RELATOS DE LOS MARES DEL SUR -- JACK LONDON
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Jack London
Relatos de los Mares del Sur
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Índice
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Koolau el leproso
El inevitable hombre blanco
Mauki
Las terribles Salomón
Las perlas de Parlay
En la estera de Makaloa
El diente de ballena
El chinago
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Koolau el leproso
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––Nos privan de la libertad porque estamos enfermos. Hemos acatado la ley. No hemos hecho nada malo. Y, sin embargo, nos encierran en una prisión. Molokai es una cárcel. Vosotros lo sabéis. Ahí tenéis a Niuli. Mandaron a su hermana a Molokai hace siete años. Desde entonces no ha vuelto a verla ni volverá a verla jamás. Seguirá allí hasta que muera. No por voluntad propia, ni por voluntad de Niuli, sino por voluntad de los blancos que gobiernan el país. Y ¿quiénes son esos blancos?
»Sí, lo sabemos. Nos lo han dicho nuestros padres y los padres de nuestros padres. Llegaron como corderos y con buenas palabras. No tenían más remedio que decir buenas palabras porque éramos muchos y fuertes y las islas eran nuestras. Como os digo, vinieron con buenas palabras. Los había de dos clases. Unos pidieron permiso, nuestro gracioso permiso, para predicar la palabra de Dios. Los otros solicitaron permiso, nuestro gracioso permiso, para comerciar. Aquello fue el comienzo. Hoy todas las islas son suyas. Las tierras, los rebaños, todo les pertenece. Los que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron se han unido y se han convertido en jefes. Viven como reyes en casas de muchas habitaciones con multitud de criados que les sirven. Los que no tenían nada, ahora son dueños de todo, y si vosotros, o yo, o cualquier canaca tiene hambre, fruncen el ceño y le dicen: ¿Por qué no trabajas? Ahí tienes las plantaciones.
Koolau hizo una pausa. Levantó la mano y con dedos sarmentosos y contrahechos alzó la guirnalda llameante de hibiscos que coronaba sus negros cabellos. La luz de la luna bañaba de plata la escena. Era una noche pacífica, aunque los que estaban sentados a su alrededor parecían supervivientes de una encarnizada batalla. Sus rostros eran leoninos. Aquí se abría un vacío donde antes hubiera una nariz, y allá surgía un muñón en el lugar de una mano. Eran hombres y mujeres, treinta en total, desterrados porque en ellos llevaban la marca de la bestia.
Estaban sentados, adornados con guirnaldas de flores, en medio de la noche perfumada y luminosa. Sus labios articulaban ásperos sonidos y sus gargantas aprobaban con gruñidos toscos las palabras de Koolau. Eran criaturas que una vez fueran hombres y mujeres, pero que habían dejado de serlo. Eran monstruos, caricaturas grotescas en el rostro y en el cuerpo de todo lo que caracteriza al ser humano. Horriblemente mutilados y deformes, semejaban seres torturados en el infierno a lo largo de milenios. Sus manos, si las tenían, eran como garras de arpías. Sus rostros eran anomalías, errores, formas machacadas y aplastadas por un dios furioso encargado de la maquinaria de la vida. Aquí y allá se adivinaban rasgos que aquel dios colérico casi había borrado. Una mujer lloraba lágrimas abrasadoras que brotaban de dos horribles pozos gemelos abiertos en el lugar que un día ocuparon los ojos. Unos cuantos de entre ellos padecían horribles dolores, y de sus pechos surgían gemidos roncos. Otros tosían con un crujido suave que recordaba el rasgar de un papel de seda. Dos de ellos eran idiotas, enormes simios desfigurados desde su factura de tal modo que un mono a su lado habría parecido un ángel. Hacían muecas y farfullaban a la luz de la luna, bajo coronas de flores doradas que comenzaban a perder su lozanía. Uno de aquellos seres, cuyo lóbulo hinchado ondeaba como un abanico sobre su hombro, arrancó una espléndida flor naranja y escarlata y decoró con ella la enorme oreja que aleteaba con cada movimiento de su cuerpo.
Sobre estas criaturas reinaba Koolau y aquéllos eran sus dominios, una garganta ahogada por las flores, una garganta sembrada de riscos y peñascos, de la que surgían, para quedar después flotando en el espacio, los balidos de las cabras salvajes. La cerraban por tres lados murallas de roca festoneadas con fantásticos cortinajes de vegetación tropical y horadadas por entradas a cuevas, guaridas de los súbditos de Koolau. En dirección al mar el suelo se despeñaba hacia un tremendo abismo del que sobresalían, allá abajo, crestas de picos y peñascos en torno a cuyas bases espumeaba y rugía el oleaje del Pacífico.
Con buen tiempo los barcos podían arribar a la playa rocosa que marcaba la entrada al Valle de Kalalau, pero muy bueno había de ser el tiempo para ello. Y un montañero experto podía quizá trepar desde la playa hasta lo más profundo del valle, hasta la cavidad rodeada de riscos donde reinaba Koolau, pero experto en extremo había de ser el montañero y muy bien tenía que conocer aquellos senderos agrestes. Lo asombroso era que los súbditos de Koolau, aquella escoria humana, hubieran sido capaces de arrastrar su inútil miseria por caminos vertiginosos para llegar a aquel lugar inaccesible.
––Hermanos ––comenzó Koolau.
Pero una de aquellas aberraciones simiescas y quejumbrosas emitió en aquel momento una risa salvaje de demente, y Koolau se interrumpió hasta que el eco de la desenfrenada carcajada, tras rebotar en las murallas rocosas, fue a perderse en la distancia a través de la noche sin pulso.
––Hermanos, ¿no os parece raro? Nuestras eran las tierras y he aquí que ya no son nuestras. ¿Qué nos dieron a cambio los que predicaban la palabra de Dios y del ron? ¿Alguno de vosotros ha recibido un dólar, un dólar siquiera, por sus propiedades? Y, sin embargo, ahora todo les pertenece a ellos y a cambio nos dicen que podemos ir a trabajar la tierra, sus tierras, y que lo que produzcamos con nuestro trabajo será suyo. Antes ni siquiera teníamos que trabajar, y ahora, cuando estamos enfermos, nos quitan la libertad.
––¿Quién trajo nuestro mal, Koolau? ––preguntó Kiloliana, un hombre seco y nervudo de rostro tan semejante al de un fauno reidor que lo natural habría sido ver pezuñas hendidas bajo su cuerpo. Y eran hendidos sus pies, es cierto, pero las hendiduras eran úlceras y putrefacciones vivas. Y, sin embargo, aquél era Kiloliana, el trepador más osado de todos, el hombre que conocía los senderos de cabras y que había guiado a Koolau y a sus maltrechos seguidores hasta los escondrijos más recónditos de Kalalau.
––Buena pregunta ––respondió Koolau––. No quisimos trabajar los campos de caña de azúcar en que una vez pastaron nuestros caballos y por eso trajeron esclavos chinos de allende los mares. Y con ellos llegó el mal que nosotros padecemos y por el cual nos encierran en Molokai. Nacimos en Kauai. Hemos estado en otras islas, en Oahum, en Mauim, en Hawai, en Honolulú, y, sin embargo, hemos vuelto a Kauai. ¿Por qué? Tiene que haber un motivo. Y es que amamos esta tierra. Hemos nacido aquí y aquí hemos vivido. Y moriremos aquí a menos... a menos que haya débiles de corazón entre nosotros. A ésos no los queremos. Para ellos se ha hecho Molokai. Si es que aquí hay algún cobarde, que no siga entre nosotros. Mañana desembarcarán los soldados. Que bajen a su encuentro los tímidos de corazón. Los enviarán inmediatamente a Molokai. Los demás nos quedaremos y lucharemos. Y sabed que no hemos de morir. Tenemos rifles. Conocéis los angostos senderos por los que han de trepar los hombres, uno a uno. Yo, Koolau, que fui una vez vaquero en Niihau, puedo defender el paso solo contra un millón de hombres. Escuchad a Kapalei, que fue juez y hombre de honor y hoy no es más que una rata acosada como vosotros. Oídle. Es un hombre sabio.
Kapalei se levantó. Había sido juez, había estudiado en la Universidad de Punahou y se había sentado a la mesa con caballeros, con jefes y con los representantes de potencias extranjeras que protegían los intereses de comerciantes y misioneros. Tal había sido Kapalei. Pero ahora, como acababa de decir Koolau, no era más que una rata acosada, una criatura fuera de la ley, tan hundida en el cenagal del horror que se hallaba por encima, tanto como por debajo, de la legalidad. En su rostro no quedaban más rasgos que unos profundos orificios y dos ojos sin párpados que ardían bajo unas cejas lampiñas.
––No busquemos pendencia ––comenzó––. Les hemos pedido que nos dejen vivir en paz. Si no lo hacen, la culpa será suya y suyo será el castigo. No tengo dedos, como veis ––alzó los muñones que habían sustituido a sus manos para que los vieran todos––, pero me queda la falange de un pulgar que puede apretar un gatillo con la misma firmeza con que disparaba su vecino desaparecido. Amamos Kauai. Vivamos o muramos aquí, pero no vayamos nunca a la prisión de Molokai. Esta enfermedad no es nuestra. No hemos pecado. Los hombres que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron trajeron este mal con los esclavos chinos que trabajan las tierras robadas. He sido juez. Conozco esta tierra y conozco la justicia y os digo que es injusto robar a un hombre, que es injusto hacerle contraer el mal chino y confinarle luego en una prisión para el resto de sus días.
––La vida es corta y las horas están llenas de dolor ––dijo Koolau––. Bebamos, bailemos y seamos lo más felices que podamos.
De uno de los cubiles rocosos sacaron calabazas, llenas de la ardiente destilación de la raíz del ti, que circularon entre los reunidos. Y en tanto que el fuego líquido maldecía al atravesar sus cuerpos y trepaba a sus cerebros, aquellas criaturas olvidaron que habían dejado de ser hombres y mujeres porque otra vez se consideraron tales. La que lloraba lágrimas ardientes que brotaban de simas abiertas en el lugar de los ojos se sentía indudablemente una mujer vibrante de vida mientras pulsaba las cuerdas de un ukulle y elevaba su voz en una bárbara llamada de amor semejante a la que debió de surgir de las profundidades del bosque en los albores de la humanidad. El aire se estremecía con su lamento suavemente imperioso y seductor. Sobre una estera, siguiendo el ritmo de la canción, bailaba Kiloliana. No cabía duda. El amor danzaba en todos sus movimientos, y al poco le acompañaba una mujer de amplias caderas y pechos generosos desmentidos por un rostro corrompido por la lepra. Era aquélla la danza de los muertos vivos, porque la vida seguía amando y anhelando en sus cuerpos en desintegración. Siguió la mujer cuyos ojos sin vida lloraban lágrimas ardientes entonando un lamento de amor, siguieron los bailarines danzando su amor en la noche templada y siguieron circulando las calabazas hasta que llegaron reptando a todos los cerebros los gusanos de la memoria y el deseo. A la mujer que bailaba sobre la estera se le unió una doncella de rostro hermoso e incólume, pero cuyos brazos sarmentosos, que subían y bajaban, revelaban la violencia de su mal. Y los dos idiotas, farfullando y articulando sonidos extraños, danzaban aparte grotescos, fantásticos, caricaturizando el amor del mismo modo que la vida les había transformado a ellos en caricatura.
Pero el lamento de amor de la mujer se quebró a medio camino. Bajaron las calabazas e interrumpieron su danza los bailarines mientras dirigían la vista al abismo marítimo donde un cohete fulguraba, como un fantasma pálido, a través del aire iluminado por la luna.
––Son los soldados ––dijo Koolau––. Mañana habrá pelea. Conviene que durmamos y estemos preparados.
Los leprosos obedecieron y se arrastraron hacia sus guaridas hasta que Koolau quedó solo, sentado inmóvil a la luz de la luna con el rifle cruzado sobre las rodillas mirando hacia abajo, a lo lejos, a los barcos que llegaban a la playa.
El fondo del Valle de Kalalau constituía un refugio inmejorable. Excepto Kiloliana, que conocía hasta el último sendero de las escarpadas laderas, nadie podía llegar hasta el valle si no era atravesando un paso de unas cien yardas de longitud y a lo más doce pulgadas de anchura. A ambos lados se abría el abismo. Un solo resbalón y el que pretendía atravesarlo caía a la derecha o a la izquierda hacia una muerte segura. Pero si lograba salvar esa distancia, llegaba a un paraíso terrenal. Un mar de vegetación bañaba el paisaje cubriendo con verde oleada el valle entero de un extremo a otro, goteando en masas de vides desde las alturas y arrojando a las innumerables concavidades rocosas salpicaduras de líquenes y helechos. Durante los muchos meses del reinado de Koolau, él y sus seguidores habían luchado por contener ese mar vegetal. A fuerza de trabajo habían logrado detener el avance de aquella jungla asfixiante y del aluvión de flores, de forma que no arrasara los bananos, los naranjos y los mangos que se daban espontáneamente. En los claros crecía la mandioca, en las terrazas rocosas rellenas con tierra había sembrados de taro y de melones, y en los espacios abiertos, allá donde llegaba la luz del sol, se elevaban árboles de papaya cargados de fruta dorada.
Koolau se había visto empujado a ese refugio desde el valle vecino a la playa. Y si le echaban de allí, sabía aún de otras gargantas ocultas entre marañas de picos, sabía de fortalezas recónditas hasta las que podía conducir a sus súbditos y continuar viviendo. Pero ahora estaba echado en el suelo, con el rifle a su lado, vigilando a través de una pantalla de follaje a los soldados de la playa. Reparó en que iban armados con enormes máquinas de guerra en cuya superficie se reflejaba el sol como en un espejo. Frente a él se hallaba el paso, angosto como filo de cuchillo, y desde el lugar en que estaba apostado veía motitas que eran hombres trepar por el sendero que conducía hasta donde él se hallaba. Sabía que no eran soldados, sino policías. Cuando ellos fracasaran, el ejército entraría en acción.
Pasó cariñosamente una mano contrahecha sobre el cañón de su rifle y se aseguró de que la mira estaba limpia. Había aprendido a tirar cuando cazaba ganado salvaje en Niihau y aún se recordaba en esa isla su certera puntería. Conforme las motitas se acercaban, calculó la distancia, la dirección del viento que soplaba en ángulo recto sobre la linea de fuego, y la posibilidad de tirar demasiado alto al objetivo que se hallaba por debajo de donde él se encontraba. No dio a conocer su presencia hasta que los hombres llegaron al extremo del pasaje. Aun entonces no salió de su escondite, sino que habló desde la espesura.
––¿Qué queréis? ––preguntó.
––Buscamos a Koolau, el leproso ––respondió el hombre que dirigía a los policías nativos, un americano de ojos azules.
––Volved atrás ––dijo Koolau.
Conocía a aquel hombre, el sheriff de la isla, porque era él quien le había acosado hasta expulsarle de Niihau, quien le había obligado a atravesar Kauai hasta el Valle de Kalalau, quien le había forzado a retroceder hasta la garganta.
––¿Quién eres? ––preguntó el sheriff.
––Soy Koolau, el leproso ––fue la respuesta.
––Sal entonces. Venimos por ti. Ofrecen una recompensa de mil dólares por tu captura, vivo o muerto. No puedes escapar.
Koolau rió en voz alta en medio de la espesura.
––¡Sal! ––ordenó el sheriff, pero sólo le respondió el silencio.
Conferenció con los policías, y Koolau vio que se disponían a atacarle.
––Koolau ––gritó el sheriff––. Voy a cruzar el paso para capturarte.
