Akshobya, el Buda Azul

Akshobya, el Buda Azul

Akshobya, el Buda Azul









Introducción

Este texto es un capítulo tomado del libro “Meeting the Buddhas” (Conociendo los Budas) escrito por Vessantara, un miembro de la Orden Budista Occidental. El libro presenta las figuras de los Budas “arquetípicos” - es decir - Budas simbólicas sin necesariamente tener una existencia histórica. Vessantara evoca nuestra imaginación para llevarnos a concer estas figuras. El Buda Akshobya que conocemos en el texto presente es uno de cinco budas que componen el importante “Mándala de los Cinco Budas”.

Por el momento sólo tenemos este capítulo traducido pero cuando tengamos más los pondremos en línea también. El libro original es publicado por Windhorse Publications.


Akshobya.

No puedes recordar cuanto tiempo llevas viajando, por mucho rato sólo has estado tú, tu balsa y el mar. Es de noche, y navegas guiado por las estrellas. Por momentos, echando una mirada hacia el universo, sientes como si la Tierra fuera tu balsa, conduciendo su curso a través del firmamento hacia algún cielo por mucho tiempo buscado.

Conforme avanza la noche los mares se vuelven menos turbulentos, los vientos son más favorables y puedes dormir. En tus sueños, eres un príncipe en busca de tu reino, una sacerdotisa esperando a un mensajero, hay focos de luz brillante en un escenario vacío. Por un momento eres el foco, tintineando, brillante. Eres el escenario, infinito en posibilidades. Entonces una figura de túnica blanca aparece en el resplandor del escenario. Con un lento gesto abre su capa por su pecho. Hay un universo dentro de su corazón.

Cuando despiertas, la luz del amanecer está iluminando el cielo y puedes ver tierra hacia el este. Te diriges hacia ella a través de un tranquilo y suave mar hasta que eventualmente tu balsa entra a una bahía en calma. Las aguas tranquilas frente a ti reflejan el contorno de un extraordinario edificio. Es un palacio hecho de cristal, con ventanas elevadas, y altas torres incrustadas de zafiros. Está fuertemente construido y cimentado con vajras doradas.

Levantando tus ojos de los reflejos del agua, miras el palacio mismo, sus puertas son dos grandes semicírculos, los cuales se encuentran en una gran luna. Ellas también son de cristal el cuál refleja el agua, tu balsa y a ti.

Mirando hacia adentro, ves las cosas como son, en su desnuda simplicidad. Te ves a ti mismo en ese momento, sin juicios, sin aceptar o rechazar nada - eres sólo un reflejo más en las puertas de la luna.

Después de darte su mensaje, las puertas giran abriéndose. Estás entrando al reino del Buda Akshobya (inmutable e imperturbable). Estás siendo admitido en su Tierra Pura, en donde todo es un recordatorio del Dharma y una motivación en el camino hacia la iluminación.

Akshobya está sentado en el corazón de su reino, en un inmenso trono de loto azul, sostenido por cuatro enormes elefantes. El cuerpo del Buda esta hecho de una luz azul profunda, el color del cielo al anochecer en los trópicos. Tiene pelo oscuro, está vestido con túnicas ricamente decoradas y sentado en una postura de loto completo. Todo su cuerpo irradia luz. Su mano izquierda descansa totalmente relajada sobre sus piernas. Sobre su palma sostiene un Vajra dorado, hacia arriba.

Su mano derecha va hacia abajo, con la palma hacia adentro. La punta de sus dedos azules apenas tocan el cojín blanco en forma de luna en el que está sentado. Hay algo que te habla en su gesto. Es un llegar a casa, golpea el fundamento de la existencia, es la respuesta a todas las preguntas. Toda su figura transmite inalterable confianza. Está tan firme que nunca nada podría alterar su postura.

Sonríe y toda la tierra comprende. La cualidad especial que transmite es sabiduría. Al entender el significado de ese gesto, todos los habitantes de su Tierra Pura se convierten en sabios, y entran una etapa del camino a la Iluminación del cual no hay retorno.

En su corazón hay una sílaba hecha de una luz azul tenue - hum - símbolo de la integración de lo individual y lo universal. De su corazón hace eco el mantra que personifica su sabiduría. Su sonido llega a todos los rincones de su reino, suave y mesurado como el llamado de un gran tambor: om... vajra... akshobya... hum.

El sonido del hum tiene toda la certeza inalterable con la cual un elefante pisa la tierra con su pie sobre. Tiene la misma cualidad inalterable como los dedos del Buda tocando la tierra. Es una estampa, un sello de la Realidad. Tal como una acción en un momento del tiempo, una vez que el momento ha pasado, nunca podrá ser borrado o deshecho.

Viendo y escuchando todo esto, tu mente se vuelve absolutamente tranquila y en calma. Cada momento es una experiencia total, la cual tu sientes completa y profundamente. No carece de nada, está completa como está. Todo es sólo un perfecto reflejo en el espejo de tu mente.

AKSHOBYA Y EL CETRO DEL VAJRA

Ahora que hemos entrado al mándala y hemos llegado frente a frente con Akshobya (Mikyopa en Tibetano), es tiempo de aprender un poco más sobre él. La devoción hacia él apareció temprano en la historia budista y juega un papel central en varios Sutras Mahayana.

En el Sutra Akshobya Vyuha el Buda Shakyamuni describe la historia de Akshobya. Hace años en una tierra llamada Abhirati (regocijo intenso) un Buda llamado Vishalaksha encontró a un monje que quería hacer votos para ganar la iluminación por el bien de todos los seres vivientes. El Buda le advirtió que ésta sería una tarea ardua ya que para lograr su objetivo debería renunciar todos los sentimientos de enojo. En respuesta, el monje tomó una serie de grandes votos; nunca dar paso al enojo o la malicia, o premeditación o mala intención, nunca comprometerse en la más mínima acción inmoral, y muchas otras. Durante eones sostuvo sus votos de manera inalterable (akshobya en Sánscrito) y como resultado llegó a ser un Buda con ese nombre y creó la Tierra Pura o Campo de Buda (Buddhakshetra en Sánscrito).

La Tierra Pura es una palabra que expresa la conciencia iluminada de un Buda. Surge a través de la infinidad de acciones meritorias que ha realizado. Es un mundo en él que existen las condiciones óptimas para progresar rápidamente en el camino a la Iluminación. Muchos seguidores del Mahayana centran su aspiración en renacer en una u otra de las grandes Tierras Puras descritas en los Sutras Mahayana. La Tierra de Akshobya se representa situada al este de nuestro mundo, a una distancia impensable, y como la tierra en la cual él realizó su primer voto, es llamada Abhirati.

La descripción que he dado del reino de Akshobya en la introducción a este capítulo está diseñada para sobresaltar las cualidades con las que se le asocia, en lugar de seguir la descripción tradicional de su Tierra Pura. En el Sutra Akshobya Vyuha, Abhirati se describe como una tierra en la cual los jazmines y palmeras se mecen con el viento creando sonidos celestiales que sobrepasan toda música mundana. Es un mundo en el cuál todos viven en el regocijo del Dharma, abunda la comida y la bebida, no hay enfermedad y sus mujeres son hermosas, y “nunca sufren dolores de menstruación”. Lo más importante de todo, quien quiera que re-nazca ahí logra el estado de no-retorno - ellos alcanzan un estado de desarrollo espiritual en el cual la Budeidad está asegurada.

Tal vez el sutra más conocido en el que aparece Akshobya es “la Perfección de la Sabiduría en 8,000 líneas”. Akshobya es una figura particularmente importante en los Tantras, porque al igual que todos los Budas del mándala, no está solo. Akshobya es la cabeza de una kula o “familia” de figuras espirituales. En su familia se encuentran muchas de las “deidades patrones superiores” (o Yidams como se llaman en Tibetano) del Tantra Supremo. Encontraremos algunas de estas figuras en el capítulo veintidós. Aparte de la mayoría de estos yidams, otras dos figuras, Vajrapani y Vajrasattva, son tan importantes que tienen capítulos propios (ver capítulos catorce y veinte).

La familia espiritual de Akshobya es llamada la familia Vajra. El vajra (en sánscrito, dorje en Tibetano) es el simbólico diamante o trueno diamantino. En el último capítulo encontraremos una muralla de vajras circundando el mándala. Akshobya tiene un solo Vajra, como cetro diamantino, colocado recto hacia arriba en su palma izquierda. Es un emblema de soberanía que tiene Indra, el rey de los dioses en la tradición Indú. Sin embargo, es mucho más que sólo un signo monacal.

El acertijo estudiantil “¿Qué pasa cuando una fuerza irresistible se encuentra con un objeto inamovible?” tiene una respuesta en el Budismo Tántrico. Simplemente funde los dos juntos para formar un vajra.

El vajra tiene todas las cualidades inmutables de un diamante – tan fuerte que nada puede cortarlo ni hacer una impresión en él. Al mismo tiempo es una fuerza irresistible. Es un pariente oriental del trueno empuñado por Zeus y Atenea en la mitología Griega, y del martillo de Thor, el dios de las tormentas en la mitología Nórdica. Es el trueno que puede destrozar cualquier cosa que se cruce en su camino.

Para el Budismo, es la realidad trascendental la que tiene estas inmutables e irresistibles cualidades. Todo lo mundano es mutable y cambiante. Por lo que el vajra se convierte en el símbolo de la realidad y de la sabiduría intuitiva que la conoce. El vajra se presta a sí mismo para nombrar al Budismo Tántrico - el Vajrayana. Esta es la clase de Budismo que tiene el punto de vista de la Realidad Ultima como punto de partida. En casi todos los rituales tántricos el lama sostiene un Vajra en su mano derecha. Muchas de las ofrendas en los rituales tántricos también tienen un prefijo con la palabra “vajra”. Por lo que uno ofrece “Vajra flores” y etc. Todo esto es un recordatorio para ver todo en términos de su naturaleza vacía.

El vajra estilizado utilizado en los rituales tántricos tiene cuatro partes principales. En su centro hay una forma de huevo, representando la unidad primordial de todas las cosas antes de que “caigan” en el dualismo. Emergiendo a cada lado de la forma de huevo hay flores de loto. Con ellas nace el mundo de los opuestos, incluyendo los opuestos de samsara y nirvana, ignorancia e iluminación. De cada una de las protuberancias sale la cabeza de un animal extraño, un makara. Esta es una especie de cocodrilo, cuya naturaleza anfibia indica el encuentro con las alturas de la conciencia y con las profundidades de lo inconsciente. Entonces cada cabo del vajra se ramifica en una serie de puntas. Normalmente hay cuatro en cada lado, las cuales finalmente se reúnen en el tope del vajra. Corriendo verticalmente a través de todo el vajra hay otro cabo. Por tanto, si uno mira el final del vajra, lo que uno ve es un arreglo en forma de mándala, normalmente con cuatro rayos alrededor de un punto central.


Se entiende que una punta del vajra representa las cualidades negativas que nos encadenan a samsara, la otra las cualidades espirituales que nos liberan. El gran logro del Tantra es que su perspectiva es lo suficientemente amplia para unir a las dos. Por lo que el mismo eje corre a través de las dos mándalas. Para el Tantra incluso fuerzas negativas tales como odio o envidia se ven simplemente como la obra pura de la Realidad. Y más allá de eso, sugiere que hay correlaciones entre las cualidades negativas y las de la Iluminación. Re-dirigidas, las energías que están sujetas a la avaricia, orgullo y otros estados no hábiles pueden ser usadas para alimentar nuestra persecución de la Iluminación.

Para darle la mayor fuerza posible a este punto, el Tantra asoció cada aspecto de lo mundano con una cualidad espiritual. Por ejemplo, viendo la tabla de correlaciones verás que Akshobya está asociado no sólo con sabiduría sino también con el amanecer, el agua, y la forma e incluso con el odio, ritos de destrucción y los infiernos.

El Tantra nunca aprobaría el odio dirigido hacia cualquier ser viviente. No obstante, el odio puede ser redirigido y usado para aumentar nuestro desarrollo. Cuando tenemos una experiencia de esta naturaleza, con frecuencia hay una especie de claridad, de fría precisión en la forma en la cuál vemos los errores en las cosas. Es un estado totalmente carente de sentimentalidad o vaguedad. Sólo tenemos que ver cuál es el verdadero enemigo. Una vez que odiamos el sufrimiento y la ignorancia, y estamos determinados a destruirlos, esa energía nos conduce a la Tierra Pura de Akshobya en lugar de llevarnos a los infiernos de la violencia y la desesperación.

Examinar las diferentes correlaciones con cada uno de los cinco Budas, haría este libro muy largo. He señalado algunas de ellas al describir sus reinos, otras puedes verlas y reflexionar sobre ellas en la tabla de correspondencias. Es suficiente que veamos la idea: que para el Tantra todo es un recordatorio, incluso una expresión de la Realidad. El amanecer, el color azul, incluso un vaso con agua, todos pueden traernos a Akshobya a la mente. Cuando ves todo de esta forma, el mundo ordinario de las apariencias empieza a convertirse en la Tierra Pura.

TOCAR LA TIERRA

Ahora que hemos aprendido un poco sobre Akshobya y el Vajra, es el momento de contestar una pregunta. ¿Cómo apareció Akshobya? ¿Cómo es que surgió la tradición de meditar en él? Todas estas figuras de Budas y Bodhisattvas son contactadas a través de la meditación profunda. Al retraerte del mundo de los sentidos, aspectos más profundos de la mente tienen la oportunidad de llegar a ser conscientes. Todo el mándala es una expresión de la Iluminación a través de símbolos. Más específicamente, la tradición de Akshobya tiene dos posibles fuentes dentro de la experiencia meditativa. Estos son el meditar en el Buda histórico y la meditación en la vacuidad. Veremos cada una de ellas a continuación. Ambas nos conducirán profundamente dentro del pensamiento Budista.

¿Cómo surgió el Buda Akshobya de la meditación sobre el Buda histórico? Como veremos, cada uno de los cinco Budas del mándala personifica cualidades que posee Shakyamuni. Es de esperar ya que la esencia de la Iluminación es la misma en todos los tiempos y lugares, todos los Budas tendrán las mismas cualidades espirituales, aunque tal vez las expresen de formas diferentes. En el caso de Akshobya hay una fuerte conexión entre una de sus cualidades y un incidente particular en la vida de Shakyamuni, conocido como el incidente “Llamar a la Diosa Tierra para que sea Testigo”.

Este no es un incidente histórico literal; aparece en la leyenda Budista. Eso no quiere decir que no sea “verdad”, sino que intenta transmitir otro nivel de verdad, más interior. Este incidente pasó en el momento en que el Buda estaba a punto de alcanzar la Iluminación. Dentro de la mente del futuro Buda un drama de proporciones cósmicas se estaba desarrollando. Es el drama psíquico que la leyenda intenta transmitir.

La leyenda describe a Siddhartha sentado bajo su árbol, luchando para lograr la Iluminación a través de la profunda meditación. Su tremendo esfuerzo pronto llamó la atención de Mara. Mara es la personificación en Budismo de todo lo mundano, todo ya sea dentro o fuera de nosotros mismos, lo cual nos ata a la rueda de la existencia condicionada. Su nombre literalmente quiere decir muerte. Lo que menos quería Mara era que alguien escapara de su reino logrando la Iluminación, por lo que lanzó un gran ataque sobre la figura que meditaba. Mandó ejércitos poderosos contra el Buda, enviándole un diluvio de piedras y armas. Continuó meditando tranquilamente y todas las rocas, lanzas, y flechas, tan pronto tocaban el aura de pacífica concentración formada alrededor de él, sólo se convertían en flores que llovían hacia sus pies. Habiendo fallado para hacerle cambiar por la fuerza, Mara envió a sus hijas para que trataran de seducirlo. Pero el Buda ni siquiera las miró. Simplemente continuó su búsqueda interior hacia la libertad.

Después de que estos crudos ataques habían fallado, Mara intentó con un truco. Se dirigió al Buda y le dijo “Estás sentado en el asiento en el cual todos los Budas pasados han alcanzado la Iluminación. ¿Con qué derecho te sientas tú en ese lugar?” La leyenda dice que todos los Budas logran la Iluminación en el mismo sitio, el vajrasana (el asiento del diamante), el cuál es el primer punto en solidificarse fuera del torbellino en el comienzo de la evolución universal, y será el último punto en disolverse y desaparecer al final. En términos de nuestra discusión actual, es como si Mara hubiera dicho “Te has sentado en el mismo centro del mándala. ¿Quién eres tú para atreverte a sentar ahí?” El vajrasana es, probablemente, una pequeña analogía al Asiento Peligroso en la leyenda de Arturo – sólo alguien de absoluta pureza puede reclamarlo como propio sin caer en desventura.

El Buda contestó “he practicado generosidad, disciplina ética, y otras prácticas espirituales durante eones, por tanto he ganado el derecho de sentarme aquí”. Pero Mara fingió no estar satisfecho. Le dijo al Buda “¿Tú puedes decir eso, pero quién es tu testigo?” Si los esfuerzos de los ejércitos de Mara y sus hijas representan las últimas olas de odio y avaricia obrando consigo mismo en la mente del Buda, entonces este incidente sugiere una última y sutil duda propia. Tal vez el Buda mismo apenas podía creer lo que estaba a punto de alcanzar. ¿Por qué él, de entre todos los hombres y las mujeres?

Su respuesta a Mara fue enfática. El no dijo nada. Silenciosamente, con la punta de los dedos de su mano derecha, simplemente tocó la tierra. En respuesta, del suelo frente a él emergió la Diosa Tierra. Ella dijo: “Yo seré su testigo. Lo he visto purificarse a sí mismo durante eones a través de prácticas espirituales”. Esta fue la respuesta del Buda. Con ella, pudo finalmente liberarse de los esfuerzos de Mara para disuadirlo, y continuó su meditación sin obstáculos, al final logró la suprema y perfecta Iluminación.

Fue probablemente a través de la meditación en este incidente de la vida del Buda histórico que budistas yogins y yoginis hicieron contacto con el Buda Akshobya. Contemplando las cualidades que mostró, viéndolas en su mayor eficacia, llegaron a Akshobya. Hay mucho más que tan sólo el hecho de que Akshobya hace el mismo mudra, el mismo gesto expresando una cualidad de Iluminación que hizo Shakyamuni cuando fue retado por Mara. La interconexión y la interrelación de pensamiento y símbolo dentro del mándala, son muy complejos. Vale la pena examinar este incidente y desenvolver los hilos más, para obtener una idea de lo que está involucrado. Al explorar este ejemplo, lograremos una mayor percepción del significado multidimensional del mándala como un todo.

Hemos visto que el Tantra trata de subsumir o incluir toda la existencia condicionada bajo un aspecto u otro del mándala. Incluyendo en ésta están los diferentes niveles posibles de la conciencia del ser humano. Estos aspectos, niveles o formas diferentes de funcionar de la conciencia son conocidos como las vijnanas. Jnana es una palabra en Sánscrito que significa conocimiento o sabiduría. El prefijo “vi” denota separación. Por tanto, vijnana es una conciencia - una forma de conocimiento - la cual ha caído en la dualidad, que tiene experiencia de sí misma como un sujeto separado de un “mundo objetivo” el cual percibe.

En el sistema Yogachara del pensamiento Budista, normalmente se enumeran ocho vijnanas (como en el último capítulo en donde las vimos asociadas con ocho comentarios del mándala). En el Tantra cada uno de estos era atribuido a uno de los cinco Budas. En este sistema, Akshobya está asociado con la “alaya vijnana relativa”. Esta “alaya relativa” tiene una función muy importante, la cual está relacionada con un problema en la filosofía Budista. Central a todos los aspectos del Budismo está la idea de que acciones tienen consecuencias. Acciones hábiles basadas en estados mentales como amor, sabiduría, o tranquilidad tienen como resultado futuras experiencias placenteras. Acciones no hábiles basadas en avaricia, odio o ignorancia, conducen al sufrimiento. Esta es la ley budista del karma .

Sin embargo los pensadores Budistas se enfrentan con un problema. ¿Cómo es que una causa, tal como una volición hábil basada en generosidad en el presente, puede traernos un efecto placentero en el futuro? ¿Qué es lo que une a las dos a través del tiempo? Explorando la mente en meditación los Yogacharins concluyeron que todas nuestras acciones y estados mentales dejan una huella a un nivel profundo en la mente. Estas huellas son como semillas (en Sánscrito bija) que un día llegan a dar fruto cuando las condiciones son correctas. Así que ninguno de nuestros pensamientos o acciones jamás se pierden; son preservados en un profundo nivel de la conciencia conocido como “alaya relativa”. La palabra alaya, ya hemos visto significa almacén; incluso puede denotar un granero.

Ahora estamos en la postura para ver una conexión más profunda entre el incidente de Shakyamuni llamando a la Diosa Tierra y el Buda Akshobya. Cuando le contestó a Mara tocando la tierra, Shakyamuni está señalando el hecho de que él está listo para lograr la Iluminación porque las semillas de todas las acciones positivas que ha realizado durante eones en el camino espiritual ahora van a fructificar.

Llama como su testigo a la Diosa Tierra, quien surge de las profundidades de su conciencia. La tierra fielmente preserva todas las marcas de todo lo que ha pasado sobre ella. Pasando por sus estratos puedes reconstruir su historia. Cada acción ha tenido su efecto. La tierra es un testigo mudo de las vidas y las luchas de todos los seres humanos. Lleva las cicatrices de su construcción y destrucción. Alberga el polvo cuando el día ha terminado. La Diosa Tierra es un símbolo de la “alaya vijnana”.

Todo esto se vuelve más claro si leemos el propio relato del Buda en el Canon Pali sobre lo que le pasó mientras estaba sentado bajo el árbol bodhi. Primero, dice, entró en concentración meditativa. Esto corresponde a sobreponerse a las fuerzas de Mara. En dhyana, como se le llama a la concentración meditativa, vas más allá de las crudas fuerzas de atracción y repulsión dentro de un estado de profunda calma. Después de esto, como vimos en el primer capítulo, fluyendo en su mente, llegaron recuerdos de vidas previas. Recordó interminables nacimientos con detalles de la forma como había vivido y como había muerto en cada uno de ellos y tomado luego un nuevo renacer en algún otro sitio. Esta descripción psicológica es, seguramente, lo que la leyenda del Buda llamando a la Diosa Tierra para ser testigo, está expresando en el lenguaje más rico del mito.

Ahora podemos ver más claramente cómo el simbolismo de Akshobya está estrechamente conectado con este aspecto histórico en la experiencia de la Iluminación del Buda. Al llegar tan lejos, empiezo a preguntarme sobre el simbolismo de los animales den Akshobya. ¿Es realmente una coincidencia que las “bestias reales” del reino del este sean elefantes, quienes se dice que “nunca olvidan”? Aunque tal vez eso sólo sea un chiste de la naturaleza, lo que sí es cierto es que aún tenemos que dar un paso más para descubrir el significado del mudra Tocando la Tierra.

LA SABIDURÍA COMO UN ESPEJO

Para hacer esto, necesitamos considerar el simbolismo de los elementos en relación con Akshobya. Con esta cualidad inmutable e inamovible, sentado en su trono de elefante, tocando la tierra, entonces podrías asumir con confianza que su elemento es la tierra. No obstante, es el agua. Después de que has estado contemplando el mándala de los cinco Budas por un tiempo, esto no te sorprendería. Como sugerí en el primer capítulo, el mándala posee una unidad orgánica que va más profundo que lo racional. Tratar de que embonen todas las conexiones en un esquema lógico es como tratar de meter a un gran elefante en una caja un poco más pequeña que él. Siempre hay una alguna parte que no entra bien.

Sin embargo, hay una explicación racional para la asociación de Akshobya con el agua. Esto nos conduce a la cualidad más importante de los cinco Budas. Cada uno de ellos personifica una “Sabiduría” (en Sánscrito jnana) - una forma Iluminada de ver. Este es su primer mensaje. Al meditar en ellos, lo que en realidad estamos tratando de hacer es darnos cuenta de la Sabiduría que es su esencia natural.

La Sabiduría especial que encontramos en el este, a través de meditar en Akshobya, es la Sabiduría Como un Espejo. Con esta sabiduría vemos todo tal cual es, imparcialmente, sin estar afectado. Sostén una rosa o una daga sangrienta frente a un espejo. El espejo reflejará ambos tal cual son, no hará juicios entre los dos rojos, queriendo mantener el primero y escapar del segundo. La realidad es sólo nuestra experiencia sin ideas añadidas. La mente refleja todo perfectamente, pero no está manchada por ello. Así como las aguas quietas de una bahía pueden reflejar perfectamente una balsa o un palacio, sin sentir ninguna necesidad de escoger a uno por encima del otro. Es esta capacidad del agua de actuar como un espejo lo que la hace particularmente apropiada para Akshobya.

Vimos, al considerar el vajra, que Akshobya abarca ambos mundos, samsara y nirvana, los cuales, después de todo, son el mismo mundo visto con diferentes grados de claridad. Por tanto él está asociado con la alaya vijnana relativa en estados puros e impuros. Antes de lograr la iluminación uno se aferra a "objetos externos", reaccionando a veces positivamente, y a veces negativamente. Todo el tiempo, por tanto, ponemos semillas frescas dentro de la alaya vijnana relativa. Creamos karma nuevo para hacer que la rueda del nacimiento y la muerte gire hacia el futuro. Hasta lograr la Iluminación la alaya relativa es el nivel mas profundo de la mente, del cual podemos llegar a ser directamente conscientes (incluso eso requiere una gran concentración en meditación). Sin embargo, cuando penetramos en la Realidad misma, contactamos la alaya absoluta, “la conciencia inmaculada”, más allá del espacio y del tiempo. Más allá de condiciones, la cual no conoce el sufrimiento.

El contacto con la Realidad tiene un efecto muy profundo en la mente, y precipita una total reorganización dentro de ella. Hasta ahora, sutil o fuertemente hemos estado bajo la influencia de la conciencia de nuestros sentidos, atrapados en la lucha por sobrevivir en el mundo. Ahora todo cambia, y ocurre lo que en el Yogachara es llamado el paravitti - el “giro en el asiento más profundo de la conciencia”. De ahora en adelante nuestro centro psíquico de gravedad es la alaya absoluta. El contacto con la alaya absoluta nos cura de la ilusión de que vivimos en un mundo de dualidad, apartados del mundo externo. Con el paravitti percibimos que todo es producto de la “mente única”. (Esto es de acuerdo al punto de vista de la escuela Yogachara, la cual también fue conocida como Chittamata o “sólo mente”).

El darnos cuenta de que la dualidad es un sueño afecta la alaya vijnana relativa. Cambia de ser una vi-jnana (operando desde la ilusión de sujeto-objeto) y se convierte sólo en jnana –una sabiduría no-dual. Específicamente se transforma en la “Sabiduría Como Un Espejo” de Akshobya. Una persona iluminada continúa actuando pero él o ella ya no crea karma. El karma surge de la acción de un sujeto sobre un objeto. Viéndolo crudamente, tú empujas al universo y tarde o temprano el universo te empuja de regreso, pero cuando conceptos como “tú” y “el mundo” han desaparecido, sólo queda una perfecta danza, sin entidades separadas rozándose una con la otra, no hay fricción.

Ninguno de los reflejos en el espejo se adhiere a él, ninguno es repelido por él. El espejo nunca reactúa, no reacciona, siempre se queda imperturbable, inmutable. Alcanzar este nivel de práctica en el cuál no se produce Karma nuevo, serenamente permitiendo al drama de la vida y la muerte jugar su papel por última vez, has entrado a la tierra pura de Akshobya.

MEDITACIÓN EN LA VACIEDAD

Por ultimo, necesitamos ver brevemente otro posible significado al encuentro con Akshobya. Este es a través de la meditación en shunyata. Como hemos visto, este término, central al Budismo Mahayana y al Budismo Vajrayana, significa vacuidad. La esencia natural de todo es shunyata. Cuando leemos algunos viejos libros sobre el Budismo Mahayana en los cuales el término es explicado pobremente, algunas personas tienen la impresión de que esta “vacuidad” es una especie de nada. Dan la idea de que el Budismo es nihilista, y que shunyata es un tipo de agujero negro al centro de su filosofía, extrayendo la vida y el color a todo. Nada podría estar más lejos de la verdad.

Shunyata, esencialmente, es la negación de la idea de que alguna vez podamos capturar nuestra experiencia en palabras y conceptos. Fuertemente pegamos etiquetas a efímeras experiencias. Yo me llamo “Vessantara” a través de lo grueso y lo delgado, a pesar de todas las variaciones en mis estados físicos y emocionales, todas las altas y bajas de mi conciencia. Me acostumbro tanto a ser Vessantara que llego a pretender que representa una realidad fija, la cual se queda permanentemente atrás del flujo de mi experiencia. El Budismo niega la existencia de alguna entidad fija sin cambios, que permanece atrás de la experiencia. Todo es shunyata, exenta de una naturaleza fija. Como vimos en el tercer capítulo, lejos de ser negativo, este aspecto de la realidad hace posible un desarrollo infinito.

La comprensión de shunyata pone todo en la perspectiva adecuada. Vemos que las cosas a las que tememos y de las que deseamos son todas pasajeras e insustanciales, como reflejos en un espejo. Entonces podemos dejarlas ir y venir, sin preocuparnos. La transición al mundo de shunyata llega cuando empezamos a creer en nuestra experiencia directa más que en nuestros conceptos acerca del mundo. Nuestros conceptos están fijos y rígidos. Muy a menudo tratamos de distorsionar o negar nuestra experiencia, para que quepa en la Cama de Procusto de nuestras ideas sobre el mundo. A través de ello nos sujetamos a nosotros mismos, y nos causamos interminables frustraciones.

Por tanto, cuando meditamos en shunyata, podemos llegar a la experiencia con Akshobya. Aunque cada uno de los cinco Jinas (Budas) está asociado con un aspecto de sabiduría, Akshobya es particularmente quien representa la sabiduría en general. Por lo que meditar en shunyata es entrar al mándala por la puerta de cristal del este. Ahí vemos la figura de azul profundo del Buda inmutable, sosteniendo el cetro diamantino de la realidad el cuál hace pedazos todas nuestras ideas y conceptos sobre ella. Al mismo tiempo que la punta de los dedos de su mano derecha tocan la tierra, la tierra de experiencia directa, la cual es la única cosa en la que cualquiera de nosotros puede finalmente apoyarse.

KHALIL GIBRÁN -- LA VOZ DELMAESTRO

KHALIL GIBRÁN -- LA VOZ DELMAESTRO

Khalil Gibrán
LA VOZ DEL
MAESTRO




ÍNDICE GENERAL

 

 

I. EL MAESTRO Y EL DISCÍPULO
1. VIAJE DEL MAESTRO A VENECIA
2. MUERTE DEL MAESTRO
II. LA VOZ DEL MAESTRO
1. DE LA VIDA
2. MÁRTIRES DE LA LEY DEL HOMBRE
3. PENSAMIENTOS Y MEDITACIONES
4.. LA PRIMERA MIRADA
5. DE LA DIVINIDAD DEL HOMBRE
6. RAZÓN Y CONOCIMIENTO
7. DE LA MÚSICA
8. DE LA SABIDURÍA
9. AMOR E IGUALDAD
10. OTROS DICHOS DEL MAESTRO
11. EL QUE ESCUCHA
12. AMOR Y JUVENTUD
13. LA SABIDURÍA Y YO
14. LAS DOS CIUDADES
15. LA NATURALEZA Y EL HOMBRE
16. LA HECHICERA
17. LA JUVENTUD Y LA ESPERANZA
18. RESURRECCIÓN


I. EL MAESTRO Y EL DISCÍPULO

*
1. VIAJE DEL MAESTRO A VENECIA
Y sucedió que el Discípulo vio al Maestro pasear en
silencio arriba y abajo del jardín, y en su pálido semblante
mostrábanse señales de profunda .tristeza. El
Discípulo saludó al Maestro en nombre de Alá y le preguntó
cuál era la causa de su dolor. El Maestro hizo un
ademán con el báculo y rogó al Discípulo que se sentase
en la piedra junto al estanque de los peces. Así lo
hizo el Discípulo, preparándose a escuchar la voz del
Maestro.
Y éste dijo:
Quieres que te relate la tragedia que mi Memoria repite
cada día y cada noche en el escenario de mi corazón.
Estás cansado ya de mi prolongado silencio y del secreto
que no te revelo, y te atribulas ante mis suspiros y lamentaciones.
Te dices a tí mismo: «Si el Maestro no me
admite en el templo de sus tristezas, ¿cómo voy a poder
penetrar jamás en la morada de sus afectos?»
Escucha mi historia... Préstame oído, pero no me
compadezcas, porque la piedad es parados débiles, y yo
estoy fuerte todavía en medio de mi aflicción.
Desde los días de mi juventud me ha venido persiguiendo
en el sueño y en la vigilia el fantasma de una
extraña mujer. La veo cuando estoy a solas por la noche,
sentada junto a mi lecho. En el silencio de la medianoche
escucho, su dulce voz. Muchas veces, al cerrar los ojos,
siento el tacto de sus suaves dedos en mis labios; y cuando
abro los ojos, el miedo me invade y repentinamente
empiezo a escuchar el susurro de los ecos de la Nada...
Frecuentemente me siento desorientado y me digo:
«¿No será mi fantasía la que me hace dar vueltas hasta
parecer que me pierdo entre las nubes? ¿No habré forjado
yo desde lo más hondo de mis sueños una nueva divinidad
de voz melodiosa y manos tibias? ¿He perdido
acaso los sentidos y, en medio de mi locura, he creado
esta cara y amada compañera? ¿Me he retirado de la
sociedad de los hombres y del bullicio de la ciudad para
poder estar a solas con el objeto de mi adoración? ¿Habré
cerrado los ojos y los oídos a las formas y rumores
de la Vida, para poder admirarla mejor y escuchar su
melodiosa voz?
Me pregunto a mí mismo muchas veces: «¿Soy un
loco a quien le place estar solo, y que de los fantasmas
de su soledad modela una compañera y esposa para su
alma?»
Te hablo de una Esposa y te asombra el oír esta palabra.
Pero, ¿cuántas veces nos desconcertamos ante
una experiencia extraña que rechazamos como imposible,
aunque su realidad no puede borrarse de nuestra
mente por mucho que lo intentemos?
Esta mujer de mis visiones ha sido en realidad mi
esposa, y ha compartido conmigo los gozos y sinsabores
de la vida. Cuando me despierto por la mañana, la veo
reclinada sobre mi almohada, mirándome con ojos
rutilantes de bondad y amor maternal. Está conmigo
cuando planeo cualquier empresa y me ayuda a realizarla.
Cuando me siento a comer, ella toma asiento junto a
mí e intercambiamos ideas y palabras. Al anochecer,
está conmigo de nuevo y me dice:
—Llevamos mucho tiempo encerrados en este lugar.
Salgamos a caminar por los campos y las praderas.
Entonces dejo mi trabajo y la sigo por el campo, nos
sentamos en una piedra elevada y contemplo el horizonte
distante. Ella me señala la nube dorada y me hace
notar la canción que gorjean los pájaros antes de retirarse
a pasar la noche, agradeciendo al Señor por la
dádiva de su libertad y de su paz.
De cuando en cuando viene a mi habitación, en mis
momentos de ansiedad y tribulación. Pero, en cuanto la
diviso, todos mis cuidados y zozobras se truecan en alegría
y calma. Cuando mi espíritu se subleva contra la injusticia
del hombre para el hombre, y veo su rostro entre
otros rostros de los cuales estoy dispuesto a huir,
sosiégase la tempestad de mi corazón, a la que sucede
su voz celestial de paz. Cuando estoy sólo y los crueles
dardos de la vida despedazan mi corazón y me encadenan
a la tierra los grilletes de la vida, observo que mi
compañera me mira con los ojos llenos de amor, y mi
amargura se torna en mansedumbre, y la Vida se me
antoja un Edén de felicidad.
Acaso me preguntes cómo puedo estar contento con
esta existencia tan rara, y cómo un hombre como yo, en
plena primavera de la vida, es capaz de encontrar alegría
en fantasmas y ensueños. Pero yo te digo que los
años que he pasado en tal estado constituyen la piedra
angular de cuanto he llegado a conocer sobre la vida, la
Belleza, la Dicha y la Paz.
Porque la compañera de mi fantasía y yo hemos sido
como pensamientos que flotan libremente ante la luz
del Sol o sobre la superficie de las aguas, entonando un
cántico a la luz de la Luna... Un cántico de paz que endulza
el espíritu y conduce a la belleza inefable.
Vida es lo que vemos y experimentamos a través del
espíritu; pero llegamos a conocer el mundo que nos rodea
a través de nuestro entendimiento y de nuestra razón.
Y ese conocimiento nos produce gran alegría o tristeza.
Yo estaba destinado a experimentar la tristeza
antes de llegar a los treinta años. Ojalá hubiese muerto
antes de alcanzar los años que secaron la sangre de mi
corazón y la savia de mi vida, dejándome como un árbol
seco con ramas que ya no se columpian a la dulce brisa,
y en las que no construyen sus nidos los pájaros.
El Maestro se calló y sentándose junto a su Discípulo,
continuó:
Hace veinte años, el gobernador del Monte Líbano
me mandó a Venecia en una misión de estudio, con una
carta de recomendación para el alcalde de la ciudad, a
quien había conocido en Constantinopla. Zarpé del Líbano
a borde de una nave italiana en el mes de Nisán. El
aire primaveral era fragante y las nubes blancas se cernían
sobre el horizonte como hermosas pinturas. ¿Con
qué palabras podré describirte el júbilo que sentí durante
la travesía? Todas son muy pobres y muy escasas
para expresar los sentimientos que laten en el corazón
del hombre.
Los años que pasé con mi etérea compañera estuvieron
llenos de gozo, de delicias y de paz. Jamás sospeché
que el Dolor estuviese esperándome, ni que el Sufrimiento
acechase en el fondo de mi copa de Alegría.
Cuando el vehículo me apartaba de mis montañas y
valles nativos y me acercaba a la costa, mi compañera
iba sentada a mi lado. Estuvo conmigo los tres días
jubilosos que pasé en Beirut, recorriendo la ciudad junto
a mí, deteniéndose donde yo me detenía, sonriendo
cuando me topaba con algún amigo.
Cuando me senté en el balcón del hotel que dominaba
la ciudad, ella se incorporó a mis sueños.
Pero un gran cambio se efectuó en mí cuando estaba
a punto de embarcarme. Sentí una mano misteriosa que
me agarraba y tiraba de mí hacia atrás; y oí en mi interior
una voz, que murmuraba:
—¡Regresa! ¡No te vayas! ¡Vuélvete al puerto antes
de que se dé el barco a la vela!
Pero yo no quise escuchar aquella voz. Cuando izaron
las velas, me sentí como un pájaro que de repente
hubiera caído entre las garras de un halcón y que lo
arrebataba a lo alto del cielo.
Al anochecer, cuando las montañas y las colinas del
Líbano no se perdían en el horizonte, me encontré solo
en la popa de la embarcación. Miré en torno, buscando a
la mujer de mis sueños, a la mujer que amaba mi corazón,
a la esposa de mis días, pero ya no estaba junto a
mí. La hermosa doncella cuyo semblante veía cada vez
que miraba al cielo, cuya voz escuchaba en el sosiego de
la noche, cuya mano sostenía cuando vagaba por las calles
de Beirut... ya no estaba junto a mí.
Por vez primera en mi vida me encontré completamente
solo en un bajel que surcaba el mar profundo. Me
puse a pasear por cubierta, llamándola desde el fondo de
mi corazón, mirando a las olas con la esperanza de descubrir
su rostro. Pero todo fue en vano. A medianoche,
cuando todos los pasajeros se habían retirado, yo seguía
en cubierta, solo, atormentado y lleno de ansiedad.
De repente levanté los ojos, ¡y allí estaba la compañera
de mi vida, por encima de mí, en una nube, a corta
distancia de la proa! Salté de gozo, abrí anchurosamente
los brazos y exclamé:
—¡Por qué me has abandonado, amada mía! ¿Adónde
te has ido? ¿Dónde has estado? ¡Acércate amorosamente
a mí y ya no me dejes solo jamás!
Pero ella no se movió. En su cara advertí señales de
pena y amargura, que jamás hasta entonces había visto.
Hablando quedamente y en tono triste, me dijo:
—He surgido de las profundidades del mar para
verte una vez más. Vete ahora a tu camarote y duérmete,
entregado al sueño.
Dichas estas palabras, se fundió con las nubes y se
desvaneció. La llamé a gritos frenéticamente, como un
niño hambriento. Abrí los brazos en todas las direcciones,
pero lo único que estrecharon fue el aire nocturno,
denso de humedad. Bajé a mi litera, sintiendo dentro
de mí el flujo y el reflujo de los furiosos elementos. Era
como si estuviese a bordo de otra nave completamente
distinta, agitado por las ríspidas marejadas de la Perplejidad
y la Desesperación.
Por extraño que parezca, en cuanto toqué con el rostro
la almohada, me quedé profundamente dormido.
Soñé, y en mi sueño vi un manzano en forma de
cruz, pendiente de la cual, como crucificada, estaba la
compañera de mi vida. De sus manos y pies manaban
gotas de sangre, que caían sobre las flores marchitas
del árbol.
La embarcación bogaba día y noche, pero yo me sentía
como en trance, no sabiendo si era un ser humano
que viajaba a un clima distinto o un espectro que se
movía a través de un cielo encapotado. En vano imploré
a la Providencia para que me concediese oír el rumor de
su voz, o ver un atisbo de su sombra, o gozar la suave
caricia de sus frágiles dedos sobre mis labios.
Transcurrieron catorce días y seguía todavía solo.
El día decimoquinto, a la luz de la Luna, avistamos la
costa de Italia a lo lejos y entre dos luces arribamos al
puerto. Un gentío a bordo de góndolas ornamentadas
con insignias salió al encuentro de la nave para dar la
bienvenida de la ciudad a los pasajeros.
La ciudad de Venecia está situada sobre muchas pequeñas
islas, próximas la una a la otra. Sus calles son
canales y sus numerosos palacios y residencias están
construidas sobre el agua. Las góndolas son su único
medio de transporte.
Mi gondolero me preguntó adónde iba, y cuando le
dije, que quería visitar al alcalde de Venecia, me miró
con extraño misterio. Según nos internábamos por los
canales, la noche fue extendiendo su manto negro sobre
la ciudad. Brillaban luces en las ventanas abiertas de
los palacios y de las iglesias, y sus reflejos en el agua
daban a la ciudad el aspecto de algo entrevisto en la visión
fantasmagórica de un poeta, hechicera y encantadora
a la vez.
Cuando la góndola llegó a la confluencia de los canales,
escuché de pronto el trágico tañido de las campanas
de una iglesia. Aunque estaba en trance espiritual, ausente
totalmente de la realidad, los ecos se hundieron
en mi corazón y me deprimieron el espíritu.
La góndola atracó y quedó amarrada al pie de una
escalinata de mármol que llevaba a una calle enlosada.
El gondolero señaló hacia un suntuoso palacio que se
erguía en medio de un jardín, y me dijo:
—Aquí está tu destino.
Lentamente fui subiendo los peldaños que conducían
hasta el palacio, seguido por el gondolero que cargaba
mis pertenencias. Al llegar a la puerta, le pagué y
despedí, dándole las gracias.
Llamé y la puerta se abrió. Cuando entré, me saludaron
rumores de llantos y sollozos. Me estremecí y me
quedé estupefacto. Se me acercó un anciano criado de la
casa que me preguntó en tono sombrío qué deseaba.
—¿Es éste el palacio del alcalde? —le pregunté.
Me dijo que sí con una inclinación de cabeza. Entonces
le entregué la misiva que me diera el gobernador del
Líbano. La miró y se retiró solemnemente hacia la
puerta que comunicaba con el salón de recepciones.
Me volví hacia el criado joven y le pregunté la causa
de la tristeza que se cernía sobre la habitación. Me contestó
que ese mismo día había muerto la hija del alcalde,
y mientras decía estas palabras, se cubrió el rostro y
derramó lágrimas amargas.
Imagínate lo que podía sentir un hombre que acababa
de surcar el océano, fluctuando entre la esperanza y
la desesperación y que, al terminar su viaje, se encontraba
a la puerta de un palacio poblado por los crueles fantasmas
de la consternación y el llanto. Imagínate los
sentimientos de un extranjero que busca hospitalidad y
descanso en un palacio, y que sólo se halla con las alas
blancas de la muerte.
No tardó en regresar el viejo criado, y con una inclinación
me dijo:
—El alcalde os espera.
Me acompañó hacia otra puerta que había al extremo
de un pasillo y con un ademán me invitó a pasar.
Allí me encontré con un conjunto de sacerdotes y otros
dignatarios, hundidos en el más profundo silencio. En
el centro de la estancia me recibió un hombre anciano
de luenga barba blanca, que me estrechó la mano y me
dijo:
—Tenemos la desgracia de daros la bienvenida
cuando venís de tierras tan remotas, en un día que lloramos
la pérdida de nuestra amadísima hija. Sin embargo,
confío en que nuestra pena no interfiera para nada
con vuestra misión, que puedo aseguraros haré lo posible
por atender.
Le di las gracias por su bondad y expresé mis
condolencias más sinceras. Tras lo cual me señaló un
asiento y yo me incorporé al austero y silencioso grupo.
Al contemplar los tristes rostros de los presentes y
escuchar sus sollozos ahogados, sentí que el corazón se
me agobiaba de abatimiento y dolor.
No tardaron en marcharse uno tras otro los dolientes
y sólo quedamos el atribulado padre y yo. Cuando
también yo hice ademán de retirarme, me retuvo y me
dijo:
—Amigo mío, os suplico que no os vayáis, Sed nuestro
huésped, si es que no tenéis inconveniente en
acompañarnos en nuestro luto.
Sus palabras me conmovieron hondamente, asentí
con un ademán y él siguió diciendo: —Los hombres del
Líbano son sumamente hospitalarios con los extranjeros;
no debemos dejarnos ganar en bondad y cortesía
por nuestro invitado del Líbano.
Tocó una campanilla y apareció un mayordomo, vestido
con un magnífico uniforme.
—Muestra a nuestro huésped el aposento del ala
oriental —le dijo— y haz que lo atiendan como se merece
mientras está con nosotros.
El mayordomo me condujo a una habitación espaciosa
y amueblada con lujo. En cuanto se retiró, me dejé
caer en el diván y empecé a reflexionar sobre mi situación
en esta tierra extranjera. Pasé revista a las primeras
horas que había pasado en ella, tan lejos de mi patria
nativa.
A los pocos minutos regresó el mayordomo, trayéndome
la cena en una bandeja de plata. Después de comer,
me puse a pasear por la estancia, asomándome de
cuando en cuando a la ventana para contemplar el cielo
veneciano y escuchar las voces de los gondoleros y el
rítmico batir de sus remos. No tardé en sentirme adormilado
y, reclinando mi fatigado cuerpo en la cama, me
entregué completamente a un olvido de todo, en que se
mezclaba el aturdimiento del sueño con el despejo de la
vigilia.
No sé cuántas horas estaría sumido en este estado,
porque hay grandes espacios de la vida que atraviesa el
espíritu y no seríamos capaces de medir con el tiempo,
ese invento del hombre. Lo único que sentí entonces y
siento todavía es la poco venturosa condición en que me
encontraba.
De pronto advertí qué un fantasma flotaba sobre mí;
era un espíritu sutil que me llamaba, aunque no con señales
sensibles. Me levanté y me dirigí hacia el pasillo,
como impelido o arrastrado por alguna fuerza divina.
Caminaba sin voluntad, como en sueños y se me antojaba
que me movía en un mundo más allá del tiempo y del
espacio.
Cuando llegué al fondo del corredor, abrí una puerta
y me encontré en una antecámara de vastas proporciones,
en cuyo centro se levantaba un féretro rodeado de
cirios llameantes y guirnaldas de flores blancas. Me arrodillé
junto al ataúd y miré a la figura que yacía inerte en
él. Allí, delante de mí, cubierta por el velo de la muerte,
estaba la faz de mi adorada, de la compañera de mi vida.
Era la mujer a quien tanto amara, yerta ahora en el frío
de la muerte, envuelta en un sudario blanco, rodeada de
blancas flores y velada por el silencio de los siglos.
¡Oh Señor del Amor, de la Vida y de la Muerte! Tú
eres el creador de nuestras almas. Tú guías nuestros
espíritus hacia la luz y hacia las tinieblas. Tú calmas
nuestros corazones y los sobresaltas de dolor o de

