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MITOS Y LEYENDAS -- HISTORIA -- BATALLA DE MARATON

Escrito por imagenes 29-09-2008 en General. Comentarios (2)

MITOS Y LEYENDAS -- HISTORIA -- BATALLA DE MARATON


MITOS Y LEYENDAS -- HISTORIA -- BATALLA DE MARATON

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HE ENCONTRADO, UN LIBRO DE HISTORIA, UN TANTO
"extraño"; en si, es de un tiempo, en que la religion, estaba mas estendida, y en fechas, solo hay acontecimientos,el mas lejano, sobre el 3000 a. de C. . Aparte de llevar un descontrol en las cronicas, viendo la historia como Mitos y Leyendas, y eso es lo que voy a hacer, tratarlo como mitos y leyendas, cojiendo relatos sueltos de una epoca u otra, haber que pasa.

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Grecia en la Guerra Meda
522 – 490
- Batalla de Maratón
- 26 de setiembre
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En oposición a estos Estados, tan sumamente divididos, la Persia procuraba engrandecerse agregándose gente siempre nueva, y pretendiendo que los vecinos le fuesen tributarios o satélites. Conquistada la Lidia, se encontró fronteriza con la Jonia, y Darío Histaspes la subyugó nombrando sátrapas de las provincias a los principales ciudadanos que la favorecían por interés.
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Construido luego un puente sobre el Danubio, por donde pasar a la Escitia, confió su custodia a los sátrapas. El ateniense Milcíades, que poseyendo ricos territorios en Capadocia, era vasallo del rey, concibió la idea de cortar el puente, para que Darío muriese de hambre en el desierto. Se opuso Histieo de Mileto, y Darío, malograda su empresa, pudo volver y colocar a Histieo en alta posición; pero vendiéndose éste vilmente contra los suyos, trató de sublevar el Asia Menor; lo que consiguió con el auxilio de su sobrino Aristágoras, quien llamó en su ayuda a los Atenienses. Estos, atemorizados al ver aproximarse a Darío, que había ocupado la Tracia y la Macedonia y amenazaba a la Eubea, armaron una flota, tomaron a Sardis e inmediatamente la incendiaron.
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Artafernes, sátrapa de este país, dio caza a, los Griegos y los exterminó. Los Persas sometieron a Mileto, Quíos, Lesbos y Ténedos, y devastaron la Jonia. Darío quiso que un cortesano le recordase cada día el incendio de Sardis. Lo excitaba Hipias, quien, expulsado de Atenas, hacía el acostumbrado oficio de desterrado. En efecto, Darío mandó a la venganza a su yerno Mardonio, con un poderoso ejército y una numerosa flota; pero esta y aquel perecieron. Aconsejado por Hipias, hizo nuevos alistamientos; sometiéronse algunos países, hasta la poderosa Egina, muy inmediata a Atenas, y fue saqueada Eretria, separada de ésta solo por un canal. Reconciliadas Atenas y Esparta ante el común peligro, se aprestaron a la defensa: desde luego los Atenienses, con solos 10 mil hombres y algunos esclavos, en la pantanosa llanura de Maratón, impropia para la caballería, hacen frente a los Persas, diez veces más numerosos que ellos; su ardimiento y el mérito de Milcíades triunfan, los Persas se refugian en sus naves, e Hipias queda muerto; con el mármol traído para erigir un trofeo, Fidias cincela una Némesis; píntase aquella victoria en el pórtico de Atenas. Milcíades, con 70 naves castiga a las islas infieles, pero no habiendo logrado su intento en Paros, es juzgado traidor y condenado a la cárcel, donde muere. ¡Ingratitud harto común! Pero quedaba asegurada la superioridad del Occidente sobre el Oriente.
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Arístides - Temístocles
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Atenas era sostenida por el talento de Arístides el justo y por la destreza de Temístocles, valiente en el campo de batalla, elocuente en la tribuna y perito en los consejos. Arístides lo consideraba peligroso para la libertad, por lo cual lo contrariaba; pero los partidarios de Temístocles consiguieron que se desterrase a Arístides. Dueño entonces de la situación, Temístocles indujo a explotar el oro de las minas del monte Laureo, no para regalos ni espectáculos, sitió para la construcción de una flota de 100 galeras, con la cual reprimió a los piratas de Egina y Corcira, apadrinó el Egeo, enriqueció al pueblo con los botines, y se preparó contra la presunta vuelta de los Persas.
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En efecto, Jerjes, hijo de Darío, incitado por los recién emigrados de Grecia, empleó tres años en hacer preparativos, y aliándose con Cartago afilió para una guerra nacional a mas de 56 pueblos lejanos y muy distintos por sus armas y banderas, reunió, según dicen, un millón setecientos mil infantes y cuatrocientos mil caballos, además de la muchedumbre de vagabundos, mujeres, marineros y siervos, que hacían subir el total de aquella masa a mas de cinco millones: con 1207 naves, proporcionadas por los Fenicios y por los Griegos del Asia. Pasándoles revista, Jerjes lloró, al pensar que al cabo de pocos años todos habrían muerto.
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Pasado el Helesponto, por un puente, en siete días, arrojó aquella devastadora muchedumbre sobre los Macedonios, los cuales se sometieron, como también otras federaciones Etolias y Beocias; los Argivos desertaron porque no podían obtener el mando de la flota; por el mismo motivo Gelón, rey de Siracusa, no mandó mas que a un puñado de gente para proteger a Delos; Corcira y Creta permanecieron neutrales: las colonias de Italia estaban amenazadas por los Cartagineses, por cuyo motivo parecía que la Grecia estaba irremisiblemente perdida ante los Persas, quienes avanzaban en tres cuerpos, abastecidos por la flota y por los paisanos. Pero los Anfictiones, replegados en el istmo, excitaban a sus compatriotas al valor, y dirigían la empresa con los consejos y las respuestas de la Pitonisa: Temístocles se multiplicaba para atender a todo, llamando a los emigrados, encerrando las riquezas, las mujeres y los niños en los muros de madera que el oráculo había indicado, es decir, en la flota.
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Termópilas - 300 Guerreros
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A defender el angosto paso de las Termópilas, entre la Tesalia y la Lócride, fue mandado Leónidas, rey de Esparta, con solos 300 guerreros y 5500 coaligados, los cuales bastaron para contener a los Persas: pero habiendo Efialtes indicado a éstos otro paso, envolvieron a los valientes Lacedemonios, que perecieron todos, pero encima de 20 mil cadáveres enemigos.
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Batalla de Salamina -
19 de octubre – 479
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Aquel desastre valió más que una victoria, puesto que demostró que un puñado de hombres libres bastaba para combatir contra millones de esclavos: muchos Jonios desertaron de Jerjes, movidos por el amor patrio. Pero Jerjes ocupó a Atenas y la destruyó, como arrasó a los templos de los dioses: con 750 naves y mas de 150 mil hombres, asedió a las 380 de los Griegos en Salamina, quedando derrotado; después de lo cual se volvió a su país, mientras que Temístocles era proclamado libertador de la patria. Al mismo tiempo, los colonos de Sicilia, derrotaron al ejército cartaginés.
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Aún quedaba en Grecia Mardonio, con 300 mil hombres, pero fue vendido y muerto en la batalla de Platea, mandada por el espartano Pausanias y por el ateniense Arístides, el mismo día que en Mícale la flota persa era derrotada y quemada por la griega.Después de aquella expedición quedó debilitado el poderío persa, y los Griegos del Asia recobraron su independencia, al cabo de 30 años de obstinada guerra. Jerjes sucumbió también a una conspiración.

