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MARY WOLFMAN -- FUY UN PROFANADOR DE TUMBAS ADOLESCENTE

Escrito por imagenes 08-08-2008 en General. Comentarios (5)

MARY WOLFMAN -- FUY UN PROFANADOR DE TUMBAS ADOLESCENTE

EN EL SUBMUNDO DEL TERROR
(Fui un profanador de tumbas adolescente )
MARY WOLFMAN

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CAPÍTULO UNO

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Era como una pesadilla. Como uno de esos sueños irreales de los que te
despiertas a la mañana siguiente. Sólo que esta pesadilla estaba sucediendo
de verdad. Delante de mí alcanzaba a distinguir la linterna de Rankin: un
gran ojo amarillo en la sofocante oscuridad estival. Me tropecé con una
lápida y por poco no me desparramo de bruces. Rankin se volvió hacia mí,
siseando un juramento:
—¿Es que quieres despertar al vigilante, imbécil?
Susurré una respuesta y continuamos andando sigilosamente. Por fin,
Rankin se detuvo y enfocó el haz de la linterna sobre una lápida
recientemente cincelada. En ella podía leerse:
DANIEL WHEATHERBY
1899–1962
Reunido con su amada esposa en una tierra mejor
Sentí que me ponían una pala en las manos y, repentinamente, estuve
seguro de que no podría hacerlo. Pero entonces recordé al administrador de
becas meneando su cabeza y diciendo: Temo que no podemos darte más
tiempo, Dan. Tendrás que irte hoy mismo. Te ayudaría de alguna forma si
pudiera, créeme...
Excavé en la todavía blanda tierra y la arrojé por sobre mi hombro. Unos
quince minutos después mi pala entró en contacto con la madera. Ambos
nos pusimos a ensanchar el agujero rápidamente, hasta que la linterna de
Rankin reveló el ataúd. Nos metimos en el pozo y lo izamos.
Atontado, contemplé cómo Rankin le atizaba a los cerrojos con la pala.
Luego de unos pocos golpes éstos se rompieron y pudimos alzar la tapa. El
cadáver de Daniel Wheatherby nos miró con ojos vidriosos. Sentí que el
horror se derramaba lentamente sobre mí. Siempre creí que los ojos
permanecían cerrados cuando uno estaba muerto.
—No te quedes allí —susurró Rankin—; son casi las cuatro. ¡Tenemos
que largarnos de aquí!
Envolvimos el cuerpo con una manta y regresamos el ataúd al pozo. Lo
tapamos y reemplazamos el césped, rápido pero cuidadosamente.
Dispersamos toda la tierra que nos sobró.
Para cuando cargábamos con el cuerpo amortajado de blanco ya los
primeros rastros del alba comenzaban a iluminar el cielo oriental.
Atravesamos la valla que bordeaba el cementerio y nos internamos en el
bosque que lo limitaba por el oeste. Rankin se abrió paso expertamente
durante unos cuatrocientos metros hasta que lo cruzamos y llegamos al
automóvil, que seguía estacionado donde lo habíamos dejado, en una
rodada abandonada y cubierta de malezas que alguna vez había sido un
camino. El cadáver fue a parar al baúl. Poco después nos unimos al flujo de
automovilistas que se apresuraban en alcanzar el tren de las seis.
Me contemplaba las manos como si nunca antes las hubiera visto. La
mugre que tenía bajo mis uñas había estado amontonada sobre el lugar de
reposo final de un hombre, menos de veinticuatro horas atrás. Se sentía
inmundo.
La atención de Rankin se concentraba por entero en la conducción del
coche. Al mirarlo comprendí que el repulsivo acto que acabábamos de
cometer no le preocupaba en lo más mínimo; para él se trataba de un
trabajo más. Nos desviamos de la carretera principal y empezamos a
remontar el sinuoso, estrecho y sucio camino. Y entonces salimos al
espacio abierto y pude verla, la mansión victoriana que se elevaba en la
cumbre de la empinada pendiente. Rankin dió la vuelta y sin decir una
palabra enfiló hacia la escarpada roca de un acantilado que se alzaba
durante otros doce metros más, un poco a la derecha de la casa.
Se produjo un horrendo sonido chirriante y se abrió una parte de la
colina lo suficientemente ancha como para permitir el paso del automóvil.
Rankin nos condujo adentro y apagó el motor. Nos encontramos en una
estancia pequeña, con forma de cubo, que servía como garaje oculto. En
ese momento se abrió una puerta al otro extremo y un hombre alto y rígido
se nos acercó.
El rostro de Steffen Weinbaum parecía una calavera; tenía unos ojos
insondables y una piel que se le tensaba tanto sobre los pómulos que la
carne era casi transparente.
—¿Dónde está? —su voz era profunda, ominosa.
En silencio, Rankin se bajó y yo lo seguí. Rankin abrió el baúl y sacamos
la figura envuelta en la manta.
Weinbaum asintió lentamente.
—Bien, muy bien. Tráiganlo al laboratorio.
_
CAPÍTULO DOS
_
Mis padres murieron en un accidente automovilístico cuando yo tenía trece
años. Quedé solo y tendría que haber ido a parar a un orfanato. Pero el
testamento de mi padre reveló que me había dejado una sustancial suma de
dinero, y yo tenía mucha confianza en mí mismo. Los de asistencia social
nunca me rondaron y a los trece años me ví abandonado en el extraño rol
de ser el único inquilino de mi propia casa. Pagué la hipoteca de la cuenta
del banco e intenté estirar los dólares tanto como fuera posible.
El dinero escaseaba para cuando tuve dieciocho años y terminé el
colegio, pero igual quise ingresar en la universidad. Vendí la casa por diez
mil dólares por intermedio de un comprador de bienes raíces. A comienzos
de septiembre todo se me vino encima. Recibí una carta muy amable de
Erwin, Erwin y Bradstreet, Abogados. Para ponerlo en el idioma del
hombre de la calle, la carta decía que el departamento comercial en el que
mi padre había estado empleado había llevado una auditoría general de sus
libros; parecía que faltaban quince mil dólares y que tenían pruebas de que
mi padre se los había robado. El resto de la carta simplemente manifestaba
que si yo no pagaba los quince mil dólares iríamos a la corte y que
intentarían duplicar aquella cantidad.
Todo aquello me trastornó y, por esa razón, aquellas preguntas que se me
tendrían que haber ocurrido no lo hicieron. ¿Por qué no descubrieron antes
el error? ¿Por qué me estaban ofreciendo arreglar el asunto sin ir a la corte?
Fui hasta la oficina de Erwin, Erwin y Bradstreet y discutimos el tema.
Para decirlo en pocas palabras, pagué la suma que me estaban pidiendo y
me quedé sin dinero.
Al día siguiente busqué la firma Erwin, Erwin y Bradstreet en la guía
telefónica. No figuraba. Me dirigí a su oficina y encontré un cartel de Se
Alquila en la puerta. Fue entonces cuando comprendí que había sido
