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AMBROSE BIERCE -- UN NAUFRAGIO PSICOLÓGICO

Escrito por imagenes 30-07-2008 en General. Comentarios (0)

AMBROSE BIERCE -- UN NAUFRAGIO PSICOLÓGICO <-----------enlace

AMBROSE BIERCE
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UN NAUFRAGIO PSICOLÓGICO



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En el verano de 1874 me encontraba en Liverpool, donde había ido en viaje de negocios representando a la sociedad mercantil Bronson & Jarret de Nueva York. Mi nombre es William Jarret, y el de mi socio era Zenas Bronson. La compañía quebró el año pasado y Bronson, incapaz de soportar el salto de la opulencia a la pobreza, murió.
Una vez concluidos mis asuntos financieros y viendo cercana una crisis de agotamiento y desaliento, decidí que una larga travesía marítima podría resultar al mismo tiempo agradable y beneficiosa para mí; por ello, en vez de embarcarme a la vuelta en uno de aquellos excelentes buques de pasajeros, hice una reserva para Nueva York en el velero Morrow, donde había hecho cargar una abundante y valiosa remesa de los artículos que había comprado. El Morrow era un barco inglés dotado con pocos camarotes para pasajeros, entre los que sólo nos contábamos yo y una joven con su doncella, una mujer negra de mediana edad. Me pareció extraño que una joven inglesa viajara tan bien atendida, pero ella me explicó más tarde que la doncella había estado al servicio de un matrimonio de Carolina del Sur, y que fue recogida por su familia al morir ambos cónyuges el mismo día en casa de su padre, en Devonshire. Dicha circunstancia, por su rareza, permanecería en mi memoria con bastante claridad, incluso aunque no hubiera salido a relucir en una posterior conversación con la joven dama que el marido se llamaba William Jarret, igual que yo. Sabía que una rama de mi familia se había establecido en Carolina del Sur, pero desconocía completamente su historia y lo que había sido de ellos.
El Morrow partió del estuario del río Mersey el 15 de junio y durante varias semanas tuvimos brisas ligeras y cielos cubiertos. El patrón del barco, un marinero admirable (pero nada más), no nos ofreció, salvo a la hora de comer, demasiada hospitalidad, por lo que la joven Miss Janette Harford y yo hicimos amistad enseguida. A decir verdad, estábamos casi siempre juntos y, con una disposición de ánimo introspectiva, procuré varias veces analizar y definir el sentimiento novelesco que me inspiraba: una atracción secreta y sutil, pero poderosa, que me impulsaba constantemente a buscarla. Mis intentos fueron vanos. Sólo pude asegurarme de que, al menos, no se trataba de amor. Una vez convencido de esto y confiando en que ella me era bastante incondicional, una tarde (recuerdo que era el 3 de julio), mientras estábamos sentados en cubierta, me aventuré a preguntarle entre risas si podría ayudarme a resolver una duda psicológica.
Al principio se quedó callada, mirando hacia otro lado. Empecé a temer que había sido extremadamente descortés e inoportuno. Pero entonces clavó su mirada solemne sobre la mía. En un instante mi mente se vio dominada por una ilusión extraña y nunca registrada en la consciencia humana. Daba la impresión de que me miraba, desde una lejanía inconmensurable, no con sino a través de sus ojos, y que otras personas, hombres, mujeres y niños, en cuyos rostros creí ver efímeras expresiones extrañamente familiares, se arremolinaban a su alrededor, pugnando todos, con una ligera impaciencia, por mirarme a través de las mismas órbitas. El barco, el océano, el cielo: todo había desaparecido. No era consciente más que de las figuras de esa extraordinaria y fantástica escena. Entonces, de repente, una profunda oscuridad se abatió sobre mí, y desde ella y poco a poco, como quien se va acostumbrando despacio a una luz más débil, el entorno anterior de la cubierta, el mástil y las jarcias, fue reapareciendo lentamente ante mi vista. Miss Harford, que había cerrado los ojos y parecía estar dormida, seguía sentada en su silla con el libro que había estado leyendo abierto sobre su regazo. Impulsado por no sé qué motivo, me fijé en la parte superior de la página; era un ejemplar de una obra rara y curiosa, Las Meditaciones de Denneker, y el dedo índice de la dama descansaba sobre este pasaje:
«A todos y a cada uno se les concede alejarse y separarse del cuerpo una temporada; porque, igual que en los riachuelos que confluyen uno en otro, el más débil es arrastrado por el más fuerte, existen ciertos parientes cuyos caminos se entrecruzan y sus almas guardan relación mientras sus cuerpos siguen caminos anteriormente fijados, sin que lo sepan.»
Miss Harford se despertó temblando; el sol se había ocultado tras el horizonte, pero no hacía frío. Tampoco hacía nada de viento ni había nubes en el cielo; sin embargo, no se veía una estrella. Unos pasos precipitados resonaron fuertemente sobre la cubierta; el capitán, al que habían hecho subir, se reunió junto al barómetro con el primer oficial. «¡Dios mío!», le oí exclamar.
Una hora más tarde, la figura de Janette Harford, invisible en medio de la oscuridad y la espuma, me fue arrebatada de las manos por el vórtice cruel del barco al hundirse, mientras yo perdía el conocimiento entre las jarcias del mástil flotante al que me había amarrado.
Me despertó la luz de una lámpara. Yacía en una litera rodeado por el característico ambiente del camarote de un buque. Frente a mí, un hombre sentado en un canapé y medio desnudo para irse a dormir, leía un libro. Reconocí el rostro de mi amigo Gordon Doyle. Me había encontrado con él el día que me embarqué en Liverpool, cuando estaba a punto de subir al buque Ciudad de Praga, y me había pedido encarecidamente que le acompañara en él.
Pasados unos instantes, pronuncié su nombre. Él se limitó a decir «Bien», y pasó la hoja del libro sin apartar la vista de la página.
-Doyle -repetí-, ¿la salvaron a ella?
Entonces se dignó mirarme y sonrió divertido. Evidentemente creyó que estaba medio dormido.
-¿A ella? ¿A quién te refieres?
-A Janette Harford.
Su diversión se convirtió en asombro; me miró fijamente, sin decir nada.
-Me lo dirás dentro de un rato -proseguí-; supongo que me lo dirás dentro de un rato.
Un momento después pregunté:
-¿Qué barco es éste?
Doyle volvió a mirarme fijamente.
-El Ciudad de Praga, que partió de Liverpool con rumbo a Nueva York y lleva tres semanas de travesía con el eje de una hélice roto. Principal pasajero: Mr. Gordon Doyle; ídem lunático: Mr. William Jarret. Estos dos distinguidos viajeros embarcaron juntos, pero están a punto de separarse, siendo la decisión irrevocable del primero tirar por la borda al segundo.
Me incorporé de repente.
-¿Quieres decir que llevo tres semanas como pasajero de este barco?
-Sí, casi tres. Hoy es 3 de julio.
-¿Es que he estado enfermo?
-Sano como una manzana y siempre puntual en las comidas.
-¡Dios santo! Doyle, aquí hay algún misterio. Por favor, te ruego que seas serio. ¿No fui rescatado del naufragio del velero Morrow?
A Doyle le cambió el color, se acercó a mí y me cogió por la muñeca. Al rato preguntó con calma:
-¿Qué sabes de Janette Harford?
-Primero dime qué sabes tú.
Mr. Doyle me observó durante unos instantes como si estuviera pensando qué hacer. Después se volvió a sentar en el canapé y dijo:
-¿Por qué no? Estoy comprometido con Janette Harford, a la que conocí hace un año en Londres. Su familia, una de las más ricas de Devonshire, se ofendió por ello y nos fugamos, o mejor dicho, estamos fugándonos, porque el día que tú y yo nos dirigíamos al embarcadero para subir a este barco, ella y su fiel doncella, una mujer negra, nos adelantaron y se dirigieron al velero Morrow. No consintió que fuéramos en el mismo barco y creyó más oportuno embarcar en un velero para evitar que nos vieran y reducir el riesgo de ser descubiertos. Ahora estoy muy preocupado porque esa maldita rotura de nuestra maquinaria puede que nos retrase tanto que el Morrow llegue a Nueva York antes que nosotros y, en ese caso, la pobre chica no sabrá dónde ir.
Me quedé quieto en la litera, tan quieto que apenas respiraba. Pero el asunto no parecía desagradar a Doyle pues, tras una breve pausa, continuó:
-A propósito, ella es sólo hija adoptiva de los Harford. Su madre murió en su tierra al caer de un caballo durante una cacería, y su padre, loco de tristeza, se suicidó el mismo día. Nadie reclamó a la niña y los Harford la adoptaron después de un tiempo razonable. Aunque ella ha crecido en la creencia de que es su hija.
-Doyle ¿qué libro estás leyendo?
-Oh, se llama Las Meditaciones de Denneker. Es muy raro; Janette me lo dio. Por casualidad tenía dos ejemplares. ¿Quieres verlo?
Me arrojó el volumen, que se abrió al caer. En una de las páginas había un pasaje subrayado:
«A todos y a cada uno se les concede alejarse y separarse del cuerpo una temporada; porque, igual que en los riachuelos que confluyen uno en otro, el más débil es arrastrado por el más fuerte, existen ciertos parientes cuyos caminos se entrecruzan y sus almas guardan relación mientras sus cuerpos siguen caminos anteriormente fijados, sin que lo sepan.»
-Tenía, es decir, tiene, un gusto muy singular a la hora de leer -conseguí decir, dominando mi nerviosismo.
-Sí. Tal vez ahora tengas la amabilidad de explicarme cómo llegaste a conocer su nombre y el del velero en que se embarcó.
-Te oí hablar de ellos en sueños -señalé.
Una semana después atracamos en el puerto de Nueva York. Pero del Morrow nunca se volvió a saber nada.

MARIO BENEDETTI,CUENTO BREBE,UNA REALIDAD

Escrito por imagenes 30-07-2008 en General. Comentarios (1)

MARIO BENEDETTI,CUENTO BREBE,UNA REALIDAD

Cuento breve
Mario Benedetti
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UNA REALIDAD


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Aquel túnel que había sido del ferrocarril y que llevaba ya varios años de clausura, siempre había tenido para los niños (y no tan niños) de San Jorge un aura de misterio, alucinación y embrujo, que ninguna explicación de los mayores era capaz de convertir en realidad monda y lironda. Siempre aparecía alguno que había visto salir del túnel un caballo blanco y sin jinete, o, en algún empujón de viento, una sábana pálida y sin arrugas que planeaba un rato como un techo móvil y se desmoronaba luego sobre los pastizales.
En ambas bocas de la tenebrosa galería, unos sólidos cercos de hierros y maderas casi podridas impedían el acceso de curiosos y hasta de eventuales fantasmas.
Pasó el tiempo y aquellos niños fantasiosos se fueron convirtiendo en padres razonables que a su vez engendraron hijos fantasiosos. Un día llegó el rumor de que las líneas del ferrocarril serían restauradas y la gente empezó a mirar el túnel como a un familiar recuperable. Seis meses después del primer rumor fueron retirados los cercos de hierro y madera, pero todavía nadie apareció para revisar los rieles y ponerlos a punto.
¿Recuerdan ustedes a Marquitos, el hijo de don Marcos, y a Lucas junior, el hijo de don Lucas? El túnel había sido para ambos un trajinado tema de conversación y especulaciones, y aunque ahora ya habían pasado la veintena, continuaban (medio en serio, medio en broma) enganchados a la mística del túnel.
- ¿Viste que aún ahora, que está abierto, nadie se ha atrevido a meterse en ese gran hueco?
- Yo voy a atreverme –anunció Marquitos, con un gesto mas heroico del que había proyectado. A partir de ese momento, se sintió esclavo de su propio anuncio.
Menos intrépido, Lucas junior lo acompañó hasta el comienzo (e el final, vaya uno a saber cuál era la correcta viceversa) del insinuante bosque. Marquitos se despidió con una sonrisa preocupada.
A los quince o veinte metros de haber iniciado su marcha, se vio obligado a encender su potente linterna. Entre los rieles y la maleza invasora se deslizaban las ratas, algunas de las cuales se detenían un instante a examinarlo y luego seguían su ruta.
Por fin apareció una figura humana, que parecía venir a su encuentro con un farol a querosén.
- Hola –dijo Marquitos.
- Mi nombre es Servando –dijo el del farol. – Dicen que soy un delincuente y por eso escapo. Me acusan de haber castigado a una anciana cuando en realidad fue la vieja la que me pegó. Y con un palo. Mirá como me dejó este brazo.
El tipo no esperó ni reclamó respuesta y siguió caminando. Dentro de un rato, pensó Marquitos, le dará la sorpresa a Lucas junior.
El siguiente encuentro fue con una mujer abrigada con un poncho marrón.
- Soy Marisa. Mucho gusto. Mi marido, o mejor dicho mi macho, se fue con una amante y mis dos hijos. Sé que lo hizo para que yo me suicide. Pero está muy equivocado. Yo seguiré hasta el final. ¿Usted querría suicidarse? ¿O no?
- No, señora. Yo también soy de los que sigo.
Ella lo saludó con un ¡hurra! Un poco artificial y alejó cantando.
Durante un largo trayecto, como no aparecía nadie, Marquitos se limitó a seguir la línea de los rieles.
Luego llegó el perro con ojos fulgurantes, que más bien parecían de gato. Pasó a su lado, muerto de miedo, sin ladrar ni mover la cola. El amo era sin duda el personaje que lo seguía, a unos veinte metros.
- No tenga miedo del perro. Esta compacta oscuridad lo acobarda. A la luz del día sí es temible. Su nómina de mordidos llega a quince, entre ellos un niño de tres años.
- ¿Y por qué no lo pone a buen seguro?
- Lo preciso como defensa. En dos ocasiones me salvó la vida.
El recién llegado miró detenidamente a Marquitos y luego se atrevió a preguntar:
- Usted, ¿vive en el túnel?
- No. Por ahora, no.
- A usted que anda sin perro, muy campante, sólo le digo: tenga cuidado.
- ¿Ladrones?
- También ladrones.
- ¿Ratas?
- También ratas.
No dijo nada más, y sin siquiera despedirse, se alejó. El perro había retrocedido como para rescatarlo. Y lo rescató.
Marquitos permaneció un buen rato, quieto y silencioso. La muchacha casi tropezó con él. Su gritito acabó en suspiro.
- ¿Qué hace aquí? –Preguntó ella, no bien salida del primer asombro.
- Estoy nomás. ¿Y usted?
- Me metí aquí para pensar, pero no puedo. Las goteras y las ratas me distraen. Tengo miedo de quedarme dormida. Prefiero esta duermevela.
- ¿Y por qué no retrocede?
- Sería darme por vencida.
- ¿Quiere que la acompañe?
- No.
- ¿Necesita algo?
- Nada.
- Me sentiré culpable si la dejo aquí, sola, y sigo caminando.
- No se preocupe. A los solos vocacionales, como usted y yo, nunca nos pasa nada.
- ¿Puedo darle un beso de adiós?
- No, no puede.
Caminó casi una hora más sin encontrar a nadie. Se sentía agotado. Le dolían todas las bisagras y el pescuezo. También las articulaciones, como si fuera artrítico.
Cuando llegó al final, había empezado a lloviznar. Se refugió bajo un cobertizo, medio destartalado. De pronto una moto se detuvo allí y cierto conocido rostro veterano asomó por debajo de un impermeable.
Era Fernández, claro, viejo amigo de su padre. El de la moto le hizo una seña con el brazo y le gritó:
- ¡Don Marcos! ¿Qué hacés ahí, tan solitario?
- Eh, Fernández. No confunda. No soy don Marcos, soy Marquitos.
- No te hagas el infante, che. Nunca vi un Marquitos con tantas canas. ¿O te olvidás que fuimos compañeros de aula y de parranda?
- No soy don Marcos. Soy Marquitos.
- En todo caso, Marquitos con Alzheimer.
- Por favor Fernández, no se burle. Acabo de salir del túnel. Lo recorrí de cabo a rabo.
- Ese túnel vuelve locos a todos. Deberían clausurarlo para siempre.
- No soy don Marcos. Soy Marquitos. Justamente voy ahora en busca de mi viejo.
- Sos incorregible. Desde chico fuiste un payaso. Tomá, te dejo mi paraguas.
La moto arrancó y pronto se perdió tras la loma. Mientras tanto, en el cobertizo, sólo se oía una voz repetida, cada vez más cavernosa:
- ¡Soy Marquitos! ¡Soy Marquitos!
Por fin, cuando emergió del túnel un caballo blanco, sin jinete, y se paró de manos frente al cobertizo, Marquitos se llamó a silencio y no tuvo más remedio que mirarse las manos. A esa altura, le fue imposible negarlo: eran manos de viejo.

Cuento extraído de “Insomnio y duermevelas”, libro de poemas de Mario Benedetti.

Narraciones Ocultistas y Cuentos Macabros -- H. P. BLAVATSKY

Escrito por imagenes 29-07-2008 en General. Comentarios (0)

Narraciones Ocultistas y Cuentos Macabros -- H. P. BLAVATSKY

Narraciones Ocultistas y Cuentos Macabros -- H. P. BLAVATSKY
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NARRACIONES OCULTISTAS
Y CUENTOS MACABROS
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La cueva de los ecos
Un Matusalén ártico
El campo luminoso
Una vida encantada
La hazaña de un Gossain hindú
Demonología y magia eclesiástica
Asesinato a distancia
La mano misteriosa
El alma de un violín
Los espíritus vampiros
La resurrección de los muertos
La imaginación, la magia y el ocultismo

***
LA CUEVA DE LOS ECOS
UNA HISTORIA EXTRAÑA, PERO VERDADERA1
***
En una de la provincias más distantes del Imperio ruso y en una pequeña ciudad
fronteriza a la Siberia, ocurrió hace más de treinta años una tragedia misteriosa. A
cosa de seis verstas de la ciudad de P…, célebre por la hermosura salvaje de sus
campiñas y por la riqueza de sus habitantes, en general propietarios de minas y de
fundiciones de hierro, existía una mansión aristocrática. La familia que la habitaba se
componía del dueño, solterón viejo y rico, y de su hermano, viudo con dos hijos y tres
hijas. Se sabía que el propietario, señor Izvertzoff, había adoptado a los hijos de su
hermano, y habiendo tomado un cariño especial por el mayor de sus sobrinos, llamado
Nicolás, le instituyó único heredero de sus numerosos Estados.
Pasó el tiempo. El tío envejecía y el sobrino se acercaba a su mayor edad. Los días y los
años habían pasado en una serenidad monótona, cuando en el hasta entonces claro
horizonte de la familia se formó una nube. En un día desgraciado se le ocurrió a una de
las sobrinas aprender a tocar la cítara. Como el instrumento es de origen puramente
teutón, y como no podía encontrarse maestro alguno en los alrededores, el
complaciente tío envió a buscar uno y otro a San Petersburgo. Después de una
investigación minuciosa, sólo pudo darse con un profesor que no tuviera inconveniente
en aventurarse a ir tan cerca de la Siberia. Era un artista alemán, anciano, que
compartiendo su cariño igualmente entre su instrumento y su hija, rubia y bonita, no
quería separarse de ninguno de los dos. Y así sucedió que en una hermosa mañana llegó
el profesor a la mansión, con su caja de música debajo del brazo y su linda Minchen
apoyándose en el otro.
Desde aquel día la pequeña nube empezó a crecer rápidamente, pues cada vibración
del melodioso instrumento encontraba un eco en el corazón del viejo solterón. La
música despierta el amor, se dice, y la obra comenzada por la cítara fue completada por
los hermosos ojos azules de Minchen. Al cabo de seis meses, la sobrina se había hecho
una hábil tocadora de cítara y el tío estaba locamente enamorado.
Una mañana reunió a su familia adoptiva, abrazó a todos muy cariñosamente,
prometió recordarlos en su testamento y, por último, se desahogó declarando su
resolución inquebrantable de casarse con la Minchen de ojos azules. Después se les
echó al cuello y lloró en silencioso arrobamiento. La familia, comprendiendo que. la
1 Esta historia está sacada del relato de un testigo presencial, un señor ruso muy piadoso y digno de
crédito. Además, los hechos están copiados de los registros de la Policía de P… El testigo en cuestión los
atribuye, por supuesto, parte a la intervención divina y parte al diablo. – H. P. B.

herencia se le escapaba, lloró también, aunque por causa muy distinta. Después de
haber llorado se consolaron y trataron de alegrarse, pues el anciano caballero era
amado sinceramente de todos. Sin embargo, no todos se alegraron. Nicolás, que
también se había sentido herido en el corazón por la linda alemana, y que de un golpe
se veía privado de ella y del dinero de su tío, ni se consoló ni se alegró, sino que
desapareció durante todo un día.
Mientras tanto el señor Izvertzoff había ordenado que preparasen su coche de viaje
para el día siguiente, y se susurró que iba a la capital del distrito, a alguna distancia de
su casa, con la intención de variar su testamento. Aunque era muy rico, no tenía ningún
administrador de sus Estados y él mismo llevaba sus libros de contabilidad. Aquella
misma tarde, después de cenar, se le oyó en su habitación reprendiendo agriamente a
un criado que hacía más de treinta años estaba a su servicio. Este hombre, llamado Iván,
era natural del Asia del Norte, de Kanischatka; había sido educado por la familia en la
religión cristiana, y se le creía muy adicto a su amo. Unos cuantos días después, cuando
la primera de las trágicas circunstancias que voy a relatar había traído a aquel sitio a
toda la fuerza de la Policía, se recordó que Iván estaba borracho aquella noche; que su
amo, que tenía horror a este vicio, le había apaleado paternalmente y le había echado
fuera de la habitación, y aun se le vio dando traspiés fuera de la puerta y se le oyeron
proferir amenazas.
En el vasto dominio del señor Izvertzoff había una extraña caverna que excitaba la
curiosidad de todo el que la visitaba. Existe hoy todavía, y es muy conocida de todos los
habitantes de P… Un bosque de pinos comienza a corta distancia de la puerta del jardín
y sube en escarpadas laderas a lo largo de cerros rocosos, a los que ciñe con el ancho
cinturón de su vegetación impenetrable. La galería que conduce al interior de la
caverna, conocida por la Cueva de los Ecos, está situada a media milla de la mansión,
desde la cual aparece corno una pequeña excavación de la ladera, oculta por la maleza,
aunque no tan completamente que impida ver cualquier persona que entre en ella
desde la terraza de la casa. Al penetrar en la gruta, el explorador ve en el fondo de la
misma una estrecha abertura, pasada la cual se encuentra una elevadísima caverna,
débilmente iluminada por hendiduras en el abovedado techo a cincuenta pies de altura.
La caverna es inmensa, y podría contener holgadamente de dos a tres mil personas. En
el tiempo del señor Izvertzoff una parte de ella estaba embaldosada, y en el verano se
usaba a menudo como salón de baile en las jiras campestres. Es de forma oval irregular,
y se va estrechando gradualmente hasta convertirse en un ancho corredor que se
extiende varias millas, ensanchándose a trechos y formando otras estancias tan grandes
y elevadas como la primera, pero con la diferencia de que no pueden cruzarse sino en
botes, por estar siempre llenas de agua. Estos receptáculos naturales tienen la
reputación de ser insondables.
En la orilla del primero dé estos canales existe una pequeña plataforma con algunos
asientos rústicos, cubiertos de musgo, convenientemente colocados, y en este sitio es
donde se oye en toda su intensidad el fenómeno de los ecos que dan nombre a la gruta.
Una palabra susurrada, y hasta un suspiro, es recogido por infinidad de voces burlonas, y
en lugar de disminuir de volumen, como hacen los ecos honrados, el sonido se hace más
y más intenso a cada sucesiva repetición, hasta que al fin estalla como la repercusión de
un tiro de pistola y retrocede en forma de gemido lastimero a lo largo del corredor.
En el día en cuestión, el señor Izvertzoff había indicado su intención de dar un baile en
esta cueva al celebrar su boda, que había fijado para una fecha cercana. Al día siguiente
por la mañana, mientras hacía sus preparativos para el viaje,. su familia le vio entrar en
la gruta acompañado solamente por su criado siberiano. Media hora después Iván
volvió a la mansión por una tabaquera que su amo había dejado olvidada, y regresó con
ella a la gruta. Una hora más tarde la casa entera se puso en conmoción por sus grandes
gritos. Pálido y chorreando agua, Iván se precipitó dentro como un loco, y declaró que el
señor Izvertzoff había desaparecido, pues que no se le encontraba en ninguna parte de
la caverna. Creyendo que se habla caído en el lago, se había sumergido en el primer
receptáculo en su busca, con peligro inminente de su propia vida.
El día pasó sin que diesen resultado las pesquisas en busca del anciano. La Policía
invadió la casa, y el más desesperado parecía ser Nicolás, el sobrino, que a su llegada se
había encontrado con la triste noticia.
Una negra sospecha recayó sobre Iván el siberiano. Había sido castigado por su amo la
noche anterior y se le había oído jurar que tomaría venganza. Le había acompañado
solo a la cueva, y cuando registraron su habitación se encontró debajo de la cama una
caja llena de riquísimas joyas de familia. En vano fue que el siervo pusiese a Dios por
testigo de que la caja le había sido confiada por su amo precisamente antes de que se
dirigieran a la cueva; que la intención de su amo era hacer remontar las joyas que
destinaba a la novia como regalo, y que él, Iván, daría gustoso su propia vida para
devolvérsela a su amo, si supiese que éste estaba muerto. No se le hizo ningún caso, sin
embargo, y fue arrestado y metido en la cárcel bajo acusación de asesinato. Allí se le
encerró, pues según la legislación rusa, no podía, al menos por aquellos tiempos, ser
condenado criminal alguno a muerte, por demostrado que estuviese su delito, siempre
que no se hubiese confesado culpable.
Después de una semana de inútiles investigaciones, la familia se vistió de riguroso
luto, y como el testamento primitivo no había sido modificado, toda la propiedad pasó
a manos del sobrino. El viejo profesor y su hija soportaron este repentino revés de la
fortuna con flema verdaderamente germánica, y se prepararon a partir. El anciano cogió
su cítara debajo del brazo y se dispuso a marchar con su Minchen, cuando el sobrino le
detuvo, ofreciéndose, en lugar de su difunto tío, como esposo de la linda damisela.
Encontraron muy agradable el cambio, y, sin causar gran ruido, fueron casados los dos
jóvenes.
Transcurrieron diez años, y nos encontramos nuevamente a la feliz familia al principio
de 1859. La linda Minchen se había puesto gruesa y se había hecho vulgar. Desde el día
de la desaparición del anciano, Nicolás se había vuelto áspero y retraído en sus
costumbres, admirándose muchos de tal cambio, pues nunca se le veía sonreír. Parecía
que el único objeto de su vida era el encontrar al asesino de su tío o, más bien, hacer
que Iván confesase su crimen. Pero este hombre persistía aún en que era inocente.
Sólo un hijo había tenido la joven pareja, y por cierto que era un niño extraño.
Pequeño, delicado y siempre enfermo, parecía que su frágil vida pendía de un hilo.
Cuando sus facciones estaban en reposo era tal su parecido con el tío, que los
individuos de la familia a menudo se alejaban de él con terror. Tenía la cara pálida y
arrugada de un viejo de sesenta años sobre los hombros de un niño de nueve. Nunca se
le vio reír ni jugar. Encaramado en su silla alta, permanecía sentado gravemente,
cruzando los brazos de una manera que era peculiar al difunto señor Izvertzoff, y así se
pasaba horas y horas inmóvil y adormecido. A sus nodrizas se les veía a menudo
santiguarse furtivamente al acercarse a él por la noche, y ninguna de ellas hubiera
consentido en dormir a solas con él en su cuarto. La conducta del padre para con su hijo
era aún más extraña. Parecía quererlo apasionadamente y al mismo tiempo odiarlo en
extremo. Muy rara vez le besaba o acariciaba, sino que, con semblante lívido y ojos
espantados, pasaba largas horas mirándole, mientras que el niño estaba tranquilamente
sentado en su rincón, con sus maneras de viejo propias de un duende. El niño no había
salido nunca de la hacienda, y pocos de la familia conocían su existencia.
A mediados de julio, un viajero húngaro, de elevada estatura, precedido de una gran
reputación de excentricidad, fortuna y poderes misteriosos, llegó a la ciudad de P…
desde el Norte, donde había residido muchos años. Se estableció en la pequeña ciudad
en compañía de un shamano, o mago de la Siberia del Sur, con quien se decía que
verificaba experimentos de magnetismo. Daba comidas y reuniones, e invariablemente
exhibía a su shamano, de quien estaba muy orgulloso, para divertir a sus huéspedes. Un
día los notables de P… invadieron repentinamente los dominios de Nicolás Izvertzoff
solicitando les prestase su cueva para pasar una velada. Nicolás consintió con gran
repugnancia, y sólo después de una vacilación aún mayor se dejó persuadir para unirse a
la partida.
La primera caverna y la plataforma al lado del insondable lago estaban refulgentes de
luz. Centenares de velas y de antorchas de vacilantes llamas, metidas en las hendiduras
de las rocas, iluminaban aquel sitio, y ahuyentaban las sombras de ángulos y rincones en
donde habían estado agazapadas, sin ser molestadas, durante muchos años. Las
estalactitas de las paredes chispeaban brillantemente, y los dormidos ecos fueron
repentinamente despertados por alegre confusión de risas y conversaciones.
El shamano, a quien su amigo y patrón no había perdido de vista un momento, estaba
sentado en un rincón, y, como de costumbre, hipnotizado, encaramado en una roca
saliente a la mitad del camino entre la entrada y el agua. Con su rostro de amarillo
limón, lleno de arrugas, su nariz chata y barba rala, parecía más bien un horrible ídolo de
piedra que un ser humano. Muchos de la partida se apretaban a su alrededor recibiendo
atinadas contestaciones a las preguntas que le dirigían, pues el húngaro sometía
gustoso su “sujeto” magnetizado a los interrogatorios.
De pronto una señora hizo la observación de que en aquella misma cueva había
desaparecido el señor Izvertzoff hacía diez años. El extranjero pareció interesarse en el
caso, mostrando deseos de saber lo acaecido. En su consecuencia, buscaron a Nicolás
entre la multitud y le condujeron delante del grupo de curiosos. Era el huésped, y le fue
imposible el negarse a hacer la deseada narración. Repitió, pues, el triste relato con voz
temblorosa, pálido semblante y viéndosele brillar las lágrimas en sus ojos febriles. Los
asistentes se afectaron mucho, murmurando grandes elogios sobre la conducta del
amante sobrino, que tan bien honraba la memoria de su tío y bienhechor. Cuando, de
repente, la voz de Nicolás se ahogó en su garganta, sus ojos parecieron salir de sus
órbitas y, con un gemido ronco, retrocedió tambaleándose. Todos los ojos siguieron con
curiosidad su aterrada vista, que se fijó y permaneció clavada sobre una diminuta cara
de bruja que se asomaba por detrás del húngaro.
–¿De dónde vienes? ¿Quién te trajo aquí, niño?– balbuceó Nicolás, pálido como la
muerte.
–Yo estaba acostado, papá; este hombre vino por mi y me trajo aquí en sus brazos
–contestó con sencillez el muchacho, señalando al shamano, a lado de quien se hallaba
en la roca, y el cual seguía con los ojos cerrados, moviéndose de un lado a otro como un
péndulo viviente.
–Esto es muy extraño –observó uno de los huéspedes –, pues este hombre no se ha
movido de su sitio.
–¡Gran Dios! ¡Qué parecido tan extraordinario!– murmuró un antiguo vecino de la
ciudad, amigo de la persona desaparecida.
–¡Mientes, niño!–exclamó con fiereza el padre –Vete a la cama, éste no es sitio para ti.
–Vamos, vamos –dijo el húngaro, interponiéndose con una expresión extraña en su
cara, y rodeando con sus brazos la delicada figura del niño–; el pequeño ha visto el
doble de mi shamano que a menudo vaga a gran distancia de su cuerpo, y ha tomado al
fantasma por el hombre mismo. Dejadlo permanecer un rato con nosotros.
A estas extrañas palabras los asistentes se miraron con muda sorpresa, mientras que
algunos hicieron piadosamente el signo de la cruz, presumiendo, indudablemente, que
se trataba del diablo y de sus obras.
–Y por otro lado –siguió diciendo el húngaro con un acento de firmeza peculiar,
dirigiéndose a la generalidad de los concurrentes más bien que a algunos en particular
–¿por qué no habríamos de tratar, con ayuda de mis shamano de descubrir el misterio
que encierra esta tragedia? Está todavía en la cárcel la persona de quien se sospecha.
¿Cómo no ha confesado su delito todavía? Esto es seguramente muy extraño; pero
vamos a saber la verdad dentro de algunos minutos. ¡Que todo el mundo guarde
silencio!
Se aproximó entonces al tehuktchené, e inmediatamente dio principio a sus
manipulaciones, sin siquiera pedir permiso al dueño del lugar. Este último permanecía
en su sitio como petrificado de horror y sin poder articular una palabra. La idea
encontró una aprobación general, a excepción de él, y especialmente aprobó el
pensamiento el inspector de Policía, coronel S.
–Señoras y caballeros –dijo el magnetizador con voz suave–: permitidme que en esta
ocasión proceda de una manera distinta de lo que generalmente acostumbro a hacerlo.
Voy a emplear el método de la magia nativa. Es más apropiado a este agreste lugar y de
mucho más efecto, corno ustedes verán, que nuestro método europeo de
magnetización.
Sin esperar contestación, sacó de un saco que siempre llevaba consigo, primeramente,
un pequeño tambor, y después dos redomas pequeñas, una llena de un líquido y la otra
vacía. Con el contenido de la primera roció al shamano, quien empezó a temblar y a
balancearse más violentamente que nunca. El aire se llenó de un perfume de especias, y
la misma atmósfera pareció hacerse más clara. Luego, con horror de los presentes, se
acercó al tibetano, y sacando de un bolsillo un puñal en miniatura, le hundió la acerada
hoja en el antebrazo y sacó sangre, que recogió en la redoma vacía. Cuando estuvo
medio llena oprimió el orificio de la herida con el dedo pulgar, y detuvo la salida de la
sangre con la misma facilidad que si hubiera puesto el tapón a una botella, después de
lo cual roció la sangre sobre la cabeza del niño. Luego se colgó el tambor al cuello y, con
dos palillos de marfil cubiertos de signos y letras mágicas, empezó a tocar una especie
de diana para atraer los espíritus, según él decía.
Los circunstantes, medio sorprendidos, medio aterrorizados por este extraordinario
procedimiento, se apiñaban ansiosamente a su alrededor, y durante algunos momentos
reinó un silencio de muerte en toda la inmensa caverna. Nicolás, con semblante lívido
como el de un cadáver, permanecía sin articular palabra. El magnetizador se había
colocado entre el shamano y la plataforma, cuando principió a tocar lentamente el
tambor. Las primeras notas eran como sordas, y vibraban tan suavemente en el aire, que
no despertaron eco alguno; pero el shamano apresuró su movimiento de vaivén y el
niño se mostró intranquilo. Entonces el que tocaba el tambor principió un canto lento,
bajo, solemne e impresionante.
A medida que aquellas palabras desconocidas salían de sus labios, las llamas de las
velas y de las antorchas ondulaban y fluctuaban, hasta que principiaran a bailar al
compás del canto. Un viento frío vino silbando de los obscuros corredores, más allá del
agua, dejando en pos de sí un eco quejumbroso. Luego una especie de neblina que
parecía brotar del suelo y paredes rocosas se condensó en torno del shamano y del
muchacho. Alrededor de este último el aura era plateada y transparente, pero la nube
que envolvía al primero era roja y siniestra. Aproximándose más a la plataforma, el
mago dio un redoble más fuerte en el tambor; redoble que esta vez fue recogido por el
eco con un efecto terrorífico. Retumbaba cerca y lejos con estruendo incesante; un
clamor más y más ruidoso sucedía a otro, hasta que el estrépito formidable pareció el
coro de mil voces de demonios que se levantaban de las insondables profundidades del
lago. El agua misma, cuya superficie, iluminada por las muchas luces, había estado hasta
entonces tan llana como un cristal, se puso repentinamente agitada, como si una
poderosa ráfaga de viento hubiese recorrido su inmóvil superficie.
Otro canto, otro redoble del tambor, y la montaña entera se estremeció hasta sus
cimientos, con estruendos parecidos a los de formidables cañonazos disparados en los
inacabables y obscuros corredores. El cuerpo del shamano se levantó dos yardas en el
aire y, moviendo la cabeza de un lado a otro y balanceándose, apareció sentado y
suspendido como una aparición. Pero la transformación que se operó entonces en el
muchacho heló de terror a cuantos presenciaban la escena. La nube plateada que
rodeaba al niño pareció que le levantaba también en el aire; mas, al contrario del
shamano, sus pies no abandonaron el suelo. El muchacho principió a crecer como si la
obra de los años se verificase milagrosamente en algunos segundos. Se tornó alto y
grande, y sus seniles facciones se hicieron más y más viejas, a la par que su cuerpo. Unos
cuantos segundos más, y la forma juvenil desapareció completamente, absorbida en su
totalidad por otra individualidad diferente y con horror de los circunstantes, que
conocían su apariencia, esta individualidad era la del viejo Sr. Izvertzoff, quien tenía en
la sien una gran herida abierta, de la que caían gruesas gotas de sangre.
El fantasma se movió hacia Nicolás, hasta que se puso directamente enfrente de él,
mientras que éste, con el pelo erizado y con los ojos de un loco, miraba a su propio hijo
transformado inesperadamente en su tío mismo. El silencio sepulcral fue interrumpido
por el húngaro, quien, dirigiéndose al niño–fantasma, le preguntó con voz solemne:
–En nombre del gran Maestro, de Aquel que todo lo puede, contéstanos la verdad y
nada más que la verdad. Espíritu intranquilo, ¿te perdiste por accidente, o fuiste
cobardemente asesinado?
Los labios del espectro se movieron, pero fue el eco el que contestó en su lugar,
diciendo con lúgubres resonancias:
–¡Asesinado! ¡Asesinado! ¡A–se–si–na–do!...
–¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por quién? –preguntó el conjurador.
La aparición señaló con el dedo a Nicolás, y sin apartar la vista ni bajar el brazo se
retiró, andando lentamente de espaldas y hacia el lago. A cada paso que daba el
fantasma, Izvertzoff el joven, como obligado por una fascinación irresistible, avanzaba
un paso hacia él, hasta que el espectro llegó al lago, viéndosele en seguida deslizarse
sobre su superficie. ¡Era una escena de fantasmagoría verdaderamente horrible!
Cuando llegó a dos pasos del borde del abismo de agua, una violenta convulsión agitó
el cuerpo del culpable. Arrojándose de rodillas se agarró desesperadamente a uno de
los asientos rústicos y, dilatándose sus ojos de una manera salvaje, dio un grande y
penetrante grito de agonía. El fantasma entonces permaneció inmóvil sobre el agua y,
doblando lentamente su dedo extendido, le ordenó acercarse. Agazapado, presa de un
terror abyecto, el miserable gritaba hasta que la caverna resonó una y otra vez:
–¡No fui yo…, no; yo no os asesiné!
Entonces se oyó una caída; era el muchacho que apareció sobre las obscuras aguas
luchando por su vida en medio del lago, viéndose a la inmóvil y terrible aparición
inclinada sobre él.
–¡Papá, papá, sálvame… que me ahogo!…–exclamó una débil voz lastimera en medio
del ruido de los burlones ecos.
–¡Mi hijo!–gritó Nicolás con el acento de un loco y poniéndose en pie de un salto –. ¡Mi
hijo! ¡Salvadlo! ¡Oh! ¡Salvadlo!… ¡Sí, confieso. ¡Yo soy el asesino!… ¡Yo fui quien le
mató!
Otra caída en el agua, y el fantasma desapareció. Dando un grito de horror los
circunstantes se precipitaron hacia la plataforma; pero sus pies se clavaron
repentinamente en el suelo al ver, en medio de los remolinos, una masa blanquecina e
informe enlazando al asesino y al niño en un estrecho abrazo y hundiéndose
lentamente en el insondable lago.
A la mañana siguiente, cuando, después de una noche de insomnio, algunos de la
partida visitaron la residencia del húngaro, la encontraron cerrada y desierta. Él y el
shamano habían desaparecido. Muchos son los habitantes de P… que recuerdan el caso
todavía. El Inspector de Policía, Coronel S., murió algunos años después en la completa
seguridad de que el noble viajero era el diablo. La consternación general creció de
punto al ver convertida en llamas la mansión Izvertzoff aquella misma noche. El
Arzobispo ejecutó la ceremonia del exorcismo; pero aquel lugar se considera maldito
hasta el presente. En cuanto al Gobierno, investigó los hechos y… ordenó el silencio.
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UN MATUSALÉN ÁRTICO
HISTORIETA DE NAVIDAD
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El antiguo castillo de un rico propietario de Finlandia se veía muy favorecido de
gentes en aquella fría noche de Navidad, gentes reunidas al amor del fuego del
clásico hogar, todo recuerdos de la santa tradición hospitalaria de sus nobles
antepasados, por la que se conservaban aún vivas las prácticas y supersticiones de la
Edad Media, en parte rusas, llevadas de las orillas del Neva por los últimos dueños.
No faltaban, no, en aquella noche augusta consagrada por los siglos, ni el árbol de
Noel, de o Navidad, ni los demás preparativos de fiesta que son de rigor allí como en
toda la tierra.
El castillo estaba lleno de tesoros arcaicos: los ceñudos retratos de los antecesores en
viejos y carcomidos marcos; toda clase de armas de caballeros en las panoplias, y de
antiguos vestuarios señoriles en los armarios. Extenso, misterioso, el tal castillo, como
todos los edificios de su clase, no faltaban en él tampoco antiguos torreones
desportillados y desiertos; baluartes almenados; góticos ventanales; sus sótanos
mohosos, obscuros e interminables, no visitados desde hacía quizá docenas de
generaciones, y enlazados con cuevas y escapes subterráneos, donde más de un preso
había quizá padecido las torturas de alguna vieja venganza, para retornar su espectro,
después de muerto aquél de angustia, a pedir justicia contra los vivos. Era, en fin, el tal
castillo–palacio, un resto imponente de un pasado feudal no menos imponente que él
mismo y el más apto, por tanto, para la reproducción de toda clase de horrores
románticos. Tranquilícese, sin embargo, el lector, que semejante marco de antiguos
horrores no va a jugar papel alguno, como podía esperarse, en esta mi verídica
narración.
El héroe principal de ella es, por el contrario, un hombre vulgarísimo a quien
llamaremos Erkler, o mejor el Dr. Erkler, profesor de medicina, alemán por línea paterna
y completamente ruso por su educación, como por su madre2.
El Dr. Erkler era un consumado viajero, por haber acompañado en todas sus empresas
a uno de los más famosos exploradores en sus viajes alrededor del mundo. Uno y otro,
el doctor y el explorador, habían tenido ocasiones varias de ver cara a cara la muerte y
desafiarla intrépidos, ora bajo las nieves polares, ora bajo los tórridos calores del
trópico.
2 Estas mismas condiciones de ascendencia prusiana y rusa nobiliarias reunía, como es sabido, H. P. B.,
cosa que nos hace sospechar si, bajo el velo de esta ficción, no se oculta alguno de tantos sucedidos de la
autora.

Entre el cúmulo de sus tan numerosos como emocionantes recuerdos, el doctor
parecía mostrar una no disimulada preferencia entusiasta hacia “sus inviernos” pasados
en Groenlandia y Nueva Zembla, más que hacia aquellos otros, por ejemplo, de la
Australia, donde, entre otras peripecias graves, estuvieron a punto de morir de sed él y
los suyos durante una travesía de catorce horas sin sombra ni agua.
–Sí –solía decir el doctor en medio de sus pintorescas y vivas narraciones.– Lo he
experimentado todo... ¡Todo, excepto eso que, en su ignorancia, llaman lo sobrenatural
las gentes supersticiosas!… Sin embargo –añadió, con trémula y baja voz –, hay en mi ya
larga vida un suceso sumamente extraordinario. He tropezado una vez con un extraño
hombre, rodeado de circunstancias completamente inexplicables, capaces de confundir
al más escéptico…
Todos los circunstantes sintieron, al oír aquello, el aletazo de la curiosidad, una
curiosidad terrorífica, bien adecuada al momento aquel en que el viento silbaba con
estrépito y caía la nieve en abundancia, haciendo más inestimable el beneficio de las
comodidades de cuantos le escuchaban al doctor en torno del hogar. El sabio continuó
de esta manera:
–En el año de mil ochocientos setenta y ocho nos fue forzoso invernar en la costa
noroeste de Spizberg, en nuestra exploración del fugaz verano anterior hacia el polo.
Como de costumbre, el propósito de abrirnos un camino hacia el polo ártico, fracasó
por causa de los iceberg, y tras vanos esfuerzos tuvimos que rendirnos a la dura
fatalidad. De allí a pocos días, la terrible noche polar tendió sobre nosotros su manto
cruel, y nuestras naves quedaron aprisionadas por los hielos en el golfo del Mussel3,
donde habíamos de pasar ociosos y separados de todo trato humano durante ocho
largos meses del invierno polar.
Sentí que mi fuerte voluntad me flaqueaba ante tan negra perspectiva, y más aún en
cierta espantosa noche de tempestad en que los , torbellinos de ventisca destruyeron
nuestros depósitos de provisiones, entre ellas catorce ciervos, con cuya carne
contábamos como arma contra la vida ártica que exige, según nadie ignora, un aumento
considerable en la cantidad y la calidad de los alimentos. Nos resignamos, no obstante,
lo mejor que pudimos por nuestra pérdida cruel y hasta llegamos a acostumbrarnos al
más nutritivo alimento del país, consistente en la carne de foca y en su grasa.
Para prevenirnos contra los rigores de la invernada, los hombres de nuestra tripulación
habían construido con los restos salvados del anterior desastre, una casita bastante
aceptable y dividida en dos departamentos, uno para mí y los otros tres jefes, y el
segundo para ellos. Agotando, además, todas nuestras previsiones meteorológicas y
magnéticas, añadimos al edificio un tercer cuerpo o establo protector para los escasos
ciervos que se habían salvado de la catástrofe.
3 Curiosa coincidencia onomástica con el célebre puerto asturiano del mismo nombre: una prueba más
del carácter protosemita de todo el Occidente europeo en sus épocas prehistóricas.

