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SCIFI -- POUL ANDERSON -- A TRAVES DE LOS TIEMPOS

Escrito por imagenes 05-10-2008 en General. Comentarios (0)

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SCIFI -- POUL ANDERSON -- A TRAVES DE LOS TIEMPOS

SCIFI -- POUL ANDERSON -- A TRAVES DE LOS TIEMPOS

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A través de los tiempos
Poul Anderson



Aquella mañana llovía y una fina niebla estival ocultaba el relumbre del río y el pueblo asentado en la otra orilla. Bernard Harrison, mientras dejaba que el aire frío le azotase la cara, se preguntaba qué tiempo haría dentro de cincuenta, cien años. Y entonces llegó Leticia Aldin y él le dirigió una sonrisa y dijo:
—Ya falta menos, Lety.
Se dio cuenta de lo banal de su frase y añadió:
—¿Por qué tendremos esta sensación angustiosa? No vamos a ir muy lejos.
—Un centenar de años— contestó ella.
—No te preocupes. La teoría es infalible. No es mi primer paseo por el tiempo. Dos excursiones de veinte años, adelante y atrás, son prueba suficiente de que el impulsor funciona. Esta vez el viaje es algo más largo, pero no distinto.
—Sin embargo, las máquinas automáticas que se adentraron esos cien años no han vuelto...
—Supongo que algo les falló. Puede que a los tubos se les quedaran aún más vacías sus necias cabezas, o cosa parecida. Por eso John y yo tendremos que ir a ver lo que ha sucedido. Repararemos nuestras máquinas y compensaremos las acostumbradas jugarretas de los tubos de vacío.
—¿No bastaría con uno de los dos?— preguntó Leticia.
—John no es un físico y posiblemente no encontraría la avería. Además puede hacer cosas de las que yo soy incapaz, dada su habilidad mecánica. Nos complementamos.
En aquel momento la voz de John Farrel les gritó:
—¡Todo dispuesto, muchachos! Podemos ir a la época que queráis.
—¡Adelante!
Harrison se detuvo únicamente para dedicar a Leticia una adecuada despedida. Juntos entraron en la casa y llegaron al taller del sótano.
El impulsor estaba entre un rimero de aparatos bajo la blanca radiación de los tubos fluorescentes. Su exterior no era muy impresionante. Un simple cilindro mecánico de unos tres metros de altura y diez de longitud, con el aspecto no acabado de todos los artefactos experimentales. La cubierta exterior era sólo una protección para las baterías y el macizo impulsor dimensional que en él se alojaban. En el extremo delantero había una pequeña cabina para dos hombres.
John Farrell los recibió alegremente agitando la mano. Su maciza silueta ocultaba casi por completo la exigua figurilla de Jim Carey.
—Todo dispuesto para avanzar un siglo— exclamó— ¡Allá vamos, 2073!
Carey parpadeó tras sus gruesas gafas.
—Todas las pruebas dan positivo. Al menos, eso cree John. Yo no distingo un oscilógrafo de un klystron. Tenéis un amplio repuesto de piezas y herramientas. No debe haber dificultades.
—Yo no preveo ninguna— replicó Harrison -. Leticia está convencida de que vamos a ser devorados por monstruos de ojos saltones y colmillos corno alfanjes, cuando la verdad es que sólo vamos a reparar tus máquinas automáticas, en el caso de que consigamos encontrarlas, hacer unas cuantas observaciones astronómicas y volver.
—Alguien habrá en el futuro— dijo Leticia.
—Bueno, si nos invitan a un trago no vamos a negarnos— dijo Farrell encogiéndose de hombros -. Eso me recuerda lo adecuado de un brindis.
Harrison torció el gesto. No quería dar a Leticia la impresión de que el viaje iba a tener por destino las tinieblas. Ya estaba bastante preocupada.
—¿Para qué?— dijo -. Hemos vuelto a 1953 y visto la casa en pie. Hemos ido a 2003 y allí estaba también. Y las dos veces sin nadie. Estos viajes son demasiado aburridos para merecer un brindis.
—Disiento. Nada es demasiado aburrido para echar un trago— sentó Farrell.
Sacó un frasco del bolsillo del mono y poco después los vasos entrechocaron ceremoniosamente en el laboratorio,
—¡Buen viaje!
—Buen viaje— dijo Leticia, tratando de sonreír.
- Vamos, Bernard; cuanto antes salgamos antes regresaremos— dijo John Farrell.
Con gesto decidido Harrison dejó su vaso y se precipitó hacia la máquina.
—Adiós, Leticia, te veré dentro de un par de horas... después de unos cien años.
—Hasta luego, Bernard...— y convirtió el nombre en una caricia.
Harrison se acomodó en la cabina junto a Farrel. Era alto, de largos miembros y amplias espaldas, con rasgos enérgicos y pelo castaño. Sus grandes ojos grises tenían las arrugas que dan el largo mirar a pleno sol. Llevaba sus ropas de trabajo salpicadas de grasas y ácidos.
El compartimento era apenas suficiente para los dos y estaba atiborrado de instrumentos, aparte del rifle y la pistola. Cuando Harrison cerró la puerta y puso en marcha el impulsor, el poderoso zumbido llenó la cabina y pareció vibrar en sus huesos. Las agujas avanzaron por los cuadrantes, aproximándose a valores estables.
A través de la única ventanilla vio a Leticia agitar su mano. Le devolvió el adiós y luego, con brusco movimiento, tiró hacia abajo de la palanca principal. La máquina pareció temblar, se hizo borrosa y desapareció Leticia jadeaba cuando se volvió hacia Jim Carey.
A su alrededor era ya todo una informe masa gris y el tronar de los impulsores llenaba la máquina con su enorme canción. Harrison vigilaba los contadores e hizo retroceder unas pulgadas la palanca que controlaba la velocidad de avance en el tiempo. Un siglo adelante, menos el número de días transcurrido desde que enviaron el primer autómata, no fuese algún granuja del futuro a encontrarlo y llevárselo...
Bajó la palanca, y el ruido y la vibración se detuvieron, resonantes.
El sol entraba a raudales por la ventanilla.
—¿No está la casa?— preguntó Farrell.
—Un siglo es mucho tiempo— replicó Harrison— Vamos a echar un vistazo.
Se deslizaron trabajosamente por la puerta y al fin pudieron ponerse en pie. La máquina estaba en el fondo de una excavación medio cegada sobre la que ondulaban las hierbas. Unos cuantos bloques de piedra rotos emergían de la Tierra. El cielo era de un azul brillante surcado por blancas nubes algodonosas.
—Ni rastro de los autómatas— dijo Hull, mirando en torno.
—¡Qué extraño! Vayamos arriba.
Harrison empezó a trepar por las inclinadas paredes de un pozo. Se trataba, sin duda, del sótano medio cegado de la vieja casa, que por algún motivo había resultado destruido en los ochenta años transcurridos desde su última visita. El dispositivo nivelador del impulsor lo materializaba exactamente sobre la superficie cada vez que emergía. No habría así caídas súbitas o inesperados hundimientos. Tampoco desastrosas materializaciones en el interior de algo sólido. Circuitos sensibles a la masa prohibían a la máquina hacer alto siempre que la materia sólida ocupaba su espacio y las moléculas líquidas o gaseosas podían apartarse con la suficiente rapidez.
Harrison se irguió en medio de las altas hierbas movidas por el viento y contempló el sereno paisaje de la parte alta del estado de Nueva York. Nada había cambiado. El río y las colinas boscosas de la otra margen eran los mismos. El sol brillaba y las, nubes salpicaban el cielo.
Pero... ¿dónde estaba el pueblo? ¿Qué habría ocurrido? ¿Se habrían trasladado simplemente o ... ? Volvió a mirar hacia el fondo del sótano. Hacia unos minutos— cien años atrás estaban allí en medio de un batiburrillo de viejos aparatos con Jim y Leticia... y ahora era sólo un agujero de hierbas silvestres tapizando los montones de tierra. Le invadió una extraña desolación. ¿Seguiría vivo? ¿Y Leticia? La gerontología podía haberlo hecho posible, pero nunca se sabe. Y tampoco quería averiguarlo.
—Deben haber vuelto al país de los indios— gruñó John Farrell.
Exploraron la hierba, pero no había rastro de los pequeños impulsores automáticos. Farrell, pensativo, frunció el ceño.
—Creo que emprendieron el regreso y tuvieron una avería en el camino.
—Es lo más seguro— asintió Harrison— . Vamos a hacer la observación y regresaremos.
Prepararon su equipo astronómico y tomaron lecturas del sol poniente. Esperando la noche hicieron cena en un hornillo campestre y tomaron asiento mientras las sombras se hacían más densas en torno. Los chirriantes grillos ponían su nota de vida en la oscuridad.
—Me gusta este futuro. Es muy tranquilo. Creo que me retiraré aquí en mi vejez.
Las estrellas giraban majestuosas sobre su cabeza. Harrison anotaba cifras con los tiempos de orto, recorrido y ocaso. Con ellas podrían más tarde calcular, casi al minuto, hasta dónde les había llevado la máquina. Naturalmente, no se habían movido en el espacio con relación a la superficie de In Tierra. El "espacio absoluto" era una ficción anticuada, y en cuanto al impulsor, la Tierra era el centro móvil del Universo.
—Pararemos cada diez años para buscar los automáticos— dijo Harrison— Si no los encontramos de ese modo, al diablo con ellos. Estoy hambriento.

2063. Llovía en la hondonada.

2053. Sol y vacío.

2043. La excavación era ya más reciente, y unas maderas aparecían medio quemadas en el fondo.

—Consumimos más energía de la prevista— comentó Harrison al echar un vista a los controles.

2033. Sin duda la casa se había quemado v se veían trozos de maderas achicharrados. El impulsor rugía atronándolos, mientras la energía escapaba de las baterías como el agua de una esponja exprimida.
A pesar de todo, efectuaron el siguiente salto de diez años, pero les costó media hora de ruido insoportable y agotador. El calor de la cabina se hacía insufrible.

2023. Allí seguía el sótano ennegrecido por el fuego. Sobre su suelo aparecían dos pequeños cilindros con las huellas de algunos años de intemperie.

—Los automáticos consiguieron retroceder bastante— - dijo Farrell— , al fin fallaron y ahí los tienes.

Harrison los examinó y su rostro reflejó los terrores que nacían en su interior.
—Agotados— dijo— . Las baterías están completamente muertas. Utilizaron todas sus reservas de energía.
—¿Qué quiere decir eso?— le preguntó Farrell con voz que era casi un grito.
—No sé. Parece haber una especie de resistencia que aumenta conforme tratamos de retroceder.
—¡Maldita sea!
Harrison, decepcionado, levantó los hombros. Le costó dos horas retroceder cinco años. Cuando al fin detuvo el impulsor su voz temblaba.
—Es inútil, John. Hemos consumido las tres cuartas partes de nuestras reservas de energía y cuanto más retrocedemos más gastamos por año. Al parecer, se trata de algún tipo de función exponencial de alto orden.
—Entonces...
—Que jamás lo conseguiremos. A esta marcha nuestras baterías se habrán agotado antes de que logremos retroceder otros diez años— Harrison había palidecido— . Es un efecto que la teoría no explica. Para saltos de veinte añoso menos la energía aumenta aproximadamente como el cuadrado del número de años recorridos. Pero debe existir una especie de curva exponencial que empieza a crecer aceleradamente a partir de un cierto punto. No nos queda bastante fuerza en las baterías.
—Si pudiéramos cargarlas...
—No traemos el equipo necesario. Pero quizá...
Volvieron a salir del derrumbado sótano y miraron con ansiedad hacia el río. Ni señal del pueblo. Debió ser demolido aún más atrás, en un punto de los que atravesaron al venir.
—Por esta parte no hay ayuda— dijo Harrison.
—Podemos buscar en otro sitio.
—No cabe duda,
Harrison luchaba por conservar la calma.
—No estoy seguro de que cargar a intervalos las baterías sirva de algo, John. Tengo la impresión de que la curva de consumo de energía se aproxima a una asíntota vertical.
—¿Quieres hablar inglés?— la sonrisa de Farrell era forzada.
—Quiero decir que al cabo de un cierto número de años la energía necesaria puede ser infinita. Algo semejante al concepto einsteniano de la luz como velocidad límite. Cuando nos aproximamos a la velocidad de la luz la energía necesaria para la aceleración aumenta mas rápidamente. Sería necesaria una energía infinita para superar esa velocidad de la luz.
—¿Insinúas que jamás podremos volver?
—Puedo equivocarme— replicó Farrell con mirada huidiza— . Claro que todavía tenemos dos probabilidades; recargar nuestras baterías y seguir probando ... o ir al futuro.
—¿Al futuro?
—Sí. En algún momento de él deben saber de estas cosas más que nosotros. Pueden conocer la manera de combatir este efecto. Sin duda podrán proporcionarnos un motor lo bastante potente que nos surta de energía para poder regresar.
Farrell permaneció con la cabeza inclinada dándole vueltas a la idea.
—Bien. ¿A dónde ahora?— preguntó el mecánico.
—¿Es el 2018?— preguntó el mecánico— . ¿Qué te parece por ejemplo el 2500?
—Bien; es un bonito número. ¡Leven anclas!
La máquina bramó y se estremeció. Harrison advirtió con alivio el escaso consumo de energía conforme pasaban años y décadas. A ese ritmo tenía fuerza para llegar al fin del mundo...

Año 2500. La máquina se materializó en la cima de una breve colina. La hondonada se había colmado durante los siglos transcurridos. Un sol pálido, que atravesaba nubes de lluvia arrastradas por el viento penetró en la caldeada cabina.
—Vamos— dijo Farrell— . No nos sobra el tiempo.
Había tomado el rifle automático.
—¿Qué haces?— exclamó Harrison.
—Leticia tenía razón— dijo Farrell, sombrío— . Ponte esa pistola al cinto.
Salieron y otearon el horizonte. Farrell soltó una exclamación de alegría:
—¡Gente!
Había una pequeña población más allá del río, junto al solar del viejo Hudson. Detrás se extendían campos de grano casi maduro y pequeños macizos de árboles, No había rastro de carreteras. Quizá el transporte de superficie hubiese caído en desuso.

El aspecto de la ciudad era extraño. Debía llevar allí mucho tiempo porque las casas presentaban huellas del tiempo. Una forma negra y ovoidal se elevó desde el centro de la ciudad hacia el cielo y cruzó el tío. Era un reactor y se deslizaba suavemente hacia ellos.
—El comité de recepción— susurró Harrison.
—¡Hola!— gritó Farrell a los del reactor.

El aparato picó sobre, ellos. De su morro surgió una línea de humeantes... ¡balas trazadoras!

Sus reflejos lanzaron a Harrison contra el suelo y los proyectiles se estrellaron a pocos pasos de su cabeza. Vio a Farrell saltar por los aires. Cuando intentó a su vez ponerse en pie fue derribado por la onda explosiva de una granada. Rodó por el suelo, esperando que la hierba lo ocultase, pensando que el reactor era demasiado rápido para alcanzar a un solo hombre. Siempre tiraba más allá del blanco, pero giraba como un buitre buscándolo.
John ... Lo habían matado sin provocación. El buen pelirrojo de John. Con su risa Y su camaradería, estaba muerto, y ellos, eran los. asesinos
El jet se disponía a aterrizar para darle caza en tierra. Se levantó y, un disparo sonó junto a su oreja, pero siguió corriendo. Se volvió un momento, pistola en mano para hacerles frente a tiempo de ver a unos hombres de uniforme negro salir del reactor. Las balas zumbaban a su alrededor y se precipitó hacia la máquina del tiempo. Movió la palanca mientras contemplaba a los perseguidores, casi sobre él. ¡Gracias a Dios que los tubos estaban todavía calientes!
Cuando se fundió en lo gris advirtió que sus ropas estaban desgarradas y se había clavado en la mano una esquirla metálica.
Y que John había muerto.
Contempló el cuadrante mientras hacía avanzar la señal. Sería el año 3000. Una cautelosa mirada al exterior le reveló que se hallaba entre altos edificios y sin apenas luz. ¡Magnífico!
Empleó unos segundos en vendarse la herida y ponerse la ropa de repuesto, sin olvidarse de la pistola y abundante munición. Tendría que abandonar la máquina para salir de descubierta, pero cerraría la puerta.
Salió a un pequeño patio empedrado, entre altas casas de ventanas cerradas y oscuras. Arriba la oscuridad era completa; las estrellas debían estar ocultas por las nubes, pero advirtió hacia el Norte un ligero resplandor.
Una sombra silenciosa, más negra que la noche, se deslizó junto a él, rotas por dos puntos fosforescentes. ¡Un gato negro! Al menos el hombre conservaba animales domésticos...

Cuatro hombres negros contra el casi apagado horizonte avanzaban con pasos de ritmo militar. Miró a su alrededor buscando refugio, pero no había bocacalles. Entonces una voz dura y perentoria gritó algo.

Harrison se volvió y echó a correr. Oyó un rápido golpear de botas. Y de pronto una forma oscura surgió de la noche. Dedos como alambres de acero oprimieron su brazo y se vio arrastrado por unos escalones que descendían desde la calle.
—Entre aquí— el silbante susurro sonó en su mismo oído— , ¡De prisa!
Una puerta se abrió dejando apenas una rendija. Se precipitaron por ella y el otro hombre la cerró.
—No creo que nos hayan visto— dijo con torvo acento el desconocido— . ¡Más vale así!
Era de mediana estatura y las ajustadas ropas grises que vestía bajo la capa mostraban su felina esbeltez. Llevaba una pistola a un costado y una especie de faltriquera al otro. El tinte de su rostro era de una amarillenta palidez y tenía la cabeza afeitada A Harrison le pareció una especie de mestizo blanco-mongoloide.
—¿Quién es usted?— preguntó bruscamente.
El otro le observaba con aire astuto.
—Belgotai de Syrtis. Ya veo que tú no eres de aquí. Me di cuenta que te perseguía la brigada y que, por tanto, merecías mi ayuda.
—Gracias— replicó Harrison.
—Ven, vamos a beber algo— dijo Belgotai.
Se encontraban en una sala de techo bajo y ahumado con unas cuantas viejas mesas de madera amontonadas en torno a una pequeña estufa de carbón y grandes barriles al fondo. Los hampones no se interesarían tanto por él como los funcionarios y podría informarse y aprender.
—Temo no tener con qué pagar— dijo— . A menos...— sacó un puñado de monedas.
Belgotai las miró con ansia. Después su cara se torció inexpresiva.
—Yo pagaré— dijo en tono cordial— . ¡Eh, Sembol! danos whisky,
Se situaron en un rincón y allí les llevo el tabernero algo remotamente parecido al whisky,
—¿Qué nombre usas?— preguntó Belgotai.
—Harrison. Bernard Harrison.
—Me alegro de conocerte. Ahora...— de Syrtis se inclinó y su voz se convirtió en un susurro— . Ahora, Harrison, ¿de cuándo eres?
Y sonrió al ver sobresaltarse a Harrison.
—De1973.
—¿Cómo? ¿Del futuro?
—No, del pasado.
—Eso es que contarnos de otro modo. ¿Cuánto tiempo hace?
—Mil veintisiete años.
—¡Buen viaje!— silbó Belgotai— . Nadie viene del futuro.
—¿Quieres decir que es imposible?— Harrison se estremeció.
—No lo sé— la sonrisa de Belgotai era lobuna— . ¿Cuál es tu historia?
_Quiero conseguir algo por mi información...
—Bien, desembucha va, Bernard Harrison.
Este contó su historia en breves palabras. Cuando acabó, Belgotai de Syrtis movió la cabeza gravemente.
—Te metiste entre los fanáticos hace quinientos años. Matan a quienes viajan por el tiempo. Bueno, y a casi todo el mundo.
—¿Qué clase de mundo es éste?
El brumoso acento de Belgotai le iba resultando ya más fácil. La pronunciación había cambiado algo, pues las vocales sonaban de otro modo y la r se parecía a la que en el siglo XX pronunciaban franceses y daneses. También otras consonantes se habían modificado. Palabras extranjeras, especialmente españolas, habían invadido el idioma. Pero todavía resultaba inteligible.
Los tiempos revueltos, según se desprendía del relato de Belgotai, comenzaron en el siglo XXIII con la rebelión de los colosos marcianos contra el cada vez más corrompido Directorio terrestre. Un siglo después los pueblos de la Tierra estaban en movimiento empujados por la peste, el hambre y la guerra civil, un caos del que surgió el entusiasmo religioso de los llamados fanáticos. Cincuenta años después de las matanzas en la Luna, el gobierno de los armagedonios o fanáticos se prolongó todavía unos trescientos años, pero existían vastos terrenos sublevados y los colonos planetarios iban forjando un poder que alejaba a los fanáticos del espacio; pero donde tenían auténtico control gobernaban con mano de hierro. Entre las cosas prohibidas estaba el viajar por el tiempo. Cierto que los que se aventuraban eran pocos, pues resultaba en exceso precario arriesgarse a ser muertos o reducidos a esclavitud. A finales del siglo XXVII, la Liga planetaria y los Disidentes africanos consiguieron poner fin al gobierno fanático. De la confusión de la posguerra surgió la Pax Africana, y durante doscientos años los hombres habían disfrutado de una época de relativa paz y progreso y la moderna cronología databa de la ascensión de John Mteza I. El hundimiento vino por la decadencia interna y las asechanzas de los bárbaros de los planetas más lejanos. Además, el Sistema Solar se había fraccionado en multitud de pequeños estados e incluso de ciudades independientes.

Belgotai explicó:— Este es uno de, los estados— ciudad; se llama Liung-Wei, y fue fundado por invasores chinos hace unos tres siglos. Ahora se encuentra bajo la dictadura de Krausmann, un viejo buitre obstinado que se niega a ceder aunque los ejércitos del Jefe Atlántico están ya a nuestras puertas. ¿Viste el resplandor rojo? Son sus proyectores operando sobre nuestra pantalla de energía. Cuando abran brecha en ella tomarán la ciudad y le harán pagar su larga resistencia. Nadie va a pasarlo bien ese día.

Añadió algunos datos sobre sí mismo. Pertenecía a otra época, a la fenecida era de los pequeños estados que empleaban mercenarios en sus contiendas. Nacido en Marte, había guerreado por todo el Sistema Solar. Tras la aniquilación de su banda, Belgotai había huido a la Tierra, donde arrastraba una azarosa existencia de ladrón y asesino. Poco esperaba del futuro.

- Ahora nadie necesita a un soldado de fortuna— dijo tristemente— , si la brigada no me caza antes, me colgaré cuando los Atlánticos ocupen la ciudad. Harrison asintió con una cierta simpatía.— Pero tú puedes ayudarme, Bernard Harrison— bisbisó, mirándole por entre la raya de sus ojos oblicuos -. Llévame contigo y sácame de esta maldita época. Aquí no podrán ayudarte, pues no saben más de lo que sabes tú de viajes por el tiempo y lo más probable es que te metan en un calabozo y deshagan tu máquina. Tienes que marcharte y puedes llevarme.
Harrison vacilaba. ¿Qué sabía de él? ¿Hasta qué punto era cierta la historia contada por Belgotai? Cierto que le había sido útil ...
- Soy un artista con la pistola y la vibrodaga— añadió el hombrecillo -. Y siempre será mejor que viajar en solitario.
—De acuerdo, ¿Cuándo nos vamos?
—Cuanto antes. Alguien podría encontrar tu máquina y entonces sería tarde,
—Pero... tendrás que prepararte, despedirte...
—Todo cuanto tengo está aquí— - dijo Belgotai, golpeando su bolsa con amargura Y en cuanto a decir adiós, corno no sea a mis acreedores... ¡Vamos!
Medio aturdido, Harrison le siguió fuera de la taberna, sin tiempo ni de pensar. Sin embargo le pasaron por la mente cosas como ésta: si no volvía a su época, tendría descendientes en ésta. A la velocidad a que se propagaban las líneas de descendencia, en todos los ejércitos habría hombres que tendrían SU sangre y la de Leticia, peleando entre sí, sin pensar en la ternura que les había dado el ser. Aunque, recordó molesto, nunca había considerado la común ascendencia que debía tener con los hombres que había derribado en la guerra que hizo en otro tiempo.
Los hombres vivían en su propia época, breve relámpago rodeado de oscuridad, y no estaba en su naturaleza el pensar más allá de ese nimio lapso de años. Empezaba a darse cuenta de por qué viajar por el tiempo no había sido nunca popular.
Arrastrado por Belgotai llegó al túnel de una avenida y estuvieron acurrucados hasta que cuatro hombres de la brigada, con sus negras capas, hubieron pasado. Por fin pudieron llegar hasta su máquina, oculta en su noche de espera y temor. Se oyó la risa suave y alegre de Belgotai entre las tinieblas.
—¡Libertad!— susurró.
Se introdujeron en la máquina y Harrison ajustó los controles para un salto adelante de cien años. Belgotai se lamentó:
—Lo más probable es que el mundo esté entonces tranquilo y sensato.
—Si encuentro el modo de regresar te llevaré a donde quieras.
—Pues podrías llevarme a hace cien años.
—¡Adelante entonces!
3100. Una desolación de rocas oscuras y fundidas. Harrison puso en marcha el contador Geiger que vibró locamente. ¡Radiactividad! Algún infernal artefacto atómico había borrado Liung-Wei de la exístencia. Estremecido, saltó a otro Siglo.
3200. La radiactividad había desaparecido, pero la desolación persistía en forma de un vasto cráter vitrificado bajo un cielo ardiente y tranquilo.
3500. La Tierra se había de nuevo acumulado sobre el arruinado país y un bosque empezaba a crecer. No presentaba huellas de la intromisión humana.
—Quizá el hombre haya vuelto a las cavernas— sugirió Belgotai.
El bosque duró varios siglos. Harrison renegaba. No le gustaba esto de alejarse más y más de su época. Estaba demasiado lejos para regresar sin ayuda

4100. Se materializaron sobre un amplio césped donde unos edificios bajos y redondos de algo que parecía plástico teñido se alzaban entre fuentes, estatuas y cenadores. Un pequeño aparato se cernía silenciosamente sobre sus cabezas, sin el más leve signo externo de fuerza motriz.

A su alrededor había seres humanos. Hombres y mujeres jóvenes que llevaban largas capas de colores sobre ligeras túnicas. Harrison y Belgotai alzaron las manos en amistosos gestos. Sin embargo, el soldado más próximo conservaba una de las suyas cerca del arma.

El idioma era fluido y musical, con solo un lejano tono familiar ¿Tanto habían cambiado los tiempos?

Los condujeron a uno de los edificios. En su frío y espacioso interior, un hombre barbudo, con su recamada túnica roja se levantó para recibirles. Alguien trajo una pequeña máquina que recordaba un osciloscopio con dispositivo para micrófonos. El hombre la colocó sobre la mesa y ajustó sus cuadrantes.
Cuando volvió a hablar, de sus labios salió el mismo lenguaje desconocido; pero las palabras surgían de la máquina... ¡en inglés!

