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PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO -- Francisco de Quevedo y Villegas

Escrito por imagenes 27-11-2008 en General. Comentarios (5)

PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO -- Francisco de Quevedo y Villegas

Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Son sus padres principales,
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
Al rico y al pordiosero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

¿A quién no le maravilla
Ver en su gloria, sin tasa,
Que es lo más ruin de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Mas pues que su fuerza humilla
Al cobarde y al guerrero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Es tanta su majestad,
Aunque son sus duelos hartos,
Que aun con estar hecho cuartos
No pierde su calidad.
Pero pues da autoridad
Al gañán y al jornalero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.


Francisco de Quevedo y Villegas

LAS MOMIAS DE LAS LAGUNAS

Escrito por imagenes 25-11-2008 en General. Comentarios (0)

Las momias de los pantanos

 

 LAS MOMIAS DE LAS LAGUNAS

 

 

 

La muerte está tan segura de cogerte, que te deja una vida de ventaja
(Anónimo ).

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Los pantanos de turba del Noreste europeo son acreedores de uno de los muchos misterios que encierra el viejo continente: la aparición de momias con más de 2.000 años de antigüedad. Todos los cuerpos llevan estigmas de muerte violenta que hacen sospechar a los científicos que fueron víctimas de sacrificios o rituales religiosos. Hombres, mujeres y niños que resucitan tras siglos de silencio, y que nos revelan aspectos sorprendentes de la época en que vivieron.

Los cuerpos momificados descubiertos a lo largo del siglo XX en los pantanos del norte de Europa constituyen, además de un importante hallazgo arqueológico, un misterio difícil de descifrar que ha permanecido intacto gracias a las condiciones especiales que reúne la zona y a las turberas de los pantanos. Dos siglos después de su muerte, los cuerpos difuntos, notablemente conservados, vuelven a ver la luz del día delatando que su muerte fue violenta. ¿Se trata de víctimas participantes en sacrificios rituales o de ajusticiamientos a criminales? Estrangulamientos, decapitaciones, hombres, mujeres y niños degollados y apuñalados...

De momento no existe una respuesta única a este interrogante. Las pruebas científicas realizadas aseguran que la mayoría de los cuerpos datan de la segunda mitad de la Edad de Hierro, periodo que corresponde a la llegada de los romanos y su dominio en estas tierras. Remitiéndonos a las crónicas escritas por los historiadores Plinio y Tácito, encontramos ciertas respuestas que confirman las sospechas de los arqueólogos y científicos que realizan las investigaciones: los pueblos que habitaban el noroeste de Europa dos mil años atrás, tenían la creencia de que los dioses habitaban en los terrenos pantanosos y acostumbraban a ahogar a los criminales, desertores, traidores, e incluso, a los homosexuales. Al parecer, el objetivo de dichos actos, además del castigo y ajusticiamiento, era el de ofrecer a las divinidades los cuerpos y vidas de los castigados a modo de sacrificios. Sin embargo, otros autores antiguos como Osorio y Julio Cesar apuntaron que los humanos sacrificados eran ofrecidos a los pantanos sagrados tras ganar una batalla en señal de ofrenda al dios de la guerra.

A estos datos cabe aunar el trabajo realizado en las investigaciones científicas sobre las vísceras de algunos cuerpos que, curiosamente, se han conservado en buen estado. El análisis del contenido de sus estómagos ha confirmado que esas personas habían ingerido productos habituales en las ceremonias religiosas de la época, como polvo de muérdago y bayas, ambos conocidos por su importancia en las prácticas rituales de los druidas.

Otro elemento determinante para apoyar la teoría de los sacrificios se obtuvo durante las investigaciones realizadas por los especialistas del Museo Británico sobre el Hombre de Lindow, descubierto en Lindow Moss, cerca de la localidad inglesa de Manchester, en 1984. Había sido estrangulado y luego degollado con un cuchillo. En su estómago se encontraron frutos de muérdago, lo que indica claramente que la víctima fue partícipe de un sacrificio ritual celta.

En teoría de un arqueólogo danés, las momias corresponderían a personas que habrían sido ofrendadas a Nerthus, la diosa de la Tierra. El propio historiador Tácito escribió en sus crónicas Germania la descripción de un rito tribal en el que se obligaba a los esclavos a tirar de un carromato a campo traviesa con la imagen de la diosa Nerthus en él. "... después, el carro, los vestidos, y la divinidad misma son purificados en un lago secreto. Los esclavos encargados de celebrar el rito, son instantáneamente tragados por las aguas".

||ENIGMAS POR RESOLVER||

En el estudio de las momias de las turberas del noreste europeo, sólo se ha descubierto una pequeña parte de sus misterios. Uno de los innumerables detalles RIPque aún permanecen por descubrir es que los cuerpos han aparecido casi siempre con una vara de abedulpor encima suyo, o bien clavada en él a la altura del corazón. ¿Cuál era  su fin?,¿para que permaneciera en el fondo del pantano, o tal vez, como apuntan algunos especialistas, fuera para evitar que el cuerpo volviera a la vida?... La creencia más defendida por los expertos, considera que los antiguos habitantes suponían que de este modo impedían a los muertos que atormentaran a los vivos en forma de espectro o de vampiro, superstición que se ha mantenido hasta nuestros días.

Es posible que muchas de esas personas fueran ajusticiadas y arrojadas al pantano cuando aún estaban vivas, hecho que parece confirmarse por las hinchazones en los puntos donde las ramas apretaban los miembros. En otros casos, aparecen mujeres con la cabeza medio afeitada o en su totalidad, acto que posiblemente fuese una señal de castigo infligido a las adúlteras. Como explicaba Tácito en uno de sus escritos... "en presencia de sus familiares, él (el marido) echa de casa a su mujer desnuda, con la cabeza afeitada...".

Otro de los enigmas acerca de estos cuerpos momificados lo ofrece el hombre de Tollund, posiblemente el más famoso de cuantos se han hallado en estos pantanos, sobre todo por su perfecta conservación. En muchas de las momias se puede apreciar un marcado trato de crueldad, en algunos casos extremos, hasta su muerte. Pero en esta ocasión es diferente. Su rostro, a pesar de haber sido ahorcado, no muestra sino un semblante relajado, tendido de lado, con los brazos y piernas flexionados en postura fetal, con la apacible actitud de un hombre que duerme. Según la teoría de algunos investigadores este caso sería distinto, tratándose de un individuo no criminal que fue sacrificado en honor a algunos deidad de los pantanos.

El hombre de Tollund fue encontrado con el rostro casi intacto, con expresión tranquila y sosegada, a pesar de haber sido colgado con un lazo de cuero trenzado que aún rodeaba su cuello. La barba, a medio recortar, apenas estaba deteriorada al igual que sucedía con un pequeño gorro de cuero que le cubría la cabeza. Según las investigaciones, vivió alrededor del 200 a. de C., medía unos 160 cm. y tendría entre 30 y 40 años al morir. Fue descubierto flotando en el agua en mayo de 1950 por dos obreros que trabajaban cortando carbón de turba en los alrededores de la ciudad danesa de Silkborg. Su primera reacción fue llamar a la policía, ya que el cadáver se conservaba en tan buen estado que pensaron que se trataba del cuerpo de un joven estudiante que había desaparecido durante una excursión, o tal vez de un asesinato cometido pocos días atrás. El cuerpo se salvó de casualidad, gracias a que uno de los primeros policías que inspeccionaron el cadáver era miembro de la junta directiva de un museo local, poniéndolo a buen recaudo. Más tarde, llegó a Copenhague, donde los científicos expertos no tardaron en averiguar que su edad rondaba los 2.000 años. Actualmente la momia está en el museo de Copenhague.

||LA IGNORANCIA DEL PASADO||

A pesar de que los cuerpos momificados han ido apareciendo a lo largo de los siglos, no se tenía consciencia de su antigüedad. Aún más, muchas momias fueron encontradas por aterrados campesinos que, o bien les daban cristiana sepultura, o las abandonaban esperando que los elementos o los animales acabaran con ellas. Otras momias, corriendo diferente suerte, eran utilizadas para obtener beneficios económicos tras su total destrucción. Así eran vendidas como "polvo de momia", asegurando que poseía cualidades medicinales y farmacéuticas, otorgando la cualidad de ofrecer larga vida, algo así como el "don de la eterna juventud".
En un principio se pensó que se trataba de personas asesinadas o fallecidas víctimas de algún accidente, por lo que eran enterradas según consta en los registros de algunas iglesias. Posteriormente se reconoció que no eran difuntos contemporáneos, e incluso se relacionaron con personajes históricos, como sucedió en 1835, cuando
La Mujer de Huldremoseun grupo de trabajadores daneses halló el

cadáver casi intacto de una mujer en uno de los pantanos cercanos a la localidad de Jelling, antigua capital medieval danesa. Se creyó que el cuerpo pertenecía a la legendaria reina noruega Gunilde, viuda del rey Erik Blodoxe -siglo VIII-. Según rezaba la leyenda, el rey danés Harald Blotand la

hizo venir a Dinamarca prometiendo casarse con ella. A su llegada, envió a los siervos para que la violaran y la ahogaran en un pantano. Como prueba de dicha teoría, se aportó el hecho de que la mujer encontrada llevaba un vestido precioso, y el pantano del que fue sacada se llamaba Gunnelmose, lo que se podría interpretar como pantano de Gunilde. El rey Federico

VI,monarca en aquel entonces, decidió que el cadáver fuera sepultado en un sarcófago.

Sin embargo, a lo largo del siglo XIX innumerables cadáveres momificados fueron apareciendo en los pantanos del noreste de Europa, sin encontrar una respuesta a tal fenómeno, bien por falta de interés o por falta de medios técnicos para desenmascarar el misterio. La opinión generalizada hasta aquel entonces era que los cuerpos eran bastante recientes, ya que seguían manteniendo cabellos, piel, masa muscular y en algunos casos, ropa. En el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, la situación cambió. Durante esos tiempo de escasez de carbón, se volvió a utilizar la turba que se encontraba en los pantanos de esa zona, saliendo de nuevo a la luz más cuerpos, como la mujer de Elling, el hombre de Tollund, la niña Wiendeby, y el Hombre de Lindow.

||AVANCES EN LA INVESTIGACIÓN||

Fue a finales del siglo XIX cuando los investigadores comenzaron, afortunadamente, a interesarse por el origen y proceso físico sufrido por estos cuerpos momificados, cuyo hallazgo y posterior estudio está legando a la Humanidad un testamento sin igual sobre las gentes que vivieron en las postrimerías de la Edad de Hierro.

Sus cuerpos fueron hallados en la mayoría de los casos desnudos. Por las ropas que se encontraron en su cercanía se ha podido saber que las mujeres vestían faldas tejidas o tiras de piel que les llegaban hasta las caderas, realizaban elaborados peinados y cuidaban sus manos y uñas. Por otro lado, los hombres usaban capas de piel, y en ocasiones, medias y calzado. Un dato a tener en cuenta es que no se han encontrado restos de sangre, lo que ha hecho suponer que eran desnudados antes del sacrificio.

Según el arqueólogo Christian Fischer, director del museo Silkeborg de Dinamarca, donde se encuentran algunas de las momias de los pantanos, hacia las décadas de los 50 y 60 los investigadores sólo podían determinar la antigüedad de una momia analizando los granos de polen de los sedimentos que la rodeaban. La aplicación de este sistema conducía inevitablemente a márgenes de error que podían traducirse en cientos de años. Sin embargo, hoy en día, con el descubrimiento de las nuevas y efectivas técnicas del carbono se pueden realizar evaluaciones bastante más aproximadas solamente con inspeccionar unos granos de tejido o de cabello, siempre y cuando la muestra no haya estado expuesta en lugares de contaminación ambiental.

Los avances de la investigación científica han ofrecido la posibilidad a la Paleontología y a la Paleopatología de descubrir las deficiencias físicas de dichos cuerpos, así como sus enfermedades y tipo de alimentación. También, y gracias a la Biología molecular, se espera poder conseguir una muestra de ADN, aunque existen dudas al respecto debido a que la acidez del carbón de turba parece que alteró casi todo el material genético. La esperanza es hallarlo en la médula de alguna pieza dental. Si esto se consiguiera, sería posible trazar, a través de las relaciones de parentesco, unos flujos de migración concretos.

Desafortunadamente, la situación presente en los turbales del noreste europeo ha cambiado. En la actualidad, el carbón de turba de los pantanos se está extinguiendo alarmantemente a consecuencia de su continuo y elevado consumo en los países de la zona.

Mientras tanto, sólo nos queda preservar el importante patrimonio que tiene la Humanidad en estos cuerpos momificados para, una vez averiguados sus misterios, poder saber algo más acerca de nuestro desconocido pasado.

||LOS CASOS MÁS CURIOSOS||

La Mujer de Huldremose. Fue descubierta en 1879 en uno de los pantanos de Jutlandia (Dinamarca) cubierta con una capa y una falda. En 1952 se dieron cuenta de qué provocó su muerte: tenía el brazo derecho amputado y tenía cortes en todos sus miembros, por lo que murió desangrada antes de ser arrojada al agua.

El cuerpo de
la niña de Windeby fue hallado en Schleswig-Holstein (Alemania) en 1952 en el fondo de una tumba en el turbal, con una rama de abedul en el hueco de su brazo derecho. Tenía media cabeza afeitada, lo que hizo pensar que había sido ejecutada por adulterio. Según los exámenes sólo tenía 13 años y los ojos vendados por una cinta con la que fue posiblemente estrangulada.

El Hombre de Gallagh se descubrió en 1821 en el condado de Galway, en Irlanda. Es una de las momias más antiguas del norte de Europa. Apareció cubierta con una capa de piel de ciervo atada al cuello mediante unas cañas utilizadas para estrangularle. Junto al cuerpo se hallaron unos postes que fueron utilizados para hundir el cuerpo en el agua.

Con el apodo de Franz el Pelirrojo se conoce en Alemania al Hombre de Neuversen. Vivió hacia el año 300 d. de C., y fue encontrado en 1900 en un pantano entre Holanda y Alemania.La Mujer de Elling fue descubierta en 1938 donde 12 años después se dio con el hombre de Tollund. Vivió hace unos 2.100 años y murió aproximadamente a los 30 ahorcada con un cordón de cuero. Su cuerpo estaba envuelto en una capa de piel de becerro y sus piernas por otra de ternero. Su larga cabellera le llegaba hasta la cintura.

Otro caso es la momia del Hombre de Damendorf, descubierto en 1900 en Schleswig-Holstein, Alemania. Vivió hacia el año 200 d. de C. Sólo le quedaba la piel. Los huesos se disolvieron por la acidez del agua de la ciénaga.

A pesar de los signos de violencia, el Hombre de Grauballe murió envenenado. Le cortaron la garganta de oreja a oreja, le aplastaron el cráneo y le rompieron una tibia. Los expertos pudieron tomar sus huellas dactilares.

 

 

LEYENDAS DE NUESTRA AMERICA

Escrito por imagenes 25-11-2008 en General. Comentarios (0)

LEYENDAS DE NUESTRA AMERICA

 

 

Leyendas de Argentina

Cómo Tupá hizo crecer el maíz

La piedra movediza del Tandil

La elección del rey de los pájaros

La flor del lirolay

Leyendas de Bolivia

Cómo la Virgen permitió que prepararan aloja

La cueva de las brujas

Leyendas de Colombia

El día en que el Sol se apagó en el cielo

De la niña Edelmira, que supo conseguir parte del tesoro de Suesca

Las tres princesas de las nueces de coco

Leyendas de Costa Rica

La lucha entre el águila y la serpiente

Yanique, el príncipe nahua

Leyendas de Chile

Cómo las cotorras llegaron a los toldos de los araucanos

Del árbol pehuén, que empezó a andar

Leyendas de Ecuador

Aloila y su chinchilla

El zorro plateado y la gúllineta

Leyendas de México

La princesa de las alas de mariposa

Los dos amantes

Leyendas de Paraguay

El nacimiento de irupé o la rosa del agua

El secreto del samuchú

 

 

 

__COMO TUPA HIZO CRECER EL MAIZ_

 

__

Todo el país de los guaraníes sufría de una gran sequía. Los dos ríos que

pasaban por la región ya casi no llevaban agua y los peces habían muerto. Ya

no se extraía alimento. Ya no valía la pena arrojar atarrayas.

Los cazadores regresaban de la selva sin haber encontrado qué cazar. Los

pantanos se habían secado y los pájaros se habían ido por falta de agua.

Era la primera vez que los guaraníes aguantaban hambre. Le habían rogado a

Tupá que les mandara la lluvia, pero el cielo continuaba azul, y el Sol ardía y

quemaba lo poco verde que todavía se podía encontrar en los rincones

sombríos.

La tierra se había endurecido, y ahora se abría bajo las pisadas de los

hombres, que salían de la región en busca de comida. Pero en todas partes se

veía la misma miseria.

Muchos murieron. «Tupá no ayudará», decían los que quedaban,

desesperados. Entre éstos había dos guerreros solteros que marchaban

adelante de los demás.

A Avatí y Ñandé, que así se llamaban los guerreros, les daba lástima el llanto

de los niños, y estaban dispuestos a arriesgar su vida para salvarlos.

Un día estaban discutiendo las necesidades de los suyos, y nuevamente

aseguraron: «Daríamos nuestra vida para aliviar el hambre de nuestros

hermanos».

Apenas pronunciaron estas palabras, apareció ante ellos un hombre

desconocido, que les dijo: «Escuché sus palabras. Si hablaban en serio, Tupá

les ayudará. El me mandó a la Tierra a buscar a un hombre que esté dispuesto

a dar su vida por los demás; de su cuerpo nacerá la planta que les dará de

comer a todos. Crecerá en todas partes, si los hombres la cultivan cerca de sus

pueblos, y sus frutos se podrán guardar para tiempos de sequía. Con esta mata

divina ya no habrá miseria entre los guaraníes».

Al oír esto, ambos jóvenes se levantaron y dijeron: «Moriremos, si Tupá lo ha

dispuesto así».

«No es necesario que mueran ambos», contestó el desconocido. «Uno debe

quedar vivo y buscar un sitio al lado del río, cerca del pueblo. Allí aflojará la

tierra y enterrará a su amigo. De su cuerpo nacerá la planta de Tupá, que le

dará vida eterna por haberse sacrificado por los demás».

Los amigos buscaron el lugar y se dieron la mano. Ambos deseaban salvar a

su pueblo, pero Avatí fue el elegido por Tupá, y le tocó la muerte. Ñandé alistó

la tierra, y llorando lo enterró. Todos los días fue a visitarlo y a regar la tierra

con agua del río, y las palabras de Tupá se cumplieron. De la tierra salió un

vástago que Ñandé jamás había visto, y la planta creció, floreció y dio sus

primeros frutos, frutos en abundancia.

Entonces Ñandé llamó a su gente, le mostró la planta y le contó lo que había

sucedido. Cuando terminó su cuento, apareció aquel desconocido y exclamó:

«Ñandé les dijo la verdad: Avatí vivirá para siempre mientras ustedes siembren

los granos secos de esta mata y cuiden los surcos. Tupá mandará la lluvia y

nunca volverá a haber hambre entre los guaraníes».

Los hombres se inclinaron ante el mensajero de Tupá y luego empezaron a

festejar el acontecimiento, bailando, cantando y alabando a su creador, y desde

entonces crece el maíz y los nutre a todos con sus frutos deliciosos.

 

 

 

LA PIEDRA MOVEDIZA DEL TANDIL

-----.

 

Hace mucho tiempo Sol y Luna se habían unido en matrimonio. Habían creado

la pampa y regado las semillas del pasto; habían hecho llegar las nubes grises

para que lloviera en abundancia y crecieran las plantas.

¡Qué hermosa había quedado aquella pradera llena de flores! Tenía, incluso,

algunos árboles en la planicie; eran ombúes majestuosos, que permitían

orientarse en ese mar verde que era la pampa.

En ese momento todavía no había hombres sobre la Tierra, pero después,

cuando nacieron sus hijos, Sol y Luna los llevaron al hermoso jardín que ellos

habían cultivado.

Después crearon a los animales para que acompañaran a sus hijos, y aunque

les dieron permiso de cazarlos para que tuvieran comida en abundancia,

también les encargaron su cuidado.

Y los hijos de Sol y Luna aprendieron a manejar el arco y la flecha, y

aprendieron a usar el fuego para calentarse y para preparar sus comidas.

Cuando cazaban se movían con agilidad; corrían, saltaban y se escondían. Sus

toldos eran fáciles de armar y les prestaban abrigo, y también podían

transportarlos de un lugar a otro cuando se cansaban de una región, o cuando

ya no encontraban qué cazar ni qué comer.

Los hijos de Sol y Luna conocían toda la pampa, la dominaban, y eran felices

en las tierras que les habían regalado sus padres.

Sol y Luna habían vivido al lado de sus hijos y sus nietos por algún tiempo, y

les habían transmitido sus conocimientos y su sabiduría. Mas un día, se dieron

cuenta de que los hijos ya no los necesitaban, y entonces decidieron regresar

al cielo, no sin antes prometerles que les mostrarían la cara todos los días: Sol

los vigilaría de día y Luna de noche.

Pasaron los siglos y todo seguía igual. Los hijos de Sol y Luna no conocían

necesidades; la tierra les daba de todo. Y ellos, a su vez, bendecían a sus

padres y les agradecían tanta bondad, hasta que un día sucedió algo extraño;

¡algo que los habitantes de la pampa jamás habían visto! El Sol

resplandeciente se puso pálido y poco a poco fue perdiendo su color. ¿Qué

habla pasado? El terror se apoderó de los hombres y de los animales. Y

entonces se dieron cuenta de que un puma, conocido también como el león de

la pampa, se habla subido al cielo. Había perseguido a Sol durante todo el día,

y ahora estaba listo para agredirlo; ahora, en el preciso momento en que Sol

quedaba atrapado entre el cielo y la tierra, antes de desaparecer.

El puma abrió sus fauces, dejó entrever sus feroces dientes, y ya iba a atacar,

cuando los hijos del Sol acudieron en su ayuda.

Miles de flechas volaron hacia el cielo, y una de ellas atravesó a la fiera. El

puma cayó a la tierra, estremecido de dolor y herido de muerte. Nadie se

atrevía a acercarse para matarlo del todo. Mientras tanto, Sol, ya recuperado

del terror que le había causado el ataque del puma, volvió a mostrar su cara en

todo su esplendor, y antes de hundirse detrás del horizonte, enrojeció de

orgullo al recordar la valentía de sus hijos.

Luna, al salir, buscó por todas partes al animal que había tratado de darle

muerte a su esposo, hasta que lo divisó abajo. El puma no había muerto, sino

que seguía golpeando la arena con la cola y rugiendo que daba miedo.

Entonces Luna empezó a tirarle piedras a la fiera, tapándola por completo. Fue

así como se formaron las colinas del Tandil. La última piedra que arrojó Luna

cayó encima de una flecha y por eso sigue moviéndose. Parece que el animal

tampoco murió, porque en el momento en que Sol se levanta, la piedra

empieza a temblar.

El puma quiere atacarlo de nuevo; se levanta, luego se calma, y más tarde se

mueve otra vez. Y así continúa haciéndolo hasta hoy ...

¿Qué más se puede decir para probar que la leyenda es la pura verdad y que

así sucedió?

Un día, hace mucho tiempo, todos los pájaros se reunieron para elegir rey.

Todos se creían capaces de ocupar tan alta dignidad, y cada cual habló de sus

virtudes y de lo que haría cuando fuese rey.

Después de mucho hablar, el majestuoso cóndor levantó la voz y dijo: «Si

continuamos así no llegaremos a ningún acuerdo. Sugiero que cada familia se

aparte y elija su representante. Haremos que estos representantes luchen entre

sí, y así sabremos cuál de ellos es el más capaz y el más fuerte».

La propuesta del cóndor fue aceptada, y de inmediato comenzaron a oírse

aletazos, unos poderosos y otros suavecitos, disputas furiosas y el gorjeo de

los pajaritos. Pasado un rato, se inició la lucha entre los elegidos.

El gran cóndor no quiso someterse a la prueba. «No deseo ser rey de

ustedes», manifestó; «a mí todo el mundo me respeta sin ser monarca. Los

hombres me retratan en sus templos y palacios y nadie disputa mi majestad en

las alturas de las cordilleras. ¡Que se elija el rey de las llanuras! Yo actuaré

como árbitro para que todo se haga en orden. ¡Empecemos con los más

pequeños!»

Pronto se vio que aunque entre las aves pequeñas había algunas

hermosísimas, que cantaban con voz dulce y suave, no tenían nada que les

permitiera destacarse:

volaban despacio y su dímínuto pico no les servía para defenderse. Era

evidente que sólo la fuerza y la agilidad contarían en esa prueba.

Ya sólo luchaban las aves de rapiña: los halcones, los halietos, los buitres y las

águilas, pues los pájaros bondadosos habían huido. Al cabo de un buen rato,

muchas se hallaban heridas y cubiertas de sangre y, al encontrarse solas y sin

quién les ayudara, tuvieron que retirarse, arrastrándose por sus propios

medios. La competencia por fin había terminado.

El águila venció, y el cóndor la proclamó rey de las llanuras. Se había

disputado el título con el halcón, pero éste también había caído herido de

muerte, y no hubo nadie que aclamara al águila como rey. Todos los pájaros se

habían marchado ya. No, no es cierto, no todos; los tordos todavía estaban allí.

Asustados al ver aquella sangrienta y cruel lucha, se habían escondido y

habían escuchado la proclamación del cóndor. Pero en vez de aclamar al

águila, como debía ser, procedieron a humillarla y a burlarse de ella. «Usted es

un rey muy extraño. ¡Su gente le tiene miedo y se ha ido! Ciertamente, su pico

es poderoso, pero a usted le falta bondad y sabiduría. Los gobernantes como

usted no duran en el poder. ¡Nadie los quiere y a nadie le gusta la tiranía!»

Al escuchar esto el águila se enfureció. Tal vez le parecía que los tordos tenían

razón y no quería oír más. Les pidió a sushijos que espantaran a los tordos, y

luego hizo una reunión para encontrar la manera de salvar su dignidad.

Algunos halcones que por allí andaban y a quienes el águila había sabido

conquistar, nombrándolos ministros de su majestad, participaron en la reunión

e hicieron la siguiente propuesta: «Los tordos mayores son difíciles de atrapar,

y habrá que esperar a que mueran, pero a los pequeños los podemos matar en

sus nidos; así castigaremos la falta de respeto de sus padres. ¡Cómo se

callarán y afligirán los viejos cuando vean morir a sus hijos!»

El águila aceptó y autorizó a los halcones para que quemaran los nidos de los

tordos.

La medida tuvo éxito. Cuando los tordos vieron que sus nidos ardían, trataron

de salvar a sus hijos, pero sus esfuerzos fueron en vano; sólo lograron cubrirse

de hollín y teñirse de negro, un color que jamás perdieron después de esa

lucha por sus hijos.

Sin embargo, aunque muchos torditos murieron, no todos fueron exterminados,

y los que quedaron supieron defenderse de la maldad del águila: ya no

construyeron sus propios nidos, sino que comenzaron a escoger los nidos de

otros pájaros para dejar sus huevos entre los de ellos. Así aseguraban la vida

de sus hijos, pues los padrastros los criaban como si fueran propios. Además,

apenas los torditos crecían y hacían contacto con los otros tordos, se ponían a

hablar mal del águila y a contar las barbaridades que había cometido. Y así han

seguido y seguirán burlándose de ella. Por eso el águila nunca pudo gozar de

su reino y jamás fue reconocida como rey de los pájaros.

Dicen que en tiempos pasados había una flor milagrosa en nuestro país, la flor

del lirolay. Era una flor de color rojo encendido, que florecía a la medianoche y

que al abrir sus pétalos dejaba ver una perla que resplandecía con una luz

amarillenta.

Sin embargo, muy pocos lograban verla en todo su esplendor, pues sólo los

que tenían un corazón puro y los que pensaban en el bienestar de los demás la

podían encontrar.

Pero sucedió que una vez un príncipe la encontró. Era el hijo más joven del rey

Asportuma, que gobernaba en el vasto territorio de los incas, y sus reinos se

extendían por montañas y llanuras, de mar a mar.

Asportuma había sido un rey bueno y caritativo, pero ahora pasaba los días

lleno de tristeza. No podía ver lo que hacía su pueblo, pues había perdido la luz

de sus ojos.

-Un día apareció un anciano ante las puertas del palacio y les pidió a los

guardias que lo dejaran pasar, pues traía un remedio para la vista del rey. Los

guardias, aunque pensaron que era poco lo que el pobre hombre podía hacer

en favor de su rey, lo dejaron entrar y lo llevaron ante él. El viejo se arrodilló, y

mirándolo a los ojos le dijo: «Majestad, usted puede curarse con la milagrosa

flor del lirolay, pero tengo que advertirle que es muy difícil encontrarla. Sólo la

ven las personas buenas y generosas, y para encontrarla tienen que ir a las

montañas por donde se levanta el Sol».

Los tres hijos del rey habían escuchado las palabras del anciano, y decidieron

ir en busca de la flor. El rey los abrazó, y le prometió la corona a aquél que la

encontrara. Los muchachos marcharon juntos, subieron las montañas y

pasaron por desiertos llenos de piedras y de hielo, hasta que al fin vieron las

llanuras a sus pies. Entonces resolvieron separarse, tomando cada uno un

camino distinto, y quedaron en que volverían a encontrarse cuando la Luna

estuviera llena por tercera vez.

El mayor llegó a un país que se llamaba Jujuy. Le preguntaba a todo el mundo

si conocía esa flor milagrosa que se llamaba lirolay, pero nadie pudo darle

razón. Y así pasaron los meses hasta que el príncipe decidió regresar.

El segundo había llegado a un territorio que se llamaba Tucumán. Este también

le preguntaba a la gente que encontraba en las aldeas y pueblos si conocía

una flor llamada lirolay, pero nadie le supo decir nada, porque, además de no

saber hablar con la gente humilde, tenía una manera orgullosa de preguntar.

En eso se parecía mucho a su hermano mayor, que ya se creía rey. Así que

este príncipe también se cansó, y decidió regresar.

El más joven llegó a un país llamado Salta. Este muchacho era distinto de sus

hermanos; sonreía y sabía hablar con la gente humilde. A todos les contaba

que su padre había perdido la vista, y ellos, al oírlo, adivinaban que el hijo

amaba a su padre y que el rey, al igual que el hijo, debía de ser un hombre

bueno y generoso. Así que todos trataron de ayudarlo. Lo llevaron a donde los

médicos que entendían algo de plantas medicinales, pero ninguno conocía el

nombre de aquella flor. Sin embargo, el joven no se cansó y siguió buscándola.

Un día decidió abandonar el territorio donde vivía aquella gente, pues

recordaba que una anciana le había hablado de Pacha Mamma, la madre de la

Tierra, y también había oído hablar de un altar que estaba muy escondido en la

selva, entre grandes piedras. Estas piedras, según el cuento, habían sido

amontonadas en honor de aquella diosa de la vida y de la fertilidad.

Después de mucho buscar, el joven encontró el sitio deseado, y colocó encima

de las piedras todo lo que llevaba: sus panes de maíz, las hojas de coca que lo

habían mantenido con vida, y, finalmente, el poncho de lana de llama que lo

había abrigado. A continuación, se puso a rezar, pidiéndole ayuda a la diosa de

estos territorios. De pronto se le apareció Pacha Mamma: era una mujer de

extraña belleza, llena de vida, de ojos risueños. Se quedó mirándolo como lo

hacía su madre, y el joven sintió que era igual a ella, que también era de

descendencia celestial, según le habían dicho.

«¡Hijo mío!», le dijo con voz suave y melodiosa, «sé que andas en busca de la

flor del lirolay. Tú la encontrarás. Sigue por este camino y penetra más y más

en la selva. No pienses en otra cosa, y repítete en todo momento que tienes

que llevarle a tu padre la flor del lirolay. No podrás dormir durante todos estos

días, porque sólo a la medianoche, cuando la flor esté abriendo sus pétalos,

lograrás verla».

El muchacho estaba arrodillado ante la señora, con la cabeza inclinada.

Cuando la levantó, Pacha Mamma había desaparecido. Al principio el

muchacho creyó que se trataba de un sueño, pero estaba seguro de haber

visto a la diosa, y al acercarse al altar encontró una canasta de deliciosos

alimentos: bizcochos de maíz y natas, frutas frescas y una bebida fuerte y

dulce que lo animó a seguir adelante.

No le fue fácil penetrar en aquella selva. Tuvo que luchar contra las

enredaderas y la vegetación que le cerraban el paso, pero no se dio por

vencido. Al fin llegó a un lago en el cual desembocaban algunos arroyos que

llevaban agua pura de los montes, y allí vio a una linda muchacha que se

estaba refrescando la frente. «¿Me puedes decir dónde puedo encontrar la flor

del lirolay?», le preguntó.

«Al otro lado del río», le respondió; «pero quédate conmigo, soy la dueña de

estos territorios y las aguas me obedecen».

El príncipe se sintió tentado. ¡Qué bella era aquella niña! Mas recordó que su

padre lo esperaba y le pidió a la joven que lo dejara pasar, pues no podía

demorarse. Debía atravesar el lago para proseguir, y al principio no le pareció

peligroso; pero al meterse entre las aguas, comenzó a hundirse. A lo lejos oía

las carcajadas de la muchacha, pero entonces le pidió ayuda a Pacha Marnma

y así pudo salvarse y seguir adelante.

El trayecto siguiente era todavía más difícil. Las enredaderas lo ahogaban y le

parecía oír voces por todos lados. «¿Qué selva será ésta?», se preguntaba, y

entonces se le ocurrió gritar: «Estoy buscando la flor del lirolay. ¿Es por aquí

por donde se encuentra?» Una voz le contestó:

«Sí, en esta selva florece esa flor; pero ¿por qué no te quedas con nosotras?

Somos las dueñas de la selva». Y al buscar de dónde provenía la voz, vio a

unas hermosas niñas de cabellos negros adornados con flores, que lo miraban

tiernamente. Nuevamente el joven se sintió tentado, mas cerró los ojos para no

dejarse convencer. Se liberó y quedó otra vez solo; se caía y se enredaba en la

vegetación continuamente, y tenía la impresión de que las niñas se burlaban de

él. «Pacha Mamína, no me desampares», gritaba en su desolación. Y sucedió

que apenas pronunció el nombre de la diosa, se acabaron sus penas y una luz

suave y bella alumbró a su alrededor.

La luz salía de una flor de pétalos rojos que llamaba al joven a su lado. Con

manos temblorosas la tomó y vio que ahora ella lo guiaba, y que el camino se

le abría sin tener que hacer ningún esfuerzo.

Sus hermanos lo estaban esperando, cuando por fin llegó al sitio en donde se

habían separado, cuatro meses antes; mas éstos no se alegraron cuando lo

vieron. No podían aceptar que el más joven hubiera encontrado la flor del

lirolay. No dijeron nada, pero comenzaron a urdir un plan para deshacerse de

él.

«Nuestro hermano menor será el rey. Tendremos que obedecerle a un

muchacho. No podremos tolerar esto», dijeron. Y decidieron quitarle la flor para

llevársela a su padre, y dividir el reino entre ellos, siempre que lograran

deshacerse del hermano menor.

El joven no sospechaba nada. Estaba feliz con su flor. La llevaba como una

vela, cuidándola y acariciándola continuamente.

Una noche, después de pasar el alto de la cordillera, y habiendo acampado a

orillas de un río, los hermanos mayores agarraron al menor, mientras dormía, y

lo echaron al agua.

Después, tomaron la flor, se la llevaron al padre y la colocaron sobre su rostro,

haciéndole recobrar la vista. El rey les dio las gracias a sus hijos mayores, pero

no podía ocultar la pena que sentía por la pérdida del hijo menor. Los mayores

le habían dicho que lo habían perdido de vista al bajar la cordillera.

El rey lanzó entonces una proclama por todos sus territorios, ofreciendo una

gran recompensa a quien supiera algo del principe menor y le trajera noticias

de él. «El precio que he pagado por recobrar mi salud ha sido demasiado

caro», les decía a sus súbditos.

El hijo menor realmente había desaparecido. Las aguas del río lo habían

arrastrado hasta una laguna llena de cañas. Pero Pacha Mamm.a se había

enterado de lo sucedido y vino en ayuda del muchacho, a quien había tomado

mucho cariño. El joven volvió a respirar al ser sacado de las olas, pero no se

despertó. La diosa lo dejó dormir entre las cañas que se mecían con el viento.

Por esos días pasó por allí un pastor que venía a cortar una caña para hacer

una flauta. Cuál no sería su asombro cuando, al empezar a tocarla, escuchó

una voz que cantaba:

No me toques, pastorcito,

ni me dejes de tocar.

Mis hermanos me mataron

por la flor del lirolay

El pastor metió la flauta debajo del poncho y se encaminó al palacio. Los

guardias lo dejaron pasar cuando les dijo que tenía noticias del príncipe. Se

arrodilló ante el rey y le dio la flauta para que la hiciera sonar.

No me toques, padre mío,

ni me dejes de tocar.

Mis hermanos me mataron

por la flor del lirolay.

Cuando el rey escuchó la voz de su hijo y supo lo que había pasado, llamó a

sus hijos mayores y los obligó a tocar la f lauta.

«¿Para qué servirá?», le preguntaron,

pero pronto oyeron la voz de su hermano que cantaba:

No me toquen, hermanitos,

ni me dejen de tocar,

porque ustedes me mataron

por la flor del lirolay.

Cuando la flauta dejó de sonar, los hermanos confesaron lo que habían hecho

y le rogaron al rey que los perdonara. Pero éste no les contestó sino que les

ordenó que lo siguieran hacia la laguna, donde el pastor había encontrado

aquella caña que cantaba con la voz del príncipe. Una vez allí, y mientras

sostenía en sus manos la f lor del lirolay, el rey les pidió a sus hijos que

cortaran la caña y la sacaran a la orilla.

Al anochecer encontraron al príncipe. Todavía respiraba, pero tenía los ojos

cerrados. Entonces el rey le puso la flor milagrosa en el rostro, y su hijo recobró

la vida. Se levantó y abrazó a su padre.

No recordaba lo que había pasado.

«Ya recobraste la vida de tus ojos. Gracias a Pacha Marnma, gracias a las

selvas de Salta», fueron sus primeras palabras.

Una vez en palacio, contó sus aventuras. Nadie se dio cuenta de que los

hermanos mayores habían desaparecido. El padre y el hijo pasaron toda la

noche juntos, y cuando empezó a aclarar se acordaron de la flor del lirolay.

Volvieron al sitio donde el rey se la había puesto al príncipe en la cara, pero no

pudieroi i e, icontrarla. Tampoco volvieron a oír de los príncipes hermanos.

Nadie sabe si ellos se llevaron la flor cuando huyeron del reino o si lograron

atravesar la cordillera, pues el invierno estaba por empezar jamás se sabrá.

Pero el rey Asportuma y su hijo menor vivieron felices durante muchos, muchos

años, y cuando el príncipe, después de la muerte de su padre, se convirtió en

rey, gobernó con bondad y sabiduría, como lo había aprendido de su padre.

El Sol calentaba todo el día. La sequía era tremenda, las quebradas ya no

tenían agua y por las noches el viento soplaba fuertemente secando hasta la

última brizna de pasto. Los niños estaban enfermos de hambre, y las madres

reflejaban en sus caras demacradas la angustia que les producía pensar en la

suerte que les esperaba a sus pobres hijos. Pronto sus barriguitas se inflarían y

la muerte se los llevaría.

Muchas de las familias habían abandonado sus casas y sus sembrados para

marcharse a otros lugares. El viento se llevaba los tejados de paja y las puertas

abiertas de las casas crujían.

En la pequeña iglesia de barro, ubicada entre las abandonadas casas, el cura

párroco estaba solo. Los quechuas ya no se acercaban a la iglesia; habían

perdido la esperanza de que el taita Dios los socorriera. Nadie acudía cuando

el cura celebraba la misa ni cuando le pedía a San Isidro que les ayudara.

Un domingo el cura tocó la campana para llamar a misa, y nadie acudió. Todos

se habían marchado a las montañas a ofrecerles en sacrificio a los antiguos

dioses sus últimos granos de maíz, el último sorbo de chicha, sus preciadas

pieles de jaguar y hasta sus ponchos. Pero no había señales de que los dioses

fueran a compadecerse.

Tanto el cura como los quechuas sabían que Dios no iba a enviar las lluvias,

pues habían gastado el maíz fabricando chicha y se la habían tomado sin dejar

nada. El cura se sintió culpable por no haber pensado en el castigo que su

conducta podría traer, pues él también se había embriagado con los hombres

del pueblo. No volvió a salir de la iglesia; pasaba todo el día pidiéndole a Dios

que lo perdonara. y que mandara la lluvia. También invocaba a la Virgen

diciéndole: «Virgencita, ten compasión de nosotros y de los niños; ellos no

tomaron chicha». Delante de los altares les pedía a todos los santos perdón

para él y para su pueblo.

A veces se arrodillaba y se quedaba dormido un rato; al despertar, seguia

pidiéndole a Dios que tuviera compasión. Fue en una de esas ocasiones.

cuando sucedió el milagro- la madre de Jesús bajó del altar -así lo contó el

sacerdote- y le dijo que los había perdonado y que les iba a mandar lluvia, pero

que les prohibía que volvieran a usar el maíz para fabricar chicha. Le dio al

padre una ramita que él no conocía, y le explicó que era la planta que mejor se

daría en esas alturas.

«Siémbrala», le dijo. «Cuando crezca les dará frutos para que preparen

bebidas. El maíz deben usarlo solamente para alimentar a los hombres y a los

animales».

Cuando el cura despertó encontró una mata junto a él: era la algarroba.

Tomándola en las manos salió del templo. Ya se oía en ese momento el ruido

de las gotas de lluvia que caían sobre la tierra, y las gentes, reunidas en la

plaza, dejaban que la lluvia las mojara.

El padre les contó el milagro; sembraron la mata, y con el tiempo creció y dio

frutos grandes como habichuelas, que servían para hacer ricas bebidas. Desde

entonces los quechuas volvieron a rezar y a alabar a la madre de Dios nuestro

Señor por el milagro que les había hecho.

Hacían fiestas para recolectar la cosecha, y durante ellas bailaban al compás

de flautas y tambores, vestían sus mejores ropas y los hombres se ponían las

pieles de jaguar para demostrar su valentía, y máscaras y plumas como

adorno.

Colocaban los frutos en grandes ollas de barro, y para la Navidad y el Año

Nuevo preparaban con ellos aloja, bebida que tomaban en honor a la Virgen.

En el sur de Bolivia se cuentan muchas leyendas que se asemejan al paisaje,

que es grandioso y áspero, lleno de abismos y de rocas.

Hace muchos, muchos años, en las cercanías de Tarija, en un pueblito perdido

en las montañas altas, existían unas brujas que se reunían en las cuevas de

Salamanca. ¡Oigamos cómo fue posible desterrarlas!

Sentado en su burrito, el joven Juan de Dios se acercaba a la plaza de

mercado y a la iglesia, cuyas puertas estaban abiertas porque se acababa de

celebrar la misa de las cinco. La gente ya había salido, y el cura párroco, el

padre Cabrera, estaba parado en el portón dándole algunas instrucciones al

sacristán, porque al día siguiente, que era domingo, pensaba hacer una

procesión.

Juan de Dios esperó a que el cura se desocupara. Se quitó el gorro de la

cabeza, pero no se sentó en la escalera, aunque parecía muy cansado y

preocupado.

«¿Qué te pasa, Juan? ¿Quieres hablar conmigo?», le preguntó el cura.

«Sí, padre, si tiene tiempo me gustaría hacerle una consulta», le contestó Juan,

pero no pudo seguir. Las palabras se le quedaron entre los dientes.

«Dime de qué se trata a ver si te puedo ayudar», le dijo el cura, quien conocía

a toda la gente de la parroquia, pues hacía años que vivía entre ellos y con el

tiempo había adquirido sabiduría y bondad.

«Reverendo padre, yo no sé qué hacer con mi novia, con Eufrosina. Usted

sabe que nos íbamos a casar dentro de cuatro semanas, pero ella ha

cambiado, ya no quiere verme y no me explica por qué».

Juan había inclinado la cabeza, porque las lágrimas brotaban de sus ojos y

estaba avergonzado.

«Eufrosina es una muchacha buena, hijo, ella no te abandonará», trató de

consolarlo el cura. «Siempre hay disgustos entre los novios, pero eso no quiere

decir nada».

«Es que no se trata de eso, padre. Su merced sabe que ella es muy bonita.

Muchos han querido conquistarla, pero ella me eligió a mí. Usted recordará que

don Deluterio también pensaba hacerla su mujer. Claro que él es el hombre

más rico M pueblo, y la mamá de Eufrosina estaba más que contenta, pero a

ella le pareció demasiado viejo y demasiado gordo. Además, a Eufrosina no le

gusta estar metida en esa tienda, donde todos se emborrachan».

«Sin embargo», continuó el joven, «Eufrosina ha vuelto últimamente a recibir

las atenciones de don Deluterio. Dicen que la mamá la convenció de que yo no

era buen partido, pues conmigo tendría que trabajar en los campos y sembrar

papa y maíz. Pero yo no creo que ésa sea la razón, porque a Eufrosina le

gustan el campo y los animales, y también le gusta tejer; y, como su merced

sabe, tenemos mucha lana y un buen telar. No, no creo que sea eso del

trabajo... es que la mamá, por lo menos así dicen, fue a consultar a Urutaura la

hechicera, la que vive cerca de la quebrada de Salamanca. Dicen que ella y

sus compañeras le hicieron brujerías y que le dieron algo de beber para que

me olvidara... ¿Su merced cree que por eso Eufrosina me dejó?»

El cura enrojeció y le dijo:

«No me hables de brujas. Las brujas no existen y menos en este pueblo. Pero

tienes razón; algo raro le pasa a tu novia. Es cierto que Eufrosina anda con la

tal Urutaura, con esa mujer que nunca va a misa. Yo mismo las vi la semana

pasada. Iban a la tienda de don Deluterio».

Al cura no le gustó el asunto. Estimaba a la familia de Juan, eran campesinos

trabajadores y de buenas costumbres. Se iba a interesar por el problema, y así

se lo comunicó al muchacho; le prometió ir a la casa de Eufrosina, y le aseguró

que, todo se iba a arreglar.

El lunes por la tarde, el cura salió en su mula para cumplir lo prometido. Llegó a

la casa de Eufrosina, se desmontó y observó que la hija y la madre estaban

arando su pequeño campo en la pendiente de la montaña.

«Aquí hay mucha pobreza», pensó el cura. «A eso se debe que la madre

quiera casar a la hija con el hombre más rico del pueblo».

Eufrosina, al ver al cura, se acercó corriendo.

«Buenas tardes», le dijo el cura. «Pasaba por estos lados y quería saludarlas.

¡Qué buena moza estás, Eufrosina! ¡Cuando te cases con Juan de Dios, serán

la pareja más bonita del pueblo!»

Eufrosina se ruborizó al oír las palabras del cura; entró en la casa, y regresó

poco después con unas arepas y un jarrito de leche.

«Sírvase, reverendo padre, las preparé hoy mismo. ¡Están fresquitas y

sabrosas!»

La madre se acercó despacio; saludó al cura y le pidió a la hija que se retirara.

«Menos mal que ella saldrá de esta mugre y esta pobreza, padre. Es

demasiado bonita para esta vida. Se casará con Deluterio».

«Yo no sabía eso», dijo el cura fingiendo sorpresa. «¿Acaso no era Juan de

Dios el novio de Eufrosina?»

«No, eso se acabó», contestó la madre, y no quiso decir más.

El párroco se despidió, y se encaminó a la casa de Urutaura, pero al llegar no

encontró a nadie. La tarde estaba cayendo, y el camino al pueblo era largo. El

cura temía la bajada de la pendiente.

Anochecía rápidamente. Ya no se distinguían bien las piedras y los huecos de

la bajada. «Será mejor que espere a que salga la Luna», pensó. «Estoy bien

abrigado e iré más seguro con más luz».

Se desmontó y se sentó cerca de unos arbustos que lo resguardaban del viento

frío que empezaba a bajar de las montañas; se puso a reflexionar sobre la

suerte de la muchacha cuando se casara con ese tendero viudo que les había

dado tan mala vida a sus dos mujeres anteriores.

«¡Qué fuerza tiene el dinero!», exclamó. «Y esa madre está dispuesta a

sacrificar a su hija para conseguirlo».

Con estos pensamientos el párroco se durmió; cuando se despertó, la Luna ya

había salido y el cielo estaba lleno de estrellas.

La noche era tranquila, pero el cura oyó algunas voces que lo asustaron.

Entonces recordó que estaba al lado de la quebrada de Salamanca, cerca del

lugar donde el muchacho había dicho que vivían las brujas. Pero ¿qué era lo

que murmuraban aquellas voces?

«¡Ya no creemos en Jesucristo, ya no creemos en Dios!», les oyó decir.

«¡Virgen santísirna!», exclamó el sacerdote. «¡Esto es serio!»

