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LA APOSTASIA ; ¿ QUE ES ? Y TRAMITES

Escrito por imagenes 20-01-2009 en General. Comentarios (1)

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LA APOSTASIA ; ¿ QUE ES ? Y TRAMITES

 

LA APOSTASIA ; ¿ QUE ES ? Y TRAMITES

DE UN ARTICULO DE UNA PAGINA WEB ARGENTINA , LLAMADA " LA APOSTASIA ", CON FECHA DEL 11 DE ENERO DEL PRESENTE AÑO.

La apostasía



Escrito por Ariel Norberto Bellino
Sábado, 10 de Enero de 2009 07:32

La apostasía tiene tantas definiciones como religiones existen. Dado que ninguna es más válida que otra no prestamos atención a ninguna de estas definiciones. Desde esta web proponemos la apostasía en el sentido de darse de baja de la Iglesia Católica.Para apostatar, en el pasado, se debía recurrir a un artículo del Código de Derecho Canónico, una suerte de Código Civil eclesiástico. Aunque el apóstata no lo reconociera como una legislación válida, debía invocarlo si deseaba darse de baja. Hoy, gracias a Dios (sarcasmo), la ley de Hábeas Data protege nuestros datos de instituciones manipuladoras como la Iglesia Católica, por lo que podemos pedir que se nos dé de baja sin contradicciones aparentes.Pero… ¿por qué darse de baja? Las razones por las que una persona querría apostatar son de lo más variadas. Dado que la Iglesia Católica cuenta como católico a todo bautizado, hay ateos que sienten que es su obligación darse de baja para mantener una coherencia. También hay quien apostata por no estar de acuerdo con las doctrinas de la Iglesia aún cuando cree en Dios, entonces, apostata para que su nombre no sea parte de esa institución. Desde esta web proponemos apostatar precisamente porque para la Iglesia Católica todo bautizado es católico, está de acuerdo con sus doctrinas, y por lo tanto utiliza la cifra de bautizados (muy alta porque el bautismo se transformó en una cuestión cultural) para imponer sus puntos de vista en la legislación y conseguir privilegios.La Iglesia Católica para ser escuchada argumenta que casi el 90% del país es católico (boletín AICA Nº 2500) e indirectamente apoya sus doctrinas. Es decir, se erigen en la voz del pueblo, y vos, que fuiste bautizado, sos parte de ese 90%. La realidad es que el 90% del país fue bautizado, y que ni siquiera la totalidad del pequeño porcentaje de practicantes está de acuerdo con sus doctrinas (
encuesta CONICET).Si apostatás, se anota al lado de la anotación de tu bautismo que abandonaste la fe católica, el modo católico de darte de baja. Si vos no querés ser parte de ese 90%, entonces hacé el trámite. Apostatar es tu derecho.
Privilegios que la Iglesia Católica sostiene gracias a que para ellos sois católico. Mientras tanto, podés ver más en: http://www.culto.gov.ar/dircatolico_normativa.php
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Completando los datos del formulario, podrás generar tu carta de apostasía personalizada lista para imprimir y ser enviada a la diócesis que corresponda.
Segun el sitio, hay que entregarlo en la dioresis que corresponda, o en el ayuntamiento ; de todas formas, se recomienda entregarlo en mano, y a ser posible, pedir notificacion, y/o recibi, ya que la gran "mayoria de impresos" mandados por correos, tienen la "Mala Constumbre de Traspapelarse"; lo mejor, en el mismo dia, entregar la notificacion de apostasia, y salir de alli, con los papeles firmados y sellados.

HONGOS DE YUGGOTH -- LOVECRAFT

Escrito por imagenes 17-01-2009 en General. Comentarios (0)

HONGOS DE YUGGOTH -- LOVECRAFT

HONGOS DE YUGGOTH

Hongos de Yuggoth y otros poemas fantásticos

***

I

EL LIBRO

El lugar era oscuro y polvoriento, un rincón perdido

En un laberinto de viejas callejuelas junto a los muelles,

Que olían a cosas extrañas traídas de ultramar,

Entre curiosos jirones de niebla que el viento del Oeste dispersaba.

Unos cristales romboidales, velados por el humo y la escarcha,

Dejaban apenas ver los montones de libros, como árboles retorcidos

Pudriéndose del suelo al techo... ventisqueros

De un saber antiguo que se desmoronaba a precio de saldo.

Entré, hechizado, y de un montón cubierto de telarañas

Cogí el volumen más a mano y lo hojeé al azar,

Temblando al leer raras palabras que parecían guardar

Algún secreto, monstruoso para quien lo descubriera.

Después, buscando algún viejo vendedor taimado,

Sólo encontré el eco de una risa.

II

PERSECUCIÓN


Llevaba el libro apretado bajo el abrigo,

Escondiéndolo como podía en semejante lugar,

Mientras apretaba el paso por las viejas calles del puerto

Volviendo con recelo la cabeza a cada instante.

Ventanas sombrías y furtivas de tambaleantes casas de ladrillo

Espiaban extrañamente mi paso apresurado,

Y al pensar en lo que cobijaban ansié violentamente

Una visión redentora de puro cielo azul.

Nadie me había visto cogerlo... y sin embargo

Una risa hueca seguía resonando en mi aturdida cabeza,

Dejándome adivinar qué mundos nocturnos de maldad

Acechaban en aquel volumen que había codiciado.

El camino se me hacía extraño, los muros demenciales...

Y a mi espalda, en la distancia, se oían pasos invisibles.

III

LA LLAVE


No sé qué vericuetos en la desolación

De aquellas extrañas callejuelas portuarias me llevaron a casa,

Pero en mi porche temblé, lívido con la prisa

Por entrar y echar el cerrojo a la pesada puerta.

Tenía el libro que indicaba la vía secreta

Para atravesar el vacío y las pantallas suspendidas en el espacio

Que mantienen a raya a los mundos sin dimensiones

Y confinan a los eones perdidos en su propio dominio.

Al fin era mía la llave de aquellas vagas visiones

De agujas contra el sol poniente y bosques crepusculares

Que se ciernen borrosas sobre los abismos, más allá de las precisiones


De esta tierra, acechando como Memorias de infinitud.

La llave era mía, pero mientras estaba allí sentado, musitando,

Vibró la ventana del desván bajo una leve presión.

IV

RECONOCIMIENTO


Había vuelto el día en que de niño

Vi una sola vez aquella hondonada cubierta de viejos robles

Grises por la bruma que sube del suelo y envuelve y ahoga

Las formas abortadas que la locura ha profanado.

Volví a verlo: la hierba tupida y salvaje

Ciñendo un altar cuyos signos tallados invocan

A Aquel Que No Tiene Nombre, hacia quien ascienden

Mil humaredas, eones emanados, desde altas torres impuras.

Vi el cuerpo tendido sobre aquella piedra húmeda

Y supe que aquellas cosas celebrantes no eran hombres;

Supe que aquel extraño mundo gris no era el mío,

Si no el de Yuggoth, más allá de los abismos estelares...

Y entonces el cuerpo me lanzó un grito de agonía

Y supe demasiado tarde que era yo!

V

VUELTA A CASA

El demonio dijo que me llevaría a casa,

A la tierra lívida y sombría que recordaba vagamente

Como un lugar elevado con escaleras y terrazas

Rodeadas de balaustradas de mármol que peinan los vientos del cielo,

Mientras muchas millas más abajo, a la orilla de un mar,

Se extiende un laberinto de torres y torres y cúpulas superpuestas,

Una vez más, me dijo, volvería a quedar embelesado

Ante aquellas viejas colinas, y oiría el lejano rumor de la espuma.

Todo esto prometió, y por las puertas del ocaso

Me arrastró a través de lagos de llamas lamientes

Y tronos de oro rojo de dioses sin nombre

Que gritan de miedo ante un destino ominoso.

Después, un negro abismo con ruido de olas en la noche:

Aquí estaba tu casa, se burló, cuando aún veías!

VI

LA LÁMPARA


Encontramos la lámpara dentro de aquellos acantilados huecos

Cuyos signos cincelados ningún sacerdote de Tebas podría descifrar,

Y los espantosos jeroglíficos de aquellas cavernas

Eran una advertencia para toda criatura viva de origen terrenal.

Nada más había allí: sólo aquella lámpara de latón

Con restos de un aceite extraño en su interior,

Adornada con volutas de oscuro diseño

Y símbolos que sugerían vagamente pecados desconocidos.

Los temores de cuarenta siglos no significaron nada

Para nosotros cuando nos llevamos nuestro escaso botín,

Y cuando luego lo examinamos en nuestra tienda oscura

Encendimos una cerilla para probar el aceite antiguo.

Ardió, ¡Dios Santo!... Pero las formas gigantescas

Que entrevimos en aquella furiosa llamarada

Abrasaron para siempre nuestras vidas con temor reverencial.

VII

LA COLINA DE ZAMÁN


La gran colina se alzaba junto al viejo pueblo,

Una mole contra el final de la calle mayor;

Verde, alta y boscosa, dominaba sombríamente

El campanario del recodo de la carretera.

Doscientos años antes corrían rumores

Sobre lo que ocurría en aquella ladera evitada por el hombre...

Historias de ciervos o pájaros extrañamente mutilados

O de niños perdidos cuyos padres habían abandonado toda esperanza.

Un día el cartero no encontró el pueblo donde solía

Y nadie volvió a ver sus habitantes ni sus casas;

La gente venía de Aylesbury y se quedaba mirando...

Pero todos decían al cartero que a buen seguro

Estaba loco por contar que había alcanzado a ver

Los ojos glotones de la gran colina y sus fauces abiertas de par en par.

VIII

EL PUERTO


A diez millas de Arkham había encontrado el sendero

Que bordea el acantilado sobre Boynton Beach,

Y esperaba alcanzar a la hora del crepúsculo

La cresta que domina Innsmouth en el valle.

Hacia alta mar se alejaba una vela

Blanca como los duros años de vientos antiguos podían blanquear,

Pero que me pareció un presagio adverso e indecible;

Por eso no agité la mano ni le grité adiós.

Veleros zarpando de Innsmouth! Ecos de famas antiguas,

De épocas muertas hace tiempo; pero ahora se acerca

Una noche demasiado rápida, y he llegado a la cumbre

Desde la que tantas veces oteé la ciudad lejana.

Agujas y tejados siguen allí... pero ¡mirad! ¡Las tinieblas

Se abaten sobre las lóbregas callejuelas, más oscuras que la tumba!

IX

EL PATIO


Era la ciudad que había conocido antaño,

La antigua ciudad leprosa donde multitudes mestizas

Cantan en honor de extraños dioses y golpean gongos impíos

En criptas bajo infectas callejuelas cercanas a la orilla.

Las casas carcomidas con ojos de pescado me miraban de reojo

Inclinándose a mi paso, ebrias y medio animadas,

Mientras sorteaba inmundicias hasta franquear la puerta

Del patio negro donde debía estar el hombre.

Las oscuras paredes se cerraron sobre mí, y empecé a blasfemar

A gritos por haber entrado en aquel antro,

Cuando veinte ventanas de repente estallaron

En una luz salvaje y se llenaron de hombres que bailaban:

¡Locas piruetas mudas de la muerte les arrastraban,

Pues ningún cadáver tenía manos ni cabeza!

X

LAS PALOMAS MENSAJERAS

Me llevaron a los barrios bajos, donde un mal viscoso

Pandeaba las descarnadas paredes de ladrillo,

Y una hedionda multitud de caras torcidas

Mandaba mensajes por guiños a extraños dioses y diablos.

Un millón de fuegos ardían en las calles,

Y unos seres furtivos enviaban desde las azoteas

Pájaros manchados de barro hacia el cielo abierto,

Mientras tambores ocultos batían con un ritmo acompasado.

Sabía que aquellos fuegos anunciaban cosas monstruosas,

Y que aquellas aves del espacio habían estado en el Exterior...

Adivinaba hacia qué criptas de oscuros planetas habían volado,

Y lo que traían de Thog bajo las alas.

Los otros reían... hasta que se quedaron repentinamente mudos

Al vislumbrar lo que llevaba uno de los pájaros en su pico maldito.

XI

EL POZO


El granjero Seth Atwood tenía más de ochenta años

Cuando intentó ahondar aquel profundo pozo junto a su puerta

Con la sola ayuda de Eb para cavar y perforar.

Al principio nos reímos, y esperamos que pronto recobraría el juicio,

Pero en vez de ello también el joven Eb se volvió loco

Hasta tal punto que se lo llevaron al manicomio del condado.

Entonces Seth cegó con ladrillos la boca del pozo...

Y luego se cortó una arteria de su nudoso brazo izquierdo.

Después del entierro algo nos hizo encaminarnos

Hacia aquel pozo y arrancar los ladrillos,

Pero sólo vimos una hilera de asideros de hierro

Que se perdía en un negro agujero de hondura incalculable.

Así que volvimos a poner los ladrillos en su sitio, pues el agujero

Nos había parecido demasiado profundo

Para que ninguna plomada pudiera sondearlo.

XII

EL AULLADOR


Me dijeron que no fuese por el sendero de Brigg's Hill,

Que había sido antaño la carretera de Zoar,

Pues Goody Watkins, ahorcado en mil setecientos cuatro,

Había dejado allí algún vástago monstruoso.

Pero cuando desobedecí, y tuve ante mí

La quinta cubierta de hiedra junto a la gran ladera rocosa,

No pensé en olmos ni en sogas de cáñamo,

Si no que me pregunté por qué la casa parecía aún tan nueva.

Me había detenido a contemplar el crepúsculo

Y oía débiles aullidos que parecían venir del piso superior,

Cuando la hiedra que cubría los cristales dejó pasar

Un rayo de sol poniente que cogió por sorpresa al aullador.

Llegué a verlo... y huí frenéticamente de aquel lugar

Y de aquella criatura con cuatro patas y rostro humano.

XIII

HESPERIA


La puesta de sol invernal, refulgiendo tras las agujas

Y las chimeneas medio desprendidas de esta esfera sombría,

Abre grandes puertas a algún año olvidado

De antiguos esplendores y deseos divinos.

Futuras maravillas arden en aquellos fuegos

Cargados de aventura y sin sombra de temor;

Una hilera de esfinges indica el camino

Entre trémulos muros y torreones hacia liras lejanas.

Es la tierra donde florece el sentido de la belleza,

Donde todo recuerdo inexplicado tiene su fuente,

Donde el gran río del Tiempo inicia su curso descendiendo

Por el vasto vacío en sueños de horas iluminadas por las estrellas.

Los sueños nos acercan... pero un saber antiguo

Repite que el pie humano no ha hollado jamás estas calles.

XIV

VIENTOS ESTELARES


Es la hora de la penumbra crepuscular,

Casi siempre en otoño, cuando el viento estelar se precipita

Por las calles altas de la colina, que aunque desiertas

Muestran ya luces tempranas en cómodas habitaciones.

Las hojas secas danzan con giros extraños y fantásticos,

Y el humo de las chimeneas se arremolina con gracia etérea

Siguiendo las geometrías del espacio exterior,

Mientras Fomalhaut se asoma por las brumas del Sur.

Ésta es la hora en que los poetas lunáticos saben

Qué hongos brotan en Yugoth, y qué perfumes

Y matices de flores, desconocidos en nuestros pobres

Jardines terrestres, llenan los continentes de Nithon.

¡Pero por cada sueño que nos traen estos vientos

Nos arrebatan una docena de los nuestros!

XV

ANTARKTOS

En lo hondo de mi sueño el gran pájaro susurraba de forma extraña

Hablándome del cono negro de los desiertos polares,

Que se alza lúgubre y solitario sobre el casquete glaciar,

Azotado y desfigurado por los eones de frenéticas tormentas.

Allí no palpita ninguna forma de vida terrestre;

Sólo pálidas auroras y soles mortecinos

Brillan sobre ese peñón horadado, cuyo origen primitivo

Intentan adivinar a oscuras los Ancianos.

Si los hombres lo vieran, se preguntarían simplemente

Qué raro capricho de la Naturaleza contemplan;

Pero el pájaro me ha hablado de partes más vastas

Que meditan ocultas bajo la espesa mortaja de hielo.

¡Dios ayude al soñador cuyas locas visiones le muestren

Esos ojos muertos engastados en abismos de cristal!

XVI

LA VENTANA


La casa era vieja, con alas caprichosamente enmarañadas

Cuya disposición nadie conocía a ciencia cierta,

Y en una pequeña estancia hacia la parte trasera

Había una extraña ventana cegada con piedra antigua.

Allí, en una infancia atormentada por los sueños, solía ir

Siempre solo cuando reinaba la noche vaga y negra,

Apartando telarañas con una curiosa falta de miedo

Y sintiéndome cada vez más maravillado.

Más tarde llevé allí a los albañiles

Para descubrir qué vista habían rehuido mis lejanos antepasados,

Pero cuando perforaron la piedra entró impetuosa

Una ráfaga de aire del vacío ignoto que se abría al otro lado.

Entonces huyeron... pero yo me asomé y encontré desplegados

Todos los mundos salvajes que me habían revelado mis sueños.

XVII

UN RECUERDO


Había grandes estepas y mesetas rocosas

Que se extendían casi ilimitadas en la noche estrellada,

Con fuegos de campamento que iluminaban débilmente

Manadas velludas de animales con esquilas tintineantes.

Al sur, en la distancia, la llanura se ensanchaba y descendía

Hacia una oscura muralla tendida en zigzag

Como una enorme pitón de la edad primigenia

Que el tiempo infinito hubiera helado y petrificado.

Tiritaba extrañamente en el aire frío y enrarecido,

Y me preguntaba dónde estaba y cómo había llegado allí,

Cuando una figura envuelta en una capa junto a una hoguera

Se levantó y se acercó, llamándome por mi nombre.

Y al mirar aquella cara muerta bajo la capucha

Perdí la esperanza... pues había comprendido.

XVIII

LOS JARDINES DE YIN

Al otro lado de la muralla, cuya antigua mampostería

Llegaba casi al cielo con torres cubiertas de musgo,

Debía haber jardines colgantes, llenos de flores

Y aleteos de pájaros, mariposas y abejas.

Debía haber paseos, y puentes sobre cálidos estanques

Sembrados de lotos donde se reflejaban cornisas de templos,

Y cerezos de ramas y hojas delicadas

Contra un cielo rosado donde se cernían las garzas.

Todo debía estar allí, pues ¿no habían mis viejos sueños

Franqueado la puerta de aquel dédalo de linternas de piedra

Donde arroyos somnolientos trazan sus cursos sinuosos

Guiados por verdes sarmientos de parras colgantes?


Corrí hacia allí... pero al llegar a la muralla, sombría e inmensa,

Descubrí que ya no había ninguna puerta.

XIX

LAS CAMPANAS

Año tras año oí aquel tañido débil y lejano

De graves campanas traído por el viento negro de media noche;

Extraños repiques, que no venían de ningún campanario

Que pudiese descubrir, sino como de más allá de un gran vacío.

Busqué una pista en mis sueños y recuerdos,

Y pensé en todos los carillones que albergaban mis visiones;

Los de la apacible Innsmouth, donde las blancas gaviotas planeaban

En torno a una aguja que conocí antaño.

Siempre perplejo seguí oyendo caer aquellas notas lejanas

Hasta una noche de marzo en que la lluvia fría y desapacible

Me hizo franquear de nuevo las puertas del recuerdo

Hacia las viejas torres donde tañían badajos enloquecidos.

Tañían... pero desde las corrientes sin sol que fluyen

Por valles profundos hasta verter al lecho muerto del mar.

XX

BESTEZUELAS NOCTURNAS


No sabría decir de qué criptas salen arrastrándose,

Pero cada noche veo esas criaturas viscosas,

Negras, cornudas y descarnadas, con alas membranosas

Y colas que ostentan la barba bífida del infierno.

Llegan en legiones traídas por el viento del Norte

Con garras obscenas que cosquillean y escuecen,

Y me agarran y me llevan en viajes monstruosos

A mundos grises ocultos en el fondo del pozo de las pesadillas.

Pasan rozando los picos dentados de Thok

Sin hacer el menor caso de mis gritos ahogados,

Y descienden por los abismos inferiores hasta ese lago inmundo

Donde los shoggoths henchidos chapotean en un sueño dudoso.

Pero ¡ay! ¡Si al menos hicieran algún ruido

O tuvieran una cara donde se suele tener!

XXI

NYARLATHOTEP

Y al fin vino del interior de Egipto

El extraño Oscuro ante el que se inclinaban los fellás;

Silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo

Y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente.

A su alrededor se apretaban las masas, ansiosas de sus órdenes,

Pero al marcharse no podían repetir lo que habían oido;

Mientras por las naciones se propagaba la pavorosa noticia

De que las bestias salvajes le seguían lamiéndole las manos.

Pronto comenzó en el mar un nacimiento pernicioso;

Tierras olvidadas con agujas de oro cubiertas de algas;

Se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron

Sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres.

Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego,


El Caos idiota barrió el polvo de la Tierra.

XXII

AZATHOTH

El demonio me llevó por el vacío sin sentido

Más allá de los brillantes enjambres del espacio dimensional,

Hasta que no se extendió ante mí ni tiempo ni materia

Sino sólo el Caos, sin forma ni lugar.

Allí el inmenso Señor de Todo murmuraba en la oscuridad

Cosas que había soñado pero que no podía entender,

Mientras a su lado murciélagos informes se agitaban y revoloteaban

En vórtices idiotas atravesados por haces de luz.

Bailaban locamente al tenue compás gimiente

De una flauta cascada que sostenía una zarpa monstruosa,

De donde brotaban las ondas sin objeto que al mezclarse al azar

Dictan a cada frágil cosmos su ley eterna.

"Yo soy Su mensajero", dijo el demonio,

Mientras golpeaba con desprecio la cabeza de su Amo.

XXIII

ESPEJISMO


No sé si existió alguna vez

Ese mundo perdido que flota oscuramente en el río del Tiempo,

Pero lo he visto a menudo, envuelto en una bruma violeta

Y brillando débilmente al fondo de un sueño borroso.

Había extrañas torres y ríos con curiosos meandros,

Laberintos de maravillas y bóvedas llenas de luz,

Y cielos llameantes cruzados por ramas, como los que tiemblan

Ansiosamente momentos antes de una noche invernal.

Grandes marismas llevaban a costas desiertas con juncales

Donde revoloteaban aves inmensas, y en una colina ventosa

Había un pueblo antiguo con un blanco campanario

Cuyos repiques vespertinos resuenan aún en mis oídos.

No sé qué tierra es ésa... ni me atrevo a preguntar

Cuándo o por qué estuve, o estaré allí.

XXIV

EL CANAL


En algún lugar del sueño hay un paraje maldito

Donde altos edificios deshabitados se apiñan a lo largo

De un canal estrecho, sombrío y profundo, que apesta

A cosas horrendas arrastradas por corrientes grasientas.

Callejones con viejos muros que se tocan casi en lo alto

Desembocan en calles que uno puede conocer o no,

Y un pálido claro de luna arroja un brillo espectral

Sobre largas hileras de ventanas, oscuras y muertas.

No se oyen ruidos de pasos, y ese sonido suave

Es el del agua grasienta deslizándose


Bajo puentes de piedra y por las orillas

De su cauce profundo, hacia algún vago océano.

Ningún ser vivo podría decir cuándo arrastró esa corriente

Del mundo de arcilla su región perdida en el sueño.

XXV

SAN TOAD


"¡Cuidaos del carillón cascado de San Toad!", le oí gritar

Mientras me internaba por aquellas callejuelas demenciales

Que serpentean en laberintos sombríos e indefinidos

Al sur del río donde sueñan los siglos antiguos.

Era una figura furtiva, encorvada y harapienta,

Y en un instante desapareció tambaleándose,

Así que seguí hundiéndome en la noche

Hacia nuevas líneas de tejados, dentadas y malignas.

Ninguna guía habla de lo que acechaba allí...

Pero entonces oí chillar a otro viejo:

"¡Cuidaos del carillón cascado de San Toad!" Y cuando sintiéndome desfallecer

Me detuve, oí a un tercer anciano graznar de miedo:

"¡Cuidaos del carillón cascado de San Toad!" Huí espantado

Hasta que de pronto surgió ante mí aquel negro campanario.

XXVI

LOS FAMILIARES


John Whateley vivía como a una milla de la ciudad,

Allí donde las colinas empiezan a apiñarse;

Nunca habíamos pensado que tuviese mucho juicio,

Viendo cómo dejaba echar a perder su granja.

Pasaba el tiempo leyendo unos libros extraños

Que había encontrado en el desván de su casa,

Hasta que unos surcos chocantes le arrugaron la cara

Y todo el mundo dijo que no le gustaba su aspecto.

Cuando empezó con aquellos aullidos nocturnos decidimos

Que sería mejor encerrarle para evitar algún daño,

Así que tres hombres del manicomio de Aylesbury

Fueron a buscarle... pero volvieron solos y espantados:

Le habían encontrado hablando a dos seres agazapados

Que al oír sus pasos echaron a volar con grandes alas negras.

XXVII

EL FARO DEL ANCIANO


De Leng, donde los picos rocosos se yerguen sombríos y pelados

Bajo frías estrellas ocultas a los ojos humanos,

Brota al anochecer un único haz de luz

Cuyos lejanos rayos azules hacen gemir y rezar a los pastores.

Dicen (aunque nadie ha estado allí) que procede

De un faro alojado en una torre de piedra,

Donde el último Anciano vive solo

Hablando al Caos con redobles de tambores.

La Cosa, cuchichean, lleva una máscara de seda

Amarilla, cuyos extraños pliegues parecen ocultar

Una cara que no es de esta tierra, aunque nadie se atreve

A preguntar qué rasgos abultados hay debajo.


Muchos, en la primera juventud del hombre, buscaron ese faro,

Pero nadie sabrá jamás lo que encontraron.

XXVIII

EXPECTACIÓN

No sabría decir por qué algunas cosas me producen

Una sensación de maravillas inexploradas por venir,

O de grieta en el muro del horizonte

Que se abre a mundos donde sólo los dioses pueden vivir.

Es una expectación vaga, sin aliento,

Como de grandes pompas antiguas que recuerdo a medias,

O de aventuras salvajes, incorpóreas,

Plenas de éxtasis y libres como un ensueño.

La encuentro en puestas de sol y en extrañas agujas urbanas,

En viejos pueblos y bosques y cañadas brumosas,

En los vientos del Sur, en el mar, en collados y ciudades iluminadas,

En viejos jardines, en canciones entreoídas y en los fuegos de la luna.

Pero aunque sólo por su encanto vale la pena vivir la vida

Nadie alcanza ni adivina el don que insinúa.


XXXIX

NOSTALGIA


Cada año, al resplandor melancólico del otoño,

Los pájaros remontan el vuelo sobre un océano desierto,

Trinando y gorjeando con prisa jubilosa

Por llegar a una tierra que su memoria profunda conoce.

Grandes jardines colgantes donde se abren flores

De vivos colores, hileras de mangos de gusto delicioso

Y arboledas que forman templos con ramas entrelazadas

Sobre frescos senderos...todo esto les muestran sus vagos sueños.

Buscan en el mar vestigios de su antigua costa,

Y la alta ciudad blanca, erizada de torres...

Pero sólo las aguas vacías se extienden ante ellos,

Así que al fin dan media vuelta una vez más.

Y mientras tanto, hundidas en un abismo infestado de extraños pólipos,

Las viejas torres añoran su canto perdido y recordado.

XXX

PAISAJE DE FONDO

Nunca he podido apegarme a las cosas nuevas y crudas,

Pues vi la primera luz en una ciudad antigua,

Donde los tejados apiñados descendían desde mi ventana

Hacia un puerto pintoresco, rico en visiones.

Calles con puertas cinceladas donde los rayos del sol poniente

Bañaban viejos montantes de abanico y pequeñas vidrieras,

Y campanarios georgianos rematados con veletas doradas...

Tales fueron las vistas que modelaron mis sueños infantiles.

Estos tesoros, heredados de épocas de prudente fermento,

Desdibujan la presencia de las débiles quimeras

Que se agitan en vana mudanza y con fe confusa

Entre los muros inmutables de la tierra y el cielo.

Cortan las cadenas del instante y me dejan libre

Para erguirme en solitario ante la eternidad.

XXXI

EL HABITANTE

Ya era viejo cuando Babilonia era joven;

Nadie sabe el tiempo que llevaba durmiendo bajo aquel montículo

Cuando nuestras palas inquisidoras encontraron al fin

Sus bloques de granito y los sacaron a la luz.

Había inmensos pavimentos y cimientos de muros,

Y losas y estatuas cuarteadas, donde el cincel representó

A seres fantásticos de alguna edad remota,

Más allá de la memoria del mundo humano.

Entonces vimos aquellos escalones de piedra que descendían

Por una puerta obstruida de dolomita grabada

Hasta un sombrío refugio de noche eterna

Donde amenazaban signos antiguos y secretos primigenios.

Abrimos un sendero... pero huimos en loca desbandada

Al oír aquellos pasos pesados que subían.

XXXII

ALIENACIÓN


Su carne material nunca se había alejado,

Pues cada aurora le encontraba en su lugar habitual,

Pero su espíritu amaba vagar cada noche

Por abismos y mundos distantes del día ordinario.

Había visto Yaddith y conservado empero el juicio,

Había vuelto indemne de la región ghoórica,

Hasta que una noche tranquila atravesó el curvo espacio

Aquella llamada apremiante que venía del vacío exterior.

Por la mañana despertó convertido en un anciano,

Y desde entonces nada ha vuelto a parecerle igual.

Los objetos flotan a su alrededor, nebulosos e indistintos,

Como fantasmas engañosos que ejecutan un plan más vasto.

Su familia y sus amigos son ahora una multitud extraña

A la que lucha en vano por pertenecer.


XXXIII

SIRENAS PORTUARIAS

Por encima de viejos tejados y agujas desconchadas

Las sirenas del puerto cantan durante toda la noche;

Gargantas venidas de puertos extraños, de blancas playas lejanas

Y océanos fabulosos, concertadas en coros abigarrados.

Ajenas unas a otras, no se conocen entre sí,

Pero todas, por obra de alguna fuerza oscuramente concentrada

Desde abismos ensimismados más allá del curso del Zodiaco,

Se funden en un misterioso zumbido cósmico.

A través de vagos sueños organizan un desfile

De formas aún más vagas, insinuaciones y visiones;

Ecos de vacíos exteriores e indicios sutiles

De cosas que ni ellas mismas pueden definir.

Y siempre en ese coro, tenuamente entreveradas,

Captamos algunas notas que ningún buque terrenal emitió jamás.

XXXIV

RECAÍDA


El camino descendía por un oscuro brezal ralamente arbolado

Donde piedras grises de musgo sobresalían del mantillo,

Y unas gotas curiosas, inquietantes y frías,

Salpicaban desde arroyos invisibles que corrían a mis pies.

No hacía viento, ni se oía el menor ruido

Entre los arbustos enmarañados y los árboles de extrañas formas,

Y ninguna perspectiva se extendía ante mí... hasta que de pronto

Vi un túmulo monstruoso en medio del camino.

