IMAGENES . ENLACES

EL COHETE -- RAY BRADBURY

Escrito por imagenes 19-04-2009 en General. Comentarios (8)

EL COHETE -- RAY BRADBURY

El Cohete
Ray Bradbury


..
Muchas noches, Fiorello Bodoni se despertaba para escuchar los cohetes que
pasaban suspirando por el cielo oscuro.
Mientras su buena esposa estaba soñando, se levantaba y salía de puntillas al
aire de la noche. Durante unos momentos no sentiría el olor a comida vieja de la
casita junto al río. Después de permanecer un rato en silencio, dejaría que su
corazón volase hacia el espacio, siguiendo a los cohetes.
Ahora, esta noche, estaba medio desnudo en la oscuridad, observando los
surtidores de fuego que murmuraban en el aire. ¡Los cohetes en sus largos y
veloces viajes a Marte, a Saturno, a Venus!
-Bien, bien, Bodoni.
Bodoni se sobresaltó.
Sobre un cajón, junto al río silencioso, estaba sentado un anciano que también
contemplaba los cohetes en la medianoche tranquila.
-¡Oh, eres tú, Bramante!
-¿Sales todas las noches, Bodoni?
-Sólo a tomar aire.
-¿Sí? Yo prefiero mirar los cohetes -dijo el viejo Bramante-. Yo era casi un
niño cuando empezaron a volar. Hace ochenta años. Y todavía no he estado en
ninguno.
-Yo haré un viaje uno de estos días -dijo Bodoni.
-No seas tonto -dijo Bramante-. Nunca lo harás. Este mundo es para los ricos.
-Sacudió la cabeza gris, recordando-. Cuando yo era joven, alguien escribió un
anuncio con letras de fuego: «¡EL MUNDO DEL FUTURO. Ciencia, Confort y
Novedades para todos!». ¡Bah! Ochenta años. El futuro ha llegado. ¿Volamos en
cohetes? No. Vivimos en casuchas como nuestros padres.
-Acaso mis hijos... -dijo Bodoni.
-¡No, ni los hijos de tus hijos! -gritó el anciano-. ¡Sólo los ricos tienen sueños y
cohetes!
Bodoni vaciló.
-Bramante, tengo ahorrados tres mil dólares. Me costó seis años reunirlos. Los
destinaba a mi taller, para invertirlos en maquinaria. Pero, desde hace un mes,
todas las noches me despierto en la cama y oigo los cohetes. Pienso en ellos. Y
esta noche me he decidido. ¡Uno de nosotros irá a Marte!
Los ojos de Bodoni eran brillantes y oscuros.
-Idiota -estalló Bramante-. ¿A quién eligirás? ¿Quién irá? Si vas tú, tu mujer te
aborrecerá, porque en el espacio habrás estado un poco más cerca de Dios. Cada
vez que le cuentes tu asombroso viaje, ¿no se sentirá roída por la amargura?
-No, no.
-¡Sí! ¿Y tus hijos? ¿No se pasarán la vida pensando en su padre, que voló hasta
Marte mientras ellos se quedaban aquí? ¡Qué obsesión insensata impondrás a tus
hijos! Pensarán en el cohete toda su vida. No dormirán por la noche. Enfermarán
de deseo. Lo mismo que tú ahora. Desearán la muerte si no pueden conseguir ese
viaje. No les despiertes ese sueño, te lo aconsejo. Déjalos vivir contentos en su
pobreza. Haz que miren sus manos y a tu chatarra, no hacia las estrellas.
-Pero...
-Supón que vaya tu mujer. ¿Cómo te sentirás sabiendo que ella ha visto y tú no?
No podrás ni mirarla. Desearás arrojarla al río. No, Bodoni, cómprate una nueva
excavadora, la necesitas, y aparta esos sueños, hazlos pedazos.
El anciano se calmó, con los ojos clavados en el río, en el cual se ahogaban
imágenes de cohetes cayendo en llamas desde el cielo.
-Buenas noches -dijo Bodoni.
-Que duermas bien -dijo el otro.
Cuando la tostada saltó de su caja de plata, Bodoni casi dio un grito. No había
dormido en toda la noche dando vueltas y vueltas. Entre sus nerviosos niños, al
lado de su voluminosa mujer, Bodoni había reflexionado. Bramante tenía razón.
Era mejor invertir el dinero. ¿Para qué guardarlo si sólo un miembro de la familia
podría viajar en el cohete? Los otros se sentirían sumidos en el desengaño.
-Fiorello, come tu tostada -dijo María, su mujer.
-Tengo la garganta irritada -dijo Bodoni.
Los niños entraron corriendo. Los tres varones luchaban por la posesión de un
cohete de juguete; las dos niñas traían unas muñecas que representaban a los
habitantes de Marte, Venus y Neptuno: maniquíes verdes con tres ojos amarillos y
manos de seis dedos.
-¡Yo vi el cohete de Venus! -gritó Paolo.
-Despegó haciendo siiiii... -silbó Antonello.
-¡Niños! -gritó Bodoni, tapándose los oídos.
Los niños lo miraron. Bodoni rara vez gritaba.
El hombre se levantó.
-Escuchad todos -dijo-. Tengo dinero suficiente para que uno de vosotros
vaya en el cohete a Marte.
Todos se pusieron a gritar.
-¿Comprendéis? -preguntó-. Sólo uno de nosotros. ¿Quién?
-¡Yo, yo, yo! -gritaron los niños.
-Tú -dijo María.
-Tú -dijo Bodoni.
Todos callaron.
Los niños pensaron un poco.
-Que vaya Lorenzo..., es el mayor.
-Que vaya Miriam..., es la más chica.
-Piensa en todo lo que verás -dijo María a Bodoni. Pero sus ojos tenían una
extraña expresión. Su voz temblaba-. Los meteoros, como peces. El Universo.
La Luna. Debería ir alguien que luego pueda contarnos todo eso. Siempre tuviste
facilidad de palabra.
-Tonterías. Tú también la tienes -objetó Bodoni.
Todos temblaban.
-Venid aquí -dijo Bodoni tristemente. De una escoba arrancó varias pajitas de
distinta longitud-. La más corta, gana.-Mantuvo el puño cerrado-. Escoge.
Solemnemente, todos sacaron su pajita.
-Larga.
-Larga.
Otro:
-Larga.
Los niños habían terminado. La habitación estaba en silencio.
Quedaban dos pajitas. Bodoni sintió que el corazón le dolía en el pecho.
-Vamos, María -suspiró.
María tiró de la pajita.
-Corta -dijo.
-Ah -suspiró Lorenzo, mitad feliz, mitad triste-. Mamá va a Marte.
Bodoni trató de sonreír.
-Felicidades. Hoy mismo te compraré el pasaje.
-Espera, Fiorello...
-Puedes salir la semana próxima -murmuró él.
María miró los ojos tristes de los niños y las sonrisas bajo las narices largas y
rectas. Devolvió la pajita lentamente a su marido.
-No puedo ir a Marte.
-¿Por qué no?
-Pronto llegará otro niño.
-¿Qué?
Ella no lo miraba.
-No me conviene viajar en este estado.
Bodoni la tomó por el codo.
-¿Es verdad eso?
-Probad suerte otra vez.
-¿Por qué no me lo dijiste antes? -preguntó Bodoni, incrédulo.
-Se me olvidó.
-María, María... -suspiró, dándole palmaditas en la cara. Se volvió a los
niños-: Empecemos de nuevo.
Paolo sacó inmediatamente la pajita corta.
-¡Voy a Marte! -gritó, dando saltos como un salvaje-. ¡Gracias, papá!
Los otros niños dieron un paso atrás.
-Eso es magnífico, Paolo.
Paolo dejó de sonreír y examinó detenidamente a sus padres, hermanos y
hermanas.
-¿Puedo ir, no es cierto? -preguntó con incertidumbre.
-Sí.
-¿Y me seguiréis queriendo cuando regrese?
-Naturalmente.
Paolo estudió con mano temblorosa la preciosa pajita, la dejó caer meneando la
cabeza.
-Había olvidado que comienza la escuela. No puedo ir. Sacad otra vez.
Pero ninguno quiso hacerlo. Una gran tristeza los envolvía.
-Ninguno de nosotros irá -dijo Lorenzo.
-Será lo mejor -dijo María.
-Bramante tenía razón -concluyó Bodoni.
Después de desayunar, Fiorello Bodoni se puso a trabajar en el depósito de
chatarra, cortando el metal, fundiéndolo, vaciándolo en lingotes útiles. Se rompían
sus herramientas. La competencia lo estaba arrastrando hacia la desgraciada
orilla de la pobreza desde hacía veinte años. Aquella era una mala mañana.
-Por la tarde entró un hombre en el depósito y llamó a Bodoni, que trabajaba en
su máquina de trocear.
-Eh, Bodoni, tengo metal para ti.
-¿Qué es, señor Matthews? -preguntó Bodoni con indiferencia.
-Un cohete. ¿Qué hay de malo en ello? ¿No lo quieres?
-¡Sí, sí! -Tomó al hombre por el brazo y se detuvo perplejo.
-Claro que es sólo una maqueta -dijo Matthews-. Ya sabes. Cuando proyectan
un cohete, consytruyen primero un modelo de aluminio, a tamaño natural. Puedes
ganar algo fundiéndolo. Te lo dejaré por dos mil...
Bodoni dejó caer la mano.
-No tengo dinero.
-Lo siento. Pensé que podría ayudarte. La última vez me dijiste que todos los
otros se llevaban la chatarra. Creí que yo te hacía un favor. Bueno...
-Necesito nuevas herramientas. He ahorrado para eso.
-Comprendo.
-Si compro el cohete, no podré fundirlo. Mi horno de aluminio se vino abajo la
semana pasada.
-Ya lo sé.
-Posiblemente no podré utilizar el cohete si se lo compro a usted.
-Lo comprendo.
Bodoni parpadeó y cerró los ojos. Los abrió después y miró al señor Matthews.
-Pero soy un tonto. Sacaré mi dinero del banco y le compraré el cohete.
-Pero si no puedes fundirlo ahora...
-Mándemelo -dijo Bodoni.
-Conforme, si tu lo dices... ¿Esta noche?
-Esta noche -dijo Bodoni-, estaría muy bien. Sí, me gustaría tener el cohete
esta noche.
Era noche de Luna. El cohete se erguía blanco y enorme en el depósito. Tenía la
blancura de la Luna y la luz de las estrellas: Bodoni lo miraba con amor. Sentía
deseos de abrazarlo, de oprimir la cara contra el metal y contarle todos los
secretos de su corazón.
Lo miraba fijamente.
-Eres enteramente mío -dijo-. Aunque nunca te muevas, ni escupas fuego, y
te quedes ahí cincuenta años enmoheciéndote, eres mío.
El cohete tenía aroma de tiempo y de distancias. Caminar por dentro del cohete
era como hacerlo por el interior de un reloj. Estaba acabado con una precisión
suiza. Podría uno llevarlo como un dije en el bolsillo del chaleco. «Hasta podría
dormir aquí esta noche», murmuró el exaltado Bodoni.
Se sentó en el asiento del piloto.
Movió una palanca.
Bodoni zumbó con la boca cerrada, entornando los ojos.
El zumbido se elevó de tono, se hizo más intenso, más elevado, más salvaje, más
alegre, estremeciendo a Bodoni de pies a cabeza, inclinándolo hacia delante y
tirando de él y de la nave en un crujiente silencio, en una especie de grito
metálico, mientras sus manos volaban entre los controles y sus ojos cerrados le
latían, y el sonido crecía y crecía hasta ser un fuego, un impulso, una fuerza tal
que trataba de partirlo en dos. Lanzó un grito sofocado. Una vez y otra vez
zumbaba, sin parar, porque no podía detenerse; sólo podía seguir, seguir, y él iba
con los ojos cerrados y el corazón furioso.
-¡Despegamos! -gritó Bodoni con euforia-. ¡La enorme sacudida! ¡El trueno!
¡La Luna! -gritó con los ojos cerrados-. ¡Los meteoros! ¡La silenciosa
precipitación en una luz volcánica! Marte. ¡Oh, Dios! ¡Marte! ¡Marte!
Cayó hacia atrás, exhausto y jadeante. Las manos temblorosas abandonaron los
controles, y la cabeza le cayó hacia atrás, con violencia. Se quedó sentado
durante mucho tiempo, respirando anhelante, hasta que el corazón latió con más
lentitud.
Lenta, muy lentamente, abrió los ojos.
El depósito de chatarra estaba todavía allí.
Bodoni se movió. Miró durante un minuto las pilas de metal y sus ojos no se
separaban de ellas. Después, incorporándose de un salto, golpeó las palancas.
-¡Despega ya, maldito!
La nave guardó silencio.
-¡Ya te enseñaré! -gritó Bodoni.
Salió afuera, al aire nocturno, tambaleándose, puso en marcha el potente motor
de su terrible máquina demoledora y avanzó sobre el cohete. Maniobró. Los
pesados martillos se alzaron hacia el cielo iluminado por la Luna. Preparó sus
temblorosas manos para aplastar, para hacer pedazos ese sueño insolentemente
falso, esa cosa estúpida que le había costado todo su dinero, que no se movería,
que no quería obedecerle.
Pero sus manos no se movieron.
El cohete de plata se erguía a la luz de la Luna. Y más allá del cohete se veían las
luces amarillentas de su casa, en la otra manzana, luciendo afectuosamente.
Bodoni escuchó la radio familiar, donde sonaba alguna música distante. Se quedó
sentado durante media hora, pensando en el cohete y en las luces de la casa, y
sus ojos se le achicaron y se le abrieron. Bajó de la máquina y echó a andar, y
mientras caminaba comenzó a reír, y cuando llegó a la puerta trasera tomó aliento
y gritó:
-¡María, María, prepara las maletas! ¡Nos vamos a Marte!
-¡Oh!
-¡Ah!
-¡No puedo creerlo!
-Lo creerás, lo creerás.
Los niños se balanceaban en el patio atravesado por el viento, bajo el
deslumbrante cohete, sin atreverse a tocarlo. En seguida se echaron a gritar,
llorando de alegría.
María observó a su marido.
-¿Qué has hecho? -preguntó-. ¿Has gastado nuestro dinero en esto? Nunca
volará.
-Volará -dijo Bodoni mirando el cohete.
-Estas naves cuestan millones. ¿Es que los tienes?
-Volará -repitió Bodoni-. Ahora regresen todos a casa. Tengo que telefonear,
hacer algunas cosas. ¡Salimos mañana! No se lo digáis a nadie, ¿comprendéis?
Es un secreto.
Los niños, aturdidos, se alejaron del cohete. Bodoni vio sus rostros menudos y
febriles en las ventanas de la casa, a lo lejos.
María no se había movido.
-Nos arruinaste-se lamentó-. Nuestro dinero gastado en... esa cosa. Cuando
necesitabas tanto un nuevo equipo.
-Ya verás -dijo Bodoni.
Sin pronunciar una palabra, María dio media vuelta y se fue.
-Que Dios me ayude -suspiró su marido, y se puso a trabajar.
Hacia la media noche llegaron unos camiones, dejaron su carga, y Bodoni,
sonriendo, agotó su cuenta del banco. Con sopletes de soldar y tiras metálicas
asaltó el cohete, añadió, suprimió, pronunció sobre él artificios de fuego y secretos
insultos. Metió en el vacío cuarto de las máquinas viejos motores de automóvil.
Luego cerró herméticamente el cuarto, para que nadie pudiera ver su trabajo.
Al amanecer entró en la cocina.
-María -dijo-. Estoy listo para desayunar.
Ella no quiso hablarle.
A la caída de la tarde llamó a los niños.
-¡Estamos dispuestos! ¡Vamos!
La casa estaba en silencio.
-Los encerré en la despensa -dijo María.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Bodoni.
-Te matarás en ese cohete -dijo ella-. ¿Qué clase de cohete puedes comprar
con dos mil dólares? -agregó-. ¡Uno que no sirve!
-Escúchame, María.
-Estallará contigo dentro. Ni siquiera eres piloto.
-No importa, puedo hacerlo volar. Lo arreglé muy bien.
-Te has vuelto loco -dijo María
-¿Dónde está la llave de la despensa?
-La tengo aquí.
Bodoni extendió la mano.
-Dámela.
María se la dio.
-Los matarás.
-No, no.
-Sí, los matarás. Lo presiento.
Quedó en pie delante de ella.
-¿No vendrás conmigo?
-Me quedo aquí.
-Ya comprenderás; lo vas a ver -dijo Bodoni y sonrió. Abrió la puerta de la
despensa-. Vamos, chicos. Sigan a vuestro padre.
-¡Adiós, adiós, mamá!
María se quedó asomada a la ventana de la cocina, mirándolos salir, muy erguida
y silenciosa.
Ante la puerta del cohete, Bodoni dijo:
-Niños, estaremos fuera una semana. Deben regresar para ir a la escuela, y yo a
mi trabajo.-Fue cogiendo a cada uno de la mano-. Escuchen. Este cohete es
muy viejo y no volverá a volar. Éste será nuestro único viaje. Abran bien los ojos.
-Sí, papá.
-Escuchen con atención: Perciban los olores de un cohete. Sientan. Recuerden.
Así, al volver podrán hablar de esta experiencia todo el resto de vuestras vidas.
-Sí, papá.
La nave estaba quieta y en silencio, como un reloj parado. La cámara de aire se
cerró susurrando tras ellos. Bodoni los envolvió a todos como a menudas momias,
en las hamacas de caucho.
-¿Listos?
-Listos -contestaron los niños.
-Allá vamos.
Bodoni movió diez conmutadores. El cohete tronó y dio un salto. Los niños
chillaron y bailaron en sus hamacas.
-¡Aquí viene la Luna!
La Luna pasó como un sueño. Los meteoros se deshicieron como fuegos
artificiales. El tiempo se deslizó como una serpentina de gas. Los niños
alborotaban. Horas después, liberados de sus hamacas, espiaron por las
ventanillas. ¡Allí está la Tierra! ¡Allá está Marte!
El cohete despedía rosados pétalos de fuego, mientras las esferas horarias
giraban en forma vertiginosa. Los ojos de los niños se cerraban. Al fin, se
durmieron, como polillas ebrias de luz en los capullos de sus hamacas de goma.
-Bueno -murmuró Bodoni para sí.
Salió de puntillas desde la cabina de control, y se detuvo largo rato, lleno de
temor, ante la puerta de la cámara de aire.
Apretó un botón. La puerta se abrió de par en par. Bodoni salió por ella. ¿Hacia el
vacío? ¿Hacia los mares de tinta donde flotaban los gases ardientes? ¿Hacia los
años y kilómetros y las infinitas dimensiones?
No, Bodoni sonrió.
Alrededor del tembloroso cohete se extendía el depósito de chatarra.
Oxidada, idéntica, allí estaba la puerta del patio con su cadena y su candado. Allí
estaban la casita en silencio junto al agua, la iluminada ventana de la cocina, y el
río que discurría hacia el mismo mar. Y en el centro del patio, elaborando un
mágico ensueño, reposaba el estremecido y ronroneante cohete. Se sacudía,
rugía, agitando a los niños, prisioneros como moscas en una tela de araña.
María lo miraba desde la ventana de la cocina.
Bodoni la saludó con un gesto apropiado y sonrió.
No pudo ver si ella le correspondía. Un leve saludo, quizás. Una débil sonrisa.
Salía el Sol.
Bodoni entró apresuradamente en el cohete. Silencio. Todos dormidos. Bodoni
suspiró aliviado. Se ató a una hamaca y cerró los ojos. Rezó en silencio para sí.
Oh, no permitas que nada destruya esta ilusión durante los próximos seis días.
Haz que todo el espacio venga y vaya, y que el rojo Marte se alce sobre el cohete,
y también las lunas de Marte, e impide que fallen las películas en colores. Haz que
aparezcan las tres dimensiones, haz que nada se estropee en los espejos. Haz
que el tiempo pase sin un error.
Se despertó.
El rojo Marte flotaba cerca del cohete.
-¡Papá!
Los niños trataban de salir de las hamacas.
Bodoni miró y vio al rojo Marte. Estaba bien, no había ningún fallo. Bodoni se
sintió muy feliz.
A la puesta de Sol del séptimo día, el cohete se detuvo con un estremecimiento.
-Estamos en casa -dijo Bodoni.
Salieron del cohete y cruzaron el patio. La sangre les cantaba en las venas. Les
brillaban las caras.
-He preparado jamón y huevos para todos -dijo María desde la puerta de la
cocina.
-¡Mamá, mamá, deberías haber ido a ver a Marte, y los meteoros, y todo!
-Sí -dijo María.
A la hora de acostarse, los niños se reunieron alrededor de Bodoni.
-Queremos darte las gracias, papá.
-No es necesario.
-Lo recordaremos siempre, papá. Nunca lo olvidaremos.
Aquella noche, muy tarde ya, Bodoni abrió los ojos. Sintió que su mujer se hallaba
a su lado, contemplándolo. Durante un largo rato María no se movió y al fin, de
pronto, lo besó en las mejillas y en la frente.
-¿Qué es esto? -preguntó Bodoni.
-Eres el mejor padre del mundo -susurró María.
-¿Por qué?
-Ahora veo -dijo ella-. Ahora comprendo.
María se echó de espaldas y cerró los ojos, tomando la mano de Bodoni.
-¿Fue un viaje hermoso? -preguntó.
-Sí.
-Quizás -dijo ella-, quizás alguna noche, puedas llevarme a hacer un viaje, un
viaje corto, ¿cierto?
-Un viaje corto, quizás.
-Gracias -dijo María-. Buenas noches.
-Buenas noches -dijo Fiorello Bodoni
.

