MITOS SOBRE : SUICIDAS -- GUY DE MAUPASSANT

 


mitos
Suicidas
Guy de Maupassant



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No pasa un día sin que aparezca en los periódicos la relación de algún suceso como éste:
"Anoche, los vecinos de la casa número tal de la calle tal oyeron dos o tres detonaciones y, saliendo a la escalera para saber lo que ocurría, entre todos pudieron comprobar que se habían producido en el cuarto del señor X. Al abrir la puerta de dicho cuarto —después de llamar inútilmente— vieron al inquilino tendido en el suelo, sobre un charco de sangre y empuñando aún el revólver con el cual se había ocasionado la muerte.
"Se ignora la causa de tan funesta determinación, porque el señor X. vivía en posición desahogada y, teniendo ya cincuenta y siete años, disfrutaba de bastante salud."
¿Qué angustiosos tormentos, qué ocultas desdichas, qué horribles desencantos convierten a esas personas, al parecer felices, en suicidas?
Indagamos, presumimos al punto, dramas pasionales, misterios de amor, desastres de intereses, y como no se descubre jamás una causa precisa, cubrimos con una palabra esas muertes inexplicables: "Misterio, misterio".
Una carta escrita poco antes de morir, por uno de los muchos que "se suicidan sin motivo", cayó en mi poder. La juzgo interesante. No descubre ningún derrumbamiento, ninguna miseria espantosa, nada de lo extraordinario que se busca siempre para justificar una catástrofe; pero pone de relieve la sucesión de pequeños desencantos que desorganizan fatalmente la existencia solitaria de un hombre que ha perdido todas las ilusiones y acaso explique —a los nerviosos y a los sensitivos, al menos— la tragedia inexplicable de "suicidios inmotivados".
Leámosla:
"Son ya las doce de la noche. Cuando haya escrito esta carta, voy a matarme. ¿Por qué? Trato de razonar mi determinación, para darme cuenta yo mismo de que se impone fatalmente, de que no debo aplazarla.
"Mis padres eran gentes muy sencillas y crédulas. Yo creí en todo, como ellos.
"Mi engaño duró mucho. Hace poco, se desgarraron para mí los últimos jirones que me velaban la verdad; pero hace ya bastantes años que todos los acontecimientos de mi existencia palidecen. La significación de lo más brillante y atractivo se me presenta en su torpe realidad; la verdadera causa del amor llegó incluso a sustraerme de las poéticas ternuras.
"Nos engañan estúpidas y agradables ilusiones que se renuevan sin cesar.
"Envejeciendo, me había resignado a la horrible miseria de las cosas, a lo vano de todo esfuerzo, a lo inútil que resulta siempre la esperanza: cuando una luz nueva inundó el vacío de mi vida esta noche, después de comer.
"¡Antes yo era feliz! Todo me alegraba: las mujeres al pasar, las calles, mi vivienda, y aun la hechura de mis ropas constituía para mí una preocupación agradable. Pero las mismas ideas, los mismos actos repetidos, monótonos, acabaron por sumergir mi alma en una laxitud espantosa.
"Todos los días, a la misma hora, durante treinta años, me levanté de la cama; y todos los días, en el mismo restaurante, durante treinta años, a las mismas horas, me servían los mismos platos mozos diferentes.
"Me propuse viajar. El aislamiento que sentimos en ciudades nuevas, en residencias desconocidas, me asustó. Sentíame tan abandonado sobre la tierra, tan insignificante, que volví a tomar el camino de mi casa.
"Y, entonces, la inmutable fisonomía de los muebles, fijos en el mismo lugar durante treinta años, las rozaduras de mis sillones, que yo conocí nuevos, el olor de mi casa —cada casa que habitamos, con el tiempo adquiere un olor especial— acabaron produciéndome náuseas y la negra melancolía de vivir mecánicamente.
"Todo se repite sin cesar y de un modo lamentable. Hasta la manera de introducir —al volver cada noche— la llave en la cerradura; el sitio donde siempre dejo las cerillas; la mirada que al entrar esparzo en torno de mi habitación, mientras el fósforo se inflama. Y todo me provoca —para verme libre de una existencia tan ruin— a tirarme por el balcón.
"Mientras me afeito, cada mañana me seduce la idea de degollarme, y mi rostro, el mismo siempre, que se refleja en el espejo con las mejillas cubiertas de jabón, muchas veces me hizo llorar de tristeza.
"Ni siquiera me complace tropezar con personas a las cuales veía con gusto hace tiempo; las conozco tanto que adivino lo que me dirán y lo que les diré; a fuerza de razonar con las mismas, descubrimos la ilación de sus ideas. Cada cerebro es como un circo donde un pobre caballo da vueltas. Por mucho que nos empeñemos en buscar otros caminos, por muchas cabriolas que hagamos, la pista no varía de forma ni ofrece lances imprevistos ni abre puertas ignoradas. Hay que dar vueltas y más vueltas, pasando siempre por las mismas reflexiones, por los mismos chistes, por las mismas costumbres, por las mismas creencias, por los mismos desencantos.
"Al retirarme hoy a mi casa, una insistente niebla invadía el bulevar, oscureciendo los faroles de gas, que parecían candilejas. Pesaba el ambiente húmedo sobre mis hombros como una carga. Seguramente hago una digestión difícil.
"Y una buena digestión lo es todo en la vida. Ofrece inspiraciones al artista, deseos a los jóvenes enamorados, luminosas ideas a los pensadores, alegría de vivir a todo el mundo, y permite comer con abundancia —lo cual es también una dicha. Un estómago enfermo conduce al escepticismo, a la incredulidad, engendra sueños terribles y ansias de muerte. Lo he notado con frecuencia. Es posible que no me matara esta noche, haciendo una buena digestión.
"Después de haberme acomodado en el sillón donde me siento hace treinta años todos los días, miré alrededor, creyéndome víctima de un desaliento espantoso.
"¿De qué medio valerme para escapar a mi razón macilenta, más horrible aún que la desordenada locura? Cualquier empleo, cualquier trabajo me parece más odioso que la acción en que vivo. Quise poner en orden mis papeles.
"Hacía tiempo que deseaba registrar los cajones de mi escritorio, porque durante los treinta últimos años había metido allí, al azar, las cartas y las cuentas. Aquel desorden llegó a preocuparme algunas veces; pero me sobrecoge una fatiga tal en cuanto me propongo un trabajo metódico y ordenado, que nunca me atreví a empezar.
"Esta noche me senté junto a mi escritorio y abrí, resuelto a preservar algunos papeles y romper la mayor parte.
"Quedéme de pronto pensativo ante aquel hacinamiento de hojas amarillentas; luego cogí una.
"¡Oh! Si aprecian en algo su vida, no toquen jamás las cartas viejas que guardan los cajones de su escritorio. Y si no pueden resistir la tentación de abrirlos, cojan a granel, con los ojos cerrados, los paquetes de cartas para tirarlos al fuego; no lean ni una sola frase, porque sólo ver la escritura olvidada y de pronto reconocida, los lanza en un océano de recuerdos; quemen esos papeles que matan; cuando estén hechos pavesas, pisotéenlos para convertirlos en impalpables cenizas... Y si no lo hacen así, los anonadarán como acaban de anonadarme y destruirme.
"¡Ah! Las primeras cartas no me han interesado; eran de fechas recientes y de personas que viven y a las que veo, sin gusto, con alguna frecuencia. Pero, de pronto, la vista de un sobre me ha estremecido. Al reconocer los rasgos de la escritura se han cubierto mis ojos de lágrimas. Era la letra de mi mejor amigo, del compañero de mi juventud, del confidente de mis esperanzas. Y se me apareció tan claramente, con su bondadosa sonrisa, tendiéndome las manos, que sentí un escalofrío penetrante; hasta mis huesos vibraron. Sí, sí; los muertos vuelven. ¡Lo he visto! Nuestra memoria es un mundo más acabado aún que el universo; ¡puede hacer vivir hasta lo que no existe!
"Con la mano temblorosa y los ojos turbios, recorrí toda su carta, y en mi pobre corazón angustiado, he sentido un desgarramiento espantoso. Mis lamentaciones eran tan lastimosas, como si me hubiesen magullado las carnes.
"Así he ido remontándome a través de mi vida, como remontamos un río, luchando contra la corriente. Aparecieron personas olvidadas, cuyos nombres no puedo recordar; pero su rostro sí lo recuerdo. En las cartas de mi madre, resucitan criados antiguos, el aspecto de nuestra casa y mil detalles nimios que una inteligencia infantil recoge.
"Sí; he visto de pronto los vestidos que usó mi madre en distintas épocas y, según la moda y según el tocado, mostraba una fisonomía diferente. Sobre todo me obsesionaba con un traje de seda rameado, y recuerdo que un día, llevando aquel traje, me amonestó dulcemente: 'Roberto, hijo mío, si no procuras erguirte un poco, serás jorobado toda tu vida'.
"Luego, al abrir otro cajón, aparecieron las prendas marchitas de mis amores: un zapatito de baile, un pañuelo desgarrado, una liga de seda, trencitas de pelo, flores... Y las novelas de mi vida sentimental me sumergieron más en la triste melancolía de lo que no vuelve. ¡Ah! ¡Las frentes juveniles orladas con rubios cabellos, las manos acariciadoras, los ojos insinuantes, la sonrisa que promete un beso, el beso que asegura un paraíso!... Y ¡el primer beso!... Aquel beso delicioso, interminable, que ofusca la mirada, que abate la imaginación, que nos posee y nos glorifica, ofreciéndonos a la vez un goce ideal y la promesa de otros goces deseados.
"Cogiendo con ambas manos aquellas prendas tristes de lejanas ternuras, las cubrí de caricias furiosas y en mi corazón desolado por los recuerdos sentía resonar cada hora de abandono, sufriendo un suplicio más cruel que las monstruosas leyendas infernales. ¡Ah! ¿Por qué las abandoné o por qué me abandonaron?
"Quedaba por ver una carta fechada hacía medio siglo. Me la dictó el maestro de escritura: 'Mamita de mi alma: hoy cumplo siete años. A esa edad ya se discurre; ya sé lo que te debo. Te juro emplear bien la vida que me has dado.
'Tu hijo que te adora, Roberto'.
"Me había remontado hasta el origen. El recuerdo era desconsolador. ¿Y el porvenir? Quise profundizar en lo que me faltaba de vida, y se me apareció la vejez espantosa y solitaria, con su cortejo de achaques y dolencias... ¡Todo acabado para mí! ¡Nadie junto a mí!
"El revólver está sobre la mesa... Es tentador... "¡No lean nunca las cartas de otros tiempos! ¡No recuerden viejas memorias!..."
Así es como se matan muchos hombres en cuya plácida existencia no hallamos el verdadero motivo de su fatal resolución.

 

 

DE LOS MITOS DE CTHLHU : EL SELLO DE R’LYEH -- AUGUST DERLETH

DE LOS MITOS DE CTHLHU : EL SELLO DE R’LYEH -- AUGUST DERLETH

DE LOS MITOS DE CTHLHU : EL SELLO DE R’LYEH -- AUGUST DERLETH
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EL SELLO DE R’LYEH
AUGUST DERLETH

I
Mi abuelo paterno, a quien siempre vi en una habitación oscura, solía decir a mis padres, refiriéndose a mí:
«¡Cuidad que siempre esté lejos del mar!», como si yo tuviera alguna razón para temer al agua, cuando de
hecho siempre me ha atraído. Como se sabe, los que nacen bajo uno de los signos acuáticos —el mío es
Piscis— sienten una natural predilección por el agua. También se dice que poseen ciertos dones psíquicos,
pero ésta es otra cuestión. El cualquier caso, tal era el criterio de mi abuelo, hombre extraño, a quien no
podría describir aunque de ello dependiera la salvación de mi alma —lo cual, dicho a la luz del día, resulta
un modismo un tanto ambiguo—. Antes de morir mi padre en un accidente de automóvil, también
acostumbraba a repetirlo con frecuencia. Después, ya no fue necesario; mi madre me crió entre montañas,
bien lejos de la vista, del ruido y de los olores del mar.
Pero tarde o temprano, sucede lo que tiene que suceder. Me encontraba estudiando en una Universidad
del Medio Oeste, cuando murió mi madre. Una semana después, murió también mi tío Sylvan, dejándome
todo cuanto poseía. Yo no había llegado a conocerle. Era el excéntrico de la familia, el raro, la oveja negra.
Se le conocía por una gran diversidad de apodos y todo el mundo lo despreciaba, excepto mi abuelo, que
suspiraba con pena cada vez que hablaba de él. Yo era el único descendiente directo de mi abuelo. Tenía
un tío abuelo que vivía en Asia, según me habían dicho siempre, aunque al parecer, nadie sabía a qué se
dedicaba allí, salvo que sus actividades se relacionaban con el mar o la navegación... Era natural, pues, que
heredara yo las posesiones de tío Sylvan.
Tenía dos propiedades, y daba la casualidad que ambas lindaban con la mar. Una se hallaba en un
pueblo de Massachusetts llamado Innsmouth, y otra estaba también en la costa, pero bastante al norte de
dicho pueblo. Después de pagar los derechos reales, me quedó dinero suficiente para no tener que volver a
la Universidad, ni verme obligado a emprender trabajos que no me apetecían. Mi propósito era
precisamente llevar a cabo lo que me había sido prohibido durante veintidós años: ver el mar, y tal vez
comprar un balandro, un yate, o lo que quisiera.
Pero las cosas no iban a suceder como yo deseaba. Fui a Boston a ver al abogado y después marché a
Innsmouth. Me pareció un pueblo extraño. La gente no era cordial. Algunos me sonreían cuando se
enteraban de quién era yo, pero en sus sonrisas había algo extraño y enigmático, como si supieran algo
inconfesable de tío Sylvan. Afortunadamente, la finca de Innsmouth era la más pequeña de las dos. Saltaba
a la vista que mi tío no se había ocupado mucho de ella. Se trataba de una vieja mansión lóbrega y sombría
que, para sorpresa mía, resultó ser la casa solariega de mi familia, mandada construir por mi bisabuelo —el
que estuvo dedicado al comercio con China— y habitada por mi abuelo durante buena parte de su vida. El
nombre de Phillips despertaba aún una especie de temeroso respeto en aquel pueblo.
Mi tío Sylvan había pasado casi toda su vida en la otra finca. Tenía sólo cincuenta años cuando murió,
pero últimamente había llevado una existencia muy similar a la de mi abuelo. Raramente se le veía, retirado
en aquella casa que coronaba un promontorio rocoso situado en la costa, al norte de Innsmouth. No era lo
que un amante de la belleza llamaría un casa encantadora, pero de todos modos tenía su atractivo, y por mi
parte, lo capté inmediatamente. Desde el primer momento sentí como si aquella casa perteneciese al mar.
En ella resonaba siempre el Atlántico. Una muralla de árboles frondosos la aislaba de la tierra. En cambio,
sus inmensos ventanales se abrían al océano. No era un edificio viejo como el otro. Tendría unos treinta
años, según me dijeron, y había sido construido por mi tío, en el mismo solar donde se alzara otro más
antiguo, que también había pertenecido a mi bisabuelo.
Era una casa de muchas habitaciones. De todas, la única que merece la pena recordar es el gran estudio
central. Aunque el resto de la casa era de un sola planta y rodeaba a dicho salón central, éste tenía una
altura de dos pisos por lo menos; sus paredes estaban cubiertas de libros y objetos curiosos, de tallas y
esculturas de formas exóticas, de pinturas, de máscaras procedentes de distintas partes del mundo, en
especial de las civilizaciones polinesia, azteca, maya, inca, y de antiguas tribus indias de las regiones
nordoccidentales del continente norteamericano. Era, pues, una colección fascinante, comenzada por mi
abuelo y continuada por tío Sylvan. Una gran alfombra de artesanía, adornada con una extraña figura
octópoda, cubría el centro del salón. Todos los muebles estaban situados entre las paredes y dicho centro.
Nada había colocado sobre al alfombra.
Por lo demás, se observaba un extraño simbolismo en la decoración de la casa. Tejido en las alfombras
—también en la que ocupaba el centro del estudio—, en los cortinajes, en los entrepaños, se repetía un
motivo ornamental que parecía como un sello singularmente sorprendente: en el centro de un disco aparecía
una representación rudimentaria del símbolo astronómico de Acuario, el portador de agua —acaso
elaborada en edades remotas, cuando la forma de Acuario no era exactamente como es hoy— coronando
los vestigios de una ciudad enterrada, contra la cual, en el centro exacto del círculo, se alzaba una figura
indescriptible, a la vez reptil y pez, octópoda y semihumana, que, aunque en miniatura, pretendía
representar un ser gigantesco e imaginario. Finalmente, en letras tan tenues que apenas podían leerse, el
disco estaba circundado por unas palabras que no entendí, pero que tuvieron la virtud de remover algo en
lo más profundo de mi ser:
Pb’glui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgh’nagl fhtagn
No me pareció extraño, en absoluto, que este curioso dibujo ejerciera sobre mí la más grande atracción
desde el primer momento, aunque no entendiese su significado hasta más tarde. Igualmente inexplicable era
el imperioso hechizo del mar. Aunque jamás había puesto los pies en este sitio, experimenté una vivísima
sensación de haber regresado a casa. Nunca en mi vida había pasado de Ohio, hacia el este. Lo más cerca
que estuve de la costa fue con ocasión de unas esporádicas excursiones al lago Michigan y al lago Hurón.
Esta atracción innegable que sentía hacia el mar, la atribuí a una tendencia ancestral que me venía de familia.
¿No habían trabajado mis antepasados en el mar, y habían formado sus hogares junto a la costa? ¿Y
durante cuántas generaciones? Al menos, yo conocía dos, pero eran más. Generación tras generación,
todos habían sido navegantes, hasta que, por lo visto, sucedió algo que determinó a mi abuelo a irse a vivir
tierra adentro y apartarse del mar en lo sucesivo, obligando a los demás a hacer lo mismo.
Hablo de esto porque su significado se me hizo manifiesto a la luz de lo que sucedió después, y quiero
dejar constancia antes que llegue la hora de reunirme con los míos. La casa y el mar me atraían; ambas
constituían mi hogar. Incluso esta palabra cobraba más sentido en ellas que en la morada que tan felizmente
compartiera con mis padres unos años antes. Era muy extraño. No obstante —y esto era más extraño
aún—, no me lo parecía a mí. Al contrario, me resultaba lo más natural, y no me pregunté el por qué.
Al principio, no contaba con elementos de juicio para saber qué clase de hombre había sido mi tío
Sylvan. Encontré un retrato suyo bastante antiguo, hecho sin duda por algún aficionado a la fotografía.
Representaba a un joven tremendamente serio, de unos veinte años de edad, que, aun no careciendo de
cierto atractivo, podía resultar desagradable a mucha gente, ya que su rostro sugería algo vagamente
inhumano. Tal vez esta impresión provenía de su nariz un tanto aplastada, de su boca enorme, o de sus ojos
extrañamente saltones, de basilisco. No encontré fotografías suyas más recientes, pero conocí a algunas
personas que se acordaban de él, de cuando iba a Innsmouth, a pie o en coche, a hacer sus compras. Me
enteré de esto un día en la tienda de Asa Clarke, donde fui a comprar provisiones para la semana.
—¿Es usted de los Phillips? —me preguntó el anciano propietario.
Le contesté que sí.
—¿Hijo de Sylvan?
—Mi tío no llegó a casarse.
—Ya... Eso decía él —replicó—. Entonces será usted hijo de Jared. ¿Cómo está su padre?
—Ha muerto.
—También, ¿eh?.. Era el último de su generación, ¿verdad? Y usted...
—Yo soy el último de la mía.
—Los Phillips, en otros tiempos, fueron grandes y poderosos por esta parte. Una familia muy antigua...
Pero usted lo sabe mejor que yo.
Le dije que no. Venía del interior, y sabía muy poca cosa de mis antepasados.
—¿Es posible?
Me miró un instante casi con incredulidad.
Bueno, los Phillips son tan antiguos como los Marsh. Las dos familias formaban una sociedad hace
muchos años. Comerciaban con China. Los fletes salían de aquí y de Boston con destino a Oriente: Japón,
China, las islas..., y de allí traían... —aquí se detuvo; su rostro palideció ligeramente, y luego se encogió de
hombros—, muchas cosas, ¡muchas! —me miró perplejo—. Se va a quedar por aquí, ¿verdad?
Le contesté que había heredado la residencia de mi tío, y que había tomado posesión de ella. Ahora
andaba buscando personal de servicio.
—No encontrará —dijo moviendo la cabeza—. La finca está demasiado lejos, y a la gente no le gusta.
Si quedara alguno de los Phillips... —abrió los brazos con desaliento—. Pero casi todos murieron el año
veintiocho, cuando el fuego y las explosiones. Sin embargo, quizá pueda encontrar a alguno de los Marsh
que le eche una mano. No todos murieron aquella noche.
Esta referencia vaga y confusa no me inquietó entonces lo más mínimo. Lo único que me preocupaba
era encontrar a alguien que me ayudara en los avíos de la casa.
—Marsh —repetí—. ¿Podría darme el nombre y la dirección de uno de ellos?
—Conozco a una —dijo pensativamente, y sonrió a continuación como para su interior.
Así conocí a Ada Marsh.
Tenía veinticinco años, pero había días en que parecía mucho más joven, y otros, mucho más vieja. Fui
a la casa, la encontré, y le pedí que viniera a trabajar para mí. Resultó que tenía automóvil —un Ford
viejísimo de modelo T— y que podía ir y volver; además, la perspectiva de trabajar en lo que llamaba ella
el «refugio de Sylvan», pareció atraerla. En verdad, se mostró casi ansiosa por entrar a mi servicio, y me
prometió que iría a casa aquel mismo día, si me hacía falta. No era una muchacha atractiva, pero, igual que
en mi tío, encontré en ella un encanto que residía en aquello que precisamente habría disgustado a otros.
Para mí, aquella boca inmensa de labios aplastados tenía cierta gracia, y sus ojos, innegablemente fríos, me
parecían muy cálidos en ciertos momentos.
Vino a la mañana siguiente. Al verla caminar por la casa, comprendí que ya había estado antes en ella.
—No es la primera vez que viene usted por aquí, ¿verdad? —dije.
—Los Marsh y los Phillips son viejos amigos —dijo, y me miró como si yo tuviera la obligación de
saberlo. Y en aquel momento, me invadió la sensación que yo sabía que así era, en efecto.
—Muy, muy viejos amigos, señor Phillips. Tan viejos como la tierra misma, tan viejos como el portador
del agua, y como el agua.
También ella era extraña. Me enteré que había estado más de una vez en la casa como invitada del tío
Sylvan. Ahora había accedido a venir a trabajar para mí, sin vacilar, y con una singular sonrisa en los labios
—«tan viejos como el portador del agua, y como el agua»—, que me hizo pensar en el dibujo que tanto se
repetía a nuestro alrededor. Pensándolo bien, creo que ésta fue la primera vez que se me ocurrió esta
asociación, y experimenté una vaga sensación de inquietud.
—¿Ha oído, señor Phillips? —preguntó entonces.
—¿El qué?
—Si lo hubiera oído, no necesitaría que se lo dijera.
Pero su verdadero propósito no era trabajar para mí. Lo que ella quería era tener acceso a la casa. Lo
descubrí un día que salí a buscar unos documentos, y la encontré entregada, no a su trabajo, sino a un
registro minucioso y sistemático de la gran habitación central. La estuve observando un rato: tomaba los
libros y los hojeaba, separaba cuidadosamente los cuadros de las paredes, levantaba las esculturas de las
estanterías... En una palabra, registraba en todas partes donde pudiese haber algo escondido. Volví a salir,
di un portazo, y cuando entré de nuevo en el estudio, la vi dedicada a quitar el polvo, como si nunca
hubiera hecho otra cosa.
Mi primer impulso fue decírselo, pero pensé que sería mejor callar. Si buscaba algo, quizá lo encontrara
yo antes que ella. Así que no le dije nada, y, cuando se fue aquella noche, empecé a registrar por donde
ella lo había dejado. No sabía lo que buscaba, pero sí su tamaño, sobre poco más o menos, a juzgar por
los sitios donde la había visto mirar. Debía de ser algo delgado, pequeño, no más grande que un libro.
—¿Sería un libro precisamente? Aquella noche me repetí cientos de veces esa misma pregunta.
Como es natural, no encontré nada, a pesar que estuve buscando hasta medianoche. Lo dejé así,
rendido de cansancio, pero satisfecho: había registrado mucho más de lo que Ada registraría a la mañana
siguiente. Me senté a descansar en una de las mullidas butacas alineadas junto a la pared, en aquella misma
estancia, y entonces sufrí mi primera alucinación. La llamo así a falta de otra palabra mejor y más precisa.
Me había quedado algo adormilado, cuando oí un ruido semejante a la apagada respiración de una bestia
de grandes proporciones. Al instante se me quitó toda somnolencia, persuadido que la casa misma, el
peñasco entre el cual se asentaba, y el mar que bañaba las rocas al pie del acantilado, respiraban al unísono
como las diferentes partes de un enorme ser vivo. Tuve entonces la misma impresión que he tenido otras
veces al contemplar los cuadros de ciertos pintores contemporáneos —en especial los de Dale Nichols—
que representan la tierra y sus relieves como si fueran partes de un hombre o una mujer dormidos.
Entonces me dio la impresión, digo, que me hallaba en el pecho, o en el vientre, o en la frente de un ser tan
grande que me era imposible percibirlo en su inmensidad.
No recuerdo lo que duró esta impresión. Pensé en la pregunta de Ada Marsh: «¿Ha oído?» ¿Era a esto
a lo que se refería? No me quedaba duda que la casa, y el peñasco que se servía de base, estaban tan
vivos e inquietos como aquella mar que dejaba correr sus ondas hacia el horizonte de Oriente. Continué
sentado, bajo el influjo de dicha ilusión, durante largo rato. ¿Temblaba la casa como si efectivamente
respirara? Estaba convencido que sí. De momento lo atribuí a algunas grietas de su estructura, y pensé que
seguramente estos temblores y ruidos tendrían algo que ver con la aversión de aquellas gentes hacia este
lugar.
Al tercer día abordé a Ada Marsh en pleno registro.
—¿Qué busca usted, Ada? —pregunté.
Ella me miró con sumo candor. Debió comprender que ya la había visto registrar anteriormente.
—Su tío investigaba algo, y yo he creído que a lo mejor había descubierto lo que buscaba. A mí
también me interesa. Y quizá a usted. Usted es como nosotros, es uno de los nuestros..., como los Marsh y
los Phillips de antes.
—¿Y qué es lo que busca?
—Puede ser un cuaderno de notas, un diario, unos papeles... —encogió los hombros—. Su tío me dijo
muy poca cosa, pero yo lo sé. Se iba muy a menudo, y a veces estaba ausente durante largas temporadas.
¿Adónde? Tal vez había alcanzado su objetivo, porque jamás se iba por la carretera.
—Tal vez pueda descubrirlo yo.
Negó con la cabeza.
—Usted no tiene idea. Usted es como..., como un forastero.
—¿Pero me podría usted explicar algo?
—No. Nadie se atrevería a hablar de eso a una persona demasiado joven para comprender. No, señor
Phillips, no le diré nada. No está usted preparado.
Aquello me hirió. Me sentí ofendido. Sin embargo, no quise despedirla. Su actitud era como de desafío.
II
Dos días más tarde, di con lo que buscaba Ada.
Los papeles de mi tío Sylvan estaban ocultos en un lugar donde Ada había mirado al principio: detrás de
un estante de libros raros. Pero se hallaban guardados en un pequeño cajón secreto que abrí por pura
casualidad. Allí encontré un diario, muchos recortes y varias hojas de papel cubiertas con la letra menuda
de mi tío. Inmediatamente lo llevé todo a mi habitación y lo guardé, como si temiera que, a esas horas de la
noche, pudiera venir Ada Marsh a arrebatármelos. Cosa absurda, porque no sólo no le tenía miedo, sino
que me sentía atraído hacia ella, mucho más de lo que podía haberme imaginado la primera vez que la vi.
Incuestionablemente, el descubrimiento de los papeles supuso un giro radical en mi existencia. Digamos
que mis primeros veintidós años habían transcurrido, monótonos, como en un compás de espera, y que los
primeros días de mi estancia en la residencia de tío Sylvan habían constituido como una fase latente, previa
a mi acceso a un nuevo plano biológico. Mi mutación se desencadenó, sin duda, con el descubrimiento —y
la lectura, evidentemente— de los papeles.
Pero del primer párrafo donde se posaron mis ojos, no entendí ni una palabra:
«Plataforma cont. sub. Extremo Norte Inns. extendiéndose curv. hasta aprox. Singapur.
¿Origen: Ponapé? A. supone R. en Pacífico, cerca Ponapé; E. sostiene que R. está cerca de
Inns. Princ. autores lo suponen en las profundidades. ¿Podría ocupar R. totalmente la
Plataforma cont. de Inns. a Singapur?»
Este era el primer párrafo. El segundo, era aún más desconcertante:
«C..., que aguarda soñando en R., es todo en todo y en todas partes. Él está en R. (en Inns. y
Ponapé), entre las islas y en lo más hondo. Los Profundos: ¿dónde tuvieron Obad. y Cyrus el
primer contacto? ¿En Ponapé o en una de las islas menores? ¿Y cómo? ¿En tierra, o bajo las
aguas?»
Pero en el tesoro que acababa de encontrar, no había sólo notas de mi tío. Había también otros
documentos con revelaciones aún más turbadoras, como por ejemplo, una carta del Rev. Jabez Lovell
Phillips dirigida, hacía más de un siglo, a una persona que no nombraba. Decía así:
«Cierto día de agosto de 1797, el Cap. Obadiah Marsh, acompañado de su Primer Piloto
Cyrus Alcott Phillips, comunicó que su barco, el Cory, había naufragado con toda su
tripulación en las Marquesas. El Capitán y el Primer Piloto arribaron al puerto de Innsmouth
en un bote de remos sin muestra alguna de sufrimiento ni fatiga, no obstante haber recorrido
una distancia de varios miles de kilómetros en una embarcación prácticamente incapaz de
realizar esa proeza. A partir de entonces, comenzó en Innsmouth una serie de sucesos que
convirtieron al pueblo en un lugar maldito, en el curso de una generación. Surgió una raza
extraña entre los Marsh y los Phillips, y cayó una maldición sobre sus descendencias. No se
sabe de dónde salieron las mujeres que el Capitán y el Primer Piloto tomaron por esposas,
pero dieron a luz una camada de seres endemoniados y prolíficos que nadie pudo contener, y
contra la cual no me han valido mis plegarias al Señor.
»¿Qué son esas bestias que salen de las aguas a retozar, en las altas horas de la noche?
Algunos decían que eran sirenas, pero creer eso es necedad. ¿Qué habían de ser, sino las
hordas malditas, engendradas por Marsh y por Phillips ?»...
No continué leyendo. Este lenguaje me llenaba de inquietud.
Volví a tomar el diario de mi tío, y busqué la última anotación:
«R. está donde yo me figuraba. La próxima vez veré al propio C., aletargado en las
profundidades, en espera del día de su resurgimiento.»
Pero no hubo próxima vez para tío Sylvan, sino la muerte. Antes de esta última anotación había muchas
más. Evidentemente, mi tío se había ocupado de cuestiones que estaban fuera de mis alcances. Hablaba de
Cthulhu y R’lyeh, de Hastur y Lloigor, de Shub-Niggurath y Yog-Sothoth, de la Meseta de Leng, de los
Fragmentos de Sussex, del Necronomicón, de la Galería de Marsh, del Abominable Hombre de las
Nieves... Pero de lo que hablaba con más frecuencia, era de R’lyeh, del Gran Cthulhu —el «R.» y el «C.»
de sus papeles— y de la búsqueda que él había llevado a cabo, la cual, como bien se deducía de sus
escritos, tenía por objeto descubrir los refugios de esos seres o los seres que se refugiaban en esos
refugios, que yo apenas si lograba distinguir los unos de los otros, según la forma con que él anotaba sus
ideas. Desde luego, sus notas estaban redactadas para su uso personal, de forma que sólo él las entendería.
Yo no tenía ningún marco de referencia al que poder recurrir.
Entre los documentos encontré también un mapa trazado con tosquedad por alguna mano más antigua
que la de mi tío Sylvan, a juzgar por lo viejo y arrugado del papel. Este mapa me fascinaba, a pesar de no
tener idea exacta de su importancia ni utilidad. Era una representación desmañada del mundo, pero no del
mundo que conocía yo, no del mundo de los atlas geográficos, sino más bien de un mundo que sólo había
existido en la imaginación de quien lo había trazado. En el corazón de Asia, por ejemplo, el artista había
situado la «Mes. Leng»», y al norte de ésta, en el lugar que correspondía a Mongolia estaba «Kadath, en el
Desierto de Hielo», zona que era definida como un «continuo tempo-espacial coextensivo». En el mar de
Polinesia estaba indicada la «Galería Marsh», que sería (supuse yo) una grieta en el fondo del océano.
También estaba señalado el Arrecife del Diablo, a cierta distancia de Innsmouth, así como Ponapé. Estos
últimos puntos eran perfectamente reconocibles, pero los demás nombres geográficos de aquel mapa
fabuloso eran absolutamente desconocidos para mí.
Escondí mi botín en un lugar donde a Ada Marsh no se le ocurriría buscarlo, y regresé, pese a lo tarde
que era ya, a la habitación central. Allí, como movido por un instinto, busqué sin vacilar en el estante tras el
cual había descubierto los papeles. En él estaban algunos de los libros que mencionaba tío Sylvan en sus
notas: los Fragmentos de Sussex, los Manuscritos Pnakóticos, los Cultes des Goules del conde
d’Erlette, el Libro de Eibon, los Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, y muchos otros. Pero,
¡lástima!, la mayoría estaban en latín o en griego, lenguas que apenas dominaba yo, aun cuando, mal que
peor, pudiera defenderme en francés o alemán. No obstante, descifré lo bastante de ésos como para sentir
miedo de verdad, para sentir terror y, a la vez, una excitación no exenta de cierta euforia, como si mi tío
Sylvan me hubiese legado, no sólo la casa y sus propiedades, sino también sus investigaciones, y una
ciencia que ya era vieja millones de años antes de aparecer el hombre.
Aquella noche estuve leyendo hasta que el sol del nuevo día entró en la estancia haciendo palidecer las
luces de las lámparas. Y así fue cómo supe de los Primigenios, que fueron los primeros en dominar los
universos y de los Dioses Arquetípicos, que derrotaron a los rebeldes Primordiales. Entre estos
Primordiales se contaban: el Gran Cthulhu, morador de las aguas; Hastur, que dormía en el Lago de Hali,
en las Híadas; Yog-Sothoth, que es Todo-en-lo-Uno y Uno-en-el-Todo; Ithaqua, El Que Camina Sobre El
Viento; Lloigor, El Que Pisa Las Estrellas; Cthugha, que habita en el fuego; el Gran Azathoth..., y todos
habían sido vencidos y expulsados a los espacios exteriores, donde esperarían el día remoto en que, con
ayuda de sus seguidores, podrían alzarse para vencer a las razas humanas y someter a Los Dioses
Arquetípicos. Y me enteré también del nombre de sus esbirros: Los Profundos, que poblaban los mares y
las regiones acuáticas de la Tierra; los Dhols; el Abominable Hombre de las Nieves, habitante del Tíbet y la
oculta Meseta de Leng; los Shantaks, que huyeron de Kadath, en el Desierto de Hielo, por mandato de El
Que Camina Sobre El Viento, llamado Wendigo, pariente de Ithaqua. Y me enteré, también, de su
rivalidad, una y múltiple a la vez. Todo eso leí, y más, bastante más, entre otras cosas, una colección de
recortes de periódicos sobre sucesos misteriosos que tío Sylvan aducía como pruebas de la verdad de sus
creencias. Por otra parte, en las páginas de los libros me tropecé, también, con la curiosa sentencia que
adornaba las decoraciones de la casa de mi tío: Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.
En más de uno de aquellos relatos, estaba traducida así: «En su morada de R’lyeh, Cthulhu muerto, sueña.»
Y las exploraciones de mi tío no tenían otro objeto, sin duda, que el de encontrar ¡el refugio subacuático
de Cthulhu!
A la fría luz de la madrugada me esforcé por criticar mis propias conclusiones. ¿Acaso creía mi tío
Sylvan en semejante maraña de fábulas? ¿O tal vez sus pesquisas no eran más que un modo de combatir su
aburrimiento de hombre solitario? La biblioteca de mi tío era inmensa, abarcaba toda la literatura universal.
Sin embargo, una sección de estanterías estaba dedicada exclusivamente a libros de temas esotéricos, a
libros sobre creencias extrañas y hechos más extraños aún, inexplicables a la luz de la ciencia, a libros
sobre religiones herméticas, casi desconocidas. Tenía, además, una abundante cantidad de álbumes con
artículos recortados de periódicos y revistas, cuya lectura me produjo, a la vez, una sensación de miedo y
una chispa de irresistible regocijo. En efecto, estos hechos, relatados de manera prosaica, constituían una
prueba singularmente convincente a favor de los mitos en que creía mi tío.
De todos modos, aquella mitología no constituía ninguna novedad. Todas las creencias religiosas, todos
los mitos, cualquiera que sea la cultura a que pertenecen, poseen una cierta analogía en sus fundamentos.
Siempre giran en torno a la lucha entre las fuerzas del Bien y las fuerzas del Mal. Este tema también
formaba parte de las teorías de mi tío. Los Primigenios y los Dioses Arquetípicos —que, según lo que pude
colegir, venían a ser lo mismo— representaban el Bien original. Los Primordiales representaban el Mal.
Como sucede en muchas religiones, apenas se nombraba a los dioses benefactores, en este caso, a los
Dioses Arquetípicos. En cambio, se citaba continuamente a los Primordiales, que aún eran adorados y
servidos por multitud de seguidores esparcidos por toda la Tierra y los espacios interplanetarios. Los
Primordiales no sólo combatían a los Dioses Arquetípicos, sino que luchaban también entre sí, en un
empeño supremo por la dominación final. Eran, en suma, representaciones de las fuerzas elementales, y
cada uno correspondía a un elemento: Cthulhu, al agua; Cthugha, al fuego; Ithaqua, al aire; Hastur, a los
espacios siderales. Otros, representaban las grandes fuerzas primitivas: Shub-Niggurath, Mensajera de los
Dioses, la fertilidad; Yog-Sothoth, el continuo tempo-espacial; Azathoth, en cierto modo, el principio del
mal.
¿No resultaba, en definitiva, una mitología muy semejante a las demás? Los Dioses Arquetípicos
pudieron convertirse, andando el tiempo, en la Trinidad de las religiones judeocristianas; los Primordiales,
para la mayoría de los creyentes, se transformaron después en Satán y Belcebú, Mefistófeles y Azrael. Lo
único que me inquietaba, era que existiesen a un tiempo los originales y sus copias. Pero tampoco esto tenía
demasiada importancia, porque ya se sabe que en la historia de la humanidad se superponen continuamente
distintos eslabones evolutivos de una misma creencia.
Más aún: había ciertos datos que permitían suponer que los mitos de Cthulhu eran muy anteriores no
sólo al cristianismo, sino incluso a las creencias de la antigua China y de los albores de la Humanidad,
habiendo logrado sobrevivir en determinadas regiones de la Tierra: entre los Tcho-Tcho del Tíbet y los yeti
de las altas mesetas de Asia, así como entre ciertos seres extraños que habitaban en el mar, conocidos
como los Profundos, híbridos anfibios, nacidos de antiguos apareamientos entre humanoides y batracios, o
producto quizá de ciertas mutaciones manifestadas en el curso de la evolución humana. Tales mitos habían
sobrevivido igualmente, de manera reconocible, en determinados símbolos religiosos muy posteriores: en
Quetzalcoatl y otros dioses aztecas, mayas e incas; en los ídolos de la Isla de Pascua, en las máscaras
ceremoniales de los polinesios y los indios norteamericanos de la costa nordoccidental, donde aún
persistían, como motivos ornamentales, formas tentaculares y octópodas, análogas a la que simbolizaba a
Cthulhu. En resumen, podía decirse con seguridad que los mitos de Cthulhu eran antiquísimos.
Aun adscribiéndolos al reino de la pura teoría, me sentí abrumado por la tremenda cantidad de artículos
que había recogido mi tío. Las prosaicas reseñas periodísticas contribuyeron no poco a hacerme dudar de
mi escepticismo, por su tono aséptico y puramente informativo. Tales artículos, además, no procedían de la
prensa sensacionalista, sino de revistas serias como el National Geographic. Total, que me quedé hecho
un mar de confusiones.
¿Qué pudo haberle pasado a Johansen, con su barco Emma, sino lo que él mismo declaró? ¿Acaso
existía otra explicación?
¿Y por qué el gobierno norteamericano envió destructores y submarinos para machacar con cargas de
profundidad los alrededores del Arrecife del Diablo, frente al puerto de Innsmouth? ¿Y por qué la policía
detuvo a tantos vecinos de Innsmouth, a quienes no se volvió a ver nunca más? ¿Y el incendio que se
declaró por toda la comarca costera, acabando con muchos otros? ¿Cómo explicar todo esto, si no era
cierto que se habían descubierto extraños ritos entre gentes de Innsmouth que mantenían relaciones
diabólicas con ciertos seres que habitaban en el mar, a los cuales se les veía en el Arrecife del Diablo,
durante la noche?
¿Y que le sucedió a Wilmarth en la montañosa comarca de Vermont cuando, en el curso de sus
investigaciones acerca de los cultos a los Arcaicos, se acercó demasiado a la verdad? ¿Y qué fue de todos
los escritores que habían tomado el asunto como pura ficción —Lovecraft, Howard, Barlow—, o lo habían
enfocado de forma científica —como Fort—, cuando se hallaban a punto de desvelar el misterio?
Murieron. Murieron, o desaparecieron como Wilmarth. Y casi todos de muerte prematura, cuando todavía
eran jóvenes. Mi tío tenía sus obras, aunque de todos ellos, sólo Lovecraft y Fort las habían publicado en
forma de libro. Los leí, y lo que decían me inquietó aún más, porque me pareció que las fantasías de H. P.
Lovecraft se hallaban tan cerca de la verdad como los hechos —tan inexplicables para la ciencia—
recogidos por Charles Fort. Aunque los relatos de Lovecraft fueran fantasías, se ceñían a los hechos —aun
rechazando los recopilados por Fort— que subyacen bajo las creencias del género humano. En sí mismos,
estos relatos eran cuasi míticos, como el destino final de su autor, cuya muerte prematura llegó a suscitar
infinidad de leyendas que dificultaban aún más la tarea de esclarecer la verdad desnuda. Pero había llegado
el momento, para mí, de ahondar en los secretos contenidos en los libros de mi tío, y de bucear en sus
anotaciones y colecciones de artículos. Una cosa estaba clara: mi tío había creído en ello hasta el punto de
emprender la búsqueda del reino sumergido —o de la ciudad sumergida— de R’lyeh. Yo no sabía si era
reino ni ciudad, o si rodeaba la tierra desde la costa atlántica de Massachusetts hasta las Islas del Pacífico;
pero sí sabía que era allí, donde había sido desterrado Cthulhu, muerto, y sin embargo, no muerto:
«¡Cthulhu muerto, sueña!», decía más de un relato..., en espera que llegue el momento de rebelarse
nuevamente contra el poderío de los Dioses Arquetípicos e imponer su dominio en el universo entero. Pues,
¿acaso no es cierto que, si triunfa el mal, se convierte en ley de vida, y entonces es justo combatir el bien?
¿Acaso no es la mayoría la que impone la norma, y que en ella no cabe lo anormal o, como dice la
Humanidad, el mal, lo abominable?
Mi tío había buscado R’lyeh, y había descrito sus investigaciones de manera sobrecogedora. Había
descendido a las profundidades del Atlántico, desde esta casa suya que se asoma a la costa, hasta el
Arrecife del Diablo y aún más allá. Pero no decía qué medios había empleado. ¿Había utilizado un equipo
de buzo? ¿Acaso una batisfera? Por la casa no descubrí el menor rastro de aparatos de sumersión. Sus
largas ausencias, por otra parte, se debían a estas exploraciones. Y con todo, no citaba en absoluto sus
aparatos, ni éstos habían aparecido entre sus bienes.
Si R’lyeh era el objeto de los afanes de mi tío, ¿qué pretendía Ada Marsh? Tenía que averiguarlo. Para
ello, dejé al día siguiente algunas notas de mi tío sobre la mesa de la biblioteca. Me las arreglé para poder
vigilarla en el momento en que las descubriera. Su reacción no dejó lugar a dudas: lo que ella buscaba era
lo que yo había encontrado. Ada Marsh conocía la existencia de esos papeles. Pero, ¿cómo?
Entré. Antes que pudiera abrir la boca, me abordó.
—¡Los ha descubierto! —exclamó.
—¿Cómo sabía usted que existían?
—Porque conocía sus trabajos.
—¿Su búsqueda?
Afirmó con la cabeza.
—No es posible que crea usted en esas cosas —protesté yo.
—¡Cuidado que es usted estúpido! —exclamó coléricamente—. ¿No le dijeron nada sus padres? ¿Ni
su abuelo? ¿Cómo ha podido vivir en la ignorancia?
Se acercó a mí y me arrojó los papeles.
—¡Déjeme ver los demás!
Hice un signo negativo.
—¡Por favor! A usted no le son de utilidad —insistió.
—Eso ya lo veremos.
—Dígame entonces si él había..., si había iniciado sus exploraciones.
—Sí. Pero no sé cómo. No hay ni rastro de escafandra ni de bote.
Al oír estas palabras me lanzó un mirada desafiadora, y a la vez, de desprecio y de lástima.
—¡Ni siquiera ha leído usted todos sus papeles! ¡No ha leído los libros tampoco!... ¡Nada! ¿Sabe lo
que tiene a sus pies?
—¿La alfombra? —pregunté perplejo.
—No, no..., el dibujo. Está en todas partes. ¿No sabe usted por qué? ¡Porque es el gran sello de
R’lyeh! Lo descubrió hace años, y tuvo el orgullo de ponerlo en su propia casa, como blasón! ¡Está usted
encima de lo que busca! Busque usted un poco más, y encontrará su anillo.
III
Después de marcharse Ada Marsh, volví a los escritos de mi tío. No los dejé hasta mucho después de
medianoche, cuando los hube leído casi todos, algunos de ellos con especial atención. Me resultaba difícil
creer aquello, a pesar que mi tío no sólo lo había escrito íntimamente convencido de su veracidad, sino que
además parecía haber tomado parte en algunos de los hechos que describía. Desde temprana edad se
había dedicado a la busca del reino sumergido, y había profesado una abierta devoción a Cthulhu; lo más
escalofriante era que en sus anotaciones figuraban veladas alusiones a ciertos encuentros, que unas veces
tuvieron lugar en las profundidades del océano, y otras, en las calles de Arkham, ciudad envuelta en
misteriosas leyendas, cuyos tejados y buhardillas se alzan tierra adentro, a orillas del río Miskatonic, ya
cerca de Innsmouth y Dunwich. Al parecer, los ciudadanos de Arkham, que según algunos no eran
enteramente humanos, creían lo mismo que mi tío y, como él, se habían vinculado a ese mito que resucitaba
de un pasado remoto.
Y no obstante, pese a mi escepticismo, yo sentía también una sombra de credulidad irreprimible. Mi
razón vacilaba entre las extrañas insinuaciones de sus notas, ante aquellos apuntes llenos de abreviaturas y
elipsis, que sólo él podía entender con claridad, y que no detallaba por tratarse de temas para él de sobra
conocidos. Así, aludía a las bodas profanas de Obadiah Marsh y «otros tres» (¿quizá algún Phillips entre
ellos?), al descubrimiento de unas fotografías de algunas mujeres de la familia Marsh: la viuda de Obadiah
—de rostro singularmente aplastado, piel excesivamente morena, boca enorme y labios finos—, y sus hijas,
que casi todas habían salido a la madre... También me llenaban de inquietud las extrañas alusiones a la
forma en que caminaban, como a saltos, «los descendientes de aquellos que se salvaron del naufragio del
Cory», como decía textualmente tío Sylvan. No había posibilidad de equivocarse respecto al significado de
sus notas: Obadiah Marsh se había casado en Ponapé con una mujer que no era polinesia, aunque vivía allí,
y que pertenecía a una raza marina semihumana; sus hijos, y los hijos de sus hijos, nacieron con el estigma
de ese matrimonio, lo que más tarde tuvo como consecuencia la hecatombe de 1928, en la que perdieron
la vida tantísimos miembros de las viejas familias de Innsmouth. Aunque mi tío refería de pasada estos
detalles, detrás de sus palabras palpitaba el horror y aún resonaba el eco del desastre.
En efecto, las personas que mencionaba en sus escritos estaban siempre aliadas a los Profundos, y eran,
como éstos, criaturas anfibias. No decía si esa mancha hereditaria se había extendido mucho o poco, ni
especificaba qué tipo de relación había entre él y esas criaturas. Ni el capitán Obadiah Marsh, ni Cyrus
Phillips, ni tampoco los otros dos tripulantes que se habían quedado en Ponapé, poseían los rasgos típicos
de sus mujeres y sus hijos. Pero era imposible averiguar si el estigma se mantenía después de la primera
generación. ¿Se refirió a eso Ada Marsh, cuando me dijo: «¡Usted es de los nuestros!»? ¿O aludía a un
secreto más sombrío todavía? Probablemente, la aversión que sentía mi abuelo al mar era debida a que
conocía las hazañas de su padre. Al menos él, había conseguido eludir su tenebroso destino hereditario.
Pero los escritos de mi tío eran, por una parte, demasiado vagos para poder sacar una idea coherente
de todo el asunto, y por otra, demasiado ingenuos para convencer plenamente. Lo que más me inquietó
desde el primer momento, fueron sus repetidas alusiones a que su casa era un «abrigo»», un «punto» de
contacto, un «acceso a lo que está debajo». En sus primeras anotaciones encontró también frecuentes
consideraciones sobre la «respiración» de la casa y de la punta rocosa sobre la cual se elevaba, pero más
adelante no volvió a hacer ninguna otra referencia a estas cuestiones. Sus notas eran oscuras y difíciles,
tremendas y maravillosas. Me llenaban de terror y, a la vez, de una colérica incredulidad mezclada,
contradictoriamente, a un vivo deseo de creer y de saber.
Indagué por todas partes, pero sin resultado. La gente de Innsmouth era recelosa. Algunas personas me
esquivaban declaradamente. Otras, cambiaban de acera al verme venir; en el barrio italiano, se santiguaban
de manera descarada, como si vieran al diablo. Nadie quiso darme información alguna. Tampoco pude
hacer uso de libros y crónicas locales en la biblioteca pública porque, según me dijo el bibliotecario, habían
sido confiscados en su mayoría por el Gobierno a raíz del incendio y las explosiones de 1928. Busqué en
otras partes. En Arkham y Dunwich conocí secretos aún más sombríos; en la gran biblioteca de la
Universidad del Miskatonic descubrí, por fin, la fuente y origen de todos los libros de saber oculto: el casi
mítico Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred, libro que sólo me fue permitido manejar bajo la
estrecha vigilancia de un auxiliar bibliotecario.
Unas dos semanas después de haber descubierto los papeles de mi tío encontré la sortija. La encontré
donde menos habría imaginado, y, sin embargo, era un sitio bien lógico: en un paquete de objetos
personales remitido por la empresa de pompas fúnebres, que estaba guardado en un cajón del escritorio. El
anillo era de plata maciza, y tenía montada una piedra de color lechoso que parecía una perla —aunque no
lo era—, y en su superficie llevaba grabado el sello de R’lyeh.
La examiné atentamente. A primera vista no tenía nada de extraordinario, salvo su tamaño. Sin
embargo, el hecho de llevarla puesta traía consigo efectos inimaginables: apenas me la hube colocado en un
dedo, cuando sentí como si ante mí se abrieran dimensiones nuevas, o como si los horizontes habituales
retrocediesen ilimitadamente. Todos mis sentidos se aguzaron. Lo primero que noté a este respecto, fue el
susurro de la casa y el peñasco, acompasado ahora al blando movimiento del mar. Era como si la casa y la
roca se elevaran y descendieran con las olas. Incluso me parecía oír el rítmico vaivén del agua bajo el
mismo edificio.
Al mismo tiempo, y tal vez esto tenía mayor importancia, cobré conciencia de un luminoso despertar
psíquico. Gracias a la sortija, percibí la opresiva existencia de unas fuerzas invisibles incalculablemente
poderosas, que tenían la casa de mi tío como punto focal. En una palabra, notaba como si yo atrajese las
inmensas fuerzas elementales que me rodeaban, como si se precipitasen sobre mí hasta convertirse en una
isla azotada por una mar embravecida, batida por un torbellino de huracanes. Me sentí desgarrado,
próximo a la desintegración, hasta que, por último, y casi con alivio, oí el sonido de un voz horrible, animal,
que se elevaba en un ulular espantoso. No provenía de la mar ni del cielo, sino de las profundidades de la
tierra: ¡de debajo de la casa!
Me arranqué la sortija del dedo y, en el acto, todo se calmó. La casa y el peñasco volvieron a su
quietud y soledad. Los vientos y las aguas que habían estremecido el mundo se apaciguaron, y se extinguió
todo rumor. La voz se acalló, restableciéndose el silencio. Mi vivencia extrasensorial había terminado, y
nuevamente pareció como si las cosas recobraran su primitiva actitud de espera. La sortija de mi tío era,
pues, un talismán, clave de su sabiduría y acceso a otras regiones del ser.
Gracias a la sortija descubrí el camino que había seguido mi tío para llegar al mar. Yo llevaba mucho
tiempo buscando un sendero que bajase hasta la playa, pero no descubrí ninguno que mostrara señales de
uso constante. Sin embargo, había algunos caminos que descendían por el declive acantilado; en
determinados puntos, habían excavado unos peldaños, de forma que se pudiera llegar hasta el borde del
agua desde la casa misma, situada en lo alto del promontorio. Pero no había sitio para varar una
embarcación, y el agua allí era profunda. En aquel paraje me bañé varias veces, con una sensación de goce
casi irracional, tan grande era el placer que me daba el nadar. Pero había muchas rocas, y la playa quedaba
demasiado lejos del promontorio para cubrir la distancia a nado, a menos que se tratara de un buen
nadador como —para asombro mío— comprobé que era yo.
Tenía intención de preguntar a Ada Marsh acerca de la sortija. Fue por ella por quien supe de su
existencia; pero desde el día en que me negué a cederle los papeles de mi tío, no había vuelto a aparecer
por la casa. Lo cierto es que a veces la había sorprendido merodeando por los alrededores, o había
descubierto su coche estacionado junto a una carretera que pasaba relativamente cerca de mi finca, tierra
adentro. Un día fui a Innsmouth a buscarla, pero no estaba en su casa. Al preguntar por ella, la mayoría de
la gente me manifestó abierta hostilidad y recelo; en cambio, hubo quienes me dirigían curiosas miradas,
tímidas, aunque llenas de un significado que yo no supe interpretar. Cuando me miraban así,
sistemáticamente se trataba de unos tipos mal vestidos y andar bamboleante que vivían en el barrio
marinero.
De modo que no fue Ada Marsh quien me ayudó a encontrar el camino que llevaba a mi tío hasta el
mar. Un día me puse la sortija y, atraído por el agua, decidí bajar hasta la orilla, cuando me di cuenta al
cruzar la gran habitación central que me era virtualmente imposible salir de ella; era como si todo el salón
tirase del anillo. Dejé de debatirme al notar que empezaba a manifestarse una gran fuerza psíquica, y me
quedé inmóvil, en espera que ésta me guiara. Así, pues, cuando me sentí impulsado hacia cierta figura
labrada en madera, singularmente repulsiva, que representaba un híbrido espantoso de batracio y se hallaba
fija en un pedestal adosado a una de las paredes del salón, cedí al influjo, me acerqué, la agarré, empujé y
tiré de ella, y finalmente traté de hacerla girar a derecha e izquierda. Al moverla hacia la izquierda, cedió.
Inmediatamente se oyó un crujido de cadenas, un rechinar de mecanismos, y toda la sección del suelo
que estaba cubierta por la alfombra con el sello de R’lyeh, se levantó como una trampa enorme. Me
acerqué asombrado. El pulso me latía aceleradamente por la excitación. Me asomé al pozo y vi una gran
profundidad, oscura y bostezante, por la que descendían en espiral unos peldaños labrados en la sólida
roca sobre la cual se asentaba la casa. ¿Conducían hasta el agua? Tomé al azar un tomo de las obras de
Dumas, y lo dejé caer. Escuché atento unos momentos, hasta que se oyó un chapuzón distante.
Entonces, con mucha prudencia, bajé por la interminable escalera, sintiendo cada vez más fuerte el olor
a mar. ¡No era extraño que se sintiera el mar dentro de casa! Continué mi descenso. El ambiente se hizo
frío y húmedo, hasta que finalmente noté que las paredes y los escalones estaban mojados, y oí el incesante
movimiento del agua, el chapoteo del mar que entraba en la roca por alguna grieta. Por último, llegué al final
de la escalera y vi que me encontraba en el borde mismo del agua, en una caverna tan grande que en ella
cabría la misma casa. Efectivamente, éste, y no otro, era el camino que mi tío había empleado hasta el mar.
Pero entonces me quedé más desconcertado que nunca: aquí tampoco había rastro alguno de bote ni
equipo de buceo, sino huellas de pies únicamente... A la luz de las cerillas, aún descubrí algo más: unas
señales largas, unos rastros espumajosos, como si algún ser monstruoso hubiese descansado sobre el piso
de la caverna. Me hicieron pensar con la carne de gallina, en las estatuillas y bajorrelieves de Polinesia, del
gran salón central, coleccionados por tío Sylvan y otras personas de mi familia.
No sé el tiempo que permanecí en ese lugar. Allí, al borde del agua, con el sello de R’lyeh en mi dedo,
percibí en la profundidad de las aguas un rebullir de vida que provenía no de la misma caverna, sino del
exterior, o sea de la mar abierta, lo que me hizo pensar en la existencia de alguna comunicación. Esta
comunicación estaría bajo la superficie ya que, como pude comprobar a la luz de las cerillas, las paredes de
la caverna eran de sólida roca sin grietas ni hendiduras. Por consiguiente, tenía que haber una comunicación
con el mar y yo debía encontrarla sin demora.
Subí de nuevo las escaleras, cerré la abertura, tomé el coche y salí rápidamente para Boston. Volví ya
de noche con una escafandra y una botella de oxígeno, dispuesto a sumergirme al día siguiente. No me
quité ya la sortija, y aquella noche soñé con remotas edades de sabiduría, con ciudades que se alzaban en
fabulosos rincones de la Tierra: la desconocida Antártida, las regiones montañosas del Tíbet, las
insondables profundidades del mar... Soñé que me movía entre moradas de fantástica belleza, junto con
otros individuos de mi especie. Teníamos por aliados a unos seres de pesadilla, criaturas cuyo aspecto me
habría helado la sangre a la luz del día. En ese mundo nocturno estábamos todos reunidos por una sola
razón: servir a los Grandes, de quienes formábamos el séquito. Pasé la noche entera soñando otros
mundos, otras manifestaciones de vida, y experimentando sensaciones nuevas e increíbles, ante unos seres
provistos de tentáculos que exigían de nosotros obediencia y sumisión religiosa. A la mañana siguiente me
desperté agotado y, no obstante, lleno de alborozo, como si hubiera vivido aquellos sueños en la realidad, y
me sintiera aún en posesión de un vigor inimaginable, dispuesto a soportar con alegría las duras pruebas
que había de pasar.
Pero me encontraba en el umbral de un descubrimiento aún mayor.
Al atardecer del día siguiente me puse la escafandra y las aletas, me coloqué las botellas de oxígeno, y
descendí a la caverna. Aun ahora me resulta difícil hablar de lo que me sucedió a continuación sin llenarme
de asombro. Me sumergí con mucha precaución en aquellas aguas, busqué el fondo hasta encontrarlo, me
orienté hacia el exterior y me adentré por una grieta cuya altura era más del doble que la de una persona.
De pronto, llegué a su desembocadura y de allí, sin más, me lancé al vacío y comencé a descender hacia el
fondo del océano a través de un mundo gris verdoso de rocas y arena, de vegetación acuática que ondeaba
y se retorcía bajo la luz difusa de las profundidades.
Empecé a sentir la presión del agua, y me pregunté si no sería excesivo el peso de las botellas y la
escafandra a la hora de subir. Tal vez me viese obligado a buscar una rampa costera que me ayudara a
llegar hasta la orilla, y entonces apenas tendría tiempo para realizar mi inspección. A pesar de todo,
continué adelante, alejándome de la costa de Innsmouth en dirección al sur.
De repente me di cuenta de algo horrible y es que, aun en contra de mi voluntad, avanzaba como
atraído por un influjo. Las botellas no tardarían en agotarse y si me alejaba demasiado de la costa, no
podría llenarlas antes de regresar. Sin embargo, me era imposible cambiar el rumbo que llevaba mar
adentro. Era como si una fuerza me obligara a seguir avanzando, a alejarme invariablemente de la costa, a
bajar la suave pendiente que arrancaba del pie de la punta rocosa de la casa en dirección sudeste. Continué
en esta dirección sin detenerme, a pesar de sentirme cada vez más sobrecogido por el pánico... Era preciso
dar media vuelta, tenía que emprender el camino de regreso. Para nadar hasta la boca de la gruta sería
necesario un esfuerzo casi sobrehumano. Y ahora que el aire estaba a punto de terminarse, sería casi
imposible llegar al pie de la escalera secreta, si no volvía inmediatamente.
Había algo, empero, que no me permitía volver. Seguí avanzando como dominado por una voluntad
superior que anulaba la mía propia. No tenía alternativa, había de seguir; cada vez me iba sintiendo más
alarmado, y más violentamente me debatía entre lo que deseaba y lo que me sentía obligado a hacer. El
oxígeno disminuía por segundos. Varias veces me elevé nadando vigorosamente. Pero a pesar que no
sentía la fatiga de nadar —en efecto, lo hacia casi con milagrosa facilidad—, siempre regresaba al fondo
del océano y tomaba nuevamente el mismo rumbo.
En una ocasión me detuve a mirar alrededor. Traté en vano de escudriñar aquellas profundidades. Me
dio la impresión que me seguía un enorme pez verdoso y pálido que me hizo pensar en una sirena porque
me pareció verle como una cabellera flotante. Pero poco después se perdió entre las rocas y las tupidas
algas de aquel paraje. No me entretuve demasiado. En seguida me sentí forzado a continuar, hasta que por
último me di cuenta que el oxígeno tocaba a su fin. Mi respiración se hizo más trabajosa, luché
desesperadamente por nadar hacia la superficie, pero lo único que conseguí fue perder el equilibrio y caer
por un tremenda grieta que se abría en el fondo del océano.
Unos segundos antes de perder el conocimiento, vi de nuevo la sombra del gran pez que me seguía. Se
lanzó velozmente sobre mí y noté que unas manos manipulaban mi escafandra y mis botellas... No era un
pez ni una sirena: ¡Era el cuerpo desnudo de Ada Marsh, con sus largos cabellos ondeantes, que nadaba
con la soltura y facilidad de un habitante del océano!
IV
Lo que siguió a esta visión casi de ensueño fue lo más increíble de todo. Casi inconsciente, sentí que
Ada Marsh me arrancaba la escafandra y las botellas, y las arrojaba a la grieta. Luego, poco a poco, fui
recuperando el conocimiento. Ada Marsh me arrastraba con sus dedos fuertes y robustos, nadando, no
hacia la superficie, sino hacia adelante. Y descubrí que yo podía nadar con la misma facilidad que ella, y
como ella, abría y cerraba la boca como si respirara a través del agua..., ¡y así era, en efecto! Sin
sospecharlo, poseía un don ancestral que ponía ahora a mi alcance todas las inmensas maravillas del mar...,
¡podía respirar sin necesidad de salir a la superficie! ¡Era anfibio!
Ada avanzaba delante de mí, y yo la seguía. Yo era veloz, pero ella lo era más. Ya no caminaba
pesadamente por el fondo del océano, sino que cruzaba el agua impulsado por unos brazos y unas piernas
que estaban hechos para nadar. Sentí el gozo triunfal e incontenible de moverme libremente en el agua,
hacia una meta que vislumbraba vagamente. Ada me señalaba el camino, yo la seguía de cerca, mientras
allá arriba, en el mundo de los hombres, el sol se hundía en el ocaso, moría el día, se apagaba el resplandor
del horizonte, y la luna, como una hoz, encendía la última luminaria de la tarde.
A esa hora subimos a la superficie, a lo largo de una pared rocosa que acaso pertenecía a la costa o a
una isla. Cuando salimos a flote, vi que estábamos lejos de tierra, junto a un arrecife que emergía del mar y
desde el cual se podían ver las luces intermitentes de un puerto lejano. Miré en torno, buscando con los
ojos a Ada Marsh. La vi a la luz de la luna y me senté en la roca, a su lado. Entre nosotros y la costa, se
balanceaban las sombras de unos botes. Entonces supe dónde estábamos: en el Arrecife del Diablo, frente
a Innsmouth, donde una vez, antes de la desastrosa noche de 1928, nuestros antecesores habían
confraternizado con sus hermanos de las profundidades.
—¿Cómo pudiste ignorarlo? —preguntó Ada—. Has estado a punto de morir asfixiado. Si no llego a
seguirte...
—Nunca tuve ocasión de enterarme.
—¿Cómo crees que salía tu tío a explorar, más que así?
Lo que buscaba tío Sylvan era lo mismo que buscaba ella. Ahora, lo buscaría yo también.
Encontraríamos primero el sello de R’lyeh, y después, al que duerme y sueña en las profundidades, al ser
cuya llamada había sentido en mí: el gran Cthulhu. Ada estaba segura que R’lyeh no se hallaba frente a
Innsmouth. Y para demostrarlo, me condujo de nuevo a las simas que se abren al pie del Arrecife del
Diablo. Allí me enseñó las grandes construcciones megalíticas —ahora en ruinas, como consecuencia de las
cargas de profundidad arrojadas en 1928— donde, muchos años antes, los primeros Marsh y Phillips
habían mantenido contacto con los Profundos. Y nadamos entre las ruinas de la que en tiempos fuera una
gran ciudad, y entre ellas vi al primero de los Profundos, y su visión me llenó de horror. Era una caricatura
grotesca de un ser humano en forma de rana; nadaba con unos movimientos exagerados, idénticos a los de
los batracios. Se nos quedó mirando descaradamente con sus ojos abultados, sin ningún miedo, pues
reconocía en nosotros a sus hermanos del exterior. Seguimos descendiendo entre monolitos, hasta llegar al
piso del océano. La destrucción había sido enorme allí. De ese mismo modo habían sido derruidas otras
ciudades submarinas, merced al empeño de un reducido número de hombres determinados a evitar el
regreso del gran Cthulhu.
Después, subimos y regresamos a la casa del promontorio, donde Ada había dejado sus ropas. Allí
hicimos un pacto que nos uniría mutuamente, y proyectamos un viaje a Ponapé para continuar nuestra
búsqueda.
A las dos semanas salimos con rumbo a Ponapé en un barco fletado, cuya tripulación ignoraba por
completo el objeto del viaje. Confiábamos en el éxito; teníamos la esperanza de encontrar lo que
buscábamos en alguna de las islas de Polinesia no registradas en las cartas de navegación. Y una vez
hallado, nos uniríamos para siempre con nuestros hermanos del mar, con los servidores que aguardan el día
de la resurrección, cuando Cthulhu, y Hastur, y Lloigor, y Yog-Sothoth, se levanten de nuevo para vencer
a los Dioses Arquetípicos en la titánica lucha que ha de venir.
En Ponapé establecimos nuestro cuartel general. Unas veces partíamos directamente desde allí para
investigar; otras, zarpábamos en nuestro barco haciendo caso omiso de la curiosidad de los tripulantes.
Registramos las aguas y en algunas ocasiones, tardamos varios días en volver. Mi metamorfosis no tardó
mucho tiempo en completarse. No me atrevo a decir cómo ni de qué nos alimentábamos en aquellas
expediciones submarinas. Una vez cayó al agua un gran avión de una línea comercial..., pero eso no
sucedió más que una sola vez. Baste decir que sobrevivíamos, que hice cosas que sólo un año antes me
habrían parecido propias de bestias, que únicamente nos impulsaba a seguir adelante la urgencia de nuestra
búsqueda, y que nada nos importaba, sino vivir y alcanzar la meta que nos habíamos propuesto.
¿Cómo describir lo que vimos, y pedir después que se me crea? Encontramos las grandes ciudades del
fondo oceánico. La más grande de todas, la más antigua, se hallaba frente a la costa de Ponapé. En ella
pululaban los Profundos. Y entre las torres y las grandes lajas, entre alminares y cúpulas, paseamos días y
días en aquella ciudad sumergida, casi perdida en medio de la vegetación submarina. Allí vimos cómo vivían
los Profundos, confraternizamos con extraños seres acuáticos cuyo aspecto general recordaba a los pulpos,
luchamos a menudo contra los tiburones, y sólo vivimos para servir a Aquel cuya llamada se oye en las
profundidades, aunque no se sepa dónde yace y sueña con el día en que haya de volver.
Nuestras continuas exploraciones de ciudad en ciudad, de edificio en edificio, siempre a la busca del
gran sello bajo el que yace Él, transcurrían en un ciclo interminable de días y noches. Seguíamos adelante,
animados por la esperanza y la acuciante urgencia de nuestro objetivo, que vislumbrábamos ante nosotros
más cercano cada vez. El tiempo transcurría monótono. Sin embargo, cada día era diferente del anterior, y
nadie podía predecir lo que nos depararía el siguiente. Cierto es que el barco que habíamos fletado no nos
resultaba tan cómodo como habíamos pensado, ya que nos veíamos obligados a alejarnos de él en bote y
buscar la costa de alguna isla que nos ocultara, para sumergirnos subrepticiamente hasta el fondo. Todo
esto nos disgustaba. A pesar de las precauciones, los componentes de la tripulación hacían más preguntas
cada vez, convencidos que andábamos detrás de algún tesoro escondido y dispuestos a exigirnos su parte,
de modo que se nos hacía difícil evitar sus preguntas y acallar sus crecientes sospechas.
Tres meses duraba ya nuestra busca, cuando hace dos días soltamos el ancla frente a una isla de roca
negra, deshabitada, bastante apartada de las demás. Carecía de vegetación y su aspecto era yermo y
desolado como si hubiera sido arrasada por un incendio. En efecto, parecía un solevantamiento geológico
de roca basáltica, que en algún tiempo debió de emerger a gran altura sobre las aguas, pero que sin duda
había sufrido intensos bombardeos durante la pasada guerra. Dejamos el barco, dimos la vuelta a la isla
negra y nos zambullimos. También allí había una ciudad sumergida, igualmente en ruinas por la acción del
enemigo.
Pero aun en ruinas, la ciudad no estaba deshabitada, y debido a su gran extensión, se veían bastantes
zonas no dañadas. Y allí, en uno de los enormes edificios monolíticos, en el más grande y más antiguo,
descubrimos lo que estábamos buscando. En el centro de una inmensa nave de techo más alto que el de
una catedral, había una gran losa en cuya superficie se veía tallada la figura que había servido de modelo a
los blasones de la residencia de mi tío: ¡el Sello de R’lyeh! Y recogidos ante él, oímos un ruido que brotaba
de abajo, como el movimiento de un cuerpo tremendo y amorfo, inquieto como el mar, agitado por los
sueños... Comprendimos que había llegado al final. Ahora podríamos dedicar una vida inmortal al servicio
de Aquel Que Volverá a Levantarse, del que mora en las profundidades, del que sueña en los abismos y
cuyos sueños significan el dominio de la Tierra y de todos los universos, pues Él necesitará de Ada Marsh y
de mí para aplacar su indigencia hasta que suene la hora de su resurrección.
Escribo a bordo de nuestro barco. Es tarde ya. Mañana bajaremos otra vez, y buscaremos la forma de
levantar el sello. ¿Fueron de verdad los Dioses Arquetípicos quienes precintaron la morada del Gran
Cthulhu para impedir su regreso? ¿Y nos atreveremos nosotros a hacer saltar el sello y comparecer ante la
presencia de El Que Duerme allí? No estaremos solos Ada y yo; pronto habrá otro más, nacido ya en su
elemento natural, para guardar y servir al Gran Cthulhu. Porque hemos oído su llamada y hemos
obedecido, no estamos solos. Otros hay que vienen desde todos los rincones del mundo, nacidos también
del apareamiento de los hombres con las mujeres del mar, y pronto las aguas serán nuestras por entero, y
después la Tierra toda, y más. Y gozaremos del poderío y la gloria para siempre.
Artículo aparecido el 7 de noviembre de 1947 en el Times de Singapur:
La tripulación del barco Rogers Clark ha sido puesta hoy en libertad, después de haber sido
detenida con motivo de la desaparición del señor Marius Phillips y de su esposa, que habían
fletado la citada embarcación para realizar ciertas investigaciones en las islas de Polinesia. El
señor y la señora Phillips fueron vistos por última vez en las proximidades de un islote situado,
más o menos, a 47° 53’ latitud sur, y 127° 37’ longitud oeste. Se habían alejado en bote, y
abordaron la isla por la orilla opuesta a la que estaba fondeado el barco. Al parecer, del islote
se lanzaron al agua, según varios miembros de la tripulación, quienes afirman haber
presenciado un asombroso movimiento de agua en aquella parte de la isla. El capitán, que
estaba en el puente junto con el primer piloto, declaró que ambos vieron cómo su patrón y su
esposa eran lanzados al aire por un géiser, y cómo se sumergieron después. No volvieron a
aparecer, aunque el barco estuvo aguardándoles varias horas. Al registrar la isla, hallaron las
ropas de ambos esposos en el bote. En el sucucho de proa encontraron un manuscrito
fantástico con pretensiones de veracidad, pero que, naturalmente, sólo contiene hechos
ficticios. El capitán Morton dio parte a la policía de Singapur. No se ha encontrado rastro
alguno del matrimonio Phillips...


