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TERROR - EL SUPERVIVIENTE - H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH

Escrito por imagenes 05-09-2008 en General. Comentarios (0)

TERROR - EL SUPERVIVIENTE - H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH

H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
EL SUPERVIVIENTE

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Algunas casas, al igual que ciertas personas, delatan a primera vista su predilección por
lo maligno. Quizá sea el efluvio de hechos perversos ocurridos bajo determinado techo,
que permanece mucho tiempo después de que sus realizadores se hayan ido, lo que hace
que se le pongan a uno la carne de gallina y los pelos de punta. Algo de la pasión del
ejecutor del acto, y del horror sentido por su víctima, entra en el corazón del inocente
espectador, quien repentinamente se vuelve consciente de un hormigueo nervioso, de un
escalofrío en la piel y en la sangre...
Algernon Blackwood

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Me había propuesto no volver a hablar o escribir sobre la casa Charriere tras mi
huida de Providence en la noche del horrible descubrimiento -hay recuerdos
que todo el mundo desea suprimir, creer que no son ciertos, borrarlos de su
existencia- pero me veo obligado a transcribir ahora mi breve estancia en la casa
de la calle Benefit, y mi precipitada huida de ella. Lo hago por si algún inocente
fuese sometido a presiones injustas por parte de la policía, deseosa de hallar
alguna explicación a su horrible descubrimiento. Ese horror lo experimenté,
antes que cualquier otro humano, ante la vista de algo ciertamente mucho más
terrible que cuanto haya podido verse después, al cabo de tantos años, tras
pasar la casa a ser propiedad municipal, como sabía que ocurriría algún día.
Ciertamente, no cabe esperar de un anticuario que esté tan instruido en lo que
respecta a ciertas antiguas sendas del conocimiento humano como en lo que
concierne a casas antiguas. Sin embargo, cabe pensar que, inmerso en la
investigación del hábitat humano, tropiece en ocasiones con ciertos misterios
considerablemente más complejos que la fecha de un pabellón o la procedencia
de un techo estilo holandés, y logre sacar de ellos determinadas conclusiones,
por increíbles, horribles, espantosas o aun condenables -¡sí, condenables!- que
sean. En los lugares frecuentados por los anticuarios es bien conocido el nombre
de Alijah Atwood; no digo más por modestia, pero cualquier persona que tenga
interés en buscar referencias encontrará, en esos directorios dedicados a la
información para anticuarios, más de un párrafo que trata de mí.
Vine a Providence, Rhode Island, en 1930, con la intención de visitarla
brevemente y seguir luego hacia Nueva Orleáns. Pero vi la casa Charriere en la
calle Benefit, y me atrajo como sólo un anticuario puede ser atraído por una
casa extraña y solitaria en una calle de Nueva Inglaterra, que no era de la
misma época, una casa de cierta antigüedad, con un aura indescriptible que
atraía y repelía al mismo tiempo.
Se decía de la casa Charriere que estaba embrujada, pero eso suele decirse de
cualquier casa vieja y abandonada del nuevo o del viejo mundo, e incluso -si he
de fiarme de los solemnes artículos del Journal of American Folklore- de las
viviendas de los indios americanos, australianos, polinesios y muchos otros. No
es mi intención escribir sobre fantasmas; me bastará decir que ha habido, en el
ámbito de mi experiencia, ciertas revelaciones sin explicación científica alguna,
aunque soy lo suficientemente racional como para pensar que dicha explicación
puede llegar a encontrarse alguna vez, cuando el hombre utilice para su
interpretación un procedimiento científico correcto.
En este sentido, estoy seguro de que la casa Charriere no estaba embrujada.
Ningún fantasma transitaba por sus habitaciones haciendo sonar sus cadenas,
ninguna voz exhalaba lamentos a la medianoche, ninguna figura sepulcral
aparecía a la hora de las brujas para anunciar una muerte próxima. Pero nadie
podía negar que la casa estaba rodeada por un halo no sé si de terror, de
perversión o de horribles misterios; si llego a ser un hombre menos insensible,
esa casa, sin duda, me hubiese hecho perder la razón. El halo resultaba menos
corpóreo que en otras casas que he conocido, pero sugería la existencia de
secretos inconfesables no percibidos en mucho tiempo por ningún ser humano.
Sobre todo, transmitía una poderosa sensación del paso de los siglos, pero de
siglos muy anteriores a la propia edad de la casa; sugería edades remotas,
cuando el mundo era joven. Y era curioso, porque la casa, aunque vieja, tenía
menos de tres siglos.
La observé primero como anticuario, encantado de descubrir una casa, entre
otras características de Nueva Inglaterra, perteneciente al estilo de Quebec del
siglo XVII. Era, por tanto, tan diferente de las vecinas que habría llamado la
atención de cualquier viandante. Había visitado muchas veces Quebec, lo
mismo que otras ciudades viejas del continente americano, pero en esta primera
visita a Providence no venía particularmente en busca de antiguas viviendas,
sino para ver a un colega anticuario de renombre. Fue camino de su casa,
situada en la calle Barnes, cuando pasé por la casa Charriere. Al observar que
no estaba habitada, decidí alquilarla para mí. De todos modos, puede que no lo
hubiese hecho de no haberme incitado la peculiar aversión de mi amigo a
hablar de la casa y el hecho de mostrarse reacio a que yo me acercase a aquel
lugar. Quizá sea injusto con él, ahora que miro hacia atrás y recuerdo que el
pobre hombre, sin saberlo ninguno de los dos, estaba ya en su lecho de muerte.
Sea como sea, hablé con él en su habitación, sentado al borde de la cama, en
lugar de hacerlo en su despacho. Fue allí donde le pregunté acerca de la casa,
describiéndosela para que no hubiese dudas respecto a cuál me refería, ya que
por entonces yo no sabía el nombre ni nada acerca de ella.
Un hombre llamado Charriere, un cirujano francés venido de Quebec, había
sido su dueño. Pero mi amigo Gamwell no sabía quién la había construido. A
Charriere sí le había conocido. «Un hombre alto, de piel áspera. Le vi poco, pero
nadie lo vio mucho más. Se había retirado de la medicina» dijo Gamwell.
Cuando éste conoció la casa, el doctor Charriere ya vivía en ella, como debieron
hacerlo sus antepasados, aunque esto Gamwell no podía asegurarlo. El doctor
Charriere había llevado una vida recluida y había muerto hacía tres años, en
1927, según la noticia oficial aparecida en su día en el Journal de Providence. La
fecha de la muerte del doctor Charriere fue la única que Gamwell pudo
indicarme; todo lo demás se mantenía a oscuras. La casa sólo había sido
alquilada una vez: la había ocupado durante un corto período de tiempo un
profesional y su familia, pero la dejaron después de un mes, quejándose de la
humedad y de los malos olores del vetusto edificio. Desde entonces se
encontraba vacía, pero no podía ser destruida, ya que el doctor Charriere había
dejado en su testamento una considerable suma de dinero para pagar los
impuestos durante muchos años -algunos decían que veinte- y garantizar que la
casa estaría allí en el caso de que los herederos del cirujano la reclamasen. El
doctor Charriere, en una carta, había hecho vagas referencias a un sobrino que
hacía su servicio militar en Indochina. Todos los intentos para encontrar al
sobrino habían sido inútiles, y ahora se dejaba que la casa siguiese en pie hasta
que expirase el período de tiempo que el doctor Charriere había estipulado en
su testamento.
-Voy a alquilarla -le dije a Gamwell.
Enfermo como estaba, mi colega anticuario se apoyó sobre un codo para
incorporarse en el lecho y expresar su disconformidad.
-Un capricho pasajero, Atwood. Olvídelo. He oído cosas inquietantes acerca de
esa casa.
-¿Qué cosas? -le pregunté llanamente.
Pero de esto no quiso hablar; movió la cabeza ligeramente y cerró los ojos.
-Pienso verla mañana -continué.
-No encontrará en ella nada que no pueda encontrar en Quebec, créame -recalcó
Gamwell.
Pero, como dije antes, su extraña manera de oponerse a mi deseo de visitar la
casa no contribuyó sino a aumentar tal deseo. No pensaba quedarme allí para
siempre: solamente alquilarla por seis meses más o menos, como centro de
operaciones mientras visitaba los alrededores de la ciudad y los caminos y
paseos de Providence en busca de antigüedades de esa región. Finalmente
Gamwell accedió a darme el nombre de la firma de abogados en cuyas manos
Charriere había dejado su testamentaría. Después de haber solicitado una
entrevista con ellos y vencido el escaso entusiasmo con que acogieron mi
proposición, me convertí en el amo de la vieja casa Charriere por un período de
no más de seis meses, que podían ser menos, si así lo decidía.
Tomé posesión de la casa en seguida, aunque me dejó algo perplejo comprobar
que se había instalado agua corriente, pero en cambio carecía de corriente
eléctrica. Entre el mobiliario de la casa, que permanecía tal como quedó a la
muerte del doctor Charriere, encontré para alumbrado una docena de lámparas
de varias formas y épocas, algunas aparentemente con más de un siglo de
antigüedad. Esperaba hallar la casa llena de telarañas y de polvo, pero cuál no
sería mi sorpresa cuando comprobé que no era así. Y eso que, según tenía
entendido, los abogados -la firma Baker & Greenbaugh- no estaban encargados
de la limpieza de la casa durante ese medio siglo que -según lo estipulado en el
testamento del doctor Charriere- podía transcurrir hasta que se presentara a
tomar posesión su único heredero.
La casa correspondía exactamente a la imagen que me había hecho de ella.
Abundaba la madera. En algunas habitaciones cuyas paredes habían sido
empapeladas el papel se había despegado, y en otras, el yeso había ido
adquiriendo, con el paso de los años, un tono amarillento. Las habitaciones eran
irregulares y daban la impresión de ser o muy grandes o demasiado pequeñas.
Había dos plantas, pero se veía que el piso de arriba no había sido utilizado
nunca. El de abajo, sin embargo, conservaba las huellas de su antiguo ocupante,
el cirujano. Una de las habitaciones le había servido de laboratorio, y otra anexa,
de despacho. Ambos cuartos parecían haber sido abandonados recientemente
en el curso de alguna investigación, como si su último y efímero ocupante -postmortem
Charriere- no hubiese penetrado en ellos. No me causó extrañeza, ya
que la casa era suficientemente grande como para poder vivir en ella sin
necesidad de utilizar aquellos dos cuartos. Tanto el despacho como el
laboratorio se hallaban en la parte de atrás de la casa y daban sobre un jardín
frondoso, lleno de arbustos y árboles. Extendido a lo largo de toda la parte
posterior de la casa, este jardín era de un tamaño muy considerable, ya que
ocupaba el ancho de tres solares y en profundidad equivalía a uno. Remataba
en un muro de piedra muy alto que lindaba con la calle de atrás.
El estado en que se habían quedado el laboratorio y el estudio indicaban que,
sin lugar a duda, el doctor Charriere se hallaba en plena investigación cuando le
llegó su hora. Por mi parte, confieso que la naturaleza de su trabajo me intrigó
desde el primer momento. Parecía evidente que no se trataba de algo ordinario.
La vista de los extraños y casi cabalísticos dibujos, que parecían cuadros
fisiológicos de diversas especies de saurios, me indujo a pensar que la labor de
investigación emprendida por el doctor Charriere iba más allá del simple
estudio del hombre. Entre aquellos saurios, los más destacados eran del orden
Loricata y de los géneros Crocodylus y Osteolaemus, pero había también otros
dibujos representando el Gavialis, el Tomistoma, el Gaiman y el Alligator, así como
algunos otros reptiles de esta misma especie, aunque anteriores y que
correspondían al período Jurásico. De todas maneras, sé que no fue esa primera
ojeada y la curiosidad que despertó en mí lo que me impulsó a profundizar mi
estudio de la extraña investigación del doctor Charriere. Lo que me arrastró
realmente fue ese halo de misterio -perceptible para un anticuario- que se
desprendía de toda la casa.
La casa Charriere me impresionó desde el primer momento, pues era una casa
totalmente de su época, salvo en el hecho de la posterior instalación de agua
corriente. Tenía la impresión de que había sido el doctor Charriere quien la
había construido. Gamwell, en el curso de la conversación curiosamente elíptica
que habíamos mantenido, no me había dado a entender lo contrario. Pero
tampoco había mencionado la edad que tenía el cirujano el día de su muerte.
Suponiendo que hubiera muerto a los ochenta años, no podía haber sido él
quien había edificado la casa, ya que ésta había sido construida alrededor de
1700, ¡dos siglos antes de la muerte del doctor Charriere! Pensé, por lo tanto,
que el nombre que llevaba la casa era el del último propietario y no el del
constructor. Buscando una explicación racional respecto a este punto, descubrí
algunos hechos desagradablemente inverosímiles.
Por un lado, la fecha del nacimiento del doctor Charriere no aparecía en ningún
sitio. Busqué su tumba: curiosamente, se hallaba en la propia finca. Había
solicitado y obtenido permiso para ser enterrado en el jardín. La sepultura
estaba junto a un viejo y gracioso pozo que parecía haber sido construido más o
menos al mismo tiempo que la casa y permanecía intacto, con su techo, su cubo
y otros accesorios, sin duda tal como habían estado desde que se construyó la
casa. Eché una ojeada a la lápida en busca de la fecha de nacimiento, pero con
desazón observé que en la piedra sólo aparecían su nombre: Jean-François
Charriere; su profesión: cirujano; los lugares en los que había residido o
trabajado: Bayona, París, Pondichérry, Quebec, Providence; y el año de su
muerte: 1927. No había nada más, pero era suficiente para permitirme seguir
investigando más a fondo. Escribí en el acto a amistades de varios lugares en
donde podían investigarse los hechos.
Dos semanas después tenía ante mí los resultados de dichas investigaciones.
Pero lejos de quedar satisfecho, me hallaba más perplejo que nunca. Había
empezado por dirigirme a un corresponsal de Bayona, dando por supuesto que,
ya que éste era el primer lugar mencionado en la lápida, Charriere había nacido
allí. Luego pedí informes a París, después a un amigo de Londres que podía
tener acceso a los archivos de los asuntos británicos en la India, y finalmente a
Quebec. Salvo una relación de fechas, no obtuve ninguna información
interesante. Un Jean-François Charriere había nacido, efectivamente, en Bayona
¡en el año 1636! El nombre no era desconocido en París, ya que un joven de
diecisiete años, llamado Jean-François Charriere, había estudiado con el exiliado
monárquico Richard Wiseman, en 1653, y durante los tres años siguientes. En
Pondichérry, y luego en Caronmandall, en la costa india, un tal doctor JeanFrançois
Charriere, cirujano del ejército francés, había prestado servicio desde
1674 en adelante. Y en Quebec, el dato más antiguo que aparecía del doctor
Charriere se remontaba a 1691. Había practicado en esa ciudad durante seis
años, y abandonó posteriormente la ciudad con destino desconocido
Evidentemente, sólo podía llegarse a una conclusión: el doctor Jean-François
Charriere, nacido en Bayona en 1636 y cuyo último paradero conocido había
sido Quebec, precisamente el mismo año en que se construyó la casa Charriere
de la calle Benefit, era un antepasado del cirujano que había vivido en la casa y
llevaba el mismo nombre. Pero, y aunque así fuese, había una laguna absoluta
entre el año 1697 y la vida del último habitante de la casa, pues en ningún sitio
aparecían datos relativos a la familia de ese primer Jean-François Charriere. No
había ningún dato respecto a la existencia de una señora Charriere o de hijos,
que necesariamente debieron existir para que continuase su descendencia hasta
el presente siglo. Todavía cabía suponer que el viejo señor que había venido de
Quebec era soltero y que, al llegar a Providence, había contraído matrimonio.
Tendría entonces sesenta y un años, Pero la lectura del registro no revelaba que
ese matrimonio se hubiese realizado. Aquello me desconcertó, aunque sabía,
como anticuario, las dificultades que representaba la búsqueda de datos. La
desilusión, pues, no fue tan grande como para hacerme abandonar mis
investigaciones.
Opté por un nuevo procedimiento, y me dirigí a la firma Baker & Greenbaugh
para solicitar información acerca del doctor Charriere. Allí tropecé con algo más
extraño todavía, pues al preguntar acerca del aspecto físico del cirujano francés,
ambos abogados se vieron obligados a admitir que nunca lo habían visto. Todas
sus instrucciones habían llegado por carta, junto con unos cheques por un valor
muy elevado. Habían trabajado para el doctor Charriere durante los seis años
que precedieron a su muerte, y desde entonces hasta la fecha. No habían sido
empleados por él anteriormente.
Les pregunté acerca de ese «sobrino», puesto que la existencia de un sobrino
implicaba la existencia, por lo menos en alguna época, de un hermano o una
hermana de Charriere. Pero por ese camino tampoco conseguí la menor
información. Gamwell me había informado mal: Charriere no había
especificado que se refería a un sobrino, sino que había dicho: «el único varón
superviviente de mi familia». Se había pensado que este superviviente podía ser
un sobrino, pero toda pesquisa había sido inútil. De todas maneras, el
testamento del doctor Charriere decía que no era preciso buscar a su heredero
porque él mismo se dirigiría a la firma Baker & Greenbaugh, bien por carta o
personándose en unos términos inconfundibles que no darían lugar a dudas.
