccionarlos.
- Del Ochenta y Uno - explicó -, una varita mágica curadora, regalo de la raza de seres de otro sistema al cliente... en esta ocasión el señor Quail. Una prueba de su gratitud.
- ¿Funciona? - preguntó con curiosidad el funcionario de policía.
- Funcionó una vez - explicó McClane -. Pero, en fin, ¿sabe?, el individuo en cuestión la utilizó hace años, curando a diestro y siniestro. Ahora es sólo un recuerdo que funcionó espectacularmente.
Rió entre dientes y luego abrió la carpeta del expediente número Veinte.
- Un documento del secretario general de la ONU dándole las gracias por salvar la Tierra; éste no nos servirá, porque parte de la fantasía de Quail es que nadie sabe de la invasión más que él, pero por razones de verosimilitud lo incluiremos.
Inspeccionó luego el expediente número Seis. ¿Qué había allí? No podía recordar. Frunciendo el ceño, hurgó en la bolsa de plástico mientras Shirley y el oficial de la Interplan observaban atentamente.
- Aquí dice quiénes eran ellos - dijo McClane -. Y de dónde procedían. Incluye un mapa estelar detallado que indica la ruta que siguieron para llegar aquí y el sistema de origen. Por supuesto, está redactado en su idioma y en su alfabeto, así que él no puede leerlo. Pero recuerda que ellos se lo leyeron en su propia lengua.
Colocó los tres objetos en el centro de la mesa.
- Habrá que llevar esto a casa de Quail - explicó al funcionario -. De modo que los encuentre cuando regrese a ella. Y eso confirmará su fantasía. PAN... Procedimiento de Actuación Normal.
Rió entre dientes con cierta aprensión, preguntándose como les iría a Lowe y a Keeler.
Sonó el intercomunicador.
- Señor McClane, siento molestarle - era la voz de Lowe; se quedó helado al reconocerla, helado y mudo -. Algo sucede. Creo que sería aconsejable que bajase usted aquí a supervisar. Como la otra vez, el señor Quail reaccionó bien a la narquidrina; está inconsciente y relajado y se muestra receptivo. Pero...
McClane acudió corriendo a la zona de trabajo.
Douglas Quail estaba tendido en la camilla. Respiraba lenta y regularmente, tenía los ojos semicerrados y una confusa conciencia de las personas que le rodeaban.
- Empezamos a interrogarle - dijo Lowe, muy pálido -, para descubrir exactamente cuando tuvo lugar su recuerdo - fantasía de haber salvado la Tierra él solo. Y aunque parezca extraño...
- Ellos me dijeron que no lo contara - murmuraba Douglas Quail con voz mortecina, deformada por la droga -. Ese fue el acuerdo. Yo no debía recordarlo siquiera. Pero, ¿cómo podría olvidar un acontecimiento como ése?
Supongo que sería difícil, reflexionó McClane. Pero lo olvidó... hasta ahora.
- Incluso me dieron un pergamino - murmuró Quail -, como prueba de gratitud. Lo tengo escondido en mi casa; se los enseñaré.
McClane dijo al funcionario de la Interplan que había bajado corriendo tras él:
- Bueno les sugiero que consideren que es mejor no matarle. Si lo hiciesen «ellos» regresarían.
- Me dieron también una varita mágica invisible y destructora - murmuró Quail, con los ojos ya totalmente cerrados -. Con ella maté en Marte a aquel hombre al que me enviaron a eliminar. Está en el cajón de mi escritorio, junto con la caja de gusanos y de algas que recogí en Marte.
El funcionario de la Interplan, sin decir palabra, se volvió y salió de la zona de trabajo.
Será mejor que archive otra vez los objetos de prueba de los expedientes, se dijo resignadamente McClane. Volvió a su oficina caminando lentamente. Incluyendo el documento del secretario general de la ONU. Después de todo...
El auténtico probablemente no tardase en llegar.
IMPOSTOR
—Un día de estos voy a tomarme unas vacaciones —dijo Spence Olham mientras desayunaba. Miró a su esposa—. Creo que me merezco un descanso. Diez años es mucho tiempo.
—¿Y el proyecto?
—Ganarán la guerra sin mí. Nuestra querida bola de arcilla no corre tanto peligro. —Olham se sentó a la mesa y encendió un cigarrillo—. Las máquinas de noticias alteran los reportajes para hacernos creer que los alienígenas nos llevan la delantera. ¿Sabes lo que me gustaría hacer durante las vacaciones? Me gustaría ir de campamento a las montañas que hay en las afueras de la ciudad, donde fuimos aquella vez. ¿Te acuerdas? Me topé con un zumaque venenoso y tú casi pisas una culebra.
—¿El bosque de Sutton? —Mary empezó a transportar los platos al fregadero—. El bosque se quemó hace unas semanas. Pensé que lo sabías. Un incendio repentino.
Olham se entristeció.
—¿Ni siquiera intentaron averiguar la causa? —Frunció los labios—. Ya nadie se preocupa. Sólo piensan en la guerra. —Tensó la mandíbula, recordando todos los elementos de la situación: los alienígenas, la guerra, las naves-aguja.
—¿Cómo se puede pensar en otra cosa?
Olham cabeceó. Su mujer tenía razón, por supuesto. Las pequeñas naves oscuras de Alfa Centauri habían burlado a los cruceros terrícolas con suma facilidad; los habían dejado atrás como a tortugas indefensas. Había sido un desfile triunfal, hasta llegar a la Tierra.
Un desfile triunfal, hasta que los laboratorios Westinghouse hicieron una demostración de la burbuja protectora. La burbuja, que envolvió al principio las principales ciudades de la Tierra y después todo el planeta, era la primera defensa real, la primera respuesta válida a los alienígenas..., como las máquinas de noticias les habían bautizado.
Pero ganar la guerra era otra historia. Cada laboratorio, cada proyecto, trabajaban día y noche, sin tregua, para encontrar algo más: un arma de ataque. Su propio proyecto, por ejemplo. Todo el día, año tras año.
Olham se levantó y apagó el cigarrillo.
—Como la espada de Damocles. Siempre pendiente sobre nuestras cabezas. Me estoy cansando. Lo único que quiero es tomarme un largo descanso, aunque imagino que todo el mundo piensa igual.
Sacó la chaqueta del armario y salió al porche delantero. El proyectil, el veloz y pequeño vehículo que le llevaba al proyecto, pasaría en cualquier momento.
—Espero que Nelson no se retrase. —Consultó su reloj—. Son casi las siete.
—Aquí viene el coche —dijo Mary, señalando entre dos filas de casas.
El sol brillaba detrás de los tejados, reflejándose contra las pesadas planchas de plomo. El pueblo estaba silencioso; muy poca gente se había levantado.
—Hasta luego. Procura no seguir trabajando después que haya terminado tu turno, Spence.
Olham abrió la puerta del coche y se deslizó en el interior; luego se reclinó con un suspiro contra el asiento. Un hombre de edad avanzada acompañaba a Nelson.
—¿Y bien? —dijo Olham mientras el vehículo aceleraba—. ¿Te has enterado de alguna noticia interesante?
—Lo de costumbre —respondió Nelson—. Algunas naves alienígenas alcanzadas, otro asteroide abandonado por motivos estratégicos.
—Me alegraré cuando alcancemos la última fase del proyecto. No sé si atribuirlo a la propaganda de las máquinas de noticias, pero desde hace un mes estoy muy cansado de todo esto. Todo es tan sombrío y serio, tan carente de vida.
—¿Piensa que la guerra es inútil? —preguntó el anciano de repente—. Usted es una parte importante de ella.
—Te presento al mayor Peters —dijo Nelson.
Olham y Peters se estrecharon las manos. Olham examinó al hombre.
—¿Qué le trae por aquí tan temprano? —preguntó—. No recuerdo haberle visto antes por el proyecto.
—No, no trabajo en el proyecto, pero sé algo de lo que están haciendo. Mi tarea es muy diferente.
Nelson y él intercambiaron una mirada. Olham la observó y frunció el ceño. El vehículo aumentó la velocidad y atravesó el terreno yermo y sin vida, en dirección a la silueta lejana del edificio que albergaba el proyecto.
—¿En qué trabaja? —preguntó Olham—. ¿O no tiene permiso para hablar de ello?
—Trabajo para el gobierno —respondió Peters—. En la ASF, el órgano de seguridad.
—¿Sí? —Olham arqueó una ceja—. ¿Se han producido infiltraciones enemigas en esta región?
—En realidad, he venido a verle a usted, señor Olham.
Olham se quedó asombrado. Reflexionó sobre las palabras de Peters, pero no llegó a ninguna conclusión.
—¿A verme a mí? ¿Por qué?
—He venido a detener a un espía alienígena. Por eso me he levantado tan temprano esta mañana. Atrápele, Nelson...
La pistola se hundió en las costillas de Olham. Las manos de Nelson temblaban a causa de la tensión liberada. Estaba pálido. Respiró profundamente y exhaló el aire.
—¿Le matamos ahora? —susurró a Peters—. Creo que deberíamos matarle ahora. No podemos esperar.
Olham miró a su amigo. Abrió la boca para hablar, pero no consiguió articular ninguna palabra. Los dos hombres le observaban fijamente, rígidos y aterrorizados. Olham se sintió mareado. La cabeza le dolía y le daba vueltas.
—No entiendo —murmuró.
En aquel momento, el coche abandonó el suelo y voló hacia el espacio. El proyecto fue empequeñeciendo hasta desaparecer. Olham cerró la boca.
—Esperemos un poco —dijo Peters—. Antes quiero hacerle algunas preguntas.
Olham mantenía la vista clavada en el frente, mientras el vehículo proseguía su viaje.
—La detención se llevó a cabo sin el menor problema —dijo Peters a la videopantalla. Aparecieron las facciones del jefe de seguridad—. Todos nos hemos quitado un peso de encima.
—¿Alguna complicación?
—Ninguna. Entró en el coche sin sospechar. Mi presencia no le resultó excesivamente extraña.
—¿Dónde se encuentran ahora?
—En camino, dentro de la burbuja protectora. Nos desplazamos a la velocidad máxima. Dé por hecho que el período crítico ya ha pasado. Me alegro que los motores de despegue del vehículo hayan funcionado a la perfección. Si se hubiera producido algún fallo...
—Déjeme verle —dijo el jefe de seguridad. Contempló a Olham durante un rato. Éste se mantuvo en silencio. Por fin, el jefe hizo una señal con la cabeza a Peters—. Muy bien. Es suficiente. —Cierto desagrado se reflejó en sus facciones—. He visto todo cuanto quería. Han hecho algo que será recordado durante mucho tiempo. Es posible que se les conceda una mención honorífica.
—No es necesario —dijo Peters.
—¿Hay algún peligro? ¿Existe alguna posibilidad que...?
—Alguna, pero no demasiadas. Según tengo entendido, basta con pronunciar una frase clave. En cualquier caso, correremos el riesgo.
—Notificaré a la base lunar que están en camino.
—No. —Peters negó con la cabeza—. Aterrizaré fuera de la base. No quiero someterla a ningún peligro.
—Como quiera.
Los ojos del jefe centellearon cuando miró de nuevo a Olham. Después, su imagen se desvaneció. La pantalla se apagó.
Olham desvió la vista hacia la ventana. La nave ya estaba atravesando la burbuja protectora, sin cesar de acelerar. Peters tenía prisa; bajo el suelo, los chorros de los motores estaban abiertos por completo. Le tenían miedo, y por eso corrían a tal velocidad.
Nelson se removió a su lado, inquieto.
—Creo que deberíamos hacerlo ya —dijo—. Daría cualquier cosa con tal de terminar ahora mismo.
—Tranquilo —dijo Peters—. Quiero que conduzca la nave durante un rato para que pueda hablar con él.
Se sentó junto a Olham y le miró a la cara. Extendió la mano con cautela y le tocó el brazo, y después la mejilla.
Olham calló. «Si pudiera informar a Mary —pensó—. Si encontrara una forma de decírselo...» Miró a su alrededor. ¿Cómo? ¿Por la videopantalla? Nelson estaba sentado junto al tablero, sujetando la pistola. No podía hacer nada. Estaba atrapado.
Pero, ¿por qué?
—Escuche —dijo Peters—, quiero hacerle algunas preguntas. Ya sabe adonde vamos. A la Luna. Dentro de una hora aterrizaremos en su cara oculta. Después, le entregaremos de inmediato a un equipo de hombres que le está esperando. Su cuerpo será destruido al instante. ¿Lo entiende? —Consultó su reloj—. Dentro de dos horas, sus miembros yacerán esparcidos por el paisaje. No quedará nada de usted.
Olham salió de su letargo.
—¿No puede decirme...?
—Claro que se lo diré —asintió Peters—. Hace dos días recibimos el informe que una nave alienígena había penetrado la burbuja protectora. De la nave saltó un espía con forma de robot humanoide. La misión del robot era destruir a un ser humano en particular y suplantarle.
Peters observó con calma a Olham.
—Dentro del robot había una bomba U. Nuestro agente no sabía cómo iba a detonar la bomba, pero creía que sería mediante una frase, un grupo determinado de palabras. El robot viviría igual que la persona a la que había asesinado, realizaría sus actividades habituales, su trabajo, su vida social. Fue construido para parecerse a esa persona. Nadie notaría la diferencia.
Un enfermizo color yeso tiñó la cara de Olham.
—La persona que el robot debía suplantar era Spence Olham, un funcionario de alto nivel que trabajaba en un proyecto de investigación. Dado que este proyecto en particular se acercaba a su fase crucial, la presencia de una bomba viviente en el corazón del proyecto...
Olham se miró las manos.
—¡Pero si yo soy Olham!
—Una vez localizado y asesinado Olham, al robot no le costaría nada asumir su vida. Creemos que el robot fue lanzado desde la nave hace unos ocho días. La sustitución debió llevarse a cabo el pasado fin de semana, cuando Olham fue a pasear por las colinas.
—Pero yo soy Olham. —Se volvió hacia Nelson, que estaba sentado a los controles—. ¿No me reconoces? Hace veinte años que somos amigos. ¿Ya no recuerdas que fuimos a la escuela juntos? —Se levantó—. Y también fuimos juntos a la universidad. Compartimos la misma habitación.
—¡Aléjate de mí! —chilló Nelson.
—Escucha. ¿Te acuerdas del segundo curso? ¿Te acuerdas de aquella chica? ¿Cómo se llamaba...? —Se frotó la frente—. La del cabello oscuro, la que conocimos en casa de Ted.
—¡Basta! —Nelson movió la pistola frenéticamente—. No quiero escuchar nada más. ¡Tú le mataste! Tú..., máquina.
—Estás equivocado —dijo Olham a Nelson—. No sé lo que ha pasado, pero el robot no me atacó. Algo debió salir mal. Quizá la nave se estrelló. —Se volvió hacia Peters—. Yo soy Olham. Lo sé. No se ha producido ninguna sustitución. Soy el mismo de siempre.
Se tocó y recorrió su cuerpo con las manos.
—Tiene que haber alguna forma de demostrarlo. Llévenme de nuevo a la Tierra. Un examen de rayos X o un estudio neurológico serán suficientes. Tal vez encontremos la nave estrellada.
Ni Peters ni Nelson hablaron.
—Soy Olham —repitió—. Sé que lo soy, pero no puedo demostrarlo.
—El robot ignoraría que no era el auténtico Spence Olham. Se transformaría en Olham en mente y cuerpo. Se le proporcionó un sistema de memoria artificial, falsos recuerdos. Tendría su mismo aspecto, sus recuerdos, sus pensamientos e intereses, realizaría su trabajo.
»Pero con una diferencia: dentro del robot hay una bomba U, lista para estallar en cuanto suene la frase clave. —Peters se apartó un poco—. Ésa es la diferencia. Por eso le llevamos a la Luna. Le desmembrarán y desactivarán la bomba. Tal vez estalle, pero no importa, siempre que lo haga allí.
Olham se sentó lentamente.
—Llegaremos en seguida —dijo Nelson.
Olham se reclinó en su asiento, devanándose los sesos, mientras la nave descendía poco a poco. Bajo ellos se extendía la torturada superficie de la Luna, la interminable llanura sembrada de cráteres. ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía hacer para salvarse?
—Prepárese —dijo Peters.
Dentro de unos minutos estaría muerto. Divisó un punto diminuto, algún edificio. Había hombres en el edificio, el equipo de demolición, aguardando el momento de cortarle en pedazos. Le abrirían en canal, le arrancarían los brazos y las piernas, le destriparían. Se quedarían sorprendidos al no encontrar la bomba; sabrían la verdad, pero demasiado tarde.
Olham examinó la pequeña cabina. Nelson seguía empuñando la pistola. No le concedería la menor oportunidad. Si conseguía que un médico le examinara... Era la única solución. Mary podría ayudarle. Su mente funcionaba a toda máquina. Le quedaban muy pocos minutos. Si pudiera comunicarse con ella, informarla de alguna forma.
—Despacio —dijo Peters.
La nave descendió con lentitud, rebotando en el escabroso terreno. Se hizo el silencio.
—Escuche —dijo Olham, con voz ronca—, puedo demostrar que soy Spence Olham. Traiga a un médico...
—Allí está el equipo —señaló Nelson—. Ya vienen. —Miró a Olham con nerviosismo—. Espero que no ocurra nada.
—Nos iremos antes que empiecen a trabajar —dijo Peters—. Nos largaremos dentro de un momento. —Se puso el traje presurizado. Cuando hubo terminado, le quitó la pistola a Nelson—. Yo le vigilaré.
Nelson se puso a toda prisa el traje, maniobrando torpemente.
—¿Y él? —indicó a Olham—. ¿Necesita uno?
—No. —Peters negó con la cabeza—. Los robots no necesitan oxígeno.
El grupo de hombres había llegado casi a la nave. Se detuvo y esperó. Peters les hizo una señal.
—¡Adelante!
Agitó la mano y los hombres avanzaron. Figuras rígidas y grotescas, embutidas en sus trajes inflados.
—Si abre esa puerta —dijo Olham—, significará mi muerte. Será un asesinato.
—Abra la puerta —dijo Nelson, extendiendo la mano hacia el pomo.
Olham le miró fijamente. Vio que la mano del hombre se cerraba alrededor de la vara metálica. La puerta se abriría dentro de un segundo y el aire de la nave se escaparía. Moriría, y entonces comprenderían su error. Quizá en otra época, cuando no hubiera guerra, los hombres no actuarían de esta forma, arrojando a un individuo a la muerte porque estaban asustados. Todo el mundo estaba asustado, todo el mundo deseaba sacrificar al individuo en aras del temor del grupo.
Le estaban asesinando porque no podían esperar a estar seguros de su culpabilidad. No tenían tiempo.
Olham miró a Nelson, su amigo de tantos años. Habían ido juntos al colegio. Había sido su padrino de boda. Ahora, Nelson se aprestaba a matarle. Pero Nelson no era malo; no era culpa suya. Eran los tiempos. Quizá había sucedido lo mismo durante las plagas. Si a un hombre le salía una mancha significaba la muerte inmediata, sin un momento de vacilación, sin prueba, basándose en meras sospechas. En tiempos de peligro, era el único método.
No les culpaba, pero tenía que vivir. Su vida era demasiado preciosa para sacrificarla. Olham pensó con rapidez. ¿Qué podía hacer? ¿Había alguna posibilidad? Miró a su alrededor.
—Voy a abrir —dijo Nelson.
—Tiene razón —dijo Olham. El sonido de su voz le sorprendió. Era la fuerza de la desesperación—. No necesito aire. Abra la puerta.
Los dos hombres se inmovilizaron y le miraron, alarmados e intrigados al mismo tiempo.
—Adelante. Ábranla. Da igual. —La mano de Olham desapareció en el interior de su chaqueta—. Me pregunto si corren con rapidez.
—¿Correr?
—Les quedan quince segundos de vida. —Sus dedos se crisparon dentro de su chaqueta y su brazo se puso rígido de repente. Se relajó y sonrió—. Estaban equivocados en lo referente a la frase clave. Quedan catorce segundos.
Dos rostros sobresaltados le miraron desde los trajes presurizados. Ambos se precipitaron hacia la puerta y la abrieron. El aire huyó con un silbido hacia el vacío. Peters y Nelson salieron de la nave como una flecha. Olham les siguió. Empujó la puerta y la cerró. El sistema de presurización automático resopló con furia y renovó el aire. Olham dejó escapar un suspiro y se estremeció.
Un segundo más...
Vio por la ventana que los dos hombres se habían reunido con el grupo. Éste se dispersó en todas direcciones. Uno a uno los hombres se fueron arrojando al suelo. Olham se sentó ante el cuadro de mandos. Movió los cuadrantes. Cuando la nave despegó, los hombres se pusieron en pie y levantaron la vista, boquiabiertos.
—Lo siento —murmuró Olham—, pero debo regresar a la Tierra.
Enfiló la nave por el camino de ida.

Era de noche. Los grillos cantaban alrededor de la nave, turbando las frías tinieblas. Olham se inclinó sobre la pantalla. La imagen se formó poco a poco; había podido efectuar la llamada sin problemas. Dejó escapar un suspiro de alivio.
—Mary —dijo.
La mujer le miró y tragó saliva.
—¡Spence! ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado?
—No puedo decírtelo. Escucha, debo hablar de prisa. Pueden interferir la llamada en cualquier momento. Ve a las dependencias del proyecto y ponte en contacto con el doctor Chamberlain. Si no está, habla con cualquier médico. Llévale a casa y dile que se espere. Dile que traiga aparatos, rayos X, fluoroscopio, todo.
—Pero...
—Haz lo que te digo. Date prisa. Dile que esté preparado dentro de una hora. —Olham se inclinó hacia la pantalla—. ¿Va todo bien? ¿Estás sola?
—¿Sola?
—¿Hay alguien contigo? ¿Te ha llamado Nelson..., o cualquier otra persona?
—No, Spence. No entiendo nada.
—Muy bien. Nos veremos en casa dentro de una hora. Y no se lo digas a nadie. Ve a ver a Chamberlain con cualquier pretexto. Dile que estás muy enferma.
Cortó la comunicación y consultó su reloj. Un momento después abandonó la nave y se internó en la oscuridad. Tenía que recorrer casi un kilómetro.
Empezó a caminar.

Se veía una luz en la ventana, la luz del estudio. La observó, arrodillado junto a la verja. Ni ruidos ni movimientos. Alzó el reloj a la luz de las estrellas. Había pasado casi una hora.
Un vehículo apareció en la calle y pasó de largo.
Olham miró en dirección a la casa. El médico ya debería haber llegado. Seguramente, estaría dentro, esperando con Mary. Se le ocurrió un pensamiento. ¿Habría podido Mary salir de casa? Tal vez la habían interceptado. Tal vez se estaba metiendo en una trampa.
Pero, ¿qué otra cosa podía hacer?
Los informes, exámenes y placas radiográficas de un médico le darían una oportunidad de demostrar su identidad. Si podía ser sometido a examen, si vivía lo suficiente para que le revisaran...
Lo demostraría de esa forma. Probablemente, era la única solución. Su única esperanza se hallaba en su casa. El doctor Chamberlain era un hombre respetado. Era el médico del equipo que trabajaba en el proyecto. Su palabra bastaría. Su dictamen daría al traste con la histeria y la locura.
Locura... Eso era. Si accedieran a esperar, a actuar con parsimonia, a tomarse su tiempo... Pero no podían esperar. Él tenía que morir, morir cuanto antes, sin pruebas, sin juicios ni exámenes. La prueba más simple lo demostraría, pero ni siquiera tenían tiempo que perder en la prueba más simple. Sólo pensaban en el peligro. En el peligro, y en nada más.
Se irguió y avanzó hacia la casa. Llegó al porche. Se detuvo ante la puerta y escuchó. Ningún ruido. La casa estaba en completo silencio.
Demasiado silencio.
Olham permaneció inmóvil en el porche. Los que se encontraban en el interior se esforzaban por guardar el máximo silencio. ¿Por qué? Era una casa pequeña; a escasos metros de distancia, detrás de la puerta, Mary y el doctor Chamberlain estarían esperando. Sin embargo, no oía nada, ni el susurro de voces, nada en absoluto. Miró la puerta. Era la puerta que había abierto y cerrado miles de veces, cada mañana y cada noche.
Apoyó la mano en el pomo, pero desistió y tocó el timbre. El timbre sonó en algún lugar de la casa. Olham sonrió. Había captado movimientos.
Mary abrió la puerta. En cuanto Olham vio su cara lo comprendió.
Se lanzó corriendo hacia los arbustos. Un oficial de seguridad apartó a Mary de un empellón y disparó. Los arbustos saltaron en pedazos. Olham se escurrió detrás de la casa. Se irguió de un salto y huyó frenéticamente, hundiéndose en las tinieblas. Un foco alumbró de repente la zona.
Olham cruzó la carretera y saltó una valla. Atravesó un patio trasero. Oficiales de seguridad le perseguían, intercambiando gritos. Olham jadeó, falto de aliento. Su respiración era muy agitada.
El rostro de Mary... Lo había adivinado al instante. Los labios apretados, los ojos afligidos y aterrorizados. ¡Si llega a entrar...! Habían intervenido la llamada y salido hacia la casa en cuanto colgó. Ella debió creer su historia. También pensaba que él era el robot, sin duda.
Olham continuó corriendo. Estaba dejando atrás a los oficiales. Por lo visto, su entrenamiento era deficiente. Trepó a una colina y bajó por la otra ladera. En un instante llegaría a la nave, pero, ¿adónde iría esta vez? Aminoró el paso y se detuvo. Ya veía la nave, recortada contra el cielo, en el lugar donde la había estacionado. El pueblo se hallaba a su espalda; él estaba en el yermo que separaba los lugares habitados, donde empezaban los bosques y los eriales. Cruzó un campo estéril y se internó entre los árboles.
La puerta de la nave se abrió mientras caminaba hacia ella.
Peters salió. Su silueta se recortó contra la luz. Portaba un pesado fusil Boris. Olham se quedó inmóvil. Peters escudriñó la oscuridad.
—Sé que anda por ahí —dijo—. Acérquese, Olham. Los agentes de seguridad le tienen rodeado.
Olham no se movió.
—Escúcheme. No tardaremos mucho en capturarle. Por lo visto, todavía no cree que es un robot. Su llamada a la mujer indica que aún se halla bajo el efecto de la ilusión creada por sus recuerdos artificiales.
»Pero es un robot. Usted es el robot, y en su interior se oculta la bomba. Alguien, usted mismo, puede pronunciar en cualquier momento la frase que la haga detonar. Cuando eso ocurra, la bomba sembrará la destrucción en un radio de varios kilómetros. El proyecto, la mujer, todos nosotros moriremos. ¿Lo comprende?
Olham no dijo nada; se limitó a escuchar. Los hombres se deslizaban por el bosque, avanzando en su dirección.
—Si no sale, le daremos caza. Es cuestión de tiempo. Hemos desechado la idea de trasladarle a la base lunar. Será destruido en cuanto le veamos, y tendremos que correr el riesgo que la bomba estalle. He ordenado que todos los oficiales de seguridad disponibles peinen la zona, centímetro a centímetro. No puede escapar. Un cordón de hombres armados rodea el bosque. Le quedan unas seis horas antes que el último centímetro sea registrado.
Olham se alejó. Peters siguió hablando; no le había visto. Estaba demasiado oscuro para ver a nadie. No obstante, Peters tenía razón. No podía escapar. Había salido del pueblo y se encontraba en las afueras, donde empezaban los bosques. Podía ocultarse un tiempo, pero terminarían por cazarle.
Era cuestión de tiempo.
Olham caminó en silencio por el bosque. Estaban examinando, estudiando, registrando y peinando cada parte del condado, kilómetro tras kilómetro. El cordón se iba estrechando cada vez más.
¿Qué podía hacer? Había perdido la nave, su única esperanza de escapar. Ocupaban su casa; su mujer les apoyaba, creyendo, sin duda, que el auténtico Olham había sido asesinado. Apretó los puños. En algún lugar estaba la nave alienígena estrellada, y los restos del robot. En algún lugar próximo, la nave se había destrozado. Y el robot yacía en su interior, destruido. Una débil esperanza se agitó en su interior. ¿Y si encontraba los restos? Si pudiera enseñarles el lugar del siniestro, los fragmentos carbonizados, el robot...
Pero, ¿dónde? ¿Dónde los iba a encontrar? Continuó andando, sumido en sus pensamientos. No muy lejos, probablemente. La nave habría aterrizado cerca del proyecto; el robot habría recorrido el resto del camino a pie. Ascendió la ladera de la colina y miró a su alrededor. Destrozada y quemada. ¿Alguna pista, algún indicio? ¿Había leído u oído algo? En algún lugar cercano, al que se podía acceder a pie. Un lugar agreste, un punto distante, en el que no habría gente.
De pronto, Olham sonrió. Destrozada y quemada... El bosque de Sutton. Aceleró el paso.
Había amanecido. El sol se filtraba entre los árboles rotos e iluminaba al hombre agachado en el límite del claro. Olham alzaba la vista de vez en cuando y escuchaba. No estaban lejos, sólo a unos minutos de camino. Sonrió.
Ante él se extendía una masa retorcida de restos metálicos, diseminados por el claro y los tocones carbonizados que habían sido el bosque de Sutton. Lo que quedaba de la nave brillaba tenuemente a la luz del sol. No le costó mucho encontrarla. Conocía bien el bosque de Sutton; lo había recorrido muchas veces, cuando era más joven. Había sabido dónde encontrar los restos. Había un pico que sobresalía con brusquedad, sin previo aviso.
Una nave poco familiarizada con los bosques que pretendiera aterrizar chocaría con él casi con toda seguridad. En aquel momento estaba contemplando los restos de la nave.
Olham se puso en pie. Ya les oía, a escasa distancia, avanzando en grupo y hablando en voz baja. Una gran tensión se apoderó de él. Todo dependía de quién le viera primero. Si era Nelson, estaba acabado. Nelson dispararía. Moriría antes que vieran la nave. Pero si tenía tiempo de dar la noticia, retenerles unos segundos... Era todo lo que necesitaba. En cuanto vieran la nave, estaría salvado.
Pero si disparaban antes...
Una rama chamuscada crujió. Apareció una figura que avanzaba con cautela. Olham respiró profundamente. Quedaban muy escasos segundos, tal vez los últimos de su vida. Levantó los brazos y clavó la vista en el frente.
Era Peters.
—¡Peters! —Olham agitó los brazos. Peters alzó el fusil y apuntó—. ¡No dispare! —Su voz temblaba—. Espere un momento. Observe el claro que hay detrás de mí.
—Le he encontrado —gritó Peters.
Los hombres de seguridad surgieron del bosque calcinado y le rodearon.
—No dispare. Mire detrás de mí. La nave, la nave-aguja. La nave alienígena. ¡Mire!
Peters vaciló. El fusil osciló.
—Está ahí —se apresuró a continuar Olham—. Sabía que la encontraría en este lugar. El bosque quemado. Créame. Encontrará los restos del robot en la nave. ¿Quiere hacer el favor de mirar?
—Hay algo ahí abajo —dijo uno de los hombres, nervioso.
—¡Mátele! —gritó una voz. Era Nelson.
—Espere. —Peters se volvió con brusquedad—. Yo estoy al mando. Que nadie dispare. Tal vez esté diciendo la verdad.
—Mátele —repitió Nelson—. Él liquidó a Olham. Puede matarnos en cualquier momento. Si la bomba estalla...
—Cállese. —Peters avanzó hacia la pendiente y miró abajo—. Fíjese en eso. —Indicó a dos hombres que se acercaran—. Bajen a ver qué es.
Los dos hombres bajaron la pendiente a toda prisa y atravesaron el claro. Se agacharon y examinaron los restos de la nave.
—¿Y bien? —gritó Peters.
Olham contuvo el aliento. Sonrió levemente. Tenía que estar allí; no había tenido tiempo de mirar, pero tenía que estar allí. Una duda le asaltó de repente. ¿Y si el robot hubiera sobrevivido y escapado? ¿Y si su cuerpo se hubiera destruido por completo?
Se humedeció los labios. El sudor inundó su frente. Nelson le estaba mirando, lívido. Su respiración se agitaba.
—Mátele —dijo Nelson—. Mátele, antes que él nos mate a nosotros.
Los dos hombres se irguieron.
—¿Qué han encontrado? —preguntó Peters. Sostenía el fusil sin vacilar—. ¿Hay algo ahí?
—Eso parece. Es una nave-aguja, desde luego. Hay algo al lado.
—Echaré un vistazo.
Peters pasó junto a Olham. Éste le vio bajar la colina y reunirse con los hombres. Los demás le siguieron.
—Parece un cuerpo —dijo Peters—. ¡Fíjense!
Olham fue con ellos. Formaron un círculo de miradas ansiosas.
En el suelo, doblada y retorcida de una forma extraña, había una figura grotesca. Habría parecido humana, de no ser por la manera en que estaba doblada, con los brazos y las piernas extendidos en todas direcciones. Tenía la boca abierta y los ojos vidriosos.
—Como una máquina estropeada —murmuró Peters.
Olham sonrió débilmente.
—¿Y bien? —preguntó.
—No puedo creerlo —musitó Peters—. Nos dijo la verdad desde el primer momento.
—Nunca me encontré con el robot —dijo Olham. Sacó un cigarrillo y lo encendió—. Fue destruido cuando la nave se estrelló. Ustedes estaban demasiado ocupados con la guerra para preguntarse por qué un bosque se había quemado tan repentinamente. Ahora, ya saben la verdad.
Se quedó fumando y contemplando a los hombres. Estaban sacando la forma grotesca de la nave. El cuerpo tenía los brazos y las piernas rígidos.
—Ahora encontrarán la bomba —dijo Olham.
Los hombres tendieron el cuerpo en el suelo. Peters se agachó.
—Creo que ya la veo.
Extendió la mano y tocó el cuerpo.
El torso del cadáver estaba abierto. En el interior, brillaba algo metálico. Los hombres contemplaron el metal sin hablar.
—De haber vivido, esa caja de metal nos habría destruido —dijo Peters.
Todo el mundo guardaba silencio.
—Creo que le debemos algo —dijo Peters a Olham—. Ha vivido una auténtica pesadilla. Si no hubiera escapado, le habríamos... —Se interrumpió.
Olham tiró el cigarrillo.
—Sabía que el robot no me había atacado, por supuesto, pero no podía demostrarlo. A veces, es imposible demostrar algo en el acto. Ésa es la verdad. No podía demostrar de ningún modo que yo era yo.
—¿Qué le parecen unas vacaciones? —preguntó Peters—. Creo que podremos conseguirle un mes de vacaciones para que descanse y se relaje.
—De momento, quiero irme a casa —dijo Olham.
—De acuerdo, pues. Lo que usted diga.
Nelson se había acuclillado junto al cadáver. Extendió la mano hacia el objeto metálico que se veía en el interior del pecho.
—No lo toques —le advirtió Olham—. Aún podría estallar. Será mejor que el equipo de demolición se encargue de eso más tarde.
Nelson no dijo nada. De pronto, introdujo la mano en la caja torácica, agarró el objeto metálico y tiró de él.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Olham.
Nelson se puso en pie, sujetando el objeto. Estaba blanco de terror. Era un cuchillo de metal, un cuchillo-aguja alienígena, cubierto de sangre.
—Le mataron con esto —susurró Nelson—. Mi amigo fue asesinado con esto. —Miró a Olham—. Tú le mataste con esto y le abandonaste junto a la nave.
Olham estaba temblando. Sus dientes castañeteaban. Su mirada se desvió del cuchillo al cadáver.
—No puede ser Olham —dijo. Su mente giraba, todo daba vueltas en derredor suyo—. ¿Estaba equivocado? Tragó saliva.
—Pero si ése es Olham, yo debo de ser...
No terminó la frase. El resplandor de la explosión pudo verse hasta en Alfa Centauri.