F I N

Al otro lado del umbral - AUGUST DERLETH

Al otro lado del umbral - AUGUST DERLETH

Al otro lado del umbral
August Derleth

I
En realidad, esta es la historia de mi abuelo. En cierto modo, sin embargo, pertenece a la
familia entera, y por encima de ella, al mundo; y ya no existe razón alguna para ocultar
los terribles detalles de lo que sucedió en la casa solitaria, perdida en lo más profundo
de los bosques del norte de Wisconsin.
Las raíces de la historia retrotraen a las brumas de los primeros tiempos, muchísimo
antes de los principios de la familia Alwyn, pero de esta parte no sabía yo nada en la
época de mi visita a Wisconsin en respuesta a la carta de mi primo sobre el extraño
debilitamiento de nuestro abuelo. abuelo. Desde niño, había considerado siempre a
Josiah Alwyn algo así como un ser inmortal que no parecía cambiar a lo largo de los
años: era un anciano de pecho abombado, con una cara llena y carnosa, decorada con
un bigote muy recortados y una pequeña barba que suavizaba la angulosa de su
mandíbula cuadrada. Sus ojos eran oscuros, no demasiado grandes, y sus cejas
pobladas; llevaba el pelo largo, de suerte que su cabeza tenía un aspecto leonino.
Aunque le vi poco mi juventud, dejó en mí una huella imborrable, durante los breves
visitas que nos hacía no se hacía cuando pasaba por la casa solariega, próxima a
Arkham, en Massachusetts; aquellas cortas visitas de paso hacia remotos rincones del
mundo: el Tíbet, Mongolia, las regiones árticas y ciertas islas poco conocidas del
Pacífico.
Hacía años que no le habían visto, cuando me llegó la carta de mi primo Frolin, que
vivía con él en la vieja mansión que tenía mi abuelo en el corazón de los bosques y
lagos del norte de Wisconsin: «Desearía que pudieses ausentarte de Massachusetts los
suficiente como para venir hasta aquí. Ha pasado mucha agua bajo los puentes, y ha
soplado mucho viento también, desde la última vez que estuviste. Francamente, creo
que es muy importante que vengas. En las actuales circunstancias, no sé a quien
dirigirme, ya que el abuelo no es el mismo, y necesito a alguien en quien poder
confiar.» No habría nada que fuese claramente apremiante en la carta, y, sin embargo,
daba una extraña sensación de perentoriedad; había algo entre líneas que inducía,
invisiblemente, intangiblemente, a no dar más que una respuesta a la carta de Frolin;
algo en la frase sobre el viento, en la forma de decir que el abuelo no era el mismo, y en
la necesidad que expresaba de tener a alguien en quien poder confiar.
Pude pedir permiso en mi cargo de bibliotecario auxiliar de la Miskatonic University de
Arkham, en el mes de septiembre; así que fui. Fui, inquieto por la casi misteriosa
convicción de que le en la necesidad de ir urgentemente era grande: viaje en avión de
Boston a Chicago, y de allí, en tren, al pueblo de Harmon, en lo o más profundos de la
región boscosa de Wisconsin: un lugar de gran belleza natural, no en lejos de las costas
del lago Superior, de suerte que era posible, en días de viento, escuchar el ruido del
agua.
Frolin me esperaba en la estación. Mi primo frisaba casi los cuarenta años, pero
aparentaba unos días menos, con sus ardientes e intensos ojos castaños, su boca suave y
sensitiva, aunque el siempre había oscilado entre la gravedad y una especie de rudeza
contagiosa: «La sangre irlandesa», como dijo una vez nuestro abuelo. Le miré
directamente a los ojos al darnos la mano, tratando de descubrir alguna clave de su
misteriosa zozobra, pero sólo vi que estaba efectivamente preocupado, pues sus ojos le
traicionaban, al igual que las aguas de un estanque revelan las turbulencias del fondo,
aunque tengan la superficie como el cristal.
-¿Qué ocurre? -pregunté, sentado a su lado en el cupé, mientras nos internábamos en la
región de altos pinos-. ¿Está en cama el viejo?
Negó con la cabeza.
-¡Oh, no, nada de eso, Tony! - me lanzó una mirada extraña, contenida-. Ya lo verás.
Espera y lo verás.
-¿Qué es, entonces? -insistí-. Tu carta era de lo más apremiante.
-Esperaba que lo fuera -dijo él, gravemente.
-Sin embargo, no es nada sobre lo que pueda preguntar -admití-. No obstante, algo pasa.
Sonrió.
-Sí, sabía que comprenderías. Te digo que ha sido difícil..., enormemente difícil. ¡Pensé
en ti un montón de veces antes de sentarme a escribir esa carta, créeme!
-Pero si no está enfermo... Creí que me decías que no era el mismo.
-Sí, sí; eso te dije. Ahora espera, Tony; no seas tan impaciente; lo verás por ti mismo. Es
su
mente, creo.
-¡Su mente! -Sentí una clara oleada de sorpresa y pesar, ante la idea de que el espíritu de
nuestro abuelo hubiera comenzado a flaquear; el pensamiento de que aquel cerebro
magnífico hubiera declinado era intolerable, y me negué a admitirlo-. ¡Eso no! -
exclamé-. Frolin, ¿qué diablos ocurre?
El volvió sus ojos turbados hacia mí, una vez más.
-No lo sé. Pero creo que es algo terrible. Si fuese solamente el abuelo... Pero está la
música, y luego todas esas cosas, los ruidos y olores y... -Captó mi mirada de asombro y
desvió los ojos, casi con un esfuerzo físico, deteniendo su charla-. Pero se me olvidaba.
No me preguntes más. Aguarda y lo verás por ti mismo -rió brevemente, con una risa
forzada-. Quizá no sea el viejo el que está perdiendo el juicio. He pensado en eso a
veces, también... con razón.
No dijo nada más, pero ahora empezaba a invadirme una especie de enervante temor, y
durante un rato permanecí en silencio junto a él, pensando solamente que Frolin y el
viejo Josiah Alwyn vivían juntos en aquella vieja casa, ignorando los pinos inmensos de
los alrededores y el sonido del viento, y el fragante humo de las hojas quemadas que el
aire arrastraba desde el noroeste. La noche cayó pronto en esta comarca poblada de
oscuros pinos, y aunque aún se demoraban las últimas claridades en poniente, la
oscuridad, desplegándose hacia arriba en una inmensa oleada azafrán y amatista,
tomaba ya posesión del bosque por el que viajábamos. De la oscuridad brotaban los
gritos de los grandes búhos cornudos y sus primos menores los autillos, prestando una
magia imponderable a la quietud que sólo turbaban la voz del viento y el ruido del
coche a través de la prácticamente solitaria carretera que conducía a la casa de los
Alwyn.
-Ya casi estamos -dijo Frolin.
Las luces del coche cruzaron por encima de un pino desgarrado, fulminado por un rayo
hacía años, el cual alzaba todavía dos ramas raquíticas arqueadas como brazos
retorcidos hacia el camino: un viejo tocón hacia el que llamaron mi atención las
palabras de Frolin, recordándome que estábamos a media milla de la casa.
-Si el abuelo te preguntara -me pidió entonces-, quisiera que no le dijeses que te he
llamado yo. No sé si le gustaría. Puedes decirle que te encontrabas no lejos de aquí, y se
te ocurrió hacernos una visita.
Nuevamente sentí curiosidad, pero me abstuve de presionar más a Frolin.
-¿Sabe él que vengo?
-Sí. Le dije que había tenido noticias tuyas y que iba a bajar a la estación a esperarte.
Comprendí que si el viejo pensaba que Frolin me había llamado por su salud, se
molestaría y quizá se enfadaría; sin embargo, la petición de Frolin implicaba algo más,
más que el simple deseo de salvaguardar el orgullo del abuelo. De nuevo se despertó en
mí esa singular, intangible alarma, esa sensación repentina, inexplicable de temor.
La casa sur gió súbitamente en un claro entre los pinos. Había sido construida por un tío
de nuestro abuelo en tiempos de la colonización de Wisconsin, allá por la década de
1850: uno de los Alwyn marineros de Innsmouth, ese pueblo extraño y oscuro de la
costa de Massachusetts. Era una construcción muy poco atractiva, adosada a la falda del
monte como una vieja arrugada y ridículamente ataviada. Desafiaba muchas normas
arquitectónicas, sin que por ello dejase de reflejar las facetas de la arquitectura de 1850,
adoptando el más grotesco y pomposo aspecto de las construcciones de aquel entonces.
Poseía una amplia galería, uno de cuyos costados conducía directamente a los establos
donde antiguamente se guardaban caballos, birlochos y calesas, y donde ahora se
albergaban dos coches, único rincón del edificio que mostraba alguna evidencia de
haber sido restaurado desde que lo construyeron. La casa alzaba dos plantas y media
sobre un sótano; probablemente - la oscuridad me impedía precisarlo con seguridadestaba
pintada todavía del mismo horrible color castaño; y a juzgar por la luz que salía
de las ventanas encortinadas, el abuelo no se había tomado la molestia de instalar la luz
eléctrica, contingencia para la que venía yo bien preparado, provisto de una linterna y
una vela eléctrica, con pilas de repuesto para las dos.
Frolin metió el coche en el garaje, lo aparcó allí y sacó un poco de equipaje, abriendo la
marcha hacia la puerta de la entrada, una gran pieza de roble de gruesos entrepaños,
decorada con una enorme y ridícula aldaba de hierro. El vestíbulo estaba a oscuras,
aunque de la puerta entreabierta del fondo surgía una débil luz que, no obstante, bastaba
para iluminar espectralmente la amplia escalera que conducía al piso superior.
-Te llevaré primero a tu habitación -dijo Frolin, siguiendo escaleras arriba con el paso
seguro del que frecuenta constantemente el lugar-. Hay una linterna en el pilar de la
escalera, en el descansillo -añadió-, por si la necesitas. Ya conoces al viejo.
Encontré la luz y la encendí, entreteniéndome lo imprescindible, de modo que cuando
subí a reunirme con Frolin, éste estaba ya junto a la puerta de mi habitación, la cual,
como observé, se encontraba directamente encima de la entrada de la casa y, por tanto,
orientada al oeste, como la propia casa.
-Nos está prohibido utilizar ninguna habitación de aquí arriba que dé al este del
vestíbulo -dijo Frolin, clavando en mí sus ojos, como si dijese: «¡Ya sabes lo raro que se
ha vuelto!» Esperó a que hiciera yo algún comentario, pero como seguí callado,
prosiguió- : Así que tengo la habitación contigua a la tuya, y Hough está al otro lado de
la mía, en el extremo sudeste. A propósito, como habrás adivinado, Hough está
preparando algo de comer.
-¿Y el abuelo?
-Seguramente estará en su despacho. Recordarás la habitación.
Efectivamente, conocía aquella extraña habitación sin ventanas, construida bajo las
explícitas indicaciones de nuestro tío-bisabuelo Leander, habitación que ocupaba casi
toda la parte trasera de la casa, más el lado noroeste completo, y todo el ancho del
costado oeste, salvo el pequeño ángulo sudoeste, acaparado por la cocina, cuya luz
había visto yo filtrarse en el vestíbulo, al entrar. El despacho se había construido
adentrándose en la ladera misma de la montaña, por lo que la pared este no tenía
ventanas; pero no había razón, salvo la excentricidad del tío Leander, para no haber
abierto ventanas en la pared norte. Aproximadamente en el centro de la pared este,
efectivamente, y empotrado en el muro, había un enorme cuadro que llegaba del suelo al
techo y ocupaba una anchura de casi dos metros. Si esta pintura, ejecutada al parecer
por algún amigo desconocido de tío Leander -si no por mi propio tío-bisabuelo- hubiese
tenido algún rasgo de genio o de talento fuera de lo usual, semejante ostentación podría
haberse pasado por alto; pero no era así; se trataba de una representación prosaica por
demás de un paisaje del norte de la comarca, en el que se veía una ladera, con una cueva
rocosa que se abría en el centro del cuadro, un sendero borroso que conducía a ella, una
bestia impresionante que evidentemente pretendía ser un oso, tan común en otro tiempo
en esta región, dirigiéndose hacia ella, y por encima, algo que parecía una nube siniestra
perdida entre los pinos, alzándose oscuramente en derredor. Esta dudosa obra de arte
dominaba el despacho completa y absolutamente, a pesar de las estanterías de libros que
ocupaban casi todo el espacio disponible de las paredes de la habitación, y de la absurda
colección de rarezas diseminadas por todas partes: trozos de piedra y madera
curiosamente labrados, extraños recuerdos de la vida marinera de nuestro tío-bisabuelo.
El despacho tenía toda la falta de vida de un museo y, sin embargo, respondía a mi
abuelo como algo vivo; hasta la pintura de la pared parecía adquirir frescor cuando él
entraba.
-No creo que nadie que haya entrado en esa habitación pueda olvidarla -dije con una
mueca.
-Se pasa casi todo el tiempo ahí. No sale apenas, y supongo que cuando llega el invierno
sólo aparece a la hora de la s comidas. Se ha llevado allí la cama también.
Me estremecí.
-No puedo imaginarme que se pueda dormir en esa habitación.
-Ni yo. Pero ya sabes, está trabajando en algo, y creo sinceramente que tiene trastornado
el juicio.
-¿Otro libro de viajes, quizá?
Movió negativamente la cabeza.
-No, creo que es una traducción. Algo distinto. Un día encontró unos viejos papeles de
Leander, y desde entonces parece haber empeorado progresivamente. -Alzó las cejas y
se encogió de hombros-. Vamos. Hough tendrá ya preparada la cena, y tú tendrás
ocasión de juzgar por ti mismo.
Las críticas observaciones de Frolin me habían predispuesto a ver a un anciano
consumido. Al fin y al cabo, nuestro abuelo tenía setenta y tantos años, y no podía vivir
eternamente. Pero físicamente no había cambiado en absoluto, por lo que pude apreciar.
Allí estaba sentado para cenar: aún era el mismo anciano fuerte, su bigote y su barba no
eran blancos, sino de un gris acerado, y su pelo era negro y abundante; tenía la cara
igual de gruesa y colorada que siempre. En el momento de entrar yo, estaba comiendo
con apetito un muslo de pavo. Al verme, alzó las cejas un poco, se quitó el muslo de la
boca, y me saludó con el mismo calor que si me hubiese ausentado media hora.
-Tienes buen aspecto -dijo.
-Y tú -dije yo-. Estás hecho un curtido veterano.
Hizo una mueca.
-Muchacho, estoy detrás de la pista de algo nuevo: una región inexplorada, distinta de
las africanas, asiáticas y árticas.
Lancé una mirada a Frolin. Evidentemente, esto era nuevo para él; fueran cuales fuesen
las alusiones que nuestro abuelo había dejado escapar sobre sus actividades, no incluían
esta novedad.
Me preguntó sobre mi viaje al Oeste, y el resto de la cena lo pasamos hablando de los
demás parientes. Observé que el anciano volvía insistentemente sobre los largamente
olvidados parientes de Innsmouth: ¿Qué había sido de ellos? ¿Les había visto alguna
vez? ¿Qué aspecto tenían? Como yo no sabía prácticamente nada de nuestros parientes
de Innsmouth, y abrigaba la firme convicción de que todos habían muerto durante la
extraña catástrofe en la que muchos de los habitantes de esa apartada ciudad
desaparecieron en el mar, no pude serle de ninguna ayuda. Pero el giro de estas
preguntas inocentes me desconcertaba no poco. En mi condición de bibliotecario de la
Miskatonic University, había oído extrañas e inquietantes alusiones al caso de
Innsmouth, y a la intervención de la policía federal, así como otras historias sobre
extraños agentes, carentes todas ellas de ese esencial halo de veracidad que hiciera
verosímil la explicación de los terribles acontecimientos que habían ocurrido en dicha
ciudad. Quiso saber, por último, si había visto yo algún retrato de ellos, y cuando le dije
que no, se quedó manifiestamente decepcionado.
-Mira -dijo con desaliento-, no hay retratos de tío Leander, pero las gentes de Harmon
que le conocieron me contaron hace años que era un hombre muy casero, que su aspecto
les recordaba al de una rana. -Súbitamente pareció más animado, comenzó a charlar con
un poco más de vivacidad-. ¿Tienes idea de lo que eso significa, muchacho? No, por
supuesto. Sería esperar demasiado...
Guardó silencio durante un rato, tomando a sorbos su café, tamborileando sobre la mesa
con los dedos, y mirando fijamente al vacío con expresión singularmente preocupada,
hasta que, de pronto, se levantó y abandonó la habitación, invitándonos a que fuésemos
a su despacho cuando hubiéramos terminado.
-¿Qué opinas ? -preguntó Frolin, tan pronto como oímos cerrarse la puerta del despacho.
-Es extraño -dije-. Pero no veo nada anormal, Frolin. Me temo...
El sonrió lúgubremente.
-Espera. No emitas un juicio todavía; apenas hace dos horas que estás aquí.
Nos dirigimos al despacho después de cenar, dejando que recogieran la mesa Hough y
su esposa, quienes habían servido a mi abuelo durante veinte años en esta casa. El
despacho estaba intacto, aparte la adición de la vieja cama doble, arrimada contra la
pared que separaba esta habitación de la cocina. Mi abuelo estaba esperándonos,
evidentemente, o más bien esperándome a mí; y si había tenido motivos para considerar
críptico al primo Frolin, no hay palabra adecuada para calificar la subsiguiente
conversación con mi abuelo.
-¿Has oído hablar alguna vez del Wendigo? -preguntó.
Admití que había tenido ocasión de leer referencias a este tema, juntamente con otras
leyendas indias de la región del Norte: consistía en la creencia en un ser sobrenatural y
monstruoso, de aspecto horrendo, que habitaba en las grandes soledades de los bosques.
Quiso saber si había pensado yo alguna vez que podía existir una relación entre esta
leyenda del Wendigo y los elementos aéreos; y al contestar yo en sentido afirmativo, me
expresó su curiosidad por saber cómo había llegado a conocer la leyenda india,
tomándose el trabajo de explicarme que su pregunta no tenía nada que ver con el
Wendigo.
-En mi condición de bibliotecario, tengo ocasión de tropezarme con un montón de cosas
raras -contesté.
-¡Ah! -exclamó, echando mano de un libro que tenía cerca de su butaca-. Entonces,
conoces indudablemente este libro.
Miré el pesado volumen de negra encuadernación, cuyo título en letras de oro iba
estampado en el lomo únicamente: The Outsider and Others, de H. P. Lovecraft.
Asentí.
-Lo tenemos en nuestras estanterías.
-¿Lo has leído?
-Sí, claro. Es muy interesante.
-Entonces habrás leído lo que cuenta acerca de Innsmouth en su extraño relato, La
sombra sobre Innsmouth. ¿Qué piensas de ello?
Reflexioné apresuradamente, traté de recordar la historia, y en seguida me vino a la
memoria: era un cuento fantástico de horribles seres acuáticos, progenie de Cthulhu,
bestia de origen primordial que vivía en las profundidades del mar.
-Ese hombre tenía bastante imaginación.
-¡Tenía! ¿Es que ha muerto?
-Sí, hace tres años.
-¡Ah! Y yo que pensaba aprender de él...
-Pero seguramente su ficción... -empecé.
Me detuvo.
-Si no puedes dar ninguna explicación sobre lo que ocurrió en Innsmouth, ¿cómo
puedes estar tan seguro de que su relato es ficticio?
Admití que no podía; pero el anciano pareció perder todo interés. A continuación sacó
un voluminoso sobre que tenía pegados muchos sellos de tres centavos de 1869, tan
apreciados por los coleccionistas, y extrajo de él varios papeles que, según dijo, tío
Leander había dejado con instrucciones de que fueran arrojados a las llamas. Su deseo,
empero, no se había cumplido, explicó mi abuelo, y habían venido a parar a sus manos.
Me tendió unas hojas y me pidió mi opinión, sin apartar un momento sus sagaces ojos
de mí.
Las hojas pertenecían evidentemente a una carta larga, escrita a mano y con las frases
más torpes que cabe imaginar. Además, muchas de dichas frases carecían de sentido, y
la hoja que tenía yo delante estaba repleta de alusiones extrañas. Mis ojos captaron
palabras tales como Ithaqua, Lloigor, Hastur; hasta que no devolví las hojas a mi
abuelo, no se me ocurrió que había leído esas palabras en otro sitio, no hacía mucho
tiempo. Pero no dije nada. Expliqué que no podía evitar la sensación de que tío Leander
escribía con innecesaria confusión.
Mi abuelo rió entre dientes.
-Creía que lo primero que se te ocurriría iba a ser algo muy parecido a mi propia
reacción; pero no, ¡me has fallado! ¡Indudablemente, está claro que todo esto está en
clave!
-¡Naturalmente! Eso explicaría la torpeza de sus líneas.
Mi abuelo sonrió con afectación.
-Una clave bastante simple, pero adecuada..., totalmente adecuada. Todavía no he
terminado de descifrarla. -Golpeó el sobre con el índice-. Parece que se refiere a esta
casa, y hay una advertencia, repetida más de una vez, sobre que hay que tener cuidado
de no traspasar el umbral, so pena de horribles consecuencias. Muchacho, he cruzado y
recruzado cada uno de los umbrales de este edificio docenas de veces, sin consecuencias
de ningún género. Así que, por lo tanto, en alguna parte debe haber un umbral que no he
cruzado aún.
No pude reprimir una sonrisa ante su animación.
-Si a tío Leander se le extravió el juicio, el tuyo no parece irle muy en zaga -dije.
La conocida impaciencia de mi abuelo salió repentinamente a la superficie. Apartó los
papeles de mi tío de una manotada, nos despidió a los dos con la otra, y dio a entender
claramente que tanto Frolin como yo habíamos dejado de existir para él en ese instante.
Nos levantamos, murmuramos alguna disculpa y abandonamos la habitación.
En la semioscuridad del vestíbulo, Frolin me miró sin decir nada, contentándose con
fijar sus ojos furibundos en los míos durante un minuto largo, antes de dar media vuelta
y llevarme arriba, donde nos despedimos y nos retiramos cada uno a nuestra alcoba a
descansar.
II
La actividad nocturna de la mente subconsciente ha sido siempre de hondo interés para
mí, ya que me parece que se abren oportunidades sin límite ante cada individuo que está
alerta. Muchas son las veces que me he ido a la cama agobiado por un problema, para
encontrarlo resuelto -en la medida en que soy capaz de resolverlo- al despertar. De las
otras actividades más tortuosas de la mente nocturna sé menos. Pero lo que sí sé es que
esa noche me retiré dándole vueltas a la cabeza sobre dónde me había tropezado con las
extrañas palabras de mi tío Leander, con la más enérgica y lúcida razón, y que me dormí
por último sin haber encontrado respuesta a esta cuestión.
Sin embargo, cuando me desperté en la oscuridad, unas horas más tarde, supe
inmediatamente que había leído esos extraños nombres propios en el libro de H. P.
Lovecraft que teníamos en la Miskatonic, y sólo en segundo lugar me di cuenta de que
alguien golpeaba a mi puerta, y que llamaba con voz apagada:
-Soy Frolin. ¿Estás despierto? Quiero pasar.
Me levanté, me puse la bata y encendí mi vela eléctrica. A todo esto, Frolin había
entrado en la habitación; su cuerpo delgado temblaba ligeramente, quizá de frío, pues la
brisa de la noche de setiembre que entraba por mi ventana no era ya veraniega.
-¿Qué ocurre? -pregunté.
Se acercó a mí, con una luz extraña en los ojos, y puso una mano sobre mi brazo.
-¿No oyes ? -preguntó-. Dios mío, quizá sea mi cabeza...
-¡No, espera! -exclamé.
De alguna parte del exterio r, venía al parecer una música espectralmente hermosa: «Son
flautas» , pensé.
-Es la radio del abuelo -dije-. ¿La suele escuchar a estas horas?
La expresión de su cara acalló mis palabras.
-La única radio de la casa la tengo yo. Está en mi habitación y no está tocando. Incluso
te diré que tiene las pilas gastadas. Además, ¿has oído alguna vez esa clase de música
por la radio?
Escuché con renovado interés. La música parecía extrañamente apagada, y no obstante,
se oía bien. Observé, por otra parte, que no tenía una dirección definida: mientras al
principio parecía provenir del exterior, ahora daba la sensación de que brotaba de debajo
de la casa. Era como una rara melodía de flautas y caramillos.
-Es una orquesta de flautas -dije.
-O son las siringas de Pan -dijo Frolin.
-Esos instrumentos ya no se usan -objeté distraídamente.
-En la radio -puntualizó Frolin.
Le miré sorprendido; él me devolvió la mirada con seriedad. Se me ocurrió que su poco
natural gravedad tenía una razón de ser, ya deseara él o no expresar con palabras esa
razón. Le cogí del brazo.
-Frolin, ¿qué ocurre? Te noto alarmado.
Tragó saliva.
-Tony, esa música no viene de ninguna parte de la casa. Viene de fuera.
-Pero ¿quién iba a estar fuera? -pregunté.
-Nadie, ningún ser humano.
Por fin habíamos llegado. Casi con alivio, afronté esta posibilidad que había temido
admitir ante mí mismo y que debía afrontar. Nadie..., ningún ser humano.
-Entonces, ¿ quién? -pregunté.
-Creo que el abuelo lo sabe -dijo-. Ven conmigo, Tony. Deja la luz; podemos hallar el
camino a oscuras.
En el vestíbulo, me detuvo una vez más su mano tensa, sujetándome del brazo.
-¿Has notado eso? -susurró, siseante-. ¿Has notado eso también ?
-El olor -dije-. Es un olor vago, impreciso, a agua, a peces y a ranas y a habitantes de
lugares acuáticos.
-¿Y ahora? -dijo él.
Súbitamente, el olor a humedad había desaparecido y en su lugar penetraba rápidamente
un frío, derramándose en el vestíbulo como algo vivo la indefinible fragancia de la
nieve, la apagada humedad del aire cargado de nieve.
-¿Comprendes por qué estaba yo preocupado ? -preguntó Frolin.
Sin darme tiempo a contestar, abrió la marcha escaleras abajo hasta la puerta del
despacho del abuelo, por debajo de la cual brillaba aún una delgada raya de luz amarilla.
Me daba cuenta, a cada escalón que descendíamos, de que la música aumentaba de
volumen, aunque no se hacía más comprensible, y ahora, ante la puerta del despacho, se
hizo evidente que provenía de dentro, y que la extraña variedad de olores venía
igualmente de dentro. La oscuridad parecía palpitar de amenaza, cargada de un terror
inminente y presagioso que nos envolvía como en una concha, hasta el punto de que
Frolin temblaba a mi lado.
Alcé impulsivamente la mano y llamé.
No hubo respuesta en el interior, ¡pero en el instante en que sonó el golpe en la puerta,
la música se detuvo, y los extraños olores se desvanecieron en el aire!
-¡No debías haber hecho eso! -susurró Frolin-. Si él...
Empujé la puerta. Cedió a mi presión y se abrió.
No sé qué esperaba ver allí en el despacho, pero desde luego no lo que vi. El aspecto de
la habitación no había cambiado un ápice, quitando el hecho de que el abuelo se había
acostado y la lámpara seguía ardiendo. Permanecí inmóvil unos instantes sin atreverme
a creer el testimonio de mis ojos, estupefacto ante la prosaica escena que presenciaba.
¿De dónde había surgido la música que yo había oído? ¿Y los olores y fragancias del
aire? La confusión se apoderó de mis pensamientos y estaba a punto de retirarme,
turbado ante la expresión de descanso de mi abuelo, cuando habló él:
-Pasa, pasa -dijo, sin abrir los ojos-. Así que has oído la música también, ¿no? Había
empezado a preguntarme por qué no la oía nadie más. Es mongólica, me parece. Hace
tres noches era claramente india, del Norte otra vez, de Canadá y de Alaska. Creo que
hay lugares donde Ithaqua es adorado todavía. Sí, sí..., y hace una semana, oí las últimas
notas tocadas en el Tíbet, en la prohibida Lhassa de hace años, de hace décadas.
-¿Quién la tocaba? -exclamé-. ¿De dónde viene?
Abrió los ojos y se nos quedó mirando.
-Salía de aquí, creo -dijo, colocando la palma de la mano sobre el manuscrito que tenía
delante, las hojas escritas por mi tío-bisabuelo-. Y la tocaban los amigos de Leander. Es
la música de las esferas, muchacho... ¿Das crédito a tus sentidos?
-La he oído. Y Frolin también.
-¿Y qué pensará Hough? -murmuró el abuelo. Suspiró- : Casi lo tengo, creo. Sólo falta
determinar con cuál de ellos se comunicaba Leander.
-¿Con cuál? -repetí-. ¿Qué quieres decir?
Cerró los ojos y la sonrisa le volvió brevemente a los labios.
-Al principio creía que era Cthulhu; Leander era marinero, al fin y al cabo. Pero ahora
me pregunto si no serían criaturas del aire: Lloigor, quizá, o Ithaqua, al que creo que
algunos indios llaman el Wendigo. Hay una leyenda que dice que Ithaqua se lleva a sus
víctimas consigo a los espacios lejanos que hay por encima de la Tierra..., pero se me
está olvidando todo otra vez, mi mente divaga.
Sus ojos se abrieron, y vi que nos miraban con una expresión singularmente lejana.
-Es tarde -dijo-. Necesito dormir.
-¿De qué estaba hablando, en nombre de Dios? -preguntó Frolin, ya en el vestíbulo.
-Vamos -dije.
Pero una vez en mi habitación, con Frolin aguardando a escuchar expectante lo que yo
tuviera que decir, no supe cómo empezar. ¿Cómo hablar del saber preternatural que
encerraban los textos prohibidos de la Miskatonic University, el espantoso Libro de
Eibon, los oscuros Manuscritos Pnakóticos, el terrible Texto de R'lyeh, y el más
tenebroso de todos, el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred? ¿Cómo contarle
todas las cosas que se agolparon en mi mente al escuchar las extrañas palabras de mi
abuelo, los recuerdos que emergían de lo más profundo...? ¿Cómo hablarle de los
Primordiales, seres antiquísimos de increíble perversidad, dioses viejos que en un
tiempo poblaron la Tierra y todo el universo que ahora conocemos, y quizá mucho más,
y de los dioses arquetípicos del bien, y de las fuerzas del antiguo mal, ahora sometidas,
y sin embargo, irrumpiendo eternamente, manifestándose en cortos períodos, de manera
horrible, en el mundo de los hombres? Y si antes mi memoria no había sido lo bastante
clara, o los había rechazado con la fuerza de mis prejuicios inherentes, ahora evocaba
sus nombres terribles: Cthulhu, guía poderoso de las fuerzas de las aguas de la Tierra;
Yog-Sothoth y Tsathoggua, moradores de las profundidades terrestres; Lloigor, Hastur e
Ithaqua, el Ser-Nieve y EI-Que-Camina-en-el-Viento, que son elementos aéreos todos
ellos. Era de estos seres de quienes mi abuelo había hablado; y la conclusión que había
sacado resultaba demasiado clara para que pudiese pasarse por alto, o aun interpretarse
de otro modo: que mi tío-bisabuelo había vivido en la apartada y ahora deshabitada
ciudad de Innsmouth, que había tenido trato con al menos uno de estos seres. Y había
otro corolario al que él no había llegado, pero que se desprendía de algo que había dicho
por la tarde: que en algún lugar de la casa había un umbral que un hombre no debía
atreverse a trasponer, y que había un peligro acechando al otro lado de ese umbral que
no era sino la vía de retroceso en el tiempo, el camino de espantosa comunicación con
los dioses primordiales que tío Leander había tenido.
Y sin embargo, no había captado toda la importancia de las palabras de mi abuelo.
Aunque había dicho mucho, aún había mucho más por decir, y más tarde no pude
culparme de no haber comprendido plenamente que las actividades de mi abuelo se
orientaban hacia el descubrimiento de ese umbral secreto del que tío Leander hablaba
tan crípticamente en sus cartas... ¡y a cruzarlo! En la confusión mental en que ahora me
encontraba, preocupado con la antigua mitología de Cthulhu, Ithaqua y los dioses
arquetípicos, no seguí los evidentes indicios que conducían a tan lógica conclusión,
posiblemente porque temía instintivamente llegar demasiado lejos.
Me volví a Frolin y se lo expliqué lo más claramente que pude. El escuchó atentamente,
haciendo de cuando en cuando alguna pregunta concreta, palidecie ndo ligeramente ante
determinados detalles que no podía yo dejar de mencionar, y no se mostró tan escéptico
como yo había pensado. Esto era en sí prueba del hecho de que aún había más cosas por
descubrir sobre las actividades del abuelo e incidentes de la casa, aunque yo no me di
cuenta inmediatamente. Sin embargo, iba a tardar poco en averiguar algo más sobre la
razón fundamental de que Frolin hubiese aceptado en seguida mi explicación,
necesariamente breve.
A mitad de una pregunta, dejó de hablar de repente, y asomó a sus ojos una expresión
que indicaba que su atención se había desviado de mí, de la habitación, a algo más allá;
se quedó en la actitud del que escucha, e impulsado por su gesto, me esforcé yo también
por averiguar qué era lo que oía.
«Es sólo la voz del viento en los árboles, que se ha elevado ahora un poco -pensé-. Va a
haber tormenta.»
-¿Oyes ? -preguntó él en un susurro estremecido.
-No -respondí quedamente-. Sólo el viento.
-Sí, sí... el viento. Te lo escribí, recuerda. Escucha.
-Vamos, Frolin, ten serenidad. Sólo es el viento.
Me dirigió una mirada compasiva y, dirigiéndose a la ventana, me hizo señas de que le
siguiera. Me acerqué y me puse a su lado. Sin decir palabra, señaló hacia la oscuridad
que envolvía la casa. Tardé un momento en acostumbrar mis ojos a la noche, pero
después pude ver la línea de árboles recortada fuertemente contra el cielo limpio y
estrellado. Y entonces, instantáneamente, comprendí.
Aunque el viento rugía y tronaba alrededor de la casa, nada turbaba la quietud de los
árboles que tenía ante mis ojos: ¡ni una hoja, ni una copa, ni una ramita se mecía lo que
es el espesor de un cabello!
-¡Dios mío! -exclamé, y retrocedí, alejándome del cristal como para borrar la visión de
mis ojos.
-¿Comprendes ahora? -preguntó él, retirándose de la ventana también-. Yo ya lo he oído
otras veces.
Se quedó inmóvil, como aguardando, y yo también esperé; a la sazón, el ruido del
viento había alcanzado una intensidad sobrecogedora, de suerte que parecía como si la
vieja casa fuera a ser arrancada de la ladera y lanzada valle abajo. En efecto, hubo un
leve temblor en el mismo momento en que lo estaba pensando: una extraña vibración,
como si la casa se estremeciera, y los cuadros de las paredes se movieran ligeramente,
de manera casi furtiva, casi imperceptible, y sin embargo, inequívocamente visible.
Miré a Frolin, pero su semblante no se había alterado; siguió allí, escuchando, de modo
que comprendí que aún no habíamos llegado al final de esta singular manifestación. El
ruido del viento era ahora un terrible, demoníaco aullido, acompañado de notas de
música que por un momento se hicieron distintas, aunque tan perfectamente mezcladas
con la voz del viento que al principio no se distinguían. La música era semejante a la de
antes, como de flautas, y de cuando en cuando, de instrumentos de cuerda, pero ahora
mucho más violenta, resonando con aterrador desenfreno, con un carácter de
abominable maldad. Al mismo tiempo, ocurrieron otras dos manifestaciones. La
primera fue el ruido como de caminar de alguien, de un gran ser cuyos pasos parecieron
penetrar en la habitación desde el corazón mismo del viento; ciertamente, no se
produjeron dentro de la casa, aunque había en ellos el inequívoco crescendo que
denotaba su gradual aproximación. El segundo fue un repentino cambio de temperatura.
La noche, fuera, era calurosa para el mes de setiembre en el nórdico estado de
Wisconsin, y la casa, también, se había mantenido razonablemente confortable. Ahora,
de pronto, coincidiendo con los pasos que se acercaban, la temperatura comenzó a
descender rápidamente, de modo que en poco tiempo el aire de la habitación se enfrió, y
tanto Frolin como yo tuvimos que ponernos más ropa para no resfriarnos. Sin embargo,
esto no parecía ser la culminación de las manifestaciones que tan claramente esperaba
Frolin: seguía de pie, sin decir nada, aunque sus ojos, encontrándose con los míos de
tiempo en tiempo, eran lo bastante elocuentes como para expresar su pensamiento. No
sé el tiempo que permanecimos allí, escuchando los aterradores sonidos, antes de
producirse el final.
Pero, súbitamente, Frolin me cogió del brazo, y con un ronco susurro, exclamó:
-¡Ahí! ¡Ahí están! ¡Escucha!
El ritmo de la espectral música había cambiado repentinamente y decrecía desde el
violento frenesí anterior ; ahora se transformó en una melodía de una dulzura casi
insoportable, con cierto matiz melancólico, y resultaba tan agradable como perversa
había sido la anterior; sin embargo, la nota de terror no había desaparecido
completamente. Al mismo tiempo, se hizo evidente un sonido de voces que se elevaron
progresivamente en una especie de cántico, desde algún lugar de detrás de la casa...,
como del despacho.
-¡Gran Dios del cielo! -grité, aterrado a Frolin-. ¿Qué ocurre ahora?
-Es por el abuelo -dijo-. Tanto si lo sabe él como si no, ese ser viene y canta para él -
sacudió la cabeza y cerró los ojos un instante, antes de añadir amargamente en voz baja
e intensa- : ¡Si hubiese quemado esos malditos papeles de Leander, como debía haber
hecho...!
-Casi podrían entenderse las palabras -dije, escuchando atentamente.
Se oían palabras, pero no palabras que yo hubiese oído nunca; eran una especie de
berridos horribles y primitivos, como si alguna criatura bestial, dotada de media lengua,
aullase sílabas de insensato horror. Echamos a correr y abrimos la puerta;
inmediatamente, los sonidos parecieron más claros, de forma que lo que yo había
tomado por muchas voces era sólo una, capaz, no obstante, de producir la ilusión de
multiplicidad. Las palabras -o quizá sería mejor que dijese sonidos, sonidos bestiales- se
elevaban desde abajo como un aullido sobrecogedor:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua! Ithaqua cf'ayak vulgthumm. ¡Ia! ¡Uhg! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Shub-
Niggurath! ¡Ithaqua naflfhtagn!