Se iniciaron al punto la inacabable serie de monótonos días y noches, que eran una
eterna noche sin aurora ni crepúsculo. Como, además, nos habíamos trazado el plan de
que dos de nuestros barcos regresasen en Septiembre antes de que los cortasen la
retirada los hielos, y este plan se habla frustrado por haberse anticipado la estación, la
tripulación era triple o cuádruple de la calculada para la invernada y para los elementos
con que contábamos para afrontarla, así que no sólo teníamos que economizar las
provisiones, sino también el combustible y la luz. Las lámparas se encendían sólo para
objetos de urgencia o científicos.
Teníamos que contentarnos, pues, con sólo la luz que quisiese darnos la Providencia
en aquella noche sin día: es a saber, la luz de la luna y la de las auroras boreales, pero,
¿cómo describir la gloria de aquellos incomparables fenómenos celestes? ¿Cómo
ponderar las cambiantes luces y colores de sus irradiaciones tan fantásticas corno
gigantescas de variedad infinita? En cuanto a las noches de luna de Noviembre, eran
sencillamente maravillosas, con los siempre cambiantes espectáculos de sus rayos entre
hielos y nieve. El encanto de tales momentos no se apartará jamás de mi imaginación.
Una de estas últimas noches, o por mejor decir, un día de estos, acaso, pues que desde
fines de Noviembre hasta mediados de Febrero no tuvimos crepúsculo alguno que nos
permitiese establecer diferencia entre la noche y el día, acertamos a columbrar entre las
irisaciones de la luna una como mancha obscura que se movía hacia nosotros,
remedando más que a un rebaño, que por fuerza tenía que ser blanco en aquellas
latitudes, a un grupo compacto de hombres trotando hacia el lugar donde nos
hallábamos, sobre la planicie nevada. ¿Qué seres humanos podían, sin embargo, ser
aquéllos?
Sí, era ya indudable: aunque nos resistiésemos a dar crédito a nuestros ojos, un
pelotón como de cincuenta hombres, se aproximaba rápidamente a nuestra vivienda.
Eran cincuenta cazadores de focas guiados por Matilin, el más famoso veterano de tales
empresas peligrosas, y que, como nosotros, habían sido cortados por los hielos en su
retirada.
Los hicimos entrar, atendiéndolos y obsequiándolos lo mejor que pudimos. Después
interrogamos a Matilin:
–¿Cómo supisteis que estábamos aquí?
–Nos lo dijo y nos enseñó el camino hasta vuestro albergue el viejo Johan–
contestaron varios, señalando a uno de sus compañeros: un anciano venerable con el
cabello más blanco que la misma nieve.
–Verdaderamente que es asombroso el que un anciano como éste se dedique aún a
cazar focas en compañía de hombres jóvenes como vosotros, en lugar de aguardar en el
rincón de su hogar, al amor de la lumbre, la llegada del último de sus días. Además,
¿cómo acertó a saber nuestra presencia en la solitaria región del oso blanco?– dijimos a
una.
Tanto el buen Matilin, como los demás de su grupo sonrieron compasivos ante nuestra
ignorancia. Según ellos nos aseguraron, “el viejo Johan” lo sabia todo, añadiendo:
–Bien novicios debéis de ser en estas tierras polares cuando ignoráis la existencia de
este prodigioso Johan y ahora tanto os asombráis de su presencia –dijo otro.
–Vengo cazando focas en estos mares desde hace cuarenta y cinco años, día tras día–
añadió el primero –y siempre le he conocido igual al buen Johan, a quien todos
veneramos con su cabellera blanca y su aspecto majestuoso. Es más: recuerdo
perfectamente que cuando yo era niño y acostumbraba a salir a la mar con mi padre,
éste y mi abuelo me contaban lo mismo, punto por punto, respecto de Johan, añadiendo
que igual contaron a mi abuelo, su padre y el padre de su padres… ¡Todos le habían
conocido igualmente anciano e imponente de grandeza con sus ojos de fuego y su
cabellera toda nieve!
–¡Según tal cuenta, el buen viejo tiene ya más de doscientos años! opuse festivo e
incrédulo.
Para sacarme de mi escepticismo, varios marineros rodearon al patriarca de la barba y
cabellera blanca importunándole:
–Abuelo querido, ¿tendréis la bondad de decirnos vuestra verdadera edad?
–Realmente, hijos míos, yo mismo no lo sé –replicó con la más seráfica de las sonrisas.
–Nunca conté mis años y vivo así el tiempo que Dios me ha decretado en su sabiduría
inescrutable…
–Pero, ¿cómo supisteis que invernábamos aquí? –le interrogué a mi vez.
–Él me guió –repuso simplemente –. Sólo sabía lo que sabía…
–No me atreví a indagar más, terminó el doctor –coronando su narración con estas
palabras, dichas en voz muy baja y como hablando ya consigo mismo:
–¡Inexplicable! ¡Absolutamente inexplicable!..
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EL CAMPO LUMINOSO
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Procedentes de Grecia habíamos llegado a Constantinopla un alegre y escogido
grupo de turistas. Doce o más horas al día habíamos dedicado a subir y bajar por
las escarpadas alturas de Pera, visitando lugares, encaramándonos en lo alto de
los minaretes y abriéndonos camino entre jaurías hambrientas: los perros vagabundos,
tradicionales dueños de las calles de Estambul. Se dice que la vida bohemia es
contagiosa, y que ninguna civilización ha alcanzado a destruir el encanto de la libertad
omnímoda una vez que se han gustado sus dulzuras. El gitano no puede vivir sin su
tienda portátil, que es su carro, ya veces el viaje a pie es para él una segunda naturaleza,
una fascinación irresistible de su nómada y precaria existencia. Mi principal cuidado,
por tanto, desde que entré en Constantinopla, fue el de evitar que mi perdiguero Ralph
cayese también víctima de tamaño contagio viniendo en ganas de unirse alegremente a
los beduinos de su canina raza que infestaban las calles de la ciudad.
Aquel hermoso camarada de mi perro era mi más fiel y constante amigo, y temeroso
de perderle, le vigilaba en sus menores impulsos; pero el pobre animal se portó durante
los tres primeros días como un cuadrúpedo medianamente educado. A las imprudentes
acometidas de sus congéneres mahometanos, su única respuesta era la de meter el rabo
entre piernas, bajar humildemente las orejas y buscar acobardado la protección de
cualquiera de nosotros. Viéndole, pues, tan refractario a las malas compañías empecé a
confiarme en su discreción y disminuyendo mi vigilancia, pero de allí a poco tuve que
lamentar el haber puesto una excesiva confianza en mala parte. En un momento de
descuido, unas sirenas de cuatro patas le sedujeron traidoras, y lo único que de él vi fue
la punta de su gallardo rabo desapareciendo en sucia y tortuosa callejuela.
Inútiles resultaron después las pesquisas practicadas para dar con el paradero final de
mi mudo compañero. Ofrecí veinte, treinta, cuarenta francos a quien le hallase y me te
trajese. En un momento se puso en su busca una legión de malteses más vagabundos
que los mismos perros, y que asaltaron nuestro hotel trayendo sendos perros sarnosos
en sus brazos, perros que pretendían hacer pasar por mi fiel amigo. Mientras más me
resistía yo a semejante matute, más porfiaban ellos, y uno de aquellos miserables,
cayendo de rodillas y sacando del pecho una antigua y corroída medalla de la Virgen,
llegó hasta a jurarme que la misma Reina del Cielo se le había aparecido para indicarle
cuál era el verdadero animal. Un momento hasta me temí que la súbita desaparición de
Ralph determinase un curioso motín, como acaso habría ocurrido si nuestro patrón no
hiciese venir a una pareja de kavasses o policías que se encargaron de aventar corteses a
aquella turba de bípedos y de cuadrúpedos.
Sospeché entonces que ya no volvería a ver más a mi perrito, y aun acabé por perder
toda esperanza, cuando el conserje del hotel –un honorable ex salteador de caminos,
hombre que no habría pasado menos de media docena de años como penado en las
galeras –me aseguró solemnemente que todas mis pesquisas serían inútiles, pues mi
perdiguero habría sido muerto y devorado por sus congéneres, dado que los perros
turcos vagabundos encuentran muy de su gusto las carnes de sus sabrosos hermanos los
perritos de Inglaterra.
La anterior escena había ocurrido en plena calle, a la puerta del hotel, y ya iba a
retornar a mis habitaciones, cuando una anciana griega, que me había estado oyendo
desde el umbral de una casa cerrada, dijo a mi acompañante Miss H… que, si
queríamos, podía interrogarse sobre el caso a los derviches.
–¿Y qué pueden saber esas gentes acerca del paradero de mi can? Les respondí con
ironía.
–Los hombres santos lo saben todo, para ellos no hay secretos– objetó
misteriosamente la anciana. –La semana pasada me robaron un abrigo nuevo que mi
hijo me trajo de Brusa y, como veis, lo recobré y lo tengo puesto.
–Pero, entonces, los santos hombres os le han transformado también de nuevo en
viejo –añadió uno de los de la partida señalando a un gran jirón preso con alfileres que
mostraba el abrigo en la espalda.
–Esta es, precisamente, la parte más grave de mi historia –contesté la vieja con
aplomo; –porque, habéis de saber que ellos me mostraron en el espejo mágico el barrio,
la casa y hasta la habitación donde el judío que me le robase estaba en aquel instante
haciéndole pedazos. Mi hijo y yo volamos al punto al barrio de Kalindijkulosek donde
atrapamos al ladrón en plena faena, al mismo ladrón que habíamos visto en el espejo y
que, convicto y confeso, pronto fue metido en la cárcel.
Aunque ninguno de los de la partida sabíamos qué podría ser aquello del espejo
mágico de los derviches, resolvimos ir a ver a uno de éstos al otro día. En efecto, apenas
los muecines, con monótono vocear, habían cantado desde los altos minaretes la hora
del mediodía, descendimos desde la colina de Pera hasta el puerto de Gálata,
abriéndonos paso a codazos por entre los abigarrados concurrentes al mercado. Aquella
Babel de cien lenguas; aquella ensordecedora algarabía nos levantaba dolor de cabeza.
Por otra parte, allí no hay medio de orientarse ni de buscar las calles por sus nombres ni
las casas por su número, y hay que confiar en Alab y en su profeta, cuando no en las
vagas indicaciones de la proximidad del punto que se busca a tal edificio o mezquita.
A costa, pues, de mil rodeos y pesquisas, acabamos por encontrar el barrio donde se
vendían cosas inglesas, detrás del cual se encontraba el sitio al que nos dirigíamos.
Aunque el guía de nuestro hotel no sabía tampoco el retiro de los “santos hombres”, un
chicuelo griego, en toda la sencillez del desnudo más nativo, consintió, mediante una
moneducha de cobre, en llevarnos a la presencia de uno de aquellos adivinos.
Penetramos en un sombrío salón, que más bien parecía establo abandonado. El piso,
largo y estrecho, estaba cubierto de arena, y sólo recibía luz por pequeñas ventanas allá
arriba. Los derviches, terminados sus ritos matinales, descansaban, sin duda, unos
tendidos cuan largos eran, otros recostados, y en pie, con extraviada mirada meditando,
nos dijeron, acerca de la Deidad invisible. Todos ellos parecían de inerte mármol, sin
responder a nuestras preguntas. Nuestra perplejidad acabó pronto, sin embargo,
cuando uno de ellos, seco y alto, con una puntiaguda gorra que le hacía parecer mucho
más alto aún, surgió no sé de dónde, diciéndonos que él era el superior de aquella
comunidad de santos, añadiendo que no nos habían respondido porque cuando,
mediante la oración, se ponen en comunicación con Alah, no se les puede interrumpir
por motivo alguno.
Nuestro intérprete explicó al viejo que nuestra visita sólo a él se dirigía, puesto que él
era el depositario de la varilla adivinatoria. Al punto nos extendió la mano en demanda
de la previa limosna. Luego que se hubo guardado ésta, se negó a practicar ceremonia
alguna para la averiguación del paradero del perro más que ante dos miembros
solamente de nuestra comitiva, que fueron Miss H… y mi persona.
Ambos penetramos seguidamente tras el derviche a lo largo de un corredor
semisubterráneo; subimos por una escalera portátil a una pieza artesonada, y de ella
hasta un miserable desván, lleno de polvo y de telarañas. Allí vimos en un rincón un
bulto, que yo creí era un montón corno de trapos viejos y que se movió poniéndose en
pie. Era la criatura más deforme y astrosa que en mi vida he visto. Una mujer–niña; una
enana hidrocéfala e imponente, con unos hombros de granadero, y por piernas dos
patitas de araña, piernas arqueadas que apenas si podían soportar la desproporción de
la feísima mole de su cuerpo. Su cara, burlona y agresiva como la de un sátiro, mostraba
una media luna roja pintada sobre su frente; su cabeza se escondía bajo un mugriento
turbante; sus piernas ostentaban grandes bombachos turcos; una sucia muselina
envolvía su cuerpo, alcanzando apenas a cubrir las deformidades de sus carnes, llenas de
tatuajes, signos y letras árabes.
La espantosa criatura se desplomó más que se sentó en medio de la pieza, levantando
una molesta nube de polvo; ¡era la famosa Tatmos, el oráculo de Damasco, al decir de
las gentes!
Al punto el derviche trazó con tiza en torno de la muchacha un círculo de unos tres
pies de radio; sacó, no sé de dónde, doce lamparitas de cobre, que llenó del contenido
negruzco de una botella que ocultaba en su pecho y las colocó sin simetría en torno de
la víctima; de un entrepaño de la desvencijada puerta arrancó una astilla y, cogiéndola
entre el pulgar y el índice, empezó a soplarla a intervalos regulares, mascullando al par
oraciones, fórmulas como de encantamiento, hasta que de pronto, y sin causa
ostensible, brotó una chispa de la astilla que comenzó a arder corno una seca pajuela.
Con aquel fuego, tan extrañamente obtenido, comenzó a encender las doce lámparas
del círculo.
Tatmos la adivina, que hasta entonces había yacido inerte, se quitó rápidamente los
bombachos y los arrojó al rincón, dejándonos al descubierto con sus monstruosos pies,
la belleza adicional de un sexto dedo. El derviche, por su parte, entró en el círculo, y,
cogiéndola por los tobillos, la alzó cual un saco de patatas, poniéndola bonitamente
cabeza abajo, balanceándola en esta posición como un péndulo, y acabando por hacerla
girar en el aire del más extraño modo.
Mi compañera, Miss H…, aterrada ante el estupendo caso que tenla a la vista, huyó a
refugiarse en el ángulo más apartado, mientras que la enana, bajo el impulso del
derviche, acabó por adquirir un movimiento rotatorio, como el de una peonza, durante
dos minutos, hasta que fue disminuyendo y cesó por completo.
La infeliz enana, así mesmerizada, parecía sumida en un estado como de catalepsia,
con su barba sobre el pecho, y espantosa sobre toda ponderación. El derviche luego
cerró cuidadosamente la única ventana del recinto y habríamos quedado a obscuras a
no ser por un agujero de la misma, por donde penetraba un rayo de sol, que venia a caer
exactamente sobre la muchacha. Nos impuso silencio con ademán solemne, cruzó los
brazos sobre el pecho, y, fijando su mirada en el punto brillante que caía sobre la cabeza
de Tatmos, quedó tan inmóvil como ella, mientras yo me deshacía en cábalas
pretendiendo averiguar qué relación podrían tener tamañas extravagancias con la
averiguación del paradero de mi Ralph.
El disco brillante que demarcaba el rayo de sol se fue convirtiendo, no sé cómo, en una
estrella brillante. Por inexplicable fenómeno de óptica, la estancia que antes había
estado pobremente iluminada por aquel rayito de luz, se fue obscureciendo más y más a
medida que aumentaba en brillantez la estrella, hasta que nos vimos envueltos en una
obscuridad verdaderamente cimeriana, mientras que la estrella titilaba y giraba
lentamente al principio; luego, con vertiginosa rapidez, creciendo hasta envolver a la
enana como en un océano luminoso. Finalmente, la estrella decreció en su giro, al par
que se iba apagando con los suaves destellos de la luna en el agua, iluminando sin
penumbras el círculo y dejando el resto en absoluta obscuridad.
Llegado así el supremo momento, el derviche, sin pronunciar palabra, alargó la mano,
con la que me cogió la mía, señalándome el círculo luminoso. Por todo su ámbito vimos
como formarse y condensarse flóculos blanquecinos de plateado brillo lunar, los cuales
constituyeron bien pronto informes figuras cambiantes, al modo de reflexiones astrales
en un espejo. Pronto, con asombro por mi parte, y con la consternación de mi amiga, se
nos presentó, en el panorama así formado, el puente principal, que une a la antigua con
la nueva ciudad, atravesando el Cuerno de Oro desde Gálata a Estambul. Vimos
deslizarse por el Bósforo los alegres caiques; el hormiguear de la ciudad; las quintas; los
palacios y demás edificios encarnados, reflejándose fantásticos en las aguas iluminadas
por el sol del mediodía y desfilando mágicamente, hasta el punto de que no podíamos
discernir si era todo aquello lo que se movía o nos movíamos simplemente nosotros. Lo
más extraño del caso era que, no obstante toda aquella agitada vida que se mostraba a
nuestra vista, no se escuchaba el menor ruido, sino que se desarrollaba en el silencio
angustioso de un ensueño singular… Las calles iban sucediéndose unas a otras en raudo
desfilar nuestro o suyo. Ora pasaba una tienda de estrecha callejuela; ora un café turco
lleno de fumadores de opio en el momento en que uno de éstos vertía inadvertido el
café y el narghilé sobre su vecino, recibiendo de él una sarta de injurias. De visión en
visión llegamos as¡ ante un gran edificio, en el que reconocí el palacio del Ministerio de
Hacienda, y allí, ¡oh, dolor! en los fosos traseros del mismo, moribundo y lleno de fango
su sedoso pelo, yacía mi pobre perro Ralph, rodeado de otros perros de pésima
catadura, que se entretenían en cazar moscas a la sombra…
Sabía ya, pues, cuanto deseaba, aunque no había dicho ni una palabra acerca del perro
al derviche. impaciente por comprobar lo de mi perro traté de salir, pero, desaparecida
ya la escena, Miss H… se colocó a su vez al lado del derviche, murmurando en su oído
no sé qué palabras con ese tono ardiente y apasionado con que suelen las jóvenes
enamoradas hablar del adorado él.
–Pensaré en él –dijo.
No bien formulado casi mentalmente el deseo que tales palabras entrañaban, cuando
se nos presentó una gran planicie de arena, en cuyo fondo se veía el azulado mar bajo
los rayos del sol y un gran vapor surcando las aguas a lo largo de la costa, seguido de
blanca estela. La cubierta hormigueaba de pasajeros, y entre ellos resaltaba, apoyado
contra la barandilla de popa, un apuesto joven… ¡Era él!
Miss H… suspiró, se sonrió y sonrojó alternativamente con la natural emoción.
Después concentró de nuevo su pensamiento, y he aquí ya que al par el barco se aleja y
desaparece. El espejo mágico queda unos momentos sin panorama. Mas bien pronto
otras manchas luminosas aparecen en su faz, que componen al fin el ámbito de una
biblioteca con alfombra y cortinones verdes. Ante un montón de libros y sentado en una
frailera, está escribiendo un anciano a la luz de la lámpara. Su cabello es gris y está
peinado hacia atrás; su cara toda afeitada y respirando benevolencia…
El derviche hizo entonces un pequeño movimiento con la mano, imponiéndonos
silencio. La luz del mágico campo palideció y de nuevo que damos sin ver imagen
ninguna. De allí a poco tornó a mostrársenos Constantinopla, y con ella nuestra
habitación del hotel con sus libros y periódicos sobre la mesa; el sombrero de viaje de
mi amiga colgado en la percha, y sobre su cama el vestido que se había quitado aquella
mañana para venir. Los detalles más reales completaban el cuadro, y para mayor
maravilla vimos sobre la mesa dos cartas sin abrir, recién traídas por el correo y cuya
letra de los sobres al punto fue reconocida por mi amiga. Eran ambas de un pariente
suyo muy querido, por cuyo silencio se sentía inquieta hacía días.
Nuevo cambio de la mágica escena, y henos ya como en el cuarto ocupado por el
hermano de Miss H…, quien yacía echado hacia atrás en un sillón, mientras que un
criado le ponía paños en la cabeza, de la que con horror vimos que salía sangre. No
acertábamos a explicarnos aquello, habiéndole dejado hacía una hora y en perfecta
salud. Miss H… lanzó un grito, y cogiéndome presurosa por la mano se lanzó hacia la
puerta. Llegamos presurosos a casa, pudiendo comprobar, en efecto, que el joven
hermano de Miss H… acababa de caerse por la escalera, produciéndose una herida de
escasa importancia; que sobre la mesa de nuestro gabinete esperaban, recién traídas,
dos cartas dirigidas a Miss H… por un pariente desde Atenas. No me faltó más para
comprobar en un todo nuestras visiones de el campo luminoso del espejo mágico del
derviche, sino tomar un carruaje, dirigirnos hacia el Ministerio de Hacienda, en cuyo
foso, tal y como tuviese la desdicha de verle en aquel espejo, estropeado, famélico, pero
aún con vida, yacía mi hermoso perdiguero, rodeado de otros perros de mal aspecto que
cazaban moscas…
_
UNA VIDA ENCANTADA
(TAL COMO LA REFIRIÓ UNA PLUMA)
INTRODUCCIÓN
_
Las tortuosas calles de A…, pequeña ciudad rhenana, se veían sepultadas bajo un
densísimo manto de niebla en una fría noche del otoño de 1884. Los moradores se
habían ya retirado horas hacía, buscando en el sueño el descanso para sus
laboriosas tareas del día. Todo era reposo, silencio, soledad y tristeza en aquellos
ámbitos vacíos…
También yo me hallaba en mi lecho; pero, ¡ay!, de bien diferente manera por el dolor y
la enfermedad que en él me retenían desde hacía varios días. El silencio en torno mío en
aquella noche de misterio era tal que, según la paradójica frase de Longfelow, hasta se
oía el silencio mismo. Percibía claramente hasta el latido de mi propia sangre al circular
violenta por mis miembros doloridos, y mi sobreexcitada imaginación me llevaba como
a escuchar el susurro de una voz humana musitando no sé qué misteriosas cosas en mi
oído. No parecía sino que era un eco transmitido desde largas distancias en una de esas
gargantas de montaña tan solitarias como maravillosamente resonantes, que pueden
transmitir una palabra a media milla cual por un tubo acústico. Era, sí, la voz tan familiar
para mí desde hace tantos años: la voz de uno de esos grandes seres a quienes no se les
puede conocer sin sentirse en el acto presa de la más viva veneración, y a quien, en los
trances más crueles del paroxismo de mis dolores mentales y físicos siempre he debido
la luz de un rayo de consuelo y de esperanza…
–¡Olvida tus propios dolores –me decía aquella suavísima e inefable voz– apartando tu
imaginación de ellos¡ Piensa en días felices y pretéritos;
en las lecciones que tantas veces has recibido acerca de los grandes misterios de la
Naturaleza, verdades que los hombres, ciegos a toda luz espiritual, tanto se obstinan en
no querer ver. Quiero hoy añadirte a tales enseñanzas otra relativa a una vida extraña
de ese ser que tienes ahí delante, precisamente tras las vidrieras de esa casa tristona de
enfrente.
Y diciendo esto, la voz parecía querer revelarme algo muy raro: el misterio de un alma
tras las paredes de la casa frontera. Los densos jirones de niebla que lamían la fachada
como fantasmas, fueron desapareciendo, y una claridad brillante y suave cual la de la
luna, parecía tender, por decirlo así, un puente encantado entre mis ojos y la casa
aquella, cuyas paredes acabaron como por hacerse transparentes a mi mirada,
dejándome ver con toda limpidez el interior de una habitación pequeña, como de un
chalet suizo, con negruzcas paredes llenas de estantes con libros, manuscritos y arcaicos
decorados. De pechos sobre una obscura mesa de nogal se veía un viejo mal encarado,
un espectro casi, según lo amarillo y extenuado que se hallaba, con sus ojillos
penetrantes y sus manos de marfil, escribiendo a la luz de la fúnebre lámpara, que
apenas si servía para hacer más densas las tristezas y obscuridades de aquel pobre
recinto.
Un instante después, al ir a hacer un movimiento involuntario como para ver mejor
aquel cuadro, diría que todo él por entero, es decir, habitación, libros, espectro, etc.,
atravesando el puente de argentina luz astral que cruzaba la calle, se había trasladado
frente a frente de mí hacia los pies de mi cama.
–Presta atento oído al rumor de esa pluma al rasgar el papel. –continuó diciéndome la
voz misteriosa, tan distante y, sin embargo, tan cercana. –Así alcanzarás a saber por la
pluma misma la más espeluznante y real de las historias de dolor que imaginarte
puedes, olvidándote de tus propios sufrimientos y acortando las terribles horas de esta
noche de insomnio. ¡Ensaya, pues! –añadió, repitiendo la tan conocida fórmula de
cabalistas y rosacruces.
Ensayé, al punto, como se me ordenaba, concentrando toda mí atención en la
imponente figura del anciano, quien parecía no darse ni cuenta de mi presencia. Al
principio, el rasgueo de la pluma de ave de éste, me resultaba casi imperceptible, pero
poco a poco fue haciéndose más claro y comprensible para mí, cual si aquel personaje
de misterio estuviese relatando en alta voz aquello mismo que escribía. Pero no; los
labios de aquel espectro viviente no se desplegaban ni un instante para pronunciar la
palabra más ínfima. La voz, por otra parte, era vaga, vacía, cual acentos de seres del otro
mundo, y a cada letra y palabra un fulgor lívido y fosfórico parecía brotar bajo los
puntos de la pluma, a la manera de un fuego fatuo, no obstante hallarse, quizá, el ser
que delante tenía, a muchos miles de millas de Alemania, cosa nada infrecuente en el
encantado misterio de la noche, cuando, en alas de nuestra mágica imaginación
“aprendemos bajo los destellas de sidérea sombra el sublime lenguaje del otro mundo”,
que lord Byron diría. Los clichés astrales de mis ojos y oídos internos se impresionaron
de un modo indeleble con las frases aquellas, así que hoy no tengo sino copiarlas para
transmitirlas como las recibí, con riesgo de que las tornéis por una novela forjada de
propósito, acerca de un personaje fantástico, cuyo verdadero nombre averiguar no
pude.
Ora la aceptéis como realidad, ora la consideréis como cuento, espero, sin embargo,
que ha de resultaros del más vivo interés.
Empiezo.
I
EL DESCONOCIDO
_
Nací en una aldeíta suiza; un grupo de míseras cabañas enclavado entre dos glaciares
imponentes, bajo una cumbre de nieves perpetuas, y a ella, viejo de cuerpo y enfermo
de espíritu, me he retirado desde hace treinta años, para esperar tranquilo, con mi
muerte, el día de mi liberación… Pero aún vivo, acaso sólo para dar testimonio de
hechos pasmosos sepultados en el fondo de mi corazón: ¡todo un mundo de horrores
que mejor quisiera callar que revelar!
Soy un perfecto abúlico, porque, debido a mi prematura instrucción, adquirí falsas
ideas, a las que hechos posteriores se han encargado de dar el mentís más rotundo.
Muchos, al oír el relato de mis cuitas, las considerarán como absolutamente
providenciales, y yo mismo, que no creo en Providencia alguna, tampoco puedo
atribuirlos a la mera casualidad, sino al eterno juego de causas y efectos que
constituyen la vida del mundo. Aunque enfermo y decrépito, mi mente ha conservado
toda la frescura de los primeros días, y recuerdo hasta los detalles más nimios de
aquella terrible causa de todos mis males ulteriores. Ello me demuestra, bien a pesar
mío, la existencia de una entidad excelsa, causa de todos mis males, entidad real, que yo
desearía fuese tan sólo mera creación de mi loca fantasía… ¡Oh, ser maldito, tan
terrible como bondadoso! ¡Oh, santo y respetado señor, todo perdón: tú, modelo de
todas las virtudes, fuiste, no obstante, quien amargó para siempre toda mi existencia,
arrojándome violentamente fuera de la égida monótona, pero segura y tranquila, de lo
que llamamos vida vulgar; tú, el poderoso que, tan a pesar mío, me evidenciaste la
realidad de una vida futura y de mundos por encima del que vemos, añadiendo así
horrores tras horrores a mi mísero vivir!…
Para mostrar bien mi estado actual, tengo que interrumpir y detener la vorágine de
estos recuerdos, hablando de mi persona. ¡Cuánto no daría, sin embargo, por borrar de
mi conciencia ese odioso y maldito Yo, causa de todos nuestros males terrenos!
Nací en Suiza, de padres franceses, para quienes toda la sabiduría del mundo se
encerraba en esa trinidad literaria del barón de Hoibach, Rousseau y Voltaire. Educado
en las aulas alemanas, fui ateo de cabeza a pies, y empedernido materialista para quien
no podía existir nada fuera del mundo visible que nos rodea, y menos un ser que
pudiese estar encima de este mundo y como fuera de él. En cuanto al alma, añadía, aún
en el supuesto de que exista, tiene que ser material. Para el mismo Orígenes, el epíteto
de incorporeus dado a Dios, sólo significa una causa más sutil, pero siempre física, de la
que ninguna idea clara podemos formar en definitiva. ¿Cómo, pues, va ella a producir
efectos tangibles? Así, no hay por qué añadir que miré siempre al naciente
espiritualismo con desdén y asco, y casi con ira también las insinuaciones religiosas de
ciertos sacerdotes, sentimientos que, a pesar de todas mis tristes experiencias, conservo
aún.
Pascal, en la parte octava de sus Pensamientos, se muestra indeciso acerca de la misma
existencia de Dios. “Examinando, en efecto, por doquiera si semejante Ser Supremo ha
dejado por el mundo alguna huella de si mismo, no veo doquiera sino obscuridad,
inquietud y duda completa…” Pero si bien en semejante Dios extracósmico jamás he
creído, ya no puedo reírme, no, de las potencialidades maravillosas de ciertos hombres
de Oriente, que les convierten virtualmente en unos dioses. Creo firmemente en sus
fenómenos, porque los he visto. Es más, los detesto y maldigo cualquiera que sea quien
los produzca, y mi vida entera, despedazada y estéril, es una protesta contra tal
negación.
Por consecuencia de unos pleitos desgraciados, al morir mis padres perdí casi toda mi
fortuna, por lo cual resolví, más por los que amaba que por mí mismo, labrarme una
fortuna nueva, y aceptando la propuesta: de unos ricos comerciantes hamburgueses, me
embarqué para el Japón, en calidad de representante de la Casa aquella. Mi hermana, a
quien idolatraba, había casado con uno de modesta condición.
El éxito más franco secundó a mis empresas. Merced a la confianza en mí depositada
por amigos ricos del país, pude negociar fácilmente en comarcas poco o nada abiertas
entonces a los extranjeros. Aunque indiferente por igual a todas las religiones, me
interesó de un modo especial el buddhismo por su elevada filosofía, y en mis ratos de
solaz visité los más curiosos templos japoneses, entre ellos parte de los treinta y seis
monasterios buddhistas de Kioto: Day–Bootzoo, con su gigantesca campana;
Enarino–lassero, Tzeonene, Higadzi–Hong–Vonsi, Kie–Misoo y muchos otros. Nunca,
sin embargo, curé de mi escepticismo, y me burlaba de los bonzos y ascetas del Japón,
no menos que antes lo hiciera de los sacerdotes cristianos y de los espiritistas, sin
admitir la posibilidad más nimia de que pudiesen aquéllos poseer poderes extraños in
estudiados por nuestra ciencia positiva. Ridículos en el más alto grado, además, me
resultaban los supersticiosos buddhistas, buscando el hacerse tan indiferentes para el
dolor como para el placer, por el dominio de las pasiones.
Un día fatal y memorable, entablé amistad con un anciano bonzo denominado
Tamoora Hideyeri. Con él visité el dorado Kwon–On, y de su gran saber aprendí no
poco. No obstante la devoción y afecto que por él sentía, no perdonaba nunca la
ocasión propicia de burlarme de sus sentimientos religiosos; pero era de tan dulce
condición como ilustrada, y a fuerza de buen buddhista, jamás se me mostró ofendido
lo más mínimo por mis sarcasmos, limitándose a responder imperturbable: “Esperad, y
veréis algún día”. Su privilegiada mentalidad no podía creer que fuese sincero mi
escéptico ateísmo, tan por encima de la creencia ridícula en un mundo invisible
rechazado por la Ciencia y lleno de deidades y de espíritus malos y buenos. El apacible
sacerdote me decía únicamente: “El hombre es un ser espiritual que es recompensado y
castigado, alternativamente, por sus méritos y por sus culpas, teniendo por ello que
volver, reencarnado, múltiples veces a la Tierra”. Contra aquellas célebres frases de
Jeremy Collier de que somos meras máquinas ambulantes, simples cabezas parlantes y
sin alma ni más leyes que las de la materia, argüía que si nuestras acciones estuviesen de
antemano previstas y decretadas, sin que tuviésemos más libertad en ellas que la que
tienen de detenerse las aguas de un río, la sabia doctrina del Karma, o de que cada cual
recoge aquello que sembró, sería absurda. Así, pues, toda la metafísica de mi amigo se
basaba en esta imaginaria ley, junta con la de la metempsícosis y otros delirios de este
jaez.
–Después de esta vida material no podemos –dijo absurdamente mi amigo cierto día
–vivir en el completo uso de nuestra conciencia sin habernos construido, por decirlo así,
un vehículo, una sólida base de espiritualidad. Quien durante esta vida física, consciente
y responsable, no ha aprendido a vivir en espíritu, no puede aspirar luego a una plena
conciencia espiritual, cuando, privado de su cuerpo, tenga que vivir como mero espíritu.
–Pues, ¿qué entiende usted por vida como espíritu? –le pregunté.
–La vida es un plano puramente espiritual, el Jushitz Devaloka, o paraíso buddhista,
por cuanto el hombre, mediante su cerebro animal y todas las facultades que desarrolla
aquí en la Tierra, se labra ese elevadísimo estado celeste entre dos sucesivas
existencias, transportando a ese plano de superior felicidad cuanto aquí abajo labró,
mediante. el estudio y la contemplación.
–¿Qué le sucede al hombre que rehúsa la contemplación, es decir, que se niega a fijar
su vista en la punta de su nariz, después de la muerte de su cuerpo? –le pregunté burlón.
–Que será tratado al tenor de aquel estado mental que en su conciencia prevaleció. En
el caso mejor, tendrá un renacimiento inmediato, y en el peor un Avitchi o infierno
mental. No es preciso, sin embargo, hacerse un completo asceta: basta con esforzarse
en aproximarse al Espíritu viviendo una vida espiritual; abriendo, aunque sólo sea por
un momento, la puerta de nuestro Templo Interior.
–¡Sois siempre poético, aun en vuestras paradojas!, amigo mío –le respondí –¿Queréis
explicarme un poco semejante misterio?
–No es ningún misterio, replicó– pero gustoso os responderé.– Suponed que el “plano
espiritual” de que os hablo sea cual un templo en el que jamás pisasteis y cuya
existencia, por tanto, creéis tener fundamento para negar, pero que alguien, compasivo,
os toma por la mano, y conduciéndoos hacia la entrada, os hace mirar dentro un
instante tan sólo. Por este mero hecho habréis establecido un lazo imperecedero con el
templo. No podréis, desde aquel día, negar su existencia, ni el hecho de haber entrado
en él, y según haya sido vuestro trabajo en él breve o largo, así viviréis en él después de
la muerte.
–¿Pues qué tiene que ver mi conciencia post–mortem con semejante templo, aun en el
falso caso de que la otra vida exista?
–¡Mucho! Después de la muerte– terminó diciendo el sabio anciano –no puede haber
conciencia alguna fuera del Templo del Espíritu. Lo ejecutado en sus ámbitos es lo único
que a vuestra muerte sobrevivirá, porque todo lo demás, como vano e ilusorio, está
llamado a disolverse en el Océano de Maya o de la ilusión.
Como me chocaba, a fuerza de simple curioso, la peregrina y absurda idea de vivir
fuera de mi cuerpo, disfracé mi escepticismo, y fingiendo interesarme por todo aquello,
obligué a mi amigo a que continuase, engañado por completo respecto de mis
intenciones.
Tamoora Hideyeri servía en Tri–Onene, templo buddhista famoso no sólo en el Japón,
sino en toda China y en el Tibet; no hay en Kioto otro tan venerado, y sus monjes,
secuaces de Dzeno–doo, son tenidos por los mejores y los más sabios, entre aquellas
fraternidades meritísimas, relacionadas a su vez con los ascetas o eremitas llamados
Jamabooshi, discípulos de Lao–tse. Así se explican los altos vuelos metafísicos que, con
ánimo de curarme mi ceguera mental, diese siempre mi amigo a nuestra conversación,
llevándome hacia sus enmarañadas doctrinas con sus peroratas, disparatadas a mi juicio,
y sus ideas de espiritualidad, cuya práctica parece una verdadera gimnasia del plano
espiritual.
Tamoora había dedicado más de las dos terceras partes de su vida a la yoga o
contemplación práctica, que le había dado las pruebas de que,. una vez despojados los
hombres de su cuerpo material con la muerte, vivían con plena conciencia en el mundo
espiritual recogiendo el fruto centuplicado de sus acciones nobles y altos sentimientos,
salario proporcionado, decía el asceta, al trabajo que se esforzaba aquí abajo en realizar.
–Pero, y si uno no hace más que asomarse al templo de la espiritualidad y retroceder,
¿qué le acontecerá después? –objeté con mi eterno escepticismo.
–Pues que en la otra vida no tendríais nada bueno que recordar, salvo aquel feliz
instante, porque en dicha vida espiritual sólo se registran y viven las impresiones
espirituales –respondió el monje.
–Entonces, antes de reencarnar aquí abajo, ¿qué me sucedería? –añadí burlonamente.
–Entonces –dijo, lento y solemne el sacerdote, con un aplomo severo que daba frío
–durante un período, que parecería una eternidad a vuestra angustia, no haríais sino
repetir una y mil veces la acción de abrir y cerrar el templo con esa desesperante
repetición de los temas de la calentura.
Semejante tarea que el buen hombre me asignaba post–mortem, me hizo soltar una
carcajada. ¡Aquello era el colmo del absurdo! Pero mi amigo se limitó a suspirar,
compasivo, añadiendo, así que yo le pedí perdones por mi sinceridad:
–No. Dicho estado espiritual después de la muerte no consiste en una repetición
mímica y automática de lo realizado en la vida, sino el llenar y completar los vacíos de
ella. Yo me he limitado a poneros un ejemplo, incomprensible para vos, por lo que veo,
de los misterios relativos a la Visión del Alma. Siendo entonces nuestro estado de
conciencia el goce final de cuantos actos espirituales hemos ejecutado en vida, cuando
uno de éstos ha resultado fallido, no podemos esperar otra cosa que la repetición del
acto mismo.
Y saludándome cortésmente, como buen japonés, el noble sacerdote se despidió de
mí.
¡Ah, si me hubiera sido entonces posible el saber lo que después aprendí por dolorosa
experiencia..., cuán poco me hubiera burlado de aquella enseñanza sapientísima!... Mas
no, yo no podía creer a ojos cerrados en tamaños absurdos, y muy especialmente en que
ciertos hombres elevados pudiesen adquirir poderes como sobrenaturales.
Experimentaba una repulsión instintiva hacia aquellos eremitas o yamabooshi,
protectores de todas las sectas buddhistas del Japón, –porque sus pretensiones
milagreras me parecían el colmo de la necedad. ¿Quiénes podrán ser estos presuntos
magos, de ojos bajos y manos cruzadas, esos “santos” mendigos, moradores extraños de
montañas apartadas y escabrosas, inaccesibles hasta el punto de que a los simples
curiosos acerca de su naturaleza les era imposible de todo punto llegar hasta ellas?…
No podían ellos ser sino unos adivinos sin vergüenza, unos gitanos vendedores de
hechizos, talismanes y brujerías.
Como se ve, mis insultos y mis odios alcanzaban por igual a maestros y a discípulos,
porque conviene no olvidar que los yamabooshi, aunque no aceptan a los profanos
cerca de ellos, a algunos, tras duras pruebas, los reciben como discípulos, quienes dan
perfecto testimonio acerca de la sabiduría y de la pureza de su vida.
Mis desprecios no se detuvieron ni en los mismos sintos, es decir, en aquellos otros
religiosos del Sin–Syu, o Sintoísmo, cuya divisa es la de “fe en los dioses y en el camino
de los dioses”, porque practican un culto absurdo a los llamados “espíritus de la
Naturaleza”. Así me capté no pocos enemigos, porque los Sinlo–kanusi, o maestros
espirituales de este culto, pertenecen a la aristocracia japonesa, con el propio Mikado a
su cabeza, y los secuaces del mismo constituyen el elemento más sabio de todo el
Japón. No olvidemos que los kanusi, o maestros del Sintoísmo, no proceden de
ordenación regular alguna conocida, ni forman casta aparte. Como jamás alardean de
poseer poderes ni privilegios que les eleven sobre los demás, y visten como los seglares
pasando como meros estudiantes de las ocultas ciencias del espíritu, más de una vez
tuve contacto con ellos sin sospechar siquiera su elevada categoría.
II
EL VISITANTE MISTERIOSO
_
Con el transcurso de los años, en lugar de mejorar, se agravó mi lamentable
escepticismo. Mi hermana, que era toda mi familia en el mundo, se había casado, vivía
en Nuremberg y sus hijos me eran queridos como si hijos míos fuesen. ¡Oh, y cómo
amaba a aquella hermana mártir que antaño se sacrificó a sí misma y al hombre que se
prestó a ayudar a mi padre en su vejez y darme a mí la educación debida…! Los que
sostienen que ningún ateo puede ser ni súbdito leal, ni fiel pariente, ni amigo cariñoso,
profieren la mayor de las calumnias. Es falso, sí, que el materialista se endurezca de
corazón con los años, incapaz de amar, como dicen amar los –creyentes. Puede que ello
sea verdad en algún caso, y que el positivista propenda a la vulgaridad y al egoísmo,
pero el hombre bondadoso que se hace lo que suele llamarse ateo, no por motivos
egoístas, sino por amor a la verdad, no hace sino fortalecer sus afectos hacia los
hombres todos. Cuántas aspiraciones hacia lo desconocido dejan –de sentir; cuántas
esperanzas se rechazan respecto de un cielo con su Dios correspondiente, se
concentran, centuplicadas sin duda, en los seres amados y aun se extienden a la
humanidad entera…
Un amor así fue el que me impulsó a sacrificar mi dicha para asegurar la de aquella
santa hermana que había sido una madre para mí. Casi niño, partí para Hamburgo,
donde luché con el ardor de quien trata de ayudar a sus seres queridos. Mi primer placer
efectivo fue el de ver casada a mi hermana con el hombre a quien por mí había
sacrificado, y ayudarles. Tan desinteresado era mi cariño hacia ellos y luego hacia sus
hijos, que jamás quise constituirme por mi parte un hogar nuevo, pues el hogar de mi
hermana, compuesto pronto de once personas, era mi iglesia única y el objeto de mis
idolatrías. Por dos veces, en nueve años, crucé el mar con el solo fin de estrechar contra
mi corazón a seres tan caros a mi amor, tornando en seguida al extremo Oriente a
seguir trabajando para ellos.
Desde el Japón mantuve siempre correspondencia con mi familia, hasta que un día la
correspondencia quedó cortada por ésta, sin que pudiese Yo adivinar la causa. Durante
todo un año estuve sin noticia alguna, esperando en vano día tras día y temiéndome
alguna desgracia. Cuantos esfuerzos hice por saber de ella fueron inútiles.
–Mi buen amigo –me dijo un día mi único confidente Tamoora –¿por qué no buscáis el
remedio a vuestras ansiedades consultando a un santo yamabooshi?
No hay por qué decir con qué desprecio rechacé la propuesta. Pero a medida que los
correos de Europa se sucedían en vano, mi ansiedad se iba trocando en desesperación
irresistible, que degeneró en una especie de locura. Era ya inútil toda lucha, y yo,
pesimista a estilo Holbach, creyente en el aforismo de que la necesidad era el acicate
para la dicha filosófica y el factor que más vigoriza a la humana flaqueza, me sentía
vencido… Olvidando, pues, mi fatalismo frente a los ciegos decretos del destino, no
podía resignarme. Mi conducta, mi temperamento eran ya muy otros que los de antaño,
y, cual joven histérico, mil veces trataba mi mirada de sondear a través de los mares la
verdadera causa de aquel enigma que me ponía ya al borde de la locura. Sí; un
despreciable y supersticioso anhelo, me movía, bien a pesar mío, a desear conocer lo
pasado y lo futuro…
Cierto día, al. declinar el sol, mi amigo, el bonzo venerable, se presentó en mi barraca.
Como hacía días que no nos veíamos, venía a informarse sobre mi salud.
–¿Por qué os molestáis en ello? –le dije sarcástico, aunque arrepintiéndome al punto
de mi imprudencia –¿Teníais más sino consultar a un yamabooshi, que a distancia
pueden verlo. y saberlo todo?
Ante tamaño ex abrupto, pareció un tanto ofendido el bonzo; pero, al contemplar mi
abatido aspecto, replicó bondadoso que debería yo seguir su consejo de siempre,
consultando acerca de mis torturas mentales a un miembro de aquella santa Orden.
–Desafío a cuantos se jactan de poseer poderes mágicos– le repliqué, presa de retador
desprecio –a que me adivinen en quién estaba yo pensando ahora y qué es lo que esta
persona realiza en estos momentos.
A lo cual el imperturbable bonzo respondió:
–Nada más fácil: dos puertas por cima de mi casa se halla un santo yamabooshi
visitando a un sinto que yace enfermo. Con sólo que pronunciéis una palabra afirmativa,
os puedo conducir a su presencia augusta…
Y la palabra fue pronunciada, con lo cual quedó ya dictada mi sentencia cruel para
mientras viva. ¿Cómo describir, en efecto, la escena que vino después? Baste decir que
no habían transcurrido apenas quince minutos desde que acepté la propuesta del
bonzo, cuando me vi frente por frente de un anciano alto, noble y extraordinariamente
majestuoso, para ser de esa raza japonesa tan delgada, macilenta y minúscula. Allí
donde pensé hallar una obsequiosidad servil, tropecé con ese tranquilo y digno
continente característico del hombre que conoce su superioridad moral y mira con
benevolencia la equivocación de aquellos que no alcanzan a reconocerla debidamente.
A las preguntas irreverentes y burlonas que, necio, le hice, guardó silencio, mirándome
de hito en hito cual mirarla un médico a un enfermo en su delirio, y yo, desde el instante
mismo en que él fijó su escrutadora mirada en mis ojos, sentí, o vi más bien, un como
delgado, y argentino hilo de luz, que, brotando de sus intensos ojos, penetraba buido en
lo más recóndito de mi ser, sacando de mi corazón y de mi cerebro, bien a pesar mío, el
secreto de mis más íntimos sentimientos y pensamientos. No cabía duda, aquel hombre
imponente se adueñaba de todo mi ser, hasta el punto de serme aquello
angustiosamente intolerable.
Esforzándome cuanto pude en romper la fascinación aquella, le incité a que me dijese
qué era lo que había podido leer en mi pensamiento.
–Una ansiedad extremada por saber qué puede haberle ocurrido a su lejana hermana,
a su esposo y a sus hijos –fue la respuesta exacta que me dió con toda tranquilidad
aquel hombre–prodigio, añadiendo detalles completos acerca de la morada de aquéllos.
Escéptico incurable, dirigí una mirada acusadora al bonzo, sospechando de su
indiscreción; mas al punto me avergoncé de mi sospecha sabiendo por un lado que los
japoneses son esencialmente veraces y caballeros, y por otro, que Tamoora no podía
saber nada acerca de la disposición interior de la casa de mi hermana, cuya descripción
exacta, sin embargo, acababa de darme el yamabooshi.
–El extranjero –respondió éste, al interrogarle de nuevo acerca del actual estado de mi
inolvidable hermana –no se fía de palabras de nadie, ni de nada que él no pueda percibir
por sí mismo. La impresión que en él pudiesen causar las palabras del yamabooshi
acerca de aquélla, apenas duraría breves horas, dejándole luego tanto o más
desgraciado que antes, por lo cual sólo cabe un remedio, y es el de que el extranjero vea
y conozca la verdad por sí mismo. ¿Está, pues, dispuesto a dejarse poner en el estado
requerido a todo yámabooshi, estado para él desconocido?
Al oír aquello, mi primera impresión fue, como siempre, la de la son risa escéptica.
Aunque sin fe jamás en ellos, yo había oído en Europa hablar de pretendidos
clarividentes, de sonámbulos magnetizados y otras cosas análogas, por lo que,
desconfiado, presté, no obstante, mi silencioso consentimiento.
III
MAGIA PSÍQUICA
´_
Desde aquel instante procedió a operar el anciano yamabooshi. Alzó la vista al sol y al
excelso Espíritu de Ten–dzio–dai–dzio que al sol preside, y hallándole propicio, sacó de
bajo su manto una cajita de laca con un papel de corteza de morera y una pluma de ave,
con la que dibuj6 sobre el papiro unos cuantos mantrams en caracteres naiden, escritura
sagrada que sólo entienden ciertos místicos iniciados. Luego extrajo también un
espejito redondo de bruñido acero, cuyo brillo era extraordinario, y colocándoselo ante
los ojos, me ordenó que mirase en él.
Yo había oído hablar de semejantes espejos de los templos y hasta los había visto
varias veces, siendo opinión corriente en el país que en ellos, y bajo la dirección de
sacerdotes iniciados, pueden verse aparecer los grandes espíritus reveladores de
nuestro destino, o sean los daij–dzins, Por ello me supuse que el anciano iba a evocar
con el espejo la aparición de una de tales entidades para que contestase a mis
preguntas, pero lo que me aconteció fue harto diferente.
En efecto, tan pronto como tomé en mis manos el espejo abrumado por la angustia de
mi absurda posición, noté como paralizados mis brazos y hasta mi mente, con aquel
temor quizá con que tantos otros sienten en su frente el invisible aletazo de la intrusa.
¿Qué era aquella sensación tan nueva y tan contraria a mi eterno escepticismo, aquel
hielo que paralizaba de horror todos mis nervios y aun la conciencia y la razón en mi
propio cerebro? Cual si una serpiente venenosa me hubiese mordido el corazón, dejé
caer el… –¡me avergüenzo de usar el adjetivo!… –el espejo mágico, sin atreverme a
recogerle del sofá sobre el que me había reclinado. Se entabló un momento en mi ser
una lucha terrible entre mi indomable orgullo, mi ingénito escepticismo y el ansia
inexplicable que me impulsaba a pesar mío a sumergir mi mirada en el fondo del
espejo… Vencí mi debilidad un instante, y mis ojos pudieron leer en un librito abierto al
azar sobre el sofá esta extraña sentencia: “El velo de lo futuro, le descorre a veces la
mano de la misericordia.” Entonces, como quien reta al Destino, recogí el fatídico y
brillante disco metálico, y me dispuse a mirar en él. El anciano cambió breves palabras
con mi amigo el bonzo, y éste, acallando mis constantes suspicacias, me dijo:
–Este santo anciano le advierte previamente que si os decidís a ver mágicamente, por
fin, en el espejo, tendréis que someteros luego a un procedimiento adecuado de
purificación, sin lo cual –añadió recalcando solemnemente las palabras –lo que vais a
ver lo veréis una, mil, cien mil veces y siempre contra toda vuestra voluntad y deseo.
–¿Cómo? –le dije con insolencia.
–Sí, una purificación muy necesaria para vuestra futura tranquilidad; una purificación
indispensable, si no queréis sufrir constantemente la mayor de las torturas; una
purificación, en fin, sin la cual os transformaríais para lo sucesivo en un vidente
irresponsable y desgraciado, y tamaña responsabilidad gravitaría sobre mi conciencia, si
no os lo advirtiese así, del modo más terminante.
–¡Tiempo habrá luego de pensarlo! –respondí imprudentemente.
–¡Ya estáis al menos, advertido –exclamó el bonzo, con desconsuelo –y toda la
responsabilidad de lo que os ocurra caerá únicamente sobre vos mismo, por vuestra
terquedad absurda!
No pude ya reprimir mi impaciencia, y miré el reloj con gesto que no pasó inadvertido
al yamabooshi: ¡eran, precisamente, las cinco y siete minutos!
–Concentrad cuanto podáis en vuestra mente sobre cuanto deseáis ver o saber– dijo el
“exorcista” poniéndome el espejo mágico en mis manos, con más impaciencia e
incredulidad que gratitud por mi parte. Tras un último momento de vacilación, exclamé,
mirando ya en el espejo:
–Sólo deseo saber el por qué mi hermana ha dejado de escribirme tan repentinamente
desde…
¿Pronuncié yo, en realidad, tales palabras, o las pensé tan sólo? Nunca he podido
saberlo sólo sí tengo bien presente que, mientras abismaba mi mirada en el espejo
misterioso, el yamabooshi tenía extrañamente fija en mí su vista de acero sin que jamás
me haya sido dable poner en claro si aquella escena duró tres horas, o tres meros
segundos. Recuerdo, sí, los detalles más nimios de la escena, desde que cogí el espejo
con mi izquierda, mientras mantenía entre el pulgar y el índice de mi derecha un papiro
cuajado de rúnicos caracteres. Recuerdo que, en aquel mismo punto, perdí la noción
cabal de cuanto me rodeaba, y fue tan rápida la transición desde mi estado de vigilia a
aquel nuevo e indefinible estado, que, aunque habían desaparecido de in¡ vista el bonzo,
el yamabooshi y el recinto todo, me veía claramente desdoblado, cual si fuesen de otro
y no mías mi cabeza y mi espalda, reclinadas sobre el diván y con el espejo y el papiro
entre las manos…
Súbito, experimenté una necesidad invencible como de marchar hacia adelante,
lanzado, disparado como un proyectil, fuera de mi sitio, iba a decir, necio, ¡fuera de mi
cuerpo! Al par que mis otros sentidos se paralizaban, mis ojos, a lo que creí, adquirieron
una clarividencia. tal como jamás lo hubiese creído…Me vi, al parecer, en la nueva casa
de Nuremberg habitada por mi hermana, casa que sólo conocía por dibujos, frente a
panoramas familiares de la gran ciudad, y al mismo tiempo, cual luz que se apaga o
destello vital, que se extingue, cual algo, en fin, de lo que deben experimentar los
moribundos, mi pensamiento parecía anonadarse en la noción de un ridículo muy
ridículo, sentimiento que fue interrumpido en seguida por la clara visión mental de mí
mismo, de lo que yo consideraba mi cuerpo, mi todo –no puedo expresarlo de otra
manera –recostado en el sofá, inerte, frío, los ojos vidriosos, con la palidez de la muerte
toda en el semblante, mientras que, inclinado amorosamente sobre aquel mi cadáver y
cortando el aire en todas direcciones con sus huesosas y amarillentas manos, se hallaba
la gallarda silueta del yamabooshi, hacia quien, en aquel momento, sentía el odio más
rabioso e insaciable… Así, cuando iba en pensamiento a saltar sobre el infame
charlatán, mi cadáver, los dos ancianos, el recinto entero, pareció vibrar y vacilar
flotante, alejándose prontamente de mí en medio de un resplandor rojizo. Luego me
rodearon unas formas grotescas, vagas, repugnantes. Al hacer, en fin, un supremo
esfuerzo para darme cuenta de quién era yo realmente en aquel instante pues que así
me veía separado brutalmente de mi cadáver, un denso velo de informe obscuridad
cayó sobre mi ser, extinguiendo mi mente bajo negro paño funerario…
IV
VISIÓN DE HORRORES
_
¿Dónde estoy? ¿Qué me acontece?, me pregunté ansiosamente tan pronto como, al
cabo de un tiempo cuya duración me sería imposible de precisar, torné a hallarme en
posesión de mis sentidos, advirtiendo, con sorpresa, que me movía rapidísimo hacia
adelante, a la vez que experimentaba una rara y extraña sensación como de nadar en el
seno de un agua tranquila, sin esfuerzo ni molestia alguna y rodeado por todas partes
de la obscuridad más completa. Se diría que bogaba a lo largo de una inacabable galería
submarina y llena de agua; de una tierra densísima, al par que perfectamente
penetrable, o de un aire no menos sofocante y denso que la tierra misma, aunque
ninguno de aquellos elementos me molestase lo más mínimo en mi desenfrenada
marcha de humano proyectil lanzado hacia lo desconocido…, mientras que aun sonaba
el eco de aquella mi última frase: “deseo saber las razones por las que mi hermana
querida guarda tan prolongado silencio para conmigo que…” Pero de cuantas palabras
constaba aquella frase, sólo una, la de “saber”, perduraba angustiosa en mi oído,
viniendo a mí cual una criatura viviente que con ello me obsesionase.
Otro movimiento más rápido e involuntario, otra nueva zambullida en aquel tan
informe como angustioso elemento, y héme aquí ya, de pie, efectivamente de pie,
dentro del suelo, amacizado, por todos lados en una tierra compacta, y, que resultaba,
sin embargo, de perfecta transparencia para mis perturbadísimos sentidos. ¡Cuán
absurda, cuán inexplicable situación! Un nuevo instante de suprema angustia, y héme
ahora ¡horror de horrores! con un negro ataúd tendido bajo mis pies; una sencilla caja de
pino, lecho postrero de un desdichado que ya no era un hombre de carne, sino un
repugnante esqueleto, dislocado y mutilado, cual víctima de nueva Inquisición, mientras
la voz aquella, mía y no mía a la vez, repetía el eterno sonsonete postrero de “…saber
las razones por las que…” sonando junto a mí, pero como proviniendo, no obstante, de
la más apartada lejanía y despertando en mi mente la idea de que en todas aquellas
intolerables angustias no llevaba empleado tiempo alguno, pues que estaba
pronunciando, todavía las palabras mismas con las que en Kioto, al lado del
yamabooshi, empezaba a formular mi anhelo de saber lo que a mi pobre hermana
acontecía a la sazón.
Súbito, aquellos informes y repugnantes restos principiaron a revestirse de carne y
como a recomponerse en el más extraño de los retornos retrospectivos, hasta reintegrar
el aspecto normal de un hombre cuya fisonomía ¡ay! me era harto conocida, pues que
resultaba nada menos que el marido de mi pobre hermana, a quien tanto había amado
también; pero a quien, en medio de la mayor indiferencia, veía ahora destrozado como
si acabase de ser víctima de un accidente cruel. –¿Qué te ha ocurrido, desdichado?
–traté de preguntarle.
En el inexplicable estado en que yo me hallaba, no bien me formulaba mentalmente
una pregunta cualquiera, la contestación se me presentaba instantánea cual en un
panorama retrospectivo. Vi, pues, así, en el acto y detalle tras detalle, todas las
circunstancias que rodearon a la muerte de mi desdichado Karl, a saber: que el principal
de la fábrica, en la que, lleno de robustez y de vida, él trabajaba, había traído de
América y montado una monstruosa máquina de aserrar maderas; que éste, para apretar
una tuerca o examinar el motor, había tenido un momento de descuido, y que había
sido cogido por el juego del volante, precipitado, hecho trizas, antes de que los
compañeros pudieran correr en su auxilio… ¡Muerto, triturado, transformado en
horrible hacinamiento de carne y de sangre, que, sin embargo, no me causaba la
emoción más ínfima, cual si de frío mármol fuese!
En mi macabra, aunque indiferente pesadilla, acompañé al cortejo funerario. Nos
detuvimos en la casa de la familia y, como si se tratase de otro que no fuera yo,
presencié impasible la escena de la llegada a ella de la espantosa noticia con sus
menores detalles; escuché el grito de agonía de mi enloquecida hermana; percibí el
sordo golpe de su cuerpo, cayendo pesadamente sobre los restos de su esposo, y hasta
oí pronunciar mi nombre. Pero no se crea que lo percibía como de ordinario, sino mucho
más intensamente, pues que podía seguir con la más impasible de las curiosidades
indiscretas, el sacudimiento y la perturbación instantánea de aquel cerebro al estallar la
escena; el movimiento vermiforme y agigantado de las fibras tubulares; el cambio
fulgurante de coloración en el encéfalo y el paso de la materia nerviosa toda desde el
blanco al escarlata, al rojo sombrío y al azul: un como relámpago lívido y fosfórico
seguido de completa obscuridad en los ámbitos de la memoria, cual si aquella
fulguración surgida de la tapa del cráneo, se ensanchase dibujando un contorno
humano, duplicado, desprendido del inerte cuerpo de mi hermana, que se iba
extendiendo y esfumando, mientras que yo me decía a mí mismo: “¡Esto es la locura, la
incurable locura de por vida, pues que el principio inteligente, no sólo no está
extinguido temporalmente, sino que acaba de abandonar para siempre el tabernáculo
craneano, arrojado de él por la fuerza terrible de la repentina emoción…” “El lazo entre
la esencia animal y la divina se acaba de romper”, me dije, mientras que al oír el término
“divino” tan poco familiar en mí, “mi Pensamiento” se echó como a reír… al par que
seguían resonando como en el primer momento el final de mi inacabable frase… “saber
las razones por las que mi hermana querida guarda tan…”
Al conjuro de mi inacabable pregunta, la escena reveladora continuó. Vi a la madre, a
mi propia hermana, convertida en una infeliz idiota en el manicomio de la ciudad, y a
sus siete hijos menores en un asilo, mientras que mis predilectos, el chico, de quince
años, y la chica mayor, de catorce, se ponían a servir como criados. El capitán de un
buque mercante se llevaba a mi sobrino, y una vieja hebrea adoptaba a la pobre niña.
Yo seguía anotando en mi mente todos aquellos horripilantes detalles, con una
indiferencia y una sangre fría pasmosas. La misma idea de “horrores” debe entenderse
corno algo ulterior, pues que yo no sentía, en verdad, horror alguno, ni durante toda la
visión aquélla experimenté la noción más débil de amor ni de piedad, porque mis
sentimientos parecían paralizados, abolidos, al igual de mis sentidos externos… Sólo al
volver en mí fue cuando pude darme cuenta en toda su enormidad de aquellas pérdidas
irreparables, y por ello confieso que no poco de lo que siempre negara obstinadamente,
me veía a admitirlo, en vista de tamañas experiencias. Si alguien me hubiese dicho antes
que el hombre podía actuar fuera de su cuerpo, pensar fuera de su cerebro y ser
transportado mentalmente a miles de leguas de distancia de su carne por medio de un
poder incomprensible y misterioso, al punto le hubiera deputado por loco, ¡y, sin
embargo, este loco soy yo! Diez, ciento, mil veces durante el resto de mi miserable
existencia, he pasado por semejante vida fuera de mi cuerpo. ¡Hora funesta fue aquella
en que fue despertado en mí por vez primera tan terrible poder, pues ya ni el consuelo
me queda de poder atribuir tales visiones de sucesos distantes a delirios de la locura!…
Si un loco ve lo que no existe, mis visiones, ¡ay!, han resultado, por el contrario,
infaliblemente exactas, para desgracia mía.
Pero sigamos con mi narración.
Apenas había visto a mi infeliz sobrina en su albergue israelita, cuando percibí un
segundo choque de la misma naturaleza que el primero que me había lanzado y hecho
bogar a través de las entrañas de la Tierra. Abrí nuevamente los ojos y me hallé en el
mismo punto de partida, fijando casualmente mi vista en las manecillas del reloj, que
marcaban, ¡absurdo misterio! las cinco y siete minutos y medio… ¡Todas mis espantosas
experiencias se habían desarrollado, pues, en sólo medio minuto!
Aun esta misma noción del brevísimo instante transcurrido entre el momento en que
miré al reloj al tomar el espejo de manos del yamabooshi y aquel otro momento de
medio minuto después, es también un pensamiento posterior. Iba ya a desplegar los
labios para seguirme burlando del yamabooshi y de su experimento, cuando el recuerdo
completo de cuanto acababa de ver fulguró cual vívido relámpago en mi cerebro. Un
grito de desesperación suprema se escapó de mi pecho, y sentí como sí la creación
entera se desplomase sobre mi cabeza en un caos de ruina y desolación. Mi corazón
presentía ya el destino que me aguardaba, y un fúnebre manto de tristeza cayó fatal
sobre mí para todo el resto de mi vida…
V
LA ETERNA DUDA
_
Momentos después de lo que va referido, experimenté una reacción tan repentina
como repentino fue mi pesar. Una formidable duda, un furioso deseo de negar lo que
había visto, me asaltó, tratando de considerar el asunto como mero sueño insustancial y
vano, hijo de mis nerviosidades y de mi exceso de trabajo. Sí, aquello no era sino un
falaz espejismo, una estúpida ilusión sensitiva, una anormalidad de mi debilidad mental
nacida.
–De otro modo –pensaba –¿cómo pude pasar revista a los horribles y distantes
panoramas en simple medio minuto? Sólo en un sueño pueden darse tan por completo
abolidas las nociones básicas del tiempo y del espacio. El yamabooshi nada tiene que
ver con semejante pesadilla de horrores. Acaso no hizo sino recoger los propios clichés
de mi cerebro perturbado; acaso, usando una bebida infernal, secreto de los de su secta,
me ha privado del conocimiento unos segundos para sugerirme esta visión monstruosa.
La teoría moderna relativa al ensueño y la rápida excitación de los ganglios cerebrales,
son explicación suficiente de cuantas anormalidades acabo de experimentar. ¡Fuera,
pues, necios temores! ¡Mañana mismo partiré para Europa!
Este insensato monólogo le formulé en voz alta, sin el menor miramiento de respeto
hacia el bonzo, ni siquiera hacia el yamabooshi que, hierático en su primera actitud,
parecía leer tranquilo en mi interior con un silencio lleno de dignidad. El bonzo, por su
parte, irradiando la más compasiva simpatía, se aproximó a mí cual lo hubiera hecho con
un niño enfermo, y con lágrimas en los ojos, me dijo estrechándome las manos:
–Por lo que más améis, amigo mío, no dejéis la población sin antes ser purificado del
impuro contacto con los dai–djin o espíritus inferiores, cuya intervención ha sido precisa
para conducir a vuestra inexperta alma hacia la remota región que ansiabais ver. No
perdáis, pues, el tiempo, hijo mío; cerrad la entrada de tan peligrosos intrusos hasta
vuestro Yo Interior, y haced que para ello os purifique en seguida el santo Maestro.
Nada hay tan sordo a la razón como la cólera, una vez desatada. La “savia del
raciocinio”, no podía, en aquel trance, “apagar el fuego de la pasión”, antes bien,
caldeada al rojo blanco esta última, sentía ya efectivo odio contra el venerable anciano
y no podía perdonarle su ingerencia en el suceso. Así que, aquel dulce amigo cuyo
nombre no puedo pronunciar ,hoy sin emocionarme, recibió la más acre y dura repulsa
por sus frases, como protesta airada contra la idea de que yo pudiera llegar nunca a
considerar la visión que había tenido sino como mero sueño, y como un gran impostor,
por tanto, al yamabooshi.
–Partiré mañana, aunque en ello me fuese la vida –insistí furibundo.
–… Pero os arrepentiréis toda vuestra vida si antes no hacéis que el santo asceta haya
cerrado una por una todas las entradas, hoy abiertas para los intrusos dai–djins, quienes,
de lo contrario, no tardarán en dominaros por completo –siguió porfiando el bonzo.
No le dejé seguir, antes bien, brutal y despectivo, pronuncié no sé qué frases relativas
a la paga que debla de dar al yamabooshi por su experiencia conmigo, a lo que el bonzo
replicó con dignidad regia:
–El santo desprecia toda recompensa. ¡Su Orden es la más rica del mundo, dado que
sus miembros, al hallarse por encima de todos los deseos terrenales, nada necesitan!…
–Y añadió: –No insultéis así al hombre compasivo que, por mera piedad hacia vuestros
dolores, se prestó gustoso a libraros de vuestra mental tortura.
Todo en vano. El espíritu de la rebeldía se había adueñado de mí en términos que me
era ya imposible el prestar oído a palabras tan llenas de sabiduría. Por fortuna, al volver
la cabeza para seguir en mis ataques rabiosos, el yamabooshi había desaparecido.
¡Oh, y cuán estúpido era! Ciego a la evidencia, ¿por qué no reconocí el sublime poder
del santo asceta? ¿Por qué no vi que al él desaparecer huía para siempre la paz de mi
vida?… El fiero demonio del escepticismo, la incrédula negación sistemática de todo
cuanto por mis propios ojos había visto, obstinándome, sin embargo, en creerlo necia
fantasía, eran ya más poderosos que cualquiera otra fuerza de mi ser.
–¿Debo acaso creer, con la caterva de los supersticiosos y los débiles, que por encima
de este mero compuesto de fósforo y otras materias hay algo que puede hacerme ver
independientemente de mis sentidos físicos? me decía, añadiendo: –¿Nunca? El creer
en los dai–djin de mi importuno amigo, equivaldría a admitir también las llamadas
inteligencias planetarias, por los astrólogos, y el que los dioses del Sol y de Júpiter, de
Saturno o de Mercurio y demás espíritus que guían las esferas de sus orbes, se
preocupan también de los mortales. Tamaño absurdo de invisibles criaturas
arrastrándome por el ámbito de sus elementos, es un insulto a la razón humana; un
fárrago inadmisible de locas supersticiones.
Así desvariaba yo ante el bonzo, pero, su paciencia, inalterable, superaba aun a mis
furores, y una vez más insistió en que me sometiese a la ceremonia de la purificación,
para evitar futuros eventos horribles.
–¡Jamás! –grité ya exasperado, y parafraseando a Richter añadí: –Prefiero morar en la
atmósfera rarificada de una sana incredulidad, que en las nebulosidades de la necia
superstición. Pero, como no puedo prolongar mis dudas, partiré para Europa en el
primer correo.
Semejante determinación acabó de desconcertar a mi bonzo.
–¡Amigo, de extranjera tierra! –exclamó –Ojalá no tengáis que arrepentiros
tardíamente de vuestra ciega obstinación. ¡Que Kwan–Ou, el Santo Uno, y la Diosa de la
Misericordia os protejan contra los djinsi, pues desde el momento en que rechazáis la
purificación del yamabooshi, él es impotente para protegeros contra las malas
influencias evocadas por vuestra incredulidad. ¡Permitid, al menos, en esta hora
solemne, a un anciano que os quiere bien, que os enseñe algo que ignoráis aún! Sabed
que, a menos que aquel venerable maestro que para aliviaros en vuestros dolores os
abrió las puertas del santuario de vuestra alma, pueda, con la purificación, completar su
obra, vuestra futura vida será tan espantosa que no merecerá la pena de vivirla.
Abandonado así al poder de fuerzas poderosas, os sentiréis perseguido por ellas y
acosado hasta la locura. Sabed que el peligroso don de la clarividencia, si bien se realiza
por propia voluntad por aquellos para quien la Madre de Misericordia no tiene ya
secretos, tratándose, por el contrario, de principiantes como usted, no puede lograrse
sino por mediación de los djins aéreos, espíritus de la naturaleza, que, aunque
inteligentes, carecen del divino don de la compasión, porque no tienen alma como
nosotros. Nada tiene que temer, en verdad, de ellos, el arahat o adepto que ha
sometido ya a semejantes criaturas, haciéndolas sus sumisos servidores, pero quien
carece de tamaño poder, no es sino el esclavo de las mismas. Reprimid vuestro
ignorante orgullo y vuestras ironías y sabed que durante visiones corno la vuestra, el
dai–djin tiene al vidente completamente bajo su poder, y este vidente, durante todo el
tiempo de la visión astral no es él mismo, no es ya su propio e inmanente ser, sino que
participa, por decirlo así, de la naturaleza de su guía, quien, en tales momentos en que
así dirige su vista interna, guarda su alma en vil prisión, convirtiéndola en un ser como
él, es decir, en un ser sin alma, desposeído de su divina luz espiritual, y, por tanto,
careciendo a la sazón de toda emoción humana, tal como el temor, la piedad y el amor.
–¡Basta ya! –interrumpí exasperado, al recordar con estas últimas palabras la
indiferencia extraña con que, “en mi alucinación”, había presenciado la catástrofe de mi
cuñado, la desesperación de mi hermana y su repentina locura –Si sabíais esto, ¿por qué
me aconsejasteis experiencia tan peligrosa?
–Ella iba a durar tan sólo unos segundos, y mal alguno se hubiese derivado de ella si
hubieseis cumplido vuestra promesa de someteros después a la purificación. Yo
deseaba únicamente vuestro bien, porque mi corazón se despedazaba al veros sufrir día
tras día, y no ignoraba que el experimento, dirigido por uno que sabe, es inofensivo, y
sólo es peligroso cuando se desatiende aquella precaución. El “Maestro de Visión”,
aquel que ha abierto una entrada en vuestra alma, es quien tiene luego que cerrarla,
contra intrusiones ulteriores, con el sello de la Purificación.
–El “Maestro de Visión”: ¡decid más bien el Maestro de la Impostura!...
Tan dolorosamente intensa fue la expresión de pesar que se reflejó en el semblante
del bonzo al escuchar este último insulto a su guía, que, levantándose y saludándome
ceremoniosamente, se alejó de mí con estas sencillas palabras:
–¡Adiós, pues!
VI
PARTO, PERO NO SOLO

