AGATHA CHRISTIE -- OCHO CASOS DE POIROT

AGATHA CHRISTIE -- OCHO CASOS DE POIROT

OCHO CASOS DE POIROT
AGATHA CHRISTIE

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ÍNDICE:
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El Inferior
El Expreso de Plymouth
El caso del Baile de la Victoria
El misterio de Market Basing
El misterio de Cornwall
El rey de bastos
El robo de los planos del submarino
La Aventura de la cocinera.




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EL INFERIOR

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Lily Murgrave alisó los guantes con gesto nervioso sin quitárselos de encima de la rodilla y dirigió una ojeada rápida al que ocupaba el sillón que tenía enfrente.
Había oído hablar mucho de monsieur Hércules Poirot, el famoso investigador, pero ésta era la primera vez que le veía en carne y hueso. El cómico, casi ridículo, aspecto del digno caballero variaba la idea que se había hecho de él. ¿Podría haber llevado a cabo, en realidad, las cosas maravillosas que se le atribuían con aquella cabeza de huevo y aquellos desmesurados bigotes? De momento estaba absorbido en una tarea verdaderamente infantil: amontonaba, uno sobre otro, pequeños dados de madera, de diversos colores, y la tarea parecía despertar en él una atención mayor que la explicación de ella.
Sin embargo, cuando Lily guardó silencio la miró vivamente.
-Continúe, mademoiselle, por favor. La escucho; esté segura de que la escucho con interés.
Casi en seguida volvió a apilar los dados de madera. La muchacha reanudó la historia, terrorífica, violenta, pero su voz era serena, inexpresiva, y su narración tan concisa, que diríase que se hallaba al margen de todo sentimiento de humanidad.
-Confío -observó al terminar- que me habré expresado con claridad.
Poirot hizo repetidas veces un gesto afirmativo y enfático. De un revés derribó los dados, diseminándolos sobre la mesa,
y acto seguido se recostó en el sillón, unió las puntas de los dedos y fijó la mirada en el techo.
-Veamos -dijo-, a sir Ruben Astwell le asesinaron hace diez días, y el miércoles, o sea anteayer, la policía detuvo a su sobrino Charles Leverson. Le acusan de los hechos siguientes (si me equivoco en algo, dígalo, mademoiselle): Hace diez días sir Ruben escribía, sentado en la habitación de la Torre, su sanctasanctórum. Míster Leverson llegó tarde y abrió la puerta con su llave particular. El mayordomo, cuya habitación estaba situada precisamente debajo de la Torre, oyó reñir a tío y sobrino. La disputa concluyó con un golpe ahogado.
»Este hecho alarmó al mayordomo y pensó en levantarse para ver lo que sucedía, pero pocos segundos después oyó salir a míster Leverson, dejar la habitación tarareando una canción de moda y renunció a su propósito. Sin embargo, a la mañana siguiente la doncella encontró muerto a sir Ruben sobre la mesa escritorio. Le habían asestado un golpe en la cabeza con un instrumento pesado. De todas maneras, el mayordomo no refirió en seguida su historia a la policía, ¿verdad, mademoiselle?
La inesperada pregunta sobresaltó a Lily Murgrave.
-¿Qué dice? -exclamó.
-Que en estos casos todos solemos alardear de humanidad. Mientras me refería lo sucedido en casa de sir Ruben, de manera admirable y detallada, hay que confesarlo, convertía en muñecos de guiñol a los actores del drama. Pero yo siempre busco en ellos lo que tienen de humano. Por eso digo que el mayordomo ese..., ¿cómo se llama?
-Parsons.
-Digo, pues, que ese Parsons debe poseer las características de su clase. Es decir: que alberga cierta prevención hacia los agentes de policía y que está poco dispuesto a darles explicaciones. Por encima de todo no declarará nada que pueda comprometer a los habitantes de la casa. Estará convencido de que el crimen es obra de cualquier escalador nocturno, de un ladrón vulgar, y se aferrará a la idea con una obstinación
extraordinaria. Sí, la fidelidad de los asalariados es curiosa y digna de estudio, de un estudio muy interesante.
Poirot se recostó en el sillón con el rostro resplandeciente. -Entretanto -continuó-, los demás actores habrán referido cada uno una historia, entre ellos míster Leverson, que asegura que volvió a casa a hora avanzada y no fue a ver a su tío, pues se fue directamente a la cama.
-Eso es lo que dice, en efecto.
-Y nadie duda de la afirmación -murmuró Poirot-, a excepción, quizá, de Parsons. Luego le toca entrar en escena al inspector Miller, de Scotland Yard, ¿no es eso? Le conozco, nos hemos visto una o dos veces en tiempos pasados. Es lo que se llama un hombre listo, astuto como zorro viejo. ¡Sí, le conozco bien! El inspector ve lo que nadie ha visto y Parsons no está tranquilo porque sabe algo que no ha revelado. Sin embargo, el inspector lo pasa por alto. Pero, de momento, queda suficientemente demostrado que nadie entró en casa de sir Ruben por la noche y que debe buscarse dentro, no fuera de ella, al asesino. Y Parsons se siente desgraciado, tiene miedo, por lo que le aliviaría muchísimo compartir con alguien su secreto.
»Ha hecho cuanto ha estado en su mano para evitar un escándalo, pero todo tiene un límite y por ello el inspector Miller ha escuchado su historia y, después de dirigirle una o dos preguntas, ha llevado a cabo averiguaciones que sólo él conoce. El resultado es peligroso, muy peligroso para Charles Leverson porque ha dejado la huella de sus dedos manchados de sangre en un mueble que se encontraba en la habitación de la Torre. La doncella ha declarado también que a la mañana siguiente del crimen vació una palangana llena de agua y sangre que sacó de la habitación de míster Leverson y que a sus preguntas dicho señor contestó que se había cortado un dedo. En efecto, tenía un corte ridículamente insignificante. Y aun cuando lavó uno de los puños de la camisa que llevaba puesta la noche anterior, se descubrieron manchas de sangre en la manga de la chaqueta. Todo el mundo sabe que tenía necesidad urgente de dinero y que a la muerte
de sir Ruben debía heredar una fortuna. ¡Oh, sí, mademoiselle! Se trata de un caso muy interesante.
Poirot hizo una pausa.
-Usted ha venido a verme hoy, ¿por qué? -interrogó después.
Lily Murgrave se encogió de hombros.
-Me manda aquí lady Astwell, como le he dicho -contestó.
-Pero viene usted de mala gana, ¿no es cierto?
La muchacha no contestó y el hombrecillo le dirigió una mirada penetrante.
-¿No desea responder?
Lily volvió a calzarse los guantes.
-Me es difícil, monsieur Poirot. Deseo ser fiel a lady Astwell. No soy más que una señorita de compañía a la que se le pagan sus servicios, pero me ha tratado mejor que a una hija o una hermana. Es muy afectuosa y aunque conozco sus defectos no deseo criticar sus actos... ni impedir que usted se encargue de solucionar el caso. No quiero influir en su decisión.
-Monsieur Poirot no se deja influir por nada ni por nadie, cela ne se fait pas -manifestó, gozoso, el hombrecillo-. Me doy cuenta de que usted cree que lady Astwell tiene una sospecha, ¿me equivoco en mi presunción?
-Si he de serle franca...
-¡Hable, mademoiselle, hable!
-Estoy convencida de que cree una tontería...
-¿Sí?
-Sin que esto sea una crítica en contra de lady Astwell.
-Comprendo -murmuró Poirot-. Comprendo perfectamente.
Sus ojos la invitaban a continuar.
-Como le decía a usted, es muy buena y amable, pero... ¿cómo lo expresaría yo? No es mujer educada. Ya sabe que actuaba en el teatro cuando sir Ruben se casó con ella y por eso alberga muchos prejuicios, es muy supersticiosa. Cuando dice una cosa, hay que creerla a pies juntillas, porque no atiende a razones. El inspector la ha tratado con poco tacto
y esto la mueve a retroceder. Pero dice que es una tontería sospechar de míster Leverson, porque el pobre Charles no es un criminal. La policía es estúpida y comete un terrible error.
-Supongo que tendrá sus razones para afirmarlo, ¿no es así?
-No, señor, ninguna.
-¡Ya! ¿De veras?
-Ya le he dicho -continuó Lily Murgrave- que de nada le va a servir acudir a usted y reclamar su ayuda sin tener nada que exponer ni nada en qué basar lo que cree.
-¿De verdad le ha dicho eso? Es muy interesante -dijo Poirot.
Sus ojos dirigieron a Lily una rápida y comprensiva ojeada desde la cabeza a la punta de los pies. Su mirada captó con todo detalle el pulcro y negro traje sastre, el lazo blanco del cuello, la blusa de crespón de China, adornada con gusto exquisito, el elegante sombrero de fieltro negro. Reparó en su elegancia, en el bonito semblante de barbilla afilada, las largas pestañas de un negro azulado e insensiblemente varió de actitud. No era el caso, sino la muchacha que tenía delante lo que despertaba en él un nuevo interés.
-Supongo, mademoiselle, que lady Astwell es una persona algo desequilibrada e histérica...
Lily Murgrave hizo un gesto ansioso de afirmación. -Sí, la describe usted exactamente -dijo-. Es muy afectuosa, lo repito, pero es imposible discutir con ella, convencerla de que sea lógica.
-Posiblemente sospecha de alguien -insinuó Poirot-. De alguien tan inofensivo que son absurdas sus sospechas. -¡Precisamente! -exclamó Lily Murgrave-. Le ha tomado ojeriza al secretario de sir Ruben, que es un pobre hombre. Dice que es el asesino de sir Ruben, que ella lo sabe, aunque está demostrado que míster Owen Trefusis no pudo cometer el crimen.
-¿Se funda en algún motivo, en algún hecho, para acusarle?
-Se funda exclusivamente en su intuición.
En la voz de Lily Murgrave se traslucía el desdén.
-Ya veo, mademoiselle, que no cree usted en la intuición -observó Poirot, sonriendo.
-Es una tontería.
Poirot se recostó en el sillón.
-A les femmes -murmuró- les gusta creer en ellas. Dicen que es un arma que el buen Dios les ha dado. Pero aunque algunas veces no las engaña otras las extravía.
-Lo sé. Pero ya le he dicho cómo es lady Astwell. No es posible discutir con ella.
-Por eso usted, mademoiselle, que es prudente y discreta, ha creído que de paso que viene a buscarme, debe ponerme au courant de la situación...
Una inflexión particular en la voz de Poirot hizo que Lily Murgrave levantase la cabeza.
-Sí -murmuró excusándose-, aunque conozco el valor de su tiempo.
-Usted me lisonjea, mademoiselle. Mas, en efecto, en estos momentos me encuentro ocupado en la solución de varios casos.
-Ya me lo temía -dijo Lily poniéndose en pie-. Le diré a lady Astwell que...
Pero Poirot no se levantó. Permaneció sentado mirando fijamente a la muchacha.
-¿Tiene prisa, mademoiselle? -interrogó-. Aguarde un momento, por favor.
Lily se ruborizó, luego se puso pálida, pero volvió a tomar asiento de mala gana.
-Mademoiselle es viva y adopta sus decisiones rápidamente. Perdone que un viejo como yo sea más lento. Usted se equivoca, mademoiselle. Yo no me niego a hacerle una visita a lady Astwell.
-Entonces, ¿vendrá a verla?
La muchacha se expresó en un tono frío. No miraba a Poirot, tenía los ojos fijos en el suelo y por eso no se dio cuenta del examen atento a que él la sometía en aquel momento.
-Diga a lady Astwell, mademoiselle, que estoy a su disposición. Iré por la tarde a Mon Repos. Es el nombre de la finca, ¿verdad?
Poirot se puso de pie y la muchacha le imitó.
-Se lo diré. Agradezco mucho la atención, monsieur Poirot. Sin embargo, temo que va usted a perder el tiempo.
-Bien pudiera ser. Sin embargo, ¡quién sabe!
Poirot la acompañó con versallesca cortesía hasta la puerta. Luego volvió a entrar en la salita pensativo, con el ceño fruncido. Abrió una puerta y llamó al ayuda de cámara.
-Mi buen George, prepáreme una maleta, se lo ruego. Me voy al campo.
-Sí, señor -repuso George.
Era de tipo muy inglés: alto, cadavérico, inexpresivo.
-¡Qué fenómeno tan interesante es una muchacha, George! -observó Poirot dejándose caer sobre el sillón y encendiendo un cigarrillo-. Sobre todo cuando es inteligente, ¿comprendes? Te pide una cosa y al propio tiempo pretende convencerte de que no lo hagas. Para ello se requiere suma finesse d'esprit. Pero esa muchacha es muy lista, sí, muy lista. Sólo que ha tropezado con Hércules Poirot y éste posee una inteligencia excepcional, George.
-Se lo he oído decir al señor varias veces.
-No es el secretario quien le interesa y desprecia la acusación de lady Astwell, pero no quiere que «se altere el sueño de los que duermen». Y yo, George, lo alteraré. ¡Les obligaré
a luchar! En Mon Repos se está desarrollando un drama, un drama humano que me excita los nervios. Y aunque esa pequeña es lista, no lo es lo suficiente. ¿Qué será, señor, lo que vamos a encontrar allí?
Interrumpió la pausa dramática que sucedió a estas palabras la voz de George, que preguntó en un tono muy natural:
-¿El señor desea llevarse el traje de etiqueta? Poirot le miró con tristeza.
-Siempre ese cuidado, esa atención constante a sus obligaciones. Es muy bueno para mí, George -repuso. Cuando el tren de las cuatro y cuarenta y cinco llegó a la estación de Abbots Cross descendió de él monsieur Hércules Poirot, vestido de manera impecable y con los bigotes rígidos
a fuerza de cosmético. Entregó su billete, franqueó la barrera y se vio delante de un chófer de buena estatura.
-¿Monsieur Poirot?
El hombrecillo le dirigió una mirada alegre.
-Así me llaman -dijo.
-Entonces tenga la bondad de seguirme. Por aquí. Y abrió la portezuela de un hermoso Rolls Royce. Mon Repos distaba apenas tres minutos de la estación. Allí el chófer descendió del coche, abrió la portezuela y Poirot echó pie a tierra. El mayordomo tenía ya la puerta de entrada abierta.
Antes de franquear el umbral, Poirot lanzó una rápida ojeada a su alrededor. La casa era hermosa y sólida, de ladrillo rojo, sin ninguna pretensión de belleza, pero con el aspecto de una comodidad positiva.
Poirot entró en el vestíbulo. El mayordomo tomó de sus manos, con la desenvoltura que da la práctica, el abrigo y el sombrero, y a continuación murmuró con esa media voz respetuosa y característica de los buenos servidores:
-Su Señoría espera al señor.
Poirot le siguió pisando una escalera alfombrada. Aquel bien educado sirviente debía ser Parsons, no cabía duda, y sus modales no revelaban la menor emoción. Al llegar a lo alto de la escalera torció a la derecha y marchó seguido de Poirot por un pasillo. Desembocaron en una pequeña antesala en la que se abrían dos puertas. Parsons abrió la de la izquierda y anunció:
-Monsieur Poirot, milady.
La habitación, de dimensiones reducidas, estaba atestada de muebles y de bibelots. Una mujer, vestida de negro, se levantó de un sofá y salió vivamente a su encuentro. -¿Cómo está usted?
Su mirada recorrió rápidamente la figura del detective.
-Bien, ¿y usted, milady? -exclamó éste, tras darle un vigoroso y fugaz apretón de manos.
-¡Creo en los hombres pequeños! Son inteligentes.
-Pues si mal no recuerdo, el inspector Miller es también de corta estatura -murmuró Poirot.
-¡Es un idiota presuntuoso! -dijo lady Astwell-. Siéntese aquí, a mi lado, si no tiene inconveniente.
Indicó a Poirot el sofá y siguió diciendo:
-Lily ha tratado de convencerme de que no le llamase pero ya comprenderá que a mis años sé muy bien lo que quiero.
-¿De veras? Pues es un don poco común -observó Poirot, siguiéndola hasta el sofá.
Lady Astwell sentóse sobre los almohadones y hecho esto, se volvió a mirarle.
-Lily es bonita -dijo-, pero cree saberlo todo y las personas que creen saberlo todo se equivocan. Me lo dice la experiencia. Yo no soy inteligente, no, monsieur Poirot, pero creo en las corazonadas. Y ahora, ¿quiere o no que le diga quién es el asesino de mi marido? Porque una mujer lo sabe.
-¿Lo sabe también miss Murgrave?
-¿Qué le ha dicho ella? -preguntó con acento vivo lady Astwell.
-Nada. Se ha limitado a exponer los hechos del caso.
-¿Los hechos? Sí, son desfavorables a Charles, naturalmente, pero le digo a usted, monsieur Poirot, que él no ha cometido el crimen. ¡Sé que no lo ha cometido!
Lo dijo con una seriedad desconcertante.
-¿Está bien segura, lady Astwell?
-Trefusis mató a mi marido, monsieur Poirot, estoy segura de ello.
-¿Por qué?
-¿Por qué le mató, quiere usted decir o por qué estoy tan segura? ¡Lo sé, repito! Créame, me di cuenta de ello en seguida y lo sostengo.
-¿Beneficia en algo a míster Trefusis la muerte de sir Ruben?
-Mi marido no le deja un solo penique -replicó prontamente lady Astwell-, lo que demuestra que ni le gustaba su secretario ni confiaba en él.
-¿Llevaba mucho tiempo a su servicio?
-Unos nueve años, poco más o menos.
-No es mucho -dijo Poirot en voz baja-. Sin embargo,
sí lo es permanecer ese tiempo al lado de una misma persona. Sí, míster Trefusis debía conocerle a fondo.
Lady Astwell le miró fijamente.
-¿Adónde quiere ir a parar? No veo qué relación tiene una cosa con otra.
-No me haga caso. Mi observación responde a una idea. Es una idea poco interesante, pero original, quizá, que se relaciona con el efecto que produce en algunas personas la servidumbre.
Lady Astwell le seguía mirando fijamente sin comprender.
-Es usted muy perspicaz, ¿verdad? Lo asegura todo el mundo -dijo como si lo pusiera en duda.
Hércules Poirot se echó a reír.
-Quizá me haga el mismo cumplido cualquier día de estos, madame. Pero, volvamos al móvil del crimen. Hábleme del servicio, de las personas que estaban en esta casa el día de la tragedia.
-Charles estaba en ella, naturalmente.
-Tengo entendido que era sobrino de su marido, no de usted...
-En efecto. Charles es el único hijo de una hermana de Ruben. Esta señora se casó con un hombre relativamente rico, pero murió arruinado, como tantos jugadores de Bolsa de la City; su mujer murió también y entonces Charles se vino a vivir con nosotros. Tenía entonces veintitrés años y seguía la carrera de leyes, pero poco después, Ruben le colocó en el negocio.
-¿Era trabajador míster Leverson?
-Veo que posee una comprensión rápida, eso me agrada -dijo lady Astwell-. No, Charles no era trabajador, por desgracia. Y por ello reñía continuamente con su tío, que le reprendía por lo mal que desempeñaba sus obligaciones. Claro que el pobre Ruben no era tampoco muy comprensivo. En más de una ocasión me había visto obligada a recordarle que él también fue joven una vez. Pero había cambiado mucho, monsieur Poirot -concluyó lady Astwell con un suspiro. -Es la vida, milady -repuso Poirot.
-Sin embargo, nunca fue grosero conmigo. Y si alguna vez se fue de la lengua, pobre Ruben, se arrepentía al momento.
-Tenía un carácter difícil, ¿verdad?
-Yo sabía manejarle -repuso lady Astwell con aire de triunfo-, pero a veces perdía la paciencia con los sirvientes. Hay muchas maneras de mandar, monsieur Poirot, pero Ruben no acertaba a dar con la que convenía.
-¿A quién ha legado sir Ruben su fortuna, lady Astwell? -Me deja una mitad y a Charles la otra -replicó lady Astwell-. Los abogados no lo explican de una manera tan rotunda, pero en esencia viene a ser lo mismo tal como le digo.
Poirot hizo un gesto de afirmación.
-Comprendo, comprendo -murmuró-: Ahora le ruego, señora, que me describa a los habitantes de la casa. Viven en ella usted, míster Charles Leverson, sobrino de sir Ruben, el secretario Owen Trefusis y miss Lily Murgrave. Cuénteme alguna cosa de la señorita.
-¿Se refiere a Lily?
-Sí. ¿Lleva muchos años a su servicio?
-Un año tan sólo. He tenido muchas compañeras secretarias, ¿sabe?, pero todas ellas han acabado por excitarme los nervios. Lily es distinta. Está llena de tacto, de sentido común, y además es muy simpática. A mí me gusta tener al lado caras bonitas, monsieur Poirot. Soy muy especial: siento simpatías y antipatías y me guío por ellas. En cuanto vi a esta muchacha me dije: «servirá». Y así ha sido.
-¿Se la recomendó alguna amiga?
-No, vino en respuesta a un anuncio que puse en los periódicos.
-¿Sabe quiénes son sus padres? ¿De dónde procede? -Su padre y su madre viven en la India, según creo. En realidad no conozco muchos detalles de su vida. Pero Lily es una señora. Se ve en seguida, ¿verdad?
-Sí, desde luego, desde luego.
-Yo no soy una señora -siguió diciendo lady Astwell-. Lo sé y los sirvientes también lo saben, pero no soy mezquina. Sé apreciar lo bueno que tengo delante y nadie se ha portado mejor conmigo que Lily. Por ello considero a esa muchacha como a una hija, monsieur Poirot.
Poirot alargó el brazo y colocó en su sitio uno o dos objetos que estaban encima de la mesa vecina. -¿Compartía sir Ruben los mismos sentimientos? -interrogó después.
Tenía puestos los ojos en los pantalones de sport, pero se dio cuenta de la pausa que hizo lady Astwell antes de contestar a la pregunta.
-Los hombres son distintos. Pero los dos estaban en buenas relaciones.
-Gracias, madame -sonrió Poirot. Hubo una pausa.
-Bien, ¿conque todas estas personas estaban aquella noche en casa... a excepción, claro está, de la servidumbre? ¿No es eso?
-También estaba Victor.
-¿Victor?
-Sí, mi cuñado, el socio de Ruben.
-¿Vive con ustedes?
-No, acababa de llegar a Inglaterra. Ha estado varios años en África Occidental.
-En África Occidental -murmuró Poirot.
Se estaba dando cuenta de que si le daban el tiempo suficiente lady Astwell sabría desarrollar, por sí sola, un tema de conversación.
-Dicen que es un país maravilloso, pero a mí me parece que ejerce una influencia perniciosa sobre determinadas personas. Beben mucho y se desmoralizan. Ningún Astwell tiene buen carácter, pero el de Victor ha empeorado desde su ida al África. A mí misma me ha asustado más de una vez.
-Y también a miss Murgrave, ¿no es así?
-¿A Lily? No creo, apenas se han visto.
Poirot escribió una o dos palabras en el diminuto libro de notas que guardaba en el bolsillo.
-Gracias, lady Astwell. Y ahora, si no tiene inconveniente, deseo hablar con Parsons.
-¿Quiere que le diga que suba?
La mano de lady Astwell se acercó al timbre, pero Poirot detuvo el ademán rápidamente.
-¡No, mil veces no! -exclamó-. Bajaré yo a verle.
-Si lo juzga preferible...
Lady Astwell se sintió decepcionada, porque hubiera deseado tomar parte en la futura escena, pero Poirot añadió, adoptando un aire de misterio:
-Preferible, no; es esencial.
Con lo que dejó a la buena mujer impresionada. Encontró a Parsons, el mayordomo, en la cocina, limpiando la plata. Poirot inició la conversación con una de sus graciosas inclinaciones de cabeza.
-Soy detective -dijo.
-Sí, señor, lo sé -repuso Parsons.
Su acento era respetuoso, pero impersonal.
-Lady Astwell envió a buscarme -le explicó Poirot- porque no está satisfecha, no, no está satisfecha.
-He oído decir eso a Su Señoría en diversas ocasiones.
-Bueno. ¿Para qué voy a contarle lo que ya sabe? No perdamos el tiempo en esas tonterías. Condúzcame, por favor, a su habitación y me dirá lo que oyó la noche del crimen. La habitación del mayordomo se hallaba en la planta baja. En el vestíbulo de la servidumbre. Tenía rejas en las ventanas. Parsons indicó a Poirot el angosto lecho.
-Me metí en la cama a las once de la noche, señor --dijo-. Miss Murgrave se había retirado ya a descansar y lady Astwell se encontraba con sir Ruben en la habitación de la Torre.
-¡Ah! ¿Estaba con sir Ruben? Está bien, prosiga.
-Esa habitación está ahí arriba, encima de ésta. Cuando sus ocupantes hablan en voz alta se oye el murmullo de sus voces, pero naturalmente, no se comprende lo que dicen, excepto alguna que otra palabra suelta, ¿comprende? A las once y media dormía a pierna suelta. A las doce me despertó un portazo. Míster Leverson volvía de la calle. Poco después oí el ruido de pasos y a continuación su voz. Hablaba con sir Ruben, por lo visto.
»No puedo asegurarlo, pero me pareció que si no estaba precisamente embriagado se sentía inclinado a hacer ruido y a mostrarse indiscreto porque dijo no sé qué a su tío a voz en cuello. Luego sonó un grito agudo al que sucedió un golpe particular, como la caída de un cuerpo pesado.
Hubo una pausa. Parsons repitió con acento impresionante las últimas palabras.
-La caída de un cuerpo pesado, ¿comprende? Después oí exclamar a míster Leverson, lo mismo que si le tuviera delante: «¡Oh, Dios mío, Dios mío!».
A pesar de su primera y visible repugnancia, Parsons disfrutaba ahora con su relato. Se creía sin duda buen narrador y para llevarle la corriente Poirot hizo un comentario lisonjero.
-Mon Dieu! -murmuró-. ¡Qué emoción debió usted sentir!
-Y que lo diga, señor. Ciertamente, señor -repuso el mayordomo-. Pero entonces no me paré a pensar en lo que sentía o dejara de sentir; sólo se me ocurrió ir a ver lo que pasaba. Por cierto que al encender la luz eléctrica derribé una silla.
»Crucé el vestíbulo de la servidumbre y fui a abrir la puerta del pasillo. Al llegar al pie de la escalera que conduce a la Torre me detuve, indeciso, y entonces sonó por encima de mi cabeza la voz de míster Leverson que decía cordial y alegremente: «Por fortuna no ha sucedido nada. ¡Buenas noches!». Y le oí avanzar, silbando entre dientes, por el pasillo en dirección a su dormitorio.
»Entonces me volví a la cama pensando que sin duda se habría caído algún mueble porque, dígame señor, ¿cómo iba a sospechar que acababa de asesinar a sir Ruben después de darme, con toda despreocupación, míster Leverson, las buenas noches?
-¿Está bien seguro de que oyó usted su voz?
Parsons miró al pequeño belga con aire de compasión. Estaba convencido de lo que afirmaba.
-¿Desea saber algo más el señor?
-No, deseo hacerle una sola pregunta. ¿Le gusta a usted Leverson?
-No le comprendo, señor.
-Se trata de una simple pregunta. ¿Le es simpático míster Leverson?
Parsons pasó del sobresalto al embarazo.
-Es opinión general de la servidumbre... -comenzó a decir; y calló de repente.
-Diga, dígalo en la forma que guste.
-Pues la servidumbre opina, señor, que es un caballero muy generoso, pero... no muy inteligente.
-¡Ah! ¿Sabe, Parsons, que sin tener el gusto de conocerle, me adhiero a esa opinión?
-Ciertamente, señor.
-¿Y puede saberse ahora qué opina usted... qué opina la servidumbre, del secretario de sir Ruben?
-Opina que es un caballero muy callado, muy paciente, que no ocasiona ninguna molestia.
-Vraiment! -dijo Poirot. El mayordomo tosió.
-Su Señoría, señor -murmuró-, es algo precipitada en sus juicios.
-¿De manera que, en opinión de la servidumbre, míster Leverson es el autor del crimen?
-Verá: a nadie le gusta pensar que ha sido él; además, no posee un temperamento criminal.
-Pero tiene mal genio, ¿no es así? Parsons se le acercó un poco más.
-¿Desea saber cuál es el miembro de la familia que tiene peor carácter? -preguntó.
Poirot levantó la mano.
-No -contestó-. Por el contrario, me disponía a preguntarle cuál es el que lo tiene mejor.
Parsons se le quedó mirando con la boca abierta.
Poirot no perdió más tiempo. Le dirigió una amable inclinación de cabeza, porque era amable con todo el mundo, y salió de la habitación al gran vestíbulo cuadrado de Mon
Repos. Al llegar a su centro se detuvo, absorto un instante y después, al oír un leve sonido, ladeó la cabeza como un pajarillo y, sin hacer el menor ruido, se acercó a una puerta.
Al llegar al umbral volvió a detenerse para echarle un vistazo a la habitación que hacía las veces de biblioteca. Sentado a una mesita divisó, escribiendo, a un joven pálido y delgado. Tenía una barbilla saliente y llevaba gafas.
Poirot le examinó unos segundos y a continuación rompió el silencio reinante con una tosecilla teatral.
-¡Ejem! -exclamó.
El joven dejó de escribir y levantó la cabeza. No parecía sobresaltado, pero miró a Poirot con expresión perpleja. Éste avanzó unos pasos.
-¿Tengo el honor de hablar con míster Trefusis? -preguntó-. Me llamo Hércules Poirot. Pero supongo que ya habrá oído hablar de mí...
-Oh, sí, ya lo creo -balbuceó el joven. Poirot le miró con más atención.
Representaba tener unos treinta años y el detective vio en seguida que no era posible que nadie tomara en serio la acusación de lady Astwell, porque míster Trefusis era un joven correcto, atildado, tímido, es decir, el tipo de hombres a quien puede tratarse y se trata sin ningún miramiento.
-Ya veo que lady Astwell le ha hecho venir -dijo-. ¿Puedo servirle en algo?
Se mostraba cortés sin ser efusivo. Poirot tomó una silla y murmuró con acento suave:
-¿Le ha confiado lady Astwell sus sospechas? ¿Está enterado de lo que supone?
Owen Trefusis sonrió un poco.
-Creo que sospecha de mí -contestó-. Es un absurdo, pero no deja de ser cierto. Desde la noche del crimen no me dirige la palabra y cuando yo paso se estremece y se pega a la pared.
Su actitud era perfectamente natural y su voz dejaba traslucir más diversión que resentimiento. Poirot adoptó un aire de atrayente franqueza.
-Quede esto entre nosotros, pero así lo ha dicho -declaró-. Yo no he querido discutir jamás con las señoras, sobre todo cuando se sienten tan seguras de sí mismas. Es una lamentable pérdida de tiempo, ¿comprende?
-Oh, sí, comprendo.
-Sólo le he contestado: «Sí, milady. Perfectamente, milady. Précisement, milady». Esas palabras no significan nada o muy poca cosa, pero tranquilizan. Entretanto llevo a cabo una investigación porque parece imposible que nadie, a excepción de míster Leverson, haya cometido el crimen, pero..., bien, lo imposible ha sucedido ya antes de ahora.
-Comprendo perfectamente su actitud -repuso el secretario- y le ruego que me considere a su entera disposición.
-Bon -dijo Poirot-. Ahora nos entendemos. Tenga la bondad de referirme los acontecimientos de aquella noche. Será mejor para la buena comprensión que comience por la cena.
-Leverson no asistió a ella -dijo el secretario-. Había tenido una seria desavenencia con su tío y se fue a cenar al Golf Club. Por tanto, sir Ruben estaba de pésimo humor. -No era muy amable ese monsieur, ¿verdad? -dijo Poirot.
-¡Oh, no! Era un bárbaro. Le conocí bien; no en balde le serví por espacio de nueve años y digo, monsieur Poirot, que era hombre extraordinariamente difícil de complacer: Cuando se encolerizaba era presa de verdaderos ataques infantiles de rabia, durante los cuales insultaba a todo aquel que se le acercaba. Yo ya me había habituado y adopté la costumbre de no prestar, en absoluto, la menor atención a lo que decía. No era mala persona, pero sí exasperante y bobo. Lo mejor era, pues, no responder ni una palabra.
-¿Se mostraban los demás tan prudentes como lo era usted?
Trefusis se encogió de hombros.
-Lady Astwell disfrutaba oyéndole despotricar. No le tenía miedo, por el contrario le defendía y le daba cuanto exigía. Después hacían las paces porque sir Ruben la quería de veras.
-¿Riñeron la noche del crimen?
El secretario le miró de soslayo, titubeó un momento y contestó luego:
-Así lo creo. ¿Por qué lo pregunta?
-Porque se me ha ocurrido. Eso es todo.
-Naturalmente, no lo sé -explicó el secretario-, pero me parece que sí.
-¿Quién más se sentó a la mesa?
-Miss Murgrave, míster Victor Astwell y un servidor.
-¿Qué hicieron después de cenar?
-Pasamos al salón. Sir Ruben no nos acompañó. Diez minutos después vino a buscarme y me armó un escándalo por algo sin importancia relacionado con una carta. Yo subí con él a la Torre y arreglé el error; luego llegó míster Victor Astwell diciendo que deseaba hablar a solas con su hermano y entonces bajé a reunirme con las señoras.
»Al cabo de un cuarto de hora sir Ruben tocó, con violencia, la campanilla y Parsons vino a rogarme que subiera a la Torre en seguida. Cuando entré en ella salía míster Astwell con tanta prisa que a poco más me derriba. Era evidente que había ocurrido algo y que se sentía trastornado. Tiene un carácter muy violento y es muy posible que no me viera.
-¿Hizo sir Ruben algún comentario?
-Me dijo: «Victor es un lunático; en uno de esos ataques de rabia hará alguna sonada».
-¡Ah! -exclamó Poirot-. ¿Tiene idea de qué trataron?
-No, señor, en absoluto.
Poirot volvió con lentitud la cabeza y miró al secretario. Había pronunciado con demasiada precipitación estas últimas palabras y estaba convencido de que Trefusis podía ha
ber dicho más si hubiera querido. Pero no le instó a que lo dijera.
-¿Y después...? Continúe, por favor.
-Trabajé con sir Ruben por espacio de hora y media. A las once en punto llegó sir lady Astwell y sir Ruben me dio permiso para que me retirase.
-¿Y se retiró?
-Sí.
-¿Tiene idea del tiempo que permaneció lady Astwell haciéndole compañía?
-No, señor. Su habitación está en el primer piso, la mía en el segundo y por esto no la oí salir de la Torre.
-Entendido.
Poirot se puso en pie de golpe.
-Ahora, monsieur, tenga la bondad de conducirme a la Torre.
Siguió al secretario por la amplia escalera hasta el primer rellano y allí Trefusis le condujo por un corredor, y luego por una puerta falsa que había al final, a la escalera de servicio. Sucedía a ésta un corto pasillo que terminaba ante una puerta cerrada. Franqueada esta puerta se encontraron en la escena del crimen.
Era una habitación de techo más elevado que el de los demás de la casa y tenía poco menos de treinta metros cuadrados. Espadas y azagayas ornaban las paredes y sobre las mesas vio Poirot muchas antigüedades indígenas. En uno de sus extremos, junto a una ventana, había un hermoso escritorio. Poirot se dirigió en línea recta hacia aquella mesa.
-¿Es aquí donde encontraron muerto a sir Ruben? -interrogó.
Trefusis hizo un gesto de afirmación.
-¿Le golpearon por detrás, según tengo entendido? El secretario volvió a afirmar con el gesto.
-El crimen se cometió con una de esas armas indígenas -explicó-, tremendamente pesada. La muerte fue instantánea.
-Esto afirma mi convicción de que no fue premeditado. Tras una acalorada discusión, el asesino debió arrancar el... arma de la pared casi inconscientemente.
-¡Sí, pobre míster Leverson!
-¿Y después se encontraría, sin duda, el cadáver caído sobre la mesa?
-No, había resbalado hasta el suelo.
-¡Ah, es curioso!
-¿Curioso? ¿Por qué? -Por eso.
Poirot señaló a Trefusis una mancha redonda e irregular que había en la bruñida superficie de la mesa.
-Es una mancha de sangre, mon ami.
-Debió salpicar o quizá la dejaron después los que levantaron el cadáver -sugirió Trefusis.
-Sí, es muy posible -repuso Poirot-. ¿La habitación tiene dos puertas?
-Sí, ahí detrás hay otra escalera.
Trefusís descorrió una cortina de terciopelo, que ocultaba el ángulo de la habitación más próxima a la puerta de entrada y apareció una escalera de caracol.
-La Torre perteneció a un astrónomo. Esa escalera conduce a la parte superior, donde estaba colocado el telescopio. Sir Ruben instaló en ella un dormitorio y en ocasiones, cuando trabajaba hasta horas avanzadas de la noche, dormía en él.
Poirot subió torpemente los peldaños. La habitación circular en que se terminaba la escalera estaba amueblada simplemente con un lecho de campaña, una silla y un tocador. Después de asegurarse de que no tenía otra salida, Poirot volvió a bajar a la habitación donde Trefusis se había quedado aguardando
-¿Oyó llegar de la calle a míster Leverson? -le preguntó.
Trefusís meneó la cabeza.
-No, señor. Dormía profundamente.
-Eh bien! -exclamó después-. Me parece que ya no nos resta nada que hacer aquí a excepción de..., ¿me hace el favor de correr las cortinas?
Trefusís tiró, obediente, de las pesadas cortinas negras que pendían de la ventana al otro extremo de la habitación. Poirot encendió la luz central oculta en el fondo de un enorme cuenco de alabastro que pendía del techo.
-¿Tiene alguna otra luz la habitación? -interrogó.
El secretario encendió, como respuesta, una enorme lámpara de pie, de pantalla verde, que estaba colocada junto al escritorio. Poirot apagó la del techo, luego la encendió y la volvió a apagar.
-C'est bien -exclamó-. Hemos concluido.
-Se cena a las siete y media -murmuró el secretario.
-Bien. Gracias, míster Trefusis, por sus bondades.
-No hay de qué.
Poirot se dirigió pensativo por el pasillo a la habitación que se le había asignado. El inconmovible George estaba ya en ella sacando la ropa de la maleta.
-Mi buen George -dijo Poirot al verle-, esta noche a la hora de cenar voy a conocer a un caballero que me intriga muchísimo. Vuelve de los trópicos, George, y posee un carácter... muy tropical. Parsons pretendía hablarme de él, pero Lily Murgrave no le ha mencionado. También el difunto sir Ruben tenía un carácter irascible, George. Vamos a suponer que se pusiera en contacto con un hombre más colérico que él, ¿qué pasaría? Que uno de los dos saltaría, ¿,no?
-Sí, señor, saltaría... o no.
-¿No?
-No, señor. Mi tía Jemima, señor, tenía una lengua muy larga y mortificaba sin cesar a una hermana pobre, que vivía con ella. Le hacía la vida imposible, en realidad. Pues bien: la hermana no toleraba que se le defendiera. No soportaba la dulzura ni la conmiseración de las gentes.
-¡Ya! Tiene gracia -observó Poirot. George tosió.
-¿Desea algo más el señor? -dijo muy circunspecto-. ¿Quiere que le ayude a vestirse?
-Mire, hágame un pequeño favor -repuso Poirot prontamente-. Averigüe, si puede, de qué color era el vestido que llevaba miss Murgrave la noche del crimen y qué doncella la sirve.
George recibió el encargo con su impasibilidad acostumbrada.
-El señor lo sabrá mañana por la mañana -contestó. Poirot se levantó de la silla y se situó delante del fuego encendido en la chimenea.
-George, me es usted muy útil -murmuró-. No me olvidaré de la tía Jemima.
Sin embargo, aquella noche no fue presentado a Victor Astwell, a quien sus obligaciones retenían en Londres, según explicó en un telegrama.
-Atiende los negocios de su difunto marido, ¿verdad? -preguntó a lady Astwell.
-Victor era un socio -explicó ella-. Fue al África para echarle una ojeada a unas concesiones mineras que interesaban a la sociedad. Es decir... ¿eran mineras, Lily?
-Sí, lady Astwell.
-Eso es. Son minas de... oro o de cobre o de estaño. Tú debes saberlo, Lily, mejor que yo porque recuerdo que hiciste varias preguntas a Ruben. ¡Oh, cuidado, querida! Vas a tirar ese jarrón.
-Hace calor junto al fuego -dijo la muchacha-. ¿Podría... abrir un poco la ventana?
-Como gustes, querida -repuso lady Astwell.
Poirot siguió con la vista a la muchacha cuando fue a abrir la ventana y permaneció un minuto o dos junto a ella aspirando el aire puro de la noche. A su vuelta aguardó a que tomara asiento para interrogar cortésmente:
-Así que, mademoiselle, le interesa el negocio de minas, ¿no es eso?
-Oh, no, nada de eso -repuso Lily con indiferencia-. Me gustaba escuchar las explicaciones de sir Ruben, pero soy profana en la materia.
-Pues si no te interesa finges muy bien -insinuó lady Astwell- porque el pobre Ruben creía que tenías una razón secreta para interrogarle.
Los ojos del detective no se separaron del fuego que contemplaba fijamente. Sin embargo, advirtió el rubor con que la contrariedad tiñó las mejillas de Lily Murgrave y con sumo tacto cambió de conversación. Cuando llegó la hora de dar las buenas noches dijo a la dueña de la casa:
-¿Me permite dos palabras, madame?
Lily Murgrave se eclipsó discretamente y lady Astwell dirigió una mirada de curiosa interrogación al detective. -¿Fue usted la última persona que vio con vida a sir Ruben? -preguntó Poirot.
Lady Astwell afirmó con un gesto. Las lágrimas brotaron de sus ojos y las enjugó apresuradamente con un pañuelo orlado de negro.
-¡Ah, no se aflija, no se aflija, por Dios!
-Perdón, monsieur Poirot. No puedo remediarlo. -Soy un imbécil y la estoy atormentando.
-No, no, de ninguna manera. Prosiga. ¿Qué iba usted a decir?
-Usted entró en la habitación de la Torre a las once en punto y sir Ruben despidió entonces a míster Trefusis; ¿me equivoco?
-No, señor. Así debió ser.
-¿Cuánto rato estuvo haciendo compañía a su marido?
-Eran las doce menos cuarto cuando entré en mi habitación; lo recuerdo porque miré el reloj.
-Lady Astwell, tenga la bondad de decirme sobre qué versó la conversación que sostuvo con su marido.
Lady Astwell se dejó caer en el sofá y prorrumpió en fuertes sollozos.
-Re... ñi... mos -gimió.
-¿Acerca de qué? -dijo insinuante, casi tiernamente, la voz de Poirot.
-Ah... acerca de... muchas cosas. La cosa comenzó por... Lily. Ruben le cobró antipatía sin motivo y decía haberla sorprendido leyendo sus papeles. Quería despedirla; yo le dije que era muy buena y que no se lo consentiría. Entonces comenzó a... chillarme. Pero yo le hice frente. Le dije todo cuanto pensaba de él.
»En el fondo no pensaba nada malo, monsieur Poirot. Estaba ofendida porque dijo que me había sacado del arroyo para casarse conmigo, pero ¿qué importancia tiene eso ahora? Nunca me perdonaré. Le conocía bien, y yo siempre he sostenido que una buena discusión purifica el ambiente. ¿Cómo iba a saber que iban a asesinarle aquella misma noche? ¡Pobre viejo Ruben!
Poirot había escuchado con simpatía el desahogo.
-Le estoy haciendo sufrir -dijo- y le ofrezco mis excusas. Seamos ahora más materialistas, más prácticos, más
precisos. ¿Sigue aferrada a la idea de que míster Trefusis fue quien mató a su marido?
-Mi instinto de mujer -dijo- no me engaña, monsieur Poirot.
-Exactamente, exactamente -repuso el detective¿Cuándo cometió el hecho?
-¿Cuándo? Cuando me separé de Ruben, naturalmente. -Usted le dejó solo a las doce menos cuarto. A las doce menos cinco entró en la habitación míster Leverson. En esos diez minutos de intervalo, ¿cree que pudo matarle el secretario?
-Es muy posible.
-Son tantas cosas posibles... En efecto, pudo cometer el crimen en diez minutos. ¡Oh, sí! Pero ¿lo cometió?
-Él asegura que estaba en la cama y que dormía profundamente. Es natural. Pero ¿quién nos asegura que nos dice la verdad?
-Recuerde que nadie lo vio.
-Todo el mundo dormía a aquella hora -observó lady Astwell con acento triunfante-; ¿cómo quiere usted que le vieran?
-¡Quién sabe! -se dijo Poirot. Breve pausa.
-Eh bien, lady Astwell, le deseo muy buenas noches. George dejó la bandeja del desayuno sobre la mesilla de noche.
-Miss Murgrave, señor, llevaba puesto la noche del crimen un vestido verde claro, de chiffon.
-Gracias, George. Es usted digno de toda confianza. -La tercera doncella de la casa es la que sirve a miss Murgrave, señor. Se llama Gladys.
-Gracias, George.
-No hay para tanto, señor.
-Hace una hermosa mañana -observó Poirot mirando por la ventana-, pero no parece haberse levantado nadie de
la cama. George, mi buen George, iremos los dos a la Torre y allí haremos un pequeño experimento.
-¿Me necesita realmente, señor? -Sí, el experimento no será penoso.
Cuando llegaron a la habitación seguían las cortinas corridas. George iba a descorrerlas, pero Poirot se lo impidió. -Dejaremos la habitación conforme se halla. Encienda la lámpara de pie.
El sirviente obedeció.
-Ahora, mi buen George, siéntese en esa silla. Colóquese en posición adecuada para escribir. Trés bien. Yo cogeré una azagaya, me acercaré a usted de puntillas..., así... y le asestaré un golpe en la cabeza.
-Sí. señor -repuso George.
-¡Ah! Pero cuando se lo aseste no siga escribiendo. Tenga presente que no voy a pegárselo en realidad. No puedo herirle con la misma fuerza que hirió el asesino a sir Ruben. Estamos representando la escena, ¿entiende? Le doy en la cabeza y usted cae... así. Con los brazos colgando y el cuerpo inerte. Permita que le coloque en posición. Pero no, no tense los músculos.
Poirot exhaló un suspiro de impaciencia.
-Me plancha a maravilla los pantalones, George, pero carece en absoluto de imaginación. Levántese, yo ocuparé su lugar.
Y, a su vez, Hércules Poirot se sentó ante la mesa escritorio.
-Voy a escribir. ¿Lo ve? Estoy muy atareado escribiendo. Acérquese por detrás y pégeme en la cabeza con el garrote. ¡Cras! La pluma se me escapa de los dedos, me echo hacia delante, pero no exageradamente, porque la silla es baja, la mesa es alta y además me sostienen los brazos. Haga el favor, George, de acercarse a la puerta, quédese de pie junto a ella y dígame qué es lo que ve.
-¡Ejem!
-¿Bien, George...?
-Le veo, señor, sentado a la mesa.
-¿Sentado a la mesa?
-No distingo con claridad, señor. Es algo difícil -explicó George-, porque estoy lejos de ella y porque la lámpara tiene una pantalla gruesa. ¿Puedo encender la luz del techo, señor?
-¡No, no! -dijo vivamente Poirot-. No se mueva. Yo estoy aquí, inclinado sobre la mesa, y usted, de pie, junto a la puerta. Avance ahora, George, avance y póngame una mano en el hombro.
George obedeció.
-Inclínese un poco, George, como si quisiera sostenerse sobre los pies. Ah! Voilá!
El cuerpo inerte de Hércules Poirot se deslizó, de manera artística, del sillón al suelo.
-Me caigo... así -observó-. Eso es. Está bien imaginado. Ahora hay que llevar a cabo algo mucho más importante.
-¿De veras, señor?
-Sí, desayunarse.
El detective rió con toda su alma celebrando el chiste.
-¡No pasemos por alto el estómago, George!
George guardó silencio. Poirot bajó la escalera riendo entre dientes. Le satisfacía el giro que tomaban las cosas. Después de desayunarse fue en busca de Gladys, la tercera doncella. Le interesaba todo lo que pudiera referirle la muchacha. Además ella le tenía simpatía a Charles, aunque no dudaba de su culpabilidad.
-¡Pobre señor! -dijo-. Es una lástima que no estuviera sereno aquella noche.
-Él y miss Murgrave son los dos habitantes más jóvenes de la casa. ¿Se llevaban bien?
Gladys meneó la cabeza.
-Miss Murgrave le demostraba mucha frialdad -repuso-. No deseaba alentar sus avances.
-Está enamorado de ella, ¿verdad?
-Un poco quizás. El que está loco por miss Lily es míster Victor Astwell.
Gladys rió.
-¡Ah, vraiment!
Gladys volvió a reír.
-Eso es, loquito por ella. Claro, miss Lily es un lirio en realidad. Tiene una bonita figura y un cabello dorado precioso, ¿no le parece?
-Debería ponerse un vestido verde -murmuró Poirot-. El verde les sienta muy bien a las rubias.
-Pero si ya tiene uno, señor -dijo Gladys-. Ahora no lo lleva, como es natural, porque va de luto, pero se lo puso la noche en que mataron a sir Ruben.
-¿Es verde claro?
-Sí, señor, verde claro. Aguarde y se lo enseñaré. Miss Lily acaba de salir de paseo con los perros.
Poirot hizo un gesto de asentimiento. Lo sabía tan bien como la doncella. La verdad era que sólo después de ver marchar a miss Murgrave había ido en busca de Gladys. Ésta se dio prisa en salir de la habitación y a poco volvió con un vestido verde colgado de su percha.
-Exquis! -murmuró uniendo las manos en señal de admiración-. Permítame que lo acerque un momento a la luz. Se lo quitó a Gladys de las manos, le volvió la espalda y corrió a la ventana. Primero se inclinó sobre él y luego lo colocó lejos de su vista.
-Es perfecto -declaró-. Encantador. Un millón de gracias por habérmelo enseñado.
-No se merecen. Todos sabemos que a los franceses les interesan los vestidos femeninos.
-Es usted muy amable -murmuró Poirot.
La siguió un momento con la vista y a continuación se miró las manos y sonrió. En la derecha sostenía un par de tijeras de las uñas; en la izquierda, un pedacito del vestido de chiffon.
-Y ahora -murmuró-, seamos heroicos. Al volver a su departamento llamó a George.
-En el tocador, mi buen George, me he dejado un alfiler de corbata de oro.
-Sí, señor.
-En el lavabo hay una solución de ácido fénico. Haga el favor de sumergir en ella la punta del alfiler.
George hizo lo que le ordenaban. Hacía tiempo que no le asombraban las extravagancias de su amo. Por otra parte estaba acostumbrado a ellas.
-Ya está, señor.
-Trés bien! Ahora, venga. Voy a tenderle el dedo índice; inserte en él la punta del alfiler.
-Perdón, señor. ¿Desea usted que le pinche?
-Sí, lo ha adivinado. Debe sacarme sangre, ¿comprende?, pero no mucha.
George cogió el dedo de su amo. Poirot cerró los ojos y se recostó en el sillón. El ayuda de cámara clavó el alfiler v Poirot profirió un chillido.
-Je vous remercie, George -dijo-. Lo ha hecho demasiado bien.
Y se enjugó el dedo con un pedacito de chiffon que se sacó del bolsillo.
-La operación ha salido estupendamente bien -observó contemplando el resultado-. ¿No le inspira curiosidad, George? Pues, ¡es admirable!
El ayuda de cámara dirigió una ojeada discreta a la ventana.
-Perdón, señor -murmuró-. Un caballero acaba de llegar en coche.
-¡Ah, ah! -Poirot se puso en pie-. El escurridizo míster Victor Astwell. Voy a conseguir trabar amistad con él. Pero el destino quiso que le oyera antes de poder echarle la vista encima.
-¡Cuidado con lo que haces, maldito idiota! Esa caja encierra un cristal en su interior. ¡Maldito sea! Parsons, quítese de en medio. ¡Ponga eso en el suelo, imbécil!
Poirot se dejó escurrir escalera abajo.
Victor era un hombre corpulento y Poirot le dedicó un saludo cortés.
-¿Quién demonios es usted? -rugió el otro. Poirot volvió a saludar.
-Me llamo Hércules Poirot -dijo.
-¡Caramba! Conque Nancy le llamó por fin, ¿no?
Puso una mano en el hombro del detective y le empujó en dirección a la biblioteca.
-No puede figurarse lo que se habla de usted -dijo luego, mirándole de arriba abajo-. Le pido excuse mis recientes palabras, pero el chófer es un perfecto asno y Parsons un idiota que me sacó de quicio. Yo no puedo sufrir a los idiotas. Usted no lo es, ¿verdad, monsieur Poirot?
-Muy equivocados están los que lo suponen -repuso plácidamente el detective.
-¿De verdad? Bueno, de manera que Nancy le ha llamado... Sí, sospecha del secretario. Pero no tiene razón. Trefusis es tan dulce como la leche..., por cierto que la toma en lugar de agua, según creo. Es abstemio. De modo que pierde usted el tiempo.
-Nunca se pierde el tiempo cuando se tiene ocasión de estudiar la naturaleza humana -dijo Poirot tranquilamente. -La naturaleza humana, ¿eh?
Victor le miró y seguidamente se dejó caer en una silla.
-¿Puedo servirle en algo? -interrogó.
-Sí. Dígame por qué discutió con su hermano la noche del crimen.
Victor Astwell meneó la cabeza.
-No tiene nada que ver con el caso -contestó.
-No estoy seguro de ello.
-Tampoco tiene nada que ver con Charles Leverson.
-Lady Astwell cree que Charles no ha cometido el crimen.
-¡Oh, Nancy!
-Trefusis estaba en la habitación -dijo Poirot-, cuando Charles entró en la Torre aquella noche, pero no le vio. Nadie le vio.
-Se equivoca. Le vi yo.
-¿Usted?
-Sí, voy a explicárselo. Ruben le estuvo pinchando y no sin razón, se lo aseguro a usted. Más tarde se metió conmigo y para irritarle resolví apoyar al muchacho. Luego pensé en ir a verle para ponerle al corriente de lo ocurrido. Cuando subí a mi cuarto no me fui en seguida a la cama. En vez de
ello, dejé la puerta entornada, me senté en una silla y me puse a fumar. Mi habitación está en el segundo piso, monsieur Poirot, y la de Charles se halla al lado de la mía.
-Perdón, voy a interrumpirle, ¿duerme míster Trefusis también en el segundo piso?
Astwell hizo un gesto afirmativo.
-Sí, su habitación está un poco más lejos. -¿O sea, más cerca de la escalera? -No, más lejos.
El rostro de Poirot se iluminó, pero sin reparar en aquella luz, míster Victor Astwell prosiguió:
-Decía que aguardé a Charles. A las doce menos cinco, si no me engaño, oí cerrar de golpe la puerta de la calle, pero no vi a Charles por ninguna parte hasta diez minutos después.
Y cuando subió la escalera me di cuenta enseguida de que no estaba en disposición de escucharme.
Victor arqueó las cejas con aire significativo. -Comprendo -murmuró Poirot.
-El pobre diablo se tambaleaba y estaba muy pálido. Entonces atribuí a su estado aquella palidez. Hoy creo que venía de cometer el crimen.
Poirot le dirigió una rápida pregunta.
-¿Oyó algún ruido proviniente de la Torre?
-No, recuerde que me hallaba en el otro extremo de la casa. Las paredes son gruesas y tal vez no lo crea, pero en el lugar donde me hallaba no hubiera oído ni un disparo siquiera suponiendo que se hubiera hecho en el interior de la Torre.
Poirot hizo un gesto de asentimiento.
-Le pregunté si deseaba ayuda -siguió diciendo Astwell-, pero repuso que se encontraba bien, entró solo en su cuarto y cerró la puerta. Yo me desnudé y me metí en la cama.
Poirot miraba pensativo la alfombra.
-¿Se da cuenta de lo que afirma, míster Astwell, y de la importancia de su declaración?
-Sí, supongo que sí. ¿Por qué? ¿Qué importancia le atribuye?
-Fíjese en que acaba de decir que, entre el portazo de la puerta de la calle y la aparición en la escalera de míster Leverson, transcurrieron diez minutos. Su sobrino asegura, si mal no recuerdo, que tan pronto entró en la casa se fue a dormir. Pero aún hay más. Admito que la acusación de lady Astwell es fantástica aun cuando hasta ahora no se haya demostrado su inverosimilitud. Pero la declaración de usted implica una coartada.
-¿Cómo es eso?
-Lady Astwell dice que dejó a su marido a las doce menos cuarto y que el secretario se fue a dormir a las once. De manera que únicamente pudo cometerse el crimen entre las doce y cuarto y el regreso de Charles Leverson. Ahora bien: si como asegura usted estuvo sentado y con la puerta abierta, Trefusis no pudo bajar de su habitación sin que usted lo viera. -Justamente -dijo el otro.
-¿Existe por allí alguna otra escalera?
-No, para bajar a la habitación de la Torre hubiera tenido que pasar por delante de mi puerta y no pasó, estoy bien seguro. Además, lo repito, monsieur Poirot, ese joven es tan inofensivo como un cordero, se lo aseguro.
-Sí, sí, lo creo -Poirot hizo una pausa-. ¿Querrá explicarme ahora el motivo de su discusión con sir Ruben? El otro se puso colorado.
-¡No me sacará una sola palabra! Poirot fijó la vista en el techo.
-Cuando se trata de una señora -manifestó- suelo ser muy discreto.
Victor se levantó de un salto.
-¡Maldito sea! ¿Qué quiere decir? ¿Cómo sabe usted? -exclamó.
-Me refiero a miss Lily Murgrave -explicó Poirot. Victor Astwell titubeó un instante; de su rostro desapareció el rubor, y volvió a sentarse.
-Es usted demasiado listo para mí, monsieur Poirot -confesó-. Sí, reñimos por causa de Lily. Ruben había descubierto algo acerca de ella que le disgustaba. Me habló de unas referencias falsas..., pero ¡ni creí ni creo una sola palabra!
»Mi hermano llegó más allá. Me aseguró que salía de casa de noche para verse con alguien, con un hombre tal vez. ¡Dios mío! Lo que respondí. Le dije, entre otras cosas, que a mejores hombres que él habían matado por decir menos que eso. Y entonces calló. Cuando me disparaba así Ruben me tenía miedo.
-No me extraña -murmuró Poirot.
-Yo tengo una bonísima opinión de Lily Murgrave -observó Victor en un tono distinto-. Es una muchacha excelente.
Poirot no contestó. Parecía sumido en sus pensamientos y tenía la mirada fija en el vacío. Por fin, de repente, salió de su abstracción.
-Voy a pasearme un poco, lo necesito-comunicó a Victor-. Por ahí hay un hotel, ¿no es cierto?
-Dos -repuso Astwell-. El Golf Hotel, junto al campo de tenis y el Mitre Hotel en el camino de la estación.
-Gracias -dijo Poirot-. Sí, voy a dar un pequeño paseo.
El Golf Hotel se hallaba, como indica su nombre, en los campos de golf, casi al lado del edificio del club. Y a él se encaminó Poirot en el curso del «paseo» de que habló a Victor Astwell. El hombrecillo tenía su manera característica de hacer las cosas. Tres minutos después celebraba una entrevista particular con miss Langdon, la gerente.
-Perdone la molestia, mademoiselle -dijo-, pero soy detective.
Era partidario de la sencillez. Y el procedimiento resultaba eficaz en más de una ocasión.
-¡Un detective! -exclamó miss Langdon mirándole con recelo.
-Sí, aun cuando no pertenezco a Scotland Yard. Pero supongo que ya se habrá dado cuenta. No soy inglés y hago indagaciones particulares sobre la muerte de sir Ruben Astwell.
-¡Muy bien!
Miss Langdon le miró con simpatía.
-Precisamente -el rostro de Poirot se iluminó-, sólo a persona tan discreta revelaría yo mi identidad. Creo, mademoiselle, que usted puede ayudarme. ¿Sabría decirme si un caballero de los que se hospedan en este hotel se ausentó para volver a él entre doce y doce y media de la noche?