estafado como un niño incauto; cosa que, reflexioné miserablemente, era
justo lo que yo era.
A los de la universidad los engañé durante mis primeros meses, pero
finalmente descubrieron que no había sido convenientemente matriculado.
Ese mismo día conocí a Rankin en un bar. Fue mi primera experiencia en
una taberna. Tenía una licencia de conducir falsificada, así que pedí los
whiskys suficientes como para emborracharme. Imaginé que lograrlo me
llevaría algo así como dos whiskys puros, ya que nunca antes de aquella
noche había tomado más que una botella de cerveza.
El primero me sentó bien; el segundo logró que mi problema pareciera
más inconsistente. Me estaba zampando el tercero cuando Rankin entró en
el bar.
Se sentó en el taburete junto al mío y me miró con atención.
—¿Tienes algún problema? —le pregunté bruscamente.
Rankin sonrió.
—Sí, ando buscando un ayudante.
—¿Ah, sí? —le pregunté, interesado—. ¿Te refieres a que quieres
contratar a alguien?
—Sí.
—Bien, soy tu hombre.
Comenzó a decir algo pero luego cambió de idea.
—Mejor vayamos a un reservado y conversémoslo, ¿te parece?
Nos dirigimos a un reservado y comprendí que me estaba arriesgando
demasiado. Rankin tiró de la cortina.
—Así está mejor. Ahora, ¿quieres un trabajo?
Asentí.
—¿Te preocupa de qué pueda tratarse?
—No. ¿Cuánto es la paga?
—Quinientos el trabajo.
Se evaporó un poco la niebla rosada que me rodeaba. Algo no andaba
bien allí. No me gustó nada la forma en que usó la palabra «trabajo».
—¿A quién tengo que matar? —pregunté con una sonrisa poco jovial.
—No tienes que hacerlo. Pero antes de que pueda decirte de qué se trata,
tendrás que hablar con el señor Weinbaum.
—¿Quién es?
—Es un... científico.
La niebla se evaporó más aún. Me levanté.
—Uhuh.
No tengo interés en servir de conejito de indias. Consíguete a
otro flaco.
—No seas idiota —me dijo—. Nadie te hará daño.
—Bien, vamos —respondí, en contra de mi buen juicio.
_
CAPÍTULO TRES
_
Tras una recorrida por la casa que incluyó al laboratorio, Weinbaum se
refirió al propósito de mi labor. Vestía un guardapolvo blanco y había algo
en él que hacía que me estremeciera por dentro. Se apoltronó en la sala y
me señaló un asiento. Rankin había desaparecido. Weinbaum me observó
con esos ojos penetrantes y una vez más sentí que me atravesaba una
corriente helada.
—Se lo explicaré de este modo —dijo—; mis experimentos son
demasiado complicados como para describirlos con lujo de detalles, pero
están relacionados con la carne humana. Con carne humana muerta.
Empecé a notar que sus ojos se iluminaban con llamaradas vacilantes.
Parecía una araña lista para zamparse una mosca, y toda la casa era su
tejido. El sol se inflamaba al oeste, y profundos charcos de sombras se
extendían por el cuarto, ocultando su rostro, pero dejando los relucientes
ojos, como si se movieran en la creciente oscuridad.
Él continuaba hablando:
—A menudo, las personas donan sus cuerpos a los institutos científicos
para su estudio. Desafortunadamente soy un hombre que trabaja en
solitario, de modo que tengo que recurrir a otros métodos.
El horror saltó sonriendo desde las sombras, y por mi mente se filtró la
horrible imagen de dos hombres cavando a la luz de una luna imprecisa.
Una pala golpeaba la madera; el ruido congeló mi alma. Me puse de pie de
un salto.
—Creo que puedo encontrar el camino hasta la puerta, señor Weinbaum.
Se rió suavemente.
—¿Le comentó Rankin cuál es la paga por este trabajo?
—No estoy interesado.
—Mal hecho. Esperaba que pudiera verlo a mi manera. No le llevaría
más de un año ganar el dinero suficiente como para volver a la universidad.
Me sobresalté, experimentando la extraña sensación de que aquel
hombre estaba escrutando mi alma.
—¿Cuánto sabe de mí? ¿Cómo lo averiguó?
—Tengo mis recursos —rió entre dientes de nuevo—. ¿Va a
reconsiderarlo?
Vacilé.
—¿Hacemos la prueba? —me preguntó suavemente—. Estoy
convencido de que ambos podemos llegar a un mutuo entendimiento.
Tuve la terrible impresión de estar hablando con el mismísimo diablo,
que de algún modo me había obligado a venderle mi alma.
—Preséntese aquí a las ocho en punto, pasado mañana a la noche —me
dijo.
Así fue como todo empezó.
En cuanto Rankin y yo ubicamos el cadáver envuelto de Daniel
Wheatherby sobre la mesa del laboratorio se encendieron unas luces detrás
de unos paneles rectangulares que parecían tanques de vidrio.
—Weinbaum —sin darme cuenta, había olvidado llamarlo «señor»—;
me parece...
—¿Ha dicho algo? —preguntó, con sus ojos atravesando los míos. El
laboratorio pareció alejarse. Sólo quedábamos nosotros dos,
precipitándonos en un submundo repleto de horrores que estaban más allá
de la imaginación.
Rankin entró vestido con una blanca chaqueta corta, y rompió el hechizo
al decir:
—Todo listo, profesor.
Rankin me detuvo en la puerta.
—El viernes, a las ocho.
Un escalofrío helado y terrible me corrió por la espalda cuando miré
hacia atrás. Weinbaum había tomado un escalpelo y estaba cortando la
sábana que cubría el cuerpo. Ambos me miraron de manera extraña y yo
me largué de allí.
Me subí al auto y rápidamente desanduve el angosto y sucio sendero. No
volví la mirada. El aire era puro y caliente, con una promesa de verano en
ciernes. El cielo era azul, con algodonosas nubes blancas deslizándose por
la cálida brisa estival. La noche anterior parecía una pesadilla, un sueño
vago que, como todas las pesadillas, se vuelve irreal y transparente cuando
resplandece la brillante luz del día. Pero cuando conduje más allá de las
verjas de hierro del Cementerio Crestwood comprendí que no se trataba de
un sueño. Cuatro horas atrás mi pala había removido la tierra que cubría la
tumba de Daniel Wheatherby.
Un nuevo pensamiento me asaltó por primera vez. ¿Qué le estaban
haciendo al cuerpo de Daniel Wheatherby en ese momento? Relegé la
pregunta a un profundo rincón de mi mente y apreté el acelerador. Me
concentré en manejar el auto, agradecido por haber alejado de mi mente, al
menos durante un rato, la terrible acción que había llevado a cabo.
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CAPÍTULO CUATRO
_
El paisaje de California se borroneaba a medida que aumentaba la
velocidad. Los neumáticos chirriaron en una curva y, cuando salí de ella,
varias cosas sucedieron al mismo tiempo.
Vi a una camioneta imprudentemente estacionada en medio de la línea
