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ESTRATEGIAS DEL LADO OSCURO

Escrito por imagenes 23-12-2008 en General. Comentarios (0)

ESTRATEGIAS DEL LADO OSCURO



ESTRATEGIAS DEL LADO OSCURO



1
Pensamientos Satánicos



Lo que sigue a continuación es una pequeña muestra del pensamiento y
estrategias de los Satanistas. Quede claro que este autor no es satanista
ni piensa como ellos. En realidad el cómo pienso es algo particular.



Es probable que conozca a alguien que sea satanista, aunque no lo
manifieste. Aquí podrá ver un poco su forma de pensar.



Cuando empecé a investigar este tema, me di cuenta que tenía una idea
diferente sobre lo que ellos dicen ser y hacer. Parecen tener una extraña
moral y códigos éticos, aunque con su lógica. De todas formas, usted opina.



Si Ud. quiere profundizar en el tema, en la Red hay varios enlaces muy
buenos sobre satanismo.


Otra cosa, si es usted cristiano convencido y de rígida mentalidad, por
favor, no siga leyendo




2
Las Once Reglas Satánicas



(Lex Satanicus)





1. No des tu opinión o consejo a menos que te sea pedido.

2. No cuentes tus problemas a otros a menos que estés seguro que quieran
oírlos.

3. Cuando estés en el hábitat de otra persona, muestra respeto o mejor no
vayas allá.

4. Si un invitado en tu hogar de enfada, trátalo cruelmente y sin piedad.

5. No hagas avances sexuales a menos que te sea dada una señal de
apareamiento.

6. No tomes lo que no te pertenece a menos que sea una carga para la otra
persona y esté clamando por ser liberada.

7. Reconoce el poder de la magia si la has empleado exitosamente para
obtener algo deseado. Si niegas el poder de la magia después de haber
acudido a ella con éxito, perderás todo lo conseguido.

8. No te preocupes por algo a lo cual no necesites sujetarte tu mismo.

9. No hieras niños pequeños.

10. No mates animales no humanos a menos que seas atacado, o para alimento

11. Cuando estés en territorio abierto, no molestes a nadie. Si alguien te
molesta, pídele que pare. Si no lo hace, destrúyelo!






Cómo ser Dios (o el Diablo)


Aquellos con la ilusión de omnipotencia deben considerar los requisitos
previos para la deificación. Si realmente tiene los medios para convertirse
en un ser más elevado, aquí hay algunas pautas útiles.



1. No te hagas publicidad


Simplemente permite que tu presencia se sepa. Nunca, bajo ninguna
condición, andes proclamándote como el Diablo. Otros deben reconocerte como
tal. La razón por la que el Dios de los Cristianos no hace apariciones
regulares en conciertos, firmando libros, en fiestas es porque él no tiene
que hacerlo. Hay seguidores suficientes que anunciarán su existencia por
él, no mencionar nada probando el conocimiento personal. Si eres un diablo
de primer orden, otros querrán hacer la publicidad por ti (así lo quieras o
no).



2. Nunca seas evidente


Sé siempre misterioso y enigmático. Recuerda: el hombre sigue sus dioses, y
los dioses nunca son evidentes. Nunca has sabido de un Dios que quiera ser
uno de la muchedumbre. Este es el por qué se ha dicho que "El Señor trabaja
de maneras misteriosas." O si no. ¿por qué a una catástrofe inesperada se
le llama "un acto de Dios?."



3. Debes ser creativo.


Toma tu inspiración de las fuentes más sórdidas si necesario, pero nunca
imites. Los artistas que copian o plagian no pueden proclamarse divinidades
por falta de originalidad o creatividad para proponer ideas frescas, y ni
hablemos de nuevos mundos.



4. Debes tener estilo.


Clase. Sé reservado. Muestra algo de moderación. Si no puedes ser decoroso
y amable respecto a otras personas, ¿cómo podrás mantener el orden y mando?



5. El sentido del humor es un imperativo


Un dios que no pueda reírse de él mismo o tenga algún desahogo cómico es un
Jehová embotado y definitivamente no-satánico.


6. Mantén siempre algo de duda, incluso sobre ti mismo.


El mundo está lleno de megalomaníacos que están arrogantemente seguros de
su propia omnipotencia. Una pizca de duda de uno mismo en la tarea de ser
dios se añade algo de auto-conocimiento que le falta a la mayoría de
mortales, que lleva a nuestro próximo decreto.







7. Sé consciente de tu propia mortalidad.


Entiende que los dioses han sido proclamados muertos muchas veces a lo
largo de la historia. Este es el por qué tenemos Valhallas y Avalons y
tierras como Nod, al este del Edén.



8.
Debes ser lo suficientemente perceptivos para ver las cosas como
realmente son



No como podrías haber sido enseñado por otros que existen para aprovecharse
de tu ignorancia. Aún para entender mejor la forma de ser del hombre y
tratar con él, debes poder ser consciente de lo que realmente está pasando
y ver las cosas a través de sus ojos. En otras palabras, aprende a ser
tonto si te es más útil.



9. Sé misericordioso


Sobre todo cuando estés contento, pero cruel si estas enfadado. Si
realmente manejas algún poder, las personas comprenderán los beneficios
obtenidos contribuyendo a tu felicidad, o el mal rato que pueden pasar
haciéndote enfadar.

DOS BOTELLAS NEGRAS -- H. P. Lovecraft -- Wilfred Blanch Talman

Escrito por imagenes 22-12-2008 en General. Comentarios (1)

DOS BOTELLAS NEGRAS -- H. P. Lovecraft -- Wilfred Blanch Talman

DOS BOTELLAS NEGRAS -- H. P. Lovecraft -- Wilfred Blanch Talman

H. P. Lovecraft - Wilfred Blanch Talman

Entre los pocos habitantes que quedan aún en Daalbergen, ese
villorrio decadente de las montañas Ramapo, los hay que creen que mi tío,
el anciano reverendo Vanderhoof, no está realmente muerto. Algunos de
ellos sustentan la idea que se encuentra suspendido en algún lugar entre el
cielo y el infierno, por culpa de la maldición del viejo sacristán. De no
haber sido por ese viejo hechicero, quizá estuviera aún lanzando sus
sermones en la pequeña y húmeda iglesia de más allá del páramo.
Y, tras lo que me ocurrió a mí en Daalbergen, casi estoy tentado de
creer lo mismo que los aldeanos. No estoy seguro de que mi tío esté
muerto, pero de lo que tengo la completa certeza es de que no se encuentra,
al menos vivo, en este mundo. No hay duda alguna de que el viejo sacristán
lo enterró, pero ahora no se encuentra en su tumba. Puedo casi sentir su
presencia detrás de mí, mientras escribo, empujándome a contar la verdad
acerca de esos extraños sucesos que tuvieron lugar en Daalbergen hace
tantos años.
Llegué a Daalbergen el 4 de octubre, en respuesta a una llamada. La
carta procedía de un antiguo miembro de la congregación de mi tío, y me
informaba de que el anciano había fallecido, así como que existían unos
pocos bienes de los que yo, como único pariente vivo, era el heredero.
Llegué a aquella población pequeña y aislada después de una fatigosa
sucesión de cambios de ferrocarriles, para dirigirme al colmado de Mark
Haines, que había sido quien me había escrito aquella carta; y este, después
de llevarme a una habitación zaguera y mal ventilada, me contó una
historia de lo más curiosa, tocante a la muerte del reverendo Vanderhoof.
- Tengo que tener cuidado, Hoffman - me dijo Haines-, cada vez
que me encuentro con ese viejo sacristán, Abel Foster. Tiene un pactó con
el diablo, tan seguro como que hay Dios. Hará unas dos semanas, Sam
Pryor, cuando pasó por el viejo cementerio, le escuchó hablar por lo bajo
con los muertos. Seguro que era él, y Sam podría jurar que una voz de
algún tipo le respondía: una especie de media voz, profunda y apagada,
como si viniera de debajo de la tierra. Había otras voces, según dice, y
pudo verlo parado junto a la tumba del viejo reverendo Slott... junto al
muro de la iglesia... y agitaba las manos y hablaba con el musgo de la
lápida como si pensase que era el viejo reverendo en persona.
El viejo Foster, según me dijo Haines, había llegado a Daalbergen
hacía unos diez años, y Vanderhoof lo había contratado de inmediato para
que cuidase de la húmeda iglesia de piedra en la que la mayor parte de los
aldeanos rendían culto. Nadie, excepto Vanderhoof, parecía tenerle
15 Título original: Two Black Bottles (junio-octubre de 1926). Colaboración con
Wilfred Blanch Talman. Publicado por primera vez en la revista Weird Tales (agosto
de 1927) solo con el nombre de Talman.
simpatía, ya que su sola presencia provocaba el desasosiego. A veces se
quedaba junto a la puerta cuando la gente acudía a la iglesia, y los hombres
devolvían con frialdad sus serviles zalamerías, en tanto que las mujeres se
apresuraban, recogiéndose las faldas para evitar que lo rozasen. Entre
semana, se le podía ver cortando la hierba del cementerio y atendiendo las
flores de las tumbas, y de vez en cuando canturreando y murmurando para
sus adentros. Y pocos fueron los que no se dieron cuenta de la especial
atención que prestaba a la tumba del reverendo Guilliam Slott, el primer
pastor de la iglesia en 1701.
Poco después de la llegada de Foster a la aldea comenzó a gestarse
el desastre. Primero fue el cierre de la mina de la montaña, en la que
trabajaba la mayor parte de los hombres. La veta de hierro se agotó y casi
todo el mundo se marchó a poblaciones más prósperas, mientras que
aquellos que tenían tierras en la vecindad se convirtieron en granjeros y se
las ingeniaron para arrancar un magro sustento a esas laderas rocosas.
Luego llegaron los problemas en la iglesia. Se murmuraba que el reverendo
Johannes Vanderhoof había hecho un pacto con el diablo y que estaba
difundiendo sus prédicas en casa del Señor. Sus sermones se habían
convertido en extraños y grotescos... impregnados de cosas siniestras de las
cuales la sencilla gente de Daalbergen nada sabía. Los transportaba,
cruzando edades de miedo y superstición, hasta regiones de espíritus
odiosos e invisibles, y poblaba sus imaginaciones con gules nocturnos. Uno
a uno, la gente fue dejando la congregación, mientras que los ancianos y los
diáconos pedían en vano a Vanderhoof que cambiase el tema de sus
sermones. Aunque, de continuo, el anciano prometía hacerlo así, parecía
atado a algún poder más fuerte que lo obligaba a cumplir su voluntad.
Un gigante en estatura, Johannes Vanderhoof era bien conocido
como hombre débil y timorato, pero incluso con la amenaza de expulsión
pendiente de su cabeza continuó con sus fantasmales sermones, hasta que
apenas un puñado de personas acudió a escuchar sus pláticas del domingo
por la mañana. Debido a las precarias finanzas, era imposible buscar un
nuevo pastor, y al cabo de no mucho tiempo ningún aldeano osaba
acercarse a la iglesia o a la casa parroquial adjunta. Sobre todo aquello
pendía el temor a los espectros con los que, al parecer, Vanderhoof tenía
tratos.
Mi tío, al decir de Mark Haines, había seguido viviendo en la casa
parroquial debido a que nadie tenía el valor suficiente para decirle que se
marchase. Nadie volvió a verlo, pero se distinguían luces en la casa
parroquial por la noche, e incluso había atisbos de las mismas en la iglesia,
de tarde en tarde. Se murmuraba en la población que Vanderhoof predicaba
regularmente en la iglesia, todos los domingos por la mañana, indiferente al
hecho de que su congregación ya no estuviera ahí para escuchar. A su lado
solo se mantenía el viejo sacristán, que vivía en el sótano de la iglesia, para
cuidarlo, y Foster hacía una visita semanal a lo poco que quedaba de la
parte comercial del pueblo, para comprar provisiones. Ya no se inclinaba
servilmente ante la gente con la que se cruzada, y en vez de ello parecía
albergar un odio demoníaco y mal disimulado. No hablaba con nadie,
excepto lo justo para hacer sus compras, y, cuando pasaba por la calle con
su bastón golpeteando las desiguales aceras, lanzaba a izquierda y derecha
miradas malignas. Encorvado y marchito debido a una edad avanzada,
cualquiera que estuviese cerca de él podía sentir su presencia; y tan
poderosa era su personalidad, según decían las gentes del pueblo, que había
hecho a Vanderhoof aceptar la tutela del diablo. No había nadie en
Daalbergen que dudase que Abel Foster era la causa última de toda la mala
suerte del pueblo, pero nadie osaba alzar un dedo contra él, o siquiera pasar
a su lado sin un escalofrío de miedo. Su nombre, al igual que el de
Vanderhoof, no se pronunciaba siquiera en voz alta. Cada vez que se
mencionaba a la iglesia del otro lado del baldío, se hacía en susurros; y si la
conversación tenía lugar por la noche, el susurro iba acompañado de
miradas por encima del hombro, para asegurarse de quenada informe o
siniestro salía reptando de la oscuridad para espiar esas palabras.
El cementerio se mantenía tan verde y hermoso como cuando la
iglesia estaba en funcionamiento, y las flores cercanas a las tumbas del
camposanto eran atendidas tan cuidadosamente como en tiempos pasados.
Veían ocasionalmente al viejo sacristán, trabajando allí, como si aún le
pagasen por ello, y aquellos que osaban pasar lo suficientemente cerca
decían que mantenía conversación fluida con el demonio y con aquellos
espíritus que medraban dentro de los muros del cementerio.
Una mañana, me dijo Haines, vieron cómo Foster cavaba una fosa,
allí donde el campanario de la iglesia lanzaba su sombra por la tarde, antes
de que el sol desapareciera tras la montaña y dejase a toda la aldea en un
semicrepúsculo. Más tarde, la campana de la iglesia, silenciosa durante
meses, resonó solemnemente durante media hora. Y, al ocaso, aquellos que
observaban desde lejos, pudieron ver cómo Foster sacaba un ataúd de la
casa parroquial en una carretilla, depositarlo en la fosa con escasa
ceremonia y recubrir el agujero con la tierra.
El sacristán acudió al pueblo al día siguiente antes de su habitual
viaje semanal y de mucho mejor humor de lo que era habitual. Parecía
dispuesto a la charla, e insistió en que Vanderhoof había muerto el día
anterior, y que lo había enterrado junto a la tumba del reverendo Slott,
cerca del muro de la iglesia. Sonreía de vez en cuando, y agitaba las manos
presa de un júbilo inexplicable y fuera de lugar. Estaba claro que la muerte
de Vanderhoof le producía una alegría perversa y diabólica. Los aldeanos
se percataron de un algo extraño y añadido en su presencia, y lo evitaron
cuanto pudieron. Habiendo muerto Vanderhoof, se sentían aún más
inseguros que antes, ya que el viejo sacristán tenía ahora las manos libres
para lanzar los peores hechizos contra la aldea desde la iglesia, cruzando el
pantano. Musitando algo en un idioma que nadie pudo entender, Foster se
volvió por el camino que cruzaba el baldío.
Fue entonces, al parecer, cuando Mark Haines recordó haber oído
hablar al reverendo Vanderhoof de mí, su sobrino. En consecuencia, Haines
me envió recado, esperando que pudiera saber algo que arrojase luz sobre
el misterio de los últimos años de mi tío. Le aseguré, sin embargo, que yo
no sabía nada de mi tío o su pasado, excepto que mi madre lo describía
como un gigante con poco valor y voluntad.
Habiendo escuchado cuanto Haines tenía que decirme, enderecé mi
silla y eché un vistazo a mi reloj. Era ya tarde avanzada.
- ¿A cuánto está la iglesia de aquí? – pregunté –. ¿Cree que podría
llegar antes de que oscureciera?
- ¡Seguro, hombre, que no piensa ir allí en plena noche! ¡Ese no es
un buen lugar! – el viejo tembló perceptiblemente con todo su cuerpo y
medio se alzó de su silla, tendiendo una mano flaca, como para detenerme -
. ¡Ni se le ocurra! ¡Sería una locura! - exclamó.
Me reí de sus miedos y le dije que, ya que estaba allí, pensaba
encontrarme con el viejo sacristán esa misma tarde y sacarle toda la
información cuanto antes. No estaba dispuesto a aceptar como verdades las
supersticiones de paletos ignorantes; por lo que estaba seguro de que todo
lo que acababa de oír no se debía más que a una concatenación de sucesos
que la exuberante imaginación de la gente de Daalbergen había ligado con
su mala suerte. No sufría de ninguna sensación de miedo u horror al
respecto.
Viendo que estaba decidido a ir a casa de mi tío antes de que cayese
la noche, Haines me condujo fuera de su oficina y, con renuencia, me dio el
puñado de instrucciones necesarias, rogándome de vez en cuando que
cambiase de intenciones.
Me estrechó la mano al despedirnos, en una forma que daba a
entender que no pensaba volver a verme.
– ¡Cuidado con ese viejo demonio, Foster, no se fíe! – me avisaba
una y otra vez –. Yo no me acercaría a él tras anochecer ni por todo el oro
del mundo. ¡No, señor! – volvió a entrar en su almacén, agitando con
solemnidad la cabeza, mientras yo cogía una carretera que llevaba a las
afueras de la población.
Tuve que caminar apenas un par de minutos para poder ver el
baldío del que me había hablado Haines. La carretera, flanqueada por vallas
pintadas de blanco, cruzaba aquel gran páramo, que estaba cubierto de
agrupaciones de malezas que hundían sus raíces en el húmedo y viscoso
cieno. Un olor a muerte y podredumbre colmaba los aires, e incluso a la luz
de la tarde se podían ver unos cuantos retazos de vapor que se alzaban del
insalubre terreno.
Al otro lado del pantano, giré a la izquierda, tal y como me habían
indicado, apartándome del camino principal. Había algunas casas por allí,
según pude ver; casas que apenas eran otra cosa que chozas, reflejando la
extrema pobreza de sus dueños. El camino pasaba bajo las festoneadas
ramas de enormes sauces que ocultaban casi por completo los rayos del sol.
Los olores miasmáticos del pantano infectaban aún mis fosas nasales, y el
aire era húmedo y frío. Apreté el paso para abandonar aquel tétrico pasaje
cuanto antes.
Y de repente salí de nuevo a la luz. El sol, que ahora pendía como
una bola roja sobre la cima de la montaña, estaba ya muy bajo y allí, a
alguna distancia adelante, bañada en el resplandor ensangrentado, se alzaba
la solitaria iglesia. Comencé a sentir el desasosiego del que hablaba Haines;
ese sentimiento de miedo que hacía que todo Daalbergen rehuyera el lugar.
La masa achaparrada y pétrea de la propia iglesia, con su romo campanario,
parecía un ídolo al que adorasen las estelas de tumbas que la rodeaban, ya
que cada una remataba en un borde redondeado que recordaba las espaldas
de una persona arrodillada, mientras que, sobre todo el conjunto, la casa
parroquial, sórdida y gris, se agazapaba como una aparición.
Reconozco haber aminorado el paso un poco ante tal escena. El sol
estaba desapareciendo con rapidez tras la montaña y el aire húmedo me
hacía estremecer. Envolviéndome el cuello con el pañuelo, seguí adelante.
Algo captó mi atención, haciendo que mirase de nuevo. En las sombras del
muro de la iglesia se distinguía algo blanco... algo que no parecía tener
forma definida. Forzando la vista según me iba acercando, vi que era una
cruz de madera muy nueva que coronaba un túmulo de tierra recién
removida. Ese descubrimiento me provocó un nuevo escalofrío. Comprendí
que se trataba de la tumba de mi tío, pero algo me dijo que no era
semejante al resto de las fosas cercanas. No parecía una tumba muerta. De
alguna forma intangible, parecía viva, si es que a una tumba se la puede
catalogar de viva. Muy cerca de ella, según vi cuando estuve más cerca,
había otra tumba, un viejo montículo con una piedra desmigajada encima.
La tumba del reverendo Slott, pensé, al recordar lo que me había contado
Haines.
No había señales de vida por allí. En el semicrepúsculo, subí la
loma baja, sobre la que se alzaba la casa parroquial, y aporreé la puerta. No
obtuve respuesta. Circundé la casa y espié a través de las ventanas. El lugar
entero parecía abandonado.
Las bajas montañas habían hecho que la noche cayese con
descorazonadora rapidez, apenas se ocultó el sol. Comprendía que apenas
iba a poder ver a más de unos pocos metros por delante. Caminando con
cuidado, giré en una de las esquinas de la casa y me detuve, preguntándome
qué hacer a continuación.
Todo estaba en calma. No había ni un soplo de viento, ni tampoco
los ruidos habituales que producen los animales en sus merodeos
nocturnos. Había olvidado por un momento los miedos, pero todas las
aprensiones volvieron por culpa de aquella calma sepulcral. Me imaginé el
aire poblado por temibles espíritus que se agolpaban a mi alrededor,
haciendo el aire casi irrespirable. Me pregunté, por enésima vez, dónde
podría encontrarse el viejo sacristán.
Según estaba ahí parado, medio esperando que algún siniestro
demonio surgiera de las sombras, me percaté de la existencia de dos
ventanas iluminadas en el campanario de la iglesia. Fue entonces cuando
recordé que Haines me había dicho que Foster vivía en el sótano del
edificio. Avancé con precaución en la negrura, hasta encontrar, en la
iglesia, una puerta lateral entreabierta.
El interior estaba lleno de un olor rancio y mohoso. Todo cuanto
tocaba estaba cubierto de una suciedad fría y húmeda. Encendí una cerilla y
comencé a explorar en busca de cómo, si es que tal cosa era posible, llegar
al campanario. De repente, me detuve.
Un retazo de canción, alta y obscena, entonada por una voz que el
alcohol trocaba en gutural y grave, me llegó desde más adelante. La cerilla
me quemó los dedos y la dejé caer. Dos puntos de luz surgieron en la
oscuridad del muro más lejano de la iglesia y, bajo ellos, en un lado, pude
ver una puerta que se perfilaba gracias a la luz que salía por debajo. La
canción se detuvo de forma tan abrupta como había comenzado, y de nuevo
reinó el silencio más completo. El corazón me martilleaba y la sangre
golpeteaba en mis sienes. De no haber quedado petrificado por el miedo,
hubiera salido corriendo de inmediato.
Sin ni siquiera encender otra cerilla, fui tanteando entre los bancos
hasta llegar a la puerta. Tan hondo era el sentimiento de aprensión que me
asaltaba que sentía como si estuviese en un sueño. Mis actos eran casi
involuntarios.
La puerta estaba cerrada, como bien pude comprobar al girar el
picaporte. Aporreé durante algún tiempo, sin encontrar respuesta alguna. El
silencio era tan completo como antes. Tanteando por el borde de la puerta,
di con los goznes, saqué los pasadores e hice que la puerta se venciera
hacia mí. Una luz tenue llegaba de un empinado tramo de peldaños. Había
un abrumador olor a güisqui. Ahora pude oír a alguien que se movía en la
habitación de la torre, situada arriba. Cuando aventuré un bajo «hola», creí
recibir un graznido en respuesta y, con cautela, ascendí por las escaleras.
Mi primera visión de ese lugar impío fue, de hecho, bastante
impactante. Por toda la pequeña habitación había libros y manuscritos,
viejos y polvorientos... objetos extraños de una edad casi increíble. En las
baldas de estantes que llegaban hasta el techo había cosas horribles en
jarras y botellas de cristal... serpientes, lagartos y murciélagos. El polvo, el
moho y las telarañas lo cubrían todo. En el centro, detrás de una mesa sobre
la que había una vela encendida, una botella de güisqui casi vacía y un
vaso, se encontraba una figura inmóvil de rostro flaco, demacrado y
consumido, con ojos salvajes que miraban al vacío. Reconocí a Abel
Foster, el viejo sacristán, al instante. No se movió ni habló mientras yo me
acercaba lenta y temerosamente.
- ¿Señor Foster? - pregunté, temblando de miedo incontrolable
cuando escuché los ecos de mi voz resonando en aquel cuarto. No recibí
respuesta, y la figura detrás de la mesa no se movió. Me pregunté si no
estaría bebido hasta la insensibilidad, y fui hasta la mesa para sacudirlo.
Pero al simple toque de mi brazo en su hombro, el extraño anciano
dio un bote en su silla, como si hubiera recibido un susto de muerte. Sus
ojos, que hasta entonces habían estado mirando al vacío, se clavaron en mí.
Agitando los brazos como mayales, retrocedió.
– ¡No! – gritaba –. ¡No me toques! ¡Atrás! ¡Atrás!
Vi que estaba borracho, así como atenazado por algún tipo de terror
indescriptible. Usando un tono calmado, le dije quién era y a lo que había
ido. Pareció entender difusamente y se desplomó en su silla, para quedarse
sentado flácido e inmóvil.
– Creí que era él – murmuró –. Pensé que era él que había vuelto.
Está tratando de hacerlo... tratando de salir desde que lo metí ahí dentro –
su voz se alzó de nuevo hasta convertirse en un grito, y se agazapó en la
silla –. ¡Quizá ya haya logrado salir! ¡Quizá está fuera!
Miré a mi alrededor, casi esperando que alguna forma espectral
subiese por las escaleras.
– ¿Quién puede estar fuera? – pregunté.
– ¡Vanderhoof! – aulló –. ¡La cruz de su tumba se cae por las
noches! Cada mañana la tierra aparece removida y resulta más difícil
mantenerla dentro. Va a escaparse y no puedo hacer nada para evitarlo.
Obligándolo a volver a la silla, me senté en una caja cercana.
Temblaba presa de un terror mortal, y la saliva le goteaba por las comisuras
de la boca. De vez en cuando, yo mismo sentía esa sensación de horror que
Haines me había descrito al hablar del viejo sacristán. La verdad es que
había algo inquietante en aquel tipo. La cabeza se le había ahora vencido
sobre el pecho, y parecía más calmado, mientras musitaba para sí mismo.
Me levanté despacio y abrí una ventana para que los vapores del
güisqui y el hedor mohoso de la muerte se despejaran. La luz de una difusa
luna, que acababa de salir, hacía los objetos de fuera levemente visibles.
Podía ver la tumba del reverendo Vanderhoof desde mi lugar en el
campanario, y parpadeé al mirar. ¡Esa cruz estaba ladeada! Recordaba que
estaba en posición vertical hacía una hora. El miedo me asaltó de nuevo.
Me giré con rapidez. Foster estaba sentado en su silla, observándome. Su
mirada era más cuerda que hacía un rato.
– Así que usted es el sobrino de Vanderhoof – murmuró con voz
nasal –. Bueno, entonces tiene derecho a saberlo todo. Volverá dentro de no
mucho a buscarme... no tardará más que lo que le cueste salir de la tumba.
Así que se lo voy a contar todo.
Parecía haberse librado del terror. Era como si se hubiese resignado
a sufrir alguna especie de destino horrible que podía alcanzarlo en
cualquier momento. Su cabeza se venció sobre el pecho de nuevo y
comenzó a musitar con voz monótona y nasal.
- ¿Ve todos esos papeles y libros? Bueno, pertenecieron en un
tiempo al reverendo Slott..., el reverendo Slott, que lo fue de esta parroquia
en otro tiempo. Y hacía magia con todas estas cosas... magia negra, que el
viejo reverendo aprendió antes de venir a este país. Solían quemar y asar en
aceite hirviendo a la gente como él, según dicen. Pero el viejo Slott sabía, y
no se lo contaba a nadie. No, señor, Slott predicaba aquí hace generaciones,
y luego venía aquí arriba a estudiar en esos libros, y a utilizar esos seres
muertos de las jarras y lanzar maldiciones, y cosas así, pero se las arregló
para que nadie se enterase. No, nadie sabía de sus actividades, aparte del
reverendo Slott y yo mismo.
– ¿Usted? - barboté, inclinándome sobre la mesa, en dirección a él.
– Sí, yo lo supe más tarde – su rostro mostró líneas de malicia al
responderme –. Encontré todo esto aquí, cuando vine a ocupar plaza de
sacristán de la iglesia, y me acostumbré a leer cuando no estaba ocupado.
No tardé en saberlo todo, que todo aquello era algo más que
divagaciones de borracho. Hasta el último de los detalles concordaba con lo
dicho por Haines. Mientras el viejo brujo estallaba en risas demoníacas, me
sentí tentado de lanzarme por las estrechas escaleras y escapar de esa
vecindad condenada. Para calmarme, me puse en pie y miré de nuevo por la
ventana. Los ojos casi se me salieron de las órbitas cuando vi que la cruz
sobre la tumba de Vanderhoof se había vencido de forma perceptible desde
la última vez que la contemplara. ¡Se inclinaba ahora en un ángulo que
llegaba a los cuarenta y cinco grados!
- ¿No podríamos desenterrar a Vanderhoof y devolverle el alma? -
pregunté casi sin aliento, presintiendo que había que hacer algo a toda
prisa.
Pero el viejo se levantó dé su silla, lleno de terror.
- ¡No, no, no! – chilló -. ¡Me matará! He olvidado la fórmula y, si
sale, estará vivo y sin alma. ¡Nos matará a los dos!
- ¿Dónde está la botella que contiene su alma? - inquirí, avanzado
amenazadoramente hacia él. Sentí que iba a tener lugar un suceso
fantasmal, por lo que debía hacer todo lo posible para evitarlo.
- ¡No pienso decírtelo, jovenzuelo! - graznó. Sentí, más que ver,
una extraña luz en sus ojos mientras retrocedía hacia una esquina -. ¡Y no
me toques, o de veras que lo lamentarás!
Di un paso adelante, percatándome de que en un taburete bajo,
situado a su espalda. Foster musitó algunas curiosas palabras con una voz
baja y cantarina. Todo comenzó a volverse gris ante mis ojos, y fue como si
me estuvieran arrancando algo del interior, tratando de sacarlo por mi
garganta. Sentí que me flaqueaban las piernas.
Abalanzándome, agarré al viejo sacristán por el gaznate y con mi
mano libre toqué las botellas del taburete. Pero el anciano cayó hacia atrás,
golpeando el taburete, y una de las botellas cayó, mientras que yo conseguí
agarrar la otra. Huboun estallido de llama azul y un olor sulfuroso llenó
todo el cuarto. Del pequeño montoncito de cristal surgió una humareda
blanca que salió por la ventana.
- ¡Maldito seas, canalla! - gritó con una voz que parecía débil y muy
lejana.
Foster, al que había cogido cuando la botella se rompió, se apretó
contra el muro, con una mirada más turbia y estremecida aún que antes. Su
rostro, poco a poco, iba volviéndose de un negro verdoso.
- ¡Maldito seas! - dijo de nuevo la voz, y apenas parecía que saliese
de sus labios -. ¡Estoy acabado! ¡Esa era la mía! ¡El reverendo Slott la puso
ahí hace doscientos años!
Se deslizó con rapidez hasta el suelo, mirándome con odio, con ojos
que se enturbiaban con rapidez. Su carne cambió de blanco a negro, y luego
a amarillo. Vi con horror que su cuerpo parecía desmoronarse y que sus
ropajes caían en el vacío.
La botella que tenía en la mano estaba calentándose. La miré,
espantado. Resplandecía con débil fosforescencia. Lleno de miedo, la dejé
en la mesa, pero no podía apartar los ojos de ella. Hubo un ominoso
momento de silencio mientras se volvía cada vez más brillante, y luego
llegó hasta mis oídos, con claridad, el sonido de tierra removida.
Boqueando, me acerqué a mirar a la ventana. La luna estaba ahora alta en el
cielo y, gracias a su luz, pude ver que la cruz nueva situada sobre la tumba
de Vanderhoof había caído del todo. De nuevo me llegó el rechinar de la
grava y ya no pude controlarme por más tiempo, por lo que me lancé
tambaleante por las escaleras y escapé por las puertas. Fui corriendo por el
suelo desigual, cayendo de vez en cuando, lleno de abyecto terror. Cuando
llegué al pie del montículo y de la entrada de ese tenebroso túnel bajo los
sauces, escuché un horrible rugido a mis espaldas. Me giré y miré hacia la
iglesia. Su muro reflejaba la luz de la luna y, silueteada contra el mismo,
había una sombra gigante, negra y espantosa que salía de la tumba de mi tío
y avanzaba torpemente hacia la iglesia.
Conté lo que había sucedido a un grupo de ciudadanos, en el
almacén de Haines, a la mañana siguiente. Me percaté de que se miraban
unos a otros con leves sonrisas mientras yo hablaba, pero cuando los invité
a acompañarme al lugar, dieron diversas excusas para rehusar. Aunque
parecía existir un límite a su credulidad, tampoco querían correr riesgos.
Les dije que iría entonces solo, aunque debo confesar que tal cosa no me
agradaba nada.
Al salir del almacén, un anciano de barba larga y blanca se me
acercó presuroso y me tomó del brazo.
- Yo te acompañaré, chico – dijo -. Me parece que una vez escuché
a mi abuelo contar algo sobre lo que le ocurrió al viejo reverendo Slott. Era
un tipo raro, por lo que oí, pero Vanderhoof era aún peor.
La tumba del reverendo Vanderhoof estaba abierta y vacía cuando
llegamos. Por supuesto que pudo ser obra de ladrones de tumbas, en eso
convinimos ambos, pero... La botella que había dejado sobre la mesa del
campanario ya no estaba, aunque sí los restos de la otra, rota, en el suelo.
Y, sobre el montón de ropas caídas y cenizas amarillas que una vez fueran
Abel Foster, había ciertas pisadas inmensas.
Tras echar un vistazo a algunos de los libros y papeles
desparramados por la estancia del campanario, los trasladamos abajo y los
quemamos, ya que eran cosas sucias e impías. Con una azada que
encontramos en el sótano de la iglesia, rellenamos la tumba de Johannes
Vanderhoof y, por último, arrojamos la cruz caída a las llamas.
Las viejas dicen que ahora, cuando la luna es llena, se ve pasear por
el cementerio a una figura gigantesca y desconcertada que sostiene una
botella y se dirige hacia algún destino olvidado.

EL HORROR SOBRENATURAL EN LA LITERATURA DE H. P. Lovecraft

Escrito por imagenes 22-12-2008 en General. Comentarios (0)

