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DRACULA -- BRAM STOKER , CUENTOS DE MAUPASSANT Y DE SCIFI , TERROR , HEREJIAS , MITOS

Escrito por imagenes 28-08-2008 en General. Comentarios (17)

DRACULA -- BRAM STOKER , CUENTOS DE MAUPASSANT Y DE SCIFI , TERROR , HEREJIAS , MITOS Y DEMONIOS

DRACULA -- BRAM STOKER , CUENTOS DE MAUPASSANT Y DE SCIFI , TERROR , HEREJIAS , MITOS Y DEMONIOS

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DRACULA -- BRAM STOKER -- III PARTE
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DRACULA -- BRAM STOKER -- II PARTE
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DRACULA -- BRAM STOKER -- I PARTE
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H. P. LOVECRAFT -- CELEPHAIS
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MITOS -- CARL SAGAN - BRUJAS Y OVNIS
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MITO -- CARL SAGAN -- OVNIS Y DRAGONES
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LEYENDA DE SCIFI -- ISAAC ASIMOV -- EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO
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UNA LEYENDA ? -- HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO -- EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV
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MITOS Y LEYENDAS -- DEMONIOS E INFIERNO
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MITOS EGIPCIOS -- LOS PRINCIPALES DIOSES DE EGIPTO
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DISCURSION Nº 60 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- ANCIANOS Y NIÑOS
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DISCURSION Nº 61 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- LA HISTORIA UNIVERSAL A VUELO DE CUERVO
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DISCURSION Nº 62 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- VISITA A HITLER
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DISCURSION Nº 63 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- LA SUBLEBACION DE LOS DIOSES
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DISCURSION Nº 64 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- VIDA IGUAL A MUERTE
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DISCURSION Nº 65 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- EL NEOCOSMO
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SCIFI -- IMAGEN EN UN ESPEJO -- ISAAC ASIMOV
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SCIFI -- UNA PRINCESA DE MARTE -- EDGAR RICE BURROUGHS
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PROSTITUCION/VIRGINALIDAD -- LA CASA TELLIER -- GUY DE MAUPASSANT
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LA INFIDELIDAD -- EL TESTAMENTO -- GUY DE MAUPASSANT
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ELUCUBRACIONES SOBRE EL AMOR -- VANOS CONSEJOS -- GUY DE MAUPASSANT
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MISERIA CAMPESINA -- EL VAGABUNDO -- GUY DE MAUPASSANT
http://imagenesdeculto.blogspot.com/2008/08/miseria-campesina-el-vagabundo-guy-de.html



H. P. LOVECRAFT -- CELEPHAIS

Escrito por imagenes 26-08-2008 en General. Comentarios (0)

