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DAGON --- H. P. LOVECRAFT -- MITOS DE CTHULHU

Escrito por imagenes 29-04-2009 en General. Comentarios (0)

DAGON --- H. P. LOVECRAFT -- MITOS DE CTHULHU

Dagon
(H. P. Lovecraft)
...
Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin
dinero, y agotada mi provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir
soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo.
Pese a mi esclavitud a la morfina, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayáis leído estas
páginas atropelladamente garabateadas, quizá os hagáis idea -aunque no del todo- de por qué tengo que
buscar el olvido o la muerte.
Fue en una de las zonas más abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el paquebote
en el que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario alemán. La gran guerra estaba entonces en
sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido en su degradación
posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y nuestra tripulación tratada con toda la
deferencia y consideración debidas a unos prisioneros navales. En efecto, tan liberal era la disciplina de
nuestros opresores, que cinco días más tarde conseguí escaparme en un pequeño bote, con agua y
provisiones para bastante tiempo.
Cuando al fin me encontré libre y a la deriva, tenía muy poca idea de cuál era mi situación. Navegante
poco experto, sólo sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las estrellas, que estaba algo al sur de¡
ecuador. No sabía en absoluto en qué longitud, y no se divisaba isla ni costa algunas. El tiempo se
mantenía bueno, y durante incontables días navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la esperanza
de que pasara algún barco, o que me arrojaran las olas a alguna región habitable. Pero no aparecían ni
barcos ni tierra, y empecé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella ondulante e ininterrumpida
inmensidad azul.
El cambio ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a conocer los pormenores; porque mi sueño, aunque
poblado de pesadillas, fue ininterrumpido. Cuando desperté finalmente, descubrí que me encontraba
medio succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi alrededor, con
monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el cual se había adentrado mi bote cierto
trecho.
Aunque cabe suponer que mi primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación del paisaje
tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentí más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la
superficie putrefacto una calidad siniestra que me heló el corazón. La zona estaba corrompida de peces
descompuestos y otros animales menos identificabas que se veían emerger en el cieno de la interminable
llanura. Quizá no deba esperar transmitir con meras palabras la indecible repugnancia que puede reinar
en el absoluto silencio y la estéril Inmensa ‘dad. Nada alcanzaba a oírse; nada había a la vista, salvo una
vasta extensión de légamo negruzco; si bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje me
producían un terror nauseabundo.
El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro por la cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la
ciénaga tenebrosa que tenía bajo mis pies. Al meterme en el bote encallado, me di cuenta de que sólo
una posibilidad podía explicar mi situación. Merced a una conmoción volcánica el fondo oceánico había
emergido a la superficie, saando a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas
bajo insondables profundidades de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra emergida
debajo de mí, que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por mucho que aguzaba el oído.
Tampoco había aves marinas que se alimentaran de aquellos peces muertos.
Durante varias horas estuve pensando y meditando sentado en el bote, que se apoyaba sobre un costado y
proporcionaba un poco de sombra al desplazarse el sol en el cielo. A medida que el día avanzaba, el
suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante seco para poderlo recorrer
fácilmente. Dormí poco esa noche, y al día siguiente me preparé una provisión de agua y comida, a fin
de emprender la marcha en busca del desaparecido mar, y de un posible rescate.
A la mañana del tercer día comprobé que el suelo estaba bastante seco para andar por él con comodidad.
El hedor a pescado era insoportable; pero me tenían preocupado cosas más graves para que me molestase
este desagradable inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día,
caminé constantemente en dirección oeste, guiado por una lejana colina que descollaba por encima de las
demás elevaciones del ondulado desierto. Acampé esa noche, y al día siguiente proseguí la marcha hacia
la colina, aunque parecía escasamente más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del
cuarto día llegué al pie de dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me había parecido
de lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve respecto del resto de la superficie.
Demasiado cansado para emprender el ascenso, dormí a la sombra de la colina.
No sé por qué, mis sueños fueron extravagantes esa noche; pero antes de que la luna menguante,
fantásticamente gibosa, hubiese subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto de un
sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones que había tenido eran excesivas para soportarlas otra
vez. Y a la luz de la luna, comprendí lo imprudente que había sido al viajar de día. Sin el sol abrasador,
la marcha me habría resultado menos acometer el ascenso que por la tarde no había sido capaz de
emprender. Recogí mis cosas e inicié la subida a la cresta de la elevación.
Ya he dicho que la ininterrumpida monotonía de la ondulada llanura era fuente de un vago horror para
mí; pero creo que mi horror aumentó cuando llegué a lo alto del monte y vi, al otro lado, una inmensa
sima o cañón, cuya oscura concavidad aún no iluminaba la luna. Me pareció que me encontraba en el
borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos insondable de noche eterna. En mi
terror se mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y la espantosa ascensión de Satanás a través
de remotas regiones de tinieblas.
Al elevarse más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle no eran tan
completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba cornisas y salientes que
proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el descenso; y a partir de unos centenares de pies, el
declive se hacía más gradual. Movido por un impulso que no me es posible analizar con precisión, bajé
trabajosamente por las rocas, hasta el declive más suave, sin dejar de mirar hacia las profundidades
estigias donde aún no había penetrado la luz.
De repente, me llamó la atención un objeto singular que había en la ladera opuesta, el cual se erguía
enhiesto corno a un centenar de yardas de donde estaba yo; objeto que brilló con un resplandor
blanquecino al recibir de pronto los primeros rayos de la luna ascendente. No tardé en comprobar que
era tan sólo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión de que su posición y su contorno no eran
enteramente obra de la Naturaleza. Un examen más detenido me llenó de sensaciones imposibles de
expresar; pues pese a su enorme magnitud, y su situación en un abismo abierto en el fondo del mar
cuando el mundo era joven, me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el extraño objeto era un
monolito perfectamente tallado, cuya imponente masa había conocido el arte y quizá el culto de criaturas
vivas y pensantes.
Confuso y asustado, aunque no sin cierta emoción de científico o de arqueólogo, examiné mis
alrededores con atención. La luna, ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los
gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua que discurría por el fondo
formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones, y casi lamiéndome los pies donde me había
detenido. Al otro lado del abismo, las pequeñas olas bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya
superficie podía distinguir ahora inscripciones y toscos relieves. La escritura pertenecía a un sistema de
jeroglíficos desconocido para mí, distinto de cuantos yo había visto en los libros, y consistente en su
mayor parte en símbolos acuáticos esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos,
moluscos, ballenas y demás. Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres marinos
desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición había visto yo en la
llanura surgida del océano.
Sin embargo, fueron los relieves los que más me fascinaron. Claramente visibles al otro lado del curso
de agua, a causa de sus enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían
despertado la envidia de un Doré. Creo que estos seres pretendían representar hombres ... al menos,
cierta clase de hombres; aunque aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o
rindiendo homenaje a algún monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a descubrir con
detalle sus rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más grotescos de lo que
podría concebir la imaginación de un Poe o de un Bulwer, eran detestablemente humanos en general, a
pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente anchos y fláccidos, sus ojos abultados y
vidriosos, y demás rasgos de recuerdo menos agradable. Curiosamente, parecían cincelados sin la
debida proporción con los escenarios que servían de fondo, ya que uno de los seres estaba en actitud de
matar una ballena de tamaño ligeramente mayor que él. Observé como digo, sus formas grotescas y sus
extrañas dimensiones; pero un momento después decidí que se trataba de dioses imaginarios de al,-una
tribu pescadora o marinera; de una tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes de que
naciese el primer antepasado del hombre de Piltdown o de Neanderthal. Aterrado ante esta visión
inesperada y fugaz de un pasado que rebasaba la concepción del más atrevido antropólogo, me quedé
pensativo, mientras la luna bañaba con misterioso resplandor el silencioso canal que tenía ante mí.
Entonces, de repente, lo vi. Tras una leve agitación que delataba su ascensión a la superficie, el ser
surgió a la vista sobre las aguas oscuras. Inmenso, repugnante, aquella especie de Polifemo saltó hacia el
monolito como un monstruo formidable y pesadillesco, y lo rodeó con sus brazos enormes y escamosos,
al tiempo que inclinaba la cabeza y profería ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.
No recuerdo muy bien los detalles de mi frenética subida por la ladera y el acantilado, ni de mi delirante
regreso al bote varado... Creo que canté mucho, y que reí insensatamente cuando no podía cantar. Tengo
el vago recuerdo de una tormenta, poco después de llegar al bote; en todo caso, sé que oí el estampido de
los truenos y demás ruidos que la Naturaleza profiere en sus momentos de mayor irritación.
Cuando salí de las sombras, estaba en un hospital de San Francisco; me había llevado allí el capitán del
barco americano que había recogido mi bote en medio del océano. Hablé de muchas cosas en mis
delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de las palabras. Los que me habían rescatado no
sabían nada sobre la aparición de una zona de fondo oceánico en medio del Pacífico, y no juzgué
necesario insistir en algo que sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso etnólogo, y le
divertí haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda filistea en torno a Dagón, el Dios-Pez;
pero en seguida me di cuenta de que era un hombre irremediablemente convencional, y dejé de
preguntar.
Es de noche especialmente cuando la luna se vuelve gibosa y menguante cuando veo a ese ser. He
intentado olvidarlo con la morfina; pero la droga sólo me proporciona una cesación transitoria, y me ha
atrapado en sus garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner fin a todo
esto, ahora que he contado lo ocurrido para información o diversión desdeñosa de mis semejantes.
Muchas veces me pregunto si no será una fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a
causa de la insolación, cuando escapé del barco de guerra alemán. Me lo pregunto muchas veces; pero
siempre se me aparece, en respuesta, una vision monstruosamente vívida. No puedo pensar en las
profundidades del mar sin estremecerme ante las espantosas entidades que quizá en este instante se
arrastran y se agitan en su lecho fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra y esculpiendo sus
propias imágenes detestables en obeliscos submarinos de mojado granito. Pienso en el día que emerjan
de las olas, y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a los endebles restos de una humanidad
exhausta por la guerra... en el día en que se hunda la tierra, y emerja el fondo del océano en medio del
universal pandemónium.
Se acerca el fin. Oigo ruido en la puerta, como si forcejeara en ella un cuerpo inmenso
y resbaladizo. No me encontrará. ¡Dios mío, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!

UN HABITANTE DE CARCOSA --- Ambrose Bierce

Escrito por imagenes 24-04-2009 en General. Comentarios (4)

UN HABITANTE DE CARCOSA --- Ambrose Bierce

UN HABITANTE DE CARCOSA --- Ambrose Bierce

UN HABITANTE
DE CARCOSA
Ambrose Bierce
http://bloodgothic.blogspot.com/2009/04/un-habitante-de-carcosa-ambrose-bierce.html 


***
"Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se
desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la
soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos
que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo
que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de
muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu muere
también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso
durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el
espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el
mismo lugar en que el cuerpo se corrompió."
Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y
preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios,
pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención
al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que
revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que
todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura,
cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del
otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se
erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un
mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran
asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí
y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de
silenciosa expectativa.
A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado,
y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era
más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima
del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas
como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello
de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un
insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba
gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido,
ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.
Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y
evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y
medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en
ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas
funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de
túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados
aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro
pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos
vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían
tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan
descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del
U n habitante de Carcosa Ambrose Bierce
cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido
hacía muchísimos siglos.
Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al
encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: "¿Cómo
llegué aquí?". Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y
explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi
imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba
ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia
me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo
me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí
vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir... ¿adónde? No tenía idea.
Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la
antigua y célebre ciudad de Carcosa.
En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía
ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro
guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que
ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro
trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio
humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis
mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las
piedras ruinosas y la yerba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje -un lince-
se acercaba. Me vino un pensamiento: "Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre
y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta." Salté hacia él, gritando. Pasó a
un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.
Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco
más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta
apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo
de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía
los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco
y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba
lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por
la alta yerba.
Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia
él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:
-¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.
-Buen extranjero -proseguí-, estoy enfermo y perdido. Te ruego me
indiques el camino a Carcosa.
El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió
caminando y desapareció.
Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le
contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a
U n habitante de Carcosa Ambrose Bierce
Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la
antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía... veía incluso las estrellas en ausencia de
la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué
espantoso sortilegio dominaba mi existencia?
Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más
convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto
resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún,
experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente
desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban
alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y
oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra
raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque
estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su
superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica,
vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura
de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían
saqueado la tumba y aprisionado su lápida.
Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre
la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné
a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre...! ¡La fecha de mi nacimiento...! ¡y la
fecha de mi muerte!
Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía
en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie,
entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el
tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos
traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares
que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte.
Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de
Carcosa.

* * *

Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al
médium Bayrolles.

http://bloodgothic.blogspot.com/2009/04/un-habitante-de-carcosa-ambrose-bierce.html

La casa de Bernarda Alba --- Federico García Lorca.

Escrito por imagenes 23-04-2009 en General. Comentarios (0)

La casa de Bernarda Alba --- Federico García Lorca.

La casa de Bernarda Alba. Federico García Lorca.
Drama de mujeres en los pueblos de España

.
Personajes
.
Bernarda, 60 años.
María Josefa, madre de Bernarda, 80 años.
Angustias, (hija), 39 años.
La Poncia, 60 años.Mujer 1
Magdalena, (hija), 30 años.
Criada, 50 años.Mujer 2
Amelia, (hija), 27 años.
Mendiga, con niña.Mujer 3
Martirio, (hija), 24 años.
Mujeres de luto.
Mujer 4
Adela, (hija), 20 años.
Muchacha

El poeta advierte que estos tres actos tienen la intención de un documental fotográfico.