EL HORROR SOBRENATURAL EN LA LITERATURA DE H. P. Lovecraft

EL HORROR SOBRENATURAL EN LA LITERATURA DE H. P. Lovecraft


H. P. Lovecraft

1. INTRODUCCIÓN

El miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la
humanidad, y el miedo más antiguo y poderoso es el temor a lo
desconocido. Muy pocos psicólogos lo niegan y el hecho de admitir esa
realidad confirma para siempre a los cuentos sobrenaturales como una de
las formas genuinas y dignas de la literatura. Contra ellos se disparan todos
los dardos de un sofisticado materialismo, que con tanta frecuencia se
aferra a las emociones de la experiencia, a los sucesos exteriores y a un
idealismo tan ingenuo como insípido que se opone a las motivaciones
estéticas, abogando por una literatura puramente didáctica, capaz de ilustrar
al lector y “elevarlo” hacia un nivel adecuado de afectado optimismo. No
obstante, pese al rechazo o a la indiferencia, los cuentos fantásticos
sobrevivieron, se desarrollaron y alcanzaron su plenitud, al amparo de su
origen en un principio básico tan profundo como elemental, cuyo hechizo
(aunque no siempre universal) es irresistible para los espíritus
verdaderamente sensibles.
El alcance de lo espectral y lo macabro es por lo general bastante
limitado, pues exige por parte del lector cierto grado de imaginación y una
considerable capacidad de evasión de la vida cotidiana. Y son
relativamente pocos los seres humanos que pueden liberarse lo suficiente
1 Supernatural horror in literature.
de las cadenas de la rutina diaria como para corresponder a las intimaciones
del más allá. Las narraciones que trafican con los sentimientos y
acontecimientos comunes o con las deformaciones sentimentales y triviales
de tales hechos, siempre ocuparán el primer puesto en el gusto de la
mayoría: esto tal vez sea lo justo pues esas circunstancias cotidianas
conforman casi la totalidad de la experiencia humana.
Sin embargo, no cabe duda de que los seres sensibles siempre
estarán entre nosotros, y a veces una curiosa estela de inquietud puede
invadir el recóndito rincón de la mente más firme, de modo tal que ningún
racionalismo o análisis freudiano puede borrar por completo el
estremecimiento causado por un susurro en el rincón de la chimenea o la
soledad en un bosque sombrío. Y aquí nos encontramos con un modelo
psicológico o tradicional tan genuino y tan profundamente enraizado en la
experiencia mental como puedan serlo otros modelos o tradiciones de la
humanidad; un elemento paralelo a los sentimientos religiosos e
íntimamente vinculado con muchos de sus aspectos, participando en tal
medida de nuestro legado biológico que difícilmente pierda su poderosa
influencia en una parte minoritaria, aunque importante, de nuestra especie.
Los primeros instintos y emociones del ser humano forjaron su
respuesta al ámbito en que se hallaba sumiso. Los sentimientos definidos
basados en el placer y el dolor nacían en torno a los fenómenos
comprensibles, mientras que alrededor de los fenómenos incomprensibles
se tejían las personificaciones, las interpretaciones maravillosas, las
sensaciones de miedo y terror tan naturales en una raza cuyos conceptos
eran elementales y su experiencia limitada. Lo desconocido, al igual que lo
impredecible, se convirtió para nuestros primitivos antecesores en una
fuente ominosa y omnipotente de castigos y de favores que se dispensaban
a la humanidad por motivos tan inescrutables como absolutamente
extraterrenales, y pertenecientes a unas esferas de cuya existencia nada se
sabía y en la que los humanos no tenían parte alguna.
Del mismo modo, el fenómeno de los sueños contribuyó a elaborar
la noción de un mundo irreal y espiritual, y, en general, todas las
condiciones de la vida salvaje en la alborada de la humanidad condujeron
hacia el sentimiento de lo sobrenatural de una manera tan poderosa, que no
podemos asombrarnos al considerar cuan profundamente la especie
humana esta saturada del antiguo legado de religiosidad y superstición. Y
bajo un punto de vista estrictamente científico esta saturación debemos
comprenderla como un elemento permanente en lo que respecta al
subconsciente y a los instintos más profundos del ser humano; pues aunque
la esfera de lo desconocido ha ido reduciéndose a través de los milenios, un
abismo insondable de misterio sigue envolviendo al cosmos, mientras que
un vasto residuo de asociaciones tenebrosas y titánicas continúa
aferrándose a todos los elementos y procesos que antaño eran
completamente incomprensibles. Ahora, por supuesto, esos fenómenos
pueden explicarse perfectamente. Pero más allá de todo esto, existe una
fijación fisiológica de los primitivos sustentos en nuestro tejido nervioso,
que puede sensibilizarlos oscuramente aun cuando la mente consciente se
libere de todas las fuentes de lo maravilloso.
Las angustias y el peligro de muerte se graban con mayor fuerza en
nuestros recuerdos que los momentos placenteros; del mismo modo los
aspectos tenebrosos y maléficos del misterio cósmico ejercen una
fascinación más poderosa sobre nuestros sentimientos que los aspectos
beneficiosos. Estos últimos han sido acogidos y formalizados por los
rituales religiosos convencionales, mientras que los primeros han
alimentado al folklore popular. Esta fascinación se agudiza asimismo por el
hecho de que la incertidumbre y el peligro unidos a cualquier vislumbre de
lo desconocido, conforman un universo de amenazas espirituales de índole
maléfica. Y si a esa sensación de temor numinoso se le agrega la irresistible
atracción por lo maravilloso, entonces nace un complejo sistema de agudas
emociones y de excitación imaginativa cuya vitalidad, ha de perdurar tanto
como la propia raza humana. Los niños siempre sentirán miedo a la
oscuridad, y el adulto, a merced de los impulsos hereditarios, siempre se
estremece al pensar en los mundos insondables preñados de vida extraña,
que habitan loa espacios interplanetarios, o en las dimensiones impías que
rodean a nuestra tierra vislumbradas sólo en momentos de locura.
A partir de tales conceptos, no cabe asombrarse de la existencia de
una literatura relacionada al terror cósmico. Siempre existió y siempre 8
existirá, y no hay mejor prueba de su tenacidad como el impulso que
mueve a ciertos escritores a extraviarse de los caminos trillados para probar
su ingenio en textos aislados, como si desearan alejar de sus rosales
sombras fantasmagóricas que de otra manera seguirían acosándoles. Y así
tenemos a Charles Dickens imaginando varios relatos sobrenaturales; a
Robert Browning escribiendo su horrible poema Childe Roland; a Henry
James y su Otra vuelta de tuerca; al médico y escritor norteamericano
Oliver Wendell Holmes, con su inteligente novela Elsie Venner; a Francis
Marion Crawford (La litera superior) y tantos otros ejemplos, como el caso
de la asistente social Charlotte Perkins Gilman y su relato The Yellow Wall
Paper (El empapelado amarillo) mientras el humorista W. W. Jacobs
escribía su melodramático cuento titulado La pata de mono.
Pero no hay que confundir este tipo de literatura de terror con otra
especie que aunque superficialmente similar, es bien distinta desde el punto
de vista psicológico: me refiero a la literatura macabra con efectos de
horror físico. Esos escritos, al igual que las fantasías ligeras y humorísticas
en donde el malicioso guiño del autor intenta escamotear el auténtico
sentido de los elementos sobrenaturales, no pertenecen a la literatura del
terror cósmico en su más puro sentido.
Los genuinos cuentos fantásticos incluyen algo más que un
misterioso asesinato, unos huesos ensangrentados o unos espectros
agitando sus cadenas según las viejas normas. Debe respirarse en ellos una
definida atmósfera de ansiedad e inexplicable temor ante lo ignoto y el más
allá; ha de insinuarse la presencia de fuerzas desconocidas, y sugerir, con
pinceladas concretas, ese concepto abrumador para la mente humana: la
maligna violación o derrota de las leyes inmutables de la naturaleza, las
cuales representan nuestra única salvaguardia contra la invasión del caos y
los demonios de los abismos exteriores.
Por supuesto no todos los cuentos fantásticos se ajustan a un
determinado modelo teórico. La mente creativa es despareja y la mejor de
las estructuras tiene su punto ciego. Además, buena parte de ellos son el
resultado de ciertos efectos memorables que surgen del subconsciente o
han sido elaborados a partir de las más variadas fuentes. La atmósfera es
siempre el elemento más importante, por cuanto el criterio final de la
autenticidad de un texto no reside en su argumento, sino en la creación de
un estado de ánimo determinado.
Por lo general, un cuento macabro que trata de enseñar o fomentar
un efecto de tipo social, o un relato cuyos horrores se pueden explicar por
medios naturales, no es un auténtico cuento de espanto cósmico. No
obstante, hay que admitir que tales relatos poseen, en algunos pasajes,
matices ambientales que responden a las condiciones que ya hemos
mencionado.
Podemos juzgar un cuento fantástico, entonces, no a través de las
intenciones del autor o a la pura mecánica del relato, sino a través del nivel
emocional que es capaz de suscitar por medio de sus más pequeñas
sugerencias sobrenaturales. Si es capaz de enervar las sensaciones
adecuadas, su “efecto” lo hace merecedor de los atributos de la literatura
fantástica, sin importar los medios utilizados. El único comprobante de lo
auténticamente sobrenatural es el siguiente: saber si suscita o no en el
lector un profundo sentimiento de inquietud al contacto con lo
desconocido, una actitud de aprensión frente al avance insidioso del
espanto, como si se estuviese escuchando el batir de unas alas tenebrosas o
el movimiento de criaturas informes en el límite más remoto del universo
conocido. Y naturalmente, cuanto mejor se logre evocar esa atmósfera a lo
largo de todo el cuento, tanto mejor será su efecto artístico en ese tipo de
literatura.
2. LOS ORÍGENES DEL CUENTO DE TERROR
Al ser una forma literaria tan íntimamente relacionadas a las
emociones primitivas, el evento de terror es tan antiguo como el
pensamiento y el habla humanos.
El horror cósmico figura preponderantemente en el antiguo folklore
de todas las razas y cristalizó en las baladas, crónicas y escrituras sagradas.
Era, sin duda, un rasgo primordial de los rituales mágicos, con sus
invocaciones de demonios y espectros, y que alcanzaron su mayor
desarrollo en Egipto y entre los pueblos semíticos. Fragmentos tales como
el Libro de Enoch y el Claviculae de Salomón ilustran claramente la
pujanza de los elementos sobrenaturales en las mentes del Oriente antiguo,
y sobre esas ideas se asentaban unas tradiciones cuyos ecos se han
extendido hasta nuestros días. Esos temores trascendentales se reflejan
asimismo en la literatura clásica de Occidente, y se acentuaba mucho más
aún en la tradición de las baladas legendarias paralela a la corriente clásica,
pero que desapareció por falta de testimonios escritos. La Edad Media,
sumida en fantásticas tinieblas, dio un gran impulso a las representaciones
trascendentales, y tanto en Oriente como en Occidente se trató de preservar
y ampliar el sombrío legado extraído tanto del folklore como de la magia y
los textos cabalísticos, que había llegado hasta ellos. Las brujas, los
hombres-lobos, los vampiros y otras criaturas tremebundas, estaban en
labios de las ancianas y también de los poetas populares, y era muy corto el
paso que faltaba dar para rebasar los límites que separaban a los relatos
orales de la composición literaria. En Oriente, los cuentos sobrenaturales
tendían a un virtuosismo pleno de matices que casi los transmutaba en la
más pura fantasía. En cambio, en Occidente, entre los místicos teutones que
habían llegado desde sus tenebrosas selvas boreales y los celtas con sus
extraños rituales druídicos, las leyendas sobrenaturales asumían una
intensidad ominosa y se rodeaban de una atmósfera de convincente
gravedad que duplicaba la potencia de unos horrores a medio explicar y
apenas insinuados.
Gran parte del trasfondo del folklore occidental y de los cantos
sobrenaturales provenía incuestionablemente de las leyendas acerca de los
cultos antiquísimos y terribles, cuyos adoradores - procedentes de las
épocas pre-Aria y pre-agrícola, cuando una raza colonizadora de
mongoloides invadió Europa con sus rebaños - practicaban los ritos de
fecundidad. Este culto secreto, transmitido de generación en generación
durante milenios, pese a la dominación de las religiones druídica,
grecorromana y cristiana, estaba marcado por el salvaje “aquelarre de
brujas” que tenía lugar en los bosques y las colinas remotas durante la
noche de Walpurgis y también durante la noche de Todos los Santos, que
constituyen las temporadas tradicionales para la reproducción de las cabras
y las ovejas. Este culto se convirtió en el manantial de un riquísimo acervo
de leyendas mágicas, y además dio impulso a la demencial persecución de
las hechiceras cuyo resultado en Norteamérica fue el famoso caso de las
brujas de Salem. Similar en su esencia y tal vez vinculado directamente con
dicho culto, era la siniestra cofradía de los adoradores de Satanás, teología
invertida que originó los horrores de las afamadas “Misas negras”; en un
sesgo de la misma tendencia podemos incluir a las actividades de quienes
perseguían unos objetivos más o menos científicos y filosóficos, tales como
los astrólogos, cabalistas y alquimistas del tipo de Alberto Magno o
Raimundo Lulio, que abundaban en aquellos tiempos. El predominio y
arraigo de lo terrorífico en la Europa medieval, intensificado por la
desesperación causada por los azotes de la peste, puede ejemplificarse con
claridad a través de las grotescas esculturas introducidas en la mayoría de
las obras religiosas del último período del gótico; las demoníacas gárgolas
de la iglesia de Nôtre Dame en París y del Mont Saint Michel figuran entre
los ejemplos más famosos2. Y a lo largo de toda esa época, es importante
recordar que tanto la gente ilustrada como el populacho creía firmemente
en todas las manifestaciones sobrenaturales, desde las más dulces doctrinas
del cristianismo hasta las mayores monstruosidades de la hechicería y la
magia negra. Ello explica, en parte, el surgimiento y la casi universal fama
de los magos y alquimistas del Renacimiento: Nostradamus, Trithemius, el
doctor John Dee, Robert Fludd y otros.
De ese fértil terreno se nutrieron los temas y los personajes de las
leyendas y mitos tenebrosos que perduraron en la literatura fantástica hasta
nuestros días, disfrazados o alterados por la sofisticación moderna. Muchos
de ellos provienen de las fuentes orales más primitivas y forman parte del
legado permanente de la humanidad. El espectro que aparece para exigir la
inhumación de sus restos, el amante duende que regresa para llevarse a su
enamorada, el espíritu de la muerte o psicopompo que cabalga en el viento
nocturno, el hombre lobo, la habitación sellada, el brujo inmortal, todos
ellos figuran en esa galería tan curiosa de la ciencia medieval que Sabine
Baring-Gould supo compilar tan eficazmente en su obra3. En todos los
lugares en donde predominaba la mística sangre nórdica, la atmósfera de
2 Un estudio fundamental para esa manifestación del arte europeo es el libro de J.
Baltrusaitis La edad media fantástica. (N. del T.)
los cuentos populares es más intensa, mientras que en las razas latinas
encontramos un matiz de racionalidad que le quita a sus supersticiones -
aun a las más extrañasmucho del encanto tan característico de las leyendas
nacidas en los bosques y los hielos del Norte.
La poesía es siempre la primera expresión literaria de los pueblos, y
es en ella donde encontraremos la irrupción de lo sobrenatural en los
escritos de la antigüedad. Es bastante curioso, sin embargo, que la mayoría
de los ejemplos de la literatura clásica estén en prosa, tales como el caso
del hombre lobo relatado por Petronio, las pasajes aterradores en Apuleyo,
la breve pero famosa carta de Plinio a Sara, y la extraña compilación
titulada De los hechos maravillosos del griego Flegon, escrita durante la
época del emperador Adriano. En Flegon encontramos por vez primera el
cuento de la novia fantasma, Philinnon y Machates, más tarde relatado por
Proclo y que en la época moderna inspiraría a Goethe su balada La novia
de Corinto y a Washington Irving el relato Aventura de un estudiante
alemán. Pero en la época en que los antiguos mitos nórdicos asumen una
forma literaria y cuando mas tarde los temas sobrenaturales surgen en ella,
los hallamos principalmente en su poesía, del mismo modo que gran parte
de la literatura imaginativa del Medioevo y el Renacimiento.
Los Eddas y las Sagas escandinavas retumban de horror cósmico y
nos estremecen con el espanto de Ymir y sus monstruosos engendros;
mientras que el Beowulf anglosajón y el germánico Nibelungo nos entregan
variedad de brujerías y terrores nocturnos. Dante es uno de los primeros
poetas que captura en versos clásicos la atmósfera macabra y en las estrofas
de Spencer hay más de una pincelada de horror fantástico en la descripción
de los paisajes y los personajes. En prosa nos encontramos con La muerte
de Arturo de Thomas Malory, en la cual hay muchas escenas extraídas de
3 Curious Myths of the Middle ages. Véase también del mismo autor The Book of
las antiguas baladas, tales como el robo de la espada del cadáver por parte
de Sir Lancelot en la Capilla Peligrosa, el espectro de Sir Gawain y el
demonio de la tumba vislumbrado por Sir Galahad; mientras que otros
elementos literarios más toscos se popularizaban en libros baratos y
sensacionalistas vendidos por los buhoneros y devorados por el vulgo. En
los dramas isabelinos, como el Doctor Fausto de Marlowe, en las brujas de
Macbeth, en el fantasma de Hamlet y en las macabras obras de John
Webster, podemos observar claramente la fuerte influencia de lo
demoníaco en la mente del pueblo; una influencia agudizada por el genuino
temor a la magia negra engendrado por la superstición y el fanatismo
religioso, cuyos terrores asolaron el continente y comenzaron a resonar en
los oídos ingleses a medida que iba progresando la cacería de brujas bajo el
reinado de Jaime I. A la prosa mística del pasado se fue agregando una
larga serie de tratados de hechicería que mucho hicieron por exaltar la
imaginación de los lectores.
A lo largo de los siglos XVII y XVIII nos encontramos ante una
gran cantidad de leyendas y baladas tan fugaces como tenebrosas que, sin
embargo, no alcanzan a incorporarse a la corriente de la literatura culta. Los
folletos vendidos por los buhoneros en las aldeas, con relatos macabros y
sobrenaturales, iban multiplicándose y alimentando el ávido interés del
público por obras tales como La aparición de la 14 señora Veal de Daniel
Defoe, un cuento basado en un hecho real acerca del espectro de una mujer
que visita a una amiga, y utilizado como publicidad para poder vender una
barata y aburrida disquisición teológica sobre la muerte.
Por esa época, la sociedad culta iba perdiendo la fe en lo
sobrenatural, inclinándose por el racionalismo, pero ya a comienzos del
siglo XVIII se insinuaba un renacer de los sentimientos románticos,
Were-Wolves (1865). (N. del T.)
comenzando con la traducción de algunos relatos orientales bajo el reinado
de Ana y continuando con la poesía, en expresiones que cobraban nuevos
matices de extrañeza, de maravilla y estremecimiento. Despertaba la era
romántica, con su exaltación de la naturaleza, la irradiación de los
esplendores del pasado, de los paisajes extraños, las gestas temerarias y los
prodigios increíbles. Y finalmente, tras la tímida aparición de algunas
escenas fantásticas en las novelas de la época, como por ejemplo
Adventures of Ferdinand, Count Fathom de Tobías Smollett, el instinto de
lo maravilloso cristalizó en el surgimiento de una nueva moda literaria:
novela “Gótica”, plena de horror y fantasía, cuya progenie habría de ser
numerosa y, en muchos casos, resplandeciente de mérito artístico. No deja
de ser francamente asombroso, cuando se medita en ello, que la literatura
fantástica como forma literaria establecida y reconocida, tardara tanto en
nacer y afincarse definitivamente. Los sentimientos que forman su esencia
son tan viejos como el hombre, pero es un hecho que los típicos relatos
sobrenaturales son, para la literatura, un vástago del siglo XVIII.
3. EL COMIENZO DE LA NOVELA GÓTICA
Los paisajes brumosos y espectrales del Ossian de James
Macpherson, las visiones caóticas de William Blake, el grotesco brujeril
del Tam 0'Shanter de Robert Burns, el siniestro diabolismo de Christabel y
El viejo marinero de Coleridge, el encanto misterioso del Kilmeny de
James Hong, y los vislumbres de horror cósmico que figuran en Lamia y
otros poemas de John Keats, ilustran la importancia de lo sobrenatural en la
literatura romántica británica.
Nuestros primos germanos se mostraron igualmente sensibles a esta
corriente, y las famosas baladas Leonora y El cazador salvaje de Gottfried
Bürger - ambas imitadas en inglés por Walter Scottconstituyen sólo un
ejemplo de la riqueza de las fuentes legendarias alemanas. El poeta Thomas
Moore adaptó en base a dichas fuentes la leyenda de la estatua espectral
(utilizada luego por Prosper Merimée en su Venus d'Ille) y que resuena de
un modo tan estremecedor en su balada The Ring (El anillo); mientras que
la obra maestra de Goethe, Fausto, transpone el reino de las baladas para
convertirse en la clásica tragedia de las edades y puede contemplarse como
la culminación del impulso poético germano.
Sin embargo, fue el cosmopolita y elegante inglés Horace Walpole
quien le dio forma definitiva a la literatura macabra y se convirtió en su
autentico fundador. Amante de los romances y los misterios medievales,
Walpole, que residía en un pintoresco castillo de estilo gótico en
Strawberry Hill, publicó en l764 El castillo de Otranto, una novela de
argumento sobrenatural que, con toda su mediocridad y falta de convicción,
estaba destinada a ejercer una influencia, casi sin precedentes en la
literatura fantástica. Publicada en un principio como si fuera una
adaptación del italiano de la obra de un mítico Onofrio Muralto, Walpole
reconoció más tarde su autoría, agradablemente sorprendido de su
inmediata y amplia popularidad, popularidad que se extendió a varias
ediciones, a su puesta en escena coma obra dramática y a toda una serie de
imitaciones tanto en Inglaterra como en Alemania.
La historia, aburrida, artificial y melodramática, se debilita por un
estilo “elegante” y prosaico cuya donosidad cortés no permite crear, en
ningún momento, una auténtica atmósfera sobrenatural. El argumento nos
habla de Manfredo, un príncipe usurpador y sin escrúpulos dispuesto a
fundar una dinastía. Tras la muerte misteriosa de su único hijo, Conrad,
cuando el joven estaba a punto de casarse, Manfredo 16 intenta repudiar a
su esposa Hipólita para casarse con la mujer destinada a su desventurado
hijo, el cual, dicho sea de paso, ha sido aplastado por la caída inexplicable
de un gigantesco yelmo en el patio del castillo Isabel, la joven viuda,
escapa a los designios de Manfredo y en la cripta subterránea del castillo
encuentra al noble Teodoro, quien se parece extrañamente al anciano Lord
Alfonso que gobernaba al país antes del usurpador Manfredo. Luego de la
tragedia nupcial, unos fenómenos sobrenaturales acosan al castillo: en
varios lugares se descubren fragmentos de una gigantesca armadura, los
retratos se salen de sus marcos, un rayo destruye el edificio y finalmente el
colosal espectro de Alfonso en su armadura surge de las ruinas y asciende
entre las nubes hacia el regazo de San Nicolás. Teodoro, que se había
casado con la hija de Manfredo, Matilde, de la cual ha quedado viudo pues
su padre la ha matado accidentalmente, se identifica como hijo de Alfonso
y heredero legítimo del estado. La novela concluye con el casamiento de
Isabel y Teodoro que vivirán muy felices, mientras que Manfredo, lleno de
angustias, se retira a un monasterio y su desventurada esposa busca asilo en
un convento.
Tal es la historia de Walpole, con un estilo pomposo y totalmente
alejado del auténtico horror cósmico que caracteriza a la literatura
fantástica. Sin embargo por ser la primer obra de la época que, gracias a sus
pinceladas de extrañeza y a la antigüedad espectral que en ella se refleja,
creaba un nuevo sentido de lo maravilloso, fue acogida seriamente por los
lectores cultos y elevada - pese a su intrínseca ineptitud - a un encumbrado
pedestal de la historia literaria. Lo que debe destacarse en El castillo de
Otranto es la invención arquetípica de escenarios, personajes e incidentes,
todo lo cual utilizado en forma más hábil por unos autores mejor adaptados
por naturaleza a la creación fantástica, estimula el surgimiento de una
escuela de lo gótico, que a su vez inspiró a los verdaderos artífices del
terror cósmico, comenzando con Poe. Este nuevo andamiaje dramático
consistía principalmente en un castillo gótico de tenebrosa antigüedad, sus
vastas dimensiones y sus oscuros recovecos, sus salones desiertos o
destartalados, sus húmedos pasillos, sus catacumbas recónditas y
espeluznantes y toda una galería de espectros y sombras amenazantes,
formando un núcleo de suspenso y ansiedad demoníaca. Además tenemos
al tiránico y perverso hidalgo en el papel de villano; la pura, eternamente
perseguida y en general insípida heroína, que sufre los principales terrores
y con la cual se identifica el lector; el valiente e inmaculado héroe, siempre
de alta alcurnia, pero a veces presentado bajo un humilde disfraz; el rasgo
convencional de unos nombres altisonantes, mayormente italianos, y toda
una serie interminable de cortinajes y luces extrañas, puertas enmohecidas,
lámparas que se apagan, manuscritos antiguos, goznes chirriantes, tapices
que se estremecen, etc., etc. Todos esos artificios son utilizados con
divertida monotonía, a veces con efectos convincentes, en casi todas las
novelas góticas. Y todo ello no se ha extinguido ni mucho menos en
nuestros días, aunque la sofisticación moderna obliga a utilizar técnicas
menos ingenuas. El ámbito armonioso para una nueva escuela estaba
maduro y el mundo literario aprovechó la oportunidad.
Los novelistas alemanes no tardaron en responder a la influencia de
Walpole y muy pronto produjeron una cantidad apreciable de ejemplos,
proverbiales por su regodeo en lo terrorífico. En Inglaterra, una de las
primeras imitadoras de Walpole fue la escritora Ana Barbauld, quien en
1713 publicó un relato inconcluso titulado Sir Bertrand en donde con suma
habilidad se tocan todas las cuerdas del verdadero terror. Se trata de la
historia de un noble hidalgo que en un páramo solitario, es atraído por unas
campanadas y una luz lejana; el personaje penetra en un castillo extraño
cuyas puertas se abren y se cierran por si solas y donde unos misteriosos
fuegos fatuos ascienden por unas escaleras hacia manos muertas y estatuas
negras. Luego se ve un ataúd con una dama muerta, que Sir Bertrand besa,
y tras el beso, la escena se esfuma para dar paso a un espléndido salón en
donde la dama, resucitada, ofrece un banquete de honor al caballero. Allí
finaliza el fragmento.
Walpole admiraba este relato; sin embargo, sentía menos simpatía
por un retoño más famoso de su Otranto, titulado The Old English Baron
(El viejo Barón inglés) de Clara Reeve, publicado en 1777. Por cierto, esta
novela carece de la auténtica atmósfera de misterio que distingue al
fragmento de Ana Barbauld, y aunque menos tosco que la novela de
Walpole y más artísticamente lograda al reducir el elemento extraño a una
sola figura espectral, no deja de ser en última instancia algo insípida por su
ampulosidad. Una vez más volvemos a encontrar al virtuoso heredero
disfrazado de campesino y restaurado en sus legítimos derechos por el
espectro de su padre. Al igual que Otranto, la novela tuvo gran popularidad
y fue traducida al francés Clara Reeve escribió otro relato fantástico, que
desgraciadamente quedó inédito y finalmente se perdió4.
La novela gótica ya había conquistado sus derechos como forma
literaria, y los ejemplos fueron multiplicándose a finales del siglo XVIII.
La obra de Sophia Lee The Recess (El refugio), escrita en l785, cuenta con
un elemento histórico, que gira en torno a las hijas mellizas de Mary, reina
de Escocia, y aunque libre de elementos sobrenaturales, utiliza las escenas
y mecanismos de Walpole con gran habilidad. Cinco años más tarde, todas
las luminarias del género se vieron empalidecidas por la aparición de una
nueva estrella, la señora Ann Radcliffe (1764-1823), cuyas famosas
novelas pusieron definitivamente de moda el terror y el suspenso,
enriqueciendo la novela gótica con una soberbia sensibilidad para la
creación de una atmósfera espectral y amenazante, pese a la discutible
costumbre de arruinar sus fantasías con explicaciones racionalistas
meticulosamente elaboradas. La señora Radcliffe agrega a los elementos
novelísticos ya familiares de sus predecesores una capacidad casi genial
4 El cuento de Clara Reeve se titulaba Castle Connor, An Irish Story. Se trataba de
una historia de fantasmas, y la autora lo extravió durante un viaje en carruaje (N.
del T.).
para infundir al paisaje y los incidentes con un sentido genuino de lo
sobrenatural; cada elemento de la acción contribuía en sus relatos a suscitar
el temor que Ana Radcliffe deseaba despertar. Merced a ciertos detalles
tales como un reguero de sangre en las escaleras del castillo, un gemido en
remotos subterráneos o un cántico misterioso en las profundidades de un
bosque, logra esta autora evocar las más poderosas visiones de un horror
inminente, escapando a las extravagantes elaboraciones de otros autores del
género. Y las imágenes ofrecidas en sus novelas no perdían fuerza pese a
las explicaciones finales. Esta escritora poseía una imaginación visual muy
poderosa, que se manifiesta en toda su plenitud en las deliciosas pinceladas
paisajísticas con una sensibilidad pictórica de lo más fascinante, nunca
recargadas, del mismo modo que en las sugerencias macabras. Su debilidad
principal, junto al mencionado desencanto final, estriba en su tendencia a la
inexactitud de los elementos geográficos e históricos y en su fatal
predilección por adornar sus novelas con unos insípidos poemitas,
atribuidos a uno u otro de sus personajes.
Ann Radcliffe escribió seis novelas: The Castles of Athlin and
Dunbayne (l789), A Sicilian Romance (1790), The Romance of the Forest
(l792) Los misterios de Udolfo (l794), El italiano (l797) y Gastón de
Blondeville, escrita en 1802, pero publicada póstumamente en l8265. Entre
ellas, Los misterios de Udolfo es la más famosa y podemos considerarla
como la más característica de la primera época de la novela gótica. Cuenta
la historia de Emilia, una joven francesa llevada a un castillo antiguo y
portentoso en los Apeninos tras la muerte de sus padres y el casamiento de
su tía con el dueño del castillo, el perverso aristócrata Montoni. Ruidos
misteriosos, puertas que se abren solas, leyendas sombrías y el horror que
se oculta en un escondrijo tras un velo negro, todo ello opera
5 Ésta es la única novela en dónde la autora admite lo sobrenatural (N. del T.).
sofocantemente en los nervios de la heroína y de su fiel doncella, Anita;
finalmente, tras la muerte de su tía, Emilia escapa del castillo con la ayuda
de un compañero de cautiverio; durante el camino de regreso a su país, se
detiene en un castillo embrujado de presencias inquietantes. Por último, la
heroína recobra la seguridad y la felicidad junto a su amante Valancourt,
después de haber esclarecido el misterio que durante tanto tiempo envolvía
su nacimiento. Es, por supuesto, un argumento convencional, pero tan bien
reelaborado que los Misterios de Udolfo será siempre un relato clásico. Los
personajes de Radcliffe, como bien puede suponerse, son estereotipados,
pero ese rasgo es menos notorio en su obra que en las de sus precursores.
En cuanto a la creación de la atmósfera esta novela es muy superior a las
demás.
De todos los innumerables imitadores de Ann Radcliffe, el que más
se aproxima a su estilo y método es el novelista norteamericano Charles
Brockden Brown. Al igual que ella, perjudica la originalidad de sus
creaciones con explicaciones naturales, pero comparte con la novelista
británica el poder expresivo que confiere a sus escenas macabras una
tremenda vitalidad. Sin embargo difiere en un aspecto importante de su
maestra, pues desdeña los castillos embrujados y la utilización de un
ambiente fabuloso y medieval, prefiriendo situar sus misterios en los
modernos escenarios americanos. El espíritu gótico está presente a pesar de
todo, y las novelas de Brown abundan en escenas memorables de espanto,
superando a la señora Radcliffe en su descripción de estados mentales
perturbados. Su novela Edgard Huntly comienza con una escena de
sonambulismo en un cementerio desolado, pero luego el relato se deteriora
con la introducción de elementos moralistas y didácticos al estilo de
William Godwin. Otra novela, Ormond, trata de un miembro de una
siniestra cofradía. En ella, al igual que en Arthur Mervyn, describe, con
singular eficacia, la epidemia de fiebre amarilla en Filadelfia y Nueva York
de la cual el autor había sido testigo. Pero el libro más conocido de Brown
es Wieland o La transformación, en la que un protagonista, presa de
fanatismo religioso, “escucha voces” y mata a su esposa y sus hijos,
inmolados en sacrificio a su alucinación. Su hermana Clara, que cuenta la
historia, pudo escapar milagrosamente al holocausto. La escena, que se
desarrolla en la zona boscosa de Mittingen, en los remotos confines de
Schuylkill, está retratada con viveza y nitidez.
Las angustias de Clara, acosada por presagios, peligros y por unas
misteriosas pisadas que se escuchan en el silencio de la mansión solitaria,
son rasgos artísticos de primera magnitud. Sin embargo, el desenlace ofrece
la trivial explicación de un ventrílocuo llamado Garwin que, en este caso,
representa al villano del tipo de Manfredo o Montoni.
4. EL APOGEO DE LA NOVELA GÓTICA
La novela de horror alcanza una nueva malignidad en la obra de
Matthew Gregory Lewis (1773-1818), autor de la novela El monje (l796)
que alcanzó una gran popularidad granjeándole el apodo de “Monk” Lewis.
Este joven escritor, educado en Alemania y buen conocedor del folklore
teutón que la señora Radcliffe desconocía, utilizó con provecho esos
conocimientos y volcó en su obra elementos terroríficos mucho más
violentos que los pergeñados por la autora de Udolfo; el resultado fue una
obra maestra de auténtica pesadilla cuyos elementos góticos tradicionales
están condimentados con un cúmulo de rasgos macabros. La novela nos
presenta a un monje español llamado Ambrosio que, condenado a morir en
manos de la Inquisición, consigue escapar merced a un pacto con el
demonio que asume la forma de la doncella Matilde quien había seducido
anteriormente al monje. Tan pronto como el perverso demonio le lleva a un
lugar solitario, le dice que le ha vendido su alma en vano por cuanto el
perdón como la posibilidad de salvarse estaban muy próximos en el
momento de realizar su abominable pacto, y completa su burla
reprochándole sus crímenes y precipitándole por un precipicio con su alma
perdida para siempre. La novela incluye muchas descripciones
escalofriantes tales como las invocaciones en un túnel por debajo del
cementerio del convento, el incendio del monasterio y la muerte del
desventurado abad. En las catacumbas 22 donde el marqués de las
Cisternas se encuentra con el espectro de su antepasado “la monja
ensangrentada”, el autor despliega su arte macabro, lo mismo que en la
aparición del espectro a la cabecera del lecho del marqués y del cabalístico
ritual mediante el cual el Judío Errante le ayuda a descubrir y alejar a su
espectral atormentador.
Sin embargo, la obra se hace demasiado larga para el lector,
demasiado larga y difusa; además pierde mucha de su fuerza debido al
desenfado y a la embarazosa cuasi puerilidad de sus ataques contra el
“decoro”. No obstante, a favor de Lewis está el importante hecho de que
jamás arruina sus fantasías con una explicación racional. En ese aspecto
rompe con la tradición de Radcliffe al dejar en libertad los instintos
inherentes de la novela gótica. Lewis escribió otros relatos y un famoso
drama The Castle Spectre (El espectro del castillo), representado en 1798,
así como también numerosas baladas recogidas en los volúmenes Tales of
Terror (1799), Tales of Wonder (1801) y algunas traducciones del alemán6.
La publicación de novelas góticas, tanto inglesas como alemanas, alcanzó
un nivel de saturación. En su mayor parte eran francamente ridículas para
un lector de buen gusto y le famosa sátira de Jane Austen La Abadía de
Northanger, era una crítica bien merecida a ciertos escritores que traficaban
6 Tales of Wonder es una antología seleccionada por “Monk” Lewis, con
colaboraciones de Walter Scott, Robert Southey, John Leyden y otros (además de
Lewis, por supuesto) (N. del T.)
con lo absurdo. La escuela gótica estaba extinguiéndose, pero antes de su
desaparición nos dio una última y grandiosa figura en la persona de Charles
Robert Maturin (1782-1824) un oscuro y excéntrico sacerdote irlandés
quien, además de una novela gótica al estilo tradicional titulada The Family
of Montorio (1807), escribió una obra imponente del género fantástico,
Melmoth, el Errabundo (1820), en la que la fábula gótica alcanza el más
puro espanto espiritual jamás concebido hasta entonces.
Melmoth nos cuenta la historia de un caballero irlandés, que en el
siglo XVII consigue del demonio una longevidad sobrehumana a cambio
de su alma. Si Melmoth consigue persuadir a otra persona para que lleve su
carga, entonces podrá salvarse: sin embargo, por mucho que acose a
quienes atormenta con la desesperación, nunca consigue su propósito. La
estructura de la novela es algo incómoda; se hace casi interminable con sus
episodios dentro de episodios y por la longitud desconsiderada de algunos
de ellos. Pero la obra supera largamente esos defectos, en ella se nota el
pulso de una fuerza inexistente en las novelas anteriores del genero: una
afinidad con la verdadera esencia de la naturaleza humana, una
comprensión de las fuentes más profundas de auténtico terror cósmico y la
clara y ardiente pasión por parte del autor, que hace de su novela un
genuino documento de expresión estética, más que un hábil ejercicio de
composición artificiosa. Nadie puede poner en duda de que con Melmoth se
dio un paso enorme en la evolución de la novela de terror.
Pues en esta obra el espanto huye del reino de lo convencional para
elevarse como una nube amenazadora sobre el sino de la humanidad.
Los estremecimientos provocados por Maturin - los de un hombre
capaz de estremecerse a sí mismo - son convincentes.
La señora Radcliffe y Lewis son fáciles de parodiar; en cambio,
resulta difícil encontrar una nota falsa en la acción febril y en la atmósfera
tensa del autor irlandés cuyo acervo místico celta le suministra los
elementos naturales para su tarea. Sin duda alguna, Maturin fue un hombre
de genio, y así lo reconoció Balzac, quien colocó en un mismo nivel a
Melmoth junto con el Don Juan de Molière, el Fausto de Goethe y el
Manfredo de Byron como las supremas figuras alegóricas de la literatura
europea. El mismo Balzac escribió un cuento ingenioso titulado Melmoth
reconciliado, en el que el Errante consigue cerrar su trato infernal con el
cajero de un banco parisino, *quien a su vez se libra de su carga, siguiendo
luego una larga cadena de transacciones y de víctimas hasta que el último
depositario del pacto muere condenado por toda la eternidad.
Walter Scott, Rosetti, Thackeray y Baudelaire son otros titanes que
admiraron a Maturin y no deja de ser significativo el hecho de que Oscar
Wilde, después de su desgracia y destierro, eligiera para sus últimos días
pasados en París llevar el nombre de “Sebastián Melmoth”.
La novela se inicia con la visión de un lecho de muerte: un viejo
avaro está agonizando de puro miedo por algo que ha contemplado y que
está relacionado a un antiguo manuscrito y a un retrato de familia colgado
en una habitación oscura de su mansión centenaria en el condado de
Wicklow. El anciano manda llamar a su sobrino John que se encuentra en
el Trinity College de Dublin, y al llegar a casa de su tío advierte una serie
de hechos extraños: los ojos del retrato relucen espantosamente y por dos
veces una figura que se parece a la del mismo retrato se proyecta en la
puerta. El espanto invade la mansión de los Melmoth, uno de cuyos
antepasados, “J. Melmoth, 1646” está representado por el cuadro. El
agonizante avaro declara que ese hombre - estamos en el año 1800 - sigue
estando vivo. El anciano muere y el sobrino se entera a través de su
testamento que debe destruir el retrato y el manuscrito. Al leer ese
manuscrito, que fue redactado a fines del siglo XVII por un inglés llamado
Stanton, el joven John se entera de un incidente siniestro acaecido en
España en 1677, en donde el autor relata su encuentro con un compatriota
quien le confiesa haber asesinado a un sacerdote que trataba de denunciarle
por suponerlo poseso del demonio. Luego, después de reencontrarse en
Londres con ese compatriota, Stanton fue internado en un manicomio y allí
recibió la visita del extraño, quien estaba precedido por una música
espectral y cuyos ojos tenían una mirada más que inquietante.
Melmoth el errabundo - pues tal era el misterioso visitante - le
ofrece al cautivo la libertad si acepta tomar sobre sus hombros el pacto
demoníaco; pero Stanton resiste la tentación. La descripción de los horrores
del manicomio que Melmoth utiliza para vencer la resistencia de Stanton,
es uno de los pasajes más poderosos de la novela. Finalmente, Stanton es
liberado y dedica el resto de su vida a seguir la pista de Melmoth,
descubriendo su residencia ancestral. Al dar con la familia deja allí su
manuscrito, que en la época del joven John ya está casi destruido e ilegible.
John lo destruye junto con el retrato, pero es visitado en sueños por su
siniestro antepasado, que le deja en la muñeca una señal negra y azul.
Poco tiempo después, John recibe la visita de un náufrago español.
Alonso de Moncada, quien ha escapado de la Inquisición. El relato
de sus tormentos en las mazmorras es impresionante, pero tuvo la fuerza de
voluntad de resistir las tentaciones de Melmoth cuando éste se le aproximó
en los momentos más aciagos de su cautiverio. En la casa de un judío en
donde se refugió tras escapar de sus verdugos, Alonso de Moncada
descubre unos manuscritos que relatan otras aventuras de Melmoth,
incluyendo sus relaciones con una muchacha india, llamada Immalee, quien
más tarde recobra su patrimonio en España donde se la conoce bajo el
nombre de doña Isidora, y de sus horribles esponsales presididos por el
cadáver de un anacoreta, realizado a medianoche en la destruida capilla de
un monasterio abandonado. El relato de Moncada al joven John constituye
la mayor parte de los cuatro tomos de la obra de Maturin; y esta
desproporción puede considerarse como la principal falla técnica en su
composición.
Finalmente, los coloquios de John y Moscada se ven interrumpidos
por la llegada del propio Metmoth, cuyos ojos, antaño tan penetrantes,
demuestran ahora la decrepitud que va apoderándose de su persona.
Se aproxima el fin de su pacto con el demonio y después de un siglo
y medio de andanzas por el mundo, regresa al hogar para su última cita con
el destino. Advierte a los dos hombres que no penetren en su habitación
durante la noche, no importa las ruidos que pudieran escuchar, y que
aguardará su fin en soledad. John y Moncada escuchan unos aullidos
espantosos, pero no intervienen hasta que la calma se restablece al apuntar
el amanecer. Se encuentran con la habitación vacía. Unas pisadas que han
dejado restos de arcilla conducen desde la puerta hasta un acantilado que se
levanta junto al mar, y al borde del precipicio hay indicios de un cuerpo
arrastrado. La bufanda del Errabundo es visible en una roca a cierta
distancia del borde del acantilado, pero nunca más se verá ni se oirá hablar
de Melmoth.
Nadie dejará de advertir la diferencia que existe entre estos terrores
sugestivos, artísticamente ejecutados y - usando las palabras del profesor
Saintsbury - “el racionalismo genial, pero más bien árido de Ann Radcliffe
y las extravagancias a menudo pueriles y el estilo a veces desmañado de
Lewis”.
El estilo de Maturin merece ser elogiado muy especialmente, ya que
su vigorosa rectitud y vitalidad lo distingue de los pomposos artificios de
sus contemporáneos en el género. En su historia de la novela gótica, la
profesora Edith Birkhead observa con justeza que “con todos sus defectos,
Maturin ha sido el más grande a la par que el último de los góticos”.
Melmoth fue muy leído y llevado a la escena, pero el hecho de haberse
publicado en las postrimerías de la moda, le privó de la tumultuosa
popularidad de Udolfo y El Monje.
5. EL LEGADO DE LA NOVELA GÓTlCA
Mientras tanto otras manos no habían permanecido indolentes, y
por encima de la temible plétora de mediocridades como Horrid Mysteries
del marqués Von Grosse (1796), Children of the Abbey de la señora Rocha
(1798), Zofloya or the Moor de la señora Dacre (1806) y los esfuerzos
juveniles del poeta Shelley, Zastrozzi (1810) y St. Irvine (1811), surgieron
muchas obras memorables tanto en inglés como en alemán. Entre ellas
sobresale la Historia del Califa Vathek, del opulento y excéntrico William
Beckford, una obra de mérito clásico y sumamente distinta a la de los otros
escritores al estar basada en los cuentos orientales más que en la novela
gótica a la manera de Walpole. La obra fue escrita originalmente en
francés, pero publicada en traducción inglesa antes de la edición del
manuscrito original. Los relatos orientales, puestos de moda en la literatura
europea a comienzos del siglo XVIII a través de la versión francesa de las
inagotables Mil y una Noches por Galland, se habían convertido en un
modelo y se utilizaron tanto en forma alegórica, como en divertimento. El
fino y malicioso humor de la mente oriental para entretejer lo misterioso,
cautivó a toda una generación hasta el extremo de que los nombres de
resonancia exótica se extendieron a través de la literatura popular, lo
mismo que habría de suceder con los apellidos españoles e italianos.
Beckford, aficionado a la novela oriental, supo captar la atmósfera
con extraordinaria facilidad y en su novela refleja admirablemente la
arrogante suntuosidad, el astuto desengaño, la socarrona crueldad, la cortés
perfidia y el horror insidiosamente espectral del espíritu sarraceno. Los
toques de lo ridículo rara vez desvirtúan la fuerza de sus temas siniestros, y
la historia fluye en medio de una pompa fantasmagórica en donde nos
parece escuchar la risa del festín de los esqueletos bajo las cúpulas
adornadas de arabescos.
El nieto del califa Harun, atormentado por su ambición de poder,
conocimientos y placeres (al estilo de los personajes góticos), se ve
impedido por un ingenio demoníaco en su búsqueda del trono subterráneo
de los fabulosos sultanes pre-Adamitas en los ardientes castillos infernales
de Eblis, el soberano de los demonios mahometanos. Las descripciones del
palacio y las diversiones de Vathek, el retrato de su siniestra madre, la
hechicera Carathis y su torre embrujada, el cortejo de las cincuenta esclavas
tuertas, del peregrinaje a las ruinas espectrales de Istakhar (Persépolis), de
su descarada esposa Nouronihar a quien compró por el camino, de las
torres de la primitiva Istakhar bajo la luz de la luna y el terrible y ciclópeo
palacio de Eblis donde cada víctima está condenada a vagar eternamente
con la mano derecha puesta sobre su corazón ardiente, son evidencia del
indudable genio de Beckford en la creación de matices sobrenaturales, que
le otorgan a su obra un lugar permanente en las letras inglesas. Memorables
son también los tres episodios del Vathek, que el autor deseaba incluir
originalmente en su novela como un coloquio entre las víctimas del infernal
palacio de Eblis, pero que 28 permanecieron inéditos en vida del poeta y
fueron descubiertos recién en 1909 cuando el erudito Lewis Melville los
rescató entre los documentos que pensaba utilizar para su libro Vida y
cartas de William Beckford. Beckford, sin embargo, carece del misticismo
esencial que distingue a las formas más extremas de la literatura de terror,
por lo que sus cuentos poseen una cierta solidez y claridad latina que
excluye el puro horror pánico.
Beckford fue el único que utilizó las fuentes orientales. Otros
escritores, más cercanos a la tradición gótica y a la vida europea, se
contentaron con seguir el ejemplo de Walpole. Entre la multitud de
novelistas góticos, cabe destacar al socialista William Godwin quien
además de su famosa obra Caleb Williams (1794), escribió una novela
fantástica titulada St. Leon (1799) en la que el tema del elixir de la vida, tal
como fue desarrollado por la imaginaria orden secreta de los “Rosacruces”,
está tratado con gran ingeniosidad pero carece de una atmósfera
convincente. Este elemento de los “Rosacruces”, alimentado por el interés
popular hacia la magia que se demostraba en la fama conseguida por el
charlatán Cagliostro y en la publicación del libro El Mago de Francis
Barrett (1801) - un curioso tratado sobre los principios y ritos mágicos, que
se volvió a reeditar en 1896 - figura en las obras. de Bulwer Lytton, y en
muchas novelas góticas tardías, especialmente en esa remota y endeble
posteridad ya bien entrado el siglo XIX y representada por George W. M.
Reynold y sus folletines Faust y Wagner the Wehr-Wolf. Aunque no es una
novela fantástica, Caleb Williams posee muchos toques de genuino terror.
Es la historia de un sirviente perseguido por un amo a quien aquel ha
encontrado culpable de asesinato. La novela tiene una inventiva e ingenio
destacables que la han mantenido viva hasta nuestros días. Fue
representada en teatro con el título de The Iron Chest cosechando el mismo
éxito que la novela. Pero Godwin era demasiado maestro y filósofo como
para crear una verdadera obra maestra de lo fantástico.
Mary Shelley, hija de Godwin y esposa del poeta, tuvo mucho más
éxito y su inimitable Frankenstein o El moderno Prometeo (1817) es un
clásico del horror. Producto de un juego literario en donde ella, su esposo,
Lord Byron y el doctor John Polidori probaron su ingenio en la creación de
cuentos de fantasmas, el Frankenstein surgió como la única narración
llevada a feliz término. La crítica ha fracasado en sus intentos para
demostrar que lo mejor de la novela salió de la pluma del poeta y no de su
esposa. La obra, apenas afectada por elementos didácticos y morales,
cuenta la historia de una criatura artificial moldeada con restos humanos
por un joven médico suizo llamado Víctor Frankenstein. El monstruo,
producto del “demencial orgullo del intelecto”, posee inteligencia pero su
aspecto es horrible y repulsivo. Despreciado y temido por todos, enfurece
de amargura y finalmente se convierte en el asesino de los seres más
queridos de Frankenstein. La criatura exige del doctor la creación de una
mujer para el; y cuando Frankenstein se niega a hacerlo, horrorizado ante la
idea de un mundo poblado por esos engendros, el monstruo se retira con la
horrible amenaza de “estar con el en su noche de bodas” Esa misma noche,
la joven esposa muere estrangulada, y a partir de ese momento
Frankenstein persigue al monstruo hasta las soledades del Ártico.
Finalmente, tras haber buscado refugio en el barco del hombre que cuenta
la historia, el mismo Frankenstein perece a manos del horrible producto de
su presuntuoso orgullo. Algunas escenas de Frankenstein son inolvidables,
como aquella cuando el monstruo entra en la habitación de su creador,
iluminada por el resplandor amarillo de la luna, descorre las cortinas de su
cama y le mira, con ojos acuosos - ”si es que se puede hablar de ojos”.
Mary Shelley escribió otras novelas, entre ellas la muy notable The
Last Man (El último hombre), pero jamás consiguió el éxito de su primera
obra. Posee el verdadero sello del horror cósmico y poco importa la
monotonía de algunos pasajes. El doctor Polidori desarrolló la idea que
había germinado durante la apuesta, en un cuento titulado El Vampiro cuyo
protagonista es un villano de pura estirpe gótica o byroniana; el relato tiene
momentos excelentes de espanto, incluyendo una terrible experiencia,
nocturna en un marginado bosque de Grecia.
En este mismo período Sir Walter Scott comienza a interesarse
frecuentemente en lo sobrenatural, entretejiéndolo en muchas de sus
novelas y poemas. Algunas veces escribió cuentos como La habitación de
los tapices o El cuento de Willie, el vagabundo, en el último de los cuales
la fuerza de los elementos espectrales se revela aún más por la grotesca
rudeza del diálogo y la atmósfera. En 1820, Scott publica sus Letters on
Demonology and Witchcraft que sigue siendo uno de los mejores
compendios acerca de la hechicería.
Washington Irving es otro famoso escritor vinculado a los temas
sobrenaturales; aunque sus fantasmas son, en general, demasiado
caprichosos y humorísticos para considerarlos genuinamente espectrales,
cabe destacar una manifiesta inclinación en este último sentido en algunas
de sus obras. La aventura de un estudiante alemán, cuento incluido en
Tales of a Traveller ( l824) es una concisa y efectiva presentación de la
antigua leyenda de la novia fantasma, mientras que en la trama cómica de
The Money Diggers se entreteje una historia de buques y piratas fantasmas.
El poeta Thomas Moore se agrega a la lista, de autores que rozan lo
fantástico con su poema Alciphron, cuyo argumento utiliza luego en la
novela El Epicúreo (1827). Aunque relata simplemente las aventuras de un
joven ateniense engañado por las artimañas de un sacerdote egipcio, Moore
logra crear una atmósfera de horror en sus descripciones de las laberínticos
subterráneos que se ocultan bajo los antiguos templos de Menphis. Thomas
de Quincey se regodea más de una vez en terrores arabescos y grotescos,
pero con una pomposidad docta que niega su validez como especialista en
el género.
Esos años fueron testigos del auge de William Harrison Ainsworth,
autor de muchas novelas románticas plenas de sucesos espeluznantes y
macabros. El capitán Marryat, además de escribir cuentos como La loba
blanca realizó una memorable contribución en su romance The Phantom
Ship (El buque fantasma) de 1839, basada en la leyenda del “Holandés
errante”, un barco espectral condenado a navegar eternamente en las
cercanías del Cabo de Buena Esperanza.
Dickens resalta con su cuento El señalero, una historia de un
presagio siniestro y fantasmal narrada conforme al estilo clásico y con tanta
verosimilitud que se ubica en los umbrales de la nueva escuela psicológica,
aunque sus raíces siguen siendo góticas.
Por aquellos años surgió una oleada de interés por la charlatanería
espiritual, el hipnotismo, la filosofía hindú y temas similares, en forma
bastante parecida a lo que ocurre en nuestros días. Ello provocó la
aparición de una cantidad considerable de relatos basados en temas
“psíquicos” y seudocientíficos. El prolífico y popular novelista Edward
Bulwer Lytton fue responsable de muchos de ellos y, a pesar de su estilo
gárrulo y su hueco romanticismo, supo infundir en sus obras un cierto
encanto bizarro de indudable atractivo.
The House and the Brain (La casa y el cerebro) con sugerencias
“rosacruces” y figuras malignas e inmortales inspiradas en el misterioso
cortesano de Luis XV, Saint Germain, ha sobrevivido como uno de los
mejores cuentos de casas embrujadas. La novela Zanoni (1842) contiene
elementos similares pero más elaborados, e introduce el concepto de una
vasta y desconocida esfera de existencias paralela a nuestro mundo y
vigilada por un horrible “Morador del Umbral”, que embruja y persigue a
quienes intentan penetrar en esas regiones y fracasan e su empeño. Aquí
tenemos a una cofradía benigna que ha perdurado a través de los siglos
hasta quedar reducida a un solo discípulo, y como héroe a un antiguo
hechicero caldeo conservado en la flor de su edad, que muere guillotinado
durante la Revolución Francesa.
A pesar de estar desfigurada por los artificios convencionales del
romance y por un confuso simbolismo didáctico, Zanoni es un buen
ejercicio en novela romántica y puede ser leída con interés por lectores no
muy sofisticados. Es divertido observar que el autor, al intentar describir
una iniciación mágica, tuvo que recurrir al viejo y servicial castillo gótico.
En A Strange Story (Una historia extraña) de l862, Bulwer Lytton
muestra una notable mejoría en la creación de imágenes y atmósfera 32
sobrenatural; pese a su voluminosa palabrería, a un argumento que gira en
base a coincidencias oportunas y un aire viciado de seudo ciencia para
satisfacción del prosaico y solido lector victoriano, la novela es muy
efectiva, y mantiene el interés gracias a numerosas y potentes escenas y
climas fantásticos. Una vez más tenemos al dueño del elixir de la vida,
encarnado en la figura del desalmado hechicero Margrave cuyas siniestras
intrigas resaltan con dramática nitidez sobre el moderno trasfondo de un
apacible pueblo inglés y los montes australianos, y nuevamente tenemos la
presencia, de un ominoso mundo espectral en el mismo aire que nos rodea -
esta vez sugerido con más fuerza y vitalidad que en Zanoni. Uno de los
tremendos pasajes de invocación, cuando el héroe es obligado por un
espíritu luminoso y maligno a levantarse en su sueño, tornar una extraña
vara egipcia e invocar ínnominables presencias en el pabellón embrujado
de un famoso alquimista del Renacimiento, resalta como una escena sin
paralelo en la literatura de terror. Se sugiere y se dice apenas lo necesario.
Unas palabras desconocidas le son dictadas por dos veces al sonámbulo, y
cuando él las repite la tierra tiembla y todos los perros de los aledaños
ladran cuando unas sombras amorfas y apenas visibles se arrastran bajo la
luz de la luna. Cuando se le obliga a repetir una tercera serie de palabras
desconocidas, el espíritu del sonámbulo se revela, como si el alma
reconociera los últimos y abismales horrores que la mente consciente
ignora. Por fin, la aparición de una novia ausente y angélical rompe el
maligno hechizo. Este fragmento ilustra muy bien de qué manera Lord
Lytton era capaz de superar su proverbial pomposidad y romanticismo para
alcanzar esa cristalina esencia del miedo artístico que pertenece al dominio
de la poesía. Al describir ciertos detalles de las invocaciones, Lytton pone
de manifiesto sus curiosamente serios estudios ocultistas, en el curso de los
cuales conoció al extraño erudito y cabalista francés Alphonse Louis
Constant (“Eliphas Levy”) quien declaraba poseer los secretos de la antigua
magia y haber evocado el espíritu del hechicero griego Apolonio de Tiana,
que vivió en la época de Nerón.
Esta tradición romántica, semi-gótica y quasi-moral fue continuada
en el siglo XIX por autores tales como Joseph Sheridan LeFanu, Wilkie
Collins, Sir H. Rider Haggard (autor de Ella, una novela destacable), Sir
Arthur Conan Doyle, H. G. Wells y Robert Louis Stevenson - el último de
los cuales, pese a una atroz inclinación por los amaneramientos, nos ha
entregado obras verdaderamente clásicas como La isla del tesoro, el Doctor
Jekyll y Mr. Hyde, El ladrón de cadáveres y Markheim. Podemos afirmar
que esa escuela sigue sobreviviendo, pues a ella pertenecen claramente
algunos de nuestros cuentos de horror contemporáneos que se especializan
en los sucesos más que en los detalles de atmósfera, se dirige al intelecto
más que a la imaginación, impresionista, cultiva un “glamour” luminoso a
cambio de la tensión maligna o verosimilitud psicológica y se relaciona
definidamente con la humanidad y su bienestar. Esta narrativa tiene una
fuerza, innegable, y a causa de su “elemento humano” atrae a un público
mayoritario que el logrado por la genuina pesadilla artística. Si no tan
poderosa como la última, es a causa de que un producto diluído no puede
lograr la intensidad de una esencia concentrada7. Absolutamente única
como novela y como literatura de terror es la famosa Cumbres borrascosas
(1847) de Emily Brönte, con sus demen”ciales paisajes de los páramos
desolados de Yorkshire barridos por el viento y las vidas distorcionadas y
violentas que lo habitan.
Aunque la historia trata principalmente acerca de las pasiones
humanas en conflicto y agonía, el titánico escenario cósmico que enmarca
la accion permite el surgimiento del horror en su forma más espiritual.
Heathcliff, el héroe-villano de esta novela, es un extraño niño abandonado
que se expresa únicamente en un curioso galimatías, y que es rescatado de
las calles por una familia a la que precipita en la ruina. Más de una vez se
7 Curioso comentario, que tal vez pueda aplicarse a algunos de los autores
mencionados, pero no por cierto a Sheridan Le Fanu, que de todos los cuentistas
fnatásticos de la época es el único que puede satisfacer la estética del “horror
cósmico” de Lovecraft (N. del T.)
sugiere que él es un espíritu diabólico y no un ser humano, y lo irreal
adquiere perfiles insinuantes en la experiencia de un visitante que se
estremece al escuchar el llanto de un niño factasma; en una ventana. Entre
Heathcliff y Catherine Earnshaw existe una relación mucho más honda y
terrible que el amor humano. Después de la muerte de Catherine, Heahclff
profana por dos veces su sepultura, y se ve acosado por una presencia
impalpable que no puede ser otra cosa que el espíritu de la muerta, el cual
invade cada vez más su existencia hasta que por fín el hombre percibe la
cercanía de una mística unión. Afirma darse cuenta de que está por
producirse un extraño cambio y deja de alimentarse. Por las noches, se
pasea por los alrededores de la casa o abre la ventana que esta junta a su
lecho.
Cuando muere, la ventana continúa abierta al viento y la lluvia, y
una extraña sonrisa ilumina el rígido rostro. Es enterrado junto al túmulo
que estuvo visitando durante dieciocho años, y los pequeños pastores del
lugar aseguran que aún sigue paseando con su Catherine en el cementerio y
en el páramo bajo la lluvia.
Sus rostros suelen aparecer también, durante las noches de
tormenta, tras los ventanales de Cumbres Borrascosas.
El terror espeluznante en la obra de Emily Brönte ya no es un
simple eco gótico, sino la tensa expresión de la angustia del ser humano
ante lo desconocido. En ese aspecto, Cumbres Borrascosas se ha convertido
en el símbolo de una transición literaria e inicia el crecimiento de una
nueva y saludable tendencia.
6. LA LITERATURA ESPECTRAL EN EL CONTINENTE EUROPEO
La literatura de terror mostraba su vigor y variedad en el continente
europeo. Los celebres cuentos y novelas de E. T. A. Hoffmann (1776-l822)
son proverbiales por la riqueza de su ambiente y madurez de estructura,
aunque se inclinan a la ligereza y a la extravagancia y carecen de esos
momentos sublimes de terror gélido que un escritor menos sofisticado que
él hubiese conseguido.
Generalmente sus obras tienden a lo grotesco más que a lo terrible.
El más artístico de todos los cuentos fantásticos continentales es la clásica
Ondina (1814 ) del escritor alemán Friedrich Heinrich Karl, barón de la
Motte Fouque. En esta historia de un espíritu de las aguas que se casa con
un mortal y de tal modo adquiere un alma humana, existe una delicada
fineza de artesanía literaria que la distingue en todo aspecto, y una
naturalidad que la acerca al genuino mito folklórico. Deriva, en realidad, de
un cuento narrado por el médico y alquimista Paracelso en su Tratado
sobre los espíritus elementales.
Ondina, hija de un poderoso príncipe de las aguas, fue entregada, -
siendo niña - a cambio por la hija de un pescador, para así poder adquirir
un alma al casarse con un ser humano. Conoce al joven caballero
Huldbrand en la cabaña de su padre adoptivo situada a orillas del mar y en
las cercanías de un bosque embrujado, y muy pronto se casa con él,
acompañándole a su ancentral castillo de Ringstetten. Sin embargo,
Huldbrand, molesto por las afiliaciones sobrenaturales de su esposa y muy
especialmente de las apariciones de su tío, el malicioso espíritu Kuhleborn,
se aparta de su mujer y se siente atraido por Bertalda, quien resula ser la
hija del pescador que fue cambiada por Ondina. Finalmente, durante un
viaje por el Danubio, Huldbrand monta en cólera por una acción inocente
de su esposa y expresa palabras de ira que - de acuerdo con la
leyendaobligan a Ondina, a regresar a su elemento sobrenatural; del cual
ella puede, según las leyes de su especie, regresar sólo una vez - para
matarlo, quiéralo o no, si resulta ser infiel a su memoria. Luego, cuando
Huldbrand está a punto de casarse con Bertalda, Ondina regresa para
cumplir con su odioso deber y le quita la vida. Cuando entierran al joven en
el sepulcro de sus padres, una figura femenina blanca como la nieve y
cubierta con un velo aparece entre las sollozantes, pero después de la
ceremonia desaparece sin dejar rastro.
En su lugar, se ve surgir un pequeño manantial que rodea con su 36
murmullo al sepulcro y va a desembocar en un lago cercano. A partir de
entonces los aldeanos señalan la fuente prodigiosa y afirman que Ondina y
Huldbrand están unidos en la muerte.
Muchos pasajes de este cuento revelan a Fouque como a un artista
en el género de lo macabro, principalmente en sus descripciones del bosque
embrujado con sus gigantescos hombres de blanco y otros terrores menos
tangibles, que aparecen en la primer parte de la narración.
No tan conocida como Ondina, pero notable por su convincente
realismo y por la ausencia de elementos góticos tradicionales, es la novela
The Amber Witch (La bruja de ámbar) de Wilhelm Meinhold, otro producto
del genio fantástico alemán de principios del siglo XIX.
Este relato, que se sitúa durante la guerra de los Treinta Años,
pretende ser el manuscrito de un sacerdote hallado en una vieja iglesia en
Coserow y que narra la historia de la hija del cronista, María Schweidler,
acusada falsamente de bruja María ha encontrado un depósito de ámbar que
mantiene en secreto por varias razones, y la riqueza obtenida con ello
acentúa las sospechas; sospechas instigadas por la malicia de un hidalgo
cazador de lobos, Wittich Appelmann, quien ha buscado en vano sus
favores. Las maquinaciones de una verdadera bruja, que luego sufre un
horrible castigo sobrenatural en prisión le son arteraramente imputadas a la
desvalida María; y tras un carácterístico proceso de brujería en donde la
obligan a confesar bajo tormento, está a punto de ser llevada a la hoguera
cuando es rescatada justo a tiempo por su amante, un joven noble de un
distrito vecino.
La gran fuerza del relato de Meinhold reside en su desconcertante
clima, de verosimilitud y realismo, que aumenta nuestro suspenso y
refuerza nuestra percepción de lo invisible, al persuadirnos de que esos
sucesos amenazantes pueden ser verdaderos o algo cercano a la verdad. Y,
de hecho, tan verosímil es ese realismo que una revista popular publicó los
principales capítulos de la novela como si fuera un suceso real acaecido en
el siglo XVII8. En la generación actual, la literatura fantástica alemana está
bien represenrada por el novelista Hanns Heinz Ewers, quien pone de
manifiesto en sus oscuras imaginerías un conocimiento eficaz de la
psicología moderna. Novelas como El aprendiz de brujo y La mandrágora,
y cuentos como La araña ponen de relieve unas cualidades que las elevan a
nivel clásico.
Pero la literatura francesa, lo mismo que la alemana, ha sido muy
efectiva en el reino de lo espectral. Víctor Hugo en historias como Hans de
Islandia, y Balzac en La piel de zapa, Seraphita y Louis Lambert, ambos
utilizan lo sobrenatural en mayor o menor medida, pero lo hacen
generalmente con un cierto objetivo humanístico, y sin la sincera y
demoníaca intensidad del artista que comulga en las sombras. Es en
Theophile Gautier en donde nos parece hallar por primera vez un auténtico
sentido francés del mundo irreal, y en donde aparecen misterios espectrales
que, aunque no los use en forma continua, se los reconoce inmediatamente
como algo genuino y profundo. Cuentos como Avatar, El pie de la momia y
La muerta enamorada, despliegan visiones que nos seducen, atormentan y
a veces nos infunden terror, mientras que las escenas evocadas en Una
noche de Cleopatra tienen una fuerza muy aguda y expresiva. Gautier supo
capturar el alma más recóndita del milenario Egipto, con su vida
8 En realidad, el autor publicó la novela como si fuera una genuina crónica, lo cual
enfureció a los críticos. La obra de Meinhold fue más popular en Inglaterra que en
enigmática y ciclópea arquitectura, y dejó plasmado para siempre el eterno
horror de sus abismales catacumbas en donde, hasta el fin de los tiempos,
millones de cadáveres momificados miran fijamente las tinieblas con sus
ojos vidriosos, a la espera de un llamado temible.
Gustav Flaubert continuó la tradición de Gautier en orgías de
fantasia poética como La tentación de San Antonio, y si no hubiera sido por
su fuerte inclinación hacia el realismo, se podría haber convertido en un
supremo tejedor de tapices inquietantes. Más tarde la corriente se bifurca,
produciendo extrañios poetas y fantaseadores de la escuela simbolista y
decadente cuyos oscuros intereses se centraban en las anomalías del
pensamiento y el instinto humanos más que en lo genuinamente
sobrenatural, y por otro lado sutiles narradores cuyos estremecimientos
derivan directamente de los negros abismos de la irrealidad cósmica. Entre
los primeros “escritores malditos” figura el ilustre poeta Charles
Baudelaire, vastamente influido por Poe, como el supremo representante,
mientras que el novelista psicológico Joris - Karl Huysmans, un genuino
vástago del fin de siglo, es al mismo tiempo la suma y el final. La segunda
categoría, de más pureza narrativa, la continúa Prosper Merimee, cuyo
relato La Venus de Ille presenta en prosa tersa y convincente el mismo tema
de la estatua viviente que Thomas Moore había utilizado en su balada El
anillo.
Los cuentos de horror del poderoso y cínico Guy de Maupassant,
escritos como si su locura final fuera apoderándose gradualmente de él,
presentan individualidades curiosas; son más bien efusiones morbosas de
una mente realista en estado patológico, y no el producto imaginativo de
una visión naturalmente dispuesta hacia la fantasía y sensible a las ilusiones
normales de lo desconocido. Sin embargo, sus cuentos son del más
Alemania. Además de La bruja de ámbar escribió otra novela de hechicería, Sidonia
the Sorceress, traducida por Lady Wilde (N. del T.)
profundo interes, sugiriendo con maravillosa intensidad la inminencia de
terrores innombrables y los padecimientos de un desgraciado individuo
amenazado por entidades provenientes de las tinieblas exteriores. Entre sus
cuentos, El Horla es considerado como su obra maestra. En él se nos habla
del advenimiento de una criatura invisible que se alimenta de agua y leche,
subyuga las mentes, y que parece ser la vanguardia de una horda de
organismos extraterrestres llegados a la tierra para reemplazar al hombre.
Esta narración tensa y angustiante puede que sea única en su género
particular, aunque por ciertos detalles quizá le deba algo a un cuento del
americano Fitz-James O'Brien quien ya había tratado el tema de la criatura
invisible. Otras creaciones notables de Maupassant son los relatos ¿Quién
sabe?, El espectro, El Diario de un loco, El lobo blanco, En el río y el
macabro poema titulado Horror.
Los colaboradores Erckmann-Chatrian enriquecieron la literatura
fantástica francesa con muchas fantasías espectrales como El hombrelobo,
en donde una maldición hereditaria cumple su inexorable sino en el marco
de un tradicional castillo gótico. La capacidad de estos escritores para
delinear una atmósfera de estremecimientos nocturnos es tremenda, a pesar
de la tendencia a las explicaciones naturales y las maravillas científicas.
Pocos son los cuentos que superen en horror al Ojo invisible, la historia de
una maligna bruja que entreteje hechizos nocturnos, los cuales inducen a
los ocupantes de una habitación de taberna a suicidarse. La oreja del buho
y Las aguas de la muerte, están plenos de oscuridad y misterio, el último
trata el muy común tema de la araña araña gigante, utilizando con
demasiada frecuencia por los escritores de cuentos fantásticos. El cuentista
Villiers de L'Isle Adam prolonga la escuela de lo macabro, y su relato La
tortura por la esperarza narra la cruel historia de un condenado a muerte a
quien se le permite escapar para que vuelva a sufrir las angustias de la
captura.
Algunos consideran este cuento como el más enervante de la
literatura. Esta clase de narrativa, sin embargo, no se integra a la literatura
fantástica, sino que forma un género propio - al así llamado conte cruel, en
donde las emociones son desmenuzadas por medio de frustraciones,
tormentos y horrores físicos. Los cuentos del escritor contemporáneo
Maurice Level - que participan de ese género - han sido rápidamente
adaptados en el teatro del Grand Guignol. En realidad, el genio francés está
más capacitado para tratar este tenebroso naturalismo que las sugerencias
de lo invisible, pues este último proceso requiere, para su mejor desarrollo,
el misticismo inherente de la mentalidad nórdica.
Una rama muy floreciente de la literatura fantástica, durante mucho
tiempo oculta, es la de los judíos, que se mantuvo viva y se 40 alimentó en
la oscuridad a través del sombrío legado de la antigua magia oriental, la
literatura apocalíptica y el cabalismo. La mentalidad semítica, como la
céltica y la germana, parece tener una marcada inclinación mística; y la
riqueza de las tradiciones y leyendas espectrales que perudran
subterráneanente en los ghettos y las cinagogas es más considerable de lo
+que uno se imagina. El cabalismo, tan importante durante la Edad Media,
es un sistema filosófico que explica el universo como emanaciones de la
Deidad, y que involucra la existencia de exrañas regiones y criaturas
espirituales al margen del mundo visible, que pueden vislumbrarse por
medio de ciertas invocaciones secretas. Su ritual está entrelazado con
interpretaciones místicas del Antiguo Testamento, y atribuye un significado
esotérico a cada letra del alfabeto hebreo - circunstancia que ha impartido a
los caracteres judíos una suerte de hechizo y potencia espectral en la
literatura popular. El folklore judío ha preservado gran parte del terror y el
misterio del pasado, y una investigación profunda de esas fuentes
enriquecería, considerablemente a la literatura fantástica. Los mejores
ejemplos hasta ahora, de su concreción artística son la novela El Golem, de
Gustave Meyrink, y la obra teatral The Dybbuk, por el escritor gaucho que
se oculta, tras el seudónimo de “Ansky”. El Golem, con sus hechizantes
sugerencias sombrías de las maravillas y los terrores que acechan en las
fronteras de la realidad, transcurre en Praga, y describe con singular
maestría el antiguo gheitto de esa ciudad con su paisaje de tejados
espectrales. El título de la novela deriva de un legendario gigante artificial
supuestamente creado y animado por los rabinos medievales meidante el
uso de ciertas fórmulas misteriosas. The Dybbuk, representada en América
en 1925 y recientemente convertida en ópera, describe La posesión de un
cuerpo humano por el alna de un muerto. Tanto el golem como el dybbuk
son figuras emblemáticas de frecuente utilización en la continuidad de la
tradición hebrea.
7. EDGAR ALLAN POE
La tercera década del siglo pasado fue testigo de un amanecer
literario que afectó no solo la historia del cuento fantástico, sino la del
cuento corto en su totalidad, y moldeó indirectamente las tendencias y
fortunas de una gran escuela estética europea. Tenemos la buena suerte,
como americanos, de poder reclamar como propio ese despertar, ya que
estuvo encarnado en la figura de nuestro más ilustre y desventurado
compatriota, Edgar Allan Poe. La fama de Poe ha sido objeto de las más
curiosas ondulaciones, y ahora está de moda entre la “vanguardia”
minimizar su importancia de artista, y su influencia; pero le sería difícil a
un critico maduro y reflexivo negar el tremendo valor de su obra y la
persuasiva potencia de su intelecto como creador de visiones artísticas. La
verdad es que algunas de sus concepciones pudieron ser anticipadas, pero
él fue el primero en concretar esas posibilidades e impartirles una forma
suprema y una expresión sistemática. También es cierto que sus discípulos
pudieron haberlo superado en algunos textos aislados; pero debemos
insistir en que fue él quien les enseñó, por medio del ejemplo y el precepto,
el arte que ellos pudieron+ perfeccionar al tener el camino abierto y a Poe
como su guía. Cualquiera fueran sus limitaciones, Poe logró lo que nadie
había o podría haber realizado, y a él le debemos el cuento de terror
moderno en su forma final y perfecta.
Antes de Poe, la mayoría de los escritores fantásticos trabajaban
casi a ciegas, sin la debida comprensión de los fundamentos psicológicos
del horror, y con la rémora de un conformismo ante ciertas convenciones
literarias, tales como el final feliz, la recompensa a la virtud y, en general, a
un falso moralismo, de una aceptación de los valores populares y un
retaceo de las emociones propias, tomando partido con los defensores de
las ideas artificiales del vulgo. Por el contrario, Poe percibió la esencial
impersornalidad del verdadero artista y supo que la función de la literatura
creativa era la de expresar e interpretar los acontecimientos y las
sensaciones tal como son, sin importar lo que prueban –bueno o malo,
atractivo o repulsivo, 42 estimulante o deprimente-, con el artista actuando
siempre como un atento e impersonal cronista, lejos del tendencioso
profesor o el vendedor de opiniones. Poe observó lúcidamente que todas las
fases de la vida y el pensamiento eran un tema válido para el artista, y al
estar su espíritu inclinado hacia lo extraño y tenebroso, decidió ser el
intérprete de esos poderosos sentimientos que acarrean más dolor que
placer, más ruina que prosperidad, más terrar que sosiego, y que son
fundamentalmente adversos o indiferentes al sentir común de la
humanidad, lo mismo que a la salud, cordura o bienestar general de la
especie.
Los espectros de Poe adquirieron así una convincente malignidad
que no poseían los de ninguno de sus antecesores, y estableció un nuevo
grado de realismo en los anales del horror literario. Por otra parte, sus
intenciones de impersonalidad artística se apoyaban en una postura
científica casi desconocida hasta entonces, por medio de la cual Poe
estudiaba la mente humana más que los usos de la novela gótica, y
trabajaba con un conocimiento analítico de las genuinas fuentes del terror
que duplicaba la fuerza de sus narraciones y lo emancipaba de los absurdos
inherentes en la mera producción convencional de estremecimientos. Con
este ejemplo a la vista, los autores posteriores estaban naturalmente
obligados a seguirlo, si es que deseaban competir de alguna manera; de tal
modo que un cambio radical comenzó a producirse en la literatura de lo
macabro. Poe, además, consagró un nuevo estilo de perfección técnica; y
aunque hoy en día algunos de sus textos nos parezcan ligeramente
melodramáticos y poco sofisticados, podemos rastrear su indudable
impronta en cosas tales como la constante presencia de una atmósfera
única, y el objetivo de un sólo efecto, lo mismo que la rigurosa selección de
incidentes relacionados al argumento o al clímax. Con toda justicia puede
decirse que Poe inventó el cuento moderno. Su influencia, al elevar la
enfermedad y la perversidad a un nivel de temas artísticamente expresables
fue de largo alcance, pues ávidamente recibido e intensificado por su
famoso admirador francés Charles Baudelaire, se convierte en el núcleo de
los principales movimientos estéticos en Francia, haciendo de Poe, en
cierto sentido, el padre de los decadentes y los simbolistas.
Poeta y crítico por naturaleza y talento, lógico y filósofo por
inclinación y manierismos, Poe no era, ni mucho menos, un hombre sin
defectos. Sus pretensiones de profundo y oscuro humanista, sus erróneos
intentos en un humor forzado y sus muy frecuentes arranques de crítica
vitriólica y prejuiciosa, todo eso es conocido y se le puede perdonar. Más
allá y por encima de todo ello, rebajándolo hasta lo insignificante, estaba la
visión magistral del terror que merodea alrededor y dentro nuestro, y del
gusano que se agita en el espantosamente cercano abismo. Perfilando todos
los horrores de esa parodia colorinche llamada existencia y en esa solemne
mascarada que denominamos pensamiento y sentimiento humano, esa
visión tiene el poder de proyectarse en oscuras y mágicas transmutaciones
y cristalizaciones; y en la América estéril de mediados del siglo pasado
surgió de pronto un espléndido jardín de hongos ponzoñosos alimentados
por la luna, que jamás pudieron lucir ni siquiera las infernales laderas de
Saturno. Los poemas y los cuentos sustentan la esencia del pánico cósmico.
El cuervo cuyo pico se clava en el corazón, los vampiros que redoblan las
campanas en torres pestilentes, la tumba de Ulalume en la oscura noche de
octubre, los majestuosos capiteles bajo las olas, de “la región salvaje y
misteriosa que descansa, sublime, más allá del Tiempo y del Espacio” -
todo ello y mucho más nos observa entre el repiquetear maníaco y la febril
pesadilla de la poesía. Y en la prosa, se abren frente a nosotros las mismas
bocas del infierno - anormalidades inauditas levemente insinuadas por el
poder de unas palabras de cuya inocencia apenas dudamos, hasta que la voz
quebrantada y sonora del narrador, tensa de emoción, nos revela las
temibles implicaciones; siluetas y presencias demoníacas adormecidas, que
despiertan súbitamente en un instante fóbico acarreando la locura, o
retumbando en memorables y cataclísmicos ecos. Un aquelarre brujeril del
horror que desgarra los mantos del decoro - una visión 44 tanto más
monstruosa debido a la destreza científica que hace que cada detalle se
ubique, con aparente facilidad, en relación con las conocidas miserias de la
vida material.
Los cuentos de Poe son, por supuesto, de diferentes clases; algunos
de ellos contienen una esencia más pura de horror espiritual que otros.
Los relatos de lógica y raciocinio, precursores del moderno cuento
de detectives, no cabe incluirlos en la literatura sobrenatural; ciertas
narraciones, acaso influidas por Hoffmann, poseen una extravagancia que
las relegan al límite de lo grotesco. Otro grupo de cuentos se sumergen en
la psicología anormal, y la monomanía; su efecto es de horror, pero no
fantástico. Una parte substancial de ellos, no obstante, representa a la
literatura del terror sobrenatural en sus formas más agudas, y confieren a su
autor un lugar permanente e inamovible como deidad, y manantial de toda
la literatura diabólica moderna.
¿Quién puede olvidar al terrible e imponente navío suspendido al
borde de las olas abismales en el Manuscrito hallado en una botella?
La sombría sugerencia de sus monstruosas dimensiones e
incalculable antigüedad, la siniestra tripulación de inauditos ancianos, y su
temible e inexorable viaje hacia las regiones del sur, a través de los hielos
de la noche antártica, impulsado por una corriente irresistible y demencial
hacia el torbellino insondable que será su perdición.
Luego tenemos al inexpresivo Señor Valdemar, en estado hipnótico
durante siete meses después de muerto, dejando escapar sonidos frenéticos
un momento antes de que el fin del experimento lo deje convertido en “una
masa casi líquida de horrible, detestable podredumbre”. En Las aventuras
de Arthur Gordon Pym los viajeros llegan, en primer lugar, a una extraña
región del polo sur habitada por terribles salvajes y en donde no existe el
color blanco. Enormes barrancos rocosos tienen la forma de titánicos
caracteres egipcios que deletrean siniestros arcanos de la Tierra. Luego
visitan una región de mayores misterios en donde todo es de color blanco:
los extraños pájaros, las figuras colosales que vigilan una inmensa catarata
de niebla que desde inconmensurables alturas se precipita en un tórrido mar
lechoso. El relato titulado Metzengeratein nos horroriza con sus malignas
intimaciones de una monstruosa metempsicosis - el demencial hidalgo que
incendia los establos de su enemigo hereditario; el colosal caballo que
escapa del edificio en llamas después de la muerte de su dueño, el
fragmento perdido del antiguo tapiz donde aparecía el gigantesco caballo
del antepasado de la víctima durante las Cruzadas; el salvaje y constante
cabalgar del loco sobre el gran corcel y su odio y temor de la bestia; las
necias profecías que pesan sobre las familias enemigas; y finalmente, el
incendio del palacio del demente y su muerte en medio de las llamas.
Luego, el humo que brota de las ruinas calcinadas toma la forma de un
caballo gigantesco. El hombre de la multitud nos cuenta la historia de un
individuo que recorre incansablemente las calles durante el día y la noche
buscando mezclarse entre la muchedumbre, como si le espantara estar solo.
El relato posee efectos más discretos, pero no implica otra cosa que el más
puro terror cósmico. La mente de Poe jamás se alejaba del terror y la
decadencia; y en cada cuento, poema, o dialogo filosófico descubrimos una
tensa impaciencia por penetrar los abismos insondables de la noche, rasgar
el velo de la muerte e imperar en la fantasía como amo y señor de los
misterios del tiempo y del espacio.
Algunos relatos de Poe poseen una perfección casi absoluta, de
estructura artística que los convierten en verdaderos faros en el terreno del
cuento. Cuando se lo proponía, Poe sabía darle a su prosa un exquisito
molde poético; empleando ese arcaico estilo oriental de frases enjoyadas,
de reiteraciones bíblicas, tan exitosamente utilizado por escritores
posteriores tales como Oscar Wilde y Lord Dunsany; y cuando esto
sucedía, el resultado era un efecto de fantasía lírica casi narcótico en
esencia - los arabescos oníricos del opio en el lenguaje de los sueños, en
donde cada color sobrenatural e imágenes grotescas se encarnan en una
sinfonía de acordes similares. La máscara de la muerte roja, Silencio,
Sombra, son indudablemente poemas en todo el sentido de la palabra,
excepto en la métrica, y logran su fuerza y efecto mediante cadencias
auditivas e imaginería visual. Sin embargo, es en dos de sus relatos menos
conscientemente poéticos, Ligeia y La caída de la casa Usher -
especialmente el último - donde encontramos esas cumbres artísticas en
donde Poe reina como el supremo miniaturista literario. De argumento
simple y directo, esos cuentos deben su brillante magia al hábil desarrollo
que se manifiesta en la selección y ubicación de cada pequeño incidente.
Ligeia narra la historia de una mujer de alta alcurnia y misterioso origen,
que regresa después de muerta para tomar posesión del cuerpo de la
segunda esposa de su marido, logrando incluso imponer su apariencia física
en el cadáver temporalmente reanimado de su víctima. A pesar de cierta
fastidiosa prolijidad y lentitud, el cuento alcanza su desenlace con
inexorable poder. Usher, cuya superioridad en detalle y proporción es muy
marcada, sugiere estremecedoramente la vida oscura, de las cosas
inorgánicas, y despliega una trinidad de entidades anormalmente
entrelazadas en el ocaso una historia familiar - un hermano, su hermana
gemela, y su mansión increíblemente antigua, todos compartiendo un alma,
única y una muerte simultánea.
Estas concepciones bizarras, que podrían ser torpes en manos
inexpertas, se transforman bajo la magia de Poe en terrores vívidos y
convincentes que embrujan nuestras noches; y todo ello a causa de la
perfecta comprensión por parte del autor de la mecánica y fisiología del
miedo y la extrañeza - el énfasis en los detalles esenciales, la exacta
selección de las discordancias que anteceden al horror, los incidentes y
alusiones que se insinúan como símbolos o heraldos del siniestro desenlace,
las brillantes modulaciones del clima opresivo y el perfecto ensamble que
otorga una infalible continuidad a todo el relato hasta el momento del
inexorable y estremecedor clímax, los delicados matices de paisaje y
escenario que otorgan vitalidad a la atmósfera e ilusión que se pretende
lograr - y otros principios de esta índole, algunos demasiado sutiles y que
escapan a la mera comprensión de un simple comentarista. Es posible que
en sus cuentos encontremos melodrama e ingenuidad - según dicen, existía
un fastidioso caballero francés que no podía soportar la lectura de Poe
excepto en la traducción elegante y modulada de Baudelaire-, pero esas
fallas están totalmente eclipsadas por el poderoso e innato sentido de lo
espectral, lo morboso y lo horrible que surge de cada célula de la mente
creativa del artista, sellando sus obras macabras con la marca imperecedera
del genio más sublime. Los cuentos fantásticos de Poe están vivos,
mientras el olvido arrastra a tantos otros.
Al igual que sus colegas en el género, Poe sobresalía en el manejo
de incidentes y los efectos narrativos más que en el retrato de personajes.
Su típico protagonista es, por lo general, un caballero de vieja alcurnia y
circunstancias opulentas, sombrío, elegante, orgulloso, melancólico,
intelectual, de exacerbada sensibilidad, caprichoso, introspectivo, solitario
y, en ocasiones, algo demente; muy versado en conocimientos extraños y
oscuramente ambicioso por penetrar en los oscuros misterios del universo.
Salvo su nombre altisonante, este personaje tiene ya poco que ver con los
de las primeras novelas góticas, pues no es ni el acartonado héroe ni el
villano diabólico del romance Ludoviciano9. Sin embargo, posee
indirectamente una especie de relación genealógica, dado que sus
cualidades sombrías, antisociales y ambiciosas tienen el fuerte sabor del
característico héroe byroniano, quien a su vez es un retoño de los góticos
Manfredos, Montonis y Ambrosios. Muchos de sus rasgos parecen derivar
de la propia psicología de Poe, quien por cierto tiempo poseía mucho de la
depresión, sensibilidad, aspiraciones sublimes, soledad y extravagancia que
él atribuye a sus solitarias y arrogantes víctimas del Destino.
8. LA TRADICIÓN SOBRENATURAL EN AMÉRICA
El público para quien Poe escribía, aunque en su mayor parte no
apreciaba su arte, no estaba por cierto desacostumbrado a sus temas de
horror. América, además de heredar las oscuras tradiciones del folklore
europeo, contaba con un trasfondo legendario de asociaciones
sobrenaturales en dónde abrevar; de tal modo que las leyendas espectrales
ya habían sido reconocidas como material provechoso para la literatura.
Charles Brockden Brown había, logrado una fama espectacular con sus
romances al estilo de Ann Radcliffe, y Washington lrving, elaborando con
elegancia fábulas espeluznantes, se convirtió muy pronto en un clásico.
Este trasfondo legendario provenía - como Paul Elmer More lo ha señalado
- del profundo interés espiritual y teológico de los primeros colonos, a lo
que se sumaba la naturaleza extraña y desconocida del vasto territorio que
se presentaba a su vista; el eterno crepúsculo en el corazón de los inmensos
y sombríos bosques que podían esconder toda clase de terrores; las hordas
de indios cuyos semblantes extraños y taciturnos y sus costumbres
violentas que parecían sugerir un origen infernal; la influencia de una
teocracia puritana que dio nacimiento a toda clase de nociones con respecto
a las relaciones del hombre con el Dios severo y vengativo de los
calvinistas y sobre todo de su terrible adversario, acerca del cual se tronaba
insistentemente en los púlpitos cada domingo; y la morbosa introspección
cultivada en la soledad de los oscuros bosques y carente de toda diversión
normal, vidas abrumadas por los mandamientos religiosos a un examen de
conciencia y a una perversa represión de las emociones, configurando, por
encima de todo, una vida de mera y siniestra lucha por la supervivencia.
Todas estas cosas conspiraban para producir un ámbito en el que los
obsesivos susurros de siniestras ancianas se escuchaban más allá del rincón
de la chimenea y en donde los relatos de brujería y de secretas e increíbles
monstruosidades persistieron mucho tiempo después de los temibles días de
la pesadilla de Salem.
Poe representa a la corriente más nueva, desilusionada, y
9 Se refiere a M. G. Lewis (N. del T.)
técnicamente perfecta de la literatura fantástica que surgió de este terreno
propicio. Otra corriente - que representa a la tradición de los valores
morales, de la gentil reserva, y una fantasía tranquila y suave tocada
levemente por lo grotesco - está representada por otra figura famosa,
incomprendida y solitaria de las letras norteamericanas - el retraído y
sensible Nathaniel Hawthorne, oriundo de la antigua Salem y bisnieto de
uno de los sanguinarios jueces en los procesos por brujería. En Hawthorne
no existe ni la violencia, ni la osadía y el colorido de Poe; tampoco
observamos en él la malignidad cósmica, el intenso sentido dramático y el
arte impersonal del autor de El Cuervo.
Aquí, en cambio, tenemos a un alma gentil sofocada por el
puritanismo de Nueva Inglaterra; sombrío y melancólico, afligido por un
universo inmoral que en todas partes vulnera los esquemas convencionales
que nuestros antepasados consideraban como una ley divisa e inmutable. El
Mal, una fuerza muy real para Hawthorne, es un adversario }*que merodea,
acechante y conquistador; y en la fantasía del autor el mundo visible se
transforma en un escenario de infinitas tragedias e infortunios, rodeado e
infiltrado de presencias incorpóreas y apenas concebibles, luchando por la
supremacía, y moldeando los destinos de los desventurados mortales
sumergidos en el autoengaño y las vanas ilusiones. El legado de la tradición
fantástica en América le pertenece en sumo grado, y Hawthorne vislumbró
la oscura y triste muchedumbre de espectros que se ocultan tras las
apariencias comunes de la vida; pero la pasión por lo alegórico no le
impidió interesarse por las impresiones, sensaciones y bellezas del arte
narrativo en sí mismo. Necesitaba tejer su fantasía en algún tapiz
melancólico de diseño didáctico o alegórico, en donde con suave y
resignado cinismo, podía desplegar una ingenua sentencia moral de la
perfidia de los seres humanos por los cuales, sin embargo, no podía dejar
de sentir cariño y conmiseración a pesar de contemplar su hipocresía. El
horror sobrenatural, entonces, no es un objetivo primordial en la obra de
Hawthorne; aunque sus impulsos estaban entretejidos de manera tan
profunda en su personalidad, que no podía evitar sugerirlos con toda la
fuerza de su genio cuando invocaba al mundo irreal para ilustrar el sermón
que deseaba predicar.
Podemos seguir las huellas de esta fantasía, amable, esquiva y sutil,
a lo largo de toda su obra. El estado de ánimo que la producía encontró una
deliciosa vertiente en las “góticas” adaptaciones para niños de los mitos
clásicos, incluidas en los volúmenes A Wonder Book (El libro de las
maravillas) y Tanglewood Tales (Cuentos de Tanglewood), y otras veces se
ejercitaba en moldear una cierta extrañeza o una intangible hechicería
malevolente alrededor de sucesos que no tenían nada de “sobrenatural”;
como, por ejemplo, en la novela póstuma Dr. Grimshawe' Secret, en donde
se describe, con peculiar repulsión, una casa que aún existe en Salem
adyacente al antiguo camposanto de Charter Street. En The Marble Faun
(El fauno de mármol), cuyo argumento fue esbozado en una villa de Italia a
la que se suponía embrujada, palpita un tremendo escenario de fantasía y
misterio apenas visible para el lector común; y a lo largo de la novela