esperanza. Tú me acabas de mostrar a la compañera de mi
juventud en esta forma helada e inerte. Señor, Tú me
has arrancado de mi patria para llevarme a otra y me
has revelado el poder de la muerte sobre la vida y del
dolor sobre la alegría. Tú has plantado un lirio blanco en
el desierto de mi quebrantado corazón y me has trasladado
a un valle remoto para enseñarme otro lirio seco.
¡Oh amigos de mi soledad y mi destierro! Dios ha
querido que apure el cáliz amargo de la vida. Hágase su
voluntad. No somos más que frágiles átomos en el cielo
infinito; y sólo nos cabe obedecer y acatar la voluntad de
la Providencia.
Si amamos, ese amor no es de nosotros ni para nosotros.
Si nos regocijamos, nuestro gozo no está en nosotros
sino en la vida misma. Si padecemos, nuestro sufrimiento
no está en nuestras heridas, sino en el corazón
mismo de la Naturaleza. No estoy lamentándome al narrarte
esta historia, porque el que se lamenta duda de la
vida, y yo soy un firme creyente. Creo en el valor de las
hieles que van mezcladas en cada brebaje que apuro en
la copa de la vida. Creo en la belleza del dolor que penetra
y satura mi corazón. Creo en la compasión última de
estos dedos de acero que me despedazan el alma.
Esta es mi historia. ¿Cómo voy a poder terminarla,
cuando en realidad no tiene fin?
Me quedé arrodillado ante el féretro, hundido en el
silencio y estuve contemplando aquél semblante angelical
hasta que llegó la aurora. Entonces me levanté y volví
a mi aposento, abatido bajo el peso abrumador de la
Eternidad y sostenido por el dolor de toda la humanidad
sufriente.
Tres semanas después abandoné Venecia y regresé
al Líbano. Antojábaseme que había vivido miles de años
en las vastas y mudas profundidades del pasado.
Pero la visión me siguió. Aunque la volví a encontrar
muerta, en mí continuaba viva aún. A su sombra he
padecido y he aprendido. Tú sabes perfectamente bien,
discípulo mío, cuáles han sido mis sufrimientos.
Me he esforzado por comunicar a mi pueblo y a sus
gobernantes el conocimiento y la sabiduría: Llevé a Al-
Haris, gobernador del Líbano, el llanto de los oprimidos
que estaban siendo vejados y aplastados por las injusticias
y perversidades de los funcionarios de su Estado
y de los dignatarios de la iglesia.
Le aconsejé que siguiese el camino de sus antepasados
y tratase a sus súbditos como ellos, con clemencia,
caridad y comprensión. Le dije: «El pueblo es la gloria
de nuestro reino y la fuente de su prosperidad.» Díjele
más todavía: «Cuatro cosas hay que un gobernante debe
desterrar de su reino: la ira, la avaricia, la mentira y la
violencia.»
Por estas y otras enseñanzas, fui castigado, desterrado
y excomulgado por la Iglesia.
Pero llegó una noche en que Al-Haris, con el corazón
atribulado, no podía conciliar el sueño. De pie ante su
ventana contemplaba el firmamento. ¡Qué maravilla!
¡Cuántos cuerpos celestes perdidos en el infinito!
¿Quién creó este mundo misterioso y admirable?
¿Quién dirige las trayectorias de estas estrellas? ¿Qué
relación tienen estos remotos cuerpos con el nuestro?
¿Quién soy yo y por qué estoy aquí? Todas estas preguntas
se formulaba Al-Haris a sí mismo.
Entonces se acordó de mi destierro y se arrepintió
del duro trato a que me había sometido. Inmediatamente
mandó a buscarme, implorando mi perdón. Me hizo
merced de un manto oficial y me proclamó su consejero
ante todo el pueblo, mientras me colocaba una llave de
oro en la mano. No siento la menor pesadumbre por mis
años de destierro. El que quiera buscar la verdad y
anunciarla a la humanidad tiene que sufrir. Mis dolores
me han enseñado a comprender los de mi prójimo; ni la
persecución ni el destierro han empañado la visión que
palpita dentro de mí.
Y ahora estoy fatigado...
Terminada su historia, el Maestro despidió a su Discípulo,
que se llamaba Almuhtada, lo cual quiere decir
«el Converso», y se dirigió a su retiro para reposar en
cuerpo y alma del cansancio de los viejos recuerdos.
.
2. MUERTE DEL MAESTRO
Dos semanas después, el Maestro enfermó y una
multitud de admiradores suyos acudió a la ermita para
preguntar por su salud. Cuando llegaron a la puerta del
jardín, vieron que salían de las habitaciones del Maestro
un sacerdote, una monja, un médico y Almuhtada. El
Discípulo amado anunció la muerte del Maestro. El gentío
empezó a llorar y a sollozar, pero Almuhtada no derramó
una sola lágrima ni habló una palabra.
Quedóse algún tiempo hundido en sus propios
pensamientos, hasta que por fin se irguió sobre la piedra
del estanque de los peces y habló:
Hermanos y compatriotas: acaban todos de escuchar
la triste noticia de la muerte del Maestro. El inmortal
Profeta del Líbano se ha entregado al sueño eterno y su
alma bien aventurada se eleva por encima de nosotros
en los cielos del espíritu, más allá de la tristeza y de la
pesadumbre. Su alma se ha desprendido de la esclavitud
del cuerpo, y ha arrojado las cargas y la fiebre de
esta vida terrenal.
El maestro ha abandonado este mundo material, ataviado
con las vestiduras de la gloria y ha pasado a otro
mundo libre de penalidades y aflicciones. Ahora está
donde nuestros ojos no pueden verlo ni nuestros oídos
escucharle. Mora en el mundo del espíritu, cuyos habitantes
lo necesitan acuciosamente. Está ahora adquiriendo
el conocimiento de un nuevo cosmos, cuya historia
y hermosura siempre lo han fascinado y cuya lengua
él se ha esforzado siempre por aprender.
Su vida en esta tierra constituyó una larga cadena
de hechos gloriosos. Fue una vida de meditación constante,
porque el Maestro no descansaba más qué en el
trabajo. Amaba el trabajo, que definió como amor visible.
Fue la suya un alma inquieta, que no podía descansar
sino en el regazo de la vigilia. Fue el suyo un corazón
amante que rebosaba de bondad y de celo.
Tal fue la vida que llevó en esta tierra...
Era un manantial de sabiduría que brotaba del seno
de la Eternidad, una corriente pura de ese conocimiento
que riega y vivifica la mente del Hombre.
Y ahora ese río ha desembocado en las playas de la
Eternidad. ¡Que ningún intruso lo llore ni derrame lágrimas
por su partida!
Debe tenerse presente que sólo los que han estado
frente al Templo de la Vida, sin hacer fructificar la tierra
con una gota de sudor de su frente, se hacen acreedores
a las lágrimas y a las lamentaciones cuando la
abandonan.
Pero, ¿no pasó por ventura el Maestro todos los días
de su vida trabajando en beneficio de la Humanidad?
¿Hay entre los presentes alguno que no haya bebido de
la fuente pura de su sabiduría? Por eso, el que desee
honrarlo que ofrezca a su alma bienaventurada un himno
de alabanza y acción de gracias, no los ecos lúgubres
de sus lamentos. El que desee rendirle el homenaje que
se merece, que asimile el conocimiento en los libros llenos
de sabiduría que ha legado al mundo.
¡Al genio nada se le da, sólo se recibe de él! Sólo así
debe honrárselo. No hay que llorar por él, sino alegrarse
y beber de lo hondo de su sabiduría. Solamente así
podrá pagársele el tributo que se le debe.
Después de oír las palabras del Discípulo, la
muchedumbre se retiró y todos volvieron a sus casas
con una sonrisa en los labios y con cánticos de acción de
gracias en el corazón.
Almuhtada quedó solo en este mundo, pero la soledad
jamás tomó posesión de su corazón, porque la Voz
del Maestro resonó siempre en sus oídos, exhortándolo
a seguir trabajando y a sembrar las palabras del Profeta
en los corazones y mentes de cuantos querían escucharlo
por su libre voluntad. Pasaba muchas horas en el jardín
meditando a solas sobre los pergaminos que le entregara
el Maestro, y en los cuales había dejado escritas
sus palabras de sabiduría.
A los cuarenta días continuos de meditación, Almuhtada
abandonó el retiro de su Maestro y empezó a peregrinar
por los villorios, aldeas y ciudades de la Antigua
Fenicia.
Un día que cruzaba la plaza del mercado de la ciudad
de Beirut, lo siguió una muchedumbre. Se detuvo
en un paseo público, el gentío se agolpó en torno suyo y
él les habló con la voz del Maestro, diciendo:
El árbol de mi corazón está cargado de frutos; venid,
vosotros los hambrientos y recogedlos. Comed y saciaos...
Venid y recibid de la abundancia de mi corazón y
aliviadme la carga. Mi alma se abate bajo el peso del oro
y de la plata. Venid, buscadores de tesoros ocultos, llenad
vuestras bolsas y aligerad mi peso...
Mi corazón rebosa hasta los bordes con el vino de los
siglos. Venid, todos los sedientos, bebed y apagad vuestra
sed. El otro día vi a un rico de pie a la puerta del
templo, extendiendo sus manos llenas de piedras preciosas
a los transeúntes, mientras los llamaba y decía:
Tengan piedad de mí. Quítenme estas joyas de encima,
porque han debilitado mi alma y endurecido mi corazón.
Compadézcanse de mí, llévenselas y devuélvanme
la salud.
Pero ninguno de los fieles prestaba oídos a sus súplicas.
Me quedé mirando al hombre y dije para mis
adentros: Seguramente sería mejor que fuese un mendigo,
que vagase por las calles de Beirut alargando su
mano temblorosa, pidiendo limosnas y que se volviese a
casa por la noche con las manos vacías.
He visto a un acaudalado y generoso jeque de Damasco
plantar sus tiendas en el desierto árido de Arabia
y en las laderas de las montañas. Al anochecer enviaba a
sus esclavos a buscar viajeros para darles albergue y
acogida en sus tiendas. Pero los ásperos caminos estaban
solitarios y los criados no le llevaron jamás invitado
alguno.
Y reflexioné sobre la suerte del triste jeque y el corazón
me habló, diciendo: «Indudablemente, sería, mejor
que fuese un pordiosero, con un báculo en la mano y una
escudilla colgándole del brazo y que compartiese al mediodía
el pan de la amistad con sus compañeros junto a
los montones de basura de las afueras de la ciudad...»
Vi en Líbano a la hija del gobernador, que se levantaba
del lecho ataviada con un manto precioso. Llevaba
la cabellera ungida de almizcle y su cuerpo estaba envuelto
en perfumes. Paseaba por el jardín del palacio de
su padre en busca de un enamorado. Las gotas de rocío
que humedecían la hierba mojaban la orla de su vestido.
¡Pero ay! Entre todos los súbditos de su padre no había
quien la amase.
Al reflexionar sobre el ánimo atribulado de la hija
del gobernador, mi alma me advirtió, diciéndome: «¿No
sería mejor para ella acaso ser la hija de un oscuro labrador,
que condujese al pasto las ovejas de su padre y
las volviese al aprisco al anochecer, entre las fragancias
de la tierra y de las viñas, con su tosco vestido de pastora?
» Por lo menos, por mal que le fuesen las cosas,
podría huir furtivamente de la cabaña de su padre y en
el silencio de la noche salir en busca de su amado, que
la esperaría junto al arroyuelo murmurante.
El árbol de mi corazón está cargado de frutos. Venid,
almas hambrientas, recogedlos, comed y saciaos. Mi
espíritu rebosa de vino añejo. Venid, corazones sedientos,
bebed y apagad vuestra sed...
Ojalá fuera yo un árbol que no floreciese ni diese
fruto; porque el dolor de la fertilidad es más cruel que
la amargura de la infecundidad; y el sufrimiento del
generoso acaudalado es más terrible que la miseria del
pobre mendigo...
Ojalá fuera yo un pozo seco, para que la gente arrojase
piedras a mis profundidades. Porque es preferible
ser un pozo vacío que una fuente de agua pura, no tocada
por labios sedientos.
Pediría a Dios ser una caña rota, pisoteada por el
pie del hombre, porque eso es mejor que ser una lira en
casa de alguien que tenga los dedos llagados y todos los
miembros de su hogar sean sordos.
Oídme, hijos e hijas de mi patria; meditad sobre estas
palabras que os han llegado a través de la voz del
Profeta. Haced un hueco para ellas en los senos de
vuestro corazón y que la semilla de la sabiduría germi23
ne en el jardín de nuestra alma. Porque este es el don
precioso del Señor.
Y la fama de Almuhtada se extendió por toda la tierra
y mucha ‘gente acudía a rendirle homenaje de otros
países y a escuchar al vocero del Maestro.
Acosábanle médicos, letrados, poetas y filósofos con
diversas preguntas, dondequiera que lo encontraban, lo
mismo en la calle que en la iglesia, en la mezquita, en la
sinagoga o en cualquier lugar en que se, congregasen los
hombres. Sus mentes quedaban enriquecidas con sus
hermosas palabras, que pasaban de boca en boca.
Les hablaba de la Vida y de la Realidad de la Vida,
diciéndoles así:
El hombre es como la espuma del mar, que flota sobre
la superficie del agua. Cuando sopla el viento, se
desvanece como si nunca hubiese existido. Así son nuestras
vidas arrebatadas por el soplo de la Muerte...
La Realidad de la Vida es la Vida misma, que no
comienza en el vientre de la madre ni termina en la
tumba.
Porque los años que pasan no son más que un momento
en la vida eterna; y el mundo de la materia y
cuanto en él hay no es sino un sueño comparado con el
despertar que llamamos el terror de la Muerte.
El éter propaga todos los ecos de nuestra risa, todos
los suspiros que exhalan nuestros corazones y conservan
su resonancia, que responde a cada verso nacido de la
alegría.
Los ángeles llevan la cuenta de cada lágrima derramada
por la tristeza, y llevan a los oídos de los espíritus
que flotan en el cielo del Infinito cada canción de Alegría
emanada de nuestros afectos.
Allí, en el mundo futuro, vamos a ver y sentir todas
las vibraciones de nuestras emociones y todos los
movimientos de nuestro corazón.
Comprenderemos el significado
de la divinidad que hay dentro de nosotros y a la
que no prestamos atención porque estamos arrastrados
por la Desesperación.
Esa acción que, en medio de nuestra culpa, llamamos
hoy flaqueza, aparecerá mañana como eslabón
esencial de la cadena completa del Hombre.
Las tareas crueles por las que no hemos recibido
compensación vivirán con nosotros e irradiarán su esplendor
y serán heraldos de nuestra gloria; y las penalidades
que hemos soportado serán como una guirnalda
de laurel en nuestras cabezas glorificadas...
Después de pronunciar estas palabras, estaba el
Discípulo a punto de retirarse de la muchedumbre para
descansar corporalmente de los afanes del día, cuando
divisó a un joven que miraba a una hermosa doncella
con ojos en los cuales se reflejaba la perplejidad.
Y el discípulo se dirigió a él, diciendo:
¿Estás preocupado por los numerosos credos que
profesa la Humanidad? ¿Estás extraviado en el valle de
las creencias contrarias? ¿Crees que el estar libre de
energía es menos grave y pesado que el yugo de la sumisión,
y que la opción a disentir proporciona al hombre
más seguridad que el baluarte del asentimiento?
Si estás en este caso; haz de la Belleza tu religión y
adórala como si fuese tu diosa; porque es la obra visible,
manifiesta y perfecta de las manos de Dios. Aléjate de
los que han jugado con lo divino como si fuese una farsa
y se han asociado con la codicia y el orgullo; cree en
cambio en lo divino de la belleza, que es al mismo tiempo
el comienzo de nuestro culto a la Vida y la fuente de
nuestra hambre de Felicidad.
Haz penitencia ante la Belleza y expía por tus pecados,
porque la Belleza acerca más tu corazón al trono de
la mujer, que es el espejo de tus afectos y la maestra de
tu corazón en los secretos de la Naturaleza, hogar de tu
vida.
Y antes de despedir al gentío que lo rodeaba, añadió:
En este mundo hay dos linajes de hombres: los hombres
de ayer y los hombres de mañana. ¿A cuál de ellos
pertenecéis, hermanos míos? Venid, permitidme que os
observe y averiguad si sois de los que entran en el mundo
de la luz, o de los que avanzan por el país de las tinieblas.
Venid, decidme quién sois y qué sois.
¿Eres un político que dice para sus adentros: «Voy a
valerme de mi patria en beneficio propio?» Entonces, no
eres sino un parásito que vive de los demás. O bien,
¿eres un patriota sinceró, que susurra al oído de su yo
interior: «Me gusta entregarme al servicio de mi país
como ciudadano fiel?» En ese caso, eres un oasis en el
desierto, dispuesto a apagar la sed del caminante.
¿O eres un mercader que te aprovechas y explotas
las necesidades de la gente, acumulando bienes para
revenderlos a precios exhorbitantes? Si es así, eres un
réprobo; y lo mismo da que mores en un palacio o que tu
casa sea la cárcel. ¿O eres un hombre honrado que facilitas
al labrador y al tejedor dar salida a sus productos,
medias entre comprador y vendedor y permites que ganen
también los demás y no tú solo? Entonces, eres un
hombre justo; y no importa que te colmen de elogios o de
ignominia.
¿Eres un líder religioso, que tejes con la sencillez y
simplicidad de los creyentes un manto escarlata para tu
cuerpo, y con su bondad una corona de oro para tu cabeza
y aunque te aprovechas de la abundancia de Satanás,
vas predicando el odio a Satanás? En ese caso eres un
hereje y lo mismo da que ayunes todo el día y reces toda
la noche. ¿O eres el hombre fiel que ve en la bondad
del pueblo una base para el mejoramiento de toda la
nación y en cuya alma está la escala de la perfección que
lleva hasta el Espíritu Santo? Si eres de esos, vienes a
ser como un lirio en el jardín de la Verdad; y no importa
que tu fragancia se propague entre los hombres o se disipe
en el aire, porque allí será conservada eternamente.
¿O eres un periodista que vende sus principios en
los mercados de esclavos y se realiza en la calumnia, en
la desventura de la gente y en el crimen? Entonces eres
como un buitre voraz que trata de hartarse de carne
putrefacta.
¿O eres un maestro que se asoma al escenario de la
historia e inspirado en las glorias del pasado, predica a
la humanidad y obra de conformidad con lo que predica?
Si es así, constituyes un remedio para la humanidad
doliente y un bálsamo para los corazones dolidos.
¿Eres acaso un gobernador que mira por encima del
hombro a sus gobernados y que no se afana más que por
exprimirles la bolsa y explotarlos en beneficio propio?
Pues entonces, eres como cizaña en el granero de la
Nación.
¿Eres un servidor público dedicado, que ama al pueblo
y está siempre alerta para proporcionarles bienestar
y eres celoso por su prosperidad? Si es así, eres una verdadera
bendición en los campos de pan de la nación.
¿O eres uno de esos maridos que se considera con
derecho a cometer toda clase de atropellos, pero estima
ilegal cualquier acción reprensible de su esposa? En ese
caso, eres como los salvajes ya desaparecidos, que vivían
en las cavernas y se tapaban la desnudez con pieles de
alimañas.
O bien, ¿eres un compañero fiel, cuya esposa está
siempre a tu lado, compartiendo cada uno de tus pensamientos,
de tus alegrías y de tus triunfos? Si eres así,
vienes a ser como el que camina al amanecer al frente
de una nación hacia el mediodía de la justicia, de la razón
y de la sabiduría.
¿Eres un escritor que yergue ufanamente su cabeza
por encima del vulgo, mientras su cerebro se empantana
en el abismo del pasado, lleno de andrajos y desechos
inútiles de las edades?. Si es así, eres como un charco de
agua estancada, ¿O eres uno de esos pensadores profundos
que escudriñan su yo interior, eliminando lo que es
inútil, gastado y malo, para quedarse únicamente con lo
que es útil y bueno? En ese caso, eres maná para el hambriento
y agua clara y fresca para el sediento.
¿Eres un poeta lleno de ruido y vacío de ecos musicales?
Entonces eres como uno de esos payasos que nos
hacen reír cuando lloran y nos hacen llorar cuando ríen.
¿O eres una de esas almas privilegiadas en cuyas
manos ha puesto Dios un laúd para que solaces el espíritu
de los hombres con sones celestes y lleves a tus
prójimos hacia la Vida y la Belleza de la Vida? Si te
cabe esa suerte, eres como una antorcha que ilumina
nuestro camino, una dulce inspiración para nuestros
tristes corazones y una revelación de lo divino en
nuestros sueños.
Por lo tanto, la humanidad está dividida en dos largas
hileras, una integrada por los ancianos y tullidos,
que se apoyan en débiles bastones y van jadeando al
avanzar por el camino de la Vida como si estuviesen escalando
la cumbre de una montaña cuando, en realidad
están descendiendo al abismo.
Y la otra hilera está integrada por jóvenes que parecen
correr con alas en los pies, cantando como si tuviesen
cuerdas argentinas en sus gargantas y ascienden
hacia las cumbres como arrastrados por algún poder
mágico e irresistible.
¿A cuál de estos dos grupos pertenecéis, hermanos
míos? Formulaos vosotros mismos esta pregunta, cuando
estéis solos en el silencio de la noche.
Juzgad por vosotros mismos si pertenecéis a los Esclavos
del Ayer o a los Hombres Libre del Mañana.
Y Almuhtada se volvió a su retiro y no se dio a ver
en muchos meses, porque se entregó a la lectura y a la
reflexión de las sabias palabras que su Maestro dejara
escritas en los pergaminos de que lo hizo heredero.
Aprendió mucho, sobre todo muchas cosas que jamás
había oído de los labios de su Maestro y de las cuales no
tenía la menor idea. Hizo voto de no abandonar la ermita
hasta haber estudiado y dominado a fondo cuanto el
Maestro había dejado en la tierra, para podérselo comunicar,
a sus conciudadanos. De esta manera Almuhtada
se impuso en las doctrinas de su Maestro, olvidado de
sí mismo y de cuanto lo rodeaba, así como de todos
aquellos hombres que habían escuchado su palabra en
los mercados y calles de Beirut.
En vano intentaron sus seguidores localizarlo y llegar
hasta donde estaba, cuando empezaron a preocuparse
por su suerte. El mismo gobernador del Monte dirigiéndose
a los funcionarios del estado, se encontró con
que declinaba tal honor con el mensaje siguiente:
«Volveré pronto a verte y traeré un mensaje especial
para todo el pueblo.»
El gobernador decretó que todos los ciudadanos saliesen
a recibir a Almuhtada el día que iba a aparecer en
público, para darle la bienvenida con todo género de honores
en sus casas, en las iglesias, mezquitas, sinagogas
y centros de estudio y que estuviesen dispuestos a escuchar
con reverencia sus palabras, porque su voz era la
voz del Profeta.
El día en que por fin salió Almuhtada de su retiro
para dar comienzo a su misión se convirtió en una jornada
de regocijo y celebración popular. Almuhtada se
expresó con toda libertad y sin rebuscamientos ni rodeos
de ningún género, predicó el evangelio del amor y
de la hermandad. Nadie se atrevió a amargarlo siquiera
con el destierro del país, ni con las excomuniones de la
Iglesia. ¡Cuán otro había sido el sino triste de su Maestro,
al cual habían desterrado y excomulgado, sin otorgarle
un perdón eventual y sin volverlo a llamar de su
exilio!
La voz de Almuhtada resonó bajo los cielos de todo
el Líbano. Pasando el tiempo, sus palabras se imprimieron
en un libro en forma de epístolas, que se distribuyó
por la Antigua Fenicia y otros países árabes. Algunas de
las epístolas estaban redactadas con las palabras mismas
del Maestro; pero otras fueron rescatadas por
Maestro y Discípulo de volúmenes antiguos de sabiduría
y tradiciones populares.
II. LA VOZ DEL MAESTRO
*
1. DE LA VIDA
La Vida es una isla en un océano de soledad, una
isla cuyos macizos de rocas son esperanza, cuyos árboles
son sueño, cuyas flores son soledad y cuyos arroyuelos
son sed.
Vuestra vida, hombres compañeros míos, es una isla
separada de todas las demás islas y regiones. Por muchas
que sean las naves qué zarpan de vuestras costas rumbo a
otros climas, por muchas que sean las embarcaciones que
tocan vuestras playas, seguís siendo una isla solitaria
que adolece de las angustias de la soledad y de ansia de
felicidad. Sois desconocido para vuestros semejantes y
estáis muy lejos de su simpatía y de su comprensión.
Hermano mío, yo te he visto sentado sobre tu montaña
dorada, regodeándote en tus riquezas, ufano de tus
tesoros y seguro en tu fe ciega de que cada puñado de
oro qué has amasado constituye un eslabón invisible que
une los deseos y pensamientos de los demás hombres
con los tuyos.
Te he visto con los ojos de mi mente como a un gran
conquistador que acaudillase sus tropas, empeñado en
destruir las fortalezas de sus enemigos. Pero, al mirarte
de nuevo, no he encontrado más que un corazón solitario
anclado en tus arcones, un pájaro sediento encerrado
en una jaula dorada, con su vasija de agua vacía.
Te he visto, hermano mío, encaramado al trono de la
gloria, mientras tu pueblo te rodeaba aclamando tu majestad,
cantando las glorias de tus grandes hazañas, encomiando
tu sabiduría y alzando hacia ti sus ojos con la
expresión de quien mira a un profeta, exultantes y
jubilosos sus espíritus hasta el mismo pabellón de los
cielos.
Y cuando paseabas la mirada sobre tus súbditos, observé
en tu faz las señales de la felicidad y del poder y
del triunfo, como si fueses tú el alma de su cuerpo.
Pero, al volver a mirarte, he aquí que te encontré
solo en tu soledad, de pie junto a tu trono, como un desterrado
que alarga su mano en todas direcciones, suplicando
compasión y piedad a espectros invisibles, mendigando
albergue, aunque sólo haya dentro de él un poco
de calor y amistad.
Te he visto, hermano mío, enamorado de una hermosa
mujer, entregando el corazón ante el altar de su
belleza. Cuando sorprendí la mirada de ternura y amor
maternal que te lanzaba, me dije: «¡Viva el Amor que ha
desterrado la soledad de este hombre y ha unido su corazón
con otra!» Pero, cuando levanté nuevamente hacia
ti mis ojos, vi dentro de tu amante corazón otro corazón
solitario, derramando en vano amargas lágrimas por
revelar sus secretos a una mujer; y tras tu alma transida
de amor, otra alma solitaria que era como una nube
vagarosa, deseaba en vano disolverse en lágrimas que
anegasen los ojos de tu amada.
Tu vida, hermano mío, es una morada solitaria separada
de las viviendas de los demás hombres. Es una
casa en cuyo interior no puede penetrar la mirada del
vecino. Si se hundiese en las tinieblas, la lámpara de tu
vecino no podría alumbrarla. Si estuviese vacía de provisiones,
no podrían llenarla las despensas de tus vecinos.
Si estuviese en un desierto, no podrías pasar a los
jardines de los demás hombres, labrados y cuidados por
otras manos. Si se levantase en la cumbre de una montaña,
no podrías bajarla al valle hollado por los pies de
otros hombres.
El espíritu de tu vida, hermano mío, está asediado
por la soledad y si no fuese por esa soledad y ese abandono,
tú no serías tú, ni yo sería yo. De no ser por esta
soledad y este abandono desolado, llegaría a creer, al
oír tu voz, que era la mía; y al ver tu rostro, que era yo
mismo mirándome en un espejo.
*
2. MÁRTIRES DE LA LEY DEL HOMBRE
¿Has nacido acaso en la cuna del dolor y criado en el
regazo de la desventura y en la casa de la opresión? ¿Estás
comiendo un mendrugo seco, humedecido sólo con
tus lágrimas ?
¿Eres un soldado a quien la dura ley del hombre
obliga a abandonar a tu esposa y a tus hijos, para lanzarte
al campo de batalla a defender la Avaricia, que tus
gobernantes llaman falsamente Deber?
¿Eres un poeta contento con las migajas de la vida,
feliz con tu posesión de pergamino y tinta, que habitas
como un extranjero en tu patria, desconocido para tus
semejantes?
¿Eres un prisionero, aherrojado en oscura celda por
algún delito insignificante y condenado por quienes tratan
de reformar al hombre, corrompiéndole?
¿Eres una joven a la que Dios ha otorgado el don de
la belleza, pero víctima de la torpe licencia del rico que
te engañó y compró tu cuerpo, pero no tu corazón y te
abandonó a la miseria y a la desgracia?
Si eres uno de estos seres, eres mártir de la ley del
hombre. Eres un desdichado y tu desdicha es fruto de
la iniquidad del fuerte y de la injusticia del tirano, de
la brutalidad del rico y del egoísmo del libertino y del
avaro.
¡Animo, dolientes amados míos, porque tras este
mundo de materia hay un Gran Poder, un Poder que es
todo justicia, misericordia, piedad y amor!
Sois como una flor que crece a la sombra; la suave
brisa llega y se lleva nuestra semilla a la luz del Sol,
donde volveréis a vivir en la belleza.
Sois como el árbol desnudo que se encorva bajo las
nieves del invierno. ¡Llegará la Primavera y extenderá
sobre vosotros sus lozanas ropas verdes! ¡Y la Verdad
rasgará el velo de lágrimas que oculta nuestra brisa! Yo
os meto dentro de mí, afligidos hermanos míos, yo os
amo y desprecio a vuestros opresores.
*
3. PENSAMIENTOS Y MEDITACIONES
La vida nos lleva de un lugar a otro; el Destino nos
traslada de un punto a otro. Y nosotros, conducidos en
vilo por estos dos gemelos, escuchamos voces temerosas
y sólo vemos lo que se interpone como obstáculo en
nuestro camino.
La Belleza se nos revela sentada en trono de gloria;
pero nosotros nos acercamos a ella en nombre de la Lujuria,
la despojamos de su corona de pureza y manchamos
su vestidura con nuestra perversidad.
El Amor pasa junto a nosotros con un manto de
mansedumbre; pero nosotros huimos de él por temor, o
nos escondemos en las tinieblas; o también lo seguimos
para hacer el mal en su nombre.
Hasta el hombre más sabio se inclina ante el peso
imponente del Amor; pero en verdad es tan liviano
como la brisa juguetona del Líbano.
La Libertad nos invita a su mesa para que participemos
de sus sabrosos manjares y de su generoso vino;
pero, cuando nos sentamos a ella, comemos vorazmente
y nos atragantamos.
La Naturaleza extiende hacia nosotros sus brazos
acogedores y nos invita a gozar de su belleza; pero nosotros
tenemos miedo a su silencio y nos abalanzamos a
las ciudades populosas, para cobijarnos en ellas cual
ovejas que huyen del lobo feroz.
La Verdad nos visita, atraída por la risa alborozada
e inocente de un niño, o por el beso de un ser querido;
pero casi todos nosotros le cerramos las puertas del
afecto y la tratamos como si fuese un enemigo.
El corazón humano implora ayuda; el alma humana
nos suplica que la liberemos; pero nosotros no escuchamos
sus ruegos, ni la oímos ni entendemos. En cambio,
llamamos loco al que oye y entiende, y huimos de él.
Así pasan las noches y vivimos en la inconsciencia; y
los días nos saludan y abrazan. Pero estamos en temor
constante día y noche.
Nos apegamos a la tierra cuando tenemos abiertas
de par en par las puertas del Corazón del Señor. Pisoteamos
el pan de Vida, mientras el hambre roe nuestros
corazones. ¡Qué buena es la Vida del Hombre, pero qué
alejado está el Hombre de la vida!
*
4.. LA PRIMERA MIRADA
El primer beso
Es el trago primero de la copa del néctar de la Vida
escanciada por la diosa. Es la línea que separa la Duda
desorientadora del espíritu y entristecedora del corazón,
de la Certidumbre que inunda de alegría el yo interior.
Es el comienzo del canto de la vida y el acto primero
del drama del Hombre ideal. Es el vínculo de unión
entre lo extraño del pasado y lo brillante y prometedor
del futuro; el enlace del silencio de las emociones con su
cántico. Es una palabra musitada por cuatro labios que
proclaman rey al Amor, trono al corazón y corona a la
fidelidad. Es el delicado toque de los sutiles dedos de la
brisa sobre los labios de la rosa, murmurando un prolongado
suspiro de alivio y una dulce quejumbre.
Es el comenzar de esa vibración mágica que transporta
a los amantes del mundo de pesos y medidas, al
de los sueños y revelaciones.
Es la unión de dos flores fragantes y la mezcla de
sus efluvios perfumados para crear una tercera alma.
De la misma manera que la primera mirada es como
una semilla que la diosa siembra en el campo del humano
corazón, y el beso primero es la primera flor que brota
en la rama del Arbol de la Vida.
El matrimonio
Aquí empieza el amor a trocar la prosa de la Vida en
himnos y cánticos de alabanza, con música que se compone
de noche para ser entonada de día. Aquí las ansias
anhelantes del amor descorren el velo e iluminan las
cimas del corazón, creando una felicidad que ninguna
otra es capaz de superar sino la que siente el Alma
cuando abraza a Dios.
El matrimonio es la unión de dos deidades para que
nazca en la tierra una tercera. Es la unión de dos almas
en un amor vigoroso, para abolir la separación. Es la
unidad augusta que funde en dos espíritus las unidades
separadas. Es el eslabón dorado de una cadena que
arranca de una mirada y termina en la Eternidad. Es la
lluvia pura que cae de un cielo sin mácula, para fructificar
y bendecir los campos de la Naturaleza divina.
De la misma manera que la primera mirada de los
ojos de la amada es como una semilla sembrada en el
corazón del hombre, y el primer beso de sus labios como
una flor brotada en la rama del Arbol de la Vida, así
también la unión de dos amantes en el vínculo matrimonial
es como el fruto primero de la primera flor de esa
semilla.
*
5. DE LA DIVINIDAD DEL HOMBRE
Llegó la primavera y la Naturaleza empezó a hablar
en el murmullo de los regadíos y arroyuelos, y en las
sonrisas de las flores; y el, alma del Hombre se sintió
feliz y contenta.
Pero, de repente, la Naturaleza se encrespó de furia
y arrasó la bella ciudad. Y el hombre olvidó sus risas,
sus halagos y su hospitalidad.
En una hora terrible, la fuerza ciega de la Naturaleza
destruyó lo que construyeran mil generaciones. La
horrenda muerte despedazó y aplastó entre sus garras
hombres y bestias.
Las llamas devastadoras abrasaron al hombre con
sus propiedades y bienes; una noche lúgubre y aterradora
sumió a la belleza de la vida como un sudario de cenizas.
Los elementos desencadenados se enfurecieron y
destruyeron al hombre, con sus viviendas y cuanto había
salido del trabajo de sus manos.
En medio de este trueno pavoroso de Destrucción
que surgía de las entrañas de la Tierra, en medio de
esta miseria y de tanta ruina, se erguía la pobre Alma
mirando a toda esta desolación desde lejos y meditando
con amargura sobre la flaqueza del Hombre y la omnipotencia
de Dios. Reflexionaba sobre el enemigo de la
Humanidad, que se escondía bajo los estratos de la tierra
y entre los átomos del éter. Oyó el alarido de las
madres y el llanto de los niños hambrientos y se sintió
partícipe de su dolor. Cavilaba sobre lo salvaje de los
elementos y la pequeñez del Hombre. Y recordaba cómo
ayer, sin ir más lejos, los hijos del Hombre dormían seguros
en sus hogares, pero eran fugitivos apátridas que
lamentaban la ruina de su ciudad opulenta al divisarla
allá a lo lejos, trocada esperanza en desesperación, alegría
en tristeza, vida de paz en tribulación de guerra.
Con el corazón destrozado sufría por los que habían quedado
atrapados entre las zarpas de hierro del Dolor, de
la Amargura y de la Desesperación.
Y mientras el Alma meditaba, padecía y dudaba, erguida,
de la justicia de la Ley Divina que une a todas las
fuerzas del mundo, murmuraba al oído del Silencio:
Detrás de toda esta creación, está la sabiduría eterna
que provoca la cólera y la destrucción, pero que también
producirá una belleza imposible, por lo tanto, de
predecir.
Porque el fuego, el trueno y la tempestad son para la
Tierra lo que el odio, la envidia y la maldad para el corazón
humano. Mientras la nación afligida poblaba el firmamento
de gemidos y lamentaciones, la Memoria reprodujo
en mi mente todos los anuncios, calamidades y tragedias
que se han desarrollado sobre el escenario del Tiempo.
Vi al Hombre, a lo largo de la historia, construyendo
torres, palacios, ciudades y templos sobre la faz de la
Tierra; y vi cómo ésta se revolvía enfurecida contra estas
edificaciones y las engolfaba en lo más profundo de
su seno.
Vi cómo hombres fuertes erigían castillos inexpugnables
y observé cómo embellecían los artistas sus muros
con pinturas; después vi abrirse las fauces de la Tierra,
desgarrarse sus entrañas y tragar cuanto había
modelado la mano hábil y la mente luminosa del genio.
Y comprendí que la Tierra es como una bella mujer
que no necesita las joyas labradas por la mano del hombre
para adornar su belleza, sino que se siente satisfecha
con el lozano verdor de sus campiñas y las doradas
arenas de sus playas, y las piedras preciosas de sus
montañas.
Pero vi que el hombre se enderezaba en su Divinidad
como un gigante sobre la Cólera y la Destrucción,
riéndose de la rabia de la Tierra y de la furia de los elementos.
Como un pilar de luz, levantábase el Hombre en
medio de las ruinas de Babilonia, Nínive, Palmira y
Pompeya, y así, erguido, entonaba el cántico de la inmortalidad.
Que la Tierra arrebate
Lo que es suyo,
Porque yo, el Hombre, no tengo fin.
*
6. RAZÓN Y CONOCIMIENTO
Cuando te habla la razón, escucha lo que te dice y serás
salvo. Haz buen uso de sus recomendaciones y serás
como un hombre armado. Porque el Señor no te ha dado
guía mejor que la Razón, ni brazo más fuerte que la Razón.
Cuando la Razón habla a tu yo más profundo, te pone
a prueba contra el Deseo. Porque la Razón es un ministro
prudente, un guía leal y un sabio consejero. La razón es
luz en las tinieblas, como la ira es oscuridad en medio de
la luz. Sé sabio, que, tu guía sea la Razón, no el impulso.
Pero debes tener presente que, aunque la Razón
esté a tu lado, de nada te vale sin la ayuda del Conocimiento.
Sin su hermano de sangre, el Conocimiento, la
Razón es como la pobreza sin hogar; y el Conocimiento
sin la Razón es como una casa sin protección. Y de poco
te valdrá hasta el mismo Amor, la Justicia y la Bondad,
si no van acompañados de la Razón.
El hombre culto, pero carente de juicio, es como un
soldado que entra en combate sin armas. Su cólera
emponzoñará a su comunidad, y él será como el grano
de áloe en una vasija de agua pura.
Razón y conocimiento son como cuerpo y alma. Sin el
cuerpo, el alma no es más que viento vacío. Sin el alma,
el cuerpo no es más que una estructura carente de
sentimiento.
La razón sin conocimiento es como la tierra sin labrar,
como un campo yermo, o como el cuerpo humano
sin alimento.
La razón no es como las mercancías que se venden en
los mercados, que mientras más abundan, menos valen.
El valor de la razón merma al abundar. Pero, cuando se
vende en el mercado, sólo el sabio es capaz de entender
su verdadero valor.
El insensato no ve sino insensateces; y el loco no ve
sino la locura. Ayer rogué a un tonto que contase los
tontos que se movían en torno nuestro. Se echó a reír y
me contestó:
«Es una tarea demasiado difícil y me llevaría mucho
tiempo. ¿No sería mejor que contase sólo los sabios?»
Conoce tu verdadero valor y no perecerás. La razón
es tu luz y tu antorcha de la Verdad. La razón es la
fuente de la Vida. Dios te ha dado el Conocimiento para
que a su luz no sólo le adores a él, sino que te veas a ti
mismo con tus flaquezas y con tu fortaleza.
Si no te quitas primero la paja que tienes en el ojo,
no podrás ver la de tu vecino.
Examina cada día tu conciencia y corrige tus faltas;
si no cumples con este deber no serás fiel al Conocimiento
y a la Razón que hay dentro de ti.
Obsérvate a ti mismo, como si fueras tu propio enemigo;
porque no puedes aprender a gobernarte, mientras
no aprendas primero a gobernar tus pasiones y a
obedecer a los dictados de tu conciencia.
Oí una vez decir a un hombre: «Todos los males tienen
remedio, menos la insensatez. Reprender a un necio
insensato o predicar a un idiota es como escribir en el
agua. Cristo curó a los ciegos, a los lisiados, a los paralíticos
y a los leprosos. Pero a los idiotas no pudo curarlos.»
Estudia un problema desde todos los ángulos y tendrás
la seguridad de descubrir dónde se ha deslizado el
error. Cuando el portal de tu casa es ancho, procura que
el pasillo de atrás no sea demasiado estrecho.
El que intente aprovechar una oportunidad después
que ha pasado junto a él, es como el que la ve acercarse,
pero no sale a su encuentro.
Dios no obra el mal. Nos da la Razón y el Conocimiento
para que estemos siempre en guardia contra los
peligros del Error y de la Destrucción.
Bienaventurados aquellos a quienes Dios ha hecho
merced con el don de la Razón.
*
7. DE LA MÚSICA
Me senté junto a la amada de mi corazón y escuché
sus palabras. Mi alma empezó a vagar por los espacios
infinitos en que el universo parecía un sueño y el cuerpo
una prisión estrecha.
La voz encantadora de mi Amada penetraba mi corazón.
Es la Música, oh amigos, porque la escuché en los
suspiros de aquella a quien amaba, y en las palabras a
medio murmurar entre sus labios.
Con los ojos de mi oír vi el corazón de mi Adorada.
Amigos míos: la música es el lenguaje del espíritu.
Su melodía es la brisa juguetona que hace temblar de
amor las cuerdas. Cuando los aéreos dedos de la música
llaman a la puerta de nuestro sentimiento, despiertan
memorias dormidas desde tiempos remotos en las profundidades
del Pasado. Las tristes vibraciones de la
música provocan en nosotros melancólicas nostalgias; y
sus poéticos sones nos traen recuerdos placenteros El
vibrar de las cuerdas nos hace llorar cuando se nos va
un ser querido o sonreír por la paz que Dios nos ha concedido.
El alma de la Música es el Espíritu, y su mente es el
Corazón.
Cuando Dios creó al Hombre, le otorgó la Música
como un lenguaje distinto de todos los demás. Y el hombre
primitivo cantaba su gloria en la soledad; y ella movía
el corazón de los reyes y los hacía salir de su trono.
Nuestras almas son como delicadas flores a merced
de los vientos del Destino. Tiemblan a la brisa matutina
e inclinan la cabeza bajo el rocío que desciende del cielo.
El trino del pájaro despierta al Hombre de su sueño
y lo invita a incorporarse a los salmos de gloria cantados
a la Sabiduría Eterna que ha creado el trino del pájaro.
Esa música nos hace preguntarnos cuáles el significado
de los misterios contenidos en los libros antiguos.
Cuando cantan los pájaros, ¿llaman a las flores de
los campos o hablan a los árboles, o repiten el murmullo
de los arroyos? Porque el Hombre, con todo su entendimiento,
no es capaz de saber lo que canta el pájaro, ni lo
que murmura el arroyuelo, ni lo que susurran las olas
cuando lamen la playa lenta y delicadamente.
El hombre no es capaz de saber con todo su
entendimiento qué es lo que dice la lluvia al caer sobre
las hojas de los árboles, o cuando sus gotas golpean los
cristales de la ventana.
No puede saber lo que la brisa está diciendo a las
flores de los campos.
Pero el Corazón del Hombre puede sentir y captar el
significado de estos sonidos que hacen vibrar sus
sentimientos. La Sabiduría Eterna habla frecuentemente
en un lenguaje misterioso; Alma y Naturaleza conversan
juntas, mientras el Hombre se queda sin habla perplejo.
Sin embargo, ¿no ha orado el Hombre al escuchar los
sonidos? ¿Y no son sus lágrimas un entendimiento elocuente?
¡Música Divina!
Hija del Alma del Amor.
Copa de amargura
Y de Amor .
Sueño del corazón humano,
Fruto del dolor.
Flor de alegría, aroma
Y efluvio del sentimiento.
Lengua de los amantes, reveladora
De los secretos.
Madre de las lágrimas del amor oculto,
Inspiradora de poetas, músicos y
Arquitectos.
Unidad de pensamientos latentes
En fragmentos de palabras.
Tú has diseñado con belleza al amor,
Néctar del corazón, exultante
Del mundo de los sueños.
Vigorizadora de los guerreros
Y fortaleza de las almas,
océano de piedad y mar de ternura.
¡Oh Música!
En tu seno depositamos nuestros corazones
Y nuestras almas.
Tú nos has enseñado a ver
Con nuestros oídos,
Y a oír con nuestros corazones.
*
8. DE LA SABIDURÍA
El hombre sabio es el que ama y reverencia a Dios.
El mérito del hombre está en su conocimiento y en sus
acciones, no en su color, fe, raza o nacimiento. Porque
debes tener presente, amigo mío, que el hijo de un pastor
que posee conocimientos vale más para una nación
que el heredero de su trono, si éste es un ignorante. El
conocimiento es tu verdadera ejecutoria de nobleza, sea
quien fuere tu padre o tu raza.
El saber es la única riqueza de que no te pueden despojar
los tiranos. Sólo la muerte puede apagar la lámpara
del conocimiento que arde dentro de ti. La verdadera
riqueza de una nación no consiste en su oro ni en su plata,
sino en su saber, en su sabiduría y en la rectitud de
sus hijos.
Las riquezas del espíritu embellecen la paz del hombre
y producen simpatía y respeto. El espíritu de cualquier
ser se manifiesta en los ojos, en el semblante y en
todos los movimientos y gestos del cuerpo. Nuestra apariencia,
nuestras palabras, nuestras acciones no son
nunca más grandes que nosotros. Porque el alma es
nuestra casa; nuestros ojos, sus ventanas; y nuestras
palabras, sus mensajeros.
El saber y el entendimiento son los fieles compañeros
de la vida, que nunca te serán desleales. Porque el
conocimiento es tu corona y el entendimiento tu báculo;
y no podrás poseer mayores tesoros cuando los llevas
contigo.
El que te entiende es más allegado a ti que tu mismo
hermano. Porque los parientes pueden no entenderte ni
conocer tu verdadero valor.
La amistad con el ignorante es tan imbécil como discutir
con un borracho.
Dios te ha dotado de inteligencia y de conocimiento.
No apagues la lámpara de la Gracia Divina, ni dejes que
se extinga el cirio de la sabiduría en las tinieblas de la
licencia y del error. Porque el sabio avanza iluminando
con su antorcha el camino de la humanidad.
Debes saber que un solo hombre justo produce más
aflicción al Diablo que un millón de creyentes ciegos.
Un poco de conocimiento operante vale infinitamente
más que un gran caudal de saber inactivo.
Si tu saber no te enseña el valor de las cosas y no te
libera de la esclavitud a la materia, jamás te acercarás
al trono de la Verdad.
Si tu conocimiento no te enseña a elevarte por encima
de la flaqueza y miseria humanas y a conducir a tu
prójimo por el sendero de la justicia, eres sin duda alguna
hombre de poco valor y seguirás siendo así hasta el
Día del juicio.
Aprende las palabras de sabiduría que pronuncian
los sabios y aplícalas a tu propia vida. Vívelas, pero no
trates de lucirte recitándolas, porque el que repite lo
que no sabe no es mejor que un burro cargado de libros.
*
9. AMOR E IGUALDAD
Mi pobre amigo, si supieras que la Pobreza que te
produce tantas penalidades es precisamente la que revela
el conocimiento de la Justicia y la comprensión de
la Vida, te sentirías contento con tu suerte.
He dicho conocimiento de la Justicia: porque el rico
está demasiado atareado en amasar una fortuna, para
buscar este conocimiento.
Y también he dicho comprensión de la Vida: porque el
fuerte está demasiado ansioso y afanoso por conquistar
poder y gloria, para seguir el camino recto de la verdad.
Así, pues, regocíjate, mi pobre amigo, porque tú eres
la boca de la Justicia y el libro de la vida. Alégrate, porque
eres la fuente de la virtud de quienes te gobiernan y
el pilar firme de la integridad de quienes te guían.
Si fueras capaz de ver, mi atribulado amigo, que la
desventura que te ha postrado en la vida es cabalmente
el poder que ilumina tu corazón y rescata tu alma de la
sima del des precio para elevarla al trono de la reverencia,
estarías contento con tu sino y lo considerarías un
patrimonio para instruirte y hacerte sabio.
Porque la vida es una cadena formada de numerosos
y heterogéneos eslabones. La amargura es el vínculo de
oro entre la sumisión al estado presente y la esperanza
prometida del futuro.
Es la aurora entre sueño y despertar.
Compañero mío que estás necesitado, la Pobreza sirve
para acreditar la nobleza del espíritu, en tanto que
la riqueza pone en evidencia su perversidad. El dolor
suaviza los sentimientos y la Alegría cura el corazón
herido. Cuando se acaba con el Dolor y la Pobreza, el
espíritu del hombre queda como una tabla rasa en que
no hay nada escrito, como no sean las señales del egoísmo
y la codicia.
Acuérdate de que la Divinidad es el yo verdadero
del Hombre. No puede venderse por oro ni puede almacenarse
y amontonarse como las riquezas del mundo
de hoy. El hombre rico se ha despojado de su Divinidad
y se ha aferrado a su oro. Y los jóvenes de hoy
han olvidado su Divinidad y se han entregado a la licencia
y al placer.
Mi pobre amado, la hora que pasas con tu esposa y
tus hijos, cuando vuelves del trabajo a tu hogar, es el
tesoro más preciado que pueden poseer las familias humanas;
es el emblema de la felicidad, que será el patrimonio
de las generaciones venideras.
En cambio, la vida que disipa el rico al amasar su
oro no es en realidad sino la de los gusanos en la tumba.
Es señal de miedo.
Las la unas que viertes, mi atribulado amigo, son
más puras que a carcajada del que trata de olvidar, y
más dulces que el sarcasmo del que te desprecia. Esas
lágrimas limpian el corazón de la plaga del odio, y enseña
al hombre a compartir el dolor de los abatidos por la
tristeza. Son las lágrimas del Nazareno.
La fuerza que estás sembrando para el rico, la cosecharás
en el tiempo venidero, porque todas las cosas revierten
a su fuente, según la Ley de la Naturaleza.
Y el dolor que te ha cabido en suerte se tornará en
alegría por la voluntad de los Cielos.
Y las generaciones venideras aprenderán del Dolor
y la Pobreza una lección de Amor e Igualdad.
*
10. OTROS DICHOS DEL MAESTRO
Yo he estado aquí desde el principio, y estaré hasta
el fin de los días; porque mi existencia no tiene límites.
El alma humana es sólo una parte de la antorcha encendida
que Dios separó de Sí al crear el mundo.
Hermanos míos, aconsejaos unos a otros, porque en
ese consejo radica la liberación del error y arrepentimiento
fútil. La sabiduría de los más es vuestro escudo
contra la tiranía. Porque, cuando nos pedimos consejo
uno al otro, reducimos el número de nuestros enemigos.
El que no pide consejo es un atolondrado. Su irreflexión
lo ciega para la Verdad y lo hace perverso y peligroso
para su prójimo.
Una vez que hayas comprendido claramente un problema,
afróntalo con resolución, porque eso es lo que
hace el fuerte.
Solicita el consejo de los ancianos, porque sus ojos
han mirado a la cara de los años y sus oídos han escuchado
las voces de la Vida. Aunque su consejo te parezca
desagradable, síguelo.
No esperes un buen consejo de ningún tirano, malhechor,
engreído o desertor del honor. ¡Ay del que colabore
con el perverso que viene a pedirle consejo! Porque
dar la razón o aliarse con el malhechor es una infamia,
y dar oídos a la falsedad es una traición.
Mientras no esté dotado de gran conocimiento, criterio
certero y profunda experiencia, no podré considerarme
consejero de los hombres.
Avanza despacio y no seas negligente cuando se te
presente una oportunidad. De esta manera evitarás
grandes equivocaciones.
Amigo mío, no seas como él que se sienta frente al
fuego y ve cómo éste se consume, intentando en vano
soplar las cenizas muertas. No te rindas ni te entregues
a la desesperación por lo pasado, porque lamentar lo
irremediable es la peor de las flaquezas humanas.
Ayer me arrepentí de lo que había hecho, y hoy comprendo
mi error y el mal que atraje sobre mí al quebrar
mi arco y destruir mi aljaba.
Te amo, hermano mío, quien quiera que seas, lo mismo
si adoras a Dios en una iglesia, que si te hincas de
rodillas en un templo o rezas en una mezquita. Tú y yo
somos hijos de una sola fe, porque los diversos caminos
de la religión son dedos de la mano amante de un solo
Ser Supremo, mano qué se extiende a todos, ofrece la
plenitud del espíritu a todos y está deseosa de recibir
de todos.
Dios te ha concedido un espíritu con alas, para que
surques firmemente el espacio del Amor y ‘de la Libertad.
¿No es, por tanto, una pena que te arranques las
alas con tus mismas manos y tenga después tu alma que
arrastrarse como un insecto sobre la tierra?
Alma mía, vivir es como el corcel de la noche, cuanto
más rápida sea su carrera, más pronto llegará el día.
*
11. EL QUE ESCUCHA
Oh viento, tú que pasas junto a nosotros, unas veces
cantando suave y dulcemente, otras sollozando y
lamentándote: te oímos, pero no podemos verte. Sentimos
tu aliento, pero no podemos vislumbrar tu forma.
Eres como un océano de amor que engolfa nuestros espíritus,
pero no los ahoga.
Tú subes con las montañas y bajas con los valles,
esparciéndote por las campiñas y praderas. Hay fuerza
en tu subida y delicadeza en tu bajada, y gracia en tu dispersión.
Eres como un rey magnánimo, benigno para los
oprimidos, pero severo para los arrogantes y los fuertes.
En Otoño gimes a través de los valles y los árboles
se hacen eco de tus quejumbres. En Invierno quiebras
nuestras cadenas y toda la naturaleza se rebela contigo.
En Primavera te sacudes la modorra invernal, débil
todavía y sin fuerzas, y en tu leve rebullir comienzan a
despertar los campos.
En Verano te escondes tras el velo del Silencio,
como si te hubieras muerto, agobiado por los rayos del
Sol y los dardos de la canícula.
¿Te lamentabas por ventura en los últimos días de
Otoño, o te reías ante el rubor de los árboles desnudos?
¿Te encolerizabas en Invierno, o era que bailabas
en torno a la tumba de la Noche inmensamente cubierta
de nieve?
¿Languidecías acaso en Primavera, o expresabas tu
duelo por la pérdida de tu amada, la juventud de todas
las Estaciones?
¿Estabas por desgracia muerto en los días de invierno,
o sólo dormías en el corazón de los frutos, en los ojos
de las viñas o en los oídos del trigo que se trillaba en
las eras?
Te levantas de las calles de las ciudades, portando
los gérmenes de las plagas; y desde los huertos propagas
el aliento fragante de las flores. Así la gran Alma
conforma la tristeza de la vida y se incorpora en silencio
a sus alegrías.
En los oídos de la rosa susurras un secreto cuyo
significado ella capta; frecuentemente está entristecida,
pero luego se alboroza y regocija. Lo mismo hace Dios
con el alma del Hombre.
Ya te detienes morosamente. Ya te apresuras de
aquí para allá, moviéndote sin cesar. Lo mismo es la
mente del Hombre, que vive cuando está en actividad y
muere cuando se deja llevar por la pereza.
Escribes tus canciones sobre la superficie de las
aguas; y después las borras. Otro tanto hace el poeta
cuando está creando.
Del Sur llegas cálido como el Amor; y del Norte,
frío como la Muerte. De Oriente, como el toque del
Alma; y del Poniente con la violencia de la ira y de la
Furia. ¿Eres tan cambiante como la Edad, o eres el correo
de nuevas noticias desde los cuatro puntos de la
tierra?
Te encrespas sobre el desierto, aplastas con tu pie a
las caravanas inocentes, sepultándolas bajo montañas de
arena. ¿Eres por ventura la misma brisa suave y juguetona
que tiembla al amanecer entre las hojas y las ramas,
y se diluye como un sueño a lo largo de los
sinuosos valles, donde las flores se inclinan para saludarte,
y los tallos de la hierba se encorvan con los párpados
pesados, cuando se intoxican con tu aliento?
Surges de los océanos y sacudes sus profundidades
silenciosas con tu cabellera, y devoras en tu cólera las
naves y sus tripulaciones. ¿Eres acaso la misma aura
sutil que acaricia los bucles de los niños cuando andan
jugando por su casa?
¿Adónde transportas nuestros corazones, nuestros
suspiros, nuestros alientos, nuestras sonrisas? ¿Qué
haces con las llameantes antorchas de nuestras almas?
¿Las llevas más allá del horizonte de la Vida? ¿Las
arrastras como víctimas propiciatorias a cavernas distantes
y horribles, para destrozarlas?
En la noche tranquila y sosegada, los corazones te
revelan sus secretos. Y al llegar la alborada, los ojos se
abren a tu gentil caricia. ¿Reparas en lo que ha sentido
el corazón o visto los ojos?
Entre tus alas deposita el triste el eco de sus melancólicas
canciones, el huérfano los fragmentos de su despedazado
corazón, y el oprimido sus gemidos dolorosos.
Entre los pliegues de tu planto pone el peregrino sus
anhelos y su nostalgia, el abandonado su amargura, y la
mujer caída su desesperación.
¿Guardas todo esto que te entrega el humilde en tu
seguro seno? ¿O eres como la Madre Tierra que sepulta
cuanto produce?
¿Escuchas estas quejumbres y lamentos? ¿Te haces
eco por ventura de estos gemidos y del lloro de estos
seres angustiados? ¿O eres como los soberbios y los poderosos,
que no ven la mano que se extiende hacia ellos
ni escuchan los gritos de los pobres?
¡Oh Vida! ¿De todo lo que escuchas qué oyes?
*
12. AMOR Y JUVENTUD
Un joven en los albores de la vida estaba sentado a
su mesa de estudio en una mansión solitaria. Ya miraba
a través de la ventana al cielo tachonado de fulgurantes
estrellas, ya volvía la vista hacia el cuadro de’ una doncella,
que sostenía en la mano. Sus líneas y colores eran
una verdadera obra maestra; se reflejaban en la mente
del joven y le abrían los secretos del Mundo y el misterio
de la Eternidad.
El cuadro de la mujer estaba llamando al joven que,
en aquel momento, sintió que sus ojos se convertían en
oídos y entendían el lenguaje de los espíritus que flotaba
por la estancia; y su corazón se sintió transido de amor.
Así fueron pasando las horas como si sólo fuesen un
momento de algún ensueño maravilloso, o un año nada
más en la vida de la Eternidad.
Entonces colocó el joven la imagen ante sí, cogió la
pluma y comenzó a verter sobre el pergamino los
sentimientos de su corazón.
«Amada mía: La gran verdad que trasciende a la
Naturaleza no se comunica de un ser a otro por medio
del habla humana. La verdad prefiere el Silencio para
llevar su significado alas almas amantes.
Ya sé que el silencio de la noche es el mejor mensajero
entre nuestras dos almas, porque es portador del
mensaje del Amor y recita los salmos de nuestros corazones.
De la misma manera que Dios ha hecho a nuestras
almas prisioneras de nuestros cuerpos, el Amor me
ha hecho también cautivo de las palabras y del habla.
Dicen, Amada mía, que el Amor es una llama
devoradora que arde en el corazón del hombre. Desde la
primera vez que nos vimos, supe que te había conocido
durante siglos, y comprendí cuando nos separamos que
nada era lo bastante fuerte para mantenernos alejados.
La primera vez que te vi, no fue realmente la primera.
La hora en que se encontraron nuestros corazones
me confirmó en la creencia en la Eternidad y en la inmortalidad
del Alma.
En un momento como ése, la Naturaleza levanta el
velo de quien se cree oprimido y descubre y acredita su
justicia imperecedera.
¿Recuerdas aquel arroyuelo junto al cual nos sentábamos
a contemplarnos, Amada mía? ¿Sabes que tus ojos
me decían entonces que tu amor no brotaba de la piedad,
sino de la justicia? Y ahora puedo proclamarme a
mí mismo y al mundo que las dádivas que derivan de la
justicia son mayores que las que se deben a la caridad.
Y puedo también decir que el Amor, hijo de la
casualidad, es como el agua estancada de los pantanos.
Amada mía, ante mí se extiende una vida que puedo
convertir en grandeza y belleza, una vida que empezó
con nuestro primer encuentro y que durará toda la eternidad.
Porque sé que tú puedes propagar el poder que Dios
me ha otorgado, para expresarlo en grandes palabras y
acciones, como el Sol hace nacer las flores fragantes de
los campos.
Y por eso, mi amor hacia ti durará eternamente.»
El joven se levantó y atravesó lenta y pausadamente
la habitación. Miró a través de la ventana y vio que la
Luna emergía del horizonte y llenaba el vasto espacio
con su delicado resplandor.
Después volvió a su mesa y escribió:
«Perdóname, Amada mía, por hablarte, en segunda
persona. Porque tú eres mi otra hermosa mitad, que me
ha faltado desde que salimos de la mano sagrada de
Dios. ¡Perdóname, Amada mía!»
*
13. LA SABIDURÍA Y YO
En el silencio de la noche, la Sabiduría penetró en
mi cuarto y se quedó de pie junto al lecho. Me miró con
la expresión de una madre cariñosa, enjugó mis lágrimas
y me dijo:
He escuchado los gemidos de tu alma y he venido a
consolarte. Abreme tu corazón, que yo lo llenaré de luz.
Pregúntame, que yo te mostraré el camino de la Verdad.
Atendí a su indicación y le pregunté:
—¿Quién soy yo, Sabiduría, y cómo llegué a este lugar
de horrores? ¿Qué son estas inmensas esperanzas,
estas montañas de libros y estas extrañas figuras? ¿Qué
son estos pensamientos que vienen y van como bandadas
de palomas? ¿Qué son estas palabras que articulamos
con deseo y escribimos con alegría? ¿Qué son estas
tristes y gozosas conclusiones que abrazan mi alma y
envuelven mi corazón? ¿De quién son estos ojos que me
miran y taladran hasta los rincones más oscuros de mi
alma y, sin embargo, no se ocupan de mi pena? ¿Qué son
estas voces que lamentan el paso efímero de mis días y
cantan las alabanzas de mi niñez? ¿Quién es este joven
que juega con mis deseos y se burla de mis sentimientos,
olvidándose de las acciones de ayer contentándose
exclusivamente con lo pequeño de hoy y armándose contra
el lento acercarse del mañana?
¿Qué es este mundo horrible y a qué tierra desconocida
me lleva?
¿Cuál es esta tierra que abre anchurosamente sus
fauces para tragar nuestros cuerpos y prepara un albergue
imperecedero para los avaros? ¿Quién es este Hombre
que se da por contento con los favores de la Fortuna
y está suspirando por un beso de los labios de la Vida,
mientras la Muerte le abofetea el rostro? ¿Quién es este
Hombre que compra un momento de placer con un año
de arrepentimiento, y se entrega al sueño, cuando le
rondan las pesadillas? ¿Quién es este Hombre que nada
en las olas de la Ignorancia, hacia el vértice de las Tinieblas?
Dímelo, Sabiduría... ¿qué son todas estas cosas?
Y la Sabiduría abrió sus labios y habló:
—Tú, Hombre, eres capaz de ver el mundo con los
ojos de Dios y captar los secretos del más allá a través
del pensamiento humano. Este es el fruto de la ignorancia.
Sal al campo y contempla cómo las abejas rondan las
hermosas flores, y el águila se abalanza sobre su presa.
Entra en la casa de tu vecino y ve al pequeñuelo fascinado
por las llamas del hogar, mientras la madre trajina
en sus tareas domésticas. Sé como la abeja y no desperdicies
los días de tu primavera mirando lo que hace el
águila. Sé como el niño a quien encanta el fuego de la
chimenea y deja que la madre se dedique a sus quehaceres.
Todo lo que ves fue y sigue siendo tuyo.
Los numerosos libros, figuras extrañas y bellos
pensamientos que te rodean son fantasmas de espíritus
que te han precedido. Las palabras pronunciadas por
tus labios son los eslabones que te vinculan a tus semejantes.
Las conclusiones tristes y alegres son las semillas
del pasado arrojadas en el surco de tu alma, para
ser cosechadas en el futuro.
El joven que juega con tus deseos es el que va a abrir
la puerta de tu corazón para que entre la luz. La tierra
que abre sus voraces fauces para tragar al hombre y,
con él, sus obras, es la redentora de nuestras almas, que
las liberará de la esclavitud a nuestros cuerpos.
El mundo que se mueve contigo es tu propio corazón,
que es el mundo mismo. Y el hombre a quien consideras
tan pequeño e ignorante, es el mensajero de Dios
que ha venido a aprender la alegría de la vida a través
del dolor y de la ignorancia.
Así habló la Sabiduría y poniéndome una mano en la
frente calenturienta, me dijo:
—Sigue adelante. No te detengas. Avanzar es caminar
hacia la perfección. Sigue adelante, sin temor a las
espinas ni a las piedras cortantes del camino de la Vida.
*
14. LAS DOS CIUDADES
La vida me tomó en sus alas y me condujo a la cumbre
del Monte de la Juventud. Después me señaló a su
espalda y me invitó a que mirase hacia allá. Ante mis
ojos se extendía una ciudad extraña, de la cual emergía
una humareda oscura de múltiples matices, que se movían
lentamente como fantasmas. Una tenue nube ocultaba
casi completamente la ciudad de mi vista.
Tras un momento de silencio, exclamé:
—¿Qué es lo que estoy viendo, Vida?
Y la Vida me contestó:
—Es la Ciudad del Pasado. Mira y reflexiona.
Contemplé aquel escenario maravilloso y distinguí
numerosos objetos y perspectivas: atrios erigidos para
la acción, que se erguían como gigantes bajo las alas del
Sueño; templos del Habla, en torno a los cuales rondaban
espíritus que lloraban desesperados o entonaban
cánticos de esperanzas. Vi iglesias construidas por la fe
y destruidas por la Duda. Divisé minaretes del Pensamiento,
cuyas espirales emergían como brazos levantados
de mendigos; vi avenidas de Deseo que se prolonga67
ban como ríos a lo largo de los valles; almacenes de secretos
custodiados por centinelas de la Ocultación, y
saqueados por ladrones de la Revelación; torres poderosas
erigidas por el Valor y demolidas por el Miedo; santuarios
de Sueños embellecidos por el Letargo y destruidos
por la Vigilia; débiles cabañas habitadas por la
Fragilidad; mezquitas de Soledad y Abnegación; instituciones
de enseñanza iluminadas por la Inteligencia y
oscurecidas por la Ignorancia; tabernas del Amor, en
que se emborrachaban los enamorados, y el Despojo se
mofaba de ellos, teatros en cuyos tablados la Vida desarrollaba
su comedia, y la Muerte ponía el colofón a las
tragedias de la Vida.
Tal es la llamada Ciudad del Pasado —aparentemente
muy lejos, pero en realidad, muy cerca— visible apenas
a través de los crespones tenebrosos de las nubes.
Entonces la Vida me hizo una señal, mientras me
decía:
—Sígueme. Nos hemos detenido demasiado aquí.
—¿Adónde vamos, Vida? —le pregunté.
Y la vida me dijo:
—Vamos a la Ciudad del Futuro.
—Ten piedad de mí, Vida —le repuse—. Estoy cansado,
tengo los pies doloridos y la fuerza me abandona.
Pero la Vida insistió:
—Adelante, amigo mío. Detenerse es cobardía. Quedarse
para siempre contemplando la Ciudad del Pasado
es Locura. Mira, la Ciudad del Futuro está ya a la vista...
invitándonos.
*
15. LA NATURALEZA Y EL HOMBRE
Al romper del día me senté en una vega, en animada
conversación con la Naturaleza, mientras el Hombre
dormía apaciblemente bajo los cobertores del sueño. Me
tendí en la verde gama y me puse a reflexionar sobre
estas preguntas:
«¿Es la Belleza la Verdad? ¿Es la Verdad la Belleza?»
Y en mis pensamientos me sentí transportado lejos
de la humanidad, y mi imaginación levantó el velo de la
materia que ocultaba mi yo interior. El alma se me
abrió y me acerqué más a la naturaleza y calé más hondo
en sus secretos, mientras mis oídos se despejaban
para entender el lenguaje de sus maravillas.
Reclinado estaba en las honduras del pensamiento,
cuando sentí pasar la brisa entre las ramas de los árboles
y oí un suspiro, como el que podía exhalar algún
huérfano extraviado.
—¿Por qué suspiras, suave brisa? —pregunté.
Y la brisa me contestó:
—Porque llego de la ciudad abrasada por el calor del
Sol, y los gérmenes y contaminaciones de las pestes se
han pegado a mis puras vestiduras. ¿Serás capaz de
reprocharme que me lamente?
Después posé la mirada en los semblantes llorosos
de las flores y escuché su tenue congoja. Y les pregunté:
—¿Por qué lloráis, mis encantadoras flores?
Una de ellas levantó su hermosa cabeza y musitó:
—Lloramos porque va a venir el Hombre y nos va a
tronchar y después nos pondrá a la venta en los mercados
de la ciudad.
Y otra flor añadió:
—Al oscurecer, por la tarde, cuando estemos marchitas,
nos arrojará al montón de la basura. Sollozamos
porque la mano cruel del hombre nos arranca de nuestras
comarcas nativas.
Y escuché lamentarse al arroyo, como viuda que
gime por su hijo muerto y le pregunté:
—¿Por qué lloras, mi puro arroyuelo?
Y él me contestó:
—Porque no tengo más remedio que llegar a la ciudad,
donde el Hombre me desprecia y me abandona para
ingerir bebidas más fuertes y me convierte en devorador
de sus suciedades, mancilla mi pureza y trueca mi
divinidad en inmundicia.
Y a mis oídos llegó el doliente gorjeo de los pájaros,
a quienes pregunté:
—¿Por qué sollozáis mis dulces pajarillos?
Y uno de ellos se me acercó volando, se posó en el
extremo de una rama y canturreó:
—Los hijos de Adán no tardarán en llegar a este lugar
secreto con sus armas mortíferas y nos declararán la
guerra, como si fuésemos sus enemigos mortales. Ahora
nos estamos despidiendo unos de otros, porque no sabemos
quiénes van a escapar a la furia del hombre. La
Muerte nos sigue dondequiera que vayamos.
El Sol emergió entonces tras los picachos de las
montañas y doró de guirnaldas las puntas de los árboles.
Contemplé extasiado esta hermosura y me pregunté:
—¿Por qué ha de destruir el Hombre lo que ha construido
la Naturaleza?
*
16. LA HECHICERA
La mujer que amó mi corazón estaba ayer sentada
en esta solitaria habitación, reposando su hermoso
cuerpo sobre este diván de terciopelo. Y bebía vino añejo
en estas copas de cristal.
Pero es un sueño de ayer; porque la mujer a quien
amó mi corazón se ha ido a un lugar lejano... la Tierra
del Olvido y del Vacío.
Aún queda sobre mi espejo la huella de sus dedos; y
la fragancia de su aliento sigue todavía entre los pliegues
de mi ropa; y puede escucharse aún el eco de su
dulce voz en esta habitación.
Pero la mujer que amó mi corazón ha ido a un paraje
remoto, que se llama Valle del Destierro y de la Amnesia.
Junto a mi lecho cuelga su retrato. He guardado en
un cofre de plata, incrustado de esmeraldas y coral, las
cartas de amor que me escribiera. Y todas estas cosas
quedarán conmigo hasta mañana, cuando el viento las
arrebate hacia el olvido, donde sólo reina el silencio
mudo.
La mujer que amé es como todas a las que habéis
entregado vuestros corazones. Es de una belleza extraña,
como modelada por un Dios; dulce como la paloma,
astuta como la serpiente, elegantemente arrogante
como el pavo real, cruel como el lobo, esbelta como el
blanco cisne y terrible como la negra noche. Está plasmada
enteramente de un puñado de tierra y de esencias
de espuma marina.
He conocido a esta mujer desde que era niño. La he
seguido por los campos y me he aferrado al ruedo de su
vestido cuando paseaba por las calles de la ciudad. La
he conocido desde los días de mi juventud y he contemplado
la sombra vaga de su semblante en las páginas de
los libros que he leído. He escuchado su voz celestial en
el murmullo del arroyo.
A ella abrí los desengaños de mi corazón y los secretos
de mi alma.
La mujer a quien ha amado mi corazón se ha ausentado
a un lugar frío, desolado y distante... Es la Tierra
del Vacío y del Olvido.
La mujer a quien amara mi corazón se llama Vida.
Es de hermosura cautivadora, que arrastra hacia sí los
corazones de todos. Toma nuestras vidas en prenda y
sepulta en promesas nuestros anhelos.
La Vida es una mujer que se baña en los charcos de
lágrimas de sus amantes, y se unge con la sangre de sus
víctimas. Los atavíos con que se ciñe son blancos días,
franjeados por las tinieblas de la noche. Arrebata el corazón
al hombre que la ama, pero no quiere entregarse
en matrimonio.
La Vida es una hechicera...
Que nos seduce con su beldad...
Pero el que sabe sus artimañas...
De sus embrujos escapará.
*
17. LA JUVENTUD Y LA ESPERANZA
La juventud pasó junto a mí, y yo la seguí hasta una
campiña lejana. Allí se detuvo y clavó los ojos en las
nubes que se cernían sobre el horizonte como un rebaño
de blancos corderos. Después miró a los árboles, cuyas
ramas desnudas señalaban el cielo, como si pidiesen a
la Altura que les devolviese su follaje.
Y yo le dije:
—¿Dónde estamos, juventud?
A lo que replicó:
—Estamos en la campiña de la Perplejidad. Observa.
Y yo le dije:
—Volvámonos inmediatamente, porque este paraje
tan desolado me da miedo, y la vista de las nubes y de
los árboles desnudos entristece mi corazón.
A lo que replicó:
—Ten paciencia. La Perplejidad es el principio de la
sabiduría.
Entonces miré en torno a mí y divisé una forma que
se aproximaba graciosamente a nosotros, y pregunté:
—¿Quién es esta mujer?
Y la juventud replicó:
—Es Melpómene, hija de Zeus y Musa de la Tragedia.
—Oh, juventud feliz —exclamé—, ¿qué quiere de mí
la Tragedia, estando tú a mi lado?
Y me respondió:
—Ha venido a enseñarte la Tierra y sus pesadumbres;
porque el que no ha contemplado el Dolor jamás
verá la Alegría.
Entonces el espíritu me puso una mano sobre los
ojos. Cuando la retiró, la juventud había desaparecido, y
yo me encontraba solo; despojado de mis vestiduras
terrenas y exclamé acongojado:
—Hija de Zeus, ¿dónde está la juventud?
Pero Melpómene no me contestó, sino que me colocó
bajo sus alas y me transportó a la cima de una altísima
montaña. Allá abajo veía la tierra y cuanto hay en ella,
extendida como las páginas de un libro, sobre el cual se
hubiesen grabado los secretos del universo. Me quedé
atónito junto a la doncella, cavilando sobre el misterio
del Hombre y afanándome por descifrar los símbolos de
la Vida.
Y contemplé seres medrosos: los Angeles de la Felicidad
peleaban con los Diablos de la Miseria, y entre
ellos se erguía el Hombre, unas veces arrastrado por la
Esperanza, y otras por la Desesperación.
Vi cómo jugaban el Amor y el Odio con el corazón
humano; el Amor, ocultándole su culpa y adormeciéndole
con el vino de la sumisión, de la loa y de la adulación;
en tanto que el Odio lo provocaba, sellaba sus oídos y
cegaba sus ojos a la Verdad.
Y observé que la ciudad andaba a gatas, como un
niño de sus suburbios, y que se agarraba al vestido del
hijo de Adán. Y allá, a lo lejos, divisé las lozanas campiñas
que sollozaban por la tribulación del Hombre.
Vi sacerdotes echando espumarajos como raposas
taimadas; y falsos mesías que conspiraban y maquinaban
contra la felicidad del Hombre.
Y fui testigo de cómo el Hombre pedía auxilio a la
Sabiduría para que lo liberase; pero la Sabiduría no quiso
escuchar sus gritos, porque la había desairado cuando
ella le habló en las calles de la ciudad.
Y observé cómo los predicadores levantaban su vista
hacia los cielos en gesto de adoración, mientras sus corazones
se enfangaban en las ciénagas de la Codicia.
Y vi a un joven que trataba de conquistar el corazón
de una doncella con sus palabras seductoras; pero sus
verdaderos sentimientos estaban adormecidos, y su divinidad
se encontraba muy lejos.
Advertí que los legisladores charlaban como tontos,
perdiendo el tiempo y vendiendo sus mercancías en los
mercados del Engaño y la Hipocresía.
Divisé a los médicos, que jugaban con las almas de
los ingenuos y de corazón sencillo.
Vi que los ignorantes estaban sentados junto a los
sabios, elevando su pasado al trono de la gloria, adornando
su presente con los delicados mantos de la abundancia
y preparando un diván suntuoso para el futuro.
Observé cómo los pobres, desamparados arrojaban
la semilla, y cómo se apoderaban los fuertes de la cosecha;
en tanto que la opresión, mal llamada Ley, hacía
centinela a lo que estaba aconteciendo.
Vi a los ladrones de la Ignorancia saqueando los tesoros
del Saber, en tanto que los custodios de la Luz se
hundían en el sueño profundo de la inacción.
Y descubrí a dos amantes; pero la mujer era como un
laúd en manos de un hombre que no sabe tañerlo, sino
que sólo entiende de ásperas estridencias.
Y divisé a las fuerzas del Saber sitiando la ciudad
del Privilegio Heredado; pero eran escasos en número y
no tardaron en ser dispersados.
Y vi a la Libertad caminando a solas, llamando a las
puertas de las casas e implorando un albergue; pero
nadie hacía caso de sus palabras suplicantes.
Después contemplé el espectáculo de la Prodigalidad
avanzando a pasos arrogantes en todo su esplendor
ante la multitud, que la aclamaba como si fuese la Libertad.
Y vi a la Religión sepultada en libros, y a la Duda
ocupando su lugar.
Y presencié cómo el hombre se ataviaba con el ropaje
de la Paciencia, como manto para ocultar su Cobardía,
y noté que llamaba Tolerancia a la Pereza, y Cortesía al
Miedo.
Y observé cómo el intruso se sentaba a la sabia mesa
del Conocimiento, barbotando groserías, en tanto que
los invitados guardaban silencio.
Y vi que el oro llenaba las manos de los despilfarradores,
que lo empleaban para obrar el mal y llevar a
cabo sus perversidades; y vi también el oro en manos de
los miserables, como carnaza del odio. Pero, en cambio,
no vi oro alguno en manos de los sabios.
Cuando contemplaba estos tristes espectáculos, exhalé
un gemido de dolor, y dije:
—Oh, Hija de Zeus, ¿pero es ésta la Tierra? ¿Es este
el Hombre?
Y ella me contestó con voz suave y angustiada:
—Lo que estás viendo es el camino del Alba, pavimentado
con piedras de aristas cortantes y alfombrado
de espinas. Esto no es más que la sombra del Hombre.
Esto es la Noche. ¡Pero espera! ¡La mañana no tardará
en llegar!
Entonces me puso sobre los ojos su mano delicada, y
cuando la retiró, he aquí que junto a mí caminaba a pasos
lentos la juventud y, por delante de nosotros, marcando
el camino, marchaba la Esperanza.
*
18. RESURRECCIÓN
Ayer, amada mía, yo estaba casi solo en el mundo, y
mi soledad era tan miserable como la muerte. Era como
una flor que crece a la sombra de un enorme peñasco, de
cuya existencia no se percata la Vida, pero él tampoco
se percata de ella. Mas hoy se despertó mi alma y te vi
de pie juntó a mí. Me levanté y regocijé; después me
postré de hinojos ante ti y te adoré.
Ayer, la caricia de la leve brisa me parecía áspera,
amada mía, y débiles los rayos luminosos del Sol, una
bruma cubría la faz de la Tierra y las olas del océano
rugían como la tempestad.
Miré en torno de mí, pero no vi más que mi propio
sufrimiento que estaba junto a mí, mientras los fantasmas
de las tinieblas se elevaban y abatían en torno de
mí como buitres voraces.
Pero hoy la Naturaleza está bañada de luz, y las olas
rugientes de: han calmado y las nieblas disipado. Doquier
tiendo los ojos, veo los secretos de la vida que se
abren ante mí.
Ayer era una palabra sin eco en el corazón de la Noche;
hoy soy una canción en los labios del Tiempo.
Y todo esto ha ocurrido en un solo momento y fue obra
de una mirada, de una palabra, de un suspiro y de un beso.
Ese momento, amada mía, ha fundido el pasado fácil de mi
alma con las esperanzas del futuro que abriga mi corazón.
Fue como un alba rosa que brota del seno a la luz del día.
Ese momento fue para mi vida lo que el nacimiento de
Cristo ha sido para los siglos de la Humanidad, porque
estaba lleno de amor y de bondad. Trocó en luz las tinieblas,
en júbilo el dolor, en dicha la desesperación.
Amada, los fuegos del Amor descienden del cielo en
múltiples formas y contornos, pero la impresión que
producen en el mundo es una sola. La minúscula llama
que ilumina el corazón humano es como una antorcha
crepitante que baja del cielo para alumbrar las sendas
de la Humanidad.
Porque en una sola alma caben las esperanzas y
sentimientos de toda la Humanidad.
Los judíos, amada mía, esperaron el advenimiento
de un Mesías que les había sido prometido, y que iba a
liberarlos de la esclavitud.
Y la Gran Alma del Mundo pareció rendir un culto
que ya no era necesario, a Júpiter y a Minerva, porque
los sedientos corazones de los hombres no podían refrescarse
con aquel vino.
En Roma los hombres ponían en duda la divinidad
de Apolo, dios exento de misericordia, y la belleza de
Venus ya se había marchitado.
Porque, en lo más hondo de sus corazones, estas naciones
tenían hambre y sed, aunque no lo entendiesen,
de la enseñanza suprema que iba a trascender a cuantos
se hallaban sobre la faz de la Tierra. Suspiraban ardientemente
por la libertad de espíritu que enseñase al
hombre a regocijarse con su vecino a la luz del Sol y ante
las maravillas de la vida. Porque esta anhelada libertad
es la que acerca al hombre a lo No Visto, a lo cual puede
aproximarse sin temor alguno y sin desdoro.
Todo esto acontecía hace dos mil años, amada mía,
cuando los deseos del corazón giraban en torno a las
cosas visibles, temerosos de aproximarse al espíritu
eterno... mientras Pan, Señor de los Bosques, poblaba de
terror los corazones de los pastores, y Baal, Señor del
Sol, oprimía y estrujaba con las manos despiadadas de
los sacerdotes, las almas de los pobres y desheredados.
Hasta que, en una sola noche, en una hora, en un
instante, los labios del espíritu se entreabrieron y pronunciaron
la sagrada palabra, «Vida»; y la Vida se hizo
carne en un infante que dormía arrullado en el regazo de
una virgen, en un establo en que los pastores guardaban
sus rebaños contra los asaltos de las feroces alimañas de
la noche, y contemplaban absortos y maravillados al
humilde recién nacido, que reposaba en el pesebre.
El Rey Niño, envuelto en los míseros harapos de su
madre, se sentó en el trono de los corazones dolientes y
de las almas hambrientas, y desde el seno de su humildad
arrebató el cetro del poder de las manos de Júpiter
y se lo entregó al pobre pastor que guardaba su rebaño.
Y quitó a Minerva la Sabiduría, y la entronizó en el
corazón de un pobre pescador que estaba remendando
sus redes. De Apolo tomó la Alegría a través de su propio
dolor e hizo merced de ella al atribulado mendigo
que pedía limosna a la vera del camino.
Arrebató a Venus la Belleza y la derramó en el alma
de la mujer caída, que temblaba ante su cruel e infamante
opresor. Destronó a Baal y puso en su lugar al
humilde labriego, que sembraba su simiente y cultivaba
la tierra con el sudor de su frente.
Amada, ¿no era acaso mi alma ayer como las tribus
de Israel? ¿No esperaba yo por ventura en el silencio de
la noche la llegada de mi Salvador, para que me liberase
de la esclavitud y de los sinsabores del Tiempo? ¿No
sentía la misma gran sed y hambre de espíritu que estas
naciones del pasado? ¿No avanzaba yo por el camino de
la Vida, como un niño perdido en el desierto y no era mi
vida acaso como la simiente arrojada sobre la piedra,
que ningún ave busca, ni los elementos pueden abrir
para hacerla fructificar?
Todo esto acaeció ayer, amada mía, cuando mis sueños
se agazapaban en la oscuridad y temían la llegada
del día. Todo esto vino o sucedió cuando el Dolor desgarraba
mi corazón y la Esperanza se afanaba por zurcir
los jirones.
En una noche, en una sola hora, en un instante el
Espíritu descendió del centro del círculo de la luz divina
y me miró con los ojos del alma. De esa mirada nació
el Amor, que hizo su morada en mi corazón.
Este Amor grande, arrebujado en lo más íntimo de
mis sentimientos, ha convertido el dolor en Alegría, la
desesperanza en felicidad, la soledad en paraíso.
El Amor, el gran Rey, ha devuelto la vida a mi yo
muerto; ha encendido nuevamente la luz en mis ojos
cegados por las lágrimas; me ha levantado desde el polvo
de la desesperación hasta el reino celestial de la Esperanza.
Porque todos mis días fueron como noches, amada
mía. Pero he aquí que la aurora ha llegado; pronto
emergerá el Sol. Porque el aliento del Niño Jesús ha llenado
el firmamento y se ha mezclado con el éter. La
vida que antes estuviera llena de pesadumbre y aflicción,
rebosa ahora de júbilo, porque los brazos del Niño
te estrechan en torno mío y cobijan mi alma.
*
*
*