Sus lados escarpados se erguían amenazantes contra el cielo,

Cubiertos de hiedra tupida y hendidos por una escalera en ruinas

Que ascendía hasta la altura pavorosa con escalones de lava

Demasiado grandes para cualquier pie humano.

Di un grito... ¡y supe qué estrella y qué año primigenios

Me habían vuelto a arrebatar de la esfera humana de sueños efímeros!


XXXV

ESTRELLA VESPERTINA

La vi desde aquel lugar escondido y silencioso

Donde el viejo bosque oculta a medias la pradera.

Brillaba a través de los esplendores del crepúsculo... pálida

Al principio, pero con una cara que poco a poco se encendía.

Llegó la noche, y aquel fanal solitario, teñido de ámbar,

Hirió mi vista como nunca lo había hecho antaño;

La estrella vespertina, pero mil veces aumentada,

Encandilaba aún más en aquella quietud y aquella soledad.

Trazaba extraños dibujos en el aire estremecido...

Recuerdos borrosos que siempre habían llenado mis ojos...

Inmensas torres y jardines, curiosos mares y cielos

De alguna vida imprecisa... no sé de dónde.

Pero entonces supe que a través de la bóveda cósmica

Aquellos rayos me llamaban desde mi lejano hogar perdido.


XXXVI

CONTINUIDAD

Hay en algunas cosas antiguas una huella

De una esencia vaga... más que un peso o una forma,

Un éter sutil, indeterminado,

Pero ligado a todas las leyes del tiempo y el espacio.

Un signo tenue y velado de continuidades

Que los ojos exteriores no llegan a descubrir;

De dimensiones encerradas que albergan los años idos,

Y fuera del alcance, salvo para llaves ocultas.

Me conmueve sobre todo cuando los rayos oblicuos del sol poniente

Iluminan viejas granjas en la ladera de una colina,

Y pintan de vida las formas que permanecen inmóviles

Desde hace siglos, menos quiméricas que todo esto que conocemos.

Bajo esa luz extraña siento que no estoy lejos

De la masa inmutable cuyos lados son las edades.

OTROS POEMAS FANTÁSTICOS

Hongos de Yuggoth y otros poemas fantásticos


I

EL LAGO DE LA PESADILLA

Existe un lago en la lejana Zan,

Más allá de las regiones frecuentadas por el hombre,

Donde se consume solitario en un estado espantoso

Un espíritu inerte y desolado;

Un espíritu viejo y atroz,

Agobiado por una terrible melancolía,

Que respira los vapores cargados de pestilencia

Que emanan las aguas densas y estancadas.

Sobre los bajíos, de cieno arcilloso,

Retozan criaturas ofensivas por su degeneración,

Y los extraños pájaros que merodean por sus orillas

Jamás han sido vistos por ojos mortales.

Durante el día luce un sol crepuscular

Sobre regiones vidriosas que nadie ha contemplado,

Y por la noche los pálidos rayos de la luna penetran

Hasta los abismos que se abren en su fondo.

Sólo las pesadillas han podido revelar

Qué escenas tienen lugar bajo estos rayos,

Qué visiones, demasiado ancestrales para la mirada humana,

Yacen sumergidas en su noche sin fin;

Pues por aquellas profundidades sólo deambulan

Las sombras de una raza silenciosa.

Una noche, saturada de olores malsanos,

Llegué a ver aquel lago, dormido e inerte,

Mientras en el cárdeno cielo bogaba

Una luna creciente que brillaba y brillaba.

Pude contemplar la extensión pantanosa de las orillas,

Y las criaturas ponzoñosas deslizándose por las ciénagas;

Lagartos y serpientes convulsos y moribundos;

Cuervos y vampiros descomponiéndose;

Y también, planeando sobre los cadáveres,

Necrófagos que se alimentaban de sus restos.

Y mientras la terrible luna se elevaba en lo alto,

Ahuyentando a las estrellas de los confines del cielo,

Vi que las oscuras aguas del lago se iluminaban

Hasta que aparecieron en el fondo las criaturas del abismo.

Más abajo, a una profundidad incalculable,

Brillaron las torres de una ciudad olvidada;

Vi domos sin lustre y paredes musgosas;

Agujas cubiertas de algas y estancias desiertas;

Vi templos desolados, criptas de espanto,

Y calles que habían perdido su esplendor.

Y en medio de aquel escenario vi aparecer

Una horda ambulante de sombras informes;

Una horda maligna que se agitaba

Ejecutando lo que parecía una danza siniestra

En torno a unos sepulcros viscosos

Cerca de un camino jamás hollado.

Un remolino surgió de aquellas tumbas

Quebrando el reposo de las aguas dormidas

Mientras las sombras letales del nivel superior

Aullaban al rostro sardónico de la luna.

Entonces el lago se hundió en su propio lecho,

Tragado por las profundas cavernas de la muerte,

Y de la nueva y humeante tierra desnuda

Se elevó una espiral de fétidos vapores de origen malsano.

Sobre la ciudad, casi al descubierto,

Revoloteaban las monstruosas sombras danzantes,

Cuando, de pronto, abrieron con repentino estruendo

¡Las lápidas de los sepulcros!

Ningún oído ha podido escuchar, ninguna lengua contar

El horror innombrable que sobrevino a continuación.

Vi que el lago... la luna gesticulante...

La ciudad y las criaturas que moraban en ella...

Al despertarme, rogué que en aquella orilla

¡El lago de la pesadilla no volviera a hundirse nunca más!

II

A PAN


Sentado en una cañada entre bosques

A orillas de un arroyo bordeado de juncos

Meditaba yo un día, cuando adormeciéndome

Me vi sumido en un sueño.

Del riachuelo surgió una figura

Medio hombre y medio cabrío;

Tenía pezuñas en vez de pies

Y una barba adornaba su garganta.

Con un rústico caramillo de caña

Tocaba dulcemente aquel ser híbrido,

Y yo olvidé todo cuidado terreno

Pues sabía que era Pan.

Ninfas y sátiros se congregaron

Para gozar del alegre sonido.

Demasiado pronto desperté con pesar

Y volví a las moradas de los hombres,

Pero en valles campestres yo querría vivir

Y escuchar de nuevo la flauta de Pan.

III

LA CIUDAD


Era dorada y espléndida

Aquella ciudad de la luz;

Una visión suspendida


En los abismos de la noche;

Una región de prodigios y gloria, cuyos templos

Eran de mármol blanco.

Recuerdo la época

En que apareció ante mis ojos;

Eran los tiempos salvajes e irracionales,

Los días de las mentes embrutecidas

En los que el Invierno, con su mortaja blanca y lívida,

Avanzaba lentamente torturando y destruyendo.

Más hermosa que Zión

Resplandecía en el cielo

Cuando los rayos de Orión

Nublaron mis ojos,

Y me sumieron en un sueño lleno de oscuros recuerdos

De vivencias olvidadas y remotas.

Sus mansiones eran majestuosas,

Decoradas con bellas esculturas

Que se erguían con nobleza

En magníficas terrazas,

Y los jardines eran fragantes y soleados,

Y en ellos florecían extrañas maravillas.

Me fascinaban sus avenidas

Con sus perspectivas sublimes;

Las elevadas arcadas me confirmaban


Que una vez, en otro tiempo,

Había vagado en éxtasis bajo su sombra,

En el benigno clima de Halcyón.

En la plaza central se alineaba

Una hilera de estatuas;

Hombres solemnes de largas barbas

Que habían sido poderosos en su día...

Pero una estaba rota y mutilada,

Y su rostro barbado había sido destrozado.

En aquella ciudad esplendorosa

No vi a ningún mortal,

Pero mi imaginación, indulgente

Con las leyes de la memoria,

Se demoró largo tiempo contemplando aquellas figuras

De la plaza, cuyos pétreos rostros observó con temor.

Avivé el débil rescoldo

Que aún permanecía encendido en mi espíritu,

Y me esforcé por recordar

Los eones de pasado;

Por atravesar libremente el infinito,

Y poder visitar el insondable pasado.

Entonces la horrible advertencia

Cayó sobre mi alma

Como el ominoso amanecer

Que asciende en su roja aureola,

Y huí, lleno de pánico, antes de que los terrores

Ya olvidados y desaparecidos me fueran revelados.

IV

A MR. FINLAY, POR SU ILUSTRACIÓN PARA EL CUENTO

DE MR. BLOCH: "EL DIOS SIN ROSTRO"

En lóbregos abismos laten las formas de la noche,

Hambrientas y tenebrosas, coronadas con extrañas mitras;

Negras alas se agitan en fantástico vuelo, de orbe

A orbe, a través de simas despojadas de la luz del sol.

Nadie osa llamar cosmos al lugar de donde proceden,

O suponer una expresión en cada rostro informe,

O pronunciar las palabras que con fuerza irresistible

Las atraerán de los infiernos del espacio exterior.

Sin embargo, aquí, sobre una página nuestra mirada horrorizada

Encuentra formas monstruosas que ningún ojo humano debería ver;

Reminiscencias de aquellas blasfemias cuya presencia

Derrama la muerte y la locura a través del infinito.

¿Quién es el ilustrador que desafía solitario los negros abismos

Y sobrevive para revelar sus horrores sin nombre?


V

MADRE TIERRA

Una noche, paseando, descendí por el talud

De un valle profundo, húmedo y silencioso,

Cuyo aire estancado exhalaba un tufo de podredumbre

Y una frialdad que me hacían sentir enfermo y débil.

Los árboles numerosos a cada lado

Se cernían como una banda espectral de trasgos,

Y las ramas contra el cielo menguante

Tomaban formas que me daban miedo, sin saber por qué.

Seguí avanzando, y parecía buscar

Alguna cosa perdida como la alegría o la esperanza,

Pero pese a todos mis esfuerzos no pude encontrar

Más que los fantasmas de la desesperación.

Los taludes se estrechaban cada vez más,

Hasta que pronto, privado de la luna y las estrellas,

Me vi comprimido en una grieta rocosa

Tan vieja y profunda que la piedra

Respiraba cosas primitivas y desconocidas.

Mis manos, explorando, intentaban rastrear

Los rasgos del rostro de aquel valle,

Hasta que en el musgo parecieron encontrar

Un perfil espantoso para mi mente.

Ninguna forma que forzando los ojos

Hubiera podido ver, habría reconocido;

Pues lo que tocaba hablaba de un tiempo

Demasiado remoto para el paso fugaz del hombre.

Los líquenes colgantes, húmedos y canosos,

Me impedían leer la antigua historia;

Pero un agua oculta, goteando tenuemente,

Me susurraba cosas que no habría debido saber.

"Mortal, efímero y osado,

En gracia guarda para ti lo que cuento,

Pero piensa a veces en lo que ha sido,

Y en las escenas que han visto estas rocas desmoronadas;

En conciencias ya viejas antes de que tu débil progenie

Apareciese en una magnitud menor,

Y en seres vivientes que todavía alientan

Aunque no parezcan vivos a los humanos.

Yo soy la voz de la madre tierra,

De la que nacen todos los horrores."


VI

DESESPERACIÓN


Llorando sobre los páramos tenebrosos,

Suspirando a través de los bosques de cipreses,

Volando insensatamente en brazos del viento de la noche,

Formas infernales con cabellos ondulantes;

Crujiendo en las estériles ramas,

Susurrando en las ciénagas estancadas,

Gritando más allá de los acantilados del litoral,

Demonios malditos de la desesperación.

Recuerdo confusamente que en otro tiempo,

Antes de los grises cielos de noviembre,

Apagadas las llamas de mi juventud ambiciosa,

Existía en esta tierra algo parecido al éxtasis;

Cielos hoy oscurecidos refulgían en lo alto,

Oro y azur, aparentemente espléndidos,

Hasta que aprendí que todo era un sueño...

Un mortal ensueño del Hades.

Pero el Tiempo, que transcurre vertiginosamente,

Engendra el tormento de la semiconsciencia...

Se precipita turbulento, avanza a ciegas,

Más allá de las praderas transitadas;

Y el viajero, doliente, observa

El lúgubre resplandor de las hogueras de la muerte,

Escucha el aciago graznido del pretel

Mientras deriva hacia el mar, desamparado.

Alas funestas baten en el éter;

Buitres sombríos roen el espíritu;

Engendros sin nombre que se agitan eternamente,

Negras siluetas contra el obsceno cielo.

Pálidas sombras de la alegría pasada,

Demonios desgarrados de la tristeza venidera,

Confundidos en una nube de locura,

Para siempre incrustados en el alma.

Así el viviente, aislado, víctima de la incertidumbre,

Se debate en medio de estremecimientos de angustia,

Mientras las nauseabundas furias le despojan

Noche y día de paz y descanso.

Pero, más allá de los lamentos y pesares

De esta Vida detestable, espera

El dulce Olvido, culminación

De tantos años de búsqueda infructuosa.

VII

OCEANUS


A veces me detengo en la orilla

Donde las penas vierten sus flujos,

Y las aguas turbulentas suspiran y se quejan

De secretos que no se atreven a contar.

Desde las simas profundas de valles sin nombres,

Y desde colinas y llanuras que ningún mortal conoce,

La mística marejada y el hosco oleaje

Sugieren como taumaturgos malditos

Un millar de horrores, henchidos por el temor

Que ya contemplaron épocas hace tiempo olvidadas.

¡Oh vientos salados que tristemente barréis

Las desnudas regiones abisales;

Oh pálidas olas salvajes, que recordáis

El caos que la Tierra ha dejado tras de sí;

Una sola cosa os pido:


Guardad por siempre oculto vuestro antiguo saber!


VIII

EL EIDOLON

Sucedió en la hora innombrable de la noche

Cuando las fantasías en su delirante vuelo

Giran en torno al inmóvil durmiente

Y se deslizan en sus visiones inconscientes;

Cuando la carne yace en su lecho terrestre

Como un cuerpo muerto y deshabitado...

Abandonado por el alma que vuela libre

A través de mundos nunca vistos por ojos carnales.

Por encima de la torre la luna cornuda

Se elevaba a las alturas con gracia siniestra,

Y en su pálido e inquietante fulgor

Revivía recuerdos de antiguos sueños.

Arriba, en el firmamento, los signos de las estrellas

Centelleaban fantásticos y malignos,

Y unas voces surgidas del inmenso abismo

Me persuadieron para que olvidara mis penas en el sueño.

Tuve esta revelación una fría noche de noviembre

Y perdurará en mi memoria a través de los años.

Otra luna había cuando contemplé

Una región árida y desolada

Por la que reptaban oscuramente sombras espectrales

Sobre túmulos pantanosos donde dormían cosas muertas.

La siniestra luna proyectaba su luz mortecina

Sobre formas insólitas y deformes,

Formas aéreas procedentes de extraños dominios

Que se desplazaban de acá para allá

Revoloteando como si buscaran angustiadas

Un remoto lugar lleno de luz y de paz.

En medio de aquel oscuro tropel mis ojos descubrieron

Seres que habitan el espacio etéreo;

Un caos viviente se había reunido allí

Venido de inmemoriales esferas,

Pero con el mismo objetivo y el deseo común

De encontrar el Eidolon llamado VIDA.

La sombría luna, como ojo demoníaco

Parpadeando ebrio en el cielo,

Se elevó más y más sobre la llanura

Y arrastró a mi espíritu tras su estela.

Vi una montaña, coronada

Por grandes y populosas ciudades

Cuyos habitantes yacían en su mayor parte

Sumidos en un profundo sueño nocturno

Mientras la luna vigilaba aviesa durante largas y oscuras

Horas las calles solitarias y las torres silenciosas.

La montaña se erguía con una belleza indescriptible

Sobre un bosque que circundaba su base;

Ladera abajo fluía un arroyo cristalino

Que zigzagueaba bajo la luz espectral.

Todas las ciudades que engalanaban su cima

Parecían ansiosas por destacar sobre las demás,

Con sus imponentes columnas, cúpulas y templos

Que resplandecían magníficos y fascinantes por encima de las llanuras.

Entonces la luna se quedó inmóvil en el cielo

Como si fuera el símbolo de un mal presagio,

Y, al contemplarla, el tropel aéreo supo

Que la VIDA al fin estaba ante sus ojos;

Que la hermosa montaña que contemplaban

Era la VIDA, ¡el Eidolon tanto tiempo buscado!

Pero, de pronto... ¿qué son esos rayos que iluminan la escena

Como una aurora que disipa las tinieblas?

El oriente resplandece horriblemente con una luz

Del mismo color que la sangre... una luz deslumbrante...

Y la montaña adquiere una gris palidez,

El terror de las tierras vecinas.

El abominable bosque de árboles retorcidos

Agita sus horribles garras azotado por la brisa,

Y el arroyo, fluyendo ladera abajo,

Refleja el día con brillo restallante.

En lo alto avanza lentamente la luz del conocimiento

Salpicando los agrietados muros de las ciudades

Por los que reptan en torpes cuadrillas

El fétido lagarto y el gusano.

Mientras el mármol leproso expone a la luz

Esculturas que producen repulsión y espanto

Muchos templos revelan el pecado

Y la blasfemia que reina en su interior.

"¡Oh poderes de la Luz, del Espacio y la Sabiduría!

¿Está la VIDA tan llena de infames horrores?

Os ruego que no ocultéis más la maravillosa creación,

Y nos mostréis la gloria viviente... ¡El Hombre!"

Entonces las casas vomitaron a la calle

Una nauseabunda pestilencia, una caterva

De criaturas que no puedo, que no me atrevo a describir,

Cuya forma era tan vil como negra su infamia.

Y en el cielo, la perversa mirada del sol

Se burla de la devastación que ha producido,

Despiadado con las vagas formas que huyen

De regreso a la Noche eterna.

"¡Oh claro de luna, Pantano de los Túmulos de la MUERTE!

¡Vuelva a nosotros tu reino! El soplo letal

Es un bálsamo delicioso para el alma

Que ve la luz y conoce el absoluto."

Quise unirme al cortejo alado

Que se sumía de nuevo en la oscuridad,

Pero el horror devoraba mi mente

Y paralizaba mis pobres pasos vacilantes.

De buena gana habría huido del día en mi sueño...

Demasiado tarde: ¡he perdido la pista!

IX

EL PUESTO DE AVANZADA


Cuando el anochecer enfría el río amarillo

Y las sombras avanzan por los senderos de la jungla,

El palacio de Zimbabwe permanece iluminado

Pues un gran Rey teme abandonarse al sueño.

Porque sólo él entre todos los hombres

Vadeó el pantano que las serpientes rehuyen;

Y luchando por alcanzar el sol poniente,

Se internó en la meseta que se extiende al otro lado.

Ningunos otros ojos se han aventurado por aquella tierra

Desde que los ojos les fueron dados a los hombres...

Pero allí, a la hora en que el ocaso se torna en noche,

Descubrió la guarida del Antiguo Secreto.

Más allá de la planicie se alzan extraños torreones,

Murallas y bastiones se despliegan alrededor

De los lejanos domos que envilecen el suelo

Como hongos descompuestos después de la lluvia.

Una luna mezquina se retuerce en el cielo iluminando

Vastas extensiones donde la vida no puede tener cobijo;

Cada domo, cada torre, palidecen en la lejanía

Y revelan sus estructuras cerradas y malignas.

Entonces, aquél que en su infancia deambuló

Sin miedo entre ruinas cubiertas de enredaderas

Se estremeció ante lo que sus ojos descubrieron...

Porque allí no se levantaban los vestigios de una morada de los hombres.

Formas inhumanas, medio vistas, medio adivinadas,

Medio sólidas y medio engendradas del éter,

Surgieron de vacíos sin estrellas abiertos en el cielo,

Y descendieron hasta estas pálidas murallas de pestilencia.

Y desde esta zona de demente ponzoña, hordas amorfas

Regresaron misteriosamente hacia el vacío,

Con sus mórbidas garras cargadas con los despojos

De cosas que los hombres han soñado y conocido.

Los antiguos Pescadores del Exterior...

¿Acaso no revelaban las historias del sumo sacerdote

cómo descubrieron los mundos de otros tiempos

Y capturaron el botín que su imaginación codiciaba?

Sus puestos de avanzada secretos, rodeados de espanto,

Urden planes sobre un millón de mundos en el espacio;

Aborrecidos por toda raza viviente,

Y sin embargo, preservados en su soledad.

Sudando de miedo, el hombre que vigila se arrastró

Por el pantano que rehuyen las serpientes,

Para encontrarse, a la salida del sol,

A salvo en el palacio donde dormía.

Nadie le vio partir, o regresar al alba,

Ni su carne revela ninguna huella

De lo que descubrió en aquella tiniebla infame...

Sin embargo, la paz ha huido de su sueño.

Cuando el anochecer enfría el río amarillo

Y las sombras avanzan por los senderos de la jungla,

El palacio de Zimbabwe permanece iluminado

Pues un gran Rey teme abandonarse al sueño.


X

PROVIDENCE


Allí donde el río y la bahía se unen mansamente

Y se extienden laderas frondosas,

Las agujas de Providence ascienden

Hacia los cielos antiguos,

Y en los estrechos senderos sinuosos

Que trepan por pendientes y crestas

Todavía se puede encontrar

La magia apacible de días olvidados.

Un destello de abanico, un golpe de aldaba,

La visión fugaz de una vieja casa de ladrillo...

Imágenes y sonidos de tiempos pasados

Donde se refugian las quimeras.

Unas escaleras con barandilla de hierro,

Un airoso campanario,

Una aguja esbelta de clara piedra tallada,

El muro de un jardín cubierto de musgo.

Un cementerio oculto, ruinas que son pruebas

De la mortalidad del hombre,

Un muelle podrido donde agudos tejados

Hacen guardia sobre el mar.

Una plaza y un paseo, cuyos muros

Han contemplado quince décadas enteras,

Junto a caminos empedrados que los árboles cobijan

Y desdeña la multitud.

Puentes de piedra sobre lánguidos arroyos,

Casas encaramadas en la colina,

Y patios donde el alma pensativa

Se deja invadir por sueños y misterios.

Tramos en cuesta de un callejón emparrado

Donde pequeños rombos de ventanas

Brillan en el crepúsculo sobre un sembrado

Que el azar ha dejado al fondo.

¡Mi Providence! ¡Qué huestes etéreas

Hacen girar aún tus veletas doradas!

¡Qué vientos embrujados pueblan todavía

Con fantasmas grises tus viejas callejuelas!

Como antaño las campanas vespertinas

Resuenan sobre tu valle,

Mientras tus severos fundadores en sus tumbas

Siguen bendiciendo tu tierra sagrada.

XI
EL BOSQUE

Talaron los árboles y, en el corazón del bosque,

Cuya noche perpetua oculta secretos eternos,

Elevaron a los cielos torres y pabellones de mármol:

Una ciudad para el disfrute de sus placeres.

Aquel magnífico esplendor de domos y torreones se alzaba

Resplandeciente para asombro de las tierras colindantes;

Cristal y marfil, coronados por sublimes pináculos

Que cubrían nieves perennes.

Y en sus salas resonaba la flauta y el sistro,

Mientras el vino y la orgía dejaban sus huellas

escarlatas;

Jamás una voz cantó a las antiguas maravillas,

Ni una sola mirada recorrió las colinas y las llanuras.

Así pasaron los años, hasta que una noche purpúrea

Un trovador ebrio recitó en sus desatinados versos

Las abyectas palabras que nunca debieron ser pronunciadas,

Conjurando las sombras de una antigua maldición.

Los bosques pueden desaparecer, pero nunca las tinieblas que albergan;

Por eso, en el lugar donde se asentaba aquella arrogante ciudad,

El estremecedor amanecer no encontró ni una sola piedra,

Pero sí tuvo que evitar la negrura de un bosque primitivo.



XII

EL HORROR DE YULE


Hay nieve en el campo

Y los valles están helados,

Y una profunda medianoche

Se cierne sombría sobre el mundo;

Pero una luz entrevista en las cumbres

Revela festines profanos y antiguos.

Hay muerte en las nubes,

Hay miedo en la noche,

Pues los muertos en sus mortajas

Celebran la puesta del sol,

Y entonan cantos salvajes en los bosques mientras danzan

En torno al altar de Yule, fungoso y blanco.

Un viento que no es de este mundo

Recorre el bosque de robles,

Cuyas mórbidas ramas se ahogan

En una maraña de delirante muérdago,

Porque éstos son los poderes de las tinieblas, que perviven

En las tumbas de la raza perdida de los Druidas.

XIII

CAMPANAS


Escucho las campanas de aquella torre majestuosa;

Las campanas del esplendor de Yule en una noche turbulenta;

Repicando con sorna en una hora lúgubre

Sobre un mundo sacudido por la codicia y el espanto.

Sus melodiosos tonos resuenan en miríadas de tejados;

Un millón de almas insomnes asiste al juego de los carillones;

Sin embargo su mensaje cae sobre un suelo pedregoso...

Su espíritu es cercenado por la espada del Tiempo.

¿Por qué suenan, remedando los años felices

Cuando la paz y el sosiego reinaban en la plácida llanura?

¿Por qué sus acordes familiares provocan las lágrimas

De aquellos que tal vez no vuelvan a conocer la dicha?

Hace años os conocía bien... hace muchos años...

Cuando el antiguo pueblo dormía en la ladera;

Entonces vuestras notas resonaban sobre la nieve iluminada por las estrellas

En medio de la alegría, la paz y la esperanza eterna.

Mi imaginación evoca el modesto chapitel;

El tejado puntiagudo, negra sombra contra la luna;

Los góticos ventanales, ardiendo con un fuego

Que presta la magia a los cínicos tonos.

Venerable cada seto cubierto de nieve bajo los rayos

Que añadían plata a la plata del valle;

Encantadora cada choza, cada vereda, cada arroyo,

Y alegre el espíritu del aire perfumado por los pinos.

Los pastores profesaban un simple credo;

Vivían en inocente beatitud entre las montañas;

Sus corazones joviales, sus almas honestas en paz,

Animados por las sencillas alegrías de los mortales.

Pero una horrible plaga aparece en escena;

Un fantástico nimbo se cierne sobre la tierra;

Formas demoniacas flotan por encima de los bosques,

Y ante cada puerta se alzan sombras malignas.

El Tiempo, siniestro bufón, avanza por la pradera;

Bajo su paso la alegría se extingue.

Corazones joviales se desangran con angustia inexpicable,

Y almas atormentadas proclaman su influencia funesta.

Conflicto y cambio acosan al mundo vacilante;

Pensamientos salvajes y quimeras ciegan la razón;

La confusión se apodera de una raza senil

Y el crimen y la locura merodean impunemente.

Escucho las campanas... las campanas burlonas y malditas

Que despiertan recuerdos que obsesionan y paralizan;

Suenan y resuenan sobre un millar de infiernos...

Demonios de la noche... ¿por qué no permanecéis tranquilos?

XIV

NÉMESIS


A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules,

Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,

He vivido mis vidas sin número,

He sondeado todas las cosas con mi mirada;

Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento

Arrastado con horror a la locura.

He flotado con la tierra en el amanecer de los tiempos,

Cuando el cielo no era más que una llama vaporosa;

He visto bostezar al oscuro universo,

Donde los negros planetas giran sin objeto,

Donde los negros planetas giran en un sordo horror,

Sin conocimiento, sin gloria, sin nombre.

He vagado a la deriva sobre océanos sin límite,

Bajo cielos siniestros cubiertos de nubes grises

Que los relámpagos desgarran en múltiples zigzags,

Que resuenan con histéricos alaridos,

Con gemidos de demonios invisibles

Que surgen de las aguas verdosas.

Me he lanzado como un ciervo a través de la bóveda

De la inmemorial espesura originaria,

Donde los robles sienten la presencia que avanza

Y acecha allá donde ningún espíritu osa aventurarse,

Y huyo de algo que me rodea y sonríe obscenamente

Entre las ramas que se extienden en lo alto.

He deambulado por montañas horadadas de cavernas

Que surgen estériles y desoladas en la llanura,

He bebido en fuentes emponzoñadas de ranas

Que fluyen mansamente hacia el mar y las marismas;

Y en ardientes y execrables ciénagas he visto cosas

Que me guardaré de no volver a ver.


He contemplado el inmenso palacio cubierto de hiedra,

He hollado sus estancias deshabitadas,

Donde la luna se eleva por encima de los valles

E ilumina las criaturas estampadas en los tapices de los muros;

Extrañas figuras entretejidas de forma incongruente

Que no soporto recordar.

Sumido en el asombro, he escrutado desde los ventanales

Las macilentas praderas del entorno,

El pueblo de múltiples tejados abatido

Por la maldición de una tierra ceñida de sepulcros;

Y desde la hilera de las blancas urnas de mármol persigo

Ansiosamente la erupción de un sonido.

He frecuentado las tumbas de los siglos,

En brazos del miedo he sido transportado

Allá donde se desencadena el vómito de humo del Erebo;

Donde las altas cumbres se ciernen nevadas y sombrías,

Y en reinos donde el sol del desierto consume

Aquello que jamás volverá a animarse.

Yo era viejo cuando los primeros Faraones ascendieron

Al trono engalanado de gemas a orillas del Nilo;

Yo era viejo en aquellas épocas incalculables,

Cuando yo, sólo yo, era astuto;

Y el Hombre, todavía no corrompido y feliz, moraba

En la gloria de la lejana isla del Ártico.

Oh, grande fue el pecado de mi espíritu,

Y grande es la duración de su condena;

La piedad del cielo no puede reconfortarle,

Ni encontrar reposo en la tumba:

Los eones infinitos se precipitan batiendo las alas

De las despiadadas tinieblas.

A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules,

Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,

He vivido mis vidas sin número,

He sondeado todas las cosas con mi mirada;

Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento

Arrastado con horror a la locura.

XV

EL MENSAJERO


El Engendro, dijo, vendría esa noche a las tres

Desde el viejo cementerio que se extiende al pie de la colina;

Pero yo, acurrucándome al benévolo calor de un fuego de roble,

Intenté convencerme a mí mismo de que era imposible.

Seguramente, reflexioné, se trata de una broma macabra

Urdida por alguien que no conoce el verdadero

Signo de los Antiguos, legado de tiempos pretéritos,

Que libera las perversas formas de las tinieblas.

Él no había querido decir eso... no... pero yo encendí

Otra lámpara mientras el constelado León surgía

Por encima del Seekonk, y resonaba un campanario...

Las tres... y el resplandor del fuego se apaga poco a poco.

Entonces, aquel augurio vino a golpear la puerta...

¡Y la delirante verdad me devoró como una llama!

XVI

POR DÓNDE UN DÍA PASEÓ POE


Divagan eternamente las sombras en esta tierra,

Soñando con siglos que se fueron para siempre;

Grandes olmos se alzan solemnes entre lápidas y túmulos

Desplegando su alta bóveda sobre un mundo oculto de otro tiempo.

Una luz del recuerdo ilumina todo el escenario,

Y las hojas muertas hablan en susurros de los días idos,

Añorando imágenes y sonidos que ya no volverán.

Triste y solitario, un espectro se desliza a lo largo

De los paseos por donde sus pasos le llevaban en vida;

Pero no es visible a los ojos de cualquiera, a pesar de que su canto

Resuena a través del tiempo con una extraña fascinación.