—Bienvenidos, viajeros, al "American College". Siéntense, por favor.
El hombre sonrió y dijo, tras una breve pausa:
—Veo que el psicófono es nuevo para ustedes. Es un receptor de las emisiones encefálicas de los centros del lenguaje. Cuando hablamos, los correspondientes pensamientos son recogidos por la máquina, ampliados y enviados al cerebro de quien escucha, que los interpreta en función de su propio lenguaje Permítanme presentarme. Soy Hamalon Haward, decano de esta facultad del "College".
Haward se inclinó ceremonioso cuando Harrison y Belgotai dijeron sus nombres. Una esbelta muchacha, cuyo parco vestido hizo crecer los ojos de Belgotai, trajo una bandeja con bocadillos y un brebaje no muy distinto al té.
Charlaron mientras daban cuenta de todo y el decano dijo por último:
—Ya pensé que eran viajeros del tiempo. Los arqueólogos querrán hablar con ustedes.
—Nosotros queríamos pedirles ayuda— dijo bruscamente Harrison— -— . ¿Pueden arreglar nuestra máquina de modo que sea capaz de retroceder?
—A este respecto nuestra física no puede darles ninguna esperanza. No creo que últimamente les especialistas hayan introducido cambios en la teoría espacio— temporal desde su nueva formulación por Priogan. Según ella, la energía para viajar hacia el pasado aumenta mucho en relación directa con el período recorrido. La deformación de las líneas del universo, ¿saben? Más allá de un período de unos setenta años, se necesita una energía infinita.
—Eso pensaba yo— afirmó Harrison con voz sorda.
—De todas formas. la ciencia progresa muy rápidamente El contacto con culturas extrañas de la Galaxia ha resultado un gran estimulante...
—¿Dominan los viajes interestelares?— le interrumpió Belgotai— . ¿Pueden ir a las estrellas?
—Sí, naturalmente. La propulsión más rápida que la luz fue conseguida hace más de quinientos años utilizando la teoría de la relatividad modificada por Priogan. Se basa en la desviación a través de otras dimensiones... Pero ustedes tienen problemas más urgentes que ocuparse de teorías científicas,.

Pasaron dos días en el colegio. Haward y sus compañeros eran tan corteses como hospitalarios y estaban ansiosos por escuchar lo que los viajeros tenían que contar de sus épocas. Les proporcionaron alimentos, alojamiento y el descanso que tanto necesitaban. Incluso intercedieron ante el Consejo solar, vía telepantalla, pero la respuesta fue inexorable: La Galaxia tenía ya demasiados bárbaros y los viajeros tendrían que marcharse.
Quitaron sus baterías de la máquina e instalaron un pequeño motor atómico con reservas de energía casi ilimitada. Haward les proporcionó un psicófono para que pudieran entenderse con seres de cualquier época. Pero los viajeros no estaban contentos.

4300. Los edificios del "campus" habían desaparecido para ser reemplazados por pequeñas y cómodas residencias veraniegas. Jóvenes y muchachas de irisados y breves atuendos se congregaron en torno a la máquina.
—¿Son ustedes viajeros del tiempo?— preguntó uno de los muchachos.
Al verles afirmar quisieron que les hicieran el relato de sus viajes. Era el mayor acontecimiento que habían tenido desde que una nave llegó de Sirio.
Pronto comprendió Harrison que tampoco allí encontrarían ayuda. Era obvio que intentarían retenerles especialmente las mujeres, cuyos suaves brazos rodeaban los cuellos de los viajeros.
Era difícil negarse y Belgotai acabó por sonreír.
—Pasemos la noche aquí— - sugirió.
Fue una noche de orgía. Harrison consiguió reunir unos cuantos datos. Sol era en esa época un remanso galáctico, desbordante de riqueza y guardado por mercenarios no humanos contra los depredadores y conquistadores interestelares. Se había convertido en lugar de recreo de los hijos de los grandes negociantes. Pensando en Leticia, Harrison quiso llorar, pero su pecho estaba seco y frío.
Belgotai tenía a la mañana siguiente una horrible resaca, pero desapareció pronto con la bebida ofrecida por una de las muchachas. Entonces estuvo ya en condiciones de reanudar el viaje. Y pronto el brillante escenario se perdió en el tiempo.

4400. Una villa ardía y el humo y las llamas ascendían por el cielo nuboso. Tras de ellas aparecía la sombría mole, llena de cicatrices, de una astronave. A su alrededor hervía un torbellino humano, enormes individuos barbudos con yelmos y corazas, riéndose mientras cargaban el dorado botín y a los cautivos que se debatían. ¡Los bárbaros habían llegado!
Los dos viajeros saltaron de nuevo a su máquina. Aquellas armas podían convertirla en una masa ígnea y Harrison accionó la palanca mucho más adelante.
—No encontraremos un científico en una edad salvaje— dijo— . Probaré el año cinco mil.
Cuando la aguja se aproximaba a los seis siglos, Harrison trató de accionar la palanca sin conseguirlo.
—¿Qué ocurre?— preguntó Belgotai.
—Se trata del detector automático de masas. Seríamos aniquilados si emergiésemos en el mismo espacio que ocupa la materia sólida. El detector evita que el impulsor pueda detenerse donde descubre esa estructura. ¡Algún estúpido debe haber construido una casa precisamente donde estamos!

La aguja traspasó el límite y siguieron bramando a través de una tonalidad oscura sin contorno. Harrison ajustó el cuadrante y anotó el primer medio milenio. Era interesante saber qué año sería cuando emergiesen. Tenía la esperanza de que fuese pronto. Las obras del hombre eran tan terriblemente pasajeras...
Dos mil años...
Tres mil...
La cara de Belgotai aparecía blanca.
—¿Hasta dónde vamos a ir?— preguntó.
—No lo sé.
El increíble trance duraba ya veinte mil años. En el 25296, la palanca cedió súbitamente bajo la presión de Harrison. La máquina surgió a la realidad, se estremeció y descendió unos cuantos pies antes de encontrar su equilibrio. Se precipitaron a la puerta.
El impulsor descansaba sobre un bloque de piedra grande como una pequeña casa. Se hallaban hacia la mitad de una pirámide de piedra gris, de un tetraedro de unos ochocientos metros de altura y casi el doble en cada lado de la base. Arboles y césped crecían en sus titánicas laderas.
No se veía el viejo río y un lago antes inexistente relucía a lo lejos. Las colinas parecían más bajas y estaban cubiertas de bosques. También descubrieron una nave espacial, una máquina monstruosa con la proa apuntando al cielo y un escudo con un sol ardiente en su casco. Había hombres trabajando junto a ella.
Pero, ¡no todos eran hombres! Una docena de grandes ingenios relucientes se afanaban sin vigilancia al pie de la pirámide. "Robots". Y del grupo que se volvió a mirar a los viajeros, dos eran rechonchos y cubiertos de pelo azul, con caras y manos de seis dedos.
Harrison se dio cuenta, con un escalofrío, de que estaba viendo inteligencias extraterrestres. Pero era a los hombres a quienes miraba. Se trataba de individuos altos, con rasgos finos y aristocráticos y una especie de calma innata. Resultaba imposible describir su vestimenta, una especie de temblor irisado que les rodeaba. Harrison pensó que así debían ser los viejos dioses del Olimpo, seres más grandes y hermosos que los hombres.
Pero fue una voz humana la que se dirigió a ellos en un tono grave y bien modulado y un idioma totalmente extraño. Entonces recordó con exasperación que había olvidado el psicófono. Mientras tanto, uno de los seres azules manejaba un globo del que parecía surgir la familiar voz traductora:
_...viajeros del tiempo.
—Sin duda del más remoto pasado— dijo otro
—Escuchen— les espetó Harrison— . Estamos en un apuro. Nuestra máquina no puede retroceder y tenemos que encontrar una época en la que sepa cómo invertir el efecto. ¿Pueden ustedes hacerlo?
Uno de les extraños seres sacudió su cabeza.
—No— dijo— . La física no conoce el modo el retroceder más allá de unos setenta anos. A partir de ahí la energía necesaria se aproxima al infinito y..
Harrison soltó un gruñido.
—Eso ya lo sabemos— dijo Belgotai con rudeza.
—Pero pueden quedarse a descansar— intervino otro de los hombres con voz amable— . Será interesante escuchar su historia.
—Se la he contado a mucha gente en los últimos milenios— replicó agriamente Bernard— . Oigamos la de ustedes para variar.
Dos de ellos cambiaron palabras en voz baja que Harrison tradujo por: "Bárbaros... emociones infantiles... vamos a seguirles la corriente..."
—Somos una expedición arqueológica que está excavando la pirámide— dijo con aire paciente uno de los hombres— . Pertenecemos al Instituto Galáctico, rama del sector de Sarlan. Yo soy Lord Arsfel de Astracyr y éstos son mis ayudantes. Los no humanos son del planeta Quulhan, cuyo sol no es visible desde la Tierra.
—¿Quién la construyó?— preguntó Harrison, señalando hacia la gran mole de la pirámide.
—Los ixthuli alzaron estas estructuras en los planetas que conquistaron. No se sabe de dónde venían ni lo que al fin fue de ellos. Esperamos encontrar respuesta en sus pirámides.
La atmósfera se hizo más amistosa. Todos escucharon con profundo interés los relatos de Harrison y Belgotai y a cambio les dieron una pequeña lección de historia.
Tras las ruinosas guerras de los ixthuli, la Galaxia había logrado un rápido progreso. Las nuevas técnicas de psicología matemática hicieron posible conjuntar a los pueblos de mil millones de mundos y regirlos con eficacia. El Imperio galáctico era igualitario. Próspero y pintoresco, con tal diversidad de razas y culturas, avanzaba en las Ciencias y las Artes. En cuanto a los bárbaros que habitaban más allá de las Nubes Magallánicas, Arsfel albergaba el convencimiento de que no serían un estorbo, pues no tardarían a ser civilizados.
Sol casi podía ser llamado territorio bárbaro, aunque quedase dentro de las fronteras imperiales. La civilización estaba concentrada en torno al centro de la Galaxia y Sol se encontraba en lo que era actualmente un rincón del espacio remoto y con escasa densidad estelar. La raza humana casi había olvidado su antiguo hogar.
La estampa resultaba triste para un americano.
Pensó en la Tierra girando solitaria por el espacio vacío, en el arrogante imperio y todos los poderosos dominios que habían mordido el polvo a través de los milenios. Al fin se atrevió a sugerir que tampoco esta civilización era inmortal. Inmediatamente se vio inundado de cifras, hechos y lógica, de todo el curioso simbolismo paramatemático de la moderna psicología de masas. Pudieron demostrarle rigurosamente que la presente situación era intrínsecamente estable y diez mil años de historia no habían podido conmover esa seguridad.
También les mostraron el enorme interior de su astronave, los lujosos apartamentos de la tripulación, la intrincada maquinaria que pensaba por sí misma. Arsfel trato de mostrarles su arte, sus psicolibros, pero fue imposible porque no podían comprenderlos¡Salvajes! ¿Podía un aborigen australiano haber apreciado a Rembrandt, Beethoven, Kant o Einstein?
—Será mejor marcharse— susurró Belgotai— . Esto no es para nosotros.
Harrison asintió. La civilización había ido demasiado lejos.
—Yo les aconsejaría avanzar por largos intervalos— dijo Arsfel— . La civilización galáctica no habrá llegado aquí hasta dentro de muchos miles de años y, desde luego, cualquier cultura nativa que se desarrolle en Sol será incapaz de ayudarles... De aquí en adelante no encontrarán mas que paz y cultura, a menos que los bárbaros de la Tierra se hagan hostiles; pero siempre podrán dejarlos atrás. Más pronto o más tarde aquí habrá una auténtica civilización que podrá ayudarles.
—Dígame— pregunto Harrison ¿Cree que la máquina del tiempo negativa llegará a inventarse?
Uno de los seres de Quulham sacudió su cabeza.
—Lo dudo— dijo gravemente -. Hubiéramos tenido visitantes del futuro.
—¡Vamos!— rugió Belgotai.

En 26 000 los bosques continuaban y la pirámide se había convertido en una alta colina en la que los árboles se balanceaban al viento.
En 27 000 una pequeña aldea de casas de piedra y madera aparecía en medio de campos de espigas
En 28000 había hombres derruyendo la pirámide para aprovechar la piedra. Su enorme masa no desapareció hasta el año 30000. Belgotai pensó en Lord Arsfel, que ahora llevaba cinco mil años en su tumba.
En 31000 se materializaron sobre uno de los anchos céspedes que se extendían entre las torres de una amplia y fastuosa ciudad. Los aparatos ronroneaban sobre sus cabezas y una nave espacial apareció junto a ellos.
—Supongo que ha llegado el imperio— comentó Belgotai.
—Esto parece pacífico. Saldremos y hablaremos con la gente.
Les recibieron mujeres altas Y majestuosas en blancas túnicas de líneas clásicas. Al parecer, Sol era ahora un matriarcado. Supieron que el imperio no había llegado nunca hasta allí. Sol pagaba tributo y las fronteras reales de la cultura galáctica no habían cambiado.
Nada se sabía de la teoría del tiempo. Siendo así, ¿no les importaría continuar? No encajaban en la minuciosamente reglada cultura terrestre.
—No me gusta esto— dijo Harrison al volver a su máquina.
—Yo creo— comentó Belgotai— que Arsfel, a pesar de todas sus fantásticas matemáticas, estaba equivocado. Nada dura siempre.

34 000. El matriarcado había desaparecido. La ciudad era un caótico montón de piedras ennegrecidas por el fuego. Había esqueletos entre las ruinas.
—Los bárbaros están otra vez en movimiento— dijo heladamente Harrison— . No hace mucho que estuvieron aquí, pues estos huesos son relativamente recientes. Un imperio como éste puede tardar en morir miles de años, pero está condenado.
—¿Qué vamos a hacer?— - preguntó Belgotai.
—Continuar. No nos queda más recurso.

35 000. Había una choza aldeana entre árboles enormes y viejísimos. Aquí y allá surgía de la tierra una columna rota, resto de la ciudad. Al aparecer la máquina un hombre barbudo, su mujer y un grupo de chiquillos huyeron aterrados.

36000. Había otra vez un pueblo, con una vieja y gastada nave espacial. Media docena de razas diferentes, incluida la humana, se ajetreaban alrededor, trabajando en la construcción de alguna máquina enigmática. Llevaban ropas sencillas con armas al costado.

Su jefe era un joven con la capa y el yelmo de los oficiales del Imperio. Pero estos arreos tenían por lo menos un siglo. Resultaba extraño oírle repetir que permanecía fiel al emperador.

¡El Imperio! Todavía su gloria remota allá entre las estrellas, iba lentamente desvaneciéndose mientras los bárbaros penetraban en él.
—Nos espera un buen trabajo— dijo el jefe con indiferencia— . Tautho de Sirio caerá pronto sobre el Sol. Dudo que podamos resistir mucho tiempo. La muerte es todo nuestro porvenir.
Pasaron allí la noche y por la mañana volvieron a la máquina para proseguir el viaje.
Harrison contempló con ansiedad el tablero de control y comentó que tendrían que ir lejos.
50000. Surgieron de su jornada Por el tiempo y abrieron la puerta. Un rudo viento cayó sobre ellos arrastrando finos copos de nieve. Había hielo en el río que murmuraba oscuramente junto a los bosques.
La geología no trabajaba tan de prisa. Catorce mil años no eran mucho tiempo para el lento mudar de los planetas. Aquello debía haber sido obra de seres inteligentes, devastando y azotando el mundo con insensatas guerras. Una gris masa pétrea dominaba el paisaje. Se elevaba enorme a unas cuantas millas y sus macizas torres almenadas se adentraban audazmente en el cielo. Estaba medio en ruinas, con sus piedras derribadas por energías que fundieron la roca y borradas en incontables milenios de intemperie.

—Todo está muerto— dijo débilmente Harrison
—¡No! Mira, Bernard, creo que allí hay una bandera.

El viento soplaba y les penetraba como cuchillos.
—¿Vamos a ir?— - preguntó Harrison.
—Sí. Lo peor que pueden hacer es matarnos y empiezo a creer que no es tan malo.
A medida que se aproximaban a la enorme estructura, parecía agigantarse ante ellos. Tenía un bárbaro aspecto. Ninguna raza civilizada la hubiera construido así.
Dos pequeñas y raudas formas se lanzaron al aire desde aquella muralla con aspecto de acantilado.
—Aviones— dijo lacónicamente Belgotai.
Eran ovoidales, sin controles ni ventanillas a la vista. Uno de ellos cubrió a los viajeros mientras el otro descendía. Cuando aterrizó, Harrison vio que estaba cubierto de cicatrices. Pero había un medio borrado sol flamígero en su costado. Aún vivía el recuerdo del Imperio.
Dos seres salieron de la pequeña nave y se aproximaron a ellos empuñando sus armas. Uno era humano, un joven alto y bien formado. El otro...
Era un poco más bajo que el hombre, pero enormemente ancho de pecho y espaldas. Cuatro brazos musculosos nacían de los macizos hombros y una cola peluda fustigaba sus pies con garras. Su cabeza era grande, de amplio cráneo, con un rostro redondo y semianimal. Enormes bigotes sombreaban su boca de afilados colmillos. No llevaba encima más que unos arreos de cuero, pero un suave pelo gris azulado le cubría el cuerpo.
El psicófono restalló con el saludo del hombre:
—¿Quién vive?
—Amigos— dijo Harrison— . Sólo queremos noticias.
—¿De dónde sois?— había un tono duro y perentorio en la voz del hombre— . ¿Qué clase de nave es la suya?
—Tranquilízate, Vargor— ronroneó la voz profunda del otro ser— . Bien ves que no es una nave espacial.
—No— dijo Harrison— . Es un impulsor temporal.
—¡Viajeros del tiempo!— - los ojos de un azul intenso de Vargor se abrieron con asombro— . Había oído hablar de ello, pero... ¿viajeros del tiempo?— Y de pronto— : ¿De dónde sois? ¿Podéis ayudarnos?
—Somos de una época muy lejana y estamos solos.
—¿A dónde vais?— preguntó Vargor.
—Al infierno, lo más probable, Nos estamos helando aquí fuera. ¿Podríamos entrar?
—Sí. Venid con nosotros. Pero no debéis ofenderos si enviamos una escuadra a inspeccionar vuestra máquina. Tenemos que ser precavidos.
—¡Bienvenidos a la fortaleza de Brontothor! ¡Bienvenidos al Imperio galáctico!
—¿El Imperio?
—Esto es todo lo que queda de él. Una fortaleza fantasmal en un mundo helado, último fragmento del viejo Imperio.
Entraron en el estropeado aparato, se elevaron y poco después descendían al otro lado de la vieja muralla en un gigantesco patio con banderas, junto a la monstruosa mole del torreón. Se alzaba en varias plantas, con patéticos jardincillos sobre las terrazas, hasta una transparente cúpula de plástico. En las gruesas paredes había armas montadas apuntando hacia el exterior. Hombres con cascos y fusiles de energía estaban apostados como centinelas. Hombres, mujeres y niños deambulaban bajo las monstruosas murallas
—Allí está Taury— dijo el ser de otro mundo señalando a un pequeño grupo reunido en una de las terrazas. Su amplia boca se abrió en alarmante sonrisa— . Perdonadme por no haberme presentado antes. Soy Hunda de Haamigur, general de los ejércitos imperiales y mi compañero es Vargor Alfrid, príncipe del Imperio. Taury es descendiente directo de Maurco el "Legislador", último emperador debidamente ungido.
Al acercarse al grupo formado por media docena de ancianos, éstos se pusieron de pie. Sus largas barbas se movían azotadas por la ventisca. Uno de los personajes tenía la cara de un ave de largo pico.
—La corte de la emperatriz Taury— dijo Hunda.
Harrison y Belgotai contemplaron embobados a la emperatriz, tan alta corno un hombre, Sin embargo, bajo su túnica de eslabones de plata y su capa adornada con pieles era aquella la mujer con la que alguna vez habían soñado sin encontrarla nunca. Su orgullosa cabeza tenía algo que recordaba a Vargor, pero toda su nobleza era femenina. Sus ojos grandes, oblicuos y grises como los mares nórdicos, les contemplaban.
Harrison recobró el habla.
—Majestad, soy Bernard Harrison, de América, hace cuarenta y ocho mil años y mi compañero es Belgotai de Syrtis, soldado de fortuna de Syrtis, unos mil años después. Estamos a vuestro servicio.
—Es un raro placer Entremos, por favor, y olvidad la etiqueta. Esta noche limitémonos a vivir.
Fueron a tornar asiento en una sala acogedora cubierta de tapices, con pieles en el suelo y un alegre fuego en la chimenea.
—¿Así que no podéis regresar a vuestro mundo?— dijo la voz grave de Taury— . Lo malo es que no puedo aconsejaros que os quedéis, pues los tiempos no son buenos.
—Nos quedaremos unos días— decidió Harrison.
—No conseguiréis nada— zanjó Hunda— El principio del impulsor temporal se perdió hace mucho tiempo; pero aun queda mucha técnica superior a la de vuestra época.
—Lo sé— dijo Harrison— , aunque la verdad... en ninguna otra época nos hemos encontrado tan a gusto.
—Las venideras serán peores. Cuando lleguen los anvardi creo que todos moriremos. "El Soñador", el último de los consejeros del Imperio, me dijo en cierta Ocasión que quizá fuera mejor así.
—¿Cómo llegaron aquí a la Tierra los de Vro-Hi, precisamente entre tantos planetas?— quiso saber Bernard Harrison.
—Os bastará saber que lo más que el emperador llegó a mandar fue una pequeña flota. Mi padre pudo salvarse de la destrucción a que fue sometido huyendo con tres naves hacia la periferia. Pensó que valía la pena buscar refugio en Sol.
El Sistema Solar había sido cruelmente devastado en las edades oscuras. Las grandes obras de ingeniería que hicieron habitables los demás planetas fueron destruidas y la propia Tierra resultó asolada. Se había utilizado un arma que consumía el bióxido de carbono de la atmósfera. Harrison, recordando la explicación que de las épocas glaciares daban los geólogos de su tiempo, asintió comprendiendo. Sólo unos cuantos salvajes famélicos vivían ahora en el planeta. Y todo el sector de Sirio ofrecía tal desolación que ningún conquistador creía que valiese la pena ocuparse de él.
Al emperador le había gustado hacer del antiguo solar de su raza la capital de la Galaxia y se había trasladado a la arruinada fortaleza de Brontothor un milenio después.
Al día siguiente, Taury condujo a los viajeros por las zonas subterráneas a visitar a "El Soñador" y Vargor les acompañaba.
Atravesaron inmensas cavernas con bóvedas abiertas en la roca, túneles de silencio donde sus pisadas despertaban ecos fantasmales. De vez en cuando pasaban junto a una mole monstruosa; el herrumbroso armazón de alguna vieja máquina,
—En otro tiempo hubo aquí pavimentos rodantes— dijo Taury al iniciar su recorrido— Pero no hemos intentado instalar otros nuevos. Hay demasiadas cosas que hacer... reconstruir una civilización con restos dispersos.
Taury marchaba delante, con su melena leonina como una llama entre los sombras oscilantes. Vargor le seguía los pasos y Belgotai caminaba como un felino. Harrison pensó en el extraño grupo que formaban, cuatro seres humanos del alba y el crepúsculo de la civilización, pareciéndole que jamás había sido otra cosa que un cortesano de la emperatriz galáctica.
Cuando Taury abrió una puerta y apareció "El Soñado— ", Harrison, que iba preparado a todo, sufrió un rudo choque, Se había imaginado un grave personaje de barba blanca o un arácnido de enorme cabeza o un cerebro desnudo latiendo en una caja de alimentación Pero el último de los Vro-Hi era un monstruo, aunque tenía incluso una belleza misteriosa. Su gran cuerpo brillaba, iridiscente, y sus múltiples manos de siete dedos eran flexibles y graciosas; sus ojos, enormes estanques de oro líquido.
Al ver a los recién llegados se incorporó sobre sus renqueantes piernas. Apenas levantaba seis palmos del suelo, aunque la parte que era a la vez cabeza y cuerpo fuese grande y maciza. Su encorvado pico no se abrió y el psicófono permaneció silencioso. Cuando las largas antenas apuntaron hacia Harrison, éste oyó:
—Salud, majestad, Salud, alteza. Salud, hombres que llegáis del tiempo.
Telepatía... telepatía directa
—Gracias, señor. Pero, ¿cómo sabéis... ?— preguntó el extrañado Bernard.
—No he leído los pensamientos de tu mente, viajero Los Vro-Hi siempre respetamos la intimidad. Pero mi inducción es obvia.
—¿Es que pensaste durante tu último trance?— le preguntó Vargor— . ¿Llegaste a algún plan?
—No, alteza— vibró "El Soñador"— , mientras los factores permanezcan constantes no podemos hacer mas de lo que ya hacemos. Estuve trabajando en la base filosófica que ha de tener el segundo imperio.
_¿Qué segundo imperio?— ironizó Vargor.
—El que ha de llegar... algún día.— Los sabios ojos de "El Soñador" se posaron en Harrison y Belgotai
—Con vuestro permiso— pensó— me gustaría explorar vuestros depósitos de memoria. Sabemos tan poco de vuestra época... Os aseguro que un ser humano que ha vivido medio millón de años es capaz de guardar todos los secretos y se abstiene de emitir juicios morales. La exploración, de todos modos, será necesaria si he de enseñaros nuestro lenguaje.
—Adelante— dijo Harrison con repugnancia.
Por un momento sintió vértigo y un escalofrío, Taury le rodeó con su brazo y en seguida todo pasó.
—¿Y eso es todo?
—Sí. Un cerebro de Vro-Hi puede registrar un número infinito de unidades simultáneamente. ¿Te has dado cuenta en qué lengua acabas de hablar?
—¡Eh ... yo!— Harrison dejó escapar— : ¡Por los dioses! ¡Sé hablar estelar!.
—Sí— pensó— "El Soñador"— , los centros del lenguaje son particularmente receptivos y es fácil imprimir en ellos. Este método de enseñanza es sencillo y eficaz para aprender idiomas.
—Entonces empiece conmigo— dijo jocosamente Belgotai.
—Os diré que cuanto vi en vuestras mentes, era bueno y honrado. Si os quedaseis seríais útiles aquí. Aunque no debéis ignorar que los tiempos son malos.
La estridente risa de Vargor rompió el silencio.
—Somos unos proscritos y no tenemos futuro, puesto que los anvardi llegan. Cierto que les presentaremos batalla. ¡Va a ser una lucha como no recuerda esta vieja Galaxia!
De labios de Vargor surgió un apagado grito de dolor mientras contemplaba la imagen que saltaba y oscilaba en la gran pantalla de comunicación interestelar. Un hombre había aparecido en ella para decir:
—Sí, majestad, somos cincuenta y cuatro naves atestadas y la flota anvardiana viene persiguiéndonos.
—¿A qué distancia?— preguntó Hunda.
—Medio año— luz, aproximadamente señor. Estaremos cerca de Sol antes de que puedan alcanzarnos.
—¿Están capacitados para hacerles frente?— volvió a preguntar Hunda.
—No, señor— dijo el hombre— , Venirnos cargados de refugiados, mujeres, niños y campesinos desarmados. Si no nos ayudáis, señor, nos venderán como esclavos. No queremos vivir bajo los anvardi.
—¿Cuánto tardaran en llegar aquí?
A esta marcha, señor, acaso una semana— respondió el capitán de la nave.
- Bueno, continuad hacia aquí— dijo Taury con voz cansada . Enviaremos naves contra ellos. Durante la lucha podréis alejaros. No vayáis a Sol, porque habrá que evacuarlo. Nuestros hombres tratarán de establecer contacto con vosotros mas tarde.
—No merecemos tanto majestad. Salvad nuestras naves.
—¡Allá vamos!— dijo Taury con decisión, Y cerró el circuito. Luego se volvió hacia los demás. La roja cabeza tan erguida como siempre.
Impartió órdenes. La mayoría de su pueblo podía marcharse a Arlath, un desierto en el que no serían encontrados por el enemigo. Hunda y ella planearían el ataque. Tendrían que hacerlo lo más eficaz posible utilizando el menor número de naves.
—¡Si tuviésemos armas decentes!— rugió Hunda.
"El Soñador" se irguió y, antes de que pudiese Vibrar, el mismo pensamiento había saltado al cerebro de Harrison. El y el hombre de Vro-Hi se miraban con loca esperanza...
El espacio titilaba con un millón de estrellas. La Vía Láctea espumaba en torno al cielo en un rastro de fría plata y todo era sobrecogedor para un humano. Harrison sintió la soledad como no la había sentido en el viaje a Venus, porque Sol iba quedando a su espalda y se precipitaban al vacío interestelar.