H. P. LOVECRAFT -- CELEPHAIS

CELEPHAÏS
H. P. Lovecraft


En un sueño Kuranes vio la ciudad del valle y la costa que había más allá, y el pico que dominaba el mar, y las galeras pintadas de alegres colores que zarpan desde el puerto rumbo a las distantes regiones donde el mar se junta con los cielos. También en un sueño consiguió el nombre de Kuranes, ya que durante la vigilia era llamado de forma distinta. Quizás le fue natural el soñar un nombre nuevo, ya que era el último de su estirpe y se hallaba solo entre las muchedumbres indiferentes de Londres, por lo que no había demasiados que pudieran hablar con él y recordarle quién había sido. Había perdido sus tierras y dineros, y no se preocupaba de los hábitos de la gente alrededor, ya que prefería soñar y plasmar tales sueños. Cuanto escribiera había despertado la hilaridad de aquellos a los que se lo había mostrado, y, por último, dejó de escribir. Cuanto más se retiraba del mundo inmediato, más maravillosos se volvían sus sueños, y hubiera sido casi inútil el intentar traspasarlos al papel. Kuranes no era un hombre moderno, y no tenía las miras de otros que también escriben. Mientras ellos pugnaban por despojar a la vida de las ornadas vestimentas del mito, Kuranes tan sólo aspiraba a la belleza. Cuando la verdad y la experiencia no se la mostraron, se volvió hacia la fantasía y la ilusión, hallándola en sus mismos umbrales, entre los nebulosos recuerdos de los cuentos de su niñez y entre los sueños.
No hay mucha gente que sepa cuántas maravillas se les abren en las historias y visiones de juventud, ya que cuando somos niños oímos y soñamos, albergamos ideas a medio cuajar, y cuando al hacernos hombres intentamos recordar, nos vemos estorbados y convertidos en seres prosaicos por el veneno de la vida. Pero algunos de nosotros nos despertamos en mitad de la noche entre extraños fantasmas de colinas y jardines encantados, de fuentes cantarinas al sol, de acantilados dorados a la vera de mares rumorosos, de llanuras abiertas en torno a somnolientas ciudades de bronce y piedra, de la severa compañía de héroes cabalgando blancos caballos engualdrapados junto a espesas selvas; y entonces sabremos que hemos vuelto los ojos a las puertas de marfil del mundo de prodigios que fuera nuestro antes de convertirnos en sabios e infelices.
Kuranes volvió de súbito al viejo mundo de la infancia. Había estado soñando con la casa donde naciera; el gran hogar de piedra cubierto por la hiedra, donde vivieran trece generaciones de antepasados, y donde hubiera ansiado morir. Lucía la luna, y él se había escabullido por la fragante noche veraniega; atravesó jardines, bajó terrazas, dejó atrás los grandes robles y recorrió el largo camino blanquecino hacia el pueblo. La villa parecía muy antigua, con sus límites tan reducidos como aquella luna que comenzaba a menguar, y Kuranes se preguntó si bajo los tejados picudos de las casitas se albergaría el sueño o la muerte. Las malas hierbas crecían en las calles, y los cristales de las ventanas a ambos lados se encontraban rotos o acechaban transparentes. Kuranes no se demoró, antes bien prosiguió trabajosamente, como al reclamo de alguna meta. No osó desobedecer su llamada por miedo a que se revelase como una ilusión similar a las necesidades y aspiraciones de la vigilia, que no conducen a destino alguno. Luego se sintió atraído hacia un callejón que salía del casco de la ciudad rumbo a los acantilados del canal y alcanzó el final de las cosas... el precipicio y el abismo donde el pueblo y el mundo entero se desplomaban abruptamente en una vacuidad sin sonidos de infinito, y donde el cielo por delante se hallaba a oscuras, despojado de la menguante luna o de las acechantes estrellas. La confianza le urgió a proseguir sobre el precipicio, en el abismo por donde descendió flotando, flotando, flotando; pasó oscuridad, incorporeidad, sueños no soñados, esferas débilmente iluminadas que podían ser sueños soñados a medias y burlones seres alados que parecían mofarse de los soñadores de todos los mundos. Entonces pareció abrirse una falla en la oscuridad de delante y vio la ciudad del valle, refulgiendo de forma radiante a lo lejos, lejos y abajo, con el trasfondo del mar y del cielo, y la montaña cubierta de nieves al pie de la orilla.
Kuranes se despertó en el mismo instante de vislumbrar la ciudad, aunque gracias a aquel fugaz vistazo supo que no se trataba sino de Celephaïs, en el valle de Ooth-Nargai, más allá de las colinas Tanarias, donde su espíritu morara durante toda la eternidad de una hora, una tarde de verano, mucho tiempo atrás, cuando se había escapado de su aya y había permitido que la cálida brisa marina le acunara hasta alcanzar el sueño mientras observaba las nubes desde los riscos próximos al pueblo. Entonces se había resistido, cuando lo encontraron, lo despertaron y lo llevaron de vuelta a casa, ya que justo al despertar había estado al borde de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductoras regiones donde el mar se reúne con el cielo. Y ahora
se sentía igualmente molesto de despertar, ya que había reencontrado su fabulosa ciudad tras cuarenta fatigosos años.
Pero Kuranes volvió a Celephaïs tres noches después. Como anteriormente, soñó al principio con el pueblo durmiente o muerto, y con el abismo por el que uno debía caer flotando en el silencio; luego apareció de nuevo el acantilado y pudo contemplar los resplandecientes minaretes de la ciudad, y vio las galeras llenas de gracia fondeadas en el puerto azul, y observó los gingkos de monte Aran meciéndose con la brisa marina. Pero esta vez no se vio bruscamente arrebatado y fue a posarse tan suavemente como un ser alado sobre una colina herbosa, hasta que al fin sus pies reposaron sin violencia sobre el césped. Había por fin regresado al valle de Ooth-Nargai y a la esplendorosa ciudad de Celephaïs.
Kuranes fue cuesta abajo entre hierbas aromáticas y flores brillantes, cruzó el burbujeante Naraxa por el puentecillo de madera sobre el que grabara su nombre tantos años atrás, y cruzó las susurrantes arboledas rumbo al gran puente de piedra que llevaba a las puertas de la ciudad. Todo seguía como antes; ni las murallas marmóreas se habían descolorido, ni se habían deslucido las estatuas de bronce que las coronaban. Y Kuranes vio que no debía temer que las cosas que conociera hubieran desaparecido, ya que incluso los centinelas de las murallas eran los mismos, y tan jóvenes como los recordaba. Al entrar en la ciudad, cruzando las puertas de bronce y pisando el pavimento de ónice, los mercaderes y los camelleros lo saludaban como si no se hubiera marchado jamás; y le ocurrió lo mismo en el templo de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes tocados de orquídeas le informaron de que el tiempo no existe en Ooth-Nargai, sino tan sólo juventud eterna. Entonces Kuranes fue por la calle de las Columnas hasta el muro marítimo, donde se reunían mercaderes y marineros, así como extrañas gentes llegadas de las regiones donde el mar se junta con el cielo. Allí
estuvo largo rato, oteando sobre el puerto brillante donde el oleaje centellea bajo un sol desconocido y donde se encuentran listas para zarpar las galeras de lugares lejanos. Y contempló también al monte Aran alzándose regiamente sobre la orilla, las suaves laderas verdes con sus árboles balanceándose y su cima blanca rozando las nubes.
Más que nunca, Kuranes sintió el anhelo de embarcar en una galera rumbo a los lejanos lugares sobre los que había oído contar tantas extrañas historias, y buscó de nuevo al capitán que había aceptado enrolarlo hacía tanto tiempo. Encontró a aquel hombre, Athib, sentado sobre el mismo cofre de especias que ocupara antaño, y Athib no parecía ser consciente de cuánto tiempo había transcurrido. Entonces los dos remaron hasta una galera del puerto y, dando órdenes a los remeros, comenzaron a bogar sobre el ondulante mar Cerenio que conduce hasta el cielo. Durante varios días se deslizaron sobre el mar agitado hasta alcanzar por fin el horizonte, donde el mar se reúne con el firmamento. Aquí la galera no llegó a detenerse, sino que fue flotando despacio por el azul celeste entre nubes de algodón teñidas de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes llegó a divisar extrañas tierras y ríos y ciudades de arrebatadora belleza, tendidas indolentes al resplandor de un sol que nunca parecía menguar o desaparecer. Al fin Athib le comunicó que el viaje estaba próximo a concluir, y que pronto arribarían al puerto de Serannian, la ciudad de mármol rojo de las nubes, que ha sido edificada en esa etérea costa donde el viento del poniente sopla por los cielos; pero cuando la más alta de las torres talladas de la ciudad apareció a la vista, se produjo un sonido en algún lugar y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres.
Durante muchos meses, Kuranes buscó en vano la maravillosa ciudad de Celephaïs y sus galeras celestiales; y aunque sus sueños le llevaron a multitud de lugares magníficos, nunca antes narrados, nadie de cuantos se cruzó fue capaz de indicarle cómo encontrar Ooth-Nargai, más allá de la colinas Tanarias. Una noche sobrevoló oscuras montañas donde ardían mortecinos y solitarios fuegos de campamento, a una gran distancia, y había extraños rebaños de seres velludos cuyos guías portaban resonantes campanillas; y en la parte más salvaje de aquel montañoso distrito, tan remoto que pocos hombres habían llegado a verlo, encontró un muro o calzada de piedra, de espantosa antigüedad, zigzagueando entre las cimas y los valles; demasiado grande incluso para haber sido construido por manos humanas, y de tal longitud que ninguno de sus extremos estaba a la vista. Más allá del muro, en el alba gris, llegó a una tierra de pintorescos jardines y cerezos, y al alzarse el sol pudo contemplar la belleza de flores rojas y blancas, follajes verdes y céspedes, caminos blancos, arroyos cristalinos, estanques azules, puentes tallados y pagodas de tejados rojos; y buscó a la gente de esa tierra, pero comprobó que allí no había nadie, fuera de pájaros, abejas y mariposas. Otra noche Kuranes se acercó a una escalera espiral de piedra, húmeda y sin fin, y llegó a una ventana de una torre que dominaba una gran llanura y un río a la luz de la luna llena, y en aquella silenciosa ciudad que se extendía por la orilla del río creyó columbrar algún rasgo o aspecto nunca antes visto. Hubiera bajado a preguntar por el camino a Ooth-Nargai de no ser por la temible aurora que se alzó sobre algún remoto lugar más allá del horizonte, mostrando las ruinas y la antigüedad de la ciudad, y el estancamiento del río enrojecido y la muerte enseñoreándose de esa tierra, tal y como sucediera desde que el rey Kynaratholis volviera de sus conquistas para arrostrar la venganza de los dioses.
Así que Kuranes buscó infructuosamente la maravillosa ciudad de Celephaïs y sus galeras que bogan hasta Seranman a través de los cielos, presenciando mientras tanto multitud de maravillas y escapando en una ocasión por los pelos del sumo sacerdote que no puede ser descrito, aquel que porta una máscara de seda amarilla sobre el rostro y mora solitario en un prehistórico monasterio de piedra en la fría meseta desértica de Leng. Según crecía su impaciencia durante los pocos acogedores intervalos de vigilia, comenzó a comprar drogas para prolongar sus periodos de sueño. El hachís resultó de gran ayuda, y una vez lo condujo hasta una parte del espacio donde no existen formas, pero donde gases resplandecientes estudian los secretos de la existencia. Y un gas violeta le dijo que esa parte del espacio se encontraba más allá de lo que se conoce como infinito. El gas no había oído hablar anteriormente de planetas u organismos, pero identificó sin dificultad a Kuranes como alguien procedente de ese infinito donde existen materia, energía y gravitación. Kuranes se sentía ahora sumamente ansioso de volver a esa Celephaïs salpicada de minaretes y aumentó sus dosis de drogas, pero finalmente se le acabó el dinero y ya no pudo comprar más. Entonces, un día de verano lo desahuciaron de su buhardilla y vagabundeó indefenso por las calles, pasando por un puente hasta un sitio donde las casas resultaban cada vez más míseras. Y entonces llegó la culminación, y se encontró con el cortejo de caballeros llegados de Celephaïs para llevarlo allí por siempre.
Apuestos caballeros eran, a horcajadas sobre caballos ruanos y revestidos de brillantes armaduras y tabardos de curiosos blasones. Resultaban tan numerosos que Kuranes estuvo a punto de confundirlos con un ejército, pero su jefe le informó de que habían sido enviados en su honor, ya que era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, por lo que sería nombrado su dios supremo para siempre. Entonces brindó un caballo a Kuranes y lo emplazaron a la cabeza de la comitiva, y todos cabalgaron majestuosamente por las calles de Surrey camino de la región donde Kuranes y sus antepasados nacieran. Era algo muy extraño, ya que cada vez que pasaban por un pueblo a la luz del crepúsculo tan sólo veían las casas y pueblos que Chaucer y gentes aún anteriores podían haber contemplado, y a veces veían a caballeros en sus monturas, acompañados de pequeñas compañías de secuaces. Al caer la noche viajaron más ligeros, hasta que pronto parecieron volar de forma asombrosa por los aires. Con la débil alborada llegaron al pueblo que Kuranes viera vivo durante su infancia y que ahora estaba dormido o muerto en sus sueños. Ahora vivía, y los pueblerinos más madrugadores les hicieron reverencias mientras los jinetes cruzaban ruidosamente las calles y torcían por el callejón que iba a parar al abismo del sueño. Previamente, Kuranes había entrado en tal abismo sólo de noche, y se preguntaba por su aspecto durante el día; así que oteó ansioso mientras la columna se aproximaba al borde. Cuando galopaban por la pendiente hacia el precipicio, un fulgor dorado se alzó en alguna parte del oriente y cubrió todo el paisaje de resplandecientes ropajes. El abismo se mostraba ahora como un caos hirviente de esplendores rosados y cerúleos, y unas voces invisibles cantaban exultantes mientras el séquito de caballeros rebasaba el borde y flotaba graciosamente a través de las nubes resplandecientes y los fulgores plateados. Los jinetes flotaron sin fin, sus monturas hollando el éter como si galoparan sobre arenas doradas, y luego los vapores luminosos se abrieron para desvelar una luz aún mayor, el brillo de la ciudad de Celephaïs y de la ribera de más allá, y el pico nevado que dominaba el mar, y las galeras alegremente pintadas que zarpan rumbo a las lejanas regiones donde se juntan el mar y el cielo.
Y Kuranes reinó desde entonces en Ooth-Nargai y todas las regiones cercanas del sueño, y estableció alternativamente su corte entre Celephaïs y la Serannian, la ciudad de las nubes. Aún reina allí, y reinará feliz por siempre, aunque bajo los acantilados las mareas del canal agitaban burlonas el cuerpo de un vagabundo que pasara dando traspiés por el pueblo medio desierto al alba; jugueteaban burlonas y lo zaherían contra las piedras bajo Trevor Tower, cubierta de hiedra, donde un fabricante de cerveza particularmente paleto disfrutaba de una atmósfera comprada de extinta nobleza.