Principio
Acto primero
.
Habitación blanquísima del interior de la casa de Bernarda.
Muros gruesos.
Puertas en arco con cortinas de yute rematadas con madroños y volantes.
Sillas de anea.
Cuadros con paisajes inverosímiles de ninfas o reyes de leyenda.
Es verano.
Un gran silencio umbroso se extiende por la escena.
Al levantarse el telón está la escena sola.
Se oyen doblar las campanas.
(Sale la Criada)
Criada: Ya tengo el doble de esas campanas metido entre las sienes.
La Poncia: (Sale comiendo chorizo y pan) Llevan ya más de dos horas de gori-gori. Han venido curas de todos los pueblos. La iglesia está hermosa. En el primer responso se desmayó la Magdalena.
Criada: Es la que se queda más sola.
La Poncia: Era la única que quería al padre. ¡Ay! ¡Gracias a Dios que estamos solas un poquito! Yo he venido a comer.
Criada: ¡Si te viera Bernarda...!
La Poncia: ¡Quisiera que ahora, que no come ella, que todas nos muriéramos de hambre! ¡Mandona! ¡Dominanta! ¡Pero se fastidia! Le he abierto la orza de chorizos.
Criada: (Con tristeza, ansiosa) ¿Por qué no me das para mi niña, Poncia?
La Poncia: Entra y llévate también un puñado de garbanzos. ¡Hoy no se dará cuenta!
Voz (Dentro): ¡Bernarda!
La Poncia: La vieja. ¿Está bien cerrada?
Criada: Con dos vueltas de llave.
La Poncia: Pero debes poner también la tranca. Tiene unos dedos como cinco ganzúas.
Voz: ¡Bernarda!
La Poncia: (A voces) ¡Ya viene! (A la Criada) Limpia bien todo. Si Bernarda no ve relucientes las cosas me arrancará los pocos pelos que me quedan.
Criada: ¡Qué mujer!
La Poncia: Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara. ¡Limpia, limpia ese vidriado!
Criada: Sangre en las manos tengo de fregarlo todo.
La Poncia: Ella, la más aseada; ella, la más decente; ella, la más alta. Buen descanso ganó su pobre marido.
(Cesan las campanas.)
Criada: ¿Han venido todos sus parientes?
La Poncia: Los de ella. La gente de él la odia. Vinieron a verlo muerto, y le hicieron la cruz.
Criada: ¿Hay bastantes sillas?
La Poncia: Sobran. Que se sienten en el suelo. Desde que murió el padre de Bernarda no han vuelto a entrar las gentes bajo estos techos. Ella no quiere que la vean en su dominio. ¡Maldita sea!
Criada: Contigo se portó bien.
La Poncia: Treinta años lavando sus sábanas; treinta años comiendo sus sobras; noches en vela cuando tose; días enteros mirando por la rendija para espiar a los vecinos y llevarle el cuento; vida sin secretos una con otra, y sin embargo, ¡maldita sea! ¡Mal dolor de clavo le pinche en los ojos!
Criada: ¡Mujer!
La Poncia: Pero yo soy buena perra; ladro cuando me lo dice y muerdo los talones de los que piden limosna cuando ella me azuza; mis hijos trabajan en sus tierras y ya están los dos casados, pero un día me hartaré.
Criada: Y ese día...
La Poncia: Ese día me encerraré con ella en un cuarto y le estaré escupiendo un año entero. "Bernarda, por esto, por aquello, por lo otro", hasta ponerla como un lagarto machacado por los niños, que es lo que es ella y toda su parentela. Claro es que no le envidio la vida. La quedan cinco mujeres, cinco hijas feas, que quitando a Angustias, la mayor, que es la hija del primer marido y tiene dineros, las demás mucha puntilla bordada, muchas camisas de hilo, pero pan y uvas por toda herencia.
Criada: ¡Ya quisiera tener yo lo que ellas!
La Poncia: Nosotras tenemos nuestras manos y un hoyo en la tierra de la verdad.
Criada: Ésa es la única tierra que nos dejan a las que no tenemos nada.
La Poncia: (En la alacena) Este cristal tiene unas motas.
Criada: Ni con el jabón ni con bayeta se le quitan.
(Suenan las campanas)
La Poncia: El último responso. Me voy a oírlo. A mí me gusta mucho cómo canta el párroco. En el "Pater noster" subió, subió, subió la voz que parecía un cántaro llenándose de agua poco a poco. ¡Claro es que al final dio un gallo, pero da gloria oírlo! Ahora que nadie como el antiguo sacristán, Tronchapinos. En la misa de mi madre, que esté en gloria, cantó. Retumbaban las paredes, y cuando decía amén era como si un lobo hubiese entrado en la iglesia. (Imitándolo) ¡Ameeeén! (Se echa a toser)
Criada: Te vas a hacer el gaznate polvo.
La Poncia: ¡Otra cosa hacía polvo yo! (Sale riendo)
(La Criada limpia. Suenan las campanas)
Criada: (Llevando el canto) Tin, tin, tan. Tin, tin, tan. ¡Dios lo haya perdonado!
Mendiga: (Con una niña) ¡Alabado sea Dios!
Criada: Tin, tin, tan. ¡Que nos espere muchos años'. Tin, tin, tan.
Mendiga: (Fuerte con cierta irritación) ¡Alabado sea Dios!
Criada: (Irritada) ¡Por siempre!
Mendiga: Vengo por las sobras.
(Cesan las campanas)
Criada: Por la puerta se va a la calle. Las sobras de hoy son para mí.
Mendiga: Mujer, tú tienes quien te gane. ¡Mi niña y yo estamos solas!
Criada: También están solos los perros y viven.
Mendiga: Siempre me las dan.
Criada: Fuera de aquí. ¿Quién os dijo que entrarais? Ya me habéis dejado los pies señalados. (Se van. Limpia.) Suelos barnizados con aceite, alacenas, pedestales, camas de acero, para que traguemos quina las que vivimos en las chozas de tierra con un plato y una cuchara. ¡Ojalá que un día no quedáramos ni uno para contarlo! (Vuelven a sonar las campanas) Sí, sí, ¡vengan clamores! ¡venga caja con filos dorados y toallas de seda para llevarla!; ¡que lo mismo estarás tú que estaré yo! Fastídiate, Antonio María Benavides, tieso con tu traje de paño y tus botas enterizas. ¡Fastídiate! ¡Ya no volverás a levantarme las enaguas detrás de la puerta de tu corral! (Por el fondo, de dos en dos, empiezan a entrar mujeres de luto con pañuelos grandes, faldas y abanicos negros. Entran lentamente hasta llenar la escena) (Rompiendo a gritar) ¡Ay Antonio María Benavides, que ya no verás estas paredes, ni comerás el pan de esta casa! Yo fui la que más te quiso de las que te sirvieron. (Tirándose del cabello) ¿Y he de vivir yo después de verte marchar? ¿Y he de vivir?
(Terminan de entrar las doscientas mujeres y aparece Bernarda y sus cinco hijas)
Bernarda: (A la Criada) ¡Silencio!
Criada: (Llorando) ¡Bernarda!
Bernarda: Menos gritos y más obras. Debías haber procurado que todo esto estuviera más limpio para recibir al duelo. Vete. No es éste tu lugar. (La Criada se va sollozando) Los pobres son como los animales. Parece como si estuvieran hechos de otras sustancias.
Mujer 1: Los pobres sienten también sus penas.
Bernarda: Pero las olvidan delante de un plato de garbanzos.
Muchacha 1: (Con timidez) Comer es necesario para vivir.
Bernarda: A tu edad no se habla delante de las personas mayores.
Mujer 1: Niña, cállate.
Bernarda: No he dejado que nadie me dé lecciones. Sentarse. (Se sientan. Pausa) (Fuerte) Magdalena, no llores. Si quieres llorar te metes debajo de la cama. ¿Me has oído?
Mujer 2: (A Bernarda) ¿Habéis empezado los trabajos en la era?
Bernarda: Ayer.
Mujer 3: Cae el sol como plomo.
Mujer 1: Hace años no he conocido calor igual.
(Pausa. Se abanican todas)
Bernarda: ¿Está hecha la limonada?
La Poncia: (Sale con una gran bandeja llena de jarritas blancas, que distribuye.) Sí, Bernarda.
Bernarda: Dale a los hombres.
La Poncia: Ya están tomando en el patio.
Bernarda: Que salgan por donde han entrado. No quiero que pasen por aquí.
Muchacha: (A Angustias) Pepe el Romano estaba con los hombres del duelo.
Angustias: Allí estaba.
Bernarda: Estaba su madre. Ella ha visto a su madre. A Pepe no lo ha visto ni ella ni yo.
Muchacha: Me pareció...
Bernarda: Quien sí estaba era el viudo de Darajalí. Muy cerca de tu tía. A ése lo vimos todas.
Mujer 2: (Aparte y en baja voz) ¡Mala, más que mala!
Mujer 3: (Aparte y en baja voz) ¡Lengua de cuchillo!
Bernarda: Las mujeres en la iglesia no deben mirar más hombre que al oficiante, y a ése porque tiene faldas. Volver la cabeza es buscar el calor de la pana.
Mujer 1: (En voz baja) ¡Vieja lagarta recocida!
La Poncia: (Entre dientes) ¡Sarmentosa por calentura de varón!
Bernarda: (Dando un golpe de bastón en el suelo) ¡Alabado sea Dios!
Todas: (Santiguándose) Sea por siempre bendito y alabado.
Bernarda: ¡Descansa en paz con la santa compaña de cabecera!
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con el ángel San Miguel y su espada justiciera
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con la llave que todo lo abre y la mano que todo lo cierra.
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con los bienaventurados y las lucecitas del campo.
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con nuestra santa caridad y las almas de tierra y mar.
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Concede el reposo a tu siervo Antonio María Benavides y dale la corona de tu santa gloria.
Todas: Amén
.Bernarda: (Se pone de pie y canta) "Réquiem aeternam dona eis, Domine".
Todas: (De pie y cantando al modo gregoriano) "Et lux perpetua luceat eis". (Se santiguan)
Mujer 1: Salud para rogar por su alma.
(Van desfilando)
Mujer 3: No te faltará la hogaza de pan caliente.
Mujer 2: Ni el techo para tus hijas.
(Van desfilando todas por delante de Bernarda y saliendo. Sale Angustias por otra puerta, la que da al patio)
Mujer 4: El mismo trigo de tu casamiento lo sigas disfrutando.
La Poncia: (Entrando con una bolsa) De parte de los hombres esta bolsa de dineros para responsos.
Bernarda: Dales las gracias y échales una copa de aguardiente.
Muchacha: (A Magdalena) Magdalena...
Bernarda: (A Magdalena, que inicia el llanto) Chist. (Golpea con el bastón.) (Salen todas.) (A las que se han ido) ¡Andar a vuestras cuevas a criticar todo lo que habéis visto! Ojalá tardéis muchos años en pasar el arco de mi puerta.
La Poncia: No tendrás queja ninguna. Ha venido todo el pueblo.
Bernarda: Sí, para llenar mi casa con el sudor de sus refajos y el veneno de sus lenguas.
Amelia: ¡Madre, no hable usted así!
Bernarda: Es así como se tiene que hablar en este maldito pueblo sin río, pueblo de pozos, donde siempre se bebe el agua con el miedo de que esté envenenada.
La Poncia: ¡Cómo han puesto la solería!
Bernarda: Igual que si hubiera pasado por ella una manada de cabras. (La Poncia limpia el suelo) Niña, dame un abanico.
Amelia: Tome usted. (Le da un abanico redondo con flores rojas y verdes.)
Bernarda: (Arrojando el abanico al suelo) ¿Es éste el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar el luto de tu padre.
Martirio: Tome usted el mío.
Bernarda: ¿Y tú?
Martirio: Yo no tengo calor.
Bernarda: Pues busca otro, que te hará falta. En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo. Mientras, podéis empezar a bordaros el ajuar. En el arca tengo veinte piezas de hilo con el que podréis cortar sábanas y embozos. Magdalena puede bordarlas.
Magdalena: Lo mismo me da.
Adela: (Agria) Si no queréis bordarlas irán sin bordados. Así las tuyas lucirán más.
Magdalena: Ni las mías ni las vuestras. Sé que yo no me voy a casar. Prefiero llevar sacos al molino. Todo menos estar sentada días y días dentro de esta sala oscura.
Bernarda: Eso tiene ser mujer
Magdalena: Malditas sean las mujeres.
Bernarda: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles.
(Sale Adela.)
Voz: ¡Bernarda!, ¡déjame salir!
Bernarda: (En voz alta) ¡Dejadla ya! (Sale la Criada.)
Criada: Me ha costado mucho trabajo sujetarla. A pesar de sus ochenta años tu madre es fuerte como un roble.
Bernarda: Tiene a quien parecérsele. Mi abuelo fue igual.
Criada: Tuve durante el duelo que taparle varias veces la boca con un costal vacío porque quería llamarte para que le dieras agua de fregar siquiera, para beber, y carne de perro, que es lo que ella dice que tú le das.
Martirio: ¡Tiene mala intención!
Bernarda: (A la Criada.) Déjala que se desahogue en el patio.
Criada: Ha sacado del cofre sus anillos y los pendientes de amatistas, se los ha puesto y me ha dicho que se quiere casar.
(Las hijas ríen.)
Bernarda: Ve con ella y ten cuidado que no se acerque al pozo.
Criada: No tengas miedo que se tire.
Bernarda: No es por eso... Pero desde aquel sitio las vecinas pueden verla desde su ventana.
(Sale la Criada.)
Martirio: Nos vamos a cambiar la ropa.
Bernarda: Sí, pero no el pañuelo de la cabeza. ( Entra Adela.) ¿Y Angustias?
Adela: (Con retintín.) La he visto asomada a la rendija del portón. Los hombres se acababan de ir.
Bernarda: ¿Y tú a qué fuiste también al portón?
Adela: Me llegué a ver si habían puesto las gallinas.
Bernarda: ¡Pero el duelo de los hombres habría salido ya!
Adela: (Con intención) Todavía estaba un grupo parado por fuera.
Bernarda: (Furiosa) ¡Angustias! ¡Angustias!
Angustias: (Entrando.) ¿Qué manda usted?
Bernarda: ¿Qué mirabas y a quién?
Angustias: A nadie.
Bernarda: ¿Es decente que una mujer de tu clase vaya con el anzuelo detrás de un hombre el día de la misa de su padre? ¡Contesta! ¿A quién mirabas?
(Pausa.)
Angustias: Yo...
Bernarda: ¡Tú!
Angustias: ¡A nadie!
Bernarda: (Avanzando con el bastón) ¡Suave! ¡dulzarrona! (Le da)
La Poncia: (Corriendo) ¡Bernarda, cálmate! (La sujeta) (Angustias llora.)
Bernarda: ¡Fuera de aquí todas! (Salen)
La Poncia: Ella lo ha hecho sin dar alcance a lo que hacía, que está francamente mal. ¡Ya me chocó a mí verla escabullirse hacia el patio! Luego estuvo detrás de una ventana oyendo la conversación que traían los hombres, que, como siempre, no se puede oír.
Bernarda: ¡A eso vienen a los duelos! (Con curiosidad) ¿De qué hablaban?
La Poncia: Hablaban de Paca la Roseta. Anoche ataron a su marido a un pesebre y a ella se la llevaron a la grupa del caballo hasta lo alto del olivar.
Bernarda: ¿Y ella?
La Poncia: Ella, tan conforme. Dicen que iba con los pechos fuera y Maximiliano la llevaba cogida como si tocara la guitarra. ¡Un horror!
Bernarda: ¿Y qué pasó?
La Poncia: Lo que tenía que pasar. Volvieron casi de día. Paca la Roseta traía el pelo suelto y una corona de flores en la cabeza.
Bernarda: Es la única mujer mala que tenemos en el pueblo.
La Poncia: Porque no es de aquí. Es de muy lejos. Y los que fueron con ella son también hijos de forasteros. Los hombres de aquí no son capaces de eso.
Bernarda: No, pero les gusta verlo y comentarlo, y se chupan los dedos de que esto ocurra.
La Poncia: Contaban muchas cosas más.
Bernarda: (Mirando a un lado y a otro con cierto temor) ¿Cuáles?
La Poncia: Me da vergüenza referirlas.
Bernarda: Y mi hija las oyó.
La Poncia: ¡Claro!
Bernarda: Ésa sale a sus tías; blancas y untosas que ponían ojos de carnero al piropo de cualquier barberillo. ¡Cuánto hay que sufrir y luchar para hacer que las personas sean decentes y no tiren al monte demasiado!
La Poncia: ¡Es que tus hijas están ya en edad de merecer! Demasiada poca guerra te dan. Angustias ya debe tener mucho más de los treinta.
Bernarda: Treinta y nueve justos.
La Poncia: Figúrate. Y no ha tenido nunca novio...
Bernarda: (Furiosa) ¡No, no ha tenido novio ninguna, ni les hace falta! Pueden pasarse muy bien.
La Poncia: No he querido ofenderte.
Bernarda: No hay en cien leguas a la redonda quien se pueda acercar a ellas. Los hombres de aquí no son de su clase. ¿Es que quieres que las entregue a cualquier gañán?
La Poncia: Debías haberte ido a otro pueblo.
Bernarda: Eso, ¡a venderlas!
La Poncia: No, Bernarda, a cambiar... ¡Claro que en otros sitios ellas resultan las pobres!
Bernarda: ¡Calla esa lengua atormentadora!
La Poncia: Contigo no se puede hablar. ¿Tenemos o no tenemos confianza?
Bernarda: No tenemos. Me sirves y te pago. ¡Nada más!
Criada: (Entrando.) Ahí está don Arturo, que viene a arreglar las particiones.
Bernarda: Vamos. (A la Criada.) Tú empieza a blanquear el patio. (A la Poncia.) Y tú ve guardando en el arca grande toda la ropa del muerto.
La Poncia: Algunas cosas las podríamos dar...
Bernarda: Nada. ¡Ni un botón! ¡Ni el pañuelo con que le hemos tapado la cara! (Sale lentamente apoyada en el bastón y al salir vuelve la cabeza y mira a sus criadas. Las criadas salen después.)
(Entran Amelia y Martirio.)
Amelia: ¿Has tomado la medicina?
Martirio: ¡Para lo que me va a servir!
Amelia: Pero la has tomado.
Martirio: Yo hago las cosas sin fe, pero como un reloj.
Amelia: Desde que vino el médico nuevo estás más animada.
Martirio: Yo me siento lo mismo.
Amelia: ¿Te fijaste? Adelaida no estuvo en el duelo.
Martirio: Ya lo sabía. Su novio no la deja salir ni al tranco de la calle. Antes era alegre; ahora ni polvos echa en la cara.
Amelia: Ya no sabe una si es mejor tener novio o no.
Martirio: Es lo mismo.
Amelia: De todo tiene la culpa esta crítica que no nos deja vivir. Adelaida habrá pasado mal rato.
Martirio: Le tienen miedo a nuestra madre. Es la única que conoce la historia de su padre y el origen de sus tierras. Siempre que viene le tira puñaladas el asunto. Su padre mató en Cuba al marido de primera mujer para casarse con ella. Luego aquí la abandonó y se fue con otra que tenía una hija y luego tuvo relaciones con esta muchacha, la madre de Adelaida, y se casó con ella después de haber muerto loca la segunda mujer.
Amelia: Y ese infame, ¿por qué no está en la cárcel?
Martirio: Porque los hombres se tapan unos a otros las cosas de esta índole y nadie es capaz de delatar.
Amelia: Pero Adelaida no tiene culpa de esto.
Martirio: No, pero las cosas se repiten. Y veo que todo es una terrible repetición. Y ella tiene el mismo sino de su madre y de su abuela, mujeres las dos del que la engendró.
Amelia: ¡Qué cosa más grande!
Martirio: Es preferible no ver a un hombre nunca. Desde niña les tuve miedo. Los veía en el corral uncir los bueyes y levantar los costales de trigo entre voces y zapatazos, y siempre tuve miedo de crecer por temor de encontrarme de pronto abrazada por ellos. Dios me ha hecho débil y fea y los ha apartado definitivamente de mí.
Amelia: ¡Eso no digas! Enrique Humanes estuvo detrás de ti y le gustabas.
Martirio: ¡Invenciones de la gente! Una vez estuve en camisa detrás de la ventana hasta que fue de día, porque me avisó con la hija de su gañán que iba a venir, y no vino. Fue todo cosa de lenguas. Luego se casó con otra que tenía más que yo.
Amelia: ¡Y fea como un demonio!
Martirio: ¡Qué les importa a ellos la fealdad! A ellos les importa la tierra, las yuntas y una perra sumisa que les dé de comer.
Amelia: ¡Ay!
(Entra Magdalena.)
Magdalena: ¿Qué hacéis?
Martirio: Aquí.
Amelia: ¿Y tú?
Magdalena: Vengo de correr las cámaras. Por andar un poco. De ver los cuadros bordados en cañamazo de nuestra abuela, el perrito de lanas y el negro luchando con el león, que tanto nos gustaba de niñas. Aquélla era una época más alegre. Una boda duraba diez días y no se usaban las malas lenguas. Hoy hay más finura. Las novias se ponen velo blanco como en las poblaciones, y se bebe vino de botella, pero nos pudrimos por el qué dirán.
Martirio: ¡Sabe Dios lo que entonces pasaría!
Amelia: (A Magdalena.) Llevas desabrochados los cordones de un zapato.
Magdalena: ¡Qué más da!
Amelia: ¡Te los vas a pisar y te vas a caer!
Magdalena: ¡Una menos!
Martirio: ¿Y Adela?
Magdalena: ¡Ah! Se ha puesto el traje verde que se hizo para estrenar el día de su cumpleaños, se ha ido al corral y ha comenzado a voces: "¡Gallinas, gallinas, miradme!" ¡Me he tenido que reír!
Amelia: ¡Si la hubiera visto madre!
Magdalena: ¡Pobrecilla! Es la más joven de nosotras y tiene ilusión. ¡Daría algo por verla feliz!
(Pausa. Angustias cruza la escena con unas toallas en la mano.)
Angustias: ¿Qué hora es?
Magdalena: Ya deben ser las doce.
Angustias: ¿Tanto?
Amelia: ¡Estarán al caer!
(Sale Angustias.)
Magdalena: (Con intención.) ¿Sabéis ya la cosa...? (Señalando a Angustias.)
Amelia: No.
Magdalena: ¡Vamos!
Martirio: ¡No sé a qué cosa te refieres...!
Magdalena: Mejor que yo lo sabéis las dos. Siempre cabeza con cabeza como dos ovejitas, pero sin desahogaros con nadie. ¡Lo de Pepe el Romano!
Martirio: ¡Ah!
Magdalena: (Remedándola.) ¡Ah! Ya se comenta por el pueblo. Pepe el Romano viene a casarse con Angustias. Anoche estuvo rondando la casa y creo que pronto va a mandar un emisario.
Martirio: ¡Yo me alegro! Es buen hombre.
Amelia: Yo también. Angustias tiene buenas condiciones.
Magdalena: Ninguna de las dos os alegráis.
Martirio: ¡Magdalena! ¡Mujer!
Magdalena: Si viniera por el tipo de Angustias, por Angustias como mujer, yo me alegraría, pero viene por el dinero. Aunque Angustias es nuestra hermana aquí estamos en familia y reconocemos que está vieja, enfermiza, y que siempre ha sido la que ha tenido menos méritos de todas nosotras, porque si con veinte años parecía un palo vestido, ¡qué será ahora que tiene cuarenta!
Martirio: No hables así. La suerte viene a quien menos la aguarda.
Amelia: ¡Después de todo dice la verdad! Angustias tiene el dinero de su padre, es la única rica de la casa y por eso ahora, que nuestro padre ha muerto y ya se harán particiones, vienen por ella!
Magdalena: Pepe el Romano tiene veinticinco años y es el mejor tipo de todos estos contornos. Lo natural sería que te pretendiera a ti, Amelia, o a nuestra Adela, que tiene veinte años, pero no que venga a buscar lo más oscuro de esta casa, a una mujer que, como su padre habla con la nariz.
Martirio: ¡Puede que a él le guste!
Magdalena: ¡Nunca he podido resistir tu hipocresía!
Martirio: ¡Dios nos valga!
(Entra Adela.)
Magdalena: ¿Te han visto ya las gallinas?
Adela: ¿Y qué querías que hiciera?
Amelia: ¡Si te ve nuestra madre te arrastra del pelo!
Adela: Tenía mucha ilusión con el vestido. Pensaba ponérmelo el día que vamos a comer sandías a la noria. No hubiera habido otro igual.
Martirio: ¡Es un vestido precioso!
Adela: Y me está muy bien. Es lo que mejor ha cortado Magdalena.
Magdalena: ¿Y las gallinas qué te han dicho?
Adela: Regalarme unas cuantas pulgas que me han acribillado las piernas. (Ríen)
Martirio: Lo que puedes hacer es teñirlo de negro.
Magdalena: Lo mejor que puedes hacer es regalárselo a Angustias para la boda con Pepe el Romano.
Adela: (Con emoción contenida.) ¡Pero Pepe el Romano...!
Amelia: ¿No lo has oído decir?
Adela: No.
Magdalena: ¡Pues ya lo sabes!
Adela: ¡Pero si no puede ser!
Magdalena: ¡El dinero lo puede todo!
Adela: ¿Por eso ha salido detrás del duelo y estuvo mirando por el portón? (Pausa) Y ese hombre es capaz de...
Magdalena: Es capaz de todo.
(Pausa)
Martirio: ¿Qué piensas, Adela?
Adela: Pienso que este luto me ha cogido en la peor época de mi vida para pasarlo.
Magdalena: Ya te acostumbrarás.
Adela: (Rompiendo a llorar con ira) ¡No , no me acostumbraré! Yo no quiero estar encerrada. No quiero que se me pongan las carnes como a vosotras. ¡No quiero perder mi blancura en estas habitaciones! ¡Mañana me pondré mi vestido verde y me echaré a pasear por la calle! ¡Yo quiero salir!
(Entra la Criada.)
Magdalena: (Autoritaria.) ¡Adela!
Criada: ¡La pobre! ¡Cuánto ha sentido a su padre! (Sale)
Martirio: ¡Calla!
Amelia: Lo que sea de una será de todas.
(Adela se calma.)
Magdalena: Ha estado a punto de oírte la criada.
Criada: (Apareciendo.) Pepe el Romano viene por lo alto de la calle.
(Amelia, Martirio y Magdalena corren presurosas.)
Magdalena: ¡Vamos a verlo!
(Salen rápidas.)
Criada: (A Adela.) ¿Tú no vas?
Adela: No me importa.
Criada: Como dará la vuelta a la esquina, desde la ventana de tu cuarto se verá mejor. (Sale la Criada.)
(Adela queda en escena dudando. Después de un instante se va también rápida hacia su habitación. Salen Bernarda y la Poncia.)
Bernarda: ¡Malditas particiones!
La Poncia: ¡Cuánto dinero le queda a Angustias!
Bernarda: Sí.
La Poncia: Y a las otras, bastante menos.
Bernarda: Ya me lo has dicho tres veces y no te he querido replicar. Bastante menos, mucho menos. No me lo recuerdes más.
(Sale Angustias muy compuesta de cara.)
Bernarda: ¡Angustias!
Angustias: Madre.
Bernarda: ¿Pero has tenido valor de echarte polvos en la cara? ¿Has tenido valor de lavarte la cara el día de la misa de tu padre?
Angustias: No era mi padre. El mío murió hace tiempo. ¿Es que ya no lo recuerda usted?
Bernarda: ¡Más debes a este hombre, padre de tus hermanas, que al tuyo! Gracias a este hombre tienes colmada tu fortuna.
Angustias: ¡Eso lo teníamos que ver!
Bernarda: ¡Aunque fuera por decencia! ¡Por respeto!
Angustias: Madre, déjeme usted salir.
Bernarda: ¿Salir? Después que te hayas quitado esos polvos de la cara. ¡Suavona! ¡Yeyo! ¡Espejo de tus tías! (Le quita violentamente con su pañuelo los polvos) ¡Ahora vete!
La Poncia: ¡Bernarda, no seas tan inquisitiva!
Bernarda: Aunque mi madre esté loca yo estoy con mis cinco sentidos y sé perfectamente lo que hago.
(Entran todas.)
Magdalena: ¿Qué pasa?
Bernarda: No pasa nada.
Magdalena: (A Angustias.) Si es que discutís por las particiones, tú, que eres la más rica, te puedes quedar con todo.
Angustias: ¡Guárdate la lengua en la madriguera!
Bernarda: (Golpeando con el bastón en el suelo.) ¡No os hagáis ilusiones de que vais a poder conmigo. ¡Hasta que salga de esta casa con los pies adelante mandaré en lo mío y en lo vuestro!
(Se oyen unas voces y entra en escena María Josefa, la madre de Bernarda, viejísima, ataviada con flores en la cabeza y en el pecho.)
María Josefa: Bernarda, ¿dónde está mi mantilla? Nada de lo que tengo quiero que sea para vosotras, ni mis anillos, ni mi traje negro de moaré, porque ninguna de vosotras se va a casar. ¡Ninguna! ¡Bernarda, dame mi gargantilla de perlas!
Bernarda: (A la Criada.) ¿Por qué la habéis dejado entrar?
Criada: (Temblando.) ¡Se me escapó!
María Josefa: Me escapé porque me quiero casar, porque quiero casarme con un varón hermoso de la orilla del mar, ya que aquí los hombres huyen de las mujeres.
Bernarda: ¡Calle usted, madre!
María Josefa: No, no callo. No quiero ver a estas mujeres solteras, rabiando por la boda, haciéndose polvo el corazón, y yo me quiero ir a mi pueblo. ¡Bernarda, yo quiero un varón para casarme y tener alegría!
Bernarda: ¡Encerradla!
María Josefa: ¡Déjame salir, Bernarda!
(La Criada coge a María Josefa.)
Bernarda: ¡Ayudarla vosotras!
(Todas arrastran a la vieja.)
María Josefa: ¡Quiero irme de aquí! ¡Bernarda! ¡A casarme a la orilla del mar, a la orilla del mar!
Telón rápido. Principio