APRENDED GEOMETRIA -- Fredric Brown

APRENDED GEOMETRIA

Fredric Brown

 

 

 

Henry miró el reloj, a las dos de la mañana cerró el libro desesperado.

Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más estudiaba geometría, menos la comprendía. Había fracasado ya dos veces. Con seguridad lo echarían de la Universidad. Sólo un milagro podía salvarlo. Se enderezó.

¿Un milagro? ¿Por qué no? Siempre se había interesado por la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones muy sencillas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había probado. Y aquel era el momento o nunca. Tomó de la estantería su mejor obra de magia negra. Era sencillo. Algunas fórmulas. Ponerse a cubierto en un pentágono. Llega el demonio, no puede hacernos nada y se obtiene lo que se desea. ­El triunfo es vuestro!

Despejó el piso retirando los muebles contra las paredes. Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector. Por fin pronunció los encantamientos.

El demonio era verdaderamente horrible, pero Henry se armó de coraje.

- Siempre he sido un inútil en geometría - comenzó...

­ ¡A quién se lo dices! - replicó el demonio, riendo burlonamente.

Y cruzó, para devorarse a Henry, las líneas del hexágono que aquel idiota había dibujado en vez del pentágono.

 

FIN

 

SCI-FI ..........LA ULTIMA FRONTERA (imagenes)

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TODO EL ANIME -QueAnime.COM--V.O.