Pocos días después de la escena, me embarqué para Europa, sin volver a ver ya al buen
bonzo. Sin duda estaba ofendido por mis impertinencias e insultos. ¿Qué furia extraña,
en efecto, se apoderaba de mí y me obligaba, casi sin poderlo remediar, a insultar al
santo asceta?… Sin duda, más que una fuerza exterior e insensible que me dominase,
era mi amor propio escéptico el que así me impulsaba, y tan seguro me hallaba
realmente acerca de las imposturas del yamabooshi, que de antemano saboreaba ya mi
triunfo sobre él, al retornar entre los míos de allí a varias semanas, y hallarlos sanos y
dichosos.
Mas, ¡ay!, no hacía una semana que me encontraba a bordo, cuando la venda incrédula
comenzó a caer tardíamente de mis ojos.
Desde el día memorable de la experiencia del espejo, yo experimentaba en todo mi
ser un cambio inexplicable, que en un principio achacaba a las preocupaciones acerca de
los míos, con las que llevaba luchando varios, meses. Durante el día me encontraba
abstraído, como embobado, perdiendo de vista por algunos minutos toda la realidad
que me rodeaba. Mis noches eran intranquilas; mis ensueños tristísimos y hasta con
horrores de angustiosas pesadillas. Aunque buen marino, y con tiempo
extraordinariamente hermoso, sentía vagos mareos, y advertía de cuando en cuando
que las caras familiares de los pasajeros adquirían en tales momentos lar, más grotescas
formas de caricatura. Así, cierta vez, Max Guinner, un joven alemán, a quien conocía de
antaño, pareció transformado de repente en su anciano padre, a quien enterráremos
tres años antes en el cementerio de nuestra colonia. Conversábamos sobre cubierta
acerca del finado y de sus negocios, cuando la cabeza de Max se me antojó rodeada de
una nebulosidad extraña y gris que, condensándose gradualmente en torno de su cara,
sanota y colorada, la dió bien pronto toda la rugosa apariencia de aquel a quien antaño
yo mismo diese tierra.
Otra vez, mientras que el capitán hablaba de un ladrón malayo, a cuya captura había
contribuido, vi a su lado la repugnante y amarillenta cara del hombre a quien
correspondía la descripción del marino, y aunque, por supuesto, guardé silencio
respecto a tamañas alucinaciones creyéndolas debidas a las causas visibles que dice la
Medicina, ello es que se iban haciendo más frecuentes de día en día.
Cierto noche me sentí despertar bruscamente por un penetrante grito de angustia…
Era la voz de una mujer en el paroxismo de su desesperación impotente. Despertando,
salté en una habitación que me era completamente desconocida, donde una
adolescente, una niña casi, luchaba desesperadamente contra un hombre de mediana
edad y de fuerzas hercúleas, que la había sorprendido mientras dormía, al par que
detrás de la puerta, cerrada con llave, advertí una vieja haciendo la centinela, vieja en
cuya cara infernal reconocí al punto a la judía que había adoptado a mi sobrinita, según
viese en el ensueño de Kioto por las artes del yamabooshi. Al volver a mi estado normal
y darme cuenta de mi situación, caí en la cuenta, ¡oh desesperación cruel!, de que la
víctima del brutal atropello no era otra que mi propia sobrina…
Ni más ni menos que en mi primera visión en Kioto, yo no sentía en mí esa compasión
que nace de la simpatía hacia la desgracia de un ser amado, sino más bien una
indignación varonil ante la afrenta infligida a una criatura desvalida. Así que me
precipité fieramente en su socorro, asaltando el cuello de aquel ser lascivo y bestial;
pero, no obstante mi esfuerzo rabioso, el hombre continuó corno si yo no existiese. El
rufián cobarde, exasperado ante la resistencia de la doncella, levantó irritado su brazo
vigoroso y de un terrible puñetazo sobre los dorados bucles de su cabecita, la tendió en
el suelo. Salté entonces sobre la lujuriosa bestia prorrumpiendo en un rugido de tigresa
que defiende a sus cachorros, tratando de ahogarle entre mis garras; pero, horror de
horrores. ¡Noté entonces, por primera vez, que aquel mi yo no era sino una vana
sombra!
Mis imprecaciones y gritos despertaron a todos los pasajeros, quienes los atribuyeron
a una pesadilla, así que no intenté confiar a nadie lo que me acontecía. Pero desde aquel
infausto día, mi vida no fue ya sino una inacabable serie de torturas, porque, apenas
cerraba los ojos, se me representaba con singular viveza el espantoso cuadro de dolores,
desastres o crímenes pasados, presentes o futuros, cual si un demonio obseso se
complaciese en ofrecerme el macabro panorama de todo cuanto de horripilante, bestial
o maligno existe en este despreciable mundo. Nunca un destello de felicidad,
hermosura o virtud descendió, en cambio, hasta la lóbrega cárcel de mi mental
infortunio, sino lascivias, traiciones y crueldades sin fin, en inacabable calidoscopio,
como consecuencia de las pasiones humanas desatadas doquier.
–¿Será todo esto –me dije al fin– el cumplimiento fatal del vaticinio de mi amigo el
bonzo? ¿Estará mi alma real y efectivamente bajo el impío dominio de los crueles
dai–djins?… Mas, no – me respondí al punto, tratando en vano de recobrar la
tranquilidad perdida –Esto no es sino una pasajera anormalidad que cesará tan luego
como me vea en Nuremberg y me convenza de lo infundado de mis absurdos temores.
El hecho mismo de que mi imaginación no me ofrece sino escenas macabras, me
demuestra que ello carece de toda realidad –Pero entonces creí estar oyendo las
palabras del bonzo, cuando me decía:
Dos planos únicos de visión tiene el hombre: el augusto plano del amor trascendente y
las aspiraciones espirituales hacia una eterna Luz, y el tempestuoso mar de las pasiones
humanas, en cuya luz inferior se bañan los descarriados dai–djins.
VII
¡LA ETERNIDAD ES UN ENSUEÑO FUGAZ!
_
Antaño, las absurdas creencias de ciertas gentes respecto de los espíritus buenos y
malos, me parecían incomprensibles, pero, a partir, ¡ay!, de las dolorosas experiencias de
aquellos momentos, las comprendía ya.
Para robustecer, no obstante, mi incredulidad nativa, procuraba evocar en mi mente
cuanto me era dable los recuerdos de mis lecturas antisupersticiosas: el juicioso razonar
de Hume; las áticas mordacidades sarcásticas de Voltaire, y aquellos pasajes de
Rousseau, donde llamaba a la superstición “la eterna perturbación de la sociedad”.–¿A
qué afectarnos por las fantasmagorías del ensueño –me decía con ellos –cuando luego
comprobamos su completa falsedad en la vigilia? ¿Por qué, como dijo el clásico, han de
asustarnos con cosas que no son; nombres cuyo sentido no vemos?…
Un día en que el anciano capitán nos relataba supersticiosas historias marineras, un
infatuado y pedante misionero inglés nos recordó aquella frase de Fielding de que “la
superstición da al hombre la estupidez de la, bestia”, pero en el mismo instante que tal
decía, le vi vacilar de un modo, extraño y detenerse bruscamente, mientras que yo, que
había permanecido alejado de la conversación general, creí leer claramente en la
aureola de vibrantes radiaciones que desde hacía muchos días percibía sobre todas las
cabezas, las palabras con que Fielding concluía su proposición: “…y el escepticismo le
torna loco”.
Había ya oído hablar muchas veces, sin admitirla, la afirmación de que quienes
pretenden gozar del dudoso privilegio de la clarividencia ven los pensamientos de las
personas presentes como retratados en su propia aura. Yo ya, ¡absurda paradoja!, me
veía dotado, en efecto, de la facultad desagradabilísima de poder comprobar por mi la
exactitud del odioso hecho, agregando un nuevo conjunto de horrores a mi ridícula
vida, y viéndome forzado a tener que ocultar a los demás dones tan funestos, cual si se
tratara de un caso de lepra. Mi odio entonces hacia el yamabooshi y el bonzo no tuvo
límites, pues aquél, sin duda alguna, había tocado con sus nefastas manipulaciones
algún secreto resorte de mi cerebro fisiológico y puesto en acción alguna facultad de las
ordinariamente ocultas en la constitución humana… ¡Y el maldito farsante japonés
había introducido tal plaga en mí mismo!
De nada práctico me servía in¡ impotente cólera. Además, bogábamos ya en aguas
europeas, y de allí a pocos días anclaríamos en Hamburgo, donde cesarían mis dudas y
temores. Aun cuando la clarividencia pudiese existir en algún caso, tal como en la
lectura de los pensamientos, lo de ver las cosas a distancia, según yo lo había soñado
bajo la sugestión del yamabooshi, era demasiado admitir dentro de las humanas
posibilidades… Pese a todos estos tristes razonamientos, mi corazón parecía decirme
que me engañaba en ellos, sintiendo como si mi definitiva condenación se hallase
próxima, con sufrimientos tan atenazadores, que intensificaban peligrosamente mi
postración física y mental.
La noche misma de nuestra entrada en Hamburgo me asaltó un ensueño cruel. Me
parecía que yo mismo me veía muerto; mi cuerpo yacía rígido e inerte, y al par que mi
conciencia se daba cuenta de ello, parecía prepararse también a su extinción; mas, como
tenía aprendido que el cerebro, conservaba el calor vital durante unos minutos más que
los órganos periféricos, aquello no me podía extrañar. Así, en el crepúsculo del gran
misterio, al borde, ya sin duda, de la tenebrosa sima “que ningún mortal puede repasar
una vez franqueada”; mi pensamiento, envuelto en los restos de una vitalidad que
escapaba por instantes, se iba extinguiendo como una llama, y asistiendo al propio
tiempo a su aniquilamiento, pero tornando mi “yo”, nota de aquellas mis últimas
impresiones con el apresuramiento de aquel que sabe que va a caer el negro manto de
la nada sobre su conciencia para tener el goce de sentir todo el gran triunfo de mis
convicciones relativas a la completa y absoluta cesación del ser…
Todo se iba obscureciendo por momentos en derredor mío. Enormes sombras,
fantásticas e informes, desfilaban ante mi desvanecida vista; primero lentas, luego
aceleradas, y, finalmente, girando vertiginosas en torno de mí, cual en terrible danza
macabra, y una vez alcanzado su objeto de intensificar las tinieblas, abriendo un como
indefinido ámbito de vacías e impalpables negruras; un insondable océano de eternidad,
por el que, ilimitado, se deslizaba el tiempo, esa fantástica progenie del, hombre, sin
que jamás alcance a acabarlo de cruzar…
No en vano ha dicho Catón que los ensueños no son sino el reflejo de todos nuestros
temores y esperanzas. Como en estado de vigilia jamás he temido a la muerte, ante la
evidencia de mi inminente afán me sentí tranquilo, hasta consolado de que el término
de mis torturas mentales se avecindase. La angustia aquella mía se había ya tornado
intolerable, y si, como dice Séneca, la muerte no es sino la cesación de todo cuanto
fuésemos antes, valía más morir que no soportar durante tantos meses tamaña agonía.
–Mi cuerpo está ya muerto –me decía –y mi “yo”, mi conciencia, que es la que de mi
queda por algunos momentos más, se prepara ya a seguirle; debilitándose mis
percepciones mentales, se irán borrando segundo tras segundo, hasta que el anhelado
olvido me envuelva por completo en su sudario. ¡Ven, pues, dulce y consoladora muerte;
tu sueño sin ensueños es un puerto de paz y de refugio en medio de las borrascas de la
vida...! ¡Dichosa, pues, la barca solitaria que a la ansiada orilla de la muerte me conduce!
Allí, en su regazo eterno, descansaré por siempre, y tú, pobre cuerpo ¡adiós! ¡Gustoso te
abandono, ya que me has dado más dolores que placeres en la vida!
Mientras yo entonaba este himno a la muerte libertadora, la examinaba al par con
extraña curiosidad, no pudiendo menos de maravillarme, sin embargo, de que mi acción
cerebral continuase siendo tan vigorosa. Mi cuerpo, desvanecido ante mi vista algunos
segundos, reaparecía una y varías veces con su cadavérica faz… De improviso
experimenté un violentísimo deseo de saber cuánto duraría el complicado proceso de
mi disolución antes de que el cerebro, estampando su último sello, me dejase inerte. A
través de las, para mí transparentes, paredes de mi cráneo, podía contemplar y hasta
tocar mi masa cerebral. ¿Con qué manos?, me es imposible el precisarlo; pero el
contacto de su iría y viscosa materia, me producía profundísima impresión. Con un terror indecible, advertí que mi sangre se había congelado por completo, y que, alterada
la íntima constitución de mis células cerebrales, se imposibilitaba ya en absoluto todo
funcionamiento… Al par, la misma o mayor obscuridad me rodeaba impenetrable en
todas direcciones; pero además, enfrente de mi, y fuese la que fuese la dirección de mi
mirada, veía un como gigantesco reloj circular, cuya caraza enorme y blanca se
destacaba de un modo siniestro sobre aquel oscuro marco que le rodeaba. Su péndola
oscilaba con la acostumbrada regularidad a uno y otro lado, como si pretendiese divisar
la eternidad, y las agujas señalaban ¡cosa bien extraordinaria!, las cinco y siete minutos,
es decir, la hora precisa en que comenzase en Kioto mi tortura.
No bien noté esta terrible coincidencia, cuando, horrorizado del modo más pavoroso,
me sentí arrastrado de idéntica manera que antaño; nadando, bogando veloz por debajo
del suelo, en el mismo medio viscoso y paradójico. Así me vi otra vez ante la tumba,
donde los despedazados restos de mi cuñado yacían; presencié luego,
retrospectivamente, su muerte desdichada; la escena de la recepción de la noticia fatal
por mi hermana, con el aditamento de su locura, todo sin perder el detalle más mínimo.
Para mayor espanto esta vez, ¡ay!, ya no estaba, acorazado en aquella tranquila
indiferencia de roca con que viese la vez primera la escena, sino que mis torturas
mentales, mi ansiedad, mi desesperación en medio de aquel ciclón de muerte, ya no
tenían límites…¡Oh, y cómo sufría aquel cúmulo de horrores infernales, con el añadido
del peor de todos, que era la desesperada realidad de que mi cuerpo estaba ya
muerto…!
No bien se hizo una leve pausa de alivio, torné a ver de igual modo la enorme esfera
con sus manecillas colosales marcando ¡las cinco y siete y medio minutos! Pero, antes de
que hubiera tenido tiempo de darme cuenta exacta de tal cambio, la aguja empezó a
moverse lentamente hacia atrás, deteniéndose en el séptimo minuto, para sentirme
otra y otra vez forzado a padecer sin término la repetición de los mismos horrores de
bogar por el seno de la tierra y de presenciar la repetición exacta e implacable de las
mismísimas escenas espantosas que parecían no terminar jamás…
Al propio tiempo mi conciencia parecía triplicarse, quintuplicarse, decuplicarse,
pudiendo vivir y sentir en el mismo lapso de tiempo en media docena de sitios a la vez,
desfilando ante mí múltiples sucesos de su vida en diferentes épocas y circunstancias de
mi vida, pero predominando sobre todas mi experiencia espiritual de Kioto. A la manera
de como en la famosa fuga del Don Juan, de Mozart, se destacan desgarradoras las
notas de la desesperación de Elvira, sin que por esto se entrecrucen ni confundan con la
melodía del minuet, ni con el canto de seducción, ni con el coro, de la misma manera
pasé una y mil veces, mezclada con las congojas de las demás escenas, por aquella
indescriptible agonía de Kioto, y oía las inútiles exhortaciones del bonzo, al par que se
me presentaban, sin con ello confundirse, múltiples recuerdos, ora de mi niñez o de mi
adolescencia, ora de mis padres, ora, en fin, de aquel día memorable en que salvara a un
amigo que estaba ahogándose y me burlaba de su padre, que me daba emocionado las
gracias por haber así salvado “su alma”, no preparada sin duda aún para dar cuentas a
“su Hacedor”. ¡Todo ello, por supuesto, en la conciencia más complicada y multiforme!
–¡Hablad, hablad de personalidades múltiples, vosotros los profesores de
psicofisiologia! –me decía en medio de aquella tortura que habría bastado a matar a
media docena de hombres –¡Hablad vosotros, orgullosos, infatuados con la lectura de
miles de libros L… jamás podríais explicarme, no obstante, la sucesión de aquella
horrorosa cadena real, al par que ensoñada, cuyo desfilar parecía no tener fin. No,
aunque se rebelase mi conciencia contra ciertas afirmaciones teológicas, negar no podía
ya la realidad de mi Yo inmortal… ¿Cuál, es, pues, oh Misterio, tu insondable Realidad
que de tal modo conduces, sin término conocido y con el cuerpo ya muerto, a nuestro
pensamiento y nuestra imaginación? ¿Podrá, acaso, ser cierta esa doctrina de la
reencarnación en la que tanto porfiaba el bonzo que creyese? ¿Por qué no, si cada año
nace una nueva hoja y una nueva flor de una misma y permanente raíz?…
En aquel punto, el fatídico reloj desapareció, mientras que la voz cariñosa del bonzo
una vez más parecía repetir: “En el caso de que hayáis entreabierto sólo una vez la
puerta del augusto Santuario de vuestra alma, tendréis que abrirla y cerrarla una y mil
veces durante un periodo que, por más corto que sea, os parecerá una eternidad…”
Un instante después, la voz del bonzo era ahogada por multitud de otras voces en la
cubierta. Anegado en un sudor frío, desperté. ¡Estábamos en Hamburgo!
VIII
DESGRACIAS A GRANEL
_
Mis socios de Hamburgo apenas pudieron reconocerme, ¡tan enfermo, y cambiado
estaba! Al punto partí para Nuremberg.
Media hora después de mi llegada a la ciudad de Nuremberg, toda duda relativa a la
verdad de mi visión de Kioto había desaparecido. La realidad era, si cabe, peor que
aquélla, y en adelante estaba fatalmente condenado a la vida más infeliz. Seguro podía
estar de que, en efecto, había visto uno por uno todos los detalles de la tragedia
desgarradora: mi cuñado destrozado por los engranajes de la máquina; mi hermana, loca
y próxima a morir, y mi sobrina, la flor más acabada de la Naturaleza, deshonrada y en
un antro de infamia; los niños pequeños muertos en un asilo, bajo una enfermedad
contagiosa, y el único sobrino que sobrevivía, ausente de ignorado paradero. Todo un
hogar feliz, aniquilado, quedando yo tan sólo como triste testigo de ello en este
miserable mundo de desolación, deshonra y muerte. La brutalidad del choque, el peso
horrendo del enorme desastre, me hizo caer desvanecido, pero no sin antes oír estas
crueles palabras del burgomaestre:
–Si antes de partir de Kioto hubieseis telegrafiado a las autoridades de la ciudad
vuestra residencia y vuestra intención de regresar a vuestro país para encargaros de
vuestra familia, hubiéramos podido colocarla provisionalmente en otra parte,
salvándolos as! de su destino; pero como todos ignorábamos que los niños tuviesen
pariente alguno, sólo pudimos internarlos en el asilo donde por desgracia han
sucumbido…
Este era el golpe de gracia dado a mi desesperación. ¡Sí, mi abandono había matado a
mis sobrinitos! Si yo, en vez de aferrarme a mis ridículos escepticismos, hubiese seguido
los consejos del bonzo Tamoora y dado crédito a la desgracia que por clarividencia y
clariaudiencia me había hecho ver y oír el yamabooshi, aquello se hubiera podido evitar
telegrafiando a las autoridades antes de mi regreso. Acaso podría, pues, no alcanzarme
la censura de mis semejantes; pero jamás podría ya escapar a las recriminaciones de mi
propia conciencia, ni a la tortura de mi corazón en todos los días de mi vida. Allí fue,
entonces, el maldecir mis pertinaces terquedades; mi sistemática negación de los
hechos que yo mismo había visto, y hasta mi torcida educación. El mundo entero no
había sabido darme otra…
Me sobrepuse a mi dolor, en un supremo esfuerzo, a fin de cumplir un último deber
mío para con los muertos y con los vivos. Pero una vez que saqué a mi hermana del asilo
e hice que viniese a su lado a su hija para asistirla en sus últimos días, no sin obligar a
confesar su crimen a la infame judía, todas mis fuerzas me abandonaron, y una semana
escasa después de mi llegada convertirme en un loco delirante atrapado bajo la garra de
una fiebre cerebral. Durante algún tiempo fluctué entre la muerte y la vida, desafiando
la pericia de los mejores médicos. Por fin venció mi robusta constitución, y, con gran
pesar mío, me declararon salvado… ¡Salvado, sí, pero condenado a llevar eternamente
sobre mis hombros la carga aborrecible de la vida, sin esperanza de remedio en la tierra
y rehusando creer en otra cosa alguna más que en una corta supervivencia de la
conciencia más allá de la tumba, y con el aditamento insufrible de la vuelta inmediata,
durante los primeros días de la convalecencia, de aquellas inevitables visiones, cuya
realidad ya no podía negar, ni considerarlas de allí en adelante como “las hijas de un
cerebro ocioso, concebidas por la loca fantasía”, sino la fotografía de las desgracias de
mis mejores amigos! ¡Mi tortura era, pues, la del Prometeo encadenado, y durante la
noche una despiadada y férrea mano de hierro me conducía a la cabecera de la cama de
mi hermana, forzado a observar hora tras hora el silencioso desmoronarse de su
gastado organismo, y a presenciar, como si dentro de él estuviese, los sufrimientos de
un cerebro deshabitado por su dueño, e imposibilitado reflejar ni transmitir sus
percepciones. Aún había algo peor para mí, y era el tener que mirar durante el día el
rostro inocente e infantil de mi sobrinita, tan sublimemente pura en su misma
profanación, y presenciar durante la noche, con el retorno de mis visiones, la escena,
siempre renovada de su deshonra… Sueños de perfecta forma objetiva, idénticos a los
sufridos en el vapor, y noche tras noche repetidos…
Algo, sin embargo, se había desarrollado nuevo en mí, cual la oruga que,
evolucionando en crisálida, acaba por transformarse en mariposa, el símbolo del alma;
algo nuevo y trascendental había brotado en mi ser de su antes cerrado capullo, y veía
ya, no sólo como en un principio y por consecuencia de la identificación de mi
naturaleza interna con la del dai–djin obsesor, sino por el espontáneo desarrollo de un
nuevo poder personal y psíquico que aquellas infernales criaturas trataban de impedir,
cuidando de que no pudiese ver nada elevado ni agradable. Mi lacerado Corazón era
fuente ya de amor y simpatía hacía todos los dolores de mis semejantes, cual si un
corazón nuevo fluyese fuera del corazón físico, repercutiendo fuertemente en mi alma
separada del cuerpo. Así, ¡infeliz de mí!, tuve que apurar hasta las heces del sufrimiento
por haber rechazado en Kioto la purificación ofrecida, purificación en que tardíamente
creía ya, bajo el insoportable yugo de dai–djin.
Poco falta de mi triste historia. La pobre mártir de mi hermana loca, falleció, al fin,
víctima de la tisis; su tierna hija no tardó en seguirla. En cuanto a mí, ya era un anciano
prematuro de sesenta años, en lugar de treinta. Incapaz de sacudir mi yugo, que me
mantenía tan al borde de la locura, tomé la resolución heroica de tornar a Kioto,
postrarme a los pies del yamabooshi, pedirle perdón por mi necedad y no separarme de
su lado hasta que aquel espíritu infernal que yo mismo había evocado, y del que mi
incredulidad me impidió el separarme, fuese ahuyentado para siempre…
Tres meses después, me vi nuevamente en mi casa japonesa al lado del venerable
bonzo Tamoora Hideyeri, para que me condujese, sin perder un momento, a la
presencia del santo asceta… La respuesta del bonzo me llenó de estupor. ¡El
yamabooshi había abandonado el país sin que se supiese su paradero y, según su
costumbre, no tornaría al país hasta dentro de siete años!
Ante tamaño contratiempo fui a pedir ayuda y protección a otros santos yamabooshis,
y aun cuando sabía harto bien que en mi caso era inútil el buscar otro Adepto eficaz que
me curase, mi venerable amigo Tamoora hizo cuanto pudo por remediar mi desgraciada
situación. ¡Todo en vano!; aquel gusano roedor amenazaba siempre acabar con mi razón
y con mi vida. El bonzo y otros santos varones de su fraternidad me invitaron a que me
incorporase a su instituto, diciéndome:
–Sólo el que evocó sobre vos el dai–djin es quien tiene el poder de ahuyentarle. ínterin
llega, la voluntad y la firme fe en los nativos poderes inherentes a nuestra alma es la
que os puede servir de lenitivo. Un “espíritu” de la perversión de éste puede ser
desalojado fácilmente de un alma en un principio, pero si se le deja apoderarse de ella,
como en vuestro caso, se hace punto menos que imposible el desarraigar a tamaño ente
infernal, sin poner en gran peligro la vida de la víctima.
Agradecido, acepté lo que aquellos piadosos varones me proponían. No obstante el
demonio de mi incredulidad, tan arraigada en mi alma como el propio dai–djin, me
esforcé en no perder aquella mi última probabilidad de salvación. Arreglé, pues, mis
negocios comerciales. A pesar de mis pérdidas, me vi sorprendido con que poseía una
regular fortuna, aunque las riquezas, sin nadie con quien compartirlas, ya no tenían
atractivo alguno para mí, porque, con el gran Lau–tze, había ya aprendido que el
conocimiento, la distinción entre lo que es real y lo que es ilusorio, es el áncora de
salvación contra los embates de la vida. Asegurada una pequeña renta, abandoné el
mundo e me incorporé al discipulado de “los Maestros de la Gran Visión”, en un retiro
tranquilo y misterioso, donde, en soledad y silencio, llevo sondados mil hondos
problemas de la ciencia y de la vida, y leído numerosos volúmenes secretos de la
biblioteca oculta de Tzionene, mediante lo que he logrado el dominio sobre ciertos
seres del mundo inferior. Pero no pude conseguir el gran secreto del señorío sobre los
funestos dai–djin. La clave sobre tan peligroso elemental sólo es poseída por los más
altos iniciados de aquella Escuela de Ocultismo, pues hay que llegar antes a la suprema
categoría de los santos yamabooshis. Mi eterno y nativo escepticismo era siempre un
obstáculo para grandes progresos, y así, en mi nueva situación serenamente ascética, los
consabidos cuadros se reproducían de cuando en cuando sin que lo pudiese evitar, por
lo que convencido de mi ineptitud para la condición sublime de un Adepto ni de un
Vidente, desistí de continuar. Sin esperanzas ya de perder por completo mi don fatal,
regresé a Europa, confinándome en este chalet suizo, donde mi desgraciada hermana y
yo hemos nacido, y donde escribo.
–Hijo mío –me había dicho el noble bonzo –no os desesperéis. Considerad como una
mera consecuencia de vuestro karma lo que os ha sucedido. Ningún hombre que
voluntariamente se haya entregado al señorío de un dai–djin puede esperar nunca el
alcanzar el estado de yamabooshi, Arahat o Adepto, a menos de ser purificado
inmediatamente. Al igual de la cicatriz que deja toda herida, la marca fatídica de un
dai–djin no puede borrarse jamás de un alma hasta que ésta sea purificada por un nuevo
nacimiento. No os desalentéis, antes bien, resignaos con vuestra desgracia que os ha
conducido más o menos tortuosamente a adquirir ciertos conocimientos
transcendentes, que de otro modo habríais despreciado siempre. De tamaño
conocimiento no os podrá despojar nunca el más poderoso dai–djin. ¡Adiós, pues, y que
la gran Madre de Misericordia os conceda su protección augusta y su consuelo...!
Desde entonces, mi vida de estudioso anacoreta ha hecho mucho más tardías mis
visiones; bendigo al yamabooshi que me sacara del abismo de mi materialismo
primitivo, y he mantenido la más fraternal de las correspondencias con el bonzo
Tamoora Hindeyeri, cuya santa muerte, gracias a mi funesto don, tuve el privilegio de
presenciar a tantos miles de leguas, en el instante mismo en que ocurría.
47
LA HAZAÑA DE UN GOSSAÍN HINDÚ
_
En la India, como en la China, el Japón y en otras partes de Oriente, es innegable
que existen juglares o prestidigitadores, algunos de los cuales superan en sus
habilidades a cuanto conocemos aquí en Occidente. Pero estos juglares distan de
alcanzar a realizar los prodigios que ejecutan los faquires, tales como el del crecimiento
extraordinario del “mango”, descrito por el Dr. Carpenter en estos términos4:
4 Este caso es frecuente. Vaya otro relato análogo tomado de una revista espiritualista:
“El difunto doctor B…, miembro del Real Colegio de Cirujanos de Londres, a quien me unían los más
íntimos lazos de la amistad –cuenta en “Asclepios” el Dr. F. Malibrán–, era un hombre de dotes
excepcionales. Además de ocupar un puesto muy eminente en su profesión, habla viajado extensamente,
en particular por la India, y poseía varios idiomas orientales. Era de trato agradable y carácter jovial, y si
se le podía tachar de algún defecto, eran sus gustos raros y estrambóticos. Para él, todo lo fantástico y
misterioso tenla un encanto especial. De las paredes de su gabinete colgaban los cuadros enigmáticos de
Wiertz, los dibujos grotescos de Blake y las incoherentes composiciones de Fusell. En cuanto a los
volúmenes que formaban su copiosa biblioteca, allí se podían consultar tratados sobre las ciencias
cabalísticas, la teosofía y el espiritismo: Jacobo Bohme, Blavatsky, Flammarión, Myers, etc. Entre las obras
curiosas figuraban las narraciones inverosímiles de Poe, los cuentos droláticos de Balzác y las novelas
fantásticas de Hoffmann.
“Hablando una tarde sobre la India y las cosas extraordinarias que se pueden ver en ese país, me relató
así la hazaña de un faquir:
“Paseándome una tarde por uno de los barrios más pobres de Madrás, observé a uno de esos faquires
rodeado de un grupo de treinta o cuarenta personas. El faquir recorrió con la vista el círculo de
espectadores, y calculando que eran suficientes, dijo: “Hermanos míos, quiero que me obsequiéis con
unas cuantas parahs (centavos) y tendré entonces mucho placer en mostraros la “Suerte del Mango”. La
mayor parte de las personas presentes contribuyeron con su cuota, y el faquir, muy contento con la
colecta, se colocó en seguida en el centro del grupo y empezó sus preparativos. Sacó del cinturón una
semilla de mango, y procedió a cavar con un cuchillo un agujero en el suelo. Luego enterró la semilla en
cuestión y volvió a tapar el agujero con tierra. Hecha esta maniobra, cubrió el sitio con un pañuelo, y
dando unos pasos hacia atrás, cruzó los brazos y alzó los ojos al cielo, murmurando unos cuantos
encantamientos. Terminada la jerigonza, levantó el pañuelo y apareció una matita de mango, la cual fue
tomando mayores dimensiones hasta alcanzar una altura .de casi veinte pies… “¡Mirad –dijo el faquir con
una sonrisa de satisfacción –cuan alta está la mata y qué hermosa fruta cuelga de ella! Voy a trepar por
sus ramas y os arrojaré unos sabrosos mangos.” Efectivamente, empezó a subir por el árbol hasta llegar a
las ramas más elevadas, desapareciendo entre ellas por completo. Todos nosotros, llenos de sorpresa,
esperábamos a que el faquir asomase la cara; pero, en lugar de esto, la visión de la mata de mango se fue
haciendo cada vez más tenue e, igual que el faquir, terminó por desvanecerse ,en el espacio. ¿Cómo
explicar este fenómeno? No lo puedo. 0 fuimos todos víctimas de una ilusión óptica, o el faquir nos
hipnotizó y se escapó antes que pudiésemos volver de nuestro estupor.”
No hablemos ya del otro espeluznante experimento de “los enterrados en vida”, acto de faquirismo
que ya han tratado de imitar los europeos, ora con actos como el reciente del Palace Hotel de Madrid, o
como los del hindú Kapparu, quien hipnotizó en Sandouski, Estado de Ohío, a una joven americana, Miss .
“La mayoría de los que han visitado la India aseguran que es verdaderamente la mayor
maravilla que hasta ahora he visto. Que un robusto mango crezca casi de golpe hasta
seis pulgadas de altura en un trozo de suelo lleno de hierba no manipulado ni visitado
previamente por el faquir, pues de cubierto con un cestillo invertido, y que el mismo
arbolito suba desde seis pulgadas hasta seis pies, bajo cestos cada vez mayores y en el
intervalo de simple media hora, es cosa prodigiosa, que deja bien atrás a las más
vistosas operaciones de juegos de manos de la mismísima médium feminista Miss
Nidul”.
A propósito del caso que antecede, séame permitido el narrar otro de mi experiencia
personal en mis viajes por el Oriente misterioso.
Me hallaba en Carupuz, camino de Benarés, la ciudad santa de los hindúes, cuando a
una señora amiga mía le robaron todo el contenido de su maleta: joyas, vestidos y hasta
un libro de notas, con el diario que esmeradamente llevaba desde hacía tres meses.
Todo había desaparecido misteriosamente del fondo de aquélla, sin que la cerrada
cerradura ni los costados de la maleta presentasen la menor huella de violación.
Desde la desaparición de los objetos habían mediado, por lo menos, varias horas; un
día y una noche quizá, que es lo que habíamos empleado en visitar las vecinas ruinas
ocasionadas por las huestes de Nana Sahib en sus represalias contra los ingleses
invasores.
La primera idea que se le ocurrió, naturalmente, a ¡ni amiga, fué la de recurrir a la
Policía, y el primer pensamiento mío, por el contrarío, fué el de pedir ayuda a algún
santo hombre o gossaln, verdaderos sábelotodo, o en su defecto a un juglar. Pero los
prejuicios de nuestra civilización prevalecieron, como siempre, en la decisión de mi
compañera, quien perdió más de una semana en pesquisas inútiles y en idas y venidas a
la chabatara o prefectura de policía indígena. Cansada ya, accedió, al fin, a mis deseos, y
Florencia Gibson, enterrándola viva, a dos metros de profundidad y dejándola ocho días sepultada. La
sensacional experiencia se llevó a cabo ante trts mil personas. Miss Florencia Gibson se sometió a ella con
el deseo de asegurar, con la suma concertada, su futuro pasar y la vejez de su madre, a quien habla de
entregársele el tanto convenido si se daba el caso de que ella no volviese a la vida.
Conducida a Cida Point Opera House, fué allí hipnotizada, metida en un féretro y enterrada.
Al octavo día se desenterró el féretro y miss Florencia apareció en estado horroroso a los ojos de los
médicos y de los espectadores. Su cuerpo estaba rígido y frío, sus labios descolorados y sus vestidos
impregnados de humedad. El hindú empleó una hora en sus manipulaciones para devolver la vida a aquel
cuerpo inerte. Por fin, miss Florencia exhaló un profundo suspiro; se agitaron convulsivamente sus
miembros y abrió sus ojos espantados. Salvo una extenuación marcada, los médicos no hallaron ninguna
otra irregularidad en los movimientos respiratorios.
Miss Florencia no experimentó sensación ninguna en el ataúd, y narra su resurrección del siguiente
modo:
“Tuve la impresión de que cala de una altura inmensa y que era arrebatada por una catarata. Todos mis
miembros estaban rígidos y creía que iban a quebrarse. Me parecía haber crecido algunas pulgadas. ¡No
volvería a someterme a esta experiencia ni por un millón!
se buscó a un gossaín, que pronto llegó a nuestro bungalow, situado en la orilla derecha
del río y dominando todo el panorama del Ganges.
La experiencia se realizó allí mismo en la terraza de la casita, ante la familia toda de
nuestro hostelero, mestizo portugués muy amable, dos franceses recién llegados, que
se reían impíos de nuestra estúpida superstición, la interesada y yo.
Eran las tres de la tarde. El calor nos sofocaba, no obstante lo cual el santo gossaín,
verdadero esqueleto viviente de color de caoba, pidió que cesase de funcionar el
gigantesco abanico que para refrescar un poco aquel ambiente de horno estaba
suspendido sobre nuestras cabezas. Sin duda, aunque no lo dijo, lo exigía así porque es
sabido que las corrientes de aire contrarían la producción de todos los fenómenos
magnéticos de índole delicada.
Recordé entonces el famoso procedimiento adivinatorio llamado de la “marmita o
cacharro viviente”, que es el instrumento que ordinariamente emplean los hindúes para
descubrir el paradero de los objetos perdidos; pues, bajo el influjo del magnetizador
que opera, el trebejo en cuestión gira y rueda por el suelo hasta llegar al sitio donde
yace el objeto que se busca, y pensé que el gossaín le emplearía también entonces. Pero
me equivoqué en mis inducciones.
El gossaín, en efecto, procedió de un modo muy distinto. Pidió le diesen un objeto
cualquiera del uso personal de la dueña y que hubiese estado en contacto en el maletín
con los perdidos. La señora le entregó entonces un par de guantes, que él estrujó entre
sus manos, dándoles muchas vueltas entre ellas corno haciéndolos una pelota. Luego los
tiró al suelo; extendió en cruz sus brazos con los dedos abiertos, dando una vuelta
completa sobre sí mismo como para orientarse en la dirección que llevasen los objetos
robados. Se Detuvo de repente con un vivo sacudimiento eléctrico, y, se tiró cuan largo
era, quedó inmóvil. Se sentó, al fin, con las piernas cruzadas y con los brazos siempre
extendidos y en la misma dirección cual bajo un fuerte estado cataléptico.
La operación esta duró una larga hora, tiempo que en aquella sofocante atmósfera
constituía para nosotros una verdadera tortura, hasta que instantáneamente nuestro
huésped dió un salto hacia la balaustrada y comenzó a mirar hacia el río como extasiado
bajo un encanto misterioso. Todos miramos también ansiosos en la misma dirección,
viendo venir, en efecto, no se sabe cómo ni de dónde, una masa obscura, cuya verdadera
naturaleza nos era imposible discernir.
La mole en cuestión se diría que venía impelida por una fuerza misteriosa, dando
vueltas con lentitud primero y con gran rapidez después, como la consabida “marmita
giratoria” antes referida. Flotaba la masa como sostenida por invisible barquilla y se
dirigía en derechura hacia nosotros como un ave que viniese volando.
Pronto aquello llegó hasta la orilla del río y desapareció entre la maleza de su orilla
para reaparecer a poco, rebotando con fuerza al saltar la paredilla del jardín para caer
pesadamente, por último, sobre las extendidas manos del santo asceta o gossaín, quien
le recogió con un movimiento como automático.
Al abrir entonces el anciano sus antes cerrados ojos, dió un profundo suspiro,
apoderándose de él un violentísimo terror convulsivo, mientras que nosotros nos
habíamos quedado paralizados de asombro, y los dos franceses, antes tan escépticos,
parecían como idiotizados. Levantóse luego el gossaín, desenvolvió la cubierta de lona
embreada, dentro de la que, ¡oh, sorpresa!, se hallaban los objetos robados y en buen
estado, sin faltar uno; finalmente, sin decir palabra y sin esperar a recibir por su prodigio
ni las gracias siquiera por parte de la anonadada dueña, hizo una profunda zalema y
desapareció calle adelante, costándonos gran trabajo el alcanzarle para hacerle aceptar
a viva fuerza media docena de rupias, que el anciano recibió en su escudilla.
Bien seguro estoy de que este mi verídico relato, que los demás testigos presénciales
del hecho pueden atestiguar por sí, parecerá un cuento de hadas a no pocos europeos y
americanos que jamás visitaron la India. Pero siempre tendremos en nuestro abono,
contra los suspicaces y malévolos análisis telescópicos y microscópicos, e insolentes de
nuestros científicos al uso, el testimonio del no menos inexplicable “juego del árbol”,
antes copiado del trabajo de nuestro sabio físico el doctor Carpenter…_
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DEMONOLOGÍA Y
MAGIA ECLESIÁSTICA
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En la famosa obra de Bodin La Demonomanie; ou traité des Sorciers (París, 1587) se
relata una espeluznante historia acerca de Catalina de Médicis. El autor era un
ilustre escritor, quien durante veinticinco años estuvo coleccionando documentos
auténticos, sacados de los archivos de las más importantes ciudades de Francia,
para escribir una obra completa acerca de la hechicería y el poder de “los demonios”.
Semejante libro presenta, según la gráfica expresión de Eliphas Lévi, la más notable
colección que darse puede acerca de “los hechos más sangrientos y espantosos, los más
repugnantes actos de superstición, los encarcelamientos y ejecuciones capitales de más
estúpida ferocidad”.
–¡Quememos a todo el mundo! –parecía decir la Inquisición –Dios distinguirá
fácilmente a los suyos.
Locos infelices, mujeres histéricas e idiotas, eran quemadas vivas, sin compasión
alguna, por el crimen de “magia”. Pero al mismo tiempo, ¡cuántos y cuán grandes
criminales no escaparon a esta injusta y sanguinaria justicia! Esto es lo que nos hace
apreciar perfectamente Bodin.
Catalina de Médicis, la piadosísima cristiana que tan meritoria se había hecho a los
ojos de la Iglesia de Cristo por la horrenda e inolvidable carnicería de San Bartolomé; la
reina Catalina, decimos, tenía a su servicio un sacerdote apóstata jacobino. Sumamente
versado en el “negro arte” tan patrocinado siempre por la familia de los Médicis, se
había hecho acreedor a la gratitud y protección de su piadosa señora, merced a su
destreza sin igual en matar las gentes a distancia y sin responsabilidad, torturando por
medio de varios hechizos a sus figuras de cera. El proceso ha sido descrito repetidas
veces y apenas necesitamos repetirlo.
Carlos estaba en cama, atacado de incurable dolencia. La reina madre, que con la
muerte del paciente iba a perderlo todo, recurrió a la necromancia y quiso consultar el
oráculo de la “cabeza sangrienta”. Esta operación infernal requería la decapitación de un
niño que debía poseer una gran hermosura y pureza. Dicho niño había sido preparado
para su primera comunión por el capellán de Palacio, el cual estaba enterado del infame
proyecto, Llegado el día señalado para la ejecución de éste, y en punto de la media
noche, en el aposento del enfermo y en presencia únicamente de Catalina y de unos
cuantos de sus confederados, se celebró la “misa del diablo”. Permítasenos citar el resto
de la historia tal y como la encontramos en una de las obras de Lévi: “En esta misa,
celebrada ante la imagen del demonio teniendo bajo sus pies una cruz invertida, el
hechicero–sacerdote consagraba dos hostias, negra y grande la una, blanca y pequeña la
otra. Esta se dió al niño, al cual conducían vestido de blanco como para el bautismo, y a
quien mataron en las mismas gradas del altar inmediatamente después de su comunión.
La cabeza, separada de un solo golpe del tronco, fue colocada, aún palpitante, sobre la
gran hostia negra que cubría a la patena, y luego fue dejada encima de una mesa, en la
cual ardían algunas lámparas fúnebres. Comenzó entonces el exorcismo. El demonio
tenía que pronunciar un oráculo y contestar por mediación de la cabeza cortada a una
pregunta secreta que el rey no se atrevía a pronunciar en alta voz y que no había sido
comunicada a nadie… En aquel momento, una voz débil, una extraña voz que nada
tenía ya de humana, se dejó oír en la cabeza del infeliz y pequeño mártir…” Pero de
nada sirvió semejante crimen de hechicería, porque el rey murió y… ¡Catalina de
Médicis continuó siendo la fiel hija de Roma! Y es lo notable, que el escritor católico
Des Mousseaux, que en su Demonología usa con tan excesiva libertad los materiales de
la obra de Bodin para formular su formidable acusación contra “los espiritistas y otros
hechiceros”, haya pasado cuidadosamente por alto tan interesante episodio.
Es también un hecho bien probado que el Papa Silvestre II fue acusado públicamente
por el cardenal Benno de encantador y hechicero. La “cabeza oracular” de bronce
fabricada por Su Santidad, era de la misma especie que la construida por Alberto
Magno, que fue hecha pedazos por Tomás de Aquino, no porque fuese obra del
demonio o por él estuviese habitada, sino porque el espíritu que estaba encerrado en
ella por la fuerza magnética, hablaba sin parar como una taravilla, y su charla continua
impedía al elocuente santo el trabajar en sus problemas filosóficos. Semejantes cabezas
y hasta estatuas parlantes completas, solemnes trofeos de la ciencia mágica de monjes
y obispos, eran meros “facsímiles” de los dioses “animados” de los antiguos templos. La
acusación contra el Papa resultó cierta en aquella época, y se le probó también que
estaba acompañado constantemente de “demonios” o “espíritus”. En el capítulo
anterior hemos ' mencionado a Benedicto IX, a Juan XX y a los Gregorios VI y VII, todos
los cuales eran conocidos como magos. Este último Papa era, además, el famoso
Hildebrando, del cual se ha dicho que era tan diestro “en hacer salir rayos de la
bocamanga de su vestido”, que ello dió motivo al respetable escritor espiritista Mr.
Howitt, para creer que era tal el origen del célebre “rayo del Vaticano”.
En cuanto a las hazañas mágicas del obispo de Ratisbona y del “angélico” doctor
Tomás de Aquino, son demasiado conocidas para relatarlas de nuevo. Si el prelado
católico era tan hábil para hacer creer a las gentes durante una cruda noche de invierno
que estaban gozando de las delicias de un espléndido día de verano, y que los
carámbanos pendientes de las ramas de los árboles del jardín eran otros tantos frutos
tropicales, también los magos de la India, aun hoy mismo, y sin necesidad de dios ni
diablo alguno fuera de su conocimiento de leyes no conocidas de la Naturaleza, pueden
poner en juego ante su asombrado público semejantes poderes biológicos, pues que
todos estos pretendidos “milagros”, son producidos por un mismo y dormido poder
humano que nos es inherente a todos, cifrándose sólo el problema en saber
desarrollarlos.
Durante lo época de la Reforma el estudio de la magia y de la alquimia había
adquirido tal preponderancia entre el clero, que dió lugar a los mayores escándalos. El
cardenal Wolsey fue acusado públicamente ante el Tribunal y el Consejo privado, de
complicidad con un hombre llamado Wood, conocidísimo como hechicero, y el cual
declaró: “Mi señor, el cardenal, posee un anillo de tal virtud que cualquier cosa que desea
de la gracia de los reyes le es concedida…”, añadiendo: “Maese Cromwell, cuando servía
como criado en casa de mi señor el cardenal…, leía muchos de sus libros y especialmente
el llamado Libro de Salomón, y estudiaba las virtudes que, según el canon del rey, poseen
los metales todos”. Este caso, juntamente con otros igualmente curiosos, pueden verse
entre los papeles de Cromwell, en la oficina de Archivos de la Casa de Documentos
públicos.
En dicho Archivo se conserva asimismo una relación de las aventuras de cierto
sacerdote llamado William Stapleton, que fue preso como conjurado durante el
reinado de Enrique VIII El sacerdote siciliano a quien Benvenuto Cellini llama
nigromántico, se hizo famoso por sus afortunadas conjuraciones en las que no fue
molestado jamás. La notable aventura que con él tuvo Cellini en el Coliseo de Roma, en
donde el sacerdote conjuró a una legión entera de diablos, es harto conocida del
público ilustrado. Por supuesto que el subsiguiente encuentro de Cellini con su amiga,
predicho y anunciado con todos sus detalles por el conjurador, en el tiempo preciso
fijado por él, será considerado siempre por los frívolos y los escépticos como una “mera
y curiosa coincidencia”.
A últimos del siglo XVI, con dificultad podía encontrarse la más ínfima parroquia en la
cual no se entregasen sus vicarios al estudio de la magia y de la alquimia. La práctica del
exorcismo para expeler los diablos al modo de como lo realizase Cristo –quien, dicho
sea de paso, no empleó jamás tal procedimiento –condujo al clero a la “sagrada magia”
en oposición al “negro arte”, de cuyo crimen eran acusados todos cuantos no era monjes
o sacerdotes. Los conocimientos ocultos espigados por la Iglesia Romana en los, en otro
tiempo fértiles, campos de la Teurgia, los reservaba ella cuidadosamente para su propio
uso, y enviaba únicamente al patíbulo, mediante la Inquisición, a cuantos prácticos
cazaban furtivamente en los campos de aquella Ciencia de ciencias. Los anales de la
Historia así lo comprueban. “Sólo en el transcurso de quince años (1580 a 1595) –dice
Tomás Wright en su obra Magia y Hechicería –y en el limitadísimo territorio de la
Lorena, el inquisidor Remigius quemó implacable a unos novecientos brujos de ambos
sexos”. En tales tiempos publicaba Bodin su célebre obra dicha.
Así, mientras que el clero ortodoxo evocaba legiones enteras de “demonios” por
medio de encantos mágicos sin ser molestado por las autoridades, con tal que no
enseñase ninguna Herejía y se mantuviese fiel a los dogmas establecidos, se
perpetraban, por otra parte, actos de inaudita crueldad en las personas de pobres locos.
Por ejemplo, Gabriel Malagrida, anciano de ochenta años, fue quemado por estos
verdugos estilo Jack Ketches, en 1761. Existe en la biblioteca de Amsterdam una copia
de su famoso proceso, traducido de la edición de Lisboa. Malagrida, en efecto, fué
acusado de hechicería y de mantener pacto con el diablo, el cual ¡le había revelado lo
futuro!… La profecía comunicada por “el enemigo del género humano” al pobre jesuita
visionario aquél, está concebida en estos términos: "El reo ha confesado que el
demonio, bajo la forma de la bienaventurada Virgen María, le ha ordenado el escribir la
vida del Anticristo; que tenían que existir, a bien decir, tres Anticristos sucesivos, y que
el último nacería en Milán del sacrílego comercio de un fraile con una monja, en
1920…”, y otras enormidades más a este tenor.
…Bajo este tan cristiano estandarte6, y en el breve espacio de catorce años, Tomás de
Torquemada, confesor de la reina Isabel la Católica, quemó a más de diez mil personas
y sentenció al tormento a otras ochenta mil. Orobio, el famoso escritor que, por espacio
de tanto tiempo permaneció encarcelado escapando difícilmente a la hoguera,
inmortalizó esta institución en sus obras una vez que se vio libertado en Holanda, no
encontrando mejor argumento contra la Santa Iglesia que abrazar la fe judaica, y hasta
someterse a la circuncisión.
…Granger, por su parte, nos refiere la historia de aquel famoso caballo a quien, por
artes mágicas, se decía que se le había enseñado a señalar los lugares en un mapa y la
hora en el reloj. El caballo y su dueño fueron acusados por el Santo Oficio de tener
pacto con el demonio y ambos fueron quemados, con gran ceremonia, como hechiceros,
en un auto de fe celebrado en Lisboa el año de 1601. Tamaña institución del
Cristianismo llegó a tener hasta su correspondiente Dante que la inmortalizase:
“Macedo, jesuita portugués –dice el autor de la Demonología –descubrió el origen de la
Santa Inquisición nada menos que en el paraíso terrenal, pretendiendo que el mismo
Dios fue el primero que empezó a desempeñar el oficio de inquisidor, tanto con Caín
como con los impíos fabricantes de la Torre de Babel”.
Ciertamente, añadimos, que en ninguna parte fueron más practicadas por el clero las
artes de la hechicería y de la magia que en España y Portugal, debido a que los moros
habían estado siempre versadísimos en las ciencias ocultas, y a que en Toledo,
Salamanca, Sevilla, etc., existieron grandes escuelas de magia. Los cabalistas
salmantinos es fama que eran muy expertos en todas las ciencias ocultas; conocían las
virtudes de las piedras preciosas y habían arrancado a la Inquisición sus más preciados
secretos.
El cura de Barjota, de la diócesis española de Calahorra, vino a ser la maravilla del siglo
XVI por sus mágicos poderes. El más extraordinario de sus hechos era el de poderse
trasladar a los países más distantes, presenciar en ellos los más interesantes sucesos y
profetizarlos luego al volver a su vicaría. Añade la Crónica que el cura contaba al efecto
con un demonio familiar, pero que luego fue ingrato con éste, dándose trazas para
engañarle. Informado por el tal demonio acerca de una conspiración que se tramaba
contra el Papa por sus galanteos excesivos con cierta hermosa dama, el buen cura se
transportó en doble astral a Roma, salvando así la vida de Su Santidad. Después de ello
se arrepintió; confesó sus pecados al galante Papa, y fue absuelto. “A su regreso de
6 Se refiere al estandarte de la Santa Inquisición, sacado de un original que existe en la biblioteca de El
Escorial, donde, al pie del inmaculado trono del Todopoderoso, figura una cruz carmesí con una rama de
olivo a un lado y al otro una espada tinta en sangre hasta su empuñadura y escrito en letras de oro el
lema de los Salmos, que dice: Exurge, Domine, et judica causam mean.