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Principio
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Acto segundo
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Habitación blanca del interior de la casa de Bernarda.
Las puertas de la izquierda dan a los dormitorios.
Las hijas de Bernarda están sentadas en sillas bajas, cosiendo.
Magdalena borda.
Con ellas está la Poncia.
Angustias: Ya he cortado la tercer sábana.
Martirio: Le corresponde a Amelia.
Magdalena: Angustias, ¿pongo también las iniciales de Pepe?
Angustias: (Seca.) No.
Magdalena: (A voces.) Adela, ¿no vienes?
Amelia: Estará echada en la cama.
La Poncia: Ésa tiene algo. La encuentro sin sosiego, temblona, asustada, como si tuviera una lagartija entre los pechos.
Martirio: No tiene ni más ni menos que lo que tenemos todas.
Magdalena: Todas, menos Angustias.
Angustias: Yo me encuentro bien, y al que le duela que reviente.
Magdalena: Desde luego hay que reconocer que lo mejor que has tenido siempre ha sido el talle y la delicadeza.
Angustias: Afortunadamente pronto voy a salir de este infierno.
Magdalena: ¡A lo mejor no sales!
Martirio: ¡Dejar esa conversación!
Angustias: Y, además, ¡mas vale onza en el arca que ojos negros en la cara!
Magdalena: Por un oído me entra y por otro me sale.
Amelia: (A la Poncia.) Abre la puerta del patio a ver si nos entra un poco el fresco.
(La Poncia lo hace.)
Martirio: Esta noche pasada no me podía quedar dormida del calor.
Amelia: ¡Yo tampoco!
Magdalena: Yo me levanté a refrescarme. Había un nublo negro de tormenta y hasta cayeron algunas gotas.
La Poncia: Era la una de la madrugada y salía fuego de la tierra. También me levanté yo. Todavía estaba Angustias con Pepe en la ventana.
Magdalena: (Con ironía.) ¿Tan tarde? ¿A qué hora se fue?
Angustias: Magdalena, ¿a qué preguntas, si lo viste?
Amelia: Se iría a eso de la una y media.
Angustias: Sí. ¿Tú por qué lo sabes?
Amelia: Lo sentí toser y oí los pasos de su jaca.
La Poncia: ¡Pero si yo lo sentí marchar a eso de las cuatro!
Angustias: ¡No sería él!
La Poncia: ¡Estoy segura!
Amelia: A mí también me pareció...
Magdalena: ¡Qué cosa más rara!
(Pausa.)
La Poncia: Oye, Angustias, ¿qué fue lo que te dijo la primera vez que se acercó a tu ventana?
Angustias: Nada. ¡Qué me iba a decir? Cosas de conversación.
Martirio: Verdaderamente es raro que dos personas que no se conocen se vean de pronto en una reja y ya novios.
Angustias: Pues a mí no me chocó.
Amelia: A mí me daría no sé qué.
Angustias: No, porque cuando un hombre se acerca a una reja ya sabe por los que van y vienen, llevan y traen, que se le va a decir que sí.
Martirio: Bueno, pero él te lo tendría que decir.
Angustias: ¡Claro!
Amelia: (Curiosa.) ¿Y cómo te lo dijo?
Angustias: Pues, nada: "Ya sabes que ando detrás de ti, necesito una mujer buena, modosa, y ésa eres tú, si me das la conformidad."
Amelia: ¡A mí me da vergüenza de estas cosas!
Angustias: Y a mí, ¡pero hay que pasarlas!
La Poncia: ¿Y habló más?
Angustias: Sí, siempre habló él.
Martirio: ¿Y tú?
Angustias: Yo no hubiera podido. Casi se me salía el corazón por la boca. Era la primera vez que estaba sola de noche con un hombre.
Magdalena: Y un hombre tan guapo.
Angustias: No tiene mal tipo.
La Poncia: Esas cosas pasan entre personas ya un poco instruidas, que hablan y dicen y mueven la mano... La primera vez que mi marido Evaristo el Colorín vino a mi ventana... ¡Ja, ja, ja!
Amelia: ¿Qué pasó?
La Poncia: Era muy oscuro. Lo vi acercarse y, al llegar, me dijo: "Buenas noches." "Buenas noches", le dije yo, y nos quedamos callados más de media hora. Me corría el sudor por todo el cuerpo. Entonces Evaristo se acercó, se acercó que se quería meter por los hierros, y dijo con voz muy baja: "¡Ven que te tiente!"
(Ríen todas. Amelia se levanta corriendo y espía por una puerta.)
Amelia: ¡Ay! Creí que llegaba nuestra madre.
Magdalena: ¡Buenas nos hubiera puesto! (Siguen riendo.)
Amelia: Chisst... ¡Que nos va a oír!
La Poncia: Luego se portó bien. En vez de darle por otra cosa, le dio por criar colorines hasta que murió. A vosotras, que sois solteras, os conviene saber de todos modos que el hombre a los quince días de boda deja la cama por la mesa, y luego la mesa por la tabernilla. Y la que no se conforma se pudre llorando en un rincón.
Amelia: Tú te conformaste.
La Poncia: ¡Yo pude con él!
Martirio: ¿Es verdad que le pegaste algunas veces?
La Poncia: Sí, y por poco lo dejo tuerto.
Magdalena: ¡Así debían ser todas las mujeres!
La Poncia: Yo tengo la escuela de tu madre. Un día me dijo no sé qué cosa y le maté todos los colorines con la mano del almirez. (Ríen)
Magdalena: Adela, niña, no te pierdas esto.
Amelia: Adela. (Pausa.)
Magdalena: ¡Voy a ver! (Entra.)
La Poncia: ¡Esa niña está mala!
Martirio: Claro, ¡no duerme apenas!
La Poncia: Pues, ¿qué hace?
Martirio: ¡Yo qué sé lo que hace!
La Poncia: Mejor lo sabrás tú que yo, que duermes pared por medio.
Angustias: La envidia la come.
Amelia: No exageres.
Angustias: Se lo noto en los ojos. Se le está poniendo mirar de loca.
Martirio: No habléis de locos. Aquí es el único sitio donde no se puede pronunciar esta palabra.
(Sale Magdalena con Adela.)
Magdalena: Pues, ¿no estabas dormida?
Adela: Tengo mal cuerpo.
Martirio: (Con intención.) ¿Es que no has dormido bien esta noche?
Adela: Sí.
Martirio: ¿Entonces?
Adela: (Fuerte.) ¡Déjame ya! ¡Durmiendo o velando, no tienes por qué meterte en lo mío! ¡Yo hago con mi cuerpo lo que me parece!
Martirio: ¡Sólo es interés por ti!
Adela: Interés o inquisición. ¿No estabais cosiendo? Pues seguir. ¡Quisiera ser invisible, pasar por las habitaciones sin que me preguntarais dónde voy!
Criada: (Entra.) Bernarda os llama. Está el hombre de los encajes. (Salen.)
(Al salir, Martirio mira fijamente a Adela.)
Adela: ¡No me mires más! Si quieres te daré mis ojos, que son frescos, y mis espaldas, para que te compongas la joroba que tienes, pero vuelve la cabeza cuando yo pase.
(Se va Martirio.)
La Poncia: ¡Adela, que es tu hermana, y además la que más te quiere!
Adela: Me sigue a todos lados. A veces se asoma a mi cuarto para ver si duermo. No me deja respirar. Y siempre: "¡Qué lástima de cara! ¡Qué lástima de cuerpo, que no va a ser para nadie!" ¡Y eso no! Mi cuerpo será de quien yo quiera!
La Poncia: (Con intención y en voz baja.) De Pepe el Romano, ¿no es eso?
Adela: (Sobrecogida.) ¿Qué dices?
La Poncia: ¡Lo que digo, Adela!
Adela: ¡Calla!
La Poncia: (Alto.) ¿Crees que no me he fijado?
Adela: ¡Baja la voz!
La Poncia: ¡Mata esos pensamientos!
Adela: ¿Qué sabes tú?
La Poncia: Las viejas vemos a través de las paredes. ¿Dónde vas de noche cuando te levantas?
Adela: ¡Ciega debías estar!
La Poncia: Con la cabeza y las manos llenas de ojos cuando se trata de lo que se trata. Por mucho que pienso no sé lo que te propones. ¿Por qué te pusiste casi desnuda con la luz encendida y la ventana abierta al pasar Pepe el segundo día que vino a hablar con tu hermana?
Adela: ¡Eso no es verdad!
La Poncia: ¡No seas como los niños chicos! Deja en paz a tu hermana y si Pepe el Romano te gusta te aguantas. (Adela llora.) Además, ¿quién dice que no te puedas casar con él? Tu hermana Angustias es una enferma. Ésa no resiste el primer parto. Es estrecha de cintura, vieja, y con mi conocimiento te digo que se morirá. Entonces Pepe hará lo que hacen todos los viudos de esta tierra: se casará con la más joven, la más hermosa, y ésa eres tú. Alimenta esa esperanza, olvídalo. Lo que quieras, pero no vayas contra la ley de Dios.
Adela: ¡Calla!
La Poncia: ¡No callo!
Adela: Métete en tus cosas, ¡oledora! ¡pérfida!
La Poncia: ¡Sombra tuya he de ser!
Adela: En vez de limpiar la casa y acostarte para rezar a tus muertos, buscas como una vieja marrana asuntos de hombres y mujeres para babosear en ellos.
La Poncia: ¡Velo! Para que las gentes no escupan al pasar por esta puerta.
Adela: ¡Qué cariño tan grande te ha entrado de pronto por mi hermana!
La Poncia: No os tengo ley a ninguna, pero quiero vivir en casa decente. ¡No quiero mancharme de vieja!
Adela: Es inútil tu consejo. Ya es tarde. No por encima de ti, que eres una criada, por encima de mi madre saltaría para apagarme este fuego que tengo levantado por piernas y boca. ¿ Qué puedes decir de mí? Que me encierro en mi cuarto y no abro la puerta? ¿Que no duermo? ¡Soy más lista que tú! Mira a ver si puedes agarrar la liebre con tus manos.
La Poncia: No me desafíes. ¡Adela, no me desafíes! Porque yo puedo dar voces, encender luces y hacer que toquen las campanas.
Adela: Trae cuatro mil bengalas amarillas y ponlas en las bardas del corral. Nadie podrá evitar que suceda lo que tiene que suceder.
La Poncia: ¡Tanto te gusta ese hombre!
Adela: ¡Tanto! Mirando sus ojos me parece que bebo su sangre lentamente.
La Poncia: Yo no te puedo oír.
Adela: ¡Pues me oirás! Te he tenido miedo. ¡Pero ya soy más fuerte que tú!
(Entra Angustias.)
Angustias: ¡Siempre discutiendo!
La Poncia: Claro, se empeña en que, con el calor que hace, vaya a traerle no sé qué cosa de la tienda.
Angustias: ¿Me compraste el bote de esencia?
La Poncia: El más caro. Y los polvos. En la mesa de tu cuarto los he puesto.
(Sale Angustias.)
Adela: ¡Y chitón!
La Poncia: ¡Lo veremos!
(Entran Martirio, Amelia y Magdalena)
Magdalena: (A Adela) ¿Has visto los encajes?
Amelia: Los de Angustias para sus sábanas de novia son preciosos.
Adela: (A Martirio, que trae unos encajes) ¿Y éstos?
Martirio: Son para mí. Para una camisa.
Adela: (Con sarcasmo.) ¡Se necesita buen humor!
Martirio: (Con intención) Para verlos yo. No necesito lucirme ante nadie.
La Poncia: Nadie la ve a una en camisa.
Martirio: (Con intención y mirando a Adela.) ¡A veces! Pero me encanta la ropa interior. Si fuera rica la tendría de holanda. Es uno de los pocos gustos que me quedan.
La Poncia: Estos encajes son preciosos para las gorras de niño, para mantehuelos de cristianar. Yo nunca pude usarlos en los míos. A ver si ahora Angustias los usa en los suyos. Como le dé por tener crías vais a estar cosiendo mañana y tarde.
Magdalena: Yo no pienso dar una puntada.
Amelia: Y mucho menos cuidar niños ajenos. Mira tú cómo están las vecinas del callejón, sacrificadas por cuatro monigotes.
La Poncia: Ésas están mejor que vosotras. ¡Siquiera allí se ríe y se oyen porrazos!
Martirio: Pues vete a servir con ellas.
La Poncia: No. ¡Ya me ha tocado en suerte este convento!
(Se oyen unos campanillos lejanos, como a través de varios muros.)
Magdalena: Son los hombres que vuelven al trabajo.
La Poncia: Hace un minuto dieron las tres.
Martirio: ¡Con este sol!
Adela: (Sentándose) ¡Ay, quién pudiera salir también a los campos!
Magdalena: (Sentándose) ¡Cada clase tiene que hacer lo suyo!
Martirio: (Sentándose) ¡Así es!
Amelia: (Sentándose) ¡Ay!
La Poncia: No hay alegría como la de los campos en esta época. Ayer de mañana llegaron los segadores. Cuarenta o cincuenta buenos mozos.
Magdalena: ¿De dónde son este año?
La Poncia: De muy lejos. Vinieron de los montes. ¡Alegres! ¡Como árboles quemados! ¡Dando voces y arrojando piedras! Anoche llegó al pueblo una mujer vestida de lentejuelas y que bailaba con un acordeón, y quince de ellos la contrataron para llevársela al olivar. Yo los vi de lejos. El que la contrataba era un muchacho de ojos verdes, apretado como una gavilla de trigo.
Amelia: ¿Es eso cierto?
Adela: ¡Pero es posible!
La Poncia: Hace años vino otra de éstas y yo misma di dinero a mi hijo mayor para que fuera. Los hombres necesitan estas cosas.
Adela: Se les perdona todo.
Amelia: Nacer mujer es el mayor castigo.
Magdalena: Y ni nuestros ojos siquiera nos pertenecen.
(Se oye un canto lejano que se va acercando.)
La Poncia: Son ellos. Traen unos cantos preciosos.
Amelia: Ahora salen a segar.
Coro: Ya salen los segadores en busca de las espigas; se llevan los corazones de las muchachas que miran.(Se oyen panderos y carrañacas. Pausa. Todas oyen en un silencio traspasado por el sol.)
Amelia: ¡Y no les importa el calor!
Martirio: Siegan entre llamaradas.
Adela: Me gustaría segar para ir y venir. Así se olvida lo que nos muerde.
Martirio: ¿Qué tienes tú que olvidar?
Adela: Cada una sabe sus cosas.
Martirio: (Profunda.) ¡Cada una!
La Poncia: ¡Callar! ¡Callar!
Coro: (Muy lejano.) Abrir puertas y ventanas las que vivís en el pueblo; el segador pide rosas para adornar su sombrero.
La Poncia: ¡Qué canto!
Martirio: (Con nostalgia.) Abrir puertas y ventanas las que vivís en el pueblo...
Adela: (Con pasión.) ... el segador pide rosas para adornar su sombrero.(Se va alejando el cantar.)
La Poncia: Ahora dan la vuelta a la esquina.
Adela: Vamos a verlos por la ventana de mi cuarto.
La Poncia: Tened cuidado con no entreabrirla mucho, porque son capaces de dar un empujón para ver quién mira.
(Se van las tres. Martirio queda sentada en la silla baja con la cabeza entre las manos.)
Amelia: (Acercándose.) ¿Qué te pasa?