Increíblemente, la voz del viento se elevaba y rugía cada vez más terriblemente, hasta el
punto que pensé que la casa iba a salir despedida al vacío en cualquier momento, y
Frolin y yo de sus habitaciones, y que nos iba a succionar el aliento de nuestros cuerpos
desamparados. En la confusión de espanto y asombro que se apoderó de mí, pensé en
ese instante en mi abuelo, que estaba abajo en el despacho, y, haciendo una seña a
Frolin, eché a correr hacia la escalera, decidido, a pesar de mi horrible miedo, a
ponerme entre el anciano y lo que le amenazase, fuera lo que fuese. Corrí a su puerta y
me abalancé contra ella, y una vez más, como antes, cesaron todas las manifestaciones:
como el chasquido de un interruptor, cayó el silencio, que momentáneamente se hizo
aún más terrible.
Se abrió la puerta, y nuevamente me encontré ante mi abuelo.
Estaba sentado todavía como lo habíamos dejado antes, aunque ahora tenía los ojos
abiertos, la cabeza un poco erguida y la mirada fija en el enorme cuadro de la pared
este.
-¡En nombre de Dios! -grité-. ¿Qué es eso?
-Espero averiguarlo muy pronto -contestó con gran dignidad y gravedad.
Su absoluta carencia de temor sosegó algo mi propia alarma, y entré un poco más en la
habitación, seguido de Frolin. Me incliné sobre su cama, procurando que fijara su
atención en mí, pero siguió mirando el cuadro con singular intensidad.
-¿Qué estás haciendo ? -pregunté-. Sea lo que fuere, encierra peligro.
-Un explorador como tu abuelo difícilmente estaría satisfecho si no fuera así, muchacho
-replicó con tono agrio y práctico.
Yo sabía que era verdad.
-Prefiero morir con las botas puestas a hacerlo aquí en la cama -prosiguió-. En cuanto a
lo que has oído, no sé cuánto has oído tú..., pero es algo por el momento inexplicable.
Pero quisiera llamar tu atención hacia la extraña acción del viento.
-No había viento -dije-. Me he asomado.
-Sí, sí -dijo con cierta impaciencia-. Muy cierto. Y sin embargo, ahí estaba el ruido del
viento, y todas esas voces del viento... tal como las he oído en Mongolia, en las grandes
regiones nevadas, en la lejana y secreta meseta de Leng, donde el pueblo Tcho-Tcho
adora a extraños dioses antiguos... -De pronto se volvió hacia mí, y sus ojos me
parecieron enfebrecidos-. ¿Te he hablado del culto a Ithaqua, al que algunos indios de
Manitoba superior llaman a veces El-Que-Camina-en-el-Viento, y otros, efectivamente,
el Wendigo, y sobre sus creencias de que El-Que-Camina-en-el-Viento ejecuta
sacrificios humanos y se lleva a sus víctimas a parajes apartados de la Tierra,
abandonándolas finalment e muertas? ¡Oh!, hay historias, muchacho, y leyendas muy
extrañas... y algo más -se inclinó hacia mí ahora con fiera intensidad-: Yo mismo he
visto cosas..., cosas encontradas en un cuerpo caído del aire..., cosas que no es posible
que existan en Manitoba, cosas que pertenecían a Leng, a las islas del Pacífico -y me
despidió con un movimiento de brazo, y una expresión de disgusto cruzó por su rostro-.
No me crees. Piensas que desvarío. ¡Vete, regresa a tu sueño mezquino, y espera tu final
a lo largo de la eterna miseria de monotonía, día tras día!
-¡No! Cuéntamelo ahora.
-Hablaré contigo por la mañana -dijo él cansadamente, echándose hacia atrás.
Me tuve que contentar con eso: era duro como el diamante, y no había forma de
ablandarle. Le di las buenas noches de nuevo, y me retiré al vestíbulo con Frolin, que
movía la cabeza lenta, negativamente.
-Cada vez está peor -susurró-. Cada vez el viento sopla con más fuerza, el frío es más
intenso, las voces y la música más claras... ¡y el ruido de esos pasos más terrible!
Dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras; tras un momento de vacilación, le
seguí.
Por la mañana, mi abuelo mostraba su habitual aspecto saludable. En el momento de
entrar yo en el comedor, estaba hablando a Hough, evidentemente en respuesta a una
petición, pues el viejo criado se mantenía respetuosamente inclinado mientras oía decir
a mi abuelo que él y la señora Hough podían efectivamente tomarse una semana de
vacaciones a partir de este momento, si la salud de la señora Hough requería ir a
Wausau a visitar a un especialista. Frolin me miró a los ojos con crispada sonrisa; su
rostro había perdido algo de color, lo que le daba un aspecto pálido y trasnochado,
aunque comía con bastante apetito. Su sonrisa, y la breve mirada significativa de sus
ojos hacia Hough cuando se retiraba, manifestaron a las claras que esta necesidad que
les había sobrevenido a Hough y a su esposa era un modo de combatir las
manifestaciones que tanto me habían perturbado en mi primera noche en la casa.
-Bueno, muchacho -dijo el abuelo alegremente-, ya casi se te ha ido el aspecto
macilento que tenías anoche. Confieso que estaba preocupado por ti. Supongo que
tampoco te sentirás tan escéptico como antes.
Rió entre dientes, como si acabara de decir un chiste. Por desgracia, yo no pude
considerarlo así. Me senté y empecé a comer un poco, mirándole de cuando en cuando,
esperando a que empezara la explicación de los extraños sucesos de la noche anterior.
Como en seguida me di cuenta de que no tenía intención de explicarme nada, me vi
obligado a pedírselo expresamente, cosa que hice con toda la dignidad posible.
-Siento mucho que no hayas podido descansar -dijo-. El hecho es que ese umbral del
que habla Leander debe de encontrarse en algún lugar del despacho; anoche sentí la
absoluta certeza de que era así, antes de que irrumpieras en mi habitación por segunda
vez. Además, parece incuestionable que al menos un miembro de la familia tuvo
relaciones con alguno de aquellos seres... Leander, naturalmente.
Frolin se inclinó hacia delante.
-¿Crees en ellos?
Nuestro abuelo sonrió agriamente.
-Debería resultar evidente que, cualesquiera que sean mis poderes, el alboroto que
oísteis anoche difícilmente pudo ser provocado por mí.
-Sí, por supuesto -concedió Frolin-. Pero algún otro agente...
-No, no; queda por determinar solamente cuál. El olor a agua es signo de la progenie de
Cthulhu, pero los vientos podrían deberse a Lloigor, o a Ithaqua, o a Hastur. Pero las
estrellas no están en la posición favorable para que sea Hastur -prosiguió-. Así que
debemos quedarnos con los otros dos. Son ellos, o uno de ellos, los que están
justamente al otro lado del umbral. Quiero saber qué hay más allá de ese umbral, si
puedo descubrirlo.
Parecía increíble que mi abuelo hablase con tanta indiferencia sobre estos seres
antiguos; su aire prosaico era en sí mismo tan alarmante como los acontecimientos de la
noche. La temporal sensación de seguridad que había sentido yo al verle desayunar
desapareció; empecé a tener conciencia nuevamente de ese creciente temor que había
experimentado cuando me aproximaba a la casa, la pasada tarde, y lamentaba haber
forzado mi interrogatorio.
Si mi abuelo sabía algo, no lo manifestó. Siguió hablando con el tono del profesor que
realiza una investigación científica para beneficio del auditorio que tiene delante. No
cabía duda, dijo, que existía una relación entre los sucesos de Innsmouth y el contacto
exterior no humano de Leander Alwyn. ¿Abandonó Leander la ciudad de Innsmouth
originalmente por el culto a Cthulhu que existía allí, porque él también se vio aquejado
de esa singular transformación facial que afectó a tantos habitantes de la maldita
Innsmouth, confiriéndoles aquella extraña fisonomía de batracio que horrorizó a los
investigadores federales que fueron a inspeccionar el caso? Quizá fuera eso. En todo
caso, al dejar atrás el culto de Cthulhu, se abrió camino hacia las regiones inexploradas
de Wisconsin y estableció contacto de algún modo con alguno de los otros seres más
antiguos, Lloigor o Ithaqua; todos ellos, hay que decir, fuerzas elementales del mal. Al
parecer, Leander Alwyn era un hombre perverso.
-Si hay alguna verdad en todo esto -exclamé-, entonces habría que hacer caso de la
advertencia de Leander. ¡Abandona ese descabellado empeño en descubrir el umbral del
que hablas!
Mi abuelo me miró un instante con calculada indulgencia; pero era evidente que no se
sentía aludido por mi explosión.
-Ahora que me he embarcado en esta exploración, pienso seguirla. Al fin y al cabo,
Leander murió de muerte natural.
-Pero, según tu propia teoría, había tenido relaciones con esos... seres -dije-. Tú no
tienes ninguna. Te atreves a salir -a los espacios desconocidos, por así decir, sin tener en
cuenta los horrores que puedes encontrar.
-Cuando estuve en Mongolia me tropecé con horrores también. Jamás en la vida pensé
que saldría con vida de Leng. -Calló, meditabundo, y luego se levantó lentamente-. No;
me propongo descubrir el umbral de Leander. Y esta noche, oigáis lo que oigáis, no
tratéis de interrumpirme. Sería una lástima que, después de tanto tiempo, me volviese a
retrasar vuestra impetuosidad.
-Y cuando hayas descubierto el umbral -exclamé-, ¿qué?
-No estoy seguro de que quiera cruzarlo.
-Puede que no dependa de ti el elegir.
Me miró un instante en silencio, sonrió amablemente, y abandonó la habitación.
III
Aun ahora que ha pasado tanto tiempo, me resulta difícil narrar los acontecimientos de
aquella noche catastrófica, por lo vívidamente que me vuelven a la memoria, a pesar del
prosaico ambie nte de la Miskatonic University, donde tantos y tan tremendos secretos
se ocultan en textos antiguos y poco conocidos. Y sin embargo, para comprender los
difundidos acontecimientos que ocurrieron después, es preciso conocer los sucesos de
aquella noche.
Frolin y yo pasamos la mayor parte del día revisando los libros y papeles de mi abuelo,
con intención de comprobar ciertas leyendas a las que se había referido en sus
conversaciones, no sólo conmigo, sino con Frolin antes de mi llegada. A lo largo de
toda su obra aparecían infinidad de alusiones crípticas, pero no encontramos más que un
relato relacionado con nuestra investigación: una historia algo oscura, declaradamente
de origen legendario, concerniente a la desaparición de dos habitantes de Nelson,
Manitoba, y un oficial de la Policía Montada de la Royal Northwest, y la reaparición de
los tres como llovidos del cielo, helados y muertos o moribundos, balbuciendo palabras
sobre Ithaqua, El-Que-Camina-en-el-Viento, y sobre muchos lugares de la faz de la
Tierra, y portando consigo extraños objetos, propios de lejanas regiones, que jamás se
había sabido que poseyeran en vida. La historia era increíble, y sin embargo, estaba
claramente relacionada con la mitología consignada en The Outsider and Others y las
que se relataban en los Manuscritos Pnakóticos, el Texto de R'lyeh y el terrible
Necronomicón.
Aparte de esto, no encontramos nada que se relacionase de manera palpable con nuestro
problema, así que nos resignamos a esperar a que llegase la noche.
En la comida y la cena, preparadas por Frolin en ausencia de Hough, mi abuelo se
comportó con la normalidad de costumbre, sin aludir para nada a su extraña aventura,
comentando solamente que ahora tenía la prueba concreta de que había sido Leander
quien había pintado ese poco atractivo paisaje de la pared este del despacho, y que
esperaba que pronto -dado que estaba llegando al final de su tarea de descifrar la larga y
vaga carta de Leander- descubriría la clave esencial de ese umbral del que hablaba, y al
que se refería ahora cada vez más. Cuando se levantó de la mesa, nos advirtió de nuevo
solemnemente que no le interrumpiésemos por la noche, so pena de causarle el mayor
disgusto, y acto seguido se metió en aquel despacho, del que no volvió a salir ya nunca.
-¿Crees que vas a poder dormir? -me preguntó Frolin cuando nos quedamos solos.
Negué con la cabeza.
-Imposible. Permaneceré en vela.
-Creo que no le gustaría que nos quedásemos abajo -dijo Frolin, frunciendo levemente
el ceño.
-Me iré entonces a mi habitación -dije-. ¿Y tú?
-Me quedaré contigo, si no te importa. El se propone llegar al final, y no hay nada que
podamos hacer hasta que nos necesite. Puede llamar...
Yo tenía la desagradable convicción de que si mi abuelo nos llamaba, sería demasiado
tarde, pero me abstuve de expresar mis temores en voz alta.
Los sucesos de esa noche empezaron como en la anterior: con los acordes de aquella
música espectralmente hermosa, como de flautas, que brotaba de la oscuridad que
envolvía la casa. Después, al cabo de un rato, comenzó el viento, y el frío, y la voz
ululante. Y entonces, precedido por un aura de maldad tan grande que casi nos asfixiaba
en la habitación, sucedió algo más, algo indeciblemente espantoso. Frolin y yo
estábamos a oscuras; yo no me había molestado en encender mi vela eléctrica, dado que
ninguna luz podría revelarnos el origen de todas estas manifestaciones. Fui a la ventana
y, cuando el viento empezó a levantarse, miré una vez más hacia la línea de árboles,
pensando que, con toda certeza, se agitarían con la enorme embestida del viento; pero
una vez más, no vi nada, ni un leve movimiento en esa quietud. Ni una nube tampoco en
el cielo; las estrellas brillaban vivamente, las constelaciones del verano descendían
hacia el borde occidental de la Tierra indicando el otoño en el firmamento. El ruido del
viento se había elevado invariablemente, de forma que ahora adquirió la furia de un
ventarrón; y no obstante, ni un movimiento turbaba la línea de árboles más oscuros que
la negrura del cielo.
Pero súbitamente -tan súbitamente que por un instante parpadeé en un esfuerzo por
convencerme de que un sueño había nublado mi visión-. en una amplia zona del
firmamento ¡desaparecieron las estrellas! Me puse de pie y pegué la cara contra el
cristal. Era como si hubiese surgido una nube de repente en el cielo, a la altura casi del
cenit; pero no era posible que surgiese ninguna nube a esa velocidad. A ambos lados, y
por encima, brillaban aún las estrellas. Abrí la ventana y me asomé, tratando de seguir el
oscuro perfil que se recortaba contra las estrellas. ¡Era el perfil de un animal inmenso,
una horrible caricatura de hombre, la cual elevaba hasta el cielo lo que semejaba una
cabeza, y allí, en el lugar donde podían situarse los ojos, resplandecían con un rojo
encendido como dos estrellas de fuego! ¿O eran estrellas? En ese mismo instante, los
ruidos de pasos que se aproximaban aumentaron hasta tal punto que la casa se
estremecía y temblaba con sus vibraciones, la furia demoníaca del viento se elevó a
unas proporciones indescriptibles, y el ulular alcanzó tal grado que resultaba
enloquecedor.
-¡Frolin! -llamé roncamente.
Noté que se ponía a mi lado, y un instante después sentí que me apretaba frenéticamente
el brazo. ¡Así pues, él también lo había visto, no era una alucinación, ni un sueño, ese
ser gigantesco que se recortaba sobre las estrellas y se movía!
-¡Se mueve! -susurró Frolin-. ¡Oh, Dios, viene hacia aquí!
Se alejó despavorido de la ventana, y yo también. Pero un instante después, la sombra
del cielo había desaparecido, y volvían a brillar las estrellas. El viento, no obstante, no
había disminuido un ápice en intensidad; si era posible, se hacía más feroz y violento
por momentos; la casa entera se estremecía y temblaba, mientras aquellas pisadas
atronadoras sonaban y resonaban en el valle que se abría ante la casa. Y el frío se fue
intensificando, de modo que el aliento nos salía en forma de un vapor blanco en el aire:
era un frío como de los espacios exteriores.
Por encima de la confusión de la mente, pensé en la leyenda que contaban los papeles
de mi abuelo: la leyenda de Ithaqua, cuya característica consistía en el frío y la nieve de
las lejanas regiones árticas. Estaba recordando esto, cuando un coro espantoso de
aullidos, cántico triunfal de miles de bocas bestiales, me lo borró todo de la mente:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua, Ithaqua! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai! Ithaqua cf'ayak vulgtumm vugtlagln
vulgtumm. ¡Ithaqua fhtagn! ¡Ugh! ¡Ia! ¡Ia! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai!

Al mismo tiempo, sobrevino un estallido atronador, e inmediatamente después, la voz
de mi abuelo se elevó en un grito terrible, un grito que se convirtió en un alarido de
mortal terror, de forma que los nombres que quiso pronunciar -el de Frolin y el mío- se
perdieron, se ahogaron en su garganta bajo la fuerza del horror que se le había
manifestado.
Y tan repentinamente como se dejó de oír su voz, cesaron todos los demás fenómenos,
dejando ese silencio espectral y prodigioso que nos envuelve como una nube de
fatalidad.
Frolin llegó a la puerta de la habitación antes que yo, aunque no me quedé atrás. Se
cayó en mitad de la escalera, pero se incorporó a la luz de mi vela eléctrica, que había
cogido yo al salir, y juntos arremetimos contra la puerta del despacho, llamando al
anciano.
No contestó ninguna voz, aunque la raya amarilla de la puerta probaba que aún ardía la
luz de su lámpara.
La puerta estaba cerrada por dentro, de modo que fue necesario derribarla para poder
entrar.
No encontramos rastro alguno de mi abuelo. En la pared este, en cambio, se abría una
gran cavidad, donde había estado la pintura, ahora tumbada en el suelo -una abertura
rocosa que conducía a las profundidades de la tierra-, y por encima de todo cuanto había
en la habitación se extendía la marca de Ithaqua: una fina capa de nieve, cuyos cristales
brillaban como un millón de joyas diminutas bajo la luz amarilla de la lámpara de mi
abuelo. Aparte del cuadro, sólo la cama estaba desordenada, ¡como si el abuelo hubiera
sido arrebatado de ella por una fuerza prodigiosa!
Corrí apresuradamente adonde el anciano había guardado el manuscrito de tío Leander,
pero no estaba; no había ni rastro de él. Frolin dio un grito repentino, y señaló el cuadro
que tío Leander había pintado, y luego el boquete que se abría ante nosotros.
-Estaba ahí... el umbral -dijo.
Y vi lo mismo que él, como lo había visto el abuelo, pero demasiado tarde: ¡el cuadro
de tío Leander no era más que la representación del lugar donde se había construido la
casa para ocultar la cavernosa abertura de la ladera, el umbral secreto sobre el que
advertía el manuscrito de Leander, el umbral por el que mi abuelo había desaparecido!
Aunque no hay mucho que añadir, queda por revelar el más maldito de todos los hechos
extraños. La policía del condado practicó una inspección completa de la caverna,
auxiliada por algunos intrépidos aventureros de Harmon; descubrió que tenía varias
aberturas, y comprobó que cualquiera que quisiese llegar hasta la casa a través de la
caverna, habría tenido que entrar por una de las innumerables hendiduras descubiertas
en los montes de los alrededores. La naturaleza de las actividades de tío Leander quedó
revelada tras la desaparición del abuelo. Frolin y yo nos vimos en serias dificultades
debido a las sospechas de la policía del condado, pero finalmente nos pusieron en
libertad, al no aparecer el cuerpo de mi abuelo.
Pero desde esa noche, comenzaron a esclarecerse ciertos hechos; hechos que, a la luz de
las alusiones de mi abuelo, juntamente con las horribles leyendas contenidas en los
libros raros que guardamos aparte aquí, en la biblioteca de la Miskatonic University, son
condenables y condenablemente incontrovertibles.
El primero de ellos es la serie de gigantescas huellas de pies encontradas en la tierra en
el lugar donde se alzó aquella noche la sombra que cubría las estrellas de los cielos, la
increíble anchura y profundidad que tenían, como si hubiese caminado por allí un
monstruo prehistórico, y los pasos de un kilómetro de extensión que se dirigían más allá
de la casa y desaparecían en una grieta que conducía a la caverna secreta, dejando un
rastro idéntico al descubierto en la nieve al norte de Manitoba donde aquellos
desdichados viajeros, y el oficial enviado a buscarles, desaparecieron de la faz de la
Tierra.
El segundo es el descubrimiento del cuaderno de notas de mi abuelo, junto con una
parte del manuscrito de tío Leander, encontradas ambas cosas en una capa de hielo, en
el interior de los nevados bosques que hay más arriba de Saskatchewan, con todos los
indicios de haber caído desde una gran altura. La última anotación estaba fechada el día
de su desaparición, a finales de setiembre; el cuaderno no fue hallado hasta el mes de
abril del siguiente año. Ni Frolin ni yo nos atrevimos a exponer la explicación de su
extraña aparición que en seguida nos vino a la cabeza, y juntos quemamos aquella
horrible carta y la imperfecta traducción que nuestro abuelo había hecho, traducción que
en sí misma, tal como estaba escrita, con todas las advertencias contra el terror del otro
lado del umbral, había servido para invocar del exterior a una criatura tan horrible que
jamás ha intentado nadie describirla, ni aun esos escritores antiguos cuyos tenebrosos
relatos se hallan difundidos por toda la faz de la Tierra.
Y por último, la prueba más concluyente, la más tremenda de todas: el descubrimiento,
siete meses más tarde, del cadáver de mi abuelo en una pequeñísima isla del Pacífico,
no lejos de Singapur, al sudeste, y el singular informe que dieron de su estado:
perfectamente conservado, como en hielo; tan frío, que nadie pudo tocarlo con las
manos desnudas hasta los cinco días de su descubrimiento; aparte de esto, estaba el
hecho singular de que lo encontraron medio enterrado en arena, ¡como si "hubiese caído
de un aeroplano"! Ni a Frolin ni a mí nos pudo caber la menor duda; ésta era la leyenda
de Ithaqua: se llevaba a sus víctimas consigo hacia regiones apartadas de la Tierra en el
tiempo y el espacio, antes de deshacerse de ellas. Y era innegable que mi abuelo había
estado vivo durante parte de ese viaje, y si abrigábamos alguna duda sobre ello, las
cosas encontradas en sus bolsillos, recuerdos recogidos de extraños y secretos lugares -y
que nos enviaron a nosotros-, constituían el testimonio irrebatible y definitivo: la placa
de oro, con una representación miniada de una lucha entre seres antiguos, la cual llevaba
en su superficie inscripciones con trazos cabalísticos, placa que el doctor Backham de la
Miskatonic University identificó como procedente de alguna región situada más allá de
la memoria del hombre; el abominable libro escrito en birmano, que revelaba
horripilantes leyendas de esa lejana y oculta meseta de Leng, tierra del terrible pueblo
Tcho-Tcho; y finalmente, ¡la repulsiva y bestial miniatura, tallada en piedra, de una
monstruosidad infernal caminando sobre los vientos, por encima de la Tierra!

LAPIDAS SERGIO S.A.; ESTA ENTRADA ES PARA TI, SERGIO, SI, TU...

GENERADORES VAMPIRICOS

en esta entrada, hay tres generadores distintos(hay mas, si te pones a buscar, hay mas cosas), pero a lo que voy, casi todos los dias, recibo unos diez mails, hay veces que hasta el doble y mas, para si les puedo conseguir,o alguien que tenga tal libro, y/o tal cosa, y la verdad, ese es mi proposito, como esta ultima vez, haber si le puedo conseguir un generador de lapidas, ¿y por que no?, total no me cuesta mucho, bueno, mirandolo desde esta parte, la verdad, es que si que cuesta, y bastante, teniendo en cuenta, de que el correo va primero a la pagina del blog(en donde se deben quedar la direccion...), y luego, me la mandan a mi ellos; en general, de las 10 direcciones del principio, en el texto, solo llegan 2 o 3 direcciones (las otras siete, las tengo que adivinar, y la verdad, lo de adivinar, lo tengo oxidaiyo ya, no chuta, que no va; dicho de otra forma, que como no pongas la direccion de tu mail en el cuerpo del mensaje, no tengo direccion a donde mandarlo; si alguien se ha mosqueado porque no le halla mandado algo, despues de pedirlo con insistencia, ya sabeis porque es, volver a intentarlo, pero poniendo dentro del mensaje el mail donde quieres recibirlo...gracias.

 

y otra mas, de las direcciones que llegan, o una, o dos, o hasta las tres, no "existen", esaes otra, y la mitad de cosas que envio, me las devuelven por sitio no encontrad, joe,que gracosillos, no???

bueno "sergio", espero que leas esto, y puedas pillar el generador, y si es asi, haz el favor, mandame un mail diciendomelo, haz el favor, y asi, volvere ha creer en los milagros, que voy, y le pongo una velita al primer santo que se me cruce(¿se hace asi, no?, pero ¿quien es santo, y quien no?, y las velas ¿dan igual como sean, o solo valen la de las iglesias?, joe, lo que cuesta ser güeno...)

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SCIFI -- POUL ANDERSON -- A TRAVES DE LOS TIEMPOS

http://enloslimites.blogspot.com/2008/10/scifi-poul-anderson-traves-de-los.html

 

 

SCIFI -- POUL ANDERSON -- A TRAVES DE LOS TIEMPOS

SCIFI -- POUL ANDERSON -- A TRAVES DE LOS TIEMPOS

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A través de los tiempos
Poul Anderson



Aquella mañana llovía y una fina niebla estival ocultaba el relumbre del río y el pueblo asentado en la otra orilla. Bernard Harrison, mientras dejaba que el aire frío le azotase la cara, se preguntaba qué tiempo haría dentro de cincuenta, cien años. Y entonces llegó Leticia Aldin y él le dirigió una sonrisa y dijo:
—Ya falta menos, Lety.
Se dio cuenta de lo banal de su frase y añadió:
—¿Por qué tendremos esta sensación angustiosa? No vamos a ir muy lejos.
—Un centenar de años— contestó ella.
—No te preocupes. La teoría es infalible. No es mi primer paseo por el tiempo. Dos excursiones de veinte años, adelante y atrás, son prueba suficiente de que el impulsor funciona. Esta vez el viaje es algo más largo, pero no distinto.
—Sin embargo, las máquinas automáticas que se adentraron esos cien años no han vuelto...
—Supongo que algo les falló. Puede que a los tubos se les quedaran aún más vacías sus necias cabezas, o cosa parecida. Por eso John y yo tendremos que ir a ver lo que ha sucedido. Repararemos nuestras máquinas y compensaremos las acostumbradas jugarretas de los tubos de vacío.
—¿No bastaría con uno de los dos?— preguntó Leticia.
—John no es un físico y posiblemente no encontraría la avería. Además puede hacer cosas de las que yo soy incapaz, dada su habilidad mecánica. Nos complementamos.
En aquel momento la voz de John Farrel les gritó:
—¡Todo dispuesto, muchachos! Podemos ir a la época que queráis.
—¡Adelante!
Harrison se detuvo únicamente para dedicar a Leticia una adecuada despedida. Juntos entraron en la casa y llegaron al taller del sótano.
El impulsor estaba entre un rimero de aparatos bajo la blanca radiación de los tubos fluorescentes. Su exterior no era muy impresionante. Un simple cilindro mecánico de unos tres metros de altura y diez de longitud, con el aspecto no acabado de todos los artefactos experimentales. La cubierta exterior era sólo una protección para las baterías y el macizo impulsor dimensional que en él se alojaban. En el extremo delantero había una pequeña cabina para dos hombres.
John Farrell los recibió alegremente agitando la mano. Su maciza silueta ocultaba casi por completo la exigua figurilla de Jim Carey.
—Todo dispuesto para avanzar un siglo— exclamó— ¡Allá vamos, 2073!
Carey parpadeó tras sus gruesas gafas.
—Todas las pruebas dan positivo. Al menos, eso cree John. Yo no distingo un oscilógrafo de un klystron. Tenéis un amplio repuesto de piezas y herramientas. No debe haber dificultades.
—Yo no preveo ninguna— replicó Harrison -. Leticia está convencida de que vamos a ser devorados por monstruos de ojos saltones y colmillos corno alfanjes, cuando la verdad es que sólo vamos a reparar tus máquinas automáticas, en el caso de que consigamos encontrarlas, hacer unas cuantas observaciones astronómicas y volver.
—Alguien habrá en el futuro— dijo Leticia.
—Bueno, si nos invitan a un trago no vamos a negarnos— dijo Farrell encogiéndose de hombros -. Eso me recuerda lo adecuado de un brindis.
Harrison torció el gesto. No quería dar a Leticia la impresión de que el viaje iba a tener por destino las tinieblas. Ya estaba bastante preocupada.
—¿Para qué?— dijo -. Hemos vuelto a 1953 y visto la casa en pie. Hemos ido a 2003 y allí estaba también. Y las dos veces sin nadie. Estos viajes son demasiado aburridos para merecer un brindis.
—Disiento. Nada es demasiado aburrido para echar un trago— sentó Farrell.
Sacó un frasco del bolsillo del mono y poco después los vasos entrechocaron ceremoniosamente en el laboratorio,
—¡Buen viaje!
—Buen viaje— dijo Leticia, tratando de sonreír.
- Vamos, Bernard; cuanto antes salgamos antes regresaremos— dijo John Farrell.
Con gesto decidido Harrison dejó su vaso y se precipitó hacia la máquina.
—Adiós, Leticia, te veré dentro de un par de horas... después de unos cien años.
—Hasta luego, Bernard...— y convirtió el nombre en una caricia.
Harrison se acomodó en la cabina junto a Farrel. Era alto, de largos miembros y amplias espaldas, con rasgos enérgicos y pelo castaño. Sus grandes ojos grises tenían las arrugas que dan el largo mirar a pleno sol. Llevaba sus ropas de trabajo salpicadas de grasas y ácidos.
El compartimento era apenas suficiente para los dos y estaba atiborrado de instrumentos, aparte del rifle y la pistola. Cuando Harrison cerró la puerta y puso en marcha el impulsor, el poderoso zumbido llenó la cabina y pareció vibrar en sus huesos. Las agujas avanzaron por los cuadrantes, aproximándose a valores estables.
A través de la única ventanilla vio a Leticia agitar su mano. Le devolvió el adiós y luego, con brusco movimiento, tiró hacia abajo de la palanca principal. La máquina pareció temblar, se hizo borrosa y desapareció Leticia jadeaba cuando se volvió hacia Jim Carey.
A su alrededor era ya todo una informe masa gris y el tronar de los impulsores llenaba la máquina con su enorme canción. Harrison vigilaba los contadores e hizo retroceder unas pulgadas la palanca que controlaba la velocidad de avance en el tiempo. Un siglo adelante, menos el número de días transcurrido desde que enviaron el primer autómata, no fuese algún granuja del futuro a encontrarlo y llevárselo...
Bajó la palanca, y el ruido y la vibración se detuvieron, resonantes.
El sol entraba a raudales por la ventanilla.
—¿No está la casa?— preguntó Farrell.
—Un siglo es mucho tiempo— replicó Harrison— Vamos a echar un vistazo.
Se deslizaron trabajosamente por la puerta y al fin pudieron ponerse en pie. La máquina estaba en el fondo de una excavación medio cegada sobre la que ondulaban las hierbas. Unos cuantos bloques de piedra rotos emergían de la Tierra. El cielo era de un azul brillante surcado por blancas nubes algodonosas.
—Ni rastro de los autómatas— dijo Hull, mirando en torno.
—¡Qué extraño! Vayamos arriba.
Harrison empezó a trepar por las inclinadas paredes de un pozo. Se trataba, sin duda, del sótano medio cegado de la vieja casa, que por algún motivo había resultado destruido en los ochenta años transcurridos desde su última visita. El dispositivo nivelador del impulsor lo materializaba exactamente sobre la superficie cada vez que emergía. No habría así caídas súbitas o inesperados hundimientos. Tampoco desastrosas materializaciones en el interior de algo sólido. Circuitos sensibles a la masa prohibían a la máquina hacer alto siempre que la materia sólida ocupaba su espacio y las moléculas líquidas o gaseosas podían apartarse con la suficiente rapidez.
Harrison se irguió en medio de las altas hierbas movidas por el viento y contempló el sereno paisaje de la parte alta del estado de Nueva York. Nada había cambiado. El río y las colinas boscosas de la otra margen eran los mismos. El sol brillaba y las, nubes salpicaban el cielo.
Pero... ¿dónde estaba el pueblo? ¿Qué habría ocurrido? ¿Se habrían trasladado simplemente o ... ? Volvió a mirar hacia el fondo del sótano. Hacia unos minutos— cien años atrás estaban allí en medio de un batiburrillo de viejos aparatos con Jim y Leticia... y ahora era sólo un agujero de hierbas silvestres tapizando los montones de tierra. Le invadió una extraña desolación. ¿Seguiría vivo? ¿Y Leticia? La gerontología podía haberlo hecho posible, pero nunca se sabe. Y tampoco quería averiguarlo.
—Deben haber vuelto al país de los indios— gruñó John Farrell.
Exploraron la hierba, pero no había rastro de los pequeños impulsores automáticos. Farrell, pensativo, frunció el ceño.
—Creo que emprendieron el regreso y tuvieron una avería en el camino.
—Es lo más seguro— asintió Harrison— . Vamos a hacer la observación y regresaremos.
Prepararon su equipo astronómico y tomaron lecturas del sol poniente. Esperando la noche hicieron cena en un hornillo campestre y tomaron asiento mientras las sombras se hacían más densas en torno. Los chirriantes grillos ponían su nota de vida en la oscuridad.
—Me gusta este futuro. Es muy tranquilo. Creo que me retiraré aquí en mi vejez.
Las estrellas giraban majestuosas sobre su cabeza. Harrison anotaba cifras con los tiempos de orto, recorrido y ocaso. Con ellas podrían más tarde calcular, casi al minuto, hasta dónde les había llevado la máquina. Naturalmente, no se habían movido en el espacio con relación a la superficie de In Tierra. El "espacio absoluto" era una ficción anticuada, y en cuanto al impulsor, la Tierra era el centro móvil del Universo.
—Pararemos cada diez años para buscar los automáticos— dijo Harrison— Si no los encontramos de ese modo, al diablo con ellos. Estoy hambriento.

2063. Llovía en la hondonada.

2053. Sol y vacío.

2043. La excavación era ya más reciente, y unas maderas aparecían medio quemadas en el fondo.

—Consumimos más energía de la prevista— comentó Harrison al echar un vista a los controles.

2033. Sin duda la casa se había quemado v se veían trozos de maderas achicharrados. El impulsor rugía atronándolos, mientras la energía escapaba de las baterías como el agua de una esponja exprimida.
A pesar de todo, efectuaron el siguiente salto de diez años, pero les costó media hora de ruido insoportable y agotador. El calor de la cabina se hacía insufrible.

2023. Allí seguía el sótano ennegrecido por el fuego. Sobre su suelo aparecían dos pequeños cilindros con las huellas de algunos años de intemperie.

—Los automáticos consiguieron retroceder bastante— - dijo Farrell— , al fin fallaron y ahí los tienes.

Harrison los examinó y su rostro reflejó los terrores que nacían en su interior.
—Agotados— dijo— . Las baterías están completamente muertas. Utilizaron todas sus reservas de energía.
—¿Qué quiere decir eso?— le preguntó Farrell con voz que era casi un grito.
—No sé. Parece haber una especie de resistencia que aumenta conforme tratamos de retroceder.
—¡Maldita sea!
Harrison, decepcionado, levantó los hombros. Le costó dos horas retroceder cinco años. Cuando al fin detuvo el impulsor su voz temblaba.
—Es inútil, John. Hemos consumido las tres cuartas partes de nuestras reservas de energía y cuanto más retrocedemos más gastamos por año. Al parecer, se trata de algún tipo de función exponencial de alto orden.
—Entonces...
—Que jamás lo conseguiremos. A esta marcha nuestras baterías se habrán agotado antes de que logremos retroceder otros diez años— Harrison había palidecido— . Es un efecto que la teoría no explica. Para saltos de veinte añoso menos la energía aumenta aproximadamente como el cuadrado del número de años recorridos. Pero debe existir una especie de curva exponencial que empieza a crecer aceleradamente a partir de un cierto punto. No nos queda bastante fuerza en las baterías.
—Si pudiéramos cargarlas...
—No traemos el equipo necesario. Pero quizá...
Volvieron a salir del derrumbado sótano y miraron con ansiedad hacia el río. Ni señal del pueblo. Debió ser demolido aún más atrás, en un punto de los que atravesaron al venir.
—Por esta parte no hay ayuda— dijo Harrison.
—Podemos buscar en otro sitio.
—No cabe duda,
Harrison luchaba por conservar la calma.
—No estoy seguro de que cargar a intervalos las baterías sirva de algo, John. Tengo la impresión de que la curva de consumo de energía se aproxima a una asíntota vertical.
—¿Quieres hablar inglés?— la sonrisa de Farrell era forzada.
—Quiero decir que al cabo de un cierto número de años la energía necesaria puede ser infinita. Algo semejante al concepto einsteniano de la luz como velocidad límite. Cuando nos aproximamos a la velocidad de la luz la energía necesaria para la aceleración aumenta mas rápidamente. Sería necesaria una energía infinita para superar esa velocidad de la luz.
—¿Insinúas que jamás podremos volver?
—Puedo equivocarme— replicó Farrell con mirada huidiza— . Claro que todavía tenemos dos probabilidades; recargar nuestras baterías y seguir probando ... o ir al futuro.
—¿Al futuro?
—Sí. En algún momento de él deben saber de estas cosas más que nosotros. Pueden conocer la manera de combatir este efecto. Sin duda podrán proporcionarnos un motor lo bastante potente que nos surta de energía para poder regresar.
Farrell permaneció con la cabeza inclinada dándole vueltas a la idea.
—Bien. ¿A dónde ahora?— preguntó el mecánico.
—¿Es el 2018?— preguntó el mecánico— . ¿Qué te parece por ejemplo el 2500?
—Bien; es un bonito número. ¡Leven anclas!
La máquina bramó y se estremeció. Harrison advirtió con alivio el escaso consumo de energía conforme pasaban años y décadas. A ese ritmo tenía fuerza para llegar al fin del mundo...

Año 2500. La máquina se materializó en la cima de una breve colina. La hondonada se había colmado durante los siglos transcurridos. Un sol pálido, que atravesaba nubes de lluvia arrastradas por el viento penetró en la caldeada cabina.
—Vamos— dijo Farrell— . No nos sobra el tiempo.
Había tomado el rifle automático.
—¿Qué haces?— exclamó Harrison.
—Leticia tenía razón— dijo Farrell, sombrío— . Ponte esa pistola al cinto.
Salieron y otearon el horizonte. Farrell soltó una exclamación de alegría:
—¡Gente!
Había una pequeña población más allá del río, junto al solar del viejo Hudson. Detrás se extendían campos de grano casi maduro y pequeños macizos de árboles, No había rastro de carreteras. Quizá el transporte de superficie hubiese caído en desuso.

El aspecto de la ciudad era extraño. Debía llevar allí mucho tiempo porque las casas presentaban huellas del tiempo. Una forma negra y ovoidal se elevó desde el centro de la ciudad hacia el cielo y cruzó el tío. Era un reactor y se deslizaba suavemente hacia ellos.
—El comité de recepción— susurró Harrison.
—¡Hola!— gritó Farrell a los del reactor.

El aparato picó sobre, ellos. De su morro surgió una línea de humeantes... ¡balas trazadoras!

Sus reflejos lanzaron a Harrison contra el suelo y los proyectiles se estrellaron a pocos pasos de su cabeza. Vio a Farrell saltar por los aires. Cuando intentó a su vez ponerse en pie fue derribado por la onda explosiva de una granada. Rodó por el suelo, esperando que la hierba lo ocultase, pensando que el reactor era demasiado rápido para alcanzar a un solo hombre. Siempre tiraba más allá del blanco, pero giraba como un buitre buscándolo.
John ... Lo habían matado sin provocación. El buen pelirrojo de John. Con su risa Y su camaradería, estaba muerto, y ellos, eran los. asesinos
El jet se disponía a aterrizar para darle caza en tierra. Se levantó y, un disparo sonó junto a su oreja, pero siguió corriendo. Se volvió un momento, pistola en mano para hacerles frente a tiempo de ver a unos hombres de uniforme negro salir del reactor. Las balas zumbaban a su alrededor y se precipitó hacia la máquina del tiempo. Movió la palanca mientras contemplaba a los perseguidores, casi sobre él. ¡Gracias a Dios que los tubos estaban todavía calientes!
Cuando se fundió en lo gris advirtió que sus ropas estaban desgarradas y se había clavado en la mano una esquirla metálica.
Y que John había muerto.
Contempló el cuadrante mientras hacía avanzar la señal. Sería el año 3000. Una cautelosa mirada al exterior le reveló que se hallaba entre altos edificios y sin apenas luz. ¡Magnífico!
Empleó unos segundos en vendarse la herida y ponerse la ropa de repuesto, sin olvidarse de la pistola y abundante munición. Tendría que abandonar la máquina para salir de descubierta, pero cerraría la puerta.
Salió a un pequeño patio empedrado, entre altas casas de ventanas cerradas y oscuras. Arriba la oscuridad era completa; las estrellas debían estar ocultas por las nubes, pero advirtió hacia el Norte un ligero resplandor.
Una sombra silenciosa, más negra que la noche, se deslizó junto a él, rotas por dos puntos fosforescentes. ¡Un gato negro! Al menos el hombre conservaba animales domésticos...

Cuatro hombres negros contra el casi apagado horizonte avanzaban con pasos de ritmo militar. Miró a su alrededor buscando refugio, pero no había bocacalles. Entonces una voz dura y perentoria gritó algo.

Harrison se volvió y echó a correr. Oyó un rápido golpear de botas. Y de pronto una forma oscura surgió de la noche. Dedos como alambres de acero oprimieron su brazo y se vio arrastrado por unos escalones que descendían desde la calle.
—Entre aquí— el silbante susurro sonó en su mismo oído— , ¡De prisa!
Una puerta se abrió dejando apenas una rendija. Se precipitaron por ella y el otro hombre la cerró.
—No creo que nos hayan visto— dijo con torvo acento el desconocido— . ¡Más vale así!
Era de mediana estatura y las ajustadas ropas grises que vestía bajo la capa mostraban su felina esbeltez. Llevaba una pistola a un costado y una especie de faltriquera al otro. El tinte de su rostro era de una amarillenta palidez y tenía la cabeza afeitada A Harrison le pareció una especie de mestizo blanco-mongoloide.
—¿Quién es usted?— preguntó bruscamente.
El otro le observaba con aire astuto.
—Belgotai de Syrtis. Ya veo que tú no eres de aquí. Me di cuenta que te perseguía la brigada y que, por tanto, merecías mi ayuda.
—Gracias— replicó Harrison.
—Ven, vamos a beber algo— dijo Belgotai.
Se encontraban en una sala de techo bajo y ahumado con unas cuantas viejas mesas de madera amontonadas en torno a una pequeña estufa de carbón y grandes barriles al fondo. Los hampones no se interesarían tanto por él como los funcionarios y podría informarse y aprender.
—Temo no tener con qué pagar— dijo— . A menos...— sacó un puñado de monedas.
Belgotai las miró con ansia. Después su cara se torció inexpresiva.
—Yo pagaré— dijo en tono cordial— . ¡Eh, Sembol! danos whisky,
Se situaron en un rincón y allí les llevo el tabernero algo remotamente parecido al whisky,
—¿Qué nombre usas?— preguntó Belgotai.
—Harrison. Bernard Harrison.
—Me alegro de conocerte. Ahora...— de Syrtis se inclinó y su voz se convirtió en un susurro— . Ahora, Harrison, ¿de cuándo eres?
Y sonrió al ver sobresaltarse a Harrison.
—De1973.
—¿Cómo? ¿Del futuro?
—No, del pasado.
—Eso es que contarnos de otro modo. ¿Cuánto tiempo hace?
—Mil veintisiete años.
—¡Buen viaje!— silbó Belgotai— . Nadie viene del futuro.
—¿Quieres decir que es imposible?— Harrison se estremeció.
—No lo sé— la sonrisa de Belgotai era lobuna— . ¿Cuál es tu historia?
_Quiero conseguir algo por mi información...
—Bien, desembucha va, Bernard Harrison.
Este contó su historia en breves palabras. Cuando acabó, Belgotai de Syrtis movió la cabeza gravemente.
—Te metiste entre los fanáticos hace quinientos años. Matan a quienes viajan por el tiempo. Bueno, y a casi todo el mundo.
—¿Qué clase de mundo es éste?
El brumoso acento de Belgotai le iba resultando ya más fácil. La pronunciación había cambiado algo, pues las vocales sonaban de otro modo y la r se parecía a la que en el siglo XX pronunciaban franceses y daneses. También otras consonantes se habían modificado. Palabras extranjeras, especialmente españolas, habían invadido el idioma. Pero todavía resultaba inteligible.
Los tiempos revueltos, según se desprendía del relato de Belgotai, comenzaron en el siglo XXIII con la rebelión de los colosos marcianos contra el cada vez más corrompido Directorio terrestre. Un siglo después los pueblos de la Tierra estaban en movimiento empujados por la peste, el hambre y la guerra civil, un caos del que surgió el entusiasmo religioso de los llamados fanáticos. Cincuenta años después de las matanzas en la Luna, el gobierno de los armagedonios o fanáticos se prolongó todavía unos trescientos años, pero existían vastos terrenos sublevados y los colonos planetarios iban forjando un poder que alejaba a los fanáticos del espacio; pero donde tenían auténtico control gobernaban con mano de hierro. Entre las cosas prohibidas estaba el viajar por el tiempo. Cierto que los que se aventuraban eran pocos, pues resultaba en exceso precario arriesgarse a ser muertos o reducidos a esclavitud. A finales del siglo XXVII, la Liga planetaria y los Disidentes africanos consiguieron poner fin al gobierno fanático. De la confusión de la posguerra surgió la Pax Africana, y durante doscientos años los hombres habían disfrutado de una época de relativa paz y progreso y la moderna cronología databa de la ascensión de John Mteza I. El hundimiento vino por la decadencia interna y las asechanzas de los bárbaros de los planetas más lejanos. Además, el Sistema Solar se había fraccionado en multitud de pequeños estados e incluso de ciudades independientes.

Belgotai explicó:— Este es uno de, los estados— ciudad; se llama Liung-Wei, y fue fundado por invasores chinos hace unos tres siglos. Ahora se encuentra bajo la dictadura de Krausmann, un viejo buitre obstinado que se niega a ceder aunque los ejércitos del Jefe Atlántico están ya a nuestras puertas. ¿Viste el resplandor rojo? Son sus proyectores operando sobre nuestra pantalla de energía. Cuando abran brecha en ella tomarán la ciudad y le harán pagar su larga resistencia. Nadie va a pasarlo bien ese día.

Añadió algunos datos sobre sí mismo. Pertenecía a otra época, a la fenecida era de los pequeños estados que empleaban mercenarios en sus contiendas. Nacido en Marte, había guerreado por todo el Sistema Solar. Tras la aniquilación de su banda, Belgotai había huido a la Tierra, donde arrastraba una azarosa existencia de ladrón y asesino. Poco esperaba del futuro.

- Ahora nadie necesita a un soldado de fortuna— dijo tristemente— , si la brigada no me caza antes, me colgaré cuando los Atlánticos ocupen la ciudad. Harrison asintió con una cierta simpatía.— Pero tú puedes ayudarme, Bernard Harrison— bisbisó, mirándole por entre la raya de sus ojos oblicuos -. Llévame contigo y sácame de esta maldita época. Aquí no podrán ayudarte, pues no saben más de lo que sabes tú de viajes por el tiempo y lo más probable es que te metan en un calabozo y deshagan tu máquina. Tienes que marcharte y puedes llevarme.
Harrison vacilaba. ¿Qué sabía de él? ¿Hasta qué punto era cierta la historia contada por Belgotai? Cierto que le había sido útil ...
- Soy un artista con la pistola y la vibrodaga— añadió el hombrecillo -. Y siempre será mejor que viajar en solitario.
—De acuerdo, ¿Cuándo nos vamos?
—Cuanto antes. Alguien podría encontrar tu máquina y entonces sería tarde,
—Pero... tendrás que prepararte, despedirte...
—Todo cuanto tengo está aquí— - dijo Belgotai, golpeando su bolsa con amargura Y en cuanto a decir adiós, corno no sea a mis acreedores... ¡Vamos!
Medio aturdido, Harrison le siguió fuera de la taberna, sin tiempo ni de pensar. Sin embargo le pasaron por la mente cosas como ésta: si no volvía a su época, tendría descendientes en ésta. A la velocidad a que se propagaban las líneas de descendencia, en todos los ejércitos habría hombres que tendrían SU sangre y la de Leticia, peleando entre sí, sin pensar en la ternura que les había dado el ser. Aunque, recordó molesto, nunca había considerado la común ascendencia que debía tener con los hombres que había derribado en la guerra que hizo en otro tiempo.
Los hombres vivían en su propia época, breve relámpago rodeado de oscuridad, y no estaba en su naturaleza el pensar más allá de ese nimio lapso de años. Empezaba a darse cuenta de por qué viajar por el tiempo no había sido nunca popular.
Arrastrado por Belgotai llegó al túnel de una avenida y estuvieron acurrucados hasta que cuatro hombres de la brigada, con sus negras capas, hubieron pasado. Por fin pudieron llegar hasta su máquina, oculta en su noche de espera y temor. Se oyó la risa suave y alegre de Belgotai entre las tinieblas.
—¡Libertad!— susurró.
Se introdujeron en la máquina y Harrison ajustó los controles para un salto adelante de cien años. Belgotai se lamentó:
—Lo más probable es que el mundo esté entonces tranquilo y sensato.
—Si encuentro el modo de regresar te llevaré a donde quieras.
—Pues podrías llevarme a hace cien años.
—¡Adelante entonces!
3100. Una desolación de rocas oscuras y fundidas. Harrison puso en marcha el contador Geiger que vibró locamente. ¡Radiactividad! Algún infernal artefacto atómico había borrado Liung-Wei de la exístencia. Estremecido, saltó a otro Siglo.
3200. La radiactividad había desaparecido, pero la desolación persistía en forma de un vasto cráter vitrificado bajo un cielo ardiente y tranquilo.
3500. La Tierra se había de nuevo acumulado sobre el arruinado país y un bosque empezaba a crecer. No presentaba huellas de la intromisión humana.
—Quizá el hombre haya vuelto a las cavernas— sugirió Belgotai.
El bosque duró varios siglos. Harrison renegaba. No le gustaba esto de alejarse más y más de su época. Estaba demasiado lejos para regresar sin ayuda

4100. Se materializaron sobre un amplio césped donde unos edificios bajos y redondos de algo que parecía plástico teñido se alzaban entre fuentes, estatuas y cenadores. Un pequeño aparato se cernía silenciosamente sobre sus cabezas, sin el más leve signo externo de fuerza motriz.

A su alrededor había seres humanos. Hombres y mujeres jóvenes que llevaban largas capas de colores sobre ligeras túnicas. Harrison y Belgotai alzaron las manos en amistosos gestos. Sin embargo, el soldado más próximo conservaba una de las suyas cerca del arma.

El idioma era fluido y musical, con solo un lejano tono familiar ¿Tanto habían cambiado los tiempos?

Los condujeron a uno de los edificios. En su frío y espacioso interior, un hombre barbudo, con su recamada túnica roja se levantó para recibirles. Alguien trajo una pequeña máquina que recordaba un osciloscopio con dispositivo para micrófonos. El hombre la colocó sobre la mesa y ajustó sus cuadrantes.
Cuando volvió a hablar, de sus labios salió el mismo lenguaje desconocido; pero las palabras surgían de la máquina... ¡en inglés!

—Bienvenidos, viajeros, al "American College". Siéntense, por favor.
El hombre sonrió y dijo, tras una breve pausa:
—Veo que el psicófono es nuevo para ustedes. Es un receptor de las emisiones encefálicas de los centros del lenguaje. Cuando hablamos, los correspondientes pensamientos son recogidos por la máquina, ampliados y enviados al cerebro de quien escucha, que los interpreta en función de su propio lenguaje Permítanme presentarme. Soy Hamalon Haward, decano de esta facultad del "College".
Haward se inclinó ceremonioso cuando Harrison y Belgotai dijeron sus nombres. Una esbelta muchacha, cuyo parco vestido hizo crecer los ojos de Belgotai, trajo una bandeja con bocadillos y un brebaje no muy distinto al té.
Charlaron mientras daban cuenta de todo y el decano dijo por último:
—Ya pensé que eran viajeros del tiempo. Los arqueólogos querrán hablar con ustedes.
—Nosotros queríamos pedirles ayuda— dijo bruscamente Harrison— -— . ¿Pueden arreglar nuestra máquina de modo que sea capaz de retroceder?
—A este respecto nuestra física no puede darles ninguna esperanza. No creo que últimamente les especialistas hayan introducido cambios en la teoría espacio— temporal desde su nueva formulación por Priogan. Según ella, la energía para viajar hacia el pasado aumenta mucho en relación directa con el período recorrido. La deformación de las líneas del universo, ¿saben? Más allá de un período de unos setenta años, se necesita una energía infinita.
—Eso pensaba yo— afirmó Harrison con voz sorda.
—De todas formas. la ciencia progresa muy rápidamente El contacto con culturas extrañas de la Galaxia ha resultado un gran estimulante...
—¿Dominan los viajes interestelares?— le interrumpió Belgotai— . ¿Pueden ir a las estrellas?
—Sí, naturalmente. La propulsión más rápida que la luz fue conseguida hace más de quinientos años utilizando la teoría de la relatividad modificada por Priogan. Se basa en la desviación a través de otras dimensiones... Pero ustedes tienen problemas más urgentes que ocuparse de teorías científicas,.

Pasaron dos días en el colegio. Haward y sus compañeros eran tan corteses como hospitalarios y estaban ansiosos por escuchar lo que los viajeros tenían que contar de sus épocas. Les proporcionaron alimentos, alojamiento y el descanso que tanto necesitaban. Incluso intercedieron ante el Consejo solar, vía telepantalla, pero la respuesta fue inexorable: La Galaxia tenía ya demasiados bárbaros y los viajeros tendrían que marcharse.
Quitaron sus baterías de la máquina e instalaron un pequeño motor atómico con reservas de energía casi ilimitada. Haward les proporcionó un psicófono para que pudieran entenderse con seres de cualquier época. Pero los viajeros no estaban contentos.

4300. Los edificios del "campus" habían desaparecido para ser reemplazados por pequeñas y cómodas residencias veraniegas. Jóvenes y muchachas de irisados y breves atuendos se congregaron en torno a la máquina.
—¿Son ustedes viajeros del tiempo?— preguntó uno de los muchachos.
Al verles afirmar quisieron que les hicieran el relato de sus viajes. Era el mayor acontecimiento que habían tenido desde que una nave llegó de Sirio.
Pronto comprendió Harrison que tampoco allí encontrarían ayuda. Era obvio que intentarían retenerles especialmente las mujeres, cuyos suaves brazos rodeaban los cuellos de los viajeros.
Era difícil negarse y Belgotai acabó por sonreír.
—Pasemos la noche aquí— - sugirió.
Fue una noche de orgía. Harrison consiguió reunir unos cuantos datos. Sol era en esa época un remanso galáctico, desbordante de riqueza y guardado por mercenarios no humanos contra los depredadores y conquistadores interestelares. Se había convertido en lugar de recreo de los hijos de los grandes negociantes. Pensando en Leticia, Harrison quiso llorar, pero su pecho estaba seco y frío.
Belgotai tenía a la mañana siguiente una horrible resaca, pero desapareció pronto con la bebida ofrecida por una de las muchachas. Entonces estuvo ya en condiciones de reanudar el viaje. Y pronto el brillante escenario se perdió en el tiempo.

4400. Una villa ardía y el humo y las llamas ascendían por el cielo nuboso. Tras de ellas aparecía la sombría mole, llena de cicatrices, de una astronave. A su alrededor hervía un torbellino humano, enormes individuos barbudos con yelmos y corazas, riéndose mientras cargaban el dorado botín y a los cautivos que se debatían. ¡Los bárbaros habían llegado!
Los dos viajeros saltaron de nuevo a su máquina. Aquellas armas podían convertirla en una masa ígnea y Harrison accionó la palanca mucho más adelante.
—No encontraremos un científico en una edad salvaje— dijo— . Probaré el año cinco mil.
Cuando la aguja se aproximaba a los seis siglos, Harrison trató de accionar la palanca sin conseguirlo.
—¿Qué ocurre?— preguntó Belgotai.
—Se trata del detector automático de masas. Seríamos aniquilados si emergiésemos en el mismo espacio que ocupa la materia sólida. El detector evita que el impulsor pueda detenerse donde descubre esa estructura. ¡Algún estúpido debe haber construido una casa precisamente donde estamos!

La aguja traspasó el límite y siguieron bramando a través de una tonalidad oscura sin contorno. Harrison ajustó el cuadrante y anotó el primer medio milenio. Era interesante saber qué año sería cuando emergiesen. Tenía la esperanza de que fuese pronto. Las obras del hombre eran tan terriblemente pasajeras...
Dos mil años...
Tres mil...
La cara de Belgotai aparecía blanca.
—¿Hasta dónde vamos a ir?— preguntó.
—No lo sé.
El increíble trance duraba ya veinte mil años. En el 25296, la palanca cedió súbitamente bajo la presión de Harrison. La máquina surgió a la realidad, se estremeció y descendió unos cuantos pies antes de encontrar su equilibrio. Se precipitaron a la puerta.
El impulsor descansaba sobre un bloque de piedra grande como una pequeña casa. Se hallaban hacia la mitad de una pirámide de piedra gris, de un tetraedro de unos ochocientos metros de altura y casi el doble en cada lado de la base. Arboles y césped crecían en sus titánicas laderas.
No se veía el viejo río y un lago antes inexistente relucía a lo lejos. Las colinas parecían más bajas y estaban cubiertas de bosques. También descubrieron una nave espacial, una máquina monstruosa con la proa apuntando al cielo y un escudo con un sol ardiente en su casco. Había hombres trabajando junto a ella.
Pero, ¡no todos eran hombres! Una docena de grandes ingenios relucientes se afanaban sin vigilancia al pie de la pirámide. "Robots". Y del grupo que se volvió a mirar a los viajeros, dos eran rechonchos y cubiertos de pelo azul, con caras y manos de seis dedos.
Harrison se dio cuenta, con un escalofrío, de que estaba viendo inteligencias extraterrestres. Pero era a los hombres a quienes miraba. Se trataba de individuos altos, con rasgos finos y aristocráticos y una especie de calma innata. Resultaba imposible describir su vestimenta, una especie de temblor irisado que les rodeaba. Harrison pensó que así debían ser los viejos dioses del Olimpo, seres más grandes y hermosos que los hombres.
Pero fue una voz humana la que se dirigió a ellos en un tono grave y bien modulado y un idioma totalmente extraño. Entonces recordó con exasperación que había olvidado el psicófono. Mientras tanto, uno de los seres azules manejaba un globo del que parecía surgir la familiar voz traductora:
_...viajeros del tiempo.
—Sin duda del más remoto pasado— dijo otro
—Escuchen— les espetó Harrison— . Estamos en un apuro. Nuestra máquina no puede retroceder y tenemos que encontrar una época en la que sepa cómo invertir el efecto. ¿Pueden ustedes hacerlo?
Uno de les extraños seres sacudió su cabeza.
—No— dijo— . La física no conoce el modo el retroceder más allá de unos setenta anos. A partir de ahí la energía necesaria se aproxima al infinito y..
Harrison soltó un gruñido.
—Eso ya lo sabemos— dijo Belgotai con rudeza.
—Pero pueden quedarse a descansar— intervino otro de los hombres con voz amable— . Será interesante escuchar su historia.
—Se la he contado a mucha gente en los últimos milenios— replicó agriamente Bernard— . Oigamos la de ustedes para variar.
Dos de ellos cambiaron palabras en voz baja que Harrison tradujo por: "Bárbaros... emociones infantiles... vamos a seguirles la corriente..."
—Somos una expedición arqueológica que está excavando la pirámide— dijo con aire paciente uno de los hombres— . Pertenecemos al Instituto Galáctico, rama del sector de Sarlan. Yo soy Lord Arsfel de Astracyr y éstos son mis ayudantes. Los no humanos son del planeta Quulhan, cuyo sol no es visible desde la Tierra.
—¿Quién la construyó?— preguntó Harrison, señalando hacia la gran mole de la pirámide.
—Los ixthuli alzaron estas estructuras en los planetas que conquistaron. No se sabe de dónde venían ni lo que al fin fue de ellos. Esperamos encontrar respuesta en sus pirámides.
La atmósfera se hizo más amistosa. Todos escucharon con profundo interés los relatos de Harrison y Belgotai y a cambio les dieron una pequeña lección de historia.
Tras las ruinosas guerras de los ixthuli, la Galaxia había logrado un rápido progreso. Las nuevas técnicas de psicología matemática hicieron posible conjuntar a los pueblos de mil millones de mundos y regirlos con eficacia. El Imperio galáctico era igualitario. Próspero y pintoresco, con tal diversidad de razas y culturas, avanzaba en las Ciencias y las Artes. En cuanto a los bárbaros que habitaban más allá de las Nubes Magallánicas, Arsfel albergaba el convencimiento de que no serían un estorbo, pues no tardarían a ser civilizados.
Sol casi podía ser llamado territorio bárbaro, aunque quedase dentro de las fronteras imperiales. La civilización estaba concentrada en torno al centro de la Galaxia y Sol se encontraba en lo que era actualmente un rincón del espacio remoto y con escasa densidad estelar. La raza humana casi había olvidado su antiguo hogar.
La estampa resultaba triste para un americano.
Pensó en la Tierra girando solitaria por el espacio vacío, en el arrogante imperio y todos los poderosos dominios que habían mordido el polvo a través de los milenios. Al fin se atrevió a sugerir que tampoco esta civilización era inmortal. Inmediatamente se vio inundado de cifras, hechos y lógica, de todo el curioso simbolismo paramatemático de la moderna psicología de masas. Pudieron demostrarle rigurosamente que la presente situación era intrínsecamente estable y diez mil años de historia no habían podido conmover esa seguridad.
También les mostraron el enorme interior de su astronave, los lujosos apartamentos de la tripulación, la intrincada maquinaria que pensaba por sí misma. Arsfel trato de mostrarles su arte, sus psicolibros, pero fue imposible porque no podían comprenderlos¡Salvajes! ¿Podía un aborigen australiano haber apreciado a Rembrandt, Beethoven, Kant o Einstein?
—Será mejor marcharse— susurró Belgotai— . Esto no es para nosotros.
Harrison asintió. La civilización había ido demasiado lejos.
—Yo les aconsejaría avanzar por largos intervalos— dijo Arsfel— . La civilización galáctica no habrá llegado aquí hasta dentro de muchos miles de años y, desde luego, cualquier cultura nativa que se desarrolle en Sol será incapaz de ayudarles... De aquí en adelante no encontrarán mas que paz y cultura, a menos que los bárbaros de la Tierra se hagan hostiles; pero siempre podrán dejarlos atrás. Más pronto o más tarde aquí habrá una auténtica civilización que podrá ayudarles.
—Dígame— pregunto Harrison ¿Cree que la máquina del tiempo negativa llegará a inventarse?
Uno de los seres de Quulham sacudió su cabeza.
—Lo dudo— dijo gravemente -. Hubiéramos tenido visitantes del futuro.
—¡Vamos!— rugió Belgotai.

En 26 000 los bosques continuaban y la pirámide se había convertido en una alta colina en la que los árboles se balanceaban al viento.
En 27 000 una pequeña aldea de casas de piedra y madera aparecía en medio de campos de espigas
En 28000 había hombres derruyendo la pirámide para aprovechar la piedra. Su enorme masa no desapareció hasta el año 30000. Belgotai pensó en Lord Arsfel, que ahora llevaba cinco mil años en su tumba.
En 31000 se materializaron sobre uno de los anchos céspedes que se extendían entre las torres de una amplia y fastuosa ciudad. Los aparatos ronroneaban sobre sus cabezas y una nave espacial apareció junto a ellos.
—Supongo que ha llegado el imperio— comentó Belgotai.
—Esto parece pacífico. Saldremos y hablaremos con la gente.
Les recibieron mujeres altas Y majestuosas en blancas túnicas de líneas clásicas. Al parecer, Sol era ahora un matriarcado. Supieron que el imperio no había llegado nunca hasta allí. Sol pagaba tributo y las fronteras reales de la cultura galáctica no habían cambiado.
Nada se sabía de la teoría del tiempo. Siendo así, ¿no les importaría continuar? No encajaban en la minuciosamente reglada cultura terrestre.
—No me gusta esto— dijo Harrison al volver a su máquina.
—Yo creo— comentó Belgotai— que Arsfel, a pesar de todas sus fantásticas matemáticas, estaba equivocado. Nada dura siempre.