Sólo los pocos que conocen el secreto de su magia

Pueden encontrar entre estas tumbas la sombra de Poe.

 

http://labibliotecasigloxxi.blogspot.com/2009/01/hongos-de-yuggoth-lovecraft.html


FILTROS Y HECHIZOS, MALEFICIOS Y ENCANTAMIENTOS

Escrito por imagenes 05-01-2009 en General. Comentarios (2)

FILTROS Y HECHIZOS, MALEFICIOS Y ENCANTAMIENTOS


FILTROS Y HECHIZOS, MALEFICIOS Y ENCANTAMIENTOS

PARA PROVOCAR EL AMOR DE OTRA PERSONA
Mediante leves pinchazos se produce en el dedo meñique tres gotas de sangre, la cual mezclamos después con algunos pelos de axilas y del pubis. Todo ello se amasa con barro y se seca al horno, donde se formará una pequeña pella. De ella extraeremos los polvos y, mezclándolos en cualquier bebida, se lo haremos beber al sujeto de nuestros deseos. Sin que se dé cuenta por supuesto, si no romperá el hechizo.
PARA VENCER EL PUDOR DE UNA NOVIA
Se mezclan pelos de axilas y de pubis con limaduras de uña de gata. Lo que resulta se deja secar envuelto en alas de murciélago, y luego se añade un poco de esencia de ajenjo y de brezo.
PARA QUE UNA MUJER NO SE RESISTA A NUESTROS REQUERIMIENTOS
Se toma un huevo de gallina y se abre con cuidado de que la yema no se rompa. Retiramos la clara y depositaremos sobre la yema pelos de pubis, esperma de chivo, resina y toronjil; añadiremos un ciempiés y las cenizas de una luciérnaga asada, y depositamos el conjunto en una vasija, la cual mantendremos perfectamente tapada durante tres días y tres noches. Sírvase en cualquier bebida fresca.
PARA OBTENER AMOR
Cocer una manzana, pelarla y perfumarla; tomarla entre las manos y exclamar mientras la atravesamos con un alfiler: "atraviesa al corazón de mi amado/a".
FILTRO DEL BESO DE SATANÁS
Resulta mortal. Se funde una medalla de cobre y se hacen dos discos que encajen uno sobre otro. Se graban en el exterior figuras satánicas y se introducen en el interior los filtros diabólicos que la bruja haya aconsejado, se sitúa cerca de la persona a la que se odia, ésta quedará envenenada.



EXORCISMO A PERSONAS
1. Debe colocarse un crucifijo a la vista del poseso y, si fuera posible, colocárselo entre sus propias manos.
2. Si el poseso habla malignamente, se debe ordenar al diablo que se calle y que se limite a contestar solamente a las preguntas que se le dirijan.
3. El exorcista no debe dar crédito a lo que vea u oiga que hace o diga el poseso
4. Se le debe preguntar al poseso el número de entes o diablos que le poseen
5. En caso afirmativo, debe preguntarse a continuación en que época se produjo la posesión.
6. Se debe recomendar a los asistentes del exorcismo que deben ser muy pocos y que recen por el bien del poseso.
7. Se debe exorcizar siempre en tono de autoridad, insistiendo particularmente cuando se note que el poseso sufre más.
8. Se hará la señal de cruz en las partes del cuerpo donde más se acuse la alteración del poseso.
9. Se rociará con agua bendita el cuerpo del poseso muy especialmente en las zonas en donde se den reacciones violentas.
10. Se deben repetir las frases y palabras que más atormenten al poseído.
11. Deben encontrarse presentes los propios familiares del poseso, para que vean como reaccionan y sujeten fuertemente.
12. Cuando se haya vencido a los diablos, debe preguntársele por qué posesionó de la persona: por maleficio, por propia voluntad, por arte maléfico o por otros motivos, así como el propósito y en que zona del cuerpo se encuentran arraigados dentro de su organismo.
13. Una vez conocido el móvil y el lugar donde se encuentra el diablo, se procederá a expulsarlo definitivamente del cuerpo del poseso
14. Los asistentes deben arrodillarse durante la ceremonia y el exorcista les rociará con agua bendita.
15. A continuación, el exorcista debe dirigirse al poseso, pronunciando energéticamente lo siguiente:
"Cualquiera que sea, espíritu inmundo, te mando, así como a tus compañeros que poseéis a este siervo de Dios, en nombre de los Misterios de la Encarnación, de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo y en nombre del Espíritu Santo, que me digas tu nombre y me indiques el día y la hora en que saldrás de este cuerpo. Te mando que me obedezcas y te prohíbo que atormentes más a esta criatura".
Todo esto acompañado de oraciones y rociando al poseso con agua bendita se hace hasta que éste quede sin fuerzas, entonces se le hará una señal de la cruz en la frente y otra en el corazón y el exorcismo habrá terminado.



Cuando la sanación se realiza en al dimensión espiritual es porque se considera la enfermedad del cuerpo como un reflejo de la enfermedad del alma, en muchos casos producida por algún maligno espíritu que se intentará expulsar de la víctima enfermiza. Sanaciones que se están haciendo muy populares por realizarse a menudo en agrupaciones, con gran alboroto emocional, durante los rituales religiosos que las acogen. El principal cuidado que hemos de tener, si hemos escogido este tipo de sanación, es en las etapas previas a la curación, cuando se nos está diagnosticando el mal que tenemos; porque como se nos diagnostique que nuestra enfermedad es producida por un terrible demonio, es posible que al sacarlo de nuestro cuerpo nos saquen también a nosotros. Se están dando casos de exorcismos realizados por “sanadores” con resultado de la muerte del paciente. Auténticas carnicerías, baños de sangre realizados por chapuzas exorcistas, que destrozan el cuerpo del paciente al hurgar brutalmente en él en busca de un demonio que probablemente ni existe.
Toda secta achaca sus males a las fuerzas maléficas del inframundo. Idea muy peligrosa cuando se cree que esas fuerzas están encarnadas en algún individuo o grupo de individuos, pues se emprenderá una guerra santa contra ellos. También es típico que las sectas se mantengan en una lucha constante contra los estamentos sociales que ostentan el poder calificándolos de demoníacos, incluso países con cierta tradición religiosa pueden emprender una guerra contra otros países de diferentes creencias por considerarlos nidos de fuerzas satánicas. Estas aptitudes agresivas son muy peligrosas, han sido siempre la causa de terribles guerras.
Y, como todavía la ideología exorcista continúa vigente en los ambientes espirituales de los países desarrollados, su peligrosidad permanece, porque, aunque nuestras leyes y sistema policial ya no permitan guerras santas entre grupos, sí que se permite la sanación de cariz exorcista practicada por aquellos sanadores que creen que esas fuerzas o esos demonios se han encarnado en una persona. Lo que permite iniciar terribles procesos de exorcismos que en ocasiones han terminado matando a la persona afectada.
Cierto es que los casos extremos con resultado de muerte se dan en contadas ocasiones, pero no está de más no bajar la guardia si estamos llevando a efecto algún tipo de terapia espiritual con connotaciones exorcistas. Si nos hemos metido en un proceso de curación semejante y vemos que están desarrollándose los acontecimientos como acabo de exponer, antes de llegar al fatídico final, hay que abandonar la trágica terapia. Y si la persona o personas que nos están tratando insisten en sacarnos el mal del cuerpo en contra de nuestra voluntad, no se debe dudar ni un momento en acudir a la policía. Más vale vivir con un demonio a cuestas que no vivir; porque lo más probable es que el demonio no exista sino en la mente de aquellos que lo necesitan para seguir manteniendo su profesión de sanadores exorcistas.
Cuando un personaje o personajes se escenifican en la realidad virtual espiritual de una religión u otra vía espiritual es porque, habitualmente, les da cuerpo algún tipo de fuerza psíquica o situación especial muy humana. Podríamos decir que el dios benevolente que reina en nuestra civilización encarna ciertas fuerzas positivas del hombre, y el demonio fuerzas negativas. El exorcismos se produce cuando estas dos fuerzas opuestas del hombre se encuentran, y las fuerzas del bien intentan imponerse a las fuerzas del mal. Entonces se produce una resistencia al cambio. Los seres humanos tenemos aspectos del bien y del mal en nuestro interior en un equilibrio inestable, en pugna constante. Cuando una persona se sumerge en una experiencia de lo sagrado, si lo hace bruscamente, sin seguir un proceso lo suficientemente lento como para asimilarlo con naturalidad, vivirá una crisis de rechazo hacia el nuevo estado interior, que incluso podrá ser convulsiva. Entonces tendremos lo que llamamos un exorcismos.
En este estudio estamos denunciando el error que supone creer que son reales los personajes o fuerzas espirituales, pero no los estamos considerando creaciones banales de la mente humana, como ocurre muy a menudo, incluso por algunos profesionales de la psicología, que llegan a afirmar que tanto dios como el diablo son creaciones de la imaginación del hombre para quitarse culpas y eludir responsabilidades, sin más consecuencias.
Nosotros nos inclinamos por pensar que los personajes de las realidades virtuales espirituales son producidos por impulsos psicológicos muy profundos y muy reales, no por banales caprichos de fantasía. El que no hayamos llegado todavía a conocerlos con detenimiento, no nos da derecho a negar la realidad que esconden. Sabemos que el dios del rayo fue una creación de la mente religiosa del hombre prehistórico; pero, aunque el rayo no sea un dios, continúa achicharrando a todo el que le cae encima.
Nuestro desarrollo científico nos ha permitido reconocer que las propiedades místicas, que nuestros antiguos atribuían al dios del rayo, no son sino producto de su ignorante imaginación calenturienta; sin embargo, las propiedades físicas continúan vigentes, y continuarán siéndolo mientras sigan cayendo rayos sobre la tierra. Con esto quiero decir que tras cada creación de entidad o circunstancia de los mundos virtuales espirituales, se esconde una realidad que no podemos ignorar aunque no la hayamos reconocido científicamente. A mi entender, está más cerca de la verdad aquel que cree en dios o en el diablo que quienes piensan que tras ellos no hay nada. A estas entidades virtuales las han creado unas pulsaciones psicológicas o espirituales de indudable fuerza e importancia. Que no las conozcamos científicamente, no quiere decir que no existan. Estamos de acuerdo en que las realidades virtuales espirituales y sus personajes son creaciones de la mente humana, ¿pero qué hay detrás de esas creaciones?¿, ¿Qué impulsos psicológicos les dan vida?
No hay otra forma de responderse a estas preguntas que reconociendo las vivencias espirituales puras. Algo que podemos conseguir observando cómo se produce en nosotros el proceso de atribuírselas a diferentes personajes o a diversas características de los mundos espirituales.
Este análisis comparativo, antiguamente, no era apenas posible llevarlo a efecto, pues las personas espirituales, no tenían otra opción de desarrollar su espiritualidad que en la religión dominante del país donde hubieran nacido. Pero, en la actualidad, una persona puede obtener vivencias religiosas semejantes en el seno de diferentes credos, lo que le permite separar por un lado la misma vivencia de lo sagrado y por otro lado las distintas creencias religiosas que la envuelven. Algo que nos permite comprobar que una misma vivencia puede estar representada virtualmente de muchas formas en las diferentes realidades virtuales espirituales que puedan existir. Lo que nos hace sospechar que la vivencia es algo real, mientras que la creencia en el personaje, o circunstancia virtual donde podemos asentarla, son creaciones de la mente, pues varían de una realidad virtual a otra, según la religión o vía espiritual que estemos siguiendo.
Y como hemos sido capaces de llegar a conocer la auténtica naturaleza del rayo y a descartar todas las falsas elucubraciones mentales que el hombre antiguo hacía sobre él, quizás algún día seamos capaces de llegar a conocer la auténtica naturaleza tanto de dios como del diablo, después de descartar todas las abundantes y falsas elucubraciones mentales que el hombre ha hecho siempre sobre ellos.
A las personas que nos ha tocado experimentar a dios y al diablo, en diferentes métodos de realización espiritual o religiones, nos cuesta menos separar la experiencia de la creencia que a las personas que se mantienen en una creencia de por vida. He llegado a conocer tantas personificaciones de manifestaciones divinas y demoníacas que, ya instintivamente, no les doy gran importancia a estos personajes virtuales, mi interés se centra en la esencia que ellos representan y transmiten, y en nuestra capacidad de gozar lo divino o en nuestra fatalidad de sufrir lo demoníaco.
El exorcismo es el resultado del choque de estas dos tendencias humanas opuestas entre sí. A medida que seamos capaces de observarlas en esencia, y de controlar su manifestación en nosotros, irá desapareciendo la teatralidad dramática que habitualmente envuelve a este tipo de sanaciones. Existen vías de realización espiritual y maestros o gurús que son capaces de enseñarte a sumergirte en lo sagrado sin necesidad de desmayos, ni de ataques epilépticos. Su capacidad de iniciarte en el conocimiento de lo divino es de suficiente calidad como para que en el seno de su enseñanza no se produzcan extraños aspavientos sensacionalistas de grandes exorcismos.
Un exorcismo es también consecuencia de un elevado grado de relajación conseguido de forma excesivamente rápida que la paz divina puede producir en el individuo que la experimenta. Como comenté en el capítulo de la relajación, relajarse es liberar las tensiones inconscientes y los impulsos psicológicos que las produjeron. Toda vivencia intensa de lo sagrado implica una profunda paz, una profunda relajación, de esta forma nos liberamos de todo aquello que no aceptamos de nosotros, abrimos la caja de Pandora, y los impulsos psicológicos reprimidos que generan las tensiones inconscientes pueden tomar forma en las realidades virtuales espirituales en forma de demonios, que al expulsarlos tan rápidamente de nuestro cuerpo armarán la marimorena.
Si la paz divina experimentada es de suficiente calidad, penetrará en nosotros progresivamente y podremos asimilarla, a la vez que nos ayudará a integrar todo lo reprimido que desprende de nosotros, sin producirnos las escandalosas crisis típicas del exorcismo muy difíciles de digerir.
Muchas personas han escogido el exorcismo como sanación por el sensacionalismo que encierra. Las indudables fuerzas esotéricas, que se manifiestan durante un exorcismo, alimentan la fe en aquellos creyentes que se dejan deslumbrar por las convulsiones físicas que puede producir el impacto de lo sagrado arrojado violentamente sobre los individuos.
Para concluir este capítulo, solamente recordar que un auténtico crecimiento, ya sea físico o espiritual, siempre se produce de forma imperceptible. Todo lo demás es un espectáculo circense atractivo para aquellas personas que creen en las ilusiones de los magos de las realidades virtuales espirituales.

LOS ELEMENTOS DE LA CÁBALA -- Cartas de Eliphas Leví

Escrito por imagenes 03-01-2009 en General. Comentarios (4)

LOS ELEMENTOS DE LA CÁBALA -- Cartas de Eliphas Leví

LOS ELEMENTOS DE LA CABALA EN DIEZ LECCIONES
Cartas de Eliphas Leví

Estas cartas han sido facilitadas por un discípulo de Elíphas Leví: Monsieur Montaut.

PRIMERA LECCION

Prolegómenos generales
Señor y hermano:

Puedo daros este título, puesto que buscáis la verdad en la sinceridad de vuestra Corazón y que para encontrarla estáis presto a sacrificaros.
Siendo la verdad la esencia misma de aquellos que no es difícil encontrar, está en nosotros y nosotros estamos en ella; es como la luz, que los ciegos no ven.
El Ser es. Esto es incontestable y absoluto. La idea exacta del Ser es la verdad; su conocimiento es la ciencia; su expresión ideal es la razón; su actividad es la creación y la justicia.
Decís que queréis. Para ello basta conocer y amar la verdad. Porque la verdadera fe es la adhesión inquebrantable a las deducciones necesarias de la ciencia en el infinito conjetural.
Las ciencias ocultas son las últimas que dan la certeza, porque toman por bases las realidades y no las ilusiones.
Permiten discernir en cada símbolo religioso la verdad y la mentira. La verdad es la misma por doquier, y la mentira varía, según los lugares, los tiempos y las personas.
Estas ciencias son en número de tres: La Cábala, la Magia y el Hermetismo.
Cábala o ciencia tradicional de los Hebreos, podría denominarse las matemáticas del pensamiento humano. Es la álgebra de la fe. Resuelve con sus ecuaciones todos los problemas del alma, despejando las incógnitas.
Da a las ideas la sencillez y la rigurosa exactitud de los números sus resultados son para la mente la infalibilidad (siempre relativa en la esfera de los conocimientos humanos) y la paz profunda para el corazón.
La Magia, o ciencia de los magos, ha tenido por representantes en la antigüedad a los discípulos y acaso a los maestros de Zoroastro.
Es el conocimiento de las leyes secretas de la naturaleza, que producen las fuerzas ocultas de los imanes, sean naturales, o artificiales, y que pueden existir aún fuera del mundo metálico. En una palabra, y para emplear una expresión moderna, es la ciencia del magnetismo universal.
El Hermetismo es la ciencia de la naturaleza oculta en los jeroglíficos y en los del mundo antiguo. Es la investigación del principio de la vida con el sueño. (para Ion que aún no han llegado a él). la realización de la gran obra, la reproducción por el hombre del fuego natural y divino, que crea y regenera los seres
He ahí, señor, las cosas que deseáis estudiar: Su circulo es inmenso, pero sus principios son muy sencillos y están contenidos en los números y en las letras del alfabeto. Es un trabajo de Hércules, parecido a un juego de niños, dicen los maestros de la santa ciencia.
Las disposiciones necesarias para salir airoso en este estudio son gran rectitud de juicio y amplio eclecticismo, preconcebida, razón por la cual decía Cristo: Si no os presentaís con la sencillez del niño, no entrareís en Malkuhi, es decir, en el reino de la ciencia.
Empezaremos por la Caballa, cuya división es: Berechit, Mercava, Gematria y Ternura.
Todo por vosotros en la sagrada ciencia.

Eliphas Leví.
SEGUNDA LECCION
La Caballa. Objeto y método

Lo que debéis proponeros estudiando la Cábala, es llevar a la paz profunda mediante la tranquilidad del espíritu y el sosiego del corazón.
La tranquilidad del espíritu es un efecto de la certeza; el sosiego del corazón débese a la paciencia y a la fe.
Sin la fe la ciencia conduce a la duda: sin la ciencia. la fe conduce a la superstición. Las dos unidades producen la certeza y para unirlas no es preciso confundirlas El objeto de la fe es la hipótesis, y llega a convertirse en certeza cuando la hipótesis exige la evidencia o las demostraciones de la ciencia.
1a ciencia que comprueba con hechos. De la repetición de los hechos se infieren las leyes. La generalidad de los hechos en presencia de tal o cual fuerza demuestra la existencia de la leyes. Las leyes inteligentes son necesariamente deseadas y dirigidas por la inteligencia. La unidad de las leyes hace suponer la unidad de la inteligencia legislativa. Esta inteligencia que estamos obligados a suponer según las obras manifiestas, pero que nos es imposible definir, es a la que llamamos Dios.
Recibisteis mi carta; he aquí un hecho evidente; reconocéis mí escritura y mi pensamiento y deducís de ello Que soy yo quien os ha escrito. Es una hipótesis razonable, pero la hipótesis necesaria es que alguien ha escrito la carta, Podría ser apócrifa pero no tenis razón alguna para suponerlo. Si pretendéis que la carta entera ha ciado del cielo, asentáis una hipótesis absurda.
He aquí, pues, según el método cabalístico, como se organiza la certeza:

Hipótesis necesario...........................................
Demostración científica.................................... Certeza
Evidencia...........................................................
Hipótesis razonables................................. Probabilidad
Hipótesis dudosas.................................... Duda
Hipótesis absurda.................................... Error

No saliendo de éste método, el espíritu adquiere una verdadera infalibilidad, puesto que afirma lo que sabe, cree lo que debe necesariamente suponer, admite las suposiciones razonables, examina las suposiciones dudosas y rechaza las absurdas.,
Toda la Cábala está contenida en lo que los maestros llamaron las treinta y dos vías, son treinta y dos ideas absolutas y reales unidas a los diez números de la aritmética u a las veintidós letras del alfabeto hebraico.

NUMEROS:
1.- Potencia suprema
2.- Sabiduría absoluta
3.- Inteligencia Infinita
4.- Bondad
5.- Justicia o rigor
6.- Belleza
7.- Victoria
8.- Eternidad
9.- Fecundidad
10.- Realidad
LETRAS
ALEPH.- Padre
BETH.- Madre
GHIMEL.- Naturaleza
DALETH.- Autoridad
HE.- Religión
VAU.- Libertad
DZAIN.- Propiedad
SETH.- Repartición
THET.- Prudencia
IOD.- Orden
CAPH.- Fuerza
LAMED.- Sacrificio
MEM.- Muerte
NUN.- Reversibilidad
SAMECH.- Ser universal
SNAIN.- Equilibrio
PHE.- Inmortalidad
TSADE.- Sombra y retejo
HOPH.- Luz
SHIN.- Providencia
THAU.- Síntesis 2

TERCERA LECCION
Uso del método

En la lección anterior se ha hablado mas que de las treinta y dos vías, después indicaré las cincuenta puertas.
Las ideas expresadas por los números y las letras son realidades incontestables. Estas ideas se encadenan y se conciertan como los números. Se procede lógicamente del uno al otro El hombre es el hijo de la mujer, pero la mujer procede del hombre como el número de la unidad. La mujer explica a la naturaleza, la naturaleza revela la autoridad, crea la religión que sirve de base a la libertad, y que hace al hombre dueño de sí mismo y del universo, etc. (Procuraos un Tarot; pero creo que tenéis uno) y disponed en dos series de diez cartas alegóricas, nume-rables desde el uno al veintiuno. Veréis entonces todas las figuras que explican las letras. En cuanto a los números, desde el uno al diez, encontraréis en ellos la explicación repetida cuatro veces, con los símbolos de bastos o cetro del padre, copas o delicias de la madre, espadas o combate del amor, y oros o fecundidad. El Tarot se encuentra en el libro jeroglífico de las treinta y dos vías, y su explicación sumaria hallase en el libro atribuido al patriarca Abraham, que se llama Sepher-Jezirah.
El sabio Court de Gebelin es el primero que ha adivinado la importancia del Tarot, que es la gran clave de los jeroglíficos hieráticos. Se han encontrado los símbolos y los números en las profecías de Ezequiel y de San Juan. La Biblia es un libro inspirado, pero el Tarot es el libro inspirador. También se le ha llamado la rueda rota, de donde se ha deducido Tarot y tora Los antiguos rosacruces lo conocían, y el marqués de Suchet habla de él en su libro sobre los iluminados.
De este libro es de donde proceden nuestros juegos de cartas. Las cartas españolas aun llevan los principales signos del Tarot primitivo, y se sirven de ellos para jugar al tresillo, o del hombre reminiscencia vaga del uso primitivo de un libro misterioso que contiene las sentencias reguladoras de todas las divinidades humanas.
Los tres antiguos Tarots estaban constituidos por medallas que después servían de talismanes. Las clavículas o pequeñas claves de Salomón se componían de treinta y seis talismanes, llevando setenta y dos impresiones análogas a las figuras jeroglíficas del Tarot. Estas figuras, alteradas por los copistas, se encuentran aún en las distintas clavículas manuscritas que existen en las bibliotecas. Hay uno de estos manuscritos en la Biblioteca Nacional y otro en la del Arsenal de Francia. Los únicos manuscritos auténticos de las clavículas son los que ofrecen la serie de los treinta y seis talismanes con los setenta y dos nombres misteriosos; los demás, aunque antiguos, pertenecen a las quimeras de la magia negra y no contienen más que mixtificaciones.
Ved, para ,la explicación del Tarot, mi Dogma y ritual de la alta magia.
Todo por vosotros en la sagrada ciencia.

Eliphas Leví.
CUARTA LECCION
LA CABALA
Señor y hermano:
Berechith quien decir génesis; Mercavah significa carrito por alusión a las ruedas y a los animales misteriosos de Ezequiel.
El Berechit y la Mercavah resumen la ciencia de Dios y del mundo.
Digo ciencia de Dios y, por lo tanto, Dios nos resulta infinitamente desconocido Su naturaleza escapa completamente a nuestras investigaciones;. Principio absoluto del ser y de los seres. no se le puede confundir con los efectos que produce, y se puede decir, afirmando por completo su existencia. que no es ni el ser ni un ser. Lo que confunde a la razón sin extraviarla, y nos aleja para siempre de toda idolatría.
Dios es el único postulatum absoluto de toda ciencia, la hipótesis necesaria que sirven de base a la certeza, y he aquí como nuestros antiguos maestros han establecido científicamente esta hipótesis cierta de la fe. el Ser es. En el Ser está la vida. La vida se manifiesta por el movimiento. El movimiento se perpetúa por el equilibrio de las fuerzas. La armonía resulta de la analogía de los contrarios.
Hay en la naturaleza, ley inmutable y progreso indefinido, cambio perpetuo en las formas, indestructibilidad de la substancia; he ahí lo que se encuentra estudiando el mundo físico.
La metafísica os presenta leyes y hechos análogos, ya en el orden intelectual, bien en el orden moral. lo verdadero, inmutable de un lado; del otro, la fantasía y la ficción. Por una parte, el bien que es lo verdadero; por
otra, el mal que es lo falso, y de estos conflictos brotan el juicio y la virtud La virtud se compone de bondad y de justicia. Buena, la virtud es indulgente. Justa, es rigurosa. Buena, porque es justa, y justa, porque es buena se muestra bella.
Esta armonía entre el mundo físico y el mundo moral, no pudiendo tener una causa superior a ella misma, nos revela la existencia de una sabiduría inmutable, principios y leyes eternas, amén de una inteligencia creadora infinitamente activa. Sobre esta sabiduría y esta inteligencia inseparables, reposa esa potencia suprema que los Hebreos denominan la corona. La corona y no el rey, porque la idea de un rey implicaría la de un ídolo. La potencia suprema es para los Cabalistas la corona del universo y la creación entera, es el reino de la corona, o si lo preferís mejor, el dominio de la corona.
Nadie puede dar lo que no tiene y virtualmente podemos admitir en la causa lo que se manifiesta en los efectos.
Dios es, la potencia o corona suprema (keter), que reposa sobre la sabiduría inmutable (ckocmab) y la inteligencia creadora (binab); en el están la bondad (chesad), y la justicia (gebured), que son el Ideal de la belleza (tipbereth) En él están el movimiento siempre victorioso (netzah), y el gran reposo eterno (Iod) Su voluntad es inmensidad que puebla los universos.
¡Detengámonos aquí; conocemos a Dios!
Todo por vosotros en la sagrada ciencia


Eliphas Leví.
QUINTA LECCION
II
Señor y hermano:

Este conocimiento racional de la divinidad, escalonado en las diez Cifras de que se componen todos los números, os da el método Completo de la filosofía Cabalística. Este método se compone de treinta y dos medios o instrumentos de conocimiento, que se denominan las treinta y dos vías, y de cincuenta sujetos o súbditos a los que se puede aplicar, y que se llaman las cincuenta puertas.
La ciencia sintética universal se considera así como un templo al que conducen treinta y dos caminos y al que entra por cincuenta puertas
Este sistema numeral, que también se podría llamar decimal, porque su base es el número diez, establece, por las analogías, una clasificación exacta de todos los conocimientos humanos. Nada es más ingenioso. lógico y exacto.
El número diez, aplicado a las nociones absolutas del ser en el orden divino, metafísico y natural. se repite tres veces, lo que da treinta para los medios de análisis: añadid las sinepsis y la síntesis, la unidad postulada por el espíritu, y la del resumen universal y tendréis las treinta y dos vías.
Las cincuenta puertas constituyen una clasificación de los seres en cinco series de diez, que abraza todos los conocimientos posibles.
Pero no basta haber encontrado un método matemático exacto: es preciso, para ser perfecto, que ese método sea progresivamente revelador. es decir, que nos de el medio de obtener con exactitud todas las deducciones posibles: de obtener los conocimientos nuevos y de desarrollar el espíritu, sin dejar nada al capricho de la imaginación.
Esto es lo que se obtiene por la Gematría y la Ternura, que son las matemáticas de las ideas. La Cábala tiene su geometría ideal, su álgebra filosófica y su trigonometría analógica. Así es como obliga en cierto modo a la naturaleza a revelar sus secretos.
Adquiridos estos altos conocimientos, se pasa a las últimas revelaciones de la Caballa transcendental, y se estudia el chemanphorach el manantial y la razón de todos los dogmas.
He ahí, señor y amigo, lo que se trata de aprender. Ved si no os asusta; mis cartas son cortas, Pero son resúmenes muy concretos, y que expresan mucho en pocas palabras. He dejado espacio bastante dilatado entre mis cinco primeras lecciones, para dejaros tiempo a reflexionar; puedo, Pues, escribiros más a menudo si lo deséais.
Creedme Señor, con el ardiente deseo de seros útil. Vuestro de todo corazón en la sagrada ciencia.


Eliphas Leví.
SEXTA LECCION
III
Señor y hermano:

La Biblia dio al hombre dos nombres: El primero es Adán que significa salido de la tierra u hombre de tierra: el segundo. es Enos o Henoch que significa hombre divino o elevado hasta Dios, según el génesis Enos fue el primero que dedicó homenajes públicos al principio de los seres, el cual se dice que fue elevado al cielo, después de haber grabado en las dos piedras. que se denominan las columnas de Henoch. los elementos Primitivos de la religión y de la ciencia universal.
Henoch no es un personaje, sino una personificación de la humanidad elevada al sentimiento de la inmortalidad por la religión y la ciencia. En la época designada con el nombre de Enos o Henoch, fue cuando apareció el culto de Dios representado en el sacerdote. En la misma época comienza la civilización con la escritura y los monumentos hieráticos.
El genio civilizador que los Hebreos. personificaban en Henoch, fue llamado Trismegisto, por los Egipcios Kadnos o Cadmus por los Griegos. (Cadmo, griego considerado como fundador de Tebas. 1 500, años antes de Jesucristo, Créese también inventor del alfabeto griego. (N. del T.) Kadnos era quien a los acordes de la lira de Amifión, (hijo de Júpiter y de Anaxited. favorecido y discípulo de Mercurio; con su lira construyó las murallas de Tebas ) ve elevarse las piedras vivientes de Tebas.
El primitivo libro sagrado, el libro que Postel llamó el génesis de Henoch, es la primera fuente de la Cábala. o tradición a la vez divina, humana y religiosa. En él la tradición aparece en su noble sencillez cautivando el corazón del hombre, como así también la ley eterna regulando la expansión infinita, los números en la inmensidad y la inmensidad en los números, la poesía en las matemáticas y las matemáticas en la poesía.
¿ Quién creerla que el libro inspirador de todas las teorías y símbolos religiosos ha sido conservado hasta nuestros días bajo la forma de un juego de cartas? No obstante nada es más evidente; y Court de Gebelin, fue el primero en descubrirlo.
El alfabeto y los diez números, es ciertamente, lo más elemental de la ciencia Reunida ello los signos de los cuatro puntos cardinales o de las cuatro estaciones y habréis completado el libro" de Henoch. Cada signo representa una idea absoluta, o si lo preferís esencial.
La forma de cada cifra y de cada letra, tiene su razón matemática y su significación jeroglífica.
Las ideas, inseparables de los números, siguen, adicionándose, o dividiéndose, o multiplicándose, etc., el movimiento de los números y adquieren la exactitud. El libro de Henoch, es, en fin la aritmética del pensamiento.
Todo por vosotros en la santa ciencia.