Martirio: Me sienta mal el calor.
Amelia: ¿No es más que eso?
Martirio: Estoy deseando que llegue noviembre, los días de lluvia, la escarcha; todo lo que no sea este verano interminable.
Amelia: Ya pasará y volverá otra vez.
Martirio: ¡Claro! (Pausa.) ¿A qué hora te dormiste anoche?
Amelia: No sé. Yo duermo como un tronco. ¿Por qué?
Martirio: Por nada, pero me pareció oír gente en el corral.
Amelia: ¿Sí?
Martirio: Muy tarde.
Amelia: ¿Y no tuviste miedo?
Martirio: No. Ya lo he oído otras noches.
Amelia: Debíamos tener cuidado. ¿No serían los gañanes?
Martirio: Los gañanes llegan a las seis.
Amelia: Quizá una mulilla sin desbravar.
Martirio: (Entre dientes y llena de segunda intención.) ¡Eso, eso!, una mulilla sin desbravar.
Amelia: ¡Hay que prevenir!
Martirio: ¡No, no! No digas nada. Puede ser un barrunto mío.
Amelia: Quizá.
(Pausa. Amelia inicia el mutis.)
Martirio: Amelia.
Amelia: (En la puerta.) ¿Qué?
(Pausa.)
Martirio: Nada.
(Pausa.)
Amelia: ¿Por qué me llamaste?
(Pausa)
Martirio: Se me escapó. Fue sin darme cuenta.
(Pausa)
Amelia: Acuéstate un poco.
Angustias: (Entrando furiosa en escena, de modo que haya un gran contraste con los silencios anteriores.) ¿Dónde está el retrato de Pepe que tenía yo debajo de mi almohada? ¿Quién de vosotras lo tiene?
Martirio: Ninguna.
Amelia: Ni que Pepe fuera un San Bartolomé de plata.
Angustias: ¿Dónde está el retrato?
(Entran La Poncia, Magdalena y Adela.)
Adela: ¿Qué retrato?
Angustias: Una de vosotras me lo ha escondido.
Magdalena: ¿Tienes la desvergüenza de decir esto?
Angustias: Estaba en mi cuarto y no está.
Martirio: ¿Y no se habrá escapado a medianoche al corral? A Pepe le gusta andar con la luna.
Angustias: ¡No me gastes bromas! Cuando venga se lo contaré.
La Poncia: ¡Eso, no! ¡Porque aparecerá! (Mirando Adela.)
Angustias: ¡Me gustaría saber cuál de vosotras lo tiene!
Adela: (Mirando a Martirio.) ¡Alguna! ¡Todas, menos yo!
Martirio: (Con intención.) ¡Desde luego!
Bernarda: (Entrando con su bastón.) ¿Qué escándalo es éste en mi casa y con el silencio del peso del calor? Estarán las vecinas con el oído pegado a los tabiques.
Angustias: Me han quitado el retrato de mi novio.
Bernarda: (Fiera.) ¿Quién? ¿Quién?
Angustias: ¡Éstas!
Bernarda: ¿Cuál de vosotras? (Silencio.) ¡Contestarme! (Silencio. A Poncia.) Registra los cuartos, mira por las camas. Esto tiene no ataros más cortas. ¡Pero me vais a soñar! (A Angustias.) ¿Estás segura?
Angustias: Sí.
Bernarda: ¿Lo has buscado bien?
Angustias: Sí, madre.
(Todas están en medio de un embarazoso silencio.)
Bernarda: Me hacéis al final de mi vida beber el veneno más amargo que una madre puede resistir. (A Poncia.) ¿No lo encuentras?
La Poncia: (Saliendo.) Aquí está.
Bernarda: ¿Dónde lo has encontrado?
La Poncia: Estaba...
Bernarda: Dilo sin temor.
La Poncia: (Extrañada.) Entre las sábanas de la cama de Martirio.
Bernarda: (A Martirio.) ¿Es verdad?
Martirio: ¡Es verdad!
Bernarda: (Avanzando y golpeándola con el bastón.) ¡Mala puñalada te den, mosca muerta! ¡Sembradura de vidrios!
Martirio: (Fiera.) ¡No me pegue usted, madre!
Bernarda: ¡Todo lo que quiera!
Martirio: ¡Si yo la dejo! ¿Lo oye? ¡Retírese usted!
La Poncia: No faltes a tu madre.
Angustias: (Cogiendo a Bernarda.) Déjela. ¡Por favor!
Bernarda: Ni lágrimas te quedan en esos ojos.
Martirio: No voy a llorar para darle gusto.
Bernarda: ¿Por qué has cogido el retrato?
Martirio: ¿Es que yo no puedo gastar una broma a mi hermana? ¿Para qué otra cosa lo iba a querer?
Adela: (Saltando llena de celos.) No ha sido broma, que tú no has gustado nunca de juegos. Ha sido otra cosa que te reventaba el pecho por querer salir. Dilo ya claramente.
Martirio: ¡Calla y no me hagas hablar, que si hablo se van a juntar las paredes unas con otras de vergüenza!
Adela: ¡La mala lengua no tiene fin para inventar!
Bernarda: ¡Adela!
Magdalena: Estáis locas.
Amelia: Y nos apedreáis con malos pensamientos.
Martirio: Otras hacen cosas más malas.
Adela: Hasta que se pongan en cueros de una vez y se las lleve el río.
Bernarda: ¡Perversa!
Angustias: Yo no tengo la culpa de que Pepe el Romano se haya fijado en mí.
Adela: ¡Por tus dineros!
Angustias: ¡Madre!
Bernarda: ¡Silencio!
Martirio: Por tus marjales y tus arboledas.
Magdalena: ¡Eso es lo justo!
Bernarda: ¡Silencio digo! Yo veía la tormenta venir, pero no creía que estallara tan pronto. ¡Ay, qué pedrisco de odio habéis echado sobre mi corazón! Pero todavía no soy anciana y tengo cinco cadenas para vosotras y esta casa levantada por mi padre para que ni las hierbas se enteren de mi desolación. ¡Fuera de aquí! (Salen. Bernarda se sienta desolada. La Poncia está de pie arrimada a los muros. Bernarda reacciona, da un golpe en el suelo y dice:) ¡Tendré que sentarles la mano! Bernarda, ¡acuérdate que ésta es tu obligación!
La Poncia: ¿Puedo hablar?
Bernarda: Habla. Siento que hayas oído. Nunca está bien una extraña en el centro de la familia. La Poncia: Lo visto, visto está.
Bernarda: Angustias tiene que casarse en seguida.
La Poncia: Hay que retirarla de aquí.
Bernarda: No a ella. ¡A él!
La Poncia: ¡Claro, a él hay que alejarlo de aquí! Piensas bien.
Bernarda: No pienso. Hay cosas que no se pueden ni se deben pensar. Yo ordeno.
La Poncia: ¿Y tú crees que él querrá marcharse?
Bernarda: (Levantándose.) ¿Qué imagina tu cabeza?
La Poncia: Él, claro, ¡se casará con Angustias!
Bernarda: Habla. Te conozco demasiado para saber que ya me tienes preparada la cuchilla.
La Poncia: Nunca pensé que se llamara asesinato al aviso.
Bernarda: ¿Me tienes que prevenir algo?
La Poncia: Yo no acuso, Bernarda. Yo sólo te digo: abre los ojos y verás.
Bernarda: ¿Y verás qué?
La Poncia: Siempre has sido lista. Has visto lo malo de las gentes a cien leguas. Muchas veces creí que adivinabas los pensamientos. Pero los hijos son los hijos. Ahora estás ciega.
Bernarda: ¿Te refieres a Martirio?
La Poncia: Bueno, a Martirio... (Con curiosidad.) ¿Por qué habrá escondido el retrato?
Bernarda: (Queriendo ocultar a su hija.) Después de todo ella dice que ha sido una broma. ¿Qué otra cosa puede ser?
La Poncia: (Con sorna.) ¿Tú lo crees así?
Bernarda: (Enérgica.) No lo creo. ¡Es así!
La Poncia: Basta. Se trata de lo tuyo. Pero si fuera la vecina de enfrente, ¿qué sería?
Bernarda: Ya empiezas a sacar la punta del cuchillo.
La Poncia: (Siempre con crueldad.) No, Bernarda, aquí pasa una cosa muy grande. Yo no te quiero echar la culpa, pero tú no has dejado a tus hijas libres. Martirio es enamoradiza, digas lo que tú quieras. ¿Por qué no la dejaste casar con Enrique Humanes? ¿Por qué el mismo día que iba a venir a la ventana le mandaste recado que no viniera?
Bernarda: (Fuerte.) ¡Y lo haría mil veces! Mi sangre no se junta con la de los Humanes mientras yo viva! Su padre fue gañán.
La Poncia: ¡Y así te va a ti con esos humos!
Bernarda: Los tengo porque puedo tenerlos. Y tú no los tienes porque sabes muy bien cuál es tu origen.
La Poncia: (Con odio.) ¡No me lo recuerdes! Estoy ya vieja, siempre agradecí tu protección.
Bernarda: (Crecida.) ¡No lo parece!
La Poncia: (Con odio envuelto en suavidad.) A Martirio se le olvidará esto.
Bernarda: Y si no lo olvida peor para ella. No creo que ésta sea la «cosa muy grande» que aquí pasa. Aquí no pasa nada. ¡Eso quisieras tú! Y si pasara algún día estáte segura que no traspasaría las paredes.
La Poncia: ¡Eso no lo sé yo! En el pueblo hay gentes que leen también de lejos los pensamientos escondidos.
Bernarda: ¡Cómo gozarías de vernos a mí y a mis hijas camino del lupanar!
La Poncia: ¡Nadie puede conocer su fin!
Bernarda: ¡Yo sí sé mi fin! ¡Y el de mis hijas! El lupanar se queda para alguna mujer ya difunta...
La Poncia: (Fiera.) ¡Bernarda! ¡Respeta la memoria de mi madre!
Bernarda: ¡No me persigas tú con tus malos pensamientos!
(Pausa.)
La Poncia: Mejor será que no me meta en nada.
Bernarda: Eso es lo que debías hacer. Obrar y callar a todo. Es la obligación de los que viven a sueldo.
La Poncia: Pero no se puede. ¿A ti no te parece que Pepe estaría mejor casado con Martirio o... ¡sí!, con Adela?
Bernarda: No me parece.
La Poncia: (Con intención.) Adela. ¡Ésa es la verdadera novia del Romano!
Bernarda: Las cosas no son nunca a gusto nuestro.
La Poncia: Pero les cuesta mucho trabajo desviarse de la verdadera inclinación. A mí me parece mal que Pepe esté con Angustias, y a las gentes, y hasta al aire. ¡Quién sabe si se saldrán con la suya!
Bernarda: ¡Ya estamos otra vez!... Te deslizas para llenarme de malos sueños. Y no quiero entenderte, porque si llegara al alcance de todo lo que dices te tendría que arañar.
La Poncia: ¡No llegará la sangre al río!
Bernarda: ¡Afortunadamente mis hijas me respetan y jamás torcieron mi voluntad!
La Poncia: ¡Eso sí! Pero en cuanto las dejes sueltas se te subirán al tejado.
Bernarda: ¡Ya las bajaré tirándoles cantos!
La Poncia: ¡Desde luego eres la más valiente!
Bernarda: ¡Siempre gasté sabrosa pimienta!
La Poncia: ¡Pero lo que son las cosas! A su edad. ¡Hay que ver el entusiasmo de Angustias con su novio! ¡Y él también parece muy picado! Ayer me contó mi hijo mayor que a las cuatro y media de la madrugada, que pasó por la calle con la yunta, estaban hablando todavía.
Bernarda: ¡A las cuatro y media!
Angustias: (Saliendo.) ¡Mentira!
La Poncia: Eso me contaron.
Bernarda: (A Angustias.) ¡Habla!
Angustias: Pepe lleva más de una semana marchándose a la una. Que Dios me mate si miento.
Martirio: (Saliendo.) Yo también lo sentí marcharse a las cuatro.
Bernarda: Pero, ¿lo viste con tus ojos?
Martirio: No quise asomarme. ¿No habláis ahora por la ventana del callejón?
Angustias: Yo hablo por la ventana de mi dormitorio.
(Aparece Adela en la puerta.)
Martirio: Entonces...
Bernarda: ¿Qué es lo que pasa aquí?
La Poncia: ¡Cuida de enterarte! Pero, desde luego, Pepe estaba a las cuatro de la madrugada en una reja de tu casa.
Bernarda: ¿Lo sabes seguro?
La Poncia: Seguro no se sabe nada en esta vida.
Adela: Madre, no oiga usted a quien nos quiere perder a todas.
Bernarda: ¡Yo sabré enterarme! Si las gentes del pueblo quieren levantar falsos testimonios se encontrarán con mi pedernal. No se hable de este asunto. Hay a veces una ola de fango que levantan los demás para perdernos.
Martirio: A mí no me gusta mentir.
La Poncia: Y algo habrá.
Bernarda: No habrá nada. Nací para tener los ojos abiertos. Ahora vigilaré sin cerrarlos ya hasta que me muera.
Angustias: Yo tengo derecho de enterarme.
Bernarda: Tú no tienes derecho más que a obedecer. Nadie me traiga ni me lleve. (A la Poncia.) Y tú te metes en los asuntos de tu casa. ¡Aquí no se vuelve a dar un paso que yo no sienta!
Criada: (Entrando.) ¡En lo alto de la calle hay un gran gentío y todos los vecinos están en sus puertas!
Bernarda: (A Poncia.) ¡Corre a enterarte de lo que pasa! (Las mujeres corren para salir.) ¿Dónde vais? Siempre os supe mujeres ventaneras y rompedoras de su luto. ¡Vosotras al patio!
(Salen y sale Bernarda. Se oyen rumores lejanos. Entran Martirio y Adela, que se quedan escuchando y sin atreverse a dar un paso más de la puerta de salida.)
Martirio: Agradece a la casualidad que no desaté mi lengua.
Adela: También hubiera hablado yo.
Martirio: ¿Y qué ibas a decir? ¡Querer no es hacer!
Adela: Hace la que puede y la que se adelanta. Tú querías, pero no has podido.
Martirio: No seguirás mucho tiempo.
Adela: ¡Lo tendré todo!
Martirio: Yo romperé tus abrazos.
Adela: (Suplicante.) ¡Martirio, déjame!
Martirio: ¡De ninguna!
Adela: ¡Él me quiere para su casa!
Martirio: ¡He visto cómo te abrazaba!
Adela: Yo no quería. He ido como arrastrada por una maroma.
Martirio: ¡Primero muerta!
(Se asoman Magdalena y Angustias. Se siente crecer el tumulto.)
La Poncia: (Entrando con Bernarda.) ¡Bernarda!
Bernarda: ¿Qué ocurre?
La Poncia: La hija de la Librada, la soltera, tuvo un hijo no se sabe con quién.
Adela: ¿Un hijo?
La Poncia: Y para ocultar su vergüenza lo mató y lo metió debajo de unas piedras; pero unos perros, con más corazón que muchas criaturas, lo sacaron y como llevados por la mano de Dios lo han puesto en el tranco de su puerta. Ahora la quieren matar. La traen arrastrando por la calle abajo, y por las trochas y los terrenos del olivar vienen los hombres corriendo, dando unas voces que estremecen los campos.
Bernarda: Sí, que vengan todos con varas de olivo y mangos de azadones, que vengan todos para matarla.
Adela: ¡No, no, para matarla no!
Martirio: Sí, y vamos a salir también nosotras.
Bernarda: Y que pague la que pisotea su decencia.
(Fuera su oye un grito de mujer y un gran rumor.)
Adela: ¡Que la dejen escapar! ¡No salgáis vosotras!
Martirio: (Mirando a Adela.) ¡Que pague lo que debe!
Bernarda: (Bajo el arco.) ¡Acabar con ella antes que lleguen los guardias! ¡Carbón ardiendo en el sitio de su pecado!
Adela: (Cogiéndose el vientre.) ¡No! ¡No!
Bernarda: ¡Matadla! ¡Matadla!
Telón rápido. Principio