Tomó su rosario y la cruz y se acercó. ¡Qué cuadro tan horrible se presentaba

ante sus ojos! La cueva de Salamanca estaba alumbrada por una hoguera, y

alrededor dé *ella bailaban unas mujeres viejas y feas. Llevaban las faldas

largas y oscuras que usaban las campesinas de Bolivia, y se abrigaban con

ponchos que les ocultaban el pelo y la mitad de la cara.

El cura tembló de pavor. Ahora volvía a oír aquellas voces que había oído

antes:

«¡Muy buen trabajo cumpliste, Urutaura, muy buen trabajo! Dos veces más

tienes que jurar ante nosotras, y entonces serás una de las brujas de

Salamanca. Podrás volar con nosotras, e ir a bailar a orillas del lago Titicaca,

con las vestimentas preciosas que se hacen en el infierno. ¡Ja, ja, ja, ja ... !

Toma ahora las hierbas que trajimos de allí, para que las quemes en la alcoba

de Eufrosina, y no olvides decir los versos que te enseñamos». Y después

añadieron:

«Hay que mezclar la ceniza de las uñas y de los pelos de don Deluterio con la

sopa de la muchacha. No dejes de hacer lo que te hemos recomendado. Ya

sabes que el tendero nos está pagando con oro para que cumplas tu deber. El

día de la boda recibirás la escoba, con la cual podrás seguirnos a la gran

fiesta».

Con estas palabras, las viejas se montaron en los palos de sus escobas y se

fueron. La única que quedó allí fue la vieja Urutaura, que seguía bailando

alrededor del fuego y lanzaba gritos y risas que dejaron al cura con la piel de

gallina.

Entonces el cura decidió actuar. Tomó el crucifijo que siempre llevaba y se lo

mostró a la bruja. La aparición del diablo no la habría asustado tanto como la

del sacerdote. Huyó dentro de la cueva, pero el cura la siguió y allí le habló de

los tormentos del infierno, con tanta elocuencia, que la vieja se arrepintió y

cayó de rodillas; le pidió perdón y le juró que nunca volvería a reunirse con las

brujas ni trataría, con versos y pelos quemados, a la joven Eufrosina.

El cura se llevó a la vieja y la encerró' en la torre de la iglesia. Allí debía

quedarse durante tres meses sin ver a nadie y alimentarse con arepas y agua,

solamente, después de lo cual debía confesar sus pecados para poderla liberar

y permitirle retornar a su casa.

A la mañana siguiente el cura hizo llevar dos vigas a la quebrada de

Salamanca, y en la cueva erigió una cruz que espantó a todas las brujas y a los

espíritus malos que se habían reunido allí.

Don Deluterio tuvo que vender su tienda e irse del pueblo, pues al saberse lo

que había hecho, la gente no quiso volverle a comprar sus mercancías.

Juan volvió a conquistar a la bella Eufrosina, quien, aun después de casada,

jamás dejó de agradecerle al padre Cabrera todo lo que había hecho por salvar

su matrimonio con Juan de Dios.

Los gobernantes muiscas eran enemigos de todo lo malo. Siempre habían

respetado los consejos del gran Bochica, que había vivido entre ellos y les

había enseñado a manejar las tierras que les dio para vivir.

«Yo les ayudaré mientras sean laboriosos y honestos», les prometió antes de

despedirse; y así fue. Tan pronto como sembraban la semilla, él dejaba caer la

lluvia en abundancia, para que creciera, y luego hacía salir el Sol para que

calentara los días y pudieran recoger la cosecha. Y las cosechas eran

copiosas. Los hombres llevaban las mazorcas de maíz y las papas hasta los

altares, para que Bochica viera cuán agradecidos estaban.

La gente vivía en paz; parecía que la maldad había desaparecido, mas no era

cierto, sólo se había escondido; estaba oculta en las grietas oscuras y en los

abismos de las montañas; le tenía miedo a la luz del día -a la luz del Sol---, a

ese Sol que Bochica, el todopoderoso, había colocado en el cielo para que

alumbrara y calentara.

Una noche los espíritus de la envidia, de la discordia, de la furia y de la

infidelidad resolvieron reunirse. En ese entonces aún no se atrevían a mostrar

la cara de dia, y se preguntaban: «¿Por qué será que los hombres no pelean?

¿Por qué no se matan? ¿Por qué estarán tan contentos? ¡Trabajan todo el día!

¡Bregan con la tierra para sacar de ella su alimento! Le dan gracias a un dios

que nunca han visto. ¿Qué le agradecen, si están cosechando los frutos de su

propio esfuerzo? ¿Por qué bailan y cantan? ¡No hay nada que nosotros

podamos hacer en sus pueblos! ¡Esta paz no puede continuar!» Y después

agregaron:

«Tenemos que hablar con los gigantes de las montañas. Llevan dormidos

mucho tiempo debajo de los Andes, y ya es hora de que se hagan sentir».

Fue así como los espíritus del mal empezaron a cavar debajo de la tierra para

llegar a las cuevas donde los gigantes se encontraban dormidos, hasta que,

después de largas jornadas de trabajo, los encontraron.

Tuvieron que darles varias sacudidas, pero al fin lograron despertarlos. «¡Qué

bueno!», comentaban; «cada vez que los gigantes se mueven, todo tiembla a

su alrededor. Las casas de los hombres se derrumbarán, y éstos ya no

alabarán al gran Bochica. Pronto se darán cuenta de que nosotros somos más

poderosos que ellos».

Pero los gigantes no tenian ganas de moverse. Algunos ya les habían vuelto la

espalda a los espíritus y roncaban de nuevo. «Despierten», les decían éstos,

«a ustedes ya nadie los conoce ni los respeta. Los hombres los han olvidado y

se ríen de ustedes».

«Las palabras no los despertarán», dijo uno de los espíritus del mal. «Hay que

traerles algo muy rico de comer, y así escucharán».

Mientras unos prendían fuego, otros fueron a traer carne y maíz. «¿Qué es

esto?», exclamaron los gigantes, despertándose con el olor de la comida. Y se

sentaron a comer. ¡Cómo tragaban! Lomos enteros de carne y enormes arepas

desaparecían en minutos. Cuando terminaron, recordaron las palabras de los

espíritus, y bramaron: «¡Para trabajar necesitamos algo de beber! Tenemos

sed».

Entonces los espíritus del mal les hicieron llegar olladas llenas de chicha, que

los gigantes bebieron a grandes sorbos.

«¡No les den más!», gritó uno de los espíritus, «pues se volverán a dormir con

tanto trago». Pero no se durmieron. Al poco tiempo, uno de los gigantes

exclamó:

«*Qué quieren que hagamos? Nos han dado de comer y de beber, y queremos

agradecérselo».

«Queremos que nos demuestren su poder», contestaron los espíritus.

«Estamos ansiosos de que los hombres vuelvan a recordarlos. ¡Háganlos

temblar! ¡Abran este cerro del Tolirna sobre el cual estamos parados y dejen

salir el fuego!»

«Aquine, aquine... así será», gritaron los gigantes, levantando las primeras

rocas, y lanzándolas en todas las direcciones. Al instante se abrieron los

canales del fuego. Los chorros de lava comenzaron a ascender hacia el cielo, y

la tierra se estremeció. Los gigantes saltaban de alegría, y los espíritus del mal

no estaban menos contentos. La paz y el sosiego habían terminado para los

hombres, y sobre la Tierra reinaban el desorden y la miseria.

Pero el ruin trabajo de los gigantes no sólo había conmovido a los habitantes

de los valles y de las sabanas cerca del Tolima, sino también a los guardianes

celestiales, que miraban con asombro hacia la Tierra. ¿Qué estaba ocurriendo?

¿Por qué ardía la punta de aquella montaña? ¿Por qué huían los hombres

aterrorizados? ¿Quién estaba causando los terribles temblores que sacudían la

tierra? Mientras los guardianes celestiales se hacían estas preguntas, olvidaron

su tarea principal: cuidar el fuego que mantenía la luz del Sol. Dejaron apagar

las llamas que aclaraban el cielo y la Tierra, aumentando asi el terror que

sentían los hombres.

Los indígenas estaban convencidos de que había llegado el fin del mundo.

Bochica, mientras tanto, mandaba relámpagos y truenos para asustar a los

malhechores, pero, de repente se dio cuenta de que empezaba a oscurecer en

pleno día. El fuego del Sol se estaba apagando. «¿Dónde estarán los

guardianes?», se preguntaba desesperado.

Corno nadie respondía, él mismo corrió a echarle carbón de palo al fuego para

avivarlo, y llamó a los vientos para que volvieran a atizar la brasa. Estaba

furioso y no permitía que nadie se acercara a ayudarle.

Al fin logró que las llamas volvieran a fluminar. El Sol resplandecía de nuevo y

los hombres de la Tierra vieron renacer sus esperanzas.

Después de esta ardua labor, Bochica quedó exhausto. La barba y el pelo se le

habían chamuscado por haberse acercado demasiado a las llamas. La piel le

ardía terriblemente. Iracundo, llamó a los guardianes y les dijo: «Los expulsaré

del cielo por no haber cumplido sus obligaciones. Ahora tendrán la tarea de

vigilar el fuego del Sol desde la Tierra, y espero que esta calamidad no se

vuelva a repetir. Pero para qué no olviden lo que les he mandado a hacer, les

daré un cuerpo de pájaro con una cabeza roja y pelada, así como la tengo yo

después de haber atizado el fuego».

Fue así como Bochica creó a los cóndores, esas aves de majestuosas alas,

que en el momento en que fueron expulsados del cielo empezaron a dar

vueltas debajo de las nubes, cumpliendo así los deseos del dios. Sólo sus

polluelos dan una idea de cuán bellos eran antes de la maldición. Nacen con un

plumaje blanco y sedoso que les cubre todo el cuerpo, y que, temporalmente,

les hace recordar la vestimenta blanca que sus antepasados llevaban cuando

vigilaban el fuego del Sol desde el cielo.

Bochica, después de haber impuesto nuevamente el orden en el cielo y

habiendo contratado a otros guardianes para que cuidaran el fuego del Sol, se

ocupó del desorden que aún reinaba en la Tierra. Había que apagar ese

nefasto fuego que todavía brotaba de las entrañas del volcán del Tolima, así

que empezó a regar ceniza blanca del cielo para extinguirlo.

La ceniza cayó sobre los volcanes del Tolima, el Ruiz y Santa Isabel, formando

sobre ellos una capa blanca que todavía tienen. En las mañanas despejadas a

veces se puede ver.

Cuando los gigantes y los espíritus del mal vieron que el dios mismo se

ocupaba de imponer orden y tranquilidad sobre la Tierra, se volvieron a

esconder, atemorizados, en lo más profundo de las montañas.

Bochica les contó a los hombres cuáles habían sido las razones del desastre, y

ellos volvieron a creer en la bondad de su señor y le pidieron que mantuviera

siempre dormidos a los gigantes y alejadosr de sus tierras a los espíritus del

mal.

Durante muchos siglos Bochica así lo hizo. Sin embargo, parece que en

nuestros tiempos los espíritus del mal nuevamente han comenzado a obrar

tratando de despertar a los gigantes en las profundidades de las montañas.

Cuando por la noche empiezan a soplar los vientos fríos del páramo, la gente

de la Sabana de Bogotá cierra las puertas y les pone tranca. Se queda al lado

de la estufa para calentarse y tomar una sopa caliente, y ya nadie sale. Sólo los

perros y los borrachos andan por las calles después del atardecer.

Los perros y los borrachos no temen encontrarse con los «bultos»; no ven las

llamitas azules que bailan por los potreros; no viven en el mundo -real que está

lleno de terrores porque, por la noche, se despiertan los espíritus de los

gobernantes muiscas que vienen a ver qué está pasando en su país. Quieren

saber si sus gentes siguen trabajando y manteniendo llena de hortalizas sanas

y buenas aquella sabana.

Las personas temen encontrarse con los «bultos», pues muchas se volvieron

perezosas, olvidaron a sus antepasados y dejaron de respetarlos. Y hay

quienes dicen que estos espíritus son vengadores.

Hace muchos años, cerca de la laguna de Suesca vivía una familia numerosa

que tenia una casita y algunas tierras que se extendían hasta la orilla de dicha

laguna. El padre había muerto y era muy difícil para la madre sostener a la

familia sin la ayuda de un hombre. Sólo Edelmira, la hija mayor, estaba en

capacidad de ayudarle.

Edelmira recordaba muy bien la noche en que muno su padre; él había salido a

traer sal de una mina escondida que había pertenecido a los gobernantes

muiscas, pero que a la llegada de los españoles quedó en poder de los

habitantes de la región.

Edelmira había entendido muy bien lo que había dicho su padre antes de que

le diera la fiebre que después lo mató.

«Varios bultos me atacaron cuando venía de la mina». dijo. «Me roctearon y

me atropellaron; tuve que botar la sal que trala. Traté de correr, pero no pude.

Quedé paralizado. Creo que los señores están furiosos porque entramos en

aquella mina a sacar sal, como si fuera nuestra. ¿Qué piensan ustedes?»

Nadie supo responderle. Siguió hablando de su angustia y nadie pudo

calmarlo. La fiebre lo abrasaba. Murió dejando a su mujer sola con todos sus

hijos.

Desde ese entonces algunos vecinos siguieron viendo aquellos «bultos», y

nadie se atrevía a entrar en la mina. Tenían que comprar cara la sal.

Algunas noches, Edelmira oía gritar a su padre, pero cuando se despertaba no

sabía si era cierto o si lo había soñado. ¿Sería, acaso, que no le era posible

descansar en su tumba? ¡Que horror!

Con los primeros pesos que la familia pudo ahorrar hizo celebrar una misa por

el eterno descanso del difunto, pero para nada sirvió. Edelmira siguió oyendo la

voz de su padre, y la gente siguió viendo aquellos «bultos» que asustaban a

todos los que habitaban por los lados de la laguna.

¿No habría algún remedio? ¿Algo que se pudiera hacer para liberar a aquellas

almas de su terror, de su deseo maligno de atormentar a los demás?

Edelmira tenía que trabajar muy duro. Sembraba papa y maíz, y la madre y los

hermanos le ayudaban, pero muchas veces bregaba sola. Un buen día pensó

que tal vez si ayudaba a aquellos espíritus, su padre podría descansar en paz.

El cura había dicho que el agua bendita y la cruz liberaban a los espíritus, así

que decidió ir recogiendo agua bendita de la iglesia y, cuando tuviera

suficiente, rociar con ella todo el camino hasta la mina donde aparecían por la

noche aquellos «bultos».

Naturalmente tenía que hacerlo a escondidas, sin decirle nada a nadie, y

menos al cura. El había llegado de otra parte y no sabía nada de lo que pasaba

en Suesca. Rechazaba todas «esas creencias», y decía que eran cuentos, no

más.

Edelmira iba a misa de seis. Trataba de llegar temprano, cuando acababan de

abrir los portones; se acercaba llena de miedo a la pila y hundía una totumita

en el agua bendita, la sacaba con mano temblorosa y la ocultaba debajo del

pañolón. Después de la misa la llevaba cuidadosamente a su casa para echarla

en una ofta de barro que escondía detrás de los dos santicos que tenía en su

alcoba. Y la olla se iba llenando.

Un día la vio el cura sacando agua de la pila, pero como era tan poquita, no dijo

nada y se la dejó llevar. Seguramente pensó que la necesitaba para sus

siembras.

Finalmente, una noche, cuando Edelmira pensó que tenía suficiente agua, se

levantó y salió a regarla en el camino. ¡Qué raro se veía todo a esa hora!

Nunca había salido sola después del atardecer. Ningún «bulto» de los que

mencionaba la gente se acercaba; no se oían sino las ramas movidas por el

viento. Había sombras por todos los lados. La Luna se había escondido detrás

de las nubes, y todo estaba oscuro.

Edelmira dejaba caer el agua sobre el camino, gota a gota, mas, cómo se

acababa de rápido; ¡ni la tercera parte del camino había quedado regada! Todo

había sido en vano. Llorando, la niña regresó a su casa.

Al otro día, cuando estaba desherbando la plantación de papa, encontró una

figurita de oro. «¿Los "bultos" estarán agradecidos?», se preguntó.

«¡Seguramente quieren decirme que continúe!»

Llevó el tunjo a la casa, lo dejó junto a los santos, y empezó otra vez a reunir a

ua bendita hasta que la olla quedó llena de nuevo. Había puesto una marca en

el camino para saber hasta dónde había regado el agua la vez anterior. Las

rodillas le temblaban cuando empezó de nuevo. Las gotas caían mojando el

camino, pero esta vez los espíritus tampoco se dejaron ver, ni le alcanzó el

agua bendita. Tenía que hacer un tercer esfuerzo, «¡y lo haré!», prometió al

acostarse.

Pasaron las semanas. Cada mañana Edelmira traía agua de la iglesia hasta

que, por fin, se llenó la olla. Por tercera vez se escapó de la casa. Por tercera

vez recorrió aquel camino por el cual todo el mundo temía pasar. Con manos

temblorosas regó el agua por la última parte del camino, y esta vez sí le

alcanzó. Arrodillándose, rezó por todos aquellos espíritus y también por el alma

de su padre.

Cuando se levantó, vio algo raro: Delante de ella bailaba una llamita azul, una

llamita que jamás había visto antes. «¿Querrá mostrarme algo?», se preguntó.

Y siguió a la llama hasta la laguna de Suesca, a la tierra que pertenecía a su

madre. La llamita que iba adelante, se colocó en el agua, ondulando y bailando

sobre las olas.

La niña se puso a sacar piedras del agua y a amontonarlas en la orilla,

buscando el lugar que la llamita le había indicado. Después la llama se apagó,

y Edelmira regresó a su casa, llena de esperanza.

Al día siguiente volvió a la laguna con una pala. Se metió en el agua fría, y se

puso a cavar; arrojaba la tierra lejos. De repente, la pala tocó algo duro.

Edelmira se arrodilló y se puso a sacar tierra con las manos, hasta que palpó

algo que parecía una olla. Finalmente la pudo sacar, y ¡qué sorpresa! La ollita

era de oro y estaba llena de piedras preciosas, verdes y transparentes.

«Me quieren agradecer lo que hice por ellos», exclamó, y corrió hacia la casa

para contarle todo a su madre.

Las piedras verdes eran esmeraldas. Poco a poco la familia las fue vendiendo

en la gran ciudad, y pudo comprar más tierra, hacer una casa mejor y vivir sin

preocupaciones. La voz del padre no se volvió a oír por las noches. Edelmira

no solamente le había ayudado a él, sino también a aquellos «bultos» que

después de la tercera noche jamás volvieron a verse ni a asustar a la gente de

Suesca.

Pero Edelmira y su madre guardaron para siempre su secreto.

Hace muchos siglos, en la ciudad de Pasto (así me lo contó mi bisabuela),

sucedió algo bastante raro. Pasto en ese entonces era un pueblito, y todo el

mundo se conocía.

Un domingo por la mañana, un joven estaba jugando enfrente de su casa,

mientras esperaba a sus padres para ir a misa. Hacía bailar un limoncito sobre

un tambor; lo hacía saltar hacia arriba y lo atrapaba una y otra vez.

limón la golpeó en la cabeza y después cayó al su elo. La anciana se sobó la

cabeza, luego se arregló el pañolón y gritó enfurecida: «Maldito seas. ¡Con uno

de los tres cocos del mundo te has de casar!»

El joven no supo qué hacer, y quedó completamente aturdido. Seguía oyendo

aquella voz y la maldición que no entendía. Así lo encontró su padre y le

preguntó: «¿Qué te pasó, hijo mío? Estabas tan alegre, ¡y ahora te veo tan

triste!» Entonces el muchacho le contó al padre lo que había pasado y repitió la

maldición de la desconocida anciana.

«Esto es grave», exclamó el padre. «Seguramente fue la bruja Mascucha, que

llega cada siete años a hacer algún mal. ¡Es muy poderosa! Nadie te puede

ayudar en este asunto. Tienes que buscar aquellos cocos, o la maldición te

perseguirá toda la vida».

La madre saco una mochila y le echó chicharrones que acababa de preparar, y

el padre trajo un botellón lleno de chicha. Luego le hicieron poner una ruana y

le dieron un machete para que se defendiera.

Por mala suerte, el limón saltó a un lado cuando pasaba por allí una anciana

coja, que el muchacho no conocía. El limón la golpeó en la cabeza y después

cayó al su elo. La anciana se sobó la cabeza, luego se arregló el pañolón y

gritó enfurecida: «Maldito seas. ¡Con uno de los tres cocos del mundo te has de

casar!»

El joven no supo qué hacer, y quedó completamente aturdido. Seguía oyendo

aquella voz y la maldición que no entendía. Así lo encontró su padre y le

preguntó: «¿Qué te pasó, hijo mío? Estabas tan alegre, ¡y ahora te veo tan

triste!» Entonces el muchacho le contó al padre lo que había pasado y repitió la

maldición de la desconocida anciana.

«Esto es grave», exclamó el padre. «Seguramente fue la bruja Mascucha, que

llega cada siete años a hacer algún mal. ¡Es muy poderosa! Nadie te puede

ayudar en este asunto. Tienes que buscar aquellos cocos, o la maldición te

perseguirá toda la vida».

La madre saco una mochila y le echó chicharrones que acababa de preparar, y

el padre trajo un botellón lleno de chicha. Luego le hicieron poner una ruana y

le dieron un machete para que se defendiera.

Al despedirse, el padre le dijo: «Hijo mío, que Dios te bendiga, y que la santa

Virgen te ampare. No olvides que con bondad y cariño se logran las cosas más

fácilmente. Estoy seguro de que podrás encontrar aquellos cocos. No te enojes

cuando algo no te resulte. Ten paciencia. Así conseguirás quitarte la maldición

de la anciana. Anda por las montañas; el Sol se levantará por tu lado derecho y

se pondrá por tu lado izquierdo. Al fin llegarás a la orilla del mar y, ahí,

encontrarás los cocos de los que habló la anciana».

El muchacho abrazó a sus padres y salió del pueblo. Se arrodilló ante el cuadro

de la Virgen, pero no esperó a oír las campanas que llamaban a misa. Sentía la

necesidad de salir de sus preocupaciones. No podía perder más tiempo. El

camino que tenía que tomar estaba lleno de piedras y pendientes difíciles de

superar. ¡Y cómo ardía el Sol! Cuando tenía sed, buscaba una quebrada de

agua limpia, que encontraba sin dificultad, pues el agua murmuraba y lo guiaba

hacia ella. Sólo por la noche, cuando hacía mucho frío, se tomaba un traguito

de la chicha de su botellón.

Pronto se le acabaron los chicharrones, y tuvo que comer plátanos, pedir

mazorcas y freír él mismo el maíz en el fuego que prendía para calentarse de

noche.

Las alpargatas que llevaba puestas se le acabaron antes de llegar a su destino,

y tuvo que seguir descalzo. Entonces sí quiso enojarse y maldecir, pero

recordó los consejos de su padre y se tranquilizó.

Así pasaron un verano y un invierno con mucha lluvia.

Por los caminos encontraba poca gente, y el joven se sentía solo y triste y le

pedía socorro a Dios.

Fue entonces cuando encontró una casita de barro al lado del camino; estaba

bien pintada y arreglada y por todos lados tenía flores y matas. El muchacho se

asombró, pues no había ningún pueblo cerca. Al asomarse vio una bella joven

con un muchachito en los brazos, y la saludó.

El joven le contó lo de la maldición por la cual tenía que buscar los tres cocos

del mundo, y le preguntó si iba por buen camino y si los encontraría.

La señora de la casa, que no era otra que la Virgen María, que había bajado

del cielo para ayudarle, lo hizo pasar y le ofreció comida.

Había preparado un buen pusandao que el muchacho comió con gusto, pues

no había probado nada bueno durante todo el viaje.

Después de la comida bebió un vaso de leche tibia, se levantó y dio las gracias.

«¿Dónde podré encontrar aquellos cocos del mundo?», le preguntó a la

bondadosa señora, que lo miraba con una sonrisa en los labios. «¿Su merced

no ha oído hablar de ellos? ¿Será cierto que los tengo que buscar a la orilla del

mar, como me dijo mi padre?»

La señora le puso la mano en la cabeza y le contestó: «Haz lo que tu padre te

aconsejó». Le acarició la cabeza y continuó: «Pronto verás el agua azul de los

mares y la arena de sus playas. Allí crecen las palmeras que dan cocos, y la

más alta de ellas tiene solamente tres. Los verás, si te paras debajo de ella. En

aquellos cocos están ocultas las tres princesas, a quienes la bruja que te

maldijo encerró. Tú las puedes sacar de los cocos y devolverles la vida, pero

necesitas tres cosas para la hazaña: un espejo, una peinilla de oro y un jabón

fino. Mientras no se hayan lavado la cara y se hayan peinado, no podrán seguir

su camino y acompañarte.

El muchacho había escuchado las explicaciones de la Virgen con toda

atención. Al principio se alegró de saber que ya estaba cerca del mar, pero

luego se puso triste porque no sabía dónde conseguir los tres objetos que eran

necesarios para lograr la salvación de las princesas.

«No puedo hacerlo, su merced, no tengo con qué comprar el espejo, la peinilla

y el jabón», le dijo, mientras le brotaban lágrimas al ver que todo había sido en

vano.

Entonces la Virgen abrió un cofre y sacó todo lo que el muchacho necesitaba, y

le dijo: «Eres un muchacho muy querido y sano. Nunca te he oído maldecir ni

decir palabras indecentes, y nunca te has quejado de tu mala suerte. Con tu

bondad y tu paciencia lograrás hacer lo que te has propuesto. ¡Vete con Dios!»,

le dijo, y le llenó la mochila con galletas y bocadillos y le empacó los regalos.

El muchacho se arrodilló ante la señora, le besó las manos y le prometió

portarse bien. Nuevamente le dio las gracias por todo lo que había recibido y se

marchó con buen ánimo. No miró hacia atrás, pero si lo hubiera hecho se

habría dado cuenta de que la casita había desaparecido y la Virgen había

vuelto al cielo de donde había bajado para socorrerlo.

Pasó por una región llena de arbustos y malezas, y sólo con el machete pudo

abrirse camino. Temía que las culebras lo atacaran, pero éstas desaparecían

cuando usaba el arma, y no quiso decir una mala palabra, pues pensó que

seguramente la señora perdería el interés en su hazaña si él no cumplía su

promesa.

Por fin vio ante él aquella playa extensa y aquel mar azul. Al oír el susurro de

las palmeras, con ansiedad buscó la más alta entre ellas. Miró hacia arriba y

distinguió los tres cocos grandes. ¿Cómo llegaría a esa altura? Abrazó el

tronco y con los pies desnudos empezó a trepar. «¡Me voy a marear!», pensó,

pero miró hacia arriba y siguió subiendo. Llegó, arrancó el primer coco y lo dejó

caer. Al tocar la arena, el coco se abrió y de él salió una princesa que empezó

a crecer ante sus ojos hasta alcanzar la altura humana. El corazón le latía

rápidamente al bajar; temió que todo fuera un sueño.

La princesa lo miró, y enseguida preguntó por el espejo, la peinilla y el jabón.

«Me diste de nuevo la vida, y quiero arreglarme para la boda», le dijo. El joven

corrió a sacar los regalos que la señora María le había dado, y se los alcanzó a

la muchacha; mas se dieron cuenta de que no había ni una gota de agua dulce

con la cual la muchacha pudiera lavarse la cara. Entonces corrieron hacia la

orilla del mar, pero el agua era salada y el jabón no daba espuma.

No me he podido arreglar;

no me sirve el agua de mar,

contigo no me he de casar.

¡Ay de mi, ¡qué pesar, qué pesar!

La princesa se tapó la cara con las manos, y entre lágrimas y sollozos se

convirtió en un pájaro blanco y carmelita, como el coco.

El muchacho se quedó mirando el pajarito que desaparecía en la lejanía. Se

había prendado de aquella bella princesa de pelo castaño. «Tengo que ver si

soy capaz de conquistar a la hermana», pensó, y se fue en busca de agua

dulce. Llevó el coco del cual había salido la princesa, pero era muy difícil

encontrar un arroyo. Al fin lo encontró. Se arrodilló a probar el agua, pues tenía

mucha sed. Luego se bañó y después llenó de agua la cáscara. Al regresar la

dejó al pie de la palmera, y trepó nuevamente. Se dio cuenta de que había un

mono tití que saltaba de un coco a otro. Tomó el segundo de los cocos y

sucedió lo mismo que con el anterior. Cuando la princesa llegó a su tamaño

normal, dijo: «¡Ay, qué bueno ver el Sol y sentir el aire fresco! ¡Gracias por

haberme ayudado! ¿Me trajiste los regalos para poder arreglarme para la

boda?»

El joven le dio el espejo y la peinilla, y ella, tomándolos, se puso a peinarse el

cabello; cuando se miraba en el espejo su blanco rostro enrojecía.

«Ahora alcánzame por favor el jabón y el agua», le rogó la princesa. «¡Quiero

liberarme de la maldición!»

El muchacho iba a darle el agua, pero el tití la había derramado; no quedaba ni

una gota. La princesa se puso a llorar.

No me he podido arreglar;

no me sirve el agua de mar,

contigo no me he de casar.

¡Ay de mí!, ¡qué pesar, qué pesar!

Y la princesa se convirtió en pájaro como su hermana. Voló hacia las montañas

y se perdió en la lejanía.

«Gracias a Dios que queda un coco en la palmera. La última princesa será mi

esposa, y me dirá a dónde se fueron sus hermanitas», pensó el muchacho.

Y nuevamente se fue a buscar agua. Esta vez la guardó bien, la tapó y puso

piedras alrededor del coco. Así era imposible voltearlo. Trepó a la palma y

cogió el último de los cocos del mundo.

La tercera princesa le pareció mucho más bella que sus hermanas. Ella

también saludó al muchacho y al Sol. También se alisó el cabello de color coco

y se sonrojó al mirarse en el espejo. Esta vez, cuando la princesa le pidió agua,

sí se la pudo ofrecer el joven.

Y la princesa se pudo arreglar bien. ¡Qué alegría! La maldición de la bruja se

había acabado para ambos. Se abrazaron llenos de emoción y se arrodillaron

para darle gracias a la Virgen.

La princesa entonces tomó las cáscaras del coco y dijo: «Gracias a Dios que

no las botaste». Echó la nuez a la mochila. «Tú no sabías que esta nuez no se

acabará nunca, ¿verdad? Nos alimentará hasta que lleguemos a casa de tus

padres. Y ya verás para qué servirán las cáscaras».

Luego cantó la princesa:

Sobre piedra y monte no he de caminar; necesito una mula para poder montar.

Apenas pronunció estas palabras, una de las cáscaras se transformó en mula.

Tomó la otra, y, al repetir los versos, también se convirtió en mula.

Qué alegría, ya no tenían que caminar, pues las mulas conocían el camino de

regreso. Al joven no se le hizo largo el viaje porque la princesa le contaba

muchas cosas. Ella era muy amable y muy sencilla, y como sabía preparar el

coco, éste siempre sabía diferente, así que al muchacho nunca le dio ni

hambre ni sed.

Una mañana, al despertarse, vieron que dos pajaritos se habían posado en los

hombros de la princesa. Y ahí se quedaron durante el resto del viaje. Cómo

cantaban y cómo se quedaban dormidos por la noche. Eran sus hermanas.

«Tenemos que buscar al rey de este país para que nos ayude a capturar a

aquella bruja», dijo la princesa. «Mis hermanas han de ser princesas otra vez o,

si no, me moriré de tristeza».

Y así sucedió. Llegaron a la ciudad de Popayán, con sus casas grandes y sus

iglesias majestuosas. Encontraron al rey, y la princesa le contó lo que les había

pasado. El rey se sorprendió. Hizo traer ropa hermosa para el joven, le dio una

espada y lo declaró caballero.

Luego llevó a la princesa para que la reina la conociera. Y la reina vertió

lágrimas por lo que había sucedido. les ordenó a sus costureras que hicieran

un vestido de novia para la princesa, y a los sastres, uno de novio para el

muchacho. Y entonces ambos se casaron en la catedral, y todas las campanas

repicaron.

Más tarde el rey acompañó a los esposos y a los dos pajaritos. El rey quería

hacer justicia, castigando a aquella bruja que vivía en el municipio de Pasto.

Los soldados del rey capturaron a la bruja Mascucha. Todo el pueblo les ayudó

a encontrarla. En la plaza se hizo una pila de leña para prender una hoguera.

Iban a quemar a la bruja, que a tantos había hechizado.

Y cuando las llamas alcanzaron a la maldita mujer, los dos pájaros se volvieron

princesas. ¡Qué alegría! Los hijos del rey se enamoraron de ellas y hubo otra

boda, más alegre y más suntuosa que la primera.

Las tres bellas princesas decidieron emprender un viaje para saludar a su

padre. Pasado un tiempo regresaron a Popayán, y desde entonces vivieron

muy felices con sus esposos.

El príncipe Narija estaba tratando de cazar un águila para hacer con sus

plumas un adorno para el día de la Fiesta del Sol. Desde lo alto de la cordillera

lanzaba sus flechas, pero el águila escapaba a ellas extendiendo sus

majestuosas alas.

El príncipe no sabía qué hacer; de pronto, vio algo que se acercó volando y

cayó al suelo, a sus pies. Narija se acercó a ver qué era, y ¡cuál no sería su

sorpresa cuando vio que era el águila, y que entre sus garras se movía el

cuerpo de una serpiente!

El reptil, que estaba enroscado en el cuello del águila, no la dejaba respirar, y

el príncipe se dio cuenta de que el águila iba a morir ahorcada si él no la

ayudaba. Entonces golpeó con su lanza la cabeza de la serpiente, y con las

manos retiró el cuerpo del reptil que estaba oculto entre el plumaje del águila.

La serpiente, al ver que había perdido su presa, atacó a Narija, pero el joven se

defendió dándole muerte con una piedra. Mientras tanto, el águila sacudió su

plumaje y se elevó hacia el cielo.

Sorprendido el príncipe Narija y sin saber qué hacer, decidió regresar al pueblo,

pues el Sol comenzaba a ocultarse y teñía el cielo de rojo.

Mientras andaba, Narija pensó que el color del cielo era igual al de la sangre de

la serpiente, y se preguntó: «¿Acaso con esto el gran Sol me agradece la

ayuda que le presté al águila?»

Al acercarse al templo vio que sus pensamientos se habían convertido en

realidad: En los muros del templo estaba grabada, por manos invisibles, la

imagen del águila y la serpiente.

Desde entonces el águila es para los nahuas y los aztecas símbolo de

grandeza, y la serpiente la fuerza de la tierra, que ataca y mata. Por ello, estos

pueblos jamás volvieron a cazar águilas para adornarse con sus plumas.

Hace ya muchos años, en la región de los nahuas se hablaba de las maravillas

del imperio de los aztecas, pero nadie había llegado hasta él.

Un día, el joven y apuesto príncipe Yanique, que también había oído hablar del

imperio azteca, decidió ir a conocerlo. Reunió entonces a veinte de sus mejores

soldados y emprendió el camino del Norte.

Nadie supo para dónde iban, pues se vistieron de campesinos. Viajaban de

noche y se escondían de día entre las rocas y los arbustos para que no los

vieran.

Cuando llegaron a la región de los aztecas se sorprendieron de lo que vieron,

pues nada de lo que les habían contado podía compararse con la realidad. Los

templos de los dioses se elevaban casi hasta el cielo, y sus paredes de piedra

estaban adornadas con tallas labradas por miles de artesanos. Amplias

escaleras conducían a las plazuelas de los sacrificios. En ninguna parte se veía

gente ociosa; todos estaban ocupados. Los campesinos trabajaban la tierra y

cultivaban maíz, batata y cacao, y recogían frutas y verduras que los nahuas no

conocían~, En los pueblos la gente hacía adornos de, plumas y fabricaba ollas

y vasijas. También había orfebres que trabajaban el oro y la plata.

Yanique y sus compañeros aprendieron a fabricar ollas de barro, a trabajar en

los telares y a hacer adornos de plumas y metales.

Yanique negoció las semillas de los frutos desconocidos en su país y logró que

jóvenes artesanos se comprometieran a acompañarlos a la región de los

nahuas para enseñarles sus artes. Yanique les ofreció a cambio tierras para

que se quedaran a vivir con ellos.

No fue difícil convencer al jefe mayor de las maravillas que habían visto, pues

las telas y demás utensilios que traían y lo que habían aprendido lo

atestiguaba. Fue así como los artesanos aztecas instalaron talleres en tierras

de los nahuas y les enseñaron a trabajar y a sembrar las semillas traídas.

El pueblo nahua aprendía y progresaba cada vez más, hasta que un día los

chorotegas vieron con asombro lo que estaba pasando entre sus vecinos, los

nahuas, y pensaron: «Esa gente se está volviendo demasiado, poderosa. Hay

que tratar de dominarlos antes de que ellos nos dominen a nosotros».

Los sacerdotes chorotegas encendieron el fuego para saber la fecha de la

guerra, les consultaron a sus dioses y prepararon sus armas para el ataque.

Los nahuas fueron tomados por sorpresa, pero supieron defenderse. Yanique

dirigió el combate y alentó a sus guerreros para que continuaran la lucha, hasta

que los chorotegas tuvieron que retirarse.

Cuenta la leyenda que mientras todo esto pasaba, como los sacerdotes

chorotegas habían prendido el fuego de la guerra, la hija de la madrugada, que

desde el cielo lo había contemplado todo, se enamoró del príncipe nahua y se

escapó para conocerlo.

El príncipe había ido solo al templo después del combate para darles gracias a

los dioses, y al acercarse a la plazuela vio a una joven que en nada se parecia

a las mujeres que él conocía. Tenía la piel blanca y rosada, los ojos claros

como el cielo y los cabellos brillantes como el Sol. Yanique, deslumbrado ante

la belleza de la muchacha, se acercó y le preguntó de dónde venía.

Ella no ocultó la verdad y le confesó su amor. Entonces Yanique le dijo:

«Hoy mismo te llevaré a la casa de mi madre para que bendiga nuestro amor, y

serás la reina de mi pueblo».

Cuando regresaron al pueblo ya era de noche. Al viejo jefe no le parecía bueno

que su hijo se casara con una extranjera, pero consintió e hizo venir a los

sabios para anunciarles la unión de su hijo con la princesa azteca, pues así se

la había presentado Yanique.

Se hicieron todos los preparativos para la fiesta. Se amasaron panes, se

fabricaron adornos de plumas y collares de plata y oro, y la fiesta fue hermosa,

como las fiestas de los aztecas.

La princesa de los ojos azules estaba feliz de haber escogido a Yanique como

esposo, y al pueblo de los nahuas como familia. Pero en el cielo no se habían

conformado con la huida de la hija de la madrugada y decidieron mandar a una

de sus hermanas para que destruyera el matrimonio.

Habían pasado ya nueve meses desde la llegada de la niña celestial, y el

nacimiento del príncipe, hijo de Yanique, se acercaba. Las mujeres más

respetadas se habían reunido para ayudar a la madre. De repente, un viento

frío pasó sobre ellas. La princesa reconoció a su hermana y en sus ojos se

reflejó la angustia. Poco después dio a luz un hijo, pero ella jamás se levantó

del lecho.

Se dice que el príncipe Yanique jamás pudo olvidar a su joven esposa, y que

algún tiempo después empezó a luchar contra los chorotegas hasta

someterlos.

Cuenta la leyenda que el hijo de Yanique fue un gran gobernante y que tuvo la

protección de los seres celestiales, que eran su familia.

Los araucanos vivían antes en las regiones cálidas, en las cuales no se

conocían la nieve, ni el hielo, ni la oscuridad del invierno, ni la inclemencia de

los vientos helados y las tormentas. Sin embargo, los gobernantes Amancay y

Mutaquén decidieron que debían salir de sus comarcas y buscar otro lugar para

vivir. Alzaron sus toldos los subieron a los lomos de los guanacos, y se fueron

para el Sur. Pasó la Luna llena, la menguante y otra Luna llena, y todavía no

habían encontrado un sitio dónde establecerse.

Por último llegaron a una región montañosa llena de bosques, en los cuales era

muy difícil penetrar. Los troncos inmensos casi no los dejaban pasar, pero al fin

encontraron lagos de agua cristalina y pastos abundantes para los guanacos.

Armaron los toldos, los guerreros salieron de caza, y regresaron con zorros y

nutrias de piel suave y bella, animales distintos de los que estaban

acostumbrados a ver, y también, con el huemul fugaz, que era grande y que

hacía que la comida fuera buena y abundante. Las mujeres se dedicaron a hilar

la lana de los guanacos y a tejer vestidos nuevos. Todavía no sabían del frío

que estaba por venir, pero cuando la nieve y las tormentas llegaron, supieron

cómo abrigarse y cómo guardar comida para los meses de oscuridad.

Los hombres tenían que enfrentarse al puma, que bajaba de las montañas a

robarse los guanacos, la propiedad más valiosa de los araucanos. Como ellos

casi no podían salir de los toldos durante los meses de invierno, los guanacos

les daban leche y lana; por eso, nunca mataban a ninguno de estos animales, a

menos que fuese absolutamente necesario; además, se consideraba pecado

hacerlo.

Los araucanos vivían felices, y así pasaron los años. Ya nadie recordaba el

país de donde habían venido. Sólo en los cuentos se narraba la historia de la

gran marcha, de las comarcas que habían dejado, allá, donde el año pasaba

sin sentirse frío.

Los guerreros sabían usar armas, pero no había nadie contra quién pelear. Los

hombres se entrenaban luchando contra el puma y los gatos monteses. La paz

reinaba entre ellos. Se cuenta que fueron dos hermanos, Urutén y Amancá,

hijos del gobernante Amancay, quienes destruyeron la paz entre los araucanos.

Urutén y Amancá se enamoraron de la princesa Furuquená. Ambos hicieron

para ella un collar brillante de metal precioso, pero la princesa no le recibió la

joya a Urutén, pues amaba a Amancá.

Entonces los hermanos lucharon. Amancá logró vencer a Urutén, quien no

pudiendo soportar su derrota ni el rechazo de la princesa, decidió marcharse.

Se acordó de lo que les había oído contar a los bisabuelos y decidió buscar la

tierra de sus antepasados. No temía luchar contra los guerreros que se habían

apoderado de las comarcas del Norte.

Muchos jóvenes lo acompañaron. Urutén llevaba su rebaño, que era numeroso,

y sus armas. Las madres de los viajeros trataron de convencerlos de que era

mejor quedarse a buscar la paz, pero los jóvenes estaban decididos a

marcharse. Algunos llevaron a sus esposas.

Pasaron mucho tiempo buscando las tierras de sus antepasados, pero no

pudieron dar con ellas. Llegaron a lugares desolados y pobres, donde casi no

había árboles ni arbustos. Los animales no encontraban comida y fue

necesario matarlos. Sacaron las carnes de los guanacos y decidieron cruzar las

montañas, orientándose por el Sol al amanecer. Pensaron que no sería difícil

llegar al otro lado de los cerros, pero cada mañana otras montañas se alzaban

ante sus ojos.

Ya casi no tenían qué comer, y no había animales para cazar. Las rocas a su

alrededor se hallaban peladas por el viento y la sequía.

Muchos hombres se enfermaron por la altura, pero no quisieron regresar. Les

parecía más fácil proseguir.

Por último encontraron llanuras habitadas, pero los hombres que vivían allí

eran muy pobres y no hablaban el mismo lenguaje de ellos. Siguieron su

camino y no tardaron en llegar a unos ríos de agua limpia. ¿Habría sido aquélla

la región de sus antepasados? Encontraron allí a otros hombres, pero tampoco

entendieron su lenguaje.

Los guaraníes, el pueblo que habitaba esas tierras, los recibieron con respeto y

como a huéspedes.

Los araucanos se maravillaron de la riqueza de la comida. Los peces

abundaban en los rios, y en la selva había animales y frutos. Este pueblo no

conocía el frío ni el invierno. Se quedaron allí un buen tiempo. Aprendieron a

hablar con ellos; oyeron del gran Tupá, su dios, que les regalaba todo lo que

necesitaban.

«Vamos a llevarles a los nuestros lo que hay por aquí. Es necesario que sepan

que existe este paraíso al otro lado de las montañas», dijeron.

Urutén no quiso volver a las tierras araucanas. Se había enamorado de una

princesa guaraní, que le parecía más bella que aquella mujer que había

perdido; pero muchos jóvenes emprendieron el camino de regreso. Las

muchachas que los acompañaron, las que no tenían niños pequeños, llevaban

matas y semillas para sembrarlas en sus tierras, pero al llegar a las montañas

las plantas. murieron.

Fue duro el regreso; allí, en aquellas tierras lejanas, dejaban la mitad de sus

corazones.

Por fin llegaron a su tierra de origen y les contaron a sus familiares lo que les

había sucedido. Nadie, sin embargo, les creía lo que decían, pues era

imposible imaginar una vida sin invierno y sin frío.

«Están mintiendo. No existen pájaros de colores tan vivos ni frutos tan dulces

como ustedes dicen. Son mentiras, mentiras ... ».

Las muchachas lloraron de angustia. Los hombres se pusieron pálidos.

«No nos quedaremos. Verán que decimos la verdad». Y empezaron a

implorarle al gran Tupá que les ayudara. Y él, en su inmensa bondad, les

ayudó. Transformó a los viajeros en cotorras. Ahí estaban, ante los ojos

asombrados del pueblo, los pájaros de plumaje verde y rojo; sabían hablar,

sabían decir que regresarían al paraíso del Paraná, para volver, en la época

caliente del año, a las tierras araucanas, y contar lo que habían visto.

Desde entonces, las cotorras se encuentran al lado de los nevados del sur de

Chile. Pasan los meses de verano en las tierras araucanas y luego vuelven al

Norte.

Seguramente fueron ellas las que trajeron en su pico una planta de caña. De lo

contrario, ¿cómo se explica que esta planta tropical haya llegado al sur de la

cordillera?

Y a partir de entonces los araucanos ya no tuvieron que dividir el corazón entre

sus dos afectos, porque viajaban cada año de un lugar querido al otro.

En el sur de Chile el invierno llega en julio y agosto, con sus tormentas de nieve

y su frío intenso. Entonces la gente se reúne alrededor de la hoguera a contar

cuentos, y come nueces, uvas pasas y frutos del pehuén.

Al probar estos frutos, se suele recordar que entre los antepasados el pehuén

fue un árbol sagrado y que los hombres lo respetaban como amigo y protector.

Y a veces se empieza a hablar de él...

Hace muchos siglos, cuando los blancos no habían llegado a nuestras tierras,

los araucanos eran los dueños de estas regiones. Vivían en toldos hechos de

cuero, y no les gustaba permanecer en el mismo lugar todo el año. Para ellos

era fácil recoger sus pertenencias y buscar un sitio distinto, más agradable,

donde abundara el pasto para los guanacos y los hombres encontraran qué

cazar.

Pero en invierno, a pesar de que se abrigaban con las pieles de los zorros y de

las nutrias, que sabían curtir, sufrían a causa del frío. Por eso temían la época

de la niebla, de la nieve y de las tormentas. Los hombres confeccionaban los

abrigos y los zapatos, y las mujeres hilaban la lana de los guanacos y tejían la

ropa interior y las medias. Pero toda esta ropa no lograba espantar el frío, pues

los toldos eran livianos y el carbón de palo no calentaba lo suficiente.

Nuike se acurrucó cerca del brasero El fuego crepitaba, pero sus manos

estaban tiesas del frío. Era difícil hilar con los dedos helados. Estaba sola en el

toldo. A veces alzaba la cabeza para poder oír mejor, pero no oía nada.

Afuera caía la nieve. Su esposo Futa Viedyá no había regresado de las salinas

de las montañas altas, adonde iba a con seguir sal. Generalmente regresaba

antes de que empezara a nevar, pero este año el invierno había llegado más

temprano..

El hijo, el pequeño Viedyá, entró en el toldo; sacudió su abrigo y su gorro, que

estaban cubiertos de nieve, y dijo:

«Estoy triste, mamacita; no traigo noticias de mi taita. No pude subir la

pendiente, pues es imposible pasar a causa de la nieve».

Nuike se levantó. Ayudó al hijo a quitarse las prendas mojadas y tiesas y le

puso un saco suave de lana. Sin las pieles, se notaba que Viedyá era todavía

un niño. La madre lo miraba con cariño.

«No sé qué hacer; ¡no tengo a quién mandar en busca de tu padre!», le dijo.

«Sé que corre un gran peligro. Soñé con él y lo vi acosado por los jaguares y la

nieve».

«Déjame ir, mamacita», pidió el niño. «Déjame ir en busca de mi taita querido».

La madre no quería dejarse convencer, pero al fin arregló carne seca y un

cuero con chicha,'1e entregó a su hijo la ropa para que se abrigara y le

recomendó que siempre buscara un pehuén.

«El árbol te amparará del frío y de la soledad», le dijo. «Recuerda que debes

volver a mi toldo. No puedo perderlos a ambos, a ti y a mi esposo».

Viedyá salió a la madrugada. Las nubes oscurecían el cielo, el Sol no se dejaba

ver, y las montañas apenas se veían en la lejanía.

El joven, sin dejarse desanimar, se colocó unas tablitas debajo de las

alpargatas para poder andar mejor, y así logró subir las pendientes, buscando

el camino que había tomado su padre unas semanas antes.