FIN

CITAS Y FRASES,1984,EL CLUB DE LA LUCHA, Y SOMATIZEMONOS CON "UN MUNDO FELIZ..."

CITAS Y FRASES,1984,EL CLUB DE LA LUCHA, Y SOMATIZEMONOS CON "UN MUNDO FELIZ..."

CITAS Y FRASES,1984,EL CLUB DE LA LUCHA, Y SOMATIZEMONOS CON "UN MUNDO FELIZ..."
SI TE ENCUENTRAS SOLO, HAZTE PSICOTICO...; LECTURA ANARKO TERMINAL- APOCALIPTICA, O LO QUE ES LO MISMO, LO QUE PASA HOY EN DIA...


CITAS Y FRASES POR PERSONAJES HISTORICOS
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/citas-y-frases-por-personajes.html

SEVEN -- ANTHONY BRUNO
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/seven-anthony-bruno.html

SEVEN -- 2ªparte -- ANTHONY BRUNO
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/seven-2parte-anthony-bruno.html

EL CLUB DE LA LUCHA -- 2ª parte -- CHUCK PALAH...
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/el-club-de-la-lucha-2-parte-chuck.html

EL CLUB DE LA LUCHA -- CHUCK PALAHNIUK
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/el-club-de-la-lucha-chuck-palahniuk.html

UN MUNDO FELIZ -- 2ªparte -- ALDOUS HUXLEY
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/un-mundo-feliz-2parte-aldous-huxley.html

UN MUNDO FELIZ -- ALDOUS HUXLEY
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/un-mundo-feliz-aldous-huxley.html

parte 3ª -- 1984 -- GEORGE ORWEL
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/parte-3-1984-george-orwel.html

parte 2ª -- 1984 -- GEORGE ORWEL
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/parte-2-1984-george-orwel.html

parte 1ª -- 1984 -- GEORGE ORWEL
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/parte-1-1984-george-orwel.html

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UNA PEQUEÑA HISTORIA PIADOSA -- Hugo Mujica

UNA PEQUEÑA HISTORIA PIADOSA -- Hugo Mujica

UNA PEQUEÑA HISTORIA PIADOSA


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Era enano, o mejor dicho debía llegar a serlo, aún era un niño (porque hasta para llegar a ser enano hay que crecer). Aún no hablaba, pero seguro que ya creía que llegaría a crecer, a ser grande como para él era su padre. Iba a ser difícil explicárselo, prepararlo para lo que la vida le deparaba, difícil aún para un enano y una enana, para su padre y su madre.



Un día se acercaron a la cuna y lo contemplaron. Acostado y tapado, se parecía al hijo de todos los demás padres. Fue entonces cuando decidieron llevar a cabo la idea: le reventaron las piernitas, a martillazos. Un paralítico, razonaron piadosamente, nunca llegará a ponerse de pie: nunca tendrá que medirse con los otros. Ser diferente que los demás.


Agradecimiento a :
Hugo Mujica
www.hugomujica.com.ar

CHICKAMAUGA -- AMBROSE BIERCE

CHICKAMAUGA -- AMBROSE BIERCE

CHICKAMAUGA
Ambrose Bierce
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En una tarde soleada de otoño, un niño perdido en el campo, lejos de su rústica
vivienda, entró en un bosque sin ser visto. Sentía la nueva felicidad de escapar a toda
vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus
antepasados, y durante miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas
memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos
críticos eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en
peñascos. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a
través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado en
un terreno donde recibió como herencia la guerra y el poder.
Era un niño de seis años, hijo de un pobre plantador. Este, durante su primera
juventud, había sido soldado, había luchado en el extremo sur. Pero en la existencia
apacible del plantador, la llama de la guerra había sobrevivido; una vez encendida,
nunca se apagó. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el niño las
había comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo,
sin embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con gallardía,
como conviene al hijo de una raza heroica, y separaba de tiempo en tiempo en los
claros soleados del bosque para asumir, exagerándolas, las actitudes de agresión y
defensa que le fueron enseñadas por aquellas estampas. Enardecido por la facilidad
con que echaba por tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometió el
error táctico bastante frecuente de proseguir su avance hasta un extremo peligroso, y
se encontró por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas rápidas
aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo derrotado que
acababa de cruzarlo con ilógica facilidad. Pero el intrépido guerrero no iba a dejarse
amilanar; el espíritu de la raza que había franqueado el ancho mar ardía, invencible,
dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo sofocarlo. En el lecho del río
descubrió un lugar donde había algunos cantos rodados, espaciados a un paso o a un
brinco de distancia; gracias a ellos pudo atravesarlo, cayó de nuevo sobre la
retaguardia de sus enemigos imaginarios, y los pasó a todos a cuchillo.
Ahora, una vez ganada la batalla, la prudencia exigía que se replegara sobre la
base de sus operaciones. ¡Ay!, como tantos otros conquistadores más grandes que él,
como el más grande de todos, no podía ni refrenar su sed de guerra ni comprender
que el más afortunado no puede tentar al Destino. De pronto, mientras avanzaba
desde la orilla, se encontró frente a un nuevo y formidable adversario. A la vuelta de
un sendero, con las orejas tiesas y las patas delanteras colgantes, muy erguido, estaba
sentado un conejo. El niño lanzó una exclamación de asombro, dio media vuelta y
escapó sin saber qué dirección tomaba, llamando a su madre con gritos inarticulados,
llorando, tropezando, con su tierna piel cruelmente desgarrada por las zarzas, su
corazoncito palpitando de terror, sin aliento, enceguecido por las lágrimas, perdido
en el bosque. Después, durante más de una hora, sus pies vagabundos lo llevaron a
través de malezas inextricables, y por fin, rendido de cansancio, se acostó en un
estrecho espacio entre dos rocas a pocas yardas del río. Allí, sin dejar de apretar su
sable de madera, que no era ya para él un arma sino un compañero, se durmió a
fuerza de sollozos. Encima de su cabeza, los pájaros del bosque cantaban
alegremente, las ardillas, castigando el aire con el esplendor de sus colas, chillaban y
corrían de árbol en árbol, ignorando al niño lastimero, y en alguna parte, muy lejos,
gruñía un trueno, extraño y sordo, como si las perdices redoblaran para celebrar la
victoria de la naturaleza sobre el hijo de aquellos que, desde tiempos inmemoriales,
la han reducido a la esclavitud. Y del otro lado, en la pequeña plantación, donde
hombres blancos y negros, llenos de alarma, buscaban afiebradamente en los campos
y los cercos, una madre tenía el corazón destrozado por la desaparición de su hijo.
Pasaron las horas y el pequeño durmiente se levantó. La frescura de la tarde
transía sus miembros; el temor a las tinieblas, su corazón. Pero había descansado y
no lloraba más. Impulsado a obrar por un impulso ciego, se abrió camino a través de
las malezas que lo rodeaban hasta llegar a un extremo más abierto: a su derecha, el
arroyo; a su izquierda, una suave pendiente con unos pocos árboles; arriba, las
sombras cada vez más densas del crepúsculo. Una niebla tenue, espectral, a lo largo
del agua, le inspiró miedo y repugnancia; en lugar de atravesar el arroyo por
segunda vez en la dirección en que había venido, le dio la espalda y avanzó hacia el
bosque sombrío que lo cercaba. Súbitamente, ante sus ojos, vio desplazarse un objeto
extraño que tomó al principio por un enorme animal: perro, cerdo, no lo sabía; quizá
fuera un oso. Había visto imágenes de osos y, no abrigando temor hacia ellos, había
deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o en el movimiento de
aquel objeto, algo torpe en su andar, le dijo que no era un oso; el miedo refrenó la
curiosidad, y el niño se detuvo. Sin embargo, a medida que la extraña criatura
avanzaba con lentitud, aumentó su coraje porque advirtió que no tenía, al menos, las
orejas largas y amenazadoras del conejo. Quizá su espíritu impresionable era
consciente a medias de algo familiar en ese andar vacilante, ingrato. Antes de que se
hubiera acercado lo suficiente para disipar sus dudas, vio que la criatura era seguida
por otra y otra y otra. Y había muchas más a derecha e izquierda: el campo abierto
que lo rodeaba hormigueaba de aquellos seres, y todos avanzaban hacia el arroyo.
Eran hombres. Trepaban con las manos y las rodillas. Algunos sólo usaban las
manos, arrastrando las piernas; otros, sólo las rodillas, y los brazos colgaban, inútiles,
de cada lado. Trataban de ponerse en pie, pero se abatían en el curso de su esfuerzo,
el rostro contra la tierra. Nada hacían normalmente, nada hacían de igual manera,
salvo esa progresión pie por pie en el mismo sentido. Una por uno, dos por dos, en
pequeños grupos, continuaban avanzando en la penumbra; a veces, algunos hacían
un alto, otros se les adelantaban, arrastrándose con lentitud, y aquellos, entonces,
reanudaban el movimiento. Llegaban por docenas y por centenares; se extendían a
derecha e izquierda hasta donde podía escrutarse en la oscuridad creciente, y el
bosque negro detrás de ellos parecía interminable. El suelo mismo parecía
desplazarse hacia el arroyo. De tiempo en tiempo, uno de aquellos que habían hecho
un alto no reanudaba su camino y yacía inmóvil: estaba muerto. Algunos se detenían
y gesticulaban de manera extraña: levantaban los brazos y los dejaban caer de nuevo,
se tomaban la cabeza con ambas manos, extendían sus palmas hacia el cielo como
hacen ciertos hombres durante las plegarias que dicen en común.
El niño no reparó en todos estos detalles que sólo hubiera podido advertir un
espectador de más edad. Sólo vio una cosa: eran hombres, y sin embargo se
arrastraban como niñitos. Eran hombres, nada tenían pues de terrible, aunque
algunos llevaran vestimentas que desconocía. Caminó libremente en medio de ellos,
mirándolos de cerca con infantil curiosidad. Los rostros de todos eran singularmente
pálidos; muchos estaban cubiertos de rastros y gotas rojas. Esto, unido a sus actitudes
grotescas, les recordó al payaso pintarrajeado que había visto en el circo el verano
anterior, y se puso a reír al contemplarlos. Pero esos hombres mutilados y
sanguinolentos no dejaban de avanzar, sin advertir, al igual que el niño, el dramático
contraste entre la risa de éste y su propia y horrible gravedad. Para el niño era un
espectáculo cómico. Había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre las manos
y las rodillas para divertirlo: en esta posición los había montado, «haciendo creer»
que los tomaba por caballos. Y entonces se aproximó por detrás a una de esas formas
rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se
desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio, furiosamente, hizo caer redondo al
niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un
rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta,
se abría un gran hueco rojo franjeado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de
hueso. La saliente monstruosa de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces,
daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho
enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El
niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado,
corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la
situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta,
dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de
escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo,
absoluto.
En vez de oscurecerse, el hechizado paisaje comenzó a iluminarse. Más allá del
arroyo, a través de la cintura de árboles, brillaba una extraña luz roja sobre la cual se
destacaba el negro encaje de las ramas; golpeaba las siluetas rampantes y proyectaba
sobre ellas monstruosas sombras que caricaturizaban sus movimientos en la hierba
iluminada; caía en sus rostros, teñía su palidez de un color bermellón, acentuando las
manchas que distorsionaban y maculaban a tantos de ellos, y centelleaba sobre los
botones y las partes metálicas de sus ropas. Por instinto, el niño se volvió hacia aquel
esplendor siempre creciente, y bajó la colina con sus horribles compañeros; en pocos
instantes, había pasado al primero de la multitud, hazaña fácil dada su manifiesta
superioridad sobre todos. Se colocó a la cabeza, el sable de madera siempre en la
mano, y dirigió la marcha, adaptando su andar al de ellos, solemne, volviéndose de
vez en cuando para verificar que sus fuerzas no quedaban atrás. A buen seguro,
nunca un jefe tuvo semejante séquito.
Esparcidos por el terreno que enangostaba lentamente aquella marcha atroz de
la multitud hacia el agua, había algunos objetos que no provocaban ninguna
asociación de ideas significativa en el espíritu del jefe: en algunos lugares, una manta
enrollada a lo largo, con las dos puntas atadas por una cuerda; aquí, una pesada
mochila de soldado; allá, un fusil roto; en suma, esos desechos que se encuentran en
la retaguardia de las tropas en retirada, jalonando la pista de los vencidos que han
huido de sus perseguidores. En todos lados junto al arroyo, bordeado en aquel sitio
por tierras bajas, el suelo había sido hollado y transformado en lodo por los pies de
los hombres y los cascos de los caballos. Un observador más experimentado habría
advertido que esas huellas iban en ambas direcciones; dos veces habían pasado por el
terreno: avanzando, retrocediendo. Algunas horas antes, aquellos heridos sin
esperanza habían penetrado en el bosque por millares, en compañía de sus
camaradas más felices, muy lejos ahora. Sus batallones sucesivos, dispersándose en
enjambres y reformándose en líneas, habían desfilado junto al niño dormido, por
poco lo habían pisoteado en su sueño. El ruido y el murmullo de su marcha no lo
habían despertado. Casi a la distancia de un hondazo del lugar en que estaba
acostado, habían librado batalla; pero el niño no había oído el estruendo de los
fusiles, el estampido de los cañones, «la voz tonante de los capitanes y los clamores».
Había dormido durante casi todo el combate, apretando contra su pecho el sable de
madera, quizá por inconsciente simpatía hacia el conjunto marcial que lo rodeaba,
pero tan insensible a la magnificencia de la lucha como a los caídos que allí habían
muerto para hacerla gloriosa. Más allá de los árboles, del otro lado del arroyo, ahora
el fuego se reflejaba sobre la tierra desde lo alto de su bóveda de humo y bañaba todo
el paisaje, transformando en vapor dorado la línea sinuosa de la niebla. Sobre el agua
brillaban anchas manchas rojas, y rojas eran igualmente casi todas las piedras que
emergían. Pero sobre aquellas piedras había sangre: los heridos menos graves las
habían maculado al pasar. Gracias a ellas, también, el niño cruzó el arroyo a paso
rápido; iba hacia el fuego. Una vez en la otra orilla, se volvió para mirar a sus
compañeros de marcha. La vanguardia llegaba al arroyo. Los más vigorosos se
habían arrastrado hasta el borde y habían hundido el rostro en el agua. Tres o cuatro,
que yacían inmóviles, parecían no tener ya cabeza. Ante ese espectáculo, los ojos del
niño se dilataron de asombro; por hospitalario que fuera su espíritu, no podía aceptar
un fenómeno que implicara pareja vitalidad. Después de haber abrevado su sed,
aquellos hombres no habían tenido fuerzas para retroceder ni mantener sus cabezas
por encima del agua: se habían ahogado. Detrás de ellos, los claros del bosque
permitieron ver al jefe, como al principio de su marcha, innumerables e informes
siluetas. Pero no todas se movían. El niño agitó su gorra para animarlas y, sonriendo,
señaló con el sable de madera en dirección a la claridad que lo guiaba, columna de
fuego de aquel extraño éxodo.
Confiando en la fidelidad de sus compañeros, penetró en la cintura de árboles,
la franqueó fácilmente, a la luz roja, escaló una empalizada, atravesó corriendo un
campo, volviéndose de tiempo en tiempo para coquetear con su obediente sombra, y
de tal modo se aproximó a las ruinas de una casa en llamas. Por doquiera, la
desolación. A la luz del inmenso brasero, no se veía un ser viviente. No se preocupó
por ello. El espectáculo le gustaba y se puso a bailar de alegría como bailaban las
llamas vacilantes. Corrió aquí y allá para recoger combustibles, pero todos los objetos
que encontraba eran demasiado pesados y no podía arrojarlos al fuego, dada la
distancia que le imponía el calor. Desesperado, lanzó su sable a la hoguera: se rendía
ante las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.
Como cambiara de lugar, detuvo la mirada en algunas dependencias cuyo
aspecto era extrañamente familiar: tenía la impresión de haber soñado con ellas. Se
puso a reflexionar, sorprendido, y de pronto la plantación entera, con el bosque que
la rodeaba, pareció girar sobre su eje. Vaciló su pequeño universo, se trastocó el
orden de los puntos cardinales. ¡En los edificios en llamas reconoció su propia casa!
Durante un instante quedó estupefacto por la brutal revelación. Después se
puso a correr en torno a las ruinas. Allí, plenamente visible a la luz del incendio,
yacía el cadáver de una mujer: el rostro pálido vuelto al cielo, las manos extendidas,
agarrotadas y llenas de hierba, las ropas en desorden, el largo pelo negro,
enmarañado, cubierto de sangre coagulada; le faltaba la mayor parte de la frente, y
del agujero desgarrado salía el cerebro que desbordaba sobre las sienes, masa gris y
espumosa coronada de racimos escarlata obra de un obús. El niño hizo ademanes
salvajes e inciertos. Lanzó gritos inarticulados, indescriptibles, que hacían pensar en
los chillidos de un mono y en los cloqueos de un ganso, sonido atroz, sin alma,
maldito lenguaje del demonio. El niño era sordomudo.
Después permaneció inmóvil, los labios temblorosos, los ojos fijos en las ruinas.

EL VALLE DE LAS MUJERES PERDIDAS -- ROBERT E. HOWARD -- (CONAN)

EL VALLE DE LAS MUJERES PERDIDAS -- ROBERT E. HOWARD -- (CONAN)