––Pues antes de hacerlo, mira bien a tu alrededor. Mira el sol, el mar y el cielo porque será la última vez que los contemples.
––No me asustas, Koolau ––dijo el sheriff en tono conciliador––. Sé que tienes una puntería infalible. Pero no dispararás sobre mí. Nunca he sido injusto contigo.
Koolau gruñó en la espesura.
––Te digo que nunca he sido injusto contigo, y ¿no es verdad? ––insistió el sheriff.
––Eres injusto conmigo cuando tratas de encerrarme en una prisión ––fue la respuesta––. Y eres injusto conmigo cuando intentas ganarte los mil dólares de recompensa que ofrecen por mi cabeza. Si quieres vivir, quédate donde estás.
––Tengo que cruzar el paso y apresarte. Lo siento, pero es mi deber.
––Morirás antes de atravesarlo.
El sheriff no era un cobarde. Y, sin embargo, dudó. Miró al vacío que se abría a sus pies y recorrió con la vista el paso que debía atravesar, estrecho como filo de cuchillo. Luego se decidió.
––¡Koolau! ––exclamó.
Pero la espesura permaneció en silencio. ––Koolau, no dispares. Voy para allá.
El sheriff se volvió. Dio unas cuantas órdenes a los policías y emprendió el peligroso camino. Avanzó lentamente. Era como andar sobre la cuerda floja. No podía apoyarse sino en el aire. El suelo de lava se desmoronaba bajo sus pies y los fragmentos de roca se precipitaban a ambos lados hacia el abismo. El sol ardía sobre su cabeza y su rostro estaba húmedo de sudor. Aun así siguió avanzando hasta que llegó a la mitad del camino.
––¡Deténte! ––le ordenó Koolau desde la espesura––. ¡Un paso más y disparo!
El sheriffse tambaleó en busca de equilibrio y al fin quedó en pie, inmóvil, sobre el vacío. Estaba pálido, pero en sus ojos se leía una firme decisión. Se humedeció los labios con la lengua antes de hablar.
––Koolau, no dispararás. Sé que no lo harás.
Echó a andar de nuevo. La bala le obligó a dar media vuelta. Mientras giraba sobre sí mismo antes de caer, apareció en su rostro una expresión de quejumbrosa sorpresa. Quiso salvarse tratando de arrojarse de través sobre el estrecho pasaje, pero en aquel mismo instante conoció la muerte. Al segundo siguiente, el paso estaba vacío. Entonces dio comienzo el ataque. Cinco policías echaron a correr en fila india por el estrecho sendero en soberbio equilibrio. En aquel mismo instante, el resto del destacamento abrió fuego sobre la espesura. Reinó la locura. Cinco veces apretó Koolau el gatillo con tal rapidez que los cinco disparos parecieron un solo sonido. Cambiando de posición y agazapándose bajo las balas que mordían y silbaban a través de la maleza, se asomó al exterior. Cuatro policías habían seguido al sheriff. El quinto había caído atravesado sobre el filo rocoso y continuaba vivo. Al otro lado seguían los policías restantes, que habían dejado de disparar. Allá donde se hallaban, sobre la roca desnuda, no cabía esperanza para ellos. Antes de que hubieran logrado bajar a gatas la escarpada ladera, Koolau habría podido eliminar hasta el último hombre. Pero no disparó, y uno de los policías, después de conferenciar con sus compañeros, sacó una camiseta blanca y la hizo ondear en el aire a modo de bandera. Seguido por uno de sus compañeros, avanzó a través del angosto pasaje hasta llegar junto al herido. Koolau no dio señales de vida, pero les vio alejarse lentamente y convertirse poco a poco en puntitos conforme descendían hasta el valle vecino a la playa.
Dos horas después, y oculto tras otro arbusto, vio cómo un destacamento de policías trataba de efectuar el ascenso por el lado opuesto del valle. Vio huir a las cabras salvajes ante ellos mientras subían y subían hasta que, dudando de su discernimiento, llamó a Kiloliana, que llegó trepando a colocarse a su lado.
––No podrán. Es imposible ––dijo Kiloliana.
––¿Y las cabras? ––preguntó Koolau.
––Vienen desde el valle vecino, pero no pueden pasar a éste. Es imposible. Y esos hombres no pueden saber más que las cabras. Caerán y morirán. Mirémosles.
––Son valientes ––dijo Koolau––. Mirémosles.
Siguieron tendidos en el suelo, el uno junto al otro, entre las campanillas y bajo una lluvia de flores amarillas de hau, mirando aquellas motitas que eran hombres trepar trabajosamente ladera arriba hasta que lo que tenía que pasar pasó y tres de ellos cayeron resbalando, rodando, patinando, de un reborde del barranco y se despeñaron desde una altura de mil pies.
Kiloliana soltó una risa ahogada.
––No nos molestarán más ––dijo.
––Tienen máquinas de guerra ––fue la respuesta de Koolau––. Los soldados no han hablado todavía.
En la tarde somnolienta, la mayoría de los leprosos dormían en sus cubiles rocosos. Koolau, con el rifle, limpio y preparado, sobre las rodillas, dormitaba a la entrada de su propia guarida. La mujer de los brazos contrahechos vigilaba allá abajo, desde la espesura, el estrecho pasaje. De pronto sobresaltó a Koolau el sonido de una explosión. Un instante después el estruendo despedazaba increíblemente la atmósfera. Aquel ruido terrible le asustó. Era como si todos los dioses a una hubieran tomado en sus manos la cobertura del cielo y la rasgaran como rasga una mujer una sábana de algodón. Pero era aquél un desgarrar inmenso, que se acercaba a toda velocidad. Koolau levantó la vista con aprensión, como esperando ver las consecuencias de aquel estruendo. De pronto, en el pico que se elevaba por encima de su cabeza, una granada estalló con un surtidor de humo negro. La roca voló en mil pedazos y los fragmentos cayeron al pie de la cresta.
Koolau se pasó una mano por la frente sudorosa. Estaba terriblemente alterado. Nunca había presenciado un bombardeo y lo juzgó más horrible de lo que nunca habría imaginado.
––Una ––dijo Kapalei aplicándose de pronto a la tarea de llevar la cuenta.
Una segunda y una tercera granadas pasaron rugiendo por encima de la muralla rocosa y estallaron fuera de su vista. Kapalei seguía contando metódicamente. Los leprosos se apiñaron en un claro ante las cuevas. Al principio estaban aterrados, pero al ver que las granadas continuaban volando por encima de sus cabezas se tranquilizaron y comenzaron a admirar el espectáculo. Los dos idiotas se estremecían de placer y hacían cabriolas con cada proyectil que veían pasar atormentando el aire. Koolau empezó a recuperar la confianza. No les hacían ningún daño. Era evidente que las granadas no podían lanzarse a tal distancia con la precisión de una bala.
Pero de pronto cambió la situación. Las granadas comenzaron a caer cortas. Una de ellas estalló en la espesura, cerca del angosto pasaje de roca. Koolau recordó a la muchacha que estaba allí apostada y bajó corriendo a ver qué había sucedido. Los arbustos seguían humeando mientras él se arrastraba por debajo del follaje. Lo que vio le dejó atónito. Las ramas estaban rotas y astilladas. Donde antes estuviera la muchacha, había un hueco abierto en el suelo. Su cuerpo estaba despedazado. El proyectil había estallado justo encima de ella.
Tras asomarse entre la espesura para comprobar que ninguno de los soldados trataba de cruzar el paso, Koolau echó a correr hacia las cuevas. Las granadas seguían gimiendo, aullando, chillando, y el valle retumbaba y reverberaba con el ruido de las explosiones. Cuando estuvo lo bastante cerca de las cuevas, vio a los dos idiotas haciendo cabriolas, cogidos de las manos con los dedos amuñonados. Aún corría cuando un surtidor de humo se elevó del suelo muy cerca de los idiotas. La explosión los lanzó en direcciones opuestas. Uno de ellos quedó inmóvil, pero el otro reptó con ayuda de las manos hacia su cueva. Remolcaba tras él sus piernas inútiles mientras la sangre brotaba de su cuerpo. Conforme se arrastraba, gemía como un cachorro. El resto de los leprosos, a excepción de Kapalei, había huido al interior de las cavernas.
––Diecisiete ––dijo Kapalei––. Dieciocho ––añadió después. La última granada había penetrado en una de las cuevas. Ante aquella explosión se vaciaron automáticamente todas las guaridas, pero de aquella que había alcanzado el proyectil no salió nadie. Koolau se adentró en ella reptando a través del humo acre y picante. Cuatro cuerpos horriblemente mutilados yacían en el interior. Uno de ellos era el de la mujer ciega, cuyas lágrimas no habían cesado hasta entonces.
En el exterior, Koolau halló a sus súbditos presas de pánico. Habían empezado a trepar por el sendero de cabras que conducía al exterior de la garganta, hacia el revoltijo de crestas y simas. El idiota herido trataba de seguirlos gimiendo débilmente y arrastrándose con la fuerza de sus manos. Pero al llegar a la primera pendiente le dominó su impotencia y resbaló.
––Será mejor matarle ––dijo Koolau a Kapalei, que seguía sentado en el mismo lugar.
––Veintidós ––respondió Kapalei––. Sí, será mejor matarle. Veintitrés. Veinticuatro.
El idiota lanzó un quejido agudo al ver el rifle que le apuntaba. Koolau dudó y bajó el arma.
––No puedo hacerlo ––dijo.
––No seas estúpido. Veintiséis. Veintisiete ––dijo Kapalei––. Déjame a mí.
Se levantó y se acercó a la criatura herida con un pedrusco en la mano. En el momento en que levantaba los brazos para asestar el golpe, una granada estalló de lleno sobre su cuerpo librándole de la necesidad de actuar y poniendo, al mismo tiempo, fin a su cómputo.
Koolau estaba solo en la garganta. Vio a los últimos de sus súbditos arrastrar sus cuerpos mutilados sobre la cresta de la montaña y desaparecer al otro lado. Se volvió y bajó hasta los arbustos donde había muerto la muchacha. Continuaban lloviendo las granadas, pero él permaneció allá abajo porque desde aquel lugar veía trepar a los soldados. Un proyectil estalló a veinte pies de donde él se hallaba y, aplastado contra el suelo, oyó volar los fragmentos por los aires. Un chaparrón de flores de hau cayó sobre su cuerpo. Levantó la cabeza para mirar hacia el sendero y suspiró. Tenía mucho miedo. Las balas de los rifles no le asustaban, pero el bombardeo de granadas le resultaba abominable. Cada vez que una de ellas pasaba junto a él, Koolau se encogía, se estremecía, se agazapaba, pero una y otra vez volvía a incorporarse para mirar al sendero.
Al fin cesó el bombardeo. Debía de ser, dedujo, porque los soldados se estaban acercando. Reptaban por el camino en fila india, y trató de calcular su número hasta que perdió la cuenta. Eran, en cualquier caso, unos cien los que se aproximaban, todos ellos en busca de Koolau el leproso. Sintió un fugaz aguijonazo de orgullo. Venían por él, policías y soldados, con rifles y máquinas de guerra, por él, un hombre solo y, por añadidura, un despojo. Ofrecían mil dólares por su captura, vivo o muerto. En toda su vida no había poseído tanto dinero. Fue aquél un pensamiento amargo. Kapalei tenía razón. Él, Koolau, no había hecho nunca nada malo. Los haoles habían traído a coolies chinos porque necesitaban mano de obra para trabajar las tierras robadas, y con ellos había llegado el mal. Y ahora, sólo porque lo había contraído, valía un millar de dólares. Pero no, él no. Lo que valía todo ese dinero era su cuerpo inútil, podrido por la enfermedad o muerto por la explosión de una granada.
Cuando los soldados llegaron al paso estrecho como filo de cuchillo, estuvo a punto de avisarles. Pero su mirada fue a dar en los restos de la mujer asesinada y guardó silencio. Cuando ya seis hombres se habían aventurado a cruzar el paso, abrió fuego y no cesó de disparar hasta que lo vio desierto. Volvió a cargar el arma y disparó de nuevo. Luego siguió disparando. Todos los agravios recibidos ardían en su cerebro abrasándole en fiebre de venganza. A lo largo del agreste sendero que descendía a la playa, los soldados respondían con sus armas y, aunque estaban tendidos en el suelo y trataban de ocultarse tras ligeras irregularidades de la superficie rocosa, eran dianas perfectamente expuestas a sus disparos. Las balas silbaban y caían con un ruido sordo en torno a él. Alguna que otra rebotaba en la piedra cruzando el aire con un silbido agudo. Una de ellas abrió un surco somero en su cuero cabelludo y otra pasó abrasando, rozándole el omoplato sin rasgarle la piel.
Fue aquélla una masacre en la que un hombre solo causó todas las muertes. Los soldados empezaron a retirarse remolcando a sus heridos. Mientras Koolau seguía disparando sobre ellos, llegó a su olfato un olor a carne chamuscada. Miró a su alrededor, y al poco descubrió que procedía de sus propias manos. Era el calor del rifle. La lepra había destruido la mayor parte de los nervios de sus extremidades, y, aunque su propia carne se abrasaba y él sentía el olor, no experimentaba la menor sensación.
Siguió tumbado en el suelo entre la espesura, sonriendo, hasta que recordó las máquinas de guerra. Sin duda volverían a hacer fuego y, esta vez, los proyectiles irían dirigidos al matorral desde el cual había disparado. Apenas se había trasladado a un escondrijo formado por un pequeño reborde de la muralla rocosa, un lugar adonde no alcanzaban las granadas, cuando volvió a comenzar el bombardeo. Contó los proyectiles. Sesenta cayeron en el interior de la garganta antes de que dejaran de retumbar los morteros. La diminuta zona estaba de tal modo acribillada que parecía imposible que criatura alguna pudiera haber sobrevivido. Eso pensaron evidentemente los soldados, pues de nuevo comenzaron a trepar por el sendero de cabras bajo el sol ardiente de la tarde. Y de nuevo les fue disputado y de nuevo retrocedieron hasta la playa.
Dos días más defendió Koolau el paso, a pesar de que los soldados se complacían en arrojar granadas a su escondite, hasta que al fin Pahau, un niño leproso, subió al pico rocoso que se alzaba al fondo de la garganta y le gritó que Kiloliana había muerto de una caída, que las mujeres estaban asustadas y no sabían qué hacer. Koolau le ordenó que bajara y le prestó un fusil con que defender el paso. Halló a sus súbditos descorazonados. La mayoría eran incapaces de procurarse alimento bajo tan adversas circunstancias y se morían de simple inanición. Eligió a dos mujeres y a un hombre, no excesivamente minados por el mal, y les envió a la garganta para que subieran comida y esteras. Animó y consoló al resto hasta que todos, incluso los más débiles, colaboraron en la construcción de toscos refugios.
Pero los que habían ido en busca de comida no regresaban, y Koolau emprendió el camino a la garganta. Al llegar a la cresta de la montaña, rugieron media docena de rifles. Una bala atravesó la parte carnosa de su hombro y una lasca de roca le cortó la mejilla cuando un segundo proyectil fue a estrellarse contra la ladera. Al retroceder de un salto en el momento en que esto ocurrió, vio que el desfiladero estaba lleno de soldados. Sus propios súbditos le habían traicionado. Incapaces de soportar por más tiempo el bombardeo, habían preferido la prisión de Molokai.
Koolau retrocedió y se deshizo de una de sus pesadas cartucheras. Tendido entre las rocas, esperó a que la cabeza y los hombros del primer soldado aparecieran ante su vista y entonces apretó el gatillo. Dos veces disparó, y al fin, tras una pausa, en lugar de una cabeza y unos hombros apareció sobre el reborde de piedra una bandera blanca.