EL BRUJO CAUTIVO --- Christopher Anvil

Escrito por imagenes 19-04-2009 en General. Comentarios (1)

EL BRUJO CAUTIVO --- Christopher Anvil

EL BRUJO CAUTIVO
Christopher Anvil
.
El capitán de la guardia Skeerig Klith alzó la vista cuando el primer teniente
Ladigan Grul entró con aspecto alicaído.
-Señor -dijo Grul, tendiendo un manojo de papeles.-- la compañía de combate
acaba de traer un extraterrestre.
Grul sonrió mostrando unos considerables caninos. Klith tendió la mano para
tomar el informe, y en su excitación clavó sus uñas en los papeles.
-Parece demasiado bueno para ser verdad -dijo alisando el informe sobre su
escritorio-. Esos cobardes gusanos emplean siempre sus mágicos poderes para
escapar.
-Este tropezó y cayó de todos modos. Y con el debido respeto, señor, no es
mágico. La opinión actual es que han logrado una ciencia más avanzada que la
nuestra. -¿y cuál es la diferencia de ese avance logrado?
-Señor -protestó Grul- por muy avanzada que esté, la ciencia no es brujería.
Klith dio un bufido.
-Esos extranjeros bajaron del firmamento. Van a través de la atmósfera en un
periquete. Si desean algo, apuntan una vara y lo obtienen. Si desean zafarse de algo,
apuntan con su vara...y ya está. Los hemos visto controlar sus máquinas por voz. ¿No
es eso brujería? ,
- Mediante un proceso perfectamente natural de desarro científico dando un paso
cada vez...
- Quizá los brujos obtengan sus poderes mediante un proceso natural de
desarrollo, paso a paso. De todos modos, ¿qué diferencia supone? Si uno no
comprende algo, se trata de magia, ¿no es así?
-Señor, de este modo todo es magia fundamentalmente.
-Exacto -dijo Klith-, y en este caso, como dije, lo que emplean es magia. Bien,
¿dónde está el prisionero?-
Grul abrió su boca y luego la cerró. Con voz ahogada respondió.
-El prisionero se encuentra en el Bloque Central Celular,Nueva Andana, señor.
-H-m-m-m -Klith hojeó el informe-. Ese tipo fue capturado al pie del Monte de la
Daga. Al parecer, su vehículo funcionó mal y fue llevado al Laboratorio
Tecnológico del Distrito para su examen. ¿Supongo sabrá usted, Grul, que nuestra
ofensiva para destruir el nido principal de esas cobardes sabandijas extraterrestres ha
sufrido una pequeña impedimenta ?
Las orejas de Grul se aguzaron.
. -No, señor. Todo lo que sé es que nuestro bombardeo es .tan intenso que puede
ser oído a enorme distancia.
-Por desgracia mete tanto ruido cuando yerra, como cuando da en el blanco.
-Pues su base está bien a la vista.
-Pero hay una especie de coraza cristalina, espesa, elástica e invisible, entre
nuestra artillería y su base.
Grul meneó la cabeza disgustado.
-Siempre hay algo.
-El prisionero puede sernos muy útil.
-¿Quiere usted decir que podemos interrogarle sobre esa barrera?
-Exactamente. De hecho podemos interrogarle sobre todos sus dispositivos.
Posiblemente podamos descubrir a qué han venido aquí. Eso sobre el goroniuk es
evidentemente un simple pretexto. Grul asintió.
-¿Quién querría tal material inútil? Simplemente, el caminar cerca del goroniuk
pone a un hombre enfermo, y se le cae la piel a pedazos. ¿Debo subir al
extraterrestre?
-Juegue al "zango" con él durante un rato. Eso le pondrá en estado mental de
cooperación, y si el Supremo Cuartel General manda a por él, estará indemne.
Grul sonrió con una mueca, volviendo. a mostrar sus caninos. El "zango" se jugaba
con doce piezas por cada lado. Los hombres se movían a saltos y los saltos eran
largos.
Hedding estaba sentado muy irritado en la celda, ojeando el mobiliario. El catre era
demasiado corto, y su anchura sólo le permitía estar en él hecho un ovillo. Además se
hallaba tan desvencijado que sólo parecía servir para limarse las uñas. En el rincón
había una caja de arena, y en la pared trasera de la celda un agujero redondo, de un
diámetro de unos veinte centímetros, cubierto por una tapa de hierro y cuyo objeto era
un misterio para Hedding. Como alimento le habían traído un trocito de una mezcla de
pescado y queso, llamado sznivtig, de penetrante olor. También le dieron un cuenco de
agua. Hedding bebió el agua, examinó atentamente el alimento, lo enterró en la arena y
se tendió de espaldas en el catre, colgándole los pies por el borde. Se fijó entonces en
la opaca bombilla del techo, cuyo interior metálico sugería la fase de la ciencia en el
planeta. Se le ocurrió a Hedding que debería haber allí alguna clase de oportunidad.
¿Pero cuál?
Y en aquel mismo instante, hubo un traqueteo en la puerta.
Una criatura de grandes pupilas redondas crispaba sus bigotes y le apuntaba con
un arma,la cual tenia una bayoneta que se curvaba hacia abajo como una garra.
Hedding, a pesar de su acondicionamiento, apenas pudo comprender la rasposa
voz :
-¿Ha comido ya?
-Todavía no. No tenía hambre.
-¿Tuvo pues buena suerte?
Hedding miro de soslayo en torno a la celda.
-¿Buena suerte? No, que yo sepa.
, El carcelero se encogió de hombros, con rostro inexpresivo, diciendo :
-Coja su sznivtig y sígame.
-¿A dónde?
-Celda bloque C. ¡ Ea!, deje la colchoneta y vámonos.
Hedding siguió al carcelero a través de media milla de oscuros pasillos y acabó en
el interior de una celda idéntica, con los mismos accesorios exactamente que la
anterior. Quince minutos después hubo otro repiqueteo en la puerta, y una nueva voz
dijo :
-¡ Eh, usted! ¡ Sígame !
Refunfuñando para sus adentros, Hedding siguió al guardián durante diez minutos,
bajando una escalera de caracol para volver a encontrarse en una celda semejante a
las otras, y para que también, al cabo de unos veinte minutos rechinara la puerta y se
oyera una nueva voz :
- ¡ Prisionero ! ¡Atención! ¡ Sígame !
-¿Qué diablos pasaba con esta celda?
- ¡ Silencio ! ¡ No ha de hacer preguntas ! ¡Sólo tiene que obedecer!
Lanzando maldiciones para su capote, Hedding siguió al guardián, recorrió durante
veinte minutos a lo largo de pasillos iluminados con mortecinas bombillas, luego fueron
subiendo ambos una escalera circular, luego, otra escalera circular, y de nuevo por otro
corredor hasta una nueva celda, cuya puerta se cerró tras él con seco sonido metálico,
para que al cabo de otros cinco minutos una nueva voz dijera, jovialmente ahora:
- ¡ Prisionerol ¡ Oído atento ! ¡ Vamos a llevarle a una nueva celda ! ¡ Coja su
sznivtig y sígame!
El capitán de la guardia, Skeerig Klith, empujó el mensaje a través del escritorio al
teniente primero Grul, quien leyó en voz alta : " Es imperativo que el prisionero sea
interrogado por métodos científicos. Son contraindicados los sistemas de
desmembramiento, hierros candentes, suspensión y similares, que deterioran la
claridad de la mente. Unicamente se permite un interrogatorio preliminar en espera de
mi llegada inminente. Queel Snnorriz, Sicólogo del Estado Mayor."
- ¡ Ese zopenco ! --comentó Klith-. Con toda seguridad va a mimar al extraterrestre.
¿ Recuerda usted cuando pusieron al cretino al cargo de aquella pandilla de prisioneros
" duros" ?¡ Iba a " desatar los recuerdos subconscientes que causaban su conducta
amoral y antisocial !
-¿Quién podría olvidarlo? -asintió Grul-. Los prisioneros convirtieron la Central en
una fortaleza, colgaron por el rabo a ese asno de Snnorriz y amenazaron con cortar en
rodajas a los guardianes si no conseguían lo que querían.
Klith asintió a su vez, sombríamente. -y entonces, cuando fue la División de Hierro
para enderezar el jaleo, ese estúpido se quejó de que su terapia había sido
interrumpida.
-Lo debieran haber liquidado accidentalmente en la trifulca.
Klith se encogió de hombros.
-No hay que darle vueltas al hecho de que es primo del Emperador y también alto
personaje en el Jerarcado Escolástico.
Con respecto a locual - dijo Grul. me parecería lo más conveniente reunirlos a
todos en un lugar,y darles un buen...
, -Chitón -dijo presuroso Klith, mirando nerviosamente en derredor-.Nada de eso. -
Carraspeó, abandonó su banqueta y probó sus uñas en el más próximo lugar de
afilado-.Nuestro problema inmediato es el pr'sionero. ¿Cómo se ha portado?
Los labios de Grul se extendieron en una mueca.
-Estuvo paciente en los cuatro o cinco... ah... movimientos del juego. Pero luego
desarmó a un guardián, fue reducido por el oficial y ahora está en un estado mental
bastante deplorable.
Klith asintió.
-Excepto por esa lucha -que la provocó él mismo - nada debe dejarle señales.
Llévelo al piso más bajo de la Antigua Andana. Que dé un vistazo a donde podemos
ponerle si se nos antoja. Yo voy a dar un sueñecito. Cuando despierte,quiero que me lo
traigan aquí.
Hedding, tocándose un chichón en su cabeza, siguió a la borrosa figura por el
pasillo de mortecinos ecos, pasando ante las hileras de silenciosas celdas. Carraspeó e
intentó recordar si su guardián era benévolo. Había habido tantos guardianes y tantas
celdas, que unos y otras, comenzaban a darle vueltas en el cerébro.
-Dígame -preguntó-, ¿están ocupadas esas celdas?
Un eco rebotó de alguna parte, y luego otro más débil.
-¿Eh? -dijo el guardián.
Hedding esperó a que los ecos se extinguieran y repitió la pregunta.
E! guardián gruñó :
-La mayoría de las de este bloque están vacías. Cuidado con su cabeza. Vamos a
bajar más.
Fueron bajando por una escalera en espiral, espiral tras espiral llegaron a sumirse
tanto en la lobreguez, que Hedding comenzó a sufrir la ilusión de que aquella escalera
circulaba hacia arriba bajo sus pies y que cuanto hacia él, era mover las, piernas para
permanecer en el mismo sitio.El guardián lanzó una tosecilla de excusa.
-No necesitaba haber bajado su sznivtig. Ellos le seguirán en seguida.
Hedding, aturdido por tantas vueltas, dijo estúpidamente :
-¿Ah, sí?
-Tan seguro como la muerte y los deméritos -dijo el guardián-. Vea de no dormirse.
Atrape unos cuantos de ellos,retuérzales el cuello, y tírelos a los demás. Manténgalos
ocupados. Si hay demasiados, trepe a donde sea y tome un respiro.Asegúrese bien,
pues esos bichos pueden brincar.
Algo de esto se filtró en la conciencia de Hedding, y se despabiló al notar el moho
bajo sus pies,y el cambio en el ocasional sistema de iluminación. Allá abajo tenian
lámparas de gas, con ondulantes llamas luminosas.De súbito hubo un ruido de
correrías, el guardián se inclinó y se sintió un chirrido, un chasquido y un sordo
baqueteo de precipitado correr y como de un multitudinario escurrirse.
-Sólo unos pocos niveles más -dijo el guardián.
De las escaleras de arriba estaban cayendo gotas, el aire era húmedo y las luces
mostraban oscuras paredes rezumantes.
-Cuidado con el siguiente peldaño -le previno el guardián.
Hedding lo franqueó cautelosamente. De arriba provino el sonido de un portazo.
Tras ellos seguía el compañero del guardián, por si Hedding intentaba algo. El guardián
de delante dijo.
-En el interior de esta hilera de celdas -lo que llamamos la Antigua Andana- las
luces son de gas. Cuidado al andar.
Dejaron la escalera con un chapoteo. Directamente delante en su camino, un bicho
negro del tamaño de la mano de un hombre recorrió una especie de tela de araña. El
guardián se apartó a un lado y lo indujo a entrar en una celda con agua en el suelo, un
bicho muerto. cubierto con moho color naranja en el agua, y un catre desnudo y casi
cuadrado con hongos en su maderamen y su cabezal apoyado contra la pared trasera.
Brillaban ojos aquí y allá en la oscuridad. Una húmeda corriente de aire que olía a ajo
sopló de la dirección por donde habían venido e hizo ondular las llamas de gas, y
largas sombras revolotearon sobre las paredes y el suelo.Hedding miró incrédulamente
en derredor.
El guardián restregó una placa metálica sujeta a los barrotes y ojeó una tira de
papel.