EL VALLE DE LAS MUJERES PERDIDAS
ROBERT E. HOWARD
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El redoble de los tambores y el estruendo del gran cuerno de elefante era ensordecedor, pero en los
oídos de Livia el clamor sonaba como un confuso murmullo, monótono y lejano. Estaba tendida
sobre un lecho en la gran cabaña, sumida en un estado de delirio que bordeaba con el desvarío. Los
ruidos del exterior apenas afectaban sus sentidos. Aunque se encontraba aturdida, su mente caótica
estaba obsesionada todavía con el cuerpo desnudo y convulso de su hermano, por cuyos muslos
temblorosos corría la sangre. Recortada sobre un oscuro fondo de formas y sombras enlazadas,
aquella borrosa silueta blanca aparecía ante sus ojos con una implacable y aterradora nitidez.
El aire quieto parecía latir entre gritos de agonía mezclados con un rumor de risas demoníacas.
La muchacha no tenía consciencia de sus sensaciones como ente individual, separado y
diferenciado del resto del cosmos. Se sentía embargada por una enorme tristeza y por un profundo
dolor... Ella misma era un dolor cristalizado y hecho carne. Así pues, yacía tendida al borde de la
inconsciencia, sin pensar y sin moverse, mientras en el exterior resonaban los tambores y los
cuernos, y las voces bárbaras entonaban cantos odiosos, al tiempo que los pies desnudos marcaban el
ritmo golpeando la tierra dura y las manos palmeaban con suaves cadencias.
Pero finalmente la consciencia individual comenzó a manifestarse a través de su helada mente.
Primero sintió un leve asombro al pensar que no había sufrido daños físicos. Aceptó esa especie de
milagro sin agradecerlo. Actuando casi maquinalmente, se sentó en el lecho y se quedó mirando
tristemente a su alrededor. Sus extremidades iniciaron unos movimientos débiles, como
respondiendo a los centros nerviosos recién despiertos. Sus pies desnudos golpearon nerviosamente
el suelo de tierra. Sus dedos se retorcieron convulsivamente sobre la falda de una ligera túnica corta
que constituía su único atuendo. Recordó que una vez, y ello parecía haber ocurrido hace muchísimo
tiempo, unas rudas manos le arrancaron el resto de la ropa del cuerpo, y que ella había llorado de
miedo y de vergüenza. Le parecía extraño, ahora, que un hecho tan insignificante pudiera haberle
causado tanta pena. Después de todo, la magnitud de la ofensa y la indignidad eran relativas, como
muchas cosas.
La puerta de la choza se abrió y entró una mujer, una criatura ágil como una pantera, cuyo cuerpo
esbelto y flexible brillaba como el ébano pulido, y estaba cubierto tan sólo con un pequeño trozo de
seda envuelto alrededor de sus estrechas caderas. El blanco de sus ojos reflejaba la luz de la hoguera
del exterior, y su mirada era aviesa y maligna.
Llevaba en la mano un plato de bambú lleno de alimentos: carne caliente, batata asada y un trozo
de pan rústico, así como una jarra de oro trabajado llena de una especie de cerveza conocida con el
nombre de yarati. Depositó todo esto al lado del lecho, pero Livia no le prestó atención y siguió
mirando fijamente hacia la pared de enfrente, cubierta de esteras hechas de cañas de bambú
entrelazadas. La joven nativa rió, sus ojos lanzaron destellos y sus blancos dientes brillaron en la
oscuridad. Y entonces, tras unas sibilantes palabras de desprecio y una caricia burlona que era más
insultante que su lenguaje, se volvió y salió de la cabaña expresando mayor insolencia con el
movimiento de sus caderas que la que pudiera manifestar cualquier mujer civilizada con palabras e
insultos.
Pero ni las palabras ni las acciones de la moza habían despertado la superficie de la consciencia
de Livia. Todas sus sensaciones seguían vueltas hacia su interior, donde lo vivido de sus imágenes
mentales hacía que el mundo real pareciera una escena irreal por la que desfilaban sombras y
espectros. Comió con gestos maquinales y bebió sin apreciar el sabor de la cerveza.
Siempre con movimientos mecánicos, se levantó al fin, se acercó con paso inseguro a la pared de
bambú y se puso a mirar a través de una grieta. Un cambio repentino en el redoble de los tambores y
en el resonar de los cuernos hizo reaccionar algún oscuro rincón de su mente, y le hizo pensar casi
sin proponérselo.
Al principio no alcanzó a comprender nada de lo que veía; todo resultaba caótico y sombrío. Los
cuerpos se movían y se mezclaban, girando y haciendo contorsiones. Eran siluetas negras recortadas
sobre un fondo de llamas rojizas cuyo resplandor aumentaba y disminuía. Luego las acciones y los
objetos adquirieron sus propias dimensiones y Livia alcanzó a ver unos hombres y unas mujeres que
se movían delante de la hoguera. La luz roja lanzaba destellos sobre los adornos de marfil y de plata;
las plumas blancas ondeaban bajo el resplandor de la noche, y los cuerpos desnudos danzaban como
si estuvieran tallados en la oscuridad de la noche y pintados en llamas de color carmesí.
Sentado sobre un escabel de marfil, flanqueado por gigantes tocados con plumas y cubiertos con
pieles de leopardo, había un personaje repulsivo, obeso y achaparrado, con aspecto maligno, que
parecía un enorme sapo que apestaba como los pantanos podridos de la selva. El individuo tenía las
rechonchas manos colocadas sobre el arco abultado de su vientre; su pescuezo era un rollo de grasa
que parecía proyectar su cilíndrica cabeza hacia adelante; sus ojos semejaban brasas ardientes y
tenían una asombrosa vitalidad que contrastaba con la del resto de su grueso cuerpo, que daba la
sensación de indolencia.
Cuando la mirada de la muchacha se posó en aquella figura, sus miembros se pusieron en tensión
y la vida volvió a latir frenéticamente en su cuerpo. Dejó de ser un autómata inconsciente, y se
transformó en un ser sensible de carne y hueso; sintió un escalofrío y luego la sangre ardió en sus
venas. El dolor fue sustituido por el odio, un odio tan intenso que a su vez se convirtió en dolor. Se
sintió dura y quebradiza al tiempo, como si su cuerpo estuviera hecho de acero. Su aborrecimiento
abarcaba todo su campo visual y se volvió tan tangible que pensó que el objeto de su odio caería
muerto en su escabel tallado por la intensidad de sus sentimientos.
Pero si Bajujh, rey de Bakalah, sintió alguna molestia a causa de la concentración psíquica de su
prisionera, lo cierto es que no lo demostró. Por el contrario, continuó atiborrando su boca de batracio
con puñados de golosinas que le tendía en una bandeja una mujer arrodillada, y siguió mirando hacia
el amplio camino que formaban sus súbditos al apiñarse en dos densas filas a ambos lados.
Livia comprendió vagamente que por aquel pasillo, flanqueado por una negra y sudorosa masa de
hombres, iba a llegar algún personaje importante, a juzgar por el redoble estrepitoso de los tambores
y el clamor de los cuernos. Y en ese momento apareció lo que los nativos estaban esperando.
Los guerreros negros avanzaron en una columna de tres en tres hacia el reyezuelo sentado en la
silla de marfil; sus plumas y el fulgor de las lanzas destacaban entre la abigarrada turbamulta. A la
cabeza de los lanceros de ébano avanzaba a grandes zancadas un hombre que hizo estremecer
violentamente a Livia; su corazón pareció detenerse y luego volvió a latir frenéticamente. El recién
llegado se distinguía con toda claridad del resto. Al igual que sus seguidores, llevaba un taparrabo de
piel de leopardo y un gran adorno de plumas pero, a diferencia de los demás, era un hombre blanco.
No llegó hasta el escabel de marfil con aire de subordinado o de alguien que suplica, y cuando el
recién llegado se detuvo delante del hombre achaparrado, se hizo un súbito silencio. Livia percibió la
tensión que flotaba en el aire, si bien sólo adivinaba vagamente lo que presagiaba. Durante un
instante Bajujh permaneció sentado, con la gruesa cabeza vuelta hacia arriba, como un sapo
descomunal; luego, como empujado contra su voluntad por la mirada firme y dominante del otro
hombre, el reyezuelo se levantó con dificultad de su silla y se quedó de pie, haciendo una grotesca
reverencia con la cabeza rapada. En seguida se alivió la tensión. De las filas de los habitantes de la
aldea surgió un tremendo vocerío y, ante un ademán del desconocido, sus guerreros levantaron las
lanzas y corearon a gritos un saludo para el rey Bajujh. Quienquiera que fuese el hombre blanco,
Livia se dio cuenta que debía de ser muy poderoso en aquella tierra, cuando Bajujh, el reyezuelo de
Bakalah, se ponía de pie para recibirle. Y poder significaba prestigio militar, pues lo único que
respetaban esos salvajes era la violencia.
Desde ese momento, Livia permaneció con los ojos pegados a la grieta de la pared de la choza,
observando al forastero. Sus guerreros se mezclaron con los bakalahs y bailaron, comieron y
bebieron cerveza con ellos. El hombre blanco, junto con algunos de sus jefes, se sentó con Bajujh y
sus lugartenientes, con las piernas cruzadas sobre esterillas, y comieron y bebieron hasta hartarse. La
joven vio que el hombre blanco hundía las manos en los cazos de comida, al igual que los demás, y
bebía de la misma jarra de cerveza que Bajujh, pero notó que se le concedía el respeto debido a un
rey. Puesto que no había otro escabel de marfil, Bajujh renunció al suyo y tomó asiento sobre la
esterilla, junto a su invitado. Cuando traían una nueva jarra de cerveza, el rey de Bakalah apenas la
probaba y se la pasaba en seguida al hombre blanco. ¡Poder! ¡Todo aquel ceremonial apuntaba al
poder..., la fuerza..., el prestigio! Livia tembló llena de excitación cuando comenzó a forjar un plan
en su mente.
Siguió observando al hombre blanco con dolorosa intensidad, hasta que no hubo detalle alguno
que pasara inadvertido para ella. Era alto; muy pocos de los gigantes negros que se encontraban a su
alrededor le superaban en estatura o en corpulencia. Se movía con la agilidad de un enorme felino.
Cuando las llamas se reflejaban en sus ojos, encendían en ellos un fuego azul. Llevaba unas
sandalias atadas a sus piernas y de su enorme cinto colgaba una espada metida en una vaina de
cuero. El visitante tenía un aspecto extraño y poco corriente. Livia jamás había visto a un hombre
semejante, pero no se preocupó por saber a qué raza pertenecía. Le bastaba con que su piel fuera
blanca.
Pasaron las horas y poco a poco fue disminuyendo la algarabía, ya que tanto los hombres como
las mujeres se iban hundiendo en el sopor de la borrachera. Finalmente, Bajujh se puso en pie
tambaleándose y levantó las manos, no para poner fin a la fiesta, sino para indicar que se rendía en
aquella competición de bebida y de comida. Luego, a punto de desplomarse, fue recogido por sus
guerreros, que le llevaron hasta su choza. El hombre blanco también se levantó, sin dar
aparentemente muestras de hallarse afectado por la enorme cantidad de cerveza que había bebido, y
fue escoltado hasta la cabaña de invitados por algunos de los hombres de Bajujh que estaban en
condiciones de hacerlo. Desapareció en el interior de la choza, y Livia advirtió que una decena de
guerreros que habían llegado con él tomaban posiciones en torno a la cabaña, con sus lanzas
preparadas. Era evidente que el extranjero no se fiaba demasiado de la amistad de Bajujh.
La muchacha recorrió la aldea con la mirada; parecía la representación de la noche del Juicio
Final debido a la cantidad de cuerpos caídos que yacían en las calles. Ella sabía que numerosos
centinelas en plena posesión de sus facultades cuidaban la empalizada exterior, pero los únicos
hombres despiertos que vio allí eran los lanceros del hombre blanco..., y algunos de estos
comenzaban a dar cabezadas y a apoyarse perezosamente en el asta de sus lanzas.
Con el corazón latiendo intensamente, la joven se deslizó por la puerta trasera de su cabaña y
pasó delante del centinela de Bajujh, que roncaba sonoramente. Livia atravesó el espacio que
mediaba entre su choza y la del forastero como una sombra de marfil. Se arrastró de rodillas y
avanzó hacia la parte posterior de la otra cabaña. Allí se hallaba un negro gigantesco en cuclillas,
con la emplumada cabeza hundida entre las rodillas. La muchacha extremó sus precauciones cuando
pasó delante de él y se acercó a la pared de la choza. Ella ya había estado encerrada en aquella
cabaña, y sabía que había una estrecha abertura detrás de una esterilla que colgaba de una pared; esa
grieta representaba su débil y patético intento de fuga. Encontró la abertura, se volvió de lado y, con
movimientos sinuosos de su cuerpo flexible, se introdujo en la habitación.
El fuego de las hogueras del exterior iluminaba tenuemente el interior de la cabaña. Pero en
seguida oyó una velada maldición, al tiempo que un puño de hierro la aferró por la cabellera y la
arrastró hacia el centro de la choza.
Desconcertada ante la rapidez del extranjero, la joven se apartó el cabello de los ojos y miró
fijamente al hombre blanco, que la contemplaba asombrado con el rostro lleno de pequeñas
cicatrices vuelto hacia ella. Tenía la espada desenvainada en la mano y sus ojos ardían como bolas
de fuego, si bien no sabía si era de ira, recelo o sorpresa. El hombre le habló en una lengua que ella
no entendió; no era gutural, como la de los negros, pero tampoco tenía un acento civilizado.
¾¡Oh, te lo ruego! ¾suplicó ella¾. No hables en voz alta. Nos van a oír...
¾¿Quién eres? ¾preguntó el hombre, hablando en la lengua de Ofir, pero con acento bárbaro¾.
¡Por Crom, jamás pensé encontrar una muchacha blanca en estas condenadas tierras!
¾Me llamo Livia ¾repuso la joven¾, y soy prisionera de Bajujh. ¡Oh, escucha, por favor,
escúchame! No puedo estar aquí mucho tiempo; tengo que volver antes que noten mi ausencia en la
cabaña. Verás, mi hermano... ¾un sollozo ahogó sus palabras, pero luego continuó¾, mi hermano
Theteles y yo pertenecíamos a la casa de Chelkus, una familia de sabios y de nobles de Ofir.
Mediante un permiso especial del rey de Estigia, a mi hermano le permitieron ir a Kheshatta, la
ciudad de los magos, a fin que estudiara sus artes, y yo le acompañé. Theteles era sólo un chiquillo,
era menor que yo...
La muchacha titubeó y su voz volvió a quebrarse. El forastero no dijo nada, pero siguió mirándola
con ojos ardientes, gesto severo y rostro inescrutable. Había algo salvaje e indómito en su expresión
que asustaba a la muchacha y la ponía nerviosa.
¾Los negros kushitas invadieron Kheshatta y la arrasaron ¾siguió diciendo Livia, hablando más
rápidamente¾. Nosotros justamente llegábamos a la ciudad con una caravana de camellos. Los
soldados de la escolta huyeron, y los invasores nos capturaron y nos llevaron con ellos. No nos
hicieron ningún daño y nos dieron a entender que parlamentarían con los estigios y aceptarían un
rescate a cambio de nosotros. Pero uno de los jefes quería quedarse con todo el rescate, por lo que él
y sus seguidores nos sacaron furtivamente del campamento una noche y huyeron con nosotros hacia
el sudeste, hasta llegar a las fronteras de Kush. Allí fueron atacados y aniquilados por una banda de
guerreros bakalah. Theteles y yo fuimos arrastrados hasta esta guarida de bestias salvajes... ¾la
muchacha lloró convulsivamente¾, y esta mañana mutilaron y mataron cruelmente a mi hermano
delante de mí...
Livia se quedó en silencio; parecía haber perdido el hilo del relato, pero luego añadió:
¾Arrojaron su cadáver descuartizado a los chacales. No sé cuánto tiempo estuve sin
conocimiento...
Una vez más le faltaron las palabras. Levantó los ojos y vio el rostro ceñudo del extranjero.
Entonces una furia incontenible embargó a la muchacha. Alzó los puños y golpeó el poderoso pecho
del hombre blanco, que no pareció más afectado que si en su piel se hubiera posado una mosca.
¾¿Cómo puedes quedarte ahí como un bruto insensible? ¾gritó ella tratando de no alzar
demasiado la voz¾. ¿Eres acaso una bestia salvaje como todos los demás? ¡Oh, Mitra, alguna vez
pensé que los hombres sabían lo que era el honor! Ahora veo que todos tienen su precio. Tú..., ¿qué
sabes tú del honor, de la compasión o de la decencia? Eres un bárbaro como los otros. Sólo tu piel es
blanca; pero tu alma es tan negra como la de ellos. ¡Poco te importa que un hombre de tu raza haya
sufrido una muerte horrenda a manos de estos perros..., y que yo sea su esclava! Muy bien.
La joven se separó de él y agregó:
¾Voy a llegar a tu precio ¾dijo ella llena de ira al tiempo que desgarraba la ligera túnica que
llevaba puesta, dejando al descubierto sus senos de marfil¾. ¿No soy hermosa? ¿No soy más
deseable que esas nativas? ¿No soy una recompensa digna por una muerte sangrienta? ¿No vale una
virgen blanca el precio de matar a una persona? Entonces..., ¡mata a ese perro negro de Bajujh!
¡Déjame que vea rodar su maldita cabeza por el polvo! ¡Mátalo! ¡Mátalo! ¾añadió golpeando un
puño contra el otro, en frenética agonía¾. Luego tómame y haz lo que quieras conmigo. ¡Seré tu
esclava!
El hombre blanco continuó en silencio, siempre de pie, como un titán, con la mano sobre la
empuñadura de la espada.
¾Hablas como si fueras libre para entregarte a placer ¾dijo¾, como si tu cuerpo tuviese el
poder de hacer tambalear a un reino. ¿Por qué habría de matar a Bajujh a cambio de tu cuerpo? Las
mujeres son tan baratas como las plantas en esta tierra, y tu complacencia me tiene sin cuidado. Te
valoras demasiado. Si yo te deseara, no tendría que tocarle ni un pelo a Bajujh para tomarte. Él te
ofrecería a mí como obsequio con sólo pedírselo. Livia suspiró. Todo su ímpetu había desaparecido.
La cabaña parecía dar vueltas. Se tambaleó y se dejó caer llena de abatimiento sobre el lecho. La
amargura la inundaba al comprender el absoluto desamparo en que se hallaba. La mente humana se
aferra inconscientemente a ideas y valores conocidos, aun en un medio extraño y en condiciones
muy diferentes de aquellas en las que dichos valores tienen vigencia. A pesar de todo lo que había
vivido, Livia creyó instintivamente que su ofrecimiento tendría algún valor, y ahora se asombraba al
ver que no tenía ninguna trascendencia. No podía mover a los hombres como si fueran peones de un
juego; por el contrario, ella misma era uno de esos peones.
¾Sí, es absurdo suponer que un hombre en este rincón del mundo actúe según las normas y
costumbres existentes en otros países ¾murmuró Livia débilmente, apenas consciente de lo que
estaba diciendo.
Aturdida por este nuevo giro del destino, permaneció inmóvil hasta que el hombre blanco la tomó
por los hombros con manos férreas y la hizo ponerse de pie.
¾Has dicho que soy un bárbaro ¾dijo él con aspereza¾, y afortunadamente eso es cierto,
gracias a Crom. Si tú hubieras tenido como escolta a gentes de tierras lejanas, en lugar de civilizados
enclenques sin agallas, no serías la esclava de un cerdo esta noche. Yo soy Conan, un cimmerio, y
vivo de lo que me da al filo de la espada. Pero no soy tan cruel como para dejar a una mujer en
manos de un salvaje, y a pesar que me insultes y me consideres un ladrón, debes saber que jamás he
tomado a una mujer sin su consentimiento. Las costumbres difieren de un país a otro, pero si un
hombre es lo suficientemente fuerte, podrá hacer respetar sus propias costumbres allí donde vaya. ¡Y
nadie me ha llamado jamás cobarde! Aun cuando fueras vieja y fea como los buitres del infierno, te
llevaría lejos de aquí y de Bajujh simplemente por tu raza. Pero eres joven y hermosa, y he visto
tantas mujerzuelas nativas que estoy harto. Seguiré el juego según tus reglas, simplemente porque tu
manera de pensar concuerda en parte con la mía. Regresa a tu choza. Bajujh está demasiado
borracho esta noche para ir a buscarte, y procuraré que mañana esté ocupado. Pero mañana por la
noche calentarás mi lecho, y no el de Bajujh.
¾¿Cómo lo conseguirás? ¾preguntó ella temblando a causa de los sentimientos encontrados que
la embargaban¾. ¿Son aquellos todos los hombres que tienes?
¾Son suficientes ¾respondió él con un gruñido¾. Son bamulas y han mamado la guerra desde
que nacieron. Yo he venido aquí a petición de Bajujh. Quiere que nos unamos para atacar a los jihiji.
Esta noche han sido las fiestas; mañana celebraremos el consejo. Cuando terminemos, Bajujh estará
celebrando un consejo en el infierno.
¾¿Romperás el pacto?
¾En estas tierras, los pactos sólo sirven para ser rotos ¾repuso hoscamente¾. Él mismo va a
romper su tregua con los jihiji. Y después que hayamos saqueado juntos su aldea, seguramente
tratará de eliminarme a la primera oportunidad. Lo que en otro país se considera una negra traición,
aquí es una muestra de sabiduría. He alcanzado mi posición de jefe guerrero de los bamulas con
esfuerzo después de aprender todas las lecciones que nos enseñan los pueblos negros. ¡Ahora regresa
a tu cabaña y duerme tranquila, sabiendo que tu belleza no será para Bajujh, sino para Conan!
Livia siguió mirando a través de las cañas de bambú durante todo el día, temblando y con los
nervios en una tensión insoportable. Desde que se despertaron las gentes de la aldea, extenuadas y
embrutecidas por el alcohol después de la agotadora noche anterior, no habían hecho otra cosa que
prepararse para la fiesta de la noche siguiente. Conan el cimmerio permaneció todo el día en la
cabaña de Bajujh, y Livia no pudo saber lo que había ocurrido entre ellos. Procuró ocultar su
excitación nerviosa delante de la única persona que entraba en la choza ¾la hostil nativa que le traía
la comida¾, pero ésta estaba demasiado afectada aún por las libaciones de la noche anterior para
apreciar cualquier cambio en el estado de ánimo de la prisionera.
Volvía a caer la noche. Las hogueras iluminaron la aldea y los jefes abandonaron la cabaña del
reyezuelo y se sentaron en el espacio abierto que había delante de las chozas, con el fin de celebrar la
última reunión, de carácter ceremonial. Esta vez se bebió mucho menos. Livia notó que los bamulas
se aproximaban inadvertidamente al círculo de los jefes. Vio a Bajujh y frente a él, al otro lado de
los cazos de comida, divisó a Conan, que reía y hablaba animadamente con el gigantesco Aja, el jefe
guerrero de Bajujh.
El cimmerio roía un enorme hueso, y de pronto lanzó una mirada por encima de su hombro.
Como si fuera una señal que hubieran estado esperando, los bamulas volvieron la cabeza hacia su
jefe. Conan se puso de pie, siempre sonriendo, como si quisiera acercarse a uno de los calderos que
estaba algo más alejado. Entonces, con la rapidez de un felino, asestó un terrible golpe a Aja con el
enorme hueso. El jefe guerrero de los bakalahs se desplomó con el cráneo roto y un alarido
estremecedor rasgó el cielo nocturno cuando los bamulas entraron en acción como panteras sedientas
de sangre.
Los calderos volcados escaldaron a las mujeres que estaban sentadas; las paredes de bambú se
desplomaron bajo el impacto de los cuerpos que se abalanzaban sobre ellas; lamentos agónicos
cortaban el aire como cuchillos, y por encima de todo se oía el grito de guerra aterrador de los
enloquecidos bamulas, cuyas lanzas estaban tan rojas como las llamas que las iluminaban.
Bakalah era como un manicomio convertido en una ruina de color escarlata. La acción de los
visitantes había paralizado a los infortunados nativos porque nadie esperaba aquel desenlace. En
ningún momento habían pensado los anfitriones en un ataque. La mayor parte de las lanzas estaba
dentro de las chozas, y muchos guerreros ya estaban borrachos. La caída de Aja fue la señal que dio
comienzo a la masacre.
Desde su lugar de observación, Livia se quedó helada, pálida como una estatua, con los dorados
cabellos en desorden y los puños oprimiendo sus sienes. Tenía los ojos muy abiertos y su cuerpo
estaba completamente rígido. Los lamentos de las víctimas y los gritos de los atacantes torturaban
sus nervios como si se tratara de un tormento físico. Los cuerpos acuchillados que se agitaban
espasmódicamente se borraron de sus ojos, pero luego adquirieron una espantosa nitidez. Vio las
lanzas que se hundían en los negros cuerpos que se retorcían salpicando sangre. Vio las mazas que
se abatían con una fuerza brutal sobre los cráneos. Los tizones salían despedidos a puntapiés de las
hogueras y esparcían una lluvia de chispas; los techos de las cabañas humearon y luego empezaron a
arder. Unos alaridos estridentes de angustia y de horror comenzaron a resonar cuando las víctimas,
aún vivas, eran arrojadas de cabeza contra las chozas llameantes. El olor a carne quemada
comenzaba a enrarecer el aire, ya fétido a causa del sudor y de la sangre derramada.
Finalmente, los tensos nervios de Livia cedieron, y fue ella quien comenzó a gritar como una
poseída, entre el crepitar de las llamas y el clamor de la batalla. Se golpeó las sienes con los puños
cerrados y sus alaridos se convirtieron en una risa histérica; daba la impresión que había perdido el
juicio. La muchacha se repetía en vano que eran sus enemigos los que morían de aquella forma
horrible, que estaba ocurriendo lo que ella había deseado y planeado, y que el sacrificio atroz que
estaba presenciando era el justo castigo por los males que le habían infligido a ella y a los suyos.
Pero a pesar de estas consideraciones, un terror ciego se había apoderado de ella.
Era consciente que no habría ninguna piedad para las víctimas, que morían a mansalva bajo las
lanzas implacables. Su única sensación, en ese momento, era un profundo miedo irracional y
enloquecedor. Vio a Conan como una blanca silueta recortada contra los cuerpos de los negros. Vio
centellear su espada, y los hombres caían como moscas a su alrededor. A continuación divisó un
cuerpo obeso que se arrastraba por el suelo, cerca del fuego. Conan saltó hacia allí, pero quedó
oculto tras unos cuerpos negros en movimiento. Se oyó un chillido agudo, y Livia vio fugazmente el
grueso cuerpo del reyezuelo que caía al suelo chorreando sangre. Luego los bamulas siguieron
luchando con los bakalahs, y el acero cortaba el aire como una flecha en la oscuridad.
Inmediatamente después, la muchacha escuchó un alarido triunfal y primitivo. Conan se abría
paso entre la multitud y se dirigía hacia la cabaña en la que se encontraba la muchacha. En la mano
traía algo... A la luz de las llamas Livia pudo ver que se trataba de la cabeza del rey Bajujh. Tenía los
ojos vidriosos vueltos hacia arriba, mostrando sólo el blanco; la mandíbula colgaba suelta como en
una mueca trágica, y del cuello cortado caían gruesas gotas de sangre.
Livia retrocedió lanzando un gemido. Conan había cumplido su promesa y ahora venía a reclamar
su pago sosteniendo en la mano la prueba indicando que lo había realizado. Dentro de poco él la
tocaría con sus dedos manchados de sangre y la besaría con aquella boca que aún jadeaba por el
esfuerzo de la matanza. Este pensamiento provocó el delirio en ella.
La joven lanzó un grito de espanto, corrió por la choza y se arrojó contra la puerta posterior, que
se desplomó bajo el impacto del golpe. Una vez fuera, Livia huyó a través de la aldea como un
blanco fantasma en un reino de sombras negras y de llamas rojas.
Algún oscuro instinto la llevó hasta las caballerizas. Un guerrero, que en aquel momento
derribaba la valla, lanzó un grito de asombro cuando vio pasar corriendo a su lado a Livia. Su mano
aferró el cuello de la túnica de la joven. Con un tirón frenético, ésta consiguió liberarse, dejando la
prenda en las manos del negro. Los caballos relincharon e iniciaron una rápida estampida; pasaron al
lado de ella y arrollaron al desprevenido guerrero. Los animales estaban aterrados por el fuego y por
el intenso olor a sangre que había en el lugar.
La muchacha se aferró ciegamente a las crines de un caballo que pasaba; fue levantada en vilo y
volvió a caer de pie; luego dio un salto y, con gran esfuerzo, consiguió montar sobre el lomo del
negro corcel. Presas de pánico, los animales del tropel cruzaron las llamas y levantaron una lluvia de
chispas con los cascos. Las gentes de color vieron asombrados a la muchacha desnuda que cabalgaba
a pelo sobre el caballo, con su melena dorada ondeando al viento. El caballo cruzó la empalizada
con un salto impresionante y se perdió en el aire cálido de la noche.
Livia no hizo intento alguno de guiar a su caballo. Los gritos y el resplandor del fuego se
desvanecían a sus espaldas; el viento agitaba sus cabellos y acariciaba sus miembros desnudos. Sólo
era consciente de su desesperada necesidad de seguir aferrada a las ondulantes crines del animal y de
huir..., huir hasta los confines del mundo, lejos del dolor, de la pena y del horror.
El animal cabalgó sin descanso durante horas, hasta que tropezó con una piedra y se desplomó,
arrojando a su jinete al suelo.
La muchacha notó que caía sobre el suave césped, donde permaneció unos instantes aturdida.
Luego oyó que el animal se alejaba trotando. Cuando Livia se incorporó, tambaleándose, lo primero
que le impresionó fue el silencio que reinaba en aquel lugar. Era algo casi tangible, como un suave y
oscuro terciopelo, que resaltaba aún más después del incesante redoblar de los tambores y del
resonar de los cuernos que la enloquecieron durante días. La joven miró al cielo, donde las grandes
estrellas blancas se apiñaban en la oscuridad del firmamento. No había luna, pero el fulgor de las
estrellas iluminaba tenuemente la tierra. Livia siguió inmóvil en la colina cubierta de césped sobre la
que había caído y desde la cual las laderas se alejaban hacia el horizonte. Alcanzó a ver una línea
oscura de árboles que señalaban el lugar en el que comenzaba la selva. Allí donde estaba sólo
reinaba la quietud total en la inmensidad de la noche y una suave brisa mecía la hierba. La tierra era
vasta y parecía adormecida. La caricia del viento hizo que Livia notara su desnudez. Se estremeció y
se cubrió el cuerpo con las manos. Se sentía abrumada por la soledad y el silencio. Estaba
completamente sola en lo más alto de la tierra y nada se ofrecía a su vista, salvo la noche y el viento.
De pronto se sintió contenta por aquella soledad. Allí no había nadie que la amenazara ni la
aferrara con manos rudas y violentas. Miró hacia adelante y vio que la falda de la colina descendía
hacia un amplio valle en el que los árboles se cimbreaban y el tenue fulgor de las estrellas se
reflejaba sobre lo que parecían ser flores esparcidas por el fondo del valle. Esto le trajo a la memoria
un relato de los negros, que hablaban con temor de cierta vaguada en la que habitaba una extraña
raza de mujeres jóvenes de piel bronceada que llevaban viviendo en aquel lugar desde antes que
llegaran los antepasados de los bakalahs. Allí ¾decían ellos¾ las mujeres fueron transformadas en
flores blancas por los antiguos dioses, a fin que pudieran escapar de sus perseguidores. Ningún
nativo osaba aventurarse en aquel valle.
Pero Livia se dirigió hacia allí. Descendió por la pendiente cubierta de césped, que era como una
alfombra de terciopelo a sus pies. Deseaba vivir entre aquellas flores blancas; allí ningún hombre se
atrevería a poner sus rudas manos encima de ella. Conan había dicho que los pactos estaban hechos
para ser rotos. Ella rompería su pacto con el cimmerio y se internaría en el valle de las mujeres
perdidas..., para perderse en medio de la soledad y de la quietud. La muchacha seguía descendiendo
por la suave pendiente mientras estos pensamientos oníricos e inconexos afloraban a su mente, hasta
que llegó al valle.
Pero la inclinación de la ladera era tan imperceptible que cuando Livia estuvo en el fondo de la
hondonada no tuvo la sensación de estar rodeada de abruptas paredes rocosas. A su alrededor
flotaban mares de sombras y sólo destacaban las grandes flores blancas, que se agitaban y susurraban
como saludándola. La joven vagó sin rumbo fijo, apartando las matas con sus delicadas manos y
escuchando el susurrar del viento entre las hojas y el borboteo de un pequeño arroyo que no
alcanzaba a ver. Siguió avanzando como en un sueño, como si estuviera dominada por un hechizo
irreal. Un pensamiento volvía una y otra vez a su mente: allí estaría a salvo de la brutalidad de los
hombres. Entonces lloró, pero sus lágrimas eran de alegría. Después se tendió sobre el césped y se
apretó contra la suave hierba como si quisiera retener para siempre en su seno el recién hallado
refugio.
Hizo una corona de pétalos blancos con las flores, que colocó sobre sus dorados cabellos. El
perfume de las flores estaba a tono con todo lo que había en aquel valle: era maravilloso, sutil,
cautivante. Luego continuó su marcha y llegó finalmente a un claro situado en el centro de la
hondonada. Allí vio una enorme piedra que parecía tallada por manos humanas y que estaba
adornada con helechos y con guirnaldas de flores. Se quedó mirando en esa dirección, y de pronto
sintió que algo se movía cerca de allí.
Se volvió y divisó unas siluetas que salían sigilosamente de las densas sombras. Eran unas
esbeltas mujeres de piel cobriza, estaban desnudas y llevaban flores en el pelo. Se acercaron a ella
sin hablar, como personajes de un sueño. Pero de pronto el terror se apoderó de la muchacha cuando
miró a las mujeres a los ojos. Eran ojos luminosos y radiantes, pero no eran humanos. Las formas
eran humanas, pero en aquellas almas se había producido un cambio que se reflejaba en sus ojos
resplandecientes. El temor hizo presa en Livia. La serpiente alzaba su espantosa cabeza en el recién
hallado paraíso.
Pero ya no podía huir. Las esbeltas mujeres de piel bronceada la rodeaban. Una, más hermosa que
las demás, se acercó en silencio a la temblorosa muchacha y la envolvió con sus delicados brazos
cobrizos. Su aliento tenía el mismo aroma que las flores blancas que se agitaban bajo la brisa
nocturna. Sus labios oprimieron los de Livia en un beso largo y terrible. La muchacha blanca de Ofir
sintió que un frío extraño le helaba la sangre. Sus miembros se volvieron frágiles y quebradizos.
Permaneció en los brazos de su captora como una estatua de mármol, incapaz de hablar y de
moverse.
Luego, unas manos suaves y ágiles la alzaron y la colocaron encima del altar, sobre un perfumado
lecho de flores. Las cobrizas mujeres se tomaron de la mano y bailaron una extraña danza, alrededor
del altar. Ni el sol ni la luna habían visto jamás una danza semejante, y las estrellas se volvieron más blancas y más luminosas, como si aquella oscura hechicería tuviese su respuesta en las
profundidades del cosmos.
Luego entonaron un cántico que era menos humano que el rumor del lejano arroyo. Era un
murmullo de voces muy semejante al de las flores que se mecían bajo las estrellas. Livia estaba
consciente, pero era incapaz de moverse. No se le ocurrió dudar de su cordura. No intentó razonar ni
pretendió analizar nada de lo que ocurría. Ella existía, al igual que existían aquellas extrañas
criaturas que bailaban a su alrededor. Tenía pleno conocimiento de su ser, y esta convicción se
apoderaba de ella mientras yacía impotente mirando hacia el cielo lleno de estrellas. Sabía de alguna
manera que algo le iba a suceder, del mismo modo que les había ocurrido hacía mucho tiempo a las
desnudas mujeres bronceadas que se hallaban a su alrededor y que las había convertido en los sersin alma que eran ahora.
Primero, y muy por encima de ella, Livia vio un punto negro entre las estrellas, un punto que se
agrandaba y se expandía; luego se acercó a ella y se extendió hasta semejar un murciélago, y siguió
creciendo, a pesar de lo cual su forma no cambió apreciablemente. La sombra negra se cernía sobre ella y después se abatió vertiginosamente en dirección a la tierra; unas alas enormes se extendieron
por encima de la muchacha, que quedó oculta bajo su sombra. El cántico creció en intensidad y se
apreciaba en él una suave alegría pagana, una bienvenida al dios que llegaba para recibir el sacrificio
que se le ofrecía, la ofrenda blanca y sonrosada como una flor humedecida por el rocío del alba.
Ahora el extraño ser se encontraba directamente encima de Livia, y el corazón de la muchacha se encogió helado por lo que vio. Las alas eran de murciélago, pero su cuerpo y el rostro que la
contemplaba no se parecían a nada de lo que existe en el mar, en la tierra o en el aire. La joven sabía
que estaba frente al horror más absoluto, frente a una cosa negra y asquerosa nacida en los hondos abismos del cosmos, más inconcebible que el más espantoso de los sueños de un loco.
Rompiendo al fin las ligaduras invisibles que mantenían embotada su voluntad, Livia lanzó un
grito de horror. Éste fue contestado por otro más profundo y amenazador. Oyó cerca de ella el ruido
de pasos precipitados y sintió como una especie de torbellino que giraba rápidamente. Las flores
blancas se sacudieron violentamente, las mujeres cobrizas desaparecieron. Por encima de ella se
cernía la enorme sombra negra, pero vio una alta silueta blanca tocada con ondulantes plumas que avanzaba rápidamente hacia el altar.
¡Conan! gritó casi involuntariamente.
Al tiempo que lanzaba un belicoso grito salvaje, el bárbaro saltó por los aires, empuñando su
espada, que centelleó a la luz de las estrellas.
Las enormes alas negras se alzaron y se abatieron sobre él. Livia, enmudecida de horror, vio al
cimmerio envuelto por la negra sombra. La respiración del hombre se hizo jadeante y sus pies
golpearon la tierra, aplastando las blancas flores contra el suelo. En el silencio de la noche se oyó el eco del impacto estremecedor. Conan fue zarandeado como un ratón en la boca de un animal salvaje.
Su sangre salpicó el césped y manchó de rojo los pétalos que formaban una alfombra blanca sobre la tierra.
Y entonces la muchacha, que observaba la lucha infernal como en una pesadilla, vio que la cosa
de alas negras se tambaleaba en el aire. Se oyó un forcejeo supremo y un chasquido de alas
mutiladas, y el monstruo, libre ya, se remontó hacia el firmamento y desapareció entre las estrellas.
El vencedor quedó aturdido, con la espada aferrada fuertemente en sus manos y las piernas mu
abiertas, asombrado de la victoria que acababa de conseguir, pero alerta y dispuesto a continuar la atroz batalla, si fuera necesario.
Un segundo después, Conan se acercó al altar jadeando, mientras caían al suelo gruesas gotas de
sangre a cada paso que daba. Su amplio pecho se ensanchaba y se contraía, brillante por el sudor que
lo bañaba. La sangre le chorreaba del cuello y de los hombros, empañándole los brazos. Cuando el
cimmerio tocó a la muchacha, el hechizo que la inmovilizaba desapareció repentinamente. Livia se incorporó y descendió del altar, pero retrocedió ante el contacto de la mano de Conan. Él se inclinó hacia la joven, que se hallaba encogida a sus pies, y le dijo:
Mis hombres me contaron que te vieron salir a caballo de la aldea. Te seguí en cuanto pude
hasta que hallé tu rastro, si bien no fue fácil a la luz de la antorcha. Vi el lugar en el que el caballo te
arrojó al suelo, y aunque no vi tus huellas allí, estaba seguro que habías descendido al valle. Mis
hombres no quisieron acompañarme, por lo que he tenido que venir solo. Pero dime, ¿qué valle es
éste? ¿Qué era esa cosa?
Es un dios susurró ella. Los negros me habían hablado de él. Es un dios que llegó de muy
lejos, hace muchísimo tiempo.
Es un demonio del Negro Espacio Exterior dijo Conan lanzando un gruñido. Bah, no es
nada raro. Abundan como moscas más allá del cinturón de luz que rodea al mundo. He oído a los
sabios de Zamora hablar de ellos. Algunos logran llegar a la Tierra, pero cuando lo hacen, han de
adoptar alguna forma terrenal. Un hombre como yo, con una espada como la mía, puede enfrentarse
a cualquier tipo de engendro con garras y colmillos, sea infernal o terrenal. Ven, mis hombres me
esperan del otro lado de la colina.
Livia se acurrucó, inmóvil y en silencio. No sabía qué decirle al hombre que la miraba con el ceño
fruncido. Finalmente la muchacha dijo:
He huido de ti. Pensaba engañarte; no tenía intenciones de cumplir mi promesa. Puedes
castigarme, si quieres.
El cimmerio se sacudió el sudor y la sangre que le cubrían el rostro, envainó la espada y dijo:
Levántate. Reconozco que mi trato no era limpio. No siento ningún remordimiento por lo que
le hice a aquel perro negro de Bajujh, pero tú no eres una muchacha que se pueda comprar o vender.
Las costumbres de los hombres varían de un lugar a otro, pero no hay que comportarse como un
cerdo. Después de haber recapacitado, comprendí que obligarte a cumplir tu promesa sería lo mismo
que forzarte. Además, no eres lo suficientemente fuerte como para vivir en estas tierras. Eres una
mujer de ciudad, de libros y de costumbres civilizadas; no es culpa tuya, pero seguramente morirías
en seguida en este ambiente. Y de nada me serviría una muchacha muerta. Ven, te llevaré hasta la
frontera de Estigia. Desde allí podrás regresar a tu hogar, en Ofir.
¿Mi hogar? ¿Ofir? ¿Mi gente? repitió la joven mecánicamente. Ciudades, torres, mi
hogar...
Súbitamente las lágrimas inundaron sus ojos y, cayendo de rodillas, Livia se abrazó a las piernas
del cimmerio llorando desconsoladamente.
Por Crom, muchacha dijo él turbado. No hagas eso. ¿Crees que te estoy haciendo un favor
al llevarte fuera de este país? Pues no; ¿no te he explicado ya que no eres la mujer adecuada para el
jefe guerrero de los bamulas...?