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Principio
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Acto tercero
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Cuatro paredes blancas ligeramente azuladas del patio interior de la casa de Bernarda.
Es de noche.
El decorado ha de ser de una perfecta simplicidad.
Las puertas, iluminadas por la luz de los interiores, dan un tenue fulgor a la escena.
En el centro, una mesa con un quinqué, donde están comiendo Bernarda y sus hijas.
La Poncia las sirve.
Prudencia está sentada aparte.
(Al levantarse el telón hay un gran silencio, interrumpido por el ruido de platos y cubiertos.)
Prudencia: Ya me voy. Os he hecho una visita larga. (Se levanta.)
Bernarda: Espérate, mujer. No nos vemos nunca.
Prudencia: ¿Han dado el último toque para el rosario?
La Poncia: Todavía no.
(Prudencia se sienta.)
Bernarda: ¿Y tu marido cómo sigue?
Prudencia: Igual.
Bernarda: Tampoco lo vemos.
Prudencia: Ya sabes sus costumbres. Desde que se peleó con sus hermanos por la herencia no ha salido por la puerta de la calle. Pone una escalera y salta las tapias del corral.
Bernarda: Es un verdadero hombre. ¿Y con tu hija...?
Prudencia: No la ha perdonado.
Bernarda: Hace bien.
Prudencia: No sé qué te diga. Yo sufro por esto.
Bernarda: Una hija que desobedece deja de ser hija para convertirse en una enemiga.
Prudencia: Yo dejo que el agua corra. No me queda más consuelo que refugiarme en la iglesia, pero como me estoy quedando sin vista tendré que dejar de venir para que no jueguen con una los chiquillos. (Se oye un gran golpe, como dado en los muros.) ¿Qué es eso?
Bernarda: El caballo garañón, que está encerrado y da coces contra el muro. (A voces.) ¡Trabadlo y que salga al corral! ( En voz baja.) Debe tener calor.
Prudencia: ¿Vais a echarle las potras nuevas?
Bernarda: Al amanecer.
Prudencia: Has sabido acrecentar tu ganado.
Bernarda: A fuerza de dinero y sinsabores.
La Poncia: (Interviniendo.) ¡Pero tiene la mejor manada de estos contornos! Es una lástima que esté bajo de precio.
Bernarda: ¿Quieres un poco de queso y miel?
Prudencia: Estoy desganada.
(Se oye otra vez el golpe.)
La Poncia: ¡Por Dios!
Prudencia: ¡Me ha retemblado dentro del pecho!
Bernarda: (Levantándose furiosa) ¿Hay que decir las cosas dos veces? ¡Echadlo que se revuelque en los montones de paja! (Pausa, y como hablando con los gañanes.) Pues encerrad las potras en la cuadra, pero dejadlo libre, no sea que nos eche abajo las paredes. (Se dirige a la mesa y se sienta otra vez.) ¡Ay, qué vida!
Prudencia: Bregando como un hombre.
Bernarda: Así es. (Adela se levanta de la mesa.) ¿Dónde vas?
Adela: A beber agua.
Bernarda: (En alta voz.) Trae un jarro de agua fresca. (A Adela.) Puedes sentarte. (Adela se sienta.)
Prudencia: Y Angustias, ¿cuándo se casa?
Bernarda: Vienen a pedirla dentro de tres días.
Prudencia: ¡Estarás contenta!
Angustias: ¡Claro!
Amelia: (A Magdalena.) ¡Ya has derramado la sal!
Magdalena: Peor suerte que tienes no vas a tener.
Amelia: Siempre trae mala sombra.
Bernarda: ¡Vamos!
Prudencia: (A Angustias.) ¿Te ha regalado ya el anillo?
Angustias: Mírelo usted. (Se lo alarga.)
Prudencia: Es precioso. Tres perlas. En mi tiempo las perlas significaban lágrimas..
Angustias: Pero y a las cosas han cambiado.
Adela: Yo creo que no. Las cosas significan siempre lo mismo. Los anillos de pedida deben ser de diamantes.
Prudencia: Es más propio.
Bernarda: Con perlas o sin ellas las cosas son como una se las propone.
Martirio: O como Dios dispone.
Prudencia: Los muebles me han dicho que son preciosos.
Bernarda: Dieciséis mil reales he gastado.
La Poncia: (Interviniendo.) Lo mejor es el armario de luna.
Prudencia: Nunca vi un mueble de éstos.
Bernarda: Nosotras tuvimos arca.
Prudencia: Lo preciso es que todo sea para bien.
Adela: Que nunca se sabe.
Bernarda: No hay motivo para que no lo sea.
(Se oyen lejanísimas unas campanas.)
Prudencia: El último toque. (A Angustias.) Ya vendré a que me enseñes la ropa.
Angustias: Cuando usted quiera.
Prudencia: Buenas noches nos dé Dios.
Bernarda: Adiós, Prudencia.
Las cinco a la vez: Vaya usted con Dios.
(Pausa. Sale Prudencia.)
Bernarda: Ya hemos comido. (Se levantan.)
Adela: Voy a llegarme hasta el portón para estirar las piernas y tomar un poco el fresco.
(Magdalena se sienta en una silla baja retrepada contra la pared.)
Amelia: Yo voy contigo.
Martirio: Y yo.
Adela: (Con odio contenido.) No me voy a perder.
Amelia: La noche quiere compaña.
(Salen. Bernarda se sienta y Angustias está arreglando la mesa.)
Bernarda: Ya te he dicho que quiero que hables con tu hermana Martirio. Lo que pasó del retrato fue una broma y lo debes olvidar.
Angustias: Usted sabe que ella no me quiere.
Bernarda: Cada uno sabe lo que piensa por dentro. Yo no me meto en los corazones, pero quiero buena fachada y armonía familiar. ¿Lo entiendes?
Angustias: Sí.
Bernarda: Pues ya está.
Magdalena: (Casi dormida.) Además, ¡si te vas a ir antes de nada! (Se duerme.)
Angustias: Tarde me parece.
Bernarda: ¿A qué hora terminaste anoche de hablar?
Angustias: A las doce y media.
Bernarda: ¿Qué cuenta Pepe?
Angustias: Yo lo encuentro distraído. Me habla siempre como pensando en otra cosa. Si le pregunto qué le pasa, me contesta: «Los hombres tenemos nuestras preocupaciones.»
Bernarda: No le debes preguntar. Y cuando te cases, menos. Habla si él habla y míralo cuando te mire. Así no tendrás disgustos.
Angustias: Yo creo, madre, que él me oculta muchas cosas.
Bernarda: No procures descubrirlas, no le preguntes y, desde luego, que no te vea llorar jamás. Angustias: Debía estar contenta y no lo estoy.
Bernarda: Eso es lo mismo.
Angustias: Muchas veces miro a Pepe con mucha fijeza y se me borra a través de los hierros, como si lo tapara una nube de polvo de las que levantan los rebaños.
Bernarda: Eso son cosas de debilidad.
Angustias: ¡Ojalá!
Bernarda: ¿Viene esta noche?
Angustias: No. Fue con su madre a la capital.
Bernarda: Así nos acostaremos antes. ¡Magdalena!
Angustias: Está dormida.
(Entran Adela, Martirio y Amelia.)
Amelia: ¡Qué noche más oscura!
Adela: No se ve a dos pasos de distancia.
Martirio: Una buena noche para ladrones, para el que necesite escondrijo.
Adela: El caballo garañón estaba en el centro del corral. ¡Blanco! Doble de grande, llenando todo lo oscuro.
Amelia: Es verdad. Daba miedo. ¡Parecía una aparición!
Adela: Tiene el cielo unas estrellas como puños.
Martirio: Ésta se puso a mirarlas de modo que se iba a tronchar el cuello.
Adela: ¿Es que no te gustan a ti?
Martirio: A mí las cosas de tejas arriba no me importan nada. Con lo que pasa dentro de las habitaciones tengo bastante.
Adela: Así te va a ti.
Bernarda: A ella le va en lo suyo como a ti en lo tuyo.
Angustias: Buenas noches.
Adela: ¿Ya te acuestas?
Angustias: Sí, esta noche no viene Pepe. (Sale.)
Adela: Madre, ¿por qué cuando se corre una estrella o luce un relámpago se dice:
Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita?
Bernarda: Los antiguos sabían muchas cosas que hemos olvidado.
Amelia: Yo cierro los ojos para no verlas.
Adela: Yo no. A mí me gusta ver correr lleno de lumbre lo que está quieto y quieto años enteros.
Martirio: Pero estas cosas nada tienen que ver con nosotros.
Bernarda: Y es mejor no pensar en ellas.
Adela: ¡Qué noche más hermosa! Me gustaría quedarme hasta muy tarde para disfrutar el fresco del campo.
Bernarda: Pero hay que acostarse. ¡Magdalena!
Amelia: Está en el primer sueño.
Bernarda: ¡Magdalena!
Magdalena: (Disgustada.) ¡Dejarme en paz!
Bernarda: ¡A la cama!
Magdalena: (Levantándose malhumorada.) ¡No la dejáis a una tranquila! (Se va refunfuñando.) Amelia: Buenas noches. (Se va.)
Bernarda: Andar vosotras también.
Martirio: ¿Cómo es que esta noche no viene el novio de Angustias?
Bernarda: Fue de viaje.
Martirio: (Mirando a Adela.) ¡Ah!
Adela: Hasta mañana. (Sale.)
(Martirio bebe agua y sale lentamente mirando hacia la puerta del corral. Sale La Poncia.)
La Poncia: ¿Estás todavía aquí?
Bernarda: Disfrutando este silencio y sin lograr ver por parte alguna « la cosa tan grande» que aquí pasa, según tú.
La Poncia: Bernarda, dejemos esa conversación.
Bernarda: En esta casa no hay un sí ni un no. Mi vigilancia lo puede todo.
La Poncia: No pasa nada por fuera. Eso es verdad. Tus hijas están y viven como metidas en alacenas. Pero ni tú ni nadie puede vigilar por el interior de los pechos.
Bernarda: Mis hijas tienen la respiración tranquila.
La Poncia: Eso te importa a ti, que eres su madre. A mí, con servir tu casa tengo bastante.
Bernarda: Ahora te has vuelto callada.
La Poncia: Me estoy en mi sitio, y en paz.
Bernarda: Lo que pasa es que no tienes nada que decir. Si en esta casa hubiera hierbas, ya te encargarías de traer a pastar las ovejas del vecindario.
La Poncia: Yo tapo más de lo que te figuras.
Bernarda: ¿Sigue tu hijo viendo a Pepe a las cuatro de la mañana? ¿Siguen diciendo todavía la mala letanía de esta casa?
La Poncia: No dicen nada.
Bernarda: Porque no pueden. Porque no hay carne donde morder. ¡A la vigilia de mis ojos se debe esto!
La Poncia: Bernarda, yo no quiero hablar porque temo tus intenciones. Pero no estés segura.
Bernarda: ¡Segurísima!
La Poncia: ¡A lo mejor, de pronto, cae un rayo! ¡A lo mejor, de pronto, un golpe de sangre te para el corazón!
Bernarda: Aquí no pasará nada. Ya estoy alerta contra tus suposiciones.
La Poncia: Pues mejor para ti.
Bernarda: ¡No faltaba más!
Criada: (Entrando.) Ya terminé de fregar los platos. ¿Manda usted algo, Bernarda?
Bernarda: (Levantándose.) Nada. Yo voy a descansar.
La Poncia: ¿A qué hora quiere que la llame?
Bernarda: A ninguna. Esta noche voy a dormir bien. (Se va.)
La Poncia: Cuando una no puede con el mar lo más fácil es volver las espaldas para no verlo.
Criada: Es tan orgullosa que ella misma se pone una venda en los ojos.
La Poncia: Yo no puedo hacer nada. Quise atajar las cosas, pero ya me asustan demasiado. ¿Tú ves este silencio? Pues hay una tormenta en cada cuarto. El día que estallen nos barrerán a todas. Yo he dicho lo que tenía que decir.
Criada: Bernarda cree que nadie puede con ella y no sabe la fuerza que tiene un hombre entre mujeres solas.
La Poncia: No es toda la culpa de Pepe el Romano. Es verdad que el año pasado anduvo detrás de Adela, y ésta estaba loca por él, pero ella debió estarse en su sitio y no provocarlo. Un hombre es un hombre.
Criada: Hay quien cree que habló muchas noches con Adela.
La Poncia: Es verdad. (En voz baja) Y otras cosas.
Criada: No sé lo que va a pasar aquí.
La Poncia: A mí me gustaría cruzar el mar y dejar esta casa de guerra..
Criada: Bernarda está aligerando la boda y es posible que nada pase.
La Poncia: Las cosas se han puesto ya demasiado maduras. Adela está decidida a lo que sea, y las demás vigilan sin descanso.
Criada: ¿Y Martirio también?
La Poncia: Ésa es la peor. Es un pozo de veneno. Ve que el Romano no es para ella y hundiría el mundo si estuviera en su mano.
Criada: ¡Es que son malas!
La Poncia: Son mujeres sin hombre, nada más. En estas cuestiones se olvida hasta la sangre. ¡Chisssssss! (Escucha.)
Criada: ¿Qué pasa?
La Poncia: (Se levanta.) Están ladrando los perros.
Criada: Debe haber pasado alguien por el portón.
(Sale Adela en enaguas blancas y corpiño.)
La Poncia: ¿No te habías acostado?
Adela: Voy a beber agua. (Bebe en un vaso de la mesa.)
La Poncia: Yo te suponía dormida.
Adela: Me despertó la sed. Y vosotras, ¿no descansáis?
Criada: Ahora.
(Sale Adela.)
La Poncia: Vámonos.
Criada: Ganado tenemos el sueño. Bernarda no me deja descansar en todo el día.
La Poncia: Llévate la luz.
Criada: Los perros están como locos.
La Poncia: No nos van a dejar dormir.
(Salen. La escena queda casi a oscuras. Sale María Josefa con una oveja en los brazos.)
María Josefa: Ovejita, niño mío, vámonos a la orilla del mar. La hormiguita estará en su puerta, yo te daré la teta y el pan. Bernarda, cara de leoparda. Magdalena, cara de hiena. ¡Ovejita! Meee, meee. Vamos a los ramos del portal de Belén.(Ríe) Ni tú ni yo queremos dormir. La puerta sola se abrirá y en la playa nos meteremos en una choza de coral. Bernarda, cara de leoparda. Magdalena, cara de hiena. ¡Ovejita! Meee, meee. Vamos a los ramos del portal de Belén!(Se va cantando. Entra Adela. Mira a un lado y otro con sigilo, y desaparece por la puerta del corral. Sale Martirio por otra puerta y queda en angustioso acecho en el centro de la escena. También va en enaguas. Se cubre con un pequeño mantón negro de talle. Sale por enfrente de ella María Josefa.)
Martirio: Abuela, ¿dónde va usted?
María Josefa: ¿Vas a abrirme la puerta? ¿Quién eres tú?
Martirio: ¿Cómo está aquí?
María Josefa: Me escapé. ¿Tú quién eres?
Martirio: Vaya a acostarse.
María Josefa: Tú eres Martirio, ya te veo. Martirio, cara de martirio. ¿Y cuándo vas a tener un niño? Yo he tenido éste.
Martirio: ¿Dónde cogió esa oveja?
María Josefa: Ya sé que es una oveja. Pero, ¿por qué una oveja no va a ser un niño? Mejor es tener una oveja que no tener nada. Bernarda, cara de leoparda. Magdalena, cara de hiena.
Martirio: No dé voces.
María Josefa: Es verdad. Está todo muy oscuro. Como tengo el pelo blanco crees que no puedo tener crías, y sí, crías y crías y crías. Este niño tendrá el pelo blanco y tendrá otro niño, y éste otro, y todos con el pelo de nieve, seremos como las olas, una y otra y otra. Luego nos sentaremos todos, y todos tendremos el cabello blanco y seremos espuma. ¿Por qué aquí no hay espuma? Aquí no hay más que mantos de luto.
Martirio: Calle, calle.
María Josefa: Cuando mi vecina tenía un niño yo le llevaba chocolate y luego ella me lo traía a mí, y así siempre, siempre, siempre. Tú tendrás el pelo blanco, pero no vendrán las vecinas. Yo tengo que marcharme, pero tengo miedo de que los perros me muerdan. ¿Me acompañarás tú a salir del campo? Yo quiero campo. Yo quiero casas, pero casas abiertas, y las vecinas acostadas en sus camas con sus niños chiquitos, y los hombres fuera, sentados en sus sillas. Pepe el Romano es un gigante. Todas lo queréis. Pero él os va a devorar, porque vosotras sois granos de trigo. No granos de trigo, no. ¡Ranas sin lengua!
Martirio: (Enérgica.) Vamos, váyase a la cama. (La empuja.)
María Josefa: Sí, pero luego tú me abrirás, ¿verdad?
Martirio: De seguro.
María Josefa: (Llorando.) Ovejita, niño mío, vámonos a la orilla del mar. La hormiguita estará en su puerta, yo te daré la teta y el pan.(Sale. Martirio cierra la puerta por donde ha salido María Josefa y se dirige a la puerta del corral. Allí vacila, pero avanza dos pasos más.)
Martirio: (En voz baja.) Adela. (Pausa. Avanza hasta la misma puerta. En voz alta.) ¡Adela!
(Aparece Adela. Viene un poco despeinada.)
Adela: ¿Por qué me buscas?
Martirio: ¡Deja a ese hombre!
Adela: ¿Quién eres tú para decírmelo?
Martirio: No es ése el sitio de una mujer honrada.
Adela: ¡Con qué ganas te has quedado de ocuparlo!
Martirio: (En voz alta.) Ha llegado el momento de que yo hable. Esto no puede seguir así.
Adela: Esto no es más que el comienzo. He tenido fuerza para adelantarme. El brío y el mérito que tú no tienes. He visto la muerte debajo de estos techos y he salido a buscar lo que era mío, lo que me pertenecía.
Martirio: Ese hombre sin alma vino por otra. Tú te has atravesado.
Adela: Vino por el dinero, pero sus ojos los puso siempre en mí.
Martirio: Yo no permitiré que lo arrebates. El se casará con Angustias.
Adela: Sabes mejor que yo que no la quiere.
Martirio: Lo sé.
Adela: Sabes, porque lo has visto, que me quiere a mí.
Martirio: (Desesperada.) Sí.
Adela: (Acercándose.) Me quiere a mí, me quiere a mí.
Martirio: Clávame un cuchillo si es tu gusto, pero no me lo digas más.
Adela: Por eso procuras que no vaya con él. No te importa que abrace a la que no quiere. A mí, tampoco. Ya puede estar cien años con Angustias. Pero que me abrace a mí se te hace terrible, porque tú lo quieres también, ¡lo quieres!
Martirio: (Dramática.) ¡Sí! Déjame decirlo con la cabeza fuera de los embozos. ¡Sí! Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura. ¡Le quiero!
Adela: (En un arranque, y abrazándola.) Martirio, Martirio, yo no tengo la culpa.
Martirio: ¡No me abraces! No quieras ablandar mis ojos. Mi sangre ya no es la tuya, y aunque quisiera verte como hermana no te miro ya más que como mujer. (La rechaza.)
Adela: Aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío. Él me lleva a los juncos de la orilla.
Martirio: ¡No será!
Adela: Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré delante de todos la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado.
Martirio: ¡Calla!
Adela: Sí, sí. (En voz baja.) Vamos a dormir, vamos a dejar que se case con Angustias. Ya no me importa. Pero yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera, cuando le venga en gana.
Martirio: Eso no pasará mientras yo tenga una gota de sangre en el cuerpo.
Adela: No a ti, que eres débil: a un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique.
Martirio: No levantes esa voz que me irrita. Tengo el corazón lleno de una fuerza tan mala, que sin quererlo yo, a mí misma me ahoga.
Adela: Nos enseñan a querer a las hermanas. Dios me ha debido dejar sola, en medio de la oscuridad, porque te veo como si no te hubiera visto nunca.
(Se oye un silbido y Adela corre a la puerta, pero Martirio se le pone delante.)
Martirio: ¿Dónde vas?
Adela: ¡Quítate de la puerta!
Martirio: ¡Pasa si puedes!
Adela: ¡Aparta! (Lucha.)
Martirio: (A voces.) ¡Madre, madre!
Adela: ¡Déjame!
(Aparece Bernarda. Sale en enaguas con un mantón negro.)
Bernarda: Quietas, quietas. ¡Qué pobreza la mía, no poder tener un rayo entre los dedos!
Martirio: (Señalando a Adela.) ¡Estaba con él! ¡Mira esas enaguas llenas de paja de trigo!
Bernarda: ¡Esa es la cama de las mal nacidas! (Se dirige furiosa hacia Adela.)
Adela: (Haciéndole frente.) ¡Aquí se acabaron las voces de presidio! (Adela arrebata un bastón a su madre y lo parte en dos.) Esto hago yo con la vara de la dominadora. No dé usted un paso más. ¡En mí no manda nadie más que Pepe!
(Sale Magdalena.)
Magdalena: ¡Adela!
(Salen la Poncia y Angustias.)
Adela: Yo soy su mujer. (A Angustias.) Entérate tú y ve al corral a decírselo. Él dominará toda esta casa. Ahí fuera está, respirando como si fuera un león.
Angustias: ¡Dios mío! Bernarda: ¡La escopeta! ¿Dónde está la escopeta? (Sale corriendo.)
(Aparece Amelia por el fondo, que mira aterrada, con la cabeza sobre la pared. Sale detrás Martirio.)
Adela: ¡Nadie podrá conmigo! (Va a salir.)
Angustias: (Sujetándola.) De aquí no sales con tu cuerpo en triunfo, ¡ladrona! ¡deshonra de nuestra casa!
Magdalena: ¡Déjala que se vaya donde no la veamos nunca más!
(Suena un disparo.)
Bernarda: (Entrando.) Atrévete a buscarlo ahora.
Martirio: (Entrando.) Se acabó Pepe el Romano.
Adela: ¡Pepe! ¡Dios mío! ¡Pepe! (Sale corriendo.)
La Poncia: ¿Pero lo habéis matado?
Martirio: ¡No! ¡Salió corriendo en la jaca!
Bernarda: No fue culpa mía. Una mujer no sabe apuntar.
Magdalena: ¿Por qué lo has dicho entonces?
Martirio: ¡Por ella! Hubiera volcado un río de sangre sobre su cabeza.
La Poncia: Maldita.
Magdalena: ¡Endemoniada!
Bernarda: Aunque es mejor así. (Se oye como un golpe.) ¡Adela! ¡Adela!
La Poncia: (En la puerta.) ¡Abre!
Bernarda: Abre. No creas que los muros defienden de la vergüenza.
Criada: (Entrando.) ¡Se han levantado los vecinos!
Bernarda: (En voz baja, como un rugido.) ¡Abre, porque echaré abajo la puerta! (Pausa. Todo queda en silencio) ¡Adela! (Se retira de la puerta.) ¡Trae un martillo! (La Poncia da un empujón y entra. Al entrar da un grito y sale.) ¿Qué?
La Poncia: (Se lleva las manos al cuello.) ¡Nunca tengamos ese fin!
(Las hermanas se echan hacia atrás. La Criada se santigua. Bernarda da un grito y avanza.)
La Poncia: ¡No entres!
Bernarda: No. ¡Yo no! Pepe: irás corriendo vivo por lo oscuro de las alamedas, pero otro día caerás. ¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como si fuera doncella. ¡Nadie dirá nada! ¡Ella ha muerto virgen! Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas.
Martirio: Dichosa ella mil veces que lo pudo tener.
Bernarda: Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (A otra hija.) ¡A callar he dicho! (A otra hija.) Las lágrimas cuando estés sola. ¡Nos hundiremos todas en un mar de luto! Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!
Día viernes 19 de junio, 1936.
Telón rápido.