34 000. El matriarcado había desaparecido. La ciudad era un caótico montón de piedras ennegrecidas por el fuego. Había esqueletos entre las ruinas.
—Los bárbaros están otra vez en movimiento— dijo heladamente Harrison— . No hace mucho que estuvieron aquí, pues estos huesos son relativamente recientes. Un imperio como éste puede tardar en morir miles de años, pero está condenado.
—¿Qué vamos a hacer?— - preguntó Belgotai.
—Continuar. No nos queda más recurso.

35 000. Había una choza aldeana entre árboles enormes y viejísimos. Aquí y allá surgía de la tierra una columna rota, resto de la ciudad. Al aparecer la máquina un hombre barbudo, su mujer y un grupo de chiquillos huyeron aterrados.

36000. Había otra vez un pueblo, con una vieja y gastada nave espacial. Media docena de razas diferentes, incluida la humana, se ajetreaban alrededor, trabajando en la construcción de alguna máquina enigmática. Llevaban ropas sencillas con armas al costado.

Su jefe era un joven con la capa y el yelmo de los oficiales del Imperio. Pero estos arreos tenían por lo menos un siglo. Resultaba extraño oírle repetir que permanecía fiel al emperador.

¡El Imperio! Todavía su gloria remota allá entre las estrellas, iba lentamente desvaneciéndose mientras los bárbaros penetraban en él.
—Nos espera un buen trabajo— dijo el jefe con indiferencia— . Tautho de Sirio caerá pronto sobre el Sol. Dudo que podamos resistir mucho tiempo. La muerte es todo nuestro porvenir.
Pasaron allí la noche y por la mañana volvieron a la máquina para proseguir el viaje.
Harrison contempló con ansiedad el tablero de control y comentó que tendrían que ir lejos.
50000. Surgieron de su jornada Por el tiempo y abrieron la puerta. Un rudo viento cayó sobre ellos arrastrando finos copos de nieve. Había hielo en el río que murmuraba oscuramente junto a los bosques.
La geología no trabajaba tan de prisa. Catorce mil años no eran mucho tiempo para el lento mudar de los planetas. Aquello debía haber sido obra de seres inteligentes, devastando y azotando el mundo con insensatas guerras. Una gris masa pétrea dominaba el paisaje. Se elevaba enorme a unas cuantas millas y sus macizas torres almenadas se adentraban audazmente en el cielo. Estaba medio en ruinas, con sus piedras derribadas por energías que fundieron la roca y borradas en incontables milenios de intemperie.

—Todo está muerto— dijo débilmente Harrison
—¡No! Mira, Bernard, creo que allí hay una bandera.

El viento soplaba y les penetraba como cuchillos.
—¿Vamos a ir?— - preguntó Harrison.
—Sí. Lo peor que pueden hacer es matarnos y empiezo a creer que no es tan malo.
A medida que se aproximaban a la enorme estructura, parecía agigantarse ante ellos. Tenía un bárbaro aspecto. Ninguna raza civilizada la hubiera construido así.
Dos pequeñas y raudas formas se lanzaron al aire desde aquella muralla con aspecto de acantilado.
—Aviones— dijo lacónicamente Belgotai.
Eran ovoidales, sin controles ni ventanillas a la vista. Uno de ellos cubrió a los viajeros mientras el otro descendía. Cuando aterrizó, Harrison vio que estaba cubierto de cicatrices. Pero había un medio borrado sol flamígero en su costado. Aún vivía el recuerdo del Imperio.
Dos seres salieron de la pequeña nave y se aproximaron a ellos empuñando sus armas. Uno era humano, un joven alto y bien formado. El otro...
Era un poco más bajo que el hombre, pero enormemente ancho de pecho y espaldas. Cuatro brazos musculosos nacían de los macizos hombros y una cola peluda fustigaba sus pies con garras. Su cabeza era grande, de amplio cráneo, con un rostro redondo y semianimal. Enormes bigotes sombreaban su boca de afilados colmillos. No llevaba encima más que unos arreos de cuero, pero un suave pelo gris azulado le cubría el cuerpo.
El psicófono restalló con el saludo del hombre:
—¿Quién vive?
—Amigos— dijo Harrison— . Sólo queremos noticias.
—¿De dónde sois?— había un tono duro y perentorio en la voz del hombre— . ¿Qué clase de nave es la suya?
—Tranquilízate, Vargor— ronroneó la voz profunda del otro ser— . Bien ves que no es una nave espacial.
—No— dijo Harrison— . Es un impulsor temporal.
—¡Viajeros del tiempo!— - los ojos de un azul intenso de Vargor se abrieron con asombro— . Había oído hablar de ello, pero... ¿viajeros del tiempo?— Y de pronto— : ¿De dónde sois? ¿Podéis ayudarnos?
—Somos de una época muy lejana y estamos solos.
—¿A dónde vais?— preguntó Vargor.
—Al infierno, lo más probable, Nos estamos helando aquí fuera. ¿Podríamos entrar?
—Sí. Venid con nosotros. Pero no debéis ofenderos si enviamos una escuadra a inspeccionar vuestra máquina. Tenemos que ser precavidos.
—¡Bienvenidos a la fortaleza de Brontothor! ¡Bienvenidos al Imperio galáctico!
—¿El Imperio?
—Esto es todo lo que queda de él. Una fortaleza fantasmal en un mundo helado, último fragmento del viejo Imperio.
Entraron en el estropeado aparato, se elevaron y poco después descendían al otro lado de la vieja muralla en un gigantesco patio con banderas, junto a la monstruosa mole del torreón. Se alzaba en varias plantas, con patéticos jardincillos sobre las terrazas, hasta una transparente cúpula de plástico. En las gruesas paredes había armas montadas apuntando hacia el exterior. Hombres con cascos y fusiles de energía estaban apostados como centinelas. Hombres, mujeres y niños deambulaban bajo las monstruosas murallas
—Allí está Taury— dijo el ser de otro mundo señalando a un pequeño grupo reunido en una de las terrazas. Su amplia boca se abrió en alarmante sonrisa— . Perdonadme por no haberme presentado antes. Soy Hunda de Haamigur, general de los ejércitos imperiales y mi compañero es Vargor Alfrid, príncipe del Imperio. Taury es descendiente directo de Maurco el "Legislador", último emperador debidamente ungido.
Al acercarse al grupo formado por media docena de ancianos, éstos se pusieron de pie. Sus largas barbas se movían azotadas por la ventisca. Uno de los personajes tenía la cara de un ave de largo pico.
—La corte de la emperatriz Taury— dijo Hunda.
Harrison y Belgotai contemplaron embobados a la emperatriz, tan alta corno un hombre, Sin embargo, bajo su túnica de eslabones de plata y su capa adornada con pieles era aquella la mujer con la que alguna vez habían soñado sin encontrarla nunca. Su orgullosa cabeza tenía algo que recordaba a Vargor, pero toda su nobleza era femenina. Sus ojos grandes, oblicuos y grises como los mares nórdicos, les contemplaban.
Harrison recobró el habla.
—Majestad, soy Bernard Harrison, de América, hace cuarenta y ocho mil años y mi compañero es Belgotai de Syrtis, soldado de fortuna de Syrtis, unos mil años después. Estamos a vuestro servicio.
—Es un raro placer Entremos, por favor, y olvidad la etiqueta. Esta noche limitémonos a vivir.
Fueron a tornar asiento en una sala acogedora cubierta de tapices, con pieles en el suelo y un alegre fuego en la chimenea.
—¿Así que no podéis regresar a vuestro mundo?— dijo la voz grave de Taury— . Lo malo es que no puedo aconsejaros que os quedéis, pues los tiempos no son buenos.
—Nos quedaremos unos días— decidió Harrison.
—No conseguiréis nada— zanjó Hunda— El principio del impulsor temporal se perdió hace mucho tiempo; pero aun queda mucha técnica superior a la de vuestra época.
—Lo sé— dijo Harrison— , aunque la verdad... en ninguna otra época nos hemos encontrado tan a gusto.
—Las venideras serán peores. Cuando lleguen los anvardi creo que todos moriremos. "El Soñador", el último de los consejeros del Imperio, me dijo en cierta Ocasión que quizá fuera mejor así.
—¿Cómo llegaron aquí a la Tierra los de Vro-Hi, precisamente entre tantos planetas?— quiso saber Bernard Harrison.
—Os bastará saber que lo más que el emperador llegó a mandar fue una pequeña flota. Mi padre pudo salvarse de la destrucción a que fue sometido huyendo con tres naves hacia la periferia. Pensó que valía la pena buscar refugio en Sol.
El Sistema Solar había sido cruelmente devastado en las edades oscuras. Las grandes obras de ingeniería que hicieron habitables los demás planetas fueron destruidas y la propia Tierra resultó asolada. Se había utilizado un arma que consumía el bióxido de carbono de la atmósfera. Harrison, recordando la explicación que de las épocas glaciares daban los geólogos de su tiempo, asintió comprendiendo. Sólo unos cuantos salvajes famélicos vivían ahora en el planeta. Y todo el sector de Sirio ofrecía tal desolación que ningún conquistador creía que valiese la pena ocuparse de él.
Al emperador le había gustado hacer del antiguo solar de su raza la capital de la Galaxia y se había trasladado a la arruinada fortaleza de Brontothor un milenio después.
Al día siguiente, Taury condujo a los viajeros por las zonas subterráneas a visitar a "El Soñador" y Vargor les acompañaba.
Atravesaron inmensas cavernas con bóvedas abiertas en la roca, túneles de silencio donde sus pisadas despertaban ecos fantasmales. De vez en cuando pasaban junto a una mole monstruosa; el herrumbroso armazón de alguna vieja máquina,
—En otro tiempo hubo aquí pavimentos rodantes— dijo Taury al iniciar su recorrido— Pero no hemos intentado instalar otros nuevos. Hay demasiadas cosas que hacer... reconstruir una civilización con restos dispersos.
Taury marchaba delante, con su melena leonina como una llama entre los sombras oscilantes. Vargor le seguía los pasos y Belgotai caminaba como un felino. Harrison pensó en el extraño grupo que formaban, cuatro seres humanos del alba y el crepúsculo de la civilización, pareciéndole que jamás había sido otra cosa que un cortesano de la emperatriz galáctica.
Cuando Taury abrió una puerta y apareció "El Soñado— ", Harrison, que iba preparado a todo, sufrió un rudo choque, Se había imaginado un grave personaje de barba blanca o un arácnido de enorme cabeza o un cerebro desnudo latiendo en una caja de alimentación Pero el último de los Vro-Hi era un monstruo, aunque tenía incluso una belleza misteriosa. Su gran cuerpo brillaba, iridiscente, y sus múltiples manos de siete dedos eran flexibles y graciosas; sus ojos, enormes estanques de oro líquido.
Al ver a los recién llegados se incorporó sobre sus renqueantes piernas. Apenas levantaba seis palmos del suelo, aunque la parte que era a la vez cabeza y cuerpo fuese grande y maciza. Su encorvado pico no se abrió y el psicófono permaneció silencioso. Cuando las largas antenas apuntaron hacia Harrison, éste oyó:
—Salud, majestad, Salud, alteza. Salud, hombres que llegáis del tiempo.
Telepatía... telepatía directa
—Gracias, señor. Pero, ¿cómo sabéis... ?— preguntó el extrañado Bernard.
—No he leído los pensamientos de tu mente, viajero Los Vro-Hi siempre respetamos la intimidad. Pero mi inducción es obvia.
—¿Es que pensaste durante tu último trance?— le preguntó Vargor— . ¿Llegaste a algún plan?
—No, alteza— vibró "El Soñador"— , mientras los factores permanezcan constantes no podemos hacer mas de lo que ya hacemos. Estuve trabajando en la base filosófica que ha de tener el segundo imperio.
_¿Qué segundo imperio?— ironizó Vargor.
—El que ha de llegar... algún día.— Los sabios ojos de "El Soñador" se posaron en Harrison y Belgotai
—Con vuestro permiso— pensó— me gustaría explorar vuestros depósitos de memoria. Sabemos tan poco de vuestra época... Os aseguro que un ser humano que ha vivido medio millón de años es capaz de guardar todos los secretos y se abstiene de emitir juicios morales. La exploración, de todos modos, será necesaria si he de enseñaros nuestro lenguaje.
—Adelante— dijo Harrison con repugnancia.
Por un momento sintió vértigo y un escalofrío, Taury le rodeó con su brazo y en seguida todo pasó.
—¿Y eso es todo?
—Sí. Un cerebro de Vro-Hi puede registrar un número infinito de unidades simultáneamente. ¿Te has dado cuenta en qué lengua acabas de hablar?
—¡Eh ... yo!— Harrison dejó escapar— : ¡Por los dioses! ¡Sé hablar estelar!.
—Sí— pensó— "El Soñador"— , los centros del lenguaje son particularmente receptivos y es fácil imprimir en ellos. Este método de enseñanza es sencillo y eficaz para aprender idiomas.
—Entonces empiece conmigo— dijo jocosamente Belgotai.
—Os diré que cuanto vi en vuestras mentes, era bueno y honrado. Si os quedaseis seríais útiles aquí. Aunque no debéis ignorar que los tiempos son malos.
La estridente risa de Vargor rompió el silencio.
—Somos unos proscritos y no tenemos futuro, puesto que los anvardi llegan. Cierto que les presentaremos batalla. ¡Va a ser una lucha como no recuerda esta vieja Galaxia!
De labios de Vargor surgió un apagado grito de dolor mientras contemplaba la imagen que saltaba y oscilaba en la gran pantalla de comunicación interestelar. Un hombre había aparecido en ella para decir:
—Sí, majestad, somos cincuenta y cuatro naves atestadas y la flota anvardiana viene persiguiéndonos.
—¿A qué distancia?— preguntó Hunda.
—Medio año— luz, aproximadamente señor. Estaremos cerca de Sol antes de que puedan alcanzarnos.
—¿Están capacitados para hacerles frente?— volvió a preguntar Hunda.
—No, señor— dijo el hombre— , Venirnos cargados de refugiados, mujeres, niños y campesinos desarmados. Si no nos ayudáis, señor, nos venderán como esclavos. No queremos vivir bajo los anvardi.
—¿Cuánto tardaran en llegar aquí?
A esta marcha, señor, acaso una semana— respondió el capitán de la nave.
- Bueno, continuad hacia aquí— dijo Taury con voz cansada . Enviaremos naves contra ellos. Durante la lucha podréis alejaros. No vayáis a Sol, porque habrá que evacuarlo. Nuestros hombres tratarán de establecer contacto con vosotros mas tarde.
—No merecemos tanto majestad. Salvad nuestras naves.
—¡Allá vamos!— dijo Taury con decisión, Y cerró el circuito. Luego se volvió hacia los demás. La roja cabeza tan erguida como siempre.
Impartió órdenes. La mayoría de su pueblo podía marcharse a Arlath, un desierto en el que no serían encontrados por el enemigo. Hunda y ella planearían el ataque. Tendrían que hacerlo lo más eficaz posible utilizando el menor número de naves.
—¡Si tuviésemos armas decentes!— rugió Hunda.
"El Soñador" se irguió y, antes de que pudiese Vibrar, el mismo pensamiento había saltado al cerebro de Harrison. El y el hombre de Vro-Hi se miraban con loca esperanza...
El espacio titilaba con un millón de estrellas. La Vía Láctea espumaba en torno al cielo en un rastro de fría plata y todo era sobrecogedor para un humano. Harrison sintió la soledad como no la había sentido en el viaje a Venus, porque Sol iba quedando a su espalda y se precipitaban al vacío interestelar.

Acababan de instalar la nueva arma en el acorazado, pero no habían tenido tiempo de probarla. Habían tenido que poner toda la flota en juego y la total potencia de combate de Sol. Si vencían los viejos imperiales tendrían una oportunidad pero si fracasaban...
Harrison estaba en el puente tratando de descubrir a la flota anvardiana y Hunda se mantenía en la central de control, haciendo girar los herrumbrosos volantes de señales. "El Soñador" permanecía quieto en un rincón, contemplando extasiado la Galaxia. Los demás miembros de la corte estaban cada uno al mando de un escuadrón y Harrison los había visto por la visiopantalla que enlazaba la flota.
—Faltan pocos minutos, Bernard— dijo Taury.
Se apartó del cristal flexible e inquieta como una tigresa. La fría y blanca luz de las estrellas relucía en sus ojos y en el casco con el sol flamígero que se asentaba en el bronce de su cabello. Harrison admiró su hermosura.
—A ti te toca, Bernard— dijo sonriéndole— ; viniste del pasado para traernos la esperanza. Es bastante para creer en el destino, aunque esto no te hará volver con los tuyos.
Le había tomado una mano y Harrison murmuró que no importaba.
Una voz estalló en el transmisor del puente. Taury abrió la pantalla y surgió un rostro fuerte, orgulloso y cruel, el sol brillando en su pelo verde.
- Saludos, Taury de Sol— dijo el anvardiano -. Soy Ruulthan, emperador de la Galaxia,
—Sé bien quién eres— -— dijo Taury sin alterarse— , pero no reconozco ese supuesto título.
—Nuestros detectores informan de tu aproximación con una flota que es la décima parte de la nuestra. Tenéis una nave Supernova, pero también nosotros. A menos que os avengáis a negociar seréis aniquilados.
—¿Cuáles son vuestras condiciones?
—Rendición, ejecución de los criminales que dirigieron los ataques a los planetas anvardianos y tu vasallaje ante mí como emperador galáctico.
Taury, asqueada, se volvió y Harrison dijo a Ruulthan en lenguaje explícito lo que debía hacer con sus condiciones y apagó la pantalla.
—Toma los mandos, Bernard— dijo Taury mirándolo intensamente y señalando al mismo tiempo hacia el artefacto de propulsión temporal. Si caemos en esto... adiós, Bernard.
—Adiós— respondió él con voz sombría.
Se instaló ante sus controles. Levantó un brazo y Hunda cortó la hiperpropulsión. A poca velocidad intrínseca el "Venganza" quedó cerniéndose en el espacio mientras las invisibles naves de su flota se alejaban hacia los anvardi. Lentamente hizo descender la palanca de impulsión temporal. La nave rugió cuando la energía atómica invadió los poderosos circuitos construidos para arrastrar su enorme masa a través del tiempo. Se conmovió la gigantesca máquina y una grisura sin contornos surgió al otro lado de las compuertas.
Hizo a la nave retroceder tres días. Se encontraba en el espacio vacío, todavía con los anvardi a distancia fantástica. Sus ojos se fijaron en la chispa amarilla del Sol, concentrando todas sus energías en instalar el impulsor temporal que acababa de hacerles retroceder... Esto no tenía sentido. La simultaneidad era arbitraria. Y ahora había una tarea que cumplir.
Le llegó la voz del jefe de astrogantes con un torrente de cifras. Tenían que hallar la posición exacta en la que el navío almirante de los anvardianos se hallaría dentro de setenta y dos horas. Hunda envió las señales a los "robots" del cuarto de máquina y, pesadamente, el "Venganza" comenzó a deslizarse a través de cinco millones de millas de espacio.
Harrison pensó en aquellos tres días adelante en el tiempo que les permitirían aparecer al costado del acorazado anvardiano.
Frenéticamente Hunda volvió a poner en marcha la hiperpropulsión, alcanzando velocidades superiores a las de la luz. Ahora veían la nave, erguida como una montaña de metal contra las estrellas. ¡Y todas las armas del "Venganza" dispararon a la vez!
El cañón "Vorágine", los barrenadores, las granadas y torpedos atómicos, los desplazadores de gravedad... todo el infierno acumulado en los torturados siglos de historia vomitó contra las pantallas del navío insignia anvardiano.
Bajo la monstruosa descarga, que llenó el espacio de devastadora energía hasta parecer que su misma estructura iba a entrar en ebullición, las pantallas se derrumbaron. A través de la materia sólida del casco horadaron, cortaron, desintegraron. El acero se convertía en vapor, en pura energía devoradora que se revolvía contra los demás materiales sólidos. Penetrando más y más en el casco, aquella furia era una llama asoladora que no dejaba tras de sí ni cenizas.
Ahora el resto de la flota imperial cargaba contra los anvardi. Atacada desde el exterior y con un monstruo devorador en su propia entraña, la flota anvardiana se dislocó y sus unidades lucharon a la desesperada.
Los anvardi seguían teniendo el número a su favor. Morían, pero también mataban y el puente del "Venganza" se estremecía y rugía con el fragor de la batalla. Los partes retumbaban en el altavoz: Pantalla 3 eliminada... Compartimento 5 no responde... Torre "Vorágine" 537 fuera de combate...
Harrison se encontró manejando un cañón, disparando contra navíos invisibles, buscando el blanco...
—¡Huyen!
El grito de júbilo atravesó lo que quedaba de la enorme y vieja nave. ¡Victoria! ¡Victoria! Era un grito repetido que no habla sonado allí desde hacia cinco mil años.
Harrison podía ver las dispersas unidades de los anvardi lanzadas hacia la Galaxia en desesperada búsqueda de refugio, perseguidas y acosadas por la flota imperial.
"El Soñador" se puso en pie y ya no fue un pequeño monstruo de piernas torpes, sino un dios viviente cuyo terrible pensamiento cruzó el espacio, más rápido que la luz, para plantarse rugiente en los cráneos de los bárbaros: "Soldados de los anvardi: vuestro falso emperador ha muerto y Taury "la Roja", emperatriz de la Galaxia, se alza con la victoria. Os ofrecemos amnistía y salvoconducto. Llevad esta nueva a vuestros planetas: ¡Taury "la Roja" convoca a todos los jefes de la confederación anvardiana a jurarle fidelidad y a ayudarle a restaurar el imperio galáctico!"


Estaban en el balcón de Brontothor y volvían a contemplar la vieja Tierra por primera vez en casi un año. A Harrison le resultaba extraño observar su tierra natal tras aquellos meses en los múltiples y dispersos mundos de una Galaxia más enorme de lo que era capaz de imaginar. Había como un pequeño nudo en su corazón porque estaba diciendo adiós al mundo de Leticia,
Leticia ya no existía. Era parte de un pasado muerto hacía cuarenta y ocho mil años. Ahora Taury tendría que trasladar la capital imperial del aislado Sol a la céntrica Estrella Polar y no pensaba tener nueva oportunidad de visitar la Tierra. Por eso había cruzado un millar de estrellados años— luz hasta el pequeño y solitario Sol, que había sido su morada. Llevaba consigo naves, máquinas y tropas. Los ingenieros climatólogos volverían a desviar el glacial invierno de la Tierra hacia sus polos y comenzarían la recolonización de los demás planetas. Habría escuelas, fábricas, civilización... Sol tendría motivos para recordar a su emperatriz.
Y con Harrison, en el viejo castillo arruinado, estaba Taury, contemplando la noche terrestre. Era tarde y todos debían dormir. La quietud era inmensa y los ruidos parecían haberse congelado en la helada calma.
La luna se posó, blanca, en la cara de ella, sembrando de fantasías sus ojos y su pelo. Parecía una diosa de la noche.
—¿En qué pensabas, Bernard?— le preguntó al cabo de un rato.
—Más creo que soñaba. Me resulta extraño pensar que he dejado mi tiempo y ahora incluso voy a dejar mi mundo.
—Lo sé— asintió ella con gravedad— . Yo siento lo mismo. No tendré en adelante tiempo ni para reír. Cuando se trabaja para un millón de estrellas no hay ocasión de ver iluminarse la cara de un hombre con el agradecimiento a nuestras obras. Regiremos un mundo de extraños...
Siguió otro momento de silencio bajo las distantes estrellas.
—Bernard... estoy tan sola...
La tomó en sus brazos. Sintió sus labios fríos, con el mismo relente cruel y silencioso de la noche, pero ella le correspondió con fiero anhelo.
—Creo que te amo Bernard— dijo al cabo de un rato— y nunca más volveremos a estar solos...
La luna ganaba ya el negro horizonte cuando la acompañó a sus habitaciones, La despidió con un beso y echó a andar por el sombrío corredor hacia su cuarto. La cabeza le daba vueltas; estaba ebrio con tanta dulzura y maravilla. Sentía deseos de cantar, reír y abrazar a todo el mundo estrellado. ¡Taury! Taury! ¡Taury!
Descubrió una silueta envuelta en una capa oscura. Una luz indecisa se reflejaba en su cara atormentada. Era Vargor.
—¿Qué ocurre?
La mano del príncipe se alzó y Harrison vio la oscura boca de una pistola aturdidora apuntándole.
—Lo siento, Bernard— dijo Vargor, sonriendo amargamente.

Harrison quedó paralizado e incrédulo. Vargor... el que había luchado junto a él. Se habían salvado mutuamente la vida, reído y trabajado juntos... ¡Vargor!
Relampagueó el arma. Algo crujió en su cráneo y se sintió hundir en las tinieblas.

Su despertar fue lento y el dolor iba invadiendo.
Sus nervios a medida que recuperaba la sensibilidad. Cuando su visión se aclaró, vio que estaba atado y amordazado en el suelo de su impulsor.
La máquina del tiempo... la había olvidado, abandonada en un cobertizo mientras recorría los astros.
Vargor estaba plantado en la puerta abierta. El pelo le caía en desorden y sus hermosos rasgos aparecían cansados.
—Perdóname, Bernard, te quiero y tus servicios al imperio no podrán olvidarse. Pero he tenido que emplear esta sucia y baja trampa. He de hacerlo aunque el recuerdo de esta noche me persiga toda la vida.
Harrison intentó sacudirse la mordaza.
—No puedo consentir que grites, Bernard. Amo a Taury; la amo tanto que no puedo estar lejos de ella y por ella sería capaz de hundir el Cosmos. Creí que, poco a poco, empezaba a quererme, pero esta noche os vi en el balcón y supe que estaba derrotado. No ambiciono el poder, puedes creerme. El oficio de rey consorte será duro y poco atractivo, pero si es el medio de tenerla, a él me atendré. Tú no eres de los nuestros y no compartes nuestras tradiciones. Taury ahora puede sentir algo por ti, pero pienso como dentro de veinte años. Sé que corro un riesgo. Si encuentras el medio de invertir la dirección de tu marcha por el tiempo y vuelves aquí, eso supondrá mi desgracia y mi exilio. Sería más seguro matarte, pero no soy tan malvado. Adiós, Bernard y buena suerte.
Accionó la palanca y salió del impulsor cuando éste empezaba a calentarse. La puerta se cerró a su espalda con ruido seco.
Harrison se debatía en el suelo, maldiciendo con su cerebro que era un negro pozo de amargura. Se alzó el gran zumbido del impulsor. Estaba en camino...
—¡No... detén la máquina, Dios mío.
Las cuerdas de plástico le cortaban las muñecas y se encontraba incapaz de alcanzar la palanca. Sus dedos ansiosos recorrieron la superficie de un nudo, buscando con las uñas un asidero, La máquina rugía a toda potencia volando por la infinidad del tiempo.
Le costó mucho soltarse y cuando al fin se puso en pie y se quitó la mordaza pudo mirar hacia la gris opacidad del exterior. La aguja de los siglos pugnaba contra el tope final. Calculó vagamente que había avanzado ya unos diez mil años.
Con un furioso manotazo hizo bajar la palanca. Fuera estaba oscuro y permaneció estúpidamente absorto durante unos momentos, hasta que advirtió el agua que se filtraba en la cabina por las junturas de la puerta. ¡Estaba bajo el agua! Frenéticamente volvió a empujar la palanca,
Probó el agua caída en el suelo. Era salada. En algún momento de esos diez mil años, por razones naturales o artificiales, el mar había llegado a cubrir el solar de Brontothor. Mil años después seguía bajo su superficie. Taury había muerto … y habían muerto también Belgotai, Hunda, e incluso "El Soñador"! Él mar rugía sobre la muerta Brontothor y él estaba solo. Apoyó la cabeza en los brazos y rompió a llorar.
Durante tres millones de años el océano continuaba cubriendo el solar de Brontothor. Y Harrison seguía adelante. A intervalos se detenía para ver si las aguas se habían retirado. Pero no. Y empezó a computar fechas. Varias veces pensó en detener la máquina y morir ya que Taury había muerto. Y lo hizo a los cuatro millones de años. Entonces descubrió que a su alrededor había aire seco.
Estaba en una ciudad, pero en una ciudad distinta a cuantas había visto e imaginado. No podía seguir la extraña geometría de las estructuras titánicas que surgían en torno. Enormes y devastadoras energías relampagueaban y rugían a su alrededor, como el rayo descendido a la Tierra, y a su paso el aire silbaba y quemaba.
El pensamiento fue un grito que llenó su cráneo y buscó a tientas su significado.
" ¡CRIATURA QUE LLEGAS DE] TIEMPO, DEJA AL MOMENTO ESTE LUGAR O LAS FUERZAS QUE MANEJAMOS TE DESTRUIRÁN."

Aquella visión mental le atravesaba una y otra vez, hasta las mismas moléculas de su cerebro, y su vida estaba abierta ante ellos como una blanca llama incandescente.

¿Podéis ayudarme?, gritó a los dioses, ¿Podéis hacerme retroceder en el tiempo?
"HOMBRE, NADIE PUEDE VOLVER ATRÁS, ES INTRÍNSECAMENTE IMPOSIBLE, HAS DE SEGUIR HASTA EL FIN DEL UNIVERSO, Y MÁS ALLÁ, PORQUE ALLÍ ESTÁ... "
Aulló de dolor cuando aquel pensamiento, aquel concepto insoportablemente grande lleno su cerebro humano.
"¡SIGUE, HOMBRE SIGUE! PERO NO PUEDES SOBREVIVIR EN ESA MÁQUINA. YO LA TRANSFORMARÉ... ¡SIGUE! "
El impulsor volvió a ponerse en marcha por sí solo.
Torva, desesperadamente, Harrison se precipitó en el futuro. La máquina había sido alterada. Ahora era estanca y, pudo comprobar que la ventanilla le resultaba totalmente irrompible. Algo había sido cambiado en el impulsor que lo lanzaba a increíble velocidad. Y millones de años pasaban mientras uno o dos minutos transcurrían dentro del rugiente caparazón.
Pero, ¿qué eran aquellos dioses? Nunca lo sabría, Seres de más allá de la Galaxia, exteriores al Universo mismo... el último producto de la evolución humana. Una cosa estaba bien clara: la raza humana había dejado de existir. En su huida hacia el futuro, se detenía de vez en cuando para lanzar una ojeada al mundo y su tremenda historia. A los cien millones de años contempló grandes copos de nieve arremolinados por el viento. Los dioses habían desaparecido. ¿Es que también morían los dioses?
Nunca lo sabría.
Un ser se acercaba entre la tormenta. El viento precipitaba la nieve a su alrededor en silbantes torbellinos. Su piel gris parecía escarchada. Se movía con gracia flexible e inhumana, apoyándose en un bastón a cuyo extremo brillaba una luz como un diminuto sol.
Harrison le llamó por el psicófono:
—¿Quién eres? ¿Qué haces en la Tierra?
Aquel ser llevaba un hacha de piedra en la mano y una sarta de toscas cuentas alrededor del cuello. Pero miró con resueltos ojos dorados a la máquina y el psicófono trajo su voz ruda:
—Tú debes ser del pasado más lejano, de uno de los primeros ciclos.
—Me dijeron que siguiese hace casi cien millones de años.
—Si ELLOS te dijeron eso... ¡entonces sigue!
Y aquel ser continuo su camino en la tormenta.
Harrison se lanzó adelante. A mil millones de años en el futuro había una ciudad sobre una llanura donde crecía hierba azul. Pero no había sido construida por los humanos y una voz le conminó a alejarse.
El Sol se hacía mas caliente y más blanco a medida que el cielo helio/hidrógeno aumentaba en intensidad. La Tierra giraba acercándosele lentamente. ¿Cuantas razas inteligentes habían surgido en la Tierra, vivido y muerto desde la época en que el hombre salió por primera vez de la selva?
A los cien mil millones de años, el Sol había gastado sus últimas reservas nucleares. Harrison contempló un desnudo paisaje montañoso, árido como la Luna... pero la Luna había caído hacia mucho tiempo hacia su mundo y explotado en lluvia meteórica. La Tierra estaba ahora frente a frente con su estrella; su día era tan largo como su año. Harrison veía parte del enorme disco rojo sangre del Sol brillando desmayadamente.
Algunos miles de años después no había ya otra cosa que la oscuridad más elemental. La entropía había alcanzado su máximo, las fuentes de energía estaban agotadas, el Universo había muerto.
Gritó ante aquel terror de cementerio y lanzó la máquina hacia delante. Sin el mandato de los dioses podría haberlo dejado allí, abrir la puerta al vacío y el cero absoluto y morir de una vez. Pero tenía que seguir. Había alcanzado el fin de todas las cosas, y debía continuar. "Más allá del fin de los tiempos". Transcurrieron miles y miles de millones de años. Harrison yacía en su máquina hundido en un coma apático. Una vez consiguió animarse a comer un sándwich. Era chistoso. El último ser vivo, la última expresión de energía libre en el Universo, devorando un sándwich.
Cuando volvió a detenerse miró al exterior y distinguió un débil resplandor lejano, el más vago indicio de luz, allá en los cielos.
Temblando, saltó otros mil millones de años. La luz era ahora más fuerte, un gran resplandor giraba incipiente en el cielo.

EL UNIVERSO SE TRANSFORMABA.
El espacio debía haberse expandido hasta alguna especie de límite, y ahora estaba recogiéndose sobre sí mismo, para comenzar de nuevo el ciclo, el ciclo repetido nadie sabía cuántas veces en el pasado. El Universo era mortal pero también un fénix que nunca moriría realmente, Y de pronto se vio libre de su deseo de morir. Al borde del fin deseaba contemplar la próxima época, pero, ¿cómo saber si iba a formarse un mundo bajo sus pies?
Con súbita decisión accionó la palanca hacia delante. Y pudo contemplar algunas edades geológicas. pero no salió de su máquina, aunque se detuvo de vez en cuando. La atmósfera sería irrespirable hasta que las plantas hubiesen liberado bastante oxígeno.
¡Siempre adelante! A veces estaba bajo el océano, otras sobre la Tierra. Vio extrañas selvas, con helechos y líquenes gigantes, surgir y perecer en el frío de una época glacial y surgir otra vez con renovadas formas de vida.
Un pensamiento le rondaba, bullendo en su subconsciente mientras avanzaba. No se hizo presente durante varios millones de años, y de pronto... " ¡La Luna! ¡Oh, Dios mío, la Luna!".
Sus manos temblaban demasiado violentamente para poder manejar la máquina. Finalmente, con un esfuerzo, se dominó lo suficiente para empujar la palanca. Salto hacia adelante en busca de una noche de Luna llena.
Allí estaba. El mismo viejo rostro... ¡la Luna!
La impresión fue demasiado grande.. Aturdido, reanudó su viaje, y el mundo empezó a tener un aspecto familiar. Había pequeñas colinas boscosas y un río brillaba a lo lejos...
No acabó de creerlo hasta que vio el pueblo. Era el mismo... Hudson, Nueva York.
Estuvo un gran rato sentado, dejando que su cerebro de físico considerase el tremendo hecho. En términos newtonianos, significaba que cada partícula recién formada en el génesis tenía exactamente la misma posición y velocidad que cada partícula correspondiente del ciclo interior, En el más aceptable lenguaje einsteiniano, el continuo era esférico en todas dimensiones. En cualquier caso... si se viajaba lo suficiente a través del espacio o del tiempo, se volvía al punto de partida.

¡PODRÍA VOLVER A CASA!"

Descendió corriendo la colina bañada de sol, sin cuidarse de su extraño atavío, y siguió corriendo hasta que el aliento le faltó en los pulmones y el corazón parecía a punto de saltarle del pecho. Jadeando, entro en el pueblo, penetró en un banco y miro el maltratado calendario y el reloj de pared.
17 de julio de 1936, a la una y media de la tarde. A partir de estos datos podría calcular al minuto su hora de llegada en 1983.
Regresó lentamente, las piernas temblorosas, y puso de nuevo en marcha la máquina. Fuera se hizo la gris opacidad por última vez.

1983. Bernard Harrison descendió de la máquina. Su movimiento en el espacio, en Brontothor, le había sacado de la casa Jim Carey, y ahora estaba a media ladera de la colina en cuya cima se hallaba el viejo edificio.
Sobrevino un ramalazo de silenciosa energía. Harrison se volvió de un salto, alarmado, y vio cómo la máquina se disolvía en metal fundido... en gas... en una nada que brillo brevemente y desapareció.
Los dioses debieron poner en ella algún dispositivo aniquilador. No querían ver sus ingenios del futuro sueltos por el siglo XX.
Harrison pensó que no había peligro de ello y subió lentamente la colina pisando la hierba húmeda. Había visto demasiada guerra y horror para dar a los hombres unos conocimientos para los que no estaban preparados. Tanto él como Leticia y Jim Carey tendrían que silenciar la historia de su regreso alrededor del tiempo, porque aquello ofrecería un medio de viajar al pasado, y eliminaría la barrera que impedía al hombre el uso del impulsor para el crimen y la opresión. El segundo imperio y la filosofía de "El Soñador" estaban todavía muy lejanos en el tiempo.
Avanzaba. La colina parecía extrañamente irreal después de cuanto había visto, de todo el enorme mañana del Cosmos. Nunca volvería a encajar del todo en la pequeña ronda de días que le quedaban por vivir.
Taury... Su amado rostro flotaba ante él y creyó oír su voz susurrar en el frío y húmedo viento que le acariciaba el pelo como lo hicieran sus manos fuertes y suaves.

—Adiós...— murmuró hacia la cercana inmensidad del tiempo. Adiós, amada mía.
Lentamente subió los escalones y se halló junto a la puerta. Habría que llorar a John. Y después escribir un informe, cuidadosamente censurado, y vivir una vida de atrayente trabajo junto a una muchacha dulce, amable y bella, aunque no fuese Taury. Parecía más que suficiente para cualquier mortal.

Penetró en el living y sonrió a Leticia y Jim Carey.
—Hola— dijo— . Creo que llego algo temprano.

FIN

SOBRE REGLAS : LA REGLA PRIMITIVA DE LOS TEMPLARIOS -- HENRY DE CURSON

SOBRE REGLAS : LA REGLA PRIMITIVA DE LOS TEMPLARIOS -- HENRY DE CURSON

SOBRE REGLAS :
LA REGLA PRIMITIVA DE LOS TEMPLARIOS -- HENRY DE CURSON

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La Regla Primitiva de los Templarios

Henri De Curson



http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/10/sobre-reglas-la-regla-primitiva-de-los.html 

Trad. Mrs. Judith Upton-Ward (Reimpresa con el amable permiso del autor)
Esta traducción de la original, o primitiva, Regla de los Templarios está basada en la edición de 1886 de Henri de Curzon, La Régle du Temple como Manual Militar, o Cómo Desempeñar un Cargo Caballeresco. Representa la Regla dada a los recién originados Caballeros del Temple por el Concilio de Troyes, 1129, aunque, "no debe olvidarse que la Orden había existido durante varios años y desarrollado sus propias tradiciones y costumbres antes de la aparición de Hugues de Payens en el Concilio de Troyes. Por tanto, hasta cierto punto, la Regla Primitiva está basada en prácticas ya existentes." (Upton-Ward, p. 11)

Esta traducción es copia de la de Judith Upton-Ward's The Rule of the Templars, Woodbridge: The Boydell Press, 1992, y ha sido reeditada con su permiso. La Regla de Los Templarios incluye una introducción de Upton-Ward; también la Regla de los Templarios Primitiva y sus estatutos jerárquicos, castigos sobre regulaciones de gobierno, vida conventual, capítulos ordinarios, recepción en la Orden y un apéndice por Matthew Bennett, "La Régle du Temple como un Manual Militar, o Cómo desempeñar un Cargo Caballeresco". El libro es extremadamente recomendable para aquellos interesados en los Templarios o en cualquier orden militar. Ahora es asequible en formato dgital.

Las notas para la Regla Primitiva, facilitados por Mrs. Upton-Ward en la Regla de los Templarios, no se incluyen en este texto. Son de considerable interés y deberían ser consultados por aquellos que deseen estudiar la Regla con más detalle.

La Regla Primitiva
Aquí comienza el prólogo a la Regla del Temple

1. Nos dirigimos, en primer lugar a todos aquellos quienes con discernimiento rechazan su propia voluntad y desean de todo corazón, servir a su rey soberano como caballero; llevar con supremo afán, y permanentemente, la muy noble armadura de la obediencia. Y por tanto, nosotros os invitamos, a seguir a los escogidos por Dios de entre la masa de perdición y a quienes ha dispuesto, en virtud de su sutil misericordia, defender la Santa Iglesia, y que vosotros anheláis abrazar por siempre.

2. Por sobre todas las cosas, quienquiera que ser un caballero de Cristo, escogiendo estas sagradas ordenes en su profesión de fe, debe unir sencilla diligencia y firme perseverancia, que es tan valiosa y sagrada, y se revela tan noble, que si se mantiene impoluta para siempre, merecerá acompañar a los mártires que dieron sus almas por Cristo Jesús. En esta orden religiosa ha florecido y se revitaliza la orden caballeresca. La caballería, a pesar del amor por la justicia que constituye sus deberes, no cumplió con sus con ellos, defendiendo a los pobres, viudas, huérfanos e iglesias, sino que se aprestaron a destruir, despojar y matar. Dios que actúa conforme a nosotros y nuestro salvador Cristo Jesús; ha enviado a sus partidarios desde la ciudad Santa de Jerusalén a los acuartelamientos de Francia y Borgoña, para nuestra salvación y muestra de la verdadera fe, pues no cesan de ofrecer sus vidas por Dios, en piadoso sacrificio.

3. Ante ello nosotros, en completo gozo y hermandad, por requerimiento del Maestro Hugues de Payen, por quien la mencionada orden caballeresca ha sido fundada con la gracia del Espíritu Santo, nos reunimos en Troyes, de entre varias provincias más allá de las montañas, en la fiesta de San Hilario, en el año de la encarnación de Cristo Jesús de 1128, en el noveno año tras la fundación de la anteriormente mencionada orden caballeresca. De la conducta e inicios de la Orden de Caballería hemos escuchado en capítulo común de labios del anteriormente citado Maestro, Hermano Hugues de Payen; y de acuerdo con las limitaciones de nuestro entendimiento, lo que nos pareció correcto y beneficioso alabamos, y lo que nos pareció erróneo rechazamos.

4. Y todo lo que aconteció en aquel Consejo no puede ser contado ni recontado; y para que no sea tomado a la ligera por nosotros, sino considerado con sabia prudencia, lo dejamos a discreción de ambos nuestro honorable padre el Señor Honorio y del noble Patriarca de Jerusalén, Esteban, quien conoce los problemas del Este y de los Pobres Caballeros de Cristo; por consejo del concilio común lo aprobamos unánimemente. Aunque un gran número de padres religiosos reunidos en capítulo aprobó la veracidad de nuestras palabras, sin embargo no debemos silenciar los verdaderos pronunciamientos y juicios que emitieron.

5. Por tanto yo, Jean Michel, a quien se ha encomendado y confiado tan divino oficio, por la gracia de Dios, he servido de humilde escriba del presente documento por orden del consejo y del venerable padre Bernardo, abad de Clairvaux.

Los nombres de los Padres que asistieron al Concilio.

6. Primero fue Mateo, obispo de Albano, por la gracia de Dios, legado de la santa Iglesia de Roma; R[enaud], arzobispo de Reims; H[enri], arzobispo de Sens; y sus clérigos: G[ocelin], obispo de Soissons; el obispo de París; el obispo de Troyes; el obispo de Orlèans; el obispo de Auxerre; el obispo de Meaux; el obispo de Chalons; el obispo de Laon; el obispo de Beauvais; el abad de Vèzelay, quien posteriormente fue arzobispo de Lyon y legado de la Iglesia de Roma; el abad de Cîteaux; el abad de Pontigny; el abad de Trois-Fontaines; el abad de St Denis de Reims; el abad de St-Etienne de Dijon; el abad de Molesmes; al anteriormente mencionado B[ernard], abad de Clairvaux: cuyas palabras el anteriormente citado alabó francamente. También estuvieron presentes el maestro Aubri de Reims; maestro Fulcher y varios otros que sería tedioso mencionar. Y de los otros que no se han mencionado, es importante asentar, en este asunto, de que son amantes de la verdad: ellos son, el conde Theobald; el conde de Nevers; Andrè de Baudemant. Estuvieron en el concilio y actuaron de tal proceder, con perfecto y cuidadoso estudio seleccionando lo correcto y desechando lo que no les parecía justo.

7. Y también presente estaba el Hermano Hugues de Payen, Maestre de Caballería, con algunos de los hermanos que le acompañaron. Estos eran Hermano Roland, Hermano Godefroy, y Hermano Geoffroi Bisot, Hermano Payen de Montdidier, Hermano Archambaut de Saint-Amand. El propio Maestre Hugues con sus seguidores antedichos, expusieron las costumbres y observancias de sus humildes comienzos y uno de ellos dijo: Ego principium qui et loquor vobis, que significa: "Yo quien habla a vosotros soy el principio" según mi personal recuerdo.

8. Agradó al concilio común que las deliberaciones se hicieran allí, y el estudio de las Sagradas Escrituras, que se examinaron profundamente, con la sabiduría de mi señor H[onorius], papa de la Santa Iglesia de Roma y del patriarca de Jerusalén y en conformidad con el capítulo. Juntos, y de acuerdo con los Pobres Caballeros de Cristo del Templo que está en Jerusalén, se debe poner por escrito y no olvidado, celosamente guardado de tal forma, que para una vida de observancia se puedan referir a su creador; comparación más dulce que la miel en paridad con Dios; cuya piedad parece óleo, y nos permite ir hacia Él a quien deseamos servir.
Per infinita seculorum secula. Amen

Aquí comienza la Regla de los Pobres caballeros del Temple.

9. Vosotros los que renunciáis a vuestra voluntad, y vosotros otros los que servís a un rey soberano con caballos y armas, para salvación de vuestras almas y por tiempo establecido, acudiréis con deseo virtuoso a oír matines y el servicio completo, según la ley canónica y las costumbres de los maestros de la Ciudad Santa de Jerusalén. Oh vosotros venerables hermanos, que Dios sea con vosotros, si prometéis despreciar el mundo por perpetuo amor a Dios, desterrar las tentaciones de vuestro cuerpo; sostenido por el alimento de Dios, beber y ser instruido en los mandamientos de Nuestro Señor; al final del oficio divino, ninguno debe temer entrar en batalla si por ende lleva tonsura.

10. Pero si cualquier hermano es enviado por el trabajo de la casa y por la Cristiandad al Este – algo que creemos ocurrirá frecuentemente- y no puede oír el divino oficio, deberá decir en lugar de matines trece padrenuestros; siete por cada hora y nueve por vísperas. Y todos juntos le ordenamos que así lo haga. Pero aquellos que han sido enviados y no puedan volver para asistir al divino oficio, si les es posible a las horas establecidas, que no deberán ser omitidas, rendir a Dios su homenaje.

La Forma en que deben ser recibidos los Hermanos.

11. Si cualquier caballero seglar o cualquier otro hombre, desea dejar la masa de perdición y abandonar la vida secular escogiendo la vuestra en comunidad, no consintais en recibirlo inmediatamente, porque según ha dicho mi Señor San Pablo: Probate spiritus si ex Deo sunt. Que quiere decir: "Prueba el alma a ver si viene de Dios" Sin embargo, si la compañía de sus hermanos le debe ser concedida, dejad que le sea leída la Regla, y si desea explícitamente obedecer los mandamientos de la Regla, y complace tanto al Maestre como a los hermanos el recibirle, dejadle revelar su deseo ante todos los hermanos reunidos en capítulo y hacer su solicitud con corazón digno.

Sobre Caballeros excomulgados.

12.Donde sepáis que se concentran caballeros excomulgados, allí os obligamos a ir; y si alguien desea unirse a la orden de caballería proveniente de regiones lejanas, no deberéis considerar tanto el valor terrenal como el de la eterna salvación de su alma. Nosotros ordenamos que sea recibido condicionalmente, que se presente ante el obispo de la provincia y le comunique su intención. Y, cuando el obispo lo haya escuchado y absuelto, lo enviará al Maestre y hermanos del Temple, y si su vida es honesta y merecedora de su compañía, si parece justo al Maestre y hermanos, dejad que sea piadosamente recibido; y si muriera durante ese tiempo, por la angustia y tormento que ha sufrido, dejad que se le otorguen todos los favores de la hermandad, dados a cada uno de los Pobres Caballeros del Temple.

13. Bajo ninguna otra circunstancia, deberá los hermanos del Temple compartir la compañía de los indiscutiblemente excomulgados, ni que se queden con sus pertenencias; y esto debe ser prohibido encarecidamente porque sería terrible que fueran asimismo repudiados. Pero si solo le ha sido prohibido escuchar el Divino Oficio, es ciertamente posible permanecer en su compañía, así como quedarse con sus pertenencias, entregándolas a la caridad con el permiso de su comandante.

Sobre no aceptar niños.

14. Aunque la regla de los santos padres permite recibir a niños en la vida religiosa, nosotros lo desaconsejamos. Porque aquel que desee entregar a su hijo eternamente en la orden caballeresca deberá educarlo hasta que sea capaz de llevar las armas con vigor, y liberar la tierra de los enemigos de Cristo Jesús. Entonces que su madre y padre lo lleven a la casa y que su petición sea conocida por los hermanos; y es mucho mejor que no tome los votos cuando niño sino al ser mayor, pues es conveniente que no se arrepienta de ello, a que lo haga. Y seguidamente que sea puesto a prueba de acuerdo con la sabiduría del Maestre y hermanos conforme a la honestidad de su vida al solicitar ser admitido en la hermandad.

Sobre los que están de pie demasiado tiempo en la Capilla.

15. Se nos ha hecho saber, y lo hemos escuchado de testigos presenciales, que de forma inmoderada y sin restricción alguna, vosotros escucháis el divino oficio de pie. Nosotros no ordenamos que os comportéis de esta forma, al contrario lo desaprobamos. Disponemos, que tanto los fuertes como los débiles, para evitar desordenes, canten el salmo llamado Venite, con la invitatoria y el himno sentados, y digan sus oraciones en silencio, en voz baja no voceando, para no perturbar las oraciones de los otros hermanos.

16. Pero al final de los salmos, cuando se canta el Gloria patri, en reverencia a la Santísima Trinidad, os pondréis de pie y os inclinareis ante el altar, mientras los débiles o enfermos solo inclinarán la cabeza. Por tanto mandamos; que cuando la explicación de los Evangelios sea leída, y se cante el Te deum laudamus, y mientras se cantan los laudes, y los maitines terminan, vosotros estéis de pie. De esta misma forma dictaminamos que permanezcáis de pie durante maitines y en todas las horas de Nuestra Señora.

Sobre la vestimenta de los Hermanos.

17. Disponemos que todos los hábitos de los hermanos sean de un solo color, bien sea blanco, negro o marrón. Y sugerimos que tanto en invierno como en verano si es posible, lleven capas blancas; y a nadie que no pertenezca la mencionada caballería de Cristo le será permitido tener una capa blanca, para que quienes hayan abandonado la vida en oscuridad se reconozcan los unos a los otros como seres reconciliados con su creador por el signo de sus hábitos blancos: que significa pureza y completa castidad. La Castidad es certeza en el corazón y salud en el cuerpo. Por lo que si un hermano no toma votos de castidad no puede acceder al eterno descanso ni ver a Dios, por la promesa del apóstol que dijo: Pacem sectamini cum omnibus et castimoniam sine qua nemo Deum videbit. Que significa: "Lucha para llevar la paz a todos, manténte casto, sin lo cual nadie puede ver a Dios".

18. Pero estas vestiduras deberán mantenerse sin riquezas y sin ningún símbolo de orgullo. Y así, nosotros exigimos que ningún hermano lleve piel en sus vestidos, ni cualquier otra cosa que no pertenezca al uso del cuerpo, ni tan siquiera una manta que no sea de lana o cordero. Concertamos en que todos tengan lo mismo, de tal forma que puedan vestirse y desvestirse, y poner y quitarse las botas con facilidad. Y el sastre, o quien haga sus funciones, deberá mostrarse minucioso y cuidar que se mantenga la aprobación de Dios en todas las cosas mencionadas, para que los ojos de los envidiosos y mal intencionados no puedan observar que las vestiduras sean demasiado largas o cortas; deberá distribuirlas de tal manera que sean de la medida de quien las ha de llevar, según la corpulencia de cada uno.

19. Y si alguno por orgullo o arrogancia desea tener para él un mejor y más fino hábito, dadle el peor. Y aquellos que reciban vestiduras nuevas deberán inmediatamente devolver las viejas, para que sean entregadas a escuderos y sargentos, y a menudo a los pobres, según lo que considere conveniente el encargado de ese menester.

Sobre las Camisas.

20. Entre otros asuntos sobre los que regulamos, debido al intenso calor existente en el Este, desde Pascua hasta todos los Santos, gracias a la compasión y de ninguna forma como derecho, una camisa de lino será entregada al hermano que así lo solicite.

Sobre la Ropa de Cama.

21. Ordenamos por unánimemente que cada hombre tenga la ropa y sábanas de acuerdo con el juicio de su Maestre. Es nuestro propósito que un colchón, un almohadón y una manta son suficientes para cada uno; y aquél a quien le falte uno de éstos puede usar una alfombra, y una manta de lino siempre que sea de pelo fino. Y dormirán siempre vestidos con camisa y pantalón, y zapatos y cinturones, y donde reposen deberá haber siempre una luz encendida hasta la mañana. Y el Sastre se asegurará que los hermanos estén tan bien tonsurados que puedan ser examinados tanto de frente como de espaldas; y nosotros ordenamos que vosotros os adhiráis a esta misma conducta en lo tocante a barbas y bigotes, para que ningún exceso se muestre en sus cuerpos.

Sobre Zapatos puntiagudos y Cordones de lazo.

22. Prohibimos los zapatos puntiagudos y los cordones de lazo y condenamos que un hermano los use; ni los permitimos a quienes sirvan en la casa por tiempo determinado; más bien, prohibimos que los utilicen en cualquier circunstancia. Porque es manifiesto y bien sabido que estas cosas abominables pertenecen a los paganos. Tampoco deberán llevar ni el pelo ni el hábito demasiado largos. Porque aquellos que sirven al soberano creador deben surgir de la necesidad dentro y fuera mediante la promesa de Dios mismo quien dijo: Estote mundi quia ego mundus sum. Que quiere decir: "Nace como yo nazco"

Cómo deben comer.

23. En el palacio, o lo que debería llamarse refectorio, deberéis comer juntos. Pero si estáis necesitados de algo, pues no estáis acostumbrados a los utilizados por los religiosos, quedamente y en privado deberéis pedir lo que necesitéis en la mesa, con toda humildad y sumisión. Porque el Apóstol dijo: Manduca panem tuum cum silentio. Que significa: "Come tu pan en silencio". Y el salmista: Posui ori meo custodiam. Que quiere decir: "Yo reprimí mi lengua" Que significa que "Yo creo que mi lengua me traicionaría" lo que es, "Callé para no hablar mal".

Sobre la Lectura de la Lección.

24. Siempre, durante la comida y cena en el convento, que se lean las Sagradas Escrituras, si ello es posible. Si amamos a Dios, sus Santas palabras y sus Santos Mandamientos, desearemos escuchar atentamente; y el lector da texto os reclamará silencio antes de comenzar a leer.

Sobre Pucheros y Vasos.

25. Debido a la escasez de pucheros, los hermanos comerán por parejas, de tal forma que uno pueda observar más de cerca al otro, y para que ni la austeridad ni la abstinencia en secreto sean introducidas, en la comida de comunidad. Y nos parece justo que cada hermano tenga la misma ración de vino en su copa.

Sobre comer Carne.

26. Deberá ser suficiente, comer carne tres veces por semana, excepto por Navidad, Todos los Santos, la Asunción y la festividad de los doce apóstoles. Porque se entiende que la costumbre de comer carne corrompe el cuerpo. Pero si un ayuno en el que se debe suprimir la carne cae en Martes, al día siguiente será dada en cantidad a los hermanos. Y los Domingos todos los hermanos del Temple, los capellanes y clérigos recibirán dos ágapes de carne en honor a la santa resurrección de Cristo Jesús. Y el resto de la casa, que incluye los escuderos y sargentos, deberán contentarse con una comida y estar agradecidos al Señor por ella.

Sobre las comidas entre Semana.

27. Sobre los otros días de la semana, que son Lunes, Miércoles e incluso Sábados, los hermanos tengan dos o tres comidas de vegetales u otros platos comidos con pan; y nosotros creemos que es suficiente y ordenamos que así sea. De tal manera que aquel que no coma en una comida, lo haga en la otra.

Sobre la comida del Viernes.

28. Los Viernes, que se ofrezca a toda la congregación, comida cuaresmal, surgida de la reverencia hacia la pasión de Cristo Jesús; y haréis abstinencia desde la festividad de Todos los Santos hasta la Pascua, excepto el día de Navidad, la Asunción y la festividad de los doce apóstoles. Pero los hermanos débiles o enfermos no deberán ser obligados a esto. Desde Pascua hasta la fiesta de Todos los Santos pueden comer dos veces, mientras no sea abstinencia general.

Sobre Dar las Gracias.

29. Siempre, después de cada comida o cena todos los hermanos deberán dar gracias a Dios en la iglesia y en silencio si ésta se encuentra del lugar dónde comen, y si no lo está en el mismo lugar en donde hayan comido. Con humildad deberán dar gracias a Cristo Jesús quien es el Señor que Provee. Dejad que los trozos de pan roto, sean dados a los pobres y los que estén en rodajas enteras, sean guardados. Aunque la recompensa de los pobres sea el reino de los cielos, se ofrecerá a los pobres sin dudarlo, y la fe Cristiana os reconocerá entre los suyos; por tanto concertamos, que una décima parte del pan sea entregado a vuestro Limosnero.

Sobre ea Merienda.

30. Cuando cae el sol y comienza la noche escuchad la señal de la campana o la llamada a oración, según las costumbres del país, y acudid todos a capítulo. Pero disponemos que primero merendéis; si bien dejamos la toma de este refrigerio al arbitrio y discreción del Maestre. Cuando queráis agua u ordenéis, por caridad, vino aguado, que se os dé con comedimiento. Ciertamente, no deberá ser en exceso, sino con moderación. Porque Salomón dijo: Quia vinum facit apostatare sapientes. ÃÃ ÄÄ Que quiere decir que el vino corrompe a los sabios.