––¿Qué buscas? ––preguntó.
––A ti, si es que eres Koolau el leproso ––respondió una voz. Koolau se olvidó de dónde estaba, se olvidó de todo y, tendido sobre la roca, se maravilló ante la extraña insistencia de aquellos haoles dispuestos a imponer su voluntad aunque se hundiera el mundo. Sí. Impondrían su voluntad a todos los hombres y a todas las cosas aunque les fuera la vida en ello. Y no pudo sino admirar ese tesón, esa voluntad que era más fuerte que la vida y que plegaba todas las cosas a su mandato. Estaba convencido de la inutilidad de su lucha. Era imposible resistirse a la terrible voluntad de los haoles. Aunque matara a mil de ellos, se levantarían tantos como las arenas del mar y se lanzarían sobre él cada vez en mayor número. No sabían entender la derrota. Ése era su defecto y ésa era su virtud. Y ahí era donde fracasaban los de su propia raza. Ahora comprendía al fin cómo un puñado de predicadores de la palabra de Dios y de la palabra del ron se habían apoderado de todas sus tierras. Era porque...
––Bueno, ¿qué dices? ¿Te rindes?
Un hombre invisible hablaba bajo la bandera blanca. Allí estaba, como todos los haoles, empeñado en un propósito concreto.
––Hablemos ––dijo Koolau.
La cabeza y los hombros del hombre blanco se elevaron por encima de la roca. Luego siguió el cuerpo entero. Era un joven de rostro lampiño y ojos azules, esbelto y pulcro dentro de su uniforme de capitán. Avanzó hasta que Koolau le dio el alto y se sentó a una docena de pasos de él.
––Eres un hombre valiente ––dijo el leproso meditabundo––. Podría aplastarte como a una mosca.
––No. No podrías ––fue la respuesta.
––¿Por qué no?
––Porque, aunque malo, eres un hombre, Koolau. Conozco tu historia. Tú matas con justicia.
Koolau gruñó, secretamente halagado.
––¿Qué habéis hecho con mi gente? ––preguntó––. Con el niño, las dos mujeres y el hombre.
––Se han entregado, como vengo a pedirte que hagas tú también.
Koolau rió incrédulo.
––Soy un hombre libre ––anunció––. No he hecho nada malo. He vivido libre y moriré libre. No me entregaré jamás.
––Entonces tus seguidores son más prudentes que tú ––respondió el joven capitán––. Mira, ahí vienen.
Koolau se volvió y vio acercarse al resto de su partida. Venían arrastrando su miseria, gimiendo y suspirando, en horrible procesión. Y aun tuvo que saborear Koolau una amargura más honda, pues al pasar junto a él le lanzaron insultos e imprecaciones. La tarasca jadeante que cerraba la marcha se detuvo a su lado, extendió las esqueléticas garras de arpía y, agitando su cabeza poseída por la muerte, le lanzó una maldición. Uno por uno descendieron la montaña y se entregaron a los soldados ocultos.
––Ahora puedes irte ––dijo Koolau al capitán––. Yo nunca me rendiré. Es mi última palabra. Adiós.
El capitán se deslizó sobre la roca, ladera abajo, para unirse a sus soldados. Un momento después, y sin bandera de tregua, izó su gorra ensartada en la vaina de la espada y Koolau la atravesó con una bala. Aquella misma tarde le obligaron a retroceder bombardeándole con granadas desde la playa y le empujaron hasta los refugios más lejanos.
Durante seis semanas le siguieron de escondrijo en escondrijo sobre picos volcánicos y senderos de cabras. Cuando se ocultó en la jungla, formaron líneas de batidores y le acosaron, como a un conejo, entre los guayabos y los arbustos de lantana. Pero una y otra vez, él volvía atrás, esquivaba, escapaba. No había modo de acorralarle. Cuando el enemigo se acercaba, su rifle certero volvía a alejarlos, y los soldados transportaban sus heridos, sendero abajo, hasta la playa. Otras veces eran ellos los que disparaban cuando su cuerpo bronceado aparecía por un camino entre la maleza. En un momento determinado, cinco de ellos le sorprendieron al descubierto en un sendero de cabras. Vaciaron entonces sus rifles sobre Koolau mientras él se alejaba cojeando, trepando por el vertiginoso camino. Hallaron después allí manchas de sangre y supieron que estaba herido. Al cabo de seis semanas, se dieron por vencidos. Los soldados y los policías volvieron a Honolulú y todo el Valle de Kalalau quedó para uso exclusivo de Koolau, aunque de vez en cuando algún cazador de cabezas, para su desgracia, se aventuraba a seguirle.
Dos años después Koolau se arrastró, por último, al interior de la espesura y se tendió en el suelo entre las hojas de ti y las flores de jengibre. Libre había vivido y libre iba a morir. Comenzaba a caer una ligera llovizna, y se echó una manta andrajosa sobre la ruina informe de sus miembros. Llevaba puesto un abrigo de tela impermeable. Sobre su pecho depositó el máuser deteniéndose antes un momento a limpiar afectuosamente la humedad del cañón. En la mano con que lo secó no quedaba un solo dedo con que apretar el gatillo.
Cerró los ojos, porque de la debilidad de su cuerpo y la vertiginosa confusión de su cerebro había deducido que su fin estaba cerca. Como un animal salvaje, se ocultaba para morir. Semiconsciente, vagamente a la deriva, revivió su juventud transcurrida en Niihau. Conforme la vida se desvanecía y el gotear de la lluvia llegaba cada vez más débilmente a sus oídos, se vio una vez más en el mejor momento de la doma de caballos, sintió los potros rebeldes encabritándose y corcoveando bajo su cuerpo, atados los estribos sobre el vientre, y se encontró cabalgando salvajemente por el cercado haciendo saltar la empalizada a los vaqueros. Un instante después, y con aparente naturalidad, se halló persiguiendo toros bravos en las praderas altas, cazándolos a lazo ybajándolos a los valles. Y el sudor y el polvo de la dehesa donde marcaban a los animales volvieron a picarle en los ojos y penetraron de nuevo en su nariz.
Y aquella juventud espléndida, total, volvió a ser suya hasta que las agudas punzadas de una disolución inevitable le atrajeron ala realidad. Levantó las manos monstruosas y las miró asombrado. ¿Cómo? ¿Qué razón había? ¿Por qué motivo se había transformado en esto toda la fuera de su indomable juventud? Y entonces recordó, una vez y sólo por un momento, que era Koolau el leproso. Sus párpados aletearon cansados y el gotear de la lluvia cesó para sus oídos. Un prolongado temblor se apoderó de su cuerpo. También el temblor cesó. Levantó apenas la cabeza y volvió a dejarla caer. Luego sus ojos se abrieron para no cerrarse más. El último pensamiento lo dedicó a su máuser que se apretó contra el pecho con sus manos enlazadas y sin dedos.
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El inevitable hombre blanco
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––Mientras el negro sea negro y el blanco sea blanco, ni el blanco entenderá al negro, ni el negro al blanco.
Así hablaba el capitán Woodward. Nos hallábamos en Apia, sentados en el salón de la taberna de Charley Roberts y bebiendo Abú––Hameds preparados por el susodicho tabernero que decía haber heredado la receta directamente de Steevens, el Steevens famoso por haber inventado esa bebida en los días en que le espoleaba la sed del Nilo, autor de Con Kitchener a Jartum y muerto en el asedio de Ladysmith.
El capitán Woodward, bajito, rechoncho y de avanzada edad, quemado por cuarenta años de sol tropical y dotado de los ojos castaños más hermosos que haya visto jamás en el rostro de un hombre, hablaba cargado de experiencia. La complicada red de cicatrices que adornaba su pelada mollera hablaba de una intimidad con el negro lograda a base de recibir hachazos, una intimidad que revelaba asimismo el lado derecho de su cuello, por delante, por detrás, y más exactamente en el lugar por donde había entrado una flecha que él mismo se había extraído por el lado contrario. En el momento en que aquello sucedió, según explicaba él mismo, llevaba bastante prisa, y como el dardo le impidiera correr, había decidido no detenerse a romper la punta, sino sacarlo siguiendo la dirección con que había entrado. Era ahora capitán del Savaü, un vapor que reclutaba trabajadores en las islas del oeste para llevarlos a las plantaciones alemanas de Samoa.
––La mitad del conflicto se debe a la estupidez de los blancos ––dijo Roberts, haciendo una pausa para beber unos sorbos de Abú-Hameds y maldecir en términos afectuosos al camarero samoano––. Si se molestaran un poco en entender cómo piensan los negros, la mayoría de los problemas podrían evitarse.
––He conocido a unos cuantos que decían comprender a los negros ––respondió el capitán––, y he comprobado que han sido siempre los primeros en terminar kaí-kai (comidos). Ahí tiene a los misioneros de Nueva Guinea y de las Nuevas Hébridas, a los de la isla mártir de Erromanga y a todos los demás. Recuerde lo que ocurrió a los miembros de aquella expedición austríaca que descuartizaron en las Salomón, en las selvas de Guadalcanal, y a tantos comerciantes que, con veinte años de experiencia a sus espaldas, presumían de que no había quien pudiera con ellos y cuyas cabezas adornan hoy las casas––canoas de los nativos. Ahí tiene también el caso de Johnny Simons. Veintiséis años llevaba recorriendo las costas de la Melanesia. Juraba que leía en los nativos como en un libro abierto y que jamás acabarían con él, y, sin embargo, murió en la laguna Marovo de Nueva Georgia. Le cortaron la cabeza un par de negros, una Mary (mujer) y un viejo al que sólo le quedaba una pierna porque la otra se la había dejado en la boca de un tiburón mientras pescaba en aguas previamente dinamitadas. Y recuerde a Billy Watts, famoso por sus matanzas de nativos y hombre capaz de asustar al mismísimo demonio. Aún me acuerdo de cuando atracó en Cabo Little, en Nueva Irlanda, y le robaron medio cajón de tabaco que le había costado, como mucho, tres dólares y medio. En venganza volvió, mató a seis negros, destrozó sus canoas de guerra y quemó dos de sus aldeas. Y fue allí mismo, en Cabo Little, donde le atacaron cuatro años después cuando se hallaba con cincuenta bukus que había llevado con él para pescar cohombro de mar. A los cinco minutos estaban todos muertos, a excepción de tres hombres que huyeron en una canoa. No me venga con historias. La misión del hombre blanco es colonizar el mundo, y bastante tiene con eso. ¿Cree que le queda tiempo para entender a los negros?
––Eso es cierto ––dijo Roberts––, y, por otra parte, tampoco parece que le sea muy necesario. Precisamente la estupidez de los blancos está en proporción directa con el éxito que han tenido en colonizar el mundo...
––Y en implantar el temor de Dios en el corazón del negro ––le interrumpió el capitán Woodward––. Quizá tenga usted razón, Roberts. Quizá sea la estupidez lo que le haya hecho triunfar, y sin duda que un aspecto de esa estupidez es su incapacidad para entender a otras razas. Pero una cosa es segura: que el blanco ha de desplazar al negro le comprenda o no. Es un proceso inevitable. Es el destino.
––Y, naturalmente, el hombre blanco es inevitable. Es el destino del negro ––le interrumpió Roberts––. Dígale a un blanco cualquiera que hay madreperla en una laguna infestada por decenas de miles dé caníbales vociferantes e inmediatamente se pondrá en camino con un reloj despertador que utilizará a modo de cronómetro y media docena de buceadores canacas, todos apretados como sardinas en lata en un espacioso queche de cinco toneladas. Susúrrele al oído que se ha descubierto oro en el Polo Norte y esa misma criatura de tez blanca, ese ser inevitable, partirá sin dilación, armado de pico, pala y el último modelo de artesa. Y lo que es más, llegará a su destino. Hágale saber que hay diamantes en las ardientes murallas del infierno y el hombre blanco asaltará esas murallas y pondrá a trabajar al mismísimo Satán con su pico y con su pala. Ahí tiene el resultado de ser estúpido e inevitable.
––Pero me pregunto qué pensará el negro de esa inevitabilidad ––les dije.
El capitán Woodward se echó a reír en voz baja. A sus ojos acudió el brillo de un recuerdo.
––Se me ocurre pensar en este momento qué opinarían y seguirán opinando los negros de Malu del hombre blanco inevitable que llevábamos a bordo cuando les visitamos en el Duquesa ––explicó.
Roberts preparó otros tres Abú-Hameds.
––Sucedió hace veinte años. Saxtorph se llamaba. Era, sin lugar a dudas, el hombre más estúpido que he conocido, pero tan inevitable como la muerte. Una cosa solamente sabía hacer ese sujeto, y era disparar. Recuerdo el día en que le conocí hace veinte años, aquí mismo, en Apia. Esto fue antes de que usted llegara, Roberts. Yo me alojaba donde está ahora el mercado, en el hotel de Henry el holandés. Habrán oído hablar de ese hombre. Amasó una fortuna vendiendo armas de contrabando a los rebeldes. Luego dejó el negocio y seis semanas después murió en Sidney en una trifulca de taberna.
»Pero volviendo a Saxtorph. Una noche, no había hecho más que dormirme, cuando un par de gatos comenzaron a maullar en el patio. Me levanté de la cama y me dispuse a arrojarles una jarra de agua. Pero en aquel momento se abrió la ventana de la habitación contigua. Sonaron dos disparos y la ventana se cerró. No puedo expresar con palabras la rapidez con que ocurrió todo. Diez segundos a lo más. La ventana que se abre, pam, pam, suena el revólver, y la ventana que se cierra. Quienquiera que fuera el autor de los disparos, el caso es que no se molestó siquiera en comprobar qué efecto había causado. Lo sabía sin detenerse a mirarlo. ¿Entienden lo que quiero decir? Lo sabía. Los gatos no volvieron a molestarnos. A la mañana siguiente allí estaban los dos escandalosos, secos. Me quedé maravillado. Y sigo estándolo. En primer lugar, en aquel patio no había más luz que la de las estrellas, y Saxtorph había disparado sin apuntar siquiera. En segundo lugar, había apretado el gatillo tan rápidamente que los dos tiros se habrían dicho un solo sonido. Y, finalmente, estaba tan seguro de haber dado en el blanco que ni siquiera se había molestado en comprobarlo.
»Dos días después vino a bordo a visitarme. Yo era entonces contramaestre del Duquesa, una goleta absurdamente grande, de ciento cincuenta toneladas, un barco negrero. Y permítanme que les diga que en aquellos tiempos los barcos negreros no eran ninguna tontería. Entonces no había inspectores oficiales, es cierto, pero eso tenía el inconveniente de que el gobierno tampoco nos protegía a nosotros. Era trabajo duro. Si acabábamos, cobrábamos lo justo y se terminó. Contratábamos a negros en todas las islas de los Mares del Sur de donde no nos echaban a patadas. Pues bien, como les decía, subió a bordo John Saxtorph, pues así dijo llamarse. Era de corta estatura, de cabellos y tez como la arena y ojos del mismo tono. Ni un solo rasgo destacaba en aquel hombre, cuyo espíritu era tan anodino como su color. Me dijo que no tenía un penique y quería enrolarse. Que vendría con nosotros de camarero, de cocinero, de sobrecargo o simplemente de marinero. No sabía nada de navegación, pero estaba dispuesto a aprender. Yo no quería admitirle, pero su maestría en el manejo de las armas me había impresionado tanto que le contraté dé marinero con un sueldo de tres libras al mes.