Acababan de instalar la nueva arma en el acorazado, pero no habían tenido tiempo de probarla. Habían tenido que poner toda la flota en juego y la total potencia de combate de Sol. Si vencían los viejos imperiales tendrían una oportunidad pero si fracasaban...
Harrison estaba en el puente tratando de descubrir a la flota anvardiana y Hunda se mantenía en la central de control, haciendo girar los herrumbrosos volantes de señales. "El Soñador" permanecía quieto en un rincón, contemplando extasiado la Galaxia. Los demás miembros de la corte estaban cada uno al mando de un escuadrón y Harrison los había visto por la visiopantalla que enlazaba la flota.
—Faltan pocos minutos, Bernard— dijo Taury.
Se apartó del cristal flexible e inquieta como una tigresa. La fría y blanca luz de las estrellas relucía en sus ojos y en el casco con el sol flamígero que se asentaba en el bronce de su cabello. Harrison admiró su hermosura.
—A ti te toca, Bernard— dijo sonriéndole— ; viniste del pasado para traernos la esperanza. Es bastante para creer en el destino, aunque esto no te hará volver con los tuyos.
Le había tomado una mano y Harrison murmuró que no importaba.
Una voz estalló en el transmisor del puente. Taury abrió la pantalla y surgió un rostro fuerte, orgulloso y cruel, el sol brillando en su pelo verde.
- Saludos, Taury de Sol— dijo el anvardiano -. Soy Ruulthan, emperador de la Galaxia,
—Sé bien quién eres— -— dijo Taury sin alterarse— , pero no reconozco ese supuesto título.
—Nuestros detectores informan de tu aproximación con una flota que es la décima parte de la nuestra. Tenéis una nave Supernova, pero también nosotros. A menos que os avengáis a negociar seréis aniquilados.
—¿Cuáles son vuestras condiciones?
—Rendición, ejecución de los criminales que dirigieron los ataques a los planetas anvardianos y tu vasallaje ante mí como emperador galáctico.
Taury, asqueada, se volvió y Harrison dijo a Ruulthan en lenguaje explícito lo que debía hacer con sus condiciones y apagó la pantalla.
—Toma los mandos, Bernard— dijo Taury mirándolo intensamente y señalando al mismo tiempo hacia el artefacto de propulsión temporal. Si caemos en esto... adiós, Bernard.
—Adiós— respondió él con voz sombría.
Se instaló ante sus controles. Levantó un brazo y Hunda cortó la hiperpropulsión. A poca velocidad intrínseca el "Venganza" quedó cerniéndose en el espacio mientras las invisibles naves de su flota se alejaban hacia los anvardi. Lentamente hizo descender la palanca de impulsión temporal. La nave rugió cuando la energía atómica invadió los poderosos circuitos construidos para arrastrar su enorme masa a través del tiempo. Se conmovió la gigantesca máquina y una grisura sin contornos surgió al otro lado de las compuertas.
Hizo a la nave retroceder tres días. Se encontraba en el espacio vacío, todavía con los anvardi a distancia fantástica. Sus ojos se fijaron en la chispa amarilla del Sol, concentrando todas sus energías en instalar el impulsor temporal que acababa de hacerles retroceder... Esto no tenía sentido. La simultaneidad era arbitraria. Y ahora había una tarea que cumplir.
Le llegó la voz del jefe de astrogantes con un torrente de cifras. Tenían que hallar la posición exacta en la que el navío almirante de los anvardianos se hallaría dentro de setenta y dos horas. Hunda envió las señales a los "robots" del cuarto de máquina y, pesadamente, el "Venganza" comenzó a deslizarse a través de cinco millones de millas de espacio.
Harrison pensó en aquellos tres días adelante en el tiempo que les permitirían aparecer al costado del acorazado anvardiano.
Frenéticamente Hunda volvió a poner en marcha la hiperpropulsión, alcanzando velocidades superiores a las de la luz. Ahora veían la nave, erguida como una montaña de metal contra las estrellas. ¡Y todas las armas del "Venganza" dispararon a la vez!
El cañón "Vorágine", los barrenadores, las granadas y torpedos atómicos, los desplazadores de gravedad... todo el infierno acumulado en los torturados siglos de historia vomitó contra las pantallas del navío insignia anvardiano.
Bajo la monstruosa descarga, que llenó el espacio de devastadora energía hasta parecer que su misma estructura iba a entrar en ebullición, las pantallas se derrumbaron. A través de la materia sólida del casco horadaron, cortaron, desintegraron. El acero se convertía en vapor, en pura energía devoradora que se revolvía contra los demás materiales sólidos. Penetrando más y más en el casco, aquella furia era una llama asoladora que no dejaba tras de sí ni cenizas.
Ahora el resto de la flota imperial cargaba contra los anvardi. Atacada desde el exterior y con un monstruo devorador en su propia entraña, la flota anvardiana se dislocó y sus unidades lucharon a la desesperada.
Los anvardi seguían teniendo el número a su favor. Morían, pero también mataban y el puente del "Venganza" se estremecía y rugía con el fragor de la batalla. Los partes retumbaban en el altavoz: Pantalla 3 eliminada... Compartimento 5 no responde... Torre "Vorágine" 537 fuera de combate...
Harrison se encontró manejando un cañón, disparando contra navíos invisibles, buscando el blanco...
—¡Huyen!
El grito de júbilo atravesó lo que quedaba de la enorme y vieja nave. ¡Victoria! ¡Victoria! Era un grito repetido que no habla sonado allí desde hacia cinco mil años.
Harrison podía ver las dispersas unidades de los anvardi lanzadas hacia la Galaxia en desesperada búsqueda de refugio, perseguidas y acosadas por la flota imperial.
"El Soñador" se puso en pie y ya no fue un pequeño monstruo de piernas torpes, sino un dios viviente cuyo terrible pensamiento cruzó el espacio, más rápido que la luz, para plantarse rugiente en los cráneos de los bárbaros: "Soldados de los anvardi: vuestro falso emperador ha muerto y Taury "la Roja", emperatriz de la Galaxia, se alza con la victoria. Os ofrecemos amnistía y salvoconducto. Llevad esta nueva a vuestros planetas: ¡Taury "la Roja" convoca a todos los jefes de la confederación anvardiana a jurarle fidelidad y a ayudarle a restaurar el imperio galáctico!"


Estaban en el balcón de Brontothor y volvían a contemplar la vieja Tierra por primera vez en casi un año. A Harrison le resultaba extraño observar su tierra natal tras aquellos meses en los múltiples y dispersos mundos de una Galaxia más enorme de lo que era capaz de imaginar. Había como un pequeño nudo en su corazón porque estaba diciendo adiós al mundo de Leticia,
Leticia ya no existía. Era parte de un pasado muerto hacía cuarenta y ocho mil años. Ahora Taury tendría que trasladar la capital imperial del aislado Sol a la céntrica Estrella Polar y no pensaba tener nueva oportunidad de visitar la Tierra. Por eso había cruzado un millar de estrellados años— luz hasta el pequeño y solitario Sol, que había sido su morada. Llevaba consigo naves, máquinas y tropas. Los ingenieros climatólogos volverían a desviar el glacial invierno de la Tierra hacia sus polos y comenzarían la recolonización de los demás planetas. Habría escuelas, fábricas, civilización... Sol tendría motivos para recordar a su emperatriz.
Y con Harrison, en el viejo castillo arruinado, estaba Taury, contemplando la noche terrestre. Era tarde y todos debían dormir. La quietud era inmensa y los ruidos parecían haberse congelado en la helada calma.
La luna se posó, blanca, en la cara de ella, sembrando de fantasías sus ojos y su pelo. Parecía una diosa de la noche.
—¿En qué pensabas, Bernard?— le preguntó al cabo de un rato.
—Más creo que soñaba. Me resulta extraño pensar que he dejado mi tiempo y ahora incluso voy a dejar mi mundo.
—Lo sé— asintió ella con gravedad— . Yo siento lo mismo. No tendré en adelante tiempo ni para reír. Cuando se trabaja para un millón de estrellas no hay ocasión de ver iluminarse la cara de un hombre con el agradecimiento a nuestras obras. Regiremos un mundo de extraños...
Siguió otro momento de silencio bajo las distantes estrellas.
—Bernard... estoy tan sola...
La tomó en sus brazos. Sintió sus labios fríos, con el mismo relente cruel y silencioso de la noche, pero ella le correspondió con fiero anhelo.
—Creo que te amo Bernard— dijo al cabo de un rato— y nunca más volveremos a estar solos...
La luna ganaba ya el negro horizonte cuando la acompañó a sus habitaciones, La despidió con un beso y echó a andar por el sombrío corredor hacia su cuarto. La cabeza le daba vueltas; estaba ebrio con tanta dulzura y maravilla. Sentía deseos de cantar, reír y abrazar a todo el mundo estrellado. ¡Taury! Taury! ¡Taury!
Descubrió una silueta envuelta en una capa oscura. Una luz indecisa se reflejaba en su cara atormentada. Era Vargor.
—¿Qué ocurre?
La mano del príncipe se alzó y Harrison vio la oscura boca de una pistola aturdidora apuntándole.
—Lo siento, Bernard— dijo Vargor, sonriendo amargamente.

Harrison quedó paralizado e incrédulo. Vargor... el que había luchado junto a él. Se habían salvado mutuamente la vida, reído y trabajado juntos... ¡Vargor!
Relampagueó el arma. Algo crujió en su cráneo y se sintió hundir en las tinieblas.

Su despertar fue lento y el dolor iba invadiendo.
Sus nervios a medida que recuperaba la sensibilidad. Cuando su visión se aclaró, vio que estaba atado y amordazado en el suelo de su impulsor.
La máquina del tiempo... la había olvidado, abandonada en un cobertizo mientras recorría los astros.
Vargor estaba plantado en la puerta abierta. El pelo le caía en desorden y sus hermosos rasgos aparecían cansados.
—Perdóname, Bernard, te quiero y tus servicios al imperio no podrán olvidarse. Pero he tenido que emplear esta sucia y baja trampa. He de hacerlo aunque el recuerdo de esta noche me persiga toda la vida.
Harrison intentó sacudirse la mordaza.
—No puedo consentir que grites, Bernard. Amo a Taury; la amo tanto que no puedo estar lejos de ella y por ella sería capaz de hundir el Cosmos. Creí que, poco a poco, empezaba a quererme, pero esta noche os vi en el balcón y supe que estaba derrotado. No ambiciono el poder, puedes creerme. El oficio de rey consorte será duro y poco atractivo, pero si es el medio de tenerla, a él me atendré. Tú no eres de los nuestros y no compartes nuestras tradiciones. Taury ahora puede sentir algo por ti, pero pienso como dentro de veinte años. Sé que corro un riesgo. Si encuentras el medio de invertir la dirección de tu marcha por el tiempo y vuelves aquí, eso supondrá mi desgracia y mi exilio. Sería más seguro matarte, pero no soy tan malvado. Adiós, Bernard y buena suerte.
Accionó la palanca y salió del impulsor cuando éste empezaba a calentarse. La puerta se cerró a su espalda con ruido seco.
Harrison se debatía en el suelo, maldiciendo con su cerebro que era un negro pozo de amargura. Se alzó el gran zumbido del impulsor. Estaba en camino...
—¡No... detén la máquina, Dios mío.
Las cuerdas de plástico le cortaban las muñecas y se encontraba incapaz de alcanzar la palanca. Sus dedos ansiosos recorrieron la superficie de un nudo, buscando con las uñas un asidero, La máquina rugía a toda potencia volando por la infinidad del tiempo.
Le costó mucho soltarse y cuando al fin se puso en pie y se quitó la mordaza pudo mirar hacia la gris opacidad del exterior. La aguja de los siglos pugnaba contra el tope final. Calculó vagamente que había avanzado ya unos diez mil años.
Con un furioso manotazo hizo bajar la palanca. Fuera estaba oscuro y permaneció estúpidamente absorto durante unos momentos, hasta que advirtió el agua que se filtraba en la cabina por las junturas de la puerta. ¡Estaba bajo el agua! Frenéticamente volvió a empujar la palanca,
Probó el agua caída en el suelo. Era salada. En algún momento de esos diez mil años, por razones naturales o artificiales, el mar había llegado a cubrir el solar de Brontothor. Mil años después seguía bajo su superficie. Taury había muerto … y habían muerto también Belgotai, Hunda, e incluso "El Soñador"! Él mar rugía sobre la muerta Brontothor y él estaba solo. Apoyó la cabeza en los brazos y rompió a llorar.
Durante tres millones de años el océano continuaba cubriendo el solar de Brontothor. Y Harrison seguía adelante. A intervalos se detenía para ver si las aguas se habían retirado. Pero no. Y empezó a computar fechas. Varias veces pensó en detener la máquina y morir ya que Taury había muerto. Y lo hizo a los cuatro millones de años. Entonces descubrió que a su alrededor había aire seco.
Estaba en una ciudad, pero en una ciudad distinta a cuantas había visto e imaginado. No podía seguir la extraña geometría de las estructuras titánicas que surgían en torno. Enormes y devastadoras energías relampagueaban y rugían a su alrededor, como el rayo descendido a la Tierra, y a su paso el aire silbaba y quemaba.
El pensamiento fue un grito que llenó su cráneo y buscó a tientas su significado.
" ¡CRIATURA QUE LLEGAS DE] TIEMPO, DEJA AL MOMENTO ESTE LUGAR O LAS FUERZAS QUE MANEJAMOS TE DESTRUIRÁN."

Aquella visión mental le atravesaba una y otra vez, hasta las mismas moléculas de su cerebro, y su vida estaba abierta ante ellos como una blanca llama incandescente.

¿Podéis ayudarme?, gritó a los dioses, ¿Podéis hacerme retroceder en el tiempo?
"HOMBRE, NADIE PUEDE VOLVER ATRÁS, ES INTRÍNSECAMENTE IMPOSIBLE, HAS DE SEGUIR HASTA EL FIN DEL UNIVERSO, Y MÁS ALLÁ, PORQUE ALLÍ ESTÁ... "
Aulló de dolor cuando aquel pensamiento, aquel concepto insoportablemente grande lleno su cerebro humano.
"¡SIGUE, HOMBRE SIGUE! PERO NO PUEDES SOBREVIVIR EN ESA MÁQUINA. YO LA TRANSFORMARÉ... ¡SIGUE! "
El impulsor volvió a ponerse en marcha por sí solo.
Torva, desesperadamente, Harrison se precipitó en el futuro. La máquina había sido alterada. Ahora era estanca y, pudo comprobar que la ventanilla le resultaba totalmente irrompible. Algo había sido cambiado en el impulsor que lo lanzaba a increíble velocidad. Y millones de años pasaban mientras uno o dos minutos transcurrían dentro del rugiente caparazón.
Pero, ¿qué eran aquellos dioses? Nunca lo sabría, Seres de más allá de la Galaxia, exteriores al Universo mismo... el último producto de la evolución humana. Una cosa estaba bien clara: la raza humana había dejado de existir. En su huida hacia el futuro, se detenía de vez en cuando para lanzar una ojeada al mundo y su tremenda historia. A los cien millones de años contempló grandes copos de nieve arremolinados por el viento. Los dioses habían desaparecido. ¿Es que también morían los dioses?
Nunca lo sabría.
Un ser se acercaba entre la tormenta. El viento precipitaba la nieve a su alrededor en silbantes torbellinos. Su piel gris parecía escarchada. Se movía con gracia flexible e inhumana, apoyándose en un bastón a cuyo extremo brillaba una luz como un diminuto sol.
Harrison le llamó por el psicófono:
—¿Quién eres? ¿Qué haces en la Tierra?
Aquel ser llevaba un hacha de piedra en la mano y una sarta de toscas cuentas alrededor del cuello. Pero miró con resueltos ojos dorados a la máquina y el psicófono trajo su voz ruda:
—Tú debes ser del pasado más lejano, de uno de los primeros ciclos.
—Me dijeron que siguiese hace casi cien millones de años.
—Si ELLOS te dijeron eso... ¡entonces sigue!
Y aquel ser continuo su camino en la tormenta.
Harrison se lanzó adelante. A mil millones de años en el futuro había una ciudad sobre una llanura donde crecía hierba azul. Pero no había sido construida por los humanos y una voz le conminó a alejarse.
El Sol se hacía mas caliente y más blanco a medida que el cielo helio/hidrógeno aumentaba en intensidad. La Tierra giraba acercándosele lentamente. ¿Cuantas razas inteligentes habían surgido en la Tierra, vivido y muerto desde la época en que el hombre salió por primera vez de la selva?
A los cien mil millones de años, el Sol había gastado sus últimas reservas nucleares. Harrison contempló un desnudo paisaje montañoso, árido como la Luna... pero la Luna había caído hacia mucho tiempo hacia su mundo y explotado en lluvia meteórica. La Tierra estaba ahora frente a frente con su estrella; su día era tan largo como su año. Harrison veía parte del enorme disco rojo sangre del Sol brillando desmayadamente.
Algunos miles de años después no había ya otra cosa que la oscuridad más elemental. La entropía había alcanzado su máximo, las fuentes de energía estaban agotadas, el Universo había muerto.
Gritó ante aquel terror de cementerio y lanzó la máquina hacia delante. Sin el mandato de los dioses podría haberlo dejado allí, abrir la puerta al vacío y el cero absoluto y morir de una vez. Pero tenía que seguir. Había alcanzado el fin de todas las cosas, y debía continuar. "Más allá del fin de los tiempos". Transcurrieron miles y miles de millones de años. Harrison yacía en su máquina hundido en un coma apático. Una vez consiguió animarse a comer un sándwich. Era chistoso. El último ser vivo, la última expresión de energía libre en el Universo, devorando un sándwich.
Cuando volvió a detenerse miró al exterior y distinguió un débil resplandor lejano, el más vago indicio de luz, allá en los cielos.
Temblando, saltó otros mil millones de años. La luz era ahora más fuerte, un gran resplandor giraba incipiente en el cielo.

EL UNIVERSO SE TRANSFORMABA.
El espacio debía haberse expandido hasta alguna especie de límite, y ahora estaba recogiéndose sobre sí mismo, para comenzar de nuevo el ciclo, el ciclo repetido nadie sabía cuántas veces en el pasado. El Universo era mortal pero también un fénix que nunca moriría realmente, Y de pronto se vio libre de su deseo de morir. Al borde del fin deseaba contemplar la próxima época, pero, ¿cómo saber si iba a formarse un mundo bajo sus pies?
Con súbita decisión accionó la palanca hacia delante. Y pudo contemplar algunas edades geológicas. pero no salió de su máquina, aunque se detuvo de vez en cuando. La atmósfera sería irrespirable hasta que las plantas hubiesen liberado bastante oxígeno.
¡Siempre adelante! A veces estaba bajo el océano, otras sobre la Tierra. Vio extrañas selvas, con helechos y líquenes gigantes, surgir y perecer en el frío de una época glacial y surgir otra vez con renovadas formas de vida.
Un pensamiento le rondaba, bullendo en su subconsciente mientras avanzaba. No se hizo presente durante varios millones de años, y de pronto... " ¡La Luna! ¡Oh, Dios mío, la Luna!".
Sus manos temblaban demasiado violentamente para poder manejar la máquina. Finalmente, con un esfuerzo, se dominó lo suficiente para empujar la palanca. Salto hacia adelante en busca de una noche de Luna llena.
Allí estaba. El mismo viejo rostro... ¡la Luna!
La impresión fue demasiado grande.. Aturdido, reanudó su viaje, y el mundo empezó a tener un aspecto familiar. Había pequeñas colinas boscosas y un río brillaba a lo lejos...
No acabó de creerlo hasta que vio el pueblo. Era el mismo... Hudson, Nueva York.
Estuvo un gran rato sentado, dejando que su cerebro de físico considerase el tremendo hecho. En términos newtonianos, significaba que cada partícula recién formada en el génesis tenía exactamente la misma posición y velocidad que cada partícula correspondiente del ciclo interior, En el más aceptable lenguaje einsteiniano, el continuo era esférico en todas dimensiones. En cualquier caso... si se viajaba lo suficiente a través del espacio o del tiempo, se volvía al punto de partida.

¡PODRÍA VOLVER A CASA!"

Descendió corriendo la colina bañada de sol, sin cuidarse de su extraño atavío, y siguió corriendo hasta que el aliento le faltó en los pulmones y el corazón parecía a punto de saltarle del pecho. Jadeando, entro en el pueblo, penetró en un banco y miro el maltratado calendario y el reloj de pared.
17 de julio de 1936, a la una y media de la tarde. A partir de estos datos podría calcular al minuto su hora de llegada en 1983.
Regresó lentamente, las piernas temblorosas, y puso de nuevo en marcha la máquina. Fuera se hizo la gris opacidad por última vez.

1983. Bernard Harrison descendió de la máquina. Su movimiento en el espacio, en Brontothor, le había sacado de la casa Jim Carey, y ahora estaba a media ladera de la colina en cuya cima se hallaba el viejo edificio.
Sobrevino un ramalazo de silenciosa energía. Harrison se volvió de un salto, alarmado, y vio cómo la máquina se disolvía en metal fundido... en gas... en una nada que brillo brevemente y desapareció.
Los dioses debieron poner en ella algún dispositivo aniquilador. No querían ver sus ingenios del futuro sueltos por el siglo XX.
Harrison pensó que no había peligro de ello y subió lentamente la colina pisando la hierba húmeda. Había visto demasiada guerra y horror para dar a los hombres unos conocimientos para los que no estaban preparados. Tanto él como Leticia y Jim Carey tendrían que silenciar la historia de su regreso alrededor del tiempo, porque aquello ofrecería un medio de viajar al pasado, y eliminaría la barrera que impedía al hombre el uso del impulsor para el crimen y la opresión. El segundo imperio y la filosofía de "El Soñador" estaban todavía muy lejanos en el tiempo.
Avanzaba. La colina parecía extrañamente irreal después de cuanto había visto, de todo el enorme mañana del Cosmos. Nunca volvería a encajar del todo en la pequeña ronda de días que le quedaban por vivir.
Taury... Su amado rostro flotaba ante él y creyó oír su voz susurrar en el frío y húmedo viento que le acariciaba el pelo como lo hicieran sus manos fuertes y suaves.

—Adiós...— murmuró hacia la cercana inmensidad del tiempo. Adiós, amada mía.
Lentamente subió los escalones y se halló junto a la puerta. Habría que llorar a John. Y después escribir un informe, cuidadosamente censurado, y vivir una vida de atrayente trabajo junto a una muchacha dulce, amable y bella, aunque no fuese Taury. Parecía más que suficiente para cualquier mortal.

Penetró en el living y sonrió a Leticia y Jim Carey.
—Hola— dijo— . Creo que llego algo temprano.

FIN

LAPIDAS SERGIO S.A.; ESTA ENTRADA ES PARA TI, SERGIO, SI, TU...

Escrito por imagenes 05-10-2008 en General. Comentarios (2)

GENERADORES VAMPIRICOS

en esta entrada, hay tres generadores distintos(hay mas, si te pones a buscar, hay mas cosas), pero a lo que voy, casi todos los dias, recibo unos diez mails, hay veces que hasta el doble y mas, para si les puedo conseguir,o alguien que tenga tal libro, y/o tal cosa, y la verdad, ese es mi proposito, como esta ultima vez, haber si le puedo conseguir un generador de lapidas, ¿y por que no?, total no me cuesta mucho, bueno, mirandolo desde esta parte, la verdad, es que si que cuesta, y bastante, teniendo en cuenta, de que el correo va primero a la pagina del blog(en donde se deben quedar la direccion...), y luego, me la mandan a mi ellos; en general, de las 10 direcciones del principio, en el texto, solo llegan 2 o 3 direcciones (las otras siete, las tengo que adivinar, y la verdad, lo de adivinar, lo tengo oxidaiyo ya, no chuta, que no va; dicho de otra forma, que como no pongas la direccion de tu mail en el cuerpo del mensaje, no tengo direccion a donde mandarlo; si alguien se ha mosqueado porque no le halla mandado algo, despues de pedirlo con insistencia, ya sabeis porque es, volver a intentarlo, pero poniendo dentro del mensaje el mail donde quieres recibirlo...gracias.

 

y otra mas, de las direcciones que llegan, o una, o dos, o hasta las tres, no "existen", esaes otra, y la mitad de cosas que envio, me las devuelven por sitio no encontrad, joe,que gracosillos, no???

bueno "sergio", espero que leas esto, y puedas pillar el generador, y si es asi, haz el favor, mandame un mail diciendomelo, haz el favor, y asi, volvere ha creer en los milagros, que voy, y le pongo una velita al primer santo que se me cruce(¿se hace asi, no?, pero ¿quien es santo, y quien no?, y las velas ¿dan igual como sean, o solo valen la de las iglesias?, joe, lo que cuesta ser güeno...)

UN NUEVO GENERADOR DE NOMBRES, ESTA VEZ ES DE NOMBRES VAMPIRICOS, PONIENDO TU NOMBRE, GENERA AL INSTANTE TU NOMBRE VAMPIRCO, SEAS HOMBRE O MUJER.