blanca, a una muchacha de unos dieciocho años corriendo justo hacia mi
auto, y a un hombre mayor detrás de ella. Clavé los frenos, que explotaron
como bombas. Maniobré el volante y el cielo de California de repente se
encontró debajo de mí. Entonces todo se acomodó y comprendí que había
dado una vuelta de campana. Por un momento quedé aturdido, pero
entonces un grito fuerte y chillón, penetrante, me atravesó la cabeza.
Abrí la puerta y corrí a toda velocidad por la ruta. El hombre tenía a la
muchacha y estaba arrastrándola hacia la camioneta. Era más fuerte que
ella, pero la chica le estaba arrancando unos centímetros de piel por cada
paso que él daba.
El tipo me descubrió.
—Tú te quedas donde estás, compañero. Yo soy su tutor.
Me detuve y me sacudí las telarañas de mi cerebro. Era exactamente lo
que él había estado esperando. Cargó con un puñetazo que me asestó a un
lado de la barbilla y me derribó al suelo. Agarró a la muchacha y
prácticamente la arrojó dentro de la cabina.
Cuando logré levantarme él ya estaba en el asiento del conductor y
haciendo rechinar los neumáticos. Pegué un salto y me subí al techo justo
cuando arrancaba. Por poco no salí despedido, aunque tuve que arañar
como cinco capas de pintura para poder sujetarme. Entonces extendí un
brazo a través de la ventanilla abierta y lo sujeté del cuello; con una
maldición, el tipo me agarró de la mano. Dio un volantazo, y el camión giró
locamente al borde de un empinado terraplén.
Lo último que recuerdo es la trompa del camión apuntando hacia abajo.
Entonces mi contrincante me salvó la vida al pegarme un tirón del brazo;
salí dando volteretas justo cuando el camión se zambullía por el precipicio.
Aterricé duro, aunque la piedra en la que aterricé lo era más. Todo se
desvaneció.
Algo fresco me tocó la frente cuando recuperé el sentido. Lo primero que
vi fue la luz roja que destellaba en el techo del auto de aspecto oficial,
estacionado junto al terraplén. Me erguí de repente, y unas manos suaves
me empujaron hacia abajo. Unas manos agradables, las manos de la
muchacha que me había metido en este enredo.
Tenía a un Agente de la Policía de Carreteras sobre mí, y a una voz
oficial que me decía:
—La ambulancia está en camino. ¿Cómo se encuentra?
—Machucado —le dije, sentándome de nuevo—. Aunque dígale a la
ambulancia que se largue. Estoy bien.
Intentaba sonar impertinente. La policía era lo último que necesitaba
luego del "trabajito" de las últimas noches.
—¿Qué puede decirme sobre esto? —preguntó el policía, sacando una
libreta de notas. Antes de contestarle caminé sobre el terraplén. El
estómago me dio un vuelco. La camioneta estaba enterrada de trompa en el
suelo de California, y mi compañero de boxeo estaba transformando a
aquella buena tierra de California en un barro rojizo con su propia sangre.
Yacía grotescamente, con una mitad dentro de la cabina, y con la otra mitad
fuera. Los fotógrafos estaban haciendo sus tomas. Estaba muerto.
Retrocedí. El agente de policía me miraba como esperando que vomitara
pero, gracias a mi nuevo trabajo, mi estómago era admirablemente fuerte.
—Yo venía conduciendo desde el distrito de Belwood —le respondí—,
aparecí doblando aquella curva…
Le conté el resto de la historia con la ayuda de la muchacha. Justo
cuando terminé llegó la ambulancia. A pesar de mis protestas y de las de mi
todavía anónima amiga, fuimos empujados a la parte trasera.
Dos horas después teníamos el visto bueno de salud por parte del agente
de policía y de los doctores, y nos pidieron que testimoniáramos en las
pesquisas de la semana siguiente.
Encontré mi automóvil en el bordillo. Se encontraba un poco peor que
antes, aunque las ruedas reventadas habían sido reemplazadas. ¡En el
salpicadero había una factura que daba cuenta de los gastos del camión
grúa, de los neumáticos, y del escuadrón de limpieza! Ascendía a casi
doscientos cincuenta dólares; la mitad del cheque por el trabajo de la noche
anterior.
—Pareces preocupado —dijo la chica.
Me volví hacia ella.
—Um, sí. Bien, ya que esta mañana casi nos asesinan juntos, ¿qué te
parece si me dices cómo te llamas y vamos a almorzar a algún lado?
—De acuerdo —dijo ella—. Mi nombre es Vicki Pickford. ¿Y el tuyo?
—Danny —respondí inexpresivamente mientras nos apartábamos del
bordillo. Cambié de tema con rapidez—. ¿Qué sucedió esta mañana? Le
escuché decir a ese tipo que era tu tutor...
—Sí —confirmó.
Me reí.
—Mi nombre es Danny Gerad. Te enterarás por los diarios vespertinos.
Ella sonrió gravemente.
—De acuerdo. Era mi custodio. También era un borrachín y un tipo
despreciable.
Sus mejillas se tiñeron de rojo. La sonrisa desapareció.
—Lo odiaba, y me alegro de que haya muerto.
Me echó una mirada cortante y por un instante vislumbré el húmedo
brillo del miedo en sus ojos; luego recuperó su autocontrol. Estacionamos y
comimos el almuerzo.
Cuarenta minutos después pagué la cuenta con mi dinero recientemente
adquirido y regresamos al auto.
—¿Hacia dónde? —pregunté.
—Motel Bonaventure —dijo ella—. Es donde estoy parando.
Ella notó un sobresalto de curiosidad en mis ojos y suspiró.
—Está bien, estaba huyendo. Mi tío David me encontró e intentó
arrastrarme de vuelta a casa. Cuando le dije que no iría me metió en la
camioneta. Estábamos pasando esa curva cuando le arrebaté el volante de
las manos. Entonces llegaste tú.
Se encerró en sí misma como una almeja y no intenté obtener más nada
de ella. Había algo extraño en su historia; no quise presionarla. La acerqué
hasta la playa de estacionamiento y apagué el motor.
—¿Cuándo puedo verte de nuevo? —pregunté—. ¿Qué tal si vemos una
película mañana?
—Seguro —contestó.
—Pasaré a buscarte a las siete y media —le dije y me alejé,
reflexionando pensativamente en los eventos que me habían ocurrido en las
últimas veinticuatro horas.
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CAPÍTULO CINCO
_
Cuando entré en el departamento el teléfono estaba sonando. Lo descolgué
y tanto Vicki como el accidente y el luminoso mundo laboral de la
California suburbana se fundieron en un submundo de sombras, de seres
fantasmas. La voz que susurraba fríamente en el receptor era la de
Weinbaum.
—¿Problemas? —inquirió con suavidad, aunque había un tono ominoso
en su voz.
—Tuve un accidente —le contesté.
—Leí acerca de eso en el diario… —la voz de Weinbaum se arrastró. El
silencio descendió sobre nosotros durante un momento y luego dije:
—¿Eso significa que me está descartando?