Roma, y por mera fórmula, fue puesto bajo la custodia de los inquisidores, pero fue
perdonado y recobró su libertad al poco tiempo”.
Fray Pedro, monje dominico del siglo XVI –el propio mago que se dice regaló al
famoso licenciado Eugenio Torralba, médico del almirante de Castilla, un demonio
llamado Ezequiel –debió su mucha fama al subsiguiente proceso que por ello hubo de
descargar sobre el antedicho Torralba. El extraordinario proceso está descrito en los
documentos que se conservan en los Archivos de la Inquisición. El cardenal de Volterra
y el de Santa Cruz testimonian que vieron a Ezequiel y tuvieron íntimos tratos con el
mismo, quien, a la postre, resultó ser, durante el resto de la vida de Torralba, un
elemental puro y bondadoso, que llevó a cabo mil acciones benéficas y se mantuvo fiel
a dicho médico hasta el último momento de su vida. La propia Inquisición, teniendo en
cuenta esto, absolvió a Torralba, y, aunque la sátira de Cervantes le ha asegurado una
fama inmortal, ni Torralba, ni el monje Pedro son unos héroes ficticios, sino personajes
históricos, citados en los documentos eclesiásticos que existen en Roma y en Cuenca,
en cuya ciudad se ventiló el proceso el día 29 de Enero de 1530.
El libro del Dr. W. G. Soldan, Geschichte der Hexen procese, aus den Quellen
dargestelli, de Stutgart, ha llegado a ser tan famoso en Alemania como en Francia lo
fuera la Demonología, de Bodin. Es el tratado alemán más completo sobre la hechicería
en el siglo XVI, y cuantos sientan interés por saber las secretas maquinaciones que
motivaron aquellos asesinatos a millares perpetrados por un clero que pretendía creer
en el diablo, las encontrará divulgadas en dicha obra. El verdadero origen de las diarias
acusaciones y sentencias de muerte por hechicería es hábilmente atribuido a
enemistades políticas y personales, en especial al odio de los católicos contra los
protestantes. La astuta labor de los jesuitas se manifiesta en cada una de las páginas de
aquellas sangrientas tragedias, y en Bamberg y Wurzbourg, donde estos dignos hijos de
Loyola eran más poderosos por aquel tiempo, eran donde con más frecuencia se
presentaban los casos de hechiceria.
Los falsificadores eclesiásticos que acusan a la magia, al espiritismo y hasta el
magnetismo de ser producidos por el demonio, o han olvidado o jamás han leído a los
clásicos. Ninguno de nuestros hipócritas han mirado con más desprecio los abusos de la
magia como el verdadero iniciado de la antigüedad. Ninguna ley medioeval ni moderna
pudo ser tan severa como la del hierofante, porque si bien expulsaba al brujo
“inconsciente”, a la persona perturbada por un demonio, del interior de los templos, los
sacerdotes, en lugar de quemarlos despiadadamente, cuidaban con tierna solicitud al
infeliz “poseso” en hospitales donde se le devolvía la salud. Pero respecto de aquel que,
por medio de hechicería consciente, había adquirido poderes peligrosos para sus
semejantes, los sacerdotes de la antigüedad eran severísimos. “Cualquier persona
accidentalmente culpable de homicidio, o convicta de brujería era excluida de los
misterios de Eleusis” –dice Taylor en su obra Los Misterios báquicos y eleusinos –La
pretensión de Agustín de que todas las explicaciones dadas sobre ello por los
neoplatónicos eran invenciones de éstos, es absurda, por cuanto casi todas ellas están
expuestas, más o menos explícitamente, por el propio Platón. Los Misterios son tan
antiguos como el mundo, y cualquiera bien versado en el esoterismo de las mitologías
de las diversas naciones puede seguir sus huellas hasta los días del período antevédico
en la India. En ésta se exige al candidato a la iniciación la virtud y pureza más estrictas,
tanto si pretende ser un Sannyasi, un santo, como si desea ser un Purohita o sacerdote
público, bien, en fin, si se contenta con ser un mero faquir… ¡Indudablemente el
ejercicio de las virtudes exigidas aún para este último caso, es incompatible con la idea
que aquí en Occidente tenemos del culto diabólico y de sus lascivos fines!…
Estos faquires, aunque no pueden pasar nunca del primer grado de la iniciación, son,
no obstante los únicos agentes entre el mundo de los vivos y los “silenciosos hermanos”,
o sannyasis, quienes jamás cruzan ya los umbrales de sus sagradas viviendas. Los
fukarayoguis están eternamente adscriptos a sus templos y, ¿quién sabe si estos
cenobitas, aislados así del mundo profano, tienen que ver mucho más de lo que
comúnmente se cree, con los fenómenos psicológicos operados siempre bajo su oculta
dirección por los faquires, tan gráficamente descriptos por Luis Jacolliot…, ese
“escéptico y empedernido racionalista” como él mismo se jacta de ser en su obra
L´Espiritisme dans le monde?… No obstante su incorregible racionalismo, este autor
francés se vio obligado a admitir las mayores maravillas respecto de los faquires, vistas
por su propios ojos en su larga residencia en la India.
Por regla general los brahmanes –dice Jacolliot –rara vez pasan de la clase de grihastas
o sacerdotes de las castas vulgares, y purohilas, exorcistas, adivinos, profetas y
evocadores de espíritus. Y no obstante vemos… que estos iniciados del grado inferior
se atribuyen, y parecen poseer en efecto, unas facultades desarrolladas hasta un grado
tal, que jamás han sido igualadas en Europa. En cuanto a los iniciados pertenecientes a
la segunda y en especial a la tercera categoría, tienen la pretensión de no conocer el
tiempo ni el espacio, y de ser hasta dueños de la muerte y de la vida. Iniciados de estas
clases confiesa Jacolliot que no los encontró nunca, porque, –añade –“no se les ve jamás
ni en las cercanías ni aun en el interior de los templos, excepto en la fiesta lustral del
fuego sagrado. En esta ocasión aparecen a media noche, en una plataforma erigida en el
centro del estanque sagrado, cual otros tantos espectros, e iluminando el espacio con
sus conjuros. Una brillante columna de luz se eleva en torno de ellos desde el suelo al
cielo; surcan el aire los más extraños sonidos y los cinco o seis mil fieles llegados de
todos los puntos de la India para contemplar un instante a aquellos semidioses, se
prosternan invocando a las almas de sus antepasados queridos”.
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ASESINATO A DISTANCIA7
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Cierta mañana de 1867, una espantosa noticia conmovió a todo el Oriente
europeo: Miguel Obrenovitch, rey de Servía; su tía Katinka, o Catalina, y la hija
de ésta, habían sido asesinados en pleno día en el propio jardín de su palacio, sin
saberse quiénes fueran los asesinos. El príncipe estaba cosido materialmente a
puñaladas y acribillado a tiros; la princesa Catalina tenía deshecha la cabeza a golpes, y
su joven hija agonizaba a consecuencia de sus heridas. Todas las circunstancias del
terrible crimen causaron, como era natural, una excitación y una ansiedad general
rayanas en la locura.
Desde aquel instante cruel, de Bucarest hasta Trieste, así en el Imperio austriaco como
en todos los países dependientes del dudoso protectorado de Turquía, ningún
aristócrata de sangre, ni príncipe, se creyó seguro y se extendió doquiera el rumor de
que aquel crimen político había sido ejecutado por Tzerno–Guorgey, o sea por el
príncipe Kara–Georgevitch. Numerosos inocentes fueron encarcelados, mientras que,
como suele suceder siempre, lograron escapar los verdaderos regicidas. Un niño, muy
amado en Servia, próximo pariente de las víctimas, fue sacado de un colegio parisiense,
conducido con toda pompa a Belgrado y coronado como rey de Servía bajo el nombre
de Hospodar.
Dado lo que son en todos los pueblos las pasiones políticas, la tragedia de Belgrado se
olvidó, borrándose con ello las rivalidades y odios que ella despertara. Pero había una
anciana matrona servía, ligada por los más íntimos afectos a la familia de los
Obrenovitch, y que, como Raquel, no se avenía fácilmente a consolarse con la muerte
de los suyos. Proclamado el joven Obrenovitch, sobrino que era del príncipe asesinado,
la matrona misteriosa vendió su patrimonio y desapareció de la vista de todos, no sin
jurar antes, sobre la tumba de las víctimas, que las vengaría.
Quien escribe esta verídica historia había pasado unos días en Belgrado tres meses
antes de cometerse el crimen, y conocía a la princesa Katinka, que era una criatura
muelle, abúlica, pero llena de bondad, y una perfecta parisina por su excelente trato y
educación. En cuanto a los personajes que figuran en esta narración, como aún viven,
ocultaré su s nombres bajo sus iniciales.
La anciana servía aquella de nuestro relato, que de tal manera había jurado venganza,
salía muy poco de su casa, ni aun para visitar de tarde en tarde a su amiga la princesa
Katinka. Lánguidamente reclinada sobre tapices y orientales almohadones y ataviada
7 Este relato está tomado de la Revista A Modern Panarion, quien inserta la carta que sobre él dirigió H. P.
B. al editor de The Sun.

con el típico vestido nacional, recordaba a la propia Sibila de Cumas en sus días de
tranquilo reposo y alejamiento del mundo.
Cierto que se contaban extrañas historias acerca de los conocimientos ocultos de
aquella solitaria mujer, circulando entre los huéspedes reunidos alrededor del hogar de
nuestra modesta posada relatos aterradores, capaces de poner los pelos de punta al
más valiente. El primo de una solterona tía de nuestro obeso posadero, había caído
cierto día bajo la garra de un vampiro cruel que estuvo a punto de desangrarle y matarle
con sus continuadas visitas nocturnas. Vanos fueron los esfuerzos del pobre cura de la
parroquia que le exorcizara, y ya desesperaban todos acerca de la victima, cuando
Gospoja P. –así llamaré desde ahora a la misteriosa sibila –le curó al joven, ahuyentando
al espíritu obsesor con sólo amenazarle con el puño y reprenderle en su propia lengua.
Allí, en Belgrado fue, pues, donde aprendí el curioso detalle de que todos los fantasmas
tienen un lenguaje peculiar suyo.
Añadamos también que Gospoja P., o séase la anciana en cuestión, tenía como
sirviente a una joven gitana de unos catorce años, procedente de Rumania, gitana
llamada a desempeñar un gran papel en este espantoso relato. Quiénes fueron los
padres de la muchacha y cuál el lugar de su, nacimiento, lo ignoraban todos, incluso ella
misma. A mí se me contó que una tropa de vagabundos la habían abandonado un día en
el patio de la Gospoja P., y que ella respondía por el nombre de Frosya o “la niña
sonámbula”, por su rara anormalidad de dormirse sonambúlicamente a la menor
insinuación y de hablar en este estado cual una médium autómata.
Por aquel entonces viajaba yo mucho. Diez y ocho meses después del asesinato del
príncipe servio, recorría la pintoresca comarca italiana de Banat en un carricoche de mi
propiedad, para el que iba alquilando sucesivamente caballo en las localidades que
visitaba.
Cierto día de mi peregrinación, extasiada con la contemplación de las bellezas del
paisaje, estuve a punto de atropellar, distraída, a un anciano sabio francés, quien, como
yo, recorría, aunque a pie, aquellos lugares. Simpatizamos ambos, y sin ceremonias
enfadosas, aceptó el puesto que yo le ofrecí de buena voluntad a mi lado, un modesto
asiento de heno en mi carro, de constante traqueteo. El nombre del científico francés
era célebre en las Sociedades consagradas a los estudios del magnetismo y sus
similares, como uno de los mejores discípulos de Dupotet.
–¡Cuánto me alegro de nuestro encuentro! –me dijo mi sabio compañero en el curso de
nuestra científica conversación. En esta solitaria Tebaida deliciosa he encontrado un
“sujeto sensitivo”, una muchacha de lo más notable que darse puede. ¡Es una maravilla, y
por su mediación tratamos esta noche, con su familia, de descubrir, mediante sus dotes
clarividentes, el misterio que rodea a cierto asesinato.
–¿De quién se trata? –pregunté curiosa.
–De una gitanilla rumana, quien parece se ha criado entre la familia del príncipe de
Servía, aquel príncipe que ya no existe, porque pronto, hará dos años que fue asesinado
del modo más miste… ¡Eh, diable, tened cuidado, que nos vamos a despeñar por ese
precipicio! – se interrumpió a sí propio el francés, arrebatándome las riendas del
caballo.
–¿Acaso el príncipe Obrenovitch? –exclamé alarmadísima.
–¡El mismo!, y como os digo –continuó el francés –pienso llegar junto a la aldea esta
misma noche para ultimar allí una serie de sesiones de magnetismo, desarrollando con
dicho fin una de las más admirables manifestaciones que yacen ocultas en el fondo de
nuestro espíritu. Si os prestáis a acompañarme, podréis servir de intérprete, puesto que
aquella familia no habla el francés.
A mí, con aquello, no me cabía la menor duda de que se trataba de Frosya y de que
Gospoja P. la acompañaría, como así resultó bien pronto.
Caía la tarde y llegábamos a la falda de una montaña: le vieux château, como el buen
francés dió en llamarla. En uno de aquellos sombríos albergues de la poética falda nos
detuvimos, sentándonos en un rústico banco de la entrada. Mientras que mi compañero
de viaje cuidaba galantemente de mi caballo, vi sobre un inseguro puentecillo de la
torrentera vecina la figura espectral, pálida y alta de mi antigua amiga Gospoja P…,
quien no pareció mostrar sorpresa alguna por ello. Al llegar a mí me saludó con el triple
beso en ambas mejillas, característico de Servia, y me condujo cariñosamente a su choza
de hiedra, donde, reclinada en una alfombrilla sobre la hierba y con la espalda contra la
pared, reconocí a la joven Frosya…
Frosya vestía el clásico traje válaco; una especie de turbante de gasa con cintas y
doradas medallitas; camisa blanca de mangas abiertas y falda de chillones colores. Su
cara presentaba una palidez extremada, sus ojos cerrados, daban a su cuerpo ese
aspecto de estatua peculiar a todos los sonámbulos clarividentes, hasta el punto de que,
a no ser por el ritmo respiratorio de su pecho adornado de medallas y sartas de collares
de cuentas, se la hubiera creído muerta. El francés me dijo que la había ya dormido de
igual modo que la noche antes, y sin reparar más en nuestra presencia, les dió unos
cuantos pases y la llevó al estado cataléptico. Cerróla después uno por uno los dedos de
la derecha, salvo el índice, con el cual la hizo señalar a la estrella de la tarde, que lucía
esplendorosa en el inmenso azul del cielo. Siguió así regulando los pases magnéticos y
manejando los invisibles pero poderosos fluidos de Frosya como un hábil pintor que da
los últimos toques a su cuadro. En aquel momento, la anciana le detuvo y le dijo en voz
baja:
–Esperad a las nueve, a que se oculte el hermoso lucero. Los vurdalakis vagan en
derredor y pueden contrarrestar nuestra influencia.
–¿Qué es lo que decís? –opuso, contrariado, el magnetizador.
Yo le expliqué a éste entonces qué eran en Oriente los vurdalakis y su perniciosa
intervención, tan temida por la anciana.
–¡Vurdalakis! ¡Bah! Harto tenemos ya con los espíritus cristianos que acaso nos honren
esta noche con su visita.
La Gospoja se había tornado pálida como una muerta; su entrecejo tenía un
fruncimiento pavoroso, y sus encendidos ojos chispeaban fatídicos.
–Decidle que no se chancée en momentos como los de estas horas nocturnas.
–exclamó –Este señor no conoce el país y no sabe que hasta la misma santa iglesia de
ahí enfrente sería impotente para protegernos contra la irritación de los vurdalakis.
Y, empujando con desagrado un manojo de hierbas que había dejado en el suelo el
botánico francés, añadió:
–¿Qué envoltorio es este? ¡Son plantas de verbena, la hierba de San Juan, que no
deben dejarse aquí, so pena de atraer a los vagabundos vampiros!
La noche había ya extendido su manto por completo, y la luna, con su luz plateada de
fantasmagóricos tintes, realzaba el misterioso ámbito del paisaje, en una de aquellas
placideces del Banat que resultan tan hermosas casi corno las del Oriente. Nos
hallábamos operando el fenómeno magnético, en medio de aquel campo, porque el
pobre párroco de la aldea había dicho al magnetizador:
–Alejaos del lugar, no sea que invadan su recinto y el de la iglesia vuestros demonios
extranjeros, contra los que, como extranjeros, no tendrán valor mis exorcismos.
El francés se había quitado su guardapolvo de viaje y arrollado las mangas de su
camisa, tomando la actitud teatral tan del caso en semejantes operaciones
magnetizadoras. Bajo sus dedos nerviosos, el fluido parecía resplandecer como luces
fosfóricas. Frosya, cara a cara de la luna, nos dejaba ver todos sus movimientos
convulsivos cual si de día fuese. Grandes goterones de sudor surgían de su frente,
resbalando por sus demacradas mejillas. Seguidamente la muchacha inició un lento
vaivén de inquietud, y comenzó a entonar una salmodia extraña, cuyas notas y palabras
recogía ávida Gospoja, transformada en la estatua de la atención, con su dedo huesoso
en los labios; los ojos saltándose de sus órbitas; su cuerpo inerte y una actitud de
ansiedad indescriptible, formando con la joven Frosya un contraste digno de ser
inmortalizado en un cuadro. Además, la escena toda que empezó seguidamente a
desarrollarse, era harto digna de cualquiera de las más trágicas del Macbeth: la infeliz
muchacha, retorciéndose atormentada bajo los tan invisibles corno poderosos fluidos
que sobre ella descargaba su tiránico magnetizador, y de otro lado la vieja matrona,
obsesionada por su sed ardiente de venganza, y esperando oír pronunciar, al fin, de un
momento a otro, el nombre del asesino de su amado príncipe servio. Hasta el
omnipotente magnetizador francés parecía transfigurado; erizada eléctricamente su
nívea y rizada cabellera, y agigantada de un modo increíble su tosca y pequeña estatura.
No había, pues, allí engaño ni teatralidad, sino una de las más estupendas y aterradoras
experiencias de magnetismo nativo, bien por encima de los más altos conocimientos
ocultistas del que la había provocado inconscientemente.
Súbito, como movida por un resorte y un poder sobrenaturales, Frosya se puso en pie;
no aguardaba más para lanzarse hacia lo desconocido cual una autómata, que a recibir
las órdenes del que en aquellos instantes era su omnímodo dueño. Este, entonces, tomó
solemnemente la mano de la Gospoja y, colocándola sobre la de la sonámbula, ordenó a
esta última que obedeciese a aquélla.
–¿Qué es lo que ves, hija mía? –murmuró ansiosamente la señora servia –¿Puede,
acaso, tu espíritu, dar con los asesinos de nuestro príncipe y decirme sus nombres?
–¡Busca, pues, solícita, lo que la señora te manda! –ordenó a su vez, con firmeza, el
magnetizador.
–Ya estoy en camino –exclamó débilmente la chiquilla con vocecita que, más que de
sus labios, parecía salir de su doble y a corta distancia.
Imposible describir con acierto lo que en este momento aconteció. Algo así como una
nube blanquecina e informe se fue condensando al lado de Frosya, envolviéndola
primero con su azulada y metálica luz y destacándose claramente después a su lado con
cárdenos, cloróticos destellos de relámpago, cual un cuerpo nuevo y brillante junto a
cuerpo material, para separarse de éste al fin, coherente, semisólido y, después de flotar
unos segundos sobre el espacio, lanzarse raudo y silencioso hacia el riachuelo,
desapareciendo al fin corriente abajo en la lontananza, confundido con los rayos de la
luna, cual jirón de niebla deshecho en noche otoñal.
No hay que añadir que la escena tenía absorbida todas mis potencias bajo un sopor de
ensueño misterioso. ¡Veía, en efecto, desarrollarse ante mis ojos espantados nada
menos que la evocación de los scin–leca de Oriente! Dupotet tenía razón al afirmar,
corno lo hizo, que el magnetismo occidental no es sino la magia consciente de los
antiguos, y el espiritismo el inconsciente efecto de la misma magia sobra ciertos
organismos neurasténicos.
Conviene añadir que, no bien el vaporoso doble astral de la joven se había
desprendido de su cuerpo físico, la pérfida Gospoja, con un veloz movimiento de la
mano que tenía libre, había sacado de debajo su abrigo y colocado en el seno de la
magnetizada un pequeño estilete o puñal, todo con tal rapidez, que ni el mismo
magnetizador se dió cuenta de ello, según me dijo luego. Siguió entonces un sepulcral
silencio, en el que se oía casi el emocionado latido de nuestros respectivos corazones,
mientras que nuestros cuerpos parecían haberse petrificado de sorpresa como el de la
mujer de Lot. Mas, a poco, la sonámbula lanzó un estridente grito que conmovió los
ecos de la montaña, al par que se inclinaba hacia delante. Empuñando el huido estilete,
comenzó a esgrimirle con saña a diestro y siniestro, en su alrededor, con la más salvaje
sonrisa de la venganza satisfecha, en aquellos sus enemigos imaginarios, y lanzando
espuma por la boca, al par que pronunciaba varias veces, entre incoherentes
exclamaciones guturales, dos vulgares nombres cristianos de hombre… El
magnetizador, al ver aquello, se había aterrado de tal forma que, en vez de descargar de
fluidos a la sonámbula en aquella escena de angustia, la cargaba más y más de ellos,
vigorizándola.
–¡Desgraciado, deteneos! – le grité exasperada –¡La vais a matar, si es que ella no llega
a mataros!
El imprudente magnetizador, sin darse cuenta, había despertado, a no dudarlo, sutiles
fuerzas o entidades de la Naturaleza Oculta sobré las que carecía de todo poder. La
sonámbula misma, en su paroxismo homicida, le asestó con saña una tremenda
puñalada que él pudo evitar dando oblicuamente un gran salto, pero no sin que
recibiera un rasguño de consideración en el brazo derecho. Aterrado así el infeliz
francés, trepó con la agilidad de un gato perseguido al muro vecino, en el que se puso a
cabalgar a horcajadas, al par que, temblando aún de miedo, alcanzó a reunir los restos
de su desecha voluntad para lograr que, al fin, soltase la muchacha el arma y quedase
paralizada.
–¿Qué habéis hecho, desgraciada? –gritó entonces a Frosya el magnetizador en su
nativa lengua francesa –¡Responded, claramente, al punto!
A lo que ésta contestó en el más correcto parisién con gran estupefacción mía, pues
sabía que normalmente la chiquilla ignoraba aquella lengua:
–No he hecho otra cosa que… lo que ella me ha ordenado que hiciese, y eso porque
vos mismo me habíais exigido que la obedeciese en todo…
–¿Pues qué es lo que os ha mandado hacer la vieja bruja? –añadió el francés
irrespetuosamente.
–Que encontrase a los asesinos del príncipe de… y que, así que los viera, los matase,
como lo acabo de hacer… ¡Oh, qué felicidad; vengados, vengados al fin! –añadió ya en
su propia lengua.
Una estruendosa exclamación triunfal de la Gospoja acogió estas últimas frases de la
inconsciente sonámbula. Una carcajada infernal de venganza satisfecha, carcajada que
hizo ladrar lúgubremente a todos los perros de los contornos.
–Vengada, sí, vengada; ¡lo sabía! Mi corazón no me engaña al decirme que aquellos
infames criminales han dejado ya de existir –exclamó –y cayó al suelo agotada de
nervios, arrastrando con ella a la sonámbula.
–¡Oh, y qué buen sujeto de experiencias es esta muchacha! –dijo el pobre francés, bien
ajeno al verdadero desenlace de aquella inocente práctica de magia de mala ley
–¡Peligrosa sí, pero admirable! –terminó frotándose las manos contentísimo.
De allí a pocas horas me separé del pobre francés, de la Gospoja y de Frosya. Tres días
más tarde me hallaba en el comedor de un buen hotel en T… esperando que me
sirviesen el desayuno. Mi vista se fijó distraídamente en un periódico, donde con
sorpresa inaudita leí:
“Dos muertes misteriosas.
Viena…
Anoche a las nueve y cuarenta y cinco minutos, cuando el Príncipe se retiraba a su
cámara, dos señores de su séquito dieron las más vivas muestras de angustioso terror,
tambaleándose como ebrios por el ámbito de la cámara, cual si pretendiesen esquivar
los golpes de un invisible asesino. Incapacitados de prestar atención a las preguntas del
Príncipe y del resto de los circunstantes, cayeron prontamente en el suelo en medio de
una extraña agonía. Sus cuerpos no mostraban señal alguna de heridas ni de aplopejía, y
sí sólo en la piel unas manchas grandes y negruzcas, cual de unas absurdas puñaladas
que hubiesen. desgarrado las carnes sin tocar a la epidermis. La autopsia ha mostrado
en aquellas heridas llenas de sangre coagulada, la huella de un instrumento punzante,
un puñal o la punta de una espada. La Facultad de Medicina se ve obligada a confesarse
incapaz de descifrar tamaño enigma científico. En las altas esferas reina gran excitación
con este motivo…”
_
LA MANO MISTERIOSA8
_
Acabábamos de almorzar, y en esas horas de modorra de la siesta nos hallábamos
varios amigos reposando sobre nuestras mecedoras en la galería de nuestra
residencia veraniega inmediata a San Petersburgo. La atmósfera caliginosa
8 Por referirse esta historieta, como se ve, a H. P. Blavatsky, la insertaos aquí, tomándola de las Revistas
que la tradujeron bien del Theosophist, Madrás, bien del Listok y del Rebas, de San Petersburgo, revistas
rusas en que apareció por primera vez, dando luego vueltas por las publicaciones diferentes países. En el
artículo en cuestión añade que el caso acaeció 1886, y las personas que en él figuran eran todas
conocidísimas de la buena sociedad rusa.
Por otra parte, según relatos contestes de Olcott, Sinnett, Hartmann y otros, H. P. B. acostumbraba a
realizar actos semejantes de verdadera “protección invisible”, como cuando detuvo en la estepa a un tren
de viajeros próximo ya a un terrible corte de la vía.
Hablando nosotros varias veces con D. José Xifré, el veterano y querido teósofo de la primera hora,
hombre que tantos sacrificios ha hecho por la causa, le hemos oído contar rasgos semejantes con los que
la Maestra le salvó la vida en dos o tres ocasiones memorables, una de ellas cuando iba a tomar un tren
que fue víctima, con muchos de sus viajeros, de un choque espantoso. La escena que en El tesoro de los
lagos de Somiedo fingimos con el alquimista de Cudillero (al final de la parte segunda), está calcada en la
primera entrevista que “le petit espagnol”, como aquélla paternalmente le llamaba, tuvo con la misma en
la isla de Wight… ¡Y cuántas de estas invisibles protecciones no se ven acumuladas o impedidas por la
oposición a ellas del karma de nuestros vicios!
A no ser por estos últimos, serían frecuentísimos los casos como el que subsigue, que tomamos de una
Revista inglesa:
“Mister S. Wilmont, habiendo embarcado en el steamer “City of Limerik” para atravesar el Atlántico,
refiere que durante el viaje hubieron de sufrir una tempestad horrorosa que duró nueve días, durante los
cuales no le había sido posible conciliar el sueño, hasta que la madrugada del noveno, habiéndose
apaciguado algo el viento, se durmió profundamente y soñó que veía a su esposa (la cual habla dejado
bien de salud al tiempo de su partida) abrir la puerta del camarote y, después de dudar un momento al ver
que no estaba solo, entrar resueltamente, colgarse a su cuello, abrazarle y desaparecer.
Al despertar quedó sorprendido al ver que su compañero de camarote, Mr. Williams J. Tait, con la
cabeza apoyada en la mano, le miraba fijamente, y más aún cuando éste le dijo: “–Muy bien; vaya un
desahogo el de usted para recibir aquí la visita de una dama.” Wilmont insistió para obtener una
explicación a estas palabras, siendo rehusada, hasta que más tarde Mr. Tait accedió a contarle lo que
había visto hallándose en su lecho completamente desvelado, y que fue exactamente lo soñado por Mr.
Wilmont. Al siguiente día de desembarcar, Mr. Wilmont fue a buscar a su esposa, que habla ido a visitar a
sus padres, y al encontrarse solos, lo primero que ella le preguntó fue “–¿Has recibido mi visita el
martes?” Y le refirió que se hallaba muy intranquila por él a causa de la tempestad, no pudiendo conciliar
el sueño pensando en el riesgo que podía correr, y que a las cuatro y media de la madrugada le parecía
que se iba hacia él. Atravesando el mar, vio al cabo de cierto tiempo un steamer al cual subió,
descendiendo en seguida al camarote donde él se hallaba; y siguió describiendo la escena y los objetos tal
y como referidos quedan anteriormente.”
presagiaba tempestad, el sol quemaba y reinaba en torno nuestro la inmovilidad y el
silencio más completo.
La dueña de la casa, María Nicolaevne, leía en voz alta uno de los más curiosos relatos
publicados en diferentes diarios y revistas rusas, por H. P. Blavatsky, bajo su
pseudónimo de Radha Bai. El relato se refería a Las azules montañas de Nilgiri, en la
India. Todos escuchábamos embelesados a María, quien leía con entusiasmo aquellas
preciosidades, gesticulando y deteniéndose de cuando en cuando para hacer
observaciones o contestar a las que se le hacían. Necesitada, al fin, de un descanso en la
lectura, abandonó un momento. el libro, exclamando:
–¡Cuán maravilloso es todo esto!
–Cierto –replicó escéptico un caballero de los de la concurrencia –todo cuanto nos
narra Radha Bai acerca de las hechicerías aterradoras de los Mula–Kurumba de aquellas
montañas, es muy hermoso, pero, pura invención; meros cuentos de hadas, para niños.
Aquella dura frase nos desagradó a todos, pero a quien más exasperó fue a María
Nikolaevne, la cual, en brusco movimiento nervioso, se dejó caer los lentes. La burlona
indicación procedía del elocuente e infatigable orador ruso Pietre Petrovitch.
–Antes de expresaros así –le contestó la dama –necesitaríais, querido Petrovitch, leer
por entero la obra con todas las mil citas eruditas que la avaloran, citas que…
–Yo me permitiría, sin embargo, preguntar una cosa –interrumpió obstinadamente el
notable orador –¿Cómo sabe usted, señora, que tales referencias no son fantasmagorías
de algún pobre pseudo–sabio hindú? ¿Cómo admite tan de ligero las citas de autores
ingleses y de otros países, que se hacen en el libro, ni si tienen ellos o no, en último
extremo, la autoridad debida?
–Perdóneme, querido amigo. Radha Bai no ha escrito estas páginas sólo para usted y
para mí, sino para públicos agresivos y de diferentes opiniones. Yo la conozco bien y sé
que no ha pensado jamás en engañar a su amado público ruso, ni a los demás públicos
serios para los que con tanta frecuencia escribe. Puedo citar, además, acerca de estos
mismos asuntos a un testigo veraz y que está bien vivo…
–La opinión es libre, señora. Usted puede muy bien creer, a ojos cerrados, todas estas
cosas, pero a mí, por mi parte, también me es lícito el deputarlas como una completa
sarta de embustes y…
Acaeció entonces una cosa singularísima e inexplicable. Al pronunciar el señor Pietre
Petrovitch aquella última palabra “embuste”, dió un repentino salto sobre su asiento
cual si le hubiese mordido una víbora. Seguidamente echó a correr escalera abajo como
un loco; requisó todos los objetos debajo la galería; examinó uno por uno, con
minucioso esmero, todos los macizos del jardín, y, pálido como un muerto, retornó a
nuestro lado, en la terraza.
–¿Qué es lo que le ocurre, amigo? –exclamó alarmada e intentando socorrerle, María
Nikolaevne.
Petrovitch no contestó, sino que revisó segunda vez los peldaños de la escalera, los
techos, y todo, en fin, y hasta recorrió con mirada escrutadora los últimos confines del
bosque.
–Pero, ¿qué es lo que está usted buscando, en fin?–exclamamos todos exasperados.
–No, nada… –dijo vacilante el doctor Pietre, con voz imperceptible y enjugándose las
gruesas gotas de sudor frío que brotaban de su frente –Acaso se trata de una broma
que…
–¿Una broma? –insistimos, llenos de extrañeza.
–Pero, en serio, ¿es que no han visto ustedes realmente a nadie? acabó por preguntar,
ansioso, nuestro hombre.
Unos a otros nos miramos todos entonces, como dudando de lo que oíamos y hasta
temiendo por la razón del escéptico amigo. Después respondimos a una:
–No; no hemos visto a nadie, fuera de los aquí presentes, desde hace rato.
–¡Pues yo sí que he visto a alguien! –balbuceó el doctor… ¡Y he visto y tocado una
mano también! Una mano que…
–¿Qué es lo que decís?…
–Sí; que he visto una mano, indudablemente de mujer; una mano blanca, aristocrática
y transparente cruzada por venas azules. juraría corno que alguien que hubiese venido
no sé cómo del jardín frontero me hubiese cogido familiarmente por el brazo,
apretándomelo hasta tres veces, cual si tratase de arrastrarme hacia afuera de la
galería… Tal decía, respirando con dificultad y pálido como la cera, el bueno de Pietre
Petrovitch.
–Sin duda lo ha soñado –le dijimos para tranquilizarle.
–No lo sé si ha sido visión o ensueño –añadió –lo que sí sé es que he tenido el tiempo
suficiente para examinar la mano por completo, pues que ha permanecido algunos
segundos asida a mi brazo corno unas tenazas, y acabando por fundirse en mi brazo
como un efluvio nervioso o eléctrico.
–Esta es buena lección, sin duda –arguyó la señora Nikolaevne solemnemente –Sabed
que es la propia forma astral de Radha Bai la que se le ha mostrado y le ha cogido por el
brazo para hacerle a usted la cariñosa advertencia de que se abstenga de calumniarla
ante las gentes en lo sucesivo.
El aspecto de Pietre Petrovitch era el de un hombre atontado; entenebrecido como
ante realidades de un orden muy superior a cuanto buenamente imaginase nunca.
Distraído, absorto, y como si aun le durase el astral contacto de la mano, examinaba una
y otra vez la manga de su chaquet. Luego tornó a su búsqueda por el jardín, como un
hombre maniático que trata de perseguir la sombra de lo que ya no existe…Todos le
seguimos…
Entretanto, la tensión eléctrica se había hecho insoportable. Fulguró el relámpago,
estalló instantáneo un horrísono trueno, y vimos caer al par casi sobre nuestras cabezas
el rayo…Un momento más, y todo el alero del tejado de la casa que acabábamos de
abandonar, se desplomó con estrépito sobre la galería aquella, en la que un momento
antes estábamos leyendo la mágica obra de Radha–Baf…
En medio del terror que nos inmovilizó a todos en el jardín, se oía la entrecortada voz
de angustia de Pietre Petrovitch, que decía ya con patéticos acentos de convencido:
–¡La mano! ¡Sí; su mano aristocrática e inconfundible, que me quería arrastrar fuera de
la galería para salvarme y salvarles del peligro…!
–Todos asentimos de corazón, aterrados y sin decir palabra. En efecto, ¡era demasiado
elocuente todo aquello para ser frívolamente considerado!

UNA PERIPECIA GÓTICA DE ANN RADCLIFFE -- LA CIUDAD VAMPIRO

Escrito por imagenes 28-07-2008 en General. Comentarios (0)

UNA PERIPECIA GÓTICA DE ANN RADCLIFFE -- LA CIUDAD VAMPIRO

UNA PERIPECIA GÓTICA DE ANN RADCLIFFE

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LA CIUDAD VAMPIRO


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PRIMERA PARTE
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Existen muchos ingleses, pero sobre todo inglesas, que se sienten avergonzados cuando se les cuenta la descarada piratería que sufren los escritores franceses en Inglaterra. Su Graciosa Majestad, la Reina Victoria, firmó en el pasado un acuerdo con Francia con la loable intención de acabar con estos robos tan frecuentes. Se trata de un tratado muy bien redactado, aunque tiene también un pequeño apartado que hace ilusorio su contenido. En esta cláusula, Su Graciosa Majestad prohíbe a sus leales súbditos apropiarse de nuestros dramas, libros, etc., aunque permitiéndoles hacer lo que ella misma denominó «dorada imitación» .
Es algo hermoso, pero incorrecto. El magnífico y amado Dickens me dijo en cierta ocasión, a modo de protesta:
—Yo tampoco estoy protegido. Cuando visito Londres y, por casualidad, llevo conmigo alguna idea original, cierro con llave la cartera, me la pongo en el bolsillo y la sujeto con las dos manos. Y a pesar de todo, a veces me la roban.
Lo cierto es que esa llamada «dorada imitación» podría darles una buena lección a los más hábiles «pick–pockets».
La propia Lady B..., la encantadora amiga de Dickens que vive en el castillo de Shr..., lleva veinte años repitiéndome la misma pregunta, cada vez que tengo la suerte de verla:
—¿Y por qué no roban ustedes también a los ingleses?
—Señora, sin duda existen ideas magníficas que se podrían coger de sus libros, pero ocurre que nuestra naturaleza no nos mueve a ese «hermoso» robo.
Esa respuesta habitual suele hacerle estallar en carcajadas. A veces me ha llegado incluso a citar apellidos de lo más franceses, especialmente recomendables... Pero ¡callemos!
Cierta mañana de finales del año pasado (1873), la dama en cuestión quiso honrarme por sorpresa con su visita.
—Se viene usted conmigo —me dijo—. Ya lo he arreglado todo con su maravillosa mujer. Partiremos esta noche.
—¿Hacia dónde?
—Hacia mi casa.
—¿En la calle Castiglione?
—No, me refiero al castillo de Shr..., en el condado de Stafford.
—¡Piedad!
Hacía un tiempo terrible, con la nieve derritiéndose mientras el viento rugía incluso en París. ¡Imaginen cómo sería entonces entre Dover y Calais!
La dama, discípula de Byron, adora estas tormentas:
—Me da igual que le tenga usted miedo a los resfriados —dijo—, pero es que tengo la intención de devolverle de una sola vez todo lo que Inglaterra le ha robado. Y no hay una oportunidad mejor que ésta. El Sr. X... y la Srta. Z... ya están siguiendo la pista de este asunto, y como esta última, la señorita 97, ya tiene una edad muy avanzada, lo mejor es que no esperemos demasiado tiempo.
El Sr. X... y la Srta. Z... son en realidad dos famosos novelistas ingleses. Se trataba, entonces, del argumento de una novela. Le pedí explicaciones a la dama, pero no quiso decirme nada, limitándose únicamente a utilizar su extraordinaria elocuencia, que en ella es un don natural, para excitar mi curiosidad.
—¿Le merece alguna confianza Walter Scott? —me preguntó—. Era un admirador incondicional de los Misterios de Udolfo. Fue él quien escribió la biografía de Ann Radcliffe. ¿Se lo imagina? ¡Walter Scott! En cierta ocasión, Dickens fue a visitar a la señorita 97. En aquella época se llamaba señorita 94, ya que todos los años, por Navidad, cambia su nombre. Yo he conocido muchas aventuras, pero ésta es tan increíble...
Finalmente tuve que ceder, y partimos. El viaje fue horrible, y el simple hecho de recordarlo me hace estornudar. Todos los diablos del mar y del aire jugueteaban con nuestro barco como si fuese una pelota de goma. Al día siguiente cogimos en Londres el tren de North–Western, y pasamos la noche en Stafford. Un día después el coche de la dama nos llevaba, atravesando una llanura nevada, hasta la zona montañosa del condado que linda con el Shropshire, y por la noche ya estábamos cenando en el castillo.
He aquí lo que supe durante el viaje:
Nos encontrábamos en la misma comarca en que vivieran el señor y la señora Ward; los padres de quien sería tan célebre bajo el nombre de Ann Radcliffe. La señorita 97 era una prima segunda de los Ward, que en tres años sería centenaria. Moraba en una casa de la montaña, a una legua y media del castillo de la dama. Durante mucho tiempo, aquella casa había sido la vivienda de su célebre pariente.
No es de forma casual que utilice la palabra célebre, y estoy dispuesto a mantenerla, aunque se me tache por ello de exagerado. Hubo un tiempo en el que la gloria de Ann Radcliffe se extendió por todo el mundo, y sus tenebrosas historias alcanzaron una fama tan elevada que ni siquiera nuestros mayores éxitos contemporáneos podrían alcanzar. Incluso podría decirse que su encanto conquistó tanto a los consagrados como a los desconocidos. En Inglaterra fueron publicadas doscientas ediciones de los Misterios de Udolfo. En Francia se tradujo el libro varias veces, y solamente de una de aquellas versiones se realizaron cuarenta reimpresiones en París. No fue, además, una moda fugaz. Hoy en día, a pesar de que la fiebre ha decaído levemente, los Misterios de Udolfo y el Confesionario de los penitentes negros continúan aterrando a miles de imaginaciones bajo el sol.
Pese a todo, la señorita 97 conocía un hecho íntimo de Ann Radcliffe que ella le había contado casi sesenta años antes. Se decía en aquella región que este hecho era la causa que había llevado al carácter apacible y ligeramente alegre de Ann Radcliffe hacia el género sombrío y tenebroso que caracteriza su obra.
Walter Scott había tenido un conocimiento muy superficial de aquella historia, como lo demuestra su carta del 3 de mayo de 1821 a su editor Constable, en la que pueden leerse las siguientes palabras: «Respecto a la obra titulada La Vida de Ann Radcliffe, retrasaré su entrega hasta que me haya entrevistado con miss Jebb, de la que espero tener detalles excelentes y absolutamente íntimos. Según se comenta, esta dama posee no sólo un secreto, sino una "maravillosa curiosidad" que le otorgará mucho mayor interés a nuestra historia...»
Miss Jebb era precisamente la señorita 97, que en el tiempo en que la carta de sir Walter Scott fue escrita debía de contar ya con cuarenta y cinco primaveras. Al igual que el resto de los ingleses, tenía cierta predilección por la nobleza, y mylady utilizaba esto para que la señorita Z... y el señor X..., que eran novelistas «vulgares» quedasen completamente descartados.
El día siguiente a nuestra llegada fue un día gris y frío, y poco después del desayuno mylady me hizo subir a un coche. Anduvimos alrededor de media hora, para apearnos después frente a una verja de madera, de color verde, que servía de entrada a una vieja casita de aspecto respetable. La montaña la rodeaba por tres de sus lados, y por el cuarto, al sur, se abría hacia un hermoso paisaje.
Nos hicieron pasar a un recibidor bastante amplio teniendo en cuenta la estrechez de la casa. Había varios retratos colgados de las paredes, y podían verse también algunos dibujos enmarcados en madera noble.
Una viejecita alta y delgada permanecía junto a la estufa de hierro. Su rostro parecía el de un pájaro, no sé cuál, aunque estoy convencido de haberlo visto en una de esas tiendas donde venden animales disecados. Su nariz era afilada como una navaja, y sus ojos redondos parecían aletargados.
—¿Cómo se encuentra usted, querida Jebb? —preguntó afectuosamente mylady.
—Voy tirando, ¿y Su Excelencia?
Miré a todas partes para ver quién había pronunciado aquellas palabras, pero descubrí que estábamos solos nosotros tres. Evidentemente, la señorita 97 debía de ser ventrílocua. Seguramente había sido poco agraciada, en el pasado, aunque ahora se conservaba bastante bien.
Después de que mylady me presentara, nos sentamos, y la voz de la señorita 97, hablando desde el otro extremo de la estancia, me dijo con sabiduría:
—El francés, mi querido amigo, es valiente y espiritual, el italiano es listo, el español cruel, el alemán pesado, el ruso bruto, y el inglés alegre y de notable generosidad. A Ella le gustaban especialmente los franceses.
La señorita 97 dirigió sus ojos hacia el techo al pronunciar la palabra Ella, que en su boca, y pronunciada con aquella mirada caritativa, hacía siempre referencia a Ann Radcliffe.
Por desgracia, yo no sabía que aquella frase había sido extraída de la Novela siciliana, la segunda obra de Ella.
—¡Qué estilo! —exclamó mylady—. ¡Qué profundidad!
—Me honra el poder agradecerle este gesto a Su Excelencia—contestó la señorita 97.
Mylady sacó del interior de su impermeable, que había depositado sobre una silla nada más entrar, un paquete que contenía cuatro libros in–12. Se trataba de la traducción francesa, publicada por Charles Gosselin en París, en 1820, de la Biografía de novelistas célebres, de Walter Scott.
—Esto demuestra cómo Ella es querida y respetada en Francia —dijo con voz grave mylady, mientras abría el volumen que contenía la Vida de Ann Radcliffe.
Supongo que en algún lugar dentro de aquella vieja cabeza se debió de accionar inmediatamente un resorte, porque pudimos ver asomar la dentadura de miss Jebb, todavía completa, aunque formada por dientes amarillos e irregulares. Inmediatamente escuchamos, procedente no sé de dónde, una risa seca y estridente, y la voz de la propia miss Jebb, que en esta ocasión nos hablaba desde debajo de la mesa, para decirnos:
—¡Vaya, vaya! Puesto que el caballero ha venido desde muy lejos, y como Su Excelencia lo protege, tendremos que hacer lo posible para que su largo viaje no haya sido en vano. Espero poder llamarme muy pronto miss Hundred (Srta. 100), aunque por primera vez en la vida he sentido una jaqueca en otoño. Lo cierto es que podría morirme en cualquier momento, y no quisiera llevarme conmigo esta sorprendente historia.
Nos acomodamos para escuchar su relato. Miss Jebb alejó su taza y pareció concentrarse. Durante el silencio que siguió, la señorita 97 se estremeció levemente dos o tres veces, produciendo un sonido similar al que hacen las avellanas al frotarse unas contra otras dentro de una bolsa de papel.
—Nunca se vio nada semejante —musitó finalmente, sujetando con ambas manos sus rodillas, para impedir que temblaran—. Cada vez que pienso en ello, noto como si se me helase el corazón. No sé si es correcto que rompa este silencio, aunque... ¡me da igual! Quiero que las personas vuelvan a hablar de Ella nuevamente. ¡Y lo harán, porque esta historia es terrible... terrible!

La niñez de la señorita Ann tuvo lugar en el negocio de sus padres, los señores Ward. No eran personas ricas, aunque estaban muy bien emparentados. Cuando el señor Ward decidió vender su negocio, allá por 1776, se fue a vivir con su mujer y su hija precisamente a la casa en la que nos encontramos ahora.
Ann pasó una adolescencia alegre y tranquila, retirada en ese lugar donde imperaba la «dorada mediocridad» de que habla el poeta: ese modesto bienestar que, según dicen, constituye la felicidad.
Esta casa se animaba entonces, principalmente en época de vacaciones. Entonces aparecían Cornelia de Witt y su ama, la signora Letizia, y el alegre y joven Edward S. Barton, acompañado de su tutor Otto Goëtzi.
Ann, Edward y Cornelia se hallaban unidos por una estrecha y tierna amistad. Hubo quien llegó a pensar que Ned Barton se casaría con Ann en cuanto tuviesen edad para hacerlo, y recuerdo que la señora Ward comenzó a bordar (con diez años de anticipación) un maravilloso par de cortinas de muselina de la India con las iniciales de Ann y de Edward entrelazadas. Pero el hombre propone y Dios dispone. Lo cierto es que Ned Barton y Ann se querían únicamente como hermanos. Estoy convencida de que al menos ése era el sentimiento de Ned; aunque puede que hubiese algo más en el corazón de Ann. Sin embargo, no por ello William Radcliffe dejó de ser el más feliz de los maridos. El propio Sir Walter Scott así lo indica.
Desde el principio de los tiempos, nunca se ha conocido una naturaleza tan dulce y delicada como la de Ann. ¡Y qué alegría! Fuese donde fuese, inundaba el aire de sonrisas. Su único defecto era una exagerada timidez... ¡Imagínense si tuviésemos que juzgar a los autores por sus obras! Más de cien y más de mil veces me han preguntado de dónde pudo sacar aquella joven la misteriosa audacia de su genio. Espero que después de haber oído mi historia, al menos ustedes no volverán a hacerme esta pregunta.
Las últimas vacaciones de estos tres amigos tuvieron lugar en el mes de septiembre de 1787. William Radcliffe ya formaba entonces parte del grupo. De hecho, en julio del mismo año había pedido la mano de la señorita Ward. Ned y Cornelia eran a su vez novios desde el invierno anterior. Se amaban apasionadamente, y la vida se mostraba ante ellos bajo los auspicios más alentadores.
En aquella ocasión el señor Goëtzi no había viajado junto a su ex alumno, quien por cierto vestía con suma elegancia el uniforme de la marina real. Letizia, por su parte, había permanecido en Holanda, a cargo de la casa del conde Tiberio, el tutor de Cornelia. Para poder describir la belleza de ésta, sería necesaria la pluma de Ann, que logró inmortalizar los encantos de su amiga en los Misterios de Udolfo: es en Corny en quien está inspirado el retrato de su protagonista Emilia.
¡Ah! ¡Qué nítidos son estos recuerdos! Yo era todavía una niña, pero sigo recordando nuestros largos paseos por la montaña. El señor Radcliffe no era una persona en absoluto novelesca; siempre limpio, bien vestido, y muy educado con las mujeres. Cuando Ned y Cornelia se perdían por aquellos inmensos bosques, William Radcliffe intentaba entablar agradables y afectuosas conversaciones con Ann, aunque entonces ella me llamaba y procuraba cambiar de tema, hablando de literatura clásica. Siempre que se lo pedía, el señor Radcliffe le recitaba pasajes de poetas griegos y latinos. Aunque no entendiese su significado, Ella adoraba esa especie de música culta. Y en ocasiones, mientras el licenciado de Oxford recitaba a Hornero o a Virgilio, las dulces miradas de Ann se perdían en la distancia, como buscando a la encantadora pareja que formaban el guardamarina Ned y la blanca Cornelia...
Ella suspiraba entonces, y le pedía al señor Radcliffe que tradujese aquellos poemas, palabra por palabra, cosa que él hacía con agrado, ya que era un verdadero caballero.
Aquel año la despedida fue triste. Seguramente no volverían a verse hasta después de celebrados ambos matrimonios: el del señor Radcliffe con Ann, en esta misma casa; y el de Ned y Cornelia en Rotterdam, donde vivía el conde Tiberio.
Por una tierna y sentimental idea, se había acordado que ambas bodas tuviesen lugar el mismo día y a la misma hora, una en Holanda y otra en Inglaterra. De ese modo, y a pesar de la distancia, existiría una singular comunión entre las dos felicidades que comenzaban a nacer.
Desde el término de las vacaciones, y hasta la fecha en que tenían que celebrarse las ceremonias, ambas parejas intercambiaron una asidua correspondencia. Las cartas de Cornelia rezumaban la más sincera alegría. Ned, por su parte, estaba apasionado como un ejército de locos. Yo no pude ver las respuestas de nuestra Ann, que entonces me parecía un poco decaída.
En Navidad comenzaron a preparar el ajuar de la novia. Durante todo el mes de enero de 1787 prácticamente no se habló de nada más. El gran día había sido fijado para el 3 de marzo.
En el mes de febrero llegó una carta procedente de Holanda que trastornó a toda la casa. La condesa viuda de Montefalcone, cuyo nombre de soltera era Witt, acababa de morir en Dalmacia. Cornelia, su única heredera, se encontraba de repente con una enorme fortuna en sus manos.
La carta fue escrita por Ned, que parecía algo alterado y más bien triste por aquella noticia.
A pesar de que la esquela era muy breve, aún se explicaba en ella el extraño hecho de que el conde Tiberio se convertía a su vez en el heredero inmediato de su propia discípula, en la rica sucesión de la viuda de Montefalcone.
Después de aquella carta, no llegaron más noticias de Holanda hasta finales de febrero. No era de extrañar. Hacía muy mal tiempo en el canal, y el viento que soplaba permanentemente desde el oeste hacía muy difícil el viaje. Ustedes poseen ahora los barcos de vapor, que se ríen de cualquier viento; pero en aquella época pasaban a veces semanas enteras sin tener noticias del continente.
Todas las mañanas, el venerable señor Ward acostumbraba a decir, mirando la veleta del tejado:
—¡En cuanto dé la vuelta el gallo, vamos a recibir de un tirón toda una resma en papel de carta!
Sin embargo, los dos primeros días de marzo pasaron sin novedad. La boda debía tener lugar el día 3, por lo que la casa se encontraba repleta de actividad y bullicio.
Al atardecer, una hora antes de la cena, llegó el vestido de novia, y casi al mismo tiempo, después de que se escuchara el tintineo de la campanilla de la puerta del jardín, se pudo escuchar la alegre voz del señor Ward, que gritaba desde la escalera:
—Ya os lo avisé anteayer: ¡en cuanto diese la vuelta el gallo! ¡Aquí nos trae el cartero esta montaña de correspondencia!
Lo cierto es que aquel alud llegaba en mal momento a la casa en plena agitación. El paquete contenía muchas esquelas, y de muy diferentes fechas. Comenzaron abriendo las más recientes, y enseguida supieron que sus queridos amigos de Rotterdam se encontraban bien, por lo que continuaron con sus quehaceres.
Ann se hallaba entonces literalmente prisionera de las modistas, que le estaban probando el vestido. Yo misma le di su paquete, que contenía tres cartas de Cornelia y dos de Ned Barton. Me pidió que abriese la última de todas, y comencé a leerla por el final de la cuarta página.
—Todo va bien —le dije, después de recorrer con la mirada los últimos párrafos.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Ann.
—En ese caso, mi querida, mi ángel, mi pequeña Jebb —dijo la jefa de las modistas—, te pido que nos dejes, porque nos estás estorbando bastante, tesoro.
Ella me dedicó una sonrisa, como para suavizar aquella rigidez. Parecía una mártir rodeada de arpías, con las bocas llenas de alfileres, que clavaban en su estuche de muselina blanca. Dejé el paquete sobre una mesita, y me marché.
Es necesario que en este momento les explique algo muy importante, y es que desde este punto del relato ya no puedo hablar como testigo directo de los acontecimientos. A partir de ahora van ustedes a escuchar a la propia Ann Radcliffe, ya que fue su boca la que me contó el resto de la historia. De hecho, lo cierto es que no volví a verla hasta después de los hechos.
Debían de ser las siete de la tarde, cuando la modista y sus ayudantes terminaron por fin y se marcharon de la casa, llevándose otra vez consigo el traje de bodas para hacerle los últimos retoques. Cuando se quedó sola, Ann se sintió tan agotada por las emociones del día que no tuvo valor para regresar al recibidor, donde la esperaban su madre, su padre y su novio. Se dio a sí misma la excusa de que tenía que terminar de leer las cartas de Rotterdam; pero el sueño pudo con ella antes de que terminase la primera frase de una alegre epístola firmada por «Edward S. Barton». Ann tuvo entonces una especie de pesadilla repleta de imágenes. Vio una pequeña iglesia, levantada con un estilo arquitectónico indefinido, y situada en medio de una campiña rebosante de plantas y árboles que no se encuentran en Inglaterra. Los campos estaban llenos de maíz, y los bueyes mostraban el color de la tórtola. Al lado de la iglesia había un cementerio cuyas tumbas eran todas de mármol blanco. Dos de ellas parecían idénticas. De cada una de ellas (un detalle insignificante, pero conmovedor, y que con frecuencia se encuentra en nuestros cementerios ingleses) sobresalía un brazo tallado en un material todavía más blanco que el mármol. Ambos brazos terminaban encontrándose, y estrechando sus manos. En medio del sueño, Ella no lograba entender por qué aquella visión la hacía temblar y sollozar amargamente. Intentaba leer las inscripciones grabadas en las lápidas, pero no lo conseguía. Las letras se confundían, o escapaban ante su mirada.
Como a las diez, se despertó llorando al escuchar el barullo de las modistas que regresaban. Había dormido escasamente tres horas. Notaba en su espíritu el peso de una terrible desgracia.
—Señorita, no pienso preguntaros por qué tenéis los ojos rojos —dijo la jefa de las modistas—. Las jóvenes que van a contraer matrimonio terminan llorando invariablemente, imagino que de dicha. Ahora probemos el traje.
Se lo probaron, y al ver que le quedaba perfectamente la dejaron sola. Ella se lavó el rostro. Las palabras de la modista habían intensificado la impresión que le había producido la pesadilla. Al echar un vistazo casual hacia la mesa, descubrió las cartas de Rotterdam, que casi había olvidado, y un grito se le escapó de su pecho.
Fue como si en ese instante acabasen de decirle los nombres que figuraban en la inscripción de aquellas lápidas gemelas: ¡Cornelia y Edward!
Rasgó un sobre al azar. Su mirada era tan ansiosa que al principio lo único que logró ver fue unas manchas negras que bailaban ante sus ojos. Cuando finalmente logró leer, suspiró de alivio. Se trataba de una carta del 13 de febrero, escrita y firmada por su amiga Cornelia, y en la que manifestaba maravillosos proyectos para las próximas vacaciones. Hasta ese momento tendrían tiempo suficiente para ordenar la sucesión de la condesa, Cornelia iba a ir a la casa de los Ward, no para quedarse, como siempre, sino para llevarse a toda la familia a su precioso castillo de Montefalcone en los Alpes Dináricos, al otro lado del Ragusa. Tenía ahora allí una vasta propiedad con minas de mármol y alabastro. No cabía en sí de gozo. Ned se había enamorado de ella cuando era una muchacha pobre, y ahora, inesperadamente, ella podía convertirlo en un rico propietario...
«¿Qué es lo que habría podido ofrecerle yo?», se preguntó Ann, cerrando la carta. «Es mejor así. A fin de cuentas, William tiene un corazón noble y generoso.»
Al haber dormido tres horas, ahora no tenía sueño.
Se situó en un confortable sofá, dispuesta a leer de cabo a rabo toda su correspondencia.
Le encantaba la alegría de su amiga Cornelia, y sepan ustedes que si en alguna ocasión un suspiro levantaba la muselina de su blusa, en ningún caso ello obedecía a la envidia. ¡Ann envidiosa! ¡Qué herejía! Desde luego que no, pero está claro que Corny se extendía, quizá excesivamente, hablando de sus nuevas posesiones, de sus joyas y especialmente de las locuras que ese confuso Ned hacía por ella. Cada una de sus páginas cantaba a gloria como si fuese un salmo. Y además de aquellos salmos, venían a continuación los versos arrebatados de Edward Barton. ¡Amor! ¡Felicidad! ¡Amor! ¡Felicidad! Aquello comenzaba a resultar monótono. Ustedes tienen en Francia un proverbio muy sabio: «¡Si tan rico es usted, coma por segunda vez!» Probablemente Ann pensaría de esta forma: «¡Ya que se quieren de esa forma, que se casen dos veces!»
Ella no pudo dejar de sentirse orgullosa al comparar la modestia de su propio afecto con el delirio sentimental de Cornelia. Después, como era una filósofa instruida tanto en las ideas de los sabios cristianos como en las ideas de los sabios paganos, acabó por decidir que aquel exceso de felicidad tendría su reverso. Así es la vida: subidas y bajadas. El que gana pierde también en algún momento. Detrás del horizonte siempre aparecen nubes que vienen a ocultar el cielo más radiante.
Así como los flecos de estos pensamientos fueron anunciándose en su cabeza, nuestra querida Ann fue asumiéndolos hasta convertirlos en plena seguridad. Esto llevó a que se manifestara automáticamente la excelente naturaleza de su carácter. Comenzó anticipadamente a lamentar las penas que podrían suceder a este torrente de felicidad, en un futuro relativamente próximo. ¡Querido Ned! ¡Pobre Corny! ¡El dolor es un castigo tan cruel, después de la maravillosa dicha! Me parece que Ann derramó incluso algunas lágrimas antes de descubrir la serpiente que se escondía entre las rosas de su abultada correspondencia.
¡Porque tenía mucha correspondencia! ¡Ah, sin duda había muchísimas cartas! Dije cinco, y no me engaño; pero cada una se desdoblaba en varias, como esas cajas chinas que se encajan una dentro de otra, provocando interminables sorpresas en los niños. Las cartas de Cornelia incluían esquelas de Ned Hartón, y de las cartas de Barton caían mensajes de Cornelia, haciendo que Ann continuase leyendo sin parar. Estaba más despierta y activa que una ardilla. Le dio la impresión de que podría haber continuado leyendo indefinidamente. Entonces le sobrevino una idea filosófica, que las personas normalmente enuncian del siguiente modo: «La roca Tarpeya está ya cerca del Capitolio», y en ese momento las cartas comenzaron a girar, del mismo modo que la cabeza de nuestra querida joven. Una nube, todavía distante, apareció en el cielo azul.
La vio crecer, avanzar, oscurecerse, escondiendo sus flancos... Pero no nos anticipemos. La tormenta siempre estalla demasiado pronto.

(No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí, pero siempre que en sus innumerables relatos Ella utiliza esta expresión, con seguridad inventada por Ella: «Pero no nos anticipemos», se me ponen los pelos de punta.)
Las cartas de los encantadores enamorados de Rotterdam iba progresivamente cambiando de tono.
Casualmente, Ann había abierto al principio las cartas más antiguas. La nube del horizonte apareció al abrir la más atrasada entre las que había dentro de los dos últimos sobres.
La primera era una esquela de Ned, en la que sus cánticos bajaban de intensidad. Hasta ese momento, el conde Tiberio, ejemplo de tutor, nunca había sido retratado por la pluma de Ned excepto como un modelo de indulgencia, generosidad y bondad. Ahora el augusto nombre aparecía completamente desnudo, y desprovisto de cualquier epíteto. Y un síntoma todavía más grave era el hecho de que Ned no hablaba ahora con mucha frecuencia de amor.
De forma extraordinariamente sutil, daba a entender que la herencia de la condesa llevaría parejos posiblemente algunos trastornos. El conde Tiberio había cambiado bastante. El señor Goëtzi, que se encontraba de paso por Rotterdam, sugería cosas muy extrañas...
La siguiente carta pertenecía a una Corny que se encontraba «evidentemente nerviosa». Hacía referencia a Letizia Pallanti como «esta persona». ¡Letizia! ¡Que había sido el ángel de otros tiempos! ¡El ser perfecto! Pero, ¿por qué? Aún no comprendía. Sin embargo, entre las irritadas líneas de Cornelia, la agudeza de Ann logró adivinar algo muy sorprendente: Letizia, olvidando no sólo la moral cristiana, sino las más elementales normas de conveniencia, parecía mantener con el conde Tiberio unas relaciones que no era necesario detallar.
Pero, ¿qué papel desempeñaba en toda esta historia el señor Goëtzi? Hablaba francamente mal del conde Tiberio, acusándole de una conducta escandalosa que perjudicaba sobremanera sus negocios, y sin embargo él se pasaba tardes enteras ¡encerrado con llave en el escritorio de aquél! Seguramente tomaba parte en todas las orgías (esta palabra aparecía escrita con todas sus letras), y cuando «esa persona», Letizia, salía llena de diamantes, ¡el señor Goëtzi la acompañaba!
Como se pueden imaginar, se había hecho ya muy tarde. Hacía bastante tiempo que Ella había oído las campanadas de la medianoche; pero el sueño no aparecía. Nuestra querida Ann se sentía poseída por el ansia de saber, que nacía de su noble corazón. ¡Leía, leía y leía! ¡Extraña noche para ser la víspera de una boda!
Mientras avanzaba en sus lecturas, iba apareciendo veladamente una especie de amenaza... La alegría y la felicidad son monótonas, pero basta que la tormenta se anuncie en el horizonte para que el interés reaparezca.
Repentinamente Ella saltó del sofá; acababa de escuchar el primer trueno. Una de las cartas de Ned hablaba de «retrasar»... ¡y era la boda lo que se retrasaba! Intentaba explicarlo diciendo que la herencia era un asunto fantástico, aunque realmente complicado, y que la iba a obligar a viajar personalmente hasta allí...
Pero, ¿por qué no casar primero a los jóvenes novios?
Ésa era precisamente la pregunta que se hacía el pobre Ned.
Ella se limitaba a desdoblar una hoja después de otra, encontrando papeles menores dentro de los mayores, y papeles más pequeños aún, dentro de ellos. No podía parar de leer. El último sobre estaba abierto, puesto que era el que el señor Ward había abierto para extraer la carta, completamente tranquilizadora, que había provocado sus gritos de alegría.

Sin embargo, ¿quieren saber qué es lo que había leído este buen señor? Yo también lo leí, y me equivoqué igual que él. Ambos habíamos leído apenas algunos fragmentos de párrafos aislados en los que constantemente se repetía la palabra felicidad. Era, sin embargo, una referencia que se hacía para... ¡añorar la felicidad perdida!
«En unos instantes en los que todo nos sonríe», decía efectivamente el desdichado Ned, «en los que el porvenir se nos presenta bajo los más prometedores auspicios: felicidad, fortuna, amor...»
Y ni el señor Ward ni yo habíamos querido seguir leyendo. Sin embargo, la frase terminaba así:
«... nos sobreviene esta tormenta; sí, precisamente ahora. El rayo ha caído sobre nosotros y nos ha aniquilado. ¡Estamos perdidos!»

¡Perdidos! ¿Pueden imaginar cómo se encontraba Ann en ese momento? Por desgracia, aquellas lúgubres palabras no eran exageradas. Una misiva de la desdichada Cornelia decía:
«Me han sacado de la cama en mitad de la noche. El señor Goëtzi sujeta mi mano al pie de la escalera y me dice: ¡Valor! Tenéis un amigo... ¿Puedo confiar en él? Me llevan... La noche es terrible, y la tormenta no permite que se oigan mis gritos...»
Ella dejó que el papel se deslizara de sus manos, y cayó al suelo de rodillas.
—¡Oh, Señor Todopoderoso! —exclamó entre llantos—. ¿Cómo podéis permitir semejante desgracia? ¿Dónde estás ahora, querida Cornelia? ¿Dónde estás, querida amiga?
Muchas mujeres se habrían desmayado en una situación como aquélla, sin embargo Ella era en cierto sentido superior a todas las personas de su sexo.
Sin abandonar la postura de oración en que se encontraba, cogió nuevamente las cartas y continuó su lectura a través de las lágrimas.
Ned parecía contestar a la última pregunta que había hecho el corazón de Ann.
«El señor Goëtzi me había avisado», reseñaba en unas breves líneas, casi ilegibles, «pero yo no quise creerle. ¿Cuál es el papel de este hombre? Esta mañana encontré vacía la casa del conde Tiberio. En la calle había algunos vecinos reunidos, gritando: ¡Han escapado como ladrones!¡Están en quiebra!»
»—¡Qué sabéis vosotros! —exclamó entonces el señor Goëtzi, como surgido del centro de la tierra—. ¡No habrá ninguna quiebra! El conde Tiberio os pagará a todos, puesto que piensa casarse con la única heredera de la gigantesca fortuna de los Montefalcone!»
Todavía quedaba una carta: un pedazo de papel laboriosamente garabateado.
«Esta misma noche», decía la misiva, que pertenecía a Ned, «el señor Goëtzi apareció en casa. Parecía compartir mi desgracia. Me informó de que mi querida Cornelia, raptada por su infame tutor, viajaba camino a Dalmacia, en dirección al castillo de Montefalcone. Me aconsejó que corriese tras ellos. Él había preparado ya un caballo ensillado en la puerta de mi casa. Aunque me encontraba sin fuerzas, partí inmediatamente. Apenas abandoné la ciudad, me rodearon y atacaron cuatro hombres con el rostro cubierto por máscaras. A pesar de ello, y a la luz de la luna, me pareció reconocer a través de los orificios de uno de los antifaces la brillante mirada del señor Goëtzi. ¿Será posible? ¡Un hombre que fue mi tutor!... Me dieron por muerto, y me abandonaron en medio del camino. Allí permanecí caído hasta la madrugada, con mi sangre manando de veinte heridas. Al amanecer, unos campesinos que llevaban sus productos a la ciudad, me encontraron sin sentido y me llevaron hasta una posada cercana, llamada La Cerveza, y la Amistad ¡Que Dios les bendiga por ello! No es que desee vivir a toda costa, pero soy la única esperanza con que cuenta Cornelia. Mi cama es buena, y la habitación es grande. Se encuentra adornada con láminas que reflejan las batallas del almirante Ruyter. Las cortinas también están decoradas con flores. El mesonero no parece una mala persona, aunque en cierto sentido me recuerda al señor Goëtzi. No tiene cara, lo que produce una extraña impresión. Siempre lleva al lado un perro gigantesco que, por el contrario, tiene rostro de hombre. Justo delante de mi cama, en la pared, a unos ocho pies del suelo, hay un agujero redondo, como los que se hacen para permitir la salida del humo de las estufas de hierro. Pero no hay ninguna estufa en la estancia. En la oscuridad, tras el agujero, me parece ver algo verde: unas pupilas que me observan fijamente... Gracias al Cielo, todavía conservo la serenidad y la sangre fría. Han traído de Rotterdam a un médico que me está atendiendo. Entre él y su pipa deben de pesar como tres ingleses. Veo algo verde en su mirada. ¿Sabes si el señor Goëtzi tiene algún hermano?... Un crío de cinco o seis años acaba de entrar en mi habitación haciendo rodar su aro. Me preguntó con absoluta desfachatez: "¿Eres tú el hombre muerto?" Y arrojó un sobre encima de mi cama. Era una carta de Cornelia... Casi no tuve tiempo de esconderla. Entró después una mujer calva seguida del perro que me miraba con los ojos del señor Goëtzi. El perro no ladra nunca. El mesonero tiene además un loro que lleva siempre sobre el hombro, y que repite constantemente: "¿Comiste, Ducado?" Las pupilas verdes me siguen examinando desde el agujero negro. El niño se ríe a carcajadas en el patio, mientras grita: "¡He visto al hombre muerto!" Todo lo que me rodea parece verde ahora. ¡Ann, mi querida amiga, socorro!...»

