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FREDRIC BROWN -- TE DEGOLLARÉ DE NUEVO, KATHLEEM

Escrito por imagenes 30-08-2008 en General. Comentarios (0)

FREDRIC BROWN -- TE DEGOLLARÉ DE NUEVO, KATHLEEM

TE DEGOLLARÉ DE NUEVO, KATHLEEM

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Fredric Brown


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Escuché cómo se acercaban los pasos desde el fondo del pasillo y mientras vigilaba la puerta, la puerta que no tenía manecilla por mi lado, ésta se abrió.
Había creído reconocer las pisadas y no me había equivocado. Era el joven simpático, aquel cuyo brillante cabello contrastaba con su blanca chaqueta del uniforme.
- Hola, Red - le dije.
- Hola, mister Marlin - me contestó él -. Le... le llevaré a la oficina. Ahora están allí los doctores.
Parecía más nervioso que yo.
- ¿Cuánto tiempo falta aún?
- ¿Cuánto...? Oh, ya comprendo. Ahora están examinando a un par más antes que a usted. Tiene tiempo.
Así pues, no me levanté del borde de la cama donde me hallaba sentado. Extendí las manos ante mí, con las palmas hacia fuera y los dedos rígidos. Ya no temblaban. Permanecían rígidos como los de una estatua, y casi igual de útiles. ¡Oh, podía moverlos! Podía cerrar los puños muy despacio. Pero para tocar el clarinete y el saxo servían tanto como un manojo de plátanos. Las volví..., en mis muñecas aún podían verse las feas cicatrices, allí donde, algo menos de un año antes, yo mismo las había cortado con una navaja de afeitar. Lo bastante hondo como para llegar a alguno de los tendones que hacen mover los dedos.
Moví los dedos, doblándolos despacio hacia el interior de las palmas. El interno me observaba.
- Todo llegará, mister Marlin - dijo -. Ejercicio, eso es lo único que necesitan.
No era cierto. Él sabía que yo sabía que él lo sabía, por lo que no me molesté en contestar y él siguió hablando casi a la defensiva.
- De todos modos, puede aún hacer arreglos y dirigir. Puede sostener perfectamente una batuta. Y... he pensado algo para usted, mister Marlin.
- ¿Sí, Red?
- El trombón. ¿Por qué no prueba con un trombón? Podría aprender de prisa y no se necesita movimiento de dedos para tocarlo.
Despacio, muy despacio, negué con la cabeza. No intenté explicar lo que sentía. Era algo imposible de explicar, de todas formas. No era sólo la habilidad física lo que había desaparecido. Era más que eso.
Volví a mirar mis manos y luego las metí con cuidado en los bolsillos, allí donde no tuviera que verlas.
Miré de nuevo al interno. En su mirada se leía un algo que reconocí y pude recordar. Era la mirada que yo había visto cientos de veces en caras jóvenes más allá de las candilejas... de adoración al héroe. Desde muy lejos, del pasado, me llegó a la memoria esa mirada.
Aún podía mirarme de esa forma, incluso después de...
- Red - le pregunté -. ¿No cree que estoy loco?
- Desde luego que no, mister Marlin. No creo que nunca... - y su voz se quebró.
Procuré atizarle. Quizás era una crueldad, pero más cruel era todo para mí.
- ¿No cree que haya estado loco? ¿Cree que no lo estaba cuando intenté matar a mi esposa?
- Bueno, eso fue pasajero. Usted sufrió una crisis nerviosa. Había estado trabajando demasiado, casi veinte horas al día. Ya casi habían llegado a la cumbre del éxito, usted y su orquesta. Personalmente, mister Marlin, creo que ya la habían alcanzado. Sólo que mucha gente aún no se había dado cuenta de ello. Pero lo habrían hecho si...
- Si yo no se la hubiera dado con queso - dije.
¡Vaya forma de expresar que me había vuelto loco y que había intentado matar a mi mujer, y luego suicidarme, y que había perdido la memoria!, pensé.
Red miró su reloj de pulsera, cogió una silla y se sentó frente a mí. Hablaba de prisa.
- No tenemos mucho tiempo, mister Marlin - dijo -, y deseo que pase el examen al que le van a someter esos doctores, para que pueda salir de aquí. Una vez haya pasado esto, estoy seguro de que usted mejorará. Su memoria irá recuperándose, poco a poco, una vez se encuentre en su ambiente.
Me encogí de hombros. No me importaba demasiado.
- De acuerdo. Hagamos un repaso. La última vez no fue bien, pero... probaré.
- Usted es Johnny Marlin - dijo -. El gran Johnny Marlin. Toca el primer clarinete, aunque eso no tiene demasiada importancia. Usted es el mejor saxo alto del mundo, según creo. Quedó el cuarto en el festival de Down Beat hace un año, pero...
Le interrumpí.
- Dirá usted que tocaba el clarinete y el saxo. Ya nunca más lo tocaré, Red. ¿Podría meterse eso en la cabeza?
No hubiera querido llegar tan lejos, pero perdí el control de mis palabras.
Red no pareció haberme oído. Su mirada se dirigió de nuevo hacia su reloj de pulsera y luego hacia mí. Comenzó a hablar otra vez.
- Tenemos aún unos diez minutos. Me gustaría saber qué es lo que usted recuerda y lo que no, de todo lo que le he estado contando durante el pasado mes. A ver: ¿cuál es su verdadero nombre? Bueno... antes de que usted adoptara el nombre profesional.
- John Dettman - contesté -. Nacido el primero de junio, en mil novecientos veinte, en el lado malo de la vida. Huérfano a los cinco. Salido, del orfanato a los dieciséis. Trabajé en la compañía de autobuses de Cleveland, pudiendo ahorrar con ello el dinero suficiente para comprar un clarinete y tomar lecciones. Compré un saxo un año más tarde, y a los dieciocho conseguí mi primer trabajo en una orquesta.
- ¿Qué orquesta?
- La de «Heinie Wills»; una banda local de Cleveland que actuaba en el Danceland. Durante una temporada estuve de tercer saxo, y luego de primero. Más tarde trabajé para un sexteto llamado... ¿cuál era su nombre, Red? Ya no me acuerdo.
- «The Basin Streeters», mister Marlin. Dígame, ¿recuerda usted realmente alguna de estas cosas, o simplemente repite lo que yo le he estado contando?
- La mayor parte de las cosas no las recuerdo en absoluto, Red. Algunas veces me parece recordar algo vagamente, pero todo resulta muy confuso. Pero continuemos. Junto con los «Basin Streeters» viajé por todo el país durante bastante tiempo, y los dejé en Chicago para trabajar por primera vez con mi nombre profesional. Mire, creo que me he aprendido muy bien toda esa lista de orquestas y ya no nos queda demasiado tiempo. Vamos a pasarlo por alto. Me alisté en la Marina en el cuarenta y dos, y debía tener por entonces veintidós años. Un año en «Fort Billings» y luego Inglaterra. Fui herido por una bomba antes de que pudiera apoyar el índice en el gatillo de mi escopeta, excepción hecha de los tiros de entrenamiento. Estuve un mes en el hospital, luego me embarcaron de nuevo hacia aquí para llevarme a un hospital donde pasé seis meses. De allí salí con el título de P.N.
Él conocía tan bien como yo el significado de esas dos letras, pero se lo traduje: «Psico-neurótico. Chalado. Loco de atar.»
Abrió la boca para replicar algo, pero decidió que ya no quedaba tiempo para ello.
- Así pues, ahorré dinero, tanto antes como durante el alistamiento - dije -, y pude montar mi propia orquesta. Eso debió ser pasado el cuarenta y cuatro, ¿no?
Red asintió.
- ¿Recuerda los nombres de las ciudades donde actuaron, de sus compañeros de orquesta y todo lo que le he contado sobre ellos?
- Bastante bien - le contesté.
De todas formas, no habla tiempo para entrar en esos detalles.
- Y a principios del cuarenta y siete, cuando ya comenzaba a tener fama, me casé con Kathy Courteen. La famosa Kathy Courteen, dueña de medio Chicago y que tiene más dinero que cerebro. Y supongo que será cierto, dado que se casó conmigo. Nos casamos el diez de junio del cuarenta y siete. ¿Por qué se casó conmigo, Red?
- ¿Y por qué no? - me contestó -. ¡Usted es Johnny Marlin!
Lo gracioso del caso es que no me tomaba el pelo. Se le notaba en el tono de voz. Creía que el llamarse Johnny Marlin ya era ser alguien. Miré mis manos. Habían vuelto a salir de los bolsillos.
Creo que de pronto me di cuenta del porqué deseaba salir de aquella dorada casa de locos que le estaba costando a Kathy Courteen, quiero decir a Kathy Marlin, el precio de un abrigo de pieles por cada semana que yo permanecía allí encerrado. Realmente, no era que yo quisiera salir. Lo que deseaba con todas mis fuerzas era huir de aquella aureola de héroe que me prestaba aquel muchacho pelirrojo que se había vuelto loco por la orquesta de Johnny Marlin, y por el saxofón de Johnny Marlin.
- ¿Ha visto alguna vez a Kathy, Red? - le pregunté.
Asintió en silencio.
- He visto fotografías de ella en los diarios. Es muy guapa.
- ¿Incluso con la cicatriz atravesándole la garganta? - recalqué.
Sus ojos procuraron evitar los míos. Se dirigieron rápidamente hacia el reloj de pulsera, y luego se levantó.
- Más vale que bajemos ya - dijo.
Se encaminó hacia la puerta sin manecilla, abriéndola con una llave y sosteniéndola galantemente para que yo pudiera pasar delante hacia el corredor.
Su mirada me hizo enloquecer, como siempre. No sé cómo se las arreglaba, pero Red siempre me miraba desde arriba, desde una altura tres pulgadas mayor que la mía.
Luego, uno al lado del otro, bajamos por las amplias escalinatas de aquel lujoso y carísimo manicomio que en sus tiempos había sido la mansión de un millonario y que ahora era una casa de reposo para millonarios, con más empleados que locos.
Entramos en la oficina y la enfermera de cabellos canos que se hallaba tras el escritorio nos dijo que podíamos pasar.
- Suerte, mister Marlin - dijo Red -. Apuesto a que todo saldrá bien esta vez.
Atravesé la puerta. Había tres de ellos. Como la última vez.
- Siéntese, por favor, mister Marlin - dijo el doctor Glasspiegel, que era quien presidía la mesa.
Estaban sentados cada uno en un extremo de la mesa rectangular, dejando para mí el cuarto lado y la cuarta silla. Me deslicé sobre ella e introduje de nuevo las manos en los bolsillos. Sabía que si volvía a mirarlas o que si pensaba en ellas, diría alguna locura y tendría que volver a quedarme otra temporada más en aquel sitio.
Luego me hicieron una serie de preguntas. Por turnos. Algunas sobre mi pasado, demostrando que las enseñanzas de Red no habían sido inútiles. Una o dos veces, pero no muy a menudo, me atasqué y tuve que reconocer que mi memoria aún flaqueaba en algunos puntos. Otras, las preguntas fueron sobre el presente y resultaron fáciles. Quiero decir que resultaba fácil adivinar qué respuestas eran las que ellos deseaban, y así poder dárselas.
Pero la última vez también había sido igual, lo recordaba bien, hacía de ello un mes. Y en alguna parte me había equivocado. No me habían soltado. Quizá, pensé, porque así podían sacar más dinero mientras me retenían. En realidad, no lo creía así; aquellos hombres eran los de más fama dentro de su profesión.
Hubo una pausa en todo aquel interrogatorio. Parecía como si estuvieran esperando algo. Pero ¿qué? Estuve preguntándomelo por unos momentos hasta que recordé que en la última entrevista habla ocurrido lo mismo.
Se abrió la puerta que habla a mis espaldas; despacio, pero pude oírla. Y pude recordar que la vez pasada ocurrió igual. Precisamente cuando me dijeron que ya podía volver a mi habitación y mientras ellos discutían mi caso, alguien había entrado. Y yo había pasado por su lado mientras salía.
De pronto, me di cuenta de qué era lo que había pasado por alto. Había entrado alguien a quien yo debí reconocer, y no lo hice. Y ahora me iba a someter al mismo test. Antes de volverme procuré recordar todo lo que Red me había contado sobre gente que yo había conocido... pero apenas me había dado datos sobre el físico de estas personas. Parecía una situación desesperada.
- Puede volver a su habitación, mister Marlin - me estaba diciendo el doctor Classpiegel -. Nosotros... vamos a discutir ahora su caso.
- Gracias - contesté mientras me levantaba.
Vi cómo se quitaba sus gafas de concha y golpeaba nerviosamente con ellas el reverso de la mano que tenía apoyada sobre la mesa. De acuerdo, pensé, ahora ya conozco el truco y no me cogeréis desprevenido. Haré que Red me enseñe fotos de mi orquesta y de las demás en que he trabajado y tantas fotografías como sea posible de las personas que conocí.
Me volví. El hombre que había en la puerta, de pie como si esperase mi salida, era bajo y grueso. Podía leerse en su mirada una cierta tensión, como si quisiera avisarme de algo con ella. Miraba más allá de mí, hacia los doctores.
Intenté pensar con rapidez. ¿A quién conocía yo que fuera bajo y...?
Probé suerte. Había tenido un trompeta llamado Tubby Hayes.
- ¡Tubby! - exclamé.
Y di en el blanco. Su rostro se iluminó como un anuncio callejero, sonrió de oreja a oreja, y me alargó la mano.
- ¡Johnny! ¡Johnny, cuánto me alegro de verte!
Parecía como si hubiera tomado mi brazo por la palanca de una bomba de agua.
- ¡Tubby Hayes! - dije, para darles a conocer que también recordaba su apellido -. No me digas que tú también estás chalado. ¿Es por eso por lo que estás aquí?
Se rió nerviosamente.
- Vine a buscarte, Johnny. Eso es, uh, si... - y miró a mis espaldas.
El doctor Glasspiegel se estaba aclarando la voz. El y los demás médicos se habían levantado ya de sus sillas.
- Sí - dijo -, creo que mister Marlin está ya en disposición de dejarnos.
Colocó su mano en mi hombro. Todos los demás me rodeaban.
- Sus reacciones son ya normales, mister Marlin - dijo.
- Su memoria aún falla un poco pero creo que irá progresando gradualmente. Con más rapidez, supongo, cuando se encuentre rodeado de su ambiente familiar, que aquí. ¿Tiene usted ya... algún plan?
- No - contesté con franqueza.
- No trabaje demasiado otra vez. Tómese las cosas con calma durante una temporada y...
Después de éste siguieron otros muchos consejos. Y luego venga a firmar papeles y a preparar mi salida. Había pasado casi una hora cuando subimos a un taxi Tubby y yo.
Tubby dio las señas al taxista, y pude reconocerlas. «El Carleton». Allí era donde habla vivido el año pasado. Donde Kathy aún vivía.
- ¿Cómo está Kathy? - quise saber.
- Muy bien, Johnny. Imagino que muy bien. Quiero decir...
- ¿Qué quieres decir?
Pareció apurarse.
- Bueno..., en realidad no la he visto. Los muchachos no le caemos simpáticos, Johnny. Ya lo sabes. Aunque debo reconocer que se portó bien con nosotros. Ya sabes que decidimos que era imposible sostener la orquesta faltando tú, Johnny, y que la disolvimos. Pues bien, ella nos pagó lo que se nos debía, las tres semanas que tú estuviste encerrado, y nos lo dobló; nos abonó tres semanas más para que nos largásemos.
- ¿Y qué tal los muchachos, Tubby?
- Muy bien, Johnny. Todos muy bien. Bueno, excepto Harry. Es la clase de persona que se pierde fácilmente entre la nieve si comprendes a lo que me refiero.
- Vaya - dije, sin continuar para no comprometerme. No sabía si yo debía estar enterado o no de que Harry tomaba cocaína. Y además, en la orquesta habían trabajado dos hombres que se llamaban Harry.
Así pues, se había disuelto la banda. En cierto modo me alegraba. Si alguien volviera a reunirnos, quizá se escucharía alguna sugerencia para que yo regresara al sitio de donde ahora venía.
- Hace un mes - dije - me examinaron en el Hospital Mental y fallé. ¿Eras tú? ¿Estabais vosotros allí entonces?
- Pasaste junto a mí mientras te dirigías hacia la puerta, Johnny. Y no me viste.
- ¿Estabas allí por este motivo? ¿Las dos veces?
- Sí, Johnny. El doctor Glasspiegel lo sugirió. Creo que pensó en mí porque fui muchas veces a preguntar por ti. ¿Por qué no dejaban que nos viéramos?
- El reglamento - contesté -. Es parte del sistema de Glasspiegel. Aislamiento completo durante el periodo de cura. Ni siquiera he visto a Kathy.
- ¡No! - exclamó Tubby -. Me dijeron que no podías tener visitas, pero no creí que llegaran tan lejos. - Suspiró -. Debe de estar sobre ascuas esperándote, Johnny. Por lo que he oído decir, te ha guardado las ausencias...
- ¡Sólo Dios sabrá por qué! - contesté -. Después de haberle cortado...
- Cierra la boca - me cortó secamente Tubby -. No debes hablar ni pensar en esas cosas. Glasspiegel dijo que mientras te fueras recuperando...
- De acuerdo - dije -. ¿Sabe Kathy que llegamos?
- ¿Los dos? Yo no entraré, Johnny. Sólo te acompañaré hasta la puerta. No, ella no lo sabe. ¿No le pediste al doctor que no la llamase?
- No deseaba una recepción. Quiero llegar sin jaleo. Desde luego, se lo pedí al doctor, pero pensé que quizás él la habría avisado de todos modos. Así ella podría esconder los cuchillos.
- Johnny...
- De acuerdo - corté.
Miré por la ventanilla del taxi. Reconocí donde estábamos, así como la distancia que nos separaba del «Carleton». Era gracioso comprobar que mi topografía no se había perdido igual que el resto de mi memoria. Conocía aún las calles y sus nombres y sin embargo me era imposible reconocer a mi mejor amigo o a mi esposa. El cerebro es una cosa curiosa, pensé.
- De una preocupación te has librado - dijo Tubby Hayes -. Ese loco de su hermano, Myon Courteen, el único que conseguía ponerte los pelos de punta.
El interno pelirrojo había mencionado que Kathy tenía un hermano. Por lo visto, yo no debía apreciarlo demasiado.
- ¿Lo empujó alguien dentro de un pozo? - dije siguiéndole el hilo.
- Se marchó al Este. Ahora es un play-boy en Los Ángeles. Supongo que al fin se peleó con Kathy y que ella le fijó una pensión dejando que marchara.
Nos acercábamos al «Carleton», sólo faltaban media docena de manzanas para llegar y, de pronto, me di cuenta de que había un montón de cosas que aún no sabía y que debía conocer.
- Vamos a tomar un trago, Tubby - le propuse -. Yo... aún no estoy preparado para entrar en casa.
- De acuerdo, Johnny - dijo, y habló con el taxista.
Paramos frente a una taberna escandalosamente iluminada. No me resultaba familiar como el resto de la calle y Tubby se dio cuenta de ello.
- Sí, es nueva - me aclaró -. Hace sólo unos pocos meses que la inauguraron.
Entramos y nos sentamos en la barra. Tubby pidió dos whiskys con soda sin consultarme, por lo que adiviné que eso era lo que yo acostumbraba a tomar antes. No lo recordaba. Fuera como fuese, sabía bien, y era mi primer trago desde hacía once meses, por lo que al empezar a beber, incluso sentí un pequeño latigazo.
Y cuando lo hube acabado, sabía mejor que bien. Me miré en el espejo azul que había detrás de la barra y pensé: he aquí el panorama que se te presenta. Puedo beber y emborracharme hasta el fin siempre que quiera... con el dinero de Kathy. Sabía que no tenía dinero propio porque Tubby me había dicho que la orquesta y yo habíamos pasado tres semanas francamente malas antes de que yo entrara en el sanatorio.
Pedimos una segunda ronda.
- ¿Cómo puede ser que Myron no tenga dinero, siendo hermano de Kathy? - le pregunté a Tubby.
Me miró extrañado. Hasta aquel momento lo había estado haciendo muy bien.
- Sí, aún hay cosas que me cuestan de recordar - le expliqué.
- Ya veo - dijo -. Bien, eso es fácil de comprender. Myron representa para los Courteen algo más que una oveja negra. Es un maldito haragán y un asqueroso entremetido. Lo desheredaron, y Kathy se quedó con todo. Pero cuida de él.
Tomó un sorbo de su vaso y volvió a dejarlo sobre el mostrador.
- ¿Sabes, Johnny? - dijo -. Ninguno de nosotros simpatizaba demasiado con Kathy porque ella se oponía a que tuvieras una orquesta y te quería sólo para ella. Pero estábamos equivocados con ella. Sabe ser elegante en todas las ocasiones y con todos, sin importarle lo que le hayan hecho. Incluso con Myron.
- Incluso conmigo - añadí.
- Bueno... Te salvó la vida, Johnny. Con su sangre...
Enmudeció repentinamente.
- Olvídalo, Johnny.
Apuré mi segundo vaso.
- Te diré la verdad, Tubby. No puedo olvidarlo... porque no me acuerdo de ello. Pero debo saberlo todo antes de encararme con ella. ¿Qué ocurrió aquella noche?
- Johnny, yo...
- Adelante - dije -, cuéntame.
Suspiró.
- De acuerdo, Johnny. Habías estado trabajando cerca de las veinticuatro horas diarias para sacarnos adelante, y nos obligabas a pedirte que descansaras, y lo mismo hacía Kathy.
- Ahórrate los preámbulos.
- Aquella noche, después de tocar en el hotel, ensayamos una nueva pieza. Estuviste extraño, Johnny. Se te olvidó la melodía y tuviste un fuerte dolor de cabeza. Te obligamos a que volvieras pronto a casa, a pesar de que tú no querías. Y cuando llegaste a casa... bueno, nos jugaste una mala pasada, Johnny. Peleaste con tu mujer; no sé de qué la acusabas. Y te volviste loco. Cogiste tu navaja, acostumbrabas a afeitarte con ella, y... bien, intentaste matarla. Y luego hiciste igual contigo.
- Me escondes algunos detalles - objeté -. ¿Cómo me salvé la vida?
