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TANQUE COMÚN N° 2 -- SCI-FI --- EDWARD BRYANT

Escrito por imagenes 13-04-2009 en General. Comentarios (0)

TANQUE COMÚN N° 2

Edward Bryant

 

 

 

Combustible auxiliar

Límite estructural 17.605 Ibs.

Combustible PWA Espec. 522 revisado.

 

"La sociedad sub-subterránea Henry Bliss fue aparentemente organizada en julio de 1976, en un sótano situado en algún lugar próximo a Wichita, Kansas.

El grupo tomó ese nombre en memoria del primer accidente automovilístico registrado por las estadísticas. El 13 de setiembre de 1899, Henry H. Bliss fue atropellado y aplastado por un automóvil al descender de un tranvía que circulaba en dirección sur, en la intersección del Central Park Oeste y la Calle 74 de la ciudad de Nueva York."

Grupos ecológicos radicales:

Encuesta e investigación.

 

Entonces aparece la azafata en la parte delantera del compartimento, vestida con su jumper rojo, blanco y azul, resplandeciente y bien alimentada, con aspecto ligeramente constipado. Su sonrisa ha sido fijada para siempre en su lugar en la escuela de la línea aérea. Dudo de que duerma con alguien: ¿A quién le gustaría darse vuelta y besar su rictus sardonicus?

—Buenas tardes, damas y caballeros, sean bienvenidos al vuelo 880 de United Flight, servicio Concord a Nueva York. Por favor, ruego que dirijan su atención a la máscara de oxígeno situada exactamente encima de sus asientos. Es muy improbable que la cabina se despresurice, pero en el caso de...

Esta mañana me ha ocurrido algo muy extraño en el restaurante Denver Drumstick, en East Colfax. Llego justo antes de las once, límite tras el cual ya no se pueden pedir los dos huevos, tostadas y el pastel horneado que constituyen el desayuno especial por 69 centavos, y me recorrí el circuito Naugahyde hasta el mostrador.

—Bien —le digo a la camarera, que ahora que lo pienso tiene un misterioso parecido (¿genético? ¿ambiental?) con la agradable chica que está en la parte delantera del compartimento explicándonos por qué no podemos fumar con la máscara de oxígeno puesta en caso de descompresión por explosión. De todos modos, le digo a la chica del Denver Drumstick—: Déme el desayuno especial.

Y automáticamente me pregunta si quiero café y yo, por supuesto, le digo que sí. Me trae el café y veo que la crema está cortada. De todos modos bebo las pequeñas motitas blancas porque no quiero hacer problemas ni llamar la atención.

Entonces entra al Drumstick un tipo que carga una enorme bolsa de arpillera (parecida a ésas en las que se envasa el maíz o la cebada) sobre el hombro. Se sienta a mi lado y arroja la bolsa sobre el mostrador. Yo protejo mi taza de café con la mano para que no le caiga el polvillo de la avena... ya es suficiente que la crema esté cortada. Del otro lado de la bolsa se cae del mostrador el pollo frito de un tipo, dejando en el piso un Rorschach grasoso. Pero el tipo es solamente un pequeño de Ceylán con turbante que está haciendo uno de esos tours de Descubra América, y de todos modos, ¿a quién le importa?

El tipo abre la bolsa y de ella salen rodando tres niñitos.

—Mis hijos —dice—. Sírvales Coca, a los tres.

Los chicos miran alrededor de sí con expresión vacía y la baba de los autistas cae por los tres mentones.

No espero mis huevos y mi pastel, me levanto y me voy. Cuando estoy a media cuadra del restaurante me doy cuenta de que he dejado huellas digitales en la cuchara y en el asa de la taza. Mierda, me arriesgaré, así que no regreso.

—También quiero hacerles notar las dos puertas de emergencia, situadas a ambos lados del avión, por encima de las alas y en el fondo.

Miro a través de la ventanilla de la puerta de emergencia de mi lado, por encima del ala, y me pregunto qué sucedería si inyectaran diecisiete mil seiscientas seis libras. Nunca se sabe.