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MARATON
Al finalizar la batalla, y sabiendo del ataque de la flota persa a la ciudad, Milcíades decide enviar a su soldado más veloz, el corredor Filípides, con ordenes de anunciar la victoria de Atenas en Maratón sobre el ejercito persa. La leyenda nos cuenta que Filípides recorrió el camino desde el campo de Maratón hasta Atenas, sumando alrededor de 42000 metros, al llegar a la ciudad anuncio ¡Hemos Vencido! y sin más fuerza cayó muerto. En homenaje a esta proeza se realiza el llamado “Maratón”, un recorrido de 42,195 kilómetros a trote, aproximadamente la misma distancia que recorrió Filípides (los 195 metros se añadieron en Londres, en 1908, para que el final de la carrera coincidiera con el palco presidencial donde estaba la reina).
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LINKS
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FAVOLE *** VICTORIA FRANCES *** ANGEL`S

Escrito por imagenes 26-09-2008 en General. Comentarios (1)

FAVOLE *** VICTORIA FRANCES *** ANGEL`S

FAVOLE *** VICTORIA FRANCES *** ANGEL`S



COLOMBIA -- MITOS -Y- LEYENDAS

Escrito por imagenes 26-09-2008 en General. Comentarios (19)

COLOMBIA -- MITOS -Y- LEYENDAS

COLOMBIA -- MITOS -Y- LEYENDAS
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Los Mitos y Leyendas de los pueblos hablan de sus temores, deseos, supersticiones y creencias. Para los vallenatos tienen valor los siguientes personajes:

El Ecce Homo
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Las Ánimas: Son las almas de quienes están en el purgatorio. A ellas se les reza el dos de noviembre. Se les pide favores o milagros, y si una vez cumplidos el beneficiado no cumple con las promesas hechas, las Animas, comienzan a hacerle maldades en casa del incumplido. Maldades como las de trasponer las cosas, desordenar los armarios, echarle azúcar a la sopa, romper los platos y otras travesuras. También se dice que si en una noche de ánimas se las siente haciendo ruido en el cementerio y si quien las oye voltea para verlas, se convierte en estatua, queda petrificado. Tampoco se les debe hacer caso cuando a media noche van por la calle diciendo: "Alerta... alerta... ábreme la puerta... alerta... alerta...". Las ánimas son seres vestidos de blanco, con una túnica que les cubre desde la cabeza y llevan un gorro en forma de cono.
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El Doroy: Cuentan los habitantes de todos los ríos que atraviesan Valledupar, que durante los grandes inviernos en esas crecientes inmensas que se salen del cauce, suele bajar hacia los mares, una culebra tan inmensa, que quien le ve la cabeza casi nunca puede verle la cola. Es el doroy, lleva sobre su cabeza un par de cuernos, posee barba como la de chivo, y emite además un canto igual al del gallo, pero quien la oye no puede volver a dormir hasta cuando pase la creciente. Es signo de desgracia si se le ve la cola, pero es buena señal para quien le ve la cabeza, la mujer embarazada que oye una doroy parirá un macho cantor. Además creen los vallenatos que cuando la doroy suba del mar hacia la Sierra Nevada por los ríos, esta será la primera señal del fin del mundo.
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La Llorona: Es un espanto femenino que aparece en los pueblos o en el monte, según la historia, buscando a su hijo.
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El Caballo sin jinete y el jinete sin cabeza: Espantos que asustan a los trasnochadores.
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El carro fantasma: Es un espanto que parece en contravía, principalmente por la carrera 8ª, sin chofer y que con las luces altas encandila a quienes les sale, dejando solo ver el celaje.
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Nano La Cru y Cabirol:
Fueron si personajes de carne y hueso que alguna vez fueron normales, pero que se volvieron herramientas de persuasión usadas por los papás contra los hijos desobedientes.
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La culebra de las siete cabezas: Aparece en el túnel que va del antiguo convento (hoy La Catedral) hasta el Colegio de Las Monjas (donde funciona hoy el Concejo de Valledupar).
Cuco: Nombre genérico de un ser de indeterminada figura con que se amedrenta a los niños para obligarlos a ser disciplinados y obedientes.
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Mayuya: A ella no se le ven los pies. Viste de negro, parece que camina en el aire y dicen que se lleva a los niños.
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El Silborcito: Otro espanto contra los niños. Es un enano, usa un saco de grandes bolsillos y un sombrero más grande que su propio cuerpo que usa para llevarse a los niños que encuentra de ambulando solos por la calle, especialmente a medio día, cuando el sol esta caliente.
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Los Monitos: Se dice que hay personas que tienen pacto con el Diablo y que éste le da unos seres malignos que debe conservar en un frasco de vidrio, que salen solo para cumplir ordenes de destrucción de casas o cultivos que se pueden volver contra su poseedor si éste no domina los rezos y conjuros para hacerlos regresar al frasco. Igualmente se afirma que hay gente que se gana la vida descumbrando selvas con la ayuda de estos Monitos.
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Aparatos: Se dice que salieron cuando se escucha un estropicio que no se sabe que lo produce ni de donde viene. Es como el ruido que producía una carretilla cargada de chatarra y manejada rápidamente a través de una calle llena de piedras. Se oye más que todo en los callejones de Castro Socarras, Pedro Rizo y en el de la Purrututú.
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La Gallina con pollitos: Ella señala los sitios donde hay entierro de oro. Aparece solo ante quien esta destinado el entierro. También se la usa para asustar porque hay referencias de su agresividad y de los arañazos que le ha hecho a alguna gente. Tanto la gallina como los pollitos son negros.
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La Llamita: También señala entierros, principalmente en la vía a la Paz y de aquí a San Diego. Por verla muchos han tenido accidentes en esa carretera.
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El Buey mariposo: Persona conocida en Valledupar, que vivió en el barrio la Guajira, en la calle de la Mala Palabra. Se afirma que tenía pacto con el Diablo, pues siendo un ladrón, cuando la policía salía en su búsqueda él era capaz de esconderse detrás de un palo de escoba, sin ser visto.
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La oración del perro negro: Es la que dicen se sabía el abuelo del Buey Mariposo y que gracias a ella, siendo el correo de la ciudad, era capaz de ir y venir a Fundación el mismo día.
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En esta región también se cree que hay vampiros que le chupan la sangre a la gente; se dice que en la finca de Genaro Villero, en la región de El Jobo, que esta entre la Paz y San Diego, hay un árbol de mamón que da ciruelas; se sabe de personas que a las doce de la noche, en jueves o viernes santo, celebran pactos con el Diablo en el cerro de la Popa o en el cerro de la finca Convención. El cerro de la Popa ya quedó dentro de la ciudad, al occidente. Y la finca Convención está entre Valencia de Jesús y Aguas Blancas; cuentan que en Pueblo Bello alguien hace bailar a un par de muñecos en el aire; y finalmente, que quienes pactan con el Diablo deben pagarle con el alma de personas que son entregadas a un toro negro.

PERSONAS, LUGARES Y COSAS -- CUENTOS PERDIDOS -- STEPHEN KING

Escrito por imagenes 25-09-2008 en General. Comentarios (2)

PERSONAS, LUGARES Y COSAS -- CUENTOS PERDIDOS -- STEPHEN KING

PERSONAS, LUGARES Y COSAS -- CUENTOS PERDIDOS -- STEPHEN KING
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PERSONAS, LUGARES Y COSAS

· Hotel al final del camino (Hotel At The End Of The Road) (King)
· ¡Tengo que escapar! (I've Got To Get Away!) (King)
· La deformación dimensional (The Dimension Warp) (King) *
· La cosa al fondo del pozo (The Thing At The Bottom Of The Well) (King)
· El extraño (The Stranger) (King)
· Estoy cayendo (I'm Falling) (King) *
· La expedición maldita (The Cursed Expedition) (King)
· Del otro lado de la niebla (The Other Side of The Fog) (King)

· Genio, 3 (Genius, 3) (Chesley)
· Los cuarenta principales, noticias, clima y deportes (Top forty, News, Weather and Sports) (Chesley)
· El chico sangriento (Bloody Child) (Chesley)
· Recompensa (Reward) (Chesley)
· Una cosa muy inusual (A Most Unusual Thing) (Chesley)
· Desaparecido (Gone) (Chesley)
· Han vuelto (They've Come) (Chesley)
· Asustado (Scared) (Chesley)
· La curiosidad mató al gato (Curiousity Kills The Cat) (Chesley)
· Nunca mires detrás de ti (Never Look Behind You) (King-Chesley)