- Bueno, Johnny, tú no llegaste a matarla como habías pensado. El navajazo profundizó uno de los lados en su garganta pero ella debió de apartarse y apenas la rozó ligeramente con lo que no llegó a la yugular ni afectó a ningún órgano de importancia. Pero brotó mucha sangre y ella se desmayó; y pensando que estaba muerta, supongo, te diste un corte en cada muñeca. Pero ella volvió en sí y vio que te desangrabas con rapidez. A pesar de su estado, consiguió colocarte unos torniquetes en los brazos y detener la hemorragia mientras gritaba pidiendo auxilio, hasta que uno de los criados se despertó y avisó al médico del «Carleton». Eso es todo, Johnny.
- Es suficiente, ¿no crees?
Medité unos instantes sobre lo que acaba de escuchar y luego añadí:
- Gracias, Tubby. Mira, ahora vete y déjame solo. Necesito pensar en todo eso y digerirlo todo, y luego andaré el resto del camino. ¿De acuerdo?
- De acuerdo, Johnny - me contestó -. ¿Me llamarás pronto?
- Desde luego - dije -. Gracias por todo.
- ¿No me necesitarás, Johnny?
- No. Me encuentro perfectamente.
Cuando salió, pedí otro whisky. El tercero, y tendría que ser el último ya que comenzaba a sentirlos. No deseaba volver borracho a casa para encararme con Kathy.
Me senté, bebiendo despacio, de forma que pudiese verme en el espejo azulado del bar. No era un tipo mal parecido, en un espejo azul. Sólo que ahora debía estar muerto en vez de encontrarme sentado allí. Debí haber muerto aquella noche, hacía once meses. Había intentado morir.
Estaba casi solo en el bar. Sólo había una pareja bebiendo martinis en el fondo del mismo. Ella era una rubia que parecía ser una corista. Me pregunté vanamente si Kathy sería rubia. No me había acordado de preguntarlo. Si ahora entrase Kathy, pensé, no la reconocería.
La rubia recogió algunas monedas de cambio de encima del mostrador y se dirigió hacia el tocadiscos automático. Introdujo una moneda y manejó algunos botones, volviendo luego hacia la barra con gran ostentación de caderas. El tocadiscos comenzó a funcionar. Era un viejo y buen disco: la versión de Harry James de los Memphis Blues. Una melodía triste y metálica de los días en que Harry aún no era comercial.
Permanecí escuchando y a punto de estallar. Debes sobreponerte, pensé. Cada vez que escuches una melodía como ésta no puedes seguir deseando suicidarte porque ya no puedes tocar más. No eres la única persona en el mundo que ya no puede tocar. Y los otros se aguantan.
Tenía las manos apoyadas frente a mí en la barra e intenté moverlas de nuevo, mientras oía la música, sabiendo de antemano que me seria imposible. Ya nunca más servirían. Los pulgares estaban intactos, pero los cuatro dedos restantes de cada mano se abrían y cerraban a la vez, siéndome imposible hacerlo por separado, como si estuvieran unidos por la membrana de los palmípedos.
Quizás el whisky hacía que empezara a sentirme mejor, pero... la cuestión es que comencé a pensar que quizás tampoco sería tan irremediable mi situación como yo me lo presentaba.
En aquel momento acabó el disco de Harry James, mientras otro se deslizaba en el tocadiscos y comenzaba a sonar.
También era triste. Mood Indigo. Pude reconocer las notas de la introducción. Me pregunté si todos los discos serían tristes, especialmente elegidos para hacer juego con los espejos tristes y azulados de las barras de los bares.
Una melodía profunda y triste pero, de todas formas, un buen arreglo y bien interpretado. Con unos cuantos whiskys y un estado de ánimo melancólico, esta melodía, Mood Indigo, es capaz de atenazar las cuerdas vitales y hacerlas vibrar en toda su intensidad. Aquellos aumentos y disminuciones estaban hechos por mano experta. Los instrumentos de viento disminuían el tono para dar paso al piano, que tomaba el primer puesto por unos momentos, respaldado por el sonido de las escobillas sobre la batería, modulando luego a un tono más alto, con lo que se comprendía que la melodía iba a cambiar de tema.
Y cambiaba realmente, esta vez a cargo de un saxo, un saxo con un sonido triste y aterciopelado, destacando de los demás instrumentos y trazando unos pequeños arabescos de contrapunto en forma tan casual que parecía que nunca se hubiera separado de la melodía. Un saxo alto vertiendo un sonido alto y cálido, unas notas que parecían de oro fundido.
Separé los dedos de la copa de whisky que rodeaban, me levanté y me dirigí hacia el tocadiscos automático. Lo sabía de antemano pero miré a pesar de ello. El disco que estaba sonando era el número 9, y el número 9 se titulaba Mood Indigo... por Johnny Marlin.
Durante unos segundos que me parecieron siglos sentí la necesidad de detener aquella melodía, de incrustar el puño en el vidrio de la máquina y arrancar el brazo del tocadiscos. Tenía que hacerlo, porque actuaba en mi interior abrasándome. Ese sonido que venía del pasado me hacía recordar, y me daba cuenta de que el único medio que tenía para sobrevivir era no recordar.
Quizás habría llegado a romper el cristal. No lo sé. Pero en vez de ello vi el cordón y el enchufe que daban corriente al tocadiscos y que procedían de la pared, detrás de él. Tiré del enchufe y el tocadiscos se apagó y dejó de sonar. Luego salí hacia la oscuridad mientras el asombro se reflejaba en los rostros de los tres espectadores, la rubia y su escolta, y el barman.
El barman gritó no sé qué, pero no insistió al ver que yo continuaba mi camino sin volverme. Pude verlos en el espejo trasero de la puerta de salida mientras la abría, y daban un espectáculo gracioso.
Debí caminar unos seis bloques hasta llegar al «Carleton» bajo el crepúsculo que se iba apagando. Crucé el amplio vestíbulo recubierto con paneles de caoba hasta llegar al ascensor. El solemne ascensorista me pareció más familiar que Tubby. Por lo menos tenía la leve impresión de haberlo visto con anterioridad.
- Buenas tardes, mister Marlin - dijo, sin preguntar a qué piso iba.
Pero su voz sonaba extraña, tensa, y esperé un momento antes de cerrar la puerta, sacando la cabeza fuera del ascensor y mirando a su alrededor. Tuve la impresión de que deseaba la llegada de otro pasajero, y que temía tener que cerrar la puerta del ascensor, de un lugar tan pequeño, siendo él y yo los únicos pasajeros.
Sin embargo no se presentó nadie más y cerró la puerta accionando luego la palanca del ascensor. El edificio comenzó a deslizarse hacia abajo hasta quedar quieto en el piso once. Salí a otro vestíbulo chapado de caoba y la puerta del ascensor se cerró tras de mí.
Se trataba de un pequeño recibimiento, con sólo cuatro puertas que debían conducir a unas suites espaciosas. Supe cuál de ellas era la puerta que buscaba, la de mi casa... o quizás debería decir la de Kathy. Con mi dinero nunca podría pagar una suite como aquélla.
No fue Kathy quien me abrió la puerta. Lo supe pues se trataba de una chica vistiendo uniforme de camarera. Y debía ser nueva en la casa, ya que me miró sin interés.
- ¿Está en casa mistress Marlin? - pregunté.
- No, señor. No tardará en volver, señor.
Entré y dije que esperaría. La seguí hasta una habitación que parecía la biblioteca.
- Entre, por favor - me dijo -. ¿Qué nombre debo anunciar?
- Marlin - contesté mientras pasaba por su lado -. Johnny Marlin.
Se notó que contenía la respiración levemente.
- Sí, señor - dijo, y salió apresuradamente de la habitación.
Sus tacones no podían oírse sobre las gruesas alfombras que cubrían el vestíbulo, pero aseguraría que echó a correr. Huyendo de un loco homicida, hacia la parte más alejada del apartamento, buscando seguramente la protección de una cocinera que empuñaría el cuchillo de trinchar, al enterarse de que el dueño de la casa había regresado. Y probablemente mañana tendríamos nuevos sirvientes, si es que se encontraba alguien dispuesto a venir.
Caminé por la estancia durante un rato, y al fin decidí buscar mi habitación. Si obro subconscientemente, daré con ella, pensé. Mi subconsciente me guiará. Y dio resultado, pues llegué donde me proponía.
Me senté en el borde de la cama durante un rato, con la frente entre las manos, preguntándome por qué habría ido a mi habitación. Miré a mi alrededor. Era un dormitorio amplio, recubierto de caoba como el resto del edificio, y decorado con gusto. El pequeño Johnny Dettman de los bajos fondos de Cleveland había subido muy alto para llegar a tener una habitación como aquélla, toda para él. Al otro lado de la habitación se veía un mueble tocadiscos con una bien surtida discoteca. La mayor parte de las fotografías que cubrían las paredes pertenecían a orquestas. En el vestidor, un marco de plata encuadraba la fotografía de una mujer.
Ésa debía ser Kathy, por supuesto. Me acerqué a ella para mirarla. Era hermosa, desde luego; una morena de grandes ojos con los labios torcidos en un mohín gracioso, unos labios prometedores. La niebla se hacía cada vez menos densa. Casi la recordaba ya.
Miré la fotografía durante mucho tiempo y luego volví a colocarla en su sitio, dirigiéndome seguidamente hacia el armario. Lo abrí encontrándome con gran cantidad de trajes, muchos pares de zapatos y varios sombreros. Pude recordar que John Dettman tuvo que ir al colegio durante todo un año vistiendo un jersey, ya que no tenía dinero para un abrigo.
Pero faltaba algo en aquel armario. Las cajas de los instrumentos. En el suelo, a la derecha, deberían estar los dos estuches de los saxos y los clarinetes. En su interior guardaban un par de saxos altos dorados y dos clarinetes «Selmer» de color negro. Al fondo debería encontrarse el estuche mayor del saxo barítono, con el que a veces yo me distraía en casa.
Pero no estaban allí, y en mi interior se lo agradecí a Kathy. Ella debió comprender lo que yo sentiría si llegaba a verlos.
Cerré la puerta con cuidado y abrí la siguiente, la del baño. Entré y quedé mirándome en el espejo colocado sobre el lavabo. Éste no era azul. Estudié mi rostro, y era corriente. No parecía existir ninguna razón para que alguien me amase como lo hacía mi esposa. No era ni alto ni bien parecido. Tan sólo unos labios que, en otro tiempo, habían sabido tocar el saxo.
Eso era yo.
El espejo era la puertecilla de un armario empotrado, destinado a los útiles de baño. Todos ellos se encontraban cuidadosamente colocados en sus estanterías, como si yo no hubiera pasado una larga temporada fuera de casa, o como si se me esperase a diario. Incluso, y casi retrocedí al verlas, dos navajas de afeitar, de las que emplean los barberos, colocadas al fondo de la estantería al lado de la pasta y la brocha.
¿Estaba loca Kathy dejándolas allí, después del uso que yo les había dado? ¿Habría sido una de esas dos? Porque, por supuesto, yo podría haber tenido tres, pero... No; no podía recordarlo, solamente eran dos, un par que hacían juego.
En el hospital había empleado maquinilla eléctrica, como es lógico. Todos lo hacíamos, incluso los que estaban allí por razones menos peligrosas que las mías. Y ahora seguiría utilizándola. Ahora mismo las cogería y las arrojaría a la caldera. Si mi esposa era tan inconsciente como para dejar una cosa así al alcance de mi mano, yo no. ¿Cómo podía estar seguro de que nunca más iba a ocurrirme algo parecido?
Mi mano tembló ligeramente mientras las recogía y cerraba la puertecilla. Ahora mismo me haría cargo de ellas. Salí del baño y, estaba cruzando mi habitación, cuando se oyó un débil golpe en la puerta, la puerta que comunicaba con el dormitorio de Kathy.
- Johnny... - oí que decía.
Escondí rápidamente las navajas en el bolsillo interior de mi chaqueta y contesté, no recuerdo exactamente el qué. Parecía que el corazón se me hubiera subido hasta la garganta, imposibilitándome el habla. Se abrió la puerta dejándome ver a Kathy que entró como si una ráfaga de viento la impulsara hacia mis brazos. Me habló con el rostro escondido junto a mi pecho.
- Johnny, Johnny - dijo -. ¡Me alegro tanto de que hayas vuelto!
Nos besamos, y el beso duró mucho rato. Pero no me hizo sentir ninguna sensación especial. Si anteriormente había estado enamorado de Kathy, ahora debería comenzar de nuevo. Si, resultaba agradable poder besarla, tanto como podía serlo el besar a cualquier otra mujer hermosa. No me costaría repetirlo. Pero pensé que resultaría aún más fácil si pudiera apartar de mí aquel tupido velo, si pudiera recordar.
- Me alegro de estar de vuelta - dije.
Sus brazos me rodearon, casi convulsivos. Había un gran sillón al lado del tocadiscos. La cogí en mis brazos, puesto que ella no se separaba de mí, y la llevé hacia el sillón. Me senté y ella lo hizo en mis rodillas. Al cabo de un minuto se enderezó y sus ojos se encontraron con los míos, interrogadores.
- ¿Me quieres, Johnny? - fue la pregunta.
Pero en aquel momento yo no lo sabía. Quizá cuando mi memoria regresara sería así... sino, ya me las arreglaría para quererla. Pero en aquel momento eludí la pregunta y su mirada.
Por el contrario, dirigí mi vista hacia su garganta y vi la cicatriz, No resultaba tan horrible como la habla imaginado. Era una línea larga y delgada imposible de adivinar a un metro de distancia.
- Cirugía plástica, Johnny - dijo -. Hacen maravillas. Un año más y habrá desaparecido por completo. No... no tiene ninguna importancia.
Luego, como para contrarrestar que yo no continuase hablando de ello, añadió rápidamente:
- Me desprendí de tus saxofones, Johnny. Pensé..., que ya no querrías que anduviesen por ahí. Los médicos dicen que nunca más..., podrás tocar.
- Creo que es mejor que no anden por ahí - admití.
- Será maravilloso, Johnny. Quizá me odies por lo que voy a decirte pero soy casi... feliz. Ya sabes que eso era lo que se interponía entre nosotros, tu música y tu orquesta. Y, ahora ya no será así, ¿verdad? ¿No formarás otra orquesta, sólo para dirigirla pero sin tocar, o cualquier otra tontería de éstas, verdad, Johnny?
- No, Kathy - contesté.
Ya nada, pensé, tendría significado para mí si no tocaba. Había intentado olvidarlo todo. Cerré los ojos e intenté por un momento dejar de pensar.
- Será maravilloso, Johnny. Podrás hacer todas las cosas que yo deseaba y que tú no podías hacer. Podremos viajar, pasar los inviernos en Florida, y divertirnos. Podemos pasar algún tiempo en la Riviera, esquiar en el Tirol y jugar a la ruleta en Montecarlo, y... todo lo que siempre he deseado, Johnny.
- Resulta agradable tener unos cuantos millones - dije.
Se echó hacia atrás y me miró.
- Johnny, no volverás a empezar con eso, ¿verdad? ¡Oh, Johnny, no puedes... ahora!
No, pensé, no podía. Sólo Dios sabía por qué ella únicamente le deseaba, a él, pero el pequeño Johnny Dettman se había convertido en un hombre con las espaldas bien guardadas, en el querido de una mujer rica. No podía obtener dinero de la única forma que él sabía ganarlo. Ya no podía siquiera conseguir un empleo como conductor de camión ni cavar zanjas. Pero sabría cómo sostener una taza de té sobre su rodilla y sonreír a las viudas ricas. Tendría que hacerlo. Volvió a acosarme aquel argumento interminable.
Pero ya no cabía discusión. Nunca más habría nada que discutir.
- Bésame, Johnny - dijo Kathy, y cuando lo hube hecho, añadió -: ¿Ponemos un poco de música? Podríamos bailar... ¿no habrás olvidado cómo se baila, verdad, Johnny?
Saltó de mis rodillas y se dirigió hacia la discoteca.
- Alguno de los míos, ¿quieres, Kathy? - pedí.
Pensé que debía acostumbrarme a ello lo antes posible. Así ya no volvería a sentirme, nunca más, como cuando estuve a punto de atravesar con el puño el vidrio del tocadiscos automático.
- Desde luego, Johnny.
Los eligió de uno de los álbumes, una media docena, y los colocó en el gramófono. Comenzó a sonar el primero. Era una melodía alegre y simple que habíamos tocado alguna vez... «Chickery chik, cha la, cha la...» Volvió hacia mí con los brazos extendidos para que bailásemos, y lo hice, comprobando que aún recordaba cómo se baila.
Bailamos dirigiéndonos hacia los ventanales que conducían hacia la terraza y los abrimos, saliendo a una galería recubierta con baldosas de mármol y a la noche iluminada por una luna llena que cabalgaba en lo alto del firmamento.
«Chickery chik...» una bonita melodía, aunque simple. Sin cantar, desde luego. Nunca lo habíamos hecho. Ni siquiera instrumentos de cuerda, pero con mucho ritmo, con una batería como fondo. Y un saxo alto en primer plano, acariciador como la seda.
Y comencé a recordar aquella disputa. Habíamos tenido una discusión de esas a las que no se les encuentra fin. Músico o play-boy como porvenir para mí. Ahora recordaba ya a Kathy, y de pronto intenté no hacerlo. Quizá sería mejor olvidar toda aquella amargura, las peleas y el trabajo excesivo y todo lo que llevaba hacia aquellos momentos de depresión.
Sin embargo, nuestros pies se movían suavemente sobre el mármol. Kathy bailaba bien. Y el disco llegó a su final.
- Será maravilloso, Johnny - me susurraba. teniéndote ahora todo para mí... eres mío ahora, Johnny.
- Sí - contesté.
Tendré que serlo, pensé.
Comenzó a sonar el segundo disco, que contrastaba con el anterior. Una melodía tan triste como la de Mood Indigo, pero mucho más sensual. St. James Infirmary, en versión de Johnny Marlin y su orquesta. Recordé el caluroso día en que lo grabamos. Tampoco era cantado pero, mientras lo bailábamos, la letra fluía hacia mi boca con el oro líquido del saxo alto que yo toqué una vez.
«Bajé a St. James Infirmary... y vi allí a mi pequeña... tendida sobre una blanca mesa... tan dulce, tan fría, tan...»
Me aparté bruscamente, corrí hacia dentro y cerré el tocadiscos. Pude ver mi rostro reflejado en el espejo que había en el vestidor, mientras volvía. Estaba blanco como el de un cadáver. Regresé a la terraza. Kathy aún estaba allí. No se había movido.
- Johnny, ¿qué...?
- Esta tonadilla - corté -. La letra, Lo recuerdo, Kathy. Recuerdo aquella noche. Yo no lo hice.
Me sentí débil. Me apoyé contra la pared a mis espaldas. Kathy se me acercó más.
- Johnny..., ¿qué quieres decir?
- Lo recuerdo - añadí -. Entré, y tú estabas tirada ahí, con la sangre fluyendo por tu cuello y el traje, cuando entré en la habitación. No recuerdo lo que ocurrió luego, pero esto fue lo que debió sacarme de mis casillas, más que cualquier otra cosa. Fue en aquel momento cuando me volví loco, y no antes.
- Johnny, te equivocas...
La debilidad había desaparecido de mí. Me sentía más fuerte.
- Tu hermano - continué - te odiaba porque tú lo mantenías, igual como deseabas mantenerme a mí, ya que tú poseías el dinero que juzgaba le pertenecía a él, y tú se lo administrabas y le obligabas a hacer lo que querías. Naturalmente, él te odiaba. Ahora puedo recordarlo. Kathy, lo recuerdo. Eso era en las épocas en que había dejado el alcohol y empezaba a tomar drogas. Heroína, ¿no es verdad? Y esa noche él debió entrar, excitado y con ansia criminal, antes de que yo lo hiciera. Intentó matarte, y pensando que lo había logrado, huyó. Debió de ocurrir poco antes de que yo llegase.
- Johnny, por favor..., estás equivocado.
- Te acercaste a mí, cuando yo me había desmayado ya - continué -. Parece... parece increíble, Kathy, pero tuvo que ser así. Y Kathy, ese frío cerebro que tienes urdió el único medio que existía para conseguir lo que siempre habías deseado. Proteger a tu hermano, y tenerme como tú querías. Era un plan perfecto, Kathy. Me atabas de forma que nunca más podría tocar, y me ponías en la situación de pensar que había intentado matarte, de forma que aún me tendrías más sujeto a ti. Sabes conseguir lo que quieres, ¿verdad, Kathy? A cualquier precio. Pero no querías que yo muriese. Apostaría que incluso tenías preparados los torniquetes antes de que me cortaras las muñecas con la navaja.
Estaba hermosa, iluminada por la luna. Permaneció un instante derecha y altiva, y luego dio un paso hacia mí y me rodeó con sus suaves brazos.
- Sin embargo, no comprendo - añadí - cómo sabías que yo no iba a recordar lo que realmente... ¡Un momento, ya comprendo cómo lo hiciste! Yo llevaba una o dos copas de más a mi regreso. Pudiste oler mi aliento y pensaste que había vuelto perdidamente borracho. Y cuando me emborrachaba, luego no recordaba nunca lo que había hecho. Aquella noche no lo estaba, pero la impresión y la crisis nerviosa aún pudieron más. Malditas seas, Kathy.
- Pero, Johnny, ¿no es verdad que he ganado?
Estaba hermosa, sonriendo, con la cabeza hacia atrás y mirándome. Sí, había ganado. Tan dulce, tan fría, tan desnuda. Tan desnuda su garganta que a la luz de la luna pude ver la débil traza de su cicatriz, aquella línea de puntos. Y una de mis crispadas manos, en el interior del bolsillo, abrió a tientas una de las navajas, la extrajo del mismo, y golpeó ciegamente en todas direcciones.