Ella se levantó de un salto, porque no sólo había leído aquella última palabra, sino que también la había oído.
Tanto fuera como dentro de Ella, sintió unas voces que sonaban como las voces unidas de Cornelia de Witt y Edward Barton, gritando claramente: «¡Socorro! ¡Socorro!»
Comenzó a recorrer su cuarto a grandes zancadas, presa de una frenética desesperación.
Una vez más sus pensamientos se elevaron al Todopoderoso. Aquello la tranquilizó.
La estaban llamado; le pedían socorro. ¿Qué debía hacer? Tenía que ir. Debía acudir a ayudarlos. Pero ¿cómo? No sabía todavía. La conciencia de su propia fragilidad la deprimía, pero también existía en su interior la salvaje e indómita naturaleza de su propia determinación.
Ella deseaba salvar a sus amigos.
Consiguió dominarse con un gran esfuerzo y reflexionó. ¿A quién podía pedir ayuda? El señor Ward era un anciano conocido por su prudencia; William Radcliffe, su prometido, era joven, realmente, pero también abogado. Ustedes podrán decirme que hay abogados tan fieros y valientes como leones. Puede que sea verdad, pero lo cierto es que a nuestra querida Ann no le pareció conveniente recurrir al señor Radcliffe.
Lo mismo le pasó respecto a sus otros amigos de la casa. Se trataba de personas apacibles, pacíficas, aficionadas al chaquete. Ella tuvo el detalle de pensar en mí por un momento, pero lo cierto es que yo era entonces demasiado joven.
Pero había que hacer algo. Los primeros destellos del amanecer comenzaron a iluminar las cortinas de las ventanas. Ella colocó en el centro de la habitación una pequeña maleta, y amontonó desordenadamente en su interior algunas pertenencias que podrían serle útiles. No estoy convencida de que ya entonces estuviese decidida a partir sin avisar para un viaje tan largo, en el mismo día de su boda. Ella siempre fue muy correcta, educada y respetuosa con las normas; pero evidentemente existen momentos en la vida en que se hace todo sin pensar.
Debían de ser las cuatro y media o las cinco de la madrugada. Todos en la casa dormían, mientras nuestra joven se deslizaba por los corredores cargando su maleta.
Grey–Jack, que era el encargado de todo tipo de servicios dentro de la casa, dormía en una habitación de la planta baja, junto a la cocina. Ella golpeó suavemente la puerta de su cuarto y le dijo:
—Jack, amigo mío, despertaos; tengo que avisaros de algo importante.
El fiel servidor saltó inmediatamente de la cama y abrió la puerta, mientras se frotaba los ojos.
—¿Qué ocurre, señorita? —preguntó—. ¡Hoy será un gran día para todos! Pero, ¿qué demonios hacéis levantada a estas horas?
Ella contestó:
—Vestios inmediatamente, mi buen amigo Jack; os necesito.
Él se sintió aterrado al escucharla, y todavía más después de encender una lámpara y ver el estado en que se encontraba. Estaba más pálida que un cadáver. Jack balbuceó:
—¿Ha pasado alguna desgracia en la casa?
—Sí, una terrible catástrofe, pero no ha sido en esta casa. ¡En nombre del Cielo, Jack, vestios!
El anciano comenzó a temblar, pero se vistió rápidamente. Mientras lo hacía, Ella continuó:
—Grey–Jack, ¿os acordáis de vuestro amigo Ned Barton, que jugueteó en vuestro regazo, y de Corny, que llegó de Holanda cuando todavía era una cría?
—¡Que si recuerdo al señor Edward y a la señorita Cornelia! —exclamó el anciano—. ¡Por supuesto que sí! ¿No han de casarse hoy, al otro lado del mar?
—Los queríais mucho a los dos, ¿verdad, mi querido amigo?
—Naturalmente que sí, señorita, y los sigo queriendo.
—Pues bien, Jack, tenemos que enganchar a Johnny al coche y partir inmediatamente hacia la ciudad.
—¿Cómo? ¿Yo? —exclamó el pobre hombre, incrédulo—. ¡Que deje la casa el día de su boda! ¿Y vais a casaros sin que yo esté aquí, señorita?
—No me casaré sin que estéis aquí, amigo mío, porque me iré ahora mismo con vos.
Él intentó decir algo, pero ella le atajó:
—¡Se trata de un asunto de vida o muerte!
Grey–Jack, aturdido hasta la locura, corrió a la caballeriza sin pedir más explicaciones.
Iba muy a su pesar. Constantemente se volvía hacia las ventanas para ver si aparecía alguien. Pero todos se habían acostado tarde y estaban durmiendo a esas horas.
Ella subió al coche y Grey–Jack se situó en el pescante.
Johnny comenzó a trotar, sin que nadie en la casa se despertase.
Ella sentía un peso terrible en su corazón. Aunque todavía no había escrito ninguna de sus famosas obras, ya tenía ese estilo noble y brillante que sir Walter Scott eleva hasta el cielo en su reseña biográfica, porque exclamó involuntariamente:
—¡Adiós, mi querido hogar! ¡Dulce refugio de mi adolescencia, adiós! Campos verdes, montañas orgullosas, bosques misteriosos llenos de sombras, ¿volveré a veros alguna vez?
Grey–Jack, refunfuñando, se giró y le dijo:
—En lugar de hablar sola, señorita, podríais decirme qué es lo que vamos a hacer en Stafford tan pronto.
—Grey–Jack —respondió ella solemnemente—, no estamos yendo a Stafford.
El sirviente la miró, estupefacto:
—Señorita —suplicó, juntando sus pobladas cejas—; lleváis veintitrés años siendo más dócil que un corderito; pero si me utilizáis para escapar de la casa de vuestros padres, me condenarán...
Ella le interrumpió, alzando la mano, y añadió:
—Protestad cuanto queráis, Grey–Jack. ¡Pero vamos a Lightfield!

La más hermosa doncella del mundo no supo contarme más. Yo les relato la historia tal como me fue contada, porque Ella ni siquiera se detuvo para darme más detalles. Además, en su narración no aparecía la clásica división del tiempo en días y noches. Ella siempre se mantuvo por encima de esas vulgares mezquindades. Corría, llevada por los recuerdos que galopaban a lomos de ese caballo alado que es el símbolo de la imaginación poética: Pegaso.
Ella comía; pueden ustedes suponerlo, como es lógico. Y también dormía, evidentemente, pero todas estas funciones que degradan nuestra elevada naturaleza serán pasadas por alto en su caso.
Tampoco le gustó nunca a Ann hacer la menor referencia al dinero o a los gastos. Sobre ambos, tanto usted, mylady, como usted, caballero, podrán creer lo que quieran. Sólo sé que el viaje fue largo, y que en él se dieron los obstáculos más extraordinarios. Constantemente se vio forzada a gastar dinero. ¿De dónde lo sacaba? No lo sé, y me desentiendo por completo de esta respuesta. Lo cierto es que pagaba todo al contado, y que regresó al redil sin haber dejado atrás la menor deuda de nada.
De camino a Lightfield, Grey–Jack, que había comido en abundancia, se hizo más charlatán.
—Estoy pensando, señorita, que miss Corny y ese pillo de Ned os esperarán allá con otro buen mozo. ¿Lo conozco yo? Supongo que William Radcliffe nada sabe de esto. Bueno, tampoco es la muerte. En Inglaterra nunca faltan sacerdotes para casar a dos jóvenes deprisa y sin ceremonias. Pero, ¿quién habría esperado esto de vos, señorita Ann? Yo nunca lo hubiese imaginado.
En lugar de contestar, Ella le preguntó:
—¿Qué opinión tenéis, Grey–Jack, de Otto Goëtzi?
El pobre sirviente estuvo a punto de caerse del pescante, tamaña fue su sorpresa.
—¡Cómo! Pero, señorita, ¡no puedo creer que estéis despreciando a ese joven educado por ese demonio despeinado! Puede que el señor William sea un pájaro negro, pero...
—¡Os pido, amigo Jack, que habléis de mi marido con mayor respeto!
—¡Vuestro marido! ¡Ahora sí que no entiendo una palabra!
—Os pregunto qué pensáis del señor Goëtzi.
—Bien —replicó el buen hombre, enfadado—; ya me gustaría estar en Lightfield para entender mejor toda esta trama. Del señor Goëtzi puedo deciros que no es el primer tunante al que veo bien alimentado y vestido en el seno de una familia de honra, con la excusa de educar a sus muchachos.
El caballo se encabritó y Grey–Jack se apresuró a santiguarse.
—Ya veis lo que ocurre sólo con pronunciar su nombre —masculló—. Todo el mundo sabe que es un vampiro.
—Vamos, amigo Jack —dijo ella con desdén—, yo no creo en los vampiros.
Lo cierto es que Ella se encontraba muy por encima de todas aquellas supersticiones que correteaban por las montañas, entre los condados de Stafford y Shorp.
—Haced lo que os plazca —contestó el hombrecillo—; pero haríais bien en creer en ellos. Proceden del país de los turcos, muy lejos, cerca de la ciudad de Belgrado. Aunque yo no sé exactamente lo que son. Usted, que sabe muchas más cosas que yo, ¿me lo podría explicar mejor?
A Ella le gustaba enseñar, como a la mayoría de las personas cultas.
—En el supuesto de que existiesen, los vampiros son esos monstruos de apariencia humana, que nacen, en efecto, en la baja Hungría, en la región que se extiende entre el Danubio y el Save. Se alimentan con la sangre de las jovencitas...
—¡Perfectamente, señorita! —exclamó inmediatamente Grey–Jack—. ¡Eso es exactamente lo que yo he visto con mis propios ojos!
—¿Alimentarse con la sangre de una doncella? —preguntó Ann horrorizada—... ¿al señor Goëtzi?
—¡Algo parecido! Me refiero a Jewel, la perrita de la señorita Corny. ¡Qué encanto de animalito! ¿Lo recordáis?... Se bebió la sangre de aquella perrita como si fuese un zorro salvaje —añadió—. ¡Y en la cocina, robaba las costillas crudas! ¡Por las noches se levantaba también para hablar con las arañas! Todo el mundo sabe de qué murió Polly Bird, en la Granja Alta... aquella joven a la que encontraron dormida a orillas del lago, y que nunca despertó. Y siempre que él entraba en algún lugar, la luz de las lámparas se ponía verde. ¿Os atrevéis a negarlo? Incluso los gatos le saltaban encima, porque despedía el mismo mal olor de las gatas en primavera. A la lavandera le gustaba repetir, para quien quisiera escucharla, que todas sus camisas tenían una pálida mancha de sangre a la altura del corazón.
—Vamos, amigo mío, todo eso no son más que habladurías. Me gustaría que me dijeseis algo más concreto, como por ejemplo: ¿sabéis por qué despidieron al señor Goëtzi de la casa del esquire Barton?
—¡Por supuesto! Eso es algo que sabría hasta un chiquillo. Fue debido a la señorita Corny. El esquire Barton apreciaba realmente al señor Goëtzi, que es un hombre muy culto, y al igual que usted, tampoco creía en vampiros. Pero de repente la señorita Cornelia comenzó a quejarse de dolores en el pecho, y aseguró que empezaba a verlo todo verde... ¡Qué cosa más extraordinaria, señorita Ann... fíjese en la luna!
La luna, casi redonda, se levantaba en medio de un bosque de álamos sin hojas. Nuestra querida Ann tenía el valor de un guerrero, pero no pudo evitar un estremecimiento en aquella ocasión.
Estaban viendo la luna de color verde.
—¡Vamos, acabad vuestra historia —exclamó, sin embargo—, os lo ordeno!
—Siempre que se habla de él —susurró Grey–Jack— ocurre lo mismo. Cierto día encontraron a Cornelia desmayada en la cama. Tenía sobre su pecho izquierdo una pequeña picadura negra y Fancy, su doncella, vio una araña verde, de sorprendente tamaño, que se deslizaba por debajo de la puerta. Decidió seguirla. Pero la araña corría a tanta velocidad por el pasillo que Fancy no consiguió alcanzarla, a pesar de lo cual sí pudo verla entrar en la habitación del señor Goëtzi... Entonces fueron a buscar a Ned Barton, ese adorable joven que, la verdad sea dicha, no tenía precisamente los modales de su preceptor. Ned entró en la habitación del doctor Goëtzi y le dio tal paliza...
—¡Desgraciado! —exclamó Ann juntando las manos—. ¿Es cierto eso? ¿Ned llegó realmente a golpear a ese perverso y vengativo ser?
—Ya lo creo, señorita. Hubo puñetazos, patadas, bastonazos e incluso sillazos. El señor Goëtzi, entonces, se quejó al esquire, que le dio algo de dinero...
Finalmente llegaron a Londres, ya de noche. Nuestra querida Ann decidió asistir al circo olímpico de Southwarck, acompañada por Grey–Jack. En general no le agradaban mucho este tipo de frívolas representaciones. Pero los barcos que atravesaban el canal no partían con tanta frecuencia como ahora, y la idea de asistir a la representación circense vino motivada además por una circunstancia especial.
En el cartel que anunciaba la representación de diferentes números, una palabra había conseguido llamar la atención de la joven, y esta palabra era: VAMPIRO.
En medio del anuncio de la presencia del caballo físico, que era capaz de caminar sobre la cola; y de las hazañas del payaso Bod–Big, capaz de comerse un topo y devolverlo entero, podía leerse, escrito en letras verdes:

¡¡CAPITAL EXCITEMENT!!
EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN
DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN
Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE
COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA
DE LOS GUARDIAS ECUESTRES
¡¡WONDERFUL ATTRACTIONINDEED!!

Cuando Ella y Jack entraron en la carpa, el inmenso circo estaba repleto de espectadores, que contemplaban cómo una vieja pintada de amarillo galopaba completamente estática, a lomos de un caballo que atravesaba constantemente aros de papel, entre la desaforada algarabía de la muchedumbre. Se trataba de la famosa Lily Cow. Inmediatamente después se apagaron todas las antorchas, ya que en aquellos tiempos no había gas. En medio de la oscuridad brotó un resplandor fosforescente, que otorgó a todos los espectadores cercanos al anfiteatro el aspecto de cadáveres vivientes. Se escuchó un relámpago lejano, mientras el viento gemía con fuerza. La música comenzó a rechinar. Una gigantesca araña, con cuerpo de hombre y alas de murciélago, empezó a descender a través de un hilo que colgaba de la cúpula y se iba estirando bajo su peso.
En ese preciso instante, una muchacha checa, casi una niña, vestida de blanco y a lomos de un caballo negro, penetró en el anfiteatro, balanceando sobre su cabeza una corona de rosas. La joven era preciosa y delicada, con un leve parecido a la señorita Cornelia de Witt y, lo más sorprendente, más parecida a cada momento que la miraban.
La araña permanecía enroscada en el extremo del hilo, y ya no se movía; acechaba. Mientras estaba quieta, podía verse a su alrededor, claramente, un resplandor verdoso muy brillante en el centro, que iba esfumándose como si fuese una aureola.
La joven checa jugueteaba con su guirnalda mientras danzaba.
Repentinamente la araña se dejó caer al suelo, y sus largas y repugnantes patas se movieron frenéticamente sobre la arena del circo. La muchacha la vio venir y mostró su terror con unos gestos capaces de arrancar el aplauso del público.
El enorme insecto perseguía a la joven a toda velocidad, mientras ésta intentaba escapar a lomos del caballo negro. El monstruo daba saltos irregulares, y al ver que no conseguía dar alcance a la muchacha, utilizó los recursos propios de su especie.
No sé cómo logró hacerlo, pero el caso es que fue tendiendo de uno a otro lado unos hilos que, aparentemente, le brotaban de sus fauces, fabricando en un abrir y cerrar de ojos una especie de red... ¡una tela de araña!
La joven checa se colocó de rodillas sobre el caballo. Se quitó la guirnalda y los velos que la cubrían, quedando vestida únicamente con una malla de color carne, que resultaba todavía más impresionante.
Repentinamente la araña la atrapó en su tela. Fue algo espantoso. El caballo, libre de la jinete, galopaba de un lado a otro. Pudo escucharse entonces el sonido de huesos rotos.
Ahora no era a una araña, sino a un hombre al que se veía beber a grandes tragos la sangre roja, en medio de un incendio de destellos verdes.
El circo pareció desplomarse bajo los atronadores aplausos, pero nuestra querida Ann se desmayó, exclamando:
—¡Es Goëtzi! ¡Es Goëtzi! ¡Lo he reconocido!

No existe ningún país en el mundo donde se aplique tan generosamente como en Inglaterra la máxima de la libertad. A pesar de ello, dudo mucho que nuestras leyes permitan exhibir públicamente, en la pista de arena de un circo, a un vampiro que destroza los huesos y bebe la sangre de una joven inocente. Sería excesivo.
Por ese motivo, me parece poder afirmar que la dirección del circo de Southwarck conseguía aquella ilusión utilizando hábiles efectos especiales. La mejor prueba de ello es que la joven amazona, atacada por el vampiro, era destrozada y succionada todas las noches, durante semanas; a pesar de lo cual se encontraba perfectamente.
Respecto a la posibilidad de que aquel monstruo fuese realmente el señor Goëtzi, no me parece probable, a pesar de que esas criaturas excepcionales llamadas Vampiros o Fantasmas poseen, según se dice, el don de la ubicuidad, o al menos del desdoblamiento, si se me permite la expresión. El error de Ann puede justificarse con uno de esos parecidos tan comunes en la naturaleza. Además, la mayoría de los expertos en vampiros asegura que éstos tienen entre sí un cierto aire de familia, como si todos fuesen parientes más o menos directos del propio Harasz–Nami–Gul.
Como ustedes podrán ver enseguida, sería muy arriesgado pensar que el señor Goëtzi se había tomado la molestia de abandonar Holanda, donde lo retenían importantes quehaceres, para entregarse a toda clase de espectáculos circenses.
Durante la travesía no hubo ningún incidente destacable. Grey–Jack comió y durmió a partes iguales. Ella, sin embargo, apoyada en la borda, en una de esas posturas nobles y correctas que adoptaba con suma naturalidad, miraba la espuma que se escurría por los flancos del navío. Sus ojos intentaban adentrarse en la inmensa e insondable profundidad de las aguas. Quizá por eso las olas sugieren con tanta frecuencia la idea de infinito.
Después de sobrepasar la desembocadura del Támesis, Grey–Jack se despertó y pidió algo para beber. Ya podía verse tierra en el horizonte. Ella le pidió que se sentara a su lado y le contó, con una sencillez casi milagrosa, los relatos incoherentes que habían llegado a sus manos la víspera de la boda.
—Tal es el resumen de estas tristes cartas. Se deduce de ellas que el conde Tiberio, preceptor de mi prima Cornelia, es un libertino, y que sus finanzas se encuentran en el peor de los estados. Respecto a Letizia Pallanti, cualquier joven de alta cuna intentaría no mencionar a este tipo de personas. Entre los dos han raptado a Cornelia para arrastrarla hasta las montañas de la antigua Iliria. ¿Creéis que se puede hacer algo así con nobles intenciones? El canalla de Tiberio es el heredero de mi prima. ¡Oh, Dios mío! No deseo pararme a pensar en lo que podría pasarle a mi querida prima en esa solitaria Dalmacia, donde la civilización sólo llega a duras penas.
—Lo cierto es que cuanto más se piensa, más se alegra uno de ser inglés. Pero, ¿quién se va a ocupar de hacer las almácigas de marzo, en su casa, si me arrastráis a mí de un lado para otro? ¿Seríais tan amable de decírmelo?
—Mientras me hacéis tan absurdas preguntas, Edward Barton, apuñalado por cuatro desalmados a sueldo, es objeto de cuidados mercenarios. En su última correspondencia ni siquiera me hablaba de Merry Bones...
—¡Ese pillo irlandés! —explotó Grey–Jack con inesperada violencia.
—Mi querido amigo —observó Ann con dulzura—, los irlandeses son tan cristianos como nosotros.
¡Pero intenten convencer de una cosa así a un inglés del Este! Jack crispó sus puños ante la simple mención de ese tal Merry Bones, que era, sencilla y llanamente, el criado de Edward Barton.
Merry Bones, enemigo acérrimo del viejo Jack, se parecía levemente a un haz de leña. Su rostro estaba repleto de buenos y recios huesos, sobre los cuales apenas se veía la carne. Cuando se reía, su boca se ensanchaba hasta detrás de las orejas. ¡Ah, viejo zorro! Tenía un sorprendente ojo derecho, y un ojo izquierdo minúsculo, que parecía hijo del anterior. Su pelo rizado era tan abundante que no podía utilizar sombrero, y tan retorcido y ensortijado como la cerda en bruto recién llegada de Chicago. A pesar de haber sido marinero, desempeñaba mejor su vocación de «cabeza de clavo» en un cabaret de Whitefriars, en Londres.
«Cabeza de clavo» es la expresión irlandesa utilizada para definir al que presta su cráneo, por medio chelín, para que algunos caballeros prueben en él sus puños y bastones. El precio de un garrotazo, sin embargo, llega a ser de un chelín entero. Si se lo pedían, Merry Bones era capaz de aceptar hasta un sablazo por media corona.
El navío recaló en Ostende, y prosiguió su ruta hasta Rotterdam. A Ann le hubiese gustado pensar en los importantes acontecimientos históricos que unen el pasado de Holanda con el de Inglaterra, pero mientras costeaban esas regiones tan famosas, y mientras la embarcación subía hacia el norte, sobrepasando las desembocaduras del Escalda, eran los acontecimientos presentes los que iban cobrando cada vez mayor importancia.
Era casi de noche cuando el barco accedió a la desembocadura del Mosa, y cuando llegaron finalmente a Rotterdam la oscuridad ya era total. Sin ser tan amables como hoy en día, los encargados de los hoteles ya eran entonces muy competentes. Sin embargo, Ann respondió de forma inesperada a sus ofertas:
—No deseo alojarme en ningún hotel de la ciudad, pero, ¿sabría decirme alguno de ustedes dónde se encuentra una posada, en las afueras, conocida como La Cerveza y La Amistad?
Se hizo un inesperado silencio entre las personas que se encontraban en el muelle ofreciendo sus servicios hoteleros.
Entonces saltó alguien:
—¡Éstas no son las mejores horas para ir a semejante lugar, señora!
Y como si acabasen de desatarse al unísono todas las lenguas, se desató un incesante murmullo, en el que todos se repetían la siguientes palabras:
—¿Por qué motivo habrá escogido precisamente la posada donde desollaron al inglés?
Aquél era un cuadro típicamente flamenco, y de apariencia sosegada, a pesar de que hablasen en él de gente asesinada. Ann pudo ver una docena de rostros honestos, alumbrados al estilo Rembrandt por los faroles de las puertas de los hoteles. En medio de aquel paisaje, Ella se mantenía erguida y esbelta, envuelta en su capa y apoyada en el brazo de su fiel Grey–Jack. A unos pasos de allí, algunos botes se balanceaban y chapoteaban pesadamente sobre el Mosa.
Nuestra querida Ann repitió imperturbable:
—¿Alguien sabría indicarme el camino de ese terrible lugar llamado La Cerveza y la Amistad?
En medio del silencio absoluto que siguió a su pregunta, pudo escucharse un ruido seco, semejante a una risa burlona.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Ann, sin perder en ningún momento su valiente serenidad.
En vez de contestar, los hombres que la rodeaban se santiguaron.
—Puede oírse reír al viento, desde que degollaron al inglés...
—¡En el nombre del Cielo, joven forastera, no os adentréis por el camino de Gueldre esta noche! ¡Os ocurrirá algo terrible!
—La gran marejada de ayer ha derribado los diques.
—El camino ha desaparecido en más de diez sitios.
—Ya no pasan por ahí ni coches ni caballos.
—¿Habéis oído, señorita? —preguntó Jack, aterrado—. ¡Ni coches ni caballos! ¿No os lo dije?
—Entonces iré en un bote —dijo Ann.
—El derrumbamiento ha acabado también con el Kil de Höer. Las embarcaciones ni siquiera consiguen entrar por el canal.
—Muy bien; en ese caso iré andando —insistió ella—. ¡No hay obstáculo lo suficientemente grande para apartarme de mi deber! Si alguno de ustedes acepta conducirme hasta la posada de La Cerveza y la Amistad, le pagaré el precio que me pida, sea el que sea.
El círculo de hombres que la miraba sorprendido permaneció en silencio, y nuevamente pudo escucharse el eco de aquella especie de risa que momentos antes desgarrara la oscuridad de la noche.
En ese preciso instante alguien se abrió paso entre la concurrencia, y un campesino de Isselmonde, vestido con los característicos calzones y un jubón de tela blanca, apareció en la zona iluminada. Llevaba sobre la cabeza un gran sombrero flamenco, que le caía hasta los ojos. La luz de los faroles no logró penetrar aquel adorno, y nadie logró verle el rostro. ¡No se veía nada! ¿Cómo explicarlo? Y aquel misterio inspiraba terror.
—¿Quién es ése? —se preguntaron los demás entre murmullos.
Pero nadie lo sabía.
El campesino entró decididamente en medio del círculo expectante y cogió la maleta de la joven de las manos de Grey–Jack, a quien le castañeteaban los dientes.
—¡De acuerdo! —dijo con una voz que ni siquiera Ann lograría describir nunca—. ¡Trato hecho! ¡Seguidme!
Y con estas palabras se lanzó a caminar rápidamente, rígido como una piedra.
Ella fue tras él, a pesar de las súplicas de Grey–Jack.
La noche se adueñó de la costa, mientras podía verse en la distancia, como un pálido resplandor, el grupo que formaban nuestra querida Ann, el campesino que la guiaba, y el viejo Jack, que seguía a ambos, marchando a toda velocidad.
Daba la impresión de que era el propio campesino el que irradiaba esa especie de resplandor verdoso. Los representantes de los diferentes hoteles notaron cómo se les erizaban los cabellos, y se dispersaron inmediatamente como una bandada de patos.
El hombre avanzaba sin detenerse, atravesando canales y cercas. El camino no le pareció muy difícil a Ann, que pisaba donde él pisaba, mientras Grey–Jack los seguía.
De esa forma, atravesaron la ciudad en un abrir y cerrar de ojos.
La dejaron atrás por el este, por el lado de Alt–ost–thor. Después continuaron caminando sin la menor dificultad, a través de una comarca donde la tierra y el agua se alternaban e incluso se mezclaban en sorprendente confusión. Desde luego, había muchos obstáculos: canales, arroyos o brazos de mar que se extendían frente a ellos como si fuesen tentáculos del mar, pero siempre se encontraban con alguno de los puentes de aquel magnífico sistema de comunicación, que les permitía avanzar sin mojarse siquiera los pies.
Pasados unos minutos, el paisaje cambió. Tendré que pedirles un esfuerzo adicional para que intenten imaginarse a estas tres personas caminando en medio de un sudario casi completamente negro, aunque atravesado por pálidos resplandores. Además había aparecido una densa niebla que escondía tanto la tierra como el cielo.
En medio de aquella bruma, el campesino que los guiaba parecía brillar débilmente, como si lo hubiesen embadurnado con fósforo. Desde que partieran del muelle, no había pronunciado una sola palabra. Sólo caminaba.
Y caminaba. El sombrero flamenco ya no le cubría la cabeza, y el viento jugueteaba con su pelo, enredándolo y haciendo que brotasen chispas de él.
Repentinamente la noche se aclaró. Todas las estrellas aparecieron brillantes en el cielo. El camino seguía por allí, recto y llano, hasta donde alcanzaba la vista, en medio de praderas sembradas de charcos de agua, brillantes como espejos.
¿De dónde procedería aquel sonido de campanas, en medio de aquellos parajes, sin campanarios ni iglesias? A pesar de ello, pudieron escuchar nítidamente las doce campanadas de la medianoche. Inmediatamente desapareció el fulgor del cabello del campesino, y el aire se vio poblado de risas burlonas.
—¡Socorro! —gimió un lloroso Grey–Jack.
La tierra acababa de abrirse en aquel punto para tragarlos, obedeciendo de esa forma los presentimientos de nuestra querida joven. Si les parece difícil creer que un abismo pueda formarse en un momento, les diré que a Ann le daba la impresión de que aquel derrumbe se había producido antes, provocado probablemente por las terribles marejadas de la luna nueva de marzo. De hecho, el encanto de un relato como éste reside precisamente en su verosimilitud. Por otra parte, enseguida encontraremos, en medio de este paseo, numerosos accidentes hiperfísicos. Porque Ella adoraba utilizar esta palabra, que según creo quiere decir sobrenatural.
El fondo de aquella sima estaba lleno de un fango marino de olor acre y repugnante, que era aún más oscuro que la tinta. En lo alto pudieron ver entonces una silueta oscura, que mostraba una perversa alegría mientras arrojaba la maleta al fondo del abismo, lo cual hizo saltar un torrente de barro.
Grey–Jack, que en el fondo era un hombre como otro cualquiera, aprovechó aquel contratiempo para cubrir de amargas críticas a su joven ama.
—¡En menudo lío nos ha metido, señorita! –sollozó—. ¡Y no será porque yo no la haya avisado! ¡Estaba convencido de que este maldito campesino era el propio señor Goëtzi o alguno de sus secuaces! ¡Y ahora vamos a morir en medio de esta cloaca!
Nuevamente pudieron escuchar el eco de aquella risa diabólica, en medio del silencio de la noche, aunque tan lejana en esta ocasión que apenas podía distinguírsela.
Sobre todo porque en ese momento escucharon otros sonidos de naturaleza muy diferente. Una música melodiosa, suave y pastoral, atravesó el aire mezclada con el tronar de una agradable algarabía. Al principio Ann no se atrevió a dar crédito a sus oídos, mientras Grey–Jack pensaba que sufría las alucinaciones fantasmagóricas que anteceden a la muerte.
Pero enseguida vieron que no se equivocaban. Un ruido de pasos, de cascos de caballos y de ruedas de carruajes se les acercaba rápidamente, mientras la noche se iba iluminando con crecientes destellos.
Finalmente, en el borde opuesto del abismo que había surgido bajo sus pies, Ann y el viejo Jack vieron aparecer la más maravillosa de las visiones. En primer lugar divisaron a unas doncellas neerlandesas, con trajes de fiesta y guirnaldas de flores, cuya sonriente hermosura brillaba a la luz de muchas antorchas. Les seguía en igual número un grupo de varones. Después iba un hombre respetable ataviado con ropas eclesiásticas; no con las vestiduras características de un sacerdote papista, sino con el hábito austero, digno y decente, de nuestros típicos clergymen de la Iglesia anglicana.
Por fin apareció tras él un joven, con todo el aspecto de un noble inglés; y me refiero a esa nobleza de rango superior al de muchas aristocracias del mundo entero.
El desconocido, de cabellos rubios, piel blanca y sonrosada, y ojos azules como el cielo, parecía un verdadero dios.
La verdad es que Ella nunca había oído ni siquiera hablar del muy honorable Arthur. A pesar de ello, fue reconociendo de un vistazo cada una de sus características: primero supo que era un inglés, porque los ingleses llaman la atención allí donde se tenga la suerte de encontrarlos, de la misma forma en que Venus revelaba a la diosa por su andar; después supo que pertenecía a la aristocracia más elevada, porque lo cierto es que cada flor tiene su propio perfume; y finalmente reconoció que pertenecía a alguna familia noble, porque sólo un ciego es incapaz de distinguir una estrella atendiendo a su brillo.
Viajaba de incógnito, perfeccionando su magnífica educación militar con el examen de los históricos campos de batalla de los Países Bajos y Alemania.
Las doncellas coronadas de flores y los campesinos, también ataviados con sus mejores ropas, miraban confusos aquella sima, diciéndose entre sí:
—¡Qué contrariedad! ¡Vamos a llegar tarde a la boda!
El religioso, tranquilo y sereno, venía detrás de su discípulo:
—Tened la bondad de examinar a conciencia el terreno —le dijo—. En la vida hay que saber aprovechar cada circunstancia. Mañana me haréis como tarea el dibujo completo del puente de campaña que sería necesario construir para que un ejército lograse atravesar sin problemas esta ciénaga: treinta mil hombres de infantería, ocho mil a caballo y setenta y dos piezas de artillería de diverso calibre. Pertrechos y material médico, ad libitum.
El joven desconocido, cuyo porte y figura recordaba a un dios, le echó un vistazo a la sima, tomando algunas notas a la luz de una antorcha.
Ann podría haberse quedado toda la vida contemplando aquel espectáculo realmente hermoso. Pero Grey–Jack, mucho más prosaico que ella, soportaba con poca paciencia el encontrarse hundido hasta la cadera en el fango.
—¡Eh! —explotó—. ¡Por todos los demonios! ¿Es que vais a dejarnos aquí?
Inmediatamente se produjo un rumor entre los campesinos. El sacerdote y nuestra querida Ann, unidos por el pensamiento, dijeron a la vez:
—No hacía falta blasfemar.
Entonces el religioso añadió:
—Mylord, tened la amabilidad de reparar adecuadamente en los términos de mi próxima pregunta: dada la posición de estas personas, que en número desconocido se encuentran en aprietos ahí abajo, imagino que debido a algún accidente, ¿qué clase de medio mecánico utilizaríais para izarlos a tierra firme, si únicamente tenéis una cuerda, sin poleas de ningún tipo?
—Utilizaría mi bolsa —contestó el muchacho, uniendo el gesto a la palabra—, y les diría a estos valientes que me acompañan: os daré diez pistolas de plata de Francia si me traéis sanos y salvos a ese viejo y a esa joven dama.
No sé cuál habría sido el resultado de una respuesta semejante en los exámenes militares de la escuela de Eton, pero sus jóvenes acompañantes a la boda no le dejaron repetirla. En un abrir y cerrar de ojos se precipitaron por la ladera desmoronada y ayudaron a nuestros dos amigos a alcanzar de nuevo el camino.
Entonces Ella pudo reparar en la berlina de viaje, tirada por magníficos caballos, que había llevado hasta allí al joven noble y a su venerable preceptor, provenientes de Nimega y con destino a Rotterdam. Quienes iban a participar de la ceremonia nupcial, interrumpidos en su camino por aquel derrumbe, se encargaron de mostrarles otro camino. Pero como debían desandar parte del camino para llegar a su destino, el joven desconocido, cuya apariencia era casi divina, ayudó caballerosamente a Ann a subir a su coche, dejándola en la misma puerta de la posada conocida por el peculiar nombre de La Cerveza y la Amistad.

Se trataba de un enorme y oscuro edificio, situado en el cruce entre cuatro caminos y construido sobre pilares de madera. Cerca de él no había árboles ni matorrales, como si se encontrase perdida en medio de un arenal. Sobre la puerta, el viento nocturno agitaba un letrero luminoso, cuyo farol se había extinguido.
Ella levantó la aldaba con el corazón encogido, mientras pensaba: «¡Aquí, entre estas cuatro paredes, mi hermano y amigo Edward ha exhalado su último suspiro!»
No sabía ya qué pensar acerca de Grey–Jack, que en aquel momento temblaba de pies a cabeza, cubierto de fango hasta las axilas, y de muy mal humor.
A pesar de que no se veía ninguna luz desde fuera, la puerta de la posada se abrió inmediatamente. Nuestra querida Ann y el viejo Grey–Jack se encontraron entonces en medio de un salón que olía condenadamente a tabaco de pipa.
En el centro había una larga mesa, rodeada de bancos y repleta de cántaros vacíos cuyas bases descansaban en la cerveza derramada. También había un mostrador elevado sobre tres escalones, defendido como un castillo, y un reloj de pared con una caja de madera leonada que tenía incrustaciones amarillas. Las agujas marcaban la una menos dos minutos de la madrugada. El cuadrante se hallaba decorado por un pájaro raquítico.
Aunque no se veían lámparas ni bujías encendidas, los objetos de la estancia se distinguían nítidamente, como si se hubiese conservado un rayo de luna en aquel lugar, cuyas puertas y ventanas permanecían cerradas a cal y canto. Se trataba de un resplandor sordo y claro al mismo tiempo, que parecía tamizado a través de algún filtro verde.
Al lado del reloj había algunas personas inmóviles. El grupo lo formaba un hombre obeso que sólo tenía el reborde del rostro, es decir, cabello y barba. Un loro gigantesco se agarraba con las patas a su hombro; a su derecha había un niño de expresión diabólica, apoyado sobre un aro; y a su izquierda había un monstruoso perro de color carne, con una cara casi humana, y que permanecía completamente rígido sobre sus cuatro patas separadas.
Finalmente, al lado del mostrador, se veía una mujer gorda y calva, que dormía con agudos ronquidos. Además del tictac del reloj, que sonaba de forma extrañamente profunda, y de los ronquidos de la mujer, no había ningún otro ruido en la posada.
Ella sintió algo difícil de explicar, aunque no era miedo. Pero, ¿quieren saber lo más curioso? A pesar de la profunda emoción que la embargaba, a Ella todos aquellos seres que rodeaban el reloj se le antojaban accesorios del mismo, como parte de un extraño engranaje, semejante al del reloj de Estrasburgo.
—¡Por caridad! —pidió Grey–Jack—. ¡Un fuego para secarnos, y un poco de pan, carne y cerveza!
A pesar de que lo que pedía era lógico, Ella le ordenó silencio con un gesto rígido y severo, y dijo a su vez:
—Queremos ver inmediatamente a Edward Barton, ciudadano inglés y esquire, que ha morado o está morando en este establecimiento, si es que todavía vive. Si por desgracia hubiese muerto, de forma natural o violenta, lo que ya se esclarecerá en su correspondiente juicio, reclamamos al menos su cuerpo, para poder darle cristiana sepultura.
Las personas del salón no contestaron, como tampoco lo hicieran ante las peticiones de Grey–Jack. Se quedaron como mudos. Sin embargo, de en medio de aquel silencio y quietud, brotó una voz proveniente de algún rincón de la posada, lejos, muy lejos, arriba o abajo, y que gritaba como suelen hacerlo los irlandeses en medio de una pelea:
—¡Te voy a quitar el alma y a devorar el corazón! ¡Musha! ¡Arrah! ¡Begorrah! ¡Maldita araña! ¿Es que piensas que la sangre de un hombre de Connaught puede chuparse como si fuese la de un inglés? ¡Te vas a enterar!
—¡Es Merry Bones, el criado de nuestro amigo Ned! —exclamó Ella en un susurro, con un asombro en el que asomaba la esperanza—. Tenemos que ayudarle.
Grey–Jack se encogió de hombros, mascullando:
—¡Que el diablo le confunda!
Escucharon entonces un grito procedente del sótano o del granero, y Ann, que era el valor en persona, ya iba a lanzarse fuera del salón, cuando el reloj, desde lo más profundo de su mecanismo, comenzó a dar violentas campanadas.
Sonaron trece, y mientras el bronce resonaba, el aletargado personal de la posada pareció recobrar el movimiento. La mujer calva que había junto al mostrador abrió los ojos, el mesonero se balanceó de un pie a otro, el loro se peinó los bigotes con el pico, mientras decía: «¿Has comido bien, Ducado?»; y el niño, por su parte, hizo rodar su aro, gritando: «¡He visto al hombre muerto! ¡He visto al hombre muerto!», y el pájaro raquítico del cuadrante desplegó sus enormes alas y cantó cu–cú trece veces.
Simultáneamente se abrió una puerta situada entre el mostrador y el reloj. Por ella asomó un largo cuerpo huesudo, coronado por una cabellera rizada, semejante a esos cepillos que utilizan los deshollinadores. Detrás de Merry Bones (ya que efectivamente se trataba del sirviente irlandés) venía una réplica exacta de los diferentes seres que había en el salón de la planta baja, es decir: el mesonero sin rostro, el loro, el perro de cara humana, el niño con su aro, y la mujer calva.
Lo cierto es que estas nuevas apariciones eran levemente más pálidas que las anteriores, y el «nuevo» mesonero llevaba además una enorme maza en la mano. Su mirada, ya que en vez de ojos tenía mirada, era claramente verde.
Cuando nuestra querida Ann se volvió a mirar hacia el primer mesonero, se encontró con que había aparecido también en su mano una segunda maza, y también presentaba una mirada de destellos verdes.
Fue una pelea terrible. El pobre diablo de Merry Bones se encontró acosado por ambos lados. La jauría que estaba ya en el salón y la jauría que parecía perseguirle ahora cayeron al mismo tiempo sobre él con rabiosa ferocidad. Los dos perros y los dos niños le atacaron a las piernas, los dos loros hicieron lo mismo con los ojos, mientras las dos arpías le arañaban la garganta, y ambos mesoneros, subiendo y bajando rítmicamente sus mazas, le golpeaban el cráneo como si fuesen herreros moldeando un pedazo de hierro.
Nuestra querida Ann asistía, petrificada de espanto, al terrible asesinato. Mientras tanto, el viejo pecador de Jack, con la estupidez que caracteriza esos sentimientos de rivalidad nacional, se cruzó de brazos y rezongó:
—¡Que el irlandés se las arregle como pueda!
Y lo cierto es que el sirviente de Ned se defendía lo mejor que podía. No estaba armado, pero su cráneo podía servirle tan bien como si fuese un cañón. Cuando las mazas lo alcanzaban, salían rebotadas como si cayeran sobre un yunque. Ni siquiera lograban aplastarle un mechón de pelo. No sabría decir cómo consiguió salvaguardar sus piernas, su garganta y sus ojos, pero lo cierto es que durante el instante que duró aquella singular batalla nuestra querida Ann no le vio una sola magulladura. Por el contrario, los dos loros parecían agotados, las mujeres gordas jadeaban, los extraños y diabólicos críos pataleaban boca arriba como dos cangrejos dados la vuelta, y los dos perros gruñían a media distancia, mostrando los dientes ante el peligro. Y a los mesoneros no les fue mucho mejor. Merry Bones le propinó a cada uno un cabezazo en el estómago, y los mandó, a uno contra la pared norte, y a otro contra la pared sur de la casa.
El atlético joven, de porte gallardo, aunque no perteneciera a la nobleza y hubiese nacido en una detestable región, salvó entonces la mesa con una arriesgada pirueta y atravesó el salón rápido como una flecha, desapareciendo por la puerta exterior.
Incluso tuvo tiempo, al pasar a su lado, de mandarle un beso a Ann, y otro regalo muy diferente a Grey–Jack, cuya mejilla se hinchó como si le acabasen de extraer tres muelas.
Antes de desaparecer en la oscuridad del exterior, Merry Bones le dijo a Ann:
—¡Hasta pronto! ¡Voy a buscar el ataúd de hierro!...

Si Ella hubiese dedicado alguna de sus obras maestras a este tema, ustedes habrían encontrado sin duda algunos capítulos explicativos al final de la narración, con datos esenciales acerca de esta temida e ignorada clase social formada por los vampiros. Ann había acumulado a este respecto una gran cantidad de notas, y el señor Goëtzi, que (al menos en una de sus facetas) era un hombre bastante erudito, le había dado también valiosas informaciones.
Me doy cuenta de esto al pensar en los personajes de La Cerveza y la Amistad, tanto animales como personas, ya que aquí los animales eran tan personas como los demás.
Sin duda hay muchas cosas asombrosas que explicar acerca de las criaturas que conservan ciertas condiciones humanas, aun sin ser humanas.
Por ahora me limitaré a explicar, de pasada, una de las anomalías más singulares de su especie: la divisibilidad del animal o, como a Ella le gustaba decirlo, de forma más científica, su dividualidad.
Cada vampiro es en sí mismo un grupo, representado generalmente por una forma concreta, pero que tiene además un número indefinido de posibles nuevas manifestaciones. El célebre vampiro de Gran, que aterró a los habitantes que viven entre las riberas del Danubio y la ciudad de Ofen, en el siglo XIV, se aparecía como hombre, mujer, niño, cuervo, caballo y pez. La historia de Hungría así lo constata. La señora Brady era una mujer vampiro de Szegedin, que también podía adoptar las formas de gallo, militar, abogado y serpiente.
Aparte de esta peculiaridad, muy enigmática ya para la ciencia, parece ser que estas subformas son capaces a su vez de desdoblarse en otras, del mismo modo en que lo hace la forma principal.
Ésta es la explicación precisamente de que la familia del mesonero pudiese encontrarse al mismo tiempo dentro y fuera del salón, lo que dificultó enormemente la defensa del pobre Merry Bones.
Pero es necesario que destaque también otro hecho, quizá más extraño aún: la familia del mesonero sin cara, sea vista como un grupo vivo (hasta cierto punto), o como un sistema puramente mecánico, movido por los engranajes del reloj, estaba formada completamente por figuras accesorias. De hecho faltaba en ella la forma principal.
Lo comprenderán todo mejor cuando les explique que el jefe de ese grupo, la única alma del clan era... ¡Sí, lo han adivinado! Tanto el mesonero como su mujer, su perro, su loro y su niño, e incluso puede que hasta su reloj de cuco... eran en realidad ¡el señor Goëtzi!
Enseguida les daré pruebas irrefutables de ello...
Es imprescindible que ustedes sepan que este grupo de seres, al mismo tiempo plural y singular, capaz de materializar grotescamente el más impenetrable de los misterios de nuestra fe cristiana, no nace todo de un tirón. Se va formando y redondeando a través de la conquista, del mismo modo que lo hace el ganador de ese juego de cartas que imita a una batalla y que tanto apasiona a los niños. Es parecido a una bola de nieve; el despreciable señor Goëtzi, por ejemplo, tuvo que beberse primero la sangre de todos los habitantes de La Cerveza y la Amistad, antes de lograr incorporar sus presencias. Aunque tendrán que reconocer ustedes que el resultado obtenido constituye un privilegio extremadamente cómodo.


Pero seguiré, pidiéndoles permiso para retroceder un poco en el tiempo, con el fin de presentarles a los principales personajes de esta historia: Edward S. Barton, Cornelia, el conde Tiberio y Letizia Pallanti.


En la otra orilla del Rin, al este de la ciudad de Utrecht, alejados ya de estas llanuras que deben su existencia a la victoria del hombre sobre las aguas del mar, en una alegre región de bosques y cerros, se levanta el castillo de Witt. En él vivía Tiberio Palma d'Istria, de los condes de Montefalcone, que había entrado a formar parte de la noble familia de los Witt gracias a la boda con la condesa Greete, tía carnal de nuestra querida Corny.
La condesa Greete era muy bella, educada en las letras y en las ciencias, pero, sobre todo, tan buena y generosa como se describen normalmente a los ángeles del cielo. Por desgracia, su educación no había llegado tan lejos en lo que respecta a la música, danza e idioma italiano, que por aquella época estaban de moda. Después de morir los padres de Cornelia, ésta quedó bajo la tutela del conde Tiberio, que debido a estas carencias de educación tuvo que buscarle una institutriz. En aquel tiempo Italia facilitaba tantas institutrices como actualmente lo hace Inglaterra. No sé exactamente por qué referencias, pero lo cierto es que se escogió a la signora Pallanti, ya que no parecía existir en el mundo entero una persona tan maravillosa y completa como ella. Casi era comparable a la condesa Greete en lo que respecta a los autores griegos y latinos. Conocía a la perfección el álgebra y la trigonometría; recitaba las tragedias francesas de memoria, incluidas algunas de Voltaire, con singular encanto; bailaba como la mismísima Terpsícore, tocaba además la guitarra, el arpa, el clave y la lira de tres cuerdas; era capaz de recitar toda la Jerusalén liberada, de atrás hacia adelante, es decir, comenzando por el último verso.
Dicen que para los entendidos es un auténtico placer poder escuchar un divino poema recitado de esa forma.
La signora debía de tener entonces unos veinticinco años, aproximadamente. Los informes sobre su pasado eran realmente vagos, pero ella era del tipo de persona que se recomienda por sí misma, y su llegada al castillo de Witt fue una auténtica fiesta. La querida condesa Greete debió de besarla más de cien veces.
Únicamente el conde Tiberio la recibió de forma más severa, a pesar de su notoria hermosura. No le agradaban, según decía, las damas levemente regordetas (porque lo cierto es que Letizia parecía muy bien alimentada), y los niños prodigio le asustaban un poco. Por otro lado, a él le parecía que aquella hermosa extranjera tenía además poco cabello.
Letizia era morena. Su cabello negro era, realmente, muy corto, y al conde Tiberio le chocaba este detalle, acostumbrado como estaba a la espléndida cabellera rubia de su esposa, cuyo cuerpo podría haberse tapado por completo con las ondas de su pelo suelto.
Pero daba la impresión de que a Letizia tampoco le interesaban demasiado los gustos del conde Tiberio. Entregada por completo a sus tareas de institutriz, encontraba la forma de retribuir las bondades de la condesa Greete, a la que dedicaba casi todas sus atenciones. Cornelia, bajo su tutela, hizo progresos cercanos a lo milagroso. Todas las noches tenía lugar un concierto en familia y, en ocasiones, Greete y Letizia rivalizaban sabiamente en sus recitales de poesía griega o latina. En resumen: el castillo de Witt era la propia imagen de la felicidad.
Cornelia adoraba a su hermosa institutriz. Incluso se empeñó en llevarla con ella en uno de sus viajes de vacaciones a Inglaterra, y la propia familia Ward quedó inmediatamente prendada de una joven tan encantadora como aquella institutriz.
En aquella época yo era muy pequeña, pero todavía me parece recordarla. Nunca en mi vida he vuelto a ver a una mujer tan seductora como Letizia.
Nuestra querida Ann la admiraba. A pesar de ello, después de todo lo que pasó, llegó a confesarme que en ciertas ocasiones la acometían vagos temores, y un miedo misterioso que se entremezclaba con el sentimiento que la atraía constantemente hacia la bella italiana.
Algo de lo que puedo dar fe personalmente es de que el señor Goëtzi, que por entonces era el tutor de Edward Barton, mostraba hacia ella el más completo desinterés. También Letizia desviaba la mirada cada vez que el señor Goëtzi entraba en la estancia.
A pesar de ello, cierta noche los encontré juntos en la vieja avenida de castaños. Yo era tan curiosa como cualquier niño de mi edad, y por eso me acerqué de puntillas para no ser sorprendida. Pero cuando llegué hasta el sitio donde me había parecido verlos, no había nadie allí. Sentí miedo...
Letizia partió con su alumna al final del otoño y fue recibida con auténtica alegría en el castillo de Witt. La condesa Greete la había echado realmente de menos. Incluso Tiberio mostraba ya una cara mejor, y cierta velada en que ella cantó Llueve, llueve, pastora, el señor conde le dijo a su esposa:
—Tenéis razón, condesa. Esta joven sería maravillosa, con que sólo tuviese vuestros cabellos.
Era un comentario sin mayor importancia, de esos que se dicen y se olvidan. Sin embargo, no sé por qué, la condesa Greete palideció.
Fue justo por aquellos días cuando el conde Tiberio dejó de mofarse de las damas ligeramente obesas.
Y mientras acariciaba los cabellos de su mujer, en ocasiones le decía bromeando:
—La verdad es que podríais compartirlos con la signora Pallanti.
Estoy convencida de que la buena condesa habría aceptado hacerlo, a pesar de que lo que Letizia deseaba no era precisamente compartir.
Cierta mañana llegó al castillo de Witt nuestro viejo conocido Goëtzi, quien se cuidó mucho de decir que acababa de ser despedido como tutor de Ned Barton. En vez de hacerlo, pretendió haberse apartado de su camino para traerle a Cornelia las últimas novedades de sus parientes de Stafford. Fue bien recibido, y él aceptó aquella hospitalidad hablando constantemente de los Ward y de los Barton como si realmente contase todavía con su afecto y su amistad.
Se trataba, en definitiva, de un caballero instruido, agradable, y con un elevado conocimiento del mundo. Además era un buen jugador de whist, de chaquete y de ajedrez. Su presencia debería haber animado la vida en el castillo, pero no fue así. Sin que pudiesen explicarse los motivos reales del hecho, el conde Tiberio se tornó taciturno. No podría afirmarse que se apartase de su mujer, pero sí que sus relaciones con ella se enfriaron.
Por otro lado, la buena condesa perdió un poco de su encanto. Se mostraba inquieta y padecía mareos y jaquecas. Casi podría decirse que estaba palideciendo paulatinamente, adelgazando, e incluso envejeciendo.
Y su magnífico cabello iba menguando casi a ojos vista.
Debo reconocer que éste era un detalle no demasiado extraño en la condesa Greete, que ya no tenía veinte años; pero normalmente, cuando una hermosa dama pierde sus cabellos, es porque cada mañana quedan presos en el peine, y sus doncellas pueden incluso lamentarse por cada uno de aquellos rizos que caen. Pero no fue el caso. Entre los dientes de carey no aparecía ni un solo pelo, y a pesar de ello éstos se caían... ¡Ya lo creo que se caían!
¡Y lo más sorprendente! Fue justo en aquella época cuando los cabellos de Letizia comenzaron a crecer. Parecía como si se estuviese cumpliendo el deseo que había formulado en broma el conde Tiberio y la buena condesa estuviese compartiendo sus cabellos con la signora Pallanti.
Pero no era posible, porque una era rubia y la otra morena. Sin embargo, en lo que respecta a la cantidad, las proporciones se fueron manteniendo casi de forma rigurosa, de modo que todo lo que Greete perdía, Letizia lo ganaba instantáneamente.
Debo reseñar aquí que, desde la llegada del señor Goëtzi, Letizia utilizaba su loción capilar, recomendada por aquel hombre sabio. Una loción que, no obstante, fue inútil para la pobre condesa, que en vano intentó también utilizarla. A pesar de la existencia de aquel tonificante tan beneficioso para Letizia, la condesa Greete veía desesperada cómo su cabeza se iba despoblando. Me duele tener que pronunciar esta palabra, pero no me queda otro remedio: ¡se estaba quedando calva!
Y comenzaba a experimentar la horrible certeza de que era la institutriz la que le estaba robando el cabello.
Pero era algo imposible de explicar. La condesa Greete no quiso siquiera intentarlo. Sabía perfectamente que al primer comentario sobre el asunto, todos la tomarían inmediatamente por loca, de tan absurdas como eran sus sospechas. Además, ¿a quién podía contárselo? Cornelia adoraba a su tutora, y la pobre Greete casi podía escuchar anticipadamente su alegre risa si llegaba a sugerir algo tan rocambolesco.
Además, ¿de qué forma podría quejarse? ¿Qué pruebas tenía?
Sólo le quedaba el conde Tiberio, su marido. Se le puede confiar todo al hombre que se ama. No existen absurdos comentarios entre dos enamorados... pero, ¿acaso Tiberio la amaba todavía? Él se mantenía vigoroso y jovial, mientras que ella parecía haber envejecido diez años en apenas unos meses. Tiberio la miraba ahora sólo con pena. Se ausentaba con frecuencia. Según la maravillosa cabellera de Greete se iba trasplantando a la cabeza de Letizia, Tiberio iba olvidando cada día más el camino del dormitorio nupcial.
La sospecha entró entonces en el corazón de la buena condesa como si fuese el filo de un puñal. No sé cómo describir la obsesión de aquel desdichado espíritu amargado. Comprendió que Letizia se había convertido en su rival, y que había vencido y terminado con ella utilizando como arma precisamente sus propios cabellos. Tiberio seguía apasionado por aquella melena, sólo que a partir de ese momento la amaba sobre una frente diferente.
Cierta noche en que se encontraba sola en su cuarto escuchando en la distancia las notas del arpa, ya que había un concierto en el salón, se sintió arrastrada por una fuerza irresistible. Bajó por la escalera y, por primera vez después de mucho tiempo, llegó hasta la entrada del saloncito familiar.
¡Cuánta dicha había degustado entre aquellos agradables artesonados, testigos mudos de su felicidad pasada!
Pero no entró. Cornelia tocaba el clave. Tras ella, Tiberio y Letizia conversaban, sentados en el diván. Los dedos de su marido se hundían en la rizada cabellera que ahora caía de forma ondulada sobre los hombros de la signora Pallanti.
La condesa Greete se llevó las manos al pecho, convencida de que su corazón iba a estallar. Sin decir nada, intentó regresar a su dormitorio, pero sólo lo consiguió con la ayuda de la vieja Loos, a quien se encontró en el camino.
Al sentirse herida en lo más profundo de su ser, le dijo a su nodriza:
—Querida amiga, cuando era apenas una niña, te confiaba todos mis temores; escucha ahora cuál es la terrible angustia que será la causa de mi muerte.
Conversó durante mucho tiempo, con voz frágil y llorosa. Loos la escuchaba con las manos unidas. Sin embargo, lo que más sorprendió a su nodriza no fue la traición del conde Tiberio y de Letizia, que todos en el castillo conocían, excepto Cornelia, que era pura e inmaculada como un ángel. Lo que más la asombró, insisto, fue un detalle que le contó la condesa:
Siempre que llegaba la más impenetrable oscuridad, aproximadamente a medianoche, su permanente insomnio cedía por unos minutos. Caía entonces en un pesado sopor, que era casi una tortura.
De esa forma, y noche tras noche, se le repetía siempre el mismo sueño: ella notaba cómo un hombre se acercaba sigilosamente a su cama y empezaba a depilarla con una pinza de acero, arrancándole uno por uno todos sus cabellos.
No podía imaginar quién era aquel hombre, porque nunca consiguió abrir los ojos en su presencia. Cuando él desaparecía, la condesa sentía en su cabeza, una sensación semejante a una quemadura, y la luz del velador derramaba sobre los objetos unos brillos de color verde.
Pero no terminaba ahí el asunto. Apenas unos minutos después, se escuchaban gritos distantes en medio del silencio. Eran gritos de mujer, que parecían proceder del ala del castillo donde descansaba normalmente la signora Letizia.
Después de haberle contado tan sorprendente historia, la condesa Greete se durmió de dolor y de cansancio entre los brazos de su anciana nodriza.
En lugar de retirarse como era habitual, ésta se deslizó entre la cama y la pared y se escondió entre los cortinajes.
Cerca de las once de la noche se apagaron los armoniosos sones procedentes del salón, y un poco después comenzó a oírse la fuerte respiración de la condesa, que parecía haber caído nuevamente en su sopor.
En aquel momento se abrió sin ruido la puerta del dormitorio y el señor Goëtzi apareció en el umbral. Loos lo vio perfectamente mientras atravesaba la estancia y se acercaba sigilosamente a la cama. Loos tendría ahora ciento cuarenta años y la condesa Greete unos ciento dieciocho. El señor Goëtzi, pensando que nadie lo vigilaba, dio rienda suelta a su naturaleza de vampiro. Despedía unos bellos reflejos verdes, y su labio inferior brillaba, rojo como un hierro incandescente. Sus cabellos, revueltos, temblaban y se agitaban también como llamaradas. Se trataba sin lugar a dudas de un gallardo vampiro.
Lo primero que hizo fue inclinarse sobre la cama. Utilizando una larga aguja de oro que sujetaba con el índice y el pulgar, pinchó a la pobre condesa detrás de la oreja izquierda y, aplicando inmediatamente sus labios sobre la herida, succionó la sangre durante diez minutos exactos. Aquello era lo que estaba haciendo perder el color y envejecer a la bella dama. Su naturaleza saludable se resentía inexorablemente, como se pueden imaginar, después de que cada noche se repitiese semejante operación.
Por otro lado, el señor Goëtzi parecía beber sin placer, únicamente para mantenerse en forma. Sólo se embriagaba por placer con la sangre de las doncellas. Después de beber su dosis acostumbrada, guardó la aguja de oro y extrajo una minúscula pinza de depilar, con la que fue arrancando, uno por uno, un mechón de cabellos de la cabeza de la condesa. Según los iba extrayendo, los iba colocando en un manojo, igual que hacen las espigadoras con el trigo.
Mientras tanto, la pobre dama gemía débilmente en sus sueños. La anciana Loos, paralizada de espanto, no podía creer lo que veía. En cuanto el doctor Goëtzi terminó su repugnante tarea, se marchó tan contento, tarareando una copla en serbio, que es el idioma que habitualmente utilizan los vampiros para hablar entre ellos.
Lo primero que pensó Loos fue despertar a la condesa, a Tiberio... a todos, para arrojar al señor Goëtzi a una caldera hirviente. Las personas sin mucha cultura piensan que se puede uno deshacer de un vampiro cocinándolo, pero están equivocadas. Y mientras la anciana se desperezaba, ya que el terror la había entumecido, pudo escuchar en la distancia los gritos de mujer de los que le había hablado la condesa.
La asaltó una irresistible curiosidad. ¿Además, qué importancia tenían unos minutos más o menos? Abandonó su escondite y se alejó del dormitorio para seguir en silencio por el pasillo, guiándose por aquellos gritos.
De esa forma alcanzó los aposentos de Letizia, cuya voz reconoció perfectamente. La signora Pallanti gritaba y lloraba como alguien al que están despellejando. La anciana acercó inmediatamente un ojo a la cerradura para saber lo que ocurría.
Por el agujero pudo ver a Letizia, acostada sobre su cama, que se retorcía de dolor. El señor Goëtzi se encontraba en pie junto a ella, sujetando en la mano su larga aguja de oro. ¿Alguna vez han visto ustedes a alguien pinchar las coles? Pues bien, esto era exactamente igual. El señor Goëtzi practicaba, con su aguja dorada, pequeños agujeritos en el cráneo de la signora Pallanti, en los que implantaba uno por uno todos los cabellos de su desdichada ama.
Al verlo, la furia de la anciana no tuvo límites.
—¡Ah, malditos diablos! —exclamó—. ¡Ya las pagaréis todas juntas! ¡El horno estará bien caliente!
Pero en su enfado, había hablado sin prudencia. El señor Goëtzi pudo escucharla y paró inmediatamente de trabajar. Aquello no asustó a la anciana, que pensó que tenía la suficiente ventaja como para huir corriendo. Pero al incorporarse para escapar, se encontró de frente con el propio señor Goëtzi, que le cerraba el paso. Retrocedió sorprendida, mientras se preguntaba cómo habría podido semejante monstruo dar la vuelta a su alrededor sin que ella lo viera.
El vampiro sonreía mientras se acercaba a ella, que ahora se encontraba de espaldas a la puerta de la alcoba de Letizia. Ésta se abrió justo en ese momento y el ruido la hizo girarse.
¡Quien salía del dormitorio era de nuevo el señor Goëtzi, sin dejar de sonreír! ¡Eran dos! Y ella se desmayó, aniquilada por el asombro.