Esta es en efecto la celda en cuestión. Pero también es la porquería mayor que he
visto desde que Snnorriz tomó la dirección de la Prisión Central.
El segundo guardián se hallaba ahora en el pasillo.
- ¡ Ea, enciérralo y vámonos de aquí !
-Mira esos stobclers con sus ojos brillando a la luz.
-¿Qué crees que estoy mirando?
-¿Qué quedará de él cuando volvamos, si lo dejamos aquí?
-Ese es asunto suyo, y no nuestro. Nosotros no hacemos sino cumplir órdenes.
Ponedlo en la Celda 6t 42e. Esta es la Celda 6t 42e, Antigua Andana. Las órdenes
son órdenes.
El primer guardián frunció el entrecejo y, de mala gana metió una llave grandota en
la cerradura, haciéndola girar con rechinamiento de metal enmohecido.
Hedding estaba ahora completamente despabilado. Una rápida ojeada a los
guardianes le mostró que únicamente podía esperar vencer a uno y que habría de
luchar con desventaja con el otro, pues iban armados con largos cuchillos con los que
no estaba familiarizado. La victoria le hubiese dejado en una prisión laberíntica, donde
podía ser reconocido a simpIe vista. La fuga no parecía probable, pero acaso ayudase
el hablar.
-Seguro como la muerte y los deméritos -dijo razona blemente- que van a querer
interrogarme más tarde
El segundo guardián tenía desenvainado su cuchillo y miraba nervioso en derredor.
-Eso no es cosa nuestra.
-¿No? -replicó Hedding-. Si quieren interrogarme y no pueden, ¿a quién habrán de
achacárselo?
Hubo un silencio caviloso, durante el cual pudo oírse el rasgar de muchas garras
pequeñas.
El guardián primero miró al segundo.
-¿Qué hacemos?
-Nos dieron órdenes.
-Para encerrarlo y no para ejecutarle.
-Si no lo hacemos, desobedeceremos las órdenes de encerrarlo.
Hedding dijo :
-Uno de ustedes puede quedarse aquí, e ir el otro a consultarlo con ellos.
-Las ordenanzas dicen que debemos estar juntos. De otro modo usted podría
acaso dominar a uno de nosotros, apoderarse de nuestro cuchillo y uniforme y salir
afuera.
-Yo soy un extraterrestre. No podría nunca conseguir franquear la guardia.
-No importan'a si fuese usted un cangrejo de dieciséis patas con ojos acechantes.
Es lo que dicen las ordenanzas, y no se discuten las ordenanzas.
-Las ordenanzas deben decir . algo sobre poner a prisioneros en celdas que no
están en condiciones de ser ocupadas y sobre matar a prisioneros a los que se desea
interrogar.
El primer guardián lanzó un juramento, empujó a Hedding al interior de la celda,
comprobó la cerradura y se volvió al segundo guardián.
-Vé y sube las escaleras.
Tan pronto como se fue el segundo guardián, el primero gruñó;
- ¡ Ah, estos stobclers están aquí por todas partes ! Será mejor que máte a algunos
para tener ocupados a los demás.-Desenvainó su Iargo cuchillo y blandiéndolo lo
asestó aquí y aIlá, y Iuego gritó -: ¡Así hay que hacer! ¡A por ellos! ¡Aquí vienen
millones!.
De hecho, los relucientes ojos estaban a casi la misma distancia que antes, aún
cuando en número cada vez más creciente. Sin embargo, eI cuchillo estaba ahora
dentro de Ia ceIda de Hedding.
El guardián atrancó Ia puerta. El repiqueteo en la escalera indicaba a Hedding que
el otro guardián no se daba mucha prisa. Agradecido, tomó eI cuchillo y miró en
derredor. Con lentos movimientos, los bichos aquellos comenzaron a dirigirse hacia él.
El capitán de la guardia Skeerig Klith mantuvo Ias manos planas sobre la mesa
para que sus uñas no rasgasen la madera.
-Sí-rezongó -. El prisionero es aproximadamente de nuestro tamaño y tiene Ia
misma configuración general.
El teniente primero Grul añadió.
-Sus dedos son más largos y delgados, docto señor, y sin uñas retráctiles.
Pero, de todos modos, parece manejar las cosas lo mismo.
-Comprendo. -Su visitante se hallaba a horcajadas sobre la banqueta, sosteniendo
un generador de gas encajado en una ancha cabilla de plata. Este generador era un
cilindro negro recubierto de cera, aproximadamente tan largo y grueso como el dedo
primero de un hombre. Rodeando su exterior había tiras espirales de decorativo
labrado de plata y oro, las cuales ardían lentamente a medida que sE consumía el
generador y añadían su propia fragancia peculiar a la general fumigación.
El capitán Klith apartó su banqueta echándola hacia atrás de la mesa y lanzó una
ojeada a las ventanas, las cuales estaban abiertas, pero sin que hubiese el más leve
asomo de brisa.Klith carraspeó.
-S i prefiere usted solazarse con su generador allá afuera, junto al parapeto,
sicólogo Snnorriz, proseguiremos la conversación más tarde.
Snnorriz no respondió en seguida, sino que aplicó sus labios plegados al extremo
del generador. Una expresión de exquisito refinamiento apareció en su rostro cuando el
extremo opuesto resplandeció vivamente y se consumieron las tiras de plata y oro en
nubes de humo gris. Klith miró en derredor, con desespero. La habitación tenía una
chimenea ventiladora, que había sido dejada desde los días en que, al igual que las
celdas, había tenido luz de acetileno y expulsaba los humos. Pero el ventilador tomaba
la mayor parte de su corriente de un chorro de llama ardiendo en la chimenea. Y esta
llama había de ser encendida. Klith tanteó con el pie bajo su mesa hasta dar con el
polvoriento pedal impulsor, el cual, suponiendo que funcionase aún, habría de
encender la llama del ventilador.
En el interín, el sicólogo, con expresión de inefable sapiencia, exhaló una hirviente
nube "verde gris" en dirección el capitán de la guardia.
Klith apretó con fuerza el pedal. Se produjo un ruido seco,como el de un taponazo,
seguido por un débil bramido. Mas nada sucedió. La válvula debía estar obturada, o lo
que era peor, podía haberse abierto, pero fallado el gastado pedernal. Probó de nuevo
con más fuerza.
Se produjo un fogonazo.
¡BANG!
La estancia pareció dar un brinco. Una nube de partículas de polvo mezcladas con
trozos de piedra y migajas de mortero cayeron como una ducha, seguidas por un
llameante nido del tamaño de los puños de un hombre, y lleno de singulares trocitos de
antiguos anillos y relucientes monedas, y del cual huyó chillando al posarse en la
ventana próxima un pequeño pájaro púrpura. Por un golpe de suprema buena fortuna,
el nido ardiendo y su cargamento de cachivaches aterrizó sobre la cabeza del sicólogo.
En el caos de los siguientes minutos, con Snnorriz dando saltos por la habitación como
un loco, fue sencilla tarea para Klith el zafarse del generador, con cabilla y todo.
Mientras se estaba felicitando a sí mismo, apareció un cabo en el dintel de la
puerta, miró al chillón Snnorriz con asombro, y enfrentándose luego a Klith saludó.
-Señor, tenemos a un par de guardianes en la antesala.Según dicen, ese brujo
extraterrestre está abajo en la Antigua Andana a punto de ser devorado por hordas de
stobclers. ¿Quiere que les dé su merecido por molestarle a usted sobre eso?
Snnorriz dio una patada en el suelo y gritó :
-¡Bárbaros! ¡ Reptiles prehistóricos! ¡ Traigan al prisionero indemne aquí arriba, o
mi primo el Emperador sabrá de ello !
Hedding se hallaba ahora a través de los barrotes, apoyándose en el travesaño del
pesado marco, con su brazo izquierdo y ambas piernas enganchadas en las barras
verticales, y el brazo derecho pendiente y armado del largo cuchillo, asestándolo contra
los bichos y matando los suficientes para tener satisfechos a los demás.
En alguna parte del exterior, lo sabía, la expedición dispondría de aparatos
automáticos para su búsqueda. Un minúsculo transmisor en el interior de su cuerpo
estaba emitiendo una débil señal que, más pronto o más tarde sería detectada.
Lo malo era que aún después de que lo encontrasen, habrían de llegar a donde se
hallaba él. Si pudiera salir al exterior serían mucho mejores sus probabilidades de ser
y recogido.
Justamente entonces, voces de prevención y sonido de metal en el hueco de la
escalera, le indicaron el cauteloso descenso de un considerable cuerpo de guardia.
-¡Media vuelta! - ordenó una voz conocida- Vosotros, los cuatro de la retaguardia,
mantened la entrada. ¡En aquella dirección! Avanzad a la celda sexta de la décima
hilera, y .matad tantos de esos bichos como podáis y echadlos al pasillo.¡ En marcha ! .
El sonido metálico, el chapoteo y la especie de barullo se fueron acercando.
Luego, escudriñando pasillo abajo, Hedding vio a los felinos guardianes al resplandor
ondulante de las luces de gas. Le acometió el apremio de la fuga al ver a uno de los
guardianes hacer una pausa para comer un gran stobcler. Los boquetes de las paredes
de la celda le sirvieron de ayuda.
-¡Está bien! -gritó la conocida voz-. ¡Bajad por ese pasillo !
Hubo un áspero rechinar dellaves y un crugir de la puerta de la celda. .
-¡Pero dónde diablos...!
Hedding saltó al suelo. Sus entumecidos músculos casi le fallaron cuando devolvió
su arma al guardián, diciendo.
- Gracias por su cuchillo. .
El guardián lanzó una rápida ojeada en derredor.
-¡Vaya lugar! -murmuró, yendo adelante para cerrar una portezuela mohosa sobre
un boquete, en el que relucían varios pares de ojos como abalorios-. ¡ Aj ! Basta para
quitar el apetito a un hombre. Tantos a la vez hace estremecerse la piel-. ¡ Eh. los del
pasillo! ¡ A las escaleras de nuevo! ¡En marcha!-. Tomó de un brazo a Hedding y le
sacó de la celda, cerrando luego la puerta-. Está bien, compañeros, ya tenemos al
prisionero y podemos salir de ésta sin un demérito ¡Pero que a nadie le entre el pánico
en esos peldaños, o le voy a arreglar yo mismo las cuentasl ¡Andandol
- Hedding miró con curiosidad hacia arriba.
-¿Para qué sirven esas lámparas de gas?
-Gas incandescente -respondiá el guardián-. Lo traen en bidones de gas pobre, y
los ingenieros los sumen en grandes tanques de agua, donde se produce la ebullición.
Lo emplean para iluminar toda la prisi6n. ¡ Eh, tú, el de delante ! ¿Es que te has
pegado a los peldaños? ¡Muévete!
El desfile siguió serpenteando hacia el piso superior.
En el despacho del capitán de la guardia, Queel Snnorriz se inflamó de ira.
La propia Emperatriz me dio esa cabilla de platino. Va a sentirse afligida si
aparezco sin ella. Desde luego, puedo decirle las circunst...
El teniente Grul le atajó secamente.
-Cuando dio usted un brinco, docto señor, me parece el generador y su cabilla se
fueron juntos por la ventana.
El capitán Klith estaba volviendo a respirar a pleno pulmón aire fresco, pero las
sugerencias y amenazas de Snnorriz sobre la Corte Imperial le estaban comenzando a
poner los nervios de punta.
El sicólogo carraspeó.
-Estuve en la Sala del Trono el otro día, en ocasión en que Su Majestad
examinaba las listas de Eficacia Semi-Anual de los jefes de servicio. El emperador
puso su dedo en uno de los nombres y me dijo. " ¿Qué opinas de este indivíduo?" yo
me volví hacia él y...
Entró un cabo, lanzó una dudosa mirada al sicólogo y saludó a Klith.
-Señor, han traído aquí a ese extraterrestre.
-El Príncipe heredero -estaba diciendo Snnorriz- admiraba esa cabilla...
Klith, que normalmente era un patriota, jamás se había sentido tan anarquista.Se
puso de pie malhumorado, miró a traves de la ventana y señaló a un lugar diciendo :
-En aquel parapeto de abajo está su preciosa cabilla. Voy a enviar a un guardia
para.. -Klith parpadeó. La cabilla, con su labrada y destelleante cabeza argentada,
estaba oscurecida por un ligero empañado purpúreo. Sonó un triunfal graznido, y el
parapeto se quedó vacío.
-¿Dónde está? -restalló Snnorriz, acodado junto a Klith-. Usted dijo...
-Un ave de presa acaba de salir volando con ella. ¿Puedo yo hacer algo contra
eso?
-¿No esperará que crea...?
Al fondo, podía oirse al primer teniente Grul ordenando perentorio al cabo :
-.¡Tráigalo aquí en seguida !