»Efectivamente, estaba dispuesto a aprender. Pero, por naturaleza, era incapaz de aprender nada. Era tan negado para manejar el timón como yo para preparar las mezclas que nos sirve Roberts. Saxtorph es el responsable de mis primeras canas. Jamás me atreví a encomendarle el timón cuando había mar gruesa. Las expresiones "Avante toda" y "Listos para orzar" constituían para él misterios insondables. No podía diferenciar el escotín de la jarcia. Le resultaba sencillamente imposible. El trinquete y los foques eran uno y sólo uno a su entender. Se le decía que arriara la mayor y antes de que se diera uno cuenta había arriado otra vela. Tres veces se cayó por la borda sin saber nadar. Estaba siempre de buen humor, nunca se mareaba y era el hombre mejor dispuesto que he conocido jamás. Era, por otra parte, muy poco comunicativo. Nunca hablaba de sí mismo. Su vida comenzaba para nosotros el mismo día en que se había enrolado en el Duquesa. Dónde aprendió a disparar es cosa que sólo saben las estrellas. Era yanqui, según dedujimos de su acento, pero eso fue lo único que llegamos a saber de él.
»Y ahora viene lo interesante del cuento. En las Nuevas Hébridas tuvimos mala suerte. Durante cinco semanas sólo reclutamos catorce hombres. Empujados por los vientos del sureste llegamos a las Salomón. Malaita era entonces, como ahora, un buen filón para contratar trabajadores. Fondeamos en Malu, en la punta noroeste de la isla. Hay allí dos líneas paralelas de arrecifes capaces de poner nervioso a cualquiera, pero logramos sortearlas y avisamos con dinamita a los negros para que bajaran a enrolarse. En tres días no conseguimos contratar a un solo hombre. Se acercaban a cientos en sus canoas, pero cuando les mostrábamos cuentas, retales de percal y hachas, y les hablábamos de las delicias de las plantaciones de Samoa, se reían de nosotros.
»Al cuarto día sobrevino un cambio. Firmaron cincuenta hombres, a quienes alojamos en la bodega, dándoles, desde luego, libertad para subir a cubierta. Naturalmente, recordándolo ahora, al cabo de los años, no sé cómo no nos pareció sospechoso aquel aluvión de negros, pero en aquel momento lo atribuimos al hecho de que, probablemente, algún jefe poderoso les había relevado de la prohibición de enrolarse. La mañana del quinto día, los dos botes se dirigieron a tierra firme como de costumbre, uno de ellos con el fin de proteger al otro en caso de dificultad. Y también como de costumbre, los cincuenta negros que llevábamos se hallaban en cubierta descansando, hablando, fumando o durmiendo. Los únicos de la tripulación que quedamos a bordo fuimos Saxtorph y yo con otros cuatro marineros. Los remeros de los botes eran nativos de las Gilbert. En una embarcación iban el capitán, el sobrecargo y el encargado de reclutar a los negros. En la otra, la que quedaba fondeada a unas cien yardas de la playa con el fin de cubrir una posible retirada, iba el segundo de a bordo. Ambos botes estaban bien armados, aunque no se esperaban contratiempos.
»Cuatro marineros, incluido Saxtorph, se hallaban a popa, fregando la borda. El quinto montaba guardia, rifle en mano, junto al depósito del agua situado delante del palo mayor. Yo me hallaba cerca de la proa dando los últimos toques a una nueva fogonadura para el trinquete. En el momento en que alargaba la mano para coger mi pipa del lugar donde la había dejado, oí el ruido de un disparo que llegaba de la orilla. Me enderecé para mirar. Algo me pegó en la nuca dejándome parcialmente atontado y caí al suelo. Lo primero que pensé es que se había soltado algún cabo, pero mientras caía, y antes de dar con mi cuerpo en cubierta, oí el estruendo de varios disparos de rifle que provenía de los botes. Me volví y por un segundo vi al marinero que montaba guardia. Dos negrazos le sujetaban los brazos y un tercero le golpeaba por la espalda en la nuca con un hacha.
»Aún me parece que lo estoy viendo. El depósito del agua, el palo mayor, los hombres sujetando al marinero, el hacha descendiendo sobre su nuca y todo bajo la ardiente luz del sol. Me fascinaba la visión creciente de la muerte. El hacha parecía descender con una horrible lentitud. La vi caer por fin y, mientras me desplomaba, vi cómo las piernas del hombre cedían bajo su cuerpo. Los dos negros siguieron sosteniéndole con la fuerza de sus brazos, mientras que el tercero le asestaba un par de hachazos más. Luego, me propinaron dos golpes en la cabeza y decidí que había muerto. Lo mismo decidió la bestia que me los había administrado. Me hallaba totalmente incapacitado para moverme, y allí me quedé, inmóvil, viendo cómo le cortaban la cabeza al centinela. Tengo que reconocer que lo hicieron con bastante habilidad. Indudablemente tenían experiencia.
»El ruido de los disparos procedente de los botes había cesado. Pensé sin sombra de duda que los tripulantes habían muerto y que había llegado nuestra hora. En pocos minutos volverían para cortarme la cabeza. Era evidente que aquello era lo que hacían en ese preciso instante con los marineros de popa. Las cabezas humanas son muy apreciadas en Malaita, especialmente las de los blancos. Ocupan un lugar de honor en las casas––canoas de los nativos que pueblan sus playas. Qué efectos decorativos logran con ellas los habitantes del interior es cosa que ignoro, pero el caso es que las valoran tanto como sus hermanos de la costa.
»Tuve la vaga noción de que debía escapar y me arrastré a cuatro patas hasta el molinete, donde, a duras penas, conseguí ponerme en pie. Desde allí pude dirigir la vista a popa. Sobre el tejado del camarote había tres cabezas, las de los tres marineros a los que durante meses había dado órdenes. Los negros me vieron de pie y se abalanzaron sobre mí. Eché mano al revólver y vi que me lo habían quitado. No puedo decir que tuviera miedo. Muchas veces había estado cerca de la muerte, pero nunca me había parecido tan fácil morir como en aquel momento. Estaba aturdido y nada me importaba.
»El cabecilla negro se había armado con el hacha de la cocina y hacía muecas siniestras mientras se disponía a rebanarme el cuello. Pero no llegó a hacerlo. Cayó sobre cubierta hecho un ovillo y vi la sangre salir a borbotones de su boca. Como en sueños, oí un rifle disparar y continuar disparando. Uno tras otro fueron cayendo los negros. Fui recuperando pleno uso de los sentidos y reparé en que ni una sola bala dejaba de llegar a su destino. Cada vez que sonaba un disparo, caía un negro. Me senté en cubierta junto al molinete y miré hacia arriba. Encaramado en la cruceta estaba Saxtorph. Cómo se las había arreglado para trepar hasta allí es cosa que aún no puedo explicarme, pero el caso es que había subido hasta lo más alto con dos winchester y no sé cuántas cartucheras llenas de munición. Y allí aposentado, hacía la única cosa para la cual le había dotado la naturaleza.
»He visto tiroteos y he visto matanzas, pero hasta aquel momento jamás había presenciado nada semejante. Sentado junto al molinete, contemplé el espectáculo. Me sentía débil y desfallecido y todo lo que veía me parecía un sueño. Pam, pam, pam, seguía sonando el rifle, y clon, clon, clon, seguían cayendo negros sobre la cubierta. Era asombroso verles derrumbarse uno tras otro. Después de un primer conato de lanzarse sobre mí, después que hubieran caído una docena de ellos, quedaron paralizados. Pero ni aun así dejó de disparar el rifle de Saxtorph. Mientras tanto habían llegado desde la costa los dos botes cargados de negros armados con los snider y los winchester que habían arrebatado a los tripulantes. La lluvia de proyectiles que lanzaron sobre Saxtorph fue terrible, pero por suerte para él los nativos sólo dan en el blanco a muy poca distancia. No están acostumbrados a apoyar el rifle en el hombro. Esperan a estar justo encima del objetivo y sólo entonces disparan apoyando la culata en la cadera. Cuando el rifle que utilizaba se calentó demasiado, Saxtorph lo cambió por el otro. Por eso había subido dos.
»Lo verdaderamente sorprendente era la velocidad a que disparaba. No erraba un solo tiro. Si algo ha sido nunca inevitable, es aquel hombre. Era la rapidez con que ocurría todo lo que hacía la matanza tan terrible. Los negros no tenían tiempo de pensar. Cuando lograban hacerlo, se lanzaban al agua a toda prisa volcando con ello las canoas. Saxtorph no cejaba. La superficie del mar estaba cubierta de cuerpos y las balas seguían lloviendo sobre ellos. Ni un solo disparo fallaba, y desde donde me encontraba oía el ruido sordo de las balas enterrándose en la carne humana.
»Los negros se dispersaron para dirigirse a la costa a nado. El agua estaba alfombrada de cabezas. Yo me levanté y como en un sueño lo vi todo: las cabezas que se agitaban y las cabezas que, de pronto, dejaban de agitarse. Algunos de aquellos disparos fueron realmente magníficos, dada la distancia del objetivo. Sólo un negro llegó hasta la playa, y, en el momento en que se ponía en pie, Saxtorph le alcanzó con una bala. Fue un hermoso espectáculo. Y cuando otros dos negros corrieron a socorrer al que había caído, Saxtorph les mató también.
»Creí que todo había terminado cuando oí disparos de nuevo. Un negro había salido de la cámara para correr hacia la borda cayendo a medio camino. El camarote debía de estar lleno de nativos. Conté hasta veinte. Uno por uno salieron como rayos en dirección a la borda, pero ni uno solo llegó a ella. Parecía un ejercicio de tiro de pichón. Un negro salía de la escalera de cámara, pam, sonaba el rifle de Saxtorph, y allá caía el cuerpo. Naturalmente los que estaban abajo no sabían lo que ocurría en cubierta, y en consecuencia continuaron saliendo hasta que cayó el último de ellos.
»Saxtorph esperó un rato para asegurarse y luego bajó a cubierta. Éramos los únicos supervivientes de la tripulación del Duquesa y yo estaba bastante maltrecho, mientras que él era un completo inútil una vez terminado el tiroteo. Siguiendo mis instrucciones me lavó las heridas de la cabeza y me dio unos cuantos puntos. Un largo trago de whisky me proporcionó las fuerzas suficientes para dejar aquel lugar. Era inútil hacer otra cosa. Todos los compañeros habían muerto. Tratamos de hacernos a la mar, con Saxtorph izando las velas y yo al timón. Había vuelto a ser el marinero de antes, torpe y sin experiencia. No sabía ni cómo empezar a izar velas, y cuando caí al suelo desmayado, todo parecía anunciar que había llegado nuestro fin.
»Cuando recobré el sentido, hallé a Saxtorph sentado en el junquillo esperando pacientemente para preguntarme qué hacer. Le dije que examinara a los heridos y viera si había alguno capaz de arrastrarse. Reunió a seis. Recuerdo que uno de ellos tenía una pierna rota, pero Saxtorph me aseguró que podía mover los brazos. Echado en cubierta a la sombra y espantándome las moscas, supervisé las maniobras mientras Saxtorph daba órdenes a su equipo de lisiados. Que me aspen si no es cierto que obligó a aquellos pobres negros a tirar uno por uno de todos los cabos hasta que dio con las drizas. Uno de los nativos se soltó de pronto de la jarcia mientras izaba una vela y cayó en cubierta muerto. Pero Saxtorph golpeó a los otros y les obligó a seguir trabajando. Cuando el trinquete y la mayor estaban izadas, les dije que levaran ancla. Luego me ayudaron a llegar junto al timón, donde me dispuse a empuñar las cabillas. No sé cómo se las arregló, pero lo cierto es que en lugar de cobrar las cadenas, largó la segunda ancla y quedamos doblemente fondeados.
»Al fin conseguimos levar y el Duquesa se hizo a la vela. Las cubiertas eran todo un espectáculo. Allá donde uno mirase, veía negros muertos o agonizantes. Algunos habían ido a caer en los lugares más inconcebibles. El camarote estaba lleno de hombres que habían llegado arrastrándose desde cubierta para morir allí. Puse a Saxtorph y a su cuadrilla de enterradores a trabajar arrojando cuerpos por encima de la borda, y allí fueron, mezclados, vivos y muertos. Aquel día los tiburones se dieron un buen banquete. Naturalmente, los cuatro marineros muertos a manos de los negros siguieron el mismo camino. Las cabezas las metimos en un saco que cargamos con lastre para impedir que la marea las arrastrara hacia la playa y cayeran en manos de los negros.
»Respecto a los cinco prisioneros, decidí utilizarlos como tripulantes, pero ellos decidieron otra cosa por su cuenta. Esperaron el momento oportuno y se lanzaron al agua por la borda. Saxtorph dio cuenta de dos en el aire con su revólver, y habría hecho lo mismo con los otros tres, que se hallaban ya en el agua, si yo no lo hubiera impedido. Me repugnaba tanta carnicería, y, por otra parte, nos habían ayudado a zarpar. Pero mi misericordia no sirvió de nada, porque los tiburones acabaron con los tres.
»Una vez que nos alejamos de tierra, me atacaron una especie de fiebres cerebrales. El Duquesa fue a la deriva durante tres semanas, al cabo de las cuales me recuperé y seguimos pausadamente rumbo a Sidney. En cualquier caso aquellos negros de Malu aprendieron la eterna lección: que es mejor no buscarle las cosquillas al hombre blanco. En aquella ocasión no cabe duda de que Saxtorph fue inevitable.
Charley Roberts emitió un largo silbido y dijo:
––Eso es evidente. Pero, ¿qué fue de él?
––Se dedicó a la caza de focas y llegó a ser un verdadero experto. Durante seis años se le tuvo por uno de los mejores pescadores de las flotas de Victoria y San Francisco. El séptimo año un crucero ruso capturó su goleta y, según se dijo entonces, fue enviado en unión del resto de la tripulación a las minas de sal de Siberia. Lo cierto es que no he vuelto a saber de él.
––Colonizar el mundo ––murmuró Roberts––. Bueno, brindo por ellos. Alguien tiene que hacerlo. A colonizar el mundo, me refiero.
El capitán Woodward se pasó la mano por las cicatrices que cruzaban su pelada cabeza.
––Yo ya he cumplido ––dijo––. Llevo cuarenta años dedicado a esa tarea. Éste será mi último viaje. Luego volveré a casa y no me moveré de allí.
––Le apuesto lo que quiera a que no será así ––le desafió Roberts––. Usted morirá con las botas puestas, no en su casa. El capitán Woodward aceptó inmediatamente la apuesta, pero, personalmente, creo que ganará Charley Roberts.
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Mauki
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Pesaba ciento diez libras. Tenía el pelo ensortijado y su piel era negra. Pero de un negro muy especial. Ni azulado ni rojizo, sino tirando a ciruela. Se llamaba Mauki y era hijo de un jefe. Tenía tres tambos, palabra melanesia que significa «prohibición» y es prima hermana del término polinesio tabú. Los tres tambos de Mauki eran los siguientes: primero, no podía estrechar manos femeninas ni podía permitir que mujer alguna le tocara ni a él ni ninguna de sus pertenencias. Segundo, no podía comer almejas ni alimento alguno guisado sobre un fuego al calor del cual se hubieran cocinado dichos moluscos. Tercero, no podía cazar cocodrilos ni navegar en canoas que transportaran una parte de este animal por pequeña que fuera, aunque sólo se tratara de un diente.