Eliphas Leví
SEPTIMA LECCION
IV
Señor y hermano:

Court de Cebelin ha vislumbrado en las veintidós claves del Tarot, la representación de los misterios egipcios, atribuyendo su invención a Hermes o Mercurio Trismegisto, que se han denominado también o Thoth. Es cierto que los jeroglíficos del Tarot se encuentran en los antiguos monumentos de Egipto; es cierto que los signos de este libro, trazados en cuadros sinópticos o en tablas o láminas metálicas se asemejan a las tablas isíacas (Las tablas isíacas, son unas láminas de cobre, en que por medio del grabado se representaban los misterios de ISIS y de la mayor parte de las divinidades egipcias, con sus correspondientes atributos y distinitivos.) de Bembo reproducidas separadamente en piedras grabadas o en medallas, convertidas posteriormente en amuletos y talismanes. Así se reparaban las páginas del libro, infinito en sus combinaciones diversas para ensamblarlas, transportarlas y disponerlas de modo siempre original, obteniendo múltiples oráculos de la verdad.
Poseo uno de esos antiguos talismanes traído de Egipto por un viajero amigo, Representaba el binario de los Cielos, o vulgarmente el dos de oros. Es la expresión figurada de la gran ley de la polarización y del equilibrio, produciendo la armonía.
Por la analogía de los contrarios. La medalla que está un poco borrada, es del tamaño de un duro, pero más gruesa. Los dos cielos polares están representados exactamente como en nuestro Tarot italiano, mediante una flor de loto (Lotus o Loto. Arbol sagrado que sirvió de trono a Brahma en el principio de su existencia. En botánica, Almex, árbol de la familia de las leguminosas, de fruto azucarado y flores blancas o azules, parecidas al lirio. El Lotos era una fruta fabulosa de Africa, que decían borraba la patria de la memoria de los que la comían), con una aureola o nimbo.
La corriente astral que separa y atrae al mismo tiempo los dos focos polares, está representado en nuestro talismán egipcio por el macho cabrío de Mendés, colocado entre dos víboras análogas a las serpientes del
caduceo. En el reverso de la medalla, se ve un adepto o un sacerdote egipcio que sustituyendo a Mendés entre los dos cielos del equilibrio universal, conduce por una avenida bordeada de árboles, al macho cabrío convertido en un animal dócil, por medio de su varita mágica.
Los diez primeros números, las veintidós letras del alfabeto y los cuatro signos astronómicos de las estaciones, resumen toda la Cábala.
Veintidós letras y diez números las treinta y dos vías del Sepher Jetzirah; cuatro representan la mercabah (a Mercavah parte misteriosa de la creación entre los rabinos. En teología, teoría sobre la naturaleza de dios y sus obras) y
Es sencillo como un juego de niños y complicado como los más arduos problemas de las matemáticas superiores.
Es ingenuo y profundo como la verdad y la naturaleza.
Esos cuatro signos elementales y astronómicos son las cuatro formas de la esfinge y los cuatro animales de Ezequiel y de San Juan.
Todo por vosotros en la sagrada ciencia.


Eliphas Leví.
OCTAVA LECCION
V
Señor y hermano:
La ciencia de la Cábala imposibilita toda duda respecto a religión, por ser la única que concilia la razón con la fe, mostrando que el dogma universal diversamente formulado, pero en el fondo siempre y en todas partes del mismo, es la expresión más pura de las aspiraciones del espíritu humano iluminada por la fe necesaria. Va a comprender la utilidad de las prácticas religiosas, que concentran la atención y fortifican la voluntad. Ella prueba que el más eficaz de los cultos es aquel que se aproxima en cierto modo a la divinidad del hombre permitiéndote verlo, tocarlo, y en cierta forma incorporarlo. Basta decir que se trata de la religión católica
Esta religión tal como se la presenta al vulgo, es la más absurda, de todas por ser de todas la mejor revelada; empleo esta palabra en su verdadera acepción: revelare; velar de nuevo. Sabéis que en el Evangelio se dice que a la muerte Cristo el velo del templo se desgarró por entero; ahora bien de todo el trabajo dogmático de Iglesia a través de las edades ha sido el de tejer y bordar un nuevo velo.
Es verdad que los mismos jefes del santuario por haber querido ser príncipes han perdido hace tiempo las claves de la alta iniciación Esto no impide que la letra del dogma sea sagrada y los sacramentos eficaces. He dicho en mis libros que el culto cristiano católico es la magia organizada y regulada por el simbolismo y la jerarquía. Es una combinación de auxilios ofrecidos a la debilidad humana para afirmar su voluntad en el, bien.
Nada se ha olvidado, ni el templo misterioso y sombrío, ni el incienso que tranquiliza y exalta al mismo tiempo, ni los cantos prologados y monótonos, que mecen el cerebro en un semisonambulismo. El dogma cuyas formas obscuras parecen la desesperación de la razón, sirve de barrera a las petulancias de un critico inexperto e indiscreto. Parecen insondables a fin de representar mejor el infinito. Los oficios mismos, celebrados en un idioma que la masa del pueblo no entiende, ensanchan el pensamiento del que ora y le dejan hallar en la oración todo lo que está en relación con las necesidades de su espíritu y de su corazón. He ahí por qué la religión católica se parece al ave cenit de la fábula, el cual renace continuamente de sus cenizas. Y ese gran misterio de la fe, es sencillamente un misterio de la naturaleza.
Semeja una paradoja afirmar que la religión católica es la única que pudiera acertadamente llamarse natural y por lo tanto verdadera; sin embargo, es la única que satisface plenamente a esa necesidad natural del hombre.
Todo vuestro en la santa ciencia.


Elíphas Leví.
NOVENA LECCION
VI
Señor hermano:
Si el dogma cristiano-católico es completamente cabalístico lo mismo hay que decir de los grandes santuarios del antiguo mundo. La leyenda de Chrisna, tal como tal como la refiere el Bhaghavadam es un verdadero evangelio semejante a los nuestros; pero más ingenuo y brillante. Las encarnaciones de Vishnú son diez; como los Sefiroths, de la Cábala y forman una revelación, en cierto modo, más completa que la nuestra. Osiris muerto por
Tifón, después resucitado por Isis, es el Cristo negado por los judíos, después glorificado en la persona de su muerte. La Tebaida es una gran epopeya religiosa que es preciso colocar a lado del gran símbolo de Prometeo. Antigona es el tipo de la mujer divina, tan pura como María. En todas partes el bien triunfa por el sacrificio voluntario después de haber sufrido durante algún tiempo los asaltos desiguales de la fuerza fatal. Los mismos ritos son simbólicos y se transmiten de religión en religión Las tiaras, las mitras, las sobrepellices figuran en todas las grandes religiones. Después se dedujo que todas eran falsas, cuando en realidad lo falso es la conclusión. La verdad es que la religión es una como la humanidad, progresiva como ella, y permaneciendo siempre la misma, transformándose continuamente. Si para los egipcios, Jesucristo se denomina Osiris, para los escandinavos Osiris se llama Balder. Es muerto por el lobo Jeuris, pero Woda u Odin le vuelve a la vida y las mismas walkirias le vierten hídromiel en el Walhalla.( Palacio en los campos Elíseos, o morada de los herpes escandinavos)., Los escaldos, los druidas, los bardos, cantaban la muerte y la resurrección de Terenis o de Tétenus, distribuían a sus fieles el muérdano sagrado como nosotros el boj bendecido en las fiestas del solsticio de estío y rendían culto a la inspirada virginidad de las sacerdotisas de la isla de Seyne. -Podemos, por tanto, concienzudamente y con entera razón, cumplir los deberes que nos impone nuestra religión material. Las prácticas son actos colectivos y repetidos con intención directa y perseverante. Semejantes actos son siempre beneficiosos y fortifican la voluntad, especie de gimnasia, que nos conduce al fin espiritual que queramos alcanzar. Las prácticas mágicas y los pases magnéticos no tienen otro objeto, y dan resultados análogos a los de las prácticas religiosas; aunque más imperfectas.
¿ Cuántos hombres no tienen la energía de hacer lo que quisieran y debieran hacer? Hay muchas mujeres que se consagran sin descorazonarse a los trabajos tan repugnantes y penosos como los de enfermeras y educadoras ¿De dónde sacan la fuerza? De las pequeñas prácticas repetidas: rezan todos los días sus oficios y sus rosarios de rodillas, haciendo examen particular.
Todo por vosotros en la ciencia.


Eliphas Leví.
DECIMA LECCION
VII
Señor y hermano:
La religión no es una servidumbre impuesta al hombre, es un auxilio que se le ofrece. Las castas sacerdotales han tratado todo tiempo de explotar, y transformar este auxilio en yugo insoportable y la obra evangélica de Jesús tenía por objeto separar la religión del sacerdote o al menos poner al sacerdote en categoría de ministro y servidor de la religión dando a la conciencia del hombre toda su libertad y su razón. Ved la parábola del buen samaritano y estos preciosos textos: la ley se ha hecho para el hombre y no el hombre para la ley. Desgraciados los que ligáis e imponéis sobre las espaldas de los demás fardos que no quisiérais tocar más que con los extremos de los dedos, etc., etc. La Iglesia oficial, se declara infalible en el Apocalipsis, que es la clave cabalística de los evangelios, y hay siempre en el cristiano una iglesia oculta o jvanuíta que, respetando en todo la necesidad de una iglesia oficial conserva del dogma una interpretación diferente de la que se da al vulgo
Los templarios; los rosacruces, los francmasones de altos grados han pertenecido todos, antes de la revolución francesa, a la Iglesia, de la cual Martínez de Pascualy, Saint Martín y hasta Mme. de Krudemer, han sido apóstoles en el siglo XVIII.
El carácter distintivo de esta escuela es evitar la publicidad y no constituirse nunca en secta disidente. El conde José de Maistre, ese católico tan radical, era aunque no se crea, simpático a la sociedad de los Martinistas y anunciaba una regeneración próxima del dogma por luces que emanaban de los santuarios del ocultismo. Existen todavía sacerdotes fervientes que están iniciados en la doctrina antigua y un obispo, entre otros, fallecido recientemente, me ha pedido enseñanzas cabalísticas. Los discípulos de Saint-Martin tomaron el pseudónimo de filósofos desconocidos, y los de un maestro moderno muy conocido no han tenido necesidad de tomar nombre alguno, pues el mundo no sospechaba su existencia. Jesús ha dicho que la levadura debe ocultarse en el fondo de la vasija que contiene la pasta para trabajar día y noche en silencio hasta que la fermentación invada lentamente toda la masa que ha de formar el pan.
Un iniciado puede, con sencillez y sinceramente, practicar la religión con que haya nacido, porque todos los ritos representan diversamente un solo y un mismo dogma; pero no debe abrir el fondo de su conciencia más que a Dios y a nadie debe comunicar sus creencias más intimas. El sacerdote no puede juzgar lo que el mismo Papa no comprende. Los signos exteriores del iniciado son la modesta ciencia, la filantropía sin ruido, la igualdad de carácter y la más inalterable bondad.


¡Todo vuestro en la santa ciencia!

UTOPIA --TOMAS MORO -- 1516

Escrito por imagenes 03-01-2009 en General. Comentarios (0)

UTOPIA --TOMAS MORO -- 1516

UTOPIA

Tomas Moro - 1516

Introducción

Todo el mundo tiene referencias y habla de este librito, pero son poquisimos los que lo han leído.

Yo mismo lo desconocía hasta hace poco.

Vino a mis manos una edición española del año 1638, y su lectura me impresionó profundamente, y estoy seguro de que su difusión ha de hacer un gran bien entre todos los que andamos en " cosas" sociales.

Santo Tomás Moro publicó su "UTOPIA" en 1516, y Lutero dio el primer paso hacia la Reforma Protestante en 31 de octubre de 1517, al publicar sus 95 tesis en Wittemberg. Después, la Historia ha seguido su curso.

De estos hechos han pasado cuatro Siglos y medio, y hoy tenemos suficiente perspectiva para darnos cuenta de muchas cosas que nuestros antepasados no pudieron ver.

Ambos hechos se produjeron en los tiempos en que el poder espiritual y temporal de la Iglesia Católica habían llegado al máximo. En todo lo que hoy llamamos "Occidente" no existía más que una sola religión, bajo la autoridad suprema del Papa de Roma, al cual prestaban acatamiento todos los Príncipes.

Se habían constituido y consolidado casi todas las grandes naciones de Europa. El poder temporal de la Iglesia se había consolidado en dos aspectos:

1º Poder concentrado, constituido por los Estados Pontificios, en los que el Papa era soberano

absoluto, y

2º Poder diluido, formado por las posesiones, mas o menos feudales, de todos los dignatarios eclesiásticos en todos los países. Desde las Parroquias rurales a los grandes Arzobispados, pasando por todos los Obispados y las grandes (y pequeñas) Abadías y Conventos.

¿Y el pueblo? ¿Qué papel desempeñaba en todo esto el pueblo? Lo que hoy llamamos "pueblo" entonces se denominaba "los súbditos", "los vasallos", "los sujetos"..., nombres todos que indican netamente que la gente sin privilegios (el vulgo) eran, ante todo, los sometidos y los servidores de los poderosos;

La gente del pueblo no tenía "patria" (pasarían dos siglos antes de que se inventara), pero tenían Rey, al que tenían que servir lealmente. Y. esta era regla. A esto ahora lo denominaríamos "discriminación señorial": - los "señores" por una parte y los "siervos" por otra.

Este proceso del poder temporal empezó (para la Iglesia) con la conversión (o así) de Constantino y el Edicto de Milán en el año 313, y llegó a su máxima "perfección" en los tiempos que precedieron a la Reforma. La gente de Iglesia (excepto los Santos) estaba segura de que lo mejor era el estar aliada con los poderosos y él - ser poderosos ellos mismos; ya que el "pueblo" tenía que seguir el camino que sus "señores" le trazaban. Estoy seguro de que Aristóteles habría encontrado este proceder perfecto; también estoy seguro de que Jesucristo no podía bendecirlo.

Las guerras de religión. Puede afirmarse que el pueblo no intervino para nada en ellas, sino para recibir golpes y morir por su "señor", que seguía tan contento y divertido en su castillo. Fue una pelea entre los que habían acaparado el máximo poder por una parte (el Papa y el Emperador) y los Príncipes por otra. Con la Paz de Westfalia (1648) se terminó la hegemonía del Papado y el Imperio.

Es curioso observar (por lo que respecta al pueblo) que todos los que firmaron dicho Tratado de Paz estuvieron conformes con que los pueblos vinieran obligados a profesar la religión de sus Príncipes. Entonces empezó a funcionar la idea de "patria que alcanzó su máximo esplendor con Revolución Francesa, es cosa de hacer aquí un resumen histórico, que ya está suficientemente conocido y divulgado.

Lo único que quiero observar es que estos cuatro y medio han representado para la Iglesia progresiva de la hegemonía y del poder político y económico que había acumulado en los mil años anteriores, a partir de Constantino.

Los poderosos de antaño ya no existen. El bienestar de las naciones ya no se mide por el esplendor de unos. Cuantos privilegiados. La misma idea de "Patria" se va clarificando, y cuando De Gaulle preconiza una Europa de las patrias, encuentra cada vez menos adherentes. Hoy la religión se mira como una opción personal y libre, a la que a nadie le es lícito violentar. Frente a la división de la sociedad en "clases" se va cada vez con mayor firmeza hacia la "comunidad".

Considerando estos hechos (y otros que están en mente de todos) es cuando uno se percata del valor profético del libro de Santo Tomás Moro, que va a continuación. Teniendo en cuenta, sobre todo, cuando lo escribió todo el Occidente estaba unificado "brutalmente" en lo religioso y en lo civil, y nadie podía prever el proceso que iba a iniciarse al año siguiente.

Frente al "clericalismo" manifestado por la invasión de los eclesiásticos en todas las esferas de lo civil, él preconiza un Estado guiado fundamentalmente por el Derecho Natural. Frente a los privilegios de los poderosos, pone la igualdad de todos los ciudadanos, en una vida comunitaria. Sus atisbos sobre la "vocación profesional" son geniales.

Pero lo más extraordinario, a mi entender, es su defensa del "pluralismo" religioso, frente a la religión única obligatoria.

Lo más opuesto a "UTOPIA" es Jauja.

No dudo que habrá lectores que recorrerán las paginas que siguen como si leyeran una historieta absurda de ciencia ficción", que tanto gustan actualmente, o como una divertí da exposición del país de Jauja. Y no es esto. Ni mucho menos. En mi opinión es todo lo contrario. Es un libro para meditarlo. Sobre todo por los gire militarnos en las filas del catolicismo social.

Piénsese en que durante cerca de cinco siglos hemos dispuesto de un ideario racionalismo, plenamente de acuerdo con el Derecho Natural, y no le hemos hecho ningún caso, antes hemos aprovechado su mismo título, para inventar la palabra "utópico". En cambio, el marxismo, basándose en un-hombre-que-no-existe (esto sí que es utópico) en menos de cien años ha revuelto el mundo.

Comprendo muy bien que después de aquella situación de prepotencia universal (que culminó en los años de la aparición de "UTOPIA» y casi todos los católicos excepto los Santos) hayamos sido "conservadores". Ello es muy natural, aun que no tiene nada de sobrenatural. El resultado ha sido que en vez de ser "luz del mundo" y "sal de la tierra", hayamos sido en no pocos aspectos una rémora a la marcha providencial de la Historia.

Pero, gracias a Dios, estarnos asistiendo al fin de la era constantiniana.

Ha llovido mucho desde que se escribió "UTOPIA". Ello quiere decir que en algunos aspectos no es actual. Pero en muchos otros, sí. Algo parecido al Evangelio. Recuerdo ahora una anécdota catequística, ocurrida en Inglaterra recientemente. La catequista explicaba a las niñas la "Parábola de las Vírgenes Prudentes", y al terminar preguntó a una dé ellas qué consecuencia sacaba de lo que había oído. La niña, sin dudar un momento, respondió:

Es clarísimo. De esto se deducen las grandes ventajas del alumbrado eléctrico sobre los candiles de aceite.

Aquí el peligro está también en tropezar con lo anecdótico y perder de vista su sentido profundo.

Santo Tomás Moro escribió "UTOPIA" en latín. En un latín elaboradísimo y al gusto de aquella época; que dicen que es difícil dé traducir al español del siglo XVII, adaptando el castellano florido dé entonces, con su prosodia enrevesada, al lenguaje de hoy. Dudo mucho de la corrección de mi trabajo bajo el punto de vista literario, pero estimo que (en parte, al menos) he conseguido lo principal que buscaba, que era la claridad, y evitar que se hiciera pesado para el lector actual. Con es/a pretensión me he atrevido a darlo a la imprenta.

Lleva un prólogo de Quevedo, que he conservado intacto, incluso con su propia ortografía, además de las licencias pertinentes de la Santa Inquisición. También copio de dicha edición una breve biografía.

Espero Y deseo que esta edición pueda ser útil a muchos. El dormir durante unas horas es muy sano y conveniente; pero dormir durante siglos y siglos... ¿puede defenderse como cosa buena?

***

NOTICIA, JUICIO Y RECOMENDACION

de la

UTOPIA y de TOMAS MORO

por don

FRANCISCO DE QUEVEDO VILLEGAS

Caballero del Hábito de Santiago

Señor de las Villas de Cetina,

y la Torre de Juan Abad

La vida mortal de Tomás Moro escribió en nuestra lengua Fernando de Herrera, varón docto y de juicio severo; su segunda vida escribió con su sangre su muerte, coronada de virtuoso martirio; fue su ingenio admirable, su erudición rara, su constancia santa, su vida exemplar, su muerte gloriosa, docto en lengua latina y griega. Celebraronle en su tiempo Erasmo de Roterodamo y Guillelmo Budeo, como se lee en dos cartas suyas, impresas en el texto de esta Obra: llamóla Utopía, voz griega, cuyo significado es, no hay tal lugar. Vivió en tiempo y Reyno, que le fué forzoso para reprehender el gobierno que padecía, fingir el conveniente. Yo me persuado, que fabricó aquella política contra la tiranía de Ynglaterra, y por eso hizo isla su idea, y juntamente reprehendió los desordenes de los más de los Príncipes de su edad, fuerame fácil verificar esta opinión; empero no es difícil, que quien leyere este libro la verifique con esta advertencia mía: quien dice que se ha de hacer lo que nadie hace, a todos los reprehende: esto hizo por satisfacer su zelo nuestro Autor. Hurtos de cláusulas de la Utopía los mas Repúblicos Ragualbos del Bocalino: precioso caudal es, el que obligó, á que fuese ladrón á tan grande Autor. No han faltado lectores de buen seso, que han leído con ceño algunas proposiciones de este libro, juzgando, que su libertad, no pisaba segura los umbrales de la religión, siendo así que ningunas son mas vasallas de la Yglesia Católica, que aquellas, entendida su mente, que piadosa se encaminó á la contradicción de las novedades, que en su patria nacieron robustas, para tan llorosos fines. Escribió aquella alma esclarecida, con espíritu de tan larga vista, que como yo mostré en mi carta el Rey Chrlstianisimo, antevió los sucesos presentes asistiendo con saludable consejo á las cabezas de los tumultos.

El libro es corto, mas para atenderle como merece, ninguna vida seré larga; escribió poco, y dixo mucho: si los que gobiernan le obedecen, y los que obedecen se gobiernan por él, ni a aquellos será carga ni a estos cuidado. Por esto viendo yo á Don Gerónimo Antonio de Medinilla y Potres, que le llevaba por compañía en los caminos, y le tenía por tarea en las pocas horas que le dexaba descansar la obligación de su Gobierno de Montiel, le importuné á que hiciese esta traducción: asegurándome el acierto de ella lo cuidadoso de su estilo, y sin afectación; y las noticias políticas, que con larga lección ha adquirido. executandolas en quanto del servicio de su Magestad se le ha ordenado; y con gran providencia, y desinterés, en el gobierno que tuvo de estos Partidos. Quien fuete tan liberal, que en parte quiera pagar algo de lo que se debe á la buena memoria de Tomás Moro, lea en la Celta Dileflere de Bartolomé Zucchi de Monja la carta que escribió el Cardenal de Capua á Monseñor Marino, Cardenal y Gobernactor de Milán y verá quantos méritos tuvo su muerte para canonizar las alabanzas de su vida, y de su doctrina.

En la Torre de Juan Abad 28 de Septiembre de 1837.

Don Francisco de Quevedo Villegas

TESTIMONIO DEL MAESTRO

Bartolomé Ximenez Patán

Catedrático de eloqúencia de Villanueva de los Ynfantes, y sus Partidos, y Notario del Santo Oficio, por orden, y comisión del

Tribunal de la Inquisición de Murcia

El Maestro Bartolomé Ximenez Patón, Notarlo del Santo Oficio, y con especial comisión dejos Señores Inquisidores, que residen en el Tribunal Apostólico de Murcia, para la expurgación de los libros, certifico, y hago fe, a los que el presente vieren, que el texto de la Utopía, que compuso Tomás Moro Inglés, y traduxo Don Gerónimo Antonio de Medinilla y Porres en Castellano (Caballero del Hábito de Santiago, Gobernador que fue en esta Villa, y sus Partidos, Caballerizo del Rey Señor nuestro, y su Corregidor en la Ciudad, y Provincia de Córdova, Señor de las Villas de Bocos, Rozas, y Remolino): no solo no está prohibido, pero si en algún tiempo tuvo alguna margen, que expurgar en otras impresiones, en la presente no la tiene, porque la he visto, y considerado una, y muchas veces, no solo por la expurgación del mas moderno Catálogo, y Expurgatorio, mas aun por la censura de los antiguos. Y por esto, y por las nuevas censuras que dicha traducción tiene, puede y debe imprimirse sin escrúpulo, ni sospecha de mala doctrina: antes su lección es de curiosidad christiana, y piadosa: y por ser así, en testimonio de esta verdad, lo firmé, y signé, en Villanueva de los Ynfantes, en 27 de Septiembre de 1637 años.

vera fides

El Mro. Bartolomé Ximenez Patón

UTOPIA

Relación que el excelente varón

Rafael HITHLODEO

hizo del feliz Estado de la

República de UTOPIA

ordenada por

TOMAS MORO

DESCRIPCIÓN DE LA ISLA Y SU AGRICULTURA

La isla de UTOPIA se extiende unos doscientos kilómetros, y por larguisimo espacio no se estrecha considerablemente, pero ea sus extremos queda reducida a unos cincuenta kilómetros. Dichos extremos están como torcidos, de manera que toda la isla tiene una forma parecida a la de la luna nueva.

Estas partes extremas, azotadas por el mar, distan una de otra unos once kilómetros.

Entre estos brazos se forma como a manera de un lago apacible, quedando un refugio muy bien acomodado, desde el que pueden mandar sus flotas a otras regiones y países.

Las gargantas que forma la entrada, que por una parte tienen bancos de arena y vados, y por otra parte escollos disimulados, ponen espanto al que pretendiera entrar como enemigo.

Casi en el centro de este espacio existe una gran roca, en cuya parte superior han construido un fortín, y en el que existe un presidio.

Hay muchos escollos ocultos (y por lo tanto muy peligrosos) de los que solamente tienen conocimiento los prácticos, de lo que resulta que muy raramente puede pasarlos ninguna nave extranjera que no esté guiada por uno de UTOPIA. Y si pretende entrar sin guiarse por ciertas señales que hay en la playa, cualquier armada enemiga embarrancará.

Dentro de dicho lago existe un puerto de mucho tránsito, con un desembarcadero natural muy bien acomodado, de manera que poca gente de guerra pueden poner en retirada a un ejército considerable.

Se cree (y el aspecto del lugar lo confirma) que aquel país antes no estaba totalmente rodeado por el mar. Pero Utopo, de quien tomó nombre la isla, por haberla conquistado, ya que antes se llamaba Abraxa, fue quien hizo que sus moradores, que eran rústicos y muy atrasados, vivieran de manera humana y civil. Fue él quien mandó formar un istmo de unos diez kilómetros, con lo que UTOPIA quedó separada de la tierra firme y convertida en una isla. Hizo que trabajaran en dicha tarea, no solamente los moradores antiguos, sino también los soldados, y con tan gran número de brazos el trabajo quedó realizado en muy poco tiempo, dejando admirados a los pueblos vecinos, que al principio se burlaban de ellos.

Hay en la, isla cincuenta y cuatro ciudades, todas las cuales tienen en común el idioma, las instituciones y las leyes; y puede decirse que todas ellas están construidas bajo un mismo modelo, en cuanto lo permite el terreno. La distancia media entre ellas es, de unos veinte kilómetros, y ninguna está tan apartada de la más próxima, que en una jornada un peatón no pueda desplazarse de una a otra.

Tres ciudadanos expertos y venerables de cada una de dichas ciudades acuden todos los años a Amauroto, ciudad que por estar en la parte central de la isla es fácilmente accesible a todas las demás y se considera, como la Capital, por ser donde se tratan las cosas comunes y la ordenación pública de todo. el país.

El término municipal de cada ciudad viene a tener el mismo contorno que las otras, unas más y otras menos, según lo apartadas que estén. Ninguna de ellas desea extender o ensanchar su distrito, por considerarse más como labradores usufructuarios de los campos que Señores de ellos.

Existen alquerías muy bien provistas de toda clase de utensilios para las labores agrícolas, y para el trabajo en estos cortijos se turnan los ciudadanos. Ninguna familia de una alquería agrupa menos de cuarenta personas, en las que se señala Padre y Madre de familias por edad y por costumbres venerables. Cada treinta alquerías forman una agrupación y se designa a una que se considera como cabeza y representante de todas las demás.

Por cada familia que está en el campo, cada año vuelven a la Ciudad veinte de sus miembros que han permanecido dos años en las tareas agrícolas, a los que sustituyen otros veinte familiares de la Ciudad para que se ejerciten en la Agricultura, de manera que los que ya son expertos por haber residido un año, amaestran a los recién llegados, los cuales a su vez instruirán, a otros al año Siguiente. Así todos los habitantes de la isla son expertos en los trabajos del campo, y se puede echar mano de todos ellos para las tareas de la recolección.

Y aunque esta manera de renovar el personal agrícola se ordena a que nadie lleve esta Vida dura por más tiempo de dos años, no por esto los que se complacen en la agricultura dejan de permanecer allí más años.

Los labradores cultivan el terreno, cuidan el ganado y demás animales, cortan leña y la conducen a la ciudad por tierra o por mar, según más convenga. Sacan con admirable artificio una infinidad de pollos, sin que los tengan que empollar las gallinas, ya que con calor proporcionado los incuban y después los hombres los abrigan y los cuidan. Crían pocos caballos, muy fieros, de los que únicamente se sirven para la guerra, ya que las labores de cultivo y acarreo las realizan con bueyes, que aunque sean más, lentos que los caballos son más sufridos y menos sujetos a enfermedades, además de que ocasionan menos gasto, y cuando pierden fuerzas se pueden comer.

Siembran solamente trigo. Beben vino de uvas y sidra, o agua pura, o cocida con regaliz, de la que disponen en gran abundancia. Y aunque producen todas cuantas vituallas se consumen en la Ciudad y en sus contornos, siembran bastante más para poder socorrer a otros países vecinos.

Todos los instrumentos de labranza se los proporcionan en la Ciudad por conducto del Magistrado, sin abonar nada por ellos. Muchos campesinos concurren todos los meses a las fiestas solemnes. Cuando llega el tiempo de la siega, los jefes de la labranza indican al Magistrado el número de los que han de enviar a segar, y acudiendo todos a una en tiempo sereno, casi en un día siegan todos los campos.

LAS CIUDADES; ESPECIALMENTE AMAROUTO

El que ha visto una de aquellas ciudades pueden decir, que las ha visto todas, tan semejantes son unas de otras, en cuanto la disposición del terreno lo consiente. Aunque es igual describir una que otra, voy a fijarme en Amauroto, por ser la principal y estar en ella el Senado; por ser la más ennoblecida y por ser la que mejor conozco, por haber residido en ella cinco años.

Está situada en la falda de un monte, siendo su forma cuadrada, extendiéndose suavemente desde lo alto de un collado en una extensión de un kilómetro hasta llegar al río Anidro, prolongándose un poco más al otro lado del mismo.

Este río nace unos cíen kilómetros más arriba de Amauroto, de una pequeña fuente, pero con el concurso de otros ríos que confluyen en él, especialmente de dos mediados, aumentan mucho sus aguas, de manera que al llegar a la Ciudad su lecho tiene una anchura de unos trescientos metros. Luego se va ensanchando más, hasta llegar al Océano. En todo el trayecto que va del mar a la ciudad, y hasta un poco más arriba, con la subida y bajada de la marea, el río modifica su corriente cada seis horas. Cuando sube la marea las aguas del mar penetran río arriba y las aguas quedan salobres, pero después queda el agua limpia y normal.