F I N

AVENTURAS DE MAGIA Y ESPADA -- CONAN, EL BARBARO

 

AVENTURAS DE MAGIA Y ESPADA
CONAN, EL BARBARO
_
EMPIEZO, Y SI PUEDO, CONTINUARE CON LA SAGA DE "CONAN, EL BARBARO"; UNA DE LAS SERIES DE AVENTURAS FANTASIA Y ESPADAS MAS FAMOSAS QUE HA EXISTIDO.
ROBERT, EL ESCRITOR,CONTEMPORANEO Y AMIGO DE LOVECRAFT, Y DE Clark Ashton Smith, LOS TRES ESCRITORES DE LO FANTASTICOS, Y AMIGOS, INTERCAMBIABAN IDEAS, SIENDO EN AQUEL TIEMPO EL MAS FAMOSO ROBERT HOWARD, PERO NO EL MAS ESTABLE, YA QUE SE SUICIDO CON 30 AÑOS, AL SABER DE LA ENFERMEDAD DE SU MADRE; PERO LA HISTORIA QUE NOS INTERESA, ES LA DE UN REY QUE FUE PIRATA, UN LUCHADOR LADRON, UN AMANTE ASESINO, Y UNA PERSONA, QUE LA MAYOR PARTE DE NOSOTROS, LO HEMOS VISTO LUCHAR CONTRA MEDIO MUNDO HABITABLE EN SU EPOCA; " LA EPOCA DE CONAN, EL CIMERIANO"
ESPERO QUE DISFRUTEIS CON SUS AVENTURAS COMO YO LO HAGO; ADEMAS,HAY TRES ESTRAÑOS "DOCUMENTOS", QUE MAS PARECEN UN DIARIO DE UN BLOG, QUE UN LIBRO EN SI, ENCONTRADO ENTRE LBROS DIGITALES PARANORMALES,OTRO DE UFOLOGIA, DEL TRIANGULO DE LAS BERMUDAZ, Y UN PAR DE RELATOS DE SCIFI; Y UN PEQUEÑO RELATO, QUE LA VERDAD, NO DEJA DIFERENTE SI LO COMPRENDES, TANTO SE PUEDE CONTAR EN UNAS LINEAS...; UN CUENTO/RELATO, DE HUGO MUJICA: "UNA PEQUEÑA HISTORIA PIADOSA".

EN TOTAL, TENEIS UNA BUENA LITERATURA OSCURA,DE TERROR,MAGIA Y AVENTURAS, INDIFERENCIA, E INCONFORMISMO, TODO CON UN POCO DE CUENTOS MACABROS Y OCULTISTAS, Y LO QUE ME HABIA CAYADO, LOS TRES DOCUMENTOS, TIENEN UN TONO SATANICO; TOTAL, PARA TODOS LOS GUSTOS.


___
Robert E. Howard y Conan -- Biografia e Historia
http://darkbiografhy.blogspot.com/2008/07/robert-e-howard-y-conan-biografia-e.html

CONAN - ROBERT E.HOWARD
La cosa de la cripta
La Torre del Elefante
El Aposento de los Muertos
El dios del cuenco
Villanos en la casa
La Mano de Nergal
La ciudad de las calaveras
http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/2008/07/conan-robert-e-howard.html

EL VALLE DE LAS MUJERES PERDIDAS -- ROBERT E. HOWARD -- (CONAN)
http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/2008/07/el-valle-de-las-mujeres-perdidas-robert.html

EL TEMPLO DE LA ABOMINACION -- ROBERT E. HOWARD -- (CORMAC)
http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/2008/07/el-templo-de-la-abominacion-robert-e.html

UNA PEQUEÑA HISTORIA PIADOSA -- Hugo Mujica
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/una-pequea-historia-piadosa-hugo-mujica.html

2ª parte -- Narraciones Ocultistas y Cuentos Macabros -- H. P. BLAVATSKY
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/2-parte-narraciones-ocultistas-y.html

Narraciones Ocultistas y Cuentos Macabros -- H. P. BLAVATSKY
*** *** EN EDICION *** ***


EL LIBRO NEGRO DE BLACKFER I
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/el-libro-negro-de-blackfer-i.html

EL LIBRO NEGRO DE BLACKFER II
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/el-libro-negro-de-blackfer-ii.html

EL LIBRO NEGRO DE BLACKFER III
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/el-libro-negro-de-blackfer-iii.html

EL CASO DE LOS VIEJITOS VOLADORES -- ADOLFO CASARES
http://busquedaspeticiones.blogspot.com/2008/06/el-caso-de-los-viejitos-voladores.html

EL VAMPIRO DE SUSSEX -- ARTHUR CONAN DOYLE
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/07/el-vampiro-de-sussex-arthur-conan-doyle.html

EL TRIANGULO DE LAS BERMUDAS -- CHARLES BERLITZ
http://enloslimites.blogspot.com/2008/07/el-triangulo-de-las-bermudas-charles.html

2ªparte -- EL TRIANGULO DE LAS BERMUDAS -- CHARLES BERLITZ
http://enloslimites.blogspot.com/2008/07/2parte-el-triangulo-de-las-bermudas.html

POEMAS -- ** POE ** -- 2 POEMAS

POEMAS -- ** POE ** -- 2 POEMAS


Edgar Allan Poe
Annabel Lee
***

___
Hace muchos, muchos años, en un reino junto al mar,
Habitaba una doncella cuyo nombre os he de dar,
Y el nombre que daros puedo es el de Annabel Lee,
quien vivía para amarme y ser amada por mí.
Yo era un niño y era ella una niña junto al mar,
En el reino prodigioso que os acabo de evocar.
Más nuestro amor fue tan grande cual jamás yo
presentí,
Más que el amor compartimos con mi bella Annabel
Lee,
Y los nobles de su estirpe de abolengo señorial
Los ángeles en el cielo envidiaban tal amor,
Los alados serafines nos miraban con rencor.
Aquel fue el solo motivo, ¡hace tanto tiempo ya!,
por el cual, de los confines del océano y más allá,
Un gélido viento vino de una nube y yo sentí
Congelarse entre mis brazos a mi bella Annabel Lee.
La llevaron de mi lado en solemne funeral.
A encerrarla la llevaron por la orilla de la mar
A un sepulcro en ese reino que se alza junto al mar,
Los arcángeles que no eran tan felices cual los dos,
Con envidia nos miraban desde el reino que es de
Dios.
Ese fue el solo motivo, bien lo podéis preguntar,
Pues lo saben los hidalgos de aquel reino junto al mar,
Por el cual un viento vino de una nube carmesí
Congelando una noche a mi bella Annabel Lee.
Nuestro amor era tan grande y aún más firme en su
candor
Que aquel de nuestros mayores, más sabios en el
amor.
Ni los ángeles que moran en su cielo tutelar,
Ni los demonios que habitan negros abismos del mar
Podrán apartarme nunca del alma que mora en mí,
Espíritu luminoso de mi
hermosa Annabel Lee.
Pues los astros no se elevan sin traerme la mirada
Celestial que, yo adivino, son los ojos de mi amada.
Y la luna vaporosa jamás brilla baladí
Pues su fulgor es ensueño de mi bella Annabel Lee.
Yazgo al lado de mi amada, mi novia bien amada,
Mientras retumba en la playa la nocturna marejada,
Yazgo en su tumba labrada cerca del mar rumoroso,
En su sepulcro a la orilla del océano proceloso.
***
_ _ _
Edgar Allan Poe
Un Sueño en un Sueño


_ _ _
¡Recibe en la frente este beso!
Y, por librarme de un peso
antes de partir, confieso
que acertaste si creías
que han sido un sueño mis días;
¿Pero es acaso menos grave
que la esperanza se acabe
de noche o a pleno sol,
con o sin una visión?
Hasta nuestro último empeño
es sólo un sueño en un sueno.
Me encuentro en la costa fria
Que agita la mar bravia,
Oprimiendo entre mis manos,
Como arenas, oro en granos.
¡Que pocos son! Y alli mismo,
De mis dedos al abismo
Se desliza mi tesoro
Mientras lloro, ¡mientras lloro!
¿Evitare ¡ oh Dios ! su suerte
oprimiendolos mas fuertes?
¿ Del vacio despiadado
Ni uno solo habre salvado ?
¿ Cuanto hay de grande o pequeño
Solo es un sueño en un sueño ?

VAMPIROS DE FANS , PARA FANS , VIA LINKMESH ... Y MUCHO MAS

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*Vampira Y Victima*Vampire Panic*Vampiro Blade 2*Vampiro Muy Sigiloso
*Vampiro Punk*Vampiros De Gala*Vampiros Rebeldes*Ventrue*Vnos*Vampiro Luna Llena
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TIPOS DE IMAGENES
VARIOS TEMAS
RECOPILADOS

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agracedimientos a : Galeria de Imagenes

H. P. LOVECRAFT -- POLARIS

 H. P. LOVECRAFT -- POLARIS

Polaris
H.P Lovecraft

_
El resplandor de la Estrella Polar penetra por la ventana norte de mi cámara. Allí brilla durante todas
las horas espantosas de negrura. Y durante el otoño, cuando los vientos del norte gimen y maldicen, y
los árboles del pantano, con las hojas rojizas, susurran cosas en las primeras horas de la madrugada
bajo la luna menguante y cornuda, me siento junto a la ventana y contemplo esa estrella. En lo alto
tiembla reluciente Casiopea, hora tras hora, mientras la Osa Mayor se eleva pesadamente por detrás
de esos árboles empapados de vapor que el viento de la noche balancea. Antes de romper el d ía,
Arcturus parpadea rojozo por encima del cementerio de la loma, y la Cabellera de Berenice
resplandece espectral allá, en el oriente misterioso; pero la Estrella Polar sigue mirando con recelo,
fija en el mismo punto de la negra bóveda, parpadeando espantosamente como un ojo insensato y
vigilante que pugna por transmitir algun extraño mensaje, aunque no recuerda nada, salvo que un día
tuvo un mensaje que transmitir. Sin embargo, cuando el cielo se nubla, consigo conciliar el sueño.
Nunca olvidaré la noche de la gran aurora, cuando jugaban sobre el pantano los horribles centelleos
de la luz demoníaca. Después de los destellos llegaron las nubes, y luego el sueño.
Y bajo una luna menguante y cornuda, vi la ciudad por primera vez. Se asentaba, callada y
soñolienta, sobre una meseta que se alzaba en una depresión entre extraños picos. Sus murallas
eran de horrible mármol, al igual que sus torres, columnas, cúpulas y pavimentos. En las calles había
columnas de mármol en cuya parte superior se alzaban esculpidas imágenes de hombres graves y
barbados. El aire era cálido y manso. Y en lo alto, apenas a diez grados del cénit, brillaba vigilante
esa Estrella Polar. Mucho tiempo estuve contemplando la ciudad sin que llegara el d ía. Cuando el rojo
Aldebarán, que parpadea a baja altura sin ponerse, llevaba ya hecho un cuarto de su camino por el
horizonte, vi luz y movimiento en las casas y las calles. Formas extrañamente vestidas, a un tiempo
nobles y familiares, dembulaban bajo la luna menguante y cornuda; los hombres hablaban
sabiamente en una lengua que yo entendía, si bien era distinta de la que conocía. Y cuando el rojo
Aldebarán hubo recorrido más de la mitad de su trayecto, volvió el silencio y la oscuridad.
Al despertar ya no fui el de antes. Había quedado grabada en mi memoria la visión de la ciudad, y en
mi alma había despertado un recuerdo brumoso, de cuya naturaleza no estaba entonces seguro.
Después, en las noches de cielo nublado en que podía dormir, vi con frecuencia la ciudad; unas veces
bajo los rayos calidos y dorados de un sol que nunca se pon ía y giraba alrededor del horizonte. Y en
las noches claras, la Estrella Polar miraba de soslayo como no lo hab ía hecho nunca.
Gradualmente, empecé a preguntarme cuál podía ser mi sitio en aquella ciudad de la extraña meseta
entre extraños picos. Contento al principio de contemplar el paisaje como una presencia incorpórea
que todo lo obsevaba, deseé luego definir mi relación con ella, y hablar con los hombres graves que a
diario discutían en las plazas. Me dije a mí mismo: "Esto no es un sueño; pues, ¿por qué medio
puedo probar que es más real esa otra vida de las casas de piedra y ladrillo, al sur del siniestro
pantano y del cementerio de la loma, donde cada noche la Estrella Polar atisba furtiva por mi
ventana?".
Una noche, mientras escuchaba el discurso en la gran plaza de numerosas estatuas, experimenté un
cambio, y noté que al fin tenia forma corporal. Pero no era un extraño en las calles de Olathoe, la
ciudad de la meseta de Sarkia, situada entre los picos Noton y Kadiphonek. Era mi amigo Alos quien
hablaba, y su discurso era grato a mi alma, ya que era el discurso del hombre sincero y del patriota.
Esa noche tuve noticia de la caída de Daikos y del avance de los inutos, demonios achaparrados,
amarillos y horribles que cinco años antes habían surgido del desconocido occidente para asolar los
confines de nuestro reino y sitiar muchas de nuestras ciudades. Una vez tomadas las plazas
fortificadas al pie de las montañas, su camino quedaba ahora expedito hacia la meseta, a menos que
cada ciudadano resistiese con la fuerza de diez hombres. Pues las rechonchas criaturas eran
poderosas en las artes de la guerra, y no conocían aquellos escrúpulos de honor que impedían a
nuestros hombres altos y de ojos grises, habitantes de Lomar, emprender una conquista despiadada.
Mi amigo Alos mandaba todas las fuerzas de la meseta, y en él se cifraba la última esperanza de
nuestro país. En este momento, hablaba de los peligros que había que afrontar, y exhortaba a los
hombres de Olathoe, los más bravos de los lomarianos, a perpetuar la tradición de sus antepasados,
quienes al verse obligados a abandonar Zobna y desplazarse hacia el sur ante el avance de los hielos
(incluso nuestros descendientes tendrán que dejar un d ía las tierras de Lomar), barrieron gallarda y
victoriosamente a los gnophkehs, caníbales belludos y de largos brazos que se oponían a su paso.
Alos me había rechazado como guerrero, ya que era débil y propenso a extraños desmayos cuando
me sometía a la fatiga y al esfuerzo. Pero mis ojos eran los más agudos de la ciudad, a pesar de las
largas horas que yo dedicaba cada día al estudio de los manuscritos Pnakóticos y del saber de los
Padres Zbanarianos; de modo que mi amigo, no queriendo condenarme a la inacción, me concedió el
penúltimo deber en importancia: me envió a la atalaya de Thapnen para hacer allá de ojos de nuestro
ejercito. En caso de que los inutos intentasen conquistar la ciudadela por el estrecho paso que hay
detrás del pico de Noth, y sorprender por allí a la guarnición, yo debía encender la señal de fuego que
advertía a los soldados que aguardaban, y salvar la ciudad de su inmediata destrucción.
Subí solo a la torre, ya que los hombres fuertes eran todos necesarios abajo en los desfiladeros.
Tenía el cerebro dolorosamente embotado por la excitación y el cansancio, ya que no había dormido
desde hacía muchos días; pero mi resolución era firme, pues amaba mi tierra natal de Lomar, y la
marmórea ciudad de Olathoe, situada entre los picos Noton y Kadiphonek.
Pero cuando estaba en la camara más alta de la torre, percibí la luna roja, siniestra, menguante,
cornuda, temblando entre los vapores que flotaban sobre el lejano valle de Banof. Y a través de su
abertura del techo brilló la pálida Estrella Polar, parpadeando como si estuviera viva, y mirando furtiva
como un demonio de tentación. Creo que su espíritu me susurró consejos malvados, sumiéndome en
traidora somnolencia con una rítmica y condenable promesa que repetía una y otra vez:
"Duerme, vigía, hasta que las esferas
Giren veintiséis mil años
Y yo regrese
Al lugar donde ahora ardo.
Después, otros astros surgirán
En el eje de los cielos
Atros que sosieguen, astros que bendigan
Sólo cuando mi órbita concluya
Turbará el pasado tu puerta".
En vano traté de vencer mi somnolencia, intentando relacionar estas extrañas palabras con alguno de
los saberes celestes que yo había aprendido en los manuscritos Pnakóticos. Mi cabeza, pesada y
vacilante, se dobló sobre mi pecho; y cuando volví a mirar, fue en un sueño, y la Estrella Polar sonreía
burlonamente a través de una ventana, por encima de los horribles y agitados árboles de un pantano
soñado. Y aún continúo soñando.
En mi vergüenza y desesperación, grito a veces frenéticamente, suplicando a las criaturas soñadas
de mi alrededor que me despierten, no vaya a ser que los inutos suban furtivamente por detras del
pico de Noton y tomen la ciudadela por sorpresa; pero estas criaturas son demonios: se ríen de mí y
me dicen que no sueño. Se burlan mientras duermo; entretanto, puede que los enemigos
achaparrados y amarillos se estén acercando a nosotros con sigilo. He faltado a mi deber y he
traicionado a la marmórea ciudad de Olathoe. He sido desleal a Alos, mi amigo y capitán. Sin
embargo, estas sombras de mis sueños se burlan de mí. Dicen que no existe ninguna tierra de Lomar,
salvo en mis nocturnos desvaríos; que en esas regiones donde la Estrella Polar brilla en lo alto, y
donde el rojo Aldebarán se arrastra lentamente por el horizonte, no ha habido otra cosa que hielo y
nieve durante milenios, ni otros hombres que esas criaturas rechonchas y amarillas, marchitas por el
frío, que se llaman "esquimales".
Y mientras escribo en mi culpable agonía, frenético por salvar a la ciudad cuyo peligro aumenta a
cada instante, y lucho en vano por liberarme de esta pesadilla en la que parece que estoy en una
casa de piedra y de ladrillos, al sur de un siniestro pantano y un cementerio en lo alto de una loma, la
Estrella Polar, perversa y monstruosa, mora desde la negra bóveda y parpadea horriblemente como
un ojo insensato que pugna por transmitir algún mensaje; aunque no recuerda nada, salvo que un día
tuvo un mensaje que transmitir.

 

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EL EXTRAÑO --- H. P. LOVECRAFT

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ESTA DIRECCION DE ARRIBA, ES UN FORO OSCURO, QUE ESTAMOS INTENTANDO ABRIR, ESTA ABIERTO, LA GENTE ENTRA, PERO... NO DICE NADA, ESTAN CORTAICOS, DIGO YO, O ABRA QUE MOTIVARLOS DE ALGUNA MANERA, ESTAIS TODOS INVITADOS, TODOS TENEMOS UN SITIO EN EL PISITO, Y SI ALGUIEN SUPIERA ALGO DE  CONFIGURACION DE FOROS, BUENO, NO LE DOY UN BESO, PORQUE SOY UN TIO, BUENO, SI FUERA UNA LADY..., QUE ESTAIS INVITADOS, HABER QUE PASA...

ATENTAMENTE                                   SNAKE

 

 

EL EXTRAÑO --- H. P. LOVECRAFT <--------enlace

H. P. Lovecraft
El extraño



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Infeliz es aquél a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquél que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro. No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio. Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día. A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba. De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos. Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna. Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas.
Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas. Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos. Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados. Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.

 

 