* Cuentos extraviados

Triad Publishing Company
— 1963 —
HOTEL AL FINAL DEL CAMINO



—¡Más rápido! —dijo Tommy Riviere—. ¡Más rápido!
—Lo estoy poniendo a ciento veinte —dijo Kelso Black.
—Tenemos a los polis encima nuestro —dijo Riviera—. Ponlo a ciento cuarenta. —Se asomó por la ventanilla. Detrás del automóvil que huía se encontraba un patrullero, con la sirena aullando y las luces rojas destellando.
—Voy a doblar en el camino lateral de allí adelante —gruñó Black. Giró el volante y el automóvil se internó en el tortuoso camino de grava.

El policía uniformado se rascó la cabeza.
—¿A dónde se fueron?
Su compañero frunció el entrecejo.
—No lo sé. Simplemente... desaparecieron.

—Mira —señaló Black—. Hay unas luces enfrente.
—Es un hotel —se asombró Riviera—. ¡Un hotel, en este camino perdido! ¡Tiene que funcionar! La policía nunca nos buscará allí.
Black clavó los frenos sin importarle los neumáticos del automóvil. Riviera se inclinó sobre el asiento trasero y aferró una bolsa negra. Empezaron a caminar.
El hotel parecía una escena sacada de la época del 1900.
Riviera pulsó la campanilla con impaciencia. Apareció un anciano.
—Queremos una habitación —exigió Black.
El hombre los contempló en silencio.
—Una habitación —repitió Black.
El hombre se dio vuelta para volver a su oficina.
—Mira, viejo —dijo Tommy Riviera—. Eso no se lo perdono a nadie. —Extrajo su treinta y ocho—. Ahora mismo vas a darnos una habitación.
El hombre parecía dispuesto a seguir su camino, pero por último pronunció:
—Habitación cinco. Al final del pasillo.
Como no les ofreció firmar el registro, ellos subieron. El cuarto estaba vacío salvo por una cama doble de hierro, por un espejo resquebrajado y un empapelado mugriento.
—Aah, qué basura de cuarto —dijo Black, asqueado—. Apostaría a que hay tantas cucarachas aquí que se podría llenar un bidón de veinte litros.
Al despertar a la mañana siguiente, Riviera no pudo salir de la cama. No podía mover ni un músculo. Estaba paralizado. Entonces el viejo se dejó ver. Tenía la aguja que acababa de aplicarle a Black en los brazos.
—De modo que está despierto —dijo—. Queridos míos, ustedes dos son los primeros agregados a mi museo en veinticinco años. Pero se conservarán bien. Y no morirán. Irán a parar al resto de la colección de mi museo viviente. Unos hermosos especímenes.
Tommy Riviera ni siquiera pudo expresar su horror.



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¡TENGO QUE ESCAPAR!


«¿Qué estoy haciendo aquí?», me pregunté de repente. Estaba terriblemente asustado. No podía recordar nada, pero aquí estaba yo, trabajando en la línea de montaje de una central atómica. Todo lo que sabía era que me llamaba Denny Phillips. Era como si me acabara de despertar de un sueño apacible. El lugar estaba vigilado y los guardias portaban pistolas. Tenían la apariencia de ser de negocios. Había otros trabajadores y parecían zombis. Parecían prisioneros.
Pero no importaba. Tenía que descubrir quién era yo… qué estaba haciendo.
¡Tenía que escapar!
Empecé a cruzar el piso, y uno de los guardias gritó:
—¡Vuelve aquí!
Corrí por la habitación, me abalancé sobre el guardia y salí por la puerta. Oí el estallido de las pistolas y supe que me estaban disparando. Pero el pensamiento persistía:
¡Tengo que escapar!
Había un nuevo grupo de guardias bloqueando la otra puerta. Pareció que estaba atrapado, hasta que vi una pértiga balanceándose. Me agarré de ella y fui proyectado cien metros hasta que aterricé. Pero no terminó bien. Había un guardia allí. Me disparó. Me sentí débil y mareado… me sumergí en un abismo grande y oscuro…

Uno de los guardias se quitó la gorra y se rascó la cabeza.
—No sé Joe, no sé. El progreso es una gran cosa… pero que x-238a… Denny Phillips…, son unos buenos robots… pero se desorientan una y otra vez, y parece como si estuvieran buscando algo… casi humano. Oh, está bien.
Pasó un camión que en un costado decía: REPARACIÓN DE ROBOTS ACME.
Dos semanas más tarde, Denny Phillips estaba de nuevo en el trabajo… con una mirada ausente en sus ojos. Pero de repente…
Sus ojos se aclararon… y el persistente pensamiento volvió a él:
¡¡TENGO QUE ESCAPAR!!