La ciudad se comunica con la ribera opuesta, no con barcazas o pasarelas de madera, sino con un magnífico puente con arcos de sillería, construido en la parte más apartada del mar, para que las naves puedan llegar sin dificultad a la zona central de la Ciudad.

Disponen de un riachuelo manso y apacible, que nace cerca de donde está la población, atravesándola y, juntándose luego al río Anidro. Los habitantes de la Ciudad canalizaron estas aguas desde su nacimiento hasta la población, disponiendo fortines y parapetos para que en caso de asedio, no les llegase a faltar el agua, la cual es conducida con tuberías de barro cocido a todas las fuentes, que hay con profusión. Y si en otras Ciudades de la isla la Naturaleza no da estas facilidades, entonces reúnen las aguas de lluvia en grandes depósitos, con lo que obtienen el mismo resultado.

Toda la Ciudad está amurallada con muros altos y recios, con muchas torres y parapetos. El foso es seco, pero profundo y ancho, muy intrincado, con zarzas y espinos, menos en la parte de la muralla que está juntó al río.

Las plazas, están abrigadas con pórticos, tanto para el buen servicio de los almacenes como para la comodidad de los habitantes. Los edificios son semejantes y muy bien cuidados, sobre todo en las fachadas. Las calles tienen veinte metros de ancho, y todas las casas están rodeadas de jardín. Las casas tienen una puerta principal y una puerta falsa, con cerraduras muy sencillas, que todos pueden abrir fácilmente, de manera que cualquiera puede entrar y salir por ellas, ya que nadie posee nada en particular.

Cada diez años todos cambian de domicilio por sorteo, y todos sienten emulación por dejar la casa lo más arreglada posible. Un cuidado especial ponen todos en sus jardines, en los que plantan cepas, árboles frutales, hortalizas y flores, con tanta hermosura y buena labor que jamás he visto cosa igual. Este cuidado no es solamente para su deleite, sino que además compiten entre ellos para ver quién tiene estos jardines más bonitos y mejor cuidados. Lo cierto es que no he hallado en ninguna ciudad nada que esté mejor acomodado, tanto para el provecho como para el deleite de los hombres. Parece que Utopo (el fundador) puso en esto el máximo cuidado, y es fama que dispuso los modelos y el trazado desde el principio, aunque en cuanto al adorno estableció que los venideros lo arreglaran como mejor les, acomodase, contando coa que los gustos varían con los tiempos.

Así se refiere en los Anales que tienen escritos y guardados religiosamente, en los que se contiene la historia de la isla desde que fue conquistada, abarcando un período de mil setecientos sesenta años. Por ello se comprueba que al principio las, cosas fueron parecidas a lo que ahora son pajares, una especie de cabañas y chozas, construidas con toda clase de maderas sin distinción, con muros de tapia y cubiertas de pajizo y retamas.

En la actualidad cada casa tiene tres pisos, siendo el exterior de los muros de piedra labrada 9 de ladrillo, y lo interior revocado con argamasa; las azoteas llanas y descubiertas se protegen con cierto betún que fabrican con productos molidos, de muy poco coste, pero es tan eficaz que el fuego no lo altera y que defiende del mal tiempo mejor que si fuera con placas de plomo.

Contra los vientos usan vidrieras en las ventanas porque en aquella tierra hay mucho vidrio, aunque a veces también se sirven de telas enceradas con aceite o goma, con lo que se resguardan de los vientos y reciben más luz.

LOS MAGISTRADOS

Todos los años cada grupo de treinta familias eligen un Magistrado, que en su idioma antiguo llamaban Sifogranto, y en el moderno Filarco. Cada diez de estos Sifograntos, de acuerdo con las familias, eligen otro Magistrado superior, que antes llamaron Traniboro, y actualmente denominan Protofilarco. Finalmente, todos los Sifograntos (que son en número de doscientos) hacen juramento de que elegirán por Príncipe, con voto secreto, a uno de los cuatro propuestos por mayoría de votos por el pueblo. Cada cuarta parte de la Ciudad elige un Senador.

La dignidad de Príncipe es vitalicia, a no ser que se venga en sospecha de que trata de tiranizar el Estado.

Los Traniboros se eligen por un año, y no los deponen sin causa justificada. Todos los demás Ministros y Oficiales también los eligen por un año.

Los Traniboros se reúnen con el Príncipe cada tres días, aunque si hay asuntos urgentes se reúnen con mayor frecuencia. En dichas reuniones tratan los negocios de la República, procurando resolver las disensiones entre particulares, si las hay, que siempre son pocas.

Cada reunión del Senado viene presidida por dos Sifograntos, que se turnan por orden; no consintiéndose que se acuerde ningún asunto de importancia para la República, sin haberse planteado tres días antes de tomarse la resolución.

Se considera como un, delito capital el tratar ningún negocio público fuera del Senado y de sus Juntas señaladas. Esto se hace con miras a que el pueblo no sea traicionado y oprimido por la violencia y las asechanzas del Príncipe y de los Traniboros. Por esta razón, todo lo que se considera de importancia se comunica a la Junta de los Sifograntos, y éstos dan parte a las familias que los eligieron, consultándose entre ellos, de todo lo cual dan noticia al Senado. A veces se tratan los negocios en las Juntas Generales de toda la Isla.

Es norma del Senado el que ningún asunto se resuelva el mismo día que se propone, sino que se difiera para la reunión siguiente, para que nadie, sin madurarlo, exponga lo primero que se le ocurre, y después quiera sostenerlo tercamente, mirando más a su amor propio que al bien público, ya que son muchos los que llevados por una necia vergüenza, para que no parezca que obraron a la ligera, prefieren que prevalezca su opinión antes que la salud del pueblo, en aquello que debían tener bien estudiado para poder hablar con más conocimiento y menos prisa.

EL TRABAJO

La Agricultura es la ocupación universal de hembras y varones, todos los cuales la conocen y la ejercitan sin distinción.

Esto se les inculca desde su más tierna edad; teóricamente, en la Escuela, y prácticamente en unos campos que están junto a la Ciudad, y no sólo mirando, sino empleando los niños en ello sus fuerzas corporales.

Además de la Agricultura, cada uno se ejercita en otro oficio distinto, como trabajar la lana o el lino, la cantería, la herrería, la carpintería y demás artes manuales

El vestido es igual para todos en toda la Isla, y en ningún tiempo se han introducido novedades, existiendo únicamente diferencia en los sexos, ya que las mujeres visten de una manera y los hombres de otra; y en los estados, pues no visten igual los casados que los solteros. Ello resulta agradable a la vista, acomodado al uso, y a propósito para defenderse del frío y del calor.

Cada familia se hace los vestidos a su gusto, pero ea los demás artes y oficios, tanto varones como hembras, cada uno aprende y se aplica en el que es de su elección.

Las mujeres se ocupan en trabajos menos pesados tales como el labrar la lana y el lino. Y los hombres en los más duros. En general, y el hijo sigue la profesión del padre, ya que casi siempre la naturaleza le inclina a ello; pero si alguno tiene inclinación decidida por otra profesión, pasa por adopción a otra familia que trabaje en aquella tarea a que se siente inclinado. En estos casos interviene no solamente el padre natural, sino también el Magistrado, cuidando de que el padre adoptivo sea hombre honrado y serio.

Si alguno se ha instruido bien en una Profesión y desea aprender otra, se le permite, y cuando las conoce bien se aplica a aquella que es más de su gusto.

Está al cuidado de los Magistrados Sifograntes el evitar que haya vagabundos, antes bien, cada uno esté bien ocupado en su profesión.

No comienzan su labor muy de mañana, ni trabajan continuamente, ni durante la noche, ni se fatigan con perpetua molestia como las bestias, porque es una infelicidad mayor que la de los esclavos la Vida de los trabajadores que han de estar a su tarea sin descanso, como ocurre en todas partes, menos en Utopía.

Dividen el día y la noche en veinticuatro horas, dedicando seis horas diarias al trabajo, tres por la mañana, al final de las cuales van a comer. Tienen una siesta de dos horas después de la comida, y una vez descansados vuelven al trabajo por otras tres horas, que se terminan con la cena.

Las veinticuatro horas empiezan a contarse a partir del mediodía. A las ocho se retiran a dormir durante ocho horas. En los intervalos de comer, cenar y dormir, cada uno emplea su tiempo con lo que mejor cuadra con su libre albedrío; pero no de manera que se disipe en excesos y holgazanerías, sino que libre de su trabajo se ocupe en algún ejercicio honesto de su elección.

La mayor parte de estas horas libres las dedican a los estudios literarios, ya que es costumbre que haya lecciones públicas antes del amanecer; a las que por obligación solamente asisten aquellos que están encargados y escogidos para cuidar del estudio. Además de éstos concurren voluntariamente gente de todo estado, tanto hombres como mujeres, a oír a los disertantes, cada uno según sus aficiones y según su profesión.

Estos tiempos libres, si alguno lo quiere emplear en su profesión, lo que les ocurre a muchos a Tos que su temperamento no les inclina a cosas de estudio, no se les prohibe, antes bien se les alaba por la utilidad que reportan a la República.

Después de la cena tienen una hora de recreo, que en verano transcurren en los jardines, y en invierno en las grandes salas que se emplean como comedores colectivos, donde se oye música o se hace tertulia.

Los juegos de dados y otros prohibidos, ni los usan ni los entienden. Lo que usan son dos clases de juegos parecidos al ajedrez. Uno de ellos es una batalla de tantos a tantos, en el que los de un bando despojan y saquean a los del otro; el otro juego consiste en una pelea de los vicios contra las virtudes en forma de escuadrones. En este juego se pone de manifiesto discretamente la oposición a los vicios y la concordia con las virtudes, así como qué vicios se oponen a las virtudes y les hacen guerra, y con qué pertrechos acometen a la parte contraria; y asimismo con qué armas defensivas las virtudes quebrantan y desbaratan a las fuerzas de los vicios, y los ardides con que inutilizan sus acometidas; y finalmente las trazas y mañas con que uno de los jugadores se alza con la victoria.

DURACION DEL TRABAJO

Conviene poner la atención en esto para no llamarse a engaño, pues podía imaginarse que con solamente seis horas de trabajo diario no podrán producirse los bienes cuyo uso es indispensable, lo cual está muy lejos de suceder, porque con este tiempo, no solamente basta sino que sobra para obtener en abundancia las cosas necesarias para la vida y aun las superfluas.

En los países en que casi todas las mujeres (que son la mitad del pueblo) trabajan y los hombres se dan al reposo, además del gran número de sacerdotes y religiosos que no producen nada con sus manos, ni los señores ricos y herederos (a los que el vulgo llama nobles y caballeros), incluyéndose en esta cuenta a toda la caterva de los que sirven a estos últimos de espadachines y truhanes, y a los mendigos que teniendo salud fingen enfermedad por holgazanería, hallaréis que son muchos, los que no producen nada; y entre los que trabajan hay una gran parte que no se ocupan en cosas necesarias, ya que donde todo se consigue con dinero es forzoso que haya muchas artes totalmente vanas, que sólo sirven al antojo y al exceso.

Si los pocos que trabajan se aplicaran todos en los menesteres necesarios a la vida humana, sin duda que bajarían los precios de las cosas, de manera que la vida resultaría mucho más fácil. Y si se juntaran a éstos todos los que viven en el ocio y en la holganza, y se ocuparan en trabajos provechosos para todos (contando con que los artífices de las manufacturas de lujo y los holgazanes consumen cada uno tanto como dos oficiales de trabajos útiles y necesarios) aquellas seis horas diarias bastarían y sobrarían para estar abastecidos abundantemente de todas las cosas necesarias para la vida y su comodidad" incluso para los, deleites verdaderos y naturales.

La experiencia nos da verdadero testimonio de ello en Utopía, donde en cada Ciudad y las aldeas de sus contornos apenas si se permite holgar (entre hombres y mujeres) con a quinientas personas fuerza y edad aptas para el trabajo. Entre éstos, los Sifograntes, que si bien las leyes les declaran exentos, no se excusan de trabajar, para estimular con su ejemplo a los demás.

Del mismo privilegio gozan los estudiantes, a quienes por acuerdo de los Sacerdotes y de los Magistrados el pueblo les concede por votos secretos, que solamente se ocupan en sus estudios; y si alguno no corresponde a las esperanzas que en él se pusieron, se le saca de los estudio, y se le dedica a trabajos manuales. Y por el contrario, sucede muchas veces que, un trabajador manual que aprovechó sus horas libres para el estudio, le sacan de su trabajo para que se aplique solamente a estudiar.

De los estudiosos proceden los Embajadores, los Eclesiásticos, los Magistrados Traniboros, y el mismo Príncipe, al que en la antigua lengua llamaban Barzanes, y en la moderna Ademo.

La demás muchedumbre que siempre trabaja y está ocupada en labores útiles, cuesta poco comprender cuánto llegarán a producir en pocas horas.

Además de estas cosas que he referido, hay que añadir que en los trabajos usuales necesitan menos esfuerzo que en otros países. Fijémonos, por ejemplo, en la obra de construcción o de reparación de edificios. En otros países es necesario que haya muchos dedicados a la reparación, porque lo que los padres construyen con gran trabajo, los herederos pródigos lo descuidan de manera que poco a poco se arruinan, así que lo que pudo repararse a poca costa, el sucesor tiene que edificarlo casi de nuevo.

En Utopía las cosas no ocurren así, porque estando todas las cosas y las Ciudades compuestas y ordenadas de una vez, raramente acontece que se elija nuevo sitio para fundar edificios, y no sólo acuden con brevedad a reparar lo que se deteriora, sino que lo previenen con tiempo, antes de que amenace ruina. Por esto sucede que los edificios duran mucho tiempo, y que los Maestros de Obras tengan poco en qué ocuparse, si no es en tener preparados maderos y sillares para que cuando la necesidad lo pida, puedan acudir con mas diligencia a las reparaciones.

LOS VESTIDOS

En cuanto a los vestidos, ya se ha visto la sencillez con que lo resuelven, ya que para el trabajo se cubren con pieles curtidas, que son resistentes y necesitan pocas atenciones, y que les duran siete años. Cuando salen en público se ponen encima otra ropa, que siempre es del color natural de la lana, y esto en toda la Isla.

De esta ropa de lana gastan mucho menos que en otras partes, además de salirles a mucho menor coste. Con el lino ocurre lo mismo, aunque se gasta y se usa más. En los lienzos lo que se aprecia es la blancura y en los paños la limpieza, sin hacer caso de que sea más o menos fino Y delgado. De aquí procede que si en otras partes no basta para una sola persona el tener cinco vestidos de diversos colores, unos de lana y otros de seda, y los más caprichosos no se conforman ni con diez, los de Utopía, están muy contentos con uno, que les dura dos años. No tienen \motivo para desear más ropa de la que tienen, porque con otra no estarían mejor defendidos del frío o del calor, ni por la finura les parecen más delicados y distinguidos.

Por estas circunstancias todos se ejercitan en profesiones provechosas, y aunque trabajen menos les basta para disponer de lo necesario con abundancia.

De donde resulta que, abundando en todas las cosas, sobra gente, y unas veces se destinan a la reparación de las calles y caminos públicos, y aun sin verdadera necesidad se ordenan obras públicas en las que todos se ocupan algunas horas.

Los Magistrados no emplean a los ciudadanos en trabajos inútiles y superfluos, ya que la institución y fundamento de la República se ordena principalmente a que, una vez satisfechas las necesidades públicas, se disponga del mayor tiempo libre posible para que todos gocen de libertad, y desarrollen sus valores espirituales, porque estiman que en esto consiste la verdadera felicidad.

RELACIONES HUMANAS

Vamos a exponer ahora la manera con que los ciudadanos de Utopía comercian entre sí, y cómo son sus relaciones.

La Ciudad se compone de familias basadas en el parentesco. Las mujeres, al casarse, van a la casa de sus maridos, formando parte de la nueva familia. Los hijos y los nietos varones viven en la familia bajo el gobierno y la obediencia del más anciano, y cuando la edad y los achaques lo exigen, le sucede el que le sigue en edad.

Para que no falte población en la Ciudad, y para que no aumente en demasía, tienen ordenado que ninguna de las 6.000 familias que integran la Ciudad pueda sustentar menos de diez menores ni más de 16. En cuanto a los adultos no hay ningún tope determinado.

Esto se logra pasando los niños que sobran de una familia a otra que les falten, para formar su cómputo. Si alguna vez se multiplican más de lo determinado y justo, con los que sobran se compensan las zonas despobladas de otras ciudades. Si en algún caso en toda la isla hay excesiva muchedumbre de moradores, hacen un padrón y en el continente fundan colonias sujetas a sus mismas leyes, convidando a los naturales de aquella tierra a que vivan en su compañía, si tienen gusto en ello.

Una vez que se han juntado con los que aceptan este trato, fácilmente se conforman con las costumbres y las leyes que son de utilidad para ambos pueblos. De esta suerte, con sus buenas ordenanzas hacen que se fertilice la tierra que antes era estéril y miserable; y a los que no se conforman con este trato los echan de los términos que han señalado para sí, y tienen por justo el hacer la guerra a los que se resisten.

Cuando algún pueblo prohibe a otro el uso y la posesión de terrenos que tiene vacíos y desocupados, de los que nadie se aprovecha, por ley y ordenamiento del Derecho Natural este otro pueblo puede vivir allí y trabajarlo, y apoderarse del dominio y del uso de aquella tierra. De esta manera, cuando en las ciudades de la Isla ocurre algún desastre de tal magnitud que con medios normales no se pueda reparar (lo cual, a lo largo de muchos siglos, ha ocurrido dos veces por calamidad y peste) entonces hacen venir de las colonias el número conveniente de ciudadanos, porque tienen por más acertado el conservar la casa propia que atender a la ajena.

Volviendo a la manera de vivir de los habitantes de Utopía, él más anciano preside la familia, las mujeres sirven a los maridos, los hijos a sus padres, y en general los de menor edad a los mayores.

Cualquiera de las Ciudades se subdivide en cuatro Distritos iguales, cada uno de los cuales tiene en su centro una plaza donde se hallan los almacenes generales comunes a todos. Hay lugares determinados donde se llevan los productos del trabajo propios de cada familia. Cada especie de alimentos se conservan en silos apropiados por cada clase.

De estos almacenes cada padre de familia saca todo aquello que necesita para sí y para los suyos, sin dinero ni nada que lo sustituya. ¿Por qué se le negará nada si allí hay abundancia de todo, y Sin temor a que nadie pida más de lo que necesita? ¿Y qué objeto puede tener el pedir con exceso cuando se está seguro de que no faltará nada de lo necesario?

Es cosa manifiesta que cuando no hay temor de que falte lo que se necesita, cesa la ambición de querer acumular aquella clase de bienes, y como esta ambición no se da en Utopía, viven perfectamente tranquilos.

Junto a las plazas centrales de las que se hecho mención, existen otras que llaman de Suministros, en las cuales se almacenan las hortalizas y las frutas, además del pan. Para el pescado, las carnes de pluma y de pelo, y cualquiera otros alimentos cuya vista y olor es poco atractivo, tienen sus almacenes fuera de la Ciudad, cerca del río, donde es fácil lavar las inmundicias. En tales lugares se disponen las reses muertas y limpias por obra de los esclavos, ya que no consienten que los ciudadanos se ocupen en degollar, cortar y desollar los animales, por considerar que estas prácticas inducen a los hombres a la fiereza, crueldad e inhumanidad, y temen que se atrofien los afectos de la piedad natural. Se prohibe que ninguna cosa inmunda, sucia o asquerosa entre en la Ciudad, cuya putrefacción corrompa el aire y provoque enfermedades.

COMEDORES Y HOSPITALES

En cada barrio hay un edificio público (separados los de unos y otros barrios por la misma distancia) que sirve de morada al Sifogranto, que es el representante de 30 familias, de las que 15 están a un lado del edificio y las otras 15 al otro, y las 30 familias se reúnen en dicho gran local para sus comidas.

Los despenseros de estos comedores colectivos se reúnen en la Plaza a horas determinadas, para pedir las provisiones, según el número de comensales que tienen asignados. Pero antes que a nadie, se atiende al cuidado de los enfermos, los cuales son atendidos en Hospitales Públicos, de los que hay cuatro en cada Ciudad (uno por cada Distrito) y están situados en las afueras, siendo tan capaces que parecen poblaciones pequeñas.

Ello permite que no estén amontonados en el caso de haber muchos enfermos, y si hubiere enfermos contagiosos pueden perfectamente, separarse unos de otros.

Estos Hospitales están tan bien dispuestos y surtidos de todas aquellas cosas que afectan a la salud, y servidos con tantas atenciones y cuidados por enfermeros y médicos doctos, que si bien no es obligatorio que se lleven allí a todos los enfermos, no hay nadie que al sentirse malo no prefiera pasar la enfermedad en el Hospital mejor que en su casa.

Cuando el despensero de los enfermos ha tomado lo que necesita según las órdenes y recetas de los médicos, se mira lo mejor que hay y se reparte en partes iguales a todos los Comedores Colectivos; aunque también se tiene en consideración lo que se pide para la casa 4e1 Príncipe, así como para los Prelados y para los Traníboros, e incluso para los Embajadores, si es que hay alguno (cuando los hay, también tienen su casa señalada y dispuesta).

Asisten a estos Comedores los Sifograntes con las 30 familias que cada uno de ellos representa, que se convocan al son de una trompeta cuando llega la hora de comer, con la excepción de los que están enfermos en sus casas o en el Hospital. A nadie se le prohibe que se lleve comida a su casa, pon estar persuadidos de que nadie es capaz de hacerlo sin necesidad. Y aunque es lícito a todos el quedarse a comer en sus casas, nadie lo hace porque no les parece decente, reputándose por cosa de poco juicio el tomar sobre sí un trabajo innecesario, pudiendo comer espléndida y abundantemente con los demás, con las máximas facilidades.

En los Comedores Colectivos se encargan a los esclavos todos aquellos trabajos que se tienen por serviles y menos decentes. El aderezo y guiso de las viandas, así como la disposición de las mesas, corre a cargo de las mujeres, por turno de familias.

El número de mesas es proporcionado al de los comensales. Los varones se sientan de espaldas a la pared y las mujeres en los bancos de fuera, con objeto de que si les sobreviene algún accidente (especialmente a las que están embarazadas) puedan acudir rápidamente a remediar la necesidad. Las que amamantan a sus pequeños comen en una pieza algo apartada, con cunas para los niños de pecho, donde siempre tienen provisión de lumbre y agua clara para poderlos limpiar y recrear.

Toda madre cría a su hijo, si no lo impide la muerte o alguna enfermedad. Cuando esto ocurre, la esposa del Sifogrante busca rápidamente un ama, que encuentran con facilidad, porque las que pueden hacerlo a ningún otro oficio acuden con más voluntad. Es cosa digna de alabanza el que todas estén dispuestas a esta obra de piedad, en la que el huérfano encuentra una segunda madre en la que le cría.

Hasta que han cumplido los cinco años, los niños comen en la misma sala donde están las madres lactantes. Los demás niños mayorcitos, así como los jóvenes y las mozas, todos los cuales, hasta que se casan, sirven en las mesas.

La mesa principal está en la cabecera, desde la cual se divisa toda la concurrencia. En el lugar preferente se sienta el Sifogranto con su esposa y a continuación los más ancianos, sentándose por t~ das las mesas de cuatro en cuatro. Si en aquel barrio hay Templo, el Sacerdote y su esposa se sientan junto al Sifogranto. Así se van acomodando los más jóvenes junto a los mayores.

De esta manera se distribuyen por toda la sala, y dicen que lo hacen así para que la reverencia y autoridad de los mayores contenga el barullo y jolgorio propios de la gente joven, siendo así que no pueden decir o hacer nada sin que lo oigan o vean los ancianos desde cualquier parte.

Se sirve primero a los más ancianos, administrándoles lo que está mejor aderezado, y luego van sirviendo por igual a todos los demás.

En la comida y en la cena se lee alguna cosa moral, con brevedad, para que no sientan fastidió. Después de la lectura los ancianos animan pláticas sabrosas y decentes, sin hacer largos discursos, sino que procuran que hablen los jóvenes, contando que con la licencia de la comida se manifiesta el natural y las habilidades de cada uno.

Las comidas son más breves que las cenas, porque éstas van seguidas de sueño y del descanso, y ~í creen que se hace mejor la digestión. En la cena suena la música, y como postre comen frutan secas. Se recrean con buenos perfumes que se queman en, pebeteros, y utilizan todas las cosas que pueden ser del agrado de los que asisten, porque están persuadidos de que son lícitos todos los deleites que no acarreen inconvenientes.

De esta manera, pues, se relacionan en la Ciudad. Los que acude al campé, cada cual se acomoda con su familia, no faltando a ninguno lo necesario, como corresponde a aquellos de quienes se sustentan las Ciudades.

Si alguno desea visitar a unos amigos que residen en otra Ciudad, o tiene simplemente el deseo de ver otra Ciudad, con facilidad obtiene la autorización de los Sifograntos y Traníboros, a no ser que hubiera alguna dificultad de carácter público.

Van acompañados, con salvoconducto del Príncipe, en el que consta la fecha de salida y la de regreso. Se le proporciona un carro y un esclavo para que cuide y guíe los bueyes. Al llegar a su destino, si no llevan consigo a su esposa, hacen regresar el carro para quedar más libres.

No llevan provisiones de ninguna clase, ya que en todas partes las encuentran, como si estuvieran en su casa. En cualquier lugar donde se detengan más de un día, trabajan en su profesión y sus colegas les tratan humanísimamente, obsequiándoles de muchas maneras.

Pero al que sale de sus términos sin licencia ni salvoconducto del Príncipe, le tratan con mucho rigor y afrenta, castigándose este atrevimiento con severidad, obligándole a regresar, y penándole con diversos servicios, como fugitivo.

VIAJES Y OTRAS COSTUMBRES. ESTUDIOS

Si a alguno le complace el pasear dentro del Término Municipal de su Ciudad, le basta con que su padre le autorice y su esposa no se oponga; en cualquier caserío que llegue, antes que nada ha de ganar su comida ejecutando la tarea que se le señale antes de sentarse a comer o a cenar, según sea el horario de trabajo en aquel lugar. De esta forma puede andar por todo el Término de su Ciudad; y es tan útil a la colectividad como si no hubiera salido de ella.

Todo está dispuesto para que en ninguna parte haya ocasión para estarse ociosos, ni pretexto alguno para vagabundear.

No hay tabernas, ni casas públicas de mujeres deshonestas, ni nada que dé lugar a la corrupción de las costumbres. No existen lugares donde esconderse, ni se permiten conciliábulos; así, el estar a la vista de todos hace que el trabajo honesto aparezca como forzoso, de lo que resulta una gran abundancia de bienes de la que participan todos, con lo que no hay posibilidad de que existan necesitados ni mendigos.

COMERCIO IMTERIOR Y EXTERIOR

En el Senado de Ámauroto (al cual, como se ha dicho, acuden todos los años tres delegados de cada Ciudad) cuando se sabe que de ciertos productos hay abundancia en ciertos lugares, mientras que en otros las malas cosechas han motivado escasez, se ordena que la carencia de unos se remedie con la abundancia de otros.

Esto se hace sin interés alguno, sin recibir nada en pago de aquellos a quienes se da. Incluso ocurre que cuando una Ciudad que antes estuvo en la abundancia y pudo socorrer a otra, cuando se encuentra en necesidad no pide nunca a las Ciudades que ella antes socorrió, para que no parezca que quieren cobrar, sino que se dirigen a aquellas que no ayudaron nunca. Así, toda la Isla es como una gran familia.

Después de que, con gran atención, se han provisto ampliamente de todo lo necesario (lo cual estiman que se ha logrado cuando tienen provisiones para dos años), lo que les sobra lo llevan a otros países, como trigo, miel, lana, lino, cochinilla, conservas de pescado, pieles curtidas, cera, sebo, ganado vivo, etc. La séptima parte de lo que llevan para vender lo reparten entre los pobres de aquella tierra, y lo demás lo venden a precios moderados.

A su regreso llevan a Utopía gran cantidad de oro y plata, con algunas mercancías que necesitan y que no se producen en la Isla, que son pocas, siendo la principal el hierro. Con estas exportaciones continuas, los metales preciosos abundan más de lo que se puede creer.

Por todo ello no tienen excesivo interés en vender sus mercancías al contado, y fácilmente las ceden con pago aplazado para un día señalado; ello hace que su caudal, en una parte muy importante, esté en forma de letras de crédito. Sin embargo, nunca abren crédito a los particulares si no viene avalado por la Ciudad en la que se hace la entrega. Cuando vence el plazo, el deudor entrega la suma al erario público de aquel país, donde produce intereses hasta que lo retiran los de Utopía, los cuales nunca retiran todo el capital, ya que no tienen por justo el privar de ello a los que lo han menester.

Fuera de esto, si las circunstancias aconsejan dar dinero prestado a algún otro pueblo, entonces movilizan los créditos de que disponen. O cuando han de hacer guerra, porque es con vistas a esta calamidad que guardan los metales preciosos en sus casas, ya que ordinariamente la guerra la hacen a base de soldados mercenarios, a los que pagan con esplendidez, pues de buena gana prefiere que corran el riesgo los extranjeros que los de su nación; Sabiendo, además, que el dinero puede hacer de los enemigos amigos.

LOS METALES PRECIOSOS

Por todas estas razones conservan y amontonan un tesoro enorme, pero con tal desprecio, que temo que no he de ser creído si lo refiero; y lo temo tanto cuanto más seguro estoy de su certeza. Si yo no lo hubiera visto con mis propios ojos, con dificultad lo creería si otro me lo contara, por lo que me parece muy natural que lo dude quien no esté bien informado de sus ordenanzas y de su género de vida.

Pero quien juzgue las cosas con buen juicio, cuando conozca y vea que sus leyes y costumbres son tan diferentes de las nuestras, se maravillará menos de que el trato que se da al uso del oro y de la plata se acomode a la mentalidad de los de Utopía y no a nuestras costumbres. Ellos, ciertamente, usan estos metales, pero los guardan para sucesos que pueden acontecer, o no.

Sea como fuere, ellos no aprecian el oro más que por su valor intrínseco, ya que, ¿quién no reconoce cuánto más necesario es el hierro para servirse de él (sin el cual los hombres no pueden vivir, siendo tan necesario como el fuego y el agua) que el oro y la plata? El hecho es que de la utilidad que la naturaleza ha dado al oro y a la plata, los hombres podemos privarnos sin quebranto alguno; si no hubiera ocurrido que la ignorancia de los hombres les ha inducido a dar más valor, no a lo que es mas útil, sino a lo que es más escaso.

La naturaleza, como madre próvida, dispuso que las cosas mejores fuesen abundantes y fáciles de conseguir, como el aire, el agua y la tierra; y las viles y de ningún provecho las escondió más que aquellas que ayudan poco.