Era muy difícil orientarse, pues ni el Sol ni las estrellas lo podían guiar, y en

ninguna parte veía hombres ni viviendas. Al parecer, todos se habían

encerrado a causa del frío.

Al caer la noche se hallaba tan cansado que casi no podía mover los pies, pero

recordó lo que sus padres le habían dicho: «Nunca duermas sobre la nieve

porque jamás volverás a despertar».

Su madre le había recomendado que se resguardara en un pehuén, de modo

que debía buscar uno. Encontró un árbol con un tronco fuerte y una copa llena

de hojas verdes; amontonó la nieve a su alrededor hasta que casi llegó a las

ramas, y se sentó dentro de su albergue, donde los vientos fríos ya no podían

alcanzarlo. Comió carne y bebió algo de chicha. Los ojos se le cerraban de

cansancio, pero el árbol se movía tirándole nieve a la cara para despertarlo.

Toda la noche Viedyá bebió chicha' y la compartió con el pehuén como su

madre le había enseñado. Al llegar la madrugada sintió que había recuperado

sus energías con el descanso.

Le agradeció al árbol su protección, le colgó el gorro en las ramas en muestra

de gratitud, y siguió su camino. Al llegar nuevamente la noche no pudo

encontrar otro pehuén para guarecerse. De repente, olió humo y divisó una

hoguera, alrededor de la cual descansaban unos guerreros de un pueblo

desconocido.

Los hombres lo dejaron acercar al fuego, pues venía solo y les ofreció

compartir su chicha con ellos. Después se acostó al lado de,la hoguera, y se

durmió enseguida. Tenía el cansancio de dos días de camino y no había

dormido la noche anterior.

Pero aquéllos que lo habían recibido con aparente amistad no eran buenos. Le

quitaron la comida, le robaron el cuero con chicha y los abrigos de piel y

procedieron a amarrarle las manos y los pies, y lo abandonaron al lado de la

hoguera, que ya se estaba apagando. Sólo le dejaron sus interiores de lana.

Viedyá despertó muerto de frío. Estaba tieso, temblaba y casi no podía

moverse. Estaba solo en la nieve. Se puso a sollozar y a llamar a su madre:

«Nuike, Nuike, ayúdame». Pero Nuike no podía oírlo ni sabía del peligro en que

se encontraba su hijo.

En ese momento Viedyá no pretendía ser un hombre grande y valiente. Era un

niño que no sabía qué hacer y tenía miedo.

Entonces su mirada se fijó en un pehuén que se encontraba a poca distancia

de él, y en su soledad y su desamparo le rogó al árbol que le ayudara. El árbol

entendió su súplica. Sacudió su copa y empezó a sacar sus raíces del suelo sin

que se dañaran. ¡El pehuén se movió! ¡Se puso a caminar y se acercó a Viedyá

que no podía creer lo que estaba viendo! El árbol extendió sus ramas sobre él

formando un toldo protector; lo ocultó para que no pudieran verlo los animales

salvajes, y a la vez lo abrigó del frío; y, al sacudirse, sus frutos caían sobre

Viedyá. El niño logró soltarse las manos y los pies, y comió los frutos dulces

que le calmaron el hambre y la sed. Luego el árbol lo arrulló con el murmullo de

sus hojas.

Mientras tanto Nuike no lograba calmar su preocupación. No podía dormir ni

hilar. El temor por el hijo y el esposo no la dejaban descansar. Cerraba los ojos

y las visiones de tragedia y muerte se apoderaban de ella. Futa-Viedyá, su

esposo, ya no estaba vivo. La nieve lo cubría, y no volvería jamás. Después

veía a su hijo desamparado, también acostado sobre la nieve pero todavía vivo.

Nuike no esperó más. Aunque no se acostumbraba que las mujeres salieran

solas, no vaciló. Se abrigó, tomó una lanza de su esposo para defenderse,

empacó comida y bebida y salió, abriéndose camino a través de la nieve.

Jamás dudó de la dirección que debía tomar. Cerraba los ojos y encontraba el

camino a ciegas. El amor por el hijo la guiaba. Cuando vio el gorro de Viedyá

colgado del pehuén y descubrió las huellas de unas alpargatas, supo que

pertenecían al muchacho porque eran pequeñas. Siguió adelante, y de repente

su mirada se fijó en un árbol caído. Se acercó al pehuén, retiró las ramas y

descubrió a su hijo que dormía bajo el toldo de las hojas.

La madre lo despertó, y él le contó lo que le había sucedido, y le habló del árbol

milagroso que lo había salvado.

Nuike se arrodilló ante el árbol y le dio las gracias por lo que había hecho por

su hijo. Después, ambos alzaron el árbol y lo llevaron al lugar del cual había

sacado sus raíces el día anterior, pues creían que deseaba seguir viviendo allí.

Cuando emprendieron el camino de regreso y echaron una mirada atrás para

despedirse del árbol, vieron que éste los seguía y los acompañaba, dándoles

protección y abrigo durante todo el camino.

El pehuén se quedó con ellos cuando finalmente llegaron al toldo. Viedyá

excavó el suelo, trajo tierra negra del bosque y plantó el árbol con cuidado,

derritiendo nieve para mojarle las raíces.

El pehuén siguió creciendo, y Viedyá decidió quedarse en ese lugar toda la

vida, cultivando la tierra al lado del árbol milagroso.

Todo lo que emprendió en ese lugar le trajo suerte y bienestar.

Aunque Nuike se cortó el pelo, como era costumbre en aquellos tiempos

cuando una mujer enviudaba, volvió a gozar de la vida cuando Viedyá encontró

con quien casarse y le construyó a la esposa una casa de troncos con techo de

paja.

Fue así como el pehuén les enseñó a los araucanos a quedarse en un solo sitio

y a vivir como campesinos.

Había llovido durante muchos días, y la cordillera de los Andes se hallaba

cubierta de nubes, que no permitían que el Sol saliera.

Los pequeños hijos del jefe de aquella comarca se hallaban en el monte,

buscando madera para hacer arcos y flechas.

Chilinquinga, que así se llamaba el mayor de los hermanos, le dijo al pequeño:

«Aloila, allá, al lado de la quebrada, encontraremos palos muy buenos para

nuestras flechas».

Pero Aloila no quería ir a la quebrada, pues ésta era peligrosa en la época de

lluvias; las aguas crecidas arrastraban árboles y piedras hacia el valle, y el

padre, el jefe, les había prohibido ir allá en invierno.

«Iré solo si tú no te atreves», dijo Chilinquinga, y se alejó hacia la quebrada.

Aloila se abrigó con su poncho y esperó, acurrucado, a que su hermano

regresara, pero al ver que no volvía, pensó: «Algo tiene que haberle pasado a

mi hermano. ¡Debo ir a buscarlo!» Y se puso a llamarlo, mientras corría hacia la

quebrada y su voz se perdía entre el ronco ruido de las aguas.

De pronto Aloila lo vio. Chil inquinga se hallaba encaramado en un tronco que

ya casi cubrían las aguas, y cobijaba con su poncho algo que se movía.

Chilinquinga se quitó el poncho y enroscó las piernas alrededor del tronco; con

mucho esfuerzo cortó una rama, la envolvió con el poncho y luego la tiró con

todas sus fuerzas para que su hermano la agarrara. Aloila la pudo asir, pero vio

cómo a su hermano lo arrastraba la corriente.

Gritó. Quiso tirarse al agua, pero todo fue en vano. Chilinquinga había

desaparecido. Llorando, Aloila corrió hacia el pueblo a contarle a su padre lo

que había pasado.

Cuando el jefe oyó la noticia, mandó a los hombres del pueblo a que buscaran

el cuerpo del niño. Quería darle sepultura cerca de sus antepasados.

Mientras tanto, Aloila, lleno de tristeza, entró en su casa. De pronto recordó que

aún cargaba el poncho de su hermano, y que en él se movía algo. Lo abrió y

encontró una pequeña chinchilla. Seguramente su hermano había muerto por

salvarla.

El niño tomó a la chinchilla, que apenas cabía en sus manos, y le dijo: «Serás

mi hermano y te quedarás conmigo». Después le consiguió un poco de leche

de llama y, acariciándola, la alimentó. La chinchilla se dejaba mimar, y miraba

al niño con sus pequeños ojos negros. Mientras tanto, la tristeza de Aloila

disminuía con las caricias que le prodigaba al pequeño animal.

Pero los hombres regresaron sin haber encontrado al hijo del jefe! Jamás

podría Chilinquinga unirse con sus antepasados ni ser respetado en el país de

los difuntos, pues había llegado allá sin sus armas y sin sus adornos.

Pasaron las semanas lluviosas del invierno y el Sol volvió a salir. La quebrada

disminuyó su caudal y el cielo se despejó nuevamente. Aloila, sin embargo, no

podía olvidar a su hermano y resolvió ir en su busca. No le diría nada a su

padre, pero llevaría a la chinchilla; estaba seguro de que le ayudaría a

encontrarlo.

Después de un día de camino, Aloila llegó a un lugar desconocido y se detuvo

para quitarse el poncho; el aire estaba lleno de fragancias y hacía mucho calor.

No había encontrado a nadie por el camino, pero ahora veía humo, y al

acercarse divisó una casa y una mujer.

Se acercó sin miedo, decidido a preguntar por su hermano, con la chinchilla en

el hombro, como se había acostumbrado a cargar el animal, mas la genté que

allí se encontraba no le permitió siquiera hablar; arrinconándolo, lo atacaron a

preguntas:

«¿Quién es tu padre?», indagaban todos a la vez, pero Aloila no entendía lo

que le preguntaban porque no conocía el idioma en que le hablaban. «Es un

espía», continuaron los otros, «lo, mandaron a espiarnos, como al otro. Quiere

saber de dónde sacamos el oro y la plata. No puede engañarnos».

Aloila fue llevado a una casa grande, donde lo ataron de pies y manos con un

lazo de fique. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver en

un rincón a su hermano, quien estaba atado en igual forma.

Aloila lloró de emoción al encontrar a su querido Chilinquinga, pero pronto su

alegría se vio empañada por la tristeza de saber que ahora ambos iban a morir,

y que sus padres jamás sabrían lo que les había pasado.

Pasada la media noche escucharon un ruido al otro lado de la pared, y algo

muy suave se acercó a Aloila: era la chinchilla que lo había buscado y

encontrado, y que ahora empezaba a morder con sus pequeños dientes el lazo

que amarraba las manos de Aloila. Cuando éstas le quedaron libres, el

muchacho procedió a soltarse los pies y a liberar a su hermano.

Aloila acarició a la chinchilla y en compañía de su hermano se acercó a la

puerta; el guardia dormía, y, aprovechando su sueño y la oscuridad de la

noche, huyeron hacia el monte y se escondieron entre los árboles. Al día

siguiente llegaron a su pueblo.

El jefe se sorprendió mucho al oír la historia de los niños, y para agradecerle a

la chinchilla lo que había hecho, le pidió al sacerdote que la consagrara como

uno de los animales sagrados del pueblo.

Por esto en algunas de las tumbas indígenas se encuentran chinchillas

modeladas en barro, como recuerdo de la fiel chinchilla de Aloila.

En las montañas de los Andes hay un animal pequeño, veloz y astuto, que

sabe esconderse muy bien. Su piel es sedosa y salpicada de diferentes

colores: amarillo, negro, carmelita y hasta blanco. Se trata del zorro plateado.

Un día, dice el cuento, un zorrito muy joven se enfrentó con una gallineta que

estaba acurrucada en su nido. La gallineta, al verlo, se asustó muchísimo, así

que se esponjó para parecer más grande. Pero el zorro, en vez de atacarla, la

saludó muy cortésmente:

«¿Cómo está su merced? ¿Cuándo espera sus pollitos? ¿Están ya para

nacer?»

La gallineta, temblando de pavor y con los ojos brillantes, se puso a silbar su

Uou-uuou, para espantar al enemigo, pero el zorro continuó hablándole, muy

tranquilo:

«Justamente, es por su voz por lo que he venido a visitarla. Además, ¡nos

parecemos tanto! Tiene usted, en su plumaje, los mismos colores de mi piel.

Mas... como le decía, es por su voz por lo que he venido... ¡Canta usted tan

bello! ¿No podría enseñarme? ¡Deseo tanto aprender!»

Al oír esto, la gallineta madre comenzó a recuperar la tranquilidad. ¿Sería

verdad lo que estaba oyendo? Sin duda el zorro tenía la barriga bien llena, de

otra forma no se tomaría la molestia de adquirir cultura. Así que contestó:

«Caballero, aprender a cantar no es tan fácil como parece, pero con mucho

gusto trataré de enseñarle. Observe usted mi pico. Notará que es bastante

delgado, muy fino y completamente pelado. Para cantar usted necesitará un

pico igual».

El zorro no sospechaba nada. Como todas las personas astutas, pensaba que

los demás eran tontos.

La gallineta continuó:

«Será necesario que usted le quite la piel a su boca».

El zorro, muy pensativo, contestó: «¡Conque debo quitarle la piel a mi boca!

Pues entonces empiece usted con la operación. Le prometo que no chillaré».

Poco a poco, la gallineta fue deshollejando la boca del zorro. La sangre

manchaba la yerba y el plumaje del ave, pero el zorro no se quejaba. Sentía

vergüenza de llorar de dolor. Al fin, comenzaron a vérsele los huesos; tenía la

boca pelada.

«Ahora sí puede cantar», lo animó la gallineta. «Haga Uuuu».

El zorro logró imitar el silbido. Estaba feliz. Mas el intenso dolor que sentía hizo

que corriera a meter al riachuelo su «pico», como llamaba a su boca adolorida.

Allí lo encontraron la gallineta y sus pollitos una semana más tarde. Había

muerto.

La gallineta les contó a sus hijitos la historia del zorro, y agregó: «Eso le pasa

al que quiere alcanzar lo humanamente imposible y se cree más inteligente que

los demás».

En las noches tibias, cuando el cielo se ve bordado de estrellas, el viento lleva

mariposas azules desde las orillas del mar hacia las montañas.

Los mexicanos las miran con cariño. Tal vez se acuerdan de la princesa Mirra,

que se convirtió en una mariposa de alas bordeadas de oro y anda buscando a

su hijo perdido.

Pero ¿quién es Mirra? ¿Quién conoce su historia?

Mirra fue la hija del gran rey azteca Acamapichtli. Acamapichtli la adoraba por

su belleza, por su piel delicada y suave, y porque en sus ojos se reflejaban la

luz de las velas y la luz del oro que adornaba su trono.

Un día una gran sequía agotó los campos del país. La gente sufría hambre y el

dios de las siembras y de las cosechas, para aplacar su ira, pedía que se le

entregaran las jóvenes más hermosas del país. Veinticuatro sacerdotisas,

todas niñas, esbeltas, sanas y bellas debía tener el dios a su servicio para que

las cosechas se dieran abundantes. Pero poco tiempo duraban las niñas en el

templo, pues cuando comenzaban a perder la juventud, el dios, que no quería

ver la vejez sino la belleza, las ocultaba en un monasterio al pie del templo.

Acamapichtli no quería separarse de Mirra, quien se encontraba entre las

jóvenes que debían ser enviadas al templo, pero el pueblo le rogó al rey que lo

hiciera, y la niña no opuso resistencia. Se puso los vestidos largos y los

adornos de plumas y turquesas que acostumbraban lucir las sacerdotisas,

empezó a aprender las danzas y los ritos del templo y prometió pasar su vida al

servicio del gran dios. Jamás había habido una doncella que lo hiciera con más

gracia y más devoción que ella.

Un día, un hacendado noble y joven, llamado Yariz, subió a lo alto de la

montaña para pedirle ayuda al gran dios de la siembra. Sus cosechas se

estaban secando y estaba desesperado.

El joven se arrodilló y trató de orar, pero el baile de Mirra no se lo permitió.

«No me dejes ceder a la tentación», le rogaba al dios días después, pero todo

fue en vano. El recuerdo de Mirra y su servicio sagrado no lo abandonaban, y

hasta en sueños la veía bailar.

El joven subía cada noche al monasterio y luego al templo. Esperaba el culto

que se celebraba antes del amanecer y volvía a bajar a la salida del Sol. No le

importaba ya que la lluvia hubiera empezado a caer, y no regresó a sus

haciendas.

La gente, sorprendida, empezó a cuchichear, y los sacerdotes del rey lo

llamaron para que explicara sus continuos paseos al templo. Entonces Yariz

reveló los sentimientos que lo llevaban a las alturas: «Quiero pedirles que me

concedan como esposa a la sacerdotisa Mirra. No puedo seguir viviendo sin

ella. El gran dios de la siembra ha hecho llover y estoy seguro de que no me la

negará».

Los sacerdotes no comprendieron el atrevimiento del noble Yariz. «¿No sabes,

acaso», le preguntaron, «que una sacerdotisa no debe casarse jamás? ¿No te

das cuenta de que pondrás en peligro todas las cosechas del reino? ¿No

sientes vergüenza ante la majestad del dios y de nuestro rey?»

«Quiero hablar con el padre de Mirra», contestó el joven. «Pertenezco a la

familia más poderosa de su reino y no soy menos que él».

Mas el rey lo recibió con cara severa. «Mirra ya no pertenece a esta tierra. Ella

debe servir al dios durante toda su vida», le contestó.

Yariz estaba desesperado. No podía dejar de pensar en Mirra y siguió

escalando la montaña para mirarla durante el servicio sagrado; sólo de noche

se atrevía a subir aquel camino que conducía al templo.

Una noche la sacerdotisa salió del templo y se encontró con el joven, que en

ese momento se aproximaba.

«No puedo seguir viviendo sin ti», le dijo Yariz, contándole sus sufrimientos y

expresándole su amor. La princesa lo escuchó con la cabeza inclinada.

Después lo tomó de la mano, lo llevó al templo, se arrodilló ante la imagen del

dios y le pidió perdón. «Deseo dejar el servicio del templo. No me castigues por

lo que hago, ni dejes de bendecir nuestras cosechas. Sé que soy mala y

desobediente, pero me duele el corazón y sé que moriría si no me dejaras ir».

Y al terminar su plegaria dejó su precioso vestido sobre las piedras y salió

corriendo del templo.

Yariz y Mirra sabían que jamás podrían dejarse ver en el reino de Acamapichtli,

así que huyeron al monte, escondiéndose de día y caminando de noche. Al fin

se detuvieron e hicieron una cabaña; ésta era muy pobre, pero no les

importaba.

Estaban felices de estar juntos. Yariz cazaba animales en el monte y se los

traía a Mirra, y ella preparaba la comida y lavaba la poca ropa que habían

llevado.

Pero su felicidad no iba a ser duradera. El rey envió cientos de soldados a

buscarlos y por fin los encontraron.

Yariz trató de defender a Mirra, pero al fin lo abatieron y cayó muerto. Eran

demasiados enemigos. A Mirra y al pequeño hijo que había nacido los hicieron

prisioneros y los llevaron al palacio de Acamapichtli.

El rey no pudo contener las lágrimas cuando vio a Mirra con su hijo en brazos.

Esta no había probado comida desde la muerte de Yariz, y sus ojos

expresaban una profunda tristeza.

«Separen al niño de su madre», ordenó el rey. «Lleven a la princesa a sus

aposentos y déjenla allí encerrada».

El rey pensó que el pueblo iba a olvidar a la princesa, pero no fue así. La

sequía amenazaba nuevamente las cosechas y no caía ni una gota de agua.

«El dios de las siembras está enojado porque la sacerdotisa infiel que lo

traicionó sigue con vida. Pedimos que la maten y le saquen el corazón»,

clamaba el pueblo.

Mas el rey no permitió que mataran a su hija; ordenó que la llevaran al

monasterio y la encerraran en una torre, que sólo tenía una pequeña ventana

por la cual no entraba mucha luz. El padre no quería que el Sol viera a su hija

otra vez, y Mirra tampoco se atrevía a mostrarle la cara. Al contrario, se

escondía en la oscuridad y sólo de noche se acercaba a la ventana y buscaba

en el cielo la única estrella que podía ver.

Mirra no comía; estaba pálida y delgada, y las mujeres que le traían el alimento

tenían que llevárselo nuevamente.

Una mañana sucedió algo inesperado. La princesa desapareció y los guardas

no pudieron encontrarla.

Buscaron por todas partes, mas lo único que encontraron fue una mariposa

posada sobre la ventana de la torre. Era la mariposa más grande y hermosa

que jamás habían visto: sus alas eran de un azul oscuro luminoso y llevaban un

borde de oro. Sin embargo, cuando trataron de atraparla, la mariposa huyó y

desapareció.

Al cabo del tiempo la mariposa volvió a dejarse ver. Venía de noche, con las

brisas del mar, entraba en las casas, buscaba las alcobas de los niños, miraba

sus rostros y salía otra vez.

«Mirra está buscando a su hijito», decían los mexicanos, y también decían que

para ayudar a Mirra las estrellas habían hecho sus alas del manto de la noche,

y luego las habían bordado con su luz. Y aún lo dicen, especialmente cuando

en las noches tibias las estrellas parecen contar el cuento de la desafortunada

princesa azteca.

Hace muchos siglos los aztecas gobernaban a México. Era un reino

majestuoso y los países vecinos tenían que contribuir para aumentar la riqueza

y el esplendor de la corte.

Entre los reyes vasallos estaba Tlaxcala, mas un día se reveló contra el gran

imperio. No quería que su pueblo siguiera pagando tributo ni empobreciendo su

comarca para enriquecer a otro país.

Pero ¿cómo se atrevía a sublevarse contra los más poderosos? Tlaxcala sabía

que su ejército estaba bien entrenado, que su general lo quería y que podía

confiar en él y en sus capacidades.

Popocatépetl, como se llamaba el joven general de Tlaxcala, estaba seguro de

que podía vencer al enemigo. «Nuestras tropas no son numerosas, pero

lucharemos con entusiasmo porque estamos defendiendo nuestra patria contra

los invasores y protegiendo a nuestras mujeres y a nuestros hogares», decía.

Los ojos de Popocatépetl resplandecían al pronunciar estas palabras. Estaba

ansioso de demostrar su valentía y su fidelidad. Quería luchar y ganar fama,

quería regresar victorioso, quería que Tlaxcala lo estimara y lo considerara

como su igual.

Pero, ¿por qué estaba tan interesado Popocatépetl en conquistar la amistad de

su rey? No hay duda de que realmente lo amaba, pero también amaba a su

hija. El general se había enamorado de la princesa, a quien quería con todo el

corazón. Claro que esto era un secreto todavía. No sabía si podía atreverse a

revelarlo antes de salir al combate, aunque estaba seguro de que la princesa

había adivinado su amor. Los ojos de la joven reflejaban los mismos

sentimientos cuando él buscaba su mirada. Ella no lo había rechazado.

«Si tengo el valor de enfrentarme con el enemigo, tengo que tener el valor de

hablar con el padre de ella», se dijo, y fue así como un día le preguntó al rey si

podía tener la esperanza de conquistar a la princesa, si lograba la victoria.

El rey miró al general. El joven era el hombre más honesto y valiente que el rey

había conocido. Le estrechó la mano y le aseguró: «Así como pongo la suerte

de mi país en tus manos, así mismo te encomendaré la felicidad de mi hija».

El general, lleno de emoción, apenas pudo expresar su gratitud. Se puso al

frente de sus soldados y salió al combate.

Luchó con un valor ejemplar que llenó de entusiasmo a todos los hombres y les

permitió conquistar una victoria tras otra.

Durante el combate, Popocatépetl no había dejado volar sus pensamientos,

pero en el momento en que las tropas enemigas se retiraron empezó a soñar

con su novia, cuyos ojos le habían prometido la felicidad.

¡Cómo apuraba a sus soldados! ¡Cómo buscaba el camino más cercano para

regresar a la capital! Hasta que al fin un día entró en la ciudad. Mas no fue

recibido con júbilo. Los habitantes no lo esperaban con coronas de flores y

plumas, como era la costumbre cuando regresaban las tropas victoriosas, ni en

el palacio sonaron los tambores de la victoria.

Los guardias lo miraron y lo dejaron pasar sin decir una sola palabra. Alguna

desgracia había ocurrido. Popocatépetl recordó que su padre le había dicho:

«Hijo mío, es difícil encontrar en un solo camino el éxito, la fama y el amor».

Esto lo atemorizó; pero, sin embargo, entró en los aposentos del rey.

Este, dándole un abrazo, le agradeció la victoria conseguida, pero su cara

estaba triste y no reflejaba el gran triunfo de su país.

«Estamos de luto, Popocatépetl», exclamó. «En vano vienes en busca de tu

novia. Ixtacihuatl ya no está entre nosotros. La flor se marchitó antes de

tiempo. ¡Los dioses no quisieron que diera fruto vuestro amor! Ayer por la

noche murió, y hoy por la mañana la llevamos al templo sagrado».

El rey ocultaba el rostro. No quería que su general viera las lágrimas que salían

de sus ojos.

Popocatépetl se despidió. No pudo quedarse en el palacio. Quería estar junto a

su novia, aquélla que los dioses no le habían querido dar. Encontró la tumba en

el templo y no pudo retener el llanto. «No me dejaré robar el premio a mis

hazañas», exclamó. «Nadie me quitará a mi novia; ella me pertenece y yo a

ella».

Y moviendo la loza que cubría la tumba, tomó a la muchacha en los brazos y

empezó a subir la montaña, en cuya cima se hallaba el templo de los difuntos.

Cuando la aurora empezó a regar su luz rosada, Popocatépetl llegó a la

cumbre que estaba cubierta de nieve y que ahora se veía como bañada de

colores suaves. El joven acostó a su novia y se tendió a su lado; les rogó a los

dioses que los dejaran descansar para siempre. Y así fue. La princesa todavía

yace sobre la cima, tapada con un manto de nieve que se enciende de rosado

por la noche y por la mañana.

¿Y Popocatépetl? Los dioses lo recompensaron por su fidelidad. Lo llevaron al

cerro vecino y allá sigue sentado. Su orgullosa silueta todavía se ve. Desde las

alturas vigila el sueño eterno de su amada, y el Sol y el viento lo acompañan en

su guardia.

Los reyes de aquel tiempo han sido olvidados, pero la gente sigue recordando

a Popocatépetl y a Ixtacihuatl. Las montañas recibieron sus nombres y los

guardarán para siempre.

Al inicio del verano, las lomas de los cerros se llenan de campanillas rosadas.

Los jóvenes que quieren demostrar su amor van en busca de ellas y les llevan

un ramo a sus novias en señal de que las amarán tanto como Popocatépetl

amó a Ixtacihuatl.

Ñandé Yará, el gran espíritu, había decidido que Moratí y Pitá no fueran felices.

Pitá tenía fama de ser el guerrero más ágil y más atractivo de toda la comarca,

y su novia, Moratí, la muchacha más bella que en aquel entonces se conocía.

Los dos se querían mucho y se iban a casar.

Un día, un grupo de niñas y mujeres jóvenes caminaba a la orilla del río

Paraná. Cada una hablaba de su novio, y, para lucirse ante las demás,

describía las cualidades de su enamorado. No se podía negar que Moratí era

vanidosa y orgullosa: Decía que Pitá haría cualquier cosa por ella y que

siempre estaba listo a satisfacer todos sus deseos. Las mujeres se reían.

«¡Esas son palabras!», decían. «¿Quién te las creerá? Pídele que se meta al

rio y ¡verás que no lo hace!» Había llovido. Las aguas del Paraná estaban

amarillas y turbulentas, y el oleaje batía las orillas, Moratí, al oír los

comentarios de las mujeres, se enfureció. Corrió a llamar a su novio, lo trajo y

luego, quitándose su brazalete, lo tiró al río y exclamó: «Ellas dudan de tu

amor. Ve y recupera mi joya, Pitá querido». Pitá no lo pensó ni un momento. Se

lanzó a las aguas y se hundió en ellas. Pitá nadaba como un pez, pero ¿cómo

iba a encontrar el brazalete en esa agua tan turbia?

Moratí sonreía, y las mujeres la miraban con asombro. Habían callado. No la

comprendían. Todas miraban al río, buscando el cuerpo del nadador. ¿Dónde

estaba el atrevido? ¡Pitá tenía que volver! Pero las aguas no se partían.

Seguían corriendo, susurraban y llenaban el aire con su canto feroz.

Moratí se tapó los oídos y se quedó mirando el oleaje con los ojos fijos. No

podía moverse. Las demás mujeres corrieron a buscar ayuda. Al oscurecer,

Moratí volvió al pueblo. No podía llorar. Tenía la culpa. ¡Había mandado a Pitá

a la muerte! Nunca encontrarían su cuerpo. Las aguas se lo habían llevado

para siempre.

Cuando fue a consultar al gran sabio, no sabía qué hacer con su pena y su

soledad.

«Miremos las llamas de mi hoguera», le dijo a Moratí mientras echaba hierbas

al fuego y miraba el humo. Finalmente reveló sus pensamientos: «Pitá no está

muerto. Se enredó en las atarrayas de la ondina del Paraná, quien lo eligió

como novio y le hizo olvidar sus compromisos contigo».

Llorando, Moratí exclamó: «¿Qué puedo hacer para que vuelva? ¿Cómo lo

puedo liberar de ella?» El sabio le dijo: «Tienes que bajar al reino de la ondina.

Debes buscarlo allá. Cuando Pitá vea tu cara se acordará de ti y te amará de

nuevo».

Moratí no esperó a que llegara la mañana. Buscó una piedra bien pesada, la

tomó en sus manos y, cantándole a su novio, se adentró en las aguas.

La muchacha había ido sola, y únicamente por la mañana se supo lo que había

hecho. Todo el pueblo se reunió a la orilla del Paraná a esperar el regreso de

los novios. Esa noche se prendieron grandes hogueras que se reflejaban en las

aguas, y que poco a poco se fueron apagando.

A la madrugada del segundo día, cuando todos comenzaron a marcharse a sus

casas porque ya estaban cansados de mirar y vigilar, vieron algo claro y

desconocido que salía del agua. Era una flor de gran hermosura y delicioso

perfume. Sus pétalos estaban teñidos de rosado en el sitio donde rozaban el

agua, pero por dentro eran de un blanco puro. El centro de la flor también era

rosado y mezclado con un amarillo resplandeciente.

«En esta flor se han unido Pitá y Moratí», dijo el sabio del pueblo. «El gran

espíritu Ñandé Yará les regaló una vida eterna por su gran amor y por su

fidelidad. Irupé, o amor constante, será el nombre de esta flor que nos hará

recordar a la pareja».

Y así han sido y serán recordados Pitá y Moratí por todos los hombres y las

mujeres del Paraná.

Hace algún tiempo conocí a don Ramiro. Todavía llevaba bombachas y botas,

como las que usa la gente del campo en el Paraguay. A don Ramiro le gustaba

entretener a los amigos con sus cuentos. Cuando pasaba el mate de boca en

boca y cada uno tomaba un sorbito de agüita por la caña de plata, don Ramiro

comenzaba a hablar sin que nadie se lo hubiera pedido.

«De joven», empezó don Ramiro, «lo que más me gustaba era perderme en la

selva que se extiende entre los ríos Paraguay y Paraná. Llevaba mi escopeta y

mis anzuelos y jamás me faltó comida.

»Una tarde de diciembre, caliente y sofocante, decidí dedicarme a la pesca.

Estaba cerca del Paraná, que lleva sus aguas verdes hacia el Sur, aguas que

casi no ven el Sol, porque los árboles y las enredaderas no lo dejan penetrar.

La selva estaba silenciosa. Ya no se oían ni se veían los pájaros de vistoso

plumaje. Encontré un pequeño claro en la selva donde crecían orquídeas y un

samuchú. El árbol competía en belleza con las flores que había a su alrededor.

Me senté, dejé caer mi anzuelo al agua y enseguida se hundió. Saqué el primer

pez. ¡Qué bonito era! Sus escamas brillaban y daban visos de muchos colores.

Nunca había visto uno igual. Volví a sumergir el anzuelo y no tardó en picar el

otro. Y así pesqué más y más, hasta que me cansé. Hacía calor. Brillaban los

rayos del Sol, que estaba por ponerse, y los peces que estaban a mi lado; el

olor de las flores me adormecía.

»Creo que me dormí, o por lo menos empecé a soñar. Vi que el tronco del

samuchú se abría ante mis ojos y que de él salía una hermosa muchacha, que

se sentó a mi lado y colocó mi cabeza sobre su falda. Sonriéndome, me pasó

las manos por la frente, y me quitó el cansancio y el calor.

-Dime quién eres -le dije.

-¿Cómo? ¿No viste mi albergue de color bermejo? Soy Samuchú, la que cuida

los árboles de mi nombre, la que los hace crecer, la que ama a todos los

animales que viven a su alrededor -contestó-. He llamado a los peces y te he

llamado a ti, porque cada cien años me permiten salir de mis árboles para que

le revele mi historia a un hombre. Lo escojo bien, porque quiero que me

entienda, que oiga mi historia con asombro y luego se la cuente a otros, para

que se respeten mis árboles en la selva y no se tumben sin necesidad.

»Y dirigiéndose a los peces, les dijo:

-Ayúdenme a contar mi historia.

»La muchacha había hablado en guaraní, el idioma de los habitantes de la

selva, y en ese mismo idioma empezaron a charlar los hombres en que se

habían convertido los peces que había yo sacado del agua.

»Detrás de ellos vi unos toldos y escuché el sonido de tambores.

-¿Quién se ganará a la bella Samuchú como esposa? --dijeron-. Será difícil

conquistarla y satisfacer los deseos de su gran padre, nuestro jefe.

»De pronto, el sonido de unas flautas se mezcló con el clamor de los tambores

y apareció el jefe, el gran Augbaí, llevando de su mano a una muchacha. Todos

guardaron silencio y también la música se silenció, cuando el jefe empezó a

hablar:

-Esta es mi hija Samuchú. Ha llegado el momento de que tome esposo. Ella es

la última de los Augbaí, familia que por tanto tiempo gobernó el país de los

guaraníes. Su esposo debe ser digno ante Tupá, nuestro dios y señor/ para

que pueda gobernar a nuestro pueblo. Demos comienzo a las competencias

entre los jóvenes que quieren someterse a las pruebas previstas.

»Samuchú inclinó la cabeza y se sentó en una butaca al lado de su padre para

presenciar la lucha de los guerreros, quienes nadaron, corrieron, saltaron y

compitieron con arco y flecha, hasta que Samuchú alzó la mano y todo

desapareció delante de mis ojos.

»A mi lado estaba ella, sonriendo como en aquella escena que acababa de ver,

y volviéndose hacia mí, explicó:

-Las competencias siguieron durante más de tres días, después de lo cual

sucedió lo que verás ahora.

»Era como un teatro. Ante mis ojos volvieron a presentarse los actores del

cuadro anterior, sólo que en esta ocasión aparecían en un orden distinto. Ya se

habían destacado tres de los jóvenes, y el jefe Augbaí le dijo a su hija:

-Debes escoger a tu futuro esposo entre estos guerreros. Son los más valiosos

de nuestros pueblos. Los tres son dignos de ser elegidos y agradecerán tu

amor.

»Samuchú los miró fríamente. Después levantó los brazos y, dejando a su

padre y a los jóvenes a un lado, se acercó al río y exclamó en voz alta:

-Nuestro padre, el río Paraná, decidirá mi suerte. A él le pido que me escoja

esposo -dijo, y con estas palabras se sumergió en las aguas.

»El río empezó a murmurar y a levantar su oleaje. La niebla lo cubría todo, y no

se podía ver lo que estaba pasando.

»Los guaraníes estaban muertos de miedo, jamás se habían atrevido a llamar

al gran dios del no para que interviniera en un asunto personal. ¡Era un

atrevimiento que le costaría la vida a la bella hija del jefe! Pero las aguas se

volvieron a calmar y la niebla fue levantada por el viento. Samuchú salió del

agua, acompañada de un joven de aspecto extraño. Su piel blanca contrastaba

con sus ojos verdes, que eran del color del agua de la cual había salido. Su

pelo era amarillo como el maíz, algo que los guaraníes jamás habían visto.

-¿Qué extraño comportamiento es éste? --dijo el jefe-. ¿A quién me traes aquí?

-Este es el esposo que me eligió el gran Paraná -contestó Samuchú.

»Todos los guaraníes se inclinaron hacia las aguas del río, pero el jefe no

estaba satisfecho.

-Tendrá que someterse a las pruebas que acabamos de terminar. Que luche

con los tres guerreros más valientes. Si este desconocido no gana, deberá

morir, y tú con él. No permitiré que la sangre de los Augbaí se mezcle con una

que no sea digna de ellos, y preferiré que mueras con él.

»Y otra vez empezaron las competencias. Todos lucharon hasta el cansancio,

pues ninguno quería darse por vencido. Finalmente, el joven de color blanco

ganó, y el jefe cumplió su palabra y lo unió en matrimonio con su hija.

»Yo había presenciado todo esto como si hubiera sido uno de los guaraníes,

pero entonces la muchacha que estaba a mi lado levantó la mano y la visión

desapareció.

-La historia no ha terminado -dijo, y sus ojos negros se llenaron de lágrimas.

»Otra vez me hallé entre las personas del pueblo. Vi un toldo, y en el toldo a

Samuchú, que, horrorizada, descubrió a su esposo muerto. Había sido

asesinado a cuchillo, y su sangre manchaba el lecho.

»También este cuadro desapareció.

»La muchacha siguió contándome la historia de su vida:

-Mi padre parecía estar contento con la muerte del extranjero, como solía

llamarlo, y no se preocupaba por encontrar al asesino. Me dejó llorar, pero

pasados siete meses me ordenó elegir otro esposo entre los tres guerreros que

habían ganado las competencias en aquel entonces. No pude obedecer.

Nuevamente me eché a las olas del río, suplicándole al gran Paraná que me

ayudara.

»Vi cómo el dios salió de las aguas, tomó de la mano a Samuchú, y le dijo:

-Tú encontrarás paz y albergue aquí en las orillas de mi río. Te daré vida eterna

en los árboles que llevarán tu nombre. Cuidarás de ellos, y ellos de ti. Como no

tendrás un hijo propio, mis peces serán tus hijos. Cada cien años te permitiré

salir de tu casa del samuchú a contarle tu historia a un hombre, a quien podrás

ayudarle, si él desea sembrar tu árbol al lado de su casa.

»Así, mientras el río Paraná desaparecía, en todas partes empezaron a crecer

los árboles de los cuales había hablado el dios, y en cuya flor se mantenía la

belleza de Samuchú.

»Cuando me desperté, no hallé a la muchacha a mi lado. El árbol había

cerrado su tronco y el albergue había desaparecido. Pero los peces que

estaban a mi lado no habían muerto. Los volví a echar al río, y al llegar a mi

casa lo primero que hice fue sembrar un samuchú».

Don Ramiro terminó su cuento. El fuego se estaba apagando. La luz de la Luna

alumbraba las flores del samuchú que abrazaba el techo de la casa. Todos

sentíamos el aroma de aquellas flores y la dulce presencia de la hija del jefe

Augbaí.

Un día en que Elías trabajaba el campo con su mujer, le dijo: «Nuestro maizal

es muy pequeño; no produce suficiente para alimentarnos a todos; he resuelto

que nuestros hijos mayores salgan a buscar trabajo. Sólo se quedarán con

nosotros los dos pequeños, y así podrán ayudarnos a trabajar el campo cuando

sean mayores».

La madre se opuso, pero el padre insistió. Así que la madre tejió lindos

ponchos de colores vivos, preparó chicha morada y amasó arepas para que

sus hijos pudieran comer y beber por el camino.

Los tres jóvenes se despidieron de sus padres y tomaron el camino que los lle7

varía a Lima. Habían oído que esta ciudad era muy grande y que en ella el

virrey había ordenado construir hermosas iglesias con torres muy altas y

altares cubiertos de oro y plata.

Los hermanos creían que allí encontrarían trabajo y además se harían muy

ricos.

La primera noche la pasaron en una posada al lado del camino. Al día siguiente

los dos hermanos mayores se despertaron muy temprano y decidieron

continuar solos, dejando atrás a Emiliano, el menor. «Es tan tonto que se deja

engañar fácilmente. No nos servirá para nada y tendremos que alimentarlo»,

dijeron.

Al menor no le sorprendió, cuando despertó, ver que sus hermanos se habían

marchado sin él. Siempre lo habían tratado mal y nunca lo habían llevado a

cazar con ellos. Pero él tampoco se había sentido a gusto en su compañía, y

en el pasado, cuando ellos salían, él solía dirigirse a la herrería del pueblo. Al

principio, sólo observaba al herrero, pero, poco a poco, había ido aprendiendo

a manejar las herramientas, y después el maestro le había encargado la

elaboración de pailas, adornos de plata y joyas que las niñas del pueblo

compraban. Y a Emiliano, el oficio de herrero le había parecido el más hermoso

del mundo, pues con sus manos podía producir cosas útiles y bellas.

Mientras recordaba todo esto, Emiliano salió al camino y tomó la determinación

de preguntarles a los indígenas si podía acompañarlos y ayudarles a llevar

carbón de palo a la gran ciudad; éstos aceptaron su oferta.

Al llegar a la ciudad, Emiliano miraba las calles de piedra, con sus grandes

casas e iglesias, y ante los portones de éstas se quedaba extasiado, sin

atreverse a seguir. Al fin, cobrando valor, se decidió a entrar en las iglesias

para ver los altares, y quedó asombrado al descubrir tanta riqueza y esplendor.

Al día siguiente preguntó por los talleres de los orfebres y recorrió las calles

buscando trabajo, pero todos le contestaron que no tenían nada para él.

¿Quién podía darle trabajo a un muchacho del campo que nadie conocía?

Emiliano comprendía la razón que habían tenido para no emplearlo, así que

tomó el camino de las montañas, alejándose de la ciudad. No entendía muy

bien por qué había elegido aquel camino, en el cual todo estaba desolado, pero

sin saberlo, Emiliano había tomado la ruta de los incas. Era un camino ancho;

las piedras estaban muy bien colocadas, de modo que él podía caminar

cómodamente.

Al atardecer, vio algo que resplandecía delante de sus pies. Era un pedazo de

oro, brillante y blando. Emiliano lo recogió y pensó: «¡Parece que la suerte me

acompaña, a pesar de todo!», y sacando sus herramientas, se puso a trabajar.

En ese momento se le acercó una figura alta, vestida de blanco, que parecía no

tocar el suelo.

Emiliano quiso huir pero el miedo no lo dejó mover. Entonces la figura se le

acercó y le dijo:

«Estás ante uno de los gobernantes del pueblo de los incas. Nosotros hemos

guardado muchos de nuestros tesoros para que los invasores jamás los

encuentren. Necesitamos un orfebre que trabaje los metales y elabore efigies

para alabar al Sol y a los demás dioses. Sé que eres muy honrado y que

podemos confiar en ti. ¿Quieres acompañarme?»

Emiliano se turbó y no supo qué decir, pero siguió a la figura, que lo guió hasta

un precipicio. En frente de ellos se elevaba una montaña muy alta, que de

repente empezó a abrirse. Los dos entraron en una cueva que estaba llena de

oro, plata y piedras preciosas.

Entonces el espíritu del Inca dijo:

«Aquí encontrarás todo lo que necesitas para tu trabajo; también tendrás

comida y vivienda. Cuando hayas terminado, recibirás una recompensa».

Y habiendo dicho estas palabras, desapareció.

Feliz, Emiliano trabajó sin descanso. Por fin podía demostrar que él sabía

trabajar el oro y la plata. Por las noches soñaba con las cosas maravillosas que

haría al día siguiente, y así, poco a poco, fueron amontonándose a su

alrededor las más lindas piezas y las más perfectas imágenes. Sus manos eran

cada día más hábiles y podían elaborar trabajos cada vez más finos.

Un día en que había terminado de trabajar todo el metal, nuevamente apareció

ante él el espíritu del Inca, y le dijo:

«Estamos satisfechos de tu trabajo; en recompensa, te regalo esta figurita de

oro con ojos de esmeralda. Si le frotas los ojos, todos tus deseos serán

cumplidos. Mas no debes contarle a nadie lo que has visto».

De nuevo se encontró el muchacho en el lugar en donde había hallado el

pedacito de oro, pero tenía en las manos la figurita con ojos de esmeralda, que

le demostraba que no había soñado. Frotó los ojos de la figurita y dijo:

«Deseo tener una orfebrería en la capital». Al instante fue trasladado a una

casa grande que tenía un taller con todas las herramientas que necesitaba.

Emiliano se puso a trabajar, y pronto todos venían a admirar su arte y a

comprar las piezas él creaba.

Pero un día tocaron a la puerta de su casa dos mendigos. Emiliano los

reconoció: eran sus hermanos; dejándolos pasar, les dio vestidos y comida y

los invitó a quedarse para que se recuperaran de todas sus desventuras.

Los hermanos se sorprendieron de la buena suerte del joven y, llenos de

curiosidad, le preguntaron cómo se había hecho tan rico. El les contó todo lo

que había pasado, y cómo había logrado lo que tenía.

Los hermanos no entendían por qué Emiliano no se había apoderado del

tesoro de los incas y por qué prefería seguir trabajando.

«Es el mismo tonto de siempre», dijeron. «Nosotros nos disfrazaremos de or

febres y el gran espíritu nos empleará; así podremos apoderarnos de los

tesoros».

Y así lo hicieron. Llevaron herramientas y plata para trabajar, tomaron el

camino que Emiliano les indicó y esperaron... pero no vieron ninguna figura que

volara, ni encontraron el lugar del que les había hablado su hermano.

Regresaron a la casa y siguieron viviendo a expensas de él; le exigían dinero

para gastarlo en la taberna con los amigos.

Como el trabajo del orfebre no era suficiente para el sostenimiento de los tres,

Emiliano tuvo que pedirle a la figurita que le diera más, y, habiéndolo

sorprendido, sus hermanos lo obligaron a revelarles el secreto.

Desde ese día los hermanos sólo pensaron en robarle a Emiliano la pequeña

figura.

Por fin, un día descubrieron el lugar en donde la guardaba, y le dieron unos

polvos para adormecerlo. El hermano mayor tomó la figurita y, frotándole los

ojos, le ordenó que trasladara a Emiliano a la selva más oscura en los límites

del virreinato, para que nunca pudiera regresar.

Cuando los hermanos vieron los poderes que tenía la joya, cada cual quiso ser

su dueño, y fue tal la lucha en que se enredaron, que terminaron matándose el

uno al otro.

La casa quedó desocupada durante algunos años, y, poco a poco los ladrones

se llevaron todo lo que había en ella, incluyendo la figurita de oro, que un día

fue vendida y jamás se supo que alguien volviera a utilizarla por sus poderes.

Después de muchos años llegó a la ciudad un viejecito de pelo gris. Era

Emiliano, que luego de viajar durante mucho tiempo, regresaba a la ciudad de

Lima. Recorrió las calles buscando su casa pero no pudo hallarla. Finalmente,

una ancianita lo reconoció y le contó todo lo que había sucedido.

Dicen que Emiliano regresó a buscar a sus amos, los incas, y cuentan que de

vez en cuando se oye el ruido de metales en las alturas de la cordillera, como

si alguien estuviera trabajando allí.

Lo que sí es cierto es que nadie ha encontrado jamás el tesoro de los incas.

Tupá, el dios guaraní, gobernaba el cielo y la Tierra. Desde las alturas miraba

las verdes planicies, las altas montañas, los mares azules, y se alegraba.

Había flores de todos los colores, pájaros de plumaje verde y rojo vivo,

animales de color amarillo, carmelita, negro, y hombres de piel morena.

Su mirada se fijaba en las cumbres blancas de las montañas y en las nubes, y

veía que este color no se repetía en ninguna de sus creaciones vivas.

«Quisiera ver un animal de color blanco; hace falta entre todos estos colores

fuertes», decía. Pero, ¿cómo lograrlo?

Un día en que el Sol ya se había ocultado y Tupá seguía sentado en su silla,

pensando y reflexionando, la Luna apareció en el cielo, bañando la Tierra con

su luz blanca. Al ver a Tupá sentado en su hamaca con la frente fruncida,

mandó a una de sus hijas a averiguar qué preocupaba al dios.

Apenas lo supo tomó una decisión. Ella misma le prestaría a Tupá su color

blanco resplandeciente para que pudiera crear un animal a su gusto.

Tupá le agradeció a la Luna su ayuda y con emoción formó una paloma grácil.

Cuando ésta empezó a moverse entre las manos del dios poderoso, la Luna la

bañó en su resplandor blanco.

«Ty será tu nombre», exclamó el dios, y la paloma, al oír su nombre, abrió con

su pico las manos del dios y voló hacia la Tierra, hacia las selvas que se hallan

entre los ríos Uruguay y Paraná.

El pájaro era feliz. Encontraba pepitas rojas y azules para comer y tenía agua

limpia para tomar y bañarse. Le gustaba acercarse a las casas de los hombres,

mirarlos y volar alrededor de sus pueblos. Allí encontraba los granos de maíz

que tanto le gustaban.

Los hombres aprendieron su nombre y se lo dieron a todo lo blanco. «¿De

dónde viniste, Ty?», le preguntaban. La paloma los oía, mas sin embargo vivía

triste porque en ninguna parte había un ser parecido a ella. Todos eran de

colores fuertes y resplandecientes; sólo ella era blanca.