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LA COSA AL FONDO DEL POZO


Oglethorpe Crater era un niño horrible y miserable. Adoraba atormentar a perros y gatos, arrancarle las alas a las moscas, y observar cómo se retorcían los gusanos mientras los estiraba lentamente. (Esto dejó de ser divertido cuando se enteró de que los gusanos no sienten dolor.)
Pero su madre, que era tonta como ella sola, no advertía ni sus rarezas ni sus demostraciones de sadismo. Un buen día, cuando Oglethorpe y su mamá regresaron a casa desde el cine, la cocinera abrió de un portazo, presa de un ataque de nervios.
—¡Ese niño espantoso atravesó una soga en los escalones del sótano, así que cuando bajé a buscar patatas me caí y casi me mato! —gritó.
—¡No le creas! ¡No le creas! ¡Ella me odia! —lloró Oglethorpe con las lágrimas saltándole de los ojos. Y el pobrecito Oglethorpe comenzó a sollozar como si le hubieran roto su pequeño corazón.
Mamá despidió a la cocinera y Oglethorpe, el pequeño y adorado Oglethorpe, subió a su cuarto a clavarle alfileres a Spotty, su perro. Cuando mamá preguntó por qué Spotty estaba llorando, Oglethorpe le respondió que se había clavado un vidrio en una pata. Dijo que se lo arrancaría. La mamá pensó: «mi pequeñín Oglethorpe es un buen samaritano».
Entonces, un día, mientras se encontraba en el campo buscando más cosas a las que poder torturar, Oglethorpe descubrió un pozo profundo y oscuro. Gritó, creyendo que escucharía un eco.
—¡Hola!
Pero una suave voz le respondió:
—Hola, Oglethorpe.
Oglethorpe miró hacia abajo pero no pudo ver nada.
—¿Quién eres? —preguntó Oglethorpe.
—Ven, baja —le dijo la voz—, y nos divertiremos mucho.
De modo que Oglethorpe bajó.
El día transcurrió y Oglethorpe no regresó. Su mamá llamó a la policía y se organizó una batida de rescate. Durante algo más de un mes buscaron al pequeño y adorado Oglethorpe. Justo cuando estaban a punto de rendirse encontraron a Oglethorpe en un pozo, y bien muerto.
¡Y vaya manera de morir!
Tenía los brazos arrancados, de la forma en que lo hacen las personas cuando le arrancan las alas a las moscas. Le habían clavado alfileres en los ojos y mostraba otras torturas demasiado horribles de describir.
Cuando envolvieron su cuerpo (o lo que quedaba de él) y se marcharon, realmente les pareció escuchar una risa proveniente del fondo del pozo.

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EL EXTRAÑO


Kelso Black se estaba riendo.
Se rió hasta que el costado empezó a dolerle y la botella de whisky barato que aferraba entre sus manos se le derramó por el suelo.
¡Policías idiotas! Había sido tan fácil. Y ahora tenía cincuenta de los grandes en sus bolsillos. ¡Si el guardia había muerto, era tan sólo por su culpa! Se le había atravesado en el camino.
Riendo, Kelso Black se llevó la botella a los labios. Fue en eso cuando las escuchó: unas pisadas en la escalera que llevaba al ático donde se había escondido.
Tomó su pistola. La puerta se entreabió.
El extraño vestía una chaqueta negra y un sombrero ladeado sobre los ojos.
—Hola, hola —dijo—. Kelso, he estado observándote. Me agradas muchísimo. —El extraño se rió y le produjo un estremecimiento de horror.
—¿Quién es usted?
El hombre se rió de nuevo.
—Tú me conoces. Yo te conozco. Hicimos un pacto hará casi una hora, en el momento en que le disparaste a ese guardia.
—¡Lárguese! —la voz de Black se elevó estridentemente—.¡Lárguese! ¡Lárguese!
—Ya es hora de que vengas conmigo, Kelso —le dijo el extraño con suavidad—. Después de todo, tenemos un largo camino que recorrer.
El extraño se quitó la chaqueta y el sombrero. Kelso Black contempló aquel Rostro.
Gritó.
Kelso Black gritó y gritó y gritó.
Pero el extraño apenas se rió y, en un instante, el cuarto estuvo silencioso. Y vacío.
Aunque olía poderosamente a azufre.
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LA EXPEDICIÓN MALDITA



—Bien —dijo Jimmy Keller, mirando más allá del tren de aterrizaje, hacia donde el cohete descansaba en medio del desierto. Un viento solitario soplaba en el desierto, y Hugh Bullford dijo:
—Sí. Es hora de partir hacia Venus. ¿Por qué? ¿Por qué queremos ir a Venus?
—No lo sé —respondió Keller—. Simplemente no lo sé.

El cohete aterrizó sobre Venus. Bullford comprobó el aire y exclamó en tono asombrado:
—¡Pero..., el aire es bueno, como el viejo aire de la Tierra! Perfectamente respirable.
Ambos salieron, y fue el turno para el asombro de Keller.
—¡Caray, es como una primavera en la Tierra! Todo lujurioso y verde y bonito. ¡Caray, es... es el Paraíso!
Corrieron al exterior. Las frutas eran exóticas y deliciosas, la temperatura perfecta. Cuando cayó la noche durmieron afuera.
—Voy a llamarlo el Jardín del Edén —afirmó Keller con entusiasmo.
Bullford contemplaba el fuego.
—Este lugar no me gusta, Jimmy. Siento que está todo mal. Hay algo... maligno en los alrededores.
—Eres feliz en el espacio —se mofó Keller—. Duérmete.
A la mañana siguiente James Keller apareció muerto.
En su rostro había una mirada de horror que Bullford esperaba no volver a ver jamás.
Bullford llamó a la Tierra luego de enterrarlo. No obtuvo respuesta. La radio estaba muerta. Bullford la desarmó y volvió a armarla. No había nada roto en ella, pero el hecho persistía: no funcionaba.
La preocupación de Bullford fue en aumento. Corrió al exterior. El paisaje era igual de agradable y feliz. Pero Bullford podía notar la maldad en él.
—¡Tú lo mataste! —gritó—. ¡Lo sé!
De repente la tierra se abrió y se deslizó hacia él. Volvió corriendo a la nave, al borde del pánico. Pero no lo hizo sin antes tomar una muestra de tierra.
Analizó la tierra y entonces el terror se apoderó de él. Venus estaba vivo.
De repente la nave espacial se inclinó y cayó. Bullford gritó. Pero la tierra se cerró por encima de él y casi pareció relamerse los labios.
Luego volvió a la normalidad, esperando a la próxima víctima...
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DEL OTRO LADO DE LA NIEBLA