¡CUIDADO, TERRESTRE! --- POUL ANDERSON

Escrito por imagenes 22-04-2009 en General. Comentarios (0)

¡CUIDADO, TERRESTRE! --- POUL ANDERSON

¡Cuidado, terrestre!
Poul Anderson



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Al acercarse a la cabana, supo que alguien le aguardaba. Se detuvo un instante, frunció el ceño, y se concentró en el análisis de aquel destello de conocimiento. Una parte de su cerebro se estremeció ante la presencia de metal, y detectó sugerencias más sutiles de materia orgánica: aceite, caucho, plástico... Lo descartó todo como proveniente de un pequeño y vulgar helicóptero,y se concentró en los tenues y enloquecedoramente fugaces fragmentos de Pensamiento, energía nerviosa, flujos vitales entre células y moléculas. Sólo había una persona, y el bosquejo de sus datos admitía una posibilidad única. Margaret.

Permaneció inmóvil otro instante más. Su emoción primaria fue de tristeza. Se sentía fastidiado, ligeramente desanimado, pensando que tal vez habían localizado por fin su escondite, pero sobre todo apenado. Pobre Peggy, pobre muchacha.
Bien, debía enfrentarse a la situación. Enderezó sus débiles hombros y continuó caminando.

El bosque de Alaska estaba tranquilo a su alrededor. La suave brisa del atardecer susurraba entre los oscuros pinos y rozaba las mejillas de aquel hombre, una fría y solitaria presencia en el sosiego. Los pájaros gorjeaban en alguna parte mientras buscaban abrigo, y los mosquitos producían un zumbido agudo, ligero, dando vueltas en torno al círculo encantado del repelente inodoro que él había elaborado. Y no había más ruidos, sólo el débil crujido de sus pasos sobre el viejo suelo de agujas de pino. Después de dos años de silencio, las vibraciones de la presencia humana parecían un gran alarido que recorría sus nervios.
Cuando llegó a la pequeña pradera, el sol se ocultaba tras las colinas del norte. Alargados rayos áureos se inclinaban bañando la hierba, cubriendo la disimulada cabaña con un resplandor mágico y proyectando enormes sombras ante ellos. El helicóptero era una deslumbrante masa metálica destacando de entre el oscurecido bosque. El hombre se encontraba ya muy cerca cuando sus cegados ojos distinguieron a la muchacha.
Estaba de pie frente a la puerta, esperando, y la puesta de sol daba a su cabello una tonalidad oro resplandeciente. Vestía el suéter rojo y la falda azul marino, la misma ropa que cuando se vieron por última vez. Sus delicadas manos estaban cruzadas ante ella. Silenciosa como una niña buena, le había esperado así muchas veces cuando él estaba en el laboratorio. Nunca había expuesto su alegre jovialidad ante él, después de advertir cómo esa vivacidad recorría su mente incomprensiva y caía como la lluvia cae de un gran pino.
—Hola, Peggy —saludó, sonriendo forzadamente al sentir la estupidez de sus palabras. Pero ¿qué otra cosa podía decir?
—Joel... —susurró ella.
Advirtió sorpresa en la mujer y sintió una conmoción que recorría los nervios de ella. La sonrisa de Joel se desfiguró aún más.
—Si —dijo—. Toda mi vida he sido más calvo que un huevo. Pero estando aquí, solo, no tenía motivo alguno para usar peluca.
Los ojos de Margaret, grandes y castaños, escrutaron a Joel. Iba vestido como correspondía a un hombre apartado de la civilización, con camisa a cuadros, téjanos descoloridos y calzado resistente, y portaba una caña de pescar, una cesta con aparejos y una sarta de percas. Pero no había cambiado en lo más mínimo. Aquel cuerpo pequeño, esbelto; sus facciones delicadas, inalteradas por el transcurso del tiempo, sus luminosos ojos oscuros, la amplia frente...; todo seguía igual. El paso de los años no había dejado huellas en él.
Hasta la misma calvicie parecía complementarle, resaltando la curvatura acusadamente clásica de su cráneo, arrebatándole otro rasgo de vulgaridad con el que se había recubierto.
Joel advirtió que Margaret había adelgazado, y de repente le costó un tremendo esfuerzo esbozar una sonrisa.
—¿Cómo has podido encontrarme, Peggy? —preguntó con toda tranquilidad.
Su mente supo la respuesta en cuanto Margaret pronunció la primera palabra, pero dejó que la mujer hablara.
—Pasaron seis meses desde que te fuiste y eso nos preocupó a todos tus amigos, si es que tenías alguno. Pensamos que podía haberte pasado algo allí, en China. Iniciamos una investigación con la colaboración del Gobierno chino, y no tardamos mucho en saber que tú no habías estado nunca en ese país. Todo aquello de investigar lugares arqueológicos fue únicamente una excusa tuya, una forma de ganar tiempo mientras... desaparecías. Pero yo seguí buscándote, aun cuando todos los demás dejaron de hacerlo, y finalmente pensé en Alaska. En Nome oí rumores sobre un hombre extraño, huraño y extravagante que vivía en los bosques. Y por eso vine aquí.
—¿Por qué no me diste por desaparecido? —preguntó Joel cansinamente.
—No podía. —La voz de Margaret temblaba igual que sus labios—. No hasta que estuviera convencida, Joel. No hasta saber que estabas bien y..., y...
Joel la besó, percibiendo el gusto salado de los labios y la sutil fragancia del cabello. Las oleadas intermitentes de los pensamientos y emociones de Peggy penetraron en él, arremolinándose en su cerebro en una corriente de soledad y desolación.
De repente supo con exactitud lo que sucedería, lo que debería explicar a Margaret, las respuestas de ella... Lo previo todo, casi palabra por palabra, y aquel absurdo le pareció como una losa que oprimía su mente. Pero debía seguir adelante, pronunciar todas y cada una de las palabras por más fútiles que fueran. Así eran los humanos. Andaban a tientas en la oscuridad de la soledad, llamándose unos a otros pese al abismo que los separaba y sin comprenderse nunca. Nunca.
—Un gran detalle el tuyo, Peggy —dijo Joel torpemente—. No debías haberlo hecho, pero lo hiciste...
No pudo seguir hablando y su previsión falló. Todo lo que se le ocurría era vulgar, absurdo...
—No pude evitarlo —susurró la mujer—. Sabes que te quiero.
—Mira, Peggy. Esto no puede seguir así. Tenemos que solucionarlo ahora. Si te dijera quién soy y por qué huí... —Trató de mostrarse alegre—. Pero nada de escenas emotivas con el estómago vacío. Entra en la cabaña y me ocuparé de freír este pescado.
—Lo haré yo —se ofreció Peggy, recuperando parte de su antigua vivacidad—. Soy mejor cocinera que tú.
—Temo que no sabrías usar mi equipo, Peggy —respondió Joel, aun a sabiendas de que la respuesta podría ofender a su compañera.
Señaló la puerta y la abrió. Margaret fue la primera en entrar en la cabaña, y mientras lo hacía, Joel advirtió las picaduras de mosquito que había en el rostro y manos de la mujer. Dedujo que ella debía de haber estado esperándole mucho tiempo.
—Mala suerte que hayas venido precisamente hoy —dijo muy serio—. Lo normal es que esté trabajando aquí.
Ella no respondió. Sus ojos recorrían la cabaña, tratando de encontrar el impresionante orden que por fuerza debía regir aquella confusión material.
Joel había colocado troncos y tablas en la parte exterior para dar un aspecto vulgar a su cabaña. Pero el interior podría haber sido su laboratorio de Cambridge, y Margaret reconoció parte del equipo. Joel había llenado todo un avión antes de marcharse. Vio otras cosas que no identificaba, todo lo que aquel hombre había hecho con sus propias manos durante dos años de soledad: un caos de hilos, tuberías, aparatos de medida y otros objetos de utilidad más incomprensible. Sólo una pequeña parte de todo aquello tenía el aspecto, crudo e inacabado, de una disposición experimental. Había trabajado en algún gran proyecto de su invención que, al parecer, estaba muy cerca del final.
Pero... ¿y qué más?
El gato gris que había sido su único y auténtico compañero, incluso cuando estuvo en Cambridge, se restregó contra las piernas femeninas con un maullido que tal vez indicaba reconocimiento. «Una bienvenida más amistosa que la que él me dio», pensó amargamente Margaret. Y al momento, viendo los graves ojos de Joel posados sobre ella, se ruborizó. No era justo pensar aquello. Ella le había arrancado de una soledad que él mismo había elegido, y él había sido totalmente razonable al respecto.
Razonable, pero no humano. Cualquier varón falto de relaciones con el sexo opuesto y perseguido a través del mundo por una mujer atractiva habría sentido algo más que el pesar y la piedad que él mostraba.
¿O acaso sentía algo más? Ella nunca lo sabría. Nadie sabría jamás lo que sucedía dentro de aquel maravilloso cráneo. El resto de la humanidad tenía poco en común con Joel Weatherfield.
—El resto de la humanidad? —preguntó él suavemente.
Margaret se sobresaltó. Aquel viejo truco de leer el pensamiento había bastado para alejar a mucha gente. Nunca se sabía cuándo Joel iba a emplear esa treta, si se trataba de suposiciones basadas en una lógica trascendente o bien era..., era...
Él asintió.
—Soy en parte telepático —dijo—, y puedo llenar los huecos por mí mismo..., como el Dupin de Poe, pero mejor y con más facilidad. Hay otros detalles, pero los dejaremos por el momento. Más tarde.
Introdujo el pescado en un aparato y ajustó varios mandos que había en la parte exterior.
—La cena está en marcha —anunció.
—Así que has inventado un robot cocinero.
—Me ahorra trabajo.
—Podrías ganar otro millón de dólares si lo comercializaras.
—¿Para qué? Tengo más dinero del que cualquier persona razonable necesita.
—Ahorrarías mucho tiempo a la gente.
Joel se encogió de hombros.
Margaret observó una habitación más pequeña en la que debía de vivir él. Había poco mobiliario, un catre, un escritorio y algunas estanterías con la gran biblioteca microimpresa. En un rincón estaba el instrumento multitono con el que Joel compuso la música que nadie alabó ni entendió nunca. Pero él encontraba la música humana trivial e insustancial. Y no sólo la música, sino también el arte, la literatura y todas las obras y vidas del hombre.
—¿Cómo le va a Langtree con su nuevo encefalógrafo? —preguntó, aunque suponía la respuesta—. Recuerdo que ibas a colaborar con él.
—No lo sé. —Se preguntó si la voz reflejaría su cansancio—. j-{e pasado todo el tiempo buscando, Joel.
Él hizo una mueca de dolor y se volvió hacia la cocina automática. Se abrió una puerta y salió una bandeja con dos platos. Los puso en una mesa y señaló las sillas.
—Podemos empezar, Peggy.
Aún a disgusto, la máquina fascinaba a Margaret.
—Debes tener una unidad de inducción para cocinar tan rápidamente —murmuró—. Y supongo que las patatas y verduras están almacenadas en el interior. Pero las partes mecánicas...
Meneó la cabeza en señal de asombro, sabiendo que un plano revelaría una disposición extremadamente sencilla, producto exclusivo del ingenio.
Latas de cerveza fresca surgieron de otro aparato. Joel hizo una mueca burlona y alzó su bebida.
—El mayor logro del hombre —dijo—. A tu salud.
Margaret no se había dado cuenta del hambre que tenía. Él comió con más lentitud, observando a la muchacha, pensando en la incongruencia de la doctora Margaret Logan, miembro del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), comiendo vorazmente pescado y bebiendo cerveza en una cabaña de la agreste Alaska.
Tal vez debía haberse ido a Marte, o a algún satélite de los planetas exteriores. Aunque bien pensado, eso habría dejado más pistas: resulta imposible despegar en un cohete de modo tan fortuito como emprender un viaje a China. Ya que le habían encontrado, se alegraba de que hubiera sido ella. Cuando se marchara, mantendría el secreto con la lealtad inquebrantable que la caracterizaba.
Siempre le había gustado su compañía, ya desde que la conociera cuando él colaboró con el MIT en sus últimos trabajos sobre cibernética. Doctoras en filosofía de veinticuatro años y con brillantes antecedentes eran casos raros, y extraordinarios si además se trataba de mujeres atractivas. Por supuesto, Langtree había estado desesperadamente enamorado de ella. Pero Margaret emprendió un programa de trabajo doble, ayudando a Weatherfield en su laboratorio privado y cumpliendo con sus obligaciones normales..., y planeaba abandonar las últimas cuando expirara su contrato. Ella le había resultado más que útil, y él no había sido ciego ante sus encantos, pero se trataba de la misma admiración que sentía hacia los paisajes, los gatos de pura raza y el aire libre.
Y por último, Margaret había sido una de las pocas personas con las que pudo conversar.
Había sido. Joel agotó las posibilidades de la muchacha en el transcurso de un año, igual que agotaba las de la mayoría de la gente en un mes. Aprendió a conocer sus reacciones ante cualquier situación, lo que diría frente a una observación que él hiciera... Conocía sus sentimientos con una percepción superior a la del propio conocimiento de ella. Y volvió a la soledad.
Pero no había previsto que Margaret le encontrara, pensó gravemente. Planeó su huida, pero no se preocupó —o no le importó hacerlo— por prever todas las consecuencias lógicas. Bien, ahora lo estaba pagando, igual que ella.
Joel recogió la mesa y puso en ella café y cigarrillos antes de que empezaran a hablar. La oscuridad cubría las ventanas, pero los tubos fluorescentes se encendieron automáticamente. Margaret escuchó el lejano aullido de un lobo en la noche, y pensó que el bosque era menos extraño para ella que aquella habitación llena de máquinas y el hombre que se hallaba sentado contemplándola con una mirada demasiado brillante.
Joel estaba en un cómodo sillón, y el gato gris había saltado a su regazo, ronroneando mientras los delgados dedos de su amo acariciaban su piel. Margaret se acercó y tomó asiento en una pequeña banqueta, poniendo una mano sobre la rodilla del hombre. No tenía sentido controlar los impulsos cuando él los conocía antes de que ella los ejecutara. Joel suspiró.
—Peggy —dijo pausadamente—, estás cometiendo un grave error.
Por un instante, la mujer pensó cuan banales resultaban aquellas palabras. Luego recordó que Joel siempre había sido torpe hablando. Era como si no comprendiera los matices humanos ordinarios y se viera obligado a recurrir a un robot mecánico para encontrar su camino a través de la sociedad. Joel asintió.
—Sí, es cierto —dijo.
—Pero ¿cuál es tu problema? —preguntó Margaret con desesperación—. Sé que todos solían llamarte «insensible», «cabezota» y «tubo de vacío viviente», pero no es así. Sé que tienes más sensibilidad que cualquiera de nosotros, sólo que..., sólo que...
—Sólo que en otra forma —concluyó amablemente.
—Oh, siempre fuiste un tipo extraño —dijo ella aparentando indiferencia—. El niño prodigio, ¿me equivoco? Un triste muchacho campesino que ingresó en Harvard a los trece años y que Se graduó a los quince, recibiendo todos los honores habidos y por haber. Inventor del motor espacial de propulsión iónica, el proceso controlado de desintegración iónica, la cura del resfriado común, la determinación de la edad geológica a través de la estructura cristalina, y sólo el cielo y la oficina de patentes saben cuántas cosas más. Galardonado con el Premio Nóbel de Física por tu mecánica de ondas relativas. Pionero de una rama totalmente nueva en la teoría matemática de las series. Brillante autor de libros sobre arqueología, economía, ecología y semántica. Fundador de escuelas completamente nuevas en la pintura y la poesía. ¿Cuál es tu coeficiente intelectual, Joel?
—¿Cómo puedo saberlo? En torno a 200 o algo así. El coeficiente intelectual es un absurdo en el sentido ordinario. Fui un necio, Peggy. La mayor parte de mi obra publicada era producto de mi inmadurez, de un ansia infantil por la alabanza y el reconocimiento. Y después de eso, no podía detenerme, las condiciones no lo permitían. Y, por supuesto, tenía que aprovechar mi tiempo.
—Y luego, a los treinta años, hiciste las maletas y desapareciste. ¿Porqué?
—Esperaba que me diesen por muerto —murmuró—. Inventé un fingido accidente sobre el desierto de Gobi, pero supongo que nadie encontró lo que quedaba del avión. Los pobres y fieles locos como tú no creyeron en mi muerte. Nunca se te ocurrió buscar mis restos. —Su mano acarició el cabello de Margare!. La mujer suspiró y apoyó su cabeza en las rodillas de Joel—. Debía haberlo previsto.
—¿Por qué demonios tuve que enamorarme de un hombre tan extraño como tú? Nunca lo sabré. La mayoría de las mujeres se asustaban de ti. Ni siquiera tu dinero las atraía. —Margaret respondió su propia pregunta con la exactitud que sólo permite una prolongada meditación—. Supongo que era un problema de calidad total. Todos los demás hombres parecían tan vulgares e insulsos... —Alzó la vista para mirarle y sus ojos reflejaron una súbita y aterrorizada comprensión—. ¿Eso es por lo que no te casaste nunca?
Joel asintió compasivamente.
—Además —añadió suavemente—, el sexo no me interesa todavía. ¿Sabes? Me encuentro aún en la primera fase de la adolescencia.
—No, no lo sé.
Margaret no se movió, pero Joel sintió su rigidez.
—No soy humano —dijo Joel Weatherfield con toda tranquilidad.
—¿Un mutante? No, es imposible.
Joel sintió la inquietud de la muchacha, la súbita oleada de pensamientos incontrolados y la muda corriente nerviosa, la tensión sanguínea tratando de encontrar un equilibrio para compensar aquella situación de peligro extremo. Se trataba del sempiterno e instintivo temor a la confusión, a lo desconocido, a las voraces presencias más allá del indistinto círculo luminoso de un hogar. Margaret estaba inmóvil, como un animal sobrecogido por el pánico.
Joel siguió sentado, acariciando el cabello de Margaret, hasta que se produjo la calma. Ella alzó la vista de nuevo, forzándose a encontrar los ojos del hombre.