Imagino que este último detalle ya no les asusta ni les sorprende, después de haberse familiarizado con algunos de los misterios y secretos de la vida de los vampiros; pero intenten concebir el estupor de la anciana nodriza. El señor Goëtzi que salía de la alcoba y el que se aproximaba a ella por el corredor eran tan exactamente iguales que cualquiera que los hubiera visto acercándose, el uno al otro, habría dicho que se trataba de un hombre que se acerca hacia su propia imagen reflejada en un espejo.
También pudo ver las dos agujas de oro, puesto que cada uno llevaba la suya en la mano.
Por otro lado, a la desdichada anciana no le quedó precisamente mucho tiempo para admirar aquel prodigio. Ella sabía ahora demasiado. Las dos agujas de oro se ensartaron en sus sienes al mismo tiempo, una a la derecha y otra a la izquierda, y la pobre nodriza de la condesa Greete expiró sin proferir un solo grito.
Los dos monstruos ni siquiera se molestaron en probar aquella sangre, que era demasiado vieja para ellos.
—Mi querido doctor —dijo uno de ellos—, ¿qué vamos a hacer con estos despojos?
—Lo que más os apetezca, mi estimado doctor —contestó el otro.
Ambos extendieron sus manos sobre el cadáver, y éste se irguió sobre ocho patas. Acababa de convertirse en un perro doble, o en dos perros si se prefiere, con un mismo rostro, casi humano. Ambos fueron a colocarse dócilmente junto a cada uno de los dos Goëtzi, que dijeron al mismo tiempo:
—Lo llamaremos Funchs. Y ahora sigamos con nuestro trabajo.
Entonces se abrazaron, fusionándose, mientras los dos perros hacían lo mismo.
Y así fue como nació aquel extraño animal del que hemos hablado en la posada de La Cerveza y la Amistad.
El señor Goëtzi regresó junto a la cama de Letizia y terminó de implantarle los cabellos recién robados.
En las siguientes vacaciones, la condesa Greete expiró, abandonada, en medio de un castillo desierto. Cornelia se encontraba aquí, en casa de los Ward, donde se terminaban los últimos preparativos de su boda con Edward S. Barton. En esta ocasión no la acompañaba su institutriz Letizia, que había dado la excusa de asuntos de familia que la reclamaban en Italia.
Más tarde se supo que lo que había hecho era seguir sencillamente al conde Tiberio a París, donde éste llevaba una vida completamente disipada, jugando, divirtiéndose y entregándose mutuamente a los excesos más desenfrenados. Su amor por la extravagancia había aparecido de forma repentina y un poco tardía. El día en que el señor Goëtzi le informó de la muerte de su desgraciada esposa, celebró una gran fiesta. La condesa Greete había muerto desesperada, teniendo sobre su cabeza apenas un mechón de pelo de su hermosa cabellera. Un día después, el señor Goëtzi alquiló en las proximidades de Utrecht una pequeña casa, en la que instaló a la mujer calva que hemos visto al lado del mostrador de La Cerveza y la Amistad. Esa mujer, que le obedecía como una esclava, era todo lo que había sobrado de la condesa Greete. Tenía como guardián a Funchs, el perro de cara humana, y su nombre era señora Frasquita en holandés.
Al regreso del conde Tiberio tuvo lugar en el castillo una reunión entre los tres: Letizia, Goëtzi y él. Hablaron del reciente fallecimiento del conde de Montefalcone, el hombre más rico de los países del Istria y de Dalmacia, situados frente a la república de Venecia, al otro lado del Adriático.
Montefalcone había dejado una viuda y un hijo único. Si este muchacho muriese, Cornelia de Witt se convertiría en la heredera de la condesa viuda.
Y si Cornelia moría, la herencia de los Montefalcone pasaría a manos del propio conde Tiberio.
Lo cierto es que el conde no era malvado por naturaleza, pero en aquel momento se encontraba dominado por Letizia, y ésta a su vez por el señor Goëtzi.
Permanecieron reunidos toda la noche, y al final decidieron que el señor Goëtzi viajaría a Viena para ocuparse de aquellos asuntos, no precisamente domésticos.
Y el asunto principal era el joven Montefalcone, hijo del difunto conde y de la condesa viuda, que estaba destacado en Austria como capitán del regimiento de Liechtenstein, y vivía en la corte del Emperador José II. Era un individuo de cuidado.
El señor Goëtzi partió acompañado de la mujer calva, Frasquita, y del perro Funchs. Nuestra querida Ann no me habló de aquel viaje. Lo único que sé es que al llegar a Viena se hospedaron en casa de un usurero que le prestaba dinero a Mario Montefalcone. El judío tenía en su poder documentos, firmados por el joven capitán, por valor de más de un millón de florines. Se llamaba Moisés.
Tenía su residencia en el tercer piso de un enorme edificio del Graben, en el que vivía con su hermosa hija Débora, que todas las noches amarraba una escala en su terraza para cenar en su cuarto con el joven capitán Mario.
El viejo Moisés tenía en su túnica un bolsillo de cuero, donde siempre llevaba los documentos firmados por Montefalcone, que constituían su más preciado tesoro. Nunca se quitaba la túnica para dormir. La terraza donde la hermosa y culpable Débora amarraba su escala de cuerda estaba forjada completamente en hierro.
Cierto día en que se celebraba una fiesta militar entre los ojaranzos del palacio imperial de Schoënbrunn, que son los mas altos del Universo, Débora insistió tanto ante su anciano abuelo que éste accedió a llevarla a ver el desfile. Ella se vistió con sus mejores ropas y todas las joyas que el capitán le había ido regalando. Estaba maravillosa. Sus perlas y rubíes valían exactamente tanto como los documentos que Montefalcone había firmado en favor de Moisés. También Montefalcone lucía, en aquel desfile, un uniforme nuevo. Los dos jóvenes se sintieron tan felices de verse que con sus miradas intercambiaron la promesa de una cita para aquella misma noche. También la mano del usurero descansaba sobre el bolsillo de cuero que colgaba junto a su corazón. Todo el mundo se sentía feliz.
Pero mientras tanto, el señor Goëtzi, Frasquita y Funchs habían permanecido al cuidado de la casa del Graben. Durante la fiesta, le dedicaron todo el tiempo al dormitorio de la hermosa Débora, cuyas persianas bajaron para no ser descubiertos. El señor Goëtzi y Frasquita se turnaban en la terraza con una piedra de afilar, mientras Funchs montaba guardia en lo alto de la escalera.
Cuando el señor Goëtzi y la mujer calva terminaron, las dos aristas superiores del barrote que sostenía el balcón estaban más afiladas que una daga.
Esa noche, cuando la plaza del Graben se hallaba desierta y solitaria, apareció el heredero de Montefalcone, más alegre que nunca, y vestido con su abrigo de fiesta. Nada más aparecer, cayó una escala de seda desde la terraza de Débora.
Y el conde heredero comenzó a subir por ella. La escala era muy firme, ya que el barrote de hierro del balcón, convertido ahora en cuchilla, tardó mucho en cortarla. Sólo después de superar el segundo piso la escala del capitán se rasgó.
Pudieron escucharse entonces dos alaridos, uno de mujer, y otro del capitán. Inmediatamente volvió a reinar el silencio de la noche, como las aguas de un río se cierran nuevamente después de sumergirse en ellas quien por mala suerte cae de un puente.
Simultáneamente, el señor Goëtzi despertó al anciano Moisés para avisarle de que un malhechor estaba trepando hacia los balcones de su casa. El buen hombre salió corriendo, llevando el trabuco en una mano, mientras palpaba con la otra su bolsillo de cuero.
Funchs, el perro con cara de hombre, estranguló al usurero sobre el vano de su puerta.
El señor Goëtzi ya no tenía nada más que hacer en Viena. Después de vaciar el bolsillo de cuero, inició de nuevo su andadura, a la luz de la luna, con el corazón tan alegre que no dejaba de tararear canciones populares.
Y a partir de ese momento, la escolta del señor Goëtzi aumentó. Además del perro de rostro humano y de la mujer calva, o si lo prefieren, de Loos y de Greete, le acompañaban también un loro y un niño que jugaba con su aro durante la travesía. El loro era el usurero Moisés, de pico firme y garras curvas; y el niño era el propio capitán Mario. No se había encontrado una figura mejor para aquel noble de uniforme refulgente.
En lugar de regresar por el camino de los Países Bajos, el señor Goëtzi se encaminó hacia el sudeste, atravesando el archiducado de Austria, la Carintia y la Carniola. Ella nunca me detalló si realizó aquel viaje en coche o a pie, pero hay un detalle muy curioso respecto al modo en que los vampiros y sus séquitos atraviesan las corrientes de agua. Todo el grupo se apelotona contra el amo vampiro, hasta entrar dentro de él. Después de ello, el vampiro se tumba sobre el agua y rema, con los pies por delante, haciendo la plancha. Y por muy fuerte que sea la corriente, no logra impedir su avance.
Recuerden ustedes que, siempre que se tropiecen con alguna persona que nada en un río de esta forma, deben tomar todas las precauciones imaginables, pues sin duda se trata de un vampiro.
El señor Goëtzi se desvió ligeramente hacia el este, al llegar a Trieste, cruzó Istria, Croacia, y penetró en Dalmacia antes de internarse en los Alpes Dináricos hasta la frontera de Albania, que es donde se encuentra el castillo de Montefalcone, uno de los más impresionantes que existen en el mundo, y escenario de uno de los acontecimientos más dramáticos de nuestro relato.
Todo en aquel lugar era abrupto, confuso, tenebroso, desde la hierba de las praderas hasta las nubes del cielo. Las cimas de las montañas trepaban hasta las alturas con una rabia salvaje, y sólo más adelante podía divisarse una mezcla de torreones y almenas, de los que, por cientos de grietas, colgaban gigantescas cabelleras de lianas. Podían verse algunos pinos, creciendo entre los muros, y éstos parecían brotar a su vez de abismos insondables.
Si había alguna idea que predominase en aquella situación, ésta era la de la completa imposibilidad de penetrar por allí, a pesar de la voluntad del amo. Detrás de las estrechas ventanas alargadas podía adivinarse la emboscada de algún vigía al acecho; las troneras se abrían amenazadoras, y los puentes levadizos, erizados de rejas, colgaban sobre el vacío como trampas para gigantes.
No se veía ni un solo centinela sobre los muros, pero en la esquina de una de las plataformas, iluminada por los cuernos de la luna y casi completamente oculta por una nube achatada y escamosa como el lomo de un cocodrilo, podía verse la estructura cuadrada de una horca, de la que aún colgaba un esqueleto, alrededor del cual revoloteaban los cuervos.
El vampiro llegó unos minutos antes de la puesta del sol y se paró en la cima de una montaña muy elevada desde la que podía verse toda la región. Desde allí era posible divisar no sólo el castillo, sino infinidad de pueblos y ciudades, valles estériles, fértiles campiñas, e incluso algunas islas en el mar. Durante un buen rato contempló extasiado tanta belleza, y en especial la propiedad de Montefalcone, una finca realmente imperial.
Una sonrisa imperceptible aleteaba en sus labios, rojos como brasas.
Entonces dijo: «¡Id!», y repentinamente le abandonaron los espíritus esclavos que lo envolvían. El loro levantó el vuelo, el perro brincó sobre la ladera de la montaña, y tras él marcharon la mujer calva y el crío, jugueteando con su aro.
Después de que se fueran, el señor Goëtzi se desdobló nuevamente, para tener alguien con quien conversar. Encendió una hoguera, y los que aquella noche desde el fondo del valle elevaron su mirada a las montañas pudieron ver en la cúspide de una cima inaccesible, jamás hollada por nadie, dos resplandores verdes acurrucados en la nieve, calentándose frente a una débil luz.
Era ya entrada la noche cuando regresaron sus esbirros. El castillo de Montefalcone se había transformado en una masa informe en medio de las montañas. Detrás de sus murallas brillaban, en varios lugares diferentes, el resplandor de algunas luces.
A pesar de que el señor Goëtzi no había hablado con ninguno de sus esclavos, cada uno de ellos tenía instrucciones precisas acerca de lo que debía hacer. Todos regresaron, aunque al mismo tiempo se quedaron también allá, en los diferentes lugares que les habían indicado. Y es que la propiedad de desdoblamiento les otorga incuestionables privilegios.
Aquellas mitades de demonios se sentaron en círculo alrededor de la hoguera, menos el loro, que retrepó hasta el hombro de la mujer calva, y el señor Goëtzi escuchó sus informes. Frasquita fue la primera en hablar, diciendo:
—Soberano señor, yo entré en medio del cuerpo de la guardia que vigila la puerta principal, con mi barril de kirschwasser. Parece que aún tengo alguna belleza, porque los soldados querían agarrarme, mientras me llamaban «tesoro» y cosas por el estilo. Y he aquí lo que averigüé: la fortificación se encuentra en pie de guerra debido a una banda de salteadores que está asolando estas montañas. La guarnición es lo suficientemente numerosa como para defender por sí sola toda una ciudad. Cuentan además con abundante artillería. ¡Muy listo habrá de ser quien logre entrar allí dentro!
—¿Dónde has puesto tu barril? —le preguntó Goëtzi.
—Amo —contestó Frasquita—, está junto a la guardia, porque todavía estoy dando de beber a los soldados, que siguen llamándome tesoro.
El perro con cara de hombre comenzó a reír, y el loro picoteó la cabeza sin pelo de aquella espantosa vieja.
—De acuerdo —dijo entonces el vampiro—. Ahora te toca a ti, Funchs.
—Amo soberano —respondió el perro—, ya he recorrido las murallas. Sólo tienen un punto flaco, e incluso para entrar por allí serían necesarias palas y explosivos. Se trata de una explanada donde no hay guardia, pero colocaron un perro del tamaño de un toro. Lo cierto es que nuestros sexos son diferentes y...
—¿Y tú le cortejaste junto al muro? —le atajó el señor Goëtzi, sonriendo.
—Sí, mi amo y señor. Se acercó ardiente de ternura, y yo acabé con él estrangulándolo. Ahora soy yo quien está montando guardia allí, mientras él yace en el patio.
—Perfecto —le felicitó el señor Goëtzi, dándole una patada amistosa—. Ahora dime tú qué es lo que has hecho, capitán.
El crío se limpió la boca, donde le quedaban restos de golosinas.
—Mi coronel —dijo haciendo un saludo militar—, yo fui a jugar con mi aro en el regazo de tres hermosas jóvenes, que son las doncellas de la vieja condesa. Me llenaron de dulces y me dijeron que van a tener nuevos vestidos negros, porque les llegó de Viena la noticia de que el único hijo de la casa se rompió la cabeza al intentar escalar como un tonto hasta la terraza de una judía...
Ahora recuerdo que todavía no he mencionado que estos desgraciados conservan un recuerdo muy lejano de su estado original.
—¿Hay algo más? —preguntó entonces el vampiro.
—No, mi coronel. Las tres doncellas me dieron marrasquino. Me resultaban familiares sus rasgos, aunque por todos los demonios que no sabría decir por qué. Por cierto, existen algunos cotilleos en la guarnición: la anciana señora amaba mucho a su inocente hijo, y no desea seguir viviendo en un castillo que le recuerda constantemente su desgracia. Mañana mismo piensa partir hacia Holanda en busca de una muchacha que en estos momentos es la única heredera y a la que desea tener a su lado. Las doncellas también me dieron bombones de licor.
—¿Te quedaste con ellas?
—Sí, dejé allí mi doble, aunque levemente mareado. Lo tumbaron en un rinconcito, con una botella de anís.
—Muy bien —dijo Goëtzi por tercera vez—. Es tu turno, Harpagón.
Le hablaba al loro, que estaba alisando sus plumas mientras hinchaba el lomo.
—Yo, mi amo y señor —dijo quien había sido el usurero Moisés—, tengo a mi réplica en este momento junto a la condesa viuda, a quien le he gustado mucho. En el momento en que me vio entrar, hace un momento, por la ventana abierta, paró de quejarse y de sollozar. Casi diría que llegó a consolarse. Podría haberos relatado, con un estilo mejor, todo lo que los otros ya os han contado, pero como se trata ya de una historia muy vieja, os haré un regalo mejor. ¡Tomad!
Y con estas palabras el loro extrajo de debajo de su ala un llavero, con todas sus llaves doradas y cinceladas, que depositó respetuosamente en las manos del señor Goëtzi, mientras decía:
—Éste es el juego de llaves de seguridad de la anciana señora. Con esto podréis acceder sin problemas hasta su dormitorio.
Goëtzi le dio una cariñosa palmada al loro, y se incorporó diciendo:
—¡Todo marcha sobre ruedas! ¡A trabajar!
Y bajó por la escarpada ladera de la montaña, seguido por su séquito de lacayos. Era ya noche cerrada cuando alcanzaron las murallas del castillo. Para poder salvar los fosos, anchos y profundos, y llenos de agua, utilizó el mismo método que había empleado para atravesar el río. No apareció ni un solo guardián para darle el alto. Todos los centinelas se encontraban con el cuerpo de guardia, empeñados en acabar con el barril de kirschwasser, y conversando animadamente con la mujer calva. En el patio, el doble del perro Funchs se mantuvo en silencio. De esa forma fueron abriendo todas las puertas, utilizando las propias llaves de la condesa, y cuando atravesaron la antecámara donde se encontraban las tres doncellas, éstas se encontraban tan entretenidas en dar de beber curaçao al doble del crío que ni siquiera escucharon el menor ruido.
Incluso la pobre viuda fue incapaz de oír nada, sorda como estaba entre el parloteo del loro. ¡Cuando se piensa que era la buena de Greete la que actuaba de ese modo! El perro con rostro humano, y que anteriormente había sido la fiel Loos, se ocupó de devorar el rostro de la viuda, en cuyo lugar el vampiro Goëtzi sembró una espesa barba.
Debo citar aquí el hecho extraordinario de que el crío experimentó un ligero malestar al ver cómo le infligían tan denigrante tratamiento a los restos de la que había sido su madre.
Entonces el señor Goëtzi se marchó, después de pegar fuego en los cortinajes de la cama con la intención de que aquello explicase la desaparición del cadáver, ya que, ni siquiera necesito decirlo, se llevó también con él a la desdichada viuda de Montefalcone, que se transformó desde ese momento en el mesonero sin rostro.
En el preciso instante en que el señor Goëtzi abandonaba el castillo, la mujer calva desapareció con su barril de en medio de la guardia. También las doncellas comenzaron a buscar sin éxito al muchacho del aro, que parecía haberse esfumado.
La tenebrosa comitiva, que acababa de incrementar su número con la presencia de maese Hass (que era el nombre que había adoptado el mesonero), viajaba de nuevo, en esta ocasión hacia el mar. Después de alcanzar la llanura, el vampiro se volvió y pudo contemplar un espectáculo sobrecogedor. El fuego se había extendido de los cortinajes a la cama, de ésta a toda la estancia, y de la estancia al ala del castillo en que se encontraba. Era algo maravilloso. Los precipicios, tan extrañamente iluminados, reflejaban ahora el misterio de sus enigmáticos abismos, las cimas nevadas despedían destellos púrpuras y, en el centro de la escena, el fuego se despeinaba al viento como si fuese una gigantesca antorcha. Con frecuencia me ha dicho nuestra querida Ann que no hay nada tan hermoso e impresionante como un incendio en la montaña. Por mi parte, no puedo asegurarlo con conocimiento de causa.
A pesar de su acostumbrada indiferencia frente a las bellezas de la naturaleza, el señor Goëtzi se paró un momento, aunque inmediatamente continuó su camino, atravesó el Adriático en una elegante tartana, y sólo paró después de recalar en Venecia. No les hablaré del Carnaval. Ella ya lo ha hecho en unas páginas de maravillosa magnificencia. Únicamente les diré que, mientras descansaba de sus andanzas, el señor Goëtzi atrajo mediante argucias a la hija de un gondolero del Lido y calmó su sed con la sangre de la muchacha. Así fue como se recuperó por completo.
Mientras el vampiro iniciaba su viaje por Dalmacia, Ned Barton se dirigió hacia Holanda para preparar su boda. El conde Tiberio vivía entonces en la bella mansión que había adquirido en Rotterdam tras la muerte de su esposa. Aún no conocía, al desembarcar Ned en los Boompies, el trágico final de su primo, conde de Montefalcone.
Supongo que no les sorprenderá que les diga que Cornelia, demasiado preocupada por su felicidad, o por decirlo mejor, por Edward Barton, no se había dado cuenta de las relaciones que ya existían entre Tiberio y Letizia Pallanti.
Puede afirmarse incluso, con absoluta certeza, que era la única persona de Rotterdam que no conocía las andanzas de su preceptor. Tras su viaje a París, Letizia aparecía descaradamente en público, mientras pregonaba orgullosamente: «¡Ahora soy la dueña y señora de la casa de mi antiguo amo!»
No obstante, la situación cambió un poco con la llegada de Ned. Les pido que recuerden que se trataba de un inglés muy joven, es verdad, pero cuya edad no influía negativamente en él. De hecho, ser inglés implica ya una cierta supremacía; la mera presencia de uno de ellos impone las reglas y conquista el respeto de los demás.
De cualquier forma, piensen lo que piensen, lo cierto es que ante él Tiberio comenzó a experimentar vergüenza, y Letizia a sentir miedo.
Gracias a él todo volvió a la normalidad, y debido a su presencia, sobrevino una tregua en medio del escándalo.
Sin embargo, Ned Barton había traído con él a su sirviente, un pobre irlandés atolondrado, charlatán, perezoso y descuidado, improper de la cabeza a los pies, y cuyo pequeño cerebro no tenía ni siquiera seis peniques del más elemental sentido común.
Exageradamente curioso y descarado, y con muy poco sentido de su propia dignidad, desató su lengua en todos los corrillos de la cocina y del exterior de la casa, que en pocos días se enteró de toda la historia mucho mejor que los propios testigos de la misma.
Merry Bones no soportaba a la Pallanti. Suele pasar frecuentemente, entre sirvientes e institutrices. En más de una ocasión, mientras afeitaba a su joven amo, había sentido deseos de desahogarse con él, pero Ned siempre se negó a prestarle oídos.
Cierta mañana de enero, después de extender el jabón por las mejillas de Ned, y con la navaja todavía suspendida en el aire, dijo:
—Querido Señor, Holanda puede no ser un mal país, debido sobre todo al squidam, pero su cerveza es floja. ¡Recordad mis palabras! ¡Muchos perros muertos flotarán Mosa abajo antes de que tenga lugar vuestra boda en marzo!
Frotó rápidamente la navaja contra la palma de su mano.
—Vamos —le dijo Edward—. Date prisa.
—Esa maldita institutriz también tiene prisa —explotó el irlandés—. Prisa por hacer daño y jugaros una mala pasada. Y si me equivoco, que el Señor me castigue al fuego eterno. ¿Habéis notado cómo os mira?
—¡Vamos! —insistió el muchacho—. Te he dicho que te des prisa.
—Ya le ha sacado no sé cuántos cientos de miles de ducados a ese cretino. Hablo del conde Tiberio. Y ni siquiera es la señorita Cornelia quien ocupa ahora la cabecera de la mesa.
—¡Es cierto! —exclamó Edward.
—Ni las alcobas principales. ¡Musha! ¡Qué país tan extraordinario es Holanda! ¡Las institutrices lucen pendientes de diamantes! ¿Queréis apostaros conmigo dos piezas de seis peniques, es decir, un chelín, a que os puedo decir algo que no sabéis? Porque, ¡bendito sea Dios!, su Excelencia nunca se entera de nada. Su primo de Montefalcone, me parece que ése era su nombre, el que servía como capitán, acaba de morir allá, no recuerdo bien dónde. Y esa maldita maestra fue la primera en saberlo.
Edward le escuchaba finalmente.
—¿Estás completamente seguro? —le preguntó al muchacho.
—Y recibió la noticia a través de ese pillo de Goëtzi.
—¿Lo has visto, entonces?
—Uno se fija en todo, ¿no es cierto? Es la mejor manera de informarse.
—En cualquier caso —prosiguió Ned—, es la condesa viuda la que va a heredar a su hijo, el capitán.
Merry Bones limpió la navaja y sacudió su espesa cabellera.
—Desde luego, desde luego, Excelencia —contestó—. Pero, ¿queréis saber mi opinión? Estoy seguro de que la condesa no llegará a vieja ahora. Y cuando la condesa viuda desaparezca, ¡que se cuide la señorita Corny! ¿Me comprendéis? La riqueza del conde Tiberio se ha visto mermada en sus tres cuartas partes, sin llegar a saciar el hambre de esa institutriz. Espero que me entendáis.

Fue por esa época cuando las cartas que Ned y Corny le mandaban a nuestra querida Ann comenzaron a perder ese tono de despreocupada dicha.
Pero hasta finales de febrero no se supo de la muerte de la condesa viuda de Montefalcone, que convertía a Cornelia en una rica heredera. El señor Goëtzi ya había vuelto, aunque no aparecía en público. Tramaba una conspiración para intentar que Edward realizase algún acto violento que sirviese como excusa para romper el noviazgo.
Sin embargo Edward Barton no cayó en aquella trampa; se guardó muy mucho de mostrarle a la signora Pallanti todo el desprecio que le tenía, y mantuvo una compostura tan natural frente a ella que ésta terminó creyendo en sus buenos sentimientos. Aunque fue una desgracia que pasara eso.
Respecto al conde Tiberio, Ned continuó yendo a su casa, que era el único lugar donde podía verse con Cornelia. Tiberio se mostraba cada día más soberbio con él, e incluso despectivo algunas veces.
El compromiso matrimonial era tan público que resultaba prácticamente imposible romperlo, aunque se realizaban retrasos que eran claramente equivalentes a esta ruptura. Con esa intención se dijo que era necesario realizar un viaje hasta el castillo de Montefalcone antes de la boda, y que Edward Barton no iría.
El joven no protestó.
Esa era por lo menos la impresión que se tenía después de leer las cartas que recibió nuestra querida Ann, todas juntas, la noche de la víspera de su boda.
Se hace necesario que indique aquí que aquellas esquelas no fueron completamente sinceras. Escondían levemente la verdad. Se trata de un escrúpulo característicamente inglés. En Inglaterra sentimos horror ante algo tan escandaloso como un secuestro. Cuantas más libertades les damos a los jóvenes de nuestras familias, tanto más les exigimos que no se salten nunca las más elementales normas de conveniencia. La decencia es una virtud típicamente inglesa. Dudo mucho que nuestra querida Ann haya hecho figurar nunca un solo rapto en sus historias; me refiero a un secuestro consentido por la muchacha, ya que el rapto en sí es un acontecimiento mucho menos escandaloso.
Pues bien, en medio de aquellos miedos, desgraciadamente demasiado acertados, Edward Barton y Cornelia de Witt, tras intentar inútilmente encontrar otra solución, decidieron llevar a cabo aquella acción tan criticable como peligrosa, y que las personas de nobleza no pueden tolerar bajo ningún concepto. Porque la clase baja hace lo que se le antoja. Por ese motivo, y al sentirse plena y voluntariamente culpables de un acto impropio de ellos, Ned y Corny decidieron guardar silencio sobre él, de cara a sus amistades.
No piensen que estoy disculpando, ni siquiera de cierta forma, algo inaceptable para «las normas». Lo único que deseo reseñar es que ellos se estaban enfrentando a un canalla sin escrúpulos y en quiebra, a una mujer perdida y a un vampiro. No podemos negar que su situación era realmente difícil.
El sirviente irlandés, Merry Bones, también ayudó lo suyo a llevarlos por el mal camino, aunque ojalá hubiese querido el destino, en definitiva, que continuasen por él, ya que de esa forma se habrían evitado terribles desgracias.
Si le hubiesen hecho caso al irlandés, que después de todo tenía algo de intuición, no habrían esperado hasta el último segundo para, una vez en Londres, y protegidos por las leyes inglesas, haberse burlado alegremente de los pérfidos malhechores que amenazaban tanto su felicidad como su fortuna y su vida.
Porque cuando finalmente decidieron dar aquel paso ya era demasiado tarde. La víspera del día en que pensaban fugarse, Letizia Pallanti acusó de arbitrariedad a la señorita Cornelia con tanta soberbia y altanería que la pobre y joven noble perdió por completo los estribos y la prudencia que la caracterizaba, para poner orgullosamente en su lugar a la descarada institutriz. Ese mismo día, que fue el último del mes de febrero, el conde Tiberio logró finalmente provocar una pelea con Ned Barton. Habían firmado el contrato el día anterior. Nada se había deshecho, pero, cuando Edward intentó aquella noche entrar en la casa, le negaron el paso.
Y cuando Cornelia intentó salir a la mañana siguiente, se la retuvo como si fuese prisionera.
En semejantes circunstancias, nuevamente apareció el señor Goëtzi como un gran salvador. Con sus: «¡tened cuidado! ¡Debéis desconfiar de él!», aconsejó vagamente a Ned sobre un peligro que no concretó. También recomendó a Corny que fuese valiente. Sin embargo, Merry Bones, a quien trató de ahogar traidoramente en las aguas del Mosa, mientras el fiel servidor cuidaba de la barca en la hora señalada para la fuga de su amo y de Cornelia, les contaría muy pronto la verdad acerca de aquel sujeto.
Ya saben ahora cómo acabó este capítulo de la boda interrumpida y de la huida fracasada. En medio de la noche, Cornelia fue arrojada sobre una silla de caballo y secuestrada, no por Ned, sino por la pareja de canallas que formaban Tiberio y Pallanti, que se adentraron por tierra hacia los dominios de Montefalcone.
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SEGUNDA PARTE
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Entre tanto, el sirviente irlandés había desaparecido sin dejar rastro hacia un lugar que ustedes conocerán en el momento oportuno. Ned, traidoramente avisado por el señor Goëtzi, se fue detrás de su amada por el antiguo camino de Gueldre, donde fue apuñalado por los enmascarados, antes de ser llevado moribundo por algunos campesinos hasta la posada de La Cerveza y la Amistad.
Ahora ya podemos regresar a ese peligroso antro en que dejamos a nuestra querida Ann, después de asistir al singular combate del pobre Merry Bones, mientras el reloj de cuco tocaba trece campanadas, contra la doble jauría que formaban aquellos esclavos al servicio del vampiro Goëtzi.
En cuanto Merry Bones abandonó el salón con aquellas extrañas palabras: «Me voy a buscar el ataúd de hierro», todo regresó inmediatamente a la normalidad. Todos los miembros duplicados de la familia del vampiro Goëtzi se unieron hasta convertirse en figuras individuales, como si fuesen muebles plegables.
Sería fácil creer si les dijera que nuestra querida Ann contemplaba aquellas figuras con el mayor estupor, y con la imaginación torturada ante la enigmática frase del criado irlandés. Pero no. Su mente, de una agilidad sin igual, ya conocía aquel tipo de trucos y era necesario algo más para poder sorprenderla.
No obstante, la vuelta a la calma la sorprendió, e incluso hizo callar a Grey—Jack, que profería maldiciones sin descanso, acariciándose con las dos manos sus mejillas hinchadas por las bofetadas de Merry Bones. Al pensar que, después de todo, éste sólo era un irlandés, Ella llegó a suponer que quizá había sido él el único causante de la batalla de la que acababa de ser testigo.
Lo cierto es que, al observarlos mejor, tanto el mesonero como su familia parecían bastante sosegados, y podría jurarse que la mujer sin pelo, en especial, era una maravillosa persona. El crío le trajo un jarro de cerveza al viejo Jack, que se lavó con ella sus doloridas mejillas, bebiéndose lo demás con auténtico placer.
A Ella le pareció necesario repetir la orden que acababa de dar poco antes de que sonaran las trece campanadas en el reloj.
—Deseo ver —repitió nuestra querida Ann, con voz clara y segura—, a Edward S. Barton, esquire, que estuvo o está en una de las habitaciones de esta posada. Y en el caso de que el desgraciado hubiese muerto, ya sea de forma natural o no, exijo que se me entreguen sus restos inmediatamente, para ocuparme de que se les de cristiana sepultura, de acuerdo con los criterios de la Iglesia.
Al oír aquellas palabras, Grey—Jack comenzó a gimotear, mientras el mesonero y su mujer exclamaban:
—¡Ah! ¡El querido caballero! ¡Que Dios lo bendiga!
El crío, por otro lado, repitió:
—He visto al hombre muerto.
Y el perro con rostro humano aulló suavemente, como si fuese una mujer enferma, mientras le dedicaba una lánguida mirada a la atrevida joven.
El loro seguía atusando la barba de su dueño, mientras repetía: «¿Ya has comido, Ducado?»
Ann nunca me explicó cuáles fueron los motivos que la llevaron a conformarse con aquellas respuestas, claramente vacías. El propio Walter Scott la acusaba, por cierto, de dejar muchos cabos sueltos en sus historias.
Cuando el mesonero le ofreció una buena habitación y una cama caliente, Ella aceptó, puesto que no había dormido bien desde que abandonara su casa.
El mesonero la llevó entonces hasta la alcoba, mientras sostenía una bandeja de té, acompañado por la mujer calva, que sujetaba los candelabros. El mozalbete arrastraba el brasero, y el enorme perro cerraba la marcha. Grey—Jack no iba con ellos. A nuestra querida Ann no se le ocurrió siquiera preguntar por qué motivo la separaban de su criado, poco astuto, es cierto, pero muy fiel.
La verdad es que yo misma dudo un poco de este pasaje de la historia, en que nuestra querida Ann no se mostró demasiado coherente. ¿Cómo pudo confiar tan fácilmente en personas a las que acababa de ver duplicadas, para luego fundirse en una misma piel, antes de tener la menor información de lo que le había pasado a Ned? La respuesta a esta pregunta es que ni siquiera su más maravilloso relato, Los Misterios de Udolfo, está exento de esa inconsistencia. Ella no tenía muy buena memoria, y su encantadora heroína, Emilia, dotada a pesar de ello de una profunda perspicacia, está llena de ocasionales distracciones. También se sentía exhausta por el esfuerzo, y ya se pueden ustedes imaginar que una muchachita como Ella, perteneciente a una familia sosegada, debía de tener la cabeza completamente alterada después de tan singulares aventuras.
Lo cierto es que se fue a dormir a una cama bien caliente. La mujer calva colocó una manta con sumo cuidado; el mesonero dispuso sobre la mesa de luz todo lo necesario para tomar el té, y el crío encendió rápida y hábilmente las velas. Después de aquello, todos se retiraron deseándole buenas noches.
Ella se había quedado finalmente sola. En la puerta, chirrió la llave mientras le daban dos vueltas al cerrojo. Se escucharon unos pasos alejándose, hasta extinguirse por el largo pasillo. El silencio habría sido absoluto de no ser por el viento, que sacudía, gimiendo melancólicamente, las maderas de la ventana.
Por primera vez desde que abandonara la casa de sus padres, nuestra querida joven estaba en una posición lo suficientemente confortable como para entregarse a las reflexiones. Sus primeros pensamientos la llevaron de vuelta hacia las alegres praderas de Staffordshire. ¡Ah! ¡Qué hermosa es Inglaterra, deliciosa reina del mundo, cuando se la contempla a través de las lágrimas derramadas por el exilio!
Mientras Ann estaba así, sumida en una especie de semiinconsciencia y poblada por vagos temblores, pudo escucharse un ruido sordo procedente del piso inferior de la posada: era el ronco barullo que suele producirse dentro de la caja de los relojes, antes de dar las campanadas de las horas. En cuanto éstas comenzaron a tocar, se reanudó en la planta baja el concierto de gritos salvajes e insultos, en medio del confuso eco de una pelea. El bronce del reloj cantó catorce veces, y con él lo hizo el escuálido pájaro cu—cú. Después sobrevino el silencio, en medio del cual destacó la estridente voz del niño que jugaba con el aro, que decía: !He visto al hombre muerto.
Sus palabras despertaron a Ann, alterada por una gran impresión. ¡El hombre muerto debía de ser Ned! ¿Cómo pudo olvidarse ni siquiera por un momento de un duelo tan atroz? ¡Ned, el alegre niño con el que había compartido sus primeros juegos infantiles, y al que todavía podía querer por lo menos como a un hermano!
¡Ned era el hombre muerto! ¡Ned! Justo entonces, nuestra querida Ann reconoció su cuarto. ¿Cómo había tardado tanto en hacerlo? Se encontraba en la habitación descrita por Ned en su última carta, aquella desde donde le había gritado sus desesperados: «¡Socorro! ¡Socorro!»
Gracias al brillo de dos velas, cuyas alargadas mechas producían más humo que luz, pudo ver los cortinajes con flores enormes y la colección de láminas con las proezas del almirante Ruyter, y además el agujero redondo, en frente de la cama, a unos ocho pies del suelo, como si fuese el antiguo paso de la tubería de una estufa...
De modo que era allí, en esa misma cama, donde Ned había exhalado su último aliento.
Las mechas se iban estirando, coronadas por negros capuchones. Su humo esparcía por el ambiente una espesa y siniestra bruma. No sabría decir qué era lo que estaba escuchando, pero aquel silencio parecía gemir amenazadoramente.
Conforme aumentaba la oscuridad, ya que la luz de las velas se debilitaba cada vez más, y las oscuras sombras que coronaban las mechas se iban agrandando de forma gigantesca, las láminas, en lugar de velarse, se veían más nítidamente, como si fuesen transparentes y estuviesen iluminadas por detrás con tenues resplandores.
Ella escondió la cabeza bajo las mantas, exactamente igual que habría hecho cualquier pobre niña supersticiosa, aterrada por los misterios nocturnos.
Nada más esconderse, escuchó un ruido aparentemente natural. Recordaba los pasos de un hombre, calzado con pesadas botas. Nuestra querida Ann lo escuchó y se repuso inmediatamente. Apartó las mantas con cuidado y prestó atención.
Estaba claro. Un tacón pesado, quizá de metal, golpeaba el suelo muy cerca de Ella. Su miedo comenzó entonces a ser diferente, cada vez más intenso. Es posible enfrentar a la muerte; se puede incluso encarar la deshonra, pero... ¡unas botas de hierro en el cuarto de una jovencita educada!... Lo primero que se le ocurrió a nuestra querida joven fue correr hacia una de las ventanas, abrirla y, si le daban tiempo, arrojarse de cabeza hacia la eternidad.
—¡Begorra!—exclamó una voz—. ¡La han colocado en el dormitorio de Su Excelencia! ¿Dormís, señorita?
¿Se trataba de un sueño? A Ann le pareció reconocer el acento de Merry Bones, pero por más que escudriñaba la oscuridad no lograba ver nada.
—¿Merry? —llamó a su vez.
—Sí —contestó el intrépido joven—, soy yo, perla mía. Animad un poco esas luces. A un cristiano le gusta poder ver claro.
Ya supondrán ustedes que, tratándose del desdichado Merry, no era cuestión de andar con remilgos. Ann encendió las velas, y en ese momento se dio cuenta de por qué no había visto hasta ese momento al intrépido irlandés.
En vano trató de encontrarle de un primer vistazo, por toda la habitación iluminada. Merry estaba asomado al agujero de la estufa, como si fuese una ventana. Había deslizado por allí sus dos brazos, largos como pértigas, que gesticulaban exageradamente, mientras su extraña cara descarnada, pero de buen humor, parecía cortada por la mitad por una risa más ancha que un sablazo, entre sus gigantescas matas de pelo.
—¡Merry! ¡Querido amigo! ¿De dónde venís de esta forma? —preguntó finalmente nuestra querida Ann, ahora tranquila.
—¡Vaya! ¿No me oísteis? Vengo de buscar un ataúd de hierro.
—¿Cómo? —murmuró la joven.
En ese momento el criado irlandés desapareció, aunque pudo escucharse cómo removía algo al otro lado de la pared.
Un instante después el agujero quedó nuevamente tapado, pero no por la peluda cabeza del criado, sino por un objeto que, al rozar con las paredes del agujero, emitía un ligero ruido metálico. Parecía como si no pudiese pasar.
Después de un violento empujón final, el obstáculo logró franquear el muro, cayendo ruidosamente sobre el suelo de la alcoba.
El alegre gesto que era la sonrisa de Merry Bones reapareció por el ojo de buey, enmarcado por sus cabellos erizados.
Nuestra querida Ann intentaba inútilmente saber qué clase de objeto era el que había provocado ese estruendo al caer. Después de que Merry Bones se instalase cómodamente en el agujero de la estufa, con sus dos brazos por fuera, como esos duendes de cartón que brincan en las tabaqueras, se decidió a explicarse.
—¿Ya os habréis fijado en lo pesado que es, no es cierto, pequeña flor? —musitó—. Eso se debe a que es de hierro...
—¡De modo que es el ataúd!
—¿Y qué iba a ser, si no? También pesa lo suyo, porque está lleno.
—¡De qué, por Dios!
—¿De qué va a ser, señorita?
—¿Se refiere a un cuerpo?
—Claro. ¿Qué, si no?
—¿De quién?
—¡Qué demonios: de Su Excelencia, por supuesto!
—¡El cuerpo de Edward Barton!
—¡Efectivamente!
Ella profirió un alarido desgarrador.
—¡Musha! ¿Qué diantres os ocurre, señorita Ann? —preguntó el joven Merry.
El llanto de nuestra querida Ann le impidió oír la pregunta. Merry Bones comenzó entonces a gritar como un demente:
—¡Que el diablo me lleve si he trabajado poco esta noche! ¡Haríais mejor en escucharme, perla mía! Es verdad que hay un cuerpo en este cajón de metal. Si no lo hubiese, ¡que me asen como a un pescado y me arranquen todos los dientes negros estos malditos holandeses! Pero hay un alma, además, y muy buena, por cierto, aunque sea el alma de un inglés...
Ella no le prestaba mucha atención, aunque estas últimas palabras la hicieron dar un salto.
—¡Explicaos, Merry Bones! —ordenó autoritariamente—. ¿Estáis insinuando que el señor Barton todavía está con vida?
—En efecto, señorita; eso es precisamente lo que intentó decir.
—¿Y por qué no está moviéndose ahí dentro?
—Porque está durmiendo.
—¡Durmiendo! —exclamó la joven—. ¿Acaso creéis que alguien podría dormir después del batacazo del ataúd contra el suelo?
—¡Por supuesto que sí, señorita! Y no es que lo piense, estoy convencido de ello.
—¡De modo que ha tomado un narcótico!
Merry se encogió de hombros, sin darle importancia al comentario, y replicó:
—No sé qué es eso de un narcótico, lo que sé es que a Su Excelencia le han endosado té de amapolas con zumo de lechuga.
No sé si ustedes aprobarán la conducta de nuestra querida Ann, pero lo cierto es que mandó al criado retirarse del agujero y, echándose una manta sobre los hombros, se aproximó al ataúd de hierro, que tenía llave y cerradura como los baúles de viaje. Entonces la abrió, y levantó la tapa.
Al echarle el primer vistazo a su primo, se encontró con un gentleman sonriente y sonrosado como un Niñito Jesús, que a nuestra querida Ann le pareció más hermoso que antes.
Mientras Ella le miraba embriagada de emoción, el lacayo irlandés apareció por el agujero de la estufa y dijo:
—¡Qué simpático y amable es! ¿No le parece, señorita? Mientras os extasiáis contemplándolo, creo que bien podríais escucharme, puesto que no tenemos mucho tiempo y es preciso que os enteréis de cómo ha ocurrido todo. El día señalado para raptar a la señorita Cornelia y llevarla con su familia de Inglaterra, el señor Goëtzi, como buena araña que es, había preparado ya su red. Yo sucumbí en ella, de nada sirve negarlo, ¿y qué podrían hacer esos dos corderitos sin mi ayuda? A la señorita Cornelia la arrastraron al infierno como si fuese un paquetito y Su Excelencia recibió media docena de puñaladas en una emboscada. Pero sobrevivió. Iré directo al grano: yo estaba preso, pero escapé. Así fue como llegué hasta la posada de La Cerveza y la Amistad, ayer por la tarde, desfallecido de hambre y frío, y con una apariencia lamentable. Eso fue un poco antes de vuestra llegada, al anochecer. Ya me disponía a penetrar en el salón de entrada, sin sospechar nada, cuando se me ocurrió echar un vistazo por el ojo de la cerradura. Entonces vi a esa mujer sin pelo echando pétalos de amapola en un puchero, mientras el mesonero molía la lechuga en un mortero. Los dos le estaban riñendo al crío, que les gritaba: «¿Para qué queréis dormir al hombre muerto?» Como os podéis imaginar, yo ya conocía a todos ésos, y no tenía la menor intención de entrar nuevamente en el avispero. Rodeé la casa en busca de una puerta trasera y, al no dar con ella, trepé por la enredadera hasta el tejado, deslizándome por la chimenea. Yo ya he sido deshollinador. La chimenea me condujo hasta la alcoba en que me encuentro. ¡Bien! El cuarto estaba desierto y a oscuras, pero oí voces en el cuarto vecino, que es el vuestro, y reparé en que el agujero desprendía luz. Asomé mi cabeza por él y vi a tres hombres, quiero decir, a un caballero y a dos mitades de cretino. Seguramente ya le habían obligado a beber a Su Excelencia el zumo en cuestión, porque estaba dormido. No le vi entonces mala cara, para tratarse de alguien al que han dado varias puñaladas. A su lado había dos señores Goëtzi, el auténtico, tapizando el interior del ataúd, y su réplica, practicando pequeños orificios en las paredes, con un taladro. La réplica comentaba: «¡Vaya tarea es ésta para un doctor de la Universidad de Turingia!»
»—No hay trabajo malo, amigo mío —contestó el otro Goëtzi—. Además, si yo soy ahora un tapicero, bien puedes tú hacer de cerrajero.
»—¿Y para qué hacemos todo esto, amo?
«—Porque he decidido retirarme, cuando sea anciano, en el precioso castillo de Montefalcone, del que nos convertiremos en dueños.
»—Gran idea —respondió la réplica, frotándose las manos—. Pero, ¿cómo vamos a convertirnos en propietarios de tan hermoso castillo?
»—Te lo diré, mientras sigues taladrando. A la primera impresión, podría pensarse que nos estamos precipitando en este trato. Pero quien sobreviva verá que hicimos lo mejor. El señor conde Tiberio Palma d'Istria me ha comprado el cuerpo de este joven inglés difunto, y debo mandárselo en su féretro. ¿Entiendes?
»—Perfectamente.
»—Además, la signora Pallanti también me ha ofrecido una suma por este joven, aunque vivo.
»—¿Cuánto ofrece el conde Tiberio? —preguntó de nuevo el doble.
»—Nada menos que la sangre de la Pallanti.
»—No es gran cosa. ¿Y la Pallanti?
»—La sangre de la hermosa Cornelia.
»Los ojos de ambos vampiros brillaron al pronunciarse aquel nombre, y sus labios se enrojecieron como brasas.
»—No obstante —prosiguió la réplica del señor Goëtzi—, sigo sin entender cómo nos convertiremos en los dueños del castillo de Montefalcone.
»—Después de que nos hayamos bebido la sangre de la joven Cornelia —sonrió el auténtico Goëtzi—, ¿qué podrá impedir que nos incorporemos su cuerpo? ¿Acaso alguna ley impide que conserve su actual figura? De esa forma será al mismo tiempo la señorita Cornelia de Witt, y yo mismo. De esa forma, yo, el señor Goëtzi, me convertiré en el legítimo heredero de Montefalcone. ¿Algún problema?
»Su réplica no tuvo ninguna objeción. Estaba claro como el agua de una fuente. En ese momento acabaron sus trabajos. El ataúd de hierro resultaba muy cómodo después de haber sido tapizado, y con el taladro acababan de practicar el último agujero. Entre los dos señores Goëtzi cogieron al desventurado Ned, que aún dormía, uno de la cabeza y otro de los pies, y lo acomodaron dentro del cajón, que inmediatamente cerraron con tres vueltas de llave...
Merry Bones le contó también cómo había visto todo aquello desde el ventanuco de la chimenea. Se arrancó la piel de las orejas de tanto rascárselas, porque, según dicen, esto ayuda a pensar, y el criado irlandés estaba en ese momento rebuscando en todos los repliegues de su cerebro. ¿Cómo conseguir rescatar a su amo de las garras de esos canallas? Mientras se rompía la cabeza, el auténtico Goëtzi pasó una soga alrededor del ataúd y mandó a su réplica que abriese la ventana. Un afluente del Mosa llegaba hasta allí abajo, y tenían un bote esperando, a cargo de dos marineros.
—¡Ho! ¡Ho! —llamó el señor Goëtzi.
—¡Ho! ¡Ho! —le contestaron desde abajo.
—¡Listos para recibir la mercancía!
—Estamos preparados.
—¡Allá va!
Entre los dos Goëtzi izaron el ataúd y lo apoyaron sobre el alféizar de la ventana. Debemos indicar que el lacayo irlandés se había subido a un árbol para que su cabeza llegara hasta el agujero de la chimenea. La habitación donde se encontraba servía como depósito de leña. En su tribulación, hizo un movimiento en falso, y uno de los troncos cayó al suelo. El ruido que produjo traicionó su presencia.
Al instante los dos Goëtzi giraron sus cabezas y le reconocieron. Silbaron entonces como si fuesen dos serpientes. En ese preciso instante brotaron de la tierra, por todos lados, el resto de los habitantes de la posada, y comenzó una terrible pelea, mientras que el auténtico Goëtzi seguía bajando el ataúd hasta el bote.
Merry Bones no tuvo más remedio que enfrentarse entonces contra nueve. Afortunadamente, justo en ese momento llamaron a la puerta exterior de la posada. Eran nuestra querida Ann y Grey—Jack. Los espíritus del señor Goëtzi no tuvieron más remedio que desdoblarse, y de esa forma Merry Bones logró huir a cabezazos, justo cuando el reloj del salón tocaba su decimotercera campanada.
Después de ganar el exterior, rodeó la casa y corrió en pos de la embarcación, que descendía por el afluente del Mosa, cargando el ataúd de hierro. Debemos imaginar que los dos marineros estaban borrachos, lo que sucede a menudo. Gracias a ello facilitaron la tarea de Merry Bones, quien, después de muchos esfuerzos, logró rescatar el féretro, cargándolo sobre sus hombros.
Mientras le contaba aquella historia, Ella permanecía embelesada contemplando cómo dormía el que había sido su compañero de infancia.
Merry Bones sacudió su cabellera con un gesto de insatisfacción.
—Por favor, tened la gentileza de cerrar ese ataúd —dijo enojado—, u os seguiréis distrayendo y no acabaré nunca de contaros lo que pasó. Veréis, tengo un plan. Pero para llevarlo a cabo necesito saber si ya os habéis cansado de mirar a mi joven amo.
Nuestra querida Ann sonrió orgullosa y cerró de nuevo la tapa del ataúd.
—Eso está mejor —prosiguió Merry Bones—. Atendedme ahora. Al regresar, no logré escalar hasta el tejado debido al peso de mi carga. Tuve que entrar por la cocina, y al hacerlo vi que ese hatajo de reptiles estaba conspirando en el salón del piso inferior. De esa forma pude escuchar que, con la decimoquinta campanada (que va a sonar enseguida), van a celebrar una pequeña fiesta familiar a la que les ha invitado su amo. En efecto, están muy alegres; piensan que el ataúd de hierro se desliza por el río en dirección a Rotterdam, con mi amo dentro, y han planeado que después de esta fiesta se unirán a él para proseguir el viaje todos juntos, para llevar su carga hasta el castillo de Montefalcone.
—¿Y en qué consiste su fiesta? —preguntó la joven.
—En beberos a vos —replicó el criado.
Ella estuvo a punto de desplomarse.
—¡Beberme! —exclamó con voz apagada.
—Eso es —contestó Merry Bones, añadiendo—: Es cierto que prefieren a damas menores de veinte años, pero el propio señor Goëtzi les dijo: «A falta de nada mejor, beberemos a esta joven. Después de todo, Ann Ward debe de estar todavía bastante potable».
—¡Potable! —gritó nuestra desventurada amiga, uniendo sus manos crispadas—. ¡Potable! ¡Potable, Dios mío!
Ya imagino que tanto usted, mylady, como usted, señor, serán capaces de imaginar el cúmulo de sentimientos que impresionaban a la joven Ann. No hay muchas situaciones tan espantosas como ésta en nuestra literatura moderna.
«¡Potable!» El primer impulso de nuestra querida joven fue el de gritar:
—¡Corramos! ¡Escapemos, en nombre de Dios!
—¡Musha!—soltó el irlandés—. ¡No hay que ser idiota! ¡Tenemos la partida a nuestro favor! ¿Sabéis, mi querida perla, que he descubierto un hacha en la leñera? ¡Para partir leños! ¡Por las barbas de Belcebú! ¡Creo que todavía podemos divertirnos! Abrid el ataúd, sacad de él a mi joven amo y colocadlo dentro del armario, a la derecha de la chimenea... Vamos, deprisa. Me parece que ya oigo gruñir al maldito reloj, y todavía tengo que despertar a ese borrico de Grey—Jack. Nos hará falta.
Nuestra valiente Ann le obedeció rápidamente. Era hábil y fuerte, a pesar de su corta estatura. Sacó del ataúd a Ned, el gentleman y, levantando el cuerpo en sus brazos, lo llevó hasta el armario. Merry Bones no pudo evitar aplaudir.
—¡Cerrad las puertas! —dijo—. ¡Sois una joven maravillosa! Ahora empujad este cajón debajo de la cama, de forma que quede bien escondido.
Ella le obedeció con la misma destreza.
—Y ahora —prosiguió animado Merry Bones—, escondeos bajo las sábanas, y simulad que dormís como un ángel... ¡Begorra! ¡Me parece que ya oigo el reloj crujiendo ahí abajo!... Pase lo que pase, no os mováis, ni abráis los ojos... ¡Hasta pronto!
En el piso inferior pudo escucharse el ruido del reloj. Merry Bones desapareció rápidamente por el agujero, mientras sonaba la primera de las quince campanadas, inundando con sus vibraciones las sombras de la noche.
En cuanto el martillo del reloj golpeó el cobre por primera vez, subió de la planta baja un ruido profundo, sordo y confuso. Se escucharon pasos en la escalera. Con la segunda campanada, los pasos ya se oían por el pasillo. Con la tercera, la puerta giró lentamente sobre sus goznes, y un resplandor verdoso inundó la alcoba.
Es verdad que la luz que despiden los vampiros aumenta, como el olor de los felinos, en momentos como ése.
El señor Goëtzi entró solo. Parecía una figura humana que hubiese sido esculpida en el cristal de una botella, y la tenue luz de las velas que lo traspasaba proyectaba una sombra transparente sobre la puerta que acababa de cruzar. En ese momento sonó la cuarta campanada.
El vampiro se encaminó hacia la cama, y el corazón de Ann se paró definitivamente.
El señor Goëtzi se reclinó sobre la cabecera, y del interior de su cuerpo brotaron varias voces que decían ansiosamente:
—¡Sed! ¡Tenemos sed! ¡Empecemos la fiesta!
El reloj lanzó su quinta campanada.
El señor Goëtzi retiró ligeramente las mantas, sus labios encarnados se movieron en el gesto típico del catador que va a degustar el vino de una cosecha extraordinaria, y dijo con tenebrosa alegría:
—¡Paciencia, hijos míos! ¡El derecho al primer sorbo me pertenece!
—¡Daos prisa entonces, querido amo!
Según se dice, los vampiros tienen en la lengua una punta muy afilada con la que realizan el corte necesario para satisfacer sus ansias repulsivas. Después del corte, beben del mismo modo que las sanguijuelas. Justo cuando vibraba en el aire el sonido de la sexta campanada, la puerta del cuarto se abrió de nuevo, y apareció por ella Merry Bones, escondiendo su mano derecha tras la espalda. Grey—Jack le seguía con la cabeza gacha. Recordaba a un perro apaleado. Un inglés se rinde siempre ante lo evidente, y las tortas que Grey—Jack había recibido en la decimotercera hora parecían haber sido fantásticas.
En cuanto vio al criado irlandés, el señor Goëtzi silbó, y toda la familia de espectros le brotó simultáneamente del cuerpo. Con un segundo silbido, todos, incluido él mismo, se desdoblaron. Entonces resonó la séptima campanada.
El auténtico Goëtzi se parapetó tras sus doce criaturas, enviándolos contra el irlandés. Ann, que había mantenido los ojos cerrados hasta ese momento, tal y como le había mandado Merry Bones, los abrió en ese instante, y pudo ser testigo de la escena más increíble jamás relatada, desde el principio del mundo.
Dos perros, dos loros, dos mujeres calvas, dos niños, dos mesoneras y una copia del señor Goëtzi intentaban devorar literalmente al desdichado irlandés, que únicamente utilizaba la mano izquierda para defenderse, protegiendo principalmente sus ojos, y en especial del ataque de los loros. Agarraba con el puño la cabeza de las crueles bestias, retorciéndoles el pescuezo, aunque sin lograr hacerles nada y, mientras se entretenía en ello, el perro y el niño le mordían las piernas, y el mesonero y la mujer calva, con la ayuda del doble del señor Goëtzi, le atacaban al estómago, al vientre y al pecho.
A pesar de ser un inglés de pura cepa, Grey—Jack permanecía en el umbral de la puerta sin decir ni pío. No le critiquen anticipadamente. Ésas eran sus instrucciones. Él formaba la retaguardia, y enseguida van ustedes a comprender la absoluta importancia de su papel.
La octava, novena y décima campanada sonaron mientras Merry Bones avanzaba hacia la cama, recorriendo cada palmo a despecho de la furia de esa turba de arpías, machos y hembras, que se abalanzaban sobre él como lo haría una jauría sobre la presa abatida. Les aseguro que, de haber tenido algo más que huesos y piel, no habría sobrado nada de ese pobre desdichado. Pero todos aquellos vampiros no encontraron ni siquiera un pedazo de carne que morder en todo su cuerpo. Todo lo que tenía eran huesos, y un pellejo más duro que el cuero. Quizá me repetiría en exceso si destacase nuevamente aquí la supremacía indiscutible de la obesidad inglesa.
A pesar de todo, sangraba por todas las venas de su maltratado cuerpo, enrojeciendo los hocicos de aquella manada de chacales. Y sin embargo continuaba avanzando, poco a poco, con paciencia, y cuando sonó la decimoprimera campanada, tan sólo le separaban del auténtico señor Goëtzi las dos mujeres calvas.
Entonces se sacudió el cabello, lanzó un poderoso ¡Begorra!, y le propinó a la vieja repugnante un puntapié, que no dudo en llamar heroico, ya que lanzó por los aires a la arpía, que terminó incrustada en el agujero de la chimenea. Su mano derecha, que todavía no había aparecido, realizó un brusco movimiento, y al instante brilló el filo de un hacha de hoja ancha. Casi en el mismo instante en que vibraba en el aire el sonido de la duodécima campanada, la cabeza del vampiro, del verdadero Goëtzi, rodó por el suelo seccionada de un limpio tajo.
Inmediatamente rodaron por el suelo el resto de las cabezas de sus réplicas menores, como si un mismo filo las hubiese decapitado. Cada figura corría en pos de su cabeza, mientras en medio de la confusión podía oírse, atronadora, la voz del criado irlandés:
—¡Ahora es tu turno, viejo Jack, so idiota! —gritó.
Entonces Grey—Jack comenzó a caminar con cautela, sin prisa pero sin pausa, como suelen hacerlo nuestros maravillosos soldados. Tenía claras instrucciones, así que sacó de debajo de la cama el ataúd de hierro, lo abrió justo en el momento en que el doble del señor Goëtzi recuperaba la cabeza; entonces cogió al vampiro, lo introdujo en el féretro, y lo cerró con llave.
El resto de las repulsivas criaturas no parecieron darse cuenta de ello, de lo ocupados que estaban corriendo detrás de sus cabezas. De esa forma sonó la decimotercera, y también la decimocuarta campanada, mientras se retorcían como miserables gusanos en el barro de una cloaca de verano. Merry Bones los miraba riendo con todas sus fuerzas, aunque sin quitarle un ojo al trabajo de Grey—Jack y a los esfuerzos del auténtico señor Goëtzi.
Los dos terminaron al mismo tiempo su trabajo: el viejo Grey—Jack se sentó sobre el ataúd que acababa de cerrar en el instante en que el señor Goëtzi recuperaba la cabeza y la volvía a colocar en su sitio.
Entonces silbó. Los demás vampirículos, obedientes a su gesto, se unieron por pares en un primer momento. Al segundo silbido, la desagradable familia se introdujo atropelladamente dentro de su cuerpo.
La maniobra había sido impecable.
—¿No falta ninguno? —preguntó el vampiro.
Y sin esperar una respuesta, cuando el reloj lanzaba al aire la decimoquinta campanada, se lanzó literalmente a través de la ventana y se zambulló en medio de la oscuridad de la noche.
Una quejumbrosa voz lastimera brotó, sin embargo, del ataúd de hierro y contestó:
—¡Amo! ¡Señor! ¡Os falta vuestra réplica!
Pero ya era tarde. Sólo cuando el reloj acabó de dar las horas, y después de que el cuco se dejase oír también quince veces, pudo nuestra pobre Ann darse cuenta de si estaba viva o muerta.