Cuando Pete Jacob salió, la niebla inmediatamente se tragó su casa y no logró distinguir nada más que un manto blanco a su alrededor. Le produjo el extraño sentimiento de ser el último hombre en el mundo.
De repente Pete se sintió mareado. Se le revolvió el estómago. Se sentía como una persona en un ascensor en picada. Luego se le pasó y empezó a caminar. La niebla comenzó a aclarar y los ojos de Pete se desorbitaron a causa del miedo, el temor y la maravilla.
Se encontraba en el medio de una ciudad.
¡Pero la ciudad más cercana estaba a más de cincuenta kilómetros!
¡Y qué ciudad! Pete nunca había visto algo así.
Elegantes edificios de altas espirales parecían querer alcanzar el cielo. La gente caminaba sobre cintas transportadoras en movimiento.
En la cima de un rascacielos leyó: 17 de abril, 2007. Pete había caminado hacia el futuro. ¿Pero, cómo?
De repente Pete sintió miedo. Se sintió horrible, terriblemente asustado.
Él no pertenecía a este sitio. No podía quedarse. Corrió hacia la niebla en retirada.
Un policía de extraño uniforme le gritó, enfurecido. Por poco no lo atropellan unos extraños automóviles que rodaban a quince centímetros o así del piso. Pero Pete tuvo suerte. Volvió a internarse en la niebla y muy pronto todo se esfumó.
Entonces la sensación volvió a aparecer. Esa misteriosa sensación de caída… luego la niebla comenzó a aclarar.
Se parecía a su hogar…
De repente hubo un chillido estridente. Se dio vuelta para ver un enorme brontosauro prehistórico que corría hacia él. Tenía el deseo de matar en sus pequeños ojos.
Aterrado, corrió de nuevo hacia la niebla…

La próxima vez que la niebla te rodee y escuches unos pasos precipitados atravesando la blancura… llámalos.
Podría ser Pete Jacobs, tratando de encontrar su salida de la Niebla…
Ayuda al pobre tipo.





NUNCA MIRES DETRÁS DE TI


George Jacobs estaba cerrando su oficina cuando una anciana entró resueltamente.
Casi nadie atravesaba su puerta en esos días. Las personas lo odiaban. Durante quince años le había vaciado los bolsillos a la gente. Nunca nadie había logrado engancharlo con ninguna acusación. Pero mejor volvamos a nuestra pequeña historia.
La anciana que entró tenía una fea cicatriz en su mejilla izquierda. Sus ropas consistían en su mayor parte en trapos sucios de tela burda. Jacobs estaba contando su dinero.
—¡Bien! Cincuenta mil novecientos setenta y tres dólares con sesenta y dos centavos.
A Jacobs siempre le gustó ser preciso.
—De hecho, mucho dinero —dijo ella—. Estaría muy mal que no pudiera gastarlo.
Jacobs se dio vuelta.
—Pero... ¿quién es usted? —preguntó, sorprendido a medias—. ¿Qué derecho tiene a espiarme?
La mujer no contestó. Levantó su huesuda mano. Se produjo una llamarada de fuego en su garganta... y un grito. Luego, con un borbotón final, George Jacobs murió.

—Me pregunto qué —o quién— pudo haberlo matado —dijo un joven.
—Me alegra que haya muerto —dijo otro.
Aquel fue afortunado.
No miró detrás de él.

SUCESOS DE UN FUTURO INCIERTO? -- EL HOLANDES ERRANTE -- WARD MOORE

Escrito por imagenes 18-09-2008 en General. Comentarios (0)