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100 AUTORES

100 AUTORES
TENGO PENSADO, EN HACER UN BLOG, CON CIEN AUTORES, PERO, NO SERIA PARA
QUE FUERA PASIVO,SI NO ACTIVO, CADA UNO QUE SE APUNTARA, TENDRIA QUE
SUBIR COMO MINIMO UNA ENTRADA AL MES, SI SE ESTUBIERA DOS MESES, SIN
SUBIR NADA, ESA SITUACION, SERIA ACTO DE BAJA, ESO COMO MINIMO, COMO
MAXIMO, PODRIA SUBIR TANTAS ENTRADAS COMO QUISIERA.
A CADA UNO QUE SE APUNTE, SE LE DARIA DE ALTA EN EL BLOG, COMO AUTOR,
EN LA MAYOR BREVEDAD POSIBLE, Y UNA VEZ DADO DE ALTA, NO TIENE NI QUE
PEDIR PERMISO NI NADA, SOLO TENDRIA QUE ENTRAR A LA PAGINA DE LAS
SUBIDAS, Y ESPONER EL TEMA QUE QUISIERA; SI ALGUIEN ESTA INTERESADO,
MANDAR UN MAIL A snake@ono.com , mandando en asunto:el blogde los 100
autores, ,LA DIRECCION EMAIL, CON LA QUE QUIERA SER DE ALTA, Y NOMBRE,
O AVATAR, RECIBIENDO A VUELTA DE MAIL, LA DIRECCION DONDE PODRA, DESDE
ESE MOMENTO SUBIR LO QUE QUIERA;
ATENTAMENTE
SNAKE

Amityville -- AQUÍ VIVE EL HORROR -- JAY ANSON -- THE AMITYVILLE HORROR

Amityville -- AQUÍ VIVE EL HORROR -- JAY ANSON -- THE AMITYVILLE HORROR

JAY ANSON


AQUÍ VIVE
EL HORROR


la "casa maldita" de Amityville


***

Título original inglés
THE AMITYVILLE HORROR

Los nombres de muchas personas mencionados en este libro han sido cambiados para proteger su intimidad.

***

PRÓLOGO

El 5 de febrero de 1976 el noticiero de las 22, (Ten O'clock News) del Canal 5 de Nueva York, anunció que se estaba realizando una encuesta a personas que pretendían poseer percepciones extrasensoriales. La pantalla de televisión mostró al reportero Steve Bauman, quien a la sazón estaba investigando el caso de una mansión aparentemente embrujada en Amityville, Long Island.
Bauman dijo que el 13 de noviembre de 1974 una espaciosa casa de estilo colonial, situada en el número 112 de Ocean Avenue, había sido escena de un asesinato en masa. Un joven de veinticuatro años, Ronald De Feo, había tirado con un rifle de alta potencia sobre sus padres, sus dos hermanos y sus dos hermanas, ultimándolos metódicamente. Posteriormente, De Feo había sido condenado a cadena perpetua.
"Hace dos meses", continuaba diciendo el informe, "la casa fue vendida en la cantidad de 80.000 dólares a una pareja: George y Kathleen Lutz. Los Lutz, enterados de la matanza, no habían sentido al respecto el más leve temor supersticioso, y habían pensado que la casa era muy adecuarla para las cinco personas de la familia: ellos y sus tres hijos.
Los Lutz se mudaron a la nueva casa el 18 de diciembre. Poco tiempo después, dijo Bauman, la pareja había sentido que la vivienda estaba habitada por una cierta fuerza psíquica y había empezado a albergar temores por sus vidas. "Se refirieron a una sensación de algo parecido a una forma de energía dentro de la casa, a una especie de mal contra natura que se volvía cada día más fuerte".
Cuatro semanas después de la mudanza los Lutz abandonaron la casa, llevándose tan sólo unas mudas de ropa. En la actualidad estaban viviendo con unos amigos en un lugar no declarado. Pero antes de desaparecer, según dijo el Canal 5, el caso del matrimonio pudo ser conocido en la zona. Los Lutz habían consultado a la policía, a un sacerdote local y a un grupo de parapsicología. "Hablaron de extrañas voces que, al parecer, venían desde el interior de ellos, de un poder que había logrado hacer levitar a la señora Lutz hasta un placard detrás del cual había un cuarto cuya existencia no estaba marcada en ningún plano".

El reportero Steve Bauman había tomado en cuenta estas afirmaciones. Después de realizar algunas investigaciones en relación a la casa, Bauman descubrió que casi todas las familias que habían habitado esa vivienda se habían visto en situaciones trágicas, del mismo modo que las personas que habían habitado la casa construida anteriormente en ese mismo sitio.
El locutor del Canal 5 declaró que William Weber, el abogado de Ronald De Feo, había iniciado investigaciones con la esperanza de probar que una cierta fuerza había actuado en el comportamiento de todas las personas que habían habitado la casa de 112 Ocean Avenue. Weber sostenía que esa fuerza "podía tener un origen natural" y consideraba que ésta era la prueba que necesitaba su defendido para iniciar un nuevo juicio. Weber, al ser interrogado, manifestó que "estaba enterado de que ciertas casas podían construirse de manera de crear en ellas corrientes eléctricas que actúan en ciertas habitaciones, basándose en la estructura material de la casa." A esto los hombres de ciencia respondieron que "estaban investigando el punto a fin de llegar a una conclusión. Y que, en cuanto se agotaran todas las posibles explicaciones racionales o científicas, el caso habría de ser transferido a otro grupo de investigación en la Universidad de Duke, especializado en los aspectos parapsicológicos de estos fenómenos".
El informe terminaba diciendo que la Iglesia Católica también estaba interesada en el caso. El Canal 5 dijo que dos emisarios del Vaticano se habían hecho presentes en Amityville en diciembre e informaron que habían recomendado a los Lutz que abandonaran inmediatamente la casa. "En la actualidad el tribunal de milagros de la Iglesia estudia el caso y su informe declara que la vivienda situada en 112 Ocean Avenue está en posesión de ciertos espíritus que están más allá del conocimiento humano corriente".
Dos semanas después del anuncio de la televisión, George y Kathy Lutz celebraron una conferencia de prensa en el despacho del abogado William Weber. Este se había puesto en contacto con la pareja tres semanas antes por intermedio de amigos comunes.
George Lutz informó a los reporteros que no iba a pasar otra noche en esa casa, y que tenía la intención de vender el inmueble de 112 Ocean Avenue. Asimismo estaba esperando los resultados de unas pruebas científicas llevadas a cabo por investigadores de parapsicología y otros profesionales dedicados a la investigación de fenómenos ocultos.
Al llegar a este punto, los Lutz nterrumpieron toda comunicación con los medios informativos, pues opinaron que las versiones publicadas estaban deformadas y eran exageradas. Es tan sólo ahora que se puede contar en su totalidad la historia.

I
18 de diciembre de 1975


George y Kathy Lutz se mudaron a la casa número 112 de Ocean Avenue, el 18 de diciembre. Veintiocho días más tarde, aterrados, huyeron del lugar.
George Lee Lutz, ventiocho años, de Deer Park, Long Island, es un hombre con ideas muy claras sobre el valor de los terrenos y las propiedades. Lutz es dueño de una oficina inmobiliaria, llamada William H. Parry, Inc. y hace saber orgullosamente a todo el mundo que su empresa cuenta con tres generaciones de los Lutz: su abuelo, su padre y él.
Entre los meses de julio y noviembre, él y su mujer, Kathleen, veinte años, habían visitado más de cincuenta casas en la costa sur de Long Island, antes de investigar las posibilidades de Amityville. Ninguna de las casas comprendidas entre los treinta y los cincuenta mil dólares había llenado los requisitos: la casa debía tener vista al mar y ser lo bastante amplia para que George pudiera establecer en ella sus oficinas.
Mientras buscaban casa, George fue a la inmobiliaria Conklin, en el parque Massapequa y conversó con la señora Edith Evans. Ésta dijo que podía mostrar una nueva casa a la pareja y llevarla a que la vieran entre las tres y tres y media de la tarde. George fijó la cita y la señora Evans –una mujer afable y simpática– los llevó esa tarde al lugar.
La señora Evans demostró ser cordial y paciente con el joven matrimonio.
–No estoy muy segura de que sea lo que ustedes están buscando –dijo a George y Kathy– pero quiero mostrarles cómo vive la "otra mitad" de Amityville.
La casa del número 112 de Ocean Avenue es una construcción amplia, de tres pisos, con tejas de madera oscura y revestimiento de madera pintada de blanco. El terreno en que se levanta mide quince por setenta metros y los quince metros dan al frente, de tal modo que, cuando se mira la casa desde la vereda de enfrente, la puerta de entrada queda a la derecha. Con la propiedad venía incluido un terreno arbolado –unos diez metros cuadrados– de un soto que llega hasta el río Amityville.
De un farol que está al término de la senda de entrada para coches cuelga un cartelito con el nombre que los antiguos dueños habían dado a la casa: "Grandes Esperanzas".
Un porche cerrado, con un bar, tiene vista sobre una serie de espaciosas residencias. De construcción más vieja. Hay plantas perennes en los terrenos angostos, pero los postigos cerrados son bastante visibles. George echo una mirada en derredor y pensó que esto era extraño. Notó que los postigos de los vecinos estaban cerrados en todas las ventanas que miraban a la casa. Aunque no en el frente ni en la dirección de las casas del otro lado.
La casa había estado en venta desde hacía casi un año.
El aviso no había aparecido en el diario, pero la descripción era completa en la lista que estaba en la agencia inmobiliaria de Edith Evans:

Zona exclusiva de Amityville: 6 dormitorios Colonial Holandés, amplio cuarto de estar, comedor formal, porche cerrado, 3 cuartos de baño y toilette, sótano completo, garaje para dos autos, piscina con agua caliente y amplio galpón para botes. Precio: 80.000 dólares.

¡Ochenta mil dólares! Para que una casa como la descrita pudiera venderse por ese precio era necesario que se estuviera viniendo abajo o que el linotipista se hubiera saltado un "1" antes del "8". Se podía creer que la empleada de la inmobiliaria iba a intentar mostrar la tentadora casa después de haber anochecido, y tan sólo desde afuera, pero lo cierto es que les dejó ver el interior con mucho gusto. Los Lutz hicieron su inspección de modo agradable, rápido pero exhaustivo. La vivienda no sólo respondía a su exigencias y deseos sino que, contrariamente a lo que habían esperado, tanto la casa como los anexos de la propiedad estaban en excelentes condiciones.
Sin vacilar, la señora Evans dijo a la pareja que ésta había sido la casa de los De Feo. Al parecer, todo el mundo en la zona había oído hablar de la tragedia: Ronald De Feo, de veinticuatro años, había matado a su padre, a su madre y a sus cuatro hermanos mientras dormían en la noche del 13 de noviembre de 1974.
Las versiones dadas en los diarios y la televisión se referían a que la policía había descubierto los seis cuerpos acribillados de balas disparadas por un rifle de gran potencia.
Todas las víctimas, como se enteraron los Lutz meses más tarde, estaban echados en la misma postura: boca abajo, con la cabeza descansando sobre los brazos. Al enfrentarse con su masacre, Ronald había confesado finalmente: "La cosa empezó y siguió a tal velocidad que no me pude parar".
Durante el juicio, el abogado nombrado por el tribunal, William Weber, sostuvo que su cliente era insano. "Durante meses antes del hecho", declaró el joven, "he estado oyendo voces. Me daba vuelta pero no veía a nadie. De modo que pensé que Dios me estaba hablando".
Ronald De Feo fue convicto de asesinato y recibió una sentencia de seis condenas consecutivas a cadena perpetua.
–Me pregunto si debí decirles a ustedes qué clase de casa era ésta, antes de mostrarla –dijo la señora Evans–. Lo cierto es que quería hacerme una idea para referencias futuras al tratar con clientes que buscan casas de alrededor de los noventa mil dólares.
Era evidente que ella no creía que los Lutz podían interesarse en una propiedad tan cara. Pero Kathy, después de echar una nueva mirada general a la casa, sonrió y dijo:
–Es la mejor de todas las que hemos visto. Tiene todo lo que queríamos tener.
Evidentemente, no habían contado nunca con vivir en una casa tan hermosa. Pero George se prometió a sí mismo que, si la cosa podía hacerse, ésta era la casa que habría de tener su mujer. La trágica historia que había ocurrido en el número 112 de Ocean Avenue no preocupaba ni a George, ni a Kathy, ni a sus tres hijos. Ésta era la casa con la que ellos siempre habían soñado.

Durante el resto de noviembre y las primeras semanas de diciembre los Lutz dedicaron sus noches a trazar planes de las modificaciones menores que habrían de hacerse en la nueva casa. La experiencia de George con propiedades le facilitaba la tarea de proyectar los planos de los cambios a efectuarse.
Él y Kathy decidieron que uno de los dormitorios del segundo piso habría de ser el de los dos varones: Christofer, de siete años, y Daniel, de nueve. El otro dormitorio del último piso fue asignado a los niños como cuarto de juego. Melissa (Missy) una niña de cinco años, habría de dormir en el primer piso, en un cuarto en diagonal con el dormitorio principal. También iba a haber un cuarto de costura y un amplio cuarto de vestir para George y Kathy en el mismo piso. Chris, Danny y Missy quedaron encantados con las nuevas disposiciones.
Abajo, en la planta de recepción, los Lutz se enfrentaron con un pequeño problema. No tenían muebles de comedor y, finalmente, decidieron que, antes de escriturar, George iba a decirle a la agente de la inmobiliaria que deseaba comprar los muebles de comedor que los De Feo habían dejado en depósito, junto con un juego de dormitorio infantil para Missy, una mesa de televisión y los muebles de dormitorio de Ronald De Feo. Estos objetos y otros, dejados en la casa, como la cama de los De Feo, no estaban incluidos en el precio total. George pagó cuatrocientos dólares adicionales por ellos. También obtuvo, sin aumento de precio, siete acondicionadores de aire, dos lavadoras eléctricas, dos secadores, una heladera nueva y un congelador.
Había que hacer muchas cosas antes del día de la mudanza. Además del traslado material de todas sus posesiones, se presentaban complicadas cuestiones legales que tenían que ver con la transferencia del título de propiedad y que requerían análisis y clasificación. El título de propiedad de la casa estaba hecho a nombre de los padres de Ronald De Feo. Al parecer Ronald, como único sobreviviente, tenía derecho a heredar la propiedad de sus padres, sin tomar en cuenta el hecho de que había quedado convicto del asesinato de los mismos. De ninguno de los objetos podía disponerse antes de que éstos hubieran sido estipulados legalmente en un tribunal. Era un laberinto legal bastante incómodo y los ejecutores tuvieron que atravesarlo, pero el tiempo previsto se alargó: había que tomar decisiones apropiadas respecto de las transacciones hechas con la casa o la propiedad.
Se señaló a los Lutz que era posible encontrar disposiciones para proteger los intereses legales de todas las personas interesadas si se llevaba a cabo la venta de la casa, pero que iba a tomar varias semanas, o más, el hallar el procedimiento adecuado para realizarla. Eventualmente se resolvió que, en el momento de firmar el boleto de compraventa, se entregarían cuarenta mil dólares, hasta que la escritura legal fuera completada y ejecutada.
La fecha de la escrituración se fijó el mismo día en que George y Kathy habrían de mudarse desde Deer Park. El matrimonio había decidido terminar con la venta de la antigua casa el día previo, esperando que todo iba a encontrar su solución; y probablemente movidos por el deseo de establecerse en el nuevo hogar los jóvenes resolvieron hacer un esfuerzo y acabar con todo el mismo día.
La tarea de Kathy iba a consistir esencialmente en empaquetar. Para mantener a los niños lejos de sus actividades y de las de George, Kathy les asignó tareas menores. Debían reunir sus juguetes y poner en orden sus ropas antes de empaquetar. Cuando las tareas estuvieran hechas, debían limpiar sus dormitorios para que la casa antigua presentara un aspecto aceptable a los nuevos propietarios.
George tenía intenciones de cerrar su agencia en Syosset e instalarla en su nueva casa a fin de ahorrarse el dinero del alquiler. Y había incluido este punto en el cálculo original de la forma en que él y Kathy podían permitirse un gasto de ochenta mil dólares, George supuso que el sótano, que tenía una excelente distribución de espacio, podía ser el lugar apropiado. Trasladar su equipo y los muebles iba a llevar bastante tiempo y, en caso de que el sótano llegara a ser la sede de la nueva agencia, iba a ser necesario realizar algunos trabajos de carpintería.
El embarcadero, de seis metros por trece, detrás de la casa y el garaje, no era un decorado gratuito ni un ornamento vano para los Lutz. George era dueño de un yacht de ocho metros de largo y de una lancha de más de cuatro. Las instalaciones de la nueva casa le iban a permitir ahorrar una buena cantidad de dinero que normalmente había que pagar a un club náutico. La tarea de llevar sus embarcaciones a Amityville en un acoplado se convirtió en una obsesión, pese a las prioridades que tanto él como Kathy estaban descubriendo todo el tiempo. Había mucho que hacer en el número 112 de Ocean Avenue, tanto en el interior como en el exterior. Aunque no estaba seguro de dónde iba a sacar el tiempo, George tenía intenciones de dedicarse un poco a cuidar el aspecto del jardín para impedir los daños de las heladas, y colocar tal vez algunas cubiertas de plástico sobre los matorrales, sembrar bulbos y abonar el césped con cal.
Muy atareado con sus herramientas y su equipo. George hizo progresos con algunos de sus proyectos para el interior. De cuando en cuando, acuciado por el tiempo, confundía sus proyectos acariciados con sus tareas inaplazables. Muy pronto dejó todo de lado y se puso a limpiar primero la chimenea y luego la estufa. Después de todo, la Navidad se acercaba.
Hacía mucho frío el día de la mudanza. La familia había hecho las valijas la noche anterior y había dormido sobre el suelo. George se levantó temprano y, con sus propias manos, amontonó la mayor cantidad posible de objetos en el camión de mudanza más voluminoso que pudo alquilar, terminando con su tiempo justo nada más que para asearse y correr con Kathy a firmar la escritura.
Durante el acto legal, los abogados usaron una cantidad algo mayor que la usual de discriminaciones apartados, partes y "otrosí", especificando todo esto en largas hojas de papel dactilografiado. El abogado de los Lutz explicó que, en razón de los impedimentos que había en relación a la casa, el matrimonio no poseía un título claro de propiedad, aunque contaba ya con lo mejor que había podido obtenerse con el pago adelantado. Notablemente, la escrituración ya había terminado unos minutos antes de mediodía. Cuando los Lutz abandonaban la oficina con cierta prisa, el abogado les aseguró que ya no habría problemas y que eventualmente iban a recibir los títulos de propiedad requeridos.
A la una, George tomó por la senda de entrada del número 112 de Ocean Avenue, junto con el acoplado de mudanza, lleno de sus enseres, además de la heladera, la lavadora, el secador y el congelador que los De Feo habían dejado en depósito. Kathy venía detrás con los niños en la camioneta de la familia, con la motocicleta en la parte de atrás. Cuatro amigos de George, hombres de veintitantos años y lo suficientemente fuertes para manejar muebles pesados, estaban esperando. Muebles, cajas, cajones, toneles, valijas, bolsas, juguetes, motocicletas, bicicletas y ropas fueron sacados del acoplado y llevados hasta la explanada de la parte de atrás de la casa y al garaje.
George avanzó hacia la puerta de entrada, buscando la llave en sus bolsillos. Irritado, se volvió hacia el acoplado y siguió buscándola minuciosamente, hasta que debió reconocer ante sus amigos que no la tenía. La señora Evans era la única persona que tenía la llave y se la había llevado con ella después de la firma de los documentos. George telefoneó y la señora Evans volvió a su oficina para recoger la llave.
Cuando la puerta lateral se abrió por fin, los tres niños saltaron de la camioneta y corrieron hacia sus juguetes respectivos e iniciaron sus tareas de cargadores no profesionales dentro y fuera de la casa. Kathy señalaba el destino de cada bulto.
Tomó cierto tiempo subir los enseres por la escalera bastante angosta que llevaba al primero y segundo pisos. Y cuando llegó el padre Mancuso para dar la bendición a la casa, ya era la una y media pasada.

II
18 de diciembre


El padre Frank Mancuso no era un simple sacerdote. Además de atender decididamente sus obligaciones sacerdotales, Mancuso era abogado, juez del tribunal católico y psicoterapeuta en ejercicio.
Esa mañana el padre Mancuso se había despertado con una sensación de malestar. Algo lo molestaba. No hubiera podido precisar la causa de esto, porque no tenía a la sazón preocupaciones especiales. Según sus propias palabras, al volver a considerar esos momentos sólo puede decir que se trataba de una "sensación desagradable".
Durante toda la mañana el sacerdote había recorrido sus habitaciones en la parroquia del Sagrado Corazón en un estado de gran agitación. "Hoy es jueves", pensaba. "Tengo una cita para almorzar en Lindernhurst y luego debo ir a bendecir la nueva casa de los Lutz. De allí iré a comer a casa de mi madre".
El padre había conocido a George Lee Lutz dos años antes. Aunque George era metodista, Mancuso lo había ayudado espiritualmente en los días que habían precedido a su matrimonio. Los tres niños eran hijos de un previo matrimonio, y, en su condición de sacerdote que atiende a niños católicos, el padre Mancuso sentía una necesidad personal de velar por sus intereses.
La joven pareja había invitado con frecuencia a amigo sacerdote, con su barba pulcramente recortada, a almuerzos y cenas en su casa de Deer Park De algún modo, el encuentro nunca se había producido. Y ahora George tenía una razón especial para invitarlo de nuevo: ¿vendría Mancuso a Amityvilh para bendecir la nueva casa? El padre Mancuso prometió estar allí el 18 de diciembre.
Ese mismo día en que el sacerdote aceptó ir a la casa de George, arregló también ir a comer con unos amigos en Lindernhurst, Long Island. Mancuso había tenido allí su primera parroquia. Ahora ocupaba un alto cargo en la diócesis, con sede propia en la parroquia de North Merrick. Como es natural, siempre estaba ocupado y su orden del día era muy nutrido, de tal modo que no se le podía echar la culpa si trataba de matar dos pájaros de un tire, ya que Lindernhurst y Amityville están a pocos kilómetros de distancia.
El sacerdote no lograba librarse de la "sensación desagradable" que se prolongó durante el agradable almuerzo con sus cuatro viejos amigos. Sin embargo, hizo todo lo posible para demorar su partida a Amityville, dándose largas para ponerse en marcha. Sus amigos le preguntaron adónde pensaha ir.
–A Amityville.
–¿A qué lugar en Amityville?
–Es un matrimonio joven... alrededor de treinta años, con tres hijos. Viven en...
El padre Mancuso echó una mirada a un pedacito de papel.
–En 112 Ocean Avenue.
–Ésa es la casa de los De Feo –dijo uno de los amigos.
–No. El nombre es Lutz. George y Kathleen Lutz.
–¿No se acuerda usted de los De Feo, Frank? –preguntó uno de los hombres sentados a la mesa–. El año pasado... Un hijo que mató a toda la familia: al padre, a la madre y a sus cuatro hermanos. Algo atroz. Atroz. Los diarios le dedicaron mucho espacio.
El sacerdote trató de hacer memoria. Rara vez leía las notas cuando echaba la mano a un diario; sólo dos tiras cómicas: "Broomhilda" y "Maní".
–No, no me acuerdo.
De los cuatro hombres sentados a la mesa, tres eran sacerdotes a quienes, al parecer, la cosa no les gustó. El consenso general fue que Mancuso no debía ir.
–Debo ir. Lo he prometido.

En camino a Amityville el padre Mancuso se sentía un poco nervioso. No era el hecho de visitar la casa de los De Feo: de eso estaba seguro. Era otra cosa ...
Llegó después de la una y media. La senda de entrada de los Lutz estaba tan abarrotada que debió estacionar su viejo Vega azul en la calle. Notó que era una casa enorme. ¡Tanto mejor para Kathy y los niños si Lutz había podido permitirse una mansión semejante!
El sacerdote retiró los objetos sagrados del coche y se puso la estola. levantó la botella de agua bendita y entró en la casa para efectuar el rito de bendición. No bien esparció las primeras gotas de agua bendita y pronunció las palabras que acompañan a ese gesto. el padre Mancuso oyó una voz de hombre que decía con claridad impresionante: "¡Fuera!"
El sacerdote giró sobre sus talones. impresionado. Los ojos se abrieron de asombro. La orden llegaba directamente desde atrás, pero él estaba solo en el cuarto. La persona o la entidad que había hablado no se veía por ninguna parte.
Cuando terminó con la ceremonia de la bendición. el sacerdote no mencionó el incidente a los Lutz, quienes le agradecieron su amabilidad y le pidieron que se quedara a comer con ellos, ya que ésa iba a ser la primera noche en la nueva casa. El sacerdote rechazó cortésmente la invitación, explicando que tenía intenciones de comer esa noche con su madre en su casa de Queens, que ella lo estaba esperando, que se hacía tarde y todavía había un viaje largo que hacer.
Kathy deseaba agradecer al padre Mancuso su amabilidad. George le preguntó si no aceptaría un regalo en dinero o una botella de whisky Canadian Club, pero el padre rechazó el ofrecimiento, afirmando que no podía aceptar recompensas de un amigo.
Una vez en su auto, el padre Mancuso bajó el vidrio de la ventanilla. Se repitieron las expresiones de gracias y de buenos deseos, pero mientras hablaba con el matrimonio la expresión de su cara se hizo seria.
–A propósito, George. Estuve almorzando con unos amigos en Lindernhurst antes de venir aquí. Me dijeron que ésta era la casa de los De Feo. ¿Lo sabía usted?
–¡Ah, sí, claro! Creo que por eso me costó tan poco. Hace mucho tiempo que está en oferta. Pero eso no nos preocupa en lo más mínimo. Tiene todo lo que nos hace falta.
–¿No le pareció espantoso? –dijo Kathy–. ¡Esa pobre gente! Piense usted un poco padre! ¡Los seis asesinados mientras dormían!
El sacerdote cabeceó. Luego de despedirse de los tres niños, la familia lo siguió contemplando en el momento en que partió en su auto hacia Queens.
Eran cerca de las cuatro cuando George terminó de sacar los enseres de su primer viaje de furgón. Volvió a Deer Park y enfiló por la vieja senda. Al abrir la puerta del garaje, Harry, su perro, se abalanzó y habría salido disparando en caso de no estar sujeto por una cadena. El perro, a medias Terranova, había sido dejado allí para que protegiera el resto de las posesiones de la familia. Ahora George lo hizo subir con él al camión de mudanza.
En el camino, mientras el padre Mancuso se dirigía a casa de su madre hizo un esfuerzo por formarse una idea de lo que le había ocurrido en casa de los Lutz. ¿Quién o qué podía haberle dicho semejante cosa? Después de todo, él era un psicoterapeuta profesional y, de cuando en cuando, se encontraba con pacientes que afirmaban haber oído voces; esto era un síntoma de psicosis. Pero el padre Mancuso estaba convencido de su propio equilibrio mental.
La madre del sacerdote lo saludó en el umbral de su casa e inmediatamente frunció el ceño.
–¿Qué te pasa, Frank? ¿No te sientes bien? El sacerdote meneó la cabeza.
–¡No me siento demasiado mal!
–¡Ve al cuarto de baño y mírate la cara en el espejo!
Al ver su imagen en el espejo, el padre Mancuso notó dos grandes cercos negruzcos bajo sus ojos, tan oscuros que parecían manchas de hollín. Intentó lavarse con agua y jabón, pero las manchas no se desvanecieron.

De vuelta en Amityville, George llevó al perro a la casilla al lado del garaje y lo ató con una cadena de acero de seis metros de largo. Ya eran más de las seis de la tarde y George, que se sentía muy fatigado, decidió dejar el resto de los objetos en el camión aunque estaba pagando cincuenta dólares diarios por el alquiler del vehículo. Empezó a ordenar los muebles del cuarto de estar, colocando la mayor parte de ellos en sus posiciones aproximadas.

El padre Mancuso dejó la casa de su madre después de las ocho y enderezó hacia la parroquia. En el Pasaje Van Wyck, de Queens, sintió que su coche era literalmente empujado sobre la derecha. Echó una rápida mirada en torno. ¡A una distancia de quince metros a su alrededor no había ningún vehículo!
Poco tiempo después de tomar por la carretera y seguir su camino, el capó se levantó de golpe, chocando contra el cristal delantero. Uno de los goznes soldados se soltó. ¡La portezuela de la derecha se abrió! El padre Mancuso, alarmado, trató de frenar el coche, que se detuvo por sí solo.
Muy perturbado, logró llegar hasta un teléfono y llamó a otro sacerdote que vivía en esas vecindades. Afortunadamente este colega pudo llevar al padre Mancuso a un garaje en donde logró alquilar un camión de remolque para arrastrar su coche accidentado. De vuelta en la carretera, el mecánico del garaje no logró poner en movimiento el automóvil. El padre Mancuso decidió dejar el coche en el garaje y hacerse llevar por su amigo a la parroquia del Sagrado Corazón.

Casi al fin de sus fuerzas, George resolvió terminar sus trabajos del día con algo más agradable. Puso en conexión su aparato estereofónico con el equipo de alta fidelidad que los De Feo habían instalado en la sala. Luego él y Kathy se iban a poner a oír música, gozando de su primera noche en la casa. Apenas había iniciado los trabajos, cuando Harry empezó a aullar atrozmente. Danny irrumpió precipitadamente en la casa, diciendo a gritos que Harry estaba en apuros. George corrió hacia el fondo y se encontró con que el pobre animal se estaba estrangulando: había tratado de saltar la empalizada y había enredado la cadena en la punta de una de las tablas. George libró a Harry y acortó la cadena para que el perro no realizara un nuevo intento. Y volvió a trabajar en su equipo estereofónico.

Una hora después, ya de vuelta en sus habitaciones, el padre Mancuso oyó sonar la campanilla del teléfono. Era el sacerdote que acababa de ayudarlo.
–¿Sabes qué me ocurrió después de separarnos?
El padre Mancuso casi tuvo miedo de preguntar...
–¡Los limpiaparabrisas, Frank! ¡Empezaron a moverse de un lado a otro, como enloquecidos! ¡No pude pararlos! ¡Y no los había puesto en movimiento, Frank! ¿Qué diablos está ocurriendo aquí?

Esa noche, a las once, los Lutz ya se disponían a sentarse tranquilamente para gozar de su primera noche en la casa. La temperatura había bajado afuera hasta los cinco grados bajo cero. George quemó en la chimenea unas cuantas cajas de cartón que ardieron, alegremente. Era el 18 de diciembre de 1975, el primero de sus veintiocho días.


III
Del 19 al 21 de diciembre


George se sentó en la cama, completamente despierto. Había oído un llamado en la puerta del frente.
Escudriñó la oscuridad. Por un instante no supo dónde estaba, pero luego logró situarse. Estaba en el dormitorio principal de su nueva casa. Kathy dormía a su lado, arropada bajo las abrigadas cobijas.
Se oyó un nuevo golpe en la puerta. "¡Santo Dios! ¿Qué es eso?", murmuró.
Tendió un brazo hacia la mesa de noche buscando su reloj de pulsera. ¡Eran las tres y cuarto de la mañana! Otro nuevo golpe, muy recio. Pero esta vez tuvo la impresión de que el ruido no venia de abajo, sino más bien de algún lugar a su izquierda.
George salió de la cama, caminó por el corredor frío, sin moquette, hasta el cuarto de vestir que daba sobre el río Amityville. Miró por la ventana hacia la oscuridad exterior. Oyó de nuevo un golpe. George hizo un esfuerzo por ver algo. "¿En dónde diablos está Harry?"
Desde algún punto que estaba por encima de su cabeza llegó un chirrido. Instintivamente se apartó y luego miró al techo. Oyó un crujido. Los niños, Danny y Chris, se hallaban en el dormitorio que estaba encima del suyo. Probablemente uno de ellos habría arrojado un juguete al suelo al hacer un movimiento mientras dormía.
Descalzo y con los pantalones del piyama como única vestimenta, George empezó a tiritar. Echó una mirada por la ventana. ¡Si, algo se estaba moviendo por el lado del embarcadero! Sin demorarse, levantó el cristal de la ventana y recibió contra la cara la ráfaga de aire frío. "¡Eh! ¿Quién anda ahí?" Harry ladró y se movió. George, tratando de escudriñar la oscuridad, vio que el perro daba un salto. La sombra estaba próxima a Harry.
¡Harry! ¡Agárralo!
Otro golpe se oyó, proveniente del embarcadero, y Harry giró al oírlo. Se echó a correr en torno de la casilla, ladrando fuertemente, tironeando de la cadena.
George cerró la ventana de golpe y corrió hacia su dormitorio. Kathy se había despertado.
–¿Qué ocurre? –preguntó, encendiendo la lámpara de la mesa de noche, mientras George se ponía los pantalones.
–¿George?
Kathy vio la cara barbada que se volvía hacia ella.
–Todo está en orden, querida. Sólo quiero bajar a echar un vistazo. Harry ha descubierto no sé qué junto al embarcadero. Probablemente un gato. Es mejor que lo tranquilice antes de que despierte a todo el vecindario.
Metió los pies en las zapatillas y tanteó en busca de su vieja bata azul marino, que estaba echada sobre una silla.
–Vuelvo en seguida. Sigue durmiendo.
Kathy apagó la luz.
–Ponte la chaqueta.
A la mañana siguiente, Kathy ya no pudo recordar que se había despertado durante la noche.
Cuando George salió por la puerta de la cocina, Harry seguía ladrando a la sombra movediza. Junto al borde de la piscina había una tabla apoyada contra la baranda. George la asió y corrió hacia el galpón de los botes. Entonces vio que la sombra se movía. George asió con más fuerza la tabla. Se oyó otro golpe vigoroso.
–¡Maldición! –exclamó George, dándose cuenta de que el ruido provenía de la puerta del embarcadero; abierta y balanceada por el viento–. ¡Creí que la había cerrado!
Harry ladró de nuevo.
–¡Basta, Harry, basta! ¡Termina de una vez!
Media hora más tarde George se había metido de nuevo en su cama y seguía perfectamente despierto. En esa condición de ex marino, alejado no hacia tanto del servicio, estaba acostumbrado a las llamadas intempestivas. Pero poner en movimiento su sistema de alarma interno le llevaba tiempo.
Mientras esperaba conciliar el sueño, George reflexionó en la situación en que se había metido: un segundo matrimonio con tres hijos que no eran suyos, una nueva casa con una fuerte hipoteca. Los impuestos en Amityville eran tres veces más altos que en Deer Park. ¿Le hacía falta realmente la nueva lancha? ¿Cómo diablos se las iba a arreglar para pagar por todas estas cosas? El negocio de la construcción era muy lerdo en Long Island, por culpa de la rigidez del sistema de pagos, y al parecer la cosa no se iba a arreglar mientras los Bancos no aflojaran las riendas. Si no se construyen casas y la gente no compra propiedades, ¿a quién diablos le hace falta un vendedor de inmuebles?
Kathy se movió en su sueño y dejó caer un brazo en torno del cuello de George. Hundió profundamente la cara en el pecho de él, que sintió el olor del pelo de ella. Sin duda tenía olor a limpio, pensó, y la idea fue de su agrado. También mantenía a sus hijos así: inmaculados. ¿Sus hijos? Los de George, ahora. Cualesquiera que fueran las dificultades, ella y los niños merecían que uno las enfrentara.
George miró el techo. Danny era un buen chico, capaz en todo sentido. Podía encontrar la vuelta para hacer cualquier cosa que se le pidiera. Ahora se estaban haciendo más amigos, Danny había empezado a llamar "papá" a su padrastro: ya no le decía "George". En cierto modo, George se alegraba de no haber conocido nunca al ex marido de Kathy; de este modo Danny era enteramente suyo. Kathy le había dicho que Chris era igual a su padre, que tenía los mismos modales, los mismos cabellos crespos y los mismos ojos. Cuando George le reprochaba algo al niño, la cara de Chris se entristecía, compungida, y el niño lo miraba con ojos muy expresivos. Sin duda el niño sabía usar los ojos.
A él le gustaba la forma en que los dos varones se ocupaban de Missy, una verdadera calamidad, aunque muy despierta para sus seis años. Nunca había tenido dificultades con ella desde el primer día en que había visto a Kathy. Era la nena de papá y nada más. "Me escucha a mí y a Kathy. Lo cierto es que los tres nos escuchan. Son tres chicos buenos".
Después de las seis George logró quedarse dormido. Kathy se despertó unos pocos minutos después y echó una mirada en torno del extraño dormitorio, tratando de poner en orden sus pensamientos. Estaba en el dormitorio de su hermosa casa nueva. Tenía junto a ella a su marido y los tres niños estaban durmiendo en sus propios dormitorios. ¿No era maravilloso esto? Dios había sido bueno con ellos.
Kathy trató de deslizarse bajo el brazo de George. El pobre había trabajado demasiado ayer, pensó Kathy, y hoy tenía más quehaceres por delante. Mejor dejarlo dormir. Ella, en cambio, no podía dormir: había demasiadas cosas que hacer en la cocina y era mejor empezar a moverse antes de que se levantaran los chicos.
Ya abajo, Kathy echó una ojeada a su nueva cocina. Afuera todavía estaba oscuro. Encendió la luz. Sobre el piso y la pileta había cajas apiladas con fuentes, vasos y cacerolas. Las sillas seguían puestas sobre la mesa de cocina. De todos modos, pensó Kathy sonriéndose a sí misma, la cocina iba a ser un cuarto feliz para toda la familia. Tal vez fuera el lugar adecuado para la Meditación Trascendental, que George practicaba desde hacía dos años y Kathy desde hacía un año. Él se había puesto a meditar después del fracaso de su primer matrimonio y había asistido a sesiones de un grupo de terapia. De aquí había nacido su interés en la meditación. Le había hecho conocer el tema a Kathy, pero ahora, atareado con la mudanza, se había olvidado totalmente de su hábito, bien establecido, de encerrarse en su cuarto y meditar unos cuantos minutos cada día.
Kathy lavó su calentador eléctrico; lo llenó, lo enchufó y encendió su primer cigarrillo del día. Mientras bebía el café, sentada a la mesa con un block y un lápiz, empezó a tomar nota de las tareas que debía hacer en la casa. Hoy era viernes 19. Los chicos no habrían de ir a la nueva escuela hasta después de las vacaciones de Navidad. ¡Navidad! ¡Había tanto por hacer aún!
Kathy tuvo la sensación de que alguien la estaba mirando fijamente. Sorprendida, levantó la mirada y se volvió. Su hija menor estaba en el pasillo.
–¡Missy! Me has dado un susto. ¿Qué pasa? ¿Por qué te has levantado tan temprano?
La niña tenía los ojos entornados. Los cabellos rubios le cubrían la cara. Echó una mirada en derredor, como si no se diera cuenta de dónde estaba.
–Quiero ir a casa, mamá.
–Estás en casa, Missy. Ésta es nuestra nueva casa. Ven aquí.
Missy se acercó tambaleando hasta Kathy y subió a su regazo. Las dos damas de la casa permanecieron sentadas en su simpática cocina; Kathy acunó a su hija hasta que ésta quedó dormida.
George bajó después de las nueve. A esta hora los muchachos ya habían terminado el desayuno y estaban fuera, jugando con Harry y haciendo investigaciones. Missy dormía nuevamente en su dormitorio.
Kathy miró a su marido, que llenaba el marco de la puerta con su corpulencia. Notó que no se había afeitado la parte de abajo de la mandíbula y que los cabellos de color rubio oscuro y la barba estaban desgreñados. Todo esto quería decir que no se había dado una ducha.
–¿Qué ocurre? ¿No piensas trabajar hoy? George se sentó pesadamente a la mesa.
–No. Todavía tengo que descargar el camión y volver a Deer Park. Hemos gastado cincuenta dólares más por haberlo retenido toda la noche.
Echó una mirada en derredor, bostezando, y tuvo un escalofrío.
Aquí hace frío. ¿No has puesto la calefacción?
Los muchachos pasaron junto a la pueta de la cocina, gritando detrás de Harry. George levantó la mirada.
–¿Qué les pasa a esos dos? ¿No puedes hacer que se queden quietos?
Ella, de pie junto a la pileta, se volvió.
–¡No tienes que gritarme! ¡El padre eres tú! ¡Hazlos callar!
George golpeó la mesa con la palma de la mano. El ruido hizo dar un salto a Kathy.
–¡Está bien! –gritó.
Abrió la puerta de la cocina y se asomó. Danny, Chris y Harry seguían corriendo de un lado para otro.
–¡Basta! ¡Basta de bochinche! ¡Basta!
Y, sin esperar la reacción de ellos, cerró la puerta de un portazo y salió bruscamente de la cocina.
Kathy quedó sin habla. Era la primera vez que George había salido de sus casillas y había gritado a los niños. ¡Y por tan poca cosa! Ayer no había estado de mal humor.
George descargó con sus propias manos el camión y volvió con él a Deer Park, poniendo la motocicleta en la parte de atrás, para la vuelta a Amityville. No se afeitó, no se duchó y no hizo durante el resto del día nada más que quejarse por la falta de calefacción en la casa y por el ruido que hacían los niños en el cuarto de juegos del piso alto.
Todo ese día, George no hizo más que rezongar y esa noche, a las once más o menos, cuando ya era hora de meterse en cama, Kathy ya estaba harta. Estaba muy cansada de poner una y otra cosa en orden y tratar de mantener a los niños lejos de George. A la mañana siguiente habría de iniciar la limpieza de los cuartos de baño, pero esta noche no podía hacerlo. Ahora se iba a meter en cama.
George se quedó un rato en la sala, echando un leño tras otro en la chimenea. Aunque el termostato marcaba veinte grados, no podía entrar en calor. Probablemente verificó una docena de veces la temperatura del calorífero en el sótano a lo largo del día.
A las doce, finalmente, George fue al dormitorio y se echó a dormir sin más. A las tres y cuarto de la mañana estaba de nuevo despierto y sentado en la cama.
Algo lo estaba preocupando. El embarcadero. ¿Había trancado la puerta... sí o no? No podía recordar. Tuvo que salir a comprobar. La puerta estaba cerrada y trancada.
En los dos días siguientes la familia Lutz pasó por un extraño cambio de personalidad colectiva. Como hubo de decir George más adelante: "No fue algo repentino. Fue en pedacitos: por aquí y por allá." El ni se afeitaba ni se bañaba, como siempre lo había hecho, infaltablemente. Por lo general, George dedicaba todo el tiempo que podía a su trabajo: dos años antes había abierto una segunda oficina en Shirley para atender negocios inmobiliarios en la costa sur. Ahora, en cambio, se conformaba con llamar a Syosset y dar órdenes malhumoradas a sus empleados, exigiéndoles que terminaran con sus tareas de inspección antes de fin de semana, ya que él necesitaba el dinero. En cuanto a la posibilidad de mudar su oficina al nuevo sótano, no lo pensó ni un solo instante.
En cambio, se quejaba constantemente de que la casa estaba fría como una heladera y había que calentarla. Echar leño tras leño a la chimenea le ocupaba la mayor parte del tiempo, salvo en los momentos en que iba al embarcadero, miraba el espacio vacío y volvía a la casa. Ni siquiera al llegar a este punto podía decir qué iba a mirar allí cuando salía. Sólo sabía que se sentía arrastrado a ese lugar. Prácticamente era una compulsión. En la tercera noche que pasaron en la casa, George se despertó nuevamente a las tres y cuarto, muy preocupado con la idea de lo que podía estar ocurriendo.
Los niños también lo irritaban. A partir del momento de la mudanza, se habían convertido en unos mocosos traviesos, unos monstruos malcriados que no oían ninguna advertencia, niños desbandados a quienes había que castigar severamente.
Cuando se trataba de los niños, Kathy tenía la misma impresión. Se sentía crispada por sus relaciones tensas con George y por los esfuerzos que realizaba para poner la casa en orden antes de Navidad. En la cuarta noche que pasaron en la casa. Kathy estalló y, junto con su marido, castigó a Danny, a Chris y a Missy con una correa y un pesado cucharón de madera.
Los niños habían roto accidentalmente el vidrio de una ventana en la banderola semicircular del cuarto de juegos.