percibimos la presencia de sangre fabulosa en venas mortales, en una
historia que no deja de ser apasionante a pesar del persistente íncubo de la
alegoría moral, la propaganda anti-papista y ciertos remilgos puritanos, que
impulsaron al escritor moderno D. W. Lawrence a expresarse acerca del
autor de un modo indigno. Septimius Felton, una novela póstuma cuya idea
debía formar parte del inconcluso Romance de Dolliver, trata el tema del
elíxir de la vida de una manera competente; mientras que las notas
destinadas a un cuento no escrito y al cual pensaba titular The Ancestral
Footstep (La huella ancestral), muestra lo que Hawthorne podría haber
logrado con su versión personal de la antigua superstición inglesa de una
familia maldita, cuyos miembros dejaban huellas de sangre al caminar -
tema que aparece, incidentalmente, tanto en Septimius Felton como en Dr.
Grimshawe' Secret.
Muchos cuentos de Hawthorne son fantásticos, ya sea por atmósfera
o incidente. El retrato de Edward Randolph, incluido en Leyendas de la
Casa Provincial, tiene sus momentos diabólicos. El velo negro (basada en
un hecho real) y El huésped ambicioso sugieren mucho más de lo que
expresan, mientras que Ethan Brand - fragmento de una novela inconclusa–
alcanza las alturas del genuino miedo cósmico con su esbozo de colinas
salvajes y los desolados y ardientes hornos de cal, y su retrato del
“imperdonable pecador” byroniano, cuya atormentada vida finaliza con una
terrible carcajada que resuena en la noche, mientras busca el descanso entre
las llamas del horno.
Los cuadernos de notas de Hawthorne nos hablan de los cuentos
fantásticos que hubiera escrito si hubiera vivido más años - un esbozo
especialmente sugestivo se refiere a un desconcertante forastero que suele
aparecer de vez en cuando en reuniones públicas. Luego nos enteramos de
que ha sido visto entrando y saliendo de un antiguo sepulcro.
Pero la obra principal de nuestro autor en el género fantástico, por
la unidad artística del conjunto, es la famosa y exquisitamente trabajada'
novela La casa de los siete tejados, en donde el inexorable peso de una
maldición ancestral está desarrollado con sorprendente poder contra el
siniestro trasfondo de una casa muy antigua de Salem - una de esas
construcciones góticas de tejados puntiagudos que constituían las
primitivas edificaciones de los pueblos costeros de Nueva Inglaterra-, pero
que desaparecieron después del siglo XVII, para dar lugar al estilo más
familiar de los tejados al estilo clásico georgiano, ahora conocido como
“colonial”. De aquellos antiguos edificios góticos apenas si quedan una
docena que puedan admirarse en toda su plenitud a lo largo de
Norteamérica, pero una de esas casas, bien conocida por Hawthorne, aún
existe en Turner Street, Salem, y se la señala - con dudosa autoridad - como
la escena e inspiración del romance. Semejante edificio, con sus espectrales
altillos, sus arracimadas chimeneas, sus puntales grotescos y sus ventanas
enrejadas de cristales romboidales, es por cierto un objeto bien calculado
para sugerir pensamientos sombríos; ejemplificando, como lo hace, la
oscura época del puritanismo con sus ocultos horrores y alucinaciones
brujeriles, que precedió a la belleza nacionalidad y 52 amplitud del siglo
XVIII. Hawthorne vio muchas de esas casas en su juventud, y conocía las
historias siniestras relacionadas con alguna de ellas. Escuchó, también, los
rumores que se referían a la maldición que pesaba sobre su familia como
resultado de la severidad de su bisabuelo durante los procesos de brujería
en 1692.
De este escenario surgió el cuento inmortal - la mayor contribución
de Nueva lnglaterra a la literatura fantástica-, y podemos sentir
instantáneamente la autenticidad de la atmósfera que se nos presenta.
La vívida imagen del arcaico edificio, sombreado por los olmos,
con sus muros ennegrecidos y cubiertos de musgo, la ominosa malignidad
del lugar, reflejada en la historia de su constructor - el viejo coronel
Pyncheon - que arrancó la tierra con peculiar violencia de las manos de su
dueño, Matthew Maule a quien condenó al cadalso como hechicero en el
año del pánico. Maule murió maldiciendo al viejo Pyncheon - “Dios le dará
sangre para beber” -, y las aguas del antiguo pozo de la tierra robada se
tornaron amargas. El hijo de Maule - un carpinteroconsintió en construir la
gran mansión de los tejados para el triunfal enemigo de su padre, pero el
coronel murió extrañamente el día de su inauguración. Luego se sucedieron
generaciones de extrañas vicisitudes, plena de rumores extraños acerca de
los oscuros poderes de los Maule y las muertes terribles que algunas veces
ocurrían en la familia Pyncheon.
La sombría malignidad de la vieja mansión - casi tan palpitante
como la casa de Usher de Poe, aunque de un modo más sutilimpregna el
relato tal como un motivo recurrente impregna una ópera trágica; y cuando
llegamos al núcleo de la historia, observamos a la familia Pyncheon en un
lamentable estado de decadencia. La pobre anciana Hepzibah, la excéntrica
dama venida a menos; el infantil y desafortunado Clifford, recién liberado
de un injusto encarcelamiento; el astuto y pérfido juez Pyncheon, casi una
reencarnación del viejo coronel, - todos esos personajes son símbolos
poderosos, que armonizan admirablemente con el jardín enfermo y las
anémicas aves.
Es casi desafortunado incluir un final feliz, con la unión de la
enérgica Phoebe, ultima descendiente de los Pyncheon, con el atractivo
joven que resulta ser el último de los Maule. Ese matrimonio,
presumiblemente, acaba con la maldición. Hawthorne evita toda violencia
de lenguaje o movimiento, y mantiene lo sobrenatural firmemente en el
trasfondo; sin embargo, algunas visiones fugitivas contribuyen
ampliamente a sostener la atmósfera y a redimir la obra de la pura aridez
alegórica. Incidentes como el embrujamiento de Alice Pyncheon en el siglo
XVIII, y la música espectral de su clavicordio que anuncia una muerte en la
familia - esto último una variedad de un inmemorial mito ario - vincula la
acción directamente con lo sobrenatural; mientras que la nocturnal vigilia
mortuoria del viejo juez Pyncheon en el antiguo salón y el estremecedor
repiqueteo del reloj, es una escena de horror genuino y conmovedor. La
manera en que la muerte del juez se presiente a través de los movimientos y
husmeos de un extraño gato en la ventana, mucho antes de que el hecho
surja de la mente del lector o de cualquiera de los personajes, es un toque
de genio que Poe no hubiera superado. El extraño gato continúa su
vigilancia en la misma ventana durante toda la noche y al día siguiente,
como si estuviese esperando algo. Es indudablemente el psicopompo del
mito primitivo, adaptado y modernizado con infinita habilidad.
Sin embargo, Hawthorne no ha dejado una posteridad literaria bien
definida. Su personalidad artística y sus actitudes pertenecen a la época que
se cierra con él, y es en cambio el espíritu de Poe - quien comprendió con
tanta claridad y realismo las bases de la atracción del horror y el correcto
mecanismo de su logro - el que perduró con su influencia.
Entre los primeros discípulos de Poe debe resaltarse al brillante
joven irlandés Fitz-James O'Brien (l828-1862) quien se naturalizó
norteamericano y murió honrosamente en la Guerra Civil. Fue él quien
escribió What was it? (¿Qué fue eso?), el primer cuento de valor literario
acerca de una criatura tangible a la que nadie puede ver, y prototipo del
Horla de Maupassant; O' Brien fue también el creador del inimitable cuento
La lente de diamante, en donde un joven microscopista descubre a una
ninfa en el mundo infinitesimal de una gota de agua, y se enamora de ella.
La temprana muerte de O'Brien indudablemente nos privó de algunos
cuentos magistrales de extrañeza y terror, aunque su genio no era,
estrictamente hablando, de la misma cualidad titánica que caracterizaba a
Poe y Hawthorne.
Más cercano a la verdadera grandeza era el excéntrico y taciturno
periodista Ambrose Bierce, nacido en l842; quien también luchó en la
Guerra Civil, pero sobrevivió para escribir algunos cuentos inmortales y
desaparecer en 1913 en una nube tan grande de misterio como cualquiera
de las que él invocó en su pesadillezca fantasía. Bierce fue un satírico y
panfletista de fama, pero lo principal de su reputación artística reside en sus
amargos y salvajes cuentos; una gran parte de ellos relacionados con la
Guerra Civil y que constituyen la más vívida y realista expresión literaria
de ese conflicto. Virtualmente todos los relatos de Bierce son cuentos de
horror; y mientras muchos de ellos tratan tan solo de los horrores físicos y
psicológicos en los límites de la naturaleza, una parte substancial admiten
la presencia de lo malignamente sobrenatural y forman un conjunto
destacado en el acervo de la literatura fantástica norteamericana. Samuel
Loveman, poeta y crítico contemporáneo, quien fue amigo personal de
Bierce, resume de esta manera el genio del “hacedor de sombras”; en el
prefacio a algunas de sus cartas: “En Bierce la sugestión del horror se
vuelve por primera vez no ya la prescripción o prevención de Poe y
Maupassant, sino una atmósfera definida y siniestramente precisa. Las
palabras, tan simples que se sentiría tentado a considerarlas como una
limitación de escritorzuelo mercenario, adquieren un horror impío, una
nueva e inesperada transformación. En Poe es un tour de force, en
Maupassant un nervioso compromiso del flagelado desenlace. Para Bierce,
simple y sinceramente, el diabolismo contiene en sus atormentadas
profundidades un legítimo y confiable medio para un fin. Sin embargo, en
todo momento se insiste en una tácita confirmación con la naturaleza.” “En
La muerte de Halpin Frayser las flores, la vegetación y las ramas y las
hojas de los árboles están magníficamente contrapuestos a la malignidad
sobrenatural. No se trata del usual mundo dorado, sino de un mundo
impregnado del misterio azul, recalcitrante y urgente de los sueños.
Curiosamente, lo inhumano tiene lugar en este mundo”.
La “inhumanidad” mencionada por Loveman encuentra su
desahogo en una rara veta de comedia sardónica y humor de cementerio, y
una especie de deleite en imágenes de crueldad y tentadora desilusión. La
primera cualidad está bien ilustrada por algunos de los subtítulos en los
cuentos más oscuros; tales como “Uno no siempre come lo que está sobre
la mesa”, describiendo la autopsia de un cadáver, y “Un hombre aunque
desnudo puede estar en harapos” refiriéndose a un cuerpo mutilado.
La obra de Bierce es, en general, despareja. Muchos de los cuentos
son obviamente mecánicos, y dañados por un estilo vulgar y artificioso
derivado de modelos periodísticos; pero la amarga malevolencia que
merodea a través de todos ellos es inconfundible, y algunos resaltan como
permanentes cumbres de la narrativa de terror norteamericana.
La muerte de Halpin Frayser, considerada por Frederic Taber
Cooper como el cuento más diabólicamente espectral en la literatura,
anglosajona, nos habla de un cuerpo sin alma, deambulando sigilosamente
en la noche de un bosque fantasmagórico y horriblemente iluminado por un
resplandor sanguinolento y de un hombre acosado por recuerdos
ancestrales que encuentra la muerte entre las garras de aquello que alguna
vez fue su amada. La maldita cosa, frecuentemente recopilado en
antologías populares, es la crónica de las horrendas devastaciones de una
criatura invisible que merodea en las colinas y algodonales. Las
circunstancias adecuadas evoca con singular sutileza y aparente
simplicidad, el punzante sentido del horror que puede residir en la palabra
escrita. En este relato, el cuentista fantástico Colston le dice a su amigo
Marsh: “Eres lo 56 bastante valiente como para leerme en un tranvía, pero
en una casa desierta, solo, en el bosque, durante la noche. ¡Bah! En el
bolsillo llevo un manuscrito que podría matarte”. Marsh lee el manuscrito
en “las circunstancias adecuadas”, y muere. El dedo medio del pie derecho
está torpemente desarrollado, pero tiene un poderoso clímax.
Un hombre llamado Manton ha asesinado horriblemente a su esposa
y sus dos hijos, la primera de las cuales carecía del dedo medio del pie
derecho. Diez años después regresa muy alterado al lugar del crimen; y
siendo misteriosamente reconocido, es provocado a batirse a duelo con
navaja en la oscuridad de la casa abandonada donde tuvo lugar el crimen.
Cuando llega el momento del duelo, es víctima de un engaño y queda sin
antagonista, encerrado en una habitación oscura del edificio supuestamente
embrujado, cubierta con el espeso polvo de una década. Ningún cuchillo lo
ataca, pues el intento era asustarlo; pero al dia siguicnte se lo encuentra
agazapado en un rincón con el rostro distorsionado, muerto de pánico por
algo que vió. La única pista visible que se ofrece tiene implicancias
horribles: “en el espeso polvo que los años acumularon sobre el piso -
yendo desde la puerta por la que habían entrado y a lo largo de la
habitación hasta una yarda del cadáver acurrucado de Manton - podíanse
ver tres líneas paralelas de huellas, leves pero definidas huellas de pies
desnudos, dos de las cuales pertenecían a las de unos niños, la del medio a
una mujer. Las huellas terminan ahí, no regresan. Todas apuntan en la
misma dirección”. Y, por supuesto, las huellas de la mujer muestran la
carencia del dedo medio del pie derecho. The Spook House (la casa de los
espantos), narrado con la severa sencillez de la verosimilitud periodística,
expresa terribles sugerencias de atroz misterio. En 1858, toda una familia
de siete personas desapareció súbita e inexplicablemente de una granja de
Kentucky, dejando todas sus posesiones intactas - muebles, ropa,
alimentos, caballos ganado y esclavos. Al cabo de un año, dos hombres de
gran reputación se ven obligados a refugiarse de una tormenta en la casa
abandonada; allí descubren una extraña habitación subterránea iluminada
por un inexplicable resplandor verde y con una puerta de hierro que no
puede abrirse desde adentro. En esa habitación yacen los cadaveres de toda
la familia desaparecida; y mientras uno de los hombres se abalanza para
abrazar uno de los cuerpos que parece reconocer, el otro, aterrado por un
extrario hedor, encierra accidentalmente a su compañero y pierde el
conocimiento. Recobra el sentido al cabo de seis semanas, pero es incapaz
de volver a encontrar la habitación secreta. La casa es incendiada durante la
Guerra Civil. Nunca más se ha vuelto a ver al compañero encerrado en ella.
Bierce rara vez consigue plasmar las posibilidades sugestivas de sus
temas en forma tan vívida como lo había logrado Poe; y buena parte de su
obra contiene un cierto toque ingenuo, de prosaica angulosidad o
provincialismo norteamericano que contrasta en cierta medida con los
esfuerzos de los actuales maestros del terror. No obstante, el caarater
genuino y artístico de sus tenebrosas concepciones es siempre evidente, por
lo cual su grandeza no corre peligro de eclipsarse. Los cuentos fantásticos
de Bierce aparecen en dos volúmenes de sus obras completas, Can Such
Things Be? (¿Es posible?) y In the Midst of Life (En medio de la vida). El
primero de ellos está íntegramente dedicado a lo sobrenatural.
Gran parte de la mejor literatura de horror norteamericana ha
surgido de escritores ajenos a este medio. La novela histórica Elsie Venner
de Oliver Wendell Holmes sugiere, con admirable reserva, un inaudito
elemento ofídico en la personalidad de una joven mujer que ha sufrido
influencias prenatales, y mantiene el clima del relato con sugestivas e
inteligentes pinceladas de paisaje. En Otra vuelta de tuerca, Henry James
triunfa sobre su inevitable pomposidad y prolijidad para crear una
atmósfera incisiva de amenaza siniestra; y nos describe la odiosa infuencia
de dos sirvíentes muertos y perversos, Peter Quint y la institutriz Miss
Jessel, sobre un niño y una niña que estuvieron bajo su tutela. James es
quizá demasiado difuso, demasiado cortés y afectado, adicto en exceso a
las sutilezas del lenguaje como para resaltar de plano todo el horror salvaje
y devastador de su 58 argumento; pero a pesar de eso hay en el relato una
marea ascendente de espanto - culminando con la muerte del niño - que le
asigna un lugar permanente como obra singular.
Francis Marion (Crawford escribió varios cuentos fantásticos de
plural intensidad, recopilados póstumamente en el libro titulado Wandering
Ghosts (Fantasmas errantes). Porque la sangre es vida relata un caso de
vampirismo en las cercanías de una antigua torre que se levanta entre las
rocas de una solitaria costa del sur de Italia.
La sonrisa muerta trata de horrores ancestrales en una vieja
mansión con su cripta inmemorial, e introduce el tema del banshee10 con
considerable poder. Pero la obra maestra de Crawford es La litera superior,
uno de los más tremendos cuentos de horror en toda la literatura. En este
relato de un camarote enbrujado por el fantasma de un suicida, imágenes
como la insidiosa invación de una pestilencia subacuática, el postillo
extrañamente abierto, y la pesadillezca lucha con una criatura innominada
están elaboradas con incomparable destreza.
Muy genuina, aunque no por cierto inocente de la típica y
amanerada extravagancia de fines del siglo XIX, es la veta de terror en las
primeras obras de Robert W. Chambers, novelista que después ha tomado
otros derroteros. El rey amarillo, una serie de cuentos vagamente
relacionados entre sí con el trasfondo de un libro prohibido y monstruoso
cuya, lectura acarrea el terror, la locura y la tragedia espectral, logra
notables instancias de miedo cósmico, a pesar de un inetrés desigual y un
cierto aire trivial y amanerado de bohemia parisina, por razones entonces
en boga debido a la popularidad de la novela Trilby de George du Maurier.
El más poderoso de esos cuentos quizá El signo amarillo, con su terrible y
silencioso guardián de cementerio cuyo rostro semeja el de un gusano
hinchado. Un muchacho se estremece de repugnancia, al recordar ciertos
detalles de una pelea que sostuvo con esta criatura. “Le aseguro, señor, que
es verdad de Dios que cuando le pegué y él me agarró de las muñecas yo le
retorcí su puño blanco y fofo y unos de sus dedos se quedó en la mano”. Un
artista, que ha compartido con otra persona un extraño sueño acerca de una
carroza fúnebre, se horroriza al escuchar la voz del guardián del cementerio
cuando éste se le acerca. El individuo emite un sonido susurrante que se
introduce en el cerebro “como el humo grasiento de un caldero o la
pestilencia de la descomposición.
El susurro dice: “Has encontrado el signo amarillo?”.
Un talismán de ónix con fantásticos jeroglíficos, recogido en la
10 En el folklore irlandés, un espíritu cuyo grito o lamento es heraldo de muerte (N.
calle por el copartícipe del sueño, cae al poco tiempo en manos del artista;
luego ambos se apropian extrañamente del terrible infolio de los horrores,
cuyas páginas revelan - entre pavorosos secretos ajenos a la cordura– que
ese talismán es el inmencionable Signo Amarillo que proviene del culto
maldito de Hastur - en la primigenia Carcosa, de la cual trata el libro y cuya
memoria yace agazapada ominosa en las profundidades de la mente
humana. Luego escuchan el retumbar de la carroza fúnebre cuyas riendas
lleva el fofo guardián de rostro cadavérico. La siniestra figura entra en la
casa sombría buscando el Signo Amarillo, las trancas y los cerrojos se
desmenuzan a su toque.
Y cuando la gente, alarmada por un grito inhumano, se precipita en
la casa, hallan tres cuerpos en el piso: dos muertos y un moribundo. Uno de
los cadáveres está en avanzado grado de descomposición. Es el guardián
del cementerio, y el doctor exclama: “Ese hombre debe haber muerto hace
meses”.
Vale la pena destacar que el autor deriva la mayor parte de los
nonbres y alusiones relacionados con su espeluznante región de memorias
prirmigenias, de los cuentos de Ambrose Bierce. Otras obras de Chambers
con elementos macabros con The Maker of Moons (El hacedor de Lunas) y
In Search of the Unknown (En busca de lo desconocido). No puede evitarse
el lamentar que no continuara desarrollando una veta que fácilmente le
hubiera concedido fama de maestro.
Elementos sobrenaturales de auténtica estirpe puede hallarse en la
obra de la escritora realista de Nueva Inglaterra Mary E. Wilkins
(Freeman), cuyo volumen de cuentos The Wind in the Rosebush (El viento
en el rosal) contiene una cantidad de notables ejemplos. En The Shadows
on the Wall (Las sombras en la pared) se describe con suma habilidad el
del T.)
impacto de la tragedia espectral en el ámbito de una sólida familia de Neva
Inglaterra; y el misterioso origen de la sombra del hermano envenenado
prefigura el desenlace cuando la sombra del secreto asesino, que se ha
suicidado en una ciudad cercana, aparece súbitamente detrás de aquella.
Charlotte Perkins Gilman, en The Yellow Wallpaper (El empapelado
amarillo) alcanza un nivel de clásico al delinear sutilmente la locura de una
mujer que vive en una espantosa habitación empapelada donde una
demente estuvo recluída.
En el cuento titulado The Dead Valley (El valle muerto), el
eminente arquitecto y novelista Ralph Adams Cram logra invocar
memorablemente el vago espanto que impera sobre una región desolada,
merced a la sutileza de las descripciones y la atmósfera.
El versátil y talentoso Irvin S. Cobb continúa nuestra tradición de
literatura espectral con algunos brillantes ejemplos. Entre sus primeros
textos figura Fishead, un cuento perniciosamente efectivo en su retrato de
una afinidad monstruosa entre un híbrido idiota y el extraño pez de un lago
apartado, quien al final toma venganza por el asesinato de su anormal
consanguíneo. Las últimas obras del señor Cobb introducen un elemento de
posible ciencia, como en ese cuento de historia hereditaria en donde un
hombre moderno con ascendencia negroide deja escapar palabrss del
lenguaje de la jungla africana, al ser atropellado por un tren bajo
circunstancias auditivas y visuales que recuerdan la muerte de su antecesor
por un rinoceronte en el siglo pasado.
De gran nivel artístico es la novela The Dark Chamber (La
habitación oscura) de Leonard Cline, publicada en 1927. Esta es la historia
de un hombre que - con la típica ambición de un personaje gótico o
byroniano - busca desafiar la naturaleza y recobrar cada instante de su vida,
pasada mediante la anormal estimulación de la memoria. Para este fin
utiliza interminables notas, archivos, objetos mnemónicos e imágenes - y
finalmente aromas, música y drogas exóticas. Por último, su ambición lo
lleva más allá de su vida personal y se extiende hacia los oscuros abismos
de la memoria hereditaria - retrocediendo incluso a los tiempos
prehumanos entre los pantanos de la era carbonífera, y aún más,
sumergiéndose en las inimaginables profundidades del teempo y las
entidades primigenias. Utiliza música más extraña y drogas más exóticas,
hasta que por fin su perro comienza a sentir hacia él un pánico extraño. Una
pestilencia animal lo rodea y su rostro se embrutece con la mirada vacía de
una criatura infrahumana. Merodea en los bosques, aullando durante la
noche bajo las ventanas. Al fin se lo encuentra en una espesura, con el
cuerpo mutilado. A su lado está el cadáver destrozado de su perro. Se han
matado uno al otro. La atmósferade esta novela es malévolamente opresiva,
centrando la atención en la siniestra casa del protagonista.
Una novela menos sutil y equilibrada, aunque efectiva, es The Place
called Dagon (Un lugar llamado Dagon) de Herbert S. Gorman, que relata
la oscura historia de un lugar remoto de Massachusetts, en donde los
descendientes de los perseguidos por la brujería de Salem aún mantienen
vivos los horrores morbosos del Sabbat Negro.
Sinister House (La casa siniestra), de Leland Hall, tiene rnomentos
de magnifíco clima, pero está arruinada por un mediocre romanticismo.
Muy notables a su manera son algunas de las creaciones fantásticas
del novelista y cuentista Edward Lucas White, muchos de cuyos temas
tuvieron origen en los sueños. The Song of the Siren (La canción de la
sirena) posee una persuasiva extrañeza, mientras que Lukundoo y The
Snout (El hocico) despiertan temores más oscuros. El señor White imparte
una cualidad muy peculiar a sus relatos-una suerte de oblicuo encanto que
tiene su propia capacidad de convicción.
De los jóvenes escritores norteamericanos, nadie pulsa la nota de
horror cósimico mejor que el poeta, pintor y cuentista californiano 62 Clark
Ashton Smith, cuyos bizarros dibujos, pinturas y cuentos son una delicia
para la minoría sensible. El señor Smith utiliza el trasfondo de un universo
de espanto, remoto y paralizante - junglas de flores ponzoñosas e
iridiscentes en las lunas de Sturno, templos grotescos y malignos de la
Atlántida y Lemuria, olvidados mundos primigenios, y pestíferos pantanos
de hongos venenosos en regiones espectrales más allá de los confines del
mundo. Su poema más extenso y ambicioso The Hashis Eater, despliega
increíbles visiones caóticas de pesadilla caleidoscópica en los espacios
interestelares. Ningún escritor vivo o muerto ha superado, quizá, a Clark
Ashton Smith en la pura extrañeza cósmica y fertilidad de sus creaciones.
¿Quién otro ha podido ver esas espléndidas, exhuberantes y febriles
visiones distorsionadas de esferas infinitas y múltiples dimensiones, y ha
vivido para contar el cuento? Sus relatos tratan de otras galaxias, mundos y
dimensiones, al igual que con extrañas regiones y épocas de la Tierra. Nos
habla de la primigenia Hiperbórea y de su amorfo dios Tsathoggua; del
continente perdido de Zothique, y de la fabulosa tierra de Averoigne en la
Francia medieval, acosada por vampiros.
Algunos de los mejores cuentos de Smith pueden hallarse en el
folleto titulado The Double Shadow and other Fantasies (1933).
9. LA TRADICIÓN SOBRENATURAL EN LAS ISLAS BRITÁNICAS
La reciente literatura británica, además de incluir a los tres o cuatro
mejores escritores fantásticos de nuestra época, ha sido gratamente fértil en
el tema de lo sobrenatural. Rudyard Kipling incursionó a menudo en el
género y, a pesar de los omnipresentes manierismos, lo hizo con indudable
maestría en cuentos como La litera fantasma, El cuento más hermoso del
mundo, El regreso de Imray y La marca de la bestia. Este último relato es
particularmente conmovedor; las imágenes del desnudo sacerdote leproso
que chilla como una nutria las manchas que surgen en el pecho del hombre
a quien maldijo el sacerdote, la creciente voracidad carnívora de la víctima
y el miedo que inspira a los caballo, y por último la parcial transformación
de esa víctima en leopardo, son escenas que el lector no olvida con
facilidad. La derrota final del maligno hechizo no perjudica la fuerza del
cuento o la validez de su misterio.
Leofcadio Hearn, personalidad extraña, errabunda y exótica, se
aleja aún más del reino de lo real; y con la suprema sensibilidad de un
poeta teje fantasías que superan las posibilidades de escritores más
prosaicos. Su libro Fantastics, escrito en Norteamérica, contiene algunos
textos etque figuran entre los más espectaculares e impresionantes de la
literatura; mientras que el volumen titulado Kwaidan, escrito en Japón,
cristaliza con insuperable talento y delicadeza las espeluznantes tradiciones
y remotas leyendas de ese país. La magia verbal de Hearn resalta aún más
en algunas de sus traducciones del francés, especialmente de Gautier y
Flaubert. Su versión de Las tentaciones de San Antonio, de este último, es
un clásico de imaginería febril y anárquica envuelta en el hechizo de un
lenguaje musical.
Oscar Wilde tiene también su lugar entre los escritores fantásticos,
tanto por sus exquisitos cuentos de hadas, como por su vívida novela El
retrato de Dorian Gray, en la cual un maravilloso cuadro asume 64 durante
años la obligación de envejecer en lugar de su original, quien a su vez lleva
una vida de vicio y crimen sin perder la apariencia de juventud, belleza y
lozanía. La historia llega a un súbito y potente desenlace cuando Dorian
Gray, convertido finalmente en asesino, busca destruir la pintura que es un
reflejo y testimonio de su depravación moral. Ataca el cuadro con un puñal,
escuchándose al instante un grito y un estrépito; pero cuando llegan los
sirvientes encuentran la tela en toda su prístina belleza. “En el piso, yacía
un hombre muerto, vestido de etiqueta, con un puñal clavado en el corazón.
Estaba marchito, arrugado y la expresión de su rostro era espantosa. Recién
al examinar los anillos se dieron cuenta de quién era”.
Matthew Phipps Shiel, autor de muchas novelas y relatos
fantásticos y de aventuras, alcanza en ocasiones un elevado nivel de hórrida
magia. Xelucha es un fragmento dañino y repulsivo, pero lo supera la
indudable obra maestra de Shiel, The House of Sounds (La mansión de los
sonidos) escrita con el florido estilo de la “belle époque”, y reelaborada con
más sobriedad artística en los primeros años de este siglo. El cuento, en su
forma final, merece destacarse como obra única en el género. Nos habla de
un indidioso horror amenzante que se desliza a través de los siglos en una
región boreal cercana a las costas de Noruega. Allí, en una isla barrida por
vientos demoníacos y entre el estruendo apocalíptico de las olas, un
espectro vengativo construye una torre de espantos. Es vagamente similar,
aunque infinitamente distinta, a La caída de la casa Usher de Poe. En la
novela La nube purpúrea, Shiel describe con tremendo poder una
maldición que surge del polo ártico para destruir a la humanidad, y que
parece haber dejado un solo habitante en nuestro planeita. Las sensaciones
de este único superviviente mientras deambula como amo y señor en la
macabra soledad de las ciudades del mundo, están descriptas con un talento
artístico poco menos que majestuos.
Lamentablemente la segunda parte del libro, con su convencioal
elemento romántico, sufre una notoria declinación.
Más conocido que Shiel es el ingenioso Bram Stoker, creador de
muchos conceptos intensos en una serie de novelas cuya mediocre técnica
perjudica tristemente su efecto. En La madriguera del gusano blanco
imagina la existencia de una gigantesca entidad primitiva que habita en la
cripta subterránea de un viejo castillo, pero arruina completamente esa
magnífica idea con un desarrollo casi infantil. La joya de las siete estrellas,
historia de una extraña resurrección egipcia, está mejor escrita. Pero la más
lograda de todas es la famosa novela Drácula, que se ha convertido casi en
el prototipo moderno del siniestro mito del vampiro. El conde Drácula
habita en un horrible castillo de los Cárpatos, pero emigra finalmente a
Inglaterra con el designio de poblar ese país con vampiros. De cómo un
inglés logró introducirse en la fortaleza de los horrres y como fue
desbaratado al fin el conjuro del diabólico espectro, conforman un relato
que se ha ganado con justicia un lugar permamente en las letras inglesas.
Drácula facilitó la aparición de varias novelas similares de horror
sobrenatural, entre ellas descatan The Beetle (El escarabajo) de Richard
Marsh, Brood of the Witch-Queen (Los vástagos de la reina bruja) de “Sax
Rohmer” (seudónimo de Arthur Sarsfield Ward), The Door of the Unreal
(Las puertas de lo irreal), de Gerald Biss. Esta última novela elabora con
bastante destreza el tradicional mito del hombre-lobo.
Mucho más sutil y artística, y narrada con singular maestría a través
de los diversos puntos de vista de varios persoajes, es la novela Cold
Harbour, de Francis Brett Young, en donde se describe una antigua
mansión de extraña malignidad. El burlón y casi omnipotente Humphrey
Furnival es un eco lejano del convencional “villano” gótico, pero tiene
características más individuales. Solamente la difusa explicación final y el
liberal uso de la adivinación como elemento argumental, impiden la
absoluta perfección de esta obra.
En la novela Witch Wood (El bosque de las brujas), John Buchan
represeeta con tremenda fuerza un resurgimiento del diabólico Sabbat de
las brujas en una región solitaria de Escocia. La descripción del sombrío
bosque y su piedra maligna, junto a los vislumbres de terror cósmico
cuando el horror es finalmente extirpado, nos reconcilian cona la lentitud
de la acción y plétora de dialecto escoces. Algunos cuentos de Buchan son
igualmente vívidos en sus intimaciones espectrales, The Green Wildebeest
(La bestia verde), una historia de brujería africana, The Wind in the Pordico
(El viento en el pórtico), con su despertar de horrores paganos, y Skule
Skerry con sus toques de espantos boreales, son ejemplos especialmente
notables.
Clemence Housman, en la novela corta titulada The Werewolf (La
loba) recaptura la atmósfera del auténtico folklore en una narración tensa y
macabra. En The Elixir of Life (El elixir de la vida), Arthur Ransome logra
crear excelentes efectos sombríos pese a la ingenuidad del argumento,
mientras que The Shadowy Thing (la criatura de las sombras) de H. B.
Drake, invoca terribles y extrañas visitaciones.
Lilith de George MacDonald posee un encanto singular que le es
absolutamente propio. La primera, y la más simple, de las dos versiones es
quizá la de mayor efecto.
La obra del poeta Walter de la Mare merece los más altos elogios
como la de un vigoroso artesano para quien el mundo invisible y místico es
una realidad cercana y vital. La hechizante poesía de de la Mare, lo mismo
que su delicada prosa, muestran la consistente impronta de una extraña
visión que penetra en lo profundo de ocultas esferas de belleza y en
terribles e inhóspitas dimensiones del ser. En la novela The Return (El
regreso), el alma de un muerto surge de su antigua tumba e invade el
cuerpo de los vivos, de tal forma que el rostro de la víctima, asume los
rasgos de lo que ha mucho tiempo fue polvo. Entre los cuentos, recopilados
en varios volúmenes, muchos son inolvidables por su dominio de las más
oscuras ramificaciones del miedo y la hechicería, especialmente La tía de
Seaton, un relato dominado por el horrible trasfondo de un perverso
vampirismo; The Tree (El árbol) que describe el tenebroso lardín de un
artista empobrecido; Desde lo profundo, que nos invita a imaginar los
espectros invocados por un huérfano moribundo en una casa solitaria, al
sonido de la odiosa campanilla de su alcoba embrujada por recuerdos. A
recluse (Un recluso), sugiere lo que pudo haber impulsado a un huésped
ocasional a escapar de una casa durante la noche; Mr. Kempe, que nos
muestra a un clérigo loco y hermitaño en su búsqueda del alma humana,
viviendo en una temible región de acantilados junto a una capilla arcaica y
abandonada; y All-Hallows (Todos los Santos), crónica de una solitaria
iglesia medieval sitiada por fuerzas demoníacas que restauran
prodigiosamente la destruída mampostería. Walter de la Mare no hace del
miedo el elemento dominante o único de sus relatos, pues en apariencia
está más interesado en las sutilezas de carácter que involucra el tema.
Ocasionalmente se deja llevar por una fantasía inocua al estilo de
Barrie11. Aún así, él es uno de los pocos artistas para quien lo irreal es una
presencia sólida y vívida; y por lo tanto es capaz de imponer en sus
ocasionales estudios del terror, la incisiva potencia que sólo un raro
maestro puede lograr. Su poema The Listeners (Los centinelas), restaura en
versos modernos el estremecimiento gótico.
El cuento fantástico ha tenido buena fortuna en años recientes; un
importante colaborador es el versátil E. F. Benson, cuyo relato The man
who went too far (El hombre que fue demasiado lejos) nos habla en voz
baja acerca de una casa en las lindes de un bosque oscuro, y del estigma del
dios Pan en el pecho de un hombre muerto. El volumen de Benson titulado
Visible and Invisible (Visible e Invisible) contiene varios cuentos de
singular poder, en especial Negotium Perambulans que revela al inaudito
rnonstruo de un panel eclesiástico llevando a cabo un milagroso acto de
venganza en un solitario pueblo de la costa de Cornwall; y de Horror-
Horn, en donde se deslizan horribles criaturas semihumanas que habitan en
las solitarias cumbres de los Alpes. The Face (El rostro) perteneciente a
otra colección, es letal en su inexorable atmósfera de pesadilla. H. R.
Wakefield, en sus volúmenes They Return at Evening (Los que regresan al
11 Sir James Barrie, autor de Peter Pan (N. del T.)
anochecer) y Others who returned (Otros que regresan) tiene momentos de
brillantez, a pesar de un aire viciado de sofisticación. Los cuentos más
notables son The Red Lodge (La casa roja) con su viscoso espectro, He
Cometh and He Passed By, And He Shall Sing, The Cairn, Blind Man's
Buff (La gallina ciega), y ese vislumbre de horror milenario titulado The
Seventeeth Hole at Duncaster (Hoyo 17 en Duncaster).
Ya hemos mencionado las obras fantásticas de H. G. Wells y A.
Conan Doyle. El primero en The Ghost of Fear (El fantasma del miedo)
alcanza un alto nivel, y todos los cuentos del volumen Thirty Strange
Stories (Treinta relatos extraños) poseen fuertes implicaciones fantásticas.
Doyle, de vez en cuando, pulsa una poderosa nota espectral, como en El
capitán de la estrella del polo, un cuento de fantasmas que transcurre en el
Ártico, y El lote número 249 en donde el tema de la momia resucitada está
utilizado con un talento fuera de lo común. Hugh Walpole, de la misma
familia del fundador de la novela gótica, ha incursionado en lo bizarro con
mucho éxito; su cuento La señora Lunt entraña un conmovedor escalofrío.
John Metcalfe, en la colección titulada The Smoking Leg (La pierna de
humo), logra ocasionalmente una rara y poderosa nota de extrañeza; el
cuento The Bad Lands (Las tierras malas) contiene graduaciones de horror
con fuerte sabor a genio. Más caprichosas e inclinadas hacia la fantasía
amable y ligera de J. M. Barrie, son las narraciones de E. M. Forster,
agrupadas bajo el título The Celestial Omnibus (El ómnibus celestial). De
esos relatos rescatamos una historia que sugiere la presencia del dios Pan y
su atmósfera de miedo. Es el único del cual puede decirse que contenga el
genuino elemento de horror cósmico12.
La señora D. H. Everett, aunque enclavada en modelos vetustos y
convencionales, alcanza en contadas ocasiones singulares alturas de terror
12 El cuento de Forster se titula Pánico. (N. del T.)
espiritual en su colección de cuentos The Death Mask (La máscara de la
muerte). El novelista L. P. Hartley resalta por su insidioso y horripilante
cuento A Visitor from Down Under (Un visitante de las antípodas). May
Sinclair, en sus Uncanny Stories (Historias sobrenaturales) utiliza el
“ocultismo” tradicional en mayor medida que la elaboración creativa del
miedo que destaca a los maestros del género, y prefiere poner énfases en
las emociones y psicología humanas más que en la descarnada visión de un
cosmos indiferente. Cabe destacar en este punto que los adherentes al
ocultismo son quizá menos efectivos que los materialistas en delinear lo
espectral y lo fantástico, pues para ellos el mundo fantasmal es una realidad
tan cotidiana que tienden a considerarlo con menos reverencia, distancia y
sobrecogimiento tal como lo hacen aquellos o´que ven en lo desconocido
una absoluta e impresionante violación del orden natural.
De estilo indiferente, pero en ocasiones tremendamente poderosas
en sus visiones de mundos y seres que acechan bajo la superficie de la vida,
es la obra de William Hope Hodgson, menos conocida hoy en día de lo que
se merece13. Aunque favorece conceptos anticuados y sentimentales del
univrso, y de las relaciones del hombre con el mundo y sus semejantes,
Hodgson es quizá apenas inferior a Algernon Blackwood en su fervor
creativo de lo irreal. Pocos pueden igualarlo en su descripción de una
humanidad sitiada por fuerzas innombrables y mostruosas entidades
mediante alusiones casuales y detalles insignificantes, o en comunicar al
vago espanto espectral que se relaciona con ciertos edificios o regiones.
En Los botes del Glen Garrig (1907) observamos a los
supervivientes de un naufragio enfrentados a una variedad de prodigios
malignos en tierras desconocidas y abominables. La persistente amenaza
que impera en las dos primeras partes del libro es imposible de superar,
aun´que al final la novela declina en un mero relato de aventuras y
romance. El torpe y seudo romántico intento por reproducir la prosa del
siglo XVIII, debilita el efecto general de la novela, pero eso se compensa
por la genuina erudición náutica desplegada por el autor.
La casa en el límite (1908) - quizá la mejor de todas las obras de
Hodgson - nos habla de una casa solariega y tenebrosa en Irlanda, centro de
una encrucijada de horribles fuerzas cósmicas y acosada por blasfemas
monstruosidades que surgen del abismo. El peregrinaje del espíritu del
protagonista a través de ilimitados años-luz de espacio cósmico y Kalpas de
eternidad, y su visión de la muerte del sistema solar, constituyen algo casi
único en la literatura popular. Y en todas partes se manifiesta el poder del
autor para sugerir vagos horrores acechantes en escenarios naturales. Sin
algunos toques de sentimentalisrno común este libro sería un clásico de
primer agua.
Los espectros del mar (1909), novela que Hodgson consideraba
como la conclusión de una trilogía, con los dos libros anteriores, es la
poderosa crónica del último viaje de un barco embrujado, y de los terribles
espectros del mar (de aspecto casi humano, y quizá los espíritus de
bucaneros de antaño) que lo acosan y finalmente lo arrastran a un destino
desconocido. Con su dominio de conocimientos marítimos, y su inteligente
selección de alusiones e incidentes sugestivos de horrores latentes en la
naturaleza, este libro alcanza en ocasiones envidiables cumbres de poder.
The Night Land (La tierra de la noche) de 1912, es una extensa
historia (538 páginas) del infinitamente remoto futuro de la Tierra -
billones y billones de años, tras la muerte del sol. Está narrada de una
manera más bien torpe, como los sueños de un hombre del siglo XVII, cuya
conciencia habita en la de su propia reencarnación futura, y está seriamente
13 La obra de Hodgson fue rescatada del olvido por Colin de la Mare en su antología
dañada por una dolorosa verborragia, repeticiones, sentimentalismo
romántico artificial y nauseabundo, y un intento de lenguaje arcaico aún
más grotesco y absurdo que el de Glen Carrig.
Admitiendo todas sus fallas, es aún una de las más poderosas obras
de imaginación macabra jamás escrita. La imagen de un planeta muerto
sumergido en la noche eterna, con los supervivientes de la raza humana
concentrados en tremenda pirámide de metal y sitiados por monstruosas
híbridas e inconcebibles fuerzas de las tinieblas, es algo que ningún lector
puede olvidar. Sombras titánicas y entidades inhumanas de estirpe inaudita
- los merodeadores de la oscuridad, el mundo inexplorado y ajeno a los
hombres que rodea la pirámideestán sugeridos y parcialmente descriptos
con inefable potencia; mientras que el paisaje de la tierra de la noche con
sus abismos, laderas y volcanes moribundos, adquieren un terror casi
palpable bajo el toque del autor.
Mediando el libro el protagonista principal se aventura fuera de la
pirámide en una búsqueda a través de regiones embrujadas y vírgenes de
presencia humana durante millones de años - y en la lenta y minuciosa
crónica de su progreso, día a día, a lo largo de inimaginables leguas de
tinieblas inmemoriales - se percibe un sentido de alienación cósmica, de
sofocante misterio y aterrorizada incertidumbre que no tiene paralelo en la
literatura. La última parte del libro se arrastra miserablemente, pero no
desvirtúa el tremendo poder de toda la obra.
El último libro de Hodgson, Carnacki, The Ghost-Finder (Carnacki,
descubridor de fantasmas) consiste en varios cuentos publicados
anteriormente en revistas. En calidad está muy por debajo del nivel de los
otros libros. Nos encontramos aquí con una figura más o menos
convencional del tipo “detective infalible” - vástago de M.
They Walk Again (1931). (N. del T.)
Dupin y Sherlock Holmes y pariente cercano del John Silence de
Algernon Blackwood - moviéndose a través de escenas y eventos
desdibujados por una atmósfera de “ocultismo” profesional. Unos pocos
episodios, sin embargo, son de indudable interés y muestran destellos del
peculiar genio característico del autor.
Naturalmente, es imposible investigar en un breve esbozo todas las
vertientes modernas del elemento de terror. Este ingrediente debe figurar,
por necesidad, en cualquier creación literaria que abarque la vida en su
totalidad; no debemos sorprendernos al encontrarlo en escritores tales como
Robert Browning, cuyo poema Childe Harold está pleno de amenazas
tenebrosas, o en el novelista, Joseph Conrad, quien a menudo escribió
acerca de los oscuros secretos del mar y del inexorable poder del destino
que ensombrece la vida de aventureros solitarios y obsesivos. Estas
vertientes tienen infinitas ramificaciones; pero debemos limitarnos aquí al
elemento más puro, al que define y domina la obra de arte que lo contiene.
Un poco al margen de la tradición británica, figura esa veta
sobrenatural en la literatura irlandesa rescatada por el Renacimiento Celta
en los últimos años del siglo pasado. Las leyendas espectrales y feéricas
fueron siempre de gran importancia en Irlanda, y durante más de un siglo
han sido registradas por una cantidad de fieles copistas y traductores, tales
como William Carleton, T. Crofton Croker, Lady Wilde - madre de Oscar
Wilde, Douglas Hyde y W. H. Yeats. Este cuerpo mitológico ha sido
cuidadosamente recopilado e investigado por las nuevas generaciones; y
sus rasgos más salientes figuran, en la obra de Yeats, J. M. Synge, “A. E.”
(George Russell), Lady Gregory, Padraic Colum, James Stephens y sus
colegas.
Aunque en general más fantasioso que terrible, este folklore y su
reflejo artístico contienen muchos elementos que se integran al dominio del
horror cósmico. Historias de funerales en iglesias sumergidas bajo la
superficie de lagos embrujecidos, descripciones del agorero banshee y del
siniestro “niño oscuro”14, baladas de espectros y criaturas impías - todo eso
tiene su conmovedor y claro estremecimiento, y define un fuerte e
inequívoco elemento en literatura, fantástica. Pese al grotesco telúrico y a
una absoluta ingenuidad, hay verdadera pesadilla en el tipo de narración
representada por la historia de Teig O' Kane, quien en castigo por su vida
salvaje fue condenado a llevar a grupas durante toda la noche a un horrible
cadáver que pedía ser enterrado, visitando cementerio tras cementerio en
donde los muertos rehusaban admitir al recién llegado.
Yeats, la personalidad más destacada del renacimiento irlandés y
quizá el mayor poeta de nuestra época, ha realizado notables contribuciones
tanto en la creación de obras originales como en la codificación de viejas
leyendas.
10. LOS MAESTROS MODERNOS
Los mejores cuentos de terror moderno, al amparo de la extensa
evolución del genero, poseen una naturalidad, convicción tersura artística y
diestra intensidad cuyo atractivo está más allá de toda comparación con las
fantasías góticas del pasado. La técnica, el estilo, la experiencia y los
conocimientos psicológicos, han avanzado tremendamente con el paso de
los años, de modo tal que las obras antiguas nos parecen ingenuas y
artificiales; redimidas, si acaso, sólo por el genio que puede superar
incómodas limitaciones. El tono jovial y declamatorio de corte romántico,
lleno de falsas motivaciones, que asigna a cada, evento un doble
significado y un irresponsable “glamour”, pertenece ahora a las fases más
ligeras y caprichosas de la literatura fantástica. Los cuentos sobrenaturales
14 Changeling. Vástago monstruoso que, según la tétrica leyenda, el “pequeño
pueblo” deja en las cunas a cambio de los niños. (N. del T.)
modernos, por su perfecta consistencia y fidelidad a la naturaleza son
intensamente realistas, excepto en la única, desviación mágica que se
permite el artista; también pueden sumergirse en e1 reino absoluto de la
fantasía, adaptando hábilmente la atmósfera a la visión de un delicado
mundo irreal y exótico más allá del tiempo y del espacio en dónde todo es
posible, siempre y cuando esas posibilidades estén en armonía con ciertos
tipos de imaginación e ilusión normales a un espíritu sensible.
Esto, al menos, es la tendencia dominante; aunque sabemos de
muchos grandes escritores contemporáneos, que caen ocasionalmente en
posturas ostentosas de inmaduro romanticismo, o en la jerga hueca y
absurda del “ocultismo” seudo científico, que en esta época se encuentra en
una de sus periódicas mareas altas.
Entre los creadores modernos de horror cósmico elevado a su punto
artístico más alto, pocos pueden tener la esperanza de rivalizar con el
versátil Arthur Machen, autor de una docena de relatos en donde los
elementos de terror oculto y amenaza siniestra alcanzan una incomparable
esencia y agudeza realista. Machen, hombre de letras y dueño de un estilo
exquisitamente lírico y expresivo, ha puesto, quizá, mayor empeño en su
picaresca Chronicles of Clemendy, en sus lúcidos ensayos, su vívida
autobiografía, sus elegantes traducciones y por encima de todo en la
memorable epopeya de una mente estética y sensible titulada La colina de
los sueños, en la cual el juvenil héroe responde a la magia de los personajes
en la antigua Gales - terruño del autor - y vive una existencia onírica en la
ciudad romana de Isca Silurum, antiguo sitial donde ahora descansa el
pueblo de Caerleonon-Usk, pleno de reliquias. Pero es un hecho que sus
poderosos cuentos de terror escritos a fines del siglo pasado y principios
del actual, permanecen como ejemplos únicos y definen una época en la
historia de esta forma literaria.
Machen, con la susceptibilidad de su herencia celta unida a los
intensos recuerdos de las colinas salvajes, los bosques arcaicos y las
enigmáticas ruinas de los campos de Gwent, ha desarrollado una
imaginación de rara belleza, intensidad y trasfondo histórico. Lleva, en la
sangre el misterio medieval de los bosques sombríos y las antiguas
costumbres, y es un enamorado de la Edad Media en todos sus aspectos -
incluyendo la fe católica. Asimismo, se ha rendido al encanto de la vida en
la antigua Britania Romana que floreció en su región natal; y encuentra
extrañas magias en los recintos fortificados, los pavimentos de mosaico,
fragmentos de estatuas y otras reliquias que recuerdan los días en que
imperaba el clasicismo y el latín era el idioma del país. Un joven poeta
norteamericano, Frank Belknap Long, ha sabido expresar las virtudes y la
magia verbal de este soñador en el soneto titulado Sobre la lectura de
Arthur Machen: Hay gloria en el bosque otoñal, los viejos caminos de
Inglaterra serpentean y ascienden a través de los mágicos robles y la
maraña del tomillo hacia donde se levanta la fortaleza del poderoso
imperio: Hay encanto en el cielo otoñal; las nubes púrpuras se retuercen en
el resplandor de una gigantesca, hoguera, y hay destellos leonados en
donde mueren las brasas.
Espero, por cuanto él ha de mostrarme, claro y frío, en el lejano
Norte el perfilado esplendor de las águilas Romanas, y entre la áurea niebla
las legiones en marcha que surgen de ella: Espero, porque de nuevo quiero
compartir con él la antigua fe y el antiguo dolor.
El más famoso de los cuentos de terror de Arthur Machen es quizá
El gran dios Pan (1894), que narra la historia de un singular y terrible
experimento y sus consecuencias. Una joven mujer, por medio de una
operación cerebral, tiene visiones de la vasta y monstruosa deidad de la
naturaleza. Enloquece y muere a los pocos meses. Años después una niña
extraña, ominosa y de aspecto extranjero llamada Helen Vaughan, queda al
cuidado de una familia de campesinos en Gales, y esta criatura embruja los
bosques de una manera inexplicable. Un niño pierde la razón al espiar junto
a ella alguien o algo inaudito, y una muchacha sufre el mismo y terrible
destino. Todo este misterio está extrañamente relacionado con antiguos
fragmentos de esculturas diseminados por la región y que representan
deidades romanas. Pasan algunos años y una mujer de belleza exótica e
inquietante aparece en sociedad, arrastra a su esposo hacia el horror y la
muerte, impulsa a un artista a pintar inconcebibles imágenes del Sabbat de
las brujas, provoca una epidemia de suicidios entre los hombres que se
relacionan con ella, y finalmente se la descubre en los más bajos antros de
vicio en Londres, donde hasta los más perversos se horrorizan por sus
enormidades. A través de una laboriosa comparación de datos realizada por
aquellas personas que escucharon hablar de ella en varias etapas de su
carrera, pudo saberse que esta mujer era la niña Helen Vaugham, quien a su
vez había nacido inauditamente de la joven víctima, del siniestro
experimento. Ella es la hija del gran dios Pan, que por último muere entre
horribles transmutaciones de forma y sexo descendiendo a las más
primigenias manifestaciones del principio vital.
Pero el atractivo del cuento está en la forma de narrar. Es necesario
seguir con atención el precioso orden con que Machen despliega sus
graduales vislumbres y revelaciones para recién poder describir el creciente
suspenso y horror que impregna cada párrafo. El melodrama está presente y
las coincidencias abundan a un punto tal que nos parecen absurdas bajo el
análisis; pero esas nimiedades desaparecen en la maligna hechicería del
relato, y el lector sensible concluye la lectura con un deleitable
estremecimiento y una tendencia a repetir las palabras de uno de los
protagonistas: “Es demasiado increíble, demasiado monstruoso; esas cosas
no pueden existir en este mundo tranquilo... Pues si ello fuera posible,
nuestra tierra sería una pesadilla.” Menos famosa y menos compleja en su
estructura que El gran dios Pan, pero definitivamente superior en
atmósfera y valor artístico, es la curiosa y sugestiva crónica titulada El
pueblo blanco, cuya parte principal supone ser el diario o notas de una niña
a quien su niñera introduce en los oscuros secretos de la magia y en
siniestros cultos brujeriles - cultos de tradición legendaria susurrados por
inmemoriales generaciones de campesinos a través de toda Europa, y cuyos
adeptos salen furtivamente por las noches, uno a uno, reuniéndose en
bosques sombríos y lugares solitarios para celebrar las orgías del Sabbat
Negro. La narración de Machen, un triunfo de sobriedad artística e
inteligente selección, acumula enorme poder a medida que se introduce en
un mundo de alusiones extrañas expresadas en lenguaje inocente e infantil:
“ninfas”, “Doles”, “vulas”, “ceremonias blancas”, “juegos Mao” y demás -
Los ritos que la niñera aprendió de su abuela le son trasmitidos a la niño
cuando ella tiene tres años de edad, y la sencilla descripción de las
peligrosas y oscuras revelaciones poseen un horror insidioso
generosamente mezclado con patetismo. Hechizos malignos bien conocidos
por los antropólogos están expresos con infantil ingenuidad, y por último
llega un viaje de atardecer invernal hacia las viejas colinas de Gales, en
donde el poder de una imaginación en éxtasis otorga al ya desolado paisaje
un clima palpable 78 de extraña y grotesca irrealidad. Los detalles de este
viaje tienen una maravillosa intensidad que para el ojo crítico conforman
una obra maestra de literatura fantástica, con su poder casi ilimitado para
sugerir titánicos horrores y aberración cósmica. Finalmente, la niña, que ya
tiene trece años, encuentra un objeto de enigmática y funesta belleza en el
corazón de un bosque inaccesible. Un siniestro horror se cierne sobre ella -
amenaza prefigurada por el autor en las primeras páginas del cuento-, pero
la niña escapa ingiriendo veneno. Al igual que la madre de Helen Vaughan
en El gran dios Pan, ella ha contemplado esa espantosa deidad. Encuentra
su cuerpo en el bosque junto al objeto misterioso que ella había hallado.
Los hombres, aterrados, destruyen ese objeto - una escultura pagana de
blanco resplandor, centro y origen de terribles rumores medievales.
En la novela episódica Los tres impostores, una obra cuyo mérito
general está debilitado por una imitación de los rnanierisinos de Stevenson,
incluye ciertos relatos que tal vez representen el punto más alto del talento
de Machen como artesano del terror. Aquí encontramos elaborado en forma
artística un concepto favorito del autor; la noción de que por debajo de los
montes y las rocas de las colinas inhóspitas de Gales habita una raza
subterránea de seres primigenios, cuyos vestigios dieron origen a las
leyendas populares de hadas, elfos y el “pequeño pueblo”, y a quienes se
considera, aún en la actualidad, como responsables de ciertas
desapariciones inexplicables y ocasionales substituciones de “niños
oscuros” por infantes normales.
Este tema recibe su más brillante ejecución en el episodio titulado
La novela del Sello Negro, donde un profesor, tras descubrir una singular
identidad entre ciertos caracteres enigmáticos garabateados en rocas
calcáreas de Gales con los signos de un sello prehistórico de Babilonia,
emprende una investigación que lo arrastra a eventos desconocidos y
terribles. Un curioso párrafo en los escritos del antiguo geógrafo Solinus,
una serie de desapariciones misteriosas en solitarias regiones de Gales, una
campesina que da a luz un niño idiota tras una experiencia de espanto;
todas esas cosas le sugieren al profesor horribles relaciones y unas
circunstancias odiosas para cualquier persona que respete a la raza humana.
Toma a su servicio al muchacho idiota quien a veces balbucea
extrañamente con un repulsivo siseo y sufre curiosos ataques epilépticos.
En cierta oportunidad, tras uno de esos ataques nocturnos en el estudio del
profesor, se manifiestan inquietantes olores y rastros de presencias
anormales; y poco tiempo después el profesor deja un voluminoso
manuscrito tras él y se pierde en las tenebrosas colinas con febril ansiedad
y un extraño terror en el corazón. Jamás regresa, pero junto a una fantástica
piedra en la región más salvaje se descubren su reloj, dinero y anillo
envueltos en un pergamino marcado con los mismos caracteres del sello
babilonio y la roca de las montañas galesas.
El manuscrito explica lo suficiente como para suscitar las más
espeluznantes visiones. El profesor Gregg, a partir de la masiva evidencia
presentada por las misteriosas desapariciones, la inscripción en la roca, las
descripciones de los antiguos geógrafos y el sello negro, tuvo la certeza de
que una oscura raza de seres primigenios de antigüedad inmemorial
perduraba en las entrañas de las colinas solitarias de Gales. Investigaciones
posteriores permitieron descifrar el enigmático mensaje del sello negro, y
revelaron que el muchacho idiota, vástago de un padre inconcebible, era el
heredero de monstruosas memorias y conjeturas. En aquella extraña noche
en su estudio, el profesor había invocado a “la terrible transmutación de las
colinas” con ayuda del sello negro, despertando en el híbrido idiota los
horrores de su espantosa paternidad. Vio “que su cuerpo se hinchaba y se
distendía como una vejiga”, mientras el rostro se ennegrecía...” Y cuando
los supremos efectos de la invocación se manifestaron, el profesor Gregg
contempló el pánico cósmico en su forma más oscura.
Tuvo conciencia del abismo insondable de anomalías que había
dejado en libertad y fue hacia las colinas preparado y resignado. Se
enfrentaría con el inaudito “Pequeño pueblo” - y el manuscrito finaliza con
una observación racional: “Si por desgracia no regreso de mi viaje, no hay
necesidad de conjurar aquí una imagen de mi espantoso destino”.
En Los tres impostores se incluye también La novela del polvillo
blanco, que se acerca, a la absoluta culminación del miedo aberrante.
Francis Leicester, un joven estudiante de leyes, abrumado por el
trabajo y el encierro, tiene una receta, que le ha facilitado un viejo boticario
no muy cuidadoso acerca del estado de sus drogas. La substancia, según se
revela después, es una sal muy peculiar que el tiempo y los cambios de
temperatura, han transformado accidentalmente en algo muy extraño y
terrible; para ser breve, nada menos que el vinum sabbati medieval, cuya
libación en las horribles orgías del Aquelarre Negro causaba espantosas
transformaciones y - utilizado con desatino - consecuencias indecibles. Con
toda inocencia, el joven ingiere regularmente el polvillo en un vaso de agua
después de las comidas; y al principio siente substanciales beneficios.
Gradualmente, sin embargo, esa mejoría se convierte en disipación;
se ausenta a menudo de su casa y aparecen rastros de un repelente cambio
psicológico. Cierto día una extraña mancha lívida surge en su mano
derecha, y él retorna entonces a su encierro ocultándose en su habitación y
no admitiendo a nadie de su familia. Un doctor solicita verlo, pero sale de
la habitación temblando de horror y diciendo que él no puede hacer ya más
nada en esa casa. Dos semanas después, la hermana de Francis, desde la
calle, vislumbra una figura monstruosa en la ventana de la habitación del
enfermo; y los sirvientes declaran que la comida que se le deja al lado de la
puerta cerrada está sin tocar.
Los llamados sólo obtienen como respuesta un sonido deslizante y
una voz densa y apenas audible que pide que lo dejen solo. Al fin, una
criada estremecida observa un hecho espantoso. El techo de la habitación
debajo de la de Leicester está manchado con una odiosa substancia oscura
que gotea dejando charcos de viscosa abominación sobre la cama. El doctor
Haberden, a quien se persuade para volver a la casa, derrumba la puerta de
la habitación del joven y armado con una barra de hierro golpea una y otra
vez a la criatura blasfema y semiviva que allí se encuentra. Es una masa
negra y pútrida, hirviente de corrupción, ni líquida ni sólida, fundiéndose y
cambiando constantemente. Puntos ardientes como ojos brillan en medio de
ese horror, y antes del final intenta levantar lo que podría haber sido un
brazo. Poco después el doctor, incapaz de soportar el recuerdo de lo que
había visto, muere en el mar mientras viajaba a América en busca de una
nueva vida.
Arthur Machen regresa al “Pequeño pueblo” en los cuentos The Red
Hand (La mano roja) y La pirámide de fuego. En el relato titulado El terror
- escrito durante la época, de la Gran Guerra - trata de manera muy obvia la
decadencia espiritual del hombre moderno y el posterior cuestionamiento
de su supremacía por parte del reino animal, que se une para exterminarlo.
Más sutil, y pasando del mero horror al genuino misticismo es The Great
Return (EL gran retorno), una historia del Grial y también producto del
período de guerra.
Demasiado conocido para necesitar descripción es el cuento The
Bowmen (Los Arqueros), que tomado como un hecho real, provocó la muy
difundida leyenda de Los “Ángeles de Mons” - fantasmas de los viejos
guerreros británicos de Crecy y Agincourt que, milagrosamente, pelearon
en 1914 junto a las tropas inglesas en los campos de Francia.
Menos intenso que Machen para delinear el horror puro, aunque
infinitamente cercano a la idea de un mundo irreal que amenaza
constantemente al nuestro es el talentoso y prolífico Algernon Blackwood,
entre cuya voluminosa y desigual obra puede hallarse la mejor literatura
espectral de ésta o de cualquier otra época. El genio de Blackwood es
indiscutible, pues nadie se ha aproximado a la destreza, seriedad y
minuciosa fidelidad con la que él registra los tonos de extrañeza en ámbitos
y experiencias ordinarias, o la notable perspicacia con la que construye
detalle por detalle todas las percepciones que llevan de la realidad hacia
una vida o visión sobrenatural. Aunque no posee un dominio llamativo de
la magia verbal, Blackwood es el absoluto e incuestionable maestro de la
atmósfera fantástica; y puede sugerir toda una historia a partir de un 82
simple fragmento de descripción psicológica seco y conciso. Por encima de
todos él comprende la pasión con que algunas mentes sensibles se aferran a
vivir por siempre en los límites del sueño, y cuan relativa y endeble es la
diferencia entre las imágenes formadas a partir de objetos reales y aquellas
excitadas por el juego de la imaginación.
Las obras menores de Blackwood tienen varios defectos tales como
el didactismo ético, ocasionales lapsos de fantasía insípida, la chatura de un
sobrenaturalismo benigno, y el uso muy liberal de la jerga del “ocultismo”
moderno. Una falla de sus esfuerzos más pretensiosos es la vaguedad y
verborragia que resulta de un intento excesivamente elaborado por
visualizar sensaciones concretas y matices de sugestión espectral, con la
rémora de un estilo más bien llano y periodístico, carente de magia, color y
vitalidad. Pero a pesar de todo eso, las obras mayores de Blackwood
alcanzan un nivel genuinamente clásico, y evocan como ninguna otra cosa
en literatura un sobrecogedor y convincente sentido de la inmanencia de
extrañas entidades y esferas espirituales.
La bien nutrida serie de volúmenes del señor Blackwood incluye
novelas y cuentos, algunos de estos últimos con personajes en común.
En primer lugar debe considerarse el relato Los sauces, en donde
innombrables presencias acosan a un par de viajeros en las soledades de las
islas del Danubio. Aquí, el arte y la rigurosidad en la narrativa llegan a su
más alto desarrollo y producen una impresión perdurable y conmovedora
sin un solo párrafo forzado y ni una falsa nota. Otro cuento sorprendente y
poderoso, aunque menos artístico en su ejecución, es El Wendigo, dónde
nos enfrentamos a la horrible evidencia de una colosal entidad de los
bosques, acerca de la cual los lañadores del Norte hablan en voz baja al
caer la noche. La manera en que ciertas huellas revelan hechos increíbles es
un verdadero triunfo de destreza literaria. En An Episode in a Lodging
House (Un episodio en una casa de huéspedes), observamos terribles
visitaciones de los espacios exteriores invocadas por un hechicero, y The
Listener describe un espantoso residuo psíquico merodeando en la casa en
donde había muerto un leproso. En el volumen titulado Incredible
Adventures (Aventuras increíbles) aparecen algunos de los mejores cuentos
de Blackwood, guiando la fantasía hacia ritos salvajes en colinas
ensombrecidas, hacia escenas secretas y terribles por detrás de las
apariencias y hacia inimaginables criptas de misterio por debajo de las
arenas y pirámides de Egipto; todo ello con una delicadeza y finura que
convence allí donde un tratamiento más torpe o ligero sólo hubiera logrado
entretener. Casi no se les puede llamar cuentos, sino estudios de
impresiones evanescentes y fragmentos de sueños apenas recordados. En
todos ellos el argumento tiene escasa importancia, y la atmósfera reina sin
límites.
John Silence, Physician Extraordinary (John Silence, médico
extraordinario) es una colección de cinco relatos relacionados entre sí, a
través de los cuales un solo personaje despliega su carrera triunfal.
Apenas desteñidos por un leve toque de la atmósfera convencional
y popular del cuento de detectives - pues el doctor Silence es uno de esos
genios benévolos que emplean sus notables poderes para ayudar a sus
semejantes - esas narraciones contienen mucho de la mejor obra del autor,
y producen una ilusión al mismo tiempo enfática y perdurable.
El primer cuento, A Psychical Invasion (Una invasión psíquica),
relata lo que le ocurre a un escritor sensible en una casa que antaño fue
escenario de oscuros acontecimientos, y de cómo fue exorcizada una legión
de demonios. Antiguas brujerías - tal vez el cuento más logrado del libro -
nos ofrece una descripción vívida y casi hipnótica de un viejo pueblo
francés en donde alguna vez el impío Sabatt de las brujas estuvo integrado
por hechiceros transformados en gatos”. En The Nemesis of Fire (La
Némesis del Fuego) un horrendo elemental es invocado por la sangre recién
derramada, mientras que Secret Worship (Culto secreto) nos habla, de una
escuela alemana donde se practicaba el satanismo y que mantiene un aura
de malignidad. The Camp of the Dog (El campo del perro) es un cuento de
hombre lobo, pero está debilitado por elementos moralistas y ocultismo
profesional.
Demasiado sutiles, tal vez, para clasificarlas como historias de
horror, aunque más genuinamente artísticas en un sentido absoluto, son las
novelas Jimbo y El centauro. Blakwood logra en esas poéticas fantasías
una cercanía palpitante con la substancia más íntima de los sueños, y causa
estragos con las barreras convencionales entre realidad e imaginación.
Insuperable en el sortilegio de una prosa musical y cristalina, y
supremo en la creación de un mundo maravilloso y lánguido de visiones
exóticas e iridiscentes, es Edward John Moreton Drax Plunkett,
Decimoctavo Baron Dunsany, cuyos cuentos y breves piezas teatrales
conforman un elemento casi único en nuestra literatura.
Inventor de una nueva mitología y de un sorprendente folklore,
Lord Dunsany está firmemente dedicado a un extraño mundo de belleza y
fealdad de la realidad diurna. Su punto de vista es el más genuinamente
cósmico de la literatura de cualquier período. Tan sensible como Poe a los
valores dramáticos y al significado de las palabras y los detalles, y mucho
mejor equipado retóricamente a través de un estilo simple y lírico basado
en la prosa de la Biblia del rey Jaime, este autor abreva con tremenda
efectividad en casi todo cuerpo mitológico y leyenda dentro del círculo de
la cultura europea; produciendo un ciclo compuesto o ecléctico de fantasía
en donde el colorido Oriental, la forma Helénica, las tinieblas Teutónicas y
la melancolía Celta están amalgamados de tal forma que cada parte sostiene
y suplementa al resto sin sacrificar la homogeneidad. En la mayoría de los
casos las regiones de Dunsany son fabulosas - más allá del oriente” o “en
los confines del mundo”. Su método para imaginar nombres originales de
personas y lugares con influencias extraídas de fuentes clásicas y
orientales, es una maravilla de inventiva versátil y discriminación poética -
como puede observarse en estos ejemplos: “Argimenes” “Bethmoora”,
“Poltarness”, “Camorak”, “Iluriel” o “Sardathrion”.
La belleza más que el terror es la clave en la obra de Dunsany.
Adora el brillante verde del jade y el cobre de las cúpulas, y el
delicado resplandor del atardecer en los templos de imposibles ciudades de
ensueño. El humor y la ironía están a menudo presentes para otorgar un
gentil cinismo y modificar lo que podría, llegar a convertirse en ingenua
intensidad. No obstante, inevitablemente en un maestro de la irrealidad
triunfante, en su obra existen ocasionales toques de pánico cósmico que se
integran a la auténtica tradición. A Dunsany le agrada insinuar maliciosa y
hábilmente seres monstruosos e inconcebibles maldiciones, tal como uno
las vislumbra en un cuento de hadas. En The Book of Wonder (El libro de
las maravillas) leemos acerca de Hlo-Hlo, el gigantesco ídolo-araña que no
siempre se queda en su casa; de lo que la Esfinge tenía en el bosque; de
Slith, el ladrón que saltó sobre el límite del mundo después de ver cierta luz
y saber quien la encendió; de antropófagos Gibbelins, quienes habitan en
una torre diabólica y vigilan un tesoro; de los Gnoles, que viven en el
bosque y de quienes no es saludable robar; de la Ciudad del Nunca, y de los
ojos que vigilan en los Pozos Inferiores; y de otras criaturas y cosas
similares. Cuentos de un soñador no habla del misterio que despobló la
ciudad de Bethmoora en el desierto; del inmenso portal de Perdondaris que
fue construido de una sola pieza de marfil; y del viaje del pobre Bill, cuyo
capitán maldijo a la tripulación y realizaba visitas a desagradables islas
recién surgidas del océano y en donde había chozas de paja con ventanas
oscuras y tenebrosas.
Muchas piezas teatrales de Dunsany están repletas de miedo
espectral. En The Gods of the Mountain (Los dioses de la montaña) siete
pordioseros se hacen pasar por siete ídolos verdes de una colina distante, y
gozan de comodidades y honores en una ciudad de adeptos hasta que
escuchan decir que los verdaderos ídolos han desaparecido de sus
pedestales. Se les menciona haber visto al atardecer una visión muy poco
elegante - ”las rocas no deberían caminar en el crepúsculo” - y al fin,
mientras esperan la llegada de un grupo de bailarinas, notan que los pasos
que se acercan son un poco más pesados de lo que debieran ser. Entonces
los hechos se precipitan, y finalmente los presuntos blasfemos son
convertidos en verdes estatuas de jade por las 86 mismas efigies vivientes
cuya santidad habían violado. Pero el mero argumento es el último mérito
de esta obra maravillosamente efectiva.
Los incidentes y el desarrollo son los de un supremo maestro, por lo
que el conjunto forma una de las contribuciones más importantes de la
época actual, no solo al teatro sino a la literatura en general. Una noche en
la taberna cuenta la historia de cuatro ladrones que han robado el ojo de
esmeralda de Klesh, un monstruoso ídolo hindú.
Logran engañar y asesinar en su guarida a los tres sacerdotes que
seguían su rastro para vengarse, pero al anochecer Klesh llega caminando a
tientas en busca de su ojo; y apropiándose de la esmeralda sale fuera de la
taberna y llama uno por uno a los ladrones para un desconocido castigo en
la oscuridad de la noche. En The Laughter of the Gods (La risa de los
dioses) hay una ciudad maldita en los limites de la jungla, y el fantasmal
sonido de un laúd que solamente escuchan los que van a morir (verbigracia,
el clavicordio espectral de Alice en La casa de los siete tejados de
Hawthorne); y en la obra The Queen's Enemies (Los enemigos de la reina)
reelabora la anécdota de Heródoto en donde una reina vengativa inunda con
las aguas del Nilo in palacio subterráneo en el cual había ofrecido un
banquete a sus enemigos.
Pero mera descripción apenas si puede expresar una pequeña parte
del poderoso encanto de Dunsany. Sus ciudades prismáticas y rituales
lejanos y mágicos están cincelados con una firmeza que sólo la maestría
puede otorgar, y nos estremecemos con un sentido de verdadera
participación en sus secretos misterios. Para el lector de genuina
imaginación Dunsany es el talismán y la llave que permite vislumbrar las
inagotables riquezas del mundo de los sueños y las memorias perdidas; de
modo que podemos considerarlo no sólo como un poeta, sino como alguien
que hace de cada lector un poeta.
En el polo opuesto del genio, y dotado con un poder casi diabólico
para invocar sutilmente el horror en medio de la vida cotidiana y prosaica,
tenemos al erudito Montague Rhodes James, rector de Eton, anticuario de
fama y reconocida autoridad en manuscritos medievales e historia
catedralicia. El doctor James, muy aficionado a contar cuentos espectrales
en navidad, se ha convertido gradualmente en un autor de literatura
fantástica de primer orden; y ha desarrollado un estilo y método distintivo
que probablemente sirva de modelo a toda una larga serie de discípulos.
El arte del doctor James no es ni mucho menos casual, y en el
prefacio a una de sus colecciones de cuentos ha formulado tres preceptos
muy razonables para la composición de relatos macabros.
Un cuento de fantasmas, nos dice, debe transcurrir en un marco
familiar y contemporáneo que lo acerque a la esfera de experiencias del
lector. Además, los fenómenos espectrales deben ser malignos más que
benignos; dado que el miedo es la principal emoción a suscitar. Y por
último, debe evitarse cuidadosamente la jerga, del “ocultismo” o seudo
ciencia, para no sofocar la ilusión de verosimilitud en una pedantería
inconvincente.
El doctor James, aplicando lo que preconiza, aborda sus temas de
un modo ligero y a menudo locuaz. Una vez creada la ilusión de eventos
cotidianos, introduce sus fenómenos inquietantes con cautela y
gradualmente; aliviando a cada momento la tensión con pinceladas de
prosaico costumbrismo y, de vez en cuando, un toque o dos de erudición
anticuaria. Consciente de la íntima relación entre lo fantástico moderno y el
peso de las tradiciones, James provee a menudo de remotos antecedentes
históricos a sus incidentes; para así poder utilizar acertadamente su
exhaustivo conocimiento del pasado, y su dominio del lenguaje arcaico. Un
escenario favorito para un cuento de James es alguna catedral antigua, que
el autor puede describir con toda la minuciosidad de un especialista en esa
materia. En sus narraciones abundan las viñetas de humor malicioso, los
cuadros de costumbres y las caracterizaciones realistas, que en sus manos
realzan el efecto general más que debilitarlo, tal como ocurriría con un
artesano menos hábil. Al inventar un nuevo tipo de fantasmas, James se
aleja considerablemente de la convencional tradición gótica; los viejos
fantasmas eran pálidos, majestuosos y muy visibles, mientras 88 que un
típico espectro de James es magro, encogido y peludo - una reptante e
infernal abominación nocturna a mitad de camino entre la bestia y el
hombre - a quien por lo usual se lo toca antes de verlo.
Algunas veces el fantasma es de una composición aún más
excéntrica; un rollo de franela, con ojos de araña, o una entidad invisible
que se moldea en unas sábanas y muestra un rostro de tela arrugada. Es
evidente que el doctor James tiene un conocimiento inteligente y científico
de los nervios y sentimientos humanos; y sabe cómo distribuir
afirmaciones, imaginería y sutil sugestión para asegurarse los mejores
resultados con sus lectores. Es un artista en la composición de incidentes
más que en la creación de atmósfera, y ataca las emociones en forma
intelectual y no directamente. Este método, con sus ocasionales ausencias
de clímax, tiene, por supuesto, sus inconvenientes lo mismo que sus
ventajas; y muchos lectores añorarán la tensión opresiva que escritores
como Machen se preocupan en construir cuidadosamente con palabras e
imágenes. Pero sólo un pequeño grupo de relatos pecan de
insubstancialidad. En general, la revelación lacónica y experta de eventos
siniestros es muy eficaz para producir el efecto deseado de avance
inexorable del horror.
Los cuentos de M. R. James están reunidos en cuatro pequeños
volúmenes, titulados respectivamente Ghost Stories of an Antiquary
(Cuentos de fantasmas de un anticuario), More Ghost Stories of an
Antiquary (Más cuentos de fantasmas de un anticuario), A Thin Ghost and
Others (Un fantasma delgado y otros), y A Warning to the Curious (Una
advertencia a los curiosos). También tenemos una deliciosa fantasía juvenil
The Five Jars (Las cinco jarras) que posee vislumbres espectrales. Entre
esta riqueza de material es difícil seleccionar un cuento especialmente
característico o favorito, aunque cada lector tendrá, sin duda, las
preferencias acordes con su temperamento.
El Conde Magnus es por cierto uno de los mejores, ya que
conforma una verdadera Golconda de suspenso y sugestión. Mr. Wraxall es
un viajero inglés, que a mediados del siglo XIX visita Suecia en busca de
información para la escritura de un libro. Se interesa por la antigua familia
de De la Gardie, en las cercanías del pueblo de Raback. Estudia sus
archivos, y encuentra particular fascinación en la historia del fundador de la
vieja mansión familiar, un tal Conde Magnus, de quien se rumorean cosas
extrañas y terribles.
El Conde, que vivió a principios del siglo XVII, era un terrateniente
de extrema severidad, famoso por la crueldad con que castigaba a los
cazadores furtivos y a los delincuentes. Corrían oscuros rumores acerca de
las extrañas manifestaciones que siguieron a su entierro en el gran
mausoleo que él había ordenado construir en las cercanías de la iglesia. –
como en el caso de dos campesinos que habían invadido los terrenos del
Conde cierta noche un siglo después de su muerte. Se escucharon
espantosos gritos en el bosque y luego, alrededor de la iglesia, una
carcajada infame y el estruendo de una pesada puerta al cerrarse. A la
mañana siguiente el sacerdote encontró a los dos hombres; uno loco, y el
otro muerto con el rostro chupado hasta los huesos.
Mr. Wraxall escuchó todas esas historias, y tropezó con referencias
aún más siniestras relativas a un Oscuro Peregrinaje realizado en cierta
oportunidad por el Conde hacia Chorazin en Palestina, una de las ciudades
denunciadas por Nuestro Señor en las Escrituras, y en la cual nació el
Anticristo, según lo afirman los viejos sacerdotes. Nadie se atrevió jamás a
investigar qué era el Oscuro Peregrinaje, o qué extraña criatura
acompañaba el regreso del Conde. Mientras tanto, Mr. Wraxall está ansioso
por explorar el mausoleo del Conde Magnus, y finalmente consigue el
permiso para hacerlo, en compañía de un diácono. Encuentra varios
monumentos y tres sarcófagos de bronce, uno de los cuales es el del Conde.
En los bordes de este último puede verse una serie de grabados que
representan una singular y terrible persecución - la persecución de un
hombre aterrado a través de un bosque por una figura baja, embozada y
tentacular; dirigida por un hombre encapuchado desde un promontorio
cercano. El sarcófago tiene tres candados masivos de acero, uno de los
cuales yace abierto en el piso, lo que le recuerda al viajero un ruido
metálico que él había escuchado el día anterior cuando pasaba frente al
mausoleo pensando ociosamente en que le gustaría ver al Conde Magnus.
Su fascinación va en aumento y, apropiándose de la llave, realiza una
segunda y solitaria visita al mausoleo y encuentra que otro candado se ha
desprendido. Al día siguiente, el último de su permanencia en Raback,
regresa vez más para despedirse de esas reliquias mortuorias.
Nuevamente siente el extraño y ridículo deseo de encontrarse con el
noble allí enterrado, mirando con inquietud el único candado que
permanece en el sarcófago. En ese mismo momento, la última cerradura
cae ruidosamente al suelo, y se escucha el crujido de unas bisagras. Luego,
la monstruosa tapa parece levantarse muy lentamente, y Mr. Wraxall
escapa aterrorizado olvidando cerrar la puerta del mausoleo.
Durante su regreso a Inglaterra el viajero siente una curiosa
inquietud acerca de los pasajeros del barco con el que cruza el canal.
Las figuras encapuchadas le ponen nervioso, y tiene la sensación de
ser observado y perseguido. De las veintiocho personas que viajan, solo
veintiséis aparecen durante las comidas; y las que faltan son siempre las
mismas: un hombre alto y encapuchado, y otro más bajo y embozado.
Completando su viaje en Harwich, Mr. Wraxall escapa en un carruaje
cerrado, pero vislumbra dos figuras encapuchadas en una encrucijada.
Finalmente se aloja en una pequeña casa de pueblo y pasa el tiempo
escribiendo frenéticamente. Al segundo día lo encuentran muerto, y durante
la investigación siete miembros del jurado se desmayan a la vista de
cuerpo. La casa en donde había permanecido quedó deshabitada durante
medio siglo, y cuando fue demolida descubrieron su manuscrito en un
armario olvidado.
En El tesoro del Abad Thomas un anticuario inglés descifra un
criptograma en ciertos vitrales renacentistas, y por ese medio descubre un
tesoro en un nicho oculto a mitad de un pozo ubicado en el patio de una
abadía en Alemania. Pero el previsor depositario ha dejado un guardián, y
en el oscuro pozo algo parecido a unos brazos rodea el cuello del
investigador de tal forma que la búsqueda es rápidamente abandonada y
manda buscar un sacerdote. Después de eso, durante cada noche el
anticuario siente presencias sigilosas y detecta un horrible olor a moho en
la puerta de su habitación de hotel, hasta que por último el sacerdote
restaura en pleno día la piedra que ocultaba la cripta del tesoro en el pozo -
de donde algo había surgido para vengar la intromisión en el oro del viejo
Abad Thomas. Al terminar su obra, el clérigo observa una curiosa esfinge
con forma de sapo en el antiguo muro del pozo, con una inscripción en
latín: Depositum custodi - “vigila lo que dejo a tu cuidado” Otros notables
cuentos de James son Los sitiales de la catedral de Barchester, en donde
una grotesca escultura adquiere curiosa vida para vengar el secreto y sutil
asesinato de un viejo diácono por su ambicioso sucesor; Silba, muchacho, y
acudiré, que narra el horror invocado por un extraño silbato de metal
hallado en las ruinas de una iglesia medieval; y Un episodio en la historia
catedralicia, donde el desmantelamiento de un púlpito revela una tumba
arcaica cuyo demonio acechante disemina el pánico y la pestilencia. M. R.
James, pese al tono ligero, puede evocar el espanto en sus formas más
estremecedoras; y sin duda perdurará como uno de los pocos maestros
realmente creativos en el territorio de sombras.
Para quienes gustan de especular acerca del futuro, el cuento de
terror sobrenatural les brinda un campo propicio. Combatido por una ola
creciente de basto realismo, cínicos irresponsables y sofisticado
desencanto, por otro lado continúa floreciendo al amparo de una marea
igualmente ascendente de misticismo, que surge ya sea a través de la
fatigada reacción de los “ocultistas” y el fundamentalismo religioso en
contra de los descubrimientos materialistas o través del estímulo de lo
maravilloso y lo fantástico provocado por la amplitud de perspectivas que
nos brinda la ciencia moderna con su química del átomo, la astrofísica, las
doctrinas de la relatividad y las investigaciones en biología y pensamiento
humano. En la actualidad las fuerzas favorables parecen llevar algo de
ventaja; dado que existe 92 una mayor cordialidad hacia el cuento
fantástico que hace treinta años, cuando las mejores obras de Machen
cayeron en el terreno árido del elegante “fin de siglo”. Ambrose Bierce,
casi desconocido en su propia época, ha alcanzado ahora algo parecido al
reconocimiento general.
Sin embargo, no cabe esperar sorprendentes mutaciones en ninguno
de ambos sentidos. En todo caso continuará existiendo un balance
aproximado de tendencias; y aunque podemos con toda justicia esperar un
avance de la técnica y el estilo, no hay razones para pensar que pueda
alterarse la posición general de lo fantástico en la literatura. Es un ramal
estrecho aunque esencial de la expresión humana, y será como siempre un
atractivo para audiencias limitadas con una sensibilidad especial. Cualquier
obra maestra que en lo futuro pueda surgir de lo espectral o del terror
deberá su aceptación más a la suprema destreza del artista, que a una
simpatía por el tema. ¿Quién puede afirmar, sin embargo, que los temas
oscuros son una desventaja? Radiante de belleza, la Copa de Ptolomeo
estaba labrada en ónix.
NOTAS SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR
CUENTOS FANTÁSTICOS
La razón por la cual escribo cuentos fantásticos es porque me
producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza,
fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello y de las visiones que
me llenan con ciertas perspectivas (escenas, arquitecturas, paisajes,
atmósfera, etc.), ideas, ocurrencias e imágenes.
Mi predilección por los relatos sobrenaturales se debe a que encajan
perfectamente con mis inclinaciones personales; uno de mis anhelos más
fuertes es el de lograr la suspensión o violación momentánea de las
irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de las leyes naturales que
nos rigen y frustran nuestros deseos de indagar en las infinitas regiones del
cosmos, que por ahora se hallan más allá de nuestro alcance, más allá de
nuestro punto de vista. Estos cuentos tratan de incrementar la sensación de
miedo, ya que el miedo es nuestra más fuerte y profunda emoción, y una de
las que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales. El
terror y lo desconocido, están siempre relacionados, tan íntimamente
unidos que es difícil crear una imagen convincente de la destrucción de las
leyes naturales, de la alienación cósmica y de las presencias exteriores sin
hacer énfasis en el sentimiento de miedo y horror. La razón por la cual el
factor tiempo juega un papel tan importante en muchos de mis cuentos es
debida a que es un elemento que vive en mi cerebro y al que considero
como la cosa más profunda, dramática y terrible del universo. El conflicto
con el tiempo es el tema más poderoso y prolífico de toda expresión
humana.
Mi forma personal de escribir un cuento es evidentemente una
manera particular de expresarme; quizá un poco limitada, pero tan antigua
y permanente como la literatura en sí misma. Siempre existirá un número
determinado de personas que tenga gran curiosidad por el desconocido
espacio exterior, y un deseo ardiente por escapar de la 94 morada-prisión
de lo conocido y lo real, para deambular por las regiones encantadas llenas
de aventuras y posibilidades infinitas a las que sólo los sueños pueden
acercarse: las profundidades de los bosques añosos, la maravilla de
fantásticas torres y las llameantes y asombrosas puestas de sol. Entre esta
clase de personas apasionadas por los cuentos fantásticos se encuentran los
grandes maestros - Poe, Dunsany, Arthur Mache, M. R. James, Algernon
Blackwood, Walter de la Mare; verdaderos clásicos - e insignificantes
aficionados, como yo mismo.
Sólo hay una forma de escribir un relato tal y como yo lo hago.
Cada uno de mis cuentos tiene una trama diferente. Una o dos veces
he escrito un sueño literalmente, pero por lo general me inspiro en un
paisaje, idea o imagen que deseo expresar, y busco en mi cerebro una vía
adecuada de crear una cadena de acontecimientos dramáticos capaces de
ser expresados en términos concretos. Intento crear una lista mental de las
situaciones mejor adaptadas al paisaje, idea, o imagen, y luego comienzo a
conjeturar con las situaciones lógicas que pueden ser motivadas por la
forma, imagen o idea elegida.
Mi actual proceso de composición es tan variable como la elección
del tema o el desarrollo de la historia; pero si la estructura de mis cuentos
fuese analizada, es posible que pudiesen descubrirse ciertas reglas que a
continuación enumero:
1) Preparar una sinopsis o escenario de acontecimientos en orden a
su aparición; no en el de la narración. Describir con vigor los hechos como
para hacer creíbles los incidentes que van a tener lugar. Los detalles,
comentarios y descripciones son de gran importancia en este boceto inicial.
2) Preparar una segunda sinopsis o escenario de acontecimientos;
esta vez en orden a su narración, con descripciones detalladas y amplias, y
con anotaciones a un posible cambio de perspectiva, o a un incremento del
clímax. Cambiar la sinopsis inicial si fuera necesario, siempre y cuando se
logre un mayor interés dramático. Interpolar o suprimir incidentes donde se
requiera, sin ceñirse a la idea original, aunque el resultado sea una historia
completamente diferente a la que se pensó en un principio. Permitir
adiciones y alteraciones siempre y cuando estén lo suficientemente
relacionadas con la formulación de los acontecimientos.
3) Escribir la historia rápidamente y con fluidez, sin ser demasiado
crítico, siguiendo el punto (2), es decir, de acuerdo al orden narrativo en la
sinopsis. Cambiar los incidentes o el argumento siempre que el desarrollo
de la trama tienda a tal cambio, sin dejarse influir por el boceto previo. Si el
desarrollo de la historia revela nuevos efectos dramáticos, añadir todo lo
que pueda ser positivo; repasando y reconciliando todas y cada una de las
adiciones del nuevo plan.
Insertar o suprimir todo aquello que sea necesario o aconsejable;
probar con diferentes comienzos y diferentes finales, hasta encontrar el que
más se adapte al argumento. Asegurarse de que ensamblan todas las partes
de la trama desde el comienzo al final del relato.
Corregir toda posible superficialidad - palabras, párrafos, incluso
episodios completos-, conservando el orden preestablecido.
4) Revisar por completo el texto, poniendo especial atención en el
vocabulario, sintaxis, ritmo de la prosa, proporción de las partes, sutilezas
del tono, gracia e interés de las composiciones (de escena a escena, de una
acción lenta a otra rápida, de un acontecimiento que tenga que ver con el
tiempo, etc.), la efectividad del comienzo, del final, del clímax, el suspenso
y el interés dramático, la captación de la atmósfera, y otros elementos
diversos.
5) Preparar una copia esmerada a máquina; sin vacilar por ello en
acometer una revisión final allí donde sea necesario.
El primero de estos puntos es por lo general una mera idea mental;
una puesta en escena de condiciones y acontecimientos que rondan en mi
cabeza, jamás puestas sobre papel hasta que preparo una detallado sinopsis
de estos acontecimientos en orden a su narración. De forma que a veces
comienzo el bosquejo antes de saber cómo voy que más tarde será
desarrollado.
96 Considero cuatro tipos diferentes de cuentos sobrenaturales: uno
expresa una aptitud o sentimiento, otro un concepto plástico, un tercer tipo
comunica una situación general, condición, leyenda o concepto intelectual,
y un cuarto muestra una imagen definitiva, o una situación específica de
índole dramática. Por otra parte, las historias fantásticas pueden estar
clasificadas en dos amplias categorías: aquellas en las que lo maravilloso o
terrible está relacionado con algún tipo de condición o fenómeno, y
aquéllas en las que esto concierne a la acción del personaje en con un
suceso o fenómeno grotesco.
Cada relato fantástico - hablando en particular de los cuentos de
miedo– puede desarrollar cinco elementos críticos: a) lo que sirve de
núcleo a un horror o anormalidad (condición, entidad, etc.); b) efectos o
desarrollos típicos del horror; c) el modo de la manifestación de ese horror;
d) la forma de reaccionar ante ese horror; e) los efectos específicos del
horror en relación a las condiciones dadas.
Al escribir un cuento sobrenatural, siempre pongo especial atención
en la forma de crear una atmósfera idónea, aplicando el énfasis necesario
en el momento adecuado. Nadie puede, excepto en las revistas populares,
presentar un fenómeno imposible, improbable o inconcebible, como si
fuera una narración de actos objetivos. Los cuentos sobre eventos
extraordinarios tienen ciertas complejidades que deben ser superadas para
lograr su credibilidad, y esto sólo puede conseguirse tratando el tema con
cuidadoso realismo, excepto a la hora de abordar el hecho sobrenatural.
Este elemento fantástico debe causar impresión y hay que poner gran
cuidado en la construcción emocional; su aparición apenas debe sentirse,
pero tiene que notarse.
Si fuese la esencia primordial del cuento, eclipsaría todos los demás
caracteres y acontecimientos; los cuales deben ser consistentes y naturales,
excepto cuando se refieren al hecho extraordinario. Los acontecimientos
espectrales deben ser narrados con la misma emoción con la que se narraría
un suceso extraño en la vida real. Nunca debe darse por supuesto este
suceso sobrenatural. Incluso cuando los personajes están acostumbrados a
ello, hay que crear un ambiente de terror y angustia que se corresponda con
el estado de ánimo del lector.
Un descuidado estilo arruinaría cualquier intento de escribir fantasía
seria.
La atmósfera, y no la acción, es el gran desiderátum de la literatura
fantástica. En realidad, todo relato fantástico debe ser una nítida pincelada
de un cierto tipo de comportamiento humano. Si le damos cualquier otro
tipo de prioridad, podría llegar a convertirse en una obra mediocre, pueril y
poco convincente. El énfasis debe comunicarse con sutileza; indicaciones,
sugerencias vagas que se asocien entre sí, creando una ilusión brumosa de
la extraña realidad de lo irreal. Hay que evitar descripciones inútiles de
sucesos increíbles que no sean significativos.
Estas han sido las reglas o moldes que he seguido - consciente o
inconscientemente - ya que siempre he considerado con bastante seriedad
la creación fantástica. Que mis resultados puedan llegar a tener éxito es
algo bastante discutible; pero de lo que sí estoy seguro es que, si hubiese
ignorado las normas aquí arriba mencionadas, mis relatos habrían sido
mucho peores de lo que son ahora.