Klith y Snnorriz seguían aún dándose grandes voces.
-Señores -anunció el cabo con voz comedida dirigida a un anfiteatro exterior -.ahí
está, bajo custodia el BRUJO EXTRANJERO.
Snnorriz y Klith giraron sobre sus talones como sobre pivotes.
Hedding estaba intentando deducir lo que sucedía, cuando los guardias le
empujaron de pronto hacia adelante.
-¡EL BRUJO EXTRANJERO -bramó una voz-.¡ bajo custodia!
Hedding fijó la mirada en un felino de aspecto malvado, con túnica de cuero,
acompañado por un dandi de casta superior, con atuendo de terciopelo negro y blanca
gorguera, que portaba una grácil daga de cincelado pomo al costado, y cuyos bigotes
tenían los extremos puntiagudamente retorcidos y enhiestos.
Hedding lanzó una ojeada a la estancia de varias ventanas, alzó la vista ante un
débil bramido que emanaba del techo y estuvo a punto dehablar, cuando un sonido
atronador pasó sobre sus cabezas. Hedding hubie se dado no sé qué por asomarse a
Ia ventana, pero un guardia le sujetaba por cada brazo.
El felino de malvado aspecto miró hacia la ventana.
-¿Qué es ese ruido?'
Un guardia se presentó en la puerta.
-.El vigía del firmamento acaba de lanzar la alerta, señor. Hay arriba uno de los
aparatos voladores de los extraterrestres describiendo círculos.
El felino con la túnica de cuero dijo :
-Di al vigía que nos comunique si desciende más. Ya ven, caballeros, los
extraterrestres están buscando al aquí presente. El hecho de que estén describiendo
círculos sobre nuestras cabezas, demuestra que saben exactamente donde está.
Hemos de considerarlo así.
-Es difícil señor -dijo un segundo felino vestido también de cuero, pero con distinta
insignia-. El individuo no tiene herramientas, equipo o arma alguna. Ni siquiera tiene
garras, señor.
-Recuerde... es un brujo.
Esta vez fue el felino de terciopelo quien habló, tras haber soltado una risita
condescendiente.
-Ustedes, los de la milicia, pueden luego emplear tal incorrecta terminología, si
conviene a sus naturalezas. Nosotros los del Jerarcado Sacerdotal de la Sabiduría
Científica, hablamos con más propiedad. -El enrarecimiento del ambiente que siguió a
este pequeño discurso, pareció no ser notado por el orador, quien prosiguió
. -Todo lo que ellos tienen es, simplemente, nuestro conocimiento llevado un poco
más allá. Sólo Io han refinado algo más. "Brujo". Nohay en absoluto tal cosa. ¡"Brujo" !
¡ Cómo, Ies apuesto a que este individuo tan vulgar como parece, podría encajar muy
bien en uno de nuestros estamentos menores!
Dígame, amigo, ¿ a qué Gran Rama del Arbol Madre se ase usted... Materia,
Energía, Cuerpo o Mente? Hable ahora.Hedding decidió que un ingeniero de minas
estaba más próximo a la materia que a las Otras tres cosas, y dijo sumisamente.
-A la materia, señor.
-¿y cuál podría ser su especialidad?
-La minería de goroniuk.
El felino de terciopelo pareció indulgente.
-Así dice usted. Pero, ¿para qué necesitaría alguien el goroniuk?
Hubo un rumor muy en lo alto.Si Hedding pudiese atraer la atención, el controlador
de a bordo podría hacer descender a un aparato observador, el cual disponía de un
espacioso compartimento de pasaje, y llevaba alimentos, agua y armas. Mas primero
tenía que llamar su atencitención. El felino de malvado aspecto y túnica de cuero, sacó
una correa con tachones de acero en un extremo.
-Va a ser usted interrogado, prisionero -dijo-. La , pregunta fue : ¿ Para que
necesitaría alguien el goroniuk ?
- ¡ Ahórreme esa crudeza! -intervino el felino de terciopelo-. He venido dispuesto a
tratar este asunto a mi manera.
-No va a llegar a ninguna parte mimando a los prisioneros. Con unos cuantos
latigazos escuchan más atentamente la siguiente vez que se les habla.
-Tonterías. Con ese sistema se consolida su oposición o se les lleva bajo tierra. Mi
método hace aflorar las resistencias sumergidas, a una superficie en la que podemos
contender con ellos sicológicamente-. Lanzó una ojeada a Hedding-. ¿Qué método le
parece más científico a usted?
-. El que usted menciona, incuestionablemente.
El felino de cuero lanzó un desdeñoso bufido.
El felino de terciopelo se volvió a Hedding, mostrando su dentadura con sonrisa
fraternal.
-Venga conmigo. Considéreme como amigo.
El capitán de la guardia, Skeerig Klith, paso la hora siguiente sumido en un
profundo aburrimiento. Mientras trabajaba en su escritorio, podía oír a Snnorriz
llevando a cabo su interrogatorio en una habitación contigua. Aquel no se parecía en
nada a los interrogatorios que efectuara Klith. En lugar de las tajantes preguntas Y
respuestas, con los ocasionales chillidos del prisionero al aplicarle los medios
oportunos para desliarle la lengua, ahora se oían risas de camaradería e interminable
conversación. En una palabra, Snnorriz se mostraba mucho más amistoso con el
prisionero que lo era con Klith.
En un momento en que el teniente Grul estuvo con él, Klith comentó una
estrepitosa risa en la otra habitación, diciendo :
-Escuche eso. El pisaverde ese parece más contento con el extraterrestre que con
nosotros.
Grul gruñó asintiendo y miró a través de la puerta.
-Ahora fuman en un chomizar.
Klith echó un vistazo. En efecto, allá estaba el burbujeante recipiente de cristal con
sus quince metros de tubería flexible, en rollos por toda la habitación. El sicólogo
fumaba a través de una boquilla, y el extraterrestre admiraba el primor de otra.
Klith rezongó :
-.Eso basta para revolver las tripas. Sin embargo, quiero admitir que está
obteniendo alguna información.
La voz del extraterrestre estaba diciendo :
-.Sí, la atmósfera de este planeta es muy parecida a la del nuestro. Allí la
composición es de aproximadamente veinte por ciento de oxígeno, setenta de
nitrógeno, dos de amoníaco y el resto de anhídrido carbónico, vapor de agua y gases
inertes.
-Muy interesante -dijo una voz extraña- Nosotros no tenemos amoniaco libre.
Me pregunto por qué...
Grul miró de soslayo.
-¿Quién es ése?
Klith fisgó en el interior de la habitación y vio a un individuo delgado de tez
descolorida y una oreja chamuscada, quellevaba un ropón negro con estampado de
blancos planetas, estrellas y cometas, y una cadena de plata en torno al cuello,de la
cual pendía un frasco de áureo chispear.
Klith gruñó.
-Es algún químico. Parece de elevada posición en el Jerarcado.
El extraterrestre estaba diciendo :
-Se desprende de las fisuras volcánicas. No sé la causa,yo soy tan sólo un
ingeniero práctico en minería.
-Sin embargo -replicó la voz del químico-, su testimonio puede ser interesante para
nosotros. Por ejemplo, hemos sufrido deterioros de tejidos por un rastro de amoníaco.
-Es extraño -manifestó el extraterrestre-. En nuestro planeta siempre llevamos
botellas de él con nosotros para aspirarlo de cuando en cuando. Su ausencia hace que
se sequen nuestras membranas mucosas. Por desgracia me quedé sin la mía cuando
me capturaron.
Oyóse arriba un ruido atronador.
- ¡ Ese maldito aparato ! -dijo Klith.
-Señor -dijo una voz desde la puerta exterior-, el vigía informa que la máquina
volante vuelve a describir círculos allá arriba.
-Ya la oigo -respondió brevemente Klith.
Se oyó la voz del químico, diciendo :
-Me alegra que tuviese usted una botella consigo. Voy a enviar a buscarla.
Klith asestó un manotazo a su banqueta, maldiciendo.
-Escuche -restalló-. Ninguna botella de amoníaco va a ser llevada a ese
extraterrestre. Puede cegarnos a una partida de nosotros con ella, saltar al exterior, y
antes de que sepamos lo qué sucede emplear alguna brujería que haría bajar a ese
artefacto volante.
Snnorriz se puso en pie, enojado.
-Estoy seguro de que jamás se le ocurriría tal cosa a un científico. Ya que lo ha
mencionado usted, desde luego...
-Pero... - clamó patéticamente el extraterrestre -. Me isecaré! ¡No podemos estar
sin amoníaco!
-Muy mala cosa -se mofó Klith.
-Eso -se desató Snnorriz-, es inhumano, un ejemplo de la sicología militar que... ,
-Oh -dijo Klith, sacando las uñas-. ¿Esas tenemos?
Siguió un colosal alboroto, en el curso del cual se llegó,como fuese, a convenir que
el extraterrestre podía tener una botella de amoníaco junto a su cama por la noche,
pero que debía entregarla cada mañana al guardián.
Tras la pelotera, Klith volvió a su asiento, desgarrando algo con las uñas. Grul se
esfumó discretamente. De la otra estancia llegó la voz del desconocido diciendo :
-...no puedo comprender cómo se excita usted tratando con una mente militar. ¡son
tan suspicaces! Pero debo decir que han mostrado ustedes una gran perspicacia en
combinar el sacerdocio y la mancomunidad científica en un sólido jerarcado...
Klith se inclinó hacia adelante, asiendo la mesa con sus uñas, como si quisiera
triturarla también.
Sin embargo, la conversación derivó ahora a un oscuro apartado técnico, y Klith,
aburrido, volvió a su trabajo Entró de pronto Grul, con aspecto serio.
- Señor, acaban de llegar noticias del Laboratorio Tecnológico del Distrito.
comenzaron a investigar el aparato volador del extraterrestre...
-¿Comenzaron? ¿ Qué sucedió ?
-Que todo el aparato se desintegró en un montón de polvo negro.
Klith sintió un escalofrío.
-¡Oh -rezongó sarcásticamente- no son brujos! Todo cuanto han conseguido es
ciencia, sólo que un poco más avanzada... ¡ vaya ! Doble la guardia al exterior de las
puertas.Traiga una sección del pelotón de motines, y vea que estén siempre a mano
cuando se encuentre aquí ese extranjero. Y cuando lo lleven abajo, téngalos en el piso
sobre él. Entre él y nosotros.
-Sí, señor. Pero está completamente desarmado, señor.
-¿Cómo se puede desarmar a un brujo? Todavía tiene su conocimiento, ¿no es
así? ¡ Haga como le digo! ~
-Sí, señor.
De la otra habitación llegó la orgullosa voz de Snnorriz.
-Eso fue ideado en los primeros días del Jerarcado. Los conductos están trazados
de manera que los stobclers tengan fácil acceso a cada celda. Esos conductos se
intercomunican de manera que la presa coge pronto el olor del sznivtig. Pero desde
luego es sumamente problemático que un stobcler surja de un agujero particular. Esto
les tiene a los prisioneros en tensión nerviosa, constantemente agazapados en los
boquetes, esperando. Así no tienen tiempo de causar trastornos.
-Un sistema muy ingenioso -dijo admirativo el extraterrestre-. A los... eh... stobclers
de nuestras prisiones se les introduce de manera muy poco sistemática.
-¡Ya ve usted pues que en algunas cosas les sobrepasamos a ustedes! ¿Le
gustan nuestros stobclers? ¿Congenian con su paladar ?
El extraterrestre vaciló, posiblemente remiso a ofender.
-Al principio el sabor nos parece... ah... un tanto "pasado", pero añadiendo una
buena dosis de "cáustico lunar" como sazonado...
-¿"Cáustico lunar"? -dijo Snnorriz con voz perpleja-.Acaso lo conozcamos bajo otro
nombre.
- ¿Cómo está compuesto ? -preguntó el químico.
-Tres átomos de oxígeno por uno de nitrógeno, y combinado con un átomo de
plata. Espero que les he dado bien los nombres de los elementos.
-Oh, sí. Veamos... ¡ vaya !, lo que usted ha dicho es lo que nosotros llamamos
"celidonato ardiente". ¿Está usted seguro que...?
-Estoy casi seguro.
-Entonces le procuraremos un poco de ello.
Y como Klith se lanzara al dintet, Snnorriz exclamó.
-¡Está bien! ¡Solo en su celda! ¿No querrá usted que se muera de inanición, no es
así?
Tras un violento cambio de palabras con Snnorriz, Klith óbtuvo del prisionero su
palabra de honor de que no arrojaría aquel "celidonato ardiente' a la cara de nadie, y de
que pondría sus recipientes fuera de la celda por la mañana.
Luego, el prisionero dijo con aire de embarazo que tenía algo que pedir.
-¿Qué es ello? -rezong6 Klith.
. -Mis... eh... mis uñas, no son muy eficaces para atrapar a esos stobclers.
-Podía usted cogerlos en su país, ¿no es así? Quiero decir a ellos o a bichos
semejantes.
- ¡ Pero lo que sucede es que los de aquí son tan rápidos! Generalmente nosotros
empleamos algunos medios artificiales.
-Lo que usted quiere es un cuchillo, ¿no es eso? ¡ Nada que hacer!. Le pondremos
en la Antigua Andana, donde son más gordos y lentos -Klith hizo un ademán con la
mano para imponer silencio a Snnorriz-. No en el piso del fondo. Más arriba.
Lo cual satisfizo a todos, y, maldiciéndose a sí mismo, Klith salió, para toparse con
Grul que entraba en el despacho.
-La guardia extra se halla fuera, señor, Y una sección del pelotón de motines está
en camino.
-Bien -Klith barbotó un colérico epíteto-. ¡ Escúcheles a esos! Están prácticamente
como si dijéramos dándose la lengua.
Las amigales voces salían de la habitación contigua :
-Puesto que tanto le gusta el chomizar -decía Snnorriz-, puede llevárselo a su
celda. Resulta sedante fumar mientras se encuentra uno agazapado ante la guardia de
los stobcler. Nosotros los jerarcas, desde luego, no estamos limitados a ningún método
semejante de alimentación consumidora de tiempo.
Pero de cuando en cuando es saludable un poco de primitivismo.
La voz del extraterrestre se elevó agradecida.
-¡Es usted tan considerado! ¿Hay algo que yo pueda hacer por usted?
Snnorriz ronroneó :
-Nos interesaría, puramente por... ah... razones industriales... que se nos
respondiera a unas cuantas preguntas sobre esa... ah... pantalla de energía flexible que
tienen ustedes al exterior de su base principal. Si usted pudiera...
-Me alegrará decirle a usted lo que yo... -El extranjero hizo un raro ruido
-.Dispénseme. Mis tejidos sufren por falta de amoniaco. Quizá si pudiese usted
preparar una lista de preguntas... Después de que yo -se atragantó de nuevo -,
después de un buen descanso y un sabroso stobcler sazonado con una buena cantidad
de " celidonato ardiente..."
-Desde luego -volvió a ronronear Snnorriz-. Lo comprendemos perfectamente.
Le tendremos la lista preparada por la mañana.
EI prisionero fue sacado al pasillo proclamando su gratitud. Snnorriz apareció a la
puerta de Klith, retorciéndose los bigotes y con aire superior.
-La sicología, amigo --dijo-. Sólo hay que hacérnos los agradecidos.
-Escuche -dijo Klith, ignorando a Snnorriz y asiendo por su ropón al químico
-. ¿Hay aIgo que pueda hacer un extraterrestre con un chomizar, una botella de
amoníaco y un "celidonato ardiente", o lo que sea?
-Nada en absoluto -replicó el científico, posando una fulgurante mirada en la mano
de Klith sobre su brazo Klith apretó el pedal bajo su mesa para cerrar el ventilador.
-Si esta vez no resulta así -dijo- Snnorriz se hará cargo de la Prisión Central.
Hedding estaba encantado de ver al propio Snnorriz acompañarle con los
guardianes a la Antigua Andana
-¿Qué le parece esta celda, Hedding?
-¿Podría tener una, más próxima a una lámpara? Mi visión nocturna... .
-Desde luego. ¿Qué le parece ésta? La lámpara de gas envía unos hacecillos
gemelos, directamente al exterior de la puerta de la celda.
-Magnifica. Se lo agradezco mucho.
Snnorriz irradió satisfacción y luego esperó solícitamente a que llegasen, un
cuenco de agua, el chomizar, una buena provisión de "celidonato ardiente', y una gran
botella de amoníaco herméticamente cerrada. Abrió la tapa de hierro sobre el conducto
de los stobcler, e inspeccionó la colocación del sznivtig para proporcionar a Hedding
una buena colocación e impulso contra aquéllos.
Luego Snnorriz y Hedding se estrecharon emocionadamente las manos.
Hedding tosió varias veces al cerrarse con metálico sonido la puerta, respiró
profundamente y quitó el tapón de la botella de amoníaco.
-Ah-h -murmuró.
Snnorriz y los guardias se fueron corriendo por el pasillo, ante el penetrante olor
que se expandió.
Hedding volvió a taponar presurosamente la botella, miró en derredor, y se fijó un
momento en el chomizarcon sus flexibles mangueritas. Tomó la botella ambarina de
celidonato ardiente y desenroscó pensativamente su tapa.
Klith se despertó tras una espasmódica noche de sueño, hizo unos cuantos
ejercicios gimnásticos, se duchó y afeitó, desayunó, y seguidamente bajó a su
despacho. Apenas se había instalado en él cuando apareció Grul.
Klith.
-¿Qué
-El mimado de Snnorrz -respondió Grul- fue hallado poniendo un aplique a la
lámpara de la derecha de su celda. Había hecho una clavija con la tapa del chomizar y
estaba disponiéndola como toma en el reductor del chorro
-¿Clavija? ¿Quiere usted decir que la sacó de la tapa del chomizar? ¿Con qué la
cortó?
-Rompiendo el extremo de una de las manillas de cristal y la empleó para cortar.
Klith sintió que. le hormigueaba la pie
-¿y por qué hizo éso?
-Pretende que la luz le molesta.
-Tráigalo aquí. De prisa.
-Ya está en camino.
Klith sacó su correa.
Entró Hedding con un par de curvas bayonetas apoyadas en sus costados para
que se diera prisa.
Arriba se oía constantemente un ronco zumbido circular
-¡Vaya! -gruñó Klith- ¿Usted hizo, qué?
-Un sortilegio -respondió radiante el extraterrestre-. Y si las patas de esos bichos
buscadores de sznivtig dieran en cruzar el secado polvo blanco formado en la
oscuridad de la noche por la luz de una lámpara de carburo con la manguera de gas en
ebullición de un chomizar, avivado con plata amoniacal lunar, entonces...
Una súbita sacudida hizo temblar el edificio.
Hubo un sonido como el de una boquilla de chomizar aplastada por el pie, y
bruscamente la habitación se llenó de vapores amoniacales.
Hedding se hallaba ya al otro lado de la ventana mientras los de dentro estaban
aún ahogándose. Se situó junto al parapeto y agitó frenéticamente los brazos.
El aparato de observación descendió quedando suspendido muy cerca.
Hedding brincó a su interior.
-.¿Cómo logró hacer. ésto? - dijo una voz a través de un pequeño micrófono
-. Este lugar . está construido como una fortaleza. No hable. Suba.
-.Me hice con material para componer una hornada de acetilo de plata... el
acetileno hierve a través del nitrato de plata amoniacal. Ya sabe cuán sensible es la
materia seca. Insuflé cierta cantidad en conductos cerrados, puse acetileno en su
interior y metí una especie de cebo para que los bichos acudieran rápidamente. Por
fortuna, yo estaba lejos de allá antes de que un bicho diera en el acetilo...
-Ha causado usted una gran grieta en su muro. No le estimarán por esto.
-Siga subiendo. No creo que usted lo haya apreciado..El acetileno es grande para
muchos propósitos. Pero ahí lo tienen embutido en tuberías en una gran sección del
edificio.
-¿Ah, sí?
- -Esa explosión resquebrajará algunas de esas tuberías.
-No lo capto todavía...
-Unas cuantas de esas luces deberían permanecer encendidas. Y el acetileno
tiene una insólita propiedad. Mezclas del tres a ocho por ciento con el aire son
explosivas.
El observador aceleró bruscamente la subida.
El capitán de la guardia, Skeerig Klith, gateó penosamente por entre la maraña de
maderos, piedras y cascotes de yeso, y lanzó una penetrante mirada al primer teniente
Grul, que parecía estar pasmado. Los del auxilio de emergencia estaban poniendo en
cabestrillo el roto antebrazo izquierdo de Grul. Acá y allá había otros accidentados y
heridos con caras despellejadas y vendajes.
La mirada de Klith se tornó ahora funesta, y Grul, que se percató de ello, dijo con
voz ronca : -¿Señor?
Klith gruñó.
-.eche un vistazo a este revoltijo y dígalo de nuevo.
-.¿Decir qué, Señor?
-.Que por muy avanzada que esté, la ciencia no es brujería.
Grul abrió la boca.
Pero no pudo lograr que salieran de ella las palabras.