IV
22 de diciembre


El lunes, por la mañana temprano en Amityville hacía mucho frío. La ciudad se levanta sobre la costa atlántica de Long Island y el viento marino sopla reciamente. El termómetro marcaba cinco grados bajo cero y los meteorólogos anunciaban una Navidad blanca.
En la casa de Ocean Avenue, Danny, Chris y Missy Lutz estaban en el cuarto de juegos, levemente aplacados después de la llamada al orden de la noche anterior. George todavía no había ido a su oficina y estaba sentado en la sala, poniendo de cuando en cuando un leño en un fuego ya muy vivo. Kathy escribía en su mesita del rincón de la cocina.
Al redactar la lista de las cosas que había que comprar para Navidad, la concentración mental de Kathy empezó a flaquear. Se sentía culpable por haber castigado físicamente a los niños, y, en especial, por la forma en que George y ella habían actuado. Muchos regalos estaban aún por comprarse y Kathy sabía que debía salir a comprarlos. Sin embargo, desde que se había mudado, nunca tenía ganas de salir a la calle. Acababa de escribir el nombre de la tía Theresa cuando de repente sintió que se le enfriaba la sangre y quedó con el lápiz suspendido en el aire.
Alguien había llegado desde atrás y la había abrazado. Luego le había tomado la mano y le había dado una palmada. El contacto era tranquilizador, como dotarlo de una fuerza interior. Kathy, aunque sobresaltada, no tuvo miedo: sintió que ésta era algo así como la caricia de una madre que conforta a su hija. ¡Kathy tuvo la impresión de que una suave mano femenina estrechaba su propia mano!
–¡Mamá! ¡Ven aquí, pronto!
Era la voz de Chris, llamando desde el rellano del último piso.
Kathy levantó la mirada. El hechizo fue interrumpido, el contacto había desaparecido. Subió corriendo las escaleras en busca de sus hijos, que estaban en el cuarto de baño y tenían la mirada clavada en el inodoro. Kathy vio que el interior del inodoro estaba absolutamente negro, como si alguien lo hubiera pintado desde el fondo hasta el borde. Kathy oprimió el botón y el agua bajó de todos lados: el negro permaneció.
Kathy arrancó un pedazo de papel higiénico e intentó vanamente, frotando, hacer desaparecer aquel color.
–¡No puedo creerlo! ¡Ayer froté todo con Clorox. Se volvió hacia los niños con aire acusador: –¿Han echado pintura aquí?
–¡No, mamá, no! –exclamaron los tres al unísono.
Kathy estaba a punto de enloquecer: el incidente ocurrido a la hora del desayuno fue olvidado. Echó una mirada al lavabo y a la bañera: brillaban después del escrupuloso tratamiento que ella había aplicado. Probó los grifos. Salía agua limpia y nada más. Una vez más abrió el depósito de agua, sin esperar ya que desapareciera el horrendo color negro.
Kathy se arrodilló y examinó la base del inodoro para ver si no había una infiltración desde el interior del artefacto. Por último se volvió hacia Danny.
–Tráeme el Clorox del cuarto de baño. Está en el cajoncito debajo del lavabo.
Missy hizo ademán de irse.
–¡Missy: quédate aquí! Deja que Danny haga lo que digo.
El muchacho salió del cuarto de baño.
–¡Y trae también el cepillo de piso –gritó Kathy detrás.
Chris escudriñó la cara de su madre con unos ojos llenos de lágrimas.
–No lo hice. No me pegues de nuevo.
Kathy lo miró y recordó la atroz noche pasada.
–No, querido, no fue culpa tuya. Algo ocurrió con el agua, creo. Tal vez alguna obstrucción de combustible en las cañerías. ¿Nunca has notado nada?
–¡Yo debía ir! ¡Yo lo vi primero! –gritó Missy.
–¿Ajá? Bueno... veamos qué se puede hacer con el Clorox antes de llamar a tu padre y ...
–¡Mamá, mamá! –la voz llegaba ahora de abajo, desde el vestíbulo.
Kathy salió al pasillo del cuarto de baño.
–¿Qué pasa, Danny? ¡Te dije que está debajo del lavabo!
–¡No, mamá, no es eso! Ya lo tengo. Pero tu inodoro también está negro. ¡Y hay mal olor!
El cuarto de baño de Kathy estaba en el extremo más alejado de su dormitorio. Danny estaba en la entrada al dormitorio, apretándose las narices, cuando Kathy y los otros dos niños llegaron corriendo. En cuanto Kathy entró en el dormitorio, sintió el olor: un perfume dulzón. Se paró, husmeó el aire y frunció el ceño.
–¿Qué es esto? ¡No es mi agua de Colonia!
Sin embargo, cuando entró al baño, fue asaltada por un olor totalmente distinto: un hedor espantoso.
Kathy tuvo una arcada y empezó a toser, pero antes de salir corriendo captó una imagen de su inodoro. ¡Estaba completamente negro!
Los niños se apartaron del camino cuando Kathy se preciptó escaleras abajo.
–¡George!
–¿Qué quieres? ¡Estoy ocupado!
Kathy entró como una exhalación en la sala y corrió hacia el lugar en donde estaba George, acurrucado junto a la chimenea.
–¡Ven a ver, por favor! ¡En nuestro cuarto de baño hay olor a rata muerta! ¡Y el inodoro está totalmente negro!
Kathy le agarró una mano y lo sacó vigorosamente del cuarto.
El inodoro del otro cuarto de baño en el piso de arriba también estaba enteramente negro, según comprobó George, pero no hedía. George husmeó el extraño perfume del cuarto.
–¿Qué diablos es este olor?
Y se puso a abrir las ventanas del segundo piso.
–En primer lugar: ¡tenemos que librarnos de este olor asqueroso!
George abrió las ventanas de su dormitorio y tomó por el pasillo en dirección a los otros cuartos. Luego oyó la voz de Kathy.
–¡George! ¡Mira esto!
El cuarto dormitorio del segundo piso –convertido ahora en el cuarto de costura de Kathy– tenía dos ventanas. Una de ellas, la que daba sobre el embarcadero y el río Amityville, era la ventana que George había abierto la primera noche, cuando se había despertado a las tres y cuarto. La otra daba sobre la casa vecina, a la derecha de 112 Ocean Avenue. ¡En esta ventana había centenares de moscas que zumbaban contra los cristales!
–¡Santo Dios! ¡Mira esto! ¿De dónde vienen? Moscas ahora...?
–Tal vez están atraídas por el olor –se aventuró a decir Kathy.
–Sí ... pero no en esta época del año. Las moscas no viven tanto tiempo. No con estas temperaturas. Y... ¿por qué se amontonan todas contra el vidrio de esta ventana?
George echó una mirada a todo el cuarto, tratando de descubrir de dónde venían los insectos. En un rincón había un placard. Abrió la puerta y escudriñó el interior, buscando grietas..., cualquier cosa que pudiera dar una explicación del hecho.
–Si la pared de este placard diera sobre el cuarto de baño, a lo mejor podían ser atraídas por el calor, pero esta pared da a la calle.
George puso la mano sobre la pared.
–Está fría. No veo cómo pueden haber sobrevivido.
Después de hacer pasar a su familia al vestíbulo, George cerró la puerta que llevaba al cuarto de costura. Abrió la otra ventana, la que daba sobre el desembarcadero, recogió algunos periódicos y espantó las moscas que pudo. Mató las que quedaban y luego cerró la ventana. Al llegar a este punto el segundo piso estaba ya muy frío, pero por lo menos el perfume dulzón se había ido. También había disminuido el hedor en el cuarto de baño.
Pero nada de esto ayudó a George en sus esfuerzos por calentar la casa. Aunque nadie se había quejado, verificó el aparato de calefacción en el sótano. Marchaba perfectamente. A las cuatro de la tarde el termómetro de la sala marcaba veinticinco grados, pero George no podía sentir el calor.
Kathy había frotado el fondo de los inodoros con Clorox, Fantastik y Lysol. Los productos de limpieza habían tenido algún efecto, pero en buena parte la tintura negra seguía incrustada en la loza. El peor de todos era el inodoro del segundo cuarto de baño, junto al cuarto de costura.
La temperatura exterior había subido a cuatro grados bajo cero y los niños habían salido y estaban jugando con Harry. Kathy les advirtió que debían mantenerse lejos del embarcadero y la zona arbolada, diciendo que era peligroso jugar allí si no había nadie que los estuviera vigilando.
George había traído algunos leños más del garaje y estaba sentado en la cocina con Kathy. Los dos se pusieron a discutir violentamente, sin ponerse de acuerdo sobre quién habría de efectuar las compras de los regalos de Navidad.
–¿No puedes elegir, por lo menos, un perfume para tu madre? –preguntó George.
–¡Tengo que poner esta casa en orden! –gritó Kathy, enfurecida–. ¿Qué estás haciendo tú, fuera de molestar?
Al cabo de unos minutos la colisión ya había pasado. Kathy se disponía a hablar de la extraña experiencia que había tenido esa mañana en su rincón de la cocina cuando sonó el timbre de entrada.
Un hombre de una edad intermedia entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco años, con una calvicie incipiente, estaba parado en el umbral, con una sonrisa incierta en la cara y una caja con seis latas de cerveza en la mano. Los rasgos eran toscos y la nariz estaba enrojecida por el frío.
–Todos quieren venir a darles la bienvenida al barrio. No lo toman ustedes a mal, ¿verdad?
El hombre tenía puesto un sobretodo de lana de tres cuartos de largo, pantalones de pana y botas claveteadas. A George la pareció que no tenía aire de ser uno de los vecinos que habitaban las mansiones de la zona.
Antes de mudarse a Amityville, George y Kathy habían jugado con la idea de tener casa abierta, pero una vez instalados en el nuevo domicilio, no habían vuelto a hablar del tema. George saludó con un movimiento de cabeza al representante del vecindario.
–No, no nos parece mal. Siempre que no les incomode sentarse en cajas de embalaje, puede usted venir con todos sus amigos.
George lo hizo pasar a la cocina y presentó a su mujer. El hombre repitió su frase ante ella. Kathy hizo un gesto de aprobación y el hombre prosiguió contando a los Lutz que tenía una lancha que guardaba en un embarcadero vecino, varias casas más allá en la misma avenida.
El hombre levantó la caja de las cervezas y dijo:
–Yo la traje y yo me la llevo.
George y Kathy nunca supieron cómo se llamaba. No volvieron a verlo.
Esa noche, cuando fueron a acostarse, George hizo su previa inspección de puertas y ventanas, todos los cerrojos y pestillos de adentro y de afuera, de tal modo que, cuando se despertó una vez más a las tres y cuarto de la mañana, y cedió al impulso que le llevaba a echar una mirada abajo, quedó asombrado al encontrarse con que el portón de madera del frente –que pesaba por lo menos ciento veinte kilos estaba abierto y desquiciado, ¡colgando de un solo gozne!


V
23 de diciembre


Kathy fue despertada por los ruidos que hacía George debatiéndose con el portón desvencijado. Se levantó y, al sentir el frío que había invadido la casa, se echó encima una bata y corrió escaleras abajo. Encontró a su marido haciendo esfuerzos por encajar el pesado portón de madera en su marco.
–¿Qué ha pasado?
–No lo sé –contestó George, logrando por fin cerrar la puerta–. La puerta estaba totalmente abierta y colgada de un gozne, ¡Mira esto!
Y señaló la cerradura metálica. El picaporte estaba completamente fuera de centro. La cubierta metálica estaba levantada, como si alguien hubiera querido arrancarla con una herramienta, ¡desde adentro!
¡Alguien había tratado de salir de la casa, no de entrar!"
–No sé qué está pasando aquí –murmuró George, hablando más para sí mismo que para Kathy–
–Sé que cerré antes de subir. Para abrir la puerta desde adentro bastaba con girar la llave.
–¿Desde afuera es lo mismo?
–No. Afuera no hay ningún desperfecto ni en la cerradura ni en el picaporte. Sólo alguien con una fuerza tremenda puede haber sido capaz de sacar de de sus goznes a un portón tan macizo como éste..
–Tal vez fue el viento, George –dijo Kathy esperanzada– A veces es muy fuerte aquí, ¿sabes?
–Aquí el viento no entra, y mucho menos un huracán. ¡Alguien o algo es el autor de esto!
Los Lutz cambiaron una mirada. Kathy fue la primera en reaccionar. "¡Los chicos!" Se dio vuelta y corrió escaleras arriba hasta el dormitorio de Missy.
Una lucecita en forma de oso estaba enchufada en la pared, cerca de la parte baja de la cama de la niña. A la débil luz, Kathy pudo ver la forma del cuerpo de Missy, echada boca abajo.
–Missy –susurró Kathy, inclinándose sobre la cama.
Missy lanzó un leve gemido y se puso boca arriba. Kathy exhaló un suspiro de alivio y subió las frazadas hasta la barbilla de su hija. El aire frío que había entrado mientras la puerta estaba abierta había enfriado el cuarto. Kathy besó a Missy en la frente y silenciosamente salió del cuarto, dirigiéndose al piso alto.
Danny y Chris dormían profundamente, los dos boca abajo. "Ahora, cuando pienso en ello, dice Kathy, me doy cuenta que fue la primera vez que vi a los chicos dormir en esa postura... Especialmente a los tres al mismo tiempo. Incluso recuerdo que iba a decir algo a George en ese sentido, a decirle que aquello me parecía raro".
Por la mañana la ola de frío que envolvía a Amityville no se había retirado. El cielo estaba nublado y la radio prometió, una vez más, una Navidad con nieve. En el vestíbulo de la casa de los Lutz el termómetro seguía marcando veintidós grados, pero George había vuelto al cuarto de estar y seguía metiendo leños entre las llamaradas de la chimenea. George dijo a Kathy que no podía librarse del frío que lo tenía transido hasta los huesos, y que no entendía por qué razón ella y los niños no sentían tanto frío como él.
La tarea de cambiar el picaporte y la cerradura en la puerta de entrada era demasiado complicada, incluso para un hombre tan avezado como George. El cerrajero local llegó a eso de las doce, como se había convenido. El hombre hizo una inspección larga y minuciosa de los daños dentro de la casa y luego miró a George con una expresión peculiar, sin ofrecer ninguna explicación de los motivos que habían hecho posibles los trastornos relatados.
El hombre terminó su trabajo lenta y tranquilamente. Al retirarse, el cerrajero dijo que, en una ocasión, los De Feo lo habían invitado dos años antes. "Tuvieron algún inconveniente con la cerradura de la casilla de los botes". Lo habían llamado para cambiar el cerrojo, ya que antes la puerta, cuando se cerraba desde adentro se trababa. y la persona que estaba en la casilla no podía salir.
George quiso decir algo más en relación al embarcadero, pero cuando Kathy lo miró se contuvo. Ni él ni ella querían enterarse de las noticias que circulaban a la sazón en Amityville: cosas raras estaban ocurriendo una vez más en el número 112 de Ocean Avenue.
A eso de las dos de la tarde la temperatura empezó a subir. Una leve llovizna bastó para que los niños decidieran quedarse en casa. George, como siempre, no había ido a su oficina y seguía yendo y viniendo entre la sala y el sótano, agregando leños a la chimenea y comprobando el funcionamiento del calefactor. Danny y Chris estaban en el cuarto de juegos del tercer piso y jugaban ruidosamente con sus juguetes. Kathy había vuelto a sus tareas de limpieza y forraba con papel las tablas de los placards. Ya había avanzado hasta su dormitorio del segundo piso Cuando se le ocurrió echar una mirada al cuarto de Missy. La niña estaba sentada en su diminuta hamaca y canturreaba para sí misma una canción mientras miraba por la ventana que daba sobre el embarcadero.
Kathy se disponía ya a decir algo a su hija cuando sonó el teléfono. Tomó el llamado desde el aparato que estaba en su dormitorio. Era su madre, que anunciaba la llegada para el día siguiente –Nochebuena– con el hermano de Kathy, Jimmy, que iba a llevarles un árbol de Navidad como regalo para caldear el ambiente.
Kathy dijo que se sentía muy aliviada de que alguien hubiera pensado finalmente en el árbol, ya que ella y George no se habían sentido capaces de hacer compras de ninguna clase. Luego, con el rabillo del ojo, vio que Missy abandonaba su dormitorio y se dirigía al cuarto de costura. Kathy sólo oía a medias lo que le decía su madre. ¿Qué podía estar haciendo en ese cuarto donde se habían amontonado las moscas el día anterior? Podía escuchar el canturreo de la niña, que se movía entre las cajas de cartón aún no abiertas.
Kathy se disponía ya a interrumpir a su madre cuando vio llegar a Missy desde el cuarto de costura. La niña, al tomar por el pasillo y volver a su dormitorio, dejó de canturrear. Sorprendida por el comportamiento de su hija, Kathy reanudó la conversación con su madre, dándole una vez más las gracias por el árbol. Luego colgó, avanzó sigilosamente hasta el cuarto de Missy y se paró en el umbral.
Missy estaba de vuelta en su mecedora, miraba fijamente a la misma ventana y canturreaba una canción que no parecía del todo conocida. Kathy se disponía a decir algo cuando Missy dejó de canturrear y, sin volver la cabeza, preguntó:
–Mamá... ¿hablan los Angeles?
Kathy miró a su hija. ¡La niña se había dado cuenta que ella estaba allí! Pero antes de que Kathy pudiera entrar al cuarto, fue sorprendida por un estruendo que llegaba desde arriba. ¡Los muchachos estaban en el otro piso! Asustada, subió corriendo las escaleras en dirección al cuarto de juegos. Danny y Chris se revolcaba por el suelo, trenzados, golpeándose y pateándose.
–¿Qué pasa aquí? –preguntó Kathy–. ¡Danny! ¡Chris! ¡Basta! ¿Me oyen?
Trató de separarlos, pero los dos niños trataban de lastimarse, con los ojos relampagueantes de furor, Chris gritaba en medio de su furia. Era la primera vez que los dos hermanos se habían trabado en una pelea.
Kathy dio una bofetada –bastante vigorosa– a cada uno, y exigió que se le explicara cómo se había iniciado la gresca.
–Fue Danny que empezó –dijo Chris lagrimeando.
–¡Mentiroso! ¡Tú empezaste! –exclamó Danny, torciendo la cara.
–¿Qué empezó qué? ¿Por qué están peleando? –preguntó Kathy levantando la voz. Ninguno de los niños contestó. Muy pronto los dos se apartaron de su madre. Kathy sintió que fuera cual fuere la historia entre ellos, era asunto de ellos y no de su madre.
Su paciencia se agotó.
–¿Qué está pasando aquí? Primero Missy con sus ángeles, y ahora ustedes dos, estúpidamente, tratan de matarse. Bueno. ¡Basta por hoy! Veremos qué va a decir papá de todo esto. Los dos recibirán el castigo merecido, pero ahora no quiero oír absolutamente nada de ninguno de los dos. ¿Me oyen? ¡Ni una sola palabra más!
Kathy, temblando, bajó las escaleras y volvió a sus tareas. "Tranquilízate", se dijo a sí misma. Al pasar junto al cuarto de Missy, oyó que la niña canturreaba la misma canción extraña. Kathy estuvo a punto de entrar, pero luego le pareció más oportuno no hacerlo y continuó su camino. Más adelante habría de hablar con George, cuando lograra tener una actitud más calma en relación a todo el asunto.
Kathy recogió un rollo de papel de envolver y abrió la puerta del placard. Inmediatamente le llegó a sus narices un olor rancio. "¡Dios mío! ¿Qué es esto?" Miró de la cadenita que colgaba del techo del placard para encender la luz y miró dentro. El placard estaba vacío, salvo por una sola cosa. El primer día en que los Lutz se habían mudado, Kathy había colgado un crucifijo en la pared interna, frente a la puerta del placard tal como lo había hecho cuando, vivían en Deer Park. Un amigo le había dado el crucifijo como regalo de bodas: era un crucifijo de plata, una obra de buena artesanía, de unos treinta centímetros de largo, que tenía la bendición desde hacía mucho tiempo.
Cuando Kathy lo buscó con la mirada y lo encontró, sus ojos se dilataron de horror. El olor rancio le provocó arcadas, pero no pudo apartar la vista del crucifijo, ¡que colgaba cabeza abajo!


VI
24 de diciembre


Ya hacía casi una semana que el padre Mancuso había estado en la casa de Ocean Avenue. Los inquietantes incidentes de ese día y esa noche seguían presentes en su mente, aunque no los había comentado con nadie: ni siquiera con George y Kathy Lutz, ni siquiera con su superior eclesiástico.
En la noche del 23, el padre Mancuso había tenido un ataque de gripe. El sacerdote había sentido chuchos y sudores ,alternados. Y, cuando finalmente se levantó de la cama y se tomó la temperatura, el termómetro marcaba treinta y nueve grados. Ingirió algunas aspirinas, esperando que le bajaran la fiebre. Esto ocurría en días de Navidad, cuando se presenta una gran cantidad de obligaciones para la gente de iglesia: un tiempo muy inapropiado para caer enfermo.
El padre Mancuso se sumió en un sueño turbulento. A eso de las cuatro de la mañana del día de Nochebuena se despertó y se encontró con que su temperatura estaba en treinta y nueve grados y medio. El padre llamó al párroco a sus habitaciones. Éste decidió llamar al médico. Mientras el padre Mancuso esperaba al médico, empezó a pensar en la familia Lutz.
Había algo que lo inquietaba y, al mismo tiempo, que no podía precisar. Todo el tiempo tenía en la mente la imagen de un cuarto que, según creía él, estaba en el primer piso de la casa. Pese a que era presa de un cierto mareo, el sacerdote podía vislumbrar claramente el cuarto: estaba lleno de cajas sin abrir cuando él había dado la bendición a la casa, y también recordaba haber visto el galpón de los botes desde las ventanas.
El padre Mancuso recuerda que, cuando estaba enfermo en cama, había usado las palabras "el mal" en sus reflexiones, pero cree ahora que la fiebre elevada puede haberle jugado una mala pasada a su imaginación. También recuerda que tuvo un impulso, tan fuerte que podía calificarse de obsesión, de llamar a los Lutz y advertirles que debían mantenerse lejos de ese cuarto por todos los medios.

En esos mismos instantes, en Amityville, Kathy Lutz se había puesto a pensar en el cuarto del primer piso. De cuando en cuando, Kathy sentía la necesidad de estar sola, y para esto debía tener su propio cuarto. El lugar elegido para su meditación podía ser éste, junto con la cocina. Este tercer dormitorio del primer piso podría servir como cuarto de vestir y depósito general para los guardarropas crecientes de ella y de George.
Entre las cajas que estaban en el cuarto de costura había algunas con adornos de Navidad, acumulados a lo largo de los años. Había llegado el momento de desempaquetar las bolas y las velitas, ponerlas en condiciones para colgarlas del árbol que su madre y su hermano habían prometido traer esa tarde. Después del almuerzo Kathy pidió a Danny y a Chris que bajaran las cajas a la sala. George estaba más interesado en los leños de la chimenea y sólo se ocupó distraídamente de las lucecitas de Navidad, probando las bombillas de colores y desenredando los hilos. En las horas que siguieron Kathy y los niños se dedicaron activamente a quitar el papel de seda en que estaban envueltas las bolas de bonitos y brillantes colores, los angelitos de madera y de cristal, los Santa Claus, los patinadores, las bailarinas, los renos y los hombres de las nieves que Kathy iba añadiendo todos los años, a medida que los niños crecían.
Cada niño tenía sus adornos favoritos y los había colocado sobre paños que Kathy había extendido en el suelo. Algunos de estos adornos provenían de la primera Navidad de Danny. Pero en esta ocasión los niños se pusieron a admirar un adorno que George había aportado a su nueva familia. Era una pieza de colección heredada, una espléndida galaxia de lunas crecientes y estrellas forjadas en pura plata y encastradas en un fondo de oro de veinticuatro quilates. La parte de atrás de esta pieza de quince centímetros tenía un gancho que permitía colgarla de un árbol. Esta obra, hecha en Alemania hacía más de cien años, pertenecía a su familia desde mucho tiempo atrás; había sido dada a George por su abuela que, a su vez la había recibido de su propia abuela.

El médico había pasado por la casa parroquial y se había ido, después de confirmar que el padre Mancuso tenía un ataque de gripe y haberle recomendado que guardara cama por un día o dos. La fiebre se había instalado en el organismo y la temperatura iba a seguir siendo alta en las próximas veinticuatro horas.
Al padre Mancuso le irritaba la idea de no tener nada que hacer. ¡En su agenda había tantas cosas por hacer! Convino en que algunos de los casos en su calendario del tribunal podían postergarse una semana, pero había pacientes de psicoterapia que, no estaban en condiciones de permitirse una postergación similar. Sin embargo, tanto el médico como el párroco insistieron en que el padre Mancuso sólo iba a prolongar su enfermedad si insistía en trabajar o salir de su casa.
No obstante, había algo que aún podía hacer: telefonear a George Lutz. La sensación desagradable que experimentara ante el cuarto del primer piso no lo había abandonado y lo inquietaba tanto como la misma enfermedad. Cuando el padre Mancuso decidió hacer el llamado telefónico, eran las cinco de la tarde. Danny atendió el teléfono y corrió a llamar a su padre. A Kathy le sorprendió la llamada, pero no a George. Este, sentado todo el día junto a la chimenea, había estado pensando sin cesar en el sacerdote. George había tenido un impulso de llamar al padre Mancuso, pero finalmente no logró hacerse una idea clara de lo que quería decirle.
George lamentó que el padre Mancuso tuviera un ataque de gripe y preguntó si podía ayudar en algo. Después de oír que nada podía hacerse para aliviar las molestias del sacerdote, George se puso a hablar de lo que estaba ocurriendo en la casa. En un principio, la conversación fue de tono menor. George dijo al sacerdote que iba a bajar los ornamentos para colgar del árbol de Navidad que Jimmy, su cuñado, había regalado a la familia.
El padre Mancuso interrumpió a George:
–Tengo que hablar con usted de algo que me está preocupando mucho. ¿Tiene usted presente el cuarto del primer piso de su casa, el que da sobre el embarcadero...? ¿Ése en donde ustedes han puesto todos esos cajones y cajas de cartón sin abrir?
–Claro que sí, padre. Ése va a ser el cuarto de costura y de meditación de Kathy en cuanto yo tenga unos momentos libres para ponerlo en orden. A propósito, ¿sabe usted lo que encontramos allí el otro día? ¡Moscas! ¡Centenares de moscas! ¿Se imagina usted algo parecido? ¡En pleno invierno!
George esperó la reacción del sacerdote. Y la tuvo.
–George: no quiero que usted, Kathy y los niños vuelvan a entrar en ese cuarto. Deben ustedes mantenerse lejos:
–¿Por qué, padre? ¿Qué hay en ese lugar?
Antes de que el sacerdote pudiera contestar, se oyó, por el teléfono, un crujido estridente. Los dos hombres apartaron el receptor de sus orejas, muy sorprendidos. George no pudo entender las palabras siguientes que dijo el padre Mancuso. Lo único que se oía por el teléfono era un ruido parejo e irritante.
–¿Hola? ¿Hola? ¿Padre? ¡No oigo nada! ¡Algo anda mal en la línea!
Desde su teléfono, también el padre Mancuso realizaba esfuerzos por oír a George y sólo distinguía los lejanos "holas". Por último el sacerdote colgó y volvió a marcar el número de los Lutz. Pudo oír los campanillazos, pero nadie atendió. El sacerdote esperó a que sonaran diez campanillazos antes de renunciar. Quedó muy turbado.
Al no poder oír ya al padre Mancuso a través de los ruidos telefónicos, George también debió colgar, y esperó que el sacerdote llamara de nuevo. Durante varios minutos siguió sentado en la cocina, con la mirada fija en el teléfono quieto. Luego marcó el número privado del padre Mancuso en la rectoría. No hubo respuesta.

En la sala, Kathy empezó a desempaquetar los pocos regalos de Navidad que había juntado antes de venir a Amityville. Había ido a las liquidaciones de Sears y al mercado Green Acres de Valley Stream y había comprado ropa para los niños –ofertas a precios convenientes– y algunas cosas para George y la familia. De todos modos, Kathy notó con tristeza que la cantidad de paquetes era exigua y se reprochó a sí misma por no haber ido de compras. Había pocos juguetes para Danny, Chris y Missy, pero ya era demasiado tarde y nada podía hacerse.
Kathy había enviado los niños al cuarto de juegos a fin de trabajar a solas. Pensaba ahora en Missy. No había contestado la pregunta de su hija cuando ésta se había referido a los ángeles que hablaban: Kathy había eludido la respuesta diciéndole que se lo iba a preguntar a papá. Pero la pregunta no fue formulada de nuevo cuando ella y George fueron a acostarse. ¿Cómo se le había ocurrido a Missy una idea semejante? ¿Tendría algo que ver esto con el extraño comportamiento de la niña ayer, en el dormitorio? Y ¿qué habría estado buscando en el cuarto de costura?
Las reflexiones de Kathy se interrumpieron cuando George volvió después de hablar por teléfono en la cocina. En la cara tenía una expresión extraña y evitaba encontrarle la mirada. Kathy esperó que le contara su conversación con el padre Mancuso, pero en ese instante sonó el timbre de la entrada. Kathy se dio vuelta, sorprendida.
–¡Debe ser mamá! George; ¡ya están aquí y ni siquiera he empezado a cocinar! –Corrió en dirección a la cocina: ¡Abre tú, por favor!
El hermano de Kathy, Jimmy Connors, era un hombre joven, robusto, corpulento, que simpatizaba realmente con George. Esa noche su cara, expresaba una afabilidad y una cordialidad encantadoras. Iba a casarse el día después de Navidad y había pedido a George que fuera su padrino. Pero cuando la madre y el hijo entraron en la casa –Jimmy con un pino de buen tamaño entre los brazos– y vieron a George, las caras cambiaron: George no se había afeitado ni bañado desde hacía casi una semana. La madre de Kathy, Joan, se alarmó.
–¿Dónde están Kathy y los niños? –preguntó a George.
Kathy está preparando la cena y los chicos están en el cuarto de juegos. ¿Por qué?
–No sé ... tuve la sensación de que algo no andaba.
Ésta era la primera vez que su suegra y su cuñado venían a la casa, de tal modo que George procedió a mostrar a su suegra la dirección de la cocina. Luego Jimmy y él llevaron el árbol a la sala.
–¡Caramba! ¡Que fogata hay en esa chimenea!
George explicó que no lograba entrar en calor: no lo había logrado desde el día de la mudanza, pese a que ese día había quemado diez leños.
–Sé... –observó Jimmy– hace más bien frío. Tal vez el quemador o el termostato no anden bien.
–No –contestó George–. El quemador anda perfectamente y el termostato marca veinticuatro grados. Ven conmigo al sótano y te mostraré.

En la casa parroquial el médico del padre Mancuso había advertido a éste que la temperatura del cuerpo sube por lo general después de las cinco de la tarde. Aunque el sacerdote no se sentía bien, y el estómago le ardía, su mente volvía a cavilar en los problemas telefónicos, tan extraños, de la familia Lutz.
Ya eran las ocho de la noche y los repetidos intentos de Mancuso de ponerse en contacto con George habían sido inútiles. Varias veces el sacerdote había solicitado a la telefonista que verificara si el teléfono de los Lutz funcionaba normalmente. Y cada vez que lo hizo la campanilla del teléfono sonó interminablemente, hasta que un inspector lo llamó de vuelta y le informó que no había problemas de servicio con ese número.
¿Por qué no había llamado George de vuelta? El padre Mancuso, estaba seguro de que George había oído lo que él le había dicho sobre el cuarto del primer piso. ¿Habría algo horrible detrás de todo esto? El padre Mancuso no tenía confianza en la casa de Ocean Avenue y ya no fue capaz de seguir esperando.
Llamó a un amigo que tenía en el Departamento de Policía del distrito de Nassau.

El árbol de Navidad ya estaba ubicado en la casa de los Lutz. Danny, Chris y Missy ayudaban a tío Jimmy, que lo estaba engalanando, y cada cuál insistía en que sus ornamentos debían colgarse antes. George había vuelto a su mundo particular junto al fuego. Kathy y su madre charlaban en la cocina. Éste era el "cuarto feliz" de Kathy, el único lugar de la nueva casa en donde se sentía segura.
Kathy se quejó de George a su madre: estaba cambiado desde que se habían instalado en la nueva casa.
–Mamá: no quiere bañarse, no quiere afeitarse. Ni siquiera sale de la casa para ir a la oficina. Lo único que le interesa es estar sentado ante esa maldita chimenea y quejarse del frío. Otra cosa más; no hay noche que no se despierte para hacer una inspección del embarcadero.
–¿Qué va a buscar allí? –preguntó la señora Connors.
–¿Yo qué sé? Se limita a repetir que tiene que echar un vistazo... y cerciorarse de que la lancha está dentro.
–Nada de esto es normal en George. ¿Le has preguntado si hay algo que no anda bien?
–¡Claro que sí! –Kathy levantó las manos–. ¡Y lo único que hace, como respuesta, es echar más leña al fuego! Desde hace una semana hemos gastado una barbaridad de leña.
La madre de Kathy tuvo un escalofrío y trató de ajustarse mejor la tricota al cuerpo.
–Bueno... Lo cierto es que en esta casa hace un poco de frío. Lo he sentido desde que entré.
Jimmy, que se había parado sobre una silla de la sala, se disponía a colgar uno de los adornos de George en la copa del árbol. También él tuvo un escalofrío.
–¡Oye, George! ¿Hay alguna puerta abierta? Siento un soplo de aire en la nuca.
George levantó la mirada.
–No; no creo. He cerrado todas las puertas.
Y sintió un súbito impulso de comprobar el estado del cuarto de costura del primer piso.
–Ya vuelvo.
Kathy y la señora Connors se cruzaron con él en el momento en que salían de la cocina. Él no dijo ni una palabra a ninguna de las dos y corrió escaleras arriba.
–¿Qué le pasa? –preguntó la señora Connors. Kathy se encogió de hombros.
–¿Ves lo que te digo?
Y empezó a colocar los regalos de Navidad debajo del árbol. Cuando Danny, Chris y Missy vieron el negro número de paquetes con bonitos forros que estaban en el suelo, se oyó un coro de voces desilucionadas.
–¿Por qué lloriquean?
Era George, que estaba de vuelta, bajo el dintel de la puerta.
–¡A ver si se callan! Están demasiados malcriados.
Kathy estuvo a punto de contestar de mal tono a su marido por haber gritado a los niños en presencia de su madre y de su hermano, pero se contuvo al ver la expresión de la cara de George.
–Dime: ¿abriste la ventana del cuarto de costura, Kathy?
–¿Yo? ¡No he puesto los pies allí en todo el día! George se volvió hacia los niños, que estaban junto al árbol.
–¿Alguno de ustedes ha ido a ese cuarto después de bajar los paquetes?
Los tres menearon las cabezas. George no se había movido de su lugar bajo el dintel. Y volvió los ojos hacia Kathy.
–George, ¿qué ocurre?
–Hay una ventana abierta. Han vuelto las moscas.
¡Crac! Todos dieron un salto al oír un crujido que venía no se sabe de dónde, afuera. Luego el ruido de un golpe repentino. Harry ladró.
–¡La puerta del embarcadero! ¡Se ha abierto de nuevo!
George se volvió hacia Jimmy.
–¡No los dejes solos! ¡Vuelvo en seguida!
Echó mano a la campera que estaba en el placard del vestíbulo y enderezó hacia la puerta de la cocina. Kathy se echó a llorar.
–Kathy, ¿qué pasa? –preguntó la señora Connors, levantando la voz.
–¡Oh, mamá! ¡No lo sé!

Había un hombre que se puso a observar a George en el momento en que salió por la puerta del costado y corrió hacia los fondos de la casa. El hombre sabía que era la puerta de la cocina, porque ya había estado antes en el número 112 de Ocean Evenue. El hombre estaba sentado dentro de un auto estacionado frente a la casa de los Lutz y contempló a George cuando cerraba la puerta del embarcadero.
Echó una mirada a su reloj. Eran casi las once. El hombre tomó en su mano el micrófono de la radio del auto. "Cammaroto. Habla Al. Llame de nuevo a North Merrick y dígales que la gente que vive en 112 Ocean Avenue está en casa." El sargento Al Gionfriddo, del departamento de policía de Amityville estaba de guardia esa Nochebuena, como lo había estado la noche en que la familia De Feo fue ultimada.


VII
25 de diciembre


Por séptima noche consecutiva George se despertó exactamente a las tres y cuarto. Se sentó en la cama. A la luz de la luna de invierno, que había invadido la habitación, pudo ver claramente a Kathy, que dormía boca abajo.
George tendió la mano para acariciarle la cabeza. En ese instante Kathy se despertó, lanzando una mirada azorada en derredor. George pudo ver el temor en sus ojos.
–¡Le dieron un balazo en la cabeza! –aulló Kathy–. ¡Le dieron un balazo en la cabeza! ¡Sentí los estampidos dentro de mi cabeza!
El detective Gionfriddo habría podido entender lo que había aterrado y despertado a Kathy. Al redactar su informe sobre la encuesta inicial en torno del asesinato de la familia De Feo, Gionfriddo había escrito que Louise, la señora de la casa, había recibido un balazo en la cabeza mientras dormía boca abajo. Todo el mundo, incluso su marido, que yacía a su lado, había recibido un balazo en la espalda mientras estaba durmiendo en esa postura. Esta información había sido incluida en los materiales entregados al equipo de investigación del condado de Suffolk, pero nunca había llegado hasta los medios periodísticos. En realidad, este detalle nunca había sido mencionado, ni siquiera en el juicio de Ronnie De Feo.
Ahora Kathy Lutz sabía ya cómo había muerto esa noche Louise De Feo, que dormía en el mismo dormitorio.
George abrazó a su esposa, que estaba temblando, hasta que se tranquilizó y volvió a dormir. Luego, una vez más, el impulso que lo llevaba a echar un vistazo al embarcadero se apoderó de él y, sigilosamente, se deslizó fuera del cuarto.
Ya casi había llegado a la casilla de Harry, cuando el perro se despertó y saltó sobre sus patas.
–¡Chssst, Harry, quieto, quieto!
El perro volvió a sentarse sobre las patas traseras y contempló a George, que examinaba el portón del embarcadero: cerrado y trancado. Una vez más George se acercó y tranquilizó a Harry.
–Todo está en orden, amigo. Vuelve a dormir.
George se dio vuelta y enderezó hacia la casa.
Contorneó el borde de la piscina. El disco de la luna llena parecía un inmenso reflector que estuviera iluminando el sendero. Levantó la mirada, contempló la casa y quedó paralizado. El corazón le dio un vuelco. En la ventana del primer piso del dormitorio de Missy, George divisó a la niña, que tenía la mirada clavada en él y seguía todos sus movimientos."¡Santo Dios!", murmuró audiblemente. Detrás de su hija, de un modo aterradoramente visible, ¡había una cabeza de cerdo! ¡George estaba absolutamente seguro de que los ojitos rojos que lo miraban eran unos ojos de cerdo!
–¡Missy! –aulló. El sonido de la propia voz aflojó la coraza que oprimía su corazón y su cuerpo. Corrió hacia la casa, subió corriendo las escaleras hasta el dormitorio de Missy y encendió las luces.
Missy estaba en su cama, durmiendo boca abajo. Se aproximó a ella y se inclinó.
–¿Missy?
No hubo respuesta. La niña estaba profundamente dormida. Detrás hubo un crujido. Se dio vuelta. Junto a la ventana que daba sobre el embarcadero estaba la pequeña mecedora de Missy, ¡balanceándose!

Seis horas más tarde, a las nueve y media de la mañana, George y Kathy estaban sentados en la cocina y tomaban el café, confundidos y trastornados por los acontecimientos que se sucedían en la nueva casa. Habían estado comentando algunas de las incidencias de que habían sido testigos, y ahora realizaban un esfuerzo para poner en claro cuál era la parte real y cuál la parte que tal vez habían imaginado. La tarea era abrumadora para ellos.
Era el 25 de diciembre de 1975, día de Navidad en todo el territorio de Estados Unidos. La Navidad blanca no se había materializado todavía en Amityville, pero hacia bastante frío como para esperar una nevada en cualquier instante. En el interior, los tres niños jugaban junto al árbol con los escasos juguetes nuevos que George y Kathy habían logrado reunir antes de mudarse a la nueva casa ocho días antes.
George calculó que, en el curso de la primera semana, había gastado más de cuatrocientos cincuenta litros de gasolina y un camión entero de leña. Alguien iba a tener que salir a comprar más leña y algunos artículos de alimentación, como pan y leche.
George había dicho a Kathy que había intentado comunicarse por teléfono con el padre Mancuso después que éste le hizo una advertencia acerca del cuarto de costura. Kathy marcó el número con su propia mano, pero no obtuvo respuesta. Y llegó a la conclusión de que el sacerdote todavía no estaba en sus habitaciones a causa del día feriado, o por haber ido a verse con los suyos. Luego se ofreció para ir a comprar leña y comida.

El paradero del padre Mancuso, ese día de Navidad, nó presentaba problemas. Estaba en la parroquia del Sagrado Córazón y seguía sufriendo del ataque de gripe. En veinticuatro horas la enfermedad no había menguado, de acuerdo con la opinión del médico, y la fiebre no había bajado de los treinta y nueve grados con décimas.
El sacerdote se paseaba por sus habitaciones como un león enjaulado. Era un hombre enérgico que dedicaba largas horas a su trabajo profesional, y que se negaba a permanecer en la cama. El padre Mancuso tenía un portafolio lleno de casos: los que se presentaban ante él en su condición de juez del tribunal y los casos de sus pacientes de psicoterapia. Pese al pedido que le había hecho el párroco, urgiéndolo a que tornara un descanso, el sacerdote había pensado, trabajar, como siempre, en Navidad. Ante todo, el padre Mancuso no podía librarse de la sensación de incomodidad que sentía en relación a los Lutz y a la casa en que vivían.

George oyó a Kathy, que volvía de hacer sus compras. Y pudo deducir que estaba dando marcha atrás a la camioneta por el ruido crepitante que producían las llantas sobre la nieve de la senda. Por alguna extraña razón, el ruido lo molestó y sintió irritación contra su mujer.
Fue a recibirla, sacó dos leños de la camioneta, los puso en la chimenea y se sentó en el cuarto de estar, negándose a transportar más leños. Kathy tuvo un movimiento íntimo de furor: la actitud y el aspecto de George se le estaban volviendo inaguantables. De alguna manera sentía que se estaba acercando una gran pelea, pero trataba de contener su lengua por el momento. Recogió las bolsas con alimentos de la camioneta y dejó dentro los leños que quedaban. Si George sentía frío, pensó Kathy, los iba a tener que acarrear él mismo.
Ella y George previnieron a Danny, Chris y Missy que debían mantenerse lejos del cuarto de costura, sin darles razones. Esto suscitó la curiosidad de los niños, que deseaban saber qué se ocultaba tras de la puerta, ahora cerrada.
–A lo mejor son regalos de Navidad –sugirió Chris.
Danny estuvo de acuerdo, pero Missy dijo:
–Yo sé por qué no podemos entrar. Jodie está ahí.
–¿Jodie? ¿Quién es Jodie? –preguntó Danny.
–Es un amigo mío. Un cerdo.
–¡Oh, Missy! No eres nada más que una bebita. Siempre dices tonterías –dijo Chris.
Esa tarde, a eso de las seis, Kathy había empezado a preparar la comida para la familia cuando oyó un ruido como el que podría producir un objeto tenue y delicado al golpear contra el vidrio de la ventana de la cocina. Afuera estaba oscuro, pero notó que ya había empezado a nevar. Los copos blancos caían como iluminados por el reflejo de la luz de la cocina, y Kathy se puso a contemplarlos mientras el viento arremolineaba la nieve contra el cristal. "¡Por fin la nieve!", dijo.
La Navidad y la nieve; la asociación trajo una sensación de intimidad familiar a la mujer perturbada, que recordó sus días de infancia. Al parecer, siempre había nieve en Navidad cuando ella era chica. Kathy miraba fijamente los copos. Afuera las luces multicolores de los árboles navideños de las otras casas resplandecían en la noche. Detrás de ella, la radio tocaba carillones. Se sintió apaciguada y feliz en su rinconcito privado de la cocina.
Después de la cena, George y Kathy se sentaron silenciosamente en la sala. El árbol de Navidad estaba iluminado y los adornos que George había puesto en la copa eran un hermoso añadido al resto del decorado. De mala gana había bajado George a traer más leña de la camioneta. Ahora había seis leños fuera de la hoguera, lo suficiente para toda la noche, dado el ritmo de consumo de George.
Kathy se puso a coser ropa de los chicos: aplicó remiendos en los pantalones de los varones, que siempre estaban gastados en las rodillas. Y alargó unos cuantos pantaloncitos de brin de Missy. La niña estaba creciendo y los dobladillos ya no tocaban la punta de los zapatos. A las nueve Kathy subió al cuarto de juegos del segundo piso para preparar a Missy para ir a la cama. Oyó la voz de su hija, que llegaba desde el dormitorio. Missy hablaba en voz alta con alguien que estaba en el cuarto, evidentemente. En un principio Kathy pensó que era uno de los chicos, pero luego oyó decir a Missy:
–Verdad que la nieve es preciosa, Jodie?
Cuando Kathy entró, su hija estaba sentada en la mecedora junto a la ventana y miraba caer la nieve. Kathy echó una mirada en derredor. No había nadie en el cuarto.
–¿Con quién estabas hablando, Missie? ¿Con un ángel?
Missy giró la cabeza y miró a la madre. Luego sus ojos se fijaron de nuevo en un ángulo del cuarto.
–No, mamá. Hablaba con Jodie.
Kathy volvió la cabeza y siguió la mirada de Missy. No había nada en el suelo, salvo unos cuantos juguetes.
–Jodie? ¿Quién es? ¿Una de las nuevas muñecas?
–No. Jodie es un cerdo. Es amigo mío. Sólo yo puedo verlo.
Kathy sabía que Missy, como otros niños de su edad, solía inventar personas y animales con quienes hablaba, de tal modo que pensó que la imaginación de la niña estaba funcionando de nuevo. George no le había contado el incidente de la noche anterior en el cuarto de Missy.
Otra sorpresa esperaba a Kathy al llegar al último piso, unos minutos más tarde. Danny y Chris ya estaban en su dormitorio y se habían puesto sus piyamas. Por lo general los niños hacían esfuerzos por no acostarse antes de las diez. Esa noche, a las nueve y media, se prepararon para ir a la cama sin que fuera necesario decirlo. Kathy se preguntó cuál sería la razón de esto.
–¿Qué les ha pasado hoy? ¿Cómo es posible que no pongan dificultades para meterse en cama?
Los niños se encogieron de hombros y siguieron desvistiéndose.
–Aquí hace menos frío, mamá –dijo Danny–. No queremos jugar más en ese cuarto.
Cuando Kathy fue al cuarto a verificar lo que había oído, quedó impresionada por el intenso frío. Las ventanas no estaban abiertas, pero el cuarto tenía una temperatura glacial. Por cierto, la temperatura no era incómoda en el dormitorio de Danny y Chris y tampoco en el pasillo. Tocó el radiador. ¡Estaba caliente!
Kathy habló a George del frío del cuarto de juegos. George, que se sentía muy cómodo junto al fuego y no deseaba desplazarse, dijo que iría a comprobarlo por la mañana. A medianoche, Kathy y George se acostaron finalmente.