Tenía la dentadura de un negro distinto, intenso, o, mejor dicho, de un negro hollín. Se la había teñido así su madre en una sola noche frotándola con un mineral en polvo procedente de un yacimiento que había a espaldas de Port Adams, poblado marinero de Malaita, la más indómita de las islas del archipiélago de las Salomón, tan indómita que ni comerciantes ni colonos han logrado hasta ahora poner el pie en ella. Desde los tiempos de los primeros pescadores de cohombro de mar y comerciantes de sándalo, hasta los días recientes de negreros provistos de rifles automáticos y motores de gasolina, decenas y decenas de aventureros blancos han muerto en esa isla víctimas de las hachas y las balas explosivas de los nativos. Así es como Malaita continúa siendo hoy el lugar preferido de los reclutadores de mano de obra que recorren sus costas en busca de trabajadores que contratar para las plantaciones de las islas vecinas, más civilizadas, por un sueldo de treinta dólares al año. Los habitantes de esas islas vecinas están ya demasiado influidos por la civilización para trabajar en plantaciones.
Mauki tenía las orejas agujereadas, no en un sitio ni en dos, sino en un par de docenas. En uno de los orificios más pequeños llevaba una pipa de cerámica. Los mayores eran demasiado grandes para tal adorno. La cazuela de la pipa habría pasado a través de ellos. De hecho, en el agujero más grande de cada oreja llevaba tapones redondos de madera de unas cuatro pulgadas de diámetro. La circunferencia de dichas aberturas medía aproximadamente doce pulgadas y media. Mauki no era muy especial en sus gustos. En los orificios más pequeños llevaba entre otras cosas casquillos vacíos, clavos, tornillos de cobre, pedazos de cuerda, briznas de cables trenzados, tiritas de hojas verdes y, al atardecer, con la fresca, flores de hibisco color escarlata. De ello se deducirá que para andar por la vida no necesitaba bolsillos, los cuales, por otra parte, le estaban vedados por consistir toda su indumentaria en un retazo de percal de varias pulgadas de anchura. En la cabeza lucía una navaja con la hoja cerrada sobre un rizo del cabello. Su posesión más preciada era el asa de un tazón de porcelana que llevaba colgada de un anillo de concha de tortuga pendiente a su vez del tabique nasal.
Pero a pesar de estos adornos, su cara resultaba agradable. Era el suyo un rostro hermoso desde cualquier punto de vista, sobre todo tratándose de un nativo de la Melanesia. Sólo tenía un defecto: le faltaba firmeza. Era suavemente afeminado, casi aniñado. Tenía los rasgos pequeños, regulares y delicados, la barbilla, débil, y lo mismo podría decirse de sus labios. Ni la mandíbula, ni la frente, ni la nariz denotaban energía ni carácter. Sólo a sus ojos asomaba un reflejo de las cualidades que en tan gran proporción formaban parte integrante de su personalidad y que, generalmente, pasaban inadvertidas. Eran éstas la valentía, la tenacidad, el arrojo, la imaginación y la astucia, y cuando todas ellas hallaban cauce y expresión en un acto consecuente y decidido, dejaba atónitos a los que le rodeaban.
Su padre era jefe del poblado de Port Adams y, en consecuencia, Mauki era, por su nacimiento, hombre de agua salada. Podría decirse que era medio anfibio. Sabía de peces y ostras y el arrecife era para él un libro abierto. También entendía de canoas. Había aprendido a nadar cuando tenía un año y a los siete podía contener la respiración durante un minuto y llegar en vertical a una profundidad de treinta pies. También a los siete años fue robado por los hombres del interior, que no saben nadar y tienen miedo al océano. Desde entonces Mauki vio el mar solamente a distancia, a través de los claros de la selva o desde espacios abiertos en los picos de las montañas. Pasó a ser esclavo de Fanfoa, jefe de una veintena de aldeas diseminadas por las laderas de las montañas de Malaita y de las cuales se elevan columnas de humo, única prueba para los navegantes de la existencia de aquellos pobladores del interior. Porque los blancos no penetran en Malaita. Lo intentaron una vez en los tiempos en que llegaron buscando oro y dejaron allí sus cabezas colgadas, con una perpetua mueca en el rostro, de los cabios ahumados, en las cabañas de los hombres del interior.
Cuando Mauki tenía diecisiete años, a Fanfoa se le acabó el tabaco. La situación era desesperada. Fueron aquéllos tiempos difíciles para todos sus poblados. Y es que Fanfoa había cometido un error. Suo era un puerto tan pequeño que las goletas no podían hacer en él las maniobras necesarias para fondear. Estaba rodeado de mangles cuyas ramas colgaban sobre las aguas profundas. Era un verdadero cepo, y al interior del cepo fueron a entrar dos blancos en un pequeño queche. Venían a reclutar trabajadores y traían para comerciar tabaco y mercancías en abundancia, a más de tres rifles y una buena cantidad de munición. No había hombres de agua salada en Suo, y sólo por aquel lugar los hombres del interior tenían acceso al mar. Los dos blancos del queche hicieron un espléndido negocio. En sólo veinticuatro horas contrataron a veinte trabajadores. Hasta el viejo Fanfoa firmó. Pero aquel mismo día, los recién reclutados cortaron la cabeza a los dos blancos, mataron a toda la tripulación y quemaron el barco. Durante tres meses hubo abundancia de tabaco y provisiones en todos los poblados del interior. Pero después llegaron buques de guerra que arrojaron granadas a las montañas desde muchas millas de distancia obligando a los nativos a abandonar sus poblados y a ocultarse en lo más recóndito de la selva. Luego enviaron a tierra firme destacamentos que quemaron las aldeas junto con el tabaco y la mercancía, talaron cocoteros y bananos, arrasaron los huertos de taro y acabaron con cerdos y gallinas.
Fanfoa aprendió la lección, pero, mientras, tuvo que pasarse sin tabaco. Sus súbditos estaban demasiado asustados para acercarse a los barcos de los reclutadores. Por esa razón Fanfoa ordenó que bajaran a su esclavo Mauki para que se enrolara a cambio de medio cajón de tabaco, amén de cuchillos, hachas, percal y cuentas que pagaría con su trabajo en las plantaciones. Mauki estaba aterrado cuando le subieron a bordo de la goleta. Se sentía como un cordero conducido al sacrificio. Los blancos eran criaturas feroces. Tenían que serlo, o de otro modo no se habrían atrevido a acercarse a las costas de Malaita y a penetrar en sus puertos, dos en cada goleta, cuando cada una de ellas llevaba de quince a veinte negros de tripulación y a veces hasta sesenta o setenta nativos que habían reclutado. Por añadidura, estaba el peligro que representaban los habitantes de la costa, que en cualquier momento podían atacar la goleta y a su tripulación. Por fuerza los blancos tenían que ser terribles. Además poseían objetos mágicos tales como rifles que disparaban muchas veces y con enorme rapidez, piezas de hierro y de latón que hacían andar los barcos cuando no soplaba el viento, y cajas que hablaban y reían igualito que los hombres. Y habían oído hablar de un blanco cuya magia era tan poderosa que podía quitarse los dientes y volvérselos a poner a voluntad.
Bajaron a Mauki al camarote y uno de los dos blancos quedó en cubierta vigilando con un par de revólveres en el cinturón. En el interior del camarote estaba sentado el otro ante un libro en el que trazaba extraños signos y rayas. Miró a Mauki como si se tratara de un cerdo o de una gallina, le examinó las axilas y escribió algo en el libro. Luego le tendió el palito con que escribía, y Mauki apenas rozó el papel con la punta, obligándose así a trabajar durante tres años para la Compañía Jabonera Moongleam. Nadie le explicó que para hacerle cumplir el compromiso se emplearía la feroz voluntad del hombre blanco, ni que tras éste, y para el mismo fin, estaba todo el poder de los barcos de guerra de la Gran Bretaña.
Había otros negros a bordo procedentes de lugares ignotos. Siguiendo las órdenes del hombre blanco, le arrancaron la pluma que adornaba sus cabellos, le cortaron el pelo muy corto y enrollaron en torno a su cintura un lava––lava de percal amarillo brillante.
Tras pasar muchos días en la goleta, y tras ver más tierras y más islas de las que nunca había imaginado que existieran, le desembarcaron en Nueva Georgia y le obligaron a bregar en los campos talando la jungla y cortando caña. Por primera vez conoció el significado de la palabra «trabajo». Ni cuando era esclavo de Fanfoa había trabajado tanto. Y a Mauki no le gustaba trabajar. Se levantaba al amanecer, se acostaba de anochecida y comía dos veces al día. El alimento era siempre el mismo. Durante semanas enteras no les daban más que batatas y las dos semanas siguientes no comían más que arroz. Día tras día separó de la cáscara la carne de los cocos, y día tras día, durante largas semanas, alimentó las hogueras con qué se ahumaba la copra hasta que le escocieron los ojos. Entonces le pusieron a talar árboles. Manejaba bien el hacha, y por ello le destinaron al equipo encargado de construir puentes. En una ocasión le castigaron asignándole a la cuadrilla dedicada a abrir caminos. Otras veces formaba parte de la tripulación de los barcos que traían copra de playas distantes o se hacía a la mar con los blancos para dinamitar la pesca.
Entre otras cosas aprendió a hablar el inglés béche––de––mer, lo cual le permitió entenderse con los capataces y con todos sus compañeros, que de otro modo habrían utilizado un millar de dialectos diferentes. Aprendió también varias cosas acerca de los blancos, entre ellas que siempre cumplían su palabra. Si le decían a un hombre que iban a darle tabaco, se lo daban. Si le advertían que si hacía algo determinado le zurrarían la badana, cuando así ocurría le zurraban efectivamente la badana. Mauki no sabía lo que era zurrar la badana, pero sospechaba que tenía algo que ver con la sangre y con los dientes que muchas veces acompañaban a semejante acción. Una cosa aprendió bien, y fue que los blancos no castigaban a nadie que no hiciera algo prohibido. Aun cuando se emborrachaban, cosa que sucedía a menudo, jamás pegaban a un hombre a menos que hubiera violado alguna norma.
A Mauki no le gustaba la plantación. Odiaba el trabajo y era hijo de un jefe. Además hacía ya diez años que Fanfoa se lo llevara de Port Adams y echaba de menos su casa. Hasta añoraba sus tiempos de esclavitud. Por eso escapó. Se internó en el bosque con idea de seguir en dirección al sur hasta la playa y robar allí una canoa con que volver a Port Adams. Pero le atacaron las fiebres, fue capturado y le devolvieron, más muerto que vivo, al lugar de donde había huido.
Al poco escapó de nuevo, esta vez en compañía de dos hombres de Malaita. Recorrieron veinte millas hasta llegar a la costa y buscaron refugio en la cabaña de un hombre libre de su isla que vivía en esa aldea. Pero en lo más oscuro de la noche llegaron dos hombres blancos que no temían a los habitantes del poblado y que zurraron con gusto la badana a los tres prófugos, les ataron como a cerdos y les arrojaron a una lancha. Al hombre que les había dado refugio, siete veces debieron de zurrarle la badana por el modo en que volaban por los aires cabellos, tiras de piel y dientes, de forma que nunca más volvió a atreverse a ocultar a un prófugo.
Durante un año entero trabajó Mauki. Al cabo de este tiempo le asignaron al servicio de una casa donde la comida era buena y la vida agradable. Requería muy poco esfuerzo mantenerlo todo limpio y servir al hombre blanco whisky y cerveza a todas las horas del día y la mayor parte de las de la noche. Aquella vida le gustaba, pero Port Adams le gustaba mucho más. Le quedaban dos años de trabajo según el contrato, demasiados para el que sufre la angustia de la añoranza. Con el tiempo había adquirido experiencia y, por otra parte, ahora que trabajaba en una casa tenía más oportunidades para huir. Estaba encargado de limpiar los rifles y sabía dónde se colgaba la llave del almacén. Preparó la huida y una noche diez hombres de Malaita y uno de San Cristóbal salieron sigilosamente de los barracones y arrastraron uno de los botes hasta la playa. Fue Mauki quien les facilitó la llave del candado del bote y fue Mauki quien equipó éste con una docena de winchesters, una enorme cantidad de munición, un cajón de dinamita, detonadores y mecha, y diez cajas de tabaco.
Soplaba el monzón del noroeste. Hacia el sur volaron en medio de la noche, ocultándose durante el día en islotes lejanos y deshabitados, o arrastrando el bote hasta el interior de la espesura cuando pasaban junto a islas más grandes. Así llegaron a Guadalcanal, bordearon parte de sus costas y cruzaron los Estrechos Indispensables en dirección a Florida. Fue en esta isla donde los nativos mataron al hombre de San Cristóbal y donde le cocinaron y comieron su cuerpo reservando la cabeza. La costa de Malaita se hallaba solamente a veinte millas de distancia, pero la última noche la corriente y un viento desatado les impidieron llegar hasta ella. El amanecer les sorprendió a pocas millas de su destino. Pero la luz del día trajo con ella una embarcación en la que navegaban dos blancos que no temían a once hombres armados con doce rifles. Mauki y sus compañeros fueron conducidos a Tulagi, donde vivía el gran jefe blanco, quien celebró un juicio después del cual ataron a los prófugos uno por uno y les propinaron veinte azotes. Les condenaron a pagar una multa de quince dólares y les enviaron a Nueva Georgia, donde los hombres blancos les zurraron la badana y les pusieron a trabajar. Mauki no volvió a servir en una casa. Le pusieron a abrir caminos. La multa de quince dólares la habían pagado los blancos que le habían contratado, y, por tanto, tenía que devolverles el dinero a base de trabajo, lo que significaba prolongar el contrato seis meses más. Por otra parte, el tabaco que había robado añadía doce meses más al compromiso.
Port Adams quedaba ahora a tres años y medio de distancia, así que una noche robó una canoa, se ocultó en los islotes del Estrecho de Manning, atravesó el paso y bordeó la costa oriental de Isabel hasta que, cuando había recorrido ya dos tercios del camino, le capturaron los blancos en la Laguna Merengue. A la semana huyó y se refugió en el bosque. El interior de Isabel estaba deshabitado. Los nativos eran hombres de agua salada, todos cristianos, que vivían en las costas. Los blancos ofrecieron por la captura de Mauki una recompensa de quinientos palitos de tabaco, y cada vez que éste se aventuraba a bajar a las playas para robar una canoa, los nativos de la costa le perseguían. Cuatro meses pasaron de esta manera hasta que los blancos elevaron la recompensa a mil palitos, y Mauki fue capturado y devuelto a Nueva Georgia y a la cuadrilla encargada de abrir caminos. Mil palitos de tabaco valían cincuenta dólares, y Mauki tenía que pagarlos, lo que significaba veinte meses más de trabajo. Port Adams se hallaba ya a cinco años de distancia.
Sentía ahora más nostalgia que nunca y no le atraía la idea de sentar la cabeza, portarse bien y trabajar durante cinco años para volver a su casa. A la siguiente intentona le descubrieron en el preciso momento en que se disponía a huir. Informaron del caso al señor Haveby, representante en la isla de la Compañía Jabonera Moongleam, y éste le declaró incorregible. La compañía poseía plantaciones a cientos de millas de distancia allende el mar, en las islas de Santa Cruz, donde iban a parar los impenitentes del archipiélago de las Salomón. Y allí mandaron a Mauki, aunque nunca llegó a su destino. La goleta hizo escala en Santa Ana, y durante la noche Mauki escapó a nado a tierra firme, donde robó dos rifles y un cajón de tabaco y huyó en una canoa a San Cristóbal. Malaita quedaba al norte de aquella isla, a cincuenta o sesenta millas de distancia, pero a media travesía le sorprendió un huracán que le devolvió a Santa Ana, donde el comerciante a quien había robado le cargó de grilletes y le tuvo prisionero hasta que volvió la goleta de Santa Cruz. El comerciante recobró los dos rifles, pero el cajón de tabaco representó para Mauki doce meses más de trabajo. Los años que adeudaba ahora a la compañía eran seis.