Tras la última campanada, Merry Bones pidió silencio para explicar la continuación de su plan, ya que como habrán imaginado ustedes la guerra no había hecho sino empezar.
—Señorita —dijo—. Lo más importante sería que inmediatamente partiésemos hacia el castillo de Montefalcone, aunque como Su Excelencia duerme como un tronco...
—Abrid el armario —atajó Ella—, para que pueda respirar mejor.
El criado irlandés prosiguió:
—Será un viaje descansado, y espero recuperarme por el camino. Grey—Jack cargará con el ataúd...
—¡Que el Diablo te lleve!... —comenzó a protestar el buen hombre.
Pero Merry Bones le cortó bruscamente diciendo:
—Necesitamos el ataúd por más de un motivo. En primer lugar, para mantener al pájaro dentro de su jaula...
—Estáis equivocado, valiente irlandés —dijo el señor Goëtzi con voz dulce desde el interior del féretro de hierro—. Tenéis mi palabra de honor de que no huiré, si me ponéis en libertad.
—...y en segundo lugar —prosiguió el irlandés, sin tomarse siquiera la molestia de contestar a aquellas palabras—, para introducir a Su Excelencia en el castillo de Montefalcone, cuando llegue la hora. Por lo visto sus muros son tan altos como la cúpula de San Pablo, en Londres, pero se me ha ocurrido una idea.
—¡Oh, buen irlandés! —se oyó de nuevo la ahogada voz del vampiro—. ¡Qué inteligente sois! Pero os equivocáis al despreciar mi oferta. Os seré completamente fiel, y podría proporcionaros excelentes servicios.

Puede que ustedes piensen que se trataba de una argucia. ¡Pero están completamente equivocados! Casi todos los autores respetables que han escrito gruesos tratados sobre los vampiros coinciden habitualmente en un hecho, y es el de que un vampiro cautivo sólo pertenece a quien lo enjauló, de la misma forma en que ese vencedor pertenecería al vampiro, en caso de que hubiese perdido él la lucha.
Lo que ocurre es que los hombres normales rara vez logran convertirse en los amos de un vampiro, puesto que la ley humana señala que el Bien se muestra siempre mucho menos enérgico que el Mal, y en las raras ocasiones en que se logra capturar a un vampiro, la moral y el buen gusto impiden a su dueño beberse su sangre.
La falta de este detalle impide la completa asimilación del vampiro, su íntima fusión con el hombre vencedor; aunque no por ello el vampiro capturado es menos esclavo de su dueño.

En el mismo momento en que la réplica del señor Goëtzi aseguraba su fidelidad a través de los orificios del féretro, les llegó el ruido de un aleteo procedente de fuera, y el marco de la ventana se sacudió por el exterior, como si un gigantesco pájaro o un insecto colosal se estrellara contra el cristal.
—¿Qué es eso? —preguntó Ann.
El cautivo se apresuró a responder.
—Que no os engañe el ruido ni un segundo. Se trata del señor Goëtzi que vuelve a buscarme, porque no puede prescindir de mí.
—Voy a meterle una bala en el cerebro —dijo decidido Grey—Jack.
No sé cómo, había logrado hacerse con una carabina, que blandía en alto mientras se abalanzaba sobre la ventana.
—Quieto, noble anciano —dijo el vampiro preso—. Ese monstruo que ha multiplicado sus criminales intentos contra vuestra joven ama y sus amigos, es completamente impotente ahora. Le falto yo. Sería demasiado largo explicároslo ahora, con términos científicos y concretos, pero aceptad esta comparación, que espero os resulte esclarecedora. Es cierto que yo soy únicamente una doceava parte del señor Goëtzi, pero también soy el nexo de unión con el resto de sus criaturas, y mi ausencia le deja en la misma situación de un rosario al que le hubiesen quitado el hilo. Así comprenderéis el apuro en que se encuentra.
Aquellas palabras sorprendieron enormemente a los presentes, pero nuestra querida Ann, mucho más sensata de lo que podría esperarse a sus años, preguntó a pesar de todo:
—Prisionero, ¿por qué traicionáis a vuestro señor?
—Querida niña —replicó el murmullo del ataúd—, y que no os sorprenda el oírme llamaros así, pues tengo derecho a hacerlo. Tengo varios motivos para actuar así. Os diré dos de ellos. El primero es la norma que acompaña a cualquier conquista: el vencido continúa siendo enemigo del vencedor. Para que entendáis mejor el segundo motivo, es preciso que os cuente una historia. En los días en que el doctor Otto Goëtzi fue hasta el condado de Stafford para convertirse en el profesor del joven Edward S. Barton, era aún un aprendiz de vampiro. No tenía entonces réplica, ni secuaces, ni nada. ¿Os acordáis de la desventurada Polly Bird, la doncella de la Granja Alta cuyo inesperado final conmovió a los feligreses hace ahora varios años?... Pues bien, queridos amigos, quien os está hablando es la propia desgraciada en persona. Cuando el señor Goëtzi recibió de Peterwardein su diploma de maestro vampiro, me escogió inmediatamente para ser una de sus réplicas y comenzar así la construcción de su organismo múltiple.
—¡Cuando recuerdo —exclamó entonces nuestra querida Ann— que nos sentábamos una al lado de otra en la iglesia, con las siete hermanas Bobington!
Merry Bones miró a Grey—Jack, convencido de que ahora sí que el viejo no aceptaría fácilmente el cargar con el ataúd.
—Ahora que lo pienso —dijo—, Polly Bird era una chica muy buena en otro tiempo, y mi ama no tiene doncella. Si Polly promete comportarse bien y cargar con el ataúd, no veo por qué habríamos de llevarla nosotros sobre nuestros hombros hasta el castillo de Montefalcone.
Finalmente logró convencer a los otros. Merry Bones introdujo la llave en la cerradura del ataúd y lo abrió. Entonces vieron en su interior al señor Goëtzi, y por primera vez tanto Ann como los dos criados habrían jurado que, al mirarlo detenidamente, podían verse bajo los rasgos del despreciable vampiro algunos resquicios de la fisonomía de Polly Bird.
La desdichada agradeció con una expresión cortés aquel favor, e hizo una reverencia en cuanto logró ponerse de pie.
En lo sucesivo, nos referiremos a ella en femenino, para no confundirla con el auténtico señor Goëtzi. Deben ustedes recordar, a pesar de ello, que era un hombre, y que por consiguiente tuvieron que abandonar la idea de convertirla en la doncella de nuestra querida Ann.
Es más, se le ató el pesado cajón de hierro al cuello con una larga cadena, como medida de precaución. De esa forma, tanto Grey—Jack como Merry Bones estaban seguros de que cargaría con él, y además era de esperar que semejante peso dificultaría sus movimientos, impidiendo cualquier intento de fuga.
Comenzaba a amanecer cuando Ella obligó a salir a todos para asearse. Entre tanto, la antigua Polly intentaba despertar a Ned Barton con procedimientos que no conozco. Cuando Ann, después de recitar una breve oración, o más bien una acción de gracias por los peligros salvados, llamó a sus compañeros, Edward Barton abría los ojos por primera vez, mirando a su alrededor completamente estupefacto.
—¿Dónde estoy? —fue su primera pregunta.
Ella intentó darle completas explicaciones, pero su criado irlandés creyó mejor que se pusieran en marcha inmediatamente.
—He estado hablando con nuestra vecina Polly —dijo—, que me ha dado unos buenos consejos. Debemos terminar un trabajo muy delicado antes de dirigirnos al castillo de Montefalcone. No podremos hacer nada, además, mientras el auténtico señor Goëtzi esté vivo.
Descendieron por la escalera. Al llegar al salón de la planta baja, todos pudieron comprobar que el reloj se había detenido precisamente en la decimoquinta hora. Había incluso desaparecido el cuco. Cuando salieron al exterior, les llamó la atención un cartel que colgaba debajo del letrero en que aparecía escrito el nombre del establecimiento. «Posada. Se alquila», rezaba el letrero.
Sin pararse para meditar sobre detalles tan curiosos, aunque insignificantes, la pequeña comitiva inició rápidamente su andadura. La antigua Polly abría la marcha, vigilada en ambos flancos por Grey—Jack y Merry Bones. Evidentemente, era ella quien cargaba con el ataúd de hierro, y los holandeses, gente recia, veían pasar a nuestros viajeros con absoluta indiferencia.
Detrás de ambos criados viajaban nuestra querida Ann y Ned Barton que, aunque un poco débil, lograba caminar apoyado en el brazo de su compañera.
No ocurrió nada digno de mención hasta que alcanzaron la orilla del Rin, excepto el ruido de algunos silbidos distantes entremezclados con el viento, y algunos confusos movimientos entre los matorrales. Merry Bones, convencido de que la antigua Polly actuaba con absoluta lealtad, le explicó a Ann que el señor Goëtzi estaba esparcido por el aire, el agua y las frondas, esperando el momento propicio para adueñarse nuevamente de su réplica, que le era indispensable para recuperar por completo su libertad de movimientos.
En cierta ocasión, nuestra querida Ann sintió incluso algo parecido al roce del aro de un niño en sus piernas, y una voz amarga, cuya procedencia no logró establecer, que decía:
—¡Ahí va el hombre muerto!...
Cuando alcanzaron el Rin, alquilaron un bote para remontar el río hasta Colonia. Al anochecer, cuando las sombras del crepúsculo se adueñaron del río y sus orillas, un pálido resplandor verde se les apareció a una doscientas toesas delante de la embarcación. Se deslizaba contracorriente, a la misma velocidad que ellos.
Conforme aumentaba la oscuridad, el resplandor iba creciendo en intensidad, condensándose progresivamente. Después de haber ocupado un gran espacio, comenzó a reducirse hasta alcanzar el tamaño del cuerpo de un hombre.
Entonces todos pudieron ver con absoluta claridad al señor Goëtzi, que nadaba con los pies por delante, rodeado de su tenue aureola.
Mientras observaban en silencio aquel sorprendente espectáculo, la antigua Polly comenzó a llorar y, cuando le preguntaron el motivo, contestó:
—¿Acaso pensáis que puedo ver sin indignarme al monstruo que me ha robado la honra y la dicha? Oíd mis palabras: no se alejará ni un segundo de vosotros hasta que hayáis logrado destruirle por completo. Le traiciono en favor de mi venganza, pero sobre todo por vuestra propia seguridad. A cualquier hora del día o de la noche, tanto si le veis como si no, podéis convenceros de que el señor Goëtzi os acechará permanentemente. Por tanto, propongo que escuchéis ahora, en todos sus detalles, un plan del que ya he hablado un poco con Merry Bones y que, si se ejecuta sin miedo, permitirá acabar para siempre con vuestro enemigo común. El momento es propicio para hacerlo, puesto que, mientras lo veamos allá, estaremos seguros de que no nos está escuchando. Al no poseerme a mí, se ve obligado a encerrar en su cuerpo a todos sus lacayos, y ya podéis imaginaros la rabia que le corroe.
Después de que aquellas palabras acallaran cualquier objeción, nuestros amigos se reunieron alrededor de la antigua Polly y la escucharon con suma atención, a excepción del desdichado Ned. Resulta penoso reconocerlo, pero lo cierto es que el joven gentleman no se había recuperado por completo. Aún estaba aturdido, y su restablecimiento dependía del tiempo y de más cuidados.
La desventurada primera víctima del vampiro Goëtzi se expresó del siguiente modo:
—Existe un lugar, prácticamente ignorado, que es probablemente el más extraordinario del mundo. Quienes viven en las salvajes campiñas de Belgrado se refieren a él llamándolo tanto Selene como la Ciudad Vampiro. Sin embargo, los propios vampiros se refieren a él llamándolo Sepulcro, o Colegio. Se trata de un lugar normalmente invisible para cualquier mortal. No obstante, hay quienes han llegado a verlo. Aunque es como si cada uno de éstos se hubiese tropezado con una imagen diferente, hasta tal punto difieren y se contradicen sus descripciones. En efecto, algunos hablan de una gran ciudad de jaspe negro, con calles y palacios como cualquier ciudad normal. Todo permanece en sombras, envuelto en una oscuridad eterna. Otros lo definen como gigantescos anfiteatros, cubiertos de cúpulas semejantes a las de las mezquitas, con minaretes que se elevan hasta el cielo, en mayor número que los pinos del bosque de Dinawar. Otros han visto, sin embargo, un circo, uno solo, de fantásticas proporciones, rodeado por una triple hilera de claustros, cuyas arcadas de mármol blanco desaparecen difuminadas por un crepúsculo lunar que sustituye al día o la noche. Allí se alinean, en un orden indescifrable, las moradas o sepulcros de ese prodigioso mundo que la ira de Dios mantiene amarrado al seno de la tierra, y cuyos hijos, medio espectros y medio diablos, vivos y muertos al mismo tiempo, no consiguen reproducirse, aunque al mismo tiempo están privados también de la posibilidad de morir. A pesar de ello cuentan con mujeres vampiro, que se denominan Upiras. Se dice que algunas de ellas llegaron a ocupar tronos, aterrorizando a la historia. Así como en la Edad Media aquellos hombres de hierro que oprimían a los campesinos, después de ser derrotados se refugiaban en sus inexpugnables castillos, esta ciudadela es un asilo tan inviolable como una tumba. De esa forma, siempre que un vampiro es herido profundamente, de una forma que supondría la muerte para cualquier ser humano, terminará por dirigirse hacia el Sepulcro. Su existencia puede padecer, en efecto, crisis que nunca suponen la muerte, aunque son muy semejantes a su verdadera destrucción. En diferentes lugares de la tierra han sido encontrados reducidos al estado de cadáver, aunque su carne permanecía fresca y tierna, y el mecanismo que tienen en el lugar del corazón continuaba bombeando un líquido cálido y rojo. Cuando llegan a ese estado, están a merced de cualquiera. Pueden ser encadenados e incluso emparedados. No pueden realizar ningún movimiento para defenderse, hasta que la suerte traiga a su lado al sacerdote maldito que tiene la llave, la única con la que se puede dar cuerda al mecanismo de su vida aparente. Para ello, el sacerdote debe introducir la llave en un agujero que todos ellos presentan en el lado izquierdo del pecho, haciéndola girar... El señor Goëtzi se encuentra precisamente en esa situación. Necesita urgentemente que alguien le dé cuerda. Conforme van pasando las horas, va sufriendo un rápido debilitamiento progresivo, hasta que se le vuelva a dar toda la cuerda necesaria para recuperarse. Por eso viaja hacia el Sepulcro. Lo único que le mantiene cerca de nosotros es su ansia por recuperarme a mí, que soy su nexo de unión, su líquido sinovial, si me permiten emplear este término científico que aprendí de él. Como todavía no ha empeorado su salud, no tiene prisa, y aguarda el momento propicio para hacerse conmigo de forma habilidosa o sencillamente por la fuerza... Aproximaos a mí, os lo suplico. La bruma se está espesando y casi no se ve el resplandor del señor Goëtzi. Os puedo asegurar que en cuanto considere que se nos puede acercar sin que le veamos, se meterá en el cuerpo de alguno de nuestros remeros... Nosotros también nos encaminamos al Sepulcro. No os preocupéis. No nos desviaremos casi de nuestro camino, que es prácticamente el mismo. Me conozco de memoria cada atajo hacia ese tenebroso hospital de vampiros. Entraremos entonces en la celda privada del señor Goëtzi y... ¡Un momento! ¡Ya no se divisa nada de la luz verde! ¡Atención!
—¿Y entonces qué? —preguntaron todos al mismo tiempo, con la curiosidad vivamente excitada—. ¿Qué es lo que ibais a decir?
—¡Chist! —siseó la antigua Polly, colocando un dedo sobre los labios—. ¡Escuchad!
Todos oyeron cómo un chapoteo sospechoso agitaba las aguas próximas a la embarcación, cuya estela se veía iluminada con un débil resplandor.
—¡Contádmelo al oído! —suplicó entonces Ann.
La antigua doncella accedió. Era realmente una buena chica, aunque no lo pareciese bajo los rasgos del señor Goëtzi. Todos se fueron acercando, uno a uno, recibiendo el susurro confidencial.
—¡Espléndido! —exclamaron los viajeros—. ¡Es una idea de incalculable valor!
¿Se acuerdan ustedes de la carcajada que pudo oír nuestra querida Ann en el desembarcadero de los Boompies, la noche en que llegó a Rotterdam? Pues bien, algo parecido rechinó en ese momento en el aire y, al mismo tiempo, uno de los remeros experimentó una fuerte sacudida.
—¡Atención! —exclamó la antigua Polly—, ¡el enemigo ha llegado! Sólo hay una forma de protegerme, y cuando os lo diga os habré demostrado definitivamente mi fidelidad. ¡Colocadme otra vez dentro del ataúd de hierro, y sentaos encima!
Acababan de realizar esta fiel sugerencia, cuando el remero atacado hizo un brusco movimiento y exhaló un profundo suspiro. Al mismo tiempo escucharon el ruido de un cuerpo al caer al agua. Al comprender el fracaso de su emboscada, el señor Goëtzi acababa de regresar por donde había venido.
Durante el resto de la noche no ocurrió nada.
Ya había amanecido cuando pasaron por Dusseldorf. Nuestra querida Ann encargó al criado irlandés que se dirigiese a una casa de instrumentos musicales en busca de un laúd que, a pesar de todo, les sirvió para amenizar la monotonía del viaje.
Les dio la impresión de que el señor Goëtzi se había esfumado. Entonces pudieron abrir el ataúd para darle un poco de aire a la desgraciada Polly.
En Colonia abandonaron el Rin para continuar su viaje por tierra. Alquilaron para ello un carruaje y atravesaron Westfalia, Hessen y una región de Baviera, embarcando nuevamente en Ratisbona, en esta ocasión por el Danubio.

No ocurrió nada digno de mención en el viaje de Ratisbona a Linz, de Linz a Viena, de Viena a la antigua ciudad magiar de Ofen, que nosotros llamamos Buda, y de Buda hasta las llanuras de la baja Hungría.
Cierta mañana, al despuntar los primeros rayos de sol, nuestra querida amiga y sus compañeros divisaron, en medio de aquella gloria deslumbrante que supone la luz del cielo oriental, las anchas torres de Peterwardein antes de atisbar la silueta mágica de Belgrado. La vista se perdía por aquellas alegres campiñas perfumadas por el maíz en flor, entre las que discurre el Danubio, ancho en ese punto como si fuese un mar.
Desde que dejaran Viena, no habían visto la menor señal que indicara la presencia del señor Goëtzi, aunque la antigua Polly no paraba de asegurar: «Está aquí.» Y era cierto, al final del viaje, comenzaron a verlo nuevamente nadando sobre el agua con los dos pies por delante, envuelto en una nube de tenue bruma.
Sin embargo se le veía mucho más pequeño, y casi raquítico. Incluso la niebla lívida que lo envolvía se balanceaba como si en cualquier momento fuese a desaparecer.
Muy cerca ya de Belgrado, el señor Goëtzi se aproximó a la orilla y se adentró en tierra entre los juncos. Podría habérsele confundido con otra bocanada de bruma.
—¡Está exhausto, ese malvado miserable! —dijo la antigua Polly, frotándose las manos con placer.
El señor Goëtzi alcanzó la tierra en la orilla cristiana del Danubio, cerca de Semlin, en el banato de Temeswar.
Aún se le pudo ver unos instantes más allá de los juncos, y después se perdió entre las plantas altas de un maizal.
—¡A tierra! —mandó Polly, que se había convertido en el jefe de la expedición.
El bote puso proa hacia la orilla, desembarcaron en tierra y Polly, colocándose de nuevo al frente, se dirigió sin perder un instante hacia la ciudad de Semlin, la primera que hay tras la frontera con Turquía.
—Aprovechando que mi infame seductor se ha visto reducido al último grado —dijo mientras caminaba rápidamente—, y que seguramente se encuentra ya acostado en alguna losa de mármol (porque estamos más cerca de lo que imagináis del Sepulcro), y como ya no tenemos nada que temer de él, puedo daros las últimas explicaciones. Estamos llegando al final de nuestro viaje. Si el tiempo lo permite, podremos ver desde aquí la atmósfera especial que rodea y vela a Selene, la ciudad muerta... aunque es demasiado temprano, lo que me alegra por otro lado, ya que nos quedan aún algunos preparativos por hacer. Debéis saber que los vampiros dividen el día en veinticuatro partes, y que los cuadrantes de sus relojes cuentan por tanto con veinticuatro horas. En la hora decimotercera, es decir, a las once de la mañana, la misericordia divina ha permitido que su poder se detenga por espacio de sesenta minutos exactos. Ése es su mayor secreto, y al revelarlo me arriesgo a las torturas más crueles. Pero estoy dispuesta a todo, con tal de consumar mi venganza. Ahora son casi las ocho, de modo que tenemos unas tres horas para comprar en Semlin carbón, un hornillo, botes de sales de origen inglés y un paquete de velas. No me preguntéis nada; ya veréis vosotros mismos para qué sirve todo esto. También nos hará falta un hábil cirujano, y creo que cuento con el que necesitamos: el doctor Magnus Szegeli, el mejor médico en diez leguas a la redonda, que sólo nos pedirá que le guiemos, porque también él odia a los vampiros. Por desgracia, no puedo ser yo quien hable con él.
—¿Por qué no? —preguntó nuestra querida Ann.
—Porque el señor Goëtzi, señorita, sedujo y se bebió la sangre de dos encantadoras jóvenes que él adoraba y que formaban toda su familia. Por eso, y como mi rostro es el del señor Goëtzi, el doctor Magnus me reconocerá inmediatamente, y ya supondréis que no confiará en mí en absoluto.
Ella se volvió, incapaz de esconder su repugnancia, y exclamó:
—¡Desgraciada! ¿Es que habéis probado la sangre de esas desdichadas muchachas?
—Querida —contestó Polly bajando la mirada—, en nuestra situación no se puede hacer lo que se desea.
—¿Os agradó hacerlo? —preguntó Edward Barton, con la curiosidad característica del buen marino.
Ella recordó por primera vez a su novio con orgullo. William Radcliffe jamás se habría permitido una pregunta tan fuera de lugar como ésa.

Semlin se encuentra en el antiguo castillo de Malavilla, tan frecuentemente invadido, perdido, y finalmente recuperado por los infieles en la Edad Media. Todavía conserva los restos de la fortificación construida por Juan Hunyad. Nuestros amigos compraron allí todas las cosas que necesitaban, y a nuestra querida joven se le ocurrió la idea de contratar a un dibujante. Ella pensaba en todo, pero, por desgracia, la fotografía no había sido inventada todavía. El cirujano esclavonio Magnus Szegeli moraba cerca de la escuela israelita. Nuestra querida joven entró sola en su casa, mientras Ned, Jack y Merry, junto con la desgraciada Polly, se entregaban a la vulgaridad de tomar el desayuno.
El doctor Magnus era aún joven, a pesar de su pelo completamente blanco. Su rostro, arrasado por el dolor, contaba, por decirlo de algún modo, la historia de sus dos hijas. Con las primeras palabras de nuestra Ann, y en cuanto comprendió que se trataba de una lucha contra los vampiros, cogió su maletín y lo blandió enérgicamente, impulsado por su ansia de venganza. Tal y como le había dicho Polly, Ann le pidió también que llevase uno de aquellos largos cucharones de hierro, de los que se usan para servir la sopa en casa de los pobres, cuyos bordes fueron convenientemente afilados. El uso de semejante instrumento sólo será revelado en su debido momento y en su debido lugar.
Es bueno indicar que el número de jóvenes devoradas por vampiros en los alrededores de su refugio es mucho menor de lo que cabría esperar. Para no provocar altercados en la región, los vampiros han acordado entre sí no cometer la menor fechoría al menos en quince leguas a la redonda. Por ese motivo, y temiendo ser castigado por los suyos, el vampiro Goëtzi no se había atrevido a convertir en secuaces a las dos muchachas de Szegeli, cuyos cadáveres, convenientemente preparados, había convertido únicamente en objetos de arte.
Nuestra querida Ann regresó junto a sus amigos y se encontró a Polly encerrada nuevamente en el ataúd de hierro, una precaución necesaria por partida doble: primero para que el doctor Magnus no reconociera en ella al señor Goëtzi, y después para evitar a la desgraciada joven la tentación de escapar o de traicionarlos, puesto que, a pesar de que su arrepentimiento parecía sincero, seguramente habría adquirido entre sus antiguos amos muy malas costumbres.
Salieron a las diez en punto, que es la hora veintidós, de acuerdo con los relojes del Sepulcro. El tiempo era espléndido, con un clima semejante al de la dulce Italia. La latitud de Semlin se encuentra en el paralelo que pasa entre Venecia y Florencia. Nuestros expedicionarios caminaban silenciosos y taciturnos en medio de los campos de mijo y maíz, cuyas cercas habían sido construidas con adelfas. Ella abría la marcha, seguida de cerca por su criado Grey—Jack y Merry Bones, que cargaban el ataúd de metal. Detrás de ellos venía Ned Barton, el gentleman, cargado con el saco de carbón, el hornillo y un paquete de velas. Cerraba la marcha el doctor Magnus, cuyo dolor entorpecía su andar. No piensen que me he olvidado del pintor. Éste erraba de un lado para otro, con la despreocupación característica de los artistas.
Los acontecimientos sobrenaturales tienen lugar normalmente alrededor de la medianoche, favorecidos por la más impenetrable oscuridad. Es en este detalle, si me permiten la observación, mylady, caballero, donde este relato completamente histórico refleja sus características completamente originales. Promediaba el día y el sol despedía sobre la naturaleza sus resplandores más espléndidos. No había ni siquiera la posibilidad de un engaño.
A tres cuartos de legua de Semlin, en dirección a Peterwardein, el paisaje comenzó inesperadamente a cambiar de aspecto. Terminaron las adelfas, los groselleros y las hortensias. El fértil verdor del maíz en ciernes desapareció también. El suelo, tan feraz momentos antes, cobró un tinte opaco, como si acabase de caer sobre él una lluvia de cenizas.
Simultáneamente el cielo azul se tornó gris, y algo sencillamente indescriptible, como una pantalla de tristeza, se interpuso delante del sol.
Aquellos indicios fueron aumentando con inusitada rapidez. En apenas cinco minutos nuestros expedicionarios creyeron estar separados por una enorme distancia de todos los objetos que hacía un momento les rodeaban.
Instintivamente, el grupo se estrechó, buscando en el cielo el sol que acababa de esconderse detrás de la mentira de esa noche.
—¡No os detengáis! —dijo Polly desde el ataúd.
Y continuaron con las piernas temblando, la cabeza confusa, y el pecho oprimido por un peso desconocido. Titubeaban, tropezando entre ellos. Se habría dicho que estaban profundamente borrachos, o incluso atacados por una repentina ceguera.
Porque les rodeaba la más absoluta, la más densa e impenetrable oscuridad.
—¡Proseguid la marcha! —insistió la ahogada voz de Polly.
Continuaron. ¿Puede existir algo más negro que la noche? Si existe, era ese algo el que los envolvía ahora, frío como un sudario. Llevaban ya un buen rato sin que se oyera el menor ruido exterior. La naturaleza ya no respiraba.
La voz del ataúd de hierro dijo, en medio de aquel silencio sin nombre:
—¡Alto!
Obedecieron e inesperadamente, junto a ellos, casi iba decir que entre ellos, de tan íntimamente como les envolvió el sonido, pudieron escuchar el tañido de una potente campana, clara como una nota de armónica, que tocaba lentamente la hora veintitrés.
Con la vigesimotercera campanada desaparecieron las tinieblas y apareció el Sepulcro. Nuestros amigos se encontraban en el mismo centro de la Ciudad Vampiro.
Esta ciudad, orgullosa bajo la maldición de Dios, es llamada también Selene, que es el nombre griego de la luna. Se sabe que muchos autores piensan que la luna es la patria de los vampiros.
Allí, en aquella ciudad muerta que ahora rodeaba a los expedicionarios, faltaba absolutamente de todo: la vida, el color y el movimiento. Pero lo más impresionante en medio del silencio era el fantasmagórico esplendor de una increíble y maravillosa decoración, cuyas tristes riquezas resultaban indescriptibles.
Empecemos por el edificio principal, situado en medio de un gran espacio circular. Imaginen ustedes una rotonda gigantesca en la que se solaparan los órdenes de la antigua arquitectura de acuerdo con una bestial aunque sabia imaginación, vinculada con las más sorprendentes audacias del arcaísmo asirio, de los sueños chinos y de los caprichos hindúes.
Era un santuario, un torreón, una Babel gigantesca de pórfido pálido, con delicados matices de ese tono indefinido conocido como «verde mar». Tremendos bloques de esa piedra, opaca y al mismo tiempo translúcida como el ámbar, se unían mediante finas juntas de mármol negro. La primera ordenación, que formaba el peristilo por encima de una plataforma circular que contaba con trece escalones, se hallaba constituida por columnas dóricas, anchas como las del templo de Pestum, pero de proporciones mayores, lo que daba una impresión de ciclópea solidez. Entre ellas aparecían ventanas moriscas de grandes arcos.
La segunda ordenación era de estilo jónico, en la medida en que esa designación reservada al arte puro pueda ser utilizada para describir fórmulas exageradas hasta el salvajismo. En él podían verse ventanas trilobuladas. La tercera ordenación acanalaba sus columnas corintias por delante de los muros, levantados más atrás y perforados por ojivas cortadas. La cuarta ordenación era una mezcla compuesta por infinidad de adornos producidos por una imaginación desbordante, que delataban cierto gusto por transgredir las normas, y que exhibía unas ventanas en forma de estrellas. Y finalmente la quinta ordenación, que sujetaba la cúpula del techo, plana como una pátera invertida y coronada por otra copa menor, de la que brotaba un haz de llamas, no permitía ninguna denominación técnica; se trataba de una eflorescencia de columnillas, nervaduras, una explosión de lianas nacaradas que jugueteaban con todos los estilos, completamente fuera de cualquier regla y en abierto desafío a las limitaciones que se imponen a lo feérico.
Sin embargo, lo que más llamaba la atención en este colosal templo, grandioso y frívolo al mismo tiempo, magnífico aunque triste hasta la melancolía, era la sobresaliente desmesura de sus capiteles y frontones. El estilo dórico ensanchaba sus frisos y cornisas, el jónico ampliaba y estiraba sus volutas, el corintio desplegaba sus hojas de acanto y, para finalizar, el orden compuesto multiplicaba sus frondas de tal forma que el conjunto constituía una escala de refugios anchos y profundos, situados en forma de parasol, lo que le confería al conjunto una apariencia de pagoda.
Entre cada par de columnas, en el peristilo, podía verse un tigre de pórfido, agazapado, con sus garras sobre el corazón destrozado de una doncella caída.
En el exterior, rodeando la plataforma circular, se alineaban veinticuatro pedestales con otras tantas estatuas de doncellas, todas maravillosamente bellas, pero ultrajadas y rendidas por un enemigo invisible.
Estas estatuas rodeaban la ancha plaza que completaba el centro del rosetón, del que partían las seis avenidas o calles que formaban la Ciudad Vampiro.
Cada uno de aquellos barrios parecía gigantesco, prolongando hasta perderse de vista sus innumerables palacios, cuyas perspectivas desaparecían en medio de una niebla opalina. Cada palacio era diferente de los demás, aunque diseñado conforme a estudiadas analogías, lo que le otorgaba a la vista una sensación de armonioso paralelismo.
Todas aquellas pálidas magnificencias pertenecían a la muerte. No había el menor ruido o movimiento. Nada parecía respirar allí. El sueño eterno acechaba incluso al aire, en el que no se agitaba un solo soplo.
A pesar de todo, lo más impresionante era la grandiosidad de la necrópolis, cuya espantosa soledad no es posible describir con palabras.
Allí no había nada, a pesar de que la gran acumulación de maravillas arquitectónicas reflejaba enérgicamente la intervención del hombre. Nada ni nadie. No había ni siquiera una sombra a lo largo de aquellas blancas perspectivas, o bajo las columnatas que se alejaban en todas direcciones hacia el infinito. Las pálidas flores de sus jardines descansaban sobre tallos estáticos. Incluso los chorros de las fuentes sucumbían al encantamiento de este extraño sueño y permanecían inmóviles, suspendidos en el aire.
Ustedes ya saben que el tedio, ese desaliento de la inteligencia, lo hace todo grande, incluso la inmensidad. El crepúsculo, claro y frío como un rayo de luna, hería al mismo tiempo y por todos lados la simétrica aglomeración de monumentos, construidos todos con el mismo tipo de piedra, semitransparente e incolora, que no producía sombras.
En medio de aquella majestuosidad de silencio y muerte se veía un leve sentimiento de despertar. En ese desenfreno de estilos, en la loca promiscuidad de ese arte, podía saborearse una orgía. Pero era una orgía que parecía aletargada. ¿En qué se transformaría aquella Babilonia de tumbas cuando despertase...?
El sonido de la campana de cristal resonó durante un buen rato en la atmósfera silenciosa.
Nuestros viajeros se mantenían mudos de asombro. Mientras nuestra querida Ann intentaba sin éxito medir con la mirada aquellas fantásticas maravillas, Merry Bones profería un rosario de blasfemias celtas y Grey—Jack escudriñaba en las profundas perspectivas con la lejana esperanza de descubrir en ellas el cartel de alguna taberna. El pintor cogió sus lápices. El doctor Magnus, ¡desgraciado padre!, contaba, con los ojos llenos de lágrimas, las estatuas de las doncellas.
—¡Vamos! ¡Adelante! —azuzaba Polly Bird desde el ataúd de hierro—. No hay que pararse con las bagatelas de la entrada. ¡Tenemos el tiempo justo! ¡Sigamos! El señor Goëtzi vive en el barrio de la Serpiente. ¡Adelante!
En la esquina de cada barrio, un pedestal sostenía la estatua del animal que daba nombre a aquellas manzanas. Merry Bones se colocó nuevamente en cabeza y, al encontrar la estatua de la serpiente, se adentró entre las dos filas de mausoleos que la estatua separaba. A partir de allí, la avenida se iba ensanchando. En este punto se adueñó de Ann una sensación de inmensidad al ver la infinidad de calles que brotaban de allí, uniéndose a otras más, mientras la principal se hundía en vertiginosas cuestas. Desde cerca, cada sepulcro era un monumento considerable; algunos de ellos pertenecían sin duda a la nobleza de los vampiros, porque tenían las dimensiones de un palacio real. ¡Había centenares!... ¡Millares!
Cada mausoleo presentaba un nombre escrito en letras negras, justo encima de la entrada principal. En su mayor parte se trataba de nombres completamente desconocidos, aunque había algunos cuya mera presencia en aquel lugar podría haber explicado mejor muchos de los enigmas de la historia pasada y presente: nombres de usureros malditos, de personas cuya escandalosa riqueza supone la miseria de los pueblos, nombres de cortesanas obscenas y grotescas que habían arruinado costumbres y propiedades, y también los nombres de muchos a quienes el arte servil y la necia poesía glorifica como a grandes conquistadores, únicamente porque aplastaron al débil por la fuerza y construyeron su fama atroz sobre humillaciones, sangre y lágrimas.
En más de una ocasión, al pasar frente a uno de aquellos fastuosos templos en el que dormía algún famoso azote de la humanidad, nuestra querida joven intentó acercarse, pero la voz de Polly Bird, que se impacientaba y temblaba de terror en el fondo del féretro metálico, gritaba inmediatamente:
—¡Deprisa! ¡Aquí siento vida, y se nos está agotando el tiempo!
Caminaban rápidamente, por un camino que parecía no tener fin. Nuevas calles aparecían constantemente, y nuevas tumbas sucedían a las anteriores, obligándoles a seguir caminando sin descanso. No hallaron ni un solo ser vivo en aquel interminable trayecto.
Finalmente Polly, que iba reconociendo el camino gracias a los orificios del ataúd, dijo repentinamente:
—Ya llegamos. Sujetadme bien, porque por más que odie a mi amo, su corazón es capaz de atraerme como el imán al hierro, y a pesar de mis intenciones, enseguida me afano por adentrarme en él.
Dentro del cajón de hierro se sentían, en efecto, las sacudidas de la desgraciada, que se rompía las costillas contra las paredes metálicas.
—¡Alto! —gritó al fin—. ¡Hemos llegado! ¡Es aquí!
Puesto que el señor Goëtzi no era rey, ni tirano, ni tribuno, ni filósofo, ni fundador de un banco, ni barón Iscariote, ni baronesa Friné, no podía aspirar a entrar dentro de la aristocracia de los vampiros. Se trataba apenas de un simple doctor que, además, ni siquiera ejercía. Por ello, sólo tenía un mezquino sepulcro, que casi daba pena al lado de tan augustas tumbas. En realidad era únicamente una pobre capilla de estilo griego bárbaro, apenas un poco más grande que San Pablo de Londres, cuya arquitectura levemente modesta no tendría más de cuatrocientas o quinientas columnas. Se veía acomplejada a un lado por el mausoleo de un primer ministro de Prusia, y humillada por el otro por la catedral de una vieja malhechora francesa cuyo oficio fue, es y será, el beber en París la sangre de los imbéciles: ya fuera de los más insignes cruzados como de villanos sin distinción, siempre que existiera algo de oro en las venas de esos idiotas.
En medio de la fachada, sobre una lápida de jaspe negro, podía leerse el nombre del señor Goëtzi escrito en letras de color verde mar, tenuemente luminosas, del siguiente modo:

Gweqee

Nuestra querida joven sintió no tener a su lado a William Radcliffe, que sabía tanto griego como un turco. Tuvo que utilizar al doctor Magnus quien, a pesar de su dolor, fue capaz de explicarle que ese nombre parecía haber sido construido con dos raíces diferentes, una de las cuales declinaba del sustantivo tierra, al tiempo que la otra conjugaba el verbo hervir.
—¡Volcán! —gritó Ann—. ¡Está claro que se trata de un nombre de catástrofe!
Ella ya sabía lo que debía hacer. Preguntado más tarde, William Radcliffe descubrió que el nombre estaba equivocado y erróneamente construido.
—¡Abrid! —mandó mientras tanto Polly, que se agitaba dentro del cajón—. ¡Abrid y entrad! La más leve demora de un minuto puede exponernos a las más terribles catástrofes.
Franquearon la escalinata y el peristilo. La puerta principal no se encontraba cerrada con llave. Entraron. En el interior, el sepulcro presentaba una gran nave, rodeada de un claustro que la dominaba y sobre el que había una galería de dos pisos: todo se hallaba coronado por una cúpula bizantina. Los muros, las columnas, la bóveda, todo había sido construido con esa piedra ámbar que nuestra Ann acostumbraba a llamar «lunar» y que era casi transparente. Frente a los pilares había una hilera de estatuas, muy juntas unas de otras, y que representaban doncellas, formando un círculo alrededor de una lápida de pórfido situada justo en el centro de la nave.
Las jóvenes doncellas extendían hacia la lápida sus brazos ligeramente redondeados, que sostenían una guirnalda sin fin.
Más adelante todavía, encima de una fila de trípodes nínives, descansaban unos sahumadores de alabastro en los que prendía un desconocido licor, tan pálido que el fuego del espíritu del vino habría parecido rojo a su lado.
En la lápida central descansaba el señor Goëtzi, que yacía de espaldas y con los brazos pegados al cuerpo. El canalla parecía reducido a la nada, sin carne, deshecho y arrugado como un pergamino mojado que se acaba de secar al sol.
—¡Ah, mi querido señor! —exclamó Polly, que se entregaba a exageradas contorsiones dentro del ataúd de hierro—, ¡con qué alegría correría en vuestra ayuda de no estar prisionera! —Sin embargo añadió, casi sin tomar aliento—: ¡Vamos, vosotros! ¡No seáis perezosos! ¡Sacadle el corazón sin hacerle daño!
Pido a ustedes que me permitan utilizar aquí una palabra absolutamente chocante, pero que las circunstancias exigen. Nada es más fétido que un vampiro cuando está libre y en su morada. A pesar de que se quemaban innúmeros sahumadores, el señor Goëtzi, que se encontraba muy corrupto además, despedía un olor tan repulsivamente hediondo que nuestros amigos habrían muerto de asfixia, de no ser por los frascos de sales inglesas que habían comprado en Semlin. ¡Ése es el motivo por el que la baronesa contaba con tantos fabricantes de perfumes!
El doctor Magnus cogió su maletín, pero sus manos temblaban terriblemente y comprenderán ustedes por qué cuando les diga que el desventurado padre acababa de reconocer a sus dos hijas entre aquellas estatuas.
—¡Vamos, no os detengáis! —insistía Polly—. Cada minuto es importante. ¡Arrancad el corazón de mi desdichado amo con habilidad y suavemente!
Es cierto que Merry Bones era un irlandés pero, por mi honor, que no se arrugaba ante ninguna empresa. Le arrebató el maletín al doctor Magnus, mientras gritaba:
—¡Que el infierno me lleve si no soy capaz de realizar esta operación! Trabajé como ayudante de carnicero en Galway, y a mucha honra.
—¡Adelante, muchacho! —gimió la voz desde el féretro—. ¡Hazlo firmemente, pero sin que sufra mi amo! El criado irlandés se remangó. Nuestra querida Ann, completamente emocionada, se había colocado en una cómoda posición para poder ver bien cuanto ocurría. Ned Barton y Grey—Jack vigilaban el cajón de hierro, que constantemente amenazaba con abrirse. El doctor Szegeli se encontraba al lado de Merry Bones, dispuesto al menos a dirigir la operación.
El joven pintor esclavonio se había sentado sobre su silla plegable, haciendo unos bocetos.
Evidentemente, no sabría describir con palabras científicas la cirugía que se realizó. Además, puede que no fuese algo demasiado conveniente. Será suficiente con que explique que el señor Goëtzi mantuvo los ojos abiertos y la mirada fija durante todo el tiempo que duró la operación. Su rostro permaneció tan rígido como su cuerpo, reducido a un estado raquítico lamentable.
—Con que le hubiesen dado únicamente veinticuatro horas —decía Polly—, mi querido amo se encontraría gordo y lleno de vitalidad. ¡Cortad! ¡Vamos, cortad! ¡Más hondo! ¡Ay, cómo le amaba!
Al quitarle al paciente la camisa, todos pudieron observar en el costado izquierdo de su pecho, a la altura del corazón, un diminuto orificio redondo con un diámetro semejante al del canuto de una pluma, del que manaba gota a gota la sangre roja. Justo en el momento en que quedó al descubierto este extraño mecanismo de la vegetación de un vampiro, la cúpula comenzó a despedir sonido, mientras los muros, el claustro y las galerías cobraban voz. Fue algo así como una música plañidera, frágil como la luz ambiente, como los mármoles del edificio, o como los titubeantes resplandores que morían en los sahumadores.
El criado irlandés manejó a conciencia el escalpelo, demostrando sus aptitudes de carnicero. Sin embargo, ni una lágrima de sangre manó bajo el filo de acero. Estaba claro que lo único que quedaba se encontraba en el corazón, y que su carcasa estaba ya muerta y reseca. Polly dijo:
—¡Con cuidado, por favor! Mi vida se encuentra unida a la de mi amo por un nervio que habréis de seccionar antes de tocar el corazón. Encontraréis once de estas terminaciones en el pericardio: una para cada uno de mis compañeros. La mía es la primera a la derecha. ¿La veis?
—Sí —reconoció Merry Bones, mientras la cortaba con suma delicadeza.
La antigua Polly experimentó tal descarga que el ataúd de hierro saltó en su sitio.
Entre tanto el corazón había quedado completamente descubierto: aparecía más rojo que una cereza y en perfecto estado de conservación. Nuestra querida Ann, sujetando el frasco de sales bajo la nariz, lo examinaba llena de curiosidad. Ella nunca despreció la oportunidad de aprender.
—¿El hornillo ha sido bien encendido? —preguntó la doncella desde el cajón.
—Sí —contestaron Ned y Jack, que se habían encargado de ello.
—¡En ese caso, adiós, amor mío! Os lloraré durante mucho tiempo... ¡Arrancadlo!
Merry Bones cogió de manos del doctor Magnus el cucharón de hierro que habían afilado cuidadosamente, y hundiéndolo hábilmente bajo el corazón, retiró intacta la víscera.
La mirada del señor Goëtzi perdió su brillo y se tornó opaca.
La música, fenomenal vibración de los bloques de pórfido, se extendió como un terrible quejido.
—¡Deprisa! —gritó Polly—. ¡Abrasad el corazón de mi seductor! ¡Quemadlo enseguida! Pero tened cuidado de no perder las cenizas, porque creo que nos serán muy necesarias. ¿Qué hora es?
Nuestra querida amiga echó un vistazo a su reloj, que marcaba las doce menos cuarto.
—¡Ahora todo depende de vuestra rapidez! —prosiguió Polly—. El camino que conduce desde aquí hasta la plaza central es largo y sólo existe una entrada. ¡Avivad el fuego!
La obedecieron. Todos comenzaron a soplar sobre las brasas, en el hornillo, y sobre las ascuas colocaron el corazón del vampiro, que inmediatamente comenzó a crujir y a despedir humo. Empezó además a arder. Despedía llamas como si fuese un pudding bañado con ron. Mientras tanto, el cuerpo del vampiro disminuía de tamaño sobre su lápida y sus ojos, animados con horrorosos impulsos, giraban y giraban...
El cucharón comenzó a ponerse al rojo vivo. El criado irlandés lo sujetaba con su chaqueta mojada y plegada varias veces. Los demás soplaban sin parar, exhortados por la voz del ataúd.
El corazón cayó convertido en brasas. Lo que restaba del señor Goëtzi, sobre la lápida, era únicamente un montoncillo de materia transparente a través del cual podían verse algunas cosas muertas: un loro, un perro, una mujer calva, un mesonero barbudo y un crío que sostenía un aro.
La tenue melodía dejó de escucharse, la fría llama de los sahumadores se apagó, las estatuas de las doncellas, después de caer en silencio de sus pedestales, yacían sobre el polvo de pórfido que formaba el suelo, y el enorme cuco negro del reloj holandés volaba en círculos alrededor de la cúpula, desplegando sin cesar sus silenciosas alas.
—Ya hemos terminado el trabajo —dijo Polly, cada vez más calmada en el interior del cajón metálico—. Durante un instante sentí vértigo, pero ya pasó. Ahora tenemos que salir de aquí. Supongo que habréis oído hablar del doctor Samuel Hahnemann, el inventor de la doctrina homeopática. Siempre que me encuentro bien, no creo demasiado en la medicina, pero es evidente que el mejor remedio contra los vampiros es la ceniza de uno de ellos. Tomad algunas pulgadas de la del amo para serviros de ella cuando llegue el momento, y guardad el resto en el fondo del cucharón. ¿Qué hora es?
—Faltan cuatro minutos para las doce —le contestaron.
—¡Rápido entonces! ¡Vamos con esas piernas! ¡Llevadme con vosotros!
Inmediatamente dejaron el monumento cargando consigo el hornillo, ahora inútil, y lo que quedaba de la bolsa de carbón. Edward S. Barton y el pintor esclavonio cargaban con el cajón de hierro, puesto que Merry Bones tenía que proteger sus espaldas con el cucharón en el que se encontraban las cenizas del corazón del vampiro sacrificado. No se burlen de esta medida. Enseguida conocerán ustedes el extraordinario poder de esta medicina.
Respecto al desgraciado padre, el doctor Magnus Szegeli, se obstinaba en cargar con él las estatuas de sus dos hijas. Al no poder hacerlo, ya que eran muy pesadas, se lanzó sobre los restos del vampiro, apoderándose de ellos, con la intención de pisarlos a gusto en su gabinete, sometiéndolos a las mayores humillaciones. Ella no se atrevió a censurar aquella pueril, aunque legítima venganza.
Salieron fuera. En el exterior todo permanecía mudo y quieto como antes, aunque algo parecía haber cambiado en los colores uniformes de las tenebrosas y fantásticas perspectivas. Así como la aurora despierta a la noche, lanzando misteriosos destellos sobre las tinieblas, del mismo modo el color intentaba aparecer entre aquellos pálidos y majestuosos monumentos. Podía verse algo de rojo en el descolorido ambiente, y el silencio parecía murmurar de forma confusa...
Los expedicionarios avanzaban a toda velocidad por las calles de Selene, constantemente acuciados por los exhortes de Polly, que desde el fondo del cajón de hierro gritaba hasta la saciedad como si fuese un jockey de Epsom. Y en efecto, ya podían ver que no estaba equivocada. El murmullo que flotaba en el silencio iba creciendo; los destellos, tenuemente rojizos, se iban intensificando, y empezaba a escucharse el ruido del aleteo del enorme cuco negro que continuaba revoloteando en círculo sobre ellos.
En el preciso instante en que nuestros amigos alcanzaban el paso señalado con la estatua de la serpiente, el animal de pórfido, de fenomenales dimensiones, comenzó a ondular lentamente mientras sus anillos, casi diáfanos y hasta ese momento incoloros, adquirían una tonalidad verdosa de indescriptible riqueza.
También en ese mismo momento, un sordo y apagado rumor, procedente de la cúpula central, invadió el espacio con una sucesión de rítmicas vibraciones, y toda aquella pálida quietud que las plazas de la ciudad muerta reflejaban hasta donde alcanzaba la vista, cobró vida repentinamente: una vida verde de cruda y violenta nitidez, en la que las líneas de las junturas de las piedras, que habían sido negras, al adquirir entonces una coloración escarlata, trazaban constantes zigzags de fuego...
Era un espectáculo maravilloso, aunque horrible, y esas tenebrosas maravillas ensombrecían y realzaban sus horizontes infinitos, haciendo que la mente sucumbiese en un mar de espanto.
Polly no paraba de decir:
—¡Apretad el paso! ¡Corred! ¡Escapad de la muerte que se os viene encima! ¿Qué hora es?
—Las doce menos un minuto.
—¡Deprisa, desgraciados! ¡Corred! ¡Vuestra vida está en juego!
Los expedicionarios corrían jadeantes, tropezando constantemente, y bañados por ese helado sudor que la fiebre hace manar sobre el ardiente cuerpo. Se encontraban en medio de la plaza central cuando la trepidante campana de cristal lanzó al aire el primer tañido de la hora veinticuatro. El pájaro negro movió sus alas profiriendo un triunfal cu—cú. De arriba abajo, las ventanas abiertas del enorme santuario dejaron pasar resplandores de hornos que parecieron incendiar sucesivamente el aire, mientras el verde oscuro de los muros se cuadriculaba con líneas de llamas.
En ese momento las doncellas del peristilo comenzaron a contorsionarse y a retorcerse mientras gritaban bajo las garras de los tigres; y las estatuas adquirieron unas poses lascivas sobre sus encendidos pedestales.
La oscuridad y el resplandor, la noche y el día, la gracia y el horror; todo se mezclaba en ese momento y en ese lugar, confundidos en salvaje e infernal promiscuidad. Ya no era ni siquiera un sueño, una pesadilla, un delirio. Era la orgía, el desenfreno de todos aquellos espectros unidos, una guerra, un huracán. La campana de cristal no cesaba de tocar. Después de cada campanada, el pájaro negro profería su salvaje grito, cuya intensidad iba aumentando a medida que el espacio, cada vez más caliente, cubría con los resplandores más sorprendentes aquellas prodigiosas construcciones donde el fuego parecía ser el cemento de aquellos bloques esmeralda.
Con la duodécima campanada, los ramilletes de columnatas y nervaduras de la cúpula más alta se encendieron, avivados por el aleteo del pájaro negro. Las puertas de todos los mausoleos se abrieron en ese momento.
Nuestros amigos, exhaustos de tanto correr, ya no sabían por dónde escapar de aquella plaza rodeada de caminos uniformes, mientras Polly Bird, enloquecida de espanto, les gritaba sin parar: «¡Corred! ¡Vamos! ¡Daos prisa!», sin preocuparse por darles las indicaciones necesarias. Giraban a toda velocidad, jadeantes y sin aliento en un círculo mortal, sin percibir que no avanzaban un palmo y que ya habían pasado diez veces por el mismo sitio. Finalmente Polly gritó: —¡Por el camino del Noctilio! ¡La puerta se encuentra a ese lado! ¡Corred, por el Cielo y el Infierno! ¡Vuestra vida está en juego!
Se abalanzaron hacia uno de los seis grandes barrios que formaban la roseta, cuyo símbolo era la estatua de un gigantesco murciélago. Los otros cuatro símbolos eran una araña, un buitre, una sanguijuela y un gato. Es oportuno decir que Ned Barton y todavía más Grey—Jack, estaban ansiosos por dejar caer el ataúd de hierro que tanto frenaba su carrera, pero ¿cómo escapar sin la ayuda de Polly de semejante laberinto? No veían ninguna salida.
Mientras tanto la campana de cristal lanzaba sus últimos tañidos. En todos sitios el movimiento seguía a la inmovilidad y el ruido al silencio. A través de las puertas abiertas se veía el interior de los mausoleos, cuyos moradores se levantaban sobre sus lápidas, entregándose a su arreglo personal. Algunos incluso aparecían ya en los umbrales: hombres de gran estatura aunque afeminados casi siempre, mujeres también muy altas y de altiva figura, y todos ellos hechos de una materia verde jaspeada de púrpura, con radiantes ojos amarillos y labios de los que saltaban chispas y que ardían como brasas bajo el fuelle de una fragua. Sobre sus hombros flotaban largos velos purpúreos y en el fulgor cada vez más intenso que incendiaba el ambiente, resultaba fácil descubrir en el costado izquierdo de sus pechos, en el lugar del corazón, un orificio sangrante del que pendía siempre una gota roja.
¿No se habían despertado del todo, o es que nuestros amigos se encontraban bajo el influjo de alguna protección? Aquellas espantosas criaturas no parecían haberles visto todavía, a pesar de que nada escondía su fuga. Polly Bird ni siquiera se atrevía a hablar desde el interior del cajón de hierro, por temor a atraer su atención hacia los fugitivos. Nuestra querida Ann, al comprobar que sus pobres piernas no aguantaban más y que pronto se negarían a seguirla sosteniendo, le encomendó su espíritu a Dios. Ned estaba enfadado; Grey—Jack, a pesar de que era un inglés de pura cepa, tenía la carne de gallina, y al propio Merry Bones aquella situación se le estaba haciendo eterna.
—¡Valor! —clamó en un susurro Polly Bird, al verlos flaquear—. ¡Un último esfuerzo! Ya nos encontramos cerca del sepulcro del portero. Bastará con que le echéis en los ojos un poco de ceniza de mi difunto seductor, y podremos pasar. ¡Aguantad!
Pero cuando el gran pájaro negro, posado ahora con sus alas desplegadas en medio del fuego que coronaba la gigantesca cúpula, lanzó un último cu—cú y en el aire resonó la última campanada, pudieron oír un grito lejano seguido por el ruido de un cuerno.
Después, con mágica rapidez, los gritos se fueron aproximando, los sones de las trompetas también, de forma que antes de que pasara un segundo, nuestros amigos se vieron rodeados por un sordo clamor sobre el que se destacaba la atronadora voz de los cuernos. Los gritos parecían hablar en un idioma desconocido, mientras los cuernos tocaban una marcha militar cuya algarabía, capaz de desgarrar cualquier tímpano, no puede describirse con palabras. Simultáneamente, unos tambores invisibles redoblaron a los cuatro vientos convocando a todos los vampiros, mientras la campana de cristal tocaba a rebato.
—¡Estamos al lado de la puerta! —gritó Polly Bird—. Están gritando: «¡Tumba violada! ¡Muerte de un vampiro!» Pero da igual. ¡Un último sacrificio y nos encontraremos fuera!
Era cierto. Nuestros expedicionarios ya podían vislumbrar el alto muro de pórfido, fantástica cintura de tanta maravilla y el profundo, estrecho y bajo túnel, que era la única entrada a la Ciudad de los Vampiros. Seguramente pasaron por él en su camino, aunque ahora no lo recordaban.
Y puesto que ya habían dejado atrás los últimos mausoleos, no encontraron a nadie que se interpusiera entre ellos y la puerta, abierta de par en par, tras la cual reinaba una completa oscuridad.
Pero el griterío, la algarabía, la alarma general y el toque a rebato, mezclados con todo tipo de ruidos añadidos, subía de volumen como si fuese una marea de ensordecedor estruendo, y repentinamente una multitud de hombres, mujeres, cuadrúpedos, pájaros y reptiles, todos verdes y rojos, con ojos de un amarillo intenso, apareció en el camino principal procedente de todos los accesos, invadiéndolo en un santiamén.
—¡Muerte a los profanadores! ¡Muerte a los profanadores! ¡Portero, cierra la puerta! ¡Baja los barrotes e iza el puente! ¡Soltad los dogos, los tigres, los leones, las serpientes y los cocodrilos! ¡Sepulcro ultrajado! ¡Muerte de un vampiro! ¡Queremos su sangre... su sangre... su sangre!
Entonces ocurrió algo sorprendente. No se percibió el menor movimiento al lado de la puerta que respondiese ante aquel griterío acuciante. El portero no apareció. Los barrotes permanecieron suspendidos en el aire y el puente levadizo no fue izado. No aparecieron ni los dogos, ni los tigres, ni las serpientes, ni los cocodrilos. Si me lo permiten, ahora les explicaré lo que ocurrió. El cargo de portero, al existir una única puerta, es un cargo muy importante. Por ese motivo, y para evitar problemas, el cargo es desempeñado por turno, durante veinticuatro horas, por cada uno de los habitantes de Selene. Ese día el turno le correspondía al señor Goëtzi, y al tener fama de ser un vampiro extraordinariamente puntual, su predecesor se retiró después de la primera campanada de la hora veinticuatro.
Evidentemente cometió un grave error, y seguramente sería severamente castigado por ello.
Ese es el motivo por el que nuestros amigos fugitivos no se encontraron con nadie que pudiera cerrarles el paso. Aunque, ¡válgame el Cielo!, no por ello su situación era menos complicada. La muchedumbre de alborotadores y airados enemigos crecía con vertiginosa rapidez. Ya se desbordaba a ambos lados, cuando la voz del ataúd gritó:
—¡Cuidado, Merry Bones! ¡Cuidado!
El valiente irlandés se giró, y el aliento de un gigantesco canalla de verde, que le pisaba los talones con sus fauces abiertas, le abrasó el rostro, mientras dos perros monstruosos saltaban sobre él intentando hacer presa en su garganta, al tiempo que algunos reptiles se deslizaban silbando entre sus piernas.
La situación se hizo todavía más crítica, porque justo entonces la muchedumbre desbordaba ambos flancos ladrando, bufando, gritando y rugiendo: «¡Muerte! ¡Muerte!», mientras nuestros amigos, exhortados por la voz de Polly, perdían por completo el control de sí mismos.
Merry Bones ni siquiera llegó a pararse un cuarto de segundo, pero fue tiempo suficiente para que el gesto le separase del resto de sus compañeros, que atravesaron el túnel dejándolo a él solo, en medio de la Ciudad de los Vampiros.
Ella nunca habría aceptado voluntariamente dejar atrás a nadie, aunque fuese irlandés, y menos a merced de tan espantosos enemigos; pero Polly apresuraba la escapada como una posesa, conocedora del tipo de tortura que le esperaba si llegaban a capturarla (y además veremos que también tenía el ambicioso proyecto de convertirse en la única heredera del señor Goëtzi). Ned Barton y Grey—Jack, obedientes, franquearon el túnel y el puente levadizo corriendo como liebres.
Ann iba justo detrás, sin saber si ya se encontraba a salvo, o por lo menos fuera de la ciudad maldita.
Únicamente se giró después de sobrepasar el foso, y entonces pudo ver a través de la boca del túnel un espectáculo magnífico e infernal que muy pocas personas han conseguido contemplar a lo largo de los siglos. Por muy audaz que fuese su temperamento, Ella nunca sentiría nostalgia de los momentos que acababa de vivir en medio de aquellos increíbles horrores, a pesar de lo cual quedaría en su mente para siempre un eterno deslumbramiento y, gracias al instinto de su carácter poético, permanecería grabada en ella la impresión de esos milagros que manifestaban un poder que no era el de Dios. En especial, recordaría el momento del despertar, ese minuto en que la sepulcral fantasmagoría se coloreó con las tonalidades de una orgía, dejando en ella un recuerdo tan vivo como una herida.
La vio todavía una vez más a través de la boca del túnel, que se abría en medio de la gruesa muralla: la orgía saltaba y se contorsionaba en un mar de luces verdes y rojas; y más allá de los tumultuosos y confusos movimientos de la turba embriagada de ira pudo ver de nuevo, como en un sueño lejano, la perspectiva infinita de los sepulcros, las cúpulas, y los pilares perdiéndose en resplandecientes propileos...
Y como el desgraciado Merry Bones se encontraba ahora ahogado en medio de aquella turba salvaje, Ella ni siquiera logró verle.
—¡Bendito sea Dios! —exclamó entonces—. ¡Nos hemos salvado de milagro!
—¡Adelante! ¡No debemos pararnos ahora! —urgía Polly—. Aún no podemos felicitarnos. ¡Ya nos quedará tiempo para darle las gracias a Dios cuando hayamos traspasado el círculo de tinieblas y vislumbremos los campanarios de Semlin!
No es necesario que recuerde que, al abandonar el túnel, nuestros amigos se encontraron nuevamente con las penumbras que rodean a Selene, como si perteneciesen a un oscuro suburbio.
Continuaron avanzando, y a quienes se les ocurrió recordar a Merry Bones, se cuidaron muy mucho de pronunciar su nombre.
Nosotros, por nuestra parte, nos ocuparemos de él.