Hay una fila de aviones esperando turno para despegar y nosotros nos detenemos frente a la pista de carreteo. Saco el viejo recorte de mi billetera. En los pliegues está desteñido y quebrado. Es del Rocky Mountain News, de hace varios años.

 

El ex-estudiante de CSU Cameron Davis, 27, es buscado en conexión con el atentado, acaecido en enero de 1969, contra tres torres de transmisión de la Public Service Co. en el área de Denver. Davis, que figura en la lista de "Los diez más buscados" del FBI, ha sido objeto de una intensiva búsqueda por parte del FBI.

Se cree que está fuera del país. La acusación contra Davis, que dinamitó las torres, se fundamenta en la Ley de Sabotaje de 1918, a partir de la cual se considera delito federal alterar o dañar cualquier instalación clasificada como "necesaria para la defensa de la nación". El FBI informó que, debido a la explosión que dejó fuera de servicio a la torre de la Public Service Co. situada en la intersección de las calles 10 y Ulysses, en Golden, se interrumpió la producción de materiales bélicos de la planta de Porcelanas Coors.

 

Tuve tiempo de releer el recorte varios cientos de veces durante los cuarenta minutos que esperamos ante la pista de carreteo.

Es muy sencillo engañar a los detectores de metal.

¡El hombre que hizo volar las torres de energía! Cameron Davis, eres un condenado y genuino héroe del folklore. Y algún día serás un mito. A la mierda con Emmett Grogan. Cameron Davis, tú sigues con vida.

Me gustaría entender esa firma marcada en el ala, debajo de mi ventanilla.

Mi socio la ligó anoche en el Bar Giratorio Crazy Horse, en Denver. Krista Puffin (promocionada como la muchacha del 88 alemán), está encima de la mesa giratoria haciendo su número, girando alrededor de 150 rpm con fuerza centrífuga. Arthur grita algo así como “el acuerdo de defensa Borden" y le salta encima. Justo en el interior del tan promocionado “Radio de éxtasis" se escucha un ¡KA-PLAFF! de carne golpeada contra el cráneo y Arthur sale volando de costado y aterriza sobre la cabeza. Conmoción, creo. Me largo antes de que llegue la ambulancia. Un golpe deliberado... ¿CIA? ¿FBI? ¿OSS? Tal vez sólo un accidente, no lo sé. Tal vez todo tiene que ver con el estroncio 90. Arthur se graduó en física en Berkeley antes de hacerse subterráneo.

(¡Uf! Pesados como patada en el culo estos motores de la SST. Y ya puedo ver cómo el aeropuerto de Stapleton se achica en la distancia en cuanto despegamos y nos dirigimos hacia la Ciudad de la Diversión.)

El plástico y el ácido fluórico se fusionan. Uno puede hacerlo hasta con el Equipo de Química Gilbert.

Otra azafata sale de su cubículo diciendo:

—Hay una falla en el sistema eléctrico, así que a pesar de la señal, no se aflojen aún los cinturones de seguridad.

Esta tiene aspecto más agradable, con sus ojos verdes y sus rasgos orientales. Fantaseo con la imagen de nosotros desnudos en una cabina telefónica. Ella me cubre el cuerpo con pasta dentífrica Gleem y después me cepilla todo. Se me pone piel de gallina.

¿Le gustarla tomar algo, señor?

—Seven Up —digo. Al menos puedo mover la lengua.

Nubes por debajo, y ganamos altura. Pienso en todos los desechos supersónicos cayendo como un vómito con el efecto invernáculo y casi me da un ataque. ECOLOGÍA ES REVOLUCIÓN dice el cartelito fluorescente pegado en la luneta de mi VW, en Colorado. ¿O dice REVOLUCIÓN ES ECOLOGÍA? Bueno, una de dos.

El reloj pulsera Agnew dice (en voz alta), tal vez otro minuto. El tiempo de fusión es aproximado.

Leo otra vez mi recorte.

¿Dónde está mi Seven Up?