FIN


CUENTOS DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Escrito por imagenes 30-08-2008 en General. Comentarios (2)

CUENTOS DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

CUENTOS DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
Alfredo Bryce Echeñique
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Las notas que duermen en las cuerdas
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Mediados de diciembre. El sol se ríe a carcajadas en los avisos de publicidad. ¡El sol! Durante algunos meses, algunos sectores de Lima tendrán la suerte de parecerse a Chaclacayo, Santa Inés, Los Ángeles, y Chosica. Pronto, los ternos de verano recién sacados del ropero dejarán de oler a humedad. El sol brilla sobre la ciudad, sobre las calles, sobre las casas. Brilla en todas partes menos en el interior de las viejas iglesias coloniales. Los grandes almacenes ponen a la venta las últimas novedades de la moda veraniega. Los almacenes de segunda categoría ponen a la venta las novedades de la moda del año pasado. «Pruébate la ropa de baño, amorcito.» (¡Cuántos matrimonios dependerán de esa prueba!) Amada, la secretaria del doctor Ascencio, abogado de nota, casado, tres hijos, y automóvil más grande que el del vecino, ha dejado hoy, por primera vez, la chompita en casa. Ha entrado a la oficina, y el doctor ha bajado la mirada: es la moda del escote ecran, un escote que parece un frutero. «Qué linda su Medallita, Amada (el doctor lo ha oído decir por la calle). Tengo mucho, mucho que dictarle, y tengo tantos, tantos deseos de echarme una siestecita.»

Por las calles, las limeñas lucen unos brazos de gimnasio. Parece que fueran ellas las que cargaran las andas en las procesiones, y que lo hicieran diariamente. Te dan la mano, y piensas en el tejido adiposo. No sabes bien lo que es, pero te suena a piel, a brazo, al brazo que tienes delante tuyo, y a ese hombro moreno que te decide a invitarla al cine. El doctor Risque pasa impecablemente vestido de blanco. Dos comentarios: «Maricón» (un muchacho de dieciocho años), y «exagera. No estamos en Casablanca» (el ingeniero Torres Pérez, cuarenta y tres años, empleado del Ministerio de Fomento). Pasa también Félix Arnolfi, escritor, autor de Tres veranos en Lima, y Amor y calor en la ciudad. Viste de invierno. Pero el sol brilla en Lima. Brilla a mediados de diciembre, y no cierre usted su persiana, señora Anunciata, aunque su lugar no esté en la playa, y su moral sea la del desencanto, la edad y los kilos ...
El sol molestaba a los alumnos que estaban sentados cerca de la ventana. Acababan de darles el rol de exámenes y la cosa no era para reírse. Cada dos días, un examen. Matemáticas y química seguidos. ¿Qué es lo que pretenden? ¿Jalarse a todo el mundo? Empezaban el lunes próximo, y la tensión era grande. Hay cuatro cosas que se pueden hacer frente a un examen: estudiar, hacer comprimidos, darse por vencido antes del examen, y hacerse recomendar al jurado.
Los exámenes llegaron. Los primeros tenían sabor a miedo, y los últimos sabor a Navidad. Manolo aprobó invicto (había estudiado, había hecho comprimidos, se había dado por vencido antes de cada examen y un tío lo había recomendado, sin que él se lo pidiera). Repartición de premios: un alumno de quinto año de secundaria lloró al leer el discurso de Adiós al colegio, los primeros de cada clase recibieron sus premios, y luego, terminada la ceremonia, muchos fueron los que destrozaron sus libros y cuadernos: hay que aprender a desprenderse de las cosas.
Manolo estaba libre.
En su casa, una de sus hermanas se había encargado del Nacimiento. El árbol de Navidad, cada año más pelado (al armarlo, siempre se rompía un adorno, y nadie lo reponía), y siempre cubierto de algodón, contrastaba con el calor sofocante del día. Manolo no haría nada hasta después del Año Nuevo. Permanecería encerrado en su casa, como si quisiera comprobar que su libertad era verdadera, y que realmente podía disponer del verano a sus anchas. Nada le gustaba tanto como despertarse diariamente a la hora de ir al colegio, comprobar que no tenía que levantarse, y volverse a dormir. Era su pequeño triunfo matinal.
—¡Manolo! —llamó su hermana—. Ven a ver el Nacimiento. Ya está listo.
—Voy —respondió Manolo, desde su cama.
Bajó en pijama hasta la sala, y se encontró con la Navidad en casa. Era veinticuatro de diciembre, y esa noche era Nochebuena. Manolo sintió un escalofrío, y luego se dio cuenta de que un extraño malestar se estaba apoderando de él. Recordó que siempre en Navidad le sucedía lo mismo, pero este año, ese mismo malestar parecía volver con mayor intensidad. Miraba hacia el Nacimiento, y luego hacia el árbol cubierto de algodón. «Está muy bonito», dijo. Dio media vuelta, y subió nuevamente a su dormitorio.
Hacia el mediodía, Manolo salió a caminar. Contaba los automóviles que encontraba, las ventanas de las casas, los árboles en los jardines, y trataba de recordar el nombre de cada planta, de cada flor. Esos paseos que uno hace para no pensar eran cada día más frecuentes. Algo no marchaba bien. Se crispó al recordar que una mañana había aparecido en un mercado, confundido entre placeras y vendedores ambulantes. Aquel día había caminado mucho, y casi sin darse cuenta. Decidió regresar, pues pronto sería la hora del almuerzo.
Almorzaban. Había decidido que esa noche irían juntos a la misa de Gallo, y que luego volverían para cenar. Su padre se encargaría de comprar el panetón, y su madre de preparar el chocolate. Sus hermanos prometían estar listos a tiempo para ir a la iglesia y encontrar asientos, mientras Manolo pensaba que él no había nacido para esas celebraciones. ¡Y aun faltaba el Año Nuevo! El Año Nuevo y sus cohetones, que parecían indicarle que su lugar estaba entre los atemorizados perros del barrio. Mientras almorzaba, iba recordando muchas cosas. Demasiadas. Recordaba el día en que entró al Estadio Nacional, y se desmayó al escuchar que se había batido el récord de asistencia. Recordaba también, cómo en los desfiles militares, le flaqueaban las piernas cuando pasaban delante suyo las bandas de música y los húsares de Junín. Las retretas, con las marchas que ejecutaba la banda de la Guardia Republicana, eran como la atracción al vacío. Almorzaban: comer, para que no le dijeran que comiera, era una de las pequeñas torturas a las que ya se había acostumbrado.
Hacia las tres de la tarde, su padre y sus hermanos se habían retirado del comedor. Quedaba tan sólo su madre, que leía el periódico, de espaldas a la ventana que daba al patio. La plenitud de ese día de verano era insoportable. A través de la ventana, Manolo veía cómo todo estaba inmóvil en el jardín. Ni siquiera el vuelo de una mosca, de esas moscas que se estrellan contra los vidrios, venía a interrumpir tanta inmovilidad. Sobre la mesa, delante de él, una taza de café se enfriaba sin que pudiera hacer nada por traerla hasta sus labios. En una de las paredes (Manolo calculaba cuántos metros tendría), el retrato de un antepasado se estaba burlando de él, y las dos puertas del comedor que llevaban a la otra habitación eran como la puerta de un calabozo, que da siempre al interior de la prisión.
—Es terrible —dijo su madre, de pronto, dejando caer el periódico sobre la mesa—. Las tres de la tarde. La plenitud del día. Es una hora terrible.
—Dura hasta las cinco, más o menos.
—Deberías buscar a tus amigos, Manolo.
—Sabes, mamá, si yo fuera poeta, diría: «Eran las tres de la tarde en la boca del estómago».
—En los vasos, y en las ventanas.
—Las tres de la tarde en las tres de la tarde. Hay que moverse.
«Ante todo, no debo sentarme», pensaba Manolo al pasar del comedor a la sala, y ver cómo los sillones lo invitaban a darse por vencido. Tenía miedo de esos sillones cuyos brazos parecían querer tragárselo. Caminó lentamente hacia la escalera, y subió como un hombre que sube al cadalso. Pasó por delante del dormitorio de su madre, y allí estaba, tirada sobre la cama, pero él sabía que no dormía, y que tenía los ojos abiertos, inmensos. Avanzó hasta su dormitorio, y se dejó caer pesadamente sobre la cama: «La próxima vez que me levante», pensó, «será para ir al centro».

A través de una de las ventanas del ómnibus, Manolo veía cómo las ramas de los árboles se movían lentamente. Disminuía ya la intensidad del sol, y cuando llegara al centro de la ciudad, empezaría a oscurecer. Durante los últimos meses, sus viajes al centro habían sido casi una necesidad. Recordaba que, muchas veces, se iba directamente desde el colegio, sin pasar por su casa, y abandonando a sus amigos que partían a ver la salida de algún colegio de mujeres. Detestaba esos grupos de muchachos que hablan de las mujeres como de un producto alimenticio: «Es muy rica. Es un lomo». Creía ver algo distinto en aquellas colegialas con los dedos manchados de tinta, y sus uniformes de virtud. Había visto cómo uno de sus amigos se había trompeado por una chica que le gustaba, y luego, cuando te dejó de gustar, hablaba de ella como si fuera una puta. «Son terribles cuando están en grupo», pensaba, «y yo no soy un héroe para dedicarme a darles la contra».
El centro de Lima estaba lleno de colegios de mujeres, pero Manolo tenía sus preferencias. Casi todos los días, se paraba en la esquina del mismo colegio, y esperaba la salida de las muchachas como un acusado espera su sentencia. Sentía los latidos de su corazón, y sentía que el pecho se le oprimía, y que las manos se le helaban. Era más una tortura que un placer, pero no podía vivir sin ello. Esperaba esos uniformes azules, esos cuellos blancos y almidonados, donde para él, se concentraba toda la bondad humana. Esos zapatos, casi de hombres, eran, sin embargo, tan pequeños, que lo hacían sentirse muy hombre. Estaba dispuesto a protegerlas a todas, a amarlas a todas, pero no sabía cómo. Esas colegialas que ocultaban sus cabellos bajo un gracioso gorro azul, eran dueñas de su destino. Se moría de frío: ya iba a sonar el timbre. Y cuando sonara, sería como siempre: se quedaría estático, casi paralizado, perdería la voz, las vería aparecer sin poder hacer nada por detener todo eso, y luego, en un supremo esfuerzo, se lanzaría entre ellas, con la mirada fija en la próxima esquina, el cuello tieso, un grito ahogado en la garganta, y una obsesión: alejarse lo suficiente para no ver más, para no sentir más, para descansar, casi para morir. Los pocos días en que no asistía a la salida de ese colegio, las cosas eran aún peor.
El ómnibus se acercaba al jirón de la Unión, y Manolo, de pie, se preparaba para bajar. (Le había cedido el asiento a una señora, y la había odiado: temió, por un momento, que hablara de lo raro que es encontrar un joven bien educado en estos días, que todos los miraran, etc. Había decidido no volver a viajar sentado para evitar esos riesgos.) El ómnibus se detuvo, y Manolo descendió.
Empezaba a oscurecer. Miles de personas caminaban lentamente por el jirón de la Unión. Se detenían en cada tienda, cada vidriera, mientras Manolo avanzaba perdido entre esa muchedumbre. Su única preocupación era que nadie lo rozara al pasar, y que nadie le fuera a dar un codazo. Le pareció cruzarse con alguien que conocía, pero ya era demasiado tarde para voltear a saludarlo. «De la que me libré», pensó. «¿Y si me encuentro con Salas?» Salas era un compañero de colegio. Estaba en un año superior, y nunca se habían hablado. Prácticamente no se conocían, y sería demasiada coincidencia que se encontraran entre ese tumulto, pero a Manolo le espantaba la idea. Avanzaba. Oscurecía cada vez más, y las luces de neón empezaban a brillar en los avisos luminosos. Quería llegar hasta la Plaza San Martín, para dar media vuelta y caminar hasta la Plaza de Armas. Se detuvo a la altura de las Galerías Boza, y miró hacia su reloj: «Las siete de la noche». Continuó hasta llegar a la Plaza San Martín, y allí sintió repugnancia al ver que un grupo de hombres miraba groseramente a una mujer, y luego se reían a carcajadas. Los colectivos y los ómnibus llegaban repletos de gente. «Las tiendas permanecerán abiertas hasta las nueve de la noche», pensó. «La Plaza de Armas.» Dio media vuelta, y se echó a andar. Una extraña e impresionante palidez en el rostro de la gente era efecto de los avisos luminosos. «Una tristeza eléctrica», pensaba Manolo, tratando de definir el sentimiento que se había apoderado de él. La noche caía sobre la gente, y las luces de neón le daban un aspecto fantasmagórico. Cargados de paquetes, hombres y mujeres pasaban a su lado, mientras avanzaba hacia la Plaza de Armas, como un bañista nadando hacia una boya. No sabía si era odio o amor lo que sentía, ni sabía tampoco si quería continuar esa extraña sumersión, o correr hacia un despoblado. Sólo sabía que estaba preso, que era el prisionero de todo lo que lo rodeaba. Una mujer lo rozó al pasar, y estuvo a punto de soltar un grito, pero en ese instante hubo ante sus ojos una muchacha. Una pálida chiquilla lo había mirado caminando. Vestía íntegramente de blanco. Manolo se detuvo. Ella sentiría que la estaba mirando, y él estaba seguro de haberle comunicado algo. No sabía qué. Sabía que esos ojos tan negros y tan grandes eran como una voz, y que también le hablan dicho algo. Le pareció que las luces de neón se estaban apoderando de esa cara. Esa cara se estaba electrizando, y era preciso sacarla de allí antes de que se muriera. La muchacha se alejaba, y Manolo la contemplaba calculando que tenía catorce años. «Pobre de ti, noche, si la tocas», pensó.
Se había detenido al llegar a la puerta de la iglesia de la Merced. Veía cómo la gente entraba y salía del templo, y pensaba que entraban más para descansar que para rezar, tan cargados venían de paquetes. Serían las ocho de la noche, cuando Manolo, parado ahora de espaldas a la iglesia, observaba una larga cola de compradores, ante la tienda Monterrey. Todos llevaban paquetes en las manos, pero todos tenían aún algo más que comprar. De pronto, distinguió a una mujer que llevaba un balde de playa y una pequeña lampa de lata. Vestía un horroroso traje floreado, y con la basta descosida. Era un traje muy viejo, y le quedaba demasiado grande. Le faltaban varios dientes, y le veía las piernas chuecas, muy chuecas. El balde y la pequeña lampa de lata estaban mal envueltos en papel de periódico, y él podía ver que eran de pésima calidad. «Los llevará un domingo, en tranvía, a la playa más inmunda. Cargada de hijos llorando. Se bañará en fustán», pensó. Esa mujer, fuera de lugar en esa cola, con la boca sin dientes abierta de fatiga como si fuera idiota, y chueca, chueca, lo conmovió hasta sentir que sus ojos estaban bañados en lágrimas. Era preciso marcharse. Largarse. «Yo me largo.» Era preciso desaparecer. Y, sobre todo, no encontrar a ninguno de sus odiados conocidos.
Desde su cama, con la habitación a oscuras, Manolo escuchaba a sus hermanas conversar mientras se preparaban para la misa de Gallo, y sentía un ligero temblor en la boca del estómago. Su único deseo era que todo aquello comenzara pronto para que terminara de una vez por todas. Se incorporó al escuchar la voz de su padre que los llamaba para partir.
«Voy», respondió al oír su nombre, y bajó lentamente las escaleras. Partieron.
Conocía a casi todos los que estaban en la iglesia. Eran los mismos de los domingos, los mismos de siempre. Familias enteras ocupaban las bancas, y el calor era muy fuerte. Manolo, parado entre sus padres y hermanos, buscaba con la mirada a alguien a quien cederle el asiento. Tendría que hacerlo, pues iglesia se iba llenando de gente, y quería salir de eso lo antes posible. Vio que una amiga de su madre se acercaba, y le dejó su lugar, a pesar de que aún quedaban espacios libres en otras bancas.
Estaba recostado contra una columna de mármol, y desde allí paseaba la mirada por toda la iglesia. Muchos de los asistentes, bronceados por el sol, habían empezado a ir a la playa. Las muchachas le impresionaban con sus pañuelos de seda en la cabeza. Esos pañuelos de seda, que ocultando una parte del rostro, hacen resaltar los ojos, lo impresionaban al punto de encontrarse con las manos pegadas a la columna; fuertemente apoyadas, como si quisiera hacerla retroceder. «Sansón», pensó.
Había detenido la mirada en el pálido rostro de una muchacha que llevaba un pañuelo de seda en la cabeza, y cuyos ojos resaltaban de una manera extraña. Miraban hacia el altar con tal intensidad, que parecían estar viendo a Dios. La contemplaba. Imposible dejar de contemplarla. Manolo empezaba a sentir que todo alrededor suyo iba desapareciendo, y que en la iglesia sólo quedaba aquel rostro tan desconocido y lejano. Temía que ella lo descubriera mirándola, y no poder continuar con ese placer. ¿Placer? «Debe hacer calor en la iglesia», pensó, mientras comprobaba que sus manos estaban más frías que el mármol de la columna.
La música del órgano resonaba por toda la iglesia, y Manolo sentía como si algo fuera a estallar. «Los ojos. Es peor que bonita.» En las bancas, los hombres caían sobre sus rodillas, como si esa música que venía desde el fondo del templo, los golpeara sobre los hombros, haciéndolos caer prosternados ante un Dios recién descubierto y obligatorio. Esa música parecía que iba a derrumbar las paredes, hasta que, de pronto, un profundo y negro silencio se apoderó del templo, y era como si hubieran matado al organista. «Tan negros y tan brillantes.» Un sacerdote subió al púlpito, y anunció que Jesús había nacido, y el órgano resonó nuevamente sobre los hombros de los fieles, y Manolo sintió que se moría de amor, y la gente ya quería salir para desearse «feliz Navidad». Terminada la ceremonia, si alguien le hubiera dicho que se había desmayado, él lo hubiera creído. Salían. El mundo andaba muy bien aquella noche en la puerta de la iglesia, mientras Manolo no encontraba a la muchacha que parecía haber visto a Dios.
Al llegar a su casa, sin pensarlo, Manolo se dirigió a un pequeño baño que había en el primer piso. Cerró la puerta, y se dio cuenta de que no era necesario que estuviera allí. Se miró en el espejo, sobre el lavatorio, y recordó que tenía que besar a sus padres y hermanos: era la costumbre, antes de la cena. ¡Feliz Navidad con besos y abrazos! Trató de orinar. Inútil. Desde el comedor, su madre lo estaba llamando. Abrió la puerta, y encontró a su perro que lo miraba como si quisiera enterarse de lo que estaba pasando. Se agachó para acariciarlo, y avanzó hasta llegar al comedor. Al entrar, continuaba siempre agachado y acariciando al perro que caminaba a su lado. Avanzaba hacia los zapatos blancos de una de sus hermanas, hasta que, torpemente, se lanzó sobre ella para abrazarla. No logró besarla. «Feliz Navidad», iba repitiendo mientras cumplía con las reglas del juego. Los regalos.
Cenaban. «Esos besos y abrazos que uno tiene que dar...», pensaba. «Ésos cariños.» Daría la vida por cada uno de sus hermanos. «Pero uno no da la vida en un día establecido...» Recordaba aquel cumpleaños de su hermana preferida: se había marchado a la casa de un amigo para no tener que saludarla, pero luego había sentido remordimientos, y la había llamado por teléfono: «Qué loco soy». Cenaban. El chocolate estaba demasiado caliente, y con tanto sueño era difícil encontrar algo de qué hablar mientras se enfriaba. «No es el mejor panetón del mundo, pero es el único que quedaba», comentó su padre. Manolo sentía que su madre lo estaba mirando, y no se atrevía a levantar los ojos de la mesa. A lo lejos, se escuchaban los estallidos de los cohetes, y pensaba que su perro debía estar aterrorizado. Bebían el chocolate. «Tengo que ir a ver al perro. Debe estar muerto de miedo.» En ese momento, uno de sus hermanos bostezó, y se disculpó diciendo que se había levantado muy temprano esa mañana. Permanecían en silencio, y Manolo esperaba que llegara el momento de ir a ver a su perro. De pronto, uno de sus hermanos se puso de pie: «Creo que me voy a acostar», dijo dirigiéndose lentamente hacia la puerta del comedor. Desapareció. Los demás siguieron el ejemplo.
En el patio, Manolo acariciaba a su perro. Había algo en la atmósfera que lo hacía sentirse nuevamente como en la iglesia. Le parecía que tenía algo que decir. Algo que decirle a alguna persona que no conocía; a muchas personas que no conocía. Escuchaba el estallido de los cohetes, y sentía deseos de salir a caminar.
Hacia las tres de la madrugada, Manolo continuaba su extraño paseo. Hacia las cuatro de la madrugada, un hombre quedó sorprendido, al cruzarse con un muchacho de unos quince años, que caminaba con el rostro bañado en lágrimas.