Sobre mantenerse en Silencio.

31. Cuando los hermanos salgan del capítulo no deben hablar abiertamente excepto en una emergencia. Dejad que cada uno vaya a su cama tranquilo y en silencio, y si necesita hablar a su escudero, se lo deberá decir en voz baja. Pero si por casualidad, a la salida del capítulo, la caballeresca o la casa tiene un serio problema, que debe ser solventado antes de la mañana, entendemos que el Maestre o el grupo de hermanos mayores que gobiernan la Orden por el Maestre, puedan hablar apropiadamente. Y por esta razón obligamos que sea hecho de esta manera.

32. Porque está escrito: In multiloquio non effugies peccatum. Que quiere decir que el hablar en demasía no está libre de pecado. Y en algún otro lugar: Mors et vita in manibus lingue. Que significa: 'La vida y la muerte están bajo el poder de la lengua.' Y durante esa conversación nosotros conjuntamente prohibimos palabras vanas y estruendosos ataques de risa. Y si algo se dice, durante esa conversación, que no debería haberse dicho, ordenamos que al acostaros recéis un paternoster con notable humildad y sincera devoción.

Sobre los Hermanos Convalecientes.

33. Los hermanos que por el trabajo de la casa padezcan enfermedad pueden levantarse a la matinas con el consentimiento y permiso del Maestre o de aquellos que se encarguen de ese menester. Deberán decir en lugar de las matinas trece paternosters, así queda establecido, de tal forma y manera que sus palabras reflejen su corazón. Así lo dijo David: Psallite sapienter. Que significa: 'Canta con sabiduría.' E igualmente dijo David: In conspectu Angelorum psallam tibi. Que significa: 'Yo cantaré para ti ante los ángeles.' Y dejad que esto sea siempre así y a la discreción del Maestre o de aquellos encargados de tal menester.

Sobre la Vida en Comunidad.

34. Leemos en las Sagradas Escrituras: Dividebatur singulis prout cuique opus erat. Que significa que a cada uno le será dado según su necesidad. Por esta razón nosotros decimos que ninguno estará por encima de vosotros, sino que todos cuidareis de los enfermos; y aquél que esté menos enfermo dará gracias a Dios y no se preocupará; y permitiréis que aquel que esté peor se humille mediante su debilidad y no se enorgullezca por la piedad. De este modo todos los miembros vivirán en paz. Y prohibimos a todos que abracen la excesiva abstinencia; si no que firmemente mantengan la vida en comunidad.

Sobre el Maestre.

35. El Maestre puede a quien le plazca entregar el caballo y la armadura y lo que desee de otro hermano, Y el hermano cuya cosa pertenecía no se sentirá vejado ni enfadado: porque es cierto que si se enfada irá contra Dios.

Sobre dar Consejos.

36. Permitir solo a aquellos hermanos que el Maestre reconoce que darán sabios y buenos consejos sean llamados a reunión; y así lo ordenamos, y que de ninguna otra forma alguien pueda ser escogido. Porque cuando ocurra que se desee tratar de materias serias; como la entrega de tierra comunal, o hablar de los asuntos de la casa, o recibir a un hermano, entonces si el Maestre lo desea, es apropiado reunir la congregación entera para escuchar el consejo de todo el capítulo; y lo que considere el Maestre mejor y más beneficioso, dejar que así se haga.

Sobre los Hermanos enviados a Ultramar.

37. Los Hermanos que sean enviados a diversos países del mundo deberán cuidar los mandatos de la Regla según su habilidad y vivir sin desaprobación respecto a la carne y el vino, etc. para que reciban elogio de extraños y no mancillar por hecho o palabra los preceptos de la Orden, y para ser un ejemplo de buenas obras y sabiduría; por encima de todo, para que aquellos con quienes se asocien y en cuyas posadas reposen, sean recibidos con honor. Y a ser posible, la casa donde duerman y se hospeden que no quede sin luz por la noche, para que los tenebrosos enemigos no los conduzcan a la maldad, dado que Dios así lo prohibe.

Sobre Mantener la Paz.

38. Cada hermano debe asegurarse de no incitar u otro a la ira o enojo, porque la soberana piedad de Dios ve al hermano fuerte igual que al débil, en nombre de la Caridad.

Cómo deben actuar los Hermanos.

39. A efecto de llevar a cabo sus santos deberes, merecer la Gloria del Señor y escapar del temible fuego del infierno, es acorde que todos los hermanos profesos obedezcan estrictamente a su Maestre. Porque nada es más agradable a Cristo Jesús que la obediencia. Por esta razón, tan pronto algo sea ordenado por el Maestre o en quien haya delegado su autoridad, deberá ser obedecido sin dilación como si Cristo lo hubiese impuesto. Por ello Cristo Jesús por boca de David dijo y es cierto: Ob auditu auris obedivit mihi. Que quiere decir: 'Me obedeció tan pronto me escuchó".

40. Por esta razón rezamos y firmemente dictaminamos a los hermanos caballeros que han abandonado su ambición personal y a todos aquellos que sirven por un período determinado a no salir por pueblos o ciudades sin el permiso del Maestre o de quien él haya delegado; excepto por la noche al Sepulcro y otros lugares de oración dentro de los muros de la ciudad de Jerusalén.

41. Allí, irán los hermanos por parejas, de otra forma no podrán salir ni de día ni de noche; y cuando se detienen en una posada, ningún hermano, escudero o sargento puede acudir a los aposentos de otro para verlo o hablar con él sin permiso, tal y como se ha dicho. Ordenamos por unánime consentimiento que en esta Orden regida por Dios, ningún hermano deberá luchar o descansar según su voluntad, sino siguiendo las ordenes del Maestre, a quien todos deben someterse, para que sigan las indicaciones de Cristo Jesús que dijo: Non veni facere voluntatem meam, sed ejus que misit me, patris. Que significa: 'Yo no vine a hacer mi propia voluntad, sino la voluntad de mi padre quien me envió.'

Cómo deben Poseer e Intercambiar.

42. Sin el permiso del Maestre o quien en su lugar ostente el cargo, que ningún hermano intercambie cosa alguna con otro, ni así lo pida, a menos que sea de escaso o nulo valor.

Sobre Cerrojos.

43. Sin permiso del Maestre o quien le represente, ningún hermano tendrá una bolsa o monedero que se pueda cerrar; pero los directores de casas o provincias y el Maestre no se atendrán a esto. Sin el consentimiento del Maestre o su comandante, que ningún hermano tenga cartas de sus parientes u otras personas; pero si tiene permiso, y así lo quiere el Maestre o comandante, estas cartas le pueden ser leídas.

Sobre Regalos de Seglares.

44. Si algo que no se puede conservar, como la carne, es regalado en agradecimiento, a un hermano por un seglar, lo presentará al Maestre o al Comandante de Avituallamiento. Pero si ocurre que uno de sus amigos o parientes desea regalárselo solo a él, que no lo acepte sin el permiso del Maestre o su delegado. Es más, si el hermano recibe cualquier otra cosa de sus parientes, que no lo acepte sin permiso del Maestre o de quien ostente el cargo. Especificamos, que los comandantes o mayordomos, que están a cargo de estos menesteres, que no se atengan a la citada regla.

Sobre Faltas.

45. Si algún hermano, hablando o en soldadesca, o de algún otro modo, comete una pecado venial, deberá voluntariamente decírselo al Maestre, para redimirse con el corazón limpio. Si no acostumbra a redimirse de este modo, que reciba una penitencia leve, pero si la falta es muy seria que se aleje de la compañía de sus hermanos de tal forma que no coma ni beba en la mesa con ellos, si no solo; y se someterá a la piedad y juicio del Maestre y hermanos, para que sea salvado el día del Juicio Final.

Sobre faltas Graves.

46. Por encima de todo, debemos asegurarnos que ningún hermano, poderoso o no, fuerte o débil, que desee promocionarse gradualmente devenga orgulloso, defienda su crimen y permanezca sin castigo. Pero si no quiere someterse por ello que reciba un castigo mayor. Y si misericordiosas oraciones del consejo se rezan por él a Dios, y él no quiere enmendarse, si no que se enorgullece más y más de ello, que sea erradicado del rebaño piadoso; según lo que el apóstol dice: Auferte malum ex vobis. Que quiere decir: 'Aparta los malvados de entre los tuyos.' Es necesario para vosotros separar las ovejas perversas de la compañía de los piadosos hermanos.

47. Es más, el Maestre, que debe llevar en su mano el báculo - y bastón de mando que sostiene las debilidades y fortalezas de los demás; deberá ocuparse de ello. Pero también, como mi señor St Maxime dijo: 'Que la misericordia no sea mayor que la falta; ni que el excesivo castigo encamine al pecador a regresar a sus malas acciones. '

Sobre las Murmuraciones

48. Disponemos por divino consejo, el evitar las plagas: de envidia, murmuración, despecho y calumnia. Por tanto cada uno debe guardar celosamente los que el apóstol dijo: Ne sis criminator et susurro in populo. Que significa: 'No acuses o perjudiques al pueblo de Dios.' Pero cuando un hermano sepa con certeza que su compañero ha pecado, en privado y con fraternal misericordia que sea él mismo quien lo amoneste secretamente, y si no quiere escuchar, otro hermano deberá ser llamado, y si los rehusa a ambos, deberán decirlo públicamente ante el capítulo. Aquellos que deprecian a sus semejantes sufren de terrible ceguera y muchos están llenos de gran tristeza ya que no desarraigan la envidia que sienten hacia otros; y por ello serán arrojados hacia la inmemorial perversidad del demonio.

Que Nadie se Enorgullezca de sus Faltas.

49. Las palabras vanas se sabe son pecaminosas, y las dicen aquellos que se enorgullecen de su propio pecado ante el justo juez Cristo Jesús; lo que queda demostrado por las palabras de David: Obmutui et silui a bonis. Que significa que uno debería incluso refrenarse de hablar bien, y observar el silencio. Asimismo prevenid hablar mal, para evitar la desgracia del pecado. Ordenamos y firmemente prohibimos a un hermano que cuente a otro hermano o a cualquiera, las valientes acciones que llevó a cabo en su vida seglar y los placeres de la carne que mantuvo con mujeres inmorales. Deberán ser consideradas faltas cometidas durante su vida anterior y si sabe que ha sido expresado por algún otro hermano, deberá inmediatamente silenciarlo; y si no puede lograrlo, abandonará el lugar sin permitir que su corazón se mancille por estas palabras.

Que Nadie Pida.

50. A esta costumbre de entre otras, ordenamos que os adhiráis firmemente: que ningún hermano explícitamente pida el caballo o la armadura de otro. Se hará de la siguiente manera: si la enfermedad de un hermano o la fragilidad de sus animales o armadura es conocida y por lo tanto no puede hacer el trabajo de la casa sin peligro, que acuda al Maestre, y exponga la situación en solícita fe y verdadera fraternidad, y se atenga a la disposición del Maestre o de quien ostente su cargo.

Sobre animales y escuderos.

51. Cada hermano caballero puede tener tres caballos y ninguno más sin el permiso del Maestre, debido a la gran pobreza que existe en la actualidad en la casa de Dios y en el Templo de Salomón. A cada hermano le permitimos tres caballos y un escudero; y si éste último sirve voluntariamente por caridad; el hermano no debería pegarle por los pecados que cometa.

Que ningún Hermano pueda tener una brida ornamentada.

52. Nosotros prohibimos seriamente a cualquier hermano que luzca oro o plata en sus bridas, estribos, ni espuelas. Esto se aplica si las compra; pero si le son regalados en caridad, los arneses la plata y el oro que sean tan viejos que no reluzcan, que su belleza no pueda ser vista por otros ni ser signo de orgullo: entonces podrá quedárselos. Pero si le son regalados equipos nuevos que sea el Maestre quien disponga de ellos como crea oportuno.

Sobre fundas de Lanza.

53. Que ningún hermano tenga una funda ni para su lanza ni para su escudo, pues no es ninguna ventaja, al contrario podría ser muy perjudicial.

Sobre las bolsas de comida.

54. Este mandato que establecemos es conveniente para todos y por esta razón exigimos sea mantenido de ahora en adelante, y que ningún hermano pueda hacerse una bolsa para comida de lino o lana, o de cualquier otro material que no sea profinel.

Sobre la Caza.

55. Prohibimos colectivamente que ningún hermano cace un ave con otra. No es adecuado para un religioso sucumbir a los placeres, sino escuchar voluntariamente los mandamientos de Dios, estar frecuentemente orando y confesar diariamente implorando a Dios en sus oraciones el perdón de los pecados que haya cometido. Ningún hermano puede presumir de la compañía de un hombre que caza a un ave con otra. Al contrario es apropiado para un religioso actuar simple y humildemente sin reír ni hablar en demasía, con razonamiento y sin levantar la voz. Y por esta razón, disponemos especialmente a todos los hermanos que no se adentren en el bosque con lanzas ni arcos para cazar animales, ni que lo hagan en compañía de cazadores, excepto promovidos por el amor a salvaguardarlos de los paganos infieles. Ni deberéis ir con perros, ni gritar ni conversar, ni espolear vuestro caballo solo por el deseo de capturar una bestia salvaje.

Sobre el León.

56. Es verdad que os habéis responsabilizado a entregar vuestras almas por vuestros hermanos, tal y como lo hizo Cristo Jesús, y defender la tierra de los incrédulos paganos, enemigos del hijo de la Virgen María. Esta mentada prohibición de caza no incluye en forma alguna al león, dado que viene sigiloso y envolvente a capturar su presa, con sus zarpas contra el hombre e id con vuestras manos contra él.

Cómo pueden tener propiedades y hombres.

57. Esta bondadosa nueva orden la creemos emana de las Sagradas Escrituras y de la divina providencia en la Sagrada Tierra del Este. Lo que significa que esta compañía armada de caballeros puede matar a los enemigos de la cruz sin pecar. Por esta razón juzgamos que debéis ser llamados Caballeros del Temple, con el doble mérito y la gallardía de la honestidad; que podáis poseer tierras y mantenerlas, villanos y campos y los gobernéis con justicia, e impongáis vuestro derecho tal y como está específicamente establecido.

Sobre los Diezmos.

58. Vosotros habéis abandonado las seductoras riquezas de este mundo y os habéis sometido voluntariamente a la pobreza; y por ello hemos resuelto que los que viváis en comunidad podáis recibir diezmos. Si el obispo de la localidad, a quien el diezmo se debería entregar por derecho, desea darlo en caridad; con el consentimiento del capítulo, puede donar esos diezmos que posee su Iglesia. Es más, si un plebeyo guarda los diezmos de su patrimonio para sí, y en contra de la Iglesia, y desea cederlos a vosotros lo puede hacer con el permiso del prelado y su capítulo.

Sobre hacer Juicios.

59. Sabemos, ya que lo hemos visto, que los perseguidores y amantes de peleas y dedicados cruelmente a atormentar a los fieles de la Sagrada Iglesia y a sus amigos, son incontables. Por el claro juicio del consejo, ordenamos que si alguien en los lugares del Este o en cualquier otro sitio os solicita parecer, por creyentes y amantes de la verdad debéis juzgar el hecho, si la otra parte accede. Este mismo mandato se aplicará siempre que algo os sea robado.

Sobre los Hermanos Ancianos.

60. Disponemos por consejo compasivo que los hermanos ancianos y débiles sean honrados con diligencia y reciban la atención de acuerdo con su fragilidad; y cuidados por la autoridad de la Regla en aquellos menesteres necesarios para su bienestar físico, y que en forma alguna se sientan afligidos.

Sobre los Hermanos Enfermos.

61. Que los hermanos enfermos reciban la consideración y los cuidados y sean servidos según las enseñanzas del evangelista y de Cristo Jesús: Infirmus fui et visitastis me. Que significa: ' Estuve enfermo y me visitaste'; y que esto no sea olvidado. Porque aquellos hermanos que están dolientes deberán ser tratados con dulzura y cuidado, porque por tal servicio, llevado a cabo sin titubear, ganareis el reino de los cielos.

Por lo tanto pedimos al Enfermero que sabia y fervientemente provea lo necesario a los diversos hermanos enfermos, como carne, viandas, aves y otros manjares que los retornen a la salud, según los medios y posibilidades de la casa.

Sobre los Hermanos Fallecidos.

62. Cuando un hermano pase de la vida a la muerte, algo de lo que nadie está excluido, digáis misa por su alma con misericordioso corazón, y que el divino oficio sea ejecutado por los curas que sirven al rey. Vosotros que servís a la caridad por un tiempo determinado y todos los hermanos que estén presentes frente al cadáver rezareis cien paternosters durante los siete siguientes días. Y todos los hermanos que están bajo la orden de la casa del hermano fallecido rezaran los cien paternosters, como se ha dicho anteriormente; después de conocerse la muerte y por la misericordia de Dios. También rogamos y ordenamos por autoridad pastoral que un mendigo sea alimentado con carne y vino durante cuarenta días en memoria del hermano finado, tal y como lo hiciera si estuviera vivo. Nosotros explícitamente prohibimos todos los anteriores ofrecimientos que solían hacer por voluntad y sin discreción los Pobres Caballeros del Templo ante la muerte de hermanos, en la celebración de Pascua u otras fiestas.

63. Es más, debéis profesar vuestra fe con pureza de corazón de día y de noche para que puedan compararos, en este aspecto, con el más sabio de los profetas, que dijo: Calicem salutaris accipiam. Que quiere decir: 'Yo beberé de la copa de salvación.' Lo cual significa: 'Vengaré la muerte de Cristo con mi muerte. Porque de la misma manera en que Cristo Jesús dio su cuerpo por mí, de la misma forma estoy preparado para dar mi alma por mis hermanos.' Esta es una ofrenda apropiada; un sacrificio viviente y del agrado de Dios.

Sobre los Sacerdotes y clérigos que sirven a la Caridad.

64. La totalidad del concilio en consejo os ordena rendir ofrendas y toda clase de limosnas sin importar el modo en que puedan ser dadas, a los capellanes y clérigos y a los que restan en la caridad por un tiempo determinado. Siguiendo los mandatos de Dios nuestro Señor, los sirvientes de la iglesia pueden solo recibir ropa y comida, y no pueden presumir de poseer nada a menos que el Maestre desee dárselo por caridad.

Sobre los Caballeros seglares.

65. Aquellos que por piedad sirven y permanecen con vosotros por un tiempo determinado son caballeros de la casa de Dios y del Templo de Salmón. Por lo tanto con piedad rezamos y así disponemos finalmente que si durante su estancia, el poder de Dios se lleva a alguno de ellos, por amor a Dios y propio de la fraternal misericordia, un mendigo sea alimentado durante siete días para la salvación de su alma, y cada hermano en esa casa deberá rezar treinta paternosters.

Sobre los Caballeros Seglares que Sirven por tiempo determinado.

66. Ordenamos que todos los caballeros seglares que deseen con pureza de corazón servir a Cristo Jesús y la casa del Templo de Salomón por un periodo determinado que adquieran, cumpliendo con la norma, un caballo y armas adecuados y todo lo necesario para la tarea. Es más, que ambas partes den un precio al caballo y que este precio quede por escrito para no ser olvidado; y dejad que todo lo que el caballero, su escudero y su caballo necesiten, provenga de la caridad fraternal según los medios de la casa. Si durante ese tiempo determinado, ocurre que el caballo muere en el servicio de la casa, si la casa lo puede costear, el Maestre lo repondrá. Si al final de su estadía, el caballero desea regresar a su país, deberá dejar en la casa por caridad, la mitad del precio del caballo, y la otra mitad puede, si lo desea, recibirla de las limosnas de la casa.

Sobre la Promesa de los Sargentos

67. Dado que los escuderos y sargentos que deseen caritativamente servir en la casa del Temple, por la salvación de su alma y por un periodo determinado, vienen de regiones muy diversas, es prudente que sus promesas sean recibidas, para que el enemigo envidioso no los haga arrepentirse y renunciar a sus buenas intenciones.

Sobre las Capas Blancas.

68. Por unánime consenso de la totalidad del capítulo, prohibimos y ordenamos la expulsión, por vicioso, a cualquiera que sin discreción haya estado en la casa de Dios y de los Caballeros del Temple. También, que los sargentos y escuderos no tengan hábitos blancos, dado que esta costumbre ha traído gran deshonra a la casa; pues en las regiones más allá de las montañas falsos hermanos, hombres casados y otros que fingían ser hermanos del Temple las usaron para jurar sobre ellas; sobre asuntos mundanos. Trajeron tanta vergüenza y perjuicio a la Orden de Caballería que hasta sus escuderos se rieron; y por esta razón surgieron muchos escándalos. Por tanto, que se les entreguen hábitos negros; pero si éstos no se pueden encontrar, se les deberá dar lo que se encuentre en esa provincia; o lo que sea más económico, que es burell.

Sobre hermanos Casados.

69. Si hombres casados piden ser admitidos en la fraternidad, favorecerse y ser devotos de la casa, permitimos que los recibáis bajo las siguientes condiciones: al morir deberán dejar una parte de sus propiedades y todo lo que hayan obtenido desde el día de su ingreso. Durante su estancia, deberán llevar una vida honesta y comprometerse a actuar en favor de sus hermanos, pero no deberán llevar hábitos blancos ni mandiles. Es más, si el señor fallece antes que su esposa, los hermanos se quedarán solo con una parte de su hacienda, dejando para la dama el resto, a efecto de que pueda vivir sola de ella durante el resto de su existencia; puesto que no es correcto ante nosotros, que ella viva como cofrade en una casa junto a hermanos que han prometido castidad a Dios.

Sobre Hermanas.

70. La compañía de las mujeres es asunto peligroso, porque por su culpa el provecto diablo ha desencaminado a muchos del recto camino hacia el Paraíso. Por tanto, que las mujeres no sean admitidas como hermanas en la casa del Temple. Es por eso, queridos hermanos, que no consideramos apropiado seguir esta costumbre, para que la flor de la castidad permanezca siempre impoluta entre vosotros.

Que no tengan intimidad con mujeres.

71. Creemos imprudente para un religioso mirar mucho la cara de una mujer. Por esta razón ninguno debe atreverse a besar a una mujer, sea viuda, niña, madre, hermana, tía u otro parentesco; y recomendamos que la caballería de Cristo Jesús evite a toda costa los abrazos de mujeres, por los cuales muchos hombres han perecido, para que se mantengan eternamente ante Dios con la conciencia pura y la vida inviolable.

No ser Padrinos.

72. Prohibimos que los hermanos, de ahora en adelante, lleven niños a la pila bautismal. Ninguno deberá avergonzarse de rehusar ser padrino o madrina; ya que esta vergüenza trae consigo más gloria que pecado.

Sobre los Mandatos.

73. Todos los mandatos que se han mencionado y escrito aquí, en esta Regla actual están sujetos a la discreción y juicio del Maestre.

Estos son los Días Festivos y de Ayuno que todos los Hermanos deben Celebrar y Observar.

74. Que sepan todos los presentes y futuros hermanos del temple que deben ayunar en las vigilias de los doce apóstoles. Que son: San Pedro, San Pablo, San Andrés, San Jaime, y San Felipe; Santo Tomás, San Bartolomé, San Simón y San Judas Tadeo, San Mateo. La vigilia de San Juan Bautista; la vigilia de la Ascensión y los dos días anteriores; los días de rogativas; la vigilia de Pentecostés; las cuatro Témporas; la vigilia de San Lorenzo, la vigilia de Nuestra Señora de la Ascensión; la vigilia de Todos los Santos; la vigilia de la Epifanía. Y deberán ayunar en todos los días citados según la disposición del Papa Inocencio en el Concilio de la ciudad de Pisa. Y si alguno de los días de ayuno cae en Lunes, deberán ayunar el Sábado anterior. Si la Natividad de Nuestro Señor cae en Viernes, los hermanos comerán carne en honor de la fiesta. Pero deberán ayunar en el día de San Marcos debido a las Letanías: porque así ha sido establecido por Roma para los hombres mortales. Sin embargo, si cae durante la octava de Pascua, no deberán ayunar.
Estos son los Días de Ayuno que deberán ser observados en la Casa del Temple.
75. La natividad de Nuestro Señor; la fiesta de San Esteban; San Juan Evangelista; los Santos Inocentes; el octavo día después de Navidad que es el día de Año Nuevo; la Epifanía; Santa María Candelaria; San Matías Apóstol; la Anunciación de Nuestra Señora en Marzo; Pascua y los tres días siguientes al día de San Jorge; los Santos Felipe y Jaime, dos apóstoles; el encuentro de la Vera Cruz; la Ascensión del Señor; Pentecostés y los dos días siguientes; San Juan Bautista; San Pedro y San Pablo, dos apóstoles; Santa María Magdalena; San Jaime Apóstol; San Lorenzo; la Ascensión de Nuestra Señora; la natividad de Nuestra Señora; la Exaltación de la Cruz; San Mateo Apóstol, San Miguel; Los Santos Simón y Judas; la fiesta de Todos los Santos; San Martín en invierno; Santa Caterina en invierno; San Andrés, San Nicolás en invierno; Santo Tomás Apóstol.

76. Ninguna de las fiestas menores se debe observar en la casa del Temple. Y deseamos y aconsejamos que se cumpla estrictamente: todos los hermanos del Temple deberán ayunar desde el Domingo anterior a San Martín hasta la Natividad de Nuestro Señor, a menos que la enfermedad lo impida. Si ocurre que la fiesta de San Martín cae en Domingo, los hermanos no tomarán carne el Domingo anterior.

MISCELANEA BUDISTA -- POEMAS ZEN -- RECOPILACION

MISCELANEA BUDISTA -- POEMAS ZEN -- RECOPILACION

MISCELANEA BUDISTA -- POEMAS ZEN -- RECOPILACION
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Miscelánea Budista
Recopilación de poemas Zen

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Como se trata de materiales clásicos y muy antiguos no siempre se
tienen los datos de los autores. Los poemas pertenecen a tres autores:
Suzuki, Watts y Deshimaru, los dos primeros son divulgadores a los
que, como mucho, se les debe atribuir la traducción de estos poemas, el
tercero Deshimaru era un monje dedicado a la difusión del budismo. La
primera edición inglesa de Suzuki es de 1949, hace más de cincuenta
años.
* * *
(Tung-shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Cuidando de buscar la Verdad según los demás,
cada vez se retiraba más de mí …
Ahora ando sólo conmigo mismo,
y no hay otro más que yo;
no obstante, no soy él…
Una vez entendido esto,
estoy con Él cara a cara.

* * *
(Tozan, undécimo patriarca Zen (807-869).
La Práctica Del Zen, deTaisen Deshimaru)
No busquéis el camino en los otros,
en un lugar lejano;
el camino está bajo nuestros pies.
Ahora viajo solo…
Pero puede encontrarlo en todas partes;
ciertamente, él es ahora yo,
pero ahora yo no soy él.
Así también, cuando encuentro lo que encuentro,
Puedo obtener la verdadera libertad.

* * *
(Fu, de T´ai-yüan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Recuerdo la época en que no tenía visión (satori),
cada vez que oía la flauta mi corazón se afligía.
Ahora no tengo sueños vanos en mi almohada,
me limito a dejar que el flautista ejecute el son que le plazca.
* * *
(Poema haiku japonés. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡Oh! ¡Esto es Yoshino!
¿Qué más puedo decir?
¡La montaña ataviada con flores de cerezo!.

* * *
(Saigyó, periodo Kamamura (1168-1334).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡El aventado humo del monte Fuji
desapareciendo mucho más allá!.
¿Quién conduce el destino
de mi pensamiento, extraviándose con él?.
* * *
(Canción tradicional japonesa.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¿Llegó? ¿Llegó?
Voy a la orilla a encontrarme con él.
Mas en la orilla no hay nada salvo brisa
que canta entre los pinos.

* * *
(Bashó, poeta haiku. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Una rama despojada de hojas,
un cuervo posado en ella…
Este atardecer de otoño.
* * *
(Hsüeh-tou, compilador del Pi-yen-chi.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
La brisa primaveral se eleva suavemente sobre el distrito de Chang.
La perdiz canta tiernamente entre los arbustos cargados de flores.
La carpa que salta la turbulenta catarata que se parte en tres se convierte en dragón…
Y ¡qué necio es quien aun de noche la busca en la alberca!.
* * *
(Dogen. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Las flores se van cuando nos apena perderlas,
los yuyos llegan mientras nos apena verlos crecer.
* * *
(Budismo tibetano, tradición del Sendero Breve.
El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Nada de pensamiento, nada de reflexión, nada de análisis,
nada de cultivarse, nada de intención:
deja que se resuelva solo.

* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
No puedes conseguirlo poniéndote a pensar;
no puedes buscarlo sin ponerte a pensar.

* * *
(Cheng-tao Ke. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Como el cielo vacío, carece de límites,
pero está en su lugar, siempre profundo y claro.
Cuando tratas de conocerlo, no puedes verlo.
No puedes agarrarlo,
pero no puedes perderlo.
Al no poderlo tomar, lo tomas.
Cuando callas, habla;
cuando hablas, calla.
El gran portón esta abierto de par en par para dar limosnas,
y ninguna multitud bloquea el camino.

* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Una palabra establece el cielo y la tierra,
una espada nivela el mundo entero.
* * *
(Ikkyu, poema doka. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Comemos, evacuamos, nos acostamos y nos levantamos;
este es nuestro mundo.
Todo lo que tenemos que hacer después es morir.
* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Los gansos salvajes no se proponen reflejarse en el agua,
el agua no piensa recibir su imagen.

* * *
(Poema del Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Quietamente sentado, sin hacer nada,
llega la primavera y crece sola la hierba.

* * *
(El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
El monte Lu en lluvia y niebla; el río Che muy crecido.
¡Antes de que fuera allí, no cesaba el dolor del deseo!
Fui allí y retorné… No fue nada en especial:
el monte Lu en lluvia y niebla; el río Che muy crecido.
* * *
(El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
La gloria matutina que florece una hora
no difiere en esencia del pino gigante
que vive un milenio.
* * *
(Gochiku, poema haiku. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
La larga noche;
el sonido del agua
dice lo que pienso.

* * *
(Hoyen (Fa-yen) de Gosozan (Wu-tso-shan) muerto en 1104.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Un lote de tierra labrantía yace en silencio, junto a la colina.
Cruzando mis manos sobre el pecho, pregunto gentilmente al viejo labriego:
"¿Con cuánta asiduidad lo vendiste y lo volviste a comprar?".
Me placen los pinos y bambúes que convidan con refrescante brisa.

* * *
(Poema popular japonés. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Así es la vida:
siete veces abajo,
¡ocho veces arriba!.

* * *
(Goso Hóyen. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Cien años: treinta y seis mil mañanas.
¡Esto mismo, viejo amigo, sigue adelante por siempre!.
* * *
(Chuang-tzu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
El cuerpo como hueso seco,
la mente como cenizas muertas;
eso es verdadero conocimiento:
no esforzarse en saber el porqué.
En la niebla, en la oscuridad,
el sin mente no puede planear.
¿Qué clase de hombre es ese?.
* * *
(Lao-tzu, El Tao. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
¡Suprimid el talento y acabaréis con las ansiedades…!
La gente, en general, es tan feliz como si estuviera de fiesta,
o como si subiera a una torre en primavera.
Yo solo estoy tranquilo, y no he hecho signos,
como un niño que aún no sabe sonreír;
desamparado como si no tuviera casa adonde ir.
Todos los otros tienen más que suficiente,
y solo yo parezco estar necesitado.
Posiblemente mi mente sea la de un tonto
¡que es tan ignorante…!.
Los vulgares son brillantes,
y solo yo parezco ser torpe.
El vulgo discrimina,
y solo yo parezco más que suficiente.
Soy negligente como si fuera oscuro;
a la deriva, como si no me apegase a nada.
La gente, en general, todos tienen algo que hacer,
y solo yo parezco carecer de habilidad y práctica.
Yo solo soy diferente de los otros,
pero valoro la búsqueda del sustento que viene de la Madre.
* * *
(Han-shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Pienso en los veinte años que pasaron,
cuando acostumbraba volver a casa tranquilamente desde el monasterio;
toda la gente que vivía en el monasterio decía:
"Han-Shan es un idiota".
Reflexiono: ¿soy realmente un idiota?.
Pero mis reflexiones no logran resolver la cuestión,
pues ni yo mismo sé quién es el yo.
Me limito a bajar la cabeza; no son necesarias más preguntas,
porque ¿de qué puede servir el preguntar?.
Que vengan y de mí se burlen todo cuanto gusten,
yo sé muy claramente qué quieren decir,
más no he de responder a sus befas,
pues eso se adapta admirablemente a mi vida.
* * *
(Chih-jôu discípulo de Yüan-t´ung. Hsü-chuan
(Transmisión de la lámpara), XX. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Durante veinte años peregriné
todo el camino de Este a Oeste;
y ahora, al encontrarme en Ch´i-hsien,
veo que jamás di ni un paso adelante.
* * *
(Hui-yüan. De Hsü-chuan (Transmisión de la lámpara).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡Oh, este raro suceso…!
¿Cómo no me alegraría dar por él diez mil piezas de oro?
Tengo un sombrero sobre mi cabeza, y un atado alrededor de mis ijares.
¡Y en mi cayado llevo la brisa refrescante y la luna llena!.
* * *
(Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Las sombras del bambú están barriendo las escaleras,
pero no se agita el polvo.
La luz de la luna penetra hondamente en el fondo del estanque,
pero en el agua no quedan rastros.

* * *
(Poema del Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Los árboles muestran la forma corporal del viento;
las olas dan energía vital a la luna.

* * *
(Mumon (Wu-mên). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Cientos de flores primaverales; la luna otoñal.
Una refrescante brisa estival; la nieve invernal.
Libra tu mente de todo vano pensamiento
¡Y cuán agradable es para ti toda estación!.

* * *
(Nansen (Nanch´üan). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Bebiendo té, comiendo arroz,
paso mi tiempo tal como viene.
Observando el río, contemplando las montañas…
¡Cuán sereno y descansado verdaderamente me siento!.
* * *
(Suttanipáta, vers. 949 y 1099. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Lo que está ante ti, descártalo;
que nada quede detrás de ti.
Si luego no captas qué hay en medio,
en nada vagarás.
* * *
(Kena-Upanishad. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Lo concibe quien no lo concibe;
quien lo concibe, no lo conoce.
No lo entienden quienes lo entienden;
lo entienden quienes no lo entienden.
* * *
(Fa-yen de Wu-tsu Shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
La hoja de la espada de Chao-chou está fuera de su vaina.
¡Cuán fría como escarcha, cuán flamígera como llama!.
Si uno intenta preguntar: "¿Cómo es eso así?",
de inmediato aparece una división: esto y aquello.
* * *
(P´ing-t´ien el Mayor. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El resplandor celeste no se opaca,
la norma perdura por siempre jamás.
Para aquél que traspuso esta puerta,
no hay razonamiento, no hay erudición.

* * *
(Dhritaka, sexto patriarca Zen.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Penetra en la verdad última de la mente,
y no tendrás cosas y no-cosas.
Iluminados y no-iluminados… son lo mismo.
No hay mente ni cosa.
* * *
(Manura, vigésimosegundo patriarca Zen.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
La mente se desplaza con las diez mil cosas;
hasta cuando se mueve está serena.
Percibe su esencia a medida que se mueve,
Y no hay júbilo ni aficción.
* * *
(Fudaishi (Fu-ta-shih). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Ando con las manos vacías y con todo la espada está en mis manos;
marcho a pie, y con todo a grupas de un buey voy cabalgando:
cuando transpongo el puente,
he aquí que el agua no fluye, pero el puente sí.
* * *
(Hui-k´ai (1183-1260). El Paso Fronterizo Sin Puerta (Wu-mên-kuan).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El gran camino no tiene puertas,
(pero) ¡cuán entrecruzados son los pasajes!.
Una vez traspuesto este paso fronterizo,
recorres en real soledad el universo.

* * *
(Hui-k´ai (1183-1260). El Paso Fronterizo Sin Puerta (Wu-mên-kuan).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¿La naturaleza búdica en el perro? (“¡Wu!”)
La elevación es completa, el mandato inequívoco;
tan pronto vaciles entre ser y no-ser
ya eres cadáver inerte.

* * *
(Visuddhimagga, resumen de la doctrina budista.
El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
El sufrimiento existe solo, ninguno que sufra;
el hecho existe, pero no quien lo haga;
Nirvana existe, pero nadie que lo busque;
el Sendero existe, pero nadie que lo recorra.
Sólo la miseria existe; no hay mísero,
ni hacedor; no se encuentra nada, salvo el acto.
El Nirvana existe, pero no el hombre que lo busca.
El Sendero existe, pero no el que viaje en él.
* * *
(P´ang, periodo Yüan-ho (806-821).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El viejo P´ang nada elige del mundo:
en lo que a él respecta, todo está vacío; ni siquiera tiene asiento,
pues en su casa reina el Vacío Absoluto;
¡En verdad, cuán vacío está sin tesoros!.
Cuando sale el sol, recorre el Vacío,
cuando el sol se pone, duerme en el Vacío;
sentado en el Vacío canta sus canciones vacías.
Y sus canciones vacías reverberan a través del Vacío.
No te sorprendas del Vacío tan integralmente vacío,
pues el Vacío es el asiento de todos los Budas.
Y los hombres del mundo no entienden el Vacío,
pero el Vacío es el tesoro real;
si dices: no hay Vacío,
cometes grave ofensa contra los Budas.
* * *
(Shuan (Shou-an). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
En Nantai me siento en silencio con incienso encendido.
En un día de arrobamiento, todas las cosas se olvidan.
No es que la mente se detenga y los pensamientos se aparten,
sino que en realidad nada hay que mi serenidad perturbe.

* * *
(Hokoji, discípulo de Baso (Ma-tsu).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡Cuán maravillosamente sobrenatural
y cuán milagroso es esto!
¡Sacar agua y llevar leña!.

* * *
INSCRITO EN LA MENTE CREYENTE (Hsin-hsin-ming)
(Sêng-ts´an, tercer patriarca Zen, muerto en 606.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
El Método Perfecto no sabe de dificultades,
excepto que rehusa efectuar preferencias:
sólo cuando se libera de odio y amor
se revela plenamente sin disfraz.
Basta la diferencia de una décima de milímetro
para que el cielo y la tierra queden separados:
si quieres verlo manifiesto,
no asumas pensamiento en su favor ni en su contra.
Alzar lo que gustas contra lo que te disgusta…
Esta es la enfermedad de la mente.
Cuando no se entiende el profundo significado (del Método)
se perturba la paz de la mente y nada se gana.
El Método es perfecto como el vasto espacio,
sin faltarle nada, sin nada superfluo:
en verdad, se debe a efectuar elección
que su talidad se pierda de vista.
No persigas las complicaciones externas,
no mores en el vacío interior.
Cuando la mente reposa serena en la unidad de las cosas,
el dualismo se desvanece de por sí.
Y cuando no se entiende integralmente la unidad
de dos modos se sustenta la pérdida:
la negación de la realidad puede conducir a su negación absoluta,
mientras apoyar el vacío puede resultar en su contradicción.
Verbalismo e intelección…
Cuando más nos acompañamos de ellos, más nos descarriamos;
por tanto, fuera el verbalismo y la intelección
y no habrá lugar al que no puedas pasar libremente.
Cuando retornamos a la raíz, ganamos el significado;
cuando perseguimos los objetos externos, perdemos la razón.
En el momento en que nos iluminamos por dentro,
trascendemos el vacío y el mundo que nos enfrenta.
Las transformaciones que se suceden en un mundo vacío que nos enfrenta,
parecen todas reales debido a la Ignorancia:
procura no buscar lo verdadero,
cesa tan solo de abrigar opiniones.
No te entretengas con el dualismo,
evita cuidadosamente perseguirlo;
tan pronto tengas lo correcto y lo erróneo,
lo que se sigue es confusión, la mente se pierde.
Los dos existen debido al uno,
pero ni siquiera te aferres a este uno;
cuando la mente única no está perturbada,
las diez mil cosas no ofrecen ofensa.
Cuando ellas no ofrecen ofensa, es como si no existieran,
cuando la mente no es perturbada, es como si no hubiese mente.
El sujeto se aquieta cuando el objeto cesa,
el objeto cesa cuando el sujeto se aquieta.
El objeto es un objeto del sujeto,
el sujeto es un sujeto de un objeto:
conoce que la relatividad de los dos
reside únicamente en la unidad del vacío.
En la unidad del vacío los dos son uno,
y cada uno de los dos contiene en sí la totalidad de las diez mil cosas;
cuando no se efectúa discriminación entre esto y aquello,
¿cómo puede surgir un criterio unilateral y prejuicioso?.
El Gran Método es calmo y de espíritu abierto,
nada es fácil, nada es difícil:
los propósitos pequeños son irresolutos,
cuando más se apresuran más se demoran.
El apego jamás se mantiene dentro de los lazos,
es seguro que marche en sentido equivocado:
déjalo ir flojo, que las cosas sean como fueren,
mientras la esencia ni parte ni mora.
Obedece a la naturaleza de las cosas, y estarás en concordia con el Método,
calmo, cómodo y libre de molestia;
mas cuando tus pensamientos están atados, te alejas de la verdad,
se tornan más pesados y torpes, y de ningún modo son sensatos.
Cuando no son sensatos, el alma está turbada,
¿de qué sirve, entonces, ser parcial y unilateral?.
Si quieres recorrer el curso del Único Vehículo
no tengas prejuicios contra los objetos-de-los-seis-sentidos.
Cuando no tienes prejuicios contra los objetos-de-los-seis-sentidos,
a la vez te identificas con la Iluminación.
El sabio es no-activo,
mientras el ignorante se ata;
mientras que en el mismo Dharma, no hay individuación,
ignorantemente se apegan a objetos particulares.
Son sus propias mentes las que crean ilusiones,
¿no es esa la máxima de las contradicciones?.
La Ignorancia engendra el dualismo del reposo y del desasosiego.
Los iluminados carecen de gustos y disgustos.
Todas las formas de dualismo
medran ignorantemente por la mente misma,
son como visiones y flores en el aire:
¿por qué debemos perturbarnos tratando de agarrarlas?.
Ganancia y pérdida, correcto y erróneo…
¡fuera con ellos de una vez por todas!.
Si el ojo nunca se duerme
todos los sueños cesan de por sí:
si la mente retiene su unidad,
las diez mil cosas son de una sola talidad.
Cuando se sondea el hondo misterio de la talidad única,
de repente olvidamos las complicaciones externas:
Cuando se ve a las diez mil cosas en su unidad,
retornamos al origen y seguimos siendo lo que somos.
Olvida el porqué de las cosas,
y alcanzas un estado más allá de la analogía:
el movimiento detenido no es movimiento,
y el reposo puesto en movimiento no es reposo.
Cuando no se obtiene más el dualismo,
ni siquiera la unidad misma sigue siendo como tal.
El fin último de las cosas, donde no pueden ir más allá,
no está sujeto a reglas ni medidas:
la mente en armonía con el Método es el principio de la identidad,
en el que hallamos todas las acciones en un estado de quietud;
las irresoluciones son descartadas por completo,
y la fe recta es restablecida en su rectitud genuina.
Así nada es retenido,
nada es memorizado,
todos es vacío, lúcido, auto-iluminativo.
No hay mancha, ni ejercicio, ni derroche de energía:
he aquí donde jamás alcanza el pensamiento,
he aquí donde la imaginación fracasa en sus mediciones.
En el reino superior de la Talidad Verdadera
no hay "otro" ni "yo".
Cuando se pide una identificación directa
sólo podemos decir: "No dos".
Al no ser dos todo es lo mismo,
todo lo que es, está comprendido en ello:
los sabios de los diez sectores,
todos entran en esta fe absoluta.
Esta fe absoluta está más allá de la prisa (tiempo) y de la extensión (espacio).
Un instante es diez mil años.
No interesa cómo están condicionadas las cosas, ya sea con "ser" o "no ser",
eso se manifiesta por doquier ante ti.
Lo infinitamente pequeño es tan grande como grande puede ser,
cuando se olvidan las condiciones externas;
lo infinitamente grande es tan pequeño como pequeño puede ser,
cuando se ponen fuera de la vista límites objetivos.
Lo que es lo mismo con lo que no lo es,
lo que no es lo mismo con lo que es:
donde no pueda obtenerse este estado de cosas,
asegúrate de no entretenerte.
Uno en todos,
todos en uno…
Si sólo se comprende esto,
¡No te preocupes más por no ser perfecto!.
La mente creyente no está dividida,
e indivisa es la mente creyente…
He aquí donde fallan las palabras,
pues esto no pertenece al pasado, al futuro ni al presente.

* * *
HOKYO ZAN MAI (Samadhi del Espejo del Tesoro)
(Maestro Tozan, 807 – 869. La Práctica Del Zen, de Taisen Deshimaru).
Sin error, sin duda, así es el Dharma.
Buda y los maestros de la transmisión no hablaron de él.
Ahora podéis obtenerlo.
Por eso, os lo ruego, conservadlo intacto.
La nieve blanca
se amontona en la bandeja de plata.
La luz de la luna envuelve a la garza blanca.
Son parecidas,
pero no idénticas.
Se funden íntimamente,
pero cada una comprende su estado.
La conciencia no es lenguaje.
Si se presenta la ocasión
también hay que pasar por esto.
Turbado por las palabras,
te precipitas en el abismo.
En desacuerdo con las palabras,
topas con el límite de la duda.
Salir al encuentro,
tocar.
Ni una ni otra cosa valen,
es como una bola de fuego.
Expresarse
con lenguaje adornado
es desvirtuar.
La medianoche
es luz verdadera,
el alba
no es claro
Aun cuando no sea sin conciencia,
no es sin lenguaje.
Pero si es inconsciente,
se hace lenguaje.
Es como mirarte en un espejo:
la forma y el reflejo cara a cara.
Tú no eres el reflejo,
pero el reflejo es tú.
El bebé está en el mundo
bajo cinco condiciones:
no va ni viene,
no llega de pronto…
no es amo de quedarse….
no habla….baba wawa…
Por último, no puede obtener
el objeto deseado,
pues su lenguaje no es justo.
Las seis líneas del hexagrama del shuri
deciden el juego mutuo.
Sin embargo, la causa de se establezca
el tres resulta ser el cinco.
Como los cinco sabores de la planta chisso
Es igual que un cetro de diamante
Cuando lo derecho y lo oblicuo
se hallan y pellizcan
(como las piernas en loto),
danse maravillosamente
pregunta y respuesta confundidas.
Intimo con el origen
familiar con la Vía.
Si hay mezcla,
hay felicidad.
Pero no debemos cometer
error alguno.
Es inocente y misterioso,
no pertenece a la ilusión
ni al satori.
La ley de la interdependencia y la ocasión
pueden realizarse en la claridad
y el silencio del corazón.
El microcosmos penetra en el infinito.
El límite del macrocosmos
es el propio límite del cosmos.
La creación de una diferencia,
incluso ínfima,
no puede armonizarse
con el ritmo de la música.
Tenemos ahora lo súbito y lo gradual,
el Zen se hace sección,
una medida para las comparaciones.
A pesar de la comprensión a través de las sectas
y de la realización de la idea, hay una
mancha en el verdadero satori.
En el exterior, la calma.
En el interior, el movimiento.
Como el caballo trabado
y el ratón escondido.
Todos los maestros de la transmisión
se han afligido en lo tocante a este punto,
por eso sienten la necesidad de brindar el dharma.
Todos van tras ilusiones erróneas,
por eso se confunde el blanco con el negro.
Cuando la ilusión se desvanece, en el mismo
instante cada uno puede comprenderse a sí mismo.
Si deseáis adaptaros, pisad
las viejas huellas transmitidas.
Os lo ruego, estudiad con atención
el ejemplo de los ancianos precedentes.
El árbol ha sido observado durante diez millones de años
para alcanzar la vía de Buda.
Como la debilidad del tigre,
como los ojos nocturnos del caballo.
Por su complejo de inferioridad,
que les hace ver los objetos
como si fueran un raro tesoro,
y puesto que los hombres tienen el horror en su espíritu,
el maestro ha de convertirse en gato
o en buey blanco.
El maestro de tiro con arco,
gracias a su elevada y justa técnica
puede dar en el blanco
incluso a la mayor de las distancias.
Pero si flecha y lanza chocan en pleno vuelo,
la más elevada técnica pierde toda su eficacia.
Canta el hombre de madera,
la mujer de piedra se levanta y baila.
Los súbditos deben obedecer al rey,
el hijo ha de seguir al padre.
No seguir no es el deber filial del hijo,
no obedecer no es ser un verdadero seguidor.
La acción oculta, secreta,
íntimamente utilizada,
parecerá limitada y estúpida.
Su nombre es la causa de la causa,
y es lo único que triunfa.

* * *
MAHAMUDRA
(Niguma, monja tibetana, fundadora del linaje Shangpa de la orden Kagyu.)
No hagas absolutamente nada con la mente
Reside auténticamente, en un estado natural.
Nuestra mente, sin perturbaciones, es realidad.
La clave está en meditar sin flaquear;
Experimenta la gran realidad mas allá de los extremos.
En un Océano lúcido,
Las burbujas nacen y mueren una y otra vez.
De la misma forma, los pensamientos no son diferentes de la gran realidad.
No encuentres faltas; permanece tranquilo.
Cualquiera cosa que nazca, cualquiera cosa que ocurra,
No te apeges, déjala libre en el lugar.
Las apariencias, los sonidos, y los objetos son nuestra mente;
No existe; nada excepto nuestra mente.
La mente esta más allá de los extremos, del nacer y del morir.
La naturaleza de la mente es estar despierta,
Utiliza los cinco sentidos, pero no se aparta de la realidad.
En el estado de equilibrio cósmico
No hay nada que practicar o abandonar
No hay meditación o periodos de práctica.

* * *
EL SAMADHI DEL GRANERO DE LA GRAN SABIDURIA.
(Maestro Ejo. El Zen, de Dogen, de Taisen Deshimaru)
Siento un profundo respeto, que nace desde lo más recóndito de mi compasión, por
vosotros que continuáis la práctica de zazen en el estado de espíritu que voy a describir:
sin intentar obtener nada, sin ninguna meta; sin dejaros influir por vuestra inteligencia
personal; sin mostrar suficiencia por la experiencia que habéis adquirido en el doyo.
Con toda la energía de vuestro cuerpo y de vuestro espíritu, penetrad totalmente en
komyozo, sin daros vuelta hacia atrás para mirar el tiempo.
No busquéis el satori. No escuchéis los fenómenos ilusorios (mayoi):
No detestéis los pensamientos que aparecen, tampoco los améis, y, sobre todo, no los
mantengáis. De todas maneras, sea lo que sea, debéis practicar la gran postura sentada
aquí y ahora. Si no mantenéis los pensamientos, éstos no vendrán por sí mismos. Si os
abandonáis a la espiración y dejáis que la inspiración venga en un armonioso ir y venir,
no hay más que un zafú bajo el cielo vacío, pesado como una llama.
Si no esperáis nada de lo que hacéis, si no consideráis cosa alguna, podéis cortar con
todo, solamente por zazen.
Aunque los ochenta y cuatro mil bonno (deseos, ilusiones) vayan y vengan, si no les
dais importancia, si los abandonáis a sí mismos, en ese momento, de cada uno de ellos, de
uno tras otro y de todos juntos, podrá surgir el maravilloso misterio del granero de la gran
sabiduría.
No existe solamente el komyo del momento de zazen. También está aquel que, paso a
paso, acto tras acto, os hacer ver progresivamente que cada fenómeno puede realizarse
inmediata, automática, independientemente de vuestra inteligencia propia y de vuestros
pensamientos personales. Tal es la verdadera y auténtica certificación que existe sin molestar
la manifestación de komyo.
Es el poder espiritual del no actuar por la luz que se ilumina por sí misma. Este komyo
es originariamente no sustancia, no existencia. Por ello, aunque muchos Budas lo realicen
en este mundo, no son de este mundo. Y, estando en el nirvana, no están en el nirvana.
En el instante de vuestro nacimiento, komyo no existía. En el de vuestra muerte, no
desaparecerá.
Desde el punto de vista de Buda, no aumenta. Desde el punto de vista de los sentidos,
no disminuye.
Así como cuando tenéis ilusiones o dudas, no podéis hacer la pregunta correcta, cuando
tenéis el satori no podéis expresarlo. En ningún momento consideréis nada con vuestra
conciencia personal. Durante las veinticuatro horas del día, tened la calma y la gran tranquilidad
de los muertos. No penséis en nada por vosotros mismos. Así, al practicar la espiración
y la inspiración, vuestra naturaleza profunda y vuestra naturaleza sensitiva, inconsciente
y naturalmente, serán no saber, no comprensión.
Entonces, todo podrá volverse naturalmente calmo, esplendor de komyo, en la unidad
del espíritu y del cuerpo. Por eso, cuando lo llamamos, debería responder rápidamente.
Un solo y mismo komyo armoniza en un todo a la gente del satori y la de las ilusiones.
Así, aunque os pongáis en movimiento, este último no debería perturbaros. Y el bosque,
las flores, las briznas de hierba, los animales, los seres humanos, todos los fenómenos (ya
sean largos, cortos, cuadrados o redondos) podrán realizarse inmediata, automática, independientemente de vuestra inteligencia propia y de la acción personal de vuestro pensamiento.
No estéis apegados ni a las ropas ni al alimento ni a la casa. No sucumbáis al deseo
sensual o al apego del amor que son prácticas animales.
Inútil interrogar a los demás sobre komyo, pues su komyo no tiene utilidad alguna para
vosotros.
En el origen, este samadhi es el santo doyo, el océano de todos los Budas. Es entonces
el más grande y el más santo de todos los asientos transmitidos directamente de Buda en
Buda a través de la santa práctica universal. Puesto que ahora sois discípulos de Buda,
debéis hacer zazen tranquilamente en su asiento.
No os sentéis en el zafú infernal, el zafú gaki, animal o asura, ni tampoco en el de los
shomon o de los engaku. Practicad solamente shikantaza. No perdáis el tiempo. Es lo que
se llama el auténtico espíritu del doyo, el verdadero komyo samadhi, el maravilloso y espléndido
satori.
Este texto sólo debe ser leído por los verdaderos discípulos del Maestro Dogen, aquellos
que están autorizados a entrar en su habitación.
Lo he escrito para mis compañeros de zazen, para que no haya puntos de vista erróneos,
para perfeccionarme a mí mismo y para educar a los demás.
Escrito por Ejo, bajo el reinado del emperador Gouta. Con el más
profundo respeto, en el templo Eihei-ji el 28 de agosto de 1278.
* * *
MONDÓS ZEN
PREGUNTA TÓPICA: ¿Cuál es el significado de la llegada del Primer Patriarca
desde Oeste?
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTAS:
“¿Por qué no se lo preguntáis a vuestra propia mente?”. Respondió el maestro.
Pregunta: “¿Cuál es nuestra mente, señor?”.
Respuesta: “Debéis contemplar el accionar secreto?”.
Pregunta: “¿Cuál es el accionar secreto, señor?.”
El maestro se limitó a abrir y cerrar los ojos, en vez de dar alguna explicación verbal.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Cuando entiendes, no entiende; cuando dudas, no se duda”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Es aquello que ni se entiende ni se duda, además no se duda ni se entiende”.

* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Si hubiese algún significado, nadie se salvaría siquiera a sí mismo”.
Pregunta: “Si aquí no hay significado alguno, ¿cuál es la verdad que se dice alcanzó el
segundo patriarca con Bodhidharma?”.
Respuesta: “Lo que se denomina ‘alcanzó’”, dijo el maestro, “en realidad en ‘no alcanzó’”.
Pregunta: “Si este es el caso, ¿cuál es el significad de ‘no alcanzó’?”.
Respuesta: “Precisamente porque tu mente está siempre corriendo detrás de todos los
objetos que se le presentan y no sabe dónde refrenarse, el patriarca declaró que eres el necio
que busca otra cabeza sobre la suya propia. Si vuelcas tu luz dentro de ti mismo, como
se te dijo que hagas, sin demora, y reflexionas, y cesas de buscar las cosas externas, comprenderás
que tu mente y las de los Budas y patriarcas no difieren recíprocamente. Cuando
llegues de esa manera a un estado de no hacer nada, se dice que alcanzaste la verdad”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Supón que un hombre está en el fondo de un pozo de mil pies de profundidad; si pudieses
sacarlo sin usar un trozo de soga, te daría la respuesta sobre el significado de la visita
de nuestro Patriarca aquí”.
Preguntado después acerca de la solución por un niño sirviente del templo, el maestro
dijo:
“¿Por qué, tonto, quién está en el pozo?”.
Vuelto a interrogar sobre el mismo punto, pasado el tiempo, por el mismo niño sirviente,
el maestro le respondió llamándole por su nombre:
“¡Hui-chi!”.
“¡Si, maestro!”. Respondió.
“¡Mira! ¡Estás afuera!”, le dijo el maestro.

* * *
PREGUNTA.
RESPUESTAS:
“Cuando pruebas vinagre, sabes que es ácido; cuando pruebas la sal, sabes que es salada”.
“En el lomo del asno moribundo hay demasiadas moscas”.
“Hoy y mañana”.
“El pelo de una tortuga de una pulgada de largo, pesa siete libras”.
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“El viento portador de escarcha hace que caigan las hojas del bosque”.
“¿Qué significa eso?, preguntó el discípulo.
“Cuando llega la primavera brotan de nuevo”. Fue la respuesta.

* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“¡Una piedra solitaria en el aire!”.
El discípulo hizo una reverencia en silencio, y el maestro le preguntó:
“¿Entiendes?”.
“No, señor”.
“Es afortunado que no entiendas, dijo el maestro; si hubieses entendido, es seguro que
tu cabeza se hubiese roto en pedazos”.

* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“Ahora precisamente estoy ocupado, oh venerable monje; ven en otra ocasión”.
Pero cuando el monje discípulo estaba a punto de marcharse, el maestro llamó: “¡Venerable
monje!”, y el monje se volvió.
“¿De qué se trata?”, preguntó el maestro.
De inmediato el discípulo entendió el significado e hizo reverencias, entonces el
maestro efectuó otra observación: “¿De qué sirve hacer reverencias, cofrade testarudo?”.
* * *
PREGUNTA.
RESPUESTA:
“¿Qué es eso que llamas significado?”.
“De ser así, ¿no hay significado en esta llegada del Patriarca desde el Oeste?”, dijo el
consultante.
“Eso proviene de la punta de tu lengua”, dijo el maestro.

* * *
PREGUNTAS (MIENTRAS SE MUESTRA UN PALO O CAYADO):
“No llaméis palo a esto; si lo hacéis afirmáis. Tampoco neguéis que es un palo; si lo
hacéis, negáis. Aparte de la afirmación y la negación, ¡hablad, hablad!.”
Sólo un monje salió de entre la concurrencia y, quitándole el palo al maestro, lo arrojó
al suelo.