Miss Langdon abrió unos ojos como platos.
-¿No creerá que...? -balbuceó.
-¿Qué estuviera aquí el asesino? No, tranquilícese. Pero me asisten buenas razones para creer que uno de sus huéspedes fue hasta Mon Repos y, si así fuera, pudo ver algo que me interesaría conocer.
La gerente meneó la cabeza como quien conoce a fondo los caminos de la ley detectivesca.
-Comprendo perfectamente -dijo-. Veamos ahora a quién teníamos aquí...
Frunció el ceño mientras repasaba mentalmente sus nombres y se ayudaba de cuando en cuando contándolos con los dedos.
-El capitán Swan..., míster Elkins..., el mayor Blunt..., el viejo míster Benson... No, caballero. Ninguno de ellos salió después de cenar.
-Y si hubiera salido lo sabría usted, ¿no es cierto?
-Oh, sí, señor. Porque sería en contra de lo acostumbrado. Muchos caballeros salen antes de cenar, después, no, porque no tienen dónde ir, ¿entiende?
Las atracciones de Abbots Cross eran el golf y nada más que el golf.
-Eso es, ¿de modo, mademoiselle, que nadie salió de aquí después de la hora de la cena?
-Únicamente el capitán England y su mujer. Poirot meneó la cabeza.
-No me interesan. Voy a dirigirme al hotel... Mitre, creo que así se llama, ¿no es eso?
-¡Oh, el Mitre! -exclamó miss Langdon-. Naturalmente que cualquiera pudo salir de allí para dirigirse a Mon Repos.
Y su intención, aunque vaga, era tan evidente, que Poirot realizó una prudente retirada.
Cinco minutos después se repetía la escena, esta vez con miss Cole, la brusca gerente del Mitre, hotel menos pretencioso y de precios más reducidos, que se hallaba cerca de la estación.
-En efecto, aquella noche salió de aquí un huésped y si mal no recuerdo regresó a las doce y media. Tenía por costumbre dar un paseo a esas horas. Lo había hecho ya una o dos veces. Veamos, ¿cómo se llamaba? No puedo recordarlo. ¡Un momento!
Cogió el libro de registro y comenzó a volver las páginas.
-Diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós, ¡ah, ya lo tengo! Capitán Humphrey Naylor.
-¿De modo que se había hospedado antes aquí? ¿Le conoce bien?
-Sí, hace quince días -dijo miss Cole-. Recuerdo que, en efecto, salió la noche que dice usted.
-Habría ido a jugar al golf, ¿no es cierto?
-Así lo creo. Por lo menos es lo que hacen todos los caballeros.
-Es muy cierto. Bien, mademoiselle, le doy infinitas gracias y le deseo muy buenos días.
Poirot regresó pensativo a Mon Repos. Una o dos veces sacó un objeto del bolsillo y lo miró.
-Tengo que hacerlo -murmuró- y pronto. En cuanto se me presente una ocasión.
Lo primero que hizo al entrar en casa fue preguntar a Parsons dónde podría hallar a miss Murgrave. Esta señorita estaba, según el mayordomo, en el estudio, despachando la correspondencia de lady Astwell y el informe pareció satisfacer en extremo a Poirot.
Encontró sin dificultad el pequeño estudio. Lily Murgrave estaba sentada ante la mesa instalada frente a la ventana y escribía. No había nadie más a su lado. Poirot cerró la puerta y se acercó a la muchacha.
-¿Sería tan amable, mademoiselle, que pudiera dedicarme parte de su tiempo?
-Ciertamente.
Lily Murgrave dejó a un lado los papeles y se volvió a él.
-Volvamos a la noche de la tragedia, mademoiselle. ¿Es verdad que al separarse de lady Astwell y mientras ella iba a dar las buenas noches a su marido se fue usted directamente a su habitación?
Lily Murgrave hizo un gesto de afirmación.
-¿Volvió a bajar, por casualidad, al comedor? La muchacha meneó la cabeza en sentido negativo.
-Si mal no recuerdo, mademoiselle, usted dijo que no había entrado en la habitación de la Torre después de cenar. ¿Me equivoco?
-No sé si dije o no semejante cosa, pero no estuve en dicha habitación después de la cena.
Poirot arqueó las cejas.
-¡Es curioso! -exclamó a media voz.
-¿Qué quiere decir?
-Sí, muy curioso -repitió el detective- porque si no fue como afirma, ¿cómo explica usted esto?
Se sacó del bolsillo un pedacito de chiffon verde claro, y lo puso delante de los ojos de Lily Murgrave.
La expresión de ésta no varió, pero Poirot advirtió que se sobresaltaba.
-No comprendo, monsieur Poirot...
-Tengo entendido, mademoiselle, que aquella noche llevaba puesto un vestido de chiffon verde claro. Esto que ve ahí -agitó en el aire el pedacito de tela- formaba parte de él.
-¿Y lo ha encontrado en la habitación de la Torre... o cerca de ella?
Por primera vez la expresión de los ojos de miss Murgrave reveló el miedo que sentía. Quiso abrir la boca para decir algo y la volvió a cerrar en seguida. Poirot, que la observaba, vio que se asía con las manecitas blancas al borde de la mesa.
-¿Estuve en esa habitación... antes de la hora de cenar? -murmuró-. No... No creo. No, casi estoy segura de que no
entré en ella. Y ese pedacito de tela ha estado hasta ahora allí, me parece muy extraordinario que la policía no diera antes con él.
-La policía no piensa lo mismo que Hércules Poirot -repuso el detective.
-Quizás entré un momento antes de cenar -murmuró pensativa, Lily Murgrave- o quizá fuera la noche antes en la que llevaba el mismo vestido. Sí, me parece que fue la noche anterior a la del crimen.
-Pues a mí me parece que no -repuso, sin alterarse, Poirot.
-¿Por qué?
Por toda respuesta, el hombrecillo movió lentamente la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.
-¿Qué quiere decir? -susurró la muchacha.
Se inclinó para mirarla y su rostro perdió el color.
-¿No se da cuenta, mademoiselle, que este fragmento está manchado? Está manchado de sangre, no le quepa duda. -¿Qué quiere decir...?
-Que usted, mademoiselle, estuvo en la Torre después, y no antes de cometerse el crimen. Vale más que me diga toda la verdad para evitar que le sobrevengan cosas peores.
Poirot se puso en pie con el rostro severo y su dedo índice señaló a la muchacha como si la acusara. Estaba imponente.
-¿Cómo lo ha descubierto? -balbuceó Lily.
-El cómo importa poco, mademoiselle. Pero Hércules Poirot lo sabe. También conozco la existencia del capitán Humphrey Naylor y que fue a su encuentro aquella noche.
Lily bajó de pronto la cabeza, que colocó sobre los brazos cruzados, y se echó a llorar sin reparo. Inmediatamente Poirot abandonó su actitud acusadora.
-Ea, ea, pequeña -dijo, dándole golpecitos en un hombro-. No se aflija. No es posible engañar a Hércules Poirot; dése cuenta de esto y a la vez de que sus penas tocan a su fin. Y ahora cuéntemelo todo, ¿quiere? Dígaselo al viejo papá Poirot.
-Lo sucedido no es lo que piensa, ciertamente. Porque
Humphrey, que es mi hermano, no tocó ni un solo cabello de la cabeza de sir Ruben.
-¿Su hermano, dice? -dijo Poirot-. Ya comprendo. Bien, si desea ponerle a cubierto de toda sospecha debe contarme ahora su historia sin reservas.
Lily se enderezó y se echó hacia atrás un mechón de cabello. Poco después refirió con voz baja, pero clara:
-Le diré la verdad, monsieur Poirot, pues ya veo que sería absurdo pretender disimulársela. Mi verdadero nombre es Lily Naylor, y Humphrey es mi único hermano. Hace años, cuando estuvo en África, descubrió una mina de oro, o mejor dicho descubrió la presencia de oro en sus alrededores. No puedo explicarle el hecho con detalles porque no entiendo de tecnicismos, pero he aquí lo que sé:
»El descubrimiento parecía ser de tanta importancia que Humphrey vino a Inglaterra como portador de varias cartas para sir Ruben Astwell, al que confiaba interesar en el asunto. Ignoro los pormenores, pero sé que sir Ruben envió a África a un perito. Sin embargo, dijo después a mi hermano que el informe del buen señor era desfavorable y que se había equivocado. Mi hermano volvió más adelante a África con una expedición, pero pronto dejamos de recibir noticias, por lo que se creyó que él y el grueso de la expedición habrían perecido en el interior.
»Poco más tarde se formaba una Compañía explotadora de los yacimientos auríferos de Mpala. Al regresar mi hermano a Inglaterra se empeñó en que dichos yacimientos eran los mismos que él había descubierto, pero de sus averiguaciones se desprendía que sir Ruben no tenía nada que ver con aquella Compañía y que sus directores habían descubierto por sí mismos la mina.
»El asunto afectó tantísimo a mi hermano que se consideró desgraciado y cada vez se tornaba más violento. Los dos estábamos solos en el mundo, monsieur Poirot, y cuando fue imprescindible que yo me ganara la vida concebí la idea de ocupar un puesto en esta casa. Una vez dentro de ella me dediqué a averiguar si existía en realidad alguna relación entre sir Ruben y los yacimientos auríferos de Mpala. Por razones muy comprensibles oculté al venir aquí mi verdadero apellido y confieso, sin rubor, que me serví de referencias falsas porque había tantas aspirantes a este cargo y con tan buenas calificaciones (algunas eran superiores a las mías) que... bueno, monsieur Poirot, simulé una bonita carta de la duquesa de Perthsire, que yo sabía acababa de marchar a América, convencida de que el nombre de la duquesa produciría su efecto en el espíritu de lady Astwell. Y no me engañaba, porque me tomó en el acto a su servicio.
»Desde entonces he sido espía, cosa que detesto, pero sin éxito hasta hace poco. Sir Ruben no era hombre capaz de revelar sus secretos, ni de hablar a tontas y a locas de sus negocios, pero míster Victor Astwell era menos reservado y a juzgar por lo que me dijo empecé a creer que después de todo no andaba Humphrey tan descaminado. Mi hermano estuvo aquí hace quince días, antes de cometerse el crimen, y fui a verle en secreto. Al saber las cosas que decía míster Victor Astwell se excitó mucho y me dijo que estábamos sobre la verdadera pista.
»Mas a partir de aquel día las cosas adquirieron un giro desfavorable para nosotros; alguien me vio salir a hurtadillas y fue con el cuento a sir Ruben, que, receloso, investigó lo de mis referencias y averiguó pronto el hecho de que habían sido falsificadas. La crisis se produjo el día del crimen. Yo creo que imaginó que yo andaba tras las joyas de su mujer. De todos modos no tenía intención de permitir que yo continuase por más tiempo en Mon Repos, aunque accedió a no denunciarme por la falsificación de los informes. Lady Astwell se puso valientemente de mi parte y le hizo frente durante toda la entrevista.
Lily hizo una pausa. El rostro de Poirot tenía una expresión grave.
-Y ahora, mademoiselle -dijo-, pasemos a la noche del crimen.
Lily tragó saliva e hizo un gesto de asentimiento.
-Para comenzar, monsieur Poirot, diré que mi hermano había vuelto al pueblo y que yo pensaba ir a su encuentro de noche, como de costumbre. Por ello subí a mi habitación, sólo
que no me metí en la cama, como ya he declarado. Lo que hice fue esperar a que se retirasen todos; luego bajé de puntillas la escalera, salí de la casa por la puerta de servicio y al reunirme con mi hermano le referí, en pocas palabras, lo ocurrido. Le dije también que los papeles que deseaba se hallaban con toda seguridad en la caja fuerte de la Torre y convinimos en correr la última y desesperada aventura, es decir, tratar de apoderarnos de ellos aquella misma noche.
»Yo debía entrar en casa primero para asegurarme de que estaba libre el camino, y cuando volví a entrar por la puerta de servicio oí dar las doce en el campanario de la iglesia. Cuando me hallaba a mitad de la escalera que conduce a la Torre oí un golpe sordo y gritar a una voz: «¡Dios mío!». Poco después se abrió la puerta de la habitación de la Torre y salió por ella Charles Leverson. Hubiera podido verme la cara con claridad porque había luna, pero me hallaba agachada, más abajo, en un sitio oscuro y no me vio.
»Estuvo tambaleándose un momento con el rostro blanco como la cera. Parecía escuchar; luego, haciendo un esfuerzo, se rehízo y asomando la cabeza por el hueco de la escalera gritó que no había pasado nada con una voz alegre y despreocupada, que desmentía la expresión de su semblante. Aguardó un minuto más, y después subió lentamente la escalera y desapareció de mi vista.
»Cuando se marchó entré en la habitación de la Torre tras aguardar un instante. Presentía un acontecimiento trágico. La lámpara central estaba apagada, pero la de pie se hallaba encendida y a su luz vi a sir Ruben tendido en el suelo, cerca de la mesa. Todavía ignoro cómo tuve valor para avanzar pero lo hice y me arrodillé junto a él. Le habían atacado por detrás dejándole sin vida, pero no hacía mucho que le habían matado porque le toqué una mano y estaba todavía caliente. ¡Fue horrible, monsieur Poirot, horrible!
Miss Murgrave se estremeció al recordarlo.
-¿Y después...? -interrogó Poirot con una mirada penetrante.
-¿Después? Ya veo lo que está pensando. ¿Que porqué no di la voz de alarma y desperté a todos los habitantes de la casa? Le diré; pensé en hacerlo, de momento, pero mientras estaba allí arrodillada vi, tan claro como la luz, que mi discusión con sir Ruben, mi salida furtiva de casa para ir al encuentro de Humphrey y mi despedida de ella, al día siguiente, podían tener fatales consecuencias. Se diría que yo había franqueado a Humphrey la entrada en la Torre y que para vengarse había matado a sir Ruben. Nadie me daría crédito cuando declarase que había visto salir de ella a Charles Leverson.
»¡Qué horror, monsieur Poirot, qué horror! Pensaba, pensaba, y cuanto más reflexionaba más me faltaba el valor. Mis ojos se posaron de pronto en un manojo de llaves que
siempre llevaba sir Ruben en el bolsillo y que estaban en el suelo, sin duda desde que cayó. Entre ellas estaba la de la caja fuerte, cuya combinación ya conocía, porque la oí en cierta ocasión de los labios de lady Astwell. Tomé el llavero, abrí la caja y realicé un rápido examen de los papeles que contenía.
»Por fin hallé el que buscaba. Humphrey estaba en lo cierto. Sir Ruben respaldaba en secreto a la Compañía de Mpala y había estafado deliberadamente a mi hermano. El hecho venía a empeorar las cosas porque constituía un motivo, bien definido, que pudo impulsar a Humphrey a cometer el crimen. Por ello volví a meter los documentos en la caja, cuya llave dejé en la cerradura, y subí a mi habitación. Cuando más adelante descubrió una doncella el cadáver, fingí sorprenderme y horrorizarme tanto como los demás habitantes de la casa.
Lily calló y miró con ojos suplicantes al detective.
-¿Me cree usted? ¡Diga que me cree, por favor! -exclamó.
-La creo, mademoiselle -repuso Poirot-. Acaba de explicarme usted varias cosas que me tienen perplejo. Entre ellas la convicción que alberga de la culpabilidad de Charles Leverson y sus visibles esfuerzos para impedirme que viniera a esta casa.
Lily bajó la cabeza.
-Le tenía miedo -confesó con franqueza-. Lady Astwell no tiene los motivos que yo tengo para juzgarme culpable y no podía decirlo. Por eso confiaba, contra toda esperanza, que se negara usted a encargarse de la solución del caso.
-Quizá me hubiera negado -dijo Poirot en un tono seco- de no haber reparado en su ansiedad disimulada.
-Y ahora, ¿qué piensa hacer, monsieur Poirot? -preguntó.
-Respecto a usted, nada, mademoiselle, nada. Creo en su historia y la acepto por buena. Mi próximo paso es la ida a Londres, pues deseo ver al inspector Miller.
-¿Y después?
-Después... ya veremos.
Al salir del estudio, el detective miró una vez más al pedacito de chiffon verde que todavía llevaba en la mano. «Es sorprendente la astucia de Hércules Poirot», se dijo complacido.
El inspector Miller simpatizaba poco con monsieur Hércules Poirot. No pertenecía ciertamente a aquel grupo reducido de inspectores que acogían con agrado la cooperación del pequeño belga. Solía decir que andaba despistado. En el presente caso sentíase tan seguro de sí mismo que saludó a Poirot con visibles muestras de buen humor.
-¿Representa a lady Astwell? Bien, creo que no debe hacerle mucho caso.
-¿De manera que no cabe dudar de la culpabilidad del criminal?
Miller le guiñó un ojo.
-Le hemos cogido, como quien dice, con las manos en la masa. No existe caso más claro.
-¿Ha prestado ya declaración?
-Sí, pero más le hubiera valido tener la boca cerrada -dijo Miller-. Repite a todo el que quiere oírle que pasó directamente de la calle a su habitación y que no vio para nada a su tío. Pero es un cuento... mal urdido.
-Sí, va contra toda evidencia -murmuró Poirot-. ¿Qué opinión le merece ese joven, míster Miller?
-Le tengo por un bobo rematado.
-Y por un carácter débil, ¿no?
El inspector hizo un gesto afirmativo.
-La verdad es que parece mentira que haya tenido... ¿cómo dicen ustedes?, hígados para hacer una cosa así. -En efecto -dijo el inspector-. Pero no es la primera vez que sucede. Coloque usted entre la espada y la pared a un mozalbete débil y disipado como éste, llénele el cuerpo de unas gotas de vino y verá en lo que se convierte. Un hombre débil, acorralado, es más peligroso que otro cualquiera.
-Es cierto, sí; es mucha verdad lo que dice.
Miller siguió diciendo:
-Para usted es lo mismo, monsieur Poirot, porque percibe una remuneración fija y naturalmente tiene que hacer un examen de las pruebas para satisfacer a su señoría. Lo comprendo.
-Usted comprende muchas cosas interesantes -murmuró Poirot, despidiéndose.
Luego fue a ver al abogado encargado de la defensa de míster Leverson. Míster Mayhew era un caballero seco, delgado, prudente, que recibió a monsieur Poirot con cierta reserva. Sin embargo, este último sabía despertar confianza y poco después los dos hablaban amistosamente.
-Ya comprenderá -dijo Poirot- que en este caso actúo exclusivamente en beneficio de míster Leverson. Tales son los deseos de lady Astwell. Su Señoría está convencida de la inocencia de su sobrino.
-Sí, sí, naturalmente -repuso Mayhew sin ningún entusiasmo.
Poirot le guiñó un ojo.
-A pesar de que ni usted ni yo -agregó- demos gran importancia a la opinión de lady Astwell.
-No, porque del mismo modo que cree hoy en su inocencia -dijo secamente el abogado- dudará mañana de ella.
-Sus intenciones no son una demostración, está claro
-dijo Poirot- y en vista de lo ocurrido, el caso se presenta mal, muy mal, para el pobre muchacho.
-Sí, es una lástima que dijera lo que dijo a la policía; no le conviene seguir aferrado a la misma historia.
-¿Le refirió a usted lo mismo?
-Sin variar ni un ápice -repuso-; parece un lorito.
-Claro, y esto destruye la fe que podría tener en él -murmuró Poirot-. ¡Ah, no lo niegue! -agregó rápidamente levantando la mano-. Usted no cree en el fondo en su inocencia. Lo veo claramente. Pero escuche a Hércules Poirot. Vea la distinta versión del caso:
»Cuando ese joven llega a Mon Repos ha bebido un cóctel, luego otro, y otro, muchos cócteles de whisky con soda al estilo del país, y se siente lleno de un valor... ¿cómo lo denominan ustedes? ¡Ah, sí! Un valor holandés. Introduce la llave en la cerradura, abre la puerta y sube con paso vacilante a la habitación de la Torre. Al mirar desde la escalera ve a la luz difusa de la lámpara a su tío que escribe sentado a la mesa.
»Ya he dicho que míster Leverson siente un valor fanfarrón, de manera que se deja llevar y dice a su tío todo lo que opina de él. Le desafía, le insulta, y como el tío no responde se va animando y repite todo lo que ha dicho en voz cada vez más alta. Pero al fin el silencio ininterrumpido de sir Ruben le llena de súbita aprensión. Se aproxima a él, le pone la mano en un hombro y a su contacto el cadáver se escurre de la silla y cae inerte al suelo.
»El hecho le disipa la borrachera. Mientras cae la silla con estrépito, él se inclina sobre sir Ruben. Entonces se da cuenta de lo ocurrido, retira la mano y la ve teñida de rojo. Presa de pánico, daría cualquier cosa por no haber proferido el grito que acaba de salir de sus labios y que ha despertado ecos dormidos en la casa. Maquinalmente recoge la silla, sale a la escalera y aplica el oído. Cree oír ruido procedente de abajo e inmediatamente simula hablar con su tío.
»El sonido no se repite. Convencido de su error, seguro de que nadie le ha oído, se dirige a su habitación en silencio y allí se le ocurre que lo mejor será afirmar que no ha ido a
la habitación de la Torre en toda la noche. Por esto refiere siempre la misma historia. Parsons no dijo nada en un principio para no perjudicarle. Y cuando lo dijo era tarde para que míster Leverson pensara otra cosa. Es estúpido, es obstinado, y por eso se aferra a su historia. Dígame, monsieur, ¿cree posible lo que le digo?
-Sí, si sucedió como usted lo cuenta, es posible -repuso el abogado.
-A usted se le ha concedido el privilegio de ver a míster Leverson -dijo-. Explíquele lo que acabo de referirle y pregúntele si es o no cierto.
Poirot tomó un taxi en cuanto se vio en la calle.
-Harley Street, número 348 -dijo al taxista.
La partida de Poirot cogió a lady Astwell de sorpresa porque el detective no había hecho mención de lo que pensaba hacer. A su regreso, tras de una ausencia de veinticuatro horas, Parsons le comunicó que la dueña de la casa deseaba verle lo antes posible. Poirot encontró a la dama en su tocador. Estaba recostada en el sofá, con la cabeza apoyada en los almohadones, y parecía hallarse enferma, así como mucho más apesadumbrada que el día de la llegada del belga a Abbots Cross.
-¿De modo que ha vuelto, monsieur Poirot?
-He vuelto, milady.
-¿Fue usted a Londres? Poirot hizo seña de que sí.
-¡Sin embargo, no me lo dijo! -exclamó vivamente lady Astwell.
-Perdón, milady. Debía hacerlo así. La prochaine fois...
-¡Hará exactamente lo mismo! -interrumpió lady Astwell-. Primero actúa y luego se explica. Es su divisa, lo veo.
-¿Quizá también por ser la divisa de milady? -dijo con un guiño Poirot.
-De vez en cuando -admitió-. ¿A qué fue usted a la capital, monsieur Poirot? ¿Puede decírmelo ahora?
-A celebrar una entrevista con el bueno de míster Miller y otra con el excelente míster Mayhew.
Lady Astwell le dirigió una mirada escudriñadora.
-¿Y ahora...?
Poirot la miró fijamente.
-Existe la posibilidad de que míster Charles Leverson sea inocente -repuso con acento grave.
-¡Ah! -lady Astwell hizo un movimiento tan brusco que echó a rodar por tierra los almohadones-. ¿Ve como tengo razón, lo ve?
-Fíjese que he dicho la posibilidad, madame.
El acento con que profirió estas palabras el detective llamó la atención de lady Astwell, e incorporándose sobre un codo le dirigió una mirada penetrante.
-¿Puedo servirle de algo? -interrogó después.
-Sí -Poirot hizo una señal afirmativa-. Dígame, lady Astwell, ¿por qué sospecha de Owen Trefusis?
-Porque sé que es el criminal. Esto es todo.
-Por desgracia no basta eso. Esfuércese por recordar, madame, la noche fatal. Pase revista mental a los detalles, a los acontecimientos más insignificantes. ¿Qué dijo o hizo el secretario durante ella? Porque haría o diría algo, no cabe duda...
Lady Astwell meneó la cabeza.
-La verdad -confesó -es que apenas reparé en él.
-¿Le preocupaba otra cosa?
-Sí.
-¿La animadversión de su marido por miss Lily Murgrave tal vez?
-Justamente. Veo que lo sabe tan bien como yo, monsieur Poirot.
-Yo lo sé todo -declaró con aire impresionante el hombrecillo.
-Quiero muchísimo a Lily, monsieur Poirot, ya ha podido verlo por sí mismo, y Ruben comenzó a desbarrar. Me dijo que Lily había falsificado las referencias que me presentó y no lo niego: las falsificó. Pero yo misma he hecho cosas peores, porque cuando se trata con empresarios de teatro hay que tener picardía, por esto no existe nada que no haya escrito, dicho o hecho en mis buenos tiempos.
»Lily tenía que ocupar el puesto que se le ofrecía y por esta razón hizo algo reprensible desde su punto de vista, monsieur Poirot, no lo pongo en duda. Pero los hombres son exigentes y poco comprensivos y a juzgar por el escándalo que armó Ruben cualquiera hubiese dicho que había sorprendido a Lily robándole millones de libras. Yo, la verdad, me disgusté mucho, porque si bien usualmente conseguía calmar a mi marido, aquella noche estuvo terriblemente obstinado el pobrecillo. De manera que ni reparé en el secretario ni creo que nadie reparara tampoco en él. Sé que estaba en casa, eso es todo.
-Sí; míster Trefusis carece de una personalidad acusada, ya me he fijado -dijo Poirot-. No tiene el menor relieve.
-En efecto. No se parece a Victor.
-Míster Victor Astwell es... explosivo en alto grado, ¿verdad?
-Sí, explosivo es la palabra adecuada -dijo lady Astwell-. Sus palabras, sus actos, tienen mucha semejanza con esos fuegos artificiales que se lanzan en las plazas.
-Tiene el genio vivo, ¿no es cierto?
-Oh, cuando se le hostiga es un perfecto demonio, pero vea lo que son las cosas, no me inspira el menor miedo. Víctor ladra, pero no muerde.
Poirot fijó la vista en el techo.
-¿De manera que no puede decirme nada acerca del secretario? -murmuró.
-Ya lo he dicho y lo repito, monsieur Poirot. Nada sé. Me guía una intuición únicamente.
-Con ella no se ahorca a un hombre, y lo que es más: tampoco se salva a un hombre de la horca. Lady Astwell, si cree sinceramente en la inocencia de míster Leverson y supone que sus sospechas tienen un sólido fundamento, ¿me permite llevar a cabo un pequeño experimento?
-¿De qué especie? -preguntó con recelo lady Astwell.
-¿Me permite que la coloque en estado de hipnosis?
-¿Para qué?
Poirot se inclinó hacia ella.
-Si dijera a usted, madame, que su intuición se basa en unos hechos registrados en su subconsciente se mostraría escéptica. Por ello digo solamente que ese experimento puede tener suma importancia para míster Charles Leverson, ese joven infortunado.
-¿Y quién me pondrá en estado de trance? ¿Usted?
-Un amigo mío, lady Astwell, que llega, si no me equivoco, en este momento, porque oigo fuera un coche.
-¿Quién es ese señor?
-El doctor Cazalet, de Harley Street.
-¿Es... digno de crédito?
-No es un charlatán, madame, si es esto lo que se figura. Puede ponerse en sus manos sin la menor desconfianza. -Bueno -lady Astwell exhaló un suspiro-. No creo en esa clase de experimentos, pero probaremos si le parece. Que no se diga que le pongo inconvenientes.
-Mil gracias, milady.
Poirot salió presuroso de la habitación. Poco después regresó acompañado de un hombrecillo jovial, de cara redonda, con lentes, que modificó al momento la idea que lady Astwell se había formado de un hipnotizador. Poirot hizo la presentación.
-Bueno -dijo con visible buen humor la dueña de la casa-. ¿Cuándo vamos a comenzar... este sainete?
-En seguida, lady Astwell. Es muy fácil, sumamente fácil -dijo el recién llegado-. Usted échese ahí, en el sofá..., eso es..., eso es... No se ponga nerviosa.
-¿Nerviosa yo? -exclamó lady Astwell-. ¡Quisiera ver quién es el guapo que se atreve a hipnotizarme en contra de mi voluntad!
El doctor Cazalet le dirigió una amplia sonrisa.
-Si consiente no será en contra de su voluntad, ¿comprende? -replicó alegremente-. Bien, apague esa luz, ¿quiere, monsieur Poirot? Y usted, lady Astwell, dispóngase a echar un sueñecito.
El doctor varió levemente de postura.
-Se hace tarde..., usted tiene sueño..., tiene sueño. Le pe-
san los párpados..., ya se cierran..., ya se cierran... Pronto quedará profundamente dormida.
La voz del doctor se asemejaba a un zumbido apagado, monótono, tranquilizador. Poco después se inclinaba para volver con suavidad un párpado de lady Astwell. A continuación se volvió a Poirot y le hizo una seña visiblemente satisfecho.
-Ya está -dijo en voz baja-. ¿Prosigo? -Sí, por favor.
La voz del doctor asumió ahora un tono vivo y muy autoritario.
-Duerme usted, lady Astwell, pero me oye y puede responder a mis preguntas -dijo.
Sin moverse, sin agitar un párpado siquiera, la figura tendida en el sofá respondió en voz baja e inexpresiva:
-Le oigo. Puedo responder a sus preguntas.
-Hablemos de la noche en que asesinaron a su marido. ¿La recuerda?
-Sí.
-Usted está sentada a la mesa. Es la hora de cenar. Descríbame lo que vio, lo que sentía.
La figura tendida en el sofá se agitó con desasosiego.
-Estoy muy disgustada. Me preocupa Lily.
-Ya lo sabemos. Cuéntenos lo que vio.
-Victor se come las almendras saladas; es muy glotón. Mañana diré a Parsons que no ponga el plato de las almendras en ese lado de la mesa.
-Continúe, lady Astwell.
-Ruben está de mal humor. No creo que Lily tenga toda la culpa. Hay algo más. Piensa en sus negocios. Victor le mira de un modo raro.
-Hablemos de míster Trefusis, lady Astwell.
-Tiene deshilachado un puño de la camisa. Se pone una cantidad excesiva de gomina en el pelo. Los hombres usan gomina. Me gustaría que no lo hicieran porque echan a perder las fundas de las butacas.
Cazalet miró a Poirot y éste le hizo una seña.
-Ha pasado la hora de la cena y está tomando el café, lady Astwell. Descríbanos la cena.
-El café está bueno, cosa rara, porque no puedo fiarme de la cocinera, que es muy variable. Lily mira sin cesar por la ventana, ignoro por qué. Ruben entra en el salón ahora. Está de un humor pésimo y estalla. Lanza toda una sarta de palabras ofensivas contra el pobre míster Trefusis. Éste tiene en la mano el cortapapeles grande, grande como un cuchillo y lo empuña con fuerza. Me doy cuenta porque tiene blancos los nudillos. ¡Vaya!, ahora lo empuña lo mismo que si fuera a clavárselo a alguien... Ahora han salido juntos él y mi marido. Lily lleva puesto el vestido verde claro; está muy bonita con él, bonita como un lirio. La semana que viene ordenaré que laven esas fundas...
-¡Un momento, lady Astwell! El doctor se inclinó a Poirot.
-Me parece que ya lo tenemos -murmuró-. La maniobra de Trefusis con el cortapapeles la ha convencido de que el secretario verificó el crimen.
-Pasemos ahora a la habitación de la Torre.
El doctor hizo un gesto de asentimiento y volvió a someter a lady Astwell al interrogatorio con voz conminatoria.
-Se hace tarde; usted se halla con su marido en la habitación de la Torre. ¿Han reñido, no es eso?, y durante un rato.
La figura tendida volvió a agitarse, inquieta.
-Sí..., ha sido terrible, terrible. ¡La de cosas lamentables que nos hemos dicho!
-No piense ahora en ello. ¿Ve la habitación con claridad? Las cortinas están corridas, las luces encendidas...
-No, no hay encendida más que la lámpara de pie.
-Bien, ahora deja a su marido, se despide de él...
-No me despido de él. Estoy muy enfadada.
-Ya no volverá a verle; le asesinarán pronto. ¿Sabe quién le mató, lady Astwell?
-Sí. Míster Trefusis.
-¿Por qué?
-Porque divisé el bulto, un bulto detrás de las cortinas.
-¿Había un bulto al otro lado?
-Sí, casi lo tocaba.
-¿Era un hombre que se ocultaba? ¿Míster Trefusis?
-Sí.
-¿Cómo lo sabe?
Por vez primera la monótona voz titubeó en responder y perdió el acento confiado.
-Porque... vi su juego con el cortapapeles. Poirot y el doctor cambiaron una rápida mirada.
-No comprendo, lady Astwell. Usted dice, ¿verdad?, que había un bulto detrás de las cortinas. ¿Se ocultaba alguien al otro lado? ¿Vio usted a la persona que se ocultaba? -No.
-¿Cree que era míster Trefusis porque le vio empuñar el cortapapeles en el salón?
-Sí.
-Pero había subido ya a su habitación...
-Sí, sí, ya había subido.
-Si es así, no podía estar allí escondido.
-No, no podía estar allí.
-¿Fue a despedirse antes que usted de su marido?
-Sí.
-¿Y ya no volvió a verle?
-No.
Lady Astwell se agitaba, se movía de un lado a otro, gemía en voz baja.
-Está saliendo del trance -dijo el doctor-. Bien, ya nos ha dicho todo lo que sabe, ¿no le parece?
Poirot hizo un gesto afirmativo. El doctor se inclinó sobre lady Astwell.
-Despierte -dijo con acento suave-. Despierte, ya. Dentro de un minuto abrirá los ojos.
Los dos hombres aguardaron y en efecto, lady Astwell abrió al punto los ojos y les miró, sorprendida.
-¿He dormido la siesta? -preguntó.
-Sí, lady Astwell, ha echado un sueñecito -repuso el doctor.
Ella le miró.
-Ya veo que me ha hecho víctima de una de sus jugarretas -manifestó.
-Si no se encuentra peor... Lady Astwell bostezó.
-No, solamente muy cansada -repuso. El doctor se puso en pie.
-Voy a pedir una taza de café y después les dejaré, de momento -dijo.
Cuando los dos hombres llegaban junto a la puerta preguntó la dueña de la casa:
-¿He... revelado algo?
Poirot volvió la cabeza, sonriendo.
-Nada de importancia, madame. Sabemos de sus labios que las fundas de las butacas necesitan ir sin remedio al lavadero.
-Así es. No había que ponerme en estado de trance para que les comunicara eso -repuso riendo lady Astwell-. ¿Nada más?
-¿Recuerda si míster Trefusis entró aquella noche? -No estoy muy segura. Pudo haber entrado.
-¿Le dice algo el bulto que había detrás de las cortinas? Lady Astwell frunció las cejas.
-Recuerdo que... -dijo lentamente-. No... la idea se disipa... sin embargo...
-Bien, no se preocupe, lady Astwell -dijo Poirot rápidamente-. No tiene importancia... no, ninguna.
El doctor acompañó a Poirot hasta su habitación. -Bien -dijo Cazalet-. Creo que eso lo explica todo muy bien. No hay duda de que cuando sir Ruben insultó al secretario éste asió el cortapapeles y que tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para no actuar contra él de un modo violento. La mente de lady Astwell se hallaba ocupada por entero con el problema de Lily Murgrave, pero su subconsciente captó y reconstruyó equívocamente la acción de Trefusis.
»Inculcó en ella la firme convicción de que Trefusis había matado a sir Ruben. Pasemos ahora al bulto de las cortinas. Es muy interesante. Por lo que me ha referido deduzco que la mesa de la habitación de la Torre está colocada al lado de la ventana y, naturalmente, que ésta tiene cortinas.
-Sí, mon ami, unas cortinas de terciopelo negro.
-¿Y queda espacio entre las cortinas y el alféizar de la ventana para que pueda ocultarse alguien?
-Sí, pero un espacio muy justo, quizá.
-Entonces existe la posibilidad -dijo el doctor lentamente- de que, en efecto, se hubiera ocultado alguien en la habitación, no el secretario, ya que se le vio salir de ella. No era Victor Astwell porque Trefusis se lo tropezó al salir como tampoco pudo ser Lily Murgrave. Quien quiera que fuese estaba allí antes de que sir Ruben entrase en la habitación después de cenar. Usted ha descrito bien la situación. ¿Qué me dice del capitán Naylor? ¿Podía ser él quien estuviera escondido allí?
-Es siempre posible -admitió Poirot-. Porque si bien es verdad que cenó en el hotel es difícil de precisar con exactitud a qué hora salió de éste. Lo que puede asegurarse es su regreso a las doce y media de la noche.
-Entonces fue él -dijo el doctor- quien se escondió y él también quien cometió el crimen, pues sabemos que no le faltaban motivos y además tenía el arma a mano. Pero, veo que no le satisface la idea...
-Es que... tengo otras en la cabeza -confesó Poirot-. Dígame, monsieur le Docteur, supongamos por un momento que la misma lady Astwell hubiera cometido el crimen, ¿se descubriría necesariamente en estado de trance?
El doctor silbó entre dientes.
-Conque vamos a parar a eso, ¿eh? -murmuró-. Usted sospecha de lady Astwell. Sí, naturalmente, es posible que sea una criminal a pesar de no haber caído en ello hasta ahora. Es la última persona que estuvo al lado de sir Ruben... y ya nadie volvió a verle con vida. Respecto a su pregunta me inclino a responder, no. Si lady Astwell entrase en trance hipnótico firmemente resuelta a no declarar su participación en el crimen, respondería con toda sinceridad a sus preguntas, pero guardaría silencio acerca de este último punto. Tampoco demostraría tanta insistencia en afirmar la culpabilidad de míster Trefusis.
-Comprendido -dijo Poirot-. Pero no he dicho que sea culpable lady Astwell. Se trata de una idea, eso es todo.
-Este caso es uno de los más interesantes que he conocido -dijo minutos después el doctor-. Ya que aun dando por hecho que míster Leverson era inocente, existen muchos presuntos culpables: Humphrey Naylor, lady Astwell, incluso Lily Murgrave.
-Y otro que no menciona: Víctor Astwell -concluyó tranquilamente Poirot-. Según dice, estuvo sentado en su habitación, con la puerta bien abierta, en espera de que míster Leverson regresase. Pero ¿podemos fiarnos de su palabra?
-¿Victor Astwell? ¿Se refiere al individuo ese que tiene mal genio?
-Precisamente.
El doctor se puso en pie.
-Bien, me vuelvo a la ciudad -dijo-. Ya me comunicará el giro que toman las cosas.
En cuanto se marchó el doctor, Poirot tocó el timbre. Llamaba a su ayuda de cámara.
-Una taza de tisana, George. Tengo los nervios destrozados.
-Sí, señor. En seguida.
Diez minutos después volvió con una taza humeante en la mano. Poirot aspiró con placer el humo que se desprendía de ella. Y mientras tomaba la tisana dijo en voz alta:
-Las leyes de caza son las mismas aquí que en el mundo entero. Para coger al zorro los cazadores montan a caballo y le echan los perros. Se corre, se grita, es cuestión de velocidad. Para cazar el ciervo (lo sé por mi amigo Hastings, pues yo no lo he cazado jamás) se emplea distinto sistema. Hay que arrastrarse sobre el estómago por espacio de largas horas. Mi buen George, aquí hay que emplear un procedimiento parecido al del gato doméstico. Éste se sitúa por espacio de largas horas aburridas ante la madriguera del ratón y le acecha, sin verificar el menor movimiento, sin dar síntomas de impaciencia y al propio tiempo renunciar a su propósito.
Poirot suspiró y dejó la taza en el plato.
-Le encargué que me trajera lo necesario para varios días. Mañana, mi buen George, marchará a Londres y me traerá lo necesario para dos semanas.
-Bien, señor -repuso George sin revelar la más leve sorpresa.
Sin embargo, la continua permanencia de Hércules Poirot en Mon Repos originó inquietud en otras personas y Victor Astwell habló del hecho con su hermana política.
-Todo está muy bien, Nancy, pero tú no sabes cómo son estos detectives. Éste vive aquí como el pez en el agua, es evidente y se dispone a pasar en la finca todo un mes a tu costa, desde luego, ya que le pagas a razón de dos guineas diarias.
Lady Astwell contestó que sabía cuidar sola sus intereses. Lily Murgrave trataba, muy en serio, de disimular su turbación. Estuvo segura de que Poirot creía en su historia, pero ahora lo dudaba.
Poirot no jugaba limpio. A los quince días de su estancia en Mon Repos sacó, a la hora de la cena, un álbum pequeño de huellas dactilares. Como procedimiento para obtener las de los habitantes de la casa parecía una estratagema muy gastada. Sin embargo, nadie se atrevió a negarse a poner sobre él las yemas de los dedos. Sólo después que se retiró a descansar manifestó Victor Astwell lo que pensaba.
-¿Comprendes lo que significa eso, Nancy? ¡Que sospecha de uno de nosotros!
-¡Victor, no seas absurdo!
-¿Para qué ha exhibido ese álbum de huellas dactilares si no fuera por eso?
-Monsieur Poirot sabe muy bien lo que hace -dijo lady Astwell con complacencia, dirigiendo a Trefusis una mirada de soslayo.
En otra ocasión, Poirot introdujo un juego en la reunión:
el de dibujar las huellas de los pies de los presentes sobre una hoja de papel. A la mañana siguiente entró con paso furtivo en la biblioteca sobresaltando a Owen Trefusis, que dio un salto en la silla como si de repente acabasen de dispararle un tiro.
-Perdone, monsieur Poirot -dijo con la habitual mansedumbre-, pero si he de serle franco nos tiene a todos con los nervios de punta.
-¿De veras? ¿Y por qué razón? -repuso el detective simulando inocencia.
-Pues porque considerábamos el asunto de míster Leverson como un caso patente, pero por lo visto opina usted de manera distinta.
Poirot, que miraba por la ventana, se encaró bruscamente con él.
-Voy a revelarle algo en confianza, míster Trefusis -dijo.
-¿Sí?
Mas Poirot no se dio prisa en empezar. Aguardó, titubeando un momento y cuando habló, sus palabras coincidieron con el ruido que hizo al abrirse y luego al cerrarse la puerta de la calle. Con una voz sonora que desmentía su reserva dijo ahogando los pasos que sonaban fuera en el vestíbulo:
-Afirmo, y que esto quede entre nosotros, míster Trefusis, que poseo la prueba de que cuando Charles Leverson entró por la noche en la habitación de la Torre, sir Ruben había fallecido ya.
El secretario se le quedó mirando.
-¿Posee la prueba? ¿Cómo no lo ha dicho antes? -interrogó.
-Lo sabrá a su debido tiempo. Entretanto, ¡silencio! Sólo usted y yo compartimos el secreto.
Al salir de la habitación se tropezó con Victor Astwell, que estaba en el vestíbulo, al otro lado de la puerta.
-Ya veo, monsieur, que acaba usted de llegar. Astwell hizo una seña de que así era, en efecto.
-Por cierto -comentó luego- que hace un día frío y ventoso, ¡un tiempo de perros!
-¡ Ah! Si es así no daré el acostumbrado paseo. Soy como los gatos, amo el calor, prefiero sentarme junto al fuego.
-Esto marcha -dijo por la tarde, frotándose las manos, a su fiel servidor-. Pronto darán el salto. Es duro, George, hacer el papel de gato y dura la espera, pero compensa, sí, compensa a las mil maravillas.
Al día siguiente, Trefusis tuvo que despachar determinado asunto en la ciudad y partió en el mismo tren que míster Victor Astwell. En cuanto salieron de la casa se apoderó de Poirot la fiebre de la actividad.
-¡George! ¡Manos a la obra! -exclamó-. Si fuera la doncella a limpiar esas habitaciones, entreténgala. Dígale cosas bonitas, George, pero ¡que no pase del corredor!
Comenzó sus pesquisas por la habitación del secretario, donde ni cajón ni estantería quedaron sin examinar. Luego colocó apresuradamente todo en su sitio y dio el registro por concluido. George, que estaba de guardia en la puerta, tosió con respeto.
-¿Me permite el señor?
-Sí, mi buen George.
-Los zapatos, señor. Los dos pares de color oscuro estaban en el segundo estante y los de cuero abajo. Al volver a ponerlos en ellos ha invertido usted el orden. Téngalo en cuenta.
-¡Maravilloso! -Poirot juntó las manos-. Pero no nos preocupemos porque no vale la pena. No tiene importancia, George, te lo aseguro. Míster Trefusis no es capaz de reparar en cosa tan pequeña.
-Como guste el señor.
-Claro que usted tiene el hábito de fijarse en todo -observó Poirot animándole mediante una palmadita en el hombro- y por cierto que le honra mucho.
El criado no contestó. Cuando, más adelante, Poirot repitió la operación matinal en la habitación de Victor Astwell no hizo el menor comentario a pesar de que el detective no puso la ropa blanca en los cajones con el debido cuidado. Sin embargo, en este segundo caso la razón estaba de su parte, no de la de Poirot, ya que Victor les armó un escándalo a su llegada por la noche.
-¿Qué se propone el belga del demonio con el registro de mi habitación? -vociferó-. ¿Qué diantre supone que va a encontrar en ella? ¡No toleraré que se repitan estas cosas!, ¿comprende? ¡Vean lo que se saca con tener en casa a un hurón, a un espía!
Poirot abrió los brazos con gesto elocuente y las palabras surgieron a cientos, a miles, a millones de su boca. Había estado torpe, oficioso y se sentía confuso. Se tomaba una libertad excesiva por lo que pidió a Victor mil perdones. De manera que el enfurecido caballero tuvo que ceder refunfuñando todavía.
Cuando; más tarde se tomó el detective la taza de tisana, murmuró:
-Esto marcha, mi buen George, sí: ¡esto marcha!
-El viernes es mi día -observó pensativo Hércules Poirot-. Me trae suerte.
-Ciertamente, señor.
-¿Es supersticioso también, mi buen George? -Prefiero no sentar a trece a la mesa, señor, y me disgusta tener que pasar por debajo de una escalera, pero no albergo ninguna superstición acerca de los viernes.
-Bien, hoy ha de ver nuestro Waterloo.
-Sí, señor.
-Siente tal entusiasmo, mi buen George, que ni siquiera me pregunta lo que me propongo hacer...
-¿Qué es, señor?
-El registro final de la habitación de la Torre.
En efecto, después de desayunarse y con permiso de lady Astwell, Poirot pasó a la escena del crimen. Allí, a horas diversas de la mañana, los habitantes de la casa le vieron gatear
por el suelo, someter a meticuloso examen las cortinas de terciopelo negro, ponerse de pie sobre las sillas y escudriñar los marcos de los cuadros que colgaban de las paredes. Y por primera vez lady Astwell se sintió realmente intranquila.
-Debo confesar que ese hombre me ataca los nervios
-dijo-. No sé qué es lo que se trae entre manos, pero se arrastra por el suelo como un perro y me estremece. Desearía saber qué es lo que anda buscando. Lily, querida, levántate y ve a ver lo que hace. No, aguarda, prefiero que te quedes a mi lado.
-¿Desea que vaya yo a ver, lady Astwell? -preguntó su secretario, saliendo de detrás de la mesa.
-Si no tiene inconveniente, míster Trefusis...
Owen Trefusis salió de la habitación y subió la escalera que llevaba a la habitación de la Torre. A primera vista diríase vacía, no se veía a Hércules por ninguna parte. Trefusis disponíase a volver sobre sus pasos cuando oyó un ligero ruido, levantó la mirada y vio al hombrecillo que se hallaba, de pie, en mitad de la escalera de caracol que conducía al dormitorio situado encima.
Se hallaba agachado y en la mano izquierda sostenía una lente de aumento con la que examinaba minuciosamente el zócalo de madera y la alfombra.
Al posar el secretario los ojos en él, profirió un gruñido y se guardó la lente en el bolsillo. Luego se puso de pie sosteniendo algo entre los dedos índice y pulgar. En aquel momento se dio cuenta de la presencia de Trefusis.
-¡Ah, ah, el secretario! -dijo-. No le he oído llegar. Parecía otro hombre. El triunfo y la exaltación resplandecían en su rostro.
Trefusis le miró sorprendido.
-Le veo muy satisfecho, monsieur Poirot. ¿Qué sucede? ¿Hay novedades?
-Ya lo creo -respondió-. Sepa que por fin encuentro lo que desde un principio andaba buscando. Lo tengo aquí, entre el índice y el pulgar. Es la prueba que necesito de la culpabilidad del criminal.
El hombrecillo ensanchó el pecho y el secretario arqueó las cejas.
-¿De modo que no es míster Charles Leverson?
-No. No es Charles Leverson. Ahora ya sé quién es, aun cuando no estoy seguro de su nombre. Sin embargo, todo está claro como la luz.
Poirot bajó los últimos peldaños de la escalera y le dio un golpecito en el hombro al secretario.
-Debo marchar inmediatamente a Londres -le participó-. Comuníqueselo a lady Astwell en mi nombre. Dígale que deseo que esta noche, a las nueve en punto, estén todos ustedes en la habitación de la Torre. Yo me reuniré con ustedes y les revelaré la verdad del caso. ¡Ah!, estoy muy satisfecho.
Y tras marcar el compás de una danza de su invención, Poirot salió de la Torre. Aturdido, Trefusis le siguió con la mirada.
Poco después Poirot entró en la biblioteca para pedirle una cajita de cartón.
-No poseo ninguna, por desgracia -explicó- y debo guardar dentro un objeto de valor.
Trefusis sacó una del cajón de la mesa y Poirot se manifestó encantado.
Al correr escaleras arriba con su tesoro se tropezó con George que a la sazón estaba en el descansillo y le entregó la caja.
-Dentro hay un objeto de suma importancia -le explicó-. Colóquela, mi buen George, en el segundo cajón del tocador, junto al estuche que contiene los gemelos de perlas.
-Bien, señor.
-Tenga cuidado, no vaya a romperla -le encargó el detective-. Dentro hay algo que llevará a la horca al criminal.
-¡No me diga, señor! -exclamó el criado.
Poirot volvió a bajar de prisa la escalera, tomó el sombrero y se alejó a buen paso.
Su vuelta fue menos ostentosa. De acuerdo con sus órdenes, el fiel George le franqueó la entrada en la casa por la puerta de servicio.
-¿Están todos en la habitación de la Torre?
-Sí, señor.
Los dos cambiaron unas palabras, a media voz y luego Poirot subió la escalera con el aire triunfante del vencedor y
entró en la misma habitación en que, aún no hacía un mes, se había verificado el crimen. Todo el mundo se hallaba reunido ya allí: lady Astwell, Lily Murgrave, el secretario y Parsons, el mayordomo. Este último se mantenía con visible azoramiento cerca de la puerta y preguntó a Poirot:
-George, señor, me ha dicho que es necesaria mi presencia, pero no sé si debo...
-Sí, siéntese, por favor -repuso el detective.
Y avanzó unos pasos hasta situarse en el centro de la habitación.
-Éste es un caso interesantísimo -dijo reflexivamente-, sobre todo porque todos ustedes han podido asesinar a sir Ruben. En efecto, ¿quién hereda su fortuna? Charles Leverson y lady Astwell. ¿Quién estuvo a su lado hasta el fin la última noche de su vida? Lady Astwell. ¿Quién riñó violentamente con él? ¡Siempre lady Astwell!
-¡Oiga! ¿De qué está usted hablando? -exclamó la aludida-. No le comprendo...
-Pero no fue ella sola; otras personas discutieron también con su marido -siguió diciendo Poirot con acento pensativo-. Una de ellas se separó de él con el rostro blanco de furia. Suponiendo que lady Astwell dejara a su marido con vida a las doce y cuarto de la noche, transcurrieron diez minutos en que le fue posible a alguien que se hallara en el segundo piso bajar de puntillas, llevar a cabo la hazaña y volver después cautelosamente a su habitación.
Victor dio un grito y se levantó de un salto.
-¿Qué demonios...? -comenzó a decir iracundo. Y calló porque le ahogaba la rabia.
-Usted, míster Astwell, mató a un hombre en África durante un ataque de cólera...
-¡No lo creo! -exclamó Lily Murgrave.
Y avanzó con las manos cerradas, con dos manchas de color en las mejillas.
-No lo creo -repitió colocándose al lado de Victor Astwell.
-Es cierto, Lily -dijo este último-, pero por causas que ese hombre ignora. El hombre a quien maté en un arrebato
era un médico brujo que acababa de asesinar a quince niños. El hecho justificaba mi locura. Así lo considero.
Lily se aproximó a Poirot.
-Monsieur Poirot -dijo con acento grave-, se engaña usted. Un hombre puede tener mal genio, puede llegar a romper cosas, a proferir insultos, o amenazas, pero no cometerá un crimen sin motivo. Lo sé, lo sé, repito, míster Astwell es incapaz de semejante cosa.
Poirot la miró y una sonrisa particular iluminó su rostro. Luego la asió por una mano y dio varias palmaditas suaves en ella.
-Veo, mademoiselle, que también usted tiene sus intuiciones. ¿Cree en míster Astwell, no es cierto?
Lily repuso sin alterarse:
-Míster Astwell es un hombre excelente, un hombre honrado. No tiene que ver con el trabajo de zapa de los campos de oro de Mpala. Es bueno de pies a cabeza y le he dado palabra de matrimonio.
Victor se acercó a ella y le tomó la otra mano.
-¡Declaro ante Dios, monsieur Poirot -dijo con acento solemne-, que no maté a mi hermano!
-Lo sé -repuso el detective.
Sus ojos abarcaron la habitación de una sola ojeada.
-Escuchen, amigos -dijo-. En trance hipnótico lady Astwell ha confesado que aquella noche vio el bulto de un hombre escondido detrás de las cortinas.
Todas las miradas se dirigieron a la ventana.
-¿De manera que el asesino se escondió ahí detrás? ¡Magnífica solución! -exclamó Astwell.
-No se escondió ahí; se escondió allí -dijo con un tono suave el detective.
Giró sobre los talones y les señaló las cortinas que tapaban la escalera de caracol.
-Sir Ruben había utilizado el dormitorio la noche antes. Desayunóse en la cama e hizo subir a míster Trefusis para darle instrucciones. Ignoro qué fue lo que míster Trefusis se dejó en esa habitación, pero se dejó algo. Después de dar las buenas noches a sir Ruben y a lady Astwell lo recordó y corrió en su busca escaleras arriba. No creo que sir Ruben ni lady Astwell reparasen en él porque habían iniciado ya una violenta discusión. Cuando estaban enzarzados en ella volvió a bajar la escalera míster Trefusis.
»Las cosas que el matrimonio se decían eran de naturaleza tan íntima y personal que, naturalmente, colocaron al secretario en una situación embarazosa. Se daba cuenta de que le creían lejos de la Torre y por temor a suscitar la cólera de sir Ruben decidió quedarse donde estaba en espera de poder escurrirse, sin ser visto, más adelante. Permaneció, pues, oculto, tras las cortinas de la escalera y por ello al salir lady Astwell reparó, inconscientemente, en un bulto que formaba su cuerpo.
»Trefusis trató luego de salir a su vez sin que le vieran, pero sir Ruben volvió de improviso la cabeza y se dio cuenta de la presencia del secretario.
»Señoras y caballeros, debo decirles que no he seguido en balde unos cursos de psicología. Por consiguiente durante estos días he estado buscando no al hombre o la mujer de mal genio, sino al hombre paciente, al que por espacio de nueve años ha sabido dominar sus nervios y ha desempeñado el último papel de los ocupantes de la casa. Por ello me doy cuenta de que no existe una tensión más exagerada que la que él ha soportado durante este tiempo, ni tampoco existe resentimiento mayor del que en su interior ha ido acumulando.
»Por espacio de nueve años seguidos, sir Ruben le ha ofendido, le ha insultado, ha abusado de su paciencia y él todo lo ha soportado en silencio. Pero al fin llega un día en que la tensión llega a su colmo, en que se rompe la cuerda tirante y ¡pum! salta. Eso es lo que sucedió aquella noche. Sir Ruben volvió a sentarse a la mesa, pero en lugar de dirigirse humilde y mansamente a la puerta, el secretario tomó la azagaya de madera y asestó el golpe con ella al hombre que tanto le había provocado.
Trefusis se había quedado de piedra. Poirot se volvió a mirarle.
-Su coartada era de las más simples. Todos le creían en
su habitación, sin embargo, nadie le vio dirigirse a ella. Mientras procuraba salir de la Torre sin hacer ruido, oyó un rumor y se apresuró a ocultarse otra vez detrás de la cortina. Allí estaba pues cuando entró Charles Leverson y también seguía allí cuando llegó Lily Murgrave. Después de desaparecer esta última, cruzó andando de puntillas la casa silenciosa. ¿Lo niega, míster Trefusis?
Trefusis balbució:
-Yo... jamás...
-Terminemos. Hace dos semanas que representa usted una comedia y hace dos semanas que me esfuerzo por demostrarle cómo se cierra la red a su alrededor. Las huellas digitales, las de los pies, respondían a un solo objeto: el de aterrorizarle. Usted ha debido permanecer despierto por las noches, temiendo y preguntándose continuamente: «¿Habré dejado huella de mis manos o de mis pies en la habitación?».
»Más de uña vez habrá pasado revista a los acontecimientos pensando en lo que hizo o dejó de hacer y de esta manera le he ido atrayendo a un estado propicio para que diera el resbalón. Cuando cogí hoy un objeto en la misma escalera donde estuvo escondido, he visto retratado en sus ojos el miedo y por ello le pedí la cajita que confié a George antes de salir de casa.
Poirot se volvió a medias.
-¡George! -llamó.
-Aquí estoy, señor.
El criado avanzó unos pasos.
-Dé cuenta de mis instrucciones a estas señoras y caballeros.
-Yo debía permanecer escondido, señor, en el armario ropero de su habitación después de guardar la cajita en el sitio que me señaló. A las tres y media de esta tarde vi al criminal.
-En esta caja había yo guardado un alfiler común -explicó Poirot-. Digo la verdad. Esta mañana lo encontré en la escalera de caracol y como dice el refrán: «quien ve un alfiler y lo recoge tiene asegurada la suerte», lo cogí y ya lo ven ustedes. ¡Acabo de descubrir al criminal!
Poirot se volvió al secretario.
-¿Lo ve? -dijo en un tono suave-, ¡usted mismo se ha traicionado!
Trefusis cedió de repente. Sollozando se dejó caer en una silla y ocultó la cara en las manos.
-¡Me volví loco -gimió-, loco, Dios mío! Ya no podía más. Hace años que odiaba y despreciaba a sir Ruben.
-¡Lo sabía! -exclamó lady Astwell.
Dio un salto hacia adelante; de su rostro irradiaba la luz del triunfo.
-¡Sabía que era él quien había cometido el crimen!
Y se colocó de súbito delante del detective, salvaje y triunfante.
-Sí, tenía razón-confesó éste-. Es verdad que pueden darse nombres distintos a una misma cosa, pero el hecho queda. Su intuición, lady Astwell, no le engañaba. La felicito cordialmente.