En el camino de vuelta a Nueva Georgia, la goleta ancló en el Estrecho de Marau, situado al extremo sureste de Guadalcanal. Mauki nadó hasta la isla con las manos esposadas y se ocultó en el bosque. La goleta siguió su camino, pero el representante de Moongleam en tierra firme ofreció mil palitos de tabaco en recompensa, y los habitantes del interior capturaron a Mauki, quien con este nuevo intento añadía un año y ocho meses más a su contrato. De nuevo, y antes de que llegara la goleta, logró huir, esta vez en un bote y acompañado de un cajón de tabaco sustraído al comerciante. Pero los vientos del noroeste le hicieron naufragar a la altura de Ugi, donde los indígenas cristianos le robaron el tabaco y le entregaron al representante de la Moongleam en la isla. El tabaco robado significaba un año más de trabajo, con lo cual eran ya ocho los que adeudaba a la compañía.
––Le enviaremos a Lord Howe ––dijo el señor Haveby––. Allí es donde está Bunster, y que se las entiendan los dos. O Bunster acaba con Mauki, o Mauki con Bunster. En cualquiera de los dos casos, eso saldremos ganando.
Saliendo de la Laguna Merengue, situada en la isla Isabel, y navegando en dirección al norte magnético, al cabo de ciento cincuenta millas de recorrido se avistan las playas coralíferas de Lord Howe, un atolón de unas ciento cincuenta millas de circunferencia y varios cientos de yardas de tierra firme en el punto de mayor anchura. Sus elevaciones máximas alcanzan como mucho diez pies sobre el nivel del mar. Dentro de la circunferencia de arena hay una gran laguna tachonada de islotes de coral. Lord Howe no forma parte del archipiélago de las Salomón, ni geográfica ni etnológicamente. Mientras que las del archipiélago son islas y sus habitantes y lengua son melanesios, Lord Howe es un atolón y sus habitantes y lengua son polinesios. Debe su población al movimiento migratorio que, partiendo de la Polinesia, se dirige hacia el oeste, movimiento que aún continúa hoy día. Los nativos llegan a sus costas en canoas impulsadas por los vientos del sureste. En la época del monzón del noroeste, hay también, como es natural, un ligero aflujo de población melanesia.
Nadie visita nunca Lord Howe, u Ontong––lava, como llaman también al atolón. Thomas Cook & Son no vende pasajes para aquel rincón del mundo, y los turistas no sueñan siquiera con su existencia. Ni un solo misionero blanco ha pisado sus orillas. Sus cinco mil habitantes son tan pacíficos como primitivos. Y, sin embargo, no siempre fueron así. En las Sailing Directions se afirma que son hostiles y traicioneros, pero es que los encargados de compilar este volumen no saben del cambio operado recientemente en los corazones de los nativos de aquel lejano rincón del mundo que no hace muchos años capturaron un barco y mataron a toda la tripulación, excepto al segundo de a bordo. El superviviente llevó la noticia a sus compañeros y volvió a Lord Howe acompañado de tres capitanes de goleta. Los tripulantes de los tres navíos entraron al interior de la laguna y predicaron el evangelio de los blancos según el cual sólo ellos pueden matar a otros blancos y las razas inferiores deben mantenerse aparte. Recorrieron la laguna de arriba abajo asolando y destruyendo. En aquel estrecho círculo de arena no había forma de huir ni selva en la que refugiarse. Los blancos disparaban sobre los nativos en el momento en que los avistaban, y lo malo era que no había forma de escapar a su vista. Prendieron fuego a sus poblados, destrozaron las canoas, mataron a las gallinas y a los cerdos, y talaron los cocoteros. Así ocurrió durante un mes, al cabo del cual zarparon las goletas. Pero el miedo al hombre blanco quedó impreso para siempre en el corazón de los isleños, que a partir de entonces no osaron hacerles el menor daño.
El único blanco de Lod Howe era Max Bunster, empleado de la ubicua Compañía Jabonera Moongleam. Le habían enviado a aquel atolón porque era el lugar más lejano adonde podían destinarle. Y si no se libraron de él definitivamente fue por la dificultad que suponía encontrar a un hombre que ocupara su lugar. Era un alemanote fornido, y algo no le funcionaba bien en el cerebro. Decir que estaba medio loco sería una afirmación caritativa. Era fanfarrón, traicionero, y tres veces más salvaje que cualquier nativo de la isla. Tenía la brutalidad del cobarde. En un principio la compañía le había destinado a Savo. Cuando mandaron para sustituirle a un colono tísico, Bunster le molió a puñetazos y le devolvió maltrecho a la goleta que le había traído.
El señor Haveby eligió entonces para reemplazarle a un gigante de Yorkshire. El gigante tenía fama de matón y prefería pelear a comer. Pero Bunster no quería pelear. Se portó como un cordero durante diez días, al cabo de los cuales el gigante de Yorkshire yacía en coma presa de fiebres y disentería. Fue entonces cuando Bunster la emprendió con él arrojándole al suelo, entre otras cosas, y saltando sobre su cuerpo una docena de veces. Temeroso de lo que pudiera hacer su víctima cuando se recuperase, huyó en un cúter a Guvutu, donde adquirió cierta reputación al dar una paliza a un joven inglés, tullido a causa de una bala bóer que le había atravesado las dos caderas.
Fue por entonces cuando el señor Haveby decidió mandar a Bunster a Lord Howe, el atolón perdido. Bunster celebró la llegada a su destino consumiendo medio cajón de botellas de ginebra y zurrando de lo lindo a urr anciano asmático, el contramaestre de la goleta que le había llevado a su destino. Cuando partió la embarcación, reunió a todos los canacas en la playa y les instó a boxear cuerpo a cuerpo con él, prometiendo un cajón de tabaco a quien lograra vencerle. A tres canacas tumbó, pero cuando un cuarto le derrumbó a él, en vez de recompensarle con tabaco, le premió con una bala que le atravesó los pulmones.
Y así comenzó el reinado de Bunster en Lord Howe. Tres mil almas vivían en el poblado mayor, pero aún éste parecía desierto, incluso a plena luz del día, cuando él lo atravesaba. Hombres, mujeres y niños huían a su paso. Hasta perros y gatos se ocultaban, y al mismísimo rey no se lea caían los anillos de esconderse bajo una estera de esparto. Los dos primeros ministros vivían perpetuamente aterrados ante aquel hombre, que en lugar de razonar empleaba la fuerza de los puños.
Y a Lord Howe llegó Mauki, a trabajar para Bunster durante ocho años y medio. No había forma de escapar del atolón. Para bien o para mal los dos hombres tenían que convivir. Bunster pesaba doscientas libras y Mauki ciento diez. Bunster era una bestia degenerada y Mauki un salvaje primitivo. Ambos eran obstinados y tenían sus propios métodos para lograr lo que querían.
Mauki ignoraba cómo era el patrón que le esperaba. Nadie le había advertido y, por tanto, imaginaba que Bunster sería como cualquier otro blanco, un buen bebedor de whisky, un déspota y hacedor de leyes que cumpliría siempre su palabra y nunca pegaría a un hombre sin motivo. En eso Bunster le llevaba ventaja. Sabía de Mauki todo lo que necesitaba saber y se deleitaba con la idea de entrar en posesión de él. Su cocinero tenía en ese momento un brazo roto y un hombro dislocado, y por ese motivo destinó a Mauki a la cocina y al servicio de su casa.
Y Mauki aprendió muy pronto que había blancos y blancos. El mismo día en que partió la goleta, su amo le ordenó que comprara un pollo a Samisee, el misionero nativo oriundo de Tonga. Pero Samisee estaba al otro lado de la laguna y no se esperaba su vuelta hasta dentro de tres días. Mauki regresó a informar de ello a su amo. Subió los empinados escalones de la entrada (la casa estaba construida sobre pilares de doce pies de altura) y entró en la sala. El comerciante le pidió el pollo. Mauki abrió la boca para explicar que el misionero estaba ausente, pero Bunster no aguardó a escuchar sus razones. Le pegó un puñetazo. El golpe alcanzó a Mauki en la boca y le lanzó por los aires. Salió disparado limpiamente a través de la puerta, cruzó la galería rompiendo la balaustrada y aterrizó sobre la arena. Sus labios habían quedado reducidos a una masa informe, y tenía la boca llena de sangre y dientes rotos.
––Así aprenderás que conmigo no valen las malas contestaciones ––le gritó el comerciante, rojo de ira, mientras le miraba a través de la balaustrada rota.
Mauki no había conocido nunca a un hombre semejante, y desde aquel mismo instante decidió andarse con pies de plomo y no ofenderle jamás. Vio cómo maltrataba a los hombres de su tripulación y cómo cargaba de grilletes y dejaba a uno de ellos tres días sin comer sólo porque había roto un tolete mientras remaba. Llegaron a sus oídos los rumores que circulaban por la aldea y supo que Bunster había tomado por la fuerza a su tercera esposa, como todos sabían. La primera y la segunda yacían en el cementerio bajo las blancas arenas con sendos trozos de coral clavados a la cabecera y a los pies de sus respectivas tumbas. Habían muerto, se decía, de las palizas que su esposo les propinara. A la tercera esposa desde luego la maltrataba, como pudo ver Mauki con sus propios ojos.
Pero no había manera de evitar ofender a aquel hombre blanco al que sólo la vida parecía ya ofenderle. Si Mauki guardaba silencio, le pegaba y le decía que era un bruto taciturno. Si hablaba, le pegaba por atreverse a responderle. Si estaba serio, Bunster le acusaba de conspirar y le daba una paliza como medida preventiva, mientras que si procuraba mostrarse alegre y sonreír, le castigaba por reírse de su amo y señor y le hacía comprobar la dureza de la estaca. Bunster era un auténtico demonio. Los nativos le habrían matado de no recordar la lección de las tres goletas. Aun así habrían acabado con él si hubiera habido en Lord Howe selva donde refugiarse. Pero en las condiciones en que se hallaban, matar a un hombre blanco significaba atraer la presencia de buques de guerra que castigarían con la muerte a los culpables y talarían sus preciados cocoteros. Los hombres de su tripulación, por su parte, estaban dispuestos a dejar que se ahogara accidentalmente a la primera oportunidad que tuvieran de volcar la embarcación. Sólo que Bunster tuvo muy buen cuidado de que la embarcación nunca volcara.
Pero Mauki era de otra casta, y viendo que la huida era imposible mientras Bunster viviera, decidió interiormente terminar con él. Lo malo era que nunca hallaba la ocasión propicia porque Bunster estaba siempre en guardia. Día y noche tenía los revólveres a mano. No permitía que nadie pasara a su espalda, como aprendió bien Mauki después que le golpeara varias veces por hacerlo. Bunster, por su parte, sabía que era mucho más peligroso aquel hombre de Malaita, amable, tranquilo y sonriente, que todos los nativos del atolón juntos y, en consecuencia, se entregó con verdadero celo al programa de torturas que se había propuesto. Mauki, mientras tanto, fiel a su decisión, se anduvo con pies de plomo, aguantó los castigos y esperó.
Hasta entonces, todos los hombres blancos habían respetado sus tambos. Pero Bunster era distinto. La ración de tabaco que le correspondía semanalmente a Mauki consistía en dos palitos que Bunster entregaba a su esposa ordenando a su criado que los tomase de su mano. Como a Mauki le estaba prohibido hacerlo, se veía obligado a pasarse sin tabaco. Por el mismo motivo se quedaba muchos días sin comer. En una ocasión le ordenó su amo que preparase un guisado a base de unas almejas gigantes que abundaban a orillas de la laguna. Mauki no pudo obedecerle porque tales moluscos eran tabú para él. Seis veces, una tras otra, se negó a tocarlas, y seis veces le golpeó su amo hasta dejarle sin sentido. Bunster sabía que Mauki se dejaría matar antes que hacerlo, pero calificó su negativa de amotinamiento, y habría acabado con él en ese mismo momento si hubiera podido sustituirle con otro cocinero.
Uno de los pasatiempos favoritos del comerciante consistía en coger a Mauki por sus cabellos negroides y golpearle la cabeza contra la pared. Otro entretenimiento consistía en pillar a Mauki desprevenido y aplastar contra su carne la punta de un cigarrillo encendido. A eso lo llamaba Bunster «vacunar» y, en consecuencia, vacunaba a Mauki varias veces a la semana. Un día, en un acceso de cólera, le arrancó el asa de tazón que llevaba colgada de la nariz, rasgándole el cartílago.
––¡Vaya hocico! ––dijo por todo comentario al supervisar el daño que le había causado.
La piel del tiburón es como el papel de lija, pero la de la raya es aún más áspera. En los Mares del Sur los nativos la utilizan como lima para pulir la madera de remos y canoas. Bunster se había confeccionado un mitón de piel de raya. La primera vez que lo probó con Mauki, sólo con una pasada le arrancó la piel de la espalda desde el cuello hasta la axila. Bunster se quedó encantado. Experimentó después con su mujer y lo utilizó a sus anchas con los hombres de la tripulación. Los dos primeros ministros recibieron una caricia cada uno y tuvieron que sonreír y tomarlo a broma.
––¡Reíd, malditos, reíd! ––les instaba Bunster.
Mauki fue quien mejor llegó a conocer los efectos del mitón. No pasaba un solo día sin que probara su contacto. Hubo ocasiones en que la desolladura era de tales proporciones, que el dolor le impedía dormir por la noche. A menudo, el bromista de Bunster se divertía volviéndole a poner en carne viva la piel ya medio cicatrizada. Mauki seguía esperando pacientemente, seguro de que antes o después llegaría su hora. Y cuando su hora llegó, sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
Un día Bunster se levantó con humor de zurrarle la badana al universo entero. Comenzó por Mauki y terminó por Mauki, dejando entre tanto sin sentido a su mujer y sacudiendo a modo a los hombres de su tripulación. A la hora del desayuno dijo que el café era aguachirle y arrojó el líquido hirviendo a la cara de su criado. A las diez en punto temblaba de escalofríos y media hora después ardía en fiebre. No era aquél un ataque corriente. Pronto se declararon unas fiebres perniciosas que resultaron ser paludismo. Pasaron los días y Bunster se fue debilitando. No podía levantarse de la cama. Mauki esperaba y vigilaba mientras su piel recobraba su aspecto normal. Ordenó a los hombres de la tripulación que subieran el barco a la playa, que limpiaran el casco y lo repararan. Creyeron que la orden procedía de su amo y le obedecieron, pero en aquel momento Bunster estaba inconsciente y no podía ordenar nada. Aquélla era la oportunidad que aguardaba Mauki, pero aun así esperó.
Cuando lo peor de la enfermedad hubo pasado y Bunster convalecía en plena posesión de sus sentidos, aunque débil como un niño, Mauki reunió todas sus baratijas, incluida el asa de porcelana, y las guardó en una caja. Luego se dirigió al poblado e interrogó al rey y a los dos primeros ministros.
––Ese hombre, Bunster, hombre bueno, ¿vosotros gustar? ––preguntó.
A coro le respondieron que no les gustaba en absoluto. Los ministros recitaron una larga letanía de todas las indignidades y abusos que había acumulado sobre ellos. El rey perdió el control y se echó a llorar. Mauki le interrumpió bruscamente.
––Tú querer gobernar tu pueblo. A ti no gustarte el gran amo blanco. A mí no gustarme. Tú poner cien cocos, doscientos cocos, trescientos cocos en el cúter. Luego vosotros dormir. Todos los canacas dormir. Vosotros oír gran ruido en la casa y no decir oír gran ruido. Vosotros dormir mucho.