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Alfredo Bryce Echeñique
La madre, el hijo y el pintor

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Se había acostumbrado al sistema: de lunes a jueves, cuatro días con su madre. De viernes a domingo, tres días con su padre. Manolo tenía la ropa que usaba cuando estaba con su padre, y los libros que leía en el departamento de su madre. Una pequeña valija para el viaje semanal de Miraflores a Magdalena, de un departamento a otro. Su madre lo quería mucho los jueves, porque al día siguiente lo vería partir, y su padre era muy generoso los domingos, porque al día siguiente le tocaba regresar donde «ella». Se había acostumbrado al sistema. Lo encontraba lógico. «No soy tan viejo», le había dicho su padre, una noche, mientras cenaban juntos en un restaurante una mujer le había sonreído coquetamente. «Tienes diecisiete años, y eres un muchacho inteligente», le había dicho su madre una mañana. «Es preciso que te presente a mis amigos.»
Jueves. Sentado en una silla blanca, en el baño del departamento, Manolo contemplaba a su madre que empezaba a arreglarse para ir al cóctel.
—Es muy simpático, y es un gran pintor —dijo su madre.
—Nunca he visto un cuadro suyo.
—Tiene muchos en su departamento. Hoy podrás verlos. Me pidió que te llevara. Además, no me gusta separarme de ti los jueves.
—¿Va a ir mucha gente?
—Todos conocidos míos. Buenos amigos y simpáticos. Ya verás.
Manolo la veía en el espejo. Había dormido una larga siesta, y tenía la cara muy reposada. Así era cuando tomaban desayuno juntos: siempre con su bata floreada, y sus zapatillas azules. Le hubiera gustado decirle que no necesitaba maquillarse, pero sabía cuánto le mortificaban esas pequeñas arrugas que tenía en la frente y en el cuello.
—¿Terminaste el libro que te presté? —preguntó su madre, mientras cogía un frasco de crema para el cutis.
—No —respondió Manolo—. Trataré de terminarlo esta noche después del cóctel.
—No te apures —dijo su madre—. Llévatelo mañana, si quieres. Prefiero que lo leas con calma, aunque no creo que allá puedas leer.
—No sé... Tal vez.
Se había cubierto el rostro con una crema blanca, y se lo masajeaba con los dedos, dale que te dale con los dedos.
—Pareces un payaso, mamá —dijo Manolo sonriente.
—Todas las mujeres hacen lo mismo. Ya verás cuando te cases.
La veía quitarse la crema blanca. El cutis le brillaba. De rato en rato, los ojos de su madre lo sorprendían en el espejo: bajaba la mirada.
—Y ahora, una base para polvos —dijo su madre.
—¿Una base para qué?
—Para polvos.
—¿Todos los días haces lo mismo?
—Ya lo creo, Manolo. Todas las mujeres hacen lo mismo. No me gusta estar desarreglada.
—No, ya lo creo. Pero cuando bajas a tomar el desayuno tampoco se te ve desarreglada.
—¿Qué saben los hombres de esas cosas?
—Me imagino que nada, pero en el desayuno...
—No digas tonterías, hijo —interrumpió ella—. Toda mujer tiene que arreglarse para salir, para ser vista. En el desayuno no estamos sino nosotros dos. Madre e hijo.
—Humm...
—A toda mujer le gusta gustar.
—Es curioso, mamá. Papá dice lo mismo.
—Él no me quería.
—Sí. Sí. Ya lo sé.
—¿Tú me quieres? —preguntó, agregando—: Voltéate que voy a ponerme la faja.
Escuchaba el sonido que producía el roce de la faja con las piernas de su madre. «Tu madre tiene buenas patas», le había dicho un amigo en el colegio.
—Ya puedes mirar, Manolo.
—Tienes bonitas piernas, mamá.
—Eres un amor, Manolo. Eres un amor. Tu padre no sabía apreciar eso. ¿Por qué no le dices mañana que mis piernas te parecen bonitas?
Se estaba poniendo un fustán negro, y a Manolo le hacía recordar a esos fustanes que usan las artistas, en las películas para mayores de dieciocho años. No le quitaba los ojos de encima. Era verdad: su madre tenía buenas piernas, y era más bonita que otras mujeres de cuarenta años.
—Y las piernas mejoran mucho con los tacos altos —dijo, mientras se ponía unos zapatos de tacones muy altos.
—Humm...
—Tu padre no sabía apreciar eso. Tu padre no sabía apreciar nada.
—Mamá...
—Ya sé. Ya sé. Mañana me abandonas, y no quieres que esté triste.
—Vuelvo el lunes. Como siempre...
—Alcánzame el traje negro que está colgado detrás de la puerta de mi cuarto.
Manolo obedeció. Era un hermoso traje de terciopelo negro. No era la primera vez que su madre se lo ponía, y, sin embargo, nunca se había dado cuenta de que era tan escotado. Al entrar al baño, lo colgó en una percha, y se sentó nuevamente.
—¿Cómo se llama el pintor, mamá?
—Domingo. Domingo como el día que pasas con tu padre —dijo ella, mientras estiraba el brazo para coger el traje—. ¿En qué piensas, Manolo?
—En nada.
—Este chachá me está a la trinca. Tendrás que ayudarme con el cierre relámpago.
—Es muy elegante.
—Nadie diría que tengo un hijo de tu edad.
—Humm...
—Ven. Este cierre es endemoniado. Súbelo primero, y luego engánchalo en la pretina.
Manolo hizo correr el cierre por la espalda de su madre. Listo», dijo, y retrocedió un poco mientras ella se acomodaba el traje, tirándolo con ambas manos hacia abajo. Una hermosa silueta se dibujó ante sus ojos, y esos brazos blancos y duros eran los de una mujer joven. Ella parecía saberlo: era un traje sin mangas. Manolo se sentó nuevamente. La veía ahora peinarse.
—Estamos atrasados, Manolo —dijo ella, al cabo de un momento.
—Hace horas que estoy listo —replicó, cubriéndose la cara con las manos.
—Será cosa de unos minutos. Sólo me faltan los ojos y los labios.
—¿Qué? —preguntó Manolo. Se había distraído un poco.
—Digo que será cosa de minutos. Sólo me faltan los ojos y los labios.
Nuevamente la miraba, mientras se pintaba los labios.
Era un lápiz color rojo rojo, y lo usaba con gran habilidad. Sobre la repisa, estaba la tapa. Manolo leyó la marca: «Senso», y desvió la mirada hacia la bata que su madre usaba, para tomar el desayuno. Estaba colgada en una percha.
—¿Quieres que la guarde en tu cuarto, mamá?
—Que guardes ¿qué cosa?
—La bata.
—Bueno. Llévate también las zapatillas.
Manolo las cogió, y se dirigió al dormitorio de su madre. Colocó la bata cuidadosamente sobre la cama, y luego las zapatillas, una al lado de la otra, junto a la mesa de noche. Miraba alrededor suyo, como si fuera la primera vez que entrara allí. Era una habitación pequeña, pero bastante cómoda, y en la que no parecía faltar nada. En la pared, había un retrato suyo, tomado el día en que terminó el colegio. Al lado del retrato, un pequeño cuadro. Manolo se acercó a mirar la firma del pintor: imposible leer el apellido, pero pudo distinguir claramente la D de Domingo. El dormitorio olía a jazmín, y junto a un pequeño florero, sobre la mesa de noche, había una fotografía que no creía haber visto antes. La cogió: su madre al centro, con el mismo traje que acababa de ponerse, y rodeadas de un grupo de hombres y mujeres. «Deben ser los del cóctel», pensó. Hubiera querido quedarse un rato más, pero ella lo estaba llamando desde el baño.
—¡Manolo! ¿Dónde estás?
—Voy —respondió, dejando la fotografía en su sitio.
—Préndeme un cigarrillo —y se dirigió hacia el baño. Su madre volteó al sentirlo entrar. Estaba lista. Estaba muy bella. Hubiera querido abrazarla y besarla. Su madre era la mujer más bella del mundo. ¡La mujer más bella del mundo!
—¡Cuidado!, Manolo —exclamó—. Casi me arruinas el maquillaje —y añadió—: Perdón, hijito. Deja el cigarrillo sobre la repisa.
Se sentó nuevamente a mirarla. Hacía una serie de muecas graciosísimas frente al espejo. Luego, se acomodaba el traje tirándolo hacia abajo, y se llevaba ambas manos a la cintura, apretándosela como si tratara de reducirla. Finalmente, cogió el cigarrillo que Manolo había dejado sobre la repisa, dio una pitada, y se volvió hacia él.
—¿Qué le dices a tu madre? —preguntó, exhalando humo.
—Muy bien —respondió Manolo.
—Ahora no me dirás que me prefieres con la bata del desayuno. ¿A cuál de las dos prefieres?
—Te prefiero, simplemente, mamá.
—Dime que estoy linda.
—Sí...
—Tu padre no sabe apreciar eso. ¡Vamos! ¡Al cóctel! ¡Apúrate!
Su madre conducía el automóvil, mientras Manolo, a su derecha, miraba el camino a través de la ventana. Permanecía mudo, y estaba un poco nervioso. Ella le había dicho una reunión de intelectuales, y eso le daba un poco de miedo.
—Estamos atrasados —dijo su madre, deteniendo el auto frente a un edificio de tres pisos—. Aquí es.
—Muy bonito —dijo Manolo mirando al edificio, y tratando de adivinar cuál de las ventanas correspondía al departamento del pintor.
—No es necesario que hables mucho —dijo ella—. Ante todo escucha. Escucha bien. Esta gente puede enseñarte muchas cosas. No tengas miedo que todos son mis amigos, y son muy simpáticos.
—¿En qué piso es?
—En el tercero.
Subían. Manolo subía detrás de su madre. Tenían casi una hora de atraso, y le parecía que estaba un poco nerviosa. «Hace falta un ascensor», dijo ella, al llegar al segundo piso. La seguía. « ¿Va a haber mucha gente, mamá? » No le respondió. Al llegar al tercer piso, dio tres golpes en la puerta, y se arregló el traje por última vez. No se escuchaban voces. Se abrió la puerta y Manolo vio al pintor. Era un hombre de unos cuarenta años. «Parece torero», pensó. «Demasiado alto para ser un buen torero.» El pintor saludó a su madre, pero lo estaba mirando al mismo tiempo. Sonrió. Parecía estar un poco confundido.
—Adelante— dijo.
—Éste es Manolo, Domingo.
—¿Cómo estás, Manolo?
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—No recibieron mi encargo?
—Llamé por teléfono.
—¿Qué encargo?
—Llamé por teléfono, pero tú no estabas.
—No me han dicho nada.
—Siéntense. Siéntense.
Manolo lo observaba mientras hablaba con su madre, y lo notaba un poco confundido. Miró a su alrededor: «Ni gente, ni bocadillos. Tenemos una hora de atraso». Era evidente que en ese departamento no había ningún cóctel. Sólo una pequeña mesa en un rincón. Dos asientos. Dos sillas, una frente a la otra. Una botella de vino. Algo había fallado.
—Siéntate, Manolo —dijo el pintor, al ver que continuaba de pie—. Llamé para avisarles que la reunión se había postergado. Uno de mis amigos está enfermo y no puede venir,
—No me han avisado nada —dijo ella, mirando hacia la mesa.
—No tiene importancia —dijo el pintor, mientras se sentaba—. Cometemos los tres juntos.
—Domingo...
—Donde hay para dos hay para tres —dijo sonriente, pero algo lo hizo cambiar de expresión y ponerse muy serio. Manolo se había sentado en un sillón, frente al sofá en que estaban su madre y el pintor. En la pared, encima de ellos, había un inmenso cuadro, y Manolo reconoció la firma: «La D del dormitorio», pensó. Miró alrededor suyo, pero no había más cuadros como ése. No podía hablar.
—Es una lástima —dijo el pintor ofreciéndole un cigarrillo a la madre de Manolo.
—Gracias, Domingo. Yo quería que conociera a tus amigos.
—Tiene que venir otro día.
—Por lo menos hoy podrá ver tus cuadros.
—¡Excelente idea! —exclamó—. Podemos comer, y luego puede ver mis cuadros. Están en ese cuarto.
—¡Claro! ¡Claro!
—¿Quieres ver mis cuadros, Manolo? —Sí. Me gustaría...
—¡Perfecto! Comemos, y luego ves mis cuadros. —¡Claro! —dijo ella sonriente—. Fuma, Manolo. Toma un cigarrillo.
—Ya lo creo —dijo el pintor, inclinándose para encenderle el cigarrillo—. Comeremos dentro de un rato. No hay problema. Donde hay para dos...
—¡Claro! ¡Claro! —lo interrumpió ella.
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Alfredo Bryce Echeñique
El hombre, el cinema y el tranvía
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El jirón Carabaya atraviesa el centro de Lima, desde Desamparados hasta el Paseo de la República. Tráfico intenso en las horas de afluencia, tranvías, las aceras pobladas de gente, edificios de tres, cuatro y cinco pisos, oficinas, tiendas, bares, etc. No voy a describirlo minuciosamente, porque los lectores suelen saltarse las descripciones muy extensas e inútiles.
Un hombre salió de un edificio en el jirón Pachitea, y caminó hasta llegar a la esquina. Dobló hacia la derecha, con sección al Paseo de la República. Eran las seis de la tarde, y podía ser un empleado que salía de su trabajo. En el cine República, la función de matiné acababa de terminar, y la gente que abandonaba la sala, se dirigía lentamente hacia cualquier parte. Un hombre de unos treinta años, y un muchacho de unos diecisiete o dieciocho, parados en la puerta del cine, comentaban la película que acababan de ver. El hombre que podía ser un empleado se había detenido al llegar a la puerta del cine, y miraba los afiches, como si de ellos dependiera su decisión de ver o no esa película. Se escuchaba ya el ruido de un tranvía que avanzaba con dirección al Paseo de la República. Estaría a unas dos cuadras de distancia. Los afiches colocados al lado izquierdo del hall de entrada no parecieron impresionar mucho al hombre que podía ser un empleado. Cruzó hacia los del lado izquierdo. El tranvía se acercaba, y los afiches vibraban ligeramente. No lograron convencerlo, o tal vez pensaba venir otro día, con un amigo, con su esposa, o con sus hijos. El ruido del tranvía era cada vez mayor, y los dos amigos que comentaban la película tuvieron que alzar el tono de voz. El hombre que podía ser un empleado continuó su camino, mientras el tranvía, como un temblor, pasaba delante del cine sacudiendo puertas. Una hermosa mujer que venía en sentido contrario atrajo su atención. La miró al pasar. Volteó para mirarle el culo, pero alguien se le interpuso. Se empinó. Alargó el pescuezo. Dio un paso atrás, y perdió el equilibrio al pisar sobre el sardinel.
Voló tres metros, y allí lo cogió nuevamente el tranvía. Lo arrastraba. Se le veía aparecer y desaparecer. Aparecía y desaparecía entre las ruedas de hierro, y los frenos chirriaban. Un alarido de espanto. El hombre continuaba apareciendo y desapareciendo. Cada vez era menos un hombre. Un pedazo de saco. Ahora una pierna. El zapato. Uno de los rieles se cubría de sangre. El tranvía logró detenerse, y el conductor saltó a la vereda. Los pasajeros descendían apresuradamente, y la gente que empezaba a aglomerarse retrocedía según iba creciendo el charco de sangre. Ventanas y balcones se abrían en los edificios.
—No pude hacer nada por evitarlo —dijo el conductor, de pie frente al descuartizado.
—¡Dios mío! —exclamó una vieja gorda, que llevaba una bolsa llena de verduras—. En los años que llevo viajando en esta línea...
—Hay que llamar a un policía —interrumpió alguien.
La gente continuaba aglomerándose frente al descuartizado, igual a la gente que se aglomera frente a un muerto o a un herido.
—Circulen. Circulen —ordenó un policía que llegaba en ese momento.
—No pude hacer nada por evitarlo, jefe.
—¡Circulen! Que alguien traiga un periódico para cubrirlo.
—Hay que llamar a una ambulancia.
Lo habían cubierto con papel de periódico. Habían ido a llamar a una ambulancia. La gente continuaba llegando. Se habían dividido en dos grupos: los que lo habían visto descuartizado, y los que lo encontraron bajo el periódico; el diálogo se había entablado. El hombre que podía tener treinta años, y el muchacho que podía tener dieciocho caminaban hacia la Plaza de San Martín.
—Vestía de azul marino —dijo el muchacho.
—Está muerto.
—Es extraño.
—¿Qué es extraño? —preguntó el hombre de unos treinta años.
—Vas al cine, y te diviertes viendo morir a la gente. Se matan por montones, y uno se divierte.
—El arte y la vida.
—Humm... El arte, la vida... Pero el periódico...
—Ya lo sabes —interrumpió el hombre—. Si tienes un accidente y ves que empiezan a cubrirte de periódicos... La cosa va mal...
—Tú también vas a morirte...
—Por ejemplo, si te operan y empiezas a soñar con San Pedro... Eso no es soñar, mi querido amigo.
—¿Siempre eres así? —preguntó el muchacho.
—¿Conoces los chistes crueles?
—Sí, ¿pero eso qué tiene que ver?
—¿Acaso no vas a la universidad?
—No te entiendo.
—¿Sabes lo que es la catarsis?
—Sí. Aristóteles...
—Uno no ve tragedias griegas todos los días, mi querido amigo.
—Eres increíble —dijo el muchacho.
—Hace años que camino por el centro de Lima —dijo, hombre—. Como ahora. Hace años que tenía tu edad, y hace años que me enteré de que los periódicos usados sirven para limpiarse el culo, y para eso... Hace ya algún tiempo que vengo diariamente a tomar unas cervezas aquí —dijo, mientras abría la puerta de un bar—. ¿Una cerveza?
—Bueno —asintió el muchacho—. Pero no todos los días.
—Diario. Y a la misma hora.
Se sentaron. El muchacho observaba con curiosidad cómo todos los hombres en ese bar se parecían a su amigo. Tenían algo en común, aunque fuera tan sólo la cerveza que bebían. El bar no estaba muy lejos de la Plaza San Martín, y le parecía mentira haber pasado tantas veces por allí, sin fijarse en lo que ocurría adentro. Miraba a la gente, y pensaba que algunos venían para beber en silencio, y otros para conversar. El mozo los llamaba a todos por su nombre.
—Se está muy bien en un bar donde el mozo te llama por tu nombre y te trae tu cerveza sin que tengas que pedirla —dijo el hombre.
—¿Es verdad que vienes todos los días? —preguntó el muchacho.
—¿Y por qué no? Te sientas. Te atienden bien. Bebes y miras pasar a la gente. ¿Ves esa mesa vacía allá, al fondo? Pues bien, dentro de unos minutos llegará un viejo, se sentará, y le traerán su aperitivo.
—¿Y si hoy prefiere una cerveza?
—Sería muy extraño —respondió el hombre, mientras el mozo se acercaba a la mesa.
—¿Dos cervezas, señor Alfonso?
—No sé si quiero una cerveza —intervino el muchacho, mirando a un viejo que entraba, y se dirigía a la mesa vacía del fondo.
—Tengo que prepararle su aperitivo al viejito —dijo, el mozo.
—Decídete, Manolo —dijo el hombre, y agregó mirando al mozo—: Se llama Manolo...
—Un trago corto y fuerte —ordenó el muchacho—. Un pisco puro.
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Antes de la cita con los Linares
A Mercedes y Antonio, siempre
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—No, no, doctor psiquiatra, usted no me logra entender, no se trata de eso, doctor psiquiatra; se trata más bien de insomnios, de sueños raros... rarísimos...
—Pesadillas...
—No me interrumpa, doctor psiquiatra; se trata de los rarísimos pero no de pesadillas; las pesadillas dan miedo y yo no tengo miedo, bueno sí, un poco de miedo pero más bien antes de acostarme y mientras me duermo, después vienen los sueños, esos que usted llama pesadillas, doctor psiquiatra, pero ya le digo que no son pesadillas porque no me asustan, son más bien graciosos, sí, eso exactamente: Sueños graciosos, doctor psiquiatra...
—Sebastián, no me llames doctor psiquiatra; es casi como si me llamaras señor míster Juan Luna; llámame doctor, llámame Juan si te acomoda más...
—Sí, doctor psiquiatra, son unos sueños realmente graciosos, la más vieja de mis tías en calzones, mi abuelita en patinete, y esta noche usted cagando, seguramente, doctor psiquiatra... no puedo prescindir de la palabra psiquiatra, doctor... psiquiatra... ya lo estoy viendo, ya está usted cag...
—Vamos, vamos, Sebastián. Un poco de orden en las ideas; un poco de control; al grano; venga la historia desde atrás. desde el comienzo del viaje...
—Sí, doctor psiquiatra... «cagando».
—Ya te lo había dicho: Un café no es lugar apropiado para una consulta: A cada rato volteas a mirar a los que entran, debió ser en mi consultorio...
—No, no, no— nada en el consultorio; no hay que tomar este asunto tan en serio; entiéndame: Una cita con el psiquiatra en su consultorio y tengo miedo a la que le dije; aquí en el café todo parece menos importante, aquí no puede usted cerrar las persianas ni hacerme recostar en un sofá, aquí entre cafecito y cafecito, doctor psiquiatra, porque si usted no me quita esto, doctor psiquiatra, perdóneme, no puedo dejar de llamarlo así, si usted no me quita esto, es mejor que lo siga viendo cagar, perdóneme... pero es así y todo es así, el otro día, por ejemplo, he aquí un sueño de los graciosos, el otro día un ejército enorme iba a invadir un país, no sé cuál, podría ser cualquiera, y justo antes de llegar todos se pusieron a montar en patinete, como mi abuelita, y a tirarse baldazos de agua como en carnaval, y después arrancó, en el sueño, el carnaval de Río hasta que me desperté casi contento... Lo único malo es que aún eran las cinco mañana... Como ve, no llegan a ser pesadillas o qué sé yo...
—Un poco de orden, Sebastián. Empieza desde que saliste de París.