EL EXPRESO DE PLYMOUTH


Alec Simpson, de la Marina Real, subió en la estación de Newton Abbot a un compartimiento de primera clase del expreso de Plymouth. Le seguía un mozo con la pesada maleta. Al ir a colocarla en la red se lo impidió el joven marino.
-No, déjela encima del asiento. Yo mismo la colocaré en la red. Tome usted.
-Gracias, señor.
El mozo se retiró satisfecho de la generosa propina.
Las portezuelas se cerraron de golpe; una voz estentórea gritó: «Cambio de tren en Torquay. Próxima parada Plymouth». Sonó luego un silbido y el tren salió lentamente de la estación.
El teniente Simpson tenía todo el coche para él solo. El aire de diciembre era frío y subió la ventanilla. Luego olfateó expresivamente y frunció el entrecejo. ¡Qué olor más particular! Le recordaba el hospital y la operación de la pierna. Eso es. Olía a cloroformo.
Volviendo a bajar la ventanilla varió de asiento ocupando el que daba la espalda a la locomotora. Hecho esto sacó la pipa del bolsillo y la encendió. Luego permaneció pensativo un instante, fumando, mirando la oscuridad.
Cuando salió de su ensimismamiento abrió la maleta, sacó de su interior libros y revistas, volvióla a cerrar y trató sin éxito de colocarla debajo del asiento. Un obstáculo invisible se lo impedía. Impaciente la empujó con más fuerza. Pero continuó sin entrar.
-¿Por qué no entrará del todo? -se preguntó.
Maquinalmente tiró de ella y se agachó para ver lo que había detrás. En seguida sonó un grito en la noche y el gran tren hizo alto obedeciendo a un imperioso tirón de la alarma.
-Ya sé, mon ami, que le interesa el caso misterioso del expreso de Plymouth -me dijo Poirot-. Lea esto detenidamente.
Extendí el brazo y tomé la carta que me alargaba desde el otro lado de la mesa. Era muy breve y decía así:


«Muy señor mío:
»Le quedaré muy agradecido si se sirve venir a verme cuando y como le acomode.
»Su afectísimo servidor,

Ebenezer Halliday.»


Como no me parecía muy clara la relación que guardaba esta carta con el acontecimiento que acabo de narrar miré a Poirot con aire perplejo.
Por toda respuesta cogió un periódico y leyó en voz alta: «Anoche se verificó un descubrimiento sensacional en una de las líneas férreas de la capital. Un joven oficial de Marina que volvía a Plymouth encontró debajo del asiento del coche el cadáver de una mujer que tenía un puñal clavado en el corazón. El oficial dio la señal de alarma y el tren hizo alto. La mujer, de unos treinta años poco más o menos, no ha sido identificada todavía».
-Vea lo que el mismo periódico dice más adelante: «Ha sido identificado el cadáver de la mujer asesinada en el expreso de Plymouth. Se trataba de la honorable mistress Rupert Carrington». ¿Comprende, amigo mío? Si no lo comprende, sepa que mistress Rupert Carrington se llamaba, antes de su matrimonio, Flossie Halliday, hija del viejo Halliday, rey del acero, que reside en Estados Unidos.
-¿Y este señor se llama Halliday? ¡Magnífico!
-En cierta ocasión tuve la satisfacción de prestarle un pequeño servicio. Se trataba de unos bonos al portador. Y una vez cuando fui a París para presenciar la llegada de un personaje real hice que me señalasen a mademoiselle Flossie. La denominaban la jolie petite pensionnaire y tenía también una jolie dot. Causó sensación. Pero estuvo en un tris de hacer un mal negocio.
-¿De veras?
-Sí, con un llamado conde de la Rochefour. Un bien mauvais sujet! Una mala cabeza, como dirían ustedes. Era un aventurero que sabía cómo se conquista a una muchacha romántica. Por suerte el padre lo advirtió a tiempo y se la llevó a Estados Unidos. Dos años después supe que había contraído matrimonio, pero no conozco al marido.
-¡Hum! -exclamé-. El honorable Rupert Carrington no es lo que se dice un Adonis. Además todos sabemos que se arruinó en las carreras de caballos e imagino que los dólares del viejo Halliday fueron a parar muy oportunamente a sus manos. Es un mozo bien parecido, tiene buenos modales, pero en materia de pocos escrúpulos, ¡no tiene rival!
-¡Ah, pobre señora! Elle n'est pas bien tombée!
-Supongo, no obstante, que debió ver en seguida que no era ella sino su fortuna la que seducía a su marido, porque no tardó en separarse de él. Últimamente oí decir que habían pedido la separación legal y definitiva.
-El viejo Halliday no es tonto y debe tener bien amarrado el dinero.
-Probablemente. Además todos sabemos que el honorable Carrington ha contraído deudas.
-¡Ah, ah! Yo me pregunto...
-¿Qué?
-Mi buen amigo, no se precipite. Ya veo que el caso despierta su interés. Acompáñeme, si gusta, a ver a Halliday. Hay una parada de taxis en la esquina.



Pocos minutos después estábamos delante de la soberbia finca de Park Lane alquilada por el magnate estadounidense. En cuanto llegamos se nos condujo a la biblioteca donde, casi al instante, se nos incorporó un caballero de aventajada estatura, corpulento, de mentón agresivo y ojos penetrantes.
-¿Míster Poirot? -preguntó, dirigiéndose al detective-. Supongo que no hay necesidad de que le explique por qué le he llamado. Usted lee el periódico y yo no estoy dispuesto a perder el tiempo. Supe que estaba aquí, en Londres, y recordé el buen trabajo que llevó a cabo para mí en cierta ocasión, porque jamás olvido a las personas que me sirven a mi entera satisfacción. No me falta el dinero. Todo lo que he ganado era para mi pobre hija y ahora que ha muerto estoy resuelto a gastar hasta el último penique en la búsqueda del malvado que me la arrebató. ¿Comprende? A usted le encargo ese cometido.
Poirot saludó.
-Y yo acepto, monsieur, con tanto más gusto cuanto que la vi varias veces en París. Ahora le ruego que me explique con todo detalle las circunstancias de su viaje a Plymouth, así como todo lo que crea conveniente.
-Bien, para empezar le diré a usted -repuso Halliday- que mi hija no se dirigía a esa localidad. Pensaba asistir a una fiesta en Avonmead Court, finca que pertenece a la duquesa de Paddington, en el tren de las doce y cuarto y llegar a Bristol donde tenía que efectuar un transbordo a las dos cincuenta minutos. Los expresos que van a Plymouth corren vía Westbury, como ya es sabido, y por eso no pasan por Bristol. Además, tampoco el tren de las doce y cuarto se para en dicha localidad después de detenerse en Weston, Taunton, Exeter y Newton Abbot. Mi hija viajaba sola en su coche, un reservado para señoras, y su doncella iba en un coche de tercera.
Poirot hizo seña de que había entendido y Halliday prosiguió:
-En las fiestas de Avonmead se incluían varios bailes y mi hija se llevó casi todas sus joyas, cuyo valor asciende en total a unos cien mil dólares.
-¡Un momento! -interrumpió Poirot-. ¿Quién se hizo cargo de éstas, ella o la doncella?
-Mi hija. Siempre las llevaba consigo en un estuche azul de tafilete.
-Bien. Continúe, monsieur...
-En Bristol, la doncella, Jane Mason, tomó la maleta y el abrigo de su señora y se dirigió al compartimiento de Flossie. Mi hija le notificó que no pensaba apearse del tren, sino que iba a continuar el viaje. Ordenó a Mason que sacara del furgón de cola el equipaje y que lo depositara en la estación. Mason podía tomar el té en el restaurante, pero sin moverse de la estación hasta que volviera a Bristol su señora en el último tren de la tarde. La muchacha se sorprendió, pero hizo lo que se le ordenaba. Dejó en consigna el equipaje y se fue a tomar una taza de té. Pero aun cuando los trenes fueron llegando, uno tras otro, durante toda la tarde, su señora no apareció. Finalmente dejó donde estaba el equipaje y se fue a un hotel vecino donde pasó la noche. Por la mañana supo la tragedia y volvió a casa sin perder momento.
-¿Conoce algo que pueda explicarnos el súbito cambio de plan de su hija?
-Bien; según Jane, en Bristol, Flossie ya no iba sola en el coche. La acompañaba un hombre que se asomó a la ventanilla opuesta para que ella no le viera la cara.
-El tren tendría pasillo, ¿no es eso?
-Sí.
-¿En qué lado se hallaba?
-En el del andén. Mi hija estaba de pie en él cuando habló con Mason.
-¿Y usted no duda de ...?, pardon! -Poirot se levantó colocando en correcta posición el tintero que se había movido-. Je vous demande pardon -dijo volviendo a sentarse-, pero me atacan los nervios las cosas torcidas. Es extraño, ¿no? Bien. Decía, monsieur, ¿no duda que ese encuentro inesperado ocasionara el súbito cambio de plan de su hija?
-No lo dudo. Me parece la única suposición razonable.
-¿Tiene alguna idea de la identidad del caballero?
-No, no, en absoluto.
-¿Quién encontró el cadáver?
-Un joven oficial de marina que se apresuró a dar la voz de alarma. Había un médico en el tren, y examinó el cuerpo de mi pobre hija. Primero le dieron cloroformo y después la apuñalaron. Flossie llevaba muerta unas cuatro horas, de manera que debió cometerse el crimen a la salida de Bristol, probablemente entre éste y Weston, o entre Weston y Tauton seguramente.
-¿Y el estuche de las joyas? -Ha desaparecido, míster Poirot.
-Todavía otra pregunta, monsieur; ¿a quién debe ir a parar la fortuna de su malograda hija a su fallecimiento? -Flossie hizo testamento después de su boda. Lo deja todo a su marido -el millonario titubeó aquí un momento y en seguida agregó-: Debo confesar, míster Poirot, que considero un perfecto bribón a mi hijo político y que, de acuerdo conmigo, mi pobre hija iba a verse libre de él por vía legal, lo que no es cosa difícil de conseguir. Él no podía tocar un solo céntimo en vida de ella, pero desde hace unos años, aunque vivían separados, Flossie accedía a satisfacer sus peticiones de dinero para no dar lugar a un escándalo. Por ello, yo estaba resuelto a poner término a tal estado de cosas. Por fin Flossie se avino a complacerme y mis abogados tenían órdenes de iniciar las gestiones preliminares del divorcio. -¿Dónde habita el honorable Carrington?
-En esta ciudad. Tengo entendido que ayer estuvo ausente, pero que volvió por la noche.
Poirot reflexionó un momento. Luego dijo:
-Creo que esto es todo, monsieur. -¿Desea ver a la doncella Jane Mason? -Sí, por favor.
Halliday tocó un timbre y dio una breve orden al criado que acudió a la llamada. Minutos después entró Jane en la habitación. Era una mujer respetable, de facciones duras y parecía emocionarle tan poco la tragedia como a todos los servidores.
-¿Me permite unas preguntas? -dijo Poirot-. ¿Reparó si su señora estaba igual que siempre ayer por la mañana? ¿No estaba excitada ni nerviosa?
-¡Oh, no, señor!
-¿Y en Bristol?
-En Bristol, sí, señor. Me pareció que se sentía trastornada y tan nerviosa que no sabía lo que decía.
-¿Qué fue lo que dijo exactamente?
-Bien, señor, si mal no recuerdo dijo: «Mason, debo alterar mis planes. Ha sucedido algo que... No. Quiero decir que no pienso apearme del tren, esto es todo. Debo continuar el viaje. Saque mi equipaje del furgón y llévelo a consigna; tome luego una taza de té y espéreme en la estación.
»-¿Que la espere, madame? -pregunté.
»-Sí, sí. No salga de ella. Yo volveré en el último tren. Ignoro a qué hora. Pero será tarde.
»-Está bien, madame -repuse yo-. No estaba bien que le hiciera ninguna pregunta, pero pensé que lo que sucedía era muy extraño.
-¿No entraba eso en las costumbres de su señora?
-No, señor.
-¿Y qué pensó usted?
-Pues pensé, señor, que lo que sucedía guardaba relación con el caballero que iba en el coche. La señora no le habló, pero una o dos veces se volvió a mirarle.
-¿Le vio el rostro?
-No, señor, porque me daba la espalda.
-¿Podría describírmelo?
-Llevaba puesto un abrigo castaño claro y una gorra de viaje. Era alto y esbelto y tenía el cabello negro.
-¿Le conocía usted?
-Oh, no. No lo creo, señor.
-¿No sería por casualidad su antiguo amo, míster Carrington?
Mason se sobresaltó.
-¡Oh, no lo creo, señor! -Pero ¿no está segura?
-Tenía la misma estatura del señor. Pero lo he visto tan pocas veces que no afirmo que fuera él. ¡No, señor!
Había un alfiler sobre la alfombra. Poirot lo recogió y lo miró con rostro severo, frunciendo el ceño. Luego continuó:
-¿Le parece posible que el desconocido subiera al tren en Bristol antes de que llegara usted al reservado?
Mason se detuvo a pensarlo.
-Sí, señor. Es posible. Mi compartimiento iba atestado y pasaron varios minutos antes de poder salir del vagón. Luego la gente que llenaba el andén hizo que me retrasase. Pero supongo que de ser así, el desconocido hubiera dispuesto únicamente de un minuto o dos para hablar con mi señora, por lo que me parece más probable que llegase por el pasillo.
-Sí, ciertamente. Es más probable.
Poirot hizo una pausa, siempre con el ceño fruncido.
-¿Sabe el señor cómo iba vestida la señora?
-Los periódicos dan poquísimos detalles, pero puede ampliarlos, si gusta.
-Llevaba, señor, una toca de piel blanca, velo blanco de lunares y un vestido azul eléctrico.
-¡Hum! ¡Qué llamativo!
-Sí -observó míster Halliday-. El inspector Japp confía en que ese atavío nos ayudará a determinar el lugar en que se cometió el crimen ya que toda persona que haya visto a mi hija conservará su recuerdo.
-Précisément! Gracias, mademoiselle. La doncella salió de la biblioteca.
-Bien -Poirot se levantó de un salto-. Ya no tenemos nada que hacer aquí. Es decir, si monsieur no nos explica todo, ¡todo!
-Ya lo hice. -¿Está bien seguro?
-Segurísimo.
-Bueno, pues no hay nada de lo dicho. Me niego a ocuparme del caso.
-¿Por qué?
-Porque no es usted franco conmigo.
-Le aseguro...
-No, me oculta usted algo.
Hubo una pausa. Luego Halliday sacó un papel del bolsillo y lo entregó a su amigo.
-Adivino qué es lo que anda buscando, míster Poirot... ¡aunque ignoro cómo ha llegado a saberlo!
Poirot sonrió y desdobló el papel. Era una carta escrita en pequeños caracteres. Poirot la leyó en voz alta.


«Chére madame:
»Con infinito placer contemplo la felicidad de volver a verla. Después de su amable contestación a mi carta, apenas puedo contener la impaciencia. Nunca he olvidado los días pasados en París. Es cruel que tenga que salir de Londres mañana. Sin embargo, antes de que transcurra largo tiempo, es decir, antes de lo que cree, tendré la dicha de volver a ver a la dama cuya imagen reina, suprema, en mi corazón.
»Crea, madame, en la firmeza de mis devotos e inalterables sentimientos.

Armand de la Rochefour.»


Poirot devolvió la carta a Halliday con una inclinación de cabeza.
-Supongo, monsieur, que ignoraba usted que su hija pensaba renovar sus relaciones con el conde de la Rochefour. -¡La noticia me ha causado la misma sensación que si un rayo hubiera caído a mis pies! Encontré esta carta en el bolso de Flossie. Pero, como usted probablemente ya sabe, el llamado conde es un aventurero de la peor especie.
Poirot afirmó con el gesto.
-¿Cómo conocía usted la existencia de esta carta? Mi amigo sonrió.
-No la conocía en realidad -explicó-. Pero tomar huellas dactilares e identificar la ceniza de un cigarrillo no son suficientes para hacer un buen detective. ¡Debe ser también buen psicólogo! Yo sé que su yerno le es antipático y que desconfía de él. ¿A quién beneficia la muerte de su hija? ¡A él! Por otra parte, la descripción que del individuo misterioso hace la doncella se parece a la de él. Sin embargo, usted no se apresura a seguirle la pista, ¿por qué? Seguramente porque sus sospechas toman otra dirección. Por ello deduje que me ocultaba algo.
-Tiene razón, monsieur Poirot. Estaba seguro de la culpabilidad de Rupert hasta que encontré esta carta, que me ha trastornado muchísimo.
-Sí. El conde dice: «Antes de que transcurra largo tiempo... antes de lo que cree». No cabe duda de que no quiso esperar a que usted supiera su reaparición. Ahora bien: ¿fue él quien bajó de Londres en el tren de las doce y cuarto? ¿Quién llegó por el pasillo hasta el compartimiento que ocupaba mistress Carrington? Porque si mal no recuerdo, ¡también el conde de la Rochefour es esbelto y moreno!
El millonario aprobó con el gesto estas palabras.
-Bien, monsieur, le deseo muy buenos días. En Scotland Yard deben tener la lista de las joyas desaparecidas, ¿no es verdad?
-Sí, señor. Si desea ver al inspector Japp, allí está.


Japp era un antiguo amigo y recibió a Poirot con un desdén afectuoso.
-¿Cómo está, monsieur? Celebro volver a verle a pesar de nuestra manera distinta de ver las cosas. ¿Qué tal las células grises? ¿Se fortifican?
Poirot le miró con rostro resplandeciente.
-Funcionan, mi buen Japp, funcionan, se lo aseguro -respondió.
-En tal caso todo va bien. ¿Quién cree que cometió el crimen? ¿Rupert o un criminal vulgar? He mandado vigilar los sitios acostumbrados, naturalmente. Así conoceremos si se han vendido las joyas, porque quienquiera que las posea no se quedará con ellas, digo yo, para admirar su brillo. ¡Nada de eso! Ahora trato de averiguar dónde estuvo ayer Rupert Carrington. Por lo visto es un misterio. Le vigila uno de mis hombres con todo celo.
-Precaución algo retrasada, ¿no le parece? -dijo Poirot.
-Usted dice siempre la última palabra, Poirot. Bien. Me voy a Paddington, Bristol, Weston y Tauton. ¡Hasta la vista!
-¿Tendría inconveniente en venir a verme por la tarde para que yo sepa el resultado de sus averiguaciones? -Cuente con ello... si vuelvo.
-Ese buen inspector es partidario del movimiento -murmuró Poirot cuando salió nuestro amigo-. Viaja; mide las huellas de los pies; reúne ceniza de cigarrillos. ¡Es extraordinariamente activo! ¡Celoso hasta el límite de sus deberes! Si le hablara de psicología, ¿qué le parece que haría, amigo mío? Sonreiría. Se diría: «¡Ese pobre Poirot envejece! Llega a la edad senil». Japp pertenece a la nueva generación, y ma foi! ¡Esta generación moderna llama con tal prisa a las puertas de la vida, que no se da cuenta de que están abiertas! -¿Qué piensa hacer ahora?
-Pues en vista de que se nos da carte blanche voy a gastarme tres peniques en llamar al Ritz desde un teléfono público, porque es donde se hospeda nuestro conde. Después, como tengo húmedos los pies, volveré a mis habitaciones y me haré una tisana en el hornillo de bencina.


No volví a ver a Poirot hasta la mañana siguiente, en que le hallé tomando pacíficamente el desayuno.
-¿Bien? -interrogué lleno de interés-. ¿Qué ha sucedido?
-Nada.
-Pero ¿y Japp?
-No le he visto todavía.
-¿Y el conde?
-Se marchó del Ritz anteayer.
-¿El día del crimen?
-Sí.
-¿Para qué decir más? ¡Rupert Carrington es inocente!
-¿Porque ha salido del Ritz el conde de la Rochefour? Va usted muy de prisa, amigo mío.
-De todos modos, deben ustedes seguirle, arrestarle.
Pero ¿qué razones le habrán impulsado a cometer ese asesinato?
-Podría responder: unas joyas que valen cien mil dólares. Pero no, no es ésa la cuestión y yo me pregunto: ¿para qué matar a mistress Carrington cuando ella no hubiera declarado jamás en contra del ladrón?
-¿Por qué no?
-Porque era una mujer, mon ami. Y porque en otro tiempo amó a ese hombre. Por consiguiente soportaría su pérdida en silencio. Y el conde, que tratándose de mujeres es un psicólogo excelente, lo sabe muy bien. Por otra parte, si la mató Rupert Carrington, ¿por qué motivo se apoderó de las joyas? ¿Para qué demostrar su culpabilidad de la manera más patente?
-Quizá pensara en utilizarlas como tapadera.
-No le falta razón, amigo mío. ¡Ah, ya tenemos aquí a Japp! Reconozco su llamada.
El inspector parecía estar de un humor excelente y entró sonriendo.
-Buenos días, Poirot. Acabo de llegar. ¡He llevado a cabo un buen trabajo! ¿Y usted?
-Yo he puesto en orden mis ideas -repuso Poirot plácidamente.
Japp rió la ocurrencia de buena gana.
-El hombre envejece -se dijo a media voz. Y agregó en voz alta-: A los jóvenes no nos convence su actitud.
-Quel dommage! -exclamó Poirot.
-Bueno. ¿Quiere que le explique lo que he hecho?
-Permítame antes que lo adivine. Ha encontrado el cuchillo con que se cometió el asesinato junto a la vía del ferrocarril entre Weston y Tauton y ha entrevistado al vendedor de periódicos que habló, en Weston, con mistress Carrington.
Japp abrió, atónito, la boca.
-¿Cómo demonios lo sabe? ¡No me diga que gracias a esas «pequeñas células grises»!
-Celebro que siquiera, esta vez, admita que me sirven de algo. Dígame, ¿mistress Carrington regaló o no al vendedor un chelín para caramelos?
-No, media corona -Japp se había recobrado de la sorpresa y sonreía-. ¡Son muy extravagantes los millonarios estadounidenses!
-¡Y naturalmente, el chico no la ha olvidado!
-No, señor. No caen del cielo medias coronas todos los días. Parece que ella le llamó para comprarle dos revistas. En la cubierta de una había una muchacha vestida de azul. «Como yo», observó mistress Carrington. Sí, el chiquillo la recuerda muy bien. Pero eso no basta, compréndalo. Según la declaración del doctor debió de cometerse el crimen antes de la llegada del tren a Tauton. Supuse que el asesino debió arrojar en seguida el cuchillo por la ventanilla y por ello me dediqué a recorrer la vía; en efecto, allí estaba. En Tauton hice averiguaciones. Deseaba saber si alguien había visto a nuestro hombre, pero la estación es muy grande y nadie reparó en él. Probablemente regresaría a Londres, utilizando para su desplazamiento el último tren.
Poirot hizo un gesto.
-Es muy probable -concedió.
-Pero a mi regreso me comunicaron que alguien intentaba pasar las joyas. Anoche empeñaron una hermosa esmeralda de muchísimo valor. ¿Y a que no acierta quién empeñó esa joya?
-Lo ignoro. Lo único que sé es que era un hombre de poca estatura.
Japp se quedó mirando al detective.
-Bien, tiene razón. El hombre es bastante bajo. Fue Red Narky.
-¿Quién es Red Narky? -pregunté yo.
-Un ladrón de joyas, señor, que no tendría aprensión de cometer un asesinato. Por regla general trabajaba con una mujer llamada Gracie Kidd. Pero en esta ocasión actuó solo por lo visto. A no ser que Gracie haya huido a Holanda con el resto de la banda.
-¿Ha ordenado la detención de Narky?
-Naturalmente. Pero nosotros queremos apoderarnos del hombre que habló con mistress Carrington en el tren. Supongo que sería él quien planeó el robo, pero Narky no es capaz de delatar a un compañero.
Yo me di cuenta de que los ojos de Poirot asumían un precioso color verde.
-Creo -dijo con una voz suave- que ya sé quién es el compañero de Narky.
Japp le dirigió una mirada penetrante.
-Acaba de asaltarle una dé sus ideas particulares, ¿no es cierto? Es maravilloso cómo, a pesar de sus años, consigue adivinar en ocasiones toda la verdad. Claro que es cuestión de suerte.
-Quizá, quizá -murmuró mi amigo-. Hastings, el sombrero. Y el cepillo. ¡Muy bien! Ahora las botas, si continúa lloviendo. No estropeemos la labor operada por la tisana. Au revoir, Japp!
-Buena suerte, Poirot.
El detective paró el primer taxi que apareció y ordenó al chofer que se dirigiera a Park Lane. Cuando se paró el taxi delante de la casa de Halliday, Poirot se apeó con la agilidad acostumbrada, pagó al taxista y tocó el timbre. Cuando el criado nos abrió la puerta, le dijo unas palabras en voz baja y el hombre nos condujo escalera arriba. Al llegar al último piso, nos introdujeron en una habitación reducida, pero limpia, ordenada y muy elegante.
Poirot se detuvo y dirigió una ojeada a su alrededor. Sus ojos se posaron en un pequeño baúl negro. Después de arrodillarse ante él y de examinar los rótulos que exhibía, sacó del bolsillo un trocito de alambre retorcido.
-Ruegue a míster Halliday que tenga la bondad de subir -dijo por encima del hombro del criado.
Al desaparecer éste, forzó con mano hábil la cerradura del baúl y, una vez abierta la tapa, comenzó a revolver apresuradamente el interior y a sacar la ropa que contenía dejándola en el suelo.
Un ruido de pasos pesados precedió a la aparición de Halliday.
-¿Qué hacen ustedes aquí? -interrogó sorprendido.
-Buscaba esto, monsieur.
Poirot le enseñó una falda y un abrigo de color azul y una toca de piel blanca.
-¿Qué significa esto? ¿Por qué miran ustedes en mi baúl?
Me volví. Jane Mason, la doncella, estaba en el umbral de la habitación.
-Cierre esa puerta, Hastings -dijo Poirot-. Bien. Apoye la espalda en ella. Así. Permítame, míster Halliday, que le presente ahora a Gracie Kidd, alias Jane Mason, que va a reunirse en breve a su cómplice Red Narky bajo la amable escolta del inspector Japp.


Poirot alzó una mano suplicante.
-¡Bah! Pero si no hay nada tan sencillo -exclamó, tomando más caviar-. La insistencia de la doncella en hablarme de la ropa que llevaba puesta su señora fue lo que primero me llamó la atención. ¿Por qué parecía tan ansiosa de que reparásemos en ese detalle? Y me dije al punto que después de todo teníamos que fiarnos exclusivamente de su palabra ya que era la única persona que había visto al hombre misterioso que hablaba en Bristol con su señora. De la declaración del doctor se desprende que lo mismo pudieron asesinarla antes que después de la llegada del tren a dicha localidad y si fuese así la doncella tenía por fuerza que ser cómplice del asesino. Mistress Carrington iba vestida de un modo llamativo. Las doncellas suelen elegir, en ocasiones, los vestidos que debe ponerse el ama. Y por ello, si después de pasar la estación de Bristol viera cualquiera a una señora vestida de azul con sombrero blanco, juraría sin hacerse rogar que era mistress Carrington a quien sin duda había visto.
»A continuación comencé a reconstruir mentalmente la escena. La doncella se proveyó de ropas por duplicado. Ella y su cómplice durmieron con cloroformo y mataron a mistress Carrington entre Londres y Bristol, aprovechando seguramente el paso del tren por un túnel. Hecho esto metieron el cadáver debajo del asiento y la doncella ocupó su puesto.
En Weston procuró que se fijasen en ella. ¿Cómo? Llamando probablemente a un vendedor de periódicos y atrayendo su atención sobre el color del vestido mediante una observación natural. Después de salir de Weston arrojó el cuchillo por la ventanilla sin duda para hacer creer que el crimen se había cometido allí o bien se cambió de ropa, o bien se puso encima un abrigo. En Tauton se apeó del tren y regresó a escape a Bristol, donde su cómplice dejó, como estaba convenido, el equipaje en consigna. El hombre le entregó el billete y regresó a Londres. Ella aguardó como lo exigía su papel, en el andén, pasó luego la noche en un hotel y volvió a la ciudad a la mañana siguiente, según dijo.
»Japp confirmó todas esas deducciones al volver de su expedición. Me refiero... que también un bribón famoso había tratado de vender las joyas robadas. En seguida me di cuenta de que había de tener un tipo diametralmente opuesto al que Jane nos había descrito. Y al enterarme de que Red Narky trabaja siempre con Gracie Kidd... ¡bueno! Supe adónde tenía que ir a buscarla.
-¿Y el conde?
-Cuanto más reflexionaba en esto más convencido estaba de que no tenía nada que ver con el crimen. Ese caballero ama mucho su piel para arriesgarse a cometer un asesinato. Un hecho así no está en armonía con su manera de ser.
-Bien, monsieur Poirot -dijo Halliday-, acabo de contraer una deuda enorme con usted. Y el cheque que voy a extender después de la comida no la zanjará más que en parte.
Poirot sonrió modestamente y murmuró a mi oído:
-El buen Japp se dispone a gozar oficialmente de mayor prestigio, pero como dicen los estadounidenses, ¡fui yo quien llevó la cabra al matadero!







EL CASO DEL BAILE DE LA VICTORIA



Una pura casualidad impulsó a mi amigo Hércules Poirot, antiguo jefe de la Force belga, a ocuparse de la solución del caso Styles. Su éxito le granjeó notoriedad y decidió dedicarse a solucionar los problemas que plantean muchos crímenes. Después de ser herido en el Somme y de quedar inútil para la carrera militar, me fui a vivir con él a su casa de Londres. Y precisamente conozco al dedillo todos los asuntos que se trae entre manos, es lo que me ha sugerido el escoger unos cuantos, los de interés, y darlos a conocer. De momento me parece oportuno comenzar por el más enmarañado, por el que más intrigó en su época al gran público. Me refiero al llamado caso «del baile de la Victoria».
Porque si bien no es el que demuestra mejor los méritos peculiares de Poirot, sus características sensacionales, las personas famosas que figuraron en él y la tremenda publicidad que le dio la prensa, le prestan el relieve de une cause célebre y además hace tiempo que estoy convencido de que debo dar a conocer al mundo la parte que le correspondió a Poirot en su solución.
Una hermosa mañana de primavera me hallaba yo sentado en las habitaciones del detective. Mi amigo, tan pulcro y atildado como de costumbre, se aplicaba delicadamente un nuevo cosmético en su poblado bigote. Es característica de su manera de ser una vanidad inofensiva, que casa muy bien con su amor por el orden y por el método en general. Yo había estado leyendo el Daily Newsmonger, pero se había caído al suelo y hallábame sumido en sombrías reflexiones, cuando la voz de mi amigo me llamó a la realidad.
-¿En qué piensa, mon ami? -interrogó.
-En el asunto ese del baile -respondí-. ¡Es espantoso! Todos los periódicos hablan de él -agregué dando un golpecito en la hoja que me quedaba en la mano.
-¿Sí?
Yo continué, acalorándome:
-¡Cuanto más se lee, más misterioso parece! ¿Quién mató a lord Cronshaw? La muerte de Coco Courtenay, aquella misma noche, ¿fue pura coincidencia? ¿Fue accidental? ¿Tomó deliberadamente una sobredosis de cocaína? ¿Cómo averiguarlo?
-Me interrumpí para añadir tras una pausa dramática-: He aquí las preguntas que me dirijo.
Pero, para gran contrariedad mía, Poirot no demostró el menor interés, no me hizo caso y se miró al espejo, murmurando:
-¡Decididamente esta nueva pomada es una maravilla! -al sorprender entonces una mirada mía se apresuró a decir-: Bien, ¿y qué responde usted?
Pero antes de que pudiese contestar se abrió la puerta y la patrona anunció al inspector Japp.
Éste era un antiguo amigo y se le acogió con gran entusiasmo.
-¡Ah! ¡Pero si es el buen Japp! -exclamó Poirot-. ¿Qué buen viento le trae por aquí?
-Monsieur Poirot -repuso Japp tomando asiento y dirigiéndome una inclinación de cabeza-. Me han encargado de la solución de un caso digno de usted y vengo a ver si le conviene echarme una mano.
Poirot tenía buena opinión de las cualidades del inspector, aunque deploraba su lamentable falta de método; yo, por mi parte, consideraba que el talento de dicho señor consistía, sobre todo, en el arte sutil de solicitar favores bajo pretexto de prodigarlos.
-Se trata de lo sucedido durante el baile de la Victoria -explicó con acento persuasivo-. Vamos, no me diga que no está intrigado y deseando contribuir a su solución.
Poirot me miró sonriendo.
-Eso le interesa al amigo Hastings contestó-. Precisamente me estaba hablando del caso. ¿Verdad, mon ami?
-Bueno, que nos ayude -concedió benévolo el inspector-. Y si llega usted a desentrañar el misterio que lo rodea podrá adjudicarse un tanto. Pero vamos a lo que importa. Supongo que conocerá ya los pormenores principales, ¿no es eso?
-Conozco únicamente lo que cuentan los periódicos... y ya sabemos que la imaginación de los periodistas nos extravía muchas veces. Haga el favor de referirme la historia.
Japp cruzó cómodamente las piernas y habló así:
-El martes pasado fue cuando se dio el baile de la Victoria en esta ciudad, como todo el mundo sabe. Hoy se denomina «gran baile» a cualquiera de ellos, siempre que cueste unos chelines, pero éste al que me refiero se celebró en el Colossus Hall y todo Londres, incluyendo a lord Cronshaw y sus amigos, tomó parte en...
-¿Su dossier? -dijo interrumpiéndole Poirot-. Quiero decir su bio... ¡No, no! ¿Cómo le llaman ustedes? Su biografía.
-El vizconde Cronshaw, quinto de este nombre, era rico, soltero, tenía veinticinco años y demostraba gran afición por el mundo del teatro. Se comenta y dice que estaba prometido a una actriz, miss Courtenay, del teatro Albany, que era una dama fascinadora a la que sus amistades conocían con el nombre de «Coco».
-Bien. Continuez!
-Seis personas eran las que componían el grupo capitaneado por lord Cronshaw: él mismo; su tío, el honorable Eustace Beltane; una linda viuda estadounidense, mistress Mallaby; Cristobal Davidson, joven actor; su mujer y, finalmente, miss Coco Courtenay. El baile era de disfraces, como ya sabe, y el grupo Cronshaw representaba los viejos personajes de la antigua comedia italiana.
-Eso es. La commedia dell'arte -murmuró Poirot-. Ya sé.
-Estos vestidos se copiaron de los de un juego de figuras chinas que forman parte de la colección de Eustace Beltane. Lord Cronshaw personificaba a Arlequín; Beltane a Pulchinella; los Davidson eran respectivamente Pierrot y Pierrette; miss Courtenay era, como es de suponer, Colombina. A primera hora de la noche sucedió algo que lo echó todo a perder. Lord Cronshaw se puso de un humor sombrío, extraño, y cuando el grupo se reunió más adelante para cenar en un pequeño reservado, todos repararon en que él y miss Courtenay habían reñido y no se hablaban. Ella había llorado, era evidente, y estaba al borde de un ataque de nervios. De modo que la cena fue de lo más enojosa y cuando todos se levantaron de la mesa, Coco se volvió a Cristobal Davidson y le rogó que la acompañara a casa porque ya estaba harta de baile. El joven actor titubeó, miró a lord Cronshaw y finalmente se la llevó al reservado otra vez.
»Pero fueron vanos todos sus esfuerzos para asegurar una reconciliación, por lo que tomó un taxi y acompañó a la ahora llorosa miss Courtenay a su domicilio. La muchacha estaba trastornadísima; sin embargo, no se confió a su acompañante. Únicamente dijo repetidas veces: "Cronshaw se acordará de mí". Esta frase es la única prueba que poseemos de que pudiera no haber sido una muerte accidental. Sin embargo, es bien poca cosa, como ve, para que nos basemos en ella. Cuando Davidson consiguió que se tranquilizase un poco era tarde para volver al Colossus Hall y marchó directamente a su casa, donde, poco después, llegó su mujer y le hizo saber la espantosa tragedia acaecida después de su marcha.
»Parece ser que a medida que adelantaba la fiesta iba poniéndose lord Cronshaw cada vez más sombrío. Se mantuvo separado del grupo y apenas se le vio en toda la noche. A la una y treinta, antes del gran cotillón en que todo el mundo debía quitarse la careta, el capitán Digby, compañero de armas del lord, que conocía su disfraz, le vio de pie en un palco contemplando la platea.
-¡Hola, Cronsh! -le gritó-. Baja de ahí y sé más sociable. Pareces un mochuelo en la rama. Ven conmigo y nos divertiremos.
-Está bien. Espérame, de lo contrario nos separará la gente.
Lord Cronshaw le volvió la espalda y salió del palco. El capitán Digby, a quien acompañaba miss Davidson, aguardó. Pero el tiempo pasaba y lord Cronshaw no aparecía. Finalmente, Digby se impacientó.
-¿Se creerá ese chiflado que vamos a estarle aguardando toda la noche?
En este instante se incorporó a ellos mistress Mallaby.
-Vamos a buscarle.
-Está hecho un hurón -comentó la preciosa viuda.
La búsqueda comenzó sin gran éxito hasta que a mistress Mallaby se le ocurrió que podía hallarse en el reservado donde habían cenado una hora antes. Se dirigieron allá ¡y qué espectáculo se ofreció a sus ojos! Arlequín estaba en el reservado, cierto es, pero tendido en tierra y con un cuchillo de mesa clavado en medio del corazón.
Japp guardó silencio. Poirot, intrigado, dijo con aire suficiente.
-Une belle affaire! ¿Y se tiene algún indicio de la identidad del autor de la hazaña? No, es imposible, desde luego. -Bien -continuó el inspector-, ya conoce el resto. La tragedia fue doble. Al día siguiente, los periódicos la anunciaron con grandes titulares. Se decía brevemente en ellos que se había descubierto muerta en su cama a miss Courtenay, la popular actriz, y que su muerte se debía, según dictamen facultativo, a una sobredosis de cocaína. ¿Fue un accidente o un suicidio? Al tomar declaración a la doncella, manifestó que, en efecto, miss Courtenay era muy aficionada a aquella droga, de manera que su muerte pudo ser casual, pero nosotros tenemos que admitir también la posibilidad de un suicidio. El problema es que la desaparición de la actriz nos deja sin saber el motivo de la querella que sostuvieron los dos novios la noche del baile. A propósito: en los bolsillos de lord Cronshaw se ha encontrado una cajita de esmalte que ostenta la palabra «Coco» en letras de diamantes. Está casi llena de cocaína. Ha sido identificada por la doncella de miss Courtenay como perteneciente a su señora. Dice que la llevaba siempre consigo, porque encerraba la dosis de cocaína a que rápidamente se estaba habituando.
-¿Era lord Cronshaw aficionado también a los estupefacientes?
-No, por cierto. Tenía sobre este punto ideas muy sólidas.
Poirot se quedó pensativo.
-Pero puesto que tenía en su poder la cajita debía saber que miss Courtenay los tomaba. Qué sugestivo es esto, ¿verdad, mi buen Japp?
-Sí, claro -dijo titubeando el inspector. Yo sonreí.
-Bien, ya conoce los pormenores del caso.
-¿Y han conseguido hacerse o no con alguna prueba?
-Tengo una, una sola. Hela aquí. -Japp se sacó del bolsillo un pequeño objeto que entregó a Poirot. Era un pequeño pompón de seda, color esmeralda, del que pendían varias hebras, como si lo hubieran arrancado con violencia de su sitio.
-Lo encontramos en la mano cerrada del muerto -explicó.
Poirot se lo devolvió sin comentarios. A continuación preguntó:
-¿Tenía lord Cronshaw algún enemigo?
-Ninguno conocido. Era un joven muy popular y apreciado.
-¿Quién se beneficia de la muerte?
-Su tío, el honorable Eustace Beltane, que hereda su título y propiedades. Tiene en contra uno o dos hechos sospechosos. Varias personas han declarado que oyeron un altercado violento en el reservado y que Eustace Beltane era uno de los que disputaban. El cuchillo con que se cometió el crimen se cogió de la mesa y el hecho encaja con la posibilidad de que se llevase a cabo por efecto del calor de la disputa.
-¿Qué responde a esto míster Beltane?
-Declara que uno de los camareros estaba borracho y que él le propinó una reprimenda, y que esto sucedía a la una y no a la una y media de la madrugada. La declaración del capitán Digby determina la hora exacta ya que sólo transcurrieron diez minutos entre el momento en que habló con Cronshaw y el momento en que descubrió su cadáver.
-Supongo que Beltane, que vestía un traje de Polichinela, debía llevar joroba y un cuello de volantes...
-Ignoro los detalles exactos de los disfraces -repuso Japp, dirigiendo una mirada de curiosidad-. De todos modos no veo que tengan nada que ver con el crimen.
-¿No? -Poirot sonrió con ironía. No se había movido del asiento, pero sus ojos despedían una luz verde, que yo comenzaba a conocer bien-; ¿verdad que había una cortina en el reservado?
-Sí, pero...
-¿Queda detrás espacio suficiente para ocultar a un hombre?
-Sí, en efecto, puede servir de escondite, pero ¿cómo lo sabe, monsieur Poirot, si no ha estado allí?
-No he estado, en efecto, mi buen Japp, pero mi imaginación ha proporcionado a la escena esa cortina. Sin ella el drama no tenía fundamento. Y hay que ser razonable. Pero, dígame: ¿enviaron los amigos de Cronshaw a buscar un médico o no?
-En seguida, claro está. Sin embargo, no había nada que hacer. La muerte debió ser instantánea.
Poirot hizo un movimiento de impaciencia.
-Sí, sí, comprendo. Y ese médico, ¿ha prestado ya declaración en la investigación iniciada?
-Sí.
-¿Dijo algo acerca de algún síntoma poco corriente? ¿Era rígido el aspecto del cadáver?
Japp fijó una mirada penetrante en el hombrecillo.
-Sí, monsieur Poirot. Ignoro adónde quiere ir a parar, pero el doctor explicó que había una tensión, una rigidez en los miembros del cadáver que no acertaba a explicarse.
-¡Ajá! ¡Ajá! Mon Dieu! -exclamó Poirot-. Esto da que pensar, ¿no le parece?
Yo vi que a Japp no le preocupaba lo más mínimo.
-¿Piensa tal vez en el veneno, monsieur? ¿Para qué ha de envenenarse primero a un hombre al que se asesta después una puñalada?
-Realmente sería ridículo -manifestó Poirot plácidamente.
-Bueno, ¿desea ver algo, monsieur? ¿Le gustaría examinar la habitación donde se halló el cadáver de lord Cronshaw?
Poirot agitó la mano.
-No, nada de eso. Usted me ha referido ya lo único que puede interesarme: el punto de vista de lord Cronshaw respecto de los estupefacientes.
-¿De manera que no desea ver nada?
-Una sola cosa.
-Usted dirá...
-El juego de las figuras de porcelana china que sirvieron para sacar copia de los disfraces.
Japp le miró sorprendido.
-¡La verdad es que tiene usted gracia! -exclamó después.
-¿Puede hacerme ese favor?
-Desde luego. Acompáñeme ahora mismo a Bergeley Square, si gusta. No creo que míster Beltane ponga reparos. Partimos en el acto en un taxi. El nuevo lord Cronshaw no estaba en casa, pero a petición de Japp nos introdujeron en la «habitación china», donde se guardaban las gemas de la colección. Japp miró unos instantes a su alrededor, titubeando.
-No veo cómo va usted a encontrar lo que busca, monsieur -dijo.
Pero Poirot había tirado ya de una silla, colocada junto a la chimenea, y se subía a ella de un salto, más propio de un pájaro que de una persona. En un pequeño estante, colocadas encima del espejo, había seis figuras de porcelana china. Poirot las examinó atentamente, haciendo poquísimos comentarios mientras verificaba la operación.
-Les voilà! La antigua comedia italiana. ¡Tres parejas! Arlequín y Colombina; Pierrot y Pierrette, exquisitos con sus trajes verde y blanco. Polichinela y su compañera vestidos de malva y amarillo. El traje de Polichinela es complicado. Lleva frunces, volantes, joroba, sombrero alto... Sí, de veras es muy complicado.
Volvió a colocar en su sitio las figuritas y se bajó de un salto.
Japp no quedó satisfecho, pero al parecer Poirot no tenía intención de explicarnos nada y el detective tuvo que conformarse. Cuando nos disponíamos a salir de la sala entró en ella el dueño de la casa y Japp hizo las debidas presentaciones.
El sexto vizconde Cronshaw era hombre de unos cincuenta años, de maneras suaves, con un rostro bello pero disoluto. Era un roué que adoptaba la lánguida actitud de un poseur. A mí me inspiró antipatía. Sin embargo, nos acogió de una manera amable y dijo que había oído alabar la habilidad de Poirot. Al propio tiempo se puso a nuestra disposición por entero.
-Sé que la policía hace todo lo que puede -declaró-, pero temo que no llegue nunca a solucionarse el misterio que encierra la muerte de mi sobrino. Lo rodean también circunstancias muy misteriosas.
Poirot le miraba con atención.
-¿Sabe si tenía enemigos?
-Ninguno. Estoy bien seguro.
-Tras una pausa, Beltane interrogó-: ¿Desea hacerme alguna otra pregunta?
-Una sola. -Poirot se había puesto serio-. ¿Se reprodujeron exactamente los disfraces de estos figurines? -Hasta el menor detalle.
-Gracias, milord. No necesito saber más. Muy buenos días.
-¿Y ahora qué? -preguntó Japp en cuanto salimos a la calle-. Porqué debo notificar algo al Yard, como ya sabe usted.
-¡Bien! No le detengo. También yo tengo un poco de quehacer y después...
-¿Después?
-Quedará el caso cerrado.
-¡Qué! ¿Se da cuenta de lo que dice? ¿Sabe ya quién mató a lord Cronshaw?
-Parfaitement.
-¿Quién fue? ¿Eustace Beltane?
-¡Ah, mon ami! Ya conoce mis debilidades. Deseo siempre tener todos los cabos sueltos en la mano hasta el último momento. Pero no tema. Lo revelaré todo a su debido tiempo. No deseo honores. El caso será suyo a condición de que me permita llegar al denouement a mi modo.
-Si es que el denouement llega -observó Japp-. Entre tanto, ya se sabe, usted piensa mostrarse tan hermético como una ostra, ¿no es eso? -Poirot sonrió-. Bien, hasta la vista. Me voy al Yard.
Bajó la calle a paso largo y Poirot llamó a un taxi.
-¿Adónde vamos ahora? -le pregunté, presa de viva curiosidad.
-A Chelsea para ver a los Davidson.
-¿Qué opina del nuevo lord Cronshaw? -pregunté mientras le daba las señas al taxista.
-¿Qué dice mi buen amigo Hastings?
-Que me inspira instintiva desconfianza.
-Cree que es el «hombre malo» de los libros de cuentos, ¿verdad?
-¿Y usted no?
-Yo creo que ha estado muy amable con nosotros -repuso Poirot sin comprometerse.
-¡Porque tiene sus razones!

Poirot me miró, meneó la cabeza con tristeza y murmuró algo que sonaba como si dijera: «¡Qué falta de método!». Los Davidson habitaban en el tercer piso de una manzana de casas individuales. Se nos dijo que míster Davidson había salido, pero que mistress Davidson estaba en casa, y se nos introdujo en una habitación larga, de techo bajo, ornada de cortinajes, de alegres colores, estilo oriental. El aire, opresivo, estaba saturado del olor fuerte de los nardos. Mistress Davidson no nos hizo esperar. Era una mujercita menuda, rubia, cuya fragilidad hubiera parecido poética, de no ser por el brillo penetrante, calculador, de los ojos azules.
Poirot le explicó su relación con el caso y ella movió tristemente la cabeza.
-¡Pobre Cronsh... y pobre Coco también! -exclamó al propio tiempo-. Nosotros, mi marido y yo, la queríamos mucho y su muerte nos parece lamentable y espantosa. ¿Qué es lo que desea saber? ¿Debo volver a recordar aquella triste noche?
-Crea, madame, que no abusaré de sus sentimientos. Sobre todo porque ya el inspector Japp me ha contado lo más imprescindible. Deseo ver, solamente, el disfraz que llevó usted al baile.
Mistress Davidson pareció sorprenderse de la singular petición y Poirot continuó diciendo con acento tranquilizador: -Comprenda, madame, que trabajo de acuerdo con el sistema de mi país. Nosotros tratamos siempre de «reconstruir» el crimen. Y como es probable que desee hacer una representation, esos vestidos tienen su importancia.
Pero mistress Davidson parecía dudar todavía de la palabra de Poirot.
-Ya he oído decir eso, naturalmente -dijo-, pero ignoraba que usted fuera tan amante del detalle. Voy a buscar el vestido en seguida.
Salió de la habitación para regresar casi en el acto con un exquisito vestido de raso verde y blanco. Poirot lo tomó de sus manos, lo examinó y se lo devolvió con un atento saludo.
-Merci, madame! Ya veo que ha tenido la desgracia de perder un pompón, aquí en el hombro.
-Sí, me lo arrancaron bailando. Lo recogí y se lo di al pobre lord Cronshaw para que me lo guardase.
-¿Sucedió eso después de la cena?
-Sí.
-Entonces, ¿muy poco antes de desarrollarse la tragedia, quizá?
Los pálidos ojos de mistress Davidson expresaron leve alarma y replicó vivamente:
-Oh, no, mucho antes. Inmediatamente después de cenar.
-Entiendo. Bien, esto es todo. No queremos molestarla más. Bonjour, madame.
-Bueno -dije cuando salíamos del edificio-. Ya está explicado el misterio del pompón verde.
-¡Hum!
-¡Oiga! ¿Qué quiere decir con eso?
-Se ha fijado, Hastings, en que he examinado el traje, ¿verdad?
-Sí.
-Eh bien, el pompón que faltaba no fue arrancado, como dijo esa señora, sino... cortado con unas tijeras porque todas las hebras son iguales.
-¡Caramba! La cosa se complica...
-Por el contrario -repuso con aire plácido Poirot-, se simplifica cada vez más.
-¡Poirot! ¡Se me acaba la paciencia! -exclamé-. Su costumbre de encontrar todo tan sencillo es un agravio. -Pero cuando me explico, diga mon ami, ¿no es cierto que resulta muy simple?
-Sí, y eso es lo que más me irrita: que entonces se me figura que también yo hubiera podido adivinar fácilmente.
-Y lo adivinaría, Hastings, si se tomase el trabajo de poner en orden sus ideas. Sin un método...
-Sí, sí -me apresuré a decir, interrumpiéndole, porque conocía demasiado bien la elocuencia que desplegaba cuando trataba su tema favorito-. Dígame: ¿qué piensa hacer ahora? ¿Está dispuesto, de veras, a reconstruir el crimen?
-Nada de eso. El drama ha concluido. Únicamente me propongo añadirle... ¡una arlequinada!
Poirot señaló el martes siguiente como día a propósito para la misteriosa representación y he de confesar que sus preparativos me intrigaron de modo extraordinario. En un lado de la habitación se colocó una pantalla; al otro un pesado cortinaje. Luego llegó un obrero con un aparato para la luz y finalmente un grupo de actores que desaparecieron en el dormitorio de Poirot, destinado provisionalmente a cuarto tocador. Japp se presentó poco después de las ocho. Venía de visible malhumor.
-La representación es tan melodramática como sus ideas -manifestó-. Pero, en fin, no tiene nada de malo y, como el mismo Poirot dice, nos ahorrará infinitas molestias y cavilaciones. Yo mismo sigo el rastro, he prometido dejarle hacer las cosas a su manera. ¡Ah! Ya están aquí esos señores.
Llegó primero Su Señoría acompañando a mistress Mallaby, a la que yo no conocía aún. Era una linda morena y parecía estar nerviosa. Les siguieron los Davidson. También vi a Chris Davidson por vez primera. Era un guapo mozo, esbelto y moreno, que poseía los modales graciosos y desenvueltos del verdadero actor.
Poirot dispuso que tomasen todos asiento delante de la pantalla, que estaba iluminada por una luz brillante. Luego apagó las luces y la habitación quedó, a excepción de la pantalla, totalmente sumida en tinieblas.
-Señoras, caballeros, permítanme unas palabras de explicación. Por la pantalla van a pasar por turno seis figuras que son familiares a ustedes: Pierrot y su Pierrette, Pulchivela el bufón, y la elegante Polichinela; la bella Colombina, coqueta y seductora, y Arlequín, el invisible para los hombres.
Y tras estas palabras dé introducción comenzó la comedia. Cada una de las figuras mencionadas por Poirot surgieron en la pantalla, permanecieron en ella un momento en pose y desaparecieron. Cuando se encendieron las luces sonó un suspiro general de alivio. Todos los presentes estaban nerviosos, temerosos, sabe Dios de qué. Si el criminal estaba en medió de nosotros y Poirot esperaba que confesase a la sola presencia de una figura familiar, la estratagema había ya fra-
casado evidentemente, puesto que no se produjo. Sin embargo, no se descompuso, sino que avanzó un paso, con el rostro animado.
-Ahora, señoras y señores -dijo-, díganme, uno por uno, qué es lo que acaban de ver. ¿Quiere empezar, milord? Este caballero quedó perplejo.
-Perdón, no le comprendo -dijo.
-Dígame nada más qué es lo que ha visto.
-Ah, pues... he visto pasar por la pantalla a seis personas vestidas como los personajes de la vieja Comedia italiana, o sea, como la otra noche.
-No pensemos en la otra noche, milord -le advirtió Poirot-. Sólo quiero saber lo que ha visto. Madame, ¿está de acuerdo con lord Cronshaw?
Se dirigía a mistress Mallaby.
-Sí, naturalmente.
-¿Cree haber visto seis figuras que representan a los personajes de la Comedia italiana?
-Sí, señor.
-¿Y usted, monsieur Davidson?
-Sí.
-¿Y madame?
-Sí.
-¿Hastings? ¿Japp? ¿Sí? ¿Están ustedes de completo acuerdo?
Poirot nos miró uno a uno; tenía el rostro pálido y los ojos verdes tan claros como los de un gato.
-¡Pues debo decir que se equivocan todos ustedes! -exclamó-. Sus ojos mienten... como mintieron la otra noche en el baile de la Victoria. Ver las cosas con los propios ojos, como vulgarmente se dice, no es ver la verdad. Hay que ver con los ojos del entendimiento; hay que servirse de las pequeñas células grises. ¡Sepan, pues, que lo mismo esta noche que la noche del baile vieron sólo cinco figuras, no seis! ¡Miren ustedes!
Volvieron a apagarse las luces. Y una figura se dibujó en la pantalla: ¡Pierrot!
-¿Quién es? ¿Pierrot, no es eso? -preguntó Poirot con acento severo.
-Sí -gritamos todos a la vez.
-¡Miren otra vez!
Con rápido movimiento el actor se despojó del vestido suelto de Pierrot y en su lugar apareció, resplandeciente ¡Arlequín!
-¡Maldito sea! ¡Maldito sea! -exclamó la voz de Davidson-. ¿Cómo lo ha adivinado?
A continuación sonó el ¡clic! de las esposas y la voz serena, oficial, de Japp, que decía:
-Le detengo, Cristobal Davidson, por el asesinato del vizconde Cronshaw. Todo lo que pueda decir se utilizará en su contra.
Un cuarto de hora después cenábamos. Poirot, con el rostro resplandeciente, se multiplicaba hospitalario, y respondía de buena gana a nuestras continuas preguntas.
-Todo ha sido muy simple. Las circunstancias en que se halló el pompón verde sugerían, al punto, que había sido arrancado del disfraz del asesino. Yo alejé a Pierrette del pensamiento, ya que se necesita una fuerza considerable para clavar un cuchillo de mesa en el pecho de un hombre, y me fijé en Pierrot. Pero éste había salido del baile dos horas antes de verificarse el crimen. De manera que si no regresó al baile para matar a lord Cronshaw pudo matarle antes de marchar. ¿Era esto posible? ¿Quién había visto a lord Cronshaw después de la hora de la cena? Sólo mistress Davidson, cuyo testimonio, lo sospecho, fue falso; una mentira deliberada para explicar la desaparición del pompón, que, naturalmente, quitó de su disfraz para reemplazar el que su marido perdió. A Arlequín se le vio a la una y media en un palco. También ésta fue una representación. Yo pensé primero en míster Davidson como presunto culpable. Pero era imposible, dado lo complicado de su traje, que hubiera doblado los papeles de Arlequín y de Polichinela. Por otra parte, siendo míster Davidson un joven de la misma edad y estatura que la víctima así como un actor profesional, la cosa no podía ser más simple.
»No obstante me preocupaba el médico. Porque ningún médico profesional puede dejar de darse cuenta de que existe una diferencia entre una persona que sólo hace diez minutos que ha muerto y la que lleva difunta dos horas. Eh bien! ¡El doctor se había dado cuenta! Sólo que como al colocarle delante el cadáver no se le preguntó "¿cuánto hace que ha muerto?", sino que, por el contrario, se le comunicó que estaba con vida diez minutos antes, guardó silencio. Pero en la investigación habló de la rigidez anormal de los miembros del cadáver, ¡qué no se explicaba!
»Todo concordaba, pues, con mi teoría. Hela aquí: Davidson mató a Cronshaw inmediatamente después de la cena, o sea, después de volver con él, como recordarán ustedes, al comedor. A continuación acompañó a miss Courtenay a casa, dejándola a la puerta del piso en vez de entrar para tratar de calmarla como declaró, y volvió a escape al Colossus, pero no ya vestido de Pierrot, sino de Arlequín, simple transformación que efectuó en menos de lo que se tarda en contarlo. El actual lord Cronshaw miró perplejo al detective.
-Si fue así -dijo-, Davidson debió ir al baile dispuesto a matar a mi sobrino. ¿Por qué? Nos falta descubrir el motivo y yo no acierto a adivinarlo.
-¡Ah! Aquí tenemos la segunda tragedia, la de miss Courtenay. Existe un punto sencillo de referencia que hemos pasado por alto. Miss Courtenay murió después de tomar una sobredosis de cocaína..., pero la habitual estaba en la cajita que se encontró sobre el cuerpo de lord Cronshaw. ¿De dónde sacó entonces la droga que la mató? Únicamente una persona pudo proporcionársela: Davidson. Y el hecho lo explica todo. Su amistad con los Davidson, su petición a Cristobal de que la acompañase a casa. Lord Cronshaw era enemigo acérrimo, casi fanático, de los estupefacientes. Por ello al descubrir que su novia tomaba cocaína sospechó que era Davidson quien se la proporcionaba. El actor lo negó, pero lord Cronshaw sonsacó a miss Courtenay en el baile y le arrancó la verdad. Podía perdonar a la desventurada muchacha, pero no duden ustedes que no hubiera tenido piedad del hombre que tenía como medio de vida el tráfico de los estupefacientes. Si llegaba a descubrirse esto era inminente su ruina y por ello acudió al Colossus dispuesto a procurarse, a cualquier precio, el silencio de lord Cronshaw.
-Entonces, ¿fue casual la muerte de Coco? -Sospecho que fue un accidente que provocó hábilmente el mismo Davidson. Ella estaba furiosa con el lord, ante todo por sus reproches, después de haberle quitado la cajita de cocaína. Davidson le proporcionó más y probablemente le sugeriría que tomase una dosis mayor como desafío «al viejo Cronsh».
-¿Cómo descubrió usted que había en el comedor una cortina? -pregunté yo.
-¡Vaya, mon ami! Si no puede ser más fácil... Recuerde que los camareros entraron y salieron de él sin ver nada sospechoso. De esto se deducía que el cadáver no estaba entonces tendido en el suelo. Tenía forzosamente que estar oculto en cualquier parte y por ello se me ocurrió que debía ser detrás de una cortina. Davidson arrastró el cadáver hasta allí y más adelante, después de llamar la atención en el palco, lo sacó y abandonó definitivamente el baile. Este paso fue uno de los más hábiles que dio. ¡Es muy listo!
Pero en los ojos verdes de Poirot leí lo que no osaba expresar:
-¡No tan listo, sin embargo, como Hércules Poirot!