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Al otro lado del umbral - AUGUST DERLETH

Escrito por imagenes 04-10-2008 en General. Comentarios (0)

Al otro lado del umbral - AUGUST DERLETH

Al otro lado del umbral
August Derleth

I
En realidad, esta es la historia de mi abuelo. En cierto modo, sin embargo, pertenece a la
familia entera, y por encima de ella, al mundo; y ya no existe razón alguna para ocultar
los terribles detalles de lo que sucedió en la casa solitaria, perdida en lo más profundo
de los bosques del norte de Wisconsin.
Las raíces de la historia retrotraen a las brumas de los primeros tiempos, muchísimo
antes de los principios de la familia Alwyn, pero de esta parte no sabía yo nada en la
época de mi visita a Wisconsin en respuesta a la carta de mi primo sobre el extraño
debilitamiento de nuestro abuelo. abuelo. Desde niño, había considerado siempre a
Josiah Alwyn algo así como un ser inmortal que no parecía cambiar a lo largo de los
años: era un anciano de pecho abombado, con una cara llena y carnosa, decorada con
un bigote muy recortados y una pequeña barba que suavizaba la angulosa de su
mandíbula cuadrada. Sus ojos eran oscuros, no demasiado grandes, y sus cejas
pobladas; llevaba el pelo largo, de suerte que su cabeza tenía un aspecto leonino.
Aunque le vi poco mi juventud, dejó en mí una huella imborrable, durante los breves
visitas que nos hacía no se hacía cuando pasaba por la casa solariega, próxima a
Arkham, en Massachusetts; aquellas cortas visitas de paso hacia remotos rincones del
mundo: el Tíbet, Mongolia, las regiones árticas y ciertas islas poco conocidas del
Pacífico.
Hacía años que no le habían visto, cuando me llegó la carta de mi primo Frolin, que
vivía con él en la vieja mansión que tenía mi abuelo en el corazón de los bosques y
lagos del norte de Wisconsin: «Desearía que pudieses ausentarte de Massachusetts los
suficiente como para venir hasta aquí. Ha pasado mucha agua bajo los puentes, y ha
soplado mucho viento también, desde la última vez que estuviste. Francamente, creo
que es muy importante que vengas. En las actuales circunstancias, no sé a quien
dirigirme, ya que el abuelo no es el mismo, y necesito a alguien en quien poder
confiar.» No habría nada que fuese claramente apremiante en la carta, y, sin embargo,
daba una extraña sensación de perentoriedad; había algo entre líneas que inducía,
invisiblemente, intangiblemente, a no dar más que una respuesta a la carta de Frolin;
algo en la frase sobre el viento, en la forma de decir que el abuelo no era el mismo, y en
la necesidad que expresaba de tener a alguien en quien poder confiar.
Pude pedir permiso en mi cargo de bibliotecario auxiliar de la Miskatonic University de
Arkham, en el mes de septiembre; así que fui. Fui, inquieto por la casi misteriosa
convicción de que le en la necesidad de ir urgentemente era grande: viaje en avión de
Boston a Chicago, y de allí, en tren, al pueblo de Harmon, en lo o más profundos de la
región boscosa de Wisconsin: un lugar de gran belleza natural, no en lejos de las costas
del lago Superior, de suerte que era posible, en días de viento, escuchar el ruido del
agua.
Frolin me esperaba en la estación. Mi primo frisaba casi los cuarenta años, pero
aparentaba unos días menos, con sus ardientes e intensos ojos castaños, su boca suave y
sensitiva, aunque el siempre había oscilado entre la gravedad y una especie de rudeza
contagiosa: «La sangre irlandesa», como dijo una vez nuestro abuelo. Le miré
directamente a los ojos al darnos la mano, tratando de descubrir alguna clave de su
misteriosa zozobra, pero sólo vi que estaba efectivamente preocupado, pues sus ojos le
traicionaban, al igual que las aguas de un estanque revelan las turbulencias del fondo,
aunque tengan la superficie como el cristal.
-¿Qué ocurre? -pregunté, sentado a su lado en el cupé, mientras nos internábamos en la
región de altos pinos-. ¿Está en cama el viejo?
Negó con la cabeza.
-¡Oh, no, nada de eso, Tony! - me lanzó una mirada extraña, contenida-. Ya lo verás.
Espera y lo verás.
-¿Qué es, entonces? -insistí-. Tu carta era de lo más apremiante.
-Esperaba que lo fuera -dijo él, gravemente.
-Sin embargo, no es nada sobre lo que pueda preguntar -admití-. No obstante, algo pasa.
Sonrió.
-Sí, sabía que comprenderías. Te digo que ha sido difícil..., enormemente difícil. ¡Pensé
en ti un montón de veces antes de sentarme a escribir esa carta, créeme!
-Pero si no está enfermo... Creí que me decías que no era el mismo.
-Sí, sí; eso te dije. Ahora espera, Tony; no seas tan impaciente; lo verás por ti mismo. Es
su
mente, creo.
-¡Su mente! -Sentí una clara oleada de sorpresa y pesar, ante la idea de que el espíritu de
nuestro abuelo hubiera comenzado a flaquear; el pensamiento de que aquel cerebro
magnífico hubiera declinado era intolerable, y me negué a admitirlo-. ¡Eso no! -
exclamé-. Frolin, ¿qué diablos ocurre?
El volvió sus ojos turbados hacia mí, una vez más.
-No lo sé. Pero creo que es algo terrible. Si fuese solamente el abuelo... Pero está la
música, y luego todas esas cosas, los ruidos y olores y... -Captó mi mirada de asombro y
desvió los ojos, casi con un esfuerzo físico, deteniendo su charla-. Pero se me olvidaba.
No me preguntes más. Aguarda y lo verás por ti mismo -rió brevemente, con una risa
forzada-. Quizá no sea el viejo el que está perdiendo el juicio. He pensado en eso a
veces, también... con razón.
No dijo nada más, pero ahora empezaba a invadirme una especie de enervante temor, y
durante un rato permanecí en silencio junto a él, pensando solamente que Frolin y el
viejo Josiah Alwyn vivían juntos en aquella vieja casa, ignorando los pinos inmensos de
los alrededores y el sonido del viento, y el fragante humo de las hojas quemadas que el
aire arrastraba desde el noroeste. La noche cayó pronto en esta comarca poblada de
oscuros pinos, y aunque aún se demoraban las últimas claridades en poniente, la
oscuridad, desplegándose hacia arriba en una inmensa oleada azafrán y amatista,
tomaba ya posesión del bosque por el que viajábamos. De la oscuridad brotaban los
gritos de los grandes búhos cornudos y sus primos menores los autillos, prestando una
magia imponderable a la quietud que sólo turbaban la voz del viento y el ruido del
coche a través de la prácticamente solitaria carretera que conducía a la casa de los
Alwyn.
-Ya casi estamos -dijo Frolin.
Las luces del coche cruzaron por encima de un pino desgarrado, fulminado por un rayo
hacía años, el cual alzaba todavía dos ramas raquíticas arqueadas como brazos
retorcidos hacia el camino: un viejo tocón hacia el que llamaron mi atención las
palabras de Frolin, recordándome que estábamos a media milla de la casa.
-Si el abuelo te preguntara -me pidió entonces-, quisiera que no le dijeses que te he
llamado yo. No sé si le gustaría. Puedes decirle que te encontrabas no lejos de aquí, y se
te ocurrió hacernos una visita.
Nuevamente sentí curiosidad, pero me abstuve de presionar más a Frolin.
-¿Sabe él que vengo?
-Sí. Le dije que había tenido noticias tuyas y que iba a bajar a la estación a esperarte.
Comprendí que si el viejo pensaba que Frolin me había llamado por su salud, se
molestaría y quizá se enfadaría; sin embargo, la petición de Frolin implicaba algo más,
más que el simple deseo de salvaguardar el orgullo del abuelo. De nuevo se despertó en
mí esa singular, intangible alarma, esa sensación repentina, inexplicable de temor.
La casa sur gió súbitamente en un claro entre los pinos. Había sido construida por un tío
de nuestro abuelo en tiempos de la colonización de Wisconsin, allá por la década de
1850: uno de los Alwyn marineros de Innsmouth, ese pueblo extraño y oscuro de la
costa de Massachusetts. Era una construcción muy poco atractiva, adosada a la falda del
monte como una vieja arrugada y ridículamente ataviada. Desafiaba muchas normas
arquitectónicas, sin que por ello dejase de reflejar las facetas de la arquitectura de 1850,
adoptando el más grotesco y pomposo aspecto de las construcciones de aquel entonces.
Poseía una amplia galería, uno de cuyos costados conducía directamente a los establos
donde antiguamente se guardaban caballos, birlochos y calesas, y donde ahora se
albergaban dos coches, único rincón del edificio que mostraba alguna evidencia de
haber sido restaurado desde que lo construyeron. La casa alzaba dos plantas y media
sobre un sótano; probablemente - la oscuridad me impedía precisarlo con seguridadestaba
pintada todavía del mismo horrible color castaño; y a juzgar por la luz que salía
de las ventanas encortinadas, el abuelo no se había tomado la molestia de instalar la luz
eléctrica, contingencia para la que venía yo bien preparado, provisto de una linterna y
una vela eléctrica, con pilas de repuesto para las dos.
Frolin metió el coche en el garaje, lo aparcó allí y sacó un poco de equipaje, abriendo la
marcha hacia la puerta de la entrada, una gran pieza de roble de gruesos entrepaños,
decorada con una enorme y ridícula aldaba de hierro. El vestíbulo estaba a oscuras,
aunque de la puerta entreabierta del fondo surgía una débil luz que, no obstante, bastaba
para iluminar espectralmente la amplia escalera que conducía al piso superior.
-Te llevaré primero a tu habitación -dijo Frolin, siguiendo escaleras arriba con el paso
seguro del que frecuenta constantemente el lugar-. Hay una linterna en el pilar de la
escalera, en el descansillo -añadió-, por si la necesitas. Ya conoces al viejo.
Encontré la luz y la encendí, entreteniéndome lo imprescindible, de modo que cuando
subí a reunirme con Frolin, éste estaba ya junto a la puerta de mi habitación, la cual,
como observé, se encontraba directamente encima de la entrada de la casa y, por tanto,
orientada al oeste, como la propia casa.
-Nos está prohibido utilizar ninguna habitación de aquí arriba que dé al este del
vestíbulo -dijo Frolin, clavando en mí sus ojos, como si dijese: «¡Ya sabes lo raro que se
ha vuelto!» Esperó a que hiciera yo algún comentario, pero como seguí callado,
prosiguió- : Así que tengo la habitación contigua a la tuya, y Hough está al otro lado de
la mía, en el extremo sudeste. A propósito, como habrás adivinado, Hough está
preparando algo de comer.
-¿Y el abuelo?
-Seguramente estará en su despacho. Recordarás la habitación.
Efectivamente, conocía aquella extraña habitación sin ventanas, construida bajo las
explícitas indicaciones de nuestro tío-bisabuelo Leander, habitación que ocupaba casi
toda la parte trasera de la casa, más el lado noroeste completo, y todo el ancho del
costado oeste, salvo el pequeño ángulo sudoeste, acaparado por la cocina, cuya luz
había visto yo filtrarse en el vestíbulo, al entrar. El despacho se había construido
adentrándose en la ladera misma de la montaña, por lo que la pared este no tenía
ventanas; pero no había razón, salvo la excentricidad del tío Leander, para no haber
abierto ventanas en la pared norte. Aproximadamente en el centro de la pared este,
efectivamente, y empotrado en el muro, había un enorme cuadro que llegaba del suelo al
techo y ocupaba una anchura de casi dos metros. Si esta pintura, ejecutada al parecer
por algún amigo desconocido de tío Leander -si no por mi propio tío-bisabuelo- hubiese
tenido algún rasgo de genio o de talento fuera de lo usual, semejante ostentación podría
haberse pasado por alto; pero no era así; se trataba de una representación prosaica por
demás de un paisaje del norte de la comarca, en el que se veía una ladera, con una cueva
rocosa que se abría en el centro del cuadro, un sendero borroso que conducía a ella, una
bestia impresionante que evidentemente pretendía ser un oso, tan común en otro tiempo
en esta región, dirigiéndose hacia ella, y por encima, algo que parecía una nube siniestra
perdida entre los pinos, alzándose oscuramente en derredor. Esta dudosa obra de arte
dominaba el despacho completa y absolutamente, a pesar de las estanterías de libros que
ocupaban casi todo el espacio disponible de las paredes de la habitación, y de la absurda
colección de rarezas diseminadas por todas partes: trozos de piedra y madera
curiosamente labrados, extraños recuerdos de la vida marinera de nuestro tío-bisabuelo.
El despacho tenía toda la falta de vida de un museo y, sin embargo, respondía a mi
abuelo como algo vivo; hasta la pintura de la pared parecía adquirir frescor cuando él
entraba.
-No creo que nadie que haya entrado en esa habitación pueda olvidarla -dije con una
mueca.
-Se pasa casi todo el tiempo ahí. No sale apenas, y supongo que cuando llega el invierno
sólo aparece a la hora de la s comidas. Se ha llevado allí la cama también.
Me estremecí.
-No puedo imaginarme que se pueda dormir en esa habitación.
-Ni yo. Pero ya sabes, está trabajando en algo, y creo sinceramente que tiene trastornado
el juicio.
-¿Otro libro de viajes, quizá?
Movió negativamente la cabeza.
-No, creo que es una traducción. Algo distinto. Un día encontró unos viejos papeles de
Leander, y desde entonces parece haber empeorado progresivamente. -Alzó las cejas y
se encogió de hombros-. Vamos. Hough tendrá ya preparada la cena, y tú tendrás
ocasión de juzgar por ti mismo.
Las críticas observaciones de Frolin me habían predispuesto a ver a un anciano
consumido. Al fin y al cabo, nuestro abuelo tenía setenta y tantos años, y no podía vivir
eternamente. Pero físicamente no había cambiado en absoluto, por lo que pude apreciar.
Allí estaba sentado para cenar: aún era el mismo anciano fuerte, su bigote y su barba no
eran blancos, sino de un gris acerado, y su pelo era negro y abundante; tenía la cara
igual de gruesa y colorada que siempre. En el momento de entrar yo, estaba comiendo
con apetito un muslo de pavo. Al verme, alzó las cejas un poco, se quitó el muslo de la
boca, y me saludó con el mismo calor que si me hubiese ausentado media hora.
-Tienes buen aspecto -dijo.
-Y tú -dije yo-. Estás hecho un curtido veterano.
Hizo una mueca.
-Muchacho, estoy detrás de la pista de algo nuevo: una región inexplorada, distinta de
las africanas, asiáticas y árticas.
Lancé una mirada a Frolin. Evidentemente, esto era nuevo para él; fueran cuales fuesen
las alusiones que nuestro abuelo había dejado escapar sobre sus actividades, no incluían
esta novedad.
Me preguntó sobre mi viaje al Oeste, y el resto de la cena lo pasamos hablando de los
demás parientes. Observé que el anciano volvía insistentemente sobre los largamente
olvidados parientes de Innsmouth: ¿Qué había sido de ellos? ¿Les había visto alguna
vez? ¿Qué aspecto tenían? Como yo no sabía prácticamente nada de nuestros parientes
de Innsmouth, y abrigaba la firme convicción de que todos habían muerto durante la
extraña catástrofe en la que muchos de los habitantes de esa apartada ciudad
desaparecieron en el mar, no pude serle de ninguna ayuda. Pero el giro de estas
preguntas inocentes me desconcertaba no poco. En mi condición de bibliotecario de la
Miskatonic University, había oído extrañas e inquietantes alusiones al caso de
Innsmouth, y a la intervención de la policía federal, así como otras historias sobre
extraños agentes, carentes todas ellas de ese esencial halo de veracidad que hiciera
verosímil la explicación de los terribles acontecimientos que habían ocurrido en dicha
ciudad. Quiso saber, por último, si había visto yo algún retrato de ellos, y cuando le dije
que no, se quedó manifiestamente decepcionado.
-Mira -dijo con desaliento-, no hay retratos de tío Leander, pero las gentes de Harmon
que le conocieron me contaron hace años que era un hombre muy casero, que su aspecto
les recordaba al de una rana. -Súbitamente pareció más animado, comenzó a charlar con
un poco más de vivacidad-. ¿Tienes idea de lo que eso significa, muchacho? No, por
supuesto. Sería esperar demasiado...
Guardó silencio durante un rato, tomando a sorbos su café, tamborileando sobre la mesa
con los dedos, y mirando fijamente al vacío con expresión singularmente preocupada,
hasta que, de pronto, se levantó y abandonó la habitación, invitándonos a que fuésemos
a su despacho cuando hubiéramos terminado.
-¿Qué opinas ? -preguntó Frolin, tan pronto como oímos cerrarse la puerta del despacho.
-Es extraño -dije-. Pero no veo nada anormal, Frolin. Me temo...
El sonrió lúgubremente.
-Espera. No emitas un juicio todavía; apenas hace dos horas que estás aquí.
Nos dirigimos al despacho después de cenar, dejando que recogieran la mesa Hough y
su esposa, quienes habían servido a mi abuelo durante veinte años en esta casa. El
despacho estaba intacto, aparte la adición de la vieja cama doble, arrimada contra la
pared que separaba esta habitación de la cocina. Mi abuelo estaba esperándonos,
evidentemente, o más bien esperándome a mí; y si había tenido motivos para considerar
críptico al primo Frolin, no hay palabra adecuada para calificar la subsiguiente
conversación con mi abuelo.
-¿Has oído hablar alguna vez del Wendigo? -preguntó.
Admití que había tenido ocasión de leer referencias a este tema, juntamente con otras
leyendas indias de la región del Norte: consistía en la creencia en un ser sobrenatural y
monstruoso, de aspecto horrendo, que habitaba en las grandes soledades de los bosques.
Quiso saber si había pensado yo alguna vez que podía existir una relación entre esta
leyenda del Wendigo y los elementos aéreos; y al contestar yo en sentido afirmativo, me
expresó su curiosidad por saber cómo había llegado a conocer la leyenda india,
tomándose el trabajo de explicarme que su pregunta no tenía nada que ver con el
Wendigo.
-En mi condición de bibliotecario, tengo ocasión de tropezarme con un montón de cosas
raras -contesté.
-¡Ah! -exclamó, echando mano de un libro que tenía cerca de su butaca-. Entonces,
conoces indudablemente este libro.
Miré el pesado volumen de negra encuadernación, cuyo título en letras de oro iba
estampado en el lomo únicamente: The Outsider and Others, de H. P. Lovecraft.
Asentí.
-Lo tenemos en nuestras estanterías.
-¿Lo has leído?
-Sí, claro. Es muy interesante.
-Entonces habrás leído lo que cuenta acerca de Innsmouth en su extraño relato, La
sombra sobre Innsmouth. ¿Qué piensas de ello?
Reflexioné apresuradamente, traté de recordar la historia, y en seguida me vino a la
memoria: era un cuento fantástico de horribles seres acuáticos, progenie de Cthulhu,
bestia de origen primordial que vivía en las profundidades del mar.
-Ese hombre tenía bastante imaginación.
-¡Tenía! ¿Es que ha muerto?
-Sí, hace tres años.
-¡Ah! Y yo que pensaba aprender de él...
-Pero seguramente su ficción... -empecé.
Me detuvo.
-Si no puedes dar ninguna explicación sobre lo que ocurrió en Innsmouth, ¿cómo
puedes estar tan seguro de que su relato es ficticio?
Admití que no podía; pero el anciano pareció perder todo interés. A continuación sacó
un voluminoso sobre que tenía pegados muchos sellos de tres centavos de 1869, tan
apreciados por los coleccionistas, y extrajo de él varios papeles que, según dijo, tío
Leander había dejado con instrucciones de que fueran arrojados a las llamas. Su deseo,
empero, no se había cumplido, explicó mi abuelo, y habían venido a parar a sus manos.
Me tendió unas hojas y me pidió mi opinión, sin apartar un momento sus sagaces ojos
de mí.
Las hojas pertenecían evidentemente a una carta larga, escrita a mano y con las frases
más torpes que cabe imaginar. Además, muchas de dichas frases carecían de sentido, y
la hoja que tenía yo delante estaba repleta de alusiones extrañas. Mis ojos captaron
palabras tales como Ithaqua, Lloigor, Hastur; hasta que no devolví las hojas a mi
abuelo, no se me ocurrió que había leído esas palabras en otro sitio, no hacía mucho
tiempo. Pero no dije nada. Expliqué que no podía evitar la sensación de que tío Leander
escribía con innecesaria confusión.
Mi abuelo rió entre dientes.
-Creía que lo primero que se te ocurriría iba a ser algo muy parecido a mi propia
reacción; pero no, ¡me has fallado! ¡Indudablemente, está claro que todo esto está en
clave!
-¡Naturalmente! Eso explicaría la torpeza de sus líneas.
Mi abuelo sonrió con afectación.
-Una clave bastante simple, pero adecuada..., totalmente adecuada. Todavía no he
terminado de descifrarla. -Golpeó el sobre con el índice-. Parece que se refiere a esta
casa, y hay una advertencia, repetida más de una vez, sobre que hay que tener cuidado
de no traspasar el umbral, so pena de horribles consecuencias. Muchacho, he cruzado y
recruzado cada uno de los umbrales de este edificio docenas de veces, sin consecuencias
de ningún género. Así que, por lo tanto, en alguna parte debe haber un umbral que no he
cruzado aún.
No pude reprimir una sonrisa ante su animación.
-Si a tío Leander se le extravió el juicio, el tuyo no parece irle muy en zaga -dije.
La conocida impaciencia de mi abuelo salió repentinamente a la superficie. Apartó los
papeles de mi tío de una manotada, nos despidió a los dos con la otra, y dio a entender
claramente que tanto Frolin como yo habíamos dejado de existir para él en ese instante.
Nos levantamos, murmuramos alguna disculpa y abandonamos la habitación.
En la semioscuridad del vestíbulo, Frolin me miró sin decir nada, contentándose con
fijar sus ojos furibundos en los míos durante un minuto largo, antes de dar media vuelta
y llevarme arriba, donde nos despedimos y nos retiramos cada uno a nuestra alcoba a
descansar.
II
La actividad nocturna de la mente subconsciente ha sido siempre de hondo interés para
mí, ya que me parece que se abren oportunidades sin límite ante cada individuo que está
alerta. Muchas son las veces que me he ido a la cama agobiado por un problema, para
encontrarlo resuelto -en la medida en que soy capaz de resolverlo- al despertar. De las
otras actividades más tortuosas de la mente nocturna sé menos. Pero lo que sí sé es que
esa noche me retiré dándole vueltas a la cabeza sobre dónde me había tropezado con las
extrañas palabras de mi tío Leander, con la más enérgica y lúcida razón, y que me dormí
por último sin haber encontrado respuesta a esta cuestión.
Sin embargo, cuando me desperté en la oscuridad, unas horas más tarde, supe
inmediatamente que había leído esos extraños nombres propios en el libro de H. P.
Lovecraft que teníamos en la Miskatonic, y sólo en segundo lugar me di cuenta de que
alguien golpeaba a mi puerta, y que llamaba con voz apagada:
-Soy Frolin. ¿Estás despierto? Quiero pasar.
Me levanté, me puse la bata y encendí mi vela eléctrica. A todo esto, Frolin había
entrado en la habitación; su cuerpo delgado temblaba ligeramente, quizá de frío, pues la
brisa de la noche de setiembre que entraba por mi ventana no era ya veraniega.
-¿Qué ocurre? -pregunté.
Se acercó a mí, con una luz extraña en los ojos, y puso una mano sobre mi brazo.
-¿No oyes ? -preguntó-. Dios mío, quizá sea mi cabeza...
-¡No, espera! -exclamé.
De alguna parte del exterio r, venía al parecer una música espectralmente hermosa: «Son
flautas» , pensé.
-Es la radio del abuelo -dije-. ¿La suele escuchar a estas horas?
La expresión de su cara acalló mis palabras.
-La única radio de la casa la tengo yo. Está en mi habitación y no está tocando. Incluso
te diré que tiene las pilas gastadas. Además, ¿has oído alguna vez esa clase de música
por la radio?
Escuché con renovado interés. La música parecía extrañamente apagada, y no obstante,
se oía bien. Observé, por otra parte, que no tenía una dirección definida: mientras al
principio parecía provenir del exterior, ahora daba la sensación de que brotaba de debajo
de la casa. Era como una rara melodía de flautas y caramillos.
-Es una orquesta de flautas -dije.
-O son las siringas de Pan -dijo Frolin.
-Esos instrumentos ya no se usan -objeté distraídamente.
-En la radio -puntualizó Frolin.
Le miré sorprendido; él me devolvió la mirada con seriedad. Se me ocurrió que su poco
natural gravedad tenía una razón de ser, ya deseara él o no expresar con palabras esa
razón. Le cogí del brazo.
-Frolin, ¿qué ocurre? Te noto alarmado.
Tragó saliva.
-Tony, esa música no viene de ninguna parte de la casa. Viene de fuera.
-Pero ¿quién iba a estar fuera? -pregunté.
-Nadie, ningún ser humano.
Por fin habíamos llegado. Casi con alivio, afronté esta posibilidad que había temido
admitir ante mí mismo y que debía afrontar. Nadie..., ningún ser humano.
-Entonces, ¿ quién? -pregunté.
-Creo que el abuelo lo sabe -dijo-. Ven conmigo, Tony. Deja la luz; podemos hallar el
camino a oscuras.
En el vestíbulo, me detuvo una vez más su mano tensa, sujetándome del brazo.
-¿Has notado eso? -susurró, siseante-. ¿Has notado eso también ?
-El olor -dije-. Es un olor vago, impreciso, a agua, a peces y a ranas y a habitantes de
lugares acuáticos.
-¿Y ahora? -dijo él.
Súbitamente, el olor a humedad había desaparecido y en su lugar penetraba rápidamente
un frío, derramándose en el vestíbulo como algo vivo la indefinible fragancia de la
nieve, la apagada humedad del aire cargado de nieve.
-¿Comprendes por qué estaba yo preocupado ? -preguntó Frolin.
Sin darme tiempo a contestar, abrió la marcha escaleras abajo hasta la puerta del
despacho del abuelo, por debajo de la cual brillaba aún una delgada raya de luz amarilla.
Me daba cuenta, a cada escalón que descendíamos, de que la música aumentaba de
volumen, aunque no se hacía más comprensible, y ahora, ante la puerta del despacho, se
hizo evidente que provenía de dentro, y que la extraña variedad de olores venía
igualmente de dentro. La oscuridad parecía palpitar de amenaza, cargada de un terror
inminente y presagioso que nos envolvía como en una concha, hasta el punto de que
Frolin temblaba a mi lado.
Alcé impulsivamente la mano y llamé.
No hubo respuesta en el interior, ¡pero en el instante en que sonó el golpe en la puerta,
la música se detuvo, y los extraños olores se desvanecieron en el aire!
-¡No debías haber hecho eso! -susurró Frolin-. Si él...
Empujé la puerta. Cedió a mi presión y se abrió.
No sé qué esperaba ver allí en el despacho, pero desde luego no lo que vi. El aspecto de
la habitación no había cambiado un ápice, quitando el hecho de que el abuelo se había
acostado y la lámpara seguía ardiendo. Permanecí inmóvil unos instantes sin atreverme
a creer el testimonio de mis ojos, estupefacto ante la prosaica escena que presenciaba.
¿De dónde había surgido la música que yo había oído? ¿Y los olores y fragancias del
aire? La confusión se apoderó de mis pensamientos y estaba a punto de retirarme,
turbado ante la expresión de descanso de mi abuelo, cuando habló él:
-Pasa, pasa -dijo, sin abrir los ojos-. Así que has oído la música también, ¿no? Había
empezado a preguntarme por qué no la oía nadie más. Es mongólica, me parece. Hace
tres noches era claramente india, del Norte otra vez, de Canadá y de Alaska. Creo que
hay lugares donde Ithaqua es adorado todavía. Sí, sí..., y hace una semana, oí las últimas
notas tocadas en el Tíbet, en la prohibida Lhassa de hace años, de hace décadas.
-¿Quién la tocaba? -exclamé-. ¿De dónde viene?
Abrió los ojos y se nos quedó mirando.
-Salía de aquí, creo -dijo, colocando la palma de la mano sobre el manuscrito que tenía
delante, las hojas escritas por mi tío-bisabuelo-. Y la tocaban los amigos de Leander. Es
la música de las esferas, muchacho... ¿Das crédito a tus sentidos?
-La he oído. Y Frolin también.
-¿Y qué pensará Hough? -murmuró el abuelo. Suspiró- : Casi lo tengo, creo. Sólo falta
determinar con cuál de ellos se comunicaba Leander.
-¿Con cuál? -repetí-. ¿Qué quieres decir?
Cerró los ojos y la sonrisa le volvió brevemente a los labios.
-Al principio creía que era Cthulhu; Leander era marinero, al fin y al cabo. Pero ahora
me pregunto si no serían criaturas del aire: Lloigor, quizá, o Ithaqua, al que creo que
algunos indios llaman el Wendigo. Hay una leyenda que dice que Ithaqua se lleva a sus
víctimas consigo a los espacios lejanos que hay por encima de la Tierra..., pero se me
está olvidando todo otra vez, mi mente divaga.
Sus ojos se abrieron, y vi que nos miraban con una expresión singularmente lejana.
-Es tarde -dijo-. Necesito dormir.
-¿De qué estaba hablando, en nombre de Dios? -preguntó Frolin, ya en el vestíbulo.
-Vamos -dije.
Pero una vez en mi habitación, con Frolin aguardando a escuchar expectante lo que yo
tuviera que decir, no supe cómo empezar. ¿Cómo hablar del saber preternatural que
encerraban los textos prohibidos de la Miskatonic University, el espantoso Libro de
Eibon, los oscuros Manuscritos Pnakóticos, el terrible Texto de R'lyeh, y el más
tenebroso de todos, el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred? ¿Cómo contarle
todas las cosas que se agolparon en mi mente al escuchar las extrañas palabras de mi
abuelo, los recuerdos que emergían de lo más profundo...? ¿Cómo hablarle de los
Primordiales, seres antiquísimos de increíble perversidad, dioses viejos que en un
tiempo poblaron la Tierra y todo el universo que ahora conocemos, y quizá mucho más,
y de los dioses arquetípicos del bien, y de las fuerzas del antiguo mal, ahora sometidas,
y sin embargo, irrumpiendo eternamente, manifestándose en cortos períodos, de manera
horrible, en el mundo de los hombres? Y si antes mi memoria no había sido lo bastante
clara, o los había rechazado con la fuerza de mis prejuicios inherentes, ahora evocaba
sus nombres terribles: Cthulhu, guía poderoso de las fuerzas de las aguas de la Tierra;
Yog-Sothoth y Tsathoggua, moradores de las profundidades terrestres; Lloigor, Hastur e
Ithaqua, el Ser-Nieve y EI-Que-Camina-en-el-Viento, que son elementos aéreos todos
ellos. Era de estos seres de quienes mi abuelo había hablado; y la conclusión que había
sacado resultaba demasiado clara para que pudiese pasarse por alto, o aun interpretarse
de otro modo: que mi tío-bisabuelo había vivido en la apartada y ahora deshabitada
ciudad de Innsmouth, que había tenido trato con al menos uno de estos seres. Y había
otro corolario al que él no había llegado, pero que se desprendía de algo que había dicho
por la tarde: que en algún lugar de la casa había un umbral que un hombre no debía
atreverse a trasponer, y que había un peligro acechando al otro lado de ese umbral que
no era sino la vía de retroceso en el tiempo, el camino de espantosa comunicación con
los dioses primordiales que tío Leander había tenido.
Y sin embargo, no había captado toda la importancia de las palabras de mi abuelo.
Aunque había dicho mucho, aún había mucho más por decir, y más tarde no pude
culparme de no haber comprendido plenamente que las actividades de mi abuelo se
orientaban hacia el descubrimiento de ese umbral secreto del que tío Leander hablaba
tan crípticamente en sus cartas... ¡y a cruzarlo! En la confusión mental en que ahora me
encontraba, preocupado con la antigua mitología de Cthulhu, Ithaqua y los dioses
arquetípicos, no seguí los evidentes indicios que conducían a tan lógica conclusión,
posiblemente porque temía instintivamente llegar demasiado lejos.
Me volví a Frolin y se lo expliqué lo más claramente que pude. El escuchó atentamente,
haciendo de cuando en cuando alguna pregunta concreta, palidecie ndo ligeramente ante
determinados detalles que no podía yo dejar de mencionar, y no se mostró tan escéptico
como yo había pensado. Esto era en sí prueba del hecho de que aún había más cosas por
descubrir sobre las actividades del abuelo e incidentes de la casa, aunque yo no me di
cuenta inmediatamente. Sin embargo, iba a tardar poco en averiguar algo más sobre la
razón fundamental de que Frolin hubiese aceptado en seguida mi explicación,
necesariamente breve.
A mitad de una pregunta, dejó de hablar de repente, y asomó a sus ojos una expresión
que indicaba que su atención se había desviado de mí, de la habitación, a algo más allá;
se quedó en la actitud del que escucha, e impulsado por su gesto, me esforcé yo también
por averiguar qué era lo que oía.
«Es sólo la voz del viento en los árboles, que se ha elevado ahora un poco -pensé-. Va a
haber tormenta.»
-¿Oyes ? -preguntó él en un susurro estremecido.
-No -respondí quedamente-. Sólo el viento.
-Sí, sí... el viento. Te lo escribí, recuerda. Escucha.
-Vamos, Frolin, ten serenidad. Sólo es el viento.
Me dirigió una mirada compasiva y, dirigiéndose a la ventana, me hizo señas de que le
siguiera. Me acerqué y me puse a su lado. Sin decir palabra, señaló hacia la oscuridad
que envolvía la casa. Tardé un momento en acostumbrar mis ojos a la noche, pero
después pude ver la línea de árboles recortada fuertemente contra el cielo limpio y
estrellado. Y entonces, instantáneamente, comprendí.
Aunque el viento rugía y tronaba alrededor de la casa, nada turbaba la quietud de los
árboles que tenía ante mis ojos: ¡ni una hoja, ni una copa, ni una ramita se mecía lo que
es el espesor de un cabello!
-¡Dios mío! -exclamé, y retrocedí, alejándome del cristal como para borrar la visión de
mis ojos.
-¿Comprendes ahora? -preguntó él, retirándose de la ventana también-. Yo ya lo he oído
otras veces.
Se quedó inmóvil, como aguardando, y yo también esperé; a la sazón, el ruido del
viento había alcanzado una intensidad sobrecogedora, de suerte que parecía como si la
vieja casa fuera a ser arrancada de la ladera y lanzada valle abajo. En efecto, hubo un
leve temblor en el mismo momento en que lo estaba pensando: una extraña vibración,
como si la casa se estremeciera, y los cuadros de las paredes se movieran ligeramente,
de manera casi furtiva, casi imperceptible, y sin embargo, inequívocamente visible.
Miré a Frolin, pero su semblante no se había alterado; siguió allí, escuchando, de modo
que comprendí que aún no habíamos llegado al final de esta singular manifestación. El
ruido del viento era ahora un terrible, demoníaco aullido, acompañado de notas de
música que por un momento se hicieron distintas, aunque tan perfectamente mezcladas
con la voz del viento que al principio no se distinguían. La música era semejante a la de
antes, como de flautas, y de cuando en cuando, de instrumentos de cuerda, pero ahora
mucho más violenta, resonando con aterrador desenfreno, con un carácter de
abominable maldad. Al mismo tiempo, ocurrieron otras dos manifestaciones. La
primera fue el ruido como de caminar de alguien, de un gran ser cuyos pasos parecieron
penetrar en la habitación desde el corazón mismo del viento; ciertamente, no se
produjeron dentro de la casa, aunque había en ellos el inequívoco crescendo que
denotaba su gradual aproximación. El segundo fue un repentino cambio de temperatura.
La noche, fuera, era calurosa para el mes de setiembre en el nórdico estado de
Wisconsin, y la casa, también, se había mantenido razonablemente confortable. Ahora,
de pronto, coincidiendo con los pasos que se acercaban, la temperatura comenzó a
descender rápidamente, de modo que en poco tiempo el aire de la habitación se enfrió, y
tanto Frolin como yo tuvimos que ponernos más ropa para no resfriarnos. Sin embargo,
esto no parecía ser la culminación de las manifestaciones que tan claramente esperaba
Frolin: seguía de pie, sin decir nada, aunque sus ojos, encontrándose con los míos de
tiempo en tiempo, eran lo bastante elocuentes como para expresar su pensamiento. No
sé el tiempo que permanecimos allí, escuchando los aterradores sonidos, antes de
producirse el final.
Pero, súbitamente, Frolin me cogió del brazo, y con un ronco susurro, exclamó:
-¡Ahí! ¡Ahí están! ¡Escucha!
El ritmo de la espectral música había cambiado repentinamente y decrecía desde el
violento frenesí anterior ; ahora se transformó en una melodía de una dulzura casi
insoportable, con cierto matiz melancólico, y resultaba tan agradable como perversa
había sido la anterior; sin embargo, la nota de terror no había desaparecido
completamente. Al mismo tiempo, se hizo evidente un sonido de voces que se elevaron
progresivamente en una especie de cántico, desde algún lugar de detrás de la casa...,
como del despacho.
-¡Gran Dios del cielo! -grité, aterrado a Frolin-. ¿Qué ocurre ahora?
-Es por el abuelo -dijo-. Tanto si lo sabe él como si no, ese ser viene y canta para él -
sacudió la cabeza y cerró los ojos un instante, antes de añadir amargamente en voz baja
e intensa- : ¡Si hubiese quemado esos malditos papeles de Leander, como debía haber
hecho...!
-Casi podrían entenderse las palabras -dije, escuchando atentamente.
Se oían palabras, pero no palabras que yo hubiese oído nunca; eran una especie de
berridos horribles y primitivos, como si alguna criatura bestial, dotada de media lengua,
aullase sílabas de insensato horror. Echamos a correr y abrimos la puerta;
inmediatamente, los sonidos parecieron más claros, de forma que lo que yo había
tomado por muchas voces era sólo una, capaz, no obstante, de producir la ilusión de
multiplicidad. Las palabras -o quizá sería mejor que dijese sonidos, sonidos bestiales- se
elevaban desde abajo como un aullido sobrecogedor:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua! Ithaqua cf'ayak vulgthumm. ¡Ia! ¡Uhg! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Shub-
Niggurath! ¡Ithaqua naflfhtagn!