LEYENDA DE SCIFI -- ISAAC ASIMOV -- EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO

Escrito por imagenes 26-08-2008 en General. Comentarios (0)

LEYENDA DE SCIFI -- ISAAC ASIMOV -- EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO

Asimov, Isaac - EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO
SCIFI

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EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO

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Jonathan Quell abrió de un manotazo la puerta sobre la que estaba escrito «Administrador
General» y entró corriendo en el despacho. Sus ojos parpadeaban a toda velocidad detrás de los
cristales de sus gafas, y su expresión indicaba claramente lo preocupado que estaba.
-¡Mire esto, jefe! -Jadeó después de colocar sobre el escritorio un papel doblado por la mitad.
Sam Tobe se pasó el puro de una comisura de la boca a la otra y clavó los ojos en el papel.
Después se llevó una mano a la barbilla, se la frotó y la aspereza de los pelos le recordó que no se
había afeitado.
-¡Por todos los infiernos! -exclamó-. ¿De qué demonios están hablando?
-Dicen que enviamos cinco robots AL -le explicó Quell, aunque el mensaje de la hoja no
necesitaba ninguna aclaración.
-Enviamos seis -dijo Tobe.
-¡Por supuesto, señor! Pero al otro lado sólo recibieron cinco. Nos han enviado los números de
serie, y falta el AL-76.
Tobe echó su silla hacia atrás mientras alzaba su enorme masa y cruzó el umbral del despacho
moviéndose tan deprisa como si tuviera un par de ruedas bien engrasadas en vez de pies. Cinco
horas después -toda la planta estaba patas arriba, desde las salas de juntas hasta la cámara de
vacío; y cada uno de sus doscientos empleados había sido sometido a un demoledor tercer grado-
un sudoroso y desmelenado Tobe envió un mensaje urgente a la planta central de Schenectady.
Y algo muy parecido al pánico se adueñó de la planta central. Por primera vez en toda la historia
de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos un robot andaba suelto.
Lo más grave no era que la ley prohibiese la presencia de ningún robot en la Tierra fuera de las
fábricas de la empresa que contaban con licencia gubernamental para ello. Las leyes siempre
pueden ser quebrantadas. Lo realmente grave era otra cosa, y un matemático del departamento de investigación se encargó de expresarlo con toda claridad.
-Ese robot fue creado para conducir un disinto en la Luna -había dicho ese matemático-. Su
cerebro positrónico fue concebido para funcionar en el entorno lunar y únicamente allí. En la
Tierra va a recibir unos cuantos muchillones de impresiones sensoriales para las que nunca ha
sido preparado. No hay forma humana de predecir cuáles serán sus reacciones. ¡No tenemos ni
idea de lo que puede hacer!
El matemático se pasó el dorso de la mano por la frente, y descubrió que la tenía cubierta de
sudor.
Al cabo de una hora un estratoplano partía hacia la planta de Virginia. Las instrucciones eran
muy sencillas: «¡Encontrad ese robot, y deprisa!».
AL-76 estaba muy confuso. De hecho, en aquellos momentos lo único que había en su delicado
cerebro positrónico era confusión y aturdimiento. Había empezado a sentirse así cuando
descubrió que se hallaba en un entorno muy extraño. No tenía ni idea de cómo había ido a parar
allí, y nada era como debería ser.
Había algo verde debajo de sus pies, y se encontraba rodeado por unos extraños cilindros
amarronados con más verde en su parte superior. El cielo tendría que haber sido negro, pero era
azul. El sol redondo, amarillo y caliente era irreprochable, pero... ¿Dónde estaba la piedra pómez
que habría tenido que estar pisando, y adónde habían ido a parar los inmensos cráteres que
tendrían que estar formando círculos de crestas montañosas a su alrededor?
Lo único que podía ver era el verde debajo y el azul encima. Los sonidos que lo rodeaban le
resultaban totalmente desconocidos. Había atravesado una corriente de agua que le llegaba hasta
la cintura. El agua era de color azul, estaba fría y mojaba; y cuando se había cruzado con seres
humanos -lo que había ocurrido de vez en cuando-, ninguno de ellos llevaba puesto el traje
especial que debería haber estado utilizando. Y, aparte de eso, todos los humanos que le habían
visto gritaron y echaron a correr.
Un hombre le había apuntado con una pistola y la bala había pasado silbando muy cerca de su
cabeza, después de lo cual el hombre también había huido a la carrera.
AL-76 no tenía ni la menor idea del tiempo que llevaba vagando sin rumbo cuando tropezó con la
cabaña de Randolph Payne. La cabaña estaba rodeada de bosque y se encontraba a tres kilómetros
de la ciudad de Hannaford, y Randolph Payne -un destornillador en una mano, una pipa en la otra
y una aspiradora abollada entre las rodillas-, estaba sentado delante de la puerta con las piernas
cruzadas.
Payne estaba canturreando. Era un hombre de natural alegre y predispuesto a la felicidad...,
cuando se encontraba en su cabaña. Poseía una vivienda más respetable en Hannaford, pero esa
vivienda casi siempre estaba ocupada por su esposa, cosa que Payne lamentaba en silencio pero
muy sinceramente; y quizá por eso experimentaba una sensación de alivio y libertad tan intensa
cada vez que conseguía retirarse a su «perrera de lujo especial» para poder fumar en paz y
dedicarse a su gran afición, reparar electrodomésticos.
Reparar electrodomésticos le encantaba, pero a veces alguien le traía una radio o un despertador y
el dinero que Payne cobraba por hurgar en sus entrañas era el único del que podía disponer sin
que pasara antes por el cedazo de las ávidas manos de su esposa.
Por ejemplo, aquella aspiradora seguramente le proporcionaría seis billetes.
Pensar en el dinero hizo que Payne se pusiera a cantar, pero cuando alzó la mirada sintió que su
frente se cubría de un sudor frío. La canción murió en sus labios, sus ojos se desorbitaron y el
sudor se volvió aún más frío. Payne intentó ponerse en pie como acto preliminar a salir corriendo
tan deprisa como si le persiguiera el diablo, pero no logró convencer a sus piernas de que debían
cooperar.
Y su parálisis duró el tiempo suficiente para que AL-76 se sentara delante de él.
-Oiga, ¿puede explicarme por qué todos los otros humanos han echado a correr cuando me
vieron? -le preguntó.
Payne sabía por qué lo habían hecho, pero como explicación el gorgoteo que brotó de su
diafragma no era gran cosa.
-Uno de ellos incluso me disparó -siguió diciendo AL-76 con tono ofendido mientras Payne
intentaba aumentar la distancia que le separaba del robot echándose hacia atrás-. Unos
centímetros más abajo y la bala me habría rayado el hombro.
-De-debió de ser al-algún loco -tartamudeó Payne.
-Es posible. -El robot bajó la voz y adoptó el tono de quien se dispone a hacer una confidencia-.
Oiga, ¿tiene idea de por qué todo está mal?
Payne se apresuró a mirar a su alrededor. El tono afable del robot le sorprendía, especialmente
porque su apariencia no podía ser más pesada y brutalmente metálica; aunque Payne recordaba
haber oído que los cerebros de los robots estaban diseñados de tal forma que eran incapaces de
hacer ningún daño a los seres humanos, y eso hizo que se relajara un poco.
-Pero si todo es normal.
-¿De veras? -AL-76 le lanzó una mirada acusadora-. Incluso ustedes, los humanos... ¿Dónde está
su traje espacial?
-Nunca he tenido un traje espacial.
-¿Y entonces por qué no están todos muertos?
Payne tardó unos momentos en ser capaz de responder.
-Bueno... No lo sé.
-¡Ajá! -exclamó el robot en tono triunfal-. Todo está mal, ya se lo he dicho. ¿Dónde está el Monte
Copérnico? ¿Dónde está la Estación Lunar 17? ¿Y dónde está mi disinto? Quiero empezar a
trabajar lo más pronto posible. He de hacerlo, ¿comprende? -Parecía un poco inquieto, y cuando
siguió hablando Payne se dio cuenta de que le temblaba la voz-. Llevo horas dando vueltas y más
vueltas intentando encontrar a alguien que me diga dónde está mi disinto, pero todos los humanos
que me ven echan a correr. A estas alturas ya debo ir muy retrasado, y el jefe de sección estará
echando chispas. Me he metido en un buen lío, créame.
La mente de Payne empezó a salir del torbellino emocional en el que había quedado atrapada.
-0iga, ¿como se llama? -preguntó.
-Mi número de serie es AL-76.
-De acuerdo, me basta con Al. Bien, Al, si anda buscando la Estación Lunar 17... Eso está en la
Luna, ¿no?
AL-76 asintió enérgicamente con la cabeza.
-Por supuesto que está en la Luna, pero ya llevo mucho rato buscándola y...
-Está en la Luna, sí, pero esto no es la Luna.
Esta vez fue AL-76 quien se quedó desconcertado. El robot contempló en silencio a Payne
durante unos momentos, y pareció pensar en lo que acababa de oír.
-¿Qué quiere decir con lo de que esto no es la Luna? -murmuró-. Pues claro que es la Luna.
Porque si no lo es... Bueno, ¿entonces qué es? ¿Eh? Venga, respóndame.