Al principio se sintió un poco perplejo e incluso contrariado por el salvaje asalto de los vampiros, a quienes creía todavía lejos. Uno puede cometer este tipo de errores cuando pelea contra seres sobrenaturales. Por lo general, su agilidad y destreza es muy superior a la de cualquier humano.
Sin embargo, el asombro del criado no le impidió arremeter de un cabezazo contra la barriga del vampiro que le abrasaba con su aliento, aunque el golpe, amortiguado por el pelo, le produjo una impresión tan desagradable de frío que se propuso no volver a tocar a esos animales más que con el pie; y eso que él no era nada remilgado. A pesar de su bella apariencia de jaspe, el pecho de ese vampiro era fofo y frío como la panza de un pescado.
Aun así, el cabezazo había sido bueno, y la maldita bestia se vio lanzada contra la turba apretada, y después fue tirando, al retroceder tambaleando antes de caer, a media docena de vampiros. Aquello abrió un hueco suficiente como para que Merry lograse mirar hacia atrás. Al ver que se encontraba separado de sus compañeros por una muralla espectral y movediza, se sintió completamente derrotado, cercado y abandonado.
—¡Eso es lo que puede esperarse de los ingleses! —se quejó lastimero.
Su desgracia le hacía ser injusto con la más civilizada de las naciones. ¡Aunque puede que tuvieran el suficiente juicio como para comprender que un irlandés siempre logra salir adelante de cualquier situación!
Entonces comenzó a lanzar coces a su alrededor, de forma tan violenta que le hizo ver las estrellas a todos los vampiros que le rodeaban. No había un solo testigo que pudiese gozar de tan maravilloso espectáculo: un simple criado manteniendo a raya a todos los vampiros de la tierra, rebeldes y en el paroxismo de la furia. Se trata de algo increíble, no puedo negarlo, pero completamente cierto. Y Merry Bones, al derribarlos, les cantaba además descabelladas canciones de su tierra, y les gastaba bromas pesadas que sólo se le pueden perdonar atendiendo a su mala educación.
Pero debemos ser justos. ¡Eran demasiados! ¡Y seguían viniendo cada vez más! Los perros, por su parte, se mostraban especialmente furiosos. Los pájaros también se encarnizaban de forma insoportable, y cuando a ellos se les sumaron las arañas y los murciélagos malolientes, Merry Bones perdió por completo la paciencia. No se trata de que los maestros—vampiros sean muy numerosos. Por fortuna no lo son, o de lo contrario el mundo se extinguiría exangüe. Lo que pasa es que cada uno tiene su réplica, y además arrastra con él a esas bestias accesorias, que también tienen la capacidad de multiplicarse. Un vampiro banquero, de esos que ha mantenido altas finanzas o ha pertenecido a la nobleza, es capaz de mantener a cientos de estos esbirros, y los aristócratas nunca han tenido menos de cincuenta. Eso le confiere a la Ciudad de los Vampiros una población flexible, que puede replegarse dentro de sí misma como las diferentes secciones de un catalejo, o los diferentes tramos de una caña de pescar. Resulta agotador, porque por más que se pode este prado vivo y movedizo, absolutamente abominable, nunca se logra nada.
Hubo un momento en que el desgraciado Merry Bones se encontró en verdaderas dificultades. Tenía dos perros agarrados a cada una de sus piernas, tres arañas colgándole de la espalda, un murciélago en cada axila y varias docenas de sanguijuelas extendidas por todo el cuerpo. Cuatro buitres gigantescos se peleaban por sus ojos mientras los hombres, lanzando verdes resplandores, le atacaban violentamente con toda clase de armas. Era como para poner en dificultades al guerrero más audaz.
De repente se dio una palmada en la frente: acababa de tener una idea. Había dejado el cucharón en el suelo, entre sus piernas, para poder tener libres las dos manos. Ustedes no habrán olvidado, sin duda, que el cucharón contenía las cenizas del corazón del vampiro Goëtzi. Merry Bones recordó en aquel trance que Polly había insistido vehementemente en las propiedades de esas cenizas. Para ver si era verdad, se apoyó sobre sus manos con la intención de quitarse de encima a esa chusma que lo cercaba, y lanzó tantos y tan salvajes puntapiés a su alrededor que logró hacer retroceder unos pasos a sus atacantes.
Al lograr de ese modo un pequeño espacio, levantó el cucharón y lo colocó bajo las narices del primer vampiro que se le vino encima. El efecto fue fulminante. El hombre verde explotó repentinamente, ya que ésa es la expresión que me parece más apropiada para el estornudo que destruyó a la bestia, haciendo jirones sus vestidos y provocando daños también a su alrededor. El resultado le dio a Merry una de las alegrías mayores de su vida. Inmediatamente lanzó un rosario de todas las imprecaciones conocidas al oeste de Irlanda, mientras enterraba el mango del cucharón en la mata de su pelo, donde se mantuvo tan firme como si se lo hubiese clavado en la cabeza. Acto seguido ejecutó entusiasmado las piruetas del Lilliburo, su baile nacional. Entonces le hizo señas a la chusma, indicando que quería hablar:
—¡Hatajo de serpientes! —gritó—, ¿entendéis el irlandés? Si me dejáis en paz no acabaré con vosotros, exterminando hasta el último. Pero si seguís impacientándome...
Le interrumpió inmediatamente un agudo estruendo, formado por voces de hombres, berridos de mujeres, aullidos de perros, silbidos de pájaros y murciélagos, y chillidos de reptiles. El clamor decía:
—¡Eres nuestro prisionero! Hemos cerrado la puerta, bajado los barrotes e izado el puente. Si no podemos acabar contigo por la fuerza, entonces te mataremos de hambre y le daremos de beber tu sangre a nuestros cerdos.
El pobre criado comenzaba precisamente a sentir hambre, por lo que la idea de morir de ese modo le hizo explotar en justificada cólera.
—¡Eso ya lo veremos, por cien mil diablos! —exclamó mientras se remangaba.
Y enarbolando el cucharón como si fuese una mágica bandera, se dirigió con paso firme hacia la puerta de salida.
Nadie le cerró el paso. La muchedumbre de espectros se mantenía a distancia, sonriendo burlona.
Efectivamente, al llegar a la puerta el criado se encontró con que estaba cerrada y atrancada. Intentó derribarla, pero le habría sido más fácil arremeter contra las torres de la abadía de Westminster. Contrariado, permaneció un momento titubeante, y la canalla empezó a lanzar carcajadas al ver su estupor.
—¡Quien ríe el último ríe mejor! —gruñó el irlandés, que se rascaba ambas orejas hasta hacerse sangre, en busca de una idea.
La chusma le replicó, a distancia:
—¡Morirás de hambre, miserable pordiosero! ¡Morirás de hambre!... ¡De hambre!
—¡Morirás de hambre, morirás de hambre! —les imitó Merry Bones.
Y al tratar de burlarse de ellos con un gesto vulgar, ejecutó un movimiento tan torpe que el cucharón se viró, yendo a desparramarse en el suelo las cenizas del corazón del vampiro Goëtzi.
La turba enloquecida profirió entonces un aullido de triunfo, como celebración de aquel accidente de imprevisibles consecuencias, e inmediatamente comenzaron a moverse con renovada furia. Al principio el criado irlandés quedó aturdido, pero inmediatamente se dio tres palmadas en la frente y guiñó el ojo como suelen hacer los irlandeses:
—¡Se me acaba de ocurrir una idea! ¡Esperad un segundo, vamos a reírnos!
La ceniza había caído al ras de la puerta, que estaba forjada en acero fundido. Mientras la turba se le acercaba ruidosamente, Merry Bones comenzó a rascar el suelo, recuperando toda la ceniza que pudo y colocándola de vuelta en el cucharón. Con el resto hizo un pequeño montoncito. Entonces se giró. Aquél era el momento. Toda la jauría de cuadrúpedos, bípedos, aves y reptiles se abalanzó al unísono sobre él. Escogió de entre todos a una hermosa vampiro de cabellos rubios que apestaba a perfume, agarrándola por el cuello. Actuó de forma tan rápida que nadie logró impedírselo, y casi no hubo tiempo para que de los abrasadores labios de la bestia saliese una maldición.
A pesar de todas las mordeduras, picaduras, mazazos y aletazos que le habían dado, el criado irlandés utilizó su poderoso brazo, y obligó a la vampiro a inclinarse hasta que sus labios tocaron el montoncito de cenizas. Ya conocen ustedes la violencia de aquel producto, cuyo simple olor había hecho saltar por los aires a un vampiro. En cuanto los labios ardientes de la cortesana tocaron la ceniza, no se produjo una explosión, sino la erupción de un volcán semejante a la del Vesubio o el Etna. La puerta de acero fue arrancada de cuajo y lanzada a una distancia increíble; la reja saltó hecha añicos, también; y la muralla quedó reducida a fragmentos que podrían haber servido como pavimento. Por algún sorprendente efecto, el puente levadizo permaneció sin embargo intacto; únicamente se rompieron sus cadenas, lo que hizo que cayera de plano en su sitio de costumbre, sobre el foso, y lo justo como para permitir el paso del pobre Merry Bones.
¿Es necesario que les cuente los destrozos que se produjeron entre la marabunta de vampiros? No. Seguramente se los pueden imaginar fácilmente. Bastará con que les cuente que Merry Bones salió únicamente con algunos rasguños superficiales, unos pocos moratones, y dos tercios de su cabellera chamuscada. Pero como pensaba cortarse el pelo al día siguiente, esta circunstancia incluso le ahorró trabajo.
—¡Eh, muchachos! —gritó hacia el picadillo de vampiros que había esparcido a su alrededor—, ¿os ha gustado la broma? ¡Que lo paséis bien!
Y cruzó el puente, retorciéndose de risa.
A pesar de su brillante proeza, el desdichado Merry Bones no había llegado todavía al final de sus problemas. Una vez atravesado el puente levadizo penetró en la oscuridad, densa y opaca. Al principio intentó alejarse tan rápido como se lo permitieron sus piernas, aunque después de unos pocos pasos, sorprendido al no oír ningún ruido a su espalda, se giró y no vio nada.
¡Estaba en medio de la más impenetrable oscuridad, y del más completo silencio. El mero hecho de darse la vuelta fue suficiente para que se desorientara, y comenzó a caminar erráticamente, presa de un miedo visceral hacia lo desconocido. Lógicamente, debería haber seguido andando hacia delante, en línea recta, pero la gente de su país tiene una veleta dentro de la cabeza. Sin ningún motivo, giraba repentinamente hacia la derecha, obedeciendo a un capricho pasajero; un momento después le daba la impresión de que estaba regresando hacia Selene, y giraba nuevamente hacia la izquierda. No podía avanzar demasiado siguiendo aquel sistema.
De esta forma caminó, aunque sin avanzar apenas, nuestro pobre Merry Bones. Después de media hora, cuando cambiaba por enésima vez de dirección, chocó violentamente contra un hombre que caminaba en dirección opuesta.
—¡Idiota!
—¡Animal!
—¡Increíble! ¡Es Grey—Jack!
—¡Señorita! ¡Señorita Ann! ¡El inútil de Merry Bones no ha muerto!
Ése fue el peculiar diálogo en medio de la oscuridad. Justo en ese momento se produjo un resplandor entre las tinieblas, y nuestra querida Ann apareció sujetando una vela que iluminó a Ned, Jack y el cajón de hierro. Ya no viajaban con el doctor Magnus ni con el joven pintor esclavonio, personajes de poca importancia que se habían despistado y cuyo destino es fácil de imaginar si les digo que aquella oscuridad estaba infestada de vampiros sedientos de venganza y ansiosos por devorar a alguien.
Nuestra querida joven y su grupo estaban tan perdidos como el pobre criado irlandés. Se preguntarán ustedes cómo era posible que pasara esto, ya que viajaba con ellos Polly Bird, antigua réplica del señor Goëtzi, y que debía estar ya acostumbrada a aquellos trucos del diablo. Les contestaré que la desgraciada había sufrido una terrible conmoción al serle cortado el hilo espiritual que la unía a su amo y señor. No es posible soportar una operación como ésa sin que la salud se resienta gravemente. Los acontecimientos que siguieron, terribles y dramáticos, acabaron por agotar sus escasas energías, especialmente al tener que respirar el aire viciado del interior del ataúd. Todos aquellos motivos hicieron que la antigua Polly se adormeciera dentro de su féretro, y fueron en vano todos los intentos que se hicieron a partir de entonces para conseguir que despertase.
Se pararon un instante para meditar sobre su situación. Merry Bones aprovechó el momento para sacudirse el escaso pelo que le quedaba y para quitarse de encima los jirones de ropa de los vampiros que habían explotado a su lado. Nuestra querida Ann examinó atentamente aquellos restos, con una curiosidad propia de su interés por la Historia Natural. Entre otras cosas, la joven observó lo siguiente: la carne de vampiro es de muy poca consistencia, blanda, e incluso un poco viscosa. En medio de la oscuridad, Ella se dio cuenta de que irradiaba un pálido resplandor verde fosforescente. Al darle la luz, sin embargo, aquellos restos mostraban un color verde oscuro, moteado de rojo negruzco. Todos los detalles son pocos para la ciencia, y por eso les transmito todas estas cosas exactamente igual a como me las contaron.
El grupo decidió unánimemente que tenían que atravesar a cualquier precio aquella densa oscuridad.
Atendiendo a su instinto, debían de ser en ese momento las dos de la tarde aproximadamente; si conseguían alcanzar el borde de aquella noche artificial se tropezarían, muy probablemente, con el pleno día. Merry Bones se puso nuevamente al frente de la columna de expedicionarios y ordenó reemprender el camino.
Después de una pesada y tediosa marcha, un grito brotó al mismo tiempo de todos los corazones:
—¡Luz!
Era sólo un débil resplandor. ¡Pero qué alegría les dio ver, aunque fuese confusamente, algo parecido a la claridad! Nuestros amigos iban a acelerar la marcha, cuando inesperadamente se detuvieron, paralizados de espanto. Nubes verdosas cruzaban el cielo al tiempo que se oía un sordo clamor, semejante al estruendo de una cabalgata, mientras largas filas de pálidas sombras aparecían por sus flancos. —¡Los vampiros!
Por desgracia era cierto. Todo lo que había quedado vivo en la Ciudad de los Vampiros había montado a lomos de un dogo, de un león o de un tigre, y la salvaje caballería rodeaba ya a los fugitivos, mientras otros asesinos, subidos sobre murciélagos de diferentes especies, surgían de la oscuridad y llegaban por los aires haciendo chasquear las membranosas alas de sus monturas. ¡No les quedaban esperanzas! Merry Bones había perdido en el camino su célebre cucharón. Era el final de la aventura.
Pero justo en ese agónico momento, en el instante en que las huestes sedientas de sangre se abalanzaban desde todos sitios sobre nuestros amigos, pudo escucharse en la distancia una melodía celestial. No es necesario decir que la oscuridad comenzó a desaparecer ante aquella maravillosa música que parecía traer consigo a la venerada luz del sol. La horda de vampiros, durante un segundo asustada y titubeante, huyó en estampida dando alaridos, como cien diablos derrotados por la aparición de un único ángel.
Porque era realmente un ángel el que llegaba. Existen seres adorables que, al igual que los ángeles, sólo necesitan aparecer para producir milagros.
No es necesario que lo proyecten o que se lo propongan: basta solamente con que aparezcan.
El muy venerable Arthur (al que en otras tierras bautizamos acertadamente como «el desconocido de apariencia divina») no había llegado hasta las llanuras de Serbia para proteger a nuestra querida Ann y sus amigos. Al igual que en Holanda, se dedicaba aquí a estudiar el arte de la guerra bajo la tutela del respetable clérigo, miembro de la comunidad anglicana, que lo acompañaba como mentor. En aquel momento visitaba los campos de batalla donde se habían instruido en el pasado Solimán II, el príncipe de Baviera, el príncipe Eugenio y muchos otros.
En efecto, era el honorable Arthur, rubio, sonrosado y barbilampiño, montado en su silla de viaje admirablemente confortable. Mientras el venerable religioso dormía la siesta después de una copiosa comida, el joven noble olvidaba por un instante sus incipientes estudios y cantaba el God save the king con la ayuda de una guitarra.
Y pasó de largo, sin dirigir una mirada a los expedicionarios a los que acababa de regalar la existencia.
Ella se negó a volver a Semlin. Abandonaron el torrencial Danubio y se dirigieron hacia el oeste para correr, por fin, a salvar a la pobre Cornelia. Como ya no tenían nada que temer del señor Goëtzi, el viaje resultó placentero por las llanuras de Bosnia, un país desconocido y muy fértil, donde los habitantes visten trajes convenientes. El desfiladero de Tina les permitió un paso en medio de las montañas. Tras alcanzar el otro lado, se encontraron con las abruptas cimas de los Alpes Dináricos, en medio de los cuales se erguía orgulloso el castillo de Montefalcone.
Desde hacía varios días el ataúd de hierro estaba vacío. Polly Bird se había portado tan bien en la Ciudad de los Vampiros que no provocaba ya ninguna desconfianza. La pusieron en libertad, sin que ella abusara en absoluto de ese privilegio. Tampoco les sorprendió el uso inmoderado de bebidas alcohólicas por parte de esta doncella, puesto que es frecuente en las jóvenes campesinas inglesas, que comparten esta afición con damas de alta cuna.
Como todavía llevaba además ropas del otro sexo, sus muchos pecados de embriaguez resultaban menos impropios. No habrán olvidado ustedes que la antigua Polly todavía representaba el papel de réplica del señor Goëtzi. Ésta era la única forma de poder introducir a Ned Barton dentro de las murallas de la inexpugnable fortaleza. Homero empleó una estratagema parecida en su inmortal epopeya, y lo cierto es que el ataúd de hierro podría perfectamente pasar por una versión moderna, y reducida, del caballo de Troya.
En lo físico, Polly había cambiado ligeramente desde la muerte de su seductor. Había menguado, ofreciendo el aspecto de un señor Goëtzi empequeñecido por el cansancio o la enfermedad. Al mismo tiempo, no obstante, había adquirido un aire de importancia que no agradaba a nuestra querida Ann. El único que lograba hacerle que obedeciera era Merry Bones. No es ningún misterio cómo lo lograba: le atizaba un cabezazo en la barriga o un puntapié algo más abajo, en el lado contrario, siempre que ella no se comportaba como él quería.
En la noche del sexto día entraron en los desfiladeros y enseguida los rayos de la luna iluminaron la enorme masa del castillo condal, que Ella inmortalizara con el nombre de Castillo de Udolfo.
No se veía ninguna luz sobre los muros ni a través de las ventanas góticas de las diversas alas del edificio. Todo parecería estar muerto en la antigua fortificación, de no ser porque una forma humana hizo su aparición en la parte más alta de una elevada torre. Era una joven (o al menos su sombra) vestida con largos velos blancos.
—¡Ya la veo! ¡Es ella! —exclamó Ann. Y Edward, uniendo sus manos con delicada sensibilidad, exclamó:
—¡Oh, Cornelia! ¡Mi amada! ¿Es a ti a quien veo, o es sólo tu fantasma bienamado?
Para conseguir su objetivo, nuestros amigos tenían que separarse allí en dos grupos. El señor Goëtzi, como volveremos a llamar en lo sucesivo a la desdichada Polly Bird, debía entrar solo en el castillo con el cajón de hierro, que transportarían dos hombres del pueblo contratados en la ciudad de Bihac, que tiene la peculiaridad de encontrarse ubicada en medio de las aguas del río Una. Nuestra querida Ann, Merry Bones y el viejo Grey—Jack habían acordado vigilar desde el exterior.
La hora en que tuvieron que separarse les resultó muy triste. Los viajes crean cierta intimidad; los peligros compartidos producen inevitablemente un cierto acercamiento, y no he ocultado que en los primeros trastornos de su corazón Ella le había dedicado a Edward S. Barton sus preferencias. Por eso, cuando tuvo que separarse de él, tal vez para siempre, no pudo evitar derramar algunas lágrimas, aunque enseguida se impuso su excepcional fuerza de carácter y dijo con tono enérgico:
—Marchaos, Edward Barton, mi amigo y hermano. Id hacia donde el deber os llama. Sed tan prudente como valiente en medio de los peligros desconocidos que os envuelven. Recordad que viajan con vos mis oraciones, y que día y noche estaré preparada para correr en vuestro auxilio.
Ella se volvió y los demás abrieron el ataúd.
Edward se introdujo entonces en él, y los dos hombres de Bihac lo cargaron sobre unas parihuelas.
El señor Goëtzi conocía, naturalmente, la contraseña. Después de llamar desde el otro lado del foso (ya que no tenía un cuerno de caza consigo), intercambió las palabras necesarias con el vigía, que le permitió el paso. Cuando le preguntaron qué quería, replicó:
—Deseo ver inmediatamente al conde Tiberio.
—El conde está acabando ahora de cenar —le respondieron—. No es momento adecuado para visitas.
—Cualquier momento es adecuado cuando se trae una buena noticia —insistió el señor Goëtzi—. Id en presencia del conde y explicadle que el hombre que acaba de llegar le trae el ataúd de hierro.
El criado hizo lo que le mandaban. Cuando el señor Goëtzi se quedó de nuevo a solas con Edward, se agachó hacia uno de los orificios del cajón metálico y dijo en un susurro:
—Todo marcha viento en popa. Intentad haceros bien el muerto.
—Estoy dispuesto a lo que sea para salvar a mi amada, pero ¡por mi honra! ¡Aquí me estoy asfixiando! El retorno del criado acabó con este diálogo.
El conde esperaba al señor Goëtzi en sus aposentos. Llamaron de nuevo a los hombres del pueblo, que volvieron a colocar el ataúd de hierro sobre las parihuelas. Se adentraron entonces a lo largo de trece corredores, y atravesaron docenas de habitaciones que en otros tiempos debieron de ser magníficas, aunque el deplorable estado en que se encontraban denotaba un abandono de varios siglos. El señor Goëtzi no pudo reprimir una sonrisa diabólica al pasar junto a las ruinas que indicaban el antiguo emplazamiento de la alcoba de la condesa viuda de Montefalcone. Toda aquella ala del castillo, todavía no rehabilitada, despertaba en él el recuerdo de su incursión al mando de su fallecido amo y se dijo a sí mismo:
—¡Todo aquello estuvo bien, pero ahora lo haré todavía mejor!
Supongo que ya comienzan ustedes a comprender que el desdichado Ned y nuestra querida Ann habían hecho muy mal en depositar en él su confianza.
Por fin llegaron a una zona mejor conservada, con alfombras ya reparadas y muebles sin manchas de polvo.
El conde Tiberio Palma d'Istria se encontraba sentado, o más bien tumbado, en un sillón cuya confección se remontaba a la era de los Dux.
Estaba borracho, como solía pasarle todas las noches después de comer. Letizia le había inculcado esta costumbre salvaje para poder dominarlo mejor. El señor Goëtzi apareció, seguido por los dos porteadores, que dejaron el cajón de hierro en el suelo, recibiendo inmediatamente la orden de salir de la habitación, aunque sin marcharse del castillo.
—¿Traes al inglés en ese arcón? —interrogó Tiberio—. ¡Buenas noches, bribón!
—Os saludo, monseñor —contestó Goëtzi—. Sí, traigo al inglés.
—¿Está completamente muerto?
—Me sorprende incluso que no os sintáis todavía molesto por el olor que desprende el cuerpo.
Tiberio, que se creyó lo que le decía, se tapó inmediatamente la nariz.
—¿Deseáis verle? —añadió el señor Goëtzi, girándose hacia el cajón.
—¡Vete al infierno! —gritó el conde—. ¡Acabo de terminar de cenar! No juegues con mi estómago. ¡El inglés ya debe de haber sido devorado por los gusanos, porque tú, maldito, te tomaste todo el tiempo del mundo para traerlo hasta aquí!
—El féretro es muy pesado, y el camino largo —se excusó el señor Goëtzi.
—¡Qué cosa infecta! De acuerdo, hagámoslo rápidamente. ¿Qué fue lo que te prometí como recompensa?
—A la signora Letizia Pallanti.
—¿Es eso cierto, bribón? Me parece perfecto. La amé como a la niña de mis ojos, pero ya ha pasado el tiempo y ella todavía lleva la peluca de una muerta. ¡Ja, ja, ja! ¡Pobre condesa Greete! ¡Menuda broma le gastamos! Pero ahora deseo desposar a Cornelia, mi discípula, para poder gozar de su juventud al mismo tiempo que lo hago de su fortuna... ¡Perfecto! Ahora deja al inglés en los calabozos. Letizia es tuya, ya puedes irte con ella de una vez. Di, cuando bajes, que me suban más vino y me traigan a mi discípula Cornelia.
El señor Goëtzi se marchó entonces con el ataúd de hierro, mientras el conde Tiberio seguía bebiendo. Ned, a pesar de su incómoda situación, se alegró por el éxito del engaño. Estaba seguro de que ahora lo llevarían al lado de Cornelia, y que ésta encontraría alguna forma de hacer entrar a sus amigos en el castillo. Ése había sido el plan acordado, y las esperanzas de Edward se vieron reforzadas cuando el señor Goëtzi ejecutó únicamente la mitad de las órdenes del conde Tiberio. Pidió que le llevaran más vino, pero no dijo nada de Cornelia.
¿Cuántos pasillos, cuantos puentes levadizos, escaleras, aposentos deshabitados y salones separaban la alcoba de Tiberio de la de Letizia?
La hermosa italiana estaba tumbada a la usanza oriental sobre una montaña de almohadas. Había engordado bastante últimamente. ¡Allí fue donde Ned comenzaría a entender muchas cosas!
—¿Me lo traéis vivo? —preguntó la Pallanti nada más ver al señor Goëtzi.
Y al decirle éste que sí, ella se puso en pie sobre los almohadones, exclamando:
—¡Oh, cielos! ¡Debes de estar muy incómodo ahí dentro, mi amor! ¡Abrid enseguida este ataúd para que pueda embriagarme de gozo al verlo y estrecharlo contra mi corazón!
—¡Calma! —contestó sin embargo el señor Goëtzi—. Este muchacho es fuerte y decidido. Si lo dejáramos en libertad no tardaríamos en arrepentimos.
—¿Crees acaso —interrogó Letizia— que se podría resistir a mis encantos?
—Estoy convencido. ¿Es que no sabéis que a quien ama es a Cornelia?
—¡Esa flacucha! —exclamó la signora con un gesto de desdén—. ¡Apuesto a que ni siquiera pesa cien libras de buena carne!
El señor Goëtzi respondió con una mueca y prosiguió:
—Cada cual tiene sus gustos. Yo, sin ir más lejos, la quiero a ella como recompensa, tal y como está.
Ned pensó que no había oído bien. «Seguramente», pensó, «Polly está representando su papel todavía».
—De acuerdo; es justo —respondió sin embargo la italiana—. Te la prometí y será tuya, pero no ahora.
—¿A qué hay que esperar? Tengo prisa.
—Todavía tenemos que deshacernos de ese cretino de Tiberio.
—Eso llevará tiempo —objetó el señor Goëtzi.
Letizia insistió:
—Todo estará preparado mañana por la mañana. Si tienes sed, puedes pedir a mi undécima doncella: ¡tiene dieciséis años... una palomita! La rapté en la granja esta mañana, y podrás comprobar que su sangre es mucho mejor que la de Cornelia.
Por uno de los orificios, Edward pudo ver cómo la mirada del señor Goëtzi brillaba ante aquellas palabras. ¡Entonces cayó la venda de sus ojos! Pensó con espanto que Polly continuaba siendo vampiro, y que él se hallaba a su merced.
—No rechazaré a la joven campesina —dijo entonces Goëtzi—, sobre todo después de lo mucho que he padecido en este viaje y de las pocas ocasiones que he tenido para alimentarme bien. Pero os advierto que no debéis iros a dormir en confiada seguridad. Hay enemigos en las proximidades del castillo.
—¿A qué te refieres?
—Estoy hablando de miss Ann Ward y sus criados.
Ned se estremeció entre las paredes del ataúd metálico. Sin embargo tuvo el temple suficiente como para no mostrar su desaliento con alguna imprudente exclamación.
Entre la italiana y el señor Goëtzi se produjo, a pesar de ello, un momento de silencio. Ella parecía sumida en profundas meditaciones.
—Escucha —dijo finalmente—. Lo mejor será que desciendas por el subterráneo del Norte, que es el más corto de los cuatro, puesto que sólo tiene una legua. Cuando llegues al final, haz girar la piedra que está montada sobre goznes, y así podrás acceder a la campiña. Te unirás entonces a la inglesa y sus esbirros y te ofrecerás hábilmente para conducirlos hasta Cornelia, aunque los traerás ante mi presencia. Yo me ocuparé de lo demás. ¿Está claro? Obedece, entonces. Mientras tanto le daré al hermoso Edward algunas explicaciones, después de las cuales estoy convencida de que me ofrecerá gustoso su corazón y su mano.
La celda de nuestra querida Cornelia se encontraba en el piso más alto del torreón. No por clemencia, sino ante el temor de que una reclusión excesivamente rigurosa pudiese mermar su hermosura, el conde Tiberio había accedido a que pudiese pasearse por la plataforma. En aquel estrecho recinto rodeado de almenas, Cornelia vivía sola, con el pensamiento depositado en su querido amante y con el corazón herido por la felicidad perdida. La contemplación de aquellas regiones inmensas le elevaban el espíritu alimentando al mismo tiempo su melancolía. La bóveda celestial, que iluminaba el sol por encima de ella, los azules destellos del firmamento, la noche, los infinitos diamantes suspendidos en su negrura, todo, en definitiva, le hablaba de Dios y lograba acabar con su desesperación.
Ella había sido la pálida aparición que nuestros amigos habían observado al alcanzar la falda de la montaña.
Esa noche, harta de contemplar el cielo estrellado, desvió la mirada hacia el suelo y se estremeció al descubrir una luz en la montaña vecina. Nunca había visto nada parecido hasta ese momento.
Completamente asombrada, y quizá con algo de esperanza también, observó atentamente aquella luz, con toda la intensidad que le permitían sus hermosos ojos. Temió estar soñando. Le parecía incluso reconocer a Ann, su mejor amiga, a Grey—Jack, su viejo criado, e incluso a Merry Bones, el criado irlandés de su amado Edward. Un cuarto personaje se hallaba junto al fuego, aunque, como le daba la espalda, no lograba verle la cara.
¡Quizá fuese Edward! ¡Seguramente sería Edward!
—¡Edward! ¡Edward! —gritó completamente embriagada por la alegría.
Por desgracia, el personaje a quien tomaba por Edward no era otro que el señor Goëtzi, que acababa de regresar junto a nuestros amigos a través del pasadizo subterráneo del Norte, y que, prosiguiendo con sus fechorías, intentaba arrastrarlos a todos a la perdición.
Edward S. Barton, entre tanto, se había quedado solo con la signora Letizia, después de que se marchara el señor Goëtzi. La traidora mujer le dedicó, ya desde el principio, sus más amables atenciones.
—Caballero —le dijo con voz suave y melodiosa—, no veáis en todo cuanto ocurre más que el resultado del amor que os profeso. Este sentimiento se remonta a los tiempos en que, cuando acababais de terminar vuestros estudios, os marchasteis a Inglaterra, donde yo me encontraba visitando a mi discípula, la señorita Cornelia de Witt, que me debe su brillante educación. No pude evitar entonces que mi frágil corazón sufriese la impresión de veros con vuestros labios sombreados apenas por un vello incipiente, y luciendo en cada rasgo todos los encantos de la adolescencia. Educada en los principios más estrictos, respeté las conveniencias, aunque al mismo tiempo me prometí utilizar todas las artes que Dios me ha dado para recuperar la fortuna de mis padres, y de ese modo poder ser un día digna, mi querido gentleman, de unir mi destino al vuestro.
Edward S. Barton era inglés y, en consecuencia, muy inteligente. A pesar del espanto que le suscitaban aquellas confesiones, decidió oponer la destreza a la táctica.
—Dada la incómoda situación en que me hallo —dijo con un tono insinuante—, me resulta muy difícil pensar en el amor, mi querida dama. Las paredes de este cajón de hierro le impiden a mi corazón cualquier sobresalto, y además, ¿cómo podría acceder a vuestros encantos si ni siquiera tengo la dicha de poderlos contemplar?
Letizia meditó un segundo, sorprendida ante tan justo comentario.
—Estoy de acuerdo —dijo finalmente— en que estaríamos mucho más cómodos si pudieseis decirme dulces palabras de amor sentado confortablemente en estos almohadones. Por desgracia es la prudencia quien lo impide. Por otro lado, en los tiempos que vivimos, el matrimonio ya no depende exclusivamente de los sentimientos. Debo arrebataros primero la venda que tenéis en los ojos. Hasta ahora habéis pensado que esa niña, Cornelia de Witt, era rica y yo pobre. Superad este error. Cornelia es quien no posee nada, mientras que yo me he convertido en la heredera de una gigantesca fortuna. Sabed que soy de origen principesco. Todavía conservo el vago recuerdo de una cuna adornada con encajes y varias ristras de perlas de cultivo. Una mujer, bella como la luz del amanecer, se inclinaba sobre mi sueño ansiosa por mi primera sonrisa. ¡Era mi madre! Y esta mujer era la princesa Loïska Palma d'Istria, la propia cuñada del conde Tiberio.
A Edward le daba igual que todo aquello fuese cierto, aunque con intención de agradarla exclamó:
—¡Increíble!
—Tengo incluso los documentos —contestó la signora Letizia—, legalmente registrados. ¿Es preciso que os relate cómo una banda de gitanos que merodeaba por las proximidades del castillo me arrebató del regazo de mi madre, la princesa...?
—Tengo sed —dijo Edward, interrumpiéndola.
Sin embargo, tan lista como descarada, Letizia cogió de su mesilla un vaso, lo llenó de buen vino y colocó dentro una pajita. Después introdujo la pajita por uno de los orificios del ataúd, y sumergiendo el otro extremo en el vino, le dijo:
—Podéis beber hasta saciaros, mi querido gentleman; me alegra poder saciar por lo menos uno de los deseos de mi amado.
Y mientras él bebía, continuó:
—¿Debo contaros también los inútiles esfuerzos de mis padres para recuperar a su hija única? Por desgracia sólo buscaron entre los gitanos. Sin embargo estos canallas se habían visto atacados, cerca de la costa, por una incursión de corsarios de Lípari, cuyo botín fui yo. Entonces contaba sólo cinco años, por lo que logré salvar mi honra. Unos piratas argelinos me robaron a su vez de los corsarios, y fui preparada para pertenecer a un harén. Un joven eunuco me ayudó a escapar. Regresé entonces a Italia, aunque no recordaba mi nombre ni la dirección de mis padres. Entonces fui sucesivamente alumna en la famosa casa de estudios de Turín, premiada por la academia de Cántaros Rotos, vendedora de pequeñas macetas de porcelana antigua para los ingleses, lectora de un cardenal, criada de uno de los más ancianos ermitaños de los Apeninos, y dama de compañía del célebre Rinaldo, jefe de una cuadrilla de bandoleros. No creo que haya existido jamás una juventud tan accidentada como la mía. Así fue como llegué a los quince años. Por esa época encontré en un bosque frondoso a un individuo harapiento que agonizaba. Al verme lanzó un débil grito y me pidió que le enseñase la parte inferior de mi pierna izquierda. Los deseos de un moribundo son sagrados, de forma que obedecí. Entonces él exclamó: «¡Dios mío! ¡Es ella!» Estaba agotado. «Dios me ha permitido», añadió, «que antes de morir pueda expiar el peor de mis crímenes. Joven forastera, lleváis en vuestro tobillo, cerca del talón, una marca que equivale a un certificado de nacimiento. ¡Lo sé porque fui yo quien os arrebató de vuestra cuna!...» Entonces me dio el nombre de mis nobles padres. Le perdoné, y murió en mis brazos. A partir de entonces, en medio de las mayores y más increíbles dificultades, mi único objetivo fue el de encontrar esos documentos. Mi padre había muerto, ya muy anciano y lleno de honores, y también mi madre se había convertido en una santa en el cielo. El señor Goëtzi, hombre peligroso pero muy astuto y que, me parece, es un vampiro, me ayudó bastante en mis investigaciones. Lo conocí en la corte. Él fue quien me aconsejó para que me encargase de la educación de Cornelia, con la intención de aproximarme a mi tío, el conde Tiberio, que intentaría disputarme sin éxito la riqueza de Montefalcone. También yo le coloqué a él a vuestro lado, para que os enseñara a quererme y a apreciarme.
—¡Bonito regalo! —exclamó el joven.
—¡No me juzguéis mal! —reprendió severamente la dama italiana—. Mi excusa es el amor. Respecto a mi alumna, Cornelia de Witt, no es más que una pequeña boba, engreída y absurda, que sólo cuenta con la hermosura del diablo. Os garantizo que no recibirá ni un céntimo de la fortuna de los condes de Montefalcone. Todo me pertenecerá, como debe ser, y lo primero que haré con estas posesiones será cubriros de oro. Ésa es mi oferta. Os permito, por supuesto, la libertad de despreciarla; pero, si lo hacéis, entregaré a la señorita Cornelia al señor Goëtzi, que se la beberá como si fuese un vaso de limonada.

Hemos dejado a Cornelia en la cumbre del Torreón del Cautivo, mirando en la distancia hacia el fuego en el que nuestros amigos conversaban con un extraño que, visto de espaldas, a ella le pareció su amante Ned. Ustedes han adivinado ya que ese extraño no era sino la antigua Polly Bird, que decididamente estaba haciéndose con la personalidad del señor Goëtzi. En algún momento creo haberles contado ya las intenciones de esta criatura, que se había degenerado después de haber estado sometida durante tanto tiempo al poder de un monstruo. A despecho de su sexo original, había decidido contraer matrimonio con Cornelia, por la fuerza si fuese necesario, para poder así disponer de la gigantesca propiedad de los condes, y tener de esta forma un agradable y distinguido final.
No le costó un gran esfuerzo al supuesto señor Goëtzi engañar a nuestra querida Ann, diciéndole que había llevado a cabo con éxito su misión y que Ned se encontraba ahora en el corazón del castillo, pero necesitaba de ayuda para terminar aquella aventura. El viejo Grey—Jack y el propio Merry Bones aceptaron también el engaño. Polly Bird había dado ya tantas pruebas de su fidelidad en la incursión a Selene, que a nadie se le ocurrió sospechar de ella.
De forma que el señor Goëtzi en persona fue quien encabezó aquella pequeña comitiva, que se dirigió inmediatamente hacia el pasadizo subterráneo.
—Tened valor —dijo el traidor, mientras guiaba a nuestros amigos hacia las entrañas de la tierra—. Os espera una noche terrible.
Prendieron algunas antorchas de madera resinosa traídas por el propio Goëtzi, pero su luz se perdió inesperadamente en las lóbregas profundidades de la cueva, iluminando apenas a algunos reptiles asustados por su paso, que huían a toda prisa en medio de la oscuridad. Fue en esa oscuridad donde brotó y murió un extraño sonido, como si fuese un monstruoso suspiro.
—¿Qué ha sido eso? —interrogó Ann, parada con un peso que le oprimía el pecho.
—Proseguid —contestó el traidor—. Son las antiguas arpas eolias de la condesa Elvina, que han pasado de moda y han sido arrojadas aquí porque no hay espacio en el granero.
A Ella le hubiese gustado hacer algunas preguntas sobre esa condesa Elvina, pero el señor Goëtzi les apremiaba constantemente.
—¡Levantad las antorchas! —ordenó.
Todos obedecieron, y a la luz de las teas aparecieron vagamente las húmedas paredes de un gran salón subterráneo.
—¡Mirad encima de vosotros! —ordenó de nuevo el señor Goëtzi.
Todos levantaron la vista, y se encontraron con una bóveda elevada en el centro de la cual había un negro y gigantesco agujero circular.
—¿Para qué sirve ese agujero? —inquirió Ann.
—Es el desagüe de los calabozos del conde Tiberio —contestó el señor Goëtzi—. Por ahí son arrojadas las víctimas al abismo que se encuentra, como podéis comprobar, justo debajo.
—¡Cómo! —exclamó estupefacta nuestra querida heroína—. ¡Aún existen estas bárbaras reliquias de la Edad Media! ¿La cegadora luz de la filosofía no ha conseguido destruir todavía estos horrores?
Los dientes del señor Goëtzi rechinaron.
—Ya no se usan con tanta frecuencia. Me parece que no se utilizan desde los tiempos de la condesa Elvina.
De pronto Ella se encontró en medio de un salón de estilo gótico del más tenebroso aspecto, cuya alta chimenea se veía coronada por un espejo veneciano de marco labrado que representaba la Pasión de Nuestro Señor. A la derecha de la chimenea, la pared, tapizada con un cuero cordobés de tono castaño oscuro, mostraba una mota blanca que en realidad era un botón de marfil.
El señor Goëtzi tenía en sus brazos un gran gato negro, cuyas patas fracturó, una tras otra, con fría y espantosa crueldad.
—Es para que no huya —dijo—. Ahora veréis algo extraordinario: voy a dejarlo en el mismo sitio en que se encontraba la condesa Elvina. ¡Fijaos bien en el gato!
Dejó al negro animal, que maullaba lastimeramente, sobre una losa del suelo más ancha que las otras. El gato intentó escapar, pero sus patas rotas no le dejaron, y el señor Goëtzi se aproximó sonriendo hacia el muro donde se encontraba el botón de marfil. Colocó el dedo y presionó. La losa se inclinó y el gato desapareció. En ese momento se abrió la puerta y entraron los lacayos del conde Tiberio, armados hasta los dientes. El señor Goëtzi señaló a nuestra querida amiga y sus compañeros, y dijo:
—¡Aquí los tenéis!
Y en esta ocasión, a pesar de la heroica resistencia de Merry Bones, nuestros pobres amigos fueron cubiertos de cadenas y arrastrados lejos de allí...



Imaginen ustedes la horrible mazmorra en la que nuestra desdichada Ann se encontraba tumbada sobre unas pocas briznas de paja, con un grillete de hierro alrededor del cuello. ¡A ese punto la había llevado su generosidad!
De repente una voz maravillosa le susurró al oído:
—Hermosa virgen de Albión, soy la condesa Elvina de Montefalcone.
Ella abrió los ojos, enrojecidos de tanto llorar, y se encontró a una mujer pálida, arrodillada al lado de su camastro. Era una muchacha todavía, aunque el sufrimiento había blanqueado sus cabellos.
—¡Cómo! —exclamó nuestra amiga—. ¿Cómo habéis podido escapar de los espantos de ese abismo?
—Ese es un asunto que ya tiene varios siglos de antigüedad —contestó la pálida joven, con una melancólica aunque agradable sonrisa—, y lo mejor es que nos ocupemos ahora del presente. He entrado en vuestro calabozo gracias a un poder especial que me permite también romper vuestros grilletes, cosa que haré con sumo placer. Levantaos. En este instante os devuelvo la libertad.
Pero al encontrar en la mirada de nuestra querida Ann el ardiente deseo de saber algo más, tuvo la gentileza de añadir:
—Un cruel tirano os había condenado a muerte. Ese canalla al que llamáis Goëtzi, y que no es otro que la maldita Gertrudis de Pfafferchoffen, mi rival, cuyo espíritu, después de varias migraciones, se estableció en el cuerpo de la campesina Polly Bird, es quien os ha traicionado. Debéis saber que el conde Tiberio y la signora Pallanti, separados durante un tiempo por la codicia y la concupiscencia, se han reconciliado esta noche. ¿Y queréis saber por qué? Porque el joven y valiente gentleman Edward S. Barton ha rechazado enérgicamente las indecentes proposiciones de la italiana, y la hermosa Cornelia también ha humillado al conde Tiberio con su desprecio. Unidos por una misma sed de venganza, estos dos monstruos con rostro humano han decidido ejecutar a Edward S. Barton y a Cornelia de Witt esta misma noche.
—¿Qué puedo hacer para salvarlos? —preguntó ansiosa nuestra querida Ann, frotándose las manos.
—¡Dios siempre es el más poderoso! —exclamó la mujer pálida—. ¡Ahora sois libre!
Ann se arrojó hacia la puerta del calabozo, que acababa de abrirse como por arte de magia.
Avanzó impulsada por una instintiva esperanza. Después de atravesar siete pasillos se encontró con un marmolista que estaba tallando un par de brazos en un bloque de alabastro. Ambos brazos parecían pertenecer a cuerpos de diferente sexo, y estrechaban sus manos en tierna unión.
El escultor intentó abrazar a Ann, mientras le preguntaba:
—¿Qué opináis de mi trabajo, querida mía? Se trata de una broma de la gorda Letizia, que desea adornar con ella las tumbas del joven inglés y de la dama Cornelia.
Ella huyó desesperada, mientras el escultor proseguía su trabajo, riendo. De esa forma, completamente sola, tuvo que recorrer varias leguas de pasillos interminables, en medio de los derruidos salones.
Finalmente, en la esquina de una galería, percibió una luz que se filtraba por debajo de una puerta, y simultáneamente llegó hasta sus oídos el ruido de unas voces airadas, mezcladas con otras lastimeras. A pesar de que se sentía completamente exhausta, hizo acopio de todas sus fuerzas y entró por la puerta abierta. Inmediatamente lanzó un grito de horror al ver a sus desventurados amigos, Ned y Corny, cargados de cadenas. La bella melena de Cornelia había sido cortada. Ned tenía también una soga al cuello, y llevaba además la ropa típica y funesta de los desdichados a los que la Inquisición condenaba antiguamente a morir en el tormento. Tras ellos había un hombre terrible, con un traje completamente rojo y un hacha que cargaba sobre su hombro, indicando perfectamente que su oficio era el de verdugo.
En el otro extremo del salón había un segundo grupo formado por el conde Tiberio, la signora Pallanti y el señor Goëtzi. Este último no parecía muy satisfecho, y no cesaba de reclamar el cumplimiento de la promesa que le habían hecho de entregarle a Cornelia para calmar su infame sed. Pero Letizia se reía de él, y Tiberio le amenazaba con mandarlo decapitar. Los dos se daban el brazo y parecían ahora íntimos amigos.
Al ver aparecer a nuestra querida Ann, una cruel sonrisa se dibujó en sus labios, y la signora Pallanti dijo:
—¡Precisamente, aquí esta la niña querida!
Pero Ella, sin prestar atención a sus burlas, se precipitó hacia sus amigos, abrazándolos.
—¡No podría hacer nada más apropiado! —dijo la feroz italiana—. Ella misma se ha colocado en posición. ¡Ahora acabemos con los tres pájaros de un tiro!
La signora Pallanti se giró y avanzó hacia la chimenea. Al hacerlo descubrió una parte de la pared que había tras ella, lo que espantó sobremanera a nuestra querida Ann. En su turbación, no había reconocido el salón de las torturas; pero ahora podía ver el espejo grabado de Venecia, el tapiz de cuero cordobés y el botón de marfil.
—¡Corramos! —exclamó enloquecida de espanto. ¡Pero era demasiado tarde! La vampiro italiana apretó el botón y la losa del suelo se abrió. Entonces, ¡oh, milagro!, nuestra querida Ann, Corny y Ned quedaron suspendidos por una mano sobrenatural, y la condesa Elvina, surgiendo inesperadamente del abismo, exclamó con la voz de la señora Ward:
—¡Vamos, querida! ¿Qué tipo de antojo es éste? ¡Abre ahora mismo! ¿Es que piensas quedarte en la cama hasta las diez de la mañana el día de tu boda?
Podía escucharse mucho ruido en el pasillo. William Radcliffe se sonaba, mientras el simpático señor Ward decía que tenían que llamar a un cerrajero.
—¡Salvados! ¡Salvados! —exclamó nuestra querida joven, que de repente se encontró vestida con el traje de novia, en medio de su cuarto, por cuyas ventanas penetraba a raudales el sol de marzo...
Creo que mylady cometió el error de sonreír, porque la señorita 97 se calló bruscamente.
—Entiendo muy bien lo que le pasa —dijo con tono de censura—. Piensa que nuestro relato va a acabar con esa fórmula gastada hasta la saciedad: «¡Era un sueño!»¡Confiese que es lo que creía! ¡Muy bien, pues está equivocada!
Tomó un pequeño sorbo y apuró su última taza de té, antes de proseguir:
—¡No, no y no! Yo sería incapaz de incomodar al caballero aquí presente por tan poca cosa. ¡No señor! NO SE TRATABA DE UN SUEÑO. En primer lugar, debo decir que desde los nueve años Ella padecía crisis de «alucinaciones», aunque sus padres se cuidaban mucho de mantener en secreto semejante virtud, o enfermedad. Evidentemente, no pretendo afirmar que nuestra querida joven realizase todo ese largo y accidentado viaje en una sola noche, pero como enseguida verán se trataba de algo más que un sueño. Apenas abrió la puerta, el señor Radcliffe entró, acompañando a sus padres, y todos pudieron observar con espanto la mudanza que había sufrido su persona. Les examinó a todos con aire ausente, preguntándoles qué había pasado con la condesa Elvina. Pensaron que había enloquecido, especialmente cuando Ella exigió firmemente, antes de proseguir con la celebración de la boda, que le permitieran partir inmediatamente hacia Montefalcone, pasando primero por Rotterdam.

Partieron inmediatamente después de la boda, ya que ella se negó a dar su brazo a torcer. Debo recordarles la existencia de las cartas recibidas en la víspera. Éstas tampoco pertenecían a ningún sueño, y exigían de su amistad con Ned y Corny que intentasen averiguar inmediatamente lo que ocurría.
En adelante sólo podré contarles los hechos sin hacer nuevos comentarios sobre los mismos. Cuando llegaron a Londres, lo primero con lo que se tropezó Ann, absolutamente sorprendida, fue con un cartel que decía:

¡¡CAPITAL EXCITEMENT!!
EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN
DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN
Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE
COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA
DE LOS GUARDIAS ECUESTRES
¡¡WONDERFUL ATTRACTIONINDEED!!

Ann señaló el cartel al viejo Grey—Jack, pero su fiel criado no recordaba absolutamente nada. El fenómeno que había dado origen a nuestra historia era un hecho completamente personal.
Cruzaron el Canal. Al abandonar Rotterdam, nuestra querida Ann reconoció el camino quebrado en el que viera por primera vez a ese joven desconocido semejante a un semidiós.
De hecho durmió también en la posada de La Cerveza y la Amistad, en el mismo cuarto que tenía el hueco de la chimenea, las cortinas con grandes flores y las guerras del almirante Ruyter.
En resumen, ella fue reconociendo cada lugar, incluso en sus detalles más insignificantes.
—¿Y la Ciudad Vampiro? —preguntó mylady.
—Paciencia. Vayamos por partes. En primer lugar hicieron lo más urgente, es decir, viajar a Montefalcone, adonde llegaron precisamente el día de la boda de Cornelia y Edward.
—Que fueron salvados por la condesa Elvina, imagino —añadió la incorregible mylady.
—No —contestó la señorita 97 ligeramente turbada—. A pesar de que existe en la región la leyenda que habla de esta desgraciada víctima del feudalismo. El conde Tiberio y la signora Letizia Pallanti alimentaban los más rastreros propósitos contra los novios, no lo duden. Pero no se atrevieron a realizarlos gracias a un acontecimiento que yo calificaría de providencial. El joven lord Arthur apareció por esas tierras acompañado de su venerable sacerdote y tutor, con la intención de examinar los campos de batalla del famoso Scanderberg...
—¿Y eso fue suficiente para desbaratar la conspiración de los dos malhechores? —exclamó mylady.
—En efecto, mi querida señora —contestó secamente miss Jebb—. Si yo pudiese revelarle el nombre magnífico, casi divino, de este joven gentleman...
—¿Y qué paso con el señor Goëtzi?
—Terminó casándose con una viuda que tenía una tienda.
—¿Y qué fue de Selene? ¡Selene, el Sepulcro... ¡la Ciudad Vampiro!
—Mylady —contestó miss Jebb con acento grave—, existen acontecimientos que superan el entendimiento, inclusive el suyo, a pesar de que usted es de sangre noble. Para entrar en el Sepulcro es necesaria la protección de un vampiro, y esto no es algo precisamente fácil de conseguir. Nuestras dos parejas de recién casados se dirigieron a Semlin, con los criados Grey—Jack y Merry Bones, cuyos cabellos, por cierto, habían desaparecido en sus dos terceras partes. No lograron hallar la Ciudad Vampiro, pero encontraron sin embargo a los comerciantes que les habían vendido el hornillo, el carbón y el cucharón de hierro. Es más, la desaparición del doctor Magnus Szegeli se había convertido en un acontecimiento en la ciudad, y la casa del pintor esclavonio también llevaba tres semanas vacía.
Con estas palabras, la señorita 97 se levantó, y después de una reverencia se despidió.

FIN

EL NUEVO ZODIACO , 13 SIGNOS

Escrito por imagenes 28-07-2008 en General. Comentarios (2)

EL NUEVO ZODIACO , 13 SIGNOS

Zodiaco de 13 Signos



Se ha sumado un signo a los 12 ya existentes, el cual ha alterado todos los signos.
Conoce tu verdadero signo:

ARIES- del 21 de abril al 13 de mayo
TAURO- del 14 de mayo al 24 de junio
GEMINIS- del 25 de junio al 20 de julio
CANCER- del 21 de julio al 19 de agosto
LEO- del 20 de agosto al 14 de septiembre
VIRGO- del 15 de septiembre al 31 de octubre
LIBRA- Del 1 de noviembre al 21 de noviembre
ESCORPIO- del 22 de noviembre al 29 de noviembre
OFIUCO - del 30 de noviembre al 17 de diciembre
SAGITARIO- del 18 de diciembre al 19 de enero
CAPRICORNIO- del 20 de enero al 15 de febrero
ACUARIO- del 16 de febrero al 11 de marzo
PISCIS- del 12 de marzo al 20 de abril

OFIUCO

es una de las 88 constelaciones modernas, y era una de las 48 listadas por Ptolomeo. Puede verse en ambos hemisferios entre los meses de abril a octubre por estar situada sobre el ecuador celeste.
Ofiuco no está reconocida dentro del zodíaco debido a que, a pesar de que ya se conocía en la antigüedad cuando se formularon las reglas de la astrología, hace 3.000 años estaba lejos de la eclíptica. Pero con la precesión de los equinoccios se ha ido introduciendo entre Sagitario y Escorpio, de manera que durante la primera quincena de diciembre el Sol entra en este supuesto signo, no siendo reconocida como constelación por los más reconocidos astrólogos.

Presuntamente, la aceptación de un nuevo signo del zodíaco alteraría las divisiones del mismo, ya que cabalísticamente se dividen en signos de Agua, Tierra, Aire y Fuego en proporciones idénticas y simétricas, estas divisiones no tendrían sentido al dividir entre 13, un número primo y que además es considerado como un mal augurio.