Increíblemente, la voz del viento se elevaba y rugía cada vez más terriblemente, hasta el
punto que pensé que la casa iba a salir despedida al vacío en cualquier momento, y
Frolin y yo de sus habitaciones, y que nos iba a succionar el aliento de nuestros cuerpos
desamparados. En la confusión de espanto y asombro que se apoderó de mí, pensé en
ese instante en mi abuelo, que estaba abajo en el despacho, y, haciendo una seña a
Frolin, eché a correr hacia la escalera, decidido, a pesar de mi horrible miedo, a
ponerme entre el anciano y lo que le amenazase, fuera lo que fuese. Corrí a su puerta y
me abalancé contra ella, y una vez más, como antes, cesaron todas las manifestaciones:
como el chasquido de un interruptor, cayó el silencio, que momentáneamente se hizo
aún más terrible.
Se abrió la puerta, y nuevamente me encontré ante mi abuelo.
Estaba sentado todavía como lo habíamos dejado antes, aunque ahora tenía los ojos
abiertos, la cabeza un poco erguida y la mirada fija en el enorme cuadro de la pared
este.
-¡En nombre de Dios! -grité-. ¿Qué es eso?
-Espero averiguarlo muy pronto -contestó con gran dignidad y gravedad.
Su absoluta carencia de temor sosegó algo mi propia alarma, y entré un poco más en la
habitación, seguido de Frolin. Me incliné sobre su cama, procurando que fijara su
atención en mí, pero siguió mirando el cuadro con singular intensidad.
-¿Qué estás haciendo ? -pregunté-. Sea lo que fuere, encierra peligro.
-Un explorador como tu abuelo difícilmente estaría satisfecho si no fuera así, muchacho
-replicó con tono agrio y práctico.
Yo sabía que era verdad.
-Prefiero morir con las botas puestas a hacerlo aquí en la cama -prosiguió-. En cuanto a
lo que has oído, no sé cuánto has oído tú..., pero es algo por el momento inexplicable.
Pero quisiera llamar tu atención hacia la extraña acción del viento.
-No había viento -dije-. Me he asomado.
-Sí, sí -dijo con cierta impaciencia-. Muy cierto. Y sin embargo, ahí estaba el ruido del
viento, y todas esas voces del viento... tal como las he oído en Mongolia, en las grandes
regiones nevadas, en la lejana y secreta meseta de Leng, donde el pueblo Tcho-Tcho
adora a extraños dioses antiguos... -De pronto se volvió hacia mí, y sus ojos me
parecieron enfebrecidos-. ¿Te he hablado del culto a Ithaqua, al que algunos indios de
Manitoba superior llaman a veces El-Que-Camina-en-el-Viento, y otros, efectivamente,
el Wendigo, y sobre sus creencias de que El-Que-Camina-en-el-Viento ejecuta
sacrificios humanos y se lleva a sus víctimas a parajes apartados de la Tierra,
abandonándolas finalment e muertas? ¡Oh!, hay historias, muchacho, y leyendas muy
extrañas... y algo más -se inclinó hacia mí ahora con fiera intensidad-: Yo mismo he
visto cosas..., cosas encontradas en un cuerpo caído del aire..., cosas que no es posible
que existan en Manitoba, cosas que pertenecían a Leng, a las islas del Pacífico -y me
despidió con un movimiento de brazo, y una expresión de disgusto cruzó por su rostro-.
No me crees. Piensas que desvarío. ¡Vete, regresa a tu sueño mezquino, y espera tu final
a lo largo de la eterna miseria de monotonía, día tras día!
-¡No! Cuéntamelo ahora.
-Hablaré contigo por la mañana -dijo él cansadamente, echándose hacia atrás.
Me tuve que contentar con eso: era duro como el diamante, y no había forma de
ablandarle. Le di las buenas noches de nuevo, y me retiré al vestíbulo con Frolin, que
movía la cabeza lenta, negativamente.
-Cada vez está peor -susurró-. Cada vez el viento sopla con más fuerza, el frío es más
intenso, las voces y la música más claras... ¡y el ruido de esos pasos más terrible!
Dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras; tras un momento de vacilación, le
seguí.
Por la mañana, mi abuelo mostraba su habitual aspecto saludable. En el momento de
entrar yo en el comedor, estaba hablando a Hough, evidentemente en respuesta a una
petición, pues el viejo criado se mantenía respetuosamente inclinado mientras oía decir
a mi abuelo que él y la señora Hough podían efectivamente tomarse una semana de
vacaciones a partir de este momento, si la salud de la señora Hough requería ir a
Wausau a visitar a un especialista. Frolin me miró a los ojos con crispada sonrisa; su
rostro había perdido algo de color, lo que le daba un aspecto pálido y trasnochado,
aunque comía con bastante apetito. Su sonrisa, y la breve mirada significativa de sus
ojos hacia Hough cuando se retiraba, manifestaron a las claras que esta necesidad que
les había sobrevenido a Hough y a su esposa era un modo de combatir las
manifestaciones que tanto me habían perturbado en mi primera noche en la casa.
-Bueno, muchacho -dijo el abuelo alegremente-, ya casi se te ha ido el aspecto
macilento que tenías anoche. Confieso que estaba preocupado por ti. Supongo que
tampoco te sentirás tan escéptico como antes.
Rió entre dientes, como si acabara de decir un chiste. Por desgracia, yo no pude
considerarlo así. Me senté y empecé a comer un poco, mirándole de cuando en cuando,
esperando a que empezara la explicación de los extraños sucesos de la noche anterior.
Como en seguida me di cuenta de que no tenía intención de explicarme nada, me vi
obligado a pedírselo expresamente, cosa que hice con toda la dignidad posible.
-Siento mucho que no hayas podido descansar -dijo-. El hecho es que ese umbral del
que habla Leander debe de encontrarse en algún lugar del despacho; anoche sentí la
absoluta certeza de que era así, antes de que irrumpieras en mi habitación por segunda
vez. Además, parece incuestionable que al menos un miembro de la familia tuvo
relaciones con alguno de aquellos seres... Leander, naturalmente.
Frolin se inclinó hacia delante.
-¿Crees en ellos?
Nuestro abuelo sonrió agriamente.
-Debería resultar evidente que, cualesquiera que sean mis poderes, el alboroto que
oísteis anoche difícilmente pudo ser provocado por mí.
-Sí, por supuesto -concedió Frolin-. Pero algún otro agente...
-No, no; queda por determinar solamente cuál. El olor a agua es signo de la progenie de
Cthulhu, pero los vientos podrían deberse a Lloigor, o a Ithaqua, o a Hastur. Pero las
estrellas no están en la posición favorable para que sea Hastur -prosiguió-. Así que
debemos quedarnos con los otros dos. Son ellos, o uno de ellos, los que están
justamente al otro lado del umbral. Quiero saber qué hay más allá de ese umbral, si
puedo descubrirlo.
Parecía increíble que mi abuelo hablase con tanta indiferencia sobre estos seres
antiguos; su aire prosaico era en sí mismo tan alarmante como los acontecimientos de la
noche. La temporal sensación de seguridad que había sentido yo al verle desayunar
desapareció; empecé a tener conciencia nuevamente de ese creciente temor que había
experimentado cuando me aproximaba a la casa, la pasada tarde, y lamentaba haber
forzado mi interrogatorio.
Si mi abuelo sabía algo, no lo manifestó. Siguió hablando con el tono del profesor que
realiza una investigación científica para beneficio del auditorio que tiene delante. No
cabía duda, dijo, que existía una relación entre los sucesos de Innsmouth y el contacto
exterior no humano de Leander Alwyn. ¿Abandonó Leander la ciudad de Innsmouth
originalmente por el culto a Cthulhu que existía allí, porque él también se vio aquejado
de esa singular transformación facial que afectó a tantos habitantes de la maldita
Innsmouth, confiriéndoles aquella extraña fisonomía de batracio que horrorizó a los
investigadores federales que fueron a inspeccionar el caso? Quizá fuera eso. En todo
caso, al dejar atrás el culto de Cthulhu, se abrió camino hacia las regiones inexploradas
de Wisconsin y estableció contacto de algún modo con alguno de los otros seres más
antiguos, Lloigor o Ithaqua; todos ellos, hay que decir, fuerzas elementales del mal. Al
parecer, Leander Alwyn era un hombre perverso.
-Si hay alguna verdad en todo esto -exclamé-, entonces habría que hacer caso de la
advertencia de Leander. ¡Abandona ese descabellado empeño en descubrir el umbral del
que hablas!
Mi abuelo me miró un instante con calculada indulgencia; pero era evidente que no se
sentía aludido por mi explosión.
-Ahora que me he embarcado en esta exploración, pienso seguirla. Al fin y al cabo,
Leander murió de muerte natural.
-Pero, según tu propia teoría, había tenido relaciones con esos... seres -dije-. Tú no
tienes ninguna. Te atreves a salir -a los espacios desconocidos, por así decir, sin tener en
cuenta los horrores que puedes encontrar.
-Cuando estuve en Mongolia me tropecé con horrores también. Jamás en la vida pensé
que saldría con vida de Leng. -Calló, meditabundo, y luego se levantó lentamente-. No;
me propongo descubrir el umbral de Leander. Y esta noche, oigáis lo que oigáis, no
tratéis de interrumpirme. Sería una lástima que, después de tanto tiempo, me volviese a
retrasar vuestra impetuosidad.
-Y cuando hayas descubierto el umbral -exclamé-, ¿qué?
-No estoy seguro de que quiera cruzarlo.
-Puede que no dependa de ti el elegir.
Me miró un instante en silencio, sonrió amablemente, y abandonó la habitación.
III
Aun ahora que ha pasado tanto tiempo, me resulta difícil narrar los acontecimientos de
aquella noche catastrófica, por lo vívidamente que me vuelven a la memoria, a pesar del
prosaico ambie nte de la Miskatonic University, donde tantos y tan tremendos secretos
se ocultan en textos antiguos y poco conocidos. Y sin embargo, para comprender los
difundidos acontecimientos que ocurrieron después, es preciso conocer los sucesos de
aquella noche.
Frolin y yo pasamos la mayor parte del día revisando los libros y papeles de mi abuelo,
con intención de comprobar ciertas leyendas a las que se había referido en sus
conversaciones, no sólo conmigo, sino con Frolin antes de mi llegada. A lo largo de
toda su obra aparecían infinidad de alusiones crípticas, pero no encontramos más que un
relato relacionado con nuestra investigación: una historia algo oscura, declaradamente
de origen legendario, concerniente a la desaparición de dos habitantes de Nelson,
Manitoba, y un oficial de la Policía Montada de la Royal Northwest, y la reaparición de
los tres como llovidos del cielo, helados y muertos o moribundos, balbuciendo palabras
sobre Ithaqua, El-Que-Camina-en-el-Viento, y sobre muchos lugares de la faz de la
Tierra, y portando consigo extraños objetos, propios de lejanas regiones, que jamás se
había sabido que poseyeran en vida. La historia era increíble, y sin embargo, estaba
claramente relacionada con la mitología consignada en The Outsider and Others y las
que se relataban en los Manuscritos Pnakóticos, el Texto de R'lyeh y el terrible
Necronomicón.
Aparte de esto, no encontramos nada que se relacionase de manera palpable con nuestro
problema, así que nos resignamos a esperar a que llegase la noche.
En la comida y la cena, preparadas por Frolin en ausencia de Hough, mi abuelo se
comportó con la normalidad de costumbre, sin aludir para nada a su extraña aventura,
comentando solamente que ahora tenía la prueba concreta de que había sido Leander
quien había pintado ese poco atractivo paisaje de la pared este del despacho, y que
esperaba que pronto -dado que estaba llegando al final de su tarea de descifrar la larga y
vaga carta de Leander- descubriría la clave esencial de ese umbral del que hablaba, y al
que se refería ahora cada vez más. Cuando se levantó de la mesa, nos advirtió de nuevo
solemnemente que no le interrumpiésemos por la noche, so pena de causarle el mayor
disgusto, y acto seguido se metió en aquel despacho, del que no volvió a salir ya nunca.
-¿Crees que vas a poder dormir? -me preguntó Frolin cuando nos quedamos solos.
Negué con la cabeza.
-Imposible. Permaneceré en vela.
-Creo que no le gustaría que nos quedásemos abajo -dijo Frolin, frunciendo levemente
el ceño.
-Me iré entonces a mi habitación -dije-. ¿Y tú?
-Me quedaré contigo, si no te importa. El se propone llegar al final, y no hay nada que
podamos hacer hasta que nos necesite. Puede llamar...
Yo tenía la desagradable convicción de que si mi abuelo nos llamaba, sería demasiado
tarde, pero me abstuve de expresar mis temores en voz alta.
Los sucesos de esa noche empezaron como en la anterior: con los acordes de aquella
música espectralmente hermosa, como de flautas, que brotaba de la oscuridad que
envolvía la casa. Después, al cabo de un rato, comenzó el viento, y el frío, y la voz
ululante. Y entonces, precedido por un aura de maldad tan grande que casi nos asfixiaba
en la habitación, sucedió algo más, algo indeciblemente espantoso. Frolin y yo
estábamos a oscuras; yo no me había molestado en encender mi vela eléctrica, dado que
ninguna luz podría revelarnos el origen de todas estas manifestaciones. Fui a la ventana
y, cuando el viento empezó a levantarse, miré una vez más hacia la línea de árboles,
pensando que, con toda certeza, se agitarían con la enorme embestida del viento; pero
una vez más, no vi nada, ni un leve movimiento en esa quietud. Ni una nube tampoco en
el cielo; las estrellas brillaban vivamente, las constelaciones del verano descendían
hacia el borde occidental de la Tierra indicando el otoño en el firmamento. El ruido del
viento se había elevado invariablemente, de forma que ahora adquirió la furia de un
ventarrón; y no obstante, ni un movimiento turbaba la línea de árboles más oscuros que
la negrura del cielo.
Pero súbitamente -tan súbitamente que por un instante parpadeé en un esfuerzo por
convencerme de que un sueño había nublado mi visión-. en una amplia zona del
firmamento ¡desaparecieron las estrellas! Me puse de pie y pegué la cara contra el
cristal. Era como si hubiese surgido una nube de repente en el cielo, a la altura casi del
cenit; pero no era posible que surgiese ninguna nube a esa velocidad. A ambos lados, y
por encima, brillaban aún las estrellas. Abrí la ventana y me asomé, tratando de seguir el
oscuro perfil que se recortaba contra las estrellas. ¡Era el perfil de un animal inmenso,
una horrible caricatura de hombre, la cual elevaba hasta el cielo lo que semejaba una
cabeza, y allí, en el lugar donde podían situarse los ojos, resplandecían con un rojo
encendido como dos estrellas de fuego! ¿O eran estrellas? En ese mismo instante, los
ruidos de pasos que se aproximaban aumentaron hasta tal punto que la casa se
estremecía y temblaba con sus vibraciones, la furia demoníaca del viento se elevó a
unas proporciones indescriptibles, y el ulular alcanzó tal grado que resultaba
enloquecedor.
-¡Frolin! -llamé roncamente.
Noté que se ponía a mi lado, y un instante después sentí que me apretaba frenéticamente
el brazo. ¡Así pues, él también lo había visto, no era una alucinación, ni un sueño, ese
ser gigantesco que se recortaba sobre las estrellas y se movía!
-¡Se mueve! -susurró Frolin-. ¡Oh, Dios, viene hacia aquí!
Se alejó despavorido de la ventana, y yo también. Pero un instante después, la sombra
del cielo había desaparecido, y volvían a brillar las estrellas. El viento, no obstante, no
había disminuido un ápice en intensidad; si era posible, se hacía más feroz y violento
por momentos; la casa entera se estremecía y temblaba, mientras aquellas pisadas
atronadoras sonaban y resonaban en el valle que se abría ante la casa. Y el frío se fue
intensificando, de modo que el aliento nos salía en forma de un vapor blanco en el aire:
era un frío como de los espacios exteriores.
Por encima de la confusión de la mente, pensé en la leyenda que contaban los papeles
de mi abuelo: la leyenda de Ithaqua, cuya característica consistía en el frío y la nieve de
las lejanas regiones árticas. Estaba recordando esto, cuando un coro espantoso de
aullidos, cántico triunfal de miles de bocas bestiales, me lo borró todo de la mente:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua, Ithaqua! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai! Ithaqua cf'ayak vulgtumm vugtlagln
vulgtumm. ¡Ithaqua fhtagn! ¡Ugh! ¡Ia! ¡Ia! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai!