«Regresaré al cielo y le pediré a Tupá que me cambie el plumaje y me lo llene

de color», se dijo la paloma mientras volaba hacia el cielo.

Llegó cansada y presentó su petición, pero le fue negada. «¿Cómo es que no

estás contenta? ¡Gasté toda una tarde y una noche para hacerte!», le dijo

Tupá, y la despidió. ¡El estaba orgulloso de haber hecho este animal!

«Me siento rechazada. No quiero vivir más. No tengo ganas de seguir sin color

en un mundo lleno de colores», sollozaba la paloma al volver a la Tierra.

Se escondió en la selva entre enredaderas, buscó una mata con espinas largas

y, estrellándose contra ella con toda su fuerza, se clavó una espina en el

pecho. La sangre manchó el plumaje de la paloma y ésta cayó al suelo sin

sentido.

Al atardecer la paloma despertó; ya no sangraba y fue a bañarse al río, pero la

mancha roja no se le quitaba. Ahora tenía dos colores. Era blanca y roja.

Los hombres y los animales supieron de los sufrimientos de la paloma y

aprendieron a quererla porque estuvo a punto de morir por tratar de tener

colores parecidos a los de los otros seres-vivientes de la Tierra.

De vez en cuando, a nuestro Señor le gusta venir a la Tierra. No revela su

nombre, pero va de país en país, para ver cómo se comportan los hombres y si

no han olvidado sus mandamientos.

Durante uno de esos viajes, el Señor llegó a nuestras tierras. Los caminos

estaban llenos de polvo y las distancias eran muy grandes; no había árboles y

el Sol calentaba en la llanura desde el amanecer hasta el atardecer.

El Señor estaba cansado, pero no decía nada. Fue San Pedro, su compañero

de viaje, quien exclamó: «Estoy muy cansado y me es imposible caminar más.

Es hora de que descansemos. Ahora entiendo por qué la gente de estos

pueblos siempre va a caballo y no a pie».

Miraron por todos lados, y pronto descubrieron un ranchito al lado del camino.

Allí vivían unos campesinos que, al verlos, los recibieron atentamente. La hija

corrió a sacar agua fresca de la olla de barro que guardaban para beber, pero

al darse cuenta de que los viajeros necesitaban bañarse, tomó dos chorotes y

se dirigió al arroyo para traer más agua.

Al poco rato, el puchero estuvo listo y comieron. Era la comida sencilla con que

se alimentaban los campesinos, pero se la ofrecieron a los peregrinos con

respeto y cariño. El Señor se sentía muy a gusto con esta familia y agradecido

por su gentileza. Una vez terminada la comida, la madre les tendió camas en el

piso sobre hojas de maíz, iguales a las de ellos. Todo estaba limpio y tenía olor

a tierra.

Nuestro Señor se acostó, descansó toda la noche, y se despertó muy contento.

San Pedro estaba esperándolo en la puerta para continuar el viaje, pero el

Señor tardaba: quería expresar su agradecimiento. Recogió una rama que

estaba en el suelo, la sembró delante del ranchito, la bendijo y les dijo a los

campesinos:

«Esta mata retoñará y se cubrirá de hojas verdes. Cosechen las hojas y

déjenlas secar al sol; con ellas podrán preparar una bebida que se llamará

mate, y que los refrescará y les dará ánimo. Tómenla con agrado, y al hacerlo

recuerden al viajero que vino de muy lejos y que estuvo contento en su casa».

Los campesinos hicieron lo que el Señor les dijo, y el bienestar y la suerte los

acompañó toda la vida. Los arbustos se multiplicaron, y en esta forma el

matrimonio pudo compartir el mate con sus vecinos, quienes le daban a cambio

carne y pieles.

Donde se bebía mate la gente estaba contenta y sana y gozaba de la vida.

«Fue un regalo del cielo que nos trajo el Señor», solían decir los campesinos,

cuando después del trabajo hacían circular el recipiente con mate y hablaban

de los tiempos pasados.

Se cuenta que hace muchos siglos, cuando los pueblos vivían apartados los

unos de los otros y los viejos les enseñaban a los jóvenes a hacer sus propias

armas, que como es de suponer, eran hechas de piedras, huesos, palos, fibras

de árboles y otros elementos que la naturaleza les daba, no existía la calandria.

Quién se imaginaría que este lindo pájaro gris, no más grande que una mano

extendida, con alas adornadas de azul y blanco y cuya voz saluda la mañana

con lindos trinos llenos de alegría, alguna vez fue un indio joven y esbelto, que

esperaba ser reconocido como adulto y guerrero.

Urijamo, que así se llamaba el joven, se preparaba para la gran fiesta en la cual

sería sometido a una prueba y consagrado como guerrero. Había tardado

mucho en terminar sus armas, pues se había entretenido en tocar una pequeña

flauta que él mismo había hecho de un pedazo de caña, y en la cual producía

diferentes y lindas melodías, imitando los cantos de las aves.

Finalmente Urijamo terminó de alistar su arco y sus flechas, y se puso a

practicar con ellos. Se sometería a la prueba porque la bella Oriú no lo quería

esperar más; lo iba a elegir como su pareja en el baile que se celebraría

después de la gran prueba.

Mas primero debía demostrar que sabía usar las armas, y entregarles al jefe y

a la asamblea de los sabios y ancianos del pueblo una gallineta, un pato y una

paloma.

Le quedaba una semana para cazarlos en las selvas del Orinoco. Tenía que ir

solo, pero él sabía prender fuego con un palo y unas piedras y preparar su

comida. Además, estaba seguro de que el Gran Espíritu le ayudaría a pasar la

prueba. Sin embargo, no fue así. Urijamo se presentó, pero la suerte no le fue

favorable y no pudo encontrar ninguno de los animales que debía cazar.

Lleno de furia le gritó al Gran Espíritu: «¿Por qué no quieres ayudarme? ¡Se

van a burlar de mí!» Y sacando una flecha se puso a disparar al cielo, matando

lo primero que veía.

Y así siguió; no recogía lo que cazaba, sólo quería demostrarle al Gran Espíritu

que él sabía usar las armas.

Todas sus flechas dieron en el blanco; los animales ensangrentados iban

cayendo, pero a Urijamo no le importaba cuántos mataba.

Al ver la forma en que Urijamo actuaba, el Gran Espíritu se enojó. ¿Cómo era

posible que se comportara así? ¿Acaso Urijamo no sabía que sólo se permitía

cazar lo que era necesario? ¿Por qué no respetaba las leyes de la naturaleza?

El Gran Espíritu se cansó de ver aquella matanza y dirigió los pasos del joven

hacia el gran pantano donde las aguas y el fango lo aprisionaron, impidiéndole

salir de allí.

Los pájaros, que se habían escondido para que no los matara, volvieron a salir

y lo rodearon. Cada cual cantaba su canción de alegría y se burlaba del

cazador cazado por el fango.

Cuando el Gran Espíritu vio que el joven perdía la vida, tomó su cuerpo y lo

convirtió en pájaro. Le dio los colores de los pájaros que lo rodeaban y le

permitió cantar todas las canciones que había escuchado antes de morir.

Así nació la calandria, pájaro de canto melodioso.

Al amanecer, cuando el baile estaba terminando y el Sol comenzaba a poner

un poco de luz en el cielo, los nuevos guerreros se fueron a descansar. De

pronto oyeron el canto de un pájaro que no habían visto antes, y pensaron que

era su amigo Urijamo, que regresaba tarde tocando su flauta. Pero su sorpresa

fue muy grande: sólo vieron un pajarito que no conocían; así que decidieron

llamarlo Urijamo. Con el tiempo este nombre se perdió y se le dio el de

calandria.

MITOS : SIMBOLOS DE REDENCION EN LOS CUENTOS DE HADAS

Escrito por imagenes 12-11-2008 en General. Comentarios (0)

MITOS : SIMBOLOS DE REDENCION EN LOS CUENTOS DE HADAS

MITOS : SIMBOLOS DE REDENCION EN LOS CUENTOS DE HADAS
MARIELOUISE
VON FRANZ
SÍMBOLOS DE REDENCIÓN
EN LOS CUENTOS DE HADAS
Primera conferencia
La palabra redención no debe asociarse forzosamente con el dogma cristiano ni con la teología, con la
que su concepto tiene tantas connotaciones. En los cuentos de hadas, la redención alude, específicamente,
a las circunstancias en las que alguien que ha sido maldecido o hechizado es liberado a través de ciertas
contingencias o sucesos en el curso de la historia. Su naturaleza difiere esencialmente de la idea cristiana.
El tipo de maldición es variable. En un mito, fábula o cuento de hadas, un ser por lo general es
condenado a asumir la forma de un animal o la existencia de una vieja y monstruosa mujer o de un
horrible anciano y luego, por medio del proceso de redención, se transforma en un príncipe o en una
princesa. Los más diversos animales, distinguidos en los dos grandes grupos de sangre caliente y sangre
fría, como por ejemplo los osos, zorros o leones, que encontrarnos con frecuencia en el tema que nos
interesa, han proporcionado al mismo, símbolos o mitos. También podemos hallar aves —patos, cuervos,
palomas, cisnes, búhos— o simplemente puede tratarse de serpientes. En otros casos, alguien que ha sido
maldecido, se ve forzado, como consecuencia de ello, y sin desearlo, a ejercer el mal y la destrucción.
Por ejemplo, una princesa asesina a todos sus amantes, pero al final, cuando es liberada del hechizo, y en
virtud de esa redención, explica que fue impulsada violentamente por el poder del rito mágico a
conducirse de ese modo, situación que no volverá a repetirse. No volverá a hacer el mal. Éstos son los
principales tipos de destinos malignos que puede sufrir una persona en los cuentos de hadas, esos fatales
encantamientos, de los cuales él o ella son redimidos finalmente.
Entre los múltiples cuentos de hadas no he optado por una ficción en particular, sino que he preferido
examinar minuciosamente diversos temas creados por la fantasía presentes en todos ellos, para poder
señalar los diferentes tipos de encantamientos o maldiciones, puesto que ese aspecto, aparte de constituir
el motivo principal, tiene asimismo importante significado psicológico.
Una persona presa de un estado neurótico, en algunos aspectos puede muy bien compararse a un ser
humano hechizado. Forzados a un nivel muy bajo de comportamiento, la gente que padece una neurosis
es capaz de obrar de modo discordante y destructivo hacia ellos mismos y hacia los otros, con
motivaciones básicas o instintivas. Los cuentos de hadas que describen a tales seres no se detienen
explícitamente en el problema de la maldición, sino que abordan el método de la redención, y en este
sentido hay mucho que aprender, por su similitud en los procesos terapéuticos y de recuperación.
Durante estos procesos, para dar un ejemplo general, hay personas embrujadas que tienen la
necesidad de ser bañadas en agua o en leche y, algunas veces, hasta de recibir golpes al mismo tiempo.
Algunas personas piden ser degolladas como cuando se les corta la cabeza a los zorros o a los leones.
Otras consideran indispensable que las amen, que les hagan caricias, que las besen e incluso hay quienes
precisan alimentarse con flores u otras cosas por el estilo.
También hay quienes quieren que se les cubra con una piel que pertenezca a algún animal
determinado. Hay personas que experimentan la necesidad de ser interrogadas y otras que no soportan
que se les pregunte absolutamente nada. Todos estos aspectos constituyen pues el tipo de asuntos, sobre
los que vamos a reflexionar atentamente.
Durante la terapia sucede a menudo que los doctores esperan encontrar recetas y fórmulas, pero
contrariamente a otras escuelas psicológicas, los seguidores de Jung —lamentándose— dicen que no hay
recetas para los distintos tipos de enfermedades. Cada caso es singular, un proceso único, con sus
circunstancias únicas y un camino único. Cada caso es individual y diferente. Ante semejantes
características podemos decir que no tenemos recetas terapéuticas para los distintos tipos de dolencias.
Por lo tanto, tampoco es posible, entonces, que tratemos el tema de una manera general en el transcurso
de una conferencia. Podemos, eso sí, aconsejar a aquellos que tienen la responsabilidad del seguimiento
profesional de casos, acerca de cuál debe ser su conducta ante cada paciente singular. En esta difícil
situación en la que el médico o el psicoanalista carece de reglas para alcanzar la curación de su paciente,
adquiere una gran importancia la interpretación de los sueños. Creemos que si desarrollamos una
profunda interpretación de los sueños de nuestros pacientes, cuidando de mantener una objetividad cabal,
tratando de reconocer y separar nuestras propias teorías, contamos ya con una pauta de actuación.
Lo que acabamos de mencionar deja claro que hasta ahora en una situación terapéutica sólo
disponemos, como guía y ayuda teórica, de la capacidad para interpretar de manera objetiva y esmerada
los temas que aparecen en los sueños, a través de los cuales puede llegarse a la comprensión de las
propuestas del inconsciente a los efectos de la curación.
Aquí entramos en un campo que no es sólo individual, pues aunque el proceso curativo es siempre
singular, los cuentos de hadas y los mitos ofrecen representaciones de procesos instintivos en los que la
psique presenta una validez general.
A ese nivel del inconsciente colectivo, encontramos representaciones de procesos de tratamientos
típicos para enfermedades igualmente típicas. De una manera general, si por ejemplo, sabemos lo que
significa un baño para una persona embrujada y el paciente sueña que el análisis es comparable a un
baño, tenemos un conocimiento directo del tipo de tratamiento que se nos propone. Por otra parte, si en
un sueño encontramos un tema donde aparece la necesidad de cortar en pedazos a una persona, tenemos
además, una percepción intuitiva de la dirección a seguir en el proceso de curación y un indicio para
escoger el método a aplicar en ese caso individual. Es obvio que siempre existe la cuestión de quién es el
que debe bañarse y cuál el que tiene que ser degollado, pero esa información, por lo general, es
proporcionada por los sueños mismos del paciente.
Por lo tanto, debemos examinar minuciosamente esa materia y observar el problema desde el punto
de vista general, lo cual dificulta la comprensión de la materia mitológica y en especial de los cuentos de
hadas o fragmentos de las narraciones épicas del Gilgamesh, observamos cómo la identificación es
apoyada por el hecho de que los héroes se comportan como seres humanos: sufren, tienen miedo, están
tristes, son felices, experimentan en fin todos los matices de los sentimientos. Además, suelen
preguntarse como cualquier persona: «¿Qué debo hacer?». A través de todo esto se acercan al reino de
los humanos y a la posibilidad de que la gente pueda identificarse fácilmente con ellos. Los héroes de los
mitos, los encontramos más limitados a una determinada nacionalidad que los de los cuentos de hadas.
Con razones convincentes, los científicos han señalado que los héroes o las heroínas son muy diferentes
ya se trate de cuentos de hadas o de mitos. En los cuentos de hadas son mucho menos humanos, es decir,
no tienen vida interior, vida psíquica. No hablan consigo mismos, no tienen dudas ni incertidumbres, ni
reacciones humanas.
Allí el héroe es valiente, nunca pierde el coraje sino que por el contrario sigue luchando hasta vencer
al enemigo. La heroína puede soportar una prolongada tortura, sufrirá hasta el final, hasta alcanzar su
meta. Nunca se nos mencionan las reacciones humanas que puedan tener. Por eso, un científico, el doctor
Max Lüthi, ha llegado hasta expresar que los héroes del folklore son figuras en negro y blanco, una
especie de clichés, con rasgos muy característicos como la destreza, la capacidad de sufrimiento, la
lealtad, etcétera, y son figuras inmutables hasta el fin de la historia. En un cuento de hadas nunca nos
encontraremos con algo semejante a una conversión psicológica de sus héroes, mientras que en un mito
muchas veces apreciamos en ellos cambios de actitud. En despecho de sus características muy humanas,
estos héroes de cuentos de hadas no son del todo humanos. Esto se debe a que no se trata sólo de tipos de
seres humanos sino de arquetipos y por lo tanto no pueden compararse directamente con el yo humano.
No podemos tomar al héroe como si fuera un hombre, o a la heroína como a una mujer.
Personas que hayan indagado superficialmente una parcela de la psicología de Jung, pueden ser más
peligrosos teóricamente que si no supieran nada, pues toman un cuento de hadas y unos cuantos
conceptos jungianos, y se los aplican a los personajes confundiendo y mezclando el yo con el sí mismo,
con el ánima o con la sombra. Esto es peor que la carencia total de interpretación, pues es una forma sin
base científica, sin objetividad, ingenua y hasta deshonesta, ya que a fin de poder aplicar conceptos
jungianos a determinado personaje se ven obligados a distorsionar la historia. Por ejemplo, suponiendo
que uno está simplemente atrapado en un error y le adjudica la cualidad de sombra a una de las figuras
del cuento de hadas, y se da cuenta al final que esa forma no encaja completamente, tal persona dirá que
debió equivocarse desde el principio, o que no lo entendió del todo, o que todo el cuento de hadas estaba
equivocado. Otras veces pasan por encima la parte embarazosa con una declaración general y eludiendo
los problemas con varias ideas para hacer que sus conceptos armonicen. Si somos cautelosos podremos
ver cómo estos conceptos de psicología jungiana sólo pueden utilizarse con restricciones en la
interpretación de los cuentos de hadas. Yo misma descubrí esto; de pronto, me di cuenta de que debe ser
así porque los cuentos de hadas no son producidos por la mente individual y no son por lo tanto un
material individual.
El doctor Jung construyó parte de sus conceptos a través de las observaciones de su propio proceso
psíquico y en parte efectuando observaciones sobre los de los demás. Cuando hablamos del ánima
pensamos en el hombre como individuo, en el ánima que pertenece a cierto individuo, o si nos referimos
al yo es de una persona humana de lo que hablamos, y la sombra, lo oscuro significan el lado inferior de
la persona. Pero sería un fraude introducir tales términos en un cuento de hadas, donde no corresponde, y
si fueron concebidos durante el proceso de observación de muchos individuos, es bastante dudoso que los
conceptos puedan aplicarse a una materia como los cuentos de hadas —materia que probablemente ha
sido producida por muchas personas o por un grupo—. Por lo tanto, debemos regresar al problema básico
de los cuentos de hadas. La explicación sobre su origen no ha sido aceptada enteramente y podemos
aventurar una hipótesis más, a partir de una que estudia estos temas desde el punto de vista psicológico.
Entre la gente sencilla, como por ejemplo, entre campesinos y leñadores, se ha creado el círculo en el
que hoy en día se sitúa la mayoría de los cuentos de hadas, de los que existen dos tipos muy particulares:
los que pertenecen a la saga local y los cuentos de hadas propiamente dichos. Con frecuencia los del
primer tipo no difieren mucho de los cuentos de hadas, sino que generalmente se trata de historias
fantásticas que suceden en algún lugar determinado, o en un castillo concreto. Se dice que la gente del
pueblo presenció algún acontecimiento particular en ese lugar, etcétera. La historia se recorta y se radica
en un sitio bien delimitado donde el héroe se convierte entonces en un ser humano definido y el cuento se
relata como si se tratase de un suceso determinado que realmente sucedió, a pesar de tener todas las
características de los cuentos de hadas. En éstos encontramos con frecuencia fenómenos parasicológicos
mientras que elementos como apariciones o fantasmas son más frecuentes en las sagas locales. Las
leyendas generalmente poseen un fundamento histórico o parcialmente histórico. Los santos o los
personajes históricos pueden figurar en este tipo de narraciones tradicionales.
En Suiza tenemos la leyenda de Guillermo Tell, y los historiadores discuten entre sí buscando saber si
se trata de una historia verdadera, de un cuento de hadas o de un motivo de saga, ya que este personaje
también se encuentra en las narraciones tradicionales nórdicas donde reclaman su pretendido origen
histórico y se comenta que los hechos sucedieron en un tiempo y lugar determinados. Desde el punto de
vista psicológico se trata de algo discutible. Sucede en ocasiones que este tipo de eventos fantásticos
pueden ocurrir en la vida ordinaria de un ser humano, y si no podemos comprobar su veracidad decimos
que nos están contando un cuento de hadas. Esto me ha sucedido con frecuencia y aquí entramos en el
problema de la sincronicidad. Es realmente sorprendente constatar la frecuencia con que hechos, como
los de los cuentos de hadas, suceden en la realidad si es propiciada una situación arquetípica. Si tal
motivo mitológico se repite realmente, es muy posible que se le adornara al añadírsele elementos que no
ocurrieron. Se le puede agregar algún pequeño detalle que lo hace mucho más interesante y hay que
aceptar que esto ocurre con frecuencia, cristalizando así un evento mitológico.
Por lo tanto, yo diría que tanto la saga local como la leyenda histórica se basan en acontecimientos
verdaderos que realmente ocurrieron y que luego han sido prolongados y extendidos convirtiéndose en
historias, y de esta forma se han relatado durante un largo período. Me he encontrado con evidencias
actuales que confirman esta teoría. En un pequeño pueblo de las montañas suizas cerca de Chur vivía en
un tiempo la familia de un molinero que poseía un libro en el cual se narraban todos los hechos
familiares. Algunos de los descendientes de esta familia, que ahora viven allí, aún poseen este antiguo
libro de familia en el cual se encuentran escritos sucesos que vivieron sus antepasados desde hace ciento
cincuenta años. Una de las historias trata de un molinero que se encuentra con un zorro fantasma que le
habló; poco tiempo después, el molinero murió. Éste es un motivo que se ha extendido por todo el
mundo: si alguien se encuentra con su alma (con su propio ser) o con un animal que habla, significa un
anuncio de su destino fatal.
En 1937 un estudiante de folklore entrevistó a los viejos del pequeño pueblo y los interrogó acerca
del molinero; le dijeron que allí había un fantasma y le contaron la misma historia, en parte empobrecida
y en parte enriquecida, contando cómo el zorro se atravesó delante del molinero pasando entre sus
piernas y causando su muerte. En toda esta región se tiende a creer que un zorro simboliza el alma de una
bruja y puede provocar irritación o enrojecimiento de la piel (zorro colorado = piel colorada). De esta
manera, una creencia folklórica ampliamente difundida se añadió a la crónica original. También se dice
que el zorro es el alma de una tía del molinero y que la muerte de éste fue causada por el almabruja
de la
tía. Con frecuencia la vida de un pueblo pequeño es bastante monótona lo cual favorece la invención de
emocionantes historias.
En tales casos podemos observar cómo surge una leyenda local, una saga local, debido a la invasión
en la conciencia de una imagen arquetípica. Además, si esta saga local tiene un carácter generalizado
entonces se extiende desde su lugar de origen a aldeas vecinas y al emigrar pierde su interés local. Por
ejemplo, el molinero original tenía un nombre conocido y vivía en un lugar conocido, pero al cambiar
éstos, la saga migratoria pierde las características locales que la limitaban a un cierto tiempo y lugar,
convirtiéndose en algo más general, al privarse de ese modo de interés local, pero adquiriendo una
aceptación más amplia.
Por consiguiente, cuando estudiamos un motivo de un cuento de hadas es como si efectuáramos un
estudio de anatomía comparada de la psique humana: en su mayor parte, todo lo que es individual o local
desaparece porque no es de interés. A pesar de este hecho tendré que volver sobre esta teoría y
modificarla más tarde porque los cuentos de hadas no se encuentran lo suficientemente purificados de
factores específicos. Si llevamos a cabo una comparación de leyendas, veremos que, a pesar de que
existen algunas similitudes —brujas, animales serviciales, etcétera— la puesta en escena de la historia es
bastante diferente ya se trate de los cuentos de hadas de los indios de América del Norte o de los cuentos
europeos aunque omitamos nombres y lugares. Estudiar un mito es como estudiar todo el cuerpo de una
nación, pero si estudiamos un cuento de hadas es como estudiar su esqueleto, a pesar de que creo que
muestra características más básicas de una forma más pura, y si queremos estudiar las estructuras básicas
de la psique humana es mejor estudiar el cuento de hadas que el mito. Si aplicamos esta hipótesis
regresamos a lo que expresamos anteriormente, a saber, que el héroe y la heroína no son individuos
humanos sino figuras arquetípicas.
Cuando en un principio traté de impulsar esta teoría intentando enseñar a otras personas a aceptarla,
me vi frente a frente con grandes dificultades emocionales y tuve que admitir que a mí misma no me
gustaba la teoría. Una vez más hube de persuadirme de que los personajes de los cuentos de hadas no
eran sujetos humanos; sin embargo, no puede uno desprenderse de la idea sugestiva que inspira nuestro
ánimo de tratarlos como a seres humanos. Durante mucho tiempo esto constituyó la verdadera dificultad
hasta que llegué a la conclusión de que debía existir una base instintiva general de la persona y que
debemos suponer que hay una tendencia innata que es una de las características típicas del ser humano.
Ahora bien, si estudiamos la psicología de los niños —y a este respecto me gustaría remitirles a los
trabajos de Michael Fordham—, observarán que el yo puede aparecer proyectado como si «no fuera yo».
Muchos niños hablan de sí mismos objetivamente denominándose por su nombre y no dicen «yo» porque
su «yo» está proyectado sobre su propio nombre. Pronunciar el nombre propio es en algunas ocasiones
algo muy importante: «Juanito tiró la leche». La experiencia de sentimiento de identidad con el yo se
encuentra ausente. Si observan detenidamente, con frecuencia notarán que en la siguiente etapa de la
personalidad el yo se proyecta hacia una persona sobre quien sienten una tremenda admiración. Puede
tratarse de un amigo de escuela a quien el niño imita como si estuviese sometido a él. Se puede decir que
la futura forma del yo en ese caso es proyectada hacia ese amigo. En tal caso, puede afirmarse qué
cualidades que más tarde corresponderán al yo de ese determinado niño, todavía no se identifican con él
mismo, sino que son proyectadas hacia otro ser humano.
Aquí observamos la presencia del factor de la construcción del yo a través de una fascinación que
induce a la imitación. Por otro lado, si estudiamos las sociedades primitivas nos encontramos con el
mismo fenómeno pero de distinta forma ya que en ellas sólo el rey, o el jefe, o el curandero, tienen la
cualidad de ser auténticamente alguien, un individuo. En una tribu primitiva, si se comete un crimen, a
pesar de poder probarse quién es el culpable, la culpa puede atribuírsele a otro que quiera aceptar el
castigo. Esto, por supuesto, desconcierta a los misioneros. La explicación psicológica es que un crimen
cometido en una tribu tiene que ser castigado, pero cualquiera (no necesariamente la parte culpable),
puede aceptar el castigo, y todo continúa en el orden normal. Por otro lado, si un blanco hiere los
sentimientos de alguno de sus sirvientes negros, éste es capaz de ahorcarse, con la creencia de que ese
hecho provocará un shock a su amo. Que la persona muera por producir este shock, no les importa, lo
fundamental es el shock producido en el otro. El yo es tan débil que lo individual no prevalece, y lo más
importante es la venganza. Podemos decir que un paciente con un yo débil se encuentra en esta misma
situación.
Si pensamos acerca del complejo del yo nos encontramos con que se trata de un fenómeno muy
complicado y debemos admitir que sabemos muy poco al respecto, aunque aparentemente parece tener
ciertas características muy difundidas. Se podría anticipar una hipótesis de trabajo, diciendo que el héroe
de los cuentos de hadas tiene una imagen psicológica que demuestra esta tendencia a la construcción del
yo y nos sirve de modelo. Esto sugiere la palabra «héroe», ya que él es una persona modelo. La reacción
de querer imitar esta figura es espontánea. Más adelante, quiero detenerme detalladamente en este tema.
El estudio de material mitológico a través de la comparación de héroes y heroínas muestra que tienen
en común muchísimas características típicas que identifican ampliamente la imagen con lo que Jung
denomina el arquetipo del sí mismo, es decir el aspecto de la personalidad que queda fuera del yo. El yo
es únicamente una parte de la totalidad, es la parte consciente de la psique. Una gran parte de la psique no
es idéntica a la persona. Jung define la actividad autorreguladora de la totalidad, como el arquetipo del sí
mismo. La identificación con el sí mismo, dice Jung, es catastrófica, es muy importante mantener
separados los conceptos del sí mismo y del yo.
En Mysterium Conjunctionis, Jung señala que el factor desconocido que constituye el complejo del yo
y lo mantiene funcionando es, en realidad, el arquetipo del sí mismo. El complejo del yo tiene una gran
continuidad. Por ejemplo: si algo me pasa un día, lo recuerdo al día siguiente. Si cuento con el poder de
la voluntad, puedo mantener recuerdos o actitudes en completa continuidad y ésta es una de las maneras
de medir la fuerza del complejo del yo. La perseverancia de un pensamiento es la muestra típica de un
complejo del yo bien desarrollado y esto puede cultivarse. La continuidad o perseverancia del yo es
psicológicamente algo muy misterioso. Podríamos decir que esta fuerte cualidad de continuidad que
tiende a desarrollar el complejo del yo de un ser humano, se encuentra respaldada por el arquetipo del sí
mismo.
Así, cuando interpretamos historias de hadas, nos encontramos con la constante dificultad de cómo
explicar los principales personajes de esa historia. Si la figura se comporta como el yo o como el sí
mismo, podemos fácilmente ser despistados. Por lo tanto yo lo llamo: esa parte del arquetipo del sí
mismo que es el modelo del complejo del yo y de su estructura general. Una de las principales funciones
del arquetipo del sí mismo es apoyar la conciencia del yo y su correcta continuidad. Si tomamos la
personalidad humana como una esfera, con el sí mismo abrazando la totalidad de la misma siendo a la
vez el factor autorregulador en el centro, cualquier desviación será compensada.
Estas compensaciones las encontramos en los sueños. Si alguien tiene un sentimiento destructivo en
contra de otra persona, puede soñar que le arroja algo; debe tomarse en cuenta este aviso, porque los
sueños comentan lo que uno hace. Quizá tenga largos períodos sin sueños, pero si se encuentra de nuevo
en el peligro de desviarse de la propia totalidad, los sueños volverán. La salud del individuo es mejor
cuando el complejo del yo funciona de acuerdo con el sí mismo porque entonces existe un mínimo de
perturbaciones neuróticas.
Cuando en los cuentos de hadas el héroe o la heroína han sido maldecidos y es por esta razón que se
ven obligados a comportarse de una manera destructiva y negativa, es tarea del héroe entonces redimir a
la persona embrujada. Podemos decir que se puede maldecir o embrujar cualquier complejo arquetípico o
cualquier unidad estructural del inconsciente colectivo de la psique. Puede no ser el héroe sino cualquier
otro complejo. Siempre debemos analizar cuidadosamente para saber qué factor ha sido embrujado o
maldecido. En general, podemos decir que esto puede compararse a un estado neurótico. De acuerdo con
las leyendas, con frecuencia se inflige una maldición sin ninguna razón. Se trata de un estado en el cual
uno se involucra involuntariamente, y en general con inocencia; o, cuando existe culpa, es de naturaleza
secundaria, como acontece en la historia de la manzana en el Jardín del Paraíso.
La culpabilidad en un cuento de hadas es, aparentemente, un mal menor, debido a lo cual, la
maldición cae sobre cualquier personaje. Tenemos por ejemplo el cuento Los siete cuervos de los
hermanos Grimm; en este cuento el padre envía a sus hijos a buscar agua para bautizar a su hermana pero
ellos rompen la vasija en donde debían llevarla. En su enfado el padre expresa el deseo de que sus hijos
se conviertan en cuervos, momento en el cual los hijos se transforman en cuervos y su hermana tiene que
redimirlos. En ocasiones se menciona este tipo de culpa pero generalmente no se nos da razón para la
maldición. Por regla general el cuento comienza con el hecho de que existe una princesa embrujada sin
que se nos proporcione ninguna explicación o razón por la que sucediera tal maldición. Otro tema es el
de una fea bruja que hace el amor con un hermoso príncipe quien la rechaza y uno de los dos maldice al
otro, quien, a su vez, se convierte en un animal.
Las sociedades primitivas viven en un miedo constante de la maldición. Es algo que puede ocurrirle a
cualquiera en cualquier momento sin que la persona sea culpable de nada. Las vacas, por ejemplo,
pueden no tener leche, lo cual puede sucederle a las vacas de cualquiera. En lenguaje psicológico eso lo
podemos expresar diciendo que un impulso nos obliga a tener una actitud equivocada, por lo que nos
alienamos de nuestros instintos y perdemos nuestro equilibrio interno. A través de la herencia de
caracteres uno puede encontrarse empujado hacia tales situaciones. Una persona puede amar la aventura
pero si es muy sensible no puede vivir una vida aventurera. Por lo tanto, el ser humano nace con
impulsos contradictorios.
En términos psicológicos podemos comparar a una persona embrujada de un cuento de hadas con
alguien cuyo funcionamiento de una entidad estructural de la psique humana se encuentra dañada, siendo
incapaz de funcionar normalmente. Los complejos actúan unos sobre otros, influyéndose mutuamente. Si
un hombre tiene un ánima neurótica, a pesar de que el hombre mismo no lo sea, se sentirá a sí mismo
como embrujado, en parte. Esto puede observarse en la vida de los sueños. Un día me desperté y me
despedí del mundo con un «adiós» porque pensé que me iba a morir. No estaba triste, sin embargo el
extraño estado de ánimo en el que me encontraba se prolongó durante todo el día. Miraba las flores con
emoción, tenía un comportamiento agradable con todo el mundo, todo era muy romántico. Esa noche
soñé que en realidad un joven sentimental había muerto. Pero lo que en realidad murió fue una especie de
ánimus infantil, que ya era hora de que se fuera, pero su moribundo «adiós» afectó mi humor y mi psique
entera. ¡Esto es típico!
Se puede decir de alguna gente que no está completamente neurótica pero que tiene enfermo un
complejo y por consiguiente, hasta cierto punto, toda la persona está enferma. En ocasiones también nos
encontramos con un complejo neurótico en una persona normal. Un complejo se ve afectado y
consecuentemente tiene un efecto neurótico sobre el resto de la persona, esto concierne a los diferentes
grados de neurosis. Por otro lado, cuando ciertos complejos se ven afectados, una persona normal puede
volverse completamente loca. Estar embrujado significa, en general, que una estructura particular de la
psique está deteriorada o dañada en su funcionamiento y el todo resulta afectado, porque todos los
complejos viven dentro de un orden social establecido por la totalidad de la psique y es por esto por lo
que estamos interesados en el motivo del embrujamiento y su cura.

Segunda conferencia
Anteriormente tratamos de determinar cuál es el personaje a quien le corresponde el papel de héroe en
un cuento de hadas y llegamos a la conclusión de que es imposible comparar al héroe con el yo de un ser
humano. El héroe, en un cuento de hadas, más bien corresponde a ese aspecto del sí mismo que se ocupa
o dedica a la construcción del yo, su funcionamiento y su desarrollo; también es un arquetipo y un patrón
en cuanto a la forma de un comportamiento correcto.
Sin embargo, nos encontramos con una gran variedad cuando comparamos un cuento con otro.
Algunos héroes sólo tienen que sentarse cerca de la estufa y bostezar, sin aparentemente lograr nada,
pero al final terminan casándose con las princesas, mientras que otros tienen que resultar vencedores en
la lucha con malhechores y brujas, etcétera. No obstante, cuando leemos un cuento de hadas tenemos la
sensación de que ésta es la manera correcta, de que únicamente a través de este tipo particular de
comportamiento puede el héroe alcanzar su meta mientras que todos los demás fracasaron. Por eso en
algunos casos no importa que el héroe sea tonto y torpe mientras que en otros tiene que ser muy listo y
hasta heroico. En algunas ocasiones se requiere la magia o el animal útil, mientras que otras veces el
héroe es el único protagonista, cumpliendo su acción. Siempre parece existir un comportamiento correcto
típico. Si participamos emocionalmente nos da la impresión de que ésa es la forma correcta de llevarlo a
cabo y, a través de esta identificación, sentimos que éste es el camino secreto de encontrarnos con la vida.
Por lo tanto podemos decir que el comportamiento del héroe sólo puede ser entendido dentro del
escenario de la historia y que representa a la persona cuya acción instintiva es la correcta en esta
situación específica.
Pero ¿cuál es el tipo de comportamiento «correcto»? Ésta es una de las dificultades en los cuentos de
hadas, ya que son tan ingenuamente convincentes que uno no los cuestiona. Es obvio que el
comportamiento del héroe no está de acuerdo con las normas del ciudadano ordinario; puede ser
estúpido, ingenuo o cruel y usar toda clase de trucos que nosotros condenaríamos y, sin embargo, de
cualquier forma que se comporte, tenemos la impresión de que está haciendo lo correcto. Por lo tanto esta
«rectitud» puede quizá definirse mejor como guardando una completa concordancia con la totalidad de la
situación. Nunca podemos decir: «Muy bien, los malhechores tienen que morir y las brujas siempre son
las que tienen más artimañas», porque siempre encontraremos otras historias donde no suceda así. Por
consiguiente no existen recetas. Sólo podemos decir que en esta historia es obvio, por los resultados, que
el héroe hizo lo correcto a pesar de que nadie podría adivinar de antemano cuál sería su siguiente paso,
porque lo que hace el héroe, siempre es una sorpresa. Por lo tanto esta manera de llegar a la posibilidad
correcta es algo mucho más primitivo que una actitud intelectual correcta; proviene de las profundidades
de la personalidad y está de acuerdo con el sí mismo. En este sentido nos aclara el hecho que también
observamos en situaciones individuales psicológicamente difíciles, es decir, que no existe una respuesta
convencional a un complejo o problema individual.
Generalmente, cuando alguien decide comenzar un análisis, ya ha tratado lo que puede hacerse en la
situación consciente y por lo tanto nos encontramos enfrentados a la delicada pregunta que la sociedad
nos impone, como es la de determinar qué es lo que la persona, en sus condiciones particulares, debería
hacer. Aquí podemos decir que el comportamiento «correcto» puede describirse como aquel que esté de
acuerdo con la totalidad de la personalidad. La situación en los cuentos de hadas es similar porque el
héroe y la heroína pueden representar modelos de funcionamiento del yo que se encuentran en armonía
con la totalidad de la psique. Son modelos para un yo saludable y sano, un complejo del yo que no
perturbe la composición total de la personalidad, sino que al contrario funcione normalmente como su
órgano de expresión.
Comparado con otros animales de sangre caliente, el ser humano es único en el sentido de que ha
desarrollado una forma de conciencia específicamente enfocada que no encontramos en otros seres, por
lo menos no en este planeta. Los animales parecen encontrarse ceñidos, en un grado mucho más elevado
a sus patrones de comportamiento, con frecuencia hasta el punto de la destrucción. Por ejemplo, los
lemmings (pequeños roedores del ártico, parecidos a los ratones del campo y a las ardillas), como
muchos otros animales, de tiempo en tiempo, tienen la tendencia a reunirse en grupos y emigrar.
Obviamente la naturaleza dotó a esos animales con esta urgencia instintiva para forzarlos a cambiar sus
sitios de alimentación y no acabar con todo en un solo lugar. El instinto de migración es tan fuerte que se
mueven en línea recta de tal modo que incluso llegan a meterse en una corriente de agua en donde
pueden perecer. Son incapaces de detenerse y tomar otro camino. Por lo tanto, los animales no pueden
desprenderse de sus patrones de comportamiento, aun cuando éstos puedan ser destructivos para ellos.
El ser humano, sin embargo, posee una capacidad mucho mayor para adaptarse y vivir en todo tipo de
climas, a lo largo y a lo ancho del mundo, en condiciones que no tienen por qué ser semejantes a aquellas
en las que nació. Pero para esto tiene que pagar un precio muy alto porque a través de esta adaptabilidad
mucho mayor, y por su capacidad de contrariar sus propios instintos animales, es capaz de reprimirlos en
tal grado que puede convertirse en un neurótico, y la totalidad de la personalidad dejar de funcionar. Éste
es el pesado precio que paga el hombre por su mayor libertad. Por esta razón el yo humano también se ve
confrontado con la tentación de desviarse de sus instintos a tal grado que surgen esas dificultades. Por lo
tanto es tremendamente importante para la conciencia humana el tener un modelo en la mente, un patrón
de cómo el yo puede funcionar de acuerdo con el resto de las condiciones instintivas. El héroe en los
mitos y cuentos de hadas tiene esta función redentora de la correcta dirección del comportamiento en
concordancia con la totalidad del ser humano. El hecho de que existan muchas posibilidades, únicamente
nos muestra la dificultad de la tarea.
El primer motivo de redención que quisiera comentar es el del baño. Se trata de una técnica de
redención muy difundida. En muchos cuentos de hadas éste es el motivo de la persona maldecida o
embrujada, ya sea hombre o mujer, que, condenada a hacer el mal, puede redimirse tomando alguna
especie de baño. Puede tratarse ni más ni menos sólo de un recipiente de agua dentro del cual el héroe
tiene que sumergir a su compañero tres veces, logrando así como respuesta, la redención, o puede ser
también leche de vaca u orina de caballo. La temperatura del baño puede no mencionarse o puede tratarse
de un baño de vapor de muy alta temperatura o quizá la persona que se encuentra bajo maldición tiene
que ser cocida en el agua. En ocasiones aparece el motivo de la estufa en lugar del tema del baño, pero
eso lo veremos por separado.
Un ejemplo del procedimiento del baño nos lo da un cuento de hadas noruego llamado El camarada,
en el cual la princesa se encuentra en las garras de un demonio de montaña, un hombre muy viejo con
una barba blanca. Es el amante secreto de la princesa y juntos traman la manera en que la princesa atraiga
a los hombres capturándolos en su red y sometiéndolos a pruebas de acertijos. Si ignoran la respuesta son
decapitados; el resultado es que la princesa mata a todos sus pretendientes independientemente del hecho
de que disfrute haciéndolo o no. En otra variante, la princesa lleva puesta una piel de duende (de acuerdo
con el diccionario de Oxford un duende es un «ser sobrenatural, un gigante, o [más tarde] un enano
amistoso pero malévolo de la mitología escandinava»). En ambos casos nos encontramos con un héroe a
quien ayuda un colaborador fantasma, que le va diciendo cómo comportarse. Este ser sobrenatural tiene
alas y puede volar al sitio donde se maquinan las conspiraciones, de esta forma escucha mientras que el
viejo demonio y la princesa deciden acerca de los acertijos y por lo tanto el héroe será capaz de contestar
las preguntas que le hagan, y de esta manera despotencializa el mal en la princesa y ella accede a dormir
con él y lo acepta como esposo, pero entonces el ser sobrenatural le dice que la batalla aún no se ha
ganado y que la princesa tiene la intención de destruirlo en la noche de bodas; sin embargo, todavía
puede salvarse si prepara un recipiente de agua y la sumerge en él tres veces.
En la versión alemana la inmersión se lleva a cabo colocando un recipiente con agua cerca de la cama
de modo que, cuando la princesa salte en la noche con la intención de huir, caiga en el agua. En ese
momento tiene que atrapar a la princesa, entonces verá que de ella sale un cuervo y tratará de escapar,
luego una paloma a quien también tiene que sumergir en el agua; después de esto la princesa aparecerá en
su verdadera forma y podrá casarse con el príncipe sin ningún riesgo. En la versión nórdica el peligro es
terrible. El héroe se va a la cama y pretende dormir. La princesa trata de averiguar si efectivamente está
dormido, toma un cuchillo para matarlo pero en ese momento él la atrapa y la golpea con unas varas de
avellano hasta que éstas se rompen. Después de lo cual, primero la baña en leche agria y en seguida en
leche dulce, a consecuencia de esto su piel de duende cae por tierra junto con sus intenciones de hacer el
mal. En esta variante no sólo habría huido sino que también habría matado al héroe en su noche de bodas.
Este mismo motivo lo encontramos en el apócrifo Libro de Tobías.
Otra variación de la misma historia dice que la princesa tiene cuchillos en todo su cuerpo y que al
dormir con ella, el esposo muere. El motivo de las armas secretas en el cuerpo de la novia también lo
encontramos en textos de alquimia en donde también es necesario el exorcismo a través del baño.
Al considerar el simbolismo del baño también podemos compararlo con todos los diferentes ritos
bautismales de nuestra propia religión y con los rituales precristianos. Por ejemplo, en los misterios
eleusinos o los más comúnmente conocidos como los misterios de Ceres, los participantes, primeramente,
tomaban un baño ritual en el mar. Estos baños purificadores tomados antes de iniciarse en los misterios
profundas, son símbolos difundidos en todo el mundo. Los indios norteamericanos generalmente acuden
a una pequeña casa de baños de vapor donde se sientan en un cuarto bajo tierra; se arroja agua sobre las
piedras calientes y mientras el hombre recibe el vapor, se frota con salvia para limpiarse a sí mismo de
los pecados que ha cometido y eliminar a la vez los espíritus malignos.
En antiguas interpretaciones el bautismo cristiano también se entendía como una purificación y
separación del pecado y una manera de arrojar a los espíritus malignos. Aquí existe una conexión con la
idea de renovación porque la persona bautizada ha sido renovada en Cristo y se ha despojado de antiguos
pecados paganos. Como prueba de esto usaban un vestido blanco, símbolo de purificación y de la nueva
personalidad. Lo mismo encontramos en la mayoría de los diferentes baños rituales junto con la idea de
renovación por el agua.
En general, el agua simboliza al inconsciente, y sumergirse en el agua y salir de nuevo parece tener
una cierta analogía con penetrar en el inconsciente. La pila bautismal que se usa en el cristianismo se
compara, frecuentemente, con el útero de la madre Iglesia y tiene por consiguiente un aspecto maternal,
el renacer en el eterno vientre que es el agua. Es la matriz de donde se sale y a la que se retorna en forma
renovada. En tiempos antiguos únicamente las personas adultas se bautizaban y se sumergían
completamente. Al bautismo infantil se llegó a través de la creencia de que únicamente el bautizado
podía ir al cielo y ver a Dios, y naturalmente los padres cristianos no querían que sus hijos murieran
como ateos. En los pergaminos del Mar Muerto también se menciona la renovación a través del
bautismo.
En muchos sueños, el proceso analítico se asemeja a un baño y con frecuencia el análisis se compara
con el acto de lavarse o bañarse. En alemán usamos una expresión que alude al «lavado de cabeza de
alguien» que significa regañarlos, o hacerles ver los aspectos incorrectos o errados de sus ideas. La
mayoría de la gente cuando empieza el análisis tiene la incómoda sensación de que algo por el estilo es
necesario y de que sus culpas pueden quedar al descubierto. Por lo tanto, la idea del baño es un ejemplo
muy obvio. La suciedad que cubre el cuerpo puede significar influencias psicológicas del entorno que
han contaminado la personalidad original.
Es mucho más fácil y natural ser uno mismo si uno vive solo. Los introvertidos son muy sensibles y
con frecuencia dicen que están bien mientras se encuentran solos porque cuando están con otras personas
«recogen» toda clase de influencias perturbadoras y pierden su serenidad íntima. No todos los pacientes
son ambiciosos pero si alguien hace un movimiento indicando un deseo vehemente de lograr algo, todos
los demás aspiran a lograr lo mismo. Ése es el fenómeno de la psicología de masas en donde prevalecen
las emociones primitivas. El contagio aniquila la razón y la gente menos educada contamina a los otros y
todos son arrastrados hacia abajo. Si alguien tiene la misma potencialidad es excitado al instante. En el
momento empezamos a formar parte del rebaño humano, nos deterioramos y nuestra sombra comienza a
formarse. Podemos decir que nuestra propia oscuridad es activada desde fuera pero también podemos
realmente «recoger» oscuridad que no es nuestra. La gente se puede dejar seducir por actitudes que no
son suyas y cuando se dan tiempo para pensar se preguntan qué les sucedió. Eso es algo que debemos
limpiar una y otra vez y por lo tanto generalmente interpretamos el baño como la necesidad de combatir
los problemas de la sombra.
Existe la gran tentación de aplicar este significado a los cuentos de hadas y decir que la figura del
ánima tiene que entrar en el proceso de renovación, pero si hacemos esto estamos olvidando nuestras
propias hipótesis, a saber, que los personajes son arquetípicos y no humanos. Por lo que podemos señalar
que el baño, el agua, es un regreso al inconsciente a efectos de purificar ciertos aspectos de la sombra que
en realidad no pertenecen al sujeto. Si el ánima tiene que entrar en el proceso, no es lo mismo que si el
ser humano es quien tiene que hacerlo. Es el complejo neurótico el que se enfrenta, no el ser humano; se
le hace regresar al agua, esto es, sumergirse en el inconsciente donde los impulsos neuróticos destructivos
son tratados a través del método de la amplificación. Uno tiene que observar los sueños para saber qué es
lo que existe detrás. Cuando un sueño se amplifica se le coloca nuevamente en su contexto original. El
fragmento del sueño se sumerge en el flujo amniótico para enriquecerlo y para que a través de este
proceso de amplificación aparezca de nuevo bajo una forma diferente.
El baño tiene que ver también con esa ampliación; es decir, con la actitud psicológica que se ocupa de
devolver al complejo aparecido recientemente su dimensión original, así como de buscar y analizar qué
especie de fuerzas están actuando en dicho complejo. Con frecuencia, los síntomas neuróticos son el
resultado de algo que se atasca entre lo inconsciente y lo consciente. Les daré un ejemplo; una joven tenía
un complejo que la mantenía aprisionada en su apartamento. Tenía miedo a la infección. En cuanto se
encontraba en la calle o en el tranvía su complejo le hacía pensar que cualquier obrero que encontrara a
su paso le transmitiría la sífilis; a pesar de que sabía muy bien que esto era imposible, no podía actuar
razonablemente, ni tampoco lograba deshacerse de esa idea.
Obviamente la joven esquivaba el trabajo puesto que el obrero representa la energía de trabajo. Al
faltar al trabajo, su energía de trabajo se volvió negativa y perturbó sus funciones eróticas. La
enfermedad apareció causada por su complejo de padre. Una y otra vez empezaba con diferentes trabajos,
pero después de un tiempo los abandonaba y su padre, un hombre rico, siempre se doblegaba ante sus
decisiones. El obrero en ropa de trabajo podía contaminarla: la energía no utilizada infectaba su
personalidad de manera destructiva atacando especialmente a la mujer, donde ella era más vulnerable,
eso es: en su feminidad. La energía de la libido no utilizada contaminó y destruyó el deseo y el amor. El
inconsciente le transmitió, claramente, un mensaje pero no había llegado a entenderlo. El doctor Jung
tardó sólo media hora en diagnosticar y la paciente se curó en esa media hora. La joven poseía una fuerte
integridad ética, comprendió el diagnóstico y comenzó a trabajar. Jung le dijo que si no lo hacía
terminaría en un manicomio.
En este ejemplo vemos cómo la joven parecía estar aprisionada por algo completamente destructivo y
cómo el inconsciente, a través del simbolismo del síntoma, le había mostrado la cura. En algunas
ocasiones ciertos mensajes de alivio se vuelven destructivos si no son comprendidos y utilizados
correctamente. Permanecen en la barrera de la conciencia. Un mensaje simbólico del inconsciente puede
compararse con un ser hechizado: un contenido se quedó atrapado en un nivel intermedio debido a
condiciones particulares en el inconsciente que no le permitieron resurgir; si se le hace regresar al fondo,
y se le permite que vuelva a surgir en toda la grandeza de su significado original, el efecto destructivo
desaparece.
Examinemos el tema de la princesa golpeada con varas de avellano. El árbol de avellano y sus ramas,
en especial en las mitologías celta y germana, se relaciona estrechamente con el conocimiento de la
verdad —el sabio salmón que comió las avellanas que crecían en la orilla del agua es capaz de aconsejar
a los héroes—. La vara de avellano se relaciona con la verdad impersonal y la objetividad. En la antigua
Thing germana (consejo de los hombres libres de la tribu) cuando uno de sus miembros tenía que ser
juzgado, antes de que el juicio comenzara, tomaban una vara de avellano desprovista de hojas, símbolo
mediante el cual se expresaba que aún sin considerarse genuinamente subjetivos, al mismo tiempo
exteriorizaban su intención de ser lo más objetivos y honestos posibles en el juicio. Esto recuerda el cetro
real que también representaba un principio impersonal de autoridad y no un complejo de poder personal.
Por lo tanto si el héroe golpea a la princesa con la vara de avellano le está dando una verdad desagradable
de manera objetiva, del mismo modo que la interpretación de un sueño nos acerca a una verdad objetiva
que tiene un efecto exorcizante.
El significado de un sueño puede ser doloroso y cortar como un látigo, puede decirnos por ejemplo
que una persona detestada es semejante a uno mismo, pero la crítica impersonal y objetiva se ha
purificado de su aspecto destructivo. El hecho de que la vara de avellano crezca silvestre, también es muy
significativo. Dios permite que algunas personas sean personas débiles y uno no debe ser tan arrogante
como para pretender saber exactamente cómo debe actuar la gente; otras pueden permitirse las cosas más
sorprendentes, sin recibir por ello castigo. En ciertas civilizaciones la pereza es muy normal sin que por
ello estas personas sean neuróticas. Pero si aparece como síntoma, entonces ya es otro asunto, puesto que
en ese caso, ha crecido en el alma del paciente.
La completa represión de un complejo puede compararse con encerrarlo dentro de un cajón; mientras
que la muerte de un complejo puede ilustrarse a través de la transferencia de la libido (energía psíquica),
como por ejemplo en el caso que comentaremos a continuación.
Una joven campesina practicaba magia negra y con frecuencia soñaba con su abuelo, que ella nunca
vio y quien durante su vida había llevado a cabo sesiones de espiritismo. En un sueño, el abuelo apareció
como un ser hermafrodita, mitad hombre, mitad mujer. En el lenguaje inconsciente, hermafrodita
simboliza «esto y también aquello». Ilustra la naturaleza de «cuña» del complejo. En este caso, había dos
aspectos involucrados: por un lado una mente insatisfecha mal y poco desarrollada, y por otro una
naturaleza femenina muy apasionada y reprimida. La mezcla de las dos había dado por resultado un
monstruo hermafrodita. La joven tenía que resolver esa equivalencia en el análisis. Tuvo un sueño en el
cual debía bajar al dormitorio de su madre que se encontraba en una cavidad subterránea muy profunda,
donde una mujer extraordinaria daba a luz a un niño, un nacimiento milagroso llevado a cabo por un
ángel. Al mismo tiempo oyó insistentes lamentos y vio al abuelo que estaba en una cama, muriéndose. De
esa manera, apenas nació en su alma la personalidad femenina, el monstruo perdió su energía,
desapareciendo a la vez el poder de la magia negra del abuelo y con esto su interés por ella se
desvaneció. Comprendió que había sido un intento impotente por obtener lo que quería. La libido, hasta
entonces canalizada hacia la magia negra, pasó a la psique poniéndose al servicio del proceso de
individuación.
Por lo general, los baños no se toman en el mar sino en una bañera, lo cual nos proporciona una
distinción muy definida puesto que la bañera es un recipiente de tamaño definido, fabricado por el
hombre y dentro del cual puede introducirse el ser humano. Representa de una manera muy específica, el
inconsciente, por lo cual tenemos que entrar en el simbolismo del recipiente, que es inmenso. El
recipiente es el vientre de la madre Iglesia, el útero, y por lo tanto posee una cualidad concreta materna y
femenina. Mitológicamente, con frecuencia se encuentra contaminada con su contenido. Para el
alquimista, el recipiente y el agua son la misma cosa. El agua es el recipiente en el cual se produce la
piedra filosofal, porque en alquimia el contenedor y el contenido son creados enteramente juntos. Puesto
que el recipiente está hecho por el hombre para retener el agua, éste está relacionado con la función de la
conciencia; ser capaz de utilizar este instrumento es una prerrogativa de la conciencia humana y marca
sus actividades como un símbolo. El recipiente representaría un concepto o una manera de concebir una
cosa.
La Iglesia es este recipiente por tener la capacidad de proveer las condiciones para mantener unidos, a
través de un sistema dogmático, los valores religiosos cristianos y las ideas. Psicológicamente, el
recipiente se relaciona con votos, ideas, sentimientos básicos y conceptos que tratamos de mantener
unidos impidiendo que se escapen por la vida, pues es el recipiente que conserva junto todo esto para
evitar que se pierda. Por lo tanto constituye un medio de volverse consciente.
En muchos idiomas la concepción y la comprehensión expresan la función del recipiente —un medio
de atrapar y captar de alguna manera, la idea o cosa, moldeándola de tal forma que pueda controlarse—.
La técnica del alquimista no era la de tener aquí un sistema y allá un fenómeno de la psique, sino tener un
concepto psicológico de la psique derivado de sí mismo. Esto se olvida fácilmente. Hemos aprendido el
sistema jungiano con conceptos como ánimus y ánima, pero en eso existe un peligro. En realidad, Jung
llegó a estos conceptos a través de su propia experiencia con el inconsciente por lo que aquí, pues, el
recipiente y el contenido son uno mismo. Tratamos de entender la psique a través de la psique y a esto se
le llama «pensamiento simbólico». No concebimos una neurosis compulsiva compuesta de tal y cual
fenómeno y tratada terapéuticamente de tal y cual forma.
La idea es que debemos observar cómo la psique se conecta con el problema, y es ésa la identidad
secreta del contenido y del contenedor. Los alquimistas pensaron que la materia podía enseñarles cómo
tratar la materia. No obstante, contamos con varios recursos en cuanto a métodos: interpretación de
sueños y ciertos puntos de vista sobre la naturaleza de la psique; estas actitudes generales pueden
compararse con el símbolo del recipiente. A diferencia de los freudianos no alentamos al paciente a
perderse en un interminable río de asociaciones, sino que nos limitamos al símbolo y al motivo para
impedir que éste no se disuelva en el mar del inconsciente. Trazamos una frontera elástica entre lo que
pertenece y lo que no.
Saber qué cosa pertenece a un problema es una cuestión de habilidad que se adquiere con la práctica.
Si existe un complejo semiinconsciente, como por ejemplo en el caso de la joven con el complejo de
sífilis, lo empujamos de regreso al agua de la bañera sin dejar que se desparrame por todos lados; las
reminiscencias infantiles por ejemplo, no tendrán sitio aquí. Nos mantenemos dentro de determinado
campo e intentamos el método siguiendo la emoción del paciente. De esta manera encontramos suficiente
material desconocido a través del cual puede manifestarse el complejo; de lo contrario nos perderíamos
en la infinidad del inconsciente. Lo que sigue después es el cocimiento o baño de agua caliente, el baño
frío, el baño caliente y el baño de fuego. El simbolismo de la temperatura naturalmente se refiere a la
intensidad emocional: lo que surge de una emoción es calor. El enfriamiento se asocia con el
apaciguamiento, es menos emotivo o puede tratarse de una manta mojada aquietando el entusiasmo.
También el agua representa un tipo de emoción y las olas del mar son el movimiento del agua.
Generalmente esto no se menciona. El enfriamiento se relaciona muchas veces con la razón.
Es posible tratar de convencer al analizando de que en esta situación particular no se debe decidir
nada sino que debe entenderse qué es lo que está sucediendo. La peor pasión surge cuando la gente se
enfrenta con un factor desconocido. El pánico es destructivo. Es una alteración sin sentido, semejante a la
que experimenta un animal en estado de pánico. En las psicosis con frecuencia encontramos explosiones
de pánico como la que puede producir una conflagración del Universo o la situación de un hombre
casado, enamorado de otra mujer y por ese motivo lleno de pánico por no saber qué hacer. La excitación
repentina de no ser capaz de enfrentarse a la situación constituye un serio conflicto de la personalidad
sumamente peligroso. En esta situación, la comprehensión es el instrumento calmante. Se trata de
orientar a la persona hacia un concepto más amplio y mostrarle que el conflicto es provocado por nuestra
alma y no por nosotros mismos. Si se puede lograr que la persona se dé cuenta de lo que sucede aun
cuando no entienda y se llegue a la decisión de no actuar por el momento, el peligro del pánico
disminuye y hasta desaparece, siendo reemplazado por una actitud de espera. Entonces puede esperarse
una solución humana razonable en lugar del destructivo pánico. El hombre se vuelve muy peligroso
cuando el fuego de la pasión se apodera de él. El agua en el baño tiene mucha relación con la proximidad
de la comprehensión.
En su ensayo «La psicología de la transferencia»,* Jung nos proporciona varios comentarios
interesantes sobre el agua y el baño en donde la comprehensión del símbolo del agua está expuesto en
una gran cantidad de materiales y se compara con el agua de la sabiduría de los alquimistas. También se
menciona la necesidad de comprehensión intelectual y una relación de sentimientos hacia los contenidos
del inconsciente.
Tuve ocasión de seguir el caso de una mujer que se encontraba atrapada en un pánico de muerte.
Deseaba compulsivamente el suicidio y el psiquiatra con quien yo trabajaba quería internarla. Pregunté a
la mujer por sus sueños y me contó que había tenido una visión en la cual vio un huevo y oyó una voz
que decía: «la madre y la hija». Estudiamos este material aclarándole que el huevo significaba el germen
de una nueva posibilidad, etcétera. Se encontraba tan fuera de sí misma que no entendió una sola palabra
de la explicación, y después me dijo que no había sido capaz de concentración para escuchar, a pesar de
lo cual, después de haberle hablado durante un largo rato se calmó y dijo que se iría a su casa. Por ese
motivo sugerí que no fuera internada. Más tarde me explicó que aunque no había entendido lo que yo le
había dicho, pensó sin embargo que la doctora von Franz había considerado el sueño como positivo.
El hecho de que alguien entienda es suficiente, a pesar de que uno mismo no comprenda —entonces
la temperatura baja, surge una cierta calma, y quizás el paciente también pueda entender—. Con
frecuencia contenidos arquetípicos se encuentran muy lejos de la conciencia y si no se acerca al paciente
a la comprensión de ellos en estos términos, no puede transmitirse el significado, pero el hecho de sentir
que alguien entiende tiene por sí mismo un efecto calmante.
* Ediciones Paidos, 1983, pág. 106.