EL LIBRO NEGRO DE ALSOPHOCUS -- H. P. LOVECRAFT Y MARTIN S. WARNES

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EL LIBRO NEGRO DE ALSOPHOCUS -- H. P. LOVECRAFT Y MARTIN S. WARNES

El Libro Negro De Alsophocus
H.P. Lovecraft -- Martín S. Warnes


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Mis recuerdos son muy confusos, Apenas si sé cuando empezó todo; es como si, en determinados momentos, contemplase visiones de los años transcurridos a mi alrededor, mientras que, otras veces, parece que el presente se difumina en un punto aislado dentro de una palidez informe e infinita. Ni tan siquiera sé a ciencia cierta cómo expresar lo sucedido. Mientras hablo, tengo la vaga sensación de que necesitaré sostener lo que voy a decir con ciertas pruebas extrañas y, posiblemente, terribles. Mi propia identidad parece escabullirse. Es como si hubiese sufrido un fuerte golpe; producido, quizá, por el advenimiento de algún proceso monstruoso que tuvo lugar en los hechos que me acontecieron.
Estos ciclos de experiencia tienen sus inicios en aquel libro carcomido. Recuerdo el lugar donde lo encontré; apenas si estaba iluminado, escondido al lado del río cubierto de brumas por donde fluyen unas aguas negras y aceitosas. El edificio era muy viejo, las enormes estanterías atesoraban cientos de libros decrépitos que se acumulaban sin fin en habitaciones y corredores sin ventanas. Había, además, masas informes de volúmenes amontonados descuidadamente por el suelo; y fue en uno de estos montones donde encontré el tomo. Al principio no sabía cómo se titulaba ya que le faltaban las primeras páginas; pero lo abrí por el final y ví algo que enseguida llamó mi atención.
Se trataba de una especie de fórmula -una pequeña lista de cosas que hacer y decir - que sonaban como algo oscuro y prohibido; pero seguí leyendo y descubrí ciertos párrafos en los que se mezclaban la fascinación y la repulsión, ocultos en las amarillentas páginas, antiguas y extrañas, poseedoras de los secretos del universo que yo ansiaba conocer. Era una ¡ave -una guía - a ciertas puertas y entradas que los magos y,¡ habían soñado y musitado cuando el hombre era joven, y que conducían a lugares más allá de las tres dimensiones conocidas, a regiones de extrañas vidas y materias. Durante años los hombres no habían sabido reconocer su esencia vital, ni sabían dónde encontrarla, pero el libro era realmente antiguo, No estaba impreso; había sido escrito por la mano de algún monje loco que había comunicado a aquellas palabras latinas ciertos conocimientos prohibidos de horripilante antigüedad.
Recuerdo que el viejo vendedor temblaba asustado, e hizo un curioso gesto con sus manos cuando me lo llevé. Se negó a aceptar dinero por el libro, pero hasta mucho después no descubrí el porqué. Mientras me escurría por los estrechos callejones portuarios, laberintos cubiertos de bruma, tenía la vaga sensación de ser seguido por unos pies invisibles que se arrastraban tras de mí. Las casas decrépitas y antiguas que se erguían a mi alrededor parecían animadas de una vida malsana, como si una ráfaga de maligno entendimiento las hubiese animado. Sentía como si aquellas abombadas paredes y buhardillas, hechas de ladrillo y cubiertas de musgo -con redondas ventanas que parecían espiarme-, tratasen de cerrarme el paso y aplastarme... aunque sólo había leído una pequeña porción de los oscuros secretos que contenía el libro, antes de cerrarlo y salir con él bajo el brazo.
Recuerdo con qué ansiedad leí el libro, pálido, encerrado en la habitación del ático que me servía de refugio en mis extraños descubrimientos. La enorme casona permanecía caldeada, pues había salido pasada la medianoche. Creo que vivía con algún familiar -aunque los detalles son inciertos- y sé que tenía muchos sirvientes. No sé exactamente qué año era; desde entonces he conocido muchas edades y dimensiones, y mi noción del tiempo ha terminado por desvanecerse. Estuve leyendo a la luz de las velas - recuerdo el incesante gotear de la cera derretida-, y mientras me llegaba el sonido de lejanas campanas que tañían de cuando en cuando. Prestaba una atención especial al sonido de aquellas campanas, como si temiera escuchar algo muy lejano, un son extraño y especial.
Y entonces se produjo una especie de golpear y arañar en la ventana abuhardillada que se abría sobre un laberinto de tejadillos. Sucedió nada más acabar de pronunciar en voz alta el noveno verso de un conjuro primordial, y supe, aterrorizado, cuál era su significado. Pues aquel que atraviesa el umbral siempre lleva una sombra consigo, y ya nunca vuelve a estar solo. Yo la había evocado; el libro era realmente todo lo que había sospechado. Aquella noche atravesé la puerta que conduce a un abismo de tiempo y dimensiones cruzadas, y cuando el amanecer me sorprendió en el ático descubrí en las paredes v anaqueles de la habitación aquello que nunca antes había visto.
Desde entonces el mundo no era para mí lo mismo que antes. Mezclado con el presente, siempre había un poco del pasado y un poco del futuro, y todos los objetos que alguna vez me parecieron familiares me resultaban ahora extraños bajo la nueva perspectiva que tenían mis enfebrecidos ojos. Desde aquel momento me ví envuelto en un fantástico sueño poblado de formas desconocidas y medio recordadas, y cada vez que cruzaba un nuevo umbral me costaba más reconocer los objetos de la estrecha esfera a la que tanto tiempo había pertenecido. Lo que descubrí sobre mi propio yo, nadie puede saberlo; cada vez hablaba menos y permanecía más tiempo solo, y la locura rondaba mi alrededor. Los perros me re huían, pues captaban la sombra que me acompañaba. Pero seguí leyendo, adentrándome en libros ocultos y prohibidos, en manuscritos y fórmulas que ahora ansiaba conocer, y atravesaba puertas espaciales y existencias y regiones que s(abren más allá del universo conocido.
Recuerdo bien la noche que tracé los cinco círculos concéntricos de fuego en el suelo, y canté, erguido en el círculo central, aquella monstruosa letanía que invocaba al mensajero de Tartaria. Las paredes se difuminaron mientras era arrastrado por un tenebroso viento a través de abismos fantasmagóricos y grises, en los que relucían, a infinidad de metros por debajo de mí, los picos crueles de desconocidas montañas Después hubo un momento de total oscuridad y luego la luz de millones de estrellas que dibujaban extrañas constelaciones. Por fin descubrí una verdosa llanura en la lejanía, debajo de mí, y vislumbré las empinadas torres de una ciudad cuya mampostería es totalmente ajena a la tierra. Según me iba acercando a la ciudad, distinguí un enorme edificio hecho a base de piedras en mitad de un paraje desolado, y sentí que el miedo se apoderaba de mí, atenazándome. Grité, debatiéndome aterrorizado y, después de un lapsus de oscuridad, me encontré de nuevo en mi buhardilla, tirado en el suelo sobre los cinco círculos concéntricos de fuego. El vagabundeo de aquella noche no había sido más fantástico que los de muchas, otras; pero había sentido más terror debido a la certeza de saber que me había acercado más a aquellos abismos y mundos exteriores. Desde entonces fui más cauteloso con mis conjuros, pues no quería perderme, separarme de mi cuerpo, del mundo, y vagar por abismos desconocidos de los que jamás podría volver.
De cualquier forma, y en la situación en la que me encontraba, mi capacidad para reconocer los objetos y escenas normales iba desapareciendo poco a poco según adquiría nuevos conocimientos, haciendo que mi visión de la realidad se tomase inesacta, geométrico y distorsionada. Mi sentido del oído también se vio afectado. El tañido de las distantes campanas me parecía más ominoso, terroríficamente etéreo, como si el son me Regase a través de extraños golfos y lejanas regiones, donde las almas atormentadas gritan eternamente su pena y dolor. Según pasaban los días me iba alejando más y más de lo que me rodeaba, los eones se separaban de los cánones terrestres, ocultándose entre lo innominable. El tiempo se convirtió en algo incierto, y mis recuerdos de acontecimientos y gentes que había conocido antes de adquirir el libro se desvanecieron en una neblina de irrealidad que evitaba todos mis desesperados intentos de recuperar.
Recuerdo la primera vez que escuché las voces; voces inhumanas, sibilinas, que parecían provenir de las regiones más exteriores del tenebroso espacio, donde seres amorfos se inclinan y bailan ante un ídolo fétido y monstruoso creado por el devenir infinito de los siglos. Con el advenimiento de estas voces comencé a tener unos sueños de espantosa intensidad, pesadillas mortales en las que soles negros y verdes brillaban sobre grotescos monolitos y ciudades malignas que se elevan, torre sobre torre, como queriendo escapar de sus condicionantes terrestres. Pero todos estos sueños y pesadillas no eran nada comparados con el terrorífico coloso que más tarde emergió de mi consciencia; incluso ahora me es imposible recordar aquel horror en toda su magnitud, pero cuando pienso en ello siento una sensación de vastedad, de una enormidad desconocida, y veo tentáculos que ondulan y se contraen, como si estuviesen dotados de inteligencia propia y de una maligna vileza. Y alrededor del coloso danzaban monstruosidades deformes, cuyas voces entonaban un canto salvaje y cacofónico:
«Mwlfgab pywfg)btagn Gh’tyaf nglyf lgbya. »
Estos horrores me acompañaban siempre, al igual que la sombra del más allá.
Y aun así continuaba estudiando los libros y manuscritos, y seguía atravesando las oscuras puertas que conducen a des conocidas dimensiones, donde unos seres tenebrosos me instruían en artes tan infernales que incluso la más prosaicas de las mentes sería incapaz de soportar.
Recuerdo la forma en que descubrí el título del libro; la no che estaba muy avanzada y yo hojeaba las polvorientas páginas cuando descubrí un párrafo que arrojó cierta luz sobre el origen del misterioso volumen:
"Nyarlathotep reina en Sharnoth, más allá del espacio y del tiempo; sumido en las sombras de su palacio de ébano espera su segundo advenimiento y, en compañía de sus siervos Y acólitos, celebra impíos festines en lo más profundo de la noche.
Que nadie se interponga con conjuros y encantamiento,,, que le conciernen, pues quedaría atrapado sin remedio. Que cuide el ignorante, lo dice el Libro Negro, pues terrible es en verdad la ira de Nyarlathotep."
Yo ya había encontrado referencias al Libro Negro en secretos manuscritos: este legendario tomo fue escrito hace siglos por el gran hechicero Alsophocus, que vivía en las tierras de Erongil antes de que los antiguos hombres dieran sus primeros pasos inseguros sobre la tierra.
El misterio había quedado aclarado; realmente me hallaba ante el blasfemo Libro Negro. Con este conocimiento comence a devorar verazmente todas las enseñanzas que contenía e1 volumen; aprendí fórmulas para ocultar, invocar y crear seres, y me sentía poderoso por el dominio de tales fuerzas. Descubrí nuevas entradas y puertas, los demonios de las más oscuras regiones estaban bajo mi poder; pero aún había barreras que no podía atravesar, los negros abismos del espacio que se extienden más allá de Fomalhaut, donde el horror último acecha, rodeado de sibilantes blasfemias más viejas que las estrellas. Buceé en el De Vermis Mysteriis, de Ludvig Prinn, y en Cultes des Goules, de Comte d’Erlette, en busca de más antiguos secretos, pero todos aquellos misterios primigenios eran nada comparados con las enseñanzas que contenía esotérico Libro Negro. Este volumen mostraba ciertos encantamientos de tan terrible poder que incluso el mismísimo Alhazred habría temblado ante su sola contemplación: la llamada de Boromir, los oscuros secretos del Trapezoedro resplandeciente - aquella ventana abierta al espacio y al tiempo- y la invocación de Cthulhu desde su palacio oceánico la acuática ciudad de R’Iyeh; todos aquellos secretos estaban allí guardados, esperando al valiente, o loco, que fuera lo suficientemente temerario para utilizarlos.
Me hallaba en la cima de mi poder; el tiempo se expandía o se contraía a mi voluntad, y el universo no encerraba ningún secreto que yo no conociese. Mis ataduras con los acontecimientos mundanos se quebraron a causa de mis estudios secretos, y mi poder se hizo tan grande que llegué a intentar imposible, el paso de la última y terrorífica puerta, el umbral que se abre a los oscuros secretos del más allá, donde los Primigenios aguardan prisioneros, planeando su próximo retorno a la tierra, de la cual fueron expulsados por los Dioses Antiguos. Lleno de vanidad supuse que yo -una diminuta mota de polvo en mitad de un vasto cosmos de tiempo- podría atravesar los negros abismos del espacio que se extienden más allá de las estrellas, donde reina la anarquía y el caos, volver con la mente intacta y libre de los horrores de cientos de eones de antigüedad que allí moran.
De nuevo tracé los cinco círculos concéntricos de fue sobre el suelo y me situé en el centro, invocando a los pode inimaginables con un hechizo tan inconcebiblemente terrible que mis manos temblaban mientras hacía los misteriosos si nos y símbolos. Las paredes se disolvieron y un poderoso viento oscuro me arrastró a través de abismos sin fondo y grises regiones de materia informe. Viajaba más rápido que el pensamiento, pasando sobre planetas sin luz y desconocidas regiones que bullían a inconmensurable distancia; las estrellas discurrían con tanta rapidez que parecían regueros de luz entremezclándose en el espacio, haces luminosos resaltando contra la oscuridad etérea más negra que las fabulosas profundidades de Shung.
Trascurrió un minuto -o un siglo- y aún seguía volando vertiginosamente. Las estrellas escaseaban cada vez más; agrupadas en montoncitos, parecían buscar compañía en toda aquella desolación; todo lo demás permanecía igual. Me sentía terriblemente solo en aquel viaje; colgando suspendido en el espacio y el tiempo, como si no avanzase, aunque la velocidad debía ser increíble, y mi espíritu se revelaba ante la soledad horrible, la quietud y el silencio de la nada; era como un hombre sepultado en vida en un sepulcro inmenso y oscuro. Pasaron los eones y vi cómo se desvanecía el último grupo de estrellas, las últimas luces en un espacio milenario; más allá no había nada excepto una oscuridad impenetrable, el fin del universo. De nuevo volví a gritar horrorizado, mas en vano; mi búsqueda interminable siguió a través de corredores silenciosos y muertos.
Continué viajando durante una eternidad interminable, y nada cambiaba excepto el ritmo de los latidos de mi corazón. Y entonces empezó a hacerse visible una tenue luz verdosa; había pasado a través de una ausencia de tiempo y materia; había atravesado el Limbo. Ahora me encontraba más allá del universo, a inconcebible distancia del cosmos conocido; había cruzado el último umbral, la última puerta que se abría al olvido. Delante brillaban los dos soles de mis visiones, entre los que fui conducido a lo que ahora parecía una velocidad lentísima; alrededor de estos prodigios de colores negros y verdes, rotaba un solo planeta; adiviné su nombre: Shamoth.
Floté suavemente alrededor de esta negra esfera y, mientras me aproximaba, pude contemplar la verdosa llanura que se extendía debajo de mí, sobre la que descansaba la gigantesca y laberíntico ciudad de mis primeras pesadillas, y que
parecía deforme y desproporcionado bajo la luz antinatural. Fui guiado sobre los tejados de la muerta ciudad, contemplando los desvencijados muros y erosionados pilares que resaltaban como cuchillos contra la oscura línea del cielo. No se movía nada, pero tenía la sensación de que allí habitaba algo vivo, un ser corrompido y lleno de maldad que conocía mi presencia.
Mientras descendía a la ciudad recobré mis sentidos físicos; sentí frío, un frío helador, y mis dedos estaban entumecidos. Descendí al borde de un espacio abierto, en cuyo centro se erguía un gigantesco edificio con una puerta enorme y abovedada que bostezaba tenebrosa como las fauces de algún terrible animal primigenio. De este edificio emanaba un aura de palpable malevolencia; me quedé petrificado por la sensación de terror y desesperación que me invadió, y, mientras permanecía inmóvil ante el monstruoso edificio, recordé aquel pequeño párrafo del Libro Negro:
«En un espacio abierto en el centro de la ciudad se yergue el palacio de Nyarlathotep. Aquí se pueden aprender todos los secretos, aunque el precio de tales conocimientos es verdaderamente horrible.»
Supe sin ningún género de dudas que aquél era el cubil del taimado Nyarlathotep. Aunque el pensamiento de entrar en aquella estructura me asqueaba, caminé descuidadamente atravesando la puerta, como si una mente que no era la mía guiara mis piernas. Atravesé aquel enorme portalón metiéndome en una oscuridad tan profunda como la que había soportado en mi largo viaje espacial. Poco a poco la impenetrable oscuridad fue dando paso a la verdosa luz que iluminaba la superficie del planeta; y en aquella tétrica luminosidad con. templé lo que nadie debería ver nunca.
Me hallaba en una larga sala abovedada sostenida por pilares de ébano; a ambos lados se delineaban unas criaturas con formas de pesadilla. Allí estaba Khnum, y Anubis, con cabeza de zorro, y Taveret, la Madre, horriblemente obesa. Grotescos seres encorvados, espiando, y tenebrosas existencias que me observaban con malignidad; entre todas estas criaturas amorfas e infernales, mi cuerpo luchaban contra mi alma. Unas garras me asieron por brazos y piernas, y mi estómago se revolvió de asco ante el contacto de la carne putrefacto. El aire estaba Heno de gritos y aullidos mientras las figuras danzaban con obscenidad a mi alrededor, deleitándose en un ritual blasfemo y depravado; y al final de la enorme sala, perdido en la distancia, se ocultaba el horror último, el terrible coloso negro de mis visiones, el amo del palacio, Nyarlathotep.
El Primigenio me observó atentamente, su mirada quemaba mis entrañas, llenándome de un horror tan espantoso que cerré los ojos para evitar aquella visión de infinita maldad. Bajo aquella mirada mi ser se contrajo, desvaneciéndose, como si estuviese siendo absorbida por una fuerza irresistible. Perdí la poca identidad que me quedaba; mis poderes necrománticos que, ahora lo sabía, no eran nada comparados con los del habitante de este oscuro mundo, desaparecieron, perdiéndose en el ignoto universo para no ser jamás recuperados.
Bajo aquella mirada, mi mente y mi alma se llenaban de ' un espanto aterrador; no podía hacer nada mientras él absorbía mi existencia, quitándome la vida poco a poco. La desesperación hizo presa en mí, pero estaba indefenso, y era incapaz de hacer frente a la irresistible fuerza que me apresaba. Apenas sin sentirlo, algo se iba esfumando de mi ser, algo insustancial, pero totalmente necesario para mi futura existencia; no podía hacer nada, había ido demasiado lejos y ahora estaba pagando el error. Mi visión se nubló con miles de rayos; imágenes de mi casa y mi familia flotaban ante mis ojos y luego se desvanecían como si nunca hubiesen existido. Y entonces, lentamente, sentí cómo cambiaba, disolviéndome en la no
existencia.
Me elevé, sin cuerpo, escurriéndome sobre las cabezas de aquella hueste de pesadilla, a través de la fría mampostería de piedra de aquel palacio que ya no era un obstáculo para mi avance, hasta que salí a la diabólica luz verdosa de la superficie del planeta. No estaba vivo ni muerto, aunque la muerte hubiese sido mucho mejor. La ciudad se desparramaba debajo de mí, mostrándome todo su esplendor y malignidad, y sobre aquel tétrico edificio que era el palacio de Nyarlathotep vi una masa amorfa que salía, extendiéndose por toda la ciudad. Se fue agrandando poco a poco hasta que ocultó la ciudad de mi vista, y cuando había cubierto toda la región que podía contemplar, se contrajo de nuevo, transformándose en el negro coloso de mis visiones. Comencé a temblar aterrorizado, pero según me iba alejando de la ciudad, ganando altura, la escena se fue reduciendo de tamaño y contemplé la escena con un poco menos de miedo.
Poco a poco, la masa de tierra que se extendía debajo de mí fue tomando el aspecto de una esfera mientras me alejaba, introduciéndome en las negras profundidades del espacio. Colgando sin sentido, mientras nada se movía a mi alrededor, o en las regiones del Primigenio, me aterrorizaba pensar en el último acto del drama que yo había desatado. De la superficie del planeta surgió un rayo de luz o energía, que cruzó el espacio, perdiéndose en su infinidad, dirigiéndose, estaba seguro, al planeta que me había visto crecer. A partir de entonces todo estuvo en calma, y quedé totalmente solo en aquel universo más allá de las estrellas.
Mis recuerdos se desvanecían; pronto no me quedaría ninguna memoria de mi pasado, pronto todos los vestigios de mi humanidad se esfumarían. Y mientras permanecía suspendido en el espacio y el tiempo por toda la eternidad, sentí algo difícil de explicar. Una sensación de paz, de una paz que ni la muerte podría dar; aunque esa paz era perturbado por un recuerdo, un recuerdo que yo esperaba que pronto se borrase de mi mente. No recuerdo cómo sabía esto, pero estaba más seguro de ello que de mi propia existencia. Nyarlathotep ya no volvería a pisar la superficie de Sharnoth, jamás se reuniría con su corte en aquel enorme palacio negro, pues aquel rayo de luz que viajaba en el espacio tenebroso llevaba consigo algo más.
En una pequeña buhardilla, débilmente iluminada, un cuerpo se estiraba, poniéndose en pie. Sus ojos eran dos trozos de carbón al rojo, y una diabólica sonrisa cruzaba su rostro; y mientras observaba los tejadillos de la ciudad a través de la pequeña ventana, sus brazos se elevaron en un gesto de triunfo.
Había atravesado las barreras creadas por los Dioses Antiguos; estaba libre, libre para caminar por la tierra una vez más, libre para manejar la mente de los hombres y esclavizar sus almas. Era aquel al que yo había dado la oportunidad de escapar, yo que, a causa de mis ansias de poder, le había procurado los medios para volver a la tierra.
Nyarlathotep caminaba por la tierra con la forma de un hombre, pues cuando me robó mis recuerdos y mi ser, también retuvo mi aspecto físico. En mi cuerpo moraba ahora la esencia inmortal de Nyarlathotep el Terrible.

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El ángel Y el Apocalipsis. Primera Parte --JAIME A. FLORES CHAVEZ
http://elbardodelsigloxxi.blogspot.com/2008/07/el-ngel-y-el-apocalipsis-primera-parte.html

EL ANGEL Y EL APOCALIPSIS - SEGUNDA PARTE -- JAIME A. FLORES CHAVEZ
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LA METAMORFOSIS -- FRANZ KAFKA
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LA GUERRA DE LOS MUNDOS -- H. G. WELLS -- LIBRO SEGUNDO
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LA GUERRA DE LOS MUNDOS -- H. G. WELLS -- LIBRO PRIMERO
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Gibrán Khalil Gibrán -- LOS SECRETOS DEL CORAZON
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Gibrán Khalil Gibrán - 1918 - EL LOCO
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Gibrán Khalil Gibrán -- 1923 -- EL PROFETA
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Gibrán Khalil Gibrán -- LA VOZ DEL MAESTRO
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Gibrán Khalil Gibrán -- JESUS, EL HIJO DEL HOMBRE
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EL NUEVO ZODIACO , 13 SIGNOS

EL NUEVO ZODIACO , 13 SIGNOS

Zodiaco de 13 Signos



Se ha sumado un signo a los 12 ya existentes, el cual ha alterado todos los signos.
Conoce tu verdadero signo:

ARIES- del 21 de abril al 13 de mayo
TAURO- del 14 de mayo al 24 de junio
GEMINIS- del 25 de junio al 20 de julio
CANCER- del 21 de julio al 19 de agosto
LEO- del 20 de agosto al 14 de septiembre
VIRGO- del 15 de septiembre al 31 de octubre
LIBRA- Del 1 de noviembre al 21 de noviembre
ESCORPIO- del 22 de noviembre al 29 de noviembre
OFIUCO - del 30 de noviembre al 17 de diciembre
SAGITARIO- del 18 de diciembre al 19 de enero
CAPRICORNIO- del 20 de enero al 15 de febrero
ACUARIO- del 16 de febrero al 11 de marzo
PISCIS- del 12 de marzo al 20 de abril

OFIUCO

es una de las 88 constelaciones modernas, y era una de las 48 listadas por Ptolomeo. Puede verse en ambos hemisferios entre los meses de abril a octubre por estar situada sobre el ecuador celeste.
Ofiuco no está reconocida dentro del zodíaco debido a que, a pesar de que ya se conocía en la antigüedad cuando se formularon las reglas de la astrología, hace 3.000 años estaba lejos de la eclíptica. Pero con la precesión de los equinoccios se ha ido introduciendo entre Sagitario y Escorpio, de manera que durante la primera quincena de diciembre el Sol entra en este supuesto signo, no siendo reconocida como constelación por los más reconocidos astrólogos.

Presuntamente, la aceptación de un nuevo signo del zodíaco alteraría las divisiones del mismo, ya que cabalísticamente se dividen en signos de Agua, Tierra, Aire y Fuego en proporciones idénticas y simétricas, estas divisiones no tendrían sentido al dividir entre 13, un número primo y que además es considerado como un mal augurio.

UNA PERIPECIA GÓTICA DE ANN RADCLIFFE -- LA CIUDAD VAMPIRO

UNA PERIPECIA GÓTICA DE ANN RADCLIFFE -- LA CIUDAD VAMPIRO

UNA PERIPECIA GÓTICA DE ANN RADCLIFFE

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LA CIUDAD VAMPIRO


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PRIMERA PARTE
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Existen muchos ingleses, pero sobre todo inglesas, que se sienten avergonzados cuando se les cuenta la descarada piratería que sufren los escritores franceses en Inglaterra. Su Graciosa Majestad, la Reina Victoria, firmó en el pasado un acuerdo con Francia con la loable intención de acabar con estos robos tan frecuentes. Se trata de un tratado muy bien redactado, aunque tiene también un pequeño apartado que hace ilusorio su contenido. En esta cláusula, Su Graciosa Majestad prohíbe a sus leales súbditos apropiarse de nuestros dramas, libros, etc., aunque permitiéndoles hacer lo que ella misma denominó «dorada imitación» .
Es algo hermoso, pero incorrecto. El magnífico y amado Dickens me dijo en cierta ocasión, a modo de protesta:
—Yo tampoco estoy protegido. Cuando visito Londres y, por casualidad, llevo conmigo alguna idea original, cierro con llave la cartera, me la pongo en el bolsillo y la sujeto con las dos manos. Y a pesar de todo, a veces me la roban.
Lo cierto es que esa llamada «dorada imitación» podría darles una buena lección a los más hábiles «pick–pockets».
La propia Lady B..., la encantadora amiga de Dickens que vive en el castillo de Shr..., lleva veinte años repitiéndome la misma pregunta, cada vez que tengo la suerte de verla:
—¿Y por qué no roban ustedes también a los ingleses?
—Señora, sin duda existen ideas magníficas que se podrían coger de sus libros, pero ocurre que nuestra naturaleza no nos mueve a ese «hermoso» robo.
Esa respuesta habitual suele hacerle estallar en carcajadas. A veces me ha llegado incluso a citar apellidos de lo más franceses, especialmente recomendables... Pero ¡callemos!
Cierta mañana de finales del año pasado (1873), la dama en cuestión quiso honrarme por sorpresa con su visita.
—Se viene usted conmigo —me dijo—. Ya lo he arreglado todo con su maravillosa mujer. Partiremos esta noche.
—¿Hacia dónde?
—Hacia mi casa.
—¿En la calle Castiglione?
—No, me refiero al castillo de Shr..., en el condado de Stafford.
—¡Piedad!
Hacía un tiempo terrible, con la nieve derritiéndose mientras el viento rugía incluso en París. ¡Imaginen cómo sería entonces entre Dover y Calais!
La dama, discípula de Byron, adora estas tormentas:
—Me da igual que le tenga usted miedo a los resfriados —dijo—, pero es que tengo la intención de devolverle de una sola vez todo lo que Inglaterra le ha robado. Y no hay una oportunidad mejor que ésta. El Sr. X... y la Srta. Z... ya están siguiendo la pista de este asunto, y como esta última, la señorita 97, ya tiene una edad muy avanzada, lo mejor es que no esperemos demasiado tiempo.
El Sr. X... y la Srta. Z... son en realidad dos famosos novelistas ingleses. Se trataba, entonces, del argumento de una novela. Le pedí explicaciones a la dama, pero no quiso decirme nada, limitándose únicamente a utilizar su extraordinaria elocuencia, que en ella es un don natural, para excitar mi curiosidad.
—¿Le merece alguna confianza Walter Scott? —me preguntó—. Era un admirador incondicional de los Misterios de Udolfo. Fue él quien escribió la biografía de Ann Radcliffe. ¿Se lo imagina? ¡Walter Scott! En cierta ocasión, Dickens fue a visitar a la señorita 97. En aquella época se llamaba señorita 94, ya que todos los años, por Navidad, cambia su nombre. Yo he conocido muchas aventuras, pero ésta es tan increíble...
Finalmente tuve que ceder, y partimos. El viaje fue horrible, y el simple hecho de recordarlo me hace estornudar. Todos los diablos del mar y del aire jugueteaban con nuestro barco como si fuese una pelota de goma. Al día siguiente cogimos en Londres el tren de North–Western, y pasamos la noche en Stafford. Un día después el coche de la dama nos llevaba, atravesando una llanura nevada, hasta la zona montañosa del condado que linda con el Shropshire, y por la noche ya estábamos cenando en el castillo.
He aquí lo que supe durante el viaje:
Nos encontrábamos en la misma comarca en que vivieran el señor y la señora Ward; los padres de quien sería tan célebre bajo el nombre de Ann Radcliffe. La señorita 97 era una prima segunda de los Ward, que en tres años sería centenaria. Moraba en una casa de la montaña, a una legua y media del castillo de la dama. Durante mucho tiempo, aquella casa había sido la vivienda de su célebre pariente.
No es de forma casual que utilice la palabra célebre, y estoy dispuesto a mantenerla, aunque se me tache por ello de exagerado. Hubo un tiempo en el que la gloria de Ann Radcliffe se extendió por todo el mundo, y sus tenebrosas historias alcanzaron una fama tan elevada que ni siquiera nuestros mayores éxitos contemporáneos podrían alcanzar. Incluso podría decirse que su encanto conquistó tanto a los consagrados como a los desconocidos. En Inglaterra fueron publicadas doscientas ediciones de los Misterios de Udolfo. En Francia se tradujo el libro varias veces, y solamente de una de aquellas versiones se realizaron cuarenta reimpresiones en París. No fue, además, una moda fugaz. Hoy en día, a pesar de que la fiebre ha decaído levemente, los Misterios de Udolfo y el Confesionario de los penitentes negros continúan aterrando a miles de imaginaciones bajo el sol.
Pese a todo, la señorita 97 conocía un hecho íntimo de Ann Radcliffe que ella le había contado casi sesenta años antes. Se decía en aquella región que este hecho era la causa que había llevado al carácter apacible y ligeramente alegre de Ann Radcliffe hacia el género sombrío y tenebroso que caracteriza su obra.
Walter Scott había tenido un conocimiento muy superficial de aquella historia, como lo demuestra su carta del 3 de mayo de 1821 a su editor Constable, en la que pueden leerse las siguientes palabras: «Respecto a la obra titulada La Vida de Ann Radcliffe, retrasaré su entrega hasta que me haya entrevistado con miss Jebb, de la que espero tener detalles excelentes y absolutamente íntimos. Según se comenta, esta dama posee no sólo un secreto, sino una "maravillosa curiosidad" que le otorgará mucho mayor interés a nuestra historia...»
Miss Jebb era precisamente la señorita 97, que en el tiempo en que la carta de sir Walter Scott fue escrita debía de contar ya con cuarenta y cinco primaveras. Al igual que el resto de los ingleses, tenía cierta predilección por la nobleza, y mylady utilizaba esto para que la señorita Z... y el señor X..., que eran novelistas «vulgares» quedasen completamente descartados.
El día siguiente a nuestra llegada fue un día gris y frío, y poco después del desayuno mylady me hizo subir a un coche. Anduvimos alrededor de media hora, para apearnos después frente a una verja de madera, de color verde, que servía de entrada a una vieja casita de aspecto respetable. La montaña la rodeaba por tres de sus lados, y por el cuarto, al sur, se abría hacia un hermoso paisaje.
Nos hicieron pasar a un recibidor bastante amplio teniendo en cuenta la estrechez de la casa. Había varios retratos colgados de las paredes, y podían verse también algunos dibujos enmarcados en madera noble.
Una viejecita alta y delgada permanecía junto a la estufa de hierro. Su rostro parecía el de un pájaro, no sé cuál, aunque estoy convencido de haberlo visto en una de esas tiendas donde venden animales disecados. Su nariz era afilada como una navaja, y sus ojos redondos parecían aletargados.
—¿Cómo se encuentra usted, querida Jebb? —preguntó afectuosamente mylady.
—Voy tirando, ¿y Su Excelencia?
Miré a todas partes para ver quién había pronunciado aquellas palabras, pero descubrí que estábamos solos nosotros tres. Evidentemente, la señorita 97 debía de ser ventrílocua. Seguramente había sido poco agraciada, en el pasado, aunque ahora se conservaba bastante bien.
Después de que mylady me presentara, nos sentamos, y la voz de la señorita 97, hablando desde el otro extremo de la estancia, me dijo con sabiduría:
—El francés, mi querido amigo, es valiente y espiritual, el italiano es listo, el español cruel, el alemán pesado, el ruso bruto, y el inglés alegre y de notable generosidad. A Ella le gustaban especialmente los franceses.
La señorita 97 dirigió sus ojos hacia el techo al pronunciar la palabra Ella, que en su boca, y pronunciada con aquella mirada caritativa, hacía siempre referencia a Ann Radcliffe.
Por desgracia, yo no sabía que aquella frase había sido extraída de la Novela siciliana, la segunda obra de Ella.
—¡Qué estilo! —exclamó mylady—. ¡Qué profundidad!
—Me honra el poder agradecerle este gesto a Su Excelencia—contestó la señorita 97.
Mylady sacó del interior de su impermeable, que había depositado sobre una silla nada más entrar, un paquete que contenía cuatro libros in–12. Se trataba de la traducción francesa, publicada por Charles Gosselin en París, en 1820, de la Biografía de novelistas célebres, de Walter Scott.
—Esto demuestra cómo Ella es querida y respetada en Francia —dijo con voz grave mylady, mientras abría el volumen que contenía la Vida de Ann Radcliffe.
Supongo que en algún lugar dentro de aquella vieja cabeza se debió de accionar inmediatamente un resorte, porque pudimos ver asomar la dentadura de miss Jebb, todavía completa, aunque formada por dientes amarillos e irregulares. Inmediatamente escuchamos, procedente no sé de dónde, una risa seca y estridente, y la voz de la propia miss Jebb, que en esta ocasión nos hablaba desde debajo de la mesa, para decirnos:
—¡Vaya, vaya! Puesto que el caballero ha venido desde muy lejos, y como Su Excelencia lo protege, tendremos que hacer lo posible para que su largo viaje no haya sido en vano. Espero poder llamarme muy pronto miss Hundred (Srta. 100), aunque por primera vez en la vida he sentido una jaqueca en otoño. Lo cierto es que podría morirme en cualquier momento, y no quisiera llevarme conmigo esta sorprendente historia.
Nos acomodamos para escuchar su relato. Miss Jebb alejó su taza y pareció concentrarse. Durante el silencio que siguió, la señorita 97 se estremeció levemente dos o tres veces, produciendo un sonido similar al que hacen las avellanas al frotarse unas contra otras dentro de una bolsa de papel.
—Nunca se vio nada semejante —musitó finalmente, sujetando con ambas manos sus rodillas, para impedir que temblaran—. Cada vez que pienso en ello, noto como si se me helase el corazón. No sé si es correcto que rompa este silencio, aunque... ¡me da igual! Quiero que las personas vuelvan a hablar de Ella nuevamente. ¡Y lo harán, porque esta historia es terrible... terrible!