El grimorio del papa Honorio

Escrito por imagenes 21-12-2008 en General. Comentarios (10)

El grimorio del papa Honorio

El grimorio del papa Honorio




Yo te conjuro, poderoso Grimorio, para que me seas de utilidad y provecho y me hagas salir en bien en todo cuanto en tu mediación emprenda.[+] Yo te conjuro por la virtud de la preciosísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo para que tus enseñanzas me sean beneficiosas tanto para el cuerpo como para el alma. [+] Yo te conjuro, admirabilísimo y poderoso Grimorio, por la virtud misteriosa de Tetragrámmaton, para que me preserves de las asechanzas del Espíritu Malo.[+] Yo te exorcizo en el nombre de la Muy Santísima Trinidad.[+] En el nombre de la muy Santísima Trinidad.[+]En el nombre de la muy Santísima Trinidad.[+]Amen.[+] Amen.[+]Amen.
Yo os conjuro y ordeno, Espíritus todos, tantos cuantos vosotros fuereis, ausentes y presentes, para que aceptéis y acojáis favorablemente es Grimorio, y cuanto en él se contiene, a fin de que cuantas veces lo lea con la intención de evocaros, os presentéis sin demora bajo hermosa apariencia humana y sin poner reparo ni exigencia alguna. No me ofenderéis tampoco en el cuerpo ni el alma, no me atormentaréis, no me daréis temor alguno con ruidos, voces ni silbidos; no me espantaréis con truenos, relámpagos, vientos y tempestades, ni tampoco impediréis que se cumplan los mandatos y conjuros contenidos en este Grimorio.[+]Yo, os conjuro a que me obedezcáis al momento siempre que os llame, ejecutando escrupulosamente mis deseos. Y si por cualquier motivo o por insuficiencia mía al evocarlos no pudiereis comparecer, yo os conmino a que me mandéis espíritus inferiores con poderes suficientes para cumplir cuanto les ordene.[+]Yo os conjuro por última vez, por el Santísimo Nombre del Todopoderoso, Dios Eterno, Inefable, Soberano Señor de todos los seres corporales y espirituales, por los divinos nombres de Elohim, Jah, Ely, Eloy Sabahot, Adonay y Tetragrámaton, a que cumpláis estrictamente cuanto os he manifestado, y si no lo hiciereis de grado os obligaré por fuerza, atormentándoos con las potentes palabras de las Clavículas de Salomón. [+]
Conjuro te, Grimorium, per verba illa tituli triumphalis Salvatoris nostri Jesu Chistri, et per omnia alia verba, quoe dicantur de Creatore omnium creaturerum, el per illum, qui potest tribuere, et facere quod tantam obtineas virtutem, ut ómnia, quoe superete scribentur, ad effectum saludis oeternoe perducere valeas: et ut omnis fallacia, et virtus diaboli exeat a te, et intret in te omnis virtus proedicta. In nomine Patris,[+]et Filii[+]et Spiritus[+]Sancti.[+]Amén.
Advertencia:

Antes de poner en práctica las enseñanzas misteriosas contenidas en este precioso Grimorio, deberás hacer, según ordena el Ritual Mágico, la conjuración con que empieza este libro. Dicha conjuración se lleva a efecto de la manera siguiente: Un sábado, por la noche, entre once y doce, te encerrarás en un cuarto, que debes iluminar con 4 cirios de cera virgen, colocados uno en cada ángulo del aposento. Luego, con un pedazo de carbón consagrado (*), trazarás en el suelo una circunferencia, más o menos perfecta, que en Magia se llama círculo cabalístico, la cual debe tener unos seis o siete palmos de diámetro. Te colocarás en seguida en el centro del círculo y, con voz clara y solemne, recitaras la conjuración antedicha; rociaras el libro con algunas gotas de agua bendita en el lugar indicado. Terminada la ceremonia quedará conjurado el libro, y podrás servirte de el cuando lo necesites.
Constitución del Papa Honorio el Grande, en la cual se hallan los Conjuros y Exorcismos para dominar y ahuyentar a los espíritus de las tinieblas
La Santa Sede Apostólica, a la que fueron entregadas las llaves del reino de los cielos por virtud de estas palabras de Nuestro Señor Jesucristo, dirigidas a San Pedro: "Te entrego las llaves del reino de los cielos, y lo que atares en la tierra atado será también en el cielo", es la única que tiene poder sobre el Príncipe de las tinieblas y sobre sus ángeles, quienes, como servidores de su Maestro, le deben honor y gloria y obediencia por estas otras palabras, también de Nuestro Señor Jesucristo: "tú servirás a tu solo Señor". Por el poder de dichas llaves, el Jefe visible de la Iglesia ha sido hecho señor de los infiernos. [+]Como hasta este día los soberanos Pontífices han sido los únicos seres mortales que han tenido la facultad de sacar a los espíritus y de mandarlos, Su Santidad el Papa Honorio III, por su solicitud pastoral, se ha dignado transmitir a sus hermanos en Jesucristo la manera y forma de poder ordenar y dominar los Espíritus, manifestando cuántas y cuáles son las conjuraciones que es preciso hacer para estos casos, conjuraciones, evocaciones y ceremonias que se hallan contenidas en la siguiente.
BULA DEL PAPA HONORIO III
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS.

A todos y cada uno de nuestros venerables hermanos de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, Cardenales, Arzobispos, Obispos, Abades: A todos y a cada uno de nuestros hijos en Jesucristo, Prelados, Diáconos, Subdiáconos, Acólitos, Exorcistas, Clérigos y Seglares, salud y bendición apostólica.
En el tiempo en que el Hijo de Dios, Salvador y Redentor del mundo, engendrado por la divinidad, obra y gracia del Espíritu Santo, y nacido de un cuerpo descendiente de la raza de David, vivía sobre la tierra, y cuyo santísimo nombre es Jesús, ante el cual nombre la tierra y el infierno se humillan y los cielos se estremecen de regocijo, ver el imperio que ejercía sobre los demonios, y este imperio o poder fue transmitido a San Pedro, al decirle: Tu EST Petrus et super hanc petram edificabo Eclesiam meam. (Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno nada podrán contra ella). Estas palabras, dirijidas al apóstol San Pedro, en su cualidad de jefe de la Iglesia y primera piedra angular de ella, han sido las que sirven de fundamento para representar en la tierra la voluntad y poder de Dios.
Nosotros, pues, que hemos llegado, más que por nuestros propios méritos, por la misericordia de Dios, al soberano apostolado, y como legítimos sucesores de San Pedro tenemos en la mano la llave del reino de los cielos, queriendo transmitir o delegar ese poder de sacar y dominar a los Espíritus, que nos estaba reservado a nosotros exclusivamente, queriendo -repetimos- transmitir por inspiración divina ese poder a nuestros venerables hermanos y queridos hijos en Jesucristo, por temor de que en el exorcismo de los poseídos no se sobrecojan ante la espantable figura de los ángeles rebeldes, a quien el pecado precipitó en el Abismo, y que nuestros mencionados hermanos no estén instruidos suficientemente en lo que es preciso hacer y observar, y que de este modo los que han sido rescatados por la sangre del sublime mártir del Gólgota, no puedan verse afligidos por algún maleficio o sentirse poseídos por el demonio, hemos decidido insertar en esta Bula las reglas y método que es necesario observar para sacarlos y dominarlos, reglas que será necesario observar inviolablemente. Y como además consideramos conveniente que los ministros de los alteres tengan autoridad suficiente sobre los espíritus rebeldes, desde luego decidimos, por nuestra Bula, delegar en ellos nuestros dones en virtud de la autoridad que la Santa Sede nos concede, y sobre la cual dominamos, para mejor marcha de nuestro rebaño espiritual, imponiéndoles por nuestra autoridad apostólica la observancia estricta de las reglas que establecemos, no apartándose de ellas en la más mínimo para no atraerse la cólera del Todopoderoso.
PRIMERA PARTE
en que se trata de los requisitos del exorcista, y debida preparación para exorcizar
La primera y principal arma que ha de esgrimir el Exorcista, sea clérigo o seglar, es una viva e indubitable fe y confianza en Dios y en Nuestro Salvador Jesucristo, por que con el dedo de Dios ha de echar al demonio, y pisar no solamente al León más bravo sino también al Dragón Rojo, aunque venga del Infierno. Y aunque es verdad que el Exorcista obra por mediación del Santísimo Nombre y por eso son sus oraciones muy poderosas, con todo debe tener mucho cuidado de que su alma y conciencia estén limpias por la contrición y dolor verdadero y sacramento de la confesión. Primeramente porque el demonio no le puede argüir de pecado, ni tenga sobre él ningún poder, pues consta por la Escritura que Dios nuestro Señor, le da muchas veces licencia para dañar al que vive en pecado; así refiere Cardano, en su tratado De Subtilitate, libro 19, que un demonio duende hizo burla de los exorcismos de unos ministros de la Iglesia, quia furti, et sacrilegii criminibus essent infames. Segundo: por que con semejante prevención es muy acepto a Dios y alcanza más presto la victoria.
Debe tener también el Exorcista verdadera humildad y no dará entrada a la vanagloria ni lugar a las alabanzas y aplausos de los hombres, sino que tan solamente aprecio y estimación de la mayor honra y gloria de Dios, acordándose de lo que dijo Jesucristo a sus apóstoles: Veruntamen in hoc nolite gaudere, quia spiritus subjiciuntur vobis: gaudete autem, quod nomina vestra scripta sun in coelis. Este debe ser el principal fin y motivo del Exorcista, y no la estimación del vulgo, no el interés ni otro cualquier respeto humano.
Otro sí, procurará tener el alma y el espíritu libre de los cuidados y negocios del siglo y sólo ocuparse en santas oraciones y obras pías. Y por que Nuestro Salvador (Matth., 17) nos aviza que este género de demonios no se lanza sino por medio de la oración y el ayuno, tendrá cuidado de ejercitarse en estas semejantes buenas obras y de no llegar a conjurar ni exorcizar sin prevenirse con el ayuno y la penitencia, si no es que la perentoria necesidad le excuse.
Daré fin a este capítulo advirtiendo al Exorcista no sea fácil en juzgar que alguno está endemoniado o enfermo por hechizos, sino que debe primero reparar cuidadosamente en las señales y circunstancias de que tratare luego.
Mucho menos debe atribuir a encantamiento y arte mágica las enfermedades, así de los hombres como de los animales, aunque sean desacostrumbradas y no conocidad, antes bien les debe consolar y quitarles del pensamiento cualquiera mala sospecha, y no permitira que echen la culpa a alguno de los vecinos u otros conocidos, para evitar todo género de rencor, y excusar enemistades, venganzas y otras cosas peores.
SEÑALES Y EFECTOS EN QUE SE CONOCE QUE ALGUNO ESTA POSEIDO DEL DEMONIO O BIEN HECHIZADO.
Para saber si una persona está poseída del demonio importa examinar las causa porque se juzga haber entrado en su cuerpo, pues algunas veces lo permite así Nuestro Señor para mayor honra y gloria suya y más merecimiento del hombre. Empero, de ordinario, los pecados son causa de este gran trabajo. Otras veces es la causa el demesiado sentimiento y la desesperación por alguna pérdida de los bienes temporales. Otras veces es la causa la maldición de los padres, y el ignorar los remedios contra las tentaciones del demonio, y por no acudir a tiempo a los doctos para tomar consejo.
Segundo: procurará saber el Exorcista de qué modo entraron los demonios en el cuerpo del enfermo, por que antes suelen aparecérsele en horrible y espantosa figura, y esto de noche y en lugares lóbregos y oscuros. Otras veces le espantan y atemorizan y le maltratan lastimosamente. Otras veces entran en forma d eaire, de raton, y de otros animalejos. Finalmente, algunas veces, parece que le derraman por las espaldas un vaso de agua fría, y que desde la cabeza a los pies se le pasea todo un ejercito de hormigas.
Unas de las señales de que hace mención la Sagrada Escritura es la inobediencia del Energúmeno, su obstinación y rebeldía a la ley de Dios y cosas tocantes a su santo servicio.
Segunda señal es una repentina enfermedad, que le incita furor, mordéndose las manos, echándose por el suelo, en el fuego, en el agua, y poniendose en peligro de acabar la vida.
Tercera señal es si se turba en presencia de las cosas sagradas, como es la Cruz de Nuestro Salvador, las reliquias de los santos, etc., y también del mismo Exorcista. No quiere pronunciar ni quiere oir palabras santas, rehusa tomar el agua bendita, y si se le obliga a acudir al santo sacrificio de la misa se pone furioso y echa espumarajos por la boca, y sus ojos, abiertos en demasía, miran extraviados.
Uno de los indicios más verdaderos es el hablar o entender latín, sin haber estudiado, y tratar doctamente de los altos misterios de la Fe y Sagrada Escritura, siendo un ignorante; y describir o revelar secretos y pecados que no puede saber sino el mismo que los cometió.
Finalmente, lo que más en cuidado pone al Exorcista es cuando el demonio, con capa de enfermedad, de tal modo se retira y esconde que s ehace dificultoso el conocerlo. En semejante caso aconsejo se dirija a Dios con oraciones y ayunos, y procure juntamente con los exorcismos quitar al demonio sus fuerzas; aconsejando también al enfermo a que de veras y de todo corazón se convierta a Dios por la frecuente confesión y sagrada comunión, y que con sus oraciones y limosnas solicite buen fin en tan alta empresa.
ADVERTENCIA

El escaso resultado que algunas veces suele obtener el Exorcista es debido a su mucha ignorancia, no sólo en entender, sino también en leer los Conjuros. Así pues, para que algunos de los Exorcistas poco despiertos puedan usar decorosamente su cometido, procuraran leer muchas veces los Exorcismos, porque llegada la ocasión los puedan decir desembrazados y con valentía. Pero lo mejor es, que el que quiera ejercitarse en este arte tome de memoria lo más principal de los conjuros, que con esta diligencia se hallará más entendido y mandara al demonio con más imperio. Y porque ellos ha de hallar muchas palabras griegas y hebreras, que significan el Nombre de Dios y atributos de la Virgen, quise poner aquí su significación, para que las entiendan y las digan con mucha reverencia y más aplomo.
ADONAY: Palabra Hebrea que significa Señor, y también Maestro Soberano.
AGIOS: Palabra griega que significa Santo. Agios o Theos, quiere decir: Santo Dios.
AGLA: Término hebreo que significa Dios en la esfera de la Luz, de la Gloria y de la Belleza. También: Dios Infinito y Poderoso.
ALPHA Y OMEGA: Primera y última letras del alfabeto griego. Su significado es: Principio y Fin, Dios Eterno.
ATHANATOS: voz griega que significa Inmortal. Y también: el Señor a quien ha de obedecer el Infierno.
ELOHIM: Palabra hebrea que expresa número considerable de Angeles o Espíritus de luz que animan y crean.
ELOHA: Palabra hebrea; es el singular de Elohim. -Angel de luz o Espíritu Celeste.
EMMANUEL: Palabra griega que significa: Legislador, y tamnién: Dios sea con nosotros.
IAH: Palabra hebrea cuyo significado es: El Hijo de Dios.
ISCHYROS: Término griego que quiere decir: El Fuerte.
KIRIE: Palabra griega que significa: El Señor.
KIRIE ELEISON: Expresión griega que quiere decir: ¡Señor, ten piedad de nosotros!.
SABAOTH: Dicción hebrea; su significado es: Dios triunfante, Dios victorioso.
SADAI: Palabra hebrea que significa Dios Todopoderoso. Se emplea también en el sentido de Redención divina.
SOTHER: Es lo mismo que Salvador.
TRIN: Palabra que se emplea para designar el misterio de la Santísima Trinidad.
TETRAGRAMMATON: Esta voz, que muchos escritores ignorantes han tomado por expresión diabólica, es precisamente una palabra sagrada, cuyo empleo y significado son muy pocos los mortales que lo conocen. Tetragrámmaton se compone de: tetra, que quiere decir cuatro; gramma, que quiere decir letra, y de la terminación ON, voz misteriosa, cuyo significado no puede revelarse.
THEOTÓCOS: Significa: La Madre de Dios.
THEÓTOCOS: Significa: el Hijo de Dios.

SEGUNDA PARTE

en que se trata extensamente de los Exorcismos, Conjuros y Oraciones para dominar y ahuyentar a los demonios.
PREAMBULO
El Exorcista que hubiere de hacer esta obra de caridad, no debe creer fácilmente lo que digan porque en esto de endemoniados hay mucho engaño; y así en habiendo escuchado a los que traen al enfermo pregunte en secreto al paciente el estado de su alma, y cuánto tiempo ha que padece el achaque, con qué accidente le dio y en qué parte, y si de esta relación formase concepto de que hay posesión diabólica, se le dirán los exorcismos y las oraciones que más adelante se hallarán.
Para conjurar no se debe consentir que concurra mucha gente al acto, y a la que hubiere se le mandará a poner de rodillas suplicando a Dios que dé salud al poseso. Obsérvese también que a un mismo tiempo no conjuren dos, a fin de que no suceda el encontrarse en los mandatos, y procure que la obra esté exenta de curiosidad, interés y vanagloria.
Llegada la hora, ármese de fe, ponga toda su confianza en Dios, persígnese y dígase al Acto de Cantrición y empiece su obra meritoria con el Padrenuestro, el Avemaría y el Credo.

ORACION

que debe decirse antes de empezar cualquier conjuro
Omnipotente y Eterno Dios, Padre de bondad infinita, y Dios de todo consuelo: mira nuestra aflicción y ayuda a los que en Ti esperamos y acudimos al seno de tu misericordia con el corazón contrito y humilde. Aplaca, Señor, tu ira y vuelve a nosotros. Grande es nuestra iniquidad, pero mayor es tu bondad, en la cual confiados, te invocamos, te adoramos, te bendecimos, para que te dignes exterminar y ahuyentar a todos los espíritus malignos que maltratan a esta criatura. Por Nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina en unión del Espíritu Santo. Pro los siglos de los siglos. Athanatos. [+]Amén.
CONJURO
Te exor[+]cizo, N. N., en nombre de Dios Padre Omnipotente, y en nombre de Jesucristo [+] su Hijo y Señor nuestro, y por virtud del Espíritu [+] Santo, para que te hagas vaso limpio, santo y purgado de toda mancha de iniquidad, y de todas las enfermedades, maleficios, encantamientos y ligaduras
hechas en tu cuerpo o cerca de él, en tu casa o en cualquier otra parte, tanto por el demonio como por sus aliados en brujería, cuyos maleficios dispogo sean deshechos en nombre de la Santísima Trinidad, y te ato a ti, maldito diablo y a todos tus compañeros para que jamás tengáis la potestad de permanecer en este cuerpo desde la planta de los pies hasta la cabeza, y os veáis en seguida en la necesidad de marcharos con todos vuestros maleficios. [+] Amen. (Se rocía al espiritado con agua bendita, y se dice): Por la aspersión de esta agua, com el auxilio de Dios, destrúyanse en ti todos los sortilegios del demonio, y él mismo salga manifiestamente de ti, e infúndase la virtud del Espíritu Santo [+] Amen. (Dele a besar la Cruz). He aquí la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo: huid partes adversas, vence el León de la tribu de Judá, raíz de David.

Mande callar al demonio, diciendo:
Espíritu inmundo, cualquiera que seas, yo te con[+]juro por Dios vivo y verdadero a ti y a todos tus compañeros, asediando y de cualquier modo que fuere vejando a esta criatura de Dios, y en honor de los sagrados misterios de la Encarnación, del Nacimiento, de la Pasión, Resurrección y Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, os mando que no habléis sino lo que sea cierto y pueda redundar en alabanza y gloria de Dios, y que nada digáis contra mi ni contra los que me rodean, y que a esta criatura no la dañéis en el alma ni la atromentaréis en el cuerpo.
Nuevamente os con[+]juro, por la Santísima Virgen María y por su Esposo San José y por los méritos de (tal)Santo, y os mando que el mayor de vosotros suba a la lengua y diga su nombre y de qué ñegión sois, la causa por qué vejáis a esta criatura, y el día y hora de vuestra salida, con señales de la extinción de (tal) luz (señale la luz que ha de matar), bajo pena de enviaros al lago de fuego y de azufre.
(si está cierto de que son diablos y con este conjuro no se manifiestasen, podra repetirlo más veces, y en descubriéndose, hágales dar la obediencia con juramento, colocandole al enfermo alrededor del cuello una cinta bendecida, que atará con tres nudos diciendo):
En nombre de Pa[+]dre, y del Hi[+]jo, y del Espiritu[+]Santo os ato, espíritus rebeldes, en cualquier parte que os halléis de este cuerpo, y os privo de toda virtud de imperar, y os mando que incontinenti entendáis las palabras de mi conjuro, y por el precepto que ahora os hago no oséis, ni podáis alejaros de esta criatura; antes bien seáis atados y encadenados, hasta que seáis soltados por mí o por otro exorcista.
De igual manera conjuro, [+] ato y mando a todos y a cada uno de los espíritus inmundos, existentes en el aire, en la tierra, en las aguas y en otro lugar cualquiera, que de ningún modo os ayuden ni obedezcan, ni se acerquen a esta criatura, bajo las penas arriba dichas.
si estuvieren rebeldes, pida socorro al Señor diciendo:
Levántate, Cristo, ayudanos. Y libranos por tu nombre.
Señor, atiende mi oración. Y mi súplica llegue a ti.
El Señor sea con nosotros. Y con su espíritu. [+] Amen.

ORACION
Omnipotente Señor, Verbo del Padre, Jesús Redentor Nuestro, que diste a tus Santos Apóstoles la potestad de hollar las serpientes, y que entre otros de tus admirables preceptos te dignaste decir "Curad a los enfermo, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos y echad a los demonios": humildemente te ruego que a mí, indigno siervo tuyo, concediéndome fe y virtud para que logre confiado y seguro vencer a este creul demonio y a sus compañeros y acompañamiento, provisto de la potestad de tu santo brazo. Pro ti, Jesús Redentor Nuestro, que con el Padre, etc.
El Señor sea con nosotros. Y con su espíritu. [+]Amén.
CONJURO

Te exor[+]cizo, espíritu inmundo, toda incursión del adversario, todo fantasma, toda legión en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, para que salgas y te alejes para siempre de esta imagen de Dios. El mismo te manda, el mismo que desde lo alto de los cielos te mandó que te hundieras en lo profundo de la tierra. Te lo manda el mismo que aplacó el mar, los vientos y las tempestades.
Oye, pues, y teme, Satanás, enemigo de la fe, enemigo del género humano, portador de la muerte, raptor de la vida, decantor de la justicia, raíz de los males, fomentador de los vicios, seductor de los hombres, traidor de las naciones, incitador de la envidia, causa de la discordia y, en fin, rústico villano: ¿por qué aquí perteneces y resistes, sabiendo que Cristo pierde tus caminos? Teme a Aquél que inmolado en Issac, vendido en José, muerto en el cordero, crusificado en el hombre, fue triunfador del infierno. (Precepto que se puede repetir una o muchas veces despues de cada conjuro). Aléjate, maldito conjurado [+] y para siempre expulsado en nombre del Pa[+]dre, y el Hi[+]jo y del Espíritu[+]Santo. Cede el lugar al Espíritu Santo por esta señal (en la frente) de la Santa Cruz de Jesucristo[+]Señor Nuestro, por cuya virtud la morada de este cuerpo sea para ti y tus compañeros en confusión y aumento de penas infernales, por instantes, por centenares de miles y por millares de millares de veces más que las penas de aquellos que son atormentados en lo profundo del infierno. No descanses, ni ceses de continuo trabajo hasta que, disueltos todos los maleficios, enfermedades y dolores, tanto del alma como del cuerpo, y dando señal verdadera, te marchas para siempre de esta criatura con todo tu acompañamiento. [+]Amén.
Da honor a Dios vivo y verdadero, maldito diablo, perro rabioso, dragon infernal. Da honor a Jesucristo Señor Nuestro. Da honor al Espíritu Santo. Aléjate de este siervo de Dios, y mientras no salgas, de esta señal de la Santa [+] Cruz que en su frente hacemos, sea para ti y para tus compañeros azote durísimo por el que seáis atormentados. [+]Amén.
Levántese Dios y disípense sus enemigos.
Y huyan de su presencia los que le odiaron.
El Señor sea con nosotros. Y con su espíritu. [+]Amén.
ORACION

Dios crador del género humano, que formaste el hombre a tu imagen, mira sobre este siervo tuyo, que es víctima de las maldades del espíritu inmundo, a quien el adversario, antiguo enemigo de la tierra, rodea con horror del miedo, trastorna con el estupor el sentido de la mente humana, la turba con el terror y la agita con el miedo de incesante temor. Rechaza, Señor, la virtud del Diablo y remueve sus falaces asechanzas; huya lejos del impuro tentador. Con el sello de la Santa [+] Cruz sea armado tu siervo en el alma y en el cuerpo (hazle tres cruces en el pecho diciendo): Tú custodies lo [+] interior de este cuerpo. Tú rijas las [+] entrañas, Tú confirmes para que se desvanezcan del alma las tentaciones de la potestad adversa. Concede, Señor, la gracia de esta invocación de tu santísimo nombre de que el que hasta aquí aterrorizaba, huya aterrado y se marche vencido, y que este siervo tuyo, sincero de mente y firme de corazón, te pueda prestar la debida servidumbre. Por Cristo Señor Nuestro. [+]Amén.
CONJURO
Te con[+]juro, Antigua Serpiente, por el Juez de los vivos y de los muertos, por el Hacedor del mundo, por aquel que tiene la potestad en enviarte al averno; y te mando que sin demora te marches con todas tus obras y maleficios, de este siervo de Dios, que acude al seno de la Iglesia. Te con[+]juro una y mil veces, no confiando en mi poco valer, sino fortalecido por la virtud del Espíritu Santo, para que bajo las penas arriba dichas, salgas de este siervo de Dios a quien el Señor omnipotente hizo a su imagen.
Cede, pues, cede, no a mí, sino al Ministro de Cristo. Te apremia el poder de aquel que te subyugó al imperio de su Cruz[+]. Teme el brazo de Aquel que, vencidos los rugidos del infierno, condujo las almas a la luz: aterrorícete (en el pecho) el cuerpo del hombre: espántete (en la frente) la imagen de Dios: no resistas, ni retardes el apartarte de esta criatura porque a Cristo le pulgo habitar en el hombre, y no creas que me has de despreciar, mientras conoces que soy demasiado pecador. Te manda Dios [+] Padre, te manda Dios [+] Hijo, te manda Dios [+] Espíritu Santo, te manda el Sacramento de la Cruz[+]. Así, pues, espíritu maldito, villano, rústico, bestia escabiosa, cerdo flaco, márchate para siempre de esta criatura. Y líbranos Dios por la gloria de tu nombre. El Señor sea con nosotros. Y con su espíritu. [+]Amén.
ORACION
Señor Santo, Padre omnpotente, eterno Dios, que depuraste a aquel rebelde apóstata y tirano con el fuego del abismo; y enviaste a tu Unigénito a este mundo para que quebrantase a aquel rugiente, atiende velozmente y apresúrate, a fin de que libres al hombre creado a tu imagen y semejanza de la ruina y del demonio maldito. Da, Señor tu terror sobre la bestia que extermina tu viña, y arroja a este muy malvado demonio, para que no quebrante a los que en ti esperan, y no diga, como ya dijo a Faraón, "no conocí a Dios, no despido a Israel"; apresúrele tu potente diestra a marcharse de tu siervo y no presuma tener constantemente cautivo a quien tu te dignaste hacer a tu imagen y redimiste en tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos Amén.
CONJURO
Te con[+]juro, espíritu seductor, lleno de todo dolo y falacia, enemigo de la virda, ingrato a tu Creador, para que salgas inmediatamente de esta criatura. Haz sitio, impiísimo y espureísmo, haz sitio a Cristo, en quien nada encontraste de tus obras; que te despojó, que te destruyó tu reino, que te ató y rompió tus vasos, que te arrojó en las tinieblas infernales, donde habrá muerte perpetua para ti y para tus conpañeros. ¿Por que te resistes, villano rústico? ¿Por qué, temerario, te resistes, bestia escabiosa? Culpable eres para el Dios omnipotente, cuyas ódenes traspasaste. Culpable eres para el Hijo Jesucristo Nuestro Señor, a quien osaste tentar y presumiste crucificar. Culpable eres para el género humano, a quien con tus persuasiones propinaste el veneno de la muerte. Márchate para siempre, bestia infernal, espíritu inmundo, villano y espureísmo, marchate.
Nuevamente te con[+]juro, vil Dragón Rojo, en nombre del Cordero inmaculado que caminó sobre el áspid y el basilisco, y holló al leon y al dragón, para que te marches (en la fente) de este hombre, te marches (sobre los circunstantes) de la Iglesia [+] de Dios. Huye, pues, villano, al oir el nombre de aquel Señor, a quien tiemblan los infiernos, a quien las virtudes de los Cielos, Las Potestades y las Dominaciones están sujetas, a quien los Querubines y los Serafines a una vez alaban, diciendo: "Santo, Santo, Santo, Señor Dios de Sabaoth".
Sal, espureísimo, sal de esta criatura, te lo manda Dios, te lo manda el Verbo hecho carne. Jesús Nazareno, que como despreciaste a sus discípulos te mandó salir humillado y confuso del hombre: en cuya presencia como te hubiese separado del hombre ni te atrevías a entrar en una manada de cerdos. Duro es para ti el resistir, porque cuanto más tardes en salir, tanto más crece el suplico para ti, que no desprecias al hombre, sino a Aquel que es dominador de vivos y de muertos, por cuya virtud se te aumenten las penas infernales, hasta que te marches para siempre. Levantaré en ti aquel muy infame Lucifer, que fue hechado del cielo armado con tod su indignación, a quien con[+]juro y mando que te arroje y te precipite en el fetidísmo lugar de Judas Iscariote, donde seas atormentado hasta el día del juicio. [+]Amén.
Señor Dios de las virtudes, atiéndenos. Para gloria de tu nombre, expele aquí a nuestros enemigos.
CONJURO
para cuando un exorcismo se suspende para otro día
Puesto que vosotros todos, malditos diabos existentes en esta criatura, que por vuestra soberbia permitida de Dios por sus justisimos juicios, no cesáis de dejarla; os manda Dios por nuestro ministerio que inmediatamente os separéis de todo lugar y miembro de su cuerpo, y pongáis vuestras fuerzas en el pulgar de su pie izquierdo privándolo de todo sentido, y que de allí no podáis en modo alguno apartaros, hasta que por mí o por otro exorcista seáis librados. (Dele a besar un Santocristo, y dígase a la vez): Id, malditos, al lugar que os ha sido señalado, y dad señal de vuestra reclusión, levantando el cuerpo del suelo.
(En dando la señal prosiga): Os pongo freno, [+]por cuya virtud fuertemente os ato y os mando que no subáis a la cabeza de esta criatura, ni a sus miembros, ni la espantéis despierta, ni dormida, ni sentada, ni de pie; antes bien la permitáis orar, comer, beber, trabajar, andar, descansar y hacer todo aquello que atañe a la honra de Dios, y a la salud de su cuerpo. En el nombre del Pa[+]dre, y del Hi[+]jo, y del Espírtu[+]Santo. Amén
Precepto para los que salieren.
A todos vosotros, espíritus inmundos que habéis salido de este cuerpo, os mando en nombre de la Santísima Trinidad, Pa[+]dre, Hi[+]jo, y Espíritu[+]Santo, que no volváis a él, sino que seáis atados y privados del poder de mostraros a esta criatura y de hacerle ilusión alguna, tanto fantástica como real; y que no la podáis ofender ni dañar en el cuerpo o en el alma; ni volver de nuevo para vejarla, ni enviar a otros demonios en lugar vuestro, sino por el sobredicho precepto séais obligados a ir a las mansiones infernales o a los lugares que por Dios os fueron asignados:
He aquí la Cruz [+] del Señor: huid, partes adversas. [+]Venció el Leon de la Tribu de Judá, raíz de Davis. [+] Aleluya.
ORACION
Dios de Israel, Dios de Isaac y Dios de nuestros Padres, piadosísimo, consuelo de los que a ti claman, muéstranos tu misericordia, envíanos auxilio de tu Santo cielo, santos Angeles que destruyan y separen de esta criatura todas las obras del diablo y precipiten a lo profundo del abismo a estos espíritus malignos que la vejan y ocupan para engañarle y perderla; no permitas que se oculten en su cuerpo, ni en ninguna ropa ni juntura de sus miembros; noles dejes descansar, sin que manifiestamente uyan de la criatura que tú, Señor, adquiriste, no con oro, ni con plata, ni con piedras preciosas, sino con la preciosa sangre de tu Hijo Jesucristo, que contigo vive y reina, por los siglos de los siglos. [+]Amén.
TERCERA PARTE

que se trata extensamente de la Magia Evocatoria, y de los Círculos misteriosos, y la manera de hacerlos.
ESPIRITUS ELEMENTALES
Los cuatro elementos de la Naturaleza: Aire, Tierra, Fuego y Agua, están poblados por los espíritus elementales, que el sabio cabalista domina a su antojo y se sirve de ellos como de fuerzas misteriosas.
En la edad paradisíaca, Adán era el rey y señor de los Elementos, mas al perder su inocencia quedóse desposeída de su pureza dominadora y esa fuerza es la que el hombre puede adquirir por los medios que nos ha transmitido la Kábala. Esta ciencia nos descubre el orden jerárquico de todas las entidades invisibles que pueblan los tres mundos, y nos enseña la manera de trabar conocimiento con ellas.
Los espíritus elementales, llamados así porque su morada está en los cuatro elementos, se clasifican en cuatro clases, y son los siguientes: los Silfos, que pueblan el aire; los Gnomos, que moran en las profundidades de la tierra; las Salamandras, que se hallan en el fuego, y las Ondinas, que viven en el agua.
Cada uno de esos grupos está bajo el dominio d eun espíritu superior, cuyo nombre es Rey, y cada Rey se honra con una oración particular impregnada de poesía.
ORACION DE LOS SILFOS [AIRE]
Espíritu de luz, Espíritu de sabiduría, rey Increado, cuyo aliento da y recoge la forma de todos los seres: Tú, aquel ante quien la vida de todo lo creado es una sombra cambiante y un vapor que pasa; tú, que subes a las nubes y que vas llevado por las alas de los vientos; tú, que respiras y así pueblas los espacios sin fin; tú, que aspiras y todo lo que de ti sale a ti vuelve. Movimiento sin fin en la estabilidad eterna, sé eternamente bendito. Nosotros te alabamos y bendecimos en el imperio de la luz creada, de las sombras, de los reflejos y de las imágenes, y sin cesar aspiramos a tu inmutable e imperecedera claridad. Deja llegar hasta nosotros la luz de tu inteligencia, el calor de tu amor. Entonces lo que es móvil será fijo, la sombra será un cuerpo, el Espíritu del aire será un alma, el ensueño será una realidad. Y nosotros no seremos ya arrollados por la tormenta, pues retendremos las bridas de los vientos de la noche para volar ante tu presencia. ¡Oh suspiro creador de todos los seres! En el flujo y reflujo de tu Eterna Palabra, que es el Océano Divino del Movimiento, ¡protegenos! [+]Amén.
ORACION DE LOS GNOMOS [TIERRA]
Rey invisible que has tomado la Tierra por sostén, que has abierto los abismos para henchirlos con tu omnipotencia: Tú, cuyo nombre hace temblar las bóvedas del mundo; tú, que haces correr los siete metales por las venas de la tierra; Monarca de las siete luces, renumerador de los obreros subterráneos, llévanos al aire deseable y al reino de la claridad. Nosotros velamos y trabajamos sin descanso, buscamos y esperamos por las doce piedras de la Cuidad Santa, por los tesoros que están enterrados, por el clavo de imán que atraviesa el centro del mundo. Señor: Ten piedad de los que sufren, ensancha nuestros pechos, levanta nuestras cabezas; engrandécenos ¡Oh estabilidad y movimiento! ¡Oh, día envuelto en la noche! ¡Oh, obscuridad velada por la luz! ¡Oh blancura argentina! ¡Oh, esplendor dorado! ¡Oh, corona de vivientes y melodiosos diamantes! Tú, que llevas el cielo en tu dedo como una sortija de zafiro; tú, que escondes bajo tierra, en el reino de la pedrería, la simiente maravillosa de las estrellas, vive, reina y sé eterno dispensador de las riquezas, de las que nos has hecho guardianes. ¡Ayudanos! [+]Amén.
ORACION DE LAS SALAMANDRAS [FUEGO]
Eterno, Inefable e Increado, Rey y padre de todas las cosas, que eres llevado en el carra veloz de los mundos que incesantemente giran; Dominador de las etéreas inmensidades donde se levanta el trono de tu poder, desde cuya altura todo lo descubren tus ojos penetrantes y tus oídos santos todo lo oyen; atiende a tus hijos que amas desde el nacimiento de los siglos; porque tu áurea, grande y eterna majestad, resplandece por encima del mundo, del cielo y de las estrellas, y sobre ellas te levantas. ¡Oh, fuego resplandeciente! Allí tú brillas y perduras en ti mismo, por tu propio esplendor y salen de tu esencia inacabables arroyos de luz que nutren tu espíritu infinito. Este espíritu infinito alimenta todas las cosas y hace este tesoro inagotable de substancia siempre dispuesta para la generación que la elabora y que se apropian de las formas que tú te has infundido desde el Principio. De este Espíritu toman también origen esos muy santos reyes que circundan tu trono y que forman tu corte. ¡Oh, Padre Universal! ¡Oh, Unico! ¡Oh, Padre de los Bienaventurados mortales e inmortales! Tú has creado substancias que resultan maravillosamente semejantes a tu Eterno Pensamiento y a tu Esencia Adorable. Tú has concedido superioridad a los ángeles que anuncian al mundo tus verdades. En fin, Tú nos has creado en la tercera categoría de nuestro imperio elemental. Ahí nuestra continua preocupación es la de alabar y de adorar tus designos, Ahí, ardemos en la incesante aspiración de poseerte. ¡Oh, Padre! ¡Oh Madre, la más amorosa de las madres! ¡Oh, admirable Arquetipo de la maternidad y del amor puro! ¡Oh, Hijo, la flor de los Hijos! ¡Oh, Forma de todas las formas: Alma, Espíritu, Armonia y Número de todas las cosas! ¡Bendicenos! [+]Amén.
ORACION DE LAS ONDINAS [AGUA]
Rey impetuoso y terrible del mar. Tú que tienes las llaves de las cataratas del cielo y que encierras las aguas subterráneas en las profundidades de la tierra; Rey del diluvio y de las lluvias de la Primavera y de las aguas torrenciales; tú, que abres los manantiales de los ríos y de las fuentes; tú, que mandas a la humendad, que equivale a la sangre de la tierra, se transforme en savia de las plantas, te adoramos y te invocamos. A nosotros, que somos tus móviles e inestables criaturas, háblanos en medio de las grandes conmociones del mar y temblaremos ante tu presencia; háblanos en el murmullo de las aguas límpidas y ansiaremos tu amor. ¡Oh, Inmensidad, en la cual van a perderse todos los ríos del ser, que incesantemente renacen en ti! ¡Oh, Océano de las perfecciones infinitas! ¡Profundidad que te exhalas a las alturas, condúcenos a la verdadera vida por la inteligencia y el amor! Llévanos a la inmortalidad por el sacrificio, a fin de que lleguemos a ser dignos de ofrecerte un día el agua, la sangre y las lágrimas para el perdón de los errores. ¡Sálvanos! [+]Amén.