Tercera conferencia
En nuestra conferencia anterior hablamos del tema del efecto del enfriamiento del baño. La Iglesia
católica se refiere al aqua doctrinae, el agua de la doctrina, el agua como símbolo del efecto calmante
que el dogma aporta al alma. Cuando existe una posibilidad de comprehensión, la emoción se enfría y se
aquieta. Con frecuencia en el cuento de hadas, el baño redentor es muy caliente y únicamente el héroe es
capaz de aguantar una temperatura en la cual otros perecerían. En una versión el viejo rey trata de
destruir al héroe por medio de un baño, pero su caballo posee cualidades mágicas y es capaz de enfriar el
agua con su aliento, permitiendo de ese modo que el héroe salga indemne. Entonces el héroe invita al rey
a meterse en el baño, quien no resiste la temperatura y muere en el agua hirviendo. Aquí no se trata del
efecto purificador del agua sino de la magia secreta que posee el héroe y que lo protege de morir hervido
en el baño o de ser cocinado en la estufa.
El agua caliente significaría emoción: cuando trabajamos con un complejo haciéndolo regresar de
nuevo al inconsciente le agregamos el factor libido al participar emocionalmente con lo que de allí
procede. Con frecuencia el complejo en sí posee una cierta cualidad afectiva y en tal caso podemos
someterlo a un proceso de calentamiento en ese mismo afecto. Es posible que el agua caliente o la
emoción salgan junto con una proyección y entonces toda la emoción fluye como un río hacia el objeto
exterior. Una persona puede tener una oscura sombra contra la que lucha, volcando su ira contra otra
persona, pero debe mostrársele que su actitud no es más que una proyección para que él, o el complejo a
tratar, se guise en su propio jugo. Cuando se cierra la salida normal de la proyección, comienza la agonía
y puesto que ya no es posible convertir el mundo exterior en conejillo de indias, uno se ve forzado a
sufrir en sí mismo todo el impacto del complejo, el cual ya no posee ninguna otra salida.
La persona que trabaja en su análisis puede tener sentimientos negativos en contra del analista y si
éste reacciona emocionalmente le está proporcionando una salida, mientras que si se mantiene fuera, la
emoción se mantiene dentro de él, y tiene que sufrirla. Este método no siempre es el más indicado, en
ocasiones no tiene que entrar en el juego emocional, pero esto depende de la correcta interpretación de
los sueños y de adoptar consecuentemente la actitud que corresponde, sabiendo cuándo la emoción debe
mantenerse dentro de la persona, quien se encuentra entonces, junto con el complejo, en un baño
caliente, lo que implica siempre un tremendo sufrimiento.
En realidad, ésta es una imagen del infierno, en donde se hierve en aceite a altísimas temperaturas y
en donde debe permanecerse sin salir. Esto le sucede a la gente todos los días cuando se sientan y hierven
en sus propios complejos emocionales. Incluso las personas que no creen en el infierno se impresionan
con esta imagen que expresa una cierta verdad psicológica.
Calentar un baño desde fuera implicaría que la emoción se intensifica artificialmente. Esto lo vemos
principalmente en casos de esquizofrenia cuando la gente tiene tremendos problemas y no los sufre
adecuadamente. El efecto no aparece donde uno lo esperaría, sino que explota en algún otro lugar. Jung
habla de un paciente a quien le preguntaron durante una entrevista qué era lo que escribía, a lo cual
respondió que anotaba cuándo le había telefoneado la Virgen María. Si una persona normal tiene una
visión de la Virgen María o una conversación con ella, se sentiría tremendamente impresionado. No es el
caso de los esquizofrénicos que pueden expresarlo con el mismo tono con que dirían cualquier otra cosa,
como, por ejemplo, pedir cigarrillos. En este caso o en casos límites, el baño tiene que calentarse
artificialmente lo cual significa que la psicoterapia debe añadir la emoción que falta. Por ejemplo, un
paciente esquizofrénico puede amenazar con matar al analista sin por eso darse cuenta de lo que dice; en
ese momento uno tiene que provocar un golpe de efecto para producirle un shock y su reacción normal.
Si existe una posibilidad de salvar este tipo de casos es tratando de que el analizando llegue a comprender
lo que dice; es decir, calentar el baño desde fuera y aportar la emoción que no se produjo adecuadamente
en el interior del mismo.
En la esquizofrenia los contenidos del inconsciente tienen tendencia a desintegrarse, perdiendo de esta
manera su valor emocional normal. En una neurosis, la parte neurótica de la personalidad que se
encuentra bloqueada tiene vida emocional adecuada, mientras que en un caso psicótico la dificultad es la
tendencia a desintegrarse más y más sin el correspondiente afecto emocional. Estas personas son
susceptibles de ser heridas con algún comentario que uno exprese sin que aparentemente se den cuenta de
que se les ha herido; sin embargo, posteriormente,
se sentirán afectadas. En una ocasión hice un
comentario sobre el complejo de un paciente; sin embargo, se fue muy contento sin darse por enterado.
Una hora después, en la calle, tuvo la idea súbita de que un hombre en un camión intentaba matarlo, y
entonces una tremenda ira se apoderó de él. La reacción surgió, por otra parte, en un sitio completamente
inapropiado. Le dije que algo debió de haberlo herido durante nuestra entrevista puesto que un sueño
reciente orientaba hacia esa dirección, pero él no se acordaba de nada. La zona que yo había atacado de
frente se encontraba tan cerrada que todo pasó en forma aparentemente inadvertida para él.
Después de esto, soñó que habían matado a alguien y lo habían arrojado a un gran hoyo hecho en la
tierra, el cadáver había desaparecido y sólo quedaban trazas de su ropaje. De esta forma, el complejo se
convertía en un contenido autónomo que se desintegraba.
En análisis, es bien sabido que la persona que ha sido herida puede soñar que alguien mata, pero un
paciente esquizoide que no se da cuenta de nada, siente una furia tremenda en contra del hombre del
camión. La asociación no se encuentra fácilmente sin grandes trabajos y es prácticamente imposible
reconstruir la situación de lo que sucedió por dentro. Por lo tanto, en casos en que el complejo no se
expresa con la emoción adecuada debe dársele suficiente energía desde el exterior para que brote en su
forma correcta sin desintegrarse y de esta manera se concentra la atención sobre el asunto para que pueda
llegar a manifestarse. Un problema puede reprimirse y bloquearse en un cajón durante años y años y la
persona puede rechazarlo diciendo que si lo hace, entra en una depresión. Eso correspondería a rehusar
prestarle la debida atención a la parte bloqueada de la personalidad, a fin de evitar el sufrimiento del baño
hirviendo.
El Benedictio Fontis, el bautismo de la Iglesia, representa la limpieza del ser humano y su
transformación en un nuevo ser espiritual; el simbolismo de la misa ha sido tremendamente elaborado,
mientras que en los cuentos de hadas encontramos el proceso natural. El sábado anterior a la Pascua,
siempre se bendice el agua bautismal. El sacerdote divide el agua en cuatro partes, haciendo la señal de la
cruz sobre ella, lo que significa que la sangre de Cristo fluyó de la cruz de cuatro brazos sobre todo el
mundo, hacia un nuevo paraíso, y el agua se convierte en un instrumento de renacimiento de las almas.
Por lo tanto, se dice que el Espíritu Santo impregnará el agua preparada para el renacimiento del hombre,
con la misteriosa mezcla del poder divino para que, de este útero de la fuente divina, nazca una nueva
criatura que haga surgir una generación divina. Todos aquellos que se han separado por el pecado
renacen a la misma niñez a través de la madre Iglesia y la gracia de Dios, y todo espíritu impuro huye y
no puede acercarse al agua. Entonces el humano, purificado, revive y es absuelto del pecado, después es
bendecido tres veces con la señal de la cruz. Aquí pues, los aspectos de limpieza y de iluminación se
encuentran unidos. El sacerdote sostiene el cirio pascual en el agua y lo bendice tres veces en forma de
cruz. En ese momento las cualidades de luz y renacimiento del Espíritu Santo entran en el agua y se dice
que el Espíritu Santo entra en el agua bautismal para que aquellos que reciban el bautismo renazcan
auténticamente.
El gesto de fuego de la vela de Pascua entrando en el agua es psicológico. Podríamos decir que la luz
de la vela representa la claridad de una actitud comprensiva, la iluminación de la mente que entra ahora
en el inconsciente y lo fertiliza. Esto representaría una actitud de sacrificio voluntario, una cierta
comprehensión consciente y conocimiento de la verdad lograda por la inmersión en el agua, esto es,
haciéndola regresar al inconsciente de donde originalmente salió, a fin de que pueda aumentar en poder y
efecto. También encontramos la unión de los opuestos —el fuego y el agua— y el resultado es un agua
ardiente. Al agua bautismal de la Iglesia con frecuencia se le llama aqua ignita puesto que, se dice,
contiene el fuego del Espíritu Santo y expresa la realidad total de la verdad, la unión de las actitudes
consciente e inconsciente. Si se desea interpretar esto más de acuerdo con las ideas de la Iglesia, se puede
agregar que siempre se dice que toda verdad de la Iglesia católica contiene un misterio y sólo puede ser
interpretado hasta cierto punto; siempre hay algo que no puede explicarse mediante fórmulas dogmáticas
ni a través de representaciones. La luz de la vela significaría ese aspecto desconocido de la Iglesia unido
a otro aspecto. A través de la cualidad simbólica se toca tanto el inconsciente como la mente consciente
del participante, dándole a la verdad una cualidad doble. Es un símbolo de la renovación de su actitud.
La gente que ha estado trabajando durante largo tiempo en su análisis no necesita, como lo precisaría
si estuviese en un principio del mismo, este tipo de análisis exhaustivo de un sueño; una alusión es
suficiente. ¿Cuál sería el sinónimo de la aspersión del agua bendita (el asperges)? Podría ser el
reemplazar el procedimiento estéticamente desagradable de la inmersión en el baño.
Durante las vacaciones tuve la oportunidad de ver una película sobre los ritos bautismales de los
mandeos (habitantes de la zona territorial situada entre el Tigris y el Éufrates). Tienen un ritual durante el
cual todos los objetos de la casa se sumergen en un gran baño. Es muy difícil dejar de ver el aspecto
antiestético y al mismo tiempo divertido de la ceremonia cuando, al empujar al macho cabrío dentro del
agua, todo el mundo queda recubierto de lodo y agua. Como ustedes saben, durante el proceso de su
desarrollo, la Iglesia católica ha eliminado este tipo de procedimientos y los ha reemplazado por aspectos
más sutiles, pero por otro lado, el baño primitivo nos impresiona por la originalidad del espectáculo. Por
la noche la gente se reúne secretamente y lee el libro sagrado. Cava un gran hoyo en donde todo el
mundo se baña, incluyendo en la inmersión todos los utensilios del hogar y después de esto celebran una
comida ritual. A pesar de que el acto deja mucho que desear desde punto de vista estético y no se puede
evitar la risa ante algunos de sus aspectos, representa sin duda, mucho mejor que cualquier otro ritual
elaborado, la emoción original que anteriormente poseía la ceremonia.
No debemos olvidar que la inmersión en un baño es una experiencia somática auténtica. Después de
una larga estancia en una cabaña de las montañas es refrescante y maravilloso darse un baño del cual
inmediatamente sentimos el efecto vivificador, y por supuesto no tiene nada que ver con la experiencia
del baño diario. En psiquiatría el baño se utiliza como ayuda en estados catatónicos leves y en situaciones
depresivas, puesto que tanto el masaje como el baño tienen un efecto vivificante sobre el cuerpo y la
circulación de la sangre.
Pasamos ahora al motivo de comer flores, otro tema extraño en los cuentos de hadas. En la historia de
Apuleyo, El asno de oro, el héroe se convierte en asno y sólo puede redimirse si come rosas. El novelista
tomó este motivo del folklore. Este tema del ser humano que se convierte en animal y sólo puede
redimirse si come flores, aparece en forma literaria en todo el mundo. Las flores pueden ser, lirios y no
necesariamente rosas; todo depende del país en donde se relata el cuento. Una sencilla historia alemana
se refiere a un hombre que corteja a la hermosa hija de una bruja y después se va a la guerra. La madre y
la hija deciden que él ha sido infiel y a su regreso lo transforman en asno. Es obligado entonces a cargar
unos grandes sacos de harina del molinero durante largo tiempo hasta que un día, al pasar por la casa de
la bruja, escucha a la hija preguntarle a su madre si no es tiempo de hacerlo volver a su forma humana, y
alcanza a oír la respuesta señalando que si come lirios recuperaría su primitivo ser. Así lo hace y de esta
forma se transforma nuevamente. Entonces se presenta desnudo ante la gente del pueblo y les explica lo
sucedido. Ésta es la versión original sencilla, sobre la cual está basada la historia de Apuleyo.
Primero debemos estudiar qué significa para un ser humano convertirse en animal. Los animales entre
sí tienen diferentes comportamientos instintivos; si un tigre se comporta como una ardilla lo llamaríamos
neurótico. El que un ser humano se convierta en animal significa que se encuentra fuera de su esfera
instintiva, alejado de ella; debemos por lo tanto mirar el animal específico del que se trata. Tomemos el
asno: es uno de los animales del dios Dionisio. Era reconocido en la antigüedad como un ser muy sexual,
por su perseverancia y por la así llamada estupidez. Es uno de los animales de Saturno y tiene sus
cualidades. A Saturno, en la antigüedad tardía, se le consideraba el dios de los judíos y en las discordias
entre cristianos y nocristianos,
a ambos, cristianos y judíos, se les acusaba de adorar un asno. Por lo
tanto, ser transformado en asno implicaría a la vez estar dotado de sus mismas cualidades, esto es, haber
caído bajo el impulso de un complejo específico, el cual impuso este comportamiento. En la historia de
Apuleyo el que aparece en primer plano, obviamente, es el impulso sexual. El hombre disfrutó de un
asunto sexual con la ayudante de cocina y consiguió anegarse en el placer sexual. De ahí procede la idea
de la melancolía asociada con Saturno.
Las depresiones y la melancolía cubren con frecuencia una tremenda ambición. Con bastante
regularidad, al principio de un análisis existe un estado depresivo de resignación, la vida no tiene sentido,
no hay sentimiento ni amor por la vida.
Una exageración de este estado puede provocar una completa incapacidad. Gente muy joven da la
impresión a veces de tener la amarga resignación de un viejo o de una vieja. Si ahondamos bajo esa capa
de negro lodo encontramos que más profundamente existe una ambición que puede llegar a ser
abrumadora —la de ser amado, obtener riquezas, encontrar el compañero adecuado, tener prestigio,
etcétera—. Bajo este tipo de resignación melancólica, con frecuencia descubrimos en la oscuridad un
tema repetitivo que hace las cosas más difíciles. Si a las gentes en esa situación le damos un poco de
esperanza, el león que traen dentro abre la boca y tenemos que retirarnos so pena de ser devorados;
entonces, vuelven a colocar la tapadera, y así continúan, avanzando y retrocediendo. O todo, o nada. Se
columpian entre la depresión resignada por un lado, y el brote de enormes exigencias por el otro. Esto es
lo que llamaron nigredo los alquimistas, que representaron con sus oscuras nieblas y negros cuervos
volando alrededor y, como dicen, «el pasar de toda clase de animales salvajes». En el tradicional paso del
nigredo al albedo también nos encontramos con el paso de todos los animales salvajes, que emergen al
exterior, un grupo después de otro: sexo, poder, impulsos infantiles, etcétera.
Así pues, volverse animal, transformarse en él, significa no vivir de acuerdo con nuestros instintos,
sino estar parcialmente dominados por un impulso instintivo unilateral que afecta todo el equilibrio
humano. Ahora bien, el asunto se vuelve más difícil si, como sucede con frecuencia en un cuento de
hadas, una persona, no el héroe sino el ánima, es el personaje que se transforma en animal y tiene que ser
redimido por el héroe. En el cuento de hadas de Grimm, El pájaro de oro, al héroe siempre lo
encontramos acompañado y ayudado por un zorro quien le aconseja y le presta la ayuda necesaria.
Después del feliz matrimonio del héroe con la princesa, el zorro aparece un día y pide que se le decapite
y se le corten sus garras. El héroe rehúsa y el zorro se retira, pero después reaparece y vuelve a pedir lo
mismo. Con un profundo suspiro el héroe acepta, y entonces el zorro se convierte en un hermoso príncipe
que resulta ser el hermano de la princesa y queda redimido de inmediato.
Si soñamos que es otra persona la que se ha convertido en animal, la hipótesis sería que el complejo
del yo se encuentra dominado por otro complejo. Supongamos que un hombre sueña que la mujer a quien
ama, eso es, la figura de su ánima, se convirtió en un perro negro; el ánima, que debería tener una
expresión humana (significando que la vida interior ha alcanzado un nivel humano), se encuentra
dominada por un impulso, retrocediendo a una forma de expresión prehumana, a través de la influencia
de complejos internos.
El ánima estaría personificada por un ser humano y todas las reacciones del ánima de un hombre —la
disposición de su humor y las emociones, la forma y el tono a través de los cuales ejerce atracción sobre
otras mujeres— en un principio se encuentran a nivel de un ser humano femenino. Entonces, una bruja o
un mago maldice a esa ánima dándole la forma de un perro negro, lo que significaría que otro complejo
totalmente inconsciente ha contaminado el ánima con su contenido, ejerciendo una influencia destructiva
y dañina sobre ella. En la periferia de la conciencia no podemos hacer nada hasta que el yo intervenga,
por lo tanto un animal maldecido necesita la ayuda del héroe para salir de su estado, esto es, no puede
liberarse a sí mismo. El aspecto oscuro de la imagen de Dios, que la conciencia colectiva no ha
reconocido, generalmente se representa en cuentos de hadas europeos a través de la figura del mago. Éste
tiene todas las características de un oscuro dios pagano, quizá Wotan, o un duende, o un demonio de
montaña, o alguna otra imagen de Dios celta precristiana. Por consiguiente podemos decir que estos
dioses representan un aspecto de la imagen de Dios que no se ha aceptado conscientemente y por lo tanto
ha vivido una vida oscura, tienen un condicionamiento inconsciente, una particular concepción de la
naturaleza y propósitos del mundo o filosofía de la vida que influye sobre el ánima. Con frecuencia, el
ánima de un hombre tiene un punto de vista determinado condicionado y eso es difícil de entender.
Un hombre puede describir bastante bien su propia ánima, y conoce sus propias reacciones pero lo
complicado radica en que el ánima es, no sólo una expresión de estados de ánimo y sentimientos, sino
que sobre todo está condicionada y tiene criterios éticos propios. Si el ánima es atraída hacia hermosas
mujeres o hacia muchachas muy jóvenes entonces comprenderá que su vida sentimental tiene la cualidad
de mirar la vida de una manera espontánea y no se encuentra inhibida como su mente consciente, pero lo
peor del caso es que si trata de acercarse al complejo de su ánima joven, esto lo enfrentará con el
problema del condicionamiento y eso puede retar su actitud consciente. Si un hombre descubre que su
ánima siempre quiere que seduzca jovencitas, entonces el ánima no es únicamente la expresión de su
voluntad momentánea, sino que tiende a acciones y pensamientos que están en contradicción con el
condicionamiento social y moral del hombre, ocasionándole tremendos problemas. Puede aceptar el amor
a la belleza y a la vida juvenil pero no puede aceptar la actuación consecuente a su decisión.
Por lo tanto, el ánima es la portadora de un nuevo condicionante diferente. En nuestra sociedad, ésta
es con frecuencia pagana, ama la belleza de la vida y la belleza de la naturaleza, más allá del bien y del
mal, éste es su punto de vista condicionador siendo ésta la particularidad del problema: desafía toda la
actitud consciente del hombre. El verdadero problema es que su ánima ha sido influida por otro complejo
y primero tiene que tratar con el mago y su poder negativo y decir: «Yo tengo una convicción y mi alma
tiene otra». Puesto que el problema del condicionamiento es, para el hombre, mucho más serio que el
problema del sentimiento, es precisamente allí donde los hombres encuentran su mayor dificultad.
La aceptación de que existe otro complejo más allá del ánima puede probarse por el hecho de que en
los sueños, con frecuencia, aparece como que el ánima tiene otro amante y entonces el hombre tiene
sueños de celos. Éste es un tipo de representación del inconsciente a través del cual se nos dice que el
ánima se encuentra atada a otro complejo, en el inconsciente, y hay que adivinar cuál es el ánima y cuál
el otro complejo.
Tomemos el ejemplo de un hombre que en su vida consciente no es ambicioso, sino más bien el tipo
de hombre sosegado y perezoso que no quiere trabajar, pero tiene una sombra de ambición de la cual no
es consciente y, a través de la cual, siempre cae con mujeres que le prometen convertirlo en un gran
hombre. Debido a esta ambición inconsciente invariablemente se relaciona con ese tipo de mujeres que
aplican el famoso truco atrapahombres,
que consiste en la promesa de ser el ánima inspiradora del
hombre y darle las alas con las cuales lograr volar hasta la cumbre. Este tipo de hombre puede soñar que
su ánima se fue con un sujeto muy ambicioso y desagradable. Su ánima ha sido contaminada por su
ambición. En cuanto se da cuenta de que ésa es su ambición, no vuelve a caer con este tipo de mujeres; se
trataba de una ambición inconsciente y la pudo afrontar. Pero si el ánima tiene algún condicionamiento,
es porque se encuentra contaminada con uno de los complejos masculinos. El ánima en el hombre es un
impulso hacia la vida o desde fuera de ella, lo enreda y lo desenreda con la vida pero no tiene una
filosofía definida, o si la tiene, es paradójica, envuelta en contradicciones. En este caso una filosofía es
una tendencia que existe en el inconsciente y que no puede entrar en la conciencia y por lo tanto se
apodera del ánima. Siempre implica un complejo tras otro, pero, lo que es más directo es hablar de la
filosofía del ánima. Ésta se representa como su infidelidad: se va con otro hombre sin que él se dé cuenta
—una característica inconsciente propia—. Entonces surge el problema de que el ánima tiene que
liberarse de la influencia destructiva y matar al mago.
En cuentos de hadas europeos, el ánima se encuentra en las garras del demonio, y es entonces cuando
el héroe y el ánima tienen que escapar de él hasta encontrarse seguros, tiene que llevarse a su ánima lejos
de la influencia diabólica del inconsciente.
La siguiente pregunta es: ¿por qué el mago arroja la piel del animal sobre el ánima? Cuando la
maldice ésa es su conducta y nos encontramos entonces con un perro negro en lugar de una hermosa
dama. Bajo la piel de animal se esconde un ser humano sufriendo, pero al penetrar en el inconsciente lo
primero que encontraremos será un perro negro.
En la historia del asno, la bruja arroja la piel sobre el mismo héroe. Se puede embrujar a las gentes
arrojándoles una piel encima. En Los seis cisnes de Grimm, la hermana tiene que confeccionar camisas,
terminarlas dentro de un tiempo concreto y arrojarlas sobre los hermanos, quienes en ese momento se
convierten de nuevo en seres humanos. Pero como una de las mangas no ha podido ser terminada, el
hermano menor conserva un ala. Por consiguiente un ser puede ser redimido o maldecido por medio de
una piel que se le arroja encima. Arrojar la piel sobre alguien es pues otra manera de maldecir.
Prácticamente, esto significa que un complejo de la psique que tiene medios humanos de expresión, se
encuentra tan despotencializado que únicamente puede expresarse como animal. Siempre existe una
razón, en algunas ocasiones directa, indirecta en otras.
Con frecuencia el complejo nos priva de nuestra energía y nos despoja de toda expresión. Podemos
saber exactamente lo que queremos decir acerca de un problema cuando estamos solos; todo está
entonces bastante claro, sin embargo en el momento en que nos encontramos implicados en la situación
concreta, la emoción nos invade de tal manera que sólo podemos tartamudear, o hacer una señal; nos
vemos privados de expresión humana. Si nos peleamos con alguien, en el momento en que empezamos a
hablar, no podemos articular palabra, porque nuestra conciencia ética nos lo impide y nos encontramos
comportándonos como un asno que sólo puede rebuznar: «jijo
». Esto conduce a las famosas cartas, dado
que en cuanto el analizando ha llegado a su casa y piensa en su situación se da cuenta de lo que quiso
decir, pero durante la hora de análisis únicamente pudo decir «jijo
», o habló de una manera estúpida,
con un comportamiento tonto, o se expresó de una manera confusa. Éste es el efecto de la emoción, nos
entorpece y enmudece.
En tal caso esto es aceptable en el comportamiento humano debido a la interferencia de otro
complejo, regresado de nuevo hacia las emociones, es el retorno al estado de expresión animal. Esto
generalmente es causado, directa o indirectamente, por un prejuicio en la actitud consciente del yo, una
actitud equivocada del yo que no le da oportunidad a la persona de expresarse a sí misma adecuadamente.
No tiene abierto el oído a lo que el ánima pueda decir. Este tipo de hombres suele referirse al ánima
diciendo: «No es nada más que sexualidad».
Si pensamos que el ánima es un «nada más que» lo que ya se sabe sobre ella, entonces no se tiene la
posibilidad de ser receptivo, se aleja de una actitud de ser capaz de escuchar y por lo tanto se convierte en
«nada más que», en una carga de emociones brutales; nunca le dieron una oportunidad de expresarse a sí
misma y por lo tanto se convirtió en algo inhumano y brutal. Jung introdujo la «imaginación activa»
como un medio de hablar con el complejo: usted le pide al perro negro que entre y dialoga con él,
escuchando cuidadosamente lo que él tiene que decir. Entonces verán que la sobrecarga desaparece y es
reemplazada por un ser relativamente humano con quien pueden hablar y se darán cuenta de que se trata
del mago. Hasta aquí el ser humano había rechazado al ánima y el mago tomó su lugar. Es como matar a
la esposa o al hijo para herir a la otra persona. En ese caso se puede decir que en alguna parte el yo ha
bloqueado un complejo por otro; y, como un acto de venganza, uno se encuentra embrujado. Si un
condicionante pagano se encuentra detrás del ánima, el hombre tendría que preguntarse y definir su
propio punto de referencia: «¿Por qué existen tales ideas en mi alma?» Así, la influencia de su ánima
cesará y se dará cuenta de que en sí misma es inofensiva.
Me acuerdo de un hombre quien a nivel consciente era muy racional, había sufrido un tremendo
trauma en su juventud, en la pubertad. De jovencito había tenido que ver a su madre a quien quería
muchísimo, morir lenta y terriblemente de cáncer. De ser vital, rebosante de vida y con un acusado
temperamento se tornó silencioso y seco y desarrolló un parecido con su padre —muy racional—,
perdiendo toda fe en la vida. De lo que no se daba cuenta, pero que emerge del análisis de sus sueños y
visiones, era de que, inconscientemente, había llegado a la conclusión de que no existía un Dios
benévolo, si un ser maravilloso como su madre había sido