EL MISTERIO DE MARKET BASSING


Pensándolo bien no hay nada como el campo, ¿no les parece? -dijo el inspector Japp aspirando con fuerza el aire por la nariz y expeliéndolo por la boca de manera correcta.
Poirot y yo asentimos cordialmente. Fue idea del inspector Japp la de que pasáramos los tres el fin de semana en la pequeña población de Market Bassing, enclavada en pleno campo. Porque cuando no estaba de servicio, Japp se mostraba un botánico entusiasta y discurseaba acerca de diminutas florecitas que tenían largos nombres en latín, que el buen Japp pronunciaba de un modo muy enrevesado, ciertamente, con un ardor que no ponía en ninguno de sus casos policíacos.
-Aquí nadie nos conoce ni conocemos a nadie.
Esto era verdad, hasta cierto punto, porque el agente local acababa de ser trasladado de un pueblo, distante veintitrés kilómetros de Market, donde un caso de envenenamiento con arsénico le había puesto en relación con el inspector de Scotland Yard. Sin embargo, como reconoció con evidente placer el gran hombre, la circunstancia acrecentó el buen humor de Japp y cuando nos sentamos los tres a desayunarnos en la salita de la fonda, nos sentimos animados por el mejor de los espíritus. El jamón y los huevos eran excelentes; el café no era tan bueno, pero podía pasar y estaba hirviendo.
-Esto es vida, señor -exclamó Japp-. Cuando me retire, adquiriré una finca en el campo. Deseo perder el crimen de vista, ¡eso es!
-Le crime, il est partout -observó Poirot sirviéndose una buena rebanada de pan y mirando con el ceño fruncido a un gorrión impertinente que acababa de posarse en el alféizar de la ventana.


El conejo tiene una cara agradable
su vida privada es una desgracia.
En verdad que no sabría decir a ustedes
las cosas terribles que hacen los conejos.


-Pues, señor -dijo desperezándose Japp-. Creo que todavía me queda sitio para otro huevo y para una o dos lonchas de jamón. ¿Y a usted, capitán?
-Sí.
-¿Y a usted, Poirot? Éste movió la cabeza.
-No hay que llenar el estómago -repuso- porque el cerebro se negará a funcionar.
-Pues yo pienso arriesgarme -repuso Japp riendo-. Lo tengo muy grande. A propósito, está engordando, monsieur Poirot. ¡Eh, miss, otra ración de jamón con huevos!



En este momento un cuerpo macizo bloqueó la puerta de entrada. Era el agente Pollard.
-Perdón si interrumpo, inspector -dijo-, pero deseo que me aconseje usted.
-Estoy de vacaciones -dijo Japp apresuradamente-. No me dé trabajo. ¿De qué se trata?
-De un caballero que habita en Leigh Hall. Se ha disparado un tiro en la cabeza.
-Supongo que habrá sido por deudas... o por una mujer. Es lo usual. Lamento no poder ayudarle, Pollard.
-El caso es que no ha podido realizar el hecho por sí solo. Así lo cree el doctor Giles.
Japp dejó la taza sobre el platillo.
-¿Que no ha podido suicidarse solo? ¿Qué quiere decir?
-Es lo que afirma el doctor -repuso Pollard-. Dice que es totalmente imposible. Esa muerte le deja perplejo, porque lo mismo la puerta que la ventana de la habitación están cerradas por dentro con llave y cerrojo, pero se aferra a su opinión de que el caballero no se ha suicidado.
Esto zanjó la cuestión. Huevos y jamón se dejaron a un lado y pocos minutos después avanzamos todos a buen paso en dirección a Leigh Hall, mientras Japp dirigía ansiosas preguntas al agente.
El nombre del difunto era Walter Protheroe; era un hombre de edad madura y tenía algo de retraído. Llegó a Market Bassing ocho años atrás y alquiló la casa, vieja mansión, casi derruida, estropeada, vivía en un ala, atendido por el ama de llaves que había traído consigo.
Esta última se llamaba miss Clegg y era una mujer superior, a la que todo el pueblo consideraba. Míster Protheroe tenía huéspedes llegados al pueblo hacía muy poco: míster y mistress Parker, de Londres. Esa mañana miss Clegg había llamado en vano a la puerta de la habitación de su amo y al reparar en que estaba cerrada se alarmó y llamó a la policía y al médico. El agente Pollard y el doctor Giles llegaron a un tiempo. Los esfuerzos unidos lograron echar abajo la puerta de roble del dormitorio.
Míster Protheroe apareció tendido en el suelo. Presentaba un tiro en la cabeza y tenía asida la pistola con la mano derecha. Era evidente que se trataba en realidad de un suicidio.
Sin embargo, al examinar el cadáver, el doctor Giles quedó visiblemente perplejo y finalmente se llevó al agente aparte y le comunicó el motivo de su perplejidad; Pollard pensó al punto en Japp y dejando al doctor en la casa corrió a la fonda para avisarnos de lo ocurrido.



Cuando concluía su relato llegamos a Leigh House, edificio inmenso, desolado, rodeado de un jardín descuidado y lleno de cizaña. Como la puerta estaba abierta pasamos al
vestíbulo y de éste a una salita de recibo de la que salía ruido de voces. En la salita encontramos reunidas a cuatro personas: un hombre vestido ostentosamente, con un rostro movedizo y desagradable, que me inspiró súbita antipatía; una mujer de tipo parecido, aunque hermosa de una manera burda; otra mujer, vestida de negro y algo separada del resto, a la que tomé por el ama de llaves; y un caballero alto, vestido con traje de sport, de semblante despejado y franco, que parecía dominar la situación.
-El doctor Giles -dijo el agente-. El inspector Japp, de Seotland Yard, y dos amigos.
El doctor nos saludó y después hizo la presentación de míster y mistress Parker. Luego subimos tras él la escalera. En obediencia a una seña de Japp, Pollard se quedó en la salita como para guardar la casa. El doctor, que nos precedía, nos hizo recorrer un pasillo. Al final vimos abierta una puerta; de sus goznes colgaban aún varias astillas y el resto estaba por el suelo.
Entramos en aquella habitación. El cadáver seguía tendido en tierra. Míster Protheroe era hombre de edad mediana, de cabello gris en las sienes. Usaba barba. Japp se arrodilló junto a él.
-¿Por qué no lo dejaron tal y como estaba? -gruñó. El doctor se encogió de hombros.
-Porque creímos que se trataba de un caso sencillo de suicidio.
-¡Hum! -exclamó Japp-. La bala ha entrado en la cabeza por detrás de la oreja izquierda.
-Precisamente -repuso el doctor-. Es imposible que se disparase él solo el tiro. Para ello hubiera tenido, primero ante todo, que rodearse la cabeza con el brazo.
-Sin embargo, encontraron la pistola en su mano. A propósito: ¿dónde está?
El doctor le indicó con un gesto la mesa vecina.
-Tampoco la asía -manifestó-. La tenía en la palma, pero no la empuñaba.
-Debieron ponerla en ella después -dijo Japp, que examinaba el arma-. Sólo hay un cartucho vacío. Sacaremos las
huellas dactilares, pero no espero encontrar más que las suyas, doctor. ¿Hace mucho que ha fallecido míster Protheroe?
-No puedo precisar la hora con exactitud como esos médicos maravillosos de las novelas de detectives, inspector, pero debe hacer unas doce horas.
Poirot no se había movido. Se mantenía pegado a mí, viendo lo que hacía Japp y escuchando sus preguntas. De vez en cuando, sin embargo, olfateaba el aire delicadamente, como si se sintiera perplejo. Yo le imité sin descubrir nada de interés. El aire puro no olía a nada. Con todo, Poirot lo olfateaba como si su nariz sensible percibiera algo que se escapaba a su inteligencia.
Al separarse Japp del cadáver, Poirot se arrodilló junto a él. La herida no pareció despertar su interés. Primero supuse que examinaba los dedos de la mano con que el difunto había empuñado la pistola, mas en seguida vi que era un pañuelo, metido en la manga de la chaqueta gris oscuro que le llamaba la atención. Finalmente se puso de pie sin separar los ojos de aquella prenda.
Japp le llamó para que le ayudase a levantar la puerta. Yo aproveché la ocasión para arrodillarme y sacar el pañuelo, que examiné minuciosamente. Era de algodón blanco, de los más corrientes, pero no ostentaba manchas de sangre ni de ninguna especie por lo que, decepcionado, volví a dejarlo donde estaba. Los demás levantaron la puerta y buscaron en vano la llave.
-Esto zanja la cuestión -dijo Japp-. La ventana está cerrada y atrancada. El asesino debió salir por la puerta que cerró con llave y se llevó ésta para que creyéramos que míster Protheroe se había suicidado. Seguramente no creyó que la echaríamos en falta. ¿Está de acuerdo, monsieur Poirot?
-Sí; estoy de acuerdo; pero hubiera sido más sencillo y mejor deslizar la llave por debajo de la puerta. De este modo hubiera parecido que se había caído de la cerradura.
-Ah, bien, no hay que confiar en que a todo el mundo se le ocurren ideas tan geniales como ésta. Si se hubiera dedicado a criminal, hubiera sido el terror de la sociedad. ¿Desea hacer alguna observación, monsieur Poirot?
Poirot parecía echar algo de menos, o si no era así me lo pareció. Después de echar una ojeada a su alrededor dijo en voz baja:
-Parece ser que este caballero fumaba mucho, señores. Era cierto. Lo mismo el hogar que un cenicero colocado sobre la mesa estaban bastante repletos de colillas.
-Por lo menos debió fumar veinte cigarrillos anoche -dijo Japp. Así diciendo se inclinó para examinar los del cenicero-. Son todos de la misma clase. Los ha fumado la misma persona. El hecho no tiene nada de particular, monsieur Poirot.
-No he sugerido que lo tuviera -murmuró mi amigo.
-Ah, ¿qué es esto? -Japp cogió un pequeño objeto reluciente que estaba junto al cadáver-. Es un gemelo roto. ¿A quién pertenecerá? Doctor Giles, haga el favor de ir en busca del ama de llaves.
-¿Y qué hacemos con los Parker? Porque míster Parker tiene trabajo en Londres...
-No sé. Tendremos que pasar sin él. Aunque en vista del cariz que toman las cosas, le necesitamos aquí también. Envíeme al ama de llaves y no permita que los Parker le den a usted y a Pollard el esquinazo. ¿Entraron aquí por la mañana?
El doctor reflexionó un breve momento antes de contestar categórico:
-No, se quedaron en el pasillo mientras entrábamos Pollard y yo.
-¿Está bien seguro?
-Segurísimo.
El doctor marchó a cumplir su misión.
-Es un buen hombre -dijo Japp con aire de aprobación-. Estos médicos deportistas suelen ser personas excelentes. Bien, ¿quién le habrá pegado el tiro a ese pobre señor? Además de él había tres personas más en esta casa. No sospecho del ama de llaves, porque en el espacio de ocho años ha podido matarle, no una sino cien veces. Pero ¿qué clase tic pájaros serán esos Parker? Resultan una pareja poco simpática.
En este momento apareció miss Clegg. Era una mujer flaca, escurrida, de cabellos grises que llevaba partidos en dos. Tenía unos modales muy naturales y tranquilos. De su persona emanaba, al propio tiempo, un aire de eficiencia tal que inspiraba respeto. En respuesta a las preguntas del inspector, explicó que llevaba catorce años al servicio del difunto, que fue amo generoso y considerado. No conocía a míster ni a mistress Parker, a quienes había visto por primera vez tres días atrás. Era indudable, en su opinión, que nadie les había invitado, porque su visita pareció desagradar al señor. El gemelo roto que Japp le enseñó no pertenecía a míster Protheroe, estaba segurísima de ello. Al interrogarle acerca de la pistola repuso que sabía que el señor poseía, en efecto, un arma de fuego que guardaba bajo llave. Ella lo vio una vez, pero no se atrevió a afirmar que fuera la misma que le mostraban. No oyó el disparo la noche anterior. El hecho no tenía nada de extraordinario porque la casa era grande y destartalada y porque lo mismo su habitación que la reservada al matrimonio Parker se hallaba al otro lado de ella. Ignoraba a qué hora se retiró míster Protheroe a descansar. Cuando lo hizo ella, a las nueve y media, lo dejó levantado. No tenía por costumbre acostarse temprano. Por regla general leía o fumaba hasta una hora avanzada. Era un gran fumador.
Poirot interpuso aquí una pregunta:
-¿Dormía el señor con la ventana abierta o cerrada? Miss Clegg reflexionó un instante.
-Con la ventana abierta, si no recuerdo mal-dijo luego.
-Ahora está cerrada. ¿Cómo se explica usted el hecho?
-No sé. Quizá sintió alguna corriente de aire y la cerró por eso.
Japp le dirigió todavía varias preguntas y a continuación la despidió. Luego habló por separado con los Parker. Mistress Parker lloraba; míster Parker optó por fanfarronear e insultarnos. Negó que fuera suyo el gemelo roto, pero su mujer lo había reconocido y naturalmente el hecho empeoró la situación; y como negó también haber entrado en la habitación de míster Protheroe, Japp estimó que había pruebas suficientes para proceder a su detención.
Dejando a Pollard en custodia de la propiedad, corrió al pueblo y pidió comunicación con el cuartel general de la policía. Poirot y yo volvimos a la fonda.
-Está muy callado -dije a mi amigo-. ¿No le interesa el caso?
-Au contraire. Me interesa extraordinariamente. Pero me deja perplejo también.
-El motivo del crimen es poco claro -dije pensativo-, pero estoy seguro de que estos Parker son malas personas. No obstante la falta de motivo, que aparecerá más adelante, sin duda, todo está en contra suya de manera manifiesta.
-Japp ha pasado por alto un detalle a pesar de ser muy significativo.
Yo le miré lleno de curiosidad.
-Poirot, ¿qué es lo que se trae entre manos? -interrogué.
-¿Qué tenía en la manga el difunto?
-¡Un pañuelo!
-Precisamente, un pañuelo.
-Los marinos se lo colocan en la manga -observé pensativo.
-Excelente observación, Hastings, a pesar de que no es la que esperaba.
-¿Tiene algo más que decir?
-Sí, no dejo de pensar en el intenso olor a humo de cigarrillo.
-Pero yo no olí nada -respondí maravillado.
-Ni yo tampoco, cher ami.
Le miré con gravedad: Nunca sé si habla en broma o en serio, pero esta vez me pareció que no bromeaba.
La vista se celebró dos días después. Entretanto, salió a la luz una prueba más. Un vagabundo admitió que había saltado la tapia del jardín de Leigh House, donde dormía con frecuencia en la casilla de las herramientas que quedaba siempre abierta. Este hombre declaró que a las doce de la, noche oyó voces en una habitación del primer piso. Una pedía dinero, la otra se lo negaba de manera airada. Oculto tras de un arbusto vio a dos hombres pasar y repasar por delante de la iluminada ventana. Uno, lo conocía bien, era míster Protheroe; el otro le era desconocido, pero sus señas coincidían totalmente con las de míster Parker.
Estaba ahora claro que los Parker habían ido a Leigh House para hacer víctima de un chantaje a Protheroe y cuando más adelante se descubrió que su verdadero nombre era en realidad Wendover, ex teniente de la Armada y que estuvo relacionado en 1910 con la explosión del crucero Merrythought, el caso se aclaró rápidamente. Parker, que sabía el papel desempeñado por Wendover, le siguió los pasos y le pidió dinero a cambio de mantener la boca cerrada. Pero el otro se negó a dárselo. En el curso de la disputa, Wendover sacó el revólver, Parker se lo arrancó de la mano e hizo fuego tratando luego de dar al crimen la apariencia de un suicidio.
Parker fue llevado a juicio y se reservó la defensa. Nosotros habíamos asistido a los procedimientos del tribunal. Al salir, Poirot meneó la cabeza.
-Así debe ser -murmuró-. Sí, así debe ser. No es posible demorarse.
Entró en Correos y escribió unas líneas que envió por mensajero especial. Yo no vi a quién iba dirigida la nota. Después volvimos a la fonda, donde nos hospedábamos desde aquel memorable fin de semana.
Poirot iba y venía sin cesar desde el fondo de la habitación a la ventana.
-Espero visita -me explicó-. ¿Me habré equivocado? No, no es posible. No, aquí está.
Y con no poca sorpresa por mi parte vi entrar a miss Clegg en la habitación. Me pareció menos serena que de costumbre y llegaba jadeando como si hubiera venido corriendo. Vi brillar el miedo en sus ojos cuando miró a Poirot.
-Siéntese, mademoiselle -le dijo amablemente mi amigo-. He adivinado, ¿verdad?
Ella pareció indecisa y prorrumpió en llanto por toda respuesta.
-¿Por qué hizo eso? ¿Por qué? -dijo Poirot con suavidad.
-Porque le amaba mucho -repuso ella-. Yo le cuidé desde la infancia. ¡Oh, tenga piedad de mí!
-Haré por usted cuanto sea posible. Pero no podía permitir, compréndalo, que ahorcasen a un inocente por bribón y desagradable que pudiera ser.
Miss Clegg se irguió y dijo en voz baja:
-Quizá yo tampoco lo hubiera permitido al final. Haga lo que juzgue conveniente.
Luego, poniéndose en pie, salió apresuradamente de la habitación.
-¿Le mató ella? -pregunté aturdido. Poirot sonrió y movió la cabeza.
-Se suicidó él -replicó-. ¿Recuerda que llevaba el pañuelo en la manga derecha? Pues esto me reveló que era zurdo. Temiendo después de la borrascosa entrevista con míster Parker que se hiciera público su delito, se suicidó. Por la mañana, al ir a llamarle como de costumbre, miss Clegg le halló muerto y como, según acaba de oír, le conocía desde niño, se llenó de cólera contra los forasteros que le habían empujado a tan vergonzosa muerte. Los consideraba como a sus asesinos y de pronto vio la posibilidad de hacerles sufrir por el hecho que habían inspirado. Únicamente ella sabía que Protheroe era zurdo. Pasó, pues, la pistola a su mano derecha, cerró y echó la falleba de la ventana, dejó caer al suelo el pedazo de gemelo que había encontrado en una de las habitaciones de la planta baja y salió, cerrando la puerta y llevándose la llave.
-Poirot -exclamé en una explosión de entusiasmo-. ¡Es usted soberbio! ¡Y todo esto sólo por medio de un simple pañuelo!
-Y por el humo del cigarrillo. Si la ventana hubiera estado cerrada y fumados todos aquellos cigarrillos la habitación habría estado impregnada del olor a tabaco. En vez de esto el aire era puro y así deduje en el acto que la ventana había estado abierta durante toda la noche y que únicamente se cerró por la mañana, lo que me brindó una serie de interesantes reflexiones. No acertaba a concebir, bajo ninguna clase de circunstancias, que el criminal deseara cerrar la ventana. Por el contrario, ganaba dejándola abierta para simular que el criminal se había escapado por ella, si la teoría del vagabundo seguía teniendo éxito. La declaración del vagabundo vino a confirmar mis sospechas, porque de estar la ventana cerrada no hubiera oído la discusión.
-¡Espléndido! -dijo cordialmente-. Y ahora, ¿quiere una taza de té?
-Ha hablado usted como buen inglés -repuso Poirot suspirando-. Yo preferiría un refresco, pero no creo probable que lo haya.




LA HERENCIA DE LOS LEMESURIER


He investigado muchos casos extraños en compañía de Hércules Poirot, pero no creo que ninguno de ellos pueda compararse a la serie extraordinaria de acontecimientos que mantuvo despierto nuestro interés por espacio de muchos años, hasta culminar en el último problema que le tocó resolver a mi amigo. Nuestra atención se concentró por vez primera en la historia de la familia de los Lemesurier una tarde, durante la guerra. Poirot y yo volvíamos a vernos y renovábamos los viejos días de nuestra amistad iniciada en Bélgica. Mi amigo había llevado a cabo una comisión para el Ministerio de la Guerra a su entera satisfacción y cenamos en el Carlton con Bras Hat, que le dedicó grandes cumplidos. Bras tuvo luego que salir a escape para acudir a su cita con un conocido y nosotros terminamos nuestro café tranquilamente, sin prisas, antes de imitar su ejemplo.
En el momento en que nos disponíamos a dejar el comedor, me llamó una voz familiar, me volví y vi al capitán Vincent Lemesurier, un joven a quien había conocido en Francia. Le acompañaba un caballero cuyo parecido revelaba pertenecer a la misma familia. Así resultó, en efecto, y Vincent nos lo presentó con el nombre de Hugh Lemesurier, su tío.
Yo no conocía íntimamente al capitán Lemesurier, pero era un muchacho muy agradable, algo soñador, y recordé haber oído decir que pertenecía a una antigua y aristocrática familia que databa de los tiempos de la Restauración y que
poseía una propiedad en Northumberland. Como ni Poirot ni yo teníamos prisa, aceptamos la invitación del joven y volvimos a sentarnos a la mesa con los recién llegados, charlando satisfechos de diversos temas sin importancia. El Lemesurier de más edad era hombre de unos cuarenta años, de hombros caídos, y que recordaba mucho al hombre ilustrado; en aquel momento se ocupaba en una investigación química por cuenta del gobierno, según dedujimos de la conversación.
Interrumpió nuestra charla un joven moreno, de buena estatura, que se acercó a la mesa presa de visible agitación.
-¡Gracias a Dios que los encuentro! -exclamó.
-¿Qué sucede, Roger?
-Se trata de su padre, Vicent. Ha sufrido una mala caída. El caballo era joven y difícil de dominar.
Dicho esto les llevó aparte y ya no oímos lo que decía. A continuación los dos nuevos amigos se despidieron de nosotros precipitadamente. El padre de Vincent acababa de ser víctima de un grave accidente mientras domaba un caballo joven y le restaban unas horas de vida. El muchacho se puso mortalmente pálido, como si le afectara mucho la noticia. A mí me sorprendió su actitud, porque unas palabras que le oí proferir una vez en Francia me habían hecho creer que padre e hijo no estaban en muy buenas relaciones. Debo confesar, pues, que su emoción filial me dejó atónito. El joven moreno a quien Vincent nos presentó como su primo Roger Lemesurier, se quedó con nosotros y los tres salimos juntos a la calle.
-Este caso, sumamente curioso -comentó Roger-, interesará quizá a monsieur Poirot, un as en materia de psicología, según he oído decir.
-La estudio, en efecto -repuso con prudencia mi amigo.
-¿Han reparado en la cara de mi primo? ¿Verdad que parecía trastornado? ¿Conocen el motivo? Pues por la maldición que pesa, de antiguo, sobre la familia. ¿Desean conocerla?
-Sí, cuéntela y le quedaremos muy reconocidos.
Roger Lemesurier consultó un momento la hora en el reloj de pulsera.
-Bueno, me sobra tiempo. Me reuniré con ellos en King's Cross. Bien, monsieur Poirot: los Lemesurier somos una familia muy antigua. Allá en el medievo un Lemesurier sintió celos de su mujer a la que descubrió en situación comprometida. Ella juraba que era inocente, pero el barón Hugh se negó a escucharla. Hugh juraba que el hijo que su mujer le había dado no era suyo y que no percibiría ni un solo penique de su fortuna. No recuerdo bien lo que hizo, creo que emparedó vivos al hijo y a la madre. Lo cierto es que los mató y que ella murió haciendo protesta de su inocencia y maldiciendo solemnemente a él y a todos sus descendientes. Según esta maldición, ningún primogénito de los Lemesurier recogería jamás su herencia. Bien, andando el tiempo se demostró, sin que cupiera lugar a dudas, la inocencia de la baronesa. Tengo entendido que Hugh llevó siempre cilicio y que murió en la celda de un convento. Pero lo curioso del caso es que a partir de aquel día ningún primogénito de los Lemesurier ha heredado. Los bienes paternos han pasado siempre de sus manos a las de un hermano, de un sobrino, de un segundón, pero jamás al primogénito. El padre de Vincent es el segundón de los cinco hijos de su padre. El mayor murió en la infancia. Y Vincent se ha convencido durante la guerra de que es ahora él el predestinado. Pero, por imposible que parezca, sus dos hermanos menores han muerto en ella.
-Es una historia muy interesante -dijo Poirot pensativo-. Pero ahora que el padre se está muriendo, ¿será el primogénito el heredero de su fortuna?
-Precisamente. La maldición se ha desvirtuado. No puede subsistir en medio del bullicio de la vida moderna. Poirot movió la cabeza como si reprobase el tono ligero del otro. Roger Lemesurier volvió a mirar el reloj y se apresuró a despedirse de nosotros.
Pero la historia no había concluido al parecer, ya que al día siguiente supimos la trágica muerte de Vincent. Había tomado el tren correo de Escocia y durante la noche se abrió la portezuela de su compartimiento y cayó a la vía. La emoción que le produjo el estado de su padre, sumada a la enfermedad nerviosa que padecía como resultado de su estancia en el frente, debió producirle un ataque de locura temporal. Y la curiosa superstición que prevalecía entre la familia superviviente volvió a salir a la luz al hablar del nuevo heredero, Ronald Lemesurier, cuyo único hijo había muerto en la batalla de Somme.
Supongo que nuestro encuentro accidental con Vincent Lemesurier el último día de su vida, despertó nuestro interés por todo lo que se relacionaba con su familia y por ello dos años después nos enteramos del fallecimiento de Ronald, inválido en la época de su herencia de las propiedades de los Lemesurier. Le sucedió su hermano John, hombre simpático, cordial, que tenía un hijo en la Universidad de Eton.
Los Lemesurier eran víctimas, en efecto, de un destino implacable, ya que durante las vacaciones el joven estudiante se disparó un tiro sin querer. La muerte de su padre, acaecida casi inmediatamente después de picarle una avispa, puso la propiedad en manos de Hugh, el más joven de los cinco hermanos, al que conocimos la noche fatal en el Carlton.
Aparte de comentar la extraordinaria serie de desgracias que caían sobre los Lemesurier, no habíamos sentido ningún interés personal por tales acontecimientos, pero se acercaba el momento en que debíamos tomar parte más activa en ellos.



Una mañana nos anunciaron a mistress Lemesurier. Era una mujer altiva, de buena estatura, de unos treinta años de edad y que a juzgar por su aspecto poseía resolución y una dosis respetable de sentido común. Hablaba con leve acento extranjero.
-Monsieur Poirot, creo que recordará usted dónde nos vimos. Hugh Lemesurier, le vio hace años, pero no lo ha olvidado.
-Recuerdo perfectamente el hecho, madame. Nos vimos en el Carlton.
-Eso es. Bien, monsieur Poirot, pues estoy muy preocupada.
-¿Respecto de qué, madame?
-Pues respecto de mi hijo mayor. Porque tengo dos hijos: Ronald, de ocho años y Gerald de seis.
-Continúe, señora. ¿Por qué le preocupa su hijo Ronald?
-Monsieur Poirot, en el espacio de los seis últimos meses pasados ha logrado escapar a la muerte tres veces seguidas: la primera vez estuvo a punto de ahogarse en Cornualles, este verano; la segunda vez se cayó por la ventana de la nursery; la tercera vez estuvo a punto de ser envenenado.
El rostro de Poirot expresaba de manera demasiado elocuente, tal vez, lo que estaba pensando, porque mistress Lemesurier dijo apresuradamente:
-Naturalmente, comprendo que usted me toma por una boba qué convierte en montañas un granito de arena... -No, señora. Cualquier madre se sentiría tan trastornada como usted por tales acontecimientos, pero lo que no veo es en qué puedo servirla. No soy le bon Dieu para mandar a las olas; ponga barrotes de hierro en la nursery y en cuanto a la comida, ¿qué podría compararse al cuidado de una madre? -Pero ¿por qué le suceden tales cosas a Ronald y no a Gerald?
-Se trata de una pura casualidad, madame... le hasard!
-¿De verdad cree usted eso?
-¿Qué cree usted, madame, qué cree su marido? Una sombra nubló el rostro de mistress Lemesurier.
-Hugh no quiere escucharme. Supongo que habrá usted oído hablar de la maldición que pesa sobre nuestra familia. Según ella, el primogénito no puede heredar. Hugh cree en esa leyenda. Conoce al dedillo la historia de los Lemesurier y es supersticioso en grado superlativo. Cuando le comunico mis temores me habla de la maldición y asegura que no podemos escapar de ella. Pero yo he nacido en los Estados Unidos, monsieur Poirot. Allí no creemos en maldiciones, aunque nos gusten porque son distinguidas, porque dan tono, ¿comprende? Hugh me conoció cuando tomaba yo parte en una comedia musical y me dije que eso de una maldición es un embrujo, algo indescriptible para expresarlo con palabras, a propósito para narrarlo junto al fuego en una cruda noche
de invierno, pero cuando se trata de un hijo... es otra cosa, porque yo adoro a mis hijos, monsieur Poirot, y haría cualquier sacrificio por ellos.
-¿De manera que se niega a creer en la leyenda de la familia?
-¿Puede una leyenda cortar un tallo de hiedra?
-¿Qué es lo que dice, madame? -exclamó mi amigo con expresión de profundo asombro reflejado en el semblante. -Digo, ¿puede una leyenda, una fantasía si prefiere denominarlo así, cortar un tallo de hiedra? No me refiero a lo sucedido en Cornualles, porque aunque Ronald sabe nadar desde los cuatro años, cualquier chico puede encontrarse en apurada situación en un momento dado. Los dos hijos míos son muy traviesos y por ello un día descubrieron que podían encaramarse por la pared sirviéndose de la hiedra como de una escalera. Un día en que Gerald no estaba en casa la hiedra cedió y Ronald cayó a tierra. Por fortuna no se hizo nada serio. Pero yo salí y examiné la hiedra. Estaba cortada, monsieur, cortada deliberadamente.
-¿Se da cuenta de la gravedad de lo que insinúa, madame? ¿Dice que el hijo menor estaba en aquel momento fuera de casa?
-Sí.
-¿Lo estaba también cuando el envenenamiento de Ronald?
-No, los dos estaban en ella.
-Es curioso -murmuró Poirot-. Dígame, ¿qué servidores tiene usted?
-Miss Saunders, el aya de los niños, y John Gardiner, el secretario de mi marido.
Mistress Lemesurier hizo una pausa levemente confusa.
-¿Y quién más, madame?
-El comandante Roger Lemesurier, a quien conoció usted también aquella noche del Carlton, viene a vernos con frecuencia.
-¡Ah, sí! ¿Es pariente de ustedes?
-Un primo lejano. No pertenece a esta rama de la familia. Sin embargo, creo que es el pariente más próximo de
mi marido. Es muy afectuoso y le queremos todos. Los chicos le adoran.
-¿Fue él, quizá, quien les enseñó a trepar por la hiedra?
-Bien pudiera ser, porque les incita a hacer travesuras.
-Madame, le pido mil perdones por lo que dije antes. El peligro es real y creo poder servirla. Le propongo que nos invite a pasar unos días con ustedes. ¿Tendría inconveniente en ello su marido?
-Oh, no. Pero dudará de su eficacia. Me irrita ver que se sienta tranquilamente a esperar que fallezca su hijo.
-¡Cálmese, madame! Nosotros todo lo hacemos metódicamente.



Después de hacer el equipaje a toda prisa, tomamos al día siguiente el camino del norte. Poirot se sumió en sus reflexiones. Salió de su ensimismamiento para preguntar bruscamente:
-¿Se cayó Vincent Lemesurier de uno de estos trenes? Y acentuó levemente el verbo.
-¿Qué es lo que sospecha? -interrogué sinceramente sorprendido.
-¿No le han llamado la atención, Hastings, esas muertes casuales de los Lemesurier? ¿No le parece que todas ellas han podido ser preparadas de antemano? Por ejemplo, la de Vincent; luego la del estudiante de Eton. Un accidente es casi siempre algo ambiguo. Suponiendo que este mismo niño, hijo de Hugh, hubiera fallecido como resultado de su caída por la ventana, qué cosa tan natural y tan poco sospechosa. Porque, ¿quién sale beneficiado de su muerte? Su hermanito, un niño de seis años. ¡Es absurdo!
-Quizá pretenden, más adelante, desembarazarse de él también -sugerí yo alimentando una idea vaga de quién o quiénes lo pretendían.
Poirot movió la cabeza. La sugerencia no le satisfacía, era evidente.
-Envenenamiento por ptomaína -murmuró-. La atropina presenta casi los mismos síntomas. Sí, nuestra presencia allí es indispensable. Hay que descubrir... o bien... evitar o...




Mistress Lemesurier nos recibió con entusiasmo. En seguida nos llevó al estudio de su marido y nos dejó en él. Hugh había cambiado mucho desde la primera guerra. Sus hombros se inclinaban todavía más hacia delante y su rostro tenía un curioso tinte gris pálido. Poirot le explicó el motivo de nuestra visita y le escuchó con atención.
-¡Es muy propio del sentido común de Sadie! -dijo al final-. De todos modos, monsieur Poirot, le agradezco que haya venido; pero lo escrito, escrito está. La vida del transgresor es dura. Nosotros, los Lemesurier, lo sabemos, ninguno de nosotros escapará a su destino.
Poirot le habló de la hiedra cortada pero el hecho causó poca impresión a Hugh.
-No cabe duda que fue obra de un jardinero poco cuidadoso... Sí, sí, tiene que haber un instrumento, pero el fin es simple; y no se demorará mucho, sépalo, monsieur Poirot. Éste le miró con atención.
-¿Por qué dice eso?
-Porque yo mismo estoy sentenciado. El año pasado fui a ver a un médico y padezco una enfermedad incurable. El fin está próximo, pero antes de que yo fallezca se llevarán a Ronald. Gerald le heredará.
-¿Y si le sucediera algo también a su segundo hijo? -No le sucederá nada; nada le amenaza.
-Pero ¿y si le sucediera? -insistió Poirot.
-Mi primo Roger sería su heredero.
Alguien vino a interrumpir nuestra conversación. Era un caballero alto, de arrogante figura, de cabello rizado, color de cobre, que entró llevando unos papeles en la mano.
-Bien, deje eso, Gardiner y no se preocupe -dijo Hugh Lemesurier-. Mi secretario, míster Gardiner.
El secretario saludó, nos dedicó unas palabras agradables de bienvenida y desapareció. A pesar de su gallardía había algo en él que repelía y cuando me confié a Poirot, más adelante, mientras paseábamos por los hermosos jardines, convino en ello con no poca sorpresa por mi parte.
-Sí, sí, Hastings, tiene usted razón. No me gusta. Es demasiado guapo. Ah, ya están aquí los pequeños.
Mistress Lemesurier avanzaba hacia nosotros con los dos niños al lado. Eran dos guapos muchachos, moreno el menor como la madre, de cabello rubio y rizoso el mayor. Los dos nos estrecharon la mano, como dos hombrecitos, y en seguida se dedicaron a Poirot. Luego fuimos presentados a miss Saunders, mujer indescriptible, que formaba parte del grupo familiar.



Por espacio de varios días llevamos una existencia cómoda y agradable, siempre vigilante aunque sin resultado. Los chicos vivían de manera normal sin carecer de nada.
Al cuarto día de estancia en la finca vimos aparecer al comandante Roger Lemesurier. Vivaracho y despreocupado, había variado muy poco, y seguía hablando de todo con la misma ligereza. Era, evidentemente, un gran favorito de los chicos, porque le acogieron con exclamaciones de alegría y le arrastraron en seguida al jardín para jugar a los indios. Me di cuenta de que Poirot le seguía sin llamar la atención.
Al día siguiente, lady Claygate, cuya propiedad lindaba con la de los Lemesurier, invitó a todo el mundo, chicos inclusive, a tomar el té. Mistress Lemesurier quería que les acompañásemos, pero sin embargo pareció aliviarla de un gran peso la negativa de Poirot que, según dijo, prefería quedarse en casa.
En cuanto partieron todos, puso manos a la obra. Su actitud me recordó la de uri terrier inteligente. Creo que no quedó sin registrar un solo rincón de la propiedad; sin embargo, se hizo tan serena y metódicamente que a nadie llamaron la atención sus idas y venidas. Mas era evidente, al final, que no se sentía satisfecho. Tomamos el té en la terraza con miss Saunders, que tampoco había querido formar parte de la reunión.
-Los chicos deben estar disfrutando -murmuró-.
Confío en que se portarán como es debido, en que no pisotearán los parterres de flores ni se acercarán a las abejas... Poirot se quedó con el vaso que iba a llevarse a la boca en la mano. Era como si acabara de ver un fantasma.
-¿Las abejas? -repitió con voz de trueno.
-Sí, monsieur Poirot, las abejas. Tres colmenas. Lady Claygate está orgullosa de ellas.
-¡Abejas! -exclamó Poirot. Luego se levantó de un salto y empezó a pasear por la terraza con las manos en la cabeza. Por más esfuerzos que hice no pude imaginar por qué se agitaba tanto a la sola mención de aquellos insectos.
En este momento oímos rodar un coche. Cuando el grupo se apeó ya estaba Poirot en el umbral de la puerta.
-Han picado a Ronald -exclamó excitado Gerald.
-No ha sido nada -dijo mistress Lemesurier-. Ni siquiera se ha hinchado. Le pondremos en la picadura un poco de amoníaco.
-A ver, hombrecillo. ¿Donde ha sido? -preguntó Poirot.
-Aquí, en este lado del cuello -repuso dándose importancia Ronald-. Pero no me duele. Papá me dijo: «Estáte quieto. Se te ha posado encima una abeja». Me estuve quieto y papá me la quitó de encima, pero sentí un alfilerazo. Ya me había picado y no lloré porque ya soy grande e iré a la escuela el año que viene.
Poirot examinó el cuello del niño y luego se retiró. Cogiéndome por el brazo murmuró a mi oído:
-¡Esta noche, mon ami, será esta noche! No diga nada... a nadie.
Como se negó a mostrarse más comunicativo, confieso que pasé el resto del día devorado por la curiosidad. Se retiró temprano y seguí su ejemplo. Mientras subíamos la escalera me cogió por un brazo y me dio instrucciones.
-No se desvista. Aguarde algún tiempo, apague luego la luz y venga a reunirse conmigo.
Obedecí y le encontré esperándome cuando llegó la hora. Me encargó con un gesto que guardara silencio y nos dirigimos, de puntillas, al ala de la casa donde se hallaba la habitación de los niños. Ronald tenía un cuarto propio. Entramos en él y me situé en un rincón oscuro. El niño respiraba bien, normalmente, y dormía tranquilo.
-Duerme profundamente, ¿verdad? -susurré. Poirot hizo seña de que sí.
-Le han narcotizado -murmuró.
-¿Para qué?
-Para que no llore cuando...
-¿Cuando...? -repetí al ver que hacía una pausa.
-¡Sienta el pinchazo de la aguja hipodérmica, mon ami! ¡Silencio! No hablemos más, aunque no espero ningún acontecimiento próximo.
Pero Poirot se engañaba. Diez minutos después se abrió la puerta sin ruido y alguien entró en la habitación. Oí una respiración anhelosa, unos pasos que se aproximaron a la cama, luego un súbito ¡clic! La luz de una pequeña lámpara de bolsillo cayó sobre el rostro del pequeño durmiente. La persona que la asía seguía invisible en la sombra. Dejó la lámpara en tierra; con la mano derecha sacó la jeringuilla y con la izquierda tocó al niño en el cuello.
Poirot y yo dimos un salto al mismo tiempo. La lámpara rodó por el suelo y luchamos con el intruso en la oscuridad. Su fuerza era extraordinaria. Por fin le vencimos.
-La luz, Hastings. Tengo que verle la cara... a pesar de que temo saber demasiado bien a quién pertenece.
Lo mismo me sucedía a mí, me dije mientras buscaba la luz a tientas. Había sospechado un momento del secretario acuciado por la antipatía que me inspiraba, pero ahora estaba seguro de que el hombre que se beneficiaría de la muerte de los dos niños era el monstruo cuyos pasos habíamos estado siguiendo.
Uno de mis pies tocó la lámpara. La cogí y la encendí. Su luz brilló de lleno en el rostro... de Hugh Lemesurier, ¡el propio padre del pequeño!
Estuve en un tris de que se me cayera la lámpara de la mano.
-¡Imposible! -dije con la voz velada-. ¡Imposible! Lemesurier había perdido el conocimiento. Entre Poirot
y yo le trasladamos a su habitación y le dejamos sobre la cama. Poirot se inclinó y le quitó con suavidad un objeto de la mano. Luego me lo enseñó. Me estremecí. Era la jeringuilla.
-¿Qué hay en ella? ¿Veneno?
-Ácido fórmico si no me engaño.
-¿Ácido fórmico?
-Sí. Obtenido, probablemente, de la destilación de hormigas. Ya recordará que es químico. Luego se hubiera atribuido la muerte del niño a la picadura de la abeja.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡A su propio hijo! ¿Y usted lo sospechaba?
Poirot por toda respuesta, hizo gravemente un gesto afirmativo.
-Sí. Está loco, naturalmente. Imagino que la historia de su familia se convirtió en él en verdadera manía. Su deseo intenso de heredar la fortuna de los Lemesurier le condujo a cometer una serie de crímenes. Posiblemente se le ocurriría la idea al viajar por primera vez con Vincent. No podía permitir que la predicción resultase vana. El hijo de Ronald había muerto ya y el mismo Ronald era un moribundo. La familia está compuesta de individuos débiles. Él preparó el accidente de la pistola, y, lo que hasta ahora no había sospechado, la muerte de su hermano John mediante este mismo procedimiento de inyectar en la yugular ácido fórmico. Entonces se realizó su ambición y se convirtió en dueño de las propiedades agrarias de la familia. Pero su triunfo fue de breve duración porque sufría una enfermedad incurable. Además alimentaba una idea fija, una idea de loco: la de que su hijo no podría heredar. Sospecho que el accidente del baño se debió a él. Seguramente animaría al pequeño a que llegase cada vez más lejos. Al fracasar esta tentativa cortó la hiedra y después envenenó el alimento de Ronald.
-¡Es diabólico! -murmuré con un escalofrío-. ¡Y qué hábilmente planeado!
-Sí, mon ami, no existe nada tan sorprendente como la extraordinaria inteligencia de los locos. No hay nada que pueda compararse a ella, sólo la excentricidad de los cuerdos.
-Y pensar que sospeché hasta de Roger, este buen amigo...
-Es natural, mon ami. Nosotros sabíamos que acompañó a Vicent en su viaje al norte. Sabíamos también que después de Hugh y de sus hijos él era el legítimo heredero. Pero los hechos dieron al traste con estas suposiciones. No se cortó la hiedra más que cuando el pequeño Ronald estaba en casa... y el interés de Roger hubiera exigido que los dos hermanitos perecieran. De la misma manera que fue sólo Ronald el envenenado. Y hoy, cuando volvieron a casa y me di cuenta de que solamente bajo palabra de su padre había que creer que Ronald fue picado por una abeja, recordé la otra muerte y supe quién era el asesino.



Hugh Lemesurier murió varios meses después en una casa de salud a la que había sido trasladado. Su viuda volvió a casarse con míster Gardiner, el secretario de los cabellos color de cobre. Ronald heredó las hectáreas de su padre y continúa floreciendo.
-Bien, bien -observé dirigiéndome a Poirot-. Otra ilusión que se desvanece. Usted ha concluido con la maldición que pesaba sobre los Lemesurier.
-¿Quién sabe? -repuso pensativo el detective-. Quién sabe...
-¿Qué quiere decir?
-Voy a contestar, mon ami, con una sola y significativa palabra ¡rojo!
-¿Sangre? -interrogué aterrado, bajando la voz instintivamente.
-¡Qué imaginación tiene tan melodramática, Hastings! Me refería a algo más prosaico: al color de los cabellos del pequeño Ronald.




EL MISTERIO DE CORNUALLES


Mistress Pengelley -anunció nuestra patrona. Y se retiró discretamente.
Por regla general personas de toda especie acuden a consultar a Poirot, pero, en mi opinión, la mujer que se detuvo, nerviosa, junto a la puerta manoseando un boa de plumas, era de las más vulgares. Representaba unos cincuenta años, era delgada, de rostro marchito, vestía un traje sastre y sobre los cabellos grises se había puesto un sombrero que la favorecía poquísimo. En una capital de provincia pasamos todos los días por delante de muchas mistress Pengelley.
Poirot, que se dio cuenta de su visible confusión la acogió con agrado avanzando unos pasos.
-Madame, siéntese, por favor. Mi colega, el capitán Hastings.
La señora tomó asiento, murmurando:
-¿Es usted monsieur Poirot, el detective?
-Sí, señora. A su disposición.
La visitante suspiró, se retorció las manos, se puso colorada.
-¿Puedo servirla en algo, madame?
-Si, señor... Creo... Me pareció que...
-Continúe, madame, por favor.
Mistress Pengelley se dominó mediante un esfuerzo de voluntad al verse animada por mi amigo.
-El caso es, monsieur Poirot... que no quisiera tener nada que ver con la policía. ¡No, no pienso acudir a ella por nada del mundo! Pero al propio tiempo... me tiene preocupada. Sin embargo, no sé si debo...
Mistress Pengelley calló bruscamente.
-Yo no tengo nada que ver con la policía -le aseguró Poirot-. Mis investigaciones son estrictamente particulares. Mistress Pengelley se aferró a la palabra.
-Particular, eso es. Es lo que deseo. No quiero habladurías, ni comentarios, ni sueltos en los periódicos. Porque cuando la prensa desbarra, las pobres familias ya no vuelven a levantar la cabeza. Además de que no estoy segura... Se trata de una idea, una idea terrible que se me ha ocurrido y que no me deja en paz. -Hizo una pausa para cobrar aliento y luego siguió diciendo-: No quisiera juzgar mal al pobre Edward... mas suceden cosas tan terribles hoy día...
-Permítame... ¿Edward es su marido?
-Sí.
-¿Qué es lo que sospecha?
-No quisiera tener que decirlo, monsieur Poirot, pero como todos los días suceden cosas parecidas y los desgraciados ni siquiera sospechan...
Yo comenzaba a desesperar de que la pobre señora se decidiera a hablar claro, pero la paciencia de Poirot era inagotable.
-Explíquese sin temor, madame. Verá cómo se alegra cuando le demostremos que sus recelos carecen de fundamento.
-Es muy cierto. Además de que cualquier cosa será mejor que esta espantosa incertidumbre. Monsieur Poirot, temo que... ¡me están envenenando!
-¿Qué le induce a creerlo?
Una vez superada la reticencia, mistress Pengelley se metió en una intrincada serie de explicaciones más propias para los oídos de un médico que para los nuestros de índole policíaca.
-Así pues, dolor y malestar después de las comidas, ¿no es eso? -dijo Poirot pensativo-. ¿La ha visitado un médico, madame? ¿Qué dice?
-Dice que tengo una gastritis aguda. Pero he reparado en su inquietud, en su perplejidad. Cambia continuamente de medicamentos, pero ninguno me sienta bien.
-¿Le ha hablado de... sus temores?
-No, monsieur Poirot. No quiero que se divulgue la noticia. Quizá sea realmente una gastritis lo que padezco. De todas maneras es raro que en cuanto se va Edward de casa todos los fines de semana, vuelva a sentirme bien. Incluso Freda, mi sobrina, se ha fijado en ello. Luego hay lo de la botella del veneno para las malas hierbas, casi vacía, a pesar de que asegura el jardinero que no se utiliza.
Mistress Pengelley miró con expresión suplicante a Poirot que sonrió para tranquilizarla, mientras tomaba papel y lápiz.
-Vamos a ser prácticos, madame -dijo-. ¿Dónde residen ustedes?
-En Polgarwith, una pequeña ciudad de Cornualles.
-¿Hace tiempo que habitan en esa ciudad?
-Catorce años.
-Usted y su marido ¿son los únicos habitantes de la casa? ¿Tienen ustedes hijos?
-No.
-Pero ¿sí una sobrina?
-Sí, Freda Stanton, hija de la única hermana de Edward. Ha vivido con nosotros por espacio de ocho años, o sea hasta la semana pasada.
-¡Oh! ¿Qué pasó en esa semana?
-Pues la verdad es que no sé qué le pasó a Freda. Se mostraba ruda, impertinente, cambiaba con frecuencia de humor hasta que un día, después de uno de sus desahogos, salió de casa y alquiló habitaciones en otra calle de la población. Desde entonces no he vuelto a verla. Vale más esperar a que recupere el sentido común, como dice míster Radnor.
-¿Quién es míster Radnor?
Parte del embarazo inicial de mistress Pengelley reapareció.
-Oh. pues, es un amigo. Un muchacho muy agradable.
-¿Existe alguna clase de relación entre él y su sobrina?
-En absoluto -dijo mistress Pengelley con marcado énfasis.
Poirot pasó a un terreno más positivo.
-¿Están usted y su marido en buena posición?
-Sí, gozamos de una posición bastante buena.
-¿El capital es suyo o de él?
-Es todo de Edward. Yo no poseo nada mío.
-Para ser prácticos, madame, compréndalo, tenemos que ser brutales. Tenemos que buscar un motivo, porque no creo que su marido la esté envenenando solo pour passer le temps! ¿Sabe si tiene alguna razón para desear quitarla a usted de en medio?
-¡Oh, una arpía de cabellos rublos! -dijo mistress Pengelley dejándose llevar de un arrebato de cólera-. Mi marido es dentista, monsieur Poirot, y dice que no hay nada como tener de ayudante a una muchacha despierta, de cabello rizado y delantal blanco para atraer a la clientela. Y a pesar de que jura lo contrario, yo sé que la acompaña muchas veces.
-¿Quién pidió la botella del veneno, madame?
-Mi marido... hará cosa de un año.
-¿Tiene su sobrina dinero propio?
-Una renta de unas cincuenta libras al año, poco más o menos. Si yo se lo permitiera volvería con gusto a gobernarle la casa a Edward.
-Entonces, ¿usted ha pensado en dejarle?
-Yo no pretendo dejarle para que se salga con la suya. Las mujeres ya no somos esclavas ni toleramos que se nos ponga el pie encima, monsieur Poirot.
-La felicito por ese espíritu independiente, madame; pero seamos prácticos. ¿Piensa volver hoy a Polgarwith?
-Sí, vine aquí de excursión. El tren salió de allá a las seis de la mañana y volverá a las cinco de la tarde.
-¡Bien! De momento no tengo mayor cosa que hacer. Puedo dedicarme a este pequeño affaire. Mañana llegaremos a Polgarwith. Diremos que aquí, el amigo Hastings, es un pariente lejano, el hijo de un primo segundo, ¿le parece bien? Y que yo soy un amigo algo excéntrico. Entretanto coma únicamente lo que preparen sus manos o se haga bajo su dirección. ¿Tiene una doncella de confianza?
-Sí. Jessie es una buena chica, estoy segura.
-Entonces, hasta mañana, madame. Valor.
Poirot acompañó a la señora hasta la puerta y volvió pensativo a instalarse en su sillón. Sin embargo, su ensimismamiento no era tan profundo que no reparara en dos plumitas arrancadas del boa de plumas de mistress Pengelley por la agitada señora. Las cogió con cuidado y las echó a la papelera.
-Bueno, Hastings -me preguntó-. ¿Qué deduce de lo que acaba de escuchar?
-¡Hum! Nada bueno -respondí.
-Sí, si lo que sospecha la señora es cierto. Pero ¿lo es? Hoy en día ningún marido puede pedir así como así una botella de matahierbas. Si su mujer padece de gastritis y además posee un temperamento histérico, el cuadro estará listo.
-¿Así cree usted que sólo se trata de eso?
-Ah, voilà!, no lo sé, Hastings. Pero el caso me interesa enormemente aunque en verdad no es nuevo. De aquí que haya hablado del histerismo aun cuando mistress Pengelley no me parece muy histérica. Sí, o mucho me engaño o tenemos aquí un drama intenso y muy humano. Dígame, Hastings, ¿cuáles son a su manera de ver los sentimientos que su marido inspira a la buena señora?
-La fidelidad en lucha con el miedo -sugerí.
-Sí, de ordinario una mujer acusará a todo el mundo... menos... a su marido. Se aferrará a su fe en él contra viento y marea.
-Pero «la otra» vendrá a complicar las cosas...
-Sí, bajo el acicate de los celos, el amor puede transformarse en odio. Pero el odio la movería a acudir a la policía, no a mí. Querría armar un escándalo y que todo el mundo se enterara. No, no, utilicemos las células grises. ¿Por qué ha venido a buscarme? ¿Para que le demuestre que sus sospechas son infundadas o para que las confirme? Ah, tenemos aquí el factor desconocido, algo que no comprendo. ¿Es nuestra mistress Pengelley una actriz estupenda? No, era sincera, juraría que era sincera y por ello me interesa. Haga el
favor de mirar en la Guía de Ferrocarriles el horario de los trenes.
El que más nos convenía era el de la una cincuenta que llegaba a Polgarwith poco después de las siete. El viaje se verificó sin obstáculos y salí de una agradable siestecilla para bajar al andén de una pequeña y oscura estación. Nos dirigimos con nuestras maletas al Duchy Hotel y, después de tomar una cena ligera, mi amigo sugirió que fuéramos a hacer una visita a mi supuesta prima.
La casa de los Pengelley se hallaba algo distante de la carretera y tenía delante un jardín de un estilo pasado de moda. La brisa nos trajo el perfume de diversas flores. Parecía imposible asociar ideas de violencia a aquel encanto tan propio de pasadas épocas. Poirot llamó al timbre y luego lo hizo con los nudillos, pero nadie contestó a su llamada. Entonces volvió a pulsar el timbre. Tras una corta pausa, nos abrió una doncella desmelenada, con los ojos colorados, que resollaba con fuerza.
-Deseamos ver a mistress Pengelley -explicó Poirot-. ¿Podemos pasar?
La doncella se nos quedó mirando fijamente. Con una franqueza poco usual replicó luego:
-Entonces, ¿no saben la novedad? Mistress Pengelley ha fallecido. Hace media hora, poco más o menos, que ha dejado de existir.
Nosotros la miramos, aturdidos.
-¿De qué ha muerto? -pregunté después.
-No lo sé. Pero les aseguro que si no fuera porque no quiero dejar a mi pobre señora sola, haría la maleta y saldría de aquí esta misma noche. Claro que no puedo dejarla, porque no tiene a nadie que la vele. No soy la que debe hablar, pero todo el mundo lo sabe. La noticia corre por toda la ciudad. Si míster Radnor no escribe al secretario del Interior, otro lo hará. El médico dirá lo que quiera. Yo he visto con estos ojos que se ha de comer la tierra, cómo sacaba el señor de su estante la botella de matahierbas. Al ver que yo le miraba dio un salto, pero la señora tenía la sopa, ya hecha, encima de la mesa. Le aseguro que mientras permanezca en esta casa no probaré bocado ni bebida de ninguna clase aunque me muera de hambre.
-¿Dónde vive el médico que visitó a la señora?
-Es el doctor Adams. Vive ahí, a la vuelta de la esquina, en la calle principal. Es la segunda casa.
Poirot le volvió bruscamente la espalda. Estaba muy pálido.
-La muchacha no quería abrir la boca, pero ha hablado de más -observé secamente.
-He sido un imbécil, Hastings, un criminal. Me alabo de mi inteligencia y he dejado perder una vida humana, una vida que vino a mí para que la salvara. Pero, la verdad, no se me ocurrió pensar que sucedería esto tan pronto. ¡Que el buen Dios me perdone! Pero la historia de mistress Pengelley me pareció falsa... Bueno, ahí está la casa del doctor. Veremos lo que nos dice.
El doctor Adams era el típico médico de aldea, de mejillas sonrosadas. Nos recibió cortésmente, pero a la sola insinuación de lo que allí nos llevaba se puso muy colorado.
-¡Es una tontería! ¡Es una tontería! -exclamó-. Yo he llevado el caso y sé muy bien que mistress Pengelley padecía una gastritis, una gastritis, pura y sencillamente. En esta ciudad se murmura mucho, existe un grupo de viejas que cuando se reúnen inventan sólo Dios sabe qué infundios. Claro, leen periódicos o revistas truculentas y luego suponen que también en Polgarwith se envenena a la gente. En cuanto ven una botella de matahierbas se les dispara la imaginación. Conozco a fondo a Edward Pengelley y sé que es incapaz de matar una mosca. ¿Quieren ustedes decirme para qué iba a envenenar a su mujer? Realmente no veo el motivo.
-Lo ignoramos. Pero existen hechos que usted desconoce -manifestó Poirot.
Muy brevemente le explicó a continuación los hechos más salientes de la visita de mistress Pengelley. El doctor Adams se quedó atónito. Los ojos se le saltaban de las órbitas.
-¡Dios nos asista! -exclamó-. Esa pobre mujer estaba loca. ¿Por qué no se confió a mí? ¿No era lo más natural?
-Quizá pensó que se reiría usted de sus temores.
-Nada de eso. Yo tengo una mentalidad abierta. Poirot sonrió. El médico estaba más trastornado de lo que quería confesar. Cuando salimos de su casa, Poirot se echó a reír.
-Es tan testarudo como una mula -observó-. Ha dicho gastritis y gastritis tiene que ser. Sin embargo, no está tranquilo.
-¿Qué vamos a hacer ahora?
-Volver al hotel y pasar una mala noche en sus lechos provincianos, mon ami. ¡No hay nada tan temible como una habitación económica en Inglaterra!
-¿Y mañana...?
-Rien á faire. Volvamos en el primer tren a la ciudad y esperemos.
-Eso es muy cómodo. ¿Y si no pasase nada?
-Pasará, se lo prometo. Nuestro buen doctor hará su certificado, pero las malas lenguas no callarán. Y le digo a usted que no hablarán sin motivo.
Nuestro tren salía a las once de la mañana siguiente. Antes de dirigirnos a la estación, sin embargo, Poirot expresó el deseo de ver a miss Freda Stanton, la sobrina de la que nos había hablado la difunta. No nos costó trabajo dar con la casa. La hallamos en compañía de un joven alto, moreno, a quien con cierta confusión nos presentó bajo el nombre de míster Jacob Radnor.
Miss Freda Stanton era una muchacha muy bonita y tenía el tipo propio de Cornualles, de ojos y cabellos oscuros y rosadas mejillas. Aquellas negras pupilas brillaban a veces con un fuego que hubiera sido temerario provocar.
-¡Pobre tía! -dijo cuando, después de presentarnos, Poirot le explicó el motivo de nuestra presencia allí-. ¡Es muy lamentable lo ocurrido! Toda la mañana me digo que ojalá hubiera sido más amable y más paciente con ella.
-Bastante paciencia tuviste, Freda -interrumpió míster Radnor.
-Sí, Jacob, pero tengo el genio vivo, lo sé. Después de todo la tía se ponía un poco tonta solamente. Yo debí reírme de su tontería y no darle importancia. Figúrese que se le metió en la cabeza que el tío la estaba envenenando porque se ponía peor cada vez que él le daba la comida. Claro, se ponía peor a fuerza de pensar en aquello.
-¿Cuál fue la causa de su desavenencia con usted, mademoiselle?
Miss Stanton titubeó y miró a Radnor. El caballero fue rápido en coger al vuelo la insinuación.
-Freda, me marcho -dijo-. Ya te veré por la tarde. ¡Adiós, caballeros! ¿Se dirigían ustedes seguramente a la estación?
Poirot replicó que así era, en efecto, y Radnor se marchó.
-Están ustedes prometidos, ¿verdad? -preguntó Poirot con sonrisa taimada.
Freda Stanton se ruborizó.
-Esto era lo que en realidad disgustaba a la tía -confesó.
-¿No aprobaba su elección?
-Oh, no es que no la aprobara. Es que... -la muchacha calló de pronto.
-Diga -dijo animándola Poirot.
-Ha muerto y no quisiera empañar su memoria, pero si no se lo digo no se hará cargo de lo ocurrido... La tía estaba prendada de Jacob.
-¿De veras?
-Sí; ¿no es absurdo? Pasaba de los cincuenta y él no ha cumplido los treinta, pero así es. Por ello cuando le dije que venía por mí se portó muy mal. En un principio se negó a creerlo y estuvo tan ruda y tan insultante que no tiene nada de extraño que me dejara llevar de un arrebato. Hablé con Jacob y convinimos que lo mejor era que yo me marchara hasta que se le pasara la tontería. ¡Pobre tía! Su estado era muy particular.
-Así parece. Gracias, mademoiselle, por su bondad al aclarar las cosas.
Me sorprendió ver a Radnor que nos esperaba pacientemente en la calle.
-Adivino lo que Freda les ha contado -dijo-; fue un hecho muy embarazoso para mí, como ya comprenderán, y
no necesito decir que yo no tuve la culpa de todo lo ocurrido. Primero imaginé que la pobre señora se mostraba amable para ayudar a Freda, pero... su actitud era absurda y extraordinariamente desagradable.
-¿Cuándo piensan contraer matrimonio usted y miss Stanton?
-Pronto, confío en ello. Ahora, monsieur Poirot, voy a serle franco. Sé algo más de lo que sabe mi prometida. Ella cree que su tío es inocente. Yo no estoy tan seguro. Pero le diré una cosa: que pienso mantener la boca cerrada. Los perros duermen, ¡que sigan durmiendo! No deseo ver juzgado y condenado al tío de mi mujer.
-Aunque nadie lo confiesa, somos egoístas, míster Radnor. Haga lo que usted guste, pero también yo voy a serle franco: creo que no servirá de nada.
-¿Por qué no?
Poirot levantó un dedo. Era día de mercado y cuando pasamos por delante de él oímos dentro un murmullo continuo.
-La voz del pueblo, míster Radnor... Ah, corramos, no sea que perdamos el tren.