SUCESOS DE UN FUTURO INCIERTO? -- EL HOLANDES ERRANTE -- WARD MOORE

SUCESOS DE UN FUTURO INCIERTO? -- EL HOLANDES ERRANTE -- WARD MOORE
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EL HOLANDÉS ERRANTE
Ward Moore
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Mientras el minutero del reloj de pared rebasaba suavemente la manecilla de las horas,
todavía enhiesta, el calendario automático, situado bajo la esfera, se estremeció
bruscamente y al número diez le sucedió el once.
Salvo aquel ligero espasmo, tal vez atribuible a un imperfecto funcionamiento del
mecanismo, las plaquitas en que estaban inscritos los signos «noviembre» y «1998»
permanecieron inmóviles. En la sala de control, dotada de aire acondicionado, un
termómetro situado junto a la puerta señalaba invariablemente una temperatura de 68º
Farenheit.
No había nadie en la sala de control para observar el reloj, el calendario, el termómetro,
la pantalla de radar o cualquiera de los diversos indicadores instalados en las paredes o
en las mesas. Aún suponiendo la presencia de empleados o intrusos, no les hubiera
sido posible leer señal alguna ya que la oscuridad era completa. No sólo estaban
apagadas las luces de la sala; tupidos cortinajes las protegían contra los traicioneros
rayos de la luna que eventualmente pudieran reflejarse en las superficies pulimentadas.
La ausencia de luz y de personal técnico no alteraba el trabajo de los prodigiosos
aparatos del aeropuerto, pues habían sido diseñados para funcionar automáticamente
con una inteligencia casi humana y con una precisión que sobrepasaba a la del hombre
en cualquier emergencia, excepto en los casos de un ataque directo del enemigo o de
un tiro cercano que averiara no sólo los instrumentos sino también los aparatos de
reparación y ajuste.
Cuando el sonar y el radar captaron el sonido y la imagen de una aeronave que se
aproximaba por el norte, instantánea y correctamente fue identificada como amiga; en
efecto, era un RB-87 que regresaba a su base. La información fue transferida a las
baterías antiaéreas, a la oficina de información, situada a treinta millas de distancia; a
los tabuladores que registraban el curso de los bombarderos, al control de combustible
oculto a gran profundidad y al depósito de municiones, protegido por capas y más
capas de cemento y plomo.
No existía balizaje automático en el aeropuerto, por supuesto, pero esto no significaba
inconveniente alguno para el poderoso bombardero de ocho motores, ya que no
dependía de percepciones y reacciones humanas sino de un cálculo matemático
totalmente ajustado a su plan de vuelo, sensible a la más sutil variación atmosférica, a
la configuración del terreno, e incluso a una repentina imperfección de su propio
mecanismo. Durante el vuelo, segundo tras segundo, estos instrumentos calculaban,
compensaban y mantenían a la aeronave en la ruta prevista.
El RB-87, ajustado a la velocidad y dirección del viento, así como a cierto número de
factores, apuntó la proa hacia la pista de cemento de dos millas de longitud y se deslizó
suavemente sobre ella, hasta el final, para detenerse finalmente con las hélices girando
en punto muerto entre dos trazos de pintura: el lugar exacto que indicaban los cálculos
que regían su navegación.
Mientras se detenían los motores y las hélices giraban cada vez con mayor lentitud, los
complejos servicios de la base aérea comenzaron a funcionar, al detectar los
instrumentos de la oscura sala de control la invisible imagen del bombardero que
regresaba. Del depósito de combustible serpenteó una manguera aparentemente
interminable, atravesando el campo; al acercarse al bombardero, sus movimientos
reptantes se hicieron más pronunciados cuando, guiada por impulsos electrónicos alzó
la cabeza y trepó por un costado del aparato, buscando a ciegas los vacíos tanques de
gasolina. Un diminuto receptor le respondió al mensaje de un transmisor también
minúsculo; saltó el tapón y el cuello de la manga se introdujo en la abertura. Este
contacto actuó en las profundidades del depósito de combustible; comenzaron a
funcionar las bombas y la larga manguera se puso rígida al pasar la gasolina por su
interior. A muchos kilómetros de distancia comenzaron a trabajar las bombas,
impulsando su carga a través de los oleoductos. Toda la maquinaria de una refinería se
puso en movimiento para elaborar petróleo en crudo y enviarlo transformado en
gasolina de alto octanaje. A medio continente de distancia, se elevaba desde las
profundidades de un pozo de materia prima que iría a parar al interior de un depósito
vacío.
La manguera de gasolina, pieza fundamental, era el aparato más simple de la sala de
control. Llenos ya los tanques, el tapón del depósito en su sitio y la manguera enrollada
en su horquilla, hicieron su aparición las maquinarias más complejas. La manguera de
engrase se desplazaba de un motor a otro, los cuales vomitaban finas capas de aceite
negro quemado, luego reemplazadas por lubricantes de un color verde-dorado, fresco y
viscoso. El dispositivo mecánico de engrase, un increíble pulpo sobre ruedas, circulaba
por el campo aplicando sus tentáculos a las innumerables junturas que requerían sus
servicios. Al otro lado del campo, los dispositivos automáticos de carga transportaban
su precioso equipo en lenta procesión. Iban al encuentro del bombardero y constituían
también mecanismos complejos y sutiles, guiados por delicados artificios, que
colocaban suave y cuidadosamente las valiosas bombas en las cavidades de la nave.
Aguardaban pacientemente su turno, dispuestos y regulados contra toda posible
colisión. Al igual que los aparatos de control de combustible, también eran el resultado
de la labor de muchos servomecanismos; galerías subterráneas despachaban a gran
profundidad el material de repuesto por medio de tubos neumáticos, que se introducían
bajo la superficie de la tierra a varios kilómetros de profundidad.