La niñez de la señorita Ann tuvo lugar en el negocio de sus padres, los señores Ward. No eran personas ricas, aunque estaban muy bien emparentados. Cuando el señor Ward decidió vender su negocio, allá por 1776, se fue a vivir con su mujer y su hija precisamente a la casa en la que nos encontramos ahora.
Ann pasó una adolescencia alegre y tranquila, retirada en ese lugar donde imperaba la «dorada mediocridad» de que habla el poeta: ese modesto bienestar que, según dicen, constituye la felicidad.
Esta casa se animaba entonces, principalmente en época de vacaciones. Entonces aparecían Cornelia de Witt y su ama, la signora Letizia, y el alegre y joven Edward S. Barton, acompañado de su tutor Otto Goëtzi.
Ann, Edward y Cornelia se hallaban unidos por una estrecha y tierna amistad. Hubo quien llegó a pensar que Ned Barton se casaría con Ann en cuanto tuviesen edad para hacerlo, y recuerdo que la señora Ward comenzó a bordar (con diez años de anticipación) un maravilloso par de cortinas de muselina de la India con las iniciales de Ann y de Edward entrelazadas. Pero el hombre propone y Dios dispone. Lo cierto es que Ned Barton y Ann se querían únicamente como hermanos. Estoy convencida de que al menos ése era el sentimiento de Ned; aunque puede que hubiese algo más en el corazón de Ann. Sin embargo, no por ello William Radcliffe dejó de ser el más feliz de los maridos. El propio Sir Walter Scott así lo indica.
Desde el principio de los tiempos, nunca se ha conocido una naturaleza tan dulce y delicada como la de Ann. ¡Y qué alegría! Fuese donde fuese, inundaba el aire de sonrisas. Su único defecto era una exagerada timidez... ¡Imagínense si tuviésemos que juzgar a los autores por sus obras! Más de cien y más de mil veces me han preguntado de dónde pudo sacar aquella joven la misteriosa audacia de su genio. Espero que después de haber oído mi historia, al menos ustedes no volverán a hacerme esta pregunta.
Las últimas vacaciones de estos tres amigos tuvieron lugar en el mes de septiembre de 1787. William Radcliffe ya formaba entonces parte del grupo. De hecho, en julio del mismo año había pedido la mano de la señorita Ward. Ned y Cornelia eran a su vez novios desde el invierno anterior. Se amaban apasionadamente, y la vida se mostraba ante ellos bajo los auspicios más alentadores.
En aquella ocasión el señor Goëtzi no había viajado junto a su ex alumno, quien por cierto vestía con suma elegancia el uniforme de la marina real. Letizia, por su parte, había permanecido en Holanda, a cargo de la casa del conde Tiberio, el tutor de Cornelia. Para poder describir la belleza de ésta, sería necesaria la pluma de Ann, que logró inmortalizar los encantos de su amiga en los Misterios de Udolfo: es en Corny en quien está inspirado el retrato de su protagonista Emilia.
¡Ah! ¡Qué nítidos son estos recuerdos! Yo era todavía una niña, pero sigo recordando nuestros largos paseos por la montaña. El señor Radcliffe no era una persona en absoluto novelesca; siempre limpio, bien vestido, y muy educado con las mujeres. Cuando Ned y Cornelia se perdían por aquellos inmensos bosques, William Radcliffe intentaba entablar agradables y afectuosas conversaciones con Ann, aunque entonces ella me llamaba y procuraba cambiar de tema, hablando de literatura clásica. Siempre que se lo pedía, el señor Radcliffe le recitaba pasajes de poetas griegos y latinos. Aunque no entendiese su significado, Ella adoraba esa especie de música culta. Y en ocasiones, mientras el licenciado de Oxford recitaba a Hornero o a Virgilio, las dulces miradas de Ann se perdían en la distancia, como buscando a la encantadora pareja que formaban el guardamarina Ned y la blanca Cornelia...
Ella suspiraba entonces, y le pedía al señor Radcliffe que tradujese aquellos poemas, palabra por palabra, cosa que él hacía con agrado, ya que era un verdadero caballero.
Aquel año la despedida fue triste. Seguramente no volverían a verse hasta después de celebrados ambos matrimonios: el del señor Radcliffe con Ann, en esta misma casa; y el de Ned y Cornelia en Rotterdam, donde vivía el conde Tiberio.
Por una tierna y sentimental idea, se había acordado que ambas bodas tuviesen lugar el mismo día y a la misma hora, una en Holanda y otra en Inglaterra. De ese modo, y a pesar de la distancia, existiría una singular comunión entre las dos felicidades que comenzaban a nacer.
Desde el término de las vacaciones, y hasta la fecha en que tenían que celebrarse las ceremonias, ambas parejas intercambiaron una asidua correspondencia. Las cartas de Cornelia rezumaban la más sincera alegría. Ned, por su parte, estaba apasionado como un ejército de locos. Yo no pude ver las respuestas de nuestra Ann, que entonces me parecía un poco decaída.
En Navidad comenzaron a preparar el ajuar de la novia. Durante todo el mes de enero de 1787 prácticamente no se habló de nada más. El gran día había sido fijado para el 3 de marzo.
En el mes de febrero llegó una carta procedente de Holanda que trastornó a toda la casa. La condesa viuda de Montefalcone, cuyo nombre de soltera era Witt, acababa de morir en Dalmacia. Cornelia, su única heredera, se encontraba de repente con una enorme fortuna en sus manos.
La carta fue escrita por Ned, que parecía algo alterado y más bien triste por aquella noticia.
A pesar de que la esquela era muy breve, aún se explicaba en ella el extraño hecho de que el conde Tiberio se convertía a su vez en el heredero inmediato de su propia discípula, en la rica sucesión de la viuda de Montefalcone.
Después de aquella carta, no llegaron más noticias de Holanda hasta finales de febrero. No era de extrañar. Hacía muy mal tiempo en el canal, y el viento que soplaba permanentemente desde el oeste hacía muy difícil el viaje. Ustedes poseen ahora los barcos de vapor, que se ríen de cualquier viento; pero en aquella época pasaban a veces semanas enteras sin tener noticias del continente.
Todas las mañanas, el venerable señor Ward acostumbraba a decir, mirando la veleta del tejado:
—¡En cuanto dé la vuelta el gallo, vamos a recibir de un tirón toda una resma en papel de carta!
Sin embargo, los dos primeros días de marzo pasaron sin novedad. La boda debía tener lugar el día 3, por lo que la casa se encontraba repleta de actividad y bullicio.
Al atardecer, una hora antes de la cena, llegó el vestido de novia, y casi al mismo tiempo, después de que se escuchara el tintineo de la campanilla de la puerta del jardín, se pudo escuchar la alegre voz del señor Ward, que gritaba desde la escalera:
—Ya os lo avisé anteayer: ¡en cuanto diese la vuelta el gallo! ¡Aquí nos trae el cartero esta montaña de correspondencia!
Lo cierto es que aquel alud llegaba en mal momento a la casa en plena agitación. El paquete contenía muchas esquelas, y de muy diferentes fechas. Comenzaron abriendo las más recientes, y enseguida supieron que sus queridos amigos de Rotterdam se encontraban bien, por lo que continuaron con sus quehaceres.
Ann se hallaba entonces literalmente prisionera de las modistas, que le estaban probando el vestido. Yo misma le di su paquete, que contenía tres cartas de Cornelia y dos de Ned Barton. Me pidió que abriese la última de todas, y comencé a leerla por el final de la cuarta página.
—Todo va bien —le dije, después de recorrer con la mirada los últimos párrafos.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Ann.
—En ese caso, mi querida, mi ángel, mi pequeña Jebb —dijo la jefa de las modistas—, te pido que nos dejes, porque nos estás estorbando bastante, tesoro.
Ella me dedicó una sonrisa, como para suavizar aquella rigidez. Parecía una mártir rodeada de arpías, con las bocas llenas de alfileres, que clavaban en su estuche de muselina blanca. Dejé el paquete sobre una mesita, y me marché.
Es necesario que en este momento les explique algo muy importante, y es que desde este punto del relato ya no puedo hablar como testigo directo de los acontecimientos. A partir de ahora van ustedes a escuchar a la propia Ann Radcliffe, ya que fue su boca la que me contó el resto de la historia. De hecho, lo cierto es que no volví a verla hasta después de los hechos.
Debían de ser las siete de la tarde, cuando la modista y sus ayudantes terminaron por fin y se marcharon de la casa, llevándose otra vez consigo el traje de bodas para hacerle los últimos retoques. Cuando se quedó sola, Ann se sintió tan agotada por las emociones del día que no tuvo valor para regresar al recibidor, donde la esperaban su madre, su padre y su novio. Se dio a sí misma la excusa de que tenía que terminar de leer las cartas de Rotterdam; pero el sueño pudo con ella antes de que terminase la primera frase de una alegre epístola firmada por «Edward S. Barton». Ann tuvo entonces una especie de pesadilla repleta de imágenes. Vio una pequeña iglesia, levantada con un estilo arquitectónico indefinido, y situada en medio de una campiña rebosante de plantas y árboles que no se encuentran en Inglaterra. Los campos estaban llenos de maíz, y los bueyes mostraban el color de la tórtola. Al lado de la iglesia había un cementerio cuyas tumbas eran todas de mármol blanco. Dos de ellas parecían idénticas. De cada una de ellas (un detalle insignificante, pero conmovedor, y que con frecuencia se encuentra en nuestros cementerios ingleses) sobresalía un brazo tallado en un material todavía más blanco que el mármol. Ambos brazos terminaban encontrándose, y estrechando sus manos. En medio del sueño, Ella no lograba entender por qué aquella visión la hacía temblar y sollozar amargamente. Intentaba leer las inscripciones grabadas en las lápidas, pero no lo conseguía. Las letras se confundían, o escapaban ante su mirada.
Como a las diez, se despertó llorando al escuchar el barullo de las modistas que regresaban. Había dormido escasamente tres horas. Notaba en su espíritu el peso de una terrible desgracia.
—Señorita, no pienso preguntaros por qué tenéis los ojos rojos —dijo la jefa de las modistas—. Las jóvenes que van a contraer matrimonio terminan llorando invariablemente, imagino que de dicha. Ahora probemos el traje.
Se lo probaron, y al ver que le quedaba perfectamente la dejaron sola. Ella se lavó el rostro. Las palabras de la modista habían intensificado la impresión que le había producido la pesadilla. Al echar un vistazo casual hacia la mesa, descubrió las cartas de Rotterdam, que casi había olvidado, y un grito se le escapó de su pecho.
Fue como si en ese instante acabasen de decirle los nombres que figuraban en la inscripción de aquellas lápidas gemelas: ¡Cornelia y Edward!
Rasgó un sobre al azar. Su mirada era tan ansiosa que al principio lo único que logró ver fue unas manchas negras que bailaban ante sus ojos. Cuando finalmente logró leer, suspiró de alivio. Se trataba de una carta del 13 de febrero, escrita y firmada por su amiga Cornelia, y en la que manifestaba maravillosos proyectos para las próximas vacaciones. Hasta ese momento tendrían tiempo suficiente para ordenar la sucesión de la condesa, Cornelia iba a ir a la casa de los Ward, no para quedarse, como siempre, sino para llevarse a toda la familia a su precioso castillo de Montefalcone en los Alpes Dináricos, al otro lado del Ragusa. Tenía ahora allí una vasta propiedad con minas de mármol y alabastro. No cabía en sí de gozo. Ned se había enamorado de ella cuando era una muchacha pobre, y ahora, inesperadamente, ella podía convertirlo en un rico propietario...
«¿Qué es lo que habría podido ofrecerle yo?», se preguntó Ann, cerrando la carta. «Es mejor así. A fin de cuentas, William tiene un corazón noble y generoso.»
Al haber dormido tres horas, ahora no tenía sueño.
Se situó en un confortable sofá, dispuesta a leer de cabo a rabo toda su correspondencia.
Le encantaba la alegría de su amiga Cornelia, y sepan ustedes que si en alguna ocasión un suspiro levantaba la muselina de su blusa, en ningún caso ello obedecía a la envidia. ¡Ann envidiosa! ¡Qué herejía! Desde luego que no, pero está claro que Corny se extendía, quizá excesivamente, hablando de sus nuevas posesiones, de sus joyas y especialmente de las locuras que ese confuso Ned hacía por ella. Cada una de sus páginas cantaba a gloria como si fuese un salmo. Y además de aquellos salmos, venían a continuación los versos arrebatados de Edward Barton. ¡Amor! ¡Felicidad! ¡Amor! ¡Felicidad! Aquello comenzaba a resultar monótono. Ustedes tienen en Francia un proverbio muy sabio: «¡Si tan rico es usted, coma por segunda vez!» Probablemente Ann pensaría de esta forma: «¡Ya que se quieren de esa forma, que se casen dos veces!»
Ella no pudo dejar de sentirse orgullosa al comparar la modestia de su propio afecto con el delirio sentimental de Cornelia. Después, como era una filósofa instruida tanto en las ideas de los sabios cristianos como en las ideas de los sabios paganos, acabó por decidir que aquel exceso de felicidad tendría su reverso. Así es la vida: subidas y bajadas. El que gana pierde también en algún momento. Detrás del horizonte siempre aparecen nubes que vienen a ocultar el cielo más radiante.
Así como los flecos de estos pensamientos fueron anunciándose en su cabeza, nuestra querida Ann fue asumiéndolos hasta convertirlos en plena seguridad. Esto llevó a que se manifestara automáticamente la excelente naturaleza de su carácter. Comenzó anticipadamente a lamentar las penas que podrían suceder a este torrente de felicidad, en un futuro relativamente próximo. ¡Querido Ned! ¡Pobre Corny! ¡El dolor es un castigo tan cruel, después de la maravillosa dicha! Me parece que Ann derramó incluso algunas lágrimas antes de descubrir la serpiente que se escondía entre las rosas de su abultada correspondencia.
¡Porque tenía mucha correspondencia! ¡Ah, sin duda había muchísimas cartas! Dije cinco, y no me engaño; pero cada una se desdoblaba en varias, como esas cajas chinas que se encajan una dentro de otra, provocando interminables sorpresas en los niños. Las cartas de Cornelia incluían esquelas de Ned Hartón, y de las cartas de Barton caían mensajes de Cornelia, haciendo que Ann continuase leyendo sin parar. Estaba más despierta y activa que una ardilla. Le dio la impresión de que podría haber continuado leyendo indefinidamente. Entonces le sobrevino una idea filosófica, que las personas normalmente enuncian del siguiente modo: «La roca Tarpeya está ya cerca del Capitolio», y en ese momento las cartas comenzaron a girar, del mismo modo que la cabeza de nuestra querida joven. Una nube, todavía distante, apareció en el cielo azul.
La vio crecer, avanzar, oscurecerse, escondiendo sus flancos... Pero no nos anticipemos. La tormenta siempre estalla demasiado pronto.

(No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí, pero siempre que en sus innumerables relatos Ella utiliza esta expresión, con seguridad inventada por Ella: «Pero no nos anticipemos», se me ponen los pelos de punta.)
Las cartas de los encantadores enamorados de Rotterdam iba progresivamente cambiando de tono.
Casualmente, Ann había abierto al principio las cartas más antiguas. La nube del horizonte apareció al abrir la más atrasada entre las que había dentro de los dos últimos sobres.
La primera era una esquela de Ned, en la que sus cánticos bajaban de intensidad. Hasta ese momento, el conde Tiberio, ejemplo de tutor, nunca había sido retratado por la pluma de Ned excepto como un modelo de indulgencia, generosidad y bondad. Ahora el augusto nombre aparecía completamente desnudo, y desprovisto de cualquier epíteto. Y un síntoma todavía más grave era el hecho de que Ned no hablaba ahora con mucha frecuencia de amor.
De forma extraordinariamente sutil, daba a entender que la herencia de la condesa llevaría parejos posiblemente algunos trastornos. El conde Tiberio había cambiado bastante. El señor Goëtzi, que se encontraba de paso por Rotterdam, sugería cosas muy extrañas...
La siguiente carta pertenecía a una Corny que se encontraba «evidentemente nerviosa». Hacía referencia a Letizia Pallanti como «esta persona». ¡Letizia! ¡Que había sido el ángel de otros tiempos! ¡El ser perfecto! Pero, ¿por qué? Aún no comprendía. Sin embargo, entre las irritadas líneas de Cornelia, la agudeza de Ann logró adivinar algo muy sorprendente: Letizia, olvidando no sólo la moral cristiana, sino las más elementales normas de conveniencia, parecía mantener con el conde Tiberio unas relaciones que no era necesario detallar.
Pero, ¿qué papel desempeñaba en toda esta historia el señor Goëtzi? Hablaba francamente mal del conde Tiberio, acusándole de una conducta escandalosa que perjudicaba sobremanera sus negocios, y sin embargo él se pasaba tardes enteras ¡encerrado con llave en el escritorio de aquél! Seguramente tomaba parte en todas las orgías (esta palabra aparecía escrita con todas sus letras), y cuando «esa persona», Letizia, salía llena de diamantes, ¡el señor Goëtzi la acompañaba!
Como se pueden imaginar, se había hecho ya muy tarde. Hacía bastante tiempo que Ella había oído las campanadas de la medianoche; pero el sueño no aparecía. Nuestra querida Ann se sentía poseída por el ansia de saber, que nacía de su noble corazón. ¡Leía, leía y leía! ¡Extraña noche para ser la víspera de una boda!
Mientras avanzaba en sus lecturas, iba apareciendo veladamente una especie de amenaza... La alegría y la felicidad son monótonas, pero basta que la tormenta se anuncie en el horizonte para que el interés reaparezca.
Repentinamente Ella saltó del sofá; acababa de escuchar el primer trueno. Una de las cartas de Ned hablaba de «retrasar»... ¡y era la boda lo que se retrasaba! Intentaba explicarlo diciendo que la herencia era un asunto fantástico, aunque realmente complicado, y que la iba a obligar a viajar personalmente hasta allí...
Pero, ¿por qué no casar primero a los jóvenes novios?
Ésa era precisamente la pregunta que se hacía el pobre Ned.
Ella se limitaba a desdoblar una hoja después de otra, encontrando papeles menores dentro de los mayores, y papeles más pequeños aún, dentro de ellos. No podía parar de leer. El último sobre estaba abierto, puesto que era el que el señor Ward había abierto para extraer la carta, completamente tranquilizadora, que había provocado sus gritos de alegría.

Sin embargo, ¿quieren saber qué es lo que había leído este buen señor? Yo también lo leí, y me equivoqué igual que él. Ambos habíamos leído apenas algunos fragmentos de párrafos aislados en los que constantemente se repetía la palabra felicidad. Era, sin embargo, una referencia que se hacía para... ¡añorar la felicidad perdida!
«En unos instantes en los que todo nos sonríe», decía efectivamente el desdichado Ned, «en los que el porvenir se nos presenta bajo los más prometedores auspicios: felicidad, fortuna, amor...»
Y ni el señor Ward ni yo habíamos querido seguir leyendo. Sin embargo, la frase terminaba así:
«... nos sobreviene esta tormenta; sí, precisamente ahora. El rayo ha caído sobre nosotros y nos ha aniquilado. ¡Estamos perdidos!»

¡Perdidos! ¿Pueden imaginar cómo se encontraba Ann en ese momento? Por desgracia, aquellas lúgubres palabras no eran exageradas. Una misiva de la desdichada Cornelia decía:
«Me han sacado de la cama en mitad de la noche. El señor Goëtzi sujeta mi mano al pie de la escalera y me dice: ¡Valor! Tenéis un amigo... ¿Puedo confiar en él? Me llevan... La noche es terrible, y la tormenta no permite que se oigan mis gritos...»
Ella dejó que el papel se deslizara de sus manos, y cayó al suelo de rodillas.
—¡Oh, Señor Todopoderoso! —exclamó entre llantos—. ¿Cómo podéis permitir semejante desgracia? ¿Dónde estás ahora, querida Cornelia? ¿Dónde estás, querida amiga?
Muchas mujeres se habrían desmayado en una situación como aquélla, sin embargo Ella era en cierto sentido superior a todas las personas de su sexo.
Sin abandonar la postura de oración en que se encontraba, cogió nuevamente las cartas y continuó su lectura a través de las lágrimas.
Ned parecía contestar a la última pregunta que había hecho el corazón de Ann.
«El señor Goëtzi me había avisado», reseñaba en unas breves líneas, casi ilegibles, «pero yo no quise creerle. ¿Cuál es el papel de este hombre? Esta mañana encontré vacía la casa del conde Tiberio. En la calle había algunos vecinos reunidos, gritando: ¡Han escapado como ladrones!¡Están en quiebra!»
»—¡Qué sabéis vosotros! —exclamó entonces el señor Goëtzi, como surgido del centro de la tierra—. ¡No habrá ninguna quiebra! El conde Tiberio os pagará a todos, puesto que piensa casarse con la única heredera de la gigantesca fortuna de los Montefalcone!»
Todavía quedaba una carta: un pedazo de papel laboriosamente garabateado.
«Esta misma noche», decía la misiva, que pertenecía a Ned, «el señor Goëtzi apareció en casa. Parecía compartir mi desgracia. Me informó de que mi querida Cornelia, raptada por su infame tutor, viajaba camino a Dalmacia, en dirección al castillo de Montefalcone. Me aconsejó que corriese tras ellos. Él había preparado ya un caballo ensillado en la puerta de mi casa. Aunque me encontraba sin fuerzas, partí inmediatamente. Apenas abandoné la ciudad, me rodearon y atacaron cuatro hombres con el rostro cubierto por máscaras. A pesar de ello, y a la luz de la luna, me pareció reconocer a través de los orificios de uno de los antifaces la brillante mirada del señor Goëtzi. ¿Será posible? ¡Un hombre que fue mi tutor!... Me dieron por muerto, y me abandonaron en medio del camino. Allí permanecí caído hasta la madrugada, con mi sangre manando de veinte heridas. Al amanecer, unos campesinos que llevaban sus productos a la ciudad, me encontraron sin sentido y me llevaron hasta una posada cercana, llamada La Cerveza, y la Amistad ¡Que Dios les bendiga por ello! No es que desee vivir a toda costa, pero soy la única esperanza con que cuenta Cornelia. Mi cama es buena, y la habitación es grande. Se encuentra adornada con láminas que reflejan las batallas del almirante Ruyter. Las cortinas también están decoradas con flores. El mesonero no parece una mala persona, aunque en cierto sentido me recuerda al señor Goëtzi. No tiene cara, lo que produce una extraña impresión. Siempre lleva al lado un perro gigantesco que, por el contrario, tiene rostro de hombre. Justo delante de mi cama, en la pared, a unos ocho pies del suelo, hay un agujero redondo, como los que se hacen para permitir la salida del humo de las estufas de hierro. Pero no hay ninguna estufa en la estancia. En la oscuridad, tras el agujero, me parece ver algo verde: unas pupilas que me observan fijamente... Gracias al Cielo, todavía conservo la serenidad y la sangre fría. Han traído de Rotterdam a un médico que me está atendiendo. Entre él y su pipa deben de pesar como tres ingleses. Veo algo verde en su mirada. ¿Sabes si el señor Goëtzi tiene algún hermano?... Un crío de cinco o seis años acaba de entrar en mi habitación haciendo rodar su aro. Me preguntó con absoluta desfachatez: "¿Eres tú el hombre muerto?" Y arrojó un sobre encima de mi cama. Era una carta de Cornelia... Casi no tuve tiempo de esconderla. Entró después una mujer calva seguida del perro que me miraba con los ojos del señor Goëtzi. El perro no ladra nunca. El mesonero tiene además un loro que lleva siempre sobre el hombro, y que repite constantemente: "¿Comiste, Ducado?" Las pupilas verdes me siguen examinando desde el agujero negro. El niño se ríe a carcajadas en el patio, mientras grita: "¡He visto al hombre muerto!" Todo lo que me rodea parece verde ahora. ¡Ann, mi querida amiga, socorro!...»

Ella se levantó de un salto, porque no sólo había leído aquella última palabra, sino que también la había oído.
Tanto fuera como dentro de Ella, sintió unas voces que sonaban como las voces unidas de Cornelia de Witt y Edward Barton, gritando claramente: «¡Socorro! ¡Socorro!»
Comenzó a recorrer su cuarto a grandes zancadas, presa de una frenética desesperación.
Una vez más sus pensamientos se elevaron al Todopoderoso. Aquello la tranquilizó.
La estaban llamado; le pedían socorro. ¿Qué debía hacer? Tenía que ir. Debía acudir a ayudarlos. Pero ¿cómo? No sabía todavía. La conciencia de su propia fragilidad la deprimía, pero también existía en su interior la salvaje e indómita naturaleza de su propia determinación.
Ella deseaba salvar a sus amigos.
Consiguió dominarse con un gran esfuerzo y reflexionó. ¿A quién podía pedir ayuda? El señor Ward era un anciano conocido por su prudencia; William Radcliffe, su prometido, era joven, realmente, pero también abogado. Ustedes podrán decirme que hay abogados tan fieros y valientes como leones. Puede que sea verdad, pero lo cierto es que a nuestra querida Ann no le pareció conveniente recurrir al señor Radcliffe.
Lo mismo le pasó respecto a sus otros amigos de la casa. Se trataba de personas apacibles, pacíficas, aficionadas al chaquete. Ella tuvo el detalle de pensar en mí por un momento, pero lo cierto es que yo era entonces demasiado joven.
Pero había que hacer algo. Los primeros destellos del amanecer comenzaron a iluminar las cortinas de las ventanas. Ella colocó en el centro de la habitación una pequeña maleta, y amontonó desordenadamente en su interior algunas pertenencias que podrían serle útiles. No estoy convencida de que ya entonces estuviese decidida a partir sin avisar para un viaje tan largo, en el mismo día de su boda. Ella siempre fue muy correcta, educada y respetuosa con las normas; pero evidentemente existen momentos en la vida en que se hace todo sin pensar.
Debían de ser las cuatro y media o las cinco de la madrugada. Todos en la casa dormían, mientras nuestra joven se deslizaba por los corredores cargando su maleta.
Grey–Jack, que era el encargado de todo tipo de servicios dentro de la casa, dormía en una habitación de la planta baja, junto a la cocina. Ella golpeó suavemente la puerta de su cuarto y le dijo:
—Jack, amigo mío, despertaos; tengo que avisaros de algo importante.
El fiel servidor saltó inmediatamente de la cama y abrió la puerta, mientras se frotaba los ojos.
—¿Qué ocurre, señorita? —preguntó—. ¡Hoy será un gran día para todos! Pero, ¿qué demonios hacéis levantada a estas horas?
Ella contestó:
—Vestios inmediatamente, mi buen amigo Jack; os necesito.
Él se sintió aterrado al escucharla, y todavía más después de encender una lámpara y ver el estado en que se encontraba. Estaba más pálida que un cadáver. Jack balbuceó:
—¿Ha pasado alguna desgracia en la casa?
—Sí, una terrible catástrofe, pero no ha sido en esta casa. ¡En nombre del Cielo, Jack, vestios!
El anciano comenzó a temblar, pero se vistió rápidamente. Mientras lo hacía, Ella continuó:
—Grey–Jack, ¿os acordáis de vuestro amigo Ned Barton, que jugueteó en vuestro regazo, y de Corny, que llegó de Holanda cuando todavía era una cría?
—¡Que si recuerdo al señor Edward y a la señorita Cornelia! —exclamó el anciano—. ¡Por supuesto que sí! ¿No han de casarse hoy, al otro lado del mar?
—Los queríais mucho a los dos, ¿verdad, mi querido amigo?
—Naturalmente que sí, señorita, y los sigo queriendo.
—Pues bien, Jack, tenemos que enganchar a Johnny al coche y partir inmediatamente hacia la ciudad.
—¿Cómo? ¿Yo? —exclamó el pobre hombre, incrédulo—. ¡Que deje la casa el día de su boda! ¿Y vais a casaros sin que yo esté aquí, señorita?
—No me casaré sin que estéis aquí, amigo mío, porque me iré ahora mismo con vos.
Él intentó decir algo, pero ella le atajó:
—¡Se trata de un asunto de vida o muerte!
Grey–Jack, aturdido hasta la locura, corrió a la caballeriza sin pedir más explicaciones.
Iba muy a su pesar. Constantemente se volvía hacia las ventanas para ver si aparecía alguien. Pero todos se habían acostado tarde y estaban durmiendo a esas horas.
Ella subió al coche y Grey–Jack se situó en el pescante.
Johnny comenzó a trotar, sin que nadie en la casa se despertase.
Ella sentía un peso terrible en su corazón. Aunque todavía no había escrito ninguna de sus famosas obras, ya tenía ese estilo noble y brillante que sir Walter Scott eleva hasta el cielo en su reseña biográfica, porque exclamó involuntariamente:
—¡Adiós, mi querido hogar! ¡Dulce refugio de mi adolescencia, adiós! Campos verdes, montañas orgullosas, bosques misteriosos llenos de sombras, ¿volveré a veros alguna vez?
Grey–Jack, refunfuñando, se giró y le dijo:
—En lugar de hablar sola, señorita, podríais decirme qué es lo que vamos a hacer en Stafford tan pronto.
—Grey–Jack —respondió ella solemnemente—, no estamos yendo a Stafford.
El sirviente la miró, estupefacto:
—Señorita —suplicó, juntando sus pobladas cejas—; lleváis veintitrés años siendo más dócil que un corderito; pero si me utilizáis para escapar de la casa de vuestros padres, me condenarán...
Ella le interrumpió, alzando la mano, y añadió:
—Protestad cuanto queráis, Grey–Jack. ¡Pero vamos a Lightfield!

La más hermosa doncella del mundo no supo contarme más. Yo les relato la historia tal como me fue contada, porque Ella ni siquiera se detuvo para darme más detalles. Además, en su narración no aparecía la clásica división del tiempo en días y noches. Ella siempre se mantuvo por encima de esas vulgares mezquindades. Corría, llevada por los recuerdos que galopaban a lomos de ese caballo alado que es el símbolo de la imaginación poética: Pegaso.
Ella comía; pueden ustedes suponerlo, como es lógico. Y también dormía, evidentemente, pero todas estas funciones que degradan nuestra elevada naturaleza serán pasadas por alto en su caso.
Tampoco le gustó nunca a Ann hacer la menor referencia al dinero o a los gastos. Sobre ambos, tanto usted, mylady, como usted, caballero, podrán creer lo que quieran. Sólo sé que el viaje fue largo, y que en él se dieron los obstáculos más extraordinarios. Constantemente se vio forzada a gastar dinero. ¿De dónde lo sacaba? No lo sé, y me desentiendo por completo de esta respuesta. Lo cierto es que pagaba todo al contado, y que regresó al redil sin haber dejado atrás la menor deuda de nada.
De camino a Lightfield, Grey–Jack, que había comido en abundancia, se hizo más charlatán.
—Estoy pensando, señorita, que miss Corny y ese pillo de Ned os esperarán allá con otro buen mozo. ¿Lo conozco yo? Supongo que William Radcliffe nada sabe de esto. Bueno, tampoco es la muerte. En Inglaterra nunca faltan sacerdotes para casar a dos jóvenes deprisa y sin ceremonias. Pero, ¿quién habría esperado esto de vos, señorita Ann? Yo nunca lo hubiese imaginado.
En lugar de contestar, Ella le preguntó:
—¿Qué opinión tenéis, Grey–Jack, de Otto Goëtzi?
El pobre sirviente estuvo a punto de caerse del pescante, tamaña fue su sorpresa.
—¡Cómo! Pero, señorita, ¡no puedo creer que estéis despreciando a ese joven educado por ese demonio despeinado! Puede que el señor William sea un pájaro negro, pero...
—¡Os pido, amigo Jack, que habléis de mi marido con mayor respeto!
—¡Vuestro marido! ¡Ahora sí que no entiendo una palabra!
—Os pregunto qué pensáis del señor Goëtzi.
—Bien —replicó el buen hombre, enfadado—; ya me gustaría estar en Lightfield para entender mejor toda esta trama. Del señor Goëtzi puedo deciros que no es el primer tunante al que veo bien alimentado y vestido en el seno de una familia de honra, con la excusa de educar a sus muchachos.
El caballo se encabritó y Grey–Jack se apresuró a santiguarse.
—Ya veis lo que ocurre sólo con pronunciar su nombre —masculló—. Todo el mundo sabe que es un vampiro.
—Vamos, amigo Jack —dijo ella con desdén—, yo no creo en los vampiros.
Lo cierto es que Ella se encontraba muy por encima de todas aquellas supersticiones que correteaban por las montañas, entre los condados de Stafford y Shorp.
—Haced lo que os plazca —contestó el hombrecillo—; pero haríais bien en creer en ellos. Proceden del país de los turcos, muy lejos, cerca de la ciudad de Belgrado. Aunque yo no sé exactamente lo que son. Usted, que sabe muchas más cosas que yo, ¿me lo podría explicar mejor?
A Ella le gustaba enseñar, como a la mayoría de las personas cultas.
—En el supuesto de que existiesen, los vampiros son esos monstruos de apariencia humana, que nacen, en efecto, en la baja Hungría, en la región que se extiende entre el Danubio y el Save. Se alimentan con la sangre de las jovencitas...
—¡Perfectamente, señorita! —exclamó inmediatamente Grey–Jack—. ¡Eso es exactamente lo que yo he visto con mis propios ojos!
—¿Alimentarse con la sangre de una doncella? —preguntó Ann horrorizada—... ¿al señor Goëtzi?
—¡Algo parecido! Me refiero a Jewel, la perrita de la señorita Corny. ¡Qué encanto de animalito! ¿Lo recordáis?... Se bebió la sangre de aquella perrita como si fuese un zorro salvaje —añadió—. ¡Y en la cocina, robaba las costillas crudas! ¡Por las noches se levantaba también para hablar con las arañas! Todo el mundo sabe de qué murió Polly Bird, en la Granja Alta... aquella joven a la que encontraron dormida a orillas del lago, y que nunca despertó. Y siempre que él entraba en algún lugar, la luz de las lámparas se ponía verde. ¿Os atrevéis a negarlo? Incluso los gatos le saltaban encima, porque despedía el mismo mal olor de las gatas en primavera. A la lavandera le gustaba repetir, para quien quisiera escucharla, que todas sus camisas tenían una pálida mancha de sangre a la altura del corazón.
—Vamos, amigo mío, todo eso no son más que habladurías. Me gustaría que me dijeseis algo más concreto, como por ejemplo: ¿sabéis por qué despidieron al señor Goëtzi de la casa del esquire Barton?
—¡Por supuesto! Eso es algo que sabría hasta un chiquillo. Fue debido a la señorita Corny. El esquire Barton apreciaba realmente al señor Goëtzi, que es un hombre muy culto, y al igual que usted, tampoco creía en vampiros. Pero de repente la señorita Cornelia comenzó a quejarse de dolores en el pecho, y aseguró que empezaba a verlo todo verde... ¡Qué cosa más extraordinaria, señorita Ann... fíjese en la luna!
La luna, casi redonda, se levantaba en medio de un bosque de álamos sin hojas. Nuestra querida Ann tenía el valor de un guerrero, pero no pudo evitar un estremecimiento en aquella ocasión.
Estaban viendo la luna de color verde.
—¡Vamos, acabad vuestra historia —exclamó, sin embargo—, os lo ordeno!
—Siempre que se habla de él —susurró Grey–Jack— ocurre lo mismo. Cierto día encontraron a Cornelia desmayada en la cama. Tenía sobre su pecho izquierdo una pequeña picadura negra y Fancy, su doncella, vio una araña verde, de sorprendente tamaño, que se deslizaba por debajo de la puerta. Decidió seguirla. Pero la araña corría a tanta velocidad por el pasillo que Fancy no consiguió alcanzarla, a pesar de lo cual sí pudo verla entrar en la habitación del señor Goëtzi... Entonces fueron a buscar a Ned Barton, ese adorable joven que, la verdad sea dicha, no tenía precisamente los modales de su preceptor. Ned entró en la habitación del doctor Goëtzi y le dio tal paliza...
—¡Desgraciado! —exclamó Ann juntando las manos—. ¿Es cierto eso? ¿Ned llegó realmente a golpear a ese perverso y vengativo ser?
—Ya lo creo, señorita. Hubo puñetazos, patadas, bastonazos e incluso sillazos. El señor Goëtzi, entonces, se quejó al esquire, que le dio algo de dinero...
Finalmente llegaron a Londres, ya de noche. Nuestra querida Ann decidió asistir al circo olímpico de Southwarck, acompañada por Grey–Jack. En general no le agradaban mucho este tipo de frívolas representaciones. Pero los barcos que atravesaban el canal no partían con tanta frecuencia como ahora, y la idea de asistir a la representación circense vino motivada además por una circunstancia especial.
En el cartel que anunciaba la representación de diferentes números, una palabra había conseguido llamar la atención de la joven, y esta palabra era: VAMPIRO.
En medio del anuncio de la presencia del caballo físico, que era capaz de caminar sobre la cola; y de las hazañas del payaso Bod–Big, capaz de comerse un topo y devolverlo entero, podía leerse, escrito en letras verdes:

¡¡CAPITAL EXCITEMENT!!
EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN
DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN
Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE
COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA
DE LOS GUARDIAS ECUESTRES
¡¡WONDERFUL ATTRACTIONINDEED!!