Del mismo modo interrogó Mauki a los miembros de la tripulación. Luego ordenó a la esposa de Bunster que regresara a casa de su familia. Si se hubiera negado, se habría hallado Mauki en un buen compromiso, pues su tambo le impedía ponerle la mano encima.
Desierta ya la casa, entró en la habitación donde el comerciante yacía medio adormilado. Le quitó los revólveres y se puso en la mano el mitón de piel de raya. La primera noticia que tuvo Bunster de lo que ocurría fue una caricia del mitón que le arrancó la piel a todo lo largo de la nariz.
––Buen chico ––rió Mauki entre caricia y caricia, una de las cuales le dejó a Bunster la frente en carne viva mientras que la otra le desollaba la mejilla––. ¡Ríe, maldito, ríe!
Mauki hizo concienzudamente su tarea, y los canacas, ocultos en sus casas, oyeron el gran ruido que Bunster hacía y que continuó haciendo durante una hora o más.
Cuando Mauki hubo terminado, bajó la brújula, los fusiles y toda la munición al cúter, que cargó después con cajones de tabaco. Mientras se afanaba en esta operación, una figura horrenda, en carne viva, salió de la casa y echó a correr gritando hacia la playa, hasta que cayó en la arena retorciéndose y farfullando bajo un sol abrasador. Mauki le miró y dudó. Al fin se acercó y le cortó la cabeza, que envolvió en una estera y guardó en la escotilla de proa.
Tan profundamente durmieron los canacas aquel día largo y caluroso, que no vieron al cúter salir a mar abierto y dirigirse hacia el sur impulsado por el viento del sureste. Nadie avistó la embarcación en su larga travesía hasta las costas de Isabel, ni durante el tedioso recorrido desde aquella isla hasta Malaita. Mauki arribó a Port Adams con una fortuna en rifles y tabaco mayor que la que cualquier hombre hubiera poseído jamás. Pero no se detuvo en la aldea. Había cortado la cabeza a un hombre blanco y sólo la selva podía ofrecerle refugio. En consecuencia volvió a los poblados del interior, donde mató a Fanfoa y a media docena de cabecillas y se erigió en jefe de aquellos contornos. Cuando murió su padre, el hermano de Mauki gobernó en Port Adams, y unidos hombres de la costa y hombres del interior, formaron la más fuerte de todas las tribus guerreras de Malaita.
Más que al gobierno británico, temía Mauki a la todopoderosa Compañía Jabonera Moongleam, y un día le llegó un mensaje por el cual se le recordaba que debía a la compañía ocho años y medio de trabajo. Su respuesta fue favorable y al poco tiempo aparecía el inevitable hombre blanco. Era un capitán de goleta, el único blanco que durante el reinado de Mauki penetrara en la selva y saliera de ella con vida. Y no sólo salió con vida, sino también con setecientos cincuenta dólares en soberanos de oro, el precio de ocho años y medio de trabajo, más el coste de ciertos rifles y cajones de tabaco.
Mauki ya no pesa ciento diez libras. El diámetro de su estómago se ha triplicado y tiene cuatro mujeres. Tiene también muchas otras cosas: rifles y revólveres, el asa de un tazón de porcelana y un excelente surtido de cabezas de nativos. Pero el ejemplar más preciado de toda su colección es una cabeza de cabellos color arena y barba amarillenta, perfectamente curada y desecada, que conserva envuelta en sus más finos lava––lavas. Cada vez que Mauki va a la guerra allende sus dominios, saca invariablemente esa cabeza y, a solas en su palacio de hierba, la contempla larga y solemnemente. En momentos semejantes, un silencio de muerte se cierne sobre el poblado, y ni el negrito más chico se atreve a hacer un solo ruido. La cabeza se tiene por el talismán más eficaz de todo Malaita y a su posesión se atribuye toda la grandeza de Mauki.
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Las terribles Salomón
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No creo que se exagere al decir que el de las Salomón es un archipiélago indómito. Por otra parte, hay sitios peores en el mundo. Pero para el novato que carece de una comprensión esencial del hombre y la naturaleza primitivos, las Salomón pueden resultar terribles.
Es cierto que allí las fiebres y la disentería acechan perpetuamente, que abundan horribles enfermedades de la piel, que el aire está saturado de un veneno que penetra por el mínimo poro, corte o rozadura implantando úlceras malignas, y que muchos hombres fuertes que logran escapar a la muerte vuelven a sus países de origen convertidos en piltrafas. Es cierto también que los nativos de las Salomón son seres salvajes dotados de un apetito insaciable de carne humana y de una marcada propensión a coleccionar cabezas. A lo más que llega su instinto de deportividad es a sorprender a un hombre vuelto de espaldas y pegarle a traición un hachazo en la base del cráneo partiéndole la columna vertebral. Es igualmente cierto que en algunas islas, como Malaita, por ejemplo, el prestigio social del nativo está en proporción directa con los homicidios que cuenta en su haber. Las cabezas se utilizan para el trueque, y las de los blancos son valiosas en extremo. Suele ocurrir que una docena de aldeas vaya acumulando un fondo que engrosan luna tras luna hasta que llega el momento en que un valiente guerrero presenta la cabeza de un hombre blanco, fresca y sanguinolenta, y reclama el premio.
Todo esto es indudablemente cierto y, sin embargo, hay blancos que han pasado. en ese archipiélago una veintena de años y que sienten añoranza cuando lo dejan. El que quiera vivir en las Salomón necesita sobre todo cautela y suerte, pero ha de tener también madera para ello. Ha de llevar impreso en su espíritu el marchamo del hombre blanco. Ha de ser inevitable. Tiene que estar poseído de una noble despreocupación con respecto a la adversidad, de una presunción colosal, y de un egoísmo racial que le tenga convencido de que un blanco vale más que mil negros de lunes a sábado y que el domingo es capaz de terminar él solo con dos mil de ellos. Porque eso es lo que ha hecho siempre el hombre blanco inevitable. ¡Ah! Una cosa más. El blanco que desee ser inevitable no sólo debe despreciar a las razas inferiores y creerse superior a todas ellas, sino que ha de carecer también de excesiva imaginación. No debe entender demasiado ni los instintos, ni las costumbres, ni los procesos mentales de los negros, cobrizos o amarillos, porque no es así como la raza blanca se ha abierto camino por el mundo.
Bertie Arkwright no era inevitable. Era demasiado sensible, demasiado fino, y poseía excesiva imaginación. Le afectaba en demasía todo lo que ocurría a su alrededor y, por tanto, el último lugar adonde debía dirigirse eran las islas Salomón. Nunca pensó en quedarse allí. Había decidido que una estancia de cinco semanas entre la llegada de un vapor y la salida del siguiente bastaría para satisfacer esa llamada de lo primitivo que hacía vibrar con su tañido hasta la última fibra de su ser. Al menos eso fue lo que dijo a las turistas del Makembo, aunque en distintos términos. Y ellas le adoraron como a un héroe porque eran sólo turistas y no soñaban con abandonar el refugio que ofrecía la cubierta del vapor a su paso por las Salomón.
A bordo iba otro personaje en el cual ni se fijaron las señoras. Era una pizca de hombre, arrugado y consumido, con la tez marchita y del color de la caoba. El nombre con que figuraba en la lista de pasajeros no viene al caso, pero el de capitán Malu, por el que se le conocía en las islas, era el que utilizaban los nativos para sus conjuros y el que bastaba pronunciar para atraer al buen camino a los negritos traviesos desde Nueva Hannover hasta las Nuevas Hébridas. Había colonizado a salvajes y hasta al mismo salvajismo, y de fiebres y penurias, del resonar de los rifles y del látigo de los capataces había logrado extraer una fortuna en forma de cohombro de mar, sándalo, madreperla, carey, nuez de taguas, copra, tierras de pastos, almacenes y plantaciones. Había más inevitabilidad en el meñique del capitán Malu, fracturado como estaba en aquel momento, que en todo el esqueleto de Bertie Arkwright. Pero las turistas sólo juzgaban por las apariencias, y Bertie era, indudablemente, un hombre guapo.
Arkwright habló con el capitán Malu en el salón de fumar y le confió sus planes de enfrentarse con la vida sangrienta y descarnada de las islas Salomón. El capitán admitió que era aquél un propósito ambicioso y, desde luego, laudable. Pero no se interesó realmente por Bertie hasta varios días después, cuando el joven aventurero insistió en enseñarle una pistola automática del calibre 44. Le explicó cómo funcionaba el mecanismo y le hizo una demostración introduciendo en la culata un cargador de ocho cartuchos.
––Es facilísimo ––le dijo. Luego tiró de la manija del cerrojo y volvió a soltarla––. Con esto queda cargada y montada. Después no tiene más que apretar el gatillo ocho veces a la mayor velocidad posible. ¿Ve este mecanismo? Es lo que más me gusta de esta pistola. Es segurísima. No hay posibilidad alguna de que ocurra un accidente. ––La descargó––. ¿Ve lo segura que es?
Y mientras mostraba el cargador, el cañón de la pistola apuntaba al estómago de su interlocutor. Los ojos azules del capitán Malu le miraban inmutables.
––¿Le importaría apuntar en otra dirección? ––preguntó.
––No puede pasar nada ––le aseguró Bertie––. Le he sacado el cargador. Ya no está cargada, ¿sabe?
––Las pistolas están siempre cargadas.
––Ésta no.
––Apártela de todos modos.
El capitán Malu hablaba con una voz sin inflexiones, metálica y roma, pero su mirada no abandonó el cañón de la pistola hasta que lo vio apuntar en otra dirección.
––Le apuesto cinco dólares a que no está cargada ––propuso Bertie alegremente.
El otro negó con la cabeza.
––Entonces se lo demostraré.
Bertie acercó el cañón a su propia sien con intención de apretar el gatillo.
––Un momento ––dijo el capitán Malu tranquilamente, extendiendo la mano––. Déjeme verlo.
Apuntó hacia el mar y apretó el gatillo. Se oyó una fuerte explosión confundida con un clic del mecanismo. Un cartucho salió despedido para caer a un lado sobre la cubierta. Bertie abrió la boca asombrado.
––Tiré del cerrojo una vez, ¿no? ––preguntó––. He sido un estúpido, tengo que reconocerlo.
Soltó una risita débil y se desplomó en una hamaca de cubierta. La sangre se había retirado de su rostro, revelando unos círculos oscuros bajo sus ojos. Le temblaban las manos y no acertaba a llevarse el cigarrillo a los labios. Amaba mucho la vida y, por un segundo, se vio con los sesos fuera, tumbado boca abajo sobre cubierta.
––La verdad. No sé qué decir...
––Es un arma muy bonita ––dijo el capitán Malu devolviéndole la pistola.
El gobernador volvía de Sidney a bordo del Makembo y, con su permiso, el barco hizo escala en Ugi para dejar en tierra a un misionero. Y dio la casualidad que en el puerto estaba anclado el Arla, un queche al mando del capitán Hensen. Era uno de los muchos barcos que poseía el capitán Malu y fue por invitación de éste como Bertie subió a bordo para recorrer durante cuatro días las costas de Malaita, adonde se dirigía la nave con el fin de reclutar trabajadores. El Arla le dejaría luego en la plantación de Reminge (propiedad también del capitán Malu), donde pasaría una semana para trasladarse después a Tulagi, sede del gobierno, invitado por el gobernador. El capitán Malu fue también el responsable de otras dos sugerencias, hechas las cuales desaparece de nuestra narración. Una iba dirigida al capitán Hansen y la otra al señor Harriwell, administrador de la plantación de Reminge. Ambas eran, más o menos, del mismo tenor. Recomendaba a sus dos empleados que proporcionaran al señor Arkwright la visión más completa posible de lo que era la vida sangrienta y descarnada en las islas Salomón. Se murmura que el capitán Malu mencionó en aquella ocasión que un cajón de botellas de whisky coincidiría con cualquier impresión inolvidable que recibiera el visitante en cuestión.
––Sí, Swartz fue siempre excesivamente testarudo. Verá usted, llevó a cuatro miembros de su tripulación a Tulagi para que les azotaran oficialmente y luego volvió con ellos en su bote. Al salir del puerto les alcanzó una borrasca. El bote se fue a pique y Swartz fue el único que murió ahogado. Naturalmente, fue un accidente.
––¿De veras? ––preguntó Bertie, interesado sólo a medias en la conversación, mientras miraba fijamente al negro que empuñaba la rueda del timón.
Ugi se había perdido en la distancia y el Arla surcaba el mar estival en dirección a las montañas cubiertas de bosques de Malaita. El timonel, que de tal modo acaparaba la atención de Bertie, llevaba un clavo de tres pulgadas atravesándole la nariz de parte a parte. De su cuello pendía una sarta de botones de pantalón. En los agujeros practicados en sus orejas lucía un abrelatas, el mango roto de un cepillo de dientes, una pipa de cerámica, una rueda de latón de un reloj despertador y varios cartuchos de winchester. Adornaba su pecho la mitad de un plato de porcelana colgado de un cordel. Había en cubierta unos cuarenta negros acicalados de forma parecida, quince de los cuales formaban parte de la tripulación. El resto eran trabajadores recién reclutados.
––Naturalmente, fue un accidente ––dijo Jacobs, el contramaestre del Arla, un hombre enjuto, de ojos negros y aspecto más de profesor que de marino––. A John Bedip le sucedió algo parecido. Volvía con varios hombres a los que había hecho azotar, cuando su bote zozobró. Pero él sabía nadar tan bien como los nativos, y dos de éstos se ahogaron. Bedip se salvó gracias a un madero y a su revólver. Naturalmente, fue todo accidental.
––Son muy corrientes aquí ese tipo de accidentes ––intervino el capitán––. ¿Ve usted ese hombre que lleva el timón, señor Arkwright? Es un caníbal. Hace seis meses él y el resto de la tripulación ahogaron al que era entonces capitán del Arla. Aquí mismo, sí, señor, a popa, junto al palo de mesana.
––La cubierta quedó en un estado espantoso ––dijo el contramaestre.
––¿He entendido bien...? ––comenzó Bertie.
––Sí, como lo oye ––dijo el capitán Hansen––. Se ahogó accidentalmente.
––Pero ¿en cubierta?
––Exactamente. No me importa decirle, en secreto, claro está, que se sirvieron de un hacha.
––¿Esta misma tripulación que lleva usted ahora? .
El capitán Hansen afirmó con la cabeza.
––El capitán anterior era muy descuidado ––explicó el contramaestre––. Acababa de volverse de espaldas cuando le asestaron el golpe.
––No tenemos la más mínima protección ––se lamentó Hansen––. El gobierno da siempre preferencia al negro. El blanco no puede abrir fuego. Tiene que dar al nativo la oportunidad de defenderse o, de otro modo, le acusan de asesino y le envían a Fiji. Por eso hay tantos casos de ahogados accidentalmente.
Llamaron para la cena y Bertie y el capitán bajaron, dejando al contramaestre la vigilancia de cubierta.
––No pierdas de vista a Auiki, ese demonio de negro ––le advirtió el capitán a modo de despedida––. No me gusta nada la expresión que tiene hace varios días.
––Descuide ––dijo el contramaestre.
Ya habían empezado a servir la cena, y el capitán narraba la historia de la matanza sucedida en el Scottish Chiefs. ––Era el mejor navío de toda la costa ––decía––. Pero antes de que llegara siquiera al arrecife, las canoas salieron en su persecución. Iban a bordo cinco hombres blancos y la tripulación, compuesta por veinte nativos de Santa Cruz y de Samoa. Sólo escapó con vida el sobrecargo. Llevaban además sesenta nativos que acababan de reclutar. Todos acabaron kai-kai. Perdón, quiero decir que se los comieron. Y recuerden el caso del James Edwards, aquel navío tan marinero de...