Esperé que dijera que sí; yo no tenía la valentía suficiente para renunciar.
—No —respondió con suavidad—, tan sólo quería asegurarme de que no
reveló nada sobre el... trabajo... que está realizando para mí.
—Pues bien, no lo hice —le dije lacónicamente.
—Mañana a la noche —me recordó—. A las ocho.
Hubo un click y luego el tono de discar. Me estremecí y colgué el
receptor. Tenía la extrañísima sensación de acabar de cortar una
comunicación con la tumba.
La mañana siguiente a las siete y media en punto pasé a buscar a Vicki
por el Motel Bonaventure. Ella estaba ataviada con un vestido que le daba
un aspecto estupendo. Le silbé por lo bajo; ella se ruborizó
encantadoramente. No hablamos del accidente.
La película era buena y nos tomamos de la mano parte del tiempo,
comimos palomitas de maíz parte del tiempo, y nos besamos una o dos
veces. Todo aquello en una tarde agradable.
El segundo detalle importante sucedió llegando al climax de la película,
cuando un acomodador bajó por el pasillo.
Se detenía en cada fila y parecía irritado. Finalmente se plantó en la
nuestra. Barrió la fila de asientos con el haz de la linterna y preguntó:
—¿El señor Gerad? ¿Daniel Gerad?
—¿Sí? —pregunté, sintiendo la culpa y el miedo corriendo a través de
mí.
—Hay un caballero en el teléfono, señor. Dice que es una cuestión de
vida o muerte.
Vicki me miraba sobresaltada mientras yo seguía al acomodador
apresuradamente. Alertaron a la policía . Mentalmente tomé nota de mis
únicos parientes vivos. La tía Polly, la abuela Phibbs y mi tío abuelo
Charlie; hasta donde yo sabía todos ellos seguían con vida.
Podrían haberme derribado con una pluma cuando levanté el receptor y
escuché la voz de Rankin.
Habló rápidamente, con una cruda señal de miedo en su voz:
—¡Ven aquí, ahora mismo! Necesitamos...
Había sonidos de lucha, un grito ahogado, luego un chasquido y el tono
vacío del discado.
Colgué y regresé a toda prisa junto a Vicki.
—Ven —le dije.
Me siguió sin preguntarme nada. Al principio pensé en conducir hasta el
motel, pero el grito ahogado me hizo decidir que se trataba de una
emergencia. Ni Rankin ni Weinbaum me gustaban, pero sabía que tenía que
ayudarlos.
Nos largamos.
—¿De qué se trata? —preguntó Vicki ansiosamente, mientras yo pisaba
el acelerador y hacía patinar el automóvil.
—Mira —le dije—, algo me dice que tienes tus propios secretos con
respecto a tu tutor; yo también tengo los míos. Por favor, no preguntes.
Ella no volvió a hablar.
Tomé posesión de la senda de paso. El velocímetro subió de ciento
veinte a ciento treinta, continuó aumentando y tembló al borde de los ciento
cuarenta. Entré en el desvío en dos ruedas, y el auto se zarandeó, se aferró
al piso y empezó a volar por el sendero.
Podía ver la casa, siniestra y lúgubre contra el cielo encapotado. Detuve
el auto y me encontré afuera en un segundo.
—Espera aquí —le grité a Vicky por sobre mi hombro.
Había una luz encendida en el laboratorio; abrí la puerta violentamente.
Estaba vacío pero arrasado. El lugar era un lío de tubos de ensayo rotos,
aparatos destrozados y, sí, unas manchas sangrientas que cruzaban la puerta
entornada que llevaba al garaje en sombras. Entonces advertí el líquido
verde que fluía por el suelo en pegajosos riachuelos. Por primera vez noté
que se había roto uno de los diversos tanques. Caminé por encima de los
otros dos. Las luces que tenían adentro estaban apagadas, y los paneles que
los cubrían no dejaban ver qué podrían haber tenido dentro o, ya que
estamos, qué era lo que todavía tenían.
No tenía tiempo para andar mirando. No me gustó nada la vista de la
sangre, todavía fresca y sin coagular, que se dirigía a la puerta delantera del
garaje. Abrí la puerta con cuidado y entré en el garaje. Estaba oscuro y no
sabía dónde buscar el interruptor de la luz. Me maldije por no traer la
linterna que guardaba en la guantera. Me adelanté unos pocos pasos y me
di cuenta de que una corriente de aire frío me soplaba contra la cara; avancé
hacia ella.
La luz del laboratorio arrojaba un dorado pozo de luz a todo lo largo del
suelo del garaje, aunque no llegaba a alumbrar nada en esa espesa negrura.
Regresaron todos mis infantiles miedos a la oscuridad. Una vez más me
introduje en esos reinos del terror que sólo un niño puede llegar a conocer.
Comprendí que la sombra que me espiaba desde la oscuridad no podría
disiparse con ninguna luz brillante.
De repente, mi pie derecho pisó el vacío. Adiviné que la corriente de aire
provenía de una escalera en la que casi me había caído. Lo debatí durante
un momento, pero luego me volví y atravesé de prisa el laboratorio y corrí
hacia el auto.
_
CAPÍTULO SEIS
_
Vicki se me vino encima en cuanto abrí la puerta del auto.
—¿Danny, qué estás haciendo aquí?
Su tono de voz me hizo mirarla con atención. Su rostro se veía
aterrorizado bajo el enfermizo resplandor de la luz.
—Trabajo en este lugar —expliqué brevemente.
—Al principio no advertí donde nos encontrábamos —dijo ella, con
lentitud—. Sólo una vez estuve aquí.
—¿Has estado aquí antes? —exclamé— ¿Cuándo? ¿Y por qué?
—Una noche —dijo reservadamente—, le traje la comida al tío David.
Se la había olvidado.
El nombre hizo sonar una campanilla en mi mente. Ella comprendió que
yo intentaba recordar de quién se trataba.
—Mi tutor —explicó—. Quizás lo mejor sería que te cuente toda la
historia. Probablemente sepas que no se suele designar como tutor a las
personas que tienen problemas con la bebida. Bien, el tío David no siempre
los tuvo. Hace cuatro años, cuando papá y mamá murieron en un choque de
trenes, el tío David era la persona más amable que te puedas imaginar. La
corte lo designó como mi tutor hasta que yo llegara a la mayoría de edad,
con mi sustento completo.
Se quedó callada durante un momento, reviviendo sus recuerdos, y la
expresión que le cruzó por los ojos no fue nada agradable; luego continuó
el relato.
—Hace dos años cerró la compañía en la que trabajaba como vigilante
nocturno, y mi tío se quedó sin trabajo. Estuvo desempleado durante casi
año y medio. Comenzamos a desesperarnos, con tan sólo los cheques de
asistencia social para alimentarnos y con la universidad amenazando con
suspenderme. Entonces consiguió un trabajo. Era bien pago y originaba
sumas fabulosas. Solía bromear sobre los bancos que había tenido que
robar. Una noche él me miró y me dijo: «No se trata de bancos».
Sentí que el miedo y la culpa me daban golpecitos en el hombro con