Payne emitió un sonido muy curioso y respiró pesadamente. Después extendió un dedo hacia el
robot y lo movió de un lado a otro.
-Mire... -empezó a decir, y entonces tuvo la idea más brillante del siglo, tan brillante que no pudo
seguir hablando y tuvo que conformarse con añadir un «¡Uf!» ahogado.
AL-76 lo recriminó con la mirada.
-Eso no es una respuesta. Creo que si le hablo con educación y le hago una pregunta tengo
derecho a que me responda con educación, ¿no?
Payne se encontraba tan ocupado asombrándose de su propia inteligencia que no escuchó ni una
palabra. Bueno, estaba más claro que el agua, ¿no? Aquel robot había sido construido para
trabajar en la Luna y fuera por la razón que fuese se había extraviado y había ido a parar a la
Tierra. Su cerebro positrónico había sido programado para un entorno lunar y el entorno terrestre
no tenía ningún sentido para él, por lo que resultaba lógico que estuviera totalmente
desconcertado.
Bien, si conseguía mantener al robot allí hasta que pudiera ponerse en contacto con la fábrica de
Petersboro... Bueno, los robots eran muy valiosos, ¿no? Payne había oído comentar que el
modelo más barato costaba 5o.ooo dólares, y algunos de ellos llegaban a costar millones de
dólares. «¡Piensa en la recompensa! -se dijo-. Oh, chico, chico... ¡Piensa en la recompensa!» Y
todo ese dinero sería para él, todo hasta el último centavo... Las codiciosas manos de Mirandy no
verían ni una sola moneda. ¡Oh, no, ni una sola!
Payne se puso en pie.
-Al, ¡tú y yo vamos a llevarnos muy bien! -exclamó-. ¡Vamos a ser grandes amigos! Te quiero
como si fueras un hermano. -Le ofreció una mano-. ¡Venga, chócala!
El robot envolvió la mano que se le ofrecía con una garra metálica y ejerció una presión casi
imperceptible sobre ella. No entendía nada de lo que ¡e estaba ocurriendo.
- ¿Significa eso que va a decirme cómo puedo llegar a la Estación Lunar 17?
-Eh... No, no exactamente. De hecho, me caes tan bien que quiero que te quedes conmigo durante
algún tiempo.
-Oh, no. No puedo hacer eso. He de ir a trabajar. -AL-76 meneó la cabeza-. Oiga, si tuviera una
cuota de trabajo que efectuar, ¿le gustaría irse retrasando hora a hora, minuto a minuto ... ? No,
quiero trabajar. He de trabajar.
Payne pensó que sobre gustos no hay nada escrito.
-De acuerdo, de acuerdo. Voy a explicarte una cosa, y te la voy a explicar porque tienes cara de
ser muy inteligente. He recibido
órdenes de tu jefe de sección, y me ha dicho que quiere que te quedes aquí un tiempo. De hecho,
quiere que te quedes aquí hasta que envíe a alguien a buscarte.
-¿Para qué? -preguntó AL-76 con cierta suspicacia.
-No puedo decírtelo. Asuntos del gobierno... Alto secreto, ya sabes.
Payne rezó para que el robot se lo tragara. Sabía que algunos robots eran muy listos, pero aquél
tenía el aspecto de ser un modelo bastante primitivo.
Y mientras Payne rezaba AL-76 meditaba. El cerebro del robot había sido programado para
manejar un disinto en la Luna, por lo que el pensamiento abstracto no era su fuerte y, además,
desde que se había extraviado AL-76 tenía la impresión de que sus procesos mentales se estaban
haciendo cada vez más erráticos y extraños, como si aquel entorno desconocido estuviera
empezando a afectarle.
Teniendo en cuenta todo eso, puede considerarse que su siguiente pregunta fue un auténtico
prodigio de astucia.
-¿Cómo se llama mi jefe de sección? -preguntó.
Payne tragó saliva y se devanó los sesos.
-Al -dijo con voz casi inaudible-, tus sospechas me ofenden y me hieren. No puedo decírtelo. Los
árboles tienen oídos.
AL-76 volvió la cabeza hacia el árbol que tenía al lado y lo inspeccionó.
-No es cierto -dijo con voz impasible.
-Ya lo sé. Lo que quería decir es que siempre hay espías por todas partes.
-¿Espías?
-Sí, ya sabes... Humanos malvados que quieren destruir la Estación Lunar 17.
-¿Por qué?
-Porque son unos malvados. Y también quieren acabar contigo, y por eso tienes que quedarte aquí
durante un tiempo para que no puedan encontrarte.
-Pero... Pero he de encontrar mi disinto. He de cumplir con la cuota de trabajo que me han
asignado.
-Lo encontrarás y cumplirás con tu cuota de trabajo -se apresuró a prometerle Payne maldiciendo
entusiásticamente en su fuero interno aquel obtuso cerebro de robot que sólo parecía capaz de
pensar en su cuota de trabajo-. Mañana te enviarán uno. Sí, eso... Mañana mismo tendrás tu
disinto.
Eso le proporcionaría tiempo más que suficiente para ponerse en contacto con la fábrica y hacerse
con un precioso montoncito de billetes de cien dólares.
Pero AL-76 sólo tenía una defensa que oponer a la inquietante presión que ese mundo extraño
que le rodeaba ejercía sobre sus procesos mentales, y la defensa consistía en la tozudez.
-No -dijo-. He de conseguir mi disinto ahora. -Tensó sus articulaciones, y se levantó tan deprisa
que pareció saltar más que incorporarse-. Será mejor que siga buscándolo.
Payne se apresuró a ponerse en pie y sus manos se cerraron sobre el frío y duro metal de un codo.
-Escucha, Al, tienes que quedarte conmigo -dijo.
Y algo hizo clic en la mente del robot. Toda la extrañeza del entorno se concentró en una masa
que reventó de repente. La explosión silenciosa se fue difundiendo por todo el cerebro
positrónico, y cuando se esfumó dejó detrás de ella un cerebro que funcionaba con una eficiencia
asombrosamente aumentada. AL-76 se volvió hacia Payne.
-Le diré lo que vamos a hacer. Puedo construir un disinto aquí mismo.... y cuando lo haya
construido empezaré a utilizarlo.
Payne contempló al robot con expresión dubitativa.
-No creo que sea capaz de construirte un... un disinto -dijo mientras se preguntaba si serviría de
algo fingir que sí podía.
-No se preocupe. -AL-76 casi podía sentir cómo los senderos positrónicos de su cerebro se
alteraban para adaptarse a nuevas pautas, y experimentó una extraña excitación-. Yo puedo
construir uno. -Volvió la cabeza hacia la «perrera de lujo» de Payne-. Dispone de todo el material
que necesito.
Randolph Payne contempló la acumulación de trastos que había dentro de su cabaña: radios
despanzurradas, la parte inferior de una nevera, motores de coche oxidados, una estufa de gas
averiada, varios kilómetros de cables que se retorcían en todas direcciones y muchas cosas más
que, sumadas, componían unas cincuenta toneladas de masa metálica tan vieja y heterogénea que
ni un chatarrero la habría querido.
-¿Tú crees? -preguntó con un hilo de voz.
Dos horas más tarde ocurrieron dos cosas casi simultáneamente. La primera fue que Sam Tobe,
de la filial de Petersboro de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos,
recibió una llamada videofónica de un tal Randolph Payne, de Hannaford. Payne empezó a
hablarle del robot desaparecido, Tobe lanzó un gruñido, cortó la comunicación y ordenó que en lo
sucesivo todas las llamadas relativas a ese asunto fueran pasadas al sexto vicepresidente del
departamento de pelmazos.
Aunque pueda parecerlo, la reacción de Tobe era lógica y explicable. El robot AL-76 había
desaparecido sin dejar rastro, pero durante la última semana la fábrica había recibido llamadas de
todos los Estados Unidos referentes a los movimientos del robot; y Tobe aún recordaba el día en
que hubo catorce llamadas..., procedentes de catorce estados distintos.
Tobe estaba hartísimo y, en realidad, le faltaba muy poco para perder los estribos. Se había
llegado a hablar de una investigación del Congreso, a pesar de que todos los roboticistas, físicos y
matemáticos de mayor reputación del planeta habían coincidido en jurar que el robot era
totalmente inofensivo.
Dado su estado mental, no resulta sorprendente que el administrador general de la fábrica tardara
tres horas en preguntarse cómo era posible que el tal Randolph Payne supiera que el robot estaba
destinado a la Estación Lunar 17 Y, sobre todo, cómo podía saber que el número de serie del
robot era AL-76, ya que la empresa no había divulgado esos detalles.
Tobe siguió pensando en todo aquello durante minuto y medio, y después se puso en acción.
El segundo acontecimiento se produjo durante el período de tres horas transcurrido entre la
llamada y el que Tobe se pusiera en acción. Unos segundos después de que le cortara la
comunicación Randolph Payne ya había repasado todos los posibles motivos que podían explicar
la brusca interrupción de su llamada, había llegado a la conclusión correcta -el administrador de
la fábrica no había creído ni una sola palabra y le había colgado-, y había vuelto a su cabaña con
una cámara. Una foto sería una prueba indiscutible, y Payne no estaba dispuesto a dejarles ver la
mercancía hasta que soltaran el dinero.
AL-76 estaba muy ocupado. La mitad del contenido de la cabaña de Payne se hallaba esparcido a
lo largo y ancho de cinco hectáreas de terreno, y el robot estaba agachado en el centro de aquella
confusión metálica trasteando con piezas de radios, planchas de hierro, hilo de cobre y otros
muchos objetos de lo más diverso. AL-76 no prestó ninguna atención a Payne, y éste se apresuró