* * *
“¿Qué es esto?. Si decís que es un cayado, váis derecho al infierno; pero si no es un
cayado, ¿qué es?.”
* * *
El maestro poniendo su vara ahorquillada en el cuello del discípulo:
“¿Qué demonio te enseñó a ser un monje sin hogar? ¿Qué demonio te enseñó a andar
errante?. Ya sea que digas algo o que no digas nada, lo mismo has de morir bajo mi horquilla:
¿habla, habla, sé rápido!”

* * *
El maestro blandiendo su vara, tras preguntar a un discípulo:
“¡No importa lo que digas o lo que no digas, lo mismo tendrás treinta golpes!”.
* * *
OTRAS:
Un discípulo y el maestro tomando té. El discípulo:
¿Qué significa cuando dicen que a pesar de tenerlo todo el día no lo conocemos?.
El maestro, en silencio, le ofreció un trozo de pastel de arroz. Después de comerlo, el
discípulo repitió la pregunta, y, entonces, le dijo el maestro:
No lo conocemos aunque lo usamos todos los días.

* * *
Preguntado acerca de cómo ingresar en el sendero de la verdad, el maestro respondió:
“¿Oyes el murmullo de la fuente?.”
“Si, lo oigo”, dijo el discípulo.
“Hay un modo de ingresar”, concluyó el maestro.

* * *

LA CAJA PLATEADA – EMANUEL RIVAS

LA CAJA PLATEADA – EMANUEL RIVAS
LA CAJA PLATEADA
Emanuel Rivas
Empecé a cortar su cuero, y note que estaba mas duro de lo que creí, hice mas fuerza y
desgarre finalmente con mis propios dedos el resto de la piel. No sangraba, la sangre ya
había quedado seca hace tiempo, pero había igualmente ciertas substancias viscosas.
Nunca antes había abierto a un hombre por él estomago, menos con mis manos.
Tampoco antes habría siquiera pensado en matar a una persona, pero eso cambio, me
miro las manos y veo restos de piel que no es mía, sangre grumosa entre las uñas, mis
manos son ásperas como siempre, pero la sangre en esa acre superficie me da una sensación
aterradora, como si tuviera alguna clase de grasa espesa entre los dedos resecos.
Termine con el cuerpo que me faltaba y lo queme como al resto.
Uso el horno de una panadería para quemar los cuerpos, luego de hacerle las pruebas.
Usualmente los descuartizo por los miembros y los quemo luego, pero la idea de abrirles
el estomago me vino el pasado .... bueno, no sé que día era, pero fue hace cuatro o
cinco días, cuando uno de ´ellos´ me ataco sin arma alguna (raro) y yo con un cuchillo
en la pelea le abrí la panza, clave a la altura del pubis y subí hasta la boca del estomago,
donde se me trabo y tuve que sacarlo haciendo fuerza.
En ese instante vi algo inusual, algo que no era humano, claro ´ellos´ ya no eran humanos,
pero eso si que era raro, eso cambio todas mis perspectivas.
Entre los pedazos de órganos arrebanados, y demas entrañas pertenecientes propiamente
dicho al estomago había una caja, una caja metálica.
Me pareció que era plateada, pero la sangre cubría casi todo, había encontrado un cubo
en él estomago, se que fue muy rápido, y que pudo haber sido un hueso o un trozo de
comida, o no se que otra mierda del cuerpo humano, pero una caja es lo que me pareció.
Un cubo de unos 10cm. Impregnado en un humano (´ellos´no son humanos) , era un objeto
demasiado grande como para haber cabido por la boca, pero eso fue lo que me pareció.
Yo que de ser ateo e incrédulo había empezado a creer en zombis y magia negra, me vi
obligado nuevamente a cambiar de mentalidad.
Al abrir el cadáver del ´zombi´ me demostré a mí mismo que no me equivocaba, tenían
un cubo en él estomago, aferrado a las paredes del mismo con entrañas, pequeños hilitos
o ligamentos parecidos a elásticos rojos, estaban tirantes y secos, no me costo cortarlos
con mi cuchillo.
La mesa que uso de camilla es una madera delgada, sostenida en por dos caballetes que
en otra época eran amarillos, mas tarde se tornaron de ese clásico marrón oxidado, pero
ahora tienen por color rojo, rojo sangre.
Extraje el cubo con la mano derecha y lo puse al lado de la cabeza del ex-humano exzombi,
puesto que era el único lugar donde cabía.
La mire con curiosidad durante unos cinco minutos supongo, pero pueden haber sido
segundos, mi estado emocional algunas veces me juega esas bromas, y mi reloj me lo
quitaron cuando estuve en el “Hospital”, cosa que luego les voy a contar.
Luego de observarlo fui hacia la otra mesita, la que esta al lado del horno y agarre mi
serrucho, no me conviene usar la cierra eléctrica, primero porque no hay electricidad, y
si la hubiera el ruido atraería a ´ellos´
Lo corte como es habitual, y tire sus trozos, miembro por miembro al mi estufa humana,
hacia frió y los muertos daban un calor agradable, pero yo también le agregaba madera
para que dure mas, pero solo en ocasiones, les agrego madera cuando son niños o ya están
muy quemados, en caso de los niños es porque sus huesos se consumen mas rápido.
La hoguera también sirve para darme luz, aunque también ayudan unas antorchas que
yo mismo hice.
Yo decore todo este lugar, y quedo una belleza.
En un principio trataba todo con excesivo cuidado, hacia lo posible por no matar a los
niños, porque pensaba que en realidad no tenían culpa de ser lo que son, y la idea de que
pueda revertirse el proceso me daba una carga de conciencia bastante razonable. No me
ensuciaba mucho, y trataba de estar siempre en un lugar iluminado.
Pero mírenme ahora, estoy convertido en un caníbal justiciero de la humanidad, disfruto
mi ambiente oscuro con el solo brillo de la hoguera, disfruto el olor que emanan sus
huesos al quemarse, necesito matarlos, y si no vienen suelo ir a buscarlos yo, ´ellos´ están
por todos lados, así que puedo salir y matarlos.
Me gusta matarlos...
Recuerdo el día que mate al primero, también fue el día que salí de el ´Hospital´ . Se
que era viernes, llevaba los días contados con rayitas en la pared, usaba el método tradicional,
ya saben, el de las películas, pero no podía hacerlo en las paredes, las paredes
eran acolchadas, yo tenia una tabla que usaba para apoyar mis hojas y dibujar, en esas
tablas marcaba los días.
Se preguntaran tal vez porque en las tablas y no en las hojas que usaba para dibujar,
pues lógico, ´ellos´ no quieren que tengamos noción alguna del tiempo ni nada que nos
conecte con afuera.
Muchas veces llaman al Doctor (ja! Doctor) para hacerme creer que son humanos, que
todo esta bien, ¿cómo va a estar todo bien?, yo no soy tonto, se lo que hay y lo más terrible
de todo, se cuantos hay.
La forma que me escape no fue muy pensada, me estaban bañando, siempre suelen bañarme
dos de esos inmundos, pero esta ves solamente fue uno, el otro fue cagar creo, yo
si mas pensarlo me lancé sobre el que quedaba, y le di la cabeza contra los azulejos celestes
57 veces, luego lo patee, pero creo que ya estaba muerto.
El resto no lo recuerdo, pero me encontré a mi en un bosque desnudo y lleno de sangre
(que no era mía).
Escribo esto, porque se que no voy a durar mucho, espero que les llegue, que alguien lo
lea, que formen una resistencia, si es que quedamos bastantes.
Estoy usando una notebook con batería(no tengo luz) y me colgué un cable de teléfono
que pasaba por arriba, todavía me sorprende que allá teléfono, pero hasta ahí no mas,
capas que lo dejan por si trato de hablar, para escuchar las conversaciones, por ese motivo
prefiero publicar esto en Internet, sin que puedan rastrearme, pero siento que no me
queda mucho, ....que son esos ladridos??? Perros??, nunca antes vinieron con perros....,
veo sombras tras la puerta, ya están cerca, los perros gruñen y se confunden con los rugidos
de la tormenta que se acerca, se que están ahí, los oigo(siento) no les temo, en
cuando entren los mato, uno por uno.
Se abre la puerta, un golpe, son
-------------viernes 4 de agosto de 2000 Diario “La Capital” Rosario, Argentina----------
ROSARIO YA TIENE PAZ
Luego de dos semanas de truculentos asesinatos y desapariciones, los ciudadanos de
Rosario, terminado el toque de queda, pueden salir a caminar por las calles sin miedo, la
policía tras un operativo que involucro mas de 30 efectivos, dotados con perros, y armamento
pesado logro terminar con Víctor Marcovich.
Víctor de 32 años, había escapado del Hospital mental “San Caaarlos” en el cual estaba
internado por Delirio de persecución.
La policía lo abatió a balazos cuando el intentaba enfrentárseles. Según un informante
anónimo que participo del incidente, Víctor gritaba desesperadamente mientras los enfrentaba,
cuado le preguntamos que decía el nos contesto “Están muertos, ustedes ya no
son humanos!!!!”
Investigadores, mas tarde descubrieron restos de cuerpos calcinados, “era imposible
identificarlos” dijo Juan Pablo Marconni, el forense a cargo.
También encontraron allí, una Computadoras Notebook, conectada a Internet, con un
mensaje al mundo. Los informantes creen que el mensaje pudo haber sido enviado satisfactoriamente,
aunque no piensan que pueda traer consecuencias.
Del Periódico “El Mundo” Uruguay
MUTILADOS
El pasado lunes 7 de agosto tres personas, Manuel Wirtz de 32 años, Patricia Wirtz de
29, y Jaime Wirtz de tan solo 9 años aparecieron descuartizados y con el estomago
abierto en las afueras de Maldonado.
La policía no tiene pistas, pero seguirá en la investigación.
Del diario “Península” España 9 de septiembre de 2000
GRAFITIS Y DESAPARICIONES
Extraños graffitis aparecieron esta mañana en Madrid, la ciudad quedo plagada de mensajes
que rezaban “Resistencia Humana”, las autoridades piensan que pueden estar relacionados
con las recientes desapariciones.
De la revista “Ciencia & Misterio” México 15 de septiembre
¿ESTAMOS SOLOS?
El movimiento de la agrupación terrorista mundial “Resistencia Humana” plantea que el
70 porciento de las personas que caminan habitualmente por la calle, no son humanos,
que poco a poco extraterrestres se fueron apoderando de ellos.
Yo no soy uno de ´ellos´ usted, ¿lo es?.
FIN

SCIFI -- MENSAJERO DEL FUTURO -- POUL ANDERSON

SCIFI -- MENSAJERO DEL FUTURO -- POUL ANDERSON


SCIFI -- MENSAJERO DEL FUTURO -- POUL ANDERSON

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MENSAJERO DEL FUTURO
POUL ANDERSON

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Nos conocimos por asuntos de negocios. La firma de Michaels deseaba abrir una sucursal en la parte exterior de Evanston y descubrió que yo era propietario de algunos de los terrenos más prometedores. Me
hicieron una buena oferta, pero no cedí; la elevaron y permanecí en mi actitud. Por fin, el director en
persona se puso en contacto conmigo. No era en absoluto como me lo esperaba. Agresivo, por supuesto,
pero de un modo tan cortés que no ofendía, sus maneras eran tan correctas que difícilmente se advertía su
falta de educación formal. De todas formas, estaba remediando con gran rapidez esta carencia con clases
nocturnas, cursillos de ampliación y una omnívora lectura.
Salimos para beber algo mientras discutíamos el asunto. Me condujo a un bar que no parecía de
Chicago: tranquilo, raído, sin tocadiscos, sin televisión, con un anaquel de libros y varios juegos de ajedrez,
sin ninguno de los extravagantes parroquianos que usualmente infestan tales lugares. Fuera de nosotros,
había solamente media docena de clientes, un prototipo de profesor egregio entre los libros, varias
personas que hablaban de política con cierta objetiva pertinencia, un joven que discutía con el camarero si
Bartok era más original que Schoenberg o viceversa. Michaels y yo encontramos una mesa en un rincón y
algo de cerveza danesa.
Le expliqué que no me interesaba el dinero, y que me oponía a que una excavadora estropease algún
campo agradable con el pretexto de erigir todavía otro cromado bloque de casas. Michaels llenó su pipa
antes de contestar. Era un hombre delgado y erguido, de pronunciada barbilla y nariz romana, cabello
grisáceo, ojos oscuros y luminosos.
—¿No se lo explicó mi representante? —dijo—. No estamos proyectando viviendas en serie para
conejos. Tenemos previstos seis diseños básicos, con variaciones, para situar en una disposición... así.
Sacó lápiz y papel y empezó a dibujar. Mientras hablaba, aumentó la inflexión de voz, pero la fluidez
persistió. Y supo explicar sus propósitos mejor que sus enviados. Me dijo que estábamos en la mitad del
siglo veinte y que, por no ser prefabricado, un núcleo de viviendas dejaba de ser atractivo; podía incluso
lograr una unidad artística. Procedió a mostrarme el sistema.
No me presionó con demasiada insistencia, y la conversación se derivó a otros puntos.
—Agradable lugar —observé—. ¿Cómo lo descubrió?
Se encogió de hombros.
—Frecuentemente doy vueltas por ahí, sobre todo de noche. Explorando.
—¿No resulta un poco peligroso?
—No en comparación —dijo con una sombra de temor.
—Uh... Tengo entendido que usted nació aquí...
—No. No llegué a los Estados Unidos hasta 1946. Era lo que llamaban un PD, una persona
desplazada. Me convertí en Thad Michaels, porque me cansé de deletrear Tadeusz Michalowski. Y decidí
prescindir de sentimentalismos patrioteros. Sé adaptarme con rapidez.
Pocas veces habló acerca de sí mismo. Obtuve posteriormente algunos detalles de su precoz
encumbramiento en los negocios a través de admirados y envidiosos competidores. Algunos de ellos no
creían aún que fuese posible vender con beneficio una casa con calefacción radiante, por menos de veinte
mil dólares. Michaels había descubierto como hacerlo posible. No estaba mal para un pobre inmigrante.
Indagué y descubrí que había sido admitido con visado especial, en consideración a los servicios
prestados al ejército de los Estados Unidos en las últimas jornadas de la guerra en Europa. En ellos
demostró tanto nervio como perspicacia.
Mientras, nuestro trato se desarrolló. Le vendí el terreno que deseaba, pero continuamos viéndonos, a
veces en la taberna, a veces en mi apartamento de soltero, con más frecuencia en su ático a orillas del lago.
Tenía una hermosa mujer rubia y un par de hijos brillantes y bien educados. Con todo, era un hombre
solitario, por lo que le proporcioné la amistad que necesitaba.
Un año, más o menos, después de nuestro primer encuentro, me contó su historia.
Me había invitado otra vez a cenar el día de acción de gracias. En la sobremesa nos sentamos para
hablar. Y hablamos. Después de considerar desde las probabilidades que surgiese una sorpresa en las
próximas elecciones de la ciudad hasta las que otros planetas siguieran un curso en su historia idéntico al
nuestro, Amalie se excusó y se fue a dormir. Esto ocurrió mucho después de la medianoche. Michaels y yo
continuamos hablando. Nunca le había visto tan excitado. Era como si ese último tema, o alguna palabra en
particular, le hubiese abierto algo nuevo. Finalmente se levantó, volvió a llenar nuestros vasos de whisky
con un movimiento un tanto inseguro, y cruzó la sala de estar silencioso sobre la gruesa alfombra verde
hasta la ventana.
La noche era clara y profunda. Desde lo alto contemplamos la ciudad, líneas, tramas y espirales de
brillantes colores —rubí, amatista, esmeralda, topacio— y la oscura extensión del lago Michigan; casi
parecía que pudiésemos vislumbrar infinitas y blancas llanuras más allá. Pero sobre nosotros se abovedaba
el cielo, negro cristal, donde la Osa Mayor se apoyaba en su cola y Orión daba grandes zancadas a lo
largo de la Vía Láctea. No veía a menudo un espectáculo tan grandioso y sobrecogedor.
—Después de todo —dijo—, sé de lo que estoy hablando.
Me agité, hundido en mi sillón. El fuego del hogar arrojó pequeñas llamas azules. Una simple lámpara
iluminaba la habitación de suerte que podía vislumbrar haces de estrellas también desde la ventana. Me
arrellané un poco.
—¿Personalmente?
Se volvió hacia mí. Su rostro estaba rígido.
—¿Qué dirías si te respondiese que sí?
Sorbí mi bebida. Un King's Ransom es una noble y confortante mezcla, en especial cuando la misma
Tierra adquiere un aire glacial para entonar.
—Supongo que tienes tus razones y esperaría para ver cuáles son.
Esbozó una media sonrisa.
—No te preocupes, también soy de este planeta —aclaró—. Pero el cielo es tan grande y extraño...
¿No crees que esto afectará a los hombres que vayan allí? ¿No se deslizará dentro de ellos y lo traerán en
sus huesos al regresar? ¿La Tierra será la misma después?
—Sigue. Ya sabes que me gustan las fantasías.
Miró fijamente al exterior, luego se volvió, y súbitamente se tragó de un golpe su bebida. Este gesto
violento no era propio de él. Pero había traicionado su perplejidad.
—Muy bien, entonces te contaré una fantasía. Es una historia invernal, muy fría, así que quedas
advertido para no tomarla en serio —declaró ásperamente.
Di una chupada a mi excelente cigarro y esperé con el silencio que él deseaba.
Paseó unas cuantas veces arriba y abajo ante la ventana, con la vista en el suelo, llenó su vaso de nuevo
y se sentó a mi lado. No me miró a mí sino a una pintura que colgaba de la pared, un objeto sombrío e
ininteligible que a nadie gustaba. Esto pareció confortarlo, pues comenzó a hablar, rápida y quedamente.
—Dentro de mucho, mucho tiempo en el futuro, existe una civilización. No te la describiré, porque no
sería posible. ¿Serías capaz de regresar al tiempo de los constructores de las pirámides egipcias y hablarles
de la ciudad en que vivimos? No pretendo decir que te creerían; por supuesto que no lo harían, pero eso es
lo de menos. Quiero decir que no comprenderían. Nada de lo que dijeras tendría sentido para ellos. Y la
forma en que la gente trabaja, piensa y cree sería aún menos comprensible que esas luces, torres y
máquinas. ¿No es así? Si te hablo de habitantes del futuro que viven entre grandes y deslumbradoras
energías, o de variables genéticas, de guerras imaginarias, de piedras que hablan, tal vez te hicieras una
idea, pero no entenderías nada. Sólo te pido que pienses en los millares de veces que este planeta ha
girado alrededor del Sol, en lo profundamente ocultos y olvidados que vivimos, en fin, en que esta
civilización piensa según normas tan extrañas que ha ignorado toda limitación de lógica y ley natural, y ha
descubierto medios para viajar en el tiempo. El habitante común de esa época (no puedo llamarlo
exactamente un ciudadano, cualquier expresión resultaría demasiado vaga), un tipo medio, sabe de un
modo vago e indiferente que, milenios atrás, unos individuos semisalvajes fueron los primeros en desintegrar
el átomo. Pero uno o dos miembros de esta civilización han estado realmente aquí, han caminado entre
nosotros, nos han estudiado, han levantado y unido un archivo de información para el cerebro central, por
llamarlo de alguna manera. Nadie más se interesa por nosotros, apenas más de lo que pueda interesarte la
primitiva arqueología mesopotámica. ¿Comprendes?
Bajó su mirada hacia el vaso en su mano y la mantuvo allí, como si el whisky fuese un oráculo. El
silencio aumentó. Al fin dije:
—Muy bien. En consideración a tu historia, aceptaré la premisa. Imaginaré viajeros en el tiempo,
invisibles, dotados de ocultación y demás. Pero no creo que desearan cambiar su propio pasado.
—Oh, no hay peligro en ello —aseguró—. La verdad es que no podrían enterarse de mucho explicando
por ahí que venían del futuro. Imagina.
Reí entre dientes.
Michaels me dirigió una mirada sombría.
—¿Puedes adivinar qué aplicaciones puede tener el viaje en el tiempo, aparte de la científica?
—Por ejemplo, el comercio de objetos de arte o recursos naturales. Se puede volver a la época de los
dinosaurios para conseguir hierro, antes que el hombre aparezca y agote las minas más ricas —sugerí.
Meneó la cabeza.
—Sigue pensando. ¿Se contentarían con un número limitado de figurillas de Minoan, jarrones de Ming,
o enanos de la Hegemonía del Tercer Mundo, destinadas principalmente a sus museos, si es que «museo»
no resulta una palabra demasiado inexacta? Ya te he dicho que no son como nosotros. En cuanto a los
recursos naturales ya no necesitan ninguno, producen los suyos propios.
Se detuvo, como tomando aliento. Luego agregó:
—¿Cómo se llamaba esa colonia penal que los franceses abandonaron?
—¿La Isla del Diablo?
—Sí, la misma. ¿Puedes imaginar mejor venganza sobre un criminal convicto que abandonarlo en el
pasado?
—Pensaba que estarían por encima de cualquier concepto de venganza, o de técnicas de disuasión.
Incluso en este siglo, sabemos que no dan resultado.
—¿Estás seguro? —preguntó sosegadamente—. ¿No se da junto con el actual desarrollo de la
penalización un incremento paralelo del crimen mismo? Te asombraste, hace algún tiempo, que me
atreviese a caminar solo de noche por las calles. Además, el castigo es como una catástasis de la sociedad
en su conjunto. En el futuro, te explicarán que las ejecuciones públicas, reducen claramente la proporción
de crímenes que, de otro modo, sería aún mayor. Y lo que es más importante, esos espectáculos hicieron
posible el nacimiento del verdadero humanitarismo del siglo dieciocho —alzó una sardónica ceja—. O así
lo pretenden en el futuro. No importa si tienen razón, o si racionalizan solamente un elemento degradado en
su propia civilización. Todo lo que necesitas comprender es que envían a sus peores criminales al pasado.
—Poco amable para con el pasado —comenté.
—No, realmente no. Por una serie de razones, incluyendo el hecho que todo cuanto hacen suceder ha
sucedido ya... Nuestro idioma no sirve para explicar estas paradojas. En primer lugar, debes reconocer
que no malgastan todo ese esfuerzo en delincuentes comunes. Hay que ser un criminal muy fuera de lo
corriente para merecer el exilio en el tiempo. El peor crimen posible, por otra parte, depende de cada
momento particular en la historia del mundo. El asesinato, el bandolerismo, la traición, la herejía, la venta de
narcóticos, la esclavitud, el patriotismo y todo lo que quieras, en unas épocas han merecido el castigo
capital, han sido consideradas en otras con indulgencia, y en otras todavía ensalzados positivamente.
Continúa pensando y dime si no tengo razón.
Lo miré por algún tiempo, observando cuán profundamente marcados estaban sus rasgos y pensé que
para su edad no debería mostrar tantas canas.
—Muy bien —admití—. De acuerdo. Ahora bien, poseyendo todo ese conocimiento, un hombre del
futuro no pretendería...
Dejó el vaso con perceptible fuerza.
—¿Qué conocimiento? —exclamó vivamente—. ¡Utiliza tu cerebro! Imagínate que te han dejado
desnudo y solo en Babilonia. ¿Qué sabes de su lenguaje o de su historia? ¿Quién es el actual rey? ¿Cuánto
tiempo reinará? ¿Quién lo sucederá? ¿Cuáles son las leyes y costumbres que se deben obedecer? No te
olvides que los asirios o los persas o alguien han de conquistar Babilonia. ¿Pero cuándo? ¿Y cómo? ¿Esa
guerra es un mero incidente fronterizo o una lucha sin cuartel? En este último caso, ¿ganará Babilonia? De
lo contrario, ¿qué condiciones de paz serán impuestas? No encontrarías ahora ni veinte hombres capaces
de contestar esas preguntas sin consultar un manual. Y no eres uno de ellos, ni dispones de un manual.
—Creo —dije lentamente—, que me dirigiría al templo más próximo, en cuanto conociese lo suficiente
el idioma. Le explicaría al sacerdote que puedo hacer... no sé... fuegos artificiales...
Se rió con escaso júbilo.
—¿Cómo? Acuérdate, estás en Babilonia. ¿Dónde encuentras azufre o salitre? En caso que consigas
por medio del sacerdote el material y los utensilios necesarios, ¿cómo compondrás un polvo que haga
realmente explosión? Eso es todo un arte, amigo mío. ¿No te das cuenta que ni siquiera podrías obtener un
trabajo como estibador? Fregar suelos sería ya mucha suerte. Esclavo en los campos, ese sería tu destino
más lógico. ¿No es cierto?
El fuego comenzó a debilitarse.
—Perfectamente —asentí—. Es verdad.
—Escogieron la época con cuidado. —Miró a su espalda, hacia la ventana. Desde nuestros sillones, la
reflexión en el cristal borraba las estrellas, de modo que únicamente podíamos ver la noche.
—Cuando un hombre es sentenciado al destierro —explicó—, todos los expertos deliberan para
establecer qué períodos, según sus especialidades, serían más apropiados para él. Es fácil comprender que
ser abandonado en la Grecia de Homero resultaría una pesadilla para un individuo delicado e intelectual,
mientras que uno violento podría pasarlo bastante bien, incluso acabar como un respetado guerrero. Podría
encontrar su puesto junto a la antecámara de Agamenón, y tu única condena serían el peligro, la
incomodidad y la nostalgia.
Se puso tan sombrío, que intenté calmarlo con una observación seca:
—El convicto tendrá que ser inmunizado contra todas las enfermedades antiguas. En caso contrario, el
destierro significaría únicamente una elaborada sentencia de muerte.
Sus ojos me escrutaron nuevamente.
—Sí —dijo—. Y por supuesto el suero de la longevidad está todavía activo en sus venas. Sin embargo,
eso no es todo. Se le abandona en un lugar no frecuentado después de oscurecer, la máquina se
desvanece, queda aislado para el resto de su vida. Lo único que sabe es que han escogido para él una
época con... tales características... que esperan que el castigo se ajustará a su crimen.
El silencio cayó una vez más sobre nosotros, hasta que el tic-tac del reloj sobre la chimenea llegó a ser
obsesionante, como si todos los demás sonidos se hubiesen helado hasta extinguirse en el exterior. Di un
vistazo a la esfera. La noche terminaba; pronto el este se aclararía.
Cuando me volví, todavía estaba observándome con desconcertante intención.
—¿Cuál fue tu crimen? —pregunté.
No pareció pillarlo de improviso, dijo solamente con hastío:
—¿Qué importa? Te dije que los crímenes de una época son los heroísmos de otra. Si mi intento
hubiese tenido éxito, los siglos venideros habrían adorado mi nombre. Pero fracasé.
—Muchas personas debieron resultar perjudicadas —dije—. Todo un mundo te habrá odiado.
—Bien, sí —admitió. Pasó un minuto—. Ni que decir tiene que esto es una fantasía. Para pasar el rato.
—Seguiré tu juego —sonreí.
Su tensión se suavizó un poco. Se inclinó hacia atrás, con las piernas extendidas a través de la magnífica
alfombra.
—Sea. Considerando la magnitud de la fantasía que te he contado, ¿cómo has deducido la importancia
de mi pretendida culpa?
—Tu vida pasada. ¿Cuándo y dónde fuiste abandonado?
—Cerca de Varsovia, en agosto de 1939 —dijo, con una voz tan helada como jamás he oído.
—No creo que te interese hablar acerca de los años de guerra.
—No, en absoluto.
Sin embargo, prosiguió poco después como para desafiarme:
—Mis enemigos se equivocaron. La confusión que siguió al ataque alemán me ofreció una oportunidad
para escapar a la vigilancia de la policía antes que me internasen en un campo de concentración.
Gradualmente me enteré de cuál era la situación. Por supuesto, no podía predecir nada. Ni puedo ahora;
únicamente los especialistas conocen, o se interesan, por lo que sucedió en el siglo veinte. Pero cuando me
convertí en un recluta polaco dentro de las fuerzas alemanas, comprendí quienes serían los vencidos. Me
pasé entonces a los americanos, les expliqué lo que había observado, y llegué a trabajar como espía para
ellos. Era peligroso, pero no mucho más de lo que había ya superado. Luego vine aquí; el resto de la
historia no tiene ningún interés.
Mi cigarro se había apagado. Lo volví a encender, pues cigarros como los de Michaels no se
encontraban todos los días. Se los hacía enviar por avión desde Amsterdam.
—La mies ajena —dije.
—¿Qué?
—Ya sabes. Ruth en el exilio. No era que la trataran mal pero, sin embargo, seguía llorando por su
patria.
—No conozco esa historia.
—Está en la Biblia.
—Ah, sí. Realmente debería leer la Biblia alguna vez. —Su disposición de ánimo estaba cambiando y
volvía hacia su primitiva seguridad. Saboreó su whisky con un gesto casi afable. Su expresión era alerta y
confiada.
—Sí —dijo—, ese aspecto fue bastante malo. Las condiciones físicas de vida no influían en ello.
Cuando se hace camping, pronto se olvida uno del agua caliente, la luz eléctrica, todos esos utensilios que
los fabricantes nos presentan como indispensables. Me gustaría tener un reductor de gravedad o un
estimulador celular, pero me lo paso admirablemente sin ellos. La añoranza es lo que más le consume. Las
pequeñas cosas que jamás se echaban de menos, algún alimento particular, el modo con que camina la
gente, los juegos, los temas de conversación. Incluso las constelaciones. Son diferentes en el futuro. El Sol
se ha desplazado bastante de su órbita galáctica. Pero de agrado o por fuerza, siempre hubo emigrantes.
Todos nosotros somos descendientes de aquellos que no pudieron soportar la conmoción. Yo me adapté.
Un ceño cruzó sus cejas.
—Tal como aquellos traidores están dirigiendo las cosas —dijo—, no regresaría ahora aunque me
concediesen un indulto total.
Terminé mi bebida, saboreándola todo lo posible, pues era un maravilloso whisky, por lo que le escuché
sólo a medias.
—¿Te gusta este mundo?
—Sí —contestó—. Por ahora así es. He superado la dificultad emocional. Mantenerme vivo me ha
tenido muy ocupado los primeros años, luego el hecho de establecerme, de venir a este país, nunca me
dejó mucho tiempo para compadecerme de mí mismo. Mis negocios me interesan ahora cada vez más, es
un juego fascinante y agradablemente libre de castigos exagerados en caso de error. Aquí he descubierto
cualidades que el futuro ha perdido... apostaría que no tienes la menor idea de lo exótica que es esta
ciudad. Piensa. En este momento, a unos kilómetros de nosotros, hay un soldado de guardia en un
laboratorio atómico, un holgazán helándose en un portal, una orgía en el apartamento de un millonario, un
sacerdote que se prepara para los ritos del amanecer, un mercader de Arabia, un espía de Moscú, un
barco de las Indias...
Su excitación se calmó. Volvió su mirada hacia los dormitorios.
—Y mi esposa y los niños —concluyó, muy suavemente—. No, no regresaría, pase lo que pase.
Di una chupada final a mi cigarro.
—Lo has hecho muy bien.
Liberado de su humor gris, me sonrió burlonamente.
—Comienzo a pensar que te has creído todo ese cuento.
—Naturalmente —aplasté la colilla del cigarro y me levanté, desperezándome—. Es muy triste. Más
vale que nos vayamos.
No lo comprendió de inmediato. Cuando lo hizo, saltó de su sillón igual que un gato.
—¿Irnos?
—Por supuesto —saqué una alentadora arma desde mi bolsillo. Se detuvo en un impulso—. En esta
clase de asuntos nunca se deja algo al azar. Se hacen revisiones periódicas. Ahora, vamos.
La sangre desapareció de su rostro.
—No —murmuró—, no, no, no puedes, no es justo para Amalie, los niños...
—Eso —le expliqué—, es parte del castigo.
Lo abandoné en Damasco, el año anterior que Tamerlán la saquease.


F I N
   

EL DIABLO ESTABA ENFERMO -- BRUCE ELLIOT

EL DIABLO ESTABA ENFERMO -- BRUCE ELLIOT

EL DIABLO ESTABA ENFERMO -- BRUCE ELLIOT
EL DIABLO ESTABA ENFERMO
Bruce Elliot

_
Habían transcurrido evos desde que un paciente violento de verdad atravesó por la
fuerza el umbral del Asilo de Cuerdos, Había pasado tanto tiempo, que el ojo del
observador ya no se detenía para leer las palabras fundidas en el duradero cristometal
que figuraba en la entrada. Antaño un desafío a lo desconocido, el tiempo las había
convertido en una frase típica: “Un malvado no es más que un héroe enfermo". La
autenticidad de tal divisa era probada, ya no merecía consideraci6n. Pero las palabras
permanecieron allí... hasta el día en el que Acleptos tomó el cincel para cambiar dos de
ellas.
Todo comenzó porque hallar un tema inédito para una tesis se había hecho más difícil
que graduarse. Acleptos descubrió, después de ardua investigación, tres temas que
creyó podrían ser aceptados por la Máquina como originales.
Tragó saliva al presentar la lista al ojo omnisciente del computador. Decía: Sedimento
activado y qué hacían los antiguos con él. La Caída de la democracia y por qué se
produjo. Diablos, demonios y demonología:
La Máquina contestó casi al punto: "En el año 4357 Jac Bard escribió la última palabra
sobre sedimento activado. Doscientos años más tarde el último elemento desconocido
con relación a la caída de la democracia fue analizado detalladamente por el historiador
Hermios".
Hubo una breve pausa. Acleptos contuvo la respiración. Si el último había sido ya
estudiado, necesitaría otros veinte años de trabajo para hallar más posibles temas. La
Máquina respondió: "Hay dos aspectos de los demonios que hasta ahora nadie me ha
propuesto. Consiste en si son reales o imaginables, y si son reales, lo que son. Si son
imaginarios, cómo se producen".
Acleptos sintió que su interior se inundaba de una nueva vida y esperanza. Enderezó
sus hombros y se alejó de la: Máquina. Por fin, después de tantos años tenía una
oportunidad. Por supuesto _y el pensamiento le hizo dudar_, por supuesto, era
probable que no consiguiera arrojar nueva luz sobre tal problema. Pero ya disponía de
algo con qué trabajar. Los años pasados en las enormes bibliotecas, y todo el trabajo
efectuado en casi todos los campos del saber humano, habían producido al fin algún
resultado.
Una década atrás, la última vez que presentó una lista a la Máquina, había creído
encontrar un tema cuando descubrió referencias, en la sala de documentos antiguos,
sobre alguien conocido bajo el nombre de Dios. Lo que le había llamado la atención
había sido la letra "D" mayúscula aplicada al nombre. Pero la Máquina le había
proporcionado una gran cantidad de detalles sobre aquel tema, terminando con un
texto escrito hacía unos mil años y en el que se demostraba la inexistencia de tal ser.
Esta tesis, así creía la Máquina, había acabado con todas las futuras especulaciones
sobre el tema.
Por simple curiosidad, Acleptos había comprobado la referencia y se mostró conforme
como siempre, con el dictamen de la Máquina.
Había sido en verdad un golpe de genio pensar en la antitesis de Dios, decidió Acleptos
sonriendo para sí. Ahora podría seguir adelante. Realizaría sus investigaciones, se
graduaría, y entonces... entonces ya no habría nada que le detuviese. Podría
abandonar la Tierra y dar su próximo paso. Echó la cabeza hacia atrás para contemplar
las estrellas. Aquel era el camino a seguir. Se permanecía atado a la Tierra hasta
efectuar alguna investigación original, pero una vez terminada el derecho autorizaba
emigrar adonde se quisiera.
Había un planeta más allá de Alfa Centauro, que ella había elegido. Y le había
prometido esperarle por mucho tiempo que pasara. Acleptos no se sintió tan deprimido
en su vida como el día que la Máquina aprobó la tesis de ella. Durante largo tiempo
tuvo la impresión de haberla perdido para siempre. Pero ahora los años ya no parecían
interminables. Su investigación había dado resultado.
Silbando alegremente penetró en el archivo y comenzó a trabajar. Oprimiendo el botón
que mostraba las letras d-i-a y d-e-m-o, esperó a que el intrincado sistema de relés
ejecutase su función. Con un suave zumbido resbalaron por el tubo neumático los
carretes adecuados.
Tres semanas más tarde decidió que poseía más conocimientos sobre diablos,
demonios y "otras bestias de piernas largas que vagan durante la noche" que cualquier
otro habitante de la tierra. Acleptos movió la cabeza pensativo. ¡Pensar que el hombre
había descendido tan bajo como para creer en tales cosas!
Se vio obligado a trabajar horas extraordinarias en la máquina de traducir. Todo cuanto
había encontrado estaba escrito en latín. ¡Y pensar, también, que durante todos sus
años de estudio jamás había oído hablar de aquella lengua!
¡Qué basura! Acleptos se indignaba al descubrir la existencia de una época en la que el
homo sapiens había creído en tales tonterías. Increíble, pero aquello ocurrió
muchísimos años antes. Se encogió de hombros. Llegó el momento de ponerse a
trabajar sobre el problema básico. Su más íntimo amigo, Ttom, entró en el laboratorio
de investigación. Ni siquiera le había hecho una visita. ¡Ni tampoco le había
comunicado su éxito!
_¿Qué...?
Ttom examinó de una ojeada la impecable estancia verde. Sobre la mesa de cristal, un
cocodrilo disecado le miraba fijamente. Descansando contra su escamosa piel había
vasijas de vidrio de diferentes formas y rodeaban al saurio cajas, bandejas con polvillo.
Sobre la pared una máquina del tiempo anunció:
_...Esta noche habrá luna llena, y...
Acleptos la apagó.
_¡Llegas oportunamente! _exclamó con alegría.
_¿Para qué?
Tras esta pregunta el rostro de Ttom se sonrojó como el de un niño y exclamó a
continuación:
_¡Lo has conseguido! ¡Has encontrado un tema!...¡Acleptos... me alegro tanto!
_Gracias.
Y acto seguido Acleptos se vio obligado a preguntar a su vez:
_¿y tú?
_Todavía nada...
Pero Ttom se sentía demasiado contento por el éxito de su amigo que volvió a
preguntar:
_¿Y se puede saber qué has encontrado?
-Diablos y demonios _respondió Acleptos, iniciando de nuevo la mezcla de unos
cuantos polvos.
_¿Qué es eso?
_Una superstición primitiva. Mi trabajo consiste en averiguar si fueron reales o sólo una
palabra para designar a los malvados o enfermos... o lo que los antiguos denominaban
con estas palabras.
_¿Cómo piensas hacerlo? ¿Qué son todas esas cosas que tienes ahí? _preguntó
Ttom, señalando los objetos que había sobre la mesa.
-Voy a seguir las fórmulas anotadas en unos viejos manuscritos y observar qué sucede.
Acleptos había trabajado mucho para reunir todos los extraños objetos que el
manuscrito mencionaba. Y miró hacia la mesa y vio que tenia cuanto necesitaba.
Aquella misma noche, con la luna llena...
_Muchos elementos intervienen en el proceso de "conjurar demonios". Si quieres
esperar, quizá lo encuentres interesante.
_Naturalmente. No tengo nada que hacer. Pensé que había tropezado con algo
nuevo..., y lo de siempre, alguien se me había adelantado ya. Acleptos, ¿qué sucederá
cuando ya no queden más campos de saber humano, cuando no haya temas que
tratar, ni nada sobre lo que escribir?
_¡Yo me hacía esa misma pregunta hasta que descubrí a los demonios! Pero creo que
eso tardará en ocurrir y que la Máquina habrá tomado ya sus medidas.
_Estoy empezando a creer que ya ha llegado el momento. Acleptos, ¡eres el único que
ha encontrado un tema en cinco años!
Y al pronunciar estas últimas palabras, Ttom trató de esconder una nota de amargura.
_Sé lo que diría la Máquina, Ttom. _le respondió Acleptos_. Diría que si yo he
descubierto un tema también puedes hacerlo tú.
Al tiempo que hablaba, Acleptos vertió un liquido rojo en una probeta y luego añadió
cierta cantidad de polvillo violeta.
Ttom gruñó:
_Supongo que tienes razón. Sin embargo, olvidemos mis problemas. ¿Qué sucede
ahora?
_Nada hasta la medianoche. Cuando la luna esté llena, pronunciaré ciertas palabras,
encenderé estas cosas que hay aquí _en el manuscrito las llaman velas_ y aguardaré
la aparición de un diablo o un demonio.
Ambos se echaron a reír.
A medianoche, todavía sonriente, Ttom, tomó asiento al borde de un dibujo peculiar
que Acleptos había trazado en el suelo. Se llamaba pentáculo. Acleptos había colocado
una vela negra en cada uno de sus ángulos. También había quemado ciertos productos
químicos, pronunciando unas frases que Ttom ni siquiera trató de entender.
Al principio fue divertido. A medida que pasaba el tiempo, los dos hombres se
impacientaron. Nada sucedía. Acleptos dejó de pronunciar sus extrañas frases y dijo:
_Bien, ya conozco la respuesta a la primera pregunta de la Máquina. Los demonios son
imaginarios y no reales.
Y entonces fue cuando sucedió.
Se extendió por la estancia un olor mucho más intenso que el de los productos
químicos. Luego se produjo una especie de gris luminosidad cerca del dibujo trazado
en el suelo.
Acleptos gritó:
_¡Ttom, lo olvidé! Los antiguos libros dicen que es preciso permanecer dentro del
pentáculo para protegerse... de lo que sea.
Poniéndose en pie de un salto, Ttom se acercó precipitadamente al pentáculo. Pero
antes de lograrlo, la cosa se había hecho ya sólida. Alzó sus cerrados párpados y
cuando sus ojos se fijaron en él, vio tanta malevolencia concentrada en aquella mirada
que Ttom sintió algo que jamás había experimentado antes. Sólo gracias a sus
numerosas y variadas lecturas supo que tal sensación se denominaba antiguamente
miedo.
La cosa dijo:
_Por fin.
Hasta su voz era enervante. Acleptos estaba aturdido. Había realizado el experimento
porque era el sistema lógico de investigación, pero nunca imaginó que tal experimento
llegase a tener éxito.
La cosa se frotó unos extraños dedos que mostraban muchas falanges, y dijo:
_Miles de años, esperando... esperando en la obscuridad la llamada que nunca
llegaba. Al principio creí que El había vencido..., pero entonces yo habría dejado de
existir.
Encogió sus escamosos hombros y abrió más los ojos rojizos. Eran fascinantes. Las
extrañas pupilas cambiaban constantemente de color. Miró primero a Acleptos y luego
a Ttom y dijo:
_Así que nada ha cambiado. Los adeptos y el sacrificio, como siempre.
La cosa cloqueó en un terrible estertor. Luego añadió:
_¿Qué recompensa deseas a cambio? _preguntó mirando a Acleptos.
La cosa no esperó respuesta. Volvió a frotarse los largos dedos. El sonido resultante
fue lo único que se oyó en la estancia. La cosa miró a Acleptos y dijo:
_Ya veo, nada ha cambiado. Una mujer. Muy bien, aquí está.
La cosa hizo una serie de gestos en el aire y antes de que Acleptos pudiese aclarar la
garganta para negar, ella ya estaba allí. Parecía atemorizada. Sus cabellos eran lo más
hermoso que Acleptos hubiese visto en su vida. Y también su cuerpo. Estaba desnuda,
como él había imaginado, puesto que el planeta elegido por ella era cálido. Pero no
había vergüenza en su actitud. Sólo temor.
_¡Envíala de nuevo allí! ¿Cómo te atreves a arrastrarla por el espacio interestelar?
¡Estúpido! ¡Podías haberla matado!
Acleptos ya no temía la cosa. El único pánico que experimentaba era por su amada.
La mujer desapareció con la misma rapidez que se había presentado:
La cosa gruñó:
_No sabía que la amabas. Creí que era únicamente el sexo lo que deseabas..., ¿acaso
quieres oro? Todos codician oro...
Y una vez más hizo extraños gestos en el aire.
Acleptos comprendió que la situación se estaba haciendo ridícula. Aclaró la garganta y
dijo:
_¡Basta!
La cosa se detuvo en su trabajo, y de ser capaz de exteriorizar alguna emoción, ésta
habría sido la sorpresa. Luego preguntó:
_¿Ahora qué? ¿Cómo conseguiré oro para ti si me interrumpes?
Acleptos estaba indignado. La indignación al igual que el temor que la había Precedido,
era una nueva emoción para él. Respondió:
_No te muevas. Soy el amo y tú el esclavo.
Aquellas palabras estaban en las indicaciones que había leído. Ignoraba el significado
de ambas palabras, pero el libro ponía mucho. énfasis en ellas.
La cosa mantuvo inmóvil su cabeza, pero sus ojos observaron con deseo el cuerpo de
Ttom.
Dominando su nueva emoci6n, Acleptos dijo:
_No pareces comprender. No deseo oro...
Ttom dijo:
_Recuerdo esa palabra en mis lecturas. Los antiguos solían cambiarlo por plomo o por
algún metal valioso que fuera parecido.
Acleptos prosiguió:
_Y, desde luego, no quiero que ella regrese de Alfa Centauro.
_¡Poder! _exclamó la cosa sonriendo_. Eso nunca falla. Cuando son demasiado viejos
para el sexo y demasiado ricos para el oro, siempre desean poder.
Y sus manos comenzaron a moverse nuevamente.
_¡Alto! -gritó Acleptos por primera vez en su vida.
La cosa se paralizó.
Acleptos indicó:
_No hagas eso otra vez. ¡Me molesta! No quiero poder y no me digas lo que es porque
no me interesa. Ahora, no te muevas de ahí y contesta algunas preguntas.
_La cosa pareció encogerse un poco, y preguntó casi con timidez:
_Pero..., ¿para qué me has llamado? Si no quieres nada de mí, tampoco puedo aceptar
nada de ti...
La cosa abrió los ojos y los clavó en Ttom, mientras con la punta de la lengua
humedecía sus escamosos labios.
_Quiero alguna información. ¿Cuánto tiempo vivís... los demonios?
_¿Vivir... ? Siempre, por supuesto.
_¿Y cuál es vuestra función?
_Tentar al hombre para apartarle de la senda del bien.
Las palabras surgían velozmente de labios de la cosa, pero Acleptos no acababa de
entenderlas del todo. Sin embargo, quedaban grabadas para volver a escucharlas más
tarde y darles algún sentido.
_¿Por qué deseáis hacer eso? _interrogó Acleptos.
El demonio le miró como si dudase de su estado mental. Respondió:
_Para que el hombre disponga libremente de su voluntad, desde luego. Debe escoger
entre el bien y el mal.
_¿Qué significan esas palabras... el bien y el mal?
El demonio tomó asiento sobre sus talones sin prestar la menor atención a las espuelas
que se hundían en sus propias posaderas. Volvió a contestar:
_Todos estos años sentado en la oscuridad, y que ahora me llamen para esto...
Agitó la cabeza y de pronto pareció adoptar una especie de decisión. Se puso en pie y
luego, se lanzó sobre Ttom.
Acleptos alzó el arma especial y oprimió el botón. La extraña criatura se paralizó de
modo instantáneo para caer al suelo boca abajo.
Ttom tragó saliva y dijo:
---Creí que nunca ibas a usarla. Llamaré al Asilo de Cuerdos para que se lleven a esta
pobre criatura enferma.
Asintiendo con un movimiento de cabeza, Acleptos dijo:
_Esto es mucho más interesante de lo que había supuesto.
Luego tomó asiento, pensativo, hasta que llegó el ambu-bus. Era la primera llamada
urgente que el Asilo recibía desde hacía un siglo, pero los dispositivos funcionaron
perfectamente.
Ttom y Acleptos observaron cómo los robots recogían a la cosa y la alzaban en sus
brazos de metal. Después les siguieron hasta que colocaron la cosa en el ambu-bus,
que partió velozmente hacia el Asilo.
A medio camino, Acleptos habló por primera vez:
_¿Te das cuenta de la ironía que hay en todo esto? _preguntó.
_¿A qué te refieres?
Ttom todavía contemplaba a la cosa, que yacía como si estuviese muerta.
_Los diablos, ¿te das cuenta de lo que son? No son más que seres con otra dimensión.
De alguna manera, en alguna época, un ser humano, en épocas muy remotas, utilizó
las matemáticas, para superar la barrera de las dimensiones. Sin saber que hacía,
envuelto en plena superstici6n, pensó que los sortilegios constituían una llamada,
cuando el dibujo, el calor de las velas y las palabras misteriosas, se combinan en una
clave que abría esa otra dimensión.
_Bien, parece razonable. ¿Dónde está la ironía?
Acleptos parecía a punto de llorar. Respondió:
_¿No comprendes? La humanidad luchaba por salir de las tinieblas, cuando siempre
sus hermanos ignorados e inmortales podían conquistar el espacio simplemente
colocando sus manos en el. punto preciso. El hombre, ciego por sus creencias
supersticiosas, fue incapaz de aprender nada de estos "diablos". Pero la peor ironía es
que los "diablos" no podían ayudar al hombre porque eran deficientes mentales...
Ttom asintió con un movimiento de cabeza.
_Una raza casi imbécil y de talento increíble vivía cerca de nosotros y nunca lo
supimos. La. Máquina tiene razón. Tenemos mucho que aprender. Me equivocaba
cuando dije que todo era ya conocido.
Tal vez el arma usada no se hallaba a punto o el diablo poseía formidables poderes de
recuperación, pero el caso es que al apearse del ambu-bus la extraña criatura
despertó. Empezó a gritar, cuando los robots intentaron que traspasasen el umbral del
Asilo de Cuerdos.
Se debatió de tal manera que incluso las cintas de metal que animaban a los robots se
tensaron. Acleptos vio como las manos de la criatura comenzaban a moverse como
antes.
Gritó a los androides que le retenían:
_¡Sujetarle las manos!
Las manos metálicas se plegaron sobre los largos dedos que se retorcían y la cosa
dejó de luchar. Se abrió una puerta y uno de los doctores le dirigió hacia ellos.
Dijo:
_¿Qué es eso?
Mientras Acleptos se lo explicaba, Ttom pasó un dedo suavemente sobre las palabras
que formaban la divisa de la puerta. Vela las palabras, sus dedos las sentían, pero las
había visto demasiadas veces. No quedaron grabadas en su mente.
Cuando Acleptos terminó, el doctor dijo:
_Entiendo. Bien, lo arreglaremos inmediatamente. ¡Será curioso hacer recuperar el
sentido común a otra criatura dimensional!
Acleptos preguntó:
_Cree usted que está enfermo o que se trata de un estúpido?
_El doctor sonrió.
_Enfermo. Estoy seguro. Ningún ser sano se hubiese comportado de ese modo. ¿Le
gustaría verlo?
_Desde luego. Siento un gran interés.
Acleptos tomó por un brazo a Ttom y añadió:
_...Imagínate, si logramos curarle, significará la Comunicación con toda una raza de
criaturas. ¿No es maravilloso?
_Acleptos _murmuró Ttom con tono preocupado_, hay algo que no hemos tenido en
cuenta. En todas mis lecturas, en todos los datos de que disponemos sobre el universo
y sus extrañas criaturas, nunca hallé nada referente a la inmortalidad. ¿Has pensado
en esto?
_Naturalmente, pero eso es otra prueba de la razón que tiene la Máquina al asegurar
que no lo conocemos todo. ¡Es tan emocionante! Me cuesta trabajo esperar a
contárselo. ¿No será una sorpresa para ella saber que no fue un sueño su presencia
en mi laboratorio, sino .que realmente estuvo allí, atravesando el espacio y el tiempo
junto a una criatura enferma que ha vivido siempre?
En la sala de operaciones no había escalpelos, esponjas, ni grapas. El doctor extendió
a la cosa sobre la mesa. Los androides la sostuvieron por las manos..El doctor tomó un
instrumento. Una luz intermitente surgió de sus lentes en forma de S. El doctor bañó la
cosa con la luz y luego dijo:
_Sólo será un momento. Es decir, si da resultado. De lo contrario habrá que tomar
otras muchas medidas.
Súbitamente su voz se quebró. Acleptos retrocedió de la mesa hasta que su espalda
tocó la pared. Ttom abrió la boca, asombrado. Únicamente los robots permanecieron
impasibles.
Pues la cosa estaba cambiando. En los lugares donde llegaba la luz caían las
escamas.
El doctor ordenó a los robots:
_¡Dejadla libre!
Al hacerlo así la criatura se alzó en todo su esplendor. Una luz dorada iluminaba su
dulce rostro. Se acercó hasta la ventana y la sonrisa que esbozaron sus labios era
como una despedida. Subió un momento al alféizar y se detuvo unos segundos antes
de extender unas enormes alas blancas.
Luego murmuró:
_Pax vobiscum.
Las alas se agitaron y se fue, envuelto en serenidad.
Esa fue la razón de que Acleptos cambiara las palabras de la divisa que campeaba en
la entrada del Asilo de Cuerdos. Ahora decían:
Un diablo no es más que un ángel enfermo
La máquina se ha detenido, por supuesto. Su razón de ser y su fuerza era la
infalibilidad. Y estaba equivocada sobre la tesis relativa a la existencia de Dios con una
D mayúscula.