—No, no, Peggy —dijo Joel, esbozando la mejor de sus sonrisas—. Todo esto nunca pudo ocurrir en una mutación. Me encontraron en un trigal, en una mañana de verano de hace treinta años. Una... mujer..., que debe de haber sido mi madre, yacía junto a mí. Posteriormente me dijeron que era de mi tipo físico, y esto, junto a la curiosa ropa multicolor que vestía, les hizo pensar que aquella mujer era una rareza circense. Pero estaba muerta, abrasada y destrozada por fuerzas de las que me había protegido con su cuerpo. A nuestro alrededor sólo quedaban algunos fragmentos cristalinos. Los recogieron, y enterraron a la muerta.
»Los Weatherfield eran un matrimonio de la localidad, ya mayores, sin hijos y muy solícitos. Naturalmente, yo sólo era un bebé, y dios me adoptaron. Mi crecimiento físico fue muy lento, pero no así el mental. Pese a mi extraño aspecto, el matrimonio se sintió muy orgulloso de mí. Pronto diseñé una peluca perfecta para ocultar mi calvicie, y con ella y ropas normales siempre he podido pasar por humano. Pero recordarás que nunca he permitido a ningún humano contemplarme sin camisa y pantalones encima.
»No tardé mucho tiempo, claro, en suponer cuál debía ser la verdad. En alguna parte debía existir una raza, humanoide, pero mucho más evolucionada que el hombre, que podía viajar entre las estrellas. Por alguna razón, mi madre y yo fuimos arrojados a este
planeta desierto, y ningún supuesto buscador pudo encontrarnos nunca.
Dejó de hablar. Margaret se apresuró a susurrar:
—¿Cuan... humano... eres, Joel?
—No mucho —contestó con un atisbo de la ingenua sonrisa que ella recordaba. ¡Cuan a menudo le había sorprendido alzando la vista de un trabajo que iba especialmente bien y mirándola así!—. Mira, te lo mostraré.
Joel silbó, y el gato saltó de su regazo. Otro silbido, y el animal cruzó la sala y tocó un interruptor. Aparecieron varias placas y el gato las recogió con la boca.
Margaret respiraba entrecortadamente.
—No sé de nadie que lograra amaestrar un gato para hacer recados.
—Es un gato muy especial —replicó Joel, abstraído, y se inclinó hacia adelante para mostrar las placas a Margaret—. ¿Conoces mi técnica para fotografiar diferentes capas de tejido? La inventé precisamente para estudiar mi propio cuerpo. También para exhumar los huesos de mi madre, te lo confieso, pero se trataba tan sólo de una versión femenina de mí mismo. Sin embargo, una variación del método de la estructura cristalina demostró que ella tenía quinientos años de edad como mínimo.
—¡Quinientos años!
—Sí. Ésa es una de las razones por las que estoy convencido de que soy un miembro muy joven de mi especie. Resultó que los huesos de mi madre no mostraban signos de envejecimiento, correspondiéndose con los de una humana de veinticinco años de edad. No sé si la vida media de la especie es tan elevada o bien poseen medios artificiales para retrasar la senectud, pero si sé que viviré, al menos, quinientos años en la Tierra. Y la Tierra, al parecer, tiene una gravedad más poderosa que la de nuestro planeta nativo. No es un mundo excesivamente saludable para mí.
Margaret estaba demasiado aturdida y no pudo hacer otra cosa más que asentir. Joel fue señalando detalles en las radiografías.
—Las constituciones óseas no presentan grandes diferencias, pero mira esto: el pie, la espina dorsal, los huesos del cráneo..-ofrecen una peculiaridad especial. Y los órganos internos. Tú misma puedes advertir que ningún ser humano ha tenido jamás.
—¿Un corazón doble? —preguntó débilmente.
—Algo así. Es un órgano simple, pero con más funciones que el corazón humano. Pero eso no importa; lo más importante es la estructura nerviosa. Aquí tienes varias radiografías del cerebro. Varias capas vistas desde diversos ángulos.
La mujer contuvo una exclamación. Su trabajo en encefalografía le había exigido conocer a fondo la anatomía del cerebro. «Ningún ser humano lleva esto en la cabeza.»
No era un cerebro mucho mayor que el humano. Más organizado, pensó Margaret; la especie de Joel nunca perdería la cordura. Existían analogías: una corteza altamente circunvolucionada, una médula... y todo lo demás. Pero había otras secciones y desarrollos que no tenían correspondencia en ningún humano.
—¿Qué son? —preguntó Margaret, indicando algo.
—No estoy muy seguro —contestó él lentamente, con cierto desagrado—. Esto es lo que podría denominarse centro telepático. Es sensible a las corrientes nerviosas de otros organismos. Comparando las reacciones y palabras humanas con las emanaciones que puedo detectar, he observado cierto grado de telepatía, muy limitado. Yo puedo emitir, también, pero de poco me sirve hacerlo, puesto que ningún humano recibe mi mensaje. Y eso otro parece ser el control voluntario de las funciones normalmente involuntarias: dolor, secreciones internas, regulación, etc. Pero nunca he sabido emplearlo con efectividad y no me atrevo a experimentar demasiado conmigo mismo. Existen otros centros, pero en la mayoría de los casos ni siquiera conozco su utilidad.
Su sonrisa reflejaba cansancio.
—Peggy —prosiguió—, ¿has oído hablar de niños salvajes, niños que han crecido entre animales? Nunca aprenden a hablar, o a ejercitar cualquiera de sus capacidades específicamente humanas, hasta que son rescatados y enseñados por hombres. En realidad, son muy poco humanos.
»Soy un niño salvaje, Peggy.
Ella empezó a sollozar de forma desgarradora, temblando como si la zarandeara una mano gigantesca. Joel la sostuvo hasta que los sollozos terminaron y ella volvió a sentarse frente a él, mientras las lágrimas se deslizaban lentamente por sus mejillas.
—¡Oh, querido, querido! —Su voz era un susurro tembloroso—. ¡Cuan solitario debes de haber estado!
¿Solitario? Ningún ser humano podría comprenderlo nunca
Al principio, no había resultado demasiado malo. Era un niño y la extensión de sus horizontes intelectuales le preocupó y recreó lo bastante como para no molestarse con los otros niños. Y éstos, a su vez, despreciaban sinceramente a Joel por su rareza y frialdad, aunque ellos lo consideraban «altanería». Sus padres adoptivos advirtieron pronto que no encajaba en los modelos normales, por lo que le sacaron de la escuela y le compraron los libros y material que deseaba. Pudieron hacerlo porque cuando Joel tenía seis años patentó, a nombre de su padre, mejoras en la maquinaria agrícola, y la familia disfrutó de una posición más que acomodada. Él siempre había sido un «buen chico», tanto como podía serlo. No tuvieron motivo alguno para arrepentirse de haberle adoptado, pero aquella situación había sido tan dramática como la de la gallina que ha criado patitos y los ve un día nadar alejándose de ella.
Los años en Harvard habían representado pura felicidad, una orgía de aprendizaje, de conversaciones y amistad con los mayores, quienes veían en aquel niño solemne un ser igual que ellos. Tampoco entonces había gozado de vida social, pero no le había importado: los estudiantes eran torpes y le producían cierto espanto. Pronto aprendió a escaparse de la publicidad. Al fin y al cabo, los genios precoces no eran del todo desconocidos. Su único problema grave se produjo con un psiquiatra que deseaba que Joel fuera más «normal». Se rió burlonamente al recordar las formas algo diabólicas que empleó para lograr asustar al hombre y conseguir que le dejara totalmente solo.
Pero al final encontró limitaciones en la vida. Le resultó de un absurdo extremo el asistir a conferencias sobre temas obvios y encargarse de problemas que ya habían sido resueltos miles de veces con anterioridad. Los profesores empezaron a parecerle aburridos, tanto más cuando podía anticipar las respuestas a preguntas y observaciones que les formulaba. Además, tales respuestas se repetían una y otra vez.
Ya hacía mucho tiempo que era consciente de su verdadera naturaleza, aunque había tenido el buen sentido de no revelarlo. Y empezó a forjarse un sueño: ¡encontrar a los suyos!
¿Qué utilidad tenía todo lo que hacía, si los niños de su especie debían emplear todas aquellas fuerzas como juguetes, y hasta sus descubrimientos más importantes serían tan conocidos para su civilización como el fuego para la del hombre? ¿Cómo podía enorgullecerse de sus logros, si ni uno sólo de los bobos animales que los contemplaban podía exclamar «¡Bien hecho!», tal como correspondía? ¿Qué compañerismo podría disfrutar con criaturas ciegas y estúpidas que enseguida eran tan predecibles como sus máquinas? Con quién podría pensar?
Se sumió salvajemente en el trabajo con el único objetivo de obtener dinero. No le resultó difícil. En cinco años se convirtió en multimillonario, disponiendo de agentes que le descargaban de preocupaciones y responsabilidades, teniendo libertad para hacer lo que quería: preparar su huida.
¡Cuan tediosas, insulsas, anticuadas e inútiles me parecen todas las costumbres de este mundo!
¡Pero no de todos los mundos! En alguna parte, en algún lugar entre la multitud de estrellas...
La interminable noche se iba consumiendo.
—¿Por qué viniste aquí? —preguntó Margaret.
Su voz, enmudecida por la desesperación, había recobrado la
calma.
—Buscaba soledad. Y la sociedad humana iba resultándome
cada vez más insoportable. Margaret dio un respingo.
—¿Has descubierto un modo de construir una astronave más rápida que la luz?
—No. Nada de lo que he descubierto indica que haya forma de vencer la limitación de Einstein. Debe de haber una manera, pero no puedo encontrarla. No es muy sorprendente, en realidad. Nuestro niño salvaje no podría diseñar una nave oceánica, es lo más probable.
—Entonces, ¿cómo esperas salir del sistema solar?
—Pensé en una astronave, tripulada automáticamente, que fuera de estrella en estrella mientras yo aguardaba en animación suspendida. —Hablaba del asunto con toda tranquilidad, como si se tratara de reparar un grifo averiado—. Pero era totalmente impracticable. Es imposible que mi gente viva cerca de aquí, o de lo contrario habríamos tenido más señales de ellos y no un simple siniestro. Quizá no vivan en esta Galaxia, pero dejaré esta idea como último recurso.
—Pero tú y tu madre debisteis utilizar algún tipo de nave. ¿No se encontró nada de ella?
—Sólo los fragmentos cristalinos que te mencioné. Y esto me hace pensar en que mi especie no use naves espaciales. Quizá disponen de algún sistema de transmisión de materia. No, mi esperanza fundamental es que una señal de socorro pueda hacerlos venir en mi ayuda.
—Pero si viven a tantos años luz de distancia...
—He descubierto un extraño tipo de..., bueno, digamos radiación, aunque no tiene ninguna relación con el espectro electromagnético. Campos de energía vibrando de cierta manera producen efectos detectables en un sistema similar muy apartado del primero. Podría compararse, salvando las distancias, con un antiguo radiotransmisor funcionando a base de descargas eléctricas. Lo que importa es que dichos efectos sean transmitidos sin un retraso temporal apreciable y sin menguar con la distancia.
En otro momento, Margaret se habría mostrado entusiasmada, pero ahora...
—Sí, ya comprendo —dijo—. Una especie de ultraonda. Pero si no hay efectos de tiempo o distancia, ¿cómo puede seguirse la señal? Carecerá de dirección, a menos que puedas dirigirla.
—No puedo hacerlo... todavía. Pero he grabado un sistema de pulsaciones que se corresponden con la disposición estelar en esta parte del universo. Cada pulsación corresponde a una estrella; su intensidad, a la magnitud absoluta; y la separación, medida en tiempo, de las otras pulsaciones, a la distancia de las otras estrellas.
—Pero esa representación es unidimensional, y el espacio es tridimensional.
—Lo sé, no es tan sencillo como lo he dicho. El problema de esta representación fue un interesante caso de topología aplicada. Tardé una semana larga en resolverlo. Si te interesan los cálculos, tengo mis notas por ahí... En cualquier caso, si mi especie detecta las pulsaciones les resultará muy fácil deducir lo que pretendo decir. He situado al Sol al principio de cada serie de pulsaciones, por lo que sabrán, incluso, en qué estrella particular me encuentro. El universo no puede contener muchas configuraciones exactamente iguales a ésta, y yo les he proporcionado un punto de referencia. Tengo un aparato que emite automáticamente mi llamada. Ahora sólo me resta esperar.
—¿Cuánto tiempo has esperado ya? Joel arrugó la frente.
—Todo un año..., y sin respuesta alguna. Estoy preocupado. Quizá deba ensayar otra solución.
—Tal vez ellos no empleen tu ultraonda. Podría estar en desuso en su civilización.
—Sí, tal vez. Pero ¿qué otra cosa puedo hacer?
Margaret guardó silencio. Joel se removió en el sillón y suspiró.
—Ésa es toda la historia, Peggy —dijo. Ella asintió en silencio.
—No te preocupes por mí —prosiguió Joel—. Estoy perfectamente. Mi investigación es interesante, me gusta este sitio y soy más feliz de lo que fui durante muchísimo tiempo.
—Me temo que no es mucha felicidad.
—No, pero... Mira, Peggy, ya sabes quién soy. Un monstruo, más extraño para ti que un mono. No te será difícil olvidarme.
—Más de lo que tú crees, Joel. Te quiero. Siempre te querré.
—Pero, Peggy, eso es absurdo. Supón que viviéramos juntos. Nunca tendríamos hijos..., aunque supongo que eso no importa demasiado. Pero no tendríamos nada en común, nada. No podríamos hablar, compartir cualquiera de los mil detalles que dan forma a un matrimonio... A duras penas podríamos trabajar juntos. Ya no puedo vivir en la sociedad humana y tú perderías pronto a todas tus amistades, te quedarías tan sola como yo. Y al final envejecerías, tus energías decaerían y morirían, mientras yo me aproximaba a la madurez. Peggy, ninguno de los dos lo soportaría.
—Losé.
—Langtree es un hombre excelente. Te será fácil amarle. Y además, no tienes derecho a negar a tu especie una herencia tan magnífica como la tuya.
—Tal vez tengas razón.
Joel puso su mano bajo la barbilla de Margaret y obligó a la muchacha a que le mirara.
—Tengo ciertos poderes sobre la mente —dijo con lentitud—. Si colaboras, podría orientar tus sentimientos hacia lo que te he dicho.
Margaret se apartó de él. Sus ojos, muy abiertos, reflejaban temor.
—No...
—No seas tonta. Tan sólo se trataría de hacer ahora lo que el Paso del tiempo hará de todas formas. —La sonrisa de Joel era cansina, forzada—. En realidad, soy una persona muy fácil de olvidar, Peggy.
Su voluntad era demasiado poderosa. Irradiaba de él, de sus brillantes ojos y de sus facciones delicadamente esculpidas, casi humanas. Emanaba en inmensas oleadas de somnolencia de su cerebro telepático, incluso parecía fluir por sus diminutas manos. Era inútil resistir, ¿para qué? Ceder, ceder y dormir. ¡Se sentía tan cansada!
Por fin, Margaret accedió. Joel sonrió con aquella sonrisa que ella conocía tan bien. Joel empezó a hablar.
Ella nunca recordaría lo que pasó después. Todo se limitó a un confuso estado de semiinconsciencia, una voz dulce que susurraba en su cabeza, un rostro vislumbrado a través de la niebla fluctuante, una máquina que producía chasquidos y zumbidos, lucecitas que fulguraban y se retorcían en la oscuridad... Sus recuerdos estaban agitados, turbios. Cosas que había olvidado durante la mayor parte de su vida emergieron en la superficie del enturbiado estanque que era su memoria. Hasta le dio la impresión de que su madre estaba junto a ella.
Al amanecer, vago y brumoso, Joel la dejó partir. Margaret estaba muy tranquila, inhumanamente sosegada. Contempló a Joel con la mirada fija y vacía de una sonámbula y su voz no reflejó matiz alguno. Todo pasaría, pronto recuperaría la normalidad, aunque Joel Weatherfield sería un mero recuerdo sin tintes emotivos, un fantasma alojado en alguna parte de su mente.
Un fantasma. Joel estaba tremendamente cansado; su fuerza y su voluntad se habían agotado. Él no era de este mundo; era una sombra que debía haber estado revoloteando entre las estrellas. Pero la luz del sol terrestre eliminaba esa sombra.
—Adiós, Peggy —dijo—. Guarda mi secreto. Que nadie sepa dónde estoy. Y que la suerte te acompañe siempre.
—Joel... —Margaret se detuvo en la puerta de la cabaña, con un gesto de preocupación en sus facciones—. Joel, si puedes pensar en mí de ese modo, ¿no podrá tu especie hacer lo mismo?
—Claro que sí. ¿Por qué lo dices? —Por primera vez no conocía la respuesta. Había cambiado mucho la mente de Margaret, no podía predecir sus reacciones.
—Es que... ¿Por qué van a preocuparse de dispositivos como tu ultraonda para hablar entre ellos? Deberían ser capaces de recorrer las estrellas con sus pensamientos.
Joel parpadeó. Había tenido esa idea, pero no la había desarrollado demasiado. La preocupación por su trabajo se lo había impedido.
—Adiós, Joel.
Margaret se alejó entre la húmeda y grisácea bruma. Un temprano rayo de sol se coló por alguna hendidura y fulguró un instante en el cabello de la mujer.
Joel permaneció en la puerta de la cabaña hasta que la perdió de vista. Luego estuvo durmiendo la mayor parte del día. Cuando despertó, empezó a meditar.
¡Por lo más sagrado, Peggy tenía razón! Se había sumergido con demasiada profundidad en los problemas puramente técnicos de la ultraonda, y luego en una investigación matemática que ayudara a soportar la espera. Y así, no había podido considerar la lógica fundamental de la situación. Pero esto..., sí, tenía sentido.