¿Y por qué no usar el recorte como señalador... como una dirección hacia el futuro? Ahí va. Mi libro, tan cuidadosamente destripado, era justo del tamaño adecuado.

Algún crítico de 1969 llamó a La bomba de población, el libro de ecología de Erlich, "un texto explosivo".

Oh, tendría que verlo ahora.

 

 

FIN

 

 

 

Vampiro.

Escrito por imagenes 12-04-2009 en General. Comentarios (0)
Vampiro.
Emilia Pardo Bazán.


No se hablaba en el país de otra cosa. ¡Y qué milagro! ¿Sucede todos los días que un setentón vaya al altar con una niña de quince?

Así, al pie de la letra: quince y dos meses acababa de cumplir Inesiña, la sobrina del cura de Gondelle, cuando su propio tío, en la iglesia del santuario de Nuestra Señora del Plomo -distante tres leguas de Vilamorta- bendijo su unión con el señor don Fortunato Gayoso, de setenta y siete y medio, según rezaba su partida de bautismo.

La única exigencia de Inesiña había sido casarse en el santuario; era devota de aquella Virgen y usaba siempre el escapulario del Plomo, de franela blanca y seda azul. Y como el novio no podía, ¡qué había de poder, malpocadiño!, subir por su pie la escarpada cuesta que conduce al Plomo desde la carretera entre Cebre y Vilamorta, ni tampoco sostenerse a caballo, se discurrió que dos fornidos mocetones de Gondelle, hechos a cargar el enorme cestón de uvas en las vendimias, llevasen a don Fortunato a la silla de la reina hasta el templo. ¡Buen paso de risa!

Sin embargo, en los casinos, boticas y demás círculos, digámoslo así, de Vilamorta y Cebre, como también en los atrios y sacristías de las parroquiales, se hubo de convenir en que Gondelle cazaba muy largo, y en que a Inesiña le había caído el premio mayor. ¿Quién era, vamos a ver, Inesiña? Una chiquilla fresca, llena de vida, de ojos brillantes, de carrillos como rosas; pero qué demonio, ¡hay tantas así desde el Sil al Avieiro! En cambio, caudal como el de don Fortunato no se encuentra otro en toda la provincia. Él sería bien ganado o mal ganado, porque esos que vuelven del otro mundo con tantísimos miles de duros, sabe Dios qué historia ocultan entre las dos tapas de la maleta; solo que.... ¡pchs!, ¿quién se mete a investigar el origen de un fortunón? Los fortunones son como el buen tiempo: se disfrutan y no se preguntan sus causas.

Que el señor Gayoso se había traído un platal, constaba por referencias muy auténticas y fidedignas; solo en la sucursal del Banco de Auriabella dejaba depositados, esperando ocasión de invertirlos, cerca de dos millones de reales (en Cebre y Vilamorta se cuenta por reales aún). Cuantos pedazos de tierra se vendían en el país, sin regatear los compraba Gayoso; en la misma plaza de la Constitución de Vilamorta había adquirido un grupo de tres casas, derribándolas y alzando sobre los solares nuevo y suntuoso edificio.

-¿No le bastarían a ese viejo chocho siete pies de tierra? -preguntaban entre burlones e indignos los concurrentes al Casino.

Júzguese lo que añadirían al difundirse la extraña noticia de la boda, y al saberse que don Fortunato, no sólo dotaba espléndidamente a la sobrina del cura, sino que la instituía heredera universal. Los berridos de los parientes, más o menos próximos, del ricachón, llegaron al cielo: hablóse de tribunales, de locura senil, de encierro en el manicomio. Mas como don Fortunato, aunque muy acabadito y hecho una pasa seca, conservaba íntegras sus facultades y discurría y gobernaba perfectamente, fue preciso dejarle, encomendando su castigo a su propia locura.