Los poderosos motores se enfriaron. La veleta - una especie de cono de lona -, en lo
alto de la torre del aeropuerto, se movió ligeramente. En la oscura sala de control, el
reloj marcaba las 3:58. Débiles partículas de polvo se filtraron subrepticiamente a través
de las rendijas de las ventanas y un pequeño trozo de cemento, desprendido por el
viento, cayó al suelo. A unos cuantos kilómetros de distancia, una hilera de árboles
secos y resquebrajados rehusaban ásperamente, con fúnebre tozudez, a doblegarse lo
más mínimo ante las duras acometidas del viento.
Exactamente a las 4:50, un impulso eléctrico procedente de la sala de control, según
normas predeterminadas, puso en marcha los motores del avión. Hubo un momento en
el que falló el motor número siete, pero pronto recuperó el ritmo habitual. Durante un
largo intervalo, los motores se calentaron. La aeronave emprendió la marcha con
aparente impremeditación, pero en el exacto instante previsto.
La pista se extendía a gran distancia. Pese a ganar velocidad, parecía como si el avión
se mantuviera pegado a ella, reacio a dejar tierra. Después de un ligero balanceo, se
abrió al fin un espacio entre las ruedas y el cemento, que se agrandó con rapidez. El
aparato se elevó a gran altura, sobrepasando por un amplio margen la red de cables de
alta tensión que se extendía más allá del aeropuerto. Ya en el aire pareció vacilar un
momento, mientras los instrumentos medían y calibraban, pero no tardó en enfilar la
proa hacia el norte, surcando con decisión el firmamento.
Volaba a enorme altura, por encima de las nubes, por encima de la sutil capa de aire
oxigenado. Los motores palpitaban uniformemente, excepto el número siete, en el que
de vez en cuando se percibían desfallecimientos y vacilaciones. Los expertos
instrumentos del bombardero guiaban y comprobaban constantemente su vuelo,
manteniéndolo en ruta hacia el objetivo a una altura fuera de posibles interferencias.
La pálida luz del amanecer hirió los contornos del avión sin resultado. La pintura
pardusca del camuflaje no producía reflejos, pero aquí y allá aparecían ligeros
rasguños, dejando al descubierto el brillante y traicionero aluminio. A medida que la luz
se intensificaba, se hizo patente que tales desperfectos no eran sino pequeños signos
de la debilidad del gran bombardero. Un golpe aquí, una abolladura allá, un cable
deshilachado, una ligera erosión, señales que evidenciaban malos tratos, ominosas
limitaciones. Sólo los instrumentos y los motores eran perfectos, aunque incluso éstos,
considerando las alteraciones del número siete, no parecían destinados a durar
indefinidamente.
Rumbo norte, rumbo norte, rumbo norte. El blanco había sido fijado, años atrás, por
hombres maduros de rostro inexpresivo. La ruta fue establecida por hombres más
jóvenes, con cigarrillos entre los labios, y los instrumentos esenciales fueron instalados
por otros hombres todavía más jóvenes, envueltos en guardapolvos y mascando chicle.
El blanco no era originalmente objetivo exclusivo del «Holandés Errante» - nombre que
un mecánico jovial pintó años atrás en el fuselaje de la aeronave -, sino que estaba a
cargo de un escuadrón completo de aviones del modelo RB-87, pues constituía un
importante centro industrial, una parte esencial para el poder militar del enemigo cuya
destrucción era necesaria.
Los hombres maduros que habían decidido el plan estratégico conocían muy bien la
naturaleza de la guerra que estaban afrontando. Todo se había preparado
cuidadosamente, teniendo en cuenta las posibles eventualidades. Planes de todas
clases, cuantas alternativas eran posibles, se habían planificado con el mayor celo. Se
daba por descontado que aquella capital y las ciudades más importantes serían
destruidas casi de inmediato, pero los autores del plan habían ido mucho más allá de la
simple descentralización. En las guerras precedentes, las operaciones finales
dependían de los humanos, cuyo carácter frágil y falible conocían muy bien los
estrategas. Pensaban con disgusto en la inutilidad de los soldados y mecánicos cuando
se les somete a bombardeos ininterrumpidos o sufren los efectos de las armas químicas
o biológicas, en los civiles refugiados en los más profundos rincones de las cavernas y
minas subterráneas, con la voluntad anulada para la lucha e implorando servilmente el
retorno de la paz. Los estrategas habían luchado ardorosamente contra este factor de
incertidumbre. Organizaron una guerra no sólo completamente automatizada, sino
además en la que botones y más botones actuasen en una cadena sin fin. La población
civil podría encorvarse y temblar, pero la guerra no se detendría hasta alcanzar la
victoria.
El «Holandés Errante» avanzaba velozmente hacia un blanco familiar servido y
reforzado por una intrincada red de instrumentos, dispositivos, factorías, generadores,
cables subterráneos y recursos básicos, todos ellos casi envidiables e inexpugnables,
capaces de funcionar hasta el agotamiento, que no llegaría, gracias a su perfección,
hasta dentro de cien años. El «Holandés Errante» volaba hacia el norte, una creación
del hombre que ya no dependía de su autor.
Volaba hacia la ciudad que, largo tiempo atrás, había quedado convertida en pequeños
cascos pulverizados. Volaba hacia las distantes pilas de baterías antiaéreas, donde los
pocos cañones que todavía quedaban indemnes lo localizarían con sus pantallas de
radar, apuntando y disparando automáticamente, para atraerlo al destino que sufrieron
otros aviones a su imagen y semejanza. El «Holandés Errante» volaba hacia el país del
enemigo, un país cuyos ejércitos habían sido aniquilados y cuyo pueblo había perecido.
Volaba a tal altura que, desde un punto muy inferior al de sus extendidas alas y
potentes motores, la superficie de la Tierra quedaba limitada por una gran línea curva.
La Tierra, un planeta muerto en el cual hacía ya tiempo, mucho tiempo, que no alentaba
ningún ser viviente.
_
FIN