unos dedos fríos. Vicki siguió hablando.
—Comenzó a volverse irritable. Empezó a traer whisky a la casa y a
emborracharse. Me esquivaba en las ocasiones en que le preguntaba por su
trabajo. Una noche me dijo que dejara de molestarlo y que me metiera en
mis propios asuntos.
»Lo vi derrumbarse delante de mis propios ojos. Hasta que una noche se
le escapó un nombre; Weinbaum, Steffen Weinbaum. Un par de semanas
después olvidó llevarse su comida de medianoche. Busqué el nombre en la
guía telefónica y se la llevé. Se puso terriblemente furioso, como nunca lo
había visto.
»En las semanas que siguieron se quedaba más y más tiempo en esta
casa horrible. Una noche, cuando volvió a casa, me pegó. Yo decidí
escapar. El tío David que conocía estaba muerto, al menos para mí. Pero
me atrapó... y entonces llegaste tú.
Se quedó callada.
Me estremecí de la cabeza a los pies. Tenía una idea bastante
aproximada acerca de qué fue lo que hizo el tío de Vicki para ganarse la
vida. La época en la que Rankin me había contratado coincidía con aquella
en la que el tutor de Vicki perdiera el control. En ese instante estuve a
punto de arrancar el auto y largarme, a pesar de la salvaje carnicería del
laboratorio, a pesar de la escalera secreta, incluso a pesar del reguero de
sangre en el piso. Pero entonces un grito lejano y débil llegó hasta nosotros.
Manoteé el botón del compartimiento de la guantera, metí la mano dentro,
y la revolví hasta encontrar la linterna.
La mano de Vicki me apretó el brazo.
—No, Danny. Por favor, no lo hagas. Sé que algo terrible está pasando
aquí. ¡Condúcenos lejos de eso!
El grito sonó de vuelta, esta vez más debilitado, y tomé una
determinación: agarré la linterna. Vicki me adivinó la intención.
—Muy bien, iré contigo.
—Uhuh
—dije—. Tú te quedas aquí. Tengo el presentimiento de que
hay algo... suelto allí afuera. Tú te quedas aquí.
Volvió al asiento de mala gana. Cerré la puerta y regresé corriendo al
laboratorio. Entré de nuevo al garaje, sin detenerme. La linterna alumbró el
agujero oscuro donde la pared se había deslizado para revelar la escalera.
Con la sangre tamborileándome densamente en las sienes, me aventuré allí
abajo. Fui contando los escalones, apuntando con la linterna hacia las
anodinas paredes, hacia la impenetrable oscuridad de las profundidades.
—Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés...
Al llegar al treinta, la escalera se convirtió repentinamente en un corto
pasadizo. Empecé a atravesarlo sigilosamente, deseando tener a mano un
revólver o incluso un cuchillo que me hiciera sentir un poco menos
desnudo y vulnerable.
De repente un grito, terrible y colmado de miedo, resonó en la oscuridad
que tenía enfrente. Era el sonido del terror, el sonido de un hombre
enfrentado con algo salido de los más profundos fosos del horror. Comencé
a correr. Mientras lo hacía advertí que la fría corriente de aire me estaba
soplando directamente en la cara. Supuse que el túnel debía dar al exterior.
Y entonces me tropecé con algo.
Era Rankin, tirado en el charco de su propia sangre; sus ojos
contemplaban el techo con un horror vidrioso. La parte trasera de su cabeza
estaba aplastada.
Delante de mí escuché el disparo de una pistola, una maldición, y otro
grito. Corrí hacia allí y por poco me caigo de bruces al tropezar con unos
nuevos escalones. Al subirlos distinguí, allá arriba, una escalera vagamente
enmarcada contra una abertura cubierta con malezas. Las hice a un lado y
me encontré con un cuadro sorprendente: silueteada contra el cielo, una
figura alta que sólo podía ser de Weinbaum, con un revólver colgándole de
una mano, y mirando hacia el suelo en sombras. Incluso las nubes, que se
habían abierto brevemente para dejar pasar la luz de las estrellas, volvieron
a cerrarse.
Él me escuchó y se dio vuelta con prontitud, con sus ojos vidriosos como
linternas rojas en la oscuridad.
—Oh, es usted, Gerad.
—Rankin está muerto —le dije.
—Lo sé —respondió—. Usted podría haberlo evitado llegando un poco
más rápido.
—Oh, cállese —le contesté, enojado—. Me apuré...
Fui interrumpido por un sonido que, desde entonces, me ha venido
persiguiendo en mis pesadillas, un horroroso sonido maullante, como si se
tratara del grito de dolor de alguna rata gigantesca. Por el rostro de
Weinbaum vi pasar el reconocimiento, el miedo, y finalmente un parpadeo
de determinación, todo en cuestión de segundos. Me sentí profundamente
aterrorizado.
—¿Qué es eso? —pregunté con la voz estrangulada.
Como al descuido, con toda su afectada indiferencia, barrió el fondo del
pozo con el haz de luz, y alcancé a notar que su mirada se apartaba de algo.
La cosa maulló de nuevo y experimenté otro espasmo de miedo. Estiré el
cuello para poder ver qué clase de horror yacía en aquel pozo, un horror
capaz de lograr que incluso Weinbaum gritara de abyecto terror. Y justo
antes de que pudiera verlo, un horrible alarido de espanto se alzó y
desplomó desde el difuso contorno de la casa.
Weinbaum dejó de alumbrar el pozo con su linterna y la apuntó contra
mi cara.
—¿Quién fue? ¿Con quién vino usted? —preguntó.
Pero yo tenía mi propia linterna encendida, de modo que volví a
atravesar corriendo el pasadizo, con Weinbaum pegado a mis talones.
Había reconocido el grito. Ya lo había oído antes, cuando una muchacha
asustada casi se abalanza contra mi auto mientras huía de su maniático
tutor.
¡Vicki!
_
CAPÍTULO SIETE
_
Escuché que Weinbaum ahogaba un grito cuando entramos en el
laboratorio. El lugar estaba inundado del líquido verde. ¡Los otros dos
recipientes estaban rotos! Sin detenerme, transpuse los recipientes
destruídos y vacíos y salí por la puerta. Weinbaum no me siguió.
No había nadie en el coche; la puerta del lado del pasajero estaba abierta.
Barrí el suelo con la luz de mi linterna. Aquí y allá se veían las huellas de
una chica que calzaba tacones altos, una chica que tenía que ser Vicki. El
resto de las huellas fueron borradas por algo monstruoso; vacilo al intentar
considerarla una huella. Era más bien como si algo grande se hubiera
arrastrado en dirección al bosque. Su enormidad quedó demostrada,
además, cuando descubrí los arbolillos quebrados y la maleza aplastada.
Volví corriendo al laboratorio, donde Weinbaum estaba sentado con la
cara pálida y estirada, contemplando los tres tanques vacíos y destrozados.
El revólver estaba sobre la mesa; me apoderé de él y me dirigí hacia la