Había terminado de arreglar su maleta tres días del viaje porque era precavido, maniático y metódico. Había alquilado su cuarto del barrio latino durante verano porque era un estudiante más bien pobre. Había decidido pasar el verano en España porque allá tenía amigos, porque que veneraba al Quijote y porque quería ver vez también por todo lo que allá le iba a pasar.
Le había alquilado su cuarto a un español que venía a preparar una tesis durante el verano. El español llegó dos días antes de lo acordado y tuvieron que dormir juntos. Conversaron. Como el español no lo conocía muy bien aún, le habló de cosas superficiales, sin mayor importancia; o tal vez no:
—Si dices que has perdido seis kilos, ya verás como los recuperas; allá se come bien y barato.
—Odio los trenes. No veo la hora de estar en Barcelona.
—¡Hombre!, un viaje en tren en esta época puede ser muy entretenido. Ya verás: O te toca viajar con algunas suecas o alemanas y en ese caso, como tú hablas español, nada fácil que sacar provecho de la situación; o de lo contrario te encontrarás con obreros españoles que regresan a su vacaciones y entonces pan, vino, chorizo, transistores, una semijuerga que te acorta el viaje; no hay pierde.
El español no lo acompañó a tomar ese maldito tren. Sebastián detestaba los trenes y se había levantado tempranísimo para encontrar su asiento reservado de segunda, para que nadie se le sentara en su sitio, y porque, maniático, él estaba seguro de que el conductor del tren lo odiaba y que para fastidiarlo partiría, sólo ese día, antes de lo establecido por el horario. Fue el primero en subir al tren. E1 primero en ubicar su asiento, en acomodar su equipaje. Como al cabo de tres minutos el vagón continuaba vacío, Sebastián se puso de pie y salió a comprobar que en ese tren no hubiese ningún otro vagón con el mismo número ni, ya de regreso a su coche, ningún otro asiento con su número. Esto último lo hizo corriendo, porque temía que ya alguien se hubiese sentado en su sitio y entonces tenía que tener tiempo para ir a buscar al hombre de la compañía, uno nunca sabe con quién tendrá que pelear, para que éste desalojara al usurpante. Desocupado. Su asiento continuaba desocupado y Sebastián lo insultó por no estar al lado de la ventana, por estar al centro y por eso de que ahora, como en el cine, nadie sabrá jamás en cuál de los dos brazos le tocaría apoyar el codo y eso podría ser causa de odios en el compartimiento. Pero tal vez no porque ya no tardaban en llegar dos obreros andaluces, con él tres hombres, con el vino, el chorizo y los transistores, y luego las tres suecas, tres contra tres, con sus piernas largas, sus cabelleras rubias, listas a morir de insolación en alguna playa de Málaga. Él empezaría hablando de Ingmar Bergman, los españoles invitando vino, todos hablarían a los diez minutos pero media hora después él ya sólo hablaría con la muchacha sueca con que se iba a casar, ya no volveré más a mi patria, con que se iba a instalar para siempre en Estocolmo, y que era incompatible con la dulce chiquilla vasca que lo haría radicarse en Guipúzcoa, un caserío en el monte y poemas poemas poemas, tan incompatible con los ojos negros inmensos enamorados de Soledad, la guapa andaluza que lo llevó a los toros, tan incompatible con, que lo adoró mientras el Viti les brindaba el toro, tan incompatible con, triunfal Santiago Martín El Viti... Todo, todo le iba a suceder, pero antes, antes, porque después, después volvería a estudiar a París.
Las cinco sacaron el rosario y empezaron a rezar. Las cinco. No bien partió el tren, las cinco sacaron el rosario y empezaron a rezar. Él no tenía un revolver para matarlas y además no lograba odiarlas. Iban limpísimas las cinco monjitas y lo habían saludado al entrar al compartimento. Entonces el viaje empezó a durar ocho horas hasta la frontera; sesenta minutos cada hora hasta la frontera; ocho mil horas hasta la frontera y las cinco monjitas viajarían inmóviles hasta la frontera y él cómo haría para no orinar hasta la frontera porque tenia a una limpiecita entre él y la puerta y no le podía decir «madre, por favor, quiero ir al baño», mientras ella a lo mejor estaba rezando por él. Tampoco podía apoyar los codos; tampoco podía leer su libro, cómo iba a leer al marqués de Sade ese que traía en el bolsillo delante de ellas, cómo iba a decirle a la que había puesto su maleta encima de la suya: «Madre, por favor, podría sacar su maleta de encima de la mía? Quisiera buscar un libro que tengo allí adentro». Se sentía tan malo, tan infernal entre las monjitas. «Madrecita regáleme una estampita», pensó, y en ese instante se le vino a la cabeza esa imagen tan absurda, las monjitas contando frijoles negros, luego otra, las monjitas en patinete hasta la frontera, y entonces como que se sacudió para despejar su mente de tales ideas y para ver si algo líquido se movía en sus riñones y comprobar si ya tenía ganas de orinar para empezar a aguantarse hasta la frontera.
—Y cuando me quedé dormido, doctor psiquiatra, no debe haber sido más de media hora, doctor psiquiatra, estoy seguro, tome nota porque ésa fue la primera vez que soñé cosas raras, esos sueños graciosos, las monjitas en patinete, en batalla campal, arrojándose frijoles en la cara. Creo que hasta me desperté porque me cayó un frijolazo en el ojo.
—¿Estas seguro de que esa fue la primera vez, Sebastián?
—Sí, sí, seguro, completamente seguro. Y la segunda vez fue mientras dormitaba en esa banca en Irún, esperando el tren para Barcelona. Llovía a cántaros y se me mojaron los pies; por eso cogí ese maldito resfriado. .. Maldita lluvia.
—¿Y las religiosas? . . . .
—Las monjitas tomaron otro tren con dirección a Madrid. Yo las ayudé a cargar y a subir sus maletas; si supiera usted cómo me lo agradecieron; cuando me despedí de ellas pensé que podría llorar, en fin, que podrían llenárseme los ojos de lágrimas; se fueron con sus rosarios... limpísimas... Si viera usted la meada que pegué en Irún...
—¿Los sueños de Irún fueron los mismos que los del tren?
—Sí, doctor psiquiatra, exactos, ninguna diferencia, sólo que al fin yo las ayudé a cargar sus patinetes hasta el otro tren. En el tren a Barcelona también soñé lo mismo en principio, pero esa vez también estaban las suecas y los obreros andaluces y no nos atrevíamos a hablarles porque uno no le mete letra a una sueca delante de una monja que está rezando el rosario...
Llegó a Barcelona en la noche del veintisiete de julio y llovía. Bajó del tren y al ver en su reloj que eran las once de la noche, se convenció de que tendría que dormir en la calle. Al salir de la estación, empezaron a aparecer ante sus ojos los letreros que anunciaban las pensiones, los hostales, los albergues. Se dijo: «No hay habitación para usted», en la puerta de cuatro pensiones, pero se arrojó valientemente sobre la escalera que conducía a la quinta pensión que encontró. Perdió y volvió a encontrar su pasaporte antes de entrar, y luego avanzó hasta una especie de mostrador donde un recepcionista lo podría estar confundiendo con un contrabandista. Quería, de rodillas, un cuarto para varios días porque en Barcelona se iba a encontrar con los Linares, porque estaba muy resfriado y porque tenía que dormir bien esa noche. El recepcionista le contó que él era el propietario de esa pensión, el dueño de todos los cuartos de esa pensión, de todas las mesas del comedor de esa pensión y después le dijo que no había nada para él, que sólo había un cuarto con dos camas para dos personas. Sebastian inició la más grande requisitoria contra todas las pensiones del mundo: a el que era un estudiante extranjero, a él que estaba enfermo, resfriado, cansado de tanto viajar, a él que tenía su pasaporte en regla (lo perdió y lo volvió a encontrar), a él que venía en busca de descanso, de sol y del Quijote, se le recibía con lluvia y se le obligaba a dormir en la intemperie. «Calma, calma, señor», dijo el propietario-recepcionista, «no se desespere, déjeme terminar: voy a llamar a otra pensión y le voy a conseguir un cuarto».
Pero alguien estaba subiendo la escalera; unos pasos en la escalera, fuertes, optimistas, definitivos, impidieron que el propietario-recepcionista marcara el número de la otra pensión en el teléfono, y desviaron la mirada de Sebastián hacia la puerta de la recepción. Ahí se había detenido y ellos casi lo aplauden porque representaba todas las virtudes de la juventud mundial. Estaba sano, sanísimo, y cuando se sonrió, Sebastián leyó claramente en las letras que se dibujaban en cada uno de sus dientes: «Me los lavo todos los días; tres veces al día». Llevaba puestos unos botines inmensos, una llanta de tractor por suelas, en donde Sebastián sólo lograría meter los pies mediante falsas caricias y engaños y despidiéndose de ellos para siempre. Llevaba, además, colgada a la espalda, una enorme mochila verde oliva, y estaba dispuesto, si alguien se lo pedía, a sacar de adentro una casa de campo y a armarla en el comedor de la pensión (o donde fuera) en exactamente tres minutos y medio. Tenía menos de veinticuatro años y vestía pantalón corto y camisa militar. Era rubio y colorado y sus piernas, cubiertas de vellos rubios y enroscados, podrían causarle un complejo de inferioridad por superioridad.
Hizo una venia y habló: «Haben Sie ein Zimmer?». El propietario-recepcionista sonrió burlonamente y dijo: «Nein». Pero entonces Sebastian decidió que el dios Tor y él podían tomar el cuarto de dos camas por esa noche. Fue una gran idea porque el propietario-recepcionista aceptó y les pidió que mostraran sus documentos y llenaran estos papelitos de reglamento. Sebastián no encontraba su lápiz pero Tor, sonriente, sacó dos, obligándolo a inventar su cara de confraternidad y a decidirse, en monólogo interior, a mostrarle en el mapa que Tor sacaría de la casa de campo que traía en la mochila, dónde exactamente quedaba su país, a lo mejor le interesaba y mañana se iba caminando hasta allá.
Se llamaba Sigfrido, no Tor, y Sebastián, ya con pulmonía, le entregó su mano para que se la hiciera añicos, obligándolo a cargar su maleta con la mano izquierda y a seguirlo mientras desfilaba enorme hasta la habitación bastante buena, con ducha y todo. Sebastián estornudó tres veces mientras se ponía el pijama y, cuando al cabo de unos minutos, vio a Tor desnudo meterse a la ducha fría, luego lo escuchó cantar y dar porrazos, no sabía bien si en la pared o en su pecho vikingo, decidió cubrirse bien con la frazada porque esa noche se iba a morir de pulmonía. «Tara-la-la-la-la-la-la; trra-la-la-la-la-lala-la; Jijoanito Panano, Jijoanito Panano...»
—Estoy seguro, doctor psiquiatra, de que venía de dar la vuelta al mundo con la mochila en la espalda y los zapatones esos que eran un peligro para la seguridad, para los pies públicos. Y todavía podía cantar con una voz de coro de la armada rusa y bañarse en agua fría, sólo teníamos agua fría y no hubo la menor variación en el tono de voz cuando abrió el caño; nada, absolutamente nada: Siguió cantando como si nada y yo ahí muriéndome de frío y pulmonía en la cama...
—Sebastián, yo creo que exageras un poco; cómo va a ser posible que un simple resfriado se convierta en pulmonía en cosa de minutos; te sentías mal, cansado, deprimido...
—A eso voy, doctor psiquiatra; a eso iba hace un rato cuando lo empecé a ver a usted cag...
—Ya te di je que había sido un error tener la cita en un café; constantemente volteas a mirar a la gente que entra...
—No, doctor psiquiatra; no es eso; los sacudones que doy con la cabeza hacia todos lados son para borrármelo a usted de la mente cag...
—Escucha, Sebastián...
—Escuche usted, doctor psiquiatra, y no se amargue si lo veo en esa postura porque si usted no es capaz de comprender que un resfriado puede transformarse en pulmonía en un segundo por culpa de un tipo como Tor, entonces es mejor que lo vea siempre cagando, doctor psiquiatra...
—...
—¿No comprende, usted? ¿No se da cuenta de que venía de dar la vuelta al mundo como si nada? ¿No se lo imagina usted con la casa de campo en la espalda y luego desnudo y colorado bajo la ducha fría, preparándose para dormir sin pastillas y sin problemas las horas necesarias para partir a dar otra vuelta al mundo?
—¿Cómo acabó todo eso, Sebastian?
—Fue terrible, doctor; fue una noche terrible; se durmió inmediatamente y estoy seguro de que no roncó por cortesía; yo me pasé horas esperando que empezara a roncar, pero nada: No empezó nunca; dormía como un niño mientras yo empapaba todo con el sudor y clamaba por un termómetro; nunca he sudado tanto en mi vida y ¡cómo me ardía la garganta! Empecé a atragantarme las tabletas esas de penicilina; me envenené por tomarme todas las que había en el frasco. Fue terrible, doctor psiquiatra, Tor se levantó al alba para afeitarse, lavarse los dientes y partir a dar otra vuelta al mundo; a pie, doctor psiquiatra, las vueltas al mundo las daba a pie, no hacía bulla para no despertarme y yo todavía no me había dormido; ya no sudaba, pero ahora todo estaba mojado y frío en la cama y ya me empezaban las náuseas de tanta penicilina. Tor era perfecto, doctor psiquiatra, estaba sanísimo, y yo no sé para qué me moví: Se dio cuenta de que no dormía y momentos antes de partir se acercó a mi cama a despedirse, dijo cosas en alemán y yo debí ponerle mi cara de náuseas y confraternidad cuando saqué el brazo húmedo de abajo de la frazada y se lo entregué para que se lo llevara a dar la vuelta al mundo, me ahorcó la mano, doctor psiquiatra...