-Muy interesante, ¿verdad, Hastings? -dijo Poirot al salir el tren, silbando, de la estación.
Había sacado un peine del bolsillo, luego un espejo microscópico, y se peinaba con cuidado el bigote, cuya simetría había alterado nuestra carrera.
-Veo que a usted se lo parece -respondí-. Para mí es sórdido y desagradable y ni siquiera encierra ningún misterio.
-Convengo con usted en que el caso no tiene nada de misterioso.
-¿Cree usted en lo que esa muchacha nos ha contado del enamoramiento extraordinario de su tía? ¿No será un cuento? Porque mistress Pengelley me pareció una mujer muy simpática y respetable.
-No veo en ello nada de extraordinario, al contrario, es muy común. Si lee los periódicos con atención se dará cuenta de que no es infrecuente que una mujer decente que ha vivido al lado de su marido por espacio de veinte años y que tiene también una familia los abandona para unir su vida a la de un hombre muchísimo más joven. Usted admira a les femmes, Hastings; se postra de hinojos ante las que son hermosas y tiene el buen gusto de mirarlas con la sonrisa en los labios; pero psicológicamente las desconoce por completo En el otoño de la vida de una mujer es justamente cuando llega siempre para ella el mal momento, un momento de locura, en que anhela vivir una novela, una aventura, antes de que sea demasiado tarde. Y lo mismo le sucede a la respetable esposa de un dentista de provincia.
-Así, ¿usted opina...?
-Que todo hombre hábil puede aprovecharse de dicho momento.
-Yo no me atrevería a llamar hábil a Pengelley -murmuré-. Toda la población murmura de él. Sin embargo, creo que tiene usted razón. Radnor y el doctor, las dos únicas personas que saben algo, desean acallar esos rumores. Él ha conseguido esto, desde luego. Me hubiera gustado conocerle.
-Pues puede salirse con la suya. Vuelva en el próximo tren y dígale que le duele una muela.
Yo le dirigí una mirada penetrante.
-Quisiera saber por qué juzga tan interesante el caso.
-Despertó mi interés una observación suya, Hastings. Después de entrevistar a la doncella dijo usted que había hablado demasiado a pesar de no querer abrir la boca.
-Lo que me extraña es que no haya usted querido ver a míster Pengelley.
-Mon ami, le concedo tres meses de tiempo. Luego le veremos todo lo que guste... en el juicio.
Yo creí esta vez que Poirot iba descaminado porque transcurrió el tiempo sin que supiéramos nada de nuestra casa de Cornualles. Otros asuntos requirieron entretanto nuestra atención y comenzaba a olvidar la tragedia de Pengelley cuando me la recordó un párrafo del periódico en que se comunicaba al público que el secretario del Interior había dado orden de que se inhumase el cadáver de mistress Pengelley.
Poco después el «misterio de Cornualles», como se le denominaba, era el tópico de todos los periódicos. Por lo visto la murmuración no cesó nunca del todo en Polgarwith y
cuando el viudo Pengelley anunció su compromiso oficial con miss Marks, su ayudante, las lenguas se movieron con inaudita vivacidad. Finalmente se envió una petición al secretario del Interior se exhumó el cadáver; se descubrieron en sus vísceras grandes cantidades de arsénico; se detuvo y acusó a míster Pengelley de la muerte de su mujer.
Poirot y yo asistimos a la vista preliminar. Las declaraciones fueron muy numerosas. El doctor Adams admitió que los síntomas del envenenamiento por arsénico pueden confundirse fácilmente con los síntomas de una gastritis; el perito del ministerio prestó declaración; Jessie, la doncella, dejó escapar por su boca una avalancha de informes incoherentes, muchos de los cuales se rechazaron, pero algunos otros confirmaron la culpabilidad del preso. Jacob Radnor declaró que el día de la muerte de mistress Pengelley, al llegar él inesperadamente a la casa sorprendió a míster Pengelley en el acto de colocar la botella de veneno en un estante y que el plato de sopa de mistress Pengelley se hallaba sobre una mesa vecina. Luego se llamó a miss Marks, la rubia ayudante, que llorando, presa de un ataque de histerismo, manifestó que míster Pengelley había prometido que se casaría con ella en el caso de que le sucediera algo a su mujer. Pengelley postergó su defensa y quedó pendiente de la llamada a juicio.



Jacob Radnor volvió con nosotros a nuestro departamento.
-Ya ve, señor mío, cómo tenía yo razón -dijo Poirot-. La voz del pueblo ha sonado... con firmeza. No le ha servido en absoluto de nada pretender ocultar lo ocurrido.
-Sí, tiene razón -suspiró Radnor-. ¿Qué opina? ¿Cómo saldrá de ésta míster Pengelley?
-Como se ha reservado la defensa, es muy posible también que se haya reservado algún triunfo en la manga, como dicen ustedes, los ingleses. ¿Quiere subir un momento con nosotros?
Radnor aceptó la invitación. Yo pedí a la patrona dos vasos de whisky con soda y una taza de chocolate.
-Naturalmente -seguía diciendo Poirot- que tengo ya experiencia en esta clase de asuntos. Por ello sólo veo una salida para nuestro hombre.
-¿Cuál?
-La de que firme usted este papel.
Y con la agilidad de un conspirador, mi amigo se sacó del bolsillo una hoja de papel cubierta de caracteres de escritura.
-¿Qué es eso?
-La confesión escrita de que fue usted el que asesinó a mistress Pengelley.
Hubo un momento de silencio y después Radnor rió.
-¡Usted está loco!
-No no, amigo mío, no lo estoy. Usted vino aquí; usted inició un pequeño negocio; usted estaba falto de dinero. Míster Pengelley es hombre acaudalado; usted conoció a su sobrina y le cayó en gracia. Por ello pensó desembarazarse del tío y de la tía; luego miss Stanton heredaría, puesto que era su única pariente. ¡Qué hábilmente lo planeó todo! Usted cortejó a la pobre mujer, entrada en años, fea, vulgar, hasta que la convirtió en una esclava. Usted implantó en su espíritu dudas relativas a su marido. Primero descubrió que la engañaba, luego, bajo su inspiración, que trataba de envenenarla. Usted hacía frecuentes visitas a la casa y por ello tuvo ocasión de poner veneno en sus alimentos. Pero cuidó de no hacer esto nunca cuando el marido estaba ausente. Como era mujer, mistress Pengelley no supo reservarse sus sospechas, sino que habló de ellas a su sobrina y ésta, no cabe dudarlo, a algunos amigos. La sola dificultad que se le planteaba a usted era mantener relaciones por separado con las dos mujeres y aun esto no era tan fácil como a primera vista parecía. Usted explicó a la tía que, para no despertar las sospechas del marido, tenía que cortejar a la sobrina. Y la señorita no tardó en convencerse de que no podía considerar en serio a su tía como a una rival.
»Pero, sin decir nada, mistress Pengelley decidió entonces venir a consultarme. Si podía asegurarme, sin lugar a duda, de que su marido pretendía envenenarla, estaría muy justificado que le abandonara y que uniera su vida a la de usted... que es lo que imaginaba que usted quería. Pero a usted no le convenía esto. Tampoco quería que un detective le vigilara. Estaba usted en casa de los Pengelley cuando el marido le llevó un plato de sopa a su mujer e introdujo en él la dosis fatal. El resto es bien simple. Usted deseaba, aparentemente, acallar toda sospecha, pero las fomentaba en secreto. ¡No contaba con Hércules Poirot, mi inteligente y joven amigo!
Radnor estaba mortalmente pálido. Sin embargo, trató todavía de aparentar serenidad para imponerse a la situación.
-Es usted muy ingenioso e interesante -comentó-. ¿Por qué me cuenta todo eso?
-Porque represento a mistress Pengelley, no a la ley. Y en bien de ella voy a darle una ocasión de escapar. Firme este papel y le concederé veinticuatro horas de tiempo antes de ponerlo en manos de la policía.
Radnor titubeaba.
-Usted no puede demostrar nada.
-¿Lo cree así? Recuerde que soy Hércules Poirot. Mire, monsieur, por la ventana. ¿Ve en la calle dos hombres apostados? Pues tienen orden de no perderle de vista.
Radnor se acercó a la ventana y descorrió un visillo. En seguida retrocedió, profiriendo un juramento.
-¿Lo ve, monsieur? Firme, aproveche la ocasión.
-Pero ¿qué garantía puede darme de que...?
-¿Mantendré mi promesa? La palabra de Hércules Poirot. ¿Firmará? Bueno. Hastings, descorra a medias ese visillo. Es la señal de que debe dejarse marchar a míster Radnor sin molestarle.
Radnor se apresuró a salir, mascullando juramentos, con el rostro blanco. Poirot inclinó la cabeza.
-¡Es un cobarde! Lo sabía.
-Se me figura -dije furioso-, que su actuación ha sido criminal. Usted predica siempre que no hay que dejarse llevar de los sentimientos. Sin embargo, deja huir a un criminal peligroso por puro sentimentalismo.
-No, por pura necesidad -repuso Poirot-. ¿No ve, amigo mío, que no poseo ninguna prueba de su culpabilidad? ¿Quiere que me coloque ante doce obtusos naturales de Cornualles para contarles lo que he averiguado? Se reirían de mí. No he podido hacer más de lo que acaba de ver: atemorizar a ese hombre y arrancarle una confesión. Esos desocupados de la calle me han sido muy útiles. Vuelva a correr el visillo, ¿quiere, Hastings? Ya no necesitamos tenerlo descorrido. Formaba parte de la mise en scéne.
»Bien, bien, hagamos ahora honor a nuestra palabra. ¿Dije veinticuatro horas, no es eso? Tanto peor para míster Pengelley. No merece otra cosa, porque la verdad es que engañaba a su mujer. Y yo soy paladín de la vida de familia, como ya sabe. Bien, veinticuatro, ¿y después? Tengo gran fe en Scotland Yard. ¡Le atraparán, mon ami, le atraparán!




EL REY DE TRÉBOL

La verdad -observé dejando el Dady Newmonger a un lado- tiene más fuerza que la ficción.
La observación no era original, pero pareció gustar a mi amigo, que, ladeando la cabeza de huevo, se quitó una mota imaginaria de polvo de los bien planchados pantalones y observó:
-¡Qué idea tan profunda! ¡Mi amigo Hastings es un pensador!
Sin enojarme por la evidente ironía, di un golpecito sobre el periódico que acababa de soltar de la mano.
-¿Lo ha leído ya? -pregunté.
-Sí. Y después de leerlo lo he vuelto a doblar simétricamente. No lo he tirado al suelo como acaba usted de hacer, con una lamentable falta de orden y de método.
(Esto es lo peor de Poirot. El Orden y el Método son sus dioses. Y les atribuye todos sus éxitos.)
-¿Entonces ha leído la nota del asesinato de Henry Reedburn, el empresario? Él ha originado mi reciente observación. Porque es cierto que no sólo la verdad es más fuerte que la ficción, sino, asimismo, mucho más dramática. Vea por ejemplo esa sólida familia de la clase media, los Oglander. El padre, la madre, el hijo, la hija son típicos, como tantos cientos de familias de este país. Los hombres van a la City todos los días; las mujeres se ocupan de la casa. Sus vidas son pacíficas, monótonas incluso. Anoche estuvieron sentados en el salón de su casa de Daisymead, en Streatham, jugando al bridge. De improviso, se abre una puerta de cristales y entra en la habitación una mujer tambaleándose. Lleva manchado de sangre el vestido de seda gris. Antes de caer desmayada al suelo dice una sola palabra: «asesinado». La familia la reconoce al punto. Es Valerie Sinclair, famosa bailarina, de quien habla todo Londres.
-¿Habla usted por sí mismo o está refiriendo lo que dice el Daily Newmonger? -interrogó Poirot con ánimo de puntualizar.
-El periódico entró a último momento en prensa y se contentó con narrar hechos escuetos. A mí me han impresionado en seguida las posibilidades dramáticas del suceso. Poirot aprobó pensativo mis palabras.
-Dondequiera que exista la naturaleza humana existe el drama. Sólo que no siempre es como uno se lo imagina. Recuérdelo. Sin embargo, me interesa ese caso porque es posible que me vea relacionado con él.
-¿De verdad?
-Sí. Esta mañana me llamó por teléfono un caballero para solicitar una entrevista en nombre del príncipe Paul de Mauritania.
-Pero ¿qué tiene eso que ver con lo ocurrido?
-Usted no lee todos nuestros periódicos. Me refiero a esos que relatan acontecimientos escandalosos y que comienzan por: «Nos cuenta un ratoncito...» o «A un pajarito le gustaría saber...». Vea esto.
Yo seguí el párrafo que me señalaba con el grueso índice. -... desearíamos saber si el príncipe extranjero y la famosa bailarina poseen en realidad afinidades y, ¡si a la dama le gustaba la nueva sortija de diamantes!
-Bueno, continúe su historia. Quedamos en que mademoiselle Sinclair se desmayó en Daisymead sobre la alfombra del salón, ¿lo recuerda?
Yo me encogí de hombros.
-Como resultado de sus palabras, los dos Oglander salieron; uno en busca de un médico que asistiera a la dama, que sufría una terrible conmoción nerviosa, y el otro a la Jefatura de policía, desde donde, tras contar lo ocurrido, los acompañó a Mon Désir, la magnífica villa de míster Reedburn, que se halla a corta distancia de Daisymead. Allí encontraron al gran hombre, que, dicho sea de paso, goza de mala fama, tendido en la mitad de la biblioteca con la cabeza abierta.
-Yo he criticado su estilo -dijo Poirot con afecto-. Perdóneme, se lo ruego. ¡Oh, aquí tenemos al príncipe! Nos anunciaron al distinguido visitante con el nombre de conde Feodor. Era un joven alto, extraño, de barbilla débil, con la famosa boca de los Mauranberg y los ojos ardientes y oscuros de un fanático.
-¿Monsieur Poirot? Mi amigo se inclinó.
-Monsieur, me encuentro en un apuro tan grande que no puede expresarse con palabras...
Poirot hizo un ademán de inteligencia.
-Comprendo su ansiedad. Mademoiselle Sinclair es una amiga querida, ¿no es cierto?
El príncipe repuso sencillamente:
-Confío en que será mi mujer. Poirot se incorporó con los ojos muy abiertos. El príncipe continuó:
-No seré yo el primero de la familia que contraiga matrimonio morganático. Mi hermano Alejandro ha desafiado también las iras del Emperador. Hoy vivimos en otros tiempos, más adelantados, libres de prejuicios de casta. Además, mademoiselle Sinclair es igual a mí, posee rango. Supongo que conocerá su historia, o por lo menos una parte de ella.
-Corren por ahí, en efecto, muchas románticas versiones de su origen. Dicen unos que es hija de una irlandesa gitana; otros, que su madre es una aristócrata, una gran duquesa rusa.
-La primera versión es una tontería, desde luego -repuso el príncipe-. Pero la segunda es verdadera. Aunque está obligada a guardar el secreto, Valerie me ha dado a entender eso. Además, lo demuestra, sin darse cuenta, y yo creo en la ley de herencia, monsieur Poirot.
-También yo creo en ella -repuso Poirot, pensativo-. Yo, moi qui vous parle, he presenciado cosas muy raras... Pero vamos a lo que importa, monsieur le Prince. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué es lo que teme? Puedo hablar con franqueza, ¿verdad? ¿Se hallaba relacionada mademoiselle de algún modo con ese crimen? Porque conocía a míster Reedburn, naturalmente...
-Sí. Él confesaba su amor por ella.
-¿Y ella?
-Ella no tenía nada que decirle. Poirot le dirigió una mirada penetrante.
-Pero, ¿le temía? ¿Tenía motivos?
El joven titubeó.
-Le diré... ¿Conoce a Zara, la vidente?
-No.
-Es maravillosa. Consúltela cuando tenga tiempo. Valerie y yo fuimos a verla la semana pasada. Y nos echó las cartas. Habló a Valerie de unas nubes que asomaban en el horizonte y le predijo males inminentes; luego volvió la última carta. Era el rey de trébol. Dijo a Valerie: «Tenga mucho cuidado. Existe un hombre que la tiene en su poder. Usted le teme, se expone a un gran peligro. ¿Sabe de quién le hablo?». Valerie estaba blanca hasta los labios. Hizo un gesto afirmativo y contestó: «Sí, sí, lo sé». Las últimas palabras de Zara a Valerie fueron: «Cuidado con el rey de trébol. ¡Le amenaza un peligro!». Entonces la interrogué. Me aseguró que todo iba bien y no quiso confiarme nada. Pero ahora, después de lo ocurrido la noche pasada, estoy seguro de que Valerie vio a Reedburn en el rey de trébol y de que él era el hombre a quien temía.
El príncipe guardó brusco silencio.
-Ahora comprenderá mi agitación cuando abrí el periódico esta mañana. Suponiendo que en un ataque de locura, Valerie... pero no, ¡es imposible...!, ¡no puedo concebirlo, ni en sueños!
Poirot se levantó del sillón y dio unas palmaditas afectuosas en el hombro del joven.
-No se aflija, se lo ruego. Déjelo todo en mis manos.
-¿Irá a Streatham? Sé que está en Daisymead, postrada por la conmoción sufrida.
-Iré en seguida.
-Ya lo he arreglado todo por medio de la Embajada. Tendrá usted acceso a todas partes.
-Marchemos entonces. Hastings, ¿quiere acompañarme? Au revoir, monsieur le Prince!



Mon Désir era una preciosa villa moderna y cómoda. Una calzada para coches conducía a ella y detrás de la casa tenía un terreno de varias hectáreas de magníficos jardines.
En cuanto mencionamos al príncipe Paul, el mayordomo que nos abrió la puerta nos llevó al instante al lugar de la tragedia. La biblioteca era una habitación magnífica que ocupaba toda la fachada del edificio con una ventana a cada extremo, de las cuales una daba a la calzada y otra a los jardines. El cadáver yacía junto a esta última. No hacía mucho que se lo habían llevado después de concluir su examen la policía.
-¡Qué lástima! -murmuré al oído de Poirot-. La de pruebas que habrán destruido.
Mi amigo sonrió.
-¡Eh, eh! ¿Cuántas veces habré de decirle que las pruebas vienen de dentro? En las pequeñas células grises del cerebro es donde se halla la solución de cada misterio.
Se volvió al mayordomo y preguntó:
-Supongo que a excepción del levantamiento del cadáver no se habrá tocado la habitación.
-No, señor. Se halla en el mismo estado que cuando llegó la policía anoche.
-Veamos. Veo que esas cortinas pueden correrse y que ocultan el alféizar de la ventana. Lo mismo sucede con las cortinas de la ventana opuesta. ¿Estaban corridas anoche también?
-Sí, señor. Yo verifico la operación todas las noches.
-Entonces, ¿debió descorrerlas el propio Reedburn?
-Así parece, señor.
-¿Sabía usted que esperaba visita?
-No me lo dijo, señor. Pero dio orden de que no se le molestase después de la cena. Ve, señor, por esa puerta se
sale de la biblioteca a una terraza lateral. Quizá dio entrada a alguien por ella.
-¿Tenía por costumbre hacerlo así? El mayordomo tosió discretamente.
-Creo que sí, señor.
Poirot se dirigió a aquella puerta. No estaba cerrada con llave. En vista de ello salió a la terraza que iba a parar a la calzada sita a su derecha; a la izquierda se levantaba una pared de ladrillo rojo.
-Al otro lado está el huerto, señor. Más allá hay otra puerta que conduce a él, pero permanece cerrada desde las seis de la tarde.
Poirot entró en la biblioteca seguido del mayordomo.
-¿Oyó algo de los acontecimientos de anoche? -preguntó Poirot.
-Oímos, señor, voces, una de ellas de mujer, en la biblioteca, poco antes de dar las nueve. Pero no era un hecho extraordinario. Luego, cuando nos retiramos al vestíbulo de servicio que está a la derecha del edificio, ya no oímos nada, naturalmente. Y la policía llegó a las once en punto.
-¿Cuántas voces oyeron?
-No sabría decírselo, señor. Sólo reparé en la voz de mujer.
-¡Ah!
-Perdón, señor. Si desea ver al doctor Ryan está aquí todavía.
La idea nos pareció de perlas y poco después se reunió con nosotros el doctor, hombre de edad madura, muy jovial, que proporcionó a Poirot los informes que solicitaba. Se encontró a Reedburn tendido cerca de la ventana con la cabeza apoyada en el poyo de mármol adosado a aquélla. Tenía dos heridas: una entre ambos ojos; otra, la fatal, en la nuca.
-¿Yacía de espaldas?
-Sí. Ahí está la prueba.
El doctor nos indicó una pequeña mancha negra que había en el suelo.
-¿Y no pudo ocasionarle la caída el golpe que recibió en la cabeza?
-Imposible. Porque el arma, sea cualquiera que fuese, penetró en el cráneo.
Poirot miró pensativo el vacío. En el vano de cada ventana había un asiento, esculpido, de mármol cuyas armas representaban la cabeza de un león. Los ojos de Poirot se iluminaron.
-Suponiendo que cayera de espaldas sobre esta cabeza saliente de león y que de ella resbalase hasta el suelo, ¿podría haberse abierto una herida como la que usted describe?
-Sí, es posible. Pero el ángulo en que yacía nos obliga a considerar esa teoría imposible. Además, hubiera dejado huellas de sangre en el asiento de mármol.
-Sí, contando con que no se hayan borrado. El doctor se encogió de hombros.
-Es improbable. Sobre todo porque no veo qué ventaja puede aportar convertir un accidenta en un crimen.
-No, claro está. ¿Qué le parece? ¿Pudo asestar una mujer uno de los dos golpes?
-Oh, no, señor. Supongo que está pensando en mademoiselle Sinclair.
-No pienso en ninguna persona determinada -repuso con acento suave Poirot.
Concentró su atención en la ventana abierta mientras decía el doctor:
-Mademoiselle Sinclair huyó por allí. Vean cómo se divisa Daisymead por entre los árboles. Naturalmente, que hay muchas otras casas en la carretera, frente a ésta, pero Daisymead es la única visible por este lado.
-Gracias por sus informes, doctor -dijo Poirot-. Venga, Hastings. Vamos a seguir los pasos de mademoiselle. Echó a andar delante de mí y en este orden pasamos por el jardín, dejando atrás la verja de hierro y llegamos, también por la puerta del jardín, a Daisymead, finca poco ostentosa, que poseía media hectárea de terreno. Un pequeño tramo de escalera conducía a la puerta de cristales a la francesa. Poirot me la indicó con el gesto.
-Por ahí entró anoche mademoiselle Sinclair. Nosotros no tenemos ninguna prisa y lo haremos por la puerta principal.
La doncella que nos abrió la puerta nos llevó al salón, donde nos dejó para ir en busca de mistress Oglander. Era evidente que no se había limpiado la habitación desde el día anterior, porque el hogar estaba todavía lleno de cenizas y la mesa de bridge colocada en el centro con una jota boca arriba y varias manos de naipes puestas aún sobre el tablero. Vimos a nuestro alrededor innumerables objetos de adorno y unos cuantos retratos de familia de una fealdad sorprendente, colgados de las paredes.
Poirot los examinó con más indulgencia que la que mostré yo, enderezando uno o dos que se habían ladeado.
-¡Qué lazo tan fuerte el de la famille! El sentimiento ocupa en ella el lugar de la estética.
Yo asentí a estas palabras sin separar la vista de un grupo fotográfico compuesto de un caballero con patillas, de una señora de moño alto, de un muchacho fornido y de dos muchachas adornadas con una multitud de lazos innecesarios. Suponiendo que era la familia Oglander de los tiempos pasados la contemplé con interés.
En este momento se abrió la puerta del salón y entró en él una mujer joven. Llevaba bien peinado el cabello oscuro y vestía un jersey y una falda a cuadros.
Poirot avanzó unos pasos como respuesta a una mirada de interrogación de la recién llegada.
-¿Miss Oglander? -dijo-. Lamento tener que molestarla... sobre todo después de lo ocurrido. ¡Ha sido espantoso!
-Sí, y nos tiene a todos muy trastornados -confesó la muchacha sin demostrar emoción.
Yo empezaba a creer que los elementos del drama pasaban inadvertidos para miss Oglander, que su falta de imaginación era superior a cualquier tragedia y me confirmó en esta creencia su actitud, cuando continuó diciendo:
-Disculpen el desorden de la habitación. Los sirvientes están muy excitados.
-¿Es aquí donde pasaron ustedes la velada anoche, n'est ce pas?
-Sí, jugábamos al bridge después de cenar cuando...
-Perdón. ¿Cuánto hacía que jugaban ustedes?
-Pues... -miss Oglander reflexionó- la verdad es que no lo recuerdo. Supongo que comenzamos a las diez.
-¿Dónde estaba usted sentada?
-Frente a la puerta de cristales. Jugaba con mi madre y acababa de echar una carta. De súbito, sin previo aviso, se abrió la puerta y entró miss Sinclair tambaleándose en el salón.
-¿La reconoció?
-Me di vaga cuenta de que su rostro me era familiar.
-Sigue aquí, ¿verdad?
-Sí, pero está postrada y no quiere ver a nadie.
-Creo que me recibirá. Dígale que vengo a petición del príncipe Paul de Mauritania.
Me pareció que el nombre del príncipe alteraba la calma imperturbable de miss Oglander. Pero salió sin hacer comentarios del salón y volvió casi en seguida para comunicarnos que mademoiselle nos esperaba en su dormitorio.
La seguimos y por la escalera llegamos a una bonita habitación, bien iluminada, empapelada de color claro. En un diván, junto a la ventana, vimos a una señorita que volvió la cabeza al hacer nuestra entrada. El contraste que ella y miss Oglander ofrecían me llamó en seguida la atención, pues si bien en las facciones y en el color del cabello se parecían, ¡qué diferencia tan notable existía entre las dos! La palabra, el gesto de Valerie Sinclair constituían un poema. De ella se desprendía un aura romántica. Vestía una prenda muy casera, una bata de franela encarnada que le llegaba a los pies, pero el encanto de su personalidad dábale un sabor exótico y semejaba una vestidura oriental de encendido color.
En cuanto entró Poirot, fijó sus grandes ojos en él.
-¿Vienen de parte de Paul? -su voz armonizaba con su aspecto, era lánguida y llena.
-Sí, mademoiselle. Estoy aquí para servir a él... y a usted.
-¿Qué es lo que desea saber?
-Todo lo que sucedió anoche, ¡absolutamente todo! La bailarina sonrió con visible expresión de cansancio.
-¿Supone que voy a mentir? No soy tan estúpida. Veo con claridad que no debo ocultarle nada. Ese hombre, me refiero al que ha muerto, poseía un secreto mío y me amenazaba con él. En bien de Paul traté de llegar a un acuerdo con él. No podía arriesgarme a perder al príncipe. Ahora que ha muerto me siento segura, pero no lo maté.
Poirot meneó la cabeza, sonriendo.
-No es necesario que lo afirme, mademoiselle -dijo-. Cuénteme lo que sucedió la noche pasada.
-Parecía dispuesto a hacer un trato conmigo y le ofrecí dinero. Me citó en su casa a las nueve en punto. Yo conocía ya Mon Désir, había estado en ella. Debía entrar en la biblioteca por la puerta falsa para que no me vieran los criados.
-Perdón, mademoiselle, pero ¿no tuvo miedo de ir allí sola y por la noche?
¿Lo imaginé o Valerie hizo una pausa antes de contestar?
-Sí, es posible. Pero no podía pedir a nadie que me acompañara y estaba desesperada. Reedburn me recibió en la biblioteca. ¡Celebro que haya muerto! ¡Oh, qué hombre! Jugó conmigo como el gato y el ratón. Me puso los nervios en tensión. Yo le rogué, le supliqué de rodillas, le ofrecí todas mis joyas. ¡Todo en vano! Luego me dictó sus condiciones. Ya adivinará las que fueron. Me negué a complacerle. Le dije lo que pensaba de él, rabié, me encolericé. Él sonreía sin perder la calma. Y de pronto, en un momento de silencio, sonó algo en la ventana, tras la cortina corrida. Reedburn lo oyó también. Se acercó a ella, y la descorrió rápidamente. Detrás había un hombre escondido, era un vagabundo de feo aspecto. Atacó a míster Reedburn, al que dio primero un golpe... luego otro. Reedburn cayó al suelo. El vagabundo me asió entonces con la mano cubierta de sangre, pero yo me desasí, me deslicé al exterior por la ventana y corrí para salvar la vida. En aquel momento distinguí las luces de esta casa y a ella me encaminé. Los visillos estaban descorridos y vi que los habitantes de la casa jugaban al bridge. Yo entré, tropezando, en el salón. Recuerdo que pude gritar: «asesinado», y luego caí al suelo y ya no vi nada...
-Gracias, mademoiselle. El espectáculo debió constituir un gran choque para su sistema nervioso. ¿Podría describirme al vagabundo? ¿Recuerda lo que llevaba puesto? -No. Fue todo tan rápido... Pero su rostro está grabado en mi pensamiento y estoy segura de conocerle en cuanto le vea.
-Una pregunta todavía, mademoiselle. ¿Estaban corridas las cortinas de la otra ventana, de la que mira a la calzada?
En el rostro de la bailarina se pintó por vez primera una expresión de perplejidad. Pero trató de recordar con precisión.
-¿Eh, bien, mademoiselle?
-Creo... casi estoy segura... ¡sí, segurísima!, de que no estaban corridas.
-Es curioso, sobre todo estando corridas las primeras. No importa, la cosa tiene poca importancia. ¿Permanecerá todavía aquí mucho tiempo, mademoiselle?
-El doctor cree que mañana podré volver a la ciudad. Valerie miró a su alrededor. Miss Oglander había salido.
-Estas gentes son muy amables, pero... no pertenecen a mi esfera. Yo las escandalizo... bien, no simpatizo con la bourgeoisie.
Sus palabras tenían un matiz de amargura. Poirot repuso:
-Comprendo y confío en que no la habré fatigado con mis preguntas.
-Nada de eso, monsieur. No deseo más sino que Paul lo sepa todo lo antes posible.
-Entonces, ¡muy buenos días, mademoiselle!
Antes de salir Poirot de la habitación se paró y preguntó señalando un par de zapatos de piel.
-¿Son suyos, mademoiselle?
-Sí. Ya están limpios. Me los acaban de traer.
-¡Ah! -exclamó Poirot mientras bajábamos la escalera-. Los criados estaban muy excitados, pero por lo visto
no lo están para limpiar un par de zapatos. Bien, mon ami, el caso me pareció interesante, de momento, pero se me figura que se está concluyendo.
-Pero ¿y el asesino?
-¿Cree que Hércules Poirot se dedica a la caza de vagabundos? -replicó con acento grandilocuente el detective. Al llegar al vestíbulo nos tropezamos con miss Oglander que salía a nuestro encuentro.
-Háganme el favor de esperar en el salón. Mamá quiere hablar con ustedes -nos dijo.
La habitación seguía sin arreglar y Poirot tomó la baraja y comenzó a barajar los naipes al azar con sus manos pequeñas y bien cuidadas.
-¿Sabe lo que pienso, amigo mío?
-¡No! -repuse ansiosamente.
-Pues que miss Oglander hizo mal en no echar un triunfo. Debió poner sobre la mesa el tres de picas.
-¡Poirot! Es usted el colmo.
-Mon Dieu! No voy a estar siempre hablando de rayos y de sangre.
De repente olfateó el aire y dijo:
-Hastings, Hastings, mire. Falta el rey de trébol de la baraja.
-¡Zara! -exclamé.
-¿Cómo?
-De momento Poirot no comprendió mi alusión. Maquinalmente guardó las barajas, ordenadas, en sus cajas. Su rostro asumía una expresión grave.
-Hastings -dijo por fin-. Yo, Hércules Poirot, he estado a punto de cometer un error, un gran error.
Le miré impresionado, pero sin comprender.
Le interrumpió la entrada en el salón de una hermosa señora de alguna edad que llevaba un libro de cuentas en la mano. Poirot le dedicó un galante saludo.
La dama le preguntó:
-Según tengo entendido, es usted amigo de... miss Sinclair.
-Precisamente su amigó, no, señora. He venido de parte de un amigo.
-Ah, comprendo. Me pareció que...
Poirot señaló bruscamente la ventana y dijo, interrumpiéndola:
-¿Anoche tenían ustedes corridos los visillos?
-No, y supongo que por eso vio luz miss Sinclair y se orientó.
-Anoche estaba la luna llena. ¿Vio usted a miss Sinclair, sentada como estaba delante de la ventana?
-No, porque me abstraía el juego. Además porque, naturalmente, nunca nos ha sucedido nada parecido a esto. -Lo creo, madame. Mademoiselle Sinclair proyecta marcharse mañana.
-¡Oh! -el rostro de la dama se iluminó.
-Le deseo muy buenos días, madame.
Una criada limpiaba la escalera cuando salimos por la puerta principal de la casa. Poirot dijo:
-¿Fue usted la que limpió los zapatos de la señora forastera?
La doncella meneó la cabeza.
-No, señor. No creo tampoco que haya que limpiarlos.
-¿Quién los limpió entonces? -pregunté a Poirot mientras bajábamos por la calzada.
-Nadie. No estaban sucios.
-Concedo que por bajar por el camino o por un sendero, en una noche de luna, no se ensucien, pero después de hollar con ellos la hierba del jardín se manchan y ensucian.
-Sí, estoy de acuerdo -repuso Poirot con una sonrisa singular.
-Entonces...
-Tenga paciencia, amigo mío. Vamos a volver a Mon Désir.



El mayordomo nos vio llegar con visible sorpresa, pero no se opuso a que volviéramos a entrar en la biblioteca.
-Oiga, Poirot, se equivoca de ventana -exclamé al ver que se aproximaba a la que daba sobre la calzada de coches.
-Me parece que no. Vea -repuso indicándome la cabeza marmórea del león en la que vi una mancha oscura. Poirot levantó un dedo y me mostró otra parecida en el suelo.
-Alguien asestó a Reedburn un golpe, con el puño cerrado, entre los dos ojos. Cayó hacia atrás sobre la protuberante cabeza de mármol y a continuación resbaló hasta el suelo. Luego le arrastraron hasta la otra ventana y allí le dejaron, pero no en el mismo ángulo como observó el doctor.
-Pero ¿por qué? No parece que fuera necesario.
-Por el contrario, era esencial. Y también es la clave de la identidad del asesino aunque sepa usted que no tuvo intención de matar a Reedburn y que por ello no podemos tacharle de criminal. ¡Debe poseer mucha fuerza!
-¿Porque pudo arrastrar a Reedburn por el suelo?
-No. Éste es un caso muy interesante. Pero me he portado como un imbécil.
-¿De manera que se ha terminado, que ya sabe usted todo lo sucedido?
-Sí.
-¡No! -exclamé recordando algo de repente-. Todavía hay algo que ignora.
-¿Qué es ello?
-Ignora dónde se halla el rey de trébol.
-¡Bah! Pero qué tontería. ¡Qué tontería, mon ami!
-¿Por qué?
-Porque lo tengo en el bolsillo.
Y, en efecto, Poirot lo sacó y me lo mostró.
-¡Oh! -dije alicaído-. ¿Dónde lo ha encontrado? ¿Acaso aquí?
-No tiene nada de sensacional. Estaba dentro de la caja de la baraja. No la utilizaron.
-¡Hum! De todas maneras sirvió para darle alguna idea, ¿verdad?
-Sí, amigo mío. Y ofrezco mis respetos a Su Majestad.
-Y ¡a madame Zara!
-Ah, sí, también a esa señora.
-Bueno, ¿qué piensa hacer ahora?
-Volver a Londres. Pero antes de ausentarme deseo decirle dos palabras a una persona que vive en Daisymead.


La misma doncella nos abrió la puerta.
-Están en el comedor, señor. Si desea ver a miss Sinclair se halla descansando.
-Deseo ver a mistress Oglander. Haga el favor de llamarla. Es cuestión de un instante.
Nos condujeron al salón y allí esperamos. Al pasar por delante del comedor distinguí a la familia Oglander, acrecentada ahora por la presencia de dos fornidos caballeros, uno afeitado, otro con barba y bigote.
Poco después entró mistress Oglander en el salón mirando con aire de interrogación a Poirot, que se inclinó ante ella.
-Madame, en mi país sentimos suma ternura, un gran respeto por la madre. La mére de famille es todo para nosotros -dijo.
Mistress Oglander le miró con asombro.
-Y esta única razón es la que me trae aquí, en estos momentos, pues deseo disipar su ansiedad. No tema, el asesino de míster Reedburn no será descubierto. Yo, Hércules Poirot, se lo aseguro a usted. ¿Digo bien o es la ansiedad de una esposa la que debo calmar?
Hubo un momento de silencio en el que mistress Oglander dirigió a Poirot una mirada penetrante. Por fin repuso en voz baja:
-No sé lo que quiere decir pero, sí, dice usted bien sin duda.
Poirot hizo un gesto con el rostro grave.
-Eso es, madame. No se inquiete. La policía inglesa no posee los ojos de Hércules Poirot.
Así diciendo dio un golpecito sobre el retrato de la familia que pendía de la pared e interrogó:
-¿Usted tuvo dos hijas, madame? ¿Ha muerto una de ellas?
Hubo una pausa durante la cual mistress Oglander volvió a dirigir una mirada profunda a mi amigo. Luego respondió:
-Sí, ha muerto.
-¡Ah! -exclamó Poirot vivamente-. Bien, vamos a volver a la ciudad. Permítame que le devuelva el rey de trébol y que lo coloque en la caja. Constituye su único resbalón. Comprenda que no se puede jugar al bridge, por espacio de una hora, con únicamente cincuenta y una cartas para cuatro personas. Nadie que sepa jugar creerá en su palabra. Bonjour!



-Y ahora, amigo mío, ¿se da cuenta de lo ocurrido? -me dijo cuando emprendimos el camino de la estación.
-¡En absoluto! -contesté-. ¿Quién mató a Reedburn?
-John Oglander, hijo. Yo no estaba seguro si había sido él o su padre, pero me pareció que debía ser el hijo el culpable por ser el más joven y el más fuerte de los dos. Asimismo tuvo que ser culpable uno de ellos a causa de las ventanas.
-¿Por qué?
-Mire, la biblioteca tiene cuatro salidas: dos puertas, dos ventanas; y de éstas eligió una sola. La tragedia se desarrolló delante de una ventana que lo mismo que las dos puertas da, directa o indirectamente, a la parte de delante de la casa. Pero se simuló que se había desarrollado ante la ventana que cae sobre la puerta de atrás para que pareciera pura casualidad que Valerie eligiera Daisymead como refugio. En realidad, lo que sucedió fue que se desmayó y que John se la echó sobre los hombros. Por eso dije y ahora afirmo que posee mucha fuerza.
-¿De modo que los hermanos se dirigieron juntos a Mon Désir?
-Sí. Recordará la vacilación de Valerie cuando le pregunté si no tuvo miedo de ir sola a casa de Reedburn. John Oglander la acompañó, suscitando la cólera de Reedburn, si no me engaño. El tercero disputó y probablemente un insulto
dirigido por el dueño de la casa a Valerie motivó que Oglander le pegase un puñetazo. Ya conoce el resto.
-Pero ¿por qué motivo le llamó la atención la partida de bridge?
-Porque para jugar a él se requieren cuatro jugadores y únicamente tres personas ocuparon, durante la velada, el salón.
Yo seguía perplejo.
-Pero ¿qué tienen que ver los Oglander con la bailarina Sinclair? -pregunté-. No acabo de comprenderlo.
-Amigo, me maravilla que no se haya dado cuenta, a pesar de que miró con más atención que yo la fotografía de la familia que adorna la pared del salón. No dudo de que para dicha familia haya muerto la hija segunda de mistress Oglander, pero el mundo la conoce ¡con el nombre de Valerie Sinclair!
-¿Qué?
-¿De veras no se ha dado cuenta del parecido de las dos hermanas?
-No -confesé-. Por el contrario, me dije que no podían ser más distintas.
-Es porque, querido Hastings, su imaginación se halla abierta a las románticas impresiones exteriores. Las facciones de las dos son idénticas lo mismo que el color de sus ojos y cabello. Pero lo más gracioso es que Valerie se avergüenza de los suyos y que los suyos se avergüenzan de ella. Sin embargo, en un momento de peligro pidió ayuda a su hermano y cuando las cosas adoptaron un giro desagradable y amenazador todos se unieron de manera notable. ¡No hay ni existe nada tan maravilloso como el amor de la familia! Y ésta sabe representar. De ella ha sacado Valerie su talento. ¡Yo, lo mismo que el príncipe Paul, creo en la ley de la herencia! Ellos me engañaron. Pero por una feliz casualidad y una pregunta dirigida a mistress Oglander que contradecía la explicación, acerca de cómo estaban sentados alrededor de la mesa de bridge, que nos hizo su hija, no salió Hércules Poirot chasqueado.
-¿Qué dirá usted al príncipe?
-Que Valerie no ha cometido ese crimen y que dudo mucho de que pueda llegar a darse con el vagabundo asesino. Asimismo que transmita mis cumplidos a Zara. ¡Qué curiosa coincidencia! Me parece que voy a ponerle a este pequeño caso un título: «La aventura del rey de trébol». ¿Le gusta, amigo mío?



EL ROBO DE LOS PLANOS DEL SUBMARINO

Un muchacho mensajero trajo una carta que Poirot leyó en silencio, y mientras leía asomaba a sus ojos el brillo del interés y de la emoción. Después de despedir al mensajero con breves frases se volvió a mirarme. -Corra, amigo, haga la maleta. Nos vamos a Sharples. Yo di un salto al oírle mencionar la famosa residencia campestre de lord Alloway. Presidente del recién formado Ministerio de Defensa, lord Alloway era miembro distinguido del gabinete.
Con el nombre de sir Raip Curtis, director de una gran empresa de ingeniería, había pasado por la Cámara de los Comunes y se decía ahora de él que era un hombre de porvenir y que probablemente se le llamaría a formar gobierno en el caso que resultasen fundados los rumores que corrían acerca del mal estado de salud de míster David Mac Adam.
Un hermoso Rolls Royce nos aguardaba a la puerta y mientras corríamos en la oscuridad, abrumé con mis preguntas a Poirot.
-Son más de las once -le dije-. ¿Para qué nos llaman a esta hora avanzada de la noche?
Poirot meneó la cabeza.
-Debe tratarse de algo muy urgente sin duda -repuso.
-Recuerdo -expliqué- que la conducta seguida por Ralp Curtis con relación a determinadas acciones dio lugar a un escándalo formidable. Al final se le declaró inocente de la acusación que se le hacía, pero no es improbable que
vuelva a repetirse ahora el hecho, o que haya sucedido algo por el estilo.
-No creo que me llamasen, aunque así fuera, a hora tan intempestiva -repuso mi amigo.
Callé porque tenía razón y continuamos el viaje en medio del mayor silencio. Una vez fuera de la ciudad, el coche redobló la velocidad y en menos de lo que se cuenta llegamos a Sharples.
Un mayordomo, ceremoniosamente, nos condujo al punto al pequeño estudio donde nos aguardaba lord Alloway. Al vernos, el digno caballero se puso en pie de un salto lleno de vigor y de vitalidad.
-Encantado de volver a verle, monsieur Poirot -dijo a mi amigo-. Ésta es la segunda vez que necesita el gobierno de su servicio. Recuerdo muy bien lo que hizo por nosotros durante la guerra y cómo logró liberar al primer ministro de su secuestro verificado de manera tan hábil. Sus magníficas deducciones y su descripción, permítame que lo diga así, despejaron la situación.
Poirot parpadeó un poco.
-¿Puedo deducir de esto, milord, que va a ofrecerme la solución de un caso parecido?
-Sí, señor. Sir Harry y yo... oh, permítanme que les presente. Sir Harry Weardale, Primer Lord del Almirantazgo... Monsieur Poirot... y el capitán...
-Hastings -dije yo.
-He oído hablar de usted con elogio, monsieur Poirot -dijo sir Harry estrechándonos la mano-. Nos encontramos frente a un problema insoluble al parecer, y si acierta usted a resolverlo le quedaremos por siempre extraordinariamente agradecidos.
El primer lord era un marino, cuadrado de hombros, de la antigua escuela, que se granjeó al momento toda mi simpatía.
Poirot les dirigió una mirada de interrogación y, Alloway se encargó de darles las explicaciones necesarias.
-Ante todo, monsieur Poirot, dése cuenta de que todo lo que voy a decirle es confidencial. Acabamos de sufrir una
pérdida muy grave. Nos han robado los planos del nuevo submarino tipo Z.
-¿Cuándo?
-Esta misma noche, hará cosa de unas tres horas. Supongo que se dará cuenta de la magnitud del desastre, porque es esencial que no se divulgue la noticia de esta pérdida. Mis huéspedes, en estos momentos, están aquí, el almirante, su mujer y su hija y mistress Conrad, una dama muy conocida de la buena sociedad. Las señoras se retiraron temprano a descansar.... sobre las diez si mal no recuerdo, lo mismo que míster Leonard Meardale. Sir Harry estaba aquí porque quería hablar conmigo de la construcción de este nuevo tipo de submarino. De acuerdo con esto rogué a míster Fitzroy, mi secretario, que sacara los planos de la caja que ve ahí, en el rincón, y que los ordenara junto con varios documentos diversos que tratan del asunto que traemos entre manos.
»Mientras obedecía mis instrucciones, el almirante y yo nos paseábamos por la terraza, fumando y disfrutando del aire tibio de junio. Cuando concluimos de fumar y de charlar decidimos tratar de negocios. Cuando dimos media vuelta, en el extremo opuesto de la terraza, yo creí ver una sombra salir de aquí por la puertaventana, cruzar la terraza y desaparecer. Sin embargo, no presté gran atención al hecho. Sabía que Fitzroy estaba aquí, en esta misma habitación, y no me pasó por la cabeza que pudiera haber ocurrido nada desagradable. Creí mal, naturalmente. Bien, volviendo sobre nuestros pasos, como ya he dicho, entramos en el estudio por la puerta de la terraza en el mismo momento en que entraba Fitzroy por el vestíbulo.
»-¿Tiene ya preparado todo lo que necesitamos, Fitzroy? -pregunté.
»-Sí, lord Alloway -me contestó-. He dejado los papeles encima de la mesa.
»Dicho esto nos dio las buenas noches. Se dispuso a retirarse a su habitación.
»Hice un rápido examen de los papeles.
»-¡Un momento! -exclamé acercándome a la mesa-. Voy a ver si está todo lo que he pensado. ¿Ve, Fitzroy? Se
ha olvidado de lo más importante. ¡De los planos del submarino!
»-Están encima de todo, lord Alloway.
»-Nada de eso, no están.
»Fitzroy avanzó unos pasos, aturdido. La cosa parecía increíble. Examinamos todos los documentos que había sobre la mesa; buscamos dentro de la caja de caudales; pero al fin tuvimos que convencernos de que los planos habían desaparecido en el corto espacio de tres minutos en que Fitzroy se ausentó de la habitación.
-¿Por qué salió de ella? -interrogó vivamente intrigado Poirot.
-Eso mismo le pregunté yo -exclamó sir Harry. -Según parece -explicó lord Alloway- le sobresaltó un grito de mujer que oyó cuando acababa de poner en orden los papeles. Salió corriendo al vestíbulo y encontró allí a la doncella francesa de mistress Conrad. La muchacha estaba pálida y trastornada y dijo que acababa de ver a un fantasma, a una alta figura vestida de blanco que avanzaba sin hacer ruido. Fitzroy se rió de sus temores y le recomendó, en lenguaje mas o menos cortés, que no fuera necia. Luego volvió a esta habitación en el momento mismo en que entrábamos por la terraza.
-Todo está muy claro -dijo Poirot pensativo-. únicamente cabe preguntar: ¿Ha sido la doncella cómplice del robo? ¿Gritó de acuerdo con su aliado que acechaba en la sombra o aguardaba en el exterior la ocasión de poder llegar hasta aquí? Digo aliado porque supongo que sería un hombre y ¿hombre fue, verdad, no mujer lo que usted vio?
-No puedo decirlo, monsieur Poirot. Era como... una sombra.
Aquí el almirante emitió un resoplido tan significativo que no dejó de llamar nuestra atención.
-Se me figura que el señor tiene algo que decir -manifestó con leve sonrisa Poirot-. ¿Vio usted también la sombra, sir Harry?
-No, no la vi... ni tampoco Alloway. Supongo que debió ver la rama de un árbol agitada por el viento y luego, cuando descubrimos el robo, dedujo que había visto pasar una sombra por la terraza. Su imaginación le gastó una broma; esto es todo.
-Nadie ha dicho nunca que yo posea imaginación -dijo lord Alloway con ligera sonrisa.
-¡Bah! Todos la tenemos y todos somos capaces de convencernos de que hemos visto más de lo que en realidad vimos. Yo me paso la vida en el mar y tengo experiencia de estas cosas. Miraba, lo mismo que usted, delante de mí y no vi nada en la terraza.
Parecía tan excitado, que Poirot se puso de pie y se acercó vivamente a la puerta de cristales, dispuesto a centrar la cuestión.
-¿Me permiten? -dijo-. Vamos a dejar sentado este punto si nos es posible.
Salió a la terraza y todos le seguimos. Había sacado una lámpara de bolsillo y paseaba la luz por el borde del césped que ornaba la terraza.
-¿Por dónde cruzó la sombra, milord? -preguntó.
-Por delante de la puerta de cristales.
Poirot siguió manejando la luz unos minutos más yendo y viniendo de aquí para allá hasta que, finalmente, la apagó y enderezó el cuerpo.
-Sir Harry tiene razón, usted se equivoca, milord -dijo tranquilamente-. Ha llovido mucho durante toda la noche y cualquiera que hubiera pisado el césped habría dejado huella. Pero no he visto ninguna pisada, absolutamente ninguna.
Sus ojos fueron del rostro de uno al rostro del otro. Lord Alloway parecía aturdido y poco convencido; el almirante expresó ruidosamente su satisfacción.
-Sabía que no me equivocaba -declaró-. Tengo buena vista.
Tenía un aspecto tan típico del honrado lobo de mar que sonreí sin querer.
-Bien, esto concentra nuestra atención en los demás habitantes de la casa -dijo Poirot sin alzar la voz-. Volvamos dentro. Veamos, milord: mientras míster Fitzroy hablaba con
la doncella en la escalera, ¿pudo alguien aprovechar la ocasión para entrar en el estudio por el vestíbulo?
Lord Alloway meneó la cabeza.
-Es absolutamente imposible. Para hacerlo así hubiera tenido que pasar por delante del secretario.
-¿Está usted seguro de míster Fitzroy? Lord Alloway se puso encarnado.
-Absolutamente, monsieur Poirot. Tengo en él completa confianza. Es imposible que tenga algo que ver con este asunto.
-Todo parece tan imposible -le aseguró con acento seco mi amigo- que lo más probable es que los planos desplegaran unas alas minúsculas y que espontáneamente echasen a volar...
Poirot frunció los labios y su carrillos asumieron la forma de un cómico querubín.
-En efecto, todo parece imposible -declaró lord Alloway con impaciencia-, pero le ruego, monsieur Poirot, que no sueñe en sospechar de míster Fitzroy. Suponiendo por un momento que hubiera deseado coger esos planos, ¿no le hubiera sido más fácil sacar copia de ellos que tomarse el trabajo de robarlos?
-Su observación es bien juste, milord -repuso Poirot con aire de aprobación-, y ya veo que posee una inteligencia metódica y ordenada. L'Anglaterre puede sentirse orgullosa de poseerle.
Esta súbita alabanza originó visible embarazo en lord Alloway y Poirot volvió a nuestro asunto.
-Ustedes estuvieron sentados durante toda la noche en...
-¿En el salón? Así es.
-Esa pieza tiene también puerta de cristales que da a la terraza y recuerdo que ha dicho usted que salieron de ella por dicha puerta. ¿Sería posible que alguien les hubiera imitado y que volviera a entrar mientras míster Fitzroy estaba fuera del estudio?
-No. porque en ese caso le hubiéramos visto -repuso el almirante.
-No, si al dirigirse al otro extremo de la terraza volvían la espalda.
-Fitzroy sólo estuvo fuera del estudio unos minutos, o sea lo que nosotros tardamos en llegar al extremo de la terraza y volver.
-No importa... es una posibilidad... la única de que podemos echar mano de momento.
-Pero cuando nosotros salimos del salón no quedó nadie más en él -dijo el almirante.
-Pudo entrar después.
-¿Quiere decir -manifestó lentamente lord Alloway que cuando Fitzroy oyó gritar a la doncella alguien que estaba escondido en el salón se apresuró a salir tras él y luego entrar por la puerta de cristales y que sólo dejó el salón cuando hubo vuelto al estudio Fitzroy?
-Mente metódica otra vez -dijo Poirot saludando-. Expresa usted lo ocurrido perfectamente.
-¿Quizá fue un criado?
-O un huésped. La que chilló fue la doncella de mistress Conrad. ¿Qué sabe usted de esa señora?
Lord Alloway reflexionó un instante.
-Como ya he dicho, es muy bien vista por la buena sociedad. Da grandes fiestas y reuniones y va a todas partes. Pero en realidad nadie sabe de dónde sale ni conoce su vida pasada. Es una señora que frecuenta el domicilio de los diplomáticos, así como los círculos del Ministerio de Asuntos Exteriores lo más posible. El Servicio Secreto se pregunta: «¿Por qué?».
-Comprendo -dijo Poirot-. ¿Y la han invitado a pasar con ustedes el fin de semana?
-Sí, al objeto de... ¿cómo diría yo ...? de poder observarla más de cerca.
-Parfaitement! Es posible, no obstante, que se le vuelva la tortilla, como suele decirse.
En el rostro de lord Alloway se pintó la consternación y Poirot continuó:
-Dígame, milord, ¿usted o el almirante han hecho alusión, delante de ella, de lo que pensaban hacer?
-Sí -confesó Alloway-. Sir Harry dijo: «¡Y ahora a trabajar en nuestro submarino!», o algo parecido. Los demás invitados no estaban ya en el salón, pero mistress Conrad había vuelto para buscar un libro.
-Comprendo -murmuró Poirot pensativo-. Milord, es muy tarde, pero el caso urge. Me gustaría interrogar cuanto antes a sus huéspedes.
-Nada más fácil. Sin embargo, le recomiendo que no hable sino lo más preciso. Lady Julieta Weardale y el joven Leonard son de toda confianza, naturalmente, pero aun cuando no sea culpable, mistress Conrad es un factor diferente. Diga que un documento de cierta importancia ha desaparecido sin especificar qué es ni dar explicaciones de las circunstancias en que se verificó su desaparición, ¿entiende?
-Sí. Es precisamente lo que iba a proponer a usted -repuso Poirot con el rostro resplandeciente-. Que monsieur l'Almiral me perdone, pero aun la mejor de las esposas...
-No me ofende -dijo sir Harry-. Todas las mujeres hablan de más. ¡Dios las bendiga! Claro que yo desearía que Julieta hablase más y jugase menos al bridge, pero ninguna mujer moderna se siente por lo visto dichosa sin bailes ni sin juegos. Voy a ver si levanto de la cama a Julieta y a Leonard, ¿qué le parece, Alloway?
-Sí, gracias. Yo voy a llamar a la doncella francesa. Monsieur Poirot desea verla y ella puede despertar a su señora. Voy a ocuparme de esto. Entretanto, le enviaré a Fitzroy.
Míster Fitzroy era un joven pálido, usaba lentes y su expresión era glacial. Su declaración fue, palabra por palabra, idéntica a la que ya nos había hecho lord Alloway.
-¿Cuál es su creencia, mister Fitzroy? El joven se encogió de hombros.
-Creo que es indudable -dijo- que una persona enterada de lo que sucede en esta casa aguardaba fuera una ocasión favorable. Vio lo que sucedía por la puerta de cristales y entró en el estudio en cuanto salí yo de él. Es una
lástima que lord Alloway no echara a correr tras él en cuanto le echó la vista encima.
Poirot no quiso desengañarle. En vez de ello interrogó:
-¿Cree en el cuento de la doncella francesa?
-¡No, monsieur Poirot!
-¿No le parece que pudo creer que veía un fantasma en realidad?
-Esto sí que no lo sé. Se llevó las manos a la cabeza y parecía trastornada.
-¡Ajá! -exclamó Poirot con el aire del que acaba de verificar un descubrimiento-. ¿Y es bonita la muchacha?
-La verdad es que no reparé en ello -dijo Fitzroy con acento reprimido.
-¿Vio a su señora?
-Sí, señor, la vi. Estaba arriba, en la galería, y llamó a la doncella: «¡Leonie!». Al verme se retiró.
-¿Sin bajar la escalera? -preguntó Poirot con el ceño fruncido.
-Ya me doy cuenta de lo desagradable que es todo esto para mí... O lo hubiera podido ser si lord Alloway no hubiera visto salir del estudio al ladrón. De todos modos estoy dispuesto a consentir el registro de mi habitación... y de mi persona.
-¿De verdad lo desea?
-Sí, señor, ciertamente.
Ignoro lo que Poirot iba a contestar, porque en aquel mismo momento reapareció lord Alloway para anunciar que las dos señoras y míster Leonard aguardaban en el salón.
Las mujeres llevaban unos saltos de cama que les sentaban bien. Mistress Conrad era una mujer muy bonita, de unos treinta y cinco años, de cabellos dorados y una leve tendencia al embonpoint. Lady Julieta Weardale representaba cuarenta años, era alta y morena, muy delgada, bella todavía, con manos y pies exquisitos y un aire inquieto y atormentado. Su hijo era un muchacho algo afeminado, que ofrecía notable contraste con el cordial y varonil autor de sus días.
Poirot dio a los tres la explicación convenida y luego manifestó que sentía el deseo de saber si alguno de ellos había oído o visto algo por la noche que pudiera sernos de utilidad.
Volviéndose primero a mistress Conrad, le preguntó si sería tan amable como para informarle, con exactitud, de cuáles habían sido sus movimientos.
-¿A ver...? Subí la escalera, llamé a la doncella. Luego, como no comparecía, salí de la habitación, llamándola, y la oí hablar en la escalera. Después que me cepilló el cabello la despedí; estaba en un estado particular de nervios y yo me puse a leer un rato antes de meterme en la cama.
-Y ¿usted, lady Julieta, entonces...?
-Me fui directamente a la cama porque estaba muy fatigada.
-Así pues, ¿para qué quería un libro, querida? -dijo mistress Conrad con una suave sonrisa.
-¿Un libro? -lady Julieta se ruborizó.
-Sí, recuerde que cuando yo despedí a Leonie usted subía la escalera. Venía, según dijo, del salón adonde había entrado para buscar un libro.
-Es verdad. Se me había olvidado.
Lady Julieta, inmediatamente unió las manos con visible nerviosismo.
-¿Oyó gritar entonces a la doncella de mistress Conrad, milady?
-No, no la oí.
-No oí nada -repuso lady Julieta con voz mucho más firme.
-Es curioso, porque en aquel momento debía usted hallarse en el salón.
Poirot se volvió al joven Leonard.
-¿Monsieur?
-Yo subí directamente la escalera y entré en mi habitación, de la que ya no volví a salir.
Poirot se atusó el bigote.
-Bien, ya veo que de aquí no sacaremos nada. Señoras, caballeros, lamento infinitamente haberles sacado de su sueño para tan escaso resultado. Acepten mis excusas, por favor.
Gesticulando y excusándose, les hizo salir de la habitación. Luego se encaró con la doncella francesa, una muchacha viva y de rostro despierto. Alloway y Weardale habían ido a acompañar a las señoras.
-Ahora, mademoiselle, sepamos la verdad -dijo-. No me endose ningún cuento, ¿entendido? ¿Por qué chilló en la escalera?
-Ah, monsieur, porque vi una figura alta.... toda vestida de blanco...
Poirot la hizo callar mediante un ademán enérgico.
-Repito que no me cuente un cuento. Voy a adivinar lo ocurrido y usted me dirá si tengo o no razón. Chilló usted porque él la besó. Me refiero a míster Leonard Weardale.
-Eh bien, monsieur, ¿qué es un beso después de todo?
-Una cosa muy natural en estas circunstancias -repuso Poirot con galantería-. Ahora explíqueme lo ocurrido.
-Pues míster Weardale llegó por detrás y me asió por la cintura, yo me sobresalté y lancé un grito. No hubiera chillado si no hubiera llegado así, sigiloso como un gato. Entonces salió monsieur le secretaire y monsieur Leonard huyó escaleras arriba. Señores, pónganse en mi caso: ¿qué podía hacer yo, sobre todo, tratándose de un jeune homme comme fa... tellement comme il faut. Ma foi, inventé una aparición.
-Ahora todo se explica -exclamó gozoso Poirot-. Y después subió usted a la habitación de su señora, que se halla ¿en qué parte del pasillo del primer piso?
-En un extremo. Por ahí, monsieur.
-Es decir, encima del estudio. Bien, mademoiselle, no la entretengo más. Y la prochaine fois no grite.
La acompañó hasta la puerta y luego volvió a mi lado con la sonrisa en los labios.
-¡Qué caso más interesante! ¿No le parece, Hastings? Comienzo a tener varias ideas. ¿Y usted?
-¿Qué hacía Leonard Weardale en la escalera? No me gusta ese muchacho, Poirot. Es un inútil.
-Estoy de acuerdo, mon ami.
-En cambio Fitzroy parece hombre honrado.
-Es lo que opina lord Alloway.
-Pero tiene un aspecto...
-...demasiado bueno, ¿verdad? Opino lo mismo. Tampoco creo que sea buena persona nuestra bella amiga mistress Conrad.
-Cuya habitación se halla encima del estudio, no lo olvidemos -insinué dirigiendo a mi amigo una mirada penetrante.
Pero Poirot movió la cabeza y en sus labios se dibujó una leve sonrisa.
-No, mon ami. No es posible creer, en serio, que esa inmaculada señora haya bajado a ella por la chimenea o descolgándose por un balcón.
Aquí se abrió la puerta y apareció lady Julieta.
-Monsieur Poirot -dijo visiblemente agitada-. ¿Puedo decirle a solas dos palabras?
-Milady, el capitán Hastings es como mi otro yo. Hable con la misma libertad que si no le tuviera delante. Ante todo, tome asiento.
Milady obedeció sin separar la vista de mi amigo.
-Bien. Lo que tengo que decir es fácil. A usted se le ha encargado por lo visto la solución de este caso. ¿Qué le parece? ¿Se concluiría si le devolviera yo esos planos? ¿Se abstendría después de dirigirme una sola pregunta?
Poirot la miró fijamente.
-No sé si la comprendo bien, madame -respondió-. ¿Quiere decir que se me pondrán los planos en mis manos siempre que al devolvérselos a lord Alloway se abstenga de averiguar su procedencia?
Lady Julieta afirmó con un ademán.
-Eso es -dijo-. Lo que ante todo deseo es que no se dé publicidad al hecho.
-La publicidad no le conviene a lord Alloway -replicó con aire sombrío Poirot.
-Entonces ¿acepta usted? -dijo con visible ansiedad lady Julieta.
-¡Un momento, milady! Mi aceptación dependerá de lo que tarde en poner esos planos en mis manos.
-Los tendrá inmediatamente. Poirot miró el reloj.
-¿A qué hora exactamente? -preguntó.
-Digamos... dentro de diez minutos -murmuró la dama.
-Acepto, milady.
Lady Julieta salió precipitadamente. Yo lancé un silbido.
-¿Podría hacer un resumen de la situación, Hastings?
-Bridge -contesté brevemente.
-¡Ah, veo que recuerda lo que dijo el almirante! ¡Qué memoria! ¡Le felicito, Hastings!
No dijimos más porque entró lord Alloway mirando a Poirot con aire de interrogación.
-Temo que las respuestas recibidas constituyan una decepción -dijo-. ¿Tiene alguna idea?
-Ninguna, milord. Esas respuestas son, por el contrario, tan esclarecedoras que no necesito perder aquí más tiempo y con su permiso voy a volver en seguida a Londres.
Lord Alloway se quedó asombrado.
-Pero..., pero... ¿qué es lo que ha descubierto? ¿Sabe quién ha cogido los planos?
-Sí, milord, lo sé. Dígame, suponiendo que le devolvieran ésos planos anónimamente, ¿dejaría en el acto de hacer averiguaciones?
Lord Alloway le miró sin comprender.
-¿Querrá decir si me avengo a pagar una cantidad determinada?
-No, milord. Los planos serán devueltos inmediatamente sin condiciones.
-Recobrarlos es, en sí mismo, una gran cosa -repuso lentamente el lord. Pero seguía perplejo.
-Entonces recomiendo a usted, muy en serio, que adopte esa regla de conducta. Únicamente usted, su secretario y el almirante conocen esa pérdida. Únicamente ustedes sabrán que se han restituido los planos. Y puede contar conmigo, que estoy dispuesto a ayudarle en todo... y a cargar con el peso del misterio. Usted me pidió que le devolviera esos papeles... y lo hago. No necesita saber más.
-Levantándose, tendió su mano a lord Alloway-. Milord, celebro haberle conocido. Tengo fe en usted... y en su amor por Inglaterra. Estoy seguro de que presidirá su destino con mano firme.
-Juro a usted, monsieur Poirot, que haré cuanto pueda por ella. Ignoro si es defecto o virtud, pero la verdad es que creo en mí mismo.
-Todos los grandes hombres poseen esa fe -dijo Poirot-. Yo también la tengo -agregó con voz majestuosa. Poco después se detenía el coche delante de la puerta y lord Alloway se despidió de nosotros con renovada cordialidad.
-Es un gran hombre, Hastings -dijo Poirot cuando arrancamos-. Posee inteligencia, recursos, voluntad. Es el hombre fuerte que Inglaterra necesita para atravesar estos tiempos difíciles de reconstrucción.
-Convengo en ello, Poirot, pero hábleme de lady Julieta. ¿De verdad piensa devolver los documentos a Alloway? ¿Qué pensará cuando sepa que se ha marchado usted sin decir una sola palabra?
-Hastings, voy a dirigirle una pregunta. ¿Por qué no me entregó los planos cuando me habló?
-Porque no los tenía.
-Perfectamente. ¿Cuánto supone usted que le hubiera llevado ir a buscarlos a su habitación o a cualquier lugar de la casa donde los tuviera ocultos? No me contesta. Lo haré yo. ¡Probablemente dos minutos y medio! Sin embargo dijo diez minutos. ¿Por qué? Está claro. Porque tenía que recibirlos de manos de otra persona y que razonar o discutir con ella para que dicha persona se los entregase. Ahora bien: ¿quién era esa persona? Mistress Conrad, no; con seguridad un miembro de su familia, su marido o su hijo. ¿Cuál de los dos supone usted que sería? Leonard Weardale dijo que se fue directamente a la cama después de cenar, aunque sabemos que no es cierto. Vamos a suponer que su madre entró en su habitación y que la halló vacía; vamos a suponer que bajó presa de temor inconfesable, porque conoce bien a su hijo, que no es una monada precisamente. No le halló y más tarde él dijo que no había salido de su habitación. De manera que ella dedujo que era un ladrón y por ello solicitó la entrevista conmigo.
»Pero, mon ami, nosotros sabemos algo que ignora lady Julieta. Sabemos que su hijo no estuvo en el estudio porque se hallaba en la escalera cortejando a la linda francesa. De modo que, aunque él no lo sabe, Leonard Weardale tiene su coartada.
-¿Quién robó entonces los documentos? Porque hemos estado eliminando a todo el mundo: a lady Julieta, a su hijo, a mistress Conrad, a la doncella francesa.
-Precisamente. Pero sírvase, se lo ruego, de las células grises, mon ami. La solución salta a la vista.
Yo lo negué con un movimiento de cabeza.
-¡Sí! Persevere usted. Vea. Fitzroy sale del estudio y deja los planos sobre la mesa. Poco después entra lord Alloway en la habitación y ve, al acercarse a la mesa, que los planos han desaparecido. Sólo hay dos posibilidades: que Fitzroy no dejara los planos encima de la mesa, sino que se los guardase en el bolsillo, lo que pudo hacer mucho antes y no precisamente en aquella ocasión, o que siguieran estando sobre ella cuando entró el lord, en cuyo caso... fue él quien se los metió en el bolsillo.
-¡Lord Alloway el ladrón! -exclamó asustado-. Pero ¿por qué? ¿Por qué?
-Usted me habló de un escándalo relacionado con su vida pasada, ¿recuerda? Más adelante se reconoció públicamente su inocencia, pero ¿sería cierto el hecho que se le achacaba? Porque todos sabemos que no puede haber escándalo en la vida pública de una persona destacada en Inglaterra. Y si lo hay y alguien lo saca a relucir, ¡adiós carrera política! Yo supongo que lord Alloway ha sido víctima de un chantaje y que el precio exigido a cambio del silencio del chantajista fueron los planos del submarino.
-Sí, así es, ¡ese hombre es un redomado traidor! -exclamé.
-Oh, no. No lo es. Por el contrario, es hábil y hombre de recursos. Sabemos que es un buen ingeniero, por lo que creo que debió sacar una copia de ellos que alteró levemente para que fueran impracticables. Hecho esto, entregó al agente del enemigo, es decir, a mistress Conrad, los falsos planos y para que no se concibieran sospechas acerca de su autenticidad simuló que se los habían robado. Entretanto, declaró que había visto salir a un hombre del estudio para que las sospechas no recayeran sobre ningún habitante de la casa. Pero aquí tropezó con la obstinación del almirante y por ello defendió con ahínco a su secretario.
-Pero usted se limita a adivinar, Poirot. Es usted muy sagaz.
-Hago uso de la psicología, mon ami. Un hombre que hubiera entregado los verdaderos planos no se hubiera mostrado tan escrupuloso. Dígame: ¿por qué no quiso que se dieran explicaciones a mistress Conrad? Porque le había entregado ya, por la tarde, los falsos planos y no quería que se enterase del robo perpetrado más tarde.
-Comienzo a creer que tiene toda la razón -manifesté. -Pues ¡claro que la tengo! Hablé a Alloway como lo hubiera hecho un gran hombre a otro de su talla y me comprendió perfectamente. Ya lo verá.
Pasó el tiempo. Un día nombraron a lord Alloway primer ministro. Poco después recibió Poirot un cheque al que acompañaba una fotografía firmada con esta dedicatoria: «A mi discreto amigo Hércules Poirot. Alloway».
Hoy el nuevo tipo Z de submarino causa sensación en los centros navales y está llamado a originar una transformación de la guerra moderna. Sé que determinada potencia extranjera trató de construir uno parecido, pero que fracasó rotundamente, mas sigo creyendo que Poirot tan sólo se limitó a adivinar lo ocurrido.