puerta.
—¿Adónde se piensa que va con eso? —interpeló, poniéndose de pie.
—Afuera, en busca de Vicki —gruñí—. Y si llega a estar herida o...
—no terminé la frase.
Me precipité en la aterciopelada oscuridad de la noche. Me zambullí en
el bosque con la pistola en una mano y la linterna en la otra, siguiendo el
sendero trazado por algo en lo que no quería pensar. La pregunta vital que
me ardía en la mente era si tenía a Vicki o si aún la estaba arrastrando. Si la
tenía en su poder…
Mi pregunta fue respondida por un grito agudo que no sonó demasiado
lejos de mí.
Salí corriendo, más rápidamente ahora, cuando de repente aparecí en un
claro.
Quizás sea porque quiero olvidarlo, o tal vez sólo porque la noche era
oscura y comenzaba a ponerse brumosa, pero lo cierto es que tan solo
puedo recordar cómo Vicki apareció a la luz de mi linterna, corriendo hacia
mí, para enterrar su cabeza contra mi hombro y sollozar.
Una enorme sombra se me acercó maullando de manera asquerosa,
volviéndome casi loco del terror. Atropelladamente, escapamos de aquel
horror en la oscuridad, de regreso a las reconfortantes luces del laboratorio,
lejos del nunca visto terror que acechaba en la negrura. Mi cerebro,
enloquecido por el miedo, me decía que si sumabas dos y dos obtenías un
cinco.
Los tres tanques habían contenido tres cosas provenientes de los más
oscuros abismos de una mente retorcida. Una había escapado; Rankin y
Weinbaum la persiguieron. Había matado a Rankin, pero Weinbaum la
hizo caer en el pozo disimulado. La segunda cosa se debatía ahora
torpemente en el bosque, y de repente recordé que, fuera lo que fuese, era
muy grande y le había llevado bastante tiempo arrastrarse hasta allí.
Entonces comprendí que había retenido a Vicki en una hondonada. ¡Había
llegado al fondo... con mucha facilidad! Pero, ¿y volver a escalarla? Estaba
casi seguro de que no podría lograrlo.
Dos de ellas se encontraban fuera del juego. Pero, ¿dónde estaba la
tercera? Mi pregunta fue respondida en ese preciso instante por un grito
proveniente del laboratorio. Y por un… maullido.
_
CAPÍTULO OCHO
_
Corrimos hasta la puerta del laboratorio y la abrimos. Estaba vacío; los
gritos y los terribles sonidos maullantes provenían del garaje. Llegué a la
puerta, y desde aquel entonces he estado agradecido de que Vicki se
quedara en el laboratorio y se ahorrara la visión que me ha despertado de
mil espantosas pesadillas.
El laboratorio estaba en sombras y lo único que podía distinguir era una
enorme mancha moviéndose perezosamente. ¡Y los alaridos! Gritos de
terror, los gritos de un hombre que se está enfrentando a un monstruo
salido de los abismos del infierno. Algo maullaba espantosamente y parecía
jadear complacido.
Mi mano se movió en busca de la llave de la luz. ¡Allí estaba, la
encontré! La luz inundó el cuarto, iluminando un cuadro de horror que era
el resultado del asunto de la tumba en el que había participado, tanto el tío
muerto como yo.
Un gusano grande y blanquecino se retorcía en el suelo del garaje,
reteniendo a Weinbaum con sus ventosas extendidas, alzándolo hacia esa
boca rosa y goteante de la que provenían los desagradables maullidos. Las
venas, rojas y pulsantes, sobresalían bajo su carne viscosa, y millones de
diminutos gusanos serpenteaban en las vasos sanguíneos, en la piel, incluso
formaban un gran ojo que me miró fijamente. Un inmenso gusano,
compuesto de centenares de millones de gusanos, los festejantes de la carne
muerta que Weinbaum había utilizado tan desvergonzadamente.
Inmerso en el submundo del terror, disparé el revólver una y otra vez. La
cosa maulló y se convulsionó.
Weinbaum gritó algo mientras era arrastrado inexorablemente hacia la
boca que esperaba. Aunque no podía creerlo, logré entenderle por sobre el
horroroso sonido que producía la criatura.
—¡Dispárele! ¡Por el amor del cielo, dispárele!
Entonces noté los pegajosos charcos de líquido verde que, provenientes
del laboratorio, se rebalsaban sobre el suelo. Me puse a buscar mi
encendedor, lo encontré y lo accioné frenéticamente. De repente recordé
que había olvidado cambiarle la piedra. De modo que busqué la cajita de
fósforos, saqué uno y con aquél encendí todos los demás. Lo hice justo
cuando Weinbaum gritaba por última vez. Distinguí su cuerpo a través de
la translúcida piel de la criatura, que aún se sacudía mientras miles de
gusanos se le pegaban como sanguijuelas. Sintiendo náuseas, arrojé los
fósforos encendidos en el rezume verde. Era inflamable, tal como lo
imaginaba. Estalló en llamas resplandecientes. La criatura se enroscó en
una asquerosa pelota de carne pulsante y podrida.
Me volví y salí a los trompicones hasta donde se encontraba Vicki,
pálida y temblorosa.
—¡Vamos! —le dije—; salgamos de aquí! ¡Todo el lugar va a arder!
Nos abalanzamos dentro del auto y nos alejamos a toda velocidad.
_
CAPÍTULO NUEVE
_
No queda mucho por agregar. Imagino que habrán leído todo lo referente al
fuego que arrasó el distrito residencial Belwood de California, y que barrió
con casi veinte kilómetros cuadrados de bosques y casas residenciales. No
podría sentirme demasiado mal acerca de aquel incendio. Calculo que
cientos de personas habrían sido exterminadas por las gigantescas cosasgusano
que Weinbaum y Rankin estaban engendrando. Volví a aquel lugar
en el auto, luego del incendio. Todo estaba lleno de ruinas carbonizadas.
No quedaban restos reconocibles del horror contra el que luchamos esa
última noche, y, tras buscar durante un rato, encontré un armario de metal.
Adentro tenía tres cuadernos de anotaciones.
Uno de ellos era el diario de Weinbaum. Lo leí con detenimiento.
Revelaba que estaban experimentando con la carne muerta, exponiéndola a
los rayos gamma. Un día observaron una cosa extraña: algunos de los
gusanos que se arrastraban sobre la carne estaban creciendo, agrupándose.
Con el tiempo fueron creciendo juntos, formando tres grandes gusanos por
separado. Quizás la bomba radiactiva había acelerado la evolución.
No lo sé.
Además, no quiero saberlo.
Supongo que, en cierto modo, tuve algo que ver con la muerte de
Rankin; la carne del cadáver cuya tumba yo mismo había profanado quizás
había alimentado a la misma criatura que lo terminó matando.
Vivo con ese pensamiento. Pero creo que puede haber un perdón. Me
estoy esforzando por conseguirlo. O, más bien, ambos nos estamos
esforzando.
Vicki y yo. Juntos.