a tumbarse en el suelo y enfocó su cámara para obtener una foto lo más nítida posible.
Y justo en aquel momento Lemuel Oliver Cooper apareció por un recodo de la carretera, y lo que
vio hizo que se quedara paralizado. La razón de su presencia allí era que su tostadora de pan
había adquirido la molesta costumbre de lanzar las rebanadas al aire igual que si fueran cohetes
en vez de tostarlas, como era su obligación. La razón de que saliera por piernas no podía ser más
obvia. No hubo testigos de su huida, pero en el improbable supuesto de que el azar hubiera traído
hasta allí al entrenador de un equipo de atletismo éste habría enarcado las cejas y habría hecho
todo lo posible por ficharle.
Cooper apenas disminuyó la velocidad hasta entrar en tromba en la oficina del sheriff Saunders y
apoyarse jadeante en una pared.
Su sombrero y su tostadora habían quedado olvidados en algún punto del trayecto.
Unas manos compasivas lo sostuvieron. Cooper hizo esfuerzos desesperados para hablar durante
el medio minuto que tardó en calmarse lo suficiente como para intentar recuperar el aliento... Y)
naturalmente, no consiguió hacer ninguna de las dos cosas.
Le dieron a beber un poco de whisky y le abanicaron, pero a pesar de todos sus esfuerzos tardó
unos minutos en recuperar el habla.
-Monstruo... -balbuceó cuando por fin consiguió hablar-. Dos metros de alto... Cabaña
destrozada... Pobre Randolph Payne...
Etcétera, etcétera.
Fueron sacándole toda la historia poco a poco. Al parecer había un monstruo metálico de dos
metros o quizá dos metros y medio de altura junto a la cabaña de Payne. Randolph Payne estaba
tendido boca abajo en el suelo -«su cadáver estaba cubierto de sangre y horriblemente
destrozado»-; el monstruo estaba absorto destrozando concienzudamente lo que quedaba de la
cabaña, pero dejó de hacerlo para volverse hacia Lemuel Oliver Cooper, y éste consiguió escapar
por los pelos.
El sheriff Saunders se llevó las manos al cinturón y tiró de él tensándolo alrededor de su
prominente barriga.
-Debe de ser ese hombre máquina que se escapó de la fábrica de Petersboro -dijo-. Recibimos el
aviso el sábado pasado. Eh, Jake, reúne a toda la gente del condado de Hannaford que sepa
disparar y reparte placas de ayudante de sheriff entre ellos. Quiero que estén aquí al mediodía.
Ah, y antes de hacer eso arréglatelas para dejarte caer por casa de la viuda Payne y le das la
noticia de la forma más diplomática que se te ocurra, ¿de acuerdo?
Posteriormente se rumoreó que en cuanto hubo recibido la noticia de lo ocurrido Miranda Payne
se apresuró a comprobar que la póliza del seguro de vida de su esposo estaba a buen recaudo,
emitió unos breves comentarios irritados lamentando que su estupidez le hubiera impedido doblar
el importe de la póliza a pesar de que ella se lo había sugerido muchísimas veces y, finalmente, se
comportó como se espera de cualquier viuda que se respete y prorrumpió en un llanto que partía
el corazón.
Unas cuantas horas más tarde Randolph Payne -quien seguía sin estar al corriente de que todo el
mundo le creía muerto después de haber sufrido horribles mutilaciones-, contempló los negativos
de sus instantáneas con expresión satisfecha. Como serie de retratos de un robot en plena faena
eran irreprochables, y no dejaban absolutamente nada a la imaginación. Las fotos podrían haber
sido exhibidas en cualquier galería de arte, y Payne casi podía ver los letreritos que habría debajo
de cada una: «Robot contemplando una válvula de vacio con expresión pensativa», «Robot
empalmando dos cables», «Robot manejando un destornillador», «Robot despedazando
violentamente una nevera», etcétera.
Ahora sólo le faltaba el trabajo rutinario de hacer las copias. Payne salió de detrás de la cortina de
su improvisado cuarto oscuro, y decidió fumarse una pipa y charlar un rato con AL-76.
Por suerte mientras hacía todo aquello no tenía ni idea de que los bosques vecinos hervían de
granjeros nerviosísimos armados con lo primero que habían encontrado, desde un trabuco que
podía considerarse como una reliquia de la época de las colonias hasta la ametralladora del
sheriff; y tampoco tenía ni idea de que media docena de roboticistas con Sam Tobe al frente iban
a más de doscientos kilómetros por hora por la carretera de Petersboro con el único propósito de
tener el placer y el honor de conocerle.
Los acontecimientos se iban encadenando y volaban hacia un clímax que no tardaría en llegar y,
mientras lo hacían, Randolph Payne lanzó un largo suspiro de satisfacción, encendió un fósforo
rascándolo en el fondillo de sus pantalones, dio unas cuantas chupadas a su pipa y observó a AL-
76 con una sonrisa en los labios.
El hecho de que el robot era algo más que una simple máquina enloquecida resultaba indudable
desde hacía un buen rato. Randolph Payne era todo un experto en chapuzas caseras, y había
llegado a construir unos cuantos artilugios que habrían hecho saltar de las órbitas los ojos de
todos sus vecinos de habérsele ocurrido exhibirlos; pero nunca había concebido nada que se
aproximara ni de lejos a la monstruosidad que AL-76 estaba creando.
Hasta el más eximio inventor autodidacta habría muerto entre convulsiones de envidia nada más
verlo, y si hubiese vivido lo suficiente para echarle una mirada Picasso habría abandonado el arte
con el amargo convencimiento de que había sido vergonzosamente superado. Aquel cacharro
parecía capaz de agriar la leche en las ubres de todas las vacas en un kilómetro a la redonda.
¡Era francamente horrible!
Una gigantesca base de hierro oxidado que apenas recordaba algo que Payne creía haber visto
unido a un tractor viejo sostenía un enloquecido e informe amasijo de cables, ruedas, válvulas y
horrores sin nombre y sin número que parecía haber sido concebido por una mente empapada en
alcohol, y el conjunto se hallaba rematado por un megáfono de aspecto decididamente siniestro.
Payne sintió el deseo de meter la cabeza en el interior del megáfono y echar una ojeada, pero se
contuvo. Había visto artefactos de aspecto mucho más normal que habían estallado con repentina violencia. -Eh, Al -dijo.
El robot estaba boca abajo en el suelo añadiendo una delgada lámina de metal plateado al
artefacto, pero alzó la mirada hacia Payne en cuanto le oyó.
-¿Qué desea, Payne? -¿Qué es esto?
Payne formuló la pregunta en el mismo tono de voz que habría empleado si estuviera
contemplando algo francamente asqueroso en pleno proceso de putrefacción colgado entre dos
palos de tres metros de altura.
-Es el disinto que estoy construyendo para poder empezar a trabajar. Es una mejora del modelo
estándar.
El robot se puso en pie, se sacudió el polvo de las rodillas con una aparatosa serie de crujidos
metálicos y contempló su obra con orgullo.
Payne se estremeció. «¡Una mejora del ... !» Bueno, no le extrañaba que mantuvieran el original
oculto en las cavernas de la Luna. ¡Ah, nuestro pobre y querido satélite! Payne siempre había
querido saber si podía existir algo peor que la muerte. Bien, ahora ya lo sabía.
-¿Y funcionará? -preguntó. -Por supuesto. -¿Cómo lo sabes?
-Tiene que funcionar. Lo he hecho yo, ¿no? Ahora sólo me falta una cosa... ¿Tiene una linterna?
-Supongo que habrá una en algún sitio.
Payne desapareció en el interior de la cabaña y emergió de él casi inmediatamente.
El robot desatornilló un extremo de la linterna y trabajó frenéticamente durante cinco minutos.
-Listo -dijo retrocediendo un paso-. Ahora podré empezar a trabajar. Si quiere puede quedarse a
mirar.
Hubo un silencio durante el que Payne intentó apreciar como se merecía aquella oferta tan
magnánima. -¿Es seguro? -Hasta un bebé podría manejarlo.
-¡Oh! -Payne esbozó una débil sonrisa y se apresuró a refugiarse detrás del árbol más grueso que había en las inmediaciones-. Adelante -dijo-. Confío plenamente en ti.
AL-76 extendió una mano metálica y señaló la pesadillesca montaña de chatarra.
-¡Observe! -dijo.
Sus manos empezaron a moverse velozmente y...
Los granjeros del condado de Hannaford, Virginia, se desplegaron en formación de combate y
avanzaron hacia la cabaña de Payne estrechando lentamente el cerco, y se fueron arrastrando de
un árbol a otro mientras la sangre de sus heroicos antepasados hervía en sus venas y el vello de
sus nucas intentaba despegarse de la piel.
El sheriff Sanders les dio instrucciones.
-Disparad cuando yo dé la señal..., y apuntad a los ojos.
Jacob Linker («Flaco» Jake para sus amigos, y ayudante del sheriff para sí mismo) se le acercó.
-¿No cree que ese hombre máquina quizá se haya ido?
Linker había intentado ocultarlo, pero no pudo impedir que el matiz de esperanza resultara
claramente audible en su voz.
-No -gruñó el sheriff-, me temo que sigue allí. Si se hubiera ido nos habríamos tropezado con él
cuando avanzábamos por entre los árboles, y no le hemos visto.
-Pero todo parece tan espantosamente tranquilo... Y tengo la impresión de que ya estamos muy