PERFUMES MAGICOS
La Magia Evocatoria emplea siete perfumes, que corresponden a los siete planetas que dominan durante los siete días de las semana, a saber: El perfume del Sol domina un Domingo; el de la Luna, en Lunes; el de Marte, en Martes; el de Mercurio, en Miercoles; el de Júpiter, en Jueves; el de Venus, Viernes, y el de Saturno, en Sábado.
En su composición entran diversas substancias, aunque predominan en ellos las hiervas y las flores. El objeto de los perfumes es atraer a las entidades que pueblan el mundo invisible, las cuales acuden presurosas al sahumerio, como los vampiros a la sangre fresca.
La fórmula exacta de los perfumes mágicos no se había publicado aún en ningun libro español. Y aqui se dan a conocer.
PERFUME DE SOL

Un Domingo en su hora planetaria (*), se pondrán en un mortero las substancias siguientes:

Azafrán ................................ 1 gr.
Simiente de laurel ..................... 5 gr.
Hojas de heliotropo .................... 5 gr.
Mirra .................................. 5 gr.
Alcafor ................................ 5 gr.
Incienso ............................... 5 gr.
Almizcle ............................... 1 gr.

Todas estas drogas se reduciran a polvo, al que se echarán unas gotas de sangre de abudilla. Se le añadirán goma de tragacanto y leche de cabra, de ambas cosas la cantidad necesaria para formar una pasta consistente. Con ella se harán granos del tamaño de un guisante; se dejarán secar al sol y luego se guardarán en una cajita de madera entre polvo de incienso.
PERFUME DE LA LUNA

Un Lunes en su hora planetaria, se hecharán en un mortero las substancias siguientes:

Hojas secas de lirio ................... 1 gr.
Flores secas de naranjo ................ 5 gr.
Flores secas de nenufar ................ 5 gr.
Mirra .................................. 5 gr.
Alcafor ................................ 5 gr.
Incienso ............................... 5 gr.
Almizcle ............................... 1 gr.

Se procede de la misma manera que en el anterior. Unicamente hay que substituir la sangre de abudilla por la de una gallina negra.
En cada perfume la sangre corresponde a la de un animal consagrado al planeta.

PERFUME DE MARTE

Un Martes en su hora planetaria, se hecharán en un mortero las substancias siguientes:

Hojas secas de ajenjo .................. 1 gr.
Hojas secas de brionia ................. 5 gr.
Hojas secas de moral ................... 5 gr.
Mirra .................................. 5 gr.
Alcafor ................................ 5 gr.
Incienso ............................... 5 gr.
Almizcle ............................... 1 gr.

Iguales indicaciones. Sangre: de gallo negro.

PERFUME DE MERCURIO

Un Miercoles en su hora planetaria, se hecharán en un mortero las substancias siguientes:

Anís estrellado ........................ 1 gr.
Resina de pino ......................... 5 gr.
Granos de enebro ....................... 5 gr.
Mirra .................................. 5 gr.
Alcafor ................................ 5 gr.
Incienso ............................... 5 gr.
Almizcle ............................... 1 gr.

Iguales observaciones que en las formulas anteriores. Sangre: de gorrión.

PERFUME DE JUPITER

Un Jueves en su hora planetaria, se hecharán en un mortero las substancias siguientes:

Hojas secas de menta ................... 1 gr.
Hojas secas de cerezo .................. 5 gr.
Leña de áloes .......................... 5 gr.
Mirra .................................. 5 gr.
Alcafor ................................ 5 gr.
Incienso ............................... 5 gr.
Almizcle ............................... 1 gr.

Idénticas observaciones. Sangre: de pavo.

PERFUME DE VENUS

Un Viernes en su hora planetaria, se pondrán en un mortero las substancias siguientes:

Ambar gris ............................. 1 gr.
Hojas secas de verbena ................. 5 gr.
Flor de almendro ....................... 5 gr.
Mirra .................................. 5 gr.
Alcafor ................................ 5 gr.
Incienso ............................... 5 gr.
Almizcle ............................... 1 gr.

Iguales observaciones. Sangre: de palomo blanco.
PERFUME DE SATURNO

Un Sabado en su hora planetaria, se pondrán en un mortero las substancias siguientes:

Ruda ................................... 1 gr.
Simiente de amapola .................... 5 gr.
Hoja secas de tabaco ................... 5 gr.
Mirra .................................. 5 gr.
Alcafor ................................ 5 gr.
Incienso ............................... 5 gr.
Almizcle ............................... 1 gr.

Las mismas observaciones. Sangre: de un murcielago.


Los perfumes descritos deben quemarse en un pequeño fogón de barro cocido, alimentando el fuego con ramas de avellano, laurel y de pino, en partes iguales aproximadamente. Los granos se echan de tres en tres a las brasas.
Estos son los perfumes que s emplean en las invocaciones y evocaciones de los espíritus y en otras ceremonias del ritual goéico.
INVOCACIONES Y EVOCACIONES DIABOLICAS
Antes de empezar la descripción de invocar y evocar a las potencias infernales, creemos necesario señalar la diferencia que existe entre ambas operaciones, así como hacer algunas advertencias que sirvan de guía al prudente lector de este manual.
Invocar no es lo mismo que Evocar. El que invoca a los espíritus recita ciertas fórmulas mágicas para conseguir de ellos protección y apoyo en sus necesidades, o bien les requiere ayuda en la realización de un propósito cualquiera, cuya realización espera conseguir sin necesidad de que los espíritus se manifiesten visiblemente.
En cambio, el Evocador es más audaz; quiere hallarse frente a frente con las entidades del astral o con los espíritus infernales, para pedirles, o mejor dicho, para mandarles le obedezcan en tal o cual empresa. Naturalmente, el mago negro, al celebrar una evocación, conoce a fondo el terrible valor de las palabras que pronuncia en su peligrosa ceremonia.
Temerario sería el que se lanzase a semejante empresa sin haber estudiado antes con debida atención los preceptos de la Magia Evocatoria. El mago evocador, además de conocer las facultades y poderes de los espíritus infernales, debe poseer una presencia de ánimo a toda prueba, un valor y una serenidad tales que no debe inmutarse ante ningún peligro.
El arte de invovar y evocar a los espíritus infernales ofrece numerosos procedimientos. Nosotros, en el presente Grimorio, daremos a conocer los más usados por los brujos de la Edad Media, cuyos procedimientos han sido puestos en práctica recientemente por un grupo de ocultistas franceses, valerosos investigadores del Más allá, los cueles han manifestado haber obtenido los más sorprendentes fenómenos que prueban la realidad de una fuerza invisible y tenebrosa.
Al curioso lector que le interese esta materia le recomendamos la lectura del libro titulado Los Secretos del Infierno. En dicha obra se exponen algunos medios de evocar distintos de los que vamos a describir a continuación.
ARTE DE EVOCAR A LOS ESPIRITUS INFERNALES, POR MEDIO DE CIRCULOS CABALISTICOS, CON LA MANERA DE HACERLOS.
Círculos Cabalísticos

Los círculos llamados cabalísticos se trazan en el suelo o sobre el pavimento, y también, algunas veces, sobre tela y pieles de varios animales. Dichos círculos afectan diferentes formas: unas veces los triángulos, otras cuadrados, pentágonos, etc., pero comunmente, son circunferencias concéntricas, en cuyos anillos se escriben los nombres de entidades maléficas o ben´rficas, según los casos.
Los círculos ca´balísticos tienen por objeto resguardar al evocador de los ataques de las potencias malignas con las cuales se pone en contacto. Las evocaciones no se realizan nunca sin recurrir a los citados círculos, en el centro de los cuales debe permanecer el mago durante la ceremonia evocatoria. En las invocaciones, como no ofrecen serios peligros, se prescinde, en muchos casos, de los círculos cabalísticos.
Bendición de los Círculos. Después de trazado el círculo cabalístico se le bendice, lo cual se efectúa de la manera siguiente: El Mago penetra en el círculo y se coloca en su centro; con la mano izquierda sostiene la espada de Adonay (*); la mano derecha la tiene levantada y extendida hacia el Oriente, y en voz baja pronuncia las palabras siguientes:
"¡Oh, círculo misterioso! ¡Círculo mágico! Yo te vendigo en nombre de Adonay para que me sirvas de muralla infranqueable y me preserves de todo ataque diabólico. Per Agla et Tetragrámmaton. [+]Así sea".
Bendición de los perfumes.- Cuando se utiliza un perfume, al echar los tres primeros granos a las brasas, debe pronunciarse la oración siguiente:
"Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, dígnate santificar y bendecir este perfume, a fin de que con su olor pueda contener la avalancha de los espíritus que he de evocar para perfeccionar mi obra y alcanzar mis propósitos. Yo os pido por Vuestro Hijo Nuestro Señor Jesucristo que vive y gobierna en la unidad Trina del Santo Espíritu. Per Agla et Tetragrámmaton. [+]Así sea".
LOS SIETE ESPIRITUS INFERNALES:

SUS NOMBRES Y PODERES


Los Espíritus infernales correspondientes a los siete días de la semana, son los siguientes: Súrgat, Lucifer, Frimost, Astaroth, Silcharde, Bechard y Guland. Al primero de los cuales se evoca los domingos; al segundo los lunes; al tercero los martes, y así sucesivamente.
Ahora es preciso que sepas los poderes y facultades de cada uno de ellos, para evocarlos según tus conveniencias y necesidades.
SURGAT(demonio de las riquezas). Tiene el poder de desencantar los tesoros escondidos. Señala los lugares en donde se crían el oro, la plata y otros metales de valor y las piedras preciosas.
LUCIFER(demonio de las enfermedades). Tiene el poder de enfermar y curar a los hombres y a las bestias. Enseña las propiedades de las plantas curativas y venenosas.
FRIMOST(demonio de la destrucción). Enseña el manejo de las armas; siembra el odio, el espanto y la ruina; hace ruido en las casas; es el padre de las venganzas. Revuelve las aguas de mar; desencadena los vientos y tempestades; hace caer granizo y rayos adonde le place, etc,. etc.
ASTAROTH(demonio de la suerte). Indica los medios de hacerse rico; enseña el gran secreto para ganar a la lotería y en todos los juegos de azar; revela el modo de hacer fortuna, triunfar en los negecios, etc.
SILCHARDE(demonio del dominio). Concede al que le evoca un poder dominador sobre los demás hombres; influye en el alma de los poderosos para conseguir de ellos toda suerte de beneficios, empleos y prebendas.
BECHARD(demonio del amor). Enseña a los hombres y a las mujeres el arte de amar; los secretos para hacerse irresistible en las lides amorosas; los medios para alcanzar el amor de una persona; para hacer reñir a los amantes; para destruir matrimonios; enseña el arte de componer filtros, etc,. etc.
GULAND(demonio de la envidia). Tiene la facultad de hechizar, arruinar a las personas y la de enfermar y hacer morir a los animales domésticos y aves de corral. Insinúa los medios de echar en una casa la mala suerte y transtornos de toda clase. Enseña la manera de domeñar a las bestias feroces, etc,. etc.
Helos a continuación:

EVOCACION A SURGAT

Esta evocación se realiza en día domingo, entre once y doce de la noche, a la luz de la luna, en una hondonada, procurando no ser visto ni oído por nadie durante la ceremonia. El autor del "Grimorio" añade textualmente: "Antes de empezar la evocación deberán barrer y allanar el sitio escogido para que te sea fácil el trazado de los círculos. Tomaras un gallo de alas y cola grises y completamente negro del pecho y bajo vientre , y con el cuchillo de mango blanco (*) lo degollarás, pronunciando al mismo tiempo la palabras siguientes: «Recibe,¡oh, Súrgat!, la sangre de esta víctima que sacrifico en tu honor..

Gomeret kailos oxo». La sangre del gallo debes recogerla en un pequeño pote, a la cual añadiras una cacharadita de anilina amarilla, agitándola bien con una ramita verde de nogal silvestre. Luego mojarás la pluma de auca con dicha sangre y trazarás sobre una tirilla de pergamino virgen los signos cabalísticos que se muestran en la figura siguiente:

"Con la espada de Adonay trazarás en el suelo tres circunferencias concéntricas: la primera, de cinco palmos de diámetro; la segunda, de seis, y la tercera, de siete. En el primer anillo debes escribir, con carbón consagrado, las siguientes palabras, separadas por cruces: AGLA [+] ADONAY [+] ON [+] TETRAGRAMMATON [+] y en el segundo anillo escribirás, con el punzón, lo que sigue: VEN, SURGAT - VEN, SURGAT - VEN, SURGAT. Y por último, en el centro del círculo, con la espada de Adonay, trazarás los signos mágicos correspondientes al Espíritu. Para mejor comprensión fijate en la figura siguiente.

Entre las palabras Agla y Adonay, al lado de la crucecita que las separa, colocarás un braserillo de barro cocido, con la leña consabida (avellano, laurel y pino), en la cual echarás los perfumes del Sol, poco después de haberse encendido el fuego.
Dispuesto todo como queda dicho, te colocarás en el centro del círculo cabalístico, de cara a Occidente, y empuñando con la diestra la espada de Adonay y con el brazo izquierdo extendido horizontalmente, harás, con voz reposada y ánimo sereno, el siguiente conjuro al Espíritu Súrgat:
"CONJURO et confirmo super vos, Angelus fortis Dei et Sancti, in nómine Adonay, Eye, Eye, Eye, qui est ille, qui suit, est, érit, Eye, Abiayeh, et in nómine Saday, Cados, Cados, Cados alte redentis super Querubini, et per nomen mágnum ipsius; Dei fortis et potenti exaltátique súper omnes Coelos, Eye, Eye, Eye, Saraye, plasmatoris, seculorum, qui creávit Mundum, Coelum, Terraem, Mare et Omnia, qua in eis sun in primo die, et figillávit ea sancto nómine suo Fa; et per nómina sanctórum, angelórum, qui dominántur in quarto exércitu, et serviunt córam potentíssimo Salamia, ángelo magno et honorato, et per nómen stella, qua est sol, et per signum, et per inménsum nómen Dei vivi, et per nómina omnia predicta, conjuro te Micael ángelo magno, qui est prepositus diei dominica, et per nómen Adonay, dei Israel, qui creávit múndum, et quidquid infeo est, quo pro me labores, et adimpleas ómnem méam petitiónem yusta méum velle et vótum méum, in negotio et causa mea. [+]Amén.
Tan pronto como hayas pronunciado la última palabra del conjuro, se te aparecerá el demonio de las riquezas. Enonces, sin salir del círculo, dirás al Espíritu, serenamente y con entereza:
"Por Adonay te mando me concedas al instante el poder de hallar los tesoros que se ocultan bajo tierra y en otros lugares, así como la manera de desencantarlos, en el caso de estar custodiados por los celosos Gnómos".
El Espíritu se quitará de un dedo de la mano izquierda un anillo de oro y te dirá: "Toma, ahí tienes este talismán; con él conseguirás todos tus deseos".
Guárdate muy bien de tomar el anillo con tus manos. Y mostrándole la punta de la espada de Adonay, dirás al Espíritu:
"Oxila Somux Oxo. Mete el anillo en la punta de esta espada".
El Espíritu se resistirá. Entonces no tienes más que pronunciar las siguientes palabras:
"Por TETRAGRAMMATON cumplirás mi mandato".
Tan pronto hayas pronunciado la palabra sagrada el Espíritu te entregará el anillo en la forma indicada y deseparecerá dejando tras sí una espesa humareda, y oirás un ruido espantoso que hará temblar la tierra.
Ponte en seguida el anillo en el dedo medio de tu mano izquierda y con ella tomarás la tirilla de pergamino y la echarás al fogón para que se consuma.
Hecho lo cual el anillo entregado por el Espíritu tendrá la virtud por ti deseada.
EVOCACION A LUCIFER

Esta evocación se realiza en día lunes, entre once y doce de una noche serena, a la luz de las rutinales estrellas. El lugar escogido puede ser una azotea o bien en campo abierto, siendo condición precisa estar seguro de no poder ser visto ni oído por nadie durante la evocación y sus preparativos. Y añade el "Grimorio": "Tomarás un pedazo de carbón consagrado y trazarás en el suelo dos circunferencias concéntricas: la primera debe tener unos seia palmos de diámetro y la segunda, unos siete palmos. En el espacio comprendico entre las dos circunferencias escribirás, igualmente con carbón consagrado, las palabras siguientes: EN NOMBRE DE LA SANTISIMA TRINIDAD NO ENTRARAS [+]. En el centro del círculo dibujarás la testa de Lucifer y debajo su firma .

En la parte exterior, junto a la cruz, colocarás un pequeño fogón de barro cocido en el cual tendrás preparado el combustible compuesto de las plantas que le corresponden. Lo encenderás y echarás en él los perfumes del lunes. Luego harás el sacrificio del gallo negro, tal y como se ha indicado en la evocación anterior, pronunciando las palabras siguientes:
«Recibe, ¡oh Lucifer! la sangre de esta víctima que sacrifico en tu honor. Ingodum englabis promodum».
Los signos cabalísticos que debes trazar sobre la tirilla de pergamino son los indicados en la figura siguiente:

Luego te colocarás en el centro del círculo cabalístico y en las mismas condiciones expuestas en la evocación anterior. El conjuro que debes hacer a Lucifer es como sigue:
"CONJURO et confirmo super vos, Angelis fortes et boni, in nómine Adonay, Adonay, Adonay, Eye, Eye, Eye, Cados, Cados, Cados, Achim, Achim, Achim, La, La, fortis La, qui appauit in monte Sinai, cum glorificatione Regis Adonay, Saday, Sabaoth, Amatay, Ya, Ya, Ya. Marinata, Abim leia, qui María creavit, stagna et omnes aquas in secundo die, quasdam super coelos, et quasdam in terra. Sigillavit mare in alto nomine suo, et terminum, quem sibi posuit, non praeteribit; et per nomina angelorum, qui dominantur in primo exercitu; qui serviunt Orphaniel angelo magno, pretioso et honorato; et per nomen stella, qua est in luna et per nomina praedicta super, te conjuro scilicet, Gabriel, qui est praepositus diei Lunae secundo, quod pro me labores et adimpleas omnem meam patitionem, justa meum velle et votum meum, in negotio et causa mea". Amén [+].
Y al instante se te aparecerá el Demonio de las enfermedades. Entonces, sin salir del círculo, dirás al Espíritu:
"Por Athanatos te mando me concedas el poder de curar a los hombres y a las bestias, así como el de conocer las virtudes mágicas (*) y curativas de todas las plantas".
Y el Espíritu dirá:
"Es preciso me entreges un pedazo de pergamino virgen sobre el cual hayas firmado con sangre de tus venas".
Debes guardarte muy bien de acceder a sus deseos. En vez de darle tu firma, le enseñarás la tirilla de pergamino virgen con los signos cabalísticos que se hallan en el , diciendole: "Ahí tienes lo necesario para que accedas a mis deseos".
Luego echarás el pergamino al fuego para que se consuma, pronunciando las siguientes palabras: "Alixo Somus Oxo. Per Tetragrámmaton me obedecerás ipso facto".
Y el Espíritu te entregará un anillo que tú recogeras con la punta de la espada de Adonay. con dicho anillo adquirirás el poder deseado.

EVOCACION A FRIMOST

Esta evocaión se realiza en día martes, entre once y doce de la noche y a la luz de la luna, procurando no ser visto durante la operación. Con la espada de Adonay trazarás en el suelo dos circunferencias concéntricas: la interior deberá tener unos seis palmos de diámetro y la exterior, un palmo más, aproximadamente. En el espacio comprendido entre las dos circunferencias, gravarás, valiéndote de la lanceta mágica (*), las palabras siguientes: OBEDECE FRIMOST - OBEDECE FRIMOST - OBEDECE FRIMOST.

Luego, con carbón consagrado, dibujarás en el centro del círculo los signos cabalísticos que aparecen en dicha figura. El fogón de barro cocido lo colocarás en la parte exterior del círculo, pero muy cerca de él. Los perfumes que debes quemar son los de Marte. Harás el sacrificio del gallo, tal como se te ha dicho en las evocaciones anteriores, pronunciando las palabras siguientes:"Recibe, ¡oh Frimost! la sangre de esta víctima que sacrifico en tu honor. Gomer et kailos anglabis". los signos cabalísticos que debes trazar en la tirilla de pergamino virgen son los indicados en la figura siguiente:

Ponte luego en el centro del círculo y teniendo en cuenta las mismas indicaciones que en la evocación anterior, recitarás el siguiente conjuro a Frimost:
"CONJURO et confirmo super vos. Angeli fortes et Sacti, per nomen Ya, Ya, Ya, He, He, He, Va, Hy; Ha, Ha, Ha, An, An, An, Aie, Aie, Aie, El, Elibra, Elohim, Elohim, Elohim, et per nomen ipsius alti Dei, qui fécit aquam áridam, apparere, et vocábit térram, et produxit arbores et herbas et ea, ets igillávit súper éam cum pretioso, honorato, metuendo, et sancto nomine suo: et per nomen angelorum dominantium in quinto exrcitu, qui serviunt Acimoy. Angelo Magno, forti, potenti et honorato, et per nomen stella, quae est Mars; per nómina praedicta conjuro superte, Samael, ángele magne; qui praepositus es diei martis: et per nómina Adonay Dei vivi et veri, quod pro me labores et adimpleas omnem meam petitionem, juxta meum velle et votum meum, in negotio et causa mea. Amén".
Tan pronto como hayas terminado el conjuro que precede se te aparecerá Frimost. Y tú, sin salir del círculo, dirás al demonio de la Destrucción:
"Por Ischyros te mando me concedas al instante el poder de sembrar el odio, el espanto y la ruina; hacer ruido en las casas; revolver las aguas del mar; desencadenar el viento y las tempestades, hacer caer granizo y rayos adonde me plazca..."
El Espíritu te entregará una piedresita de un color rojo obscuro, diciéndote: "Toma, ahí tienes esta piedra infernal; con ella harás cuanto me has pedido".
De ninguna manera debes tomar con tus manos la piedrecita que te ofrece Frimost; para recogerla, mostrarás al Espíritu tu tirilla de pergamino virgen, y le dirás: "Ponla aquí".
El Espíritu se resistirá. Entonces pronuncias las palabras siguientes: "Lixalo Somus Oxo. Por Tetragrámmaton cumple mi mandato". Y cederá al instante.
En seguida echarás la piedra y la tirilla juntas al fuego; mas cuando esté el pergamino completamente consumido, puedes recoger, sin temor alguno, la piedrecita del diablo, con la cual conseguirás realizar lo que has pedido.

EVOCACION A ASTAROTH

Esta evocación se realiza en día miércoles, entre once y doce de la noche, a la luz de la luna, en un lugar solitario, en el cual se pueda operar sin temor de ser visto por nadie. Con la espada de Adonay trazarás en el suelo dos circunferencias concéntricas; la interior debe tener unos 6 palmos de diámetro, y la exterior unos siete. En el espacio comprendido entre las dos circunferencias, grabarás, con el punzón mágico, las palabras siguientes: VEN ASTAROTH - VEN ASTAROTH - VEN ASTAROTH. Después, con carbón consagrado, dibujarás en el centro del círculo la testa del Espíritu y los signos cabalísticos que la acompañan.

El fogón de barro cocido lo colocarás en la parte exterior del círculo, pero muy cerca de él. Los perfumes que debes quemar son los de Mercurio. Harás el sacrificio del gallo tal como se ha indicado en las otras evocaciones, pronunciando las palabras siguientes: "Recibe, ¡oh Astaroth! la sangre de esta víctima que sacrifico en tu honor, Curkum kailos teremog". Los signos cabalísticos que debes trazar en la tirilla de pergamino virgen son los indicados en la figura siguiente:

Ponte en el círculo y, teniendo en cuenta las indicaciones hechas en las evocaciones anteriores, recitarás el siguiente conjuro a Astaroth:
"CONJURO et confirmo super vos, angeli sacti et potentes in momine fortis, metuendissimi et benedicti Adonay, Elohim, Saday, Saday, Eye, Eye, Eye, Asanie, Asaraie; et in nomine Adonay, Dei Israel, qui creavit luminaria magna, ad distinguendum die a nocte; et per nomen omnium angelorum, deservientium in exercitu secundo coram terra Angelo majori, atque forti et potenti; et per nomen stella, quae est Mercurius, et per nomen sigili, quo sigillatur a Deo fortissimo et honorato, per omnia praedicta super teRaphael, angele, magne conjuro, qui praepositus die quartae: et per nomen sanctum quod est scriptum in fronte Aaron, sacerdotis altissimi Creatoris; et per nomina angelorum, qui in gratiam Salvatoris confirmatisunt, et per nomen sedis animalium habentium senas alas, quod pro me labores et adimpleas omnem meam petitionem, juxta meum velle et votum meum, in negotio et causa mea. Amén".
Tan pronto hayas terminado el conjuro se te aparecerá Astaroth. Entonces, sin salir del círculo, dirás al Espíritu:
"Por Sabaoth te mando me concedas el secreto para ganar toda clase de juegos y los medios para hacerme rico en poco tiempo".
Y el Espíritu dirá:
"Es preciso me entregues un pedazo de pergamino virgen, en el cual debes estampar tu nombre y apellidos con tu propia sangre".
Sin hacer caso de su petición, mostrarás al Espíritu la tirilla de pergamino que ya tienes preparada, y le dirás:
"Mira: ahí tienes lo necesario para que me concedas lo que te pido".
Y echando la tirilla al fuego, procunciarás las palabras siguientes:"Oxila Musso Oxo. Per Tetragrámmaton. Obedéceme al instante".
Entonces Astaroth te entregará un anillo de oro , que tu debes recoger con la punta de la espada de Adonay, y con dicho anillo la suerte te colmará con sus favores.

EVOCACION A SILCHARDE

Esta evocación se realiza en día jueves, entre once y doce de la noche, en un lugar retirado donde no se pueda ser visto por nadie. Lo mismo que en las anteriores evocaciones, empezarás trazando, con la espada de Adonay, dos circunferencias concéntricas, de iguales dimensiones, y en el espacio comprendido entre ellas, grabarás, con la lanceta mágica, las palabras siguientes: POR EL DIOS SANTO - POR EL DIOS SANTO - POR EL DIOS SANTO. En el centro del círculo debes trazar los signos cabalísticos correspondientes, empleando en ello el carbón consagrado.

El fogón de barro cocido lo colocarás en la parte exterior del círculo, pero muy cerca de él. Los perfumes que debes quemar son los de Júpiter. Harás el sacrificio del gallo, como se ha dicho en las evocaciones anteriores, pronunciando las palabras que siguen: "Carabax kailos anglabis. Recibe, ¡oh Silcharde!, la sangre de esta víctima que sacrifico en tu honor". los signos cabalísticos que debes dibujar en la tirilla de pergamino virgen, son los que se ven en la figura siguiente:

Penetra en el círculo y, tomendo las mismas precauciones anteriormente indicadas, recitarás el siguiente conjuro a Silcharde:
"CONJURO et confirmo super vos, angeli sacti, per nomen Cados, Cados, Cados, Eschereie, Eschereie, Eschereie, Hatim, Hatim, Ya, fortis firmator saeculorum, Cantine, Jaym, Janic, Anie, Calbar, Sabbach, Betifay, Alnaym, et per nomen Adonay, qui creávit pisces, reptilia, in aquis, et aves super faciem terrae, volantes versús coelos die quinto, et per nomina angelorum servantium in sexto exercitu coram pastore Angelo sancto et magno et potenti principe et per nomen stella quae est Júpiter, et per nomen sigili sui, et per nomen Adonay, summi Dei omnium creatoris; et per nomen omnium stellarrum, et per vim et virtutem carum, et per nomina praedicta, conjuro te, Sachiel Angele Magne, qui est praepositus diei Jovis, et pro me labores et adimpleas omnem meam patitionem, juxta meum velle et votum meum, in negotio et cuasa mea. Amén".
Tan pronto hayas terminado el conjuro se te aparecerá Silcharde. Entonces, sin salir del círculo, dirás al Espíritu:
"Por Saday te mando me concedas el poder de dominar a los hombres y mujeres y conseguir de unos y otras cuanto les pida".
Y el Espíritu te exigirá tu firma trazada con tu propia sangre sobre un pedazo de pergamino virgen. Tú, sin hacer el menor caso, le enseñarás la tirilla de pergamino que tienes preparada, y le dirás:
"Ve: ahí tienes lo que necesitas para concederme lo que te pido".
Echa en seguida el pergamino al fogón pronunciando las palabras siguientes:Musso kailos Somux. Obedéceme al instante".
Silcharde te comunicará el secreto para conseguir tus deseos, sobre el cual deberás guardar el silencio más absoluto, de lo contrario perderá todo su poder.

EVOCACION A BECHARD

Esta evocación se realiza en día viernes, en las mismas condiciones que las anteriores. Con la espada de Adonay trazarás dos circunferencias concéntricas, de iguales dimenciones, y en el espacio comprendido entre ellas, grabarás conla lanceta mágica las palabras siguientes: VEN BECHARD - VEN BACHARD - VEN BECHARD. En el centro del círculo trazaras los signos cabalísticos correspondientes, empleando el carbón consagrado.

El fogón debes colocarlo al exterior del círculo. Los pefumes que has de quemar son los de Venus. Harás el sacrificio del gallo, pronunciando las palabras que siguen: "Sorebex kailos anglabis. Recibe, ¡oh Bechard!, la sangre de esta víctima que sacrifico en tu honor". Los signos que debes trazar en la tirilla de pergamino virgen, son los de la figura siguiente:

Penetra en el círculo con las debidas precauciones y recita el siguiente conjuro a Bechard:
CONJURO et confirmo super vos, angeli fortes, santi ataque potentes in nomine, On, Hey, Heya, Ya, Ye, Adonay, Saday, et in nomine SAday qui creavit quadrupedia et animalia reptilia, et homines in sexto die et Adae dedit potestament super omnia animalia; unde benedictum sit nomen creatoris in loco suo; et per nomina Angelorum serventium in tertio exercitu, coram Agiel, Angelo magno, principe forti at que potenti; et per nomen stella, quae est Venus, et per sigillum ejus quod quidem est sanctum, et per nomina praedicta super, conjuro te, Anael, qui es prepositus diei sextae, ut prome labores, et adimpleas omnem, in negotio et causa mea. Amén".
Terminado el conjuro se te aparecerá Bechard. Debes decir entonces al Espíritu:
"Por Sather te mando me concedas el arte de hacerse amar y todo lo que con el amor se relaciona".
El Espíritu te exigirá tu firma trazada con sangre propia sobre un trozo de pergamino cirgen. Tu le mostrarás la tirilla, diciendole:
"¿Ves estos signos? Ellos son suficientes para que me concedas lo que te pido".
Echa en seguida el pergamino al fuego, pronunciando: "Musso kailo oxila obedéceme al instante".
Bechard te entregará una anillo talismánico con el cual adquirirás lo que le has pedido. Lo tomarás con la punta de la espada de Adonay.

EVOCACION A GULAND

Como todas las evocaciones, ésta debe realizarse por la noche y en las condiciones ya mencionadas. El día para evocar a Guland es el sábado. Con la espada d eAdonay trazarás dos circunferencias concéntricas, y en el espacio comprendido entre ellas, escribirás las palabras siguientes: ATRAS GULAND - ATRAS GULAND - ATRAS GULAND. En el centro del círculo trazarás con carbón consagrado los signos cabalísticos correspondientes.

El fogón lo colocarás en la parte exterior del círculo, peo muy cerca de él. Los perfumes que debes quemar son los de Saturno. Harás el sacrificio del gallo, pronunciando las palabras que siguen: "Soberex kailos englabis. Recibe, ¡oh Guland!, la sangre de esta víctima que sacrifico en tu honor". Los signos de la tirilla que necesitas para esta evocación los hallaras en la figura siguiente:

Entra en el círculo con las precausiones necesarias y recita el siguiente conjuro a Guland:
"CONJURO et confirmo super vos Caphriel, vel Cassiel, Machatori et Serakiel, angeli fortes et potentes, et per nomen Adonay, Adonay, Adonay, Eye, Eye, Eye, Acim, Acim, Acim, Cados, Cados, Cados, Ina vel Ima Ima, Saday, Ya, Sar, Domini formatoris saeculorum, qui in septimo die quievit, et per illum qui in beneplacito suo filis Israel in hereditatem observandum dedit, ut eum firmiter custodirent et sanctificarent ad habendam inde bonam in al saeculo remunerationem; et per nomine Angelorum servientium in exercitu septimo, Bovel, Angelo magno et potenti principi, et per nomen stella, quae est Saturnus; et per Sanctum sigillium ejus, et per nomina predictae super, conjuro te, Caphriel, qui praepositus es diei septimo, quae est dies Sabbati, quod pro me labores, et adimpleas omnem meam petitionem, juxta meum velle et votum meum, in negotio et causa mea. Amén".
Terminado el conjuro se te aparecerá Guland, el demonio de la envidia, al que debes dirigirle las siguientes palabras:
"Por el gran Tetragrámmaton te mando me concedas los terribles secretos que por tu maldad has adquirido".
El Espíritu te exigirá tu firma trazada con sangre tuya sobre un pedazo de pergamino virgen. Tú le mostrarás la tirilla d epergamino, diciendole:
"Observa bien estos signos. Ellos son suficientes para que me concedas al momento lo que te pido".
Echa el pergamino al fuego, pronunciando: "Oxila englabis promodum. Obedéceme al instante".
Guland rugirá de ira al verte protegido por el círculo mágico, pero no tendrá más remedio que servirte sin ocasionarte ningun daño.
La forma en que te dará a conocer los terribles secretos que guarda no puedo decírtelo.

SECRETOS MAGICOS

que se publicaron únicamente en la primera edición del Gran Grimorio del Papa Honorius. Roma año de 1760.
PARA LIBRARSE DE MALAS INFLUENCIAS

A pesar de las preocupaciones que se toman al hacer una evocación diabólica, ocurre, a veces que en el lugar elegido se detienen algunos de los innumerables espíritus inferiores que acompañan al gran Espíritu que se ha evocado; y como la permanencia de tales seres puede ocasionar serios disgustos a los que viven en aquel lugar, y con preferencia al autor de la evocación, es preciso que éste vaya provisto de un amuleto a propósito para ahuyentar las malas influencias que se pueda ser víctima.
He aquí el amuleto más eficaz para el caso: Un miércoles, al rayar el día, tomarás un pedazo de pergamino virgen; lo exorcizarás (*) y luego dibujarás en él dos circunferencias concéntricas, y en el espacio comprendido en ellas escribirás las palabras siguientes: IN HOC VINCE ADONAY, y a continuación trazarás una crucesita con tinta encarnada.

El tamaño del presente amuleto debe ser exacto al de la figura citada, (círculo exterior 3.6 cm de diámetro, círculo interior 2.25 cm). Los dos círculos debes trazarlos con tinta china de la mejor (negra), y las letras con tinta celeste.
Al dorso del amuleto dibujarás la figura 11, teniendo en cuenta lo siguiente: Los círculos los trazarás con tinta china (negra) y en el espacio comprendico entre ellos escribirás, con tinta encarnada, tu nombre y apellidos; la cruz que se ve a la izquierda la dibujarás con tinta celeste, y las líneas restantes, con tinta áurea.
Terminado el dibujo, recortarás el amuleto siguiendo la línea del círculo exterior, y lo expondrás en seguida a los perfumes de Mercurio. Finalmente, pondrás el Amuleto en una bolsita de seda color blanco azulado, y lo llevarás puesto antes y después de hacer una evocación. Y estarás al abrigo de cualquier intento maléfico.

PARA HACERSE AMAR DE UNA PERSONA Y HACERLA COMPARECER CUANDO SE QUIERA Y CONSEGUIR DE LA MISMA TODA CLASE DE FAVORES.

Un domingo de primavera , en el momento preciso de aparecer el sol en el horizonte, empezarás un talismán en la forma siguiente: Trazarás sobre un pedazo de pergamino virgen un triángulo de unos 4 cm. por cada lado; en el lado derecho escribirás, con tinta áurea, la palabra GOHAN; en el lado izquierdo, la palabra SATIRNI, y en la base escribirás la palabra ANTALU. En cada punta del triángulo trazarás, con tinta celeste, una crucecita, y en el centro escribirás el nombre y apellido de la persona que desees dominar, empleando para ello tinta roja planetaria, en la cual habrás echado unas gotas de sangre de pichón blanco.
Debajo del triángulo dibujarás, con tinta celeste, tres pies traspasando cada uno con un aro. (El simbolismo de estas figuras sólo puede comprenderlo un verdadero ocultista).
Para dibujar el talismán del Amor Triunfante, sin omitir detalle alguno, vease la siguiente figura.

Manera de usarlo: Someterás al talismán a los perfumes de Venus, y luego lo envolverás en una bolsita de seda verde, y la llevarás encima día y noche. y cuando quieras conseguir algo de la persona por ti elegida lo pedirás al talismán, haciedo lo siguiente: escogerás una noche en la que resplandezca la luna, fijarás tu vista en una estrella, y teniendo el talismán entre tus manos, dirijirás tus súplicas o deseos al astro, los cuales verás cumplidos en breve plazo.
La influencia de este telismán se desvanece a los siete meses de ser fabricado. Para recuperarla, debe someterse nuevamente a los perfumes de Venus y repetir las súplicas al astro.

PARA QUE REINEN EN TU CASA LA SALUD, DICHA Y LA FORTUNA

Un jueves al rayar el día, tomaras un pedazo de pergamino virgen y lo cortarás en forma circular, cuyo diámetro debe tener 4 cm., aproximadamente. Alrededor del circulo dibujarás, con tinta áurea, los signos cabalísticos correspondientes, y en el centro dibujarás el signo del Sol. Para mayor comprensión examina atentamente la figura siguiente:

Guardarás el pergamino entre dos pedazos de tela blanca, hasta las doce de la noche del mismo día, en cuya hora tendrás preparado un fogón de barro cocido, en el cual debes hacer una pequeña hoguera alimentada con madera de pino. Al empezar a arder la leña, harás la siguiente invocación y echarás una cucharadita de incienso al fuego al hallar una cruz:
"¡Oh Espíritus de luz que pobláis los espacios celestes! Yo, Fulano de tal, os invoco en esta hora solemne para que acudáis a este pequeño altar de fuego que en vuestro honor he levantado. Jeliel, Sitael, Gaziel, Ariel, Micael, Rafael y Gabriel [+]: desparramad vuestras virtudes por esta estancia, abrid vuestras alas auríferas y cubrid con ellas mi casa para que pueda vivir feliz, gozar de salud completa y verme colmado de toda suerte de prosperidaddes [+]. Y en prueba de mi amor hacia vosotros. ¡oh Espíritus de célica luz!, recibid este mi sacrificio, en el cual he trazado los signos misteriosos que más os placen, para que la Felicidad reine en mi casa durante los siete dias de la semana".
Al llegar aquí echarás al fuego el pergamino que tienes preparado, y terminarás la invocación recitendo los nombres de los siete ángeles:
"Jeliel, Sitael, Gaziel, Ariel, Micael, Rafael, y Gabriel" [+].
Esta ceremonia mágica debe realizarse una vez por mes, estando la luna en cuarto creciente.
TALISMAN DE LA MUJER DOMINADORA

Este Talismán poderoso concede a la mujer, sea joven o vieja, un poder irresisteble sobre el hombre, consiguiendo de él cuanto desee: amor, dinero, favores, etc.
Manera de fabricarlo: Un domingo de primavera, al rayar el día, trazaras cuidadosamente sobre un pedazo de pergamino virgen un círculo de unos 4 cm. de diámetro, inscribiendo en él el sello salomónico, y en el centro del mismo trazarás el simbolograma mágico correspondiente. Para mejor comprensión fijate en la figura siguiente:

Terminado el dibujo, que debes ejecutar con tinta áurea, colocarás el pergamino entre dos retazos de lino blanco, y lo guardarás en una cajita de madera de pino.
El viernes próximo, también al rayar el día, dibujarás en el otro lado del pergamino, el pantáculo de Venus, que es tal como se halla en la figura 13. La tinta que debes usar en este dibujo es la planetaria color verde.
Terminado este segundo dibujo volverás el pergamino a la cajita, colocándolo como antes, estre dos retazos de lino blanco.
A las doce de la noche lo sacarás y lo expondrás a la luz de las estrellas, empezando la exposición por la cara en que se ha dibujado el sello salomónico (fig. 12) y rezarás la oración del domingo (*). Transcurrido 15 min. expondrás el talismán de la otra cara, osea e la que se halla el pantáculo de Venus (fig. 13) y rezarás la oración del viernes. Poco después meterás el talisman en una bolsita de seda, que debe ser amarilla por el lado correspondiente al sello salomónico y verde por el otro lado.
Basta llevar este talismán encima del corazón para tener un poder irresistible sobre los hombres y conseguir de ellos cuanto se quiera.
TALISMAN DEL HOMBRE DOMINADOR

Este maravilloso talismán concede al hombre, sea joven o viejo, un poder irresistible sobre la mujer, consiguiendo de ella cuanto se desee: amor, dinero, favores, etc.
Manera de fabricarlo: Un domingo de primavera, al aparcer el sol en el horizonte, empezarás a trabajar en la obra talismánica. Sobre un pedazo de pergamino virgen, rocortado en forma circular, cuyo diámetro tendrá, aproximadamente, 4 cm., dibujarás el simbolograma tal como aparece en la figura siguiente:

En el lugar señalado con dos N.N. escribiras, con tinta celeste, el nombre y apellidos de la mujer que desees dominar.
Terminado el dibujo, que debes ejecutar con tinta áurea, colocarás el pergamino entre dos retazos de lino blanco, y luego lo pondrás en una cajita de madera de pino.
El viernes proximo, al rayar el día, dibujarás en el otro lado del pergamino, los círculos cabalísticos, tal y como aparecen en la figura 23. La tinta que debes emplear en este dibujo es la planetaria color verde. Terminado este segundo dibujo volverás el pergamino a la cajita colocándolo como antes, entre dos pedaos de lino blanco.
A la doce de la noche del mismo día, sacarás el pergamno y lo expondrás a la luz de la luna, empezando la exposición por la cara en que se ha dibujado el simbolograma, y rezarás la oración del domingo. Transcurridos 15 min., expondrás el talismán de la otra cara, y rezarás en seguida la oración del viernes.
Poco después tendrás el talismán en una bolsita de seda, amarilla por el lado correspondiente al simbolograma, y verde por el otro lado.
Lleva el talismán sobre el corazón y alcanzarás cuanto quieras de la mujer por ti elegida.
PARA NO SER CALUMNIADO Y CONSEGUIR QUE NADIE HABLE MAL DE TI
Un miércoles, al hundirse el sol en el horizonte, tomarás un pedazo de pergamino virgen y escribirás en él, con pluma nueva y tinta celeste, las palabras siguientes: Agnus Dei q. t. p. m. En seguida romperás la pluma y tomarás otra nueva, y con tinta áurea dibujarás, debajo de aquellas palabras, los caracteres mágicos correspondientes, y romperás también la pluma.
Para el tamaño y forma de los caracteres del presente trabajo véase la figura siguiente:

Una vez escritas las palabras sagradas y dibujados los signos mágicos, tomarás el pergamino y lo someterás al perfume de Mercurio, recitando, asimismo, la oración del miercoles.
Terminada dicha oración pondrás la tirilla de pergamino entre dos retazos de seda azul claro, y la llevarás encima, oculta, entre la ropa, y puedes estar seguro de que nadie dirá mal de ti ni te leventarán calumnia alguna.
TALISMAN DE ADONAY
Talismán de Adonay. El que lo llevare no será envenenado ni hechizado; se verá libre de toda peste y enfermedades infecciosas; no morirá en naufragio, incendio ni terremoto, y se verá libre de rayos y centellas; no será mordico por perro rabioso, ni por bestia venenosa alguna.
Este preciosisimo talismán debes empezarlo a las 5 de la mañana del día 25 de diciembre, fiesta de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. Si dicha festividad acaece en domingo, el talismán alcanzará el summum del poder.
Sobre un pedazo de pergamino virgen dibujarás, sin omitir detalle, la siguiente figura:

teniendo en cuenta la disposiciones siguientes: Los 2 triángulos que se entre cruzan formando el sello de Salomón, los trazarás con tinta celeste; las seis crucecitas con que terminan las puntas de dicho sello, y asimismo la latra A que aparece debajo de cada cruz, deben dibujarse con tinta china negra; los nombres de los ángeles Anael, Rafael, Gabriel, Sitael, Amabel y Miguel, los escribirás con tinta áurea, y finalmente la inscripción que dice: Confía en Adonay y no temas, que aparece en el centro del talismán, debes escribirla con tinta planetaria roja.
Terminado el dibujo tal como queda dicho, someterás el talismán al perfume correspondiente al día de su fabricación, esto es, con el perfume del Sol, si es domingo; con el perfume de la Luna, si es lunes; con el d eMArte, si es martes; con el de Mercurio, si es miércoles, etc.
Durante el sahumerio recitarás la oración del día. Después cubrirás el talisman por ambos lados con seda amarilla, y lo llevarás colgado en el cuello, o bien cocido en la ropa interior, de manera que esté cerca del corazón.
PARA CAZAR SERPIENTES

Se cazan las serpientes pronunciando las voces cabalísticas Osy Osa Osy. Al oirlas, se retuercen, se enrrollan, procurando taparse las orejas, pues no pueden resistir las vibraciones mágicas de semejantes palabras; tanto es así, que caen en un profundo estupor y en la inmovilidad más absoluta. Cuando se hallan en este estado letárgico puden cazarse o matarlas sin ningún peligro.

Roald Dahl -- Las Brujas -- THE WITCHES

Escrito por imagenes 15-12-2008 en General. Comentarios (13)

Roald Dahl -- Las Brujas -- THE WITCHES

Roald Dahl -- Las Brujas -- THE WITCHES

Roald Dahl

Las Brujas


Título original: THE WITCHES




ÍNDICE

UNA NOTA SOBRE LAS BRUJAS
Mi abuela
Cómo reconocer a una bruja
La Gran Bruja
Vacaciones de verano
El congreso
Achicharrada
Fórmula 86. Ratonizador de Acción Retardada
La receta
Bruno desaparece
Las ancianas
Metamorfosis
Bruno
Hola, abuela
El ratón ladrón
Presentación de Bruno al Sr. y la Sra. Jenkins
El plan
En la cocina
El Sr. Jenkins y su hijo
El triunfo
El corazón de un ratón
¡Vamos a trabajar!

UNA NOTA SOBRE LAS BRUJAS

En los cuentos de hadas, las brujas llevan siempre unos sombreros negros ridículos y capas negras y van montadas en el palo de una escoba.
Pero éste no es un cuento de hadas. Este trata de BRUJAS DE VERDAD.
Lo más importante que debes aprender sobre las BRUJAS DE VERDAD es lo siguiente.
Escucha con mucho cuidado. No olvides nunca lo que viene a continuación.
Las BRUJAS DE VERDAD visten ropa normal y tienen un aspecto muy parecido al de las mujeres normales. Viven en casas normales y hacen TRABAJOS NORMALES.
Por eso son tan difíciles de atrapar.
Una BRUJA DE VERDAD odia a los niños con un odio candente e hirviente, más hirviente y candente que ningún odio que te puedas imaginar.
Una BRUJA DE VERDAD se pasa todo el tiempo tramando planes para deshacerse de los niños de su territorio. Su pasión es eliminarlos, uno por uno. Esa es la única cosa en la que piensa durante todo el día. Aunque esté trabajando de cajera en un supermercado, o escribiendo cartas a máquina para un hombre de negocios, o conduciendo un coche de lujo
(y puede hacer cualquiera de estas cosas), su mente estará siempre tramando y maquinando, bullendo y rebullendo, silbando y zumbando, llena de sanguinarias ideas criminales.
«¿A qué niño», se dice a sí misma durante todo el día, «a qué niño escogeré para mi próximo golpe?».
Una BRUJA DE VERDAD disfruta tanto eliminando a un niño como tú disfrutas comiéndote un plato de fresas con nata.
Cuenta con eliminar a un niño por semana. Si no lo consigue, se pone de mal humor.
Un niño por semana hacen cincuenta y dos al año.
Espachúrralos, machácalos y hazlos desaparecer.
Ese es el lema de todas las brujas.
Elige cuidadosamente a su víctima. Entonces la bruja acecha al desgraciado niño como un cazador acecha a un pajarito en el bosque.
Pisa suavemente. Se mueve despacio. Se acerca más y más. Luego, finalmente, cuando todo está listo... zass... ¡se lanza sobre su presa! Saltan chispas. Se alzan llamas. Hierve el aceite.
Las ratas chillan. La piel se encoge. Y el niño desaparece.
Debes saber que una bruja no golpea a los niños en la cabeza, ni les clava un cuchillo, ni les pega un tiro con una pistola. La policía coge a la gente que hace esas cosas.
A las brujas nunca las cogen. No olvides que las brujas tienen magia en los dedos y un poder diabólico en la sangre. Pueden hacer que las piedras salten como ranas y que lenguas de fuego pasen sobre la superficie del agua.
Estos poderes mágicos son terroríficos.
Afortunadamente, hoy en día no hay un gran número de brujas en el mundo. Pero todavía hay suficientes como para asustarte. En Inglaterra, es probable que haya unas cien en total. En algunos países tienen más, en otros tienen menos. Pero ningún país está enteramente libre de BRUJAS.
Las brujas son siempre mujeres.
No quiero hablar mal de las mujeres. La mayoría de ellas son encantadoras. Pero es un hecho que todas las brujas son mujeres. No existen brujos.
Por otra parte, los vampiros siempre son hombres. Y lo mismo ocurre con los duendes. Y los dos son peligrosos. Pero ninguno de los dos es ni la mitad de peligroso que una BRUJA DE VERDAD.
En lo que se refiere a los niños, una BRUJA DE VERDAD es sin duda la más peligrosa de todas las criaturas que viven en la tierra. Lo que la hace doblemente peligrosa es el hecho de que no parece peligrosa. Incluso cuando sepas todos los secretos (te los contaremos dentro de un minuto), nunca podrás estar completamente seguro de si lo que estás viendo es una bruja o una simpática señora. Si un tigre pudiera hacerse pasar por un perrazo con una alegre cola, probablemente te acercarías a él y le darías palmaditas en la cabeza. Y ése sería tu fin.
Lo mismo sucede con las brujas. Todas parecen señoras simpáticas.
Haz el favor de examinar el dibujo que hay bajo estas líneas. ¿Cuál es la bruja? Es una pregunta difícil, pero todos los niños deben intentar contestarla.
Aunque tú no lo sepas, puede que en la casa de al lado viva una bruja ahora mismo.
O quizá fuera una bruja la mujer de los ojos brillantes que se sentó enfrente de ti en el autobús esta mañana.
Pudiera ser una bruja la señora de la sonrisa luminosa que te ofreció un caramelo de una bolsa de papel blanco, en la calle, antes de la comida.
Hasta podría serlo —y esto te hará dar un brinco— hasta podría serlo tu encantadora profesora, la que te está leyendo estas palabras en este mismo momento. Mira con atención a esa profesora.
Quizá sonríe ante lo absurdo de semejante posibilidad. No dejes que eso te despiste. Puede formar parte de su astucia.
No quiero decir, naturalmente, ni por un segundo, que tu profesora sea realmente una bruja. Lo único que digo es que podría serlo. Es muy improbable. Pero —y aquí viene el gran «pero»— no es imposible.
Oh, si al menos hubiese una manera de saber con seguridad si una mujer es una bruja o no lo es, entonces podríamos juntarlas a todas y hacerlas picadillo. Por desgracia, no hay ninguna manera de saberlo. Pero sí hay ciertos indicios en los que puedes fijarte, pequeñas manías que todas las brujas tienen en común, y si las conoces, si las recuerdas siempre, puede que a lo mejor consigas librarte de que te eliminen antes de que crezcas mucho más.

Mi abuela

Yo mismo tuve dos encuentros distintos con brujas antes de cumplir los ocho años. Del primero escapé sin daño, pero en la segunda ocasión no tuve tanta suerte. Me sucedieron cosas que seguramente te harán gritar cuando las leas. No puedo remediarlo. Hay que contar la verdad. El hecho de que aún esté aquí y pueda contártelo (por muy raro que sea mi aspecto) se debe enteramente a mi maravillosa abuela.
Mi abuela era noruega. Los noruegos lo saben todo sobre las brujas, porque Noruega, con sus oscuros bosques y sus heladas montañas, es el país de donde vinieron las primeras brujas.
Mi padre y mi madre también eran noruegos, pero como mi padre tenía un negocio en Inglaterra, yo había nacido y vivido allí, y había empezado a ir a un colegio inglés. Dos veces al año, en Navidad y en el verano, volvíamos a Noruega para visitar a mi abuela. Esta anciana, que yo supiera, era casi el único pariente vivo que teníamos en ambas ramas de la familia. Era la madre de mi madre y yo la adoraba. Cuando ella y yo estábamos juntos hablábamos indistintamente en noruego o en inglés. Los dos dominábamos por igual ambos idiomas. Tengo que admitir que yo me sentía más unido a ella que a mi madre.
Poco después de que yo cumpliera los siete años, mis padres me llevaron, como siempre, a pasar la Navidades con mi abuela en Noruega. Y allí fue donde, yendo mi padre, mi madre y yo por una carretera al norte de Oslo, con un tiempo helado, nuestro coche patinó y cayó dando vueltas por un barranco rocoso. Mis padres se mataron. Yo iba bien sujeto en el asiento de atrás y sólo recibí un corte en la frente.
No hablaré de los horrores de aquella espantosa tarde. Todavía me estremezco cuando pienso en ella. Yo acabé, como es natural, en casa de mi abuela, con sus brazos rodeándome y estrechándome, y los dos nos pasamos la noche entera llorando.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —le pregunté entre lágrimas.
—Te quedarás aquí conmigo y yo te cuidaré—dijo ella.
—¿No voy a volver a Inglaterra?
—No —dijo ella—. Yo nunca podría hacer eso. Dios se llevará mi alma, pero Noruega conservará mis huesos.
Al día siguiente, para que los dos intentásemos olvidar nuestra gran tristeza, mi abuela se puso a contarme historias. Era una estupenda narradora y yo estaba fascinado por todo lo que me contaba. Pero no me excité de verdad hasta que sacó el tema de las brujas. Al parecer, era una gran experta en estos seres y dejó bien claro que sus historias de brujas, a diferencia de la mayoría de las que contaban otras personas, no eran cuentos imaginarios. Eran todos verdad. Eran la pura verdad. Eran historia auténtica. Todo lo que me contaba sobre brujas había sucedido realmente y más me valía creerlo. Y lo que era peor, lo que era mucho, mucho peor, era que las brujas aún estaban aquí. Estaban por todas partes y más me valía creerme eso también.
—¿Realmente me estás diciendo la verdad, abuela? ¿La verdad verdadera?
—Cariño mío —dijo—, no durarás mucho en este mundo si no sabes reconocer a una bruja cuando la veas.
—Pero tú me has dicho que las brujas parecen mujeres corrientes, abuela. Así que, ¿cómo puedo reconocerlas?
—Debes escucharme —dijo mi abuela—. Debes recordar todo lo que te diga. Luego, solamente puedes hacer la señal de la cruz sobre tu corazón, rezar y confiar en la suerte.
Estábamos en el cuarto de estar de su casa de Oslo y yo estaba preparado para irme a la cama.
Las cortinas de esa casa nunca estaban echadas y, a través de las ventanas, yo veía enormes copos de nieve que caían lentamente sobre un mundo exterior tan negro como la pez. Mi abuela era terriblemente vieja, estaba muy arrugada y tenía un cuerpo enorme, envuelto en encaje gris. Estaba allí sentada, majestuosa, llenando cada centímetro de su sillón. Ni siquiera un ratón hubiera cabido a su lado. Yo, con mis siete años recién cumplidos, estaba acurrucado a sus pies, vestido con un pijama, una bata y zapatillas.
—¿Me juras que no me estás tomando el pelo? —insistía yo—. ¿Me juras que no estás fingiendo?
—Escucha —dijo ella—, he conocido por lo menos cinco niños que, sencillamente, desaparecieron de la faz de la tierra y nunca se les volvió a ver. Las brujas se los llevaron.
—Sigo pensando que sólo estás tratando de asustarme —dije yo.
—Estoy tratando de asegurarme de que a ti no te pase lo mismo —dijo—. Te quiero y deseo que te quedes conmigo.
—Cuéntame lo que les pasó a los niños que desaparecieron —dije.
Mi abuela era la única abuela que yo haya conocido que fumaba puros. Ahora encendió un puro largo y negro, que olía a goma quemada.
—La primera niña que yo conocía que desapareció fue Ranghild Hansen. Por entonces, Ranghild tenía unos ocho años y estaba jugando con su hermanita en el césped. Su madre, que estaba haciendo el pan en la cocina, salió a tomar un poco el aire y preguntó: «¿Dónde está Ranghild?» «Se fue con la señora alta», contestó la hermanita. «¿Qué señora alta?», dijo la madre. «La señora alta de los guantes blancos», dijo la hermanita. «Cogió a Ranghild de la mano y se la llevó.»
»—Nadie volvió a ver a Ranghild —añadió mi abuela.
—¿No la buscaron? —pregunté.
—La buscaron en muchos kilómetros a la redonda. Todos los habitantes del pueblo ayudaron en la búsqueda, pero nunca la encontraron.
—¿Qué les sucedió a los otros cuatro niños? —pregunté.
—Se esfumaron igual que Ranghild.
—¿Cómo, abuela? ¿Cómo se esfumaron?
—En todos los casos, alguien había visto a una señora extraña cerca de la casa, justo antes de que sucediera.
—Pero, ¿cómo desaparecieron?
—El segundo caso fue muy raro —dijo mi abuela—. Había una familia llamada Christiansen. Vivían en Holmenkollen y tenían un cuadro al óleo en el cuarto de estar, del cual estaban muy orgullosos.
En el cuadro se veía a unos patos en el patio de una granja. No había ninguna persona en el cuadro, sólo una bandada de patos en un patio con hierba y la granja al fondo. Era un cuadro grande y bastante bonito. Bueno, pues un día, su hija Solveg vino del colegio comiendo una manzana. Dijo que una señora muy simpática se la había dado en la calle. A la mañana siguiente, la pequeña Solveg no estaba en su cama. Los padres la buscaron por todas partes, pero no pudieron encontrarla. Entonces, de repente, su padre gritó: «¡Allí está! ¡Esa es Solveg! ¡Está dando de comer a los patos!» Señalaba el cuadro y, efectivamente, Solveg estaba allí. Estaba de pie en el patio, con un cubo en la mano, echándoles pan a los patos. El padre corrió hasta el cuadro y la tocó. Pero eso no sirvió de nada.
Simplemente formaba parte del cuadro, era sólo una imagen pintada en el lienzo.
—¿Tú viste alguna vez ese cuadro, abuela, con la niña?
—Muchas veces —dijo mi abuela—. Y lo curioso es que la pequeña Solveg cambiaba a menudo de posición dentro del cuadro. Un día estaba dentro de la granja y se veía su cara asomada a la ventana.
Otro día, a la izquierda, sosteniendo un pato entre los brazos.
—¿La viste moviéndose dentro del cuadro, abuela?
—Nadie la vio moverse. Tanto si estaba fuera, dando de comer a los patos, como si estaba dentro, mirando por la ventana, siempre estaba inmóvil, era sólo una figura pintada al óleo. Era todo muy raro —dijo mi abuela—. Rarísimo. Y lo más raro de todo era que, a medida que pasaban los años, ella se iba haciendo mayor en el cuadro. Al cabo de diez años, la niña se había convertido en una chica joven. Al cabo de treinta años, era una mujer madura. Luego, de repente, cincuenta y cuatro años después de lo sucedido, desapareció del cuadro para siempre.
—¿Quieres decir que se murió? —dije.
—¿Quién sabe? —dijo mi abuela—. En el mundo de las brujas pasan cosas muy misteriosas.
—Me has hablado de dos —dije—. ¿Qué le pasó al tercero?
—El tercero era la pequeña Birgit Svenson —dijo mi abuela—. Vivía justo enfrente de nosotros.
Un día empezaron a salirle plumas por todo el cuerpo. Al cabo de un mes, se había convertido en una gallina grande y blanca. Sus padres la tuvieron en un corral en el jardín durante muchos años. Incluso ponía huevos.
—¿De qué color eran los huevos? —pregunté.
—Huevos morenos —dijo mi abuela—. Los huevos más grandes que he visto en mi vida. Su madre hacía tortillas con ellos. Y estaban deliciosas.
Me quedé mirando a la abuela, allí sentada como una reina antigua en su trono. Sus ojos eran grises y parecían mirar algo a muchos kilómetros de distancia. Su puro era la única cosa que parecía real en ese momento, y el humo que salía de él formaba nubes azules alrededor de su cabeza.
—Pero la niña que se volvió gallina ¿no desapareció? —dije.
—No, Birgit no. Siguió viviendo y poniendo huevos morenos durante muchos años.
—Tú dijiste que todos desaparecieron.
—Me equivoqué —dijo ella—. Me estoy haciendo vieja. No puedo recordarlo todo.
—¿Qué le pasó al cuarto niño? —pregunté.
—El cuarto era un chico que se llamaba Harald —dijo mi abuela—. Una mañana se le puso toda la piel de un tono gris amarillento. Luego se le volvió dura y rugosa, como una cáscara de nuez. Por la noche, el chico se había convertido en piedra.
—¿En piedra? —pregunté—. ¿Quieres decir en piedra de verdad?
—En granito —dijo ella—. Te llevaré a verle, si quieres. Todavía lo tienen en su casa. Está en el recibidor, es una pequeña estatua de piedra. Las visitas dejan sus paraguas apoyados en él.
Aunque yo era muy pequeño, no estaba dispuesto a creerme todo lo que me contara mi abuela.
Sin embargo, hablaba con tanta convicción, con tan absoluta seriedad, sin una sonrisa en los labios ni un destello en la mirada, que yo me encontré empezando a dudar.
—Sigue, abuela —dije—. Me has dicho que hubo cinco en total. ¿Qué le pasó al último?
—¿Quieres dar una calada a mi puro? —dijo ella.
—Sólo tengo siete años, abuela.
—Me da igual la edad que tengas —dijo—. Nunca te cogerás un catarro si fumas puros.
—¿Qué le pasó al quinto, abuela?
—El quinto —dijo, mascando el extremo del puro como si fuera un delicioso espárrago— fue un caso muy interesante. Un niño de nueve años que se llamaba Leif estaba de veraneo con su familia en un fiordo, y toda la familia estaba nadando y tirándose desde las rocas en una de esas islitas que hay allí. El pequeño Leif se sumergió en el agua y su padre, que le estaba observando, notó que tardaba demasiado en salir. Cuando, por fin, salió a la superficie, ya no era Leif.
—¿Qué era, abuela?
—Era una marsopa.
—¡No! ¡No puede ser!
—Era una marsopa joven, muy bonita y la mar de cariñosa.
—Abuela —dije.
—¿Sí, rico mío?
—¿De verdad, de verdad se convirtió en una marsopa?
—Absolutamente de verdad —dijo ella—. Yo conocía muy bien a su madre. Ella me lo contó todo. Me contó que Leif, la Marsopa, se quedó con ellos toda la tarde y que llevó a sus hermanos y hermanas montados en su lomo y ellos lo pasaron estupendamente. Luego les saludó agitando una aleta y se alejó nadando, y nunca más lo volvieron a ver.
—Pero, abuela —dije—, ¿cómo supieron que la marsopa era Leif en realidad?
—El les habló —dijo mi abuela—. Rió y bromeó con ellos todo el rato que estuvo paseando a sus hermanos.
—Pero, ¿no se armó un jaleo espantoso cuando sucedió eso? —pregunté.
—No mucho —dijo mi abuela—. Recuerda que aquí, en Noruega, estamos acostumbrados a estas cosas. Hay brujas por todas partes. Es probable que haya una viviendo en nuestra calle en este mismo momento. Bueno, es hora de que te vayas a la cama.
—No entrará una bruja por mi ventana durante la noche, ¿verdad? —pregunté, un poco tembloroso.
—No —dijo mi abuela—. Una bruja nunca haría la tontería de trepar por las cañerías y entrar en casa de alguien. Estarás completamente a salvo en tu cama. Vamos. Yo te arroparé.