LOS AMADOS MUERTOS

Escrito por imagenes 07-08-2008 en General. Comentarios (1)

  LOS AMADOS MUERTOS

H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY

 

 

Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.

Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud - terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.

De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí !
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja" porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.

Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.

De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.

Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.

Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.

Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.

Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir... alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.

Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.

Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.

Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.

El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.

También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.

Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.

Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.

La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.

Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.

Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.

Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.

Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!

Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban vida!

Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.

Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.

Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio... cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.

Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado... nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia...mortales explosiones de histéricas granadas...el monótono silbido de balas sardónicas...humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)... letales humaredas de gases venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años de trascendente satisfacción.

En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.

Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un "Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.

Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.

Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues...¡nada!

Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.

Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.

Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.

Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.

Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.

El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.

Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.

Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta...

Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad...

las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución... el distante ladrido de los sabuesos.

Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.

¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!

Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!

¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.

¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada... cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición... dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento... un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro... fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir... más...

EL ECLIPSE -- AUGUSTO MONTERROSO

Escrito por imagenes 06-08-2008 en General. Comentarios (20)

EL ECLIPSE -- AUGUSTO MONTERROSO

El Eclipse
Augusto Monterroso
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Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría
salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y
definitiva. Ante su ignorancia topogáfica se sentó con tranquilidad a esperar la
muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo
en la España distante, en el convento de Los Abrojos, donde Carlos V
condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el
celo de su labor redentora
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible,
que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció
como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí
mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas
nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura
universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se
esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel
conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo -, puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus
ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto
desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre
vehemente sobre una piedra de los sacrificios (brillante bajo la luz opaca de un sol
eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin
prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y
lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en
sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.                  
 
 
 

DISCURSION Nº 70 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNIPAPINI -- EL PARAISO HALLADO NUEVAMENTE

Escrito por imagenes 06-08-2008 en General. Comentarios (3)

DISCURSION Nº 70 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNIPAPINI -- EL PARAISO HALLADO NUEVAMENTE

DISCURSION Nº 70 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- EL PARAISO HALLADO NUEVAMENTE

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Giovanni Papini El Libro Negro
Conversación 70
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Conversación 70
EL PARAISO HALLADO NUEVAMENTE
(DE WILLIAM BLAKE)

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Aberdeen, 5 de septiembre
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Entre los manuscritos inéditos de la colección Everett hay uno que a pesar de su brevedad es de
los más importantes, según me lo confirmó un scholar de Cambridge: es de William Blake, el
visionario poeta autor de El Matrimonio del Cielo y el Infierno. Según parece, el fragmento que
tengo ante mis ojos debió ser el esbozo de un poema que hubiera tenido por título El Paraíso
Hallado Nuevamente, titulo que recuerda al Paradise Regained, de John Milton, pero tanto el
tono como el contenido son muy diversos.
Blake comienza diciendo que el Edén del que habla la Biblia no puede haber desaparecido de la
faz de la tierra, porque Dios es por esencia creador, y ciertamente no ha querido destruir una de
sus obras maestras. Así pues, es necesario buscar ese Paraíso, cosa que ya intentaron muchos
hombres durante los siglos de las luces o sea durante la Edad Media. El último navegante que se
esforzó por hallar el Paraíso Terrenal fue Cristóbal Colón, quien marchando hacia Occidente se
proponía llegar al Oriente, lugar donde Dios habría preparado el jardín de delicias para su primer
huésped. Pero, por desgracia, el místico genovés halló tierras que se interponían entre Europa y
Asia, y que resultaron ser cebo y barrera. Con él concluyó la Edad Media y terminó la búsqueda
del Edén.
Blake imagina ser él mismo el nuevo peregrino que pretende recorrer, afanosamente, el camino
seguido por los dos exilados: por nuestro primer padre y por nuestra primera madre. Por espacio
de largos años viaja por estepas y bosques, atraviesa cadenas de montañas y multitud de ríos,
recorre valles fertilísimos y selvas terroríficas, marcha por las dunas del mar y los senderos
herbáceos de los altiplanos. Encuentra llanuras verdes y jardines florecidos, bosques donde mora
la alegría de los pájaros y frescos oasis de palmeras y fuentes, pero en ningún sitio halla al
verdadero Paraíso Terrenal, por doquiera reinan el gemido del sufrimiento y las sombras de la
muerte.
Una noche, cansado y afligido se duerme el peregrino sobre el musgo de una caverna. Tiene un
sueño en el que se le aparece un gigante de cabello blanco, un gigante que lo mira con ojos
fulgurantes e imperiosos; el peregrino cree reconocer en él al Creador pintado por Miguel Angel
en la capilla Sixtina. El anciano habla así al desesperado viandante
- En vano recorres la tierra buscando el lugar donde estuvo el Jardín destinado a ser morada de
Adán. Como premio a tu fe y tu constancia te revelaré la verdad que fue adivinada únicamente
por rarísimos santos. El Paraíso Terrenal es toda la tierra, nada más que la tierra con todas sus
regiones, con sus alturas y sus aguas. Adán y Eva no fueron expulsados de un lugar cerrado, sino
que fueron cegados. Las espadas llameantes de los Querubines cambiaron la visión de sus ojos,
los obnubilaron y no reconocieron el asilo de las delicias y jamás lo volvieron a reconocer. Sus
ojos ofuscados vieron malezas y espinas donde había flores esplendorosas, vieron piedras
escabrosas donde había gemas refulgentes, zonas desiertas donde en realidad había extensiones
alfombradas de hierbas olorosas, lugares nebulosos donde brillaban cielos resplandecientes,
horrendos abismos donde había valles bendecidos por la sonrisa del sol. El mundo ha quedado tal
cual fue en su creación desde el primer día, pero los hombres, debido a la alteración de su mirada, ven en el Paraíso, ya un doloroso Purgatorio, ya un horrendo Infierno.
»Y también su facultad auditiva fue alterada por el fragor de las espadas, y dejaron de
comprender el lenguaje de los animales y los armoniosos mensajes de las plantas. Si el hombre
pudiera recuperar la limpidez de sus pupilas obcecadas y la virtud perfecta de sus oídos, entonces
todo se le aparecería como es en la realidad, como se le apareció el primer día, antes del pecado».
El anciano extendió su diestra y tocó los ojos del durmiente, luego sopló con su boca en sus
oídos. Al percibir aquella sensación el peregrino se despertó sobresaltado, sacudido por un
gozoso terror, y salió de la caverna. Ya amanecía, y Blake comprobó que el Señor no le había
engañado: lo que en la tarde anterior le había parecido una tierra pedregosa y estéril, la veía ahora
como una multicolor fiesta de hierbas y flores, de arbustos cargados con bayas maduras, por
doquiera veía ovejas pastando. Extasiado de estupor, comprendió de golpe los razonamientos que se decían gorjeando los mirlos y las alondras, alegrándose con él por la recuperada felicidad.
«Y yo, concluye diciendo Blake, después de agradecer al Señor con un canto nuevo, regresé a mi
ciudad, a mi pobre casita, y me di cuenta de que hasta mi reducida huerta de Londres era un
rincón, hasta entonces ignorado, del Edén omnipotente y eterno.»
Entre los manuscritos inéditos de la colección Everett hay uno que a pesar de su brevedad es de
los más importantes, según me lo confirmó un scholar de Cambridge: es de William Blake, el
visionario poeta autor de El Matrimonio del Cielo y el Infierno. Según parece, el fragmento que
tengo ante mis ojos debió ser el esbozo de un poema que hubiera tenido por título El Paraíso
Hallado Nuevamente, titulo que recuerda al Paradise Regained, de John Milton, pero tanto el
tono como el contenido son muy diversos.
Blake comienza diciendo que el Edén del que habla la Biblia no puede haber desaparecido de la
faz de la tierra, porque Dios es por esencia creador, y ciertamente no ha querido destruir una de
sus obras maestras. Así pues, es necesario buscar ese Paraíso, cosa que ya intentaron muchos
hombres durante los siglos de las luces o sea durante la Edad Media. El último navegante que se
esforzó por hallar el Paraíso Terrenal fue Cristóbal Colón, quien marchando hacia Occidente se
proponía llegar al Oriente, lugar donde Dios habría preparado el jardín de delicias para su primer
huésped. Pero, por desgracia, el místico genovés halló tierras que se interponían entre Europa y
Asia, y que resultaron ser cebo y barrera. Con él concluyó la Edad Media y terminó la búsqueda
del Edén.
Blake imagina ser él mismo el nuevo peregrino que pretende recorrer, afanosamente, el camino
seguido por los dos exilados: por nuestro primer padre y por nuestra primera madre. Por espacio
de largos años viaja por estepas y bosques, atraviesa cadenas de montañas y multitud de ríos,
recorre valles fertilísimos y selvas terroríficas, marcha por las dunas del mar y los senderos
herbáceos de los altiplanos. Encuentra llanuras verdes y jardines florecidos, bosques donde mora
la alegría de los pájaros y frescos oasis de palmeras y fuentes, pero en ningún sitio halla al
verdadero Paraíso Terrenal, por doquiera reinan el gemido del sufrimiento y las sombras de la
muerte.
Una noche, cansado y afligido se duerme el peregrino sobre el musgo de una caverna. Tiene un
sueño en el que se le aparece un gigante de cabello blanco, un gigante que lo mira con ojos
fulgurantes e imperiosos; el peregrino cree reconocer en él al Creador pintado por Miguel Angel
en la capilla Sixtina. El anciano habla así al desesperado viandante
- En vano recorres la tierra buscando el lugar donde estuvo el Jardín destinado a ser morada de
Adán. Como premio a tu fe y tu constancia te revelaré la verdad que fue adivinada únicamente
por rarísimos santos. El Paraíso Terrenal es toda la tierra, nada más que la tierra con todas sus
regiones, con sus alturas y sus aguas. Adán y Eva no fueron expulsados de un lugar cerrado, sino
que fueron cegados. Las espadas llameantes de los Querubines cambiaron la visión de sus ojos,
los obnubilaron y no reconocieron el asilo de las delicias y jamás lo volvieron a reconocer. Sus
ojos ofuscados vieron malezas y espinas donde había flores esplendorosas, vieron piedras
escabrosas donde había gemas refulgentes, zonas desiertas donde en realidad había extensiones
alfombradas de hierbas olorosas, lugares nebulosos donde brillaban cielos resplandecientes,
horrendos abismos donde había valles bendecidos por la sonrisa del sol. El mundo ha quedado tal
cual fue en su creación desde el primer día, pero los hombres, debido a la alteración de su mirada,
ven en el Paraíso, ya un doloroso Purgatorio, ya un horrendo Infierno.
»Y también su facultad auditiva fue alterada por el fragor de las espadas, y dejaron de
comprender el lenguaje de los animales y los armoniosos mensajes de las plantas. Si el hombre
pudiera recuperar la limpidez de sus pupilas obcecadas y la virtud perfecta de sus oídos, entonces
todo se le aparecería como es en la realidad, como se le apareció el primer día, antes del pecado».
El anciano extendió su diestra y tocó los ojos del durmiente, luego sopló con su boca en sus
oídos. Al percibir aquella sensación el peregrino se despertó sobresaltado, sacudido por un
gozoso terror, y salió de la caverna. Ya amanecía, y Blake comprobó que el Señor no le había
engañado: lo que en la tarde anterior le había parecido una tierra pedregosa y estéril, la veía ahora
como una multicolor fiesta de hierbas y flores, de arbustos cargados con bayas maduras, por
doquiera veía ovejas pastando. Extasiado de estupor, comprendió de golpe los razonamientos que
se decían gorjeando los mirlos y las alondras, alegrándose con él por la recuperada felicidad.
«Y yo, concluye diciendo Blake, después de agradecer al Señor con un canto nuevo, regresé a mi
ciudad, a mi pobre casita, y me di cuenta de que hasta mi reducida huerta de Londres era un
rincón, hasta entonces ignorado, del Edén omnipotente y eterno.»
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CONVERSACIONES/DISCURSIONES EN :