ASTRONOMIA --CONSTELACIONES

Astronomía

Constelaciones

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Ara
Aries
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Cepheus
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Perseus
Pisces
Scutum
Serpens Caput
Serpens Cauda
Taurus
Triangulum
Triangulum Australe
Ursa Major
Vía Láctea (verano)
Vía Láctea (invierno)
Vía Láctea (otoño)


 

La Vía Láctea: Panorama de 360º 
©2000 Axel Mellinger

Artículos:




     

RELATOS DE LOS MARES DEL SUR -- JACK LONDON

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RELATOS DE LOS MARES DEL SUR -- JACK LONDON

RELATOS DE LOS MARES DEL SUR -- JACK LONDON
_
Jack London
Relatos de los Mares del Sur
_
Índice

_
Koolau el leproso
El inevitable hombre blanco
Mauki
Las terribles Salomón
Las perlas de Parlay
En la estera de Makaloa
El diente de ballena
El chinago

_
Koolau el leproso
_
––Nos privan de la libertad porque estamos enfermos. Hemos acatado la ley. No hemos hecho nada malo. Y, sin embargo, nos encierran en una prisión. Molokai es una cárcel. Vosotros lo sabéis. Ahí tenéis a Niuli. Mandaron a su hermana a Molokai hace siete años. Desde entonces no ha vuelto a verla ni volverá a verla jamás. Seguirá allí hasta que muera. No por voluntad propia, ni por voluntad de Niuli, sino por voluntad de los blancos que gobiernan el país. Y ¿quiénes son esos blancos?
»Sí, lo sabemos. Nos lo han dicho nuestros padres y los padres de nuestros padres. Llegaron como corderos y con buenas palabras. No tenían más remedio que decir buenas palabras porque éramos muchos y fuertes y las islas eran nuestras. Como os digo, vinieron con buenas palabras. Los había de dos clases. Unos pidieron permiso, nuestro gracioso permiso, para predicar la palabra de Dios. Los otros solicitaron permiso, nuestro gracioso permiso, para comerciar. Aquello fue el comienzo. Hoy todas las islas son suyas. Las tierras, los rebaños, todo les pertenece. Los que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron se han unido y se han convertido en jefes. Viven como reyes en casas de muchas habitaciones con multitud de criados que les sirven. Los que no tenían nada, ahora son dueños de todo, y si vosotros, o yo, o cualquier canaca tiene hambre, fruncen el ceño y le dicen: ¿Por qué no trabajas? Ahí tienes las plantaciones.
Koolau hizo una pausa. Levantó la mano y con dedos sarmentosos y contrahechos alzó la guirnalda llameante de hibiscos que coronaba sus negros cabellos. La luz de la luna bañaba de plata la escena. Era una noche pacífica, aunque los que estaban sentados a su alrededor parecían supervivientes de una encarnizada batalla. Sus rostros eran leoninos. Aquí se abría un vacío donde antes hubiera una nariz, y allá surgía un muñón en el lugar de una mano. Eran hombres y mujeres, treinta en total, desterrados porque en ellos llevaban la marca de la bestia.
Estaban sentados, adornados con guirnaldas de flores, en medio de la noche perfumada y luminosa. Sus labios articulaban ásperos sonidos y sus gargantas aprobaban con gruñidos toscos las palabras de Koolau. Eran criaturas que una vez fueran hombres y mujeres, pero que habían dejado de serlo. Eran monstruos, caricaturas grotescas en el rostro y en el cuerpo de todo lo que caracteriza al ser humano. Horriblemente mutilados y deformes, semejaban seres torturados en el infierno a lo largo de milenios. Sus manos, si las tenían, eran como garras de arpías. Sus rostros eran anomalías, errores, formas machacadas y aplastadas por un dios furioso encargado de la maquinaria de la vida. Aquí y allá se adivinaban rasgos que aquel dios colérico casi había borrado. Una mujer lloraba lágrimas abrasadoras que brotaban de dos horribles pozos gemelos abiertos en el lugar que un día ocuparon los ojos. Unos cuantos de entre ellos padecían horribles dolores, y de sus pechos surgían gemidos roncos. Otros tosían con un crujido suave que recordaba el rasgar de un papel de seda. Dos de ellos eran idiotas, enormes simios desfigurados desde su factura de tal modo que un mono a su lado habría parecido un ángel. Hacían muecas y farfullaban a la luz de la luna, bajo coronas de flores doradas que comenzaban a perder su lozanía. Uno de aquellos seres, cuyo lóbulo hinchado ondeaba como un abanico sobre su hombro, arrancó una espléndida flor naranja y escarlata y decoró con ella la enorme oreja que aleteaba con cada movimiento de su cuerpo.
Sobre estas criaturas reinaba Koolau y aquéllos eran sus dominios, una garganta ahogada por las flores, una garganta sembrada de riscos y peñascos, de la que surgían, para quedar después flotando en el espacio, los balidos de las cabras salvajes. La cerraban por tres lados murallas de roca festoneadas con fantásticos cortinajes de vegetación tropical y horadadas por entradas a cuevas, guaridas de los súbditos de Koolau. En dirección al mar el suelo se despeñaba hacia un tremendo abismo del que sobresalían, allá abajo, crestas de picos y peñascos en torno a cuyas bases espumeaba y rugía el oleaje del Pacífico.
Con buen tiempo los barcos podían arribar a la playa rocosa que marcaba la entrada al Valle de Kalalau, pero muy bueno había de ser el tiempo para ello. Y un montañero experto podía quizá trepar desde la playa hasta lo más profundo del valle, hasta la cavidad rodeada de riscos donde reinaba Koolau, pero experto en extremo había de ser el montañero y muy bien tenía que conocer aquellos senderos agrestes. Lo asombroso era que los súbditos de Koolau, aquella escoria humana, hubieran sido capaces de arrastrar su inútil miseria por caminos vertiginosos para llegar a aquel lugar inaccesible.
––Hermanos ––comenzó Koolau.
Pero una de aquellas aberraciones simiescas y quejumbrosas emitió en aquel momento una risa salvaje de demente, y Koolau se interrumpió hasta que el eco de la desenfrenada carcajada, tras rebotar en las murallas rocosas, fue a perderse en la distancia a través de la noche sin pulso.
––Hermanos, ¿no os parece raro? Nuestras eran las tierras y he aquí que ya no son nuestras. ¿Qué nos dieron a cambio los que predicaban la palabra de Dios y del ron? ¿Alguno de vosotros ha recibido un dólar, un dólar siquiera, por sus propiedades? Y, sin embargo, ahora todo les pertenece a ellos y a cambio nos dicen que podemos ir a trabajar la tierra, sus tierras, y que lo que produzcamos con nuestro trabajo será suyo. Antes ni siquiera teníamos que trabajar, y ahora, cuando estamos enfermos, nos quitan la libertad.
––¿Quién trajo nuestro mal, Koolau? ––preguntó Kiloliana, un hombre seco y nervudo de rostro tan semejante al de un fauno reidor que lo natural habría sido ver pezuñas hendidas bajo su cuerpo. Y eran hendidos sus pies, es cierto, pero las hendiduras eran úlceras y putrefacciones vivas. Y, sin embargo, aquél era Kiloliana, el trepador más osado de todos, el hombre que conocía los senderos de cabras y que había guiado a Koolau y a sus maltrechos seguidores hasta los escondrijos más recónditos de Kalalau.
––Buena pregunta ––respondió Koolau––. No quisimos trabajar los campos de caña de azúcar en que una vez pastaron nuestros caballos y por eso trajeron esclavos chinos de allende los mares. Y con ellos llegó el mal que nosotros padecemos y por el cual nos encierran en Molokai. Nacimos en Kauai. Hemos estado en otras islas, en Oahum, en Mauim, en Hawai, en Honolulú, y, sin embargo, hemos vuelto a Kauai. ¿Por qué? Tiene que haber un motivo. Y es que amamos esta tierra. Hemos nacido aquí y aquí hemos vivido. Y moriremos aquí a menos... a menos que haya débiles de corazón entre nosotros. A ésos no los queremos. Para ellos se ha hecho Molokai. Si es que aquí hay algún cobarde, que no siga entre nosotros. Mañana desembarcarán los soldados. Que bajen a su encuentro los tímidos de corazón. Los enviarán inmediatamente a Molokai. Los demás nos quedaremos y lucharemos. Y sabed que no hemos de morir. Tenemos rifles. Conocéis los angostos senderos por los que han de trepar los hombres, uno a uno. Yo, Koolau, que fui una vez vaquero en Niihau, puedo defender el paso solo contra un millón de hombres. Escuchad a Kapalei, que fue juez y hombre de honor y hoy no es más que una rata acosada como vosotros. Oídle. Es un hombre sabio.
Kapalei se levantó. Había sido juez, había estudiado en la Universidad de Punahou y se había sentado a la mesa con caballeros, con jefes y con los representantes de potencias extranjeras que protegían los intereses de comerciantes y misioneros. Tal había sido Kapalei. Pero ahora, como acababa de decir Koolau, no era más que una rata acosada, una criatura fuera de la ley, tan hundida en el cenagal del horror que se hallaba por encima, tanto como por debajo, de la legalidad. En su rostro no quedaban más rasgos que unos profundos orificios y dos ojos sin párpados que ardían bajo unas cejas lampiñas.
––No busquemos pendencia ––comenzó––. Les hemos pedido que nos dejen vivir en paz. Si no lo hacen, la culpa será suya y suyo será el castigo. No tengo dedos, como veis ––alzó los muñones que habían sustituido a sus manos para que los vieran todos––, pero me queda la falange de un pulgar que puede apretar un gatillo con la misma firmeza con que disparaba su vecino desaparecido. Amamos Kauai. Vivamos o muramos aquí, pero no vayamos nunca a la prisión de Molokai. Esta enfermedad no es nuestra. No hemos pecado. Los hombres que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron trajeron este mal con los esclavos chinos que trabajan las tierras robadas. He sido juez. Conozco esta tierra y conozco la justicia y os digo que es injusto robar a un hombre, que es injusto hacerle contraer el mal chino y confinarle luego en una prisión para el resto de sus días.
––La vida es corta y las horas están llenas de dolor ––dijo Koolau––. Bebamos, bailemos y seamos lo más felices que podamos.
De uno de los cubiles rocosos sacaron calabazas, llenas de la ardiente destilación de la raíz del ti, que circularon entre los reunidos. Y en tanto que el fuego líquido maldecía al atravesar sus cuerpos y trepaba a sus cerebros, aquellas criaturas olvidaron que habían dejado de ser hombres y mujeres porque otra vez se consideraron tales. La que lloraba lágrimas ardientes que brotaban de simas abiertas en el lugar de los ojos se sentía indudablemente una mujer vibrante de vida mientras pulsaba las cuerdas de un ukulle y elevaba su voz en una bárbara llamada de amor semejante a la que debió de surgir de las profundidades del bosque en los albores de la humanidad. El aire se estremecía con su lamento suavemente imperioso y seductor. Sobre una estera, siguiendo el ritmo de la canción, bailaba Kiloliana. No cabía duda. El amor danzaba en todos sus movimientos, y al poco le acompañaba una mujer de amplias caderas y pechos generosos desmentidos por un rostro corrompido por la lepra. Era aquélla la danza de los muertos vivos, porque la vida seguía amando y anhelando en sus cuerpos en desintegración. Siguió la mujer cuyos ojos sin vida lloraban lágrimas ardientes entonando un lamento de amor, siguieron los bailarines danzando su amor en la noche templada y siguieron circulando las calabazas hasta que llegaron reptando a todos los cerebros los gusanos de la memoria y el deseo. A la mujer que bailaba sobre la estera se le unió una doncella de rostro hermoso e incólume, pero cuyos brazos sarmentosos, que subían y bajaban, revelaban la violencia de su mal. Y los dos idiotas, farfullando y articulando sonidos extraños, danzaban aparte grotescos, fantásticos, caricaturizando el amor del mismo modo que la vida les había transformado a ellos en caricatura.
Pero el lamento de amor de la mujer se quebró a medio camino. Bajaron las calabazas e interrumpieron su danza los bailarines mientras dirigían la vista al abismo marítimo donde un cohete fulguraba, como un fantasma pálido, a través del aire iluminado por la luna.
––Son los soldados ––dijo Koolau––. Mañana habrá pelea. Conviene que durmamos y estemos preparados.
Los leprosos obedecieron y se arrastraron hacia sus guaridas hasta que Koolau quedó solo, sentado inmóvil a la luz de la luna con el rifle cruzado sobre las rodillas mirando hacia abajo, a lo lejos, a los barcos que llegaban a la playa.
El fondo del Valle de Kalalau constituía un refugio inmejorable. Excepto Kiloliana, que conocía hasta el último sendero de las escarpadas laderas, nadie podía llegar hasta el valle si no era atravesando un paso de unas cien yardas de longitud y a lo más doce pulgadas de anchura. A ambos lados se abría el abismo. Un solo resbalón y el que pretendía atravesarlo caía a la derecha o a la izquierda hacia una muerte segura. Pero si lograba salvar esa distancia, llegaba a un paraíso terrenal. Un mar de vegetación bañaba el paisaje cubriendo con verde oleada el valle entero de un extremo a otro, goteando en masas de vides desde las alturas y arrojando a las innumerables concavidades rocosas salpicaduras de líquenes y helechos. Durante los muchos meses del reinado de Koolau, él y sus seguidores habían luchado por contener ese mar vegetal. A fuerza de trabajo habían logrado detener el avance de aquella jungla asfixiante y del aluvión de flores, de forma que no arrasara los bananos, los naranjos y los mangos que se daban espontáneamente. En los claros crecía la mandioca, en las terrazas rocosas rellenas con tierra había sembrados de taro y de melones, y en los espacios abiertos, allá donde llegaba la luz del sol, se elevaban árboles de papaya cargados de fruta dorada.
Koolau se había visto empujado a ese refugio desde el valle vecino a la playa. Y si le echaban de allí, sabía aún de otras gargantas ocultas entre marañas de picos, sabía de fortalezas recónditas hasta las que podía conducir a sus súbditos y continuar viviendo. Pero ahora estaba echado en el suelo, con el rifle a su lado, vigilando a través de una pantalla de follaje a los soldados de la playa. Reparó en que iban armados con enormes máquinas de guerra en cuya superficie se reflejaba el sol como en un espejo. Frente a él se hallaba el paso, angosto como filo de cuchillo, y desde el lugar en que estaba apostado veía motitas que eran hombres trepar por el sendero que conducía hasta donde él se hallaba. Sabía que no eran soldados, sino policías. Cuando ellos fracasaran, el ejército entraría en acción.
Pasó cariñosamente una mano contrahecha sobre el cañón de su rifle y se aseguró de que la mira estaba limpia. Había aprendido a tirar cuando cazaba ganado salvaje en Niihau y aún se recordaba en esa isla su certera puntería. Conforme las motitas se acercaban, calculó la distancia, la dirección del viento que soplaba en ángulo recto sobre la linea de fuego, y la posibilidad de tirar demasiado alto al objetivo que se hallaba por debajo de donde él se encontraba. No dio a conocer su presencia hasta que los hombres llegaron al extremo del pasaje. Aun entonces no salió de su escondite, sino que habló desde la espesura.
––¿Qué queréis? ––preguntó.
––Buscamos a Koolau, el leproso ––respondió el hombre que dirigía a los policías nativos, un americano de ojos azules.
––Volved atrás ––dijo Koolau.
Conocía a aquel hombre, el sheriff de la isla, porque era él quien le había acosado hasta expulsarle de Niihau, quien le había obligado a atravesar Kauai hasta el Valle de Kalalau, quien le había forzado a retroceder hasta la garganta.
––¿Quién eres? ––preguntó el sheriff.
––Soy Koolau, el leproso ––fue la respuesta.
––Sal entonces. Venimos por ti. Ofrecen una recompensa de mil dólares por tu captura, vivo o muerto. No puedes escapar.
Koolau rió en voz alta en medio de la espesura.
––¡Sal! ––ordenó el sheriff, pero sólo le respondió el silencio.
Conferenció con los policías, y Koolau vio que se disponían a atacarle.
––Koolau ––gritó el sheriff––. Voy a cruzar el paso para capturarte.
––Pues antes de hacerlo, mira bien a tu alrededor. Mira el sol, el mar y el cielo porque será la última vez que los contemples.
––No me asustas, Koolau ––dijo el sheriff en tono conciliador––. Sé que tienes una puntería infalible. Pero no dispararás sobre mí. Nunca he sido injusto contigo.
Koolau gruñó en la espesura.
––Te digo que nunca he sido injusto contigo, y ¿no es verdad? ––insistió el sheriff.
––Eres injusto conmigo cuando tratas de encerrarme en una prisión ––fue la respuesta––. Y eres injusto conmigo cuando intentas ganarte los mil dólares de recompensa que ofrecen por mi cabeza. Si quieres vivir, quédate donde estás.
––Tengo que cruzar el paso y apresarte. Lo siento, pero es mi deber.
––Morirás antes de atravesarlo.
El sheriff no era un cobarde. Y, sin embargo, dudó. Miró al vacío que se abría a sus pies y recorrió con la vista el paso que debía atravesar, estrecho como filo de cuchillo. Luego se decidió.
––¡Koolau! ––exclamó.
Pero la espesura permaneció en silencio. ––Koolau, no dispares. Voy para allá.
El sheriff se volvió. Dio unas cuantas órdenes a los policías y emprendió el peligroso camino. Avanzó lentamente. Era como andar sobre la cuerda floja. No podía apoyarse sino en el aire. El suelo de lava se desmoronaba bajo sus pies y los fragmentos de roca se precipitaban a ambos lados hacia el abismo. El sol ardía sobre su cabeza y su rostro estaba húmedo de sudor. Aun así siguió avanzando hasta que llegó a la mitad del camino.
––¡Deténte! ––le ordenó Koolau desde la espesura––. ¡Un paso más y disparo!
El sheriffse tambaleó en busca de equilibrio y al fin quedó en pie, inmóvil, sobre el vacío. Estaba pálido, pero en sus ojos se leía una firme decisión. Se humedeció los labios con la lengua antes de hablar.
––Koolau, no dispararás. Sé que no lo harás.
Echó a andar de nuevo. La bala le obligó a dar media vuelta. Mientras giraba sobre sí mismo antes de caer, apareció en su rostro una expresión de quejumbrosa sorpresa. Quiso salvarse tratando de arrojarse de través sobre el estrecho pasaje, pero en aquel mismo instante conoció la muerte. Al segundo siguiente, el paso estaba vacío. Entonces dio comienzo el ataque. Cinco policías echaron a correr en fila india por el estrecho sendero en soberbio equilibrio. En aquel mismo instante, el resto del destacamento abrió fuego sobre la espesura. Reinó la locura. Cinco veces apretó Koolau el gatillo con tal rapidez que los cinco disparos parecieron un solo sonido. Cambiando de posición y agazapándose bajo las balas que mordían y silbaban a través de la maleza, se asomó al exterior. Cuatro policías habían seguido al sheriff. El quinto había caído atravesado sobre el filo rocoso y continuaba vivo. Al otro lado seguían los policías restantes, que habían dejado de disparar. Allá donde se hallaban, sobre la roca desnuda, no cabía esperanza para ellos. Antes de que hubieran logrado bajar a gatas la escarpada ladera, Koolau habría podido eliminar hasta el último hombre. Pero no disparó, y uno de los policías, después de conferenciar con sus compañeros, sacó una camiseta blanca y la hizo ondear en el aire a modo de bandera. Seguido por uno de sus compañeros, avanzó a través del angosto pasaje hasta llegar junto al herido. Koolau no dio señales de vida, pero les vio alejarse lentamente y convertirse poco a poco en puntitos conforme descendían hasta el valle vecino a la playa.
Dos horas después, y oculto tras otro arbusto, vio cómo un destacamento de policías trataba de efectuar el ascenso por el lado opuesto del valle. Vio huir a las cabras salvajes ante ellos mientras subían y subían hasta que, dudando de su discernimiento, llamó a Kiloliana, que llegó trepando a colocarse a su lado.
––No podrán. Es imposible ––dijo Kiloliana.
––¿Y las cabras? ––preguntó Koolau.
––Vienen desde el valle vecino, pero no pueden pasar a éste. Es imposible. Y esos hombres no pueden saber más que las cabras. Caerán y morirán. Mirémosles.
––Son valientes ––dijo Koolau––. Mirémosles.
Siguieron tendidos en el suelo, el uno junto al otro, entre las campanillas y bajo una lluvia de flores amarillas de hau, mirando aquellas motitas que eran hombres trepar trabajosamente ladera arriba hasta que lo que tenía que pasar pasó y tres de ellos cayeron resbalando, rodando, patinando, de un reborde del barranco y se despeñaron desde una altura de mil pies.
Kiloliana soltó una risa ahogada.
––No nos molestarán más ––dijo.
––Tienen máquinas de guerra ––fue la respuesta de Koolau––. Los soldados no han hablado todavía.
En la tarde somnolienta, la mayoría de los leprosos dormían en sus cubiles rocosos. Koolau, con el rifle, limpio y preparado, sobre las rodillas, dormitaba a la entrada de su propia guarida. La mujer de los brazos contrahechos vigilaba allá abajo, desde la espesura, el estrecho pasaje. De pronto sobresaltó a Koolau el sonido de una explosión. Un instante después el estruendo despedazaba increíblemente la atmósfera. Aquel ruido terrible le asustó. Era como si todos los dioses a una hubieran tomado en sus manos la cobertura del cielo y la rasgaran como rasga una mujer una sábana de algodón. Pero era aquél un desgarrar inmenso, que se acercaba a toda velocidad. Koolau levantó la vista con aprensión, como esperando ver las consecuencias de aquel estruendo. De pronto, en el pico que se elevaba por encima de su cabeza, una granada estalló con un surtidor de humo negro. La roca voló en mil pedazos y los fragmentos cayeron al pie de la cresta.
Koolau se pasó una mano por la frente sudorosa. Estaba terriblemente alterado. Nunca había presenciado un bombardeo y lo juzgó más horrible de lo que nunca habría imaginado.
––Una ––dijo Kapalei aplicándose de pronto a la tarea de llevar la cuenta.
Una segunda y una tercera granadas pasaron rugiendo por encima de la muralla rocosa y estallaron fuera de su vista. Kapalei seguía contando metódicamente. Los leprosos se apiñaron en un claro ante las cuevas. Al principio estaban aterrados, pero al ver que las granadas continuaban volando por encima de sus cabezas se tranquilizaron y comenzaron a admirar el espectáculo. Los dos idiotas se estremecían de placer y hacían cabriolas con cada proyectil que veían pasar atormentando el aire. Koolau empezó a recuperar la confianza. No les hacían ningún daño. Era evidente que las granadas no podían lanzarse a tal distancia con la precisión de una bala.
Pero de pronto cambió la situación. Las granadas comenzaron a caer cortas. Una de ellas estalló en la espesura, cerca del angosto pasaje de roca. Koolau recordó a la muchacha que estaba allí apostada y bajó corriendo a ver qué había sucedido. Los arbustos seguían humeando mientras él se arrastraba por debajo del follaje. Lo que vio le dejó atónito. Las ramas estaban rotas y astilladas. Donde antes estuviera la muchacha, había un hueco abierto en el suelo. Su cuerpo estaba despedazado. El proyectil había estallado justo encima de ella.
Tras asomarse entre la espesura para comprobar que ninguno de los soldados trataba de cruzar el paso, Koolau echó a correr hacia las cuevas. Las granadas seguían gimiendo, aullando, chillando, y el valle retumbaba y reverberaba con el ruido de las explosiones. Cuando estuvo lo bastante cerca de las cuevas, vio a los dos idiotas haciendo cabriolas, cogidos de las manos con los dedos amuñonados. Aún corría cuando un surtidor de humo se elevó del suelo muy cerca de los idiotas. La explosión los lanzó en direcciones opuestas. Uno de ellos quedó inmóvil, pero el otro reptó con ayuda de las manos hacia su cueva. Remolcaba tras él sus piernas inútiles mientras la sangre brotaba de su cuerpo. Conforme se arrastraba, gemía como un cachorro. El resto de los leprosos, a excepción de Kapalei, había huido al interior de las cavernas.
––Diecisiete ––dijo Kapalei––. Dieciocho ––añadió después. La última granada había penetrado en una de las cuevas. Ante aquella explosión se vaciaron automáticamente todas las guaridas, pero de aquella que había alcanzado el proyectil no salió nadie. Koolau se adentró en ella reptando a través del humo acre y picante. Cuatro cuerpos horriblemente mutilados yacían en el interior. Uno de ellos era el de la mujer ciega, cuyas lágrimas no habían cesado hasta entonces.
En el exterior, Koolau halló a sus súbditos presas de pánico. Habían empezado a trepar por el sendero de cabras que conducía al exterior de la garganta, hacia el revoltijo de crestas y simas. El idiota herido trataba de seguirlos gimiendo débilmente y arrastrándose con la fuerza de sus manos. Pero al llegar a la primera pendiente le dominó su impotencia y resbaló.
––Será mejor matarle ––dijo Koolau a Kapalei, que seguía sentado en el mismo lugar.
––Veintidós ––respondió Kapalei––. Sí, será mejor matarle. Veintitrés. Veinticuatro.
El idiota lanzó un quejido agudo al ver el rifle que le apuntaba. Koolau dudó y bajó el arma.
––No puedo hacerlo ––dijo.
––No seas estúpido. Veintiséis. Veintisiete ––dijo Kapalei––. Déjame a mí.
Se levantó y se acercó a la criatura herida con un pedrusco en la mano. En el momento en que levantaba los brazos para asestar el golpe, una granada estalló de lleno sobre su cuerpo librándole de la necesidad de actuar y poniendo, al mismo tiempo, fin a su cómputo.
Koolau estaba solo en la garganta. Vio a los últimos de sus súbditos arrastrar sus cuerpos mutilados sobre la cresta de la montaña y desaparecer al otro lado. Se volvió y bajó hasta los arbustos donde había muerto la muchacha. Continuaban lloviendo las granadas, pero él permaneció allá abajo porque desde aquel lugar veía trepar a los soldados. Un proyectil estalló a veinte pies de donde él se hallaba y, aplastado contra el suelo, oyó volar los fragmentos por los aires. Un chaparrón de flores de hau cayó sobre su cuerpo. Levantó la cabeza para mirar hacia el sendero y suspiró. Tenía mucho miedo. Las balas de los rifles no le asustaban, pero el bombardeo de granadas le resultaba abominable. Cada vez que una de ellas pasaba junto a él, Koolau se encogía, se estremecía, se agazapaba, pero una y otra vez volvía a incorporarse para mirar al sendero.
Al fin cesó el bombardeo. Debía de ser, dedujo, porque los soldados se estaban acercando. Reptaban por el camino en fila india, y trató de calcular su número hasta que perdió la cuenta. Eran, en cualquier caso, unos cien los que se aproximaban, todos ellos en busca de Koolau el leproso. Sintió un fugaz aguijonazo de orgullo. Venían por él, policías y soldados, con rifles y máquinas de guerra, por él, un hombre solo y, por añadidura, un despojo. Ofrecían mil dólares por su captura, vivo o muerto. En toda su vida no había poseído tanto dinero. Fue aquél un pensamiento amargo. Kapalei tenía razón. Él, Koolau, no había hecho nunca nada malo. Los haoles habían traído a coolies chinos porque necesitaban mano de obra para trabajar las tierras robadas, y con ellos había llegado el mal. Y ahora, sólo porque lo había contraído, valía un millar de dólares. Pero no, él no. Lo que valía todo ese dinero era su cuerpo inútil, podrido por la enfermedad o muerto por la explosión de una granada.
Cuando los soldados llegaron al paso estrecho como filo de cuchillo, estuvo a punto de avisarles. Pero su mirada fue a dar en los restos de la mujer asesinada y guardó silencio. Cuando ya seis hombres se habían aventurado a cruzar el paso, abrió fuego y no cesó de disparar hasta que lo vio desierto. Volvió a cargar el arma y disparó de nuevo. Luego siguió disparando. Todos los agravios recibidos ardían en su cerebro abrasándole en fiebre de venganza. A lo largo del agreste sendero que descendía a la playa, los soldados respondían con sus armas y, aunque estaban tendidos en el suelo y trataban de ocultarse tras ligeras irregularidades de la superficie rocosa, eran dianas perfectamente expuestas a sus disparos. Las balas silbaban y caían con un ruido sordo en torno a él. Alguna que otra rebotaba en la piedra cruzando el aire con un silbido agudo. Una de ellas abrió un surco somero en su cuero cabelludo y otra pasó abrasando, rozándole el omoplato sin rasgarle la piel.
Fue aquélla una masacre en la que un hombre solo causó todas las muertes. Los soldados empezaron a retirarse remolcando a sus heridos. Mientras Koolau seguía disparando sobre ellos, llegó a su olfato un olor a carne chamuscada. Miró a su alrededor, y al poco descubrió que procedía de sus propias manos. Era el calor del rifle. La lepra había destruido la mayor parte de los nervios de sus extremidades, y, aunque su propia carne se abrasaba y él sentía el olor, no experimentaba la menor sensación.
Siguió tumbado en el suelo entre la espesura, sonriendo, hasta que recordó las máquinas de guerra. Sin duda volverían a hacer fuego y, esta vez, los proyectiles irían dirigidos al matorral desde el cual había disparado. Apenas se había trasladado a un escondrijo formado por un pequeño reborde de la muralla rocosa, un lugar adonde no alcanzaban las granadas, cuando volvió a comenzar el bombardeo. Contó los proyectiles. Sesenta cayeron en el interior de la garganta antes de que dejaran de retumbar los morteros. La diminuta zona estaba de tal modo acribillada que parecía imposible que criatura alguna pudiera haber sobrevivido. Eso pensaron evidentemente los soldados, pues de nuevo comenzaron a trepar por el sendero de cabras bajo el sol ardiente de la tarde. Y de nuevo les fue disputado y de nuevo retrocedieron hasta la playa.
Dos días más defendió Koolau el paso, a pesar de que los soldados se complacían en arrojar granadas a su escondite, hasta que al fin Pahau, un niño leproso, subió al pico rocoso que se alzaba al fondo de la garganta y le gritó que Kiloliana había muerto de una caída, que las mujeres estaban asustadas y no sabían qué hacer. Koolau le ordenó que bajara y le prestó un fusil con que defender el paso. Halló a sus súbditos descorazonados. La mayoría eran incapaces de procurarse alimento bajo tan adversas circunstancias y se morían de simple inanición. Eligió a dos mujeres y a un hombre, no excesivamente minados por el mal, y les envió a la garganta para que subieran comida y esteras. Animó y consoló al resto hasta que todos, incluso los más débiles, colaboraron en la construcción de toscos refugios.
Pero los que habían ido en busca de comida no regresaban, y Koolau emprendió el camino a la garganta. Al llegar a la cresta de la montaña, rugieron media docena de rifles. Una bala atravesó la parte carnosa de su hombro y una lasca de roca le cortó la mejilla cuando un segundo proyectil fue a estrellarse contra la ladera. Al retroceder de un salto en el momento en que esto ocurrió, vio que el desfiladero estaba lleno de soldados. Sus propios súbditos le habían traicionado. Incapaces de soportar por más tiempo el bombardeo, habían preferido la prisión de Molokai.
Koolau retrocedió y se deshizo de una de sus pesadas cartucheras. Tendido entre las rocas, esperó a que la cabeza y los hombros del primer soldado aparecieran ante su vista y entonces apretó el gatillo. Dos veces disparó, y al fin, tras una pausa, en lugar de una cabeza y unos hombros apareció sobre el reborde de piedra una bandera blanca.
––¿Qué buscas? ––preguntó.
––A ti, si es que eres Koolau el leproso ––respondió una voz. Koolau se olvidó de dónde estaba, se olvidó de todo y, tendido sobre la roca, se maravilló ante la extraña insistencia de aquellos haoles dispuestos a imponer su voluntad aunque se hundiera el mundo. Sí. Impondrían su voluntad a todos los hombres y a todas las cosas aunque les fuera la vida en ello. Y no pudo sino admirar ese tesón, esa voluntad que era más fuerte que la vida y que plegaba todas las cosas a su mandato. Estaba convencido de la inutilidad de su lucha. Era imposible resistirse a la terrible voluntad de los haoles. Aunque matara a mil de ellos, se levantarían tantos como las arenas del mar y se lanzarían sobre él cada vez en mayor número. No sabían entender la derrota. Ése era su defecto y ésa era su virtud. Y ahí era donde fracasaban los de su propia raza. Ahora comprendía al fin cómo un puñado de predicadores de la palabra de Dios y de la palabra del ron se habían apoderado de todas sus tierras. Era porque...
––Bueno, ¿qué dices? ¿Te rindes?
Un hombre invisible hablaba bajo la bandera blanca. Allí estaba, como todos los haoles, empeñado en un propósito concreto.
––Hablemos ––dijo Koolau.
La cabeza y los hombros del hombre blanco se elevaron por encima de la roca. Luego siguió el cuerpo entero. Era un joven de rostro lampiño y ojos azules, esbelto y pulcro dentro de su uniforme de capitán. Avanzó hasta que Koolau le dio el alto y se sentó a una docena de pasos de él.
––Eres un hombre valiente ––dijo el leproso meditabundo––. Podría aplastarte como a una mosca.
––No. No podrías ––fue la respuesta.
––¿Por qué no?
––Porque, aunque malo, eres un hombre, Koolau. Conozco tu historia. Tú matas con justicia.
Koolau gruñó, secretamente halagado.
––¿Qué habéis hecho con mi gente? ––preguntó––. Con el niño, las dos mujeres y el hombre.
––Se han entregado, como vengo a pedirte que hagas tú también.
Koolau rió incrédulo.
––Soy un hombre libre ––anunció––. No he hecho nada malo. He vivido libre y moriré libre. No me entregaré jamás.
––Entonces tus seguidores son más prudentes que tú ––respondió el joven capitán––. Mira, ahí vienen.
Koolau se volvió y vio acercarse al resto de su partida. Venían arrastrando su miseria, gimiendo y suspirando, en horrible procesión. Y aun tuvo que saborear Koolau una amargura más honda, pues al pasar junto a él le lanzaron insultos e imprecaciones. La tarasca jadeante que cerraba la marcha se detuvo a su lado, extendió las esqueléticas garras de arpía y, agitando su cabeza poseída por la muerte, le lanzó una maldición. Uno por uno descendieron la montaña y se entregaron a los soldados ocultos.
––Ahora puedes irte ––dijo Koolau al capitán––. Yo nunca me rendiré. Es mi última palabra. Adiós.
El capitán se deslizó sobre la roca, ladera abajo, para unirse a sus soldados. Un momento después, y sin bandera de tregua, izó su gorra ensartada en la vaina de la espada y Koolau la atravesó con una bala. Aquella misma tarde le obligaron a retroceder bombardeándole con granadas desde la playa y le empujaron hasta los refugios más lejanos.
Durante seis semanas le siguieron de escondrijo en escondrijo sobre picos volcánicos y senderos de cabras. Cuando se ocultó en la jungla, formaron líneas de batidores y le acosaron, como a un conejo, entre los guayabos y los arbustos de lantana. Pero una y otra vez, él volvía atrás, esquivaba, escapaba. No había modo de acorralarle. Cuando el enemigo se acercaba, su rifle certero volvía a alejarlos, y los soldados transportaban sus heridos, sendero abajo, hasta la playa. Otras veces eran ellos los que disparaban cuando su cuerpo bronceado aparecía por un camino entre la maleza. En un momento determinado, cinco de ellos le sorprendieron al descubierto en un sendero de cabras. Vaciaron entonces sus rifles sobre Koolau mientras él se alejaba cojeando, trepando por el vertiginoso camino. Hallaron después allí manchas de sangre y supieron que estaba herido. Al cabo de seis semanas, se dieron por vencidos. Los soldados y los policías volvieron a Honolulú y todo el Valle de Kalalau quedó para uso exclusivo de Koolau, aunque de vez en cuando algún cazador de cabezas, para su desgracia, se aventuraba a seguirle.
Dos años después Koolau se arrastró, por último, al interior de la espesura y se tendió en el suelo entre las hojas de ti y las flores de jengibre. Libre había vivido y libre iba a morir. Comenzaba a caer una ligera llovizna, y se echó una manta andrajosa sobre la ruina informe de sus miembros. Llevaba puesto un abrigo de tela impermeable. Sobre su pecho depositó el máuser deteniéndose antes un momento a limpiar afectuosamente la humedad del cañón. En la mano con que lo secó no quedaba un solo dedo con que apretar el gatillo.
Cerró los ojos, porque de la debilidad de su cuerpo y la vertiginosa confusión de su cerebro había deducido que su fin estaba cerca. Como un animal salvaje, se ocultaba para morir. Semiconsciente, vagamente a la deriva, revivió su juventud transcurrida en Niihau. Conforme la vida se desvanecía y el gotear de la lluvia llegaba cada vez más débilmente a sus oídos, se vio una vez más en el mejor momento de la doma de caballos, sintió los potros rebeldes encabritándose y corcoveando bajo su cuerpo, atados los estribos sobre el vientre, y se encontró cabalgando salvajemente por el cercado haciendo saltar la empalizada a los vaqueros. Un instante después, y con aparente naturalidad, se halló persiguiendo toros bravos en las praderas altas, cazándolos a lazo ybajándolos a los valles. Y el sudor y el polvo de la dehesa donde marcaban a los animales volvieron a picarle en los ojos y penetraron de nuevo en su nariz.
Y aquella juventud espléndida, total, volvió a ser suya hasta que las agudas punzadas de una disolución inevitable le atrajeron ala realidad. Levantó las manos monstruosas y las miró asombrado. ¿Cómo? ¿Qué razón había? ¿Por qué motivo se había transformado en esto toda la fuera de su indomable juventud? Y entonces recordó, una vez y sólo por un momento, que era Koolau el leproso. Sus párpados aletearon cansados y el gotear de la lluvia cesó para sus oídos. Un prolongado temblor se apoderó de su cuerpo. También el temblor cesó. Levantó apenas la cabeza y volvió a dejarla caer. Luego sus ojos se abrieron para no cerrarse más. El último pensamiento lo dedicó a su máuser que se apretó contra el pecho con sus manos enlazadas y sin dedos.
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El inevitable hombre blanco
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––Mientras el negro sea negro y el blanco sea blanco, ni el blanco entenderá al negro, ni el negro al blanco.
Así hablaba el capitán Woodward. Nos hallábamos en Apia, sentados en el salón de la taberna de Charley Roberts y bebiendo Abú––Hameds preparados por el susodicho tabernero que decía haber heredado la receta directamente de Steevens, el Steevens famoso por haber inventado esa bebida en los días en que le espoleaba la sed del Nilo, autor de Con Kitchener a Jartum y muerto en el asedio de Ladysmith.
El capitán Woodward, bajito, rechoncho y de avanzada edad, quemado por cuarenta años de sol tropical y dotado de los ojos castaños más hermosos que haya visto jamás en el rostro de un hombre, hablaba cargado de experiencia. La complicada red de cicatrices que adornaba su pelada mollera hablaba de una intimidad con el negro lograda a base de recibir hachazos, una intimidad que revelaba asimismo el lado derecho de su cuello, por delante, por detrás, y más exactamente en el lugar por donde había entrado una flecha que él mismo se había extraído por el lado contrario. En el momento en que aquello sucedió, según explicaba él mismo, llevaba bastante prisa, y como el dardo le impidiera correr, había decidido no detenerse a romper la punta, sino sacarlo siguiendo la dirección con que había entrado. Era ahora capitán del Savaü, un vapor que reclutaba trabajadores en las islas del oeste para llevarlos a las plantaciones alemanas de Samoa.
––La mitad del conflicto se debe a la estupidez de los blancos ––dijo Roberts, haciendo una pausa para beber unos sorbos de Abú-Hameds y maldecir en términos afectuosos al camarero samoano––. Si se molestaran un poco en entender cómo piensan los negros, la mayoría de los problemas podrían evitarse.
––He conocido a unos cuantos que decían comprender a los negros ––respondió el capitán––, y he comprobado que han sido siempre los primeros en terminar kaí-kai (comidos). Ahí tiene a los misioneros de Nueva Guinea y de las Nuevas Hébridas, a los de la isla mártir de Erromanga y a todos los demás. Recuerde lo que ocurrió a los miembros de aquella expedición austríaca que descuartizaron en las Salomón, en las selvas de Guadalcanal, y a tantos comerciantes que, con veinte años de experiencia a sus espaldas, presumían de que no había quien pudiera con ellos y cuyas cabezas adornan hoy las casas––canoas de los nativos. Ahí tiene también el caso de Johnny Simons. Veintiséis años llevaba recorriendo las costas de la Melanesia. Juraba que leía en los nativos como en un libro abierto y que jamás acabarían con él, y, sin embargo, murió en la laguna Marovo de Nueva Georgia. Le cortaron la cabeza un par de negros, una Mary (mujer) y un viejo al que sólo le quedaba una pierna porque la otra se la había dejado en la boca de un tiburón mientras pescaba en aguas previamente dinamitadas. Y recuerde a Billy Watts, famoso por sus matanzas de nativos y hombre capaz de asustar al mismísimo demonio. Aún me acuerdo de cuando atracó en Cabo Little, en Nueva Irlanda, y le robaron medio cajón de tabaco que le había costado, como mucho, tres dólares y medio. En venganza volvió, mató a seis negros, destrozó sus canoas de guerra y quemó dos de sus aldeas. Y fue allí mismo, en Cabo Little, donde le atacaron cuatro años después cuando se hallaba con cincuenta bukus que había llevado con él para pescar cohombro de mar. A los cinco minutos estaban todos muertos, a excepción de tres hombres que huyeron en una canoa. No me venga con historias. La misión del hombre blanco es colonizar el mundo, y bastante tiene con eso. ¿Cree que le queda tiempo para entender a los negros?
––Eso es cierto ––dijo Roberts––, y, por otra parte, tampoco parece que le sea muy necesario. Precisamente la estupidez de los blancos está en proporción directa con el éxito que han tenido en colonizar el mundo...
––Y en implantar el temor de Dios en el corazón del negro ––le interrumpió el capitán Woodward––. Quizá tenga usted razón, Roberts. Quizá sea la estupidez lo que le haya hecho triunfar, y sin duda que un aspecto de esa estupidez es su incapacidad para entender a otras razas. Pero una cosa es segura: que el blanco ha de desplazar al negro le comprenda o no. Es un proceso inevitable. Es el destino.
––Y, naturalmente, el hombre blanco es inevitable. Es el destino del negro ––le interrumpió Roberts––. Dígale a un blanco cualquiera que hay madreperla en una laguna infestada por decenas de miles dé caníbales vociferantes e inmediatamente se pondrá en camino con un reloj despertador que utilizará a modo de cronómetro y media docena de buceadores canacas, todos apretados como sardinas en lata en un espacioso queche de cinco toneladas. Susúrrele al oído que se ha descubierto oro en el Polo Norte y esa misma criatura de tez blanca, ese ser inevitable, partirá sin dilación, armado de pico, pala y el último modelo de artesa. Y lo que es más, llegará a su destino. Hágale saber que hay diamantes en las ardientes murallas del infierno y el hombre blanco asaltará esas murallas y pondrá a trabajar al mismísimo Satán con su pico y con su pala. Ahí tiene el resultado de ser estúpido e inevitable.
––Pero me pregunto qué pensará el negro de esa inevitabilidad ––les dije.
El capitán Woodward se echó a reír en voz baja. A sus ojos acudió el brillo de un recuerdo.
––Se me ocurre pensar en este momento qué opinarían y seguirán opinando los negros de Malu del hombre blanco inevitable que llevábamos a bordo cuando les visitamos en el Duquesa ––explicó.
Roberts preparó otros tres Abú-Hameds.
––Sucedió hace veinte años. Saxtorph se llamaba. Era, sin lugar a dudas, el hombre más estúpido que he conocido, pero tan inevitable como la muerte. Una cosa solamente sabía hacer ese sujeto, y era disparar. Recuerdo el día en que le conocí hace veinte años, aquí mismo, en Apia. Esto fue antes de que usted llegara, Roberts. Yo me alojaba donde está ahora el mercado, en el hotel de Henry el holandés. Habrán oído hablar de ese hombre. Amasó una fortuna vendiendo armas de contrabando a los rebeldes. Luego dejó el negocio y seis semanas después murió en Sidney en una trifulca de taberna.
»Pero volviendo a Saxtorph. Una noche, no había hecho más que dormirme, cuando un par de gatos comenzaron a maullar en el patio. Me levanté de la cama y me dispuse a arrojarles una jarra de agua. Pero en aquel momento se abrió la ventana de la habitación contigua. Sonaron dos disparos y la ventana se cerró. No puedo expresar con palabras la rapidez con que ocurrió todo. Diez segundos a lo más. La ventana que se abre, pam, pam, suena el revólver, y la ventana que se cierra. Quienquiera que fuera el autor de los disparos, el caso es que no se molestó siquiera en comprobar qué efecto había causado. Lo sabía sin detenerse a mirarlo. ¿Entienden lo que quiero decir? Lo sabía. Los gatos no volvieron a molestarnos. A la mañana siguiente allí estaban los dos escandalosos, secos. Me quedé maravillado. Y sigo estándolo. En primer lugar, en aquel patio no había más luz que la de las estrellas, y Saxtorph había disparado sin apuntar siquiera. En segundo lugar, había apretado el gatillo tan rápidamente que los dos tiros se habrían dicho un solo sonido. Y, finalmente, estaba tan seguro de haber dado en el blanco que ni siquiera se había molestado en comprobarlo.
»Dos días después vino a bordo a visitarme. Yo era entonces contramaestre del Duquesa, una goleta absurdamente grande, de ciento cincuenta toneladas, un barco negrero. Y permítanme que les diga que en aquellos tiempos los barcos negreros no eran ninguna tontería. Entonces no había inspectores oficiales, es cierto, pero eso tenía el inconveniente de que el gobierno tampoco nos protegía a nosotros. Era trabajo duro. Si acabábamos, cobrábamos lo justo y se terminó. Contratábamos a negros en todas las islas de los Mares del Sur de donde no nos echaban a patadas. Pues bien, como les decía, subió a bordo John Saxtorph, pues así dijo llamarse. Era de corta estatura, de cabellos y tez como la arena y ojos del mismo tono. Ni un solo rasgo destacaba en aquel hombre, cuyo espíritu era tan anodino como su color. Me dijo que no tenía un penique y quería enrolarse. Que vendría con nosotros de camarero, de cocinero, de sobrecargo o simplemente de marinero. No sabía nada de navegación, pero estaba dispuesto a aprender. Yo no quería admitirle, pero su maestría en el manejo de las armas me había impresionado tanto que le contraté dé marinero con un sueldo de tres libras al mes.
»Efectivamente, estaba dispuesto a aprender. Pero, por naturaleza, era incapaz de aprender nada. Era tan negado para manejar el timón como yo para preparar las mezclas que nos sirve Roberts. Saxtorph es el responsable de mis primeras canas. Jamás me atreví a encomendarle el timón cuando había mar gruesa. Las expresiones "Avante toda" y "Listos para orzar" constituían para él misterios insondables. No podía diferenciar el escotín de la jarcia. Le resultaba sencillamente imposible. El trinquete y los foques eran uno y sólo uno a su entender. Se le decía que arriara la mayor y antes de que se diera uno cuenta había arriado otra vela. Tres veces se cayó por la borda sin saber nadar. Estaba siempre de buen humor, nunca se mareaba y era el hombre mejor dispuesto que he conocido jamás. Era, por otra parte, muy poco comunicativo. Nunca hablaba de sí mismo. Su vida comenzaba para nosotros el mismo día en que se había enrolado en el Duquesa. Dónde aprendió a disparar es cosa que sólo saben las estrellas. Era yanqui, según dedujimos de su acento, pero eso fue lo único que llegamos a saber de él.
»Y ahora viene lo interesante del cuento. En las Nuevas Hébridas tuvimos mala suerte. Durante cinco semanas sólo reclutamos catorce hombres. Empujados por los vientos del sureste llegamos a las Salomón. Malaita era entonces, como ahora, un buen filón para contratar trabajadores. Fondeamos en Malu, en la punta noroeste de la isla. Hay allí dos líneas paralelas de arrecifes capaces de poner nervioso a cualquiera, pero logramos sortearlas y avisamos con dinamita a los negros para que bajaran a enrolarse. En tres días no conseguimos contratar a un solo hombre. Se acercaban a cientos en sus canoas, pero cuando les mostrábamos cuentas, retales de percal y hachas, y les hablábamos de las delicias de las plantaciones de Samoa, se reían de nosotros.
»Al cuarto día sobrevino un cambio. Firmaron cincuenta hombres, a quienes alojamos en la bodega, dándoles, desde luego, libertad para subir a cubierta. Naturalmente, recordándolo ahora, al cabo de los años, no sé cómo no nos pareció sospechoso aquel aluvión de negros, pero en aquel momento lo atribuimos al hecho de que, probablemente, algún jefe poderoso les había relevado de la prohibición de enrolarse. La mañana del quinto día, los dos botes se dirigieron a tierra firme como de costumbre, uno de ellos con el fin de proteger al otro en caso de dificultad. Y también como de costumbre, los cincuenta negros que llevábamos se hallaban en cubierta descansando, hablando, fumando o durmiendo. Los únicos de la tripulación que quedamos a bordo fuimos Saxtorph y yo con otros cuatro marineros. Los remeros de los botes eran nativos de las Gilbert. En una embarcación iban el capitán, el sobrecargo y el encargado de reclutar a los negros. En la otra, la que quedaba fondeada a unas cien yardas de la playa con el fin de cubrir una posible retirada, iba el segundo de a bordo. Ambos botes estaban bien armados, aunque no se esperaban contratiempos.
»Cuatro marineros, incluido Saxtorph, se hallaban a popa, fregando la borda. El quinto montaba guardia, rifle en mano, junto al depósito del agua situado delante del palo mayor. Yo me hallaba cerca de la proa dando los últimos toques a una nueva fogonadura para el trinquete. En el momento en que alargaba la mano para coger mi pipa del lugar donde la había dejado, oí el ruido de un disparo que llegaba de la orilla. Me enderecé para mirar. Algo me pegó en la nuca dejándome parcialmente atontado y caí al suelo. Lo primero que pensé es que se había soltado algún cabo, pero mientras caía, y antes de dar con mi cuerpo en cubierta, oí el estruendo de varios disparos de rifle que provenía de los botes. Me volví y por un segundo vi al marinero que montaba guardia. Dos negrazos le sujetaban los brazos y un tercero le golpeaba por la espalda en la nuca con un hacha.
»Aún me parece que lo estoy viendo. El depósito del agua, el palo mayor, los hombres sujetando al marinero, el hacha descendiendo sobre su nuca y todo bajo la ardiente luz del sol. Me fascinaba la visión creciente de la muerte. El hacha parecía descender con una horrible lentitud. La vi caer por fin y, mientras me desplomaba, vi cómo las piernas del hombre cedían bajo su cuerpo. Los dos negros siguieron sosteniéndole con la fuerza de sus brazos, mientras que el tercero le asestaba un par de hachazos más. Luego, me propinaron dos golpes en la cabeza y decidí que había muerto. Lo mismo decidió la bestia que me los había administrado. Me hallaba totalmente incapacitado para moverme, y allí me quedé, inmóvil, viendo cómo le cortaban la cabeza al centinela. Tengo que reconocer que lo hicieron con bastante habilidad. Indudablemente tenían experiencia.
»El ruido de los disparos procedente de los botes había cesado. Pensé sin sombra de duda que los tripulantes habían muerto y que había llegado nuestra hora. En pocos minutos volverían para cortarme la cabeza. Era evidente que aquello era lo que hacían en ese preciso instante con los marineros de popa. Las cabezas humanas son muy apreciadas en Malaita, especialmente las de los blancos. Ocupan un lugar de honor en las casas––canoas de los nativos que pueblan sus playas. Qué efectos decorativos logran con ellas los habitantes del interior es cosa que ignoro, pero el caso es que las valoran tanto como sus hermanos de la costa.
»Tuve la vaga noción de que debía escapar y me arrastré a cuatro patas hasta el molinete, donde, a duras penas, conseguí ponerme en pie. Desde allí pude dirigir la vista a popa. Sobre el tejado del camarote había tres cabezas, las de los tres marineros a los que durante meses había dado órdenes. Los negros me vieron de pie y se abalanzaron sobre mí. Eché mano al revólver y vi que me lo habían quitado. No puedo decir que tuviera miedo. Muchas veces había estado cerca de la muerte, pero nunca me había parecido tan fácil morir como en aquel momento. Estaba aturdido y nada me importaba.
»El cabecilla negro se había armado con el hacha de la cocina y hacía muecas siniestras mientras se disponía a rebanarme el cuello. Pero no llegó a hacerlo. Cayó sobre cubierta hecho un ovillo y vi la sangre salir a borbotones de su boca. Como en sueños, oí un rifle disparar y continuar disparando. Uno tras otro fueron cayendo los negros. Fui recuperando pleno uso de los sentidos y reparé en que ni una sola bala dejaba de llegar a su destino. Cada vez que sonaba un disparo, caía un negro. Me senté en cubierta junto al molinete y miré hacia arriba. Encaramado en la cruceta estaba Saxtorph. Cómo se las había arreglado para trepar hasta allí es cosa que aún no puedo explicarme, pero el caso es que había subido hasta lo más alto con dos winchester y no sé cuántas cartucheras llenas de munición. Y allí aposentado, hacía la única cosa para la cual le había dotado la naturaleza.
»He visto tiroteos y he visto matanzas, pero hasta aquel momento jamás había presenciado nada semejante. Sentado junto al molinete, contemplé el espectáculo. Me sentía débil y desfallecido y todo lo que veía me parecía un sueño. Pam, pam, pam, seguía sonando el rifle, y clon, clon, clon, seguían cayendo negros sobre la cubierta. Era asombroso verles derrumbarse uno tras otro. Después de un primer conato de lanzarse sobre mí, después que hubieran caído una docena de ellos, quedaron paralizados. Pero ni aun así dejó de disparar el rifle de Saxtorph. Mientras tanto habían llegado desde la costa los dos botes cargados de negros armados con los snider y los winchester que habían arrebatado a los tripulantes. La lluvia de proyectiles que lanzaron sobre Saxtorph fue terrible, pero por suerte para él los nativos sólo dan en el blanco a muy poca distancia. No están acostumbrados a apoyar el rifle en el hombro. Esperan a estar justo encima del objetivo y sólo entonces disparan apoyando la culata en la cadera. Cuando el rifle que utilizaba se calentó demasiado, Saxtorph lo cambió por el otro. Por eso había subido dos.
»Lo verdaderamente sorprendente era la velocidad a que disparaba. No erraba un solo tiro. Si algo ha sido nunca inevitable, es aquel hombre. Era la rapidez con que ocurría todo lo que hacía la matanza tan terrible. Los negros no tenían tiempo de pensar. Cuando lograban hacerlo, se lanzaban al agua a toda prisa volcando con ello las canoas. Saxtorph no cejaba. La superficie del mar estaba cubierta de cuerpos y las balas seguían lloviendo sobre ellos. Ni un solo disparo fallaba, y desde donde me encontraba oía el ruido sordo de las balas enterrándose en la carne humana.
»Los negros se dispersaron para dirigirse a la costa a nado. El agua estaba alfombrada de cabezas. Yo me levanté y como en un sueño lo vi todo: las cabezas que se agitaban y las cabezas que, de pronto, dejaban de agitarse. Algunos de aquellos disparos fueron realmente magníficos, dada la distancia del objetivo. Sólo un negro llegó hasta la playa, y, en el momento en que se ponía en pie, Saxtorph le alcanzó con una bala. Fue un hermoso espectáculo. Y cuando otros dos negros corrieron a socorrer al que había caído, Saxtorph les mató también.
»Creí que todo había terminado cuando oí disparos de nuevo. Un negro había salido de la cámara para correr hacia la borda cayendo a medio camino. El camarote debía de estar lleno de nativos. Conté hasta veinte. Uno por uno salieron como rayos en dirección a la borda, pero ni uno solo llegó a ella. Parecía un ejercicio de tiro de pichón. Un negro salía de la escalera de cámara, pam, sonaba el rifle de Saxtorph, y allá caía el cuerpo. Naturalmente los que estaban abajo no sabían lo que ocurría en cubierta, y en consecuencia continuaron saliendo hasta que cayó el último de ellos.
»Saxtorph esperó un rato para asegurarse y luego bajó a cubierta. Éramos los únicos supervivientes de la tripulación del Duquesa y yo estaba bastante maltrecho, mientras que él era un completo inútil una vez terminado el tiroteo. Siguiendo mis instrucciones me lavó las heridas de la cabeza y me dio unos cuantos puntos. Un largo trago de whisky me proporcionó las fuerzas suficientes para dejar aquel lugar. Era inútil hacer otra cosa. Todos los compañeros habían muerto. Tratamos de hacernos a la mar, con Saxtorph izando las velas y yo al timón. Había vuelto a ser el marinero de antes, torpe y sin experiencia. No sabía ni cómo empezar a izar velas, y cuando caí al suelo desmayado, todo parecía anunciar que había llegado nuestro fin.
»Cuando recobré el sentido, hallé a Saxtorph sentado en el junquillo esperando pacientemente para preguntarme qué hacer. Le dije que examinara a los heridos y viera si había alguno capaz de arrastrarse. Reunió a seis. Recuerdo que uno de ellos tenía una pierna rota, pero Saxtorph me aseguró que podía mover los brazos. Echado en cubierta a la sombra y espantándome las moscas, supervisé las maniobras mientras Saxtorph daba órdenes a su equipo de lisiados. Que me aspen si no es cierto que obligó a aquellos pobres negros a tirar uno por uno de todos los cabos hasta que dio con las drizas. Uno de los nativos se soltó de pronto de la jarcia mientras izaba una vela y cayó en cubierta muerto. Pero Saxtorph golpeó a los otros y les obligó a seguir trabajando. Cuando el trinquete y la mayor estaban izadas, les dije que levaran ancla. Luego me ayudaron a llegar junto al timón, donde me dispuse a empuñar las cabillas. No sé cómo se las arregló, pero lo cierto es que en lugar de cobrar las cadenas, largó la segunda ancla y quedamos doblemente fondeados.
»Al fin conseguimos levar y el Duquesa se hizo a la vela. Las cubiertas eran todo un espectáculo. Allá donde uno mirase, veía negros muertos o agonizantes. Algunos habían ido a caer en los lugares más inconcebibles. El camarote estaba lleno de hombres que habían llegado arrastrándose desde cubierta para morir allí. Puse a Saxtorph y a su cuadrilla de enterradores a trabajar arrojando cuerpos por encima de la borda, y allí fueron, mezclados, vivos y muertos. Aquel día los tiburones se dieron un buen banquete. Naturalmente, los cuatro marineros muertos a manos de los negros siguieron el mismo camino. Las cabezas las metimos en un saco que cargamos con lastre para impedir que la marea las arrastrara hacia la playa y cayeran en manos de los negros.
»Respecto a los cinco prisioneros, decidí utilizarlos como tripulantes, pero ellos decidieron otra cosa por su cuenta. Esperaron el momento oportuno y se lanzaron al agua por la borda. Saxtorph dio cuenta de dos en el aire con su revólver, y habría hecho lo mismo con los otros tres, que se hallaban ya en el agua, si yo no lo hubiera impedido. Me repugnaba tanta carnicería, y, por otra parte, nos habían ayudado a zarpar. Pero mi misericordia no sirvió de nada, porque los tiburones acabaron con los tres.
»Una vez que nos alejamos de tierra, me atacaron una especie de fiebres cerebrales. El Duquesa fue a la deriva durante tres semanas, al cabo de las cuales me recuperé y seguimos pausadamente rumbo a Sidney. En cualquier caso aquellos negros de Malu aprendieron la eterna lección: que es mejor no buscarle las cosquillas al hombre blanco. En aquella ocasión no cabe duda de que Saxtorph fue inevitable.
Charley Roberts emitió un largo silbido y dijo:
––Eso es evidente. Pero, ¿qué fue de él?
––Se dedicó a la caza de focas y llegó a ser un verdadero experto. Durante seis años se le tuvo por uno de los mejores pescadores de las flotas de Victoria y San Francisco. El séptimo año un crucero ruso capturó su goleta y, según se dijo entonces, fue enviado en unión del resto de la tripulación a las minas de sal de Siberia. Lo cierto es que no he vuelto a saber de él.
––Colonizar el mundo ––murmuró Roberts––. Bueno, brindo por ellos. Alguien tiene que hacerlo. A colonizar el mundo, me refiero.
El capitán Woodward se pasó la mano por las cicatrices que cruzaban su pelada cabeza.
––Yo ya he cumplido ––dijo––. Llevo cuarenta años dedicado a esa tarea. Éste será mi último viaje. Luego volveré a casa y no me moveré de allí.
––Le apuesto lo que quiera a que no será así ––le desafió Roberts––. Usted morirá con las botas puestas, no en su casa. El capitán Woodward aceptó inmediatamente la apuesta, pero, personalmente, creo que ganará Charley Roberts.
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Mauki
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Pesaba ciento diez libras. Tenía el pelo ensortijado y su piel era negra. Pero de un negro muy especial. Ni azulado ni rojizo, sino tirando a ciruela. Se llamaba Mauki y era hijo de un jefe. Tenía tres tambos, palabra melanesia que significa «prohibición» y es prima hermana del término polinesio tabú. Los tres tambos de Mauki eran los siguientes: primero, no podía estrechar manos femeninas ni podía permitir que mujer alguna le tocara ni a él ni ninguna de sus pertenencias. Segundo, no podía comer almejas ni alimento alguno guisado sobre un fuego al calor del cual se hubieran cocinado dichos moluscos. Tercero, no podía cazar cocodrilos ni navegar en canoas que transportaran una parte de este animal por pequeña que fuera, aunque sólo se tratara de un diente.
Tenía la dentadura de un negro distinto, intenso, o, mejor dicho, de un negro hollín. Se la había teñido así su madre en una sola noche frotándola con un mineral en polvo procedente de un yacimiento que había a espaldas de Port Adams, poblado marinero de Malaita, la más indómita de las islas del archipiélago de las Salomón, tan indómita que ni comerciantes ni colonos han logrado hasta ahora poner el pie en ella. Desde los tiempos de los primeros pescadores de cohombro de mar y comerciantes de sándalo, hasta los días recientes de negreros provistos de rifles automáticos y motores de gasolina, decenas y decenas de aventureros blancos han muerto en esa isla víctimas de las hachas y las balas explosivas de los nativos. Así es como Malaita continúa siendo hoy el lugar preferido de los reclutadores de mano de obra que recorren sus costas en busca de trabajadores que contratar para las plantaciones de las islas vecinas, más civilizadas, por un sueldo de treinta dólares al año. Los habitantes de esas islas vecinas están ya demasiado influidos por la civilización para trabajar en plantaciones.
Mauki tenía las orejas agujereadas, no en un sitio ni en dos, sino en un par de docenas. En uno de los orificios más pequeños llevaba una pipa de cerámica. Los mayores eran demasiado grandes para tal adorno. La cazuela de la pipa habría pasado a través de ellos. De hecho, en el agujero más grande de cada oreja llevaba tapones redondos de madera de unas cuatro pulgadas de diámetro. La circunferencia de dichas aberturas medía aproximadamente doce pulgadas y media. Mauki no era muy especial en sus gustos. En los orificios más pequeños llevaba entre otras cosas casquillos vacíos, clavos, tornillos de cobre, pedazos de cuerda, briznas de cables trenzados, tiritas de hojas verdes y, al atardecer, con la fresca, flores de hibisco color escarlata. De ello se deducirá que para andar por la vida no necesitaba bolsillos, los cuales, por otra parte, le estaban vedados por consistir toda su indumentaria en un retazo de percal de varias pulgadas de anchura. En la cabeza lucía una navaja con la hoja cerrada sobre un rizo del cabello. Su posesión más preciada era el asa de un tazón de porcelana que llevaba colgada de un anillo de concha de tortuga pendiente a su vez del tabique nasal.
Pero a pesar de estos adornos, su cara resultaba agradable. Era el suyo un rostro hermoso desde cualquier punto de vista, sobre todo tratándose de un nativo de la Melanesia. Sólo tenía un defecto: le faltaba firmeza. Era suavemente afeminado, casi aniñado. Tenía los rasgos pequeños, regulares y delicados, la barbilla, débil, y lo mismo podría decirse de sus labios. Ni la mandíbula, ni la frente, ni la nariz denotaban energía ni carácter. Sólo a sus ojos asomaba un reflejo de las cualidades que en tan gran proporción formaban parte integrante de su personalidad y que, generalmente, pasaban inadvertidas. Eran éstas la valentía, la tenacidad, el arrojo, la imaginación y la astucia, y cuando todas ellas hallaban cauce y expresión en un acto consecuente y decidido, dejaba atónitos a los que le rodeaban.
Su padre era jefe del poblado de Port Adams y, en consecuencia, Mauki era, por su nacimiento, hombre de agua salada. Podría decirse que era medio anfibio. Sabía de peces y ostras y el arrecife era para él un libro abierto. También entendía de canoas. Había aprendido a nadar cuando tenía un año y a los siete podía contener la respiración durante un minuto y llegar en vertical a una profundidad de treinta pies. También a los siete años fue robado por los hombres del interior, que no saben nadar y tienen miedo al océano. Desde entonces Mauki vio el mar solamente a distancia, a través de los claros de la selva o desde espacios abiertos en los picos de las montañas. Pasó a ser esclavo de Fanfoa, jefe de una veintena de aldeas diseminadas por las laderas de las montañas de Malaita y de las cuales se elevan columnas de humo, única prueba para los navegantes de la existencia de aquellos pobladores del interior. Porque los blancos no penetran en Malaita. Lo intentaron una vez en los tiempos en que llegaron buscando oro y dejaron allí sus cabezas colgadas, con una perpetua mueca en el rostro, de los cabios ahumados, en las cabañas de los hombres del interior.
Cuando Mauki tenía diecisiete años, a Fanfoa se le acabó el tabaco. La situación era desesperada. Fueron aquéllos tiempos difíciles para todos sus poblados. Y es que Fanfoa había cometido un error. Suo era un puerto tan pequeño que las goletas no podían hacer en él las maniobras necesarias para fondear. Estaba rodeado de mangles cuyas ramas colgaban sobre las aguas profundas. Era un verdadero cepo, y al interior del cepo fueron a entrar dos blancos en un pequeño queche. Venían a reclutar trabajadores y traían para comerciar tabaco y mercancías en abundancia, a más de tres rifles y una buena cantidad de munición. No había hombres de agua salada en Suo, y sólo por aquel lugar los hombres del interior tenían acceso al mar. Los dos blancos del queche hicieron un espléndido negocio. En sólo veinticuatro horas contrataron a veinte trabajadores. Hasta el viejo Fanfoa firmó. Pero aquel mismo día, los recién reclutados cortaron la cabeza a los dos blancos, mataron a toda la tripulación y quemaron el barco. Durante tres meses hubo abundancia de tabaco y provisiones en todos los poblados del interior. Pero después llegaron buques de guerra que arrojaron granadas a las montañas desde muchas millas de distancia obligando a los nativos a abandonar sus poblados y a ocultarse en lo más recóndito de la selva. Luego enviaron a tierra firme destacamentos que quemaron las aldeas junto con el tabaco y la mercancía, talaron cocoteros y bananos, arrasaron los huertos de taro y acabaron con cerdos y gallinas.
Fanfoa aprendió la lección, pero, mientras, tuvo que pasarse sin tabaco. Sus súbditos estaban demasiado asustados para acercarse a los barcos de los reclutadores. Por esa razón Fanfoa ordenó que bajaran a su esclavo Mauki para que se enrolara a cambio de medio cajón de tabaco, amén de cuchillos, hachas, percal y cuentas que pagaría con su trabajo en las plantaciones. Mauki estaba aterrado cuando le subieron a bordo de la goleta. Se sentía como un cordero conducido al sacrificio. Los blancos eran criaturas feroces. Tenían que serlo, o de otro modo no se habrían atrevido a acercarse a las costas de Malaita y a penetrar en sus puertos, dos en cada goleta, cuando cada una de ellas llevaba de quince a veinte negros de tripulación y a veces hasta sesenta o setenta nativos que habían reclutado. Por añadidura, estaba el peligro que representaban los habitantes de la costa, que en cualquier momento podían atacar la goleta y a su tripulación. Por fuerza los blancos tenían que ser terribles. Además poseían objetos mágicos tales como rifles que disparaban muchas veces y con enorme rapidez, piezas de hierro y de latón que hacían andar los barcos cuando no soplaba el viento, y cajas que hablaban y reían igualito que los hombres. Y habían oído hablar de un blanco cuya magia era tan poderosa que podía quitarse los dientes y volvérselos a poner a voluntad.
Bajaron a Mauki al camarote y uno de los dos blancos quedó en cubierta vigilando con un par de revólveres en el cinturón. En el interior del camarote estaba sentado el otro ante un libro en el que trazaba extraños signos y rayas. Miró a Mauki como si se tratara de un cerdo o de una gallina, le examinó las axilas y escribió algo en el libro. Luego le tendió el palito con que escribía, y Mauki apenas rozó el papel con la punta, obligándose así a trabajar durante tres años para la Compañía Jabonera Moongleam. Nadie le explicó que para hacerle cumplir el compromiso se emplearía la feroz voluntad del hombre blanco, ni que tras éste, y para el mismo fin, estaba todo el poder de los barcos de guerra de la Gran Bretaña.
Había otros negros a bordo procedentes de lugares ignotos. Siguiendo las órdenes del hombre blanco, le arrancaron la pluma que adornaba sus cabellos, le cortaron el pelo muy corto y enrollaron en torno a su cintura un lava––lava de percal amarillo brillante.
Tras pasar muchos días en la goleta, y tras ver más tierras y más islas de las que nunca había imaginado que existieran, le desembarcaron en Nueva Georgia y le obligaron a bregar en los campos talando la jungla y cortando caña. Por primera vez conoció el significado de la palabra «trabajo». Ni cuando era esclavo de Fanfoa había trabajado tanto. Y a Mauki no le gustaba trabajar. Se levantaba al amanecer, se acostaba de anochecida y comía dos veces al día. El alimento era siempre el mismo. Durante semanas enteras no les daban más que batatas y las dos semanas siguientes no comían más que arroz. Día tras día separó de la cáscara la carne de los cocos, y día tras día, durante largas semanas, alimentó las hogueras con qué se ahumaba la copra hasta que le escocieron los ojos. Entonces le pusieron a talar árboles. Manejaba bien el hacha, y por ello le destinaron al equipo encargado de construir puentes. En una ocasión le castigaron asignándole a la cuadrilla dedicada a abrir caminos. Otras veces formaba parte de la tripulación de los barcos que traían copra de playas distantes o se hacía a la mar con los blancos para dinamitar la pesca.
Entre otras cosas aprendió a hablar el inglés béche––de––mer, lo cual le permitió entenderse con los capataces y con todos sus compañeros, que de otro modo habrían utilizado un millar de dialectos diferentes. Aprendió también varias cosas acerca de los blancos, entre ellas que siempre cumplían su palabra. Si le decían a un hombre que iban a darle tabaco, se lo daban. Si le advertían que si hacía algo determinado le zurrarían la badana, cuando así ocurría le zurraban efectivamente la badana. Mauki no sabía lo que era zurrar la badana, pero sospechaba que tenía algo que ver con la sangre y con los dientes que muchas veces acompañaban a semejante acción. Una cosa aprendió bien, y fue que los blancos no castigaban a nadie que no hiciera algo prohibido. Aun cuando se emborrachaban, cosa que sucedía a menudo, jamás pegaban a un hombre a menos que hubiera violado alguna norma.
A Mauki no le gustaba la plantación. Odiaba el trabajo y era hijo de un jefe. Además hacía ya diez años que Fanfoa se lo llevara de Port Adams y echaba de menos su casa. Hasta añoraba sus tiempos de esclavitud. Por eso escapó. Se internó en el bosque con idea de seguir en dirección al sur hasta la playa y robar allí una canoa con que volver a Port Adams. Pero le atacaron las fiebres, fue capturado y le devolvieron, más muerto que vivo, al lugar de donde había huido.
Al poco escapó de nuevo, esta vez en compañía de dos hombres de Malaita. Recorrieron veinte millas hasta llegar a la costa y buscaron refugio en la cabaña de un hombre libre de su isla que vivía en esa aldea. Pero en lo más oscuro de la noche llegaron dos hombres blancos que no temían a los habitantes del poblado y que zurraron con gusto la badana a los tres prófugos, les ataron como a cerdos y les arrojaron a una lancha. Al hombre que les había dado refugio, siete veces debieron de zurrarle la badana por el modo en que volaban por los aires cabellos, tiras de piel y dientes, de forma que nunca más volvió a atreverse a ocultar a un prófugo.
Durante un año entero trabajó Mauki. Al cabo de este tiempo le asignaron al servicio de una casa donde la comida era buena y la vida agradable. Requería muy poco esfuerzo mantenerlo todo limpio y servir al hombre blanco whisky y cerveza a todas las horas del día y la mayor parte de las de la noche. Aquella vida le gustaba, pero Port Adams le gustaba mucho más. Le quedaban dos años de trabajo según el contrato, demasiados para el que sufre la angustia de la añoranza. Con el tiempo había adquirido experiencia y, por otra parte, ahora que trabajaba en una casa tenía más oportunidades para huir. Estaba encargado de limpiar los rifles y sabía dónde se colgaba la llave del almacén. Preparó la huida y una noche diez hombres de Malaita y uno de San Cristóbal salieron sigilosamente de los barracones y arrastraron uno de los botes hasta la playa. Fue Mauki quien les facilitó la llave del candado del bote y fue Mauki quien equipó éste con una docena de winchesters, una enorme cantidad de munición, un cajón de dinamita, detonadores y mecha, y diez cajas de tabaco.
Soplaba el monzón del noroeste. Hacia el sur volaron en medio de la noche, ocultándose durante el día en islotes lejanos y deshabitados, o arrastrando el bote hasta el interior de la espesura cuando pasaban junto a islas más grandes. Así llegaron a Guadalcanal, bordearon parte de sus costas y cruzaron los Estrechos Indispensables en dirección a Florida. Fue en esta isla donde los nativos mataron al hombre de San Cristóbal y donde le cocinaron y comieron su cuerpo reservando la cabeza. La costa de Malaita se hallaba solamente a veinte millas de distancia, pero la última noche la corriente y un viento desatado les impidieron llegar hasta ella. El amanecer les sorprendió a pocas millas de su destino. Pero la luz del día trajo con ella una embarcación en la que navegaban dos blancos que no temían a once hombres armados con doce rifles. Mauki y sus compañeros fueron conducidos a Tulagi, donde vivía el gran jefe blanco, quien celebró un juicio después del cual ataron a los prófugos uno por uno y les propinaron veinte azotes. Les condenaron a pagar una multa de quince dólares y les enviaron a Nueva Georgia, donde los hombres blancos les zurraron la badana y les pusieron a trabajar. Mauki no volvió a servir en una casa. Le pusieron a abrir caminos. La multa de quince dólares la habían pagado los blancos que le habían contratado, y, por tanto, tenía que devolverles el dinero a base de trabajo, lo que significaba prolongar el contrato seis meses más. Por otra parte, el tabaco que había robado añadía doce meses más al compromiso.
Port Adams quedaba ahora a tres años y medio de distancia, así que una noche robó una canoa, se ocultó en los islotes del Estrecho de Manning, atravesó el paso y bordeó la costa oriental de Isabel hasta que, cuando había recorrido ya dos tercios del camino, le capturaron los blancos en la Laguna Merengue. A la semana huyó y se refugió en el bosque. El interior de Isabel estaba deshabitado. Los nativos eran hombres de agua salada, todos cristianos, que vivían en las costas. Los blancos ofrecieron por la captura de Mauki una recompensa de quinientos palitos de tabaco, y cada vez que éste se aventuraba a bajar a las playas para robar una canoa, los nativos de la costa le perseguían. Cuatro meses pasaron de esta manera hasta que los blancos elevaron la recompensa a mil palitos, y Mauki fue capturado y devuelto a Nueva Georgia y a la cuadrilla encargada de abrir caminos. Mil palitos de tabaco valían cincuenta dólares, y Mauki tenía que pagarlos, lo que significaba veinte meses más de trabajo. Port Adams se hallaba ya a cinco años de distancia.
Sentía ahora más nostalgia que nunca y no le atraía la idea de sentar la cabeza, portarse bien y trabajar durante cinco años para volver a su casa. A la siguiente intentona le descubrieron en el preciso momento en que se disponía a huir. Informaron del caso al señor Haveby, representante en la isla de la Compañía Jabonera Moongleam, y éste le declaró incorregible. La compañía poseía plantaciones a cientos de millas de distancia allende el mar, en las islas de Santa Cruz, donde iban a parar los impenitentes del archipiélago de las Salomón. Y allí mandaron a Mauki, aunque nunca llegó a su destino. La goleta hizo escala en Santa Ana, y durante la noche Mauki escapó a nado a tierra firme, donde robó dos rifles y un cajón de tabaco y huyó en una canoa a San Cristóbal. Malaita quedaba al norte de aquella isla, a cincuenta o sesenta millas de distancia, pero a media travesía le sorprendió un huracán que le devolvió a Santa Ana, donde el comerciante a quien había robado le cargó de grilletes y le tuvo prisionero hasta que volvió la goleta de Santa Cruz. El comerciante recobró los dos rifles, pero el cajón de tabaco representó para Mauki doce meses más de trabajo. Los años que adeudaba ahora a la compañía eran seis.
En el camino de vuelta a Nueva Georgia, la goleta ancló en el Estrecho de Marau, situado al extremo sureste de Guadalcanal. Mauki nadó hasta la isla con las manos esposadas y se ocultó en el bosque. La goleta siguió su camino, pero el representante de Moongleam en tierra firme ofreció mil palitos de tabaco en recompensa, y los habitantes del interior capturaron a Mauki, quien con este nuevo intento añadía un año y ocho meses más a su contrato. De nuevo, y antes de que llegara la goleta, logró huir, esta vez en un bote y acompañado de un cajón de tabaco sustraído al comerciante. Pero los vientos del noroeste le hicieron naufragar a la altura de Ugi, donde los indígenas cristianos le robaron el tabaco y le entregaron al representante de la Moongleam en la isla. El tabaco robado significaba un año más de trabajo, con lo cual eran ya ocho los que adeudaba a la compañía.
––Le enviaremos a Lord Howe ––dijo el señor Haveby––. Allí es donde está Bunster, y que se las entiendan los dos. O Bunster acaba con Mauki, o Mauki con Bunster. En cualquiera de los dos casos, eso saldremos ganando.
Saliendo de la Laguna Merengue, situada en la isla Isabel, y navegando en dirección al norte magnético, al cabo de ciento cincuenta millas de recorrido se avistan las playas coralíferas de Lord Howe, un atolón de unas ciento cincuenta millas de circunferencia y varios cientos de yardas de tierra firme en el punto de mayor anchura. Sus elevaciones máximas alcanzan como mucho diez pies sobre el nivel del mar. Dentro de la circunferencia de arena hay una gran laguna tachonada de islotes de coral. Lord Howe no forma parte del archipiélago de las Salomón, ni geográfica ni etnológicamente. Mientras que las del archipiélago son islas y sus habitantes y lengua son melanesios, Lord Howe es un atolón y sus habitantes y lengua son polinesios. Debe su población al movimiento migratorio que, partiendo de la Polinesia, se dirige hacia el oeste, movimiento que aún continúa hoy día. Los nativos llegan a sus costas en canoas impulsadas por los vientos del sureste. En la época del monzón del noroeste, hay también, como es natural, un ligero aflujo de población melanesia.
Nadie visita nunca Lord Howe, u Ontong––lava, como llaman también al atolón. Thomas Cook & Son no vende pasajes para aquel rincón del mundo, y los turistas no sueñan siquiera con su existencia. Ni un solo misionero blanco ha pisado sus orillas. Sus cinco mil habitantes son tan pacíficos como primitivos. Y, sin embargo, no siempre fueron así. En las Sailing Directions se afirma que son hostiles y traicioneros, pero es que los encargados de compilar este volumen no saben del cambio operado recientemente en los corazones de los nativos de aquel lejano rincón del mundo que no hace muchos años capturaron un barco y mataron a toda la tripulación, excepto al segundo de a bordo. El superviviente llevó la noticia a sus compañeros y volvió a Lord Howe acompañado de tres capitanes de goleta. Los tripulantes de los tres navíos entraron al interior de la laguna y predicaron el evangelio de los blancos según el cual sólo ellos pueden matar a otros blancos y las razas inferiores deben mantenerse aparte. Recorrieron la laguna de arriba abajo asolando y destruyendo. En aquel estrecho círculo de arena no había forma de huir ni selva en la que refugiarse. Los blancos disparaban sobre los nativos en el momento en que los avistaban, y lo malo era que no había forma de escapar a su vista. Prendieron fuego a sus poblados, destrozaron las canoas, mataron a las gallinas y a los cerdos, y talaron los cocoteros. Así ocurrió durante un mes, al cabo del cual zarparon las goletas. Pero el miedo al hombre blanco quedó impreso para siempre en el corazón de los isleños, que a partir de entonces no osaron hacerles el menor daño.
El único blanco de Lod Howe era Max Bunster, empleado de la ubicua Compañía Jabonera Moongleam. Le habían enviado a aquel atolón porque era el lugar más lejano adonde podían destinarle. Y si no se libraron de él definitivamente fue por la dificultad que suponía encontrar a un hombre que ocupara su lugar. Era un alemanote fornido, y algo no le funcionaba bien en el cerebro. Decir que estaba medio loco sería una afirmación caritativa. Era fanfarrón, traicionero, y tres veces más salvaje que cualquier nativo de la isla. Tenía la brutalidad del cobarde. En un principio la compañía le había destinado a Savo. Cuando mandaron para sustituirle a un colono tísico, Bunster le molió a puñetazos y le devolvió maltrecho a la goleta que le había traído.
El señor Haveby eligió entonces para reemplazarle a un gigante de Yorkshire. El gigante tenía fama de matón y prefería pelear a comer. Pero Bunster no quería pelear. Se portó como un cordero durante diez días, al cabo de los cuales el gigante de Yorkshire yacía en coma presa de fiebres y disentería. Fue entonces cuando Bunster la emprendió con él arrojándole al suelo, entre otras cosas, y saltando sobre su cuerpo una docena de veces. Temeroso de lo que pudiera hacer su víctima cuando se recuperase, huyó en un cúter a Guvutu, donde adquirió cierta reputación al dar una paliza a un joven inglés, tullido a causa de una bala bóer que le había atravesado las dos caderas.
Fue por entonces cuando el señor Haveby decidió mandar a Bunster a Lord Howe, el atolón perdido. Bunster celebró la llegada a su destino consumiendo medio cajón de botellas de ginebra y zurrando de lo lindo a urr anciano asmático, el contramaestre de la goleta que le había llevado a su destino. Cuando partió la embarcación, reunió a todos los canacas en la playa y les instó a boxear cuerpo a cuerpo con él, prometiendo un cajón de tabaco a quien lograra vencerle. A tres canacas tumbó, pero cuando un cuarto le derrumbó a él, en vez de recompensarle con tabaco, le premió con una bala que le atravesó los pulmones.
Y así comenzó el reinado de Bunster en Lord Howe. Tres mil almas vivían en el poblado mayor, pero aún éste parecía desierto, incluso a plena luz del día, cuando él lo atravesaba. Hombres, mujeres y niños huían a su paso. Hasta perros y gatos se ocultaban, y al mismísimo rey no se lea caían los anillos de esconderse bajo una estera de esparto. Los dos primeros ministros vivían perpetuamente aterrados ante aquel hombre, que en lugar de razonar empleaba la fuerza de los puños.
Y a Lord Howe llegó Mauki, a trabajar para Bunster durante ocho años y medio. No había forma de escapar del atolón. Para bien o para mal los dos hombres tenían que convivir. Bunster pesaba doscientas libras y Mauki ciento diez. Bunster era una bestia degenerada y Mauki un salvaje primitivo. Ambos eran obstinados y tenían sus propios métodos para lograr lo que querían.
Mauki ignoraba cómo era el patrón que le esperaba. Nadie le había advertido y, por tanto, imaginaba que Bunster sería como cualquier otro blanco, un buen bebedor de whisky, un déspota y hacedor de leyes que cumpliría siempre su palabra y nunca pegaría a un hombre sin motivo. En eso Bunster le llevaba ventaja. Sabía de Mauki todo lo que necesitaba saber y se deleitaba con la idea de entrar en posesión de él. Su cocinero tenía en ese momento un brazo roto y un hombro dislocado, y por ese motivo destinó a Mauki a la cocina y al servicio de su casa.
Y Mauki aprendió muy pronto que había blancos y blancos. El mismo día en que partió la goleta, su amo le ordenó que comprara un pollo a Samisee, el misionero nativo oriundo de Tonga. Pero Samisee estaba al otro lado de la laguna y no se esperaba su vuelta hasta dentro de tres días. Mauki regresó a informar de ello a su amo. Subió los empinados escalones de la entrada (la casa estaba construida sobre pilares de doce pies de altura) y entró en la sala. El comerciante le pidió el pollo. Mauki abrió la boca para explicar que el misionero estaba ausente, pero Bunster no aguardó a escuchar sus razones. Le pegó un puñetazo. El golpe alcanzó a Mauki en la boca y le lanzó por los aires. Salió disparado limpiamente a través de la puerta, cruzó la galería rompiendo la balaustrada y aterrizó sobre la arena. Sus labios habían quedado reducidos a una masa informe, y tenía la boca llena de sangre y dientes rotos.
––Así aprenderás que conmigo no valen las malas contestaciones ––le gritó el comerciante, rojo de ira, mientras le miraba a través de la balaustrada rota.
Mauki no había conocido nunca a un hombre semejante, y desde aquel mismo instante decidió andarse con pies de plomo y no ofenderle jamás. Vio cómo maltrataba a los hombres de su tripulación y cómo cargaba de grilletes y dejaba a uno de ellos tres días sin comer sólo porque había roto un tolete mientras remaba. Llegaron a sus oídos los rumores que circulaban por la aldea y supo que Bunster había tomado por la fuerza a su tercera esposa, como todos sabían. La primera y la segunda yacían en el cementerio bajo las blancas arenas con sendos trozos de coral clavados a la cabecera y a los pies de sus respectivas tumbas. Habían muerto, se decía, de las palizas que su esposo les propinara. A la tercera esposa desde luego la maltrataba, como pudo ver Mauki con sus propios ojos.
Pero no había manera de evitar ofender a aquel hombre blanco al que sólo la vida parecía ya ofenderle. Si Mauki guardaba silencio, le pegaba y le decía que era un bruto taciturno. Si hablaba, le pegaba por atreverse a responderle. Si estaba serio, Bunster le acusaba de conspirar y le daba una paliza como medida preventiva, mientras que si procuraba mostrarse alegre y sonreír, le castigaba por reírse de su amo y señor y le hacía comprobar la dureza de la estaca. Bunster era un auténtico demonio. Los nativos le habrían matado de no recordar la lección de las tres goletas. Aun así habrían acabado con él si hubiera habido en Lord Howe selva donde refugiarse. Pero en las condiciones en que se hallaban, matar a un hombre blanco significaba atraer la presencia de buques de guerra que castigarían con la muerte a los culpables y talarían sus preciados cocoteros. Los hombres de su tripulación, por su parte, estaban dispuestos a dejar que se ahogara accidentalmente a la primera oportunidad que tuvieran de volcar la embarcación. Sólo que Bunster tuvo muy buen cuidado de que la embarcación nunca volcara.
Pero Mauki era de otra casta, y viendo que la huida era imposible mientras Bunster viviera, decidió interiormente terminar con él. Lo malo era que nunca hallaba la ocasión propicia porque Bunster estaba siempre en guardia. Día y noche tenía los revólveres a mano. No permitía que nadie pasara a su espalda, como aprendió bien Mauki después que le golpeara varias veces por hacerlo. Bunster, por su parte, sabía que era mucho más peligroso aquel hombre de Malaita, amable, tranquilo y sonriente, que todos los nativos del atolón juntos y, en consecuencia, se entregó con verdadero celo al programa de torturas que se había propuesto. Mauki, mientras tanto, fiel a su decisión, se anduvo con pies de plomo, aguantó los castigos y esperó.
Hasta entonces, todos los hombres blancos habían respetado sus tambos. Pero Bunster era distinto. La ración de tabaco que le correspondía semanalmente a Mauki consistía en dos palitos que Bunster entregaba a su esposa ordenando a su criado que los tomase de su mano. Como a Mauki le estaba prohibido hacerlo, se veía obligado a pasarse sin tabaco. Por el mismo motivo se quedaba muchos días sin comer. En una ocasión le ordenó su amo que preparase un guisado a base de unas almejas gigantes que abundaban a orillas de la laguna. Mauki no pudo obedecerle porque tales moluscos eran tabú para él. Seis veces, una tras otra, se negó a tocarlas, y seis veces le golpeó su amo hasta dejarle sin sentido. Bunster sabía que Mauki se dejaría matar antes que hacerlo, pero calificó su negativa de amotinamiento, y habría acabado con él en ese mismo momento si hubiera podido sustituirle con otro cocinero.
Uno de los pasatiempos favoritos del comerciante consistía en coger a Mauki por sus cabellos negroides y golpearle la cabeza contra la pared. Otro entretenimiento consistía en pillar a Mauki desprevenido y aplastar contra su carne la punta de un cigarrillo encendido. A eso lo llamaba Bunster «vacunar» y, en consecuencia, vacunaba a Mauki varias veces a la semana. Un día, en un acceso de cólera, le arrancó el asa de tazón que llevaba colgada de la nariz, rasgándole el cartílago.
––¡Vaya hocico! ––dijo por todo comentario al supervisar el daño que le había causado.
La piel del tiburón es como el papel de lija, pero la de la raya es aún más áspera. En los Mares del Sur los nativos la utilizan como lima para pulir la madera de remos y canoas. Bunster se había confeccionado un mitón de piel de raya. La primera vez que lo probó con Mauki, sólo con una pasada le arrancó la piel de la espalda desde el cuello hasta la axila. Bunster se quedó encantado. Experimentó después con su mujer y lo utilizó a sus anchas con los hombres de la tripulación. Los dos primeros ministros recibieron una caricia cada uno y tuvieron que sonreír y tomarlo a broma.
––¡Reíd, malditos, reíd! ––les instaba Bunster.
Mauki fue quien mejor llegó a conocer los efectos del mitón. No pasaba un solo día sin que probara su contacto. Hubo ocasiones en que la desolladura era de tales proporciones, que el dolor le impedía dormir por la noche. A menudo, el bromista de Bunster se divertía volviéndole a poner en carne viva la piel ya medio cicatrizada. Mauki seguía esperando pacientemente, seguro de que antes o después llegaría su hora. Y cuando su hora llegó, sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
Un día Bunster se levantó con humor de zurrarle la badana al universo entero. Comenzó por Mauki y terminó por Mauki, dejando entre tanto sin sentido a su mujer y sacudiendo a modo a los hombres de su tripulación. A la hora del desayuno dijo que el café era aguachirle y arrojó el líquido hirviendo a la cara de su criado. A las diez en punto temblaba de escalofríos y media hora después ardía en fiebre. No era aquél un ataque corriente. Pronto se declararon unas fiebres perniciosas que resultaron ser paludismo. Pasaron los días y Bunster se fue debilitando. No podía levantarse de la cama. Mauki esperaba y vigilaba mientras su piel recobraba su aspecto normal. Ordenó a los hombres de la tripulación que subieran el barco a la playa, que limpiaran el casco y lo repararan. Creyeron que la orden procedía de su amo y le obedecieron, pero en aquel momento Bunster estaba inconsciente y no podía ordenar nada. Aquélla era la oportunidad que aguardaba Mauki, pero aun así esperó.
Cuando lo peor de la enfermedad hubo pasado y Bunster convalecía en plena posesión de sus sentidos, aunque débil como un niño, Mauki reunió todas sus baratijas, incluida el asa de porcelana, y las guardó en una caja. Luego se dirigió al poblado e interrogó al rey y a los dos primeros ministros.
––Ese hombre, Bunster, hombre bueno, ¿vosotros gustar? ––preguntó.
A coro le respondieron que no les gustaba en absoluto. Los ministros recitaron una larga letanía de todas las indignidades y abusos que había acumulado sobre ellos. El rey perdió el control y se echó a llorar. Mauki le interrumpió bruscamente.
––Tú querer gobernar tu pueblo. A ti no gustarte el gran amo blanco. A mí no gustarme. Tú poner cien cocos, doscientos cocos, trescientos cocos en el cúter. Luego vosotros dormir. Todos los canacas dormir. Vosotros oír gran ruido en la casa y no decir oír gran ruido. Vosotros dormir mucho.
Del mismo modo interrogó Mauki a los miembros de la tripulación. Luego ordenó a la esposa de Bunster que regresara a casa de su familia. Si se hubiera negado, se habría hallado Mauki en un buen compromiso, pues su tambo le impedía ponerle la mano encima.
Desierta ya la casa, entró en la habitación donde el comerciante yacía medio adormilado. Le quitó los revólveres y se puso en la mano el mitón de piel de raya. La primera noticia que tuvo Bunster de lo que ocurría fue una caricia del mitón que le arrancó la piel a todo lo largo de la nariz.
––Buen chico ––rió Mauki entre caricia y caricia, una de las cuales le dejó a Bunster la frente en carne viva mientras que la otra le desollaba la mejilla––. ¡Ríe, maldito, ríe!
Mauki hizo concienzudamente su tarea, y los canacas, ocultos en sus casas, oyeron el gran ruido que Bunster hacía y que continuó haciendo durante una hora o más.
Cuando Mauki hubo terminado, bajó la brújula, los fusiles y toda la munición al cúter, que cargó después con cajones de tabaco. Mientras se afanaba en esta operación, una figura horrenda, en carne viva, salió de la casa y echó a correr gritando hacia la playa, hasta que cayó en la arena retorciéndose y farfullando bajo un sol abrasador. Mauki le miró y dudó. Al fin se acercó y le cortó la cabeza, que envolvió en una estera y guardó en la escotilla de proa.
Tan profundamente durmieron los canacas aquel día largo y caluroso, que no vieron al cúter salir a mar abierto y dirigirse hacia el sur impulsado por el viento del sureste. Nadie avistó la embarcación en su larga travesía hasta las costas de Isabel, ni durante el tedioso recorrido desde aquella isla hasta Malaita. Mauki arribó a Port Adams con una fortuna en rifles y tabaco mayor que la que cualquier hombre hubiera poseído jamás. Pero no se detuvo en la aldea. Había cortado la cabeza a un hombre blanco y sólo la selva podía ofrecerle refugio. En consecuencia volvió a los poblados del interior, donde mató a Fanfoa y a media docena de cabecillas y se erigió en jefe de aquellos contornos. Cuando murió su padre, el hermano de Mauki gobernó en Port Adams, y unidos hombres de la costa y hombres del interior, formaron la más fuerte de todas las tribus guerreras de Malaita.
Más que al gobierno británico, temía Mauki a la todopoderosa Compañía Jabonera Moongleam, y un día le llegó un mensaje por el cual se le recordaba que debía a la compañía ocho años y medio de trabajo. Su respuesta fue favorable y al poco tiempo aparecía el inevitable hombre blanco. Era un capitán de goleta, el único blanco que durante el reinado de Mauki penetrara en la selva y saliera de ella con vida. Y no sólo salió con vida, sino también con setecientos cincuenta dólares en soberanos de oro, el precio de ocho años y medio de trabajo, más el coste de ciertos rifles y cajones de tabaco.
Mauki ya no pesa ciento diez libras. El diámetro de su estómago se ha triplicado y tiene cuatro mujeres. Tiene también muchas otras cosas: rifles y revólveres, el asa de un tazón de porcelana y un excelente surtido de cabezas de nativos. Pero el ejemplar más preciado de toda su colección es una cabeza de cabellos color arena y barba amarillenta, perfectamente curada y desecada, que conserva envuelta en sus más finos lava––lavas. Cada vez que Mauki va a la guerra allende sus dominios, saca invariablemente esa cabeza y, a solas en su palacio de hierba, la contempla larga y solemnemente. En momentos semejantes, un silencio de muerte se cierne sobre el poblado, y ni el negrito más chico se atreve a hacer un solo ruido. La cabeza se tiene por el talismán más eficaz de todo Malaita y a su posesión se atribuye toda la grandeza de Mauki.
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Las terribles Salomón
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No creo que se exagere al decir que el de las Salomón es un archipiélago indómito. Por otra parte, hay sitios peores en el mundo. Pero para el novato que carece de una comprensión esencial del hombre y la naturaleza primitivos, las Salomón pueden resultar terribles.
Es cierto que allí las fiebres y la disentería acechan perpetuamente, que abundan horribles enfermedades de la piel, que el aire está saturado de un veneno que penetra por el mínimo poro, corte o rozadura implantando úlceras malignas, y que muchos hombres fuertes que logran escapar a la muerte vuelven a sus países de origen convertidos en piltrafas. Es cierto también que los nativos de las Salomón son seres salvajes dotados de un apetito insaciable de carne humana y de una marcada propensión a coleccionar cabezas. A lo más que llega su instinto de deportividad es a sorprender a un hombre vuelto de espaldas y pegarle a traición un hachazo en la base del cráneo partiéndole la columna vertebral. Es igualmente cierto que en algunas islas, como Malaita, por ejemplo, el prestigio social del nativo está en proporción directa con los homicidios que cuenta en su haber. Las cabezas se utilizan para el trueque, y las de los blancos son valiosas en extremo. Suele ocurrir que una docena de aldeas vaya acumulando un fondo que engrosan luna tras luna hasta que llega el momento en que un valiente guerrero presenta la cabeza de un hombre blanco, fresca y sanguinolenta, y reclama el premio.
Todo esto es indudablemente cierto y, sin embargo, hay blancos que han pasado. en ese archipiélago una veintena de años y que sienten añoranza cuando lo dejan. El que quiera vivir en las Salomón necesita sobre todo cautela y suerte, pero ha de tener también madera para ello. Ha de llevar impreso en su espíritu el marchamo del hombre blanco. Ha de ser inevitable. Tiene que estar poseído de una noble despreocupación con respecto a la adversidad, de una presunción colosal, y de un egoísmo racial que le tenga convencido de que un blanco vale más que mil negros de lunes a sábado y que el domingo es capaz de terminar él solo con dos mil de ellos. Porque eso es lo que ha hecho siempre el hombre blanco inevitable. ¡Ah! Una cosa más. El blanco que desee ser inevitable no sólo debe despreciar a las razas inferiores y creerse superior a todas ellas, sino que ha de carecer también de excesiva imaginación. No debe entender demasiado ni los instintos, ni las costumbres, ni los procesos mentales de los negros, cobrizos o amarillos, porque no es así como la raza blanca se ha abierto camino por el mundo.
Bertie Arkwright no era inevitable. Era demasiado sensible, demasiado fino, y poseía excesiva imaginación. Le afectaba en demasía todo lo que ocurría a su alrededor y, por tanto, el último lugar adonde debía dirigirse eran las islas Salomón. Nunca pensó en quedarse allí. Había decidido que una estancia de cinco semanas entre la llegada de un vapor y la salida del siguiente bastaría para satisfacer esa llamada de lo primitivo que hacía vibrar con su tañido hasta la última fibra de su ser. Al menos eso fue lo que dijo a las turistas del Makembo, aunque en distintos términos. Y ellas le adoraron como a un héroe porque eran sólo turistas y no soñaban con abandonar el refugio que ofrecía la cubierta del vapor a su paso por las Salomón.
A bordo iba otro personaje en el cual ni se fijaron las señoras. Era una pizca de hombre, arrugado y consumido, con la tez marchita y del color de la caoba. El nombre con que figuraba en la lista de pasajeros no viene al caso, pero el de capitán Malu, por el que se le conocía en las islas, era el que utilizaban los nativos para sus conjuros y el que bastaba pronunciar para atraer al buen camino a los negritos traviesos desde Nueva Hannover hasta las Nuevas Hébridas. Había colonizado a salvajes y hasta al mismo salvajismo, y de fiebres y penurias, del resonar de los rifles y del látigo de los capataces había logrado extraer una fortuna en forma de cohombro de mar, sándalo, madreperla, carey, nuez de taguas, copra, tierras de pastos, almacenes y plantaciones. Había más inevitabilidad en el meñique del capitán Malu, fracturado como estaba en aquel momento, que en todo el esqueleto de Bertie Arkwright. Pero las turistas sólo juzgaban por las apariencias, y Bertie era, indudablemente, un hombre guapo.
Arkwright habló con el capitán Malu en el salón de fumar y le confió sus planes de enfrentarse con la vida sangrienta y descarnada de las islas Salomón. El capitán admitió que era aquél un propósito ambicioso y, desde luego, laudable. Pero no se interesó realmente por Bertie hasta varios días después, cuando el joven aventurero insistió en enseñarle una pistola automática del calibre 44. Le explicó cómo funcionaba el mecanismo y le hizo una demostración introduciendo en la culata un cargador de ocho cartuchos.
––Es facilísimo ––le dijo. Luego tiró de la manija del cerrojo y volvió a soltarla––. Con esto queda cargada y montada. Después no tiene más que apretar el gatillo ocho veces a la mayor velocidad posible. ¿Ve este mecanismo? Es lo que más me gusta de esta pistola. Es segurísima. No hay posibilidad alguna de que ocurra un accidente. ––La descargó––. ¿Ve lo segura que es?
Y mientras mostraba el cargador, el cañón de la pistola apuntaba al estómago de su interlocutor. Los ojos azules del capitán Malu le miraban inmutables.
––¿Le importaría apuntar en otra dirección? ––preguntó.
––No puede pasar nada ––le aseguró Bertie––. Le he sacado el cargador. Ya no está cargada, ¿sabe?
––Las pistolas están siempre cargadas.
––Ésta no.
––Apártela de todos modos.
El capitán Malu hablaba con una voz sin inflexiones, metálica y roma, pero su mirada no abandonó el cañón de la pistola hasta que lo vio apuntar en otra dirección.
––Le apuesto cinco dólares a que no está cargada ––propuso Bertie alegremente.
El otro negó con la cabeza.
––Entonces se lo demostraré.
Bertie acercó el cañón a su propia sien con intención de apretar el gatillo.
––Un momento ––dijo el capitán Malu tranquilamente, extendiendo la mano––. Déjeme verlo.
Apuntó hacia el mar y apretó el gatillo. Se oyó una fuerte explosión confundida con un clic del mecanismo. Un cartucho salió despedido para caer a un lado sobre la cubierta. Bertie abrió la boca asombrado.
––Tiré del cerrojo una vez, ¿no? ––preguntó––. He sido un estúpido, tengo que reconocerlo.
Soltó una risita débil y se desplomó en una hamaca de cubierta. La sangre se había retirado de su rostro, revelando unos círculos oscuros bajo sus ojos. Le temblaban las manos y no acertaba a llevarse el cigarrillo a los labios. Amaba mucho la vida y, por un segundo, se vio con los sesos fuera, tumbado boca abajo sobre cubierta.
––La verdad. No sé qué decir...
––Es un arma muy bonita ––dijo el capitán Malu devolviéndole la pistola.
El gobernador volvía de Sidney a bordo del Makembo y, con su permiso, el barco hizo escala en Ugi para dejar en tierra a un misionero. Y dio la casualidad que en el puerto estaba anclado el Arla, un queche al mando del capitán Hensen. Era uno de los muchos barcos que poseía el capitán Malu y fue por invitación de éste como Bertie subió a bordo para recorrer durante cuatro días las costas de Malaita, adonde se dirigía la nave con el fin de reclutar trabajadores. El Arla le dejaría luego en la plantación de Reminge (propiedad también del capitán Malu), donde pasaría una semana para trasladarse después a Tulagi, sede del gobierno, invitado por el gobernador. El capitán Malu fue también el responsable de otras dos sugerencias, hechas las cuales desaparece de nuestra narración. Una iba dirigida al capitán Hansen y la otra al señor Harriwell, administrador de la plantación de Reminge. Ambas eran, más o menos, del mismo tenor. Recomendaba a sus dos empleados que proporcionaran al señor Arkwright la visión más completa posible de lo que era la vida sangrienta y descarnada en las islas Salomón. Se murmura que el capitán Malu mencionó en aquella ocasión que un cajón de botellas de whisky coincidiría con cualquier impresión inolvidable que recibiera el visitante en cuestión.