Por todo esto, si tales tesoros se guardaran en alguna torre a disposición del Príncipe y del Senado, la sagacidad de la malicia del vulgo podría venir en sospecha de que trataban de engañar al pueblo para usarlo en su propio provecho. Por ejemplo, al llegar ocasión de acuñar moneda para pagar a los mercenarios en caso de guerra, tienen por cierto que los poderosos pondrían dificultad en que se fundieran las vajillas y las joyas preciosas que tendrían para su propio deleite.

Para descartar estos inconvenientes discurrieron algo que, si por una parte encaja perfectamente en sus costumbres es completamente contrario a las nuestras, que con tanta diligencia guardamos el oro y en tanta estima lo tenemos. Esto no lo podrán creer ni comprender más que las personas de mente clara y despejada.

Su vajilla es de barro cocido y de vidrio, y es le único que usan para comer y para beber. Con el oro y la plata, tanto en los edificios colectivos como en las casas particulares, hacen orinales y bacinillas para las necesidades más inmundas. Además de esto, con tales metales construyen grillos y cadenas gruesas, para castigo y prisión de los esclavos, y para castigar los delitos más infames cuelgan zarcillos en las orejas del delincuente, y les llenan los dedos de anillos de oro, y con el mismo metal les hacen gruesos collares para el cuello, y también con oro hacen unos bonetes con los que les cubren la cabeza, en castigo de su delito.

Así, por todos los medios, procuran envilecer e infamar la estimación del oro y de la plata. Con lo que sucede que estos metales tan codiciados en las otras naciones, son tan despreciados en Utopía que aún perdiendo todo el oro y la plata que tienen, les parece que no han perdido nada.

En sus orillas se crían perlas, y en algunas rocas diamantes y carbunclos. Aunque no los buscan, si se los encuentran, no los desprecian y los trabajan. Con ellos engalanan a los niños, que en sus primeros años están muy contentos con tales galas. Pero cuando se van haciendo mayores, y se dan cuenta de que tales juguetes no son más que para niños, sin que sus padres se den cuenta, corridos y avergonzados, los dejan de lado, de la misma manera que entre nosotros se dejan los aros y las muñecas,

Yo mismo no podía entender claramente cómo podía ser que estos sentimientos tan contrarios a los que todas las demás gentes, estuvieran allí tan generalizados, hasta que presencié la llegada de los Embajadores de los Anemolios.

Llegaron éstos a Amauroto estando yo allí, y en razón de que venían a tratar asuntos de gran importancia, habían venido también para recibirles tres Delegados de cada Ciudad de la Isla. Los demás Embajadores de los países vecinos, conocedores de las costumbres de Utopía y sabiendo que no tenían ninguna estima por los trajes suntuosos y que menospreciaban las sedas y joyas, y que más bien las tenían por afrenta, acostumbrando a presentarse siempre con un traje modesto.

Pero Anemolio es un país lejano que tenía poca comunicación con Utopía, y aunque habían oído decir que todos usaban trajes toscos y sencillos, no creyendo que lo hacían por razones superiores, sino por necesidad, con más arrogancia que buen sentido tomaron la resolución de presentarse deslumbrantes de esplendor y de majestad, con gran aparato en el vestir y en el adorno.

Se presentaron tres Embajadores con un centenar de acompañantes, todos vestidos de diferentes colores, los más de ellos de seda. Los mismos Embajadores, por ser de los más nobles en su tierra, iban recamados de oro, adornados con cadenas y sortijas de gran precio, con cintillas de inestimable valor con muchas piedras preciosas guarnecidas de perlas. Todo con aderezos de oro labrado, que es lo que en Utopía sirve de castigo a los malhechores o de juguete a los niños más pequeños.

Era impresionante observar el engreimiento de los embajadores cuando cotejaban sus atavíos con la sencillez de los habitantes de Utopía, que hablan acudido en gran número y llenaban la plaza principal de la Ciudad. Y en otro aspecto no era menor mi impresión al observar cuán burladas se hallaban sus esperanzas, y de cuán lejos estaban de provocar la estima y la veneración que esperaban.

Verdaderamente que a los ojos de aquellos de Utopía que no había salido nunca de su país (que eran casi todos, excepto algunos que habían viajado por otros países por causa justa) aquella hermosura y esplendor aparatoso les parecía cosa afrentosa, de manera que a los criados más humildes les tomaban por los señores y les saludaban con mucha reverencia, y juzgando que los Embajadores eran esclavos por las muchas cadenas, sortijas y oro que llevaban, les dejaban pasar sin hacerles cortesía alguna.

Qué más diré, sino que pude observar que unos niños que ya habían dejado sus dijes y adornos de pedrería, al observar la cabeza de los Embajadores con sombreros y gorras llenos de joyas, decían a sus madres, dándoles con el codo:

- Madre, mira a este tonto que va cargado de perlas y joyas como si fuera un niño.

Ellas replicaban, muy serias:

- Calla, que éste debe ser uno de los bufones de los Embajadores.

Otros hacían comentarios acerca de las cadenas de oro, diciendo que no eran de ningún provecho, ya que eran tan delicadas que el esclavo podía romperlas con extrema facilidad, y tan flojas que cuando quisieran escapar podrían desprenderse de ellas y huir de la prisión.

Los Embajadores estuvieron allí dos o tres días y pudieron advertir la gran abundancia de oro que había sin estimación alguna, y que allí lo despreciaban tanto como en su país lo estimaban, notando además que en las cadenas y grillos de un solo esclavo había más oro y plata que en todo el aparato de los tres Embajadores juntos; se avergonzaron de aquel orgullo que ostentaron con tanta arrogancia, especialmente después de que trataron con más familiaridad a los de Utopía y pudieron hacerse cargo de sus instituciones, sus costumbres y su modo de vivir.

Los de Utopía se maravillaban de que un hombre cuerdo pudiera arrobarse ante el vano resplandor de, una piedrecilla, pudiendo mirar la hermosura y belleza de los Astros, y aún del mismo Sol. O de que hubiera hombres tan vanos que se figuren que son más nobles porque vistan telas más finas y lujosas, cuando la verdad es que la más fina lana tuvo su principio y se crió en la oveja.

También se maravillaban de que en todas partes se tenga tanta estimación por una cosa que es tan inútil por su naturaleza, como el oro, de tal manera que hombres sin sentido, y malvados, y necios, que porque les cupo en suerte poseer mucho oro son honrados y respetados de todos, y aún tienen a hombres sabios y honrados como a servidores suyos. Y si se presenta un revés de fortuna, resulta que aquel hombre respetado y temido queda como un esclavo; y así el valor de los hombres se mide por el oro que poseen.

Además de esto, abominan mucho más la locura, de aquéllos que a los que saben son ricos (aunque no, les deban nada ni tengan obligación ninguna con ellos) les honran tanto que falta poco para que los reverencien como a dioses. Y esto ocurre aún sabiendo que son tan egoístas y avaros que de su gran tesoro jamás se verán socorridos en lo más mínimo, aunque se hallen en la mayor necesidad.

Estos criterios los han adquirido con la educación que recibieron por haberse criado en la República de Utopía, cuyas ordenanzas son tan diferentes de las de otros países que se basan en la ignorancia y en el error.

LOS ESTUDIOS

Aunque no son muchos los que en cada ciudad se dedican únicamente al estudio libres de los demás cuidados, con todo son muchísimos los que desde sus primeros años, por su buen natural, agudeza de ingenio, y ánimo inclinado al estudio, se instruyen en las buenas letras. Y no solamente los hombres, sino también las mujeres, durante el transcurso de su vida dedican al estudio gran parte de las horas libres de sus labores profesionales.

Toda la enseñanza se da y se recibe en su propio idioma natural, que interpreta sus sentimientos y estados de ánimo mejor que cualquier otro.

De todos los filósofos célebres en todo el orbe conocido por nosotros no tenían noticia, ni de ninguno de ellos les había llegado la fama hasta ahora, al llegar nosotros a la Isla. A pesar de esto, en la Música, en la Dialéctica, en la Aritmética y en la Geometría están prácticos, y con una suficiencia análoga a la de nuestros mayores.

En el curso de las estrellas y movimientos de los astros son muy prácticos, y han construido instrumentos de formas diversas con los que miden con exactitud los movimientos del Sol, de la Luna, y de las Estrellas en el horizonte.

No aprecian las conjunciones y oposiciones de los astros en relación con los acontecimientos felices o adversos, ni la astrología, ni las adivinaciones, que estiman engañadoras o burladoras.

Por la experiencia de muchos siglos conocen ciertos fenómenos que con anticipación les señalan los vientos, las lluvias y sequías, y demás mudanzas del tiempo. Pero acerca de las causas y orígenes del mundo y de sus fenómenos, los hay que dan razones parecidas a las de nuestros filósofos antiguos, y lo mismo que ocurría con aquéllos, hay opiniones para todos los gustos.

En cuanto a la Filosofía Moral tratan de los. mismos temas que nosotros referentes al hombre, pero su tema primero y principal consiste en examinar la felicidad del hombre, y si ésta estriba en una sola cosa o en varias. Se inclinan más de lo justo en creer que la felicidad del vivir consiste en el deleite, y se sirven para esto de la Religión, que para ellos es grave y severa.

Sus fundamentos son que el alma es inmortal, creada por la bondad de Dios para la bienaventuranza; que existen premios para la virtud y buenas obras de los hombres, así como castigos para las maldades. Aunque esto es lo que enseña su Religión, estiman que para creerlo, o no, hay que concordarlo con la recta razón.

Si no se tienen estos principios, afirman, que no habrá nadie tan necio que no busque su placer, aunque sea por medios injustos, advirtiendo solamente que un placer menor no sea impedimento para un placer mayor, o que lo ejecute y goce con él de manera que después no tenga que arrepentirse.

El seguir las dificultades y asperezas de la juventud huyendo de lo suave de la vida, abrazando voluntariamente las molestias y pesares que lleva consigo la justicia, afirman que es una locura si no se cree en el más allá. Porque, ¿qué sentido puede tener todo esto si una vez terminada la vida no hay ninguna recompensa?

Estiman que la felicidad no está en cualquier deleite, sino en los justos y honestos. Aseguran que nuestra naturaleza se deja llevar a este mismo deleite como sumo bien, por medio de la virtud. La virtud la definen diciendo que consiste en vivir según la Ley Natural, y que para esto fuimos creados por Dios; y que este camino lo sigue aquel que para tomar o dejar las cosas se ajusta a la recta razón.

Sienten finalmente que la razón inflama a los hombres en el amor y veneración a la Divina Majestad, a la que se debe el ser que tenemos, y el que seamos capaces de la propia felicidad, y que nos alienta para que pasemos la vida alegre y sin trabajos. A este intento hemos de mostrarnos agradecidos a la naturaleza ayudando a los demás para que gocen de lo mismo.

Porque no puede haber nadie tan severo defensor de la virtud y enemigo del deleite que enseñe a sufrir los trabajos, desvelos y pobreza de tal manera que llegue a aconsejar que no conviene que se remedien las necesidades y miserias. Antes bien, todos juzgan que debe alabarse, con nombre de "Humanidad", el que los hombres se consuelen, socorran y remedien unos a otros. ¿Quién duda de que la misma naturaleza inclina a los hombres a hacer con los demás igual que consigo mismo?

Pues si ello es así, no hemos de ser menos favorables con nosotros mismos que con los demás. Ni tampoco el querer ser bienhechor de los demás puede obligar a ser inhumano consigo mismo.

Siendo cierto que la proximidad convida a los hombres a que se ayuden unos a otros para poder gozar todos de una vida deleitosa y apacible, la misma naturaleza manda que no se atiendan tanto las propias conveniencias que se ocasione el malestar de los demás, porque en el linaje humano no hay ninguno tan superior que todo haya sido hecho para él.

Tienen por cosa muy importante no sólo que se cumplan los contratos que libremente se hacen entre particulares, sino también el cumplimiento de las leyes dictadas por un Príncipe justo, o que el pueblo no tiranizado ni engañado estableció de común consentimiento acerca de las comodidades de la vida; es decir: que todos disfruten de toda clase de beneficios y deleites. Si no se quebranta esta regla, se da por cierto que cada uno buscará su comodidad y el bien de los demás.

Pero si uno para hacer su gusto intenta privar a otro de su propio deleite, comete una verdadera injuria. Y al contrario: si uno se priva a sí mismo de algo bueno para darlo a los demás, es humanitario; y es cosa cierta que tal acción nunca priva de tanto bien como reporta, porque se compensa con el retorno de otros beneficios. Además de que el conocimiento de la buena obra, con el recuerdo de la gratitud de aquellos a los que se ha beneficiado, trae el ánimo un deleite mayor que el que habría experimentado con aquello de que se privó.

Finalmente, como la Religión enseña a los hombres que Dios premia con el gozo eterno la privación de placeres efímeros, esto les persuade en su creencia de que todas nuestras acciones, incluso las virtudes, tienden al deleite como a su último fin.

Llaman deleité al estado en que se hallan contentos con los gustos naturales, con firmeza del cuerpo y del ánimo. Con razón dan como compañero de la naturaleza al apetito; pero también la recta razón señala que debe ser sin molestia para otros, ni que sea motivo para perder un deleite superior; y que no conduzca a fatiga.

Consideran que son inútiles y nocivos para la felicidad aquellas cosas que los hombres tienen por agradables, pero que son contrarias al orden natural. Estos falsos deleites se van apoderando de la mente humana y la incapacitan para gozar de los deleites verdaderos. Así ocurre con los que se dejan llevar de la codicia, que por su propia naturaleza no es cosa suave y deleitosa, sino que origina amargura y pesar, y con todo, sus perversos atractivos seducen de tal manera que no solamente se ponen los motivos de deleite en la codicia, sino que se considera como el principal atractivo de la vida.

También tienen por personas que buscan falsos deleites a aquellas a que antes me referí, que creen que ir mejor vestidos que los demás les hace mejores que ellos, y en una sola cosa cometen dos yerros: el primero es que se engañan a sí mismos pensando que sus vestidos son mejores, ya que ¿qué diferencia hay entre una lana tejida con fibras más finas y otra con hilos más recios? Pero ellos, como si esto aumentara el valor de su persona, se envanecen con soberbia, y están seguros de que ello les ha de granjear mayor estimación, pretendiendo exigir, como cosa justa, que se les honre con acatamientos que no se atreverían a pretender si vistieran humildemente; y si no se hace caso de ellos se indignan.

El segundo yerro que cometen es que se, jactan da cosas vanas y superfluas, con gran falta de conocimiento. ¿Qué deleite natural y verdadero puede haber en que otra persona esté con la cabeza descubierta en tu presencia, o con la rodilla hincada? ¿Acaso la incomodidad del otro remediará el frenesí de tu cabeza, o curará la enfermedad de tus ojos?

En esta aparente y falsa imagen de deleite afectado se desvanecen aquellos que se presentan así mismos como nobles y poderosos por la sola razón de ser hijos de sus padres, cuyas riquezas heredaron (ya que la nobleza no es otra cosa que virtud y riquezas envejecidas), y se figuran que no son menos nobles que el que más, aunque sus mayores no les hayan dejado un céntimo, o hayan gastado malamente lo que les dejaron.

Incluyen también en esta categoría de personas que buscan deleites engañosos a aquellos que se dejan llevar por el brillo y la hermosura de las joyas y piedras preciosas, y se consideran felices cuando adquieren una de gran valor, de las que en aquel tiempo más se usen y estimen, ya que el aprecio varía según los tiempos. Cuando compran la piedra preciosa exigen juramento del que la vende de que es buena, porque ellos no saben distinguir la verdadera de la falsa. Son como ciegos, que han de guiarse por los demás.

También aquellos que guardan riquezas amontonadas, no para aprovecharse de ellas, sino sólo por deleitarse con su contemplación. ¿No es éste un fingido y falso deleite?

A estos gustos necios y deleites tan vanos, juntan otros cuya locura conocen de oídas y no por propia experiencia, como son los juegos de azar, y la caza de cetrería y montería. ¿Que deleite y gusto tiene el arrojar los dados en un tablero? ¿O el oír ladrar a los perros? ¿Qué mayor deleite puede proporcionar el ver correr un galgo tras una liebre, que un perro tras otro perro? Si el deleite consiste en ver despedazar y matar aquel animalejo, antes debería mover a piedad la liebrecilla fugitiva, tímida e inocente, al ser atormentada por el galgo feroz y cruel.

Por todas estas consideraciones los de Utopía tienen completamente prohibida la caza, como menester propio de carniceros; profesión que han relegado a los esclavos. Cuando se caza por la necesidad de la vida humana el cazador toma gusto en la muerte de la pieza, y esto - dicen - es propio de un ánimo dispuesto a la crueldad.

Estas cosas, y otras muchas, aunque el común de los hombres las tenga por deleites, ellos, viendo que no son conformes a la naturaleza, juzgan como cosa cierta que carecen de la suavidad del verdadero deleite. Aunque reconocen que estas cosas recrean los sentidos, no quieren renunciar a su opinión, afirmando que no consiste en la naturaleza de la cosa, sino en una estragada mala costumbre que ha degenerado en vicio, lo cual hace que las cosas amargas se tengan por dulces.

Dicen que lo mismo que a ciertas mujeres embarazadas se les corrompe el gusto del paladar y saborean la pez y el sebo como si fueran más dulces que la miel, así el juicio estragado y pervertido (ya sea por enfermedad o por mala costumbre) tampoco puede mudar la naturaleza de las cosas y, por tanto, su deleite natural.

En cuanto a los deleites que tienen por sanos y verdaderos, los subdividen en diferentes especies.

Como deleite del alma ponen el entendimiento y aquella dulzura, que procede de contemplar la verdad, juntando a ello la memoria de haber vivido bien.

El deleite del cuerpo lo dividen en dos aspectos: uno que recrea lo sensible y restaura la vitalidad que hay en nosotros fomentándose con la comida y la bebida, así como en otras ocasiones expulsando aquellas cosas de cuya abundancia está lleno el cuerpo, como evacuando el estómago o en la generación, o dando satisfacción a algún prurito, en cuyos casos se goza de un deleite natural. Hay otro deleite que no responde a ningún deseo de los sentidos, sino a una fuerza oculta que produce delectación, y es la Música.

La otra especie de deleite corporal es el que consiste en la quietud y el sosiego de un cuerpo sano y normal, no interrumpida por ningún achaque. Ello por sí mismo causa gran gusto, aunque no le venga del exterior ningún deleite y suavidad. Porque aunque no se manifiesta por los sentidos, como el desordenado apetito de comer o de beber, muchos sostienen que es el mayor de los gustos.

Por todo ello, los de Utopía sostienen que este deleite, además de ser grande, es la base y el fundamento de todos los demás, sin el cual no hay deleite alguno, ya que es el que hace agradable la vida y digna de ser deseada. Aunque no haya dolor, si falta la sanidad los deleites aparentes antes se pueden tener por estupor que por solaz.

La opinión de los que decían que la salud entera y perfecta no se puede considerar como un deleite, porque no puede afirmarse que existe si no se experimenta con algún movimiento exterior, ya hace tiempo que la tienen por incierta, habiendo disputado esta cuestión muy detenidamente.

Así ahora, por el contrario, todos afirman que la salud perfecta es el principal deleite, indicando que el dolor y la enfermedad es el principal enemigo del deleite. ¿Qué gusto puede haber donde la salud falta?

Imaginan que carece de importancia el dilucidar si el dolor proviene de la enfermedad o la enfermedad del dolor; porque ya sea lo uno o lo otro, lo cierto es que lastima y atormenta, y que a quienes tienen salud cumplida no puede faltarles deleite.

Dicen que cuando nos alimentamos con la comida se restaura la sanidad, que por el hambre empezaba a debilitarse, y al recobrar el vigor habitual experimentamos, el gusto del alimento, tanto más cuanto más robusta es la salud. Por todo ello estiman que es falsa la afirmación de que la sanidad no se siente, lo cual no puede acontecer en ninguna persona que no esté privada de sentido y, por consiguiente, que esté sana

Prefieren, antes que otros, aquellos deleites del ánimo, por estimarlos los principales, ya que se derivan de la virtud y de la buena conciencia, y hacen que la sanidad se tenga por el máximo solaz, que aventaja a los mayores deleites.

No quieren que se desee el manjar ni la bebida ni otros apetitos semejantes, sino para conservar la salud, ya que por sí mismas tales cosas solamente son agradables en cuanto ayudan a sostener, la vida. El que es prudente trata de conservar la salud más que de apetecer la medicina, y apartar los sufrimientos antes que buscar los deleites. Las medicinas y las distracciones sólo se justifican para conseguir el alivio de los males.

Si alguno con el deleite de las medicinas y de las distracciones se tiene por bienaventurado, tendrá que confesar que será tanto más feliz cuanto más perseguido se vea por el hambre, la sed y los pruritos, y ¿quien no ve que esto es miserable y asqueroso?

Estos son en verdad deleites ínfimos y bajos, pues no se refieren a sí mismos, sino que aparecen con la presencia de los dolores contrarios. El placer de la comida siempre va acompañado del hambre, aunque no con igualdad, ya que cuanto mayor es el hambre tanto más dura el dolor, aun antes del deleite, y no se acaba sino juntamente con él.

Por ello son de opinión de que tales deleites no se deben estimar sino cuando la necesidad los pide. Con todo, tienen gusto en ello y reconocen con gratitud que es un regalo de la naturaleza, la cual atrae con suavidad a los efectos de aquello que se hace a causa de la necesidad; ya que si los males de la sed, el hambre y demás que nos afligen, se tuvieran que remediar con purgas y con medicamentos amargos y desabridos... ¡con qué malestar y congoja se viviría!

De buen grado consideran como excelentes ciertos dones de la naturaleza, como son la hermosura, las fuerzas, la destreza... Y asimismo aprecian y buscan otros solaces que por medio de los sentidos pasan al ánimo, y que son propios del hombre, ya que ningún animal goza con la belleza del mundo, ni aprecia los dolores sino únicamente lo necesario para discernir su alimento, ni se deleite con las modulaciones del sonido.

En todas las cosas buscan la medida, para que un deleite menor no impida otro mayor, o que del deleite no provenga dolor, lo cual ocurre siempre que el deleite no es honesto. Pero el no hacer aprecio de la belleza, o descuidar las fuerzas, o derivar la habilidad en torpeza, o extenuar el cuerpo con ayunos, y cosas por el estilo, lo reputan (a no ser que se trate de salvar la República), como una, ceguera, y como algo que nace de un ánimo cruel e ingrato a la naturaleza, de la que rehusa los beneficios como si tuviera menos el serle deudor. Y de una manera especial si se hacen estas cosas por una vana sombra de virtud, o para estar preparados para una posible adversidad, que tal vez no llegara nunca.

Tales son sus opiniones acerca del deleite virtuoso, y están seguros de que la razón humana no podrá discurrir nada que sea más verdadero, a no ser que aparezca una Religión milagrosamente revelada por el Cielo que inspire a los hombres una cosa más santa. En cuanto a sí sus sentimientos son ajustados a la razón, o no, hemos de dilucidarlo nosotros, que únicamente nos hemos propuesto explicar su género de vida, pero no defenderlo. Sea ello como fuere, yo estoy persuadido de que en ninguna parte del mundo existe ningún pueblo que sea más floreciente ni más feliz.

CUALIDADES Y CULTURA

Su complexión y disposición corporal es ágil y robusta, con fuerzas proporcionadas a su estatura, que no es de pequeña talla.

Aunque el terreno es bastante árido y el ambiente no es muy sano, con la moderación de su vivir se conservan sanos, y con su trabajo vencen la esterilidad de la tierra, de manera que en ningún lugar habrá más copiosos frutos, ni animales domésticos mejor alimentados, ni los cuerpos humanos más vivaces y activos, y menos sujetos a achaques.

Ello es de tal manera, que no solamente los cultivos habituales de los labradores se ven cuidadosamente administrados, como es el mejorar las deficiencias del terreno con ciencia, solicitud y cuidado, sino que además se ven grandes selvas arrancadas de una parte y trasplantadas a otra, en lo que no solamente miran a la producción, sino también al acarreo, para que Ja madera se halle más cerca del mar, o de los ríos, o de la misma ciudad; ya que el grano y los frutos se transportan desde lejos por caminos con mayor comodidad que las maderas.

Son benignos y apacibles, amantes de la tranquilidad; son firmes en sus trabajos, de manera particular en los estudios, con los que adornan su espíritu. Habiéndonos oído discutir de la Filosofía y demás disciplinas de los griegos antiguos, es cosa notable el señalar con cuánta afición nos instaron a que se lo expusiéramos para poderse enterar de ello.

Con este objeto empezamos por exponerles los principios fundamentales, para que no les pareciese que rehuíamos el trabajo, e esperando gran aprovechamiento del mismo. Tan pronto como empezamos nos dimos cuenta de que no sería un trabajo en vano, ya que empezaron a escribir en griego y a pronunciar las palabras con gran facilidad, recordando y repitiendo con tanta prontitud y fidelidad que estábamos maravillados.

Una gran parte de ellos no lo hicieron solamente por un impulso de su voluntad, sino que por un acuerdo del Senado se dispusieron a aprender todas estas cosas. Los estudiantes se escogieron entre los que tenían un ingenio más excelente y de sazonada edad, de manera que en menos de tres años no ignoraron nada de lo que nosotros podíamos enseñarles.

Leían sin tropiezos los buenos autores si las erratas de la imprenta no b dificultaban. Me imagino que la razón por la que captaron con más facilidad las letras griegas que las nuestras es porque aquéllas son más parecidas a las suyas; yo supongo que este pueblo debe tener su origen en los griegos; ya que en su lenguaje hay muchas palabras griegas, sobre yodo en las que designan a los Magistrados y a los nombres de las Ciudades, aunque en lo demás hay una grande influencia persa.

Pude procurarles la mayor parte de las obras de Platón y muchas de Aristóteles; también las obras de Teofrasto sobre las plantas, aunque a este tratado le faltaban bastantes hojas, que bien lo sentí. Ocurrió que en la nave embarqué unos fardos de libros, y un mono amaestrado que iba a bordo cogió el libro de Teofrasto que yo había dejado descuidado, y empezó a jugar con él arrancándole hojas.

De los que escribieron Gramática sólo tienen a Constantino Lascan. No llevé conmigo ningún Diccionario, excepto el de Hesichio y Dioscórides. Tuvieron en mucha estima las obras de Plutarco, y celebraron en gran manera los donaires y gracias de Luciano. De los poetas estimaron Aristófanes, Homero y Eurípides. De los historiadores eligieron a Tucídides, Herodoto y Erodiano. En cuanto a Medicina, mi compañero Tricio Apinato llevaba consigo algunas obras de Hipócrates y el Epílogo de Galeno; de ellas hicieron un gran aprecio. Aunque no hay gente en el mundo que necesite menos que ellos del arte médico, lo tienen en verdadera veneración, ya que lo cuentan entre las partes más hermosas y útiles de la Ciencia, ya que con su ayuda penetran las cosas más íntimas y secretas.

En el conocimiento de todas estas cosas no solamente sacan un gran deleite, sino que además encuentran en ello motivo de gratitud al Sumo Hacedor de todo lo creado, al cual consideran como Supremo Artífice que nos dejó esta máquina del mundo para que el hombre la contemplara, ya que es el único ser creado que es capaz de este conocimiento. Están convencidos de que el Señor ama más a los que andan curiosos y solícitos tras estos conocimientos de sus obras, que los impulsan a admirarle más, que a aquellos otros que semejante a animales sin entendimiento ni conocimiento, desprecian tan grande y admirable espectáculo.

El talento de los de Utopía ejercitado en el estudio tiene gran facilidad para inventar artificios útiles para la comodidad de la vida; pero dos de ellos los deben a nuestra presencia allí, que fueron la imprenta y el papel.

Aunque a decir verdad se lo deben en gran parte a ellos mismos, ya que mostrándoles libros impresos por mi compañero Aldo Manucio, al hablarles de ello, más que explicándoles la manera de trabajar la pasta y formar el papel, así como el arte de imprimir (ya que entre nosotros no había ninguno que conociera completamente estas técnicas), ellos mismos, con gran brevedad y prontitud, lo conjeturaron todo, siendo así que antes solamente, escribían en un pergamino al que llamaban papiro.

Intentaron y consiguieron fabricar papel e imprimir letras en él. Es natural que los primeros intentos no salieron con primor, pero repitiendo los ensayos muchas veces, en poco tiempo consiguieron lo uno y lo otro, y con tan gran aprovechamiento que si hubieran tenido más originales de los griegos no les faltarían copias. Ahora no tienen más obras que las que he referido y todas las han impreso en ediciones muy extensas.

A cualquiera que sea persona culta y que haya viajado, si llega a la Isla de Utopía para conocer su modo de vida y sus instituciones, le acogen con benignidad, pues oyen con gusto lo que pasa en naciones lejanas.

A este país van con poca frecuencia los comerciantes, ya que solamente les interesa (a los de Utopía) el hierro y aquello que los comerciantes buscan con más empeño llevarse, que es el oro y la plata. Aparte de que ellos estiman que es mejor que sean ellos mismos los que vayan a comprar y a vender sus cosas al extranjero que esperar que otros vengan. Con lo cual adquieren mayor conocimiento de otros países y se perfeccionan en el arte de la navegación.

LOS ESCLAVOS

No tienen por esclavos a los que hacen prisioneros en la guerra, ni siquiera a aquellos que les atacaron injustamente, ni a los hijos de los esclavos, ni a ningunos otros que estén en servidumbre en otras naciones, aunque los pueden comprar.

Unicamente tienen como esclavos a aquellos que por algún delito han incurrido en la pena de esclavitud, ya sean naturales de Utopía, ya sean extranjeros, lo cual ocurre frecuentemente.

Les hacen trabajar duramente, y los tienen en prisiones, con trato riguroso, juzgando que son incorregibles y merecedores de más graves castigos ya, que habiendo sido educados tan cuidadosamente en la virtud, no se han podido abstener del vicio. También existe, allí otra clase de servidumbre, integrada por algunos extranjeros acostumbrados al trabajo, sin recursos y de baja condición, que se ofrecen para servirles. A estos les tratan benignamente, y les tienen por poco menos que como ciudadanos, aunque les dan trabajos más pesados. Si alguno quiere despedirse (lo que ocurre raras veces) no lo retienen contra su voluntad ni lo despiden sin galardón.

LOS ENFERMOS

A los enfermos los asisten con grandes atenciones y cuidados, no dejando de emplear ningún medicamento ni ningún régimen que sea útil para restituirle la salud que le falta. Si alguno padece enfermedad crónica, le hacen compañía, entreteniéndole con la conversación y prodigándole toda clase de cuidados para aliviarle.

Si la enfermedad es incurable, con, grandes y constantes dolores, los Sacerdotes y el Magistrado le visitan y confortan, tratando de persuadirle de que hallándose inepto para los actos de la vida, molesto a los demás y pesado a sí mismo, que no se rebele contra su pronto fin queriendo alimentar la maligna enfermedad. Que siendo su vida un tormento, no dude en morir, antes bien lo desee con la confianza de tan miserable estado, ya sea quitándose él mismo la vida o pidiendo que se la quiten, ya que al morir no dejará comodidades, sino la peor miseria.