FIN

EN EL SUBMUNDO DEL TERROR

Escrito por imagenes 19-04-2009 en General. Comentarios (0)

EN EL SUBMUNDO DEL TERROR

(Fui un profanador de tumbas adolescente)

 

 

CAPÍTULO UNO

 

Era como una pesadilla. Como uno de esos sueños irreales de los que te despiertas a la mañana siguiente. Sólo que esta pesadilla estaba sucediendo de verdad. Delante de mí alcanzaba a distinguir la linterna de Rankin: un gran ojo amarillo en la sofocante oscuridad estival. Me tropecé con una lápida y por poco no me desparramo de bruces. Rankin se volvió hacia mí, siseando un juramento:

—¿Es que quieres despertar al vigilante, imbécil? 

Susurré una respuesta y continuamos andando sigilosamente. Por fin, Rankin se detuvo y enfocó el haz de la linterna sobre una lápida recientemente cincelada. En ella podía leerse: 

 

DANIEL WHEATHERBY

 

1899–1962

 

Reunido con su amada esposa en una tierra mejor

 

Sentí que me ponían una pala en las manos y, repentinamente, estuve seguro de que no podría hacerlo. Pero entonces recordé al administrador de becas meneando su cabeza y diciendo: Temo que no podemos darte más tiempo, Dan. Tendrás que irte hoy mismo. Te ayudaría de alguna forma si pudiera, créeme...

Excavé en la todavía blanda tierra y la arrojé por sobre mi hombro. Unos quince minutos después mi pala entró en contacto con la madera. Ambos nos pusimos a ensanchar el agujero rápidamente, hasta que la linterna de Rankin reveló el ataúd. Nos metimos en el pozo y lo izamos.

Atontado, contemplé cómo Rankin le atizaba a los cerrojos con la pala. Luego de unos pocos golpes éstos se rompieron y pudimos alzar la tapa. El cadáver de Daniel Wheatherby nos miró con ojos vidriosos. Sentí que el horror se derramaba lentamente sobre mí. Siempre creí que los ojos permanecían cerrados cuando uno estaba muerto.

—No te quedes allí —susurró Rankin—; son casi las cuatro. ¡Tenemos que largarnos de aquí!

Envolvimos el cuerpo con una manta y regresamos el ataúd al pozo. Lo tapamos y reemplazamos el césped, rápido pero cuidadosamente. Dispersamos toda la tierra que nos sobró.

Para cuando cargábamos con el cuerpo amortajado de blanco ya los primeros rastros del alba comenzaban a iluminar el cielo oriental. Atravesamos la valla que bordeaba el cementerio y nos internamos en el bosque que lo limitaba por el oeste. Rankin se abrió paso expertamente durante unos cuatrocientos metros hasta que lo cruzamos y llegamos al automóvil, que seguía estacionado donde lo habíamos dejado, en una rodada abandonada y cubierta de malezas que alguna vez había sido un camino. El cadáver fue a parar al baúl. Poco después nos unimos al flujo de automovilistas que se apresuraban en alcanzar el tren de las seis.

Me contemplaba las manos como si nunca antes las hubiera visto. La mugre que tenía bajo mis uñas había estado amontonada sobre el lugar de reposo final de un hombre, menos de veinticuatro horas atrás. Se sentía inmundo.

La atención de Rankin se concentraba por entero en la conducción del coche. Al mirarlo comprendí que el repulsivo acto que acabábamos de cometer no le preocupaba en lo más mínimo; para él se trataba de un trabajo más. Nos desviamos de la carretera principal y empezamos a remontar el sinuoso, estrecho y sucio camino. Y entonces salimos al espacio abierto y pude verla, la mansión victoriana que se elevaba en la cumbre de la empinada pendiente. Rankin dió la vuelta y sin decir una palabra enfiló hacia la escarpada roca de un acantilado que se alzaba durante otros doce metros más, un poco a la derecha de la casa.

Se produjo un horrendo sonido chirriante y se abrió una parte de la colina lo suficientemente ancha como para permitir el paso del automóvil. Rankin nos condujo adentro y apagó el motor. Nos encontramos en una estancia pequeña, con forma de cubo, que servía como garaje oculto. En ese momento se abrió una puerta al otro extremo y un hombre alto y rígido se nos acercó.

El rostro de Steffen Weinbaum parecía una calavera; tenía unos ojos insondables y una piel que se le tensaba tanto sobre los pómulos que la carne era casi transparente.

—¿Dónde está? —su voz era profunda, ominosa.

En silencio, Rankin se bajó y yo lo seguí. Rankin abrió el baúl y sacamos la figura envuelta en la manta. 

Weinbaum asintió lentamente.

—Bien, muy bien. Tráiganlo al laboratorio. 

 

 

CAPÍTULO DOS

 

Mis padres murieron en un accidente automovilístico cuando yo tenía trece años. Quedé solo y tendría que haber ido a parar a un orfanato. Pero el testamento de mi padre reveló que me había dejado una sustancial suma de dinero, y yo tenía mucha confianza en mí mismo. Los de asistencia social nunca me rondaron y a los trece años me ví abandonado en el extraño rol de ser el único inquilino de mi propia casa. Pagué la hipoteca de la cuenta del banco e intenté estirar los dólares tanto como fuera posible.

El dinero escaseaba para cuando tuve dieciocho años y terminé el colegio, pero igual quise ingresar en la universidad. Vendí la casa por diez mil dólares por intermedio de un comprador de bienes raíces. A comienzos de septiembre todo se me vino encima. Recibí una carta muy amable de Erwin, Erwin y Bradstreet, Abogados. Para ponerlo en el idioma del hombre de la calle, la carta decía que el departamento comercial en el que mi padre había estado empleado había llevado una auditoría general de sus libros; parecía que faltaban quince mil dólares y que tenían pruebas de que mi padre se los había robado. El resto de la carta simplemente manifestaba que si yo no pagaba los quince mil dólares iríamos a la corte y que intentarían duplicar aquella cantidad.

Todo aquello me trastornó y, por esa razón, aquellas preguntas que se me tendrían que haber ocurrido no lo hicieron. ¿Por qué no descubrieron antes el error? ¿Por qué me estaban ofreciendo arreglar el asunto sin ir a la corte?

Fui hasta la oficina de Erwin, Erwin y Bradstreet y discutimos el tema. Para decirlo en pocas palabras, pagué la suma que me estaban pidiendo y me quedé sin dinero.

Al día siguiente busqué la firma Erwin, Erwin y Bradstreet en la guía telefónica. No figuraba. Me dirigí a su oficina y encontré un cartel de Se Alquila en la puerta. Fue entonces cuando comprendí que había sido estafado como un niño incauto; cosa que, reflexioné miserablemente, era justo lo que yo era.

A los de la universidad los engañé durante mis primeros meses, pero finalmente descubrieron que no había sido convenientemente matriculado. 

Ese mismo día conocí a Rankin en un bar. Fue mi primera experiencia en una taberna. Tenía una licencia de conducir falsificada, así que pedí los whiskys suficientes como para emborracharme. Imaginé que lograrlo me llevaría algo así como dos whiskys puros, ya que nunca antes de aquella noche había tomado más que una botella de cerveza.

El primero me sentó bien; el segundo logró que mi problema pareciera más inconsistente. Me estaba zampando el tercero cuando Rankin entró en el bar.

Se sentó en el taburete junto al mío y me miró con atención.

—¿Tienes algún problema? —le pregunté bruscamente.

Rankin sonrió.

—Sí, ando buscando un ayudante.

—¿Ah, sí? —le pregunté, interesado—. ¿Te refieres a que quieres contratar a alguien?

—Sí.

—Bien, soy tu hombre.

Comenzó a decir algo pero luego cambió de idea.

—Mejor vayamos a un reservado y conversémoslo, ¿te parece?

Nos dirigimos a un reservado y comprendí que me estaba arriesgando demasiado. Rankin tiró de la cortina.

—Así está mejor. Ahora, ¿quieres un trabajo?

Asentí.

—¿Te preocupa de qué pueda tratarse?

—No. ¿Cuánto es la paga?

—Quinientos el trabajo.