Cómo reconocer a una bruja

La noche siguiente, después de bañarme, mi abuela me llevó otra vez al cuarto de estar para contarme otra historia.
—Esta noche —me dijo—- voy a contarte cómo reconocer a una bruja cuando la veas.
—¿Se puede estar siempre seguro de reconocerla? —pregunté.
—No —dijo—, no se puede. Ese es el problema. Pero puedes acertar muchas veces.
Dejaba caer la ceniza del puro sobre su falda y yo confié en que no empezara a arder antes de contarme cómo reconocer a una bruja.
—En primer lugar —dijo—, una BRUJA DE VERDAD siempre llevará guantes cuando la veas.
—Seguramente no siempre —dije—. ¿También en verano, cuando hace calor?
—Hasta en verano —contestó—. No tiene más remedio. ¿Quieres saber por qué?
—¿Porqué?
—Porque no tiene uñas. En vez de uñas, tiene unas garras finas y curvas, como las de los gatos, y lleva los guantes para ocultarlas. Lo que pasa es que también muchas señoras respetables llevan guantes, sobre todo en invierno, así que eso no sirve de mucho.
—Mamá llevaba guantes.
—En casa, no —dijo la abuela—. Las brujas llevan guantes hasta en casa. Sólo se los quitan para acostarse.
—¿Cómo sabes todo eso, abuelita?
—No me interrumpas —dijo—. Entérate bien de todo. La segunda cosa que debes recordar es que las BRUJAS DE VERDAD son siempre calvas.
—¿Calvas?—dije.
—Calvas como un huevo duro —dijo la abuela.
Yo me quedé horrorizado. Había algo indecente en una mujer calva.
—¿Por qué son calvas, abuela?
—No me preguntes por qué —dijo ella, cortante—. Pero puedes creerme, en la cabeza de una bruja no crece ni un solo pelo.
—¡Qué horror!
—Asqueroso —dijo mi abuela.
—Si es calva, será fácil distinguirla.
—Nada de eso —dijo ella—. Una BRUJA DE VERDAD lleva siempre peluca para ocultar su calvicie. Lleva una peluca de primera calidad. Y resulta casi imposible diferenciar una peluca verdaderamente buena del pelo natural, a menos que le des un tirón para ver si te quedas con ella en la mano.
—Entonces eso es lo que tengo que hacer dije.
—No seas tonto —dijo mi abuela—. No puedes ir por ahí tirándole del pelo a cada señora que encuentres, ni siquiera si lleva guantes. Tú inténtalo y ya verás lo que te sucede.
—Así que eso tampoco ayuda mucho —dije.
—Ninguna de estas cosas sirve de nada por sí misma —dijo ella—. Sólo cuando están todas juntas empiezan a tener algo de sentido. Sin embargo —continuó—, estas pelucas les causan un problema bastante serio a las brujas.
—¿Qué problema, abuela? —Hacen que el cuero cabelludo les pique terriblemente —dijo—.
Verás, cuando una actriz lleva una peluca, o si tú o yo llevásemos una peluca, nos la pondríamos sobre nuestro propio pelo, pero una bruja se la tiene que poner directamente sobre la cabeza pelada. Y la parte interior de una peluca siempre es muy áspera y rasposa. Les produce un picor espantoso y una irritación muy desagradable en la piel de la cabeza. Las brujas le llaman
«erupción de peluca». Y pica rabiosamente.
—¿En qué otras cosas debo fijarme para reconocer a una bruja? —pregunté.
—Fíjate en los agujeros de la nariz —dijo mi abuela—. Las brujas tienen los agujeros en la nariz ligeramente más grandes que los de las personas normales. El borde de cada agujero es rosado y ondulado, como el borde de ciertas conchas de mar.
—¿Por qué tienen los agujeros de la nariz tan grandes? —pregunté.
—Para oler mejor —dijo mi abuela—. Una BRUJA DE VERDAD tiene un olfato realmente asombroso. Es capaz de oler a un niño que esté al otro lado de la calle, en una noche oscura como boca de lobo.
—A mí no podría olerme —dije—. Acabo de darme un baño.
—Vaya si podría —dijo mi abuela—. Cuanto más limpio estás, más olor tienes para una bruja.
—Eso no puede ser —dije.
—Un niño completamente limpio despide un hedor espantoso para una bruja —dijo mi abuela—'.
Cuanto más sucio estés, menos hueles.
—Pero eso no tiene sentido, abuela.
—Claro que sí —dijo ella—. No es la suciedad lo que huelen las brujas. Es a ti. El olor que enfurece a las brujas se desprende de tu propia piel.
Rezuma de tu piel en oleadas, y estas oleadas, oleadas fétidas es como las llaman las brujas, van flotando por el aire y le dan en plena nariz a la bruja. Y la hacen tambalearse.
—Venga ya, abuela, espera un momento...
—No interrumpas —dijo—. La cuestión es ésta. Cuando no te has lavado durante una semana y tu piel está totalmente cubierta de porquería, entonces, claro está, las oleadas fétidas que desprende tu piel no pueden ser tan fuertes.
—No volveré a bañarme nunca —dije.
—Basta con no hacerlo muy a menudo —dijo mi abuela—. Una vez al mes es suficiente para un niño sensato.
En momentos como éstos yo quería a mi abuela más que nunca.
—Abuela —dije—, en una noche oscura, ¿cómo puede una bruja oler la diferencia entre un niño y una persona mayor?
—Porque las personas mayores no despiden oleadas fétidas —dijo—. Sólo los niños apestan.
—Pero yo no despido oleadas fétidas realmente, ¿verdad que no? Yo no estoy apestando ahora mismo, ¿verdad que no?
—Para mí, no —dijo ella—. Para mí hueles a frambuesas con nata. Pero, para una bruja olerías absolutamente fatal.
—¿A qué olería? —pregunté.
—A caca de perro —dijo.
Yo me eché hacia atrás. Estaba aturdido.
—¿Caca de perro? —grité—. ¡Yo no huelo a caca de perro! ¡No te creo! ¡No te creeré!
—Más aún —dijo mi abuela, con cierto regodeo—, para una bruja olerías a caca de perro fresca.
—¡Eso no es cierto, simplemente! —grité—. Yo sé que no huelo a caca de perro, ¡ni rancia ni fresca!
—De nada sirve discutirlo —dijo mi abuela—. Es una realidad de la vida.
Yo estaba indignado. Sencillamente, no podía creer lo que mi abuela me estaba diciendo.
—Así que si ves a una mujer tapándose la nariz al cruzarse contigo en la calle —continuó—, esa mujer puede muy bien ser una bruja.
Decidí cambiar de tema.
—Dime en qué más cosas debo fijarme —dije.
—En los ojos —dijo ella—. Míralas cuidadosamente a los ojos, porque los ojos de una BRUJA DE VERDAD son diferentes de los tuyos y de los míos. Mírala en el centro de cada ojo, donde normalmente hay un puntito negro. Si es una bruja, el puntito negro cambiará de color, y verás fuego o verás hielo bailando justo en el centro de ese punto. Te darán escalofríos por todo el cuerpo.
Mi abuela se recostó en su sillón y chupó con satisfacción su maloliente puro negro. Yo estaba sentado en el suelo, mirándola fijamente, fascinado. Ella no sonreía. Estaba mortalmente seria.
—¿Hay más cosas? —pregunté.
—Claro que hay otras cosas. Parece que no comprendes que, en realidad, las brujas no son mujeres. Parecen mujeres. Hablan como las mujeres. Y pueden actuar como las mujeres. Pero, de hecho, son seres completamente diferentes. Son demonios con forma humana. Por eso tienen garras y las cabezas calvas y narices raras y ojos extraños, todo lo cual tienen que disimular lo mejor que pueden delante del resto del mundo.
—¿Qué más es diferente en ellas, abuela?
—Los pies —dijo—. Las brujas nunca tienen dedos en los pies.
—¿Que no tienen dedos? —grité—. Entonces, ¿qué tienen?
—Simplemente, tienen pies —dijo mi abuela—. Sus pies son cuadrados y sin dedos.
—¿Eso hace difícil andar?
—En absoluto —contestó ella—. Pero les crea problemas con los zapatos. A todas las señoras les gusta llevar zapatos pequeños y bastante puntiagudos, pero las brujas, que tienen los pies muy anchos y cuadrados en las puntas, lo pasan fatal estrujando sus pies para conseguir meterlos en esos zapatitos puntiagudos.
—¿Y por qué no llevan zapatos anchos y cómodos, con las puntas cuadradas? —pregunté.
—No se atreven —contestó—. Lo mismo que tienen que esconder su calvicie con una peluca, también tienen que esconder sus horribles pies de bruja metiéndolos en unos zapatos bonitos.
—¿Y no es terriblemente incómodo? —dije.
—Extraordinariamente incómodo —dijo ella—. Pero tienen que aguantarse.
—Si llevan zapatos normales, eso no me servirá para reconocer a una bruja, ¿verdad, abuela?
—Me temo que no —dijo—. Quizá podrías notar que cojea ligeramente, pero sólo si estuvieses observándola atentamente.
—¿Son ésas las únicas diferencias, abuela?
—Hay una más —dijo ella—. Sólo una más.
—¿Cuál es, abuela?
—Su saliva es azul.
—¡Azul! —exclamé—. ¡No puede ser! ¡Su saliva no puede ser azull
—Azul como el arándano.
—¡No lo dices en serio, abuela! ¡Nadie puede tener la saliva azul!
—Las brujas sí —dijo.
—¿Es como tinta? —pregunté.
—Exactamente —dijo—. Hasta la usan para escribir. Usan esas plumas antiguas que tienen plumín y no tienen más que lamer el plumín.
—¿Se puede ver la saliva azul, abuela? Si una bruja me hablara, ¿yo podría verla?
—Solamente si miraras con mucho cuidado —dijo mi abuela—. Si miraras con mucho cuidado, probablemente verías un ligero tono azulado en sus dientes. Pero no se nota mucho.
—Se vería si escupiera —dije.
—Las brujas nunca escupen —dijo ella—. No se atreven.
No podía creer que mi abuela me estuviese mintiendo. Ella iba a la iglesia todas las mañanas y rezaba antes de cada comida, y alguien que hacía eso nunca diría mentiras. Estaba empezando a creer todo lo que decía.
—Así que ya lo sabes —dijo mi abuela—. Eso es prácticamente todo lo que puedo decirte.
Ninguna de esas cosas es muy útil. Nunca puedes estar absolutamente seguro de si una mujer es una bruja o no, sólo con mirarla. Pero si lleva guantes, si tiene los agujeros de la nariz grandes, los ojos extraños y su pelo tiene aspecto de ser una peluca, y si, además, sus dientes tienen un tono azulado... si tiene todas esas cosas, entonces, sal corriendo como un loco.
—Abuela —dije—, cuando tú eras pequeña, ¿viste alguna vez a una bruja?
—Una vez —dijo mi abuela—. Sólo una vez.
—¿Qué pasó?
—No te lo voy a contar —dijo—. Te daría un miedo horrible y tendrías pesadillas.
—Por favor, cuéntamelo —rogué.
—No —dijo ella—. Ciertas cosas son demasiado horribles para hablar de ellas.
—¿Tiene algo que ver con el pulgar que te falta? —pregunté.
De repente, sus labios arrugados se cerraron con fuerza y la mano que sostenía el puro (la mano a la que le faltaba el dedo pulgar) empezó a temblar muy levemente.
Esperé. Ella no me miró. No habló. De pronto se había encerrado en sí misma completamente.
Se había terminado la conversación.
—Buenas noches, abuela —dije, levantándome del suelo y besándola en la mejilla.
No se movió. Salí despacito de la habitación y me fui a mi cuarto.


La Gran Bruja

Al día siguiente, vino a casa un hombre de traje negro, que llevaba un maletín, y mantuvo una larga conversación con mi abuela en el cuarto de estar. No me dejaron entrar mientras estuvo allí, pero cuando, al fin, se marchó, mi abuela se acercó a mí andando muy despacio y con una expresión muy triste.
—Ese hombre me ha leído el testamento de tu padre —dijo.
—¿Qué es un testamento? —le pregunté.
—Es una cosa que escribes antes de morir —dijo—. En él dices a quién dejas tu dinero y tus bienes. Y lo más importante de todo, dices quién debe cuidar a tu hijo, si el padre y la madre han muerto.
Me entró un pánico horrible.
—¿Decía que tú, abuela? —grité—. No tengo que irme con alguna otra persona, ¿verdad?
—No —dijo—. Tu padre no haría eso nunca. Me pide que cuide de ti mientras viva, pero también me pide que te lleve a tu propia casa en Inglaterra. Quiere que nos quedemos a vivir allí.
—Pero, ¿por qué? —dije—. ¿Por qué no podemos quedarnos en Noruega? ¡A ti te espantaría vivir en cualquier otro sitio! ¡Tú me lo has dicho!
—Sí, lo sé —dijo—. Pero hay un montón de complicaciones con el dinero y con la casa que no podrías entender. Además, el testamento decía que aunque toda tu familia es noruega, tú has nacido en Inglaterra y has empezado a educarte allí y él quiere que sigas yendo a colegios ingleses.
—¡Oh, abuela! —grité—. ¡Tú no quieres irte a vivir a nuestra casa de Inglaterra! ¡Yo sé que no!
—Claro que no —dijo—. Pero me temo que tengo que hacerlo. El testamento dice que tu madre opinaba lo mismo, y es importante respetar la voluntad de los padres.
No había escapatoria. Teníamos que irnos a Inglaterra y mi abuela empezó a hacer los preparativos en seguida.
—Tu próximo trimestre escolar empieza dentro de unos días —dijo—, así que no tenemos tiempo que perder.
La noche antes de salir para Inglaterra, mi abuela volvió a sacar su tema preferido.
—En Inglaterra no hay tantas brujas como en Noruega —dijo.
—Estoy seguro de que no me encontraré a ninguna —dije.
—Sinceramente espero que no —dijo—, porque esas brujas inglesas son las más crueles del mundo entero.
Mientras ella estaba allí sentada, fumando su maloliente puro y charlando, yo no dejaba de mirarle la mano a la que le faltaba el pulgar. No podía remediarlo. Me fascinaba y no paraba de preguntarme qué cosas espantosas le habrían sucedido aquella vez en que se encontró a una bruja.
Tenía que haber sido algo verdaderamente espeluznante y aterrador, porque, de lo contrario, me lo habría contado. Puede que la hubieran retorcido el pulgar hasta arrancárselo, O quizá le habían obligado a meter el dedo por el pitorro de una cafetera hirviendo hasta que se le coció. ¿O se lo arrancaron de la mano como se hace con una muela? No podía remediar el intentar adivinarlo.
—Dime qué hacen esas brujas inglesas, abuela.
—Bueno —dijo ella, chupando su apestoso puro—, su artimaña favorita es preparar unos polvos que convierten a un niño en algún bicho que todos los mayores odian.
—¿Qué clase de bicho, abuela?
—Muchas veces es una babosa —dijo ella—. Una babosa es uno de sus preferidos. Entonces los mayores pisan a la babosa y la espachurran sin saber que es un niño.
—¡Eso es absolutamente bestial! —exclamé.
—También puede ser una pulga —dijo mi abuela—. Pueden convertirte en una pulga y, sin darse cuenta de lo que pasa, tu madre echaría insecticida y adiós.
—Me estás poniendo nervioso, abuela. Creo que no quiero volver a Inglaterra.
—Sé de brujas inglesas —continuó ella— que han convertido a niños en faisanes y luego los han soltado en el bosque justo el día antes de que empezara la temporada de caza del faisán.
—¡Aug! —dije—. ¿Y les matan?
—Claro que les matan. Y luego les quitan las plumas y los asan y se los comen para cenar.
Me imaginé a mí mismo convertido en faisán, volando desesperadamente por encima de los hombres con escopetas, girando y bajando, mientras las escopetas disparaban.
—Sí —dijo mi abuela—, a las brujas inglesas les encanta contemplar a los mayores cargándose a sus propios niños.
—De verdad que no quiero ir a Inglaterra, abuela.
—Claro que no. Ni yo tampoco. Pero no tenemos más remedio.
—¿Las brujas son diferentes en cada país? —pregunté.
—Completamente distintas —contestó—. Pero no sé mucho sobre las de otros países.
—¿Ni siquiera sabes sobre las de Estados Unidos?
—No mucho —contestó—. Aunque he oído decir que allí las brujas son capaces de hacer que los mayores se coman a sus propios hijos.
—¡Nunca! —grité—. ¡Oh, no, abuela! ¡Eso no puede ser cierto!
—Yo no sé si es cierto o no —dijo ella—. Sólo es un rumor que he oído.
—Pero, ¿cómo es posible que les hagan comerse a sus propios hijos? —pregunté.
—Convirtiéndolos en perritos calientes. Eso no debe ser demasiado difícil para una bruja lista.
—¿Todos, todos los países tienen sus brujas? —pregunté.
—En cualquier sitio donde haya gente, hay brujas —dijo mi abuela—. Hay una Sociedad Secreta de las Brujas en cada país.
—¿Y se conocen todas, abuela?
—No. Una bruja sólo conoce a las brujas de su país. Está terminantemente prohibido comunicarse con las brujas extranjeras. Pero una bruja inglesa, por ejemplo, conoce a todas las demás brujas de Inglaterra. Todas son amigas. Se llaman por teléfono. Intercambian recetas mortales. Dios sabe de qué más hablan. No quiero ni pensarlo.
Yo estaba sentado en el suelo, observando a mi abuela. Dejó el puro en el cenicero y cruzó las manos sobre su estómago.
—Una vez al año —continuó—, las brujas de cada país por separado celebran una reunión secreta. Se reúnen en un sitio para escuchar un discurso de La Gran Bruja del Mundo Entero.
—¿De quién —grité.
—Es la que las dirige a todas —dijo mi abuela—. Es todopoderosa. No tiene compasión. Todas las demás la tienen un pánico mortal. La ven sólo una vez al año en su Congreso Anual. Va allí a provocar emoción y entusiasmo y a dar órdenes. La Gran Bruja viaja de un país a otro para asistir a estos Congresos Anuales.
—¿Dónde tienen estas reuniones, abuela?
—Hay toda clase de rumores —contestó mi abuela—. He oído decir que reservan habitaciones en un hotel como cualquier otro grupo de mujeres que vayan a celebrar una reunión. También he oído decir que pasan cosas rarísimas en los hoteles donde se hospedan. Se rumorea que nunca duermen en las camas, que hay señales de quemaduras en las alfombras de las habitaciones, que se encuentran sapos en las bañeras, y que en la cocina, el cocinero se encontró una vez a un cocodrilo pequeñito nadando en la olla de la sopa.
Mi abuela volvió a coger su puro y dio otra chupada, inhalando el asqueroso humo hasta el fondo de los pulmones.
—¿Dónde vive La Gran Bruja cuando está en casa? —pregunté.
—Nadie lo sabe —dijo—. Si lo supiéramos, podríamos desarraigarla y destruirla. Los brujófilos del mundo entero se han pasado la vida tratando de descubrir el cuartel general secreto de La Gran Bruja.
—¿Qué es un brujófilo, abuela?
—Una persona que estudia a las brujas y sabe mucho sobre ellas —dijo mi abuela.
—¿Tú eres una brujófila, abuela?
—Soy una brujófila retirada —dijo—. Ya soy demasiado vieja para estar en activo. Pero cuan do era más joven, viajé por todo el mundo intentando seguir la pista de La Gran Bruja. Ni siquiera estuve cerca de conseguirlo.
—¿Es rica? —pregunté.
—Está nadando en dinero —dijo—. Corre el rumor de que tiene una máquina en su cuartel general exactamente igual a la máquina que usa el gobierno para imprimir los billetes que utilizamos.
Después de todo, los billetes de banco sólo son pedazos de papel con dibujos y figuras especiales.
Cualquiera que tenga la máquina y el papel adecuados puede hacerlos. Yo me imagino que La Gran Bruja hace todo el dinero que quiere y se lo reparte a las brujas de todas partes.
—¿Y cómo hace el dinero extranjero? —pregunté.
—Esas máquinas pueden hacer hasta dinero chino si quieres —dijo ella—. Es sólo cuestión de apretar el botón indicado.
—Pero, abuela —dije—, si nadie ha visto a La Gran Bruja, ¿cómo puedes estar tan segura de que existe?
Mi abuela me lanzó una mirada muy seria.
—Nadie ha visto nunca al diablo —dijo—, pero sabemos que existe.
A la mañana siguiente, zarpamos para Inglaterra y pronto estuve de nuevo en la vieja casa familiar en Kent, pero esta vez solamente estaba mi abuela para cuidarme. Luego empezó el segundo trimestre y yo iba al colegio todos los días y todo parecía haber vuelto a la normalidad.
Al final de nuestro jardín había un enorme castaño, y en lo alto, entre sus ramas, Timmy (mi mejor amigo) y yo habíamos empezado a construirnos una magnífica casita. Solamente podíamos trabajar en ella los fines de semana, pero avanzábamos bastante. Empezamos por el suelo, colocando unos tablones anchos entre dos ramas muy separadas y clavándolos en ellas. Al cabo de un mes, habíamos terminado el suelo. Entonces pusimos una barandilla de madera todo alrededor y ya sólo nos quedaba hacer el tejado. El tejado era lo más difícil.
Un sábado por la tarde, cuando Timmy estaba en la cama con gripe, decidí empezar el tejado yo solo. Se estaba fenomenal allí arriba, a solas con las pálidas hojas nuevas, que estaban brotando todo a mi alrededor. Era como estar en una cueva verde. Y la altura lo hacía doblemente emocionante. Mi abuela me había dicho que, si me caía, me rompería una pierna y cada vez que miraba abajo, me recorría un escalofrío por la espalda.
Trabajé mucho, clavando el primer tablón del tejado. Luego, de repente, por el rabillo del ojo, vi a una mujer que estaba de pie justo debajo de mí. Me estaba mirando y sonreía de un modo muy extraño. Cuando la mayoría de la gente sonríe, sus labios se abren hacia los lados. Los de esta mujer se abrían hacia arriba y hacia abajo, enseñando todos los dientes de delante y las encías. Las encías parecían carne cruda.
Siempre es un choque descubrir que te están observando cuando crees que estás solo.
Y además, ¿qué hacía esta mujer en nuestro jardín?
Noté que llevaba un sombrerito negro y unos guantes negros que le llegaban hasta el codo.
¡Guantes! ¡Llevaba guantes!
Me quedé helado.
—Tengo un regalo para ti —dijo, mirándome fijamente, sonriendo aún y enseñando los dientes y las encías.
Yo no contesté.
—Baja del árbol, chiquillo —dijo—, y te daré el regalo más emocionante que has tenido en tu vida.
Su voz tenía un sonido metálico y raspante, como si tuviera la garganta llena de alfileres.
Sin apartar sus ojos de mi cara, metió muy despacio una mano enguantada en su bolso y sacó una pequeña serpiente verde. La sostuvo en alto para que yo la viera.
—Está domesticada —dijo.
La serpiente empezó a enroscarse en su brazo. Era de un verde brillante.
—Si bajas aquí, te la daré —dijo.
Oh, abuela, pensé, ¡ven a ayudarme!
Entonces me entró el pánico. Me puse a trepar por aquel enorme árbol como si fuera un mono. No me detuve hasta que llegué a lo más alto que podía, y me quedé allí, temblando de miedo. Ya no podía ver a la mujer. Entre ella y yo había muchas capas de ramas.
Me quedé allí arriba durante muchas horas y permanecí muy quieto. Empezó a oscurecer. Al fin, oí la voz de mi abuela, llamándome.
—Estoy aquí arriba —grité.
—¡Baja ahora mismo! —gritó ella—. Ya ha pasado la hora de cenar.
—¡Abuela! —grité—. ¿Se ha ido ya esa mujer?
—¿Qué mujer? —dijo.
—¡La mujer de los guantes negros!
Hubo un silencio abajo. Era el silencio de alguien que está demasiado aturdido para poder hablar.
—¡Abuela! —grité otra vez—. ¿Se ha ido?
—Sí —contestó mi abuela al fin—. Se ha ido. Yo estoy aquí, cariño. Yo te protegeré. Baja ahora.
Bajé. Estaba temblando. Mi abuela me abrazó.
—He visto una bruja —dije.
—Vamos dentro —dijo—. Conmigo estarás bien.
Me llevó a casa y me dio una taza de cacao con muchísimo azúcar.
—Cuéntamelo todo —dijo.
Se lo conté.
Cuando terminé, era mi abuela la que estaba temblando. Su cara estaba del color de la ceniza y la vi echar una ojeada a su mano sin pulgar.
—Ya sabes lo que esto significa —dijo—. Quiere decir que hay una de ellas en nuestro distrito. De ahora en adelante no voy a dejarte ir solo al colegio.
—¿Crees que puede haberla tomado conmigo en particular? —pregunté.
—No —dijo—. Lo dudo. Para esos seres un niño es igual a otro.
No es muy sorprendente que después de aquello yo me convirtiera en un niño muy consciente de las brujas. Si por casualidad me encontraba solo en la carretera y veía acercarse a una mujer que llevaba guantes, cruzaba rápidamente al otro lado. Y como el tiempo fue bastante frío durante todo ese mes, casi todas llevaban guantes. Sin embargo, curiosamente, nunca volví a ver a la mujer de la serpiente verde.
Esa fue mi primera bruja. Pero no fue la última.


Vacaciones de verano

Llegaron las vacaciones de Semana Santa y pasaron, y comenzó al último trimestre del colegio.
Mi abuela y yo habíamos planeado pasar las vacaciones en Noruega y casi no hablábamos de otra cosa por las noches. Ella había reservado un camarote para cada uno, en el barco que iba de Newcastle a Oslo, para la fecha más inmediata posible después de que yo acabara el colegio, y desde Oslo me iba a llevar a un sitio que ella conocía en la costa sur, cerca de Arendal, donde ella había pasado sus vacaciones de verano cuando era pequeña, hacía casi ochenta años.
—Mi hermano y yo estábamos todo el día en el bote de remos. Toda la costa está salpicada de diminutas islitas en las que no hay nadie. Las explorábamos y nos lanzábamos al mar desde las suaves rocas de granito, y a veces, cuando íbamos hacia allá, echábamos el ancla y pescábamos bacalao y merlán. Si cogíamos algo, hacíamos un fuego en la isla y freíamos el pescado en una sartén para comer. No hay pescado más rico en el mundo que el bacalao absolutamente fresco.
—¿Qué usabais como cebo, abuela, cuando ibais de pesca?
—Mejillones —dijo—. Todo el mundo usa mejillones como cebo en Noruega. Y si no pescábamos nada, hervíamos los mejillones en una olla y nos los comíamos.
—¿Estaban buenos?
—Deliciosos —dijo—. Los cocíamos en agua de mar y quedaban tiernos y salados.
—¿Qué más hacíais, abuela?
—Remábamos mar adentro y saludábamos con la mano a los pescadores de gambas que volvían a casa, y ellos nos daban un puñado de gambas a cada uno. Las gambas estaban aún tibias, recién cocidas, y nos sentábamos en el bote, pelándolas y devorándolas. La cabeza era lo más rico.
—¿La cabeza?
—Aprietas la cabeza entre los dientes y chupas lo de dentro. Está riquísimo. Tú y yo haremos todas esas cosas este verano, cielo —dijo.
—Abuela, no puedo esperar. Sencillamente, no puedo esperar más para ir allí.
—Ni yo —dijo ella.
Cuando sólo faltaban tres semanas para el final de curso, sucedió algo espantoso. Mi abuela cogió una pulmonía. Se puso muy enferma, y una enfermera diplomada vino a nuestra casa para cuidarla. El médico me explicó que la pulmonía, generalmente, no es una enfermedad grave hoy en día, pero cuando una persona tiene más de ochenta años, como mi abuela, entonces sí que es muy grave. Dijo que ni siquiera se atrevía a trasladarla a un hospital en ese estado, así que la dejaron en su habitación y yo paseaba por delante de la puerta, viendo cómo le entraban bombonas de oxígeno y otras cosas horribles.
—¿Puedo entrar a verla? —pregunté.
—No, guapo —dijo la enfermera—. Por ahora, no.
La señora Spring, una mujer gorda y alegre, que venía a limpiar todos los días, se instaló también en casa. La señora Spring se ocupaba de mí y me hacía las comidas. Me caía muy bien, pero no se podía comparar con mi abuela para contar historias.
Una noche, unos diez días después, el médico vino a decirme:
—Ya puedes entrar a verla, pero sólo un ratito. Ha preguntado por ti.
Subí las escaleras volando, entré en el cuarto de mi abuela como un ciclón y me arrojé en sus brazos.
—Eh, eh —dijo la enfermera—. Ten cuidado.
—¿Vas a estar bien ya, abuela? —pregunté.
—Ya ha pasado lo peor —dijo ella—. Pronto me levantaré.
—¿Sí? —le dije a la enfermera.
—Claro que sí —contestó, sonriendo—. Nos dijo que no tenía más remedio que ponerse buena porque tenía que ocuparse de ti.
Le di otro abrazo a la abuela.
—No me dejan fumar un puro —dijo ella—. Pero ya verás cuando se vayan.
—Es un pájaro duro de roer —dijo la enfermera—. Dentro de una semana estará levantada.
La enfermera tenía razón. Antes de una semana, mi abuela estaba moviéndose por la casa con su bastón de puño de oro, y metiéndose con los guisos de la señora Spring.
—Le agradezco muchísimo todo lo que nos ha ayudado, señora Spring —le dijo—, pero ya puede usted marcharse a su casa.
—No, señora, no puedo. El médico me dijo que me encargara de que usted descansara durante los próximos días.
El médico dijo algo más. Fue como si hubiera dejado caer una bomba sobre la abuela y sobre mí, cuando nos dijo que, bajo ningún concepto, debíamos correr el riesgo de viajar a Noruega ese verano.
—¡Bobadas! —gritó la abuela—. ¡Le he prometido que iríamos!
—Es demasiado lejos —dijo el médico—. Sería muy peligroso. Pero le diré lo que sí puede usted hacer. Puede llevarse a su nieto a un buen hotel de la costa sur de Inglaterra. El aire de mar es exactamente lo que usted necesita.
—¡Oh, no! —dije.
—¿Quieres que tu abuela se muera? —me preguntó el médico.
—¡Nunca! —dije.
—Entonces no la dejes hacer un viaje largo este verano. Todavía no está lo bastante fuerte para eso. Y no le permitas fumar esos asquerosos puros negros.
Al final, el médico se salió con la suya respecto a las vacaciones, pero no respecto a los puros.
Reservamos habitaciones en un lugar llamado Hotel Magnífico, en Bournemouth, la famosa ciudad de verano. Bournemouth, me dijo mi abuela, estaba lleno de viejos como ella. Se iban allí a miles, cuando se retiraban, porque el aire era tan sano y vigorizante que, eso creían ellos, les mantenía vivos unos años más.
—¿Y es así? —pregunté.
—Claro que no —dijo ella—. Es una tontería. Pero, por una vez, creo que debemos obedecer al médico.
Poco después, la abuela y yo tomamos el tren a Bournemouth y nos instalamos en el hotel Magnífico. Era un enorme edificio blanco en primera línea de playa y me pareció un sitio aburridísimo para pasar el verano. Yo tenía mi propia habitación, pero había una puerta que comunicaba con la de mi abuela, así que podíamos visitarnos sin salir al pasillo.
Justo antes de irnos a Bournemouth, mi abuela me había regalado, como premio de consolación, dos ratones blancos en una cajita y, naturalmente, me los llevé al hotel. Eran divertidísimos, los ratones aquellos. Les llamé Guiller y Mary y me puse en seguida a enseñarles trucos. El primer truco que les enseñé fue a subir por dentro de la manga de mi chaqueta y salir por mi cuello. Luego les enseñé a trepar por mi cogote hasta lo alto de mi cabeza. Lo conseguía poniéndome migas en el pelo.
La primera mañana después de nuestra llegada al hotel, la camarera estaba haciendo mi cama cuando uno de mis ratones asomó la cabeza por entre las sábanas. La camarera lanzó un chillido que hizo venir corriendo a una docena de personas para ver a quién estaban matando. Informaron al director del hotel. Y, a continuación, hubo una desagradable escena entre el director, mi abuela y yo, en el despacho de éste.
El director, cuyo nombre era señor Stringer, era un hombre con el pelo tieso y vestido con un frac negro.
—No puedo Permitir ratones en mi hotel señora—le dijo a mi abuela.
—¿Cómo se atreve a decir eso cuando su asqueroso hotel está lleno de ratas? -gritó ella.
—¡Ratas! —chilló el señor Stringer, poniéndose morado—. ¡En este hotel no hay ratas!
—He visto una esta misma mañana —dijo mi abuela—. Iba corriendo por el pasillo y entró en la cocina.
—¡Eso no es verdad! —gritó el señor Stringer.
—Más vale que llame usted al desratizador en seguida —dijo ella—, antes de que yo informe a las autoridades de Sanidad. Sospecho que hay ratas correteando por toda la cocina y robando la comida de las estanterías y saltando en el puchero de la sopa.
—¡Nunca! —aulló el señor Stringer.
—No me extraña que esta mañana la tostada de mi desayuno estuviera roída por los bordes
—continuó mi abuela, implacable—. No me extraña que tuviera un desagradable olor ratonil. Si no tiene usted cuidado, los de Sanidad van a ordenarle que cierre todo el hotel antes de que todo el mundo coja fiebres tifoideas.
—No hablará usted en serio, señora —dijo el señor Stringer.
—No he hablado más en serio en mi vida —dijo mi abuela—. ¿Va usted a permitir que mi nieto tenga sus ratoncitos blancos en su cuarto o no?
El director comprendió que estaba derrotado.
—¿Puedo proponer un compromiso, señora? —dijo—. Le permitiré tenerlos en su cuarto siempre que no los deje salir nunca de la caja. ¿De acuerdo?
—Eso nos parece muy bien —dijo mi abuela, se levantó y salió de la habitación mientras yo la seguía.
No hay manera de amaestrar a unos ratones dentro de una caja. Sin embargo, no me atrevía a dejarles salir, porque la camarera me espiaba continuamente. Tenía llave de mi puerta y no hacía más que entrar de repente a todas horas, tratando de pillarme con los ratones fuera de la caja. Me dijo que al primer ratón que no cumpliera las normas, el portero lo ahogaría en un cubo.
Decidí buscar un lugar más seguro donde pudiera continuar amaestrándolos. Debía de haber alguna habitación vacía en aquel enorme hotel. Me metí un ratón en cada bolsillo de los pantalones y bajé las escaleras en busca de un lugar secreto.
La planta baja del hotel era un laberinto de salones, todos con un nombre en letras doradas sobre la puerta. Pasé por «La Antesala», «El Salón de Fumadores», «El Salón de Juego», «El Salón de Lectura» y «La Sala». Ninguno de ellos estaba vacío. Seguí por un pasillo largo y ancho y al final me encontré con «El Salón de Baile». Tenía unas puertas dobles y delante de ellas había un gran cartel sobre un caballete. El cartel decía:
CONGRESO DE LA RSPCN


PROHIBIDA LA ENTRADA

ESTE SALÓN ESTA RESERVADO PARA EL CONGRESO ANUAL DE LA REAL SOCIEDAD PARA LA PREVENCIÓN DE LA CRUELDAD CON LOS NIÑOS

Las dobles puertas del salón estaban abiertas. Me asomé. Era un salón inmenso. Había filas y filas de sillas de cara a una tarima. Las sillas estaban pintadas en dorado y tenían pequeños cojines rojos en los asientos. Pero no había ni un alma a la vista.
Me colé cautelosamente en el salón. Era un lugar precioso, secreto y silencioso. El congreso de la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños debía de haberse celebrado más temprano y ya todos se habían ido. Aunque no fuera así, aunque aparecieran todos de pronto, tenían que ser gente maravillosamente amable, que mirarían con aprecio a un joven domador de ratones dedicado a su trabajo.
En la parte de atrás del salón había un gran biombo plegable con dragones chinos pintados. Decidí, solamente para estar seguro, ponerme detrás del biombo y hacer allí el entrenamiento. La gente de la Prevención de la Crueldad con los Niños no me daba ni pizca de miedo, pero había una posibilidad de que al señor Stringer, el director, se le ocurriera asomar la cabeza por allí. Si lo hacía y veía a los ratones, los pobrecitos acabarían en el cubo del portero antes de que yo hubiera podido gritar no.
Me dirigí de puntillas al fondo del salón y me instalé sobre la gruesa alfombra verde, detrás del biombo. ¡Qué sitio tan sensacional! ¡Ideal para amaestrar ratones! Saqué a Guiller y a Mary de mis bolsillos. Se sentaron a mi lado en la alfombra, tranquilos y correctos.
El truco que iba a enseñarles hoy era el de andar en la cuerda floja. No es tan difícil enseñar a un ratón inteligente a andar sobre la cuerda floja como un experto, siempre y cuando sepas exactamente cómo hay que hacerlo. Primero, hay que tener un trozo de cuerda. Yo lo tenía. Luego, hay que tener un poco de bizcocho bueno. La comida favorita de los ratones blancos es un buen bizcocho con pasas. Se vuelven locos por él. Yo había traído un bizcocho que me había guardado en el bolsillo el día anterior, cuando estaba merendando con mi abuela.
Así es como se hace. Sostienes la cuerda tirante entre las dos manos, pero empiezas poniéndola muy corta, sólo de unos siete centímetros. Te pones al ratón en la mano derecha y un pedacito de bizcocho en la mano izquierda. Por lo tanto, el ratón está solamente a siete centímetros del bizcocho. Puede verlo y oler lo. Sus bigotes se estremecen por la excitación. Casi puede alcanzar el bizcocho inclinándose hacia delante, pero no llega del todo. Únicamente tiene que dar dos pasitos para alcanzar su sabroso manjar. Se aventura hacia delante, una patita en la cuerda, después la otra. Si el ratón tiene un buen sentido del equilibrio, y la mayoría lo tienen, cruzará fácilmente. Empecé con Guiller. Caminó por la cuerda sin un instante de vacilación.
Le dejé dar un mordisquito del bizcocho para estimular su apetito. Luego le volví a poner en mi mano derecha.
Esta vez alargué la cuerda. La puse de unos catorce centímetros. Guiller supo lo que tenía que hacer. Con un excelente equilibrio, recorrió la cuerda paso a paso hasta que llegó al bizcocho. Le recompensé con otro mordisquito.
Muy pronto, Guiller caminaba por una cuerda floja (o mejor dicho, un cordel flojo) de sesenta centímetros de largo, de una mano a la otra, para alcanzar su bizcocho. Era fantástico observarle.
El estaba disfrutando una barbaridad. Yo tenía cuidado de sostener la cuerda cerca de la alfombra para que, si perdía el equilibrio, no se hiciera daño al caer. Pero nunca se cayó.
Evidentemente, Guiller era un acróbata natural, un gran ratón acrobático.
Ahora le tocaba a Mary. Dejé a Guiller en la alfombra, a mi lado, y le premié con unas cuantas migas más y una pasa. Luego empecé a seguir el mismo procedimiento con Mary. Mi ciega ambición, ¿sabes?, el sueño de toda mi vida, era llegar a ser algún día el propietario de un Circo de Ratones Blancos. Tendría un pequeño escenario con un telón rojo, y cuando se descorriera el telón, el público vería a mis mundialmente famosos ratones amaestrados haciendo toda clase de cosas: andando por la cuerda floja, lanzándose desde un trapecio, dando volteretas en el aire, saltando sobre un trampolín y todo lo demás. Tendría ratones blancos montados en ratas blancas, mientras éstas galopaban furiosamente dando vueltas a la pista.
Estaba empezando a imaginarme viajando en primera clase por el mundo entero con mi Famoso Circo de Ratones Blancos, y actuando ante todas las cabezas coronadas en Europa.
El entrenamiento de Mary estaba a medias cuando, de repente, oí voces fuera de la puerta del Salón de Baile. El sonido se hacía más fuerte, crecía en un gran parloteo de palabras provenientes de muchas gargantas. Reconocí la voz del espantoso director del hotel.
¡Socorro!, pensé.
Menos mal que estaba el enorme biombo.
Me agaché detrás y miré por la rendija entre dos hojas del biombo. Podía ver a lo ancho y a lo largo del salón sin que nadie me viera a mí.
—Bien, señoras, estoy seguro de que se encontrarán ustedes muy cómodas aquí —decía la voz del señor Stringer.
Entonces entró por las dobles puertas, con su frac negro y los brazos extendidos, guiando a un gran rebaño de señoras.
—Si hay algo que podamos hacer por ustedes, no vacilen en avisarme —continuó—. El té se les servirá en la Terraza Soleada, cuando hayan terminado su reunión.
Con esas palabras, se inclinó y se retiró del salón, mientras iba entrando una enorme manada de señoras pertenecientes a la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños.
Llevaban vestidos bonitos y todas tenían un sombrero en la cabeza.


El congreso

Ahora que el director se había ido, yo no estaba particularmente alarmado. ¿Qué mejor situación que la de estar encerrado en una habitación llena de estas estupendas señoras? Si llegaba a hablar con ellas, incluso podría sugerirles que vinieran a mi colegio para hacer un poco de prevención de la crueldad con los niños. No nos vendrían nada mal allí.
Entraron hablando sin parar. Empezaron a hacer corrillos y a elegir asientos y se oían muchas frases del tipo de:
—Ven a sentarte a mi lado, querida Millie.
—¡Oh, hola, Beatriz! ¡No te he visto desde el último congreso! ¡Qué vestido tan precioso llevas!
Decidí quedarme donde estaba y dejarlas celebrar su congreso, mientras yo seguía amaestrando a mis ratones, pero las observé un rato más por la rendija del biombo, esperando a que se aposentasen. ¿Cuántas habría? Calculé que unas doscientas. Las filas de atrás fueron las primeras en llenarse. Todas parecían querer sentarse lo más lejos posible de la tarima.
En el centro de la última fila, había una señora con un diminuto sombrero verde, que no dejaba de rascarse la nuca. No podía parar. Me fascinaba el modo en que sus dedos rascaban continuamente el pelo de la nuca. Si ella hubiera sabido que alguien la estaba observando desde atrás, estoy seguro de que se hubiera sentido azarada. Pensé si tendría caspa. De repente, noté que la señora que estaba a su lado ¡estaba haciendo lo mismo!
¡Y la siguiente!
¡Y la otra!
Lo hacían todas. ¡Se rascaban como locas el pelo de la nuca!
¿Tendrían pulgas en el pelo?
Era más probable que fueran piojos.
Un chico de mi colegio, que se llama Ashton, había tenido piojos el trimestre anterior y la directora le obligó a meter toda la cabeza en aguarrás. Desde luego, eso mató a todos los piojos, pero por poco no mata a Ashton también. La mitad de la piel se le desprendió del cráneo.
Estas rascaderas compulsivas empezaron a fascinarme. Siempre es divertido pillar a alguien haciendo algo grosero cuando cree que nadie le ve. Meterse el dedo en la nariz, por ejemplo, o rascarse el culo. Rascarse la cabeza es casi tan feo como eso, especialmente si se hace sin parar.
Decidí que debían de ser piojos.
Entonces ocurrió lo más asombroso. Vi a una señora metiendo los dedos por debajo de su cabellera, y el pelo, toda la cabellera, se levantó en una pieza, y la mano se deslizó por debajo y continuó rascando.
¡Llevaba peluca! ¡También llevaba guantes! Miré rápidamente al resto de las mujeres, que ya estaban sentadas. ¡Todas y cada una de ellas llevaba guantes!
La sangre se heló en mis venas. Me puse a temblar de pies a cabeza. Miré desesperadamente a mi espalda en busca de una puerta trasera por la cual escapar. No había ninguna.
¿Me convenía dar un salto y echar a correr hacia las puertas dobles?
Las puertas dobles ya estaban cerradas y vi a una mujer de pie delante de ellas. Estaba inclinada hacia delante, sujetando una especie de cadena metálica que rodeaba los dos picaportes.
No te muevas, me dije. Nadie te ha visto todavía. No hay ninguna razón para que nadie venga a mirar detrás del biombo. Pero un solo movimiento en falso, una tos, un estornudo, un soplido, el más mínimo ruido de cualquier clase y te atrapará no una bruja, ¡sino doscientas!
En ese momento, creo que me desmayé. Todo aquel asunto era demasiado para un niño. Pero creo que no estuve inconsciente más de unos segundos, y cuando volví en mí, estaba tumbado en el suelo y, gracias a Dios, seguía estando detrás del biombo. Había un silencio absoluto a mi alrededor.
Temblorosamente, me puse de rodillas y miré otra vez por la rendija del biombo.


Achicharrada

Ahora todas las mujeres, o mejor dicho, las brujas, estaban inmóviles en sus sillas, mirando fijamente, como hipnotizadas, a alguien que había aparecido de pronto en la tarima. Era otra mujer.
Lo primero que noté en ella era su tamaño. Era diminuta, probablemente no mediría más de un metro treinta centímetros. Parecía bastante joven, supuse que tendría unos veinticinco o veintiséis años, y era muy guapa. Llevaba un vestido negro muy elegante con falda larga hasta el suelo y guantes negros que le llegaban hasta los codos. A diferencia de las otras, no llevaba sombrero.
A mí no me parecía que tuviera aspecto de bruja en absoluto, pero era imposible que no lo fuera, porque, de lo contrario, ¿qué demonios estaba haciendo subida en la tarima? ¿Y por qué estaban todas las demás brujas contemplándola con tal mezcla de adoración y temor?
Muy despacio, la joven de la tarima levantó las manos hacia su cara. Vi que sus dedos enguantados desenganchaban algo detrás de las orejas y luego... ¡luego se pellizcó las mejillas y se quitó la cara de golpe! ¡Aquella bonita cara se quedó entera en sus manos!
¡Era una máscara!
Al quitarse la máscara, se volvió hacia un lado y la colocó cuidadosamente en una mesita que tenía cerca, y cuando volvió a ponerse de frente a la sala, me faltó poco para dar un chillido.
Su cara era la cosa más horrible y aterradora que he visto nunca. Sólo mirarla me producía temblores. Estaba tan arrugada, tan encogida y tan marchita que parecía que la hubieran conservado en vinagre. Era una visión estremecedora y espeluznante. Había algo pavoroso en aquella cara, algo putrefacto y repulsivo. Literalmente, parecía que se estaba pudriendo por los bordes, y en el centro, en las mejillas y alrededor de la boca, vi la piel ulcerada y corroída, como si se la estuvieran comiendo los gusanos.
Hay veces en las que algo es tan espantoso que te fascina y no puedes apartar la vista de ello.
Eso me pasó a mí en ese momento. Me quedé traspuesto, alelado. Estaba hipnotizado por el absoluto horror de las facciones de aquella mujer. Pero no era eso sólo. Había una mirada de serpiente en sus ojos, que relampagueaban mientras recorrían la sala.
En seguida comprendí, naturalmente, que esta no era otra que La Gran Bruja en persona.
También comprendí por qué llevaba una máscara. Jamás hubiera podido aparecer en público, y mucho menos Hospedarse en un hotel, con su verdadera cara. Todo el que la hubiese visto, habría salido corriendo, dando alaridos.
—¡Las puerrtas! —gritó La Gran Bruja, con una voz que llenó la sala y retumbó en las paredes—.
¿Habéis echado el cerrogo o la cadena?
—Hemos echado el cerrojo y la cadena, Vuestra Grandeza —contestó una voz en la sala.
Los relucientes ojos de serpiente, hundidos en aquella espantosa cara corrompida, fulminaban, sin pestañear, a las brujas que estaban sentadas frente a ella.
—¡Podéis quitarros los guantes! —gritó.
Noté que su voz tenía el mismo tono duro y metálico que la de la bruja a la que vi debajo del castaño, sólo que era mucho más fuerte y mucho, mucho más áspera. Raspaba. Chirriaba. Chillaba.
Gruñía. Refunfuñaba.
Todo el mundo en la sala empezó a sacarse los guantes. Yo me fijé en las manos de las que estaban en la última fila. Quería ver cómo eran sus dedos y si mi abuela tenía razón. ¡Ah!...
¡Sí!... ¡Ahora veía varias manos! ¡Veía las garras oscuras curvándose sobre las yemas de los dedos!
¡Aquellas garras medirían unos cinco centímetros y eran afiladas en la punta!
—¡Podéis quitarros los sapatos! —ladró La Gran Bruja.
Oí un suspiro de alivio proveniente de todas las brujas de la sala, cuando se quitaron sus estrechos zapatos de tacón alto, y entonces eché una ojeada por debajo de las sillas y vi varios pares de pies con medias... completamente cuadrados y carentes de dedos. Eran repugnantes, como si les hubieran rebanado los dedos con un cuchillo de cocina.
—¡Podéis quitarros las pelucas! —gruñó La Gran Bruja.
Tenía una forma peculiar de hablar. Era una especie de acento extranjero, algo áspero y gutural, y al parecer, tenía dificultad para pronunciar algunas letras. Hacía una cosa rara con la r. La hacía rodar en la boca como si fuera un pedazo de corteza caliente y luego la escupía.
—¡Guitarros las pelucas parra que les dé el airre a vuestrros irrritados cuerros cabelludos!
—gritó.
Y otro suspiro de alivio surgió de la sala, mientras todas las manos se levantaban hacia las cabezas para retirar todas las pelucas (con los sombreros todavía encima).
Ante mí había ahora fila tras fila de cráneos femeninos calvos, un mar de cabezas desnudas, todos enrojecidos e irritados debido al roce del forro de las pelucas. No puedo explicaros lo horrorosas que eran y, de algún modo, la visión era aún más grotesca por el hecho de que debajo de aquellas espantosas cabezas calvas, los cuerpos iban vestidos con ropa bonita y a la moda. Era monstruoso.
Era antinatural.
Oh, Dios mío, pensé. ¡Socorro! ¡Oh, Señor, ten compasión de mí! ¡Esas repugnantes mujeres calvas son asesinas de niños, todas y cada una de ellas, y aquí estoy yo apresado en la misma habitación y sin poder escapar!
En ese momento, me asaltó una nueva idea, doblemente horrible. Mi abuela había dicho que, con sus agujeros de la nariz especiales, ellas podían oler a un niño en una noche oscura desde el otro lado de la calle. Hasta ahora, mi abuela había acertado en todo. Por lo tanto, parecía seguro que una de las brujas de la última fila iba a empezar a olfatearme de un momento a otro, y entonces el grito «¡Caca de perro!» se extendería por toda la sala y yo estaría acorralado como una rata.
Me arrodillé en la alfombra, detrás del biombo, sin atreverme ni a respirar.
Luego, de pronto, recordé otra cosa muy importante que me había dicho mi abuela: «Cuanto más sucio estés, más difícil es que una bruja te encuentre por el olor.»
¿Cuánto tiempo hacía que no me bañaba?
Hacía siglos. Tenía mi propia habitación en el hotel, y mi abuela nunca se preocupaba de esas tonterías. Ahora que lo pensaba, creo que no me había bañado desde que llegamos.
¿Cuándo fue la última vez en que me había lavado la cara y las manos?
Desde luego, esta mañana no.
Ni ayer tampoco.
Me miré las manos. Estaban cubiertas de churretes, de barro y Dios sabe de qué otras cosas.
Quizá tenía alguna posibilidad después de todo. Las oleadas fétidas no podrían atravesar toda esa porquería.
—¡Brugas de Inclaterrra! —gritó La Gran Bruja.
Observé que ella no se había quitado la peluca, ni los guantes, ni los zapatos.
—¡Brugas de Inclaterrra! —chilló.
El público se removió inquieto y se sentaron más erguidas en sus sillas.
—¡Miserrrables brugas! —chilló—. ¡Inútiles y vagas brugas! ¡Flogas y perrresosas brugas! ¡Sois una pandilla de gusanos barraganes que no valen parrra nada!
Un estremecimiento recorrió al público. Era evidente que La Gran Bruja estaba de mal humor y ellas lo comprendieron. Yo presentí que iba a ocurrir algo espantoso.
—Estoy desayunando esta mañana —gritó La Gran Bruja— y estoy mirrrando por la ventana a la playa, ¿y qué veo? Os prregunto ¿qué veo? ¡Veo una vista rrrepulsiva! ¡Veo cientos, veo miles de rrrepugnantes niños gugando en la arrena! ¡Esto me da náuseas, me dega sin comerr! ¿Porr qué no los habéis eliminado? —aulló—. ¿Porr qué no habéis borrrado a todos estos asquerrrosos y malolientes niños?
Con cada palabra, le salían disparadas de la boca gotitas de saliva azul, cual perdigones.
—¡Os estoy prreguntando porrr que! —aulló.
Nadie le contestó.
—¡Los niños huelen! —chilló—. ¡Apestan! ¡No querrremos niños en la tierrra!
Todas las cabezas calvas asintieron vigorosamente.
—¡Un niño porrr semana no me sirrve! —gritó La Gran Bruja—. ¿Es eso todo lo que podéis hacerr?
—Haremos más —murmuró el público—. Haremos mucho más.
—¡Más tampoco sirrve! —vociferó La Gran gruja—. ¡Exigo rrresultados máximos! ¡Porr lo tanto, aquí están mis órrrdenes! ¡Mis órrrdenes son que todos y cada uno de los niños de este país sean borrra-dos, espachurrados, estrrugados, y achicharrados antes de que yo vuelva aquí dentrro de un año! ¿Está bien clarrro?
El público lanzó una exclamación contenida. Vi que todas las brujas se miraban entre sí con expresión preocupada. Y oí que una bruja que estaba sentada al final de la primera fila decía en alto:
—¡Todos ellos! ¡No podemos barrerlos a todos ellos!
La Gran Bruja se volvió violentamente, como si alguien la hubiera clavado un pincho en el trasero.
—¿Quién digo eso? —chilló—. ¿Quién se atrreve a discutirr conmigo? Fuiste tú, ¿no?
Señaló con un dedo enguantado, tan afilado como una aguja, a la bruja que había hablado.
—¡No quise decir eso, Vuestra Grandeza! —gritó la bruja—. ¡No era mi intención discutir! ¡Sólo estaba hablando para mí misma!
—¡Te atrreviste a discutirr conmigo! —chilló La Gran Bruja.
—¡Sólo hablaba para mí misma! —gritó la desgraciada bruja—. ¡Lo juro, Alteza!
Se puso a temblar de miedo.
La Gran Bruja dio un paso adelante y cuando habló de nuevo, lo hizo con una voz que me heló la sangre.
—Una bruga que así me contesta debe arrderr de los pies a la testa, chilló.
—¡No, no! — suplicó la bruja de la primera fila. La Gran Bruja continuó:
—Una bruga con tan poco seso debe arrderr hasta el último hueso.
—¡Perdonadme! —gritó la desgraciada bruja de la primera fila. La Gran Bruja no le hizo el menor caso. Habló de nuevo:
—Una bruga tan boba, tan boba arrderrá como un palo de escoba.
—¡Perdonadme, oh Alteza! —gritó la desdichada culpable—. ¡No quise hacerlo!
Pero La Gran Bruja continuó su terrible recitación:
—Una bruga que dice que yerrro morrirrá, morrirrá como un perrro.
Un momento después, de los ojos de La Gran Bruja salió disparado un chorro de chispas, que parecían limaduras de metal candente, y volaron directamente hacia la bruja que se había atrevido a responder. Yo vi cómo las chispas la golpeaban y penetraban en su carne y la oí lanzar un horrible alarido. Una nube de humo la envolvió y un olor a carne quemada llenó la sala.
Nadie se movió. Igual que yo, todas miraban la humareda, y cuando ésta se disipó, la silla estaba vacía. Vislumbré algo blanquecino, como una nubecilla, elevándose en el aire y desapareciendo por la ventana.
El público dio un gran suspiro.
La Gran Bruja recorrió la sala con una mirada fulminante.
—Esperrro que nadie más me enfurresca hoy —comentó.
Hubo un silencio mortal.
—Achicharrada como un churrasco. Cocida como una sanahorria —dijo La Gran Bruja—. Nunca volverrréis a verrla. Ahorra podemos dedicarrnos a los asuntos imporrtantes.