inocentemente conducida hasta la muerte con
esa terrible enfermedad, entonces Dios era responsable de ello. No era tan filosóficamente religioso como
para llegar a este tipo de reflexión, sin embargo, inconscientemente había llegado a esa conclusión y
desde entonces esta idea gobernaba su vida —«Sé que al fin y al cabo el mundo es malo y la vida está
llena de maldad»—; conscientemente su actitud era de un escepticismo racional.
La primera aparición del ánima en sus sueños fue con una tremenda vitalidad, con la exuberancia de
una antigua Venus. El joven era perturbado por fantasías sexuales de naturaleza normal —una mujer
aparecía al lado de su cama excitándolo sensualmente o soñaba con fiestas dionisíacas—. En realidad, se
trataba más bien de una persona asceta que no disfrutaba nada de la vida; en una fiesta todo el mundo lo
evitaba; poseía sin embargo un ánima con experiencias paganas. Lo empujé a que siguiera a su ánima,
diciéndole que si se encontraba con una chica que correspondiera a lo que él quería, debía hacer algo al
respecto. Esto funcionó durante un tiempo, pero después ya no surtió efecto. ¿Era un mecanismo
neurótico el que se lo impedía o se trataba de otra cosa? Seguí las indicaciones de los sueños, algunas
veces recomendándole que le hablara a la chica y otras no.
En una ocasión al final del semestre llegó con el siguiente sueño: Una hermosa mujer desnuda con un
maravilloso cuerpo se acercó a su cama excitándolo sexualmente con gestos y movimientos, pero cuando
trató de atraparla, desapareció. Después, esta misma bella mujer bajaba unas escaleras llevando, como
Moisés, una tabla en la mano en donde aparecían las palabras: «No puedes poseerme». Me sentí tan
desalentada y perpleja que le dije: «Sí, así es». Sin embargo, un poco más adelante, por primera vez se
dio cuenta de lo que era el ánima. En la siguiente ocasión en que lo vi me dijo: «¡La última vez, usted
hizo un milagro! Ahora entiendo lo que es el ánima». Mi reacción fue la de no ser consciente de haber
hecho nada, sin embargo él había comprendido la naturaleza paradójica del ánima. También se dio cuenta
de que dependía de él tomar la decisión de coger el problema con su entera responsabilidad, y
repentinamente comprendió que tenía que hacer algo por sí mismo. Me dijo: «Al diablo con esta ánima y
su juego doble, voy a trabajar y voy a pintar».
Todos sus cuadros y visiones interiores mostraban una figura divina, oscura y demoníaca que lo
atacaba —el dios oscuro— y cayó en la cuenta de que ésta era la verdadera causa de su depresión.
Siempre había querido tenerlo todo, dejándose llevar por esperanzas infantiles de encontrar a la hermosa
mujer, después de lo cual de nuevo caía en la resignación. Su depresión era como la de un niño frustrado.
Ahora de pronto vio que detrás de esto se encontraba su condicionamiento pesimista, de que no creía en
la vida ni en Dios y de que debía realizar su propia imagen de Dios. Su madre, durante su terrible
enfermedad, había sido afectada mentalmente y el joven había presenciado su sufrimiento y cómo había
sido destruida poco a poco. Había llegado, entonces, a la conclusión inconsciente de que la psique no
existía. Todo su condicionamiento moral tenía que rediscutirse ampliamente, había despreciado su ánima
y la había convertido en un tipo de mujer muy baja y muy mala, su maldad siendo el componente de
maldad causado por el otro bloque, ya que las manifestaciones del ánima son por lo general indiferentes
al punto de vista moral. A pesar de que había alcanzado un nivel consciente, su único contacto con ella
era muy primitivo, es decir de un grosero ataque sexual, de tipo animal. Detrás de todo esto el joven tenía
sentimientos muy humanos pero no había desarrollado ninguna manera de expresarlos. Si amaba a una
mujer no sabía todavía de qué manera manifestar sus sentimientos; por consiguiente su ánima estaba
embrujada: se encontraba dominado por sus ideas materialistas.
Si creemos que el sexo es únicamente una cuestión de hormonas, entonces se convierte en algo
mecánico, como conducir un coche, sin darle ninguna importancia a la relación psicológica del
sentimiento. Su idea equivocada castigaba a este joven sumiéndolo en una impotencia temporal, su
cuerpo diciéndole: «Si te crees que sólo soy un coche, entonces tu coche ya no funciona». Su equivocada
actitud consciente había producido impotencia psicogénica. Conscientemente, su actitud era la de que si
uno se comporta correctamente tiene derecho a la felicidad humana, pero su madre había sido feliz y era
una persona correcta y, sin embargo, había sido destruida de una manera sádica. Ésta era la forma en que
él sentía la enfermedad y la muerte de su madre. Sin embargo, conscientemente todavía pensaba que Dios
era bueno y que la vida le debía felicidad. No pudiendo entender por qué no obtenía lo que deseaba llegó
a la conclusión de que las cosas eran diferentes para él. Él era el que no tenía nada y había decidido
sobrellevar esto, renunciando a intentar obtener algo de la vida; la tapa de plomo de la resignación cayó
sobre él y junto con ella una tremenda amargura, suprimiendo su legítimo derecho a los sentimientos.
Nunca se había enfrentado con lo que realmente pensaba. No era un tipo esencialmente pensador y se
había resignado a la idea de que así era la vida, sin indagar más. Hasta se sentía culpable, creyendo que
debía ser una persona muy desagradable puesto que su destino era tan malo. De esta manera había
llegado a la conclusión de que Dios tenía un lado oscuro.
Debemos considerar el efecto que tendría en nosotros el aceptar el hecho de que Dios no es el
amistoso guardián de un jardín de infancia. Aun el dogma cristiano nos dice que Dios posee un lado
incomprehensible y si tomamos esto en cuenta, entonces podemos abandonar la idea de que la felicidad
es consecuencia del comportamiento correcto. Al liberarse de su mecanismo infantil este joven se volvió,
conscientemente, más grave y más triste al mismo tiempo, pero menos amargado y melancólico. A través
de la comprehensión de la imagen oscura, adquirió sabiduría. Hasta entonces había sido muy crítico
sobre las reacciones humanas, pero llegar a la comprensión del lado oscuro de Dios y de la precaria
situación del hombre en la vida, se volvió más tolerante y comprensivo teniendo una idea nítida de que
somos seres insignificantes luchando con un destino difícil, desde el principio hasta el final, del cual no
sabemos nada. A partir de ese momento, comenzó a aceptar las pequeñas alegrías de la vida, las cuales
podemos disfrutar mucho más si sabemos que la vida es difícil y oscura; adquirió también un cierto
sentido del humor que antes no poseía.
En su caso podríamos haber dicho: «El temor de Dios es el principio de la sabiduría». Su sueño le
dijo algo similar porque entonces pudo ver algo de la belleza de la vida y su significado, de una manera
mucho más humilde puesto que había perdido su ambición y la idea de que se le debía algo. Una de las
figuras de su sombra era un gángster y si creemos que todo en la vida es negativo, entonces la idea de la
vida que tiene un gángster ¿es la apropiada? A pesar de que conscientemente era muy correcto siempre
soñaba con su sombragángster
pues si la vida era tan corrompida, entonces a uno no le quedaba más
remedio que tomar una pistola y disparar. También tenía otra sombra que era un hombre muy sensual que
sólo vivía para comer y beber. Le gustaba hacerse de este tipo de amistades en la vida exterior. Tenía un
amigo que era un gran bebedor y un comilón que tenía su mismo punto de vista. Todos sus complejos
inconscientes estaban influidos por la imagen provocada por el trauma que había recibido, y que
consecuentemente produjeron las imágenes del gángster y del bebedor materialista, como también su
actitud resentida hacia los lisiados, puesto que proyectaba en otros la invalidez de su propia alma.
Cuarta conferencia
La última vez discutimos lo que significaría si un contenido del inconsciente colectivo se
transformara en animal y abandonamos momentáneamente la discusión, pues en nuestra historia debemos
averiguar, en primer lugar, por qué razón la figura del ánima es transformada o embrujada por la figura
del viejo diabólico. Traté de explicar de qué manera el ánima puede estar bajo la influencia de un
condicionante o un punto de vista inconsciente, y cómo esta influencia que emana del alma del hombre
puede afectar los otros complejos. Esto presupone que los complejos de la psique humana no son
únicamente un conjunto de partículas sino que poseen un tipo de organización social entre ellos, que se
influyen mutuamente dominándose unos a otros y cuya centralización es debida al arquetipo del sí
mismo. Si esto es verdad entonces es concebible que uno influya sobre otro, que lo domine y que los
complejos también puedan fundirse unos con otros.
A través de la historia que veremos demostraremos lo que significaría si un mago hechizara a una
princesa, obligándola a comportarse de una manera incorrecta. En este caso, el ánima había sido
maldecida por un espíritu nórdico de la naturaleza (un duendecillo), que vive en la montaña (otros
duendecillos viven en el mar). Todavía no explicamos el motivo de la piel de animal pero primero
quisiera llamar la atención sobre algunas reflexiones teóricas de Jung en lo que concierne a la psique.
Están tomadas de su ensayo «Sobre la naturaleza de la psique».*
Aquí Jung trata de describirnos aquello que nosotros llamamos psique y lo compara con una gama de
colores, el espectro con sus dos polos, el infrarrojo y el ultravioleta. Dice que, naturalmente, sería posible
afirmar que la psique es todo pero que prefiere suponer que existe un fenómeno que es la materia a la que
no llamamos psique porque a pesar de que está relacionada con ella no sabemos exactamente cómo se
lleva acabo esa relación. Esto proporciona un tema de estudio a los físicos, puesto que se trata de un
dominio nopsíquico.
Otro concepto es el espíritu, que puede definirse como el elemento ordenador que
se manifiesta en la psique y que también puede aparecer con el mismo sentido en la materia.
En dondequiera que nos encontremos con el fenómeno de un orden significativo, suponemos que se
trata del trabajo de este espíritu. No podemos probar que existe algo como un espíritu, simplemente lo
definimos como ese elemento desconocido que crea orden. Ni la materia, ni el espíritu pueden observarse
ni describirse directamente. Como se sabe la materia es idéntica a la energía y ambas son una «x» para el
físico, quien puede describir el comportamiento de la materia, pero no puede definir lo que significa en sí
misma. Otro tanto sucede con el espíritu, pero en la psique podemos observar una actividad que crea un
orden y por lo tanto damos por sentado que «algo» es el origen o la fuente básica de esta actividad; ese
algo es lo que llamamos espíritu. La materia en el ser humano sería entonces el cuerpo, y el aspecto
espíritu del ser humano sería la suma de los arquetipos, porque éstos, de acuerdo con nuestro punto de
vista, son esos elementos desconocidos que se manifiestan creando orden en el reino de la psique.
* La interpretación de la naturaleza de la psique, ed. Paidos, 1983.
Es importante no confundir un arquetipo con una imagen o un símbolo; el arquetipo es ese factor
desconocido que produce las imágenes arquetípicas. Lo que hace la imagen es únicamente asumir una
realidad. Suponemos que existe tal cosa puesto que algo debe crear esa imagen, pero no podemos
demostrarlo como una entidad en sí misma. La estructura básica que crea las imágenes es lo que
llamamos el espíritu ordenador o los arquetipos.
Si observamos el comportamiento de un animal, únicamente podemos describirlo desde fuera. Un
libro de zoología nos dice que las abejas construyen sus céldas de cierta manera, la reina se comporta de
tal y cual forma y demás detalles. Se describe la actividad física del insecto o del animal y su patrón de
comportamiento, pero si suponemos que dicho comportamiento tiene algún significado para las abejas,
entonces hemos proyectado algo sobre ellas. Sólo podemos decir que ésta es la forma en que parecen
comportarse, y hasta ahora no poseemos los medios de saber cómo sucede desde el punto de vista del
animal. No sabemos qué tipo de emoción tiene la abeja reina cuando produce huevos. Podemos suponer
todo lo que queramos, pero científicamente no podemos comprobarlo.
Si observamos a los animales superiores, nos parece probable que tengan sentimientos similares a los
nuestros. He discutido esto con Konrad Lorenz y dice que está convencido de que es así pero que no
puede probarlo. Cualquiera que haya tenido un perro o algún otro animal superior durante algún tiempo,
cree que cuando éstos llevan a cabo cualquiera de sus patrones instintivos de comportamiento, tienen
sentimientos comparables a los nuestros. Por ejemplo, cuando mi perro era cachorro llevaba a cabo todos
los gestos propios como si excavara tierra para hacer un hoyo, poniendo un hueso dentro, arrojándole
encima tierra invisible. Después de hacer esto corría varias veces de un lado para otro de la habitación
dando muestras de placer. Había llevado a cabo algo basado en su patrón instintivo y sólo puedo decir
que me daba la impresión de que estaba encantado, pero esto no puede probarse. ¿Hasta qué punto un
perro visualiza o imagina? ¿Puede imaginarse a sus cachorros? Al ser humano también puede
describírsele exactamente y fotografiar su comportamiento físico, su conducta, sus reacciones.
K. Lorenz constantemente ve el mono en nosotros y se interesa por esas partes de nuestros cuerpos
que nos rascamos con cualquier mano porque éste es uno de los patrones más conservadores del
comportamiento animal. La mayoría de los animales tienen una forma muy particular de rascarse y
ciertas áreas siempre se rascan de cierta manera muy particular. En estos descubrimientos de los zoólogos
lo interesante es que esos patrones del gesto de rascarse son más conservadores y se mantienen durante
más tiempo que los órganos del cuerpo. ¡La naturaleza cambia más fácilmente los órganos del cuerpo que
el patrón de comportamiento!
A este respecto K. Lorenz menciona un pájaro que a lo largo del tiempo ha perdido sus alas y con
ello, es obvio, su capacidad natural de volar. Durante el proceso de rascarse, la mayoría de los pájaros
colocan una pata sobre el ala y este pájaro a pesar de que ya no tenía alas, todavía llevaba a cabo sin
embargo ese movimiento complicado cuando se rascaba, proporcionándonos de esta forma una prueba de
la teoría mencionada. Los zoólogos pueden incluso decidir acerca de las especies a las cuales pertenece
un animal, incluidos los pájaros, por su forma de rascarse. El ser humano también posee patrones
definidos de comportamiento, por ejemplo, ciertos gestos que hace instintivamente cuando está tratando
de desarrollar una idea. Una buena parte de nuestro comportamiento todavía proviene del reino animal.
Podríamos reunir todos estos patrones que demuestran nuestros comportamientos típicos, ni más ni
menos que los comportamientos de los animales. La diferencia en nuestro caso radica en que nos
encontramos en la afortunada situación de ser capaces de observar lo que sucede dentro de nosotros
mientras llevamos a cabo los actos que definen nuestra conducta; podemos observarnos desde dentro y
desde fuera, lo que no nos es posible efectuar en el caso de la abeja reina o del perro; o de cualquier otro
animal.
Jung hace la siguiente división: en el cuerpo tenemos instintos definidos como acciones, o tipos de
acciones. Al mismo tiempo, mientras llevamos a cabo este tipo de acciones instintivas, poseemos
imágenes mentales, emociones, etcétera, que experimentamos «desde dentro». Estas emociones, ideas e
imágenes mentales son tan típicas y colectivas como sus correspondientes «formas» de acción. En
algunas ocasiones el énfasis de nuestras experiencias se encuentra más en el reino físico, en la acción
instintiva en sí misma y otras veces se acentúan más las fantasías y emociones que la acompañan. Por
ejemplo, podemos hacer algo a nivel físico y encontrarnos tan completamente absorbidos en ello que
prácticamente no existe una reacción psicológica consciente. Cuando comemos algo, normalmente
tenemos sensaciones interiores pero podemos estar tan hambrientos que actuamos con bastante
inconsciencia hasta no haber ingerido una cierta cantidad de comida; entonces uno despierta y se siente
mejor —el mono en nosotros sólo arrebató y comió—. Al principio no tuvimos ninguna reacción y nos
ahogamos en la acción de comer, comportándonos de una manera puramente animal. En otra situación
mientras que estamos sentados a nuestra mesa de trabajo pensando, nos encontramos completamente
concentrados en este polo arquetípico, excepto quizá, por algún movimiento instintivo como el rascarse,
por ejemplo, con una relativa inactividad en el otro dominio.
Normalmente nos movemos entre dos polos. El sentimiento de vida se mueve de uno a otro y
llamaríamos «psíquica» a toda la actividad viviente de este dominio que incluiría conciencia e
inconciencia. Estos dos polos poseen una conexión secreta. Podemos observar, por ejemplo, y en
particular cuando la gente realiza algo creativo, que la idea no siempre surge directamente en su esfera
propia sino que primero se manifiesta a través de una actividad del cuerpo. Si estamos intentando dibujar
una imagen, ésta puede brotar por entero a nivel físico y únicamente después de ser representada en el
papel. En ocasiones las personas que trabajan en su análisis solamente pueden expresar algo por medio de
un gesto físico y al efectuarlo se dan cuenta del contenido psíquico. No saben de antemano lo que quieren
expresar sino que tienen que moverse a través del sentimiento. Por otro lado, si existe una inhibición en
una esfera particular, quizás una impotencia en un hombre cuando el instinto físico no funciona
adecuadamente, poniendo en orden las ideas que la persona tiene sobre sexualidad —esto es, tratando el
asunto con la mayor simplicidad desde el punto de vista intelectual— el otro aspecto también puede,
frecuentemente, normalizarse. Esto significaría que, en algunas ocasiones, una esfera puede activar a
otra. Esos fenómenos probablemente son siempre un mismo fenómeno, el de la vida.
Si se reflexiona sobre la vida de un hombre, se observa que no existe libertad absoluta para decidir en
qué aspectos debe ponerse el acento. Pongamos el caso, por ejemplo, de que «X» se enamora de «Y». En
la práctica, lo más deseable sería tener la posibilidad de elegir los rasgos que caracterizarían a la relación,
así como el modo de vivirla, ya fuese a nivel platónico o físico. El hombre moderno tiene la ilusión de
que puede escoger si debe vivir la idea arquetípica de la unión de los opuestos a nivel físico o a nivel
espiritual, o en el nivel intermedio, donde se incluyen ambos. Eso parece ser en manos del individuo,
pero si analizamos los sueños de personas que se encuentran en este tipo de situaciones, veremos que el
inconsciente, con frecuencia, toma posición muy definida acerca del nivel en el cual esta relación debe
vivirse generando tabúes concretos en contra de una u otra esfera. Si el individuo comete un error y
decide vivir el patrón a un nivel que resulta equivocado, toda la relación puede estrellarse. Un individuo
puede, por ejemplo, decidir vivir la relación a un nivel espiritual y como consecuencia de ello, volverse
neurótico. El inconsciente nos marca la decisión definitiva, no se trata precisamente de nuestra elección
propiamente dicha. Uno tiene que observar los sueños e ir experimentando la sensación de cuál es el
camino adecuado. En ocasiones existe una oscilación de un polo a otro.
Los errores que uno comete por carecer de equilibrio interno pueden reconocerse a través de
diferentes sentimientos, y la existencia de una severa desviación se detecta por el surgimiento de
síntomas neuróticos. Por lo tanto, debe existir un factor regulador desconocido que decide el nivel o
campo en el cual deben vivirse estas experiencias. Es probable que este centro regulador coincida con la
totalidad del centro regulador del individuo, esto es el sí mismo. Si aceptamos esta idea, entonces está
claro lo que realmente significa maldecir a un ser humano transformándolo en animal: se trata de un
error, un sobrepeso hacia el polo del cuerpo, es decir, el polo infrarrojo. Algo que debería vivirse con
mayor intensidad a nivel psíquico o espiritual, es forzado a vivirse acuerdo con una pauta animal. En el
caso de un animal de sangre caliente, si el contenido del inconsciente es representado como teniendo que
comportarse como un animal y no lo hace, esto significaría que existe un concepto psicológico que
debería vivirse en el nivel intermedio pero que, por algunas específicas razones, ha estado obligado a
orientarse hacia uno de los polos; y ésa es la perturbación que debe corregirse.
Los cuentos de hadas representan esto como a un ser humano sobre el cual se ha arrojado una piel de
animal, de modo que únicamente le es posible expresar su comportamiento como animal. Uno debe
preguntarse por qué esto es así. En casos prácticos ese tipo de desafortunadas desviaciones suceden
generalmente porque en la esfera consciente el individuo tiene una concepción de la vida que no
concuerda con la propia organización de la misma, por lo cual la acción psicoterapéutica puede ser útil
frente a ellos. Rectificar la actitud consciente puede detener la desviación y restaurar los valores
generales del individuo.
Por una maldición el individuo puede transformarse en un animal de sangre fría o caliente o también
en un pájaro que escapa y no puede atraparse. Los pájaros en general, por sus cualidades evasivas,
constituyen motivos espirituales o de fantasía contenidos en la psique, de allí la idea de que las almas de
los muertos tienen alas y se pueden aparecer en forma de pájaro. Por consiguiente, si alguien se
transforma en pájaro, se puede decir que alguna cosa se está expresando de forma incompleta, sólo a
nivel de idea, en lugar de expresarse como una experiencia humana total.
En general, uno tiende a formarse puntos de vista sobre la vida y la realidad que bloquean uno u otro
polo. Si se es un asceta o un monje cristiano, por ejemplo, se trata de bloquear uno de los polos, el
correspondiente al cuerpo, no viviéndolo. El sujeto puede llegar hasta el borde de la experiencia, pero
después surge un tabú. Si se es comunista o materialista, se bloquea el polo espiritual pensando que no
existe la psique, que el hombre y el significado de la vida individual no valen nada: sólo existimos a
través del cuerpo y de ciertas reacciones típicas. En este caso el polo arquetípico se encuentra bloqueado
por un prejuicio o decisión consciente de que las cosas deben ser concebidas de ese modo. Si no se ve
castigado con una neurosis, entonces significa que su condicionamiento moral está de acuerdo con su
carácter, pero, si se le castiga con desasosiego, inquietud, etcétera, entonces se debe analizar si uno está
viviendo como debería. Éstas constituyen actitudes extremas, a través de las cuales se pueden observar
los dos polos. La mayoría de la gente vive entre los dos. Si algo es bloqueado en algún lado y si un ser
espiritual desea algo puede soñar que un fantasma quiere entrar en otro cuerpo, reencarnarse en otro ser,
en cuyo caso podemos dar por sentado que un contenido se encuentra activado de un lado de la escala y
que quiere entrar en la esfera de lo humano.
Hay en China una historia sobre el espíritu del suicida. Algunos campesinos chinos tienen la creencia
de que existe un espíritu del suicida y de que tal demonio, después de matar a una persona, busca la otra.
Entre niños, o gente primitiva, si un niño o una persona se suicida, existe el peligro de la reacción en
cadena y cientos de personas pueden contagiarse con la misma idea. Por lo tanto, los chinos hablan del
demonio del suicidio que trata de inducir a la gente a la autodestrucción y que anda por allí con un lazo
en la mano. La historia cuenta que un soldado, que caminaba sin rumbo, se asomó por una ventana y vio
a una mujer muy triste sentada junto a una cuna en donde había un niño. La mujer parecía estar
desesperada pero él no sabía cuál era la causa. Mira hacia arriba y ve en el techo al demonio del suicidio,
columpiando una cuerda frente a la mujer. Observó cómo la mujer miraba hacia arriba y se dio cuenta de
lo que iba a suceder. Por lo tanto entró y atacó al demonio, pero puesto que éste es un fantasma, el
soldado se golpeó su propia nariz en lugar de la del demonio y perdió mucha sangre. De algún modo la
sangre humana parecer ser el talismán, ya que en ese momento el demonio gritó y desapareció. El
soldado descubrió entonces que la cuerda con la cual el demonio inducía a la gente a suicidarse se
convirtió en una marca roja en la piel, alrededor de su brazo, es decir, que se convirtió en parte de su
propia carne. El soldado fue recompensado entonces como un héroe.
Aquí sucede pues como si un impulso psicológico autónomo de la mente o del pensamiento,
únicamente detiene su actividad destructiva cuando entra en contacto con el alma del ser humano,
encarnándose a través de su sangre y de atar la cuerda alrededor de su brazo. Por supuesto, éste es un
símbolo del sí mismo. La actividad destructiva del símbolo del sí mismo se detiene y se reemplaza por su
calidad curativa.
Cuando alguna persona se encuentra enfrentada con un estado de ánimo suicida, proyecta en la
muerte la realización del sí mismo y esta proyección le induce a suicidarse. Piensa que tendrá paz y
saldrá de sus conflictos, etcétera, es decir,proyecta el sí mismo hacia la muerte. La idea suicida constituye
un aspecto destructivo del símbolo mismo que en la pelea con el soldado se transformó, y se terminó
finalmente su actividad destructiva.
Su actividad futura nacería de la realización del sí mismo y esto es por lo que el soldado se convierte
en el gran héroe; porque detiene la destructividad de la cuerda. Esto corresponde al símbolo del círculo.
Había sido activado en un nivel y quería entrar en la esfera de la relación humana. Si se resiste y se
bloquea y se dice que no se cree en tales cosas, entonces la influencia destructiva envenena el efecto de
los contenidos arquetípicos activos, de una forma tan dañina como si, debido a ciertos prejuicios, se
reprimiera un auténtico instinto.
Se preguntó a Jung, si no se podría dar mescalina a los comunistas, para que no pudiesen seguir
negando la realidad de la experiencia espiritual. Su respuesta fue que si existe una invasión de contenidos
inconscientes (cosa que sucede bajo el efecto de la mescalina), ésta no tiene efecto si no es comprendida
la terapia. Por lo tanto, no deseamos que se lleve a cabo porque creemos que el inconsciente sabe cuánto
le da a cada persona. Si los pacientes no tienen sueños arquetípicos manténganse alejados del
inconsciente, pues esto demuestra que no cuentan con la capacidad para asimilarlos.
Yo diría que cualquier tipo de tratamiento físico es bienvenido a menos que cause daños. Los
pacientes que han tenido un tratamiento a base de shock tienden a renunciar a la esperanza de poder
hacer frente a su enfermedad ellos mismos; los desanima y piensan que no pueden hacer algo por ellos
mismos por eso, después de este tipo de tratamiento tenemos que combatir esta actitud. Es necesario
decir: «No, esta vez debe enfrentar y combatir usted mismo ese problema». En esos casos los pacientes se
encuentran más desalentados que si se los hubiese tenido en terapia desde un principio.
Pienso que en una civilización cuyas principales dominantes son las religiones budista o judeocristiana,
es probable que ciertos instintos se repriman a nivel animal, puesto que existe la tendencia a
dejar de lado ciertos aspectos; así pues el ánima aparece como un animal porque no es aceptada. Existen
historias que confirman esto. Tenemos la historia irlandesa sobre las sirenas, quienes antes de la llegada
de los misioneros cristianos a Irlanda, eran seres humanos e hijas de un jefe pirata. Cuando los
misioneros llegaron, decidió que sus hijas no serían sus esposas por lo que desaparecieron en el mar
convertidas en sirenas y desde entonces seducen a los hombres conduciéndolos hacia el desastre. Aquí
encontramos una clara regresión del ánima a la forma animal. Pero en contra de eso está el hecho de que
en civilizaciones muy primitivas, en donde sabemos que no existen prejuicios en contra del cuerpo,
también se encuentran los seres humanos que han sido embrujados y transformados en ranas o serpientes.
Este hecho suscitó dudas sobre mi teoría durante algún tiempo y tuve que preguntarme el porqué.
Si estudiamos todo el escenario de estas situaciones primitivas, veremos que pueden caer en el mismo
error que nosotros: por ejemplo interpretar algo como psicológico, cuando es físico o viceversa. Existen
animales doctores y animales ordinarios y no están seguros de cuál es cuál. Esta incertidumbre en lo
referente a lo sobrenatural, parece ser una condición general humana. Existe una posibilidad de error y de
incertidumbre muy profunda en cuanto al nivel dentro del cual deben vivirse y clasificarse ciertos
impulsos. Puede suceder que un cazador primitivo mate un oso y se encuentre después horrorizado al
descubrir que mató al fantasma de uno de sus antepasados. No se dio cuenta, lo suficientemente rápido,
de las implicaciones psíquicas. Creo que esto tiene que ver con el hecho de que no captamos
conscientemente nuestro límite de reacciones instintivas; siempre tratamos de mantener dentro de
nosotros reacciones como una pequeña duda o un pequeño impulso de no hacer algo. Si los impulsos no
son muy fuertes nos inclinamos a dejarlos de lado de una manera unilateral y de esta forma herimos a un
animal o a un espíritu existente dentro de nosotros. Esto lo hacemos continuamente, como aparentemente
también lo hacen los primitivos cuando, en la pasión de la caza, se olvidan de esto. Después dicen que
sabían de antemano que no deberían haber matado al animal pero que se olvidaron durante un minuto y
esto, es de suponer, constituye un fenómeno general muy humano. El hombre está precondicionado a
pasar por encima de sus instintos y sus impulsos espirituales arguyendo el pretexto de estar conscientes.
La última vez que tratamos el tema dejamos un punto sin resolver. Hablé sobre una persona
embrujada y transformada en tigre y dije que de acuerdo al instinto humano, uno no se comporta como
tigre. Por lo tanto, ¿qué significaría si apareciese un impulso en un sueño bajo forma de lobo o tigre?
Podríamos decir que si erróneamente se arroja un contenido psicológico hacia el cuerpo, se le pervierte y
se le transforma en algo que no es más tan típicamente humano.
Es un hecho que si un impulso surge de una u otra esfera y no es vivido plenamente, regresa hacia
abajo, hacia el subconsciente, y tiende a desarrollar cualidades antihumanas. Lo que debió ser un impulso
humano, se convirtió en un impulso tigresco. Tomemos el ejemplo de una persona que siente un impulso
de decirle algo positivo a alguien, si en vez de vivir el impulso, lo bloquea a causa de alguna inhibición,
entonces quizá sueñe que atropelló a un niño con su coche (tuvo un impulso espontáneo de sentimiento
como un niño y su voluntad consciente lo atropelló). La parte humana todavía aparece en el sueño, pero
como un niño herido, si esta misma persona continúa con este tipo de conducta durante cinco años,
entonces ya no soñaría con un niño herido, sino con un zoológico lleno de animales furiosos salvajes
enjaulados. Un impulso reprimido se carga de energía y se convierte en algo que no es humano. Este
hecho, según Jung, demuestra que el inconsciente posee una existencia autónoma.
Nadie ha visto nunca lo que es el inconsciente. Es un concepto, no es una realidad tangible en el
espacio. Si algo procedente del inconsciente llega a mi mente, puede, un instante después, caer en lo más
profundo del inconsciente. Por ejemplo, conociendo a esta persona Fulano de Tal, puedo un minuto
después haber olvidado su nombre para recordarlo de nuevo momentos más tarde. Por lo tanto, podemos
afirmar que es inconsciente todo aquello que no está relacionado con la conciencia del yo. Si observamos
un contenido que desaparece por un corto espacio de tiempo en el inconsciente, veremos que cuando éste
vuelve, no está alterado; pero si algo se olvida durante un largo período, no regresa igual. De forma
automática, regresa a otro nivel y por ello podemos hablar del inconsciente como de un nivel o entidad
por sí misma. Es realmente como un líquido donde se transforman los contenidos. Incluso podemos
deducir cuánto tiempo ha estado reprimido analizando la nueva forma o aspecto con el que nos regresa.
Las represiones profundas pueden aparecer en un sueño como un cuerpo descompuesto en un
cementerio, algo que debe ser desentrañado. Es señal de que algo ha sido reprimido durante mucho
tiempo, durante el cual se ha desintegrado, mezclándose entre la tierra. Por consiguiente, se puede decir
que la psique inconsciente es por sí misma una realidad.
Si la piel de un tigre, un lobo o bien un oso cubren un contenido de la psique, el tipo de animal
elegido expresa simplemente la forma en la que tiende a comportarse este contenido en vez de hacerlo de
manera humana. Todo el tiempo que se siga soñando con el oso real, hay que tener paciencia, pero si el
sueño de la misma persona, muestra a un animal hablar o actuar de forma humana es cuando hay que
decirle: «Tienes que ser capaz de comportarte como un ser humano. Esto puede haber sido imposible
hasta ahora, pero debes ser capaz de controlar tu rabia pues no es correcto que un ser humano se
comporte como un oso». Al principio, el contenido aparece como un animal real y si en el sueño, el
animal puede hablar o hacer cosas humanas, entonces el contenido puede ya ser asimilado a nivel
humano.
El solo hecho de que en los cuentos de hadas se hable de una persona embrujada, nos muestra que su
condición animal no es la legítima. Algunas personas, por ejemplo, hacen escenas histéricas y uno sabe
que lo tiene que soportar porque están forzados a comportarse de esa forma, pero entonces, de repente,
uno siente que el comportamiento ya no es auténtico, que ya se llegó a un punto en que tales escenas
deben terminar. Con frecuencia la gente lo convierte en hábito y como el analista lo ha aceptado durante
algún tiempo, continúan con la mala costumbre, pero entonces llega el momento en que se tiene que decir
que ya es hora de quitarse la piel de animal, a pesar de que antes la tuvo que aceptar. Se trata, solamente,
de una cuestión de tiempo; llegamos pues a uno de los problemas clave del motivo de redención: el
problema del momento oportuno. Con el propósito de ser menos teórica, les contaré una versión
resumida de un largo cuento de hadas ruso llamado La rana que era la hija del zar.
... En un lejano país... un zar ruso tiene tres hijos y cuando éstos crecen les dice que tomen un arco de
plata y una flecha de cobre y que tiren lo más lejos que puedan y en donde se claven las flechas, allí
encontrarán a sus novias. El hijo mayor consigue como novia a una hija de un zar y el segundo a una hija
de duque, en cada caso el hijo se casa con la joven que regresa con la flecha de cobre. Cuando el hijo más
joven dispara la flecha cae en un pantano y la rana que recoje la flecha insiste en casarse con el príncipe.
Entonces el viejo zar organiza un concurso y dice que todas sus nueras tienen que hacer pasteles. El hijo
más joven va con la rana y llora, pero la rana cocina los mejores pasteles. Después tienen que tejer lino y
gana de nuevo la rana. El tercer concurso es para mostrar cuál es la más hermosa. Entonces la rana le
dice a su novio: «Vete a casa, llévame contigo y ten confianza en mí y espera. Cuando empiece a llover
tienes que decir que tu novia se está bañando, y cuando truene y relampaguee dices que en ese momento
que se está vistiendo». El joven cumple exactamente lo que le dice la rana y todos se burlan de él, pero
entonces se abre la puerta y entra una hermosa joven, la más bella de todas.
Durante el banquete la ex rana introduce parte de la comida dentro de la manga de su vestido. Los
demás lo encuentran gracioso y hacen lo mismo. Cuando la comida se cae de la manga de la princesarana,
se convierte en un hermoso árbol sobre el cual se encuentra un gato macho negro enorme, que canta
y cuenta cuentos de hadas. Los demás hacen lo mismo, pero entonces la comida sale volando hacia la
cabeza del zar quien se pone furioso. El joven príncipe es feliz con la novia que siendo redimida, dejó de
ser rana. Sube a su cuarto y viendo la piel de rana en el suelo, la recoje y la arroja al fuego. La novia
entra y le dice que acaba de estropear todo el encanto y que debe irse, que quizá la encuentre de nuevo si
es lo suficientemente listo. El joven acude a una bruja famosa —la Baba Yaga— quien le muestra el
camino. Llega así al fin del mundo, más allá del gran océano y allí encuentra a su novia muy triste
sentada en un palacio de cristal detrás de puertas de hierro, plata y oro. La rescata y escapan a las
persecuciones del dragón dueño del palacio. La princesa había sido maldecida por su padre y obligada a
servir al dragón, pero ahora ya ha sido redimida. Como pueden observar, la gran catástrofe es
consecuencia de la quema de la piel de rana.
Otra historia italiana dice así: el rey de Inglaterra se casa con la reina de Hungría y tienen un hijo que
se llama «Príncipe Puerco» porque nace con forma de cerdito. Tres hadas aparecen en la cuna: la primera
lo llena de cualidades morales, la segunda le da belleza pero la tercera dice que tiene que vivir como un
cerdo. Así pues, el príncipe vive la vida de un puerco. Cuando llega a los veinte años los padres le buscan
una novia y acuden a la casa de una pobre lavandera que tiene tres hijas muy hermosas. La mayor piensa
que recibirá mucho dinero si se casa con él y que al fin y al cabo puede matar al puerco, así que decide
aceptar, pero el puerco ve el cuchillo y la mata primero. Lo mismo sucede con la segunda hija. La tercera
hija es gentil y buena y también acepta casarse pero no piensa en matar al puerco. Es buena con él y
cuando su suegra le pregunta si le gusta estar casada con un puerco, le contesta que uno debe amar lo que
tiene. Durante la noche el puerco siempre se quita su piel y se convierte en un hermoso príncipe. Un día,
los padres entran en la habitación y viendo la piel de puerco en el suelo, la arrojan al fuego. A partir de
ese día el príncipe queda redimido. En este cuento la quema de la piel es el medio de redención, mientras
que en el primero la quema de la piel estuvo a punto de terminar en una catástrofe. He tomado estos dos
cuentos porque ilustran medios opuestos de redención, pero existen muchas historias como éstas que se
contradicen entre sí.
Por lo tanto, debemos preguntarnos sobre el método correcto y el significado de la quema de la piel
de un animal. ¿Se debe hacer o no? Sabemos que en un ser humano, tener que vivir cubierto con la piel
de animal significa que recibió una maldición y que se encuentra en una situación equívoca. Si
comparamos esto a nivel psicológico, podría significar que un cierto complejo que podría funcionar de
un modo consciente es reprimido arbitrariamente y forzado a mostrarse y comportarse en forma
pervertida, como animal. Por lo tanto podríamos decir que la piel de animal debe quemarse, pero en uno
de los cuentos ésta no es la solución. En el primer cuento el príncipe no ha hecho nada y tiene que
cumplir su parte con amor y devoción. En el cuento del puerco, la joven ya había hecho su parte y el acto
final de la historia es la quema de la piel que le recubría.
Da la impresión de que no se trata únicamente de deshacerse de la piel, sino de que se requiere un
importante esfuerzo de la conciencia a fin de permitir que el complejo continúe funcionando de manera
humana. Yo diría que en fin de cuentas, depende de la madurez de la actitud consciente. Si esta última se
encuentra preparada para integrar el contenido, se puede quemar la piel de animal, si no, no se puede. La
maldición fue en realidad causada por un prejuicio que hasta entonces no había sido resuelto. Hasta que
la actitud consciente no madura y cambia su conducta frente al complejo, la quema de la piel de animal
por sí misma no sirve de nada.
Un cambio en la actitud consciente tiene siempre que trabajarse con esfuerzo y devoción humanas. La
causa de la maldición no se elimina y puede siempre regresar; por ejemplo, el infantilismo de la
personalidad consciente puede regresar de nuevo y crear una vez más una situación neurótica. No se trata
únicamente de una terapia de los síntomas sino del desarrollo de toda la personalidad consciente, de otra
forma puede aparecer otro síntoma; por lo tanto, no se trata sólo de atacar el síntoma sino de cambiar el
prejuicio y la estrechez de la actitud consciente.
Quinta conferencia
Hemos comentado el tema de la piel de animal en el capítulo anterior; dicha piel era quemada en el
cuento de hadas italiano, Rey Puerco, causando, como consecuencia, la redención del príncipe puerco,
mientras que en el cuento ruso, cuando el novio quema la piel de rana de la princesa, ésta no es redimida,
sino al contrario: tiene que abandonarlo al tiempo que le dice que echó todo a perder y que desde aquel
momento, para encontrarla de nuevo, tendrá que emprender una larga búsqueda, que lo llevará
literalmente hasta el fin del mundo. Cuando por fin la encuentra, le dice que de no haber llegado en ese
preciso momento, hubiera sido demasiado tarde.
En la primera versión, la compañera le había dado al Rey Puerco mucho amor y devoción antes de
quemar la piel, mientras que en la segunda el novio no había hecho nada previamente. Por lo tanto, es
obvio que el acto en sí de quemar la piel no parece suficiente ya que antes o después es necesario hacer
un esfuerzo adicional.
Si analizamos el simbolismo de este motivo, primero tenemos que comprender lo que verdaderamente
significa la combustión de la piel de animal. El fuego generalmente se refiere a la emoción. Existen
muchos ejemplos que explican esta interpretación: cuando uno está enamorado, uno está «encendido», la
rabia se puede comparar a un «fuego ardiendo», etcétera. En una escala menor, si el fuego no es
destructivo sino utilizado para cocinar, puede significar atención amorosa, lo cual significaría
participación emocional en el problema. Si la piel de animal se quema y se destruye podríamos entonces
decir que éste es el momento en que uno ataca emocionalmente el complejo inconsciente. Uno puede
hacer eso, ya sea a sí mismo, o se lo pueden hacer a uno, por ejemplo en análisis, o por medio de la
pareja, siempre que se trate de un ataque emocional al inconsciente de la otra persona.
Es posible revelar a una persona que trabaja en su análisis, durante mucho tiempo, que algo anda mal
y debe aclararse —si los sueños señalan en esa dirección— sin que, sin embargo, el mensaje penetre. El
terapeuta tiene la impresión de que esta persona no se da cuenta completamente.
Esto puede llegarle a través de una experiencia vital, de su compañero terapeuta. No puede planearse
de antemano porque sería ridículo, aun si uno sabe que tarde o temprano se hará inevitable, puesto que la
persona no está plenamente consciente; permanece como una idea, o como algo pequeño sin importancia,
sin darse cuenta de la manera en que el complejo se manifiesta realmente. En algunas ocasiones, cuando
creo que debo hacer algo acerca de esta situación insatisfactoria, entonces ese mismo día el analizando
llega, y justamente otra persona le ha dado el aviso que necesitaba.
Es como si el asunto tuviera que subir lentamente hasta el punto en que explota, momento en el cual
la vida proporciona el shock si no lo hace el analista: es el momento en que debe quemarse la piel de
animal. En ocasiones me parece recomendable dar, o producir el shock emocional, yo misma y no
esperar hasta que la persona lo reciba por otro lado. Esta situación surge cuando se advierte que dejar el
asunto al destino puede resultar muy peligroso, ya que podría suceder algo que destruyese más de lo que
la persona pudiese soportar en ese momento, mientras que si yo misma aplico el shock, aportando mi
participación emocional, mantengo la situación controlada y dentro de un marco humano.
Observando nuestras propias reacciones podemos saber cuándo una emoción está creciendo y
entonces debemos pensar cuidadosamente si no sería mejor actuar en lugar de esperar a que el golpe
llegue de modo inoportuno, con el posible riesgo de que produzca daño. Pienso que, en tal momento,
sería bueno dejar salir nuestro afecto como un «regalo de amistad», ya que básicamente es un acto de
amistad cuando se le da a otro ser humano un afecto negativo: ¡pero únicamente si usted mismo no se
encuentra obsesionado con él! Si el terapeuta está obsesionado con él, entonces no hay mérito en
expresarlo, pero si se puede absorber su afecto negativo sin ningún problema entonces se trata de una
cuestión de ética. Uno podría no estar involucrado, pero si es así se le roba al compañero el calor
inmediato de un tipo de participación animal a nivel bajo. En estos casos ser cristiano y comprensivo y
despegado no es bueno; necesitamos un tipo de calor más sutil ya que nos encontramos más involucrados
y más humildes cuando expresamos la emoción inmediatamente dándole a la otra persona el afecto y la
posibilidad de participar con nuestras emociones.
De esta forma podemos en ocasiones quemar la piel de animal y destruir la ceguera inconsciente que
existe debido al estado de obsesión de la otra persona. Si uno tiene la suficiente confianza en la relación,
con frecuencia ese sentimiento resulta ser el único medio de ayudar a la otra persona a darse cuenta de
algunos complejos. Ya sea antes o después, el problema tiene que resolverse a otro nivel, porque después
de tal choque, por lo menos las siguientes horas analíticas estarán dedicadas a discutir el asunto porque
naturalmente la otra persona le reprochará el haber liberado un sentimiento.
A veces sucede de otro modo y el estado de obsesión se falsea desde abajo. La persona que se analiza
puede comportarse como un animal ciego encontrándose obsesionado por un contenido inconsciente y
uno puede pensar que se trata de una reacción auténtica. Pero después de un tiempo el hábito de la
emoción comienza a parecer más bien teatral. Aquí tiene usted el complejo cubierto con la piel de animal.
En ocasiones ustedes piensan que el analizando ha evolucionado secretamente a pesar de que en la
superficie el viejo hábito permanece. En este momento lo puede aplastar y con frecuencia nos dirán más
tarde que ya sabían que la cosa debía haberse terminado antes, pero que no contaban con la fuerza para
hacerlo ellos mismos.
Los niños también, a veces, tienen hábitos que casi han sido superados pero necesitan la acción de un
fuerte estímulo adicional para ayudarlos a dar el último paso. Esto significaría trabajar primero el
complejo y después quemar la piel de animal, mientras que la otra forma requerirá primero el shock y
después quemar la piel. En cualquiera de los casos podemos decir que existe una separación entre el
complejo y su forma de manifestarse porque la piel de animal es una forma de expresión que una vez fue
genuina, pero que luego se ha convertido simplemente en una representación formal de costumbre y ya
no expresa realmente el complejo. En algunas ocasiones podemos observar este fenómeno con la gente
que tiene fobias —digamos, por ejemplo arreglar cosas en una mesa—. En un principio se encuentran
completamente forzados a este tipo de conducta, pero después de cierto tiempo de análisis, si continúan
con el antiguo hábito nos vemos obligados a decirles que ya es tiempo de detenerse. Antes esto hubiera
sido imposible pero al final del análisis cuando significaría que se han quemado los últimos restos del
complejo negativo hacerlo es una ayuda para que la energía, hasta entonces localizada en el síntoma,
pueda dirigirse hacia otras actividades de la vida.
En el cuento de hadas ruso, la princesa desaparece de una forma muy peculiar. Al principio aparece
como una rana y poco a poco, lentamente se vuelve humana. Pero cuando su novio quema la piel, ella
desaparece y él, a su vez, va en su busca hasta el fin del mundo y llega a un palacio de cristal en medio de
un bosque situado más allá del mar. Llegado a ese punto tiene que atravesar una puerta de acero, una de
plata y otra de oro detrás de la cual la princesa está sentada hilando y llorando. Ella le dice: «Si no
hubieras llegado ahora, no me habrías visto nunca más». Éste es un motivo extraño pero una situación
muy típica que con frecuencia encontramos en cuentos de redención.
La última vez planteamos esquemas de casos psíquicos, o de la vida psicológica, como comparables
al espectro con sus dos polos, uno (lo infrarrojo) representando el cuerpo con su equilibrio instintivo y el
otro (lo ultravioleta), el arquetipo o el espíritu ordenador.
La suposición es que los dos polos probablemente corresponden a dos aspectos diferentes de una
misma cosa, pero sólo pueden describirse desde uno u otro ángulo. Se podría decir que el punto de unión
sería la realidad trascendental del ser humano. En nuestra historia, el ánima primero se encuentra
constelada en esa realidad. No puede entrar inmediatamente en la esfera psíquica. ¿Por qué no se le
manifestaba al príncipe a través de un sueño? ¿Por qué primero tiene que ir a un pantano y aparecer en
forma de rana? ¿Por qué no en forma humana? La historia nos indica que todo se debía a la maldición de
su padre; no sabemos por qué razón, pero probablemente se relaciona con el condicionamiento moral de
todo el ser humano. Si yo tengo una actitud básica consciente que no permite la entrada de algunos
contenidos psíquicos, entonces éstos tendrán que hacer un rodeo para llegar a mí. Si uno es incapaz de
percibir que tal cosa existe, entonces el inconsciente tampoco puede evidenciar el contenido. En la
historia existía un bloqueo en contra del ánima. Pueden aparecer perturbaciones, sueños y síntomas, pero
si en el consciente no existe una actitud adecuada que permita recibir el mensaje, el inconsciente no posee
los medios de hacerse entender.
Eso sucede en civilizaciones en donde existe cierta estrechez en la actitud colectiva, impidiendo de
esta manera la manifestación adecuada de lo nuevo. Por ejemplo, en los sueños de los actuales indios de
América del Norte —que Paul Radin nos relata en sus libros— así como en sus rituales que han sido
alterados sólo últimamente, podemos observar cómo el inconsciente trata de dar a los indios una manera
de adaptarse a la invasión de la civilización blanca, la cual ha sido una completa catástrofe psicológica
para ellos, que no cuentan con medios para adaptarse, resultando algo difícil de sobrellevar. En la vida de
sus sueños existe un intento por parte del inconsciente de ayudarlos, pero su condicionamiento moral
consciente es incapaz, en absoluto, de escuchar adecuadamente, porque su manera de interpretar los
sueños es a través de representaciones completamente concretas y por consiguiente no entienden
correctamente los sueños. Necesitarían un curandero creativo de su propia tribu que invente un nuevo
método de interpretar los sueños, ayudándoles de esta forma a entender qué es lo que está sucediendo en
su inconsciente. De nuevo nos encontramos con un bloqueo y por lo tanto, a pesar de que el inconsciente
hace un intento para aliviar la dificultad, no puede lograr ser entendido porque no existen los medios
adecuados de interpretación; su condicionamiento moral hace imposible que se produzcan algunas
experiencias necesarias.
La reacción negativa del complejo reprimido no aparece directamente; se trata de otro arquetipo, el
del mago, quien, enojado porque no se le reconoce, maldice al ánima. Debido al condicionamiento moral,
el arquetipo del ánima se encuentra en una situación en la que no puede irrumpir de otro modo en la
conciencia, y por lo tanto, el intento se lleva a cabo a través del cuerpo, y el ánima aparece como una
rana en un pantano, lo cual señala hacia ese polo de la realización.
Existe una historia de los indios americanos algonquinos que dice que el gran dios quiere comunicar a
la tribu algunos secretos y ciertos rituales médicos. Para hacerlo no llama a los curanderos sino que
enseña a los pescados, nutrias y otros pequeños animales acuáticos, les descubre el secreto y son ellos
quienes enseñan a los seres humanos. De acuerdo con ese motivo, el dios no fue capaz de enseñar
directamente al hombre sino que tuvo que enseñar a los animales, quienes a su vez enseñaron a los seres
humanos. Psicológicamente, esto significa que probablemente no existe una idea central o concepción en
la mente de los indios por medio de la cual pudieran haber entendido; tienen que aprender a través de los
movimientos instintivos del cuerpo que es lo que nosotros tratamos de hacer en análisis cuando pedimos
a la gente que practiquen la imaginación activa y que sigan, principalmente, sus impulsos físicos
instintivos. Cuando existe el problema de sacar del inconsciente contenidos profundamente enterrados, en
algunas ocasiones debemos hacer movimientos al azar con un lápiz y un papel. Después de lo cual el
material de fantasía se hace cada vez más rico, pero el primer paso tiene que hacerse a través del cuerpo.
Me parece que esto es muy típico de la manera en que el ser primitivo llega a comprender algunas cosas,
a saber, jugando físicamente con ciertos objetos hasta que la fantasía se ajuste perfectamente.
Hay un mito primitivo que nos relata la invención del arco y la flecha; se trata de un mito ancestral.
Se dice que había una vez un arco antepasado cuya esposa era la cuerda, quien, en un eterno abrazo,
colgaba siempre sus brazos alrededor del cuello de su marido. De esta manera se mostraban a los seres
humanos y de esta forma aprendió el hombre a hacer el arco y la flecha, y a arrojarla. Después, los dos
desaparecieron en la tierra. Por lo tanto, para la invención del instrumento completo, primero existió un
material de fantasía arquetípico profundamente inconsciente, y fue eso, de acuerdo con su propio relato,
lo que produjo la invención. Estoy convencida de que la mayoría de las grandes invenciones del hombre
han sido provocadas por este tipo de material de fantasía arquetípica de juegos. Siempre eran atribuidos a
poderes divinos y a magia divina y no únicamente a motivos utilitarios, porque era sabido que tenían sus
orígenes en los impulsos del inconsciente. La mayoría de las grandes creaciones de hoy en día llegan
inicialmente a través de sueños y de los impulsos instintivos.
En algunas ocasiones, si nos enfrentamos con una situación en donde algo se encuentra oculto y no
sabemos qué es, lo único que podemos hacer es caminar y recoger cualquier cosa que atraiga nuestra
atención, tratando de averiguar qué energía le damos mientras observamos qué es lo que atrae nuestra
energía psíquica, jugando con eso que la atrae aun si parece ridículo. Si uno permite que la fantasía
juegue con el objeto, entonces puede salir lo que traemos en el inconsciente. Esta actitud primitiva de
jugar de una manera infantil es muy creativa.
Por lo tanto, si el ánima se sienta como rana en un pantano y atrae la flecha de cobre del joven zar, yo
supondría que existe un impulso físico en el inconsciente. Con frecuencia el ser humano embrujado
aparece en forma de rana, que tiene definitivas similitudes con el cuerpo humano; tiene manos y pies
pequeños y es, a nivel de un pequeño animal de sangre fría, una especie de caricatura del ser humano.
Con frecuencia llamamos ranas a los niños pequeños. Si un contenido inconsciente aparece como una
rana, siempre llego a la conclusión de que puede hacerse consciente, más aún, que quiere hacerlo.
Existen contenidos del inconsciente que son evasivos y que se resisten a volverse conscientes, pero esta
relativa similitud de la estructura de la rana con el cuerpo humano nos proporciona una adecuada
expresión simbólica de algo que en parte se encuentra enterrado en las capas somáticas del inconsciente
pero que tiene un estímulo definitivo hacia la realización consciente. La rana atrapa la flecha de cobre —
un motivo divertido, puesto que el arco y la flecha juegan un gran papel en el simbolismo del amor—.
Laurens van der Post posee un pequeño arco y una flecha hechos por los bosquimanos del desierto de
Kalahari. En esos lugares si un hombre joven está interesado en una chica, fabrica uno de esos pequeños
arcos y flechas. A propósito, los bosquimanos pueden almacenar grasa en sus traseros, los cuales
sobresalen visiblemente, y vivir de esa materia grasa durante tiempos difíciles. El joven dispara la flecha
hacia esa parte del cuerpo de la chica. Ella la retira y atiende para saber su procedencia; si acepta las
atenciones del joven se dirige hacia él y le devuelve la flecha, pero si lo rechaza, toma la flecha, la rompe
y la pisotea. ¡Todavía usan la flecha de Cupido! Recuerden ustedes por qué Cupido, el dios del amor de
la antigüedad ¡tenía un arco y una flecha!
Psicológicamente podemos interpretar la flecha como una proyección o proyectil. Si proyecto mi
ánimus en un hombre, es como si una parte de mi energía psíquica fluyera hacia ese hombre y al mismo
tiempo me sentiría atraída hacia él. Esto actúa como una flecha, desplegando una cantidad de energía
psíquica, la cual es muy intensa. Repentinamente se establece una conexión. La flecha de los
bosquimanos del desierto de Kalahari dice a la joven: «La libido de mi ánima ha caído sobre ti», y ella la
acepta o no. Pero no se queda con la flecha, la devuelve; de esta manera —él tiene que retirar la
proyección, pero a través de ella—, se estableció una relación humana. Aquí se encuentra todo el
simbolismo del matrimonio.
Cobre es el metal del planeta Venus (Cipris de la isla de Chipre), el metal de Venus. La rana recoge la
flecha y es establecida la relación. Verdete, el veneno que produce el metal del cobre, ha sido
interpretado por los alquimistas como el aspecto peligroso del principio del amor. El cobre puede
volverse venenoso con bastante facilidad por la acción de factores externos que lo afectan muy
rápidamente. Se trata de un metal peligroso, es suave y maleable pero tiene una cualidad venenosa.
También puede usarse para hacer aleaciones y esto también se ajusta a las cualidades del amor: puede
ligarse o enlazarse fácilmente a otros metales, así como el amor enlaza a la gente entre sí. Fue
probablemente por su capacidad de unión que este metal le ha sido atribuido a la diosa Venus. Los
metales suaves generalmente se consideran femeninos y los metales duros masculinos.
El ánima, la princesa rana, demuestra a la corte durante la fiesta que en realidad no es una rana. Tiene
poderes sobrenaturales, hace extraordinarios pasteles, teje lino, aparece como la mujer más hermosa, y de
la comida que lleva en su manga crece el árbol donde vive el gato que canta y relata cuentos de hadas.
Con esto demuestra que, a pesar de que en un principio se vio obligada a aparecer de esa forma
inadecuada, no es una rana sino un ser sobrenatural, divino, una diosa capaz de transformar los
elementos. También puede crear un árbol, como haría un mago que hace aparecer y desaparecer, don que
probablemente heredó de su padre. Podríamos decir que es ella quien transforma toda realidad en un
modelo con significado en donde arte, belleza y sentimiento son como las manifestaciones creativas de
las imágenes arquetípicas. El ánima da a la vida de un hombre tanta ilusión como desilusión, el sentido de
su significado, y es la inspiración de sus fantasías creativas. La forma en que el hombre reacciona ante su
ánima, depende de su actitud hacia ella.
En esta historia es una lástima que todas las capacidades de la figura del ánima aparezcan únicamente
durante la fiesta. Existe una tendencia a no valorar debidamente esta manifestación. Si en la realidad
sucede algo similar, uno debería, en verdad, caer de rodillas y preguntar qué es lo que hay detrás. La
reacción relativamente ligera que se produce hacia esta manifestación de la diosa, es probablemente la
responsable del hecho de que el príncipe queme de una manera tan descuidada la piel, y que ella
desaparezca del mundo, y para ser recobrada de nuevo él debe esforzarse hasta encontrarla en el fin del
mundo. Éste siempre es el caso típico cuando un hombre acepta las influencias y manifestaciones del
ánima sólo a nivel estético y no la toma seriamente desde el punto de vista ético.
En la vida exterior esto equivaldría a relacionarse con la mujer de una manera donjuanesca, sólo
flirteando con ella, como en una fiesta de cuento de hadas. Muchos artistas escriben o pintan
excelentemente pero si se les solicita una interpretación de sus creaciones, qué significa lo que han hecho,
se evaden, diciendo que todo intento de interpretación psicológica destruye la obra de arte. Ésta es una
actitud común a muchos artistas modernos que no quieren sentir el impacto de la seriedad de lo que han
creado. Por lo tanto tratan de dejarlo en la esfera de la diversión artística, y realmente «se divierten en
una fiesta». Por lo que podemos decir que todavía existe una dificultad original, un cierto prejuicio a
nivel de la conciencia, que corresponde a la destrucción total en el momento en que se quema la piel. La
actitud consciente no está tomando al ánima en serio y por lo tanto la catástrofe ocurre y el joven zar
tiene que hacer la larga búsqueda para encontrarla de nuevo.
Lo interesante es que cuando la encuentra está sentada en el interior de un palacio en el bosque;
evidentemente se trata de una estructura que podríamos interpretar como un símbolo del sí mismo en su
aspecto más femenino. Significaría la experiencia mística del alma como la describe en sus obras la
mística cristiana Teresa de Ávila, en donde un «castillo interior» de oro y plata es la famosa imagen del
centro interno más profundo de la psique, que nosotros llamamos el sí mismo.
En este castillo también se encuentra un ser peligroso que no vemos. No está claro si se trata del padre
o de un dragón. La joven está en su poder y el novio tiene que rescatarla y huir con ella de prisa como si
de otra forma, si no lo hiciera, algo terrible pudiera ocurrir. Si comparamos esto con otras historias
veremos que esta figura peligrosa generalmente tiene que ver con el demonio. Éste es un proceso
compensatorio extraño por el hecho de que se subestima la figura del ánima en el inconsciente. Se
contamina con la imagen de Dios en su aspecto oscuro.
Cuanto menos asuma el hombre el valor de su ánima en la conciencia, más puede ésta volverse
diabólica o identificarse con todo el inconsciente y la imagen de Dios. Es como si inconscientemente
tuviera que colocarla en un trono y adorarla, a causa de no ser bastante consciente. Es como una posesión
diabólica que subjetivamente se vive como una emoción religiosa.
Esto se puede observar si se estudia a un nazi. Ni los nazis, ni los comunistas reconocen los hechos
psíquicos internos en sí mismos porque conscientemente sólo están interesados en las teorías
sociológicas. Por lo tanto, su vida emocional cae en el inconsciente y la ligan estrechamente a una
imagen inconsciente de Dios. Esto sucede en el extraño fanatismo «religioso» presente en ese tipo de
movimientos. Están hasta dispuestos a morir por sus creencias, o a liquidar a todo el mundo. ¿Por qué, si
sólo se trata de un programa político nacional? Siempre pensarán que lo que realmente proyectan en sus
ideas políticas es el reino de Dios. Quieren establecerlo en la tierra «como se debe» y por lo tanto tienen
derecho a destruir a todos los demás, de asesinar a miles y miles de seres humanos. Si hablamos con este
tipo de gente observamos que ésta es su actitud emocional inconsciente. En su mayoría están poseídos y
proyectan la imagen de Dios a la cual se encuentran ligadas todas sus ideas, que impregnan de emoción.
Éste es un ejemplo de la contaminación del ánima con la imagen de Dios, donde el símbolo del sí mismo
tiene tendencia a convertirse en una posesión destructiva.
Un símbolo del sí mismo o imagen de Dios, que no se reconoce, se vuelve destructivo porque
entonces se convierte en una fuerza que actúa por detrás, causando emociones destructivas y prejuicios
de masa de todo tipo. Es por eso que resulta difícil hablar de una manera razonable con este tipo de gente
posesa. Emocionalmente, ellos se sienten atados en forma total a la imagen del sí mismo, hecho que no
asumen, porque son incapaces de mirarse a sí mismos psicológicamente. Ellos se proyectan al exterior en
su totalidad. Esta regresión de la figura del ánima es un hecho peligroso y destructivo. La princesa dice:
«Si no hubieras venido ahora nunca más me hubieras visto». Así todo el verdadero desarrollo psicológico
hubiera muerto, eso también significa la muerte individual. Por lo tanto, él tiene que hacer un largo y
paciente esfuerzo para sacar de nuevo estos contenidos del inconsciente, de otra forma se manifiestan
sólo estéticamente y después desaparecen en el inconsciente.
El palacio del bosque nos conduce al simbolismo de la alquimia. Los metales siempre están asociados
con los planetas: el hierro generalmente simboliza Marte y la guerra; la plata está relacionada con la
Luna, lo femenino, el principio blanco, el metal suave que se une fácilmente; el oro, en cambio, se asocia
con el Sol. El palacio de cristal con puertas de hierro, plata y oro tiene las cuatro sustancias del sí mismo,
como en la fabricación de la piedra filosofal. Hierro o plomo es el nigredo, precede a la plata que
corresponde al albedo, la blancura, en donde predomina el principio femenino, y después viene el oro,
esto es el rubedo, la fase roja cuando aparece el oro. El cristal es una sustancia que representa al espíritu
o a la materia espiritual de manera concreta. Pero en esta historia el simbolismo de alquimia del sí mismo
aparece con un matiz negativo y aquí preferiría darle a todos estos elementos este matiz negativo y decir
que la figura del ánima se encuentra aprisionada en una dureza inhumana. La gente hoy en día tiene una
imagen negativa del sí mismo y continúa increíblemente progresando. Algunos nazis hacen un deporte de
la muerte que asestan a sus sentimientos. Se suponía que el endurecimiento artificial y destructivo del
sentimiento era heroico.
En «La psicología de la transferencia», Jung dice que como reacción en contra de disolverse entre las
masas, el inconsciente hoy en día trata de hacer surgir en la gente la solidificación del centro de su
individualidad. En el hombre moderno se puede observar esta tendencia a solidificar lo individual. Si eso
falla o se lleva a cabo inconscientemente, entonces se produce un endurecimiento del cual se
enorgullecen, puesto que sus líderes son de una dureza diamantina. Aquí la solidificación de lo individual
no ha sido favorable. Podemos decir que, hoy en día, únicamente contamos con una posibilidad: la de
convertirnos en individuos endurecidos y destructivos y defendernos a nosotros mismos
inconscientemente, o convertirnos en individuos interiormente sólidos. En el primer caso nos
encontramos poseídos por el simbolismo del sí mismo en lugar de ser sus siervos.
De esta forma, las cuatro sustancias se refieren a la cuaternidad del sí mismo, pero con un matiz
negativo: el simbolismo se vuelve destructivo si la relación con él no es adecuada.
El aspecto asesino del ser poseído o del hechizado es algo que podremos ver claramente en la historia
danesa que narraremos próximamente, titulada El rey Lindworm. Esta palabra celtagermana
significa
serpiente o dragón; también se nombra así a una corriente de agua que tenga la forma de ese reptil, como
el río Limmat o el Lindt en Zurich. También puede significar gusano grande o gusano dragón, un rey
dragón en forma de serpiente.
«Había una vez un rey y una reina que no tenían hijos. Por la mañana, después de su noche de bodas,
encontraron una inscripción sobre su cama diciéndoles que nunca tendrían descendencia. Un día, la reina,
desesperada, conoce a una vieja mujer que le dice que ella la ayudará. Le pide a la reina que vaya a la
esquina noroeste del jardín y que lleve consigo una vasija que debe colocar invertida y dejarla depositada
allí. A la mañana siguiente cuando vuelva por la vasija encontrará una rosa roja y otra blanca. Si la reina
se come la rosa roja tendrá un niño y si se come la blanca tendrá una niña, pero por ningún motivo debe
comerse las dos al mismo tiempo porque eso conduciría a una catástrofe.
»La reina hace lo que se le dice y a la mañana siguiente encuentra las rosas. Piensa que si come la
rosa roja y tiene un niño, cuando crezca irá a la guerra y morirá, pero que si come la rosa blanca, la niña
cuando sea mayor se casará. No ve ninguna razón por la cual no pueda comerse las dos y tener gemelos.
Así lo hace, pero no da a luz gemelos sino a un horrible dragón, una criatura masculina que muy pronto
se vuelve desagradable y amenaza con destruir el castillo y devorar a todo el mundo si no se le complace
en todo lo que quiere. Cuando el rey, que había estado en la guerra, regresa a su casa, va a su encuentro y
lo saluda como a un padre. El rey exclama: "Cómo, ¿yo soy tu padre?". "Si —contesta el dragón— , y si
no quieres ser mi padre te destruiré a ti y al castillo".
»Así pues, todo el mundo está dominado por las amenazas del dragón. Éste, cuando cumple veinte
años, quiere casarse. El rey protesta diciendo que nadie aceptará casarse con él, pero el dragón le
responde que si no le busca una novia para él, lo destruirá junto con el castillo. Entonces encuentran a
una hermosa princesa, pero en la noche de bodas el monstruo la devora. Lo mismo le sucede a la
siguiente novia, por lo que se hace muy difícil ofrecerle más esposas. Pero el dragón se torna cada vez
más amenazante, al mismo tiempo que el rey, desesperado, acude a visitar a un viejo pastor y le pide que
le dé a su hija. El pastor se niega, pero al final accede y se lo dice a su hija.
»La joven, sabiendo lo que le espera, llorando, corre al bosque. Allí encuentra a una mujer vieja que
le pregunta por qué está tan triste. La joven le cuenta que tiene que casarse con el dragón y que éste la va
a matar, a lo que la vieja le contesta que ella la ayudará, indicándole lo que tiene que hacer. Cuando la
fiesta de la boda llegue a su término y se enfrente al momento en que ella tenga que ir a la recámara
nupcial, debe vestirse con diez camisas, una encima de la otra, y cuando el dragón le pida, en la
oscuridad, que se quite la camisa, ella debe responder que lo hará pero que él también debe quitarse una
piel. Esto lo debe hacer cada vez hasta que se haya quitado las nueve camisas, momento en el cual él ya
no tendrá más pieles para despojarse y ella todavía llevará una camisa puesta. Entonces no será más que
un trozo sangrante de carne y deberá golpearlo con palos de avellano mojados en lejía que, previamente,
habrá de colocar en el aposento, hasta que, prácticamente, él caerá destrozado. Entonces ella debe
bañarlo en leche endulzada y envolverlo en las nueve camisas; luego deberá dormir durante un corto
tiempo con él, en sus brazos.
»La joven cumple lo que se le aconseja y cuando despierta se encuentra en los brazos de un hermoso
príncipe que ha sido redimido del hechizo». Más tarde aparece en la historia un villano que calumnia a la
princesa, pero por el momento nos concentraremos en la primera parte de esta narración.
El problema surge por la ambición de la reina: quiere el dinero y el pastel. Pensó que tendría gemelos;
podía haber pensado que daría a luz un bisexual, una conexión más cercana al dragón. Los alquimistas
hablan del dragón o del monstruo hermafrodita, una hechura monstruosa, ni natural ni positiva. Tiene que
cortarse en pedazos, destruirse o ser redimido porque representa una unión de opuestos a nivel demasiado
inconsciente. De nuevo se refiere al mismo motivo que discutimos antes, al castillo en el cual desaparece
la princesa. Allí es donde el humano se encuentra poseído por el sí mismo en lugar de realizarlo y
relacionarse con el arquetipo del sí mismo. Esto lo encontramos con frecuencia en casos «borderline» y
entre gente que ha estado en contacto con material proveniente del inconsciente a través de un estudio
específico, digamos mitología o gente primitiva, y demás. Esta gente no puede relacionarse con el
material sino que se encuentra poseída por él. Hablan «fuera del arquetipo» y «anuncian» material
arquetípico como un viejo curandero, pero no lo unen a su nivel de conciencia moderno y nunca se
cuestionan acerca del material.
Los patrones arquetípicos son tan significativos y ejercen tal dominio emocional, que este tipo de
gente habla como un libro pero en realidad están ahogados en el material en vez de entenderlo. Me
refiero al tipo de persona que encontramos en la civilización moderna, una especie de magos engreídos.
Existen hombres y mujeres quienes en lugar de entrar en contacto con los contenidos de su inconsciente,
están poseídos por ellos; entonces se identifican con el arquetipo del sí mismo y adoptan la pose del
«viejo sabio» o de la «gran madre». Siempre son capaces de anunciar la única verdad pero si estudiamos
lo que dicen y la forma como se comportan, veremos que sus expresiones están poseídas por el arquetipo.
El material parece ser significativo pero han perdido la forma de su propia personalidad, se han
sobreextendido.
Generalmente existe una conexión con la actitud moral de este tipo de persona. Son «radioparlantes
»
del arquetipo y su función «sentimiento» se ha destruido. La condición es casi equivalente a la locura
moral. Hitler era de este tipo. Ejercía un tremendo impacto sobre la gente, pero si analizamos sus
discursos veremos que siempre decía grandes verdades que intuía del inconsciente, mezcladas con la más
espantosa basura moral. Pero como estas perlas de verdad le llegaban por su cercanía con el inconsciente,
la gente quedaba atrapada por lo que decía y no se daba cuenta de la suciedad con la que la mezclaba.
Así como Hitler fue un excelente ejemplo de este tipo, encontramos ese tipo de personas todos los
días, gente que tiene una actitud cambiante, sin ética, que encaja con el arquetipo pero no con el ser
humano. Con frecuencia no se trata de locos, sino sólo de «radioparlantes
» de los contenidos de su
inconsciente que quieren expresarse y que impresionan a aquellos que tienen a su alrededor. Su
influencia es destructiva. Algunas personas pueden advertir su inferioridad ética, pero otros, menos
críticos, o aquellos que no tienen principios morales, caen en la trampa. De este tipo de gente
«ambiguos» dice Jung que el complejo del yo y el arquetipo del sí mismo se han contaminado, por lo que
los dos se confunden. Por lo tanto, el yo exhibe cualidades del sí mismo que no debe tener, y el sí mismo
se apropia cualidades del yo que no le pertenecen.
Al arquetipo del sí mismo lo definimos como la totalidad de la personalidad, y como tal se encuentra
desde el principio de la vida humana. Desde la temprana niñez existe una totalidad inconsciente, así como
la bellota contiene todo el árbol. En la vida generalmente el complejo del yo se encierra en sí mismo y se
aleja del sí mismo, y sólo en la segunda mitad de la vida hay un intento del yo de sobrellevar la totalidad
de la personalidad hasta que —tomando el caso ideal— se logre una completa realización del yo y del sí
mismo como se describe en el budismo Zen y en otras experiencias místicas donde el yo y el sí mismo
coinciden en la experiencia y de nuevo se hace una unidad. En algunas ocasiones el yo no se separa
debidamente del sí mismo; el proceso se perturba y consecuentemente el yo no se polariza fuera del resto
de la personalidad inconsciente, sino que se mezcla vagamente con ella, y tenemos entonces una
personalidad extraña, o infantil o muy sabia, más o menos consciente que los demás, pero también
irremediablemente inconsciente.
Analizar a este tipo de personas es un infierno porque por un lado, habiendo hablado del inconsciente
creen que saben todo acerca de él, en verdad se encuentran cómodos dentro de él, pero si tratamos de
sacarlos y alejarlos dicen que conocen lo suficiente su valor para evitar que eso suceda. Tiene que existir
una reconstrucción del valor del sentimiento a través del inconsciente. Esto significa un largo y tedioso
trabajo ya que no podemos distinguir los dos factores, el yo y el sí mismo.
Si tomamos a la reina que comió primero la rosa roja: debería haber dado a luz a un ser masculino
pero éste se encuentra erróneamente contaminado con su parte femenina, es un hermafrodita envuelto en
lo que no le pertenece, es decir envuelto en la piel femenina o de dragón, el ánima que lo envuelve de una
manera equivocada. Como ustedes saben, uno de los símbolos más importantes del sí mismo es Cristo
rodeado de la Iglesia —vir a femina circumdatus—. La novia de Cristo es la Iglesia y al final cuando la
totalidad se realiza, Cristo se encontrará completamente encarnado en la multitud de los cristianos
creyentes de la Iglesia y por lo tanto «el hombre rodeado de la mujer». La mujer es como un círculo
alrededor del hombre, el ser divino al centro del mandala, antropos de pie sobre una forma cuadrangular
como la imagen del aspecto masculino del sí mismo incluido en lo femenino, como Buda sentado en la
flor de loto.
El símbolo más elevado de la meta humana posee una terrible y espantosa sombra, un aspecto
negativo que correspondería a nuestro príncipe dragón. Lo mismo sucede cuando es errónea y destructiva
y no ha sido realizada de una manera consciente en la vida, sino que ha atrapado al ser humano por
detrás, con todos sus aspectos disgregadores en vez de los constructivos. Este príncipe Lindworm
también es el hombre rodeado por la mujer, pero él se encuentra en la forma de un trozo de carne
sangrante rodeada por una piel de dragón, es decir una forma regresiva de la unión de opuestos.
Estos símbolos del sí mismo siempre aparecen cuando existe una tendencia en el individuo a resolver
un problema retrocediendo a un estado anterior de civilización. En el cristianismo primitivo, en los
primeros mil años d. C. se cristianiza el problema de la vida y la relación entre el hombre y la mujer. Al
tener un contenido y enfoque patriarcal, dejó fuera el aspecto sexual. El hombre tenía la posibilidad de
relacionarse con una verdadera mujer a través de la institución social del matrimonio —cualquier otra
situación era pecado—, el resto de la figura de su ánima se sublimaba y proyectaba en la Virgen María.
Si cometía la imprudencia de proyectarla en otra mujer surgían los problemas.
Esta solución de todo el problema de la vida y el problema entre los sexos se agudizó durante los
siglos XI, XII y XIII. Los caballeros cristianos de aquel tiempo hicieron el intento de desarrollar el
problema del ánima y de la relación humana a través de las Cortes de Amor («Les Cours d'Amour» )* en
donde un hombre podía expresarle sus sentimientos a una mujer. Estas le proporcionaron al hombre una
posibilidad de volverse consciente de su problema del ánima. Naturalmente surgieron los problemas y
hubo interminables complicaciones éticas y humanas. En aquel tiempo los caballeros cristianos estaban
en contacto con el mundo islámico y su institución del harem parecía ofrecerles una solución puesto que
se suponía que allí no existían problemas sexuales ni había solteronas. Cada mujer tenía un hombre y
estaba sexualmente satisfecha.
La institución del harem desde el punto de vista psicológico es una buena solución porque evita la
represión de la sexualidad, pero vista desde otro ángulo, se puede afirmar que difícilmente exista otro
sitio donde la relación entre hombre y mujer sea tan mínima: los hombres hablan entre sí y otro tanto
sucede con las mujeres. El hombre se dirige a la mujer únicamente para decir chistes de carácter erótico;
no se conoce lo que es una verdadera relación en ese tipo de cultura. Además, cuando los caballeros
cristianos se pusieron en contacto con el harem, psicológicamente, fue una tremenda tentación
considerarlo como una solución. Sin embargo, hubiera sido una regresión y por lo tanto en los mitos
encontramos que todos están amenazados por el mundo islámico, que aparece como un ser hermafrodita.
Por eso, por el material, puede decirse que sería una manera de salirse de la dificultad pero que
significaría una regresión a un estado anterior, más primitivo. Ésta es la gran tentación. En lugar de
avanzar hacia una nueva solución, se da la regresión al estado anterior donde todavía no existía el
problema. Es por esto que algunas personas viajan a Hawai, o a alguna otra isla pensando encontrar allí la
unidad con la naturaleza; solución regresiva que vuelve a la gente aun más neurótica, porque es un
camino equivocado.
* En francés en el original.