Al mismo tiempo, sobrevino un estallido atronador, e inmediatamente después, la voz
de mi abuelo se elevó en un grito terrible, un grito que se convirtió en un alarido de
mortal terror, de forma que los nombres que quiso pronunciar -el de Frolin y el mío- se
perdieron, se ahogaron en su garganta bajo la fuerza del horror que se le había
manifestado.
Y tan repentinamente como se dejó de oír su voz, cesaron todos los demás fenómenos,
dejando ese silencio espectral y prodigioso que nos envuelve como una nube de
fatalidad.
Frolin llegó a la puerta de la habitación antes que yo, aunque no me quedé atrás. Se
cayó en mitad de la escalera, pero se incorporó a la luz de mi vela eléctrica, que había
cogido yo al salir, y juntos arremetimos contra la puerta del despacho, llamando al
anciano.
No contestó ninguna voz, aunque la raya amarilla de la puerta probaba que aún ardía la
luz de su lámpara.
La puerta estaba cerrada por dentro, de modo que fue necesario derribarla para poder
entrar.
No encontramos rastro alguno de mi abuelo. En la pared este, en cambio, se abría una
gran cavidad, donde había estado la pintura, ahora tumbada en el suelo -una abertura
rocosa que conducía a las profundidades de la tierra-, y por encima de todo cuanto había
en la habitación se extendía la marca de Ithaqua: una fina capa de nieve, cuyos cristales
brillaban como un millón de joyas diminutas bajo la luz amarilla de la lámpara de mi
abuelo. Aparte del cuadro, sólo la cama estaba desordenada, ¡como si el abuelo hubiera
sido arrebatado de ella por una fuerza prodigiosa!
Corrí apresuradamente adonde el anciano había guardado el manuscrito de tío Leander,
pero no estaba; no había ni rastro de él. Frolin dio un grito repentino, y señaló el cuadro
que tío Leander había pintado, y luego el boquete que se abría ante nosotros.
-Estaba ahí... el umbral -dijo.
Y vi lo mismo que él, como lo había visto el abuelo, pero demasiado tarde: ¡el cuadro
de tío Leander no era más que la representación del lugar donde se había construido la
casa para ocultar la cavernosa abertura de la ladera, el umbral secreto sobre el que
advertía el manuscrito de Leander, el umbral por el que mi abuelo había desaparecido!
Aunque no hay mucho que añadir, queda por revelar el más maldito de todos los hechos
extraños. La policía del condado practicó una inspección completa de la caverna,
auxiliada por algunos intrépidos aventureros de Harmon; descubrió que tenía varias
aberturas, y comprobó que cualquiera que quisiese llegar hasta la casa a través de la
caverna, habría tenido que entrar por una de las innumerables hendiduras descubiertas
en los montes de los alrededores. La naturaleza de las actividades de tío Leander quedó
revelada tras la desaparición del abuelo. Frolin y yo nos vimos en serias dificultades
debido a las sospechas de la policía del condado, pero finalmente nos pusieron en
libertad, al no aparecer el cuerpo de mi abuelo.
Pero desde esa noche, comenzaron a esclarecerse ciertos hechos; hechos que, a la luz de
las alusiones de mi abuelo, juntamente con las horribles leyendas contenidas en los
libros raros que guardamos aparte aquí, en la biblioteca de la Miskatonic University, son
condenables y condenablemente incontrovertibles.
El primero de ellos es la serie de gigantescas huellas de pies encontradas en la tierra en
el lugar donde se alzó aquella noche la sombra que cubría las estrellas de los cielos, la
increíble anchura y profundidad que tenían, como si hubiese caminado por allí un
monstruo prehistórico, y los pasos de un kilómetro de extensión que se dirigían más allá
de la casa y desaparecían en una grieta que conducía a la caverna secreta, dejando un
rastro idéntico al descubierto en la nieve al norte de Manitoba donde aquellos
desdichados viajeros, y el oficial enviado a buscarles, desaparecieron de la faz de la
Tierra.
El segundo es el descubrimiento del cuaderno de notas de mi abuelo, junto con una
parte del manuscrito de tío Leander, encontradas ambas cosas en una capa de hielo, en
el interior de los nevados bosques que hay más arriba de Saskatchewan, con todos los
indicios de haber caído desde una gran altura. La última anotación estaba fechada el día
de su desaparición, a finales de setiembre; el cuaderno no fue hallado hasta el mes de
abril del siguiente año. Ni Frolin ni yo nos atrevimos a exponer la explicación de su
extraña aparición que en seguida nos vino a la cabeza, y juntos quemamos aquella
horrible carta y la imperfecta traducción que nuestro abuelo había hecho, traducción que
en sí misma, tal como estaba escrita, con todas las advertencias contra el terror del otro
lado del umbral, había servido para invocar del exterior a una criatura tan horrible que
jamás ha intentado nadie describirla, ni aun esos escritores antiguos cuyos tenebrosos
relatos se hallan difundidos por toda la faz de la Tierra.
Y por último, la prueba más concluyente, la más tremenda de todas: el descubrimiento,
siete meses más tarde, del cadáver de mi abuelo en una pequeñísima isla del Pacífico,
no lejos de Singapur, al sudeste, y el singular informe que dieron de su estado:
perfectamente conservado, como en hielo; tan frío, que nadie pudo tocarlo con las
manos desnudas hasta los cinco días de su descubrimiento; aparte de esto, estaba el
hecho singular de que lo encontraron medio enterrado en arena, ¡como si "hubiese caído
de un aeroplano"! Ni a Frolin ni a mí nos pudo caber la menor duda; ésta era la leyenda
de Ithaqua: se llevaba a sus víctimas consigo hacia regiones apartadas de la Tierra en el
tiempo y el espacio, antes de deshacerse de ellas. Y era innegable que mi abuelo había
estado vivo durante parte de ese viaje, y si abrigábamos alguna duda sobre ello, las
cosas encontradas en sus bolsillos, recuerdos recogidos de extraños y secretos lugares -y
que nos enviaron a nosotros-, constituían el testimonio irrebatible y definitivo: la placa
de oro, con una representación miniada de una lucha entre seres antiguos, la cual llevaba
en su superficie inscripciones con trazos cabalísticos, placa que el doctor Backham de la
Miskatonic University identificó como procedente de alguna región situada más allá de
la memoria del hombre; el abominable libro escrito en birmano, que revelaba
horripilantes leyendas de esa lejana y oculta meseta de Leng, tierra del terrible pueblo
Tcho-Tcho; y finalmente, ¡la repulsiva y bestial miniatura, tallada en piedra, de una
monstruosidad infernal caminando sobre los vientos, por encima de la Tierra!

DE LOS MITOS DE CTHLHU : EL SELLO DE R’LYEH -- AUGUST DERLETH

Escrito por imagenes 04-10-2008 en General. Comentarios (1)

DE LOS MITOS DE CTHLHU : EL SELLO DE R’LYEH -- AUGUST DERLETH

DE LOS MITOS DE CTHLHU : EL SELLO DE R’LYEH -- AUGUST DERLETH
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EL SELLO DE R’LYEH
AUGUST DERLETH