Ciertamente había algo misterioso. Los abogados no lo negaban. Pero también
resultaba evidente que habían sido muy bien recompensados por la confianza
que había sido depositada en ellos y que no iban a traicionarla contándome más
de lo que me habían contado. Después de todo, según dijo razonablemente uno
de los abogados, sólo habían transcurrido tres años desde la muerte del doctor
Charriere, y quedaba aún tiempo suficiente para que el heredero superviviente
se presentase.
Después de aquel fracaso, recurrí de nuevo a mi viejo amigo Gamwell, que
seguía en cama y se encontraba aún más débil. Su médico de cabecera, con
quien me crucé cuando salía de la casa, me dio a entender por primera vez que
Gamwell quizá no volvería a levantarse, y me pidió que procurara no excitarle,
ni cansarle con muchas preguntas. Sin embargo, estaba decidido a averiguar
todo lo que pudiese acerca de Charriere, pese a que la primera sorpresa me la
llevé yo ante el escrutinio al que me sometió Gamwell. Parecía como si mi
amigo esperara que una estancia de menos de tres semanas en la casa Charriere
me hubieran alterado incluso mi aspecto físico.
Charlamos un rato, y le expuse el motivo de mi visita; expliqué que había
encontrado la casa muy interesante y que, por lo tanto, deseaba conocer algo
más de su último ocupante. Gamwell había mencionado que le vio alguna vez.
-Fue hace muchos años -dijo Gamwell-. Si han pasado tres años después de su
muerte, déjame pensar... debió de ser en 1907.
-¡Pero eso fue veinte años antes de que muriese! -exclamé asombrado.
De todas formas, Gamwell insistió en que ésa era la fecha.
¿Y qué aspecto tenía? Insistí con la pregunta.
Desgraciadamente, la senilidad y la enfermedad habían invadido el vivo
intelecto del viejo.
-Coges un tritón, lo haces crecer un poco, le enseñas a andar sobre sus patas
traseras, lo vistes con ropas elegantes -dijo Gamwell- y ya tienes al doctor Jean-
François Charriere. Sólo que su piel era áspera, casi callosa. Un hombre frío.
Vivía en otro mundo.
-¿Cuántos años tenía? -le pregunté- ¿Ochenta?
-¿Ochenta? -se quedó pensativo-. La primera vez que le vi, yo no tenía más de
veinte años y él no aparentaba más de ochenta. Y hace veinte años, mi querido
Atwood, no había cambiado. Parecía tener ochenta años aquella primera vez.
¿O sería la perspectiva de mi juventud? Quizá. Parecía tener ochenta años en
1907. Y murió veinte años después.
-Es decir, a los cien.
-Tal vez.
En fin, tampoco Gamwell pudo proporcionarme gran ayuda. De nuevo, nada
específico, nada concreto, no se perfilaba ningún hecho. Sólo una impresión, un
recuerdo de alguien, pensaba yo, hacia el cual Gamwell sentía antipatía, aunque
él mismo no hubiese sabido decir por qué. Tal vez celos de tipo profesional, que
Gamwell no quería reconocer, falseaban sus propios elementos de juicio.
A continuación me dirigí a los vecinos. Casi todos eran jóvenes y sus recuerdos
del doctor Charriere eran escasos. Sólo le recordaban como un tipo indeseable
porque coleccionaba lagartos, así como otros bichos de esa clase, y se rumoreó
que realizaba diabólicos experimentos en su laboratorio. La única anciana era
una tal señora Hepzibah Cobbett. Vivía en una casita de dos plantas justo detrás
de la valla que limitaba el jardín de la casa Charriere. La encontré muy apagada.
Estaba en una silla de ruedas que empujaba su hija, una mujer de nariz aguileña
y fríos ojos azules, inquisidores detrás de sus quevedos. Pero la anciana se
animó cuando mencioné el nombre del doctor Charriere, y cuando supo que yo
vivía en la casa, empezó a hablar.
-No vivirá ahí mucho tiempo, acuérdese de mis palabras. Es una casa
endemoniada -dijo con una fuerza que, de pronto, degeneró para convertirse en
un parloteo senil-. Más de una vez le he observado. Un hombre alto, jorobado
como una hoz, con una perilla pequeña, igual que la de una cabra. ¿Y qué era
aquello que reptaba entre sus pies? Una cosa negra y larga, demasiado grande
para ser una serpiente; pero yo pensaba en serpientes cada vez que miraba al
doctor Charriere. ¿Y qué eran esos gritos durante la noche? ¿Y qué era lo que
ladraba ante el pozo? ¿Un zorro? Ya. Yo sé lo que es un perro y lo que es un
zorro. Era como un alarido de una foca. He visto cosas, eso sí, pero nadie cree a
una anciana con un pie en la tumba. Y usted, usted tampoco me hará caso,
porque nadie lo hace.
¿Qué podía deducir de todo esto? Quizá la hija tenía razón cuando dijo, al
despedirme: -No haga caso de las divagaciones de mi madre. Padece
arteriosclerosis, lo que, en ciertas ocasiones, le debilita la mente-. Pero yo no
pensaba que la señora Cobbett fuera una débil mental. Recordaba el brillo tan
vivo de sus ojos mientras estaba hablando. Parecía estar en posesión de un
secreto tan prodigioso que ni su guardián, la severa e inflexible hija que
permanecía inmóvil junto a ella, hubiera podido percibir o imaginar siquiera
sus contornos.
Los desengaños me esperaban a la vuelta de cada esquina. La suma de los datos
que había conseguido reunir basta entonces no me proporcionaba mayor
información que cada dato aislado. Archivos de periódicos, bibliotecas,
registros, lo intenté todo. Pero lo único que podía encontrarse era la fecha en
que se había construido la casa: 1697, y la de la muerte del doctor Jean-François
Charriere. Si algún otro Charriere había muerto en esta ciudad, no había señal
de ello en ningún sitio. Me parecía inconcebible que todos los miembros de la
familia Charriere, anteriores al antiguo inquilino de la casa de la calle Benefit,
hubiesen muerto fuera de Providence, y sin embargo debía de haber sucedido
así, ya que no encontraba otra explicación posible.
En la casa descubrí un retrato. Pese a que no llevaba ningún nombre inscrito,
por las iniciales J. F. C. supuse que se trataba del doctor Charriere. El cuadro,
que estaba colgado en un rincón apartado y casi inaccesible del piso superior,
representaba una cara delgada y ascética, con una barba desordenada; lo que
más resaltaba en ese rostro eran los pómulos salientes que acentuaban el
hundimiento de las mejillas y el brillo de los ojos negros. En general, su aspecto
era desvaído y siniestro.
En vista de la imposibilidad de obtener más información por otros medios,
decidí dedicarme de nuevo al examen de los papeles y libros dejados en el
despacho y el laboratorio del doctor Charriere. Hasta entonces me había
ausentado mucho de la casa en busca de información acerca del pasado del
doctor Charriere, y ahora me había recluido en ella casi con la misma
obstinación. Quizá debido a esta reclusión percibí con mayor fuerza el halo
misterioso de la casa -a nivel psíquico tanto como físico-. Ahora, por vez
primera, llegaba a notar la extraña mezcla de olores que habían decidido al
efímero inquilino y a su familia a abandonar la casa apenas alquilada. Algunos
de ellos eran los aromas típicos y comunes de todas las casas viejas, pero otros
me eran totalmente desconocidos. Sin embargo, logré identificar fácilmente el
olor predominante: lo había percibido ya en otras ocasiones, en jardines
zoológicos y en las proximidades de ciertos pantanos de aguas estancadas. Se
trataba de un miasma que, con una fuerza increíble, sugería la presencia
cercana de reptiles. Cabía admitir la posibilidad de que ciertos reptiles hubiesen
llegado, a través de la ciudad, hasta el refugio que les podía proporcionar el
jardín de la casa Charriere. En cambio, lo que sí parecía inconcebible era que
hubiese llegado hasta allí una cantidad tan grande de ellos como para llenar la
casa entera de su hedor. Pero por mucho que busqué no logré encontrar el lugar
de donde emanaba ese olor a reptil, ni dentro ni fuera de la casa. Cuando se me
ocurrió que podía provenir del pozo, pensé que sin duda se trataba de una
ilusión mía, provocada por mi deseo de encontrar alguna explicación racional.
El olor persistía. Noté también que aumentaba con la lluvia, pues es bien sabido
que con la humedad se acentúan los olores. Como la casa también estaba
húmeda, la brevedad de la estancia del último inquilino era comprensible. Lo
cierto era que éste no se había equivocado. A mí, personalmente, si bien aquel
hedor llegó a desagradarme en ocasiones, no me inquietaba -al menos no tanto
como me inquietaban otros aspectos de la casa.
Parecía que la vieja casa había empezado a protestar contra mi intromisión en el
despacho y en el laboratorio. En efecto, empecé a tener ciertas alucinaciones que
se hicieron cada vez más frecuentes. Por una parte, durante la noche oía un
extraño ladrido que parecía provenir del jardín. Por otra parte, y también
durante la noche, veía algo como una extraña y encorvada figura de reptil
rondando por el jardín, cerca de las ventanas del despacho. Pese a que esta y
otras visiones se repetían, me empeñé en considerarlas como meras
alucinaciones personales. Lo conseguí hasta aquella fatídica noche en que oí un
ruido esta vez inconfundible: era como si alguien se estuviera bañando en el
jardín. Me desperté de mi sueño convencido de que ya no estaba solo en la casa.
Me levanté, me puse la bata y las zapatillas, encendí una lámpara y corrí hacia
el despacho.
Lo que mis ojos presenciaron allí me indujo a creer que estaba soñando aún. Mi
pesadilla parecía generada directamente por la naturaleza de ciertas lecturas
que acababa de hacer indagando entre los papeles del doctor Charriere. Porque
se trataba de una pesadilla, en ese momento no me cabía la menor duda,
aunque apenas pude divisar al intruso, el intruso que había penetrado en el
despacho, llevándose unos papeles del doctor Charriere. La luz amarillenta y
tenue de la lámpara que mantenía en alto me cegaba parcialmente. Tan sólo
veía brillar algo negro y como viscoso. Luego, en el momento en que saltaba por
la ventana abierta hacia la oscuridad del jardín, pude verlo entero. Aquello no
duró más que un instante, pero me pareció que llevaba un traje muy ajustado al
cuerpo y hecho de un extraño material áspero y oscuro. No habría dudado en
perseguirlo si no hubiera visto, a la luz de la lámpara, una serie de cosas
inquietantes.
El intruso había dejado sus huellas en el suelo. Eran pisadas irregulares y
mojadas. Pero lo más extraño era la forma misma de los pies que dibujaban:
unos pies anormalmente anchos, con uñas tan largas que habían dejado su
marca delante de cada dedo. En el lugar en que el intruso había permanecido
inclinado sobre los papeles había charcos de agua. El ambiente estaba saturado
de ese fuerte olor a reptil, el mismo que yo había comenzado a aceptar como
parte integrante de la casa, pero tan fuerte ahora que me sentí tambalear y
estuve a punto de desmayarme.
Sin embargo, mi interés por los documentos era más fuerte que el miedo o la
curiosidad. En ese momento la única explicación racional que se me ocurrió fue
que uno de los vecinos que atribuían ciertos poderes maléficos a la casa
Charriere -y habían decidido no abandonar sus gestiones hasta conseguir que
fuese destruida-, había estado nadando antes de venir a invadir el estudio.
Aquella circunstancia me parecía poco convincente pero si la rechazaba ¿cómo
explicar entonces lo que yo mismo acababa de presenciar?
Fijándome en los documentos, noté inmediatamente la desaparición de varios
de ellos. Afortunadamente, los que faltaban eran los que había leído ya y que
había dejado amontonados en una pila, sin ordenarlos siquiera. No lograba
entender el valor que aquellos papeles podían tener para nadie, a no ser que
alguna otra persona estuviera tan interesada como yo, quizá con el fin de
reclamar para sí la propiedad de la casa y los terrenos. Todos ellos eran apuntes
relativos a la longevidad de los cocodrilos, los caimanes y otros reptiles. Para
mí, era ya evidente desde hacía algún tiempo que el doctor Charriere se había
volcado de forma obsesiva en el estudio de la longevidad de los reptiles y de
sus causas con el fin de aprender cómo el hombre podría llegar a alargar su
propia vida. Hasta entonces nada en esos apuntes me había inducido a pensar
que el doctor Charriere hubiera descubierto los secretos de esa longevidad. Tan
sólo algunos párrafos alarmantes sugerían la posibilidad de que hubiera
sometido a «operaciones» a alguien -no especificaba quién- con el fin de
alargarle la vida.
En realidad, existía también otra clase de notas escritas, según me pareció a mí,
por el doctor Charriere. Sin embargo, en su contenido se apartaban de la
investigación más o menos científica seguida por éste en torno a la longevidad
de los reptiles. Se trataba de una serie de enigmáticas referencias a ciertas
criaturas mitológicas, entre las cuales dos eran frecuentemente citadas:
«Cthulhu» y «Dagon». Eran, por lo visto, deidades del mar en alguna mitología
muy antigua y de la que nunca había oído hablar hasta entonces. Los
misteriosos apuntes se referían también a otros seres (¿hombres?), llamados
‘Los Profundos’, que gozaban de una longevidad muy larga y estaban al
servicio de esos dioses antiguos. Eran evidentemente unos seres anfibios que
vivían e las profundidades de los océanos. Entre aquellos apuntes se
encontraban las fotografías de una estatua monolítica particularmente horrenda
y con marcados rasgos saurios. Estaban acompañadas del texto siguiente:
«Costa Este de la Isla de Hivaoa, Marquesas. ¿Ídolo?» En otras fotografías
aparecía un tótem de los indios de la costa noroeste. Su parecido con la primera
estatua era inquietante: la misma anchura, los mismos rasgos acusados de
reptil. Sobre una de esas fotos, el doctor Charriere había anotado: «Tótem de los
indios Kwakiutl. Estrecho de Quatsino. Parecido a los construidos por ind.
Tlingit.» Estas extrañas anotaciones demostraban claramente que su autor
estaba dispuesto a estudiar cualquier antiguo rito de brujería, cualquier
superstición religiosa primitiva, con tal de que aquello le sirviera para alcanzar
su objetivo.
No tardé mucho en darme cuenta de cuál era la naturaleza de ese objetivo. El
doctor Charriere, evidentemente, no se había volcado en el estudio de la
longevidad por puro amor al estudio. No, lo que él pretendía con ello era
conseguir alargar su propia vida. Y en sus apuntes ciertos indicios
espeluznantes daban a entender que, al menos parcialmente, había tenido éxito.
Este era un descubrimiento desagradable, que me impedía apartar de mi mente
el recuerdo del extraño misterio que envolvía los últimos años y la muerte del
primer Jean-François Charriere, cirujano también, así como el nacimiento del
último doctor Jean-François Charriere, muerto en Providence en el año 1927.
Aunque los acontecimientos de aquella noche no me habían asustado
excesivamente, opté por comprar una pistola Luger de segunda mano y una
linterna. La lámpara me había impedido ver durante la noche, cosa que, en
idénticas circunstancias, no me ocurriría con una linterna. Si el visitante
nocturno había sido uno de los vecinos, estaba seguro de que esos papeles no
harían otra cosa que llamar su atención y, tarde o temprano, volvería. Ante esa
posibilidad deseaba estar preparado. En caso de que sorprendiera nuevamente
al merodeador en la casa que yo había alquilado, estaba decidido a disparar si
no obedecía a mi orden de alto. Por supuesto, era un caso extremo al que no
deseaba llegar.
La noche siguiente reanudé mi lectura de los libros y papeles del doctor
Charriere. Era indudable que muchos de los libros habían pertenecido a
antepasados suyos, pues databan de siglos atrás. Una de las obras, escrita por R.
Wiseman y traducida del inglés al francés, apoyaba la tesis de una relación
existente entre el doctor Jean-François Charriere, alumno de Wiseman en París,
y ese otro cirujano del mismo nombre que había vivido hasta hacía poco en
Providence, Rhode Island.
En conjunto, era un curioso batiburrillo de libros. Los había en casi todos los
idiomas conocidos, desde el francés hasta el árabe. Me era imposible traducir la
mayor parte de los títulos, aunque leía francés y tenía ciertas nociones de otras
lenguas románicas. Me era totalmente incomprensible el significado de un título
como Unaussprechlichen Kulten, de Von Junzt, y si sospechaba que se trataba de
un libro del mismo estilo que el Cultes des Goules, del conde d'Erlette, era porque
se hallaba colocado junto a él. Libros de zoología estaban mezclados con
gruesos tomos que trataban de antiguas culturas. Y en esa mezcolanza se
encontraban publicaciones como Un Estudio sobre la Relación Existente entre los
Habitantes de Polinesia y las Culturas del Continente Suramericano con Especial
Referencia a Perú; Los Manuscritos Pnakóticos; De Furtivis Literarum Notis, de
Giambattista Porta; la Criptografía, de Thicknesse; el Daemonolatreia, de
Remigius; La Era de los Saurios, de Banfort; una colección del Transcript, de
Aylesbury, Massachusetts, etcétera. Era indudable que, por su antigüedad,
muchos de estos libros eran valiosísimos. Gran cantidad de ellos habían sido
editados entre 1670 y 1820 y se encontraban en perfecto estado de conservación,
pese a haber sido constantemente manipulados.
Sin embargo, aquellas obras tenían poco interés para mí. A veces pienso que
por no haber dedicado un poco más de tiempo a su examen perdí en esa
ocasión la oportunidad de aprender aún más de lo que aprendería luego; pero
el dicho afirma que tener demasiados conocimientos acerca de temas que el
hombre haría mejor en ignorar es más pernicioso que tener pocos. Otro de los
motivos que me impulsaron a abandonar tan pronto el examen de todos
aquellos libros fue un descubrimiento que hice. Oculto entre ellos encontré algo
que, a primera vista, me pareció un diario. Un examen más minucioso me
convenció de que aquello no era tal cosa, sino una simple libreta, porque las
primeras fechas apuntadas en ella eran tan remotas que no podían
corresponder a ningún momento de la vida del doctor Charriere, por muchos
años que hubiese logrado vivir. Y sin embargo, era evidente que, desde las