—¿No lograste dormir después que se marchó?
—Sí, doctor psiquiatra, sí logré dormir pero sólo un rato y fue suficiente para que empezaran nuevamente los sueños graciosos; fue increíble porque hasta soñé con las palabras necesarias para que el asunto fuera cómico; sí, sí, la palabra holocausto; soñé que el propietario-recepcionista y yo ofrecíamos un holocausto a Tor, allí, en la entrada de la pensión, los dos con el carnerito, y el otro dale que dale con su «Haben Sie ein Zimmer» y después empezó a regalarme tabletas de penicilina que sacó de un bolsillo numerado de su camisa...
Era domingo y faltaban dos días para el día de la cita. Sebastián fue al comedor y desayunó sin ganas. Había vomitado varias veces pero era mejor empezar el día desayunando, como todo el mundo, y así sentirse también como todo el mundo. Necesitaba sentirse como todo el mundo. Era un día de sol y por la tarde iría a toros. Por el momento se paseaba cerca del mar y se acercaba al puerto. Se sentía aliviado. Sentía que la penicilina lo había salvado de un fuerte resfrío y que vomitar lo había salvado de la penicilina. Se sentía bien. Optimista. Caminaba hacia el puerto y empezaba a gozar de una atmósfera pacifica y tranquila y que el sol lograba alegrar. Sonreía al pensar en el Sigfrido que él habia llamado Tor y se lo imaginaba feliz caminando por los caminos de España. En el puerto se unió a un grupo de personas y con ellas caminó hasta llegar al pie de los dos barcos de guerra. Eran dos barcos de guerra norteamericanos y estaban anclados ahí, delante de él. Sebastián los contemplaba. No sabía qué tipo de barcos eran, pero los llamó «destroyers» porque esos cañones podrían destruir lo que les diera la gana. La gente hacía cola; subía y visitaba los «destroyers» mientras los marinos se paseaban por la cubierta y, desde abajo, Sebastián los veía empequeñecidos; entonces decidió marcharse para que los marinos que lo estaban mirando no lo vieran a él empequeñecido. Eran unos barcos enormes y Sebastián ya se estaba olvidando de ellos, pero entonces vio la carabela.
Ahí estaba, nuevecita, impecable, flotando, anclada, trescientos metros más acá de los «destroyers», no a cualquiera le pasa, la carabela, y Sebastián dejó de comprender. Quiso pero ya no pudo sentirse como después del desayuno y ahora se le enfriaban las manos. Ya no se estaba paseando como todo el mundo por Barcelona y ahora sí que ya no se explicaba bien qué diablos pasaba con todo, tal vez no él sino la realidad tenía la culpa, presentía una teoría, sería cojonudo explicársela a un psiquiatra, una contribución al entendimiento, pero no: nada con la que te dije, nada de «recuéstese allí, jovencito», nada con las persianas del consultorio.
Su carabela seguía flotando como un barco de juguete en una tina, pero inmensa, de verdad y muy bien charolada. Sebastián se escapó, se fue cien metros más allá hasta las «golondrinas». Así les llamaban y eran unos barquitos blancos que se llevaban, cada media hora, a los turistas a darse un paseo no muy lejos del puerto. Ahí mismo vendían los boletos; podía subir y esperar que partiera el próximo; podía sentarse y esperar en la cafetería. No compró un boleto; prefirió meterse a la cafetería y poner algún orden a todo aquello que le hubiera gustado decirle a un psiquiatra, a cualquiera.
No pudo, el pobre, porque al sentarse en su mesa se le vino a la cabeza eso de los niveles. Recién lo captó cuando se le acercó el hombre obligándolo a reconocer que tenía los zapatos sucios, él no hubiera querido que se agachara, yo me los limpio, pero estaban sucios y el hombre seguía a su lado, listo para empezar a molestarse y él dijo sí con la cabeza y con el dedo y para terminar y ahora el hombre ya estaba en cuclillas y ya todo lo de los pies y los marineros de los «destroyers» arriba, sobre los taburetes, delante del mostrador, pidiendo y bebiendo más cerveza. «Yo también quiero una cerveza», dijo, cuando lo atendieron. El mozo también estaba a otro nivel.
Después pensaba que el lustrabotas no tenía una cara. Tenía cara pero no tenía una cara, y cuando se inclinaba para comprobar sólo le veía el pelo planchado, luchando por llenarse de rulos y una frente como cualquier otra; nunca la cara; no tenía una cara porque también cuando se deshacía en perfecciones y dominios lanzando la escobilla, plaff plaff, como suaves bofetadas, de palma a palma de la mano, cada vez más rápido, lustrando, puliendo, sacando brillo con maña, técnica, destreza, casi un arte, un artista, pero no, no porque no era importante, era sólo plaff plaff, arrodillado, y los barquitos, «golondrinas», continuaban partiendo, cada media hora, llenos de turistas, a dar una vuelta, un paseo, no muy lejos del puerto, por el mar.
El lustrabotas le dijo que el zapato tenía una rajadura, él ya lo sabía y no miró; entonces el hombre sin cara le dijo que no era profunda y que se la había salvado, le habia salvado el zapato, el par de zapatos; entonces él miró y ahí estaba siempre la rajadura, sólo que ahora además brillaba, obligándolo a apartar la mirada y agradecer, a agradecer infinitamente, a encender el cigarrillo, a beber el enorme trago de cerveza, a mirar al mostrador, a volver a pensar en niveles, a hablar de su adorado zapato, le había costado un dineral, obligándolo a pensar ya en la propina, qué le dijo el español sobre las propinas, qué piensan los Linares sobre los lustrabotas, cuántas monedas tenía, plaff plaff plaff, como suaves bofetadas, casi caricias, que es la generosidad.
Todavía por la tarde, fue a los toros.
—La peor corrida del mundo, doctor psiquiatra; no se imagina usted; fue la peor corrida del mundo, con lluvia y todo. Puro marinero americano, puro turista; sólo unos cuantos españoles y todos furiosos; todos mandando al cacho a los toreros, pero desistieron, doctor psiquiatra, desistieron y empezaron a tomarlo todo a la broma, doctor psiquiatra; burlas, insultos, carcajadas, almohadonazos; sólo la pobre sueca sufría, la pobre no resistía la sangre de los toros, se tapaba la cara, veía cogidas por todos lados, lloraba, era para casarse con ella, doctor psiquiatra, pero lloraba sobre el hombro de su novio, doctor psiquiatra, desaparecía en el cuello de un grandazo como Tor, doctor psiquiatra, un grandazo como Tor aunque este no estaba tan sano...
—¿Y tuviste más sueños, Sebastián?
—Ya no tantos, doctor psiquiatra, ya no tantos; sólo soñé con la corrida: Era extraño porque el grandazo de la sueca era y no era Tor al mismo tiempo... Sí, sí, doctor psiquiatra, era y no era porque después yo vi a Tor llegando a una pensión en Egipto y preguntando «Haben Sie ein Zimmer?», aunque eso debió haber sido más tarde, en realidad no recuerdo bien, sólo recuerdo que yo me asusté mucho porque la plaza empezó a balancearse lentamente, se balanceaba como si estuviera flotando y sólo se me quitó el miedo cuando descubrí que las graderías habían adquirido el ritmo de las mandibulas de los marineros: Eran norteamericanos, doctor psiquiatra, y estaban mascando chicle... Parecían contentos...
No le gustaba jugar a las cartas; no sabía jugar solitario, pero cree que puede hablar de lo que siente un jugador de solitario; cree, por lo que hizo esa mañana, un día antes de la cita con los Linares.
Desayunó como todo el mundo en la pensión, a las nueve de la mañana. Después se sentó en la recepción, conversó con el propietario-recepcionista, evitó los paseos junto al mar y fumó hasta las once de la mañana. Una idea se apoderó entonces de Sebastián: por qué no haberse equivocado en el día de la cita; se habían citado el martes treinta de julio, a la una de la tarde, pero se habían citado con más de un mes de anticipación, y con tanto tiempo de por medio, cualquiera se equivoca en un día. Además le preocupaba no conocer Barcelona; ¿y si se equivocaba de camino y llegaba después de la hora?, ¿y si se perdía y llegaba muy atrasado?, ¿y si ellos se cansaban de esperarlo y decidían marcharse? Bajó corriendo la escalera de la pensión y se volcó a la calle en busca del Café Terminus, esquina del Paseo de Gracia y la calle Aragón. Y ahora caminaba desdoblando ese maldito plano de la ciudad que se le pegaba al cuerpo y se le metía entre las piernas con el viento. «Por aquí a la derecha, por aquí a la izquierda», se decía, y sentía como si ya lo estuvieran esperando en ese maldito café al que nunca llegara. El sol, el calor, el viento, la enormidad del plano que se desdoblaba con dificultad, que nunca jamás se volvería a doblar correctamente, que podía estar equivocado, ser anticuado... No, no; parado en esa esquina, la más calurosa del mundo, sin un heladero a la vista, no, el ya nunca más volvería a ver a los Linares.
Y después no pudo preguntarle al policía ése porque el propietario-recepcionista se había quedado con su pasaporte, su único documento de identidad, ¿y si había vencido ya su certificado de vacuna?, a ese otro sí podía preguntarle: peatón, transeúnte, hágame el favor, señor, y luego lo odió cuando le dijo que el Terminus estaba allá, en la próxima esquina, y él comprobó que faltaba aún una hora para la cita, además la cita era mañana.
Realmente ese mozo del Terminus tenía paciencia, no le preguntaba qué deseaba, aunque no debía seguirlo con la mirada. ¿Qué podía estar haciendo ese señor? ¿Por qué se sentó primero en el interior y después en la terraza? ¿Por qué se trasladó del lado izquierdo de la terraza, al lado derecho? ¿Qué busca ese señor? ¿Está loco? ¿Por qué no cesa de mirarme? Me va a volver loco; ¿no se le ocurre comprender? Y así Sebastián estudiaba todas las posibilidades, se ubicaba en todos los ángulos, estudiaba todos los accesos al café, para que no se le escaparan los Linares. Escogería la mejor mesa, aquella desde donde se dominaban ambas calles, desde donde se dominaban todas las entradas al café. La dejaría señalada y mañana vendría, con horas de anticipación, a esperar a los Linares. Pero ahora también los esperó bastante, por si acaso.
La noche antes de la cita tambien soñó, pero era diferente. Por la mañana se despertó muy temprano, pero se despertó alegre y desayunó sintiéndose mejor que todo el mundo. También caminó hasta el Café Terminus, pero ahora ya conocía el camino y no traía el plano de la ciudad. Llevó ropa ligera y anteojos de sol, pero el sol estaba agradable y no quemaba demasiado. Una vez en el café, encontró su mesa vacía y el mozo ya no lo miraba desesperantemente; se limitó a traerle la cerveza que él pidió, y luego lo dejó en paz con el cuaderno y el lapiz que había traído para escribir, porque aún faltaban horas para la hora de la cita. Y escribía; escribía velozmente, y durante las primeras dos horas sólo levantaba la cabeza cada diez minutos, para ver si ya llegaban los Linares; luego ya sólo faltaba una hora, y entonces levantaba la cabeza cada cinco minutos, cada tres, cada dos minutos porque ya no tardaban en llegar, pero escribía siempre, escribía y levantaba la cabeza, escribía y miraba... un mes.
—Dices que eran unos sueños diferentes, Sebastián...
—Sí, doctor, completamente diferentes; eran unos sueños alegres, ahí estaban todos mis amigos, todos me hablaban, los Linares llegaban constantemente, no se cansaban de llegar, llegaban y llegaban; eran unos sueños preciosos y si usted me fuera a dar pastillas, yo sólo quisiera pastillas contra los otros sueños, para estos sueños nada, doctor, nada para estos sueños de los amigos y de los Linares llegando...
¿Cuál de los dos está más bronceado? ¿Él o ella? ¿Cuál lleva los anteojos para el sol? ¿Quién sonríe más? Maldito camión que no los deja atravesar. Y el semaforo todavía. Ponte de pie para abrazarlos. No derrames la cerveza. No manches el cuento. No patees la mesa. Luz verde. Cuál de los dos está más bronceado. A quién el primer abrazo. Las sonrisas. Los Linares. Las primeras preguntas. Los primeros comentarios a las primeras respuestas.
—¡Hombre!, ¡Sebastián!, pero si estás estupendo.
—Sí, sí. Y ustedes ¡bronceadísimos! Ya hace más de un mes.
—¡Hombre!, mes y medio bajo el sol; ya es bastante. ¿Y no ves lo guapa que se ha puesto ella?
—Y ahora, Sebastián, a Gerona con nosotros.
—¿Tres cervezas?
—Sí, sí. Asiento, asiento.
—¿Y esto qué es, Sebastián?
—Ah, un cuento; me puse a escribir mientras los esperaba; tendrán que soplárselo.
—¡Vamos!, ¡vamos!, ¡arranca!
—No, ahora no; tendría que corregirlo.
—¿Y el título?
—Aún no lo sé; había pensado llamarlo Doctor psiquiatra, pero dadas las circunstancias, creo que le voy a poner Antes de la cita, con ustedes, con los Linares.
París, 19ó7