Cuando Ella y Jack entraron en la carpa, el inmenso circo estaba repleto de espectadores, que contemplaban cómo una vieja pintada de amarillo galopaba completamente estática, a lomos de un caballo que atravesaba constantemente aros de papel, entre la desaforada algarabía de la muchedumbre. Se trataba de la famosa Lily Cow. Inmediatamente después se apagaron todas las antorchas, ya que en aquellos tiempos no había gas. En medio de la oscuridad brotó un resplandor fosforescente, que otorgó a todos los espectadores cercanos al anfiteatro el aspecto de cadáveres vivientes. Se escuchó un relámpago lejano, mientras el viento gemía con fuerza. La música comenzó a rechinar. Una gigantesca araña, con cuerpo de hombre y alas de murciélago, empezó a descender a través de un hilo que colgaba de la cúpula y se iba estirando bajo su peso.
En ese preciso instante, una muchacha checa, casi una niña, vestida de blanco y a lomos de un caballo negro, penetró en el anfiteatro, balanceando sobre su cabeza una corona de rosas. La joven era preciosa y delicada, con un leve parecido a la señorita Cornelia de Witt y, lo más sorprendente, más parecida a cada momento que la miraban.
La araña permanecía enroscada en el extremo del hilo, y ya no se movía; acechaba. Mientras estaba quieta, podía verse a su alrededor, claramente, un resplandor verdoso muy brillante en el centro, que iba esfumándose como si fuese una aureola.
La joven checa jugueteaba con su guirnalda mientras danzaba.
Repentinamente la araña se dejó caer al suelo, y sus largas y repugnantes patas se movieron frenéticamente sobre la arena del circo. La muchacha la vio venir y mostró su terror con unos gestos capaces de arrancar el aplauso del público.
El enorme insecto perseguía a la joven a toda velocidad, mientras ésta intentaba escapar a lomos del caballo negro. El monstruo daba saltos irregulares, y al ver que no conseguía dar alcance a la muchacha, utilizó los recursos propios de su especie.
No sé cómo logró hacerlo, pero el caso es que fue tendiendo de uno a otro lado unos hilos que, aparentemente, le brotaban de sus fauces, fabricando en un abrir y cerrar de ojos una especie de red... ¡una tela de araña!
La joven checa se colocó de rodillas sobre el caballo. Se quitó la guirnalda y los velos que la cubrían, quedando vestida únicamente con una malla de color carne, que resultaba todavía más impresionante.
Repentinamente la araña la atrapó en su tela. Fue algo espantoso. El caballo, libre de la jinete, galopaba de un lado a otro. Pudo escucharse entonces el sonido de huesos rotos.
Ahora no era a una araña, sino a un hombre al que se veía beber a grandes tragos la sangre roja, en medio de un incendio de destellos verdes.
El circo pareció desplomarse bajo los atronadores aplausos, pero nuestra querida Ann se desmayó, exclamando:
—¡Es Goëtzi! ¡Es Goëtzi! ¡Lo he reconocido!

No existe ningún país en el mundo donde se aplique tan generosamente como en Inglaterra la máxima de la libertad. A pesar de ello, dudo mucho que nuestras leyes permitan exhibir públicamente, en la pista de arena de un circo, a un vampiro que destroza los huesos y bebe la sangre de una joven inocente. Sería excesivo.
Por ese motivo, me parece poder afirmar que la dirección del circo de Southwarck conseguía aquella ilusión utilizando hábiles efectos especiales. La mejor prueba de ello es que la joven amazona, atacada por el vampiro, era destrozada y succionada todas las noches, durante semanas; a pesar de lo cual se encontraba perfectamente.
Respecto a la posibilidad de que aquel monstruo fuese realmente el señor Goëtzi, no me parece probable, a pesar de que esas criaturas excepcionales llamadas Vampiros o Fantasmas poseen, según se dice, el don de la ubicuidad, o al menos del desdoblamiento, si se me permite la expresión. El error de Ann puede justificarse con uno de esos parecidos tan comunes en la naturaleza. Además, la mayoría de los expertos en vampiros asegura que éstos tienen entre sí un cierto aire de familia, como si todos fuesen parientes más o menos directos del propio Harasz–Nami–Gul.
Como ustedes podrán ver enseguida, sería muy arriesgado pensar que el señor Goëtzi se había tomado la molestia de abandonar Holanda, donde lo retenían importantes quehaceres, para entregarse a toda clase de espectáculos circenses.
Durante la travesía no hubo ningún incidente destacable. Grey–Jack comió y durmió a partes iguales. Ella, sin embargo, apoyada en la borda, en una de esas posturas nobles y correctas que adoptaba con suma naturalidad, miraba la espuma que se escurría por los flancos del navío. Sus ojos intentaban adentrarse en la inmensa e insondable profundidad de las aguas. Quizá por eso las olas sugieren con tanta frecuencia la idea de infinito.
Después de sobrepasar la desembocadura del Támesis, Grey–Jack se despertó y pidió algo para beber. Ya podía verse tierra en el horizonte. Ella le pidió que se sentara a su lado y le contó, con una sencillez casi milagrosa, los relatos incoherentes que habían llegado a sus manos la víspera de la boda.
—Tal es el resumen de estas tristes cartas. Se deduce de ellas que el conde Tiberio, preceptor de mi prima Cornelia, es un libertino, y que sus finanzas se encuentran en el peor de los estados. Respecto a Letizia Pallanti, cualquier joven de alta cuna intentaría no mencionar a este tipo de personas. Entre los dos han raptado a Cornelia para arrastrarla hasta las montañas de la antigua Iliria. ¿Creéis que se puede hacer algo así con nobles intenciones? El canalla de Tiberio es el heredero de mi prima. ¡Oh, Dios mío! No deseo pararme a pensar en lo que podría pasarle a mi querida prima en esa solitaria Dalmacia, donde la civilización sólo llega a duras penas.
—Lo cierto es que cuanto más se piensa, más se alegra uno de ser inglés. Pero, ¿quién se va a ocupar de hacer las almácigas de marzo, en su casa, si me arrastráis a mí de un lado para otro? ¿Seríais tan amable de decírmelo?
—Mientras me hacéis tan absurdas preguntas, Edward Barton, apuñalado por cuatro desalmados a sueldo, es objeto de cuidados mercenarios. En su última correspondencia ni siquiera me hablaba de Merry Bones...
—¡Ese pillo irlandés! —explotó Grey–Jack con inesperada violencia.
—Mi querido amigo —observó Ann con dulzura—, los irlandeses son tan cristianos como nosotros.
¡Pero intenten convencer de una cosa así a un inglés del Este! Jack crispó sus puños ante la simple mención de ese tal Merry Bones, que era, sencilla y llanamente, el criado de Edward Barton.
Merry Bones, enemigo acérrimo del viejo Jack, se parecía levemente a un haz de leña. Su rostro estaba repleto de buenos y recios huesos, sobre los cuales apenas se veía la carne. Cuando se reía, su boca se ensanchaba hasta detrás de las orejas. ¡Ah, viejo zorro! Tenía un sorprendente ojo derecho, y un ojo izquierdo minúsculo, que parecía hijo del anterior. Su pelo rizado era tan abundante que no podía utilizar sombrero, y tan retorcido y ensortijado como la cerda en bruto recién llegada de Chicago. A pesar de haber sido marinero, desempeñaba mejor su vocación de «cabeza de clavo» en un cabaret de Whitefriars, en Londres.
«Cabeza de clavo» es la expresión irlandesa utilizada para definir al que presta su cráneo, por medio chelín, para que algunos caballeros prueben en él sus puños y bastones. El precio de un garrotazo, sin embargo, llega a ser de un chelín entero. Si se lo pedían, Merry Bones era capaz de aceptar hasta un sablazo por media corona.
El navío recaló en Ostende, y prosiguió su ruta hasta Rotterdam. A Ann le hubiese gustado pensar en los importantes acontecimientos históricos que unen el pasado de Holanda con el de Inglaterra, pero mientras costeaban esas regiones tan famosas, y mientras la embarcación subía hacia el norte, sobrepasando las desembocaduras del Escalda, eran los acontecimientos presentes los que iban cobrando cada vez mayor importancia.
Era casi de noche cuando el barco accedió a la desembocadura del Mosa, y cuando llegaron finalmente a Rotterdam la oscuridad ya era total. Sin ser tan amables como hoy en día, los encargados de los hoteles ya eran entonces muy competentes. Sin embargo, Ann respondió de forma inesperada a sus ofertas:
—No deseo alojarme en ningún hotel de la ciudad, pero, ¿sabría decirme alguno de ustedes dónde se encuentra una posada, en las afueras, conocida como La Cerveza y La Amistad?
Se hizo un inesperado silencio entre las personas que se encontraban en el muelle ofreciendo sus servicios hoteleros.
Entonces saltó alguien:
—¡Éstas no son las mejores horas para ir a semejante lugar, señora!
Y como si acabasen de desatarse al unísono todas las lenguas, se desató un incesante murmullo, en el que todos se repetían la siguientes palabras:
—¿Por qué motivo habrá escogido precisamente la posada donde desollaron al inglés?
Aquél era un cuadro típicamente flamenco, y de apariencia sosegada, a pesar de que hablasen en él de gente asesinada. Ann pudo ver una docena de rostros honestos, alumbrados al estilo Rembrandt por los faroles de las puertas de los hoteles. En medio de aquel paisaje, Ella se mantenía erguida y esbelta, envuelta en su capa y apoyada en el brazo de su fiel Grey–Jack. A unos pasos de allí, algunos botes se balanceaban y chapoteaban pesadamente sobre el Mosa.
Nuestra querida Ann repitió imperturbable:
—¿Alguien sabría indicarme el camino de ese terrible lugar llamado La Cerveza y la Amistad?
En medio del silencio absoluto que siguió a su pregunta, pudo escucharse un ruido seco, semejante a una risa burlona.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Ann, sin perder en ningún momento su valiente serenidad.
En vez de contestar, los hombres que la rodeaban se santiguaron.
—Puede oírse reír al viento, desde que degollaron al inglés...
—¡En el nombre del Cielo, joven forastera, no os adentréis por el camino de Gueldre esta noche! ¡Os ocurrirá algo terrible!
—La gran marejada de ayer ha derribado los diques.
—El camino ha desaparecido en más de diez sitios.
—Ya no pasan por ahí ni coches ni caballos.
—¿Habéis oído, señorita? —preguntó Jack, aterrado—. ¡Ni coches ni caballos! ¿No os lo dije?
—Entonces iré en un bote —dijo Ann.
—El derrumbamiento ha acabado también con el Kil de Höer. Las embarcaciones ni siquiera consiguen entrar por el canal.
—Muy bien; en ese caso iré andando —insistió ella—. ¡No hay obstáculo lo suficientemente grande para apartarme de mi deber! Si alguno de ustedes acepta conducirme hasta la posada de La Cerveza y la Amistad, le pagaré el precio que me pida, sea el que sea.
El círculo de hombres que la miraba sorprendido permaneció en silencio, y nuevamente pudo escucharse el eco de aquella especie de risa que momentos antes desgarrara la oscuridad de la noche.
En ese preciso instante alguien se abrió paso entre la concurrencia, y un campesino de Isselmonde, vestido con los característicos calzones y un jubón de tela blanca, apareció en la zona iluminada. Llevaba sobre la cabeza un gran sombrero flamenco, que le caía hasta los ojos. La luz de los faroles no logró penetrar aquel adorno, y nadie logró verle el rostro. ¡No se veía nada! ¿Cómo explicarlo? Y aquel misterio inspiraba terror.
—¿Quién es ése? —se preguntaron los demás entre murmullos.
Pero nadie lo sabía.
El campesino entró decididamente en medio del círculo expectante y cogió la maleta de la joven de las manos de Grey–Jack, a quien le castañeteaban los dientes.
—¡De acuerdo! —dijo con una voz que ni siquiera Ann lograría describir nunca—. ¡Trato hecho! ¡Seguidme!
Y con estas palabras se lanzó a caminar rápidamente, rígido como una piedra.
Ella fue tras él, a pesar de las súplicas de Grey–Jack.
La noche se adueñó de la costa, mientras podía verse en la distancia, como un pálido resplandor, el grupo que formaban nuestra querida Ann, el campesino que la guiaba, y el viejo Jack, que seguía a ambos, marchando a toda velocidad.
Daba la impresión de que era el propio campesino el que irradiaba esa especie de resplandor verdoso. Los representantes de los diferentes hoteles notaron cómo se les erizaban los cabellos, y se dispersaron inmediatamente como una bandada de patos.
El hombre avanzaba sin detenerse, atravesando canales y cercas. El camino no le pareció muy difícil a Ann, que pisaba donde él pisaba, mientras Grey–Jack los seguía.
De esa forma, atravesaron la ciudad en un abrir y cerrar de ojos.
La dejaron atrás por el este, por el lado de Alt–ost–thor. Después continuaron caminando sin la menor dificultad, a través de una comarca donde la tierra y el agua se alternaban e incluso se mezclaban en sorprendente confusión. Desde luego, había muchos obstáculos: canales, arroyos o brazos de mar que se extendían frente a ellos como si fuesen tentáculos del mar, pero siempre se encontraban con alguno de los puentes de aquel magnífico sistema de comunicación, que les permitía avanzar sin mojarse siquiera los pies.
Pasados unos minutos, el paisaje cambió. Tendré que pedirles un esfuerzo adicional para que intenten imaginarse a estas tres personas caminando en medio de un sudario casi completamente negro, aunque atravesado por pálidos resplandores. Además había aparecido una densa niebla que escondía tanto la tierra como el cielo.
En medio de aquella bruma, el campesino que los guiaba parecía brillar débilmente, como si lo hubiesen embadurnado con fósforo. Desde que partieran del muelle, no había pronunciado una sola palabra. Sólo caminaba.
Y caminaba. El sombrero flamenco ya no le cubría la cabeza, y el viento jugueteaba con su pelo, enredándolo y haciendo que brotasen chispas de él.
Repentinamente la noche se aclaró. Todas las estrellas aparecieron brillantes en el cielo. El camino seguía por allí, recto y llano, hasta donde alcanzaba la vista, en medio de praderas sembradas de charcos de agua, brillantes como espejos.
¿De dónde procedería aquel sonido de campanas, en medio de aquellos parajes, sin campanarios ni iglesias? A pesar de ello, pudieron escuchar nítidamente las doce campanadas de la medianoche. Inmediatamente desapareció el fulgor del cabello del campesino, y el aire se vio poblado de risas burlonas.
—¡Socorro! —gimió un lloroso Grey–Jack.
La tierra acababa de abrirse en aquel punto para tragarlos, obedeciendo de esa forma los presentimientos de nuestra querida joven. Si les parece difícil creer que un abismo pueda formarse en un momento, les diré que a Ann le daba la impresión de que aquel derrumbe se había producido antes, provocado probablemente por las terribles marejadas de la luna nueva de marzo. De hecho, el encanto de un relato como éste reside precisamente en su verosimilitud. Por otra parte, enseguida encontraremos, en medio de este paseo, numerosos accidentes hiperfísicos. Porque Ella adoraba utilizar esta palabra, que según creo quiere decir sobrenatural.
El fondo de aquella sima estaba lleno de un fango marino de olor acre y repugnante, que era aún más oscuro que la tinta. En lo alto pudieron ver entonces una silueta oscura, que mostraba una perversa alegría mientras arrojaba la maleta al fondo del abismo, lo cual hizo saltar un torrente de barro.
Grey–Jack, que en el fondo era un hombre como otro cualquiera, aprovechó aquel contratiempo para cubrir de amargas críticas a su joven ama.
—¡En menudo lío nos ha metido, señorita! –sollozó—. ¡Y no será porque yo no la haya avisado! ¡Estaba convencido de que este maldito campesino era el propio señor Goëtzi o alguno de sus secuaces! ¡Y ahora vamos a morir en medio de esta cloaca!
Nuevamente pudieron escuchar el eco de aquella risa diabólica, en medio del silencio de la noche, aunque tan lejana en esta ocasión que apenas podía distinguírsela.
Sobre todo porque en ese momento escucharon otros sonidos de naturaleza muy diferente. Una música melodiosa, suave y pastoral, atravesó el aire mezclada con el tronar de una agradable algarabía. Al principio Ann no se atrevió a dar crédito a sus oídos, mientras Grey–Jack pensaba que sufría las alucinaciones fantasmagóricas que anteceden a la muerte.
Pero enseguida vieron que no se equivocaban. Un ruido de pasos, de cascos de caballos y de ruedas de carruajes se les acercaba rápidamente, mientras la noche se iba iluminando con crecientes destellos.
Finalmente, en el borde opuesto del abismo que había surgido bajo sus pies, Ann y el viejo Jack vieron aparecer la más maravillosa de las visiones. En primer lugar divisaron a unas doncellas neerlandesas, con trajes de fiesta y guirnaldas de flores, cuya sonriente hermosura brillaba a la luz de muchas antorchas. Les seguía en igual número un grupo de varones. Después iba un hombre respetable ataviado con ropas eclesiásticas; no con las vestiduras características de un sacerdote papista, sino con el hábito austero, digno y decente, de nuestros típicos clergymen de la Iglesia anglicana.
Por fin apareció tras él un joven, con todo el aspecto de un noble inglés; y me refiero a esa nobleza de rango superior al de muchas aristocracias del mundo entero.
El desconocido, de cabellos rubios, piel blanca y sonrosada, y ojos azules como el cielo, parecía un verdadero dios.
La verdad es que Ella nunca había oído ni siquiera hablar del muy honorable Arthur. A pesar de ello, fue reconociendo de un vistazo cada una de sus características: primero supo que era un inglés, porque los ingleses llaman la atención allí donde se tenga la suerte de encontrarlos, de la misma forma en que Venus revelaba a la diosa por su andar; después supo que pertenecía a la aristocracia más elevada, porque lo cierto es que cada flor tiene su propio perfume; y finalmente reconoció que pertenecía a alguna familia noble, porque sólo un ciego es incapaz de distinguir una estrella atendiendo a su brillo.
Viajaba de incógnito, perfeccionando su magnífica educación militar con el examen de los históricos campos de batalla de los Países Bajos y Alemania.
Las doncellas coronadas de flores y los campesinos, también ataviados con sus mejores ropas, miraban confusos aquella sima, diciéndose entre sí:
—¡Qué contrariedad! ¡Vamos a llegar tarde a la boda!
El religioso, tranquilo y sereno, venía detrás de su discípulo:
—Tened la bondad de examinar a conciencia el terreno —le dijo—. En la vida hay que saber aprovechar cada circunstancia. Mañana me haréis como tarea el dibujo completo del puente de campaña que sería necesario construir para que un ejército lograse atravesar sin problemas esta ciénaga: treinta mil hombres de infantería, ocho mil a caballo y setenta y dos piezas de artillería de diverso calibre. Pertrechos y material médico, ad libitum.
El joven desconocido, cuyo porte y figura recordaba a un dios, le echó un vistazo a la sima, tomando algunas notas a la luz de una antorcha.
Ann podría haberse quedado toda la vida contemplando aquel espectáculo realmente hermoso. Pero Grey–Jack, mucho más prosaico que ella, soportaba con poca paciencia el encontrarse hundido hasta la cadera en el fango.
—¡Eh! —explotó—. ¡Por todos los demonios! ¿Es que vais a dejarnos aquí?
Inmediatamente se produjo un rumor entre los campesinos. El sacerdote y nuestra querida Ann, unidos por el pensamiento, dijeron a la vez:
—No hacía falta blasfemar.
Entonces el religioso añadió:
—Mylord, tened la amabilidad de reparar adecuadamente en los términos de mi próxima pregunta: dada la posición de estas personas, que en número desconocido se encuentran en aprietos ahí abajo, imagino que debido a algún accidente, ¿qué clase de medio mecánico utilizaríais para izarlos a tierra firme, si únicamente tenéis una cuerda, sin poleas de ningún tipo?
—Utilizaría mi bolsa —contestó el muchacho, uniendo el gesto a la palabra—, y les diría a estos valientes que me acompañan: os daré diez pistolas de plata de Francia si me traéis sanos y salvos a ese viejo y a esa joven dama.
No sé cuál habría sido el resultado de una respuesta semejante en los exámenes militares de la escuela de Eton, pero sus jóvenes acompañantes a la boda no le dejaron repetirla. En un abrir y cerrar de ojos se precipitaron por la ladera desmoronada y ayudaron a nuestros dos amigos a alcanzar de nuevo el camino.
Entonces Ella pudo reparar en la berlina de viaje, tirada por magníficos caballos, que había llevado hasta allí al joven noble y a su venerable preceptor, provenientes de Nimega y con destino a Rotterdam. Quienes iban a participar de la ceremonia nupcial, interrumpidos en su camino por aquel derrumbe, se encargaron de mostrarles otro camino. Pero como debían desandar parte del camino para llegar a su destino, el joven desconocido, cuya apariencia era casi divina, ayudó caballerosamente a Ann a subir a su coche, dejándola en la misma puerta de la posada conocida por el peculiar nombre de La Cerveza y la Amistad.

Se trataba de un enorme y oscuro edificio, situado en el cruce entre cuatro caminos y construido sobre pilares de madera. Cerca de él no había árboles ni matorrales, como si se encontrase perdida en medio de un arenal. Sobre la puerta, el viento nocturno agitaba un letrero luminoso, cuyo farol se había extinguido.
Ella levantó la aldaba con el corazón encogido, mientras pensaba: «¡Aquí, entre estas cuatro paredes, mi hermano y amigo Edward ha exhalado su último suspiro!»
No sabía ya qué pensar acerca de Grey–Jack, que en aquel momento temblaba de pies a cabeza, cubierto de fango hasta las axilas, y de muy mal humor.
A pesar de que no se veía ninguna luz desde fuera, la puerta de la posada se abrió inmediatamente. Nuestra querida Ann y el viejo Grey–Jack se encontraron entonces en medio de un salón que olía condenadamente a tabaco de pipa.
En el centro había una larga mesa, rodeada de bancos y repleta de cántaros vacíos cuyas bases descansaban en la cerveza derramada. También había un mostrador elevado sobre tres escalones, defendido como un castillo, y un reloj de pared con una caja de madera leonada que tenía incrustaciones amarillas. Las agujas marcaban la una menos dos minutos de la madrugada. El cuadrante se hallaba decorado por un pájaro raquítico.
Aunque no se veían lámparas ni bujías encendidas, los objetos de la estancia se distinguían nítidamente, como si se hubiese conservado un rayo de luna en aquel lugar, cuyas puertas y ventanas permanecían cerradas a cal y canto. Se trataba de un resplandor sordo y claro al mismo tiempo, que parecía tamizado a través de algún filtro verde.
Al lado del reloj había algunas personas inmóviles. El grupo lo formaba un hombre obeso que sólo tenía el reborde del rostro, es decir, cabello y barba. Un loro gigantesco se agarraba con las patas a su hombro; a su derecha había un niño de expresión diabólica, apoyado sobre un aro; y a su izquierda había un monstruoso perro de color carne, con una cara casi humana, y que permanecía completamente rígido sobre sus cuatro patas separadas.
Finalmente, al lado del mostrador, se veía una mujer gorda y calva, que dormía con agudos ronquidos. Además del tictac del reloj, que sonaba de forma extrañamente profunda, y de los ronquidos de la mujer, no había ningún otro ruido en la posada.
Ella sintió algo difícil de explicar, aunque no era miedo. Pero, ¿quieren saber lo más curioso? A pesar de la profunda emoción que la embargaba, a Ella todos aquellos seres que rodeaban el reloj se le antojaban accesorios del mismo, como parte de un extraño engranaje, semejante al del reloj de Estrasburgo.
—¡Por caridad! —pidió Grey–Jack—. ¡Un fuego para secarnos, y un poco de pan, carne y cerveza!
A pesar de que lo que pedía era lógico, Ella le ordenó silencio con un gesto rígido y severo, y dijo a su vez:
—Queremos ver inmediatamente a Edward Barton, ciudadano inglés y esquire, que ha morado o está morando en este establecimiento, si es que todavía vive. Si por desgracia hubiese muerto, de forma natural o violenta, lo que ya se esclarecerá en su correspondiente juicio, reclamamos al menos su cuerpo, para poder darle cristiana sepultura.
Las personas del salón no contestaron, como tampoco lo hicieran ante las peticiones de Grey–Jack. Se quedaron como mudos. Sin embargo, de en medio de aquel silencio y quietud, brotó una voz proveniente de algún rincón de la posada, lejos, muy lejos, arriba o abajo, y que gritaba como suelen hacerlo los irlandeses en medio de una pelea:
—¡Te voy a quitar el alma y a devorar el corazón! ¡Musha! ¡Arrah! ¡Begorrah! ¡Maldita araña! ¿Es que piensas que la sangre de un hombre de Connaught puede chuparse como si fuese la de un inglés? ¡Te vas a enterar!
—¡Es Merry Bones, el criado de nuestro amigo Ned! —exclamó Ella en un susurro, con un asombro en el que asomaba la esperanza—. Tenemos que ayudarle.
Grey–Jack se encogió de hombros, mascullando:
—¡Que el diablo le confunda!
Escucharon entonces un grito procedente del sótano o del granero, y Ann, que era el valor en persona, ya iba a lanzarse fuera del salón, cuando el reloj, desde lo más profundo de su mecanismo, comenzó a dar violentas campanadas.
Sonaron trece, y mientras el bronce resonaba, el aletargado personal de la posada pareció recobrar el movimiento. La mujer calva que había junto al mostrador abrió los ojos, el mesonero se balanceó de un pie a otro, el loro se peinó los bigotes con el pico, mientras decía: «¿Has comido bien, Ducado?»; y el niño, por su parte, hizo rodar su aro, gritando: «¡He visto al hombre muerto! ¡He visto al hombre muerto!», y el pájaro raquítico del cuadrante desplegó sus enormes alas y cantó cu–cú trece veces.
Simultáneamente se abrió una puerta situada entre el mostrador y el reloj. Por ella asomó un largo cuerpo huesudo, coronado por una cabellera rizada, semejante a esos cepillos que utilizan los deshollinadores. Detrás de Merry Bones (ya que efectivamente se trataba del sirviente irlandés) venía una réplica exacta de los diferentes seres que había en el salón de la planta baja, es decir: el mesonero sin rostro, el loro, el perro de cara humana, el niño con su aro, y la mujer calva.
Lo cierto es que estas nuevas apariciones eran levemente más pálidas que las anteriores, y el «nuevo» mesonero llevaba además una enorme maza en la mano. Su mirada, ya que en vez de ojos tenía mirada, era claramente verde.
Cuando nuestra querida Ann se volvió a mirar hacia el primer mesonero, se encontró con que había aparecido también en su mano una segunda maza, y también presentaba una mirada de destellos verdes.
Fue una pelea terrible. El pobre diablo de Merry Bones se encontró acosado por ambos lados. La jauría que estaba ya en el salón y la jauría que parecía perseguirle ahora cayeron al mismo tiempo sobre él con rabiosa ferocidad. Los dos perros y los dos niños le atacaron a las piernas, los dos loros hicieron lo mismo con los ojos, mientras las dos arpías le arañaban la garganta, y ambos mesoneros, subiendo y bajando rítmicamente sus mazas, le golpeaban el cráneo como si fuesen herreros moldeando un pedazo de hierro.
Nuestra querida Ann asistía, petrificada de espanto, al terrible asesinato. Mientras tanto, el viejo pecador de Jack, con la estupidez que caracteriza esos sentimientos de rivalidad nacional, se cruzó de brazos y rezongó:
—¡Que el irlandés se las arregle como pueda!
Y lo cierto es que el sirviente de Ned se defendía lo mejor que podía. No estaba armado, pero su cráneo podía servirle tan bien como si fuese un cañón. Cuando las mazas lo alcanzaban, salían rebotadas como si cayeran sobre un yunque. Ni siquiera lograban aplastarle un mechón de pelo. No sabría decir cómo consiguió salvaguardar sus piernas, su garganta y sus ojos, pero lo cierto es que durante el instante que duró aquella singular batalla nuestra querida Ann no le vio una sola magulladura. Por el contrario, los dos loros parecían agotados, las mujeres gordas jadeaban, los extraños y diabólicos críos pataleaban boca arriba como dos cangrejos dados la vuelta, y los dos perros gruñían a media distancia, mostrando los dientes ante el peligro. Y a los mesoneros no les fue mucho mejor. Merry Bones le propinó a cada uno un cabezazo en el estómago, y los mandó, a uno contra la pared norte, y a otro contra la pared sur de la casa.
El atlético joven, de porte gallardo, aunque no perteneciera a la nobleza y hubiese nacido en una detestable región, salvó entonces la mesa con una arriesgada pirueta y atravesó el salón rápido como una flecha, desapareciendo por la puerta exterior.
Incluso tuvo tiempo, al pasar a su lado, de mandarle un beso a Ann, y otro regalo muy diferente a Grey–Jack, cuya mejilla se hinchó como si le acabasen de extraer tres muelas.
Antes de desaparecer en la oscuridad del exterior, Merry Bones le dijo a Ann:
—¡Hasta pronto! ¡Voy a buscar el ataúd de hierro!...

Si Ella hubiese dedicado alguna de sus obras maestras a este tema, ustedes habrían encontrado sin duda algunos capítulos explicativos al final de la narración, con datos esenciales acerca de esta temida e ignorada clase social formada por los vampiros. Ann había acumulado a este respecto una gran cantidad de notas, y el señor Goëtzi, que (al menos en una de sus facetas) era un hombre bastante erudito, le había dado también valiosas informaciones.
Me doy cuenta de esto al pensar en los personajes de La Cerveza y la Amistad, tanto animales como personas, ya que aquí los animales eran tan personas como los demás.
Sin duda hay muchas cosas asombrosas que explicar acerca de las criaturas que conservan ciertas condiciones humanas, aun sin ser humanas.
Por ahora me limitaré a explicar, de pasada, una de las anomalías más singulares de su especie: la divisibilidad del animal o, como a Ella le gustaba decirlo, de forma más científica, su dividualidad.
Cada vampiro es en sí mismo un grupo, representado generalmente por una forma concreta, pero que tiene además un número indefinido de posibles nuevas manifestaciones. El célebre vampiro de Gran, que aterró a los habitantes que viven entre las riberas del Danubio y la ciudad de Ofen, en el siglo XIV, se aparecía como hombre, mujer, niño, cuervo, caballo y pez. La historia de Hungría así lo constata. La señora Brady era una mujer vampiro de Szegedin, que también podía adoptar las formas de gallo, militar, abogado y serpiente.
Aparte de esta peculiaridad, muy enigmática ya para la ciencia, parece ser que estas subformas son capaces a su vez de desdoblarse en otras, del mismo modo en que lo hace la forma principal.
Ésta es la explicación precisamente de que la familia del mesonero pudiese encontrarse al mismo tiempo dentro y fuera del salón, lo que dificultó enormemente la defensa del pobre Merry Bones.
Pero es necesario que destaque también otro hecho, quizá más extraño aún: la familia del mesonero sin cara, sea vista como un grupo vivo (hasta cierto punto), o como un sistema puramente mecánico, movido por los engranajes del reloj, estaba formada completamente por figuras accesorias. De hecho faltaba en ella la forma principal.
Lo comprenderán todo mejor cuando les explique que el jefe de ese grupo, la única alma del clan era... ¡Sí, lo han adivinado! Tanto el mesonero como su mujer, su perro, su loro y su niño, e incluso puede que hasta su reloj de cuco... eran en realidad ¡el señor Goëtzi!
Enseguida les daré pruebas irrefutables de ello...
Es imprescindible que ustedes sepan que este grupo de seres, al mismo tiempo plural y singular, capaz de materializar grotescamente el más impenetrable de los misterios de nuestra fe cristiana, no nace todo de un tirón. Se va formando y redondeando a través de la conquista, del mismo modo que lo hace el ganador de ese juego de cartas que imita a una batalla y que tanto apasiona a los niños. Es parecido a una bola de nieve; el despreciable señor Goëtzi, por ejemplo, tuvo que beberse primero la sangre de todos los habitantes de La Cerveza y la Amistad, antes de lograr incorporar sus presencias. Aunque tendrán que reconocer ustedes que el resultado obtenido constituye un privilegio extremadamente cómodo.