primeras y más antiguas hojas hasta las últimas y más recientes, todas las
anotaciones habían sido escritas por la misma mano. En todas ellas se reconocía
la pequeña y angulosa letra del difunto cirujano. Supuse entonces que,
recopilando viejos papeles, el doctor Charriere había encontrado ciertas notas
de su interés y decidido copiarlas en su libreta para poder tenerlas reunidas y
ordenadas por orden cronológico. Además de las anotaciones, en aquellas
páginas figuraban también unos dibujos que producían indudablemente una
gran impresión, pese a la poca maestría con que habían sido realizados. En
cierto sentido, recordaban a las primeras obras de ciertos artistas autodidactas.
La primera página del manuscrito empezaba con la nota siguiente: «1851.
Arkham. Aseph Goade, P.» A continuación venía lo que me pareció ser el
retrato de Aseph Goade. Era un dibujo en el que determinados rasgos de su
fisonomía -más propios de un batracio que de un hombre- habían sido
intencionadamente realzados. Tenía la boca anormalmente ancha, los labios
como de cuero cuarteado, la frente muy baja y ojos que parecían recubiertos por
una membrana; era una fisonomía chata, claramente similar a la de una rana. El
dibujo ocupaba casi la totalidad de la página. Del texto que le acompañaba
deduje que se trataba del relato del descubrimiento -en el campo de la pura
investigación intelectual, pues era imposible de toda evidencia que existiera
semejante criatura- de una especie subhumana (¿podía la inicial «P» referirse a
«Los Profundos», cuyo nombre había leído en notas anteriores?) Para el doctor
Charriere, en cambio, aquel ejemplar de esa especie subhumana era una
realidad, una verificación en el curso de su investigación, que le permitiría
demostrar la existencia de un parentesco entre el batracio y el hombre y, por lo
tanto, entre éste y el saurio.
A continuación venían otros apuntes de la misma naturaleza. La mayoría de
ellos eran un tanto ambiguos -quizá a propósito- y, a primera vista, parecían no
tener ningún sentido. ¿Qué podía yo sacar de una página como ésta?:
1857 San Agustín. Henry Bishop. Piel cubierta de escamas aunque no
ictiológicas. Debe tener 107 años. Ningún proceso de degeneración. Todos los
sentidos muy agudos. Origen incierto, algunos antepasados dedicados al
comercio en Polinesia.
1861. Charleston. Familia Balzac. Piel de las manos cubierta de costras.
Mandíbula doble. Toda la familia presenta las mismas características. Anton 117
años. Anna 109 años. Infelices lejos del agua.
1863. Innsmouth. Familias Marsh, Waite, Eliot y Gilman. El Capitán Obed
Marsh, comerciante en Polinesia, contrajo matrimonio con una nativa. Todos
con características faciales similares a las de Aseph Goade. Vida apartada. Las
mujeres raras veces vistas por las calles, pero mucha natación durante la noche -
familias enteras nadando en dirección al Arrecife del Diablo, mientras el resto
de la ciudad permanecía en sus casas-. Notable relación con P. Tráfico
considerable entre Innsmouth y Ponapé. Algunas ceremonias religiosas
secretas.
1871. Jed Price, atracción de ferias. Conocido como el «Hombre Caimán».
Aparece en estanques llenos de caimanes. Aspecto saurio. Mandíbula hundida.
Reputado por sus dientes puntiagudos, pero imposible determinar si eran
naturalmente así o si habían sido afilados.
Esta era en general la sustancia de las anotaciones reunidas en la libreta.
Aquellas notas hacían referencia a diversos puntos del continente, desde el
Canadá hasta México, pasando por la Costa Este de Norteamérica. Desde aquel
momento se hizo patente la extraña obsesión del doctor Jean-François
Charriere, que le empujaba a comprobar la longevidad de ciertos seres
humanos que, en sus mismos rasgos, parecían mostrar algún parentesco con
antepasados saurios o batracios.
Indudablemente, si se conseguía admitir la realidad de aquellos hechos -sin
interpretarlos como una pintoresca y colorida descripción de personas
marcadas por ciertos acusados defectos físicos- cabía reconocer el peso de la
evidencia buscada por el doctor Charriere para corroborar extraña y
provocativamente su propia creencia. Sin embargo, y en muchos aspectos, el
cirujano no había pasado de hacer puras conjeturas. Parecía que lo único que
pretendía era establecer una relación entre los datos recopilados. Esa relación la
había buscado en las doctrinas de tres civilizaciones distintas. La más conocida
estaba contenida en las leyendas vudús de la cultura negra. Inmediatamente
después, la doctrina que había generado los cultos a los animales en el antiguo
Egipto. Finalmente, la tercera y la más importante de todas, según las
anotaciones del cirujano, era una cultura completamente extraña y tan vieja
como la tierra misma, o más aún. Era la civilización de unos Dioses
Arquetípicos, de su terrible e incesante conflicto con los Primigenios, tan
primitivos como ellos mismos y que se llamaban Cthulhu, Hastur, Yog-Sothoth,
Shub-Niggurath, Nyarlathotep y nombres similares. Esos tenían a su servicio
unos seres tan extraños como podían serlo el Pueblo Tcho-Tcho, los Profundos,
los Shantaks, los Abominables Hombres de las Nieves, y otros más. Al parecer,
algunos de ellos eran seres subhumanos; en cuanto a los demás, o eran criaturas
en vía de transformación, o no eran humanos en absoluto. El resultado de la
investigación del doctor Charriere era fascinante, pero en ningún momento
había establecido y menos aún comprobado una relación definitiva. Se
encontraban ciertas referencias a los saurios en el culto vudú; existían relaciones
similares con la cultura religiosa del antiguo Egipto; y aparecían oscuras y
sugerentes referencias a una relación con los saurios representados por el mítico
Cthulhu, en una época anterior al Crocodilus y al Gavialis; y aún antes del
Tyrannosaurus y del Brontosaurus, del Megalosaurus y otros reptiles de la era
mesozoica.
Además de estas interesantes notas, había diagramas de lo que parecían ser
extrañísimas operaciones y cuya naturaleza no comprendía en ese momento.
Aparentemente habían sido copiados de antiguos textos, entre ellos una obra de
Ludvig Prinn, titulada De Vermis Mysteriis, frecuentemente citada como fuente
de referencias y que me era también totalmente desconocida. Las operaciones
en sí mismas sugerían una raison d’être demasiado aterradora para poder
aceptarla; una de ellas, por ejemplo, cuyo propósito era estirar la piel, consistía
en realizar muchas incisiones para «permitir el crecimiento». Otra explicaba
cómo un sencillo corte en cruz en la base de la columna vertebral era suficiente
para lograr «una extensión del hueso de la cola». Lo que estos fantásticos
diagramas sugerían era demasiado horrible para ser contemplado, pero sin
duda formaba parte de la extraña investigación realizada por el doctor
Charriere. A partir de ese momento, su reclusión me pareció sobradamente
justificada: un estudio como éste no podía llevarse a cabo más que en secreto si
se quería evitar la burla de todos los científicos.
En estos papeles pude leer también la descripción de esas experiencias. Estaban
relatadas de tal modo que no podía tratarse más que de experiencias vividas
por el propio narrador. Sin embargo, eran anteriores a 1850 -en algunos casos
en varias décadas- aunque, como todas las demás notas, estaban escritas de
puño y letra del doctor Charriere. En este caso preciso, era indudable que no se
trataba del relato de experiencias ajenas. No me quedaba ya otra opción que la
de admitir que era más que octogenario en el momento de su muerte, y
muchísimo más, tanto que empecé a sentirme molesto y a no poder apartar de
mi mente a ese otro doctor Charriere que había existido antes que él
La suma total del credo del doctor Charriere tenía como resultado la poderosa e
hipotética convicción de que el ser humano podía, por medio de operaciones y
otras prácticas tan extrañas como macabras, obtener algo de la longevidad
característica de los saurios; que a la vida de un hombre se le podía añadir tanto
como siglo y medio, o quizá dos siglos. Al finalizar ese período, el individuo se
retiraba a algún lugar húmedo para dejarse caer en un estado de
semiinconsciencia, que venía a ser una especie de gestación, hasta el momento
en que se despertaba, con ciertas alteraciones en su aspecto y comenzaba otra
larga vida. Dados los cambios fisiológicos que sufría durante aquellos períodos
de gestación, el individuo se adaptaba a un modelo de existencia distinto en
cada una de sus vidas. Para justificar esta teoría, el doctor Charriere se había
apoyado únicamente en un gran número de leyendas, algunos datos de
naturaleza similar, y relatos especulativos de curiosas mutaciones humanas que
se habían dado en los últimos doscientos noventa y un años. Esa cifra cobró un
significado mayor para mí cuando caí en la cuenta de que ese era justo el
tiempo que había transcurrido desde la fecha de nacimiento del primer doctor
Charriere hasta el día de la muerte del otro cirujano. No obstante, en todo ese
material no había nada que sugiriera un procedimiento concreto de tipo
científico, con pruebas aducibles. Sólo se daban indicios y vagas sugerencias,
quizá suficientes para llenar de horribles dudas y de un convencimiento
espantoso y a medio cuajar a un lector fortuito, pero que no podían llegar a
satisfacer el rigor de cualquier hombre de ciencia.
¿Hasta qué punto habría seguido profundizando en la investigación del doctor
Charriere? Lo ignoro.
Quizá habría ido mucho más lejos si no hubiera ocurrido aquello que me hizo
gritar de horror y huir de la casa de Benefit Street, dejando que ella y su
contenido siguiesen esperando al superviviente que, ahora sí lo sé, no se
presentará nunca. Ahora ya no tiene remedio; la casa es propiedad municipal y
será destruida.
Estaba examinando estos «hallazgos» del doctor Charriere, cuando me di
menta, con eso que la gente llama el «sexto sentido», de que estaba siendo
observado detenidamente. No queriendo volverme, hice lo siguiente: abrí mi
reloj de bolsillo y colocándolo delante de mí utilicé el pulido y brillante interior
del estuche a modo de espejo, para que en él se reflejaran las ventanas que
estaban a mis espaldas. Y vi ahí, reflejada difusamente, la más horrible
caricatura que pueda imaginarse de un rostro humano. Me dejó tan estupefacto
que, sin pensarlo, volví la cabeza para observarlo directamente. Pero no había
nada en la ventana, excepto la sombra de un movimiento. Me levanté, apagué la
luz, y me acerqué a la ventana. Una silueta alta, curiosamente encorvada que,
medio agachada y arrastrando los pies, se dirigía hacia la oscuridad del jardín:
¿fue realmente eso lo que vi? Creo que sí. Pero no estaba tan loco como para
perseguirle. Quienquiera que fuese, vendría otra vez, como había venido la
noche anterior.
De modo que, mientras esperaba, me puse a sopesar las distintas explicaciones
que me venían a la mente. Impresionado aún por mi visitante nocturno,
confieso que coloqué, encabezando la lista de sospechosos, a los vecinos que se
oponían a que la casa Charriere siguiese en pie. Posiblemente pretendían
asustarme para que me marchara, pues ignoraban que mi estancia en la casa iba
a ser tan breve. Cabía pensar también en la posibilidad de que hubiese algo en
el estudio que deseaban obtener. Pero esa eventualidad no me pareció muy
convincente, porque si tal era su intención, habían tenido tiempo de sobra para
conseguirlo durante el largo período en que la casa estuvo deshabitada. Lo
cierto es que en ningún momento se me ocurrió pensar en la verdadera
explicación de los hechos. No soy más escéptico que cualquier otro anticuario;
pero la aparición de mi visitante, lo confieso, no me sugirió nada que hubiera
podido relacionar con su verdadera identidad, a pesar de todas las
circunstancias coincidentes que podían tener cierto significado para mentes
menos científicas que la mía.
Sentado allí en la oscuridad, me sentía más impresionado que nunca por la
atmósfera de la vieja casa. La misma oscuridad parecía tener vida propia; no le
influía la vida de Providence que la rodeaba y que, sin embargo, se hallaba tan
lejos. Estaba poblada de residuos psíquicos dejados por el paso de los años: el
olor persistente de la humedad, sumado a ese otro tan peculiar y característico
de ciertas zonas en los parques zoológicos donde viven los reptiles; el olor a
madera vieja mezclado con ese otro que desprendía la piedra de las paredes en
el sótano, aroma de material descompuesto porque, con el tiempo, la madera
tanto como la piedra habían ido deteriorándose. Pero había algo más: el
vaporoso indicio de una presencia animal, que parecía incrementarse de minuto
en minuto.
Estuve esperando así cerca de una hora, antes de percibir algún ruido.
Cuando lo oí, fue irreconocible. Al principio me pareció que era un ladrido,
algo muy similar al sonido emitido por los caimanes; pero pensé que sería mi
imaginación febril, y que no había sido más que el ruido de una puerta al
cerrarse. Pasó algún tiempo antes de que volviese a oír algún otro sonido: el
crujido de unos papeles. ¡El intruso había logrado entrar en el estudio delante
de mis propias narices sin que lo advirtiera! Estaba estupefacto y encendí la
linterna que tenía enfocada hacia la mesa.
Lo que vi fue algo increíble, espantoso. Lo que allí había no era un hombre, sino
la absoluta desfiguración de un hombre. Sé que en ese mismo instante pensé
que perdería el conocimiento. Pero el sentido de la necesidad ante el eminente
peligro me invadió y, sin pensarlo, disparé cuatro veces. Por la poca distancia
que nos separaba, sabía positivamente que cada disparo había dado en el
cuerpo bestial que se inclinaba sobre la mesa del doctor Charriere en el oscuro
estudio.
De lo que sucedió inmediatamente después, afortunadamente recuerdo muy
poco: un cuerpo revolcándose, la huida del intruso, y mi confusa carrera en
persecución. Era evidente que le había herido, porque había manchado el suelo
de sangre, desde la mesa del estudio hasta la ventana por la que había saltado,
atravesando y rompiendo el cristal. Salí afuera y, a la luz de mi linterna, seguí
las huellas sangrientas. Aunque no hubiera estado desangrándose, el fuerte olor
que despedía y que se percibía en el aire de la noche me habría permitido
seguirle.
Me llevó por el jardín, no muy lejos de la casa, directamente al borde del pozo
que estaba detrás de ella. Desde allí, las huellas seguían hacia el interior del pozo.
A la luz de la linterna, vi entonces, y por primera vez, los escalones, hábilmente
construidos, que bajaban al oscuro interior. Era tan grande la pérdida de sangre
que encharcaba el borde del pozo, que estaba seguro de haber herido
mortalmente al intruso. La confianza de que así había sido me impulsó a
seguirle más adentro, a pesar del eminente peligro.
¡Ojalá hubiese dado media vuelta y me hubiese alejado de aquel maldito lugar!
Pero seguí adelante y bajé por las escaleras situadas contra la pared del pozo,
que no conducían a la superficie del agua, sino a un agujero, el cual comunicaba
con un túnel que atravesaba el muro del pozo y se adentraba profundamente en
el jardín. Movido ahora por un ardiente deseo de conocer la identidad de mi
víctima, me introduje en el túnel, sin apenas darme cuenta de la húmeda tierra
que manchaba mi ropa. Con la linterna alumbraba hacia delante, y tenía mi
arma preparada. Más allá había una especie de caverna -lo suficientemente
grande como para que cupiera un hombre arrodillado- y, en medio de la luz
emitida por mi linterna, apareció un ataúd. Al verlo dudé un instante, pues me
di cuenta que la desviación del túnel conducía a la tumba del doctor Charriere.
Pero había llegado demasiado lejos para poder retroceder.
El hedor en este espacio era indescriptible. La atmósfera del túnel entero estaba
impregnada de ese nauseabundo olor a reptil, pero ahora se había vuelto tan
denso que tuve que hacer un gran esfuerzo para acercarme al ataúd. Llegué a él
y vi que estaba destapado. Los charcos de sangre llegaban hasta el mismo
féretro que habían manchado. Con una mezcla de curiosidad y de temor ante lo
que iba a ver, me incorporé cuanto pude. Temblando, alumbré con la linterna el
interior del ataúd...
Habrá quien diga que mi memoria no es muy de fiar, dada la cantidad de años
que han transcurrido, pero lo que vi allí ha quedado grabado para siempre en
mi memoria. Bajo la luz de mi linterna yacía un ser que acababa de morir, y
cuya existencia implicaba una serie de cosas espeluznantes. Esta era la criatura
que yo había matado. Mitad hombre, mitad saurio, era el macabro recuerdo de
lo que una vez había sido un ser humano. Sus ropas estaban rotas, desgarradas
por las horribles mutaciones de su cuerpo; la piel, cubierta de costras; sus
manos y sus pies descalzos eran planos, de aspecto fuertes, parecidos a unas
garras. Aterrado, noté también el apéndice en forma de cola que había crecido
en la base de la columna vertebral, y su mandíbula horriblemente alargada, una
mandíbula de cocodrilo en la que aún crecía una mota de pelo, como la barba
de una cabra...
Todo esto fue lo que vi antes de poder abandonarme a un desmayo bienhechor,
pues ya había reconocido lo que yacía en el ataúd. Había permanecido allí
desde 1927 en una semiinconsciencia cataléptica, esperando el momento de
volver a la vida, con un aspecto horrorosamente alterado. Era el doctor Jean-
François Charriere, cirujano, nacido en Bayona en el año 1636 y «muerto» en
Providence en 1927. ¡Ahora ya sabía que el superviviente de quien hablaba en
su testamento no era otro que él mismo, nacido otra vez, devuelto a la vida por
el conocimiento endemoniado de ritos más antiguos que la propia humanidad,
y ya olvidados, tan antiguos como los primeros días de la tierra, cuando las
grandes bestias luchaban y se destruían entre sí!