COMICO -- EL BICHO DE BELHOMME -- GUY DE MAUPASSANT

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COMICO -- EL BICHO DE BELHOMME -- GUY DE MAUPASSANT

COMICO -- EL BICHO DE BELHOMME -- GUY DE MAUPASSANT
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EL BICHO DE BELHOMME

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Se disponía a salir de Criquetot la diligencia del Havre, y todos los viajeros aguardaban en el parador a que los fueran llamando para ocupar sus asientos.
Era un coche amarillo, cuyas ruedas —con indelebles incrustaciones de barro—, pequeñísimas las del juego delantero, grandes y delgadas las de atrás apoyaban el cajón, deforme y panzudo como el cuerpo de un coleóptero gigantesco. Tres rocinantes blancos, de cabezas enormes y callosas e hinchadas rodillas —dos enganchados en varas y uno delantero—debían arrastrar aquel vehículo monstruoso. Las pobres bestias parecían adormiladas en sus arreos.
El mayoral, Cesáreo Harloville, un hombrecito panzudo y sin embargo ligero — gracias a la obligada costumbre de subir al pescante y a la baca trepando por las ruedas—, que tenía el rostro curtido, arrebolado por el sol y el frío, por el viento, la lluvia y el aguardiente se asomó a la puerta del parador enjugándose los labios con el dorso de su manaza. Canastos redondos y achatados llenos de gallinas alborotadas, yacían a los pies de los campesinos inmóviles. Cesáreo Harloville los cogió unos tras otro, para encaramarse una y otra vez a dejar su carga en lo alto del coche. Luego colocó, sin traquetearlas, con el mayor cuidado posible, las cestas de huevos. Tiró desde abajo, para no subir una vez más, los morrales de los piensos, paquetes y líos: todas las menudencias Luego abrió la portezuela, y sacó un papel del bolsillo y empezó a llamar a los víajeros:
—El señor párroco de Gorgeville.
Avanzó el cura, hombre fornido, alto, grueso, violáceo y de maneras afables. Se recogió la sotana para levantar el pie, como se recogen el vestido las mujeres, y subió en la diligencia.
—El señor maestro de Rollebose-les-Grinets.
Se apresuró, larguirucho, tímido, enlevitado; y desapareció a su vez, al entrar en la caja.
—El señor Poiret, dos asientos.
Se acercó Poiret, encorvado por la labranza, enflaquecido por la abstinencia, consumido; anguloso, con la piel resquebrajada y sucia. Le seguía su mujer, insignificante y encogida, oprimiendo entre ambas manos un colosal paraguas verde.
El señor Rabot, dos asientos.
Vaciló, por ser en todo indeciso, y mientras avanzaba dijo:
—Me has llamado, ¿no es cierto?
El mayoral, que tenía fama de brusco, se disponía a soltarle una desvergüenza, cuando Rabot fué a dar en la portezuela empujado por su mujer, una cuarentona metida en carnes, de vientre abultado, semejante a un tonel y de manos enormes.
Rabot se coló en el coche como un ratoncillo en su madriguera.
— El señor Caniveau.
Más pesado que un buey, al subirse al estribo se achataron las ballestas; y a su vez se acomodó en la caja.
—El señor Belhomme.
Belhomme, alto, acartonado, se aproximó con el rostro contraído, como si le angustiara un dolor agudo; apretaba un pañuelo sobre la oreja.
Todos llevaban, sobre sus trajes domingueros, de paño verdoso o negro, blusas azules que se quitarían al llegar al Havre; y cubrían su cabeza con gorras de seda altas como torres: la suprema elegancia del campesino normando.
Cesáreo Harloville cerró la portezuela del coche y subió al pescante, y al restallar su látigo, los tres rocinantes, como si despertaran, erguidos, hicieron sonar los cascabeles de las colleras. Entonces el mayoral, sacudió las bridas y gritó con todo el brío de sus pulmones: «¡Ooé! ¡Ooé! ¡Ooé!», para animar a los pobres animales. «¡Ooé!... ¡Ooé!... ¡Ooé!...».
Sacando fuerzas de flaqueza arrancaron con un trote inseguro y lento. Y al rodar el coche retemblaban los cristales, crujían las maderas, rechinaban los hierros—como si todo aquel artefacto fuese a desquiciarse —con un ruido estruendoso, mientras las dos filas de viajeros traqueteados y sacudidos se agitaban con el vaivén tumultuoso de las olas.
Al principio, todos callaban porque les imponía respeto la presencia del sacerdote; pero como era éste de carácter expansivo y franco, no tardó en provocar la conversación.
—¿Qué me dice usted de bueno, señor Caniveau?
El voluminoso campesino, ligado con el sacerdote por una simpatía de naturaleza robusta y exuberante, respondió sonríente:
—Nada de particular, señor párroco: y usted, ¿cómo sigue?
—Perfectamente. Yo no puedo quejarme. ¡Vaya! ¡Vaya! y el señor Poiret, ¿de qué se duele ahora?
— ¡Nunca me faltan motivos!. La cosecha es medianeja este año, y los negocios... Ya no hay negocios.
—Cada vez se hace más difícil todo.
—Sí; cada vez se hace más difícil todo—repitió la señora Rabot, con acento de marimacho.
Como no era de su parroquia, el sacerdote la conocía sólo de referencias.
—¿Es usted la Blondel?
—Sí, la Blondel; casada Rabot.
Rabot, endeble y tímido, inclinó la cabeza, y sonrió como si dijera: «Si; la Blondel se casó conmigo.»
De pronto, el señor Belhomme, que seguía sujetándose contra la oreja el pañuelo, comenzó a gemir de una manera lamentable; daba alaridos y pataleaba para desahogar su horrible sufrimiento.
El sacerdote le preguntó:
—¿Le duelen a usted las muelas?
El campesino dejó un momento de gemir para responder:
—No; no son las muelas...; no me duele ninguna muela... Es el oído...; es dentro del oído...
—Y ¿qué tiene usted en el oído? ¿Un absceso?
—Lo que tengo es un bicho que se me introdujo mientras yo dormía en el pajar.
—¿Un bicho? ¿Está usted seguro?
—¿Si estoy seguro? ¡Como de que hay cielo y purgatorio, señor párroco! Estoy seguro, porque me hurga y me roe constantemente. Me devora, me da calentura...¡Huy!... ¡Huy!... ¡Huy!...
Comenzó de nuevo a patalear y a dar alaridos.
Interesaron sus desdichas. Cada uno expresaba su parecer. Poiret suponía el tal bicho una araña; el maestro se inclinaba creerlo una oruga. En Campemuret—donde había regentado la escuela siete años— presenció un caso muy semejante: la oruga, que había entrado por la oreja, salió por la nariz, y como para ello, tuvo que romper el tímpano, dejó sordo al paciente.
—Más creíble me parece que sea una lombriz—dijo el sacerdote.
El señor Belhomme, con la cabeza inclinada y apoyado en la portezuela, no dejaba de gemir.
—¡Huy!... ¡Huy!... ¡Huy!... Muerde como un lobo... Se abre camino... ¡Me come! ... ¡Huy! ...¡Huy!...
—¿No has consultado al médico?—le preguntó Caniveau.
—No, no he consultado al médico.
—¿Por qué no fuiste a su casa?
El miedo al médico pareció aliviar a Belhomme.
Se enderezó, pero sin apartar la oreja de la mano, con que sostenía el pañuelo.
—¡A casa del médico! Y en cuanto un médico te coge, te de arruina. ¡ Si bastara verle una vez! Pero a nada que tenga uno, hace una visita, y otra, y otra; no se cansa de visitar. Luego hay que darle diez francos, o veinte francos, o treinta francos... Y ¿Qué me hubiera hecho? ¿Lo sabes tú?
Caniveau reía.
—No lo sé. Pero ¿adónde vas así?
—Voy al Havre, a que me vea Chambrelán.
—¿Quién es Chambrelán?
—Un curandero.
—Y ¿te curará?
—Sí. A mi padre lo curó.
—¿A tu padre?
—Sí. Hace mucho tiempo.
—¿Qué tenía tu padre?
—Un mal de aire, que no le dejaba mover el brazo, ni la pierna.
—Y ¿qué le hizo el curandero?
—Le sobó el costado, como soban el pan cuando amasan, y en un par de horas lo puso bueno.
Belhomme sabia que Chambrelán aseguraba el efecto de sus curas con ciertas frases mágicas; pero no se atrevió a decirlo en presencia del sacerdote.
Caniveau insistía risueño:
—¿No será un conejo lo que se te ha entrado en el oído? Al ver la maraña de pelo que asoma, semejante a un zarzal, pudo confundirlo con su madriguera. Voy a espantarlo; verás cómo sale.
Y sirviéndole de tornavoz las palmas de las manos comenzó a imitar la estridente algarabía de perros de caza cuando persiguen a una res. Aullaba, ladraba, chillaba, gruñía, gemía. Y todos los viajeros, incluso el maestro, que no se reía nunca, se hartaron de reír.
El sacerdote comprendió que a Belhomme le molestaba ya servir de pretexto para tan ruidosa broma, y para dar a la conversación otro giro, dirigió a la hercúlea señora Rabot esta pregunta:
¿Tiene usted muchos hijos?
Muchos; demasiados — respondió la mujerona—. ¡ Cuesta mucho criar tanta familia!
Rabot inclinó la cabeza como para reforzar el razonamiento de su mujer.
—¿Cuántos hijos tiene usted?
Con arrogancia, con voz firme y segura, dijo la señora Rabot:
—¡Quince! Catorce de mi marido.
El tal marido sonreía expresivamente, satisfecho. Tenía catorce hijos, a pesar de su aparente insignificancia. La mujer lo confesaba; nadie lo pondría en duda. Estaba orgullosa de tener catorce hijos.
Pero ¿de quién era el otro, si tenía quince? La mujer no lo dijo entonces y a nadie sorprendió; conocerían la historia: un hijo anterior al matrimonio, un desliz de soltera. Ni Caniveau, que reparaba en todo, hizo comentarios ni preguntas; nada.
Belhomme volvió a gimotear:
—¡Huy!... ¡Huy!... ¡Huy!...
—¡Me hurga! ¡Me come! ¡Qué desgracia la mía!
La diligencia se detuvo en una posada. El sacerdote dijo:
—Tal vez con un poco de agua saldría. ¿Por qué no lo prueba? ¿Quiere usted probarlo?
—!Bueno, sí; lo probaré! Se apearon todos para presenciar la operación.
El sacerdote pidió una jofaina, una toalla y medio vaso de agua, y encargó al maestro que sujetara la cabeza del paciente para mantener la oreja en posición horizontal, y cuando el agua hubiese penetrado bien, le volviera de pronto para verterla de un golpe.
Pero Caniveau, que tenía los ojos clavados en la oreja de Belhomme, procurando a simple vista descubrir el bicho, exclamo:
—¡Rediós, qué mermelada! Es necesario destapar la madriguera para que pueda salir el conejo. Se le pegarían las patas en esa confitura.
El sacerdote, al ver el orificio completamente cegado, también opinó que allí no era posible intentar nada. El maestro se encargó de la limpieza valiéndose de un palitroque y de un trapo.
Entre la general ansiedad, el sacerdote vertió en el pabellón de la oreja medio vaso de agua, que, al rebosar corría por la cara, por el pelo, por el cogote del paciente. Después, el maestro hizo girar violentamente la cabeza, como si fuese a desatornillarla. Cayeron algunas gotas de líquido en la jofaina. Todos los viajeros se acercaron a ver lo que había salido; pero no vieron bicho alguno.
Sin embargo, Belhomme dijo:
—Ya no siento nada; ya nada me duele.
Y el sacerdote, satisfecho, exclamó:
—¡Es posible que haya muerto ahogado!
Volvieron todos a la diligencia, pero apenas comenzaron a trotar los rocinantes, Belhomme lanzó nuevamente ayes horribles. El bicho se había despertado con más furia; ya le roía, le devoraba el cerebro. Chillaba y se retorcía de tal modo, que la señora Poiret, creyéndole poseído por el demonio, comenzó a llorar y hacer cruces. Luego el dolor se calmó algo; el paciente notaba que había vuelto hacia fuera el bicho. Imitaba con los dedos la marcha del animal, y como si lo viera, decía:
—¡Ya sube otra vez!... ¡Huy!... ¡Huy!... ¡Huy!... ¡Qué desdichado soy!
Caniveau empezaba a impacientarse.
—Con el agua se ha exasperado No le gustará sin duda el agua... Echadle vino.
Volvieron todos a reír estrepitosamente.
—Cuando lleguemos a una venta echadle un trago de lo añejo y se calmará. Es lo que pide.
Pero, entre tanto, Belhomme sentía mordeduras inaguantables, Comenzó a gritar como si le arrancasen el alma. El sacerdote le sostenía la cabeza y el mayoral accedió a detenerse para pedir auxilio en cualquier casa de labor.
Así lo hicieron. Entre todos bajaron a Belhomme de la diligencia y lo tendieron sobre un banco de la cocina para preparar la operación. Caniveau aconsejaba se hiciera con aguardiente aguado el nuevo lavatorio, con objeto de adormecer al bicho emborrachándole, y matarlo así tal vez. El sacerdote prefirió vinagre.
Lo dejaba caer gota a gota para que penetrase hasta el fondo, y así estuvo algún rato. Era imposible que resistiera el bicho tan prolongada y desagradable inundación. Después de preparar como antes una jofaina para recibir en ella lo que saliese del orificio, el sacerdote y Caniveau —dos celosos—volvieron a Belhomme y lo sostuvieron en vilo mientras el maestro le golpeaba en la oreja sana para que se vaciase completamente la otra.
Hasta Cesáreo Harloville estaba presente, atraído por la curiosidad, con el látigo en la mano.
De pronto, repararon que había en la jofaina una mota negra, ¡una pulga que se ahogaba en el vinagre! Hubo exclamaciones de sorpresa primero y después, gritos y risas ruidosas. ¡Una pulga! ¡Tenía gracia, muchísima gracia! Caniveau se golpeaba las rodillas con las manos. Cesáreo Harloville hizo chascar su látigo; el sacerdote soltó la carcajada; el maestro desahogaba su alegría la con una especie de estornudo, y las dos mujeres chillaban de un modo semejante al cacareo de las gallinas.
Belhomme se había sentado, y con la jofaina sobre las rodillas contemplaba con odio y placer al bicho, que forcejeaba por librarse de las gotas de vinagre que no le permitían saltar.
Masculló:
—¡Al fin caíste, roña!—y la envolvió en un salivazo escupido furiosamente.
Cesáreo, loco de alegría, exclamaba:
—¡Una pulga! ¡Una pulga! ¡Ya caíste, animal feroz, animal feroz !
Pero calmándose de pronto, exclamó:
—¡Señores, al coche! Nos hemos entretenido ya demasiado ¡Al coche!
Y los viajeros iban hacia la diligencia sin dejar de reír.
Belhomme, rezagado, insinuó:
—Me quedo aquí para volverme a pie. Ya no tengo que hacer nada en el Havre.
Cesáreo le dijo:
—Está bien. Págame tu asiento.
—Te daré la mitad, pues no he llegado a medio camino siquiera.
—No puede ser; pagarás el asiento hasta el Havre, porque así lo encargaste.
Hubo réplicas insistentes, y la discusión degeneró en disputa furiosa: Belhomme decía que sólo pagaría un franco, y el mayoral que le cobraría dos.
Vociferaban, acercándose mucho el uno al otro, mirándose amenazadores, topando casi nariz contra nariz.
Caniveau intervino:
—De todos modos, Belhomme, debes al sacerdote dos francos por la cura, y a todos una convidada por los auxilios; en junto, dos francos y medio, más uno que debes a Cesáreo, son tres francos y medio. Paga.
El mayoral se regocijaba seguro de que Belhomme se vería obligado a soltar aquel dinero, y dijo:
—Me conformo.
—Paga—insistió Caniveau.
—No pago y no pago—sostuvo el otro—. No pago. El sacerdote no es médico.
—Si no pagas en seguida, te meto en la diligencia y te llevaré al Havre.
Cogió a Belhomme por la cintura y lo alzó como a un chiquillo.
Belhomme, al ver que sería inútil su resistencia, sacó la bolsa y pagó.
El coche siguió hacia el Havre, mientras Belhomme desandaba lo andado por la carretera, pesaroso y a pie; y los viajeros reían aún a carcajadas al ver cómo se balanceaba al compás de sus largas piernas.

AMOR -- UN FRACASO -- GUY DE MAUPASSANT

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AMOR -- UN FRACASO -- GUY DE MAUPASSANT

AMOR -- UN FRACASO -- GUY DE MAUPASSANT
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UN FRACASO


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Iba yo a Torino, atravesando la isla de Córcega.
En Niza tomé pasaje para Bastia, y en cuanto el vapor se hizo a la mar, descubrí, sentada en el puente, una mujer muy bonita, muy modesta, cuyos ojos miraban a lo lejos, y me dije: «Ya tengo distracción durante la travesía.»
Me instalé frente a ella, contemplándola y preguntándome todo lo que debemos preguntarnos en presencia de una desconocida que nos interesa: su estado, su edad y su carácter. Luego, de lo que se ve, se deduce lo que no se ve. Sondamos con los ojos con el pensamiento la figura de lo que aparece sujeto por el corsé y de lo que se cubre con el vestido. Se nota la esbeltez del busto si está sentada y se procura verla el tobillo; se observan las condiciones de sus manos, que revelarán la dulzura de sus caricias, la forma de las orejas, que indica el origen mejor que una partida de bautismo, en la cual es fácil mentir. Se hace lo posible para oír su voz, cuyas entonaciones descubrirán las tendencias de su alma, en tanto que sus frases nos dan idea de su ingenio. El timbre de la voz y todos los matices de las palabras denuncian, a un observador experimentado, toda la contextura sentimental de un carácter, porque siempre hay conexiones, aunque sea muy difícil precisarlas, entre la idea y la función que la exterioriza.
Yo contemplaba detenidamente a mi compañera de viaje, procurando advertir síntomas favorables y analizando sus gestos, con la esperanza de que me la revelaran sus actitudes.
Abrió un saquito de viaje y sacó un periódico. Me froté las manos de gusto. «Dime lo que lees y te diré lo que piensas.»
Comenzó por el articulo de entrada con expresión curiosa y satisfecha. El título del diario me saltó a los ojos: L’echo de Paris. Quedé perplejo. Ella leía, sonriendo, una crónica de Scholl. ¡Diablo! Sin duda no era gazmoña y mostraba gusto por el ingenio cultivado, la malicia intencionada, la sal y hasta un poquito de pimienta. «¡Bravo!», pensé; revela su lectura un temperamento franco y expansivo. ¿Si fuese también algo sentimental?
Para tocar este resorte, acercándome a ella lo más posible, me puse a hojear un tomo de poesías que llevaba conmigo: La canción de amor, por Félix Frank.
Noté que había leído el rótulo de la cubierta en un parpadeo rápido, como un pajarito coge al vuelo una mosca. Muchos viajeros pasaron por delante de nosotros para mirarla; pero, al parecer ella se abstraía en su lectura por completo. Al terminar, dejó el periódico, y aprovechando la oportunidad, le dije:
!Me permite usted que lo vea, señora?
—Con mucho gusto — contestó, alargándome la hoja impresa.
—Si la distrajesen estas poesías, las pongo a su disposición.
—¿Es cosa divertida?
Me desconcertó bastante aquella pregunta, refiriéndose a un volumen de versos amorosos. Luego contesté:
—Mejor que divertida es la lectura que ofrezco; la juzgo encantadora, delicada, emocional.
—Déme usted.
Cogió el libro, y mientras recorría varias hojas con cierta expresión de sorpresa, comprendí que no tenía costumbre de leer versos.
A veces parecía conmoverse o sonreía, pero de otra manera que ante la crónica de Aureliano Scholl.
De pronto, le pregunté:
—¿Le gusta?
—Si—me contestó—; pero me gustan más las cosas alegres; no me atrae lo sentimental.
Ya teníamos conversación. Supe que la viajera estaba casada con un capitán de dragones, de guarnición en Ajaccio, y que iba entonces a reunirse con su marido. De sus palabras deduje que no le quería con mucho entusiasmo. Le quería, sí, pero de cierto modo; como quiere una mujer al hombre que no supo despertar en su corazón grandes ilusiones durante su luna de miel. La había paseado de guarnición en guarnición, de pueblo en pueblo, todos aburridos, muy aburridos. Por fin la reclamaba desde la isla, que debería de ser lúgubre. No; la vida no es alegre para todos. Hubiera preferido quedarse con sus padres en Lyón, porque allí trataba a mucha gente. Pero era forzoso ir a Córcega. El ministro nunca procuraba servir al capitán, y eso que tenía éste una brillante hoja de servicios.
Hablamos de las residencias que refería.
—¿Le gusta París?—pregunté.
—¡Oh! ¡Si me gusta Paris! Caballero, ¿es posible que me haga usted semejante pregunta?
Y me habló de Paris con tal entusiasmo, con tal frenesí, con tal ansia, que pensé: «Ya tengo el resorte que me conviene tocar.» Adoraba a París desde lejos, deseándolo, enloqueciendo por su brillo, con hambre, con fiebre, con pasión delirante de provinciana, con impaciencia loca de pájaro enjaulado que descubre, a través de los hierros, el bosque frondoso bañado por el sol.
Me hizo mil preguntas palpitantes, apresuradas; quería enterarse de todo, averiguarlo todo en cinco minutos. Conocía los nombres de todas las celebridades y de muchas personas que nunca oí nombrar.
—¿Cómo es Gounod? ¿Y Sarou? ¡Ah! Caballero, ¡cuánto me gustan las obras de Sardou! Siempre tan ingenioso, tan vivo, tan interesante! ¡Cada vez que veo representar una obra de Sarou, sueño en sus complicaciones durante muchos días. Leí también un libro de Daudet que me gustó lucho: Safo. ¿Usted lo ha leído? Es un guapo mozo Daudet? ¿Usted le conoce? Y Zola, ¿cómo es? ¡Con su Germinal me hizo llorar! Recuerda usted al pobre niño que muere a oscuras? ¡Qué terrible! Me impresionó tanto, que me sentí enferma. No, eso no hace reír. También he leído un libro de Bourget: Cruel enigma, y a mi prima le hizo tal impresión esa novela, que hasta escribió a Bourget. Me gusta, pero me parece de sobra poético: prefiero aventuras alegres. ¿Conoce usted a Grévin? ¿Y a Coquelín? ¿Y a Damalá? ¿Y a Rochefort? ¡Dicen que tiene mucho ingenio! ¿Y a Cassagnac? Según parece, se desafía diariamente…
***