La nieve ya no caía sobre Amityville ni a veinte kilómetros de allí, en la parroquia del Sagrado Corazón de North Merrick. El padre Mancuso se apartó de la ventana. Le dolía la cabeza. Tenía dolor de estómago por culpa de los calambres gripales. El sacerdote estaba cubierto de sudor y la sensación de calor sofocante lo forzó a quitarse la robe de chambre. Y, al quitársela, tuvo una serie de escalofríos incontrolables.
El padre Mancuso no tardó en meterse en cama. Bajo las frazadas hacía frío y se dio cuenta que su aliento formaba humo en el aire. "¿Qué demonios está pasando?", se dijo a sí mismo entre dientes. El sacerdote tendió la mano para tocar el radiador junto a su cama y lo encontró enteramente frío.
El enfermo sintió ahora que su cuerpo empezaba a sudar nuevamente. El padre Mancuso se arropó más entre sus frazadas, formando un verdadero nido. Cerró los ojos y empezó a rezar.

VIII
26 de diciembre


Una noche –George no recuerda exactamente cual– se despertó de nuevo a las tres y cuarto de la mañana. Se vistió, salió y, mientras avanzaba en la helada oscuridad, se preguntó qué había ido a buscar en el desembarcadero. Harry, el vigoroso perro mestizo guardián, ni siquiera se despertó cuando George tropezó con un alambre suelto que estaba cerca de su casilla.
Cuando los Lutz vivían en Deer Park, Harry también tenia su casilla particular, y siempre había dormido fuera con cualquier temperatura. Normalmente permanecía despierto, en guardia, hasta las dos o tres de la mañana, antes de echarse a descansar. Cualquier ruido desusado suscitaba la atención alerta de Harry. Desde que se habían mudado a Ocean Avenue el perro estaba, por lo general, profundamente dormido cada vez que George bajaba al desembarcadero. Y sólo se despertaba cuando el amo lo llamaba.
George recordaba vivamente el día después de Navidad, ya que ésa era la fecha que Jimmy había elegido para su casamiento. También tuvo ese día un violento ataque de diarrea; sintió los primeros síntomas mientras volvía del desembarcadero. Los dolores eran intensos en un primer momento, como si le hubieran dado una puñalada en el estómago. George se asustó al sentir que le subía por la garganta una sensación de náusea. Al entrar de nuevo en la casa, corrió al cuarto de baño de abajo.
Ya apuntaba el día cuando se metió en la cama. Los calambres estomacales eran intensos, pero finalmente –tal vez por puro cansancio– se quedó dormido. Kathy se despertó unos instantes después e inmediatamente lo despertó para recordarle que esa noche tenían el casamiento. Había que tomar varias medidas antes de que su hermano viniera a recogerlos. Kathy iba a tener mucho que hacer con su vestido y su peinado. George, medio dormido, emitió unos gruñidos.
Antes de bajar a preparar su desayuno y el de los niños, Kathy subió al segundo piso para echar una mirada al cuarto de juegos. Todavía estaba frío cuando ella abrió la puerta, aunque no tan gélido como el día anterior. Por mucho que a George no le gustara abandonar su asiento junto al fuego, iba a tener que abandonarlo para controlar el radiador. Éste funcionaba perfectamente, pero el cuarto estaba sin calefacción. Por cierto, los niños no hubieran podido quedarse allí mucho tiempo, y Kathy quería desentenderse de ellos hasta que llegara el momento de vestirlos para la boda. Echó un vistazo por la ventana y notó que el suelo estaba cubierto de agua embarrada, formada por la nieve derretida. Esto la decidió, los tres no iban a salir de la casa en todo el día. Llegó a la conclusión de que los haría jugar en sus propios dormitorios.
Después del desayuno, Missy emprendió obedientemente el camino hacia su dormitorio. Kathy le advirtió que no debía entrar al cuarto de costura; que ni siquiera debía abrir la puerta.
–Está bien, mamá. Jodie quiere jugar en mi cuarto hoy.
–¡Esa es mi nena buenita! –dijo Kathy sonriendo–. Ve y juega con tu amigo.
Los varones querían jugar fuera y dijeron que eran sus vacaciones de Navidad. Insistieron y dieron argumentos, contestaciones, y Kathy se encolerizó. Danny y Chris nunca habían discutido las decisiones de ella hasta ahora y Kathy era cada vez más consciente de que sus dos hijos estaban cambiados desde que se habían mudado a la nueva casa.
Pero Kathy no era aún consciente de los cambios en su propia personalidad; aún no había advertido su impaciencia y su irritabilidad.
–¡Basta! ¡Ya los he aguantado bastante! –gritó a sus hijos–. ¡Me parece que se están buscando otra paliza! ¡Se callan la boca o se van a sus cuartos, como les digo! ¿Me oyen? ¡Fuera!
Muy enfurecidos y con aire torvo Danny y Chris subieron las escaleras hasta el segundo piso, cruzándose con George en el trayecto. George ni los miró y ellos no le dieron los buenos días.
En el comedor de la cocina George bebió un sorbo de café, se apretó el vientre con la mano y volvió a subir las escaleras en dirección al cuarto de baño.
–¡No te olvides que tienes que afeitarte y bañarte! –gritó Kathy detrás de él. Dada la velocidad con que había subido las escaleras, Kathy dudó de que la hubiera oído.
Kathy volvió a su rincón de la cocina. Había estado escribiendo una lista de las compras que había que hacer, verificando lo que faltaba de la heladera y las alacenas. La comida empezaba a escasear de nuevo y Kathy se daba cuenta de que era necesario vestirse y salir de compras. No podía confiar en George a ese respecto. El gran congelador del sótano, uno de los artefactos que habían recibido gratis junto con la casa de los De Feo, estaba vacío y podía llenarse muy bien con carnes y alimentos congelados. El material de limpieza también estaba casi agotado, ya que ella había estado frotando los inodoros todos los días. Por el momento, la negrura había desaparecido casi enteramente.
Kathy tenía intenciones de ir al supermercado de Amityville a la mañana siguiente, sábado. En la lista escribió: "Jugo de naranjas". De repente fue consciente de una presencia en la cocina. En su actual estado de ánimo, turbado por el deterioro que percibía en las relaciones de la familia, el recuerdo del primer contacto sobre su mano volvió a ella, y se puso tiesa. Lentamente, Kathy miró por encima del hombro.
Pudo comprobar que la cocina estaba vacía, pero al mismo tiempo ¡sintió que la presencia se acercaba a ella, que casi estaba directamente detrás de su silla! Hasta sus narices llegó un vaho de perfume dulzón, que reconoció como el que había invadido su dormitorio cuatro días antes.
Sorprendida, Kathy casi sintió el contacto de un cuerpo que se apretaba contra ella, de unos brazos que rodeaban su cintura. La presión era leve, sin embargo, y Kathy se dio cuenta, como antes, que era un contacto femenino o casi tranquilizador. La presencia invisible no le trasmitió una sensación de peligro... en el primer momento.
Luego el olor dulzón se hizo más espeso y, al parecer, empezó a circular por el cuarto, mareándola. Kathy tuvo una arcada e hizo un movimiento para librarse de los brazos que se afirmaban cuanto más se debatía ella. Kathy creyó haber oído un murmullo y recordó luego que algo dentro de ella le había aconsejado que no escuchara.
–¡No! –gritó–. ¡Déjeme en paz!
Y golpeó el aire. El abrazo se hizo más apretado y luego hubo cierta vacilación. Kathy sintió que posaban una mano en su hombro, en un gesto de consuelo natural que ya había sertido por primera vez en la cocina.
¡Y luego se desvaneció! Lo único que quedó fue el olor del perfume barato.
Kathy se echó hacia atrás en la silla, cerró los ojos y se echó a llorar. Una mano le tocó el hombro. Se sobresaltó. "¡Dios mío, no, no!" Y abrió los ojos. Allí estaba Missy, de pie, palmeándole un brazo. –No llores, mamá.
Luego Missy volvió la cabeza y miró hacia el pasillo de la cocina.
Kathy también miró. Pero no había nada que ver.
–Jodie dice que no debes llorar –dijo Missy–. Dice que todo se va a arreglar muy pronto.

A las nueve de esa misma mañana el padre Mancuso se había despertado en la casa parroquial de North Merrick y se había tomado la temperatura. El termómetro seguía marcando treinta y nueve grados y unas líneas. Pero a las once de la mañana el sacerdote se sintió de golpe mejor. Los calambres estomacales desaparecieron y, por primera vez en varios días, sintió la cabeza clara. Sin demora se metió el termómetro bajo la lengua: treinta y siete, dos. ¡La fiebre había desaparecido!
El padre Mancuso, súbitamente, tuvo hambre. Unas ganas muy fuertes de comer glotonamente, pero estaba consciente de que debía seguir su dieta normal. El sacerdote se preparó té y tostadas en su kitchenette; ordenando en su mente todas las cosas que había dejado fuera de su nutrida agenda de tareas. Y se olvidó completamente de George Lutz.

A esa misma hora, las once de la mañana, George Lutz no estaba pensando ni en el padre Mancuso ni en Kathy, ni en el casamiento de su cuñado. Acababa de efectuar su décimo viaje al cuarto de baño, la colitis no cedía.
El casamiento de Jimmy y la reunión subsiguiente muy suntuosa, había sido calculada para unas cincuenta parejas y habría de celebrarse en el Astoria Manor de Queens. George iba a tener mucho que hacer en esa reunión, pero por el momento no se preocupaba en lo más mínimo de ella.
George se arrastró escaleras abajo hasta su sillón junto a la chimenea. Kathy entró a la sala para decirle que acababan de telefonear de su oficina de Syosset. Los compañeros de trabajo querían saber cuándo pensaba George reanudar sus actividades. Había algunos trabajos que requerían su supervisión y los empleados de la inmobiliaria habían empezado a quejarse.
Kathy también quería contarle el segundo extraño incidente de la cocina, pero George la apartó con un gesto. Ella se dio cuenta de que no había ningún sentido en ponerse en contacto con él. Luego, desde arriba, oyó ruidos: provenían del dormitorio de Danny y Chris, que se gritaban en medio de una pelea.
Kathy estaba a punto de gritarles a su vez cuando George se le adelantó en la escalera, subiendo los escalones de a dos. Kathy no tuvo fuerzas para seguir a su marido. Se quedó al pie de la escalera, oyendo los gritos de George. Pasaron unos minutos y todo quedó en silencio. Luego la puerta del dormitorio de Danny y Chris se cerró estruendosamente y Kathy oyó las pisadas de George, que bajaba y se detuvo al ver a Kathy. Los dos se miraron, pero ninguno habló. George se dio vuelta y volvió al primer piso, encerrándose en su dormitorio con un portazo.
George bajó media hora más tarde. Por primera vez en nueve días estaba afeitado y bañado, tenía puesta ropa limpia y entró en la cocina, donde estaba Kathy sentada con Missy. La niña estaba almorzando.
–Debes tenerlos listos para las cinco –dijo. Después de decir esto, George se dio vuelta y se fue.
A las cinco y media, Jimmy llegó a recoger a su hermana, a su padrino y a los niños. Debían estar en el Astoria Manor a las siete. Desde Amityville hasta Queens la ruta más directa es Sunrise Highway y el viaje hasta Astoria lleva, por lo general, una hora a lo sumo. Según los informes, los caminos estaban resbaladizos por la nevada reciente, y era una noche de viernes. El tránsito iba a ser pesado y lento. Jimmy había tomado sus precauciones al llegar con la debida anticipación a casa de los Lutz.
El joven novio resplandecía dentro de su uniforme militar y su rostro brillaba de felicidad. Su hermana lo besó impulsivamente y lo invitó a pasar a la cocina a esperar que George terminara de vestirse.
Jimmy se quitó el impermeable y luego, del bolsillo de su chaqueta, extrajo un sobre que contenía mil quinientos dólares en efectivo. Había pagado la mayor parte del dinero al Manor unos meses antes: esto era el saldo. Dijo que había retirado el dinero de una cuenta de ahorros y que, al hacerlo, había quedado pelado. Jimmy volvió a poner el dinero en el sobre, que metió en el bolsillo de su impermeable, dejando a éste en una silla de la cocina.
George, vestido pulcramente con un smoking, bajó las escaleras. La diarrea lo hacía parecer muy pálido, pero estaba, recién peinado y la barba de un rubio oscuro encuadraba su hermoso rostro. Los dos hombres se dirigieron a la sala. George dejó que los últimos fuegos se consumieran y luego removió las brasas, tratando de encontrar algunos rescoldos no apagados.
Los niños estaban vestidos y listos. Kathy subió en busca de su tapado.
Cuando bajó Jimmy fue a la cocina a traer su impermeable y volvió un instante después con él, sobre los hombros.
–¿Listo? –preguntó George.
–Listo como nunca he estado –dijo Jimmy, tanteando automáticamente su bolsillo para tocar el bulto del sobre con el dinero. La cara de Jimmy se demudó. Metió la mano en el bolsillo y la sacó vacía. Buscó en el otro bolsillo. Una vez más, nada. Se quitó el impermeable, lo sacudió, metió la mano en todos los bolsillos de su uniforme. ¡El dinero había desaparecido!
Jimmy volvió corriendo a la cocina, seguido por Kathy y George. Los tres buscaron por todo el cuarto y luego iniciaron una pesquisa, centímetro a centímetro, de la sala. Parecía imposible, pero los mil quinientos dólares de Jimmy habían desaparecido.
Jimmy perdió la compostura.
–¡George! ¿Qué voy a hacer?
Su cuñado puso una mano sabre el hombro de Jimmy, tratando de calmarlo.
–No te pongas nervioso. El dinero tiene que estar en alguna parte.
George llevó a Jimmy hasta el umbral.
–Vamos. Ya se nos ha hecho tarde. Buscaré de nuevo cuando vuelva. Tiene que estar aquí: no te preocupes.
Todo esto tenía resonancias en Kathy, que se echó a llorar. George miró a su mujer y el letargo que lo había dominado en la última semana se desvaneció. George comprendió que había sido muy cruel con Kathy: por primera vez dejó de pensar en sí mismo. Luego, a pesar de la calamidad que había caído sobre Jimmy, sin tomar en cuenta la debilidad que aún experimentaba en todo su cuerpo por causa de la diarrea, George sintió un deseo carnal de estar con su mujer. No la había tocado desde la mudanza a Ocean Avenue.
–Vamos, querida, vamos.
Y dio a su mujer una palmadita en la nalga.
–Deja todo en mis manos.
George, Kathy y Jimmy se metieron en el auto de este último; los niños se acomodaron en el asiento de atrás. Después de cerrar la puerta, George volvió a bajar.
–Un minuto. Quiero echar un vistazo a Harry. Se dirigió hacia el fondo. Caminó en medio de la oscuridad invernal y gritó:
–¡Harry! ¡Mantén los ojos abiertos! ¿Me oyes? No hubo ningún ladrido de respuesta. George se acercó al alambrado del terrenito de Harry. – ¡Harry! ¿Estás ahí?
Por el reflejo de la luz de una casa vecina, pudo ver que Harry estaba en su casilla. George abrió la puerta y entró al corral.
¿Qué pasa, Harry? ¿Estás enfermo?
-George se agachó. Oyó un lento ronquido canino. ¡No eran nada más que las seis de la tarde y Harry estaba profundamente dormido!


IX
27 de diciembre


Los Lutz volvieron de la boda a las tres de la mañana. La noche había sido larga y se había iniciado con la misteriosa desaparición de los mil quinientos dólares de Jimmy y varios otros incidentes posteriores que no añadieron luces amables a la impresión que tuvo George del feliz acontecimiento.
Antes de la ceremonia nupcial George, los otros padrinos y el novio habían comulgado en una capillita cerca del Manor. Durante el acto, George sintió violentas náuseas. Cuando el padre Santini, que tenía a su cargo la iglesia de Nuestra Señora de los Mártires (católica) , tendió a George el cáliz de vitro para que bebiera, George empezó a balancearse, como mareado, frente al sacerdote. Jimmy tendió un brazo hacia su cuñado, pero George lo apartó bruscamente y se abrió camino hacia los baños que estaban en la parte de atrás de la iglesia.
Después de vomitar y volver al hotel, George contó a Kathy que se había sentido asqueado en el mismo instante en que había entrado a Nuestra Señora de los Mártires.
La recepción transcurrió sin mayores incidencias. Hubo abundante comida y bebida y se bailó tanto como se suele bailar en los casamientos de gente de sangre irlandesa. Todo el mundo, al parecer, lo pasaba muy bien. George debió ir sólo una vez al cuarto de baño, en un momento en que creyó que volvía su diarrea. Pero en general no tuvo mayores molestias. El hermano de Kathy y su novia, Carey, partían en viaje de luna de miel a las Bermudas, directamente desde el Manor, y tenían intenciones de tomar un taxi al aeródromo La Guardia. George iba a llevar a Kathy y a los niños de vuelta en el auto de Jimmy, de modo que trató de no beber de más.
Luego llegó el momento desagradable de arreglar cuentas con el gerente del salón. Jimmy, el flamante suegro y George hablaron al hombre de la inesperada pérdida del dinero y prometieron que le iban a pagar con los regalos de casamiento. Por desgracia, cuando se pronunció el consabido "Se van a leer las felicitaciones" y se empezó a abrir los sobres ante el novio y, la novia, ocurrió que la mayoría de los cheques eran personales. El dinero en efectivo no fue más allá de los quinientos dólares.
El gerente quedó consternado, pero después de unos minutos de regateo convino en aceptar dos cheques de George por quinientos dólares cada uno: uno girado sobre su cuenta personal y otro sobre los fondos de la compañía inmobiliaria de Syosset.
George sabía que no tenía quinientos dólares en su cuenta personal, pero como los días siguientes eran sábado y domingo iba a tener tiempo de hacer un depósito el lunes.
El suegro de Jimmy conferenció rápidamente con sus parientes y logró reunir el dinero suficiente para que su reciente yerno pudiera pagar el viaje de luna de miel. Por suerte, los billetes de avión ya estaban pagos. La reunión se disolvió a eso de las dos de la mañana y los Lutz enfilaron hacia la casa de Ocean Avenue.
Kathy se fue inmediatamente a la cama y George fue a echar una mirada al embarcadero y la casilla del perro. Harry seguía durmiendo y apenas se movió cuando George lo llamó por su nombre. En el momento en que se inclinó para palmear a Harry, a George se le ocurrió pensar que tal vez el animal había ingerido una droga, pero luego desechó la idea. No, probablemente estaba enfermo y nada más. Tal vez había comido algo que había hallado en el suelo. George se irguió. Había que hacerlo ver por un veterinario.
La puerta del embarcadero estaba bien cerrada, de tal modo que George volvió a la casa, trancando la puerta del frente. En el momento de entrar en la cocina echó una mirada al piso, con la esperanza de ver el sobre perdido con el dinero. No había nada.
La puerta de la cocina y las ventanas del piso bajo estaban cerradas. George subió por las escaleras hasta su dormitorio, pensando en su mujer y en su cama suave y caliente. Al pasar frente al cuarto de costura advirtió que la puerta estaba levemente entornada. Pensó en los niños. Probablemente uno de ellos había abierto la puerta antes de irse. Les iba a preguntar mañana de mañana, cuando se despertaran.
Kathy lo estaba esperando, aunque tenía mucho sueño. Esa noche había captado las vibraciones de su marido y ansiaba tener contacto físico con él. George no la había tocado desde el día de la mudanza. Por lo general hacían el amor todas las noches desde su casamiento en el mes de junio. Pero desde el 18 hasta el 27 de diciembre George no había hecho ningún intento en ese sentido. En ese momento los niños estaban profundamente dormidos, cansados de haber trasnochado. Kathy observó a George mientras éste se desvestía y todos sus temores de los últimos días se disolvieron en su mente. Él se metió bajo la gruesa cobija:
–¡Oh, esto sí que es bueno!
Se pegó al calor de Kathy.
–¡Al fin solos!, como dicen.
Esa noche Kathy tuvo un sueño en que intervenía Louise De Feo y un hombre con quien ésta tenía relaciones sexuales en el mismo cuarto que era ahora su dormitorio. Al despertarse por la mañana la visión siguió impregnando sus imágenes. De algún modo Kathy sabía que ese hombre no era el marido de Louise. Hasta varias semanas después no supo –ya se había ido de la casa de Ocean Avenue–por intermedio de un abogado de los De Feo, que Louise tenía un amante, un artista que vivió cierto tiempo con la familia. El señor De Feo se enteró probablemente de estas relaciones e informó a su abogado.
Por la mañana, Kathy subió a la camioneta y se fue de compras por Amityville, mientras que George llevó a los niños en el coche de Jimmy para recoger su correspondencia en la agencia de Syosset. Incluso hizo pasear a Harry e informó a sus empleados que volvería a trabajar con ellos a partir del lunes.
Cuando George volvió a su casa se encontró con Kathy, que estaba poniendo en la heladera de la cocina los alimentos que había comprado. Kathy había traído muchas cosas para poner en el congelador del sótano y se quejó de que los precios fueran más altos en las tiendas de Amityville.
–Ya me lo imaginaba –dijo George, encogiéndose de hombros–. Amityville tiene más categoría que Deer Park.
A todo esto, ya era la una pasada. Aunque Kathy quería preparar el almuerzo, antes tenía que guardar el resto de los alimentos congelados en el congelador del sótano. George propuso hacer unos sandwiches para él y los niños.
Mientras Kathy estaba en el sótano, sonó el timbre de la puerta de entrada. La persona que llamaba era su tía Theresa. George había visto a esta señora sólo una vez en casa de su suegra, antes de casarse con Kathy. Theresa, en un tiempo, había sido monja. Ahora tenía tres hijos, pero George nunca se había enterado de las razones exactas que la llevaron a colgar los hábitos.
La ex monja estaba de pie en el pasillo: una mujer baja, delgada, de unos treinta y tantos años, vestida sencillamente con una chaqueta de lana negra gastada y zapatos de goma. La cara parecía fatigada, pese a estar encendida por el frío. La temperatura marcaba números muy bajos en el termómetro y el aire era claro, punzante.
Theresa dijo a George que había tomado un autobús hasta Amnityville y que había caminado desde la estación.
George levantó la voz para informar a Kathy de la llegada de su tía. Kathy contestó que en seguida estaría disponible y pidió a George que le mostrara la nueva casa a su tía.
Los niños saludaron en silencio a su tía abuela. La cara severa de Theresa cortaba la natural inclinación infantil a la cordialidad. Danny pidió permiso para salir con Chris.
–Está bien –dijo George– pero debes prometerme que no te alejarás de los alrededores de la casa.
Missy corrió escaleras abajo hasta el sótano. George notó que Theresa se ponía muy triste cuando los niños no respondían a sus manifestaciones de afecto.
Mientras George mostraba a Theresa la planta baja, pasando revista al importante comedor y al espacio o cuarto de estar, advirtió el frío,que reinaba en la casa, una especie de humedad fría que no había notado hasta el momento de la llegada de Theresa. Ésta estuvo de acuerdo en que la casa le había parecido fría en el momento de entrar. George echó una mirada al termostato. Marcaba veinticinco grados pero George se dio cuenta de que debía poner más fuego en la chimenea.
Subieron al primer piso. Theresa echó una mirada de reprobación a los espejos esfumados que estaban detrás de la cama de George y Kathy. Él adivinó sus pensamientos –Theresa pensaba que este despliegue de riqueza tenía un dejo de vulgaridad–y estuvo a punto de decirle que los De Feo habían dejado esos espejos. Pero prefirió dejar pasar el punto sin comentarios. ¡En el fondo, la mujer seguía siendo una monja!
Theresa siguió a George por los otros cuartos, admirando el nuevo espacio adquirido, pero cuando franquearon el umbral del cuarto de costura, Theresa pareció vacilar. George le abrió la puerta para que pasara. Theresa retrocedió unos pasos, palideciendo.
–No quiero entrar –dijo, dándole la espalda.
¿Habría visto algo Theresa por la puerta abierta? George echó una mirada al cuarto. Gracias a Dios no había moscas. Si las hubiera habido, la reputación de limpieza de Kathy habría sufrido un golpe irreparable. Pero George pudo comprobar que el cuarto estaba gélido. Miró a Theresa, que seguía de pie, implacable, de espaldas al cuarto. Cerró la puerta y sugirió que echaran un vistazo al último piso.
Cuando llegó el momento de ver el cuarto de juegos, la ex monja hizo una mueca de contrariedad.
–No –dijo– este lugar también es malo. No me gusta.
En el momento en que George y la tía Theresa bajaban, Kathy subía del sótano con Missy. Las dos mujeres se abrazaron y Kathy, llevando su tía a la cocina, dijo:
–George, voy a terminar después con este trabajo. Quiero llevar algunas de las latas que compré a un placard que encontré allá abajo. Lo podemos usar como alacena.
George volvió a la sala para avivar el fuego de la chimenea.
Theresa no había estado nada más que una media hora en la casa, pero declaró que ya era tiempo de irse. Kathy, que había contado con que su tía se quedara a almorzar con ellos, se sintió sorprendida.
–George puede llevarte de vuelta –dijo Kathy, pero Theresa se negó–.
–Aquí hay algo malo, Kathy –dijo, mirando a su alrededor–. Me tengo que ir.
–¿Cómo es posible, tía Theresa? ¡Afuera hace un frío horrible!
La mujer meneó la cabeza, se puso de pie, se echó sobre los hombros el grueso tapado y emprendió la marcha hacia la puerta de entrada cuando Danny y Chris entraron acompañados de otro niño.
Los tres niños vieron que Theresa se despedía con un movimiento de cabeza para George y un tenue beso en la mejilla de su sobrina. Cuando Theresa se acercó a la puerta, Kathy y George cambiaron una mirada, sin encontrar palabras para comentar aquel extraño comportamiento. Por último Kathy fue consciente de sus hijos y del nuevo compañerc de juegos.
–Este es Bobby, mamá –dijo Chris–. Acabamos de conocernos. Vive en la misma calle.
–Hola, Bobby –dijo Kathy, sonriendo.
Era un niño pequeño, de pelo negro, al parecer de la misma edad de Danny. Con aire inseguro, Bobby tendió la mano derecha. Kathy se la estrechó y presentó a George.
–Este es el señor Lutz.
George sonrió al niño y le apretó la mano. –¿Par qué no van arriba a jugar?
Bobby pareció reflexionar, lanzando rápidas miradas al vestíbulo.
–No. Así está bien. Prefiero jugar aquí.
–¿Aquí? –preguntó Kathy–. ¿En el vestíbulo?
–Sí, señora.
Kathy miró a George. En sus ojos estaba escrita la pregunta no formulada: ¿qué hay en esta casa que hace que todo el mundo se sienta tan incómodo?
En la media hora siguiente los tres niños jugaron en el suelo del vestíbulo, con los nuevos juguetes navideños de Danny y Chris. Bobby no se quitó ni una sola vez su abrigada chaqueta. Kathy volvió al sótano a terminar con la tarea de convertir al placard en una alacena y George se acercó de nuevo a su chimenea. Bobby se puso de pie y dijo a Danny y a Chris que quería irse a su casa. Esta fue la primera y la última vez que el niño conocido en la calle pisó el número 112 de Ocean Avenue.
El sótano de la casa de los Lutz medía trece metros por ocho. Cuando George lo vio por primera vez, bajó las escaleras y vio a su derecha unas puertas de resorte que llevaban a la parte en que estaban el quemador de gasolina, el tanque de agua caliente y el congelador, las lavadoras y las secadoras que los De Feo habían dejado.
A su izquierda, pasando otras puertas, había un cuarto de juegos de tres metros por ocho, hermosamente recubierto de un zócalo de madera y luces fluorescentes empotradas en un techo con caída. En frente estaba el área que George tenía intenciones de usar como oficina.
Un pequeño placard se abría en el espacio debajo de las escaleras y entre la escalera y la pared de la derecha había unos tabiques que formaban un placard adicional, que se extendía por unos dos metros, con estantes que bajaban desde el techo hasta el suelo. Este espacio, pensó George, estaba bien distribuido y aprovechaba lo que, en otro caso, habría sido espacio desperdiciado; su cercanía de la cocina lo convertía en una conveniente alacena. Kathy estaba trabajando en estos placards. En el momento en que metía unas latas grandes y pesadas contra la pared del placard, uno de los estantes crujió. El tabique de madera de la pared del fondo pareció ceder un poco. Kathy puso a un lado las latas y empujó el tabique, que se hundió. El placard estaba iluminado por una sola lamparita que colgaba del techo. El reflejo de la lamparita brillaba a través de una hendija que se abría lo suficiente para dar a Kathy la impresión de que había un espacio vacío detrás del placard, bajo la parte más alta de las escaleras.. Kathy llamó a su marido pidiéndole que bajara.
George miró la abertura y empujó el tabique. La pared cedió un poco más.
–Al parecer, no hay nada detrás –dijo a Kathy.
George retiró las cuatro tablas de madera y empujó con fuerza el tabique del fondo, que cedió enteramente y se abrió. ¡Era una puerta secreta!
El cuarto era pequeño: de un metro veinte por un metro y medio. Kathy quedó con la boca abierta. La pintura era roja desde el techo hasta el suelo.
–¿Qué es esto, George?
–No sé –contestó éste, tanteando las sólidas paredes de hormigón–. Al parecer hay un cuarto extra; a lo mejor es un refugio contra bombas. Todo el mundo se puso a fabricarlos a fines de la década del cincuenta. Y sólo puedo decirte que esto no estaba incluido en los planos que la inmobiliaria me mostró.
–¿Crees que lo construyeron los De Feo? –preguntó Kathy, aferrándose nerviosamente al brazo de George.
–Tampoco lo sé, pero lo supongo –dijo, conduciendo a Kathy fuera del cuarto secreto– me pregunto para qué lo usaban.
Y cerró el tabique.
–¿Crees que habrá otros cuartos como éste en el fondo de los placards? –preguntó Kathy.
–No lo sé, Kathy –contestó George–. Voy a tener que examinar pared por pared.
–¿Notaste el olor raro?
–Sí, lo noté –dijo George–. Es olor a sangre. Ella aspiró profundamente.
–George: esta casa me perturba. Ocurren muchas cosas que no entiendo.
George vio que Kathy se llevaba los dedos a la boca: en ella esto era una indicación de miedo. Missy hacía lo mismo cuando estaba asustada, George dio una palmada en la cabeza de su mujer.
–No te preocupes, querida. Voy a averiguar qué diablos hay detrás de todo esto. De todos modos ... ¡lo podemos usar como una alacena extra!
Apagó la luz del placard, dejando a oscuras el tabique del fondo, pero sin desvanecer la fugitiva visión de un rostro que logró divisar en el tabique de madera prensada. ¡George habría de enterarse, al cabo de unos días, que era la cara barbada de Ronnie De Feo!


X
28 de diciembre


El domingo, el padre Frank Mancuso volvió a la casa párroquial después de oficiar misa en la iglesia del Sagrado Corazón. Sólo mediaban unos metros entre uno y otro edificio, pero el sacerdote pudo comprobar su reciente debilidad al avanzar en el frío aire matinal.
En el cuarto de recepción de la rectoría había una visita esperándolo: el sargento Al Gionfriddo, de la policía local. Los dos hombres se dieron la mano y el padre Mancuso hizo pasar a Gionfriddo a sus habitaciones del primer piso.
–Me alegro de que me haya usted llamado –dijo el sacerdote–, y le agradezco su visita.
–No hay de qué, padre. Es mi día libre.
El corpulento detective echó una mirada a la habitación del sacerdote. La sala estaba llena de libros que no cabían en los estantes e invadían mesas y sillas. Retiró una pila de un sillón y se sentó.
El padre Mancuso hubiera querido convidar con algo, pero no tenía bebidas alcohólicas que ofrecer, de tal modo que preparó un poco de té. Mientras se calentaba el agua, fue derecho al grano: el motivo por el cual había solicitado la visita de Gionfriddo.
–Como usted sabe –empezó a decir– estoy preocupado por los Lutz. Por eso le pedí, a Charlie Guarino que se pusiera en contacto con alguien en Amityville capaz de verificar si todo está en orden.
El sacerdote se dirigió a la kitchenette en busca de tazas y platillos.
–Charlie me recordó que esta familia está viviendo en la casa en donde asesinaron a esa pobre familia De Feo. Algunos amigos me han hablado de ese caso, pero no sé realmente cómo ocurrió.
–Yo estuve en ese caso, padre –interrumpió el detective.
–Así me dijo Charlie cuando me visitó la otra noche.
El padre Mancuso trajo el té y se sentó frente a Gionfriddo.
–De todos modos, tuve mucha dificultad en conciliar el sueño anoche. No sé por qué, pero no podía dejar de pensar en los De Feo.
Miró a Gionfriddo, haciendo un esfuerzo por leer la expresión de su cara. Era una tarea difícil, aunque el padre Mancuso contaba con años de experiencia, indagando las personas en busca de hechos reales o imaginarios: de sus pacientes o de los solicitantes que se presentaban a él en los tribunales. El padre no sabía si debía revelar lo que le había ocurrido el primer día que fue a la casa de Ocean Avenue o el incidente de su conversación telefónica con George.
Gionfriddo adivinó rápidamente los pensamientos del sacerdote y resolvió el problema.
–Usted cree que algo raro está pasando en esa casa, ¿verdad, padre?
–No sé. Era lo que quería preguntarle.
El detective puso en el platillo su taza de té.
–¿Qué está usted buscando? ¿Una casa embrujada? ¿Quiere usted que le diga que hay fantasmas en ese lugar?
El sacerdote meneó la cabeza.
–No, pero me haría usted un favor si me cuenta qué ocurrió la noche de la matanza. Tengo entendido que el muchacho dijo haber oído voces.
Gionfriddo miró los ojos penetrantes del sacerdote y se dio cuenta que estaba turbado. Entonces se aclaró la garganta y adoptó su voz oficial.
–Bueno... Fundamentalmente están los hechos. Ronald De Feo hizo tomar un soporífero a su familia durante la comida del 13 de noviembre de 1974 y luego, cuando estaban durmiendo, los baleó con una escopeta de alto poder. Durante el juicio el criminal afirmó que una voz le había dicho que debía proceder de este modo.
El padre Mancuso guardó silencio, esperando oír detalles, pero Gionfriddo había terminado con su informe.
–¿Fue así? –preguntó el sacerdote.
Gionfriddo hizo una señal de afirmación. –Como acabó de decirle, estos son los hechos básicos.
–Supongo que todo el vecindario se despertó, ¿no? –preguntó el padre Mancuso.
–No. Nadie oyó los tiros. Nos enteramos del hecho más tarde, cuando Ronnie fue a The Witches Brew y se lo contó al dueño del bar. The Witches Brew es un bar cerca de Ocean Avenue. El muchacho se emborrachó y habló.
El padre Mancuso quedó atónito.
–¿Quiere usted decirme que este hombre mató a seis personas con una escopeta de alto poder y que nadie oyó el estruendo?
Gionfriddo cree que fue justamente en este instante que empezó a sentir náuseas en casa del sacerdote. Y sintió que tenía que irse.
–Así es. Los vecinos que habitan las casas junto a la casa de los De Feo afirman que esa noche no oyeron nada.
Gionfriddo se puso de pie.
–¿No le parece muy raro?
–Si. Yo también lo he pensado –dijo el detective, poniéndose el abrigo–. Pero debe usted tener presente, padre, que esto ocurre en invierno. Muchas personas duermen con sus ventanas herméticamente cerradas. A las tres y cuarto de la mañana estas personas son inaccesibles al mundo que las rodea.
El sargento Al Gionfriddo sabía que el sacerdote quería hacerle más preguntas, pero a él eso no le importaba. Tenía que irse de aquel lugar. No bien salió de la rectoría, tuvo que vomitar.
En el momento de llegar a Amityville, Gionfriddo sintió que su malestar estaba pasando. En un principio pensó pasar por la casa de Ocean Avenue, pero cambió de idea. En vez de hacer eso, enderezó hacia su casa por Amityville Road. A la derecha de su auto estaba The Witches Brew.
The Witches Brew era un bar en donde se reunían muchos jóvenes de la ciudad, especialmente durante la temporada, cuando Amityville está llena de veraneantes que alquilan casas. Pero ahora, en la tarde de un domingo de diciembre, Amityville Road, la calle que tiene las principales tiendas de la ciudad, estaba vacía. Los aficionados al rugby seguían un partido por las pantallas de televisión y las personas serias estaban en sus casas, pegadas a sus aparatos.
Gionfriddo manejaba su coche y no notó la silueta de una persona que entraba en The Witches Brew. El detective se había pasado ya en unos quince metros antes de girar con su auto policial y frenar. Miró hacia atrás, pero el hombre se había ido. ¡La forma del cuerpo, la barba, el paso jactancioso eran los de Ronnie De Feo!
Gionfriddo siguió con la mirada fija en la entrada del night club. "¡Ah, me estoy poniendo nervioso!", murmuró, ¿qué querrá este cura?" El detective volvió a poner el coche en movimiento y se apartó del cordón de la vereda, raspando las llantas.
En The Witches Brew, George Lutz había pedido su primera cerveza y se preguntaba por qué razón el barman lo había mirado tanto en el momento de sentarse al mostrador. El hombre que estaba abriendo una botella de cerveza y echando el contenido, se interrumpió de golpe y estuvo a punto de decir algo a George, pero luego siguió llenando el vaso.
George miró a su alrededor. The Witches Brew era uno de los tantos bares que George había visto en sus viajes como oficial de la marina y cuando realizaba trabajos de supervisión en las ciudades chicas y las aldeas de Long Island: lóbregamente iluminado, la inevitable juke box de colores chillones, el olor a cerveza rancia y el humo. No había nada más que otro parroquiano en el otro extremo del largo mostrador de caoba, absorbido por la pantalla de televisión, puesta encima del espejo del bar. En ese instante el locutor estaba describiendo la primera parte de un partido de rugby.
George olfateó, bebió un trago de cerveza y se miró en el espejo que estaba detrás del mostrador. Había tenido que salir de la casa, estar a solas consigo mismo. No podía encontrar explicación para lo que estaba ocurriendo a su familia. Las piezas del rompecabezas que más adelante hubo de juntar estaban, por el momento, inconexas.
George no podía entender qué les ocurría a los niños desde que se habían mudado a la nueva casa. A su modo de ver, se estaban portando con rudeza y descortesía. Antes no había sido así: en Deer Park no había sido así.
También pensó en Missy, que estaba muy rara. ¿Realmente habría visto él un cerdo en la ventana de la niña la otra noche? ¿Y a dónde había ido a parar el dinero de Jimmy? ¿Cómo era posible que se hubiera evaporado ante los ojos de todos?
George terminó su cerveza e hizo una seña para que le trajeran otra. Su mirada volvió a la imagen del espejo y recordó que esa misma semana él había estado sentado como un muñeco al lado de la chimenea parándose después y corriendo a ver el galpón de los botes. ¿Por qué? Y ahora estaba esta historia del cuarto rojo en el sótano. ¿Qué demonios significaba todo esto? Bueno, mañana él iba a empezar a indagar los antecedentes de la casa. El primer paso habría de ser una visita a la oficina de catastro de Amityville para averiguar qué mejoras se habían hecho en la propiedad del 112 Ocean Avenue.
"Si", se dijo a sí mismo, "y tengo que pasar por el Banco a cubrir ese cheque. No sea que me lo devuelvan". George bebió el resto de su segundo vaso de cerveza. En un primer momento no advirtió la presencia del barman frente a él. Luego se dio cuenta que el hombre estaba esperando. Y tapó el vaso con la mano, para indicar que no quería otra cerveza.
–Si me permite una pregunta, señor... –dijo el barman–. ¿Usted está de paso?
–No –contestó George– vivo aquí, en Amityville. Nos acabamos de mudar.
El barman hizo un movimiento afirmativo.
–Bueno... Usted es el perfecto sosia de un muchacho que anduvo por estos pagos. Por un instante creí que usted era él.
Metió el dinero de George en la caja registradora. –Ahora se ha ido. No volverá por un rato. Puso el cambio sobre el mostrador y añadió: –Tal vez nunca.
George recogió el dinero y se encogió de hombros. La gente siempre lo estaba confundiendo con otro. Tal vez fuera culpa de la barba, aunque ahora hay tantos hombres con barba.
Bueno... Hasta cualquier momento.
Enderezó hacia la puerta de entrada.
El barman cabeceó afirmativamente.
–Sí, espero que nos veamos de nuevo.
George había llegado a la puerta.
–¡Eh! –gritó el barman– dígame una cosa: ¿adónde se ha mudado?
George se detuvo, se dio vuelta y señaló vagamente hacia el oeste.
–¡Oh, a un par de cuadras de aquí! A la avenida Ocean.
El barman sintió que el vaso de cerveza de George se le deslizaba entre los dedos. Y cuando oyó las últimas palabras de George, "112 Ocean Avenue", el vaso cayó y se hizo añicos contra el suelo.

Kathy estaba esperando que George volviera. Se había sentado en la sala, junto al árbol de Navidad, pues no había querido ubicarse en su rincón favorito de la cocina por temor a encontrarse con aquella presencia invisible que apestaba a perfume barato. Los niños habían ido a su dormitorio y veían un programa de televisión. La mayor parte de la tarde habían estado tranquilos, siguiendo atentamente una película vieja. Las risas alegres que llegaban a los oídos de Kathy la convencieron de que era una película de Abbot y Costello.
Kathy hizo un esfuerzo de concentración mental, pensando en el posible lugar del dinero de Jimmy. Ella y George habían escudriñado cada palmo de la cocina, del comedor, de la sala, los dormitorios y los placards, en busca del sobre. ¡Éste no podía haberse evaporado! Nadie capaz de robarlo había estado presente en la casa en el momento. ¿En dónde diablos se había metido?
Kathy pensó en la presencia que había sentido en la cocina y se estremeció. Trató de pensar en los otros cuartos de la casa: ¿el cuarto de vestir? ¿el cuarto rojo del sótano? Empezó a levantarse de su silla y se interrumpió. Tenía miedo de bajar sola al lugar. De todos modos, pensó mientras volvía a sentarse, ella y su marido no habían visto nada más que las paredes rojas cuando estaban en el sótano.
Miró el reloj. Eran casi las cuatro. ¿Por dónde andaría George? Faltaba de la casa desde hacía una hora. Luego, con el rabillo del ojo derecho, captó un movimiento.
Uno de los primeros regalos de Navidad que Kathy le había hecho a George había sido un gran león de cerámica, de un metro veinte de altura, agazapado y dispuesto a lanzarse sobre una víctima invisible, pintado con colores naturalistas. A George le había parecido muy lindo y lo había puesto en la sala, sobre una mesa grande que estaba junto a la chimenea.
Cuando Kathy se dio vuelta y miró al león, tuvo la sensación de que ¡estaba varios centímetros más cerca de ella!

Después de haberse ido el sargento Gionfriddo de las habitaciones del padre Mancuso esa tarde, el sacerdote se sintió enojado consigo mismo. No le gustaba la forma en que estaba manejando el caso de la familia Lutz, y resolvió poner fin a la obsesión que le provocaba. En las horas siguientes se puso a analizar las situaciones posibles que podían surgir la semana próxima en el tribunal y los casos que se habían ido acumulando.
El padre Mancuso, dándose cuenta que debía tomar decisiones importantes, capaces de afectar vidas ajenas, trató de librar su mente de ciertas abstracciones, como la explicación poco satisfactoria que había dado Gionfriddo del asesinato de la familia De Feo y las dudas que le había suscitado la seguridad de esa casa. A medida que trabajaba, se volvía más consciente de que recobraba sus fuerzas. La debilidad que había sentido en el frío aire invernal ya no estaba en él. Eran las seis y recordó que no había comido ni bebido nada después de la taza de té compartida con Gionfriddo.
El padre Mancuso puso sobre la mesa una gaveta con fichas, enderezó el cuerpo y se dirigió a la cocina. En la sala sonó el teléfono. Era su número particular. Levantó el tubo y dijo:
–¿Hola?
No hubo respuesta: tan sólo un ruido de crepitación en el auricular.
El sacerdote sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Con el teléfono en la mano, empezó a sudar y recordó su última conversación con George Lutz.
George estaba oyendo las descargas de su teléfono, que había sonado mientras él estaba en la cocina con Kathy y los chicos.
Por último, como nadie respondía a sus repetidos "holas", George colgó ruidosamente el receptor en la horquilla.
–¿Qué te parece? ¡Algún imbécil que se divierte con esta clase de bromas!
Kathy miró a su marido. Los dos estaban comiendo y George había aparecido hacía unos instantes, contando a su mujer que había hecho un largo paseo por la ciudad y que estaba convencido de que ellos vivían en la mejor calle de Amityville.
Kathy pensó que George tenía mucho mejor aspecto después de haber andado fuera de la casa. Le pareció tonto de su parte el deseo de mencionar al león, y olvidó el incidente justamente en el momento en que George perdía la compostura.
–¿Qué pasa? –preguntó.
–Nadie en el teléfono: eso es todo. Nada más que los zumbidos.
Y se dispuso a sentarse a la mesa.
–¿Sabes? Ha sido lo mismo que la última vez en que intenté hablar con el padre Mancuso. Me pregunto si no estará tratando de llamarme.
George volvió al teléfono y marcó el número particular del sacerdote.
Esperó unas diez llamadas. No hubo respuesta. Echó una mirada al reloj eléctrico que estaba sobre la pileta de la cocina. Eran exactamente las siete. Tuvo un leve escalofrío.
–¿No te parece que se está poniendo un poco frío, Kathy?

El padre Mancuso acababa de tomarse la temperatura. Treinta y nueve y unas décimas. "¡Oh, no!", gimió, "¡de nuevo!". Y se tomó el pulso, apretando un dedo contra la muñeca. El sacerdote estaba contando cuando el minutero del reloj marcaba exactamente el número doce. Notó que eran las siete.
¡Por un minuto, su corazón tuvo ciento veinte latidos! Normalmente el pulso del padre Mancuso era de ochenta latidos por minuto. Se dio cuenta que estaba por enfermarse otra vez.