Se evaporó un poco la niebla rosada que me rodeaba. Algo no andaba bien allí. No me gustó nada la forma en que usó la palabra «trabajo».

—¿A quién tengo que matar? —pregunté con una sonrisa poco jovial. 

—No tienes que hacerlo. Pero antes de que pueda decirte de qué se trata, tendrás que hablar con el señor Weinbaum.

—¿Quién es?

—Es un... científico.

La niebla se evaporó más aún. Me levanté.

—Uh-uh. No tengo interés en servir de conejito de indias. Consíguete a otro flaco.

—No seas idiota —me dijo—. Nadie te hará daño.

—Bien, vamos —respondí, en contra de mi buen juicio.

 

 

CAPÍTULO TRES

 

Tras una recorrida por la casa que incluyó al laboratorio, Weinbaum se refirió al propósito de mi labor. Vestía un guardapolvo blanco y había algo en él que hacía que me estremeciera por dentro. Se apoltronó en la sala y me señaló un asiento. Rankin había desaparecido. Weinbaum me observó con esos ojos penetrantes y una vez más sentí que me atravesaba una corriente helada.

—Se lo explicaré de este modo —dijo—; mis experimentos son demasiado complicados como para describirlos con lujo de detalles, pero están relacionados con la carne humana. Con carne humana muerta.

Empecé a notar que sus ojos se iluminaban con llamaradas vacilantes. Parecía una araña lista para zamparse una mosca, y toda la casa era su tejido. El sol se inflamaba al oeste, y profundos charcos de sombras se extendían por el cuarto, ocultando su rostro, pero dejando los relucientes ojos, como si se movieran en la creciente oscuridad.

Él continuaba hablando: 

—A menudo, las personas donan sus cuerpos a los institutos científicos para su estudio. Desafortunadamente soy un hombre que trabaja en solitario, de modo que tengo que recurrir a otros métodos.

El horror saltó sonriendo desde las sombras, y por mi mente se filtró la horrible imagen de dos hombres cavando a la luz de una luna imprecisa. Una pala golpeaba la madera; el ruido congeló mi alma. Me puse de pie de un salto.

—Creo que puedo encontrar el camino hasta la puerta, señor Weinbaum.

Se rió suavemente.

—¿Le comentó Rankin cuál es la paga por este trabajo?

—No estoy interesado.

—Mal hecho. Esperaba que pudiera verlo a mi manera. No le llevaría más de un año ganar el dinero suficiente como para volver a la universidad.

Me sobresalté, experimentando la extraña sensación de que aquel hombre estaba escrutando mi alma.

—¿Cuánto sabe de mí? ¿Cómo lo averiguó?

—Tengo mis recursos —rió entre dientes de nuevo—. ¿Va a reconsiderarlo?

Vacilé.

—¿Hacemos la prueba? —me preguntó suavemente—. Estoy convencido de que ambos podemos llegar a un mutuo entendimiento.

Tuve la terrible impresión de estar hablando con el mismísimo diablo, que de algún modo me había obligado a venderle mi alma.

—Preséntese aquí a las ocho en punto, pasado mañana a la noche —me dijo.

Así fue como todo empezó.

 

En cuanto Rankin y yo ubicamos el cadáver envuelto de Daniel Wheatherby sobre la mesa del laboratorio se encendieron unas luces detrás de unos paneles rectangulares que parecían tanques de vidrio.

—Weinbaum —sin darme cuenta, había olvidado llamarlo «señor»—; me parece...

—¿Ha dicho algo? —preguntó, con sus ojos atravesando los míos. El laboratorio pareció alejarse. Sólo quedábamos nosotros dos, precipitándonos en un submundo repleto de horrores que estaban más allá de la imaginación.

Rankin entró vestido con una blanca chaqueta corta, y rompió el hechizo al decir:

—Todo listo, profesor.

Rankin me detuvo en la puerta.

—El viernes, a las ocho.

Un escalofrío helado y terrible me corrió por la espalda cuando miré hacia atrás. Weinbaum había tomado un escalpelo y estaba cortando la sábana que cubría el cuerpo. Ambos me miraron de manera extraña y yo me largué de allí.

Me subí al auto y rápidamente desanduve el angosto y sucio sendero. No volví la mirada. El aire era puro y caliente, con una promesa de verano en ciernes. El cielo era azul, con algodonosas nubes blancas deslizándose por la cálida brisa estival. La noche anterior parecía una pesadilla, un sueño vago que, como todas las pesadillas, se vuelve irreal y transparente cuando resplandece la brillante luz del día. Pero cuando conduje más allá de las verjas de hierro del Cementerio Crestwood comprendí que no se trataba de un sueño. Cuatro horas atrás mi pala había removido la tierra que cubría la tumba de Daniel Wheatherby.

Un nuevo pensamiento me asaltó por primera vez. ¿Qué le estaban haciendo al cuerpo de Daniel Wheatherby en ese momento? Relegé la pregunta a un profundo rincón de mi mente y apreté el acelerador. Me concentré en manejar el auto, agradecido por haber alejado de mi mente, al menos durante un rato, la terrible acción que había llevado a cabo. 

 

 

CAPÍTULO CUATRO

 

El paisaje de California se borroneaba a medida que aumentaba la velocidad. Los neumáticos chirriaron en una curva y, cuando salí de ella, varias cosas sucedieron al mismo tiempo.

Vi a una camioneta imprudentemente estacionada en medio de la línea blanca, a una muchacha de unos dieciocho años corriendo justo hacia mi auto, y a un hombre mayor detrás de ella. Clavé los frenos, que explotaron como bombas. Maniobré el volante y el cielo de California de repente se encontró debajo de mí. Entonces todo se acomodó y comprendí que había dado una vuelta de campana. Por un momento quedé aturdido, pero entonces un grito fuerte y chillón, penetrante, me atravesó la cabeza.

Abrí la puerta y corrí a toda velocidad por la ruta. El hombre tenía a la muchacha y estaba arrastrándola hacia la camioneta. Era más fuerte que ella, pero la chica le estaba arrancando unos centímetros de piel por cada paso que él daba.

El tipo me descubrió.

—Tú te quedas donde estás, compañero. Yo soy su tutor.

Me detuve y me sacudí las telarañas de mi cerebro. Era exactamente lo que él había estado esperando. Cargó con un puñetazo que me asestó a un lado de la barbilla y me derribó al suelo. Agarró a la muchacha y prácticamente la arrojó dentro de la cabina.

Cuando logré levantarme él ya estaba en el asiento del conductor y haciendo rechinar los neumáticos. Pegué un salto y me subí al techo justo cuando arrancaba. Por poco no salí despedido, aunque tuve que arañar como cinco capas de pintura para poder sujetarme. Entonces extendí un brazo a través de la ventanilla abierta y lo sujeté del cuello; con una maldición, el tipo me agarró de la mano. Dio un volantazo, y el camión giró locamente al borde de un empinado terraplén.

Lo último que recuerdo es la trompa del camión apuntando hacia abajo. Entonces mi contrincante me salvó la vida al pegarme un tirón del brazo; salí dando volteretas justo cuando el camión se zambullía por el precipicio.

Aterricé duro, aunque la piedra en la que aterricé lo era más. Todo se desvaneció.

Algo fresco me tocó la frente cuando recuperé el sentido. Lo primero que vi fue la luz roja que destellaba en el techo del auto de aspecto oficial, estacionado junto al terraplén. Me erguí de repente, y unas manos suaves me empujaron hacia abajo. Unas manos agradables, las manos de la muchacha que me había metido en este enredo.

Tenía a un Agente de la Policía de Carreteras sobre mí, y a una voz oficial que me decía:

—La ambulancia está en camino. ¿Cómo se encuentra?

—Machucado —le dije, sentándome de nuevo—. Aunque dígale a la ambulancia que se largue. Estoy bien.

Intentaba sonar impertinente. La policía era lo último que necesitaba luego del "trabajito" de las últimas noches.

—¿Qué puede decirme sobre esto? —preguntó el policía, sacando una libreta de notas. Antes de contestarle caminé sobre el terraplén. El estómago me dio un vuelco. La camioneta estaba enterrada de trompa en el suelo de California, y mi compañero de boxeo estaba transformando a aquella buena tierra de California en un barro rojizo con su propia sangre. Yacía grotescamente, con una mitad dentro de la cabina, y con la otra mitad fuera. Los fotógrafos estaban haciendo sus tomas. Estaba muerto.

Retrocedí. El agente de policía me miraba como esperando que vomitara pero, gracias a mi nuevo trabajo, mi estómago era admirablemente fuerte.

—Yo venía conduciendo desde el distrito de Belwood —le respondí—, aparecí doblando aquella curva…

Le conté el resto de la historia con la ayuda de la muchacha. Justo cuando terminé llegó la ambulancia. A pesar de mis protestas y de las de mi todavía anónima amiga, fuimos empujados a la parte trasera.

Dos horas después teníamos el visto bueno de salud por parte del agente de policía y de los doctores, y nos pidieron que testimoniáramos en las pesquisas de la semana siguiente.

Encontré mi automóvil en el bordillo. Se encontraba un poco peor que antes, aunque las ruedas reventadas habían sido reemplazadas. ¡En el salpicadero había una factura que daba cuenta de los gastos del camión grúa, de los neumáticos, y del escuadrón de limpieza! Ascendía a casi doscientos cincuenta dólares; la mitad del cheque por el trabajo de la noche anterior.

—Pareces preocupado —dijo la chica.

Me volví hacia ella.

—Um, sí. Bien, ya que esta mañana casi nos asesinan juntos, ¿qué te parece si me dices cómo te llamas y vamos a almorzar a algún lado?

—De acuerdo —dijo ella—. Mi nombre es Vicki Pickford. ¿Y el tuyo?

—Danny —respondí inexpresivamente mientras nos apartábamos del bordillo. Cambié de tema con rapidez—. ¿Qué sucedió esta mañana? Le escuché decir a ese tipo que era tu tutor...

—Sí —confirmó.

Me reí.

—Mi nombre es Danny Gerad. Te enterarás por los diarios vespertinos.

Ella sonrió gravemente.

—De acuerdo. Era mi custodio. También era un borrachín y un tipo despreciable.

Sus mejillas se tiñeron de rojo. La sonrisa desapareció.

—Lo odiaba, y me alegro de que haya muerto.

Me echó una mirada cortante y por un instante vislumbré el húmedo brillo del miedo en sus ojos; luego recuperó su autocontrol. Estacionamos y comimos el almuerzo.

Cuarenta minutos después pagué la cuenta con mi dinero recientemente adquirido y regresamos al auto.

—¿Hacia dónde? —pregunté.

—Motel Bonaventure —dijo ella—. Es donde estoy parando.

Ella notó un sobresalto de curiosidad en mis ojos y suspiró.

—Está bien, estaba huyendo. Mi tío David me encontró e intentó arrastrarme de vuelta a casa. Cuando le dije que no iría me metió en la camioneta. Estábamos pasando esa curva cuando le arrebaté el volante de las manos. Entonces llegaste tú.

Se encerró en sí misma como una almeja y no intenté obtener más nada de ella. Había algo extraño en su historia; no quise presionarla. La acerqué hasta la playa de estacionamiento y apagué el motor.

—¿Cuándo puedo verte de nuevo? —pregunté—. ¿Qué tal si vemos una película mañana?

—Seguro —contestó.

—Pasaré a buscarte a las siete y media —le dije y me alejé, reflexionando pensativamente en los eventos que me habían ocurrido en las últimas veinticuatro horas.

 

 

CAPÍTULO CINCO

 

Cuando entré en el departamento el teléfono estaba sonando. Lo descolgué y tanto Vicki como el accidente y el luminoso mundo laboral de la California suburbana se fundieron en un submundo de sombras, de seres fantasmas. La voz que susurraba fríamente en el receptor era la de Weinbaum.

—¿Problemas? —inquirió con suavidad, aunque había un tono ominoso en su voz.

—Tuve un accidente —le contesté.

—Leí acerca de eso en el diario… —la voz de Weinbaum se arrastró. El silencio descendió sobre nosotros durante un momento y luego dije:

—¿Eso significa que me está descartando?

Esperé que dijera que sí; yo no tenía la valentía suficiente para renunciar.

—No —respondió con suavidad—, tan sólo quería asegurarme de que no reveló nada sobre el... trabajo... que está realizando para mí.

—Pues bien, no lo hice —le dije lacónicamente.

—Mañana a la noche —me recordó—. A las ocho.

Hubo un click y luego el tono de discar. Me estremecí y colgué el receptor. Tenía la extrañísima sensación de acabar de cortar una comunicación con la tumba.

La mañana siguiente a las siete y media en punto pasé a buscar a Vicki por el Motel Bonaventure. Ella estaba ataviada con un vestido que le daba un aspecto estupendo. Le silbé por lo bajo; ella se ruborizó encantadoramente. No hablamos del accidente.

La película era buena y nos tomamos de la mano parte del tiempo, comimos palomitas de maíz parte del tiempo, y nos besamos una o dos veces. Todo aquello en una tarde agradable.

El segundo detalle importante sucedió llegando al climax de la película, cuando un acomodador bajó por el pasillo.

Se detenía en cada fila y parecía irritado. Finalmente se plantó en la nuestra. Barrió la fila de asientos con el haz de la linterna y preguntó:

—¿El señor Gerad? ¿Daniel Gerad?

—¿Sí? —pregunté, sintiendo la culpa y el miedo corriendo a través de mí.

—Hay un caballero en el teléfono, señor. Dice que es una cuestión de vida o muerte.

Vicki me miraba sobresaltada mientras yo seguía al acomodador apresuradamente. Alertaron a la policía. Mentalmente tomé nota de mis únicos parientes vivos. La tía Polly, la abuela Phibbs y mi tío abuelo Charlie; hasta donde yo sabía todos ellos seguían con vida.

Podrían haberme derribado con una pluma cuando levanté el receptor y escuché la voz de Rankin.

Habló rápidamente, con una cruda señal de miedo en su voz:

—¡Ven aquí, ahora mismo! Necesitamos...

Había sonidos de lucha, un grito ahogado, luego un chasquido y el tono vacío del discado.

Colgué y regresé a toda prisa junto a Vicki.

—Ven —le dije.

Me siguió sin preguntarme nada. Al principio pensé en conducir hasta el motel, pero el grito ahogado me hizo decidir que se trataba de una emergencia. Ni Rankin ni Weinbaum me gustaban, pero sabía que tenía que ayudarlos.

Nos largamos.

—¿De qué se trata? —preguntó Vicki ansiosamente, mientras yo pisaba el acelerador y hacía patinar el automóvil.

—Mira —le dije—, algo me dice que tienes tus propios secretos con respecto a tu tutor; yo también tengo los míos. Por favor, no preguntes.

Ella no volvió a hablar.

Tomé posesión de la senda de paso. El velocímetro subió de ciento veinte a ciento treinta, continuó aumentando y tembló al borde de los ciento cuarenta. Entré en el desvío en dos ruedas, y el auto se zarandeó, se aferró al piso y empezó a volar por el sendero.

Podía ver la casa, siniestra y lúgubre contra el cielo encapotado. Detuve el auto y me encontré afuera en un segundo.

—Espera aquí —le grité a Vicky por sobre mi hombro.