Además de esto (siguiendo el consejo de los Sacerdotes, intérpretes de la voluntad de Dios) los que se dejen persuadir realizarán una obra santa y pía dejándose morir de inanición, o pidiendo que les quiten la vida mientras duermen. A nadie hacen morir contra su voluntad, ni les disminuyen los cuidados durante la enfermedad mortal, persuadidos de que ejecutan una ocupación muy virtuosa. Pero si alguno se mata sin el consentimiento de los Sacerdotes y del Magistrado, no le dan sepultura y arrojan su cuerpo a una laguna.

EL MATRIMONIO

Las mujeres no se casan hasta los doce años, y los hombres hasta los dieciséis.

Si antes del matrimonio son sorprendidos en actos de deshonestidad son castigados gravemente y privados perpetuamente del matrimonio; a no ser que el Príncipe, movido de piedad, les perdone el yerro con un fuerte castigo, previendo que pocos se casarían voluntariamente con la obligación de cohabitar con una sola mujer y tolerar las molestias del matrimonio, si se les consintiera (aunque fuera una sola vez) el comunicarse con ésta o con aquélla.

En la elección conyugal emplean un sistema que me pareció muy chocante, pero que ellos lo tienen por muy prudente. Una mujer mayor y de buena fama manifiesta a la doncella (o viuda) al futuro esposo completamente desnuda, y lo mismo hace un grave varón con el novio ante la novia.

Al criticarles yo esta costumbre por parecerme impropia, me respondieron que ellos se maravillaban de la locura de la gente que cuando compran un caballo, que al fin y al cabo es cosa de poco precio, van con tanto cuidado que lo quieren ver sin la silla de montar, para cerciorarse de que debajo de ella no existe ninguna matadura; y cuando eligen esposa que puede dar solaz o fastidio durante toda la vida, son tan negligentes que se contentan con verla toda cubierta y envuelta, sin conocer más que su rostro, en el que todavía podría esconder algún defecto que después le descontentaría de haberla elegido.

No todos son tan prudentes que atienden principalmente a las costumbres, sino que aun entre los matrimonios más instituidos y cultos los atractivos del cuerpo hacen más gratos los del ánimo. No hay duda de que existen imperfecciones que pueden esconderse debajo del vestido, y que pueden motivar que la mujer resulte odiosa al marido. Esto debe prevenirse por las leyes para que no haya lugar a engaño, ya que ellos entre las demás naciones hacen al matrimonio indisoluble, y no admiten el divorcio más que en caso de adulterio o por alguna otra intolerable molestia, o defecto. En tal caso, el Senado concede al inocente el derecho a volverse a casar, y el culpable queda infamado y privado del matrimonio por toda la vida.

No quieren que la mujer que no ha delinquido sea repudiada contra su voluntad, aunque cayese en alguna calamidad accidental del cuerpo, por parecerles crueldad que se abandone a la persona cuando necesita consuelo, y porque la vejez, que lleva achaques consigo, sería desdeñada del consorte.

Algunas veces sucede que cada consorte encuentra con quien vivir más suavemente, y entonces pueden los dos separarse y contraer nuevo matrimonio con permiso del Senado, que no admite el divorcio si primero no se conocen sus causas. A esto se accede con dificultad, para que nadie espera poder mudar de matrimonio fácilmente.

Castigan a los adúlteros con durísima esclavitud, y si ambos lo son, se les concede que se casen. Pero si el cónyuge ofendido ama tanto al ofensor que no quiere hacer divorcio, no le impiden que continúe en el matrimonio y comparta la esclavitud del condenado. Y muchas veces ha sucedido que el solicito sufrimiento del inocente ha obtenido la libertad del culpado. Pero si después de este perdón vuelve a reincidir en adulterio, es condenado a la pena capital.

PENAS Y CASTIGOS

A las otras culpas no les tienen señalados castigos, sino que según sea el delito se le impone la pena más o menos grave, a criterio del Senado.

Los maridos castigan a las mujeres y los padres a los hijos, a no ser que cometan un grave delito que deba castigarse públicamente.

Casi todos los delitos son castigados con servidumbre, lo cual es más proporcionado a la maldad y a la administración de la República que el quitarles la vida, ya que ayudan más con el trabajo que con la muerte, y con su ejemplo constante aperciben a los otros a guardarse de semejantes culpas. Pero si reducidos a esclavitud son inobedientes y perversos, como a bestias indómitas los matan.

Los que son sufridos no están fuera de esperanza si tolerando el trabajo y las fatigas manifiestan que les desagrada más el pecado que el arrepentimiento, les suelen liberar de la servidumbre, por autoridad del Príncipe o favor del Pueblo.

No castigan menos al que ha provocado a alguna persona a lujuria que si hubiese cometido d delito, pareciéndoles que la voluntad determinada a pecar, aunque no se lleva a efecto, es merecedora del mismo castigo.

Se divierten con los "bobos", pero a nadie le es lícito causarles daños o injuria. No se dan cargos a los que no gustan de sus chirigotas, temiendo que después los tratarían mal. No se permite escarnecer a los simples de espíritu, o a los bobos, por no parecerles puesto en razón la burla o la mofa de tales deficiencias que ciertos hombres padecen sin culpa suya.

Así corno tienen por negligencia y dejadez el no conservar la hermosura natural, igualmente condenan a quienes con afeites y aderezos procuran exageradamente el aumentarla. Tienen por cierto que la mujer es más grata al marido por la bondad de sus costumbres que por ninguna aparente belleza corporal.

No solamente se apartan de las maldades por temor al castigo, sino que son incitados a la virtud por lo egregio de los honores. En las plazas levantan estatuas a los ilustres varones que realizaron empresas provechosas para la República, para que se conserve la memoria de las obras insignes, y las nuevas generaciones se sientan exhortadas a la virtud.

Si alguno pone de manifiesto que desea algún cargo de mando, o de Magistrado, basta esto para que quede del todo privado de él.

Viven en unidad y amigablemente, porque los Magistrados no son engreídos. Se hacen llamar padres, y se portan como tales, por lo que el pueblo los respeta con agrado.

El Príncipe no se diferencia de los demás con diadema o corona; el único distintivo es que llevan delante de él un manojo de espigas. Al Pontífice lo acompañan con una antorcha.

- Tienen pocas leyes, y. abominan a los pueblos que llenan volúmenes y volúmenes con glosas, reglamentaciones, órdenes y disposiciones. Consideran como una iniquidad el obligar a los hombres con tantas leyes que no se pueden siquiera leer todas, y tan complicadas que no son inteligibles.

No admiten que haya abogados, porque quieren que ante los Tribunales cada parte exponga su razón, ya que de esta manera se habla menos y se llega mejor a la verdad cuando se expone sin exuberancia de palabras.

Los jueces despachan las causas con solicitud, y favorecen sistemáticamente a la gente sencilla contra los astutos y malignos.

Así ocurre que en Utopía todos son jurisconsultos, porque tienen pocas leyes, y todos están pendientes de la interpretación más sincera que se les pueda dar, ya que las deducciones sutiles no pueden ser entendidas por todos, lo cual sería contra la aplicación de las leyes, que se dictan para que a todos sean manifiestas.

Los pueblos vecinos que viven libremente (porque muchos han sufrido la tiranía), movidos por el ejemplo de Utopía, les piden Magistrados por un año, pero suelen estar cinco. Cuando han cumplido su cometido regresan honrosamente a sus casas, y vuelven otros. Con ello estos pueblos mantienen de una manera excelente la salud de su República, ya que el bienestar o la ruina de las naciones dependen en gran manera de las costumbres de los Magistrados. La elección de estos enviados es cuidadisima, y no se doblegan ante ningún interés. Además, como han de volver a la Patria, y no conocen a los que gobiernan, no es fácil que se les persuada para que actúen contra razón, o para que cometan injusticias. Cuando estos dos males: la pasión y la injusticia, se apoderan de los jueces, pervierten la autoridad y debilitan todos los órganos de la República.

Utopía tiene por aliados a aquellos pueblos a los que envía Magistrados, y por amigos a los que han hecho beneficios. No se unen en confederaciones y alianzas, como hacen otras naciones, que tan aficionadas son a pactarías y a renovarlas. ¿Por qué hemos de confederamos - dicen -, si basta la común naturaleza humana para conciliar a los hombres entre sí? Y si esto no basta, ¿podrán prevalecer las palabras? Aparte de que los tratados de paz y los convenios se observan poco fielmente entre los Príncipes de aquellos países.

En Europa, debido principalmente a la fe en Cristo, las alianzas se guardan inviolablemente, en parte por la rectitud y bondad de los Príncipes, y en parte por la reverencia y el temor a los Sumos Pontífices, ya que si se comete algún desmán que contravenga la Religión, ordenan a los otros Príncipes que mantengan su palabra y con la severidad de las censuras obligan á los contumaces a guardar la fe, teniendo como a vituperable desprecio el que no se observe la fe en las alianzas de los que a sí mismos se denominan fieles.

Pero en aquellos países tan distantes del nuestro, como distintos en las costumbres, como no pueden hacer las alianzas con tantas ceremonias y sacramentos, siempre se halla alguna ambigüedad en las palabras que las expone al artificio y a la interpretación, y por esta causa cualquier alianza que se haga siempre corre el riesgo de romperse al menor pretexto.

Yo estoy convencido de que los de Utopía no hacen confederaciones, no porque los Príncipes de aquellos países sean poco observantes de la palabra dada, sino por creer que aunque los tratados fuesen observados con toda puntualidad, no conviene hacerlos porque tales confederaciones convertirían en enemigos a pueblos limítrofes. Creen que no se debe tener por enemigo más que a aquellos de los que se ha recibido agravio; y que vale más la unión natural ante la injuria que las confederaciones, ya que los hombres se unen con más decisión y firmeza cuando los ánimos están dispuestos que a. base de palabras y de alianzas.

LA MILICIA

Abominan en gran manera la guerra como cosa bestial, ya que ni las fieras más fieras la hacen tanto como el hombre. Por ello, y al revés de lo que ocurre en todas partes, nada tienen por tan infame como la gloria adquirida por las guerras.

A pesar de dio, de ordinario se ejercitan en la disciplina militar en días y lugares señalados para este objeto, no sólo los hombres, sino también las mujeres, para que si se presenta la necesidad no les halle sin preparación.

Nunca emprenden la guerra inconsideradamente, sino sólo para defender sus fronteras o para ahuyentar a los enemigos de sus territorios, o para liberar de la servidumbre a algún país amigo y ponerles en libertad, haciendo esto movidos por la compasión, sin otro fin que la fidelidad a su sentido humanitario.

Aunque por agradecimiento socorren a sus amigos, no siempre se trata de guerras defensivas, sino que algunas veces quieren satisfacer y vengar injurias. Para que esto ocurra, antes de llegar a las armas se ha de proponer satisfacción, y si no la dan, hacen la guerra a los autores del agravio.

No solamente se deciden a hacer la guerra a los que invaden su territorio y saquean el país, sino también, y con más furor, cuando países ávidos y con pretexto de leyes injustas, quieren someter a otras naciones para despojarlas y reducirlas a servidumbre, con pretexto de que hacen una obra justa.

No tuvo otro origen y principio la guerra que los de Utopía hicieran contra los Alaopolitas en favor de los Neofologetas, poco antes de estar nosotros allí.

Deshacen valerosamente los agravios hechos a sus amigos, quizá más que por vengar los propios, aunque sea en materia de dinero. La razón es que si los pueblos amigos quedan despojados de sus bienes, los particulares quedan arruinados; pero las pérdidas de Utopía son d oro y la plata del común, con lo que no les falta nada de lo que tienen en abundancia en sus casas.

Parece que se avergüenzan cuando alcanzan victorias sangrientas, como si hubiesen pagado un precio exagerado, y tienen por mucho más glorioso el vencer al enemigo con ardides, artes o engaños. En tales casos hacen grandes demostraciones de triunfo y alegría.

Levantan monumentos a los que así vencen, porque consideran como mayor valor el vencer la fuerza del enemigo con el propio ingenio. Así como el hombre vence a los animales feroces no por la fuerza sino por ardides.

Como ejemplo de esto, cuando se ha declarado una guerra, mandan secretamente que se fijen en país enemigo muchos carteles autorizados con sus firmas, todos a un tiempo y en lugares públicos y destacados, por los cuales se ofrecen grandes sumas a quien dé muerte al Príncipe contrario. También ofrecen premios menores, aunque importantes, por las cabezas de los consejeros y jefes que fueron los promotores de la guerra. Los premios se ofrecen doblados si en vez de darles muerte los entregan vivos. Ofrecen una buena recompensa y su amistad a los que deserten y se pasen a su bando. De esta manera en poco tiempo todos se tienen por sospechosos y nadie se fía ni de sí mismo. Muchas veces ha sucedido que buena parte de ellos, y aun el mismo Príncipe, han sido entregados por aquellos de quienes más se fiaban.

Esta costumbre de sobornar y comprar a los enemigos la tienen por innoble otras naciones; pero los de Utopía se jactan y se honran con ella, ya que de esta manera hacen la guerra sin hacerla, evitando muchas muertes y ruinas, tanto de los suyos como de los enemigos, de los que tienen tanta conmiseración como de sí mismos, sabiendo que no van a la guerra espontáneamente, sino forzados por la soberbia de sus Príncipes.

Si esto no les sale bien, buscan la discordia fomentando la ambición de algún hermano del Príncipe enemigo, o de algún otro poderoso, dándoles esperanzas de reinar. Si falla esto en el interior; estimulan a otros Príncipes extranjeros, refrescándoles antiguas pretensiones que nunca faltan entre reyes, y les ofrecen socorros, dándoles grandes sumas de dinero, pero no soldados, ya que consideran de más valor a cualquiera de los suyos que al principal Príncipe extranjero.

En tales circunstancias no son escasos en distribuir el oro y la plata que atesoraron con este fin, ya que no habrá de hacerles falta para sustentar su vida, aunque lo dieran todo. Además del oro y la plata que tienen en sus casas, disponen de sumas enormes depositadas en otros países en pago de las grandes ventas de productos de Utopía, como ya indiqué antes. De esta manera pueden pagar soldados mercenarios, procedentes de todas partes, principalmente los Zapoletas.

Este pueblo dista de la Isla de Utopía unas 50 millas hacia el Oriente. Son gente hercúlea, rústica y feroz. Habitan en las selvas, habituados al frío, al calor y a toda clase de inclemencias, desconociendo totalmente la vida regalada, pues no se aplican a le agricultura ni hacen caso de los edificios, ni se cuidan de tejer; todo su cuidado lo ponen en criar ganado, viviendo además de esto de la caza y del robo. Parece que nacieron sólo para la guerra, cuyas ocasiones buscan ávidamente, ofreciéndose como soldados en cuanto tienen noticia de alguna. Pelean valerosamente y con gran fidelidad hacia quien les paga. Raras son las guerras en las que no hay soldados de estos en los dos bandos, acometiéndose como enemigos; olvidando que son de un mismo linaje se matan unos a otros sin haber sido provocados, sino por la única razón de ser mercenarios de diversos Príncipes. Les pagan poca soldada, y son tan codiciosos que si al terminar su contrato los de la parte contraria les ofrecen algo más, se pasan a ellos sin ningún miramiento. Así, aquellos dineros que adquieren con su sangre les son de muy poco provecho, ya que pronto los gastan pródigamente, dándose a los desórdenes y a los vicios.

Estos guerreros acuden ávidamente a Utopía contra cualquier otro país, ya que les dan mejor paga que en parte alguna. Por su parte, los de Utopía buscan a los mejores como amigos para todas las tareas humanitarias, y a los peores para una cosa tan criminal como es la guerra. No consideran como una pérdida el que mueran muchos de éstos, pensando que la humanidad habría de agradecérselo si fuesen poderosos para limpiar el mundo de aquella hez.

Además de éstos, se ayudan de aquellos países en cuya defensa los de Utopía tomaron las armas en ocasiones anteriores; y después de éstos, de los auxilios que otros amigos quieran mandarles. En último lugar convocan a sus ciudadanos, y entre ellos eligen al más experimentado y le nombran Capitán General, encargándole de la dirección de todo el ejército. A éste se le designan dos sustitutos, que mientras él vive actúan como soldados particulares, pero si le cautivan o le matan (lo que puede ocurrir por la variedad de acontecimientos de una guerra), uno de los dos le sucede, como en una herencia, y después de éste el tercero, para que no se amotine el ejército por falta de caudillo.

En todas las ciudades se alistan soldados voluntarios, y a ninguno se le hace ir a la guerra contra su voluntad, por estar seguros de que el hombre cobarde, además de no portarse valerosamente, desmoralizará a los que están con él. En caso de invasión del territorio tienen que luchar todos, y a estos cobardes les embarcan en las naves encuadrados con otros mejores, o les ponen en las murallas, en puntos donde no puedan huir; de esta manera por vergüenza ante los suyos y por tener el enemigo a la vista sin esperanza de poder escapar, muchas veces la necesidad extrema se convierte en virtud.

De la misma manera que a nadie se hace ir a la guerra contra su voluntad, tampoco se prohibe que vayan a día las mujeres que voluntariamente se presentan, y sirven de gran estímulo a sus maridos, padres o hermanos, porque tienen por gran afrenta que el marido vuelva sin, la mujer, o ésta sin el marido, o el hijo, o el hermano; y de dio se deriva que en las batallas dudosas, si pueden, perseveran todos hasta la muerte.

Precisamente porque no quieren ir a la guerra y, tratan de cumplir sus obligaciones con gente forastera pagada a su costa, cuando el ir a ella es inevitable y no hay más remedio que acudir personalmente a la batalla, aquello que prudentemente querían evitar les parece que es lo más lícito y lo emprenden intrépidamente. No Son feroces al principio; pero poco a poco se van embraveciendo con firmeza de ánimo, con tal tesón y coraje que antes perderán la vida que retirarse de la pelea.

La destreza de la disciplina militar a que se sometieron todos en tiempos de paz, les hace tener confianza en sí mismos. Finalmente, la buena opinión que tienen de la vida y de las instituciones de su República, comparadas con las de otros pueblos, les aumenta el brío y la decisión. Todo lo cual hace que no tengan por tan poco valor su vida que la expongan neciamente, ni tan neciamente la amen que cuando la honra pide que la expongan, traten de conservarla neciamente.

Fortifican con gran cuidado los lugares donde están, haciendo trincheras altas y hondas, parapetándose con la tierra que sacan de ella, no dejando este trabajo para los gastadores, sino que lo hacen los mismos soldados y todo el ejército, excepto aquellos que hacen guardia para evitar las sorpresas. De esta manera, al trabajar tantos con tanta decisión terminan en poco tiempo sus fortificaciones.

Utilizan armas muy firmes para parar los golpes de los contrarios, y no les estorban para cualquier movimiento, de manera que ni aún para nadar les son molestas, antes así armados acostumbran a nadar y. éste es uno de los primeros ejercicios que hacen en su instrucción militar. Para la lucha a distancia sus, armas ofensivas son las saetas, que manejan con gran valentía y destreza, no sólo la infantería sino también la caballería. Para la pelea cuerpo a cuerpo no usan espadas, sino unas hachas que cortan y punzan durisimamente, y cuyos golpes son mortales a causa de la agudeza de sus filos y de los grandes arcos que describen con ellas.

Inventan toda clase de máquinas de guerra y las encubren con el mayor secreto para que el enemigo no las conozca ni las entienda antes de que llegue la ocasión de emplearlas, ya que de lo contrario servirían más de burla que de provecho. Atienden en su construcción a que sean fáciles de mover y acomodadas a la necesidad.

Cuando conciertan treguas con el enemigo, las guardan inviolablemente, de tal manera que ni aún siendo provocados las quebrantan.

No saquean ni talan la tierra del enemigo, ni ponen fuego a los sembrados, antes procuran con todo cuidado posible que no se estropeen con el paso de los soldados y de los caballos, pensando que habrá de servir para su propio provecho. A nadie que este desarmado le maltratan, a no ser que se trate de un espía.

Las ciudades que se les rinden las amparan, y no saquean las que conquistan, excepto las casas de los que estorbaron la rendición, a cuyos dueños les quitan la vida y a los que la defendieron los hacen esclavos; pero a la muchedumbre no le hacen ningún dañó. A los que aconsejaron la rendición les dan parte de los bienes de los condenados y el resto lo dan a los soldados forasteros que luchan con ellos, ya que ninguno de los de Utopía tiene parte en la presa ni en el botín.Al terminar la guerra no cobran los gastos a los amigos que ayudaron, sino que los cobran a los vencidos, parte en moneda (que guardan para otras ocasiones de guerra) y parte en heredades, cuyas rentas dedican al mismo fin. Al presente tienen bienes de esta clase entre muchas naciones, y han crecido de tal manera que las rentas son cuantiosísimas.

Si algún Príncipe, tomando las armas contra ellos, intentan entrar en su Isla, le salen al encuentro y le rechazan rápidamente fuera de sus tierras con grandes fuerzas. En ningún caso se han visto tan apurados que hayan tenido necesidad de que acudiera socorro alguno de sus amigos a su Isla.

LA RELIGION

Hay varias religiones en Utopía, no sólo en la Isla, sino también en cada Ciudad. Unos adoran el Sol, otros la Luna, otros alguna de las Estrellas; y aun algunos veneran por Sumo Dios a algún hombre de una gran virtud que existió en tiempos pasados.

Pero la mayor parte, que son los más instruidos, no reverencian ninguna de estas cosas, sino que creen que hay una divinidad oculta, eterna, inmensa e inexplicable, la cual interviene en este mundo más por afectó que por poder. A este Dios le llaman Padre, ya que en él reconocen el principio, el aumento, la mudanza y el fin de todas las cosas, y solamente a él rinden honores divinos.

Todos los demás, aunque adoren diferentes cosas, están conformes en que hay un Sumo Dios que lo ha creado todo y que con su providencia lo conserva; en su lengua le llaman Mitra.

Disienten unos de otros en que unos afirman que este Sumo Dios tiene su ser de una manera y otros de otra. Poco a poco, afirmando que este Ser Supremo a quien reverencian como Dios tiene el gobierno de todo, se apartan de las diversas supersticiones y se adhieren a aquella religión que más se conviene con la razón y con su género de vida. No cabe duda de que todos estarían ya en dicha religión, pero ocurre que cualquier desgracia que les sobrevenga al mudar de religión la toman como un castigo del cielo, y que la divinidad que intentaban abandonar se venga de su impiedad.

Pero cuando yo les prediqué el Nombre de Cristo, su doctrina y sus milagros, la constancia de tantos mártires que espontáneamente derramaron su sangre, y de cómo tantas naciones se han convertido, milagrosamente se inclinaron a ella, ya fuese por divina inspiración o porque les pareciera que este camino era semejante a sus creencias. Sea como sea, el caso es que muchos abrazaron la fe cristiana y recibieron las aguas del Altísimo, no pudiendo hacer otra cosa porque de los cuatro que allí estábamos ninguno era sacerdote.

Desean recibir los Sacramentos cristianos de que les di noticia, pero ya saben que únicamente los pueden administrar los Sacerdotes. Tuvieron discusiones entre ellos sobre si les era lícito nombrar Sacerdote a uno de ellos sin mandato del Sumo Pontífice, pero cuando yo salí de su tierra no habían decidido nada.

Los que no han admitido la religión cristiana no persiguen a los que se han convertido. Pero un recién bautizado se inflamó en su ardor, y aunque yo le amonestaba a que se callase, no se limitaba a exponer con entusiasmo su fe cristiana, sino que condenaba a las demás, llamando impíos a los que no querían adorar a la Santísima Trinidad, amenazándoles con el fuego eterno. Este tal fue preso, no tanto como violador de la religión del país, sino por ser causa de tumultos y de alborotar al pueblo, ya que la norma común es que cada uno profese con toda libertad la religión de su agrado.

Se cuenta en la Historia de Utopía que los primeros pobladores de aquel país combatieron entre ellos a causa de las diversas religiones que profesaban, con grandes males para todos, y finalmente habían decidido en sus leyes que cada cual pudiese profesar la religión que más concordara Con sus sentimientos, sin ser molestados por nadie Que si alguno deseaba convencer a otro lo hiciera con modestia y con razonamientos, no usando nunca de violencia ni injuria, castigándose con el destierro o con servidumbre a los contraventores

Estas leyes las hicieron no solamente por conservar la paz puesta en peligro por la desunión y el odio, sino también porque están persuadidos de que los diversos cultos son agradables a Dios y que por esto inspira a unos y a otros diferentes ritos, juzgando que no era conveniente que nadie intentara con violencias ni amenazas forzar a otro a creer aquello que uno tiene por verdadero.

Aún considerando que una de aquellas religiones fuese la verdadera, todavía les pareció que debía persuadirse a los ciudadanos con modestia, estando convencidos de que la verdad se abre paso y permanece, saliendo al fin victoriosa. Mientras que si estos asuntos se quisieran resolver con las armas podría ocurrir que unos hombres más feroces y supersticiosos oprimieran la verdadera religión, de manera semejante a como los buenos frutos vienen ahogados con las espinas y los abrojos. Por estas razones fue por lo que dejaran en libertad para que cada uno creyera lo que quisiera.

Lo único que se tenía por ilícito era el afirmar que las almas mueren con los cuerpos, o que el mundo viene gobernado por el azar sin intervención alguna de la providencia divina, por estimar que después de esta vida han de ser castigados los vicios y premiadas las virtudes, Los que negaban esto último eran tenidos por peores que bestias, y ni siquiera les hacían figurar entre el número de los ciudadanos, como seres que sin temor alguno al más allá no harán caso de ninguna buena ley ni sana costumbre.

A estos tales ni les conceden honores ni les dan cargo de responsabilidad, pero tampoco los castigan por considerar que no está en la propia mano el creer en la inmortalidad. Evitan el fomentar la hipocresía, ya que las amenazas conducirían a tener ocultos los propios sentimientos, fingiendo pensar como los demás. A éstos se les prohibe defender públicamente tales opiniones, particularmente ante personas poco instruidas, designando a algún Sacerdote prudente para que hable con ellos, con la esperanza de que tal absurdo tarde o temprano ha de ser vencido por la razón.

Los hay que creen en la inmortalidad de las almas de los animales, aunque con dignidad diferente de las de las personas, no estando destinadas a igual felicidad.

En tanto estiman la felicidad de las almas, que sienten pena por los que sufren, pero no por los que mueren, a no ser aquellos que de mal grado dejan esta vida, considerando esto como mal augurio, como si el alma que no espera bien alguno temiese ya el suplicio, atemorizada por la propia conciencia. Piensan que desagrada a Dios el caminar de aquel que, cuando es llamado, no corre voluntariamente, sino que se retira y rehusa. Si alguno muere en esta disposición sienten gran compasión por él y lo entierran sin pompa alguna, rogando a Dios que le perdone aquella flaqueza.

Ninguno llora a los que mueren contentos y con buena esperanza, sino que sus exequias son gozosas, encomendando sus almas a Dios. Con gran reverencia queman sus cadáveres, pero sin lamentaciones.

Colocan lápidas, donde se escriben las alabanzas del difunto, relatando su vida y alabando su muerte. Esto lo tienen Como una recompensa a la virtud y un agradable culto a los difuntos, ya que creen que los que murieron están presentes de manera in visible en tales conmemoraciones, ya que no serían felices si no pudieran estar donde les apeteciera; Y serian ingratos y desagradecidos si no quisieran estar con los amigos con los que estaban unidos por mutuo amor, ya que la caridad debe más bien aumentar en ellos que disminuir.

Creen que los muertos están presentes entre los vivos, viendo y oyendo lo que hacen y dicen, lo que les hace animosos en sus empresas al contar con tales ayudas, y sintiéndose representantes del honor de sus mayores se guardan en gran manera de todo lo que no sea honrado, ni Siquiera en secreto.

Hacen poco caso de las supersticiones adivinatorias, tan en boga en otros países. Veneran los milagros que ven sobre las fuerzas de la naturaleza, creyéndoles testimonios de la presencia divina. En las grandes calamidades organizan rogativas públicas para aplacar a Dios.

Piensan que la contemplación y el estudio de las cosas naturales, es un culto gratísimo a Dios. Los hay que movidos por sus sentimientos religiosos dejan las cosas propias, incluso la cultura y la contemplación de la naturaleza para darse totalmente a las buenas obras, tales como el asistir a los enfermos, reparar los caminos y los puentes, cortar árboles, etc., y como si fuesen esclavos se ponen voluntariamente a los trabajos más desagradable y groseros, fatigándose para que otros descansen, y no desdeñando a los que no viven como ellos.

Cuanto más éstos se portan voluntariamente como siervos, tanto más vienen a ser honrados y estimados de los otros. Los hay de dos clases: unos que viven en castidad y no comen carne, dejando de lado todo trato sexual, puesta su mirada en la vida futura viven sanos y contentos; - la otra clase de los que se dan al trabajo servir se casan para tener sucesión que sea útil a la República, y no huyen de aquellos entretenimientos que no les estorban en su servicio a los demás; comen carne por creer que este alimento les hace más fuertes y robustos para realizar sus duros trabajos.

El pueblo tiene a estos últimos por más prudentes y a los otros por más sabios.

Tienen solamente 30 Sacerdotes, de vida muy ordenada, para todas las Ciudades, según el número de sus Templos. Cuando van a la guerra no llevan consigo más que a siete de ellos, y no crean otros en su lugar hasta terminada la guerra, según el número de los que hayan muerto.

Los Sacerdotes, como los Magistrados, se eligen por el Pueblo por votos secretos, para no fomentar rivalidades. Se dedican únicamente al servicio divino y al cuidado de la Religión. Son los censores de las costumbres, y es vituperado aquel a quien ellos reprenden. Su oficio es amonestar a los delincuentes, así como el de los Magistrados es el de castigarlos. Solamente excomulgan a los obstinados, y es una gran tacha el estarlo. Si los excomulgados no se enmiendan, pasan a la jurisdicción de los Magistrados.

Estos Sacerdotes educan a la juventud especialmente en las buenas costumbres y en que tengan buenos criterios sobre todo en el deseo de ser útiles a la causa pública, para que cuando sean adultos estén dispuestos a defender la ordenación de su República, por lo cual no solamente los apartan de los vicios, sino también de las opiniones perversas.

Los Sacerdotes reciben por esposas a las mujeres más selectas del Pueblo, y nombran Sacerdotisas a las matronas, aunque solamente a las viudas, o de edad madura.

Los Sacerdotes son muy venerados, más que cualquier Magistrado. Si se hacen reos de algún delito nadie tiene autoridad para juzgarlos, sino que los dejan al juicio divino y a la propia conciencia, ya que no les parece justo que nadie ponga sus manos mortales en los que se consagran a Dios. Esta costumbre pueden observarla porque eligen como Sacerdotes a hombres de vida muy probada, con lo que es rarísimo que caigan en vicios. Y si sucede que pequen, porque la naturaleza humana es flaca, como son pocos y sin potestad de mandar, no se teme que puedan infestar la República. Nombran pocos Sacerdotes para que su dignidad sea más reverenciada; además de que creen que es difícil que pueda haber muchos que puedan merecer tal dignidad.