Fórmula 86. Ratonizador de Acción Retardada

—¡Los niños son rrrepulsivos! —gritó La Gran Bruja—. ¡Nos desharremos de ellos! ¡Los borrrarremos de la fas de la tierrra! ¡Los echarremos por los desagües!
—¡Sí, sí! —entonó el público—. ¡Deshacernos de ellos! ¡Borrarlos de la faz de la tierra! ¡Echarlos por el desagüe!
—¡Los niños son asquerrosos y rrrepugnantes! —vociferó La Gran Bruja.
—¡Sí, sí! —corearon las brujas inglesas—. ¡Son asquerosos y repugnantes!
—¡Los niños son sucios y apestosos! —chilló La Gran Bruja.
—¡Sucios y apestosos! —gritaron ellas, cada vez más excitadas.
—¡Los niños huelen a caca de perrrol —chirrió La Gran Bruja.
—¡Buuuuu! —gritó el público—. ¡Buuuuu! ¡Buuuuu! ¡Buuuuu!
—¡Peor que la caca de perrro! —chirrió La Gran Bruja—. ¡La caca de perrro huele a violetas y a rrrosas comparrada con los niños!
—¡Violetas y rosas! —canturreó el público. Aplaudían y vitoreaban casi cada palabra pronunciada desde la tarima. La oradora las tenía completamente fascinadas.
—¡Hablarr de los niños me da ganas de vomitarr! —chilló La Gran Bruja—. ¡Sólo pensarr en ellos me da ganas de vomitarr! ¡Trraedme una palangana!
La Gran Bruja hizo una pausa y lanzó una mirada feroz a la masa de caras ansiosas. Ellas esperaban más.
—Así que ahorra... —ladró La Gran Bruja—. ¡Ahorra tengo un plan! ¡Tengo un plan guigantesco para librrarrnos de todos los niños de Inclaterra!
Las brujas emitieron sonidos entrecortados y boquearon. Se miraron entre sí y se dedicaron vampíricas sonrisas de emoción.
—¡Sí! —vociferó La Gran Bruja—. Les vamos a darr de garrotasos y de latigasos y vamos a hacerr desaparrrecerr a todos esos malolientes enanos de Inclaterrra, ¡de un golpe!
—¡Yuupii! —gritaron las brujas, aplaudiendo—. ¡Sois genial, oh, Grandeza! ¡Sois fantabulosa!
—¡Callarros y escuchad! —gritó La Gran Bruja—. ¡Escuchad con mucha atención y que no haya malentendidos!
El público se inclinó hacia adelante, ansiosas por saber cómo se iba a realizar este prodigio.
—Todas y cada una de vosotrras —tronó La Gran Bruja— tiene que volverr a su ciudad inmediatamente y rrenunciarr a su trrabajo. ¡Dimitid! ¡Rrretirraos!
—¡Sí! —gritaron—. ¡Lo haremos! ¡Renunciaremos a nuestros trabajos!
—Y después de que hayáis degado vuestrros puestos —continuó La Gran Bruja—, cada una de vosotrras saldrrá a comprrarr...
Hizo una pausa.
—¿A comprar qué? —gritaron—. Decidnos, oh genio, ¿qué debemos comprar?
—¡Confiterrías! —gritó La Gran Bruja.
—¡Confiterías! ¡Vamos a comprar confiterías! ¡Qué truco tan brillante!
—Cada una de vosotrras se comprrarrá una confiterría. Comprrarréis las megorres y más rrrespetables confiterrías de Inclaterra.
—¡Sí! ¡Sí! —le contestaron.
Sus horrorosas voces eran como un coro de tornos de dentistas taladrando todos juntos.
—No quierro confiterrías de trres al cuarrto, de esas pequeñitas y abarrrotadas, que venden tabaco y perriódicos —gritó La Gran Bruja—. Quierro que comprréis sólo las megorres tiendas, llenas hasta amiba con pilas y pilas de deliciosos carramelos y exquisitos bombones.
—¡Las mejores! —gritaron—. ¡Compraremos las mejores confiterías de cada ciudad!
—No tendrréis dificultad en conseguirr lo que querréis —gritó la Gran Bruja— porrque ofrrecerréis cuatrro veces más de lo que valen y nadie rrrechasa esa oferrta. El dinerro no es prroblema parra nosotrras las brugas, como ya sabéis. Me he trraído seis baúles llenos de billetes nuevecitos y crrugientes. Y todos —añadió con una risita siniestra—, todos hechos en casa.
Las brujas del público sonrieron, apreciando la broma.
En ese momento, una estúpida bruja se puso tan excitada ante las posibilidades que ofrecía el ser propietaria de una confitería que se levantó de un salto y gritó:
—¡Los niños vendrán a mi tienda como borregos y yo les daré caramelos y bombones envenenados y morirán como cucarachas!
La sala se quedó silenciosa de pronto. Yo VI que el diminuto cuerpo de La Gran Bruja se ponía rígido de rabia.
—¿Quién ha dicho eso? —aulló—. ¡Has sido tú! ¡La de allí!
La culpable volvió a sentarse rápidamente y se tapó la cara con sus manos como garras.
—¡Tú, rrrematada imbécil! —chirrió La Gran Bruja—. ¡Tú, espantago sin seso! ¿No te das cuenta de que si vas porr ahí envenenando niños, te coguerrán a los cinco minutos? ¡Nunca en mi vida he oído semegante chorrrada sugerrida porr una bruga!
Todas las demás brujas se echaron a temblar. Estoy seguro de que pensaron, como yo, que las terribles chispas candentes iban a empezar a volar otra vez.
Curiosamente, no fue así.
—Si semegante tonterría es lo único que se os ocurrre —tronó La Gran Bruja—, no me extraña que Inclaterra siga estando infestada de asquerrosos chiquillos.
Hubo otro silencio. La Gran Bruja miró con ferocidad a su público.
—¿No sabéis —les gritó— que las brugas sólo trrabagamos con maguía?
—Lo sabemos, Vuestra Grandeza —contestaron todas—. ¡Por supuesto que lo sabemos!
La Gran Bruja se frotó las huesudas manos enguantadas y gritó:
—¡Así que cada una de vosotrras serrá prropietarria de una magnífica confiterría! ¡El siguiente paso es que cada una anunciarrá en el escaparrate de su tienda que en cierrta fecha serrá la Grran Inaugurración y habrrá carramelos y bombones grratis parra todos los niños!
—¡Acudirán como moscas, esos brutos glotones! —gritaron las brujas—. ¡Se pegarán por entrar!
—Luego —continuó La Gran Bruja—, os prreparrarréis parra la Grran Inaugurración poniendo en todos los carramelos, bombones y pasteles de vuestrras tiendas ¡mi última y más grrandiosa fórrmula máguica! ¡Se llama FORRMULA86, RRATONISADORR DE ACCION RRETARRDADA!
—¡Ratonizador de Acción Retardada! —corearon todas—. ¡Ha vuelto a conseguirlo! ¡Su Grandeza ha confeccionado otro de sus maravillosos niñicidas! ¿Cómo se prepara, oh Genial Maestra?
—Eguerrcitad la paciencia —respondió La Gran Bruja—. Primero, voy a explicarros cómo funciona mi Fórrmula 86. Rratonisadorr de Acción Rretarrdada. ¡Escuchad con atención!
—¡Os escuchamos! —vocearon las otras, que ahora estaban saltando en sus sillas, de pura excitación.
—El Rratonisadorr de Acción Rretarrdada es un líquido verrde —explicó La Gran Bruja— y con una sola gotita en cada carramelo o bombón serrá suficiente. Esto es lo que sucede:
»El niño come un bombón que contiene Rratonisadorr de Acción Rretarrdada...
»El niño se va a su casa encontrrándose bien...
»El niño se acuesta, encontrrándose bien aún...
»El niño se levanta porr la mañana, y sigue estando bien...
»El niño se marrcha al coleguio, y todavía está normal...
»La fórrmula, ¿comprrendéis?, es de acción rretarrdada, y todavía no le hace efecto.
—¡Comprendemos, oh Talentuda! —gritaron las otras—. Pero, ¿cuándo empieza a hacer efecto?
—¡Empiesa a hacerr efecto a las nueve en punto, cuando el niño está llegando al coleguio!
—gritó La Gran Bruja, triunfante—. El niño llega al coleguio. El Rratonisadorr de Acción Rretarrdada empieza a hacerr efecto rrápidamente. El niño comiensa a encoguerrse. Comiensa a salirrle pelo porr el cuerrpo. Comiensa a crrecerrle un rrabo. Todo esto sucede en veintiséis segundos exactamente.
Después de veintiséis segundos, el niño ya no es un niño. ¡Es un rratón!
—¡Un ratón! —gritaron las brujas—. ¡Qué idea tan fantabulosa!
—¡Las clases serrán un herrviderro de rratones! ¡Rreinarrá el caos en todos los coleguios de Inclaterra! ¡Los prrofesorres se pondrrán a darr brrincos! ¡Las prrofesorras se subirrán a los pupitrres levantándose las faldas y chillando «Socorrro, socorrro, socorrro»!
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —vociferaron las otras.
—¿Y qué sucederrá a continuación en todos los coleguios? —gritó La Gran Bruja.
—¡Decídnoslo! —clamaron—. ¡Decídnoslo, oh Talentuda!
La Gran Bruja estiró su escuálido cuello y sonrió a su público, mostrando dos hileras de dientes puntiagudos y ligeramente azulados. Alzó aún más la voz y gritó:
—¡Aparrecen las rrratonerras!
—¡Ratoneras! —exclamaron las brujas.
—¡Y el queso! —gritó La Gran Bruja—. ¡Todos los prrofesorres corrren de acá parra allá comprrando ratoneras, poniéndoles el queso y colocándolas porr todas parrtes! ¡Los rratones mordisquean el queso! ¡Los muelles saltan! ¡Porr todo el colegio, las ratoneras hacen clac y las cabesas de los ratones ruedan porr el suelo como canicas! ¡En todo Inclaterrra, se oirrá el chasquido de las rrratonerras!
Al llegar a este punto, la horrenda Gran Bruja empezó a bailar una especie de danza brujeril de un lado a otro de la tarima, golpeando el suelo con los pies y dando palmas. Todo el público acompaño las palmas y el pateo. Armaban un estruendo tan grande que yo pensé que, seguramente, el señor Stringer lo oiría y vendría a llamar a la puerta. Pero no fue así.
Entonces, por encima del ruido, oí a La Gran Bruja cantando a voz en cuello una perversa canción:
¡A los niños hay que destrruirr, herrvirr sus huesos y su piel jrreírrl
¡Desmenuzadlos y trriturradiós, estrrugadlos y machacadlos!
Con polvos maguicos dadles bombones, decidles «come» a los muy glotones.
Llenadles bien de dulces prringosos y de pasteles empalagosos.
Al día siguiente, tontos, tontuelas, irrán los niños a sus escuelas.
Se pone rroga cual amapola una niñita: «¡Me sale cola!».
Un niño pone carra de lelo Y grrita: «¡Auxilio, me sale pelo!».
Y otrro berrea al poco rrato:
«¡Tengo bigotes como de gato!».
Un niño alto dice guimiendo:
«¡Cielos, ¿qué pasa?, estoy encoguiendo!».
Todos los niños y las niñitas en vez de brrasos tienen patitas, y de rrepente, en un instante, sólo hay rratones, ningún infante.
En los coleguios sólo hay rratones corrreteando por los rrincones.
Enloquecidos, los prrofesorres grritan: «¿Por qué hay tantos rroedorres?».
A los pupitrres suben ansiosos y chillan: «¡Fuerra, bichos odiosos!».
«¡Que alguien traiga una rratonerra!».
«¡Trraed el queso de la queserra!».
Las rratonerras tienen un muelle fuerrte que salta y que suena a muerrte, y su sonido es tan musical...
¡Es una música celestial!
Rratones muerrtos porr todas parrte grracias a nuestrras perrverrsas arrtes.
Los prrofes buscan con grran carriño, perro no encuentrran un solo niño.
Grritan a corrro: «¿Adonde han ido todos los niños, qué ha sucedido?».
«Es en verdad un extraño caso, ¿dónde se ha visto tanto rretrraso?».
Los prrofes ya no saben qué hacerr, algunos se sientan a leerr, y otros echan a la basurra a los rratones con grran prremurra


¡MIENTRRAS LAS BRUGAS GRRITAMOS HURRRA¡



La receta

Espero que no hayáis olvidado que, mientras sucedía todo esto, yo seguía escondido detrás del biombo, a gatas y con un ojo pegado a la rendija. No sé cuánto tiempo llevaba allí, pero me parecía que eran siglos. Lo peor era no poder toser ni hacer el menor ruido, y saber que, si lo hacía, podía darme por muerto. Y durante todo el rato, estaba en permanente terror de que una de las brujas de la última fila percibiera mi presencia por el olor, gracias a esos agujeros de la nariz tan especiales que tenían.
Mi única esperanza, según yo lo veía, era el hecho de no haberme lavado desde hacía varios días.
Eso y la interminable excitación, aplausos y griterío que reinaba en la sala. Las brujas sólo pensaban en La Gran Bruja y en su gran plan para eliminar a todos los niños de Inglaterra.
Ciertamente, no estaban olfateando el rastro de un niño en aquel salón. Ni en sueños (si es que las brujas sueñan) se les hubiera ocurrido esa posibilidad a ninguna de ellas. Me quedé quieto y recé.
La Gran Bruja había terminado su perversa canción y el público estaba aplaudiendo enloquecido y gritando:
—¡Magnífica! ¡Sensacional! ¡Maravillosa! ¡Sois un genio, oh, Talentuda! ¡Es un invento extraordinario, este Ratonizador de Acción Retardada! ¡Es un éxito! ¡Y lo más hermoso es que serán los profesores quienes se carguen a los apestosos críos! ¡No seremos nosotras! ¡Nunca nos cogerán!
—¡A las brugas nunca las coguen! —dijo La Gran Bruja, cortante—. ¡Atención ahorra! Quierro que todo el mundo prreste atención, ¡porrque estoy a punto de decirros lo que tenéis que hacerr parra prreparrarr la Fórrmula 86 Rratonisadorr de Acción Rretarrdada!
De pronto, se oyó una exclamación, seguida de un alboroto de chillidos y gritos, y vi a muchas de las brujas levantarse de un brinco y señalar a la tarima, gritando:
—¡Ratones! ¡Ratones! ¡Ratones! ¡Lo ha hecho como demostración! ¡La Talentuda ha convertido a dos niños en ratones y ahí están!
Miré hacia la tarima. Allí estaban los ratones, efectivamente. Eran dos y estaban correteando cerca de las faldas de La Gran Bruja.
Pero no eran ratones de campo, ni ratones de casa. ¡Eran ratones blancosl Los reconocí inmediatamente. ¡Eran mis pobrecitos Guiller y Mary!
—¡Ratones! —gritaron las brujas—. ¡Nuestra jefa ha hecho aparecer ratones de la nada! ¡Traed ratoneras! ¡Traed queso!
Vi a La Gran Bruja mirando fijamente al suelo y observando, con evidente desconcierto, a Guiller y Mary. Se agachó para verlos más de cerca. Luego se enderezó y gritó:
—¡Silencio!
El público se calló y volvió a sentarse.
—¡Estos rratones no tienen nada que verr conmigo! —dijo—. ¡Estos rrratones son rrratones domesticados! ¡Es evidente que estos rrratones perrtenecen a algún rrrepelente crrío del hotel!
¡Serrá un chico con toda seguridad, porrque las niñas no tienen rrratones domesticados!
—¡Un chico! —gritaron las otras—. ¡Un chico asqueroso y maloliente! ¡Le destrozaremos! ¡Le haremos pedazos! ¡Nos comeremos sus tripas de desayuno!
—¡Silencio! —gritó La Gran Bruja, levantando las manos—. ¡Sabéis perrfectamente que no debéis hacerr nada que llame la atención sobrre vosotrras mientrras estéis viviendo en el hotel!
Deshagámonos de ese apestoso enano, perro con mucho cuidado y discrreción, porrque, ¿acaso no somos todas rrrespetabilíísimas damas de la Real Sociedad para la Prrevención de la Crrueldad con los Niños?
—¿Qué proponéis, oh Talentuda? —gritaron las demás—. ¿Cómo debemos eliminar a ese pequeño montón de mierda?
Están hablando de mí, pensé. Estas mujeres están hablando de cómo matarme. Empecé a sudar.
—Sea quien sea, no tiene imporrtancia —anunció La Gran Bruja—. Degádmelo a mí. Yo le encontrrarré porr el olorr y le convertirré en una trrucha y harré que me lo sirrvan para cenarr.
—¡Bravo! —exclamaron las brujas—. ¡Córtale la cabeza y la cola y fríelo en aceite bien caliente!
Podéis imaginar que nada de esto me hizo sentirme muy tranquilo.
Guiller y Mary seguían correteando por la tarima y vi a La Gran Bruja apuntar una veloz patada a Guiller. Le dio justo con la punta del pie y lo envió volando por los aires. Luego hizo lo mismo con Mary. Tenía una puntería extraordinaria. Hubiera sido un gran futbolista. Los dos ratones se estrellaron contra la pared, y durante unos momentos se quedaron atontados. Luego reaccionaron y huyeron.
—¡Atención otrra vez! —gritó La Gran Bruja—. ¡Ahorra os voy a darr la rrreceta parra prreparrarr la Fórrmula 86. Rratonisadorr de Acción Rretarrdada! Sacad papel y lápis.
Todas las brujas de la sala abrieron los bolsos y sacaron cuadernos y lápices.
—¡Dadnos la receta, oh Talentuda! —gritaron, impacientes—. Decidnos el secreto.
—Prrimerro —dijo La Gran Bruja— tuve que encontrrar algo que hicierra que los niños se volvierran muy pequeños muy rrrápidamente.
—¿Y qué fue? —gritaron.
—Esa parrte fue fácil —contestó—. Lo único que hay que hacerr si quierres que un niño se vuelva muy pequeño es mirrarrle por un telescopio puesto del rrevés.
—¡Es asombrosa! —gritaron las brujas—. ¿A quién se le habría ocurrido una cosa así?
—Porr lo tanto —continuó La Gran Bruja—, coguéis un telescopio del rrevés y lo cocéis hasta que esté blando.
—¿Cuánto tarda? —le preguntaron.
—Veintiuna horras de cocción —contestó—. Y mientrras está hirrviendo, coguéis cuarrenta y cinco rratones parrdos exactamente y les corrtáis el rrrabo con un cuchillo de cocina y frreís los rrrabos en aceite parra el pelo hasta que estén crruguientes.
—¿Qué hacemos con todos esos ratones a los que les hemos cortado el rabo? —preguntaron.
—Los cocéis al vaporr en gugo de rrrana durante una horra —fue la respuesta—. Perro escuchadme bien. Hasta ahorra sólo os he dado la parrte fácil de la rrreceta. El prroblema más difícil es ponerr algo que tenga un efecto verrdaderramente rretarrdado, algo que los niños puedan tomarr un día deterrminado, perro que no empiece a funcionarr hasta las nueve de la mañana siguiente, cuando lleguen al coleguio.
—¿Qué se os ocurrió, oh, Talentuda? —gritaron—. ¡Decidnos el gran secreto!
—El secrreto —anunció La Gran Bruja, triunfante— ¡es un despertadorr!
—¡Un despertador! —gritaron—. ¡Es una idea genial!
—Naturralmente —dijo La Gran Bruja—. Se puede ponerr hoy un desperrtadorr a las nueve y mañana sonarra exactamente a esa horra.
—¡Pero necesitaremos cinco millones de despertadores! —gritaron las brujas—. ¡Necesitaremos uno para cada niño!
—¡Idiotas! —vociferó La Gran Bruja—. ¡Si quierres un filete no frríes toda la vaca! Pasa lo mismo con los desperrtadorres. Un desperrtadorr serrvirrá parra mil niños. Esto es lo que tenéis que hacerr.
Ponéis el desperrtadorr parra que suene a las nueve de la mañana. Luego lo asáis en el horrno hasta que esté tierrno y crruguiente. ¿Lo estáis anotando todo?
—¡Sí, Vuestra Grandeza, sí! —dijeron a coro.
—Luego —dijo La Gran Bruja—, coguéis el telescopio herrvido, los rrrabos de rrratón frritos, los rrratones cocidos y el desperrtadorr asado y los ponéis todos juntos en la batidorra. Entonces los batís a toda velocidad. Os quedarrá una pasta espesa. Mientrras la batidorra está funcionando, debéis añadirr a la mescla la yema de un huevo de págarro grruñón.
—¡Un huevo de pájaro gruñón! —exclamaron—. ¡Así lo haremos!
Por debajo del bullicio oí que una bruja de la última fila le decía a su vecina:
—Yo estoy ya un poco vieja para ir a buscar nidos. Esos pájaros gruñones siempre anidan en sitios muy altos.
—Así que añadís el huevo —continuó la Gran Bruja— y además los siguientes ingrredientes, uno detrrás de otrro: la garra de un cascacangrregos, el pico de un chismorrerro, la trrompa de un espurrreadorr, y la lengua de un saltagatos. Espero que no tengáis prroblemas parra encontrrarrlos.
—¡Ninguno, en absoluto! —gritaron—. ¡Alcanzaremos al chismorrero, atraparemos al cascacangrejos, cazaremos con escopeta al espurreador y pillaremos al saltagatos en su madriguera!
—¡Magnífico! —dijo La Gran Bruja—. Cuando hayáis mesclado todo bien en la batidorra, tendrréis un prrecioso líquido verrde. Poned una gota, solamente una gotita de este líquido, en un bombón o un carramelo y, a las nueve en punto de la mañana siguiente, ¡el niño que se lo comió se converrtirrá en un rratón en veintiséis segundos! Perro os harré una adverrtencia. No aumentad nunca la dosis. No ponerr nunca más de una gota en cada carramelo o bombón. Y no dad nunca más de un carramelo o bombón a cada niño. Una sobrredosis del Rratonisadorr de Acción Rrretardada estropearía el mecanismo del desperrtadorr y harría que el niño se convirrtierra en un rrratón demasiado prronto. Una grran sobrredosis podrría incluso tenerr un efecto instantáneo, y eso no os gustarría, ¿verrdad? No querréis que los niños se convierrtan en rratones allí mismo, en vuestrras confiterrías. Entonces se descubrrirría todo. Así que, ¡tened mucho cuidado! ¡No os paséis en la dosis!


Bruno desaparece

La Gran Bruja continuó hablando.
—Ahorra voy a demostrrarros que esta rrreceta funciona a la perrfección. Ya sabéis que, naturralmente, el desperrtadorr se puede ponerr a cualquierr horra que se quierra. No tiene que serr a las nueve. Así que, ayerr, yo prreparro perrsonalmente una pequeña cantidad de la fórrmula máguica parra hacerros una demostrración pública. Perro hago un pequeño cambio en la rrreceta. Antes de asarr el desperrtadorr lo pongo parra que suene, no a las nueve de la mañana siguiente, sino a las trres y media de la tarrde siguiente. Es decirr, a las trres y media de esta tarrde. Dentrro de —miró el reloj— ¡siete minutos exactamente!
Las brujas escuchaban atentamente, presintiendo que algo tremendo iba a suceder.
—¿Y qué hago yo ayerr con este líquido máguico? —preguntó La Gran Bruja—. Os dirré lo que hago. Pongo una gotita en una chocolatina muy derrretida y le doy la chocolatina a un rrrepulsivo niño que andaba porr el vestíbulo del hotel.
La Gran Bruja hizo una pausa. El público permaneció en silencio, esperando que continuara.
—Contemplé a esta rrepulsiva bestia devorrando la chocolatina y, cuando terrminó, le digue
«¿Estaba bueno?». El contestó que estaba buenísimo. Así que le digue «¿Quierres más?». Y él digo que sí. Entonces yo digue «Te darré otrras seis chocolatinas como ésta, si te rreunes conmigo en el Salón de Baile de este hotel mañana porr la tarrde, a las trres y veinticinco». «¡Seis chocolatinas!», gritó el vorraz cerrdito, «¡Allí estarré! ¡Segurro que estarré!».
—¡Así que todo está prreparrado! —continuó La Gran Bruja—. ¡La demostración está a punto de empesarr! No olvidéis que antes de asarr el desperrtadorr ayerr, lo pongo parra las trres y media de hoy. Ahorra son —volvió a mirar su reloj— las trres y veinticinco exactamente y el monstrruito pestilente, que se converrtirrá en un rrratón dentrro de cinco minutos, debe de estarr en este momento delante de esas puerrtas.
Y, por todos los diablos, tenía toda la razón. El chico, fuera quien fuera, estaba ya dándole al picaporte y golpeando la puerta con el puño.
—¡Rrápido! —chilló La Gran Bruja—. ¡Ponerros las pelucas! ¡Ponerros los guantes! ¡Ponerros los sapatos!
Hubo un gran alboroto en la sala, mientras las brujas se ponían las pelucas, los guantes y los zapatos, y vi que La Gran Bruja cogía su máscara y se la colocaba sobre su horrenda cara. Era asombroso cómo la transformaba la máscara. De pronto, se convirtió otra vez en una chica bastante guapa.
—¡Déjeme entrar! —se oyó la voz del chico al otro lado de las puertas—. ¿Dónde están las chocolatinas que me prometió? ¡He venida a buscarlas! ¡Démelas!
—No sólo es maloliente —dijo La Gran Bruja—, además es glotón. ¡Quitad las cadenas de la puerrta y degadle entrrarr!
Lo extraordinario de la máscara era que los labios se movían de una forma natural cuando ella hablaba. Realmente no se notaba nada que era una máscara.
Una de las brujas se levantó de un salto y quitó las cadenas. Abrió las dos enormes puertas.
La oí que decía:
—Hola, chiquillo. Me alegro de verte. Has venido por tus chocolatinas, ¿no? Te están esperando.
Pasa.
Entró un niño que llevaba una camiseta blanca, unos pantalones cortos grises y zapatillas deportivas. Le reconocí en seguida. Se llamaba Bruno Jenkins y se hospedaba en el hotel con sus padres. No me caía bien. Era uno de esos chicos que siempre que te lo encuentras está comiendo algo. Te lo encuentras en el vestíbulo y se está forrando de bizcocho. Te cruzas con él en el pasillo y está sacando patatas fritas de una bolsa a puñados. Le ves en el jardín y está devorando una chocolatina blanca y otras dos le asoman por el bolsillo del pantalón. Y encima, Bruno no paraba de presumir de que su padre ganaba más dinero que el mío y de que tenían tres coches. Pero lo peor de todo era que ayer por la mañana le había encontrado de rodillas en la terraza del hotel, con una lupa en la mano. Había una columna de hormigas atravesando las losetas y Bruno Jenkins estaba concentrando el sol a través de su lupa y abrasando a las hormigas una por una.
—Me gusta verlas quemarse —dijo.
—¡Es horrible! —grité—. ¡Deja de hacerlo!
—A ver si te atreves a impedírmelo —dijo él.
En ese momento yo le empujé con todas mis fuerzas y él se cayó de lado sobre las losetas. La lupa se hizo pedazos y Bruno se levantó de un salto, chillando:
—¡Mi padre te lo hará pagar caro!
Luego salió corriendo, probablemente en busca de su adinerado papá. No había vuelto a ver a Bruno Jenkins hasta ahora. Dudaba mucho de que estuviera a punto de convertirse en un ratón, aunque debo confesar que, en el fondo, esperaba que sucediera. En cualquier caso, no le envidiaba por estar allí, delante de todas esas brujas.
—Mi querrido niño —dijo La Gran Bruja desde la tarima—. Tengo tu chocolate prreparrado. Sube aquí prrimerro y saluda a estas encantadoras señorras.
Ahora su voz era completamente diferente. Era suave y chorreaba mieles.
Bruno estaba un poco desconcertado, pero se dejó conducir a la tarima y se quedó allí de pie, junto a La Gran Bruja.
—Bueno, ¿dónde están mis seis chocolatinas? —dijo.
Yo vi que la bruja que le había abierto estaba volviendo a poner las cadenas sin hacer ruido.
Bruno no se dio cuenta, porque estaba demasiado ocupado reclamando su chocolate.
—¡Ya sólo falta un minuto parra las trres y media! —anunció La Gran Bruja.
—¿Qué rayos pasa? —preguntó Bruno. No estaba asustado, pero tampoco se sentía muy a gusto—. ¿Qué es esto? ¡Déme mi chocolate!
—¡Quedan trreinta segundos! —gritó La Gran Bruja, agarrando a Bruno por un brazo.
Bruno se soltó de una sacudida y la miró a la cara. Ella le devolvió la mirada, sonriendo con los labios de su máscara. Todas las brujas tenían los ojos clavados en Bruno.
—¡Veinte segundos! —gritó La Gran Bruja.
—¡Déme el chocolate! —gritó Bruno, empezando a mosquearse—. ¡Déme el chocolate y déjeme salir de aquí!
—¡Quince segundos! —anunció La Gran Bruja.
—¿Quiere alguna de ustedes, locas de atar, hacer el favor de decirme qué pasa aquí? —dijo Bruno.
—¡Diez segundos! —gritó La Gran Bruja—. Nueve... ocho... siete... seis... cinco... cuatrro...
trres... dos... uno ¡cerro!
Podría jurar que oí el timbre de un despertador. Vi a Bruno pegar un brinco. Saltó como si le hubieran clavado un alfiler en el culo y chilló «¡Auu!». Saltó tan alto que aterrizó en una mesita que había en la tarima, y se puso a dar brincos encima de ella, moviendo los brazos y chillando como un loco. Luego, de pronto, se quedó callado. Su cuerpo se puso rígido.
—¡El desperrtadorr ha sonado! —gritó La Gran Bruja—. ¡El Rrratonisadorr empiesa a hacerr efecto!
Empezó a brincar por la tarima y a batir palmas con sus manos enguantadas, y luego gritó:
—Esta cosa aborrrecida, este asquerroso pulgón, se converrtirrá en seguida
¡en un prrecioso rratón!
Bruno se estaba achicando por momentos. Yo le veía encogerse...
Ahora sus ropas desaparecían y le crecía pelo castaño por todo el cuerpo...
De repente, tenía rabo...
Y luego, tenía bigotes...
Ahora, tenía cuatro patas...
Todo sucedió tan rápidamente...
Fue cuestión de unos segundos solamente...
Y, de golpe, ya no estaba allí...
Un ratoncito pardo correteaba sobre la mesa...
—¡Bravo! —aulló el público—. ¡Lo ha conseguido! ¡Es fantástico! ¡Es colosal! ¡Es el invento más grande jamás logrado! ¡Sois un milagro, oh, Talentuda!
Todas se habían puesto de pie y aplaudían y vitoreaban. La Gran Bruja sacó una ratonera de los pliegues de su vestido y empezó a prepararla.
¡Oh, no!, pensé. ¡No quiero verlo! Puede ser que Bruno Jenkins haya sido un poco repugnante, pero yo no quiero ver cómo le cortan la cabeza.
—¿Dónde está? —exclamó La Gran Bruja, buscando por la tarima—. ¿Dónde se ha metido ese rratón?
No pudo encontrarlo. Bruno había sido listo y debía de haber bajado de la mesa y escapado, para esconderse en algún rincón o incluso en algún agujero. Gracias a Dios.
—¡No imporrta! —gritó La Gran Bruja—. ¡Silencio! ¡Sentarros!


Las ancianas

La Gran Bruja estaba de pie justo en el centro de la tarima, y sus ojos asesinos se paseaban lentamente sobre las brujas de la sala, sentadas ante ella, dóciles y sumisas.
—¡Todas las que tengan más de setenta años que levanten la mano! —ladró La Gran Bruja, de pronto.
Se alzaron siete u ocho manos.
—Se me ocurrre —dijo La Gran Bruja— que vosotrras, las ancianas, no podrréis trreparr a los árrboles altos en busca de huevos del págaro grruñón.
—¡No, Vuestra Grandeza! ¡Creemos que no podremos! —dijeron las ancianas a coro.
—Tampoco podrréis coguerr al cascacangrregos, que vive en lo alto de rrocosos acantilados —siguió La Gran Bruja—. Tampoco os veo perrsiguien-do a toda carrrerrra al velos saltagatos, ni buceando en aguas prrofundas parra alancearr al chismorrero, ni rrecorrriendo los helados parramos con una pesada escopeta bago el brraso parra casarr el espurreadorr. Sois demasiado viegas y débiles parra esas cosas.
—¡Sí! —entonaron las ancianas—. ¡Lo somos! ¡Lo somos!
—Vosotrras, ancianas, me habéis servido bien durante muchos años —dijo La Gran Bruja— y no deseo prrivarros del placerr de carrgarros a unos miles de niños cada una sólo porrque ya sois viegas y débiles. Porr lo tanto, he prreparrado perrsonalmente, con mis prropias manos, una cantidad limitada del Rratonisadorr de Acción Rretarrdada que distrribuirré entre las ancianas, antes de que os marrchéis del hotel.
—¡Oh, gracias, gracias! —gritaron las brujas viejas—. ¡Sois demasiado buena con nosotras, Vuestra Grandeza! ¡Sois tan amable y considerada!
—Aquí tengo una muestrra de lo que os darré —dijo La Gran Bruja.
Rebuscó en un bolsillo de su vestido y sacó un frasquito muy pequeño. Lo levantó y gritó:
—¡En este frrasquito tan pequeño hay quinientas dosis de Rratonisadorr! ¡Suficiente parra converrtirr en rratones a quinientos niños!
Vi que el frasco era de cristal azul oscuro y muy pequeñito, aproximadamente del mismo tamaño que los frascos con gotas para la nariz que se compran en la farmacia.
—¡Cada una de las ancianas rrecibirrá dos frrasquitos como éste! —gritó.
—¡Gracias, gracias, oh, Generosísima y Consideradísima! —exclamaron a coro las brujas ancianas—. ¡No se desperdiciará ni una gota! ¡Te prometemos espachurrar, escachifollar y machacar a mil niños cada una!
—¡Nuestrra rreunión ha terminado! —anunció La Gran Bruja—. Este es el prrogrrama para el rresto de vuestrra estancia en el hotel. Ahorra mismo tenemos que ir a la Terrrasa Soleada parra tomarr el té con ese rrridículo dirrector. Luego, a las seis de la tarrde, las brugas que son demasiado viegas parra trreparr a los árboles en busca de huevos de págarro grruñón irrán a mi habitación a rrrecoguer dos frascos de Rratonisadorr. El númerro de mi habitación es el cuatrrocientos cincuenta y cuatrro. No lo olvidéis. Después, a las ocho, os rrreunirréis todas en el comedorr parra cenarr. Somos las encantadorras señorras de la RSPCN y van a prreparrar dos mesas larrgas especialmente parra nosotrras. Perro no os olvidéis de ponerros tapones de algodón en la narris. Ese comedorr estarrá lleno de asquerrosos niños y sin los tapones el hedorr serrá insoporrtable. Aparrte de eso, acorrdarros de porrtarros norrmalmente en todo momento.
¿Está todo clarro? ¿Alguna prregunta?
—Yo tengo una pregunta, Vuestra Grandeza —dijo una voz entre el público—. ¿Qué pasa si uno de los bombones que regalemos en las confiterías se lo come un adulto?
—Peorr parra el adulto —dijo La Gran Bruja— ¡La rreunión ha terrminado! ¡Salid!
Las brujas se pusieron de pie y empezaron a recoger sus cosas. Yo las observaba por la rendija, esperando que se dieran prisa y se marcharan pronto para que yo estuviera al fin a salvo.
—¡Esperad! —chilló una de lar, brujas de la última fila—. ¡Quietas!
Su alarido resonó en el Salón como una trompeta. Todas las brujas se detuvieron y se volvieron a mirar a la que había chillado. Era una de las más altas y la vi allí de pie, con la cabeza levantada, aspirando grandes bocanadas de aire por aquellos agujeros de la nariz, ondulados y sonrosados como una concha.
—¡Esperad! —volvió a gritar.
—¿Qué pasa? —preguntaron las otras.
—¡Caca de perro! —chilló ella—. ¡Acaba de llegarme una vaharada de caca de perro!
—¡No puede ser! —gritaron las demás.
—¡Sí, sí! —gritó la primera bruja—. ¡Ahí está otra vez! ¡No es fuerte! ¡Pero está ahí! ¡Quiero decir que está aquí! ¡Viene de algún punto no muy lejos!
—¿Qué os pasa? —preguntó La Gran Bruja, lanzando miradas feroces desde la tarima.
—¡Mildred acaba de oler caca de perro, Vuestra Grandeza! —le contestó alguien.
—¡Qué tonterría! —gritó La Gran Bruja—. ¡Tiene caca de perrro en la seserra! ¡No hay niños en esta sala!
—¡Un momento! —gritó la bruja que se llamaba Mildred—. ¡Quietas todas! ¡No moveros! ¡Lo noto otra vez! —las enormes aletas de su nariz se agitaban como la cola de un pez—. ¡Lo noto más fuerte! ¡Me llega mucho más fuerte! ¿No lo oléis vosotras?
Todas las narices de todas las brujas de la sala se levantaron y empezaron a olfatear.
—¡Tiene razón! —gritó otra voz—. ¡Tiene toda la razón! ¡Es caca de perro, un olor fuerte y asqueroso!
En cuestión de segundos, todo el congreso de brujas lanzaba el temido grito.
—¡Caca de perro! —gritaban—. ¡Está por toda la sala! ¡Puuff! ¡Pu-u-u-u-uff! ¿Cómo no lo notamos antes? ¡Apesta como un cochino! ¡Debe de haber algún cerdito escondido no muy lejos de aquí!
—¡Encontrradlo! —chilló La Gran Bruja—. ¡Seguidle el rrrastrro! ¡Localisadlo! ¡No parréis hasta atrraparrlo!
Los pelos de mi cabeza estaban tiesos como las cerdas de un cepillo y rompí en un sudor frío por todo el cuerpo.
—¡Barrred a ese montoncito de mierrda! —-aulló La Gran Bruja—. ¡No le deguéis escaparr! ¡Si está aquí se ha enterrado de las cosas más secrretas! ¡Hay que exterrrminarrlo inmediatamente!


Metamorfosis

Recuerdo que pensé, ¡Ya no tengo escapatoria! Aunque echase a correr y consiguiese esquivarlas a todas, ¡no podría salir porque las puertas tienen cadena y cerrojo! ¡Estoy acabado! ¡Estoy hundido!
Oh, abuela, ¿qué van a hacer conmigo?
Miré a mi alrededor y vi la espantosa cara, empolvada y pintada, de una bruja, que me estaba mirando, y la cara abrió la boca y chilló, triunfante.
—¡Está aquí! ¡Está detrás del biombo! ¡Venid a cogerle!
La bruja extendió una mano enguantada y me agarró por el pelo, pero yo me solté y me aparté de un salto. Corrí, ¡cómo corrí! ¡El terror ponía alas en mis pies! Volé siguiendo la pared del Salón de Baile y ninguna de ellas tuvo la posibilidad de atraparme. Cuando llegué a las puertas, me paré y traté de abrirlas, pero la gruesa cadena sujetaba los picaportes y ni siquiera pude sacudirla.
Las brujas no se molestaron en perseguirme. Se limitaron a quedarse en grupitos, observándome y sabiendo con certeza que yo no tenía medio de escapar. Varias de ellas se taparon la nariz con sus dedos enguantados y hubo gritos de «¡Puuff! ¡Qué peste! ¡No podemos aguantarlo mucho rato!».
—¡Pues coguedle, idiotas! —chilló La Gran Bruja desde la tarima—. ¡Desplegarros en fila a lo ancho de la sala, avansad y aprresadlo! ¡Acorralar a ese asquerroso crrío y agarrradlo y trraédmelo aquí!
Las brujas se desplegaron como ella les había dicho. Avanzaron hacia mí, unas por un lado, otras por el otro, y algunas más por el centro, entre las filas de sillas vacías. Era inevitable que me cogieran. Me tenían acorralado.
De puro terror me puse a chillar.
—¡Socorro! —chillé, volviendo la cabeza hacia las puertas en la esperanza de que alguien me oyera—. ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socoorroo!
—¡Coguedle! ¡Agarrradle! ¡Que parre de grritarr!
Entonces se me echaron encima y cinco de ellas me agarraron por los brazos y las piernas y me alzaron del suelo. Yo continué gritando, pero una me tapó la boca con una mano enguantada y me hizo callar.
—¡Trrraedle aquí! —gritó La Gran Bruja—. ¡Trrraedme a ese gusano entrrometido!
Me llevaron en volandas, de cara al techo, sostenido por muchas manos que aferraban mis brazos y piernas. Vi a La Gran Bruja alzándose por encima, sonriendo de la manera más horrible.
Levantó el frasco azul de Ratonizador y dijo:
—¡Ahorra la medicina! ¡Tapadle la narris parra que abrra la boca!
Unos fuertes dedos me apretaron la nariz. Mantuve la boca bien cerrada y contuve el aliento.
Pero no pude resistir durante mucho tiempo. Me estallaba el pecho. Abrí la boca para aspirar una gran bocanada de aire y al hacerlo... ¡La Gran Bruja me echó por la garganta todo el contenido del frasquito!
¡Qué dolor y qué ardor! Era como si me hubieran vertido en la boca una olla de agua hirviendo. ¡Sentía un incendio en la garganta! ¡Luego, muy rápidamente, la sensación quemante, abrasadora, se extendió por mi pecho y bajó al estómago y siguió por los brazos y las piernas y por todo mi cuerpo! Grité y grité, pero una vez más la mano enguantada me tapó la boca.
Después sentí que mi piel empezaba a apretarme. ¿Cómo podría describirlo? Era literalmente como si la piel de todo mi cuerpo, desde la coronilla hasta las puntas de los dedos de las manos y de los pies, ¡se contrajera y se encogiese! Yo me sentía como si fuese un globo y alguien estuviese retorciendo el extremo del globo, retorciéndolo y retorciéndolo, y el globo se hacía cada vez más pequeño y la piel se ponía cada vez más tirante y pronto iba a estallar.
Entonces empezó el estrujamiento. Esta vez era como si estuviese dentro de una armadura y alguien estuviera dando vueltas a una tuerca, y con cada vuelta de tuerca, la armadura se hacía más y más pequeña, y me estrujaba como a una naranja, convirtiéndome en una pulpa deshecha y haciendo que el jugo se me saliera por los costados.
Después vino una sensación de picor rabioso por toda la piel (o lo que quedaba de ella), como si miles de agujitas se abrieran paso a través de la superficie de mi piel desde dentro, y esto era, ahora me doy cuenta, que me estaba creciendo el pelo de ratón.
Desde muy lejos, oí la voz de La Gran Bruja chillando.
—¡Quinientas dosis! ¡Este maloliente carrbunclo se ha tomado quinientas dosis y el desperrtadorr se ha destrrosado y ahorra estamos viendo la acción instantánea!
Oí aplausos y vivas y recuerdo que pensé: ¡Ya no soy yo! ¡He perdido mi propio pellejo!
Me di cuenta de que el suelo estaba a sólo dos centímetros de mi nariz.
También me fijé en dos patitas delanteras peludas que descansaban en el suelo. Yo podía mover esas patitas. ¡Eran mías!
En ese momento, comprendí que yo ya no era un niño. Era UN RATON.
—¡Ahorra vamos a ponerr la rratonerra! —oí gritar a La Gran Bruja—. ¡La tengo aquí mismo! ¡Y aquí hay un trroso de queso!
Pero yo no iba a quedarme esperando. ¡Crucé la tarima como un relámpago! ¡Me asombré de mi propia velocidad! Salté por encima de pies de brujas por todos lados, y en un instante bajé los escalones y me encontré en el suelo del Salón de Baile brincando por entre las filas de sillas. Lo que más me gustaba era que no hacía nada de ruido al correr. Me movía raudo y silencioso. Y asombrosamente, el dolor había desaparecido por completo. Me sentía extraordinariamente bien.
No está tan mal, después de todo, pensé, ser diminuto además de veloz, cuando hay una pandilla de locas peligrosas que desean tu sangre. Elegí la pata de atrás de una silla, me pegué a ella y me quedé inmóvil.
A lo lejos, La Gran Bruja estaba gritando.
—¡Olvidarros del pestilente crrío! ¡No vale la pena molestarrse en buscarrlo! ¡No es más que un rrratón! ¡Alguien lo casarrá prronto! ¡Salgamos de aquí! ¡Se acabó la rreunión! ¡Abrrid las puertas y vámonos a la Terrrasa Soleada a tomarr el té con ese imbécil del dirrector!


Bruno

Asomé la cabeza por la pata de la silla y vi cientos de pies de brujas saliendo por las puertas del Salón de Baile. Cuando se marcharon todas y el lugar quedó en total silencio, empecé a moverme por el suelo con cautela. De pronto, me acordé de Bruno. Seguramente estaría por aquí, escondido en alguna parte.
En realidad no esperaba poder hablar ahora que me había transformado en un ratón, así que me llevé un susto tremendo al oír mi propia voz, perfectamente normal y bastante alta, saliendo de una boca tan chiquita.
Era maravilloso. Estaba entusiasmado. Volví a probar.
—Bruno Jenkins, ¿dónde estás? —dije—. ¡Si puedes oírme, da un grito!
Mi voz era exactamente la misma y tan fuerte como cuando yo era un niño.
—¡Eh, Bruno! —grité—. ¿Dónde estás?
No hubo respuesta.
Me paseé por entre las patas de las sillas intentando acostumbrarme a estar tan cerca del suelo. Decidí que me gustaba bastante. Probablemente estáis extrañados de que yo no estuviera nada deprimido. Me encontré pensando: ¿Y qué tiene de maravilloso ser un niño, después de todo? ¿Por qué ha de ser, necesariamente, mejor que ser un ratón?
Ya sé que a los ratones los cazan, los envenenan o les ponen trampas. Pero también a los niños los matan a veces. A los niños los puede atropellar un coche o pueden morir de alguna espantosa enfermedad. Los niños tienen que ir al colegio. Los ratones, no. Los ratones no tienen que examinarse. Los ratones no tienen que preocuparse por el dinero. Los ratones, que yo sepa, sólo tienen dos enemigos, los seres humanos y los gatos. Mi abuela es un ser humano, pero yo sé seguro que ella me querrá siempre, sea yo lo que sea. Y, gracias a Dios, ella nunca tiene gato. Cuando los ratones se hacen mayores no tienen que ir a la guerra y luchar con otros ratones. Todos los ratones se llevan bien. La gente, no.
Sí, me dije, creo que no está nada mal ser un ratón.
Iba dando vueltas por el suelo del salón mientras pensaba en esto, cuando vi a otro ratón.
Sostenía un pedazo de pan con las patas delanteras y lo mordisqueaba con gran entusiasmo.
Tenía que ser Bruno.
—Hola, Bruno —dije.
Me miró durante dos segundos y luego continuó engullendo.
—¿Qué has encontrado? —le pregunté.
—Se le cayó a una de ellas —contestó—. Es un sandwich de pasta de pescado. Está bueno.
También él hablaba con una voz normalísima. Uno supondría que, si un ratón pudiera hablar, tendría la vocecita más baja y chirriante que se pueda imaginar. Era graciosísimo oír la voz del bocazas de Bruno saliendo de la diminuta garganta de un ratón.
—Escucha, Bruno —dije—, ahora que los dos somos ratones, creo que debemos empezar a pensar en el futuro.
Dejó de comer y me miró fijamente con sus ojitos negros.
—¿Qué significa eso de los dos? —dijo—. El hecho de que tú seas un ratón no tiene nada que ver conmigo.
—Pero es que tú también eres un ratón, Bruno.
—No seas idiota —dijo—. Yo no soy un ratón.
—Me temo que sí, Bruno.
—¡Por supuesto que no! —gritó—. ¿Por qué me insultas? ¡Yo no te he dicho nada! ¿Por qué me llamas ratón a mí?
—¿Es que no sabes lo que te ha pasado? —dije.
—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó Bruno.
—Tengo que informarte —dije— de que no hace mucho rato las brujas te han convertido en ratón. Luego, han hecho lo mismo conmigo.
—¡Eso es mentira! —gritó—. ¡Yo no soy un ratón!
—Si no estuvieras tan ocupado engullendo ese sandwich —dije—, te habrías fijado en tus patitas peludas. Míratelas.
Bruno se miró las patas. Pegó un brinco.
—¡Dios mío! —gritó—. ¡Sí que soy un ratón! ¡Ya verás cuando mi padre se entere de esto!
—A lo mejor piensa que es un progreso —dije.
—¡Yo no quiero ser un ratón! —gritó Bruno, dando saltos—. ¡Me niego a ser un ratón! ¡Yo soy Bruno Jenkins!
—Hay cosas peores que ser un ratón —dije—. Puedes vivir en un agujero.
—¡Yo no quiero vivir en un agujero!
—Y puedes colarte en la despensa por la noche —dije— y roer todos los paquetes de pasas, de patatas fritas y de galletas y de todo lo que encuentres. Puedes pasarte toda la noche allí, comiendo hasta hartarte. Eso es lo que hacen los ratones.
—Vaya, es una idea —dijo Bruno, animándose un poco—. Pero, ¿cómo voy a abrir la puerta de la nevera para coger el pollo frío y las sobras? Eso es lo que hago todas las noches en mi casa.
—A lo mejor tu adinerado padre puede comprarte una neverita especial sólo para ti —dije—. Una que puedas abrir.
—¿Has dicho que fue una bruja quien me hizo esto? —preguntó Bruno—. ¿Qué bruja?
—La que te dio la chocolatina en el vestíbulo ayer —le dije—. ¿No te acuerdas?
—¡Esa cerda asquerosa! ¡Me las pagará! ¿Dónde está? ¿Quién es?
—Olvídalo —dije—. No tienes la menor posibilidad. Tu mayor problema en este momento son tus padres. ¿Cómo se lo van a tomar? ¿Te tratarán con cariño y comprensión?
Bruno lo pensó un momento.
—Creo que mi padre se va a quedar de pie-—dijo.
—¿Y tu madre?
—Le dan pánico los ratones —dijo Bruno.
—Entonces tienes un problema, ¿no?
—¿Por qué lo tengo yo solamente? —dijo—. Y tú, ¿qué?
—Mi abuela lo entenderá perfectamente. Lo sabe todo sobre las brujas.
Bruno dio otro mordisco a su sandwich.
—¿Qué propones que hagamos? —preguntó.
—Propongo que vayamos los dos en seguida a consultar con mi abuela —dije—. Ella sabrá exactamente lo que debemos hacer.
Me dirigí a las puertas, que estaban abiertas. Bruno me siguió, sosteniendo parte del sandwich en una pata.
—Cuando lleguemos al pasillo —dije—, tendremos que correr como locos. Ve pegado a la pared todo el camino y sígueme. No hables y no dejes que te vea nadie. No olvides que casi cualquiera que te vea, intentará matarte.
Le arrebaté el sandwich y lo tiré lejos.
—Vamos —dije—. No te separes de mí.


Hola, abuela

No bien salí del Salón de Baile, eché a correr como un rayo. Corrí por el pasillo, atravesé la Antesala, el Salón de Lectura, la Biblioteca y la Sala y llegué a las escaleras. Las subí, saltando con facilidad de un escalón a otro, manteniéndome bien pegado a la pared todo el tiempo.
—¿Estás ahí, Bruno? —susurré.
—Aquí mismo —contestó.
La habitación de mi abuela y la mía estaban en el quinto piso. Fue una subida considerable, pero la hicimos sin encontrarnos con una sola persona, porque todo el mundo usaba el ascensor.
En el quinto piso, corrí hasta la puerta de la habitación de mi abuela. Ella había dejado un par de zapatos delante de la puerta para que se los limpiaran. Bruno estaba a mi lado.
—¿Qué hacemos ahora? —dijo.
De repente vi que una camarera venía por el pasillo hacia nosotros. En seguida me di cuenta de que era la que me había denunciado al director por tener ratones. Por lo tanto, no era la clase de persona que yo deseaba encontrarme en mi condición actual.
—¡Rápido! —le dije a Bruno—. ¡Escóndete en uno de los zapatos!
Di un brinco y me metí en un zapato y Bruno se escondió en el otro. Esperé que la camarera pasara de largo. Pero no fue así. Cuando llegó a la altura de los zapatos, se agachó y los cogió.
Al hacerlo, metió la mano bien dentro del zapato en el que yo estaba escondido. Cuando uno de sus dedos me tocó, la mordí. Fue una estupidez, pero lo hice instintivamente, sin pensar. La camarera dio un alarido que debió de oírse en los barcos que cruzan el Canal de la Mancha, dejó caer los zapatos y salió corriendo como una flecha.
Mi abuela abrió la puerta.
—¿Qué pasa aquí? —dijo.
Yo pasé por entre sus piernas y entré en la habitación, seguido por Bruno.
—¡Cierra la puerta, abuela! —grité—. ¡Rápido, por favor!
Ella miró a su alrededor y vio a dos ratoncitos pardos en la alfombra.
—Por favor, cierra —dije.
Esta vez me vio hablar y reconoció mi voz. Se quedó helada y absolutamente inmóvil. Todo su cuerpo, los dedos, las manos, los brazos y la cabeza se quedaron de pronto tan rígidos como una estatua de mármol. Su cara se puso aún más pálida que el mármol y sus ojos se dilataron tanto que yo veía el blanco todo alrededor del iris. Luego empezó a temblar. Pensé que se iba a desmayar y a caer redonda.
—Por favor, abuela, cierra pronto la puerta —dije—. Podría entrar esa horrible camarera.
Consiguió recobrarse lo bastante como para cerrar la puerta. Luego se apoyó contra ella, mirándome, con la cara desencajada y temblando toda ella. Vi que las lágrimas empezaban a brotar de sus ojos y a rodar por sus mejillas.
—No llores, abuela —le dije—. Podía haber sido mucho peor. Logré escapar de ellas. Estoy vivo. Y Bruno también.
Muy despacio, se agachó y me cogió con una mano. Después, cogió a Bruno con la otra y nos puso a los dos encima de la mesa. Había un frutero con plátanos en el centro de la mesa y Bruno saltó inmediatamente sobre él y se puso a tirar de la piel de un plátano con los dientes, para poder comerse lo de dentro.
Mi abuela se agarró al brazo de su butaca para mantener el equilibrio, pero sus ojos no se apartaron de mí.
—Siéntate, abuelita —dije.
Ella se derrumbó en la butaca.
—Oh, vida mía —murmuró, y ahora las lágrimas corrían por su cara como ríos—. Mi pobrecito niño. ¿Qué te han hecho?
—Sé lo que me han hecho, abuela, y sé lo que soy ahora, pero lo gracioso es que, sinceramente, no me importa demasiado. Ni siquiera estoy enfadado. En realidad, me siento bastante bien. Sé que ya no soy un niño y que no volveré a serlo nunca, pero estaré bien, mientras estés tú para cuidarme.
No lo decía sólo para intentar consolarla. Era totalmente sincero respecto a lo que sentía. Puede que te parezca raro que yo no llorara. Realmente, era raro. La verdad es que no puedo explicarlo.
—Por supuesto que te cuidaré —murmuró mi abuela—. ¿Quién es el otro?
—Era un chico que se llamaba Bruno Jenkins. A él le cogieron antes que a mí.
Mi abuela sacó un puro largo y negro de una caja que llevaba en el bolso y se lo puso en la boca.
Luego sacó una cajita de cerillas y encendió una, pero sus dedos temblaban tanto que no conseguía acercar la llama al extremo del puro. Cuando, al fin, lo encendió, dio una chupada larga y se tragó el humo. Eso pareció tranquilizarla un poco.
—¿Dónde ha sucedido? —susurró—. ¿Dónde está la bruja ahora? ¿Está en el hotel?
—Abuela, no era una sola. ¡Eran cientosl ¡Están por todas partes! ¡Están aquí, en el hotel, ahora mismo!
Ella se inclinó hacia delante y me miró fijamente.
—¿No querrás decir... no me vas a decir de veras... no querrás decir que están celebrando su Congreso Anual aquí mismo en el hotel?
—¡Ya lo han celebrado, abuela! ¡Ya se terminó! ¡Yo lo oí todo! ¡Y todas, incluyendo a La Gran Bruja en persona, están abajo ahora mismo! ¡Fingen ser de la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños! ¡Están tomando el té con el director!
—¿Y te pillaron?
—Me olieron.
—Caca de perro, ¿no? —dijo ella, suspirando.
—Desgraciadamente, sí. Pero no era muy fuerte. Por poco no me huelen, porque no me había bañado desde hacía siglos.
—Los niños no deberían bañarse nunca —dijo ella—. Es una costumbre peligrosa.
—Estoy de acuerdo, abuela.
Ella se quedó callada, chupando su puro.
—¿Me estás diciendo en serio que ahora mismo están abajo tomando el té? —me preguntó.
—Estoy completamente seguro, abuela.
Hubo otro silencio. Yo veía el antiguo brillo de excitación volver lentamente a los ojos de mi abuela y-, de pronto, se puso muy derecha en su butaca y dijo apasionadamente:
—Cuéntamelo todo, desde el principio. Y, por favor, de prisa.
Respiré hondo y empecé a hablar. Le conté que había ido al Salón de Baile y me había escondido detrás del biombo para amaestrar a mis ratones. Le conté lo del cartel que ponía Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños. Le conté todo sobre las mujeres que entraron y se sentaron y sobre la mujer bajita que apareció en el escenario y se quitó la máscara. Pero cuando llegué a la descripción del aspecto de la cara que había debajo de la máscara no pude encontrar las palabras adecuadas, simplemente.
—¡Era horrible, abuela! —dije—. ¡Oh, era tan horrible! ¡Era... era como algo que se está pudriendo!
—Sigue —dijo mi abuela—. No te detengas.
Entonces le conté que las otras se quitaron las pelucas, los guantes y los zapatos, y que vi ante mí un mar de cabezas calvas y granujientas, y que los dedos de las mujeres tenían pequeñas garras y que sus pies no tenían dedos.
Mi abuela se había ido echando hacia delante en su butaca y ahora estaba sentada en el borde.
Tenía las dos manos dobladas sobre el puño de oro del bastón que usaba para andar, y me miraba con los ojos tan brillantes como dos estrellas.
Entonces le conté que La Gran Bruja había disparado chispas incandescentes que habían convertido a una de las brujas en una nubécula de humo.
—¡He oído hablar de eso! —gritó mi abuela, excitada—. ¡Pero nunca me lo creí del todo! ¡Eres el primero que, no siendo una bruja, ha visto eso! ¡Es el castigo más famoso de La Gran Bruja!
¡Le llaman «que te frían», y todas las otras brujas tienen pánico de que se lo hagan! Me han dicho que La Gran Bruja tiene por norma freír por lo menos a una de ellas en cada Congreso Anual. Lo hace para tener a las demás en vilo. Sigue, cielo, por favor.
Entonces le conté a mi abuela lo del Ratonizador de Acción Retardada y cuando llegué a aquello de convertir en ratones a todos los niños de Inglaterra, literalmente saltó de su butaca gritando.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que estaban tramando algo horrible!
—Tenemos que impedírselo, abuela —dije.
Ella se volvió y me miró.
—No se puede detener a las brujas. ¡Fíjate en el poder que esa terrible Gran Bruja tiene sólo en los ojos! ¡Podría matar a cualquiera de nosotros en cualquier momento con esas chispas candentes! ¡Tú mismo lo has visto!
—Aun así, abuela —dije—, tenemos que impedirles que conviertan a todos los niños de Inglaterra en ratones.
—No has terminado de contarme —dijo—. Dime qué le pasó a Bruno. ¿Cómo le cogieron?
Así que le expliqué por qué había entrado Bruno y que yo había visto con mis propios ojos cómo se transformaba en un ratón. Mi abuela miró a Bruno que estaba en el frutero engullendo plátanos.
—¿Nunca para de comer? —preguntó.
—Nunca —dije—. ¿Me puedes explicar una cosa, abuela?
—Lo intentaré —dijo.
Me levantó de la mesa y me puso en su regazo. Con mucha dulzura, empezó a acariciar la suave piel de mi lomo. Era una sensación agradable para mí.
—¿Qué es lo que quieres preguntarme, cariño? —dijo.
—Lo que no entiendo es cómo Bruno y yo podemos seguir hablando y pensando igual que antes.
—Es muy sencillo —dijo mi abuela—. Lo único que han hecho es encogeros y poneros cuatro patitas y una piel peluda, pero no han podido transformaros en un ratón cien por cien. Sigues siendo tú mismo en todo menos en el aspecto. Sigues teniendo tu propia mente, tu propio cerebro y tu propia voz, gracias a Dios.
—Así que, en realidad, no soy un ratón corriente. Soy algo así como una persona-ratón.
—Eso es —dijo ella—. Eres un ser humano con piel de ratón. Eres algo muy especial.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos, mientras mi abuela continuaba acariciándome el lomo con un dedo, muy suavemente, y dando chupadas a su puro con la otra mano. El único ruido que se oía en la habitación era el que hacía Bruno al atacar los plátanos del frutero. Pero yo no estaba sin hacer nada mientras estaba tumbado en su regazo. Pensaba como loco. Mi cerebro funcionaba como nunca lo había hecho.
—Abuela —dije—, puede que tenga una idea.
—Sí, cielo. ¿Cuál es?
—La Gran Bruja les dijo que su habitación era la cuatrocientos cincuenta y cuatro. ¿Verdad?
—Verdad —dijo ella.
—Bueno, pues mi habitación es la quinientos cincuenta y cuatro, la quinientos cincuenta y cuatro, está en el quinto piso; por lo tanto, la cuatrocientos cincuenta y cuatro, estará en el cuarto piso.
—Sí, efectivamente —dijo mi abuela.
—Entonces, ¿no crees que es posible que la habitación cuatrocientos cincuenta y cuatro esté directamente debajo de la habitación quinientos cincuenta y cuatro?
—Es más que probable —dijo ella—. Estos hoteles modernos están construidos como cajas de ladrillos. Pero, ¿y qué, si es así?
—¿Quieres sacarme a mi balcón para que pueda mirar abajo? —dije.
Todas las habitaciones del Hotel Magnífico tenían pequeños balcones individuales. Mi abuela me llevó a mi habitación y me sacó al balcón. Ambos nos asomamos y miramos el balcón inmediatamente inferior.
—Si ésa es su habitación —dije—, apuesto a que yo podría bajar allí de alguna manera y entrar.
—Y que vuelvan a cogerte otra vez —dijo mi abuela—. No te lo permitiré.
—En este momento —dije— están abajo, en la Terraza Soleada, tomando el té con el director.
Probablemente, La Gran Bruja no volverá hasta las seis o poco antes. A esa hora repartirá el suministro de esa horrenda fórmula a las ancianas que no pueden trepar a los árboles para coger los huevos de pájaro gruñón.
—¿Y qué pasa si consigues entrar en su cuarto? —dijo mi abuela—. ¿Qué haces entonces?
—Entonces intentaría encontrar el sitio donde guarda sus reservas de Ratonizador de Acción Retardada, y si lo lograse, robaría un frasco y lo traería aquí.
—¿Podrías llevarlo?
—Creo que sí —dije—. Es un frasquito muy pequeño, —Me da miedo ese mejunje —dijo—. ¿Qué harías con él si consiguieras cogerlo?
—Un solo frasco es suficiente para quinientas personas —dije—. Eso bastaría para darles una dosis doble a cada una de esas brujas de ahí abajo. Podríamos convertirlas a todas en ratones.
Mi abuela pegó un salto de unos cinco centímetros. Estábamos en mi balcón, a unos quinientos metros del suelo, y cuando ella saltó, por poco no me caigo de su mano hacia fuera de la barandilla.
—Ten cuidado conmigo, abuela —dije.
—¡Qué gran idea! —gritó—. ¡Es fantástico! ¡Tremendo! ¡Eres un genio, cielo!
—¿A que estaría bien? —dije—. ¿A que estaría realmente bien?
—¡Nos libraríamos de todas las brujas de Inglaterra de un golpe! —gritó—. ¡Y, encima, de La Gran Bruja!
—Tenemos que intentarlo.
—Escucha —dijo, y casi me deja caer por el balcón otra vez, de puro nerviosa—. Si logramos esto, ¡sería el mayor triunfo en toda la historia de la brujería!
—Hay mucho que hacer —dije.
—Claro que hay mucho que hacer —dijo ella—. Para empezar, suponiendo que te las arreglaras para coger uno de esos frascos, ¿cómo ibas a echarlo en su comida?
—Pensaremos en eso más tarde —dije—. Intentemos primero hacernos con el mejunje. ¿Cómo podemos asegurarnos de que ése es su cuarto?
—¡Lo comprobaremos inmediatamente! —dijo ella—. ¡Vamos! ¡No hay que perder un segundo!
Llevándome en una mano, salió del cuarto y caminó por el pasillo, golpeando la alfombra con el bastón a cada paso que daba. Bajamos un tramo de escaleras hasta el cuarto piso. Las habitaciones que había a cada lado del pasillo tenían los números pintados en dorado sobre la puerta.
—¡Aquí está! —dijo mi abuela—. Número cuatrocientos cincuenta y cuatro.
Intentó abrir la puerta. Naturalmente, estaba cerrada con llave. Miró a un lado y a otro del largo pasillo vacío.
—Creo que tienes razón —dijo—. Es casi seguro que esta habitación está justo debajo de la tuya.
Volvió por el pasillo contando el número de puertas que había desde la habitación de La Gran Bruja hasta las escaleras. Eran seis.
Subió hasta el quinto piso y repitió la operación.
—¡Efectivamente, está justo debajo de ti! —gritó mi abuela—. ¡Su habitación está justo debajo de la tuya!
Entramos en mi habitación y me llevó otra vez al balcón.
—Ese balcón de ahí abajo es el de ella —dijo—. ¡Y además, la puerta del balcón está abierta!
¿Cómo vas a bajar?
—No sé —contesté.
Nuestras habitaciones estaban en la fachada principal del hotel y daban a la playa y al mar.
Directamente debajo de mi balcón, cientos de metros debajo, se veía una verja de barrotes puntiagudos. Si me caía, no lo contaría.
—¡Ya lo tengo! —gritó mi abuela.
Llevándome en la mano, volvió corriendo a su cuarto y empezó a rebuscar, en los cajones de la cómoda. Encontró un ovillo de lana azul. Un extremo del hilo estaba unido a unas agujas de calceta y a un calcetín a medio terminar que estaba haciendo para mí.
—Esto irá perfectamente —dijo ella—. Te meteré dentro del calcetín y te haré descender hasta el balcón de La Gran Bruja. ¡Pero tenemos que darnos prisa! ¡Ese monstruo puede volver a su habitación en cualquier momento!


El ratón ladrón

Mi abuela regresó apresuradamente a mi cuarto y me sacó al balcón.
—¿Estás listo? —me preguntó—. Te voy a meter en el calcetín.
—No sé si podré conseguirlo —dije—. Ahora soy sólo un ratoncito.
—Lo conseguirás —dijo ella—. Buena suerte, mi vida.
Me metió en el calcetín y empezó a descolgarme por fuera de la barandilla. Yo me acurruqué dentro del calcetín y contuve el aliento. A través del tejido de punto, veía claramente todo el panorama. Allá abajo, lejísimos, los niños que jugaban en la playa eran del tamaño de un escarabajo. El calcetín comenzó a balancearse a causa de la brisa. Miré hacia arriba y vi la cabeza de mi abuela asomando por encima de la barandilla.
—¡Ya casi estás allí! —gritó—. ¡Ya llegamos! ¡Despacio, suave! ¡Ya estás abajo!
Noté un ligero golpe contra el suelo.
—¡Entra! —gritó mi abuela—. ¡De prisa, de prisa, de prisa! ¡Registra la habitación!
Salté fuera del calcetín y entré corriendo en el cuarto de La Gran Bruja. Había el mismo olor rancio que yo había percibido en el Salón de Baile. Era el hedor de las brujas. Me recordaba al olor de los lavabos públicos de caballeros en las estaciones de ferrocarril.
Por lo que yo pude ver, la habitación estaba bastante ordenada. Por ninguna parte había el menor signo de que estuviese ocupada por alguien que no fuera una persona normal. Pero, claro, no podía haberlo. Ninguna bruja hubiera sido tan tonta como para dejar cualquier cosa sospechosa tirada por ahí, para que la viera una camarera del hotel.
De pronto vi a una rana que daba saltos sobre la alfombra y luego desaparecía debajo de la cama. Yo también salté.
—¡Date prisa! —me llegó la voz de la abuela desde fuera—. ¡Coge el mejunje y sal de ahí!
Me puse a brincar por la habitación, tratando de registrarla, pero no era tan fácil. No podía abrir ningún cajón, por ejemplo. Tampoco podía abrir las puertas del gran armario. Dejé de brincar, me senté en el suelo y me puse a pensar. Si La Gran Bruja quería ocultar algo sumamente secreto, ¿dónde lo pondría? Seguro que no en un cajón corriente. Ni en el armario tampoco. Era demasiado evidente. Me subí a la cama de un salto, para ver bien toda la habitación. Eh, pensé, ¿por qué no debajo del colchón? Con mucho cuidado, me descolgué por el borde de la cama y me deslicé por debajo del colchón. Tuve que empujar fuerte para avanzar algo, pero seguí insistiendo. No veía nada. Estaba arrastrándome por debajo del colchón cuando, de pronto, mi cabeza chocó contra algo duro que había dentro del colchón. Lo palpé con la pata. ¿Podría ser un frasquito? Era un frasquito! Notaba su forma a través de la tela del colchón. Y, justo al lado, toqué otro bulto duro, y otro, y otro. La Gran Bruja debía de haber descosido la tela, colocado los frascos dentro, y luego haber vuelto a coserla. Empecé a roer furiosamente la tela del colchón sobre mi cabeza. Mis incisivos eran extraordinariamente afilados y no tardé mucho en hacer un pequeño agujero. Me metí dentro y agarré el frasco por el cuello. Lo empujé para que saliera por el agujero y luego salí yo.
Andando hacia atrás y arrastrando el frasco, conseguí llegar al borde del colchón. Hice rodar el frasco y lo dejé caer sobre la alfombra. Rebotó pero no se rompió. Salté de la cama. Examiné el frasquito. Era idéntico al que tenía La Gran Bruja en el Salón de Baile. Este tenía una etiqueta.
FORMULA 86, ponía. RATONIZADOR DE ACCION RETARDADA. Debajo ponía: Este frasco contiene quinientas dosis. ¡Eureka! Me sentí muy satisfecho de mí mismo.
Tres ranas salieron de debajo de la cama dando saltitos. Se sentaron en la alfombra, mirándome con sus grandes ojos negros. Yo también las miré. Aquellos enormes ojos eran lo más triste que yo había visto. De pronto se me ocurrió que, casi con certeza, aquellas ranas habían sido niños en otro tiempo, antes de que La Gran Bruja se apoderara de ellos. Me quedé allí parado, agarrando el frasco y mirando a las ranas.
—¿Quiénes sois? —les pregunté.
En ese momento exacto, oí una llave en la cerradura, la puerta se abrió violentamente y entró La Gran Bruja. Las ranas se metieron debajo de la cama otra vez de un rápido salto. Yo las seguí como una flecha, sin soltar el frasquito, y corrí hacia la pared y me oculté detrás de una pata de la cama.
Oí pasos sobre la alfombra. Asomé la cabeza y vi que las ranas estaban apiñadas debajo del centro de la cama. Las ranas no pueden esconderse como los ratones. Ni correr como los ratones.
Lo único que saben hacer, las pobres, es saltar torpemente.
De repente, la cara de La Gran Bruja entró en mi campo de visión, mirando debajo de la cama.
Rápidamente, metí la cabeza detrás de la pata de la cama.
—Así que estáis ahí, rranitas mías —la oí decir—. Podéis quedarros donde estáis hasta que yo me acueste esta noche, luego os tirrarré porr la ventana y os comerrán las gaviotas.
Entonces, a través del balcón abierto, se oyó la voz de mi abuela, fuerte y clara.
—¡Date prisa, cielo! ¡Date prisa! ¡Más vale que salgas pronto de ahí!
—¿Quién habla? —chilló La Gran Bruja.
Me asomé otra vez y la vi acercarse al balcón.
—¿Quién está en mi balcón? —refunfuñó—. ¿Quién es? ¿Quién se atrreve a entrrarr en mi balcón?
Salió al balcón.
—¿Qué hace esta lana aquí colgando? —la oí decir.
—Ah, hola —dijo la voz de mi abuela—. Se me acaba de caer mi labor de punto. Pero no importa, porque tengo el otro extremo en la mano. Puedo subirla tirando del hilo. Gracias de todas formas.
Me asombré de la tranquilidad de su voz.
—¿Con quién hablaba usted ahorra mismo? —dijo La Gran Bruja, cortante—. ¿A quién le decía que se dierra prrisa y salierra rrápido?
—Hablaba con mi nietecito —le oí contestar a mi abuela—. Lleva horas en el cuarto de baño y quiero que salga. Se sienta allí a leer libros y se olvida completamente de dónde está. ¿Tiene usted niños, querida?
—¡No! —gritó La Gran Bruja, y volvió a entrar rápidamente en el cuarto, cerrando el balcón de un portazo.
Estaba atrapado. Me había cerrado la vía de escape. Estaba encerrado en aquel cuarto con La Gran Bruja y las tres aterrorizadas ranas. Yo estaba tan aterrorizado como ellas. Estaba seguro de que, si me encontraba, me arrojaría por el balcón para pasto de las gaviotas.
Oí que llamaban con los nudillos en la puerta de la habitación.
—¿Quién es ahorra? —gritó La Gran Bruja.
—Somos las ancianas —contestó una voz tímida al otro lado de la puerta—. Son las seis y venimos a recoger los frasquitos que nos prometió Vuestra Grandeza.
La vi cruzar el cuarto hacia la puerta. La abrió y entonces vi un montón de pies que empezaban a entrar en la habitación. Andaban despacio y titubeantes, como si las dueñas de esos pies tuvieran miedo de entrar.
—¡Pasad! ¡Pasad! —chilló La Gran Bruja—. ¡No os quedéis ahí parradas en el pasillo! ¡No puedo perrderr toda la noche!
Yo vi mi oportunidad. Salí de debajo de la cama y corrí como un rayo hacia la puerta. Salté por encima de varios pares de zapatos por el camino y en tres segundos estaba en el pasillo, apretando el valioso frasquito contra mi pecho. Nadie me había visto. No hubo gritos de: «¡Un ratón! ¡Un ratón!». Lo único que se oía eran las voces de las brujas ancianas balbuceando sus bobas alabanzas: «¡Qué amable es Vuestra Grandeza!» y todo lo demás. Corrí por el pasillo y luego escaleras arriba. En el quinto piso, fui otra vez por el pasillo hasta la puerta de mi cuarto.
Gracias a Dios, no había nadie a la vista. Empecé a dar golpecitos en la puerta con el fondo del frasco. Tap, tap, tap, tap, tap, tap... tap, tap, tap
¿Me oiría mi abuela? Pensé que tenía que oírme. El frasco hacía un ruido bastante fuerte cada vez que daba contra la puerta. Tap, tap, tap... tap, tap, tap... Con tal de que no viniera nadie por el pasillo...
Pero la puerta no se abría. Decidí correr un riesgo.
—¡Abuela! —grité todo lo fuerte que pude—. ¡Abuela! ¡Soy yo! ¡Ábreme!
Oí sus pasos sobre la alfombra y se abrió la puerta. Entré como una flecha.
—¡Lo conseguí! —grité, dando brincos—. ¡Lo tengo, abuela! ¡Mira, aquí está! ¡Un frasco entero!
Ella cerró la puerta. Se agachó, me cogió y me acarició.
—¡Ah, mi vida! —exclamó—. ¡Gracias a Dios que estás a salvo!
Cogió el frasquito y leyó la etiqueta en voz alta.
—Fórmula 86. Ratonizador de Acción Retardada. ¡Este frasco contiene quinientas dosis!
¡Eres estupendo, chiquillo! ¡Eres una maravilla! ¡Asombroso! ¿Cómo demonios conseguiste salir de su cuarto?
—Me escapé cuando entraron las brujas ancianas —le dije—. Fue todo un poco espeluznante, abuela. No me gustaría tener que repetirlo.
—¡Yo también la he visto! —dijo ella.
—Lo sé, abuela. Os oí hablar. ¿No crees que es absolutamente horrenda?
—Es una asesina —dijo mi abuela—. ¡Es la mujer más malvada del mundo entero!
—¿Viste su máscara? —pregunté.
—Es asombrosa —dijo mi abuela—. Es exactamente igual que una cara de verdad. Aunque yo sabía que era una máscara, no veía la diferencia. ¡Oh, cielo mío! ¡Creí que nunca te volvería a ver!
¡Estoy tan contenta de que escaparas!