Sexta conferencia
Todavía nos queda por discutir el extraño motivo de la historia danesa del rey Lindworm donde la
joven que quiere redimir al príncipe dragón tiene que usar diez camisas, y cada vez que el novio dragón
le dice que se quite su camisa, ella le contesta que él, a su vez, debe quitarse una de sus pieles, hasta que
cuando se ha despojado de nueve pieles ella todavía tiene puesta una camisa; él termina tirado en el suelo
como un sangrante pedazo de carne. Después, ella lo golpea con varas de avellano y lo baña en leche
dulce, y así lo redime; convirtiéndose, entonces, en un hermoso príncipe.
Comencé la interpretación tratando en primer lugar de mostrar el posible significado de todas estas
envolturas, todas las pieles que cubren la verdadera, pero aún no establecida naturaleza del príncipe.
Propuse la hipótesis de que representan un complejo en el cual el yo consciente y el arquetipo del sí
mismo se encuentran contaminados. Mostré ejemplos de personas cuyo yo se identifica con el sí mismo,
por lo que ni el yo de la persona ni el arquetipo del sí mismo pueden funcionar debidamente puesto que a
causa de la contaminación, no se ha llegado a una polarización adecuada de la psique. Éste es un aspecto
de dicha figura, como el príncipe cubierto con muchas pieles de dragón, pero también podemos
estudiarlo desde otro punto de vista. En cuentos de hadas, el príncipe y la princesa con frecuencia
representan aquellos personajes que más tarde se convertirán en rey y reina, puesto que en realidad son el
futuro rey y la futura reina, in statu nascendi, por decirlo así.
En Mysterium Conjunctionis, Jung dedica un capítulo al simbolismo del rey dentro de la alquimia.
Como en la teología y en la mitología egipcias, en la alquimia el rey representa una dominante de lo
consciente colectivo. Mientras que el viejo rey representa un sistema colectivo consciente demasiado
viejo y gastado, el rey joven generalmente representa un nuevo símbolo del sí mismo. ¿Cómo se explica
que el futuro rey represente el sí mismo mientras que el viejo rey en mitología generalmente representa
una dominante del estado consciente colectivo?
Para comprender efectivamente lo que esto significa debemos considerar los hechos históricos.
Cuando Buda recibió la iluminación bajo el árbol de Bodhi, experimentó algo similar al sí mismo y
cuando, confrontado con sus alumnos, se convirtió en un símbolo del sí mismo para aquellos que lo
rodearon. Muchos sistemas religiosos cristalizaron en torno a la figura de Buda a quien consideraban un
ser divino, el hombre divino, un símbolo del sí mismo. Si estudiamos el budismo en sus fases tardías
podemos observar que Buda se ha convertido en una representación central de una organización religiosa
colectiva, una idea simbólica de lo que hoy en día llamamos budismo y un sistema religioso total.
También podemos decir que la figura de Cristo ha tenido un desarrollo similar porque en el momento
en que el símbolo del sí mismo se cristaliza, sólo queda una representación central del sistema colectivo;
y del símbolo, que originalmente representó la verdadera experiencia interna, sólo quedan las reliquias.
Hay un sistema intelectual o devocional mientras que el símbolo original lentamente decae y se petrifica
en un hábito ritual. Esto es lo que representa el viejo rey y por esta razón, con frecuencia, se le representa
como el que resiste el nuevo brote. Cuando se profetiza el nacimiento de un niño divino, el viejo rey
tiembla temiendo perder su posición. Por lo tanto trata de destrozar al niño porque a pesar de que él
mismo fue un símbolo del sí mismo se ha convertido en negativo y destructivo, pues como Jung ha
demostrado con una gran cantidad de material en Aion, el sí mismo, como todos los otros arquetipos, no
es únicamente un núcleo estático de la psique sino también un sistema autorrenovador.
Si observamos el simbolismo del sí mismo y la forma en que se manifiesta en un individuo veremos
que se encuentra en un estado de cambio constante. Se despoja de ciertos aspectos y eternamente se
renueva. Por lo tanto, Jung lo compara con algunos átomos de hidrógeno, que en las capas superiores
disparan electrones de tiempo en tiempo, asimilando a su vez a otros. En el ser humano, el sí mismo
parece desarrollar una actividad similar; es un centro dinámico de la psique que parece encontrarse en un
estado de constante flujo interno. Es por esto que no se puede pretender como absoluta una fórmula
consciente de la experiencia del sí mismo durante un largo espacio de tiempo: tiene que readaptarse una y
otra vez para mantener el ritmo con este proceso de cambio.
Por esta razón, en general, los símbolos religiosos tienen que reinterpretarse eternamente y en una
religión viviente siempre existen peligros de petrificación y reformas que surgen en un intento por
reconstruir la concepción original, traduciéndola en algo más moderno y adaptado a las necesidades de
un nuevo período histórico. Lo mismo encontramos en un individuo, porque aun si tiene una experiencia
muy profunda, ésta puede caducar, la verdad de ayer ya no es la verdad de hoy, y lo que en un tiempo fue
un ideal de apoyo se convierte en un sistema gastado que nos impide un futuro desarrollo interno. En tal
caso la verdad de ayer debe ponerse de lado en favor de lo que hoy constituye la verdad de nuestra propia
vida psíquica.
Por lo tanto, un príncipe en un cuento de hadas, generalmente representa este símbolo del sí mismo in
statu nascendi que tiene que ser extraído o que surge espontáneamente de las profundidades del
inconsciente colectivo. Si se encuentra cubierto con todas estas pieles —como en nuestra historia— esto
significa que no existe posibilidad de que este contenido aparezca en su forma verdadera: primero tiene
que salir en forma de animal.
En algunas ocasiones encontramos una situación análoga en los individuos en quienes existe una
tremenda urgencia o impulso instintivo. Tal tipo de impulso posee a la gente, pero uno tiene el extraño
sentimiento de que esto no es «él». Un hombre puede estar enamorado de una mujer y no querer nada
más, sin embargo uno siente que realmente no es lo que quiere, que únicamente está poseído por la idea
porque no puede realizarla y que si la llevara acabo toda la experiencia se derrumbaría. Aquí el terapeuta
debe juzgar de acuerdo con su instinto personal. La gente puede estar poseída por algo que quiere e
insistirá en que eso es lo auténtico, pero uno sospecha que únicamente parece ser una manifestación
aparente de algo que se encuentra detrás, cuya representación central aún no se ha expresado.
En general, puede decirse que si una persona muestra síntomas de estar actuando bajo la influencia de
un impulso, o poseída, o simplemente no estar libre, siendo incapaz de sacrificar tal deseo, entonces no se
trata todavía de lo verdadero. En ese caso debemos adoptar una actitud de espera, porque donde existe tal
deseo infantil se puede asegurar que algo anda mal. Uno tiene que esperar el momento en que el núcleo
de la psique se despoje de sus múltiples manifestaciones y se revele a sí misma en su verdadera
naturaleza.
Es interesante pensar que la joven que quiere redimir al príncipedragón
tiene que usar muchas
camisas. Tiene que cubrirse a sí misma y no mostrarse desnuda, es decir, en su forma verdadera. Éste es
un problema delicado que debemos estudiar, pero algunas veces en análisis uno tiene que sentir su propia
reacción hacia el analizando cuando éste pide algo irreal. No se puede únicamente rechazar porque detrás
existe algo verdadero, pero tampoco podemos ser ingenuos porque si nos expusiéramos de una forma
negativa nos destruirían o recibiríamos un shock o una reacción destructiva que dañaría la relación.
Exponerse a sí mismo a la posesión de otro, no tiene mérito sino que es más bien estúpido. Uno debe ser
lo suficientemente capaz de diferenciar y sentir qué es lo auténtico y sólo relacionarse con eso y
mantenerse alejado de lo que no lo es. Ése es uno de los problemas más sutiles en tales situaciones.
Lo que la joven dice, en efecto, es que si el dragón se presenta de una manera más sincera, entonces
ella contestará de la misma forma, pero si él lo hace en una embestida salvaje e irreal, ella no estará allí.
De una manera semejante, si de modo ingenuo nos exponemos a una exigencia de posesión de un
analizando esto sólo conduciría a la desilusión porque se tendría la sensación de haber caído en una
trampa. Como no se trata de algo auténtico lo mejor de la propia naturaleza confiará en que no se caerá, y
si así sucede se invertirá; una parte de la persona quedará descontenta porque ha sido aceptada a un nivel
demasiado ingenuo.
Así es como se presenta cuando alguien emprende un trabajo con un complejo durante una relación
analítica, pero el complejo también puede aparecer en un individuo particular y significaría que la actitud
consciente no debería apresurarse en salir y llegar a conclusiones, porque el contenido inconsciente posee
muchas pieles y no aparece en su forma verdadera. Se manifiesta en sueños veladamente pero quizás
ustedes sean capaces de descubrir qué es lo que se encuentra detrás. Si el yo no tiene una teoría del
inconsciente lo suficientemente sutil tomará el primer velo como único obstáculo a toda la verdad y
después cometerá errores para abordar el núcleo del complejo.
Supongamos que el yo mantiene las teorías freudianas y el propio núcleo se expresa en un sueño muy
sexual. Si ustedes creen que ahora saben de lo que se trata y resulta que no es el caso, entonces la relación
con el inconsciente se rompe y surgen las dificultades. Por otro lado es necesario estar seguros de que la
interpretación freudiana no es la buena. Por lo tanto, la mejor reacción es llevar muchas camisas; esto es,
muchas actitudes diferentes y decir: «por el momento parece como si»... Es decir, le dan a la
manifestación aparente una interpretación teórica adecuada, dejando la puerta abierta a la posibilidad de
que pueda haber otra que se ajuste más. Nunca se sabe cuánto durará el peeling o proceso o si ya se llegó
al nivel de la interpretación definitiva. En el proceso hay que evolucionar al mismo tiempo que lo hace el
analizando porque en un verdadero análisis siempre se trata de una transformación simultánea de los dos
implicados. Hay que despojarse de la propia manera de interpretar y renunciar a cualquier teoría o
hipótesis que se pueda tener sobre el analizando. Se debe estar preparado para admitir que el problema es
todavía más complejo y esperar hasta que aparezca la verdad que se hallaba escondida. En ese momento
surge la pregunta de cómo puede saberse si se ha llegado a la última fase; aquí se debe utilizar el instinto;
la tranquilidad mental puede surgir en ambos, o si sólo existe en nuestro propio complejo interno, uno
siente que esto es verdaderamente eso. Por lo general existe un sentimiento duradero y uno ya no tiene
esa inquietud que antes se encontraba tan presente.
En algunas ocasiones, cuando la gente dice que tiene un problema y sabe exactamente qué es y cuál es
su interpretación, sentimos que están esperando que estemos de acuerdo, aunque al mismo tiempo están
deseando que no lo estemos. Si dentro sentimos un malestar prolongado, podemos estar seguros de que
no nos hemos quitado suficientes camisas ni pieles de dragón, ni nos hemos enfrentado con la desnuda y
dura verdad.
En El rey Lindworm, la verdad desnuda es la masa sangrante de carne viva que tiene que exorcizarse
y convertirse en un hermoso príncipe. Este cuento de hadas representa la figura compensatoria del sí
mismo, ya que el reydragón
es ese aspecto que, dentro del simbolismo cristiano, no recibió la suficiente
atención. El hombre físico y las necesidades del cuerpo no tuvieron cabida en el cristianismo primitivo y
nunca se han tratado adecuadamente, razón por la cual tanta gente ha dejado la Iglesia. El desarrollo del
simbolismo del sí mismo agrega algo a nuestra representación central religiosa por lo que de nuevo
puede funcionar, y ciertas partes de la vida pueden de nuevo ser atraídas hacia una actitud total. Si el sí
mismo es la totalidad del hombre, entonces también expresa esa parte del ser humano, y uno debe
encontrar las respuestas que nos ayuden a vivir esa parte de nuestra naturaleza.
Un cuento de hadas es válido durante trescientos o cuatrocientos años, después generalmente cambia
y evoluciona. Esto lo vemos cuando comparamos los cuentos de hadas de la Europa cristiana con los
cuentos de hadas chinos o de la antigüedad. La conciencia humana parece evolucionar muy despacio y
los cambios en los cuentos de hadas evolucionan al mismo ritmo. Por lo tanto, las fórmulas conscientes
tienen que readaptarse al proceso viviente del inconsciente y de la psique. Por lo menos desde el punto de
vista psicológico no existe principio que dure mucho tiempo debido al proceso de continuo cambio de la
psique.
El que un animal o una piel cubra la forma verdadera es también un tema que encontramos en otras
civilizaciones de una manera diferente y muy típica. Un cuento de hadas chino llamado No Chia relata la
historia de un noble y su esposa, un matrimonio sin hijos. La esposa, ya mayor —como Sara en la Biblia
— se encuentra un día recostada en la cama cuando entra en su cuarto un sacerdote taoísta con una
hermosa perla. Le dice que se la trague y que tendrá un hijo, después de lo cual desaparece. Al cabo de
nueve meses la mujer da a luz a una bola de carne de la cual emana una resplandeciente luz roja y un
maravilloso perfume. El marido entra al cuarto y con su espada corta la bola de carne, la cual se convierte
en un niño.
Este niño es muy salvaje, destructivo y malo. Molesta a los dragones bajo el mar y hace toda clase de
maldades provocándoles tristeza a sus padres y a los dioses, pero al final se da cuenta de que como
compensación debe sacrificarse a sí mismo. Se convierte en un dios y es venerado porque ha expiado las
malas obras que cometió en su juventud. Aquí también encontramos el motivo del símbolo del sí mismo
pero manifestado mucho más en el dominio de la naturaleza. Después de un largo proceso de sacrificio
personal y sufrimiento No Chia se convierte en un nuevo ser divino que reemplaza a los antiguos dioses
al convertirse en un nuevo símbolo religioso.
En los textos de alquimia con frecuencia se dice que el ser divino es enterrado a fin de extraer de él la
materia destructiva y se menciona la extractio animae por medio de la cual los minerales tienen que
calentarse para que el metal fluya. En ese cuadro los alquimistas proyectaron procesos psicológicos
similares, especialmente aquellos en los que uno está involucrado con material del inconsciente, al cual
debe dársele mucha atención concentrada (esto es, calor) a fin de extraer lo fundamental. Esto es lo que
hacemos cuando interpretamos un sueño. Cuando en análisis la gente nos cuenta sus primeros sueños, se
ríen o se disculpan por traer algo que les parece pura miseria y se impresionan profundamente si se tiene
éxito en hacer una extractio animae; extrayendo el significado esencial de lo que aparecía como
únicamente material caótico. Si la interpretación encaja bien uno siente el contenido de vida, en lo que
aparentemente antes carecía de significado.
La espada que utiliza el rey representa un acto de discriminación, una discriminación intelectual
llevada a cabo cuando se toma una decisión. Puedo ofrecer un ejemplo al respecto, mostrando cómo el
inconsciente puede decidir por nosotros. En una ocasión me encontraba insegura sobre aceptar o no a una
nueva persona para análisis; tuve un sueño en el cual aparecía un hombre que acababa de abandonar su
trabajo porque se había esforzado en él en exceso y no podía seguir más. El sueño obviamente dice: «No
te olvides de ese factor en ti» y de esta manera aclara la situación. Se llegó a una discriminación
intelectual que al mismo tiempo contiene un elemento decisivo: el problema se resolvió a través de las
capas instintivas de la personalidad y el sueño anuncia la decisión del inconsciente. De esta manera,
decisión y discriminación están unidas muy cercanamente en el statu nascendi. En el Apocalipsis, la
espada que sale de la boca de Dios es un factor de discriminación, mientras que en el corte que hace
Alejandro del nudo gordiano tenemos solamente el aspecto de decisión.
Un sueño, si se interpreta correctamente, siempre contiene no sólo una iluminación intelectual sino
una cualidad de decisión que nos proporciona un énfasis diferente al de lo consciente. En fin de cuentas,
tiene un efecto intelectual y ético en la personalidad consciente. Ambos, el inconsciente y el consciente,
deben usar el elemento de discriminación; la fusión de las dos actitudes siempre es necesaria.
¿Por qué la joven se puso todas esas camisas y no cualquier otra prenda? La ropa tiene dos aspectos o
significados. Por un lado pertenece a la persona, a la máscara que mostramos al mundo. Nos vestimos
cuando queremos mostrarnos en nuestro ambiente social. En tiempos pasados existía una vestimenta
definida para cada ocupación específica y toda la actitud básica hacia la vida se manifestaba en la
persona. De esta manera con frecuencia la ropa oculta la genuina personalidad y esconde la «verdad
desnuda».
Hans C. Andersen cuenta la historia de un rey que quería usar los vestidos más bellos. Encontró un
sastre que le dijo que se los podría hacer, pero que un tipo de gente, falsa e injusta, no sería capaz de
verlos. Desgraciadamente, ni el mismo rey los veía, pero era demasiado vanidoso para darse cuenta de
que el sastre era un fraude y le había mentido ya que en realidad había salido desnudo a la calle. La gente
sabía acerca de que el sastre confeccionaría la ropa del rey y estaban de acuerdo en que éste iba
divinamente vestido; únicamente un niño dijo: «¡Pero si el rey va desnudo!», y entonces todo el mundo
empezó a reír. La ropa puede dar una impresión falsa, aunque sería demasiado corriente interpretarla
siempre como una máscara o como la propia persona.
En muchos cultos esotéricos, el verdadero cambio de la personalidad se expresa a través del cambio
de ropa. Cuando Apuleyo fue iniciado en los misterios de Isis, llevaba vestimentas reales cubiertas con
los signos del zodíaco, y en los primeros tiempos del cristianismo la gente usaba ropa blanca después del
bautismo para indicar su renovación y la fuerza de su actitud. Por lo tanto, yo diría que generalmente la
ropa representa una actitud que uno quiere mostrar a su alrededor. La gente puede representar una actitud
honorable por fuera, pero por debajo estar llenos de sucias fantasías y de reacciones impuras, o por otro
lado la actitud interna puede ser más limpia aun y más verdadera que la que se advierte superficialmente.
Refiriéndose a estos temas también se dice: «Lavar la ropa sucia en público».
La camisa se lleva cerca del cuerpo y puede por lo tanto representar la actitud más íntima. Si Fulano
de Tal me disgusta, puedo decir, si quiero, que me da gusto verlo, pero por dentro puedo tener un
sentimiento completamente diferente y ésa es la desemejanza entre la ropa interior y la externa. La
camisa representa la actitud que no llega a ser la verdad desnuda, siendo a pesar de todo una verdad
íntima puesto que está entre la ropa y la piel desnuda. La encontramos en este reino intermedio en nuestra
historia del rey Lindworm, cuando la joven tiene que mostrarse a sí misma alcanzando muy
aproximadamente su verdadera naturaleza pero no del todo, hasta el momento en que el dragón muestre
su verdadera personalidad, espacio en el curso del tiempo en el que lo puede redimir. Hasta entonces
había tenido que mostrar una reacción auténtica, pero no la verdad absoluta.
La camisa también representa una manera o medio de expresión, pero mejor me gustaría explicar esto
contándoles otros tres cuentos de hadas, en este caso de Grimm, que utilizan el símbolo de la camisa
desde otro punto de vista.
Nos referiremos en primer lugar a Los doce hermanos. Aquí trata de un rey y una reina que tienen
doce hijos. El rey decide que si el próximo hijo es una niña le dará todas sus riquezas y matará a todos los
varones. Hace preparar doce ataúdes con almohadas dentro para sus cabezas y los hace colocar en una
habitación cuyas puertas son cerradas cuidadosamente, evitando que los niños los vean. Pero la madre se
encuentra muy triste y cuando su hijo menor, Benjamín, le pregunta por qué está tan triste, ella le cuenta
lo que sucede y le muestra los ataúdes. Benjamín le contesta que no debe llorar, que él y sus hermanos se
ayudarán a sí mismos. Deciden irse al bosque, sentarse en un árbol y observar lo que ocurre. Si izan la
bandera negra entonces sabrán que nació una niña, mientras que una bandera blanca indicará un niño. Si
la bandera es negra tratarán de escapar. Por fin aparece la bandera negra y los hermanos muy enojados
juran que si alguna vez tienen a su alcance a su hermana, la matarán. Se dirigen entonces al bosque hasta
que llegan a una casa embrujada, donde deciden quedarse. Benjamín cuida de la casa mientras que los
otros aportan la comida. Allí permanecen diez años.
Mientras tanto la niña ha crecido, es gentil y de buen corazón y en su frente luce una estrella. Un día
vio entre la ropa doce camisas de hombres y preguntó a su madre a quién pertenecían puesto que para su
padre eran demasiado pequeñas. La madre le cuenta lo que sucedió y la joven dice que debe ir en busca
de sus hermanos y hacerles regresar al hogar. Toma las doce camisas y se dirige al bosque donde
encuentra la casa encantada y en ella a Benjamín. Éste se sorprende ante su belleza y su hermoso
atuendo, y en especial ante la estrella de su frente y le pregunta de dónde viene y qué hace allí. Ella le
contesta que anda en busca de sus doce hermanos y le muestra las camisas. Benjamín se puso muy
contento, la besa y le dice que se reconciliarán, pero que sus hermanos han jurado matarla. Ella responde
que está dispuesta a morir por ellos. Benjamín esconde a su hermana y cuando los hermanos regresan a
casa les relata el encuentro con la hermana y hace que se vean. Todos se sienten amigos y comparten la
vivienda. La hermana ayuda a Benjamín en el trabajo de la casa.
Un día, deseando dar una sorpresa a sus hermanos, la joven corta doce azucenas que crecen en el
jardín y coloca en cada uno de sus platos una de las doce flores, pero entonces los hermanos se
convierten de inmediato en doce cuervos y se van volando. Al mismo tiempo la casa y el jardín
desaparecen y la joven se queda sola. No entiende lo que ocurrió pero aparece una vieja y le dice que no
debió cortar las azucenas del jardín porque eran sus hermanos, los que ahora se han convertido para
siempre en cuervos negros. La joven pregunta si existe una manera de redimirlos y la vieja le contesta
afirmativamente pero le advierte que es muy difícil: la joven debe permanecer muda y no pronunciar ni
una sola palabra durante un lapso de siete años. Decide entonces sentarse en lo alto de un árbol pero
cuando un joven príncipe va de cacería, su perro la descubre y comienza a ladrar, el príncipe se enamora
de ella y se casan. Después de unos años la reina vieja dice que esta joven es una bruja y deben quemarla.
La amarran a un poste y se enciende un fuego, pero en el momento en que empieza a arder aparecen los
doce cuervos negros y en cuanto el fuego los abrasa se convierten de nuevo en seres humanos. Los siete
años han terminado y la joven puede explicar lo que sucedió.
En la historia de Los siete cuervos un hombre tenía siete hijos pero ninguna hija y cuando al final
nació una niña se alegró mucho. Pero la niña nació delicada y tenía que ser bautizada inmediatamente.
Por lo tanto envió a los hijos a buscar agua para el bautismo que urgía, pero éstos rompen el cántaro en el
que la traían y tenían mucho miedo de regresar a casa. El padre, en su furia, dijo que deseaba que se
convirtieran en cuervos. Así sucedió. Mucho tiempo después, la joven creció y se enteró de lo que les
ocurrió a sus hermanos, quienes por culpa de ella fueron hechizados. Después de saber lo que ocurrió no
puedo vivir en paz ni de día ni de noche pensando en ellos, y finalmente decidió ir en su busca. Caminó
hasta el fin del mundo, después se dirigió hacia el Sol y más tarde hacia la Luna y las estrellas. La estrella
de la mañana le dijo que sus hermanos vivían en una montaña de cristal y le dio un pequeño alambre
torcido para que lo usara de ganzúa y pudiera abrir la puerta de la casa en donde vivían los hermanos.
Perdió el alambre pero con un cuchillo se corta un dedo para abrir con él la puerta. Un duende la saludó y
le dijo que los cuervos no se encontraban en la casa pero que podía esperar y le traería comida y bebida
para los siete. La joven comió y bebió un poco de cada porción y en el último vaso dejó caer el anillo que
había traído consigo de casa de sus padres. Cuando los cuervos regresaron, todos se preguntaron quién
había comido y bebido de su comida y bebida y dijeron que debió ser un humano. Entonces, encontraron
el anillo y, reconociéndolo, se dijeron que si su hermana estuviera allí se redimirían. La hermana apareció
por detrás de la puerta y los hermanos recuperaron su forma humana y todos regresaron juntos a su casa.
En la siguiente historia, Los seis cisnes, aparece un rey que va de caza a un gran bosque en donde se
encuentra a una vieja que le dice que sólo le mostrará la salida del bosque si le promete casarse con su
hija. La joven es hermosa pero a él no le agrada y pronto descubre que se ha casado con una malvada
bruja. Con su primera mujer, el rey había tenido seis varones y una niña. Dándose cuenta de que la nueva
esposa es capaz de matarlos, los esconde en un castillo solitario en medio de un bosque en donde los
visita secretamente. La bruja se entera de ello y después de hacer seis camisas sigue las huellas del rey
cuando va al castillo, a fin de conocer el lugar. Los niños, pensando que su padre viene a verlos, corren a
su encuentro, momento en el cual la reina arroja sobre ellos las camisas convirtiéndolos en seis cisnes.
Pensando que no hay más hijos, regresa a casa muy contenta.
La niña no había acudido a recibir a la bruja y decide ir en busca de sus hermanos para redimirlos.
Después de un largo viaje los encuentra y ellos le dicen que sólo les está permitido recobrar la forma
humana durante un cuarto de hora cada noche, y que la única condición para poder redimirlos es que
permanezca callada, sin emitir ni una sola palabra, durante seis años, tiempo durante el cual tendría que
confeccionar para ellos seis camisas de flores. La joven decide cumplir las condiciones impuestas y
trepando a un árbol comienza la obra. Pero algunos cazadores que andan por allí la obligan a bajar y se la
llevan al rey para que se case con ella. La madrastra la acusa de matar y devorar a sus hijos al nacer y
después de que el tercer niño desaparece (escondido al igual que los otros por la vieja reina) es
condenada a ser quemada como bruja. Pero se han cumplido los seis años y ella ha terminado todas las
camisas, excepto una manga. En el preciso momento en que el fuego iba a ser encendido aparecen los
cisnes. Como ella lleva consigo las camisas las arroja sobre aquéllos, quienes inmediatamente se
transforman en seres humanos, aun cuando el hermano menor conserva un ala de cisne en vez de brazo.
Así se revela la verdad. Al rey se le dice que su mujer no es una bruja y queman a la malvada madre en
su lugar, los demás viven todos juntos y felices.
Se puede comprender lo interesante que resulta estudiar las tres historias, que son variaciones del
mismo tema: una amplificación del motivo de la camisa. Las camisas pueden ser tanto un medio para
embrujar como para redimir. Hasta ahora fue necesario que la persona se desnudara, pero en la última
historia, la redención es la consecuencia de vestir la camisa. Tenemos que preguntarnos el significado de
esto. No es necesario llegar hasta la verdad desnuda sino únicamente cubrirla para permitirle aparecer en
su forma verdadera. Tiene que procurarse una camisa de flores y el arrojarla sobre la persona embrujada
es el gesto de redención. Aquí también encontramos el mismo motivo de una larga y amorosa devoción y
de gran sacrificio.
Las proyecciones actúan en la gente como un hechizo. Si uno espera lo mejor, quizá lo consiga, y si
vaticina lo peor la gente es incapaz de dar lo mejor de sí misma: esto es algo muy esencial en el campo de
la educación ya que, si los niños sienten que se les reconoce y se espera que sean capaces de lograr algo,
esto actúa en ellos como un factor de apoyo y pueden conseguir dar lo mejor de sí mismos. Aquí
llegamos a un problema muy sutil y que ha causado muchos errores.
Me gustaría referirlos a las observaciones que hace Jung sobre la proyección en Tipos psicológicos en
donde habla de las capas de identidad arcaica.* Escribiendo sobre estas amplias áreas de la identidad
inconsciente, Jung dice que únicamente se puede empezar a hablar de proyección si surge una necesidad
de disolver la identidad, pero nunca antes. Sostiene que la proyección está basada en la identidad arcaica.
Todos los seres humanos están conectados, y en parte son idénticos. No existe tal cosa, como una
personalidad completamente separada. Si por ejemplo Suiza fuera atacada, los suizos actuaríamos como
una sola persona. En las capas del inconsciente colectivo, somos idénticos al grupo. Una y otra vez
encontrarán que los psicólogos jungianos dicen que una tribu primitiva proyecta el sí mismo en el jefe,
pero esto no es correcto. Lo que se puede decir es que la tribu posee un estado de identidad en el cual el
jefe es un representante del sí mismo.
Por otro lado, también, si al conocer a alguien se tiene la sensación de ser uno en corazón y espíritu
(de que algo se ajustó) se sienten seguros de que al otro le gustará lo que ustedes hagan, puesto que los
dos se identifican ampliamente. Pero entonces llega el momento de la verdad y se enfurecen si el otro no
está de acuerdo con ustedes; si tienen tanto en común, ¿por qué existe una diferencia? Entonces tienen
que darse cuenta de la proyección. Sin embargo, al principio, cuando existe una armonía natural de
identidad, no es correcto hablar de proyección porque en ésta siempre existe la idea de que algo mío se
adjudicó a la otra persona.
Lo que proyecto es lo que nunca he hecho mío; es decir se encuentra en la zona arcaica y puede
proyectarse sobre el otro. Mientras que exista un «lazo» no se puede hablar de proyección pues existe un
hecho, una verdad. Si su propia sombra miente y usted conoce a otra persona que también miente, ¿cómo
probar que se trata de una proyección? Es la verdad. Pero si mi sombra miente y acuso a la otra persona
de mentir, cosa que no es cierta, existe una calumnia, un malestar, algo «incorrecto». Uno tiene mala
conciencia, una parte de la personalidad ya no lo cree a uno y entonces se puede decir que han
* Collected Works, vol. 6, p. 783.
proyectado algo sobre alguien. Se han hecho suposiciones equivocadas que no corresponden a la verdad,
pero únicamente cuando surge esa fase de falta de armonía se puede hablar de proyección. Hasta aquí
existía una identidad arcaica a través de la cual uno no podía hacer suposiciones sobre qué era lo que
pertenecía a la otra persona, pues, en realidad, se trataba de algo interpersonal.
La camisa representa aproximadamente un modo de autoexpresión, pero puedo lanzar un tipo de
suposición equivocado sobre alguien y de esta forma provocar lo peor para la otra persona. Es importante
confiar en el otro ser humano y reconocerlo. Algunas personas tienen un tipo de expectativas negativas
frente a todo y esto provoca lo peor en los demás. Con frecuencia tiene un efecto mágico en gente muy
inconsciente que no sabe mucho sobre este tipo de mecanismos: así, es posible provocar un mal
comportamiento en ellos.
Por ejemplo, una persona con un complejo negativo de madre, puede desempeñar su papel tan bien,
que cualquier figura de madre a su alrededor se ve forzada a comportarse negativamente; o un hombre
puede tener un complejo negativo de padre y estar en contra de cualquier tipo de autoridad porque para
él, el padre representa la autoridad tradicional y todo lo que se relaciona con ese aspecto tiene el efecto de
la capa roja con respecto al toro. En el servicio militar, puede comportarse de tal forma hacia el jefe que
el oficial se vea forzado a imponer su autoridad y su poder sobre él y entonces se encuentra aprisionado
en el complejo tanto como el otro teniendo que desempeñar su papel. Hay un complejo que corresponde a
ambos, que los enlaza juntamente y tienen que habérselas uno y otro aun cuando nunca quisieron hacerlo
así. Si uno de ellos no tiene el mismo complejo entonces no caerá en la trampa, pero si en algún lugar de
su psique existe algo similar, entonces puede llegar a haber identidad. Si escuchan a cualquiera de los
dos, no sabrán cuál tiene razón. Pero quizás el más diferenciado se cansará de la situación y tomará una
distancia personal, singularizándose. Puede comenzar a reflexionar y decidir que, aun si la otra persona
es en verdad tan dañoso como él piensa, no va a malgastar su energía en querellas durante más tiempo,
considerando que le resultará más útil observarse a sí mismo. De esta forma corta los residuos de ese
estado de identidad arcaico y empieza a cambiar de rumbo, hacia la regresión de su proyección.
Comenzará a observar sus propias fantasías, estudiará el complejo, y gradualmente no se dejará atrapar
de nuevo sino que empezará a ser realmente libre. Podemos decir que está regresando dentro de su propio
sistema psicológico, tomando lo que le pertenece a él, dejando al otro solo con su problema.
En cuanto existe una tendencia a la autorreflexión y a la duda, se puede decir que la proyección se
encuentra allí y no antes, aun cuando visto por una tercera persona, así parezca. Los contenidos rara vez
irrumpen directamente en la conciencia, a pesar de que en algunas ocasiones lo pueden hacer si la actitud
consciente está lo suficientemente abierta. Si nos encontramos conscientemente abiertos al flujo de
contenidos nuevos, el inconsciente puede aparecer en un sueño y, a través de la vida de los sueños, ir
hacia la conciencia sin ningún drama exterior. Pero, aun en tal caso, especialmente si los contenidos son
muy profundos e incluyen muchas facetas, una parte surge dentro del dominio interpersonal que
relaciona a las personas. Esto ocurre también con las intuiciones creativas cuando dos personas tienen la
misma idea simultáneamente, como ha sucedido cuando dos o tres científicos han llevado a cabo al
mismo tiempo y en forma totalmente independiente análogos descubrimientos. El contenido arquetípico
no pertenece ni a uno ni a otro y puede aparecer en la esfera interpersonal.
Cuando algo presiona desde el fondo en dirección hacia el umbral del inconsciente, nos encontramos
con esta manifestación interpersonal que primero crea identidad y poco después, la realización de la
proyección. Es por esta razón que en un principio estos dos procesos acercan a la gente y luego la
separan; es el gran director de escena de todos los dramas humanos positivos y negativos. Alguien puede
sentir el alma del otro como gemela, pero luego, en el momento en que los dos se oponen intensamente
con posiciones adversas, la comedia humana comienza a desarrollarse. Mientras que no exista una
situación incómoda o un sentimiento desagradable, nadie puede convencer a la otra persona de que se
trata de una proyección. Así es cómo funciona el fluir de la vida y no es aconsejable intervenir hasta que
la persona se pregunte por qué siempre discrepa violentamente con cierto tipo de hombres o de mujeres.
¿Qué le corresponde, a él, en eso? Si dos personas se aman, mientras la cosa funcione, ¿por qué, por
ejemplo, tiene uno que decir que se trata únicamente de una proyección? Pero cuando el asunto se vuelve
desagradable, cuando uno siente que algo ya no está funcionando, entonces la identidad arcaica se está
acercando al estado donde se la puede llamar proyección.
Yo diría que el hecho de arrojar una camisa, se encuentra a nivel de la identidad arcaica y que esos
complejos interpersonales, que se afectan unos a otros, no se encuentran todavía a un nivel proyectivo.
Me parece que los diferentes complejos inconscientes que pertenecen al inconsciente colectivo, también
poseen entre ellos un tipo de afinidad química y se afectan mutuamente positiva o negativamente, es
decir ciertos complejos pueden herir a otros complejos dentro del inconsciente. Si pensamos en nosotros
mismos como los causantes del embrujamiento y de las tendencias psicológicas, entonces parece
probable que existan tendencias contradictorias que se influyan unas a otras negativamente y hagan surgir
lo peor en los demás, y únicamente a través de la interferencia de la conciencia, encontrando medios de
expresión adecuados, se puede cambiar esto. Yo interpretaría la camisa como material de fantasía
adecuado o inadecuado. Supongamos que dentro de ustedes tengan un problema inconsciente vivo el cual
sienten como inquietud o agitación y que conduce al desasosiego. A efecto de que ese contenido se
vuelva consciente, es tremendamente importante que se le proporcionen los más ajustados medios de
expresión.
Entre las personas que trato hay una joven que debido a un complejo materno negativo y a un padre
difícil, prácticamente no posee un yo femenino. Por lo tanto es insegura y fácilmente se le puede hacer ir
de un lado a otro inútilmente. Si el vecino le dice que está horrible ella se cree completamente miserable
y si alguien le dice que está bonita se siente en la cumbre del mundo. Es completamente dependiente de
los demás y nunca sabe realmente lo que quiere ni quién es en realidad. Debido a que su yo es débil
siempre tiene miedo de provocar una reacción negativa en la otra persona, pues no sería capaz de
soportarlo; por lo que impresiona como una persona muy falsa. Nunca dice nada negativo y da las gracias
por todo. Se tiene la impresión de que más allá de esa superficie está repleta de críticas, pero que de
frente evita siempre reacciones directas embarazosas. En realidad, cuando muestra su lado negativo se
complace mucho en las murmuraciones negativas. El chisme humano siempre llega a oídos de la persona
equivocada.
Cuando comenzó con su análisis se encontraba en un estado bastante malo. La gente pensaba que era
una intrigante y perdió justo lo que quería, el contacto humano. En el análisis me trataba como si fuese su
superior y no tenía el valor de admitir sentimientos negativos, decía que no podía mostrarlos. Tenía
bloqueada una tremenda dosis de rabia en contra de los demás pero nunca la expresaba. Había oído
hablar de imaginación activa y había leído sobre ese tema en los libros de Jung. Empezó a hacer lo que
llegó a ser magia negra. Se imaginaba a la persona que odiaba y la llamaba descargando su propia rabia a
fin de vencerla, mientras que en realidad cada vez se ponía peor y peor. Por un sueño me enteré de que
estaba practicando magia negra y se lo advertí, descubriendo después lo que había hecho. Le dije que
nunca debía de tratar con otra persona sino que debería observarse a sí misma y preguntarse qué estaba
haciendo ella con su propia sombra. Debemos dejar fuera a la persona en quien cae nuestra rabia, ésa es
la diferencia entre magia negra e imaginación activa. ¡Tiene usted que ponerse la camisa exorcizante
correcta sobre su propio sentimiento!
Cuando nos encontramos ante la situación de redimir a alguien, es decir una parte de nuestra propia
psique, está siempre en cuestión el hecho de proporcionarle el tipo de expresión adecuado, o sea el tipo
correcto de material de fantasía dentro del cual pueda expresarse a sí mismo.