No solamente son muy respetados en Utopía, sino también en los países vecinos, lo cual (a mi entender) proviene de que cuando se producen hechos de armas, los Sacerdotes están separados de los que luchan, revestidos con sus ornamentos, de rodillas y con las manos en alto ruegan primeramente por la paz y después para que su pueblo pueda alcanzar la victoria sin derramamiento de sangre; y al vencer los suyos corren hacia los luchadores impidiendo que se remate a los vencidos, y nadie les hace daño alguno.

Tanta reverencia tienen a los Sacerdotes que ni se atreven a tocarles las vestiduras, y por esto les tienen también veneración las otras naciones, así, no solamente evitan que en las guerras los enemigos sean muertos por los suyos, sino también que éstos san pasados por las armas por los contrarios en caso de derrota. Algunas veces ha sucedido que siendo vencidos los de su campo y entrando a saco los contrarios, con la llegada de los Sacerdotes se ha dado fin a la matanza y se ha hecho una paz razonable. Y nunca se halló una nación tan feroz y salvaje que no los haya honrado como sacrosantos e inviolables.

FESTIVIDADES

Celebran con gran solemnidad los días primero y último de cada mes, e igualmente del año. Para los meses se guían por la Luna, y para los años por el Sol. Al primer día del mes le llaman en su lengua Cinemernos y al último Trapemernos, que es como si dijéramos primeras fiestas y últimas fiestas.

Tienen templos excelentes, no solamente por la magnificencia de la obra, sino también por su grandiosidad, ya que no ser pocos los que hay, conviene que quepan en ellos grandes muchedumbres.

En dichos templos no hay mucha luz, v no porque no sepan edificar, sino por consejo de los sacerdotes, ya que con poca luz se distraen menos, y se tiene mayor recogimiento y atención. Entienden que así se practica mejor la religión, ya que no siendo una sola sino varias, son de tal forma que todas van dirigidas al mismo fin, que es el culto a la Divina Naturaleza, aunque lo hagan de diferentes formas y por diversos caminos. Por esta razón nada se ve ni se oye en los templos que no cuadre a alguna de las religiones que se profesan.

Las cosas particulares de cada religión se practican en las casas particulares, pero los actos públicos se realizan de tal manera qué no molestan en nada a lo específico de cada una de ellas. Con vistas a esto en los templos no hay ninguna imagen, para que libremente cada uno pueda dar curso a su pensamiento y a sus sentimientos religiosos. Tampoco se pronuncian los nombres particulares de los dioses, sino únicamente el de Mitra, con el cual todos están conformes para designar a la Divinidad Suprema, cualquiera que ella sea.

Las oraciones que rezan en común están ordenadas de tal manera que cada uno puede pronunciarlas sin ofensa de su opinión.

En las tardes del día de fin de mes, o de año, todos acuden en ayunas a los Templos a dar gracias a Dios, y al día siguiente, que es el primero del mes, o del año, con alegría se juntan todos en el templo para pedir a Dios sucesos prósperos y felices para mes, o el año, que empiezan con aquella fecha.

En los días finales del mes o del año las mujeres se ponen de rodillas ante los maridos, y los hijos ante los padres, confesando que no se han portado tan bien como debían, y si hicieron alguna cosa indebida, o dejaron de hacer alguna obligación, piden perdón por estas faltas. De esta manera, si hubo algún principio de desavenencia doméstica, con esta satisfacción se deshace, para poder asistir a las funciones del templo con ánimo pacífico y sereno, ya que consideran como una gran maldad el ir al templo con el espíritu alterado. Por esta razón, si cualquiera se halla culpable de enojo o mala voluntad hacia alguno, no se atreve a asistir a los cultos religiosos, temerosos de que su maldad ha de atraerles grandes castigos, si antes no se reconcilian y limpian sus afectos.

- En el Templo los varones se ponen a la derecha y las hembras a la izquierda, de tal manera que todos los de una misma familia se ponen puntos y alrededor del más anciano, tanto los hombres como las mujeres. Los jóvenes no van en grupo, para evitar juegos y niñerías, sino que están junto a personas mayores y así van entrando en el temor religioso, qué es el único imperativo para andar por el camino de la virtud.

No sacrifican animales, porque no pueden llegar a persuadirse de que la divina clemencia se complace en ello, ya que dio la vida a todo cuanto la tiene para que gozase de ella. Queman incienso y otros perfumes aromáticos, y llevan delante muchas antorchas encendidas, no porque no sepan que estas cosas (así como las oraciones de los hombres) no añaden nada al ser de la Divina Naturaleza, sino que son actos de reverencia y de gratitud. Con tales olores y luces y las demás ceremonias, sienten que en cierta manera los ánimos se inflaman y elevan a Dios, aspirando a adorarle con mayor fervor.

Todos acuden al templo con túnicas blancas, y únicamente el sacerdote se viste y cubre con otros colores. Los ornamentos son admirables, pero en ellos no figura el oro, ni la plata, ni las piedras preciosas, sino a base de plumas de aves de diferentes clases y colores, labrado con tanto primor que ninguna materia, por preciosa que sea, puede igualarse a este arte.

Además de esto, en aquellas alas y plumas de las aves, en el orden y disposición con que están Colocadas tal como están repartidas en las vestiduras del Sacerdote, dicen que se contienen misterios secretos, que explican los que hacen el sacrificio, afirmando que todo ello les sugiere la grandeza de los beneficios divinos que han recibido, la piedad que han de tener con Dios y las obligaciones recíprocas que se tienen unos con otros.

En cuanto el Sacerdote sale de la Sacristía revestido de esta forma, todos a una se postran en tierra, con un silencio tan profundo que asombra al que lo ve por primera vez, como si estuviesen ante alguna deidad. Después, y a una señal del Sacerdote, se levantan todos y cantan alabanzas a Dios. La forma de hacerlo y los instrumentos de música con que se acompañan son diferentes de lo que se usa entre nosotros, excediendo en cuanto a suavidad y ajuste de voces, de tal manera imitan y manifiestan los afectos naturales acomodando el sonido y la melodía a la materia. Dispone, penetra y enciende los ánimos admirablemente, tanto si se trata de rogativas o de alegres acciones de gracias, o de profundas y sentidas peticiones de perdón.

Finalmente, el Sacerdote, juntamente con el pueblo, rezan unas preces solemnes con palabras que tienen Preparadas para ello, tan bien compuestas y 1 ordenadas que aquellas cosas que todos juntos dicen, cada uno las puede aplicar con facilidad a sí mismo en particular. En ellas cada cual reconoce a Dios como autor del universo y de toda cosa buena; y le da gracias por los beneficios recibidos y de una manera particular de haber nacido en aquella República que les hace gozar de aquella religión que confían es la verdadera. Piden a Dios en sus oraciones que si cometen algún error o si hay otra religión más verdadera y que más le agrade, que se lo manifieste, pues están dispuestos a seguir por el camino por el que Dios los encamine. Pero si su República es la mejor y su religión es la más recta, le piden que les dé constancia para perseverar y que traiga a los demás hombres a tal género de vida, a no ser que también sea del agrado de su inescrutable voluntad que haya esta variedad de religiones terminan suplicando que después de la muerte les lleve hacia Él, y que no sea muerte cruel ni trágica. Después de esta última oración vuelven a postrarse y levantándose pausadamente se van a comer, pasando el resto del día en juegos y ejercicios militares.

COMPARACIONES

He referido de la manera más exacta que me ha sido posible las cosas de aquella República que no solamente tengo la certeza de que son muy buenas, sino que estimo que únicamente ella puede llamarse República porque aunque en otras partes se trate verdaderamente del bien público siempre se atiende más al particular. Mientras que en Utopía todos miran preferentemente la utilidad común, dejando en segundo término el propio interés.

En otras Repúblicas, aunque sean prósperas y florecientes, y nadie tema morirse de hambre, procuran, no obstante, más sus comodidades particulares que la conveniencia pública; y aunque la necesidad obliga a veces a hacer estas cosas, no así en Utopía, donde todo es común, y por ello nadie teme morir de necesidad por estar llenos los almacenes públicos desde los que a todos se distribuye con equidad. No hay ningún pobre, porque nadie posee nada en particular, siendo todos ricos en común.

No se puede comparar la situación de otros países, ni siquiera de lejos, con la igualdad de esta República. ¿Cómo puede justificarse que un pobre, o un plebeyo que sea usurero, u otro cualquiera que no se ocupa en trabajo alguno o que toda su acción es poco necesaria a la República, pueda adquirir a base de tal ociosidad el vivir con esplendor y regalo, y que un trabajador, o un hombre del campo, tenga que trabajar día y noche con tanta fatiga que no la toleraría un animal, para granjearse escasamente su alimento, con menos comodidad que los brutos, que ni se cansan tan intensamente ni padecen por el temor de que les falten las cosas necesarias para la vida? ¡A éstos el trabajo de escaso provecho y poco fruto siempre les está aguijoneando, atormentándoles el pensar en la vejez mísera que les espera a todos aquellos cuyo jornal de un día es tan escaso que no les basta para el sustento de él, de manera que mal podrán poner de lado algo sobrante para los días malos de la senectud!

¿ No es ingrata e injusta aquella República que desperdicia grandes caudales en los que llama nobles, en los artífices de cosas vanas, en los bufones, en los inventores de deleites superfluos, y en muchos otros por el estilo, no teniendo el menor interés por el bienestar de los agricultores y toda clase de trabajadores, sin los cuales la República no podría subsistir? Se usa mal de aquellos cuyo trabajo es de gran provecho, desentendiéndose de sus desvelos; y cuando después de haber pasado muchos años se hallan necesitados de todas las cosas y con graves enfermedades, se les deja morir en extrema miseria, olvidando los grandes servicios que prestaron.

¿Qué diremos de los ricos que se quedan con el salario de los trabajadores, no solamente con violencia y engaño, sino con el pretexto de las leyes? Así, lo que antes se tenía por injusto, como era el no recompensar con agradecimiento a los que habían hecho algún bien y servicio a la República, ahora esta ingratitud y perversión la ensalzan y califican con el nombre de justicia, estableciendo leyes nuevas sobra esta base.

Estas invenciones de los poderosos, adornadas con los colores de la nación, se convierten en leyes; y los hombres perversos con codicia insaciable se reparten entre ellos los bienes que debían destinarse a la necesidad de todos. ¡Qué lejos está esto del bienestar de la República de Utopía!

En Utopía han desterrado totalmente la codicia del dinero no usando de él para nada, evitando así muchas pesadumbres y arrancando las maldades de raíz. Porque, ¿quién no sabe que los engaños, hurtos, robos, tumultos, alborotos, enemistades, motines, asesinatos, traiciones y venenos (que cada día son más frecuentes, porque los castigos no bastan para evitarlos), todo ello desaparece si se desprecia el dinero? ¿Y que la solicitud por el difiero es causa de continuas fatigas y desvelos para ahuyentar la pobreza, como si ésta solamente pudiera ser vencida con la riqueza?

Para que esto se vea con mayor claridad, piénsese en lo que ocurre en un año estéril y sin frutos, en el que muchos millares de personas mueren de hambre. Con toda crudeza me atrevo a afirmar que si al final de aquella carestía se abrieran los graneros de los ricos se hallarla tanto trigo que si se hubiera repartido entre las víctimas del hambre ninguno habría perecido por la esterilidad de la cosecha. Y con facilidad se hubiera podido proveer al sustento si aquel dinero (que con tanta excelencia fue inventado para que con su ayuda se abriera la puerta al remedio y al sustento) no hubiera sido el que cerró el camino y estorbó el remedio.

No tengo duda de que los ricos sienten y entienden estas cosas y no ignoran cuán mejor sería la condición de que no se careciese de nada necesario, más que abundar en cosas superfluas, y el librarse de muchos males más que el estar rodeados de grandes riquezas. Yo tengo por cierto que el verdadero gusto por una vida honrada y la autoridad de nuestro Salvador Jesucristo, el cual con su sabiduría y bondad pudo aconsejar aquello que era lo mejor para los hombres, hubiera conducido a todo el mundo a vivir de esta manera si no hubiera existido la soberbia, la cual no estima tanto los bienes propios como los males ajenos, deleitándose en afligir a los pobres, porque no mide y regula el bienestar por los provechos propios, sino, por los males de los demás.

La riqueza se levanta como diosa, a base de un mundo de miserables a los que pueda mandar y de quienes pueda triunfar, y cuyas desdichas la hagan resplandecer haciendo alarde de su poder y ostentación, con lo que se aflige y aumenta más la necesidad y la miseria.

Esta serpiente venenosa se enrosca en el pecho de los hombres y como si fuera el pez rémora los detiene y les hace volver atrás, impidiendo que sigan una feliz travesía de la vida; tan arraigada está en los hombres la soberbia que son pocos los que pueden arrancarla.

Me contento con que esta forma dé República (que ya quisiera yo que todas fueran igual) al menos haya podido realizarse en la Isla de Utopía, donde se ha seguido la forma de vida indicada, que no solamente tiene que durar y prosperar, sino que (en cuanto los hombres podemos conjeturar lo futuro) ha de permanecer para siempre. Ya que habiéndose extirpado de entre ellos el vicio de la ambición por una parte y la raíz de las sectas por otra, no hay allí peligro de discordia, que ella sola es capaz de arruinar las ciudades mejor fortificadas. Pero viviendo todos en concordia bajo instituciones humanísimas, nada podrá la envidia de los príncipes vecinos para deshacer aquel país, como ya se ha demostrado muchas veces.

DESPEDIDA

Hasta aquí habló Rafael Hithlodeo de lo que había visto y observado en Utopía, y ello hacía que acudieran a mi mente muchas otras cosas relacionadas con ello.

Sobre las leyes que se habían instituido en las costumbres de aquel pueblo, no sólo acerca de la manera de hacer la guerra, y de su religión y ritos divinos, y otras ordenanzas suyas, sino que pensaba sobre el principal fundamento de toda su institución, esto es su manera de vivir y sustentarse sin comercio de dinero, sin el cual toda nobleza y esplendor se destruye y aniquila completamente, siendo así que de ordinario se tiene esto corno el principal ornamento de la República.

Pero me daba cuenta dé que se había cansado con la relación tan extensa que me había hecho, y temía que llevara a mal que le replicara contra su opinión, pues sabía que a algunos lo había reprendido por haberlo hecho. Por ello alabé la forma de Vida de Utopía y lo que me había referido, y estrechando su mano le invité a cenar conmigo, diciéndole que más adelante, después de pensarlo yo bien, hablaríamos más despacio de todo lo que me había dicho, lo cual quiera Dios que podamos hacer en alguna ocasión.

Mientras tanto, no puedo dejar de estar conforme con todo lo que dijo, primero por tratarse de un hombre muy docto y conocedor del mundo, y después he de confesar llanamente que muchas de las cosas de Utopía, más deseo que confío llegarías a ver en nuestras Ciudades.

Tomás MORO

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RESUMEN

de la heroica vida y ejemplar muerte del Ilustre Tomás Moro, Gran Canciller de Inglaterra, Vizconde y Ciudadano de Londres, extractada de la «Historia Eclesiástica del Cisma de aquel Reyno», que escribió el P. Pedro de Ribadeneyra, de la Compañía de Jesús

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Entre los muchos mártires que han padecido y muerto en defensa de nuestra Santa y Católica Religión con motivo del cisma suscitado en el reinado de Enrique VIII, se cuenta Tomás Moro, varón de grande ingenio, excelente doctrina y loables costumbres.

Nació en Londres en 1478. Su padre se llamaba Juan Moro, y era de linaje más honrado que noble. Crióse bajo los principios de la Religión y de la Piedad Católicas, no sin aprovechamiento; tanto que el gran concurso de dotes corporales y bienes del alma le hicieron varón clarísimo y dieron verdadera nobleza a su familia.

Fue muy docto en todas las letras y elocuentísimo en las lenguas griega y latina.

Sirvió en diversas embajadas de su Rey. Tuvo grandes cargos y oficios preeminentes qué ejerció con aplauso, rectitud y desinterés; y a pesar de haber contraído segundas nupcias y haber tenido muchos hijos, no engrandeció su patrimonio. Su cuidado se centraba en amparar y defender la Justicia y la Religión, y resistir con su autoridad, doctrina y libros que escribió, a los herejes que venían secretamente de Alemania a propagar sus enseñanzas a Inglaterra. De tal manera que entre todos los ministros del Rey ninguno se destacó tanto en refrenarlos y dificultarles sus actividades, por cuya razón fue tan amado y reverenciado de las personas virtuosas como aborrecido y perseguido por los perversos.

Ejerció durante casi cuarenta años el gobierno del país, con tanto prestigio y autoridad que parecía que nada ni nadie podría derribarle. Pero por inescrutables designios de la Providencia empezó a eclipsarse su buena estrella, amenazándole a él y al reino una grandísima ruina. Pero para darse cuenta de todas estas casas sería necesario referir toda la historia, por lo que vamos a referirnos únicamente a lo principal, singularmente a lo que toca a Tomás Moro.

Hacía veinte años que Enrique VIII estaba casado con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, de cuyo matrimonio tuvo una hija. Pero como fuese viuda (aunque doncella) del Príncipe Arturo, hermano mayor de Enrique, éste se enamoró de Ana Bolena y para casarse con ella hizo el propósito de repudiar y apartar de sí a Catalina, pretextando que no podía ser su esposa la que lo había sido de su hermano, a pesar de que para ello había obtenido la dispensa del Papa Julio II.

Tomó Enrique varios pareceres sobre el caso, entre ellos a Tomás Moro. Este, a pesar de saber conque ansia deseaba el Rey separarse de su esposa para casarse con Ana Bolena, con santo temor de Dios respondió con firmeza y libertad cristiana que de ninguna manera podía parecerle bien el divorcio y apartamiento de la Reina.

Esta respuesta sentó muy mal a Enrique, por creer que Tomás Moro era adicto a su persona, pero de momento disimuló, ofreciéndole grandes beneficios y prebendas si apoyaba su resolución, y para que se decidiese le mandó que tratara este asunto con el Rector del Colegio Real de Cambridge, que fue el promotor de este asunto y gran adulador del Rey. Se entrevistaron ambos, y después de muchas y largas controversias, se afirmó más en su opinión, exhortando con tanta decisión, en adelante al Rey que no dejase a la Reina, que no se atrevía Enrique a hablarle de este asunto, aunque se servía de él más que de otro alguno en los asuntos graves del país, y decía claramente que más querría atraer a Moro a su voluntad que la mitad de su reino.

Estando tratándose jurídicamente en Inglaterra la causa del divorcio por los jueces que a instancia del Rey Enrique nombró el Papa Pablo IV, los recusó la Reina y apeló ante Su Santidad, y aunque dichos jueces no admitieron su apelación por consideración al Rey, el Papa, sabiendo lo que pasaba, la admitió y reservó para sí la causa, mandando a los legados que no intervinieran más en este asunto. Al saberlo la Reina, comisionó a Tomás Moro para que informase al Rey de lo que el Papa había mandado, cuyo encargo desempeñó sin respeto humano alguno.

Habiendo perdido su privanza el Cardenal Wolsey, principal autor del divorcio, el Rey nombre Canciller a Tomás Moro, pensando que con ello le atraería a su opinión.

Conservó esta alta dignidad durante tres años, al cabo de los cuales, previendo la terrible tempestad que amenazaba al reino con motivo de haber desconocido el Rey la potestad de los Legados del Papa, declarándose Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra, quiso Tomás Moro, junto con otros varones graves y cristianos que estaban en la Corte, acogerse con tiempo a puerto seguro, y pretextando su avanzada edad y grandes trabajos realizados, dimitió de su cargo de Canciller, dimisión que le fue aceptada por diversos motivos, principalmente porque no había respondido a los designios por los que se le había dado el nombramiento.

Enterado el Papa de cuanto ocurría en Inglaterra y del determinio del Rey de casarse con Ana Bolena, le escribió rogándole encarecidamente que no se dejase llevar por la pasión ni decidiera nada hasta que se resolviera en justicia lo de su primer matrimonio, amenazándole severamente con su autoridad apostólica bajo pena de excomunión. Pero Enrique, que ardía en las llamas de su pasión, no dejó su mal propósito y se valió de Crammer, a quien había nombrado Arzobispo de Cantorbery, el cual dio sentencia de divorcio y se casó con Ana Bolena.

Sabiendo los herejes que la nueva Reina era luterana en su corazón, acudieron en gran número a la Corte y comenzaron a esparcir libros y libelos llenos de impiedades contra las personas eclesiásticas, entre los cuales se presentó uno al Rey, titulado "Petición de los pobres mendigos", en el que se ponderaba la gran cantidad de éstos que había en el reino y su extrema necesidad, causada (según decían) por otros pobres robustos y ociosos eclesiásticos, los cuales, con artificios y engaños poseían más de la mitad de todos los bienes del reino, dejando morir de hambre a los verdaderos pobres, y se terminaba suplicando el remedio.

Ningún eclesiástico se atrevió a refutarlo, hasta que Tomás Moro escribió un libro muy docto y prudente, en el cual, después de rebatir las calumnias que contra el clero se decían en el libelo, mostró claramente que los bienes y rentas eclesiásticas no llegaban con mucho a lo que los herejes decían, y que no solamente aplicaban a fines piadosos, sino también necesarios, los que habían legado aquellos bienes a la Iglesia para que se conservara en ella perpetuamente el culto divino, sin el cual no puede conservarse la República, sino que las rentas, además de servir para el sustento de los clérigos y de los muchos seglares que de ellos dependen, servían para cobijo y refugio para toda clase de gente necesitada. Nadie se atrevió a refutar este escrito.

Pronunciada la sentencia de divorcio y coronada Ana Bolena como Reina, se mandó que todos jurasen que aceptaban el segundo matrimonio como legítimo, y que los hijos de él eran los verdaderos herederos del reino. Tomás Moro rehusó hacer tal juramento y por ello fue preso, con el mayor escándalo, junto con otros muchos que hablando mal del segundo matrimonio cayeron en la indignación del Rey.

Estando Tomás Moro en la cárcel, despojado de todas sus dignidades y bienes, nunca se vio en él señales de tristeza, pena o decaimiento, sino que con gran alegría decía que todo el mundo no es sino una cárcel y prisión, de la cual a la hora de la muerte cada uno es llamado para oír su sentencia, y que daba gracias al Señor porque su cárcel no era tan apretada como la de otros, ya que siempre que se presentan dos males hay que escoger el menor.

La prisión de este varón insigne tenía en gran expectación a todo el reino, y sabiendo el Rey su gran autoridad y la estimación que todos le tenían, para cambiarle de opinión le envió a muchos de sus privados. Pero viendo Enrique que con todo su poder y ardides no le podía vencer, empezó a dudar si le convendría más el dejarle con vida siendo el reprensor de su adulterio o quitársela y caer en la indignación de todo el reino.

Al fin se determinó por lo último, empezando por el Obispo Fisher, contra el que se enfureció más al saber que el Papa le había nombrado Cardenal estando en la cárcel. Pensaba que con la muerte del Obispo, que era gran amigo de Tomás Moro éste se podría intimidar y ablandar. Fisher fue condenado a ser arrastrado, ahorcado y desentrañado.

Fue avisado Moro de la muerte santa de su compañero, y temiendo que por sus pecados no merecía la corona del martirio, con el corazón lleno de amargura y el rostro de lágrimas, se volvió al Señor y lo dijo

- Yo confieso, Señor, que no merezco tanta gloria, pues no soy justo ni santo como vuestro siervo Fisher, al cual habéis escogido como varón conforme a vuestro corazón entre todos los de este reino, pero no miréis, Señor, lo que merezco, sino a vuestra misericordia infinita, y si es posible, hacedme participar de vuestra Cruz y Cáliz, y de vuestra Gloria.

Dijo esto con tanto sentimiento que los que no le entendían se figuraron que se enternecía con el temor de la muerte, y que ahora se podría ablandar e inclinar a la voluntad del Rey, y para moverle a ella volvieron a instarle muchos personajes, entre ellos su propia esposa, llamada Luisa, por orden del Rey, tratando de persuadirle de que no se dañara a sí mismo y a sus hijos. Díjole él a su esposa:

- Señora, a vuestro parecer, ¿cuántos años podré vivir?

- Veinte años, si Dios fuere servido - respondió ella.

-¿Pues queréis vos, señora - dijo él -, que por veinte años de vida pierda yo la eternidad? Si dijerais veinte mil ya seria algo, aunque tampoco este algo es nada comparado con la eternidad.

Viendo que con nada podían hacer mella en su ánimo, que estaba firme como una roca, le quitaron todos los libros que tenía y el recado de escribir, para que no pudiera tener trato con los muertos que escribieron los libros ni con los vivos. Antes de esto, y estando preso, escribió dos libros; uno titulado: "Consuelo en la tribulación", en inglés, y el otro en latín sobre la Pasión de Cristo.

Después de estar casi catorce meses en la cárcel, el día primero de julio de, 1535 fue llevado a la Torre de Londres, ante los jueces, y al ser preguntado por la ley promulgada mientras él estaba preso, en la que se quitaba la autoridad al Papa y se daba al Rey, respondió con gran firmeza, agudeza y constancia lo mismo que las otras veces.

Finalmente, acusado de haber escrito a Fisher. animándole contra dicha ley, fue condenado a muerte, cuya noticia recibió con gran alegría diciendo:

- Yo por la gracia de Dios, siempre he sido católico y nunca me he apartado de la comunión y obediencia al Papa, cuya potestad entiendo que está fundamentaba en el Derecho Divino, y que es legítima, loable y necesaria, aunque vosotros temerariamente la habéis querido abrogar y deshacer con vuestra ley" Durante siete años he estudiado esta materia, y hasta ahora no he encontrado ningún autor santo que diga que en las cosas espirituales que tocan a Dios ningún seglar ni Príncipe temporal puede ser Cabeza y Jefe de los eclesiásticos, que son los que han de gobernar. También digo que el decreto que habéis dado es contra el juramento que antes hicisteis de no atentar jamás contra la Iglesia Católica, que es una e indivisa, y por vosotros solos no tenéis autoridad para hacer leyes, decretos ni Concilios contra la paz y la unión de la Iglesia Universal. Esta es mi fe; este es mi parecer, en el que moriré, con el fervor de Dios.

Apenas hubo dicho estas palabras cuando todos los jueces, a grandes voces, empezaron a llamarle traidor al Rey, especialmente el Duque de Norfolk, que le dijo:

-¿Cómo podéis declarar vuestro mal ánimo contra la majestad del Rey?

Y él respondió:

- No declaro, señor, mal ánimo contra mi Rey, sino mi fe y la verdad. Porque en lo demás yo soy tan adicto al servicio del Rey que ruego a Dios que no me sea más propicio a mí, ni de otra manera me perdone, que como yo he sido fiel y afectuoso servidor de Su Majestad.

Entonces el Canciller replicó:

-¿Pensáis, pues, que sois más sabio que todos los Obispos, Abades y Eclesiásticos? ¿Que todos los nobles, caballeros y señores? ¿Que todo el Concilio, o por mejor decir: que todo el reino?

- Señor - respondí -, por un Obispo que vosotros tengáis de vuestra parte tengo yo ciento de la mía y todos los Santos; por vuestros nobles y caballeros tengo yo toda la caballería de los Mártires y Confesores, por un Concilio vuestro (que sabe Dios cómo se ha hecho) están en mi favor todos los Concilios que en la Iglesia de Dios se han celebrado de mil años acá; y por este vuestro pequeño reino de Inglaterra, defienden mi verdad los de Francia, Italia, España y todos los demás reinos, provincias y potentados amplísimos.

Oyendo estas palabras que había dicho Moro delante del pueblo, que había acudido a la novedad de una causa seguida tan sin razón ni justicia contra un hombre tan insigne en virtud, prendas y demás circunstancias, les pareció a los jueces que no ganarían nada, y mandándole apartar, confirmaron la sentencia de muerte.

Terminado el juicio le volvieron a la cárcel, y a su paso le salió al encuentro su hija Margarita, a la que amaba tiernamente, para pedirle su bendición y el ósculo de paz, que le dio con mucho amor y ternura.

Cuando llegó a la cárcel se entregó a la oración y contemplación, recreando en el Señor su alma santa con muchos y suaves consuelos divinos.

Antes de que le sacaran al martirio, escribió con un carbón (porque no tenía pluma) una carta a su hija Margarita, en la que le manifestaba el deseo grande que tenía de morir en el día siguiente y ver al Señor, por ser la octava del Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, ya que moría por la confesión de su primado y Cátedra apostólica, y en la víspera de la traslación del glorioso mártir Santo Tomás, que fue su abogado durante toda su vida.

Se hizo tal como deseaba, y el 6 de julio fue llevado al martirio. Al llegar allí puso por testigo al pueblo que estaba presente de que moría por la Fe Católica, encargando a todos que rogasen a Dios por el Rey, protestando que moría como fiel ministro suyo, pero más aún de Dios, que es el Rey de Reyes.

Presentó su cuello, y a impulso de la cuchilla quedó separada del cuerpo aquella cabeza de justicia, de verdad y. de santidad, causando tan vivo dolor en los que lo miraron que no cabiendo en los pechos se manifestó en los rostros con abundantes lágrimas y sollozos, considerando que no se había quitado la cabeza a Tomás Moro, sino a todo el reino.

Así acabó su preciosa y ejemplar vida el docto e ilustre Tomás Moro, autor de "Utopía", en cuyo libro quiso manifestar la perfección de gobierno a que podía llegar una República conduciéndose por las luces de la razón natural y prescindiendo de la divina Revelación. Por ello no es de extrañar que la presente con los extravíos propios de la razón humana cuando camina sin el auxilio de la divina luz.

EPILOGO

Me he decidido a editar este corto libro, entre otras cosas para reivindicar a Tomas Moro como precursor de la Ciencia Ficción, que tanto desprecia el retraductor de la obra.

En efecto, teniendo en cuenta su tiempo (cosa a lo que estamos acostumbrados los aficionados) nos presenta un modelo de sociedad en una isla, aunque podría ser perfectamente un planeta, como casi todos nuestros autores favoritos Clarke, Asimov, Heinlein, Sturgeon, Scott Card.... prácticamente todos.

Claro que hay una diferencia, la obra está escrita como un ensayo, y los ensayistas suelen ver el mundo como masas amorfas de gentes, mientras que actualmente preferimos conocer las circunstancias del individuo ante una sociedad determinada. ¿Qué sentían los habitantes de Amarouto?. No creo que fueran tan perfectos, y si lo fueran serian insoportables.

Aun así, pienso que, a pesar que los aficionados solemos ser una panda de descreídos, deberíamos considerar a Tomas Moro, como santo patrón de la Ciencia Ficción, y el 22 de Junio celebrarlo adecuadamente.

Al menos yo, así pienso hacerlo.