Lo que no se evitó fue la cencerrada monstruo. Ante la casa nueva, decorada y amueblada sin reparar en gastos, donde se habían recogido ya los esposos, juntáronse, armados de sartenes, cazos, trípodes, latas, cuernos y pitos, más de quinientos bárbaros. Alborotaron cuanto quisieron sin que nadie les pusiese coto; en el edificio no se entreabrió una ventana, no se filtró luz por las rendijas: cansados y desilusionados, los cencerreadores se retiraron a dormir ellos también. Aun cuando estaban conchavados para cencerrar una semana entera, es lo cierto que la noche de boda ya dejaron en paz a los cónyuges y en soledad la plaza.

Entre tanto, allá dentro de la hermosa mansión, abarrotada de ricos muebles y de cuanto pueden exigir la comodidad y el regalo, la novia creía soñar; por poco, y a sus solas, capaz se sentía de bailar de gusto. El temor, más instintivo que razonado, con que fue al altar de Nuestra Señora del Plomo, se había disipado ante los dulces y paternales razonamientos del anciano marido, el cual sólo pedía a la tierna esposa un poco de cariño y de calor, los incesantes cuidados que necesita la extrema vejez.

Ahora se explicaba Inesiña los reiterados «No tengas miedo, boba»; los «Cásate tranquila», de su tío el abad de Gondelle. Era un oficio piadoso, era un papel de enfermera y de hija el que le tocaba desempeñar por algún tiempo..., acaso por muy poco. La prueba de que seguiría siendo chiquilla, eran las dos muñecas enormes, vestidas de sedas y encajes, que encontró en su tocador, muy graves, con caras de tontas, sentadas en el confidente de raso. Allí no se concebía, ni en hipótesis, ni por soñación, que pudiesen venir otras criaturas más que aquellas de fina porcelana.

¡Asistir al viejecito! Vaya: eso sí que lo haría de muy buen grado Inés. Día y noche -la noche sobre todo, porque era cuando necesitaba a su lado, pegado a su cuerpo, un abrigo dulce- se comprometía a atenderle, a no abandonarle un minuto. ¡Pobre señor! ¡Era tan simpático y tenía ya tan metido el pie derecho en la sepultura! El corazón de Inesiña se conmovió: no habiendo conocido padre, se figuró que Dios le deparaba uno. Se portaría como hija, y aún más, porque las hijas no prestan cuidados tan íntimos, no ofrecen su calor juvenil, los tibios efluvios de su cuerpo; y en eso justamente creía don Fortunato encontrar algún remedio a la decrepitud. «Lo que tengo es frío -repetía-, mucho frío, querida; la nieve de tantos años cuajada ya en las venas. Te he buscado como se busca el sol; me arrimo a ti como si me arrimase a la llama bienhechora en mitad del invierno. Acércate, échame los brazos; si no, tiritaré y me quedaré helado inmediatamente. Por Dios, abrígame; no te pido más».

Lo que se callaba el viejo, lo que se mantenía secreto entre él y el especialista curandero inglés a quien ya como en último recurso había consultado, era el convencimiento de que, puesta en contacto su ancianidad con la fresca primavera de Inesiña, se verificaría un misterioso trueque. Si las energías vitales de la muchacha, la flor de su robustez, su intacta provisión de fuerzas debían reanimar a don Fortunato, la decrepitud y el agotamiento de éste se comunicarían a aquélla, transmitidos por la mezcla y cambio de los alientos, recogiendo el anciano un aura viva, ardiente y pura y absorbiendo la doncella un vaho sepulcral. Sabía Gayoso que Inesiña era la víctima, la oveja traída al matadero; y con el feroz egoísmo de los últimos años de la existencia, en que todo se sacrifica al afán de prolongarla, aunque sólo sea horas, no sentía ni rastro de compasión.

Agarrábase a Inés, absorbiendo su respiración sana, su hálito perfumado, delicioso, preso en la urna de cristal de los blancos dientes; aquel era el postrer licor generoso, caro, que compraba y que bebía para sostenerse; y si creyese que haciendo una incisión en el cuello de la niña y chupando la sangre en la misma vena se remozaba, sentíase capaz de realizarlo. ¿No había pagado? Pues Inés era suya.