––Sí, Swartz fue siempre excesivamente testarudo. Verá usted, llevó a cuatro miembros de su tripulación a Tulagi para que les azotaran oficialmente y luego volvió con ellos en su bote. Al salir del puerto les alcanzó una borrasca. El bote se fue a pique y Swartz fue el único que murió ahogado. Naturalmente, fue un accidente.
––¿De veras? ––preguntó Bertie, interesado sólo a medias en la conversación, mientras miraba fijamente al negro que empuñaba la rueda del timón.
Ugi se había perdido en la distancia y el Arla surcaba el mar estival en dirección a las montañas cubiertas de bosques de Malaita. El timonel, que de tal modo acaparaba la atención de Bertie, llevaba un clavo de tres pulgadas atravesándole la nariz de parte a parte. De su cuello pendía una sarta de botones de pantalón. En los agujeros practicados en sus orejas lucía un abrelatas, el mango roto de un cepillo de dientes, una pipa de cerámica, una rueda de latón de un reloj despertador y varios cartuchos de winchester. Adornaba su pecho la mitad de un plato de porcelana colgado de un cordel. Había en cubierta unos cuarenta negros acicalados de forma parecida, quince de los cuales formaban parte de la tripulación. El resto eran trabajadores recién reclutados.
––Naturalmente, fue un accidente ––dijo Jacobs, el contramaestre del Arla, un hombre enjuto, de ojos negros y aspecto más de profesor que de marino––. A John Bedip le sucedió algo parecido. Volvía con varios hombres a los que había hecho azotar, cuando su bote zozobró. Pero él sabía nadar tan bien como los nativos, y dos de éstos se ahogaron. Bedip se salvó gracias a un madero y a su revólver. Naturalmente, fue todo accidental.
––Son muy corrientes aquí ese tipo de accidentes ––intervino el capitán––. ¿Ve usted ese hombre que lleva el timón, señor Arkwright? Es un caníbal. Hace seis meses él y el resto de la tripulación ahogaron al que era entonces capitán del Arla. Aquí mismo, sí, señor, a popa, junto al palo de mesana.
––La cubierta quedó en un estado espantoso ––dijo el contramaestre.
––¿He entendido bien...? ––comenzó Bertie.
––Sí, como lo oye ––dijo el capitán Hansen––. Se ahogó accidentalmente.
––Pero ¿en cubierta?
––Exactamente. No me importa decirle, en secreto, claro está, que se sirvieron de un hacha.
––¿Esta misma tripulación que lleva usted ahora? .
El capitán Hansen afirmó con la cabeza.
––El capitán anterior era muy descuidado ––explicó el contramaestre––. Acababa de volverse de espaldas cuando le asestaron el golpe.
––No tenemos la más mínima protección ––se lamentó Hansen––. El gobierno da siempre preferencia al negro. El blanco no puede abrir fuego. Tiene que dar al nativo la oportunidad de defenderse o, de otro modo, le acusan de asesino y le envían a Fiji. Por eso hay tantos casos de ahogados accidentalmente.
Llamaron para la cena y Bertie y el capitán bajaron, dejando al contramaestre la vigilancia de cubierta.
––No pierdas de vista a Auiki, ese demonio de negro ––le advirtió el capitán a modo de despedida––. No me gusta nada la expresión que tiene hace varios días.
––Descuide ––dijo el contramaestre.
Ya habían empezado a servir la cena, y el capitán narraba la historia de la matanza sucedida en el Scottish Chiefs. ––Era el mejor navío de toda la costa ––decía––. Pero antes de que llegara siquiera al arrecife, las canoas salieron en su persecución. Iban a bordo cinco hombres blancos y la tripulación, compuesta por veinte nativos de Santa Cruz y de Samoa. Sólo escapó con vida el sobrecargo. Llevaban además sesenta nativos que acababan de reclutar. Todos acabaron kai-kai. Perdón, quiero decir que se los comieron. Y recuerden el caso del James Edwards, aquel navío tan marinero de...
Pero en aquel momento llegó a sus oídos desde cubierta un juramento del contramaestre seguido de un coro de gritos salvajes. Se oyeron tres disparos de revólver y después un chapoteo. El capitán Hansen subió la escala de cámara de una carrera. Bertie se quedó asombrado al comprobar la rapidez con que desenfundaba el revólver mientras se precipitaba hacia cubierta. Le siguió poco después, más circunspecto, dudando antes de asomar la cabeza por la puerta del camarote. Pero no ocurrió nada. El contramaestre temblaba de excitación con el revólver en la mano. Echó a andar hacia delante y, de pronto, se volvió con un movimiento súbito, como si le amenazara algún peligro a su espalda.
––Uno de los nativos ha caído por la borda ––dijo con una voz extraña, cargada de tensión––. No sabía nadar.
––¿Quién era? ––preguntó el capitán.
––Auiki ––fue la respuesta.
––Pero yo le aseguro que he oído disparos ––dijo Bertie temblando de emoción porque todo aquello olía a aventura, una aventura que, por fortuna, ya había pasado.
El contramaestre se lanzó sobre él aullando.
––¡Eso es una mentira indecente! No se ha hecho un solo disparo. El negro se ha caído por la borda.
El capitán Hansen miró a Bertie sin pestañear, bien abiertos los ojos negros y lustrosos.
––Pues a mí me ha parecido... ––empezó a decir Bertie.
––¿Disparos? ––dijo el capitán Hansen distraídamente––. ¿Dice usted que ha oído disparos? ¿Ha oído usted algún disparo, señor Jacobs?
––Ninguno ––replicó el aludido.
El capitán miró triunfante a su invitado y dijo:
––Está claro que ha sido un accidente. Bajemos, señor Arkwright, y acabemos de cenar.
Bertie durmió aquella noche en el camarote del capitán, una cabina pequeña situada junto a la cámara principal. El mamparo de proa estaba decorado con un muestrario de rifles. Sobre la litera colgaban tres más. Bajo ella había un cajón repleto, según descubrió Bertie al abrirlo, de munición, dinamita y cajas de detonadores. Decidió instalarse en el canapé situado al lado opuesto. Sobre la mesita y en lugar destacado se hallaba el diario de navegación. Bertie ignoraba que había sido especialmente preparado para la ocasión por el capitán Malu y, por tanto, leyó con verdadera emoción cómo el 21 de septiembre dos tripulantes habían muerto ahogados después de caer por la borda. Adivinó entre líneas y sospechó que el suceso había sido más que un accidente. Leyó que la ballenera del Arla había caído en Sdu en una emboscada que costó la vida a tres hombres, que el capitán había sorprendido al cocinero guisando carne humana comprada por la tripulación en las costas de Fui y cómo una descarga de dinamita había matado accidentalmente a uno de los marineros mientras hacía señales. Leyó de ataques nocturnos, de huidas de puertos efectuadas en medio de la noche, de ataques de hombres del interior en los pantanos de mangles y de hombres de agua salada en los pasajes más grandes. Con frecuente monotonía se hacía alusión a muertes provocadas por la disentería. Advirtió con alarma que a bordo del Aria habían fallecido por esta causa dos invitados como él.
––Verá usted ––dijo Bertie al capitán a la mañana siguiente––. He estado hojeando el diario de navegación.
El capitán expresó inmediatamente su arrepentimiento por haberlo dejado allí en medio, al alcance de cualquiera.
––Y eso de la disentería, ¿sabe usted?, me parece puro cuento. Como lo de tanto ahogado por accidente ––continuó Bertie––. ¿Cuál fue la verdadera causa de todas esas muertes?
El capitán se hizo lenguas de la agudeza que demostraba su invitado, expresó una negativa formal e indignada de sus sospechas y, al foral, se rindió graciosamente.
––Verá, le explicaré, señor Arkwright. Bastante mala fama tienen ya estas islas. Cada día nos resulta más difícil reclutar a tripulantes blancos. Supongamos que matan a un hombre. La compañía se ve obligada a pagar una suma elevadísima para que otro le reemplace. Pero si ese hombre muere de enfermedad, entonces ya no hay problema. Los nuevos no temen a las enfermedades. Lo que no quieren es morir asesinados. Cuando vine a ocupar este puesto creí que el capitán que me había precedido había muerto de disentería. Luego fue demasiado tarde. Ya había firmado el contrato.
––Además ––intervino el señor Jacobs––, ya había demasiados ahogados por accidente. Resultaba un poco sospechoso. La culpa es del gobierno. El blanco no tiene oportunidad de defenderse de los negros.
––Eso. Recuerden el caso del Princess y de su contramaestre yanqui ––dijo el capitán, iniciando su historia––. Iban a bordo en aquel viaje cinco hombres blancos, además de un agente del gobierno. El capitán, el agente y el sobrecargo habían ido a tierra en los dos botes. El segundo y el contramaestre quedaron abordo con unos quince marineros, todos nativos de Tonga y de Samoa. Una muchedumbre de negros llegó desde la costa. Cuando el contramaestre quiso darse cuenta de lo que ocurría, el segundo y toda la tripulación habían muerto en el primer asalto. Cogió tres cartucheras y dos winchesters y se encaramó en la cruceta. Fue el único superviviente, y se comprende que hasta hoy no haya recobrado el juicio. Disparó una y otra vez hasta que el rifle se calentó tanto que no pudo tenerlo en la mano y se vio obligado a utilizar el otro. La cubierta estaba alfombrada de negros. La limpió totalmente. Los fue derribando conforme saltaban por la borda y los siguió derribando conforme empuñaban los remos de sus canoas. Cuando los negros se arrojaron al agua y empezaron a nadar para ponerse a salvo, seguía tan furioso que mató a media docena más. Y ¿qué le dieron como recompensa?
––Siete años en Fiji ––replicó el contramaestre.
––El gobernador dijo que no estaba justificado seguir disparando una vez que los negros se habían lanzado ya al agua ––explicó el capitán.
––Por eso ahora mueren de disentería ––añadió el contramaestre.
––¡Quién iba a suponerlo! ––dijo Bertie, deseando interiormente que el crucero acabara cuanto antes.
Más tarde, aquel mismo día, interrogó al negro que, según le habían dicho, era caníbal. Se llamaba Sumasai. Había pasado tres años en una plantación de Queensland, conocía Samoa, Fiji y Sidney y había recorrido las costas de Nueva Bretaña, Nueva Irlanda, Nueva Guinea y las Islas del Almirantazgo en los barcos que navegaban por aquellos mares reclutando trabajadores. Era un bromista nato y se había dado cuenta de lo que se proponía el capitán. Sí, había comido a muchos hombres. ¿Cuántos? No recordaba el número. Sí, blancos también. Tenían una carne muy sabrosa cuando estaban sanos. Una vez se había comido a un enfermo.
––Yo decir verdad ––exclamó al recordarlo––. Yo enfermar mucho como él. Mi estómago moverse demasiado.
Bertie se estremeció y pasó a hablar de cabezas. Sí. Sumasai tenía enterradas varias en muy buenas condiciones, secadas al sol y curadas a base de humo. Una de ellas era la del capitán de un barco. Tenía unos bigotes muy largos. Estaba dispuesto a venderla por dos libras esterlinas. Las cabezas de negros podía dejárselas en un dólar la pieza. Tenía también unas cuantas cabezas de negritos en bastante mal estado que podía cederle por diez chelines.
Cinco minutos después, Bertie se hallaba en cubierta sentado junto a un negro que padecía una horrible enfermedad de la piel. Se apartó de él, y cuando después preguntó qué tenía aquel hombre, le dijeron que era lepra. Bajó inmediatamente al camarote y se lavó con un jabón desinfectante. En el transcurso de aquel día repitió muchas veces la operación porque todos los nativos de a bordo tenían úlceras malignas de un tipo u otro.
Cuando el Arla fondeó en medio de un pantano de mangles, colocaron sobre la borda una doble fila de alambradas. Parecía que la cosa iba en serio, y cuando Bertie vio las canoas de los nativos alineadas en la playa, una junto a otra, armadas con lanzas, arcos, flechas y sniders, deseó más que nunca que el crucero terminara cuanto antes.
Aquella tarde, los nativos que habían subido a bordo se resistieron a abandonar el barco cuando se puso el sol. Unos cuantos respondieron con descaro cuando se les conminó a que volvieran a tierra.
––No importa. Yo me encargaré de ellos ––dijo el capitán Hansen, desapareciendo por la escala de cámara. Cuando regresó, le enseñó a Bertie un cartucho de dinamita atado a un anzuelo. Se da la coincidencia de que una botella de clorodina envuelta en papel por el que asoma una mecha inofensiva puede engañar a cualquiera. Desde luego, engañó a Bertie y engañó también a los nativos. Cuando el capitán Hansen prendió fuego a la mecha y enganchó el anzuelo a la parte trasera del taparrabos de un nativo, a éste se le despertaron unos deseos tan ardientes de ir a tierra que olvidó quitarse el taparrabos. Echó a correr con la mecha siseando y chisporroteando a su espalda, sembrando el pánico entre sus compañeros, que se lanzaban al agua por encima de la alambrada con cada salto que él daba. Bertie estaba horrorizado. Y también el capitán Hansen. Se había olvidado de los veinticinco hombres que había reclutado aquel día, a cada uno de los cuales había pagado treinta chelines por adelantado. Los así enrolados se arrojaron al agua con el resto de los nativos, seguidos por el que arrastraba la botella de clorodina con la mecha que chisporroteaba sin cesar.
Bertie no vio cómo explotaba la botella, pero como el contramaestre hizo estallar oportunamente un cartucho de auténtica dinamita a popa, donde no pudiera hacer daño a nadie, habría jurado ante cualquier tribunal del Almirantazgo que había visto volar un negro en mil pedazos.
La huida de los veinticinco hombres reclutados costó al Arla cuarenta libras esterlinas. Habían huido a la selva del interior de la isla, por lo cual no cabía esperanza de recuperarlos. El capitán y el contramaestre decidieron ahogar sus penas en té frío, un té que se sirvió en botellas de whisky, por lo cual Bertie no pudo saber que no era alcohol lo que con tanta prisa se echaban al coleto. Sólo supo que aquellos hombres se emborracharon mucho y que discutieron con gran elocuencia y meticulosidad si la muerte del negro que había estallado en mil pedazos debía atribuirse a la disentería o a un accidente. Cuando los dos hombres comenzaron a roncar, Bertie fue el único blanco que quedaba despierto a bordo, por lo cual montó una peligrosa guardia hasta el amanecer, temiendo un ataque de los nativos de la isla o un motín de la tripulación.
Tres días más pasó el Arla junto a la costa y tres noches más abusaron del té frío el capitán y el contramaestre, dejando a Bertie encargado de la vigilancia. Estaban convencidos de que podían fiarse de él del mismo modo que Bertie sabía que si llegaba a salir con vida de aquel trance informaría al capitán Malu de la conducta de aquellos borrachos. Finalmente, el Arla fondeó en la plantación Reminge, en Guadalcanal. Bertie echó pie a tierra con un suspiro de alivio y estrechó la mano del administrador. El señor Harriwell estaba preparado para recibirle.
––No se sorprenda usted si ve a los muchachos algo alicaídos ––le dijo tras llevárselo a un rincón para hablarle en secreta––. Se rumorea que va a haber un motín. Estoy dispuesto a admitir que he visto dos o tres síntomas sospechosos, pero personalmente creo que se trata de una falsa alarma.
––¿Cuántos negros hay en la plantación? ––preguntó Bertie con el corazón en un puño.
––En este momento tenemos cuatrocientos ––replicó despreocupadamente el señor Harriwell––, pero entre nosotros tres, más usted, naturalmente, el capitán y el contramaestre del Arla, podremos dominarlos sin dificultad.
Bertie se volvió para estrechar la mano de un tal McTavish, el intendente, que apenas le saludó, tal era la prisa que llevaba por presentar la dimisión.
––Dado que soy hombre casado, señor Harriwell, no puedo permitirme el lujo de quedarme por más tiempo. Aquí se cuece algo, tan claro como la nariz que veo en su cara. Los negros van a amotinarse y en Reminge va a repetirse el horror de Hohono.
––¿A qué horror se refería? ––preguntó Bertie después que el administrador de la plantación lograra convencer al intendente para que se quedara hasta fin de mes.
––Hablaba de la plantación de Hohono, en la isla Isabel ––dijo el administrador––. Los negros mataron a cinco blancos que estaban en tierra firme, se hicieron con la goleta, liquidaron al capitán y al contramaestre, y huyeron en la nave a Malaita. Pero siempre he dicho que en Hohono pasó lo que pasó porque no tomaron precauciones. Aquí no nos sorprenderán durmiendo. Venga, señor Arkwright, y vea el panorama que se divisa desde la galería.
Bertie estaba demasiado preocupado pensando cómo escapar a Tulagi, a casa del gobernador, para interesarse mucho por el panorama. Seguía meditando cómo salir de aquel atolladero cuando sonó un rifle a su espalda, muy cerca de donde se hallaba. En aquel mismo instante, el señor Harriwell le arrastró al interior de la casa con tal precipitación que a poco le disloca el brazo.
––¡Qué barbaridad, amigo mío! Se ha salvado por un pelo ––le dijo mientras le inspeccionaba todo el cuerpo para ver si estaba herido––. No se imagina usted lo preocupado que estoy. A plena luz del día. Nunca lo hubiera creído...
Bertie empezó a palidecer.
––Así es como mataron al administrador anterior ––admitió McTavish––. Y hay que ver lo bueno que era aquel hombre. Le volaron los sesos en esa misma galería. ¿Ha reparado usted en una mancha oscura que hay entre los escalones y la puerta?
Bertie no veía el momento de beberse el cóctel que el señor Harriwell había preparado para él y que en ese momento le ofrecía. Pero antes de que pudiera probarlo, entró un hombre con pantalones de montar y polainas.
––¿Qué pasa ahora? ––preguntó al administrador después de echar una ojeada al rostro del recién llegado––. ¿Ha vuelto a subir el río?
––¡Qué río ni qué demonios! Ha sido un negro. Salió de la espesura, se detuvo ni a una docena de pasos de donde yo estaba, y me pegó un tiro. Tenía un snider y disparó apoyando la culata en la cadera. Lo que me gustaría saber es de dónde ha sacado el rifle. ¡Ah, perdone usted! Encantado de conocerle, señor Arkwright.
––El señor Brown es mi ayudante ––explicó el señor Harriwell––. Ahora vamos a tomarnos esa copa.
––Pero ¿de dónde habrá sacado ese snider? ––insistió Brown––. Siempre me he opuesto a que tengamos aquí ese tipo de armas.
––Pues de aquí no se han movido ––dijo el señor Harriwell en un acceso de cólera.
El señor Brown sonrió incrédulo.
––Venga a verlo ––dijo el administrador.
Bertie siguió a la procesión hasta la oficina donde Harriwell señaló triunfante un cajón de embalaje que había en un rincón polvoriento.
––Entonces, ¿de dónde sacó el snider ese desgraciado? ––insistió de nuevo Brown.
Pero en aquel preciso momento McTavish alzaba el cajón del suelo. Dio un respingo y arrancó la tapa. Estaba vacío. Todos se miraron en medio de un silencio espeluznante. Harriwell se encogió.
McTavish soltó un juramento.
––Lo que he dicho siempre. No se puede uno fiar de los criados.
––Esto parece