Presentación de Bruno al Sr. y la Sra. Jenkins

Mi abuela me llevó a su habitación y me puso sobre la mesa. Colocó el valioso frasco a mi lado.
—¿A qué hora van a cenar esas brujas en el comedor? —preguntó.
—A las ocho— dije.
Ella miró su reloj.
—Ahora son las seis y diez —dijo—. Tenemos hasta las ocho para planear nuestro próximo paso.
De pronto, su mirada se posó sobre Bruno, que seguía en el frutero. Ya se había comido tres plátanos y estaba empezando el cuarto. Se había puesto inmensamente gordo.
—Ya basta —dijo mi abuela, levantándole del frutero y dejándole encima de la mesa—. Creo que es hora de devolver a este niño al seno familiar. ¿No estás de acuerdo, Bruno?
Bruno la miró ceñudo. Yo nunca había visto a un ratón fruncir el ceño, pero Bruno logró hacerlo.
—Mis padres me dejan comer todo lo que quiero —dijo—. Prefiero estar con ellos que con usted.
—Es natural —dijo mi abuela—. ¿Sabes dónde podrían estar tus padres en este momento?
—Estaban en la Sala no hace mucho —dije yo—. Les vi sentados allí cuando pasamos corriendo para venir aquí.
—Bien —dijo mi abuela—. Vamos a ver si están allí todavía. ¿Quieres venir tú también? —añadió, mirándome.
—Sí, por favor —contesté.
—Os pondré a los dos en mi bolso —dijo ella—. Quedaros calladitos y escondidos. Si tenéis que asomaros de vez en cuando, no sacad más que el hocico.
Su bolso era grande y voluminoso, de piel negra, con un broche de carey. Nos cogió a Bruno y a mí y nos metió dentro.
—No cerraré el broche —dijo—. Pero tened cuidado de que no os vean.
Yo no tenía intención de quedarme escondido. Quería verlo todo. Me metí en un bolsillo lateral dentro del bolso, cerca del broche, y desde allí podía asomar la cabeza siempre que quisiera.
—Eh —dijo Bruno—. Déme el resto del plátano que estaba comiendo.
—Oh, bueno —dijo mi abuela—. Lo que sea con tal de que te calles.
Echó el plátano medio comido dentro del bolso, se colgó éste del brazo y salió de la habitación. Recorrió el pasillo dando golpecitos con su bastón.
Bajamos en el ascensor a la planta baja y atravesamos el Salón de Lectura, camino de la Sala.
Allí estaban, efectivamente, el señor y la señora Jenkins, sentados en un par de butacas con una mesita baja de cristal entre los dos. Había varios otros grupos de personas, pero los Jenkins eran la única pareja que estaba sola. El señor Jenkins estaba leyendo el periódico. La señora Jenkins estaba haciendo una labor de punto, grande, de color mostaza. Sólo mis ojos y mi nariz sobresalían del cierre del bolso, pero tenía una vista estupenda. Lo veía todo.
Mi abuela, vestida de encaje negro, cruzó la Sala golpeando el suelo con su bastón y se detuvo delante de la mesa de los Jenkins.
—¿Son ustedes el señor y la señora Jenkins? —preguntó.
El señor Jenkins la miró por encima de las páginas de su periódico y arrugó el entrecejo.
—Sí —dijo—. Soy el señor Jenkins. ¿En qué puedo servirla, señora?
—Me temo que tengo que darle una noticia bastante alarmante —dijo ella—. Se trata de su hijo, Bruno.
—¿Qué pasa con Bruno? —dijo el señor Jenkins.
La señora Jenkins levantó la vista, pero continuó haciendo punto.
—¿Qué ha hecho ahora ese granujilla? —dijo el señor Jenkins—. Una incursión en la cocina, supongo.
—Es algo peor que eso —dijo mi abuela—. ¿Podríamos ir a algún sitio más privado para que se lo cuente?
—¿Privado? —dijo el señor Jenkins—. ¿Por qué tenemos que estar en privado?
—No me resulta fácil explicarle lo que ha pasado —contestó mi abuela—. Preferiría que subiéramos a su habitación y nos sentáramos, antes de decirle más.
El señor Jenkins bajó el periódico. La señora Jenkins dejó de hacer punto.
—No quiero subir a mi habitación, señora —dijo el señor Jenkins—. Estoy muy bien aquí, muchas gracias.
Era un hombre grande y tosco que no estaba acostumbrado a que le dijeran lo que tenía que hacer.
—Haga el favor de decir lo que sea y luego déjenos solos —añadió.
Habló como si se dirigiera a alguien que estuviese intentando venderle una aspiradora en la puerta de su casa.
Mi pobre abuela, que había hecho todo lo posible por ser amable con ellos, empezó a enojarse también.
—No podemos hablar aquí —dijo—. Hay demasiada gente. Se trata de un asunto muy personal y delicado.
—Hablaré donde me dé la gana, señora —dijo el señor Jenkins—. Venga, ¡suéltelo! Si Bruno ha roto una ventana o le ha estrellado las gafas, yo pagaré los daños, ¡pero no pienso moverme de esta butaca!
Uno o dos de los grupos que había en la sala empezaron a mirarnos.
—Además, ¿dónde está Bruno? —dijo el señor Jenkins—. Dígale que venga aquí a verme.
—Ya está aquí —dijo mi abuela—. Está en mi bolso.
Dio unos golpecitos en su bolso, grande y blando, con el bastón.
—¿Qué rayos quiere decir con que está en su bolso? —gritó el señor Jenkins.
—¿Está usted tratando de gastarnos una broma? —dijo la señora Jenkins, muy estirada.
—Esto no es ninguna broma —dijo mi abuela—. Su hijo ha sufrido un desafortunado accidente.
—Siempre está sufriendo accidentes —dijo el señor Jenkins—. Come demasiado y luego padece de gases. Debería oírle después de cenar. ¡Parece una orquesta de viento! Pero con una buena dosis de aceite de ricino se pone bien en seguida. ¿Dónde está ese bribón?
—Ya se lo he dicho —contestó mi abuela—. Está en mi bolso. Pero realmente creo que sería mejor que fuéramos a un sitio privado antes de presentárselo en su estado actual.
—Esta mujer está loca —dijo la señora Jenkins—. Dile que se vaya.
—El hecho es que su hijo Bruno ha sido transformado drásticamente —dijo mi abuela.
—¡Transformado! —gritó el señor Jenkins—. ¿Qué diablos significa transformado?
—¡Vayase! —dijo la señora Jenkins—. ¡Es usted una vieja estúpida!
—Estoy tratando de decirles, lo más suavemente que puedo, que Bruno está realmente en mi bolso —dijo mi abuela—. Mi propio nieto las vio hacerlo.
—¿Vio a quién hacer qué, por Dios santo? —gritó el señor Jenkins.
Tenía un bigote negro que subía y bajaba cuando él gritaba.
—Vio a las brujas convertirle en un ratón —dijo mi abuela.
—Llama al director, querido —le dijo la señora Jenkins a su marido—. Haz que echen del hotel a esta loca.
En ese momento, a mi abuela se le acabó la paciencia. Rebuscó en su bolso y encontró a Bruno.
Lo sacó y lo dejó sobre la mesa de cristal. La señora Jenkins echó una ojeada al gordo ratoncito pardo, que todavía estaba masticando un pedacito de plátano, y pegó un alarido que hizo vibrar la araña de cristal del techo. Salió disparada de su butaca, chillando.
—¡Es un ratón! ¡Retíralo! ¡No los soporto!
—Es Bruno —dijo mi abuela.
—¡Vieja descarada y odiosa! —gritó el señor Jenkins.
Se puso a darle papirotazos a Bruno con el periódico, intentando echarlo de la mesa. Mi abuela se lanzó hacia adelante y logró cogerlo antes de que lo tirara al suelo. La señora Jenkins seguía pegando berridos y el señor Jenkins nos amenazaba gritando.
—¡Fuera de aquí! ¿Cómo se atreve a asustar a mi mujer de esta manera? ¡Llévese de aquí a su asqueroso ratón ahora mismo!
—¡Socorro! —chillaba la señora Jenkins.
Su cara se había puesto del color de la panza de un pescado.
—Bueno, yo hice lo que pude —dijo mi abuela.
Con esas palabras, dio media vuelta y salió de la sala, llevándose a Bruno.


El plan

Cuando volvimos a su cuarto, mi abuela nos sacó de su bolso a Bruno y a mí y nos puso encima de la mesa.
—¿Por qué demonios no hablaste y le dijiste a tu padre quién eras? —le preguntó a Bruno.
—Porque tenía la boca llena —dijo él.
Saltó inmediatamente al frutero y siguió comiendo.
—Qué niño más desagradable eres —le dijo mi abuela.
—Niño, no —dije yo—. Ratón.
—Tienes razón, cielo. Pero ahora no tenemos tiempo de preocuparnos de él. Tenemos que hacer planes. Dentro de una hora y media aproximadamente, todas las brujas bajarán a cenar al comedor. ¿Verdad?
—Verdad —dije.
—Y hay que darles una dosis de Ratonizador a cada una —dijo—. ¿Cómo rayos vamos a hacerlo?
—Abuela, creo que olvidas que un ratón puede entrar en sitios donde no pueden entrar las personas.
—Eso es cierto —dijo—. Pero ni siquiera un ratón puede pasearse por la mesa, llevando un frasco y rociando la carne asada de las brujas con Ratonizador, sin que le vean.
—No pensaba hacerlo en el comedor —dije.
—Entonces, ¿dónde? —preguntó ella.
—En la cocina, cuando estén preparando su cena.
Mi abuela me contempló.
—Mi querido chiquillo —dijo lentamente—, creo que convertirte en un ratón ha duplicado tu capacidad mental.
—Un ratoncito puede corretear entre los cacharros de la cocina, sin que nadie le vea, si tiene mucho cuidado.
—¡Brillante! —exclamó ella—. ¡Creo que ésa es la idea!
—El único problema —dije— es cómo voy a saber qué comida es para ellas. No quiero echarlo en otra olla por equivocación. Sería desastroso que me equivocara y convirtiera en ratones a todos los huéspedes, y sobre todo, a ti, abuela.
—Entonces, tendrás que colarte en la cocina, encontrar un buen escondite y esperar... y escuchar. Quédate en un rinconcito oscuro, escuchando y escuchando todo lo que digan los cocineros... y, con un poco de suerte, alguien te dará una pista. Siempre que tienen que cocinar para un grupo grande, preparan su comida por separado.
—De acuerdo —dije—. Eso es lo que haré. Me quedaré allí y escucharé, esperando un golpe de suerte.
—Va a ser muy peligroso —dijo ella—. Nadie se alegra de ver a un ratón en una cocina. Si te ven, te aplastarán.
—No dejaré que me vean.
—No olvides que llevarás el frasco —dijo ella— y, por lo tanto, no podrás ser tan ágil y rápido.
—Puedo correr bastante rápido sobre las patas traseras, sosteniendo el frasco con las delanteras —dije—. Acabo de hacerlo, ¿no recuerdas? Vine todo el camino desde el cuarto de La Gran Bruja con el frasco.
—¿Y desenroscar el tapón? —dijo mi abuela—. Puede que eso te resulte difícil.
—Voy a probar —dije.
Cogí el frasquito y, utilizando las dos patas delanteras, comprobé que podía desenroscar el tapón con facilidad.
—Estupendo —dijo mi abuela—. Realmente eres un ratón listísimo.
Miró su reloj otra vez.
—Son las siete y media —dijo—. Voy a bajar a cenar en el comedor llevándote en mi bolso. Te soltaré debajo de la mesa con el frasquito y, a partir de ahí, tendrás que arreglártelas tú solo.
Tendrás que atravesar el comedor, sin ser visto, hasta llegar a la puerta de la cocina. Los camareros estarán entrando y saliendo por esa puerta continuamente. Tendrás que elegir el momento oportuno para colarte detrás de uno de ellos, pero, por amor de Dios, ten cuidado de que no te pisen o de que no te aplaste la puerta.
—Procuraré que no —dije.
—Y, pase lo que pase, no dejes que te cojan.
—No sigas, abuela. Me estás poniendo nervioso.
—Eres muy valiente. —dijo ella—. Y te quiero mucho.
—¿Qué hacemos con Bruno? —le pregunté.
Bruno me miró.
—Voy con vosotros —dijo, con la boca llena de plátano—. ¡No me voy a quedar sin cenar!
Mi abuela lo pensó un momento.
—Te llevaré —le dijo— si prometes quedarte en mi bolso, muy calladito.
—¿Me pasará usted comida? —preguntó Bruno.
—Sí —dijo ella—, si prometes portarte bien. ¿Te gustaría a ti comer algo, cariño? —me preguntó.
—No, gracias —contesté—. Estoy demasiado nervioso para comer y, además, tengo que estar en buena forma, espabilado y ligero, para la tarea que me espera.
—Ciertamente es una gran tarea —dijo mi abuela—. Nunca harás otra mayor.


En la cocina

—¡Ya es la hora! —dijo mi abuela—. ¡Ha llegado el gran momento! ¿Estás listo, cariño?
Eran exactamente las siete y media. Bruno estaba en el frutero, terminando su quinto plátano.
—Espere —dijo—. Sólo unos mordiscos más.
—¡No! —dijo mi abuela—. ¡Tenemos que irnos!
Le cogió y lo apretó en su mano. Estaba muy tensa y nerviosa. Yo nunca la había visto así antes.
—Ahora voy a poneros a los dos en mi bolso —dijo—, pero dejaré el broche abierto.
Metió a Bruno primero. Yo esperé, apretando el frasquito contra mi pecho.
—Ahora tú —me cogió y me dio un besito en la nariz—. Buena suerte, cielo. Ah, a propósito, te das cuenta de que tienes cola, ¿no?
—Tengo ¿qué? —dije.
—Cola. Una cola larga y rizada.
—La verdad es que no se me había ocurrido —dije—. ¡Caramba! ¡Pues es verdad! ¡Ahora la veo! ¡Y puedo moverla! Es bonita, ¿verdad?
—Lo he mencionado porque podría serte útil cuando estés trepando por la cocina —dijo mi abuela—. Puedes enroscarla en algo y balancearte y descender colgando de ella.
—Ojalá lo hubiera sabido antes —dije—. Hubiera practicado para saber usarla.
—Ya no hay tiempo —dijo mi abuela—. Tenemos que irnos.
Me metió en el bolso con Bruno y en seguida tomé mi sitio habitual en el bolsillito interior, para poder asomar la cabeza y ver lo que pasaba.
Mi abuela cogió su bastón, salió al pasillo y fue al ascensor. Apretó el botón, subió el ascensor y entró. No había nadie más.
—Escucha —dijo—. No podré hablarte apenas cuando estemos en el comedor. Si lo hago la gente pensará que estoy majareta y hablo sola.
El ascensor llegó a la planta baja y se detuvo bruscamente. Mi abuela salió, cruzó el vestíbulo del hotel y entró en el comedor. Era una sala inmensa con adornos dorados en el techo y grandes espejos en las paredes. Los huéspedes fijos tenían mesas reservadas y la mayoría estaban ya sentados empezando a cenar. Los camareros bullían por el local, llevando platos y fuentes.
Nuestra mesa era pequeña y estaba situada a la derecha, junto a la pared, hacia el centro. Mi abuela se dirigió a ella y se sentó.
Atisbando por encima del cierre del bolso, vi en el centro del comedor dos mesas largas que aún estaban vacías. En cada una de ellas había un cartelito sobre una especie de barrita de plata.
El cartelito decía: RESERVADO PARA LOS MIEMBROS DE LA RSPCN.
Mi abuela miró hacia las mesas largas, pero no dijo nada. Desplegó su servilleta y la extendió sobre el bolso encima de su regazo. Su mano se deslizó por debajo de la servilleta y me cogió tiernamente. Tapado con la servilleta, me acercó a su cara y susurró:
—Voy a ponerte en el suelo debajo de la mesa. El mantel llega casi hasta el suelo, así que nadie te verá. ¿Tienes bien agarrado el frasco?
—Sí —murmuré—. Estoy listo, abuela.
Justo entonces, un camarero vestido de negro se acercó a nuestra mesa. Yo veía sus piernas por debajo de la servilleta y, tan pronto oí su voz, le reconocí. Se llamaba William.
—Buenas noches, señora —le dijo a mi abuela—. ¿Dónde está el caballerito esta noche?
—No se encontraba muy bien —dijo ella—. Se ha quedado en su cuarto.
—Lo siento —dijo William—. Hoy tenemos puré de guisantes de primero y, de .segundo, puede elegir entre filete de lenguado a la plancha o cordero asado.
—Para mí, puré de guisantes y cordero asado —dijo mi abuela—. Pero sin prisas, William. Esta noche no tengo prisa. Tráigame una copa de jerez seco antes de la cena.
—Desde luego, señora —dijo William, y se alejó.
Mi abuela fingió que se le había caído algo y, al agacharse, me dejó en el suelo bajo la mesa.
—¡Ve, cariño, ve! —murmuró, y luego se enderezó.
Ahora estaba solo. Estaba de pie, agarrando el frasco. Sabía exactamente dónde estaba la puerta de la cocina. Tenía que recorrer como la mitad del comedor para llegar a ella. Allá va, pensé, y me lancé como un rayo hacia la pared. No tenía intención de cruzar el suelo del comedor. Era demasiado arriesgado. Mi plan era ir pegado al rodapié hasta la puerta de la cocina.
Corrí. Oh, cómo corrí. Creo que nadie me vio. Estaban todos demasiado ocupados en comer.
Pero, para llegar a la puerta que conducía a la cocina, tenía que cruzar la puerta principal del comedor.
Estaba a punto de hacerlo cuando entró una riada de mujeres. Me apreté contra la pared sujetando mi frasco. Al principio, sólo vi los zapatos y los tobillos de las mujeres que pasaban por la puerta en tropel, pero cuando levanté un poco la mirada, supe en seguida quiénes eran. ¡Eran las brujas, que entraban a cenar!
Esperé hasta que pasaron todas junto a mí, y luego me precipité hacia la puerta de la cocina. Un camarero la abrió para entrar. Me colé tras él y me escondí detrás de un gran cubo de basura. Me quedé allí varios minutos, escuchando todas las conversaciones y el jaleo. ¡Madre mía, qué barullo había en esa cocina! ¡Qué ruido! ¡Y el vapor! ¡Y el estrépito de los cacharros! ¡Y todos los cocineros gritando! ¡Y todos los camareros entrando y saliendo apresuradamente y gritando los pedidos a los cocineros!
—¡Cuatro purés y dos corderos y dos lenguados para la mesa veintiocho! ¡Tres tartas de manzana y dos helados de fresa para la número diecisiete!
Y así todo el rato.
Encima de mí, no muy alta, había un asa que sobresalía del cubo de basura. Sin soltar el frasco, di un salto, una voltereta en el aire, y me agarré al asa con el extremo del rabo. Allí estaba, balanceándome cabeza abajo. Era estupendo. Me encantó. Así es, me dije, como debe de sentirse un trapecista cuando vuela por el aire, allá en lo alto, bajo la lona del circo.
La única diferencia es que su trapecio solamente se balancea hacia detrás y hacia delante.
Mi trapecio (mi rabo) me balanceaba en cualquier dirección que yo deseara. Quizá iba a convertirme en un ratón de circo, después de todo.
En ese momento, entró un camarero con un plato en la mano y dijo:
—¡La vieja de la mesa catorce dice que esta carne está demasiado dura! ¡Quiere otra ración!
—¡Dame su plato! —dijo uno de los cocineros.
Me dejé caer al suelo y miré por un lado del cubo de basura. Vi al cocinero retirar la carne del plato y poner otro trozo. Luego dijo:
—¡Venga, chicos, ponedle un poco de salsa!
Fue pasando el plato a todos los que había en la cocina y ¿sabéis lo que hicieron? ¡Todos los cocineros y los pinches escupieron en el plato de la vieja señora!
—¡Seguro que ahora le gusta! —dijo el cocinero, entregándole el plato al camarero.
En seguida entró otro camarero y gritó:
—¡Todas las del grupo RSPCN quieren el puré!
Entonces me puse alerta y escuché atentamente. Era todo oídos. Avancé un poco por un lado del cubo de basura para poder ver todo lo que pasaba en la cocina. Un hombre con un gorro blanco alto, que debía de ser el cocinero jefe, dijo:
—¡Poned el puré del grupo grande en la sopera de plata grande!
Vi al cocinero jefe poner un enorme recipiente de plata sobre un banco de madera que corría todo a lo largo de la pared opuesta de la cocina. En esa sopera de plata es donde van a poner el puré, me dije, así que ahí es donde tiene que ir también el mejunje de mi frasquito.
Me fijé en que cerca del techo, encima del banco de madera, había un estante largo abarrotado de cacerolas y sartenes. Si consigo subirme a ese estante, pensé, está hecho. Estaré directamente sobre la sopera de plata.
Pero primero tengo que llegar al otro lado de la cocina y subirme al estante intermedio. ¡Se me ocurrió una gran idea! Una vez más, salté y enganché con la cola el asa del cubo de basura.
Entonces, colgando cabeza abajo, empecé a balancearme. Cada vez más alto. Me acordaba del trapecista que había visto en el circo en las vacaciones de Semana Santa, y del modo en que hacía balancearse el trapecio más y más alto para luego lanzarse por los aires. Así que, justo en el momento oportuno, en el punto más elevado de mi balanceo, me solté del asa y salí disparado a través de la cocina, ¡e hice un aterrizaje perfecto en el estante intermedio!
¡Qué maravillas puede hacer un ratón! ¡Y eso que sólo soy un principiante!, pensé.
Nadie me había visto. Estaban todos demasiado atareados con sus cacharros. Desde el estante intermedio logré trepar por una pequeña cañería que había en el rincón, y en un periquete estaba encima del estante superior, justo debajo del techo, entre las cacerolas y las sartenes. Sabía que allí arriba nadie podría verme. Era una posición sensacional. Empecé a avanzar a lo largo del estante hasta que estuve directamente sobre la gran sopera de plata vacía donde iban a servir la sopa. Dejé el frasco en el estante. Desenrosqué el tapón, empujé el frasco hasta el borde y rápidamente volqué su contenido directamente en la sopera.
Un momento después, uno de los cocineros vino con una olla inmensa llena de humeante puré verde y lo echó todo en la sopera de plata. Puso la tapa encima y gritó:
—¡El puré del grupo grande ya está listo!
Entonces se acercó un camarero y se llevó la sopera.
¡Lo había logrado! Aunque nunca volviese a ver a mi abuela, ¡las brujas se tomarían su Ratonizador! Dejé el frasco vacío detrás de una olla grande y empecé a retroceder por el estante superior. Sin el frasco, me resultaba mucho más fácil moverme. Empecé a utilizar la cola cada vez más. Me columpié del asa de una cacerola al asa de otra todo el recorrido, mientras allá abajo, los cocineros y los camareros se ajetreaban de un lado para otro, y las ollas humeaban y las sartenes salpicaban y las cazuelas hervían y yo pensaba, ¡Esto es vida! ¡Qué divertido es ser un ratón y tener una emocionante misión! Seguí columpiándome divinamente de un mango a otro, y me estaba divirtiendo tanto, que me olvidé por completo de que cualquiera que mirara hacia arriba por casualidad podía verme perfectamente. Lo que sucedió entonces fue tan rápido que no tuve tiempo de ponerme a salvo.
Oí una voz de hombre que chillaba.
—¡Un ratón! ¡Mirad ese asqueroso ratón!
Vislumbré debajo de mí una figura vestida de blanco con un gorro alto y luego, un relámpago de acero, cuando un cuchillo de cocina cortó el aire y sentí un trallazo de dolor en el extremo del rabo y, de pronto, estaba cayendo de cabeza al suelo.
Incluso mientras caía, supe lo que acababa de ocurrir. Comprendí que me habían cercenado la punta de la cola y que estaba a punto de estrellarme contra el suelo, y que todo el mundo en la cocina me perseguiría.
—¡Un ratón! —chillaban—. ¡Un ratón! ¡Cógelo, rápido!
Di contra el suelo, salté y eché a correr para salvar mi vida. Por todas partes había grandes botas negras pisoteando, y yo regateaba y corría y corría, torciendo, girando, sorteando obstáculos por todo el suelo de la cocina.
—¡Cogedle! —gritaban—. ¡Matadle! ¡Aplastadle!
Todo el suelo parecía estar ocupado por botas negras que intentaban pisotearme y yo las evitaba, las rodeaba, daba vueltas y luego, en pura desesperación, sin saber bien lo que hacía, buscando un sitio donde esconderme, ¡me metí por la pernera del pantalón de un cocinero y me aferré a su calcetín!
—¡Ah! —gritó el cocinero—. ¡Se ha metido por mi pantalón! ¡Estaros quietos! ¡Esta vez le atraparé!
El hombre se daba palmadas en la pierna y ahora sí que me iba a aplastar si yo no huía rápidamente. Sólo podía ir en una dirección: hacia arriba. Clavé mis garras en la peluda pierna y trepé por ella, cada vez más arriba, subiendo por la pantorrilla y la rodilla hasta el muslo.
—¡Caramba! ¡Qué barbaridad! —chillaba el hombre—. ¡Me está subiendo por toda la pierna!
Oí risotadas de todos los demás cocineros, pero os aseguro que yo no tenía ganas de reír. Yo corría para salvarme. Las manos del hombre seguían dando fuertes palmadas muy cerca de mí y él no paraba de saltar, como si estuviese pisando ascuas, y yo continuaba trepando y esquivando, y pronto llegué a todo lo alto de la pernera del pantalón y ya no pude seguir.
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! —chillaba el hombre—. ¡Lo tengo en los calzoncillos! ¡Está correteando por dentro de mis calzoncillos! ¡Sacadlo! ¡Que alguien me ayude a sacarlo!
—¡Quítate los pantalones, idiota! ¡Bájate los pantalones y le cogeremos! —gritó alguien.
Yo estaba ahora en el centro de los pantalones del hombre, en el punto donde se unen las dos perneras y empieza la cremallera. Aquello estaba oscuro y muy caliente. Comprendí que tenía que encontrar una salida. Seguí adelante y encontré la otra pernera. Bajé por ella a la velocidad del rayo y salí por abajo y volví a pisar el suelo. Oí que el estúpido cocinero gritaba todavía.
—¡Está en mis pantalones! ¡Sacadlo! ¡Por favor, que alguien me ayude a cogerlo antes de que me muerda!
Tuve una fugaz visión de todo el personal de la cocina rodeándole y partiéndose de risa, y nadie vio al ratoncito pardo que cruzaba velozmente la cocina y se sumergía en un saco de patatas.
Me abrí paso entre las sucias patatas y contuve la respiración.
El cocinero debía de haber empezado a quitarse los pantalones, porque ahora estaban gritando:
—¡No está ahí! ¡No hay ningún ratón ahí, imbécil!
—¡Lo había! ¡Juro que lo había! —gritaba el hombre—. ¡Nunca habéis tenido un ratón en los pantalones! ¡No sabéis lo que es!
El hecho de que un ser tan chiquitito como yo hubiese causado tal conmoción entre una pandilla de hombres mayores me daba una sensación de alegría. Sonreí, a pesar del dolor que tenía en el rabo. Me quedé donde estaba hasta que me aseguré de que ya se habían olvidado de mí. Luego me arrastré entre las patatas y, cautelosamente, asomé la cabecita por el borde del saco. En la cocina había otra vez un gran ajetreo de cocineros y camareros yendo y viniendo. Vi al camarero que había entrado antes con la queja sobre la carne dura volver a entrar.
—¡Eh, chicos! —gritó—. Le pregunté a la vieja si el nuevo trozo de carne era mejor y me dijo que estaba riquísimo. ¡Dijo que estaba realmente sabroso!
Yo tenía que salir de aquella cocina y volver con mi abuela. Sólo había una manera de hacerlo.
Tenía que cruzar el suelo como una flecha y pasar por la puerta detrás de algún camarero. Me quedé quieto, esperando mi oportunidad. La cola me dolía terriblemente. La doblé hacia delante para mirármela. Le faltaban unos cinco centímetros y sangraba mucho. Había un camarero cargando un montón de platos llenos de helado de fresa. Llevaba uno en cada mano y dos más en equilibrio sobre cada brazo. Se dirigió a la puerta. La abrió empujando con un hombro. Salté del saco de patatas, crucé la cocina y entré en el comedor como una exhalación y no paré de correr hasta que estuve debajo de la mesa de mi abuela.
Era maravilloso volver a ver los pies de mi abuela con sus anticuados zapatos negros con trabillas y botones. Trepé por una de sus piernas y aterricé en su regazo.
—¡Hola, abuela! —murmuré—. ¡Ya estoy aquí! ¡Lo conseguí! ¡Lo eché todo en su puré!
Su mano bajó y me acarició.
—¡Bien hecho, cariño! —murmuró ella—. ¡Magnífico! ¡En este momento se están tomando ese puré!
De pronto, retiró la mano.
—¡Estás sangrando! —susurró—. ¿Qué te ha pasado, cielo?
—Uno de los cocineros me cortó la cola con un cuchillo de cocina —dije bajito—. Duele como un demonio.
—Déjame verla —dijo ella. Inclinó la cabeza y me examinó la cola—. Pobrecito mío. Voy a vendártela con mi pañuelo. Así dejará de sangrar.
Sacó de su bolso un pañuelito bordeado de encaje y se las arregló para envolverme la cola con él.
—Ahora te pondrás bien —dijo—. Intenta olvidarte del dolor. ¿De verdad lograste echar todo el frasco en su puré?
—Hasta la última gota —contesté—. ¿Crees que podrías ponerme en algún sitio donde pueda verlas?
—Sí —contestó—. Mi bolso está en tu silla vacía, a mi lado. Te meteré allí y puedes asomarte un poquito, siempre que tengas mucho cuidado de que no te vean. Bruno también está allí, pero no le hagas caso. Le he dado un panecillo y eso le mantendrá ocupado durante un rato.
Su mano se cerró sobre mí, me alzó de su regazo y me trasladó al bolso.
—Hola, Bruno —dije.
—Este panecillo está muy bueno —dijo, sin cesar de comer, en el fondo del bolso—. Pero me gustaría que tuviera mantequilla.
Miré por encima del cierre del bolso. Veía perfectamente a las brujas, sentadas en las dos mesas largas en el centro de la sala. Ya habían terminado el puré y los camareros estaban recogiendo los platos. Mi abuela había encendido uno de sus asquerosos puros y estaba echando humo por todos lados. A nuestro alrededor, los veraneantes que se hospedaban en este elegante hotel charlaban y devoraban sus cenas. La mitad de ellos eran ancianos con bastón, pero también había muchas familias formadas por un marido, una esposa y varios niños. Todos eran gente de dinero. Había que serlo para poder hospedarse en el Hotel Magnífico.
—¡Esa es ella, abuela! —murmuré—. ¡Esa es La Gran Bruja!
—¡Lo sé! —contestó mi abuela en un murmullo—. ¡Es la menudita de negro que está a la cabecera de la mesa más próxima!
—¡Ella podría matarte! —susurré—. ¡Podría matar a cualquiera en este comedor con sus chispas candentes!
—¡Cuidado! —dijo mi abuela en voz baja—. ¡Viene el camarero!
Desaparecí dentro del bolso y desde allí oí a William decir:
—Su cordero, señora. ¿Qué verdura prefiere? ¿Guisantes o zanahorias?
—Zanahorias, por favor —dijo mi abuela.
Oí los ruidos de servir las zanahorias. Luego hubo una pausa. Después la voz de mi abuela murmuró:
—Está bien. Ya se ha ido.
Saqué la cabeza otra vez.
—¿Seguro que nadie verá asomar mi cabeza?
—No —dijo mi abuela—. Supongo que no. Mi problema es que tengo que hablarte sin mover los labios.
—Lo haces divinamente —dije.
—He contado las brujas —-dijo ella—. No hay tantas como tú pensabas. Era sólo un cálculo cuando dijiste doscientas, ¿no?
—A mí me parecieron doscientas —dije.
—Yo también me equivoqué —dijo—. Pensé que había muchas más brujas en Inglaterra.
—¿Cuántas hay? —pregunté.
—Ochenta y cuatro —contestó.
—Había ochenta y cinco —dije—, pero a una la frieron.
En ese momento vi al señor Jenkins, el padre de Bruno, dirigiéndose a nuestra mesa.
—Cuidado, abuela —dije—. ¡Aquí viene el padre de Bruno!


El Sr. Jenkins y su hijo

El señor Jenkins se acercó a nuestra mesa a zancadas y con expresión decidida.
—¿Dónde está ese nieto suyo? —le preguntó a mi abuela.
Hablaba de modo grosero y parecía muy enfadado. Mi abuela le dirigió una mirada helada y no le contestó.
—Sospecho que él y mi hijo Bruno están haciendo alguna diablura —continuó el señor Jenkins—. Bruno no ha aparecido para cenar, ¡y tiene que ocurrir algo muy gordo para que ese chico se pierda la cena!
—Debo reconocer que tiene un saludable apetito —dijo mi abuela.
—Mi impresión es que también usted está metida en esto —dijo el señor Jenkins—. No sé quién demonios es usted, ni me importa, pero usted nos gastó una broma muy desagradable a mí y a mi mujer esta tarde. Nos puso un asqueroso ratón sobre la mesa. Eso me hace pensar que los tres están metidos en algo. Así que, si sabe usted dónde está escondido Bruno, haga el favor de decírmelo en seguida.
—Yo no les gasté ninguna broma —dijo mi abuela—. Ese ratón que intenté entregarle era su propio hijo, Bruno. Estaba portándome amablemente con ustedes. Estaba tratando de devolverle al seno de su familia. Usted se negó a aceptarle.
—¿Qué diablos quiere usted decir, señora? —gritó el señor Jenkins—. ¡Mi hijo no es un ratón!
Su bigote negro subía y bajaba como loco mientras él hablaba.
—¡Vamos, mujer! ¿Dónde está? ¡Suéltelo de una vez! —vociferó.
La familia de la mesa más próxima a nosotros había dejado de comer y miraba abiertamente al señor Jenkins. Mi abuela seguía fumando tranquilamente su puro negro.
—Comprendo muy bien su indignación, señor Jenkins —dijo ella—. Cualquier otro padre inglés estaría tan furioso como usted. Pero en Noruega, de donde yo soy, estamos muy acostumbrados a este tipo de sucesos. Hemos aprendido a aceptarlos como parte de la vida cotidiana.
—¡Usted debe de estar loca! —gritó el señor Jenkins—. ¿Dónde está Bruno? ¡Si no me lo dice en seguida, llamaré a la policía!
—Bruno es un ratón —dijo mi abuela, tan tranquila como siempre.
—¡Por supuesto que no es un ratón! —gritó el señor Jenkins.
—¡Sí que lo soy! —dijo Bruno, asomando la cabeza fuera del bolso.
El señor Jenkins pegó un salto de un metro.
—Hola, papá —dijo Bruno.
Tenía una especie de boba sonrisita ratonil en la cara.
El señor Jenkins abrió tanto la boca que yo pude verle los empastes de oro de las muelas de atrás.
—No te preocupes, papá —siguió Bruno—. No es tan terrible. Mientras que no me atrape el gato.
—¡B-B-Bruno! —tartamudeó el señor Jenkins.
—¡Ya no tendré que ir al cole! —dijo Bruno, con una amplia y estúpida sonrisa ratonil—. ¡Ni haré deberes! ¡Viviré en el armario de la cocina y me forraré de pasas y de miel!
—¡P-P-Pero B-B-Bruno! —tartamudeó otra vez su padre—. ¿C-Cómo ha sucedido esto?
Al pobre hombre le faltaba el aliento.
—Las brujas —dijo mi abuela—. Lo han hecho las brujas.
—¡Yo no puedo tener un ratón por hijo! —aulló el señor Jenkins.
—Pues ya lo tiene —dijo mi abuela—. Sea bueno con él, señor Jenkins.
—¡Mi mujer se pondrá histérica! —dijo el señor Jenkins—. ¡No puede soportar a esos bichos!
—Tendrá que acostumbrarse a él —dijo mi abuela—. Espero que no tengan ustedes un gato en casa.
—¡Sí que lo tenemos! ¡Sí! —gritó el señor Jenkins—. ¡Topsy es el gran amor de mi mujer!
—Pues tendrán que deshacerse de Topsy —dijo mi abuela—. Su hijo es más importante que su gato.
—¡Por supuesto que sí! —gritó Bruno desde el interior del bolso—. ¡Dile a mamá que se deshaga de Topsy antes de que yo vuelva a casa!
A estas alturas, la mitad del comedor observaba a nuestro grupito. Habían dejado los cuchillos, los tenedores y las cucharas en-el plato y todos volvían la cabeza para mirar al señor Jenkins, allí parado, balbuciendo y gritando. No nos veían ni a Bruno ni a mí y se preguntaban a qué se debía todo aquel jaleo.
—A propósito —dijo mi abuela—, ¿le gustaría saber quién le hizo esto a Bruno?
Había una sonrisita picara en su cara y yo comprendí que estaba a punto de meter al señor Jenkins en problemas.
—¿Quién? —gritó él—. ¿Quién lo hizo?
—Esa mujer que está allí —dijo mi abuela—. La bajita del traje negro que está a la cabecera de la mesa larga.
—¡Pero si es de la RSPCN! —gritó el señor Jenkins—. ¡Es la Presidenta!
—No, no lo es —dijo mi abuela—. Es La Gran Bruja del Mundo Entero.
—¿Quiere decir que fue ella, esa mujercita flaca de allí? —gritó el señor Jenkins, señalándola con un dedo—. ¡Tendrá que vérselas con mis abogados! ¡La haré pagar por esto!
—Le aconsejo que no se precipite —dijo mi abuela—. Esa mujer tiene poderes mágicos. Puede decidir convertirle a usted en algo aún peor que un ratón. En una cucaracha, por ejemplo.
—¿Convertirme a mí en una cucaracha? —chilló el señor Jenkins, hinchando el pecho—.
¡No se atreverá a intentarlo!
Dio media vuelta y echó a andar hacia la mesa de La Gran Bruja. Mi abuela y yo nos quedamos mirándole. Bruno había saltado sobre la mesa y también miraba a su padre.
Prácticamente todas las personas que había en el comedor estaban ya observando al señor Jenkins. Yo permanecí donde estaba, asomando la cabeza por fuera del bolso. Pensé que era más sensato no moverse.


El triunfo

El señor Jenkins apenas había avanzado unos pasos en dirección a la mesa de La Gran Bruja, cuando un penetrante alarido se alzó por encima de todos los demás ruidos del comedor y, al mismo tiempo, ¡vi que La Gran Bruja saltaba por los aires!
Ahora estaba de pie sobre su silla, chillando...
Ahora, encima de la mesa, agitando los brazos...
—¿Qué está pasando, abuela?
—¡Espera! —dijo la abuela—. Calla y observa.
De pronto, todas las demás brujas, más de ochenta, empezaron a gritar y a saltar de sus asientos como si les hubieran clavado un pincho en el trasero. Unas se subieron a las sillas, otras a las mesas, y todas se retorcían y movían los brazos de un modo rarísimo.
Luego, de repente, se quedaron calladas.
Después se pusieron rígidas. Todas y cada una de las brujas se quedaron tan tiesas y silenciosas como un cadáver.
Todo el comedor permaneció mortalmente quieto.
—¡Se están encogiendo, abuela! —dije—. ¡Se están encogiendo como me pasó a mí!
—Lo sé —dijo mi abuela.
—¡Es el Ratonizador! —grité—. ¡Mira! ¡A algunas les está saliendo pelo en la cara! ¿Por qué les hace efecto tan rápido, abuela?
—Te lo diré —dijo mi abuela—. Porque todas ellas han tomado grandes sobredosis, lo mismo que tú. ¡Eso ha destrozado el mecanismo del despertador!
Todo el mundo se había levantado para ver mejor la escena. Algunas personas se acercaban.
Estaba empezando a formarse un gentío en torno a las dos mesas largas. Mi abuela nos levantó a Bruno y a mí para que no nos perdiéramos nada del espectáculo. Estaba tan excitada que se subió a su silla, para poder ver por encima de las cabezas de la gente.
En unos segundos más, todas las brujas habían desaparecido por completo y las dos mesas largas eran un hervidero de ratoncitos pardos.
Por todo el comedor las mujeres chillaban y hombres serios y fuertes se ponían blancos y gritaban «¡Esto es una locura! ¡Esto no puede suceder! ¡Vámonos de aquí en seguida!». Los camareros atacaban a los ratones con las sillas, las botellas de vino o lo que encontraran a mano.
Vi a un cocinero con un gorro alto blanco salir corriendo de la cocina blandiendo una sartén, y a otro detrás de él, agitando un cuchillo de trinchar por encima de su cabeza. Todo el mundo gritaba
«¡Ratones! ¡Ratones! ¡Ratones! ¡Tenemos que librarnos de los ratones!». Sólo los niños que había allí se lo estaban pasando realmente bien. Todos ellos parecían comprender instintivamente que lo que estaba ocurriendo allí, delante de ellos, era algo bueno, y aplaudían y daban vivas y se reían como locos.
—Es hora de irnos —dijo mi abuela—. Nuestra tarea ha terminado.
Se bajó de la silla, cogió su bolso y se lo colgó del brazo. Me llevaba a mí en la mano derecha y a Bruno en la izquierda.
—Bruno —dijo—, ha llegado el momento de devolverte al famoso seno de tu familia.
—A mi mamá no le entusiasman los ratones —dijo Bruno.
—Ya lo he notado —dijo mi abuela—. Pero seguro que se acostumbrará a ti, ¿verdad?
No fue difícil encontrar al señor y la señora Jenkins. La aguda voz de la señora se oía por todo el comedor.
—¡Herbert! —chillaba—. ¡Herbert! ¡Sácame de aquí! ¡Hay ratones por todas partes! ¡Se me van a subir por las piernas!
Había puesto los brazos alrededor del cuello de su marido y, desde donde yo estaba, parecía que estaba colgada de él.
Mi abuela se aproximó a ellos y puso a Bruno en la mano del señor Jenkins por la fuerza.
—Aquí tiene a su niño —dijo—. Debe ponerle a régimen.
—Hola, papi —dijo Bruno—. Hola, mami.
La señora Jenkins berreó todavía más fuerte. Mi abuela, llevándome en su mano, dio media vuelta y se marchó del comedor. Atravesó el vestíbulo del hotel y salió por la puerta principal, al aire libre.
Fuera, hacía una noche maravillosa y yo oí las olas que rompían en la playa, al otro lado de la carretera.
—¿Se puede conseguir un taxi aquí? —le preguntó mi abuela al portero, un hombre alto con un uniforme verde.
—Desde luego, señora —dijo él.
Se puso dos dedos en la boca y lanzó un largo y agudo silbido. Yo le miré con envidia. Había estado varias semanas intentando silbar de ese modo, pero no lo conseguí ni una vez. Ya no podría conseguirlo nunca.
Llegó el taxi. El taxista era un hombre maduro con un espeso bigote negro que le caía sobre la boca como las raíces de una planta.
—¿Dónde vamos, señora? —preguntó.
De pronto me vio, un ratoncito acurrucado en la mano de mi abuela.
—¡Vaya! —dijo—. ¿Qué es eso?
—Es mi nieto —dijo mi abuela—. Por favor, llévenos a la estación.
—Siempre me gustaron los ratones —dijo el viejo taxista—. Tenía montones de ellos cuando era pequeño. Los ratones son los animales que se reproducen más rápidamente, ¿lo sabía, señora?
Así que, si ése es su nieto, calculo que dentro de dos semanas tendrá usted unos cuantos biznietos para hacerle compañía.
—Llévenos a la estación, por favor —dijo mi abuela, muy digna.
—Sí, señora —dijo.él—. Ahora mismo.
Mi abuela se metió en el taxi, se sentó y me colocó en su falda.
—¿Nos vamos a casa? —le pregunté.
—Sí —contestó—. Volvemos a Noruega.
—¡Hurra! —grité—. ¡Hurra, hurra!
—Pensé que te gustaría —dijo ella.
—Pero, ¿qué hacemos con el equipaje?
—¿A quién le importa el equipaje? —dijo.
El taxi iba por las calles de Bournemouth y era esa hora en que las aceras están abarrotadas de veraneantes que pasean sin tener nada que hacer.
—¿Cómo te encuentras, cielo? —preguntó mi abuela.
—Bien —contesté—. Estupendamente.
Ella se puso a acariciar la piel de mi cuello con un dedo.
—Hemos realizado grandes hazañas hoy —dijo.
—Ha sido fantástico —dije—. Absolutamente fantástico.


El corazón de un ratón

Era maravilloso haber vuelto a Noruega una vez más y estar en la antigua y hermosa casa de mi abuela. Pero ahora yo era tan pequeño que todo parecía distinto y tardé bastante tiempo en aprender a moverme por la casa. El mío era un mundo de alfombras, patas de mesas y de sillas, y de los pequeños huecos que quedan detrás de los muebles grandes. Las puertas cerradas no se podían abrir y las cosas que estuvieran sobre una mesa eran inalcanzables.
Pero al cabo de unos días mi abuela empezó a inventar cosas para hacer mi vida un poco más fácil. Le encargó a un carpintero que hiciera unas cuantas escaleritas altas y estrechas, y colocó una apoyada en cada mesa de la casa para que yo pudiera subir por ellas siempre que quisiera.
Ella misma inventó un maravilloso mecanismo abrepuertas hecho de alambres, muelles y poleas, con pesas que colgaban de unas cuerdas, y al poco tiempo todas las puertas de la casa tenían un abrepuertas de éstos. Lo único que yo tenía que hacer era apretar con las patas delanteras una pequeña tablita de madera y, de inmediato, el muelle se estiraba, la pesa bajaba y la puerta se abría.
Luego, montó un sistema igualmente ingenioso para que yo pudiera encender cualquier luz cuando entraba de noche en una habitación. No puedo explicar cómo funcionaba, porque no sé nada de electricidad, pero había un botoncito en el suelo al lado de cada puerta, y cuando yo apretaba ligeramente el botón con una pata, se encendía la luz.
Mi abuela me hizo un cepillo de dientes diminuto, utilizando como mango una cerilla, en la cual clavó trocitos de cerda de uno de sus cepillos de pelo.
—No debes tener caries en los dientes —me dijo—. ¡No puedo llevar a un ratón al dentista! ¡Creería que estoy loca!
—Es gracioso —dije—, pero desde que me convertí en ratón detesto el sabor de los dulces y del chocolate. Así que no creo que llegue a tener caries.
—De todas formas, te vas a lavar los dientes después de cada comida —dijo mi abuela.
Y así lo hacía.
Como bañera me dio un azucarero de plata y yo me bañaba en él todas las noches antes de acostarme. No dejaba entrar a nadie en la casa, ni siquiera a una criada o una cocinera. Estábamos completamente solos y disfrutábamos mucho de nuestra mutua compañía.
Una tarde, cuando yo estaba en el regazo de mi abuela, delante de la chimenea, me dijo:
—Me pregunto qué habrá sido del pobre Bruno.
—No me sorprendería que su padre se lo haya dado al portero del hotel para que lo ahogara en el cubo —contesté.
—Me temo que tengas razón —dijo ella—. Pobrecito.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos, mi abuela dando chupadas a su negro puro, mientras yo me adormilaba por el calorcillo.
—¿Puedo preguntarte algo, abuela? —dije.
—Pregúntame lo que quieras, cariño.
—¿Cuántos años vive un ratón?
—Ah —dijo ella—. Esperaba que me preguntaras eso.
Hubo un silencio. Ella fumaba y contemplaba el fuego.
—Bueno —dije—. ¿Cuánto vivimos los ratones?
—He estado leyendo libros sobre ratones —dijo—. He intentado averiguar todo lo que he podido acerca de ellos.
—Sigue, abuela. ¿Por qué no me lo dices?
—Si de verdad quieres saberlo —dijo—, me temo que los ratones no viven mucho.
—¿Cuánto? —pregunté.
—Bueno, un ratón corriente sólo vive unos tres años. Pero tú no eres un ratón corriente. Tú eres un ratón persona, y eso es muy diferente.
—¿Hasta qué punto? —pregunté—. ¿Cuánto vive un ratón persona, abuela?
—Más —dijo—. Mucho más.
—¿Cuánto más?
—Un ratón persona vive, casi seguro, tres veces más que un ratón corriente. Unos nueve años —dijo mi abuela.
—¡Estupendo! —grité—. ¡Eso es magnífico! ¡Es la mejor noticia que he tenido!
—¿Por qué dices eso? —preguntó, sorprendida.
—Porque no quisiera vivir más que tú —dije—. No soportaría que me cuidase otra persona.
Hubo un breve silencio. Ella tenía un modo de acariciarme con la yema de un dedo detrás de las orejas que me encantaba.
—¿Cuántos años tienes tú, abuela? —pregunté.
—Ochenta y seis —dijo.
—¿Vivirás ocho o nueve años más? —pregunté.
—Puede que sí —dijo—. Con un poco de suerte.
—Tienes que vivirlos —dije—. Porque para entonces yo seré un ratón muy viejo y tú serás una abuela muy vieja y poco después nos moriremos juntos.
—Eso sería perfecto —dijo.
Entonces me adormilé un ratito. Cerré los ojos sin pensar en nada y me sentí en paz con el mundo.
—¿Quieres que te diga algo muy interesante acerca de ti? —dijo mi abuela.
—Sí, por favor, abuela —dije, sin abrir los ojos.
—Yo no podía creerlo al principio, pero, al parecer, es completamente cierto.
—¿Qué es? —pregunté.
—El corazón de un ratón —dijo—, es decir, tu corazón, late ¡quinientas veces por minuto! ¿No es asombroso?
—No es posible —dije, abriendo mucho los ojos.
—Tan cierto como que estoy aquí sentada —dijo ella—. Es una especie de milagro.
—¡Eso es casi nueve pulsaciones por segundo! —grité, después de calcularlo mentalmente.
—Exacto —dijo—. Tu corazón late tan rápido que es imposible oír las pulsaciones separadas. Sólo se oye un suave zumbido.
Ella llevaba un vestido de encaje y el encaje me hacía cosquillas en la nariz. Tenía que apoyar la cabeza en las patas delanteras.
—¿Has oído mi corazón zumbar alguna vez, abuela? —le pregunté.
—Muchas veces —contestó—. Lo oigo cuando estás tumbado en la almohada, muy cerca de mí, por las noches.
Los dos nos quedamos callados frente al fuego durante mucho rato, pensando en esas cosas maravillosas.
—Cariño —dijo ella, al fin—, ¿estás seguro de que no te importa ser un ratón el resto de tu vida?
—No me importa en absoluto —dije—. Da igual quién seas o qué aspecto tengas mientras que alguien te quiera.


¡Vamos a trabajar!

Esa noche mi abuela cenó una tortilla sencilla y una rebanada de pan. Yo tomé un pedazo de ese queso noruego de leche de cabra que se llama gjetost, que ya me encantaba antes, cuando era un niño. Comimos delante de la chimenea, mi abuela en su sillón y yo sobre la mesa, con el queso moreno en un platito.
—Abuela —le dije—, ahora que hemos eliminado a La Gran Bruja, ¿desaparecerán gradualmente todas las demás brujas del mundo?
—Estoy segura de que no —contestó.
Dejé de masticar y la miré.
—¡Pero tienen que desaparecer! —grité—. ¡Seguro que sí!
—Me temo que no —dijo.
—Pero si ella ya no está allí, ¿cómo van a conseguir todo el dinero que necesitan? ¿Y quién va a darles órdenes y a estimularlas en los Congresos Anuales y a inventar todas las fórmulas mágicas?
—Cuando muere una abeja reina, siempre hay otra reina en la colmena, preparada para tomar su puesto —dijo ella—. Lo mismo ocurre con las brujas. En el cuartel general donde vive La Gran Bruja, hay siempre otra Gran Bruja esperando entre bastidores para sustituirla, si le sucede algo.
—¡Oh, no! —grité—. ¡Eso significa que todo lo que hemos hecho no ha servido de nada! ¿Me he convertido en ratón para nada?
—Hemos salvado a los niños de Inglaterra —dijo ella—. Yo no diría que eso no es nada.
—¡Lo sé, lo sé! —grité—. ¡Pero eso no basta, ni mucho menos! ¡Yo estaba seguro de que todas las brujas del mundo desaparecerían poco a poco, ahora que habíamos eliminado a su jefa! ¡Y tú me dices que todo va a seguir exactamente igual que antes!
—Exactamente igual que antes, no —dijo ella—. Por ejemplo, ya no queda ninguna bruja en Inglaterra. Eso es un gran triunfo, ¿no?
—¿Pero qué pasa con el resto del mundo? —grité—. ¿Qué pasa con América y Francia y Holanda y Alemania? ¿Y Noruega?
—No creas que me he estado sentada sin hacer nada estos últimos días —dijo—. Le he dedicado mucho tiempo y reflexión a ese problema.
Yo la estaba mirando a la cara cuando dijo esto, y de pronto noté que una sonrisita misteriosa empezaba a extenderse por sus ojos y en las comisuras de su boca.
—¿Por qué sonríes, abuela? —le pregunté.
—Tengo algunas noticias bastante interesantes que darte —dijo.
—¿Qué noticias?
—¿Te lo cuento todo desde el principio?
—Sí, por favor. Me gustan las buenas noticias.
Ella había terminado su tortilla y yo había tomado suficiente queso. Se limpió los labios con una servilleta y dijo:
—No bien volvimos a Noruega, cogí el teléfono e hice una llamada a Inglaterra.
—¿A quién en Inglaterra?
—Al Jefe de Policía de Bournemouth, cariño. Le dije que era el Jefe de Policía de toda Noruega y que me interesaban los extraños sucesos que habían tenido lugar en el Hotel Magnífico recientemente.
—Espera un segundo, abuela —dije—. No es posible que un policía inglés se creyera que tú eras el Jefe de la policía noruega.
—Soy buenísima imitando una voz de hombre —dijo—. Por supuesto que me creyó. El policía de Bournemouth se sintió muy honrado de recibir una llamada del Jefe de Policía de toda Noruega.
—¿Y qué le preguntaste?
—Le pregunté el nombre y la dirección de la señora que se había hospedado en la habitación cuatrocientos cincuenta y cuatro del Hotel Magnífico, la que había desaparecido.
—¡Quieres decir La Gran Bruja! —grité.
—Sí, cariño.
—¿Y te la dio?
—Naturalmente que me la dio. Un policía siempre ayuda a otro policía.
—¡Dios mío, qué valor tienes, abuela!
—Quería su dirección —dijo mi abuela.
—¿Y él sabía su dirección?
—Claro que sí. Habían encontrado su pasaporte en la habitación, y en él constaba la dirección.
También estaba en el registro del hotel. Todo el que se hospeda en un hotel tiene que poner su nombre y dirección en el libro de registro.
—¡Pero seguro que La Gran Bruja no iba a poner su verdadero nombre y dirección en el registro del hotel! —dije.
—¿Y por qué no? —dijo mi abuela—. Nadie en el mundo tenía ni la menor idea de quién era ella, excepto las otras brujas. A todas partes donde iba, la gente la conocía sólo como una señora agradable. Tú, cariño, y nadie más que tú, eres la única persona que la vio sin la máscara.
Incluso en el pueblo donde vivía, la gente la conocía como una amable y riquísima baronesa que daba grandes sumas de dinero para obras de caridad. Lo he comprobado.
Yo me estaba poniendo muy nervioso con todo esto.
—Y esa dirección que te dieron, abuela, debe de haber sido el cuartel general secreto de La Gran Bruja.
—Lo sigue siendo —dijo ella—. Y será allí, con seguridad, donde la nueva Gran Bruja estará viviendo en este mismo momento con su séquito de Brujas Ayudantes. Los dirigentes importantes están siempre rodeados de un gran séquito de ayudantes.
—¿Dónde está su cuartel general, abuela? —grité—. ¡Dime pronto dónde está!
—Es un castillo —dijo mi abuela—. ¡Y lo fascinante es que en ese castillo estarán todos los nombres y direcciones de todas las brujas del mundo! ¿De que otro modo podría La Gran Bruja dirigir sus negocios? ¿Cómo iba a convocar a las brujas de los distintos países a los Congresos Anuales?
—¿Dónde está el castillo? —grité, impaciente—. ¿En qué país? ¡Dímelo pronto!
—Adivínalo —dijo ella.
—¡Noruega! —grité.
—¡Acertaste a la primera! —dijo ella—. En lo alto de las montañas, encima de un pueblecito.
La noticia era sensacional. Bailé una pequeña danza de emoción encima de la mesa. Mi abuela también estaba muy excitada, y se levantó trabajosamente de su sillón y se puso a pasear arriba y abajo, dando golpecitos en la alfombra con su bastón.
—¡Así que tenemos que ponernos a trabajar, tú y yo! —gritó—. ¿Tenemos una gran tarea ante nosotros! ¡Menos mal que eres un ratón! ¡Un ratón puede ir a cualquier parte! ¡Lo único que tendré que hacer será dejarte en algún sitio cerca del castillo de La Gran Bruja y te será fácil entrar y moverte por allí, mirando y escuchando todo lo que quieras!
—¡Lo haré! ¡Lo haré! —contesté—. ¡Nadie me verá! ¡Moverme por un gran castillo será un juego de niños comparado con entrar en una cocina llena de camareros y cocineros!
—¡Podrías incluso pasar días allí si fuera necesario! —gritó mi abuela.
En su excitación, agitaba el bastón de un lado para otro y, de pronto, golpeó un jarrón alto y muy hermoso, que cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
—¡Olvídalo! —dijo—. Sólo era un Ming. ¡Podrías pasar semanas en ese castillo si quisieras y nadie te descubriría! Yo alquilaría una habitación en el pueblo y tú podrías salir del castillo y venir a cenar conmigo todas las noches para contármelo todo!
—¡Sí! ¡Sí! —grité—. ¡Y en el castillo podría husmear por todos sitios!
—Pero tu principal misión, por supuesto, sería destruir a todas las brujas del lugar —dijo mi abuela—. ¡Eso sí que sería el verdadero fin de toda la organización!
—¿Destruirlas yo a ellas? —grité—. ¿Cómo podría hacerlo?
—¿No te lo imaginas?
—Dímelo.
—¡El Ratonizador! —gritó mi abuela—. Fórmula ochenta y seis. Ratonizador de Acción Retardada.
¡Se lo darías a todas las del castillo, echando unas gotas en su comida! Te acuerdas de la receta, ¿no?
—¡Con todo detalle! —contesté—. ¿Quieres decir que la vamos a preparar nosotros mismos?
—¿Por qué no? —gritó ella—. Si ellas pueden hacerla, ¡nosotros también! ¡Sólo es cuestión de saber los ingredientes!
—¿Y quién va a trepar a los árboles altos para coger los huevos del pájaro gruñón? —le pregunté.
—¡Yo! —gritó—. ¡Lo haré yo misma! ¡Todavía hay mucha vida en esta perra vieja!
—Creo que será mejor que yo haga parte del trabajo, abuela. Puede que tú fracasaras.
—¡Eso no son más que pequeños detalles! —gritó ella, moviendo el bastón de un lado a otro—.
¡No permitiremos que nada se interponga en nuestro camino!
—¿Y qué pasará después? —le pregunté—. ¿Después de que La Gran Bruja y todas las demás que están en el castillo se hayan convertido en ratones?
—Entonces el castillo estará completamente vacío y yo entraré y me reuniré contigo y...
—¡Espera! —grité—. ¡Un momento, abuela! ¡Se me acaba de ocurrir una idea desagradable!
—¿Qué idea desagradable? —dijo ella.
—Cuando el Ratonizador me transformó a mí en un ratón, no me convertí en un ratón vulgar y corriente que puedes atrapar en una ratonera. Me convertí en un ratón persona inteligente, que piensa y que habla, ¡y que ni se le ocurriría acercarse a una ratonera!
Mi abuela se paró en seco. Comprendió lo que venía a continuación.
—Por lo tanto —continué—, si usamos el Ratonizador para convertir a la nueva Gran Bruja y a las otras brujas del castillo en ratones, todo el lugar será un hervidero de ratones brujas listísimas, malísimas y peligrosísimas. Y eso —añadí— podría ser verdaderamente horrible.
—¡Tienes razón! —gritó—. ¡Eso no se me había ocurrido!
—Yo no podría dominar un castillo lleno de ratones brujas —dije.
—Ni yo tampoco —dijo ella—. Habría que deshacerse de ellas de inmediato. Habría que aplastarlas y destrozarlas y hacerlas picadillo como sucedió en el Hotel Magnífico.
—Yo no pienso hacer eso —dije—. Además, no podría. Y creo que tú tampoco, abuela. Y las ratoneras no servirían de nada. A propósito —añadí— La Gran Bruja que me atrapó estaba equivocada respecto a las ratoneras, ¿no?
—Sí, sí —dijo mi abuela con impaciencia—. Pero no me preocupa esa Gran Bruja. Hace ya mucho que el cocinero del hotel la hizo picadillo. Es de la nueva Gran Bruja de quien tenemos que ocuparnos ahora, la que está en el castillo, y de sus ayudantes. Una Gran Bruja disfrazada de señora ya es bastante peligrosa, ¡pero imagínate lo que podría hacer si fuera un ratón! ¡Podría ir a cualquier sitio!
—¡Ya lo tengo! —grité, pegando un salto de medio metro—. ¡Tengo la solución!
—¡Dime! —gritó mi abuela.
—¡La solución son los GATOS! Traer muchos gatos!
Mi abuela me miró fijamente. Luego una gran sonrisa la iluminó la cara y gritó:
—¡Es una brillante idea! ¡Absolutamente brillante!
—¡Soltamos media docena de gatos en el castillo, y matarán a todos los ratones en cinco minutos, por muy listos que sean!
—¡Eres un genio! —gritó mi abuela, blandiendo su bastón otra vez.
—¡Cuidado con los jarrones, abuela!
—¡A la porra los jarrones! —gritó—. ¡Estoy tan emocionada que no me importa romperlos todos!
—Una cosa —dije—, tienes que asegurarte bien de que yo no esté allí, antes de soltar a los gatos.
—Prometido —dijo.
—¿Qué vamos a hacer cuando los gatos hayan matado a todos los ratones? —le pregunté.
—Me llevaré a todos los gatos al pueblo, y entonces tú y yo tendremos todo el castillo para nosotros.
—¿Y luego?
—¡Luego examináremos los archivos y tendremos los nombres y direcciones de todas las brujas del mundo!
—¿Y después de eso? —dije, temblando de emoción.
—Después de eso, mi vida, ¡empezará para nosotros la tarea más grande de todas!
¡Haremos las maletas y viajaremos por el mundo entero! ¡En cada país que visitemos, buscaremos las casas donde viven las brujas! Encontraremos cada casa, una por una, y una vez encontrada, tú te introducirás en ella y pondrás unas gotitas del mortal Ratonizador en el pan, o en los cereales, o en el arroz, o en cualquier alimento que veas por allí. ¡Será un triunfo, cielo mío! ¡Un triunfo colosal, insuperable! ¡Lo haremos tú y yo solos! ¡Ese será nuestro trabajo para el resto de nuestras vidas!
Mi abuela me levantó de la mesa y me dio un beso en la nariz.
—¡Oh, Dios mío, vamos a estar ocupadísimos las próximas semanas, y meses, y años!
—Creo que sí —dije—. ¡Pero qué divertido y emocionante va a ser!
—¡Puedes estar seguro! —gritó mi abuela, dándome otro beso—. ¡Estoy impaciente por empezar!