cerca de la cabaña de Payne.
No hacía falta que se lo recordaran. El nudo que se había formado en la garganta del sheriff
Saunders era tan descomunal que le obligó a tragar saliva tres veces para hacerlo desaparecer.
-Vuelve a tu puesto -ordenó-, y mantén el dedo sobre el gatillo.
Ya habían llegado al borde del claro. El sheriff Saunders cerró los ojos y movió la cabeza hasta
que el rabillo de uno de ellos asomó por detrás del árbol que estaba usando como refugio. No vio
nada. El sheriff Saunders se quedó inmóvil durante unos momentos y volvió a intentarlo, esta vez abriendo los ojos.
Los resultados fueron mucho más satisfactorios, naturalmente.
El sheriff Saunders vio a un voluminoso hombre máquina vuelto de espaldas a él inclinado sobre
un artefacto tan horrible que te helaba la sangre y te dejaba sin aliento, una máquina espantosa de origen dudoso y finalidad aún más dudosa. Lo único que no vio fue la temblorosa silueta de
Randolph Payne abrazada a un árbol cercano que se encontraba al noroeste del suyo.
El sheriff Saunders salió al claro y alzó su ametralladora. El robot seguía dándole la espalda.
-¡Observe! -dijo AL-76 dirigiéndose a una persona o personas invisibles.
Y un dedo de una mano metálica pulsó un botón justo cuando el sheriff abría la boca
disponiéndose a dar la orden de disparar.
Lo que ocurrió a continuación fue presenciado por setenta testigos, pero a pesar de ello no
contamos con ninguna descripción. Durante los días, meses y años siguientes ni una sola de esas
setenta personas dijo una sola palabra sobre lo que ocurrió durante los segundos que siguieron al
momento en que el sheriff abrió la boca para dar la orden de disparar. Cuando se las interrogaba
al respecto se limitaban a ponerse de un color verde manzana y se alejaban con paso tambaleante.
A pesar de ello, las pruebas circunstanciales permiten deducir que lo que ocurrió fue, más o
menos, esto.
El sheriff Saunders abrió la boca y AL-76 pulsó un botón. El disinto empezó a funcionar y setenta
y cinco árboles, dos granjas, tres vacas y tres cuartas partes de la cima de la colina Duckbill se
desvanecieron dejando tras de sí una atmósfera bastante enrarecida por el polvo. Si se quiere
expresar de una forma más poética, todos esos objetos y seres vivos fueron a parar al sitio en el
que acaban las nieves del año pasado.
La boca del sheriff Saunders siguió abierta durante un período de tiempo imposible de calcular,
pero ni la orden de disparar ni ningún otro sonido brotó de ella. Y entonces...
Y entonces el aire empezó a vibrar, se oyó una especie de rugido ensordecedor y una serie de
zigzags de un vago color purpúreo cruzaron velozmente la atmósfera con la cabaña de Randolph
Payne como origen, y los granjeros que componían aquel ejército improvisado desaparecieron sin
dejar ni rastro.
Oh, sí, después se encontraron varias armas esparcidas por los alrededores -la metralleta modelo
niquelado especial con garantía de tiro ultra-rápido e imposibilidad de encasquillarse del sheriff
entre ellas-, una cincuentena de sombreros, unos cuantos puros y cigarrillos a medio fumar y
algunos otros objetos perdidos aquí y allá.... pero no quedó ni un solo cuerpo humano.
Salvo «Flaco» Jake, ninguno de esos cuerpos volvió a aparecer ante la raza humana hasta que
hubieron pasado tres días, y en el caso de Jake la excepción hay que buscarla en que su huida -tan
veloz que habría ruborizado a un cometa-, fue detenida por la media docena de hombres de la
fábrica de Petersboro que iban avanzando por el bosque a paso de carga moviéndose casi tan
deprisa como él.
Para ser exactos, la cabeza de «Flaco» Jake fue detenida por el estómago de Sam Tobe.
-¿Dónde está la cabaña de Randolph Payne? -preguntó Tobe en cuanto hubo conseguido
recuperar el aliento.
«Flaco» Jake permitió que sus ojos perdieran su brillo vidrioso durante unos segundos.
-Hermano, te aconsejo que te limites a seguir la dirección opuesta a la mía -replicó.
Y se esfumó como por arte de magia. Unos segundos después ya era un puntito cada vez más
pequeño que se alejaba hacia el horizonte moviéndose velozmente por entre los árboles. El
puntito quizá fuera «Flaco» Jake, pero Sam Tobe no se habría atrevido a jurarlo.
El ejército improvisado ya ha desaparecido de escena, pero aún nos queda ocuparnos de
Randolph Payne, cuyas reacciones fueron ligeramente distintas.
Para Randolph Payne los cinco segundos que transcurrieron entre el momento en que AL-76
pulsó el botón y la desaparición de la cima de la colina Duckbill fueron un espacio de tiempo
totalmente en blanco. Cuando empezó tenía la cabeza vuelta hacia la espesa maleza que cubría la
parte inferior de los árboles, y cuando terminó descubrió que estaba agarrado a una rama muy alta
de uno de ellos y que se balanceaba locamente de un lado a otro. El mismo impulso que lanzó al
grupo de ayudantes del sheriff en dirección horizontal le había lanzado en dirección vertical.
En cuanto a si recorrió los quince metros que separaban las raíces de la copa del árbol trepando,
de un salto o volando, jamás consiguió llegar a saberlo y la verdad es que tampoco le importaba
demasiado.
Lo que sí sabía era que todas aquellas propiedades acababan de ser destruidas por un robot que,
aunque sólo de forma temporal, era de su propiedad. Todas las visiones de recompensa se
esfumaron de su mente y fueron sustituidas por pesadillas cuyos horripilantes temas eran los
ciudadanos hostiles, las turbas aullantes dispuestas al linchamiento, los juicios y acusaciones de
asesinato y lo que diría Mirandy Payne en cuanto se enterara ... especialmente lo que diría
Mirandy Payne.
-¡Eh, robot, desmonta ese trasto que has construido! -gritó con voz ronca-. ¿Me oyes?
¡Desmóntalo y destrúyelo inmediatamente! Olvida que yo he tenido algo que ver en este asunto...
No sé quién o qué eres, ¿entiendes? No digas ni una palabra al respecto jamás. Olvídalo todo,
¿me oyes?
Payne no esperaba que sus órdenes sirvieran de nada. Gritarlas había sido un mero acto reflejo,
pero Payne ignoraba que un robot siempre obedece la orden dada por un ser humano salvo
cuando obedecerla supone un peligro para otro ser humano.
Y, en consecuencia, AL-76 destruyó su disinto de forma tan calmada como metódica y volvió a
convertirlo en la chatarra original.
Sam Tobe llegó con sus hombres con el tiempo justo de ver cómo AL-76 aplastaba el último
centímetro cúbico del aparato bajo su pie. Randolph Payne se dio cuenta de que estaba ante los
verdaderos propietarios del robot, por lo que se apresuró a bajar del árbol y puso pies en
polvorosa hacia regiones desconocidas.
Y no esperó a que le dieran su recompensa.
Austin Wilde, ingeniero robótico, se volvió hacia Sam Tobe.
-¿Ha conseguido sacarle algo al robot? -le preguntó.
Tobe meneó la cabeza y lanzó un gruñido.
-Nada, absolutamente nada. Ha olvidado todo lo que ocurrió desde que abandonó la fábrica.
Tiene la mente totalmente en blanco, y la única explicación es que habrá recibido la orden de
olvidarlo todo. ¿Qué demonios sería aquel montón de chatarra con el que estaba trasteando?
-Un montón de chatarra, nada más. Pero antes de que lo hiciera añicos tuvo que ser un disinto, y
me encantaría matar al tipo que le ordenó destruirlo..., sometiéndolo a una buena sesión de
torturas lentas antes, a ser posible. ¡Mire esto!
Estaban a media ladera de lo que había sido la colina Duckbill -para ser exactos, en el punto
exacto del que había sido limpiamente rebanada la cima-, y Wilde puso una mano sobre la
superficie perfectamente lisa que interrumpía la aglomeración de tierra y rocas.
-¡Menudo disinto! -exclamó-. Arrancó limpiamente la cima de su base.
-¿Qué lo impulsaría a construirlo?
Wilde se encogió de hombros.
-No lo sé. Algún factor del entorno... No hay ninguna forma de averiguarlo. Su cerebro
positrónico adaptado a la Luna debió de reaccionar impulsándolo a construir un disinto con toda
esa chatarra. El robot lo ha olvidado todo, y me temo que sólo existe una probabilidad entre mil
millones de que podamos volver a encontrar ese factor. Nunca volveremos a ver un disinto como
ése.
-No importa. Lo importante es que hemos recuperado el robot.
-Y un cuerno. -La voz de Wilde no podía sonar más triste y abatida-. ¿Ha tenido algún tipo de
contacto con los disintos en la Luna? Tragan una endiablada cantidad de energía, al igual que
todos los trastos electrónicos, y no pueden ponerse en marcha hasta que les has proporcionado
más de un millón de voltios de carga inicial. Pero este disinto no se parecía en nada a los de la
Luna. He examinado toda esa chatarra con el microscopio y... Bueno, ¿quiere saber cuál es la
única fuente de energía que he conseguido descubrir?
-Sí, claro. ¿Cuál?
- ¡Ni más ni menos que esto! Y nunca llegaremos a saber cómo se las arregló...
Y Austin Wilde le alargó la fuente de energía gracias a la que un disinto había conseguido
rebanar limpiamente la cima de una colina en medio segundo... ¡Dos pilas de linterna!