Al cabo de una hora se iban agotando sus preguntas, y habiendo satisfecho su curiosidad ansiosa, pude hablarla de lo que me convenía.
Conté historias y amoríos del mundo parisiense, del gran mundo. Me escuchaba muy atentamente, con toda su alma. ¡Oh! Debió de adquirir una idea muy lúcida ¡y exacta! de las hermosas damas, de las ilustres damas de Paris. Todo eran aventuras galantes, citas, rápidos triunfos y derrotas apasionadas. Me preguntaba ella de cuando en cuando:
—¿Así es el gran mundo?
Sonriendo maliciosamente, yo contestaba:
—Es como digo, y solamente las humildes burguesas que se aburren arrastrando vida monótona por melindres virtuosos, por una virtud que nadie las agradece...
Y comencé a fustigar las domésticas virtudes con reflexiones filosóficas, ironías punzantes y ligeras burlas. Hice mofa, descaradamente, de las pobres necias que van envejeciendo sin haber sentido lo bueno, lo dulce, lo escabroso, lo galante; sin haber saboreado las delicias de los besos furtivos, profundos, ardientes; y todo por estar casadas con un hombre receloso y estúpido, cuya reserva en las caricias conyugales priva injustamente a una criatura de toda sensualidad refinada y de todo sentimentalismo elegante.
Luego reforzaba mis reflexiones con el relato de nuevas aventuras. Cuentos de gabinetes particulares, intrigas que yo suponía propaladas en todo el universo. Y como estribillo, colocaba siempre un elogio entusiástico del amor brusco y secreto, de la sensación robada, como un fruto prohibido recogido por sorpresa, de paso...
La noche cerraba, una tranquila y calurosa noche, y el buque se deslizaba estremecido por la máquina, sobre un mar oscuro, bajo un cielo estrellado.
La mujer callaba, respirando lentamente y dejando escapar algún suspiro. De pronto se levantó, diciéndome:
—Ya es hora de acostarme; buenas noches.
Y me ofreció la mano.
Yo sabia que a la tarde siguiente debía tomar la diligencia que va de Bastia a Ajaccio, a través de las montañas, hasta el amanecer.
—Buenas noches—respondí, estrechando sus dedos entre los míos.
Y bajé a mi camarote.
Por la mañana tomé los tres asientos de berlina para mi solo; y cuando al anochecer me dirigí hacia el viejo coche que debía conducirnos, el mayoral me preguntó si tendría inconveniente alguno en ceder un asiento a una señora.
Dije bruscamente:
—¿A qué señora?
Y el mayoral contestó:
—A la señora de un capitán de Ajaccio.
—Dígale que puede contar con lo que desea.
Llegó la mujer, diciendo que habla dormido todo el día. Disculpó su descuido, me dio las gracias y entró en la berlina.
La cual era una especie de cajón herméticamente cerrado, que sólo tenia cristal en las dos portezuelas. Ya estábamos allí juntos y solos. Arrancaron los caballos al trote largo. Pronto nos vimos en la montaña. Un perfume fresco de hierbas aromáticas entraba por las ventanillas, ese perfume propio de la isla de Córcega, que los marinos reconocen a larga distancia; emanaciones penetrantes como los olores de un cuerpo, como el sudor de la tierra verde, que un ardiente sol evapora y el viento arrastra.
Volví a referirle cosas de Paris y ella volvió a escucharme con atención calenturienta. Mis narraciones eran cada vez más atrevidas y más desnudas, abundando en frases intencionadas y pérfidas, en esas frases que encienden la sangre.
Cerró la noche. Yo no veía nada, ni siquiera el óvalo blanquecino que hasta entonces revelaba el rostro de la mujer. Solamente aparecían, a los resplandores del farol de la diligencia, los cuatro caballos ganando al paso el repecho.
De cuando en cuando, el rumor de un torrente llegaba confundido con el cascabeleo de las guarniciones; luego se perdía, quedando atrás, cada vez más lejos de nosotros.
Adelanté con mucho tiento un pie, aproximándolo a mi compañera, que no retiró el suyo. Estuve un rato inmóvil, en acecho, y de pronto, cambiando el registro, empecé a insinuarme con palabras afectuosas y tiernas. Mi mano encontró la suya. La cogí dulcemente, y ella no la retiró. Seguí hablando casi a su oído, muy cerca de su boca. Yo sentía palpitar su corazón contra mi pecho; palpitaba con rudos golpes; buena señal. Entonces, con mucha suavidad, puse mis labios en su cuello, seguro de mi conquista, de tal modo seguro, que hubiese apostado cualquier cosa.
Pero ella, sacudiéndose como si despertara, me rechazó. Y Antes que me diese cuenta de nada, recibí una porción de arañazos y una lluvia de golpes rápidos, en todas direcciones; la oscuridad que nos envolvía me hizo imposible cubrirme y evitarlos.
Extendí los brazos, procurando vanamente aprisionar los suyos. Luego, no sabiendo ya qué hacer, me volví, escondiendo la cabeza, presentando solamente la espalda, que recibía su furioso ataque. Ella debió de comprender esta maniobra desesperada y suspendió la paliza.
Recogiéndose luego en su rincón, estuvo llorando más de una hora.
Yo me sentía inquieto y avergonzado. Hubiera querido hablar; pero ¿qué decir entonces? Nada me parecía oportuno. ¿Excusas? No; resultaban del todo necias. En semejante situación se imponía el silencio.
Lloraba la mujer, lanzando suspiros profundos que me conmovían y me desconcertaban. Tuve tentaciones de prodigarle consuelos, acariciándola tiernamente como a los niños, o pidiéndole perdón a sus pies de rodillas. Pero no me atreví.
¡Son estúpidas tales situaciones!
Al fin se calmó, y quedamos cada uno en nuestro rinconcito, inmóviles y mudos, mientras avanzaba el coche, deteniéndose de cuando en cuando para los relevos. Al penetrar en la berlina un reflejo de faroles de las cuadras, cerrábamos los ojos para no mirarnos. Otra vez la diligencia en marcha, el aire fresco y oloroso del campo nos acariciaba las mejillas y los labios, embriagándome como el vino.
¡Caramba! ¡Qué viajecito si mi compañera se hubiese mostrado menos simple!
Amanecía. Los primeros reflejos de la aurora entraron en la berlina. Miré a la mujer, que fingía dormir. Luego el sol, apareciendo sobre las montañas, inundó pronto de resplandores un golfo inmenso, todo azul, rodeado por cumbres enormes y crestas de granito. Al extremo del golfo una ciudad blanca se extendía delante de nosotros.
Mi compañera, fingiendo entonces despertar, abrió los ojos, encendidos por el llanto; abrió la también la boca, se estremeció, se ruborizó y balbució:
—¿Llegaremos pronto?
—Muy pronto; falta menos de una hora.
Mirando a lo lejos, dijo:
—Es muy fatigoso pasar en diligencia toda una noche.
— ¡ Oh! Sí; los riñones duelen.
—Y más fatigoso aún después de una travesía.
—¡Oh! ¡Sí!
—¿Es Ajaccio aquel pueblo qué se descubre?
—Sí; es Ajaccio.
—Quisiera que llegásemos cuanto antes.
—Me lo explico.
El timbre de su voz revelaba cierta inquietud; evitando que se cruzara con la mía su mirada, se sentía molesta. Sin embargo, nada permitía suponer que recordase lo sucedido.
Yo la admiraba. ¡Qué diplomacia instintiva tienen las mujeres!
Llegamos, en efecto, al cabo de una hora. Un gallardo mozo vestido de uniforme, un hércules, erguido junto al parador, agitaba un pañuelo al acercarse la diligencia.
Mi compañera se lanzó en sus brazos, y dándole muchos besos, repetía:
—¿Cómo estás? ¡Cuánto deseaba verme cerca de ti!
Bajaron de la imperial mi maleta y cuando ya me iba discretamente, la mujer me llamó:
—¡Ah! ¡Caballero! ¿Se marcha sin despedirse?
Murmuré:
— Señora, por no distraerla de sus alegrías.
Ella dijo a su esposo:
—Da las gracias a este caballero; ha estado muy obsequioso conmigo durante nuestro viaje. Me ha cedido un asiento en la berlina. Da gusto encontrar compañeros tan amables.
El capitán me oprimió la mano, agradeciéndome con toda su alma tantas atenciones.
La mujer sonreía mirándonos...
Yo, sin duda, puse cara de imbécil en aquel momento.

CIENCIA -- EL HOMBRE DE MARTE -- GUY DE MAUPASSANT

Escrito por imagenes 29-08-2008 en General. Comentarios (0)

CIENCIA -- EL HOMBRE DE MARTE -- GUY DE MAUPASSANT

CIENCIA -- EL HOMBRE DE MARTE -- GUY DE MAUPASSANT
EL HOMBRE DE MARTE

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Estaba trabajando cuando mi criado me anunció:
—Señor, es un hombre que quiere hablar con el señor.
—Hágalo entrar.
De pronto vi a un hombrecillo que saludaba. Tenía aspecto de un enclenque maestro con gafas, cuyo cuerpo endeble no se adhería a ninguna parte de sus ropas demasiado flojas.
Balbuceó:
—Le pido perdón, señor.
Se sentó y continuó:
—Dios mío, señor, estoy demasiado turbado por las gestiones que emprendo. Pero era absolutamente necesario que yo manifestara mis inquietudes a alguien, y no había nadie más que usted..que usted... En fin, me he armado de valor...pero verdaderamente...ya no me atrevo.
—Atrévase pues, Señor.
—Verá, Señor, es que, tan pronto como empiece a hablar usted me tomará por un loco.
—Dios mío, señor, eso dependerá de lo que vaya a contarme.
—Exactamente, señor, lo que voy a decirle es raro. Pero le ruego que considere que no estoy loco, precisamente por esto, yo mismo reconozco lo inusual de mi confidencia.
—Y bien, señor, adelante.
—No señor, no estoy loco, pero tengo ese aspecto propio de los hombres que han reflexionado más que otros y que han franqueado un poco, bien poco, las barreras del pensamiento medio. Piense pues, señor, que nadie piensa en nada en este mundo. Cada uno se ocupa de sus asuntos, de su fortuna, des sus placeres, de su vida en una palabra, o de pequeñas tonterías divertidas como el teatro, la pintura, la música o la política, la más grande de las necedades, o de cuestiones industriales. ¿Quién piensa? ¿Quién? ¡Nadie!¡Oh!¡Me acelero demasiado! Perdón. Vuelvo a mi asunto.
Hace cinco años que yo llegué aquí, señor. Usted no me conoce pero yo le conozco muy bien...Yo nunca me mezclo con la gente que frecuenta la playa o el Casino. Vivo sobre el acantilado, adoro con pasión estos acantilados de Etretat. No conozco otros más bellos, más sanos. Quiero decir sanos para el espíritu. Es una admirable ruta entre el cielo y el mar, un camino de hierba, que discurre sobre esta gran muralla, al borde de la tierra, por encima del océano.
Mis mejores días son aquellos que he pasado tendido sobre una pendiente de hierba, a pleno sol, a cien metros por encima de las olas, soñando.¿Me comprende?
—Sí señor, perfectamente.
—Ahora, ¿me permite hacerle una pregunta?
—Hágala, señor.
—¿Usted cree que los otros planetas estén habitados?
Yo respondí sin dudar y sin parecer sorprendido:
—Ciertamente lo creo.
Se volvió loco de alegría, se levantó, se volvió a sentar, embargado por unas ganas evidentes de estrecharme entre sus brazos y gritó:
—¡Ah, ah!¡Qué suerte!¡Qué alegría!¡Respiro!¿Pero cómo he podido dudar de usted? Un hombre no sería inteligente si no creyera en los mundos habitados. Hace falta ser un tonto, un idiota, un bruto, para suponer que los millares de universos brillan y giran únicamente para divertir y asombrar al hombre, ese insecto estúpido por no comprender que la Tierra no es nada mas que una mota de polvo invisible en medio de la polvareda de los mundos, que todo nuestro sistema entero no está formado mas que por algunas moléculas de vida sideral que muy pronto morirán. Mire la Vía Láctea, ese río de estrellas, y piense que ésta no es nada más que una mancha dentro de la extensión que es el infinito. Piénselo solo durante diez minutos y comprenderá porque nosotros no sabemos nada, no adivinamos nada, no comprendemos nada. Nosotros solo conocemos un punto, no sabemos nada del más allá, nada del exterior, nada de ninguna parte, y creemos, y nos afirmamos.¡Ah!¡ah!¡ah! ¡Si de repente nos fuera revelado el secreto de la gran vida ultraterrestre, qué estupefacción! Pero no...pero no...yo soy una bestia en mi entorno, nosotros no lo comprenderíamos ya que nuestro espíritu no está hecho más que para comprender las cosas de esta tierra; no puede extenderse más lejos, es limitado, como nuestra vida, encadenado a esta bolita que nos lleva, y juzga todo por comparación. Vea, pues, señor, como todo el mundo es ignorante, estrecho y persuadido del poder de nuestra inteligencia, que apenas sobrepasa el instinto de los animales. Nosotros no tenemos ni siquiera la facultad de percibir nuestra imperfección; estamos hechos para saber el precio de la mantequilla y del trigo, y, como mucho, para hablar sobre el valor de los caballos, de los barcos, de los ministros o de los artistas.
Eso es todo. Somos aptos exactamente para cultivar la tierra y servirnos torpemente de lo que está por debajo de ella. Apenas comenzamos a construir máquinas que funcionan, nos asombramos como niños por cada descubrimiento que, desde hace siglos habríamos debido hacer, si hubiéramos sido seres superiores. Estamos todavía rodeados de lo desconocido, incluso en este momento en el que han sido necesarios miles de años de vida inteligente para intuir el concepto de la electricidad. ¿Somos de la misma opinión?.
Yo respondí riendo:
—Sí señor.
—Entonces muy bien. Y bien, señor, ¿alguna vez se ha interesado usted por Marte?
—¿Por Marte?
—Si, por el planeta Marte.
—No, señor.
—¿Me permitiría contarle algunas cosas sobre él?
—Por supuesto, señor, con gran placer.
—Usted sabe, sin duda, que los mundos de nuestro sistema solar, de nuestra pequeña familia se formaron por la condensación en globos de primitivos anillos gaseosos desprendidos unos después de otros de la nebulosa solar
—Sí señor.
—De esto resulta que los planetas más alejados son los más viejos y deben de ser, consecuentemente, los más civilizados. Este es el orden de su nacimiento: Urano, Saturno, Júpiter, Marte, la Tierra, Venus, Mercurio.¿Admite usted que estos planetas estén habitados como la Tierra?
—Evidentemente.¿Por qué creer que la Tierra es una excepción?
—Muy bien. El hombre de Marte, aún siendo más anciano que el de la Tierra....perdón, voy muy deprisa. En primer lugar voy a probarle que Marte está habitado. Marte presenta a nuestros ojos aproximadamente el aspecto que la Tierra debe de presentar a los observadores marcianos. Los océanos allí ocupan menos espacio y están más diseminados. Se les reconoce por su tono negro porque el agua absorbe la luz mientras que los continentes la reflejan. Las modificaciones geográficas sobre este planeta son frecuentes y prueban la actividad vital. Tiene dos estaciones parecidas a las nuestras, con nieve en los polos que vemos aumentar y disminuir siguiendo las épocas del año. Un año es muy largo, seiscientos ochenta y siete días terrestres, es decir seiscientos sesenta y ocho días marcianos, descompuestos como sigue: ciento noventa y uno en primavera, ciento ochenta y uno para verano, ciento cuarenta y nueve para otoño y ciento cuarenta y siete para invierno. Se ven menos nubes que aquí, así que allá debe de hacer más frío y más calor.
Le interrumpí:
—Perdón señor, estando Marte mucho más lejos del Sol que nosotros, debe de hacer siempre más frío, me parece.
Mi extraño visitante gritó con vehemencia:
—¡Error, señor! ¡Error absoluto! Nosotros estamos, nosotros, más lejos del sol en verano que en invierno. Hace más frío sobre la cima del Mont Blanc que en su base. Le remito, por otra parte, a la teoría mecánica del calor de Helmotz y de Schiaparelli. El calor del Sol depende principalmente de la cantidad de vapor de agua que contiene la atmósfera. He aquí por qué: el poder absorbente de una molécula de vapor de agua es dieciséis veces superior a la de una molécula de aire seco, así que el vapor de agua es nuestra fuente de calor; y Marte, teniendo menos nubes, debe de ser al mismo tiempo mucho más caluroso y mucho más frío que la Tierra.
—No lo pongo en duda.
—Muy bien. Ahora, señor, escúcheme con atención. Se lo ruego.
—Es lo que estoy haciendo, señor.
—¿Ha oído usted hablar de los famosos canales descubiertos en 1884 por Schiaparelli?
—Muy poco.
—¡Cómo es posible! Sepa, pues, que en 1884, Marte, encontrándose en oposición y separada de nosotros solo por una distancia de veinticuatro millones de leguas, Schiaparelli, uno de los más eminentes astrónomos de nuestro siglo y uno de los observadores más fiables, descubrió de repente una gran cantidad de líneas negras rectas o quebradas siguiendo formas geométricas constantes, y que unían, a través de los continentes, los mares de Marte! Sí, sí, señor, canales rectilíneos, canales geométricos, de una igual anchura durante todo el recorrido, canales construidos por seres! Sí, señor, la prueba de que Marte está habitado, que allí hay vida, que allí se piensa, que allí se trabaja, que nos observan. ¿Comprende usted? ¿Comprende?
Veinte años más tarde, durante la siguiente alineación volvimos a ver esos canales, más numerosos, sí, señor. Y son gigantescos, su anchura no tiene menos de cien kilómetros.
Yo sonreí respondiendo:
—Cien kilómetros de anchura. Han sido necesarios obreros muy rudos para excavarlos.
—¡Oh señor! ¿Qué dice? ¡Usted ignora que este trabajo es infinitamente más fácil en Marte que en la Tierra puesto que la densidad de sus materiales constitutivos no sobrepasa la sexagésima novena parte de los nuestros! La intensidad de la gravedad allí alcanza a penas la trigésimo séptima parte de la nuestra. ¡Un kilogramo de agua solo pesa 370 gramos!
Me lanzaba estas cifras con tal seguridad, con la confianza típica de comerciante que sabe el valor de un número, que no pude impedir reírme y tenía ganas de preguntarle lo que pesan, en Marte, el azúcar y la mantequilla.
Movió la cabeza.
—Usted se ríe, señor, me toma por estúpido después de tomarme por loco. Pero las cifras que le cito son las que usted encontrará en todas las obras especializadas de astronomía. El diámetro de Marte es casi la mitad más pequeño que el nuestro; su superficie no es más que la veintiseisava centésima parte de la del globo terráqueo; su volumen es seis veces y media más pequeño que el de la Tierra y la velocidad de sus dos satélites prueba que pesa diez veces menos que nosotros. Ahora bien, señor, la intensidad de la fuerza de gravedad, dependiente de la masa y del volumen, es decir, del peso y de la distancia de la superficie al centro, de ello se deduce, indudablemente, un estado de levedad sobre este planeta que convierte la vida en algo diferente, regula de forma desconocida para nosotros las acciones mecánicas y debe de hacer predominar las especies aladas. Sí, señor, el ser Rey de Marte tiene alas.
Vuela, pasa de un continente a otro, se pasea, como un espíritu, alrededor de su universo al cual le ata sin embargo la atmósfera que no puede franquear, aunque...
En fin, señor, ¿se imagina este planeta cubierto de plantas, de árboles y de animales cuyas formas no podemos ni sospechar y habitado por grandes seres alados semejantes a como nos han descrito a los ángeles? Yo los veo revoloteando por encima de las llanuras y de las ciudades en el aire dorado que tienen allá. Ya que, por otra parte, creíamos que la atmósfera de Marte era roja como la nuestra azul, pero es amarilla, señor, de un hermoso amarillo dorado.
¿Se asombra usted ahora de que esas criaturas hayan podido excavar anchos canales de cien kilómetros? Y además, piense únicamente en lo que la ciencia ha hecho aquí desde hace un siglo...desde hace un siglo...y piense que los habitantes de Marte son tal vez superiores a nosotros...
Se calló bruscamente, bajó los ojos, y después murmuró con voz suave:
—Ahora es cuando usted va a tomarme por loco...cuando le diga que yo estuve a punto de verlos...yo...la otra tarde. Usted sabe, o no sabe, que estamos en la estación de las estrellas fugaces. Durante la noche del 18 al 19 principalmente, se ven todos los años en cantidades innombrables; es probable que nosotros pasemos en ese momento a través de los restos de un cometa.
Así que, yo estaba sentado sobre la Mane-Porte, sobre ese enorme saliente del acantilado que se mete un paso sobre el mar y miraba esa lluvia de pequeños mundos sobre mi cabeza. Es más divertido y más hermoso que unos fuegos de artificio, señor. De repente, percibí uno por encima de mi, muy cerca, un globo luminoso, transparente, rodeado de alas inmensas y palpitantes o al menos yo creí ver unas alas en medio de las tinieblas de la noche. Hacía tirabuzones como un pájaro herido, giraba sobre si mismo con un enorme ruido misterioso, parecía que estaba jadeando, muriendo, perdido. Pasó delante de mi. Parecía un monstruoso balón de cristal, lleno de seres enloquecidos, apenas claros, pero agitados como la tripulación de un navío en peligro que ya no se gobierna y navega de ola en ola. Y el curioso globo, habiendo descrito una inmensa curva, fue a desplomarse a lo lejos en medio del mar, donde escuché su profunda caída parecida al ruido de un disparo de cañón.
Todo el mundo, por otra parte, en el país, escuchó este choque formidable que tomaron por un trueno. Solo yo le vi...yo vi...si hubieran caído sobre la costa cerca de mi, habríamos conocido a los habitantes de Marte. No diga ni una palabra, señor, piense, piense largo tiempo y después cuéntelo un día si usted quiere. Sí, yo vi..yo vi..el primer navío aéreo, el primer navío sideral lanzado al infinito por unos seres pensantes...a menos que yo no haya más que asistido simplemente a la muerte de una estrella fugaz capturada por la Tierra. Ya que, usted no ignora, señor, que los planetas cazan a los mundos errantes del espacio como nosotros aquí perseguimos a los vagabundos. La Tierra, que es ligera y débil, no puede detener en su camino más que a los pequeños transeúntes de la inmensidad.
Se levantó, exaltado, delirante, abriendo los brazos para simular la marcha de los astros.
—Los cometas, señor, que vagabundean por las fronteras de la gran nebulosa, de los cuales nosotros somos condensaciones, los cometas, pájaros libres y luminosos, vienen hacia el Sol de las profundidades del infinito. Vienen arrastrando su cola inmensa de luz hacia el astro rey; vienen, aceleran tanto su excéntrico curso que no pueden reunirse con quien les llama; solamente después de haberlo rozado, son relanzados al espacio por la velocidad misma de su caída..
Pero si, en el curso de su viaje prodigioso, han pasado cerca de un poderoso planeta, si han sentido, desviados de su ruta, su influencia irresistible, vuelven entonces a este nuevo amo que los mantiene, en lo sucesivo, cautivos. Su parábola ilimitada se transforma en una curva cerrada y es así como nosotros podemos calcular el regreso periódico de los cometas. Júpiter tiene ocho cautivos. Saturno uno, Neptuno también uno, y su planeta exterior igualmente uno, además de una armada de estrellas fugaces.,..Entonces...entonces..puede que yo haya visto solamente a la Tierra detener a un pequeño mundo errante...
Adiós señor, no me responda nada, reflexione, reflexione y cuente todo esto un día si usted quiere....
Eso es todo. Este chiflado no me pareció tan tonto como un simple rentista.