TERROR -- EL VIEJO TERRIBLE -- HOWARD P. LOVECRAFT

Escrito por imagenes 05-09-2008 en General. Comentarios (0)

TERROR -- EL VIEJO TERRIBLE -- HOWARD P. LOVECRAFT

H. P. Lovecraft
EL VIEJO TERRIBLE

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Fue una ocurrencia de Angelo Ricci y Joe Czanek y Manuel Silva el pasar visita al Viejo Terrible. Este anciano vivía solo en una casa realmente antigua de Water Street, cerca del mar, y tenía fama de ser sumamente rico y sumamente achacoso, lo que resultaba una situación de lo más atractiva para los señores Ricci, Czanek y Silva, ya que su profesión no era ni más ni menos que la del latrocinio.
Los habitantes de Kingsport dicen y piensan muchas cosas sobre el Viejo Terrible que suelen ocultar al conocimiento de gentes como el señor Rice¡ y sus colegas, a pesar del hecho casi probado de que guarda una fortuna de magnitud indefinida en algún lugar de su mohosa y venerable morada. Se trata, verdaderamente, de un personaje muy extraño, al que se supone que fue en su día capitán de los clipers de las Indias Orientales, tan viejo que nadie puede recordar ya cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos conocen su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del patio delantero de su vetusta y abandonada morada, alberga una extraña colección de grandes piedras, curiosamente agrupadas y pintadas de tal forma que recuerdan a los ídolos de algún oscuro templo oriental. Esta colección ahuyenta a los muchachos, que acostumbran a burlarse del Viejo Terrible a causa de sus largos cabellos y barbas blancas, o a romper las ventanas hechas de pequeños cuadrados de cristal de su casa con sus crueles proyectiles; pero hay otra cosa que espanta a personas más viejas y curiosas, que a veces rondan la casa para atisbar a través de los cristales polvorientos. Esas personas dicen que, en una mesa, en una habitación desnuda, en la planta baja, se halla una multitud de curiosas botellas, cada una con un trozo de plomo suspendido de un cordel en su interior, a manera de péndulos. Y dicen que el Viejo Terrible habla con esas botellas dirigiéndose a ellas por nombres tales como Jack, Cara Marcada, Long Tom, Spanish Joe, Peter y Oficial Ellis, y que cada vez que habla con una botella el pequeño péndulo del interior oscila claramente a modo de respuesta. Aquellos que han visto al Viejo Terrible, alto y enjuto, en esos peculiares diálogos, no han vuelto a espiarle. Pero Angelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no tenían sangre de Kingsport; pertenecían a ese contingente nuevo y forastero que vive fuera del encantado círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y en el Viejo Terrible tan sólo veían a un carcamal tambaleante y casi indefenso, que no podía dar un paso sin ayuda de su nudoso bastón, y cuyas manos enflaquecidas y debilitadas temblaban de forma patética. A su manera, se compadecían sinceramente de aquel viejo solitario e impopular, al que todos evitaban y a quien los perros ladraban de una forma especial. Pero el negocio es el negocio, y para un ladrón de casta resulta una tentación y un reto un tipo tan viejo y débil, que no tiene cuenta en el banco y que paga sus pocos gastos en el almacén del pueblo con plata y oro españoles acuñados dos siglos antes.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del 11 de abril para girar su visita. El señor Ricci y el señor Silva cambiarían unas palabras con el desdichado y anciano caballero mientras el señor Czanek esperaba por ellos y por su presumible cargamento en metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto a la puerta del muro trasero de la finca de su anfitrión. El deseo de no tener que dar innecesarias explicaciones en caso de una inesperada intrusión policial aceleró los preparativos de una retirada tranquila y discreta.
Como habían planeado, los tres aventureros obraron por separado para evitarse posteriores sospechas maliciosas. Los señores Ricci y Silva se reunieron en Water Street, frente a la puerta del anciano, y aunque les disgustó la forma en que la luna iluminaba las piedras pintadas a través de las ramas de los nudosos árboles, cubiertas de brotes, tenían cosas más importantes en que pensar que en simples supersticiones ociosas. Temían que el desatar la lengua del Viejo Terrible acerca de su provisión de oro y plata les resultase una faena desagradable, ya que los viejos capitanes de barco son notablemente testarudos y perversos. Pero, aun así, él estaba muy viejo y achacoso, y ellos eran dos a visitarle. Los señores Ricci y Silva eran expertos en doblegar la voluntad de gentes poco dispuestas, y los gritos de un hombre tan excepcionalmente débil y venerable podían ser fácilmente silenciados. Así que se allegaron a una ventana iluminada y escucharon al Viejo Terrible hablar de manera pueril con sus botellas de péndulos. Entonces se enmascararon y llamaron cortésmente a la deslucida puerta de roble.
La espera resultó muy larga para el señor Czanek mientras se removía inquieto en el coche cubierto, junto a la puerta trasera del Viejo Terrible, en Ship Street. Era más aprensivo de lo ordinario, y no le habían gustado los espantosos gritos que había oído en la vieja casa momentos después de la hora fijada para el asalto. ¿No les había dicho a sus colegas que fueran lo más considerados que pudieran con el patético y anciano capitán? Observó muy nervioso la estrecha puerta de roble en el muro alto y cubierto de hiedra. Con frecuencia consultaba el reloj, extrañado por el retraso. ¿Había muerto el viejo sin revelar el escondrijo de su tesoro, obligando a una búsqueda exhaustiva? Al señor Czanek no le gustaba esperar tanto tiempo en la oscuridad en un sitio así. Entonces sintió un ruido amortiguado de pasos o un tabaleo en el sendero tras la puerta, escuchó un leve manipular del herrumbroso pestillo y vio cómo la puerta pesada y angosta se abría. Y al pálido resplandor de una única y débil lámpara callejera aguzó la vista para distinguir qué habían logrado sus colegas en esa casa siniestra que parecía amenazarle tan de cerca. Pero cuando vio algo, no fue lo que esperaba; ya- que sus colegas no estaban allí, sino sólo el Viejo Terrible, apoyado tranquilamente en su nudoso bastón y sonriendo de forma horrible. El señor Czanek, que no se había fijado nunca antes en el color de ojos de ese hombre, vio ahora que eran amarillos.
Los pequeños incidentes despiertan considerable revuelo en las poblaciones pequeñas, por lo que la gente de Kingsport habló toda la primavera y el verano sobre los tres cuerpos imposibles de identificar que la marea había arrojado a la costa; horriblemente acuchillados, como por multitud de cortes, y horriblemente destrozados, como pateados por multitud de tacones. Y algunos aún comentaban sucesos tan triviales como el coche abandonado, descubierto en Ship Street, o sobre ciertos gritos especialmente inhumanos, probablemente de algún animal perdido o un pájaro migratorio, escuchados durante la noche por algunos ciudadanos insomnes. Pero el Viejo Terrible no prestaba ninguna atención a todo este ocioso chismorreo pueblerino. Era de natural reservado, y, cuando uno es viejo y enfermizo, la reserva se hace aún mayor. Además, un capitán tan anciano debía haber asistido a montones de cosas mucho más interesantes en los lejanos días de su olvidada juventud.

MITO-RELATO -- EL CREADOR -- DAVID LAKE

Escrito por imagenes 05-09-2008 en General. Comentarios (0)