George dejó la cocina y pasó a la sala.
–Es mejor poner mas leños en el fuego –dijo.
Kathy siguió con la mirada a George, que salió pesadamente de la cocina. Volvió a tener la antigua sensación de depresión. Luego oyó un ruido repentino en la sala. ¡Era George!
–¿Quién diablos puso a ese maldito león en medio del cuarto? ¡Casi me he roto la cabeza!

XI
Del 29 al 30 de diciembre

Al día siguiente, lunes, George amaneció con el tobillo luxado. Había dado un salto desarcetado para evitar al león de porcelana y había caído con todo su peso sobre los leños que estaban junto a la chimenea. Tenía un tajo encima del ojo derecho, que ya no sangraba porque Kathy le había aplicado un parche. ¡Lo que perturbaba a Kathy era la marca muy clara de unos dientes en el tobillo!
George fue cojeando hasta su camioneta Ford 1974 y tuvo ciertas dificultades para encender el motor enfriado. Con temperaturas bajo cero, George ya sabía que podía enfrentar problemas de carburación. Pero finalmente logró poner en marcha el motor y atravesó la isla en dirección a Syosset. La primera tarea que se había impuesto era cubrir el cheque extendido en favor del Astoria Manor. Esto significaba retirar fondos de la cuenta de William E. Parry, Inc., la compañía inmobiliaria en la que trabajaba.
En mitad del camino a Syosset, en la carretera Sunrise, George percibió un ruido sordo en la parte de atrás del vehículo. Se paró a un lado de la ruta y examinó la cola de la camioneta. Uno de los paragolpes se había aflojado y había caído. George quedó asombrado. Un percance como éste sólo podía ocurrir, en el peor de los casos, cuando los paragolpes están viejos y gastados, pero este vehículo sólo tenía 30.000 kilómetros. Se sentó de nuevo al volante y decidió reemplazar la pieza en cuanto llegara a Amityville.

Después de que George se fuera esa mañana, la madre de Kathy telefoneó para decir a su hija que había recibido una tarjeta de Jimmy y Carey desde las Bermudas.
–¿Por qué no me traes los chicos a casa?
El auto de Jimmy seguía en la senda de entrada a la casa, pero Kathy no tenía ganas de salir. Dijo que tenía mucha ropa que lavar y que George y ella le harían una visita probablemente para Año Nuevo. Por el momento no tenían proyectos e iba a tratar el asunto con George en cuando éste volviera.
Kathy colgó y echó una mirada en derredor, un poco desorientada y sin saber qué había que hacer en ese momento. La sensación opresiva del día anterior no la había abandonado. Tenía miedo de quedarse sola en la cocina o bajar hasta el lavador del sótano. Después del incidente con el león de porcelana, Kathy se sentía inquieta antes de entrar a la sala. Finalmente dio un rodeo y subió al piso alto para estar cerca de los niños. Con ellos, pensó, no se iba a sentir tan sola y tan asustada.
Kathy echó una mirada a Missy en su dormitorio y a Danny y Chris antes de ir a su cuarto y echarse en la cama. Ya había estado dormitando desde hacía unos quince minutos cuando oyó unos ruidos que provenían del cuarto de costura del otro lado del pasillo. Se oían ruidos como los que hace una persona cuando abre y cierra una ventana.
Kathy se levantó de la cama y se acercó a la puerta del cuarto de costura. Seguía cerrada. Se dio cuenta que Missy continuaba en su dormitorio y oyó los ruidos de los varones en el cuarto de arriba.
Se puso a escuchar. Detrás de la puerta cerrada, continuaban los ruidos. Kathy miró fijamente la puerta, pero no se atrevió a abrirla. Se dio vuelta, se dirigió a su dormitorio y se metió de nuevo en cama, echándose la frazada por encima de la cabeza.

En Syosset, George se encontró con una visita que lo estaba esperando. El hombre se presentó como inspector del servicio de impuestos internos y explicó que había venido a revisar los libros de la compañía y las constancias de los últimos pagos de impuestos. George llamó a su contador. El agente habló con él y fijó una nueva cita para el 7 de enero.
Cuando el inspector se fue, George siguió con su lista de quehaceres: debía retirar quinientos dólares de la cuenta de William H. Parry, Inc. y depositarlos en su cuenta personal; debía revisar los planos ya levantados de varios terrenos; debía decidir en qué forma habría de encarar los distintos casos que se habían presentado en la agencia desde que él faltaba: y finalmente debía realizar ciertas investigaciones en torno de la familia De Feo y reunir antecedentes del número 112 de Ocean Avenue.
Cuando los hombres de la inmobiliaria la preguntaron por qué había estado tanto tiempo sin venir, George se limitó a decir que había estado enfermo y que eso era todo. Sabía que tal cosa no era enteramente cierta, pero ¿qué otra explicación podía tener cierto sentido? A eso de la una, George había cumplido ya con sus obligaciones en Syosset. Tenía intenciones de detenerse una vez más antes de regresar a Amityville.
El diario más importante de Long Island, en lo referente al número de páginas, de avisos, y a la circulación, es el "Newsday". George dedujo que el lugar más apropiado para descubrir datos de la familia De Feo tenía que ser el archivo de las oficinas de "Newsday". Éste era el punto de arranque más lógico.
Se lo hizo pasar a la oficina de microfilme y un empleado buscó en los ficheros las fechas del asesinato de los De Feo y del juicio de Ronnie. George sólo recordaba vagamente los detalles de la forma en que Ronnie había asesinado a toda su familia, pero recordaba que el juicio había tenido lugar en Riverherd, Long Island, en uno de los meses del otoño de 1975.
George puso el microfilme del periódico el visor y lo desarrolló hasta llegar al 14 de noviembre de 1974. Una de las primeras cosas que notó fue una fotografía de Ronnie De Feo, tomada en el momento de su arresto, la mañana siguiente al día en que se encontraron los cuerpos baleados en el número 112 de Ocean Avenue. ¡La cara barbada de veinticuatro años que lo miraba desde la fotografía parecía su propia cara! Se disponía a seguir leyendo cuando le pasó por la cabeza que ésta era la cara que había visto fugazmente sobre la pared del depósito del sótano.
Los primeros artículos contaban la forma en que Ronnie había concurrido a un bar cercano a su casa y había pedido auxilio, diciendo que alguien había matado a sus padres y a sus hermanos. Ronald De Feo volvió a su casa con dos amigos y allí se encontró con Ronald padre, de cuarenta y tres años; Louise, de cuarenta y dos; Allison, de trece; Dawn, de dieciocho; Mark, de once, y John, de nueve. Todos estaban en sus camas, baleados por la espalda.
El relato contaba que, en el momento de la detención de De Feo la mañana siguiente, la policía de Amityville declaró que los móviles del crimen habían sido una póliza de seguro de vida por 200.000 dólares y una caja fuerte llena de dinero que los señores De Feo tenían oculta en un armario del dormitorio.
Este último punto explicaba que, cuando se reunió el personal y los elementos requeridos, el juicio hubiera caído bajo la competencia de la Suprema Corte del Estado en Riverhead.
George insertó otro microfilm con una información día a día del juicio de tres semanas, de septiembre a noviembre. La información incluía acusaciones a la policía por procedimientos brutales en la obtención de la confesión de Ronnie De Feo, y continuaba con las imágenes del abogado William Weber, quien hacía subir al estrado de los testigos a médicos psiquiatras que respaldaban su alegato de la supuesta insana de Ronnie. Sin embargo, el jurado llegó a la conclusión de que el joven estaba en sus cabales y era culpable de asesinato. Después de imponer una sentencia de seis cadenas perpetuas consecutivas, el juez de la Suprema Corte estatal, Thomas Salk, calificó la matanza como un "crimen atroz, abominable y horrendo".
George salió de las oficinas del "Newsday" pensando en el informe del juez de turno, quien había fijado las tres y cuarto de la mañana como la hora de la muerte de los De Feo. ¡Éste era el momento exacto en que George se había despertado por las noches desde que ellos se habían mudado a la casa! Tenía que contarle esto a Kathy.
George también pensó que tal vez los De Feo habían utilizado el cuarto rojo del sótano como un escondite secreto para guardar su dinero. Mientras manejaba de vuelta a Amityville, George estaba tan absorto en sus pensamientos que no notó –ni si quiera oyó– que la llanta de la rueda izquierda bailoteaba. En el momento en que se había detenido por una luz roja en la ruta 110, otro auto se le había puesto al lado. El conductor había abierto la ventanilla de la derecha, había sonado la bocina y le había gritado que una de las ruedas estaba floja.
George bajó del auto y examinó la rueda. Todos los pernos estaban flojos. George pudo comprobar que los podía mover fácilmente con los dedos. Como tenía las ventanillas cerradas sólo había oído vagamente el bamboleo y, enfrascado en sus pensamientos, no se le había ocurrido bajar a ver.
¿Qué diablos estaba ocurriendo? En primer lugar se había desprendido el paragolpes. Ahora ocurría esto. ¿Alguien habría estado jugando con la camioneta? Tanto él como Kathy podían muy bien romperse la crisma si la rueda se desprendía mientras el auto marchaba a cierta velocidad.
George se sintió aun más enfadado y contrariado al echar una mirada a la manija del gato que estaba en la parte de atrás del vehículo. ¡Había desaparecido! Se vio obligado a ajustar los pernos con la mano, hasta el momento de llegar a una estación de servicio. Pero entonces iba a ser demasiada tarde para realizar nuevas indagaciones en torno de los antecedentes del 112 Ocean Avenue.

Ese martes, el padre Mancuso ya no pudo pasar por alto las manchas rojas que cubrían las palmas de sus manos, ni el intenso dolor que sentía al tocarlas. Aunque el médico le había dado unas inyecciones antibióticas, no había podido vencer al segundo ataque de gripe. La temperatura seguía siendo alta y los dolores en el cuerpo parecían intensificados y aumentados cien veces más.
El día anterior, lunes, el padre Mancuso había supuesto que la rubicundez de las palmas de sus manos era nada más que una nueva manifestación de la enfermedad. Cuando el peculiar color y la extrema sensibilidad permanecieron sin decrecer y se le volvió doloroso levantar cualquier objeto con las manos, el padre Mancuso empezó a inquietarse seriamente.

Al día siguiente la Sociedad de Historiadores de Amityville brindó a George unas, interesantes informaciones, en especial las referentes a la locación de su casa. Al parecer, los indios Shinnecocks habían utilizado terrenos sabre el río Amityville para reunir en ellos a los enfermos, los locos y los moribundos. Estos desdichados eran acorralados hasta que morían de inanición. Sin embargo, el informe observaba que los Shinnecocks no habían usado esta zona para enterrar a sus muertos, pues creían que estaba invadida por malos espíritus.
Nadie sabía exactamente por cuantos siglos habían actuado de este modo los Shinnecoks; pero hacia fines del siglo XVII los colonos blancos desalojaron a los americanos originarios de la región, haciéndolos retroceder de esa parte de la isla. Hasta la época actual los indios Shinnecocks siguen siendo propietarios de terrenos y de tiendas en el extremo oriental de la isla.
Uno de los colonos más notables entre los que llegaron al pueblo recién llamado Amityville en esos días fue John Catchum o Ketcham, quien se había visto forzado a irse de Salem, Massachussetts, por sus prácticas de brujerías. John estableció su residencia a unos ciento cincuenta metros del sitio que ocupaba actualmente George y continuó practicando sus ritos diabólicos, según se dijo. El informe sostenía, asimismo, que John estaba enterrado en los alrededores del extremo noreste de la propiedad.
De acuerdo con el catastro local –consultado por George– la casa del número 112 de Ocean Avenue había sido edificada en 1928 por un señor Monagham. Había sido propiedad de varias familias hasta el año 1965, cuando los De Feo se la compraron a los Riley. Sin embargo, pese a todo lo que había leído en los últimos dos días, George no había adelantado absolutamente nada en la solución del problema, que consistía en descubrir el uso del misterioso cuarto rojo o la persona que lo había hecho. No había ninguna constancia de mejoras realizadas en la casa que mencionara el añadido de un cuarto en el sótano.

Era la penúltima noche del año. Los Lutz se habían acostado temprano. George había pasado por el cuarto de costura, buscando a Kathy, tal como lo había hecho la noche antes, al volver de las oficinas del "Newsday". Esas dos noches las ventanas habían estado cerradas y con traba.
Un poco antes, la pareja había hablado de los descubrimientos que había hecho George sobre la historia de la propiedad y la casa.
–George –había preguntado nerviosamente Kathy– ¿crees que la casa está embrujada?
–No es posible –había contestado George–. No creo en fantasmas. Por otra parte, todo lo que ha ocurrido aquí debe tener una explicación lógica y científica.
–No estoy tan segura. ¿Qué me dices del león?
–¿Qué dices tú ... de eso? –preguntó George. Antes de hablar, Kathy echó una mirada a la cocina, donde estaban sentados:
–Bueno... ¿qué te parece lo que sentí en esas dos ocasiones? Te lo dije: sentí que me estaban tocando.
George se puso de pie, desperezándose.
–Vamos, vamos, querida, estás imaginando cosas. Tendió una mano hacia la mano de ella.
–Eso mismo me ha ocurrido a veces. He tenido la certidumbre de que mi padre me ponía la mano en el hombro cuando estaba en la oficina. –Hizo levantar a Kathy de su silla.– He tenido la certeza de que estaba a mi lado. A muchos les ha pasado. Pero es... es... Creo que le llaman clarividencia o algo parecido.
Cada uno tenía los brazos puestos sobre la cintura del otro cuando George apagó las luces de la cocina. Pasaron por el cuarto de estar en su camino a las escaleras. Kathy se detuvo. Podía distinguir al león agazapado en la oscuridad del cuarto.
–George: creo que tendríamos que seguir con nuestras meditaciones. Empecemos de nuevo mañana. ¿Te parece bien?
–¿Crees que de ese modo vamos a encontrar una explicación lógica a todo lo que ha ocurrido? –preguntó George, sosteniéndola con su brazo mientras subían.

El padre Frank Mancuso no logró encontrar una explicación lógica o científica hasta el momento en que se disponía a meterse en cama. Acababa de rezar en el altar personal de su cuarto, esforzándose por hallar una respuesta que explicara la sangre que manaba de sus manos.

XII
31 de diciembre


El año 1976 ya estaba a la vuelta de la esquina.
El último día del viejo año amaneció con una fuerte nevisca que, para muchos, fue indicio de un comienzo nítido y claro del nuevo año.
Pero en la casa de los Lutz el estado de ánimo era muy diferente. George no había dormido bien, pese a su actividad de los últimos días, dentro y fuera de la casa. Se había despertado en medio de la noche, había mirado su reloj y le había sorprendido encontrarse con que eran las dos y media en vez de las tres y cuarto, como había supuesto.
George había vuelto a despertarse a las cuatro y media, había visto que la nieve empezaba a caer y había tratado de retomar el sueño arropándose en sus abrigadas cobijas. Sin embargo, después de revolverse cierto tiempo, no logró dar con una postura cómoda. Kathy, en medio de su sueño, era presa de una inquietud que la hacía rodar y chocar a George, empujándolo hacia el borde. Él, enteramente despierto, evocaba visiones de secretas guaridas de dinero que descubría en uno u otro punto de la casa y que resolvían todos sus problemas de finanzas.
George se estaba sintiendo apretado por la presión de las cuentas que aumentaban, por la casa que acababa de comprar y por las actividades de la agencia, donde muy pronto iba a tener que enfrentar un déficit muy serio cuando hubiera que pagar los salarios. Todo el dinero con que contaban Kathy y él había sido comido por los gastos de la escritura, una vieja cuenta de combustible y la compra de lanchas y motocicletas. Ahora acababa de recibir el último golpe: una investigación de sus libros y del pago de réditos por el servicio de rentas internas. No era sorprendente que George soñara con una solución mágica y simple que lo sacara del berenjenal en que se había metido.
Hubiera querido encontrar el dinero de Jimmy. Los mil quinientos dólares habrían sido un salvavidas. George se puso a contemplar los copos de nieve que caían. Había leído un artículo en el diario que se refería a la floreciente situación económica del señor De Feo, quien habría contado con una sustanciosa cuenta bancaria y un excelente empleo, muy bien remunerado, en una agencia de automotores que era propiedad del padre de su mujer.
George había examinado el placard del dormitorio y había descubierto el escondrijo secreto del señor De Feo bajo el marco de la puerta. La policía lo había descubierto por primera vez en el momento del arresto de Ronnie, y el lugar estaba ahora vacío: no era nada más que un agujero en el piso. George hubiera querido saber en qué otro lugar habrían escondido los De Feo parte de sus dineros.
¡El embarcadero! George se incorporó en la cama. Tal vez había habido un sentido oculto en la fuerza que lo arrastraba allí todas las noches. ¿Habría algo? ¿Alguna cosa que lo arrastraba allí? ¿Acaso el muerto, que lo azuzaba para que buscara allí su fortuna? George estaba desesperado y la prueba era que empezaba a acariciar estas ideas demenciales. Pero ¿qué otra explicación podía haber de esa fuerza que lo forzaba a bajar al embarcadero noche tras noche?
A las seis y media George cedió al fin y se levantó de la cama. Ya sabía que no iba a dormir más esa mañana. De modo que salió sigilosamente del cuarto, fue a la cocina y se preparó una taza de café.
Todavía estaba oscuro a esa hora, pero podía ver la nieve que empezaba a acumularse cerca de la puerta de la cocina. Vio una luz en la planta baja de la casa vecina. Tal vez el dueño tenía como él problemas de dinero y no podía dormir, pensó George.
George se dio cuenta que no iba a ir a su oficina ese día. Era el último día del año y, de todos modos, todos se retirarían temprano. Bebió su café y proyectó hacer una excursión al embarcadero y al sótano en busca de indicios. Luego empezó a sentir el frío que reinaba en la casa.
El termómetro descendió bruscamente entre las doce de la noche y las seis de la mañana. Pero en ese instante eran ya casi las siete y la temperatura no aumentaba. George entró en la sala y puso un poco de carbón y papeles en la chimenea. Antes de encender el fuego, notó que la pared de ladrillos estaba ennegrecida por el hollín que se había acumulado a consecuencia de sus continuas e innumerables fogatas.
Un poco después de las ocho, Kathy bajó con Missy. La niña había despertado a su madre profiriendo gritos de placer:
–¡Mamá: mira la nieve! ¿No es preciosa? ¡Hoy quiero salir y jugar en el trineo!
Kathy preparó el desayuno de su hija, pero ella no pudo probar bocado y se limitó a una taza de café y un cigarrillo. Gedrge tampoco tenía ganas de comer y sólo tomó otra taza de café, que él mismo debió ir a buscar a la cocina, ya que Kathy no quería pasar por la sala y le dijo a George que tenía un fuerte dolor de cabeza. Kathy tenía miedo al león de porcelana y albergaba intenciones de librarse de él antes de que terminara el día. Pero el fuerte dolor de cabeza no era inventado.
A eso de las nueve George había logrado encender un crepitante fuego en la chimenea. A las diez seguía nevando. Kathy advirtió a George, gritando desde la cocina, que una emisora local había vaticinado que el río Amityville iba a estar totalmente congelado al fin de la tarde.
George, de mala gana, se levantó de su asiento junto al fuego, se abrigó, se puso las botas y salió en dirección al galpón de los botes. No había tenido bastante plata para retirar su barco del agua y tenerlo guardado durante el invierno. Si el río se congelaba, el hielo iba a romper la quilla, pero él ya estaba preparado para un accidente de esta clase.
La madre de George le había regalado su compresor de pintura y George había hecho agujeros en la manguera de plástico. Echó la manguera al agua, junto al bote, y puso en marcha el compresor. De este modo, las burbujas que se formaban impedían que el agua dentro del embarcadero pudiera congelarse.

Durante toda esa mañana el padre Mancuso se estuvo mirando las manos. Las palmas, que habían empezado a sangrar la noche antes, estaban secas ahora, pero las ampollas enrojecidas, irritadas, no se habían ido.
La fiebre también se mantenía en treinta y nueve y algo. Cuando el párroco pasó a verlo, el padre Mancuso prometió que se iba a quedar en casa el resto del día. El sacerdote no mencionó lo que le estaba ocurriendo con las manos, que mantuvo dentro de su robe de chambre todo el tiempo que el pastor estuvo en sus habitaciones.
El padre Mancuso pensó en estos estigmas, en estas marcas parecidas a las heridas en el cuerpo crucificado de Cristo y que, se decía, se dibujaban sobrenaturalmente en los cuerpos de los santos. Contempló la repulsiva erupción y sintió cólera. El sacerdote estaba preparado a dar a Dios todo lo que Éste solicitara. Pero, si había que sufrir de este modo, pensó finalmente, habría preferido sufrir por la humanidad. Con toda su educación, experiencia, devoción y capacidades como juez y piscoterapeuta, podía haber esperado algo menos trivial que una casa en Amityville. Junto con su ira, que aumentaba, también se intensificaba el ardor en las palmas.
Decidió rezar, solicitando alivio. Y mientras el padre Mancuso pedía alivio, la concentración en sus propias desdichas disminuyó. La dureza de las manos crispadas se aflojó notablemente. Extendió los dedos y se contempló las llagas. El sacerdote suspiró y se arrodilló en su altar privado para dar las gracias a Dios.

Más entrada la tarde, Danny y Chris amenazaron por segunda vez con irse de la casa. La primera vez había ocurrido cuando vivían en la casa de Deer Park. George los había confinado a sus dormitorios durante una semana porque los niños habían estado diciendo unas mentiritas. Los niños se habían rebelado contra la autoridad del padrastro: los dos se negaron a obedecerlo y amenazaron con escaparse si los obligaba a renunciar a la televisión. Al llegar a este punto, George tomó el toro por las astas y dijo a Danny y a Chris que podían irse si no les gustaba la forma en que él dirigía la casa.
Los dos muchachos tomaron sus palabras al pie de la letra. Empaquetaron todas sus posesiones –juguetes, ropas, discos y revistas– en frazadas enrolladas y bajaron los grandes bultos hacia la puerta de entrada. Cuando ya estaban a mitad de la cuadra, haciendo un desesperado esfuerzo por moverse con los pesados bultos, un vecino los divisó y logró hacerles desistir de su empresa. Por un cierto tiempo los niños habían dejado de lado esta comedia, pero ahora acababa de producirse una nueva explosión.
Kathy, al oír gritos de pelea, subió al dormitorio y se encontró con los dos muchachos sobre una de las camas. Chris estaba montado sobre el pecho de Danny, dispuesto a dar cuenta de su hermano mayor.
En la otra cama estaba sentada Missy, con una amplia sonrisa en su carita y batiendo palmas por la excitación.
Kathy separó a los dos muchachos.
–¿Cómo se atreven? –gritó–. ¿Qué les pasa a los dos? ¿Se han vuelto locos?
Missy intervino con su delicada vocecita:
–Danny no quiso limpiar el cuarto, como tú le dijiste que lo hiciera.
Kathy miró severamente al niño.
–¿Por qué no, jovencito? ¿Se da usted cuenta del estado en que está esta habitación?
El cuarto era un asco. Había juguetes desparramados por el suelo, mezclados con ropa tirada. Los pomos de pintura habían sido dejados sin tapitas y el contenido se había volcado sobre la alfombra y los muebles. Unos cuantos juguetes nuevos, regalos de Navidad, estaban rotos y tirados por los rincones del cuarto. Kathy meneó la cabeza.
–No sé qué hacer con ustedes. Compramos esta hermosa casa para que tengan un cuarto de juego. ¡Y ésta es vuestra recompensa!
Danny se desasió de los brazos de su madre. –¿Cómo quieres que juguemos en esa porquería de cuarto?
–¡Sí! –exclamó Chris–. ¡No nos gusta este lugar! ¡No hay nadie con quien jugar!
Kathy y los muchachos intercambiaron frases agrias por cinco minutos más, hasta que Danny arrojó el guante y enfrentó a su madre con una amenaza de huir de la casa. Kathy, por su parte, sugirió que este comportamiento merecía un castigo físico.
–¡Y ya saben quién se los va a dar!
A la hora de la comida, la familia Lutz ya estaba apaciguada. Los muchachos parecían tranquilos ahora, aunque Kathy podía sentir una corriente de tensión por lo bajo, cuando estaban todos sentados a la mesa. George le había dicho a Kathy que prefería quedarse en casa el último día del año para no toparse con borrachos en la calle al volver de la casa de su madre. No habían hecho planes para reunirse con amigos y hacía demasiado frío para ir al cine.
Después de la comida, Kathy convenció a George de que había que llevar el león de cerámica al cuarto de costura. Una vez más se pudo ver unas moscas que revoloteaban contra el cristal de la ventana que daba sobre el río Amityville. George, rabioso las aplastó con un matamoscas y se fue del cuarto dando un portazo.
A eso de las diez de la noche, Missy ya estaba dormida en el suelo de la sala. Missy había arrancado de Kathy la promesa de que la iba a despertar a medianoche, a tiempo para soplar su cornetín. Danny y Chris seguían levantados y jugaban cerca del árbol de Navidad, contemplando la pantalla de televisión. George se ocupaba de su fuego. Kathy se sentó frente a él e intentó levantar su ánimo siguiendo el hilo de una antigua película que pasaban por la pantalla de TV.

A medida que avanzaba la noche, las manos del padre Mancuso se hacían sentir más y más. Las ampollas eran ahora más dolorosas que nunca: unas nuevas habían brotado en el dorso de las manos. No podía aguantar la idea de que habría de pasar toda la noche con el dolor y el susto. Cuando su médico vino a verlo, extendió bruscamente las manos con las palmas hacia arriba y dijo:
–¡Mire!
El médico, cortéstemente, examinó las ampollas.
–Frank, no soy un dermatólogo –dijo–. Esto puede ser cualquier cosa: desde una alergia hasta un ataque de ansiedad. ¿Alguien lo ha estado molestando a usted más de la cuenta?
El padre Mancuso se apartó tristemente del médico y fijó la mirada en lós copos de nieve que caían.
–Creo que sí... Algo ...
El sacerdote volvió a enfrentar al médico con la mirada.
– ... o alguien.
El médico recetó unas tabletas antibióticas, aseguró al sacerdote. que se sentiría aliviado hacia el amanecer y fue a reunirse con unos amigos.

Por la televisión Guy Lombardo saludó al Nuevo Año desde el hotel Waldorf Astoria. Los Lutz contemplaron caer la pelota del Allied Cherjcal Building, en Times Square, pero no acompañaron al animador Ben Grauer cuando éste se puso a contar los últimos diez segundos de 1975.
Danny y Chris ya se habían retirado hacía media hora a su dormitorio, con los ojos enrojecidos por el exceso de TV y el humo de la fogata de George. Kathy ya había acostado a Missy, había bajado las escaleras y había vuelto a sentarse en su silla frente a George.
Eran exactamente las doce y un minuto. Kathy fijó la mirada en la chimenea hipnotizada por las llamas que bailaban. Algo se estaba materializando en esas llamas, un perfil blanco que se recortaba sobre los ladrillos ennegrecidos, algo que se volvía más claro y más nítido cada vez.
Kathy intentó abrir la boca para decir algo a su marido. No pudo hacerlo. Ni siquiera pudo apartar los ojos del demonio con cuernos y un capuchón blanco y puntiagudo en la cabeza. La figura aumentaba de tamaño, avanzaba hacia ella. Y vio que la mitad de la cara le faltaba a esta figura, como si hubiera recibido una ráfaga de ametralladora a quemarropa. Kathy lanzó un grito.
George levantó la mirada.
–¿Qué pasa? –dijo.
Kathy sólo pudo señalar hacia la estufa. George siguió la mirada de ella y también vio una figura blanca que parecía quemada por el hollín y que se destacaba sobre los ladrillos del fondo de la chimenea.

XIII
1 de enero de 1976


George y Kathy fueron finalmente a acostarse a la una de la mañana. Habían estado ya durmiendo por un tiempo que, más adelante, calcularon en no más de cinco minutos, cuando los despertó una ráfaga de viento que pasó rugiendo por el dormitorio.
Las frazadas de la cama fueron arrancadas literalmente de los cuerpos de la pareja, dejando a George y a Kathy tiritando. Todas las ventanas del cuarto quedaron abiertas de par en par y la puerta del dormitorio, bamboleada por las corrientes de aire, se abría y cerraba sin parar.
George saltó fuera de la cama y corrió a cerrar las ventanas. Kathy recogió las frazadas del suelo y volvió a tirarlas sobre la cama. Ambos habían quedado sin aliento por obra de aquel despertar sobresaltado y, aunque la puerta del cuarto se había cerrado ruidosamente, todavía podían oír el viento que rugía en el pasillo del piso de arriba.
George abrió bruscamente la puerta y recibió en el rostro otra ráfaga helada. Encendió la luz en el vestíbulo y quedó sorprendido al ver que las puertas del cuarto de costura y del cuarto de vestir estaban enteramente abiertas, y que el vendaval entraba libremente por ellas. Sólo la puerta del dormitorio de Missy seguía cerrada.
George corrió primero hacia el cuarto de vestir, luchando contra el ventarrón que le daba de frente, y logró con un esfuerzo bajar las ventanas. Luego fue al cuarto de vestir y, con los ojos llenos de lágrimas por causa del frío, cerró una ventana. Pero George no pudo mover la ventana abierta que daba sobre el río Amityville. Golpeó furiosamente el marco con los puños y, por último, la ventana cedió, deslizándose hasta abajo. Él siguió allí parado, tratando de recobrar el aliento, temblando dentro de su piyama. El viento ya no silbaba por los corredores de la casa, pero él podía oír el violento rumor del vendaval afuera. El frío éra el mismo de siempre. George echó una mirada más en torno antes de pensar en Kathy.
–¡Querida! –dijo, levantando la voz–. ¿Estás ahí?
Kathy, que había seguido los pasos de su marido por el pasillo, también había visto las puertas abiertas y la puerta cerrada del dormitorio de Missy. Con el corazón que le latía violentamente, Kathy corrió hasta el dormitorio de su hija y se precipitó dentro. Encendió las luces.
El cuarto estaba caldeado, casi demasiado. Las ventanas estaban cerradas y tramadas, y la niña dormía profundamente en su cama.
Algo se estaba moviendo en el cuarto. Kathy se dio cuenta de que era la hamaca de Missy que balanceaba lentamente, junto a la ventana. Luego oyó la voz de George:
–¡Querida! ¿Estas ahí?
George entró al dormitorio. El calor lo sobresaltó; tuvo la impresión de estar frente a una chimenea encendida. Inmediatamente tomó cuenta de todo... de la niña que dormía tranquilamente, de su mujer, de pie junto a la cama de Missy, de la incrédula expresión de susto en la cara de Kathy y de la pequeña hamaca que se balanceaba.
Dio un paso hacia la hamaca y ésta, inmediatamente, cesó de balancearse. George se detuvo, quedó absolutamente quieto e hizo una señal a Kathy.
–¡Llévala abajo! ¡Date prisa!
Kathy no pidió explicaciones a George. Levantó a la niña de la cama, con frazadas y todo, y salió apresuradamente del cuarto. George marchó detrás de ellas y cerró la puerta dando un portazo, sin incomodarse en apagar las luces.
Kathy empezó a bajar cautelosamente las escaleras hasta el piso bajo. En el pasillo el frío era intenso. George subió corriendo las escaleras hasta el piso más alto, donde dormían Danny y Chris.
Cuando George bajó del último piso, unos minutos más tarde, vio a Kathy sentada en el cuarto de estar, oscurecido, con Missy en sus brazos, profundamente dormida. Encendió la luz y la araña hizo desaparecer las sombras de los rincones.
Kathy se dio vuelta y miró a George con aire interrogativo.
–Están perfectamente –dijo él–. Los dos duermen. Arriba hace frío, pero los chicos están bien.
Kathy echó aire por la boca y notó que el vapor formaba una nube en el aire frío.
George encendió rápidamente el fuego. Los dedos estaban ateridos y se dio cuenta, de repente, que estaba descalzo y que no se había echado nada encima del piyama. Finalmente logró encender un pequeño fuego con un diario y aventó la llama con las manos, hasta que unos rescoldos se encendieron.
De cuclillas frente a la chimenea, podía oír el viento que aullaba fuera. Luego se volvió y miró a Kathy por encima del hombro.
–¿Qué hora es?
Fue lo único que se le ocurrió decir en esa ocasión, comentó más adelante George Lutz. También recuerda la expresión de la cara de Kathy cuando él hizo esa pregunta. Kathy lo miró un instante y luego contestó:
–Creo que son más o menos...
Pero antes de terminar la frase se echó a llorar y todo su cuerpo empezó a temblar convulsivamente. Acunaba a Missy en sus brazos y sollozaba a la vez.
–¡Oh, George! ¡Estoy loca de terror!
George se paró y avanzó en dirección a su mujer y su hija. Se puso en cuclillas frente a la silla y abrazó a ambas.
–No llores, querida –susurró–, yo estoy aquí. Nadie va a hacer daño ni a ti ni a la nena.
Los tres permanecieron en esa postura por cierto tiempo. Lentamente el fuego se fue animando y el cuarto se fue calentando. George tuvo la impresión de que los vientos empezaban a amainar afuera. Cuando oyó que el quemador de combustible emitíasu "clic" en el sótano, supo que eran las seis de la mañana del primer día del año.
A las nueve de la mañana la temperatura en la casa de Ocean Avenue se había elevado hasta veintitrés grados. George realizó una excursión a fin de examinar ventana por ventana, desde la planta baja hasta el último piso. No había evidencias visibles de que alguien hubiera estado jugando con los cierres de los postigos en el piso alto, y George siguió desconcertado: ¿cómo era posible que algo tan estrafalario hubiera ocurrido?
Al pensar nuevamente en aquel episodio, George sostiene que, en aquel momento, él y Kathy no pudieron encontrar ninguna razón para explicar el comportamiento de las ventanas, salvo algún percance natural disparatado: tal vez los vientos huracanados las habían abierto de algún modo. Pero George no sabe por qué esto ocurrió a las ventanas del piso de arriba y no a las otras.
De repente George sintió un intenso deseo de ir a su oficina. Era una día de fiesta; nadie estaba allí, pero tuvo la necesidad de verificar las operaciones comerciales de su agencia.
William H. Parry, Inc., contaba con cuatro equipos de ingenieros y agrimensores en acción. La companía había hecho los proyectos y planos de los complejos de edificios más grandes en la ciudad de Nueva York, de las Glen Oaks Towers en Glen Oaks, Long Island, y también tenía a su cargo el planeamiento de un proyecto de reconstrucción urbana de cuarenta manzanas en Jamaica, Queens. Además, se encargaba de inspecciones menores para otras compañías. La coordinación que requería la labor de cada día era bastante intrincada y en las últimas semanas George había puesto la cosa en manos de uno de sus proyectistas, un empleado experimentado que había trabajado con su padre y su abuelo.
En el último año, después de haber puesto su madre la dirección de la agencia en sus manos, la preocupación principal de George había consistido en cobrar a las compañías de construcción que utilizaban sus servicios. Los salarios y los gastos de la compañía eran mucho mayores que lo que habían sido en los días en que el padre de George estaba vivo. También había que encontrar la manera de pagar por seis autos adquiridos y nuevos equipos para el trabajo in situ. George comprendió que había estado remoloneando, que había bajado la guardia: ya era tiempo de reasumir sus responsabilidades.

A las diez de la mañana el padre Mancuso también estaba despierto. No había podido dormir mucho y se había levantado varias veces en la noche para enjuagarse las manos con el linimento que el médico le había recetado. El sacerdote se había levantado a las siete, aunque se sentía debilitado por la gripe y la posición horizontal le resultaba más llevadera.
El medicamento alivió algo la molestia y la picazón de las palmas de las manos, pero la receta antigripal no tuvo ningún efecto contra la fiebre. Haciendo un esfuerzo por concentrarse en algo que no fuera su misterioso achaque, el padre Mancuso trató de leer algunas revistas médicas y buscó en el índice los artículos de psicoterapia. En las tres horas que llevaba levantado, el sacerdote había encontrado ya más de una docena de artículos nuevos e interesantes sobre ese tema. De repente notó una mancha rojiza en la última revista que había estado leyendo.
El sacerdote puso las palmas de las manos hacia arriba: estaban sucias de sangre. Las llagas supuraban.

Hacia el mediodía, George estaba en Syosset, manejando su máquina de sumar. Acababa de descubrir que el dinero que entraba no se equilibraba con el dinero que salía. Las cuentas en la columna de pagos se estaban volviendo unilaterales y George comprendió que iba a tener que rebajar el número de agentes y de empleados de oficina.
A George no le gustaba nada la idea de quitar a estos hombres su medio de vida, especialmente cuando pensaba que iba a ser muy difícil encontrar nuevos empleos en la declinante industria de la construcción. Pero había que hacerlo, y se estaba preguntando cómo lo iba a hacer y por dónde iba a empezar: De todos modos, no se detuvo demasiado tiempo en el tema, ya que había otros problemas más urgentes. Antes de que terminara la semana bancaria al día siguiente, viernes, iba a tener que transferir fondos de una cuenta de Banco a otro, para cubrir cheques extendidos a los abastecedores.
Sumergido en estos cálculos, George no advirtió el paso del tiempo. Por primera vez, desde el 18 de diciembre, George Lutz no estaba pensando en sí mismo o en la casa de Ocean Avenue.
Pero su mujer estaba pensando muy intensamente en la casa. Kathy no se lo había dicho a George con tantas palabras, pero cada vez estaba más convencida de que los acontecimientos de las últimas semanas habían sido producidos por fuerzas extrañas. Kathy no dudaba de que sus conclusiones eran tontas, y había tenido reparos en contarle a George su encuentro con el león de cerámica.
Pero ahora era consciente de que los fragmentos estaban componiendo un cuadro determinado, aun antes de que lo advirtiera George. Estaba asustada y quería hablar con alguien. Pensó en su madre, pero inmediatamente desechó la idea. Joan Connors era muy religiosa y habría insistido en que había que ponerse en contacto con el viejo sacerdote de su parroquia.
Kathy no estaba del todo preparada para entrar en un mundo de fantasmas y demonios: quería mantener el problema, en un principio, a un nivel más general. En el fondo de su corazón, sin embargo, sabía perfectamente bien adónde habría de llevar el tema.
Fue a la cocina y marcó el número de teléfono de la única persona que podía entender lo que estaba ocurriendo: el padre Mancuso.
Kathy oyó los ruidos de la conexión que se establecía y el primer timbrazo del telétono. Mientras esperaba el segundo timbrazo, advirtió que la cocina estaba invadida por el olor dulzón que ya conocía. Se le puso la piel de gallina, mientras esperaba sentir en el cuerpo el roce consabido.
El teléfono del padre Mancuso sonó otra vez, pero Kathy ya no lo oyó. Había colgado el auricular y había salido corriendo del cuarto.

En la casa parroquial, el padre Mancuso se había enjuagado las manos con un medicamento que había restañado la pérdida de sangre. El sacerdote tenía una toalla entre las manos cuando oyó la campanilla del teléfono en la sala. Levantó el auricular después del segundo timbrazo.
Cuando dijo: "¿Hola?", se encontró con que la comunicación estaba interrumpida. Miró el teléfono. "Bueno, bueno... , ¿qué habrá ahora?" El padre Mancuso pensó en George Lutz y meneó la cabeza. "¡Oh, no! ¡No me voy a ocupar más de esa historia!" Colgó el receptor y volvió al cuarto de baño.
El sacerdote contempló sus llagas. "Repulsivas", pensó. Luego se miró la cara en el espejo. "¿Cuándo terminará todo esto?" decía su imagen en el espejo. Su enfermedad era, por cierto, visible. Las ojeras eran más oscuras y la palidez del cutis era malsana. El padre Mancuso se tanteó la barba con gestos vivaces: hacía falta recortar, pero la mano no era aún bastante firme para sostener un par de tijeras.
El padre Mancuso asegura que, al contemplar su imagen en el espejo, se puso a pensar repentinamente en la demonología. El sacerdote estaba enterado del alcance del tema y de los varios fenómenos ocultos que abarca. Pero nunca le había gustado, ni siquiera cuando había seguido un curso en sus días estudiantiles en el seminario; nunca había intentado profundizar el punto.
El padre Mancuso conoce otros sacerdotes que han dedicado una atención especial a la demonología, pero nunca ha tenido tratos con un exorcista. Cualquier sacerdote está autorizado a practicar ritos de exorcismo, pero la iglesia católica prefiere que esta ceremonia peligrosa quede limitada a los clérigos que se han especializado en enfrentar casos de obsesión y posesión.
El padre Mancuso había mantenido la mirada fija en el espejo del cuarto de baño, pero no había hallado respuestas a su dilema. Y pensó que ya había llegado el momento de abrirse ante su amigo: el párroco de la parroquia del Sagrado Corazón.

La nieve que había caído esa mañana obstruía las carreteras, volviéndolas peligrosas. A medida que avanzaba el día, iba haciendo más y más frío; los autos empezaban a resbalar y patinar en las charcas congeladas que cubrían los caminos de Long Island. Pero la nieve ya había dejado de caer en el momento en que George volvía a Amityville en auto desde su oficina.
El viaje transcurrió sin percances. La senda de entrada a la casa de Ocean Avenue estaba cubierta de nieve reciente. George se dio cuenta que iba a tener que abrir un camino para la camioneta antes de entrar. "Lo haré mañana", se dijo, y dejó el vehículo estacionado en la calle, que un camión municipal de barrido acababa de despejar.
Notó que Danny y Chris habían estado jugando en la nieve. Los trineos de los niños estaban sobre los escalones que llevaban a la puerta de entrada a la cocina. En el momento de entrar en la casa vio que había un reguero de huellas de nieve derretida que atravesaba la cocina y subía los escalones. "Kathy tiene que estar arriba", pensó. En caso de haber visto la mugre que habían dejado en su casa, tan limpia siempre, habría ardido Troya.
George encontró a su mujer en el dormitorio,acostada en la cama y leyendo a Missy uno de los nueve libros de Navidad. Missy batía palmas alegremente.
–¡Hola! –dijo él.
Kathy y Missy levantaron la mirada.
–¡Papá! –exclamaron las dos al unísono, saltando de la cama y rodeando cariñosamente a George.
Por primera vez en mucho, mucho tiempo, como pareció a Kathy, la familia Lutz pudo celebrar una cena feliz. Danny y Chris, advertidos por George y sin ser vistos por su madre, bajaron a la cocina y borraron todas las huellas de su descomedida irrupción. Luego se sentaron a la mesa con caras encendidas por las horas de juego en el frío aire invernal, y devoraron las hamburguesas y las papas fritas que Kathy había preparado especialmente para ellos.
Missy mantenía sonriente a la familia con su cháchara incesante y su robo de las papas fritas de los muchachos cuando éstos no miraban. Si alguna vez era sorprendida, Missy volvía la carita hacia el acusador y le mostraba todos sus dientes, salvo uno, para desarmarlo.
Kathy se sentía más tranquila con George en la casa. Sus miedos se habían desvanecido momentáneamente y no pensaba ya en aquella última ráfaga de perfume a comienzos de la tarde. "Tal vez me estoy dando cuerda con esta historia", pensó, y abarcó la mesa con la mirada. La cálida atmósfera de familia no anunciaba, por cierto, nuevas visitas de fantasmas.
En cuanto a George, había encerrado sus deprimentes operaciones mercantiles en algún cajón secreto de su mente. Se sentía en su casa de Ocean Avenue. Como un hombre que llega a un cálido nido. Esta era la vida que él deseaba tener en la nueva casa. El mundo de afuera podía ofrecer cosas buenas o malas, pero los Lutz iban a examinarlo todo en su hogar. Él y Kathy compartieron un bife. Luego George encendió un cigarrillo y fue al cuarto de estar con los varones.
George había hecho entrar a Harry en la casa para darle de comer y luego le permitió que jugara con sus dos hijos delante de la chimenea. Los Lutz habían comido temprano, de modo que eran las ocho apenas pasadas cuando Danny y Chris empezaron a cabecear.
Mientras los muchachos subían a su dormitorio, seguidos de Missy y Kathy, George llevó a Harry a su casilla. Sorteando la nieve que se había amontonado entre el umbral de la cocina y la casilla del perro, asió la fuerte cadena metálica y ató a Harry. Éste se metió adentro, dio varias vueltas hasta encontrar la posición adecuada y se echó lanzando un breve suspiro. Mientras George estaba allí, los ojos del perro se cerraron. Ya estaba dormido.
–Bueno, bueno –dijo George–. Me lo temía. El sábado vamos a ver al veterinario.
Después de poner a Missy en la cama, Kathy volvió al cuarto de estar. George realizó su habitual recorrido de la casa, examinando atentamente todas las puertas y ventanas. En el momento de sacar a Harry ya había hecho la inspección del garaje y de las puertas del embarcadero.
–Veamos qué ocurre esta noche –dijo a Kathy al volver–. Esta noche no hay nada de viento. A eso de las diez tanto George como Kathy empezaron a tener sueño. El hermoso fuego ya menguaba, pero sentían el calor en los ojos. Kathy esperó a que George apagara los últimos rescoldos y echara agua sobre las cenizas que quedaban. Luego Kathy apagó la araña y miró en derredor, tanteando en lo oscuro para tocar la mano de su marido. Lanzó un grito.
Kathy había mirado por encima del hombro de George a las ventanas de la sala. ¡Y ante ella, mirándola fijamente, habla un par de ojos rojos que no pestañeaban!
Al oír el grito de su mujer, George giró sobre sus talones. Él también vio los duros ojillos que lo miraban directamente. Se acercó de un salto a la llave de luz y los ojos desaparecieron de la ventana.
–¡Eh! –gritó George, precipitándose por la puerta de entrada al jardín nevado.
Las ventanas de la sala daban al frente de la casa. A George no le llevó más de uno o dos segundos llegar allí. Pero no había nada en las ventanas.
–¡Kathy! –gritó–. ¡Tráeme la linterna!
George hacía esfuerzos por divisar el fondo de la casa, la parte que estaba en dirección al río Amityville.
Kathy salió de la casa con la linterna y la campera de él. Bajo la ventana en donde habían visto los ojos se pusieron a remover la nieve recién caída, intacta. Luego el haz amarillo de la linterna iluminó un reguero de pisadas que rodeaban claramente la casa.
Esas pisadas no eran ni de hombre ni de mujer. Las marcas en la nieve eran las que dejan unas patas hendidas, como las de un cerdo enorme.