Había una luz encendida en el laboratorio; abrí la puerta violentamente. Estaba vacío pero arrasado. El lugar era un lío de tubos de ensayo rotos, aparatos destrozados y, sí, unas manchas sangrientas que cruzaban la puerta entornada que llevaba al garaje en sombras. Entonces advertí el líquido verde que fluía por el suelo en pegajosos riachuelos. Por primera vez noté que se había roto uno de los diversos tanques. Caminé por encima de los otros dos. Las luces que tenían adentro estaban apagadas, y los paneles que los cubrían no dejaban ver qué podrían haber tenido dentro o, ya que estamos, qué era lo que todavía tenían.

No tenía tiempo para andar mirando. No me gustó nada la vista de la sangre, todavía fresca y sin coagular, que se dirigía a la puerta delantera del garaje. Abrí la puerta con cuidado y entré en el garaje. Estaba oscuro y no sabía dónde buscar el interruptor de la luz. Me maldije por no traer la linterna que guardaba en la guantera. Me adelanté unos pocos pasos y me di cuenta de que una corriente de aire frío me soplaba contra la cara; avancé hacia ella.

La luz del laboratorio arrojaba un dorado pozo de luz a todo lo largo del suelo del garaje, aunque no llegaba a alumbrar nada en esa espesa negrura. Regresaron todos mis infantiles miedos a la oscuridad. Una vez más me introduje en esos reinos del terror que sólo un niño puede llegar a conocer.  Comprendí que la sombra que me espiaba desde la oscuridad no podría disiparse con ninguna luz brillante.

De repente, mi pie derecho pisó el vacío. Adiviné que la corriente de aire provenía de una escalera en la que casi me había caído. Lo debatí durante un momento, pero luego me volví y atravesé de prisa el laboratorio y corrí hacia el auto.

 

 

CAPÍTULO SEIS

 

Vicki se me vino encima en cuanto abrí la puerta del auto.

—¿Danny, qué estás haciendo aquí?

Su tono de voz me hizo mirarla con atención. Su rostro se veía aterrorizado bajo el enfermizo resplandor de la luz.

—Trabajo en este lugar —expliqué brevemente.

—Al principio no advertí donde nos encontrábamos —dijo ella, con lentitud—. Sólo una vez estuve aquí.

—¿Has estado aquí antes? —exclamé— ¿Cuándo? ¿Y por qué?

—Una noche —dijo reservadamente—, le traje la comida al tío David. Se la había olvidado.

El nombre hizo sonar una campanilla en mi mente. Ella comprendió que yo intentaba recordar de quién se trataba.

—Mi tutor —explicó—. Quizás lo mejor sería que te cuente toda la historia. Probablemente sepas que no se suele designar como tutor a las personas que tienen problemas con la bebida. Bien, el tío David no siempre los tuvo. Hace cuatro años, cuando papá y mamá murieron en un choque de trenes, el tío David era la persona más amable que te puedas imaginar. La corte lo designó como mi tutor hasta que yo llegara a la mayoría de edad, con mi sustento completo.

Se quedó callada durante un momento, reviviendo sus recuerdos, y la expresión que le cruzó por los ojos no fue nada agradable; luego continuó el relato.

—Hace dos años cerró la compañía en la que trabajaba como vigilante nocturno, y mi tío se quedó sin trabajo. Estuvo desempleado durante casi año y medio. Comenzamos a desesperarnos, con tan sólo los cheques de asistencia social para alimentarnos y con la universidad amenazando con suspenderme. Entonces consiguió un trabajo. Era bien pago y originaba sumas fabulosas. Solía bromear sobre los bancos que había tenido que robar. Una noche él me miró y me dijo: «No se trata de bancos».

Sentí que el miedo y la culpa me daban golpecitos en el hombro con unos dedos fríos. Vicki siguió hablando.

—Comenzó a volverse irritable. Empezó a traer whisky a la casa y a emborracharse. Me esquivaba en las ocasiones en que le preguntaba por su trabajo. Una noche me dijo que dejara de molestarlo y que me metiera en mis propios asuntos.

»Lo vi derrumbarse delante de mis propios ojos. Hasta que una noche se le escapó un nombre; Weinbaum, Steffen Weinbaum. Un par de semanas después olvidó llevarse su comida de medianoche. Busqué el nombre en la guía telefónica y se la llevé. Se puso terriblemente furioso, como nunca lo había visto.

»En las semanas que siguieron se quedaba más y más tiempo en esta casa horrible. Una noche, cuando volvió a casa, me pegó. Yo decidí escapar. El tío David que conocía estaba muerto, al menos para mí. Pero me atrapó... y entonces llegaste tú.

Se quedó callada.

Me estremecí de la cabeza a los pies. Tenía una idea bastante aproximada acerca de qué fue lo que hizo el tío de Vicki para ganarse la vida. La época en la que Rankin me había contratado coincidía con aquella en la que el tutor de Vicki perdiera el control. En ese instante estuve a punto de arrancar el auto y largarme, a pesar de la salvaje carnicería del laboratorio, a pesar de la escalera secreta, incluso a pesar del reguero de sangre en el piso. Pero entonces un grito lejano y débil llegó hasta nosotros. Manoteé el botón del compartimiento de la guantera, metí la mano dentro, y la revolví hasta encontrar la linterna.

La mano de Vicki me apretó el brazo.

—No, Danny. Por favor, no lo hagas. Sé que algo terrible está pasando aquí. ¡Condúcenos lejos de eso!

El grito sonó de vuelta, esta vez más debilitado, y tomé una determinación: agarré la linterna. Vicki me adivinó la intención.

—Muy bien, iré contigo.

—Uh-uh —dije—. Tú te quedas aquí. Tengo el presentimiento de que hay algo... suelto allí afuera. Tú te quedas aquí.

Volvió al asiento de mala gana. Cerré la puerta y regresé corriendo al laboratorio. Entré de nuevo al garaje, sin detenerme. La linterna alumbró el agujero oscuro donde la pared se había deslizado para revelar la escalera. Con la sangre tamborileándome densamente en las sienes, me aventuré allí abajo. Fui contando los escalones, apuntando con la linterna hacia las anodinas paredes, hacia la impenetrable oscuridad de las profundidades.

—Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés...

Al llegar al treinta, la escalera se convirtió repentinamente en un corto pasadizo. Empecé a atravesarlo sigilosamente, deseando tener a mano un revólver o incluso un cuchillo que me hiciera sentir un poco menos desnudo y vulnerable.

De repente un grito, terrible y colmado de miedo, resonó en la oscuridad que tenía enfrente. Era el sonido del terror, el sonido de un hombre enfrentado con algo salido de los más profundos fosos del horror. Comencé a correr. Mientras lo hacía advertí que la fría corriente de aire me estaba soplando directamente en la cara. Supuse que el túnel debía dar al exterior. Y entonces me tropecé con algo.

Era Rankin, tirado en el charco de su propia sangre; sus ojos contemplaban el techo con un horror vidrioso. La parte trasera de su cabeza estaba aplastada.

Delante de mí escuché el disparo de una pistola, una maldición, y otro grito. Corrí hacia allí y por poco me caigo de bruces al tropezar con unos nuevos escalones. Al subirlos distinguí, allá arriba, una escalera vagamente enmarcada contra una abertura cubierta con malezas. Las hice a un lado y me encontré con un cuadro sorprendente: silueteada contra el cielo, una figura alta que sólo podía ser de Weinbaum, con un revólver colgándole de una mano, y mirando hacia el suelo en sombras. Incluso las nubes, que se habían abierto brevemente para dejar pasar la luz de las estrellas, volvieron a cerrarse.

Él me escuchó y se dio vuelta con prontitud, con sus ojos vidriosos como linternas rojas en la oscuridad.

—Oh, es usted, Gerad.

—Rankin está muerto —le dije.

—Lo sé —respondió—. Usted podría haberlo evitado llegando un poco más rápido.

—Oh, cállese —le contesté, enojado—. Me apuré...

Fui interrumpido por un sonido que, desde entonces, me ha venido persiguiendo en mis pesadillas, un horroroso sonido maullante, como si se tratara del grito de dolor de alguna rata gigantesca. Por el rostro de Weinbaum vi pasar el reconocimiento, el miedo, y finalmente un parpadeo de determinación, todo en cuestión de segundos. Me sentí profundamente aterrorizado.

—¿Qué es eso? —pregunté con la voz estrangulada.

Como al descuido, con toda su afectada indiferencia, barrió el fondo del pozo con el haz de luz, y alcancé a notar que su mirada se apartaba de algo. 

La cosa maulló de nuevo y experimenté otro espasmo de miedo. Estiré el cuello para poder ver qué clase de horror yacía en aquel pozo, un horror capaz de lograr que incluso Weinbaum gritara de abyecto terror. Y justo antes de que pudiera verlo, un horrible alarido de espanto se alzó y desplomó desde el difuso contorno de la casa.

Weinbaum dejó de alumbrar el pozo con su linterna y la apuntó contra mi cara.

—¿Quién fue? ¿Con quién vino usted? —preguntó.

Pero yo tenía mi propia linterna encendida, de modo que volví a atravesar corriendo el pasadizo, con Weinbaum pegado a mis talones. Había reconocido el grito. Ya lo había oído antes, cuando una muchacha asustada casi se abalanza contra mi auto mientras huía de su maniático tutor.

¡Vicki! 

 

 

CAPÍTULO SIETE

 

Escuché que Weinbaum ahogaba un grito cuando entramos en el laboratorio. El lugar estaba inundado del líquido verde. ¡Los otros dos recipientes estaban rotos! Sin detenerme, transpuse los recipientes destruídos y vacíos y salí por la puerta. Weinbaum no me siguió.

No había nadie en el coche; la puerta del lado del pasajero estaba abierta. Barrí el suelo con la luz de mi linterna. Aquí y allá se veían las huellas de una chica que calzaba tacones altos, una chica que tenía que ser Vicki. El resto de las huellas fueron borradas por algo monstruoso; vacilo al intentar considerarla una huella. Era más bien como si algo grande se hubiera arrastrado en dirección al bosque. Su enormidad quedó demostrada, además, cuando descubrí los arbolillos quebrados y la maleza aplastada.

Volví corriendo al laboratorio, donde Weinbaum estaba sentado con la cara pálida y estirada, contemplando los tres tanques vacíos y destrozados. El revólver estaba sobre la mesa; me apoderé de él y me dirigí hacia la puerta. 

—¿Adónde se piensa que va con eso? —interpeló, poniéndose de pie. 

—Afuera, en busca de Vicki —gruñí—. Y si llega a estar herida o...      —no terminé la frase.

Me precipité en la aterciopelada oscuridad de la noche. Me zambullí en el bosque con la pistola en una mano y la linterna en la otra, siguiendo el sendero trazado por algo en lo que no quería pensar. La pregunta vital que me ardía en la mente era si tenía a Vicki o si aún la estaba arrastrando. Si la tenía en su poder…

Mi pregunta fue respondida por un grito agudo que no sonó demasiado lejos de mí.

Salí corriendo, más rápidamente ahora, cuando de repente aparecí en un claro.

Quizás sea porque quiero olvidarlo, o tal vez sólo porque la noche era oscura y comenzaba a ponerse brumosa, pero lo cierto es que tan solo puedo recordar cómo Vicki apareció a la luz de mi linterna, corriendo hacia mí, para enterrar su cabeza contra mi hombro y sollozar.

Una enorme sombra se me acercó maullando de manera asquerosa, volviéndome casi loco del terror. Atropelladamente, escapamos de aquel horror en la oscuridad, de regreso a las reconfortantes luces del laboratorio, lejos del nunca visto terror que acechaba en la negrura. Mi cerebro, enloquecido por el miedo, me decía que si sumabas dos y dos obtenías un cinco.

Los tres tanques habían contenido tres cosas provenientes de los más oscuros abismos de una mente retorcida. Una había escapado; Rankin y Weinbaum la persiguieron. Había matado a Rankin, pero Weinbaum la hizo caer en el pozo disimulado. La segunda cosa se debatía ahora torpemente  en el bosque, y de repente recordé que, fuera lo que fuese, era muy grande y le había llevado bastante tiempo arrastrarse hasta allí. Entonces comprendí que había retenido a Vicki en una hondonada. ¡Había llegado al fondo... con mucha facilidad! Pero, ¿y volver a escalarla? Estaba casi seguro de que no podría lograrlo.

Dos de ellas se encontraban fuera del juego. Pero, ¿dónde estaba la tercera? Mi pregunta fue respondida en ese preciso instante por un grito proveniente del laboratorio. Y por un… maullido. 

 

 

CAPÍTULO OCHO

 

Corrimos hasta la puerta del laboratorio y la abrimos. Estaba vacío; los gritos y los terribles sonidos maullantes provenían del garaje. Llegué a la puerta, y desde aquel entonces he estado agradecido de que Vicki se quedara en el laboratorio y se ahorrara la visión que me ha despertado de mil espantosas pesadillas.

El laboratorio estaba en sombras y lo único que podía distinguir era una enorme mancha moviéndose perezosamente. ¡Y los alaridos! Gritos de terror, los gritos de un hombre que se está enfrentando a un monstruo salido de los abismos del infierno. Algo maullaba espantosamente y parecía jadear complacido.

Mi mano se movió en busca de la llave de la luz. ¡Allí estaba, la encontré! La luz inundó el cuarto, iluminando un cuadro de horror que era el resultado del asunto de la tumba en el que había participado, tanto el tío muerto como yo.

Un gusano grande y blanquecino se retorcía en el suelo del garaje, reteniendo a Weinbaum con sus ventosas extendidas, alzándolo hacia esa boca rosa y goteante de la que provenían los desagradables maullidos. Las venas, rojas y pulsantes, sobresalían bajo su carne viscosa, y millones de diminutos gusanos serpenteaban en las vasos sanguíneos, en la piel, incluso formaban un gran ojo que me miró fijamente. Un inmenso gusano, compuesto de centenares de millones de gusanos, los festejantes de la carne muerta que Weinbaum había utilizado tan desvergonzadamente.

Inmerso en el submundo del terror, disparé el revólver una y otra vez. La cosa maulló y se convulsionó.

Weinbaum gritó algo mientras era arrastrado inexorablemente hacia la boca que esperaba. Aunque no podía creerlo, logré entenderle por sobre el horroroso sonido que producía la criatura.

—¡Dispárele! ¡Por el amor del cielo, dispárele!

Entonces noté los pegajosos charcos de líquido verde que, provenientes del laboratorio, se rebalsaban sobre el suelo. Me puse a buscar mi encendedor, lo encontré y lo accioné frenéticamente. De repente recordé que había olvidado cambiarle la piedra. De modo que busqué la cajita de fósforos, saqué uno y con aquél encendí todos los demás. Lo hice justo cuando Weinbaum gritaba por última vez. Distinguí su cuerpo a través de la translúcida piel de la criatura, que aún se sacudía mientras miles de gusanos se le pegaban como sanguijuelas. Sintiendo náuseas, arrojé los fósforos encendidos en el rezume verde. Era inflamable, tal como lo imaginaba. Estalló en llamas resplandecientes. La criatura se enroscó en una asquerosa pelota de carne pulsante y podrida.

Me volví y salí a los trompicones hasta donde se encontraba Vicki, pálida y temblorosa.

—¡Vamos! —le dije—; salgamos de aquí! ¡Todo el lugar va a arder!