MUSICA MP3 GOTHIC

Escrito por imagenes 05-08-2008 en General. Comentarios (6)

MUSICA MP3 GOTHIC

Mùsica Mp3
Mp3-Singles Completos
Tracks:


Theatres des Vampires LilithMater Inferorum
Theatres des Vampires TenebraDentro
Theatres des Vampires Luciferia
ROYAL ANGUISH Royal_Anguish-Twisted_Angel_192k.mp3
DREAM THEATER Charlie Dominici-O3, A Trilogy,part one-Track 07-The Order Comes.mp3
THE ORDER theorder_son_of_armageddon.mp3
SEPULTURA SEPULTURA_Convicted_In_Life.mp3
IRON MAIDEN thetrooper.mp3
RISING MOON Rising_Moon_-_Cyborg_Insane.mp3
STRAPPING YOUNG LAD syl_alien_loveedit.mp3
MANNTIS AxeOfRedemption.mp3
DISGORGE Enthroned Abominations.mp3
Manowar Louder than Hell The Gods Made Heavy Metal
POWER QUEST findmyheaven.mp3
ZARATHUSTRA Of_Serpents_and_Swords.mp3
ANTIMATTER Antimatter_PlanetaryConfinements_Legions.mp3
GREEN CARNATION GreenCarnation_AcousticVerses_Alone.mp3
JESTERS FUNERAL JestersFuneral_2005_MissSingularity.mp3
THE MERCY CLINIC Numb.mp3
THE MERCY CLINIC Can-I-Become-Me.mp3
STOLEN BABIES StolenBabies_There_TallTales.mp3
VASSLINE Flowers.mp3
CARNAL FORGE Carnal_Forge-gods_enemy_no1.mp3
PROSTITUTE DISFIGUREMENT freaking.mp3
CRYPTOPSY Cryptopsy_OWN_Adeste.mp3
WORLD BELOW World_Below_-_The_Dissection_Of_An_Evil_Mind.mp3
8THSIN The 11th Commandment.mp3
SOLITUDE AETURNUS Solitude_Aeturnus_-_Sightless_128.mp3
THEATRE OF TRAGEDY TheatreOfTragedy_Storm_excerpt1.mp3
MAGIKA imagika-my-bloodied-wings-forever-darkened.mp3
GODYVA ingoodandevil.mp3
GODYVA brokenangel.mp3
GODYVA lovablesin.mp3
GODYVA dreamsofachild.mp3
GODYVA cold.mp3
EMPIRE Empire-RavenRide-edit.mp3
SINISTHRA teaser.mp3
YEARS OF FIRE yearsoffire.intheeyesofgod.mp3