Séptima conferencia
La última vez discutimos el problema de los siete cuervos y los seis cisnes en los cuentos de hadas. En
la historia de los seis cisnes la joven tiene que hacer camisas con flores, pequeñas flores que crecen en la
oscuridad de los bosques y que, puesto que se asemejan a pequeñas estrellas blancas, en el folklore se
consideran como las estrellas del cielo que crecen sobre la tierra. Con estas flores la joven hace las
camisas que arroja sobre sus hermanos quienes, gracias a esa acción, se vuelven, otra vez, seres humanos.
Consideramos lo lejos que esto se encuentra con relación a la proyección o con proporcionarle al
complejo inconsciente una expresión apropiada a través de material de fantasía. Pienso, en especial, en la
técnica de la imaginación activa que tratamos de utilizar cuando un contenido muy dinámico del
inconsciente se encuentra constelado y perturbando la conciencia; esto, siempre y cuando se encuentren
presentes ciertos requisitos, por ejemplo, que el yo no sea demasiado débil y que no exista psicosis ya
que debemos tener mucho cuidado con esta técnica.
Bajo condiciones adecuadas, tratamos de permitirle a este complejo del inconsciente expresarse a sí
mismo a través de la fantasía mientras que al mismo tiempo estamos participando conscientemente. De
esta forma el material se amplifica de una manera diferente de la del sueño. Cada sueño corresponde a la
amplificación de un problema inconsciente mientras que en la imaginación activa existe una cooperación
consciente activa; por un lado, un esfuerzo consciente que influye el material, y al mismo tiempo le
agrega ciertos datos y dentro de esta cooperación, entre consciente e inconsciente, puede llevarse a cabo
un proceso de transformación.
Existen personas que tienen la pretensión de poder influir en sus sueños, a pesar de que nunca he
encontrado pruebas de que ello suceda. En ocasiones, durante un sueño uno tiene la experiencia de estar
pensando que no quiere soñar con eso y entonces despierta, pero lo que deseo plantear es la situación en
que se instala una reacción de miedo por medio de la cual se llega a reprimirlo. No podemos alterar los
sueños: La única manera que conocemos de influir en el inconsciente, es por medio de la técnica de la
imaginación activa. Es cierto que otros factores pueden influirlo pero se trata de una influencia represiva.
En los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, hay un tema dado de meditación con un plan previo
concreto de actuación. Hasta donde sabemos, esto también se aplica en la mayoría de las prácticas de
yoga. Dicen, por ejemplo, que en una cierta fase aparecerán hermosas Devas y tratarán de seducirlo, pero
que se debe resistir la tentación, y también existen reglas por medio de las cuales debe mantenerse la
concentración.
En contraste con este tipo de prácticas, nosotros mantenemos la opinión de que en un proceso
dialéctico, en el cual lo consciente y lo inconsciente se confrontan mutuamente, la conciencia del yo tiene
que determinar, en cada caso, qué es lo que quiere, sin programa previo. Si en la imaginación de un
hombre, una hermosa diosa trata de seducirlo, es él quien decide si la sigue o no, no existe regla fija.
Como en la vida, a cada paso, la decisión le corresponde al consciente. Esto marca una tremenda
diferencia. Si esta técnica se practica adecuadamente hay hasta cierto límite, una posibilidad de influir en
el inconsciente y se puede experimentar un gran alivio de la tensión que provoca la fuerza obsesiva de un
contenido inconsciente. También es una buena manera de trabajar con ciertos sentimientos o dejar salir
material creativo inconsciente que es difícil de entender o que no puede hacerse presente el material ya
existente de antemano; de esta forma le damos al inconsciente la posibilidad de expresarse a sí mismo
añadiendo al mismo tiempo los elementos de concentración y enfoque de la conciencia, por lo que el
producto es resultado de dos mundos en una esfera intermedia, que llamamos la realidad de la psique.
Es eso, creo yo, lo que puede compararse con la camisa de flor de estrella en nuestro cuento de hadas.
La joven hace un largo y devoto esfuerzo para dar a los cisnes una forma a través de la cual puedan
volverse seres humanos, y esto es similar al proceso de imaginación activa: tomamos una posición
humana hacia los contenidos inconscientes, hablamos con ellos como si fueran seres humanos, lo cual
tiene un efecto de humanización mística y le confiere al ánimus o ánima, la posibilidad de un modo de
expresarse, por ejemplo.
Cualquier problema del inconsciente con el cual no estamos debidamente relacionados tiende a
obsesionarnos porque nos atrapa a la zaga. Si se puede llegar a dialogar con él, puede comenzar una
relación con él. Se puede estar, o poseído por un asunto constelado en el inconsciente o se puede tener
una relación con él. Cuanto más se suprime más afectado se es por él. Si al inconsciente no se le ofrece
un medio activo de expresión, surge materialmente una forma involuntaria de fantasía destructiva.
Cuando una persona se halla poseída o dominada por uno de estos problemas, se encuentra girando
alrededor de las suposiciones más sorprendentes, como puede hacer el gusano al cerrarse en su capullo.
Actitudes como con quién deben o no relacionarse, se convierten en temas obsesivos que no son capaces
de aclarar pues les parecen totalmente evidentes. Están seguras de todo y nunca se preguntan: «¿Por qué
supuse yo tal cosa?». La obsesión se convierte en una completa convicción semiconsciente. Esto sucede
cuando un material de fantasía ha encontrado un medio de expresión equivocado, por ejemplo en
acusaciones contra vecinos o amigos y cuya veracidad nunca se comprueba. Se ocultan detrás de la mente
de aquella otra persona y se amplían a sí mismas. Se captan pequeños detalles sin importancia y se
convierten en un montaje paranoico y cualquier insignificancia lo agranda un poco más; por ejemplo: el
gobierno ha decidido tal y cual cosa o el anillo del cartero significa esto o aquello —todo se convierte en
un signo más de lo que sólo es una estructura impuesta, sin pruebas. Aun las mentes de las llamadas
personas normales se encuentran llenas de generalizaciones sin fundamento que no tienen conexiones con
la realidad consciente. Si les interrogamos acerca de estas suposiciones nos encontraremos con un bloque
totalmente errático y descubriremos unas ideas disparatadas. En este caso la técnica de la imaginación
activa es la adecuada. Hay que poner la idea o el presentimiento frente a uno y hablarle. Después de
haber vencido un cierto malestar del estado consciente y la duda en su mente de que lo está inventando,
puede entonces proporcionarle al contenido o problema, la posibilidad de expresarse a sí mismo por
medio de la fantasía; esto requiere una actitud objetiva hacia el propio problema.
Mientras que la joven del cuento hace estas camisas de flor de estrella debe estar silenciosa, sin
pronunciar ni una palabra. Es un tema que también aparece en otras variaciones, como asimismo aparece
a menudo el otro aspecto en el que se le acusa de matar a sus hijos y estar embrujada, etcétera. Éste es
otro motivo de redención. «No hablar» significaría no tener ninguna relación con la gente que la rodea, ni
discutir el problema. Aquí encontramos un elemento que, naturalmente, ocurre con mucha frecuencia,
como es el hecho de estar asustados por algo que nos priva de la capacidad de hablar. En estados
catatónicos, la gente no puede pronunciar palabra, las emociones causadas por el problema son
sobrecogedoras y el habla se hace imposible. En casos menos graves, cuando estamos profundamente
conmovidos por alguna situación, no podemos hablar porque encontramos de nuevo la oposición entre lo
que sucede involuntariamente y lo que ocurre cuando se le agrega un esfuerzo. Si este tipo de problema
tiende a dejarnos sin habla, es mejor unirse a él y decidir no hablar sobre él. Si agregamos un esfuerzo o
actitud consciente, entonces el elemento destructivo o peligroso se vuelve positivo.
Por lo tanto, si nos encontramos asustados por un problema inconsciente y no podemos hablar sobre
él, entonces no tratemos de comentarlo con el mundo exterior, primero debemos permitirle expresarse en
nosotros mismos. De esta manera no se sentirá sobrecogido por una emoción desconocida, la cual
siempre es un hecho dinámico que fluye hacia algo. El impulso inconsciente primitivo sería seguir esa
tendencia secreta de la emoción hacia donde quiera dirigirse. Si es odio, nos lleva involuntariamente
hacia el objeto odiado; si es amor, se cumple el mismo mecanismo, por mencionar únicamente dos
emociones comunes y opuestas. Si tratamos de expresar la emoción, primero hacia el objeto, existe un
gran peligro de vernos agobiados por él. Digamos por ejemplo, alguien está furioso, sin embargo, al
intentar expresar el hecho correctamente, con una sola palabra, sale todo el flujo y a pesar de que uno
hubiera decidido decir poco, ¡toda una avalancha desciende irremediablemente! En el momento de la
emoción uno dice mucho más y se involucra más y más y al final uno cree aquello de lo que en un
principio dudó.
Si las personas no están debidamente preparadas e inician la práctica de la imaginación activa, la
fantasía se expresa en la forma en que ellos se sienten al respecto, pero sin embargo su emoción no hace
más que profundizarse y crecer más y más y al final conduce a la catástrofe porque la emoción creció de
modo unilateral. Primero debe uno tejer el material para la camisa, es decir encontrar una forma de
autoexpresión propia y después, dejar salir la emoción a su manera. Un jesuita del siglo diecisiete dijo
que la lengua humana es como una rueda de fuego que vierte fuego envenenado y destruye por doquier.
El aspecto negativo es bastante diabólico. Piensen en la propaganda de nuestros días y lo que puede
hacerse con ella, incluso hasta llegar al asesinato.
Sería más sabio que las personas que escriben artículos llenos de odio en los periódicos, se
mantuvieran serenas y trabajaran con sus propias emociones: eso correspondería a darle a la persona la
opción de tejer una camisa para que su emoción pueda manifestarse en forma humana. Lo mismo ocurre
constantemente en un análisis. La diferencia reside en la forma en que se expresa la resistencia. Si sólo se
la arroja fuera, el analista necesita un gran esfuerzo para no caer también en la emoción. Pero si el
analizando dice que la última vez sintió una cierta resistencia y quisiera discutir este o aquel punto,
entonces se trata de una situación humana normal, porque el problema se presenta dentro de la camisa
correcta.
Desgraciadamente, la posesión trae consigo la convicción de que uno está en lo correcto. Así como
los rusos están convencidos de que el mundo occidental es el elemento destructivo, de la misma forma si
el ánimus nos atrapa, podemos estar seguros de que las cosas son así. Lo más importante es saber esto.
Como la mayoría de mis hermanos y hermanas, cuando me dejo poseer por el ánimus, no me doy cuenta;
estoy convencida de que es mi opinión y no la de mi ánimus. Pero si nos analizamos durante un
momento, sabremos, por el tono de voz y la intensidad de la emoción, que algo no está correcto. Hay
demasiados impulsos detrás de lo que uno quiere poseer o hacer, y eso lo vuelve sospechoso.
Íntimamente tenemos el sentimiento de que este tipo de argumento ya lo oímos antes. Cuando uno
permanece demasiado tiempo poseído por el ánimus, no es posible sacarlo de inmediato, así que hay que
permanecer tranquilos, hay que regresar a su cuarto y decir: «Todo esto está mal, aquí hay algo muy
sospechoso acerca del estado en el cual me encuentro a mí mismo, por lo tanto no diré nada durante unos
cuantos días»; sólo después podrán agradecerle a Dios que por una vez lograron mantenerlo dentro. Pero
también puede irritarse y volverse peor, y allí es cuando necesitamos la camisa para que salga y no
únicamente mantenerlo dentro, porque eso no es bueno. Si el veneno se corrompe dentro, puede volverse
peor después de tres días, pero si dentro de ese tiempo, a través de la imaginación activa, le damos una
camisa, entonces podremos evitar perturbaciones.
Anteriormente aludí al caso de la joven que siempre era tan amable y educada porque buscaba ser
amada, pero que, sin embargo, al mismo tiempo acumulaba odio contra un hombre casado. La pareja con
la que en ocasiones se reunía, sufría del mismo mal, por lo que, es obvio, se acusaban mutuamente de ser
falsos y deshonestos. En una ocasión en que fue invitada a comer en casa de ellos, regresó con una rabia
patológica en contra del hombre, diciendo que era falso y mentiroso —¡es una persona horrible,
escondiéndose detrás de una máscara de dulzura!— No dijo nada. No hubiera mejorado la situación si lo
hubiese hecho, habría dejado salir demasiado; cuando regresó a su cuarto no podía trabajar ni
concentrarse porque la rabia la consumía por dentro. En su material de fantasía únicamente dio rienda
suelta a su rabia fantaseando sobre lo que le haría al hombre: colgarlo y escupirle, entre otras cosas.
Después, un sueño nos mostró que eso era como si practicara brujería y magia negra. Se lo expliqué a
ella, pero no podía creer que hubiera hecho algo parecido por lo que regresó sobre todo lo sucedido
durante los últimos días y salieron las fantasías, le dije que si la emoción la perturbaba hasta tal grado
debía personificarla, pero no en la persona concreta sino más bien en un oso enfurecido que trata de
romper todas las cosas. Si únicamente damos rienda suelta a la emoción y tratamos con las fantasías
equivocadas que van surgiendo, sólo se consigue bajar el nivel mental. Callarse, mantener la emoción
dentro y después darle un medio apropiado de expresión, es un método adecuado, éste es un motivo de
redención.
De igual forma podemos tomar un problema completamente diferente. Digamos que repentinamente,
como un cuervo o un cisne volando por el cielo, tiene la idea megalómana de que de alguna manera se
cree el mismo Dios. Puede decirse dos cosas a sí mismo: que es una tontería o puede usted alimentar la
idea, pero no le hable de ello a otros porque no le creerían. No escogió la fantasía, pero sí puede
preguntarse cómo llegó ésta a su cabeza. ¡Por supuesto que llegó sola! Si anda por ahí diciendo que es
Dios, la gente sabrá dónde encerrarlo, pero si se lo guarda para usted y se pregunta cómo le llegó esa idea
a la cabeza, puede llegar a descubrir un material de lo más sorprendente. Entonces, como los místicos,
encontrará que en todo ser humano existe una chispa divina y su personalidad crecerá a través de una
experiencia interna, a pesar de que la primera experiencia haya sido muy desagradable. Por lo tanto, uno
necesita, por decirlo así, sentarse en un árbol, estar completamente desligado de todo y dejar que la cosa
se exprese en sí misma, agregando mucha devoción al material, en lugar de dejarse agobiar por él.
Paracelsus dijo que todo ser humano es un cosmos y lleva dentro todas las estrellas. El cielo lleno de
estrellas es una imagen del inconsciente colectivo y el que las estrellas bajen a la tierra es el simbolismo
de la realización, porque la cosa se lleva a cabo realmente en el estado consciente del ser humano. Lo que
no es realizable no es verdadero. Antes de que se tomara conciencia del átomo, éste ya existía, pero no se
encontraba en la conciencia humana. Las estrellas bajan del cielo y al hilarse en la camisa se convierten
en un modelo arquetípico. El ala izquierda, la que persistió, significaría esa integración. Volverse
consciente es algo muy relativo. Como dijo Goethe: «Para nosotros queda un remanente difícil de
sobrellevar». Lo mismo es cierto para un contenido arquetípico que no puede integrarse completamente.
El significado del símbolo puede agotarse para nuestro sentimiento subjetivo, pero la totalidad de su
significado no se agota. Yo tomo cuentos de hadas y los interpreto hasta que me siento en paz conmigo
misma, pero no tengo la sensación de haber agotado el material. Si no he analizado lo suficiente, me
siento desconforme, entonces generalmente vuelvo a tener sueños y sé que mi inconsciente aún no está
satisfecho con mi interpretación, pero se trata de algo puramente relativo. En algunas ocasiones la gente
piensa que si uno se analiza durante veinte años, el inconsciente se agota pero esto prácticamente nunca
sucede, siempre existen otros aspectos, como si tuvieran la habilidad de continuar creando. Siempre
existe este ala, que nos pone en contacto con lo desconocido.
Un hecho sorprendente es que cuando la joven está con los siete cuervos en total son ocho, el número
de la totalidad; y en la historia de los seis cisnes cuando la joven se casa, de nuevo tenemos ocho. Al final
de ambos cuentos de hadas encontramos ocho personas. El simbolismo de este motivo lo comenta Jung
en Psicología y Alquimia en donde el paso difícil de tres a cuatro, o de siete a ocho, se relaciona con el
problema de integrar la cuarta función inferior. En este caso siempre nos encontramos con una gran
dificultad que tiene que ver con el hecho de que el inconsciente no puede integrarse completamente y la
cuarta función siempre permanece más o menos autónoma. En realidad, se trata de algo positivo que
significa que el flujo de vida continúa y siempre constela nuevo material y nuevos problemas. El todo
nunca se integra, y suponiendo que se pudiera integrar esto significaría la petrificación del proceso de
vida.
El siguiente motivo podría llamarse el motivo de Eros y Psique y está tomado de El Asno de Oro de
Apuleyo, novela que data del segundo siglo d. C. Trata de la historia de un hombre que estudiaba brujería
en Tesalia y quería averiguar los secretos de brujería practicados por su anfitriona. Pero las cosas salen
mal y se ve convertido en un asno que únicamente podrá recuperar su forma humana si come rosas. Al
final de la historia descubre a un sacerdote que lleva un ramo de rosas rojas durante una procesión de
iniciados en los misterios de Isis y Osiris, y al fin es capaz de recuperar su antigua forma humana y ser
iniciado en esos misterios. Durante el tiempo que fue asno unos bandidos lo utilizaron como bestia de
carga, haciéndole llevar todas sus pertenencias. En una ocasión, los bandidos robaron a una joven durante
una boda, y mientras aquéllos comían, una vieja le contó a la joven, que lloraba tristemente, el cuento de
hadas, que con frecuencia se publica por separado.
Erich Neumann, en Eros y Psique ha interpretado este relato desde el punto de vista de la psicología
femenina, pero en realidad tiene más relación con el ánimus del hombre y la psicología del ánima.
Apuleyo lo escribió como una leyenda popular, que incluyó en su novela, en el sitio correspondiente,
puesto que la historia en sí misma era anterior a la época del escritor. Lo interesante es que en las
mitologías germana y nórdica encontramos motivos paralelos, bastante independientes de nuestra
historia, lo que demuestra la difusión que han alcanzado estos temas en todo el mundo.
En la versión antigua, la protagonista de esa vieja leyenda popular, una princesa real, Psique, es
seducida por el hijo de la diosa Venus, el dios Eros, que pasa con ella las noches sin poder ser visto, por
su expreso deseo. En el palacio sirvientes invisibles les traen la comida. Sus dos hermanas la envenenan
con sospechas basadas en el hecho de que ella nunca vio realmente a su esposo, la convencen de que está
casada con un dragón quien la alimenta y ama para comérsela después. La sospecha crece y las
demoníacas hermanas le aconsejan que esconda una lámpara de aceite y un cuchillo y que por la noche
mire a su esposo y mate al dragón. Cuando enciende la lámpara ve a un joven alado muy hermoso, pero
en ese momento una gota de aceite caliente de la lámpara cae sobre él. Éste despierta y le dice que no
quería que ella supiera quién era él y como castigo se esfuma de inmediato dejándola sola. Ella quiere
matarse pero decide seguir tras él y comienza una larga búsqueda llena de contrariedades.
En este caso no es la luz de la lámpara sino el aceite hirviendo lo que hace visible al amante, que al
ser herido, desaparece y se pierde. Su equivalente es un cuento de hadas alemán, Las tres princesas
negras, en el cual el motivo de redención es diferente. Un joven llega a un castillo negro en el bosque y
encuentra a tres princesas negras enterradas hasta la cintura. Les pregunta si puede redimirlas. Le
contestan que puede hacerlo si no habla durante un año y no habla a nadie acerca de ellas, ni de lo que
está haciendo, si revela el secreto los hermanos de las princesas lo matarán. Durante algún tiempo
mantiene su promesa, pero en su casa la madre continuamente le pregunta por qué no habla, él cede
finalmente y lo cuenta. Ella piensa que hay algo muy extraño en todo este asunto y le dice que tome una
vela de la iglesia y un poco de agua bendita y cuando regrese, encienda la vela y rocíe con el agua a las
princesas. Al hacer esto las princesas se vuelven blancas hasta la cintura y le dicen que si únicamente
hubiera mantenido su promesa las hubiera redimido pero que ahora nadie podrá hacerlo jamás y sus
hermanos lo matarán. El joven se arriesga y al saltar fuera de la ventana se rompe una pierna y queda
inválido. El castillo desaparece. En este caso se trata de una figura del ánima que se destruye por la
aportación de la luz.
Otra versión es la de los hermanos Grimm La alondra saltarina y cantarina. Un comerciante muy
rico tiene tres hijas. En una ocasión que debía salir de viaje les preguntó qué desearían que les trajera de
regalo a su regreso. Una pidió perlas, la segunda diamantes y la tercera dijo que quería una alondra
saltarina y cantarina.
No logró encontrar lo que su hija menor le pidió hasta que de regreso a su hogar, mientras atravesaba
un bosque vio una alondra en un árbol, pero se encontraba protegida por un león que le dijo que
únicamente le daría el pájaro si él, el león, se podía casar con la joven. El león atemorizó al hombre de tal
manera que, al llegar a su casa, se lo contó a su hija. Ella aceptó y vivió con el león en un castillo. De día
era un león pero por las noches se despojaba de su piel y se convertía en un hermoso príncipe. Después
de un tiempo, ella sintió nostalgia y quiso ver a sus hermanas. El león la previno, pero se acercaba la
fecha de la fiesta de boda de una de ellas y la joven insistía en que él debía acompañarla. Le dijo que si
cualquier tipo de luz caía sobre él, ocurriría una desgracia, por lo que ella hizo arreglos para que se le
mantuviera encerrado en un cuarto sin luz. Pero en una de las paredes, había una rendija y una pequeña
luz se filtró a través de ella. Cuando la luz cayó sobre el león, lo convirtió en una paloma. Cuando la
joven volvió sólo encontró a la paloma que le dijo que ahora tendría que unirse y volar con las demás
palomas durante siete años, pero que si quería seguirlo, podía hacerlo pues cada siete pasos dejaría caer
una gota de sangre y una pluma blanca. La joven, para encontrarlo, emprendió entonces una larga y
dolorosa búsqueda que la llevó hasta el fin del mundo, más allá del mar Rojo y de un inmenso bosque, y
es allí donde lo redimió finalmente.
En este caso, de nuevo la luz es el elemento destructivo pero también lo son las hermanas de la joven.
En otras versiones el amante desaparece cuando se le llama por su nombre de animal o si se le traiciona
revelando algo acerca de él a sus hermanas. Pero por el momento quisiera concentrarme en las versiones
que contienen este motivo de la luz. Este tema nos sorprende porque estamos acostumbrados a pensar
que la luz, en general, es únicamente positiva. La luz es símbolo de conciencia, nos ilumina y hablamos
acerca de la luz de la conciencia que ilumina a alguien, etcétera. Aquí encontramos un tipo de unión
mística rodeada de misterio entre dos amantes. En el cuento anterior, es una unión que se lleva a cabo
durante la noche y que no se relaciona en absoluto con ninguna luz directriz de la conciencia, pero en el
momento en que la luz cae sobre esta unión se produce separación y sufrimiento y quizás hasta
destrucción definitiva de la posibilidad de redención, como la invalidez del joven que debía haber
redimido a las tres princesas negras.
Esto señalaría que la conciencia puede llegar a ser destinada; a saber, que la luz sobre la conciencia
no es positiva para ciertos temas del inconsciente, sino que, al contrario, es destructiva. Esto es algo que
todos los analistas y futuros analistas deberían tomar muy en cuenta ya que se trata de algo de gran
importancia. Se trata de un motivo arquetípico lo cual significa que es algo muy amplio e importante. La
conciencia es destructiva y puede provocar una separación dentro de ciertos campos como puede ser el
definido y caracterizado como el reino de Eros. Es aquí donde la luz de la conciencia puede llegar a tener
un efecto completamente destructivo. Uno tiene la impresión, de que si la joven hubiera podido mantener
el misterio y continuar con él indefinidamente, en un momento dado, algún tipo de redención se hubiera
llevado a cabo procedente de no sabemos dónde.
Naturalmente, la intrusión de la luz tiene que ver con el hecho de que se produjera demasiado pronto.
Esto nos lo dicen algunas figuras de animales que desaparecen, y como consecuencia el compañero tiene
que hacer un largo esfuerzo para encontrar de nuevo al otro, por lo que el motivo del «momento preciso»
aparece una vez más. Aquí el compañero es, o un animal, o no sólo un animal, sino un dios. Psique, por
ejemplo, naturalmente, tiene la sospecha de que él puede ser un dragón como se lo sugirieron las
hermanas. Lo que descubre es que se casó con la más hermosa figura divina, lo cual es típico, puesto que
lo divino y lo animal se encuentran muy cerca uno de otro.
Lo divino está, tanto arriba como abajo del nivel humano, no existe diferencia. En una ocasión al
misterioso marido lo encontramos por arriba del nivel humano y en otra el misterio es que se encuentra
por debajo. Los alquimistas dicen que arriba es abajo, por esto el animal es idéntico al principio divino.
Este misterio de estar por encima o por debajo del nivel humano está vinculado con el hecho de ser visto
a la luz de la conciencia, porque eso puede destruir los elementos que definen lo que se encuentra arriba
o abajo y no reconocer el propio nivel. Es la luz de la conciencia, contenida en la zona de influencia de
las hermanas o en el dominio de la madre, la que es destructiva, porque ellas son las mujeres negativas y
celosas de todo lo que se encuentra a su alrededor.
La luz destructiva es la que proviene de la boda de una de las hermanas, o es arrojada hacia el dios
ante la sugerencia de una de ellas, o en la historia de las princesas negras, la madre del héroe le sugiere
que debería llevar consigo una luz y eso se relaciona con el peligro de los celos o los sentimientos
malévolos. No es la decisión personal del héroe sinó una decisión autónoma. Pero en el caso del leónalondra
no existe decisión, la joven sólo sugiere que debe ir a la fiesta de la boda lo cual muestra un
«impulso» equivocado de su parte. Aquellos que quieren ser redimidos siempre evitan la luz porque ésta
tiene un efecto destructivo sobre los contenidos embrionarios o aquellos que se encuentran en estado de
transformación. Si usted cambia de lugar una planta y repentinamente la coloca bajo la luz del sol, se
marchitará por completo y del mismo modo la luz del sol puede destruirnos si nos exponemos demasiado
a ella, permaneciendo demasiado tiempo bajo su efecto. En ambas historias la luz es evocada por razones
negativas y maliciosas.
Si tomamos esto a nivel psicológico se puede decir que en esta luz de reconocimiento existe el matiz
de una actitud de «no es más que». Hay un mundo de diferencia entre si digo «esto es esto» o bien si digo
«no es más que esto». Si algo se encuentra en un proceso de crecimiento y digo «es esto», entonces puede
aún cambiar, pero si digo no es «no es más que», esta actitud limita y detiene la transformación y la
posibilidad de un futuro crecimiento. Si el intelecto no dice «me parece que es de esta manera» sino que
se acompaña de esa sutil actitud psicológica que dice «sé que es únicamente esto y nada más», entonces
ese matiz de «nada más que» trae consigo lo que es diabólico o luciferino y destruye todo, especialmente
lo que está creciendo. Lo que se encuentra petrificado ya no tiene importancia. Si pienso de esta manera
sobre una vía de tren, no pasa nada, pero si creo que sé todo acerca de la vida de las plantas y que sólo se
trata de este y aquel proceso químico, entonces me bloqueo cualquier posibilidad de descubrir algo más.
Todos los contenidos del alma tienen que regresar al otro motivo del ala del cisne —todos poseen un
aspecto que todavía no reconocemos—. El sistema filosófico con el cual tratamos de interpretar los
contenidos del inconsciente está abierto a más y ése es el camino por medio del cual la interpretación no
tendrá un efecto destructivo. Debemos mantener dentro de lo que es posible y aceptar al mismo tiempo
que puede haber mucho más, proporcionándole de esta manera espacio para crecer.
La luz de la iglesia no hubiera destruido a las princesas, pero sí lo hicieron las malévolas órdenes de
la madre del héroe, lo que significaría que el motivo con el cual se utilizó esa luz era falso. La madre era
completamente hostil hacia la futura novia. No se debió el cambio a que el agua bendita en sí hubiera
funcionado negativamente, sino al elemento negativo que introdujo la madre. El agua bendita y la luz de
la vela se utilizan en exorcismos, por lo que cuando la madre dice que el héroe debería tomar agua
bendita está definiendo que las princesas son malas y «no son más que» brujas; introduciendo un matiz
que no se encontraba en la historia misma, porque no eran brujas, simplemente lo que querían era
volverse blancas. Al rociar agua bendita sobre ellas el héroe ponía de manifiesto la posibilidad de que
probablemente «no fueran más que» brujas y por lo tanto destruye su propia alma al hacerlo.
Todo lo que es malo o profano, siempre resulta de esa actitud de «no es más que». En discusiones
intelectuales encontramos gente que parece querer decir la última palabra: en sus argumentos existe un
tipo de impulso que no es necesario en toda formulación intelectual. Cuando no se usa como instrumento,
el intelecto se vuelve autónomo y dinámico y podemos estar seguros de que un hombre con este tipo de
actitud está dirigido por su ánima, de otra manera discutiría de una manera calmada y despegada. Puede
haber un cierto aspecto complementario que aún no se ha contemplado. Los científicos del siglo XIX
siempre pretendieron demostrar la verdad absoluta, vivían con la idea de que «ahora sabemos» y no con
el tipo de actitud abierta de los científicos modernos que dicen «lo que observamos nos conduce a esta
conclusión». De la manera anterior la puerta queda abierta a cualquier otra decisión que pueda
alcanzarse, existiendo siempre la idea, no de una verdad absoluta, sino de una verdad relativa.
Esto sería un ejemplo del cambio de actitud necesaria que nos condujera a la convicción de que el
intelecto es un instrumento con el cual podemos aportar algo de luz sobre algunas zonas, pero por medio
de esa misma luz también podemos quedar deslumbrados. Con toda seguridad es cierto en la
interpretación del material psicológico: si lo describimos desde un cierto ángulo, podríamos decir que,
efectivamente, irradia una luz sobre el material, pero que existen además muchísimas otras cosas que
pueden descubrirse de otra manera.
La actitud arrogante del intelectual es causada por motivos inconscientes tales como el prestigio o los
impulsos de poder o los mecanismos de defensa provocados por el miedo. El intelecto debería purificarse
de motivos falsos y no olvidar su cualidad instrumental. Esta función de instrumento debería estar al
servicio de toda la personalidad y no ser algo autónomo que se usa respondiendo a motivos inconscientes
de miedo o política, etcétera, puesto que éstos envenenan el instrumento.
El caso de las princesas negras nos describe el motivo de «la madre destructiva». En el caso del leónalondra,
no podemos probar ninguna actitud psicológica, sólo sabemos que las dos hermanas mayores
deseaban joyas, lo cual demuestra una actitud mundana y orientada hacia la vida, y posiblemente esto
tuvo que ver con el hecho de que la luz de la fiesta de bodas destruyera algo durante la boda de la
hermana menor —un producto mundano como la iluminación alcanzó algo de carácter absolutamente
místico—. Esto arroja mucha luz sobre la psicología femenina, donde es muy difícil separar el amor de
las motivaciones sociales, ya que la situación amorosa de una mujer y su status social siempre han estado
históricamente unidos. En el mundo islámico, por ejemplo, la mujer se convierte en un miembro del
harem. El estado matrimonial, para una mujer, se encuentra generalmente combinado con su prestigio y
su vida social, y este prestigio envenena siempre la actitud de pureza del sentimiento.
Con el ánima del hombre es diferente, siempre y cuando su creatividad, su Eros, se entregue
parcialmente a su querida profesión, a las ideas que le interesan, o al campo de experiencia espiritual en
el que vive, lo cual le aporta el necesario motivo mundano. Muchos hombres han renunciado a la
investigación en ciertas áreas ante la imposibilidad de hacer de ello una carrera; un hombre frusta la
experiencia interior si coloca su investigación espiritual al servicio de su carrera. Traicionaría de ese
modo su instinto hacia la verdad ya que su materia o sea sus «joyas» envenenarían la atmósfera del
místico matrimonio interior con su alma.
No siempre la situación puede destruirse completamente; en la historia de las princesas negras el
hombre queda definitivamente inválido, mientras que en otras historias un largo viaje debe llevarse a
cabo para encontrar de nuevo al ser amado. Esto sucede cuando la gente sucumbe al impulso de poder o
prestigio y pierde la unidad consigo mismo hasta que la infelicidad y la incomodidad que aparecen como
consecuencias de ello, la obliga a emprender de nuevo la búsqueda de su alma. Entonces, generalmente, a
fin de poder encontrar de nuevo la totalidad interior es necesario seguir un largo proceso de búsqueda y
de renunciar a las ventajas mundanas que tenía en un principio. Otras veces, el compañero puede ser
redimido a través del sufrimiento, o por un beso dado a un ser desagradable (redención por medio de la
superación de una repugnancia).
Ahora quiero tratar otro motivo más, el de cortar la cabeza. En algunos cuentos de hadas encontramos
un animal que ayuda al héroe o a la heroína; les da consejo o los previene de los peligros. En algunas
ocasiones la novia o el novio, uno de los dos, se convierte en animal y al final de la historia pide que se le
corte la cabeza. Generalmente el que debe llevar a cabo ese acto rehúsa, alegando que está endeudado
con el animal, pero éste insiste, y al final el héroe se decide y esgrimiendo la propia espada lo decapita,
momento en el cual aparece un ser humano que, por una maldición, había sido transformado en animal
previamente.
En El pájaro dorado, Grimm nos cuenta de un héroe que tiene que encontrar a una hermosa princesa;
en esa búsqueda le ayuda un zorro que al final le dice: «Debes cortarme la cabeza y las patas». El héroe
rehúsa, puesto que su agradecimiento no se lo permite, pero el zorro vuelve a insistir una vez más
suplicándole que le corte la cabeza y las patas; en esta ocasión el héroe se decide a ejecutar la solicitud y
entonces en lugar del zorro, aparece un hermoso príncipe, quien resulta ser el hermano de la princesa y
por lo tanto cuñado del héroe, quien tenía que ser decapitado a fin de recuperar su forma humana.
Existe el cuento de hadas alemán en el que un niño encuentra un castillo encantado y un pequeño
perro negro que le pide que lo decapite; cuando lleva a cabo ese acto se redime el castillo y el perro se
convierte en una princesa.
En otro de los cuentos de hadas de Grimm, La novia blanca y la novia negra, una bruja tiene dos
hijas, una de las cuales es bruja como ella y la otra es la hijastra, hermosa y buena. También tiene un
hijastro, a través del cual el rey se pone en contacto con ellos ya que quiere casarse con la hermana.
Todos emprenden el viaje en carruaje hacia la corte. En el camino, la madre bruja insiste en que su
hijastra le dé sus vestidos a su propia hija bruja. Después que la hijastra cumple con esa imposición, es
empujada al río y se convierte en un pato y es la hermana bruja quien se casa con el rey. De tiempo en
tiempo el pato va a la cocina real y recita un pequeño verso en el cual relata lo que sucedió. El pinche de
cocina escucha y le cuenta al rey acerca del extraño pato. El rey acude a verlo y cuando el pato entra le
corta la cabeza y en su lugar aparece una hermosa princesa. Entonces ella se convierte en reina y la bruja
y la hermanastra son castigadas.
En este caso el animal tenía que ser decapitado. Estamos enfocando nuestra atención hacia el tema de
la decapitación; sin embargo, cortar la cabeza de un ser humano es un motivo muy difundido en alquimia
en donde alude a la separación del aspecto intelectual del instintivo. En Mysterium Conjunctionis, Jung
habla de la decapitación del dragón y del etíope, interpretándolas como la separación del intelecto del
aspecto más instintivo de la psique.* En este caso significaría dos cosas; a saber, si separamos el intelecto
del instinto resulta un cierto desprendimiento mental u objetividad, por lo que uno puede mirar su propio
caudal de instintos, impulsos y de pensamientos —sin prejuicios—. El intelecto se separa a sí mismo de
su relación con el inconsciente y con el resto de la personalidad y se convierte exclusivamente en un
factor de espejo e independiente, como se puede observar en la imaginación activa donde se requiere
desprendimiento unido con valor. Debemos desprendernos de nuestro yo y mirar objetivamente.
Pero la decapitación también puede significar un sacrificium intellectus, una renuncia al deseo de
comprender, a fin de permitir que ciertas otras formas de realización se lleven a cabo. Si estoy pensando
continuamente en una relación, puedo impedir la posibilidad de su realización a nivel del sentimiento,
por lo tanto el intelecto, en algunas ocasiones, tiene que desasirse y permitir que surjan otras formas de
vida. Para el misterio divino, uno tiene que renunciar al estrecho deseo de una comprehensión intelectual
unilateral y allí, en donde otras formas de realización tuvieran la posibilidad de llegar al alma, durante
algún tiempo el intelecto debe ocupar un lugar secundario, limitándose a su propio campo de
operaciones.
Es diferente si se decapita a un animal porque en un animal la cabeza sería, relativamente, la parte
más intelectual del cuerpo. En general estamos inclinados a proyectar la conciencia y el pensamiento en
la cabeza de los seres. Decapitar un animal, significaría separar su inteligencia de su cuerpo, lo que
definitivamente le da al ser todo un aspecto diferente que el decapitar a un ser humano, porque entonces
significaría cortar ese elemento en la vida, que consiste en planear astutamente. Los animales no llegan
tan lejos como por ejemplo a la construcción de un sistema filosófico, al menos no tenemos noticias de
que puedan hacerlo, pero sí sabemos que su inteligencia es capaz de concebir planes con astucia, o el usar
de ciertas acciones con una meta definida; no sabemos si esto se lleva a cabo consciente o
inconscientemente pero, desde fuera, podemos observar que el animal se ha comportado
inteligentemente. Esto puede observarse también en los impulsos animales de un ser humano. En
psicología femenina se expresa en conspiraciones o intrigas —toda la intriga semiconsciente— en las
cuales la mujer se complace, como sentarse en una conferencia «casualmente» cerca de un hombre que le
interesa y demás. Su instinto no coincide con su conciencia. Esto lo encontramos igual de pronunciado en
la sombra y en el ánima de los hombres. Nuestros impulsos tienen una tendencia a fomentar acciones
planeadas para el logro de nuestros objetivos y éstos perturban la unidad consciente de la personalidad: la
mano derecha no sabe lo que hace la izquierda, se ha introducido un elemento impuro.
* Collected Works, vol. 14, pp. 730 s.
Santo Tomás de Aquino habla de la diferencia entre concupiscentia y cupiditas, la primera siendo
solamente un impulso natural cuando uno quiere algo —la parte carnal de un hombre que lo dirige
cuando quiere algo—. Pero en cupiditas, es la ambición u otro tipo de cualidad intelectual que se le une y
le añade al impulso un aspecto adicional impuro y diabólico, introduciendo además el elemento de intriga
o de astucia. El comportamiento de un ser humano conducido por un impulso puede compararse con el
de un animal. El animal tiene sus propios trucos, o bien otro impulso puede sumarse al primero. Pero en
un ser humano algo que originalmente no le pertenece combina con una cierta cantidad de conciencia y
puede intervenir, intensificando por consiguiente la necesidad, entonces el reino instintivo se envenena y
no funciona de manera adecuada. Cortar y separar el elemento que pertenece a la conciencia humana,
dejando el cuerpo del animal que corresponde a la materia pura del impulso instintivo, todo el problema
puede integrarse entonces a nivel humano.
Quisiera agregar una última palabra. Probablemente habrán notado que he utilizado una manera de
pensar distinta al interpretar todos estos cuentos de hadas. Cuando uno trata con este tipo de folklore
simbólico, se puede pensar de varias maneras: una sería pensar acerca del tema y la otra colocarse fuera,
arriba o al lado del mismo y anticipar pensamientos acerca de él, observando para ver si encajan. Uno no
puede salirse del primer camino, es el camino del pensar tradicional aprendido en la escuela; pero cuando
se ha practicado el otro método durante algún tiempo, nuestro pensamiento se altera; uno ya no se detiene
a pensar acerca de eso, el proceso de pensar se convierte en algo más bien como escuchar lo que el
símbolo en sí mismo tiene que decir. De esta manera el pensar se convierte en un instrumento que se
presta a sí mismo a la autoexpresión del tema.
Esto es lo que Jung llama pensamiento simbólico. Es algo difícil de aprender y cuanto más se ha
aprendido la manera escolástica, más difícil se hace el cambio a este pensamiento simbólico. Sin
embargo, a través de él se cuenta con un instrumento inapreciable para comprender el material en bruto
de la psique y sus nuevas y desconocidas expresiones, que debemos esforzarnos por conocer si queremos
tratar con el inconsciente. Yo los alentaría a que hicieran un esfuerzo en esta dirección, puesto que puede
aportar una nueva luz y don de comprensión a lo que de otra manera resultaría ser incomprensible.

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Índice de temas citados
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• La inmersión en el baño
• Cubrirse con piel de animal
• Golpear con el avellano
• Comer flores
• Conversión en un animal
• Espíritu suicida
• El momento oportuno
• Quema de la piel
• El arco v la flecha
• Un palacio en el bosque
• El príncipe
• El silencio
• La camisa
• El aporte de la luz
• El beso
• La decapitación
Índice de cuentos citados
• Los siete cuervos
• El camarada
• El asno de oro
• Los seis cisnes
• La rana que era hija del Zar
• El rey Lindworn
• El sastre del rey
• Los doce hermanos
• Las tres princesas negras
• La alondra saltarina y cantarina
• El pájaro dorado
• La novia blanca y la novia negra

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