MITO-RELATO -- EL CREADOR -- DAVID LAKE

MITO-RELATO -- EL CREADOR -- DAVID LAKE
CREADOR
DAVID LAKE



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Hacía una mañana magnífica, cosa normal en el planeta Olimpo, y Jay Crystal acababa de desayunar en su palacio privado cuando el robot-mayordomo anunció la llegada del Instalador.
Jay se incorporó al instante y se dirigió, casi corriendo, hacia la habitación desocupada. Jamás había estado tan excitado en toda su vida inmortal. Cuando llegó a la sala... sí, allí estaba: la reluciente máquina, que parecía un órgano de mediano tamaño y apto para luz, olor y sonido, estaba siendo rápidamente instalada por los robots rojos y verdes de la Corporación Creación. El instalador permanecía junto a ellos, no para supervisar el trabajo, ya que los robots lo conocían a la perfección, sino más bien como dándoles su aprobación.
El instalador era un olímpico de cabello tan oscuro como rubio era el de Jay. Sus pobladas cejas se habían curvado acompañando una sonrisa ligeramente irónica.
-Señor --dijo-, nos hemos tomado la libertad de empezar antes de que usted llegara. Pensamos que le gustaría tener acabado el trabajo lo antes posible.
-Sí, sí -contestó Jay-. Excelente. ¿Cuánto tardarán?
---Es cuestión de un minuto. Y después... Señor Crystal, nos alegra que haya tomado esta decisión. Admiro su trabajo para el cinematrón público... Esas piezas tan delicadas, tan civilizadas...
Pero, compréndalo, el creatrón representa el futuro en la industria de la diversión. Además, esta máquina puede inspirarle en su trabajo con el cinematrón. ¡Mirel -Los robots se apartaron a un lado-. Ya han terminado. ¡Aquí tiene su creatrón, señor¡ Y ahora, ¿querrá apretar el contacto maestro, por favor? No es una simple ceremonia, sino un detalle esencial para el funcionamiento de esta máquina personalizada...
Jay se acercó al botón rojo lateral. Lo tocó suavemente con el dedo índice de su mano derecha, sabiendo que en aquel momento estaban siendo captadas sus emanaciones. El creatrón cobró vida en tan solo unos milisegundos. Se produjo un zumbido, tenue pero profundo, y en la pantalla situada en la parte superior del tablero de mandos apareció una franja irregular de luz verdosa.
-Se trata de su monitor cerebral ---explicó el instalador, sonriendo amablemente-. Básicamente es un dispositivo de protección. No podemos asegurarle que no vaya a tener problemas, señor. Un cliente puede verse envuelto emocionalmente en sus creaciones hasta tal punto que debamos... asistirlo. Todos los controles de los creatrones transmiten sus señales a la sede de nuestra empresa, donde aquellas son sometidas a constante vigilancia. De momento, todo lo que muestra el monitor es su agradable excitación, una emoción lógica en este caso. ¿Le apetecería una sesión ahora mismo? Sí, naturalmente. Enviaré fuera los robots y después...
Y después se sentaron ambos ante el creatrón. 0 mejor dicho, se sentó el Instalador, mientras que Jay permaneció medio tumbado boca abajo, con el cuerpo cómodamente apoyado, las manos descansando sobre los mandos y la cabeza envuelta en el casco sensitivo. Ante él, y también bajo él, detrás del gran cristal, yacía el vacío que sería su mundo... cuando lo creara. Por el momento solo había un caos amorfo y grisáceo.
-Bajo su mano izquierda, señor -dijo el Instalador, empezando a explicar el funcionamiento de los mandos-, tiene los diales y botones fundamentales. Los cuatro de la fila inferior son los dimensionales: largo, alto, ancho y ese botón más grande y graduado que usted está tocando es para el tiempo. Encima están los mandos de fuerzas: controles analógicos de energía nuclear y eléctrica, gravitación... Más arriba está el fijador de pseudo-masa. Todo le resultará más claro con la práctica. Si creara un mundo ahora...
-Bien... ¿Podré anularlo después?
-Por supuesto -sonrió el Instalador-. Abajo de todo, a su izquierda, se halla el aniquilador. Sí, el botón rojo. 0 si lo prefiere, puede apretar ese botón ámbar que indica «Grabación». Así podrá retirar su universo del área funcional, pero grabando toda su
historia, de modo que podrá volverlo a contemplar o situarlo en pantalla para introducir nuevos cambios- Usando «Grabación» podrá crear diversos universos distintos... El botón correspondiente a su derecha, el que indica «Pausa», detiene el tiempo en pleno funcionamiento. Las criaturas de ese mundo no advertirán nada, claro está, puesto que no tendrán tiempo de hacerlo. Entre otras cosas, «Pausa» le permite añadir una acción especial si así lo desea. Y el mando graduado situado por debajo de «Pausa» es el Supresor de Tiempo Limitado: anula el pasado reciente y le permite añadir toda una nueva secuencia. Y esos botones cercanos, a su derecha, son los iniciadores, precisamente para dichos añadidos...
-He oído hablar de ellos -interrumpió Jay; frunciendo la frente-. Los llaman botones de milagros, ¿me equivoco?
-Si, es cierto. Algunos clientes les dan ese nombre. Y son muy populares. Hacen la creación tan sencilla como dibujar con papel y goma de borrar...
-Y casi tan artística -añadió despectivamente Jay.
-De acuerdo. Ya veo que es un poco purista, señor Crystal. Y me complace, yo también soy así. Con los botones de milagros es posible obtener efectos muy cómicos, pero resulta más satisfactorio dejar que un mundo posea una coherencia intrínseca. Es como no hacer trampas cuando estás haciendo un solitario. Usted establece las leyes al principio y luego respeta las consecuencias. En cualquier caso, dispondrá de suficientes grados de libertad a través del albedrío de sus criaturas. 0 dicho de otra forma, las criaturas se obstinarán en sorprenderle y divertirle. Bien, ¿le gustaría empezar?
Jay dispuso el mando de tiempo y apretó el botón «Marcha» y uno de los dimensionales. Apareció al instante una línea blanca atravesando el espacio-mundo. 0 más bien el espacio existía ahora como una dimensión aislada y solitaria en medio del caos.
-¿Qué sucede si no aprieto más botones dimensionales? -preguntó.
-Que obtiene un universo unidimensional. Es perfectamente posible y le da oportunidad de gozar un mundo divertido y más bien clásico. Por supuesto, todas sus criaturas serán masas lineales y no podrán cruzarse...
Jay se apresuró a tocar el segundo mando dimensional. El caos desapareció y el mundo se convirtió en una inmensa lámina gris pálido.
-El mundo plano -dijo el Instalador-. Uno de nuestros clientes, un tal señor Abbas, logró una creación notable en dos dimensiones...
-Con círculos y cuadrados como personajes --concluyó Jay- Sí, ya lo sabía. Pero todo eso tiene bastantes limitaciones, carece de interés humano.
Tocó la tercera dimensión. El gris pálido que tenía delante cambió súbitamente y sintió la emoción del vértigo. Le pareció estar contemplando algo infinito, sobrecogedor, fantasmal... El vacío eterno. Jay se agarró ansiosamente a los laterales que servían de brazos.
-Realista, ¿no le parece? ---opinó el Instalador-. Pero no se preocupe, es imposible que se caiga ahí dentro. Ese espacio es totalmente irreal en nuestros términos. No tiene más existencia que el espacio descrito en una obra de ficción. 0 dicho de otro modo, está dentro de usted, en su mente. Le asustará menos si lo llena de algo. Prosiga, señor Crystal. Establezca algunas leyes para su mundo. Si quiere algo realista, puedo sugerirle los próximos pasos, solo para empezar...
Jay siguió las instrucciones y apretó los botones correspondientes. Un instante después no pudo contener un grito de asombro. A través del cristal vio chispas reluciendo en la negrura, como en una muda exhibición de fuegos artificiales.
-Acaba de crear luz y materia --explicó el Instalador---. Su universo está explotando. Si gira el control de tiempo en sentido inverso al de las agujas del reloj, la explosión se convertirá en una sosegada expansión... Así, eso es. Esas gotas flotantes son galaxias. Si desea ver una más de cerca, este control de visión, el que está bajo el botón de anchura...
Jay maniobró fascinado durante media hora de tiempo real. Le pareció sumergirse en el corazón de una galaxia que luego se condensó y formó estrellas. Observó un sistema solar formando una estrella amarilla y después siguió la evolución de un pequeno planeta hasta que los asteroides dejaron de caer en su superficie. De los cráteres surgió aire y agua y toda la superficie quedó convertida en un océano humeante y cubierto de nubes.
-Es el momento de crear vida -anunció suavemente el Instalador.
-¿No surge automáticamente? -se sorprendió Jay.
-En realidad, nada surge «automáticamente», señor Crystal. La máquina funciona poniendo en práctica los impulsos mentales que usted emite. Y hay ciertos momentos cruciales que requieren un impulso especial por su parte. Este es uno de ellos. Todo lo que debe hacer es desearlo, y surgirá. Diga «Hágase la vida»... La verbalización sirve de ayuda algunas veces.
-Hágase la vida -repitió Jay.
Y la vida se hizo. Tal como estaba dispuesto el control de tiempo, mil millones de años pasaban en un minuto. A los dos minutos apareció una franja verde en las costas de los nacientes continentes. A los cuatro minutos brotaron selvas y animales anfibios se arrastraban por ellas. Jay tocó uno de los mandos situados bajo su mano izquierda y retrasó el tiempo creado con respecto a los observadores olímpicos.
Pasaron algunos minutos antes de que evolucionaran gigantescos reptiles, aves y mamíferos. Y Jay empezó a sentirse cada vez más extraño e incómodo. Se removió nerviosamente.
-Yo... --empezó a decir.
-No se inquiete -dijo el Instalador, observando la pantalla del monitor y poniendo una mano sobre el brazo de Jay-. Es algo normal, señor. Está creando formas superiores de vida, ¿no es cierto? Y esas formas empiezan a tener una conciencia cada vez más elevada. Pero, claro está, se trata de su conciencia trasladada a esos seres. Dígame qué siente ahora.
-Como si me desgarrara. Estoy dividido en un millón de fragmentos. Y parece que me pinchen con un millón de agujas.
-Perfectamente. Lo puede controlar de dos formas. Primera, mecánicamente ... Ese dial gris que hay a su derecha, el que indica «Empatía» ... Gírelo en sentido opuesto a las agujas de un reloj y desaparecerá el dolor. El problema es que lo mismo ocurrirá con su interés por la creación. Los creadores expertos dominan el dolor sin perder tal interés, utilizando una técnica de relajación mental. Puedo enseñársela, si lo desea, pero llevará algo de tiempo. Necesitaremos otra sesión, quizá varias. No cobramos las sesiones extra, forman parte del servicio de instalación. Mire, Yo siempre uso la relajación mental.
-¿Quiere decir que... también usted practica la creación?
-Por supuesto, señor. Tengo un creatrón en casa. Debo ser un experto, compréndalo, o me resultaría muy difícil aconsejar a mis clientes...
Jay chilló en aquel momento. El Instalador se inclinó y giró a la izquierda el díal gris.
-Perdone, señor -se excusó-. Puede ponerlo en la posición anterior si lo prefiere, pero quería protegerle contra un ataque emotivo. Si me permite la pregunta, ¿qué era eso? Mi visor no está tan bien ajustado como el suyo.
-Un primate --contestó el tembloroso Jay-. Fue atrapado y lentamente aplastado por una inmensa serpiente. He sentido el horror del primate, su dolor... -Meditó por un instante-. Escuche, ¿no es esta mi creación? ¡Es mi universo! ¿Por qué ha de producirine dolor? ¿No me sería posible introducir algo que acabara con esto?
-Bien, si eso es lo que quiere --dijo el instalador, con una sonrisa bastante forzada-, dispone de varias estrategias posibles.
Primera: alterar ligeramente las leyes fundamentales. Una relación distinta entre las fuerzas básicas imposibilitaría la vida sensible en todo su universo. En consecuencia, no habría dolor. Pero es un poco drástico, ¿no cree? Falta de interés humano, como usted dijo. Estrategia número dos: use uno de los botones de milagros. Puede introducir un programa establecido de forma que la vida se desarrolle sin nervios sensitivos. Desaparecerá el dolor, pero también el placer. Además, debería programar otra serie de milagros para mantener vivas a esas criaturas, ya que al no sufrir dolor morirían enseguida. Carecerían de incentivo para evitar caerse por un precipicio y cosas por el estilo. ¿No le parece que sería un universo bastante antiartístico, señor? Sus criaturas serían zombíes y no obtendría diversión alguna con ellas. Créame, lo sé por experiencia: en cierta ocasión, yo mismo hice ese experimento. Fue una simple diversión y nada más. Bien, nos queda la estrategia número tres: milagros discretos.
-¿A qué se refiere?
-Puede apretar el botón «Pausa» en diversos momentos críticos... Por ejemplo, podría haber salvado al primate apretando «Pausa» y aniquilando luego la serpiente. Ese botón que está arriba, a la izquierda... el de color naranja, sí... Es el de anulación selectiva. Incluso puede programar la máquina para que actúe así siempre, en situaciones concretas, de modo que usted no deba pasarse toda la noche efectuando un millón de milagros distintos por hora. Y de una forma similar puede interferir en la evolución. Es un caso más complicado, pero ya le explicaré el truco y así podrá eliminar la raza de reptiles que con el tiempo se transformarán en serpientes. Y muchas cosas más.
-Inartístico -gruñó Jay-. ¿No hay otro medio?
-Me temo que no. No existe medio de obtener cosas agradables sin detalles desagradables, como no sea a través de milagros. -El Instalador empezó a levantarse-. Bien, señor, lo lamento mucho, pero tengo otra cita dentro de media hora. Otra instalación. Compréndalo, el negocio está en auge. Pero si lo desea, volveré mañana mismo para comprobar sus progresos...
Bien, bien -contestó Jay.
Acababa de apretar el botón de «Pausa» y su universo, aun sin saberlo, se había detenido. Una de las especies de primates había abandonado los árboles. Jay meditaba ahora en la creación del hombre.
A la mañana siguiente, Jay estaba profundamente absorto con su creatrón cuando el robot-mayordomo emitió una discreta tos electrónica. Pero Jay no alzó la vista hasta la tercera tos, tan sonora como el rugido de un gran carnívoro del mundo que había creado.
-El señor Harriman, señor.
-¿Quién?
-El Instalador de la Corporación Creación.
-Hazle pasar, hazle pasar enseguida -respondió malhurnoradamente Jay-. Debo hablar con él ahora mismo.
Harriman entró en la sala luciendo su característica y enigmática sonrisa.
-Y bien, señor Crystal -,dijo-. ¿Cómo va su creación?
-No demasiado bien. Escuche, tengo problemas para crear una especie humanoide. He estado ensayando con primates apropiados de distintos planetas y... bueno, he debido usar algunos botones de milagros. Pensé que no tenía mucha importancia, tratándose de un experimento. Elegí la especie de mejor aspecto y luego eliminé... Me refiero a que aniquilé a sus rivales más próximos.
-¿Cómo? ¿Uno por uno? ¡Debe haber sido una tarea colosal!
-No, no. Estudié las cintas de instrucciones y... eli... preparé un programa. El programa identificaba toda especie de primate que fuera muy violenta o agresiva... y la eliminaba automáticamente.
-Un tratamiento muy correcto, sí me permite decirlo. Pensaba que debería explicarle programación, pero ya veo que usted ha ido más deprisa. Bien, señor, ¿qué ocurrió después de eliminar a esos monstruosos primates? ¿Me permitiría... observarlo personalmente?
-Sí, sí, adelante.
Ambos se inclinaron sobre sus visores respectivos. Harriman mostró a Jay la forma de mejorar la imagen del visor secundario (el que servía para los «invitados») y luego observaron atentamente un panorama selvático.
El planeta era muy parecido a Olimpo. Tenla un sol amarillo y un cielo azul, aunque naturalmente era mucho más silvestre, conteniendo grandes bosques y sabanas tropicales. Un grupo de primates se hallaba cerca de un bosque. Había cincuenta ejemplares de ambos sexos y distintas edades, mucho más peludos que los humanos, pero con caras desprovistas de pelo y delicadas facciones. Algunos erraban tranquilamente entre los árboles en busca de fruta, caminando a cuatro patas o erguidos sobre las traseras. Era evidente que podían andar de una forma bípeda, pero se mostraban bastante variables a este respecto. De vez en cuando, dos de ellos encontraban una suculenta fruta casi al mismo tiempo. Cuando tal cosa sucedía, ambos primates se miraban sor prendidos y se alejaban del lugar sonriendo de una forma más bien tonta que resultaba curiosa. Ninguno de los dos cogía la fruta, sino que se iban a buscar otras.
De las profundidades del bosque surgió repentinamente otro grupo de criaturas.
-Esto será interesante -musitó Harriman al oído de JaY-- Es una situación crítica. En mis mundos siempre he... ¡Caramba¡ ¿Qué les ocurre?
La «situación crítica» se resolvió del modo más sencillo. El grupo invasor se encontró con los animales que ya estaban allí. Estos últimos quedaron sorprendidos y sonrieron bobamente. Los invasores los imitaron, contemplaron un momento la extensa sabana que se extendía ante ellos, relincharon o, gimotearon un poco y desaparecieron de nuevo en la espesura del bosque.
-¡Vaya¡ -exclamó Harriman---. ¿Siempre sucede eso cuando dos grupos se encuentran? ¿No hay peleas, no defienden el territorio?
-No. Me alegra decirle que mi gente no es violenta. Elegí la especie más pacífica que pude encontrar. Quería evitar la triste historia de nuestro propio pasado...
-Comprendo. ¿Nunca se adentra en la sabana esa «gente» suya?
-Jamás. Es que en esa zona hay grandes carnívoros, ¿sabe?
-¿Es que su gente no es carnívora? Suponía que...
-No, no lo son. ¡Son vegetarianos estrictosl Deseo crear una civilización decente, sin anticuados detalles barbáricos. Como ya sabrá, es el ideal que he estado promoviendo en mis obras cinematrónicas. Interacción civilizada entre individuos y especies. Es importante empezar bien, ¿no?
-Sí, lo es -admitió Harriman. Aspiró profundamente-. Dígame, ¿cuánto tiempo ha vivido su especie a ese nivel evolutivo? Al decir tiempo, me refiero al de ellos, no al nuestro. Semibípedos, comedores de fruta que viven en los bosques sin arma alguna... ¿0 tal vez debería decir «herramientas»?
-Veinte millones de años -respondió tristemente Jay-. Y en ese tiempo mi programa ha eliminado cuatro especies afines de ese planeta, todas ellas salvajes.
-Bien, señor Crystal, ese ha sido su error. Es evidente que, mediante su programa, ha eliminado cuatro candidatos muy prometedores a convertirse enteramente en humanos.
-¿Humanos? -gritó Jay-. ¡Son bestias crirninalesl
-Eso fuimos nosotros en otro tiempo -afirmó Harriman. Sus ojos brillaron un instante---. Y la bestia sigue dentro nuestro.
Nuestra civilización es simple apariencia; quizá necesaria, si, pero para muchos de nosotros es más bien aburrida en el fondo. Esto explica suficientemente el auge de la venta de creatrones. La gran pantalla permite a muchísimas personas el placer de disfrutar inofensivamente con un salvajismo delicioso. ¡Espere a que le muestre todo el alcance de las técnicas empáticas, señor Crystall Tal vez entonces cambie un poco su opinión respecto a qué es deseable o indeseable en un submundo. Por ejemplo: ¿No le gustaria ser el caudillo salvaje de una poderosa horda de espléndidos bárbaros, recorriendo a galope la jungla y el desierto, la montaña y la llanura, saqueando pueblos y ciudades, teniendo a raya a sus temerosos enemigos y a las igualmente temerosas, pero mucho más atractivas, mujeres de estos?
-¡No!
-Oh, no importa. -Harriman suspiró----. Pero compréndalo, señor. Sean cuales sean sus ideales más profundos, permítame decirle que nunca creará una especie humanoide de esta forma, con esos individuos tan agradables. La gente agradable llega al final del proceso, y ya es mucho decir. Usted precisa dos cosas: en primer lugar, seres que coman carne. En segundo lugar, seres que sean agresivos, egoístas, que luchen hasta la muerte. La habilidad de la caza agudiza el cerebro y la competición con otros miembros de la misma especie... eso crea una ambición auténtica. Si estamos en Olimpo es fundamentalmente por ambición. ¿Recuerda como se inició el viaje espacial? Salimos al espacio gracias a una carrera espacial.
-Debe existir otro medio -insistió Jay~. Escuche, Harriman, yo también he estudiado historia. Sí, llegamos a Olimpo, pero antes destruimos nuestro planeta original y casi resultamos exterminados en el proceso. ¡El daño que hicimos al universo ... ¡ Me gustaría meditar un modo mejor, comprobar si puedo crear una raza no sometida a nuestros males. No se trata de un juego. Si triunfo, quizá pueda dar un mensaje vital a todos nosotros, en el mundo auténtico.