Pero en aquel momento llegó a sus oídos desde cubierta un juramento del contramaestre seguido de un coro de gritos salvajes. Se oyeron tres disparos de revólver y después un chapoteo. El capitán Hansen subió la escala de cámara de una carrera. Bertie se quedó asombrado al comprobar la rapidez con que desenfundaba el revólver mientras se precipitaba hacia cubierta. Le siguió poco después, más circunspecto, dudando antes de asomar la cabeza por la puerta del camarote. Pero no ocurrió nada. El contramaestre temblaba de excitación con el revólver en la mano. Echó a andar hacia delante y, de pronto, se volvió con un movimiento súbito, como si le amenazara algún peligro a su espalda.
––Uno de los nativos ha caído por la borda ––dijo con una voz extraña, cargada de tensión––. No sabía nadar.
––¿Quién era? ––preguntó el capitán.
––Auiki ––fue la respuesta.
––Pero yo le aseguro que he oído disparos ––dijo Bertie temblando de emoción porque todo aquello olía a aventura, una aventura que, por fortuna, ya había pasado.
El contramaestre se lanzó sobre él aullando.
––¡Eso es una mentira indecente! No se ha hecho un solo disparo. El negro se ha caído por la borda.
El capitán Hansen miró a Bertie sin pestañear, bien abiertos los ojos negros y lustrosos.
––Pues a mí me ha parecido... ––empezó a decir Bertie.
––¿Disparos? ––dijo el capitán Hansen distraídamente––. ¿Dice usted que ha oído disparos? ¿Ha oído usted algún disparo, señor Jacobs?
––Ninguno ––replicó el aludido.
El capitán miró triunfante a su invitado y dijo:
––Está claro que ha sido un accidente. Bajemos, señor Arkwright, y acabemos de cenar.
Bertie durmió aquella noche en el camarote del capitán, una cabina pequeña situada junto a la cámara principal. El mamparo de proa estaba decorado con un muestrario de rifles. Sobre la litera colgaban tres más. Bajo ella había un cajón repleto, según descubrió Bertie al abrirlo, de munición, dinamita y cajas de detonadores. Decidió instalarse en el canapé situado al lado opuesto. Sobre la mesita y en lugar destacado se hallaba el diario de navegación. Bertie ignoraba que había sido especialmente preparado para la ocasión por el capitán Malu y, por tanto, leyó con verdadera emoción cómo el 21 de septiembre dos tripulantes habían muerto ahogados después de caer por la borda. Adivinó entre líneas y sospechó que el suceso había sido más que un accidente. Leyó que la ballenera del Arla había caído en Sdu en una emboscada que costó la vida a tres hombres, que el capitán había sorprendido al cocinero guisando carne humana comprada por la tripulación en las costas de Fui y cómo una descarga de dinamita había matado accidentalmente a uno de los marineros mientras hacía señales. Leyó de ataques nocturnos, de huidas de puertos efectuadas en medio de la noche, de ataques de hombres del interior en los pantanos de mangles y de hombres de agua salada en los pasajes más grandes. Con frecuente monotonía se hacía alusión a muertes provocadas por la disentería. Advirtió con alarma que a bordo del Aria habían fallecido por esta causa dos invitados como él.
––Verá usted ––dijo Bertie al capitán a la mañana siguiente––. He estado hojeando el diario de navegación.
El capitán expresó inmediatamente su arrepentimiento por haberlo dejado allí en medio, al alcance de cualquiera.
––Y eso de la disentería, ¿sabe usted?, me parece puro cuento. Como lo de tanto ahogado por accidente ––continuó Bertie––. ¿Cuál fue la verdadera causa de todas esas muertes?
El capitán se hizo lenguas de la agudeza que demostraba su invitado, expresó una negativa formal e indignada de sus sospechas y, al foral, se rindió graciosamente.
––Verá, le explicaré, señor Arkwright. Bastante mala fama tienen ya estas islas. Cada día nos resulta más difícil reclutar a tripulantes blancos. Supongamos que matan a un hombre. La compañía se ve obligada a pagar una suma elevadísima para que otro le reemplace. Pero si ese hombre muere de enfermedad, entonces ya no hay problema. Los nuevos no temen a las enfermedades. Lo que no quieren es morir asesinados. Cuando vine a ocupar este puesto creí que el capitán que me había precedido había muerto de disentería. Luego fue demasiado tarde. Ya había firmado el contrato.
––Además ––intervino el señor Jacobs––, ya había demasiados ahogados por accidente. Resultaba un poco sospechoso. La culpa es del gobierno. El blanco no tiene oportunidad de defenderse de los negros.
––Eso. Recuerden el caso del Princess y de su contramaestre yanqui ––dijo el capitán, iniciando su historia––. Iban a bordo en aquel viaje cinco hombres blancos, además de un agente del gobierno. El capitán, el agente y el sobrecargo habían ido a tierra en los dos botes. El segundo y el contramaestre quedaron abordo con unos quince marineros, todos nativos de Tonga y de Samoa. Una muchedumbre de negros llegó desde la costa. Cuando el contramaestre quiso darse cuenta de lo que ocurría, el segundo y toda la tripulación habían muerto en el primer asalto. Cogió tres cartucheras y dos winchesters y se encaramó en la cruceta. Fue el único superviviente, y se comprende que hasta hoy no haya recobrado el juicio. Disparó una y otra vez hasta que el rifle se calentó tanto que no pudo tenerlo en la mano y se vio obligado a utilizar el otro. La cubierta estaba alfombrada de negros. La limpió totalmente. Los fue derribando conforme saltaban por la borda y los siguió derribando conforme empuñaban los remos de sus canoas. Cuando los negros se arrojaron al agua y empezaron a nadar para ponerse a salvo, seguía tan furioso que mató a media docena más. Y ¿qué le dieron como recompensa?
––Siete años en Fiji ––replicó el contramaestre.
––El gobernador dijo que no estaba justificado seguir disparando una vez que los negros se habían lanzado ya al agua ––explicó el capitán.
––Por eso ahora mueren de disentería ––añadió el contramaestre.
––¡Quién iba a suponerlo! ––dijo Bertie, deseando interiormente que el crucero acabara cuanto antes.
Más tarde, aquel mismo día, interrogó al negro que, según le habían dicho, era caníbal. Se llamaba Sumasai. Había pasado tres años en una plantación de Queensland, conocía Samoa, Fiji y Sidney y había recorrido las costas de Nueva Bretaña, Nueva Irlanda, Nueva Guinea y las Islas del Almirantazgo en los barcos que navegaban por aquellos mares reclutando trabajadores. Era un bromista nato y se había dado cuenta de lo que se proponía el capitán. Sí, había comido a muchos hombres. ¿Cuántos? No recordaba el número. Sí, blancos también. Tenían una carne muy sabrosa cuando estaban sanos. Una vez se había comido a un enfermo.
––Yo decir verdad ––exclamó al recordarlo––. Yo enfermar mucho como él. Mi estómago moverse demasiado.
Bertie se estremeció y pasó a hablar de cabezas. Sí. Sumasai tenía enterradas varias en muy buenas condiciones, secadas al sol y curadas a base de humo. Una de ellas era la del capitán de un barco. Tenía unos bigotes muy largos. Estaba dispuesto a venderla por dos libras esterlinas. Las cabezas de negros podía dejárselas en un dólar la pieza. Tenía también unas cuantas cabezas de negritos en bastante mal estado que podía cederle por diez chelines.
Cinco minutos después, Bertie se hallaba en cubierta sentado junto a un negro que padecía una horrible enfermedad de la piel. Se apartó de él, y cuando después preguntó qué tenía aquel hombre, le dijeron que era lepra. Bajó inmediatamente al camarote y se lavó con un jabón desinfectante. En el transcurso de aquel día repitió muchas veces la operación porque todos los nativos de a bordo tenían úlceras malignas de un tipo u otro.
Cuando el Arla fondeó en medio de un pantano de mangles, colocaron sobre la borda una doble fila de alambradas. Parecía que la cosa iba en serio, y cuando Bertie vio las canoas de los nativos alineadas en la playa, una junto a otra, armadas con lanzas, arcos, flechas y sniders, deseó más que nunca que el crucero terminara cuanto antes.
Aquella tarde, los nativos que habían subido a bordo se resistieron a abandonar el barco cuando se puso el sol. Unos cuantos respondieron con descaro cuando se les conminó a que volvieran a tierra.
––No importa. Yo me encargaré de ellos ––dijo el capitán Hansen, desapareciendo por la escala de cámara. Cuando regresó, le enseñó a Bertie un cartucho de dinamita atado a un anzuelo. Se da la coincidencia de que una botella de clorodina envuelta en papel por el que asoma una mecha inofensiva puede engañar a cualquiera. Desde luego, engañó a Bertie y engañó también a los nativos. Cuando el capitán Hansen prendió fuego a la mecha y enganchó el anzuelo a la parte trasera del taparrabos de un nativo, a éste se le despertaron unos deseos tan ardientes de ir a tierra que olvidó quitarse el taparrabos. Echó a correr con la mecha siseando y chisporroteando a su espalda, sembrando el pánico entre sus compañeros, que se lanzaban al agua por encima de la alambrada con cada salto que él daba. Bertie estaba horrorizado. Y también el capitán Hansen. Se había olvidado de los veinticinco hombres que había reclutado aquel día, a cada uno de los cuales había pagado treinta chelines por adelantado. Los así enrolados se arrojaron al agua con el resto de los nativos, seguidos por el que arrastraba la botella de clorodina con la mecha que chisporroteaba sin cesar.
Bertie no vio cómo explotaba la botella, pero como el contramaestre hizo estallar oportunamente un cartucho de auténtica dinamita a popa, donde no pudiera hacer daño a nadie, habría jurado ante cualquier tribunal del Almirantazgo que había visto volar un negro en mil pedazos.
La huida de los veinticinco hombres reclutados costó al Arla cuarenta libras esterlinas. Habían huido a la selva del interior de la isla, por lo cual no cabía esperanza de recuperarlos. El capitán y el contramaestre decidieron ahogar sus penas en té frío, un té que se sirvió en botellas de whisky, por lo cual Bertie no pudo saber que no era alcohol lo que con tanta prisa se echaban al coleto. Sólo supo que aquellos hombres se emborracharon mucho y que discutieron con gran elocuencia y meticulosidad si la muerte del negro que había estallado en mil pedazos debía atribuirse a la disentería o a un accidente. Cuando los dos hombres comenzaron a roncar, Bertie fue el único blanco que quedaba despierto a bordo, por lo cual montó una peligrosa guardia hasta el amanecer, temiendo un ataque de los nativos de la isla o un motín de la tripulación.
Tres días más pasó el Arla junto a la costa y tres noches más abusaron del té frío el capitán y el contramaestre, dejando a Bertie encargado de la vigilancia. Estaban convencidos de que podían fiarse de él del mismo modo que Bertie sabía que si llegaba a salir con vida de aquel trance informaría al capitán Malu de la conducta de aquellos borrachos. Finalmente, el Arla fondeó en la plantación Reminge, en Guadalcanal. Bertie echó pie a tierra con un suspiro de alivio y estrechó la mano del administrador. El señor Harriwell estaba preparado para recibirle.
––No se sorprenda usted si ve a los muchachos algo alicaídos ––le dijo tras llevárselo a un rincón para hablarle en secreta––. Se rumorea que va a haber un motín. Estoy dispuesto a admitir que he visto dos o tres síntomas sospechosos, pero personalmente creo que se trata de una falsa alarma.
––¿Cuántos negros hay en la plantación? ––preguntó Bertie con el corazón en un puño.
––En este momento tenemos cuatrocientos ––replicó despreocupadamente el señor Harriwell––, pero entre nosotros tres, más usted, naturalmente, el capitán y el contramaestre del Arla, podremos dominarlos sin dificultad.
Bertie se volvió para estrechar la mano de un tal McTavish, el intendente, que apenas le saludó, tal era la prisa que llevaba por presentar la dimisión.
––Dado que soy hombre casado, señor Harriwell, no puedo permitirme el lujo de quedarme por más tiempo. Aquí se cuece algo, tan claro como la nariz que veo en su cara. Los negros van a amotinarse y en Reminge va a repetirse el horror de Hohono.
––¿A qué horror se refería? ––preguntó Bertie después que el administrador de la plantación lograra convencer al intendente para que se quedara hasta fin de mes.
––Hablaba de la plantación de Hohono, en la isla Isabel ––dijo el administrador––. Los negros mataron a cinco blancos que estaban en tierra firme, se hicieron con la goleta, liquidaron al capitán y al contramaestre, y huyeron en la nave a Malaita. Pero siempre he dicho que en Hohono pasó lo que pasó porque no tomaron precauciones. Aquí no nos sorprenderán durmiendo. Venga, señor Arkwright, y vea el panorama que se divisa desde la galería.
Bertie estaba demasiado preocupado pensando cómo escapar a Tulagi, a casa del gobernador, para interesarse mucho por el panorama. Seguía meditando cómo salir de aquel atolladero cuando sonó un rifle a su espalda, muy cerca de donde se hallaba. En aquel mismo instante, el señor Harriwell le arrastró al interior de la casa con tal precipitación que a poco le disloca el brazo.
––¡Qué barbaridad, amigo mío! Se ha salvado por un pelo ––le dijo mientras le inspeccionaba todo el cuerpo para ver si estaba herido––. No se imagina usted lo preocupado que estoy. A plena luz del día. Nunca lo hubiera creído...
Bertie empezó a palidecer.
––Así es como mataron al administrador anterior ––admitió McTavish––. Y hay que ver lo bueno que era aquel hombre. Le volaron los sesos en esa misma galería. ¿Ha reparado usted en una mancha oscura que hay entre los escalones y la puerta?
Bertie no veía el momento de beberse el cóctel que el señor Harriwell había preparado para él y que en ese momento le ofrecía. Pero antes de que pudiera probarlo, entró un hombre con pantalones de montar y polainas.
––¿Qué pasa ahora? ––preguntó al administrador después de echar una ojeada al rostro del recién llegado––. ¿Ha vuelto a subir el río?
––¡Qué río ni qué demonios! Ha sido un negro. Salió de la espesura, se detuvo ni a una docena de pasos de donde yo estaba, y me pegó un tiro. Tenía un snider y disparó apoyando la culata en la cadera. Lo que me gustaría saber es de dónde ha sacado el rifle. ¡Ah, perdone usted! Encantado de conocerle, señor Arkwright.
––El señor Brown es mi ayudante ––explicó el señor Harriwell––. Ahora vamos a tomarnos esa copa.
––Pero ¿de dónde habrá sacado ese snider? ––insistió Brown––. Siempre me he opuesto a que tengamos aquí ese tipo de armas.
––Pues de aquí no se han movido ––dijo el señor Harriwell en un acceso de cólera.
El señor Brown sonrió incrédulo.
––Venga a verlo ––dijo el administrador.
Bertie siguió a la procesión hasta la oficina donde Harriwell señaló triunfante un cajón de embalaje que había en un rincón polvoriento.
––Entonces, ¿de dónde sacó el snider ese desgraciado? ––insistió de nuevo Brown.
Pero en aquel preciso momento McTavish alzaba el cajón del suelo. Dio un respingo y arrancó la tapa. Estaba vacío. Todos se miraron en medio de un silencio espeluznante. Harriwell se encogió.
McTavish soltó un juramento.
––Lo que he dicho siempre. No se puede uno fiar de los criados.
––Esto parece