Pero seguiré, pidiéndoles permiso para retroceder un poco en el tiempo, con el fin de presentarles a los principales personajes de esta historia: Edward S. Barton, Cornelia, el conde Tiberio y Letizia Pallanti.


En la otra orilla del Rin, al este de la ciudad de Utrecht, alejados ya de estas llanuras que deben su existencia a la victoria del hombre sobre las aguas del mar, en una alegre región de bosques y cerros, se levanta el castillo de Witt. En él vivía Tiberio Palma d'Istria, de los condes de Montefalcone, que había entrado a formar parte de la noble familia de los Witt gracias a la boda con la condesa Greete, tía carnal de nuestra querida Corny.
La condesa Greete era muy bella, educada en las letras y en las ciencias, pero, sobre todo, tan buena y generosa como se describen normalmente a los ángeles del cielo. Por desgracia, su educación no había llegado tan lejos en lo que respecta a la música, danza e idioma italiano, que por aquella época estaban de moda. Después de morir los padres de Cornelia, ésta quedó bajo la tutela del conde Tiberio, que debido a estas carencias de educación tuvo que buscarle una institutriz. En aquel tiempo Italia facilitaba tantas institutrices como actualmente lo hace Inglaterra. No sé exactamente por qué referencias, pero lo cierto es que se escogió a la signora Pallanti, ya que no parecía existir en el mundo entero una persona tan maravillosa y completa como ella. Casi era comparable a la condesa Greete en lo que respecta a los autores griegos y latinos. Conocía a la perfección el álgebra y la trigonometría; recitaba las tragedias francesas de memoria, incluidas algunas de Voltaire, con singular encanto; bailaba como la mismísima Terpsícore, tocaba además la guitarra, el arpa, el clave y la lira de tres cuerdas; era capaz de recitar toda la Jerusalén liberada, de atrás hacia adelante, es decir, comenzando por el último verso.
Dicen que para los entendidos es un auténtico placer poder escuchar un divino poema recitado de esa forma.
La signora debía de tener entonces unos veinticinco años, aproximadamente. Los informes sobre su pasado eran realmente vagos, pero ella era del tipo de persona que se recomienda por sí misma, y su llegada al castillo de Witt fue una auténtica fiesta. La querida condesa Greete debió de besarla más de cien veces.
Únicamente el conde Tiberio la recibió de forma más severa, a pesar de su notoria hermosura. No le agradaban, según decía, las damas levemente regordetas (porque lo cierto es que Letizia parecía muy bien alimentada), y los niños prodigio le asustaban un poco. Por otro lado, a él le parecía que aquella hermosa extranjera tenía además poco cabello.
Letizia era morena. Su cabello negro era, realmente, muy corto, y al conde Tiberio le chocaba este detalle, acostumbrado como estaba a la espléndida cabellera rubia de su esposa, cuyo cuerpo podría haberse tapado por completo con las ondas de su pelo suelto.
Pero daba la impresión de que a Letizia tampoco le interesaban demasiado los gustos del conde Tiberio. Entregada por completo a sus tareas de institutriz, encontraba la forma de retribuir las bondades de la condesa Greete, a la que dedicaba casi todas sus atenciones. Cornelia, bajo su tutela, hizo progresos cercanos a lo milagroso. Todas las noches tenía lugar un concierto en familia y, en ocasiones, Greete y Letizia rivalizaban sabiamente en sus recitales de poesía griega o latina. En resumen: el castillo de Witt era la propia imagen de la felicidad.
Cornelia adoraba a su hermosa institutriz. Incluso se empeñó en llevarla con ella en uno de sus viajes de vacaciones a Inglaterra, y la propia familia Ward quedó inmediatamente prendada de una joven tan encantadora como aquella institutriz.
En aquella época yo era muy pequeña, pero todavía me parece recordarla. Nunca en mi vida he vuelto a ver a una mujer tan seductora como Letizia.
Nuestra querida Ann la admiraba. A pesar de ello, después de todo lo que pasó, llegó a confesarme que en ciertas ocasiones la acometían vagos temores, y un miedo misterioso que se entremezclaba con el sentimiento que la atraía constantemente hacia la bella italiana.
Algo de lo que puedo dar fe personalmente es de que el señor Goëtzi, que por entonces era el tutor de Edward Barton, mostraba hacia ella el más completo desinterés. También Letizia desviaba la mirada cada vez que el señor Goëtzi entraba en la estancia.
A pesar de ello, cierta noche los encontré juntos en la vieja avenida de castaños. Yo era tan curiosa como cualquier niño de mi edad, y por eso me acerqué de puntillas para no ser sorprendida. Pero cuando llegué hasta el sitio donde me había parecido verlos, no había nadie allí. Sentí miedo...
Letizia partió con su alumna al final del otoño y fue recibida con auténtica alegría en el castillo de Witt. La condesa Greete la había echado realmente de menos. Incluso Tiberio mostraba ya una cara mejor, y cierta velada en que ella cantó Llueve, llueve, pastora, el señor conde le dijo a su esposa:
—Tenéis razón, condesa. Esta joven sería maravillosa, con que sólo tuviese vuestros cabellos.
Era un comentario sin mayor importancia, de esos que se dicen y se olvidan. Sin embargo, no sé por qué, la condesa Greete palideció.
Fue justo por aquellos días cuando el conde Tiberio dejó de mofarse de las damas ligeramente obesas.
Y mientras acariciaba los cabellos de su mujer, en ocasiones le decía bromeando:
—La verdad es que podríais compartirlos con la signora Pallanti.
Estoy convencida de que la buena condesa habría aceptado hacerlo, a pesar de que lo que Letizia deseaba no era precisamente compartir.
Cierta mañana llegó al castillo de Witt nuestro viejo conocido Goëtzi, quien se cuidó mucho de decir que acababa de ser despedido como tutor de Ned Barton. En vez de hacerlo, pretendió haberse apartado de su camino para traerle a Cornelia las últimas novedades de sus parientes de Stafford. Fue bien recibido, y él aceptó aquella hospitalidad hablando constantemente de los Ward y de los Barton como si realmente contase todavía con su afecto y su amistad.
Se trataba, en definitiva, de un caballero instruido, agradable, y con un elevado conocimiento del mundo. Además era un buen jugador de whist, de chaquete y de ajedrez. Su presencia debería haber animado la vida en el castillo, pero no fue así. Sin que pudiesen explicarse los motivos reales del hecho, el conde Tiberio se tornó taciturno. No podría afirmarse que se apartase de su mujer, pero sí que sus relaciones con ella se enfriaron.
Por otro lado, la buena condesa perdió un poco de su encanto. Se mostraba inquieta y padecía mareos y jaquecas. Casi podría decirse que estaba palideciendo paulatinamente, adelgazando, e incluso envejeciendo.
Y su magnífico cabello iba menguando casi a ojos vista.
Debo reconocer que éste era un detalle no demasiado extraño en la condesa Greete, que ya no tenía veinte años; pero normalmente, cuando una hermosa dama pierde sus cabellos, es porque cada mañana quedan presos en el peine, y sus doncellas pueden incluso lamentarse por cada uno de aquellos rizos que caen. Pero no fue el caso. Entre los dientes de carey no aparecía ni un solo pelo, y a pesar de ello éstos se caían... ¡Ya lo creo que se caían!
¡Y lo más sorprendente! Fue justo en aquella época cuando los cabellos de Letizia comenzaron a crecer. Parecía como si se estuviese cumpliendo el deseo que había formulado en broma el conde Tiberio y la buena condesa estuviese compartiendo sus cabellos con la signora Pallanti.
Pero no era posible, porque una era rubia y la otra morena. Sin embargo, en lo que respecta a la cantidad, las proporciones se fueron manteniendo casi de forma rigurosa, de modo que todo lo que Greete perdía, Letizia lo ganaba instantáneamente.
Debo reseñar aquí que, desde la llegada del señor Goëtzi, Letizia utilizaba su loción capilar, recomendada por aquel hombre sabio. Una loción que, no obstante, fue inútil para la pobre condesa, que en vano intentó también utilizarla. A pesar de la existencia de aquel tonificante tan beneficioso para Letizia, la condesa Greete veía desesperada cómo su cabeza se iba despoblando. Me duele tener que pronunciar esta palabra, pero no me queda otro remedio: ¡se estaba quedando calva!
Y comenzaba a experimentar la horrible certeza de que era la institutriz la que le estaba robando el cabello.
Pero era algo imposible de explicar. La condesa Greete no quiso siquiera intentarlo. Sabía perfectamente que al primer comentario sobre el asunto, todos la tomarían inmediatamente por loca, de tan absurdas como eran sus sospechas. Además, ¿a quién podía contárselo? Cornelia adoraba a su tutora, y la pobre Greete casi podía escuchar anticipadamente su alegre risa si llegaba a sugerir algo tan rocambolesco.
Además, ¿de qué forma podría quejarse? ¿Qué pruebas tenía?
Sólo le quedaba el conde Tiberio, su marido. Se le puede confiar todo al hombre que se ama. No existen absurdos comentarios entre dos enamorados... pero, ¿acaso Tiberio la amaba todavía? Él se mantenía vigoroso y jovial, mientras que ella parecía haber envejecido diez años en apenas unos meses. Tiberio la miraba ahora sólo con pena. Se ausentaba con frecuencia. Según la maravillosa cabellera de Greete se iba trasplantando a la cabeza de Letizia, Tiberio iba olvidando cada día más el camino del dormitorio nupcial.
La sospecha entró entonces en el corazón de la buena condesa como si fuese el filo de un puñal. No sé cómo describir la obsesión de aquel desdichado espíritu amargado. Comprendió que Letizia se había convertido en su rival, y que había vencido y terminado con ella utilizando como arma precisamente sus propios cabellos. Tiberio seguía apasionado por aquella melena, sólo que a partir de ese momento la amaba sobre una frente diferente.
Cierta noche en que se encontraba sola en su cuarto escuchando en la distancia las notas del arpa, ya que había un concierto en el salón, se sintió arrastrada por una fuerza irresistible. Bajó por la escalera y, por primera vez después de mucho tiempo, llegó hasta la entrada del saloncito familiar.
¡Cuánta dicha había degustado entre aquellos agradables artesonados, testigos mudos de su felicidad pasada!
Pero no entró. Cornelia tocaba el clave. Tras ella, Tiberio y Letizia conversaban, sentados en el diván. Los dedos de su marido se hundían en la rizada cabellera que ahora caía de forma ondulada sobre los hombros de la signora Pallanti.
La condesa Greete se llevó las manos al pecho, convencida de que su corazón iba a estallar. Sin decir nada, intentó regresar a su dormitorio, pero sólo lo consiguió con la ayuda de la vieja Loos, a quien se encontró en el camino.
Al sentirse herida en lo más profundo de su ser, le dijo a su nodriza:
—Querida amiga, cuando era apenas una niña, te confiaba todos mis temores; escucha ahora cuál es la terrible angustia que será la causa de mi muerte.
Conversó durante mucho tiempo, con voz frágil y llorosa. Loos la escuchaba con las manos unidas. Sin embargo, lo que más sorprendió a su nodriza no fue la traición del conde Tiberio y de Letizia, que todos en el castillo conocían, excepto Cornelia, que era pura e inmaculada como un ángel. Lo que más la asombró, insisto, fue un detalle que le contó la condesa:
Siempre que llegaba la más impenetrable oscuridad, aproximadamente a medianoche, su permanente insomnio cedía por unos minutos. Caía entonces en un pesado sopor, que era casi una tortura.
De esa forma, y noche tras noche, se le repetía siempre el mismo sueño: ella notaba cómo un hombre se acercaba sigilosamente a su cama y empezaba a depilarla con una pinza de acero, arrancándole uno por uno todos sus cabellos.
No podía imaginar quién era aquel hombre, porque nunca consiguió abrir los ojos en su presencia. Cuando él desaparecía, la condesa sentía en su cabeza, una sensación semejante a una quemadura, y la luz del velador derramaba sobre los objetos unos brillos de color verde.
Pero no terminaba ahí el asunto. Apenas unos minutos después, se escuchaban gritos distantes en medio del silencio. Eran gritos de mujer, que parecían proceder del ala del castillo donde descansaba normalmente la signora Letizia.
Después de haberle contado tan sorprendente historia, la condesa Greete se durmió de dolor y de cansancio entre los brazos de su anciana nodriza.
En lugar de retirarse como era habitual, ésta se deslizó entre la cama y la pared y se escondió entre los cortinajes.
Cerca de las once de la noche se apagaron los armoniosos sones procedentes del salón, y un poco después comenzó a oírse la fuerte respiración de la condesa, que parecía haber caído nuevamente en su sopor.
En aquel momento se abrió sin ruido la puerta del dormitorio y el señor Goëtzi apareció en el umbral. Loos lo vio perfectamente mientras atravesaba la estancia y se acercaba sigilosamente a la cama. Loos tendría ahora ciento cuarenta años y la condesa Greete unos ciento dieciocho. El señor Goëtzi, pensando que nadie lo vigilaba, dio rienda suelta a su naturaleza de vampiro. Despedía unos bellos reflejos verdes, y su labio inferior brillaba, rojo como un hierro incandescente. Sus cabellos, revueltos, temblaban y se agitaban también como llamaradas. Se trataba sin lugar a dudas de un gallardo vampiro.
Lo primero que hizo fue inclinarse sobre la cama. Utilizando una larga aguja de oro que sujetaba con el índice y el pulgar, pinchó a la pobre condesa detrás de la oreja izquierda y, aplicando inmediatamente sus labios sobre la herida, succionó la sangre durante diez minutos exactos. Aquello era lo que estaba haciendo perder el color y envejecer a la bella dama. Su naturaleza saludable se resentía inexorablemente, como se pueden imaginar, después de que cada noche se repitiese semejante operación.
Por otro lado, el señor Goëtzi parecía beber sin placer, únicamente para mantenerse en forma. Sólo se embriagaba por placer con la sangre de las doncellas. Después de beber su dosis acostumbrada, guardó la aguja de oro y extrajo una minúscula pinza de depilar, con la que fue arrancando, uno por uno, un mechón de cabellos de la cabeza de la condesa. Según los iba extrayendo, los iba colocando en un manojo, igual que hacen las espigadoras con el trigo.
Mientras tanto, la pobre dama gemía débilmente en sus sueños. La anciana Loos, paralizada de espanto, no podía creer lo que veía. En cuanto el doctor Goëtzi terminó su repugnante tarea, se marchó tan contento, tarareando una copla en serbio, que es el idioma que habitualmente utilizan los vampiros para hablar entre ellos.
Lo primero que pensó Loos fue despertar a la condesa, a Tiberio... a todos, para arrojar al señor Goëtzi a una caldera hirviente. Las personas sin mucha cultura piensan que se puede uno deshacer de un vampiro cocinándolo, pero están equivocadas. Y mientras la anciana se desperezaba, ya que el terror la había entumecido, pudo escuchar en la distancia los gritos de mujer de los que le había hablado la condesa.
La asaltó una irresistible curiosidad. ¿Además, qué importancia tenían unos minutos más o menos? Abandonó su escondite y se alejó del dormitorio para seguir en silencio por el pasillo, guiándose por aquellos gritos.
De esa forma alcanzó los aposentos de Letizia, cuya voz reconoció perfectamente. La signora Pallanti gritaba y lloraba como alguien al que están despellejando. La anciana acercó inmediatamente un ojo a la cerradura para saber lo que ocurría.
Por el agujero pudo ver a Letizia, acostada sobre su cama, que se retorcía de dolor. El señor Goëtzi se encontraba en pie junto a ella, sujetando en la mano su larga aguja de oro. ¿Alguna vez han visto ustedes a alguien pinchar las coles? Pues bien, esto era exactamente igual. El señor Goëtzi practicaba, con su aguja dorada, pequeños agujeritos en el cráneo de la signora Pallanti, en los que implantaba uno por uno todos los cabellos de su desdichada ama.
Al verlo, la furia de la anciana no tuvo límites.
—¡Ah, malditos diablos! —exclamó—. ¡Ya las pagaréis todas juntas! ¡El horno estará bien caliente!
Pero en su enfado, había hablado sin prudencia. El señor Goëtzi pudo escucharla y paró inmediatamente de trabajar. Aquello no asustó a la anciana, que pensó que tenía la suficiente ventaja como para huir corriendo. Pero al incorporarse para escapar, se encontró de frente con el propio señor Goëtzi, que le cerraba el paso. Retrocedió sorprendida, mientras se preguntaba cómo habría podido semejante monstruo dar la vuelta a su alrededor sin que ella lo viera.
El vampiro sonreía mientras se acercaba a ella, que ahora se encontraba de espaldas a la puerta de la alcoba de Letizia. Ésta se abrió justo en ese momento y el ruido la hizo girarse.
¡Quien salía del dormitorio era de nuevo el señor Goëtzi, sin dejar de sonreír! ¡Eran dos! Y ella se desmayó, aniquilada por el asombro.

Imagino que este último detalle ya no les asusta ni les sorprende, después de haberse familiarizado con algunos de los misterios y secretos de la vida de los vampiros; pero intenten concebir el estupor de la anciana nodriza. El señor Goëtzi que salía de la alcoba y el que se aproximaba a ella por el corredor eran tan exactamente iguales que cualquiera que los hubiera visto acercándose, el uno al otro, habría dicho que se trataba de un hombre que se acerca hacia su propia imagen reflejada en un espejo.
También pudo ver las dos agujas de oro, puesto que cada uno llevaba la suya en la mano.
Por otro lado, a la desdichada anciana no le quedó precisamente mucho tiempo para admirar aquel prodigio. Ella sabía ahora demasiado. Las dos agujas de oro se ensartaron en sus sienes al mismo tiempo, una a la derecha y otra a la izquierda, y la pobre nodriza de la condesa Greete expiró sin proferir un solo grito.
Los dos monstruos ni siquiera se molestaron en probar aquella sangre, que era demasiado vieja para ellos.
—Mi querido doctor —dijo uno de ellos—, ¿qué vamos a hacer con estos despojos?
—Lo que más os apetezca, mi estimado doctor —contestó el otro.
Ambos extendieron sus manos sobre el cadáver, y éste se irguió sobre ocho patas. Acababa de convertirse en un perro doble, o en dos perros si se prefiere, con un mismo rostro, casi humano. Ambos fueron a colocarse dócilmente junto a cada uno de los dos Goëtzi, que dijeron al mismo tiempo:
—Lo llamaremos Funchs. Y ahora sigamos con nuestro trabajo.
Entonces se abrazaron, fusionándose, mientras los dos perros hacían lo mismo.
Y así fue como nació aquel extraño animal del que hemos hablado en la posada de La Cerveza y la Amistad.
El señor Goëtzi regresó junto a la cama de Letizia y terminó de implantarle los cabellos recién robados.
En las siguientes vacaciones, la condesa Greete expiró, abandonada, en medio de un castillo desierto. Cornelia se encontraba aquí, en casa de los Ward, donde se terminaban los últimos preparativos de su boda con Edward S. Barton. En esta ocasión no la acompañaba su institutriz Letizia, que había dado la excusa de asuntos de familia que la reclamaban en Italia.
Más tarde se supo que lo que había hecho era seguir sencillamente al conde Tiberio a París, donde éste llevaba una vida completamente disipada, jugando, divirtiéndose y entregándose mutuamente a los excesos más desenfrenados. Su amor por la extravagancia había aparecido de forma repentina y un poco tardía. El día en que el señor Goëtzi le informó de la muerte de su desgraciada esposa, celebró una gran fiesta. La condesa Greete había muerto desesperada, teniendo sobre su cabeza apenas un mechón de pelo de su hermosa cabellera. Un día después, el señor Goëtzi alquiló en las proximidades de Utrecht una pequeña casa, en la que instaló a la mujer calva que hemos visto al lado del mostrador de La Cerveza y la Amistad. Esa mujer, que le obedecía como una esclava, era todo lo que había sobrado de la condesa Greete. Tenía como guardián a Funchs, el perro de cara humana, y su nombre era señora Frasquita en holandés.
Al regreso del conde Tiberio tuvo lugar en el castillo una reunión entre los tres: Letizia, Goëtzi y él. Hablaron del reciente fallecimiento del conde de Montefalcone, el hombre más rico de los países del Istria y de Dalmacia, situados frente a la república de Venecia, al otro lado del Adriático.
Montefalcone había dejado una viuda y un hijo único. Si este muchacho muriese, Cornelia de Witt se convertiría en la heredera de la condesa viuda.
Y si Cornelia moría, la herencia de los Montefalcone pasaría a manos del propio conde Tiberio.
Lo cierto es que el conde no era malvado por naturaleza, pero en aquel momento se encontraba dominado por Letizia, y ésta a su vez por el señor Goëtzi.
Permanecieron reunidos toda la noche, y al final decidieron que el señor Goëtzi viajaría a Viena para ocuparse de aquellos asuntos, no precisamente domésticos.
Y el asunto principal era el joven Montefalcone, hijo del difunto conde y de la condesa viuda, que estaba destacado en Austria como capitán del regimiento de Liechtenstein, y vivía en la corte del Emperador José II. Era un individuo de cuidado.
El señor Goëtzi partió acompañado de la mujer calva, Frasquita, y del perro Funchs. Nuestra querida Ann no me habló de aquel viaje. Lo único que sé es que al llegar a Viena se hospedaron en casa de un usurero que le prestaba dinero a Mario Montefalcone. El judío tenía en su poder documentos, firmados por el joven capitán, por valor de más de un millón de florines. Se llamaba Moisés.
Tenía su residencia en el tercer piso de un enorme edificio del Graben, en el que vivía con su hermosa hija Débora, que todas las noches amarraba una escala en su terraza para cenar en su cuarto con el joven capitán Mario.
El viejo Moisés tenía en su túnica un bolsillo de cuero, donde siempre llevaba los documentos firmados por Montefalcone, que constituían su más preciado tesoro. Nunca se quitaba la túnica para dormir. La terraza donde la hermosa y culpable Débora amarraba su escala de cuerda estaba forjada completamente en hierro.
Cierto día en que se celebraba una fiesta militar entre los ojaranzos del palacio imperial de Schoënbrunn, que son los mas altos del Universo, Débora insistió tanto ante su anciano abuelo que éste accedió a llevarla a ver el desfile. Ella se vistió con sus mejores ropas y todas las joyas que el capitán le había ido regalando. Estaba maravillosa. Sus perlas y rubíes valían exactamente tanto como los documentos que Montefalcone había firmado en favor de Moisés. También Montefalcone lucía, en aquel desfile, un uniforme nuevo. Los dos jóvenes se sintieron tan felices de verse que con sus miradas intercambiaron la promesa de una cita para aquella misma noche. También la mano del usurero descansaba sobre el bolsillo de cuero que colgaba junto a su corazón. Todo el mundo se sentía feliz.
Pero mientras tanto, el señor Goëtzi, Frasquita y Funchs habían permanecido al cuidado de la casa del Graben. Durante la fiesta, le dedicaron todo el tiempo al dormitorio de la hermosa Débora, cuyas persianas bajaron para no ser descubiertos. El señor Goëtzi y Frasquita se turnaban en la terraza con una piedra de afilar, mientras Funchs montaba guardia en lo alto de la escalera.
Cuando el señor Goëtzi y la mujer calva terminaron, las dos aristas superiores del barrote que sostenía el balcón estaban más afiladas que una daga.
Esa noche, cuando la plaza del Graben se hallaba desierta y solitaria, apareció el heredero de Montefalcone, más alegre que nunca, y vestido con su abrigo de fiesta. Nada más aparecer, cayó una escala de seda desde la terraza de Débora.
Y el conde heredero comenzó a subir por ella. La escala era muy firme, ya que el barrote de hierro del balcón, convertido ahora en cuchilla, tardó mucho en cortarla. Sólo después de superar el segundo piso la escala del capitán se rasgó.
Pudieron escucharse entonces dos alaridos, uno de mujer, y otro del capitán. Inmediatamente volvió a reinar el silencio de la noche, como las aguas de un río se cierran nuevamente después de sumergirse en ellas quien por mala suerte cae de un puente.
Simultáneamente, el señor Goëtzi despertó al anciano Moisés para avisarle de que un malhechor estaba trepando hacia los balcones de su casa. El buen hombre salió corriendo, llevando el trabuco en una mano, mientras palpaba con la otra su bolsillo de cuero.
Funchs, el perro con cara de hombre, estranguló al usurero sobre el vano de su puerta.
El señor Goëtzi ya no tenía nada más que hacer en Viena. Después de vaciar el bolsillo de cuero, inició de nuevo su andadura, a la luz de la luna, con el corazón tan alegre que no dejaba de tararear canciones populares.
Y a partir de ese momento, la escolta del señor Goëtzi aumentó. Además del perro de rostro humano y de la mujer calva, o si lo prefieren, de Loos y de Greete, le acompañaban también un loro y un niño que jugaba con su aro durante la travesía. El loro era el usurero Moisés, de pico firme y garras curvas; y el niño era el propio capitán Mario. No se había encontrado una figura mejor para aquel noble de uniforme refulgente.
En lugar de regresar por el camino de los Países Bajos, el señor Goëtzi se encaminó hacia el sudeste, atravesando el archiducado de Austria, la Carintia y la Carniola. Ella nunca me detalló si realizó aquel viaje en coche o a pie, pero hay un detalle muy curioso respecto al modo en que los vampiros y sus séquitos atraviesan las corrientes de agua. Todo el grupo se apelotona contra el amo vampiro, hasta entrar dentro de él. Después de ello, el vampiro se tumba sobre el agua y rema, con los pies por delante, haciendo la plancha. Y por muy fuerte que sea la corriente, no logra impedir su avance.
Recuerden ustedes que, siempre que se tropiecen con alguna persona que nada en un río de esta forma, deben tomar todas las precauciones imaginables, pues sin duda se trata de un vampiro.
El señor Goëtzi se desvió ligeramente hacia el este, al llegar a Trieste, cruzó Istria, Croacia, y penetró en Dalmacia antes de internarse en los Alpes Dináricos hasta la frontera de Albania, que es donde se encuentra el castillo de Montefalcone, uno de los más impresionantes que existen en el mundo, y escenario de uno de los acontecimientos más dramáticos de nuestro relato.
Todo en aquel lugar era abrupto, confuso, tenebroso, desde la hierba de las praderas hasta las nubes del cielo. Las cimas de las montañas trepaban hasta las alturas con una rabia salvaje, y sólo más adelante podía divisarse una mezcla de torreones y almenas, de los que, por cientos de grietas, colgaban gigantescas cabelleras de lianas. Podían verse algunos pinos, creciendo entre los muros, y éstos parecían brotar a su vez de abismos insondables.
Si había alguna idea que predominase en aquella situación, ésta era la de la completa imposibilidad de penetrar por allí, a pesar de la voluntad del amo. Detrás de las estrechas ventanas alargadas podía adivinarse la emboscada de algún vigía al acecho; las troneras se abrían amenazadoras, y los puentes levadizos, erizados de rejas, colgaban sobre el vacío como trampas para gigantes.
No se veía ni un solo centinela sobre los muros, pero en la esquina de una de las plataformas, iluminada por los cuernos de la luna y casi completamente oculta por una nube achatada y escamosa como el lomo de un cocodrilo, podía verse la estructura cuadrada de una horca, de la que aún colgaba un esqueleto, alrededor del cual revoloteaban los cuervos.
El vampiro llegó unos minutos antes de la puesta del sol y se paró en la cima de una montaña muy elevada desde la que podía verse toda la región. Desde allí era posible divisar no sólo el castillo, sino infinidad de pueblos y ciudades, valles estériles, fértiles campiñas, e incluso algunas islas en el mar. Durante un buen rato contempló extasiado tanta belleza, y en especial la propiedad de Montefalcone, una finca realmente imperial.
Una sonrisa imperceptible aleteaba en sus labios, rojos como brasas.
Entonces dijo: «¡Id!», y repentinamente le abandonaron los espíritus esclavos que lo envolvían. El loro levantó el vuelo, el perro brincó sobre la ladera de la montaña, y tras él marcharon la mujer calva y el crío, jugueteando con su aro.
Después de que se fueran, el señor Goëtzi se desdobló nuevamente, para tener alguien con quien conversar. Encendió una hoguera, y los que aquella noche desde el fondo del valle elevaron su mirada a las montañas pudieron ver en la cúspide de una cima inaccesible, jamás hollada por nadie, dos resplandores verdes acurrucados en la nieve, calentándose frente a una débil luz.
Era ya entrada la noche cuando regresaron sus esbirros. El castillo de Montefalcone se había transformado en una masa informe en medio de las montañas. Detrás de sus murallas brillaban, en varios lugares diferentes, el resplandor de algunas luces.
A pesar de que el señor Goëtzi no había hablado con ninguno de sus esclavos, cada uno de ellos tenía instrucciones precisas acerca de lo que debía hacer. Todos regresaron, aunque al mismo tiempo se quedaron también allá, en los diferentes lugares que les habían indicado. Y es que la propiedad de desdoblamiento les otorga incuestionables privilegios.
Aquellas mitades de demonios se sentaron en círculo alrededor de la hoguera, menos el loro, que retrepó hasta el hombro de la mujer calva, y el señor Goëtzi escuchó sus informes. Frasquita fue la primera en hablar, diciendo:
—Soberano señor, yo entré en medio del cuerpo de la guardia que vigila la puerta principal, con mi barril de kirschwasser. Parece que aún tengo alguna belleza, porque los soldados querían agarrarme, mientras me llamaban «tesoro» y cosas por el estilo. Y he aquí lo que averigüé: la fortificación se encuentra en pie de guerra debido a una banda de salteadores que está asolando estas montañas. La guarnición es lo suficientemente numerosa como para defender por sí sola toda una ciudad. Cuentan además con abundante artillería. ¡Muy listo habrá de ser quien logre entrar allí dentro!
—¿Dónde has puesto tu barril? —le preguntó Goëtzi.
—Amo —contestó Frasquita—, está junto a la guardia, porque todavía estoy dando de beber a los soldados, que siguen llamándome tesoro.
El perro con cara de hombre comenzó a reír, y el loro picoteó la cabeza sin pelo de aquella espantosa vieja.
—De acuerdo —dijo entonces el vampiro—. Ahora te toca a ti, Funchs.
—Amo soberano —respondió el perro—, ya he recorrido las murallas. Sólo tienen un punto flaco, e incluso para entrar por allí serían necesarias palas y explosivos. Se trata de una explanada donde no hay guardia, pero colocaron un perro del tamaño de un toro. Lo cierto es que nuestros sexos son diferentes y...
—¿Y tú le cortejaste junto al muro? —le atajó el señor Goëtzi, sonriendo.
—Sí, mi amo y señor. Se acercó ardiente de ternura, y yo acabé con él estrangulándolo. Ahora soy yo quien está montando guardia allí, mientras él yace en el patio.
—Perfecto —le felicitó el señor Goëtzi, dándole una patada amistosa—. Ahora dime tú qué es lo que has hecho, capitán.
El crío se limpió la boca, donde le quedaban restos de golosinas.
—Mi coronel —dijo haciendo un saludo militar—, yo fui a jugar con mi aro en el regazo de tres hermosas jóvenes, que son las doncellas de la vieja condesa. Me llenaron de dulces y me dijeron que van a tener nuevos vestidos negros, porque les llegó de Viena la noticia de que el único