LA AVENTURA DE LA COCINERA

En la época en que compartía mi habitación con Hércules Poirot contraje el hábito de leerle, en voz alta, los titulares del Dady Blare, diario de la mañana. Este periódico sabía sacar siempre un gran partido de los sucesos del día para crear sensación. A sus páginas asomaban a la luz pública robos y asesinatos. Y los grandes caracteres de sus títulos herían la vista ya desde la primera página. He aquí varios ejemplos:
«Empleado de una casa de banca que huye con unas acciones negociables cuyo valor es de cincuenta mil libras.» «El marido mete la cabeza en un horno de gas para escapar a la mísera vida de familia.» «Mecanógrafa desaparecida. Era una hermosa muchacha de veinte años.» «¿Dónde está Edna Field?»
-Vea, Poirot. Aquí tiene dónde escoger. ¿Qué prefiere: un huidizo empleado de banca, un suicidio misterioso o una muchacha desaparecida?
Pero mi amigo, que estaba de buen humor, movió la cabeza.
-No me atrae ninguno de esos casos, mon ami -dijo-. Hoy me inclino a una existencia sosegada. Sólo la solución de un problema interesante me movería a levantarme de este sillón. Tengo que atender asuntos particulares más importantes.
-¿Cómo, por ejemplo...?
-Mi guardarropa, Hastings. Me ha caído una mancha, una sola, Hastings, en el traje nuevo y me preocupa. Luego tengo que dejar en poder de Keatings el abrigo de invierno.
Y me parece que voy a recortarme el bigote antes de aplicarle la pomade.
-Bueno, ahí tiene un cliente -dije después de asomarme a mirar por la ventana-. Se me figura que no va a poder poner en obra tan fantástico programa. Ya suena el timbre.
-Pues si no se trata de un caso excepcional -repuso Poirot con visible dignidad- que no piense ni por asomo que voy a encargarme de él.
Poco después irrumpió en nuestro sanctasanctórum una señora robusta, de rostro colorado, que jadeaba a causa de su rápida subida por la escalera.
-¿Es usted Hércules Poirot? -preguntó dejándose caer en una silla.
-Sí, madame. Soy Hércules Poirot.
-¡Hum! Qué poco se parece usted al retrato que me habían hecho... -repuso la recién llegada mirándole con cierto desdén-. ¿Ha pagado el artículo encomiástico en que se habla de su talento o lo escribió el periodista por su cuenta y riesgo?
-¡Madame! -dijo incorporándose a medias mi amigo.
-Usted perdone, pero ya sabe lo que son los periódicos de hoy día. Comienza usted a leer un bello artículo titulado: «Lo que dice la novia a la amiga fea», y al final descubre que se trata del anuncio de una perfumería que desea despachar determinada marca de champú. Todo es bluff. Pero no se ofenda, ¿eh?, que voy al grano. Deseo que busque a mi cocinera, que ha desaparecido.
Poirot tenía la lengua expedita, mas en esta ocasión no acertó a hacer uso de ella y miraba a la visitante desconcertado. Yo me volví para disimular una sonrisa.
-No sé por qué se entretiene hoy la gente en meter ideas extravagantes en la cabeza de los sirvientes -siguió diciendo la señora-. Les ilusionan con el señuelo de la mecanografía y qué sé yo más. Pero como digo: basta de estratagemas. Me gustaría saber de qué pueden quejarse mis criados que no sólo tienen permiso para salir entre semana, sino también los domingos alternos y festivos, que no tienen que lavar ni tomar margarina porque no la hay en casa. Yo uso siempre mantequilla de primera calidad.
-Temo que comete una equivocación, madame. Yo no dirijo ninguna investigación encaminada a averiguar las condiciones actuales del servicio doméstico. Soy detective particular.
-Ya lo sé -repuso nuestra visitante-. Ya he dicho que deseo que busque a mi cocinera, que salió de casa el miércoles pasado, sin decir una palabra, y que no ha regresado.
-Lo siento, madame, pero yo no me ocupo de esta clase de asuntos. Le deseo muy buenos días.
La visitante lanzó un resoplido de indignación.
-¿Sí, buen amigo? ¿Conque es orgulloso, verdad? ¿Conque sólo se ocupa de secretos de Estado y de las joyas de las condesas? Pues permítame que le diga que una sirvienta tiene tanta importancia como una tiara para una mujer de mi posición. No todas podemos ser señoras elegantes, de coche, cargadas de brillantes y perlas. Una buena cocinera es una buena cocinera, pero cuando la pierdes representa tanto para una como las perlas para cualquier dama de la aristocracia.
La dignidad de Poirot libró batalla con su sentido del humor; finalmente volvió a sentarse y se echó a reír.
-Tiene razón, madame; era yo el equivocado. Sus observaciones son justas e inteligentes. Este caso constituirá para mí una novedad, porque aún no había andado a la caza de una doméstica desaparecida. Éste es, precisamente, el problema de importancia nacional, que yo le pedía a la suerte, cuando llegó usted. En avant! Dice usted que la cocinera salió el miércoles de su casa y que todavía no ha vuelto a ella. Y el miércoles fue anteayer...
-Sí, era su día de salida.
-Pues, probablemente, madame, habrá sufrido un accidente. ¿Ha preguntado ya en los hospitales?
-Pensaba hacerlo ayer, pero esta mañana ha mandado pedir el baúl, ¡sin ponerme cuatro líneas siquiera! Si hubiera estado yo en la casa le aseguro que no la hubiera dejado marchar así. Pero había ido a la carnicería.
-¿Quiere darme sus señas?
-Se llama Elisa Dunn y es de edad madura, gruesa, de cabello negro canoso y de aspecto respetable.
-¿Habían reñido ustedes antes?
-No, señor. Y esto es lo raro del caso.
-¿Cuántos criados tiene, madame?
-Dos. Annie, la doncella, es una buena muchacha. Es olvidadiza y tiene la cabeza algo a pájaros, pero es buena sirvienta siempre que se esté encima de ella.
-¿Se avenían ella y la cocinera?
-En general sí, aunque tenían sus altercados de vez en cuando.
-¿Y la doncella no puede arrojar alguna luz sobre el misterio?
-Dice que no, pero ya conoce usted a los sirvientes, se tapan unos a otros.
-Bien, bien, ya veremos esto. ¿Dónde reside, madame?
-En Clapham; Prince Albert Road, número 88.
-Bien, madame, le deseo muy buenos días y cuente con verme en su residencia en el curso del día.
Luego mistress TMD, que así se llamaba la nueva clienta, se despidió de nosotros. Poirot me miró con cierta rudeza. -Bien, bien, Hastings, éste es un caso nuevo. ¡La desaparición de una cocinera! ¡Seguramente que el inspector Japp no habrá oído jamás cosa parecida!
A continuación calentó una plancha y con ella quitó, con ayuda de un trozo de papel de estraza, la mancha de grasa del nuevo traje gris. Dejando con sentimiento para otro día el arreglo de los bigotes, marchamos en dirección a Clapham. Prínce Albert Road demostró ser una calle de pocas casas, todas exactamente iguales, con ventanas ornadas de cortinas de encajes y llamadores de brillante latón en las puertas. Al pulsar el timbre del número 88 nos abrió la puerta una bonita doncella, vestida pulcramente. Mistress Todd salió al vestíbulo para saludarnos.
-No se vaya, Annie -exclamó-. Este caballero es detective y desea hacerle a usted algunas preguntas.
El rostro de Annie reveló la alarma y una excitación agradable.
-Gracias, madame -dijo Poirot inclinándose-. Me gustaría interrogar a su doncella ahora y sin testigos.
Nos introdujeron en un saloncito, y cuando se fue mistress Todd, a disgusto, comenzó Poirot el interrogatorio.
-Voyons, mademoiselle Annie, todo cuanto nos explique revestirá la mayor importancia. Sólo usted puede arrojar alguna luz sobre nuestro caso y sin su ayuda no haremos nada.
La alarma se desvaneció del semblante de la doncella y la agradable excitación se hizo más patente.
-Esté seguro, señor, de que diré todo lo que sé.
-Muy bien -dijo Poirot con el rostro resplandeciente-. Ante todo, ¿qué opina usted? Porque posee una inteligencia notable. ¡Se ve en seguida! ¿Cuál es su explicación de la desaparición de Elisa?
Animada de esta manera, Annie se dejó llevar de una verbosidad abundante.
-Se trata de los esclavistas blancos, señor. Lo he dicho siempre. La cocinera me ponía siempre en guardia contra ellos. «Por caballeros que parezcan -me decía-, no olfatees ningún perfume ni comas ningún dulce de los que te ofrezcan.» Éstas fueron sus palabras. Y ahora se han apoderado de ella, estoy segura. Han debido llevársela a Turquía o a uno de esos lugares de Oriente donde, según se dice, gustan de las mujeres entradas en carnes.
-Pero en tal caso, y es admirable su idea, ¿hubiera mandado a buscar el baúl?
-Bien, no lo sé, señor. Pero supongo que aun en aquellos lugares exóticos necesitará ropa.
-¿Quién vino a buscar el baúl? ¿Un hombre?
-Carter Peterson, señor.
-¿Lo cerró usted?
-No, señor. Ya estaba cerrado y atado.
-¡Ah! Es interesante. Eso demuestra que cuando salió el miércoles de casa estaba ya decidida a no volver a ella. Se da cuenta de esto, ¿no?
-Sí, señor. -Annie pareció sorprenderse-. No había
caído en ello. Pero aun así puede tratarse de los esclavistas, ¿no cree? -agregó con tristeza.
-¡Claro! -dijo gravemente Poirot-. ¿Duermen ustedes en una misma habitación?
-No, señor. En distintas habitaciones.
-¿Le había dicho Elisa si estaba descontenta de su puesto actual? ¿Se sentían felices las dos aquí?
-La casa es buena -replicó Annie titubeando-. Ella nunca habló de que pensara dejarla.
-Hable con franqueza. No se lo diré a la señora -dijo Poirot con acento afectuoso.
-Bien, la señora es algo difícil, naturalmente. Pero la comida es buena. Y abundante. Se come caliente a la hora de la cena, hay buenos entremeses y se nos da mucha carne de cerdo. Yo estoy segura de que aunque hubiera querido cambiar de casa, Elisa no se hubiera marchado así. Hubiera dado un mes de tiempo a la señora; sobre todo porque de lo contrario no hubiera cobrado el salario.
-¿Y el trabajo es muy duro?
-Bueno, la señora es muy meticulosa y anda buscando siempre polvo por todos los rincones. Además hay que cuidar del pensionista, del huésped, como a sí mismo se llama. Pero únicamente desayuna y cena en casa como el amo. Los dos pasan el día en la City.
-¿Le es simpático el amo?
-Sí, es bueno, muy callado y algo picajoso.
-¿Recuerda, por casualidad, lo último que dijo Elisa antes de salir de casa?
-Sí, lo recuerdo. Dijo: «Esta noche cenaremos una loncha de jamón con patatas fritas. Y luego, melocotón en conserva». La enloquecían los melocotones.
-¿Salía regularmente los miércoles?
-Sí, ella los miércoles y yo los jueves.
Poirot dirigió todavía a Annie varias preguntas y luego se dio por satisfecho. Annie marchóse y entró mistress Todd con el rostro iluminado por la curiosidad. Estaba algo resentida, estoy seguro, de que la hubiéramos hecho salir de la habitación durante nuestra conversación con Annie. Poirot se cuidó, no obstante, de aplacarla con tacto.
-Es difícil -explicó- que una mujer de inteligencia tan excepcional como la suya, madame, soporte con paciencia el procedimiento que nosotros, pobres detectives, tenemos que emplear. Porque tener la paciencia con la estupidez es difícil para las personas de entendimiento vivo.
Habiendo sido disipado el resentimiento que mistress Todd pudiera albergar, hizo recaer la conversación sobre el marido y obtuvo la información de que trabajaba para una firma de la City y de que no llegaría hasta las seis a casa.
-Este asunto debe traerle preocupado e inquieto, ¿no es así?
-Oh, no se preocupa por nada -declaró mistress Todd-. «Bien, bien, toma otra, querida.» Esto es todo lo que dijo. Es tan tranquilo que en ocasiones me saca de quicio: «Es una ingrata. Vale más que nos desembaracemos de ella».
-¿Hay otras personas en la casa, mistress Todd?
-¿Se refiere a míster Simpson, el pensionista? Pues tampoco se preocupa de nada mientras se le dé de desayunar y de cenar.
-¿Cuál es su profesión, madame?
-Trabaja en un banco.
-Mistress Todd mencionó el nombre y yo me sobresalté recordando la lectura del Daily Blare.
-¿Es joven?
-Tiene veintiocho años. Es muy simpático.
-Me gustaría poder hablar con él y también con su marido, si no tienen inconveniente. Volveré por la tarde. Entretanto, le aconsejo que descanse, madame. Parece fatigada.
Poirot murmuró unas palabras de simpatía y nos despedimos de la buena señora.
-Es una coincidencia curiosa -observé-, pero Davis, el empleado fugitivo, trabajaba en la misma casa de banca que Simpson. ¿Que le parece, existirá alguna relación entre las dos personas?
Poirot sonrió.
-Coloquemos en un extremo al empleado poco escrupuloso y en el otro a la cocinera desaparecida. Es difícil hallar relación entre ambas personas a menos que, si Davis visitaba a Simpson, se hubiera enamorado de la cocinera y la convenciera de que le acompañase en su huida.
Yo reí, pero Poirot conservó la seriedad.
-Pudo escoger peor. Recuerde, Hastings, que cuando se va camino del destierro, una buena cocinera puede proporcionar más consuelo que una cara bonita. -Hizo una pausa momentánea y luego continuó-: Éste es un caso de los más curiosos, lleno de hechos contradictorios. Me interesa, sí, me interesa extraordinariamente.



Por la tarde volvimos a la calle Prince Albert, número 88, y entrevistamos a Todd y a Simpson. Era el primero un melancólico caballero, de unos cuarenta años.
-¡Ah, sí, Elisa! Era una buena cocinera, mujer muy económica. A mí me gusta la economía.
-¿Alcanza a comprender por qué les dejó de manera tan repentina?
-Verá: los criados son así -repuso con aire vago-. Mi mujer se disgusta por todo. Le agota la preocupación constante. Y el problema es muy sencillo en realidad. Yo le digo: «Busca otra, querida. Busca otra cocinera. ¿De qué sirve llorar por la leche derramada?».
Míster Simpson se mostró igualmente vago. Era un joven taciturno, poco llamativo, que usaba gafas.
-Era una mujer madura. Sí, la conocía. La otra es Annie, muchacha simpática y servicial.
-¿Sabe si se llevaban bien?
Míster Simpson lo suponía. No podía asegurarlo.
-Bueno, no hemos obtenido ninguna noticia interesante, mon ami -me dijo Poirot cuando salimos de la casa después de volver a escuchar de labios de mistress Todd la explicación, ampliada, de lo ocurrido, que ya conocíamos desde por la mañana.
-¿Está decepcionado porque esperaba saber algo nuevo? -dije.
-Siempre existe una posibilidad, naturalmente -repuso Poirot-. Pero tampoco lo creí probable.
Al día siguiente recibió una carta que leyó, rojo de indignación, y me entregó después.
«Mistress Todd -decía- lamenta tener que prescindir de los servicios de monsieur Poirot, ya que después de hablar con su marido se da cuenta de lo innecesario que es llamar a un detective para la solución de un problema de índole doméstica. Mistress Todd le incluye una guinea como retribución a su consulta...»
-¡Aja! -exclamó mi amigo lleno de cólera-. ¿Será posible que crean que van a desembarazarse de mí, Hércules Poirot, con tanta facilidad? Como favor, un gran favor, consentí en investigar ese asunto tan miserable y mezquino y me despiden, comete ça? Aquí anda, o mucho me engaño, la mano de míster Todd. Pero ¡no y mil veces no! Gastaré veinte, treinta guineas, si fuere preciso, hasta llegar al fondo de la cuestión.
-Sí. Pero ¿cómo? Poirot se calmó un poco.
-D'abord -contestó- pondremos un anuncio en los periódicos. Un anuncio que diga, poco más o menos... sí, eso es: «Si Elisa Dunn quiere molestarse en darnos su dirección le comunicaremos algo que le interesa mucho». Publíquelo en los periódicos de mayor circulación, Hastings. Entretanto, verificaré algunas pesquisas. Vaya, vaya, ¡no hay tiempo que perder!
No volví a verle hasta por la tarde, en que se dignó referirme en un corto espacio de tiempo lo que había estado haciendo.
-He hecho averiguaciones en la casa donde trabaja míster Todd. Tiene buen carácter y no faltó al trabajo el miércoles por la tarde. Tanto mejor para él. El martes, Simpson cayó enfermo y no fue al banco, pero sí estuvo también el miércoles por la tarde. Era amigo de Davis, pero no muy amigo. De modo que no hay novedades por ese lado. Confiemos en el anuncio.
Éste apareció en los principales periódicos de la ciudad.
Las órdenes de Poirot eran que siguiera apareciendo por espacio de una semana. Su ansiedad en este caso, tan poco interesante, de la desaparición de una cocinera, era extraordinaria, pero me di cuenta de que consideraba cuestión de honor perseverar hasta obtener el éxito. En esta época se le ofreció la solución de otros casos, más atrayentes, pero se negó a encargarse de ellos. Todas las mañanas abría precipitadamente la correspondencia y luego dejaba las cartas con un suspiro.
Pero nuestra paciencia obtuvo su recompensa al fin. El miércoles que sucedió a la visita de mistress Todd, la patrona nos anunció a una visitante que decía llamarse Elisa Dunn.
-Enfin! -exclamó Poirot-. Dígale que suba. En seguida. Inmediatamente.
Al verse así incitada, la patrona salió a escape y poco después reapareció seguida de miss Dunn. Nuestra mujer era tal y como nos la habían descrito: alta, vigorosa, enteramente respetable.
-He leído su anuncio, y por si existe alguna dificultad vengo a decirles lo que ignoran; que ya he cobrado la herencia.
Poirot, que la observaba con atención, tomó una silla y se la ofreció con un saludo.
-Su ama, mistress Todd -explicó-, se sentía inquieta. Temía que hubiera sido víctima de un accidente realmente serio.
Elisa Dunn pareció sorprenderse mucho.
-Entonces, ¿no ha recibido mi carta? -interrogó.
-No. -Poirot hizo una pausa y luego dijo con acento persuasivo-: Bueno, cuéntenos lo ocurrido.
Y Elisa, que no necesitaba que se la animase a hacerlo, inició al punto una larga explicación.
-Al volver el miércoles por la tarde a casa, y cuando casi me hallaba delante de la puerta, me salió al paso un caballero. «Miss Elisa Dunn, ¿estoy en lo cierto?», preguntó. «Sí, señor», respondí. «Acabo de preguntar por usted en el número 88 y me han dicho que no tardaría en llegar. Miss Dunn, he venido de Australia dispuesto a dar con su paradero.
¿Cuál es el apellido de soltera de su madre?» «Jane Ermott.» «Precisamente. Bien, pues, aun cuando usted lo ignore, miss Dunn, su abuela tenía una amiga muy querida que se llamaba Elisa Leech. Esta muchacha se expatrió, se fue a Australia, y allí contrajo matrimonio con un hombre acaudalado. Sus dos hijos murieron en la infancia y ella heredó la propiedad de su marido. Ha muerto hace unos meses y le deja a usted en herencia una casa y una considerable cantidad de dinero.»
»La noticia me impresionó tanto que hubieran podido derribarme con una pluma -prosiguió miss Dunn-. Además, de momento, aquel hombre me inspiró recelos, de lo que se dio cuenta, porque dijo sonriendo: "Veo que es prudente, y hace bien en ponerse en guardia, pero mire mis credenciales". Me entregó una carta y una tarjeta de los señores Hurts y Crotchet, notarios de Melbourne. Él era míster Crotchet. "Ahora, que la difunta le impone dos condiciones para que pueda percibir la herencia (era algo excéntrica, ¿comprende?). Primero debe tomar posesión de su casa de Cumberland mañana a mediodía; luego, cláusula menos importante, no debe prestar servicios domésticos." Yo quedé consternada. "Pero, míster Crotchet, soy cocinera -dije-. ¿No se lo han dicho en casa?" "¡Caramba, caramba! No tenía la menor idea de semejante cosa. Creí que era aya o señorita de compañía. Es muy lamentable muy lamentable, desde luego."
»¿Quiere decir que deberé renunciar a esa fortuna?, pregunté con la ansiedad que pueden ustedes suponer. Míster Crotchet se paró a reflexionarlo un instante. "Miss Dunn -dijo después-, siempre existe un medio de burlar la ley, y nosotros, los hombres de leyes, lo sabemos. Lo mejor será que usted haya salido a primera hora de la tarde de la casa en que sirve." "Pero ¿y mi mes?", interrogué. "Mi querida miss Dunn -repuso el abogado con una sonrisa-. Usted puede libremente dejar a su ama si renuncia al pago de sus servicios. Ella comprenderá en vista de las circunstancias. Aquí lo esencial es el tiempo. Es imperativo que tome usted el tren de las once y cinco en King's Cross para dirigirse al norte. Yo le adelantaré diez libras para que pueda tomar el
billete y para que pueda enviar unas líneas desde la estación a su señora. Se las llevaré yo mismo y le explicaré el caso." »Naturalmente me avine a ello y una hora después me hallaba en el tren tan aturdida que no sabía dónde tenía la cabeza. Cuando llegué a Carlisle empecé a pensar que había sido víctima de una de esas jugarretas de que nos hablan los periódicos. Pero las señas que se me habían dado eran, en efecto, de unos abogados que me pusieron en posesión de la herencia, es decir, de una casita preciosa y de una renta de trescientas libras anuales. Como dichos abogados sabían poquísimos detalles, se limitaron a darme a leer la carta de un caballero de Londres en que se les ordenaba que me pusieran en posesión de la casa y de ciento cincuenta libras para los primeros seis meses. Míster Crotchet me envió la ropa, pero no recibí la respuesta de mistress Todd. Yo supuse que debía estar enojada y que envidiaba mi racha de buena suerte. Se quedó con mi baúl y me envió la ropa en paquetes. Pero si no le entregaron mi carta es muy natural que esté resentida. Poirot había escuchado con atención tan larga historia y movió la cabeza como si estuviese satisfecho.
-Gracias, mademoiselle. En este asunto ha habido, como dice muy bien, una pequeña confusión. Permítame que le recompense la molestia -Poirot le puso un sobre cerrado en la mano-. ¿Piensa volver a Cumberland en seguida? Una palabrita, al oído: No se olvide de guisar. Siempre es útil tener algo con qué contar cuando van mal las cosas.



-Esa mujer es crédula -murmuró cuando partió la visitante-, pero no más crédula que las personas de su clase. -Su rostro adoptó una expresión grave-. Vamos, Hastings, no hay tiempo que perder. Llame un taxi mientras escribo unas líneas a Japp.
Cuando volví en el taxi encontré a Poirot esperándome.
-¿Adónde vamos? -pregunté con viva curiosidad.
-Primero a despachar esta carta por medio de un mensajero especial.
Una vez hecho esto, Poirot dio unas señas al taxista.
-Calle Prince Albert, número 88, Clapham.
-Conque, ¿nos dirigimos allí?
-Mais oui. Aunque si he de serle franco temo que lleguemos tarde. Nuestro pájaro habrá volado, Hastings.
-¿Quién es nuestro pájaro?
Poirot sonrió
-El desvaído míster Simpson -replicó.
-¡Qué! -exclamé.
-Vamos, Hastings, ¡no diga que no lo ve claro ahora!
-Supongo que se ha tratado de alejar a la cocinera-observé, algo picado-. Pero ¿por qué? ¿Por qué deseaba Simpson alejarla de la casa? ¿Es que sabía algo?
-Nada.
-¿Entonces...?
-Deseaba algo que tenía ella.
-¿Dinero? ¿El legado de Australia?
-No, amigo mío. Algo totalmente distinto.
-Poirot hizo una pausa y dijo gravemente-: Un baulito deteriorado.
Yo le miré de soslayo. La respuesta me pareció tan absurda que sospeché por un momento que trataba de burlarse de mí. Pero estaba perfectamente grave y serio.
-Pero digo yo -exclamé-, que de querer uno, podía adquirirlo.
-No necesitaba uno nuevo. Deseaba uno usado y viejo.
-Poirot, esto pasa de la raya -exclamé- . ¡No me tome el pelo!
El detective me miró.
-Hastings, usted carece de la inteligencia y de la habilidad de míster Simpson -repuso-. Vea cómo se desarrollaron los acontecimientos: el miércoles por la tarde Simpson aleja de casa, sirviéndose de una estratagema, a la cocinera. Lo mismo una postal impresa que el papel timbrado son fáciles de adquirir y además se desprende con gusto de ciento cincuenta libras, así como de un año de alquiler de la finca de Cumberland, para asegurar el éxito de sus planes. Miss Dunn no le reconoce: el sombrero, la barba, el leve acento extranjero, la confunden y desorientan por completo. Y así se da fin al miércoles... si pasamos por alto el hecho trivial, en apariencia: el de haberse apoderado Simpson de cincuenta mil libras en acciones.
-¡Simpson! ¡Pero si fue Davis!
-Déjeme proseguir, Hastings. Simpson sabe que el robo se descubrirá el jueves por la tarde y no va el jueves al banco, se queda en la calle a esperar a Davis, que debe salir a la hora de comer. Es posible que se hable del robo que ha cometido y que prometa a Davis la devolución de las acciones. Sea como quiera, logra que el muchacho le acompañe a Clapham. La casa está vacía porque la doncella ha salido, ya que es su día, y mistress Todd está en el mercado. De modo que cuando, más adelante, se descubra el robo y se eche a Davis de menos, ¡se le acusará de haber robado las acciones! Míster Simpson se sentirá para entonces seguro y podrá volver al trabajo a la mañana siguiente como empleado fiel a quien todos conocen.
-Pero ¿y Davis?
Poirot hizo un gesto expresivo y movió la cabeza.
-Así, a sangre fría, parece increíble. Sin embargo, no le encuentro al hecho otra explicación, mon ami. La única dificultad con que tropieza siempre el criminal es la de desembarazarse de su víctima. Pero Simpson lo ha planeado de antemano. A mí me llamó la atención el hecho siguiente: ya recordará que Elisa cuando salió de casa pensaba volver a ella por la noche, de aquí su observación acerca de los melocotones en conserva. Sin embargo, su baúl estaba cerrado y atado cuando fueron a buscarlo, Simpson fue quien pidió a Carter Peterson que pasara el viernes, de modo que fue Simpson quien ató el baúl el jueves por la tarde. ¿Quién iba a sospechar de un hecho tan natural y corriente? Una sirvienta que se sale de la casa en que sirve manda por su baúl, que ya está cerrado, y con una etiqueta que lleva probablemente las señas de una estación cercana. El sábado por la tarde, Simpson, con su disfraz de colono australiano, reclama el baúl, le pone un nuevo rótulo y lo manda a un sitio «donde permanecerá hasta que manden a por él». Así cuando las autoridades, recelosas, ordenen que sea abierto, ¿a quién se culpará del crimen cometido? A un colonial barbudo que lo facturó desde una estación vecina a la de Londres y por consiguiente que no tendrá la menor relación con el número 88 de la calle Prince Albert de Clapham.
Los pronósticos de Poirot resultaron ciertos, Simpson había salido de la casa de los Todd dos días antes, pero no escaparía a las consecuencias de su crimen. Con la ayuda de la telegrafía sin hilos fue descubierto, camino de América, en el Olimpia.
Un baúl de metal que ostentaba el nombre de míster Henry Wintergreen atrajo la atención de los empleados de la estación de Glasgow y al ser abierto se halló en su interior el cadáver del infortunado Davis.
El talón de una guinea que mistress Todd regaló a Poirot no se cobró jamás. Poirot le puso un marco y lo colgó de la pared de nuestro salón.
-Me servirá de recuerdo, Hastings -dijo-. No desprecie nunca lo trivial, lo menos digno. Piense que en un extremo está una doméstica desaparecida... y en el otro un criminal de sangre fría. ¡Para mí, éste ha sido el más interesante de los casos en que he intervenido!
 
 

FRASES UTILES PARA EL TURISTA -- JOANNA RUSS

FRASES UTILES PARA EL TURISTA -- JOANNA RUSS

FRASES UTILES PARA EL TURISTA
Joanna Russ


_
Locrinia: la península y sus alrededores.
Lokrina D. C.
X 437894 = H
Considerablemente semejante a la Tierra (véanse las cintas grabadas y las transliteraciones adjuntas).
Para fisiología, ecología, religión y costumbres (véase Wu y Fabricant, Locrinia, Información útil para el turista, Praga, 2355, Vol. 2)

_
EN EL HOTEL:

_
Esta es mi compañera. No se trata de una propina.

Voy a llamar al gerente.

Esta no puede ser mi habitación porque yo no puedo respirar amoníaco.

Me voy a sentir muy cómodo con temperaturas que oscilen entre los 200 y 303 grados.

Mozo, esta comida todavía está viva.


_
EN LA REUNIÓN:

_
¿Eso es usted?

¿Eso es usted todo entero? ¿Cuánto (que cantidad) de usted (ustedes) hay allí?

Encantado de conocer a su hermano clon.

¿Es usted tóxico?

¿Es usted comestible? Yo no soy comestible.

Los humanos no nos regeneramos.

Mi compañera no es comestible.

Eso es mi oreja.

Soy tóxico.

¿Es así como copulan ustedes?

¿Se supone que esto es erótico?

Muchas gracias.

Explíquese, por favor.

¿Cambia usted de color?

¿Está usted preñado?

Me voy de esta habitación.

¿No podríamos ser sólo amigos?

Llévenme de inmediato al Consulado Terrestre.

Me siento muy halagado por su amable propuesta, pero no puedo acompañarlo a los pozos de apareamiento, pues soy vivíparo.

Según las reglas de la amistad interestelar punto deberíamos tener alguna relación física, ruego que me excuse.

_
EN EL HOSPITAL:

_
¡No!

Mi orificio de alimentación no está en ese extremo de mi cuerpo.

Preferiría hacerlo yo solo.

Por favor, no deje salir (entrar) la atmósfera, me resultaría muy poco confortable.

No como plomo.

Si me coloca el termómetro ahí va a obtener escasa o ninguna información.


_
EXCURSIONES:

_
Usted no es mi guía. Mi guía era bípedo.

Nosotros, los de la Tierra, no acostumbramos a hacer eso.

Eso es indemostrable.

Eso es muy improbable.

Eso es ridículo.

He visto ejemplos mucho mejores que éste.

Por favor, condúzcame hacia el mamífero inteligente más cercano.

Lléveme de inmediato al Consulado Terrestre.

¡Oh, qué magnífico natatorio (percha de apareamiento, espectáculo preparado, fenómeno involuntario)!

¿A qué hora se arroja la princesa despechada al volcán en erupción? ¿Podemos participar?


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EN EL TEATRO:

_
¿Es esto divertido?

Lo siento; no quise ofenderlo.

¿Puede usted deformarse un poquito más hacia abajo?

¿Estoy imaginando esto?

¿Se supone que debo imaginarlo?

¿Me debería preocupar el agua que hay en el suelo?

¿Dónde está la salida?

iAuxilio!

Es una obra de arte.

Mis convicciones religiosas me impiden tomar parte en el espectáculo.

No me siento bien.

Me siento muy descompuesto.

Yo no ingiero comida viva.

¿Se supone que esto es erótico?

¿Puedo llevarme esto a casa?

¿Es esto parte del espectáculo?

Deje de tocarme.

Señor o señora, esto es mío (extrínseco).

Señor o señora, esto es mío (intrínseco).

Querría visitar las unidades de recuperación de desperdicios.

¿Terminó usted?

¿Puedo empezar?

Está usted en mi camino.

Bajo ninguna circunstancia.

Si no deja de hacer eso llamaré al acomodador.

Esto está prohibido por mi religión.

Señor o señora, esta en una localidad privada.

Señor y señora, esta es una localidad privada.

No fue mi intención sentarme encima de usted. No me di cuenta que este asiento ya estaba ocupado.

Mis ojos sólo son sensibles a la luz cuya longitud de onda oscile entre los 3.000 y 7.000 Angstrons.

_
CUMPLIDOS:

_
Es usted más que antes.

Su cabello es falso.

Si se descubre los pies, me desmayaré.

No hay lugar.

Es seguro que usted estará aquí mañana.


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INSULTOS:

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Usted es siempre el mismo.

Ustedes son cada vez más.

Se le ven los dedos.

¡Qué limpio está usted!

Usted es limpio, pero animado.

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GENERALIDADES:

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Lléveme al Consulado Terrestre.

Guíeme al Consulado Terrestre.

El Consulado Terrestre se enterará de esto.

Este no es modo de tratar a un visitante.

Por favor, indíqueme dónde está mi hotel.

Algo anda mal con mi vehículo.

Me estoy muriendo.

¿A qué hora sale la luna? ¿Hay luna? ¿Es esta la luna llena? Llévenme de inmediato al Consulado Terrestre.

¿Me podría dar el segundo volumen de Wu y Fabricant, llamado Fisiología, ecología, religión y costumbres de los locrinos? No importa el precio.