I
Mi abuelo paterno, a quien siempre vi en una habitación oscura, solía decir a mis padres, refiriéndose a mí:
«¡Cuidad que siempre esté lejos del mar!», como si yo tuviera alguna razón para temer al agua, cuando de
hecho siempre me ha atraído. Como se sabe, los que nacen bajo uno de los signos acuáticos —el mío es
Piscis— sienten una natural predilección por el agua. También se dice que poseen ciertos dones psíquicos,
pero ésta es otra cuestión. El cualquier caso, tal era el criterio de mi abuelo, hombre extraño, a quien no
podría describir aunque de ello dependiera la salvación de mi alma —lo cual, dicho a la luz del día, resulta
un modismo un tanto ambiguo—. Antes de morir mi padre en un accidente de automóvil, también
acostumbraba a repetirlo con frecuencia. Después, ya no fue necesario; mi madre me crió entre montañas,
bien lejos de la vista, del ruido y de los olores del mar.
Pero tarde o temprano, sucede lo que tiene que suceder. Me encontraba estudiando en una Universidad
del Medio Oeste, cuando murió mi madre. Una semana después, murió también mi tío Sylvan, dejándome
todo cuanto poseía. Yo no había llegado a conocerle. Era el excéntrico de la familia, el raro, la oveja negra.
Se le conocía por una gran diversidad de apodos y todo el mundo lo despreciaba, excepto mi abuelo, que
suspiraba con pena cada vez que hablaba de él. Yo era el único descendiente directo de mi abuelo. Tenía
un tío abuelo que vivía en Asia, según me habían dicho siempre, aunque al parecer, nadie sabía a qué se
dedicaba allí, salvo que sus actividades se relacionaban con el mar o la navegación... Era natural, pues, que
heredara yo las posesiones de tío Sylvan.
Tenía dos propiedades, y daba la casualidad que ambas lindaban con la mar. Una se hallaba en un
pueblo de Massachusetts llamado Innsmouth, y otra estaba también en la costa, pero bastante al norte de
dicho pueblo. Después de pagar los derechos reales, me quedó dinero suficiente para no tener que volver a
la Universidad, ni verme obligado a emprender trabajos que no me apetecían. Mi propósito era
precisamente llevar a cabo lo que me había sido prohibido durante veintidós años: ver el mar, y tal vez
comprar un balandro, un yate, o lo que quisiera.
Pero las cosas no iban a suceder como yo deseaba. Fui a Boston a ver al abogado y después marché a
Innsmouth. Me pareció un pueblo extraño. La gente no era cordial. Algunos me sonreían cuando se
enteraban de quién era yo, pero en sus sonrisas había algo extraño y enigmático, como si supieran algo
inconfesable de tío Sylvan. Afortunadamente, la finca de Innsmouth era la más pequeña de las dos. Saltaba
a la vista que mi tío no se había ocupado mucho de ella. Se trataba de una vieja mansión lóbrega y sombría
que, para sorpresa mía, resultó ser la casa solariega de mi familia, mandada construir por mi bisabuelo —el
que estuvo dedicado al comercio con China— y habitada por mi abuelo durante buena parte de su vida. El
nombre de Phillips despertaba aún una especie de temeroso respeto en aquel pueblo.
Mi tío Sylvan había pasado casi toda su vida en la otra finca. Tenía sólo cincuenta años cuando murió,
pero últimamente había llevado una existencia muy similar a la de mi abuelo. Raramente se le veía, retirado
en aquella casa que coronaba un promontorio rocoso situado en la costa, al norte de Innsmouth. No era lo
que un amante de la belleza llamaría un casa encantadora, pero de todos modos tenía su atractivo, y por mi
parte, lo capté inmediatamente. Desde el primer momento sentí como si aquella casa perteneciese al mar.
En ella resonaba siempre el Atlántico. Una muralla de árboles frondosos la aislaba de la tierra. En cambio,
sus inmensos ventanales se abrían al océano. No era un edificio viejo como el otro. Tendría unos treinta
años, según me dijeron, y había sido construido por mi tío, en el mismo solar donde se alzara otro más
antiguo, que también había pertenecido a mi bisabuelo.
Era una casa de muchas habitaciones. De todas, la única que merece la pena recordar es el gran estudio
central. Aunque el resto de la casa era de un sola planta y rodeaba a dicho salón central, éste tenía una
altura de dos pisos por lo menos; sus paredes estaban cubiertas de libros y objetos curiosos, de tallas y
esculturas de formas exóticas, de pinturas, de máscaras procedentes de distintas partes del mundo, en
especial de las civilizaciones polinesia, azteca, maya, inca, y de antiguas tribus indias de las regiones
nordoccidentales del continente norteamericano. Era, pues, una colección fascinante, comenzada por mi
abuelo y continuada por tío Sylvan. Una gran alfombra de artesanía, adornada con una extraña figura
octópoda, cubría el centro del salón. Todos los muebles estaban situados entre las paredes y dicho centro.
Nada había colocado sobre al alfombra.
Por lo demás, se observaba un extraño simbolismo en la decoración de la casa. Tejido en las alfombras
—también en la que ocupaba el centro del estudio—, en los cortinajes, en los entrepaños, se repetía un
motivo ornamental que parecía como un sello singularmente sorprendente: en el centro de un disco aparecía
una representación rudimentaria del símbolo astronómico de Acuario, el portador de agua —acaso
elaborada en edades remotas, cuando la forma de Acuario no era exactamente como es hoy— coronando
los vestigios de una ciudad enterrada, contra la cual, en el centro exacto del círculo, se alzaba una figura
indescriptible, a la vez reptil y pez, octópoda y semihumana, que, aunque en miniatura, pretendía
representar un ser gigantesco e imaginario. Finalmente, en letras tan tenues que apenas podían leerse, el
disco estaba circundado por unas palabras que no entendí, pero que tuvieron la virtud de remover algo en
lo más profundo de mi ser:
Pb’glui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgh’nagl fhtagn
No me pareció extraño, en absoluto, que este curioso dibujo ejerciera sobre mí la más grande atracción
desde el primer momento, aunque no entendiese su significado hasta más tarde. Igualmente inexplicable era
el imperioso hechizo del mar. Aunque jamás había puesto los pies en este sitio, experimenté una vivísima
sensación de haber regresado a casa. Nunca en mi vida había pasado de Ohio, hacia el este. Lo más cerca
que estuve de la costa fue con ocasión de unas esporádicas excursiones al lago Michigan y al lago Hurón.
Esta atracción innegable que sentía hacia el mar, la atribuí a una tendencia ancestral que me venía de familia.
¿No habían trabajado mis antepasados en el mar, y habían formado sus hogares junto a la costa? ¿Y
durante cuántas generaciones? Al menos, yo conocía dos, pero eran más. Generación tras generación,
todos habían sido navegantes, hasta que, por lo visto, sucedió algo que determinó a mi abuelo a irse a vivir
tierra adentro y apartarse del mar en lo sucesivo, obligando a los demás a hacer lo mismo.
Hablo de esto porque su significado se me hizo manifiesto a la luz de lo que sucedió después, y quiero
dejar constancia antes que llegue la hora de reunirme con los míos. La casa y el mar me atraían; ambas
constituían mi hogar. Incluso esta palabra cobraba más sentido en ellas que en la morada que tan felizmente
compartiera con mis padres unos años antes. Era muy extraño. No obstante —y esto era más extraño
aún—, no me lo parecía a mí. Al contrario, me resultaba lo más natural, y no me pregunté el por qué.
Al principio, no contaba con elementos de juicio para saber qué clase de hombre había sido mi tío
Sylvan. Encontré un retrato suyo bastante antiguo, hecho sin duda por algún aficionado a la fotografía.
Representaba a un joven tremendamente serio, de unos veinte años de edad, que, aun no careciendo de
cierto atractivo, podía resultar desagradable a mucha gente, ya que su rostro sugería algo vagamente
inhumano. Tal vez esta impresión provenía de su nariz un tanto aplastada, de su boca enorme, o de sus ojos
extrañamente saltones, de basilisco. No encontré fotografías suyas más recientes, pero conocí a algunas
personas que se acordaban de él, de cuando iba a Innsmouth, a pie o en coche, a hacer sus compras. Me
enteré de esto un día en la tienda de Asa Clarke, donde fui a comprar provisiones para la semana.
—¿Es usted de los Phillips? —me preguntó el anciano propietario.
Le contesté que sí.
—¿Hijo de Sylvan?
—Mi tío no llegó a casarse.
—Ya... Eso decía él —replicó—. Entonces será usted hijo de Jared. ¿Cómo está su padre?
—Ha muerto.
—También, ¿eh?.. Era el último de su generación, ¿verdad? Y usted...
—Yo soy el último de la mía.
—Los Phillips, en otros tiempos, fueron grandes y poderosos por esta parte. Una familia muy antigua...
Pero usted lo sabe mejor que yo.
Le dije que no. Venía del interior, y sabía muy poca cosa de mis antepasados.
—¿Es posible?
Me miró un instante casi con incredulidad.
Bueno, los Phillips son tan antiguos como los Marsh. Las dos familias formaban una sociedad hace
muchos años. Comerciaban con China. Los fletes salían de aquí y de Boston con destino a Oriente: Japón,
China, las islas..., y de allí traían... —aquí se detuvo; su rostro palideció ligeramente, y luego se encogió de
hombros—, muchas cosas, ¡muchas! —me miró perplejo—. Se va a quedar por aquí, ¿verdad?
Le contesté que había heredado la residencia de mi tío, y que había tomado posesión de ella. Ahora
andaba buscando personal de servicio.
—No encontrará —dijo moviendo la cabeza—. La finca está demasiado lejos, y a la gente no le gusta.
Si quedara alguno de los Phillips... —abrió los brazos con desaliento—. Pero casi todos murieron el año
veintiocho, cuando el fuego y las explosiones. Sin embargo, quizá pueda encontrar a alguno de los Marsh
que le eche una mano. No todos murieron aquella noche.
Esta referencia vaga y confusa no me inquietó entonces lo más mínimo. Lo único que me preocupaba
era encontrar a alguien que me ayudara en los avíos de la casa.
—Marsh —repetí—. ¿Podría darme el nombre y la dirección de uno de ellos?
—Conozco a una —dijo pensativamente, y sonrió a continuación como para su interior.
Así conocí a Ada Marsh.
Tenía veinticinco años, pero había días en que parecía mucho más joven, y otros, mucho más vieja. Fui
a la casa, la encontré, y le pedí que viniera a trabajar para mí. Resultó que tenía automóvil —un Ford
viejísimo de modelo T— y que podía ir y volver; además, la perspectiva de trabajar en lo que llamaba ella
el «refugio de Sylvan», pareció atraerla. En verdad, se mostró casi ansiosa por entrar a mi servicio, y me
prometió que iría a casa aquel mismo día, si me hacía falta. No era una muchacha atractiva, pero, igual que
en mi tío, encontré en ella un encanto que residía en aquello que precisamente habría disgustado a otros.
Para mí, aquella boca inmensa de labios aplastados tenía cierta gracia, y sus ojos, innegablemente fríos, me
parecían muy cálidos en ciertos momentos.
Vino a la mañana siguiente. Al verla caminar por la casa, comprendí que ya había estado antes en ella.
—No es la primera vez que viene usted por aquí, ¿verdad? —dije.
—Los Marsh y los Phillips son viejos amigos —dijo, y me miró como si yo tuviera la obligación de
saberlo. Y en aquel momento, me invadió la sensación que yo sabía que así era, en efecto.
—Muy, muy viejos amigos, señor Phillips. Tan viejos como la tierra misma, tan viejos como el portador
del agua, y como el agua.
También ella era extraña. Me enteré que había estado más de una vez en la casa como invitada del tío
Sylvan. Ahora había accedido a venir a trabajar para mí, sin vacilar, y con una singular sonrisa en los labios
—«tan viejos como el portador del agua, y como el agua»—, que me hizo pensar en el dibujo que tanto se
repetía a nuestro alrededor. Pensándolo bien, creo que ésta fue la primera vez que se me ocurrió esta
asociación, y experimenté una vaga sensación de inquietud.
—¿Ha oído, señor Phillips? —preguntó entonces.
—¿El qué?
—Si lo hubiera oído, no necesitaría que se lo dijera.
Pero su verdadero propósito no era trabajar para mí. Lo que ella quería era tener acceso a la casa. Lo
descubrí un día que salí a buscar unos documentos, y la encontré entregada, no a su trabajo, sino a un
registro minucioso y sistemático de la gran habitación central. La estuve observando un rato: tomaba los
libros y los hojeaba, separaba cuidadosamente los cuadros de las paredes, levantaba las esculturas de las
estanterías... En una palabra, registraba en todas partes donde pudiese haber algo escondido. Volví a salir,
di un portazo, y cuando entré de nuevo en el estudio, la vi dedicada a quitar el polvo, como si nunca
hubiera hecho otra cosa.
Mi primer impulso fue decírselo, pero pensé que sería mejor callar. Si buscaba algo, quizá lo encontrara
yo antes que ella. Así que no le dije nada, y, cuando se fue aquella noche, empecé a registrar por donde
ella lo había dejado. No sabía lo que buscaba, pero sí su tamaño, sobre poco más o menos, a juzgar por
los sitios donde la había visto mirar. Debía de ser algo delgado, pequeño, no más grande que un libro.
—¿Sería un libro precisamente? Aquella noche me repetí cientos de veces esa misma pregunta.
Como es natural, no encontré nada, a pesar que estuve buscando hasta medianoche. Lo dejé así,
rendido de cansancio, pero satisfecho: había registrado mucho más de lo que Ada registraría a la mañana
siguiente. Me senté a descansar en una de las mullidas butacas alineadas junto a la pared, en aquella misma
estancia, y entonces sufrí mi primera alucinación. La llamo así a falta de otra palabra mejor y más precisa.
Me había quedado algo adormilado, cuando oí un ruido semejante a la apagada respiración de una bestia
de grandes proporciones. Al instante se me quitó toda somnolencia, persuadido que la casa misma, el
peñasco entre el cual se asentaba, y el mar que bañaba las rocas al pie del acantilado, respiraban al unísono
como las diferentes partes de un enorme ser vivo. Tuve entonces la misma impresión que he tenido otras
veces al contemplar los cuadros de ciertos pintores contemporáneos —en especial los de Dale Nichols—
que representan la tierra y sus relieves como si fueran partes de un hombre o una mujer dormidos.
Entonces me dio la impresión, digo, que me hallaba en el pecho, o en el vientre, o en la frente de un ser tan
grande que me era imposible percibirlo en su inmensidad.
No recuerdo lo que duró esta impresión. Pensé en la pregunta de Ada Marsh: «¿Ha oído?» ¿Era a esto
a lo que se refería? No me quedaba duda que la casa, y el peñasco que se servía de base, estaban tan
vivos e inquietos como aquella mar que dejaba correr sus ondas hacia el horizonte de Oriente. Continué
sentado, bajo el influjo de dicha ilusión, durante largo rato. ¿Temblaba la casa como si efectivamente
respirara? Estaba convencido que sí. De momento lo atribuí a algunas grietas de su estructura, y pensé que
seguramente estos temblores y ruidos tendrían algo que ver con la aversión de aquellas gentes hacia este
lugar.
Al tercer día abordé a Ada Marsh en pleno registro.
—¿Qué busca usted, Ada? —pregunté.
Ella me miró con sumo candor. Debió comprender que ya la había visto registrar anteriormente.
—Su tío investigaba algo, y yo he creído que a lo mejor había descubierto lo que buscaba. A mí
también me interesa. Y quizá a usted. Usted es como nosotros, es uno de los nuestros..., como los Marsh y
los Phillips de antes.
—¿Y qué es lo que busca?
—Puede ser un cuaderno de notas, un diario, unos papeles... —encogió los hombros—. Su tío me dijo
muy poca cosa, pero yo lo sé. Se iba muy a menudo, y a veces estaba ausente durante largas temporadas.
¿Adónde? Tal vez había alcanzado su objetivo, porque jamás se iba por la carretera.
—Tal vez pueda descubrirlo yo.
Negó con la cabeza.
—Usted no tiene idea. Usted es como..., como un forastero.
—¿Pero me podría usted explicar algo?
—No. Nadie se atrevería a hablar de eso a una persona demasiado joven para comprender. No, señor
Phillips, no le diré nada. No está usted preparado.
Aquello me hirió. Me sentí ofendido. Sin embargo, no quise despedirla. Su actitud era como de desafío.
II
Dos días más tarde, di con lo que buscaba Ada.
Los papeles de mi tío Sylvan estaban ocultos en un lugar donde Ada había mirado al principio: detrás de
un estante de libros raros. Pero se hallaban guardados en un pequeño cajón secreto que abrí por pura
casualidad. Allí encontré un diario, muchos recortes y varias hojas de papel cubiertas con la letra menuda
de mi tío. Inmediatamente lo llevé todo a mi habitación y lo guardé, como si temiera que, a esas horas de la
noche, pudiera venir Ada Marsh a arrebatármelos. Cosa absurda, porque no sólo no le tenía miedo, sino
que me sentía atraído hacia ella, mucho más de lo que podía haberme imaginado la primera vez que la vi.
Incuestionablemente, el descubrimiento de los papeles supuso un giro radical en mi existencia. Digamos
que mis primeros veintidós años habían transcurrido, monótonos, como en un compás de espera, y que los
primeros días de mi estancia en la residencia de tío Sylvan habían constituido como una fase latente, previa
a mi acceso a un nuevo plano biológico. Mi mutación se desencadenó, sin duda, con el descubrimiento —y
la lectura, evidentemente— de los papeles.
Pero del primer párrafo donde se posaron mis ojos, no entendí ni una palabra:
«Plataforma cont. sub. Extremo Norte Inns. extendiéndose curv. hasta aprox. Singapur.
¿Origen: Ponapé? A. supone R. en Pacífico, cerca Ponapé; E. sostiene que R. está cerca de
Inns. Princ. autores lo suponen en las profundidades. ¿Podría ocupar R. totalmente la
Plataforma cont. de Inns. a Singapur?»
Este era el primer párrafo. El segundo, era aún más desconcertante:
«C..., que aguarda soñando en R., es todo en todo y en todas partes. Él está en R. (en Inns. y
Ponapé), entre las islas y en lo más hondo. Los Profundos: ¿dónde tuvieron Obad. y Cyrus el
primer contacto? ¿En Ponapé o en una de las islas menores? ¿Y cómo? ¿En tierra, o bajo las
aguas?»
Pero en el tesoro que acababa de encontrar, no había sólo notas de mi tío. Había también otros
documentos con revelaciones aún más turbadoras, como por ejemplo, una carta del Rev. Jabez Lovell
Phillips dirigida, hacía más de un siglo, a una persona que no nombraba. Decía así:
«Cierto día de agosto de 1797, el Cap. Obadiah Marsh, acompañado de su Primer Piloto
Cyrus Alcott Phillips, comunicó que su barco, el Cory, había naufragado con toda su
tripulación en las Marquesas. El Capitán y el Primer Piloto arribaron al puerto de Innsmouth
en un bote de remos sin muestra alguna de sufrimiento ni fatiga, no obstante haber recorrido
una distancia de varios miles de kilómetros en una embarcación prácticamente incapaz de
realizar esa proeza. A partir de entonces, comenzó en Innsmouth una serie de sucesos que
convirtieron al pueblo en un lugar maldito, en el curso de una generación. Surgió una raza
extraña entre los Marsh y los Phillips, y cayó una maldición sobre sus descendencias. No se
sabe de dónde salieron las mujeres que el Capitán y el Primer Piloto tomaron por esposas,
pero dieron a luz una camada de seres endemoniados y prolíficos que nadie pudo contener, y
contra la cual no me han valido mis plegarias al Señor.
»¿Qué son esas bestias que salen de las aguas a retozar, en las altas horas de la noche?
Algunos decían que eran sirenas, pero creer eso es necedad. ¿Qué habían de ser, sino las
hordas malditas, engendradas por Marsh y por Phillips ?»...
No continué leyendo. Este lenguaje me llenaba de inquietud.
Volví a tomar el diario de mi tío, y busqué la última anotación:
«R. está donde yo me figuraba. La próxima vez veré al propio C., aletargado en las
profundidades, en espera del día de su resurgimiento.»
Pero no hubo próxima vez para tío Sylvan, sino la muerte. Antes de esta última anotación había muchas
más. Evidentemente, mi tío se había ocupado de cuestiones que estaban fuera de mis alcances. Hablaba de
Cthulhu y R’lyeh, de Hastur y Lloigor, de Shub-Niggurath y Yog-Sothoth, de la Meseta de Leng, de los
Fragmentos de Sussex, del Necronomicón, de la Galería de Marsh, del Abominable Hombre de las
Nieves... Pero de lo que hablaba con más frecuencia, era de R’lyeh, del Gran Cthulhu —el «R.» y el «C.»
de sus papeles— y de la búsqueda que él había llevado a cabo, la cual, como bien se deducía de sus
escritos, tenía por objeto descubrir los refugios de esos seres o los seres que se refugiaban en esos
refugios, que yo apenas si lograba distinguir los unos de los otros, según la forma con que él anotaba sus
ideas. Desde luego, sus notas estaban redactadas para su uso personal, de forma que sólo él las entendería.
Yo no tenía ningún marco de referencia al que poder recurrir.
Entre los documentos encontré también un mapa trazado con tosquedad por alguna mano más antigua
que la de mi tío Sylvan, a juzgar por lo viejo y arrugado del papel. Este mapa me fascinaba, a pesar de no
tener idea exacta de su importancia ni utilidad. Era una representación desmañada del mundo, pero no del
mundo que conocía yo, no del mundo de los atlas geográficos, sino más bien de un mundo que sólo había
existido en la imaginación de quien lo había trazado. En el corazón de Asia, por ejemplo, el artista había
situado la «Mes. Leng»», y al norte de ésta, en el lugar que correspondía a Mongolia estaba «Kadath, en el
Desierto de Hielo», zona que era definida como un «continuo tempo-espacial coextensivo». En el mar de
Polinesia estaba indicada la «Galería Marsh», que sería (supuse yo) una grieta en el fondo del océano.
También estaba señalado el Arrecife del Diablo, a cierta distancia de Innsmouth, así como Ponapé. Estos
últimos puntos eran perfectamente reconocibles, pero los demás nombres geográficos de aquel mapa
fabuloso eran absolutamente desconocidos para mí.
Escondí mi botín en un lugar donde a Ada Marsh no se le ocurriría buscarlo, y regresé, pese a lo tarde
que era ya, a la habitación central. Allí, como movido por un instinto, busqué sin vacilar en el estante tras el
cual había descubierto los papeles. En él estaban algunos de los libros que mencionaba tío Sylvan en sus
notas: los Fragmentos de Sussex, los Manuscritos Pnakóticos, los Cultes des Goules del conde
d’Erlette, el Libro de Eibon, los Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, y muchos otros. Pero,
¡lástima!, la mayoría estaban en latín o en griego, lenguas que apenas dominaba yo, aun cuando, mal que
peor, pudiera defenderme en francés o alemán. No obstante, descifré lo bastante de ésos como para sentir
miedo de verdad, para sentir terror y, a la vez, una excitación no exenta de cierta euforia, como si mi tío
Sylvan me hubiese legado, no sólo la casa y sus propiedades, sino también sus investigaciones, y una
ciencia que ya era vieja millones de años antes de aparecer el hombre.
Aquella noche estuve leyendo hasta que el sol del nuevo día entró en la estancia haciendo palidecer las
luces de las lámparas. Y así fue cómo supe de los Primigenios, que fueron los primeros en dominar los
universos y de los Dioses Arquetípicos, que derrotaron a los rebeldes Primordiales. Entre estos
Primordiales se contaban: el Gran Cthulhu, morador de las aguas; Hastur, que dormía en el Lago de Hali,
en las Híadas; Yog-Sothoth, que es Todo-en-lo-Uno y Uno-en-el-Todo; Ithaqua, El Que Camina Sobre El
Viento; Lloigor, El Que Pisa Las Estrellas; Cthugha, que habita en el fuego; el Gran Azathoth..., y todos
habían sido vencidos y expulsados a los espacios exteriores, donde esperarían el día remoto en que, con
ayuda de sus seguidores, podrían alzarse para vencer a las razas humanas y someter a Los Dioses
Arquetípicos. Y me enteré también del nombre de sus esbirros: Los Profundos, que poblaban los mares y
las regiones acuáticas de la Tierra; los Dhols; el Abominable Hombre de las Nieves, habitante del Tíbet y la
oculta Meseta de Leng; los Shantaks, que huyeron de Kadath, en el Desierto de Hielo, por mandato de El
Que Camina Sobre El Viento, llamado Wendigo, pariente de Ithaqua. Y me enteré, también, de su
rivalidad, una y múltiple a la vez. Todo eso leí, y más, bastante más, entre otras cosas, una colección de
recortes de periódicos sobre sucesos misteriosos que tío Sylvan aducía como pruebas de la verdad de sus
creencias. Por otra parte, en las páginas de los libros me tropecé, también, con la curiosa sentencia que
adornaba las decoraciones de la casa de mi tío: Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.
En más de uno de aquellos relatos, estaba traducida así: «En su morada de R’lyeh, Cthulhu muerto, sueña.»
Y las exploraciones de mi tío no tenían otro objeto, sin duda, que el de encontrar ¡el refugio subacuático
de Cthulhu!
A la fría luz de la madrugada me esforcé por criticar mis propias conclusiones. ¿Acaso creía mi tío
Sylvan en semejante maraña de fábulas? ¿O tal vez sus pesquisas no eran más que un modo de combatir su
aburrimiento de hombre solitario? La biblioteca de mi tío era inmensa, abarcaba toda la literatura universal.
Sin embargo, una sección de estanterías estaba dedicada exclusivamente a libros de temas esotéricos, a
libros sobre creencias extrañas y hechos más extraños aún, inexplicables a la luz de la ciencia, a libros
sobre religiones herméticas, casi desconocidas. Tenía, además, una abundante cantidad de álbumes con
artículos recortados de periódicos y revistas, cuya lectura me produjo, a la vez, una sensación de miedo y
una chispa de irresistible regocijo. En efecto, estos hechos, relatados de manera prosaica, constituían una
prueba singularmente convincente a favor de los mitos en que creía mi tío.
De todos modos, aquella mitología no constituía ninguna novedad. Todas las creencias religiosas, todos
los mitos, cualquiera que sea la cultura a que pertenecen, poseen una cierta analogía en sus fundamentos.
Siempre giran en torno a la lucha entre las fuerzas del Bien y las fuerzas del Mal. Este tema también
formaba parte de las teorías de mi tío. Los Primigenios y los Dioses Arquetípicos —que, según lo que pude
colegir, venían a ser lo mismo— representaban el Bien original. Los Primordiales representaban el Mal.
Como sucede en muchas religiones, apenas se nombraba a los dioses benefactores, en este caso, a los
Dioses Arquetípicos. En cambio, se citaba continuamente a los Primordiales, que aún eran adorados y
servidos por multitud de seguidores esparcidos por toda la Tierra y los espacios interplanetarios. Los
Primordiales no sólo combatían a los Dioses Arquetípicos, sino que luchaban también entre sí, en un
empeño supremo por la dominación final. Eran, en suma, representaciones de las fuerzas elementales, y
cada uno correspondía a un elemento: Cthulhu, al agua; Cthugha, al fuego; Ithaqua, al aire; Hastur, a los
espacios siderales. Otros, representaban las grandes fuerzas primitivas: Shub-Niggurath, Mensajera de los
Dioses, la fertilidad; Yog-Sothoth, el continuo tempo-espacial; Azathoth, en cierto modo, el principio del
mal.
¿No resultaba, en definitiva, una mitología muy semejante a las demás? Los Dioses Arquetípicos
pudieron convertirse, andando el tiempo, en la Trinidad de las religiones judeocristianas; los Primordiales,
para la mayoría de los creyentes, se transformaron después en Satán y Belcebú, Mefistófeles y Azrael. Lo
único que me inquietaba, era que existiesen a un tiempo los originales y sus copias. Pero tampoco esto tenía
demasiada importancia, porque ya se sabe que en la historia de la humanidad se superponen continuamente
distintos eslabones evolutivos de una misma creencia.
Más aún: había ciertos datos que permitían suponer que los mitos de Cthulhu eran muy anteriores no
sólo al cristianismo, sino incluso a las creencias de la antigua China y de los albores de la Humanidad,
habiendo logrado sobrevivir en determinadas regiones de la Tierra: entre los Tcho-Tcho del Tíbet y los yeti
de las altas mesetas de Asia, así como entre ciertos seres extraños que habitaban en el mar, conocidos
como los Profundos, híbridos anfibios, nacidos de antiguos apareamientos entre humanoides y batracios, o
producto quizá de ciertas mutaciones manifestadas en el curso de la evolución humana. Tales mitos habían
sobrevivido igualmente, de manera reconocible, en determinados símbolos religiosos muy posteriores: en
Quetzalcoatl y otros dioses aztecas, mayas e incas; en los ídolos de la Isla de Pascua, en las máscaras
ceremoniales de los polinesios y los indios norteamericanos de la costa nordoccidental, donde aún
persistían, como motivos ornamentales, formas tentaculares y octópodas, análogas a la que simbolizaba a
Cthulhu. En resumen, podía decirse con seguridad que los mitos de Cthulhu eran antiquísimos.
Aun adscribiéndolos al reino de la pura teoría, me sentí abrumado por la tremenda cantidad de artículos
que había recogido mi tío. Las prosaicas reseñas periodísticas contribuyeron no poco a hacerme dudar de
mi escepticismo, por su tono aséptico y puramente informativo. Tales artículos, además, no procedían de la
prensa sensacionalista, sino de revistas serias como el National Geographic. Total, que me quedé hecho
un mar de confusiones.
¿Qué pudo haberle pasado a Johansen, con su barco Emma, sino lo que él mismo declaró? ¿Acaso
existía otra explicación?
¿Y por qué el gobierno norteamericano envió destructores y submarinos para machacar con cargas de
profundidad los alrededores del Arrecife del Diablo, frente al puerto de Innsmouth? ¿Y por qué la policía
detuvo a tantos vecinos de Innsmouth, a quienes no se volvió a ver nunca más? ¿Y el incendio que se
declaró por toda la comarca costera, acabando con muchos otros? ¿Cómo explicar todo esto, si no era
cierto que se habían descubierto extraños ritos entre gentes de Innsmouth que mantenían relaciones
diabólicas con ciertos seres que habitaban en el mar, a los cuales se les veía en el Arrecife del Diablo,
durante la noche?
¿Y que le sucedió a Wilmarth en la montañosa comarca de Vermont cuando, en el curso de sus
investigaciones acerca de los cultos a los Arcaicos, se acercó demasiado a la verdad? ¿Y qué fue de todos
los escritores que habían tomado el asunto como pura ficción —Lovecraft, Howard, Barlow—, o lo habían
enfocado de forma científica —como Fort—, cuando se hallaban a punto de desvelar el misterio?
Murieron. Murieron, o desaparecieron como Wilmarth. Y casi todos de muerte prematura, cuando todavía
eran jóvenes. Mi tío tenía sus obras, aunque de todos ellos, sólo Lovecraft y Fort las habían publicado en
forma de libro. Los leí, y lo que decían me inquietó aún más, porque me pareció que las fantasías de H. P.
Lovecraft se hallaban tan cerca de la verdad como los hechos —tan inexplicables para la ciencia—
recogidos por Charles Fort. Aunque los relatos de Lovecraft fueran fantasías, se ceñían a los hechos —aun
rechazando los recopilados por Fort— que subyacen bajo las creencias del género humano. En sí mismos,
estos relatos eran cuasi míticos, como el destino final de su autor, cuya muerte prematura llegó a suscitar
infinidad de leyendas que dificultaban aún más la tarea de esclarecer la verdad desnuda. Pero había llegado
el momento, para mí, de ahondar en los secretos contenidos en los libros de mi tío, y de bucear en sus
anotaciones y colecciones de artículos. Una cosa estaba clara: mi tío había creído en ello hasta el punto de
emprender la búsqueda del reino sumergido —o de la ciudad sumergida— de R’lyeh. Yo no sabía si era
reino ni ciudad, o si rodeaba la tierra desde la costa atlántica de Massachusetts hasta las Islas del Pacífico;
pero sí sabía que era allí, donde había sido desterrado Cthulhu, muerto, y sin embargo, no muerto:
«¡Cthulhu muerto, sueña!», decía más de un relato..., en espera que llegue el momento de rebelarse
nuevamente contra el poderío de los Dioses Arquetípicos e imponer su dominio en el universo entero. Pues,
¿acaso no es cierto que, si triunfa el mal, se convierte en ley de vida, y entonces es justo combatir el bien?
¿Acaso no es la mayoría la que impone la norma, y que en ella no cabe lo anormal o, como dice la
Humanidad, el mal, lo abominable?
Mi tío había buscado R’lyeh, y había descrito sus investigaciones de manera sobrecogedora. Había
descendido a las profundidades del Atlántico, desde esta casa suya que se asoma a la costa, hasta el
Arrecife del Diablo y aún más allá. Pero no decía qué medios había empleado. ¿Había utilizado un equipo
de buzo? ¿Acaso una batisfera? Por la casa no descubrí el menor rastro de aparatos de sumersión. Sus
largas ausencias, por otra parte, se debían a estas exploraciones. Y con todo, no citaba en absoluto sus
aparatos, ni éstos habían aparecido entre sus bienes.
Si R’lyeh era el objeto de los afanes de mi tío, ¿qué pretendía Ada Marsh? Tenía que averiguarlo. Para
ello, dejé al día siguiente algunas notas de mi tío sobre la mesa de la biblioteca. Me las arreglé para poder
vigilarla en el momento en que las descubriera. Su reacción no dejó lugar a dudas: lo que ella buscaba era
lo que yo había encontrado. Ada Marsh conocía la existencia de esos papeles. Pero, ¿cómo?
Entré. Antes que pudiera abrir la boca, me abordó.
—¡Los ha descubierto! —exclamó.
—¿Cómo sabía usted que existían?
—Porque conocía sus trabajos.
—¿Su búsqueda?
Afirmó con la cabeza.
—No es posible que crea usted en esas cosas —protesté yo.
—¡Cuidado que es usted estúpido! —exclamó coléricamente—. ¿No le dijeron nada sus padres? ¿Ni
su abuelo? ¿Cómo ha podido vivir en la ignorancia?
Se acercó a mí y me arrojó los papeles.
—¡Déjeme ver los demás!
Hice un signo negativo.
—¡Por favor! A usted no le son de utilidad —insistió.
—Eso ya lo veremos.
—Dígame entonces si él había..., si había iniciado sus exploraciones.
—Sí. Pero no sé cómo. No hay ni rastro de escafandra ni de bote.
Al oír estas palabras me lanzó un mirada desafiadora, y a la vez, de desprecio y de lástima.
—¡Ni siquiera ha leído usted todos sus papeles! ¡No ha leído los libros tampoco!... ¡Nada! ¿Sabe lo
que tiene a sus pies?
—¿La alfombra? —pregunté perplejo.
—No, no..., el dibujo. Está en todas partes. ¿No sabe usted por qué? ¡Porque es el gran sello de
R’lyeh! Lo descubrió hace años, y tuvo el orgullo de ponerlo en su propia casa, como blasón! ¡Está usted
encima de lo que busca! Busque usted un poco más, y encontrará su anillo.
III
Después de marcharse Ada Marsh, volví a los escritos de mi tío. No los dejé hasta mucho después de
medianoche, cuando los hube leído casi todos, algunos de ellos con especial atención. Me resultaba difícil
creer aquello, a pesar que mi tío no sólo lo había escrito íntimamente convencido de su veracidad, sino que
además parecía haber tomado parte en algunos de los hechos que describía. Desde temprana edad se
había dedicado a la busca del reino sumergido, y había profesado una abierta devoción a Cthulhu; lo más
escalofriante era que en sus anotaciones figuraban veladas alusiones a ciertos encuentros, que unas veces
tuvieron lugar en las profundidades del océano, y otras, en las calles de Arkham, ciudad envuelta en
misteriosas leyendas, cuyos tejados y buhardillas se alzan tierra adentro, a orillas del río Miskatonic, ya
cerca de Innsmouth y Dunwich. Al parecer, los ciudadanos de Arkham, que según algunos no eran
enteramente humanos, creían lo mismo que mi tío y, como él, se habían vinculado a ese mito que resucitaba
de un pasado remoto.
Y no obstante, pese a mi escepticismo, yo sentía también una sombra de credulidad irreprimible. Mi
razón vacilaba entre las extrañas insinuaciones de sus notas, ante aquellos apuntes llenos de abreviaturas y
elipsis, que sólo él podía entender con claridad, y que no detallaba por tratarse de temas para él de sobra
conocidos. Así, aludía a las bodas profanas de Obadiah Marsh y «otros tres» (¿quizá algún Phillips entre
ellos?), al descubrimiento de unas fotografías de algunas mujeres de la familia Marsh: la viuda de Obadiah
—de rostro singularmente aplastado, piel excesivamente morena, boca enorme y labios finos—, y sus hijas,
que casi todas habían salido a la madre... También me llenaban de inquietud las extrañas alusiones a la
forma en que caminaban, como a saltos, «los descendientes de aquellos que se salvaron del naufragio del
Cory», como decía textualmente tío Sylvan. No había posibilidad de equivocarse respecto al significado de
sus notas: Obadiah Marsh se había casado en Ponapé con una mujer que no era polinesia, aunque vivía allí,
y que pertenecía a una raza marina semihumana; sus hijos, y los hijos de sus hijos, nacieron con el estigma
de ese matrimonio, lo que más tarde tuvo como consecuencia la hecatombe de 1928, en la que perdieron
la vida tantísimos miembros de las viejas familias de Innsmouth. Aunque mi tío refería de pasada estos
detalles, detrás de sus palabras palpitaba el horror y aún resonaba el eco del desastre.
En efecto, las personas que mencionaba en sus escritos estaban siempre aliadas a los Profundos, y eran,
como éstos, criaturas anfibias. No decía si esa mancha hereditaria se había extendido mucho o poco, ni
especificaba qué tipo de relación había entre él y esas criaturas. Ni el capitán Obadiah Marsh, ni Cyrus
Phillips, ni tampoco los otros dos tripulantes que se habían quedado en Ponapé, poseían los rasgos típicos
de sus mujeres y sus hijos. Pero era imposible averiguar si el estigma se mantenía después de la primera
generación. ¿Se refirió a eso Ada Marsh, cuando me dijo: «¡Usted es de los nuestros!»? ¿O aludía a un
secreto más sombrío todavía? Probablemente, la aversión que sentía mi abuelo al mar era debida a que
conocía las hazañas de su padre. Al menos él, había conseguido eludir su tenebroso destino hereditario.
Pero los escritos de mi tío eran, por una parte, demasiado vagos para poder sacar una idea coherente
de todo el asunto, y por otra, demasiado ingenuos para convencer plenamente. Lo que más me inquietó
desde el primer momento, fueron sus repetidas alusiones a que su casa era un «abrigo»», un «punto» de
contacto, un «acceso a lo que está debajo». En sus primeras anotaciones encontró también frecuentes
consideraciones sobre la «respiración» de la casa y de la punta rocosa sobre la cual se elevaba, pero más
adelante no volvió a hacer ninguna otra referencia a estas cuestiones. Sus notas eran oscuras y difíciles,
tremendas y maravillosas. Me llenaban de terror y, a la vez, de una colérica incredulidad mezclada,
contradictoriamente, a un vivo deseo de creer y de saber.
Indagué por todas partes, pero sin resultado. La gente de Innsmouth era recelosa. Algunas personas me
esquivaban declaradamente. Otras, cambiaban de acera al verme venir; en el barrio italiano, se santiguaban
de manera descarada, como si vieran al diablo. Nadie quiso darme información alguna. Tampoco pude
hacer uso de libros y crónicas locales en la biblioteca pública porque, según me dijo el bibliotecario, habían
sido confiscados en su mayoría por el Gobierno a raíz del incendio y las explosiones de 1928. Busqué en
otras partes. En Arkham y Dunwich conocí secretos aún más sombríos; en la gran biblioteca de la
Universidad del Miskatonic descubrí, por fin, la fuente y origen de todos los libros de saber oculto: el casi
mítico Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred, libro que sólo me fue permitido manejar bajo la
estrecha vigilancia de un auxiliar bibliotecario.
Unas dos semanas después de haber descubierto los papeles de mi tío encontré la sortija. La encontré
donde menos habría imaginado, y, sin embargo, era un sitio bien lógico: en un paquete de objetos
personales remitido por la empresa de pompas fúnebres, que estaba guardado en un cajón del escritorio. El
anillo era de plata maciza, y tenía montada una piedra de color lechoso que parecía una perla —aunque no
lo era—, y en su superficie llevaba grabado el sello de R’lyeh.
La examiné atentamente. A primera vista no tenía nada de extraordinario, salvo su tamaño. Sin
embargo, el hecho de llevarla puesta traía consigo efectos inimaginables: apenas me la hube colocado en un
dedo, cuando sentí como si ante mí se abrieran dimensiones nuevas, o como si los horizontes habituales
retrocediesen ilimitadamente. Todos mis sentidos se aguzaron. Lo primero que noté a este respecto, fue el
susurro de la casa y el peñasco, acompasado ahora al blando movimiento del mar. Era como si la casa y la
roca se elevaran y descendieran con las olas. Incluso me parecía oír el rítmico vaivén del agua bajo el
mismo edificio.
Al mismo tiempo, y tal vez esto tenía mayor importancia, cobré conciencia de un luminoso despertar
psíquico. Gracias a la sortija, percibí la opresiva existencia de unas fuerzas invisibles incalculablemente
poderosas, que tenían la casa de mi tío como punto focal. En una palabra, notaba como si yo atrajese las
inmensas fuerzas elementales que me rodeaban, como si se precipitasen sobre mí hasta convertirse en una
isla azotada por una mar embravecida, batida por un torbellino de huracanes. Me sentí desgarrado,
próximo a la desintegración, hasta que, por último, y casi con alivio, oí el sonido de un voz horrible, animal,
que se elevaba en un ulular espantoso. No provenía de la mar ni del cielo, sino de las profundidades de la
tierra: ¡de debajo de la casa!
Me arranqué la sortija del dedo y, en el acto, todo se calmó. La casa y el peñasco volvieron a su
quietud y soledad. Los vientos y las aguas que habían estremecido el mundo se apaciguaron, y se extinguió
todo rumor. La voz se acalló, restableciéndose el silencio. Mi vivencia extrasensorial había terminado, y
nuevamente pareció como si las cosas recobraran su primitiva actitud de espera. La sortija de mi tío era,
pues, un talismán, clave de su sabiduría y acceso a otras regiones del ser.
Gracias a la sortija descubrí el camino que había seguido mi tío para llegar al mar. Yo llevaba mucho
tiempo buscando un sendero que bajase hasta la playa, pero no descubrí ninguno que mostrara señales de
uso constante. Sin embargo, había algunos caminos que descendían por el declive acantilado; en
determinados puntos, habían excavado unos peldaños, de forma que se pudiera llegar hasta el borde del
agua desde la casa misma, situada en lo alto del promontorio. Pero no había sitio para varar una
embarcación, y el agua allí era profunda. En aquel paraje me bañé varias veces, con una sensación de goce
casi irracional, tan grande era el placer que me daba el nadar. Pero había muchas rocas, y la playa quedaba
demasiado lejos del promontorio para cubrir la distancia a nado, a menos que se tratara de un buen
nadador como —para asombro mío— comprobé que era yo.
Tenía intención de preguntar a Ada Marsh acerca de la sortija. Fue por ella por quien supe de su
existencia; pero desde el día en que me negué a cederle los papeles de mi tío, no había vuelto a aparecer
por la casa. Lo cierto es que a veces la había sorprendido merodeando por los alrededores, o había
descubierto su coche estacionado junto a una carretera que pasaba relativamente cerca de mi finca, tierra
adentro. Un día fui a Innsmouth a buscarla, pero no estaba en su casa. Al preguntar por ella, la mayoría de
la gente me manifestó abierta hostilidad y recelo; en cambio, hubo quienes me dirigían curiosas miradas,
tímidas, aunque llenas de un significado que yo no supe interpretar. Cuando me miraban así,
sistemáticamente se trataba de unos tipos mal vestidos y andar bamboleante que vivían en el barrio
marinero.
De modo que no fue Ada Marsh quien me ayudó a encontrar el camino que llevaba a mi tío hasta el
mar. Un día me puse la sortija y, atraído por el agua, decidí bajar hasta la orilla, cuando me di cuenta al
cruzar la gran habitación central que me era virtualmente imposible salir de ella; era como si todo el salón
tirase del anillo. Dejé de debatirme al notar que empezaba a manifestarse una gran fuerza psíquica, y me
quedé inmóvil, en espera que ésta me guiara. Así, pues, cuando me sentí impulsado hacia cierta figura
labrada en madera, singularmente repulsiva, que representaba un híbrido espantoso de batracio y se hallaba
fija en un pedestal adosado a una de las paredes del salón, cedí al influjo, me acerqué, la agarré, empujé y
tiré de ella, y finalmente traté de hacerla girar a derecha e izquierda. Al moverla hacia la izquierda, cedió.
Inmediatamente se oyó un crujido de cadenas, un rechinar de mecanismos, y toda la sección del suelo
que estaba cubierta por la alfombra con el sello de R’lyeh, se levantó como una trampa enorme. Me
acerqué asombrado. El pulso me latía aceleradamente por la excitación. Me asomé al pozo y vi una gran
profundidad, oscura y bostezante, por la que descendían en espiral unos peldaños labrados en la sólida
roca sobre la cual se asentaba la casa. ¿Conducían hasta el agua? Tomé al azar un tomo de las obras de
Dumas, y lo dejé caer. Escuché atento unos momentos, hasta que se oyó un chapuzón distante.
Entonces, con mucha prudencia, bajé por la interminable escalera, sintiendo cada vez más fuerte el olor
a mar. ¡No era extraño que se sintiera el mar dentro de casa! Continué mi descenso. El ambiente se hizo
frío y húmedo, hasta que finalmente noté que las paredes y los escalones estaban mojados, y oí el incesante
movimiento del agua, el chapoteo del mar que entraba en la roca por alguna grieta. Por último, llegué al final
de la escalera y vi que me encontraba en el borde mismo del agua, en una caverna tan grande que en ella
cabría la misma casa. Efectivamente, éste, y no otro, era el camino que mi tío había empleado hasta el mar.
Pero entonces me quedé más desconcertado que nunca: aquí tampoco había rastro alguno de bote ni
equipo de buceo, sino huellas de pies únicamente... A la luz de las cerillas, aún descubrí algo más: unas
señales largas, unos rastros espumajosos, como si algún ser monstruoso hubiese descansado sobre el piso
de la caverna. Me hicieron pensar con la carne de gallina, en las estatuillas y bajorrelieves de Polinesia, del
gran salón central, coleccionados por tío Sylvan y otras personas de mi familia.
No sé el tiempo que permanecí en ese lugar. Allí, al borde del agua, con el sello de R’lyeh en mi dedo,
percibí en la profundidad de las aguas un rebullir de vida que provenía no de la misma caverna, sino del
exterior, o sea de la mar abierta, lo que me hizo pensar en la existencia de alguna comunicación. Esta
comunicación estaría bajo la superficie ya que, como pude comprobar a la luz de las cerillas, las paredes de
la caverna eran de sólida roca sin grietas ni hendiduras. Por consiguiente, tenía que haber una comunicación
con el mar y yo debía encontrarla sin demora.
Subí de nuevo las escaleras, cerré la abertura, tomé el coche y salí rápidamente para Boston. Volví ya
de noche con una escafandra y una botella de oxígeno, dispuesto a sumergirme al día siguiente. No me
quité ya la sortija, y aquella noche soñé con remotas edades de sabiduría, con ciudades que se alzaban en
fabulosos rincones de la Tierra: la desconocida Antártida, las regiones montañosas del Tíbet, las
insondables profundidades del mar... Soñé que me movía entre moradas de fantástica belleza, junto con
otros individuos de mi especie. Teníamos por aliados a unos seres de pesadilla, criaturas cuyo aspecto me
habría helado la sangre a la luz del día. En ese mundo nocturno estábamos todos reunidos por una sola
razón: servir a los Grandes, de quienes formábamos el séquito. Pasé la noche entera soñando otros
mundos, otras manifestaciones de vida, y experimentando sensaciones nuevas e increíbles, ante unos seres
provistos de tentáculos que exigían de nosotros obediencia y sumisión religiosa. A la mañana siguiente me
desperté agotado y, no obstante, lleno de alborozo, como si hubiera vivido aquellos sueños en la realidad, y
me sintiera aún en posesión de un vigor inimaginable, dispuesto a soportar con alegría las duras pruebas
que había de pasar.
Pero me encontraba en el umbral de un descubrimiento aún mayor.
Al atardecer del día siguiente me puse la escafandra y las aletas, me coloqué las botellas de oxígeno, y
descendí a la caverna. Aun ahora me resulta difícil hablar de lo que me sucedió a continuación sin llenarme
de asombro. Me sumergí con mucha precaución en aquellas aguas, busqué el fondo hasta encontrarlo, me
orienté hacia el exterior y me adentré por una grieta cuya altura era más del doble que la de una persona.
De pronto, llegué a su desembocadura y de allí, sin más, me lancé al vacío y comencé a descender hacia el
fondo del océano a través de un mundo gris verdoso de rocas y arena, de vegetación acuática que ondeaba
y se retorcía bajo la luz difusa de las profundidades.
Empecé a sentir la presión del agua, y me pregunté si no sería excesivo el peso de las botellas y la
escafandra a la hora de subir. Tal vez me viese obligado a buscar una rampa costera que me ayudara a
llegar hasta la orilla, y entonces apenas tendría tiempo para realizar mi inspección. A pesar de todo,
continué adelante, alejándome de la costa de Innsmouth en dirección al sur.
De repente me di cuenta de algo horrible y es que, aun en contra de mi voluntad, avanzaba como
atraído por un influjo. Las botellas no tardarían en agotarse y si me alejaba demasiado de la costa, no
podría llenarlas antes de regresar. Sin embargo, me era imposible cambiar el rumbo que llevaba mar
adentro. Era como si una fuerza me obligara a seguir avanzando, a alejarme invariablemente de la costa, a
bajar la suave pendiente que arrancaba del pie de la punta rocosa de la casa en dirección sudeste. Continué
en esta dirección sin detenerme, a pesar de sentirme cada vez más sobrecogido por el pánico... Era preciso
dar media vuelta, tenía que emprender el camino de regreso. Para nadar hasta la boca de la gruta sería
necesario un esfuerzo casi sobrehumano. Y ahora que el aire estaba a punto de terminarse, sería casi
imposible llegar al pie de la escalera secreta, si no volvía inmediatamente.
Había algo, empero, que no me permitía volver. Seguí avanzando como dominado por una voluntad
superior que anulaba la mía propia. No tenía alternativa, había de seguir; cada vez me iba sintiendo más
alarmado, y más violentamente me debatía entre lo que deseaba y lo que me sentía obligado a hacer. El
oxígeno disminuía por segundos. Varias veces me elevé nadando vigorosamente. Pero a pesar que no
sentía la fatiga de nadar —en efecto, lo hacia casi con milagrosa facilidad—, siempre regresaba al fondo
del océano y tomaba nuevamente el mismo rumbo.
En una ocasión me detuve a mirar alrededor. Traté en vano de escudriñar aquellas profundidades. Me
dio la impresión que me seguía un enorme pez verdoso y pálido que me hizo pensar en una sirena porque
me pareció verle como una cabellera flotante. Pero poco después se perdió entre las rocas y las tupidas
algas de aquel paraje. No me entretuve demasiado. En seguida me sentí forzado a continuar, hasta que por
último me di cuenta que el oxígeno tocaba a su fin. Mi respiración se hizo más trabajosa, luché
desesperadamente por nadar hacia la superficie, pero lo único que conseguí fue perder el equilibrio y caer
por un tremenda grieta que se abría en el fondo del océano.
Unos segundos antes de perder el conocimiento, vi de nuevo la sombra del gran pez que me seguía. Se
lanzó velozmente sobre mí y noté que unas manos manipulaban mi escafandra y mis botellas... No era un
pez ni una sirena: ¡Era el cuerpo desnudo de Ada Marsh, con sus largos cabellos ondeantes, que nadaba
con la soltura y facilidad de un habitante del océano!
IV
Lo que siguió a esta visión casi de ensueño fue lo más increíble de todo. Casi inconsciente, sentí que
Ada Marsh me arrancaba la escafandra y las botellas, y las arrojaba a la grieta. Luego, poco a poco, fui
recuperando el conocimiento. Ada Marsh me arrastraba con sus dedos fuertes y robustos, nadando, no
hacia la superficie, sino hacia adelante. Y descubrí que yo podía nadar con la misma facilidad que ella, y
como ella, abría y cerraba la boca como si respirara a través del agua..., ¡y así era, en efecto! Sin
sospecharlo, poseía un don ancestral que ponía ahora a mi alcance todas las inmensas maravillas del mar...,
¡podía respirar sin necesidad de salir a la superficie! ¡Era anfibio!
Ada avanzaba delante de mí, y yo la seguía. Yo era veloz, pero ella lo era más. Ya no caminaba
pesadamente por el fondo del océano, sino que cruzaba el agua impulsado por unos brazos y unas piernas
que estaban hechos para nadar. Sentí el gozo triunfal e incontenible de moverme libremente en el agua,
hacia una meta que vislumbraba vagamente. Ada me señalaba el camino, yo la seguía de cerca, mientras
allá arriba, en el mundo de los hombres, el sol se hundía en el ocaso, moría el día, se apagaba el resplandor
del horizonte, y la luna, como una hoz, encendía la última luminaria de la tarde.
A esa hora subimos a la superficie, a lo largo de una pared rocosa que acaso pertenecía a la costa o a
una isla. Cuando salimos a flote, vi que estábamos lejos de tierra, junto a un arrecife que emergía del mar y
desde el cual se podían ver las luces intermitentes de un puerto lejano. Miré en torno, buscando con los
ojos a Ada Marsh. La vi a la luz de la luna y me senté en la roca, a su lado. Entre nosotros y la costa, se
balanceaban las sombras de unos botes. Entonces supe dónde estábamos: en el Arrecife del Diablo, frente
a Innsmouth, donde una vez, antes de la desastrosa noche de 1928, nuestros antecesores habían
confraternizado con sus hermanos de las profundidades.
—¿Cómo pudiste ignorarlo? —preguntó Ada—. Has estado a punto de morir asfixiado. Si no llego a
seguirte...
—Nunca tuve ocasión de enterarme.
—¿Cómo crees que salía tu tío a explorar, más que así?
Lo que buscaba tío Sylvan era lo mismo que buscaba ella. Ahora, lo buscaría yo también.
Encontraríamos primero el sello de R’lyeh, y después, al que duerme y sueña en las profundidades, al ser
cuya llamada había sentido en mí: el gran Cthulhu. Ada estaba segura que R’lyeh no se hallaba frente a
Innsmouth. Y para demostrarlo, me condujo de nuevo a las simas que se abren al pie del Arrecife del
Diablo. Allí me enseñó las grandes construcciones megalíticas —ahora en ruinas, como consecuencia de las
cargas de profundidad arrojadas en 1928— donde, muchos años antes, los primeros Marsh y Phillips
habían mantenido contacto con los Profundos. Y nadamos entre las ruinas de la que en tiempos fuera una
gran ciudad, y entre ellas vi al primero de los Profundos, y su visión me llenó de horror. Era una caricatura
grotesca de un ser humano en forma de rana; nadaba con unos movimientos exagerados, idénticos a los de
los batracios. Se nos quedó mirando descaradamente con sus ojos abultados, sin ningún miedo, pues
reconocía en nosotros a sus hermanos del exterior. Seguimos descendiendo entre monolitos, hasta llegar al
piso del océano. La destrucción había sido enorme allí. De ese mismo modo habían sido derruidas otras
ciudades submarinas, merced al empeño de un reducido número de hombres determinados a evitar el
regreso del gran Cthulhu.
Después, subimos y regresamos a la casa del promontorio, donde Ada había dejado sus ropas. Allí
hicimos un pacto que nos uniría mutuamente, y proyectamos un viaje a Ponapé para continuar nuestra
búsqueda.
A las dos semanas salimos con rumbo a Ponapé en un barco fletado, cuya tripulación ignoraba por
completo el objeto del viaje. Confiábamos en el éxito; teníamos la esperanza de encontrar lo que
buscábamos en alguna de las islas de Polinesia no registradas en las cartas de navegación. Y una vez
hallado, nos uniríamos para siempre con nuestros hermanos del mar, con los servidores que aguardan el día
de la resurrección, cuando Cthulhu, y Hastur, y Lloigor, y Yog-Sothoth, se levanten de nuevo para vencer
a los Dioses Arquetípicos en la titánica lucha que ha de venir.
En Ponapé establecimos nuestro cuartel general. Unas veces partíamos directamente desde allí para
investigar; otras, zarpábamos en nuestro barco haciendo caso omiso de la curiosidad de los tripulantes.
Registramos las aguas y en algunas ocasiones, tardamos varios días en volver. Mi metamorfosis no tardó
mucho tiempo en completarse. No me atrevo a decir cómo ni de qué nos alimentábamos en aquellas
expediciones submarinas. Una vez cayó al agua un gran avión de una línea comercial..., pero eso no
sucedió más que una sola vez. Baste decir que sobrevivíamos, que hice cosas que sólo un año antes me
habrían parecido propias de bestias, que únicamente nos impulsaba a seguir adelante la urgencia de nuestra
búsqueda, y que nada nos importaba, sino vivir y alcanzar la meta que nos habíamos propuesto.
¿Cómo describir lo que vimos, y pedir después que se me crea? Encontramos las grandes ciudades del
fondo oceánico. La más grande de todas, la más antigua, se hallaba frente a la costa de Ponapé. En ella
pululaban los Profundos. Y entre las torres y las grandes lajas, entre alminares y cúpulas, paseamos días y
días en aquella ciudad sumergida, casi perdida en medio de la vegetación submarina. Allí vimos cómo vivían
los Profundos, confraternizamos con extraños seres acuáticos cuyo aspecto general recordaba a los pulpos,
luchamos a menudo contra los tiburones, y sólo vivimos para servir a Aquel cuya llamada se oye en las
profundidades, aunque no se sepa dónde yace y sueña con el día en que haya de volver.
Nuestras continuas exploraciones de ciudad en ciudad, de edificio en edificio, siempre a la busca del
gran sello bajo el que yace Él, transcurrían en un ciclo interminable de días y noches. Seguíamos adelante,
animados por la esperanza y la acuciante urgencia de nuestro objetivo, que vislumbrábamos ante nosotros
más cercano cada vez. El tiempo transcurría monótono. Sin embargo, cada día era diferente del anterior, y
nadie podía predecir lo que nos depararía el siguiente. Cierto es que el barco que habíamos fletado no nos
resultaba tan cómodo como habíamos pensado, ya que nos veíamos obligados a alejarnos de él en bote y
buscar la costa de alguna isla que nos ocultara, para sumergirnos subrepticiamente hasta el fondo. Todo
esto nos disgustaba. A pesar de las precauciones, los componentes de la tripulación hacían más preguntas
cada vez, convencidos que andábamos detrás de algún tesoro escondido y dispuestos a exigirnos su parte,
de modo que se nos hacía difícil evitar sus preguntas y acallar sus crecientes sospechas.
Tres meses duraba ya nuestra busca, cuando hace dos días soltamos el ancla frente a una isla de roca
negra, deshabitada, bastante apartada de las demás. Carecía de vegetación y su aspecto era yermo y
desolado como si hubiera sido arrasada por un incendio. En efecto, parecía un solevantamiento geológico
de roca basáltica, que en algún tiempo debió de emerger a gran altura sobre las aguas, pero que sin duda
había sufrido intensos bombardeos durante la pasada guerra. Dejamos el barco, dimos la vuelta a la isla
negra y nos zambullimos. También allí había una ciudad sumergida, igualmente en ruinas por la acción del
enemigo.
Pero aun en ruinas, la ciudad no estaba deshabitada, y debido a su gran extensión, se veían bastantes
zonas no dañadas. Y allí, en uno de los enormes edificios monolíticos, en el más grande y más antiguo,
descubrimos lo que estábamos buscando. En el centro de una inmensa nave de techo más alto que el de
una catedral, había una gran losa en cuya superficie se veía tallada la figura que había servido de modelo a
los blasones de la residencia de mi tío: ¡el Sello de R’lyeh! Y recogidos ante él, oímos un ruido que brotaba
de abajo, como el movimiento de un cuerpo tremendo y amorfo, inquieto como el mar, agitado por los
sueños... Comprendimos que había llegado al final. Ahora podríamos dedicar una vida inmortal al servicio
de Aquel Que Volverá a Levantarse, del que mora en las profundidades, del que sueña en los abismos y
cuyos sueños significan el dominio de la Tierra y de todos los universos, pues Él necesitará de Ada Marsh y
de mí para aplacar su indigencia hasta que suene la hora de su resurrección.
Escribo a bordo de nuestro barco. Es tarde ya. Mañana bajaremos otra vez, y buscaremos la forma de
levantar el sello. ¿Fueron de verdad los Dioses Arquetípicos quienes precintaron la morada del Gran
Cthulhu para impedir su regreso? ¿Y nos atreveremos nosotros a hacer saltar el sello y comparecer ante la
presencia de El Que Duerme allí? No estaremos solos Ada y yo; pronto habrá otro más, nacido ya en su
elemento natural, para guardar y servir al Gran Cthulhu. Porque hemos oído su llamada y hemos
obedecido, no estamos solos. Otros hay que vienen desde todos los rincones del mundo, nacidos también
del apareamiento de los hombres con las mujeres del mar, y pronto las aguas serán nuestras por entero, y
después la Tierra toda, y más. Y gozaremos del poderío y la gloria para siempre.
Artículo aparecido el 7 de noviembre de 1947 en el Times de Singapur:
La tripulación del barco Rogers Clark ha sido puesta hoy en libertad, después de haber sido
detenida con motivo de la desaparición del señor Marius Phillips y de su esposa, que habían
fletado la citada embarcación para realizar ciertas investigaciones en las islas de Polinesia. El
señor y la señora Phillips fueron vistos por última vez en las proximidades de un islote situado,
más o menos, a 47° 53’ latitud sur, y 127° 37’ longitud oeste. Se habían alejado en bote, y
abordaron la isla por la orilla opuesta a la que estaba fondeado el barco. Al parecer, del islote
se lanzaron al agua, según varios miembros de la tripulación, quienes afirman haber
presenciado un asombroso movimiento de agua en aquella parte de la isla. El capitán, que
estaba en el puente junto con el primer piloto, declaró que ambos vieron cómo su patrón y su
esposa eran lanzados al aire por un géiser, y cómo se sumergieron después. No volvieron a
aparecer, aunque el barco estuvo aguardándoles varias horas. Al registrar la isla, hallaron las
ropas de ambos esposos en el bote. En el sucucho de proa encontraron un manuscrito
fantástico con pretensiones de veracidad, pero que, naturalmente, sólo contiene hechos
ficticios. El capitán Morton dio parte a la policía de Singapur. No se ha encontrado rastro
alguno del matrimonio Phillips...