XIV
2 de enero

Cuando George salió de su casa por la mañana, las huellas de las patas hendidas seguían siendo visibles en la nieve endurecida. Las pisadas del animal pasaban junto al terreno de Harry y terminaban en la entrada del garaje. George quedó sin habla cuando vio que la puerta del garaje estaba casi arrancada de su marco de metal.
George en persona había cerrado y trancado el pesado portón. Para arrancarlo de sus soportes no sólo había que armar una tremenda batahóla, sino que se debía contar con una fuerza muy superior a la de cualquier ser humano.
George se quedó de pie, en la nieve, contemplando las huellas y el portón desencajado. Con la mente volvió a la mañana en que había encontrado arrancada la puerta de entrada y a la noche en que había visto al cerdo parado detrás de Missy, junto a la ventana. Y George recuerda haber dicho en voz alta:
"¿Qué diablos está pasando aquí?" en el momento en que debió escurrirse para contornear la puerta desencajada y entrar al garaje.
George encendió las luces y miró. En el garaje estaban guardadas, con su motocicleta, las bicicletas de los niños y una podadora eléctrica de césped que los De Feo habían dejado, otra vieja podadora que él había traído de Deer Park, muebles de jardín, herramientas varias, latas de pintura y de petróleo. El suelo de hormigón estaba cubierto de una delgada capa de nieve que había entrado por la puerta entreabierta. Era evidente que el portón había estado fuera de sus goznes desde hacía varias horas.
–¿Hay alguien aquí? –preguntó George en voz muy alta. Pero sólo contestó el bramido del viento afuera.
Cuando George subió a su auto y enderezó hacia su agencia, estaba más rabioso que asustado. En caso de haber tenido algún miedo a lo desconocido, éste se había desvanecido ante la idea de lo que iba a costarle la reparación de la puerta dañada. No sabía si el seguro de la compañía habría de pagar por un gasto como éste, y por cierto no le hacía falta el desembolso de doscientos o trecientos dólares más en gastos extras.
George no recuerda ahora cómo logró maniobrar con su camioneta Ford por las peligrosas rutas de Syosset, recubiertas de nieve y de hielo. La frustración que sentía por su incapacidad de entender la mala suerte que lo perseguía no le dejaba atender debidamente a su seguridad. En la oficina se ocupó diligentemente de los problemas inmediatos y en las horas sucesivas logró apartar la mente de lo que estaba ocurriendo en el número 112 de Ocean Avenue.
Antes de salir de casa, George había hablado a Kathy de la puerta del garaje y de las huellas en la nieve. Kathy había intentado telefonear a su madre, pero ésta no había contestado. Kathy recordó que Joan siempre hacía sus compras los viernes por la mañana para evitar las multitudes de los sábados en el supermercado. Subió hasta su dormitorio con la intención de cambiar las sábanas en los cuartos y pasar la aspiradora por las alfombras. La mente de Kathy aceleraba su ritmo al pasar revista a la enérgica limpieza que iba a hacer en su casa por primera vez. Si no encontraba una plena ocupación hasta el instante de la vuelta de George, se iba a venir abajo: lo sabía.
Kathy acababa de poner nuevas fundas en las almohadas y las estaba golpeando cuando sintió que alguien la abrazaba desde atrás. Tuvo un escalofrío e instintivamente gritó:
–¡Danny!
Los brazos que rodeaban su cintura hicieron más presión. Era un abrazo más fuerte que el conocido contacto femenino que había sentido en la cocina. Kathy percibió que era un hombre esta vez, un hombre que había aumentado su presión a medida que ella se debatía.
–¡Déjeme, por favor! –imploró.
La presión, de repente, aflojó y las manos soltaron la cintura. Ahora sintió las manos que subían hasta sus hombros. Lentamente hicieron girar su cuerpo para que enfrentara la presencia invisible.
Aterrada, Kathy fue consciente no obstante del asqueante olor de aquel perfume barato.. Luego otro par de manos la asió por las muñecas. Kathy dice ahora que sintió que se entablaba una lucha por la posesión de su cuerpo, que de algún modo estaba atrapada entre dos fuerzas poderosas. Escapar era imposible y tuvo la sensación de que iba a morirse. La presión que sentía en el cuerpo se volvió abrumadora y Kathy se desvaneció.
Cuando volvió en sí estaba tendida en la cama, con la mitad del cuerpo fuera y tocando casi el suelo con la cabeza. Danny había corrido hasta el cuarto al oír el llamado de ella. Kathy se dio cuenta de que las presencias habían desaparecido. Su desmayo no podía haber durado más de unos segundos.
–Llama a papá a la oficina, Danny. ¡De prisa!
Danny volvió a los pocos minutos.
–El hombre que atendió el teléfono me dijo que papá acaba de irse de Syosset. Que cree que viene a casa.
George no volvió a su casa hasta las primeras horas de la tarde. Cuando llegó a Amityville tomó por Merrick Road, en dirección a su calle, y se bajó frente a The Witches Brew para tomar una cerveza.
El bar estaba bien calentado y vacío. La juke box y la pantalla de televisión estaban apagadas y los únicos ruidos que se oían eran los producidos por el mozo del bar al lavar unos vasos. Al entrar George, el hombre levantó la mirada e inmediatamente reconoció al parroquiano del otro día.
–¡Hola; amigo! ¡Me alegro de verlo por aquí! George contestó el saludo con un movimiento de la cabeza y se paró frente al mostrador.
–Una Miller –pidió.
George observó al mozo cuando éste le llenaba el vaso. Era un joven regordete, de cerca de treinta años, con un prominente estómago que indicaba su afición a probar la cerveza que vendía. George bebió un gran sorbo, vaciando casi el vaso alto antes de ponerlo de vuelta sobre la madera oscura del mostrador.
–Dígame una cosa –dijo George, eructando– ¿usted conocía a los De Feo?
El joven había reanudado la limpieza de los vasos. Hizo un signo afirmativo.
–Si, los he conocido. ¿Por qué?
–Estoy viviendo en la casa que era de ellos y...
–Ya lo sé –dijo el mozo interrumpiendo. George, sorprendido, levantó las cejas.
–La primera vez que vino usted aquí, me dijo que acababa de mudarse al número 112 de Ocean Avenue. Es la casa de los De Feo.
George terminó su cerveza.
–¿Solían venir aquí?
El mozo puso en el mostrador un vaso limpio y se secó las manos en una toalla.
–Únicamente Ronnie. A veces traía a su hermana Dawn. Linda chiquita.
Levantó el vaso vacío de George y dijo:
–¿Sabe una cosa, señor? Usted se parece muchísimo a Ronnie. La barba... Todo. Pero creo que usted tiene unos años más.
–¿Hablaba alguna vez de la casa?
El hombre del bar puso una nueva cerveza delante de George.
–¿De la casa?
–Bueno... sí... ¿No le dijo alguna vez, por ejemplo, que allí ocurrían cosas raras?
George bebió un sorbo.
–¿Usted cree que hay algo raro en ese lugar? ¿Por culpa de la matanza... no?
–No, no.
George levantó una mano.
–Sólo le he preguntado si Ronnie De Feo dijo alguna vez algo antes de esa noche.
El mozo echó una mirada en derredor para cerciorarse de que nadie lo estaba oyendo.
–Ronnie nunca dijo nada por ese estilo a mi... personalmente.
E inclinó la cabeza hacia George.
–Pero le puedo decir una cosa. Yo estuve allí una vez. Habían dado una gran reunión y el padre de Ronnie alquiló mis servicios por el día.
George había terminado la mitad de su segunda cerveza.
–¿Qué impresión le hizo la casa?
El mozo abrió sus gordos brazos en un gesto amplio.
–Magnífica. Una casi realmente magnífica. Sin embargo, no pude verla mucho: todo el tiempo estuve en el sótano. Por cierto que esa noche corrió mucha cerveza, mucho whisky. Era el aniversario del matrimonio De Feo.
Volvió a echar una mirada en torno.
–¿Sabía usted que allí abajo tenían un cuarto secreto?
George fingió ignorancia.
–¡No! ¿Dónde?
–¿Ajá? –dijo el mozo– Eche una mirada detrás de esos placards y va a encontrar alguna cosita que lo va a inquietar.
George se inclinó sobre el mostrador.
–¿Qué?
–Un cuarto. Un cuartito. Lo descubrí esa noche que pasé en el entresuelo. Usted sabe donde está el placard de madera laminada... junto a las escaleras. Yo lo estaba usando para enfriar allí la cerveza. ¿Se da cuenta? Y de repente golpeo un soporte en un rincón del placard y... ¡zas! ... toda la pared retrocede. ¿Me sigue usted? Un tabique secreto, como esos que se veían en las películas viejas.
–¿Y el cuarto? –preguntó George.
El mozo hizo un signo afirmativo.
–Sí ... Bueno. Cuando golpeé el tabique de madera, se abrió y pude ver detrás un espacio oscuro. La lamparita no funcionaba, de modo que encendí un fósforo. Y me encontré con ese siniestro cuartito, enteramente pintado de rojo.
–Usted me está tomando el pelo –dijo George. El hombre se llevó la mano derecha al corazón.
–¡Se lo juro por Dios! ¡Es la pura verdad! ¡Vaya vea usted mismo!
George terminó su segunda cerveza.
–Voy a tener que echar un vistazo al lugar. Puso un dólar sobre el mostrador.
–Esto va por las cervezas. Y esto es para usted. –Bueno, gracias, gracias.
El mozo miró a George.
–¿Quiere que le cuente algo muy raro en relación a ese cuartito? He estado teniendo pesadillas con él.
–¿Pesadillas? ¿Qué clase de pesadillas?
–Bueno... a veces soñaba que unas personas...que no conozco... están allí matando perros y cerdos y usando la sangre de estos animales para no sé qué ceremonias raras...
–¿Perros y cerdos?
–Si.
Y el mozo hizo un gesto de desagrado con la mano.
–Supongo que el lugar, la pintura roja... todo el resto... me impresionó.
Cuando George estuvo de vuelta en su casa, tanto él como Kathy tenían historias que contarse. Kathy describió el aterrador incidente del dormitorio y él contó lo que el mozo de The Witches Brew había dicho sobre el cuarto rojo del sótano. Los Lutz llegaron finalmente a la conclusión de que algo ocurría que estaba más allá del control de ellos.
–Por favor llama al padre Mancuso –dijo Kathy con aire suplicante–. Dile que vuelva a visitarnos.

El superior del padre había quedado preocupado por la salud de éste y había pasado a verlo. El padre Mancuso dijo al obispo que esa mañana se sentía mucho mejor. Los dos hombres habían decidido verse esa mañana para considerar las tareas pendientes en la diócesis. La mayor parte de la lista se redactó rápidamente y pasó a la cartera del obispo. El secretario habría de pasarla a máquina. El padre Mancuso acompañó a su superior hasta la entrada del edificio y regresó a sus habitaciones. El teléfono estaba sonando.
El sacerdote tenía puestos aún unos guantes blancos de cirujano que había encontrado en una gaveta. Al obispo le dijo que estaba enguantado para proteger sus manos del frío pero la causa real era que no quería mostrar la carne enrojecida por las ampollas. El teléfono del sacerdote sonó cinco veces, antes de que pudiera atender.
–¿Hola? Habla el padre Mancuso.
La voz del otro lado sonó fuerte y clara. –¡Padre! ¡Habla George!
El sacerdote no pudo creer lo que oía. Era como si George le estuviera hablando a su lado. Quedó tan sorprendido que sólo atinó a decir:
–¿George?
–George Lutz. ¡El marido de Kathy!
–¡Ah... sí! ¿Cómo le va?
George alejó el receptor de su oreja y miró a Kathy, que estaba a su lado, en la cocina.
–¿A éste qué le pasa? –dijo en voz baja–. Habla como si no me conociera...
El padre Mancuso sabía perfectamente quién era George, pero estaba asombrado de oír la voz de su amigo como si estuviera al lado, no hablando desde un teléfono.
–Perdón, George. No quise ser descortés. Pero no estaba preparado para una llamada de esta clase después de todos los esfuerzos que hice para dar con usted.
–Hum... –contestó George–. Si... ya entiendo.
El padre Mancuso esperó que George siguiera hablando, pero no hubo nada más que silencio.
–¿George? ¿Está usted ahí?
–Si, padre –dijo George–. Yo estoy aquí y Kathy está a mi lado –y miró a su mujer–. Querría que nos visitara usted de nuevo y bendijera la casa.
El padre Mancuso recordó lo que había ocurrido en ocasión de bendecir por primera vez la casa de los Lutz. Se miró las manos enfundadas en sus guantes blancos.
–Padre: ¿podría usted venir en seguida?
El sacerdote vaciló. No quería volver a aquella casa, pero no se lo podía decir a George en estas palabras.
–Bueno, George... –contestó por fin– ...no sé si puedo en este momento. He tenido un nuevo ataque de gripe... y el médico me ha prohibido salir con este frío...
–Bueno... interrumpió George–. ¿Cuándo puede usted venir?
El padre Mancuso se puso a buscar una excusa. –¿Por qué quiere usted que bendiga de nuevo la casa? No es soplar y hacer botellas ... ¿sabe?... George estaba desesperado.
–Padre: estamos en deuda con usted. Le debemos una comida. Venga a vernos y Kathy le va a preparar el bife más sabroso que usted haya comido en su vida. Y puede quedarse a pasar la noche aquí...
–Oh, no, George ... Eso no puedo hacerlo.
–Si, padre. Haremos que chupe tanto que no va a poder negarse...
El padre Mancuso no pudo creer a sus oídos. ¡Esas cosas no se dicen a un sacerdote!
–Dígame, joven. Usted...
–Padre: estamos en un gran apuro. Necesitamos que nos ayude.
La ira del sacerdote se evaporó.
–¿Qué ocurre? –preguntó.
–En esta casa están ocurriendo cosas que no entendemos. Hemos visto machos...
La línea telefónica empezó a crepitar en los dos extremos.
–¿Qué está usted diciendo, George? No lo oigo...
Los dos hombres no pudieron seguir hablando. Ya no pudo oírse absolutamente nada por teléfono, salvo un zumbido fuerte e incesante. Los dos se dieron cuenta que no había nada que hacer y colgaron.
George se volvió hacia Kathy y echó una mirada a la habitación.
–Ya está aquí de nuevo. Ha liquidado el teléfono.
En el momento en que el padre Mancuso colgaba el auricular, las manos le empezaron a arder de nuevo. "Que Dios me perdone", dijo en voz alta, "pero George tendrá que encontrar socorro en otro lugar. ¡Por nada del mundo pondré de nuevo los pies en esa casa!"


XV
Del 2 al 3 de enero


George y Kathy, desilusionados por no haber podido lograr que viniera el padre Mancuso, se pusieron a hablar de otras maneras de obtener auxilio. Los dos estaban de acuerdo en que ahora, después de haberse mudado, habría sido incorrecto solicitar del cura párroco local la bendición de la casa. Además, este sacerdote había sido el confesor de los De Feo, y George recordaba haber leído en los artículos periodísticos que éste era un hombre de cierta edad que se había burlado de la posible existencia, en la casa, de "voces" que habrían indicado a Ronnie lo que debía hacer. Este hombre no creía en los fenómenos ocultos.
Al llegar a cierto punto George mencionó la posibilidad de vandalismo. Tal vez había alguien que intentaba asustarlos para que se fueran de la casa y utilizaba medios drásticos para acelerar esa partida. Kathy tenía sus opiniones particulares. Cuando dijo que algo la había tocado, ¿George había creído que esto no era nada más que imaginaciones de su mujer? No, no lo creía. ¿Podía explicar él la horrenda figura diseñada con hollín en la pared de ladrillos de la chimenea? No, no podía. ¿No habían visto ellos unas pisadas de patas de cerdo en la nieve? Sí, las habían visto. ¿Estaba de acuerdo él en que había una poderosa fuerza en la casa, capaz de hacer daño a la familia? Estaba de acuerdo. ¿Qué iban a hacer? Esa noche, en el momento de meterse en cama, George dijo a su mujer que había decidido ir por la mañana al departamento de policía de Amityville y hacer una denuncia.
En la noche del 2 de enero, George volvió a sentir el urgente deseo de examinar el embarcadero y encontró a Harry profundamente dormido en su casilla. A la mañana siguiente fue con el perro al consultorio de animales de Deer Park, que solía utilizar, y allí se hizo al animal un examen minucioso. Treinta y cinco dólares debió pagar para cerciorarse de que Harry estaba sano y no había recibido ninguna droga o veneno. El veterinario sugirió que la languidez del animal podía tener, como causa posible, un cambio en el régimen de alimentación.

La mañana del 2 de enero, el padre Mancuso volvió a bendecir la casa de los Lutz. La ceremonia no se efectúo en Amityville, sino en la Iglesia del Sagrado Corazón de North Merrick. El sacerdote ofició una misa votiva en la iglesia; una misa que no corresponde a las efemérides del día y que se celebra con una intención especial, a pedido del solicitante.
El padre Mancuso se había quitado los guantes.Se arrodilló ante el altar y abrió su libro de misa, en el cual leyó: "Soy el Salvador de todos los hombres, dice el Señor. Sean cuales fueren sus tribulaciones, Yo responderé a sus clamores y siempre seré el Señor de ellos."
El sacerdote se santiguó y leyó en voz alta el capítulo inicial de la misa: "Padre Nuestro, fuerza nuestra en la adversidad, salud nuestra en la flaqueza, consuelo nuestro en el pesar, apiádate de Tu grey."
El padre Mancuso levantó la mirada hacia la figura clavada en la cruz. "Así como nos has dado el castigo que merecemos, da también nueva vida y esperanza a nos, que confiamos en Tu misericordia. Te lo pedimos ahora y siempre. Amén."
Cerró el misal, pero mantuvo los ojos fijos en la imagen de Jesús.
"Señor: sé compasivo con los Lutz en sus penurias y, por la muerte de Tu hijo, padecida por todos nosotros, aparta de ellos Tu cólera y el castigo que merecen por sus pecados. Te pedimos esto en nombre de Cristo, Nuestro Señor. Amén."
Después de la misa votiva el padre Mancuso volvió a su casa y se encontró ¡con un atroz hedor a excrementos humanos que impregnaba todas las habitaciones de su domicilio!
Tuvo una arcada, pero logró abrir todas las ventanas. El aire helado entró en la casa y trajo un momentáneo alivio, pero el hedor se sobreponía incluso al viento frío. El padre Mancuso corrió hasta el cuarto de baño para ver si el inodoro estaba atascado. No, todo estaba en orden... ¡Mientras uno no intentara respirar!
El sacerdote estaba enterado de que había una letrina debajo del terreno frontal de la rectoría y pozos ciegos detrás del área de estacionamiento. Después de asegurarse la colaboración del plomero del lugar, pudo comprobar que no había ningún animal atrapado en los pozos y que la cámara séptica funcionaba normalmente. Al parecer, tampoco había pérdidas en las cañerías.
Por último, el atroz olor empezó a difundirse por toda la rectoría. Otros sacerdotes, a quienes el mal olor hizo salir de sus habitaciones, se reunieron en el patio principal de la escuela. El párroco estaba extremadamente perturbado por el incidente y sugirió a todo el mundo que quemara incienso para ahuyentar el aire fétido. Hasta este momento tal padre Mancuso no había pensado que sus cuartos eran la causa del hedor. Pero después de encender encienso en su casa y volver a la escuela con los otros, el sacerdote se dio cuenta de que sus cuartos habían sido los primeros en ser atacados, evidentemente mientras había estado celebrando la misa especial para los Lutz. Esto le llevó a establecer un nexo aterrador: una voz desencarnada en la casa de Ocean Avenue le había gritado: "¡Fuera!" Esa voz, fuera de quien fuere, había atravesado claramente el ámbito de la rectoría y le había trasmitido el mismo mensaje.
También había otro nexo que el padre Mancuso intentaba establecer. De este último punto se había vuelto consciente desde el instante en que se había parado ante las ventanas y había contemplado sus habitaciones en la casa parroquial, recordando una de las lecciones de la clase de demonología: ¡el olor a excrementos humanos está siempre asociado a la aparición del diablo!

Esa tarde el sargento detective Pat Cammaroto, del Departamento de Policía de Amityville, fue a la casa de Ocean Avenue con George, vio el portón desgonzado del garaje y las huellas de patas animales visibles aún en la nieve endurecida. Luego entró en la casa y fue presentado a Kathy y a los chicos. Kathy repitió su relato de los roces fantasmales e hizo pasar al sargento al cuarto de estar para mostrarle la imagen marcada con hollín en la pared de la chimenea.
Incluso después de haber mostrado a Camnaroto el cuarto rojo del entresuelo, George y Kathy adivinaron la incredulidad del agente de policía. Éste había escuchado la versión que daba George del nefasto uso del escondrijo, había cabeceado cuando George se había referido a Ronnie De Feo como constructor del cuarto secreto, y finalmente había preguntado a los Lutz si tenían algunos hechos concretos para basar en ellos sus temores.
–No puedo trabajar basándome en lo que ustedes creen haber visto u oído. Me parece que lo que hace falta aquí es un sacerdote. A mi modo de ver, este trabajo es más de su incumbencia que de la mía.
El sargento Pat Cammaroto salió de la casa de los Lutz y se metió en su auto. Sabía que no había ayudado en nada a la joven pareja. Pero lo cierto es que no podía hacer nada por ellos, salvo tal vez mandar una inspección policial de cuando en cuando. No hubiera tenido sentido asustarlos más, se dijo en el momento de arrancar. ¿Por qué empeorar las cosas mencionando que había experimentado unas vibraciones fuertes, muy extrañas, "una sensación indefinible" en el instante de entrar al número 112 de Ocean Avenue?

El sol ya se había puesto y el hedor en la casa parroquial del Sagrado Corazón no había disminuido apreciablemente. El denso humo del incienso quemado se había abierto camino hasta los ojos y los pulmones de todos. Los sacerdotes que seguían en el edificio no sabían ya a ciencia cierta si tenían náuseas por el humo o por el mal olor original.
El padre Mancuso había dejado las ventanas abiertas con la esperanza de que el aire frío barriera eventualmente la fetidez instalada en sus cuartos. Pero la medida fue contraproducente: el viento, al entrar por las ventanas, había cerrado la salida al humo y al hedor. Y el sacerdote podía haber dicho a los otros que estaba enterado de todo lo ocurrido y que conocía el motivo, pero mantuvo el secreto, rogando a Dios que lo librara de esta última humillación lo más pronto posible.

Inmediatamente después de irse Cammaroto, George notó que el compresor que estaba en el embarcadero se había detenido. No había ninguna razón para que la máquina se parara, salvo que los circuitos estuvieran sobrecargados, quemando así un fusible. Esto significaba que tenía que bajar al sótano de la casa y examinar la caja de los fusibles. George sabía que la caja estaba en la zona de los placards de depósito y bajó con una nueva caja de fusibles.
En el sótano descubrió sin demora el fusible quemado y lo cambió. Oyó el ruido del compresor que comenzaba a funcionar de nuevo, muy ruidosamente, al encenderse. Pero esperó un poco para ver si se producía otra sobrecarga. Al cabo de unos instantes quedó satisfecho y enderezó hacia las escaleras.
Habría subido la mitad de los escalones cuando fue consciente de un olor, un olor que no era el de la gasolina.
Había bajado con su linterna, pero las lámparas del sótano estaban encendidas. Desde su lugar en la escalera, George estaba en condiciones de ver casi todo el sótano. Husmeó el aire y percibió que el mal olor provenía de un rincón en el noreste, junto a las placards de madera prensada que formaban el tabique del cuarto rojo secreto.
George volvió a bajar las escaleras y prudentemente se acercó a los placards de depósito. Al detenerse frente a los estantes que tapaban el cuartito, el hedor aumentó. Apretándose las narices George empujó el panel y con el haz de luz de la linterna recorrió las paredes pintadas de rojo.
El hedor a excrementos humanos era muy intenso en el espacio reducido. Formaba una niebla espesa. Asqueado, su estómago tuvo unas convulsiones. Sólo logró poner el panel en su sitio, tapando el vaho antes de vomitar y emporcar sus ropas y el piso.

El padre Mancuso y el párroco de la parroquia del Sagrado Corazón eran amigos desde hacía varios años, cuando el sacerdote había sido nombrado para esa parroquia. Al crecer la reputación y el renombre del padre Mancuso frente a su diócesis, la amistad de los dos hombres había madurado y se había vuelto íntima. Entre ellos se llevaban veinte años, ya que el padre Mancuso tenía cuarenta y dos pero el hiato generacional no se hacía sentir.
Todo esto cambió la noche del 3 de enero. Deprimido por el envolvente y nauseabundo olor que había invadido la rectoría, el pastor se las tomó con el padre Mancuso y la amistad de los dos hombres quedó irrevocablemente destruida.
La cosa empezó en la oficina del párroco, adónde había ido el padre Mancuso para recoger unas informaciones que habían sido dactilografiadas para él. El padre Mancuso se disponía a volver a sus habitaciones en el momento en que entró el párroco, acompañado de otros tres sacerdotes. Los cuatro acababan de almorzar y no habían podido librarse –se podía comprobar– del olor que impregnaba sus ropas. El párroco lanzó una mirada iracunda al padre Mancuso; de pie detrás del escritorio, desde el otro extremo del cuarto.
–No entiendo por qué motivo el obispo le encomienda a usted todos los casos que se presentan –dijo con voz alta y descomedida– ¡yo soy mejor juez que usted! Tengo más experiencia!
El padre Mancuso quedó estupefacto. No podía creer lo que acababa de oír. "¿Cómo es posible que este hombre me tenga envidia?", pensó.
–Si, es muy cierto –contestó afablemente el padre Mancuso–, pero hasta este momento usted no se ha quejado de mi trabajo.
El párroco hizo un gesto con la mano, como dando a entender que no quería oír nada más. Los otros tenían caras asombradas. El párroco nunca había hablado de este modo, especialmente a su amigo intimo. Pero las palabras siguientes del párroco los dejaron aún más confundidos.
–¡Vean, vean ustedes el gran médico de almas! –la cara del párroco estaba enrojecida de furor . ¡Juez! ¡Médico! ¿Cómo es posible que sepa usted tanto?
¿Qué mosca le estaba picando a este hombre? El padre Mancuso miró a los otros sacerdotes, que evitaron su mirada, incómodos de tener que asistir a la escena. Entonces habló.
–Creo que esta historia del mal olor lo ha puesto a usted muy nervioso, amigo. Sería mejor que habláramos en otro momento y en otra ocasión.
Y se levantó para irse del cuarto.
–¡Oh no, Excelencia! –gritó el párroco, adelantándose velozmente para cortar la salida al padre Mancuso–. ¡Terminemos de una vez con eso! ¡Los muchachos aquí presentes podrán ver hasta qué punto es usted un fraude!
–¡Basta, párroco!
El más joven de los tres sacerdotes decidió interponerse entre los adversarios.
–El padre Mancuso tiene razón. Todos estamos perturbados por este olor asqueroso. ¡Lo mejor que podríamos hacer es dedicar todas nuestras energías a librarnos de esta peste, en vez de aumentarla!
Este repentino ataque, que provenía de una fuente inesperada, desinfló al párroco, que retrocedió pero continuó mirando con odio al padre Mancuso. El padre Mancuso está convencido ahora de que tenía en sus ojos una expresión que provenía de algo o de alguien dentro del cuerpo del pastor. Algo había tomado posesión momentánea del prelado y continuaba vomitando ponzoña contra el padre Mancuso, como ya lo había hecho al envilecer la casa parroquial con el olor a excrementos.

George había logrado limpiarse por fin después de su desastrosa excursión al sótano. Él y Kathy estaban sentados en la cocina, tomando café. Eran las once pasadas de la noche y ambos estaban cansados por la tensión nerviosa que habían creado los incidentes, cada vez más numerosos. Tan sólo la cocina parecía segura y ninguno de los dos tenía ganas de meterse en cama.
–Oye –dijo George–, aquí está haciendo frío. Vamos a la sala, que es más caliente, al menos.
Se levantó de la silla, pero Kathy siguió sentada.
–¿Qué vamos a hacer? –preguntó Kathy–. Las cosas están empeorando. Estoy realmente asustada cuando pienso que puede pasarle algo a los chicos.
Kathy miró a su marido.
–Sólo Dios sabe qué habrá de pasar ahora.
–Oye –contestó él– limítate a mantener a los niños fuera del sótano hasta que ponga allí un ventilador. Después voy a emparedar la puerta de ese cuarto, así no nos molesta más.
Tomó a Kathy del brazo e hizo que se levantara.
–También quiero hablar con Eric, en mi oficina. Me dice que su novia ha tenido experiencias muy interesantes al realizar investigaciones de casas embrujadas...
–¿Casas embrujadas? –interrumpió Kathy–. ¿Crees que esta casa está embrujada? ¿Por quién o qué?
Siguió hasta la sala a su marido, pero se detuvo en el umbral.
–Se me ocurre algo, George. ¿No crees que nuestra Meditación Trascendental puede tener algo que ver con todo esto?
George meneó la cabeza.
–No. Absolutamente nada. Lo que sé es que debemos tratar de conseguir auxilio de algún lado. Podría ser que...
Al entrar en la sala el grito que lanzó Kathy ahogó el resto de las palabras de George. Miró hacia el rincón que ella señalaba con la mano. El león de porcelana que George había llevado al cuarto de costura estaba ahora en la mesa contigua a la silla de Kathy, ¡y tenía las fauces abiertas, amenazando a George y a Kathy!

XVI
Del 4 al 5 de enero

George levantó el león de la mesa de la sala y lo tiró a un tacho de basura que estaba fuera de la casa. Le tomó cierto tiempo tranquilizar a Kathy, pues no podía explicar de ningún modo por qué razón la pieza de porcelana había logrado bajar desde el cuarto de costura. Ella insistió en que algo en la casa lo había hecho y que no quería seguir ni un minuto más en el número 112 de Ocean Avenue.
George reconoció a Kathy que también él se había inquietado por la nueva y repentina aparición del león. Pero no estaba de acuerdo en huir sin intentar antes dar la batalla.
–¿Qué batalla puedes dar contra lo que no puedes ver? –preguntó Kathy–. Esta... esta cosa puede hacernos lo que se le ocurra.
–No, querida –dijo George–. No me podrás convencer de que una buena parte de todo esto no es nuestra inspiración. ¡Sencillamente no creo en duendes! ¡De ningún modo, en ninguna forma, en ningún momento!
Finalmente logró convencer a Kathy de ir a la cama con la promesa de que, si no podía obtener ayuda al día siguiente, dejarían la casa por cierto tiempo.
Ambos estaban completamente agotados. Kathy se quedó dormida de pura fatiga. George durmió a ratos, despertándose a cada instante para escuchar algún ruido raro en la casa. ¡Ahora dice que no tiene idea de cuánto tiempo estuvo allí acostado antes de oír una música militar en el piso de abajo!
Su cabeza empezó a marcar el ritmo del tamborileo antes de darse cuenta que estaba oyendo música. Echó una mirada a Kathy para ver si se había despertado y la oyó respirar lentamente. Estaba profundamente dormida.
George salió corriendo del cuarto y en el pasillo pudo oír que el retumbar de las pisadas se hacía más fuerte. "Debe haber por lo menos cincuenta músicos en la planta baja", pensó. Pero en el instante en que llegó al último escalón y encendió la luz del vestíbulo, los ruidos desaparecieron.
George quedó anonadado junto a la escalera, sus ojos y su cabeza giraban locamente en busca de algún indicio de movimiento. Allí no había absolutamente nadie. Al parecer, había entrado a un lugar con eco. Después de la cacofonía de sonidos, el repentino silencio suscitaba escalofríos.
Luego George oyó el rumor de un respirar afanoso y pensó que alguien estaba detrás de él. Giró sobre sus talones. No había nadie, y se dio cuenta que estaba escuchando el aliento de Kathy, que dormía en el piso de arriba.
El temor de que Kathy estuviera sola en el dormitorio movilizó a George. Subió corriendo los escalones de a dos y entró a su cuarto, encendiendo la luz. Allí suspendida en el aire, a un medio metro por encima de la cama, estaba Kathy, alejándose lentamente de él ¡en dirección a las ventanas!
–¡Kathy! –gritó George y saltó sobre la cama para agarrar a su mujer. El cuerpo de ésta estaba duro como madera, pero el movimiento cesó. George sintió una resistencia a su presión y luego un súbito aflojamiento. Él y Kathy cayeron entonces al suelo, pesadamente fuera de la cama. La caída despertó a Kathy.
Al ver en donde estaba, Kathy quedó desconcertada un instante.
–¿En dónde estoy? –gritó–. ¿Qué ha ocurrido? George quiso ayudarla a ponerse de pie. Apenas se sostenía sobre sus piernas.
–No es nada –dijo él para tranquilizarla–. Estabas soñando y te caíste de la cama. Nada más.
Kathy estaba demasiado anonadada para hacer más preguntas a George. Dijo "¡Oh!", volvió a meterse en la cama y a sumergirse en un profundo sueño. George apagó la luz del cuarto, pero no se echó de nuevo junto a su mujer. Se sentó en una silla cerca de las ventanas y no perdió de vista a Kathy mientras contemplaba el cielo del amanecer.

El padre Mancuso también contemplaba el amanecer del nuevo día en la casa de su madre en Queens, adónde había ido poco después de su altercado con el párroco. No había tenido miedo de nuevas explosiones de su amigo, pero le resultó imposible dormir en sus habitaciones impregnadas de olor a excrementos e incienso. Asimismo, creía ahora realmente que era el destinatario de una agresión demoníaca y pensaba que el olor habría de desvanecerse si se alejaba por cierto tiempo de la rectoría.
En un principio el padre Mancuso no las tenía todas consigo por haber ido a casa de su madre, ya que no quería comprometerla en sus problemas. Pero había empezado a sentir síntomas de nueva fiebre y llegó a la conclusión de que, si había de caer enfermo una vez más, lo mejor era ponerse en manos de ella.
No había dormido mucho y se despertó unos minutos antes del alba. Sintió picazón en las palmas de las manos y se quitó los guantes blancos para mirarlas. Pensó que había tenido mucha suerte en un punto: el párroco no se las había visto. El hombre, sin duda, habría aprovechado el hecho para denunciar a su antiguo amigo.
Los cielos estaban surcados de largos cúmulos de nubes blancas. El padre notó que estaban muy bajas y que avanzaban velozmente. Como la ola de frío se mantenía aún en las marcas más bajas esto podía anunciar más nieve. El padre Mancuso se apartó de la ventana y miró el reloj de la mesa de noche. Eran nada más que las siete de la mañana.
"Me gustaría llamar a George Lutz, pensó, para averiguar si la misa suscitó una reacción similar en su casa. Aunque no... a las siete no se puede telefonear." El padre Mancuso decidió esperar un rato y volvió a meterse en cama. Uno se sentía bien y cómodo bajo las frazadas. Soñolientamente oyó los movimientos de su madre en la cocina y de repente, sintió que tenía diez años y que estaba esperando que viniera a despertarlo para ir a la escuela. Las recientes penurias, dolores y humillaciones se desvanecieron de su mente y su cuerpo. El padre Mancuso se echó a dormir serenamente en la vieja cama de la casa de su madre.

A eso de las diez de la mañana Kathy seguía durmiendo profundamente. George había empezado a preocuparse por el estado de su mujer después de la aterradora experiencia de la noche pasada. Y no pudo esperar más. Llamó sin más al padre Mancuso.
Danny y Chris habían dicho a su padre que la radio de Amityville había anunciado que las escuelas iban a permanecer cerradas por un problema de combustible. Los muchachos parecían más bien contrariados por esto, ya que éste iba a ser el primer día en la nueva escuela, después de las vacaciones de Navidad, e implicaba una oportunidad de hacer nuevos amigos.
George pensó que era muy afortunado por no tener que llevar los niños a la escuela, situada en el otro extremo de la ciudad. No le gustaba la idea de dejar solas a Kathy y Missy en la casa. Preparó el desayuno a los niños y los envió al dormitorio a que jugaran. Después volvió junto a la cama de Kathy.
Kathy estaba pálida, tensa, unas profundas arrugas se marcaban en torno de la boca. No quiso despertarla y volvió a la cocina. Cuando vio que eran las once de la mañana, George decidió llamar al sacerdote.
Marcó el número de teléfono del padre Mancuso, pero no hubo respuesta. George llamó luego a la rectoría y allí se le dijo que el padre Mancuso estaba en casa de su madre. No: el número de esta señora no se lo podían dar, pero podían tomar cualquier recado.
George pasó el resto de la mañana en la cocina, esperando la llamada. Pensó que había sido un tonto al declarar que "no creía en duendes". Kathy tenía razón: "¿cómo diablos es posible luchar contra algo que es capaz de levantarnos de la cama como una pajita de escoba?" George Lutz, ex conscripto de la Marina, reconoció que estaba asustado.
Kathy estaba bajando las escaleras en el instante en que sonó el teléfono. El llamado provenía de la oficina de George: querían saber a qué hora se le podía esperar. El agente de réditos iba a pasar de nuevo por allí y ellos no sabían la forma en que George deseaba encarar la situación. George se contrajo. Finalmente dijo a su tenedor de libros que llamara al contador y postergara la cita hasta la semana siguiente. En cuanto a volver al trabajo... dijo que Kathy no se sentía bien y que estaban esperando la visita del médico.
Kathy se sentó junto a George a la mesa de la cocina y miró a su marido con un aire extraño. Repitió la palabra "médico". George meneó la cabeza y terminó la conversación diciendo al empleado de su oficina que iba a pasar más tarde por allá.
–¡Caramba! –dijo a Kathy–. ¡Se están cansando de mí! Voy a tener que ir mañana de todos modos.
Kathy bostezó, se encogió de hombros en un esfuerzo por aliviar la rigidez de su cuerpo.
–¡Vaya! –dijo–. ¡Mira la hora que es! ¿Por qué me dejaste dormir tanto tiempo? ¿Los chicos ya almorzaron? ¿Ya están en la escuela?
George empezó a contar con los dedos.
–Número uno –contestó–: hace semanas que no has dormido tan bien como anoche, y por eso te dejé dormir. –Levantó dos dedos–. Sí: han desayunado.
Tres dedos–: Hoy no hay clases. Les dije que subieran a jugar con Missy.
"Muy bien, pensó para sí. Kathy no recuerda nada de lo que ha ocurrido la noche anterior. Y yo no se lo voy a decir."
–He tratado de nuevo dar con el padre Mancuso siguió diciendo George–. Me dicen que está en casa de su madre. Me va a llamar en cuanto reciba mi recado.

La madre del padre Mancuso no interrumpió el necesario descanso de su hijo hasta casi las tres de la tarde. El sacerdote se dio cuenta de que su fiebre había disminuido, porque ya no sentía el leve mareo de antes. Y quedó doblemente complacido cuando llamó a la rectoría para saber si había algún mensaje. La persona que atendió el teléfono dijo que el incienso había logrado desalojar el horrendo hedor y que todo el mundo estaba de nuevo en sus habitaciones y despachos.
–Padre, también hay un mensaje de George Lutz. Llamó preguntando por usted.
"¡Ah, sí! ", recordó. "Había tenido intenciones de llamarlo, pero me olvidé completamente." El padre Mancuso dijo que volvería a la rectoría a la tardecita. Luego llamó a George.
El receptor fue levantado al primer timbrazo.
–¿George? Habla el padre Mancuso.
–Padre: ¡cómo me alegro que haya llamado! Tenemos que hablar inmediatamente con usted. ¿Podría usted venir aquí en seguida? ¡Se lo ruego!
–¡Yo ya he dado dos veces la bendición a su casa! –contestó el padre Mancuso–. He hecho rezar una misa votiva para usted en la iglesia el otro día. Y, a propósito, ¿hubo algún...?
–No se trata de bendecir la casa –dijo George, interrumpiendo–. ¡Ahora se trata de algo mucho mas importante!
En los minutos que siguieron George contó lo que había ocurrido en su casa de Ocean Avenue desde que ellos se habían mudado. Envió a Kathy arriba con el pretexto de que le trajera cigarrillos y contó al sacerdote la escena de levitación que había presenciado.
Durante todo el relato de George, el padre Mancuso había guardado silencio. Él había creído ser el único destinatario de un ataque demoníaco. Ahora comprendió, avergonzado, que había tratado de evitar lo inevitable."Vamos, hombre, eres un sacerdote", se dijo a sí mismo. "Si no quiero ponerme la sotana y aceptar sus obligaciones... entonces, ¡me valga Dios! , . . el párroco tiene razón. ¡Soy un fraude!"
El padre Mancuso aspiró profundamente.
–Está bien, George. Trataré de ir a su casa y...
George no oyó lo que el padre Mancuso siguió diciendo. De repente se oyeron estridentes gemidos por teléfono y un ruido de descargas que casi le rompió los tímpanos.
–¡Padre! ¡No puedo oírle!
Los gemidos continuaron. Esa fue la única respuesta que obtuvo George.
Del otro lado, el padre Mancuso tuvo la sensación de que le habían dado una bofetada. Colgó el receptor, se llevó la mano a la mejilla y se echó a llorar. "¡Tengo miedo de volver allí!" Miró las palmas de sus manos laceradas y se tapó con ellas la cara. "¡Oh, Dios mío, ayúdame! ¡Ayúdame!"
George sabía que era inútil esperar que el padre Mancuso llamara de nuevo. Aun en el caso de que él lo hiciera, no se les iba a permitir conversar sobre la casa. Pero George albergaba una sola esperanza: estaba seguro de que había oído decir al sacerdote que iba a visitarlo, pero no sabía cuándo. Sólo le quedaba sentarse y esperar.
El padre Mancuso volvió a la parroquia después de las ocho de la noche. Ahora eran casi las diez y el sacerdote se sentó y se puso a mirar el teléfono. El olor a excremento se había desvanecido, como se le había informado, pero el acre perfume del incienso seguía suspendido en el aire. Era un aroma tolerable. Lo que no podía tolerar era su incapacidad de ir a casa de los Lutz. Incluso la idea de que los niños estaban en peligro de asaltos demoníacos no lograba vencer su miedo a lo que podía ocurrirle en el número 112 de Ocean Avenue. Por último el padre Mancuso levantó el tubo de su teléfono y llamó a la oficina del capellán en la diócesis de Rockville Center. Solicitó ver al capellán y se le dijo que pasara al día siguiente, por la mañana. Luego se preparó a meterse en cama. Había dormido bastante ese día en casa de su madre, pero estaba de nuevo exhausto. Antes de ponerse el piyama, entró al cuarto de baño para quitarse los guantes blancos. El linimento había contribuido a curar el ardor y quería mojarse las manos una vez más.
Se quitó los guantes y quedó asombrado. Dio vuelta las manos y examinó las palmas. ¡Ya no había feas manchas ni llagas! No había rastros de sangre. ¡Las llagas habían desaparecido!

Kathy no había estado en sus cabales en ningún momento de ese día y esa noche. Ahora estaba sentada junto a la chimenea del cuarto de estar. George había dado de comer a los niños y los había enviado a la cama. Los chicos no se quejaron de que fuera demasiado temprano pues sabían que debían levantarse para ir a la escuela. Como es lógico, el problema de combustible se había resuelto, porque la emisora de Amityville había anunciado que las escuelas iban a estar abiertas el día siguiente.
George había ayudado incluso a Missy a darse su baño. Y había leído a su hija un cuento antes de que la niña le dejara apagar la luz. Las últimas palabras que dijo Missy antes de que él cerrara la puerta fueron:
–Buenas noches, papá. Buenas noches, Jodie.
Cuando George vio que eran casi las once comprendió que el padre Mancuso no iba a venir esa noche. Kathy se había estado casi cayendo de la silla en la última hora: los ojos se le entrecerraban por el calor del fuego. Por último, anunció a George que se iba a acostar.
George miró a su mujer. Ni una sola vez había dicho Kathy que quería irse de la casa. Parecía como si ninguno de los aterradores incidentes hubieran ocurrido y fuera natural en ella el deseo de acostarse. Los dos subieron al dormitorio.
Kathy masculló que tenía demasiado sueño para tomar un baño ... que lo haría por la mañana. Y se durmió en cuanto recostó la cabeza en la almohada. George quedó un rato sentado en el borde de la cama, observando la profunda respiración de Kathy. Después salió a echar una ojeada a Harry. El perro se había quedado dormido de nuevo, sin tocar siquiera la comida.
George se iba a inclinar para acariciar al animal cuando oyó la banda militar, que estaba tocando una marcha en su casa. Entró corriendo por la puerta de la cocina. Los tambores y las cornetas atronaban en la sala. George oyó las pisadas de innumerables pies mientras avanzaba por el pasillo.
Las luces seguían encendidas, pero notó que no había nadie en el cuarto. En el mismo instante en que miró hacia la sala, la mú