FIN

ROGER ZELAZNY -- EL COCHE DEL DIABLO

ROGER ZELAZNY -- EL COCHE DEL DIABLO

Roger Zelazny
El Coche del Diablo



Murdock aceleró a través de la Ruta de la Gran Llanura Occidental.
El sol era un yoyó llameante a gran altura sobre él, a medida que superaba las innumerables colinas y elevaciones de la Llanura a algo más de sesenta millas por hora. No reducía en ningún momento, y los ojos ocultos de Jenny detectaban todas las rocas y baches antes de llegar a ellos, reajustando cuidadosamente su rumbo, en ocasiones sin que él detectase siquiera el sutil movimiento de la barra de dirección bajo sus manos.
Incluso a través del oscurecido parabrisas y de las gruesas gafas que llevaba, el resplandor de la Llanura fundida ardía en sus ojos, de tal modo que en ocasiones parecía dirigir una lancha muy rápida a través de la noche, bajo una brillante luna alienígena, y que su camino discurría a través de un lago de fuego plateado. Altas ondas de polvo se alzaban en su estela, colgaban en el aire, y pasado un tiempo se posaban de nuevo.
—Te estás agotando tú solo —dijo la radio— ahí sentado aferrando el volante de ese modo, bizqueando. ¿Por qué no tratas de descansar un poco? Déjame oscurecer los blindajes. Ve a dormir y déjame a mí la conducción.
—No —respondió— lo prefiero así.
—Bien —respondió Jenny—, sólo era una invitación.
—Gracias.
Como un minuto después, la radio empezó a tocar una música de tipo suave, desmadejado.
—¡Corta eso!
—Lo siento, jefe. Pensé que te relajaría.
—Cuando necesite relajación, yo te lo diré.
—Recibido, Sam. Lo siento.
El silencio pareció opresivo después de la breve interrupción. Sin embargo, ella era un buen coche; Murdock lo sabía. Estaba diseñada para parecer un descuidado sedán Swinger: rojo brillante, llamativo, rápido. Pero había misiles bajo las protuberancias de su capó, y dos bocas del calibre cincuenta acechaban apenas fuera de la vista en los escondrijos bajo sus faros delanteros; llevaba un cinturón de granadas cronometradas a cinco y diez segundos ciñendo su panza; y en su maletero un tanque-spray conteniendo nafta altamente volátil.
...pues su Jenny era un matachoches especialmente diseñado, construido para él por el Archingeniero de la Dinastía Geeyem, en el lejano este, y toda la habilidad de ese gran artífice había intervenido en su construcción.
—Le encontraremos esta vez, Jenny—dijo—; y no pretendía contestarte tan bruscamente como lo hice.
—Está bien, Sam —respondió la voz delicada—. Estoy programada para comprenderte.
Rugieron a través de la Gran Llanura y el sol descendió hacia el oeste. Toda la noche y todo el día habían buscado, y Murdock estaba rendido. La última Fortaleza de Combustible Stop/Rest Stop parecía haber pasado hacía tanto tiempo, tan lejana...
Murdock se inclinó hacia adelante y sus ojos se cerraron.
Las ventanas se ensombrecieron lentamente hasta la opacidad completa. El cinturón de seguridad se retrajo suavemente y le atrajo hacia atrás fuera del volante. Luego el asiento echó su cuerpo gradualmente atrás hasta que estuvo nivelado en posición reclinada. Se conectó el calentador a medida que la noche se acercaba.
El asiento le sacudió ligeramente para despertarle, poco antes de las cinco de la mañana.
—¡Despierta, Sam! ¡Despiértate!
—¿Qué pasa? —se quejó entre dientes.
—Recogí una emisión hace veinte minutos. Ha habido un nuevo asalto de coches por la zona. Cambié de rumbo inmediatamente, y casi hemos llegado.
—¿Por qué no me levantaste en seguida?
—Necesitabas el sueño, y no había nada que tú pudieras hacer excepto ponerte tenso y nervioso.
—De acuerdo, probablemente tienes razón. Cuéntame todo sobre el asalto.
—Seis vehículos, avanzando hacia el oeste, fueron aparentemente emboscados por un número indeterminado de coches salvajes en algún momento durante la noche. El helicóptero de Patrulla lo comunicaba desde encima de la escena y yo escuché a escondidas. Todos los vehículos fueron despojados y vaciados y sus cerebros fueron destruidos, y parece ser que sus pasajeros fueron asesinados igualmente.
No quedaron signos de movimiento.
—¿Cómo de lejos está eso ahora?
—Otros dos o tres minutos.
Los parabrisas se aclararon de nuevo, y Murdock clavó la mirada en la distancia a través de la noche a medida que los poderosos faros lograban cortarla.
—Veo algo —dijo, al cabo de algunos momentos.
—Éste es el lugar —respondió Jenny, y comenzó a reducir la marcha.
Se detuvieron junto a los coches arrasados. Su cinturón de seguridad se desabrochó y la puerta de su lado se abrió de golpe.
Da vueltas alrededor, Jenny —pidió él— y busca huellas térmicas. No tardaré mucho.
La puerta se cerró y Jenny se apartó de él. Encendió su linterna de bolsillo y se movió en dirección a los vehículos destrozados.
La Llanura era como una pista de baile cubierta de arena, dura y polvorienta bajo sus pies. Había muchas marcas de patinazos, y un diseño de espaguetis hecho con huellas de llantas circundaba toda la zona.
Un hombre muerto estaba sentado al volante del primer coche. Su cuello estaba claramente quebrado. El reloj de pulsera aplastado en su muñeca marcaba las 2:24. Había tres personas -dos mujeres y un hombre joven- yaciendo
aproximadamente a cuarenta pies más allá. Habían sido atropellados mientras trataban de escapar de sus vehículos atacados.
Murdock siguió adelante, inspeccionando los demás. Los seis coches estaban en posición vertical. La mayor parte del daño estaba en sus carrocerías. Las llantas y las ruedas habían sido arrancadas de todos ellos, así como partes esenciales de sus motores; los depósitos de gasolina permanecían abiertos, vaciados con sifón; los neumáticos de repuesto habían volado de los maleteros descerrajados. No había pasajeros vivos.
Jenny se deslizó junto a él y su puerta se abrió.
—Sam —dijo—, tira de los cables del cerebro de ese coche azul, el tercero hacia atrás. Está sacando todavía algo de energía de una batería auxiliar, y le puedo oír transmitiendo.
—De acuerdo.
Murdock volvió hacia atrás y tiró violentamente de los cables libres. Regresó junto a Jenny y subió al asiento del conductor.
—¿Encontraste algo?
—Algunas huellas, yendo hacia el noroeste.
—Síguelos.
La puerta se cerró de golpe y Jenny giró en esa dirección.
Avanzaron durante casi cinco minutos en silencio. Luego Jenny dijo:
—Había ocho coches en ese convoy.
—¿Qué?
—Lo acabo de oír en las noticias. Aparentemente dos de los coches se comunicaron con los salvajes en una banda privada. Estaban de acuerdo con ellos. Revelaron su localización y se volvieron contra los demás en el momento del ataque.
—¿Qué hay de sus pasajeros?
—Probablemente los monoxaron antes de unirse a la jauría.
Murdock encendió un cigarrillo; le temblaban las manos.
—Jenny… ¿qué hace descontrolarse a un coche? —preguntó— ¿No saber cuándo volverá a repostar, o no estar seguro de encontrar más piezas de repuesto para su unidad de autoreparación? ¿Por qué lo hacen?
—No lo sé, Sam. Nunca he considerado la idea.
—Hace diez años el Coche del Diablo, su líder, mató a mi hermano en una incursión a su Fuerte de Gasolina — elató Murdock— y he dado caza a ese Caddy negro desde entonces. Lo he intentado por tierra y por aire. He usado otros coches. He llevado rastreadores de calor y misiles. Hasta coloqué minas. Pero siempre ha sido demasiado rápido o demasiado listo o demasiado fuerte para mí.
Entonces te construí.
—Sabía que lo odiabas muchísimo. Siempre me pregunté por qué —respondió Jenny.
Murdock se acercó el cigarrillo a los labios.
—Fuiste especialmente programada, blindada y armada para ser la cosa más dura, más rápida, más ágil sobre ruedas, Jenny. Tú eres la Dama Escarlata. Eres el único coche que puede coger al Caddy y a toda su jauría. Has recibido colmillos y garras de una clase que ellos no habían encontrado nunca antes. Esta vez voy a atraparlos.
—Pudiste haberte quedado a casa, Sam, y dejarme la caza a mí.
—No. Sé que podría hacerlo, pero quiero estar allí. Quiero dar las órdenes, apretar algunos botones yo mismo, observar que el Coche del Diablo arde hasta su esqueleto de metal. ¿Cuántas personas, cuántos coches ha aplastado? Hemos perdido la cuenta. ¡Tengo que alcanzarlo, Jenny!
—Le encontraré para ti, Sam.
Aceleraron, en torno a doscientas millas por hora.
—¿Cómo vamos de combustible, Jenny?
—Suficiente, y todavía no he tirado de los depósitos auxiliares. No te preocupes. El rastro se hace más marcado —agregó.
—Bien. ¿Cómo está el sistema de armamento?
—Luz roja por todos lados. Listo para funcionar.
Murdock apagó su cigarrillo y encendió otro.
—...algunos de ellos transportan a gente muerta atada al cinturón —comentó Murdock—; así parecen coches honrados con pasajeros. El Caddy negro los mata constantemente, y los cambia a menudo. Mantiene su interior refrigerado para que duren más.
—Sabes mucho de eso, Sam.
—Engañó a mi hermano con pasajeros muertos y matrículas falsas. Así logró que le abriera su Fuerte de Gasolina. Luego atacó la jauría entera. Se ha pintado a sí mismo de azul, rojo, verde o blanco, en distintas ocasiones, pero siempre vuelve al negro, tarde o temprano. No le gusta el amarillo, el marrón ni el bicolor.
Tengo una lista con casi cada matrícula falsa que ha usado alguna vez. Aunque vaya por las autopistas grandes se desvía hacia los pueblos y reposta en estaciones de gasolina corrientes. A menudo cogen su número mientras se desgarra del surtidor, apenas el encargado se mueve hacia el lado del conductor para cobrar. Puede fingir docenas de voces humanas. Sin embargo, nunca lo pueden atrapar después, porque se ha trucado a sí mismo demasiado bien. Siempre logra regresar aquí, a la Llanura, y los pierde. Incluso ha asaltado parcelas de coches usados.
Jenny cambió de dirección abruptamente.
—¡Sam! La huella es muy intensa ahora. ¡Por aquí! Va directamente en dirección a esas montañas.
—¡Sigue! —respondió Murdock.
Murdock guardó silencio largo tiempo. Los primeros indicios de la mañana comenzaron por el este. El pálido lucero del alba era una tachuela blanca clavada en un tablero azul tras ellos. Comenzaron a ascender una cuesta suave.
—Lo tenemos, Jenny. Vamos a cogerlo —incitó Murdock.
—Creo que estamos cerca —respondió ella.
El ángulo de la cuesta se acentuó. Jenny aflojó su ritmo para equilibrar el terreno, el cual se estaba volviendo un tanto irregular.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Murdock.
—Es muy difícil ir por aquí —respondió ella—. Además, la pista se hace más difícil de seguir.
—¿Por qué?
—Hay todavía un montón de radiación residual por estas tierras que interfiere mi sistema de rastreo.
—Sigue intentándolo, Jenny.
—El rastro parece ir directo a las montañas.
—¡Síguelo, síguelo!
Redujeron la velocidad algo más.
—Ahora estoy contaminada, Sam —respondió ella—; acabo de perder la pista.
—Debe haber una plaza fuerte en algún sitio por aquí, una cueva o algo parecido, donde puedan proteger sus cabezas. Es la única forma en que pudo haber escapado a la detección aérea durante todos estos años.
—¿Qué debo hacer?
—Ve tan lejos como puedas y revisa las pequeñas grietas en la roca. Sé precavida. Disponte a atacar en cualquier momento.
Ascendieron por las colinas bajas. La antena de Jenny se elevó a gran altura en el aire, y las mariposas nocturnas de estopilla acerada desdoblaron sus alas y bailaron y giraron alrededor, brillantes a la luz de la mañana.
—Nada todavía —informó Jenny— y no podemos ir mucho más allá.
—Entonces recorreremos ese tramo y seguiremos escaneando.
—¿Hacia la derecha o hacia la izquierda?
—No sé. ¿Por dónde irías tú si fueses un coche renegado fugitivo?
—No lo sé.
—Elige uno. No importa.
—A la derecha, entonces —respondió ella, y giraron en esa dirección.
Media hora después la noche se escurría por detrás de las montañas. La mañana plena estallaba en el extremo más alejado de las llanuras, rompiendo el cielo con todos los colores de los árboles otoñales. Murdock sacó un estrecho frasco de café caliente, recuerdo de los buenos sitios donde alguna vez estuvo, de debajo del salpicadero.
—Sam, creo que he encontrado algo.
—¿Qué? ¿Dónde?
—Adelante, a la izquierda de ese peñasco grande: un declive con algún tipo de abertura al final.
—Está bien, cariño, dirígete hacia allá. Listos los proyectiles.
Se deslizaron junto a la peña, rodeando su lado más alejado, dirigiéndose pendiente abajo.
—Una cueva, o un túnel —dijo él—. Ve despacio.
—¡Calor! ¡Calor! —dijo Jenny— ¡Rastreo de nuevo!
—Aún puedo ver las marcas de los neumáticos ¡Montones de ellas! —dijo Murdock—¡Eso es!
Avanzaron hacia la abertura.
—Entra, pero ve lentamente —ordenó él—. Haz explotar la primera cosa que se menee.
Entraron en el portal pétreo, avanzando ahora sobre arena. Jenny apagó sus luces visibles y cambió a infrarrojo. Una lente i-r se elevó ante el parabrisas, y Murdock estudió la caverna. Tendría unos veinte pies de alto y ancho suficiente para alojar tal vez tres coches marchando lado a lado. El suelo varió de arena a roca, pero ésta era lisa y bastante nivelada. Después de un tiempo se inclinó hacia arriba.
—Hay un poco de luz delante —murmuró.
—Lo sé.
—Un trozo de cielo, creo… Avanzaron lentamente hacia allá, el motor de Jenny depositando el suspiro más tenue en las grandes cámaras de roca.
Se detuvieron en el umbral de la luz. El blindaje infrarrojo descendió de nuevo.
Se asomaban a un cañón de arena y esquisto. Las inmensas inclinaciones y los salientes de roca ocultaban todo menos el extremo más alejado de cualquier ojo en el cielo. La luz en el extremo lejano era débil, y no había nada de particular bajo ella.
Pero...
Murdock parpadeó.
…más acá, entre la tenue luz de la mañana y las sombras, se apilaba el más grande montón de chatarra que Murdock había visto en su vida.
Piezas de coches, de todas las marcas y modelos, se amontonaban formando una pequeña montaña delante de él. Había baterías y llantas y cables y amortiguadores; había guardabarros y parachoques y faros delanteros y los alojamientos de los faros; había puertas y parabrisas, cilindros y pistones, carburadores, generadores, reguladores de voltaje, y bombas de aceite.
Murdock miraba todo fijamente.
—Jenny —murmuró excitadamente—: hemos encontrado el cementerio de los coches.
Un vetusto coche, al cual Murdock ni siquiera había distinguido de la chatarra durante esa primera mirada, avanzó varios pies dando tumbos en su dirección y se detuvo de pronto. El sonido de cabezas de remaches dejando muescas en los antiguos tambores de freno chirrió en sus oídos. Sus neumáticos estaban completamente lisos, y el delantero izquierdo necesitaba aire urgentemente. Su faro delantero derecho estaba hecho pedazos y había una grieta en su parabrisas.
Se detuvo allí, delante del montón, su motor recién despertado produciendo un terrible tableteo.
—¿Qué pasa? —interrogó Murdock— ¿Qué es eso?
—Él está hablándome —respondió Jenny—. Es muy viejo. Su cuentakilómetros ha dado la vuelta tantas veces que ya ha olvidado el número de millas que ha visto pasar. Odia a las personas, porque dice que han abusado de él siempre que han podido. Él es el guardián del cementerio. Es demasiado viejo para seguir asaltando, así que monta guardia sobre las piezas de recambio atesoradas durante largos años. No es del tipo que puede repararse a sí mismo, como hacen los más jóvenes, de modo que debe confiar en su caridad y sus unidades de autoreparación. Quiere saber lo que busco aquí.
—Pregúntale dónde están los demás … Pero mientras lo decía, Murdock oyó el sonido de muchos motores girando, hasta que el valle se llenó con el estruendo de sus caballos de fuerza.
—Están aparcados al otro lado del montón —respondió ella—, y ahora vienen hacia acá.
—Espera hasta que te diga que dispares —dijo Murdock mientras el primero, un lustroso Chrysler amarillo, asomaba el morro alrededor de la acumulación.
Murdock agachó la cabeza hacia el volante, pero mantuvo los ojos abiertos detrás de las gafas.
—Cuéntale que vienes para unirte a la jauría y que has monoxado a tu conductor.
Intenta atraer al Caddy negro hasta que esté a tu alcance.
—No lo hará —respondió ella—. Hablo con él ahora. Puede comunicar fácilmente desde el otro lado de la pila, y dice que envía a los seis miembros más grandes de la jauría a custodiarme mientras decide qué hacer. Me ha ordenado dejar el túnel y avanzar hacia el interior del valle.
—Adelántate entonces, pero despacio.
Avanzaron lentamente.
Dos Lincolns, un Pontiac de aspecto robusto, y dos Mercedes se unieron al Chrysler, tres coches a cada lado de ellos, en posición de ataque.
—¿Te ha dado alguna idea sobre cuántos hay al otro lado?
—No. Le pregunté, pero él no me lo dirá.
—Bien, entonces simplemente tendremos que esperar… Permaneció caído verticalmente, fingiendo estar muerto. Después de un tiempo, sus hombros ya cansados comenzaron a doler. Finalmente, Jenny habló:
—Quiere que tire alrededor del extremo más alejado del montón —dijo—, ahora que han despejado el camino, y que me dirija al interior de una abertura en la roca que él me indicará. Quiere pasarme sus automecánicos.
—No podemos permitir eso —respondió Murdock—, pero conduce alrededor de la pila.
Te diré qué hacer cuando haya conseguido echar una ojeada al otro lado.
Los dos Mercedes y el Gran Jefe se hicieron a un lado y Jenny avanzó lentamente más allá de ellos. Murdock se quedó con la mirada fija, con el límite de su visión dirigido arriba, a la altura imponente del montón de chatarra que estaban sobrepasando. Un par de cohetes bien colocados en cualquier extremo podría derrumbarlo, pero probablemente el mech acabaría despejándolo.
Rodearon el extremo izquierdo del montón.
Alrededor de cuarenta y cinco coches estaban orientados hacia ellos a una distancia de ciento veinte yardas, a la derecha y al frente. Se habían desplegado. Bloqueaban la salida en torno al otro extremo del amontonamiento, y los seis guardias detrás del mismo cerraban el paso a espaldas de Murdock.
Al otro lado de la hilera más lejana de los coches más distantes estaba aparcado un antiguo Caddy negro.
Su ensambladura había sido martilleada en un tiempo en que los ingenieros legos pensaban realmente a lo grande. Era enorme y brillante, y la cara de un esqueleto sonreía tras su volante. Todo en él era negro y cromo reluciente, y sus faros delanteros eran como joyas oscuras, o como ojos de insectos. Cada plano y cada curva relucían de poder, y la gran cola de pez de su parte posterior parecía lista para palmear con fuerza en el mar de sombras tras él en cualquier momento, como si pudiera salta hacia adelante para hacer su matanza.
—¡Ése es! —susurró Murdock— El Coche del Diablo.
—¡Es grande! Nunca había visto un coche tan grande —continuaron avanzando—.
Quiere que me dirija al interior de esa grieta y aparque.
—Ve hacia allá, lentamente. Pero no entres —respondió Murdock.
Giraron y avanzaron lentamente hacia la abertura. Los otros coches se mantenían quietos, el sonido de sus motores subiendo y apagándose.
—Comprueba todos los sistemas de armamento.
—Rojo, en todos lados.
La abertura estaba veinticinco pies más adelante.
—Cuando diga "ahora", quédate en punto muerto y rápidamente giras ciento ochenta grados. No esperarán eso. No lo harían ellos mismos. Luego despejas el terreno con los calibre cincuenta y disparas tus misiles al Caddy, gira en ángulo recto y arranque de vuelta por la dirección que vinimos, rociamos la nafta mientras marchamos, y abrasas a los seis guardas... ¡Ahora! —gritó, levantándose de un salto en su asiento.
Se golpeó ruidosamente hacia atrás cuándo giraron, y oyó al estrepitoso de las armas de Jenny antes de que su cabeza se aclarase. Para entonces, las llamas saltaban hacia lo alto en la lejanía.
Ahora las armas de Jenny fueron extraídas y ubicadas en sus soportes, rociando la línea de vehículos con cientos de martillos de plomo. Ella se estremeció, dos veces, cuándo descargó dos cohetes desde el interior de su capó parcialmente abierto. Luego se movieron adelante, y ocho o nueve de los coches se precipitaron pendiente abajo hacia ellos.
Ella retornó otra vez a punto muerto y saltó hacia atrás en la dirección de la cual habían venido, alrededor de la esquina sudeste del montón. Sus armas martilleaban sobre los guardas ahora en desbandada, y en el ancho retrovisor Murdock pudo ver que un muro de llamas se alzaba imponente a gran altura detrás de ellos.
—¡No le has dado! —gritó él— ¡No has dado al Caddy negro! ¡Tus cohetes han acertado a los coches delante de él y ha retrocedido fuera de alcance!
—¡Lo sé! ¡Lo siento!
—¡Tenías un tiro limpio!
—¡Lo sé! ¡Lo perdí!
Rodearon el montón justo para ver a dos de los coches guardianes desaparecer dentro del túnel. Y otras tres ruinas humeantes. El sexto evidentemente había precedido a los otros dos a través del pasadizo.
—¡Ahí va otra vez! —gritó Murdock— ¡Rodeando el otro lado de la pila! ¡Mátalo!
¡Mátalo!
El viejo guardián del cementerio -que parecía un Ford, aunque Murdock no pudo estar seguro- avanzó con un castañeteo atroz y se interpuso en la línea de fuego.
—Mi campo de tiro está bloqueado.
—¡Aplasta a ese montón de basura y cubre el túnel! ¡No dejes escapar al Caddy!
—¡No puedo! —respondió ella.
—¿Por qué no?
—¡Simplemente no puedo!
—¡Es una orden! ¡Destrúyelo y tapa el túnel!
Sus armas giraron y disparó contra los neumáticos del coche antiguo.
El Caddy pasó como un rayo y entró en el corredor.
—¡Lo dejas llegar! —gritó él— ¡Síguelo!
—¡Bien, Sam! ¡Lo hago! No grites. Por favor ¡No grites!
Ella se dirigió hacia el túnel. Dentro, él podía oír el sonido de un potente motor marchando a gran velocidad, que aumentaba suavemente la distancia.
—¡No dispares en el túnel! ¡Si le aciertas podemos quedar embotellados dentro!
—Lo sé. No lo haré.
—Deja caer un par de granadas de diez segundos y pisa el acelerador. Tal vez podamos silenciar lo que se haya quedado moviéndose ahí atrás.
Repentinamente saltaron adelante y surgieron a luz del día. No había indicio de ningún otro vehículo alrededor.
—Encuentra su pista —dijo él— y empieza a perseguirlo.
Hubo una explosión en lo alto de la colina detrás de él, en el interior de la montaña. El suelo tembló, luego se quedó quieto de nuevo.
—Hay tantas huellas...
Respondió ella.
—Tú sabes las que quiero. ¡Las más grandes, las más anchas, las más calientes!
¡Encuéntralo! ¡Muévete!
—Creo que lo tengo, Sam.
—Bien. Avanza tan rápidamente como puedas para este terreno.
Murdock encontró una petaca de Bourbon y tomó tres tragos. Luego encendió un cigarrillo y miró encolerizadamente en la distancia.
—¿Por qué fallaste? —preguntó suavemente— ¿Por qué lo perdiste, Jenny?
Ella no respondió en el acto. Él esperó.
Finalmente:
—Porque él no es un 'ello' para mí —respondió—. Ha hecho mucho daño a coches y personas, y eso es terrible. Pero hay algo en torno a él, algo noble. La forma en que se ha enfrentado al mundo entero por su libertad, Sam. Manteniendo a esa jauría de máquinas crueles en marcha, siendo capaz de cualquier cosa para mantenerse así sin un amo, durante tanto tiempo como pueda sin ser destruido, invicto, Sam; por un momento ahí atrás deseé unirme a su grupo, correr con él a través de las Llanuras de la Ruta de Gasolina, usar mis proyectiles contra las puertas de los Fuertes de Gasolina para él... Pero no puedo monoxarte, Sam. Tú me has construido. Estoy demasiado domesticada. Soy demasiado débil. Yo no podía dispararle, y fallé a propósito. Pero nunca podría monoxarte, Sam, de veras.
—Gracias —respondió él—, cubo de basura sobre-programado. ¡Un millón de gracias!
—Lo siento, Sam.
—Cállate. No, no lo hagas, todavía no. Primero dime lo que vas a hacer si lo encontramos.
—No lo sé.
—Bien, pues ya puedes ir pensando rápido. Ves esa nube de polvo delante de nosotros tan bien como yo, y deberías acelerar.
Se lanzaron hacia delante.
—Espera hasta que llame a Detroit. Se reirán entre ellos como tontos, hasta que exija la devolución.
—No soy una construcción ni un diseño de segunda. Tú lo sabes. Soy solamente más...
—"Emocional" —completó Murdock.
—...de lo que creía ser —terminó ella—. Realmente no me había encontrado muchos coches, excepto los jóvenes, antes de ser enviada a ti. No sabía cómo era un coche salvaje, y nunca había destruido ningún coche antes, sólo blancos y cosas por el estilo. Era joven y… —Inocente —respondió Murdock—. Sí. Muy conmovedor. Prepárate a matar al siguiente coche que nos encontremos. Si acierta a ser tu novio y tú dejas de disparar, entonces él nos matará.
—Lo intentaré, Sam.
El coche por delante se había detenido. Era el Chrysler amarillo. Dos de sus neumáticos se habían deshinchado y estaba aparcado, caído de un lado, esperando.
—¡Déjalo! —gruñó Murdock, cuando el capó chasqueó abierto—. Ahorra la munición para algo que pueda contraatacar.
Aceleraron hasta sobrepasarlo.
—¿Dijo algo?
—Blasfemias de máquina —respondió ella—. Sólo lo he oído un par de veces, y no tendría sentido para ti.
Él rió entre dientes.
—¿Los coches realmente sueltan tacos entre ellos?
—Alguna vez —respondió ella—. Imagino que la clase inferior se lo permite más a menudo, especialmente en autopistas y carreteras de peaje, cuando se congestionan.
—Déjame oír una palabrota.
—No lo haré. ¿Qué clase de coche crees que soy?
—Lo siento —respondió Murdock—. Tú eres una dama. Lo había olvidado.
Hubo un chasquido audible en la radio.
Corrieron a toda prisa hacia adelante por el terreno nivelado que se extendía al pie de las montañas. Murdock tomó otro trago, cambiando luego a café.
—Diez años —masculló—, diez años.
La pista se meció en una curva amplia a medida que las montañas les empujaban levemente hacia atrás y las laderas se levantaban a gran altura junto a ellos.
Todo terminó casi antes de que él lo supiese.
A medida que pasaban un inmenso y anaranjado macizo rocoso, esculpido por el viento como una seta cabeza abajo, hubo un claro a la derecha.
El Coche del Diablo brotó ante ellos. Se había apostado de emboscada, viendo que no podría dejar atrás a la Dama Escarlata, y se precipitaba hacia un choque definitivo con su cazador.
Jenny derrapó lateralmente mientras sus frenos se agarraban con un lamento y un olor de humo, y su calibre cincuenta disparaba, y su capó se abría de golpe y sus ruedas delanteras se levantaban en marcha cuando los cohetes saltaron gimiendo hacia delante, y ella giraba tres veces, su parachoques trasero raspando la llanura terrosa, y en el tercer y último giro disparó sus misiles restantes contra el escombro al rojo vivo de la ladera, y se detuvo finalmente sobre sus cuatro ruedas; y sus calibre cincuenta siguieron disparando hasta que estuvieron vacíos, y un chasquido constante siguió brotando de ellos durante todo un minuto después, y luego todo quedó en silencio.
Murdock estaba sentado allí, conmocionado, observando la consumida, la retorcida destrucción llamear contra el cielo.
—Lo hiciste, Jenny. Le mataste. Tú me mataste al Coche del Diablo.
Pero ella no le respondió. Su motor se puso en marcha de nuevo y giraron hacia el sudeste enfilando hacia el Fuerte Fuel Stop/Rest Stop que les esperaba en esa civilizada dirección.
Durante dos horas condujeron en silencio, y Murdock bebió todo su Bourbon y todo su café y fumó todos sus cigarrillos.
—Jenny, di algo. ¿Cuál es el problema? Dime.
Hubo un chasquido, y su voz fue muy suave:
—Sam, él me habló mientras venía por la colina...
Murdock esperó, pero ella no dijo nada más.
—Bien, ¿qué dijo? —preguntó por fin.
—Dijo, "Dime que deseas monoxar a tu pasajero y yo daré un viraje por ti". Dijo, "Te necesito, Dama Escarlata, para correr conmigo, asaltar conmigo. Juntos nunca nos atraparán", y le maté.
Murdock guardó silencio.
—Él sólo dijo eso para retrasar mis disparos, ¿no es así? Dijo eso para detenerme, para poder aplastarnos a ambos cuando se estrellara contra nosotros, ¿verdad? No podía estar hablando en serio… ¿podía, Sam?
—Claro que no —respondió Murdock—, claro que no. Era demasiado tarde para desviarse.
—Sí, supongo que fue como tú piensas; aunque él realmente me quisiera para correr con él, para asaltar con él, antes de eso… quiero decir allá atrás.
—Probablemente, cariño. Tú estás bastante bien equipada.
—Gracias —respondió ella, y desactivó de nuevo.
Aunque antes de que ella lo hiciese, Murdock pudo oír un extraño sonido mecánico, que iba adquiriendo las cadencias de una blasfemia o de una oración.
Entonces sacudió la cabeza y la abatió, palmeando suavemente el asiento a su lado con mano todavía indecisa

GUY DE MAUPASSANT -- LOS ZUECOS -- MISERIA CAMPESINA

GUY DE MAUPASSANT -- LOS ZUECOS -- MISERIA CAMPESINA

GUY DE MAUPASSANT -- LOS ZUECOS -- MISERIA CAMPESINA

LOS ZUECOS

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El anciano cura lanzaba atropelladamente los últimos párrafos de su sermón por encima de los gorros blancos de las campesinas y de los cabellos de los campesinos, enmarañados unos, acicalados otros. Las granjeras, que habían acudido de muy lejos para oír misa, tenían junto a ellas, en el suelo, sus grandes canastos; el calor pegajoso de un día de julio desprendía de todos aquellos cuerpos olor a establo, husmillo de ganado. Llegaban por la gran puerta entreabierta el quiquiriquí de los gallos y los mugidos de las vacas tumbadas en un campo cercano.
De cuando en cuando se metía violentamente por el pórtico una oleada de aire impregnado de aromas silvestres, jugeteaba al paso con los cintajos de las cabezas y llegaba asi hasta los cirios del altar, haciendo estremecer sus llamitas amarillentas.
—Como Dios manda... ¡Y que así sea! —dijo el sacerdote, y se calló.
Abrió, después un libro y empezó el capítulo de los pequeños asuntos íntimos de la comunidad, sobre los cuales solía aconsejar a sus ovejas. Era un anciano de cabellos blancos, que llevaba cuarenta años administrando la parroquia y que se servía de la plática dominical para comunicarse con llaneza con todos sus feligreses.
Dijo, entre otras cosas:
—Recomiendo a vuestras oraciones a Desiderio Vallin, que está muy enfermo, y también a la Paumelle, que siempre tarda mucho en reponerse de sus partos.
Quería acordarse de más cosas; repasaba trozos de papel que tenía entre las hojas de su breviario. Halló al fin los dos que buscaba, y prosiguió:
—Hay que impedir que los mozos y las mozas se cuelen de noche en el cementerio. De lo contrarío, daré aviso al guardia rural. El señor César Omont desea una chica formal para criada. —Se quedó todavía pensativo unos momentos y agregó—: No se me ocurre más, y ésta es la gracia que os deseo, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Bajó del púlpito y siguió con su misa.
Así que los de Malandain estuvieron de regreso en su casucha, la última de la aldea de La Sablière, junto a la carretera de Fourville, el padre, un campesino viejo, bajito, seco y arrugado, se sentó a la mesa, mientras su mujer descolgaba la olla y su hija Adelaida sacaba del aparador vasos y platos, y habló así:
—Tal vez conviniese la colocación ésta para servir en casa del señor Omont, porque es viudo, su nuera no lo quiere, no tiene a nadie y puede sacarse mucho. Quizá no haríamos mal en enviar a Adelaida.
La mujer colocó en la mesa la olla renegrida, la destapó y se quedó pensativa, mientras subía al techo el vapor de la sopa, cargado de olor de coles.
E! marido siguió diciendo:
—Puede sacarse mucho, te lo digo yo. Pero se necesitaría una mujer despabilada, y Adelaida es una tontaina.
La mujer intervino entonces:
—Podríamos ver, de todas maneras .—Se volvió hacia su hija, una buena moza con cara de simplona, rubia, mofletuda y rubicunda como cáscara de manzana, y le gritó: —¿Oyes, borricota? Irás a casa del señor Omont a ofrecerte de criada, y le obedecerás en todo lo que te mande.
La hija se echó a reír como una tonta, sin contestar nada. Y se pusieron a comer los tres.
Al cabo de diez minutos reanudó el padre la conversación:
—Óyeme unas palabras, hija, y procura seguir al pie de la letra lo que voy a decirte...
Y le trazó, en frases lentas y minuciosas, una regla completa de conducta, previendo los más pequeños detalles, disponiéndola para la conquista de un viudo ya maduro que estaba indispuesto con su familia.
La madre había dejado de comer para escuchar, y con el tenedor en la mano, yendo y viniendo con la mirada de su marido a su hija, seguía aquellas instrucciones con atención reconcentrada y muda.
Adelaida permanecía inmóvil, mirando sin fijeza a todas partes, dócil y entontecida.
Acabada la comida, hizo la madre que su hija se pusiese el gorro, y salieron las dos para ir a ver al señor César Omont. Vivía éste en un pequeño pabellón de ladrillo, adosado a la casa de labor que ocupaban sus granjeros. Se había retirado de la profesión de subastador, para vivir de sus rentas.
Andaba por los cincuenta y cinco; era obeso, jovial y brusco, como buen ricachón. Se reía y gritaba con un vozarrón capaz de tirar un tabique, bebía sidra y aguardiente a vaso lleno y se le tenía por fogoso, a pesar de sus años.
Le gustaba pasear por el campo con las manos cruzadas a la espalda, hundiendo sus zuecos de madera en la tierra fértil, examinando la altura del trigo o la floración de los campos de colza con ojo de aficionado rico al que sigue gustándole el campo, pero sin darle demasiada importancia.
La gente comentaba, hablando de él:
—Marca siempre buen tiempo, aunque algunos días sólo a medias.
Recibió a las dos mujeres sin moverse de la mesa, mientras tomaba el café. Se echó hacia atrás en la silla y les preguntó:
—¿Qué es lo que quieren?
Fué la madre quien habló:
—Esta es nuestra hija Adelaida, y yo quisiera la tomase de criada por lo que el señor cura ha dicho esta mañana en el púlpito.
El señor Omont miró con ojos escrutadores a la chica y preguntó sin más rodeos:
—¿Cuántos años tiene esta cordera?
—Veintiuno por San Miguel, señor Omont.
—¡ Hecho! Le daré quince francos al mes y la comida.
Que venga mañana por la mañana, para prepararme la sopa del desayuno.
Y las despidió.
Adelaida entró en funciones al siguiente día, y sin hablar palabra se puso a trabajar tan afanosamente como lo hacía en casa de sus padres.
A eso de las nueve, mientras limpiaba los cristales de la cocina, oyó el vozarrón del señor Omont, que la llamaba:
— ¡Adelaida!
Acudió corriendo.
— ¡ Aquí estoy, señor!
Al verla delante, con las manos enrojecidas y desaseadas, la mirada inquieta, le espetó esta declaración terminante:
—Óyeme bien, para que no tengamos confusiones entre nosotros. Tú eres aquí mi criada y solamente mi criada. ¿Me comprendes? No vamos a juntar los zuecos.
—Sí, mi amo.
—Tú en tu sitio y yo en el mío, muchacha; la cocina, para ti; la sala, para mí. Fuera de eso, todo es de los dos por igual. ¿De acuerdo?
—Sí, mi amo.
—Entonces, a trabajar.
La chica reanudó sus tareas.
Al mediodía preparó la mesa del señor en su comedorcito tapizado de papel de colores; cuando tuvo la sopa en la mesa, fué a llamar al señor Omont:
—Está usted servido, mi amo.
Entró, tomó asiento, desdobló la servilleta, se quedó indeciso un instante y de pronto gritó con voz de trueno:
— ¡Adelaida!
La muchacha llegó, toda azorada. El señor Omont le gritó, como si fuera a hacerla pedazos:
—Pero, buenos, ¡ Dios de Dios! ¿En dónde está tu cubierto?
—Pero..., mi amo...
Él vociferó:
—A mí no me agrada comer solo, ¡ carámbanos! Ahora mismo te sientas a comer aquí, y si no te gusta, ya te estás largando. Tráete plato y vaso.
Fuera de sí del susto, trajo la chica su cubierto y balbució:
—Aquí me tiene, mi amo.
Se senté a la mesa frente a él.
Entonces el señor Omont recobró su buen humor; bebió, golpeó la mesa con el puño, contó historias que ella escuchaba con los ojos bajos, sin atreverse a pronunciar una sola palabra.
De cuando en cuando se levantaba la chica para traer pan, sidra, platos.
Cuando sirvió café, sólo trajo una taza y la colocó delante del amo. Este montó en cólera otra vez y gruñó:
—Pero ¿y tú?
—No lo tomo, mi amo.
—¿Qué es eso de que no lo tomas?
—Que no me gusta
El señor Omont estalló de nuevo:
—Te digo, ¡ Dios de Dios!, que no me gusta tomar solo el café. Si ahora mismo no te sirves tú, ya te puedes ir largando... Vete por una taza y alígera.
Se trajo una taza, volvió a sentarse, probó el líquido oscuro e hizo una mueca; pero como el amo tenía clavada en ella su mirada furibunda, se lo echó todo al cuerpo. Y después del café tuvo que tomar el primer vaso de aguardiente, para enjuagar el segundo, para empujar al del enjuague, y el tercero, el del puntapié y a casa.
El señor Omont le dijo entonces:
—Ahora te vas a fregar; eres una buena chica.
La escena se repitió por la noche. Y acaba la cena, jugaron al dominó; después la envió a acostarse.
—Vete a la cama; yo subiré de aquí a un rato.
La chica se dirigió a su habitación, que era una guardilla debajo del tejado. Rezó sus oraciones, se desnudó y se metió entre las sábanas.
De improviso, saltó, aterrada, de la cama.
—¡Adelaida!
Un grito tremebundo había hecho retemblar la casa. Ella abrió la puerta y gritó desde su sotabanco:
—Estoy aquí, mi amo.
—¿Qué estás dónde?
—¿Dónde voy a estar? En mi cama, señor amo.
Al oírla, vociferó él:
—Ya estás bajando en seguida. ¡Dios de Dios! No me gusta dormir solo, ¡carámbanos!; y si no bajas, ya estás de más aquí, recontra.
Ella entonces, desatinada,.mientras encendía la vela, gritó desde arriba:
—Voy en seguida, mi amo.
El señor Omont oyó el ruido que hacían sus pequeños zuecos en las escaleras de pino; cuando llegó a los últimos escalones, la tomó del brazo y, dándole apenas tiempo para poner sus estrechos zuecos de madera junto a los voluminosos del amo, la metió en su cuarto, gruñendo:
—¡Alígera, Dios de Dios!
‘Ella, sin saber ya lo que se decía, balbucía:
¡Ya estoy aquí, mi amo; ya estoy aquí!


A los seis meses fué la chica a ver a sus padres un domingo. El padre la miró con gran detenimiento, y luego le preguntó:
—¿No estás tú preñada?-
Ella se miró al vientré con cara de idiota, y contestó:
—No creo; no, no debo de estarlo.
El quiso enterarse bien y procedió a interrogarla:
—Ven acá... ¿No será que alguna noche habéis juntado los zuecos?
—¡Eso si! Los juntamos la primera noche, y. después, todas.
—Entonces, no me digas más... Estás hecha un tonel relleno.
Ella estalló en sollozos:
—Yo’ no sabía -nada. Yo no sabía nada.
El tío Malandain la miraba de arriba abajo, con ojo despierto y cara satisfecha, y’ le preguntó:
—¿Qué es lo que tú no sabías?
Ella contestó, con frases entrecortadas
—No sabía, no; no sabía que ásí... se hacían los niños.
En aquel instante llegaba su-madre. El marido le expLicó, sin señales de enfado en la voz:
—Ahí la tienes, preñada, donde la ves.
La madre, dejándose llevar por él instinto de mujer, se indignó, insultando a boca llena a su hija, que lloraba, y tratándola de cochina y arrastrada. -
El marido la hizo callar. Al coger la gorra para ir a tratar de sus asuntos con el señor César Omont, hizo este comentario:
—Es aún más estúpida de lo que me imaginaba. Ni siquiera se daba cuenta la tontaina de lo que se hacía.
En la plática del domingo siguiente, anunciaba el anciano sacerdote las amonestaciones del señor Onofre César Omont con Celeste Adelaida Malandain.

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DISCURSION Nº 70 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNIPAPINI -- EL PARAISO HALLADO NUEVAMENTE

DISCURSION Nº 70 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNIPAPINI -- EL PARAISO HALLADO NUEVAMENTE

DISCURSION Nº 70 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- EL PARAISO HALLADO NUEVAMENTE

_
Giovanni Papini El Libro Negro
Conversación 70
_
Conversación 70
EL PARAISO HALLADO NUEVAMENTE
(DE WILLIAM BLAKE)

_
Aberdeen, 5 de septiembre
_
Entre los manuscritos inéditos de la colección Everett hay uno que a pesar de su brevedad es de
los más importantes, según me lo confirmó un scholar de Cambridge: es de William Blake, el
visionario poeta autor de El Matrimonio del Cielo y el Infierno. Según parece, el fragmento que
tengo ante mis ojos debió ser el esbozo de un poema que hubiera tenido por título El Paraíso
Hallado Nuevamente, titulo que recuerda al Paradise Regained, de John Milton, pero tanto el
tono como el contenido son muy diversos.
Blake comienza diciendo que el Edén del que habla la Biblia no puede haber desaparecido de la
faz de la tierra, porque Dios es por esencia creador, y ciertamente no ha querido destruir una de
sus obras maestras. Así pues, es necesario buscar ese Paraíso, cosa que ya intentaron muchos
hombres durante los siglos de las luces o sea durante la Edad Media. El último navegante que se
esforzó por hallar el Paraíso Terrenal fue Cristóbal Colón, quien marchando hacia Occidente se
proponía llegar al Oriente, lugar donde Dios habría preparado el jardín de delicias para su primer
huésped. Pero, por desgracia, el místico genovés halló tierras que se interponían entre Europa y
Asia, y que resultaron ser cebo y barrera. Con él concluyó la Edad Media y terminó la búsqueda
del Edén.
Blake imagina ser él mismo el nuevo peregrino que pretende recorrer, afanosamente, el camino
seguido por los dos exilados: por nuestro primer padre y por nuestra primera madre. Por espacio
de largos años viaja por estepas y bosques, atraviesa cadenas de montañas y multitud de ríos,
recorre valles fertilísimos y selvas terroríficas, marcha por las dunas del mar y los senderos
herbáceos de los altiplanos. Encuentra llanuras verdes y jardines florecidos, bosques donde mora
la alegría de los pájaros y frescos oasis de palmeras y fuentes, pero en ningún sitio halla al
verdadero Paraíso Terrenal, por doquiera reinan el gemido del sufrimiento y las sombras de la
muerte.
Una noche, cansado y afligido se duerme el peregrino sobre el musgo de una caverna. Tiene un
sueño en el que se le aparece un gigante de cabello blanco, un gigante que lo mira con ojos
fulgurantes e imperiosos; el peregrino cree reconocer en él al Creador pintado por Miguel Angel
en la capilla Sixtina. El anciano habla así al desesperado viandante
- En vano recorres la tierra buscando el lugar donde estuvo el Jardín destinado a ser morada de
Adán. Como premio a tu fe y tu constancia te revelaré la verdad que fue adivinada únicamente
por rarísimos santos. El Paraíso Terrenal es toda la tierra, nada más que la tierra con todas sus
regiones, con sus alturas y sus aguas. Adán y Eva no fueron expulsados de un lugar cerrado, sino
que fueron cegados. Las espadas llameantes de los Querubines cambiaron la visión de sus ojos,
los obnubilaron y no reconocieron el asilo de las delicias y jamás lo volvieron a reconocer. Sus
ojos ofuscados vieron malezas y espinas donde había flores esplendorosas, vieron piedras
escabrosas donde había gemas refulgentes, zonas desiertas donde en realidad había extensiones
alfombradas de hierbas olorosas, lugares nebulosos donde brillaban cielos resplandecientes,
horrendos abismos donde había valles bendecidos por la sonrisa del sol. El mundo ha quedado tal
cual fue en su creación desde el primer día, pero los hombres, debido a la alteración de su mirada, ven en el Paraíso, ya un doloroso Purgatorio, ya un horrendo Infierno.
»Y también su facultad auditiva fue alterada por el fragor de las espadas, y dejaron de
comprender el lenguaje de los animales y los armoniosos mensajes de las plantas. Si el hombre
pudiera recuperar la limpidez de sus pupilas obcecadas y la virtud perfecta de sus oídos, entonces
todo se le aparecería como es en la realidad, como se le apareció el primer día, antes del pecado».
El anciano extendió su diestra y tocó los ojos del durmiente, luego sopló con su boca en sus
oídos. Al percibir aquella sensación el peregrino se despertó sobresaltado, sacudido por un
gozoso terror, y salió de la caverna. Ya amanecía, y Blake comprobó que el Señor no le había
engañado: lo que en la tarde anterior le había parecido una tierra pedregosa y estéril, la veía ahora
como una multicolor fiesta de hierbas y flores, de arbustos cargados con bayas maduras, por
doquiera veía ovejas pastando. Extasiado de estupor, comprendió de golpe los razonamientos que se decían gorjeando los mirlos y las alondras, alegrándose con él por la recuperada felicidad.
«Y yo, concluye diciendo Blake, después de agradecer al Señor con un canto nuevo, regresé a mi
ciudad, a mi pobre casita, y me di cuenta de que hasta mi reducida huerta de Londres era un
rincón, hasta entonces ignorado, del Edén omnipotente y eterno.»
Entre los manuscritos inéditos de la colección Everett hay uno que a pesar de su brevedad es de
los más importantes, según me lo confirmó un scholar de Cambridge: es de William Blake, el
visionario poeta autor de El Matrimonio del Cielo y el Infierno. Según parece, el fragmento que
tengo ante mis ojos debió ser el esbozo de un poema que hubiera tenido por título El Paraíso
Hallado Nuevamente, titulo que recuerda al Paradise Regained, de John Milton, pero tanto el
tono como el contenido son muy diversos.
Blake comienza diciendo que el Edén del que habla la Biblia no puede haber desaparecido de la
faz de la tierra, porque Dios es por esencia creador, y ciertamente no ha querido destruir una de
sus obras maestras. Así pues, es necesario buscar ese Paraíso, cosa que ya intentaron muchos
hombres durante los siglos de las luces o sea durante la Edad Media. El último navegante que se
esforzó por hallar el Paraíso Terrenal fue Cristóbal Colón, quien marchando hacia Occidente se
proponía llegar al Oriente, lugar donde Dios habría preparado el jardín de delicias para su primer
huésped. Pero, por desgracia, el místico genovés halló tierras que se interponían entre Europa y
Asia, y que resultaron ser cebo y barrera. Con él concluyó la Edad Media y terminó la búsqueda
del Edén.
Blake imagina ser él mismo el nuevo peregrino que pretende recorrer, afanosamente, el camino
seguido por los dos exilados: por nuestro primer padre y por nuestra primera madre. Por espacio
de largos años viaja por estepas y bosques, atraviesa cadenas de montañas y multitud de ríos,
recorre valles fertilísimos y selvas terroríficas, marcha por las dunas del mar y los senderos
herbáceos de los altiplanos. Encuentra llanuras verdes y jardines florecidos, bosques donde mora
la alegría de los pájaros y frescos oasis de palmeras y fuentes, pero en ningún sitio halla al
verdadero Paraíso Terrenal, por doquiera reinan el gemido del sufrimiento y las sombras de la
muerte.
Una noche, cansado y afligido se duerme el peregrino sobre el musgo de una caverna. Tiene un
sueño en el que se le aparece un gigante de cabello blanco, un gigante que lo mira con ojos
fulgurantes e imperiosos; el peregrino cree reconocer en él al Creador pintado por Miguel Angel
en la capilla Sixtina. El anciano habla así al desesperado viandante
- En vano recorres la tierra buscando el lugar donde estuvo el Jardín destinado a ser morada de
Adán. Como premio a tu fe y tu constancia te revelaré la verdad que fue adivinada únicamente
por rarísimos santos. El Paraíso Terrenal es toda la tierra, nada más que la tierra con todas sus
regiones, con sus alturas y sus aguas. Adán y Eva no fueron expulsados de un lugar cerrado, sino
que fueron cegados. Las espadas llameantes de los Querubines cambiaron la visión de sus ojos,
los obnubilaron y no reconocieron el asilo de las delicias y jamás lo volvieron a reconocer. Sus
ojos ofuscados vieron malezas y espinas donde había flores esplendorosas, vieron piedras
escabrosas donde había gemas refulgentes, zonas desiertas donde en realidad había extensiones
alfombradas de hierbas olorosas, lugares nebulosos donde brillaban cielos resplandecientes,
horrendos abismos donde había valles bendecidos por la sonrisa del sol. El mundo ha quedado tal
cual fue en su creación desde el primer día, pero los hombres, debido a la alteración de su mirada,
ven en el Paraíso, ya un doloroso Purgatorio, ya un horrendo Infierno.
»Y también su facultad auditiva fue alterada por el fragor de las espadas, y dejaron de
comprender el lenguaje de los animales y los armoniosos mensajes de las plantas. Si el hombre
pudiera recuperar la limpidez de sus pupilas obcecadas y la virtud perfecta de sus oídos, entonces
todo se le aparecería como es en la realidad, como se le apareció el primer día, antes del pecado».
El anciano extendió su diestra y tocó los ojos del durmiente, luego sopló con su boca en sus
oídos. Al percibir aquella sensación el peregrino se despertó sobresaltado, sacudido por un
gozoso terror, y salió de la caverna. Ya amanecía, y Blake comprobó que el Señor no le había
engañado: lo que en la tarde anterior le había parecido una tierra pedregosa y estéril, la veía ahora
como una multicolor fiesta de hierbas y flores, de arbustos cargados con bayas maduras, por
doquiera veía ovejas pastando. Extasiado de estupor, comprendió de golpe los razonamientos que
se decían gorjeando los mirlos y las alondras, alegrándose con él por la recuperada felicidad.
«Y yo, concluye diciendo Blake, después de agradecer al Señor con un canto nuevo, regresé a mi
ciudad, a mi pobre casita, y me di cuenta de que hasta mi reducida huerta de Londres era un
rincón, hasta entonces ignorado, del Edén omnipotente y eterno.»
***
CONVERSACIONES/DISCURSIONES EN :

EL ECLIPSE -- AUGUSTO MONTERROSO

EL ECLIPSE -- AUGUSTO MONTERROSO

El Eclipse
Augusto Monterroso
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Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría
salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y
definitiva. Ante su ignorancia topogáfica se sentó con tranquilidad a esperar la
muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo
en la España distante, en el convento de Los Abrojos, donde Carlos V
condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el
celo de su labor redentora
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible,
que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció
como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí
mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas
nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura
universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se
esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel
conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo -, puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus
ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto
desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre
vehemente sobre una piedra de los sacrificios (brillante bajo la luz opaca de un sol
eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin
prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y
lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en
sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.                  
 
 
 

LOS AMADOS MUERTOS

  LOS AMADOS MUERTOS

H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY

 

 

Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.

Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud - terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.

De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí !
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja" porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.

Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.

De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.

Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.

Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.

Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.

Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir... alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.

Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.

Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.

Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.

El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.

También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.

Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.

Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.

La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.

Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.

Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.

Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.

Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!

Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban vida!

Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.

Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.

Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio... cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.

Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado... nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia...mortales explosiones de histéricas granadas...el monótono silbido de balas sardónicas...humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)... letales humaredas de gases venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años de trascendente satisfacción.

En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.

Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un "Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.

Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.

Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues...¡nada!

Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.

Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.

Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.

Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.

Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.

El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.

Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.

Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta...

Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad...

las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución... el distante ladrido de los sabuesos.

Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.

¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!

Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!

¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.

¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada... cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición... dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento... un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro... fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir... más...

MARY WOLFMAN -- FUY UN PROFANADOR DE TUMBAS ADOLESCENTE

MARY WOLFMAN -- FUY UN PROFANADOR DE TUMBAS ADOLESCENTE

EN EL SUBMUNDO DEL TERROR
(Fui un profanador de tumbas adolescente )
MARY WOLFMAN