-De acuerdo, inténtelo. Le enseñaré todo lo que debe saber sobre la máquina, las técnicas de programación, empatía, etc. Y después... haga lo que quiera. Pero podría sugerirle algo.
-¿El qué?
-Si usa los botones de milagros para favorecer a una especie determinada sobre el resto, elija la más malvada, astuta y sanguinaria que le ofrezca el planeta. De ese modo acelerará mucho la evolución de la humanidad real... ¡Oh, clarol Ya sé que no hará. Pero en tal caso, ¿por qué no deja que todo siga su curso normal? No toque los botones de milagros y limítese a esperar los resultados de la evolución. Cuando sus criaturas usen ropas, Y espadas ocúpese de ellas y trate de domesticarlas. Existen técnicas incluso para manipular especies inteligentes, para volverlas más dóciles 0 fieras. Por ejemplo...
Cuando acabó aquella sesión, Jay manejaba con tanta destreza el creatrón que llarrirnan decidió dejarle solo con sus experimentos durante algunos días. En realidad pasó una semana antes de que el robot-mayordomo volviera a anunciar a anunciarle. Jay no estaba ocupado con la máquina, sino yendo de un lado a otro en la habitación donde se la habían instalado. Al entrar Harriman fue a recibirlo apresuradamente.
-Harriman, yo... -balbuceó-. Es... es abrumador.
-Es muy excitante en cuanto se domina la creación, ¿no es cierto? -dijo el siempre sonriente visitante-. Bien, cuénteme sus experiencias. Mire, señor Crystal, pronto se acabará esta relación profesional. Dentro de algunos días, si no me equivoco, le borraré de mi lista de nuevos clientes y usted pasará a estar atendido por la sección de mantenimiento de la corporación, no por la mía. Cuando tal cosa suceda, confío en que podamos ser simplemente compañeros en este gran arte. Y, ¿por qué no«?, amigos. Y ahora, señor Crystal...
-Llámerne Jay, por favor.
-De acuerdo, Jay, siempre que usted me llame Sam... De Samuel, ya sabe. Pero todos mis amigos me llaman Sam.
-Sam... he creado al hombre.
-Felicidades, Jay. ¿Qué es lo que hizo?
-Nada, en realidad. Dejé que la evolución siguiera su curso y... ¡surgió la humanidad1 Fueron haciéndose muy parecidos a nosotros...
-¿Quiénes? ¿Aquellos necios y bondadosos hombres mono del bosque?
-No, hombre, no -replicó Jay, agitando su mano como si apartara una mosca- Me desembaracé de ellos. Decidí no hacer más trampas, nada de milagros, y empezar desde el principio . Aniquilé mi primer universo...
-¡Todo su universol ¿Por qué no se conformó con aquel planeta?
-Estaba demasiado confundido. Quería comenzar de nuevo, partir de cero. Y así lo hice. Establecí las cuatro leyes y la constante de masa y lancé el nuevo universo a toda velocidad. Luego escogí una galaxia de tamaño medio y observé diversos soles amarillos muy prometedores. Simplemente, observé. Muchos de ellos formaron el tipo adecuado de planetas y creé vida una y otra vez, solo deseándola, como usted me enseñó. Y dejé que la vida evolucionara como quisiese. Usé la banda de empatla media... Fue una sensación realmente sobrenatural...
-Le creo -dijo Harriman. Los recuerdos hicieron chispear sus ojos-. Es algo que parece salir del estómago, ¿verdad? Todos los animales: tiburones, serpientes, dinosaurios, tigres... A veces usaba el micrófono y sentía cómo daba vida a pequeños organismos. Bacterias, virus... ¡Carambal Me he escindido en infinidad de microbios: sífilis, rabia, células cancerígenas... y también en los leucocitos que los perseguían. Me he matado y devorado a todos los niveles. No hay otra excitación igual.
-Sí, pero es francamente inquietante --objetó Jay, pasando una nerviosa mano sobre su cabello rubio---. Tanto horror, tanta maldad... Cuando llegas a los animales mayores todo es maldad... ¡y toda procedía de imí! Todo lo que odio tomaba forma tras abandonar la oscuridad de mi mente. Para ser franco, casi me volvíá loco de vez en cuando. Me costó muchos esfuerzos no apretar los botones de milagros y exterminar un monstruo tras otro. Pero lo logré. ¡Esas pesadillas fueron desarrollándose a sus anchas¡ -Un estremecimiento le impidió seguir hablando.
-¿Se apartó de la máquina para relajarse? -preguntó ansiosamente Harriman-. Si no lo hizo, puede tener problemas.
-Oh, claro que me aparté. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Piensa que puedo soportar una empatfa total, o aunque solo sea moderada, con una masacre? ¿Siendo yo todas las víctimas y todos los asesinos al mismo tiempo?
-Bien, bien. Así pues, ¿a qué resultado llegó?
-Civilizaciones, muchas civilizaciones en numerosos planetas. No todas eran de humanoides... ¡Gran Olimpo, he sido centauro, delfín, canguro, pulpo ... ¡ Pero en definitiva, fueron los humanoides los que más me fascinaron. ¡Tan parecidos a nosotros!
-¿Y existían razas dóciles entro sus civilizaciones?
-Ni una -admitió tristemente Jay---. Todas carnívoras y asesinas, como usted dijo, Sam. Supongo que debe ser así al principio. El paraíso nunca se perdió... aunque quizá pueda ser encontrado. Quiero proseguir en esa dirección. Mientras tanto... mientras tanto, debo decirlo, algunas de mis razas han hecho las cosas más increíbles. ¡Incluso han producido literatura!
-Es un hecho frecuente -asintió Harriman al tiempo que sonreía . De hecho, muchos guionistas del cinematrón plagian las obras de sus criaturas. Es una idea que debe considerar usted mismo, Jay. Y en realidad no es como hacer trampas, porque sus criaturas son usted. Son una parte de su mente que usted libera...
-Jamás imaginé que pudiera escribir algo como esto. Lo he grabado. -Apretó un botón-. lEscuchel Naturalmente, es una traducción a nuestro idioma de otra lengua que inventaron mis criaturas. Es mucho mejor en el idioma original, que yo, ¡gran Olimpo¡, entiendo perfectamente. Se trata de un poema muy extenso...
La voz remota e impersonal del sintetizador empezó a recitar:
Pues yo tengo fijo en mí, yo presiento que llegará el día
en que perecerá la sagrada Ilión
y con ella su rey y su pueblo.
Pero ni la caída de la ciudad, ni la pérdida de los troyanos,
de la misma Hécuba, del rey, de mis hermanos,
que sin duda caerán sobre el polvo a manos de nuestros enemigos,
me importa tanto como tu propio destino,
cuando un saqueo te arrastrará angustiada y bañada en lágrimas,
perdiendo tu libertad y conduciéndote a Argos,
huérfana de mi protección y cariño,
tendrás que tejer bajo las órdenes de una extranjera
o bien irás a por agua a las fuentes Meseida o Hipería
bien contra tu voluntad, por dura necesidad.
Y alguien viéndote llorar dirá sin duda:
«Esa fue la esposa de Héctor, el más señalado entre los troyanos
en los combates, cuando se peleaba en torno a la sagrada Ilión».
Y de nuevo habrá dolor sobre dolor al conocer que ha muerto tu marido,
el único, que de alentar, llegaría a arrancarte de tu esclavitud.
Pero ¡cúbrame un montón de tierra antes de que oiga tus clamores
y te sepa cautiva de los aqueosl
La voz cesó y Jay desconectó el aparato.
-No se escribe poesía de este tipo en la actualidad -dijo Jay-. No en nuestro universo. -Por supuesto que no. -Harriman se encogió de hombros---. ¿Cómo van a hacerlo? ¿Cómo vamos a hacerlo? Gozamos de una civilización cómoda y la píldora de la inmortalidad, y las guerras están prohibidas por la Organización de los Planetas Unidos. Examine las grandes poesías... por ejemplo, ese extracto que usted grabó y que, ciertamente, es magnífico. Los componentes son muerte, guerra y esclavitud, las peores maldades. Pura tragedia.
Sin eso, no hay poesía brillante. Y tampoco hay estímulos, hay que irlos a buscar a esos subuniversos. A propósito, ¿qué raza produjo ese poema? Debe ser gente excelente, hasta considerándola según mis criterios...
-Son los seres más aterradores de entre todos mis humanoides. -Jay se estremeció-. Su aspecto es insignificante, relativamente hablando. Casi todos los especimenes están muy por debajo de los dos metros y medio de altura...
-¡Enanos! --exclamó Harriman torciendo el gesto.
-...pero compensan eso con su fiereza, ciega determinación y pura crueldad. Cuando pienso que yo soy ellos... Debo hacer algo. Son un reto a todo lo que amo y en lo que creo.
-¿Por qué no se limita a apretar determinado botón? Jay, no vale la pena que se trastorne por ellos.
-No. No habrá más aniquilacioncs. Me lo he prometido. Esas criaturas son mías. Debo ayudarlas, transformarlas. Pensaré en algo. -Pareció cambiar de tema Sam, ¿puede explicarme una cosa? ¿Para qué sirve ese mando, el que está arriba de todo, a la derecha del tablero?
-¿Qué mando?
-Este -aclaró Jay, tocándolo. Era una pequeña proyección, aparentemente inútil, unida mediante una rosca al cuerpo principal del tablero de mandos.
-Ese... Oh, no sirve para nada -explicó llarriman. Se rió breverriente- No debería encontrarse en esta máquina. En uno de los modelos había un control extra en ese mismo ugar, para un tipo especial de empatía, pero nos pareció muy peligroso y lo eliminamos. Lo más probable es que no funcione en este aparato.
-¿Peligroso? ¿Es que el creatrón puede ser peligroso? ¿En el mundo real?
-No, si lo usa sensatamente. Cuando se iniciaron las ventas de creatrones hubo algunos clientes muy poco sensatos que sufrieron accidentes. En uno de los más graves... Bueno, nunca supimos con exactitud lo ocurrido porque cuando muere el creador, se aniquilan automáticamente todos sus universos. La existencia de estos depende de la del creador, y al desaparecer el segundo, desaparecen también los primeros.
-¿Dice que murió alguien? -preguntó atónito Jay-. ¿En Olimpo? ¿Por qué no informaron los noticiarios?
-No fue en Olimpo, por fortuna. Fue en Amentet, planeta que nuestra corporación controla casi por completo, detalle que nos permitió ocultar la noticia. En cualquier caso, la culpa fue del usuario. Se envició con el aparato y en aquel tiempo no teníamos bastante experiencia para detectar los síntomas de esta enfermedad. Era un empleado de la Corporación y creo que se llamaba 0. Siris. Decía una y otra vez que le estaban despedazando y eso fue lo que finalmente ocurrió. Encontraron su cuerpo, aún unido al creatrón, sangrando por más de diez heridas. Mire, hay sueños que pueden resultar mortales si el individuo permite que se adueñen de él. Ahora ya lo sabe, Jay. Estos modelos actuales son mucho más seguros que los primitivos, pero... ese monitor cumple una misión. Y si presiente que está en apuros, no dude en llamarme por el daserófono.
-De acuerdo.
Siguieron pasando los magníficos días del planeta Olimpo. Jay se absorbió completamente en su afición, su creatrón. Dejó de escribir para el cinematrón tridimensional y, en realidad, no precisaba hacerlo: los derechos de -autor de sus obras anteriores le proporcionaban una buena renta, aparte de recibir el salario básico que la Organización de los Planetas Unidos pagaba a todos los ciudadanos en virtud del Derecho Existencial. La interrupción de su trabajo normal no le preocupó mucho pues sentía que estaba profundizando en su comprensión de la naturaleza humana. Su nueva máquina de los sueños le permitiría progresar tanto que, cuando volviera a escribir para el cinematrón, produciría obras maestras. El detalle grave era que su dedicación a su subuniverso estaba destrozando su vida social en el mundo auténtico. Su última amiga, Afro, no cesaba de quejarse. Una mañana, Afro, recostada en el lecho antigravitatorio de Jay, tragó la píldora que la convertía inmediatamente en inmortal y estéril. Y a continuación bebió un poco de néctar.
-Jay, me voy --dijo.
-Ah, sí -contestó distraídamente Jay~. Supongo que ya es tarde.
Se deslizó hasta el otro lado de la cama y cogió su ropa de un modo mecánico, sin prestar atención a lo que hacía. Afro se incorporó bruscamente sobre la espuma del campo de fuerza. Sus cabellos, largos y rubios, se agitaron como serpientes y sus ojos azules, el detalle que más dulzura daba a su rostro normalmente, se contrajeron en un gesto de irritación.
-No -dijo- Lo que quiero decirte es que no aguanto más. ¿Quieres escucharme, por favor? Cuando hacemos el amor tienes la cabeza en otra parte. Bueno, no eres el único tipo que... Sam, por ejemplo: es más divertido estar con él, ¡se interesa un poco por mí! Y no está atontado por esa máquina. Si quieres volver a verme, Jay, llámame a su casa.
Jay estaba pensando en otras cosas y dejó que Afro se fuera.
No tenía celos. Además, Sam era ahora su mejor amigo y cuidaría bien de Afro.
Sam venía a verle casi todos los días, para intercambiar detalles sobre los subuniversos. Su relación vendedor-cliente había concluido oficialmente: no eran más que simples aficionados que se reunían. Sam parecía sentirse más tranquilo en cuanto a los peligros potenciales del creatrón.
-Lo comprobé en la corporación --explicó en una de sus visitas-. El mando de empatía total de tu máquina no funciona. No sé el motivo, pero el botón sigue estando bajo ese saliente metálico, aunque los técnicos me aseguraron que no está conectado a parte alguna. A partir de ahora, todos los modelos nuevos carecerán de ese mando. Y en cualquier caso, sé que no harás una locura como aquel tipo, Siris. -Sonrió e hizo un gesto de cabeza, señalando el creatrón-. ¿Qué tal te va, Jay?
-Terrible... y maravillosamente. -Jay tragó saliva-. En cuanto desconecto «Pausa», tengo el control de tiempo dispuesto para examinar en una hora un año del planeta que te mencioné. Sí, ya sé que es un procedimiento muy lento, pero es que ahora sigo su civilización al detalle. He avanzado dos siglos desde la época de aquel poema, ¿te acuerdas?, y... están pasando cosas extrañas, Sam. Esas criaturas están desarrollando filosofía, religión...
-Sí, suelen hacerlo --dijo Harriman, sonriendo nuevamente . Disfruto mucho con las religiones de mis criaturas. Todas implican sacrificios humanoides, algunos muy ingeniosos en cuanto a sus métodos, y es normal que los sacrificios se ofrezcan a... ¿A quién dirías? ¡A mí, el auténtico señor y creador del universo, Samuel Harrimant
-También en mi planeta hay algo de eso. -Jay sintió un escalofrío-. Es horrible. Pero tengo esperanzas. Este tipo de hechos está disminuyendo, sobre todo en una franja que ocupa el centro del mayor de los continentes. En los dos últimos siglos han surgido algunos hombres brillantes, en diversas culturas. Una pequeña tribu abandonó los sacrificios humanos hace mucho tiempo, sustituyéndolos por los de animales. Y hace poco, uno de sus mejores hombres denunció incluso esto. Lo más curioso es que afirmó hablar en mi nombre. Explicó a su gente que yo deseaba «misericordia, no sacrificios». Y otros hombres han dicho cosas parecidas en otros lugares. Mira, vamos a la máquina y te lo mostrare.
Una vez acomodados ante los visores, Jay deslizó el buscador a través de las nubes de aquel planeta azul y blanco. Surgieron las cimas de una elevada cordillera, llenas de hielo y nieve. Jay maniobró hacia el sur, descendiendo paulatinamente hasta que la visión, similar a la de un águila, mostró una zona cálida que se extendía ampliamente en la distancia, repleta de arroyos, junglas y pequeños claros en los que hombres de piel oscura cuidaban arrozales. De vez en cuando los claros eran más grandes y en sus centros, a orillas de los ríos, se alzaban ciudades amuralladas. Su planificación parecía bastante buena: mercados bulliciosos, palacios espléndidos, templos ricamente adornados y parques espaciosos.
Finalmente, Jay concentró la visión en una de las ciudades y enfocó un bellísimo parque. A lo lejos, dóciles ciervos erraban entre los prados y árboles de flores rojas y brillantes. Más cerca, entre los diseminados árboles, había una muchedumbre formada por todo tipo de personas, sentadas, en cuclillas o de pie: grupitos de enjoyados nobles y mercaderes con su guardia personal y esclavos de ambos sexos, sacerdotes con la cabeza afeitada y una inmensa multitud de gente ordinaria, hombres, mujeres y ninos, aparte de una hilera de sucios y enfermos pordioseros. Hacia el centro de esta muchedumbre había un espacio libre en torno a un gran árbol de hojas verdes. Ante el árbol, delante de la multitud, había un grupo de hombres enjutos vestidos con ropas de color amarillo. Y bajo el árbol había otro hombre-, encarado con los anteriores y toda la multitud. También llevaba vestiduras amarillas, pero era menos delgado que sus companeros. Su aspecto resultaba imponente y sus facciones eran hermosas y bien formadas.
Esta, al menos, fue la escena que vio Harriman. En cuanto a Jay, la cosa era distinta. No solo veía la escena, sino que él era esa escena: estaba en la tierra y en la hierba y suyas eran las ramas verdes que se agitaban bajo la acción de la cálida brisa. Estas sensaciones resultaban relativamente difusas. Jay sentía con mucha más fuerza la vitalidad del ciervo que pacía a lo lejos y la multitud que atestaba la zona más próxima. Jay era el noble orgulloso y bien alimentado, la seductora bailarina, el joven y robusto campesino que llegaba a la ciudad durante el día, el anciano pordiosero que sufría lo indecible con su rodilla rota...
Pero sobre todo, Jay era el hombre sentado bajo el árbol.
Miró a la muchedumbre a través de los ojos de este hombre y sintió una inmensa compasión. Sufrimiento ... Todo el mundo sufría. Nacimiento, vejez, enfermedad, muerte ... Sufrimientos y más sufrimientos. El contraste éntre lo que se apetecía y la desagradable realidad era un nuevo sufrimiento. Y tan solo él conocía el remedio, la liberación, el camino medio...
Y él, el Iluminado, impartió sus enseñanzas. Las cuatro verdades nobles, el camino óctuple y los cinco preceptos. Toda la vida era sagrada: en consecuencia, absteneros de dañar una criatura viviente. Toda la vida era única: la noción de que se tenía un alma individual y eterna era la gran ilusión de la que la persona debía liberarse. Si el individuo se aferraba a ese ego ilusorio, se encontraría atado a la cadena del sufrimiento.
- Sabbe sankhära dukkha.
Las palabras del idioma de aquel cálido país fluían de sus labios, sonoras pero no extrañas, ya que poseía el don de comprender las lenguas de todas sus criaturas.
-La existencia es sufrimiento...
La multitud estaba impresionada. Algunos de los asistentes se armaron de valor y formularon diversas preguntas.
-¿Qué debemos sacrificar a los dioses, oh Iluminado? -preguntó un sacerdote.
-El mejor sacrificio es el de la acción moral correcta, el de la misericordia ante todos los seres vivientes... En cuanto a los dioses, también ellos son criaturas como nosotros y también ellos necesitan iluminación.
-¡Oh, Iluminado¡ -gritó repentinamente una mujer.
Acababa de llegar. Apretaba contra sus caderas a un niño que... No, no era un niño. La vida solo existía en él al microscópico nivel de la decadencia. Era el cadáver de un niño. La mujer se aferraba a esta desgracia personal, y en consecuencia, estaba ligada a ella.
-¡Oh, Iluminado! -repitió-. ¡Tú, que conoces todos los secretos, explícame la magia, el remedio para devolver la vida a mi hijo¡
-Mujer ----contestó él-. Ve a todas las casas de la ciudad donde nadie haya muerto y pide a sus moradores una semilla de mostaza...
-¡Pero eso es imposiblel -replicó la afligida mujer---. ¡Por todas las casas ha pasado la muerte!
-Ese conocimiento -replicó el hombre que se hallaba bajo el árbol- es el único remedio de la muerte.
Jay empezó a retirarse de la escena hasta que empezó a ver el prado donde estaban los ciervos a través de los ojos de un halcón que planeaba y revoloteaba sin descanso, emitiendo sonidos lastimeros mientras escudriñaba el paisaje en busca de una presa. Jay apretó el botón «Pausa».
Mientras ambos se apartaban del creatrón, Jay tradujo a Sam las palabras del hombre sentado bajo el árbol. Jay se sentía tan confundido como entusiasmado.
-¡Es increíble que este tipo de cosas estén en mi interiorl
exclamó al acabar sus explicaciones-. ¡Yo, el Iluminado! ¡Sam, amparándome en eso podría establecerme como filósofo en este rnundo!
-Es indudable que era tu mundo, Jay -afirmó Sam, sin poder evitar un bostezo-. Mis mejores criaturas son incapaces de impartir enseñanzas similares. En realidad, mis creaciones manifiestan una fuerte tendencia hacia el zurrismo.
-¿Zurrismo?
-Exacto. La primera verdad noble del zurrismo es la siguiente: Zurra a la rata antes de que la rata te zurre a ti. Así habló mi Zurratustra. Pero debo ser sincero, Jay: tu mundo es brillante, complejo, artístico. Me gustó mucho toda tu muchedumbre. Los pordioseros, las prostitutas, los nobles... Tienes un talento tremendo. No, me quedo corto. Debería decir que eres un genio. Mis mundos son más toscos, más simples...
-Sam, ¿qué pretendía decir aquel hombre cuando explicó que los dioses son criaturas como nosotros y también ellos necesitan iluminación? Estaba hablando de nosotros, ¿no es cierto?
-Supongo que sí. ¿Qué tiene de extraño?