F I N

MITOS SOBRE : SUICIDAS -- GUY DE MAUPASSANT

Escrito por imagenes 03-10-2008 en General. Comentarios (0)

 


mitos
Suicidas
Guy de Maupassant



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No pasa un día sin que aparezca en los periódicos la relación de algún suceso como éste:
"Anoche, los vecinos de la casa número tal de la calle tal oyeron dos o tres detonaciones y, saliendo a la escalera para saber lo que ocurría, entre todos pudieron comprobar que se habían producido en el cuarto del señor X. Al abrir la puerta de dicho cuarto —después de llamar inútilmente— vieron al inquilino tendido en el suelo, sobre un charco de sangre y empuñando aún el revólver con el cual se había ocasionado la muerte.
"Se ignora la causa de tan funesta determinación, porque el señor X. vivía en posición desahogada y, teniendo ya cincuenta y siete años, disfrutaba de bastante salud."
¿Qué angustiosos tormentos, qué ocultas desdichas, qué horribles desencantos convierten a esas personas, al parecer felices, en suicidas?
Indagamos, presumimos al punto, dramas pasionales, misterios de amor, desastres de intereses, y como no se descubre jamás una causa precisa, cubrimos con una palabra esas muertes inexplicables: "Misterio, misterio".
Una carta escrita poco antes de morir, por uno de los muchos que "se suicidan sin motivo", cayó en mi poder. La juzgo interesante. No descubre ningún derrumbamiento, ninguna miseria espantosa, nada de lo extraordinario que se busca siempre para justificar una catástrofe; pero pone de relieve la sucesión de pequeños desencantos que desorganizan fatalmente la existencia solitaria de un hombre que ha perdido todas las ilusiones y acaso explique —a los nerviosos y a los sensitivos, al menos— la tragedia inexplicable de "suicidios inmotivados".
Leámosla:
"Son ya las doce de la noche. Cuando haya escrito esta carta, voy a matarme. ¿Por qué? Trato de razonar mi determinación, para darme cuenta yo mismo de que se impone fatalmente, de que no debo aplazarla.
"Mis padres eran gentes muy sencillas y crédulas. Yo creí en todo, como ellos.
"Mi engaño duró mucho. Hace poco, se desgarraron para mí los últimos jirones que me velaban la verdad; pero hace ya bastantes años que todos los acontecimientos de mi existencia palidecen. La significación de lo más brillante y atractivo se me presenta en su torpe realidad; la verdadera causa del amor llegó incluso a sustraerme de las poéticas ternuras.
"Nos engañan estúpidas y agradables ilusiones que se renuevan sin cesar.
"Envejeciendo, me había resignado a la horrible miseria de las cosas, a lo vano de todo esfuerzo, a lo inútil que resulta siempre la esperanza: cuando una luz nueva inundó el vacío de mi vida esta noche, después de comer.
"¡Antes yo era feliz! Todo me alegraba: las mujeres al pasar, las calles, mi vivienda, y aun la hechura de mis ropas constituía para mí una preocupación agradable. Pero las mismas ideas, los mismos actos repetidos, monótonos, acabaron por sumergir mi alma en una laxitud espantosa.
"Todos los días, a la misma hora, durante treinta años, me levanté de la cama; y todos los días, en el mismo restaurante, durante treinta años, a las mismas horas, me servían los mismos platos mozos diferentes.
"Me propuse viajar. El aislamiento que sentimos en ciudades nuevas, en residencias desconocidas, me asustó. Sentíame tan abandonado sobre la tierra, tan insignificante, que volví a tomar el camino de mi casa.
"Y, entonces, la inmutable fisonomía de los muebles, fijos en el mismo lugar durante treinta años, las rozaduras de mis sillones, que yo conocí nuevos, el olor de mi casa —cada casa que habitamos, con el tiempo adquiere un olor especial— acabaron produciéndome náuseas y la negra melancolía de vivir mecánicamente.
"Todo se repite sin cesar y de un modo lamentable. Hasta la manera de introducir —al volver cada noche— la llave en la cerradura; el sitio donde siempre dejo las cerillas; la mirada que al entrar esparzo en torno de mi habitación, mientras el fósforo se inflama. Y todo me provoca —para verme libre de una existencia tan ruin— a tirarme por el balcón.
"Mientras me afeito, cada mañana me seduce la idea de degollarme, y mi rostro, el mismo siempre, que se refleja en el espejo con las mejillas cubiertas de jabón, muchas veces me hizo llorar de tristeza.
"Ni siquiera me complace tropezar con personas a las cuales veía con gusto hace tiempo; las conozco tanto que adivino lo que me dirán y lo que les diré; a fuerza de razonar con las mismas, descubrimos la ilación de sus ideas. Cada cerebro es como un circo donde un pobre caballo da vueltas. Por mucho que nos empeñemos en buscar otros caminos, por muchas cabriolas que hagamos, la pista no varía de forma ni ofrece lances imprevistos ni abre puertas ignoradas. Hay que dar vueltas y más vueltas, pasando siempre por las mismas reflexiones, por los mismos chistes, por las mismas costumbres, por las mismas creencias, por los mismos desencantos.
"Al retirarme hoy a mi casa, una insistente niebla invadía el bulevar, oscureciendo los faroles de gas, que parecían candilejas. Pesaba el ambiente húmedo sobre mis hombros como una carga. Seguramente hago una digestión difícil.
"Y una buena digestión lo es todo en la vida. Ofrece inspiraciones al artista, deseos a los jóvenes enamorados, luminosas ideas a los pensadores, alegría de vivir a todo el mundo, y permite comer con abundancia —lo cual es también una dicha. Un estómago enfermo conduce al escepticismo, a la incredulidad, engendra sueños terribles y ansias de muerte. Lo he notado con frecuencia. Es posible que no me matara esta noche, haciendo una buena digestión.
"Después de haberme acomodado en el sillón donde me siento hace treinta años todos los días, miré alrededor, creyéndome víctima de un desaliento espantoso.
"¿De qué medio valerme para escapar a mi razón macilenta, más horrible aún que la desordenada locura? Cualquier empleo, cualquier trabajo me parece más odioso que la acción en que vivo. Quise poner en orden mis papeles.
"Hacía tiempo que deseaba registrar los cajones de mi escritorio, porque durante los treinta últimos años había metido allí, al azar, las cartas y las cuentas. Aquel desorden llegó a preocuparme algunas veces; pero me sobrecoge una fatiga tal en cuanto me propongo un trabajo metódico y ordenado, que nunca me atreví a empezar.
"Esta noche me senté junto a mi escritorio y abrí, resuelto a preservar algunos papeles y romper la mayor parte.
"Quedéme de pronto pensativo ante aquel hacinamiento de hojas amarillentas; luego cogí una.
"¡Oh! Si aprecian en algo su vida, no toquen jamás las cartas viejas que guardan los cajones de su escritorio. Y si no pueden resistir la tentación de abrirlos, cojan a granel, con los ojos cerrados, los paquetes de cartas para tirarlos al fuego; no lean ni una sola frase, porque sólo ver la escritura olvidada y de pronto reconocida, los lanza en un océano de recuerdos; quemen esos papeles que matan; cuando estén hechos pavesas, pisotéenlos para convertirlos en impalpables cenizas... Y si no lo hacen así, los anonadarán como acaban de anonadarme y destruirme.
"¡Ah! Las primeras cartas no me han interesado; eran de fechas recientes y de personas que viven y a las que veo, sin gusto, con alguna frecuencia. Pero, de pronto, la vista de un sobre me ha estremecido. Al reconocer los rasgos de la escritura se han cubierto mis ojos de lágrimas. Era la letra de mi mejor amigo, del compañero de mi juventud, del confidente de mis esperanzas. Y se me apareció tan claramente, con su bondadosa sonrisa, tendiéndome las manos, que sentí un escalofrío penetrante; hasta mis huesos vibraron. Sí, sí; los muertos vuelven. ¡Lo he visto! Nuestra memoria es un mundo más acabado aún que el universo; ¡puede hacer vivir hasta lo que no existe!
"Con la mano temblorosa y los ojos turbios, recorrí toda su carta, y en mi pobre corazón angustiado, he sentido un desgarramiento espantoso. Mis lamentaciones eran tan lastimosas, como si me hubiesen magullado las carnes.
"Así he ido remontándome a través de mi vida, como remontamos un río, luchando contra la corriente. Aparecieron personas olvidadas, cuyos nombres no puedo recordar; pero su rostro sí lo recuerdo. En las cartas de mi madre, resucitan criados antiguos, el aspecto de nuestra casa y mil detalles nimios que una inteligencia infantil recoge.
"Sí; he visto de pronto los vestidos que usó mi madre en distintas épocas y, según la moda y según el tocado, mostraba una fisonomía diferente. Sobre todo me obsesionaba con un traje de seda rameado, y recuerdo que un día, llevando aquel traje, me amonestó dulcemente: 'Roberto, hijo mío, si no procuras erguirte un poco, serás jorobado toda tu vida'.
"Luego, al abrir otro cajón, aparecieron las prendas marchitas de mis amores: un zapatito de baile, un pañuelo desgarrado, una liga de seda, trencitas de pelo, flores... Y las novelas de mi vida sentimental me sumergieron más en la triste melancolía de lo que no vuelve. ¡Ah! ¡Las frentes juveniles orladas con rubios cabellos, las manos acariciadoras, los ojos insinuantes, la sonrisa que promete un beso, el beso que asegura un paraíso!... Y ¡el primer beso!... Aquel beso delicioso, interminable, que ofusca la mirada, que abate la imaginación, que nos posee y nos glorifica, ofreciéndonos a la vez un goce ideal y la promesa de otros goces deseados.
"Cogiendo con ambas manos aquellas prendas tristes de lejanas ternuras, las cubrí de caricias furiosas y en mi corazón desolado por los recuerdos sentía resonar cada hora de abandono, sufriendo un suplicio más cruel que las monstruosas leyendas infernales. ¡Ah! ¿Por qué las abandoné o por qué me abandonaron?
"Quedaba por ver una carta fechada hacía medio siglo. Me la dictó el maestro de escritura: 'Mamita de mi alma: hoy cumplo siete años. A esa edad ya se discurre; ya sé lo que te debo. Te juro emplear bien la vida que me has dado.
'Tu hijo que te adora, Roberto'.
"Me había remontado hasta el origen. El recuerdo era desconsolador. ¿Y el porvenir? Quise profundizar en lo que me faltaba de vida, y se me apareció la vejez espantosa y solitaria, con su cortejo de achaques y dolencias... ¡Todo acabado para mí! ¡Nadie junto a mí!
"El revólver está sobre la mesa... Es tentador... "¡No lean nunca las cartas de otros tiempos! ¡No recuerden viejas memorias!..."
Así es como se matan muchos hombres en cuya plácida existencia no hallamos el verdadero motivo de su fatal resolución.