UNA LEYENDA ? -- HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO -- EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV

Escrito por imagenes 26-08-2008 en General. Comentarios (0)

UNA LEYENDA ? -- HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO -- EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV

HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO
por Brian W. Aldiss
EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV
__
Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a
los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos
Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se
entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni
discutidas por el pueblo.
Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos
contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al
Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la
venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos
honramos y tememos.
Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo
entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos
hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales
necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos
pecadores que tomaron parte en ellos.
El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de
sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que
hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe.
El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que
actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre.
En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en
numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de
posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la
migración y evacuación constantes.
Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África -
que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo,
en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en
el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el
antiguo puerto de Adén.
Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de
lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar,
mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que
entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado
izquierdo del Dios Inmenso.
Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia
Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando
el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se
extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de
Moscú.
El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si
hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y
el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole
erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como
Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy
Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en
su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas.
En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos
Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del
planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse
desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los
anglofranceses.
En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más
de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas
media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que
el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido
o Enojado con el hombre.
En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había
hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto,
las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con
frecuencia eran sumamente blasfemas.
Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran
medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271
D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado
de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell,
obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta).
"Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos
llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y
por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos
nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas
puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su
posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas".
La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero
creemos que "reconocimientos aéreos" es una referencia a los aparatos voladores
mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro
prosigue:
"Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que
se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja
puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica
necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto
si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos.
Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la
luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo
desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos
consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto
sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro
sistema solar".
Aunque términos como "escombros galácticos" han perdido todo su significado, si
es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente
injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su
lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo
revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de
suponer, de la mayoría de sus contemporáneos.
"Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún
se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les
parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier
hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este
temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en
que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen
galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente
tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en
proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que
resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros
descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta
centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con
todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos
hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del
espacio de las que ha surgido. Buenas noches".
El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este
mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado
original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas
nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora
con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la
hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores.
El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la
Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil.
Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado
por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas
convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin
de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen
destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que
muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz,
mudaron su lealtad.
La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños
agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica,
eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía
esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro
Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su
cuerpo estaba revestido como con un Metal —ésa fue la semilla de la Segunda
Cruzada— pero no tenía ninguna de las debilidades del metal.
Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata.
Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus
poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de
enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y
todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana
(entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron
huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta
el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios
Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos
y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados,
mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras
cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a
los muelles de Colombo.
La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la
gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar
Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas,
como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de
Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado
el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que
ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas
partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él.
Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos
Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas
y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos
Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados
eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia.
El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen,
en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra
Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera
Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre.
Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos
hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en
general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron
produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme
hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En
toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras.
Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que
su presencia le prometía a su pueblo elegido.
Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión,
por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el
Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan
pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios
Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta;
pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se
debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro.
En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose
principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el
Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado,
por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y
por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de
Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico,
mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico.
Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son
indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas.
En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del
norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un
brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle,
Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y
pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más
fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió
contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas.
Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios
Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y
los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para
cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y
las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó
grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche
se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las
Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas
formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los
Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y
Australia o Austria.
Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los
Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue
la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado
y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes
generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de
los cuales han sido luego reconocidos como heréticos).
No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de
que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las
generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más
amplio.
Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a
su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue
como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero
también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la
ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre.
Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la
gente y unir aún más a la Iglesia.
La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la
herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo
había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los
Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del
Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad
para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un
convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos
bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las
cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la
población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la
reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta.
En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de
que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se
opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en
el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente
en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces
era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus
patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América,
entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y
llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía
la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue
justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso
hacia América.
Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre,
los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron
mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el
último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme
cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados
ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por
terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se
volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en
la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando
ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta
(322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En
aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía
que reina hoy con nuestros hermanos Americanos.
El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es
sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el
lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre
con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra
los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en
honor de su hacedor.
De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo
ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en
él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los
Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto
que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus
opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a
nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra.
Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con
prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos.
Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este
tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran
sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando
fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos
de él.
La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los
cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas
regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma
continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las
Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de
hedionda ceniza.
Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho
que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar
que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había
sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su
pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología
contra los deseos de Dios.
Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia
que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio,
arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes
se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente
devorados.
Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar
acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran
purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos
algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una
poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América,
para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se
habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho.
Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva
York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos.
En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró
sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el
Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al
Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las
Partes de la Tierra se hizo la noche.
Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no
creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo
el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los
dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante
el paso del Dios.
En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la
Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre
pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta
disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por
las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron
en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al
Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo
tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema
Lenta (año 499).
A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo,
el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que
segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan
prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de
los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba
sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a
través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las
noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por
el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las
cosas según nosotros las conocemos.
Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las
estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos,
terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas,
nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y
dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes
que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la
Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas
praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada
en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios
Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más
substancioso.
Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década
antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios
Inmenso abandonó nuestra tierra!
Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte
meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este
número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos
debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón!
Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos
condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y
encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan
por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de
nosotros!
Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos
los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin
perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara.
Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones
como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los
esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que
regrese a nosotros de inmediato.
Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil
tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres.
Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de
que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!