-Pero es que... parecía que aquel hombre nos conociera. ¡Era como si estuviéramos al mismo nivel de realidad que él!
-¿Y por qué no? -Harriman exhibió su sonrisa característica. Al fin y al cabo, ese tipo es una parte de tu mente, Jay, por lo que en cierto sentido se encuentra en el mismo nivel de realidad. Y nuestras criaturas tienen nociones vagas sobre nosotros. Es un hecho que los aficionados al creatrón descubrieron desde el primer momento.---Se rió un instante-. Antes de que aquel hombre, Siris, sufriera el accidente, dijo algo que nos dejó bastante trastornados. A ver que te parece, joh Iluminado! Dijo: «Nosotros creamos los submundos, pero ¿quién creó nuestro mundo? Quiza fueron los habitantes de esos submundos. Nosotros los creamos a ellos, ellos a nosotros. Vosotros garabateáis mi esencia, yo hago lo propio con la vuestra. jUn engaño mutuo¡ Es el arte creativo el que hace girar los planetas ... » ¿Qué opinas de eso, Jay?
-Heráclito -murmuró Jay.
-¿Qué has dicho? ¿Es una maldición, o algo parecido?
-No. Heráclito es uno de los filósofos del planeta de mi subuniverso. Sus ideas son semejantes a las que has mencionado. Vive en una zona situada un poco al noroeste de la que estuvimos observando. Su civilización también es bastante brillante y estoy seguro de que te gustaría. Son hombres con un gran sentido artístico y muy crueles. Heráclito es uno de los más feroces e inteligentes. Afirma que hombres y dioses están estrechamente relacionados: unos y otros se generan mutuamente. También dice que toda la existencia se basa en el conflicto, la lucha, la guerra... Si el conflicto acabara, todo el universo desaparecería.
-Tiene toda la razón. -Harriman sonrió-. Al menos tendría razón en mi universo, porque yo apretaría el botón de aniquilación si dejaran de producirse batallas en mi mundo. Es demasiado aburrido soportar una paz eterna. Jay, me gusta más ese Heráclito tuyo que el otro tipo que acabas de mostrarme. Es una criatura muy competente.
-Debo logar que esté equivocado -murmuró Jay-. Oh, he aprendido que cierta agresividad es precisa en la primera etapa de la humanidad, ¡pero no tanta como la que se está produciendo actualmente en la mayoría de lugares de mi mundo! Guerra, masacres, esclavitud, torturas... No, eso no debe proseguir.
-Estás equivocado -dijo enérgicamente Harriman-. Debe proseguir en alguna parte, Jay, o nos volveremos locos. Aunque no lo creas, nosotros, los de la Corporación Creación, hemos salvado a nuestra civilización de un colapso general. Deberías haber visto la cantidad de altas que se producían en los hospitales mentales, el número de suicidios e incluso asesinatos que se producían antes de la invención de esta máquina. La gente necesita estímulos, ¿comprendes?, y ahora los tiene con sus creatrones, eso es todo...
Por eso nos podemos permitir una vida pacífica y sin sufrimientos en el gran mundo, en el mundo real.
-Los otros mundos también son reales. Ya lo has admitido antes y yo sé que es cierto. Cuando estoy allí, todo es tan real como aquí. ¡Y pensar que una vez aniquilé todo un universol -Jay se estremeció y Harriman empezó a reír.
-¡Oye, pero si esa es la mayor diversión de todasl –objetó Sam-. Pero es mejor no aniquilarlo todo simultáneamente. De lo contrario, todas esas criaturas desaparecen sin darse cuenta. Si vas aniquilando de una forma selectiva puedes divertirte, observando como esos pobres tontos ven desaparecer sus soles y lunas, luego el país vecino y así sucesivamente. Yo siempre empleo este método.
Jay contempló a Harriman con un aire de consternación. Y a partir de aquel día, su amistad no volvió a ser nunca como antes.
Muchos días más tarde, Jay se sumergió completamente en el mundo de su creación. No salió para nada de su palacio y ni siquiera abandonaba la sala que alojaba su creatrón, ordenando a los robots que sirvieran las comidas en una mesita situada junto a la gran máquina. Comía a toda prisa y se apresuraba a regresar al terrible y maravilloso planeta azul y blanco.
Siguió manteniendo el control de tiempo al ritmo de un año por hora, con lo que podía observar una generación del submundo en un par de días olímpicos. Subjetivamente, cuando se hallaba en empatla media o profunda, su tiempo era el del submundo. Es decir, los sueños tridimensionales de Jay colmaban lo que parecía ser la experiencia de toda una vida en tres o cuatro días «reales».
Poco a poco, Jay fue concentrándose en la cultura que había dado origen al terrible filósofo Heráclito. Estas criaturas estaban alcanzando la cima de la gloria. Numéricamente débiles, habían derrotado, no obstante, a un inmenso imperio oriental: y Jay estuvo allí cuando lo hicieron. Se introdujo en el cerebro de un soldado armado hasta los dientes, en un barco que se acercaba a una isla rocosa, y sintió el júbilo de su criatura al saltar a tierra y empezar a lancear a sus atemorizados enemigos. Debería haber sido una sensación horrible, pero no fue así: el guerrero se complacía en lo que estaba haciendo, el simple ejercicio de una de sus mejores habilidades para defender su amada ciudad, y no por odio personal. Al terminar la batalla, con todos los enemigos muertos o encadenados, empezaron a formarse palabras en el cerebro del hoplita... y Jay descubrió que también era un gran poeta. Iba a escribir una tragedia para el próximo festival, y aquel combate formarla parte de ella. Pero no ensalzaría el valor de su gente, sino que más bien sería un poema de temerosa admiración ante la justicia de los dioses: como aniquilaban la arrogancia, el ansia de conquista. El héroe de la tragedia sería el rey enemigo. Pero su propia canción guerrera ocuparía un lugar modesto:
¡Oh, hijos de Hélade, adelante¡ Liberad vuestra patria, vuestros hijos y mujeres, los dioses y las tumbas de vuestros mayores: ahora debeis combatir por todo...
Jay también estuvo en el teatro el día que se representó la obra. La tragedia resultó magnífica y lo mejor de todo fue que la audiencia lloró por los sufrimientos del enemigo...
Sí, pensó Jay. este pueblo tiene una cualidad de grandeza. Quizá transformen este mundo en algo mejor.
Siguió observándolos durante dos generaciones. La ciudad que habla luchado tan noblemente se convirtió en imperio, con toda la arrogancia y ansia de conquista que el hoplita había denunciado. Provocaron una y otra vez a sus vecinos, hasta que estos se unieron en una coalición contra los primeros. Atacaron a todo amigo de sus enemigos, incluso a gente neutral...
Jay contempló horrorizado cómo, en tiempo de paz, las fuerzas de la ciudad cercaron una pequeña población isleña que hasta entonces había permanecido aparte de la contienda. Algunos traidores abrieron las puertas desde el interior de la fortaleza. El ejército invasor reunió a los derrotados en dos grandes grupos, uno de mujeres y niños, otro de hombres. Después, los soldados empezaron a cortar metódicamente los cuellos de los varones, entre chillidos de mujeres y niños. Completada la masacre, esposas e hijos fueron embarcados con rumbo a los mercados de esclavos...
También en esta ocasión hubo un poeta de la ciudad que escribió una obra sobre el suceso. Pero su estilo resultó amargo y espantoso. Situó la tragedia en tiempos legendarios, aunque la historia fue muy similar: el incendio, la matanza, las mujeres cautivas... La reina, esclavizada, gritaba:
¡Oh, Dios, nuestro creador y engendradorl ¿Ves nuestra desgracia?
Y las demás esclavas contestaban a coro:
La ve, mas las llamas no se han extinguido todavía...
Jay se apresuró a tocar el botón «Pausa» y se apartó del creatrón. Incluso abandonó aquella sala. Anonadado, pasó varias horas en su lujoso lecho.
Al levantarse, había perdido toda esperanza de salvación que proviniera de las ciudades de Hélade. Y se sentía profundamente culpable. El, Jay, era el dios insensible al que gritaban en vano aquellas esclavas. El era los asesinos, los esclavizadores y los torturadores. Debía expiar sus culpas de algún modo. Pensó en los botones de los milagros, pero rechazó la idea. No, sería hacer trampas y tampoco resolvería nada. El mal estaba dentro de él mismo y allí era donde debía atacarlo. Salvaría su mundo, si el mundo le mataba a él...
Sintió un deseo imperioso de descender a su mundo, hacer algo efectivo, comprometerse. Luego le vino algo a la memoria. No, sería imposible... Sam había explicado que no había conexiones. Aunque, pensándolo mejor, valdría la pena investigarlo.
Volvió a la sala y se dirigió a la parte trasera del creatrón para buscar las cintas de instrucciones. Nunca las había escuchado hasta el final y en esta ocasión lo hizo. Por fin, la impersonal voz de un robot dijo:
-Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura. No tocar, repito, no tocar, a menos que esté presente un ayudante para vigilar el monitor cerebral y, si es preciso, apretar el botón «Pausa» para dar fin a la empatía.
»La empatía total produce una ilusión extrema. El operador perderá toda conciencia que no sea la de sus criaturas. Será, subjetivamente, una de tales criaturas hasta que esta muera o sea apretado el botón «Pausa». Es aconsejable que el operador seleccione una criatura que goze de buena salud y se encuentre a salvo de peligros externos. También es conveniente acordar con el ayudante que active el dispositivo de «Pausa» tras un período de tiempo muy limitado. Además, el operador deberá asegurarse de estar en perfecto estado físico antes de ensayar la empatía total.
»Repito: Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura...
Jay cerró la grabación y llamó a su mayordomo-robot.
-Esa tapa metálica -dijo, señalando la pieza a que se referfa-. ¿Puedes quitarla?
-Por supuesto, señor --contestó el robot.
El mayordomo abrió con una mano la pequeña abertura que había en su pecho metálico y extrajo un instrumento que apenas había cambiado en los últimos mil años: un destornillador. Luego se inclinó sobre el creatrón. Un minuto más tarde, el mayordomo se enderezó, mostrando en su mano un objeto metálico de pequeño tamaño.
-He terminado, señor -dijo.
-Bien. Ahora, déjame solo.
-Señor.
El robot salió de la sala. Allí estaba: un botón púrpura que no se diferenciaba en tamaño o forma de otros muchos de la gran máquina. No servía para nada, por supuesto, se dijo Jay, pero podía ser una ayuda psicológica. Su plan consistía en llegar a un estado de profunda empatía, elegir una criatura que valiera la pena, apretar el botón y seguir a dicha criatura a través de su vida de esfuerzos en pro de la justicia y la caridad. Debería ser alguien parecido al gran iluminado, aunque tal vez más activo, más apasionado. No lo buscaría en el Oriente, ni tampoco en Hélade. ¿Quizá uno de los miembros de aquella pequeña tribu que vivía en una zona intermedia, cuyos profetas se habían opuesto a los sacrificios desde hacía mucho tiempo?
Pulsó el botón «Marcha» y la historia siguió su camino. Jay localizó la tribu que buscaba. Habían sufrido diversas tribulaciones, pero parecían haberlas superado, y su fe en un dios justo y misericordioso era más firme que nunca. Los helenos dominaban el centro del planeta y trataban despóticamente a aquella tribu. Querían que ellos imitaran a los helenos y aceptaran el mundo tal como era, con toda su sensualidad y crueldad.
Pero la tribu se resistía furiosamente. La persecución que sufrían sus miembros solo servía para estimularlos a desarrollar esfuerzos todavía mayores. Por fin, los helenos fueron dominados por otra potencia occidental. Los nuevos caudillos eran gente aún más inflexible. Al principio favorecieron a la pequeña tribu, pero esta situación no podía prolongarse mucho. Los nuevos dominadores formaban un gran imperio y estaban totalmente influidos por los valores helenos. Eran los mayores esclavizadores de la época, ricos, arrogantes y despiadados. La masacre de la población insular volvió a repetirse en infinidad de ocasiones a lo largo de las costas de aquel mar intermedio, hasta que el imperio se hizo insoportable y Jay se encontró desesperado.
Era muy de noche. Apretó el botón «Pausa», fue hasta su dormitorio... y apenas pudo concilar el sueño.
A la mañana siguiente se levantó un poco más tarde de lo normal, desayunó, aunque mas bien poco, y ocupó su puesto ante el creatrón. Apretó el botón «Marcha» y buscó a su tribu favorita, encontrándola tal como había esperado: sus miembros ardían de justa ira contra sus amos, los dominadores del imperio.
Todos tenían el mismo presentimiento: había llegado la hora.
Al borde de un río se hallaba un hombre, un profeta. Un grupo de peregrinos se aproximaba hacia él. El profeta hizo que todos se arrodillaran en el cauce del río y vertió agua sobre sus cabezas, en señal de purificación.
-¡Preparad el camino del Señor! -gritó.
Jay analizó la personalidad del profeta. Sí, había fuego e indignación en aquel hombre, pero también una cierta intolerancia, una falta de equilibrio. ¿No podía encontrar ... ?
Un nuevo peregrino se acercó a la orilla del río. Era un hombre joven de corta y aseada barba, cabellos hasta los hombros y ropas pobres pero limpias.
Jay no tuvo necesidad de analizar a fondo al recién llegado. Ya estaba sintiendo la atracción, la grandeza de aquel alma, su vehemente piedad.
Jay alzó su mano derecha y apretó el botón púrpura.
La habitación estaba iluminada por el sol de mediodía de Olimpo cuando le encontraron. Afro fue la primera en entrar, precediendo a Sam. Cuando la mujer vio aquel cuerpo inerte aferrado a la máquina, gritó y se abalanzó hacia Jay.
-¡Sam, está sangrandol ---exclamó.
-Ojalá solo se trate de eso -murmuró Harriman.
Sam corrió hasta la parte derecha del creatrón y apretó el botón «Pausa» antes de examinar a Jay. Brotaba sangre de los antebrazos del creador. Afro se inclinó sobre el pecho de Jay para comprobar si el corazón latía y tocó los labios del herido.
-¡Vivel -dijo muy contenta-. Sam, ¿qué ha sucedido?
-Me lo imagino --contestó Harriman, mirando con aire sombrío el botón púrpura-. Esos estúpidos técnicos me aseguraron que... No importa. Vamos a sacarle de ahí. Con mucho cuidado, podría tener algún hueso roto. Es una suerte que insistieras en venir hoy aquí. Creo que no debía haber nadie vigilando el monitor, en la corporación. No, no lo muevas todavía. Pediré ayuda. Los robots, siguiendo las instrucciones de Sam, pusieron a Jay en una camilla y le condujeron a su lecho antigravitatorio. El accidentado gimió y abrió los ojos.
-¿Qué ocurre? ¿Dónde ... ? -balbuceó.
-Tranquilízate, Jay -dijo Harriman-. Pronto estarás bien. Sufriste un pequeño accidente, pero te hemos encontrado a tiempo. Has tenido mucha más suerte que aquel tipo del que te hablé, Siris. Tienes varias heridas, la peor la del costado, aunque no parece afectar tus órganos vitales. No hables todavía. Te aplicaremos el doctor automático dentro de poco y luego...
Las heridas de Jay fueron curadas en cuestión de segundos, y dos minutos después entró en la fase de sedación. Respiró profundamente y se sentó en la cama.
-Bien, ¿qué te ocurrió? -preguntó Harriman. Sus ojos reflejaban ansiedad-. Jay, en cierto sentido me alegra tu accidente. Jamás habíamos tenido esta oportunidad... Nadie que haya experimentado la empatía total, exponiéndose a peligrosas consecuencias físicas, ha vivido para contarlo. ¿Qué sentiste?
Jay explicó su experiencia.
-¡Caramba! --exclamó Harriman---. Jamás se me habría ocurrido ese método. Jay, tu mente es increíblemente creativa. Y ahora, claro está, podré emplear tus ideas en mis mundos... Es una pena que te sucediera a ti, aunque fuera de un modo subjetivo. Bien, espero que hayas aprendido la lección. Escucha, ya he llamado a la corporación y ahora hay un equipo de técnicos en la sala donde tienes tu creatrón. De momento desconectarán ese botón púrpura, como medida precautoria. Después de eso, si quieres, te entregaremos una máquina nueva. Es lo mínimo que podemos hacer por ti, teniendo en cuenta que tu accidente se debió a nuestra falta de cuidado.
-No -dijo Jay. Saltó de la carna---. Ordena a tus hombres que se detengan.
Corrió hacia la puerta. Harriman se puso delante.
-Tranquilízate, Jay. ¿Qué ... ?
-¡No quiero que aniquilen mi universol
-No harán tal cosa. Ese privilegio te corresponde. Supongo que desearás aniquilarlo lentamente, empezando por esos tipos que...
-No. No pienso aniquilarlo, no voy a tocar nada de ese mundo. No voy a ensayar la empatía total de nuevo, por descontado... No me hace falta. Ahora ya sé lo que se siente siendo un hombre que vive en un mundo de dolor, sufrimiento y crueldad. Y también sé que es imposible eliminar el dolor, el sufrimiento y la crueldad. Ni siquiera lo hemos logrado en nuestro mundo. Lo único que hemos hecho ha sido apartar esas desgracias de nuestros egos deiformes, ocultarlas en lugares como esos universos de los creatrones. El dolor y la maldad deben existir, porque el dolor intensifica el placer y la maldad realza la bondad. Lo importante, Sam, es saber de qué lado estás.
A partir de aquel día, la vida de Jay en Olimpo se hizo más normal. Siguió escribiendo para el cinematrón, y los círculos artísticos aclamaron la aparición de un nuevo genio del drama. Dejó de ser un escritor de pequeñas y delicadas piezas y se convirtió en un poeta apasionado, algo sin precedentes en la historia de Olimpo. Algunos olímpicos se quedaron perplejos, otros reconocieron su grandeza. En definitiva, Jay logró un éxito total e incluso alcanzó popularidad social.
Y Afro volvió a compartir su cama.
-Me gustas mucho más que ese Sam -dijo ella estremeciéndose-. Jay, lo he descubierto de la forma más difícil posible. ¿Sabes el qué? Sam es un sádico.
Jay también dedicó muchas horas a su creatrón, aunque por simple curiosidad, no por afición. El imperio anterior se desmoronó y luego, para su sorpresa, Jay contempló cómo le aclamaban igual que a un dios y cómo se levantó un, nuevo tipo de imperio en su nombre. El nuevo imperio habló del amor y la caridad universales y, al mismo tiempo, preparó cruzadas para masacrar a herejes e infieles.
Jay esbozó una sonrisa irónica. Siempre se repetía la misma y aburrida historia: las victorias sobre la crueldad no tardaban mucho en dar paso a más crueldades.
También aquel nuevo tipo de imperio sucumbió. El planeta quedó dividido entre varias naciones importantes que hacían grandes progresos en la ciencia física. Todas empezaron a devastar su mundo.
-A este paso -pensó Jay-, ¡pronto se convertirán en nosotros! Y entonces, ¿quiénes serán dioses y quiénes criaturas?
De vez en cuando, alguien ocupaba el visor secundario. No Harriman, sino Afro. La amiga de Jay disfrutaba mucho con el mundo de Jay, era la compañía perfecta. Afro amaba tanto a pecadores y villanos como a santos y virtuosos, aunque su verdadera debilidad eran los conquistadores.
-¡Oh, qué atractivo! -exclamó al contemplar a un joven oficial de artillería que se había nombrado emperador y demolía viejos reinos con la misma rapidez con que sus hombres avanzaban.
-Te parece atractivo ahora? -preguntó Jay. El gran ejército había quedado diezmando por el frío y la nieve, mientras que el emperador se apresuraba a regresar a su lejana capital.
Afro echó a un lado los rubios mechones de su cabello.
-No -admitió-. Además, es un poco viejo y está echando barriga. En cambio, ese emperador joven, el del otro bando... y ese general tan rígido... ¡Estos sí que son divertidos!
Jay sonrió. Se estaba acostumbrando al punto de vista de Afro, que parecía presidir su mundo como un espíritu de belleza. Sí, dolor y maldad debían estar allí. Numerosas aves de rapiña poseían una belleza tan terrible como cierta, incluso las humanas. Seguía siendo preciso elegir la bondad, pero si era posible elegirla con sinceridad era únicamente debido a que la bondad jamás podía triunfar por completo. Y así, el gran juego proseguía sin cesar.
¿Tenía sentido todo aquello? Jay no estaba seguro. A veces creía que sí, a veces se sentía abrumado por el enorme misterio que emanaba del subuniverso.
Siguió buscando sabiduría entre los subpobladores de su planeta azul y blanco. Si bien la ciencia de sus criaturas era tosca, la filosofía y teología resultaban a menudo bastante sutiles. Tenían mucho que decir acerca de la naturaleza de Jay, cosas que le sorprendían completamente.
Por fin, casi dos mil años de subtiempo después del accidente con el botón púrpura, surgió una nueva idea entre los filósofos y religiosos. Jay se introdujo en las mentes de sus otrora adoradores (permitiéndose únicamente una empatía moderada) y supo lo que pensaban y decían.
-¡Dios ha muertol -repetían con voz grave.
Jay sonrió y apretó el botón «Pausa».
-¡Cuán equivocados estáril -comentó a Afro-. Y no saben la suerte que tienen de estar equivocados. Pero es cierto: en una ocasión, ellos y yo nos salvamos por un pelo...