Nos abalanzamos dentro del auto y nos alejamos a toda velocidad.

 

 

CAPÍTULO NUEVE

 

No queda mucho por agregar. Imagino que habrán leído todo lo referente al fuego que arrasó el distrito residencial Belwood de California, y que barrió con casi veinte kilómetros cuadrados de bosques y casas residenciales. No podría sentirme demasiado mal acerca de aquel incendio. Calculo que cientos de personas habrían sido exterminadas por las gigantescas cosas-gusano que Weinbaum y Rankin estaban engendrando. Volví a aquel lugar en el auto, luego del incendio. Todo estaba lleno de ruinas carbonizadas. No quedaban restos reconocibles del horror contra el que luchamos esa última noche, y, tras buscar durante un rato, encontré un armario de metal. Adentro tenía tres cuadernos de anotaciones.

Uno de ellos era el diario de Weinbaum. Lo leí con detenimiento. Revelaba que estaban experimentando con la carne muerta, exponiéndola a los rayos gamma. Un día observaron una cosa extraña: algunos de los gusanos que se arrastraban sobre la carne estaban creciendo, agrupándose. Con el tiempo fueron creciendo juntos, formando tres grandes gusanos por separado. Quizás la bomba radiactiva había acelerado la evolución.

No lo sé.

Además, no quiero saberlo.

Supongo que, en cierto modo, tuve algo que ver con la muerte de Rankin; la carne del cadáver cuya tumba yo mismo había profanado quizás había alimentado a la misma criatura que lo terminó matando.

Vivo con ese pensamiento. Pero creo que puede haber un perdón. Me estoy esforzando por conseguirlo. O, más bien, ambos nos estamos esforzando.

Vicki y yo. Juntos.

 

LA INVOCACION -- FRAN MORELL

Escrito por imagenes 18-04-2009 en General. Comentarios (4)

LA INVOCACION -- FRAN MORELL

 

LA INVOCACION -- FRAN MORELL




La invocación
Fran Morell


http://bloodgothic.blogspot.com/2009/04/la-invocacion-fran-morell.html


Un instante después de haber terminado la Invocación, el suelo se llenó de hormigas, y las ventanas comenzaron a hervir con la febril actividad de gigantescas moscardas azules. En poco tiempo habrían logrado entrar. Sabía que el Libro aconsejaba dar gracias a Dios por haber permitido el contacto con los demonios, pero por algún motivo, aquello me pareció una blasfemia aún mayor que el acto que acababa de realizar. Una gigantesca polilla golpeó con fuerza contra el plafón de la lámpara sobre mi cabeza. Creí que iba a romperlo. Miré al suelo. El círculo de tiza seguía intacto, y ninguna hormiga lo había traspasado.
De pronto, sentí una arcada incontrolable. No había pensado que la presencia de aquellos insectos abominables pudiera afectarme tanto, pero verlos todos juntos, saliendo de ninguna parte y reptando por el suelo y las paredes de la habitación, me produjo una impresión nefasta. Sabía que no debía derrumbarme, que eso era lo que los demonios estaban esperando. Debía mantenerme dentro del círculo, y en aquel instante comprendí que contra mis previsiones iniciales, lo había dibujado demasiado pequeño. Apenas tenía espacio para mis propios pies, y temía borrar descuidadamente algún trazo esencial. Rápidamente, repasé el Libro, en busca del conjuro de despedida, sólo por si acaso. Mis manos recorrieron nerviosamente las páginas gastadas y crujientes, y estuve a punto de dejarlo caer, lo cual hubiera sido un desastre.

Levanté la vista hacia la ventana. Las moscas habían logrado entrar todas, pero se limitaban a permanecer ominosamente en la pared, moviéndose espasmódicamente en espera de alguna señal por mi parte. Afuera se había levantado una terrible ventolera, porque los cristales golpeaban contra los marcos y el aire silbaba una canción espectral que por algún motivo me pareció que contenía palabras, aunque de ningún idioma que hubiera oído antes, y que sin embargo estuve a punto de entender. Contuve un repentino impulso de dirigirme hacia la ventana para abrirla cuando ya casi mis pies habían comenzado a hacer el movimiento. Debía alejar de mi mente ese tipo de pensamientos.

Un aire frío invadió la estancia, y en mi piel se formaron pequeños bultitos. Los brazos comenzaron a temblarme sin que pudiera contenerlos. Sabía que aquello era la señal de que los demonios habían entrado por fin, y de que estaban amargados como yo suponía. Miré a mi alrededor ansiosamente, pero no hallé señal alguna de su presencia. Realmente, pensé, no tenía ni idea de cómo podrían presentarse ni de cuál sería su número. El Libro no decía nada sobre este particular. Sobre mi cabeza revoloteaba nerviosa la polilla, golpeando una y otra vez contra la lámpara, pasándome junto a la cabeza y realizando ese fantasmagórico zumbido característico de las alas membranosas. Me pregunté si no sería aquella polilla...

Y entonces los vi sobre la pared. Eran rostros repulsivos y enloquecedores, apenas meras sombras que sin embargo poseían movimientos propios, y supe que me estaban mirando y supe que su mirada contenía un odio puro, indescriptible. Nervioso, repasé de nuevo el Libro, pero las páginas comenzaron a pasar a toda prisa ante mis ojos, como movidas por el viento, y tuve que detenerlas con la mano libre, mientras que con la otra apenas si podía evitar que el volumen se me escapase volando. En la página que buscaba hallé sus nombres, Shrronghothoth, Abjadacsimm y Bheghosthrro, y los pronuncié en voz alta. Las sombras de la pared parecieron agitarse borrosamente mientras tanto. Algo estaba mal. Deberían haber contestado, pensé. Cerré el Libro y lo guardé en el interior de mi camisa, para poder así sacar del bolsillo la lista con mis peticiones.

Pero de inmediato, uno de los muebles más pesados, una estantería cargada de libros, se elevó unos centímetros en el suelo y comenzó a dar pesados golpes contra la pared, haciendo caer algunos tomos al suelo. Pronto todos los demás muebles hicieron lo mismo, y en el piso observé que las huellas de algo grande e invisible se acercaban desde la pared de las siluetas hacia el círculo donde me encontraba, haciendo crujir la madera, y me estremecí, porque sabía que alguien no invitado había comparecido. Detrás de mi se levantó un fuerte viento que irguió los faldones de mi camisa, helándome la espalda. Las huellas se detuvieron al llegar junto al círculo de tiza, y comenzaron a rodearlo muy lentamente, como un animal cerca a su presa antes de abatirse sobre ella. Cuando hubieron dado una vuelta completa, que seguí aterrado con la mirada, las sombras de la pared se diluyeron y creí escuchar unas risas infantiles encerradas en un murmullo de conversaciones sin palabras.

Un hedor apestoso se adueñó de la habitación. Creí percibir los efluvios de excrementos animales, tabaco negro y sudor humano. Sentí ganas de vomitar, las ganas de correr hacia la ventana se acrecentaron de nuevo. Me encontraba paralizado por el terror, y cuando estaba a punto de abrir de nuevo el Libro para consultar el modo en que debía dar fin al aquelarre, una voz sonó a mis espaldas:

- ¿Quién eres?

Me volví rápidamente, casi trastabillando con mis propios pies. Una figura borrosa se sentaba tranquilamente en el sillón del fondo, pero antes de que pudiera fijar mi vista en él, alzó un brazo y se encendió la lámpara de pie que estaba a su lado, sin apenas dejarme tiempo para acostumbrar de nuevo la vista a la recién creada luminosidad.

Era un joven. El rostro flaco y demacrado, blanquecino y sin señales. El pelo, muy corto, y la barba, apenas sin afeitar. Me miraba fijamente tras unas ligeras gafas metalizadas, y en sus ojos leí un desprecio tan profundo que hasta entonces no creí que pudiera existir. Vestía una sencilla camisa de cuadros abotonada hasta el cuello y unas pesadas botas militares. Lo reconocí en seguida, porque sabía que lo había visto antes espiando mis sueños. A su alrededor flotaban decenas de mariposas de brillantes colores, revoloteando junto a su cara y acercándose a la lámpara. Con una mueca horrenda, una sonrisa totalmente carente de alegría, volvió a decir:

- ¿Quién eres?

Aquella voz me aterrorizó. No se correspondía con el rostro que estaba mirando, sino con el de una mujer muy joven, casi el de una niña. Era tenebrosamente seductor, y por un instante estuve tentado de adelantarme, saliendo del círculo de tiza. Traté de pronunciar alguna frase, pero las palabras quedaron atrapadas en mi garganta, porque aún no sabía qué contestar, ni siquiera si debía decir nada en voz alta. No estaba seguro de que él supiera que yo estaba allí. Pero no fue necesario: de pronto, el demonio comenzó a emitir lo que parecían unas horrísonas gárgaras, que se transformaron en una risita infantil. La luz se apagó.

Me di cuenta que el corazón me latía demasiado aprisa, y temí que algo pudiera ocurrirme, cuando el dolor se hizo más persistente. Necesitaba sentarme, pero una vez más lamenté la estrechez del interior del círculo protector. Me llevé la mano al pecho y traté de espaciar mi apurada respiración. Estaba sudando abundantemente, creí que tenía fiebre. ¿Me habrían encontrado dentro del círculo...? Era imposible saberlo.

En el rincón donde había estado el joven ya no había nadie. Fijé de nuevo la vista y creí percibir sólo ligeras sombras que se contorsionaban juguetonas por la pared. La pestilencia se acentuó y una vez más sentí ganas de abrir la ventana. Volví la vista hacia ella, y de improviso, ambas hojas se abrieron con una violencia espantosa, dejando pasar un fortísimo viento helado. Los cristales comenzaron a golpear furiosamente contra las paredes y temí que se pudieran quebrar, pero por algún motivo, aún más temí que alguien pudiera escuchar el ruido y entrar en aquel instante.

El viento helado secó mi sudor, pero no se llevó la asquerosa fetidez. Los muebles comenzaron a golpear otra vez, los libros salieron despedidos en todas direcciones, y algunos cayeron por la ventana. En mi boca percibí los primeros síntomas del agrio vómito aproximarse y mi cuerpo se convulsionó en una primera y dolorosa arcada que casi me parte la espalda con un dolor seco. Traté de agacharme, aún dentro del círculo, y esta vez no sólo comprobé que no tenía espacio suficiente, sino que el Libro que había guardado dentro de la camisa me impedía doblarme. El armario abrió de golpe una de sus puertas, y el espejo que tenía en su interior se rompió en mil pedazos, que se unieron al estropicio general. Algunos trozos pasaron peligrosamente junto a mi rostro.


Con mucho cuidado, extraje lentamente el Libro, y busqué nerviosamente entre sus páginas. Sin embargo, no era sencillo leer en la oscuridad, y mientras fijaba frenéticamente la vista en los arcanos, una ráfaga de viento me sorprendió, arrebatándome el Libro de las manos, y haciéndolo caer al suelo, muy cerca del círculo... pero fuera.

Definitivamente, el terror se adueñó de mí. Sabía que no podía abandonar la protección del círculo, pero necesitaba consultar el Libro para detener la desastrosa invocación. Me agaché dolorosamente, pues aún era posible recuperarlo desde dentro, pero al acercar mi mano, las páginas se agitaron furiosamente como lacerantes palpos, y el entero volumen salió despedido fuera de la habitación, volando en alas del viento. Observé que en el suelo, el círculo de tiza comenzaba a desdibujarse con la acción del aire, y de finas, casi imperceptibles, gotas de lluvia, y lamenté no haber utilizado tiza roja. Bien sabía que una vez deshecho el círculo, yo quedaría a merced de lo que hubiera ahí fuera, de aquello que había convocado, y bien sabía que no tendría ningún tipo de piedad.

Me llevé las manos a la cara, tratando de recordar. Eso era lo único que podía salvarme ahora. Traté de recordar la lectura apresurada, el modo de deshacer el conjuro sin peligro para el celebrante, pero en mi mente sólo había danzantes evocaciones de los momentos en que había retado al médium y de cómo había leído precipitadamente los primeros ensalmos, creyendo que todo sería seguro y sencillo. En mi mente se agolparon los recuerdos de los recuerdos, las figuras casi reales de lo que estaba pensando en el momento de lanzar el reto y de practicar el conjuro. Páginas crujientes y amarillas volaron en mi imaginación, pude sentir de nuevo el tacto grasiento del papel en los dedos, pero en ellas sólo había símbolos que apenas formaban palabras, y aun éstas carecían de significado para mí. Cerré los ojos con fuerza y algunas palabras volvieron a mi boca, para sólo escapar un instante después, burlonas. Sólo entonces supe que jamás lograría recordar el hechizo de despedida, y desesperado, comencé a gritar, más allá de mis propias fuerzas. Chillé todo lo alto que me permitieron los pulmones, hasta desgarrar por completo las cuerdas vocales. Chillé y aullé hasta desgañitarme, cerrando los ojos con fuerza, haciendo coro con la cacofonía que ya se debatía a mi alrededor...

Y cuando abrí los ojos, la habitación estaba en calma.

La ventana, cerrada. El armario, con las puertas cerradas. Los pesados estantes inmóviles, y los libros en su sitio. No había ningún insecto, y la luz de la lámpara sobre mi cabeza brillaba con la fuerza de sus cien watios. Ni la menor presencia de aquel hediondo miasma que había atufado mis pulmones. El único ruido era el de mi respiración acelerada y el de mis dientes castañeteando. Incluso la temperatura era de nuevo agradable, la proporcionada por el radiador. Y a mis pies, el círculo estaba completo e intacto.

Sonreí, y casi sentí que el dolor de la espalda había cesado. La felicidad me invadió y respiré profundamente. Abandoné el interior del círculo, y entonces... sólo entonces... llegó la negrura.


http://bloodgothic.blogspot.com/2009/04/la-invocacion-fran-morell.html
 

Cómo Ocurrió -- Isaac Asimov

Escrito por imagenes 18-04-2009 en General. Comentarios (0)

Cómo Ocurrió -- Isaac Asimov

Cómo Ocurrió

Isaac Asimov

 

http://scifispecial.blogspot.com/2009/04/como-ocurrio-isaac-asimov.html

...

Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ese que hace que las

tribus se queden aleladas ante sus palabras.

-En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años,

hubo una gran explosión, y el universo...

Pero yo había dejado de escribir.

-¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.

-Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.

-No pongo en duda tu inspiración -aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres

años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración.

Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)-. Pero ¿vas

a contar la historia de la Creación a lo largo de un período de más de quince mil

millones de años?

-Tengo que hacerlo. Ese es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí dentro -dijo,

palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad.

Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.

-¿Sabes cuál es el precio del papiro? -dije.

-¿Qué?

(Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no

incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.)

-Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo

de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que

hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo

tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabarían

cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tú tengas la voz y

yo la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un

centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones ¿cómo

vamos a obtener derechos de autor?

Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:

-¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?

-Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público.

-¿Qué te parecen cien años?

-¿Qué te parecen seis días?

-No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo, horrorizado.

-Ese es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?

-Oh, está bien -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el principio... ¿De veras

han de ser sólo seis días, Aarón?

-Seis días, Moisés -dije firmemente.

 

http://scifispecial.blogspot.com/2009/04/como-ocurrio-isaac-asimov.html