HIJOS Y SUICIDIOS -- YVELINE SAMORIS -- GUY DE MAUPASSANT

Escrito por imagenes 24-08-2008 en General. Comentarios (0)

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INVITACION FORO "TODO OSCURO" LO QUE SIENTAS DECIR, DILO, NO TENDRAS OTRA OPORTUNIDAD, TODO O S C U R O

 

HIJOS Y SUICIDIOS -- YVELINE SAMORIS -- GUY DE MAUPASSANT

YVELINE SAMORIS

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La condesa de Samoris.
—¿Esa señora de negro, allá lejos?
—La misma, lleva luto por su hija, a quien mató.
— ¡Vamos! ¿Qué me cuenta?
—Una historia muy simple, sin crimen y sin violencias.
—¿Qué pasó, pues?
—Casi nada. Dicen que muchas cortesanas nacieron para ser mujeres honestas; y muchas mujeres llamadas honestas, para ser cortesanas, ¿no? Pues la señora de Samoris, nacida cortesana, tenía una hija nacida mujer honesta, y eso es todo.
—No lo entiendo bien.
—Me explicaré.

* * *


La condesa de Samoris es una de esas extranjeras de pacotilla que llueven a cientos sobre París, todos los años. Condesa húngara o polaca, o no sé qué, apareció un invierno en un piso de los Campos Elíseos, ese barrio de las aventureras, y abrió sus salones al primero que llegara.
Yo iba allí. ¿Por qué?, me dirá usted. No lo sé demasiado bien. Iba como vamos todos, porque se juega, porque las mujeres son fáciles y los hombres indecentes. Ya conoce usted ese mundo de filibusteros con condecoraciones variadas, todos nobles, todos con títulos, todos desconocidos en las embajadas, con excepción de los espías. Todos hablan del honor a troche y moche, citan sus antepasados, cuentan su vida, fanfarrones, mentirosos, tramposos, peligrosos como sus naipes, engañosos como sus apellidos, la aristocracia del presidio, en fin.
Adoro a esa gente. Son interesantes de estudiar, interesantes de conocer, divertidos de oír, a menudo ingeniosos, jamás triviales como funcionarios públicos. Sus mujeres son siempre bonitas, con un leve sabor de pillería extranjera, con el misterio de su existencia transcurrida acaso a medias en un correccional. Tienen en general ojos soberbios y un pelo inverosímil. Las adoro también.
La señora de Samoris es el prototipo de esas aventureras: elegante, madura y todavía guapa, encantadora y felina, se la nota viciosa hasta la médula. Nos divertíamos mucho en su casa, jugábamos, bailábamos, cenábamos a altas horas...; en fin, hacíamos todo cuanto constituye los placeres de la vida mundana.
Y tenía una hija, alta, espléndida, siempre alegre, siempre poropensa a las fiestas, siempre riendo a todo reír y bailando hasta reventar. Una auténtica hija de aventurera. Pero una inocente, una ignorante, una ingenua, que no veía nada, no sabía nada, no entendía nada, no adivinaba nada de cuanto pasaba en la casa paterna (1)
—¿Cómo lo sabe usted?»
—¿Cómo lo sé? Es de lo más gracioso. Llaman una mañana a mi casa, y mi ayuda de cámara viene a avisarme de que don Joseph Bonenthal pregunta por mí. Digo al punto:
—¿Quién es ese señor?
Mi servidor respondió:
—No lo sé muy bien, señor, quizás se trate de un doméstico.
Era un doméstico, en efecto, que quería entrar en mi casa.
«¿De dónde sale usted?
—De casa de la señora condesa de Samoris.
—¡Ah! Pero mi casa no se parece en nada a la suya.
—Lo sé perfectamente, señor, y por eso quisiera entrar en la casa de usted; estoy harto de esa gente; uno pasa por ella, pero no se queda.
Justamente necesitaba un hombre, y lo contraté.
Un mes después, la señorita Yveline Samoris moría misteriosamente; y he aquí todos los detalles de esa muerte, que supe por Joseph, quien los sabía por su amiga la doncella de la condesa.
Una noche de baile, dos recién llegados charlaban detrás de una puerta. La señorita Yveline, que acababa de bailar, se apoyó contra esa puerta para respirar un poco de aire. No la vieron acercarse; ella los oyó. Decían:
—Pero ¿quién es el padre de la jovencita?
—Un ruso, parece, el conde Ruvalof. Ya no ve a la madre.
—¿Y el príncipe reinante de hoy?
—Ese príncipe inglés que está de pie junto a la ventana. La señora Samoris lo adora. Aunque sus adoraciones nunca duran más de un mes o seis semanas. Por lo demás, ya ve usted que el personal de amigos es numeroso; todos son llamados... y casi todos son escogidos. Cuesta un poco caro, pero... ¡bah!
—¿De dónde sacó ese nombre de Samoris?
—Del único hombre al que quizás amó, un banquero israelita de Berlín que se llamaba Samuel Morris.
—Bien. Se lo agradezco. Ahora que estoy informado, lo veo todo claro. Y me lanzaré de cabeza.
¿Qué tormenta estalló en aquel cerebro de jovencita dotada de todos los instintos de una mujer honesta? ¿Qué desesperación trastornó aquella alma sencilla? ¿Qué torturas apagaron la alegría incesante, la risa encantadora, la exultante dicha de vivir? ¿Qué combate se entabló en su corazón, tan joven, hasta la hora en que hubo marchado el último invitado? Eso era lo que Joseph no podía decirme. Pero esa misma noche Yveline entró bruscamente en el cuarto de su madre, que iba a meterse en cama, mandó salir a la camarera, que se quedó detrás de la puerta, y de pie, pálida, con los ojos agrandados, dijo:
—Mamá, esto es lo que he oído hace un poco en el salón.
Y contó palabra por palabra la conversación que le he citado.
La condesa, estupefacta, no sabía al principio qué responder. Después lo negó todo con energía, inventó una historia, juró, puso a Dios por testigo.
La joven se retiró trastornada, pero no convencida. Y espió.
Recuerdo perfectamente el extraño cambio que había sufrido. Estaba siempre seria y triste; y clavaba en nosotros sus grandes ojos fijos como para leer en el fondo de nuestras almas. No sabíamos qué pensar, y se pretendía que buscaba un marido, ora definitivo, ora pasajero.
Una noche no le cupieron más dudas: sorprendió a su madre. Entonces, fríamente, como un hombre de negocios que plantea las condiciones de un trato, dijo:
—Mamá, he decidido una cosa. Nos retiraremos las dos a un chalecito o bien al campo; viviremos sin ruido, como podamos. Sólo tus joyas valen una fortuna. Si encuentras un hombre honrado con quien casarte, mejor que mejor; y mejor aún si también yo encuentro uno. Si no consientes en esto, me mataré.
Esta vez la condesa mandó a su hija a la cama y le prohibió repetir aquella lección, tan inoportuna en sus labios.
Yveline respondió:
—Te doy un mes para reflexionar. Si en un mes no hemos cambiado de existencia, me mataré, pues no me queda ninguna otra salida honorable en la vida.
Y se marchó.
Al cabo de un mes, se seguía bailando y cenando a altas horas en el hotel Samoris.
Yveline entonces pretendió que le dolían las muelas y mandó comprar en un farmacéutico vecino unas gotas de cloroformo. Al día siguiente volvió a hacerlo; tuvo que recoger en persona, cada vez que salía, dosis insignificantes del narcótico. Llenó una botella.
La encontraron, una mañana, en su cama, ya fría, con una careta de algodón sobre el rostro.
Su ataúd fue cubierto de flores, la iglesia revestida de blanco. Hubo una muchedumbre en la ceremonia fúnebre.
Pues bien, ¡de veras! , si lo hubiera sabido —aunque nunca se sabe—, quizás me habría casado con aquella muchacha. Era terriblemente guapa.

*
—Y la madre, ¿qué pasó con ella?
— ¡ Oh! Lloró mucho. Sólo hace ocho días que vuelve a recibir a sus íntimos.
—¿Y qué dijeron para explicar esa muerte?
—Se habló de un nuevo modelo de estufa cuyo mecanismo se había estropeado. Como ya en otra época habían tenido mucha resonancia los accidentes de esos aparatos, la cosa no pareció nada inverosímil.



(1) Aunque el adjetivo paternelle no parezca el más adecuado en este caso, puesto que no hay padre a la vista, todas las ediciones, salvo la de Schmidt, son concordes en darlo así.