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CAPÍTULO UNO

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Era como una pesadilla. Como uno de esos sueños irreales de los que te
despiertas a la mañana siguiente. Sólo que esta pesadilla estaba sucediendo
de verdad. Delante de mí alcanzaba a distinguir la linterna de Rankin: un
gran ojo amarillo en la sofocante oscuridad estival. Me tropecé con una
lápida y por poco no me desparramo de bruces. Rankin se volvió hacia mí,
siseando un juramento:
—¿Es que quieres despertar al vigilante, imbécil?
Susurré una respuesta y continuamos andando sigilosamente. Por fin,
Rankin se detuvo y enfocó el haz de la linterna sobre una lápida
recientemente cincelada. En ella podía leerse:
DANIEL WHEATHERBY
1899–1962
Reunido con su amada esposa en una tierra mejor
Sentí que me ponían una pala en las manos y, repentinamente, estuve
seguro de que no podría hacerlo. Pero entonces recordé al administrador de
becas meneando su cabeza y diciendo: Temo que no podemos darte más
tiempo, Dan. Tendrás que irte hoy mismo. Te ayudaría de alguna forma si
pudiera, créeme...
Excavé en la todavía blanda tierra y la arrojé por sobre mi hombro. Unos
quince minutos después mi pala entró en contacto con la madera. Ambos
nos pusimos a ensanchar el agujero rápidamente, hasta que la linterna de
Rankin reveló el ataúd. Nos metimos en el pozo y lo izamos.
Atontado, contemplé cómo Rankin le atizaba a los cerrojos con la pala.
Luego de unos pocos golpes éstos se rompieron y pudimos alzar la tapa. El
cadáver de Daniel Wheatherby nos miró con ojos vidriosos. Sentí que el
horror se derramaba lentamente sobre mí. Siempre creí que los ojos
permanecían cerrados cuando uno estaba muerto.
—No te quedes allí —susurró Rankin—; son casi las cuatro. ¡Tenemos
que largarnos de aquí!
Envolvimos el cuerpo con una manta y regresamos el ataúd al pozo. Lo
tapamos y reemplazamos el césped, rápido pero cuidadosamente.
Dispersamos toda la tierra que nos sobró.
Para cuando cargábamos con el cuerpo amortajado de blanco ya los
primeros rastros del alba comenzaban a iluminar el cielo oriental.
Atravesamos la valla que bordeaba el cementerio y nos internamos en el
bosque que lo limitaba por el oeste. Rankin se abrió paso expertamente
durante unos cuatrocientos metros hasta que lo cruzamos y llegamos al
automóvil, que seguía estacionado donde lo habíamos dejado, en una
rodada abandonada y cubierta de malezas que alguna vez había sido un
camino. El cadáver fue a parar al baúl. Poco después nos unimos al flujo de
automovilistas que se apresuraban en alcanzar el tren de las seis.
Me contemplaba las manos como si nunca antes las hubiera visto. La
mugre que tenía bajo mis uñas había estado amontonada sobre el lugar de
reposo final de un hombre, menos de veinticuatro horas atrás. Se sentía
inmundo.
La atención de Rankin se concentraba por entero en la conducción del
coche. Al mirarlo comprendí que el repulsivo acto que acabábamos de
cometer no le preocupaba en lo más mínimo; para él se trataba de un
trabajo más. Nos desviamos de la carretera principal y empezamos a
remontar el sinuoso, estrecho y sucio camino. Y entonces salimos al
espacio abierto y pude verla, la mansión victoriana que se elevaba en la
cumbre de la empinada pendiente. Rankin dió la vuelta y sin decir una
palabra enfiló hacia la escarpada roca de un acantilado que se alzaba
durante otros doce metros más, un poco a la derecha de la casa.
Se produjo un horrendo sonido chirriante y se abrió una parte de la
colina lo suficientemente ancha como para permitir el paso del automóvil.
Rankin nos condujo adentro y apagó el motor. Nos encontramos en una
estancia pequeña, con forma de cubo, que servía como garaje oculto. En
ese momento se abrió una puerta al otro extremo y un hombre alto y rígido
se nos acercó.
El rostro de Steffen Weinbaum parecía una calavera; tenía unos ojos
insondables y una piel que se le tensaba tanto sobre los pómulos que la
carne era casi transparente.
—¿Dónde está? —su voz era profunda, ominosa.
En silencio, Rankin se bajó y yo lo seguí. Rankin abrió el baúl y sacamos
la figura envuelta en la manta.
Weinbaum asintió lentamente.
—Bien, muy bien. Tráiganlo al laboratorio.
_
CAPÍTULO DOS
_
Mis padres murieron en un accidente automovilístico cuando yo tenía trece
años. Quedé solo y tendría que haber ido a parar a un orfanato. Pero el
testamento de mi padre reveló que me había dejado una sustancial suma de
dinero, y yo tenía mucha confianza en mí mismo. Los de asistencia social
nunca me rondaron y a los trece años me ví abandonado en el extraño rol
de ser el único inquilino de mi propia casa. Pagué la hipoteca de la cuenta
del banco e intenté estirar los dólares tanto como fuera posible.
El dinero escaseaba para cuando tuve dieciocho años y terminé el
colegio, pero igual quise ingresar en la universidad. Vendí la casa por diez
mil dólares por intermedio de un comprador de bienes raíces. A comienzos
de septiembre todo se me vino encima. Recibí una carta muy amable de
Erwin, Erwin y Bradstreet, Abogados. Para ponerlo en el idioma del
hombre de la calle, la carta decía que el departamento comercial en el que
mi padre había estado empleado había llevado una auditoría general de sus
libros; parecía que faltaban quince mil dólares y que tenían pruebas de que
mi padre se los había robado. El resto de la carta simplemente manifestaba
que si yo no pagaba los quince mil dólares iríamos a la corte y que
intentarían duplicar aquella cantidad.
Todo aquello me trastornó y, por esa razón, aquellas preguntas que se me
tendrían que haber ocurrido no lo hicieron. ¿Por qué no descubrieron antes
el error? ¿Por qué me estaban ofreciendo arreglar el asunto sin ir a la corte?
Fui hasta la oficina de Erwin, Erwin y Bradstreet y discutimos el tema.
Para decirlo en pocas palabras, pagué la suma que me estaban pidiendo y
me quedé sin dinero.
Al día siguiente busqué la firma Erwin, Erwin y Bradstreet en la guía
telefónica. No figuraba. Me dirigí a su oficina y encontré un cartel de Se
Alquila en la puerta. Fue entonces cuando comprendí que había sido
estafado como un niño incauto; cosa que, reflexioné miserablemente, era
justo lo que yo era.
A los de la universidad los engañé durante mis primeros meses, pero
finalmente descubrieron que no había sido convenientemente matriculado.
Ese mismo día conocí a Rankin en un bar. Fue mi primera experiencia en
una taberna. Tenía una licencia de conducir falsificada, así que pedí los
whiskys suficientes como para emborracharme. Imaginé que lograrlo me
llevaría algo así como dos whiskys puros, ya que nunca antes de aquella
noche había tomado más que una botella de cerveza.
El primero me sentó bien; el segundo logró que mi problema pareciera
más inconsistente. Me estaba zampando el tercero cuando Rankin entró en
el bar.
Se sentó en el taburete junto al mío y me miró con atención.
—¿Tienes algún problema? —le pregunté bruscamente.
Rankin sonrió.
—Sí, ando buscando un ayudante.
—¿Ah, sí? —le pregunté, interesado—. ¿Te refieres a que quieres
contratar a alguien?
—Sí.
—Bien, soy tu hombre.
Comenzó a decir algo pero luego cambió de idea.
—Mejor vayamos a un reservado y conversémoslo, ¿te parece?
Nos dirigimos a un reservado y comprendí que me estaba arriesgando
demasiado. Rankin tiró de la cortina.
—Así está mejor. Ahora, ¿quieres un trabajo?
Asentí.
—¿Te preocupa de qué pueda tratarse?
—No. ¿Cuánto es la paga?
—Quinientos el trabajo.
Se evaporó un poco la niebla rosada que me rodeaba. Algo no andaba
bien allí. No me gustó nada la forma en que usó la palabra «trabajo».
—¿A quién tengo que matar? —pregunté con una sonrisa poco jovial.
—No tienes que hacerlo. Pero antes de que pueda decirte de qué se trata,
tendrás que hablar con el señor Weinbaum.
—¿Quién es?
—Es un... científico.
La niebla se evaporó más aún. Me levanté.
—Uhuh.
No tengo interés en servir de conejito de indias. Consíguete a
otro flaco.
—No seas idiota —me dijo—. Nadie te hará daño.
—Bien, vamos —respondí, en contra de mi buen juicio.
_
CAPÍTULO TRES
_
Tras una recorrida por la casa que incluyó al laboratorio, Weinbaum se
refirió al propósito de mi labor. Vestía un guardapolvo blanco y había algo
en él que hacía que me estremeciera por dentro. Se apoltronó en la sala y
me señaló un asiento. Rankin había desaparecido. Weinbaum me observó
con esos ojos penetrantes y una vez más sentí que me atravesaba una
corriente helada.
—Se lo explicaré de este modo —dijo—; mis experimentos son
demasiado complicados como para describirlos con lujo de detalles, pero
están relacionados con la carne humana. Con carne humana muerta.
Empecé a notar que sus ojos se iluminaban con llamaradas vacilantes.
Parecía una araña lista para zamparse una mosca, y toda la casa era su
tejido. El sol se inflamaba al oeste, y profundos charcos de sombras se
extendían por el cuarto, ocultando su rostro, pero dejando los relucientes
ojos, como si se movieran en la creciente oscuridad.
Él continuaba hablando:
—A menudo, las personas donan sus cuerpos a los institutos científicos
para su estudio. Desafortunadamente soy un hombre que trabaja en
solitario, de modo que tengo que recurrir a otros métodos.
El horror saltó sonriendo desde las sombras, y por mi mente se filtró la
horrible imagen de dos hombres cavando a la luz de una luna imprecisa.
Una pala golpeaba la madera; el ruido congeló mi alma. Me puse de pie de
un salto.
—Creo que puedo encontrar el camino hasta la puerta, señor Weinbaum.
Se rió suavemente.
—¿Le comentó Rankin cuál es la paga por este trabajo?
—No estoy interesado.
—Mal hecho. Esperaba que pudiera verlo a mi manera. No le llevaría
más de un año ganar el dinero suficiente como para volver a la universidad.
Me sobresalté, experimentando la extraña sensación de que aquel
hombre estaba escrutando mi alma.
—¿Cuánto sabe de mí? ¿Cómo lo averiguó?
—Tengo mis recursos —rió entre dientes de nuevo—. ¿Va a
reconsiderarlo?
Vacilé.
—¿Hacemos la prueba? —me preguntó suavemente—. Estoy
convencido de que ambos podemos llegar a un mutuo entendimiento.
Tuve la terrible impresión de estar hablando con el mismísimo diablo,
que de algún modo me había obligado a venderle mi alma.
—Preséntese aquí a las ocho en punto, pasado mañana a la noche —me
dijo.
Así fue como todo empezó.
En cuanto Rankin y yo ubicamos el cadáver envuelto de Daniel
Wheatherby sobre la mesa del laboratorio se encendieron unas luces detrás
de unos paneles rectangulares que parecían tanques de vidrio.
—Weinbaum —sin darme cuenta, había olvidado llamarlo «señor»—;
me parece...
—¿Ha dicho algo? —preguntó, con sus ojos atravesando los míos. El
laboratorio pareció alejarse. Sólo quedábamos nosotros dos,
precipitándonos en un submundo repleto de horrores que estaban más allá
de la imaginación.
Rankin entró vestido con una blanca chaqueta corta, y rompió el hechizo
al decir:
—Todo listo, profesor.
Rankin me detuvo en la puerta.
—El viernes, a las ocho.
Un escalofrío helado y terrible me corrió por la espalda cuando miré
hacia atrás. Weinbaum había tomado un escalpelo y estaba cortando la
sábana que cubría el cuerpo. Ambos me miraron de manera extraña y yo
me largué de allí.
Me subí al auto y rápidamente desanduve el angosto y sucio sendero. No
volví la mirada. El aire era puro y caliente, con una promesa de verano en
ciernes. El cielo era azul, con algodonosas nubes blancas deslizándose por
la cálida brisa estival. La noche anterior parecía una pesadilla, un sueño
vago que, como todas las pesadillas, se vuelve irreal y transparente cuando
resplandece la brillante luz del día. Pero cuando conduje más allá de las
verjas de hierro del Cementerio Crestwood comprendí que no se trataba de
un sueño. Cuatro horas atrás mi pala había removido la tierra que cubría la
tumba de Daniel Wheatherby.
Un nuevo pensamiento me asaltó por primera vez. ¿Qué le estaban
haciendo al cuerpo de Daniel Wheatherby en ese momento? Relegé la
pregunta a un profundo rincón de mi mente y apreté el acelerador. Me
concentré en manejar el auto, agradecido por haber alejado de mi mente, al
menos durante un rato, la terrible acción que había llevado a cabo.
_
CAPÍTULO CUATRO
_
El paisaje de California se borroneaba a medida que aumentaba la
velocidad. Los neumáticos chirriaron en una curva y, cuando salí de ella,
varias cosas sucedieron al mismo tiempo.
Vi a una camioneta imprudentemente estacionada en medio de la línea
blanca, a una muchacha de unos dieciocho años corriendo justo hacia mi
auto, y a un hombre mayor detrás de ella. Clavé los frenos, que explotaron
como bombas. Maniobré el volante y el cielo de California de repente se
encontró debajo de mí. Entonces todo se acomodó y comprendí que había
dado una vuelta de campana. Por un momento quedé aturdido, pero
entonces un grito fuerte y chillón, penetrante, me atravesó la cabeza.
Abrí la puerta y corrí a toda velocidad por la ruta. El hombre tenía a la
muchacha y estaba arrastrándola hacia la camioneta. Era más fuerte que
ella, pero la chica le estaba arrancando unos centímetros de piel por cada
paso que él daba.
El tipo me descubrió.
—Tú te quedas donde estás, compañero. Yo soy su tutor.
Me detuve y me sacudí las telarañas de mi cerebro. Era exactamente lo
que él había estado esperando. Cargó con un puñetazo que me asestó a un
lado de la barbilla y me derribó al suelo. Agarró a la muchacha y
prácticamente la arrojó dentro de la cabina.
Cuando logré levantarme él ya estaba en el asiento del conductor y
haciendo rechinar los neumáticos. Pegué un salto y me subí al techo justo
cuando arrancaba. Por poco no salí despedido, aunque tuve que arañar
como cinco capas de pintura para poder sujetarme. Entonces extendí un
brazo a través de la ventanilla abierta y lo sujeté del cuello; con una
maldición, el tipo me agarró de la mano. Dio un volantazo, y el camión giró
locamente al borde de un empinado terraplén.
Lo último que recuerdo es la trompa del camión apuntando hacia abajo.
Entonces mi contrincante me salvó la vida al pegarme un tirón del brazo;
salí dando volteretas justo cuando el camión se zambullía por el precipicio.
Aterricé duro, aunque la piedra en la que aterricé lo era más. Todo se
desvaneció.
Algo fresco me tocó la frente cuando recuperé el sentido. Lo primero que
vi fue la luz roja que destellaba en el techo del auto de aspecto oficial,
estacionado junto al terraplén. Me erguí de repente, y unas manos suaves
me empujaron hacia abajo. Unas manos agradables, las manos de la
muchacha que me había metido en este enredo.
Tenía a un Agente de la Policía de Carreteras sobre mí, y a una voz
oficial que me decía:
—La ambulancia está en camino. ¿Cómo se encuentra?
—Machucado —le dije, sentándome de nuevo—. Aunque dígale a la
ambulancia que se largue. Estoy bien.
Intentaba sonar impertinente. La policía era lo último que necesitaba
luego del "trabajito" de las últimas noches.
—¿Qué puede decirme sobre esto? —preguntó el policía, sacando una
libreta de notas. Antes de contestarle caminé sobre el terraplén. El
estómago me dio un vuelco. La camioneta estaba enterrada de trompa en el
suelo de California, y mi compañero de boxeo estaba transformando a
aquella buena tierra de California en un barro rojizo con su propia sangre.
Yacía grotescamente, con una mitad dentro de la cabina, y con la otra mitad
fuera. Los fotógrafos estaban haciendo sus tomas. Estaba muerto.
Retrocedí. El agente de policía me miraba como esperando que vomitara
pero, gracias a mi nuevo trabajo, mi estómago era admirablemente fuerte.
—Yo venía conduciendo desde el distrito de Belwood —le respondí—,
aparecí doblando aquella curva…
Le conté el resto de la historia con la ayuda de la muchacha. Justo
cuando terminé llegó la ambulancia. A pesar de mis protestas y de las de mi
todavía anónima amiga, fuimos empujados a la parte trasera.
Dos horas después teníamos el visto bueno de salud por parte del agente
de policía y de los doctores, y nos pidieron que testimoniáramos en las
pesquisas de la semana siguiente.
Encontré mi automóvil en el bordillo. Se encontraba un poco peor que
antes, aunque las ruedas reventadas habían sido reemplazadas. ¡En el
salpicadero había una factura que daba cuenta de los gastos del camión
grúa, de los neumáticos, y del escuadrón de limpieza! Ascendía a casi
doscientos cincuenta dólares; la mitad del cheque por el trabajo de la noche
anterior.
—Pareces preocupado —dijo la chica.
Me volví hacia ella.
—Um, sí. Bien, ya que esta mañana casi nos asesinan juntos, ¿qué te
parece si me dices cómo te llamas y vamos a almorzar a algún lado?
—De acuerdo —dijo ella—. Mi nombre es Vicki Pickford. ¿Y el tuyo?
—Danny —respondí inexpresivamente mientras nos apartábamos del
bordillo. Cambié de tema con rapidez—. ¿Qué sucedió esta mañana? Le
escuché decir a ese tipo que era tu tutor...
—Sí —confirmó.
Me reí.
—Mi nombre es Danny Gerad. Te enterarás por los diarios vespertinos.
Ella sonrió gravemente.
—De acuerdo. Era mi custodio. También era un borrachín y un tipo
despreciable.
Sus mejillas se tiñeron de rojo. La sonrisa desapareció.
—Lo odiaba, y me alegro de que haya muerto.
Me echó una mirada cortante y por un instante vislumbré el húmedo
brillo del miedo en sus ojos; luego recuperó su autocontrol. Estacionamos y
comimos el almuerzo.
Cuarenta minutos después pagué la cuenta con mi dinero recientemente
adquirido y regresamos al auto.
—¿Hacia dónde? —pregunté.
—Motel Bonaventure —dijo ella—. Es donde estoy parando.
Ella notó un sobresalto de curiosidad en mis ojos y suspiró.
—Está bien, estaba huyendo. Mi tío David me encontró e intentó
arrastrarme de vuelta a casa. Cuando le dije que no iría me metió en la
camioneta. Estábamos pasando esa curva cuando le arrebaté el volante de
las manos. Entonces llegaste tú.
Se encerró en sí misma como una almeja y no intenté obtener más nada
de ella. Había algo extraño en su historia; no quise presionarla. La acerqué
hasta la playa de estacionamiento y apagué el motor.
—¿Cuándo puedo verte de nuevo? —pregunté—. ¿Qué tal si vemos una
película mañana?
—Seguro —contestó.
—Pasaré a buscarte a las siete y media —le dije y me alejé,
reflexionando pensativamente en los eventos que me habían ocurrido en las
últimas veinticuatro horas.
_
CAPÍTULO CINCO
_
Cuando entré en el departamento el teléfono estaba sonando. Lo descolgué
y tanto Vicki como el accidente y el luminoso mundo laboral de la
California suburbana se fundieron en un submundo de sombras, de seres
fantasmas. La voz que susurraba fríamente en el receptor era la de
Weinbaum.
—¿Problemas? —inquirió con suavidad, aunque había un tono ominoso
en su voz.
—Tuve un accidente —le contesté.
—Leí acerca de eso en el diario… —la voz de Weinbaum se arrastró. El
silencio descendió sobre nosotros durante un momento y luego dije:
—¿Eso significa que me está descartando?
Esperé que dijera que sí; yo no tenía la valentía suficiente para renunciar.
—No —respondió con suavidad—, tan sólo quería asegurarme de que no
reveló nada sobre el... trabajo... que está realizando para mí.
—Pues bien, no lo hice —le dije lacónicamente.
—Mañana a la noche —me recordó—. A las ocho.
Hubo un click y luego el tono de discar. Me estremecí y colgué el
receptor. Tenía la extrañísima sensación de acabar de cortar una
comunicación con la tumba.
La mañana siguiente a las siete y media en punto pasé a buscar a Vicki
por el Motel Bonaventure. Ella estaba ataviada con un vestido que le daba
un aspecto estupendo. Le silbé por lo bajo; ella se ruborizó
encantadoramente. No hablamos del accidente.
La película era buena y nos tomamos de la mano parte del tiempo,
comimos palomitas de maíz parte del tiempo, y nos besamos una o dos
veces. Todo aquello en una tarde agradable.
El segundo detalle importante sucedió llegando al climax de la película,
cuando un acomodador bajó por el pasillo.
Se detenía en cada fila y parecía irritado. Finalmente se plantó en la
nuestra. Barrió la fila de asientos con el haz de la linterna y preguntó:
—¿El señor Gerad? ¿Daniel Gerad?
—¿Sí? —pregunté, sintiendo la culpa y el miedo corriendo a través de
mí.
—Hay un caballero en el teléfono, señor. Dice que es una cuestión de
vida o muerte.
Vicki me miraba sobresaltada mientras yo seguía al acomodador
apresuradamente. Alertaron a la policía . Mentalmente tomé nota de mis
únicos parientes vivos. La tía Polly, la abuela Phibbs y mi tío abuelo
Charlie; hasta donde yo sabía todos ellos seguían con vida.
Podrían haberme derribado con una pluma cuando levanté el receptor y
escuché la voz de Rankin.
Habló rápidamente, con una cruda señal de miedo en su voz:
—¡Ven aquí, ahora mismo! Necesitamos...
Había sonidos de lucha, un grito ahogado, luego un chasquido y el tono
vacío del discado.
Colgué y regresé a toda prisa junto a Vicki.
—Ven —le dije.
Me siguió sin preguntarme nada. Al principio pensé en conducir hasta el
motel, pero el grito ahogado me hizo decidir que se trataba de una
emergencia. Ni Rankin ni Weinbaum me gustaban, pero sabía que tenía que
ayudarlos.
Nos largamos.
—¿De qué se trata? —preguntó Vicki ansiosamente, mientras yo pisaba
el acelerador y hacía patinar el automóvil.
—Mira —le dije—, algo me dice que tienes tus propios secretos con
respecto a tu tutor; yo también tengo los míos. Por favor, no preguntes.
Ella no volvió a hablar.
Tomé posesión de la senda de paso. El velocímetro subió de ciento
veinte a ciento treinta, continuó aumentando y tembló al borde de los ciento
cuarenta. Entré en el desvío en dos ruedas, y el auto se zarandeó, se aferró
al piso y empezó a volar por el sendero.
Podía ver la casa, siniestra y lúgubre contra el cielo encapotado. Detuve
el auto y me encontré afuera en un segundo.
—Espera aquí —le grité a Vicky por sobre mi hombro.
Había una luz encendida en el laboratorio; abrí la puerta violentamente.
Estaba vacío pero arrasado. El lugar era un lío de tubos de ensayo rotos,
aparatos destrozados y, sí, unas manchas sangrientas que cruzaban la puerta
entornada que llevaba al garaje en sombras. Entonces advertí el líquido
verde que fluía por el suelo en pegajosos riachuelos. Por primera vez noté
que se había roto uno de los diversos tanques. Caminé por encima de los
otros dos. Las luces que tenían adentro estaban apagadas, y los paneles que
los cubrían no dejaban ver qué podrían haber tenido dentro o, ya que
estamos, qué era lo que todavía tenían.
No tenía tiempo para andar mirando. No me gustó nada la vista de la
sangre, todavía fresca y sin coagular, que se dirigía a la puerta delantera del
garaje. Abrí la puerta con cuidado y entré en el garaje. Estaba oscuro y no
sabía dónde buscar el interruptor de la luz. Me maldije por no traer la
linterna que guardaba en la guantera. Me adelanté unos pocos pasos y me
di cuenta de que una corriente de aire frío me soplaba contra la cara; avancé
hacia ella.
La luz del laboratorio arrojaba un dorado pozo de luz a todo lo largo del
suelo del garaje, aunque no llegaba a alumbrar nada en esa espesa negrura.
Regresaron todos mis infantiles miedos a la oscuridad. Una vez más me
introduje en esos reinos del terror que sólo un niño puede llegar a conocer.
Comprendí que la sombra que me espiaba desde la oscuridad no podría
disiparse con ninguna luz brillante.
De repente, mi pie derecho pisó el vacío. Adiviné que la corriente de aire
provenía de una escalera en la que casi me había caído. Lo debatí durante
un momento, pero luego me volví y atravesé de prisa el laboratorio y corrí
hacia el auto.
_
CAPÍTULO SEIS
_
Vicki se me vino encima en cuanto abrí la puerta del auto.
—¿Danny, qué estás haciendo aquí?
Su tono de voz me hizo mirarla con atención. Su rostro se veía
aterrorizado bajo el enfermizo resplandor de la luz.
—Trabajo en este lugar —expliqué brevemente.
—Al principio no advertí donde nos encontrábamos —dijo ella, con
lentitud—. Sólo una vez estuve aquí.
—¿Has estado aquí antes? —exclamé— ¿Cuándo? ¿Y por qué?
—Una noche —dijo reservadamente—, le traje la comida al tío David.
Se la había olvidado.
El nombre hizo sonar una campanilla en mi mente. Ella comprendió que
yo intentaba recordar de quién se trataba.
—Mi tutor —explicó—. Quizás lo mejor sería que te cuente toda la
historia. Probablemente sepas que no se suele designar como tutor a las
personas que tienen problemas con la bebida. Bien, el tío David no siempre
los tuvo. Hace cuatro años, cuando papá y mamá murieron en un choque de
trenes, el tío David era la persona más amable que te puedas imaginar. La
corte lo designó como mi tutor hasta que yo llegara a la mayoría de edad,
con mi sustento completo.
Se quedó callada durante un momento, reviviendo sus recuerdos, y la
expresión que le cruzó por los ojos no fue nada agradable; luego continuó
el relato.
—Hace dos años cerró la compañía en la que trabajaba como vigilante
nocturno, y mi tío se quedó sin trabajo. Estuvo desempleado durante casi
año y medio. Comenzamos a desesperarnos, con tan sólo los cheques de
asistencia social para alimentarnos y con la universidad amenazando con
suspenderme. Entonces consiguió un trabajo. Era bien pago y originaba
sumas fabulosas. Solía bromear sobre los bancos que había tenido que
robar. Una noche él me miró y me dijo: «No se trata de bancos».
Sentí que el miedo y la culpa me daban golpecitos en el hombro con
unos dedos fríos. Vicki siguió hablando.
—Comenzó a volverse irritable. Empezó a traer whisky a la casa y a
emborracharse. Me esquivaba en las ocasiones en que le preguntaba por su
trabajo. Una noche me dijo que dejara de molestarlo y que me metiera en
mis propios asuntos.
»Lo vi derrumbarse delante de mis propios ojos. Hasta que una noche se
le escapó un nombre; Weinbaum, Steffen Weinbaum. Un par de semanas
después olvidó llevarse su comida de medianoche. Busqué el nombre en la
guía telefónica y se la llevé. Se puso terriblemente furioso, como nunca lo
había visto.
»En las semanas que siguieron se quedaba más y más tiempo en esta
casa horrible. Una noche, cuando volvió a casa, me pegó. Yo decidí
escapar. El tío David que conocía estaba muerto, al menos para mí. Pero
me atrapó... y entonces llegaste tú.
Se quedó callada.
Me estremecí de la cabeza a los pies. Tenía una idea bastante
aproximada acerca de qué fue lo que hizo el tío de Vicki para ganarse la
vida. La época en la que Rankin me había contratado coincidía con aquella
en la que el tutor de Vicki perdiera el control. En ese instante estuve a
punto de arrancar el auto y largarme, a pesar de la salvaje carnicería del
laboratorio, a pesar de la escalera secreta, incluso a pesar del reguero de
sangre en el piso. Pero entonces un grito lejano y débil llegó hasta nosotros.
Manoteé el botón del compartimiento de la guantera, metí la mano dentro,
y la revolví hasta encontrar la linterna.
La mano de Vicki me apretó el brazo.
—No, Danny. Por favor, no lo hagas. Sé que algo terrible está pasando
aquí. ¡Condúcenos lejos de eso!
El grito sonó de vuelta, esta vez más debilitado, y tomé una
determinación: agarré la linterna. Vicki me adivinó la intención.
—Muy bien, iré contigo.
—Uhuh
—dije—. Tú te quedas aquí. Tengo el presentimiento de que
hay algo... suelto allí afuera. Tú te quedas aquí.
Volvió al asiento de mala gana. Cerré la puerta y regresé corriendo al
laboratorio. Entré de nuevo al garaje, sin detenerme. La linterna alumbró el
agujero oscuro donde la pared se había deslizado para revelar la escalera.
Con la sangre tamborileándome densamente en las sienes, me aventuré allí
abajo. Fui contando los escalones, apuntando con la linterna hacia las
anodinas paredes, hacia la impenetrable oscuridad de las profundidades.
—Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés...
Al llegar al treinta, la escalera se convirtió repentinamente en un corto
pasadizo. Empecé a atravesarlo sigilosamente, deseando tener a mano un
revólver o incluso un cuchillo que me hiciera sentir un poco menos
desnudo y vulnerable.
De repente un grito, terrible y colmado de miedo, resonó en la oscuridad
que tenía enfrente. Era el sonido del terror, el sonido de un hombre
enfrentado con algo salido de los más profundos fosos del horror. Comencé
a correr. Mientras lo hacía advertí que la fría corriente de aire me estaba
soplando directamente en la cara. Supuse que el túnel debía dar al exterior.
Y entonces me tropecé con algo.
Era Rankin, tirado en el charco de su propia sangre; sus ojos
contemplaban el techo con un horror vidrioso. La parte trasera de su cabeza
estaba aplastada.
Delante de mí escuché el disparo de una pistola, una maldición, y otro
grito. Corrí hacia allí y por poco me caigo de bruces al tropezar con unos
nuevos escalones. Al subirlos distinguí, allá arriba, una escalera vagamente
enmarcada contra una abertura cubierta con malezas. Las hice a un lado y
me encontré con un cuadro sorprendente: silueteada contra el cielo, una
figura alta que sólo podía ser de Weinbaum, con un revólver colgándole de
una mano, y mirando hacia el suelo en sombras. Incluso las nubes, que se
habían abierto brevemente para dejar pasar la luz de las estrellas, volvieron
a cerrarse.
Él me escuchó y se dio vuelta con prontitud, con sus ojos vidriosos como
linternas rojas en la oscuridad.
—Oh, es usted, Gerad.
—Rankin está muerto —le dije.
—Lo sé —respondió—. Usted podría haberlo evitado llegando un poco
más rápido.
—Oh, cállese —le contesté, enojado—. Me apuré...
Fui interrumpido por un sonido que, desde entonces, me ha venido
persiguiendo en mis pesadillas, un horroroso sonido maullante, como si se
tratara del grito de dolor de alguna rata gigantesca. Por el rostro de
Weinbaum vi pasar el reconocimiento, el miedo, y finalmente un parpadeo
de determinación, todo en cuestión de segundos. Me sentí profundamente
aterrorizado.
—¿Qué es eso? —pregunté con la voz estrangulada.
Como al descuido, con toda su afectada indiferencia, barrió el fondo del
pozo con el haz de luz, y alcancé a notar que su mirada se apartaba de algo.
La cosa maulló de nuevo y experimenté otro espasmo de miedo. Estiré el
cuello para poder ver qué clase de horror yacía en aquel pozo, un horror
capaz de lograr que incluso Weinbaum gritara de abyecto terror. Y justo
antes de que pudiera verlo, un horrible alarido de espanto se alzó y
desplomó desde el difuso contorno de la casa.
Weinbaum dejó de alumbrar el pozo con su linterna y la apuntó contra
mi cara.
—¿Quién fue? ¿Con quién vino usted? —preguntó.
Pero yo tenía mi propia linterna encendida, de modo que volví a
atravesar corriendo el pasadizo, con Weinbaum pegado a mis talones.
Había reconocido el grito. Ya lo había oído antes, cuando una muchacha
asustada casi se abalanza contra mi auto mientras huía de su maniático
tutor.
¡Vicki!
_
CAPÍTULO SIETE
_
Escuché que Weinbaum ahogaba un grito cuando entramos en el
laboratorio. El lugar estaba inundado del líquido verde. ¡Los otros dos
recipientes estaban rotos! Sin detenerme, transpuse los recipientes
destruídos y vacíos y salí por la puerta. Weinbaum no me siguió.
No había nadie en el coche; la puerta del lado del pasajero estaba abierta.
Barrí el suelo con la luz de mi linterna. Aquí y allá se veían las huellas de
una chica que calzaba tacones altos, una chica que tenía que ser Vicki. El
resto de las huellas fueron borradas por algo monstruoso; vacilo al intentar
considerarla una huella. Era más bien como si algo grande se hubiera
arrastrado en dirección al bosque. Su enormidad quedó demostrada,
además, cuando descubrí los arbolillos quebrados y la maleza aplastada.
Volví corriendo al laboratorio, donde Weinbaum estaba sentado con la
cara pálida y estirada, contemplando los tres tanques vacíos y destrozados.
El revólver estaba sobre la mesa; me apoderé de él y me dirigí hacia la
puerta.
—¿Adónde se piensa que va con eso? —interpeló, poniéndose de pie.
—Afuera, en busca de Vicki —gruñí—. Y si llega a estar herida o...
—no terminé la frase.
Me precipité en la aterciopelada oscuridad de la noche. Me zambullí en
el bosque con la pistola en una mano y la linterna en la otra, siguiendo el
sendero trazado por algo en lo que no quería pensar. La pregunta vital que
me ardía en la mente era si tenía a Vicki o si aún la estaba arrastrando. Si la
tenía en su poder…
Mi pregunta fue respondida por un grito agudo que no sonó demasiado
lejos de mí.
Salí corriendo, más rápidamente ahora, cuando de repente aparecí en un
claro.
Quizás sea porque quiero olvidarlo, o tal vez sólo porque la noche era
oscura y comenzaba a ponerse brumosa, pero lo cierto es que tan solo
puedo recordar cómo Vicki apareció a la luz de mi linterna, corriendo hacia
mí, para enterrar su cabeza contra mi hombro y sollozar.
Una enorme sombra se me acercó maullando de manera asquerosa,
volviéndome casi loco del terror. Atropelladamente, escapamos de aquel
horror en la oscuridad, de regreso a las reconfortantes luces del laboratorio,
lejos del nunca visto terror que acechaba en la negrura. Mi cerebro,
enloquecido por el miedo, me decía que si sumabas dos y dos obtenías un
cinco.
Los tres tanques habían contenido tres cosas provenientes de los más
oscuros abismos de una mente retorcida. Una había escapado; Rankin y
Weinbaum la persiguieron. Había matado a Rankin, pero Weinbaum la
hizo caer en el pozo disimulado. La segunda cosa se debatía ahora
torpemente en el bosque, y de repente recordé que, fuera lo que fuese, era
muy grande y le había llevado bastante tiempo arrastrarse hasta allí.
Entonces comprendí que había retenido a Vicki en una hondonada. ¡Había
llegado al fondo... con mucha facilidad! Pero, ¿y volver a escalarla? Estaba
casi seguro de que no podría lograrlo.
Dos de ellas se encontraban fuera del juego. Pero, ¿dónde estaba la
tercera? Mi pregunta fue respondida en ese preciso instante por un grito
proveniente del laboratorio. Y por un… maullido.
_
CAPÍTULO OCHO
_
Corrimos hasta la puerta del laboratorio y la abrimos. Estaba vacío; los
gritos y los terribles sonidos maullantes provenían del garaje. Llegué a la
puerta, y desde aquel entonces he estado agradecido de que Vicki se
quedara en el laboratorio y se ahorrara la visión que me ha despertado de
mil espantosas pesadillas.
El laboratorio estaba en sombras y lo único que podía distinguir era una
enorme mancha moviéndose perezosamente. ¡Y los alaridos! Gritos de
terror, los gritos de un hombre que se está enfrentando a un monstruo
salido de los abismos del infierno. Algo maullaba espantosamente y parecía
jadear complacido.
Mi mano se movió en busca de la llave de la luz. ¡Allí estaba, la
encontré! La luz inundó el cuarto, iluminando un cuadro de horror que era
el resultado del asunto de la tumba en el que había participado, tanto el tío
muerto como yo.
Un gusano grande y blanquecino se retorcía en el suelo del garaje,
reteniendo a Weinbaum con sus ventosas extendidas, alzándolo hacia esa
boca rosa y goteante de la que provenían los desagradables maullidos. Las
venas, rojas y pulsantes, sobresalían bajo su carne viscosa, y millones de
diminutos gusanos serpenteaban en las vasos sanguíneos, en la piel, incluso
formaban un gran ojo que me miró fijamente. Un inmenso gusano,
compuesto de centenares de millones de gusanos, los festejantes de la carne
muerta que Weinbaum había utilizado tan desvergonzadamente.
Inmerso en el submundo del terror, disparé el revólver una y otra vez. La
cosa maulló y se convulsionó.
Weinbaum gritó algo mientras era arrastrado inexorablemente hacia la
boca que esperaba. Aunque no podía creerlo, logré entenderle por sobre el
horroroso sonido que producía la criatura.
—¡Dispárele! ¡Por el amor del cielo, dispárele!
Entonces noté los pegajosos charcos de líquido verde que, provenientes
del laboratorio, se rebalsaban sobre el suelo. Me puse a buscar mi
encendedor, lo encontré y lo accioné frenéticamente. De repente recordé
que había olvidado cambiarle la piedra. De modo que busqué la cajita de
fósforos, saqué uno y con aquél encendí todos los demás. Lo hice justo
cuando Weinbaum gritaba por última vez. Distinguí su cuerpo a través de
la translúcida piel de la criatura, que aún se sacudía mientras miles de
gusanos se le pegaban como sanguijuelas. Sintiendo náuseas, arrojé los
fósforos encendidos en el rezume verde. Era inflamable, tal como lo
imaginaba. Estalló en llamas resplandecientes. La criatura se enroscó en
una asquerosa pelota de carne pulsante y podrida.
Me volví y salí a los trompicones hasta donde se encontraba Vicki,
pálida y temblorosa.
—¡Vamos! —le dije—; salgamos de aquí! ¡Todo el lugar va a arder!
Nos abalanzamos dentro del auto y nos alejamos a toda velocidad.
_
CAPÍTULO NUEVE
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No queda mucho por agregar. Imagino que habrán leído todo lo referente al
fuego que arrasó el distrito residencial Belwood de California, y que barrió
con casi veinte kilómetros cuadrados de bosques y casas residenciales. No
podría sentirme demasiado mal acerca de aquel incendio. Calculo que
cientos de personas habrían sido exterminadas por las gigantescas cosasgusano
que Weinbaum y Rankin estaban engendrando. Volví a aquel lugar
en el auto, luego del incendio. Todo estaba lleno de ruinas carbonizadas.
No quedaban restos reconocibles del horror contra el que luchamos esa
última noche, y, tras buscar durante un rato, encontré un armario de metal.
Adentro tenía tres cuadernos de anotaciones.
Uno de ellos era el diario de Weinbaum. Lo leí con detenimiento.
Revelaba que estaban experimentando con la carne muerta, exponiéndola a
los rayos gamma. Un día observaron una cosa extraña: algunos de los
gusanos que se arrastraban sobre la carne estaban creciendo, agrupándose.
Con el tiempo fueron creciendo juntos, formando tres grandes gusanos por
separado. Quizás la bomba radiactiva había acelerado la evolución.
No lo sé.
Además, no quiero saberlo.
Supongo que, en cierto modo, tuve algo que ver con la muerte de
Rankin; la carne del cadáver cuya tumba yo mismo había profanado quizás
había alimentado a la misma criatura que lo terminó matando.
Vivo con ese pensamiento. Pero creo que puede haber un perdón. Me
estoy esforzando por conseguirlo. O, más bien, ambos nos estamos
esforzando.
Vicki y yo. Juntos.

UN HABITANTE DE CARCOSA -- TERROR -- AMBROSE BIERCE

UN HABITANTE DE CARCOSA -- TERROR -- AMBROSE BIERCE

UN HABITANTE DE CARCOSA -- TERROR -- AMBROSE BIERCE
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UN HABITANTE
DE CARCOSA
Ambrose Bierce
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“Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se
desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la
soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos
que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo
que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de
muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu muere
también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso
durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el
espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el
mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.”
Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y
preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios,
pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención
al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que
revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que
todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura,
cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del
otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se
erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un
mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran
asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí
y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de
silenciosa expectativa.
A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado,
y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era
más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima
del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas
como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello
de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un
insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba
gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido,
ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.
Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y
evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y
medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en
ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas
funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de
túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados
aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro
pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos
vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían
tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan
descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del
cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido
hacía muchísimos siglos.
Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al
encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: "¿Cómo
llegué aquí?". Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y
explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi
imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba
ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia
me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo
me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí
vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir... ¿adónde? No tenía idea.
Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la
antigua y célebre ciudad de Carcosa.
En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía
ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro
guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que
ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro
trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio
humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis
mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las
piedras ruinosas y la yerba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje —un lince—
se acercaba. Me vino un pensamiento: "Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre
y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta." Salté hacia él, gritando. Pasó a
un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.
Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco
más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta
apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo
de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía
los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco
y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba
lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por
la alta yerba.
Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia
él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:
—¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.
—Buen extranjero —proseguí—, estoy enfermo y perdido. Te ruego me
indiques el camino a Carcosa.
El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió
caminando y desapareció.
Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le
contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a
Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la
antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía... veía incluso las estrellas en ausencia de
la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué
espantoso sortilegio dominaba mi existencia?
Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más
convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto
resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún,
experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente
desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban
alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y
oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra
raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque
estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su
superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica,
vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura
de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían
saqueado la tumba y aprisionado su lápida.
Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre
la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné
a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre...! ¡La fecha de mi nacimiento...! ¡y la
fecha de mi muerte!
Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía
en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie,
entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el
tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos
traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares
que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte.
Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de
Carcosa.
* * *
Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al
médium Bayrolles.

VINUM SABBATI -- TERROR -- ARTHUR MACHEN

VINUM SABBATI -- TERROR -- ARTHUR MACHEN

VINUM SABBATI -- TERROR -- ARTHUR MACHEN
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VINUM SABBATI
Arthur Machen
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Mi nombre es Leicester; mi padre, el mayor general Wyn Leicester,
distinguido oficial de artillería, sucumbió hace cinco años a una compleja
enfermedad del hígado, adquirida en el letal clima de la india. Un año después,
Francis, mi único hermano, regresó a casa después de una carrera
excepcionalmente brillante en la universidad, y aquí se quedó, resuelto como
un ermitaño a dominar lo que con razón se ha llamado el gran mito del
Derecho. Era un hombre que parecía sentir una total indiferencia hacia todo lo
que se llama placer; aunque era más guapo que la mayoría de los hombres y
hablaba con la alegría y el ingenio de un vagabundo, evitaba la sociedad y se
encerraba en la gran habitación de la parte alta de la casa para convertirse en
abogado. Al principio, estudiaba tenazmente durante diez horas diarias; desde
que el primer rayo de luz aparecía en el este hasta bien avanzada la tarde
permanecía encerrado con sus libros. Sólo dedicaba media hora a comer
apresuradamente conmigo, como si lamentara el tiempo que perdía en ello, y
después salía a dar un corto paseo cuando comenzaba a caer la noche. Yo
pensaba que tanta dedicación sería perjudicial, y traté de apartarlo
suavemente de la austeridad de sus libros de texto, pero su ardor parecía más
bien aumentar que disminuir, y creció el número de horas diarias de estudio.
Hablé seriamente con él, le sugerí que ocasionalmente tomara un descanso,
aunque fuera sólo pasarse una tarde de ocio leyendo una novela fácil; pero él
se rió y dijo que, cuando tenía ganas de distraerse, leía acerca del régimen de
propiedad feudal y se burló de la idea de ir al teatro o de pasar un mes al aire
libre. Confieso que tenía buen aspecto, y no parecía sufrir por su trabajo, pero
sabía que su organismo terminaría por protestar, y no me equivocaba. Una
expresión de ansiedad asomó en sus ojos, se veía débil, hasta que finalmente
confesó que no se encontraba bien de salud. Dijo que se sentía inquieto, con
sensación de vértigo, y que por las noches se despertaba, aterrorizado y
bañado en sudor frío, a causa de unas espantosas pesadillas.
—Me cuidaré —dijo—, así que no te preocupes. Ayer pasé toda la tarde sin
hacer nada, recostado en ese cómodo sillón que tú me regalaste, y
garabateando tonterías en una hoja de papel. No, no; no me cargaré de
trabajo. Me pondré bien en una o dos semanas, ya verás.
Sin embargo, a pesar de sus afirmaciones, me di cuenta que no mejoraba,
sino empeoraba cada día. Entraba en el salón con una expresión de
abatimiento, y se esforzaba en aparentar alegría cuando yo lo observaba. Me
parecía que tales síntomas eran un mal agüero, y a veces, me asustaba la
nerviosa irritación de sus gestos y su extraña y enigmática mirada. Muy en
contra suya, lo convencí de que accediera a dejarse examinar por un médico, y
por fin llamó, de muy mala gana, a nuestro viejo doctor.
El doctor Haberden me animó, después de la consulta.
—No es nada grave —me dijo—. Sin duda lee demasiado, come de prisa y
vuelve a los libros con demasiada precipitación y la consecuencia natural es
que tenga trastornos digestivos y alguna mínima perturbación del sistema
nervioso. Pero creo, señorita Leicester, que podremos curarlo. Ya le he
recetado una medicina que obtendrá buenos resultados. Así que no se
preocupe.
Mi hermano insistió en que un farmacéutico de la colonia le preparara la
receta. Era un establecimiento extraño, pasado de moda, exento de la
estudiada coquetería y el calculado esplendor que alegran tanto los
escaparates y estanterías de las modernas boticas. Pero Francis le tenía mucha
simpatía al anciano farmacéutico y creía a ciegas en la escrupulosa pureza de
sus drogas. La medicina fue enviada a su debido tiempo, y observé que mi
hermano la tomaba regularmente después de la comida y la cena.
Era un polvo blanco de aspecto común, del cual disolvía un poco en un
vaso de agua fría. Yo lo agitaba hasta que se diluía, y desaparecía dejando el
agua limpia e incolora. Al principio, Francis pareció mejorar notablemente; el
cansancio desapareció de su rostro, y se volvió más alegre incluso que cuando
salió de la universidad; hablaba animadamente de reformarse, y reconoció que
había perdido el tiempo.
—He dedicado demasiadas horas al estudio del Derecho —decía riéndose—
; creo que me has salvado justo a tiempo. Bien, de cualquier modo, seré
canciller, pero no debo olvidarme de vivir. Haremos un viaje a París, nos
divertiremos, y nos mantendremos alejados por un tiempo de la Biblioteca
Nacional.
He de confesar que me sentí encantada con el proyecto.
—¿Cuándo nos vamos? —pregunté—. Podríamos salir pasado mañana, si
te parece.
—No, es demasiado pronto. Después de todo, no conozco Londres todavía,
y supongo que un hombre debe comenzar por entregarse a los placeres de su
propio país. Pero saldremos en una o dos semanas, así que practica tu francés.
Por mi parte, de Francia sólo conozco las leyes, y me temo que eso no nos
servirá de nada.
Estábamos terminando de comer. Tomó su medicina con gesto de catador,
como, si fuera un vino de la cava más selecta.
—¿Tiene algún sabor especial? —pregunté.
—No; es como si fuera sólo agua. —Se levantó de la silla y empezó a
pasear de arriba abajo por la habitación, sin decidir qué hacer.
—¿Vamos al salón a tomar café? —le pregunté—. ¿O prefieres fumar?
—No; me parece que voy a dar un paseo. La tarde está muy agradable.
Mira ese crepúsculo: es como una gran ciudad en llamas, como si, entre las
casas oscuras, lloviera sangre. Sí. Voy a salir. Pronto estaré de vuelta, pero me
llevo mi llave. Buenas noches, querida, si es que no te veo más tarde.
La puerta se cerró de golpe tras él, y le vi caminar rápidamente por la
calle, balanceando su bastón, y me sentí agradecida con el doctor Haberden
por esta mejoría.
Creo que mi hermano regresó a casa muy tarde aquella noche, pero a la
mañana siguiente se encontraba de muy buen humor.
—Caminé sin pensar adónde iba —dijo gozando de la frescura del aire, y
vivificado por la multitud cuando me acercaba a los barrios más transitados.
Después, en medio de la gente, me encontré con Orford, un antiguo
compañero de la universidad, y después... bueno, nos fuimos por ahí a
divertirnos. He sentido lo que es ser joven y hombre. He descubierto que tengo
sangre en las venas como los demás. Me he citado con Orford para esta noche;
algunos amigos nos reuniremos en el restaurante. Sí, me divertiré durante una
semana o dos, y todas las noches oiré las campanadas de las doce. Y después
tú y yo haremos nuestro pequeño viaje.
Fue tal el cambio de carácter de mi hermano, que en pocos días se
convirtió en un amante de los placeres, en un indolente asiduo de los barrios
alegres, en un cliente fiel de los restaurantes opulentos y en un excelente
crítico de baile. Engordaba ante mis ojos, y no hablaba ya de París, pues
claramente había encontrado su paraíso en Londres. Yo me alegré, pero no
dejaba de sorprenderme, porque en su alegría encontraba algo que me
desagradaba, aunque no podía definir la sensación. El cambio le sobrevino
poco a poco. Seguía regresando en las frías madrugadas; pero yo ya no le oía
hablar de sus diversiones, y, una mañana, cuando desayunábamos juntos, lo
miré de pronto a los ojos y vi a un extraño frente a mí.
—¡Oh, Francis! —exclamé— ¡Francis, Francis! ¿Qué has hecho?
Y dejando escapar el llanto, no pude decir ni una palabra más. Me retiré
llorando a mi habitación, pues aunque no sabía nada, lo sabía todo, y por un
extraño juego del pensamiento, recordé la noche en que salió por primera vez,
y el cuadro de la puesta de sol que iluminaba el cielo ante mí: las nubes, como
una ciudad en llamas, y la lluvia de sangre. Sin embargo, luché contra esos
pensamientos, y consideré que tal vez, después de todo, no había pasado nada
malo. Por la tarde, a la hora de comer, decidí presionarlo para que fijara el día
de comenzar nuestras vacaciones en París. Estábamos charlando
tranquilamente, y mi hermano acababa de tomar su medicina, que no había
suspendido para nada. iba yo a abordar el tema, cuando las palabras
desaparecieron de mi mente, y me pregunté por un segundo qué peso helado
e intolerable oprimía mi corazón y me sofocaba como si me hubieran
encerrado viva en un ataúd.
Habíamos comido sin encender las velas. La habitación había pasado de la
penumbra a la lobreguez, y las paredes y los rincones se confundían entre
sombras indistintas. Pero desde donde yo estaba sentada podía ver la calle, y
cuando pensaba en lo que iba a decirle a Francis, el cielo comenzó a
enrojecerse y a brillar, como durante aquella noche que tan bien recordaba; y
en el espacio que se abría entre las dos oscuras moles de casas apareció el
horrible resplandor de las llamas: espeluznantes remolinos de nubes
retorcidas, enormes abismos de fuego, masas grises como el vaho que se
desprende de una ciudad humeante y una luz maligna brillando en las alturas
con las lenguas del más ardiente fuego, y en la tierra, como un inmenso lago
de sangre. Volví los ojos a mi hermano; las palabras apenas se formaban en
mis labios, cuando vi su mano sobre la mesa. Entre el pulgar y el índice tenía
una marca, una pequeña mancha del tamaño de una moneda de seis peniques
y el color de un moretón. Sin embargo, por algún sentido indefinible, supe que
no era un golpe. ¡Ah!, si la carne humana pudiera arder en llamas, y si la llama
fuese negra como la noche... sin pensamiento ni palabras, el horror me invadió
al verlo, y en lo más profundo de mi ser comprendí que era un estigma.
Durante algunos interminables segundos, el manchado cielo se oscureció como
si se tratara de la medianoche, y cuando la luz volvió, me encontraba sola en
la silenciosa habitación. Poco después, pude oír cómo salía mi hermano.
A pesar de que ya era tarde, me puse el sombrero y fui a visitar al doctor
Haberden, y en su amplio consultorio, mal iluminado por una vela que el
doctor trajo consigo, con labios trémulos y voz vacilante pese a mi
determinación, le conté todo lo que había sucedido desde el día en que mi
hermano comenzó a tomar la medicina hasta la horrible marca que había
descubierto hacía apenas media hora.
Cuando terminé, el doctor me miró durante un momento con una
expresión de gran compasión en su rostro.
—Mi querida señorita Leicester —dijo— usted se ha angustiado por su
hermano; se preocupa mucho por él, estoy seguro , ¿no es así?
—Sí, me tiene preocupada —dije Desde hace una o dos semanas no he
estado tranquila.
—Muy bien. Ya sabe usted lo complicado que es el cerebro.
—Comprendo lo que quiere usted decir, pero no estoy equivocada. He
visto con mis propios ojos todo lo que acabo de decirle.
—Sí, sí; por supuesto. Pero sus ojos habían estado contemplando ese
extraordinario crepúsculo que tuvimos hoy. Es la única explicación. Mañana lo
comprobará a la luz del día, estoy seguro. Pero recuerde que siempre estoy a
su disposición para prestarle cualquier ayuda que esté a mi alcance. No dude
en acudir a mí o mandarme llamar si se encuentra en un apuro.
Me marché intranquila, completamente confusa, llena de tristeza y temor,
y sin saber que hacer. Cuando nos reunimos mi hermano y yo al día siguiente,
le dirigí una rápida mirada y descubrí, con el corazón oprimido, que llevaba la
mano derecha envuelta en un pañuelo. La mano en la que había visto aquella
mancha de fuego negro.
—¿Qué tienes en la mano, Francis? —le pregunté con firmeza.
—Nada importante. Anoche me corté un dedo y me salió mucha sangre.
Me lo vendé lo mejor que pude.
—Yo te lo curaré bien, si quieres.
—No, gracias, querida, esto bastará. ¿Qué te parece si desayunamos?
Tengo mucha hambre.
Nos sentamos, y yo lo observaba. Comió y bebió muy poco. Le tiraba la
comida al perro cuando creía que yo no miraba. Había una expresión en sus
ojos que nunca le había visto; cruzó por mi mente la idea de que aquella
expresión no era humana. Estaba firmemente convencida de que, por
espantoso e increíble que fuese lo que había visto la noche anterior, no era una
ilusión, ni era ningún engaño de mis sentidos agobiados, y, en el transcurso de
la mañana, fui de nuevo a la casa del médico.
El doctor Haberden movió la cabeza contrariado e incrédulo, y pareció
reflexionar durante unos minutos.
—¿Y dice usted que continúa tomando la medicina? Pero, ¿por qué? Según
tengo entendido, todos los síntomas de que se quejaba desaparecieron hace
tiempo. ¿Por qué sigue tomando ese brebaje, si ya se encuentra bien? Y, a
propósito, ¿dónde encargó que le prepararan la receta? ¿Con Sayce? Nunca
envío a nadie allí; el anciano se está volviendo descuidado. Supongo que no
tendrá usted inconveniente en venir conmigo a su casa; me gustaría hablar
con él.
Fuimos juntos a la tienda. El viejo Sayce conocía al doctor Haberden, y
estaba dispuesto a darle cualquier clase de información.
—Según tengo entendido, usted lleva varias semanas preparando esta
receta mía al señor Leicester —dijo el doctor, entregándole al anciano un
pedazo de papel.
—Sí —dijo—, y ya me queda muy poco. Es una droga muy poco común, y
la he tenido embodegada durante mucho tiempo sin usarla. Si el señor
Leicester continúa el tratamiento, tendré que encargar más.
—Por favor, déjeme ver el preparado —dijo Haberden.
El farmacéutico le dio un frasco. Haberden le quitó el tapón, olió el
contenido y miró con extrañeza al anciano.
—¿De dónde sacó esto? —dijo—. ¿Qué es? Además, señor Sayce, esto no
es lo que yo prescribí. Sí, sí, ya veo que la etiqueta está bien, pero le digo que
ésta no es la medicina correcta.
—La he tenido mucho tiempo —dijo el anciano, aterrado—. Se la compré a
Burbage, como de costumbre. No me la piden con frecuencia, y la he tenido
desde hace algunos años. Como ve usted, ya queda muy poco.
—Sería mejor que me lo diera —dijo Haberden—. Me temo que ha habido
una equivocación.
Nos marchamos de la tienda en silencio; el médico llevaba bajo el brazo el
frasco envuelto en papel.
—Doctor Haberden —dije, cuando ya llevábamos un rato caminando—,
doctor Haberden.
—Sí —dijo él, mirándome sobriamente.
—Quisiera que me dijese qué ha estado tomando mi hermano dos veces al
día durante poco más de un mes.
—Francamente, señorita Leicester, no lo sé. Hablaremos de esto cuando
lleguemos a mi casa.
Continuamos caminando rápidamente sin pronunciar palabra, hasta que
llegamos a su casa. Me pidió que me sentara, y comenzó a pasear de un
extremo al otro de la habitación, con la cara ensombrecida por temores nada
comunes.
—Bueno —dijo al fin—. Todo esto es muy extraño. Es natural que se
sienta alarmada, y debo confesar que estoy muy lejos de sentirme tranquilo.
Dejemos a un lado, se lo ruego, lo que usted me contó anoche y esta mañana,
aunque persiste el hecho de que durante las últimas semanas el señor
Leicester ha estado saturando su organismo con un preparado completamente
desconocido para mí. Como le digo, eso no es lo que yo le receté. No obstante,
está por ver qué contiene realmente este frasco.
Lo desenvolvió, vertió cautelosamente unos pocos granos de polvo blanco
en un pedacito de papel y los examinó con curiosidad.
—Sí —dijo—. Parece sulfato de quinina, como usted dice; forma
escamitas. Pero huélalo.
Me tendió el frasco, y yo me incliné a oler. Era un olor extraño,
empalagoso, etéreo, irresistible, como el de un anestésico fuerte.
—Lo mandaré analizar —dijo Haberden—. Tengo un amigo que se dedica a
la química. Después sabremos qué hacer. No, no; no me diga nada sobre la
otra cuestión. No quiero escucharlo de momento. Siga mi consejo y procure no
pensar más en eso.
Aquella tarde, mi hermano no salió como siempre después de la comida.
—Ya me he divertido lo suficiente —dijo con una risa extraña— y debo
volver a mis viejas costumbres. Un poco de leyes será el descanso adecuado,
tras una dosis tan sobrecargada de placer —sonrió para sí mismo. Poco
después subió a su habitación. Su mano seguía vendada.
El doctor Haberden pasó por casa unos días más tarde.
—No tengo ninguna noticia especial para usted —dijo—. Chambers está
fuera de la ciudad, así que no sé nada que usted no sepa sobre la sustancia.
Pero me gustaría ver al señor Leicester, si está en casa.
—Está en su habitación —dije—. Le diré que está usted aquí.
—No, no; yo subiré. Quiero hablar con él con toda tranquilidad. Me
atrevería a decir que nos hemos alarmado mucho por muy poca cosa. Al fin y
al cabo, sea lo que sea, parece que ese polvo blanco le ha sentado bien.
El doctor subió, y, al pasar por el recibidor, lo oí llamar a la puerta, abrirse
ésta, y cerrarse después. Estuve esperando en el silencio de la casa durante
más de una, hora, y la quietud se volvía cada vez más intensa, mientras las
manecillas del reloj caminaban lentamente. Oí arriba el ruido de una puerta
que se abría vigorosamente, y el médico bajó. Sus pasos cruzaron el recibidor
y se detuvieron ante la puerta. Respiré largamente y con dificultad, vi mi cara,
en un espejo, demasiado pálida, mientras él volvía y se paraba en la puerta.
Había un indecible horror en sus ojos; se sostuvo con una mano en el respaldo
de una silla, su labio inferior temblaba como el de un caballo; tragó saliva y
tartamudeó una serie de sonidos ininteligibles, antes de hablar.
—He visto a ese hombre —comenzó, en un áspero susurro—. Acabo de
pasar una hora con él. ¡Dios mío! ¡Y estoy vivo y entero! Yo que me he
enfrentado toda mi vida con la muerte y conozco las ruinas de nuestra
fortaleza... ¡Pero eso no, Dios mío, eso no! —y se cubrió el rostro con las
manos para apartar de sí alguna horrible visión.
—No me mande llamar otra vez, señorita Leicester —dijo, recobrando un
poco la compostura—. Nada puedo hacer ya por esta casa. Adiós.
Lo vi bajar las escaleras tembloroso, y cruzar la calzada en dirección a su
casa. Me dio la impresión de que había envejecido diez años desde la mañana.
Mi hermano permaneció en su habitación. Me dijo con voz apenas
reconocible que estaba muy ocupado, que le gustaría que le dejara su comida
afuera de la puerta, y que me hiciera cargo de los criados. Desde aquel día, me
pareció que el arbitrario concepto que llamamos tiempo había desaparecido
para mí. Vivía con la continua sensación de horror, llevando a cabo
mecánicamente la rutina de la casa, y hablando sólo lo imprescindible con los
criados. De vez en cuando salía a pasear una hora o dos y luego volvía a casa.
Pero tanto dentro como fuera, mi espíritu se detenía ante la puerta cerrada de
la habitación de arriba, y, temblando, esperaba que se abriera.
He dicho que apenas me daba cuenta del tiempo, pero supongo que
debieron transcurrir un par de semanas, desde la visita del doctor Haberden,
cuando un día, después del paseo, regresaba a casa reconfortada con una
sensación de alivio. El aire era dulce y agradable, y las formas vagas de las
hojas verdes flotaban en la plaza como una nube; el perfume de las flores
hechizaba mis sentidos. me sentía feliz y caminaba con ligereza. Cuando iba a
cruzar la calle para entrar a casa, me detuve un momento a esperar que
pasara un carro y miré por casualidad hacia las ventanas. instantáneamente se
llenaron mis oídos de un fragor tumultuoso de aguas profundas y frias; el
corazón me dio un vuelco y cayó en un pozo sin fondo, y me quedé
sobrecogida de un terror sin forma ni figura. Extendí ciegamente una mano en
la oscuridad para no caer, mientras, las piedras temblaban bajo mis pies,
perdían consistencia y parecían hundirse. En el momento de mirar hacia la
ventana de mi hermano, se abrió la persiana, y algo dotado de vida se asomó
a contemplar el mundo. No, no puedo decir si vi un rostro humano o algo
semejante; era una criatura viviente con dos ojos llameantes que me miraron
desde el centro de algo amorfo representando el símbolo y el testimonio de
todo el mal y la siniestra corrupción. Durante cinco minutos permanecí inmóvil,
sin fuerza, presa de la angustia, la repugnancia y el horror. Al llegar a la
puerta, corrí escaleras arriba, hasta la habitación de mi hermano, y lo llamé.
—¡Francis, Francis! —grité—. Por el amor de Dios, contéstame. ¿Qué es
esa bestia espantosa que tienes en la habitación? ¡Sácala, Francis, arrójala
fuera de aquí!
Oí un ruido como de pies que se arrastraban, lentos y cautelosos, y un
sonido ahogado, como si alguien luchara por decir algo. Después, el sonido de
una voz, rota y apagada, pronunció unas palabras que apenas pude entender.
—Aquí no hay nada —dijo la voz—. Por favor, no me molestes. No me
encuentro bien hoy.
Me volví, horrorizada pero impotente. Me preguntaba por qué me habría
mentido Francis, pues había visto, aunque sólo fuera por un momento, la
aparición aquella, demasiado nítida para equivocarme. Me senté en silencio,
consciente de que había sido algo más, algo que había visto en el primer
instante de terror antes de que aquellos ojos llameantes se fijaran en mí. Y,
súbitamente, lo recordé. Al mirar hacia arriba, las persianas se estaban
cerrando, pero tuve tiempo de ver a aquella criatura, y al evocarla, comprendí
que la imagen no se borraría jamás de mi memoria. No era una mano; no
había dedos que sostuvieran el postigo, sino un muñón negro que la
empujaba. El torpe movimiento de la pata de una bestia se había grabado en
mis sentidos, antes de que aquella oleada de terror me arrojara al abismo. Me
horroricé al recordar esto y pensar que aquella espantosa presencia vivía con
mi hermano. Subí de nuevo y lo llamé desesperadamente, pero no me
contestó. Aquella noche, uno de los criados vino a mi y me contó con cierto
recelo que hacía tres días que colocaba regularmente la comida junto a la
puerta y después la retiraba intacta. La sirvienta había tocado, pero sin
obtener respuesta; sólo oyó los mismos pies arrastrándose que yo había oído.
Pasaron los días, uno tras otro, y siguieron dejándole a mi hermano las
comidas delante de la puerta y retirándolas intactas, y aunque llamé
repetidamente a la puerta, no conseguí jamás que me contestara. La
servidumbre quiso entonces hablar conmigo. Al parecer, estaban tan
alarmados como yo. La cocinera dijo que, cuando mi hermano se encerró por
vez primera en su habitación, ella empezó a oírle salir por la noche, y
deambular por la casa; y una vez, según dijo, oyó abrirse la puerta del
recibidor, y cerrarse después. Pero hacía varias noches que no oía ruido
alguno. Por último, la crisis se desencadenó; fue en la penumbra del atardecer.
El salón donde me encontraba se fue poblando de tinieblas, cuando un alarido
terrible desgarró el silencio y oí unos precipitados pasos escabullirse por la
escalera. Aguardé, y un segundo después irrumpió la doncella en el cuarto y se
quedó delante de mí, pálida y temblorosa.
—¡Oh, señorita Helen! —murmuró—. ¡Por Dios, señorita Helen! ¿Qué ha
pasado? Mire mi mano, señorita, ¡mire esta mano!
La conduje hasta la ventana, y vi una mancha húmeda y negra en su
mano.
—No te comprendo —dije—. ¿Quieres explicarte?
—Estaba arreglando su habitación hace un momento —comenzó—. Estaba
cambiando las sábanas, y de repente me cayó en la mano algo mojado; miré
hacia arriba y vi que era el techo, que estaba negro y goteaba justo encima de
mí.
Primero la miré con severidad y luego me mordí los labios.
—Ven conmigo —dije—. Trae tu vela.
La habitación donde yo dormía estaba debajo de la de mi hermano, y al
entrar sentí que yo temblaba también. Miré el techo; en él había una mancha
negra y húmeda, que goteaba persistente sobre un charco horrible que
empapaba la blanca ropa de mi cama.
Me lancé escaleras arriba y toqué con fuerza la puerta.
—¡Francis, Francis, hermano mío! ¿Qué te ha pasado?
Me puse a escuchar. Hubo un sonido ahogado; luego, un gorgoteo y un
vómito, pero nada más. Llamé más fuerte, pero no contestó.
A pesar de lo que el doctor Haberden había dicho, fui a buscarlo.
Le conté, con los ojos arrasados en lágrimas, lo que había sucedido, y él
me escuchó con una expresión de dureza en el semblante.
—En recuerdo de su padre —dijo finalmente—, iré con usted, aunque nada
puedo hacer por él.
Salimos juntos; las calles estaban oscuras, silenciosas y densas por el
calor y la sequedad de varias semanas. Bajo los faroles de gas, el rostro del
doctor se veía blanco. Cuando llegamos a casa, le temblaban las manos.
No dudamos, sino que subimos directamente. Yo sostenía la lámpara y él
llamó con voz fuerte y decidida:
—Señor Leicester, ¿me oye? Insisto en verlo. Conteste de inmediato.
No hubo respuesta, pero los dos oímos aquel gorgoteo que ya he mencionado.
—Señor Leicester, estoy esperando. Abra la puerta en este instante, o me
veré obligado a echarla abajo —dijo. Y llamó una tercera vez, con una voz que
hizo eco por todo el edificio—: ¡Señor Leicester! Por última vez, le ordeno abrir
la puerta.
—¡Ah! —exclamó, después de unos pesados momentos de silencio—,
estamos perdiendo el tiempo. ¿Sería tan amable de proporcionarme un
atizador o algo parecido?
Corrí a una pequeña habitación donde guardábamos las cosas viejas y
encontré una especie de azadón que me pareció le serviría al doctor.
—Muy bien —dijo—, esto funcionará. ¡Pongo en su conocimiento, señor
Leicester —gritó por el ojo de la cerradura—, que voy a destrozar la puerta!
Luego comenzó a descargar golpes con el azadón, haciendo saltar la
madera en astillas. De pronto, la puerta se abrió con un grito espantoso de una
voz inhumana que, como un rugido monstruoso, brotó inarticuladamente en la
oscuridad.
—Sostenga la lámpara —dijo entonces el doctor. Entramos y miramos
rápidamente por toda la habitación.
—Ahí está —dijo el doctor Haberden, dejando escapar un suspiro—. Mire,
en ese rincón.
Sentí una punzada de horror en el corazón. En el suelo había una masa
oscura y pútrida, hirviendo de corrupción y espantosa podredumbre, ni líquida
ni sólida, que se derretía y se transformaba ante nuestros ojos con un
gorgoteo de burbujas oleaginosas. Y en el centro brillaban dos puntos
llameantes, como dos ojos. Y vi, también, cómo se sacudió aquella masa en
una contorsión temblorosa, y cómo trató de levantarse algo que bien podía ser
un brazo. El doctor avanzó, alzó el azadón y descargó un golpe sobre los dos
puntos brillantes; y golpeó una y otra vez, enfurecido. Finalmente reinó el
silencio.
Un par de semanas más tarde, cuando ya me había recobrado de la
terrible impresión, el doctor Haberden vino a visitarme.
—He traspasado mi consultorio —comenzó—. Mañana emprendo un largo
viaje por mar. No sé si volveré a Inglaterra algún día; es muy probable que
compre un pequeño terreno en California y me quede allí el resto de mi vida.
Le he traído este sobre, que usted podrá abrir y leer cuando se sienta con
fuerza y valor para ello. Contiene el informe del doctor Chambers sobre la
muestra que le remití. Adiós, señorita, adiós.
En cuanto se marchó, abrí el sobre y leí los papeles. No podía esperar.
Aquí está el manuscrito, y, si me lo permiten, les leeré la asombrosa historia
que narra:
"Mi querido Haberden —comenzaba la carta—: Le pido mil perdones por
haberme retrasado en contestar su pregunta sobre la sustancia blanca que me
envió. A decir verdad, he dudado un tiempo sobre qué determinación tomar,
pues hay tanto fanatismo y ortodoxia en las ciencias físicas como en la
teología, y sabía que si yo me decidía a contarle la verdad, podría ofender
prejuicios que alguna vez me fueron caros. No obstante, he decidido ser
sincero con usted, así que, en primer lugar, permítame entrar en una breve
aclaración personal.
"Usted me conoce, Haberden, desde hace muchos años, como un
escrupuloso hombre de ciencia. Usted y yo hemos hablado a menudo de
nuestras profesiones, y hemos discutido el abismo insondable que se abre a los
pies de quienes creen alcanzar la verdad por caminos que se aparten de la vía
ordinaria de la experiencia y la observación de la materia. Recuerdo el desdén
con que me hablaba usted una vez de aquellos científicos que han escarbado
un poco en lo oculto y han insinuado tímidamente que tal vez, después de
todo, no sean los sentidos la frontera eterna e impenetrable de todo
conocimiento, el inmutable límite, más allá del cual ningún ser humano ha
llegado jamás. Nos hemos reído cordialmente, y creo que con razón, de las
tonterías del 'ocultismo' actual, disfrazado bajo nombres diversos:
mesmerismos, espiritualismos, materializaciones, teosofías, y toda la
complicada infinidad de imposturas, con su maquinaria de trucos y conjuros,
que son la verdadera armazón de la magia que se ve por las calles
londinenses. Con todo, a pesar de lo que le he dicho, debo confesarle que no
soy materialista, tomando este término en su acepción más común. Hace
muchos años me convencí —me he convencido a pesar de mi anterior
escepticismo—, de que mi vieja teoría de la limitación es absoluta y totalmente
falsa. Quizá esta confesión no le sorprenda en la misma medida en que le
hubiera sorprendido hace veinte años, pues estoy seguro de que *no habrá
dejado de observar que, desde hace algún tiempo, ciertas hipótesis han sido
superadas por hombres de ciencia que no son nada menos que
trascendentales; y me temo que la mayor parte de los modernos químicos y
biólogos famosos no dudarían en suscribir el díctum de la vieja escolástica,
Omnía exeunt ín mysterium, que significa que toda rama del saber humano, si
nos remontamos a sus orígenes y primeros principios, se desvanece en el
misterio. No tengo por qué agobiarlo ahora con una relación detallada de los
dolorosos pasos que me han conducido a mis conclusiones. Unos cuantos
experimentos de lo más simple me dieron motivo para dudar de mi propio
punto de vista, el tren de pensamiento que surgió en aquellas circunstancias
relativamente paradójicas, me llevó lejos. Mi antigua concepción del universo
se ha venido abajo; estoy en un mundo que me resulta tan extraño y temible
como las interminables olas del océano a los ojos de quien lo contempla por
primera vez desde Darién. Ahora sé que los límites de los sentidos, que
resultaban tan impenetrables que parecían cerrarse en el cielo y hundirse en
unas tinieblas de profundidad inalcanzable no son las barreras tan
inexorablemente herméticas que habíamos pensado, sino velos finísimos y
etéreos que se deshacen ante el investigador y se disipan como la neblina
matinal de los riachuelos. Sé que usted no adoptó jamás una postura
extremadamente materialista; usted no trató de establecer una negación
universal, pues su sentido común lo apartó de tal absurdo. Pero estoy
convencido de que encontrará lo que digo extraño y repugnante a su habitual
forma de pensar. No obstante, Haberden, lo que digo es cierto; y en nuestro
lenguaje común, se trata de la verdad única y científica, probada por la
experiencia. Y el universo es más espléndido y más terrible de lo que
imaginábamos. El universo entero, mi amigo, es un tremendo sacramento, una
fuerza, una energía mística e inefable, velada por la forma exterior de la
materia. Y el hombre, y el sol, y las demás estrellas, la flor, y la yerba, y el
cristal del tubo de ensayo, todos y cada uno, son tanto materiales como
espirituales y están sujetos a una actividad interior.
Probablemente se preguntará usted, Haberden, adónde voy con todo esto;
pero creo que una pequeña reflexión podrá aclararlo. Usted comprenderá que,
desde semejante punto de vista, cambia la concepción entera de todas las
cosas, y lo que nos parecía increíble y absurdo podría ser posible. En resumen,
debemos mirar con otros ojos la leyenda y las creencias, y estar preparados
para aceptar hechos que se habían convertido en fábulas. En verdad, esta
exigencia no es excesiva. Al fin y al cabo, la ciencia moderna admite
hipócritamente muchas cosas. Es cierto que no se trata de creer en la brujería,
pero ha de concederse cierto crédito al hipnotismo; los fantasmas están
pasados de moda, pero aún hay mucho que decir sobre la teoría de la
telepatía. Póngale un nombre griego a una superstición y crea en ella, y será
casi un proverbio.
"Hasta aquí mi aclaración personal. Ahora bien, usted me envió un frasco
tapado y sellado, que contenía una pequeña cantidad de un polvo blanco y
escamoso, y que cierto farmacéutico proporcionó a uno de sus pacientes. No
me sorprende que usted no haya conseguido ningún resultado en sus análisis.
Es una sustancia que hace muchos cientos de años cayó en el olvido y que es
prácticamente desconocida hoy en día. jamás hubiera esperado que me llegara
de una farmacia moderna. Al parecer, no hay ninguna razón para dudar de la
veracidad del farmacéutico. Efectivamente, como dice, pudo comprar en un
almacén las sales que usted prescribió; y es muy posible también que
permanecieran en su estante durante veinte años, o tal vez más. Aquí
comienza a intervenir lo que llamamos azar o casualidad: durante todos estos
años, las sales de esa botella han estado expuestas a ciertas variaciones
periódicas de temperatura; variaciones que probablemente oscilan entre los
cinco y los 30 grados centígrados. Y, por lo que se aprecia, tales alteraciones,,
repetidas año tras año durante periodos irregulares, con distinta intensidad y
duración, han provocado un proceso tan complejo y delicado que no sé si un
moderno aparato científico, manejado con la máxima precisión, podría producir
el mismo resultado. El polvo blanco que usted me ha enviado es algo muy
diferente del medicamento que usted recetó; es el polvo con que se preparaba
el Vino Sabático, el Vínum Sabbati. Sin duda habrá leído usted algo sobre los
aquelarres de las brujas, y se habrá reído de los relatos que hacían temblar a
nuestros mayores: gatos negros, escobas y maldiciones formuladas contra la
vaca de alguna pobre vieja. Desde que descubrí la verdad, he pensado a
menudo que, en general, es una gran suerte que se crea en todas estas
supercherías, pues de este modo se ocultan muchas otras cosas que es
preferible ignorar. No obstante, si se toma la molestia de leer el apéndice a la
monografía de Payne Knight encontrará que el verdadero sabbath era algo
muy diferente, aunque el escritor haya felizmente callado ciertos aspectos que
conocía muy bien. Los secretos del verdadero sabbath datan de tiempos muy
remotos, y sobrevivieron hasta la Edad Media. Son los secretos de una ciencia
maligna que existía muchísimo antes de que los arios entraran en Europa.
Hombres y muje