Sólo tenía una vaguísima noción de los poderes potenciales de su mente. La ciencia física le había ofrecido una salida muy fácil. No podía esperar, sin ayuda, ir muy lejos en tales estudios. Un niño salvaje humano podría haber heredado el genio de un matemático, pero a menos que su propia especie lo encontrara e instruyera, nunca comprendería las reglas fundamentales de la aritmética, ni las de la sociedad, ni sabría hablar o realizar cualquiera de las actividades que diferenciaban al hombre de los animales. La herencia del desarrollo prehumano y de la primera época del hombre como tal era una carga impresionante. Un hombre, solo, no podía resumir toda una vida cuando su medio ambiente no contenía indicación alguna del camino particular que sus antepasados habían seguido.
Pero aquellos centros nerviosos y cerebrales, ahora inútiles, debían tener su utilidad. Joel sospechaba que se trataba de medios de control directo sobre la mayor parte de fuerzas elementales existentes en el universo. Telepatía, telequinesia, precognición..., ¿qué herencia divina le había sido negada?
Sea como fuere, parecía que su especie había superado la necesidad de mecanismos físicos. Con una comprensión total de la estructura del continuo espacio-tiempo-energía, controlando a través de 'a voluntad sus procesos básicos, se proyectarían ellos mismos, o sus Pensamientos, de estrella en estrella, crearían lo que necesitaran mediante el simple pensamiento... y no prestarían atención a los absurdos de las especies inferiores.
¡Una perspectiva fantástica, aturdidora! Joel contuvo la respiración ante la deslumbrante visión que se abría a sus ojos.
Volvió a la realidad. El problema inmediato consistía en ponerse en contacto con su especie. Debía estudiar las fuerzas telepáticas que casi había ignorado hasta entonces.
Emprendió un trabajo febril. El tiempo se convirtió en un absurdo para él, en una sucesión de días y noches, luz menguante, nieve amontonándose, el lento retorno de la primavera... El trabajo había sido siempre su única preocupación; ahora devoraba hasta el último de sus pensamientos. Incluso en los períodos de descanso y ejercicio forzó su mente a que no abandonara el problema, mordisqueándolo como un perro haría con un hueso. Y poco a poco, muy lentamente, su comprensión fue engrandeciéndose.
La telepatía no se correspondía directamente con las pulsaciones cerebrales mediante un encefalograma. Tales pulsaciones eran subproductos, débiles y de corto alcance, de la actividad de las células nerviosas. La telepatía, controlada adecuadamente, recorría un espacio intermedio ignorando con insolencia el tiempo. Decidió que se trataba de otra parte de lo que él había denominado espectro de la ultraonda, relacionado con la gravitación como un efecto de la geometría tetradimensional. Pero mientras los efectos gravitacionales eran un producto de la presencia de materia, los efectos de ultraondas cobraban vida cuando vibraban determinados campos de energía. Sin embargo, no aparecían a menos que en alguna parte existiera un receptor convenientemente sintonizado. Los efectos de ultraonda parecían ser «conscientes», en cierto modo, de la existencia de un oyente, incluso antes de que se produjeran. El hallazgo le sugirió fascinantes especulaciones en torno a la naturaleza del tiempo, pero no las tomó en consideración. Su especie sabría más del asunto de lo que él pudiera averiguar trabajando solo.
Pero el concepto de ondas era difícilmente aplicable a algo que viajaba con una «velocidad infinita» (un término semánticamente pobre, pero conveniente). Podía asignar una frecuencia, la de los campos generadores de energía, a una ultraonda, pero entonces la longitud de onda sería infinita. Era mejor pensarlo en términos vectoriales, y dejar de lado todas las analogías a base de imágenes.
Su sistema nervioso no contenía las ultraenergías, siempre omnipresentes, inherentes a la misma estructura del cosmos. Pero sus centros telepáticos, sometidos a un entrenamiento adecuado, estaban en cierta forma acoplados a ese gran flujo fundamental, podían imponer sobre él las vibraciones deseadas. Supuso que sus otros centros podrían controlar, de modo similar, tales fuerzas y crear, destruir o transformar la materia, atravesar el espacio, escudriñar los posibles mundos pasados y futuros...
Era incapaz de hacerlo. Joel no iba a averiguar lo que precisaba, ni siquiera dedicando toda su vida a ello. Aunque fuera literalmente inmortal, existía la posibilidad de que nunca descubriera lo que precisaba saber. Su mente había sido educada según los modelos de pensamiento humanos, y su problema estaba más allá de la capacidad intelectual humana.
«Todo cuanto necesito es enviar una llamada clara...»
Joel pugnó por lograrlo. Durante las eternas noches invernales estuvo en la cabaña luchando para gobernar su cerebro. ¿Cómo enviar un alarido a las estrellas?
«Dime, niño salvaje, ¿cómo resolver una ecuación diferencial parcial?»
Tal vez parte de la respuesta yacía en su propia mente. El cerebro posee dos tipos de memoria, la «permanente» y la «circulante». En apariencia, la primera no se pierde nunca. Se retira al subconsciente, pero sigue allí y puede recuperarse. Siendo un niño, un bebé, habría observado detalles, memorizado imágenes de aparatos y sentimientos de vibración. Su mente madura podía analizarlo todo ahora.
Joel practicó la autohipnosis, empleando una máquina que construyó a tal fin, y volvieron los recuerdos: calor, luz, grandes fuerzas vibrantes... Sí, sí, un motor extraño, podía verlo resonando y fluctuando ante él. Tardó algunos minutos en traducir las extrañas impresiones infantiles a su actual visión sensitiva, pero cuando lo consiguió tuvo una clara imagen de... algo.
Era una ayuda, una pequeña ayuda. Le sugirió ciertos tipos de montajes, modelos empíricos en los que no había pensado nunca. Y POCO a poco, muy lentamente, empezó a progresar.
Una ultraonda no puede existir sin receptor. Y por lo mismo, Joel no podía enviar un pensamiento a su especie a menos que un individuo de ella estuviera escuchando esa «onda» especial: el tipo de frecuencia, modulación y otras características físicas. Y su mente, carente de entrenamiento, no emitía en esa «onda». No podía hacerlo, no podía adivinar la forma de onda del pensamiento normal de su especie. Su problema era similar al de un hombre que, hallándose en un país extranjero, debiera inventar el idioma de aquel país antes de poder comunicarse, estando incapacitado de escucharlo y sabiendo tan sólo que sus formas fonéticas, gramaticales y semánticas eran totalmente distintas de las de su lenguaje nativo.
¿Un problema insoluble? No, tal vez no. Su mente carecía de capacidad para enviar un mensaje a las estrellas, no podía hacerse entender. Pero una máquina no tenía tales limitaciones.
Podía modificar su ultraonda, que ya tenía la potencia. Se trataba únicamente de suministrarle coherencia. Podía introducir en ella un factor variable, un mecanismo que transformara la forma de onda básica en todas y cada una de las combinaciones de características concebibles, emitiendo millones y millones de formas por segundo. Y además, la onda variable podría ser modulada para contener sus propios pensamientos. Cuando la máquina entrara en resonancia con cualquier posible receptor —aunque se encontrara a millones de años luz— generaría una ultraonda y cesaría la emisión del elemento variable. Y entonces, Joel podría permanecer en aquella banda y examinarla a su gusto.
Tarde o temprano, una de las bandas que detectara sería la de la de su especie. Y ello le permitiría conocerla.
Una vez terminado, el aparato ofreció un aspecto tosco y deforme, una confusa mezcla de conductores enmarañados, válvulas resplandecientes y energías cósmicas turbulentas. Una de las salidas conectaba con una cinta metálica que, una vez fijada en la cabeza, permitía a Joel imponer su modelo de ultraonda básico sobre el factor variable, y realimentar su cerebro con todo lo que se recibiera. Joel se acomodó en su camastro, junto al tablero de mandos, y conectó la máquina.
Vagos susurros, sombras deslizándose, extrañeza emergiendo de las turbias profundidades de su mente... Esbozó una tenue sonrisa, conteniendo la fría aprensión que brotaba de sus nervios agotados, y empezó a practicar con el aparato. Ni él mismo estaba seguro de todas sus características, y tardaría algún tiempo antes de dominar enteramente su modelo mental.
Silencio, oscuridad, un instante de ofuscamiento cuando el factor variable entra en resonancia: una onda cobra vida y resuena en el cerebro de Joel. A través de los ojos de Margaret ve una mesa y el rostro de Langtree. Velas, una pequeña orquesta de cuerda actuando en segundo término... Y luego los desiguales contornos de una ciudad que los hombres no habían construido jamás, alzándose hacia un cielo nuboso en tanto que un mar extrañamente apaciguado y denso se arroja contra los muros...
Capta también un pensamiento que recorre velozmente las estrellas. Pero no pertenece a su especie; es una gran llamarada blanca, un sol que explota en su cabeza, y frío, mucho frío...
Joel dio un alarido. Transcurrió una semana antes de que se atreviera a reanudar sus experimentos.
La respuesta se presentó al atardecer de un día de primavera. La primera vez su emoción fue tan inmensa que perdió el contacto. Temblando, luchando por calmarse, trató de reproducir el modelo exacto que su propio cerebro, al igual que la máquina, había estado enviando. ¡Calma, calma! La mente infantil había estado navegando entre sueños nebulosos. Así, pues...
Un niño. Porque su cerebro, inseguro e incontrolable, no podía resonar con ninguna de las mentes adultas, soberbiamente entrenadas, de su especie.
Pero un bebé no se expresa en ningún idioma. Su mente, amorfa, se desliza de un modelo a otro, carece de hábitos, es inconstante; un idioma determinado es tan bueno como cualquier otro, no hay diferencias. Las leyes que rigen el azar habían llevado a Joel a toparse con el modelo mental que emitía en aquel momento un infante de su especie.
Joel restableció el contacto. Sintió aquel calor hormigueante, delicioso, maravilloso, fluyendo por todo su ser. Era como un río en un desierto polvoriento, un sol atenuando el frío de la soledad absoluta en la que los humanos eran desde que nacen hasta que llegan al fin de sus cortas y absurdas vidas. Joel ajustó su mente a la del bebé, dejando que las dos corrientes de conciencia fluyeran a la Par cual un río dirigiéndose al poderoso océano de la raza.
El niño salvaje se arrastró hasta salir de la selva. Los lobos, los Peludos cuadrúpedos que habían sido sus hermanos de cueva, caza y oscuridad, aullaron a su espalda, pero él no los escuchaba. Se inclinó sobre la cuna del bebé y el desordenado cabello cayó sobre su flaco y estúpido rostro. Observó al niño con una excitación producto del temor y el asombro. El bebé alargó su mano, pequeña y delicada estrella de mar, y el niño salvaje extendió hacia ella sus retorcidos dedos, temblando al comprobar que aquella garra era igual que la suya.
Ahora sólo tenía que aguardar a que algún adulto examinara la mente del niño. No transcurriría mucho tiempo, y, mientras tanto, Joel descansó en la paz eterna y adormeciente de la primera infancia.
En alguna parte del espacio exterior, tal vez en un planeta de un sol que ningún terrestre podría contemplar jamás, el bebé reposaba en una cuna de cálidas, vibrantes energías. No estaba encerrado en una habitación, sino en una oscuridad incomprensible para cualquier humano, iluminada por destellos de la energía que producían las estrellas.
El niño sintió la proximidad de algo que significaba calor y suavidad, dulzura en los labios y susurro en la mente. Prorrumpió en balbuceos de gozo y alzó las manos hacia las sombras temblorosas de la habitación. La mente de su madre se apresuró a envolverlo.
¡Un grito!
Frenéticamente, Joel trató de llegar hasta la mente de la madre, emitiendo una y otra vez el modelo de vibraciones posicionales que debían llegar hasta el cerebro de ella a través del bebé. La perdió, su mente fue debilitándose por momentos, y... No, no, alguien más estaba intentando llegar hasta él, alguien que analizaba las características de la máquina y las salvajes vibraciones de Joel, y que se adaptaba suavemente a estas últimas.
Una voz profunda, potente, inconfundiblemente masculina, aunque no sabía el porqué, resonó en su cerebro. Joel se calmó y permitió que la otra mente gobernara la suya, limitándose a emitir sus señales.
Ellos tardarían algún tiempo en analizar el significado de su llamada. Joel permaneció en un estado de semiinconsciencia, sabedor de que una sección de la mente extraña mantenía un contacto íntimo con él y que todas las demás secciones buscaban y convocaban otras mentes a través del universo, solicitando ayuda e información.
Había triunfado. Joel pensó en la Tierra como en sueños, con cierta nostalgia. Le resultó extraño que, precisamente entonces, su mente se solazara en las pequeñas cosas que había dejado tras de sí: una puesta de sol en Arizona, un ruiseñor a la luz de la luna, el ruboroso rostro de Peggy inclinándose sobre un instrumento a su lado, cerveza, música, pinos al viento...
«¡Oh, pero mi especie...! Se acabó la soledad...»
Decisión. Una sensación de caída, de precipitarse hacia el Sol atravesando un torbellino de estrellas. ¡Aproximación!
Aquel ser debía localizarle en la Tierra. Joel trató de representar un mapa, aunque el modelo mental que su cerebro emitiera para visualizar algo en particular carecería de sentido para la mente del otro. Pero tal vez fuera una ayuda, por más difusa que pareciera.
Y quizá ayudó. De repente desapareció la banda telepática, pero se produjo un aluvión de otros impulsos, fuerzas vitales como una llamarada, la proximidad de un dios. Joel, a trompicones y jadeando abrió de un golpe la puerta.
La Luna se elevaba sobre las oscuras colinas, iluminando vagamente los árboles, los montículos de nieve y el humedecido suelo. El aire era helado, húmedo, cortante.
El ser que se encontraba allí, perfilado en la brillantez de sus ropas, era más alto que Joel, un adulto. Sus ojos circunspectos fulguraban tanto que era imposible mirarlos y daba la sensación de que su constitución interna fuera pura incandescencia. Toda la fuerza de su mente se expandió, rodeando a Joel, penetrando en su interior, recorriendo cada una de sus células y nervios...
Joel chilló de dolor y cayó de rodillas. La irresistible fuerza se suavizó y quedó reducida a un zumbido en su cerebro que hacía vibrar cada molécula. Joel estaba siendo estudiado, analizado; ni la más ínfima parte podía ocultarse de aquellos terribles ojos y de la lógica que escrutaba en él mucho más de lo que el mismo Joel pudiera conocer. Su deformado lenguaje telepático era de pronto inteligible para el observador. Joel gruñó su petición.
La respuesta contenía piedad, pero tan remota e inexorable como los truenos sobre el Olimpo.
Muchacho, es demasiado tarde. Tu madre debió de caer en un remolino de energía... y obligada a... sobre la Tierra. Tú has sido educado por animales.
Piensa, muchacho. Piensa en los niños salvajes de esta especie. Cuando fueron rescatados por su propia gente, ¿acaso se convirtieron en humanos? No, fue demasiado tarde. Los rasgos básicos de la Personalidad quedan determinados en los primeros años de la infancia, y sus atributos específicamente humanos se han atrofiado por el desuso.
Es muy tarde, demasiado tarde. Tu mente ha quedado apresada en un modelo rígido y limitado. Tu organismo se ha adaptado de modo distinto al preciso para comprender y gobernar las fuerzas que nosotros utilizamos. Incluso necesitas una máquina para hablar.
Ya no perteneces a nuestra especie.
Joel continuó acurrucado en el suelo, tembloroso, sin querer pensar, sin atreverse a intentarlo.
Los truenos retumbaban en su cabeza.
No podemos permitir que interfieras en la educación mental apropiada de nuestros hijos. Y puesto que tampoco puedes reunirte con tu especie, sino que debes adaptarte lo mejor que puedas a la de este mundo, la decisión más favorable e inteligente que podemos tomar es la de efectuar determinados cambios. Tus recuerdos y los de otros humanos, tu organismo, el trabajo que estás haciendo y el que has hecho...
Otros seres extraños poblaron la noche. Los dioses, seres terribles y fulgurantes, llegaban a la Tierra para examinar todos y cada uno de los fragmentos de experiencia de Joel y emitir sus dictámenes sobre ellos. La oscuridad se abatió sobre él y cayó para siempre en el olvido.
Estaba en el lecho cuando despertó. Le extrañó sentirse tan cansado.
Bien, la investigación del rayo cósmico había constituido un trabajo duro y solitario. ¡Gracias al cielo y a su buena estrella había concluido! Se tomaría unas bien ganadas vacaciones y volvería al hogar. ¡Qué alegría, ver otra vez a sus amigos!... Y a Peggy.
El doctor Joel Weatherfield, joven y eminente físico, se levantó eufórico y empezó a prepararse para el retorno al hogar.

FIN

EL FANTASMA -- ENRIQUE ANDERSON IMBERT

Escrito por imagenes 22-04-2009 en General. Comentarios (2)

EL FANTASMA -- ENRIQUE ANDERSON IMBERT

El fantasma
Enrique Anderson Imbert



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Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha...Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! - Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo - pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver - jaula vacía - y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
- ¡No entres! - gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
- ¡Cállate! ¡lo has echado todo a perder! - gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre.
Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas.
En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Si... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural !
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.