VUDU -- TODO DEPENDE DE UN CABELLO -- FREDRIC BROWN

Escrito por imagenes 04-09-2008 en General. Comentarios (1)

VUDU -- TODO DEPENDE DE UN CABELLO -- FREDRIC BROWN

VUDU
TODO DEPENDE DE UN CABELLO
FREDRIC BROWN

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Todo Depende De Un Cabello
Fredric Brown


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La esposa del señor Decker volvió de Haití.
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Había ido sola. Habían decidido pasar un tiempo separados para arreglar luego
amistosamente el divorcio. Pero eso nada había cambiado.
Se detestaban todavía un poco más que antes.
- Divide en dos partes - Exigió firmemente la señora Decker -. La mitad de tu
dinero y de tus bienes.
- Es ridículo - Replicó con aspereza el señor Decker.
- ¿Ridiculo, eh? Si quisiera lo tendría todo. En Haití, he estudiado vudú.
- ¿Y qué?
- Que si no fuera una mujer honrada morirías por paralización del corazón. El vudú
no deja huellas.
- ¡Tonterias! - Exclamó con superioridad el señor Decker.
- Bien, permíteme hacer la prueba. ¡Un trozo de uña o de cabello y verás!
¡Patrañas! - Afirmó el buen señor Decker.
- Te hago una proposición, probamos. Si no da resultado, nos divorciamos y no
pido nada. Si sale bien, heredo y me voy muy agradecida.
- De acuerdo - Dijo el señor Decker
- Trae cera y un alfiler.
Se miró las uñas.
- Demasiado cortas. Te daré un cabello.
Fue al cuarto de baño y volvió con un cabello en un tubo de aspirina. La señora
Decker había ablandado ya la cera. Hundió en ella el cabello y la modeló
groseramente en forma de ser humano.
- Lo lamentarás - Aseguró, mientras hundía la aguja en el pecho de la estatuilla. El
señor Decker se sorprendió, pero de manera agradable. No creía en el vudú, pero
era prudente. Además, siempre le había irritado que su mujer no limpiase nunca el
peine.

TERROR ONIRICO -- EL SABUESO -- HOWARD P. LOVECRAFT

Escrito por imagenes 03-09-2008 en General. Comentarios (0)

TERROR ONIRICO -- EL SABUESO -- HOWARD P. LOVECRAFT

TERROR ONIRICO -- EL SABUESO -- HOWARD P. LOVECRAFT
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EL SABUESO
H. P. Lovecraft
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En mis torturados oídos resuenan incesantemente un chirrido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano como el de un gigantesco sabueso. No es un sueño... y temo que ni siquiera sea locura, ya que son muchas las cosas que me han sucedido para que pueda permitirme esas misericordiosas dudas.
St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la índole de mi conocimiento es tal que estoy a punto de saltarme la tapa de los sesos por miedo a ser destrozado del mismo modo. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía vagabundea Némesis, la diosa de la venganza negra y disforme que me conduce a aniquilarme a mí mismo.
¡Que perdone el cielo la locura y la morbosidad que atrajeron sobre nosotros tan monstruosa suerte! Hartos ya con los tópicos de un mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su atractivo, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían terminar con nuestro insoportable aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.
Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad y el diabolismo de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en hacerse pesados, hasta que finalmente no quedó ante nosotros más camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y aventuras «personales». Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.
No puedo revelar los detalles de nuestras impresionantes expediciones, ni catalogar siquiera en parte el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que preparamos en la enorme casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico de neuróticos «dilettanti» habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces el aroma de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo
oriental, y a veces —¡cómo me estremezco al recordarlo!— la espantosa fetidez de una tumba descubierta.
Alrededor de las paredes de aquella repulsiva estancia había féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno taxidermista, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas hornacinas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de descomposición. Allí podían encontrarse las podridas y calvas coronillas de famosos nobles, y las tiernas cabecitas doradas de niños recién enterrados.
Había allí estatuas y cuadros, todos de temas perversos y algunos realizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar un especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí mismo.
Las expediciones, en el curso de las cuales recogíamos nuestros nefandos tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más exquisita de expresión estética, y concedíamos a sus detalles un minucioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación del húmedo césped, destruían para nosotros la extasiante sensación que acompañaba a la exhumación de algún ominoso secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable. St. John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad.
¿Qué desdichado destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; los grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse con el descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de murciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los fosforescentes insectos que danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los olores a moho, a vegetación y a cosas menos explicables que se mezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún gigantesco sabueso al cual no podíamos ver
ni situar de un modo concreto. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y los colmillos de un execrable animal.
Recuerdo cómo excavamos la tumba del vampiro con nuestras azadas, y cómo nos estremecimos ante el cuadro de nosotros mismos, la tumba, la pálida luna vigilante, las horribles sombras, los grotescos árboles, los murciélagos, la antigua capilla, los danzantes fuegos fatuos, los nauseabundos olores, la gimiente brisa nocturna y el extraño aullido cuya existencia objetiva apenas podíamos estar seguros.
Luego, nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en descubrir una enmohecida caja de forma oblonga. Era increíblemente recia, pero tan vieja que finalmente conseguimos abrirla y regalar nuestros ojos con su contenido.
Mucho —sorprendentemente mucho— era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque aplastado en algunos lugares por las mandíbulas de la cosa que le había producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, sugeridora de muerte, de bestialidad y de odio. Alrededor de la base llevaba una inscripción en unos caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo, como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable cráneo.
En cuanto echamos la vista encima al amuleto supimos que debíamos poseerlo; que aquel tesoro era evidentemente nuestro botín. Aun en el caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta que nos parecía algo familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y literatura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros reconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central. No nos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.
Apoderándonos del objeto de jade verde, dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado. Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagos descendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de
profanar, como si buscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.
Al día siguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para regresar a nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con seguridad.
Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas habitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada; de modo que en nuestra puerta resonaba muy raramente la llamada de un visitante.
Ahora, sin embargo, estábamos preocupados por lo que parecía ser un frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor de las puertas, sino también alrededor de las ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosa investigación no nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en una hornacina de nuestro museo, y a veces encendíamos una vela extrañamente aromada delante de él. Leímos mucho en el Necronomicon de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de las relaciones de las almas con los objetos que las simbolizan y quedamos desasosegados por lo que leímos.
Luego llegó el terror.
La noche del 24 de septiembre de 19... oí una llamada en la puerta de mi dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John le invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas se convirtió en una espantosa realidad.
Cuatro días más tarde, mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado la posibilidad que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando todas las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara precipitadamente, una rara mezcla de susurros, risitas entre dientes y balbuceos articulados. En aquel momento no tratamos de decidir si estábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones, fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían sido proferidos en idioma holandés.
Después de aquello vivimos en medio de un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a la teoría que estábamos enloqueciendo a causa de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces nos complacía más dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora demasiado frecuentes para ser contadas. Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de pisadas completamente imposibles de describir. Resultaban tan desconcertantes como las bandadas de enormes murciélagos que merodeaban por los alrededores de la casa en número creciente.
El horror alcanzó su culminación el 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algún espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta la casa y yo me había apresurado a dirigirme al terrible lugar: llegué a tiempo de oír un extraño aleteo y de ver una vaga forma negra siluetada contra la luna que se alzaba en aquel momento.
Mi amigo estaba muriéndose cuando me acerqué a él y no pudo responder a mis preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue susurrar:
—El amuleto..., aquel maldito amuleto...
Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte de carne lacerada.
Lo enterré al día siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que él había amado en vida. Y mientras pronunciaba la última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el marjal una ancha y nebulosa sombra que volaba de otero en otero, cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del amuleto de jade verde.
Temeroso de vivir solo en la antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y enterrar el resto de la impía colección del museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Victoria Embankment, vi que una sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría en atacarme a mí.
Al día siguiente empaqueté cuidadosamente el amuleto de jade verde y embarqué hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el objeto a su silencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de desvanecer la amenaza que pesaba sobre mi cabeza. Lo que pudiera ser el
sabueso, y los motivos para que me hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por primera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los acontecimientos subsiguientes, incluido el moribundo susurro de St. John, habían servido para relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en los abismos de la desesperación cuando, en una posada de Rotterdam, descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único medio de salvación.
Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañana leí en el periódico un espantoso suceso acaecido en el barrio más pobre de la ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda una familia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve, profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantesco sabueso.
Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo un dedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente de helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil y cesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes había profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado volando curiosamente alrededor del sepulcro.
No sé por qué había acudido allí, a menos que fuera para rezar o para murmurar dementes explicaciones y disculpas al tranquilo y blanco esqueleto que reposaba en su interior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación parcialmente mía y parcialmente de una voluntad dominante ajena a mí mismo. La excavación resultó mucho más fácil de lo que había esperado, aunque en un momento determinado me encontré con una extraña interrupción: un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamente en la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada. Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecida tapa.
Aquél fue el último acto racional que realicé.
Ya que en el interior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándome fijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados brillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron paso a un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde, eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en estallidos de risa histérica.
La locura cabalga a lomos del viento..., garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres..., la muerte en una bacanal de murciélagos procedentes de las
ruinas de los templos enterrados de Belial... Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.


F I N