Grande fue el asombro de Vilamorta -mayor que el causado por la boda aún- cuando notaron que don Fortunato, a quien tenían pronosticada a los ocho días la sepultura, daba indicios de mejorar, hasta de rejuvenecerse. Ya salía a pie un ratito, apoyado primero en el brazo de su mujer, después en un bastón, a cada paso más derecho, con menos temblequeteo de piernas. A los dos o tres meses de casado se permitió ir al casino, y al medio año, ¡oh maravilla!, jugó su partida de billar, quitándose la levita, hecho un hombre. Diríase que le soplaban la piel, que le inyectaban jugos: sus mejillas perdían las hondas arrugas, su cabeza se erguía, sus ojos no eran ya los muertos ojos que se sumen hacia el cráneo. Y el médico de Vilamorta, el célebre Tropiezo, repetía con una especie de cómico terror:

-Mala rabia me coma si no tenemos aquí un centenario de esos de quienes hablan los periódicos.

El mismo Tropiezo hubo de asistir en su larga y lenta enfermedad a Inesiña, la cual murió -¡lástima de muchacha!- antes de cumplir los veinte. Consunción, fiebre hética, algo que expresaba del modo más significativo la ruina de un organismo que había regalado a otro su capital.

Buen entierro y buen mausoleo no le faltaron a la sobrina del cura; pero don Fortunato busca novia. De esta vez, o se marcha del pueblo, o la cencerrada termina en quemarle la casa y sacarle arrastrando para matarle de una paliza tremenda. ¡Estas cosas no se toleran dos veces! Y don Fortunato sonríe, mascando con los dientes postizos el rabo de un puro.

Emilia, Condesa de Pardo Bazán.

DE LUXE

Escrito por imagenes 11-04-2009 en General. Comentarios (0)
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  • SOCIEDAD : Creatividad en un "SET", que imita haber tenido relaciones Sexuales

    Escrito por imagenes 11-04-2009 en General. Comentarios (0)

    SOCIEDAD : Creatividad en un "SET", que imita haber tenido relaciones Sexuales

     

    SOCIEDAD : Creatividad en un "SET", que imita haber tenido relaciones Sexuales. Tenazas que imitan mordiscos, bomba de vacio manual, para imitar chupetones, ventosas para moratones, juegos de cuerdas, y eslabones que imitan ataduras o esposas, especie de rastrillos que imita arañazos en la espalda, tiritas adesivas con besos de carmin, abrir, y poner en el cuello,rezar camisas,etc..., todo, en una bonita caja de madera, en donde viene cada cosa en su sitio. Se recomienda,(para eso viene en el pack dos tubos de ensayo), dejar pelos entre la ropa, y unas gotas de perfume; ahora :¿COLARA?, YO CREO QUE SI, PERO ....??

    Celos?, Machote?(y no se come na)..., y es bisexual, indistinto:hombre-mujer.

     









     

    DALIA NEGRA >

    Escrito por imagenes 09-04-2009 en General. Comentarios (1)
    DALIA NEGRA >
    HISTORIA : MITO Y LEYENDA -- La dalia negra — Black Dahlia (1947)
     
    HISTORIA : MITO Y LEYENDA -- La dalia negra — Black Dahlia (1947) El 15 de enero de 1.947 apareció en un solar el cuerpo desnudo de una mujer joven seccionado en dos partes. El forense dictaminó que la victima había sido torturada durante días y que, mientras duró el martirio, había conservado el conocimiento. Más tarde seria identificada como Elizabeth Short, de 22 años, y un periodista la llamó la "Dalia Negra" por su manera de vestir. La policía nunca encontró al asesino. James Ellroy reconstruye aquel suceso a través de las figuras de dos policías de Los Angeles obsesionados con la "Dalia Negra". La investigación se convertirá en un viaje infernal por el submundo del Hollywood de posguerra y les llevará hasta las redes de pornografía y corrupción de menores establecidas en la frontera de México.

     
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